Orlando Furioso

Ludovico Ariosto


Poema épico



Canto I

Huye Angélica sola, mientras Reinaldo procura alcanzar á su fiel caballo que se le ha escapado.—Encendido este guerrero en ira y en amor, ataca al orgulloso Ferragús.—Este pronuncia un nuevo juramento, más terminante que el primero con respecto á apoderarse de un casco.—El Rey de Circasia encuentra con alegría á su amada, y Reinaldo estorba la realizacion de sus planes.

Canto la galantería, las damas, los caballeros, las armas, los amores y las arriesgadas empresas del tiempo en que los moros atravesaron el mar de África é hicieron grandes estragos en Francia, imitando el impetuoso y juvenil ardor de su rey Agramante, el cual se jactaba de vengar la muerte de Trojan en la persona de Carlos, emperador de romanos.

Con respecto á Orlando, referiré cosas que jamás se han dicho en prosa ni en verso; manifestaré cómo se convirtió en un loco furioso aquel hombre tenido siempre como modelo de cordura: ojalá que aquella por quien me falta poco para verme en tal estado, segun lo que va amortiguando mi escaso ingenio, me conceda el suficiente para llevar á cabo lo que prometo.

Y vos, ¡oh Hipólito!, generoso descendiente de Hércules, ornato y esplendor de nuestro siglo, dignaos acoger complaciente este trabajo, única muestra de agradecimiento que le es dable ofreceros á vuestro humilde súbdito. Con mis palabras ó mis escritos puedo solamente pagaros lo que os debo: corto es su valor, pero os aseguro que con ellos os doy todo cuanto me es posible daros.

Entre los esclarecidos héroes que me propongo celebrar en mis versos, oireis recordar á aquel Rugiero, que fué el antiguo tronco de vuestra ilustre familia. Escuchareis el relato de su preclaro valor y memorables hazañas, si os dignais prestarme atencion, y si mis versos logran ocupar un lugar entre vuestros elevados pensamientos.

Enamorado Orlando, largo tiempo hacía, de la bella Angélica, habia alcanzado por causa de esta infinitos é inmortales laureles en la India, en la Media y en la Tartaria. Con ella habia regresado al Occidente, y llegado al pié de los elevados Pirineos, donde las huestes reunidas en Francia y Alemania, esperaban al rey Cárlos para emprender la campaña contra los reyes Marsilio y Agramante, á quienes se proponian hacer arrepentir de su loca arrogancia por haber traido del África, el primero, cuantos hombres eran aptos para llevar las armas, y haber aprestado el segundo todos sus soldados que á la sazon dominaban en España, para destruir el hermoso reino de Francia.

Orlando se presentó oportunamente en aquel lugar; pero pronto se arrepintió de su llegada, pues al poco tiempo le fué robada su dama: ¡tan sujeta está al error la inteligencia humana! Aquella mujer por quien habia tenido que sostener tantos combates desde las costas orientales á las occidentales, fuéle arrebatada cuando se hallaba en su patria, entre sus amigos, y sin poder requerir la espada para impedirlo. El prudente emperador, queriendo prevenir mayores males, fué quien la hizo desaparecer; pues habiéndose originado poco antes una viva disension entre el conde Orlando y su primo Reinaldo, llevados ambos de un apasionado y ardiente amor hácia la extraordinaria belleza de Angélica, disgustóse Cárlos en alto grado por tal querella, cuyo efecto inmediato era el de que se debilitase la ayuda que pudieran prestarle ambos paladines; y se apoderó de la doncella, entregándola al duque de Baviera, y prometiéndola como recompensa á aquel de los dos que matara por su mano mayor número de infieles y más se distinguiera en la batalla que se preparaba.

El éxito, sin embargo, fué contrario á sus deseos; pues habiendo sido derrotados y puestos en fuga los cristianos, cayó el Duque prisionero juntamente con muchos de los suyos, y quedó abandonada su tienda de campaña. Angélica, previendo que la Fortuna se mostraria aquel dia adversa á los soldados de Cristo, habia montado á caballo, poco antes de trabarse la batalla, y huyó cuando vió el giro que esta tomaba.

Entró en un bosque, y en uno de sus estrechos senderos divisó á un caballero que, á pié, cubierto con su coraza, puesto el casco, con la espada al cinto y embrazado el escudo, corria por la floresta más ligero que el aldeano que medio desnudo disputa el premio de la carrera. La tímida pastorcilla que tropieza con una serpiente cruel no huye más veloz de lo que Angélica revolvió su corcel al ver al guerrero que hácia ella se dirigia.

Este era el paladin gallardo, hijo de Amon, señor de Montauban, á quien por un extraño suceso se le habia escapado su caballo Bayardo. En cuanto fijó sus miradas en la jóven y pudo distinguir, aunque desde léjos, su bello y angelical semblante, quedó preso en las redes del amor. La doncella volvió las riendas á su palafren y lo lanzó á toda brida por la espesura de la selva, sin seguir un camino determinado. Pálida, temblorosa, y sin ser dueña de sí misma, dejó al instinto del caballo la eleccion del sendero, y despues de dar infinitas vueltas por la selva, en todas direcciones, llegó al fin á la orilla de un rio.

Cubierto de sudor y lleno de polvo encontrábase en el mismo sitio Ferragús, atormentado por la sed y el cansancio despues de la batalla: á pesar suyo, se veia detenido allí; pues en la precipitacion por refrescar su ardorosa garganta, habia dejado caer el yelmo en el agua, y hacia desesperados esfuerzos por recobrarlo.

La atemorizada doncella llegaba á escape y gritando con todas sus fuerzas: el sarraceno, al oir sus voces, saltó á la orilla, contempló un momento á la jóven, y á pesar de su palidez y turbacion, y de hacer mucho tiempo que no la habia visto, conoció bien pronto que era la hermosa Angélica la que se aproximaba.

Enamorado sin duda de ella, como los dos primos, y lleno de galantería, le prestó todo el auxilio que le fué posible, y sin cuidarse de que el yelmo no resguardaba su cabeza, tiró de la espada, y corrió amenazador hacia Reinaldo, á quien no intimidaba su feroz aspecto: ambos se habian encontrado ya muchas veces frente á frente, y ambos conocian tambien el temple de sus armas. Trabóse entre ellos un combate cruel, á pié y desnudos los aceros, descargándose recíprocamente tan terribles golpes, que no ya las corazas ni las delgadas mallas, sino ni aun los más fuertes yunques los resistirian. Pero, en tanto que los dos combatientes procuraban herirse, el caballo de Angélica necesitó valerse de todo su instinto; pues la jóven, aguijándole cuanto le era posible, lo lanzó á todo escape por el bosque y por el campo.

Cansados los dos guerreros de procurar aunque en vano derribarse el uno al otro, y de emplear todo su valor y destreza, que era igual en ambos, para alcanzar la victoria, el Señor de Montauban, en cuyo corazon ardia de tal modo el fuego del amor, que lo ocupaba por completo, se dirigió al sarraceno, diciéndole:

—Crees ofenderme á mí solo, y sin embargo ahora te estás tambien perjudicando: si combatimos porque los rayos refulgentes de ese nuevo Sol te han abrasado el pecho, ¿qué consigues con detenerme aquí? Aun cuando logres someterme ó darme la muerte, no por eso será tuya aquella doncella; pues mientras nosotros perdemos aquí el tiempo, ella huye precipitadamente. ¡Cuánto mejor seria, si es que la amas, que la alcancemos en su camino, y procuremos detenerla antes de que se aleje más! Cuando la tengamos en nuestro poder, entonces el acero decidirá á quién ha de pertenecer: de lo contrario, y despues de un prolongado combate, solo resultará perjuicio para entrambos.

Aceptó el infiel esta proposicion, y quedó aplazado el desafío. Establecióse por el momento entre ellos una tregua inusitada, llegando á olvidar sus iras y rencores hasta tal extremo, que el pagano, al apartarse de aquella fresca corriente, no consintió que fuera á pié el buen hijo de Amon; y habiendo conseguido despues de varias súplicas que montara á la grupa de su caballo, se dirigieron en seguimiento de Angélica.

¡Oh extraordinaria bondad de los caballeros antiguos! Ambos eran rivales, de diferentes creencias; aun se resentia todo su cuerpo del rigor de los golpes que acababan de darse, y sin embargo, atravesaron juntos y sin mútua desconfianza los tortuosos senderos de aquella selva oscura. El corcel, hostigado por las aceradas puntas de cuatro acicates, llegó velozmente á un sitio donde se bifurcaba el camino. Vacilantes, por ignorar el que habria seguido la doncella, pues en las dos sendas se veian huellas recientes y parecidas, se entregaron al acaso; Reinaldo siguió por una, y el sarraceno por la otra. Despues de haber dado Ferragús muchas vueltas por el bosque, fué á parar al mismo sitio de donde habia partido, y encontróse junto al rio en que habia perdido su casco. Desesperando de alcanzar á la doncella, dedicóse á buscarlo, y con este objeto se metió en el agua; pero estaba aquel tan enterrado en la arena, que necesitaba emplear muchos esfuerzos antes de recobrarlo.

Valiéndose de una larga rama, despojada de hojas, que habia arrancado de un álamo, empezó á sondear el rio y á reconocer su lecho minuciosamente. Profundamente irritado estaba ya al considerar la inutilidad de sus esfuerzos y su prolongada permanencia en aquel sitio, cuando vió que sacaba el cuerpo fuera del rio, y hasta el pecho solamente, un caballero, de feroz aspecto, y armado completamente, aunque con la cabeza descubierta, el cual sostenia en su diestra mano el mismo casco que por tanto tiempo habia buscado Ferragús infructuosamente.

Con ademan airado, le dirigió la palabra en estos términos:

—¡Infame, hombre sin fé! ¿por qué te pesa tanto dejar aquí este yelmo, que há tiempo debiste haberme devuelto? Acuérdate, infiel, de cuando diste muerte al hermano de Angélica: ese soy yo. Recuerda que me prometiste arrojar al rio mis armas y mi casco. No te turbes, pues, porque la suerte haya cumplido mis deseos, ya que tú no has querido cumplirlos; tu turbacion ha de causarla más bien tu falta de fé y lealtad. Ya que tanto deseas poseer un casco bien templado, procura adquirir otro, pero con honor: el paladin Orlando tiene uno; otro, y quizá mejor, posee Reinaldo: el uno fué de Almonte; el otro de Mambrino. Conquista cualquiera de ellos con tu valor: en cuanto á este, ya que has prometido dejármelo, harás bien en renunciar á él.

Al aparecer repentinamente fuera del agua aquella sombra, cambióse el color del semblante del sarraceno y se le erizaron los cabellos, expirando además las palabras en sus labios. Pero cuando oyó la voz de Argalía (que así se llamaba) á quien habia dado allí mismo la muerte, reconvenirle de semejante modo por su deslealtad, se sintió abrasado por la ira al par que por el rubor. Permaneció silencioso, sin ánimo ni tiempo para procurar excusarse, por lo mismo que reconocia que era verdad cuanto le habia dicho; pero tanto pudo en él la vergüenza, que juró por la vida de Lanfusa no cubrir su cabeza con más casco que con el que arrancó Orlando en Aspromonte al feroz Almonte, y observó mejor este juramento que el anterior. Tan pesaroso se alejó de aquel sitio, que durante muchos dias no pudo apartar aquella escena de su memoria, ni dedicarse á otra cosa más que á buscar, aunque en vano, al paladin por todos los sitios donde suponia encontrarlo.

No habia andado mucho Reinaldo al separarse del sarraceno, cuando vió á su caballo saltar delante de él.—Detente, detente, Bayardo mio, exclama el caballero, que me perjudica mucho encontrarme sin tí!—Pero el corcel, sordo á tales voces, no solo no obedecia á su amo, sino que huia con mayor velocidad; y Reinaldo, inflamado de corage, echó á correr en pos de él.

Pero volvamos á la fugitiva Angélica que, vagando por selvas espantosas y sombrías, atravesando sitios deshabitados, yermos y salvajes, de tal temor estaba poseida, que el más leve movimiento de las hojas ó de las ramas, cualquier sombra que veia en el monte ó en el valle, le parecia que era Reinaldo que iba en su seguimiento. Cual tierno gamo ó jóven cervatilla, que al ver á su madre, entre la enramada del bosquecillo que le sirve de guarida, con los hijares desgarrados por los dientes del feroz leopardo, huye de selva en selva ante la terrible fiera, temblando de pavor y creyendo que todo, hasta el arbusto con que tropieza, es el fiero animal que abre la boca para devorarla, así Angélica volaba despavorida durante la noche y la mitad del siguiente dia, sin saber adonde dirigir sus pasos: al fin encontróse en un embalsamado bosquecillo, blandamente oreado por el fresco céfiro. Dos claros arroyuelos, murmurando en torno suyo, mantenian tierna y siempre nueva la verdura de aquel agradable sitio, y halagaba suavemente al oido el rumor del agua al correr lentamente entre las guijas. Creyéndose allí en completa seguridad y muy léjos de Reinaldo, determinó reponerse algun tanto del cansancio producido por su precipitada carrera y por un calor abrasador. Apeóse entre las flores; y quitando la brida al palafren, le dejó en libertad de pacer la fresca yerba en que abundaban las claras márgenes de aquellos arroyuelos.

No léjos de aquel sitio divisó una espesura de floridos espinos y de encarnadas rosas, que se reflejaban en el espejo de las movibles ondas y estaban preservados de los rigores del Sol por la sombra de altas y pobladas encinas: bajo aquella verde bóveda, que ofrecia un oculto al par que fresco retiro con sus ramas espesas y entrelazadas, donde el Sol no entra, y donde tampoco podia penetrar la mirada humana, habia un lecho de verde musgo que convidaba al reposo. La hermosa jóven se dirigió á él, y se entregó confiada á un sueño reparador; pero apenas lo habia conciliado, cuando le pareció oir las pisadas de un caballo: levantóse silenciosa y vió á un caballero armado, que estaba junto al rio. Ignorando si era amigo ó enemigo, su corazon palpitaba entre el temor y la esperanza, y se decidió á esperar el fin de aquella aventura, conteniendo en lo posible su respiracion para no ser descubierta.

El caballero se sentó á la orilla del rio, y apoyando su cabeza en una mano, cayó en tan profunda meditacion, que parecia convertido en mármol. Más de una hora permaneció inmóvil y entregado á sus pensamientos; despues con tono aflijido y lastimero prorumpió en tan suaves quejas, que hubiera conmovido á las piedras ó ablandado á las fieras. Surcaba sus mejillas el llanto entrecortado por los suspiros, y su pecho parecia abrasado como un volcan.

—¡Oh pensamiento, que hielas y abrasas alternativamente mi corazon, decia, y eres causa del dolor que continuamente le oprime! ¿qué debo hacer puesto que he llegado tarde y otro se ha anticipado á coger el fruto? Apenas he conseguido una palabra ó una mirada, mientras que otro ha alcanzado los más preciados tesoros. Si para mí no hay ya frutos ni flores, ¿por qué he de atormentar inútilmente mi corazon?... La doncella es como la rosa, que mientras descansa sola y segura en un bello jardin sobre su espinoso tallo, no se le acerca ni el pastor ni el ganado: el aura suave, el alba sonrosada, el agua, la tierra, todo la favorece. Los amantes y las jóvenes enamoradas gustan de adornar con ella su pecho ó su cabeza; pero en cuanto se la arranca del materno tallo y de su verde tronco, pierde todo el favor, gracia y belleza que le concedieran el cielo y los hombres. Del mismo modo la doncella, privada por un amante de esa flor que debe tener en más que la hermosura de sus ojos y que su propia vida, pierde el favor de los demás amantes. Sea pues despreciable á los ojos de los otros, por más que la ame entrañablemente aquel á quien se entregó. ¡Ah fortuna cruel y despiadada! Triunfan los demás, mientras yo muero de despecho. ¿Y podrá suceder que deje de amarla? ¡Ah, prefiero morir antes que olvidarla!

Aquel guerrero que aumentaba con sus lágrimas el caudal del rio, era el enamorado Sacripante, rey de Circasia. La causa de su amarga pena consistia en el amor que profesaba á Angélica, de quien fué bien pronto reconocido. Llevado de sus amorosos deseos habia pasado desde Oriente á Occidente; en la India supo con gran dolor que la jóven habia seguido á Orlando hácia Europa; en Francia tuvo noticia de que el Emperador se habia apoderado de ella y la habia prometido en premio á aquel que más servicios prestara á la causa de las doradas lises. Sacripante se presentó en el campo de batalla, tuvo ocasion de contemplar la derrota de los cristianos, y despues procuró descubrir las huellas de Angélica, cosa que aun no habia podido conseguir. Tal es la triste causa que en su amoroso desvarío ocasiona su tristeza, obligándole á lamentarse y á prorumpir en quejas, que serian capaces de detener al Sol en su carrera.

En tanto que el guerrero se entregaba á su quebranto y derramaba torrentes de lágrimas, quiso su buena suerte que llegáran sus lamentos á oidos de Angélica, y aquel instante inesperado fué para él más favorable que mil años de afanosa espectativa. La hermosa estuvo atenta á las palabras, al llanto y á los movimientos del que le consagraba ferviente amor; no era ciertamente aquella la primera vez que escuchaba tales quejas, pero jamás pudieron conmover su duro y helado corazon, como sucede al que desdeña á sus semejantes por no encontrar á ninguno digno de él. Pero viéndose entonces sola y en medio de los bosques, juzgó que Sacripante podia servirle de guia fiel; pues muy obstinado es el mortal que, próximo á ahogarse, no demanda socorro. Dejando escapar aquella oportunidad, le seria difícil encontrar mejor compañía, por lo mismo que en las diferentes y constantes pruebas de amor que aquel rey le habia dado, tuvo ocasion de conocer que era el más leal de sus adoradores. No desistió, sin embargo, de oponerse siempre á sus deseos, ni se proponia inundar de júbilo su corazon y reparar el daño que en él habia causado, concediéndole lo que todo amante anhela; pero sí entretenerle con lijeras esperanzas mientras pudiera serle útil, para volver despues á su frialdad y dureza habituales.

Saliendo, pues, fuera de aquella oculta espesura, se presentó de improviso tan bella y radiante como Diana ó Citerea pudieran presentarse al salir de una selva ó de una oscura cueva; y al mostrarse á Sacripante le dijo:

—La paz sea contigo. Dios proteja contigo nuestra fama, y no consienta que, contra toda razon, formes tan equivocada opinion de mí.

Jamás madre alguna fijó con tanto gozo al par que estupor la vista en el hijo, que habia llorado y tenido por muerto cuando supo que sus compañeros de armas volvian sin él, como contempló el sarraceno la figura, los seductores movimientos y el angélico semblante de aquella que se presentaba de improviso ante sus ojos. Lleno de afecto dulce y amoroso se precipitó hácia su divina señora, la cual le recibió en sus brazos, como tal vez no lo hubiera hecho en el Cathay. En el corazon del guerrero renació la esperanza de volver á ver en breve su palacio, mientras que ella contaba con el apoyo del Rey para regresar al hogar paterno.

Angélica le refirió minuciosamente cuanto le habia acontecido, y cómo desde el dia en que le envió á pedir auxilio en Oriente á Nabateo, rey de los Sericanos, la habia preservado Orlando de la muerte, de la deshonra y de toda clase de peligros; añadiendo que, gracias á él, habia podido conservar su virginidad, y mantenerse tan pura como cuando salió del vientre materno.

Quizás era verdad lo que decia, pero con dificultad lo hubiera creido cualquier hombre dueño de su razon. La de Sacripante, sumida en los más graves errores, dió fácil crédito á las palabras de Angélica; pues el amor hace invisible lo que el hombre vé, al paso que le hace ver lo invisible. La narracion de Angélica fué creída; pues el que es desgraciado cree con facilidad lo que desea.

El rey de Circasia se decia en tanto á sí mismo:

—Si el caballero de Anglante dejó pasar desapercibida neciamente la ocasion oportuna, en su perjuicio redundó: en cuanto á mí, no estoy dispuesto á imitarle; pues si en este momento dejara de aprovecharme del bien que se me concede, me arrepentiria eternamente. Arrancaré inmediatamente esa fresca y pura rosa, que andando el tiempo pudiera marchitarse. Harto sé que por más que una jóven se muestre ya desdeñosa, ya triste ó airada, le es siempre grata una violencia semejante; así es que ni su negativa ni su fingido desdén serán bastantes á impedir que yo realice mis deseos.

Dijo, y cuando se preparaba á llevar á cabo su determinacion, oyó en el bosque vecino un gran rumor que le obligó á pesar suyo á abandonar su temeraria empresa: calóse el yelmo, pues por costumbre antigua iba siempre completamente armado; corrió hácia su caballo, lo enfrenó, se colocó en la silla y empuñó la lanza.

En aquel momento vió llegar un caballero de gallardo al par que altanero continente; blancas cual la nieve eran sus vestiduras y blanco tambien el penacho que se agitaba en su casco. No pudiendo Sacripante soportar la inoportuna aparicion de aquel guerrero, que de tal modo habia estorbado la realizacion de sus deseos, le dirigió una mirada impertinente y provocativa; y apenas estuvo cerca de él, le retó á singular batalla, esperando hacerle morder el polvo. El desconocido, cuyo valor y denuedo no debian desmerecer en nada de los de su contrario, despreció las orgullosas amenazas de este, clavó los acicates en los hijares de su caballo y enristró á su vez la lanza: Sacripante revolvióse entonces furioso, y ambos paladines empezaron á descargarse golpes, procurando herirse en la cabeza. Dos leones ó dos toros irritados que se lanzan fuera de sí uno contra otro, no es posible que se ataquen con tanta violencia como aquellos dos guerreros. A los primeros golpes quedaron atravesados los escudos; el choque fué tan terrible, que hizo retemblar desde la base hasta la cima de los pelados cerros y de los verdes valles: únicamente el fino temple de sus petos pudo resistirlo, resguardando los pechos de ambos campeones. Los caballos por su parte no corrian, sino que saltaban á guisa de carneros; pero el del pagano, á pesar de ser un corcel excelente, cayó en breve muerto, arrastrando en su caida á su señor, á quien cogió debajo: el otro cayó tambien, pero se levantó al sentir en sus hijares la aguda punta del acicate.

El campeon desconocido, viendo tendido á Sacripante bajo su caballo, se dió por satisfecho y no se cuidó de renovar el combate, sino que aflojando la brida á su corcel, se alejó á todo escape; y antes de que el pagano pudiera levantarse, se hallaba casi á una milla de distancia.

Así como el labriego, á quien el fragor de un rayo ha dejado aturdido y tendido en el suelo junto á sus bueyes muertos, se levanta y contempla despojado de todas sus ramas el pino que solia ver desde léjos, del mismo modo se levantó Sacripante teniendo á Angélica por testigo de su triste aventura: gemia y suspiraba, no porque se le hubiera roto ó dislocado algun brazo ó pierna, sino por la vergüenza que sentia y que nunca hasta entonces habia enrojecido tanto su semblante y más aun al considerar que la jóven fué quien hubo de sacarle de debajo del caballo.

Mudo hubiera quedado, segun creo, si ella no le hubiese devuelto la voz y la palabra.

—Señor, exclamó Angélica, no os apesadumbre esa caida, cuya culpa no ha sido vuestra, sino de vuestro caballo, que necesitaba reposo y alimento más bien que un nuevo combate. Además, aquel guerrero no reportará gloria alguna de este encuentro, pues con su rápida desaparicion claramente demuestra, á lo que entiendo, que se ha dado por vencido.

En tanto que de esta manera procuraba consolar al Sarraceno, vieron llegar un mensajero cansado y triste, que traia pendiente de sus hombros una trompa y una bolsa, é iba montado en un mal rocin. Luego que llegó junto á Sacripante, le preguntó si habia visto pasar por aquella selva á un caballero vestido de blanco y con un penacho blanco tambien. Sacripante le respondió:

—Ese guerrero me ha puesto en el estado que puedes ver: ahora mismo acaba de alejarse de aquí; mas como deseo saber quien me ha derribado del caballo, espero que me digas su nombre.

El mensajero contestó:

—Voy á satisfacer tu deseo. Sabe que te lanzó fuera de la silla el esforzado valor de una doncella gallarda, pero más que gallarda, hermosa: no pretendo ocultarte su nombre, antes bien te diré que la que en un momento te ha quitado todo el honor que hasta ahora has podido adquirir en tus combates, se llama Bradamante.

Dichas estas palabras, se alejó el mensajero á rienda suelta, dejando tan abatido al Sarraceno, que no supo qué decir ni qué hacer, abrasado como se hallaba por el fuego de la vergüenza. Cuanto más pensaba en su derrota, y en que esta la habia causado una mujer, más vivo era su dolor. Sin pronunciar una palabra montó en el otro corcel, colocó á Angélica en la grupa y se alejó, difiriendo el logro de sus planes para ocasion y sitio más tranquilos.

Aun no habian andado dos millas, cuando oyeron resonar en la selva que les rodeaba un rumor tal, que no parecia sino que temblaba la floresta, apareciendo poco despues un gran caballo adornado con ricos paramentos de oro. El hermoso bruto saltaba riscos y matorrales, arrastrando en su veloz carrera cuanto se oponia á su paso.

—Si el intrincado ramaje de este bosque y su poca claridad no engañan mi vista, dijo la doncella, creo que es Bayardo ese corcel que con tanto estrépito se abre camino al través de la arboleda: y en efecto, es Bayardo; lo reconozco. ¡Ah, cuán oportunamente llega para utilizarnos de él y aliviar á nuestra cabalgadura del doble peso que ahora soporta!

Desmontó el circasiano, y acercóse á Bayardo creyendo poder sujetarle; pero el caballo, dando una vuelta rápida, despidió un par de coces, que de haber alcanzado al caballero, lo hubiera pasado mal, pues las tiró con tal fuerza, que habria hecho pedazos una montaña de bronce. En seguida, saltando como un perro que vuelve á ver á su amo despues de algunos dias de ausencia, se acercó manso y humilde á la doncella, recordando sin duda los cuidados que le habia prodigado en Albraca, cuando Angélica amaba á Reinaldo. La jóven cojió las riendas con la mano izquierda, y con la derecha acarició el cuello y el pecho del soberbio animal, que dotado de un instinto maravilloso, se sometia á ella como un corderillo. Sacripante aprovechó entonces este momento; saltó sobre Bayardo, y oprimiéndole con fuerza los lomos, consiguió sujetarle: la doncella, por su parte, dejó la grupa y se colocó en la silla de su aliviado caballo.

Mas al volver al acaso la vista atrás, divisó un guerrero á pié y cuyas armas resonaban fuertemente: encendida en ira y despecho reconoció en él al hijo del duque Amon; que la amaba y deseaba más que á su vida, al paso que ella le odiaba y huia de él más que la paloma del halcon: en otro tiempo, sin embargo, amó apasionadamente á Reinaldo, mientras que él la aborrecia más que á la muerte; ahora hánse trocado los papeles. Tal cambio lo han causado dos fuentes cuyas aguas producen diferentes efectos; ambas corren en las Ardenas, inmediata la una á la otra; una llena el corazon de amorosos deseos; la otra los extingue, y torna en hielo el primitivo ardor. Reinaldo bebió de una, y el amor le abrasaba: Angélica de la otra; y le odiaba y huia de él.

Aquel licor saturado de misterioso veneno, que trueca en odio el cariño, hizo que los ojos de la doncella perdieran su brillo y serenidad, y que con acongojado semblante y temblorosa voz suplicase á Sacripante que huyera, sin dar lugar á que se acercase más aquel guerrero.

—¿Tan miserable soy á vuestros ojos, exclamó el Sarraceno, y tan inútil me creeis, que no pueda ampararos como debo? ¿Habeis dado ya al olvido las batallas de Albraca, y aquella noche en que, solo y apenas armado, contuve por salvaros á Agrican y todo su ejército?

Calló indecisa la jóven. Reinaldo en tanto íbase acercando, y prorumpió en amenazas contra el Sarraceno luego que conoció su caballo, y sobre todo cuando pudo distinguir el semblante angelical de la mujer que habia inflamado su corazon.

Lo que sucedió entre los dos soberbios rivales servirá de materia para el canto siguiente.

Canto II

Un ermitaño, valiéndose de fingidos mensajeros, hace que los dos rivales suspendan el combate.—Reinaldo acude donde le llama el Amor, pero el emperador Carlos le envia á Inglaterra.—Buscando la atrevida Bradamante á su amado Rugiero, encuentra en su lugar al traidor Pinabel de Maguncia, por quien casi perece sepultada.

¡Oh injustisimo amor! ¿Por qué te muestras tan avaro en hacer que simpaticen nuestros deseos? ¿Por qué te complace ¡oh pérfido! la desunion de dos corazones? ¿Por qué en vez de permitirnos ir por el vado fácil y tranquilo, nos arrastras á los abismos más profundos? ¿Por qué, en fin, me separas de la que me ama, mientras me obligas á amar á la que me aborrece?

Haces que Reinaldo adore la belleza de Angélica, cuando á la jóven le parece el guerrero odioso y desagradable; al paso que cuando ella le amaba y él era agradable á sus ojos, llevó hasta el último límite su despego hácia la doncella. Reinaldo se aflige ahora y se desespera en vano; pues Angélica le odia de tal modo, que preferiria la muerte á su amor.

Reinaldo dirigióse al Sarraceno con gran arrogancia, diciéndole:

—Ladron, baja de mi caballo, pues no puedo sufrir que me arrebaten lo que es mio, ni al que á tanto se atreve, deja de costarle caro. Tambien intento apoderarme de esa dama, pues vergüenza seria dejarla en tu poder: tan hermosa doncella y caballo tan perfecto no son dignos de un ladron como tú.

—Mientes, replica el Sarraceno con igual arrogancia: el dictado de ladron se te podria aplicar con más verdad que á mí, á juzgar por lo que de tí dice la fama. Pronto se verá quien de ambos es más digno de la dama y del corcel; si bien, en cuanto á ella, convengo contigo que no hay en el mundo nada que pueda comparársele.

Y cual dos furiosos canes que, impulsados por el odio ó por la envidia, se acercan uno á otro rechinando los dientes, con ojos centelleantes y más encendidos que las brasas y erizado el pelo, hasta que llegan á morderse con rabia, así el de Circasia y el de Claramonte se acometen furiosos, pasando de las injurias á las estocadas. Hallándose á pié el uno y á caballo el otro, cualquiera creeria que la ventaja estaba de parte del Sarraceno; pero no sucedió así, pues el corcel que montaba se negaba por instinto natural á ir en contra de su amo Reinaldo: así es que por más que Sacripante se valia del freno ó del acicate, no conseguia dirigirlo á su voluntad. Ora retrocedia si queria hacerlo avanzar, y ora avanzaba si deseaba detenerlo; ya bajando la cabeza despedia coces, ya por fin se encabritaba receloso. Conociendo el Sarraceno que aquella no era la ocasion más á propósito para domar su fiereza, se apeó de él con rapidez.

En cuanto el pagano se vió libre de la obstinada furia de Bayardo, trabóse entre ambos caballeros un combate digno de su denuedo, y empezaron á chocar en todas direcciones los aceros con tal fuerza y rapidez, que no podian comparárseles los martillos con que se forjaban en la ennegrecida caverna de Vulcano los rayos de Júpiter. Con sus diferentes acometidas, golpes y ataques falsos demostraban claramente su maestría en el manejo de las armas; ora se les veia erguidos, ora inclinados; ora cubriéndose, ora mostrándose á pecho descubierto; adelantarse unas veces y retirarse otras; dar vueltas en torno del lugar del combate y ocupar rápidamente uno de los combatientes el terreno perdido por el otro.

Reinaldo descargó una terrible cuchillada sobre Sacripante; pero este la paró con su escudo, que era de hueso, forrado de una excelente plancha de acero. A pesar de su espesor, quedó partido; el ruido del golpe resonó por todos los ámbitos de la selva; volaron hechos pedazos cual si cristales fueran el hueso y el acero, y el Sarraceno quedó con el brazo impedido por la violencia del golpe.

Cuando vió la temerosa doncella el estrago causado por aquel golpe, palideció de terror, como el reo que se aproxima al patibulo; y reflexionando que no debia perder tiempo, si no queria caer en manos de aquel Reinaldo á quien tanto aborrecia y que tanto la adoraba, volvió las riendas á su caballo y lo lanzó por un estrecho y áspero sendero, no sin volver la cabeza repetidas veces pareciéndole que Reinaldo la perseguia.

No se habia alejado gran trecho, cuando en un valle tropezó con un ermitaño de venerable y piadoso aspecto, cuya barba blanca le llegaba á la cintura. Extenuado por los años y los ayunos, venia caballero en un pausado jumento: al contemplarle podia creerse que su conciencia era la más escrupulosa y estrecha que tuviera ser humano. Sin embargo, cuando el ermitaño se fijó en el rostro delicado de la doncella que se le acercaba, no pudo menos de conmoverse caritativamente á pesar de su debilidad y extenuacion. La jóven le preguntó por el camino que más directamente la condujese á un puerto de mar, pues deseaba ausentarse de Francia para no volver á oir siquiera el nombre de Reinaldo. El hermanito, que era nigromante, procuró reanimar á la abatida dama, ofreciéndole apartarla de todo peligro; despues, metiendo la mano en sus alforjas, sacó de ellas un libro, y apenas hubo acabado de leer la primera página, cuando un espíritu, disfrazado en forma de criado, apareció poniéndose á sus órdenes.

Obligado por los conjuros del anciano, alejóse el espíritu, y se dirigió al sitio donde se hallaban los dos campeones frente á frente; lanzóse en medio de ellos audazmente y les dijo:

—¿Quereis decirme, por favor, qué ventaja reportará aquel de vosotros que salga vivo de este combate, con haber muerto á su enemigo? ¿Qué mérito, qué recompensa tendrán vuestros esfuerzos, una vez terminada la lucha, cuando el conde Orlando, sin riesgo ni peligro alguno, y sin sacar rota una sola malla de su cota, conduce hácia Paris á la doncella, causa de vuestra terrible pelea? A cosa de una milla de aquí he encontrado á Orlando, que se dirigia á Paris con Angélica, riéndose ambos de vosotros y motejándoos porque os mateis sin resultado alguno. Mejor haríais en seguir sus huellas antes que se alejen más; pues si Orlando logra llegar á Paris con ella, jamás volvereis á verla.

