Speraindeo

Leopoldo Alas "Clarín"


Cuento



I. La voz de Lina

Un joven vestido de riguroso luto, pero mal vestido, con la levita demasiado corta y los pantalones demasiado estrechos y el sombrero demasiado bajo, apoyaba medroso el dedo índice sobre el botón de un timbre, a la puerta del cuarto de la izquierda del piso segundo, en una casa del barrio de Salamanca.

O el timbre no sonó o dentro no le oyeron; porque la puerta no quiso abrirse. El joven se mordió los labios. Parecía enojarle no poco aquella pasiva oposición de la puerta. Necesitó no pequeño esfuerzo de ánimo para decidirse a tocar el botón otra vez, y para hacerlo esperó un intervalo inverosímil. –«Sin duda no me han oído» –necesitó pensar para animarse a tentar de nuevo fortuna. La superstición de los desgraciados ya le había hecho imaginar que no le abrían porque no le habían conocido, sin verle.

El pobre Speraindeo, injusto como suelen serlo también los desventurados, empezó a pensar mal de su tío el Sr. Soldevilla, inquilino de aquel cuarto izquierdo. –«Tiene un corazón de hielo, ¡bien decía mi padre!»– Así exclamó el pobre muchacho, después que sintió con terror pasar algunos minutos sin que la puerta se moviese. Se decidió a ser un héroe; como Moisés, sin fe, llamó por tercera vez, pero ya casi desesperado. Se corrió entonces la tapa de la rejilla, y una voz que le llegó al corazón estremeciéndole, le preguntó –¿Quién es?–. Speraindeo mientras pensaba que aquella voz parecía la de su difunta madre, contestó con otra pregunta. ¿El señor Soldevilla vive aquí?

–Sí, señor, pero... no está en casa.

–¡No está!

–No señor. Si Vd. tiene que dejar algún recado... Yo soy su hija.

–¡Rosario!...

–Servidora de Vd.... ¿Usted sería acaso...

–Yo soy su primo de Vd.. . soy... Speraindeo.

–¡Oh, primo mío! no sé porqué se me había figurado... Siento mucho no poder abrir para que pases... pero... no puede ser. Estoy sola... Además, mira: yo te abriría de todos modos. . si pudiera; pero no puedo. Papá ha despedido hoy a todos los criados, en ausencia de mamá que ha ido unos días a Guadalajara; y como estaba yo sola y él tuvo que salir... se llevó la llave. Pero si quieres, si no te es molesto, (a mí no me da más), podremos estar así, hablando de esta manera hasta que vuelva mi padre, que no debe tardar mucho.

Speraindeo vio el cielo abierto, aunque la puerta del cielo seguía cerrada. La voz de su prima le recordaba la de su madre, y muchas cosas más; todas de color de rosa. Después de muchos meses, Speraindeo no había sido feliz ni en sueños un sólo instante; la voz de Rosario le llenaba de una melancolía consoladora: era una música representativa de cuanto dulce y tierno había pasado por su corazón desde la infancia; era una voz que le decía: «mira, no estás tan solo, tan solo en el mundo como pensabas; aquí está tu prima que tiene algo de tu madre, y que además tiene juventud; hermosura lozana, (mi timbre te lo dice); vive, espera, no hagas ese disparate que se te había pasado por la cabeza; ya ves, no eres un escéptico, ni un pesimista, como ibas ya creyendo, ni estás desesperado, ni nada; por de pronto estás con tu prima, que se parece a tu madre por la voz, y que es tan amable que consiente darte conversación en el pasillo hasta que su padre vuelva».

–¡Cuánto te agradezco!... –pudo balbucir al fin Speraindeo, hablando más bien con aquella voz que con su prima.

–¿Por qué? ¿qué quieres que haga? papá es así... ¿Hace mucho que has llegado?...

–Hoy mismo, hace dos horas apenas; en cuanto busqué habitación y me arreglé un poco, me puse en busca de vuestro domicilio. ¡Qué lejos está esto!

–¿No has cogido el tranvía?

–El... No... no lo he visto.

–¡Estarás cansadísimo! ¡Y no poder ofrecerte ni una silla!...

–No, deja; ¿qué importa? –Rosario... ¡debes ser ya toda una mujer!

–Ya lo creo; casi soy una vieja.

–¡Bah! Diez y ocho años y cuatro meses...

–Justamente.

–Oye: ¡tienes los ojos como mi madre!

–Sí tendré, y todo: me han dicho algunos que la han conocido que me parezco muchísimo a tía Lina.

–¡Madre mía! –gritó, sin poder contenerse el pobre mozo; y sin pensarlo también apoyó la frente sobre el frío metal de la rejilla.

–Dios míos ¿Te pones malo?

–No, deja; no es nada.

–Sí, sí. ¡Ah! voy a abrirte, porque... ¡no había dado en ello!... corriendo este pasador... y este otro... ¡qué apretado está...!

–No te molestes... y además, si estas sola...

–Ya está, ya está... Ahora tiro por aquí y...

¡ajajá!... Empuja tú un poco... ¿Ves?...

