Cánovas y su Tiempo

Leopoldo Alas "Clarín"


Ensayo, crítica, biografía



Primera parte

I. Cánovas transeúnte

Mientras yo relato el cuento
de cómo vos conocí.

(N. Serra.)

No recuerdo si corrían los últimos días de Abril o los floridos de Mayo, ni del año podré decir sino que era uno de los cinco primeros de la restauración de Alfonso XII.

Sobre la calle de Alcalá volaban nubecillas tenues como una espuma de las olas de azul de allá arriba. Madrid alegre, salía a paseo y se parecía un poco al Madrid que soñó Musset, con sus marquesas a l'oeil lutin, sus toros... embolados, sus serenatas, sus escaleras azules y demás adornos imaginarios. Cuando Madrid toma cierto aire andaluz en los días de sol y de corrida, parece lo que no es, y el que ha vivido allí algunos años se abandona a cierta ternura patriótica puramente madrileña, que no se explica bien, pero que se siente con intensidad. Eran las tres o las cuatro de la tarde; atravesaba el que esto escribe la calle, yendo de Fornos al Suizo, y en la ancha acera, debajo de los balcones de La Gran Peña, vio de cerca, por primera vez en la vida, a D. Antonio Cánovas del Castillo; el cual, olvidado al parecer de cuanto le rodeaba, ponía el alma entera en su íntima plática con una de las mujeres más hermosas que podían pasearse por la corte. Aunque la comparación esté muy manoseada, parecía una virgen de las más bellas del Museo, que había saltado de su cuadro y había salido a tomar el sol por las calles alegres de la villa. Era rubia, más bien alta que baja, muy esbelta, de cabeza pequeña y modelada a lo divino; cabeza en que el oro tomaba un reflejo de aureola. Era una mujer de ambiente espiritual; y tanto, que metido en su zona D. Antonio, que se acercaba bastante, también tomaba sus tintes ideales, y a pesar del bigote de blanco sucio y de púas tiesas, y a pesar de los, ojos que bifurcan, y a pesar del mal torneado torso, y del pantalón prosaico, muy holgado y con rodilleras, no desentonaba el grupo por completo, ni mucho menos pasaba a la categoría de chillón contraste.

Como la dama no sé quién era, y en todo caso el ser amado no deshonra, y como el señor Cánovas es libre y puede contraer justas nupcias, y por tanto, visar de todos los derechos que para el ejercicio de ese son necesarios, no habrá indiscreción en decir que a mí se me figuró ver en los ojos del ex presidente del Consejo de Ministros algo muy semejante al amor, si no era el amor mismo. Y tal como la bien avenida pareja de palomas se esponja al sol, o bañando las erizadas plumas en las gotas de lluvia fresca y sutil, y en tanto el macho arrastra la cola, caracolea y sacude ondulante el cuello hinchado, de donde salen suaves murmullos de pasión perezosa, así Cánovas y la virgen del Museo se esponjaban al sol de la calle de Alcalá, ella, coqueta a la inglesa, él, galán como el más pintado de Lope.

Como el palomo del símil, D. Antonio llegó al extremo de girar en redor de su desconocida (es decir, de mi desconocida), no sin tomarla antes una mano, como quien hace que se despide y se queda. No sacudía aquella mano, según la moda grosera de entonces, sino que entre las dos suyas la sustentaba con disimuladas caricias... Y la conversación seguía en tanto animada, pienso que espiritual, pues lo era la sonrisa en ambos.

No había allí escándalo ni con cien leguas, que esto tiene el saber hacer las cosas; ningún transeúnte paraba la atención en el grupo, ni mucho menos los del grupo en los transeúntes. Sólo yo era allí atento espectador, sin cuidarme de disimular mi curiosidad, pues ni la dama ni el galán veían cosa que no fuera ellos mismos. Llegó el momento de separarse; don Antonio habló al oído de su amiga, hubo un apretón de manos, callado, serio, sentimental por lo fuerte; y prolongando el roce de los guantes con la carne al separarse los dedos, al fin se fue cada cual por su lado, sin volver ninguno la cabeza. El rostro de la hermosa cambió de expresión enseguida, en cuanto dio ella el primer paso calle abajo; la sonrisa ideal había desaparecido; en aquellos ojos y en aquella frente sólo se vio la seriedad prosaica, hasta donde puede ser prosaica una divinidad, de la reflexión fría y atenta. La virgen del Museo se convirtió como por encanto en la Musa de la aritmética. A lo menos tal me pareció. Pero no pude seguirla, porque el personaje principal para mí era el otro, Cánovas, que tomó por la calle de Sevilla. Él seguía sonriendo a sus imágenes, llevaba la cabeza erguida, miraba al cielo, y de puro distraído no contestaba a los saludos exagerados de tal cual transeúnte que le reconocía. Algunos, después de pasar a su lado, se volvían para admirar no sé si al grande hombre o al gran Presidente del Consejo.

Al llegar a la Carrera de San Jerónimo, torció a la derecha, camino de la Puerta del Sol. Era su andar como el de azotacalles distraído que no sabe a dónde va, ni le importa ir a un lado o a otro. A los pocos pasos atravesó la calle y se detuvo ante el escaparate de la que es hoy librería de Fe, y que entonces era, si mal no me acuerdo, de Durán todavía.

Con la atención codiciosa de una dama que registra detrás de los cristales las joyas acostadas en muelle cama de terciopelo, Cánovas, torciendo un poco la cabeza, gesto de miope, leía los rótulos de los libros nuevos, y tal vez olvidaba un punto las dulces emociones que desde el Suizo venía saboreando. Después que leyó todos los letreros que quiso, dio un paso hacia la puerta de la librería, echó mano al picaporte..., pero lo soltó enseguida, cambió de idea, y siguió andando. Iba como antes, sonriendo; pero su sonrisa era ya más complicada.

No cabía duda; el presidente saboreaba con deleite la vida aquella tarde: me precio de observador mediano, y aquella mirada vaga y alegre, aquel andar ondulante y otros signos que se ven y no se describen, me revelaban el pensamiento del grande hombre, es decir, del gran Ministro.

Cánovas tiene, bastante imaginación para gozar de esa perspectiva espiritual en que hay como una síntesis de los placeres, de la alegría, de los bienes que nos han tocado en suerte. Suele provocar este delicioso espectáculo del panorama de nuestra dicha la feliz conjunción de algunos fenómenos halagüeños que, como en la obra de arte, en la novela, en el drama, se juntan a veces en la vida de tal forma, que se hacen transparentes, significativos y sugestivos a la par; y convertidos en símbolos, y sugiriendo mil ideas de color de rosa, nos llevan al éxtasis egoísta, tal vez el más intenso, que nos tiene amarrados por horas o por días al engaño de ver el mundo como hecho para nosotros, bueno, suave, risueño, preparado por Dios como el escenario de un drama para el interesante espectáculo de nuestra feliz existencia.

Cánovas, sin duda, se contemplaba con deleite aquella tarde en que se daba asueto, y a pie, como cualquiera, recorría las calles, y ora tropezaba con el amor, ora con el arte, con la poesía; es decir, con sus aficiones más intensas, según él, aunque en esto haya ilusión probablemente.

También, para mí, el paseo de Cánovas tenía algo de simbólico, en el sentido más alto en que el símbolo significa tal vez la forma más pura y esencial de las cosas.

Era aquella una escapatoria del hombre de Estado, del ser oficial, abstracto según la ley, que representa, como un maniquí, personificaciones acaso falsas aun en idea; era la escapatoria del jefe de un Gobierno, que se reconocía hombre en un rato de buen humor.

No todos los jefes de gobierno son capaces de ser hombres además. Por supuesto, dando al homo un valor que no alcanzan la mayor parte de los que, por ser bimanos e implumes, ya quieren entrar en tan rara y elevada categoría. Haced a Romero Robledo presidente del Consejo, y será incapaz de ser ya otra cosa en su vida.

Cánovas sí; Cánovas es algo más que un político, es decir, más que un artefacto de palo con juego en las manos, en los pies, en el espinazo y en la lengua; Cánovas es además un hombre. Aunque llegara el tiempo fabuloso en que se encargaran de la cosa pública las personas, las verdaderas personas exclusivamente, Cánovas podría continuar siendo político.

Pues bien, aquella tarde sacaba a paseo al hombre que lleva dentro del uniforme de ministro, y a los pocos pasos encontraba a la mujer, sanción de todo mérito, único premio cierto de toda ambición grande.

No se haría la ilusión D. Antonio de que le querían por su cara bonita, como se dice familiarmente; pero no padecería su amor propio aunque le quisieran por su grandeza, por el brillo de su posición y por la gracia de su talento, de su donosura mundana. Ser amado por lo mismo porque se sirve para modelo de un pintor, podrá ser halagüeño; pero la mujer también sabe apreciar otras bellezas, especialmente la mujer más digna de ser amada, la que piensa y siente con originalidad y delicadeza, un tanto desprendida de los groseros instintos, superior en parte a la tendencia animal del sexo.

Legítimamente podía D. Antonio ir satisfecho de sí mismo, como un D.

Juan espiritual, por lo menos... Además, la dicha no se analiza tanto.

Todas las cosas, descomponiéndolas demasiado, se reducen a átomos insípidos, incoloros e inodoros. El átomo es una cosa que, de puro insustancial, quizá no existe. D. Antonio no tenía para qué valerse de esa química psicológica que han inventado los taciturnos, los misántropos, buscando la fórmula probable del amor que inspiraba. En parte se le querría por poeta, en parte por hombre rico, en parte por hombre influyente, en gran parte por caballero cumplido, en otra no menor por galán de ameno trato, de conversación chispeante, por perfecto hombre de mundo, que es además hombre de Estado, por orador del Parlamento, por autor del prólogo a Los dramáticos contemporáneos de Novo y Colson...

¡Sabe Dios! ¡Se le podría querer por tantas cosas!... El hecho era que se le amaba. No: no tenía cara de analizar en aquellos momentos el ilustre transeúnte.

Primero la mujer... después las letras...

II. Intermezzo lírico

Pero antes de meterme en honduras, quiero hacer algunas advertencias que importan a mi crédito de hombre serio, sincero, cabalmente honrado y libre de toda pasión vil y pequeña.

Por estas advertencias debí haber empezado; pero el natural deseo de halagar el gusto dominante, que no puede ver las introducciones, me hizo tal vez prescindir hasta de mi fama para comenzar hablando cuanto antes de mi hombre, o, mejor diré, del hombre de su siglo.

Además, tan acostumbrados nos tiene Cánovas a hablar casi exclusivamente de su persona importantísima, hasta en los momentos en que más prisa corre hablar de cualquier otro, que acaso yo, por equivocación, habiéndome propuesto empezar tratando de mí mismo, la tomé con D. Antonio, como él hubiera hecho de fijo en situación análoga.

Entre el capítulo anterior y éste han mediado algunos días; los más de ellos, por motivos que no importan a mis lectores, los he dedicado yo (1) a meditaciones filosóficas y lecturas graves. Después de estar pensando en si el mundo es esto o lo otro, en si esto acabará como el rosario de la aurora, o por enfriamiento, como el teatro español, ¡quién se acuerda de querer mal al señor Cánovas!

Yo nunca le he querido mal ni bien, de ninguna manera; me encuentro con que muchos de mis contemporáneos y conciudadanos, la mayor parte con sueldo, le admiran, a veces le adoran, y resulta al cabo que es un hombre encombrant en francés, y en español insoportable.

Pero esto no me autoriza a mí para pretender burlarme del Sr. Cánovas como cualquier mequetrefe. Podré ser vulgar, superficial, insignificante en mis escritos, pero hoy no quiero serlo a sabiendas, y sé y siento que la materia que he escogido para este folleto literario ofrece el peligro de la vulgaridad más odiosa: la murmuración frívola, vanamente injusta, la maledicencia ridículamente pedantesca. Vade retro!

¿Por qué engañarme a mí mismo? Si mi espíritu no está ahora para bromas ligeras, no debo dejar que la pluma resbale por la corriente de los lugares comunes de la ironía. ¡Cuántas veces, por cumplir un compromiso, por entregar a tiempo la obra del jornalero acabada, me sorprendo en la ingrata faena de hacerme inferior a mí mismo, de escribir peor que sé, de decir lo que sé que no vale nada, que no importa, que sólo sirve para llenar un hueco y justificar un salario!... Mas ahora no ha de ser así; acabo de leer no sé qué de Schopenhauer, de ese Schopenhauer que ya fastidia a los revisteros de París, que tal vez no le han leído; y de tristeza en tristeza, de ternura en ternura, de pudor en pudor, he venido a parar en un estado de ánimo ante el cual Cánovas vale tanto como cualquiera; y en su calidad de hombre, despojado de todos sus paramentos, reales o imaginarios, merece más que respeto, amor, el amor que se deben los hermanos, aunque resulte cierto que no todos venimos del mismo padre.

Por todo lo cual, y por otros muchos motivos no menos dignos de ser puestos en verso por lo que tienen de líricos, protesto contra la maliciosa suposición de que «este trabajo» pretenda molestar al Sr.

Cánovas o a sus admiradores. Aquí no hay apasionamiento: voy a hablar del autor de La Campana de Huesca, o de Velilla, o lo que sea, tal como es, o a mí me parece por lo menos; y voy a hablar de él comparándole con su tiempo, que es lo que corresponde, pues en los siglos pasados no se sabía de Cánovas, diga lo que quiera La Época, o a lo sumo se sabría de él que estaba haciendo mucha falta; sería un deseo vago, una aspiración al no sé qué de las generaciones ya muertas. Bueno, ahora resulta que ese no sé qué era Cánovas; pero nuestros antepasados no podían adivinarlo. De lo que podemos estar seguros todos es de que, una vez nacido, ya hay Cánovas para rato. Comienzo, pues, a tratar de él y de algunas de sus obras como Spinoza quería: sub specie æternitatis.

Y, por supuesto, sin despojarme de este aire melancólico y filosófico, que nos hace medir todas las cosas por un rasero, y exclamar con Carlos V en el Ernani de Verdi: perdono à tutti.

III. Cánovas poeta

Aquí es donde yo, si tuviera mala intención, podría cargar la mano.

Pero decidido a proceder con la nobleza a que dejo hecha referencia, prescindiré de todo, o de casi todo lo que pudiera ser desfavorable al Sr.

Cánovas, y me limitaré a considerar su vida poética sólo en cuanto nos sirva de documento, como hoy se dice, para el estudio psicológico de nuestro personaje. Porque dejo advertir que es un estudio psicológico principalmente lo que estoy haciendo, aunque hasta ahora no se haya conocido.

Si Cánovas se hubiera contentado con ser poeta allá en sus mocedades, hablar hoy de sus versos hubiese sido una impertinencia. Muchos hombres que después han figurado como lumbreras en la Administración, llegando a cobrar sueldos episcopales, han comenzado por ahí, por la poesía, generalmente la erótica y la heroica; de veinte consejeros de Estado o magistrados del Supremo, diez por lo menos han comenzado su carrera escribiendo odas patrióticas y poniendo en relación al Moncayo con el mes de las flores, por razón de lo que llamaban antiguas retóricas el similiter desinens y el similiter cadens. El furor pimpleo y aquellos arrestos pindáricos de la desordenada fantasía eran un modo inconsciente y disfrazado de anhelar los más altos puestos que puede ofrecer una burocracia bien servida.

Con un poco de experiencia en el arte espinoso de la crítica al pormenor, se puede adivinar en la más fantástica y aun vaga poesía, si todas aquellas aguas corrientes, puras, cristalinas de Castalia irán a desembocar en una oficina. Yo conozco muchos jefes de negociado, o cosa así, que hace apenas diez años estaban empeñados en restaurar el teatro de Lope y de Tirso, o la égloga de Garcilasso. ¡Qué Lasso ni qué Garci! Todo aquello era una secreta comezón de nómina.