Al oir estas palabras, confusos y turbados quedaron ambos caballeros, y echándose á sí mismos en cara su lijereza y poco seso por haber dado lugar á que un rival más afortunado se burlara de ellos: el buen Reinaldo, acercándose á su caballo, juró lleno de despecho y de furor, y entre abrasados suspiros, atravesar el corazon de Orlando si llegaba á alcanzarle. Saltó sobre Bayardo, y lo hizo partir á galope, sin cuidarse de su adversario, á quien abandonó desmontado en medio del bosque, sin despedirse de él ni invitarle siquiera á que montara en la grupa. El animoso caballo, hostigado por su señor, arrolló cuanto se opuso á su paso, no siendo bastantes á detenerle en su carrera, ni las zanjas, ni los rios, ni las zarzas, ni los peñascos.

No quiero, Señor, que os parezca extraña la facilidad con que Reinaldo se ha apoderado ahora de su corcel, despues de haberlo perseguido en vano muchos dias sin poder coger una sola rienda. Si aquel caballo, que estaba dotado de una gran inteligencia, habia corrido tanto trecho huyendo de su amo, no fué por mero capricho ó por resabio, sino por guiarle hácia donde se encontraba su dama. Cuando Angélica se escapó de la tienda de campaña, aquel excelente corcel, que á la sazon se hallaba suelto, por haberse apeado de él Reinaldo para combatir con un guerrero no menos valeroso que él, siguió desde léjos sus huellas, deseoso de contribuir á que la encontrara su dueño. Así fué que tras ella se metió por aquel gran bosque sin permitir que Reinaldo lo montase, no fuera que le hiciese tomar otro camino. Por dos veces y merced á él encontró Reinaldo á la doncella, aunque sin éxito; la primera se interpuso Ferragús; la segunda el rey de Circasia. Dando ahora crédito Bayardo á aquel demonio que comunicó á su señor la falsa noticia del viaje emprendido por Angélica, permaneció tranquilo y sumiso á su voluntad.

Reinaldo, ardiendo en ira y amor, le lanzó á toda brida hácia Paris, y tal volaba su deseo, que no ya su caballo, sino hasta el viento le pareceria poco rápido. Prestando entera fé á las palabras del mensajero del astuto nigromante, no daba treguas de dia ni de noche á su desalentada carrera, en la esperanza de encontrar al señor de Anglante; y tal era su precipitacion, que pronto divisó la ciudad donde el rey Cárlos habia reunido los restos de su roto y dispersado ejército. Esperando estaba el monarca que el rey de África le presentase una nueva batalla, ó pusiera cerco á la ciudad; y ante semejante alternativa procura solícito reunir bajo sus banderas lo más escogido de sus generales, y ordena que se hagan abundantes provisiones de víveres, que se abran anchos fosos, que se reparen los muros con objeto de prolongar la resistencia, y atiende por fin á todo cuidadosamente, sin darse punto de reposo y sin diferir nada. Piensa enviar á Inglaterra un mensajero, con objeto de solicitar refuerzos que le permitan formar un nuevo campamento, pues desea salir otra vez á campaña y volver á probar la suerte de la guerra. Poniendo por obra su determinacion, elige á Reinaldo para que pase inmediatamente á Bretaña, á aquella region que despues se llamó Inglaterra. Este viaje desagrada al paladin, no porque sintiera odio hácia aquel país, sino porque siendo la voluntad del Emperador que parta inmediatamente, apenas le concede un dia de reposo: sin embargo, á pesar de que en su vida hizo cosa alguna con menos voluntad que aquel viaje, por cuanto le impedia continuar sus pesquisas en busca de su amada, obedeció las órdenes de Cárlos, y emprendió la marcha con tal celeridad, que á las pocas horas llegó á Calais, en cuyo puerto se embarcó el mismo dia de su llegada.

Contra el parecer y la voluntad dé todos los marinos, y escuchando solamente la imperiosa voz de su corazon que le excitaba á dar pronto la vuelta, se hizo á la mar en ocasion en que esta estaba furiosamente alborotada y amenazando una fuerte borrasca. El viento, indignado por el desprecio que de él hacia el arrogante guerrero, suscitó en torno del bajel la tempestad que se esperaba, levantando con tal rabia montañas de espumosas olas, que llegaban hasta las gabias. Los expertos marinos arrian precipitadamente las velas mayores, y se preparan á virar poniendo la proa al puerto de donde en mal hora habian zarpado; mas el viento, como si pareciera decir: «es preciso que yo castigue la libertad que os habeis tomado,» sopla y ruge con más fuerza, amenazándoles con naufragar en el caso de que intentaran seguir un derrotero distinto del que él les marcaba con sus embates. Aumentando sin cesar en intensidad, ataca á la débil embarcacion tan pronto por la popa como por la proa; mientras que los marineros maniobrando acá y allá van corriendo la tempestad. Pero como para la obra que he emprendido, necesito urdir varios hilos y diferentes telas, dejo á Reinaldo y á su combatida nave, y vuelvo á ocuparme de su Bradamante.

Hablo de aquella ínclita doncella que derribó del caballo á Sacripante. Hija del duque Amon y de Beatriz, y hermana de Reinaldo, su valor y audacia, comparables á los de su hermano, no eran menos apreciables que los de este para Cárlos y para toda la Francia. La amaba ardientemente un caballero que pasó desde el África con el ejército de Agramante, el cual era hijo de Rugiero y de la desgraciada hija de Agolante. La jóven, cuyos sentimientos é instintos no eran los de una fiera, no se mostró con él desdeñosa; pero la caprichosa fortuna les impidió tener más de una entrevista. Por esta razon iba Bradamante buscando á su amante, llamado tambien Rugiero como su padre, y á pesar de emprender esta excursion completamente sola, tan tranquila caminaba como si llevara en pos de sí una fuerte escolta.

Despues que hubo obligado al rey de Circasia á herir con su cuerpo el rostro de la antigua madre, la tierra, atravesó un bosque y un monte, hasta llegar á una hermosa fuente, que serpenteaba por en medio de una pradera rodeada de árboles seculares que le prestaban grata sombra: el dulce murmullo de las cristalinas aguas convidaba á los viandantes á apagar en ellas su sed, y lo apacible del lugar, resguardado además del calor del mediodia por una colina que se elevaba hácia la izquierda, á disfrutar algunos momentos de reposo.

Al llegar Bradamante á aquel sitio, echó de ver que á la sombra de un bosquecillo y en la márgen verde, blanca, sonrosada y amarilla del líquido cristal estaba sentado un caballero, pensativo, mudo y solitario. No léjos de él, pendian su escudo y su almete de una haya, á cuyo tronco estaba atado su caballo. En los ojos del desconocido podian verse las huellas del llanto, y su inclinado semblante parecia melancólico y dolorido.

Ese deseo, innato en el corazon humano, que nos impulsa á averiguar las vicisitudes de los demás, hizo que la doncella preguntara á aquel caballero las causas de su dolor. Conmovido él por la cortesía con que se le dirigiera semejante pregunta, bastándole una sola mirada para apreciar el talante altivo de la dama en quien supuso un gallardo guerrero, le confió la historia de sus cuitas, expresándose en estos términos:

—Iba yo al frente de unos cuantos ginetes y peones, conduciéndoles al campo donde Cárlos esperaba á Marsilio para disputarle el paso de las montañas, llevando además en mi compañía una hermosa jóven á quien amaba con ardorosa pasion, cuando cerca de Rodona encontré á un caballero armado, ginete en un caballo alado. No bien aquel ladron, que ignoro si es un ser mortal ó un horrible aborto del Infierno, hubo contemplado mi hermosa é inolvidable dama, se precipitó hácia nosotros como el halcon que se lanza sobre su presa, y en un momento se apoderó de ella, cogiéndome tan desprevenido, que me apercibí de su accion cuando ya mi dama volaba por el espacio lanzando penetrantes gritos. No de otra suerte arrebata el rapaz milano al mísero polluelo del lado de su madre, que en vano se lamenta despues de su imprevision, y le llama y le grita en vano. En cuanto á mí, me fué imposible seguir por los aires al raptor: hallábame encerrado entre montañas, al pié de una roca elevada, y con mi caballo tan fatigado, que apenas podia caminar por aquel terreno escabroso y lleno de fatigosas peñas. Habria preferido entonces que me hubieran arrancado el corazon: así es que, pensando solamente en mi desgracia, abandoné sin jefe y sin guia á mis soldados, y emprendí al través de aquellos riscos el camino que Amor me designaba, y hácia donde me parecia que aquel bandido habia de llevar consigo mi paz, mi consuelo y mi vida.

»Durante seis dias enteros anduve por simas y pendientes horrendas, donde no habia vestigio alguno de camino ni sendero y donde jamás se habia impreso la huella de planta humana, hasta que llegué á un valle inculto y salvaje, rodeado de ásperas montañas y cavernas espantosas, y en medio del cual se alzaba una escarpada roca sirviendo de base á un castillo de excelente construccion y maravillosamente bello. Brillaba desde léjos cual fúlgida llama; sus murallas, segun pude comprender al acercarme, no estaban hechas ni de mármol ni de ladrillo; el conjunto en general me pareció admirable. Despues he sabido que los demonios, obligados por ciertos conjuros y palabras mágicas, habian amurallado aquel sitio de acero forjado en el fuego del Infierno y templado en las aguas de la laguna Estigia: así es que cada torre centellea con el brillo del acero no empañado por el moho ni por mancha alguna.

»En aquel castillo habita un feroz bandido, que recorre el país dia y noche, apoderándose de cuanto le viene en mientes, sin que ningun obstáculo sea capaz de detenerle, y sin que hagan mella en él las maldiciones ni los lamentos de sus víctimas. Allí ha ido á parar la señora de mi corazon, á quien pierdo la esperanza de recobrar. ¡Desventurado de mí! ¿Qué otra cosa puedo yo hacer más que contemplar desde léjos el peñasco donde se encierra mi bien, semejante á la raposa, que al oir los gritos de su hijuelo colocado en el alto nido del águila, da vueltas en torno de él, sin saber qué partido tomar? Tan elevado es aquel peñasco, tan fuerte el castillo, que únicamente las aves pueden llegar hasta él.

»Mientras permnanecia como petrificado en aquel sitio, ví llegar dos caballeros guiados por un enano, que á mi deseo dieron esperanzas; pero bien pronto conocí que uno y otras eran en vano. El uno de ellos era Gradaso, rey de Sericania; el otro Rugiero, jóven fuerte, y muy apreciado en la corte de África.

—«Vienen, me dijo el enano, para dar pruebas de su valor contra el señor de aquel castillo, que cabalgando en el cuadrúpedo alado, hace frecuentes excursiones de una manera tan extraña, inusitada y nueva.

—«¡Ah señores! les dije, apiadaos de mi desventura, y si, como espero, salís vencedores, os ruego que me devolvais mi dama.

»Y referíles cómo me fué arrebatada, atestiguando con mi llanto el dolor que me afligia. Me prometieron firmemente su apoyo, y empezaron á bajar por la áspera roca. Yo me preparé á contemplar desde léjos la pelea, rogando á Dios que concediera la victoria á aquellos guerreros. Al pié del castillo habia una planicie reducidísima. Así que ambos llegaron al pié de la elevada roca, se pusieron á tratar de quien habia de ser el primero en combatir, pues cada uno de por sí lo deseaba. Bien fuese por suerte, ó porque á Rugiero no le importase mucho, Gradaso se encargó de desafiar á su adversario, y llevando su bocina á la boca, sacó de ella sonidos tan fuertes que hicieron retemblar al peñasco y la fortaleza. Ábrense de pronto las puertas, y aparece un caballero cubierto con su armadura y montado en el caballo alado. Momentos despues empezó á elevarse, y como las grullas viajeras, que primeramente corren veloces por el suelo y poco á poco van separándose de él, hasta que esparcidas todas por el aire extienden velozmente sus vuelos, del mismo modo el nigromante empezó á agitar las alas remontándose á una altura donde no llegan las águilas. Cuando lo tuvo á bien, revolvió su caballo que replegó las alas y se dirigió verticalmente hácia la tierra, cual suele descender el halcon amaestrado para apoderarse del ánade ó de la paloma. El ginete hiende los aires, enristrada la lanza, con horrible fracaso, y antes de que Gradaso se aperciba de su descenso, se precipita sobre él y le hiere, rompiendo el asta de su lanza; la fuerza del golpe hace doblar las piernas de su hermoso alfana, el mejor y mas gallardo corcel de cuantos han llevado silla. Gradaso quiere herir á su enemigo; sus golpes sin embargo solo hieren el aire, pues el nigromante, sin cesar de agitar sus alas, se habia remontado de nuevo, y repitiendo la diversion anterior, baja otra vez con igual celeridad y cae impetuosamente sobre Rugiero, que mirando atentamente á su compañero, no tuvo tiempo de defenderse. Rugiero esquiva como puede el golpe violento, que hace que su caballo retroceda, y cuando quiso herir á su vez á su enemigo, ya le vió confundido en las nubes.

»El ginete del caballo alado golpea á su antojo y alternativamente á Gradaso y á Rugiero en la frente, en el pecho ó en la espalda, mientras que los dos paladines daban sus botes siempre en vago; porque era tal la rapidez de aquel, que apenas lo veian. Describiendo anchurosos círculos en el espacio, cuando amenazaba á uno, heria al otro, llegando á turbarles la vista y ofuscarles en tales términos, que ya no podian comprender por donde les acometia.

»Aquella lucha entre los dos guerreros, que peleaban desde la tierra, contra otro que desde el cielo acometia, duró hasta la hora en que tendiendo la noche su opaco velo priva de su color á los objetos. Tal como os lo refiero, así ha sucedido, sin que me haya permitido añadir ni un solo detalle: lo ví, lo presencié; y no tengo inconveniente en relatarlo á cualquiera, por más que suceso tan maravilloso parezca increible.

»El aéreo ginete sostenia en el brazo un escudo cubierto con una hermosa tela de seda. No sé cómo pudo tenerlo tapado tanto tiempo, pues por lo que se vió, tenia la propiedad de dejar al que lo mira deslumbrado completamente, y de hacerle caer como un cuerpo inanimado en poder del nigromante. Brilla el escudo como rojo granate, despidiendo incomparables resplandores: á su vista ambos caballeros cayeron deslumbrados y desfallecidos. Yo mismo, á pesar de la distancia en que me encontraba, perdí el sentido, y cuando despues de trascurrido un largo espacio pude recobrarlo, no ví ya á los guerreros ni al enano, sino desierto el campo, y el monte y la planicie envueltos en la mas profunda oscuridad.

»Calculé, por consiguiente, que el encantador se habia apoderado á un mismo tiempo de los dos guerreros, y que valido de la eficacia de su escudo, les habia arrebatado á ellos la libertad y á mí la esperanza. Así es que me despedí de aquel sitio que encerraba mi felicidad. Juzgad por lo que os he referido si de las penas que el amor pueda causar hay alguna comparable á la mia.»

Al concluir su narracion, volvió el caballero á abismarse en su profundo dolor. Era el conde Pinabel, hijo de Anselmo de Altaripa, de la casa de Maguncia; que siendo como todos los suyos desleal y descortés, no solo se igualó á ellos en sus vicios nefandos y abominables, sino que los sobrepujó á todos.

La hermosa dama, que estuvo escuchando silenciosa la narracion del caballero, y en cuyo semblante se pintaban los distintos sentimientos que esta le excitaba, apenas oyó nombrar á Rugiero demostró la mayor alegría; mas quedó turbada en cuanto supo que su amante estaba en peligro, é hizo que Pinabel le repitiera diferentes veces aquella parte de su relato. Cuando ya no le quedó duda alguna, le dijo:

—Caballero, espera; pienso que nuestro encuentro podrá ser para tí tan grato, como venturoso este dia. Trasladémonos pronto á aquel castillo que nos oculta tan rico tesoro: no temas, pues casi puedo asegurarte que no nos fatigaremos en vano, si me presta su auxilio la fortuna.

El caballero respondió:

—¿Quieres que atraviese de nuevo las montañas y te sirva de guia? A mí poco me importa perder el tiempo, cuando he perdido todo cuanto amaba; pero tú no vacilas en caminar por riscos y peñascos para encerrarte voluntariamente en una oscura prision: sea en buen hora. No podrás quejarte de mí, puesto que de antemano te advierto la suerte que te espera, á pesar de lo cual te empeñas en seguir adelante.

Así dice; y volviendo las riendas á su caballo, emprende la marcha guiando á aquella animosa dama, que por amor de Rugiero se expone á que el Mago la aprisione ó le dé muerte. Pocos pasos habian dado, cuando les alcanza el mensajero que dijo á Sacripante el nombre de la que lo habia derribado.—«¡Deteneos, deteneos!» les grita con todas sus fuerzas: y cuando á ellos se reune, participa á Bradamante que Montpellier y Narbona con toda la costa de Aguas-muertas habian alzado el estandarte de Castilla; y que Marsella, no viendo dentro de sus muros á la que debia guardarla, está alarmada, y le envia un mensajero recomendándole mucho que le pida ayuda y consejos. El Emperador habia confiado la defensa de aquella ciudad y la de una considerable extension de territorio situado entre el Ródano y el Var á la hija del duque Amon, en la que tenia cifrada su esperanza; pues acostumbraba á mirar asombrado su heróico valor cuando la veia cubierta con su arnés.

Aquel mensajero, repito, acudia desde Marsella en demanda de socorro. La jóven se quedó al pronto indecisa, dudando si debia acudir á tal llamamiento: por una parte, el deber y el honor la impelen á retroceder; por otra, el fuego del amor la incita á seguir adelante; por último, decídese á realizar su empresa y á sacar á Rugiero del castillo encantado, dispuesta á quedar prisionera á su lado si su valor no es bastante á libertarlo. Excusóse, sin embargo, de tal modo, que el mensajero se retiró contento y satisfecho.

En seguida continuó su viaje acompañada de Pinabel, que no parecia muy tranquilo; pues al descubrir que su compañera pertenecia á aquella familia á quien pública y secretamente aborrece la suya, prevé todo género de disgustos si llega á ser reconocido. Tan preocupado estaba con su inveterado odio, con sus dudas y su temor, que inadvertidamente apartóse del camino, y se encontró en una selva oscura, en medio de la cual se alzaba un monte, cuya pelada cima terminaba en una piedra dura.

Viendo el de Maguncia que la hija del duque de Dordoña no se apartaba un momento de su lado, quiso aprovecharse de la espesura del bosque para huir, y á este efecto le dijo:

—Antes que extienda la noche su denso velo, conviene buscar un albergue, y si no estoy equivocado, me parece que tras ese monte se levanta en un valle un magnífico castillo. Espérame aquí, mientras reconozco el terreno desde esa roca.

Así diciendo, encamina su caballo hacia la cumbre del solitario monte, mirando de paso si descubre algun sendero por donde encapar. Pero en medio de aquel peñasco encontró una caverna que tenia más de treinta brazas de profundidad. La peña estaba cortada á pico en sentido vertical, y en el fondo se veia una anchurosa puerta, que daba á otra cueva más extensa, de la que salia un resplandor semejante al de una antorcha que ardiera en la horadada montaña. Mientras el traidor la estaba contemplando silencioso, Bradamante que le seguia desde léjos, presumiendo que intentaba alejarse de ella, se unió á él junto á la caverna. Al ver el infame Pinabel malogrado su primitivo proyecto, buscó en su imaginacion un nuevo medio para alejarla de sí ó para hacerla morir. Encontrólo, é incitándola á que se aproximara á la peligrosa abertura, le dijo que habia visto en el fondo una doncella de semblante placentero, en cuyo aspecto y vestiduras se echaba de ver su elevada alcurnia; pero que en su turbacion y tristeza demostraba claramente lo desagradable que le era aquel encierro: añadió que, cuando se preparaba á bajar á la sima para protejer á la desconocida doncella, vió salir del interior un hombre, que la habia obligado á retirarse enfurecido.

Bradamante, incauta al par que animosa, dió crédito á las palabras de Pinabel; y deseando acudir en auxilio de la jóven, empezó á buscar el medio de bajar á la cueva. Volviendo á todos lados la vista, divisó en la frondosa copa de un olmo una rama larga, que se apresuró á cortar con su espada, inclinándola despues hácia la caverna. Encargó á Pinabel que sostuviera la rama por el extremo recien cortado, y cogiéndose despues del otro extremo quedó suspendida de él en el interior de la cueva. Sonrióse falazmente Pinabel, y le preguntó cómo pensaba saltar; en seguida abrió las manos, dejó ir la rama y exclamó:

—¡Ojalá cayesen contigo todos los de tu raza para exterminarla así de una vez!

Sin embargo, la suerte de la infeliz jóven no fué la que Pinabel se prometia; porque tocando en el fondo antes que la doncella la rama sólida y fuerte, por más que se partió, la sostuvo tanto, que merced á ella se libró de la muerte. Bradamante quedó únicamente aturdida, como seguiré diciendo en el canto siguiente.

Canto III

Vuelta en sí la hermosa Bradamante, encuentra á Melisa en aquella gruta, y oye el relato de las señaladas y heróicas acciones de todos sus descendientes.—En seguida, se informa del modo cómo se apoderará del anillo del vil Brunel, con objeto de hacer inútiles todas las malas artes del nigromante que tenia aprisionado á Rugiero, y de librar á su amante y demás cautivos.

¿Quién me prestará el estro poético, la inspiracion que requiere el noble asunto que me propongo cantar? ¿Quién dará á mis versos alas para remontarse hasta la altura de mis ideas? Preciso es hoy que encienda mi pecho el fuego de la poesía con más vehemencia de lo acostumbrado; porque esta parte de mi narracion va consagrada á mi Señor, de cuyos nobles ascendientes voy á ocuparme.

Entre tantos príncipes ilustres como descendieron desde el Cielo á gobernar la Tierra, no has visto, ¡oh Febo, que iluminas el mundo! raza tan gloriosa en la paz ó en la guerra, ni que por tanto tiempo haya sabido conservar el inmaculado brillo de su nobleza, como sin duda lo conservará, si no me engaña la profética inspiracion que en mí siento, mientras el mundo gire sobre sus polos.

Para celebrar completa y dignamente la gloria de sus virtudes se requiere, no la mia, sino aquella lira que dió gracias al Soberano del éter despues de la derrota de los gigantes. Si me fuera dable poseer mejores cinceles para reproducir en tan digna piedra sus gloriosas imágenes, no dejaria de emplear en semejante trabajo todo mi ingenio y mis desvelos. Mi inexperto buril procurará no obstante bosquejar esta obra, hasta que quizás consiga, á fuerza de estudio, perfeccionar del todo mi trabajo.

Pero volvamos á aquel infame cuyo pecho no podrán resguardar en adelante ni escudos ni corazas: hablo de Pinabel de Maguncia, que creyó haber dado muerte á Bradamante. El traidor pensó que la doncella se habia destrozado al caer por el alto precipicio; y apartándose entonces con faz pálida y torva de aquella triste abertura, volvió á montar á caballo, y cometiendo delito sobre delito, llevóse el corcel de la jóven. Dejemos á aquel traidor que, procurando con falacias la muerte de otros, corria sin saberlo en busca de la suya, y volvamos á la doncella que, por efecto de aquella felonía, estuvo á punto de recibir á un mismo tiempo muerte y sepultura.

Cuando se hubo levantado, aturdida todavia por el golpe que recibió contra la dura piedra, se dirigió hácia la puerta que daba paso á una segunda y más anchurosa cueva. Aquella estancia, cuadrada y extensa, parecia una venerable y silenciosa iglesia; la bóveda estaba sostenida por columnas de alabastro de bella arquitectura; en el centro se levantaba un bien dispuesto altar, ante el que ardia una lámpara, que con sus claros resplandores iluminaba todos los ámbitos de ambas cavidades.

Impulsada la doncella por una devota humildad, al verse en aquel lugar sagrado, arrodillóse y dirigió á Dios una fervorosa oracion. En tanto se oyó rechinar sobre sus goznes una pequeña puerta, que dió paso á una mujer cubierta de holgadas vestiduras, descalza y con los cabellos sueltos, la cual llamó á Bradamante por su nombre diciéndole:

—¡Oh generosa Bradamante! sabe que no es la casualidad, sino la voluntad divina la que te ha conducido hasta aquí: sabe tambien que hace muchos dias, el espíritu profético de Merlin me habia anunciado que debias venir á visitar sus santos restos por caminos inusitados, y te estaba esperando para revelarte lo que los cielos han determinado con respecto á tí. Esta es la gruta antigua y memorable que edificó Merlin, el sábio mago de quien quizás hayas oido hablar alguna vez, y á quien engañó aquí mismo la Dama del Lago. Aquí debajo existe su sepulcro, donde yace corrompida su carne, y donde se acostó vivo y halló el sueño de la muerte, por satisfacer los caprichos de aquella mujer. Muerto está su cuerpo, pero su espíritu continuará animado hasta que se deje oir el sonido de la angélica trompeta, que le cierre las puertas del cielo ó á él le remonte, segun lo que resulte del juicio de sus acciones. Su voz tambien permanece viva, y si te acercas á la marmórea tumba, podrás oirla con claridad, pues nunca dejó sin respuesta las preguntas que se le dirigen sobre cosas pasadas ó futuras. Muchos dias hace ya que vine á este cementerio desde un apartado país, para que Merlin me resolviera un árduo misterio referente á mi profesion, y como tuve grandes deseos de conocerte, he permanecido aquí más de un mes; pues Merlin, que siempre me ha predicho la verdad, fijó en este dia el de tu llegada.

La asombrada hija de Amon escuchó inmóvil y atenta aquellas palabras; y tan maravillada la dejaron, que no sabia si estaba soñando ó despierta. Confusa y ruborizada bajó los ojos, y replicó modestamente:

—¿Quién soy yo, qué mérito es el mio, para que los profetas prevean mi venida?

Y alegre con tan extraordinaria aventura, se dirigió hácia la Maga, que la condujo al pié del sepulcro donde estaban encerrados el alma y los huesos de Merlin. Aquel monumento era formado de una piedra dura, reluciente, tersa y tan brillante, que á pesar de no penetrar el Sol en la estancia, la iluminaban perfectamente los resplandores que de él salian. Ya sea que algunos mármoles tengan cual pequeñas antorchas la propiedad de disipar las sombras, ó bien, y esto me parece mas verosímil, efecto de diferentes encantos, conjuros y signos de astrología, ello es que el resplandor de aquellas piedras permitia distinguir en torno de aquel sitio venerable las más bellas pinturas y esculturas.

Apenas Bradamante separó el pié del umbral de la puerta para penetrar en el secreto recinto, cuando el espíritu vivo de aquellos restos mortales le dirigió en voz clara estas palabras:

—Favorezca la fortuna tus deseos, ¡oh casta y nobilísima doncella, de cuyas entrañas saldrá el gérmen fecundo que honrará á Italia y al mundo entero! La antigua sangre de los reyes de Troya, reunida en tí por sus dos fuentes mejores, producirá el ornamento, la flor, la alegría de todos los pueblos que ilumina el Sol entre el Indo, el Tajo, el Nilo y el Danubio, y desde un polo al otro polo. Tus descendientes, colmados de los mayores honores y dignidades, serán marqueses, duques y emperadores. De tu raza saldrán los capitanes y valientes guerreros que restituirán á la Italia el antiguo honor de sus invictas armas, despues de lo cual empuñarán el cetro reyes justos, que, imitando á Numa y al sabio Augusto, harán renacer la Edad de oro bajo su gobierno benigno y paternal. Por tu parte, debes cumplir los decretos del Cielo, que te ha designado por esposa de Rugiero, siguiendo animosamente tu camino: nada habrá que pueda oponerse á este designio; en prueba de lo cual, pronto caerá bajo tus golpes el malvado que tiene encadenado á tu amante.

Calló Merlin, y acto continuo se preparó Melisa á hacer comparecer ante la vista de Bradamante su numerosa posteridad. Obedeciendo las órdenes de la maga empezaron á reunirse en un punto y bajo diferentes trajes, un número considerable de espíritus elegidos, no sé si procedentes del Infierno ó de otro lugar. En seguida Melisa hizo que la doncella se colocara en un punto al rededor del cual habia trazado un círculo de mayor diámetro que su altura; la proveyó además de un excelente talisman á fin de que la respetaran los espíritus, y encargóle que callara y permaneciera inmóvil. Hecho esto, cogió un libro y conjuró á los demonios.

De repente empiezan á salir de la primera cueva numerosos espíritus, que se fueron amontonando al rededor del sagrado círculo: en vano era que intentasen penetrar en él; pues un poder misterioso se lo impedia, cual si estuviera resguardado por fosos y murallas. Las sombras iban entrando sucesivamente en aquella estancia donde estaba la tumba que encerraba los huesos del gran profeta, despues de haber dado las tres vueltas á que estaban obligadas.

—Si pretendiera referirte los nombres y hechos de cada uno de los encantados espíritus que ves en tu presencia antes de que hayan nacido, dijo la encantadora á Bradamante, no sé cuando pondria fin á mi relato, porque no basta una noche para tanto; así es que me limitaré á indicarte algunos, segun el tiempo y la oportunidad.

»El primero que ves, y que se te parece en su semblante bello y placentero, será el tronco de tu familia en Italia, el digno hijo tuyo y de Rugiero. Espero ver la tierra enrojecida por la sangre de Pontier, derramada por su mano, y vengada la traicion y la perfidia de aquellos que habrán dado muerte á su padre. Por su valor se verá despojado Desiderio del reino de Lombardia, valiéndole tan notable hazaña el señorío de los estados de Este y Calaon.

»El que ves detrás de él es tu sobrino Uberto, honor de los combates y de La Hesperia, que más de una vez salvará á la santa Iglesia de los ataques de los infieles.

»Contempla ahí á Alberto, invicto capitan, que ostentará merecidos lauros: con él está su hijo Hugo, conquistador de Milan, que desplegará con honor el estandarte de las culebras. Más allá vése á Azzo, que sucederá á su hermano en el reino de los insubres, y á Alberto Azzo, cuyos prudentes consejos serán causa de que se arroje de Italia á Berengario y á su hijo, haciéndose además digno de que el emperador Oton le conceda la mano de su hija Alda.

»Allí tienes á otro Hugo: ¡oh admirable descendencia, que sigue las huellas de sus virtuosos progenitores! Ese será el que castigue con justa razon el orgullo de los romanos, y libre de sus furores á Oton III y al Pontífice, apoderándose de la ciudad y de su castillo. De ahí á Folco, que haciendo donacion á su hermano de todo cuanto tiene en Italia, pasa á gobernar otro gran ducado en Alemania. Heredero por línea materna de la casa de Sajonia, próxima á desaparecer, contribuirá á mantenerla en su esplendor, y á que siga sosteniéndose en sus descendientes.

»Ese que se adelanta entre sus dos hijos Bertoldo y Alberto Azzo, es el segundo Azzo, más amigo de la galantería que de la guerra. Su primogénito vencerá al emperador Enrique II, enrojeciendo en sangre alemana los campos de Parma: al otro le harán digno sus virtudes de contraer con la gloriosa, casta y prudente Matilde un enlace tan ventajoso, que además de llevar en dote casi la mitad del reino de Italia, alcanzará la honra, digna de tenerse en cuenta en aquella época, de enlazarse con la sobrina de Enrique I.

»He ahí á Reinaldo, hijo querido de aquel Bertoldo, el cual conseguirá la alta gloria de salvar á la Iglesia de las manos del impío Federico Barbaroja. Por allí se aproxima otro Azzo, que será el que posea á Verona con su hermoso territorio, y á quien el emperador Oton IV y el papa Honorio II conferirán el título de marqués de Ancona.

»No acabaría nunca si hubiera de designarte á todos aquellos de tus descendientes que, defendiendo el pendon sagrado, han de llevar á cabo portentosas hazañas en favor de la Iglesia romana. Mira ahí á Obizzo, á Folco; á otros Azzos y otros Hugos; á los dos Enriques, padre é hijo, y los dos Güelfos, uno de los cuales subyuga la Umbría, y viste el manto ducal de Espoleto. Ahí tienes al que restañará la sangre y curará las heridas de la afligida Italia, tornando en risa el llanto; de ese hablo, añadió designando á Azzo V, por quien será derrotado y muerto aquel Eccelin, tan funesto tirano, que, tenido por hijo del Demonio, aniquilará á sus súbditos y asolará el hermoso territorio de la Ausonia, y á cuyo lado parecerian varones piadosos y humanos Mario Sila, Neron, Cayo y Antonio. El mismo Azzo derrotará al emperador Federico II, y regirá despues con cetro más feliz la hermosa tierra regada por el rio desde donde Febo llamó con dolorido plectro al hijo que no supo guiar su ardiente carro, cuando se convirtió el llanto de las Heliades en fabuloso ámbar, y Cienus, cubriéndose de blanco plumage, fué transformado en cisne; aquella tierra le será dada por la Santa Sede como recompensa de sus señalados y notables servicios.

»Y, ¿dónde dejo al hermano Aldobrandino? Ese héroe, por socorrer al Pontífice, no vacilará en atacar á Otton IV y á los gibelinos, que cercarán el Capitolio despues de haberse apoderado de todo el territorio vecino, sujetando á los habitantes de la Umbría y del Piceno; mas viendo que no le será posible continuar auxiliando á la Iglesia por falta de dinero, lo pedirá á Florencia, dejando en prenda, á falta de otra seguridad, su propio hermano. Desplegará en seguida sus banderas victoriosas, y destrozará el ejército aleman reponiendo en su silla al Pontífice, y castigando merecidamente á los condes de Celano. Tan activo guerrero se verá sorprendido por la muerte en la flor de su edad, estando dedicado al servicio de la Santa Sede.