La puerta se abrió de par en par. El primo tuvo que dar un paso atrás para no tropezar con Rosario y después tuvo que dar otro para cogerse a la pared, porque su prima empezó a dar vueltas con toda la casa al rededor del mísero huérfano, y luego vio dos, tres, cien primas en vez de una, y... se le cerraron los ojos y ya no vio. Se había desmayado. Al abrir los ojos se encontró sentado en el santo suelo, junto a la puerta, ya herméticamente cerrada; en frente y a pocos pasos estaba un señor de pocas carnes, muy alto y muy huesudo, y muy calvo y muy bien vestido. Con las manos a la espalda, la cabeza sobre el pecho, el ceño fruncido, el ojo avizor, permaneció aquel fantasma algunos minutos, observando con atención poco simpática al desmayado Speraindeo, que tuvo que sacar fuerzas de flaqueza para incorporarse, porque el señor largo no le ofreció ni siquiera una mano.

Speraindeo comenzó a tener vehementes sospechas de que era aquel caballero su señor tío, don Juan Soldevilla, famosísimo anticuario, gran compilador de obras vetustas y olvidadas; de la Academia de la Lengua, de la de la Historia, de la de Ciencias morales y políticas, de la Sociedad económica de amigos del país, y corresponsal de muchas extranjeras; inspirador del «Lábaro Santo», periódico católico y literario, consejero de la «Infalible» sociedad de crédito mobiliario, bajo la protección de la Inmaculada; cofrade del Corazón de Jesús, de la Madre del Amor Hermoso... y del ilustre colegio de Abogados de Madrid, especialidad en recursos de casación, de esos que le cuestan al infeliz pleiteante un ojo de la cara.

Ante la inmensa personalidad de su señor tío materno, Speraindeo creyó que le sentaría bien el más profundo, humilde y respetuoso silencio. Cuando ya estuvo en pie, limpió el sombrero con la manga de la levita y no hizo más. Soldevilla comprendió que a él le tocaba hacer uso de la palabra.

–Caballero... (y al decir esto, extendió la mano, para imponer silencio al presunto sobrino, que muy a deshora iba a interrumpirle para explicar su situación extraña). Caballero repitió–, tengo entendido que es Vd.... o por tal se da, el hijo único de mi difunta hermana Lina Soldevilla... (y otra vez extendió la mano); lo creo, y lo creo, porque ninguna otra persona puede tener interés en usurpar a usted su estado civil ni su personalidad... Partiendo, pues, de esta hipótesis, de que es Vd. mi sobrino, yo me creo en el deber de prescindir aquí de explicaciones, que en otro caso no serían importunas, acerca del modo excepcional con que Vd. ha penetrado en mi casa, pues todas las apariencias conspiran a denunciar la fuerza y violencia que Vd. ha empleado contra esa puerta, que yo dejé cerrada y encuentro de par en par abierta... No me interrumpa Vd.... He interrogado a mi hija, única persona que ocupaba mi casa habitación al tiempo de penetrar Vd. en ella; mi hija ha declarado que había visto a Vd., que habían Vds. hablado, pero estando ella bajo la salvaguardia de ese cerrojo y Vd. en la escalera; declaró, otro sí, que Vd. había dicho ser Speraindeo mi sobrino y que nada más habían hablado Vds. Aquí cesa mi interrogatorio y comienzan los indicios: mi hija no podía abrir a Vd. la puerta por dos razones, cada una de las cuales hace inútil la otra; la una es de carácter material, se refiere a un imposible físico; la otra a un imposible moral. El imposible físico consiste en que yo me había llevado la única llave de esa puerta que quedaba cerrada; el imposible moral, de mayor fuerza si cabe como probanza, no necesito más que indicarlo: mi hija es una doncella honrada, incapaz de la desenfrenada conducta que supondría el acto a todas luces indecoroso de abrir esa puerta en tales circunstancias. Siendo esto así, y suplico a Vd. de nuevo que no trate de interrumpirme; resulta claro como la luz, que V., y nadie más que Vd. ha podido violentar, y de hecho ha violentado esa puerta. Ahora bien: Vd. podría considerarse con derecho a pedir asilo, hospedaje en casa de su único tío, siendo como es Vd. un huérfano sin recursos, pero ese derecho no autoriza la demasía de tomárselo por la mano asaltando mi domicilio. Todo esto, sin embargo, lo relego al olvido, previniendo a Vd. que en tiempo alguno se me acuerde de ello; pues el olvido absoluto es lo que a Vd. como a mí nos conviene. Ni una palabra más sobre tan lamentable suceso. Y ahora haga Vd. el favor de seguirme a mi despacho, donde en calma nos explique el objeto de su visita, llamémosla así, puesto que he decidido olvidarme de su incalificable desafuero.

Varios proyectos maduró y desechó sucesivamente el pobre Speraindeo mientras duró el discurso preliminar de su señor tío: lo primero que se le ocurrió fue volver a desmayarse, pero haciendo un supremo esfuerzo, pudo conservar el dominio de sus sentidos y entonces pensó en echar a correr; para esto le faltaban fuerzas; quiso hablar también, pero esto no fue posible mientras su tío le estaba formando causa; no le faltaron tentaciones de echarse a reír, aunque no se había reído en su vida muchas veces, pero semejante osadía podía costarle muy cara. Resolvió seguir al Sr. Soldevilla a su despacho.