Pues bien; en los versos antiguos de Cánovas se ve eso mismo: aquel suspirar por todo, aquel adorar al universo en una mujer (creo que llamada Elisa o Luisa, de esto no estoy seguro) (2) , y aquel respeto a las creencias de nuestros mayores, en medio de tanto arrebato lírico, parecían anuncio seguro de la brillante carrera política y administrativa de nuestro AUTOR (como escribe Sedano, el del Parnaso Español). En no sé qué libro viejo, tal vez una colección de alguna Revista trasnochada, vi, ya hace años, versos de Cánovas, versos auténticos. Recuerdo que la impresión era mala; el papel, delgado y amarillento, daba a aquel romanticismo manido un aspecto repugnante. Pues a pesar de tan desfavorable catadura, yo adivinaba al leer aquello —verdad es que adivinar a posteriori es fácil— el porvenir glorioso y lucrativo que aguardaba al poeta. Daba gana de gritarle: Macte animo, generose puer!

¡Sus y a ellos! deja a esa melindrosa y empréndela con los expedientes; agárrate a un periódico, después a un ministro, más tarde a una bandera política, enseguida a una poltrona... medra, sube, crece... y olvida a la Elisa de tus pecados, y esos otros tormentos de que hablas, que son puro flato; ya llegará el día en que todas las Elisas de este mundo se mueran por tus pedazos y sus consecuencias; y en que esa desdeñosa, esa Marcela relamida cifre todo su orgullo, como la Federica Brion de Goëthe, en haber sido amada, si no por el Gran Pagano de Wemiar, por el Gran Cobrador de Málaga.

En suma, aquellos versos de Cánovas no eran mejores ni peores que los que habrán escrito en igual caso Retes, Rodríguez Rubí, Catalina, Casa Valencia, Casa Sedano, y tantos y tantos otros ilustrados oficinistas y hombres políticos que han escrito o deben de haber escrito versos.

Sin embargo, advertiré que ya en aquellos primeros ensayos se nota la tendencia que más tarde ha de caracterizar poderosamente el estilo de Cánovas; ya allí se nota, digo, el prurito de decir las cosas de modo que el diablo que las entienda. Más adelante alambicó su manera nuestro Autor, hasta tal punto, que lo corriente en él ya no fue ser oscuro, sino decir lo contrario de lo que se había propuesto.

De todas suertes, de la primera época poética de Cánovas, de los años de aprendizaje, como si dijéramos, no hay para qué hablar; todos aquellos delitos han prescrito, le han sido perdonados, porque ha ascendido mucho, y el sacarlos a plaza es digna hazaña de algún gacetillero despechado a quien D. Antonio no haya querido dar un destino.

Creí yo largo tiempo que no había más versos de mi Autor que aquellos, los antiguos; y ¡cuál fue mi sorpresa cuando supe que el Sr.

Cánovas insistía en que él tenía algo allí (donde lo tenía Chenier), y algo que debía brotar, no en forma de vegetación cutánea, sino en forma métrica, más o menos decimal.

Esto era ya, poca formalidad. ¿Hace versos Sagasta? ¿Los hace López Domínguez? ¿Los hacía Posada Herrera? ¿Los hicieron Mon, Arrazola, Negrete? No, no los hicieron.

Mucho tiempo estuve creyendo que las poesías canovísticas que sacaba a relucir, para sacudirles el polvo, Venancio González, o sea un saladísimo escritor carlista, eran invenciones del crítico o antiguallas de que D. Antonio renegaría. No, no era así. Los versos eran recientes, acababan de salir del horno; de modo que el mal genio de Cánovas todavía podía explicarse por aquello de la naturaleza irascible de los poetas, por el manoseado gentis irritabile vatum.

¡Quién habla de decir que cuando D. Antonio vociferaba su constitución interna, como si la estuviera pariendo con dolores, allá en el banco azul, y daba puñetazos a diestro y siniestro, y perdía el hilo, y echaba espuma por la boca, había que ver en él al mantés, al profeta, al vate inspirado, en sus horas de calentura!

Pero ¿qué clase de versos salían de aquellas irritaciones?... ¡Horror causa recordarlo! Los versos peores que se han escrito en España en todo el siglo.

Sí, es preciso decirlo muy bajo: los versos de Cánovas son hoy peores que ayer, mañana peores que hoy.

El Sr. Cánovas, en muchos de sus escritos, ha dejado y sigue dejando a la posteridad períodos y más períodos de tamaña sintaxis, que ni con la mejor buena fe del mundo se pueden entender, ni aun ayudada la buena fe con mucha perspicacia. Pues bien; si en prosa es Cánovas a menudo laberíntico, en el verso se crece y cultiva un dieciseisismo, como él diría (que otros barbarismos ha dicho), un gongorismo de su invención, que consiste en no poner un solo vocablo en su sitio y hacer que las palabras quieran significar lo que no pueden. Añádase a esto un arte exquisito para llenar de flato los versos mediante hiatos sin cuento, y la habilidad de convertir en granito los endecasílabos, haciendo brotar en ellos, por milagro de la musa, una vegetación tropical de cacofonías, y se tendrá una idea de lo que es la manera moderna de este demonio de parnasiano español, que a lo mejor es el que manda en todos los españoles que no somos parnasianos.

Por lo que respecta al fondo, el Sr. Cánovas, en poesía, es un cubo de las Danaides, como diría el difunto D. Pedro Mata. El Sr. Cánovas no tiene fondo poético.

Y esto es ya más serio. Sí; el Sr. Cánovas es el hombre más prosaico del mundo. Ha ido a la poesía, como a todo, por vanidad. Leyendo sus versos, lo primero que se advierte es el fuelle del orgullo. Versifica con soplete. Él cree que ha llenado hojas y más hojas con delirios poéticos, con pensamientos, confesiones del alma, sueños de la fantasía... y nunca ha podido más que hincharse con aire de vanidad, pompas de jabón... de cocina. Su alma da de sí lo que tiene: un viento desencadenado de satisfacción interior, como diría la Ordenanza. El espíritu de este poeta es el simoun del orgullo, soplando eternamente sobre la aridez sentimental de las entrañas.

Sin saber de pronto por qué, muchas veces, al leer poesías de Cánovas, me he acordado de Otero y de Oliva, que murieron en garrote.

Cánovas ripia la vida como los versos. El ripio es, a su modo, una falsedad. Es lo opaco pasando plaza de transparente; es la piedra haciendo veces de pensamiento, la nada dándose aires de Creador. Ripiar la vida es llenar el alma de cascajo para hacerse hombre de peso; es llegar a cierta estatura añadiéndose un suplemento de cal y canto; es ser un lisiado y convertirse en un hombre completo de palo. Cánovas, a pesar de su egoísmo, está lleno de cuerpos extraños. El estilo es el hombre; pero cuando el hombre es un barro cocido, el estilo es terroso.

Todo esto es importante para mi asunto, porque he llegado ahora al quicio de este folleto, tratando, como de paso, esta cuestión de las entrañas poéticas del cantor de Luisa o de Elisa.

Difícilmente se podría idear ironía más triste que el empeño de Cánovas de ser poeta. Es el peñasco que hace alarde de resistir el empuje de las olas y tiene la pretensión de criar en su ruda superficie las flores más delicadas.

En prólogos, en brindis, siempre que ha tenido que hablar en público de alguien que no fuera él ha sabido aprovechar la ocasión para olvidarse del otro y contarnos algo de lo que al jefe de los conservadores le pasa por dentro o le ha pasado por fuera. Nunca habla ni escribe D. Antonio, que no nos diga que es presidente de cien cosas, o que hizo tal o cual maravilla política; y si no esto, si olvida sus grandezas terrenales, vuelve con nostalgia los ojos al limbo de los recuerdos y de las ilusiones muertas; y maldiciendo su suerte, aunque sin la espontaneidad de D.

Felipe Ducazcal, se queja del hado, fatum, analce, en griego, que le condena a tener que salvar al país un día sí y otro no, y que no le permite consagrarse, con todo el ardor que le pide el cuerpo, a sus aficiones favoritas, al servicio de las Musas en uno u otro ramo del furor pimpleo.

Así como D. Quijote decía que, si se lo permitieran sus caballerías, capaz sería de hacer, no sólo versos, sino jaulas y palillos de dientes, D. Antonio, que también sabe hacer jaulas y hasta criar pájaros (que a lo mejor le sacan los ojos); D. Antonio viene a indicar que él sería un Dante o un Homero si no le llamasen a cada momento para salvar la nación. No hay más remedio, pues, que tomarle en serio lo de la poesía.

Su alma, a lo menos lo más recóndito y exquisito de ella, está en sus versos. Sea.

Pero yo entrego al brazo secular de Venancio González la poesía canovística por lo que toca a la retórica y a la poética, y para estudiar su alma de poeta, no tengo más remedio que remitirme a los capítulos en que trato de Cánovas en prosa. Y entonces iremos viendo cómo ripia la vida, cuáles son los grandes ripios de la prosa de su existencia, digna de ser estudiada por una comisión de la Academia de Ciencias morales y políticas. ¡Ay, sí! El espíritu de Cánovas es tan árido como el concepto del Estado de Colmeiro, ¡qué tiene que ver! o las lucubraciones de D. José Barzanallana acerca del impuesto indirecto sobre los consumos.

Entremos en ese espartal por cualquier lado.

IV. Cánovas... «latente pensante»

El latente pensante es un libro del señor Conde o Marqués de Seoane, del cual hay traducciones en chino (no del Marqués, por supuesto), en alemán y en otra porción de idiomas. Yo no he leído el latente ese, como el lector supondrá, ni sé lo que es a punto fijo; pero creo, por conjeturas filológicas nada difíciles, que se trata en la Pentanomia pantanómica del latente pensante (título del libro de Seoane), de algún pensamiento oculto. Pues bien; yo voy a aplicar al estudio de la filosofía del Sr. Cánovas, si no el sistema de Seoane, el nombre del sistema.

¿Qué es Cánovas en cuanto latente pensante? Éste es el problema.

De Cánovas se puede decir lo que Gibbon decía de Leibnitz, al compararle con uno de esos grandes conquistadores que ambicionan un dominio universal. Leibnitz escribía lo mismo sobre cálculo infinitesimal, que un código para los diplomáticos. Pues Cánovas entiende también de todo, y si no vuela como el sacre, ni corre como el galgo, es capaz lo mismo de ponerle un prólogo a lord Byron que de escribir el programa del Manzanares o de presidir un Congreso africano, describiendo las regiones del Congo, a guisa de Estrabón moderno (y no se crea que hay un equívoco arcaico en eso de Estrabón, pues sería de mal gusto semejante juego de palabras). Cánovas sirve para todo... pero por temporadas; es decir, que en invierno es paraguas y en verano quitasol. Cuando le hacen Presidente del Ateneo, se acuerda de que es filósofo, y saca a relucir el latente pensante. Una de las aficiones verdaderas de Cánovas, no de las que él se imagina tener y no tiene, es la bibliografía. Es bibliógrafo con algunas de las ventajas del oficio y todas las desventajas de la manía. Si se trata de historia de la literatura, piensa que lo principal es tener él en casa libros que no haya visto nadie ni por el forro. Cánovas, en esto de libros viejos y de crítica, tiene salidas como las de Carulla en Teología; y va de cuento. Discutíase hace bastantes años en el Ateneo si Cristo era Dios, y de una en otra, es decir, del Padre Sánchez en Carulla, se vino a parar a lo que era o no era el catolicismo puro, sin mezcla. «La verdadera doctrina sobre este punto concreto (no recuerdo cuál), gritaba el padre Sánchez, es ésta: el Papa infalible lo acaba de declarar así en su Encíclica tal, en el Breve cual.» Y el padre Sánchez vomitaba latín muy satisfecho y se sentaba poco menos que envuelto en luz increada.

Pero... ¡tate, tate, folloncicos! Del lado opuesto surgía la figura (que ya he olvidado, y lo siento) de Carulla, el cual debe de haber envejecido mucho con eso de la Biblia en verso; y el exzuavo, con una sonrisa entre burlona y benévola, seguro de sí mismo y del Vaticano, exclamaba, palabra arriba o abajo: «La doctrina que el señor Sánchez sostiene, no es a estas horas la verdadera doctrina ortodoxa; mal puede saber el señor padre Sánchez cuál es la última declaración pontificia, cuando en carta que Su Santidad se digna escribirme con fecha de anteayer, me dice lo siguiente, y carta canta.» Y de los bolsillos de los pantalones sacaba Carulla un papel arrugado, que debía de ser breve o cosa así; y leía y dejaba bizco al preopinante.

Algo por el estilo hace Cánovas. Piensa él que los libros que tiene en casa son la última palabra acerca de la ciencia respectiva. No cabe negar, porque lo afirman los inteligentes, que posee libros raros, y que tiene muchos. ¡Buen provecho le hagan! Semejante mérito ya me guardaré yo de negárselo, y estoy dispuesto a reconocerle todo el tamaño que quiera en cuanto biblioteca, y si se quiere comparar con la de Alejandría, que se compare. Pero los libros no basta tenerlos. El ricachón aquel de Iriarte era más discreto con su biblioteca pintada, que ni muchos prenderos bibliófilos que no ven en el libro más que el forro. Es preciso leer. Y no basta eso tampoco. Hay que entender lo que se lee, y leer a tiempo y con orden. Pues Cánovas no lee así. Lo declara él mismo. Es pensador y filósofo en sus ratos de ocio, según confesión que nos hace en la Introducción de sus Problemas contemporáneos (según se verá más despacio). De aquí proceden lamentables equivocaciones. Por ejemplo:

Cánovas cree que son raros todos sus libros, y así como está seguro de que no hay más ejemplar que uno que tiene él bajo llave, y que no enseña a nadie, de tal o cual epístola de Zabaleta o de un Sánchez o Fernández, más o menos benedictinos o franciscanos, cree estarlo también de que la última palabra de la ciencia moderna la tiene él en la Revista que ha leído la noche anterior o en el libro todavía intonso que le acaba de mandar el librero. Cánovas piensa que los escritores hacen hoy ediciones de un solo ejemplar, o a un solo ejemplar, como diría algún clásico nuevo, para regalárselas a él y para que los demás no se enteren. Así habla y escribe Cánovas de las teorías nuevas, ya filosóficas, ya políticas, como si no las conociera nadie más que él. Confunde esto con las cartas eruditas de D. Serafín Estévanez y con los libros viejos de nuestra literatura, que el señor Cánovas saca a relucir, vengan o no vengan a cuento, como se verá más adelante.

Demás de esto, como él diría, por esa afición idolátrica a los libros, por ese fetiquismo de la encuadernación, Cánovas viene a coincidir con los estudiantillos aplicados, que creen que la ciencia de la verdad más pura viene siempre por el correo, y que el último libro es el mejor, y el que los corrige y eclipsa todos. Sí; Cánovas, a pesar de ser tan reaccionario, es de esos espíritus pobres que tienen la superstición del último libro. Como no piensa con originalidad, como no está preocupado de veras y motu proprio con los grandes problemas, como él dice, de la vida, como es pensador de azar (palabras casi suyas), como es filósofo de parada, de revista oficial y de uniforme, toma el asunto que le da el vaivén de la vulgaridad pensante, se apodera del lugar común del día, de los tópicos de la plaza pública, y lee discursos y más discursos dignos de cualquier secretario de sección del Ateneo o de la Academia de Jurisprudencia.