»Su hermano Azzo heredará no solo los dominios de Ancona, Pisa y de todas las ciudades comprendidas entre el mar, el Apenino, el Isar y el Tronto, sino tambien la lealtad, virtud y grandeza de ánimo de su hermano, cualidades más preciadas que el mayor tesoro; pues estos los da ó los quita la fortuna, al paso que no tiene ningun poder sobre aquellos. Hé ahí á Reinaldo, cuyo valor resplandecerá con no menor brillo; pero la suerte le arrebatará la vida, envidiosa de la exaltacion de su ilustre prosapia. El duelo causado por su muerte resonará hasta aquí desde Nápoles, donde el valeroso mancebo se hallará en rehenes de su padre.

»Ahí viene Obizzo que, niño aun, sucederá á su abuelo en el gobierno de sus estados, acrecentándolos con la alegre comarca de Regio y la feroz Módena. Será tal su valor, que los pueblos le aclamarán unánimes por soberano. Mira á Azzo VI, uno de sus hijos, sostenedor de la bandera de la sagrada cruz, que por su matrimonio con la hija de Cárlos II de Sicilia, será duque de Andria. Contempla ese gallardo y amistoso grupo, donde se reunen príncipes tan excelentes como Obizzo, Aldobrandino, Nicolás el Cojo y el amoroso y clemente Alberto. Por no entretenerte demasiado, dejaré de referirte cómo harán que se agreguen á su bello patrimonio Faenza y Adria, ciudad que ha dado su nombre al mar agitado que la baña; el país conocido con un agradable nombre griego á causa de las muchas rosas que produce, y la ciudad que, elevada en medio de lagunas cenagosas, está siempre temiendo los desastrosos efectos de las dos bocas del Pó, donde habitan gentes deseosas de ver siempre enfurecido el mar y agitados los vientos. Tampoco me ocuparé de Argenta, ni de Lugo, ni de otros mil castillos y ciudades populosas.

»Ahí tienes á Nicolás, elegido por el pueblo para el supremo gobierno de su país cuando aun no ha salido de la pubertad. Contra él agitará Tadeo la tea de la guerra civil, pero sabrá hacer completamente inútiles sus esfuerzos rebeldes. Sus entretenimientos juveniles consistirán en el manejo de las armas y en los trabajos de la guerra; y acostumbrado así desde la infancia á los peligros que unas y otros ofrecen, llegará á ser la flor de los guerreros de su tiempo. Destruirá los planes de sus rebeldes súbditos, convirtiéndolos en daño de los mismos; y merced á su perspicacia, tan conocidas le serán toda clase de estratagemas que ninguna podrá perjudicarle. Tarde le conocerá por su desgracia Oton III, feroz tirano de Reggio y de Parma; pues Nicolás le despojará á un mismo tiempo de ambos estados y de su culpable vida. Sus dominios irán siempre extendiéndose, sin que para ello se aparte del camino recto. A nadie causará jamás perjuicio alguno, como no se vea antes provocado; por lo cual el Supremo hacedor, satisfecho de sus virtudes, no pondrá límites á su elevacion, que irá en aumento mientras el mundo gire sobre sus ejes.

»Fija tu vista en Leonelo, y despues en el ínclito Borso, primer duque de Ferrara y prez de su tiempo, que siendo amigo de la paz, alcanzará no obstante los triunfos más envidiables de cuantos se hayan visto en otros paises; pues conseguirá domeñar al sanguinario Marte, y encadenar al Furor. La única aspiracion de este príncipe consistirá en hacer la felicidad de su pueblo.

»Ahora se adelanta Hércules que, con el pié medio quemado y débil paso, reconviene al que va inmediato á él por haber impedido la fuga de Budrio, aun cuando este en premio le declarará luego la guerra y pasará hasta el Barco para arrojarle de Ferrara. Príncipe es ese de quien no sé explicarme si alcanzará mayor gloria en la paz ó en la guerra. Los habitantes de la Pulla, la Calabria y la Lucania, en cuyas provincias alcanzará un glorioso triunfo sobre el rey de Aragon, conservarán memoria de sus hechos; las repetidas victorias le harán famoso entre los más invictos capitanes, y con su valor recobrará un señorío cuya posesion le habrá sido disputada por más de treinta años. Cuanto agradecimiento puedan tener á príncipe alguno sus vasallos, se lo deberán á ese, no ya por haber convertido en campos fertilísimos lagunas cenagosas, ni por atender á la defensa de las ciudades amparándolas con muros y fosos, hermoseándolas además con templos y palacios, anchurosas plazas, teatros y otros mil monumentos, ni tampoco por haber sabido defender á su país de las garras del leon alado de Venecia, ni por sacarlo ileso de los tributos y desastres que ocasionará en toda la Italia la guerra con Francia: por ninguno de estos y otros beneficios deberán á Hércules tanto afecto y agradecimiento sus súbditos, como por la gloria que les proporcionarán sus ínclitos descendientes, el justo Alfonso y el benigno Hipólito. De ambos hermanos podrá decirse lo que la tradicion refiere de los hijos del tindáreo cisne, que se privaban alternativamente del calor del Sol para sustraerse mútuamente á los rigores de la maligna atmósfera que les rodeaba; pues cada uno de aquellos estará pronto á acudir en auxilio del otro aun á costa de su propia vida.

El afecto que se profesarán los dos hermanos hará que su pueblo esté más seguro y tranquilo que si por obra de Vulcano se rodeasen las murallas de las ciudades con un doble cinturon de hierro. Alfonso verá reunidas en sí la bondad y la ciencia de tal modo, que en los futuros siglos creerán los mortales que Astrea ha vuelto desde el cielo á la Tierra, así como á ella vuelven sucesivamente el verano y el invierno. De mucho le servirán la prudencia y el valor, semejante al de su padre; pues desprovisto de ejército, llegará á habérselas por una parte con las escuadras de Venecia y por otra con la que no sé si llamar madrastra ó madre, aunque de concederle este último título, será para él tan cruel como con sus hijos lo fueron Medea ó Progne. Cuantas veces salga con su pueblo fiel, sea de dia ó de noche, fuera de los límites de su país, otras tantas causará á sus enemigos derrotas memorables, tanto por mar, como por tierra, de lo cual darán fé por su desgracia los habitantes de la Romanía, que por haber hecho causa comun con los enemigos de Alfonso, regarán con su sangre las tierras que están entre el Pó, el Santerno y el Zanniolo. En los mismos confines sentirán la fuerza de su brazo los españoles, soldados mercenarios del Pastor Supremo, á quienes arrebatará la Bastia, dando muerte á su gobernador despues de apoderarse de él; en seguida hará perecer á toda la guarnicion desde el más ínfimo soldado hasta el capitan, de suerte que no habrá quien pueda llevar á Roma la noticia de tal desastre.

»Ese mismo Alfonso, con su valor y prudencia, alcanzará la gloria de dar el triunfo al ejército francés en los campos de Romanía contra los de Julio II y de España, cuyo combate será tan terrible, que los caballos se hundirán hasta la silla en la sangre de los muertos, y no habrá gente bastante para enterrar á tanto Aleman, Español, Griego, Italiano y Francés como allí sucumbirá.

»Aquel que, revestido de hábitos pontificales, va cubierto con el sagrado capelo cardenalicio, es el liberal, magnánimo y sublime Hipólito, gran cardenal del Colegio romano, cuyos hechos darán sobrado asunto para ser celebrados tanto en prosa como en verso, en todos los idiomas conocidos; y en cuya edad florida querrá el cielo que haya un Maron, como lo tuvo la edad de Augusto. Así como el Sol, con su fulgente resplandor ilumina al mundo mucho más que la Luna y las estrellas, ese será el esplendoroso astro que más brille entre todos los de su estirpe. Véole salir á campaña triste y con muy pocos guerreros, y regresar en triunfo, despues de haber apresado en las costas de sus dominios quince grandes galeras, además de otras mil embarcaciones menores.

»Repara en los dos Sigismundos, y en Alfonso con sus cinco hijos, cuya fama, atravesando montes y mares, llenará el mundo. Uno de ellos es Hércules II, yerno del rey de Francia; el otro, (pues á todos debes conocerlos), es Hipólito, que tan célebre como su tio, no desdecirá de su brillante prosapia. El tercero es Francisco, y los dos restantes se llaman Alfonsos.

»Si, como te he dicho antes y repito ahora, hubiera de designarte uno á uno á todos tus descendientes por cuyo valor y mérito tanta elevacion alcanzará tu estirpe, tendería la noche su denso velo y apareceria la aurora muchas veces antes de que yo hubiera dado fin á mi tarea: por lo cual, si convienes en ello, será ya tiempo de que permita á las sombras retirarse y de que yo guarde silencio.»

Diciendo esto, y mediante el beneplácito de la doncella, cerró su libro la docta encantadora, y en el acto desaparecieron precipitadamente aquellos espíritus por el sepulcro de Merlin. Entonces Bradamante, comprendiendo que ya podia hablar sin cortar á su interlocutora el hilo de su narracion, le preguntó:

—¿Y quiénes son aquellos dos de aspecto triste que hemos visto entre Hipólito y Alfonso? Se adelantaban suspirando, y tenian los ojos bajos y como privados de movimiento, mientras que sus hermanos se mantenian apartados de ellos cual si desdeñáran su compañia.

Al oir esta pregunta, alteróse el semblante de la Maga, y rompiendo en llanto, exclamó:

—¡Ah infortunados! ¡A qué abismo os arrastrarán los incesantes consejos de hombres perversos! ¡Oh estirpe generosa, digna del eminente Hércules! no mancharán el brillo de tu excelencia las faltas de aquellos dos. Por las venas de ambos circulará, sin embargo, tu sangre: ceda, pues, la justicia á la piedad.

Despues añadió en voz mas baja:

—No es necesario ni conveniente que sepas más. Conténtate con saborear las dulzuras que en sí encierra el brillante cuadro que he presentado ante tu vista; y no desees amargarlas á lo último. En cuanto aparezca en el cielo el primer albor matutino, emprenderemos juntas el camino que más directamente conduce al castillo donde gime Rugiero bajo el poder de otro. Yo te guiaré hasta dejarte fuera de esa áspera selva, y cuando lleguemos á la orilla del mar, te enseñaré el camino de modo que te sea imposible extraviarte.

La atrevida jóven permaneció toda la noche en aquella cueva, y estuvo hablando largo rato con Merlin, que le dirigió vivas instancias á fin de que cuanto antes acudiese en auxilio de Rugiero. Apenas empezó á rayar el dia, salió de aquella mansion subterránea por un camino oculto y oscuro, acompañada de Melisa, yendo á parar á un barranco escondido entre montes inaccesibles á toda planta humana. Saltaron zanjas, atravesaron torrentes, y á fin de hacer más agradable tan molesto camino, procuraron mitigar las fatigas que la marcha les causaba, suavizándolas con sabrosas y halagüeñas pláticas, que consistian principalmente en los medios de que deberia valerse Bradamante, y en los que la aleccionaba la Maga, para libertar con maña y astucia á su Rugiero.

—Aunque fueses Palas ó Marte, le decia, y llevases á tus órdenes más gente de la que reunen el rey Cárlos y el rey Agramante, no podrias resistir al nigromante; pues además de estar ceñida la roca inexpugnable de murallas de acero, y de ser tan alta; además de que su caballo se abre camino al través del aire, donde salta y galopa, posee el escudo mortal que, apenas descubierto, hiere los ojos del que lo mira con su resplandor irresistible, quita la vista, y se apodera en tal grado de los sentidos que es forzoso caer en tierra desfallecido. De su brillo no podrás precaverte al combatir teniendo cerrados los ojos; pues entonces, ¿cómo podrias saber en lo más fuerte de la pelea si te acercabas á tu adversario ó te alejabas de él? Un medio, y muy rápido, existe, sin embargo, para huir del fulgor que deslumbra, y para hacer vanos todos los demás encantos, y ese medio que voy á indicarte, es el único que existe en el mundo. El rey Agramante de África ha dado un anillo, robado á una reina de la India, á uno de sus barones llamado Brunel, que se encuentra á pocas millas de aquí: la virtud de ese anillo es tal, que quien lo lleva en el dedo no ha de temer maleficios ni encantos. Sin embargo, Brunel es tan experto en toda clase de hurtos y engaños, cuanto lo es en encantamientos el raptor de Rugiero. El rey Agramante, confiado en la práctica y astucia de Brunel, y en el auxilio del anillo, más de una vez probado en cosas semejantes, le ha dado el encargo de sacar á Rugiero de aquella fortaleza; y Brunel, vanagloriándose de conseguir su intento, ha prometido á su señor devolverle aquel guerrero, que merece toda la preferencia del monarca. Pero á fin de que sea á tí, y solo á tí, á quien deba tu amante su libertad, voy á manifestarte la conducta que has de seguir. Irás durante tres dias caminando por la orilla del mar, que descubriremos dentro de pocos instantes: al tercer dia te encontrarás en una posada con el portador del anillo; le conocerás fácilmente por su corta estatura que no llega á seis palmos, y por su encrespada cabeza; su cabello es negro y atezada su piel; la faz pálida, la barba desmesuradamente larga, saltones los ojos, la mirada torva, aplastada la nariz y ásperas las cejas. Terminaré la pintura que de él te hago diciéndote, que sus vestidos son estrechos y cortos y semejantes á los de un mensajero. Procurarás entablar conversacion con él hablándole de aquellos encantos extraños; y hazle creer que deseas, como en afecto lo desearás, medir tus armas con las del mago, pero guárdate de darle entender que tienes noticia del anillo que destruye toda clase de encantos. Él, entonces, se brindará á servirte de guia y compañero hasta la roca. Síguele, y en el momento en que llegueis á descubrir el castillo, dále la muerte, sin que la piedad detenga tu brazo hasta que pongas por obra mi consejo. Sobre todo, cuida de que no adivine tu pensamiento y tenga tiempo de hacer uso del anillo; porque desapareceria de tu vista en el momento en que se lo metiera en la boca.

Hablando de esta suerte, llegaron al mar, donde desemboca el Garona cerca de Burdeos. Allí se separaron ambas, no sin derramar algunas lágrimas, y la hija de Amon, que no tenia sosiego hasta conseguir romper las ligaduras que sujetaban á su amante, caminó tanto, que llegó una noche á un albergue donde ya se encontraba Brunel.

Le reconoció apenas le hubo visto, pues llevaba bien impresa en la memoria la pintura que de él le hiciera la Maga; preguntóle de dónde venia y á donde iba, cuyas preguntas satisfizo él con otras tantas imposturas. La doncella, prevenida de antemano, no le fué en zaga en engañarle, y le ocultó del mismo modo su patria, linage, religion, nombre y sexo. Temerosa siempre de ser robada, ni separaba sus miradas de las manos de Brunel, ni dejaba que se le acercase demasiado, por lo mismo que conocia sus mañas. Observándose estaban mútuamente, cuando hirió sus oidos un fuerte rumor, cuya causa os diré, Señor, luego que haya descansado un momento.

Canto IV

Bradamante vence en singular batalla al viejo Atlante, valiéndose del anillo misterioso, y pone en libertad á su Rugiero.—Cabalga este en el Hipogrifo, que remontándose hasta el cielo, le transporta á regiones remotas.—Llega Reinaldo á Bretaña, cumpliendo las órdenes de su rey, y se le ofrece en seguida ocasion de salvar á la princesa Ginebra.

Aunque el disimulo es siempre reprensible por dar indicios de mala condicion en quien lo usa, sucede, sin embargo, que en más de una ocasion ha producido evidentes beneficios, y hasta evitado daños, querellas y muertes; pues no siempre hablamos con amigos verdaderos en esta vida mortal, llena de envidia y más intranquila que serena. Si para encontrar uno de aquellos en quien puedan depositarse los secretos y las penas del corazon se han de hacer antes muchas pruebas y pasar no menos trabajos, ¿qué conducta deberia observar la hermosa amiga de Rugiero con aquel Brunel tan poco sincero, y de cuya astucia y disimulo le habia advertido de antemano la Maga? Disimular á su vez, tal como era necesario con aquel que podria pasar por padre de la mentira; y segun dije antes, no separar los ojos de sus manos diestras y rapaces.

Cuando se oyó el rumor que he indicado, exclamó la doncella, dirigiéndose con presteza al sitio de donde procedia:

—¡Oh Madre gloriosa! ¡oh Rey del Cielo! ¿qué podrá ser eso?

Vió al huésped y toda su familia asomados á las ventanas y á la puerta, con los ojos fijos en el espacio, como si contemplaran un eclipse ó un cometa. Tendió ella vista en la misma direccion, y vió una cosa maravillosa y apenas creible: divisó un gran caballo alado, que cruzaba los aires, montado por un caballero armado. Las alas del corcel eran grandes y de diferentes colores, y tersa y luminosa la armadura del caballero: dirigia su vuelo hácia Poniente y descendiendo un tanto, desapareció tras las montañas. Segun dijo el posadero, y decia la verdad, aquel era un nigromante que solia á pasar por allí con frecuencia, haciendo excursiones más ó menos lejanas. Unas veces elevaba su raudo vuelo hasta llegar á las estrellas; otras pasaba rozando la tierra, y se apoderaba de todas las mujeres hermosas que divisaba por aquellas comarcas. Por esta causa, las miseras doncellas que tenian ó creian tener alguna belleza, al ver que las arrebataba á todas, no se atrevian á salir durante el dia.

El huésped seguia refiriendo cómo aquel ginete poseia en los Pirineos un castillo encantado, construido de acero, y tan bello y reluciente, que en el mundo no habia otro tan admirable. Muchos eran los caballeros que habian llegado hasta él, pero ninguno habia podido alabarse de volver.—«Así es que yo temo, añadia el huésped, que estén encadenados ó muertos.»

La jóven escuchó atenta aquella narracion, congratulándose de ella, porque abrigaba la esperanza de hacer con el anillo tan admirable prueba, que consiguiera destruir el poder del Mago y su castillo. Dirigiéndose al huésped, le dijo:

—Búscame un guia que conozca mejor que yo el camino que conduce á ese castillo; porque, siguiendo los impulsos de mi corazon, no puedo contener mis deseos de pelear con ese nigromante.

—No te faltará guia, le respondió entonces Brunel; yo iré contigo. Llevo conmigo la descripcion del camino, así como tambien otras cosas que te harán agradable mi compañía.

Brunel se referia al anillo; pero no quiso enseñarlo ni aventurarse á decir más por no exponerse á las consecuencias.

—Tu compañía me será grata, le respondió Bradamante, queriendo decir que de ese modo podria apoderarse del talisman. Siguiendo la regla de conducta que se habia trazado, decia lo que le era útil, y callaba lo que podia hacerla sospechosa al Sarraceno.

El posadero tenia un caballo que agradó á Bradamante, pues era á propósito para viajar y para la guerra: se lo compró, y al amanecer del siguiente dia emprendieron la marcha, yendo Brunel unas veces delante y otras detrás de ella. De monte en monte y de selva en selva, llegaron al punto más alto de los Pirineos, desde donde pueden contemplarse cuando está despejada la atmósfera las diferentes comarcas de Francia y de España, así como en lo alto de los Apeninos, se descubre el mar de Toscana y el Adriático desde los desfiladeros que conducen á Camaldoli. Desde allí, descendieron por una áspera garganta á un profundo valle en medio del cual se elevaba un gran peñasco, cuya cúspide se veia toda cercada por un brillante muro de acero. El peñasco era tan enhiesto, que todo cuanto le rodeaba parecia diminuto, y perderian tiempo y trabajo los que pretendieran llegar á su cumbre á menos que tuviesen alas. Brunel dijo entonces:

—Hé ahí el sitio donde el Mágico guarda cautivos á las damas y á los caballeros.

La enorme roca estaba cortada á pico perpendicularmente por todos sus cuatro costados: por ninguno de ellos se veia escala ó sendero que facilitaran el acceso: en resúmen, aquel sitio era propio únicamente para morada de las águilas ó de otro animal alado.

Bradamante conoció que habia llegado el momento de apoderarse del anillo y dar muerte á Brunel; pero teniendo por una vileza ensangrentarse con un hombre desarmado y de baja esfera, cuando podia fácilmente hacerse dueña del talisman, sin necesidad de darle muerte, cogió á Brunel, que no sospechaba nada, y atándole fuertemente á un abeto corpulento y elevado, le sacó el anillo del dedo. En seguida bajó á pasos lentos de la montaña, sin que á pesar de las lágrimas, gemidos y lamentos de Brunel, le quitara sus ligaduras; y cuando estuvo en el llano al pié de la torre, retó al nigromante á singular batalla, haciendo resonar su trompa, y llamándole á la pelea con gritos amenazadores.

Apenas oyó el Encantador aquellos sonidos, salió de la fortaleza, y montando en su corcel alado, se precipitó hácia su provocador. La jóven se tranquilizó desde luego; pues observó que su adversario poco daño podia hacerle, por no llevar lanza, espada ni maza; solo tenia en la mano izquierda el escudo cubierto con una tela de seda roja, y en la derecha un libro abierto, cuya lectura le servia para sus encantamientos; de tal modo que tan pronto parecia vérsele volar enristrando la lanza y dando muerte á su adversario, ó bien herirle con la maza ó con la espada, como alejarse rápidamente, sin que ningun golpe le alcanzara.

El caballo no era un fantasma, sino un ser viviente, engendrado por una yegua y un grifo; tenia como su padre la pluma y las alas, la cabeza y las patas delanteras armadas de garras. Los miembros restantes eran iguales á los de su madre: llamábase Hipogrifo. Se ven algunos de su especie, pero en escaso número, en los montes Rifeos, procedentes de la otra parte de los helados mares del Norte. El nigromante, valido de su arte mágico, lo habia sacado á la fuerza de aquellas apartadas regiones, y tanto trabajó y empleó tanto cuidado, que al cabo de un mes consiguió hacerlo dócil al freno, montarlo y dirigirlo á su voluntad por la tierra, por los aires y por todas partes. En esto no habia como en lo demás nada sobrenatural, sino realidad. En cuanto á las restantes acciones del Mago, que era capaz de convertir lo encarnado en amarillo, todas llevaban el sello de sus diabólicas artes, mas estas eran impotentes con Bradamante, á quien protegia su anillo.

Durante largo rato estuvo la jóven dando tajos al viento y volviendo y revolviendo su caballo, esforzándose en vencer al Mago, segun le aconsejara Melisa. Cansada de combatir á caballo, apeóse de él, para cumplir hasta el fin las órdenes de la encantadora, al mismo tiempo que el Mago echaba mano de su último recurso, contra el cual no conocia ni creia que hubiese precaucion alguna, descubriendo el escudo, confiado en que su encantado resplandor bastaria para derribar á su contrincante. Desde luego podia emplear este medio como el mas eficaz de todos, sin tener entretenidos á sus adversarios, pero se complacia en manejar la lanza y esgrimir la espada durante algun tiempo, del mismo modo que el astuto gato se complace en jugar con el ratoncillo que cae entre sus uñas, y una vez cansado de este entretenimiento, le estruja entre sus dientes. Lo mismo que el gato con el raton, habia hecho hasta entonces el nigromante con sus contendientes; pero no fué así en aquella ocasion, pues Bradamante se valió del poder oculto de su anillo.

Atenta y fija la doncella á cuanto pudiera impedir que el mago se le acercára, mientras combatia; y cuando vió que este descubria su escudo, cerró los ojos y se dejó caer en el suelo, no porque la hubiera deslumbrado, como á tantos otros, el fulgor del luciente metal, sino para conseguir que el mago bajara del caballo y se dirigiera al sitio en que yacia tendida. Su designio se realizó tal como deseaba; pues apenas la vió en el suelo el volador ginete, hizo que su caballo extendiera las alas y que se posara en tierra despues de describir un gran círculo en el espacio.

El nigromante colgó del arzon el escudo que ya habia tapado, y se dirigió á pié hácia la doncella, que le esperaba como el lobo espera oculto en un matorral al tierno cabritillo. En cuanto le vió á su lado, se levantó apresuradamente, y le estrechó con fuerza entre sus brazos. El miserable habia dejado en el suelo el libro que le servia para sus encantos: así es que la jóven le sujetó con la misma cadena que el mago llevaba siempre consigo para semejante uso, y que en aquella ocasion no habia olvidado, esperando aprisionar con ella por detrás á aquel nuevo adversario como habia aprisionado á tantos otros.

Bradamante le derribó al suelo, sin que el mago opusiera resistencia alguna: y se comprende muy bien, pues no cabia resistencia entre un débil viejo y una jóven tan esforzada. Dispuesta á cortarle la cabeza, levantó con viveza su mano victoriosa; pero al fijarse en el rostro del vencido, detuvo el golpe, como desdeñándose de tomar una venganza impropia de su valor. Entonces pudo ver que aquel á quien habia puesto en tan apurado trance era un anciano venerable, de faz rugosa y blancos cabellos, cuya edad frisaba en los setenta años.

—Quítame, por Dios, la vida ¡oh jóven! decia el viejo lleno de ira y de despecho; pero ella mostraba tanta repugnancia á quitarsela, como tenia él deseos de perderla, Bradamante anhelaba saber quién era el hechicero, con qué objeto habia edificado el castillo en un sitio tan salvaje, y por qué habia declarado la guerra á todos sus semejantes.

El viejo encantador le respondió vertiendo lágrimas:

—¡Desventurado de mí! No me guió una intencion dañina al construir la hermosa fortaleza en la cumbre de esa peña, ni es la avaricia lo que me incita al robo, sino mi solicitud por salvar la vida á un caballero gentil, que, segun me ha avisado el cielo, debe morir á traicion dentro de poco tiempo, despues de haber abrazado la religion cristiana. No alumbra el Sol entre uno y otro polo á un jóven tan hermoso y arrogante; llámase Rugiero, y desde pequeño ha sido educado por mí. Mi nombre es Atlante. Su adversa suerte, al par que el deseo de alcanzar honores y laureles, le han conducido á Francia siguiendo al rey Agramante, mientras yo, que le he amado siempre más que á un hijo, procuro sacarle de este país y librarle de toda clase de peligros. He edificado ese magnífico castillo con el único objeto de guardar con más seguridad á Rugiero, de quien conseguí apoderarme, así como esperaba hoy hacerme dueño de tí; y el objeto de aprisionar á tantas damas, caballeros y demás noble gente como verás, no ha sido otro que el de procurar una grata compañía á Rugiero, á fin de hacerle más llevadera su cautividad. He procurado satisfacer todos sus deseos, excepto el de salir de ese castillo; pues cuantos placeres ofrece el mundo del uno al otro confin, todos se encuentran reunidos en él: músicas, vestidos, cantos, juegos, manjares, en fin, todo cuanto puede desear el corazon ó apetecer el paladar. Tranquilo cogia ya el fruto que habia sembrado, cuando has venido tú á desbaratar por completo mis planes. Ahora bien: si tu corazon es tan bello como tu rostro, espero que no te opondrás á mi humanitaria empresa. Conserva ese escudo, que te cedo; apodérate de ese corcel, que tan velozmente atraviesa los aires; pero no penetres en el castillo. Si tal es tu empeño, pon en libertad á los caballeros que elijas, y permite que conserve los demás; y si deseas libertarlos á todos, sea como quieras: no me opondré, con tal de que me dejes á mi querido Rugiero. Si no obstante mis súplicas, tu designio es el de arrebatármelo tambien, ¡ah! te ruego, que antes de volverlo á conducir á Francia, arranques su podrida corteza á esta alma afligida!

La doncella se apresuró á responder:

—Estoy resuelta á ponerle en libertad, por más que digas. En cuanto al escudo y el caballo que ofreces darme en recompensa de mi condescendencia para contigo, debo advertirte que ya han dejado de pertenecerte y que son mios; pero aun cuando te pertenecieran, no creo que el cambio pudiera convenirme. Para detener á Rugiero supones que quieres preservarlo del mal influjo de su estrella; cuando, ó esta suposicion es una impostura, ó si es cierta, eres impotente para evitar lo que el Cielo ha prescrito, pues si no has podido prever el daño que te amenazaba, estando tan próximo, menos preverás el de otro, que no lo está tanto. En vano has de rogarme que te dé la muerte: si en tan poco estimas la vida, aunque todo el mundo se niegue á complacerte, tú mismo podrás quitártela mientras tu corazon sea fuerte y valeroso. Ahora, vamos á abrir las puertas de su prision á todos tus cautivos.

Así dijo la jóven, y arrastró al mago hácia el peñasco.

Atlante iba atado con su propia cadena y la doncella junto á él; pues le inspiraba tal desconfianza, que no se separaba de su lado á pesar de verle humillado y abatido. Pocos pasos habian dado, cuando encontraron al pié del monte una hendidura: penetraron en ella, y subiendo por una estrecha escalera de caracol, llegaron á la puerta del castillo.

Atlante levantó una piedra que estaba al pié del umbral de aquella, llena de caracteres desconocidos y de signos misteriosos. Debajo de la piedra aparecieron unos vasos ú ollas llenos de un fuego oculto que despedian un humo denso: el encantador los hizo pedazos, y en un momento quedó aquel sitio desierto, inhospitalario y salvaje, desvaneciéndose como por encanto las murallas y la torre, cual si jamás hubiera existido el castillo.

Simultáneamente con la fortaleza, desapareció el Mago del poder de la dama, como se escapan muchas veces los tordos de la red en que han caido presos, dejando en libertad á todos los cautivos. Las damas y caballeros se vieron sin notarlo fuera de sus soberbias estancias y en medio del campo, y hubo muchos de ellos que no agradecieron una libertad que les privaba de los placeres que allí habian encontrado.

Allí estaban Gradasso, Sacripante, Prasildo el noble caballero que vino de Levante con Reinaldo, y á su lado Iroldo su más fiel amigo. Al fin encontró allí Bradamante á su deseado Rugiero, que la acogió primero con ternura, y luego con inmensa gratitud, apenas tuvo noticia de que le era deudor de su libertad.

Desde el dia en que Bradamante se quitó en su presencia el yelmo para restañar la sangre que manaba de su herida, la amó Rugiero más que á sus ojos, más que á su corazon y más aun que á su propia vida. Seria largo referir cómo y por quién fué herida, así como las infructuosas pesquisas que para volverse á encontrar hicieron noche y dia por la áspera é intrincada selva: baste decir que hasta entonces no habian podido volverse á ver.

Tal alegría inundó el corazon del guerrero al reconocer á la doncella y al saber que á ella solamente era deudor de su libertad, que se tuvo por el más feliz y afortunado de los mortales. Bajaron ambos el monte y fueron á parar al valle, testigo de la victoria de Bradamante, donde encontraron todavia al Hipogrifo con el escudo colgado del arzon de la silla, pero cubierto. La jóven fué á coger las riendas, y el corcel permaneció quieto hasta que la vió junto á él, en cuyo momento extendió las alas, hendió los aires, y fué á posarse á corta distancia en la pendiente de la montaña. Persiguióle Bradamante, y el caballo volvió á remontar el vuelo, sin alejarse demasiado, cual suele hacer la corneja perseguida por los perros, que dá revueltas á través de los campos para hacerles perder su pista.

Rugiero, Gradasso, Sacripante y los demás caballeros que habian bajado al valle juntos, se fueron colocando en diferentes sitios, esperando poder apoderarse del caballo, el cual, despues que los tuvo cansados, haciéndoles subir inútilmente en su persecucion hasta la más empinada cumbre de los montes, ó bajar á profundos barrancos entre aquellas peñas, se quedó al fin quieto junto á Rugiero.

Este era un lazo que le tendia el viejo Atlante, que insistiendo en su constante y piadoso deseo de librar á Rugiero del peligro que le amenazaba, solo pensaba en los medios de realizarlo, y solo se lamentaba de no poder conseguirlo. Por eso le enviaba el Hipogrifo, esperando que, saliéndole bien su astucia, alejaria á Rugiero de Europa. El guerrero lo cogió é intentó hacerle seguir tras él, mas el caballo permaneció inmóvil resistiéndose á obedecerle. Entonces Rugiero se apeó de Frontino, que así se llamaba su caballo, y montando en el Hipogrifo, le clavó en los costados el acicate: el corcel salió corriendo durante algunos momentos; despues, afirmando sus patas en el suelo, dió un rápido salto y se remontó por los aires con más rapidez que el halcon, á quien el cazador quita la caperuza enseñándole su presa.

Al ver á tanta altura y tan en peligro á su Rugiero, la hermosa dama se quedó tan atónita, que durante algun tiempo no le fué posible recobrarse de su asombro. Recordando el rapto de Ganimedes, que fué arrebatado del palacio de sus padres y transportado al cielo, temió que llegara á suceder otro tanto á su amante, no menos gentil y bello que Ganimedes. Con los ojos fijos en el cielo, le fué siguiendo mientras alcanzó su vista; y cuando sus miradas fueron ya impotentes para divisarle, dejó que su corazon enamorado fuera en pos de él, prorumpiendo despues en amargas quejas y suspiros. Así que Rugiero hubo desaparecido de su vista, volvióse hácia el excelente Frontino, y le cogió de las riendas, decidida á conservarlo en su poder y no permitir que corcel tan bueno cayera en manos del primer advenedizo, hasta que le fuera dable restituirlo á su dueño.

El Hipogrifo en tanto continuaba remontándose, y Rugiero, imposibilitado de refrenarlo, veia á sus piés las cimas de las montañas más elevadas, cuya altura fué poco á poco haciéndose menos perceptible, hasta el extremo de no serle posible distinguir donde se elevaba el terreno, ni donde se aplanaba formando extensas llanuras. Cuando llegó á tanta altura, que desde la tierra parecia un imperceptible punto, dirigió su vuelo hácia la region donde el Sol cae á plomo cuando entra en el signo de Cáncer, y continuó hendiendo los aires como el lijero bajel impulsado en el mar por un viento favorable.

Dejémosle proseguir su viaje, rápido por demás, y volvamos al paladin Reinaldo.