Allí hizo el tío al sobrino ocupar una silla cerca de la puerta, mientras él, siempre con las manos a la espalda, medía a grandes pasos la habitación trazando diagonales.

–Según mi cuenta, estaban Vds. en Pontevedra cuando mi desgraciada hermana... puso fin a sus días.

–¡Caballero! –dijo con altiva dignidad el hijo de Lina, en pie, y con ademán resuelto–.

Esa es una calumnia, una calumnia, venga de donde viniere... Mi madre ha muerto de hambre.

–¡De hambre!

–Sí, de hambre. Yo no estaba en Pontevedra, estaba en Vigo; ganaba lo que no podía bastar para alimentarse una persona; pero de eso que ganaba la mitad era para mi madre. Un día vino ella a Vigo, a verme, a escudriñar mi modo de vivir; comprendió sin dude, a pesar de los esfuerzos que hice por ocultárselo, que la había estado engañando mucho tiempo, que ganaba menos, mucho menos, de lo que la había hecho creer, y cuando volvió a Pontevedra...

–¿Y por qué no vivíais juntos en Vigo o en Pontevedra?... Dos casas puestas, siempre son muy caras.

–Eso no podía ser: ni mi madre ni yo teníamos casa puesta; ella vivía en Pontevedra porque allí sólo tenía un rincón que la caridad o algo parecido le prestaba; yo en Vigo no podía tener a mi madre, porque vivía... con otros amigos, con mis compañeros; y ni ellos ni yo podíamos vivir sino así, como estábamos... En fin, mi madre no podía estar en Vigo ni yo irme a Pontevedra. Era necesario estar así, créalo Vd.: yo lo digo, y yo no he mentido en mi vida.

–Yo respeto el misterio...

–No es misterio... Pero lo que importa ahora es que Vd. no piense que mi madre...

Verá Vd. como es verdad que se murió de hambre. Poco después de volverse a Pontevedra, me escribió diciéndome que ya no necesitaba que yo arrancase de mi boca el pan para que ella comiera; que sus parientes de Madrid...

la habían perdonado, (así decía, perdonado) y que le enviaban una pensión, suficiente para vivir ella... –Si Vd. quiere ver la carta...

–No, no, deja.

–Precisamente entonces perdí yo mi jornal... Es decir... seguí teniendo derecho a cobrarlo, pero no lo cobraba. Viví como pude, eso no es del caso. No dejé a Vigo porque era imposible; basta que yo lo diga, era imposible.

–Bien, bien, yo respeto el misterio.

–No es misterio. Creí lo que mi madre me decía un día y otro, y a pesar de la miseria en que yo me encontraba era menos desgraciado que antes, porque pensaba que mi madre era menos desgraciada. Ella vive y piensa que yo vivo... pues siga esto así. Yo la engañaba y ella me engañaba a mí. ¿De qué habrá muerto mi madre? Ella no tenía recursos; limosna no podía y no sabía pedirla; sus únicos parientes éramos Vd. y yo; yo, por lo que he dicho, ya no le enviaba parte de mi jornal, no tenía ya jornal... Vd. sabrá lo demás. Si Vd. no la socorría, como me dijo ella; si ella me engañó, ya está averiguado de qué se murió mi madre.

Calló Speraindeo, que había consumido toda su energía en aquellas palabras. D. Juan no contestó enseguida. Tragó saliva varias veces; tosió, volvió a toser y dijo, al cabo después de pensarlo mucho.

–Supongamos que tu madre no atentó contra su vida, a pesar del testimonio de la prensa, de la buena prensa, de la única que no degrada a los lectores, y a pesar de las dificultades que con justificado motivo opuso la autoridad eclesiástica al sepelio: porque tú no ignorarás esta circunstancia, esta horrorosa circunstancia.

Speraindeo sonrió y después apretó los dientes. Iba a decir algo fuerte, pero se contentó con morderse los labios, ponerse como la cera y exclamar:

–Sí, señor; lo sé todo; porque llegué antes de que enterrasen a mi madre.

–Lo cierto es que el párroco se fundaba en la disciplina más estricta. En estos tiempos a que hemos llegado, los cánones, los sagrados cánones, no significan nada para el vulgo... ¿Tú no has estudiado cánones, por supuesto?

–No señor. –Y se comió esta vez también lo demás que tenía que decir.

–Pues bien; el párroco se fundó en las vehementes sospechas que se habían apoderado de la opinión; de pública voz era que Lina Soldevilla se había suicidado; la habitación tenía una atmósfera cargada, había allí humo, mucho humo; al lado del lecho, del mismo lecho de Lina Soldevilla, estaba un brasero extinta la lumbre y con mucho cisco mal quemado; la puerta cerrada, las ventanas cerradas, todo cerrado herméticamente...

–Pero los médicos no vieron señales de asfixia, sino de consunción; mi madre se murió poco a poco de hambre. Suplico a Vd. que de esto no hablemos más, me hace daño... y yo venía a otra cosa.

