Libro gratis: El Imperio Jesuítico
de Leopoldo Lugones


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El Imperio Jesuítico

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Fragmento de El Imperio Jesuítico

Llegó un poco más lejos, siendo más significativa, esa esterilidad. Cuando Italia florecía en artistas, al propio tiempo que los Borgias imperaban en Roma, éstos, á pesar de su pródigo fausto, no tuvieron una iniciativa en pro de la belleza. Aquel siglo del Renacimiento, que en un solo año (1564) veía morir á Miguel Ángel y nacer á Shakespeare, nada tuvo que agradecer á la familia pontificia española, sucedida, para mayor contraste, por Julio II y por León X.

Otro detalle que revela el fondo artificioso de esa literatura, en toda su amplitud, es que la mujer apenas afecta á la poesía. España no tiene un solo «poeta del amor.»

Nada, sin embargo, más propicio á la inspiración que la mujer española.

Poco interesa por de contado la alta dama, que es igual bajo todas las latitudes. Clase media y pueblo, menos nivelados por el artificio convencional, más sensibles al ambiente, más puros de raza, dan un tipo decididamente admirable.

Férvidas morenas, que tienen, como la miel, su cualidad substantiva en su dulzura. Muelles en la pereza oriental, que están denunciando la pantorrilla baja, la lentitud cadenciosa del andar, el pie brevísimo, la mirada que anticipa en languidez tristezas de amores. Apasionada hasta la locura, su afecto era de una incorruptible fidelidad, que naturalmente se exteriorizaba en altivez. El amor accidental, la galantería, le eran casi desconocidos. La vida entera del amante le parecía poco, pero es porque ella amaba hasta la muerte. Doña Juana la Loca, es un caso de España. Su vida, consecuente con estos rasgos, se eclipsa en el hogar. Madre, impera; y esposa, reina. Pero la presión de los celos masculinos, la eternidad de aquella renunciación del mundo, que significa el desenlace de su amor, le infunden una gravedad cuyo fondo es tristeza; y la religión agrega su elemento terrorista á esa sombra, imponiendo una actualidad de dolor en una remota esperanza de ventura. No se amengua su exaltación, sin embargo, antes crece en la melancolía. La devoción, que es su segundo amor, la apasiona igualmente. Santa Teresa ha quedado proverbial. Fuego divino y llama infernal, lo mismo la queman. Carnal ó celeste, su amor vive en el arrebato. La monarquía, colaborando en esa devoción, más la había sublimado. Estaban para ejemplos las venerables doña María de Montpellier, doña Leonor, reina de Chipre, Santa Isabel de Portugal y aquella adorable monjita, la infanta de Aragón doña Dulce, que á los diez años fué religiosa. El hogar español, tan fieramente inviolable que recuerda desde luego al harem, profundiza con su aislamiento esa tendencia mística. Los hijos no podían sentarse á la mesa con sus padres, mientras no fuesen caballeros, y aquéllos estaban autorizados por la ley (Partida 4.ª, Título XVII, Ley VIII) á comérselos en caso necesario. Tal la rigidez de ese hogar, donde el mismo sol entraba furtivo. Su situación de plaza fuerte prolongó las formas domésticas de la Edad Media. La señora fué centro de un pequeño mundo. Desde la cocina al oratorio, toda la vida, con sus pequeñas industrias, sus necesidades comunes, estuvo para ella entre esas paredes. Lo que el castillo feudal había aislado por previsión guerrera, fué conservado por los celos orientales. Pero á causa de la igualdad monogámica, resultó favorable á la dignidad de la mujer. La calle fué para ella un terreno vedado, al cual no se aventuraba sin su dueña y su rodrigón; la escritura un arte galeoto; su aposento remedaba una celda monjil; hombres, no veía otro que su confesor, fuera del padre y los hermanos que la trataban con rígida cortesía.


186 págs. / 5 horas, 26 minutos.
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Publicado el 25 de marzo de 2021 por Edu Robsy.


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