Este guerrero, cuya nave continuaba siendo impelida por un viento tempestuoso, que soplaba siempre con igual fuerza, recorrió durante dos dias mortales una gran extension de mar, viéndose arrastrado por las olas, tan pronto hácia el Oeste como hácia el Norte. Al fin fué á parar á las costas de Escocia en el punto en que está situada la selva Caledonia, entre cuyos poblados cerros se oia con frecuencia resonar antiguamente el estruendo de las armas. Allí acudian los caballeros andantes más famosos de toda la Bretaña; así los de apartadas como los de las más próximas regiones; los guerreros, en fin, de Francia, Noruega y Alemania. El que no tuviera un valor á toda prueba, debia desistir de penetrar allí, pues donde iba en busca de lauros, solia encontrar la muerte: aquella selva fué mudo testigo de las portentosas haza­ñas de Tristan, Lancelote, Galaso, Artús y Galvan, y otros muchos caballeros famosos de la antigua y la moderna Tabla redonda, de cuyas proezas queda aun más de una memoria esculpida en monumentos y trofeos pomposos.

Reinaldo apercibió inmediatamente sus armas y su caballo, y se hizo desembarcar en aquellas costas umbrosas, dando órden al piloto de que se alejara de nuevo y fuese á esperarle al puerto de Berwick. Internóse el guerrero por aquella selva inmensa, sin escudero ni compañía alguna, siguiendo diferentes caminos, en la esperanza de que se le presentara alguna aventura extraordinaria. El primer dia de jornada pernoctó en una abadía, en donde se dispensaba hospitalaria y amable acogida á cuantas damas y caballeros llamaban á su puerta. El abad y los monjes recibieron con su proverbial agrado á Reinaldo, que les preguntó, así que hubo restaurado sus fuerzas con una comida apetitosa, qué debian hacer los caballeros para encontrar por aquella comarca frecuentes aventuras, en que, llevando á cabo alguna accion heróica, pudieran demostrar si eran dignos de fama ó de censura. Se le contestó que, vagando por aquellos bosques, podria encontrar muchas y extrañas aventuras pero que las más honrosas acciones permanecian tan ignoradas y oscuras, como oscuros eran aquellos sitios; pues la mayor parte de las veces ni siquiera se tenia noticia de ellas.

—Busca, le decian, otro sitio donde conozcas que tus obras no han de quedar ignoradas, á fin de que, al peligro y la fatiga, siga el renombre merecido. Pero ya que deseas dar una prueba de tu valor, ahora justamente puedes aprovechar la ocasion que te ofrece la empresa más digna que ni en la edad antigua ni en la moderna haya emprendido caballero alguno. La hija de nuestro rey tiene en este momento necesidad de ayuda y defensa contra un baron llamado Lurcanio, que pretende arrebatarle á un tiempo mismo la vida y la honra. Ese Lurcanio la ha acusado ante su padre, dejándose quizá llevar del odio más bien que de la razon, de haberla sorprendido una noche ayudando á subir á un amante al balcon de su palacio. Las leyes del reino la condenan á las llamas, si en el término de un mes, que está para acabar, no encuentra un campeon que pruebe la impostura del inícuo acusador. La rigorosa ley de Escocia, impía y severa, manda dar la muerte á toda mujer, sea cual fuere su clase, que se una á un hombre sin haberse desposado con él, como la acusen de este delito; é imposible de todo punto es impedir tal castigo, á no ser que acuda en su defensa un guerrero, y sostenga que es inocente, y por lo tanto, no merecedora de la muerte. El Rey, aflijido por la suerte de la hermosa Ginebra, que así se llama su hija, ha hecho publicar por ciudades y castillos, que si alguno se encarga de su defensa y consigue desvanecer tan indigna calumnia, recibirá en recompensa, con tal de que sea de noble estirpe, la mano de la princesa, que llevará además en dote un estado correspondiente á su elevada alcurnia; pero si en el término de un mes no acude nadie en su auxilio, ó si el que acuda no vence, será muerta irremisiblemente. Tamaña empresa te conviene mucho más que ir vagando á la ventura por esos bosques; pues además de proporcionarte honor y fama perdurables, conseguirás no tan solo la mano de la más hermosa de cuantas doncellas existen desde el Indo hasta las columnas de Hércules, sino tambien riquezas, un dominio que te asegurará para siempre una vida halagüeña, y la gracia del Rey, que te deberá su honor, del que hoy casi se vé desposeido. Siendo caballero, estás por otra parte obligado á vengar de semejante ultraje á una dama que, segun opinion unánime, es un modelo acabado de pudor y castidad.

Reinaldo permaneció algunos momentos pensativo, y despues contestó:

—¿Es decir, que una doncella debe morir, porque recibió apasionada entre sus amorosos brazos á su amante? ¡Maldicion sobre el que tal ley ha sancionado! ¡Maldicion mil veces sobre los que la toleran! Con mayor razon debe morir una mujer cruel y desdeñosa, que la que dá la vida á su fiel amante.... Poco me importa que Ginebra haya ó no hecho feliz al suyo: por mi parte, no puedo menos de aplaudirlo, en caso de ser cierto, con tal de que haya evitado el escándalo. Decidido estoy á defenderla: así pues, proporcionadme un guia que me conduzca rápidamente al encuentro del acusador; porque si Dios me ayuda, como espero, pronto renacerá la calma en el corazon de Ginebra. No quiero suponer que la doncella sea inocente; porque si tal dijese, podria equivocarme, cuando no tengo antecedente alguno: lo que sí sostengo, es que ninguna ley debe castigar semejante falta; que fué injusto ó por lo menos loco el primero que impuso tal pena á los que incurrieran en ella, y que tales leyes deben revocarse inmediatamente y ser sustituidas por otras más razonables. Si un mismo ardor, si igual deseo hace que se busquen y se unan los dos sexos para disfrutar del tierno desenlace que proporciona el amor, y que el ignorante vulgo considera como un crímen, ¿por qué se ha de censurar ó castigar á la mujer por haber hecho con uno ó con varios lo mismo que el hombre pone por obra siempre que bien le parece, quedando, no solo impune sino aplaudido y alabado? Con tan desigual ley se han cometido verdadera y expresamente grandes injusticias contra la mujer, y Dios mediante, no tardaré en demostrar el gran mal que se ha causado soportándola por espacio de tanto tiempo.

Todos los circunstantes convinieron unánimes con Reinaldo en que los antiguos fueron tan injustos como imprudentes al consentir que rigiese ley tan inícua, y en que obraba mal el Rey que, pudiendo, no la reformaba.

Apenas la sonrosada luz del dia siguiente apareció por el horizonte, Reinaldo cogió sus armas, cabalgó en Bayardo, y precedido de un escudero que le proporcionaron en la abadía, y que le fué acompañando en el trascurso de muchas millas, se encaminó á través del horrible bosque en direccion del país donde debia combatir en favor de la calumniada doncella. A fin de abreviar el viaje, dejaron el camino, dirigiéndose por senderos tortuosos, cuando de pronto oyeron gemidos cercanos que resonaban en todas las sinuosidades de la selva.

Reinaldo y su escudero lanzaron sus caballos hácia un valle, de donde al parecer salian aquellos lamentos, y vieron, en llegando á él, á una jóven, que desde tan larga distancia les pareció hermosa, sujeta por dos malhechores. La doncella lloraba y suplicaba tanto cuanto puede hacerlo una persona: ellos con los aceros empuñados se preparaban á regar la pradera con su sangre, sin que les conmovieran las reiteradas instancias de la jóven, que con ellas procuraba diferir su funesta suerte. Apenas reparó Reinaldo en aquel espectáculo, cuando se dirigió velozmente hácia ellos prorumpiendo en gritos y amenazas. Los malandrines volvieron las espaldas, al ver tan inesperado socorro y se ocultaron por las fragosidades del terreno. El guerrero no se cuidó de perseguirlos, sino que se acercó á la doncella; le preguntó cuál era la causa de tan gran castigo, y haciéndola montar, para no perder tiempo, á la grupa del rocin de su escudero, prosiguió su interrumpida marcha. Mientras cabalgaban, la fué contemplando mejor, y vió que era muy bella y de modales distinguidos, á pesar de que aun se veia retratado en sus facciones el espanto que le causara el temor de su próxima muerte. Reinaldo repitió la pregunta que le dirigiera, y ella empezó con voz humilde á referir lo que dejaré ahora para el canto siguiente.

Canto V

Dalinda refiere á Reinaldo su historia y la de la princesa Ginebra.—Lurcanio persuadido de que su hermano Ariodante se habia dado la muerte por creer que la princesa despreciaba su amor, mientras que se entregaba al Duque de Albania, la acusa ante el Rey su padre de impúdica y deshonesta.—Acude Reinaldo y dá la muerte al duque de Albania, obligándole antes á confesar sus imposturas.

Todos cuantos animales existen sobre la Tierra viven tranquilos y en paz, ó si entre ellos se origina alguna contienda, jamás el macho ataca á la hembra. La osa vaga segura por la selva con el oso; la leona descansa confiada junto al leon; la loba no abriga temor alguno hácia el lobo, como la vaca tampoco lo tiene al toro. ¿Qué abominable peste, qué Megera ha venido, pues, á turbar el corazon del hombre? ¿Por qué hemos de ver con frecuencia al marido prodigar los más injuriosos dicterios á su mujer, dejar impresas en su rostro las huellas de una mano atrevida, y hasta empapar en llanto, y no solo en llanto, sino en sangre derramada por una ira estúpida, el lecho nupcial?—Todo esto es en mí concepto criminal y punible; y por lo mismo jamás tendré por un ser humano, sino por un espíritu infernal revestido de forma humana, al que, rebelándose contra la naturaleza, ó contra Dios, hiere el rostro de una débil mujer ó le arranca un solo cabello, y mucho más al que le quita la vida, ya se valga del veneno, de la cuerda ó del acero.

Tales debian ser los dos ladrones puestos en fuga por Reinaldo, que habian conducido á aquella doncella hasta un valle tan sombrío y desierto con objeto de hacerla desaparecer de entre los mortales. La dejé en el momento en que se preparaba á referir á su salvador la historia de su desgracia; continuaré, pues, mi interrumpida narracion.

La jóven empezó á hablar de esta manera:

—Prepárate á oir el doloroso relato de una crueldad mayor que las que se cometieron en Tebas, Argos ó Micenas, ó en cualquier otro lugar célebre por los horrores que haya presenciado. Yo creo que si el Sol en su rotacion diaria acerca menos sus rayos vivificantes hácia este que hácia los otros paises, es porque le repugna llegar hasta nosotros, evitando en cuanto puede el ver gentes tan crueles. En toda época se han presenciado ejemplos de la crueldad que tiene el hombre para con sus enemigos; pero dar la muerte al que solo procura su bien y piensa continuamente en él, es además de injusto, impío. Mas dejando reflexiones aparte, te manifestaré desde luego la causa de que aquellos bandidos intentasen castigarme con el último suplicio, á pesar de mi edad juvenil, á fin de que conozcas la verdad entera.

»Niña era todavia, cuando entré al servicio de la hija del Rey, ocupando en la corte un puesto honroso y distinguido. Iba creciendo al par de mi señora, cuando el cruel Amor, envidioso de mi dicha, consiguió atraerme y sujetarme á sus leyes, haciendo que el Duque de Albania me pareciera el más gallardo de los caballeros y el más apuesto de los donceles. Juróme él amor sin límites, y yo le amé con toda mi alma, sin reflexionar en que por más que se escuchen las palabras y se contemple el rostro, no es posible juzgar lo que el corazon encierra. Creyendo y amando, me dejé seducir por él, sin reparar en que le recibia frecuentemente en la cámara predilecta de la bella Ginebra, donde ella guardaba sus más preciados objetos y donde dormia las más de las veces. Yo hacia que mi amante subiera á dicha estancia, colgando del balcon yo misma la escala por donde subia siempre que deseaba permanecer algun tiempo junto á él, lo cual sucedia tantas veces cuantas Ginebra me proporcionó la ocasion cambiando de cámara, molestada por el calor ó por el frio. Aquellas frecuentes ascensiones de mi amante pasaron siempre desapercibidas para los demás, porque hácia aquella parte del palacio habia algunas casas arruinadas, por donde no pasaba nadie ni de dia ni de noche.

»Por espacio de muchos dias y aun muchos meses continuaron en secreto nuestros desahogos amorosos; crédula yo y tan confiada en su cariño, que en mi corazon ardia cada vez con más fuerza el fuego del amor, el cual me cegaba hasta el extremo de no permitirme comprender que él fingia mucho y amaba poco, á pesar de que más de un indicio debiera descubrirme su proceder engañoso. Llegó, sin embargo, un dia en que tuvo el atrevimiento de revelarme que estaba enamorado de la bella Ginebra. Ignoro si empezó entonces este amor, ó antes de estar cansado del mio. Fácilmente comprendereis su arrogancia, y el imperio tan grande que ejercia sobre mi corazon, cuando os diga que no solo no le causó rubor alguno hacerme revelacion semejante, sino que me rogó le ayudara en su nueva amorosa empresa. Decíame, no obstante, que su naciente pasion no era tan verdadera ni igual á la que por mí sentia, sino que, fingiendo estar enamorado, esperaba contraer un legítimo himeneo. Parecíale cosa fácil obtener del Rey la mano de su hija cualquiera que fuese la voluntad de esta; pues en cuanto á posicion y estirpe no habia en todo el reino otro caballero más digno, despues del monarca.

»Procuró persuadirme que, si por mi auxilio llegaba á ser yerno del Rey, estando como estaba dispuesto á encumbrarse hasta donde con respecto á su rey le es dado encumbrarse á un súbdito, confesaria que me lo debia todo, y que jamás olvidaria tamaño beneficio; añadiendo por último, que su amor hácia mí seria siempre antes que su mujer y todo cuanto pudiera alcanzar.

»Yo, dedicada constantemente á satisfacer sus menores deseos, no supe ó no quise contradecirle nunca, teniéndome por verdaderamente feliz el dia en que podia complacerle: así es que, siguiendo sus insinuaciones, aproveché cuantas ocasiones se me presentaron de hablar de él y de encomiarle, no perdonando trabajo ni astucia alguna para conseguir que Ginebra correspondiese á la pasion de mi amante. Bien sabe Dios que hice cuanto me dictó mi corazon ó mi cabeza mientras me fué posible; pero nunca alcancé de Ginebra una respuesta satisfactoria para las aspiraciones del Duque; pues mi jóven señora tenia á su vez todos sus pensamientos y todos sus deseos cifrados en el amor que le inspiraba un caballero apuesto, gentil y cortés, que jóven aun, habia venido á Escocia desde Italia en compañia de un hermano suyo, con objeto de residir en esta corte. Aquel gallardo jóven adquirió pronto tal perfeccion en el manejo de las armas, que no habia otro que se le igualara en toda la Bretaña; el Rey le distinguia con su afecto, y tanto era así, que le hizo generosa y liberal donacion de castillos, villas y jurisdicciones, concediéndole además otras dignidades que le encumbraron al par de los principales nobles del reino.

»Si Ariodante, que tal era el nombre de aquel caballero, gozaba de la amistad del Rey por su maravilloso valor, no era menos querido de su hija; pero cuando esta conoció que el corazon del jóven ardia en vivo fuego por su amor, ni el Vesubio, ni el Etna, ni la misma Troya despidieron tantas llamas como el de la hermosa Ginebra.

»Esta pasion tan sincera como leal hizo que mi Señora se manifestara siempre insensible á mis instancias con respecto al Duque, y que jamás me diese una respuesta que pudiera infundirle la más mínima esperanza; así es que cuanto más reiteradas eran mis súplicas en favor de mi amante, y con más entusiasmo abogaba por él, más le censuraba y aun le despreciaba ella, y mayor enemistad sentia hácia él. Con frecuencia aconsejé á mi amante que abandonase tan vana empresa, por no ser posible reducir el ánimo de Ginebra, reconcentrado por completo en otro amor; á cuyo fin le demostré claramente, que su pasion hácia Ariodante era tan viva, que ni toda el agua del Océano conseguiria apagar el menor átomo de aquella inmensa llama. Habiendo oido muchas veces Polineso (que así se llama el Duque) esto mismo de mis labios, y visto y comprendido por sí mismo lo mal correspondida que era su ardorosa pasion, no desistió sin embargo de ella, antes bien montó en cólera y despecho, por no poder soportar en su soberbia que se le despreciara por otro; y valiéndose de torpes maquinaciones, se dedicó á producir entre Ginebra y su amante tanta enemistad, tal discordia y tan celosas sospechas, que originaron la ruptura de sus amorosas relaciones, hasta el punto de que no volvieran á reanudarlas: á este fin procuró hacer recaer sobre Ginebra una ignominia inmensa de que no pudiera verse libre ni viva ni muerta.

Tomada esta determinacion, me dijo:—«Dalinda mia, (tal es mi nombre) te confieso que, así como el árbol cortado varias veces suele renacer de sus propias raices, del mismo modo mi desgraciada pertinacia, aunque tronchada por sucesos desagradables, no cesa de germinar, queriendo conseguir el logro de sus deseos. Tambien te confesaré que no me incita el atractivo del placer, sino la satisfaccion del vencimiento. Ahora bien, con este objeto he imaginado un plan en el que espero que tambien me ayudes, no pudiendo llevarlo á cabo por mi solo. Deseo que una de las veces en que me recibas, segun costumbre, por el balcon, en ocasion en que Ginebra descansa en su lecho, cojas todos los vestidos de que ella se haya desnudado y te los pongas, procurando adornarte y arreglar tus cabellos como ella, imitar sus ademanes, y parecerte á ella en todo y por todo; hecho esto, me echarás desde el balcon la escala; mi acalorada imaginacion verá representada en tí á la princesa con cuyo traje estarás vestida, y engañándome á mí mismo de esta suerte espero que en breve se irán amortiguando mis vehementes deseos.»

»Así dijo; y yo que no era dueña de mi razon ni de mi albedrío cuando él me pedia alguna cosa, no comprendí que lo que me acababa de proponer era un ardid de los más groseros; y cumplí exactamente sus órdenes, vistiéndome con las ropas de Ginebra, y echando desde el balcon la escala por donde él habia subido tantas veces. Cuando eché de ver el lazo que se me habia tendido, ya estaba hecho el daño.

»Por aquel tiempo, el Duque habia tenido una entrevista con Ariodante, de quien habia sido íntimo amigo antes de que el amor los convirtiera en rivales, y en ella se entabló la siguiente conversacion:

—«Maravíllome, empezó á decir mi amante, de que habiéndote guardado más consideraciones y querido más que á todos los de nuestra clase, tan mal hayas pagado esta amistad y deferencia. Estoy seguro de que no ignoras el amor que Ginebra y yo nos profesamos ha ya mucho tiempo, y de que estoy decidido á pedirla por esposa á mi soberano. ¿Por qué, pues, te atraviesas en nuestro camino? ¿Por qué te has de obstinar en obsequiarla, á pesar de conocer la inutilidad de tus esfuerzos? Si estuvieras en mi lugar y yo en el tuyo, por Dios te aseguro que respetaria tu felicidad.

—«Mayor asombro me causa tu conducta, replicó Ariodante, pues ni siquiera habias visto tú á Ginebra, cuando ya mi corazon le pertenecia. Además, me consta que no ignoras cuán grande es nuestro mútuo amor, tan ardiente como el que más; que sus deseos más vehementes se cifran en ser mi esposa, y tambien me consta que estás perfectamente enterado de que no te ama. ¿Por qué, pues, no has de guardar á mi amor ese respecto que nuestra amistad exige, y que antes solicitabas tuviera al tuyo, como indudablemente lo observaria yo si ella te distinguiera con su cariño más que á mi? Abrigo, como tú, la esperanza de poseer la mano de Ginebra; pues aunque tus riquezas sean superiores á las mias, no soy menos apreciado del Rey que tú, y en cambio soy más amado por su hija.

—«¡Oh! exclamó el Duque: ¡en qué error tan grande te ha hecho incurrir tu insensato amor! Crees ser el preferido; yo creo lo mismo: por lo tanto es preciso apelar á las pruebas. Dame cuenta, con toda sinceridad, de los favores que has conseguido; yo te revelaré ingénuamente todos mis secretos con respecto á este amor, y aquel de los dos que haya sido el menos favorecido, cederá el puesto al vencedor, y procurará consolarse con otros amores. Pronto estoy á jurarte que no diré jamás una palabra de lo que me reveles, si así lo deseas: en cambio espero que á tu vez me ofrezcas no revelar nada de cuanto yo te diga.»

»Convinieron ambos en esta proposicion, y pronunciaron su respectivo juramento con la mano puesta sobre los Evangelios; hecho lo cual, Ariodante tomó la palabra para referir al Duque la historia de sus amores. Participóle con entera franqueza y sin apelar á viles mentiras, que Ginebra le habia jurado de palabra y por escrito, que jamás consentiria en dar su mano á otro que á él; que en el caso de que el Rey su padre se opusiera á sus deseos, ella le aseguraba y le prometia oponerse á su vez á todo otro enlace, y que pasaria el resto de sus dias en la soledad. Añadió Ariodante que le animaba la esperanza de conseguir sus deseos en gracia del valor que habia demostrado en todas ocasiones, así como la de alcanzar mayores lauros y honores en beneficio de su Rey y de su patria, para hacerse tal lugar en el ánimo de su señor que llegara á tenerle por digno de desposarle con su hija, en cuanto conociera que tal enlace era del agrado de la princesa.

»Despues añadió:

—«Tal es mi actual situacion: no temo que rival alguno llegue á conseguir lo que yo; no procuro alcanzar más, ni deseo testimonio más irrecusable del amor de Ginebra; así como tampoco aspiro á mayor premio hasta que Dios me lo otorgue por medio de un legítimo himeneo; pues, por otra parte, estoy convencido de que seria completamente inútil solicitar nuevos favores á pesar de la extremada bondad de mi adorada.

»Así que el verídico y leal Ariodante concluyó de manifestar el galardon que esperaba de sus amorosos desvelos, Polineso, que ya se habia propuesto enemistarlo con Ginebra, empezó á hablar de esta suerte:

—«Veo que estás mucho menos adelantado que yo, y espero hacerte convenir en ello, y más aun, obligarte á confesar que soy el verdaderamente dichoso, cuando te descubra las circunstancias que á mi amor acompañan. Finge Ginebra que te ama; pero no te profesa cariño ni estimacion alguna, limitándose á alimentarte de vanas esperanzas y palabras: además de esto, siempre que habla conmigo atribuye tu amor á necedad y se mofa de él. En cuanto á mí, recibo con frecuencia pruebas de su ternura, más tangibles y terminantes que ridículas promesas; pruebas que te revelaré fiando en tu juramento, si bien haria mejor en callar. Has de saber que no transcurre mes sin que pase tres, cuatro, seis, y á veces hasta diez noches en sus brazos, gustando de las voluptuosidades del amor. Por esto podrás comprender si los favores que hasta ahora has recibido pueden igualarse á los que yo alcanzo continuamente. Cédeme, pues, el campo, y procura consolarte en otra parte, ya que soy el más afortunado de los dos.

—«No debo ni quiero dar crédito á tus palabras, repuso Ariodante; estoy seguro de que mientes, y de que has inventado todo ese tejido de falsedades con el objeto de obligarme á renunciar á mi empresa. Mas como todo lo que has dicho es altamente injurioso para Ginebra, es preciso que lo sostengas en todas partes; pues espero probarte ahora mismo que no solamente eres un impostor, sino tambien un vil traidor.

»El Duque replicó:

—«No seria justo que llegáramos á las manos, cuando te ofrezco hacerte ver por tus propios ojos, y siempre que gustes, la verdad de mis palabras.

»Al oir esto quedó atónito Ariodante, y empezó á sentir en todo su cuerpo tan frio temblor que, á haber dado entero crédito á lo manifestado por Polineso, allí mismo acabara su existencia. Con el corazon traspasado, pálida faz, voz temblorosa y amargo acento, respondió:

—«En cuanto me proporciones la ocasion de presenciar esa dicha, que, segun acabas de decir, alcanzas tan frecuentemente, huiré del lado de la que es tan liberal en sus favores para contigo y tan avara de ellos para mí: pero mientras no sea yo mismo testigo de mi desgracia, no esperes que dé crédito á tus palabras.

—«Cuidaré de avisarte cuando se presente la ocasion, respondió Polineso: y separóse de su rival.

»Dos noches habian pasado, cuando avisé al Duque que podia acudir á visitarme. Este, dispuesto ya á completar la trama tan artificiosamente urdida, aconsejó á su rival que á la siguiente noche se escondiera entre las solitarias ruinas que habia hácia aquella parte del palacio, y señalóle un sitio á propósito en frente del balcon por donde solia subir. Ariodante sospechó desde luego que Polineso habia procurado atraerle hácia un lugar tan desierto con el objeto de tenderle una emboscada y darle la muerte, bajo el pretexto de que queria probarle cuanto habia dicho con respecto á Ginebra, lo cual le parecia imposible. Resolvió, sin embargo, acudir á la cita; pero de modo que no le encontrase desprevenido cualquier asechanza que se le preparara. Ariodante tenia un hermano, tan valeroso como prudente, y el más famoso entre los caballeros de la corte por su destreza en el manejo de las armas: llamábase Lurcanio, y yendo acompañado por él, estaba más seguro que si le prestasen su auxilio otros diez defensores cualesquiera. Rogóle que fuera en su compañía y que acudiese convenientemente armado; y al cerrar la noche encamináronse ambos al sitio designado, sin que Ariodante revelara á su hermano el secreto que se le habia confiado. Hizo que se colocara como á un tiro de piedra apartado de él, y le dijo:

—«Si me oyes llamarte, ven en mi auxilio; pero si no es así, te ruego que, si me profesas algun cariño, no te muevas de aquí antes de que yo te llame.»

—«Te lo prometo, contestó Lurcanio.

»Tranquilo Ariodante por este lado, fué á ocultarse entre las ruinas que estaban frente á mi balcon, á tiempo que por la parte opuesta se adelantaba el infame que se complacia de antemano con la deshonra de Ginebra: hízome la señal acostumbrada, y yo, ignorante por completo de aquella perfidia, apenas la oí salí al balcon, que estaba de tal modo construido, que se me podia ver por todas partes, vestida con un trage blanco, adornado con franjas de oro en su centro y en derredor, y engalanada la cabeza con una redecilla de oro y pequeñas borlas de púrpura; moda que ninguna dama de la corte usaba más que Ginebra.

»Lurcanio, en tanto, temiendo que acaeciera alguna desgracia á su hermano, ó impulsado por ese deseo que todos tenemos de saber lo que á otros sucede, le habia ido siguiendo silenciosamente, resguardándose con la sombra, hasta que llegó á colocarse á menos de diez pasos de distancia. Ignorante yo de cuanto estaba pasando, y vestida como he dicho, salí al balcon como habia salido tantas y tantas veces. La luz de la Luna daba de lleno sobre mis vestidos, y como mi aspecto y rostro eran bastante semejantes á los de Ginebra, fácilmente podrian confundirme con ella, tanto más cuanto que entre el palacio y aquellas casas arruinadas media una regular distancia.

»El Duque se aproximó á los dos hermanos, á quienes ocultaba la sombra, y les hizo creer diestramente en aquella superchería. ¡Juzgad cuál seria el dolor y la desesperacion de Ariodante! En seguida se acercó Polineso á la escala, que ya le habia yo arrojado, y subió apresuradamente al balcon: apenas llegó á él, le eché los brazos al cuello, creyendo no ser de nadie vista, y le prodigué las más tiernas caricias, como solia siempre que venia en tales horas á visitarme. Él por su parte me acarició con más solicitud y ternura que nunca, con el único objeto de disipar hasta la menor duda que pudiera quedar en el corazon de Ariodante, el cual contemplaba desde léjos el terrible espectáculo que en mal hora habia deseado presenciar. ¡Su dolor fué tal, que intentó darse allí mismo la muerte, y desenvainando su espada, apoyó en el suelo la empuñadura para clavarse la punta en el corazon! Lurcanio, que habia visto con el mayor asombro al Duque subir al balcon, pero sin conocerle, reparando en la accion de su hermano, se precipitó hácia él y evitó que se traspasara el pecho con su propia mano, llevado de la desesperacion. Si hubiera tardado un solo instante, ó se hubiese encontrado un poco más léjos, no habria estado á tiempo de evitar aquella desgracia.

—«¡Ah, hermano desgraciado é insensato! exclamó: ¿has perdido por ventura la razon, para que por una mujer intentes arrancarte la vida? ¡Así desaparecieran todas como ante el viento la niebla! Procura más bien su muerte, pues la tiene merecida: tú debes morir de un modo más honroso y más digno de tí. Pudiste muy bien amarla cuando te era desconocida su perfidia; pero ahora que la has descubierto, debes aborrecerla con toda tu alma. Conserva, pues, ese acero, que has vuelto contra tu pecho, y que debe servirte para denunciar al Rey la deshonrosa falta de su hija.

»Cuando Ariodante vió junto á sí su hermano, abandonó su criminal empresa; pero no el intento que habia formado de librarse de la vida. No ya herido, sino traspasado el corazon de angustia y de dolor, se alejó de aquel sitio con su hermano, fingiendo que habia desaparecido ya el furor que le puso fuera de sí.

»A la mañana siguiente se ausentó sin ser visto de nadie y sin decir una palabra á su hermano, guiado por la desesperacion, ignorándose durante muchos dias qué habia sido de él. A excepcion del Duque y de su hermano, todo el mundo ignoraba la causa de su desaparicion, sobre la cual se hicieron mil diversos comentarios, tanto en palacio, como en toda la Escocia. Al cabo de ocho ó más dias se presentó á Ginebra un viajero, portador de una noticia desastrosa: tal era la de que Ariodante habia perecido en medio de las olas, y no á consecuencia de alguna tempestad, sino por haberse dado voluntariamente la muerte, arrojándose de cabeza al mar desde una peña que se elevaba bastante fuera del agua. El portador de tan triste nueva añadió:

—«Antes de llegar á tal extremo, me dijo Ariodante, á quien casualmente habia encontrado en el camino:—«Ven conmigo, á fin de que puedas referir á Ginebra la suerte que me espera; y díle que la causa de lo que vas á presenciar consiste en que he visto demasiado. ¡Dichoso yo, si antes hubiera quedado sin vista!»—Nos encontrábamos entonces cerca del promontorio de Cabo-bajo, que penetra algun tanto en el mar en direccion á Irlanda; y así diciendo, ví que desde lo alto de un peñasco se precipitó de cabeza en el mar desapareciendo entre las olas. Allí le dejé, y he venido presuroso á traerte esta noticia.»

»El dolor de Ginebra fué tan grande que cubrió su rostro una palidez mortal, perdió el conocimiento y quedó algun tiempo como muerta. Cuando, vuelta en sí, se encontró sola en su lecho virginal ¡oh Dios! cuál manifestó su desesperacion en sus acciones! Golpeábase el seno, desgarraba sus ropas, y se mesaba furiosamente los dorados cabellos, repitiendo incesantemente las últimas palabras de Ariodante: que la causa de su triste y desgraciada muerte procedia de haber visto demasiado!

»En breve circuló por todas partes el rumor de que el valiente caballero se habia dado la muerte llevado de su desesperacion. El Rey, lo mismo que las damas y caballeros de su corte, derramaron abundantes lágrimas por su memoria, pero sobre todos ellos, Lurcanio, que quedó sumido en tal luto y desolacion, que estuvo próximo á imitar á su hermano, dándose á sí mismo la muerte. A fuerza de repetirse una y otra vez que Ginebra era quien habia privado á su hermano de la vida, y que el motivo de su muerte no fué otro sino el haber sido testigo de la infame deslealtad de la princesa, se apoderó de su corazon tan insensato afan de venganza, y tanto fué lo que el dolor y la ira le dominaron, que con tal de satisfacerla no titubeó en arrostrar la ira del Rey y del país entero, y mucho menos en perder la gracia del monarca.

»Presentóse, pues, al Rey en el momento en que se hallaba rodeado de toda su corte, y con ademan sombrío, le dijo:

—«Sabe, señor, que la única causa de que mi hermano perdiera la razon, hasta el extremo de darse la muerte ha sido tu hija. Tan agudo fué el dolor que traspasó su alma al presenciar su deshonestidad, que desde entonces le fué odiosa la vida. Ambos se amaban, y hoy me atrevo á hacerte esta revelacion, porque los deseos de mi desgraciado hermano eran respetuosos al par que honestos, como lo prueba el que esperaba merecer la mano de la princesa por medio de su valor y de sus leales servicios. Pero mientras el desdichado se contentaba con aspirar desde léjos el perfume de las hojas, vió que otro subia por el árbol reservado y cogia el anhelado fruto.»

»Y continuó refiriendo cómo habia visto á Ginebra salir al balcon, afirmando que la habia visto echar desde él una escala por donde subió un amante, cuyo nombre ignoraba, el cual, para no ser conocido, habia recurrido á un disfraz y se habia ocultado los cabellos. Por último, añadió, que estaba dispuesto á probar con las armas en la mano la verdad de cuanto habia dicho.

»Fácilmente comprenderás el estupor del angustiado padre cuando oyó semejante acusacion, ya por el asombro que le causaba una revelacion que jamás se le hubiera ocurrido, ya tambien porque se veria obligado á condenar á muerte á su hija, en el caso de que no se presentara un caballero que, tomando la defensa de la jóven, probara la falsedad de lo aseverado por Lurcanio. Nuestras leyes condenan á muerte á toda mujer, sea casada ó doncella, convencida de haber cedido á una pasion criminal, y se aplican con todo rigor, llegándose hasta el extremo de entregar la esposa muerta al marido engañado, si en el término de un mes no encuentra la acusada un caballero de ánimo tan varonil que sostenga, contra lo asegurado por el falso acusador, que es inocente é inmerecedora del suplicio.