–Sea, sea. –Contestó el don Juan encogiéndose de hombros.

–Mi madre dejó, para mí, algunos papeles en que explica su última voluntad.

–¿Un testamento?

–No señor, unas cartas que me dirigía para que después de su muerte me sirviesen de norma, de evangelio en toda mi vida.

–¡De Evangelio!... Bien, conozco ese lenguaje; es de familia. Prosigue.

–En estas cartas (añadió el huérfano apretándose el pecho donde las guardaba sin duda) en estas cartas mi madre me habla mucho de ustedes... También después de morir mi padre, me había hablado mucho, sobre todo de Rosario.

–Sí, con Rosario pasaste tus primeros años: tu padre, tu desventurado padre, vivía en la emigración, y tu madre iba a darte a luz en el arroyo si un alma piadosa no olvidaba ofensas sin cuento, casi la deshonra de un nombre inmaculado... Pero se olvidó todo, como ahora se olvida, como se olvida siempre, que el Señor nos manda perdonar; y... aquel hombre agraviado, aquel hombre casi deshonrado por culpas ajenas, te tuvo en sus brazos en le pila bautismal: –yo soy tu padrino; te llamé Speraindeo en memoria de un valeroso escritor cristiano mozárabe... ¿Supongo que le conocerás?

–Sí, señor, he leído...

–¿Qué has leído?

–Los escritos de Vd.; «La España Católica» en que Vd. habla detenidamente de Speraindeo...

–Pues sí, hijo mio; aquí; es decir, en mi casa, porque entonces no vivíamos en Madrid sino en mi posesión de la Viña; en mi casa recibiste la educación adecuada a los primeros años, y tu madre, a quien Dios haya perdonado, te veía crecer al lado de mi hija, más pequeña que tú, con el mismo cuidado y regalo, como si fuerais los dos hijos míos..

Speraindeo estuvo próximo a pensar que su tío no era tan malo como parecía. Pero no cumplió este pío propósito porque el Sr. Soldevilla prosiguió de esta suerte:

–Pero el enemigo eterno, el atrabiliario masón, el liberal empedernido, tu padre Nicolás Fonseca... reclamó sus derechos de esposo...

¡sus derechos! Lo de siempre: ¡derechos sin deberes! Él, que por su ambición, por sus utopías y locuras abandonaba a los suyos; los dejaba sin amparo, sin asilo, sin pan; él, sin alma, sin sentimientos que tiene el último zapatero, reclamaba sus derechos; y tu madre, tu loquísima madre, siempre romántica, siempre sin juicio ni agradecimiento, huyó, huyó súbitamente de mi casa llevándote consigo... Sin embargo, todo, todo lo he perdonado, todo lo perdono en este momento. Dime a qué vienes, qué necesitas, y yo haré por ti lo que decorosamente pueda y deba.

–¿A lo que vengo? Vengo a entregar a Vd. una carta de su hermana.

–¿Una carta? ¿Para qué? Conozco el estilo, dime tú el contenido, prefiero entenderme contigo.

–No señor; yo... no puedo hablar; necesito oír a mi madre, que me dé fortaleza su voz que me habla desde el otro mundo.

–¡Papá, papá! –gritó desde la habitación contigua Rosario, es decir, la voz de Lina que tenía aquella niña en su garganta–. Papá, papá, ¿me dejas entrar? ¡una noticia!... mamá está de vuelta, la he visto bajarse de un simón; ¿me dejas bajar a la calle a buscarla?

–¡A la calle! ¿Qué es a la calle? Salga Vd. a esperarla a la escalera... y conmigo. Allá voy yo, no hay para qué entres aquí; espérame. –Con tu permiso, Speraindeo; soy contigo en seguida...

voy a recibir a mi señora que viene de Guadalajara, donde tiene una hermana monja. Dispénsame.

Y con paso mesurado y grave, como todos los que había dado en su vida, salió el Sr. Soldevilla de su despacho.

II. La carta de Lina

D.ª Robustiana Arlanzon era una señora de su casa, en toda la extensión de la palabra; mandaba en todo, su marido inclusive, aunque este se creía rey absoluto en su domicilio. El derecho no se lo negaba D.ª Robustiana a su esposo; sabía, como buena católica, cuales eran las prerrogativas del Sr. Soldevilla; pero tenía la ilustre señora un arma poderosísima, siempre eficaz, para dominar y avasallar y esclavizar a su natural señor. D.ª Robustiana tenía a su disposición todas las aguas del diluvio que oportunamente derramaba en líquidas perlas por los nunca bien enjutos lagrimales de sus ojos.

D. Juan, inflexible ante todas las debilidades, fiel guardador de todas las disciplinas, desde la eclesiástica hasta la familiar, convertíase, sin echarlo de ver, en manso cordero, en un Juan de las Viñas cada vez que se nublaba el hermoso cielo de los ojos de la Arlanzon y amenazaba tormenta. Si las cataratas de aquel cielo se abrían y anegaban la tierra, solo se contenía la torrencial lluvia satisfaciendo por completo la voluntad de D.ª Robustiana; un «sí, lo que tu quieras», era el arco iris que señalaba la alianza... las cataratas volvían a cerrarse y la paloma tornaba con el ramo de oliva. Don Juan creía siempre ceder a los impulsos de su corazón compasivo, cuando en realidad el terror de la inundación era lo que le vencía. El mísero se tomaba el trabajo de ser un tirano con toda su casa, para ser esclavo de su señora.