Cánovas no tiene bastante vigor intelectual para pensar en las ideas mismas, no pasa de pensar en las letras de molde en que suele aparecer algo de las ideas. Aquella falta de sinceridad y de íntima convicción que se nota en las obras de Cánovas, nace en parte de la sequedad de su espíritu, como ya dije, de su prurito de ripiar la vida; pero nace también en parte de ese mezquino fetiquismo en que se adora la imprenta por la imprenta.

Como no es fácil a pluma inexperta como la mía explicar todas las reconditeces de este análisis psicológico, reconditeces en cuya clara y minuciosa exposición estaría la prueba, más evidente de su profunda verdad, déjome por ahora de tanteos de descripción dificilísima, y voy a ser menos oscuro refiriéndome a los textos del mismo Sr. Cánovas.

Cánovas, en cuanto filósofo, está representado principalmente por su obra titulada Problemas contemporáneos (3).

No consta que en parte alguna haya sido más filósofo que allí. Se trata de la colección de los discursos con que inauguró los cursos del Ateneo, las muchas veces que fue presidente de aquella sociedad científica. ¿Sabe alguno de mejor ni más filosofía de Cánovas?

Pues de ésta dice él mismo: «Estos volúmenes no encierran sino estudios, por lo común en forma de discursos, casi siempre escritos fortuitamente...»

Ya lo oye el lector: Cánovas escribe o habla casi siempre fortuitamente cuando se trata de los problemas contemporáneos, de las cuestiones más arduas, de las doctrinas filosóficas y de los varios fenómenos sociales, como dice él mismo.

Y ¿qué es escribir fortuitamente? Véase el Diccionario, de que es colaborador Cánovas mismo:

«Fortuitamente. = Casualmente, sin prevención, sin premeditación.»

Es decir, que Cánovas habla de filosofía por casualidad, como el otro tocaba la flauta.

Sin premeditación. Esto debe agradecérsele, y es bueno que lo diga.

No hay premeditación en los discursos científicos de Cánovas; menos mal.

Pero aclaremos más el concepto. ¿Qué es casualmente?

Dice el Diccionario: «Casualmente. —Por casualidad, impensadamente.»

Bueno: otro dato. Cánovas escribe de filosofía impensadamente, sin pensar lo que escribe. También esto algún día puede ser circunstancia atenuante, si no se trata de un vicio habitual.

Pero aclaremos más el concepto todavía.

¿Qué es casualidad?

El Diccionario: «Casualidad. = Combinación de circunstancias que no se pueden prever ni evitar, y cuyas causas se ignoran.»

Luego tenemos que Cánovas ha escrito sus discursos científicos fortuitamente; es decir, sin poder preverlo ni evitarlo, y por causas que se ignoran.

No sabía por qué los escribía. No se puede saber menos.

Y lo peor no es que diga esto, sino que lo pruebe. No necesitaba insistir en afirmar que son sus trabajos filosóficos «fruto no bien maduro de las inquietas horas consagradas al estudio de las doctrinas filosóficas.» Harto se ve después que sus estudios científicos están verdes, y que hace mal en consagrar a la meditación horas inquietas.

El autor se disculpa teniendo en cuenta la necesidad que hay de hacer que pasen a la posteridad, por vía de documentos biográficos, sus ideas, porque la posteridad (todo lo subrayado está copiado al pie de la letra) tiene la obligación de oír con atención a los que influyen notablemente en los destinos de sus conciudadanos y de inquirir los motivos porque obraran.

Y aún mayor que esta obligación de los venideros es la que tienen los hombres influyentes de hacer públicos sus pensamientos. ¿Por qué? «Porque no hay derecho para intervenir en las cosas de los demás hombres sin deliberadas y formales doctrinas.»

Vamos, vamos, Sr. Cánovas, que ahora se me contradice usted. Y si no se contradice, es que no ha cumplido con su obligación de grande hombre.

Para intervenir en las cosas de los demás hay que tener doctrinas deliberadas y formales, y por esto usted expone las suyas. Pero las suyas, según lo antes copiado, son casi siempre fortuitas, casuales, poco maduras, etc., etc. ¡Vaya una formalidad!

A seguida se alaba el Sr. Cánovas de que él siempre ha pensado lo mismo desde que comenzó a publicar sus ideas en corta edad, sin tener que hacer ninguna modificación, absolutamente ninguna, en sus opiniones religiosas, filosóficas o sociológicas.

Tal creo; Cánovas, a pesar de leer muchas revistas y algunos libros, es hoy el mismo que publicaba, siendo estudiantil autor, la Historia de la decadencia (no dice la decadencia de qué, porque supone que todos lo sabemos y no pensamos en otra cosa). Amigo, esa es la ventaja de pasar la vida en un ripio perpetuo. No dudo que el Sr. Cánovas, pensando siempre lo mismo y no modificando absolutamente en nada sus pensamientos religiosos, filosóficos y políticos, se habrá ahorrado muchos dolores de cabeza; pero eso lo consigue el que puede, no el que quiere. Los hombres de esta índole nacen, no se hacen. ¡Lástima grande para el Sr. Cánovas que esta su manera de ser, ya que no por la fuerza intelectual y grandeza de espíritu, no se distinga a lo menos por lo rara! No, no se distingue. Lo general es eso. Ruiz Gómez, Jove y Hevia, Toreno y otros filósofos que no quiero nombrar, son así también, tan inquebrantables, y tan,... ¿por qué no decirlo? tan inmuebles como el señor Cánovas, que es un fundo filosófico, un pensador de la clase de raíces... quod solo tenetur. El Sr. Cánovas acaso no ha pensado bien en lo corriente que es esa perseverancia en materias metafísicas; algo más dificililla suele ser la constancia política. No cambiar de Dios ni de sistema filosófico, y aun sociológico, es fácil para gente como el Sr. Cánovas y Ruiz Gómez (4); lo peliagudo para esta clase de personas consiste en no cambiar de partido. No se puede negar que aun en política Cánovas es consecuente y ortodoxo como él solo, desde que en su partido no manda nadie más que él. Pero dejemos esto, que nos aparta de la pura región de las ideas del Sr. Cánovas, y volvamos a la gracia que le encuentra él a eso de haber pensado siempre lo mismo.

Cuando Moreno Nieto declamaba en el Ateneo en aquellos inolvidables discursos que daban a la filosofía una fuerza dramática que no le viene mal y que tan pocos filósofos consiguen, multitud de personas formales de la derecha y de la izquierda, conservadores y aun retrógrados, individualistas liberales y hasta socialistas de poco pelo (la formalidad y la seriedad sistemáticas no son patrimonio de un partido, ni siquiera de la especie humana); digo que al oír a Moreno Nieto las personas más metódicamente formales e incapaces de cambiar de opinión aunque los aspen, salían de la sala de sesiones sonriendo con lástima y compadeciendo al pobre D. José, que no sabía a qué carta quedarse, y que no hacía más que poner a servicio de la sinceridad del pensamiento un corazón todo amor, caridad verdadera, un cerebro iluminado por el amor mismo, y una visión artística evangélica de las ideas, que indicaba muy poca formalidad. No se podía contar con él para nada. ¿Qué hombre era aquel que no vestía ni de azul ni de colorado que no era de por vida y sujeto por alguna póliza, o ultramontano, o liberal, o cristiano A, o católico B, o deísta C, o panteísta H..., en fin, algo de lo que eran aquellos señores tan serios y tan invariables?

El Sr. Cánovas no presenciaba jamás estas escenas ni oía nunca los discursos de D. José; porque ¿qué iba a enseñarle a él aquel pobre señor que ni siquiera había sido ministro? No, no lo había sido ni lo sería mientras Cánovas mandase. De modo que si D. Antonio no podía ayudar a sus compañeros en seriedad y consecuencia filosófica a murmurar y compadecer a Moreno Nieto, de lejos implícitamente les daba la razón, absteniéndose sistemáticamente de convertir en ministro de Fomento al orador ilustre; porque para fomentarnos servían Toreno, D. Fermín Lasala y otros Tales... de Mileto, o de Cangas de Tineo; pero no servía el bueno de D. José, que... ¿por qué no decirlo, verdad, señor Cánovas? que adoleció, como filósofo, del ligero modo de ser contemporáneo (5).

Esta frase de Cánovas, que ya analizaremos después, porque tiene mucha miga y muy poca gramática, no obedece sólo al natural antagonismo entre un pensador inmueble como Cánovas, y un hombre de corazón y de discurso fuerte y sutil como Moreno, que no se aferra de por vida a ideas profesadas en la edad en que el juicio propio vale menos; no sólo a esta oposición y antipatía natural y desinteresada se deben las duras palabras que he copiado. Al Sr. Cánovas el que se la hace se la paga, y en esto de ser rencoroso es todavía más constante que en creer en un Dios todo misericordia, y tan separado del universo como D. Antonio de sus humildes súbditos. Moreno Nieto había dicho mil veces, en el seno de la confianza, que Cánovas era un semisabio, que había leído muchos libritos franceses de esos que sirven para propagar la ciencia entre los burgueses ilustrados; pero que no era un pensador serio y profundo, ni un verdadero hombre de ciencia en materias filosóficas. Esto lo decía Moreno Nieto sin mala intención, ingenuamente, sin querer mal a Cánovas, únicamente porque era verdad. Porque podría Cánovas envidiarle algo a Moreno Nieto; pero Moreno Nieto no podía envidiarle nada a Cánovas. En la vida de Moreno Nieto no había un solo ripio; era un hombre de verdad por todos lados. En cambio Cánovas... dadle golpecitos en la cabeza (salva venia) en la protuberancia filosófica, y veréis cómo suena a Revista de Ambos Mundos, y a traducciones económicas de Büchner y Moleschott, con otras parecidas hojarascas.

Cánovas supo lo que de él decía Moreno Nieto, y se la guardó; ¿para cuándo? Como dijo el poeta:

Mejor los contarás después de muertos.

Y en efecto, murió D. José entre bendiciones de todo un pueblo inspirado por intuiciones del amor y de la gran justicia plebeya, y entre las frases compasivas de los filósofos más o menos administrativos y raíces de inquebrantables convicciones; y Cánovas le cantó ese responso del ligero modo de ser contemporáneo.

¡Venciste, malagueño!

Ahora, veamos eso del modo ligero. La frase, que se encuentra en la pág. 516 del tomo II de los Problemas contemporáneos, es así: —«Que adoleció (M. Nieto), como filósofo y como sociólogo, del ligero modo de ser contemporáneo.»

Antes de penetrar en la intención, estudiemos la frase.

A primera vista, parece que fue M. Nieto contemporáneo de un modo ligero, como si dijéramos, que no fue bastante contemporáneo.

Pero este disparate no es el de la interpretación más probable.

Mirándolo mejor, parece que Cánovas quiera decir que D. José, como filósofo y sociólogo, adoleció del ligero modo de ser que es propio de nuestro tiempo.

Es decir, que ahora lo corriente es ser de un modo más ligero que antes. Nego suppositum! Porque ahí está Cánovas, que, con ser quien es, es contemporáneo, y, sin embargo, no adolece de un ligero modo de ser, sino que es de un modo de ser tan pesado como pudiera serlo el hombre terciario, si lo hubo, que es el menos contemporáneo que cabe imaginarse.

Y aparte de esto, D. Antonio, ¿qué decir el ligero modo de ser? ¿Es que ahora somos menos que eran nuestros antepasados? Para comprender toda la profundidad del disparate de D. Antonio, se necesita haber estudiado metafísica; ligero modo de ser, es decir, ser menos esencia, ser menos ser... ¡el absurdo absoluto!

Pero ¡ah! que lo que quiere decir Cánovas no es nada de eso; su propósito es devolverle al difunto la píldora y llamarle semisabio y superficial. Y que conteste el muerto.

Veamos el texto, para mayor claridad. Abro el citado tomo II por la pág. 318, y leo... Aquí una advertencia que quiero que sirva para mis digresiones de más abajo. Siguiendo a Cánovas en su texto para analizar sus ideas, es casi imposible prescindir de estos episodios gramaticales que retrasan el trabajo y embrollan el asunto. Escribe Cánovas tan mal a menudo —¡testigos Dios y Antonio Valbuena!— que es imposible pasar por alto la forma para llegar al fondo. Ejemplo, esto que ahora veo. En el párrafo que debía yo citar para convencer a ustedes de que la intención que atribuyo a Cánovas es la que tiene, me encuentro con unos hombres que tienen cerebros, así, en plural. Bien, dejémosles en paz y oigamos a Cánovas. Habla este de los hombres que por no emplear en una de sus obras todo el tiempo que su índole peculiar pide, «crean únicamente cosas que valen menos de lo que ellos por sí valen. Siempre, añade, se ha visto esto en el mundo en realidad (y va de ripios: ¿si creerá que está hablando en verso?); pero nuestra época de controversias diarias, de espontáneos discursos, y mucho más que de libros, de artículos de periódicos y revistas (ahí te duele) apenas conoce otros hombres que los de este linaje, así dentro como fuera de España. Y... «y de este modo de ser contemporáneo, no cabe duda que adoleció en gran parte Moreno Nieto.»

Moreno Nieto, Sr. Cánovas, le llamaba a usted semisabio, pero no ligero, porque sabía que era usted más pesado que los derechos individuales de Sagasta. Y sobre todo, sabía que si usted era así, hay por el mundo, en España y aún más fuera de ella, sabios verdaderos, que han estudiado tanto como el que más haya estudiado en otras épocas. ¿Conque era ese el ligero modo de ser contemporáneo? ¿Conque es así la ciencia de ahora? Esto no necesita refutación. Claro que hay eruditos a la violeta, Cánovas lo puede saber; pero justamente muchos se quejan del excesivo especialismo de la ciencia contemporánea. D. Antonio se figura que monsieur Valvert (Cherbuliez), su amigo, redactor de la Revue des Deux Mondes, es el tipo del sabio contemporáneo. No es tonto Cherbuliez, ni mucho menos, ni un ignorante; pero ¡hay más, D. Antonio, hay más!

¿Se le figura al biógrafo de Estévanez Calderón que todo lo que ha trabajado el siglo en Ciencias naturales, en Derecho, en Historia y Filología no supone muchos sabios verdaderos, tan constantes y laboriosos como hacen falta para llevar a término feliz obras cual las de Claudio Bernard, Renan, Strariss, Littré, Spencer, Wundt, Mommsen, Ranke, Max Müller, Max Dunker, Curtius, Grote, Thylor, Savigny, Ibering, Gervinus y... la mayor parte de los autores notables en todas las ciencias citadas y otras muchas? Que las obras de Cherbuliez y de Cánovas no son más que trabajos de revista, ya lo sé yo...; pero lo repito:

Antón, en el mundo hay más.

De esto es de lo que no puede convencerse nuestro ilustre malagueño: de que haya una región de la ciencia adonde él no alcanza ni levantando los puños en actitud de desafiar al cielo.

Lo más antipático que hay en las filosofías de Cánovas, después de la sequedad de espíritu que revelan y de los alardes de convicción, que trascienden a falsedad oficial y académica; lo más antipático después de esto es la constante alusión, ora explícita, ora implícita, a sus grandezas terrenales. Siempre nos está diciendo Cánovas, ya en el texto, ya entre líneas: ¡Ojo! que quien os habla es el autor de la Restauración española, el tutor y curador de la política reinante, el árbitro andaluz de vuestros destinos; fijaos en la gracia de que yo, que no debía tener tiempo ni para rascarme, me digne consagrar algunos ratos perdidos a resolver, de una vez para siempre, los grandes problemas que en vano estudian pléyades de sabios que en su vida han sido presidentes del Consejo de Ministros.