»El Rey, que no puede dar crédito á la acusacion de su hija, ha hecho proclamar con el objeto de libertarla, que entregará su mano y además un gran dote, al que se presente en defensa de su honra mancillada. Hasta ahora nadie se ha presentado; todos vacilan, y se limitan á observar al terrible Lurcanio, cuyo valor infunde al parecer miedo en el ánimo de todo guerrero. Por una coincidencia funesta, Zerbino, hermano de la princesa, se halla ausente de su patria; hace muchos meses que viaja por lejanos paises, señalándose en numerosos hechos de armas. Ah! si aquel gallardo jóven estuviera más cerca, ó en un punto donde pudiera llegar á su noticia la suerte de su hermana, no se veria esta, como hoy se vé, abandonada.

»Procurando el Rey en tanto averiguar, por otros medios distintos de las armas, lo que esta acusacion tenga de calumniosa ó verdadera, para saber si es ó no justo que muera su hija, ha hecho prender á ciertas camareras, que por su posicion al lado de su señora deberian estar forzosamente en el secreto; por cuya razon preví que, si llegaban á apoderarse de mí, correriamos un grave riesgo tanto el Duque como yo. Esta consideracion me obligó á alejarme precipitadamente de la corte aquella misma noche y buscar un asilo en casa del Duque, á quien hice presente el peligro que corrian nuestras cabezas, si me reducian á prision. Aplaudió mi determinacion, por la que me prodigó las mayores alabanzas, y me dijo que nada temiera; despues me aconsejó que confiara en él, y que me refugiara en una fortaleza que posee cerca de aquí, á la que hizo que me acompañaran dos servidores suyos.

»Ya has oido, señor, las repetidas pruebas de amor que dí á Polineso; por ellas comprenderás si tenia ó no derecho á esperar de él el acendrado cariño de que me era deudor: oye, sin embargo, el galardon que recibí por mis amorosos desvelos: oye la gran merced que á mis grandes merecimientos ha hecho; y juzga si por el solo delito de haber amado demasiado, puede esperar una mujer el más completo olvido! Aquel amante pérfido, cruel é ingrato ha llegado al fin á sospechar de mi fidelidad, y temeroso de que tarde ó temprano se me escapara la revelacion de sus fraudulentas acciones, ha fingido enviarme á uno de sus castillos, bajo el pretexto de que en él podria esperar con seguridad á que se mitigaran la ira y el furor del Rey, cuando en realidad donde me encaminaba era á la muerte; pues habia encargado secretamente á mis dos guias, que en cuanto nos internáramos en la espesura de esta selva, me inmolaran sin compasion; é indudablemente se hubieran realizado sus deseos, á no haber acudido tú al oir mis gritos. ¡Este es el premio que Amor da al que le sirve bien!»

Tal fué la triste historia que refirió Dalinda al paladin mientras proseguían su viaje. Regocijó en gran manera á Reinaldo aquel encuentro, que le proporcionó la ocasion de profundizar un secreto que así le patentizaba la inocencia de Ginebra; y si se habia propuesto salir en su defensa cuando no le constaba si la acusacion tenia algun fundamento cierto, con mucha mayor energía la abrazaba ahora siéndole tan evidente la calumnia.

Apretó, pues, el paso hácia la ciudad de San Andrés, donde se hallaba el Rey con toda su familia, y donde debia tener efecto el combate que decidiera de la suerte de la princesa. Pocas millas le faltaban para llegar, cuando encontró á un escudero á quien supuso portador de noticias más recientes. Habiéndole dirigido algunas preguntas, el escudero le manifestó que habia llegado un caballero dispuesto á defender á Ginebra, en cuya armadura se veian emblemas desusados, y á quien nadie habia podido conocer, porque procuraba esquivarse á todas las miradas; que desde que en aquella ciudad se encontraba, nadie habia conseguido verle el rostro, por llevar siempre calada la visera de su yelmo, y que hasta su mismo escudero juraba que ignoraba completamente quién pudiera ser.

Continuando su camino, llegaron en breve al pié de los muros de la ciudad. Dalinda manifestaba un gran temor de seguir adelante; pero Reinaldo la tranquilizó; y como viese cerradas las puertas, preguntó la causa de ello al centinela, el cual le dijo, que era por haber ido todo el pueblo á presenciar el combate que debia tener efecto, entre Lurcanio y un caballero desconocido, en una pradera llana y espaciosa situada al otro lado de la ciudad; añadiendo, que ya habia comenzado la lucha.

El señor de Montalban hizo que le abrieran la puerta, que volvió á cerrarse en cuanto él y Dalinda la traspusieron, y atravesó la desierta ciudad, despues de haber dejado á la doncella en una posada, encargándole que permaneciera tranquila en ella hasta su regreso que no se haria esperar. En seguida se dirigió precipitadamente á la palestra donde ya se habian dado y se estaban dando tremendos golpes los campeones. A Lucarnio le animaba su furiosa cólera contra Ginebra, mientras que su adversario sostenia con no menos ardor la empresa que habia abrazado.

Encontrábanse con ellos en la estacada seis caballeros, á pié y armados de corazas, á cuyo frente, y montado en un magnífico caballo de pura raza, estaba el Duque de Albania, que en su calidad de gran Condestable, tenia á su cargo la custodia del campo y del terreno de la liza. Polineso se gozaba en la apurada situacion de Ginebra, á la que dirigia orgullosas miradas.

Reinaldo atravesó la apiñada multitud, abriéndole camino su brioso Bayardo; pues al sentir su fuego, se retiraba la gente presurosa. Descollaba entre todas la figura del paladin, flor y nata de la gallardía; detúvose al llegar frente al sitio en que se hallaba el Rey, y todos se aproximaron á él para saber lo que pretendia. Reinaldo dirigió entonces la palabra al monarca, expresándose en estos términos:

—Ruégote, gran señor, que hagas suspender ese combate; pues debes tener por seguro que sea cualquiera de los dos campeones el que sucumba, tolerarás que muera injustamente. El uno cree que le asiste la razon, y se equivoca lastimosamente, pues sostiene lo que es falso, ignorando que miente, porque el mismo error que ha causado la muerte de su hermano es el que le hace empuñar las armas; al paso que el otro no sabe si defiende lo justo ó lo injusto, y solo su generosidad y compasion le hacen arrostrar la muerte, á fin de no consentir en la de una dama de tan sin par belleza. Yo traigo conmigo la salvacion de la inocencia; conmigo va el castigo del impostor; pero, por Dios te suplico que hagas cesar esa lucha, y despues concédeme algunos momentos de atencion.

Causó tal impresion en el ánimo del Rey la autoridad de un caballero tan digno como por su talante y apostura parecia Reinaldo, que hizo inmediatamente la señal de que se suspendiera el combate. El paladin entonces descubrió en presencia del Monarca, de los magnates, de los caballeros y de toda la muchedumbre allí reunida la infame trama que habia urdido Polineso contra la inocente Ginebra, añadiendo al terminar su narracion que estaba dispuesto á probar con las armas en la mano la verdad de cuanto habia dicho.

Llamóse á Polineso, que se acercó turbado y pálido, si bien lo negó todo con cínica audacia. Reinaldo entonces apeló al acero, y como ambos estaban armados y el campo abierto, vinieron á las manos sin tardanza. ¡Oh! ¡cuán vivamente desea el Rey, y con él su pueblo entero, que brille en todo su esplendor la inocencia de Ginebra! Todos abrigan la firme esperanza de que Dios patentizará lo injustamente que se la habia tratado de impúdica y deshonesta. Nadie duda ya de que Polineso, tenido siempre por cruel, soberbio y avaro, y además inícuo y fraudulento, ha sido el autor de tan vil calumnia.

El duque de Albania, macilento, con el corazon tembloroso y rostro pálido, enristra la lanza al oir la tercera señal de las trompetas: en cuanto la oye Reinaldo se precipita sobre él procurando atravesarle de un lanzazo á fin de terminar el combate con un solo golpe. El resultado correspondió al deseo, pues le escondió en el pecho la mitad del asta. Clavado en la lanza le arrancó de la silla y le arrojó contra el suelo á más de seis brazas de distancia de su caballo. Reinaldo se apeó con suma celeridad, llegóse á su vencido adversario, y antes de que pudiera incorporarse, le desató el yelmo; pero aquel que no se encontraba ya en estado de combatir, le pidió humildemente perdon con rostro acongojado. Entonces confesó Polineso, siendo testigos el Rey y toda la corte, la infame calumnia que le habia conducido á tan desastrosa muerte. No pudo concluir, pues en medio de su confesion, le faltó el aliento y la vida.

Al contemplar el Rey á su hija libre de la muerte y recobrada su honra, experimentó mayor alegría, gozo más vivo y más consolador que si le acabaran de restituir la corona despues de haberla perdido. Colmó de honores á Reinaldo, á quien lo debia todo, y cuando al quitarse el yelmo el guerrero le conoció, pues habia tenido ocasion de verle otras veces, alzó las manos al cielo, dando á Dios infinitas gracias por haberle concedido tal defensor.

En tanto que el monarca daba espansion á su alegría, el caballero desconocido que habia acudido primeramente en defensa de Ginebra se mantenia modesta y respetuosamente retirado hasta ver el desenlace de aquella escena. El Rey le llamó rogándole que le dijera su nombre, ó por lo menos que se descubriera, á fin de que pudiera recompensarle tal cual merecia su meritoria accion. Despues de muchas instancias, accedió el desconocido á quitarse el yelmo, y descubrió lo que se verá en el canto siguiente si es que os agrada escuchar esta historia.

Canto VI

Ariodante se enlaza con su amada Ginebra, obteniendo en dote el ducado de Albania.—Rugiero, atravesando los aires en su caballo alado, llega al reino de Alcina.—Un mirlo humano le refiere las infamias de Alcina, por lo cual Rugiero se propone huir de ella, más se vé rechazado en su camino por una turba de mónstruos, y salvado de ellos por dos damas que le obligan á emprender nuevos combates.

¡Desgraciado del hombre perverso que confia en que siempre han de permanecer ocultas sus malas acciones! El aire, la tierra misma que encubra su delito lo harán patente, á falta de alguna persona que la denuncie, y Dios mismo permite muchas veces que el pecador, arrastrado por su intranquila conciencia, y aun cuando haya conseguido su perdon, se descubra á sí mismo por imprudencia ó por casualidad. El miserable Polineso creyó encubrir completamente su crímen haciendo desaparecer de la faz de la tierra á Dalinda, su única cómplice y la sola persona que podia revelarlo; y uniendo un crímen á otro crímen, precipitó el funesto desenlace que podia muy bien haber diferido y evitado quizá; pero impotente para contener su impaciencia, él mismo aceleró su muerte, perdiendo á un tiempo mismo amigos, vida, hacienda, y sobre todo el honor, principal castigo de su perfidia.

Dije antes que se habian dirigido insistentes ruegos al caballero desconocido para que revelara su nombre. Accedió al fin á descubrirse, y quitándose el yelmo, dejó ver el tan conocido rostro de Ariodante, á quien poco antes habia llorado por muerto la Escocia entera; de Ariodante, por quien aun llevaban luto Ginebra, su hermano, el Rey, la corte y el pueblo todo, y que se mostraba admirable de valor y gallardía.

Su presencia venia á desmentir la narracion del viajero: este, sin embargo, habia dicho la verdad, pues le vió en efecto precipitarse en el mar desde la roca; pero como suele suceder á más de un desesperado, que anhela y llama á la muerte cuando está léjos, y al verla llegar le causa pavor, segun lo terrible y amargo que le parece aquel trance, otro tanto le sucedió á Ariodante que, despues de sumergido en el agua se arrepintió de morir, y echando mano de toda su fuerza, destreza y singular osadía, se puso á nadar hasta que ganó la orilla: una vez en ella, abandonó como loco é insensato el deseo de arrancarse la vida que hasta entonces le habia atormentado, y empapado aun en el agua del mar, se puso á caminar hasta que encontró un asilo en el albergue de un eremita, donde se propuso permanecer hasta que tuviera noticia de si Ginebra se habia alegrado de su muerte, ó si, por el contrario, la habia entristecido y angustiado.

Llegó primeramente á sus oidos que el dolor que experimentó la princesa, estuvo á punto de hacerla bajar al sepulcro: noticia que se esparció rápidamente por toda la isla. ¡Resultado bien diferente del que esperaba despues de lo que con gran pesadumbre habia presenciado! Supo luego que Lurcanio habia denunciado á Ginebra como criminal ante su padre, y su ira contra su hermano no fué menos vehemente que el amor que volvió á sentir hácia la princesa, por parecerle aquella determinacion tan cruel como impía, por más que hubiera sido adoptada en favor suyo. Poco despues tuvo noticia de que no se presentaba caballero alguno que quisiera abrazar la defensa de la doncella; porque todos tenian reparo en ponerse frente á frente de la pujanza y valor de Lurcanio, pues el que le conocia, apreciaba en tanto su discrecion, prudencia y perspicacia, que no podia presumir que arrostrara la muerte, si fuera falso lo que sostenia; razon por la cual la mayor parte de los caballeros temian exponerse á defender una causa injusta. Ariodante, despues de mil reflexiones, se decidió á aceptar el reto de su hermano.

—¡Infeliz de mí! se decia á sí mismo: no, no podré consentir que ella perezca por mi causa: mi muerte seria demasiado cruel y desastrosa, si la viera expirar antes que yo. Ella es aun mi esposa y la diosa que idolatro; ella es aun la luz de mis ojos. Es preciso, pues, que justa ó injustamente vuele en su auxilio, y pierda por ella la vida. Sé que defiendo el delito; enhorabuena: sé tambien que pereceré, pero esto tampoco me desconsuela; lo que sí me atormenta es que mi muerte no podrá salvar la vida de tan hermosa doncella. Solamente un consuelo encontraré al morir: el de que, si es cierto que la ama su Polineso, habrá podido ver claramente que no se ha movido para socorrerla; mientras que á mí, á quien tan cruelmente ha ofendido, me verá morir á su lado. De este modo me vengaré tambien de mi hermano, causa de tanto escándalo; porque habrá de arrepentirse dolorosamente del desenlace de este asunto, en el momento en que contemple con terror que ha dado muerte á su hermano cuando creia vengarle.

Apoyado en tales reflexiones, se procuró nuevas armas y nuevo caballo, así como una sobrevesta y un escudo negros, listados de verde y amarillo. La casualidad le proporcionó un escudero desconocido en aquel país, y de esta suerte disfrazado se presentó á combatir contra su propio hermano. He referido ya todos los incidentes de tan triste aventura, y cómo fué por fin conocido Ariodante. La alegría que sintió el Rey al verle en su presencia no fué menor que la que tuviera poco antes viendo á su hija justificada. Reflexionó entonces el monarca que nunca se podria encontrar amante más tierno y leal que aquel, cuando á pesar de tanto ultraje, no habia vacilado en defender á la princesa aun contra su mismo hermano; é impulsado por esta consideracion, por su propia inclinacion que hácia Ariodante le arrastraba, y finalmente por los ruegos de toda la corte, así como por la singular insistencia de Reinaldo, le entregó la mano de su hija y con ella el ducado de Albania, que providencial y oportunamente habia vuelto á poder del Rey por la muerte de Polineso. Reinaldo alcanzó el perdon de Dalinda, la cual, ya fuese por estar desengañada del mundo, ó por haber hecho algun voto, dirigió á Dios sus pensamientos, y ausentándose de Escocia sin demora, fué á tomar el velo en un monasterio de la Dacia.

Pero tiempo es ya de volver á Rugiero, á quien dejamos recorriendo los cielos montado en su rápido corcel.

Aunque el ánimo de este guerrero era entero y varonil, y el terror jamás habia hecho palidecer su rostro, no puedo asegurar que en aquellos momentos no temblara su corazon como la hoja en el árbol. Habia dejado ya muy atrás la Europa, y se encontraba á gran distancia del monumento levantado por el invencible Hércules como aviso á los navegantes. El Hipogrifo, ave inmensa y sobrenatural, lo conducia con tan vertiginosa rapidez que aventajaria seguramente en celeridad al ave de Júpiter, portadora de sus fulmíneos dardos: no hiende los aires ser tan ligero que pudiera igualársele en velocidad, y aun creo que el trueno ó la saeta invertirian más tiempo que él en llegar desde el cielo á la tierra. Despues de haber recorrido un inmenso espacio, siempre en línea recta y sin moderar el vuelo, empezó el Hipogrifo á describir anchos círculos en los aires, como si ya estuviera satisfecho de atravesar sus solitarias regiones, y fué descendiendo poco á poco hácia una isla muy parecida á aquella donde pasó en vano, á través de un camino oculto por debajo del mar, la ninfa Aretusa, á fin de librarse de un amante á quien tanto despreciaba y del que tanto se habia preservado.

En su viaje aéreo, no habia recreado la vista de Rugiero un país tan bello ni de tan halagüeño aspecto; ni aunque recorriera el mundo entero, llegaria á encontrar otro tan pintoresco y maravilloso como aquel, donde por fin se posó el enorme pájaro con su ginete, no sin describir antes un último y prolongado círculo en el aire. Por do quiera empezó á descubrir fértiles llanuras, collados de pendiente suave, aguas cristalinas, márgenes umbrosas y frescas praderas. Numerosos y encantadores bosquecillos de agradables laureles, de palmeras, de mirtos amenísimos, de cedros y de naranjos, cargados de frutas y flores de múltiples formas, todas bellas, ofrecian con sus espesas ramas un grato refugio contra los calores del estío, mientras que el ruiseñor saltando de rama en rama con vuelo seguro, halagaba el oido con sus dulces cantos. Entre las purpúreas rosas y las blancas azucenas, á las que el céfiro con su templado aliento conservaba en toda su frescura y lozanía, se veian triscar, tranquilos y seguros, conejos, liebres y ciervos de frente elevada y orgullosa, que sin temer una traidora muerte ó el escondido lazo, pastaban ó rumiaban la yerba, mientras que los corzos, las gacelas y los vivaces cabritillos saltaban y retozaban por la campiña en crecido número.

Apenas se encontró el Hipogrifo tan cerca de la tierra, que el salto desde él no ofreciera peligro, se deslizó Rugiero precipitadamente de la silla y puso el pié sobre el esmaltado césped. No abandonó, sin embargo, las riendas, y para impedir que su corcel tornara á remontar el vuelo, lo ató al tronco de un mirto que crecía en aquella costa entre un laurel y un pino. En seguida se dirigió hácia donde brotaba un manantial de trasparentes aguas, rodeado de cedros y de fecundas palmas; dejó el escudo, quitóse el yelmo y las manoplas; y volviendo el rostro, ora hácia la playa, ora hácia los montes, se puso á aspirar con delicia el ambiente embalsamado de aquellas frescas y puras auras, que agitaban con dulce murmullo las elevadas cimas de los abetos y de las hayas. Refrescó luego sus ardientes labios en el agua límpida é incitante del arroyo, y metiendo despues en él las manos, la estuvo agitando durante largo rato á fin de mitigar el calor que sentia en sus venas cansado por el contínuo peso de la armadura. Debia sentirse en efecto abrasado de calor y abrumado de cansancio, si se atiende á que habia atravesado, siempre corriendo y completamente armado, más de tres mil millas de distancia.

De pronto el caballo, que habia dejado atado á la sombra de una espesa enramada, se encabritó procurando huir espantado de un objeto que proyectaba su sombra por el bosque, é hizo plegarse de tal modo al mirto á que estaba ligado, que las hojas de la copa rodearon todo el tronco, alfombrando el suelo al desprenderse; no obstante, le fué imposible romper sus ligaduras. Así como cuando se pone en el fuego un tronco falto de sávia y que tiene seco el corazon, se nota que el aire encerrado en su interior va dilatándose por medio del calor, haciendo que el leño empiece á dar chasquidos y á resonar con estrépito, hasta que aquel se abre un camino para escapar, del mismo modo se puso á murmurar, á rechinar y retorcerse el ofendido mirto, hasta que por último abrió la boca, y con triste y débil voz pronunció distinta y claramente estas palabras:

—Si eres tan piadoso y cortés como lo indica tu gallarda presencia, aparta este animal de mi tronco; harto grande es ya el dolor que me atormenta, para que otras penas y otros dolores vengan á aumentarlo.

Apenas oyó Rugiero los primeros acentos de aquella voz, volvió el rostro hácia el sitio de donde procedia y levantóse precipitadamente, y cuando se cercioró de que salian del árbol, quedó tan estupefacto cual nunca lo habia estado. Corrió á desatar el caballo, y cubiertas de rubor las megillas, contestó:

—Quien quiera que seas, espíritu humano ó divinidad de esta floresta, perdona mi indiscrecion. No sabiendo que bajo ruda corteza se ocultase un alma humana, me he dejado llevar del atractivo de esa hermosa enramada, cometiendo una falta con tu florido mirto. No dejes, sin embargo, de manifestarme quién eres, tú, que conservas voz y alma racional bajo un cuerpo áspero y erguido; así te preserve el cielo de las injurias del granizo! En cambio te prometo por el nombre de aquella á quien he dado la mejor parte de mi ser, que si ahora ó en cualquiera ocasion puedo prestarte algun servicio, lo haré sin vacilar, ya sea de palabras ó por obra, y de modo que tengas motivo para congratularte de mí.

Luego que Rugiero hubo concluido de proferir estas palabras, empezó á temblar el mirto desde sus raices hasta la copa; despues cubrióse la corteza de un sudor semejante al que se desprende de una rama verde cuando empieza á sentir el calor del fuego, del que por algunos momentos le habia preservado su natural humedad, y contestó:

—Tu cortesía me induce á revelarte á un tiempo mismo quién fuí yo, y quién me ha convertido en este mirto que ves colocado á orillas del mar. Astolfo fué mi nombre, y yo fuí un guerrero francés muy temido en la guerra: primos mios eran Reinaldo y Orlando, cuyo renombre no conoce límites, y esperaba suceder á mi padre Oton en el trono de Inglaterra. Fuí tan galan y enamorado, que causé la desesperacion de más de una dama; pero al fin solo yo salí perjudicado. Volvia de aquellas apartadas islas que baña en Oriente el mar Indico, donde habíamos permanecido largo tiempo encerrados en oscuros calabozos Reinaldo y yo con otros caballeros, hasta que el poderoso esfuerzo de Orlando nos devolvió la libertad, é íbamos siguiendo en direccion á Occidente las arenosas costas azotadas con frecuencia por el viento Norte, cuando una mañana, impulsados quizá por nuestro cruel destino, saltamos en tierra en una hermosa playa, donde se elevaba el castillo de la poderosa Alcina, á quien encontramos fuera de su fortaleza, y sentada sin compañia alguna en una roca, desde la cual hacia salir á la orilla todo cuanto pescado se le antojaba, sin necesidad de redes ni anzuelos. Hácia la playa se dirigian veloces los delfines; los pesados atunes acudian á ella con la boca abierta, lo mismo que los becerros marinos, que aun no habian logrado sacudir su perezoso sueño; y los sargos, las rayas, los barbos, y los salmones que nadaban con toda la velocidad de que eran capaces, formando prolongadas hileras: las focas, los cachalotes y las ballenas sacaban fuera del mar sus gigantescos lomos. Vimos á una de aquellas ballenas, indudablemente la mayor que hasta entonces habitara los mares, elevar su enorme espalda más de once pasos fuera de las saladas ondas. Su extraordinaria magnitud hizo que todos cayéramos en un error; pues como estaba parada y no notamos en ella movimiento alguno, la tomamos por un islote, tanta era la distancia que separaba sus dos extremidades.

»Alcina continuaba atrayendo á los peces, valiéndose de palabras misteriosas y encantadas. Alcina era hermana de la hada Morgana; pero no sé si vió la luz al mismo tiempo, ó antes ó despues que esta. La solitaria pescadora fijó su vista en mí, y sin duda hube de agradarle, pues bien lo demostró en su semblante; formó al momento el proyecto de separarme de mis compañeros con astucia y maña, y consiguió su intento. Dirigióse hácia nosotros con placentera sonrisa, y dando muestras del mayor agrado al par que reverencia, nos dijo:

—Caballeros, si os dignais aceptar hoy mi hospitalidad y mi pesca, os daré á conocer mil clases de pescados, unos escamosos, otros de lisa piel y otros cubiertos de pelo tosco, todos de formas variadas y más numerosas que las estrellas del cielo; y si os place ver una sirena, cuyo dulce canto aplaca el furor del mar tempestuoso, pasemos desde aquí hasta aquella orilla, donde suele dejarse ver á estas horas.

»Y al decir esto nos designaba aquella ballena, que, segun he dicho, parecia una isla. Yo, que siempre fuí voluntarioso y temerario, ¡harto me pesa! salté sobre la ballena, á pesar de que Reinaldo y Dudon me hacian señas en contrario. La hada Alcina saltó tras de mi con risueño semblante y sin cuidarse de mis dos compañeros, mientras que la ballena, desempeñando diligente su cometido, se alejó surcando velozmente las aguas. Pronto me arrepentí de mi impremeditacion; pero cuando conocí el engaño, ya estaba muy apartado de la orilla. Reinaldo se arrojó al mar y se esforzó en nadar cuanto pudo para auxiliarme; pero habiéndose levantado un viento furioso que cubrió de sombras el cielo y el piélago, quedó casi sumergido. Ignoro completamente lo que despues le aconteció.

»Alcina procuró solícita tranquilizarme: todo aquel dia y la noche siguiente continuamos navegando sobre aquel mónstruo, hasta que llegamos á esta hermosa isla, cuya mayor parte posee Alcina por habérsela usurpado á una hermana suya á quien su padre dejó por heredera de todos sus dominios por ser la única legítima; pues Alcina, y Morgana son fruto de un amor incestuoso, segun me ha revelado quien lo sabe positivamente. Estas dos hermanas son pérfidas é inícuas, y están poseidas de los vicios más feos é infames, mientras que la otra, viviendo castamente, ha cifrado toda su dicha en la virtud. Contra ella se han conjurado las dos, y han armado más de un ejército para arrojarla de la isla, habiéndole arrebatado en diferentes veces más de cien castillos. Ya no le quedaria un palmo de tierra á Logistila, que así se llama la mejor de las tres, si no estuvieran sus posesiones separadas de las de Alcina por un golfo y una montaña salvaje, del mismo modo que Inglaterra y Escocia están divididas por un monte y un rio; á pesar de esto, Alcina y Morgana no quedarán satisfechas hasta que hayan despojado á su hermana de lo poco que aun le queda. Los crímenes y vicios que á las dos mancillan no pueden sufrir el eterno reproche que la castidad y virtud de Logistila les dirije.

»Pero volviendo á mi interrumpido discurso, para que sepas cómo fuí convertido en planta te diré que Alcina, abrasada enteramente por mi amor, me colmaba de delicias y atenciones; yo, por mi parte, al contemplarla tan bella y obsequiosa, no pude menos de corresponder á su pasion. Extasiado ante los placeres que la posesion de la hermosa Alcina me proporcionaba, pareciame que en ella estaba reunido todo el bien que tan repartido se halla entre los mortales, tocando á unos mucho, á otros menos y á ninguno demasiado. A su lado me olvidaba por completo de Francia y de todo, dedicado exclusivamente á contemplar su rostro; todos mis pensamientos, todos mis proyectos iban á parar á ella y no pasaban más adelante. En cuanto á Alcina, su pasion era tal vez mayor que la mia: todo lo habia abandonado por consagrarse á mí, y por mí habia despreciado á los varios amantes á quienes correspondia antes de conocerme. Confidente yo de sus más íntimos pensamientos, no se apartaba de mi lado ni de dia ni de noche: yo era el que á todos dictaba órdenes con aquiescencia y por encargo de mi amada; solo á mí daba crédito, de mí se aconsejaba, y por último con nadie hablaba más que conmigo.

»¡Ah! ¿Por qué voy renovando mis heridas, cuando no espero remedio alguno para cicatrizarlas? Por qué he de evocar el recuerdo de un perdido bien, cuando me encuentro en tan extrema desdicha! Cuando más feliz me contemplaba y estaba más persuadido de que el amor de Alcina iria aumentando, me arrebató el corazon que me habia dado y echóse en brazos de otro amante. Tarde conocí por mi desgracia su veleidoso genial, acostumbrado á amar y á olvidar á un tiempo mismo. Apenas habian trascurrido dos meses, cuando terminaba mi reinado: aquella voluble hada me apartó desdeñosamente de su lado apenas hube perdido su gracia. Despues he sabido que del mismo modo habia tratado á otros mil amantes, y á fin de evitar que vayan publicando por el mundo los secretos de su vida lasciva, puebla este fértil terreno con aquellos desgraciados, convirtiéndolos en abetos, olivos, palmas, cedros ó en el arbusto en que está encerrada mi alma: á muchos de ellos los transforma en fuentes, y en fieras á algunos, como mejor cuadra á tan caprichosa y altiva hada.

»Ahora bien ¡oh tú! que á través de caminos inusitados has puesto el pié en esta isla fatal, para que por tu causa se vea algun amante convertido en piedra, en agua ó cosa parecida: reinarás seguramente en el corazon de Alcina, y serás el más feliz de todos los mortales; pero desde ahora te advierto, que no tardarás en llegar al amargo trance de quedar transformado en fiera, en fuente, en árbol ó en peñasco. Voluntariamente te aviso el peligro que corres, aunque no creo que esté en el deber de prestarte auxilio alguno; sin embargo, será muy conveniente que no te precipites, y que conozcas á fondo las costumbres de la hada; pues así como no hay dos rostros iguales, tampoco son iguales el ingenio y la astucia, y quizás consigas tú reparar el daño que otros mil y mil no han sabido apartar de sus cabezas.»

Rugiero habia oido decir más de una vez que Astolfo era primo de su amada, por cuya razon dolióse doblemente de verle trasformado en una planta infecunda: por amor hácia la hermosa guerrera (y así hubiese deseado que lo supiera) le habria prestado una generosa ayuda; pero en aquella ocasion no podia ofrecerle más que estériles consuelos, que le prodigó del mejor modo que supo, preguntándole despues si existia algun camino que le condujera al reino de Logistila, ya fuese por llanuras ó por cerros, con tal de que no tuviera precision de pasar por los dominios de Alcina. El árbol le contestó que en efecto existia uno, pero erizado de rocas y de barrancos, y que para encontrarlo deberia dirigirse un poco á la derecha, y subir despues hasta la pelada cima de aquella montaña agreste; pero le advirtió que no debia prometerse seguir muy adelante por aquel camino, pues forzosamente habria de tropezar con una multitud de mónstruos, que le cerrarian el paso á todo trance, y que á guisa de muralla estaban colocados allí por Alcina á fin de impedir que alguien traspusiera la montaña.

Rugiero dió las gracias á aquel mirto, y separándose de él, perfectamente instruido de lo que habia de hacer, se dirigió á donde estaba el hipogrifo, le desató, cogióle de las riendas é hizo que le siguiera á pié; pues no se atrevió á montar en él como antes, por temor de que le llevara por donde no fuera de su agrado. Mientras caminaba iba pensando en los medios de que se valdria para llegar al país de Logistila, dispuesto como estaba á intentarlo todo antes que dejarse dominar por los encantos de Alcina. Una vez se decidió casi á cabalgar en el hipogrifo y hacer su viaje por los aires; pero desistió de su intento á fin de no incurrir en una nueva imprudencia, en vista de lo rebelde que aquel corcel era al bocado y al freno.—«Yo me abriré camino á todo trance, dijo, si no me engañan mis fuerzas.»—Mas apenas habia andado dos millas, costeando la orilla del mar, cuando descubrió la hermosa ciudad de Alcina.

Veíase á lo léjos una espaciosa muralla que, formando un vasto círculo, encerraba una inmensa extension de territorio, y cuya altura casi llegaba al cielo. Toda ella parecia construida de oro, aunque no falta quien diga que era de alquimia: no sé si esta opinion será más acertada que la mia; pero su resplandor era tal, que yo sostendria siempre que era de oro. Cuando Rugiero llegó cerca de aquellos muros tan soberbios, que no tienen igual en el mundo, dejó el camino ancho, que á través de la llanura, se dirigia en línea recta hácia las puertas de la ciudad, y siguió el sendero de la derecha, que con más seguridad conducia al monte; pero no tardó en tropezar con la horrible avanzada de que ya tenia noticia, y que le interceptó furiosamente el paso.

Jamás se han visto formas más extrañas, ni rostros tan hediondos y asquerosos como los de aquel tropel de mónstruos. Unos tenian forma humana desde el cuello hasta los piés, pero su cabeza era de mono ó de gato: otros mostraban sus piés de cabra; otros eran centauros ágiles y fuertes: la fisonomia de los jóvenes era sobrado impúdica; la de los viejos estúpida y embrutecida: muchos de ellos iban completamente desnudos, y algunos cubiertos de pieles raras: estos galopaban en caballos sin freno ni silla; aquellos caminaban lentamente sobre un asno ó un buey; muchos cabalgaban á la grupa de un centauro, y no faltaba quien iba caballero en un avestruz, un águila ó una grulla. Veíanse por fin allí en confuso tropel los unos resonando sus bocinas; los otros, vaciando copas en frecuentes libaciones: las hembras estaban mezcladas con los machos, así como con los que de ambos sexos participaban: quién llevaba un garfio y una escala de cuerda, quién una barra de hierro, y quién, por último, estaba provisto de una lima sorda.

El jefe de aquella turba, de voluminoso vientre y abultado rostro, iba sentado en una tortuga que caminaba con lentitud suma. A un lado y á otro iban algunos de sus extraños guerreros, dirigiendo la marcha del animal; porque el estado de embriaguez en que se encontraba el Jefe no le permitia hacerlo por sí mismo, al paso que otros cuidaban de enjugarle la frente y la barba, y de agitar lienzos para hacerle aire.