D.ª Robustiana, que se había ausentado sin decir porqué ni para qué, volvía también inesperadamente, sin dar cuenta ahora ni nunca, de sus actos. Llegó al despacho, se instaló en el sillón principal, cogió, por instinto, porque los tenía de presidenta, una campanilla de plata que había sobre la mesa, y... en poco estuvo que no declarase abierta la sesión.

Hubo que enterarla pronto, en pocas palabras, del objeto de la visita con que venía a sorprenderles aquel sobrino de sus pecados.

Speraindeo insistió en que se leyera la carta de su madre, porque en ella estaría escrito todo lo que se necesitaba saber. Como Soldevilla había juzgado inoportuna la presencia de Rosarito, D.ª Robustiana creyó, sistemáticamente, todo lo contrario, llamó a grandes voces a Rosarito, lloró en sus brazos y la hizo abrazar a aquel primo, compañero de su dulce infancia. Don Juan, según observó luego su digna esposa, había dado cierta fría solemnidad a aquella entrevista, y por ende ella, Robustiana, juzgó lo más apropósito para el caso el sentimentalismo efusivo, la ternura, la reconciliación expansiva, sobre todo el llanto, ¡mucho llanto!

Lloró la mamá, tuvo que llorar Rosarito, lloró también Speraindeo y hasta el Sr. Soldevilla se vio obligado a llevarse el pañuelo a los ojos. Todavía se ignoraba a qué venía Speraindeo cuando ya entre toda la familia habían derramado muchas azumbres de lágrimas.

Al fin dijo, entre sollozos, la inconsolable señora: –Rosarito, tú que lees tan bien, con tanto sentimiento, toma, lee la carta de tu tía, de mi pobre hermana política, la mujer más desgraciada de la tierra: y todo ¿porqué? por un mal casamiento. ¡Oh! si antes de casarse debiera una pensarlo tanto, tanto que llegase a la vejez sin acabar de pensarlo todavía... lee, lee Rosarito ¡pobre Lina.. él era un monstruo. . pobre Lina!... Sí, los hombres, los hombres, ¡Dios nos libre de los hombres! Que bien escogió mi hermana Sor Paz, Mercedes en el siglo, que bien escogió, casándose con tan dulce Esposo... lee, lee, hija mía, y da sentido a lo que digas. Siéntate, por Dios, Soldevilla; debe reinar un silencio solemne, es la voz de la pobre mártir la que vamos a oír... lee, lee hija mía, como tu sabes, y tú siéntate que me mareas.

Rosario, en pie, cerca de la mesa escritorio, cogió la carta de Lina de manos de su madre y miró a su primo tristemente, con ojos que le pedían perdón por tantas humillaciones como aquellos buenos señores le hacían sufrir.

Speraindeo agradeció aquella mirada como un náufrago agradecería una mano salvadora... y animado con aquel refrigerio del espíritu se atrevió a decir:

–Sí, Rosario, lee tú esa carta; tu voz es la voz de mi madre; oyéndola creeré que es ella quien habla conmigo... mirándote... la veo a ella... eres como ella sería si hubiese sido menos desgraciada.

Nada contestó la joven; pero se puso pálida y sintió lo que no había sentido en su vida.

Yo tampoco podré expresarlo: lo único claro que pensó y sintió de modo que pueda decirse, fue esto: Rosario deseó en aquel momento ser la madre de Speraindeo.

Todo aquello iba tomando un aspecto que no le hacía bendita la gracia al inspirador del Lábaro santo: olía aquella escena a novela prohibida, y la carta de su loca hermana iba a remachar el clavo; iba a hacerles caer en plena literatura sentimentalesca. Pero en fin, quien manda manda; D.ª Robustiana estaba allí con el ceño fruncido, haciendo pucheros prematuros y dispuesta a llorar y hacer llorar a los suyos en cuanto lo reclamasen las circunstancias: el Sr.

Soldevilla lloraría como los demás, ¡pues no faltaba otra cosa! y mientras tanto, a pesar de sus rencores contra la literatura sentimental, guardaba aquel solemne silencio que a D.ª Robustiana le parecía tan del caso. Sentose, pues, D. Juan, allá, en la última silla, cerca de la puerta; cruzó las manos la Arlanzon siempre solícita para implorar la misericordia divina de que tan necesitados están los hombres por sus pecados; tragó saliva Speraindeo que tenía no se sabe qué atravesado en la garganta, y Rosario leyó con la misma voz con que lo hubiera dicho la difunta lo siguiente:

«Juan, Robustiana, Rosario: si esta carta llega a vuestro poder algún día, vuestra pobre Lina habrá muerto; Speraindeo estará sólo en el mundo: llamadle hijo, hermanos míos, y tu Rosario, hija mía, llámale hermano. Estoy cerca de la muerte, veo en mi conciencia (Soldevilla hace un gesto de compasión) con una claridad que parece luz de la otra vida, y veo lo que es y lo que ha de ser: y veo que Rosario, tu Rosario de tu alma Juan, te ha de pedir por el amor que la tienes que no abandones a mi hijo. Yo quiero a mi Speraindeo como vosotros a vuestra hija Rosario: y le veo sólo en el mundo, desvalido, pobre, con todas las puertas cerradas; porque su nombre, que es el de un mártir cuya memoria tiene que ser sagrada para mí...