Ya veremos en otro capítulo que D. Antonio lleva esta vanidad a sus escritos puramente literarios, y que en ellos todavía insiste más en el contraste interesante que hay en ser él tan grande hombre y tan lleno de responsabilidades y en saber, sin embargo, menudencias de la vida artística actual, de esas que suelen parecer interesantísimas a los adolescentes enamorados con fe viva de la literatura de última hora. Ya veremos, digo a D. Antonio discutiendo con los parnasianos y citando a Richepin y a los gacetilleros del Fígaro; ni más ni menos que Dios, sin desatender al cumplimiento de las leyes de Keplero y otras en la fábrica de la inmensa arquitectura que dijo el poeta, cuida también de los pajarillos del aire y de los mismísimos microbios.

A Cánovas lo que le importa más es probar que él está en todo, que él es omniumrerum causa immanes, non vero transiens, como Espinoza, equivocando los personajes, decía de Dios.

¡Oh, si Cánovas escribiera sus confesiones! ¡Quién sabe, quién sabe si allí nos describiera cómo una noche, en el cacumen del orgullo y de su gloria, pensó que el mundo pudo haberse hecho de otra manera, de un modo más conservador! ¡Quién sabe si a Cánovas, que es en religión antropomorfista, se le ocurrió alguna vez tener envidia a Dios, como positivamente se la tuvo a Moreno Nieto y se la tiene a Castelar y Menéndez Pelayo!

«La ventaja que me lleva Dios, le dirá Cánovas a La Época en el seno de la confianza, es haber venido antes. Cuando yo nací, el mundo ya estaba creado: ¿que iba yo a hacerle? Únicamente cambiarlo.»

Y en eso se ocupa.

Y como yo no digo las cosas a humo de pajas, allá van textos que lo prueban.

No hace mucho tiempo que D. Antonio, ese demiurgo, ese metátronos, decía delante de un público casi dormido, y, si mal no recuerdo, en presencia de un rey, poco después difunto... pero dejemos que hable el mismo filósofo. Así resume él las ideas que expuso en la ocasión a que me refiero:

«Necesidad de hacer alto de vez en cuando en el importantísimo pero poco fecundo examen de los primeros principios, para estudiar otros conceptos de más inmediato y universal interés...»

Despachemos, en dos plumadas la cuestión gramatical, que viene a estorbarnos, como casi siempre que se copian textos canovísticos.

Dice Cánovas: «para estudiar otros conceptos»; y eso prueba que para él los primeros principios son conceptos también. De modo que la primera causa, Dios, lo Indivisible, la Fuerza, lo que sea, es un concepto para Cánovas. O Cánovas no sabe lo que se quiere decir cuando se habla de primeros principios, o no sabe lo que significa concepto. O no sabe ni uno ni otro.

Además, ¿dónde habrá cosa más universal que los primeros principios?

Hablando con la mayor formalidad posible, ¿no comprende Cánovas y no lo comprende casi La Época, que eso es un disparate? ¿Que no pueden estudiarse conceptos más universales que los primeros principios? Pero dejemos la letra y vamos al espíritu.

«Necesidad de hacer alto de vez en cuando en el importantísimo, pero poco fecundo examen de los primeros principios...»

Es decir, señores, no hablemos tanto de Su Divina Majestad (para Cánovas, según él declara, el principio primero es Dios, Dios Padre, Dios Trino y Uno), y estudiemos otras cosas más universales y más inmediatas...

por ejemplo: Cánovas y sus gestas, que son tan inmediatos conceptos y tan universales.

Sí; Cánovas quiere decir eso: «hablemos menos de Dios y un poco más de mí y de mi familia.»

Y en efecto, mientras consagra a la materia metafísica y teológica cuatro o cinco cuartillas escritas en horas inquietas, dedica dos tomos como dos quintales a D. Serafín Estévanez Calderón, que tuvo la gloria, no de nacer tío de Cánovas, pero de llegar a serlo.

Y si La Época, el presbíteros Joannes de Cánovas, quiere que dejemos estas regiones mitológicas y estudiemos el parrafito copiado, como si su autor no fuera más que un simple mortal incapaz de rivalidades divinas, vamos allá.

Cánovas opina, ¡qué digo opina! asegura que es necesario hacer alto de vez en cuando en el examen de los primeros principios.

Prescindiendo de si lo que se puede hacer con los primeros principios es examinarlos, o algo menos, se ve que para nuestro autor hay épocas en que debe darse de mano a la metafísica y a la teología, ¡El privilegio en todo! ¿Por qué? ¿Por qué ha de ser necesario que la ciencia deje de estudiar los más altos asuntos en algunas época? ¿Qué menos tienen unas épocas que otras? Que creyente, ni siquiera filósofo, es Cánovas, que piensa que la ciencia de un tiempo determinado Puede prescindir de abarcar el problema científico en su armónica totalidad, para admitir como buenas ideas anteriores (¿cuáles?), en lo más importante, y concretarse a ser original y propiamente conscia, o como usted quiera decirlo, en especulaciones inferiores de asuntos más inmediatos (!!).

¡Más inmediatos! Sr. Cánovas (y esto es un paréntesis) para el que cree en lo transcendental, ¿hay nada más inmediato que lo que es fundamento de todo? En todo ser, ¿hay algo que le sea más inmediato que el ser mismo? Y ese ser ¿de quién lo tiene sino es del Ser Sumo, de Dios? ¿O es que usted no cree en estas metafísicas?

Más inmediatos... Y más universales, añadía el Sr. Cánovas. Aquí ya no se trata de gramáticas, sino de ideas. Al decir más universales, da a entender Cánovas que él en estas cuestiones de primeros principios, es decir, de filosofía primera, entra con la imaginación y no con la razón; sólo así se comprende que por medio de un antropomorfismo, o un fetiquisimo acaso, grosero y primitivo, se figure los primeros principios, la causa del mundo, como más lejanos y menos universales (este disparate menos universales es consecuencia necesaria del disparate del texto, que dice más universales); menos universales que lo finito, contingente, temporal y de apariencia engañosa tal vez, que constituye todo lo creado. —De lo que dice Cánovas, a decir que los dioses están lejos, no hay más que un paso, mejor no hay ninguno, y poco lo falta para dar por bueno quod sine summo scelere dare nequit, según Grocio, non esse (esto no) aut non curabi ab co negotia humana (esto sí).

Y volviendo a lo principal. ¿Qué filosofía de la historia es esa, y qué historia de la filosofía, y qué concepto del sistema de la ciencia y de todas las ideas de lógica, según los cuales puedo Cánovas suponer que hay épocas en que el ser racional necesita prescindir de fundar su ciencia en lo fundamental, sea para declararlo asequible, o no, de tratar, en suma, los primeros problemas, sea para negar, afirmar o dudar?

Y a todas estas preguntas retóricas podría contestarme a mí cualquiera, con esta otra:

¿Y quién le manda a usted ponerse tan serio y discutir con el Sr.

Cánovas materias que exigen tanta sinceridad, tanto interés, tanto olvido de vanidades y libros raros, y cruces, y presidencias, y Estévanez y Calderón?

Es verdad. Perdóneseme esta fuga metafísica.

¿Me he puesto serio? Pues no lo volveré a hacer.

Sobre todo, consideremos que en el texto que he comentado tan detenidamente, acaso Cánovas no quiso decir nada de lo que dijo, consecuente cuente en ello con ese estilo que se esta formando poco a poco, cuyo principal consiste en no decir nunca lo que se quería decir.

Anhelo de este capítulo: una voz me grita que es inútil hablar de Cánovas y de la filosofía a un tiempo. Una convicción íntima, fortísima, me hace ver que nuestro sabio andaluz es un espíritu limitado, de relumbrón, bueno para ser admirado por el vulgo de levita, ese vulgo lleno de preocupaciones como el vulgo de chaqueta; y además frío y seco, débil de voluntad, perezoso de entendimiento y útil sólo para admirar y seguir a la medianía que se pone de puntillas y habla hueco y se hace obedecer por la flaqueza de la ignorancia.

Nada más fácil, teniendo un poco de sinceridad dentro del cuerpo y siendo algo nervioso, que pasar, con motivo de Cánovas las declaraciones, a las palabras gordas y al cabo a ponerse serio y tocar asuntos trágicos, ideas profundamente tristes.

Cánovas y la filosofía no tienen nada que ver entre sí, decía: es verdad, en algún aspecto; pero ¡cuánto podría decirse de la filosofía de Cánovas; esto es, de lo que supone Cánovas, influyendo en la España actual, como influye, siendo lo admirado y respetado y temido que es por muchos! ¡Qué estado de voluntad y de inteligencia revela en el país este fenómeno innegable!

Por ahí, por ahí se iría a la tristeza, a los recuerdos melancólicos, a las reflexiones pesimistas. Non se ne parle piu.

Sólo diré sobre este punto, que con este folleto sé que me pongo en ridículo a los ojos de muchos, los cuales me creerán poco menos que un loco, porque siendo yo un pobre gacetillero, me atrevo a tratar de este modo al grande hombre. Ya lo sé, señores, ya lo sé; pero con ese juicio de ustedes ya contaba desde el principio. Y sin embargo, publico el folleto y no retiro ni una palabra.

Lo que no haré será seguir a D. Antonio en sus lucubraciones una por una. Esto sería darle la razón a él que pretende revolver tierra y cielo en pocas páginas, escritas en horas inquietas, para dar esplendor a fiestas oficiales, para lucir un uniforme o una dinastía.

Mi propósito no puede ser aquí rebatir las doctrinas canovísticas, ni siquiera examinarlas para ir viendo una por una las ideas, buenas o malas en sí, transformadas en vulgaridades, o en caprichos, o en imposiciones sentimentales; todo esto sería obra muy larga. Además, a mi asunto no corresponde ver si hay Dios, ni cómo es, ni si existe la libertad, ni lo que se debe entender por Estado y Nación, con tantos y tantos problemas graves como Cánovas maneja. Quédese por él traer a colación tan difíciles y complicadas y hondas materias científicas en lugares profanos, o en tiempo inoportuno y sin preparación suficiente ni espacio bastante. El índice de los Problemas contemporáneos basta para hacer ver las pretensiones de Pandecias que tienen los discursos canovísticos. Parece que se dijo a sí propio: «Digamos lo que es el Universo... y demás, de una vez para siempre.»

Vea el pío lector: Índice, tomo I, discurso primero del Ateneo: El Ateneo en sus relaciones con la cultura española. —Las transformaciones europeas en 1870. —Cuestión de Roma bajo su aspecto universal. —La guerra franco—prusiana. Epílogo. =Discurso segundo del Ateneo. —El pesimismo y el optimismo. —Concepto de la Teodicea popular. —El Estado en sí mismo y en sus relaciones con los derechos individuales y corporativos. —De las formas políticas en general, etc., etc. =Discurso tercero del Ateneo. —El problema religioso (¿en sí mismo?) y sus relaciones con el político. —El problema religioso y la economía política. —La economía, el socialismo y el cristianismo. —Errores de las escuelas modernas en orden al concepto de Humanidad y de Estado. —Ineficacia de las soluciones propuestas hasta ahora para los problemas sociales. —El cristianismo y el problema social.

—El materialismo y el socialismo científico. (No crean ustedes que los socialistas científicos son los Wagner, los Brentano, etc., no; eran Büchner, Molleschott... y Leroux y Proudhon... ¡Y Cánovas escribía esto al acabarse el año 1872! —La moral independiente. —El cristianismo como fundamento del orden social. —Lo Sobrenatural y el ateísmo.

—Importancia de los problemas contemporáneos y método aplicable a su estudio. (Basta este epígrafe para juzgar a un erudito a la violeta.)=Discurso cuarto del Ateneo. (Hagan ustedes el favor de sentarse, que esto va largo y todavía no hemos recorrido todo el Universo.) —La libertad y el progreso en el mundo moderno. —El concepto de libertad en las escuelas modernas. —El determinismo y la libertad humana. —La libertad humana y sus manifestaciones. —La idea de progreso en los sistemas de Spencer y Hækel y el cristianismo... (Voy a suprimir algo, porque si no, no acabaremos nunca). —La filosofía de Kant y el escepticismo y determinismo actuales... —Los Arbitristas. —Otro precursor de Malthus. —La Internacional. =Tomo II. Discurso en el Ateneo. —Estado actual de la investigación filosófica (1882). —La nacionalidad y la raza. —El concepto de nación en la Historia. —El concepto de nación totalmente contemplado en sí mismo y sin distinguirlo del de patria. —Tendencias comunes hoy a todas las naciones civilizadas. —Historia de las cosas y hombres del Ateneo. —La sociología moderna y el socialismo. —Los nuevos conceptos de la sustancia y de la fuerza. —Las leyes del progreso. —Moreno Nieto.

—Revilla. —Los oradores griegos y latinos. —Sebastián Eleano. —Congreso geográfico. —El libre cambio... y ¡puf! nada más.

No; nada más, aunque parezca mentira.

Todo eso sabe el Sr. Cánovas; imposible seguirle en tantos conceptos en sí mismos y en sus relaciones y en todas esas tatalidades modernas y antiguas, y demás anagnórisis, catástrofes y epanadiplosis. Ha creado usted el mundo, D. Antonio, corriente; ¡pero descansemos al séptimo día!

Así como D. Leandro nos hizo conocer a su D. Hermógenes, opositor a cátedras, sin dejarle exponer sus teorías, y sólo con unos cuantos esdrújulos griegos, así D. Antonio se nos retrata en ese índice.

Por lo demás, yo he penetrado en aquel laberinto de síntesis y grandes puntos de vista, como diría La Época, y he salido de allí también bastante sintético, por lo cual puedo decir sin engaño y en pocas palabras lo que sigue:

Cánovas ha leído deprisa y mal lo moderno, y no conoce ni por el forro lo modernísimo. Cánovas no tiene una sola idea original, aunque en la expresión de las ajenas suele ser originalísimo, hasta el punto de no saber él mismo, ni nadie, lo que dice.

Jamás discurre, y menos prueba; sólo declama.

En vez de razones, alega postulados de la voluntad. Y esto es lo más grave. Hagámosle la justicia, aunque le mortifique, de reconocer que en este punto no hace más que seguir a otros muchos que pretenden ser filósofos. Es muy corriente entre cierta clase de pensadores preferir a la verdad verdadera, la verdad cómoda, y nada más que aparente.

Para estos señores, un principio cierto, un hecho evidente, son algo peor que nada; son huéspedes inoportunos que vienen a turbar por lo pronto la paz de la conciencia o la paz del mundo. Cánovas es de los que quieren demostrar la realidad de lo ideal con argumentos ad terrorem, pintando, mejor o peor, las consecuencias de que el vulgo llegue a olvidarse de Dios. Hay algo peor que post hoc ergo propter hoc, y es lo que pudiera formularse así: oportet hoc, ergo propter hoc. Es claro que cabe una filosofía en que la razón teleológica o de la finalidad racional sea un argumento, y algo de esto hay, por ejemplo, en el optimismo de Leibnitz; pero aparte de que tal filosofía es hoy débil, en rigor inadmisible, y sólo podrá volver a ser fuerte el día en que la evidencia alumbre con claridad divina todo lo metafísico; aparte de esto, no hay que ver en la filosofía de Cánovas cosa semejante, sino el utilitarismo imponiéndose como prueba racional. No es él sólo, repito, quien discurre así. Hoy, por ejemplo, es muy común combatir el pesimismo por sus frutos amargos. La realidad no debe ser el dolor... porque lastima. ¡Vaya un argumento! Pues en síntesis, como él diría, tal es el sistema de Cánovas.

«Hay Dios, porque si no, los socialistas se nos meten en casa. —El hombre es libre, porque si no, no se explica la sociedad actual, etc., etc.»