Uno de aquellos mónstruos, que tenia cuerpo humano y cuello, orejas y cabeza de perro, empezó á ladrar á Rugiero, á fin de que retrocediera á la ciudad en que no habia querido entrar.—«No haré tal cosa, gritó el paladin, mientras mi brazo tenga fuerza para manejar este acero;»—y mostróle la espada que habia desenvainado, dirigiendo la punta contra el pecho del mónstruo. Este quiso entonces traspasarle con su lanza; pero Rugiero se precipitó rápidamente sobre él, y le atravesó el vientre de tal estocada, que el acero salió más de un palmo por la espalda. Embrazó en seguida el escudo, y á pesar de ser considerable el número de sus enemigos, empezó á repartir tajos y mandobles á diestro y siniestro, atravesando á unos, derribando á otros, y acometiendo á todos, volviéndose y revolviéndose incesantemente. Contra sus cuchilladas era ineficaz la resistencia de los almetes, escudos ó corazas, pues de cada una de ellas hendia á un enemigo hasta el cuello ó hasta la cintura; pero vióse por fin tan estrechado por todas partes, que le serian necesarios más brazos y manos que los que tuvo Briareo para mantener á raya á aquel inícuo tropel de séres monstruosos, y abrirse paso á través de ellos. Si hubiese tenido la ocurrencia de descubrir el escudo del nigromante, aquel escudo que quitaba la vista, y que Atlante habia dejado pendiente del arzon de su caballo, hubiera vencido sin duda á todos sus horrendos adversarios, derribándolos á sus piés sin resistencia; pero quizá tuvo á menos echar mano de tan innoble artificio por esperarlo todo de su valor.

Sea lo que quiera, lo cierto es que se proponia morir antes que entregarse á gente tan vil; pero de pronto se vieron salir de las puertas de aquel muro, que supongo era de oro, dos hermosas jóvenes, en cuyo ademan y aspecto se conocia que no habian nacido en humilde cuna ni se habian criado bajo rústicos techos, sino entre las delicias de los palacios. Una y otra iban montadas en unicornios más blancos que el armiño; una y otra eran bellas, y sus trages tan vistosos, y de tan peregrina elegancia, que el hombre que las contemplara necesitaria tener los ojos de un dios para emitir su juicio sobre ellas: eran, en fin, la gracia y la belleza personificadas.

Dirigiéronse ambas hácia el sitio en que Rugiero se encontraba á punto de sucumbir al gran número de sus enemigos, y al verlas, toda la turba se retiró sumisa; ellas pusieron su mano sobre el caballero, que encendido de rubor les dió las gracias por tan humanitario acto, dándose por muy satisfecho, accediendo á sus deseos, de emprender el regreso hácia la ciudad de las doradas puertas.

Delante de cada una de estas puertas, habia un pórtico algun tanto saliente, y tan enriquecido de las piedras más preciosas de Levante, que apenas se divisaba sitio alguno que no las contuviera. Este pórtico estaba sostenido por cuatro gruesas columnas de diamante puro, y ya fueran falsos ó verdaderos estos diamantes, el caso era que su brillo y hermosura recreaba la vista. Por debajo del pórtico y en derredor de las columnas corrian jugueteando lascivas doncellas, cuya belleza seria quizá mayor, si guardaran más los respetos que la mujer se debe á sí misma. Todas ellas estaban vestidas de verdes faldas y coronadas de frescas hojas. Adelantáronse á recibir á Rugiero, y con obsequiosos ofrecimientos y agradable semblante, le hicieron entrar en aquel paraiso, al que creo poder dar este nombre por figurárseme que allí debió nacer el amor.

Allí las danzas alternan con los juegos; las horas transcurren veloces en contínua fiesta sin que logre abrirse paso en la imaginacion ningun pensamiento sombrío, ni penetren jamás el hastío ni la indigencia; pues la abundancia derrama allí sus más predilectos tesoros. Allí, donde parece que sonrie siempre el placentero Abril con frente alegre y serena, viven multitud de jóvenes bulliciosas: unas cantan junto á las fuentes con dulce y melodioso acento; otras á la sombra de un árbol ó de una loma, juegan, danzan ó se entregan á entretenimientos no menos inocentes, mientras que otras, separadas de sus compañeras, revelan á un amante sus amorosas quejas. Por las copas de los pinos, de los laureles, de las elevadas hayas y de los abetos empinados revolotean pequeños amorcillos, unos cantando alegres sus triunfos, otros dirigiendo la puntería para flechar los corazones, ó tendiendo las redes, y algunos templando sus dardos en la corriente de un arroyo, ó bien aguzándolos en piedras movedizas.

Allí presentaron á Rugiero un magnífico caballo alazan, fuerte y arrogante, cuyos ricos arneses estaban recamados de piedras preciosas y franjas de oro, confiando el alígero corcel, que antes obedecia únicamente al viejo nigromante, al cuidado de un jóven que seguia los pasos del paladin.

Las dos solícitas jóvenes que habian sacado á Rugiero de entre las manos de la monstruosa turba, le dijeron estas palabras:

—Señor: la fama de vuestras hazañas, que ha llegado hasta nosotros, nos presta la suficiente audacia para que impetremos vuestro auxilio en nuestro obsequio. En nuestro camino encontraremos pronto un rio que divide en dos partes esta llanura. Una mujer cruel, llamada Erifila, defiende el puente que las une entre sí, y acomete, burla y repele á todo el que pretende pasar á la otra orilla. Su estatura es gigantesca; largos son sus dientes y venenosa su mordedura; tiene afiladas las uñas, y araña y desgarra como un oso. Además de interceptarnos el camino, que á no ser por ella estaria libre, hace frecuentes excursiones por este jardin, difundiendo entre todos el espanto. Es preciso tambien que sepais que muchos de los asesinos que os acometieron durante vuestro viaje son hijos suyos, y los demás están á sus órdenes, teniendo la misma inhumanidad, alevosía y rapacidad que ella.

Rugiero respondió:

—No una, sino cien veces estoy dispuesto á combatir en vuestro servicio. Disponed de mi persona á vuestro arbitrio en todo aquello que creais puede seros útil; porque si visto acero y malla no es para conquistar tierras ni tesoros, sino para hacer cuantos beneficios pueda, sobre todo tratándose de damas tan bellas cual lo sois vosotras.

Las damas le agradecieron sus corteses ofrecimientos en términos dignos de tan galante caballero, y entre parecidas pláticas llegaron al sitio donde se descubria el rio y el puente. En él vieron á la temible mujer que lo guardaba, cubierta con una armadura de oro, sembrada de esmeraldas y zafiros. Pero en el canto siguiente referiré el peligro que corrió Rugiero al combatir con ella.

Canto VII

Vencida la giganta Erifila por Rugiero en favor de las damas que así se lo habian rogado, se dirige el paladin hácia el inextricable laberinto en que Alcina habia aprisionado á otros muchos.—Melisa le hace ver el error en que ha caido, y le trae el oportuno remedio; y Rugiero, avergonzado de su falta, se decide á huir rápidamente de aquel país.

El que se ausenta léjos de su patria suele ver cosas que hasta entonces le habrian parecido increibles; y al referirlas, cuando á ella regresa, nadie le quiere dar crédito teniéndole por embustero; que el vulgo necio, como no vea y toque clara y palpablemente las cosas, desconfia de todo. Por esta razon sé que los hombres inexpertos darán poca fé á lo que me propongo narrar en este canto. Pero ya sea mucha ó poca la que yo adquiera, nada me importa: no es al vulgo ignorante y grosero al que me dirijo, sino á vos, Señor, de cuya clara inteligencia espero que no tendrá por mentirosa mi relacion; á vos, á quien van dedicados mis fatigosos desvelos, en la esperanza de que sabreis recompensarlos.

Quedamos en el momento en que se divisó el rio y el puente custodiado por la arrogante Erifila. Las armas de esta eran del metal más fino, y sus colores participaban de los matices de distintas piedras preciosas, como el encarnado rubí, el amarillo crisólito, la verde esmeralda y el naranjado jacinto. Servíale de cabalgadura, no un caballo, sino un lobo membrudo y fuerte, cuyos arneses eran de una riqueza nunca vista y sobre el que atravesaba el rio. No creo que en la Apulia haya existido un animal de tal magnitud, pues era más alto y grueso que un toro, ni comprendo cómo podia ella dirigirlo á su voluntad, porque en su espumante boca no se veia freno alguno. La sobrevesta de aquella hembra, maldita como la peste, era de color de tierra, y por su corte y hechura, se asemejaba á la que usan los obispos y prelados en sus actos oficiales. En la cimera, lo mismo que en el escudo, ostentaba la imágen de un sapo hinchado y venenoso.

Las dos damas hicieron que el caballero fijase en ella su atencion, mientras que Erifila, dispuesta á combatir, empezó á mofarse de él y á cerrarle el paso, como hacer solia con tantos otros. Al ver que Rugiero avanzaba, le previno imperiosamente que retrocediera; pero él, sin hacer caso de sus amenazas, empuñó la lanza y la retó á singular combate. Entonces la giganta, rápida y atrevida, afirmándose en la silla, enristró la lanza y espoleó al lobo, cuyos presurosos pasos hicieron temblar la tierra. Al primer choque quedó tendida sobre la yerba, pues el valiente Rugiero le metió la lanza por debajo del yelmo, arrancándola de la silla con tal furia, que la arrojó á seis brazas de distancia. Sin detenerse á más, sacó la espada que hasta entonces no habia desenvainado, y se dispuso á cortar aquella orgullosa cabeza, como sin riesgo alguno podia hacerlo, por yacer Erifila como muerta entre la yerba y las flores, cuando las dos damas le gritaron:

—Conténtate con haberla vencido: no te vengues más cruelmente de ella. Envaina el acero, ¡oh cortés paladin! y pasando el puente, prosigamos nuestro camino.

Emprendieron, en efecto, su marcha al través de un bosque por un sendero áspero y escabroso, que á pesar de su angostura y de las dificultades que presentaba, les condujo directamente á la cumbre de la colina. Cuando llegaron á ella se encontraron en una pradera dilatada, donde contemplaron el palacio más admirable que pudiera verse en el mundo.

Apareció la bella Alcina fuera del pórtico, y se adelantó un buen trecho á recibir á Rugiero, á quien acogió brillante y agradablemente en medio de su fastuosa corte. Tantos y tales fueron los obsequios, reverencias y ofrecimientos prodigados por todos indistintamente al valiente guerrero, que más no podrian dirigirse al mismo Dios, si se hubiera dignado descender desde su trono celestial.

El encantador palacio era menos digno de admiracion por las riquezas increibles que encerraba, que por la gracia, agrado y gentileza, de sus moradoras: estas, en cuanto á juventud y belleza, se diferenciaban muy poco entre sí; pero Alcina las sobrepujaba á todas, así como el Sol sobrepuja en esplendor á los demás astros. Las formas de su cuerpo eran tan perfectas, cual no pudiera imaginarlas el más inspirado pintor; más que el oro brillaban las trenzas de sus cabellos blondos, largos y sedosos: sus delicadas mejillas ostentaban los suaves matices de la rosa y del ligustro, y su ebúrnea frente completaba graciosamente el conjunto inimitable de su rostro. Bajo dos arcos negros y sutiles veíanse dos ojos, negros tambien, ó mejor dicho, dos claros soles, de dulcísima mirada y parcos movimientos: no parecia sino que el amor jugueteaba revolando en su derredor, y que desde ellos despedia todas las flechas de su carcaj, arrebatando visiblemente los corazones. La envidia no hubiera podido hallar defecto alguno en su bien delineada nariz, que en líneas regulares dividia el rostro; bajo ella aparecia, como entre dos pequeños valles, la boca matizada con los rojos colores del cinabrio más puro, y en la que se descubrian dos hileras de escogidas perlas, que un bello y dulce labio ocultaba y permitia ver alternativamente: de ella salian halagüeñas palabras, capaces de ablandar el corazon más duro y resistente: en ella se formaba por último aquella encantadora sonrisa, que hacia entrever á su arbitrio las delicias del Paraiso. Su hermoso cuello era blanco como la nieve, y cual la leche su pecho: el primero torneado; el segundo lleno y elevado. Sus pechos, que parecian de marfil, oscilaban blandamente, como las olas que movidas por una apacible aura, van á morir en la cercana orilla. Las demás partes de su cuerpo eran impenetrables aun para las miradas de Argos; pero podia suponerse que lo oculto no desmereceria en nada de lo visible. Sus dos brazos eran de una dimension proporcionada, y en su blanquísima mano, algun tanto larga y de afilados dedos, no se dibujaba el más pequeño hueso ni siquiera se traslucian las venas. Por último, dos piés pequeños y redondeados servian de sosten á cuerpo tan perfecto, que cual los de los espíritus celestiales, no podia ni debia ocultarse bajo velo alguno. Sus palabras, su sonrisa, su acento, sus ademanes, eran otros tantos lazos tendidos á los corazones de los que la contemplaban; por lo cual no es de extrañar que Rugiero quedara prendido en ellos al encontrarse frente á tan sin igual belleza.

De nada le sirvieron ya las prevenciones que le hiciera el mirto con respecto á la perfidia y maldad de Alcina, porque se resistia á creer que bajo sonrisa tan suave pudieran ocultarse el engaño y la traicion. Prefirió por lo mismo creer que el comportamiento de Astolfo, ingrato y desleal, le habia hecho merecedor de un castigo mucho mayor que el de verse convertido en mirto; así como tuvo por una calumnia todo cuanto de Alcina le habia dicho, y que únicamente la venganza, el hastío y la envidia habian hecho que Astolfo pronunciara tales blasfemias y dijera tantas imposturas.

Súbitamente habíase borrado del corazon de Rugiero la imágen de la hermosa dama á quien tanto amaba; porque Alcina, valiéndose de sus encantos, habia cerrado sus antiguas heridas amorosas, y solo por ella estaba ocupado entonces, y ella sola estaba en él grabada: débese por lo tanto excusar á Rugiero, que se mostrara en aquella ocasion tan voluble é inconstante.

Sentados á una mesa opípara y suntuosa, escuchaban con delicia la dulce melodía que esparcian por los aires las cítaras, las arpas y las liras. No faltaban tampoco agradables voces que cantaran los goces y transportes del amor, ó recitaran sonoros y fantásticos versos, inspirándose en las galanas ficciones de la poesía. Los suntuosos y celebrados banquetes de los sibaríticos sucesores de Nino, ó los ofrecidos por la famosa Cleopatra al romano vencedor, no podian compararse con el que la amorosa hada dió en obsequio del valiente paladin, y aun es dudoso que lleguen á igualarse á él los que celebra en el Olimpo el sumo Júpiter dispuestos por su copero Ganimedes.

Cuando se levantaron las mesas, entregáronse todos los comensales, formando círculo, á un juego entretenido, que consistia en preguntarse recíprocamente al oido el secreto que mejor les pareciese. Este pasatiempo ofrecia gran comodidad á los amantes, pues así podian revelarse su escondido amor sin dificultad ninguna. Alcina y Rugiero no desperdiciaron tan excelente ocasion, y se prometieron reunirse de nuevo aquella misma noche.

Aquel juego cesó más temprano de lo que se acostumbraba en otras ocasiones, y entonces entraron varios pajes con antorchas cuya viva luz disipó las sombras del crepúsculo vespertino. Rodeado de hermosas doncellas pasó Rugiero á descansar en una cámara fresca y elegante, que se le habia destinado como la mejor de aquel palacio. Ofreciéronse allí de nuevo á los convidados dulces exquisitos y aromáticos vinos, despues de lo cual se fueron retirando á sus aposentos respectivos, no sin repetir antes sus reverencias y ofrecer una vez más sus respetos á Rugiero. Metióse este entre sábanas perfumadas, que parecian salidas de las manos de Aracnea, poniéndose á escuchar con toda atencion por ver si percibia el rumor de la llegada de Alcina. Al menor ruido que sentia, levantaba la cabeza, creyendo que fuese ella; se le figuraba oirla, y las más de las veces no oia nada, lanzando un suspiro cuando reconocia su error: otras veces saltaba del lecho, abria la puerta, miraba hácia fuera y nada veia, y se retiraba maldiciendo mil veces las horas que retrasaban el momento anhelado. Con frecuencia decia entre si:—«Ahora viene.»—Y empezaba á contar los pasos que suponia haber desde la estancia de Alcina hasta la suya, donde continuaba esperando en vano. Estos y otros pensamientos le estuvieron ocupando todo el tiempo que tardó en reunírsele la hermosa dama, y hasta hubo momentos en que creyó que algun obstáculo imprevisto le privara de coger el fruto que ya tocaba con sus manos.

Alcina se entretuvo largo rato en perfumarse con los olores más gratos; y cuando conoció que era ya tiempo, por reinar en el palacio la quietud y el silencio, salió sola de su cámara, y se dirigió silenciosa por un pasadizo secreto á la estancia en donde Rugiero se encontraba con el corazon anhelante entre el temor y la esperanza.

Apenas vió el sucesor de Adolfo aparecer aquella riente estrella, sintió circular por sus venas un fuego tan abrasador, que apenas podia contenerlas la piel: sus miradas engolfáronse con avidez en aquel mar de delicias y perfecciones, y sin darle tiempo á más, saltó del lecho y la estrechó entre sus brazos. Alcina venia envuelta en un ligero cendal que se habia echado sobre uno camisa blanquísima y sumamente sutil. Al abrazarla Rugiero, cayó el manto que la envolvia, y quedó el velo sutil y transparente, que no encubria sus perfecciones más de lo que un diáfano cristal oculta los primores de las rosas ó azucenas.

No se adhiere tan estrechamente la hiedra á la planta en tomo á la cual se ha abrazado, como se enlazaron mútuamente ambos amantes, cogiendo en sus labios la flor del espíritu, flor tan suave cual no la producen las odoríferas arenas índicas ó sabeas. Los amorosos trasportes á que entonces se entregaron solo ellos pueden referirlos y comprenderlos, pues más de una vez se encontraron sus labios, y más de una vez aspiraron su aliento mútuamente.

Estas escenas permanecian secretas en el palacio, y si no secretas, por lo menos discretamente calladas; que el silencio raras veces ha sido objeto do censura, y casi siempre de alabanza. Cumpliendo los deseos de Alcina, los astutos moradores de aquella mansion acogian con semblante agradable á Rugiero, y le prodigaban toda clase de atenciones, inclinándose contínuamente ante él. En su placentera estancia no se echaba de menos ninguno de los deleites que pudiera ambicionar el más refinado deseo: diariamente cambiaban dos ó tres veces de trajes de distintas y caprichosas hechuras; menudeaban los banquetes, y las horas transcurrian en medio de las fiestas, de los juegos, de las justas, de las luchas y representaciones escénicas, ó bien disfrutando de los placeres del baño y de la danza: otras veces á la sombra de los bosquecillos y sentados á las orillas de los arroyuelos leian antiguas historias de amores; muchos ratos perseguian á la tímida liebre á través de los floridos valles y de suaves collados, ó guiados por excelentes sabuesos, hacian salir con estrépido á los atolondrados faisanes de entre las zarzas y rastrojos: y ya tendian á los tordos lazos y varillas de liga entre los enebros olorosos, ó ya turbaban la grata tranquilidad de los peces con anzuelos cebados ó con redes.

Mientras Rugiero se entregaba sin reserva á aquella vida tan placentera, el rey Cárlos luchaba contra Agramante, cuya historia no debo olvidar por hablaros de la de Alcina, así como tampoco debo descuidar á Bradamante que por espacio de muchos dias derramó lágrimas de desesperacion y angustia, pensando en su deseado amante, á quien habia visto desaparecer por camino desusado hasta entonces, sin saber donde iria á parar.

Me fijaré en Bradamante con preferencia á los otros, y diré que durante muchos dias fué buscando en vano por bosques umbrosos, por abiertas campiñas, por villas, ciudades, montes y llanuras, sin conseguir la menor noticia de su adorado amigo, que tan apartado de ella estaba. Con frecuencia se aventuraba tambien en el campo sarraceno, sin encontrar la menor huella de su Rugiero: no cesaba de interrogar á unos y otros, explorando cuidadosamente los alojamientos, barracas y tiendas de campaña, aunque siempre sin resultado. En estas pesquisas no corria peligro alguno; pues pasaba entre los infantes y ginetes sin ser vista, merced á aquel anillo que la hacia invisible cuando se lo metia en la boca.

No quiere ni puede creer que haya muerto; porque la pérdida de un héroe como Rugiero habria resonado desde las orillas del Hidaspes hasta las regiones en que el Sol se oculta. No sabe decir ni imaginar siquiera qué camino haya podido seguir por el Cielo ó por la Tierra, y sin embargo, la desventurada no cesa de buscarle, llevando por compañía sus lágrimas y suspiros, y la pena más aguda.

Resolvió al fin volver á la cueva donde descansaban los huesos del profeta Merlin, y prorumpir en tales exclamaciones al rededor de la tumba, que movieran á compasion al frio mármol, presumiendo que si vivia Rugiero, ó si nuestro fatal destino hubiera tronchado su adorada existencia, allí podria saberlo, y tomaria en consecuencia la determinacion que más conveniente le pareciera.

Emprendió con tal intento el camino que guiaba á las selvas próximas á Poitiers, donde existia, oculta en un sitio agreste y sombrío, la tumba oral de Merlin; pero aquella Maga que tanto se interesaba por la suerte de Bradamante; aquella que en la gruta le diera á conocer las condiciones de su posteridad; aquella encantadora sábia y benigna que velaba con solicitud por la jóven, sabiendo que de su seno habrian de salir tantos guerreros invictos, tantos semidioses, procuraba conocer diariamente sus menores acciones y palabras: así es que habia tenido noticia de la libertad y de la pérdida de Rugiero, y tambien de su forzoso viaje á la India. Habíale visto sobre aquel desenfrenado corcel, que no podia dirigir, recorrer un trayecto inmenso por vias peligrosas é inusitadas: y no ignoraba que despues el guerrero, olvidando á su señor, á su dama y hasta su honra, pasaba la vida entregado á los juegos, las danzas, los banquetes, y por fin, á la molicie del ocio más afeminado. En tan prolongada inercia podria haber llegado á consumir tan gentil caballero la flor de sus años, para perder despues no solo el cuerpo y el alma á un tiempo, sino aquella honrosa fama, única cosa que de nosotros queda cuando desaparece de la tierra nuestro débil cuerpo.

Pero la bondadosa Melisa, que estaba consagrada al cuidado de Rugiero más que él mismo, se propuso atraerle nuevamente al camino áspero y fatigoso de la verdadera virtud, aunque fuera á pesar suyo, como un excelente médico que emplea para curar el hierro y el fuego y hasta el veneno, y si bien al principio causa agudos dolores con tan crueles medios, devuelve con ellos la salud al enfermo, que no puede menos de mostrársele agradecido. No le cegaba, sin embargo, tanto su cariño hácia Rugiero que, como Atlante, pensara tan solo en conservarle la vida, ni, como este, queria prolongarla aun á costa de su honor y su renombre, despreciando todos los elogios y la admiracion del mundo con tal de que ni en un solo año se anticipara su muerte. Atlante era el que le habia enviado á la isla de Alcina, con objeto de que en su corte olvidara la gloria de las armas: y como mágico experto y consumado, habia unido el corazon de aquella reina al de Rugiero con un lazo tan amoroso y fuerte, que jamás hubiera podido romperse, aunque el guerrero llegara á una edad más avanzada que la de Néstor.

Volviendo, pues, á la encantadora que tan bien conocia el porvenir, diré que, siguiendo el mismo camino por donde acudia errante la hija de Amon, se encontró con ella. Al ver Bradamante á su querida Maga trocóse su primitiva pena en esperanza: Melisa no tardó en anunciarle todo cuanto á su Rugiero habia acontecido. La jóven quedó casi inanimada al saber que su amante estaba tan apartado de ella, y mucho más al comprender que su amor peligraba si no se ponia un pronto y eficaz medio; pero la solícita Maga la tranquilizó, derramando con sus palabras un bálsamo consolador en la herida que con sus noticias habia abierto, y prometiéndole y jurándole que lograria hacer que volviera á ver á su Rugiero dentro de pocos dias.

—Puesto que tienes en tu poder, le dijo, el anillo que destruye todas las artes mágicas, no dudo un momento que si yo lo llevo al palacio donde Alcina tiene cautivo á tu bien, conseguiré deshacer sus encantamientos, y devolverte tu amante. Emprenderé la marcha en cuanto aparezca el crepúsculo vespertino, y llegaré á la India al despuntar la aurora.

Y continuó dándole cuenta del plan que habia trazado para arrancar al paladin de aquella corte muelle y afeminada y hacerle volver á Francia.

Bradamante se quitó el anillo del dedo, y no solamente este, sino hasta el corazon y la vida le habria dado con tal de que salvara á su amante. Recomendóle mucho la conservacion de aquella alhaja, y encargóle mucho más aun el cuidado de su Rugiero, á quien, por su conducto, enviaba mil ternezas. Tomó en seguida el camino de la Provenza, mientras que la encantadora se encaminó por opuesta via.

Para llevar á cabo su proyecto, al empezar la noche hizo Melisa aparecer un palafren enteramente negro, pero con una pata roja, que probablemente seria uno de los duendes ó espíritus infernales revestido de aquella forma. La mágica montó en él, llevando desceñida la túnica, descalza, y con los cabellos sueltos y horriblemente desordenados, habiéndose quitado de antemano el anillo del dedo á fin de que su virtud eficaz no destruyese aquel encanto. Emprendió despues tan veloz carrera que al amanecer del siguiente dia se encontró en los dominios de Alcina.

Una vez en la isla, transformóse admirablemente: su estatura creció más de un palmo; todos sus miembros engruesaron en proporcion, quedando bajo el aspecto del Nigromante que criara con tanto cariño á Rugiero. En sus mejillas apareció de improviso una luenga barba, y profundas arrugas surcaron su frente y todo su rostro: en sus movimientos, en sus palabras y en sus facciones imitó tan bien al encantador Atlante, que no parecia sino que fuese él mismo.

Ocultóse despues, esforzándose en alejar de Rugiero á la enamorada Alcina, hasta que al fin lo consiguió, aunque no sin trabajo; pues la hada no podia permanecer un momento apartada de él. Encontróle completamente solo, segun era su deseo, á la orilla de un riachuelo que corria desde una colina hasta un pequeño lago límpido y ameno. En sus vestiduras, hechas de tela de oro y seda, tejidas con prolijo esmero por la mano de Alcina, y llenas de adornos y de perfumes, se echaba de ver el ocio y la lascivia. Pendia de su cuello hasta el pecho un espléndido collar de piedras preciosas, y en los brazos, un tiempo varoniles, llevaba ricos brazaletes; atravesaban sus orejas dos hilos delgados de oro en forma de sortijas que sostenian otras tantas perlas de extraordinaria magnitud, cual nunca se hayan visto en la Arabia ó en la India. Húmedos estaban sus ensortijados cabellos con los perfumes más preciados y de olor más suave, y por último sus gestos, sus movimientos respiraban la molicie y la afeminacion que es proverbial entre los galanteadores de oficio de las damas de Valencia. Tal variacion habia sufrido por la fuerza de los encantos de Alcina, que del antiguo Rugiero solo quedaba el nombre; lo demás se habia corrompido ó estragado.

En esta situacion le encontró Melisa, que se presentó ante él bajo la forma de Atlante, con aquel rostro grave y venerable tan respetado siempre por Rugiero; y fijando en él la mirada colérica y amenazadora que con frecuencia le habia hecho temblar en su niñez, le increpó en estos términos:

—¿Es este el fruto que por espacio de tanto tiempo he debido esperar en recompensa de mis sudores? ¿Te dí acaso por primeros alimentos la grasa de los osos y leones, y andando por cavernas y profundos barrancos te acostumbré desde niño á extrangular serpientes, á desarmar de sus tajantes garras los tigres y panteras, y arrancar los colmillos al javalí vivo, para despues de tantos afanes verte hoy convertido en el Adónis ó el Atis de Alcina? ¿Es esto lo que la contínua observacion de los astros y de las fibras palpitantes de los animales, los horóscopos, los agüeros, los sueños y demás sortilegios á cuyo estudio me he dedicado incesantemente me habian prometido esperar de tí desde tu más tierna infancia, para cuando llegaras á la edad viril, en que tus acciones heróicas debian ser tan preclaras y famosas cual nunca se hubieran visto en el mundo? ¡Digno principio de tu carrera es este, que permita esperar verte pronto convertido en un Alejandro, un César ó un Escipion!

»¿Quién podria ¡ay de mí! presumir, que voluntariamente te convirtieras en el esclavo de Alcina? Nadie podrá, sin embargo, poner en duda tu oprobio, al contemplar en tus brazos y en tu cuello la cadena con que ella dirige á su albedrío todos tus movimientos y acciones. Si no es bastante á moverte tu propia estimacion; si no tienes en nada las alabanzas y loores que puedes conseguir, así como tampoco sabes apreciar en su justo valor el brillante destino que te reserva el cielo, ¿por qué has de privar á tus sucesores del bien que te he predicho tantas veces? ¿Por qué has de consentir que permanezca infecundo el seno destinado por el Cielo para concebir la raza gloriosa y sobrehumana, que ha de dar al mundo más esplendor que el mismo Sol? No impidas, no, que las más nobles almas que se han formado en la mente del Eterno adquieran de tiempo en tiempo forma corpórea en el tronco cuya raiz has de ser tú. No seas, no, un obstáculo á los mil triunfos y victorias gloriosas con que tus hijos, tus nietos y todos tus descendientes han de devolver á Italia su pristino honor, despues de muchos reveses y crueles pruebas.

»Deberian inclinar tu abatido ánimo á salir de ese estado tantas y tantas almas bellas, ilustres, preclaras, invictas y santas como florecerán en el árbol fecundo de tu estirpe, y sobre todo, deberia reanimarte la esperanza de verte reproducido en Hipólito y su hermano, séres los dos tan perfectos en todos los grados que á la virtud conducen, cual pocos han existido en el mundo hasta el presente. De ellos acostumbraba á hablarte con más frecuencia que de los otros, ya porque su fama y su valor serán mayores que los de los restantes, ya tambien porque observaba que era más fija tu atencion cuando de ellos me ocupaba, que al referirte la historia de tus demás sucesores, regocijándote con la idea de que tan ilustres héroes habian de pertenecer á tu linaje.

»¿Qué tiene, pues, la que actualmente reina en tu corazon, que no lo tengan mil y mil meretrices? ¿No ha sido tambien la concubina de otros muchos, á quienes ha proporcionado al cabo una felicidad como suya? Pero, á fin de que conozcas quién es Alcina, despojada de sus embustes y artificios, coloca este anillo en tu dedo, vuelve á su lado, y entonces podrás formar una exacta opinion de su belleza.»

Mientras Melisa le dirigia tan amargas reconvenciones, permanecia Rugiero confuso, mudo, con la vista fija en el suelo y sin saber qué decir: púsole la Maga el anillo en el dedo, y á su contacto se estremeció el guerrero, que vuelto en sí, se vió abrumado de tal vergüenza que hubiera deseado encontrarse á mil brazas debajo de tierra para sustraerse á las miradas de todos.

En un momento recobró la Maga su primitivo ser, por considerar ya innecesario ocultarse bajo la figura de Atlante, una vez conseguido el resultado que se propusiera. En seguida se dió á conocer á Rugiero, y habiéndole dicho su nombre, le participó que era enviada por aquella apasionada jóven, que llena de amor pensaba continuamente en él, y que no pudiendo vivir sin su Rugiero, habíala rogado que fuese á romper las cadenas á que lo tenia sujeto la violencia del arte mágica; añadiendo que habia tomado la forma de Atlante de Carena para obtener de él mayor crédito y reverencia; pero que una vez conseguida su curacion, no habia tenido inconveniente en darse á conocer y en descubrirle la verdad entera.

—Aquella dama gentil que te ama tanto, prosiguió; aquella cuyas virtudes la hacen tan digna de tu amor, y á quien debes saber que eres deudor de la libertad que ahora disfrutas, si acaso lo has olvidado, te envia este anillo que destruye todos los encantos de la magia, y de igual modo hubiérate mandado su corazon, si este poseyera como aquel una virtud capaz de influir en tu salvacion.

Melisa continuó hablándole del amor que Bradamante le habia profesado y seguia profesándole; ensalzando al mismo tiempo su valor en cuanto era compatible con la verdad y con la inclinacion que hácia la jóven sentia: trató por último de todos estos asuntos con la perspicacia y talento propios de tan experta mensajera, en términos de hacer que Rugiero sintiera hácia Alcina el mismo horror que causa la vista de los objetos más horrorosos. Este odio naciente parecerá extraño en el hombre que tan apasionado estaba momentos antes; pero dejará de serlo si se tiene en cuenta que aquel amor era hijo de la influencia de la magia, cuya influencia quedó destruida en presencia del anillo. Este talisman hizo más aun: transformó por completo las fingidas perfecciones de Alcina, patentizando que cuanto ostentaba la hada desde el pié á los cabellos, nada era suyo; así es que desapareció lo bello y quedó la fealdad en su ingrata desnudez.

Así como el niño que esconde una fruta madura, y olvidando despues el sitio donde la ha ocultado, si pasados algunos dias la encuentra por casualidad, se admira al verla podrida y deshecha y muy diferente de cómo él la escondió, y entonces en vez de apetecerla tanto como antes, la odia, la desprecia y la arroja léjos de sí, del mismo modo Rugiero, cuando por obra de Melisa volvió á hallarse en presencia de Alcina, provisto de aquel anillo contra el que nada valen los sortilegios cuando se lleva en el dedo, encontró en vez de la hermosa mujer de quien hacía poco tiempo se separara, un ser tan deforme que en toda la Tierra existia otro más decrépito ni mas horrible.

La faz de Alcina aparecia pálida, rugosa y macilenta; sus cabellos escasos y encanecidos: su estatura no llegaba á seis palmos, ni en su boca existia diente alguno, pues habia vivido más que Hécuba, más que la Sibila cumea y más que cualquiera otra mujer. Merced á un arte, desconocido en nuestro tiempo, lograba parecer jóven y bella: así es que por medio de su magia habia ya seducido á otros muchos lo mismo que á Rugiero, cuando el anillo vino á arrancar la máscara que por espacio de muchos años habia ocultado la verdad. No era, pues, maravilloso que de la mente de Rugiero desapareciera todo pensamiento que le hablara del amor de Alcina, al contemplarla bajo el aspecto que ya no podian disfrazar sus sortilegios.