–¡Sagrada! –gritó Soldevilla, sin poder ya contenerse, puesto en pie, lívido, indignado, sintiendo hervir en su pecho todo el entusiasmo religioso de los doce apóstoles. ¡Sagrada la memoria de Fonseca! No se lea más. ¡Prohíbo que se lea más! Para cumplir los deberes que la caridad impone; para dejarme guiar por la fuerza natural de la sangre: para satisfacer lo que hay de justo en las pretensiones de esa pobre hermana tan desgraciada como ciega...

–¡Pobre mártir! –exclamó entre dos suspiros doña Robustiana, ejercitando el derecho que había conquistado de interrumpir los más redondos y sonoros periodos de su esposo, orador insigne en todas las ocasiones, prósperas o adversas.

–De esa pobre mártir –continuó D. Juan acogiendo en su discurso la interrupción de su esposa–, para esto, no necesito oír semejantes trozos de novela traspirenáica; me repugna ese estilo tonto-sacrílego de que no es responsable ciertamente la pobre mártir, sino el que lo fue de todas sus desgracias: no se lea más. Dime tú sin ambages ni rodeos lo que esperas de mí.

Dispuesto estoy a cumplir los deberes que nuestro parentesco me impone. ¿Buscas colocación? Yo procuraré hallarte alguna apropósito a tus facultades ¿qué eres? ¿qué sabes? ¿de qué has vivido? De esto se trate y dejémonos de escenas románticas.

Calló D. Juan, miró a su esposa como pidiendo sanción para sus palabras y volvió a sus paseos midiendo el despacho en diagonales. D.ª Robustiana, bien quisiera llevar la contraria a D. Juan, pero en conciencia le pareció que había hablado como un libro y permaneció silenciosa, esperando ocasión propicia para interponer su veto y llorar como una Magdalena. Rosario, pálida, temblorosa, ocultaba entre sus manos aquella carta, reliquia que creía profanada por las palabras de sus padres.

Miró la niña al pobre huérfano con la mirada que Cristo dirigió al Padre al pedirle perdón para los que no saben lo que hacen. Speraindeo miró también a Rosario y en una sonrisa incierta, apenas delineada en su noble rostro, le mandó desvanecida toda la cólera de su pecho, en holocausto a una dulce amistad que en aquel instante se estaban jurando los ojos.

–Entre los papeles de mi madre, dijo al fin con voz reposada y serena, había un pliego que contenía esa carta para Vds. y otra para mí en que se me exigía que humildemente viniera a buscar a los míos, a implorar su perdón y auxilio, y a entregarles lo que había de ser lazo de unión, según mi madre, entre nosotros: la carta que Rosario tiene en sus manos. Por nada dejaría de cumplir este mandato de mi madre: humildemente pido el perdón de culpas que ignoro, y en cuanto a auxilio pido... que me ayuden a amar y respetar la memoria de mi madre.

No pudo continuar Speraindeo porque las lágrimas que estaba llorando por dentro le ahogaban. D.ª Robustiana creyó llegado el momento de interponer su autoridad decisiva, y diciendo y haciendo, se fue a su sobrino por afinidad con los brazos abiertos, echando por el suelo de paso una colección del Lábaro Santo, mientras exclamaba con el más compungido acento:

–Hijo de mi alma, llora en mis brazos, desahoga tu corazón que quiere reventar de pena; abrázale Juan, abrázale tu Rosario; por ti, por tu madre se olvida todo; aquí estás en tu casa, ya no te separarás de nosotros. Rosario, yo te lo ordeno, mira en adelante un hermano en Speraindeo; Juan, llámale hijo; Speraindeo, llámame madre. Y ahora basta de lágrimas. Esa carta ya se leerá cuando estemos más tranquilos. Vamos a almorzar. ¿Dónde tienes tu equipaje? Romualdo irá por él a la fonda con un mozo de cuerda: mientras tanto te lavarás: Rosario que arregle Josefa el gabinete de Señor Padre: en él estarás como un canónigo: verás como te queremos; ¿verdad, Juan, que le tendrás por hijo?

Ni el equipaje de Speraindeo estaba en la fonda, sino en una humilde casa de huéspedes, ni el muchacho tenía porqué lavarse, pues lavado y afeitado había venido a casa de su tío, ni Romualdo ni Josefa podían cumplir las órdenes de la señora porque habían sido despedidos; y esta era la más negra.