Estos no son argumentos. La única razón sólida de Cánovas contra el pesimismo, no se atreve D. Antonio a darla, por modestia. Dice así: «¿Cómo ha de ser malo un mundo donde nace un Cánovas, si bien uno solo, porque estas cosas no son para repetidas?»

Con semejante modo de discurrir y demostrar se desacreditan, hasta donde cabe, las ideas mejores. Así sucede muchas veces que, en lo esencial, está uno conforme con Cánovas. Es claro, ¡cuántas veces! Pero aquel aire de suficiencia, aquella falta de caridad, aquel tono de acrimonia y de pedantería, aquella argumentación imperativa, interesada, seca, llena de pasión pequeña, repugnan, hieren en lo más íntimo de lo humano, y nos hacen pasarnos al enemigo, o por lo menos defender a éste, que al fin es un hermano que piensa y siente. Homo sacra res homini, dijo hace muchos siglos Séneca; y en nombre de este principio nos rebelamos contra el dogmatismo sin entrañas de esos Cánovas y demás celotas morales que creen defender a Dios aborreciendo a los ateos o a los que se lo parecen.

Escritores como Cánovas son los peores enemigos del ideal, de lo santo, de lo divino. Predican el Evangelio a son de tambor, y lo publican como ley marcial. Si Cánovas hubiese habitado a orillas del lago Tiberíades con la pretensión de enseñar la buena nueva a aquellos humildes pescadores, hubiera empezado por convertirlos en soldados de marina y armarlos en corso. Si Cánovas alguna vez llega a ser Redentor (que Dios no lo quiera) el crucificado es Pilatos.

Si Dios existe, Sr. Cánovas, tiene que ser el Dios bueno. Y el Dios bueno no admite esos discursos biliosos y escritos deprisa y corriendo.

Para seguir la causa de Dios, lo primero es la sinceridad. Y lo primero que la sinceridad exige, es saber lo que se trae entre manos. Y cuando lo que se trae entre manos son los grandes problemas contemporáneos (y antiguos también), hay que estudiar mucho, mucho, mucho, y sentir mucho, mucho, mucho...; y, créalo V. E., no queda tiempo para ser presidente del Consejo de Ministros, de la Academia de la Historia, del Ateneo, de África, y, en suma, presidente hasta de los charcos, como lo es el presidente de los terremotos de Andalucía.

V. Cánovas novelista

No recuerdo si en otro lugar de este folleto digo que no quiero hablar de Cánovas considerado como novelista. Pues si lo digo, me arrepiento, y hablo de La Campana de Huesca, aunque sea poco.

Y hablo, porque así como a San Pablo se le apareció Jesús en el camino de Damasco, a mí se me acaba de presentar, sin saber yo de dónde viene, un certificado del correo, que dentro guarda un elegante tomo con portada a dos tintas, publicado en 1886 por el impresor de la Real Casa M.

G. Hernández; y en este tomo se da a luz, por cuarta vez, la crónica del siglo XII que Cánovas escribió con el citado título de La Campana de Huesca. Semejante aparición es sin duda providencial, y suscitada para que yo vuelva sobre mi propósito y no deje en el tintero al Cánovas cronista o novelista.

No he de insistir mucho, sin embargo, en esta clase de habilidades de mi héroe, porque siendo mi principal objeto pintarlo tal como es hoy, poco me puede servir esta campana (o copa boca abajo, que diría la Academia), que se fundió allá en las remotas mocedades de D. Antonio; hace treinta y cinco años, cuando yo no había venido al mundo.

Si de Cánovas poeta hablé largo y tendido, fue porque D. Antonio es en esta materia reincidente; pero en cuanto novelista, tiene derecho a un eterno olvido, acompañado de un perdón generoso, puesto que no lo ha vuelto a hacer; no ha escrito más novelas en treinta y cinco años.

Sólo porque algunas pretensiones sobre el particular deja traslucir esto de publicar en 1886 nueva edición de su crónica, me resuelvo —amén del motivo sobrenatural de que ya dejo hecho mérito— a decir algo de esta novela histórica, que de seguro le parecerá a La Época una de las mejores de nuestro siglo...

¡Es el diablo este Sr. Cánovas! Siempre consecuente, como él dice.

Sí; hace treinta y cinco años imprimía motu proprio esos disparates tan suyos y que tanto carácter habían de dar a su estilo años adelante. Digo esto, porque cuando me disponía a comenzar la lectura de este precioso tomo por el principio, o sea por el prólogo de El Solitario, el libro se me abre él solo por donde puedo, y me encuentro con estas palabras en la pág. 357:

«Castana, que no había adivinado el propósito del almogábar, dio un grito de espanto al sentir el golpe del dardo a pocas pulgadas de su rostro.»

Al lector se lo habrá ocurrido, como a mí, presumir que el tal Castana está herido, puesto que sintió el golpe a pocas pulgadas del rostro. Mejor sería, dirá el lector, que Cánovas nos explicase dónde había sentido el golpe del dardo Castana; pero, en fin, puesto que él lo sintió y fue a pocas pulgadas del rostro, sería en el cuello, en el pecho, o por ahí cerca. Pues no, señores; Castana sintió el golpe del dardo... «en la puerta de la ventana.»

¡Ahí me las den todas! diría el Sr. Castana, sin duda.

Abro por otro lado, y leo: «Echaba rayos de fuego por los ojos.»

Echaba rayos, diría cualquiera; pero Cánovas necesita añadir de fuego, para no confundirse con el vulgo.

El Solitario, con el cual me sucede, dicho en puridad, lo que a cierto ilustre literato le pasaba con Dante, El Solitario comienza su prólogo hablando de Gualtero Scott.

Eso es, Gualtero... o que nos devuelvan a Gibraltar.

Y después cita a Villemain, que es, según él, el más encumbrado de los literatos de Francia.

Debo advertir a ustedes ahora que si quieren hablar bien, no han de decir novela picaresca, sólo picaril, si gustan, pueden llamarlo de sentimiento lastimoso.

Pero santa gloria haya El Solitario, y vamos con el sobrino. Del cual dice el tío que por la lección y estudio que ha hecho de su idioma nativo, será indudablemente leído y aun estudiado sabrosamente por cuantos sean amantes de las galas del castellano.

¡Cristo Padre! —Y añade El Solitario, a guisa de epifonema: «Este es el solo, pero el más subido premio que de sus vigilias puede esperar un hablista.»

No por molestar a un difunto, lo cual es imposible, sino para que se vea que a los hablistas no hay que imitarlos más que cuando hablan bien, me permito fijarme en el copiado parrafillo. Si ese es el solo premio no puede ser el más subido que puede esperar; si el hablista no puede esperar más que un premio, ese será el más y el menos subido; no cabe comparación cuando no hay más que un término. Lo que quiso decir El Solitario debe de ser, que aunque el hablista no puede esperar más que un solo premio, éste es más subido que otros premios que no puede esperar. Pero no lo dijo.

Dejémosle definitivamente; bien; pero nótese que este hablista que tanto bombo da a su sobrino, en cuanto hablista también, no siempre habla como Dios manda. Y mi epifonema es éste: que no basta llamar Gualtero Scott a Walter Scott, para escribir siempre lo que se quiere. Y vamos ya al sobrino.

El cual, a la página siguiente del bombo de su tío, y la primera que él escribe, ya comienza a disparatar.

«Capítulo 1.º En que se habla a manera de prólogo con el lector.» Ya estamos mal. ¿Qué quiere decir eso?¿Que el autor se presenta a manera de prólogo a hablar con el lector? ¿Es el prólogo el autor mismo? No, de fijo, no. ¡Pues, Señor, decirlo a derechas!

Y comienza La Campana: «A orillas de la Iruela hallé esta crónica: en una de aquellas huertas de suelo verde y pobladas de árboles frutales, cuyas bardas y setos...»

Cualquier gacetillero mal intencionado preguntaría si las bardas y setos son de los árboles o de la huerta. Pero dejando esto como pecado venial, y aun lo del suelo verde, que es un modo canovístico de decir, y lo de pobladas, epíteto cursi y ramplón en este caso, prosaico y casi casi administrativo, dejando todo eso, vamos a lo que no puede pasar. Un hablista tan recomendado por su tío, el hablista de los hablistas, debe saber (no digo debe de saber, Sr. Cánovas, sino debe saber), que la Gramática de la Academia, donde tanta influencia tiene D. Antonio, no permite que se diga cuyas bardas y setos; porque cuyas es femenino, y los setos son masculinos, y el masculino, en tales casos, es el que prevalece. No es esto decir que deba decirse cuyos bardas y setos; pero, amigo, decirlo como se debe, ya que se es un hablista de tanta lección y de tanto estudio.

Y dice Cánovas, a renglón seguido:

«Y en verdad que es triste crónica para hallada en un lugar tan apacible.» Lo que quiso dar a entender, ya se sabe; pero lo que dice es, que la crónica es triste para hallada en un lugar apacible; de modo que si el lugar no tuviera esta condición pacífica, ya no sería tan triste la crónica.

Renglón inmediato: «Harto se ve que allí debieron vivir doña Inés y D. Ramiro.»

Debieron vivir, está mal, D. Antonio, según la Gramática que han hecho sus protegidos de usted.

Debieron vivir, quiere decir que tuvieron obligación de vivir allí, y ese no es el pensamiento de usted. Cánovas quiso decir que cree que allí vivieron —por tales o cuáles indicios;— es decir, en castellano, que allí debieron de vivir...

¿Lo oye usted, santo varón?

De modo que yo no puedo continuar este examen gramatical, para el que necesito una página de comentarios por cada palabra de la novela canovística...

Si abriendo al azar el libro se encuentra en el medio un gazapo; si comenzando por el principio se encuentran media docena en tres renglones, ¿no es de presumir que la cosa abunda? Sí; yo lo juro, abunda. ¿No me quieren ustedes creer? Pues sigamos.

Pág. 2, a los cuatro renglones después de lo copiado:

«Con el disfraz de miradores o azoteas cuidadosamente blanqueadas.»

¡Vuelta la burra al trigo! Miradores o azoteas blanqueadas, es un dislate; hay que poner el adjetivo en la terminación masculina. Por lo visto el Sr.

Cánovas tiene por sistema el desobedecer a la gramática de su incumbencia.

Prescindamos de que los miradores sean lo mismo que las azoteas.

«La puerta Desircata está allí, arrimada a un gótico convento de monjas. Allí está también...» ¡qué manera de pintar! parece que también está uno viéndolo allí todo eso.

¡Y así pintaba Cánovas en su florida juventud, llena... de ciencias morales y políticas! ¡Oh, el poeta de lo contencioso!

«Las bizantinas columnas de San Pedro dan sombra aún al peregrino y piadoso recogimiento al penitente.»

La sombra de las columnas se parece algo a la sombra del pino; pero, aparte de esto, yo creo (salva venia) que a esas columnas, bizantinas y todo, les sería igual dar sombra al penitente o dársela al peregrino; y que también la darán con mucho gusto al peregrino, que a su vez puede hacer penitencia, ese recogimiento piadoso que dan al penitente. Si bien es verdad que el recogimiento no es cosa que se dé; y caso de que se diera, no lo darían las columnas, que sirven para otra cosa.

Pero ¿habrá leído El Solitario la novela de su sobrino?

Yo no lo sé; pero lo que sí puedo asegurar es que yo... no pienso leerla. Doy por hecho que Cánovas, en esto de novelas históricas, es un Gualtero Scott, un Gustavo Freytag o un Gustavo Flaubert. ¡Lástima que no sepa escribir!

He mirado aquí y allí descripciones, diálogos...

¡Válgame el señor San Pedro! No sería yo persona seria, ni siquiera leal, si insistiese en estudiar al jefe de los conservadores monárquicos en cuanto novelista.

Supongo que él mismo renegará hoy de su novela de colegio, de este cronicón donde no se ve más, por lo visto, que alardes de estilo rancio, de conocimientos históricos más o menos fáciles de adquirir, y todos los defectos necesarios para demostrar que el autor no tiene ninguna de las cualidades que ha de reunir un artista.

Y si La Época o cualquier otro heraldo dijere que hablo al sabor de la boca y sin fundamento, porque no he leído La Campana, doy por bueno que no la he leído, pues así lo he declarado modestamente más arriba, y repito que tengo por cierto que Cánovas es un novelista insigne, con una fantasía de oro y un estilo encantador...

Todo menos volver a La Campana.

En materia de Campanas de Huesca, he leído Guerra sin cuartel, de Ceferino Suárez Bravo, y a ella me atengo, y ya sé lo que es bueno. No me cogerán en otra. Déles la fama el premio solo, pero el más subido que merezcan, que yo no soy redentor, y a tanto precio como leer de cabo a rabo esos libros, no quiero convencer al mundo de lo poco poetas épicos que son estos trovadores trasnochados, cuyo eterno modelo será, pese a Cánovas, el barón de Campo Grande, D. Fulano Jove y Hevia, que en su tiempo, en pleno romanticismo, representaba charadas históricas en las tertulias de Oviedo, ora disfrazado de Mudarra, ora de Abderramán, ora de D. Gaiferos, tal vez de Melisendra.

Cánovas es también un soñador, ya lo sé, un soñador arqueológico...

Pero mientras él sueña los demás duermen.

Y ahora si un crítico canovista quiere pulverizarme, ¿qué mejor ocasión que esta? ¿Dónde se habrá visto un Homeromatrix o Canovasmatrix, que es igual, que ataca con furia un libro que no ha leído entero?

Y, sin embargo, miren ustedes, puede que tenga yo razón, hablando formalmente.

Tal vez La Campana de Huesca es cosa muy mala, háyala leído o no Clarín, este mísero pecador que no siempre se atreve a confesar en público sus pecados.

* * *

No terminaré este capítulo sin decir que Castana, y no Castaña, como pueden creer los maliciosos, no es una perra, sino una de las heroínas de la novela, si no me engaño. ¡Castana! ¡Castana! ¡Vaya un nombre! ¡Tanto valdría llamarla Bosch y Fustegueras!

* * *

Tampoco terminaré sin copiar este parrafito que leo por casualidad al ir a dejar el libro:

«Caballeros todos ellos, no hay que decirlo, valerosos en armas (?), ricos en hacienda, osados y ambiciosos a porfía, basta saber lo que eran para que se suponga.»

¿Conque basta saber lo que eran para que se suponga? Señor, en sabiéndolo, ya no hace falta suponerlo.

Pero; ¡ea! Cánovas, no quiere decir eso; quiere decir: basta saber que eran todo eso para que se suponga que eran... caballeros. Pero ¿qué idea tiene de las distancias el monstruo?

* * *

Mas tampoco quiero terminar (así dure esto mil años) sin copiar la situación culminante de la novela. Se trata de describir la horrorosa Campana de Huesca. Pues verán ustedes la descripción de Cánovas, y díganme si no se ha dejado atrás a Casado.

«La escasa luz de mediodía (no quiere decir que la luz de mediodía sea escasa, si bien es verdad que eso es lo que dice) que alumbraba aquella lóbrega habitación (subrayo las palabras que tienen más color ¡habitación! parece que se está viendo) puso delante de los ojos del rey y del conde un inesperado y horrorosísimo espectáculo. (Así se pinta, con superlativos regulares). Ambos (¡terno!) rey y conde (sí, en eso estamos), prorrumpieron en una exclamación terrible, no bien lo alcanzaron sus ojos.

(¿Quién es lo?) En derredor del garfio que colgaba del punto céntrico (¡ah decadentista!) de la bóveda, mirábanse cabezas recién cortadas, imitando en su colocación la figura de una campana.

«En lo interior de aquella extraña campana colgaba otra cabeza que hacía como de badajo, la cual reconocieron los presentes (que conmigo firman) por del arzobispo Pedro de Luesia (alias badajo); las demás eran de Lizana, de Roldán, de Vidaura, de Gil de Atrosillo y del resto de los ricos—hombres rebeldes.»