Siguiendo el paladin los consejos de Melisa, no dió á conocer en su semblante el disgusto que le causaba ya cuanto le rodeaba, hasta que vistió por completo su armadura, tanto tiempo abandonada. A fin de que Alcina no sospechara nada, pretestó que queria probar sus fuerzas, y ver si habia engruesado despues de tantos dias como no iba cubierto con su arnés. Ciñóse al costado á Balisarda, que este era el nombre de su espada: cogió además el admirable escudo que no solo deslumbraba la vista de cuantos le miraban, sino tambien les abatia como si el alma se desprendiera de su cuerpo; y se lo colgó del cuello, cubierto con el mismo velo que lo envolvia. Bajó á la cuadra, é hizo que le ensillaran un corcel más negro que la pez, designado de antemano por Melisa quien conocia la extraordinaria lijereza de sus piernas: llamábase Rabican y era el mismo que condujo á aquel sitio la ballena en compañía del caballero que convertido en mirto, era juguete de los vientos en la orilla del mar. Podia igualmente haberse llevado el hipogrifo que estaba atado junto á Rabican; pero la maga le dijo que recordara la indocilidad de aquel animal, de que tenia ya pruebas, añadiendo que al dia siguiente lo sacaria fuera de aquel país, cuando se encontraran en un sitio á propósito donde pudiera enseñarle el modo de enfrenarlo y dirigirlo á su placer; y que seria conveniente dejarlo en la cuadra, á fin de que la presencia del corcel alado en ella no hiciera sospechar su evasion.

Hizo Rugiero cuanto le aconsejó Melisa, que aunque invisible para todos, no se apartaba de su lado. Con tales ficciones, salió del palacio lascivo y muelle de la decrépita prostituta y se encaminó hácia una de las puertas de la ciudad por donde se salia al camino que guiaba á los estados de Logistila. Atacó de improviso á los que la custodiaban y emprendiendo con ellos á cuchilladas, dejó á unos muertos y á otros mal heridos, escapándose despues con toda lijereza por el puente; y antes que Alcina tuviera noticia de su fuga, ya habia puesto una considerable distancia entre él y la ciudad. En el canto siguiente referiré el camino que siguió, y cómo llegó despues al país de Logistila.

Canto VIII

Huye Rugiero de la ciudad de Alcina.—Melisa devuelve su forma primitiva á Astolfo y á sus demás compañeros de cautiverio.—Reinaldo consigue levantar ejércitos que acudan en auxilio del Santo Imperio y le saquen de su terrible apuro.—Angélica, encontrada durmiendo junto al ermitaño, es ofrecida como pasto á un mónstruo marino.—Orlando, que vé en sueños su desgracia, abandona angustiado á París.

¡Oh! ¡Cuán léjos estamos de sospechar el número de encantadores y encantadoras que existen entre nosotros, y que cambiando de rostro con sus artificios, se hacen amar de hombres y de mujeres! Y no es que alcancen este resultado evocando á los espíritus ó consultando á los astros; tan solo por medio del disimulo, del fraude y del engaño es como someten á su voluntad los corazones con indisoluble lazo. El que poseyera el anillo de Angélica, ó mejor dicho, el que estuviera dotado de discernimiento suficiente, podria distinguir perfectamente el rostro de aquellos, despojado de la máscara que les proporcionan el arte y el fingimiento. Ser habria entonces que, pareciendo hermoso y bueno, quedaria convertido en un mónstruo de fealdad y perfidia, una vez perdido el afeite y compostura de su cara. Por esto creo que fué una gran suerte para Rugiero la de poseer el anillo que lo presentó las cosas bajo su aspecto verdadero.

Segun dije antes, Rugiero, afectando el disimulo conveniente, montó en Rabican y se dirigió hácia la puerta de la ciudad completamente armado; encontró desprevenidos á los guardias, y desenvainando el acero, arremetió contra ellos, dejando muertos á unos y mal heridos á otros: cruzó enseguida el puente, hizo pedazos el rastrillo y se internó por el bosque; más á los pocos pasos tropezó con un criado de la hada. Llevaba este en el puño un ave de rapiña, á la que se divertia en hacer desplegar el vuelo todos los dias, ora hácia el campo, ora en direccion á una laguna próxima de donde regresaba siempre con alguna presa entre sus garras; iba además acompañado de un perro, y cabalgaba en un rocin de mala estampa.

Comprendiendo que Rugiero emprendia la fuga, al ver que caminaba con tanta celeridad, le salió al encuentro, y con impertinente ademan le preguntó la causa de su precipitacion. Rugiero no se dignó contestar á tal pregunta; y entonces aquel, viendo confirmadas sus sospechas, se propuso estorbar la marcha del paladin, y hacerle prisionero; para lo cual extendió el brazo izquierdo exclamando:—¿Qué dirás si te prendo inmediatamente? ¿Qué, si no llegas á poder defenderte de este pájaro?»—Y lanzó por el aire á su halcon, el cual empezó á agitar las alas con tal rapidez, que alcanzó á Rabican en su veloz carrera. El cazador saltó en seguida de su caballejo, quitóle el freno, y el animal, al verse libre, partió semejante á la flecha despedida del arco; pero mucho peor que ella, atendiendo á sus coces terribles y crueles mordeduras: el criado echó á correr tras él tan rápidamente que parecia empujado por el viento. El perro, á su vez, no quiso quedarse rezagado, sino que siguió á Rabican con la misma celeridad con que solia perseguir á las liebres en el prado.

A Rugiero le pareció vergonzoso no hacer frente á sus despreciables enemigos, y se volvió hácia el audaz cazador; pero al ver que sus únicas armas consistian en una vara que le servia para castigar á su perro, se desdeñó de desenvainar la espada. Acercósele, sin embargo, el criado de Alcina, y empezó á golpearle con la vara; mordióle el perro en el pié izquierdo; el caballo por su parte le tiró tres pares de coces, que le alcanzaron á un costado, mientras que el halcon, revoloteando en su derredor, le clavó varias veces las afiladas uñas en la carne: ante tal acometida, espantóse Rabican, y no obedeció ya al freno ni al acicate.

Rugiero, impacientado al fin con aquella lucha tan molesta como ridícula, desnudó el acero, y empezó á amenazar con el filo y con la punta al hombre y á los tres animales: pero aquella importuna turba le atosigaba cada vez más, cerrándole todos los lados del camino, y demorando de esta suerte la fuga del paladin, que consideraba irritado el perjuicio y el deshonor que recaerian sobre él si conseguian sus adversarios detenerle un poco más; pues no ignoraba que por corta que fuera su detencion, no tardaria en salir á perseguirle Alcina con todo su pueblo.

En esto empezaron á resonar los valles con el extruendo de las trompas, los atabales y las campanas. El paladin comprendió entonces que de nada le serviria esgrimir la espada contra un criado sin armas y un perro, y que seria más breve y expedito descubrir el escudo, obra de Atlante. Levantó el cendal rojo con que habia estado cubierto durante muchos dias, y la luz deslumbradora que despidió el escudo inmediatamente, hiriendo los ojos de sus adversarios, produjo el mismo efecto que tantas otras veces produjera. Perdió el cazador los sentidos; cayó el perro y el rocin, y cayeron las plumas del halcon, que no pudo sostenerse ya en el aire. Contento Rugiero con tan feliz resultado, los dejó entregados á su soporífico sueño.

Alcina en tanto habia tenido noticia de que Rugiero acababa de forzar las puertas de la ciudad dando muerte á un buen número de los que la custodiaban. Vencida por el dolor, estuvo á punto de perder el conocimiento; desgarró sus vestiduras y se golpeó el rostro, acusándose de imprevision y necedad. Sin perder un instante hizo tocar al arma y reunió en torno suyo todas sus gentes. Dividiólas en dos partes, á una de las cuales hizo seguir el mismo camino que Rugiero, haciendo que la otra se embarcara para perseguirle por el mar. Oscurecióse este en un momento bajo la sombra de tantas velas, con las cuales fué la desesperada Alcina, en quien pudo tanto el deseo de recobrar á su Rugiero, que dejó la ciudad sin defensores. En el palacio tampoco quedó guardia alguna, cuya circunstancia proporcionó á Melisa, que estaba acechando la ocasion más favorable para poner en libertad á los desgraciados que gemian en aquel país maldito, el tiempo necesario para examinarlo todo, quemar imágenes y destruir signos cabalísticos y toda clase de talismanes y maleficios. Desde allí se puso á recorrer presurosa las campiñas, haciendo que recobrara su primitiva forma aquella numerosa multitud de amantes desdeñados, que estaban convertidos en fuentes, en fieras, en árboles ó en piedras. Todos ellos, una vez libres, emprendieron el camino seguido por Rugiero, pusiéronse en salvo en los estados de Logistila, y pasaron desde allí á la Escitia, la Persia, la Grecia y la India, bajo la condicion impuesta por la Maga de ser más prudentes en lo sucesivo.

Melisa habia devuelto á Astolfo, antes que á los demás, la forma humana, en atencion á su parentesco con Bradamante y á los insistentes ruegos de Rugiero que le sirvieron de mucho: no contento con esto, el paladin entregó el anillo á Melisa, á fin de que su auxilio en favor de aquel caballero fuera más eficaz. Merced, pues, á los ruegos de Rugiero volvió Astolfo á su anterior aspecto; á pesar de lo cual creyó Melisa que su obra no estaba completa, sino le devolvia sus armas, y sobre todo aquella lanza de oro, que derribaba á todos los caballeros á su menor contacto; lanza que fué primero de Argalía, de Astolfo despues, y que tanta gloria proporcionó en Francia á uno y á otro. Melisa logró encontrarla depositada en el palacio de Alcina, y con ella las demás armas que fueron sustraidas al duque en aquella pérfida mansion. Montó despues en el corcel del moro nigromante, hizo que Astolfo subiera á la grupa, y le condujo al país de Logistila, á donde llegaron una hora antes que Rugiero.

Este guerrero caminaba en tanto al través de duras peñas y punzantes zarzas hácia el palacio de la virtuosa hada, saltando barrancos é internándose por senderos ásperos, desiertos, inhospitalarios y yermos. Despues de una marcha de las más penosas, llegó hácia la hora calurosa del mediodia á una playa situada entre el mar y una montaña, descubierta por el Sur, arenosa, desnuda, estéril y desierta. El Sol dejaba caer perpendicularmente sus encendidos rayos sobre los collados vecinos, y el vivo calor que estos reflejaban inflamaba de tal modo el aire y las arenas, que habria bastado á derretir el vidrio. Los pájaros permanecian inmóviles en la sombra; y únicamente la cigarra, oculta entre las ramas de algun árbol, ensordecia los valles, los montes, el mar y el cielo con su enojoso canto.

El calor, la sed y la fatiga de la marcha por aquel arenoso camino, á lo largo de una playa tan salvaje, tenian casi agobiado á Rugiero.

Mas como no conviene que se diga que ocupo á mis lectores con un solo asunto, dejaré por ahora á Rugiero sofocado por aquel calor, é iré á buscar á Reinaldo en Escocia.

Este guerrero continuaba siendo muy bienquisto del Rey, de su hija, y de todo el país. Cuando se presentó una ocasion oportuna, dió á conocer con más detenimiento la causa que le habia obligado á ir á aquel reino; la cual no era otra que pedir en nombre de su señor el auxilio de la Escocia y de la Inglaterra, apoyando sus ruegos con justísimas razones que militaban en favor de Cárlos. Contestóle el monarca sin vacilar, que en cuanto alcanzaban sus fuerzas estaba siempre dispuesto á ser útil á Cárlos y al Imperio, como era su voluntad; que antes de muchos dias pondria sobre las armas el mayor número de soldados que le fuera posible, y que si su avanzada edad no se lo impidiera, tendria una gran satisfaccion en marchar al frente de sus guerreros en socorro del rey de Francia, añadiendo, por último, que esta consideracion no le detendria, si no contase, como contaba, con un hijo fuerte, valeroso y experto, y digno sobre todo del mando del ejército, si bien por entonces se hallaba ausente del reino; pero que esperaba su regreso ínterin reunia las fuerzas, y que una vez reunidas estas, marcharia su hijo á la cabeza.

En seguida hizo salir en todas direcciones emisarios provistos de recursos para alistar infantes y ginetes; aparejó además numerosas naves, proveyéndolas de municiones de boca y guerra y del dinero necesario, y cuando Reinaldo se despidió de él cortesmente para pasar á Inglaterra, fué acompañándole hasta Berwik, donde le dejó, no sin que aquella separacion le costara algunas lágrimas. Un viento favorable hinchaba ya las velas; despidióse Rugiero amistosamente de todos al embarcarse, y maniobrando hábilmente los marineros, llegaron tras una travesía corta y feliz al punto en que las saladas ondas del mar al encontrarse con el Támesis convierten en amargas sus aguas dulces: aprovecháronse los navegantes del flujo para remontar el rio, y caminando con toda seguridad á la vela y al remo, llegaron en breve á la vista de Lóndres.

Reinaldo era portador de varias cartas de Carlomagno y del rey Oton, que tambien se hallaba sitiado en Paris, para el príncipe de Gales, encargándole que reuniera inmediatamente cuantos infantes y ginetes pudiera proporcionar aquel país, y los hiciera transportar á Calais sin pérdida de tiempo para acudir en auxilio de la Francia y de su rey. El príncipe de Gales, que habia quedado gobernando el reino en ausencia de Oton, recibió tan brillantemente á Reinaldo de Amon, y le dispensó tales honores que quizá no hubiera hecho otro tanto con el verdadero monarca. Accediendo despues á su demanda, dió órden para que en un dia prefijado estuviesen listos para embarcarse cuantos guerreros existieran en Bretaña y en sus islas adyacentes.

Mas permitidme, Señor, que haga ahora lo que un buen músico al tocar una pieza de ejecucion, que pulsando alternativamente varias cuerdas, cambia á su placer de sonidos, pasando del tono grave al agudo. En tanto que estaba hablando de Reinaldo, me he acordado de la gentil Angélica, á quien dejé en compañía de un ermitaño mientras iba huyendo. Continuaré, pues, su historia.

Dije que suplicaba con afan al ermitaño que le indicara el camino del mar; pues era tanto el miedo que le inspiraba Reinaldo, que creia morir si no atravesaba las olas, por no juzgarse segura en ningun punto de Europa; pero el viejo, á quien causaba un gran placer la compañía de la jóven, procuraba entretenerla con especiosos pretextos. La belleza extraordinaria de Angélica inflamó su corazon, cuyo fuego reavivó sus ya heladas sensaciones; mas al ver la poca atencion que le prestaba la doncella, y que no queria permanecer más tiempo con él, aguijó con desesperacion á su asno sin conseguir que acelerara su paso lento y tardío. Al ver que Angélica se iba alejando más y más, y temiendo perder su pista, recurrió á los espíritus infernales, y á su evocacion apareció una turba de demonios. Eligió á uno de entre ellos, é informándole préviamente de sus intenciones, hízole penetrar en el cuerpo del corcel de Angélica, que con su rápida marcha le arrebataba el corazon al par que la doncella. Y cual perro sagaz que, acostumbrado á seguir por el monte la pista de las zorras ó de las liebres, se dirige corriendo por un lado, mientras que la caza escapa por otro, despreciando al parecer su rastro, hasta que se planta en un sitio por donde precisamente ha de pasar su víctima, que cae inevitablemente entre sus dientes, siendo en el acto abierta y destrozada, el ermitaño propúsose del mismo modo salir al encuentro de la fugitiva por distinto camino. Cuál sea su designio, lo comprendo perfectamente, y aun os lo daré á conocer más adelante.

Angélica, sin abrigar ninguna sospecha, continuaba su viaje haciendo jornadas más ó menos largas. El demonio, en tanto, se mantenia oculto en el interior del caballo, como tal vez el fuego permanece escondido hasta que estalla en un incendio devorador que, si no se propaga, tampoco puede extinguirse. Cuando la doncella llegó á la orilla del mar que baña las costas de Gascuña, encaminó su corcel por el lado de las olas buscando los sitios en que la humedad daba mayor solidez á la playa; entonces el caballo, hostigado por el demonio, se precipitó de tal modo en el agua, que hubo de empezar á nadar. Atemorizada la jóven, ignoraba el partido que debia tomar; afirmóse en la silla, y cuanto más tiraba de las bridas de su caballo para obligarle á retroceder, más y más se internaba en el mar. Levantóse lo vestidos para no mojarlos, y encogió cuanto pudo los piés; su cabellera suelta, caia sobre las espaldas á merced de la brisa. Los fuertes vientos, en tanto, permanecian tranquilos, y así como el mar, parecian extasiados ante tanta belleza.

Angélica volvia inútilmente hácia la tierra sus hermosos ojos, cuyas lágrimas se deslizaban por las mejillas hasta su seno, y cada vez veia alejarse más la orilla y hacerse cada vez menos perceptible. El corcel, que nadaba girando á la derecha, despues de dar un gran rodeo, la sacó á tierra, depositando su preciosa carga entre pardas rocas y grutas espantosas, cuando ya empezaba á oscurecerse el dia. Al verse aislada en aquel desierto, cuyo solo aspecto infundia pavor, y precisamente á la hora en que Febo, oculto tras el mar, habia dejado el aire y la Tierra sumidos en las tinieblas, quedóse Angélica tan inmóvil, que cualquiera que la hubiese visto habria dudado si era una mujer verdadera y dotada de sentidos, ó una estátua de piedra pintada.

Estática y fija en la movible arena, con los cabellos sueltos y desordenados, juntas las manos é inmóviles los labios, tenia elevados al Cielo sus ojos lánguidos, como si acusara al Sumo Hacedor de haber convertido en daño suyo todos los acontecimientos. Permaneció bastante tiempo en tal estado, hasta que por fin prorumpieron sus labios en amargas quejas y sus ojos en copioso llanto.

—¡Oh, Fortuna! decia: ¿qué más te queda por hacer? ¿Aun no has saciado en mí tus furores? ¿No estoy aun bastante disfamada? ¿Qué más puedo ya darte sino esta mísera vida? Pero ¡ah! no es eso lo que deseas; pues de lo contrario no te habrias apresurado á sacarla del mar, cuando en él hubieras podido acabar sus tristes dias: sin duda pretendes llevar mis tormentos hasta lo sumo, antes de verme exhalar el último suspiro. No veo, sin embargo, qué penas puedas infligirme mayores de las que me has causado. Por tí he sido arrojada de un trono que no espero recobrar jamás; y hasta he perdido el honor, lo cual es más sensible, pues si bien me mantengo pura, doy motivo suficiente para que se me tenga por impúdica, en vista de mi vida errante y vagabunda.

»¿Existe por ventura en el mundo alguna dicha para la mujer á quien se tacha de impura? Mi juventud y mi belleza, verdadera ó supuesta, me perjudican tanto que no debo por ellas ninguna gratitud al Cielo; pues han sido la causa de todas mis desgracias. Por ellas fué muerto mi hermano, Argalía, á quien de poco sirvieron sus armas encantadas: por ellas, el rey de Tartaria, Agrican, derrotó á mi padre Galafron, gran Khan del Catay en la India; por ellas me veo á tal extremo reducida, que cambio diariamente de asilo. Si me has arrebatado la hacienda, el honor y la familia, y me has causado ya todo el daño posible, ¿para qué nuevas desdichas me reservas? Si el perecer ahogada en el mar no te parecia una muerte bastante cruel, con tal de satisfacer tus deseos insaciables, consentiré en que me entregues á alguna fiera que me destroce sin piedad. Cualquiera que sea el martirio que me tengas destinado, no podré agradecértelo bastante como ponga fin á mi existencia.»

Tan dolorosas quejas exhalaba la doncella, cuando de pronto apareció el ermitaño á su lado. Desde la cima de una escarpada roca habia estado contemplando á Angélica, mientras al pié del peñasco se entregaba á su dolor y afliccion. Seis dias hacia ya que se encontraba el viejo en aquel sitio, adonde le condujo un demonio por caminos desusados, y aproximóse entonces á la jóven con aire más devoto que San Pablo ó San Hilarion. Angélica se tranquilizó algun tanto al divisarle, pues no le conoció: su temor fué desapareciendo poco á poco, aunque no la mortal palidez de su semblante. Cuando le vió á su lado, exclamó:

—Padre, apiadaos de mí, que me encuentro en grave apuro.

Y con voz entrecortada por los sollozos, le refirió lo que él sabia perfectamente.

El ermitaño empezó á consolarla con frases tiernas y llenas de uncion; pero mientras le hablaba, iba acariciando con sus atrevidas manos las megillas húmedas de la doncella, y aun su turgente seno; y cada vez más audaz intentó abrazarla; pero la jóven indignada, extendió su brazo desdeñosamente y le rechazó léjos de sí, encendida de un vivo rubor.

Llevaba el ermitaño pendientes de sus hombros unas alforjas, de las que sacó un frasquito que contenia cierto licor: destapólo y salpicó ligeramente con él los poderosos ojos que iluminaban el rostro más perfecto que creara el Amor: á su contacto, cerráronse los párpados de Angélica, que cayó adormecida en el suelo y á entera disposicion del viejo lascivo. Este empezó por estrecharla entre sus brazos, y sus impúdicas manos se fijaron á su placer en las perfectas formas de la jóven, cuyo sopor la imposibilitaba de oponer resistencia alguna; el ermitaño continuó besándola ardorosamente en los labios y el pecho, y aprovechando la soledad de aquel sitio donde nadie podia verle, intentó realizar por completo sus perversos designios; mas su cuerpo decrépito no correspondió á ellos, y cuanto mayores esfuerzos empleaba, menos conseguia el resultado apetecido; hasta que por último cansado de aquella lucha entre sus años y su lascivia, quedóse dormido á su vez junto al objeto de su pasion, á quien amenazaba una nueva desgracia. ¡Cuán cierto es que la Fortuna no se contenta con poco, cuando convierte en juguete de sus caprichos á cualquier mortal!

Mas para referiros lo que le aconteció, es preciso que me separe un tanto de la línea recta. En el mar del Norte hácia el Ocaso y más allá de Irlanda, se levanta una isla, llamada Ebuda, cuya poblacion es muy escasa, desde que fué casi destruida por la orca fiera y otros mónstruos marinos, que condujo allí Proteo para satisfacer su venganza.

Cuentan las historias antiguas, con fundamento ó sin él, que en aquella isla existia un rey poderoso, el cual tenia una hija dotada de tanta gracia y belleza, que paseando un dia por la orilla del mar, consiguió inflamar el fuego del amor en el corazon de Proteo, mientras este la contemplaba desde el seno de las aguas: el dios marino expió un momento favorable, y apoderándose de la princesa, la abandonó despues dejando en sus entrañas una prenda de su pasion. El rey, implacable y severo, montó en cólera luego que descubrió la falta de su hija, y sin moverle á compasion el estado de la princesa, ni la piedad tan natural en un padre, llevó á cabo su determinacion de darle la muerte, haciendo tambien perecer al inocente hijo antes que hubiera visto la luz del dia. El marino Proteo encargado de apacentar los rebaños de Neptuno, soberano de las aguas, sintió un vivo dolor al saber la desdichada suerte de su amada; y rompiendo en su furor las leyes y órdenes severas de su padre, hizo salir á tierra las orcas, focas y demás mónstruos marinos, que no solo destruyeron toda clase de ganados, sino tambien los pueblos, las aldeas, y hasta sus habitantes. La invasion alcanzó á las ciudades amuralladas, que sitiaron estrechamente, obligando á sus pobladores á permanecer dia y noche armados con gran temor y sobresaltado ánimo. Todos los habitantes de aquella isla se habian visto obligados á abandonar los campos y para salir de una situacion tan violenta, determinaron consultar al oráculo, cuya respuesta fué: que les era preciso buscar una doncella tan hermosa como la princesa muerta, y ofrecerla en cambio de ella al irritado Proteo en la orilla del mar; añadiendo que, si era del agrado de este, la guardaria para sí, cesando en sus estragos; pero de lo contrario habria que presentarle una tras otra, hasta dejarle satisfecho.

Entonces empezó una suerte desgraciada para las doncellas que despuntaban en belleza ó gracia; pues conducidas sucesivamente ante Proteo, para ver si alguna de ellas le complacia, fueron pereciendo desde la primera á la última, devoradas por una orca, que permaneció allí con este intento despues que se alejaron los restantes mónstruos marinos. Fuese falsa ó verdadera esta historia de Proteo, no me atreveré á afirmarlo; pero es lo cierto, que á consecuencia de ella se estableció en aquella isla una ley bárbara contra las mujeres, la cual disponia que se habia de alimentar con su carne á la orca monstruosa, que no dejaba un solo dia de salir á la orilla. Si la condicion de mujer es una desgracia en todas partes, en aquel país lo era mucho más por esta causa.

¡Desgraciadas de las doncellas á quienes los azares de una suerte contraria transportaban á aquellas infaustas playas! No bien aparecia en ellas alguna extranjera, cuando los habitantes, que estaban en perpétuo acecho, las apresaban para ofrecerlas en holocausto al mónstruo; pues cuanto mayor fuera el número de extranjeras que pereciesen, menor seria el de las suyas á quienes alcanzara tan triste suerte. Mas como no siempre los vientos traian á sus costas las víctimas que deseaban, iban constantemente buscándolas por do quiera, recorriendo los mares en fustas, bergantines y toda clase de embarcaciones, y trayendo desde las más cercanas, como desde las más apartadas playas, doncellas que aliviaran su terrible tributo. Muchas consiguieron arrebatar por medio de la fuerza ó de la astucia, algunas con halagos, otras por dinero; de modo que siempre tenian sus torres y calabozos llenos de jóvenes de diferentes paises.

Pasando uno de sus barcos por cerca de la playa solitaria, donde tendida entre malezas y sobre la húmeda yerba yacia dormida la infortunada Angélica, saltaron á tierra algunos marineros para proveerse de agua y de leña, y vieron aquella flor, bella entre todas las flores, en los brazos del ermitaño. ¡Oh presa, harto preciosa y sublime para gente tan feroz y villana! ¡Oh fortuna cruel! ¿Quién habia de pensar que tu influjo en los destinos humanos fuera tan grande, que convirtieras en alimento de un mónstruo á la extraordinaria beldad por quien pasó el rey Agrican desde los montes del Cáucaso con media Escitia á buscar la muerte en las regiones de la India? La sin par belleza por quien Sacripante despreció su honor y su corona; la maravillosa hermosura por quien el Señor de Anglante vió empañada su fama ilustre y perdida su razon; la mujer seductura que trastornó todo el Oriente, y le sujetó á su voluntad, se vé ahora tan abandonada, que no encuentra auxilio alguno, ni siquiera quien le dirija una sola palabra de consuelo.

La desdichada doncella, sumida aun en su letárgico sueño, encontróse encadenada antes que despierta. Los ebudios se apoderaron al mismo tiempo del ermitaño, y juntamente con la jóven le trasladaron á su bajel, lleno de gente afligida y silenciosa. Desplegaron las velas, y pronto llegó la nave á la isla funesta, donde encerraron á Angélica en una fortaleza, y en ella la tuvieron hasta el dia en que le tocó la suerte de ser presentada como cebo al mónstruo marino. Su belleza no pudo menos de conmover á los crueles habitantes de la isla, que por espacio de muchos dias estuvieron difiriendo su muerte, reservándola hasta el último extremo; y mientras contaron con doncellas que sacrificar, prolongaron la vida de Angélica. Por último, la condujeron á la playa, derramando lágrimas de compasion cuantos la rodeaban.

¿Quién será capaz de reproducir exactamente la angustia, el llanto, las quejas y las reconvenciones que se elevaron al cielo? Imposible parecia que no se abriera la tierra cuando, encadenada y privada de socorro, fué puesta la hermosa jóven sobre la helada roca donde la esperaba una muerte tétrica y abominable. No seré yo quien pretenda pintar aquella escena con sus sombríos colores: tan grande es el dolor que lacera mi corazon, que me veo obligado á acudir á otra parte y á escribir versos menos lúgubres, hasta que mi angustia se mitigue; pues ni las escuálidas culebras, ni la tigre más ciega de furor, ni la venenosa serpiente que se arrastra por la candente arena desde el monte Atlas hasta las playas del mar Rojo, podrian contemplar sin sentimiento el espectáculo que ofrecia Angélica atada á la desnuda roca.

¡Oh! Si la hubiese visto su Orlando, que en su afan por encontrarla habia volado á París; si la hubiesen visto los dos guerreros á quienes engañó el viejo astuto por medio del fingido mensajero, salido de las regiones infernales, arrostraran seguramente mil muertes con tal de acudir en su socorro. Pero hallándose tan léjos de ella, ¿qué podrian hacer en su favor, aun cuando llegara á su noticia el apurado trance á que se veia reducida?

París entonces estaba estrechamente asediada por el famoso hijo del rey Trojan. A tal estremidad se hallaba reducida la ciudad, que un dia estuvo cerca de caer en poder de su enemigo; y á no ser porque el Cielo, escuchando benigno los ruegos de los cristianos, envió una abundante lluvia, el Santo Imperio y el gran nombre de Francia hubieran sido destruidos aquel dia por las armas africanas. El Supremo Hacedor, accediendo compasivo á las justas súplicas del anciano Cárlos, apagó con una repentina lluvia el fuego que amenazaba destruir á la ciudad, y contra el que eran ya impotentes todos los esfuerzos humanos. Sábio es el que acude á Dios en sus necesidades, pues nadie mejor que Él puede ampararle: harto bien lo conoció el rey Cárlos, pues únicamente debió su salvacion al auxilio divino.

Orlando pasó la noche recostado en su lecho, entregado á mil encontrados pensamientos: su mente estaba tan pronto fija en una idea como en otra, ó bien las abarcaba todas en un momento, sin detenerse mucho tiempo en ninguna, del mismo modo que los temblorosos reflejos de un agua cristalina, herida por los rayos del Sol ó los del astro de la noche, se reproducen en los techos á gran distancia tan pronto hácia la derecha como hácia la izquierda, y arriba como abajo. El recuerdo de Angélica que volvia á ocupar su imaginacion, por más que no se hubiera borrado de ella, reproducia el fuego de su corazon, avivando la ardiente llama que durante el dia parecia oculta. Habiéndola traido consigo desde el Catay al Poniente, perdió sus huellas al llegar á Francia, y no logró encontrarlas hasta el dia en que Cárlos fué derrotado junto á Burdeos. Grande era el pesar que semejante pérdida causaba á Orlando, y por ello se reprochaba continuamente su debilidad é imprevision.

—¡Alma mia, exclamaba, cuán vilmente me he portado contigo! ¡Ay de mi! ¡cuánto me pesa el haber consentido en que estuvieras bajo la custodia del duque de Baviera por no saber oponerme á tan dura órden, cuando podia continuar viviendo á tu lado dia y noche, mientras tu bondad lo permitiera. ¿No tenia yo razones para impedirlo? Quizá Cárlos no me habria contrariado; y si se hubiera opuesto, ¿quién seria capaz de apoderarse de tí contra mi voluntad? ¿Quién hubiera arrostrado mi despecho? ¿No podria yo haber apelado á las armas, y dejarme arrancar el corazon antes que ceder? ¡Ah! Ni Cárlos ni todos sus guerreros juntos serian bastantes á arrebatarte de entre mis brazos. Si á lo menos te hubiese puesto bajo mejor custodia dentro de París ó en alguna fortaleza;... pero ¿á qué confiarte á Namo? ¿Quién seria capaz de custodiarte mejor que yo en el mundo? A mí me tocaba cuidar de tí hasta la muerte, y te hubiera guardado más que á mis ojos, más que á mi mismo corazon. Y sin embargo, á pesar de ser este mi deber, fuí tan insensato, que no lo cumplí! ¡Dónde te encuentras ahora léjos de mí, alma de mi alma, tan jóven y tan bella! En tí contemplo á la tímida ovejuela que, extraviada en el bosque al desaparecer la luz del dia, va despidiendo tristes balidos, esperando hacerse oir del pastor; mas descubierta por el lobo, cae entre entre sus voraces dientes causando la desesperacion de su dueño. ¿Dónde estás, dónde, dulce esperanza mia? Quizá andarás errante y sola por el mundo... ¡Te habrán acometido quizás los lobos carniceros sin que tu Orlando pueda defenderte!... Y esa preciosa flor, cuya posesion me hubiera colocado entre los dioses; esa flor que durante tanto tiempo he venido respetando por no atentar contra tu castidad, la habrán ¡ay de mí! cogido y marchitado. ¡Oh infortunio! Si esa flor está en efecto profanada, ¿qué puedo querer ya sino morir? ¡Oh, gran Dios! haz que yo sufra todo los tormentos menos ese. Si se realizara lo que temo, con mis propias manos me arrancaria la vida y el alma desesperada!

En tan lastimosas quejas prorumpia Orlando, vertiendo copioso llanto, entrecortado por los suspiros. Mientras todos los seres animados daban reposo á sus cansados miembros ó á su espíritu no menos fatigado, tendidos los unos sobre blandas plumas, otros sobre la dura roca, y otros sobre la yerba ó las hojas de mirtos y hayas, tú solo, Orlando, atormentado por mil pensamientos crueles y encontrados, apenas podias cerrar los párpados, y aunque lograste al fin conciliar un sueño fugitivo y breve, no conseguiste hallar en él la bienhechora calma.