¡Despedidos los criados en ausencia del ama de la casa! Era esto tan nuevo, tan inaudito, que doña Robustiana se olvidó del sobrino, de la pobre mártir, del almuerzo, de todo, ante la grandeza del suceso. Miró al aturdido esposo con una de esas miradas sublimes de que guardaría recuerdo la historia si en vez de entretenerse en seguir los pasos de príncipes y magnates atendiese a lo que importa. Vio la Arlanzon a su D. Juan extenderse, crecer, tocar las nubes, y en el inmenso abismo hundir la planta; le vio con cuernos y con rabo, y le vio ir cayendo a los profundos después de aquel non serviam, eternamente irremediable.

¡Despedidos Romualdo y Josefa! aquellos dos pedazos de su corazón, los criados más fieles de la tierra. ¡Dos criados como ya no se encontrarán! ¡Oh, salid sin duelo lágrimas corriendo! Romualdo y Josefa sí que eran dignos de lástima; sobre ellos lloró las lágrimas de Tito y las de Boabdil al partir de Granada y otras muchas más D.ª Robustiana, que ya no se acordaba de su sobrino, ni tenía nada que ver con él ni con toda su casta. Lo principal era buscar los pedazos de su corazón. Cogió la mantilla, se la puso como César o Napoleón podrían montar su caballo de batalla, y con voz seca, nerviosa, sublime por lo lacónico de la expresión preguntó a Juan, mirándole, es decir, abofeteándole por segunda vez:

–¿A qué hora?...

–A las nueve, contestó el marido, poniéndose a la altura de las circunstancias, que no consentían períodos sonoros ni amplificaciones.

–Josefa yo sé donde está. Yo me encargó de ella. Tú corre a casa del Sr. Estévanez, allí se habrá refugiado el pobre Romualdo.

–¿Y estos chicos?

–¡A casa del Sr. Estévanez!

D. Juan Soldevilla, de la Academia de la lengua, de la de la Historia, etc., etc., salió de su despacho con aquel paso mesurado y solemne que ya le conocemos, ¡pero cuán otro de como había entrado! Si antes parecía aquel andar rítmico, con que se podrían medir versos griegos o latinos, signo de majestad doméstica, ahora antojábasele a Speraindeo que era la cadena que D. Juan arrastraba la medida de hierro de sus pasos sesquipedales.

D.ª Robustiana no vio que fuere contrario a la moral ni al dogma dejar solos a los primos; sobre todo, lo principal era buscar a Josefa.

Salió pues, detrás de su esposo; pero desde la puerta se volvió para decir:

–Rosario, da de almorzar a ese chico.

Quedaron solos prima y primo. Ya estaría entrando en casa del Sr. Estévanez el solemne D. Juan cuando Rosario y Speraindeo dejaron de hablarse con los ojos para decirse algo con palabras.

–¿Quieres almorzar? –preguntó la joven volviendo y queriendo traer a su primo a la realidad presente. Dijo esto sonriendo, como dando a entender esto otro: demasiado sé yo que no tendrás apetito, con las cosas que te están pasando, pero yo te lo pregunto por decir algo y buscar un pretexto para no hablar de los desaires que recibes, ni de lo que a mí me duelen, ni de la lástima que te tengo.

Speraindeo entendió perfectamente el sentido oculto de aquella sonrisa y contestó a ella diciendo:

–Rosario, si vieras cuanto, cuanto te pareces a mi madre. Como ella, lo más hermoso que tienes es la frente, como la frente de la virgen morena: los ojos los tienes tú más claros y más brillantes pero la mirada es la misma, sí... la misma. Tú no puedes entender esto, lo que yo siento ahora viendo un parecido tal, que me produce un consuelo tan dulce y tan íntimo. . Calló el huérfano, temeroso de que Rosario no pudiese entender lo que él sentía.

–Quieres... que vayamos... ¿quieres ver mi pajarera? –Estas últimas palabras las dijo la niña como quien encuentra una proposición halagüeña y oportuna.

Speraindeo adivinó cierta oculta congruencia entre sus palabras y las de su prima: él decía que se parecía Rosario a su madre y Rosario contestaba hablando de sus pájaros... que eran como sus hijos; la niña quería hacerle ver que ella sabía también ser madre. Y se levantaron y fueron a ver la pajarera.

La carta de Lina iba con ella, en el seno de aquella virgen de quince años.

III. Tigribus agnis

La pajarera de Rosario no era en rigor una pajarera, sino una galería de cristales que tenía algo de invernadero, algo de palomar, algo de taller de pintor, algo de cuarto de costura, algo de casa de fieras, y algo de pajarera por último. Era la habitación un cuadrado perfecto; entraban el sol, las mariposas y los aromas del jardín de la casa por los intersticios de la dorada alambrera que señalaba el non plus ultra de su vuelo a los inquilinos volátiles de aquel falansterio de aves, unas libres de todo encierro y cadena, y otras reducidas al grillete o a los mezquinos límites de una jaula; porque allí cada cual gozaba el bien de la libertad en los grados de sus méritos.