¡Rayo de Dios! ¡Y eso se llama pintar con la pluma! ¿Quién no admira esa hermosa perspectiva del resto de los ricos—hombres rebeldes?

¿Y qué me dirán ustedes de las demás cabezas, que eran de Lizana, de Roldán, etc. etc.? ¿Y eran de ellos así, en montón, todas de todos, pro indiviso?

Pero dejémonos de repulgos de gramática, y vamos a soñar. Cierro los ojos y veo, como si estuvieran ante mí, notario de, etc.: una colocación, los presentes, una figura, un arzobispo a modo de badajo, un espectáculo, una habitación, Lizana, ambos, el punto céntrico... ¡Basta, basta! Tanta luz deslumbra.

Apaguemos.

VI. Cánovas historiador

Conviene comenzar este capítulo advirtiendo a los papanatas que no es lo mismo historiador que presidente de la Academia de la Historia. También Cheste preside la Academia de la Lengua, y no tiene lengua; quiero decir, que tiene la lengua presa y habla un demonio de lemosín cultilatino, que recuerda aquella alalogía de los primeros cristianos. Pues volviendo a Cánovas, es preciso declarar que preside la Academia de la Historia, porque esto es un hecho; pero historiador, lo que se llama historiador, no lo es. ¿Qué historia ha escrito hasta la fecha? Una, que le han alabado mucho algunos periódicos liberales con el santo fin de echársela en cara, porque en ella ataca, según ellos, lo que hoy venera, y contribuye a desacreditar lo que hoy tiene por santo, por inviolable. Pero de ese trabajo histórico, que es la Historia de la decadencia, como Cánovas dice, casi, o sin casi, reniega hoy el autor mismo.

Declara en varios pasajes de sus obras que la tal Historia hoy no la escribiría como la escribió; que no conocía entonces los trabajos (casi todos de extranjeros, por cierto y por desgracia), que han permitido juzgar al cabo con relativa claridad y con justicia los complejos negocios de aquellos reinados, que han sido como lugar de cita para los duelos en que las pasiones de los partidos han luchado más encarnizadamente en el terreno de la historia. Se alaba, sí, de no haber seguido ciegamente a los que acogían sin examen, y sólo por mala voluntad a los reyes de la casa de Austria, cuentos y supercherías ya tradicionales; pero, en suma, estima en poco su crítica de aquel tiempo, y la disculpa, no sólo por la insuficiencia de los datos, sino por los pocos años del autor. En efecto; Cánovas era joven cuando escribió esa historia. Pero, así como fuera injusticia tomársela en cuenta para examinar las dotes de historiador que actualmente puede poseer, sería gracia excesiva el proclamarle émulo de los Prescott y de los Irving por la historia... que no ha escrito todavía.

Aquello de la Decadencia no hace cuenta, admitido: cúmplase en esto la voluntad del autor; pero lo que es la historia que está por escribir, no puede hacer cuenta tampoco.

De modo que, en rigor, no hay tal historiador.

Sin embargo, si la vida ocupadísima y azarosa que lleva Cánovas hubiera sido otra, y le hubiera permitido consagrarse con la asiduidad y constancia que toda clase de vocación especial y verdadera exige a sus estudios literarios, don Antonio probablemente hubiera llegado a ser un mediano erudito en materia histórica, de pura crónica española, eso sí, pero al fin, trabajador útil y recomendable: una de esas figuras de segundo término, que, si no aparecen en los grandes cuadros sintéticos de una literatura (porque basta en estos presentar al gran escritor que aprovechó y reunió los documentos recogidos por otros, en obra de genio y propiamente artística), deben figurar con favorable censura en todo trabajo minucioso que tenga por objeto recordar, no sólo a los maestros que dirigieron el edificio de la historia, sino también a los inteligentes y laboriosos obreros que fueron colocando piedra sobre piedra.

La afición de Cánovas que se puede tomar más en serio (fuera de su afición principal, que es la de mandar en todos nosotros), es esta de la historia española; no entendiéndose que sea él capaz de elevarse a las regiones del filósofo de la historia, ni a la del artista historiador, sino considerándole en su natural terreno de hombre capaz de escudriñar pormenores y poner en juego cierta sagacidad de palaciego mezclado de erudito, que no cabe negarle, y bastante malicia y experiencia de las tristes intrigas cortesanas y políticas para poder sacar lecciones de lo presente y penetrar y saber inducir en lo pasado. De todas suertes, y aun reduciéndose a esta historia, que no puede llamarse de escalera abajo, porque precisamente su teatro natural son los salones, los gabinetes y hasta las alcobas, Cánovas, para darnos libros, que fueran expresión de sus estudios, fruto de sus vigilias, siempre tropezaría con el grave inconveniente de no saber escribir. —¡Hombre! diría Toreno, si por casualidad leyese esto. ¡Que Cánovas no sabe escribir! Pero este muchacho deslenguado, ¿por quién nos toma? —Calma, Sr. Jove, calma, respondería yo (confundiendo a Queipo de Llano con Campo Grande); es claro que Cánovas sabe escribir, lo que se llama escribir, y mejor que usted, mucho mejor, es claro. Pero aquí no se trata de escribir como quiera, sino de escribir bien, y eso es lo que Cánovas no sabe. El historiador que hoy quiera ser leído por alguien más que por los eruditos, que van a chuparle el jugo; el historiador que quiera vivir en sus obras, y no en las notas de otros historiadores que sean mejores escritores que él, necesita ser artista, tener la visión de la realidad pasada y el arte de reproducir con la pluma esa visión, merced a cualidades que en gran parte son semejantes a las del gran novelista psicólogo y sociólogo, y en otra parte análogas a las del filósofo de la historia, que a su vez necesita muchas cualidades del artista, especialmente del poeta épico, en el lato sentido de estas palabras. El Sr. Cánovas tiene una de las imaginaciones más pobres y prosaicas que se han conocido; es bastante discreto para no embarcarse, por lo común, en esas naves de metáforas cursis que suelen naufragar casi siempre; pero si esta discreción (que no siempre le acude) le libra del ridículo, no puede ocultar la pobreza del color, la ausencia de toda fantasía plástica. Si el señor Cánovas se mete en tropos de once varas habla del viento huracanado... de las circunstancias; si describe, lo hace como en la famosa escena de La Campana de Huesca que dejo copiada; no sabe narrar con sencillez, con ese lenguaje que hace que se olviden las palabras y sus sonoridades por la cosa misma, por el objeto de la narración; lucha, armado de adjetivos y pronombres demostrativos, contra las emboscadas que le tiende la anfibología, por culpa de su endiablado afán de hipérbaton falso y de novedad culterana en palabrotas y giros; y, amigo, en estas condiciones, viendo al escritor sudar por conseguir expresar en castellano su pensamiento, sin lograrlo muchas veces, el lector no puede atender al fondo, no puede olvidar el barullo de las palabras; no parece que se lee, sino que se está oyendo leer, y entra en el alma y en el cuerpo la fatiga infalible de las lecturas públicas; pena el oyente por sí, por los efectos del narcótico musical, y pena por el lector, en quien supone mortal cansancio. Leyendo a Cánovas se está pensando sin querer en el Diccionario, en las partes indeclinables de la oración, en una porción de adverbios de modo y en el gran valor que pueden llegar a tener las conjunciones. Y después, si se cierra el libro, y se acuesta uno y sueña, se ven flotar en la fantasía, no los personajes de la historia ni los parajes por donde han pasado, sino los pujos arcaicos y castizos de Cánovas, sus muletillas adverbiales, los estos, aquellos, últimos, dichos, propios, etc., a que se agarra; conjunciones sueltas, y en fin, una Valpuris de palabras abstractas, un aquelarre de ripios en prosa, algo como la fiebre del hambre debe de ser en el delirio de un maestro de escuela; ensueños como el de un amigo mío, abogado y jurisconsulto, que soñó una vez, con gran remordimiento, ser autor del delito de estupro consumado en una virginal raíz cuadrada. —Y digo todo eso porque estos días, que tengo yo que manejar mucho los libros de Cánovas, sueño cosas así, y tengo náuseas al despertar; y todo lo atribuyo al estilo canovístico, que es una cosa sui generis, que debe de servir para hipnotizar, como el ponerle a uno el filo de una navaja barbera sobre las narices...

Quedamos en que Cánovas podría llegar a ser historiador, dadas tales y cuales condiciones; en que no lo es todavía, y en que de todas suertes no sería un historiador de primer orden, ni aun de segundo, sino de esos tan útiles como olvidados, que suministran documentos a los verdaderos artistas, hijos de Clío, los cuales son en rigor, los verdaderos historiadores; porque, como dijo Cicerón perfectamente, si se entienden bien sus palabras: Nihil es magis oratorium quam historia.

VII. Cánovas orador

Diga lo que quiera el Sr. Cánovas, la oratoria más se parece a la arquitectura que a la escultura. Es como aquélla, arte bello—útil. Y así como hay edificios que son útiles, pero no son bellos, o no tienen más belleza que la que se les atribuye abstractamente al pensar en que son útiles, hay oradores que pueden ser útiles (y aun unas hormiguitas para su casa), pero que no son bellos.

Si a un orador que es artista, que produce belleza hablando, se le puede comparar con una catedral gótica, o con el Partenón, o con una formidable fortaleza ciclópea, según los géneros, a un orador como Cánovas se le puede y casi se le debe comparar, no con las Pirámides de Egipto, como decía en broma Hermosilla hablando de símiles disparatados, y como tal vez a D. Antonio le sabría bien; se le puede comparar, digo... con un gran almacén de harinas.

Que el Sr. Cánovas es orador, es indudable; que lo que dice nos suele importar mucho a todos... porque a lo mejor nos va en ello la vida, o por lo menos la tranquilidad y hasta el pan que ganamos con el sudor de nuestro rostro, también es evidente. Cuando D. Antonio vocifera desde el banco azul, por ejemplo, que va a ver cómo se las arregla para colgarnos a todos los que no pensamos como él, ¿quién se para en pelillos retóricos, ni se detiene a considerar si Cánovas es o no tan correcto como después aparece en el Diario de Sesiones? La oratoria de Cánovas no es cosa de juego, como él dice que es el arte; y cuando habla Cánovas, estamos todos con el agua al cuello. Y así como se han dicho que en un naufragio los náufragos no son los que sienten bien el sublime (en cristiano lo sublime) del espectáculo, sino que de tal sublimidad sólo pueden disfrutar los que la ven desde lo seco, en tierra firme; y así como el soldado, envuelto en humo y en peligros inminentes, no aprecia el conjunto poético de la terrible batalla; los españoles, que siempre salimos con algo roto de los discursos trascendentales del gran conservador, no podemos contemplar tranquilamente ni disfrutar las bellezas de la elocuencia canovística. Esto por lo que toca a los españoles ilegales y sus afines; en cuanto a los canovistas, tampoco ven con la desinteresada contemplación del espectador en pura estética la arquitectónica grandeza de la oratoria del amo; para estos, para los conservadores, sirve la comparación apuntada: la del gran almacén de harinas. Así como la antigüedad clásica pintó a la elocuencia con una cadena de eslabones de oro saliendo de los labios, hoy se puede pintar la elocuencia oficial de Cánovas figurando al monstruo con una cadena de roscas de pan candeal pendiente de la boca. Sí; la oratoria de Cánovas es eso: el bollo y el coscorrón; y ni los del coscorrón ni los del bollo podemos juzgarle como orador artístico. Sin contar con que no lo es.

Pero me apresuro a reconocer dos condiciones de la oratoria de Cánovas, que la hacen simpática hasta cierto punto.

Cánovas sabe que tiene poca imaginación (como no sea para inventar teorías políticas) y no pretende cultivar el estilo asiático ni el florido, y llama al pan pan y al vino vino, y hace bien. Tiene bastante orgullo (aquí oportuno) para no querer segundos papeles, imitaciones cursis, y deja el arte divino de la elocuencia a los pocos, poquísimos privilegiados a quien Dios llamó por ese camino. Él recaba su derecho de decir lo que quiere y de saber lo que dice; y como lo que dice suele ser importante, por ser él quien es, sus discursos tienen muchas veces interés de actualidad y grande. Además, él, como político de los que se usan, de ambición bien puesta, de pasión de partido, de energía de jefe, de intriga parlamentaria hábil, vale, ya lo creo, y sus discursos reflejan este valor. Importan los discursos de este hombre por lo que tiene que decir, no por el modo de decirlo. Aun en la forma hay a veces calor, naturalidad, y no dejan de salirle de cuando en cuando de la trabajada mollera párrafos bien construídos y hasta sonoros. Por lo general es incorrecto, sobre todo en la construcción; tiene los defectos que trae consigo la escasa fantasía; describe mal, con torpeza de lengua y vaguedad de dibujo; abusa sin conciencia de los ripios parlamentarios, de las fórmulas y muletillas corrientes no teme la tautología, ni la repetición, ni la vana sinonimia (que no es lo mismo que la tautología), ni acierta con la precisión, ni aspira a la concisión; esa concisión que no es más que el premio de la imagen exacta, de la lógica clara, del pensamiento seguro, del dominio del idioma; concisión que es muy otra cosa que la pobreza y la frialdad, aunque muchos con ellas la confunden.

Otra cualidad buena, simpática, de la oratoria de nuestro hombre, es que se le ve trabajar, se le ve sudar el discurso. Cuando no se es el gran artista de la palabra, para el cual un discurso es la obra maestra que le hace inmortal; cuando se habla sin pretensiones de dejar a la historia de las letras patrias piezas oratorias que sirvan de modelo; cuando se habla sin pensar más que en el motivo utilitario inmediato es preferible que al orador se le vea ir formando conciencia de las ideas y de su adecuada expresión, según van pasando de los limbos oscuros del alma a la voz y al gesto. Un orador de papel continuo, que habla como por resorte, que es facilísimo, abundantísimo, es una maravilla digna de admiración, como las de los prestidigitadores; es un producto sorprendente de la mecánica más complicada y perfecta, digna obra de un Juanelo o de un Edisson, según el motor...; pero no es un hombre. Cánovas no es así. Su palabra no es fácil, a veces se le rebela; pero dado el género de su oratoria, nada de eso lo perjudica. Casi parecería mal que un hombre que está inventando en aquel momento modos de echarnos a todos a perder, de acuerdo con la última palabra de la ciencia, los inventase de corrido, sin necesidad de pararse a pensarlos un poco.

Para no ser un orador como Castelar, vale más hablar como Cánovas...

salvando las incorrecciones señaladas y otras. —¿Cánovas incorrecto?

preguntarán los que le leen y no le oyen. Sí; bastante incorrecto y a veces premioso; cualquiera que haya asistido al Congreso durante algún tiempo, podrá dar razón. Una cosa es el discurso de Cánovas escrito, y otra el mismo discurso cuando él lo está diciendo. Pero así y todo, no es lo peor de Cánovas su oratoria, y yo le prefiero a esos ruiseñores desplumados, de jaula, que creen ser elocuentes porque se les ocurren muchas metáforas cursis y manoseadas, en poco tiempo.

Leídos, los discursos de Cánovas podrán enseñar la hilaza del sofisma, la arbitrariedad del carácter y del juicio; pero no son ridículos, como los de esos tenores de zarzuela que suelen ocupar nuestra tribuna con párrafos de un lirismo fútil, trasnochado, que leído parece poesía de La Moda Elegante. Aquí se llama buenos oradores a muchos porque saben recitar, sin cortarse, prosa almibarada y relamida, insustancial y vulgar, que en letras de molde nadie resistiría.

No es este folleto lugar a propósito para penetrar más ni en los defectos ni en las cualidades recomendables de la oratoria de Cánovas; es orador utilitario ante todo, orador político y meramente político, y sin entrar en sus constituciones internas, y sus palos de ciego, y su romanticismo arqueológico—monárquico, no se puede examinar sus discursos, a no ser en una abstracción soporífera, vaga, insuficiente. Y lo que es de la política de Cánovas, yo no tengo que decir más que lo siguiente:

VIII. Cánovas político

Otero.

Oliva.

IX. Cánovas pacificador

Cuando manda Sagasta, surgen los motines.

Cuando manda Cánovas, surgen los regicidas.

A Sagasta le silban las Instituciones.

A Cánovas se las quieren matar; y ellas se le mueren.

X. Cánovas prologuista

Así como D. Hermógenes era de oficio y ante todo opositor a cátedras, Cánovas es por esencia y potencia autor de prólogos. Unos han nacido poetas, otros bizcos, otros oradores; Cánovas nació, y morirá, prologuista. Es un prologuista lírico, eminentemente subjetivo y a la manera que Goethe se pinta a sí propio en sus obras, y cuando está hablando de Guillermo Meister, o de Werther, o de Tasso, en cierto modo habla de sí mismo, ni más ni menos que a sí propio se escucha el autor insigne de las Cartas de Jácome Ortiz, y, según entre nosotros D. Juan Fresco es vivo retrato de D. Juan Valera, digo que así, o por el estilo, se manifiesta Cánovas en sus prólogos; es decir, en los prólogos de los libros ajenos.

De esta suerte va siempre ganando. Si él escribe un libro, le pone un prólogo su tío El Solitario, que alaba al sobrino; si se trata de libros ajenos, Cánovas les escribe el prólogo... alabando también al sobrino de su tío. Sí; siempre gana él.

En España, este país de la fiera independencia, que no consiente señores extranjeros, pero que se achica y hace un ovillo ante los tiranos nacionales; en España no se hace ya nada que sea o pretenda ser monumental que no lleve un prólogo de Cánovas. He llegado a creer que si la Biblioteca de Recoletos tarda tanto en ser construida, es porque se está esperando a que Cánovas le escriba un prólogo.

No me extrañaría saber que en unas excavaciones allá en la China se había encontrado una hermosa edición princeps del Chou—King... con un prólogo de D. Antonio Cánovas del Castillo.

No se crea que esta especialidad la debe a su posición política. Tan presidente del Consejo de ministros como él es Sagasta, y no le pone prólogo a nadie. Sagasta protegerá, con su consejo, otras cosas, ni más ni menos que Cánovas; pero en lo de escribir prólogos no le sigue. Don Antonio saca de los prólogos un partido que no ha sacado nadie, y por esto son los suyos prólogos de singular naturaleza, que merecen estudio detenido. En ellos escribe D. Antonio sus Memorias. Sí, señores; hace lo que esos... desocupados que escriben o graban en las paredes de casas a ajenas, en los teatros, en las catedrales, en los puentes, en los pedestales de las estatuas, etc., etc., su nombre y apellido, estado, día y lugar de su nacimiento, con otra porción de circunstancias y condiciones de su vida. Cánovas va dejando por esos libros de Dios, más o menos inmortales, sus gestas y fazañas. Juan Palomo y su pichona, leyó fray Gerundio en un puente de Burdeos; cosas por el estilo se leen en la Alhambra, en el campanario de la Giralda, y cosas por el estilo va escribiendo D. Antonio en todos los prologuitos de que se encarga.

A lo mejor, nos dan los periódicos una noticia como ésta: «La obra monumental del Sr. X... no se ha podido publicar todavía porque el Sr.

Cánovas del Castillo se ha dignado escribir el prólogo, y le está dando la última mano.»

Bien hace Cánovas en seguir las voces interiores de su vocación. Él nació para mandar en España cuando no se menea una rata, y para escribir tarde y mal y con mucha prisa (sabe Dios esto último) prólogos líricos.

Jamás es tan poeta Cánovas como en estas prosaicas odas, donde con el natural desorden y la natural poca memoria que la oda requiere, por culpa del furor pimpleo, se olvida a los dos renglones, o al primero, del autor del libro, del asunto del libro y de cuanto Dios crió, y comienza a cantar las alabanzas del dios desconocido que lleva dentro de sí; y si no las alabanzas, sus hazañas, sus idas y venidas, sus vueltas y revueltas.

Sólo así se explica que a Antonio le salgan prólogos... en dos tomos que suman 740 páginas. Véase el libro titulado El Solitario y su tiempo, que, por confesión del autor, no es más que un prólogo a las obras de D.

Serafín. Se quejaba Sainte—Beuve de Edmundo About porque escribía un libro para lo que bastaría una página. ¡Fuego de Dios! ¿qué diría si leyera los prólogos de Cánovas? —Lectura o lección, según Estébanez, de todo punto inverosímil, no sólo porque hace mucho que el autor de Volupté murió, sino porque si viviera se guardaría muy bien de leer prólogos de D. Antonio; que no todos los críticos extranjeros son unos Cherbuliez.

Si Cánovas no fuera prologuista de presente, apenas se podría hablar de él en cuanto literato. Historiador bueno o malo lo ha sido, y dice que lo va a ser, pero no lo es ahora; él mismo desdeña la historia que escribió, y de la futura no se puede hablar, a menos que se sea tan lince como La Época, la cual, para elogiar a su señor D. Antonio, no necesita que éste haya abierto la boca ni cogido la pluma Lo de poeta ya hemos visto que no es cierto, y que sería crueldad, pedirle cuentas por este concepto. Novelista... ni por el forro; tal vez ni pretensiones siquiera, a estas horas. Orador, en cuanto político, puramente utilitario, nada artístico. ¿Qué le queda a Cánovas en las letras actualmente? Nada más que eso, los prólogos.

Metámonos, pues, en harina.

El número de prefacios, por no decir siempre prólogos, que Cánovas ha escrito, es como el de las estrellas: no podría contarlo Abraham ni nadie.

Yo, en este instante, me acuerdo de los Siguientes:

Prólogo a D. Serafín, el tío, dos tomos.

Prólogo a las obras de Moreno Nieto.

Prólogo a las obras de Revilla.

Prólogo a una traducción de lord Byron.

Prólogo a un libro de D. Arcadio Roda.

Prólogo a Los poetas dramáticos contemporáneos, de Novo y Colson.

Todos estos prólogos tienen mucho que estudiar, y algunos mucho que reír, aun los que menos debieran dar ocasión a las carcajadas.

¿Cómo no reír, v. gr., cuando dice con motivo de Moreno Nieto, que...

«Ayala había nacido extremeño y continuó siéndolo?» —No haga usted gatadas, me diría algún académico si leyera esto; copie usted todo lo que dice Cánovas sobre el particular. —Bueno, hombre, respondería yo; pues peor que peor. Y dice: «Ayala había nacido extremeño y continuó siéndolo, a pesar de las veleidades de la división territorial.» Aparte de que una división territorial puede cambiar, pero no tener veleidades, de todos modos ha dicho el señor amo una tontería. Claro que si Ayala nació en tal lugar, continuará siendo del lugar de su nacimiento, pese a todas las veleidades del mundo. Y así viene a reconocerlo Cánovas, y la tontería está en advertir lo que de sabido se calla.

Pero dejo esta digresión y me llamo al orden por primera vez.

Empecemos por lo último, es decir, por el prólogo que se refiere al libro menos importante, el del Sr. Roda. Se trata de los oradores griegos y de los romanos. ¡Cosa rara! En los primeros renglones del prólogo parece que Cánovas no habla de sí mismo. ¡Error profundo! La primera alusión es para D. Antonio... «Mientras que la inmodestia sirve de fácil escala para alcanzar cuanto hay.» ¿Quién ha alcanzado aquí cuanto hay? Cánovas.

¿Quién es inmodesto como pocos? Cánovas. Las señas son mortales. Habla, pues, de sí mismo. En el renglón onceno, Cánovas aparece en todo su esplendor, sin tapujos retóricos.

«Conocile yo (¡siempre él!) en el punto y hora (¡qué castizo y qué cronométrico!) de dar a luz una traducción de Demóstenes... ¿Quién estaba ahí puesto a parir, D. Antonio? ¿Quién había traducido a Demóstenes? Según la gramática, yo, es decir, Cánovas.

Después viene un «que pretendía dedicarme,» que si se tratara de otro yo podría dejar clara la cuestión, pues nadie se dedica libros a sí mismo; pero tratándose de Cánovas, todo es posible.

«Dejándome llevar en aquella sazón de mis bien conocidas aficiones»...

¡Las aficiones de Cánovas! ¿Quién habla de otra cosa? Por supuesto, aquella sazón no era sazón ni Dios que lo fundó, era el punto y hora de marras. ¿Qué diría Cánovas si las palabras de los sinópticos, In illo tempore..., dixit Jesus discipulis suis, se tradujeran, v. gr.: «En aquella sazón, dijo Jesús a sus discípulos?» Pues es igual. Hay sazón cuando la hay pero no de sazón.

«Pronunció allí ocho discursos sobre los grandes oradores griegos y las extraordinarias circunstancias políticas y militares (¡circunstancias militares, bendito Dios!) que inspiraron sus arengas, bastantes para dar buen concepto a cualquier hombre de letras...»

¡Ya lo creo! para sí quisiera usted las arengas de los grandes oradores griegos Qué, ¿no es eso? ¿No se refiere a las arengas griegas, sino a los discursos de Roda? Pues hijo, decirlo. Aquí no hay estrambote que explique la anfibología, ni mal siquiera.

A estas alturas, el Sr. Cánovas ya ha tomado vuelo y habla de sí propio como un libro, y se mezcla con todo lo creado, especialmente la política actual, el Parlamento, la oratoria parlamentaria... Del Sr. Roda ya no había más que a veces, por alusión lejana, y tomándole por mingo, aunque sea mala comparación.

Por lo demás, sea por ignorancia o por mala voluntad, Cánovas, con ocasión de los oradores griegos, no habla palabra de estos señores, en cuanto a citas, Cormenin y M. Perignan. ¿Y doctrina? aquello de que la escultura es el arte de Grecia y que la elocuencia era allí escultural...

y nada más; después, vuelta a los Cuerpos Colegisladores y a lo mal que anda la patria (a la sazón Cánovas no era ministro). No hay cosa más pobre, más triste, más vulgar, que los tres o cuatro párrafos que en un prólogo tan largo dedica el prologuista a hablar de la elocuencia griega.

¡Y él es orador y se las echa de filólogo y de clásico!

Antes de concluir con este asunto, copio esto: «... Ni los signos ortográficos, ni la puntuación más esmerada bastan para distribuir bien las frases (en los párrafos muy largos). —¿Conque... ni los signos ortográficos ni la puntuación? Y la puntuación, ¿qué es si no es signo ortográfico? Coja usted la gramática, ábrala por el índice, no pasemos del índice. Pág. 418 (última edición) dice: Parte cuarta: Ortografía. —Cap.

IV. De los signos de puntuación», y no habla de más signos que estos.

Signos de puntuación, ya lo oye usted, y en la Ortografía...

Por lo demás, es claro que la puntuación no sirve para distribuir bien las frases en los períodos largos o cortos; este trabajo ha de tomársele el escritor, las frases son incumbencia del que escribe; los pobres signos sólo sirven para señalar, es claro, ello mismo lo dice; y bastante hacen. Ahora me explico yo cómo Cánovas es tan laberíntico en sus parrafadas. Justo; les deja a los signos ortográficos, y en su defecto a la puntuación, que distribuyan las frases (como él dice), y así sale ello.

Pero salgamos de este prólogo, que no merece tanta conversación.

Del prólogo a las obras de Moreno Nieto ya se ha dicho en otro lugar bastante, considerando el tal documento como discurso, que fue primero, para ser prólogo después. En efecto, los partos del ingenio monstruoso lo mismo sirven para un barrido que para un fregado.

Por supuesto, que aquí empieza Cánovas, como siempre, hablando de sí propio, y ésta es mi tesis principal. Comienza reclamando para sí la pena mayor por la muerte de Moreno Nieto, y después de pocos renglones viene a decirnos que él piensa sobrevivir a todos sus contemporáneos; sobrevivir aquí en la tierra, entiéndase, vivo de veras, no ya en la fama, que de eso no hay que hablar siquiera.

Habla del hueco que van dejando los coetáneos difuntos, y dice:

«Hueco que anuncia la soledad pavorosa en que hemos de llegar los más felices (por si acaso, solo y todo se tiene por feliz, ¡ya lo creo!) al fatal término de la jornada.» Por donde se ve que Cánovas, como San Juan, el discípulo amado, cree tener alguna promesa de llegar a muy viejo. Y es claro que lo más del tiempo pensará gastarlo en ser presidente del Consejo de ministros. ¡Bonito porvenir!

Ahora oigan ustedes esto.

«Ayer, señores, o casi ayer (bueno, anteayer), desapareció Selgas, y algo antes desapareció Ayala también. Pertenecían todos tres a la generación que empieza a dispensarse, (será errata, querrá decir dispersarse; pero tampoco así está bien, ni medio bien. Morirse no es dispersarse. Y dispensarse, por si no es errata, mucho menos).

»Los tres eran purísimas glorias de ella, y lejos de estorbarse en la vida (¿por que habían de estorbarse, santo varón? ¿Cree usted que todos son como usted, que hasta les tiene envidia a los apóstoles por las muchas lenguas que sabían, siendo así que usted no sabe casi ninguna?), lejos de estorbarse en la vida se sumaban, más bien, y completaban; valían tanto los tres en suma (claro, en suma, si se sumaban...), que quizá a un tiempo (ahora va lo gordo), que quizá a un tiempo mayores no los ha producido ninguna generación en nuestra patria.»

El que prueba demasiado no prueba nada; y acaso Cánovas prueba demasiado a propósito. Mucho, muchísimo valió Moreno Nieto; también, valió mucho Ayala...; pero en el siglo de oro, y en otros varios, han vivido a un tiempo, como usted dice, algunos varones de fama universal y españoles que, sin ofender a nadie, se puede asegurar que tienen y merecen aún más gloria que Moreno Nieto y Ayala. Y lo mismo digo de nuestro tiempo y del próximo pasado.

En cuanto a Selgas..., en fin, ha muerto, y no tiene él la culpa de que Cánovas le ponga en ridículo sacándole del modesto lugar que ocupa en la historia de nuestras letras.

Cánovas abandona a Selgas, en mal hora traído a colación, y sigue apreciando a Moreno Nieto y Ayala, que eran muy amigos, en efecto, pero que en nada se parecían más que en ser extremeños... y en continuar siéndolo, como dice Cánovas.

Mas no sólo por motivos geográficos y razones extremeñas hace semejante paralelo el prologuista. Él va a lo que va. No se me diga, Cánovas en esto de rebajar a los que cree rivales es sistemático. Moreno Nieto era orador, orador insigne, de los primeros de España. Revilla era también insigne orador, de los primeros en los debates académicos...; pues ya verán ustedes cómo rebaja esta gloria Cánovas en Revilla, y vean cómo la rebaja ahora mismo en Moreno. ¡Lo que él sabe!

Lo que cuesta trabajo aquí es seguir hablando en tono de broma y sin indignarse.

«Lo propio Moreno Nieto que Ayala eran grandes oradores.»