Los bastidores de las vidrieras durante el día, y aún en las noches de primavera, verano y otoño, desaparecían para dejar libre la entrada al aire, escondiéndose los unos como telones, por arriba, y dejándose separar de sus goznes los demás, que eran de quita y pon. Y entonces semejaba el arca de Noé, que era el nombre familiar de la galería, una gran jaula de aves y flores, pareciendo las flores pajarillos prisioneros y los pájaros flores con alas. Las palomas habitaban el piso alto de aquella especie de estantería o casa de vecindad, que llenaba los lienzos laterales; era aquello como un museo de ornitología, en el cual las aves en vez de estar disecadas estaban vivas, para mayor propiedad. En los ángulos de estos lienzos con el de entrada, frontero de la gran alambrera, tenían sus nidos las tórtolas que habitaban en grandes cajones triangulares de tres departamentos sobrepuestos, uno para cada pareja, cuando eran seis las parejas, pues en la actualidad, en uno de aquellos rincones lloraba su triste soledad una tórtola viuda, víctima de una tragedia de que se hablará luego.

El resto de aquel lienzo hasta la puerta de entrada, y por encima de esta, llenábase con pájaros y flores... pintados; era la iconoteca de aquella deslenguada familia de canarios, jilgueros, ruiseñores, urracas, tórtolas, palomas y ¡milanos!, y de la pacífica y silenciosa de rosas y claveles que en gran variedad y abundancia vivían agarrados, con cadena de amor, a la tierra de sus tiestos y cajones, allá en el opuesto extremo, lo más cerca posible del sol y de las auras libres, asomando sus hojas entre la red de alambre, como procurando ver a sus compañeras de jardín. En rigor de verdad, las flores pintadas por Rosario, no eran imagen fiel de las flores de aquel año, sino retratos de familia, de los antepasados de aquellas flores, pero eran estas tan parecidas a sus abuelos, que por suyos podían pasar los retratos. Entre los de las aves había de todo; de vivos y muertos: allí estaba la melancólica tórtola macho que fue en vida tierno esposo de la viuda de que dejo hecha mención, y a su lado se ostentaba la apostura bizarra, pero siniestra del milano asesino. Aún vivía este malhechor, si bien en tan estrecha cárcel, que las puntas de las alas teníalas rotas y sangrientas de tanto herir en vano los hierros, o mejor alambres, de la prisión, en donde soñaba volar por el espacio persiguiendo a todas aquellas palomas cuyos amorosos arrullos oía en sueños; sueños de sangre, voluptuosos; con esa voluptuosidad de la gula, tan parecida a la lascivia. No había pagado más caro su crimen el milano, porque en aquella monarquía de pájaros la reina Rosario había abolido la pena de muerte.

Debajo de las palomas, estaban las pajareras propiamente dichas de los canarios y de los jilgueros, que eran allí la mayoría; cuando llegaba la plenitud de los tiempos, esto es, la ocasión de cantar, no era prudente entrar en la pajarera sin algodón en los oídos; la ambición, esa envidia disfrazada de virtud, obligaba a los dos bandos –jilgueros y canarios–, a tales excesos de armonía, que las demás aves de la vecindad enmudecían, y hasta el milano criminal se amilanaba y abría y cerraba los ojos con espanto y se ponía en belicosa actitud, como si fuese formidable enemigo aquel ejército de gorjeos y trinos que pinchaban como puntas de alfileres los tímpanos más recios de los circunstantes. Las urracas, que libres de toda traba a todas horas, de noche y de día, se paseaban a su arbitrio por el pavimento con paso de alabardero en procesión, o mejor, como se paseaba D. Juan Soldevilla, que algo tenía de urraca, las maricas digo, trataban a veces de intervenir en el concierto con su escandalosa vocinglería; como la ronda de familiares y alguaciles urracas de la justicia– querían cortar las guerras de calleja en los tiempos románticos de capa y espada. Pero los alguaciles, las maricas, eran derrotadas en un punto, y continuaba la lucha de Capuletos y Montescos, de jilgueros y canarios, cada vez más viva, más estridente; si los jilgueros subían a las nubes con sus redobles de lengüetería, llegaban al sol los trinos que estallaban en las armadas golas de la gente de librea amarilla. Y Rosario, que en tales ocasiones sabía coser o pintar en medio de sus flores y sus aves, dejaba hacer, dejaba pasar, y nerviosa, agitada, con las manos en los oídos, sonreía placentera ante aquella revolución de las ondas sonoras, gozando con tamaño garbullo de sonidos un placer intenso, picante, que ella casi tenía por pecado, por ser de índole tan distinta de los que su padre llamaba honestos y eran tan desabridos.

Muchas veces le dio el antojo de reflejar en el lienzo con sus dóciles pinceles algo que semejara aquel estrépito de canarios y jilgueros; pero al desmayar ante su impotencia se decía:

¡Oh!, pues el gran pintor, el mejor pintor, sería el que supiese representar con líneas y colores estos motines de gorjeos.

Y pensaba Rosario que el mejor pintor, el gran pintor, sería el que supiese retratarla a ella con su sonrisa cariñosa, con su nariz hinchada por el placer, con sus ojos entornados y brillantes en el momento de saborear a sus solas el motín de los gorjeos.

¡Cuán ajeno estaba D. Juan Soldevilla de que el espíritu revolucionario se iba entrando en el alma de su hija por tan extraviada manera!


Publicado el 10 de mayo de 2020 por Edu Robsy.
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