¿Ayala grande orador? Ayala era buen poeta; escribió una comedia, Consuelo, que es acaso la mejor entre las modernas españolas; escribió otras muy dignas de elogio, como El tanto por ciento, y dejó además excelentes poesías líricas, algunas dignas de ser modelo por la hermosura y trasparencia de la forma; pero Ayala no fue orador ni tuvo pretensiones de tal. Hablaba bien las pocas veces que hablaba, y en alguna ocasión, en pocas palabras, dijo cosas muy tiernas, que, amén de serlo, tenían que impresionar vivamente a multitud de monárquicos bien alimentados. Pero Ayala no era un orador en el sentido en que lo son Galiano, Castelar, Martos... varios otros, y el mismo Moreno Nieto. Presentar a Ayala, en cuanto orador, a la altura de Moreno Nieto, es rebajar a Moreno Nieto.

Como sería rebajar a Ayala decir que Moreno Nieto hacía tan buenos versos como él.

Semejantes paralelos, o mejor, paralelas, le sirven a Cánovas para hacer planchas y levantarse dos cuartas sobre el suelo a fuerza de puños y mala intención.

Luego sigue hablando de Moreno Nieto desde el punto de vista, o bajo el punto de vista, que él escribe, de sus relaciones con el umbiliculum terrae, con el centro de la tierra, y aun del universo, o sea D. Antonio.

No sigue la biografía de Moreno Nieto por el orden que señala la vida de éste, sino por el que señala la vida del Sr. Cánovas. Por lo cual tiene ocasión de decirnos que un Sr. Alix, muy amigo de Cánovas, hizo oposición a la cátedra de árabe de Toledo, y que D. Antonio de buena gana se la hubiera dado. Sí, sí, ya le conocemos a usted las mañas. Si usted hubiera podido entonces lo que pudo después, le hubiera quitado la cátedra al primer lugar, Moreno Nieto, para dársela a su amigo. Conocemos el sistema. Más adelante viene a decir que Moreno Nieto no tenía bastante paciencia para seguir estudiando de veras árabe, y que se consagró a la filología bajo su aspecto filosófico—histórico y bajo su aspecto puramente histórico. Estos dos bajos sólo sirven para que se estrelle en ellos la Gramática de la Academia. Y si no, consúltelo usted. Con esto de la Gramática y de los Académicos debe de pasar algo parecido a lo que sucede con el Derecho sagrado de la India y sus brahamanes. La Academia vela por la pureza del idioma...; pero cuando se trata de los académicos levanta el brazo, porque tolera todos sus solecismos y barbarismos y sigue llamándolos ilustres y tomándoles el voto para decidir de la suerte del idioma. A un criterio semejante obedece el llamado Código de Manú, cuando añade a la prohibición de la ley de Narada respecto al falso juramento:

«Cuando se trata... de salvar a un brahmán, no es pecado mortal jurar en falso.» Cánovas falta a todas horas y en todas partes a las reglas de la Academia, y sigue siendo el amo de la casa y de la docta corporación.

Pero vamos a otro prólogo, que es tarde y hay prisa.

Con Revilla se ha portado Cánovas peor todavía que con Moreno Nieto.

A lo menos a éste le conocía, le había oído hablar a veces; y aparte de la mala intención del biógrafo y su carencia de facultades para juzgar el corazón y la cabeza de D. José, algo podía decir de provecho, algo que tuviese parte de verdad.

Pero a Revilla ni lo había oído, ni le había visto, ni jamás había pensado en él, como el mismo Cánovas viene a confesar en buenas palabras.

Si distancia inmensa hay entre un Moreno Nieto y un Cánovas, no la hay menos entre éste y un Revilla. Cánovas, y Moreno Nieto no se podían entender, Cánovas y Revilla tampoco.

Así es que si D. Antonio hubiera querido hacer un favor a la memoria del crítico y a la viuda de Revilla, se hubiese limitado a decir que no conocía al difunto lo suficiente para juzgarle. Pero el prólogo, si hace caso de él la posteridad, enseñará a los venideros un Revilla completamente falsificado en la biografía escrita por el profundo y sagaz filósofo D. Urbano González Serrano, en otros documentos por el estilo, y sobre todo en las mismas obras del crítico, queda la imagen de éste fiel al original, aunque nada más que hasta donde frías letras de molde pueden conservar el espíritu de un hombre eminente, cuando este hombre, a más de escritor, fue orador como pocos, orador sobre todo, y, por desgracia, orador cuyos títulos mejores de gloria se han perdido, pues sus discursos no se conservan.

Pues bien; el Sr. Cánovas, que es de quien aquí se trata, no hizo lo que debía, sino que se metió a escribir un prólogo largo, echándolo todo a barato. Las dos afirmaciones más absurdas del tal prólogo son éstas: que Revilla, como orador, no llegó a la madurez, ni valió tanto en este concepto como en el de crítico; segunda afirmación disparatada, que donde mejor podemos conocer a Revilla es en sus poesías Dudas y tristezas, que es, según D. Antonio, «lo que nos hace penetrar más adentro en su espíritu.» (Yo pienso (copio) que no hay más puro y dulce amor que el que allí muestra hacia su joven y amante mujer.» Aparte de que eso está muy mal escrito, es una... una necedad, ¿por qué no decirlo? ¡Recomendar a un crítico notable, a un orador insigne, por el amor que tuvo a su mujer! Eso no es un mérito literario, Sr. Cánovas; ni Revilla es de los autores que necesitan ser alabados por sus buenas condiciones de jefe de familia.

Buena cosa es que el Sr. Cánovas cuando tiene que elogiar a otros, siempre cambia las cosas; y a un gran poeta como Ayala, le alaba por orador como Revilla, le alaba por poeta.

¿No podría la malicia ver en este prurito algo peor que la natural tendencia de D. Antonio a decir las cosas al revés?

Empieza el Sr. Cánovas pintando a Revilla consumido por la fiebre de las grandezas, siquiera fuesen espirituales. Era Revilla hombre tranquilo, y no tenía tal fiebre, ni la ambición absurda y ridícula de querer saberlo todo. Estaba muy por encima su espíritu de esos lirismos filosóficos en que un hombre hace como que revienta de aburrido si no le dan la solución de los grandes problemas, etc., etc. Justamente porque algunas de las poesías contenidas en Dudas y tristezas participan de ese lirismo convencional, alma del autor, el cual, si se consagraba con gran ardor al estudio, y con seriedad a la meditación filosófica, no lo hacía con ese amaneramiento romántico que Cánovas quiere atribuirle.

Como no podía menos, a las pocas páginas del prólogo, Cánovas se mete en escena, y nada menos que para representar el papel de dios Pan.

«No nos tropezamos dice, en la vida él y yo sino una vez sola (ya verá el lector que no hubo tal tropiezo ni tropezón), que fue allá en los comienzos del reinado de D. Alfonso XII, cuando un tribunal de oposiciones le dio el primer lugar en la terna (a Revilla, no a D. Alfonso XII), formada para proveer la cátedra de Literatura de la Universidad de Madrid. Pudiera aquel Gobierno, presidido por mí, en uso de su derecho, a la sazón indisputable, vacilar (¿el derecho de vacilar? ¿qué derecho es ese? por lo visto llama Cánovas vacilar a quitarle a un primer lugar su cátedra. Dígalo yo, uno de los vacilados por el conde de Toreno); mas no vaciló un punto, y en circunstancias todavía bien críticas (¿críticas también para la literatura dinástica? ¡qué valor de hombre! ¡darle una cátedra a Revilla, y de literatura, en circunstancias todavía críticas! no le hay como él, como Cánovas), aconsejé yo mismo su nombramiento.»

Lo gracioso es que, si no recuerdo mal, en las tales oposiciones no quedó más opositor que Revilla; es decir, que no fue el primer lugar solo, sino el primero y el único. ¡Oh magnanimidad de Cánovas! ¡Darle la cátedra al único propuesto! Y aunque fuera el primero y hubiera más, ¡vaya un favor para recordado, y vaya una delicadeza el recordarlo en tal ocasión, aunque fuera un favor!

Por lo demás, el Sr. Cánovas añade que le dio la cátedra porque, aunque era Revilla republicano fogoso (¿a qué había de ser fogoso?), nada tienen entre sí que ver la literatura o la ciencia por oficio y para todos profesada, y la preferencia individual respecto a forma de gobierno.

¡Hola! ¡hola! Bonita confesión; y entonces, siendo así, ¿por qué se postergó a tantos primeros lugares y se persiguió a tantos catedráticos que no hacían más que profesar para todos la ciencia? ¿Es que una cátedra de farmacia tiene más relaciones que la literatura con la forma de gobierno? Pero, en fin, todo esto ya es viejo y no importa a mi asunto.

Allá se las hayan Cánovas con su conciencia y Toreno con su abdomen.

Como si la tarea que se le había encomendado fuera disculpar a Revilla ante los fanáticos católicos, procura D. Antonio encontrar un resquicio por donde salvar al famoso crítico librepensador y francamente positivista, de la nota de descreído. ¿Con qué derecho se atreve el Sr.

Cánovas a emprender estos juegos de funambulismo en materia tan delicada?

Era Revilla, y fue siempre, librepensador, y claramente partidario de la ciencia positiva, sin admitir en ella elementos metafísicos; y sea lo que quiera de este modo de pensar, como lo había adquirido por espontánea reflexión con pura conciencia, no hay para qué, ocultarlo como si fuese pecado. ¿Cree el Sr. Cánovas que Revilla necesita estos ripios, estos fingimientos y sensiblerías adocenadas de que se compone el crédito filosófico de D. Antonio?

Siento mucho que la necesidad de llegar ya al fin de este folleto no me consienta examinar más despacio este prólogo, donde Cánovas pretende en vano penetrar en un espíritu tan diferente del suyo.

Sólo con ver lo que dice para negar que Revilla fuese ya un maestro en la oratoria, tendríamos para rato y para reír a mandíbula batiente.

¡Ah, Sr. Cánovas! Era mucho mejor orador que usted; académico, es claro:

¿qué otra cosa había de ser? Lo único que le faltó para orador político fue... ser diputado. ¡Y qué cosas le hubiera dicho a usted en las Cortes si se hubieran tropezado, como usted dice, allí también! Figurémonos que un día, irritado usted por algún epigrama de Revilla, le echaba en cara el favorcillo ese de que había en el prólogo, el de no vacilar en darle la cátedra. ¡Virgen Santísima, las cosas que hubiera usted oído!

* * *

Todavía faltan varios prólogos (tres por lo menos) y otras muchas materias; no le conviene al editor que este folleto sea de doble volumen del que tendrá dejándolo aquí, y por consiguiente, necesitando yo bastantes páginas para concluir, me veo en el triste deber de dejar cortada la tela y en suspenso este análisis psicológico—literario del Sr.

Cánovas y de su tiempo.

Por cierto que de su tiempo apenas he dicho nada. En rigor, lo único que habría que decir es que su tiempo no es tan bobo como Cánovas se figura, y que no las traga como ruedas de molino. Pero ya que he de emplear otro folleto en este ingrato asunto, allí compararé al monstruo con sus súbditos; quiero decir, con todos nosotros y hasta con los extranjeros. Perdonen ustedes si por los motivos indicados, Cánovas y su tiempo se ha partido en dos. Acaso no será la segunda parte de este folleto la materia del próximo, porque tanto Cánovas seguido aburre, y hay asuntos de actualidad que nos están llamando, v. gr., Los Pazos de Ulloa, muy hermosa novela de Emilia Pardo Bazán, y la famosa cuestión de Miguel Escalada y los Académicos, que tiene más importancia de la que pueden darle, para la malicia, las tristes personalidades.

De todas suertes, prometo a mis lectores que sea inmediatamente o no, la segunda parte de Cánovas y su tiempo, se publicará. ¡Ya lo creo que se publicará!

XI. Dos cartas

Escrito lo anterior, recibo una carta de un amigo que ha visto en Madrid las pruebas de este folleto, y me dice:

«Amigo Clarín: He leído gran parte de tu Cánovas, y aunque estamos conformes en el fondo, me parece que en la forma te has extralimitado. El que prueba demasiado, no prueba nada. Empiezas bien, reconociendo que Cánovas es un hombre capaz de continuar siéndolo, a pesar de presidir tantos ministerios; pero después se te va la burra, como suele decirse, y no sólo te apasionas y rebajas su verdadero mérito (el de Cánovas, no el de la burra), sino que a veces te sales de la literatura y vienes a llamarle poco delicado, y mal amigo, y mal intencionado, y cruel y tirano, con otra porción de cosas feas que, por lo menos, están fuera de su sitio.

¿Qué adelantas con tratar a Cánovas así? Nadie te creerá; a él, si lee tu folleto, le darás una mortificación que, por pequeña que sea, es cruel por lo inútil, y a ti mismo te expones a que te quiera mal, y cuando pueda te perjudique, un hombre de grandísima influencia...»

A esta carta he contestado yo con esta otra:

«Amigo Fulano: Es difícil, tratándose de Cánovas, separar su literatura de sus buenas o malas intenciones; porque él, como literato apenas tiene más que la intención, mala o buena. Siempre he huido, al atacar a un escritor, de personalidades ajenas a sus escritos o a su talento; si ahora no lo he conseguido, culpa, no a mi voluntad, sino a la torpeza de mi ingenio y a lo enmarañado de las letras canovísticas.

Separar a Cánovas literato de Cánovas monsivito, es casi imposible, y además no se debe hacer, aunque se pueda, si se quiere conservarle toda su originalidad. Lo dicho, dicho está, pues. Pero advirtiendo que reconozco en D. Antonio ciertas buenas cualidades morales, de que no hablé antes porque no venían a cuento. Porque una de ellas viene ahora, hablo de ella.

Supones tú que puede Cánovas leer este folleto y sentir mortificación y procurarme algún disgusto. Nada de eso. Ni Cánovas leerá este folleto, ni caso de leerlo, sentiría el más leve rasguño, ni caso de sentirlo, me procuraría el menor disgusto. No le conoces. Cada cosa en su sitio. D.

Antonio, suponiendo que sepa de mi humilde existencia, me despreciará altamente, como dice La Época; además, él no lee papeluchos de gacetilleros; y por último, ha dado pruebas siempre de no perseguir a los que personalmente le atacan, si se contienen en los límites en que yo me contengo.

Y viniendo a lo más importante, te digo que, o no has entendido mi folleto, o haces como que no lo entiendes. ¿Que pruebo demasiado y por tanto nada? ¿Que rebajo el mérito de Cánovas? No lo creas. Todo es cuestión de medida. Cuenta Odisse—Barot en sus Cartas sobre Filosofía de la Historia, que cierto monsieur, no sé cuántos, una especie de D. Manuel Barzanallana francés, tenía la manía de medir todos los monumentos públicos que visitaba, y las plazas, los paseos, las montañas, las calles, etc., etc.; en fin, la manía del marqués que suele presidir el Senado.

Pero es el caso que el buen burgués medía catedrales, estatuas, castillos, teatros, etcétera, etcétera, con su paraguas; y así, decía: «la torre de la catedral de Strasburgo tiene tantos cientos de paraguas; y tantas docenas de paraguas hay desde el Capitolio hasta la roca Tarpeya, por ejemplo.»

Pues los admiradores de Cánovas son como el franchute del cuento; como él, miden a su hombre con el paraguas, y resulta que es un monumento de muchos paraguas cuadrados.

Pero yo, como veo que Cánovas se tiene y los suyos le tienen por una octava maravilla, por algo así parecido al faro de Alejandría o a las Pirámides de Egipto, le mido como Herodoto medía la torre de Belo y otros monumentos babilónicos; le mido... por estadios.

Y Cánovas, amigo mío, tendrá todos los cientos de paraguas de Barzanallana que se quiera; pero lo que es estadios, no mide ni siquiera uno.

Y ya que hablo de sus dimensiones, diré, para terminar, que es estrecho, y mucho más largo que profundo.


Publicado el 29 de noviembre de 2016 por Edu Robsy.
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