Creíase transportado á una verde rivera esmaltada de olosas flores, desde donde contemplaba el marfil más terso y la púrpura más brillante que Amor haya pintado por su mano, así como las dos clarísimas estrellas donde el mismo Amor alimentaba á las almas presas en sus redes: hablo de los ojos y del rostro seductor que se habian apoderado de su corazon. Sentia el mayor placer, la alegría mayor que pudiera gozar el más feliz amante... cuando de repente estalla una tempestad que destrozó las flores y tronchó las plantas; tempestad tan terrible, que no suele verse otra semejante cuando el Aquilon, el Levante y el Austro luchan encontrados. Parecia como si fuese errando inútilmente por algun desierto, buscando un sitio donde guarecerse. El infeliz, en tanto, perdió de vista á su amada sin saber cómo en medio de una niebla densa, y empezó á buscarla por todas partes, haciendo resonar todos los ámbitos del bosque con su dulce nombre. Al ver la inutilidad de sus pesquisas, exclamaba:—«¡Desgraciado de mí! ¿Quién ha trocado mi alegría en quebranto?»—Oia los gritos de Angélica, que le llamaba en su auxilio, deshecha en lágrimas, y acudia veloz hácia el sitio de donde parecian salir, consumiéndose en infructuosos esfuerzos. ¡Cuán intenso y atroz era su dolor al ver que no le iluminaba la luz de sus ojos! De improviso se dejó oir por el lado opuesto una voz que pronunció estas palabras:—«¡No esperes volver á recrearte en su belleza!»—A tan fatídica exclamacion, despertóse sobresaltado y bañado en copioso llanto.

Sin reflexionar en que son engañosas las imágenes de un sueño producidas por el deseo ó por el temor, le inquietó tanto la suerte de la doncella, á quien veia ya deshonrada ó próxima á mayores peligros, que arrojándose fuera del lecho, se armó de piés á cabeza y ensilló á Brida-de-oro sin el auxilio de ningun escudero. A fin de poder penetrar por cualquier parte en el viaje que se proponia emprender, sin menoscabo de su dignidad, no quiso ostentar en sus armas los colores blancos y rojos de su linaje, sino que escogió otra armadura enteramente negra, quizá porque el color de ella estaba más en armonía con el estado de su alma, y que arrebató á un Amostante á quien habia dado muerte pocos años hacia.

Emprendió su marcha silenciosamente á media noche, sin despedirse ni decir una sola palabra á su tio, ni siquiera á su leal compañero Brandimarte, con quien le unia una estrecha y cariñosa amistad.

Luego que el Sol, esparciendo su dorada cabellera, salió del rico palacio de Titon é hizo huir á las húmedas y oscuras tinieblas, echó el Rey de ver la desaparicion del paladin. Esta fuga le causó el mayor disgusto, pues precisamente en aquella ocasion era cuando más necesitaba de su presencia y de la ayuda de su poderoso brazo: así es que no pudiendo contener su cólera, prorumpió en quejas y en las más amargas censuras contra su sobrino, llegando á amenazarle con que le haria arrepentirse de su falta si no regresaba inmediatamente.

Brandimarte, que amaba á Orlando como á sí mismo, no pudo permanecer sin él; y bien fuese porque le sonrojaran los denuestos y amenazas que se dirigian á su amigo, ó bien por abrigar la esperanza de hacerle volver, alejóse en su busca en cuanto aparecieron las primeras sombras de la noche, sin participar á Flor-de-Lis su intento, á fin de que no se lo estorbara.

Era Flor-de-Lis una doncella á quien amaba en extremo Brandimarte, y á la verdad con justo motivo, pues no solo estaba dotada de belleza, gracias y donosura; sino tambien de prudencia y perspicacia. Si su amante no se despidió de ella, consistió únicamente en que esperaba volver á su lado al dia siguiente; pero los sucesos que sobrevinieron contrariaron su propósito. Cuando vió Flor-de-Lis que transcurria un mes entero sin que él regresara, no pudo resistir á la inquietud ni al deseo de estar en su compañía, y marchó en su seguimiento sin guia, completamente sola. Muchos fueron los paises que recorrió buscándole, como diré cuando sea ocasion oportuna: por ahora dejaré de ocuparme de ambos, por ser más necesario referir lo que importa al caballero de Anglante; el cual, una vez que se hubo despojado de los gloriosos blasones de los Almontes, se dirigió hácia una de las puertas de París, y diciendo en voz baja su nombre al capitan de guardia, hizo que le bajaran el puente levadizo, y emprendió el camino que conducia más directamente al campo enemigo. Lo que despues le aconteció, se verá en el canto siguiente.

Canto IX

Tanto camina Orlando, que al fin llega á un sitio donde le refieren la historia de Proteo y de la isla de Ebuda.—Conmovido por la narracion de las desgracias de Olimpia, decídese á combatir contra el rey Cimosco, que tenia encerrado en una oscura prision al esposo de aquella princesa.—Cumple su promesa y se aleja de Holanda.—Bireno y Olimpia pasan á Zelanda para celebrar nuevamente sus bodas.

¿Qué no será capaz de hacer un corazon á quien haya rendido el pérfido y cruel Amor, cuando este fué causa de que Orlando diera al olvido la lealtad que á su señor debia? Hasta entonces habia sido prudente, respetuoso y acérrimo defensor de la santa Iglesia; más ahora, enloquecido por una insensata pasion, ni se cuida de Dios, ni de su tio, ni siquiera de sí mismo. Por mi parte no puedo menos de excusarle, y hasta me halaga tener tal imitador de mi principal defecto; pues tambien yo soy descuidado y refractario al bien, mientras que corro dispuesto y ágil tras aquello que me perjudica.

Cubierto con su negra armadura abandonó Orlando á Paris, dejando allí sin sentimiento á sus muchos amigos, y se dirigió hácia donde los soldados de España y África estaban acampados, ó mejor dicho, donde estaban guarecidos bajo los árboles, y restos de tiendas, formando grupos de veinte, diez, ocho, siete y hasta cuatro guerreros; pues hasta tal extremo los habia diseminado la lluvia. Más ó menos distantes entre sí, ninguno podia entregarse á su satisfaccion al descanso, y dormian apoyados en el codo ó tendidos en tierra. En aquella ocasion propicia le hubiera sido muy fácil al conde exterminar impunemente un gran número de adversarios; pero no quiso desenvainar su Durindana.

Llevado de la nobleza de su corazon, se resistió á acuchillar á sus enemigos dormidos, y se puso á buscar por todas partes las huellas de su amada. Si encontraba alguno despierto, le daba las señas de Angélica, y le suplicaba por favor que le indicase el sitio donde podria encontrarla. Luego que fué de dia, recorrió todo el campamento sarraceno, lo cual pudo efectuar sin riesgo alguno, merced á la arábiga armadura de que iba revestido, así como á sus conocimientos en el idioma africano que hablaba con tanta perfeccion, que se le hubiera creido nacido y educado en Trípoli.

Sus minuciosas pesquisas le detuvieron tres dias en aquel campo, sin conseguir resultado alguno: despues, no solo fué registrando todas las ciudades y pueblos de Francia y sus distritos, sino que examinó cuidadosamente hasta la más apartada aldea de la Auvernia y la Gascuña, y continuó sus exploraciones desde la Provenza hasta los confines españoles.

Cuando Orlando empezó su peregrinacion era la época en que termina Octubre y empieza Noviembre; la estacion en que los árboles se ven despojados de sus hojas, y van poco á poco descubriendo sus ramas hasta que quedan desnudos del todo; esa estacion en que los pájaros se dirigen formando compactas y numerosas bandadas en busca de climas más templados. Transcurrió todo el invierno sin que el enamorado guerrero cesara en su tarea, y en ella le sorprendió todavia la primavera.

Pasando un dia, segun su costumbre, de uno en otro país, llegó á la orilla de un rio que separa la Normandia de la Bretaña, y sigue tranquilo su curso hácia el vecino mar; pero entonces, aumentado su caudal con los deshielos y las filtraciones de las montañas, se precipitaba crecido y lleno de blancas espumas, despues de haber arrastrado en su violencia el puente que ponia en comunicacion á una y otra provincia. Empezó el paladin á examinar aquellos contornos para ver si encontraba un medio de pasar á la otra orilla, cosa bastante difícil no siendo pez ni ave, cuando descubrió una barquilla que bogaba en su demanda, en cuya popa se veia sentada una doncella, la cual le dió á entender por medio de señas que se dirigia hácia él. Aguardó en consecuencia, el arribo de la navecilla; pero esta no llegó á tocar la tierra, por cuidar sin duda la que la gobernaba de que nadie se embarcara contra su voluntad. Orlando le rogó que le recibiese á bordo y le trasladase á la orilla opuesta; mas ella le contestó:

—Aquí no pone nadie el pié, sin que antes me prometa bajo su fé de caballero acceder á mi demanda, aceptando el combate más justo y más honroso del mundo. Por lo tanto, caballero, si es que deseais valeros de mí para saltar en la otra orilla, prometedme que antes de terminar el mes próximo, iréis á uniros al rey de Hibernia, que en este momento reune una fuerte armada para destruir la isla de Ebuda, la más cruel de cuantas el mar rodea.—Sin duda sabreis, que más allá de la Irlanda existe, entre otras muchas, una isla llamada Ebuda, cuyos habitantes, obedeciendo á una ley bárbara, van de costa en costa apoderándose de cuantas mujeres les es posible para ofrecerlas despues como alimento á un animal voraz que, saliendo del mar diariamente, encuentra siempre una doncella que devorar. Tambien reciben numerosas cautivas de los corsarios ó de los mercaderes de esclavas que merodean por los mares, muchas de ellas hermosísimas. A una por dia, podeis calcular cuántas jóvenes habrán perecido ya! Si en vuestro corazon se alberga la piedad; si no sois rebelde al amor, no dudo que os apresurareis á reuniros á aquellos guerreros que aperciben en este momento sus armas para tan noble cuanto humanitario objeto.

Aun no habia acabado la dama de pronunciar estas palabras, cuando ya Orlando le juraba ser el primero en aquella empresa, como quien no puede oir hablar de una accion inícua é infame, obligándole la indignacion á interrumpir su relato. Lo que acababa de saber le hizo pensar y temer que Angélica hubiera caido en manos de aquella gente; pues de otro modo no era posible que no obtuviera indicio alguno de su existencia, despues de haberla buscado por tantos sitios. Preocupóle de tal modo esta idea, que haciéndole olvidar su intento, determinó navegar hácia la isla cruel con toda la velocidad que le fuera posible; y antes de que traspusiera un nuevo sol el horizonte, se embarcó en un bajel que pudo proporcionarse en Saint-Maló, y desplegadas las velas, pasó por la noche junto al Monte de San Miguel, dejó á la izquierda á Saint-Bricue y Landriglier, y fué costeando las extensas playas de Bretaña virando despues hácia las blancas arenas que dieron á la Inglaterra su antiguo nombre de Albion; pero de repente cesó de soplar el viento Sur, y el Aquilon y el Poniente se desataron con tal fuerza, que hubo necesidad de arriar todas las velas y virar en redondo, de suerte que en un solo dia perdió la embarcacion el camino que habia hecho en cuatro, y gracias á la experiencia y presencia de ánimo del piloto que procuró correr la tempestad en alta mar, no se estrelló contra las rocas como un frágil vidrio.

Despues de cuatro dias de soplar furiosamente, aplacó el viento su impetuosidad, y entonces pudo el bajel entrar en la desembocadura del rio que corre junto á Amberes. Apenas entró en ella el fatigado piloto con su bajel averiado, y consiguió echar el ancla en una lengua de tierra que se extendia en la orilla izquierda de aquel rio, cuando se vió aparecer un anciano de avanzada edad, á juzgar por sus blancos cabellos, el cual saludó á todos con la mayor cortesía; despues se dirigió al Conde en la creencia de que era el jefe de aquella gente, y le rogó de parte de una doncella sumamente bondadosa y afable además de hermosa, que se dignase ir á visitarla ó le concediera una entrevista á bordo de la nave, adonde ella acudiria, añadiendo que ninguno de cuantos caballeros errantes habian llegado á aquel país se habia resistido á conceder tal favor, pues todos, bien arribaran por mar ó por tierra, se habian apresurado á tener una entrevista con la jóven, y á darle los consejos que más convenientes creian en su situacion apurada y cruel.

Orlando, al oir esto, saltó en tierra sin detenerse un momento, y en su calidad de galante al par que humanitario caballero, siguió en pos del anciano. Condújole este á un palacio, en cuya escalera esperaba una dama, enlutada exterior y tambien interiormente, á juzgar por las señales de dolor impresas en su semblante; las galerías, las cámaras y los salones del palacio, todo estaba cubierto asimismo de negros paños. Aquella dama, despues de haber dispensado á Orlando la más benévola y honrosa acogida, le rogó que tomara asiento, y le dirigió la palabra en estos términos:

—Debeis saber, caballero, que soy hija del conde de Holanda. Aun cuando no fuí su única descendiente, pues tuve otros dos hermanos, me amaba mi padre con tal ternura, que jamás se opuso á mi menor deseo. Tranquila y feliz transcurria mi existencia, cuando llegó un noble personaje á nuestro país. Era duque de Zelanda, y se dirigia á Vizcaya á pelear contra los moros. Su extremada gentileza, su edad juvenil, y sobre todo mi corazon, vírgen aun de todo amor, hicieron que me prendara de él fácilmente, con tanto mayor motivo, cuanto que creia y creo, y creo creer la verdad, que á su vez me amaba y me ama con sinceridad completa.

»Aquellos dias que le retuvieron á mi lado los vientos, contrarios para los demás y para mí propicios (pues cuando para los otros fueron cuarenta, á mí me parecieron un momento, segun la velocidad con que transcurrieron), los pasamos entretenidos en amorosos coloquios, y prometiéndonos mútuamente encender la antorcha de himeneo con toda solemnidad en cuanto él regresara de la guerra.

»Apenas se habia separado de nosotros Bireno, que así se llama mi leal amante, cuando el rey de Frisia, cuyo reino está separado de nuestros estados por ese rio, formó el proyecto de casarme con su hijo único, llamado Arbante, y envió en su consecuencia á Holanda los principales caballeros de su corte, con el encargo de pedir á mi padre mi mano. Yo que no podia faltar á la fé jurada á mi amante, y que aun cuando lo intentara, el amor no me hubiera permitido corresponder á su lealtad con tan negra ingratitud, me decidí á desbaratar aquella negociacion, próxima á realizarse, y dije terminantemente á mi padre, que preferia la muerte á desposarme con el príncipe de Frisia. Mi buen padre, que no tenia otra voluntad que la mia, no quiso contrariarme, y dispuesto á enjugar el llanto que yo derramaba, retiró la palabra dada á los enviados del rey vecino, rompiéndose por lo tanto las negociaciones entabladas.

»Fué tal el despecho que causó este resultado al orgulloso rey de Frisia y tanta su cólera, que invadió la Holanda y empezó la guerra infausta, ocasion de la muerte de todos los mios. Además de estar dotado aquel monarca de un vigor y una fuerza cual no se ven otras en nuestra edad, y de que era tal su habilidad en hacer daño y tan consumada su astucia, que ni el ingenio, ni la audacia, ni la misma fuerza podian resistirle, hacia uso de un arma completamente desconocida de los antiguos y aun de los modernos, excepto él. Esta arma consiste en un hierro hueco, de unas dos brazas de longitud, en cuyo interior coloca ciertos polvos y una bala. Hácia la parte posterior de aquel tubo, y por donde está cerrado, toca con una mecha encendida un respiradero apenas perceptible, del mismo modo que el médico suele tocar el sitio por donde se ha de ligar una vena, y entonces sale la bala con un estrépito semejante al de un trueno, y abrasa, abate, hiende y destroza cuanto toca, siendo sus efectos tan destructores como los del mismo rayo.

»Con este ardid infame consiguió derrotar dos veces á nuestro ejército, y dar muerte á mis hermanos: en el primer encuentro, sucumbió el mayor con el pecho traspasado por una bala que le atravesó la coraza; en el combate siguiente, pereció el segundo mientras iba huyendo, por haberle alcanzado otra bala que le entró por la espalda y le salió por el pecho. Defendiéndose otro dia mi padre en el único castillo que le quedaba, por haberle despojado su enemigo de cuanto poseia, fué muerto del mismo modo; pues en ocasion en que iba de un lado para otro, atendiendo á todo y dando sus órdenes, recibió en medio de la frente un tiro fatal, dirigido por el traidor, que le estuvo apuntando desde léjos.

»Muertos mi padre y mis hermanos, y habiendo quedado yo por única heredera de la isla de Holanda, el rey de Frisia, que tenia deseos de fijar definitivamente la planta en mis estados, me hizo saber, así como á todos mis súbditos, que me otorgaria la paz con tal de que aceptara lo que antes rechacé y consintiera en ser esposa de su hijo Arbante. La respuesta que le dí fué inspirada, no tanto por el odio que sentia intensamente hácia él y hácia toda su inícua estirpe, que habian dado muerte á mi padre y mis dos hermanos, y saqueado, destruido é incendiado á mi patria, como porque no quise faltar á la promesa que habia hecho á Bireno de no casarme con nadie hasta su regreso de España. Así pues, le contesté, que el dolor que padecia me daba fuerzas para soportar otros ciento, y cuantos pudieran ocasionárseme, y que antes que acceder á su demanda, preferia la muerte, que me quemaran viva y esparcieran al viento mis cenizas.

»Mis súbditos procuraron apartarme de tal propósito, unos por medio de ruegos, y amenazándome otros con entregarme al príncipe, entregándole al mismo tiempo mis estados, antes de que mi obstinacion ocasionara la ruina de todos. Cuando vieron que tan inútiles eran sus ruegos como sus amenazas, y que seguia firme en mi resolucion, pusiéronse de acuerdo con el rey de Frisia á quien entregaron la fortaleza juntamente con mi persona, conforme habian dicho. El Rey portóse cortesmente conmigo, y prometió conservarme la vida y el reino, con tal de que torciera mi voluntad y diera la mano á su hijo Arbante. Al verme obligada á ceder á la fuerza, anhelé la muerte, que por lo menos me devolveria la libertad; pero el deseo de la venganza me estimulaba más que cuantas injurias habia recibido. Forjé en mi mente mil proyectos, y comprendí por último que el disimulo seria el partido mejor que en mi desesperada situacion abrazar pudiera; y decidida á adoptarlo, finjí que deseaba acceder á sus instancias, que no podian menos de serme gratas, y que, concediéndome su perdon, me uniera á su hijo.

»Persistiendo siempre en mis propósitos, escogí, entre los muchos servidores de mi padre, dos hermanos dotados de singular ingenio y de gran corazon, pero más aun de una lealtad á toda prueba, por haber sido criados en la corte, y haber vivido á nuestro lado desde su más tierna infancia; tan adictos á mi persona, que no hubieran titubeado en ofrecer su vida por salvarme. A ellos, pues, comuniqué mis designios, y como esperaba, ofreciéronme su incondicional ayuda. Uno de los dos pasó á Flandes, donde aprestó un bajel; al otro le conservé á mi lado en Holanda.

»En tanto que los extranjeros como los del país se preparaban para solemnizar mis bodas, llegó la noticia de que Bireno estaba reuniendo en Vizcaya una flota para venir á Holanda. Estos preparativos eran á consecuencia de un aviso que determiné enviarle por medio de un mensajero, apenas terminó la primera batalla en que fué derrotado y muerto un hermano mio; pero mientras Bireno procuraba reunir aquella armada, tuvo tiempo el rey de Frisia de conquistar todos nuestros estados. Mi amante, ignorando esta circunstancia, continuaba alistando bajeles y soldados; y teniendo conocimiento de ello el Rey frison, dejó al cuidado de su hijo los preparativos de nuestro casamiento; hízose despues á la mar con todos sus buques; salió al encuentro del Duque, y atacándole con ímpetu, quemó y echó á pique toda su flota, y le hizo prisionero. ¡Así lo tenia dispuesto el destino!

»Aun no habia llegado á mi noticia este desastre, cuando me ví obligada á casarme con el Príncipe, el cual quiso usar aquella misma noche de sus derechos de esposo. Yo habia ocultado detrás de las cortinas del lecho nupcial á mi fiel criado, que no se movió hasta que vió al Príncipe dirigirse á mí; y no teniendo paciencia para esperar á que este se acostara, se lanzó hácia él, y con brazo vigoroso le hendió de un hachazo la cabeza, arrancándole la vida y la palabra á un tiempo mismo: inmediatamente salté del lecho, y tuve valor para cortarle al cuello. Aquel príncipe mal nacido cayó á mis piés, como cae el toro bajo la maza del carnicero, vengándome así del inícuo rey Cimosco: este era el nombre del impío rey de Frisia, que habia sacrificado á mi padre y mis dos hermanos, y que para tener un pretexto de apoderarse de mis dominios, pretendia casarme con su hijo, con la intencion quizás de arrancarme tambien algun dia la vida.

»Antes de que se atravesara cualquier obstáculo, recogí cuantos objetos de valor hallé á mano, y en seguida mi compañero me descolgó por una ventana, atada á una cuerda, dirigiéndonos aceleradamente al sitio donde nos esperaba su hermano con la embarcacion que habia aprestado en Flandes. Desplegamos las velas, empuñamos los remos, y nos pusimos en salvo como á Dios plugo.

»No sé si pudo más en el rey de Frisia el dolor que le causara la muerte de su hijo, ó la ira que contra mí debió inflamarle, cuando regresó al dia siguiente al sitio testigo de mi venganza. Volvia orgulloso con la victoria alcanzada, y trayendo á Bireno cautivo; mas se encontró con un espectáculo funesto, cuando esperaba hallar bodas y festejos.

»Por algun tiempo atormentóle noche y dia el recuerdo de su hijo y su odio rencoroso contra mí; pero como el llanto no consigue devolver la vida á los muertos, y con la venganza se suele aplacar el odio, determinó unir aquella parte de su imaginacion consagrada á llorar la muerte del Príncipe con la que me dedicaba su furor, á fin de calcular los medios de que habria de valerse para apoderarse de mí y castigarme cruelmente. Por de pronto, mandó degollar, quemar vivos ó encarcelar á cuantos le habian indicado como partidarios mios ó que me habian prestado algun auxilio en mi empresa. Propúsose despues matar á Bireno para vengarse de mí, suponiendo que seria el sentimiento más cruel que pudiera causarme; pero reflexionando que mientras estuviera en su poder podria servirse de él como de un medio eficaz para hacerme caer en los lazos que me tendiera, le conservó la vida, imponiéndole sin embargo una condicion cruel y dura. Le dió un año de término, al fin del cual lo sacrificaria irremisiblemente, si antes no procuraba por fuerza ó por astucia, ó bien valiéndose de sus amigos y parientes y empleando todos los medios que estuvieran á su alcance, entregarme en sus manos: de modo que mi muerte era lo único que podia salvar su vida.

»Cuanto es humanamente posible hacer para conseguir su libertad, excepto entregarme en poder de mi enemigo, otro tanto he puesto por obra: poseia seis castillos en Flandes y todos los he vendido: parte de lo poco ó mucho que me han proporcionado estas ventas lo he invertido en sobornar á los guardianes de mi amante, por medio de personas astutas, para lograr su evasion, y la otra parte en incitar á los ingleses y á los alemanes á que tomaran las armas contra aquel tirano; pero mis emisarios, ya sea porque hayan cumplido mal con su deber, ó porque fueran inútiles sus esfuerzos, me han dado muchas palabras, pero ningun auxilio; y hoy me desprecian despues de haberme dejado arruinada. Entre tanto, está próximo á espirar el plazo fatal, que una vez terminado será causa de que no lleguen á tiempo ni la fuerza ni el dinero, y de que mi adorado esposo sufra la muerte más cruel.

»Por él han muerto mi padre y mis hermanos; por él me he visto despojada de mi trono: los pocos bienes que me quedaban y que constituian mi único sosten, los he disipado por sacarle de su prision; ya no sé qué partido tomar, como no vaya yo misma á entregarme á mi enemigo más cruel, y salvar de este modo su vida. Y puesto que nada me queda por hacer, y no encuentro otro medio de conseguir su libertad que ofrecer en su holocausto esta vida, me será grato hacerlo así con tal de que respeten la suya. Un solo temor me detiene, y es el de que no sabré hacer un pacto tan estudiado, que me asegure de que el tirano no ha de engañarme despues de haberme puesto bajo su poder. Temo que, despues de tenerme encarcelaba, y cuando me haya hecho sufrir los tormentos que se le antojen, no ponga, á pesar de todo, en libertad á Bireno, impidiéndome escuchar la expresion de su agradecimiento; temo que la rabia que le posee y su conciencia perjura le induzcan á no darse por satisfecho con mi muerte, y haga despues con Bireno lo mismo que tenga decidido hacer conmigo.

»Ahora bien; el objeto que me mueve á referiros mis desgracias, así como se las refiero á cuantos señores y caballeros llegan á este país, es únicamente el de ver si, hablando con tantos, hay alguno que me indique un medio para estar segura de que, una vez entregada en manos del traidor Cimosco, no retendrá este en su poder á Bireno; pues no quisiera que, despues de muerta yo, muriera él tambien. He rogado á algun guerrero que esté presente en el momento de entregarme al rey de Frisia; pero que me prometa bajo su fé que este cambio se efectuará de modo que mi presentacion coincidirá con la libertad de Bireno, de modo que cuando me inmolen, exhale contenta mi último suspiro, en la seguridad de que mi muerte habrá dado la vida á mi esposo. Hasta ahora, sin embargo, no he encontrado quien me dé su palabra de que, cuando me presente á Cimosco, no consentirá que este Rey se apodere de mí sin darme antes á Bireno; tanto es lo que todos temen aquellas armas contra las cuales de nada sirven las corazas, por fuertes y resistentes que sean.

»¡Ah, señor! Si vuestro valor corresponde á vuestro altivo semblante y hercúleo aspecto; si os es posible acompañarme ante el rey de Frisia, y sacarme de su poder en el caso de que no cumpla lo que promete, dignaos venir conmigo á ponerme en sus manos, y así no abrigaré el temor de que muera mi esposo en cuanto yo deje de vivir.»

Aquí dió fin la doncella á su razonamiento, frecuentemente interrumpido por el llanto y por los suspiros. Orlando, que estaba siempre dispuesto á acudir en auxilio de los desgraciados, se apresuró á contestar á la Princesa en breves palabras, pues era por naturaleza conciso, que haria mucho más de cuanto ella le pedia, y que se obligaba á socorrerla bajo su fé de caballero. Opúsose abiertamente á que se entregara en manos de su enemigo para librar á Bireno, asegurándole que mientras no le faltasen su espada ni su acostumbrado esfuerzo, él solo era bastante para salvar á entrambos.

Sin esperar á más, se pusieron aquel mismo dia en camino, aprovechando un viento propicio y una mar bonancible. Deseoso el paladin de llegar sin pérdida de tiempo á la isla de Ebuda, aceleró la marcha cuanto pudo. Un piloto hábil fué dirigiendo la maniobra, mientras atravesaron por uno y otro lado los numerosos estrechos que separan las islas de Zelanda, que fueron dejando tan pronto delante como detrás, hasta que al tercer dia desembarcó Orlando en Holanda; pero no permitió que saltara en tierra la Princesa, víctima del rey de Frisia, por haberse propuesto el guerrero hacer llegar á su noticia la muerte del pérfido monarca antes que desembarcara.

Encaminóse por aquella costa el paladin, completamente armado y cabalgando en un caballo tordo, nacido en Dinamarca, criado en Flandes, y más grande y fuerte que ligero. Orlando habia dejado en Bretaña su corcel, aquel Brida-de-oro tan corredor y de tan hermosa estampa, únicamente á Bayardo comparable. Llegó á Dordrecht, cuyas puertas estaban custodiadas por numerosa gente armada, ya por seguir la precaucion usada siempre, que nunca esta de más en un país recien conquistado, ya tambien por haber llegado poco antes la noticia de que se dirigia allí desde Zelanda un primo del caballero encarcelado, con una flota compuesta de bastantes buques y tropas de desembarco.

Orlando rogó á uno de los guardas que diera aviso al Rey de que un caballero andante deseaba medirse con él á espada y lanza; pero bajo la condicion, aceptada de antemano, de que, si el Rey vencia á su retador, le seria entregada la princesa que dió muerte á Arbante, pues la tenia depositada en un sitio próximo desde donde fácilmente la pondria en sus manos. En cambio esperaba del monarca la promesa de que, si era él el vencido, daria inmediatamente la libertad á Bireno, y le dejaria ir á donde mejor le pareciese.

El soldado desempeñó presuroso este encargo; mas Cimosco, para quien la virtud y la cortesía eran completamente desconocidas, concibió al instante una idea inspirada por el fraude, la traicion y el engaño. Parecióle que apoderándose de aquel guerrero, lograria tambien apoderarse de la dama que tan cruelmente le habia ofendido, si era cierto que la Princesa estaba en poder de aquel, y no habia comprendido mal el mensajero. Dispuesto á realizar este plan, hizo que treinta de sus soldados salieran por una puerta de la ciudad, opuesta á aquella donde Orlando le esperaba, los cuales despues de dar un largo rodeo, se colocaron á espaldas del Paladin. El traidor, en tanto, habia ido ganando tiempo con fútiles palabras y pretextos, y cuando vió que los treinta ginetes habian llegado al sitio convenido, salió él al frente de igual número de guerreros. Así como el diestro cazador suele rodear á la fiera que persigue, cercando el bosque en que se encuentra por todos lados, ó como el pescador de Volana circuye con prolongadas redes el espacio de mar donde va acorralando la pesca, del mismo modo procuró el rey de Frisia cerrar al caballero todos los caminos por donde pudiera escapar. Pretendia cojerle vivo, y estaba tan persuadido de la facilidad de su empresa, que no llevó consigo aquel rayo terrestre con que habia exterminado tanta y tanta gente, por no parecerle necesario en aquella ocasion, en que no se trataba de matar, sino de aprisionar. El rey Cimosco pretendió obrar entonces á la manera del cauto cazador de pájaros, que conserva vivos á sus primeros cautivos, á fin de que con sus juegos y sus reclamos atraigan mayor número de pájaros á sus redes; pero Orlando no era de los que se dejaban atrapar con facilidad, y en breve rompió el círculo en que le habian encerrado.

El Caballero de Anglante enristró su lanza contra el grupo más compacto de sus enemigos, y atravesó con ella á uno, luego á otro, y otro, pues no parecia sino que fueran de masa: hasta seis traspasó manteniéndolos enristrados en su lanza, y por no ser esta bastante larga para que cupiera en ella el cuerpo de otro hombre, quedó el séptimo fuera; pero tan mal herido, que no tardó en sucumbir. No de otra suerte procede el hábil arquero, cuando en las orillas de los canales ó de los fosos, dirije sucesivamente su flecha contra las ranas, que atravesadas por los costados ó por las espaldas, unas en pos de otras, pronto cubren la saeta de un extremo á otro. Orlando arrojó léjos de sí su cargada lanza, y desnudando el acero, se preparó á combatir contra sus demás adversarios.

Rota la lanza, empuñó aquella espada que jamás dió un golpe en vago, y cada uno de sus tajos ó estocadas hizo morder el polvo á un infante ó á un ginete: donde alcanzó su hoja terrible tiñó de rojo el azul, el verde, el blanco, el negro ó el amarillo. Entonces se arrepintió Cimosco de no haber llevado consigo el tubo de hierro y el fuego, precisamente cuando más los necesitaba, y con grandes voces y amenazas ordenó que se los trajeran; pero nadie le dió oidos, porque cuantos lograban refugiarse en la ciudad, no se aventuraban á salir de ella. Al ver el rey de Frisia la fuga de sus guerreros, se decidió á imitarles: corrió á la puerta y quiso alzar el puente levadizo; pero Orlando, persiguiéndole de cerca, no le dió tiempo para ello. Entonces el monarca volvió de nuevo las espaldas, dejando á su adversario dueño del puente y de ambas puertas, y huyó, adelantándose á todos en su carrera, merced á la velocidad de su corcel. Orlando no se dignó acometer á los miserables satélites de Cimosco: á este, y á nadie más, deseaba arrancar la existencia; pero su caballo era poco á propósito para la carrera, mientras que el del fugitivo parecia tener alas. Al revolver de una esquina desapareció á la vista del paladin; pero poco tardó en volver con nuevas armas, por haber conseguido que le llevaran el tubo de hierro y el fuego; y colocándose tras de una piedra, le esperó escondido, como el cazador, armado de su venablo y rodeado de sus perros, espera al fiero javalí, que en su destructora carrera troncha las ramas, derriba los peñascos, y por do quiera que levanta su orgullosa frente, parece que se hunda con estrépito la selva y que se conmueva el monte.

Cimosco estaba en su puesto, acechando el momento en que pasara el audaz Conde para hacerle pagar cara su osadía; cuando le divisó, aproximó el fuego al orificio del hierro, que instantáneamente despidió una viva llama, brillando por su parte posterior como un relámpago y estallando como un trueno por delante: retemblaron las murallas, estremecióse el terreno bajo las plantas del monarca, y en los cielos retumbó aquel sonido aterrador. El proyectil ardiente, que atraviesa y destroza cuanto encuentra á su paso y á nadie perdona, lanzó un estridente silbido, pero contra lo que esperaba aquel nefando asesino, no produjo efecto alguno. Bien sea por precipitacion, ó porque el mismo deseo de herir al Conde le hiciera errar la puntería; bien fuese porque el corazon, temblando como la hoja en el árbol, hiciera temblar á su vez las manos y los brazos, ó bien porque la bondad divina no permitió la prematura muerte de su fiel campeon, la bala fué á hundirse en el vientre del caballo, que cayó en tierra, de donde no se levantó más.

Cayeron en tierra el caballo y el caballero: el uno la oprimió con su peso; mas apenas la tocó el otro, cuando se levantó rápidamente, cual si la caida hubiese redoblado su vigor y aliento: y así como el líbico Anteo solia levantarse con más fiereza cada vez que tocaba la arena, así tambien, al levantarse Orlando, pareció que el contacto con el suelo habia aumentado sus fuerzas. El que haya visto alguna vez caer el fuego que Júpiter despide con horrible estrépito, y le haya visto además penetrar en un sitio cerrado que contenga carbon, azufre y salitre, donde apenas llega, apenas toca un instante, parece que se inflame, no solo la tierra, sino tambien el cielo, y arruina las murallas, y hiende pesados mármoles y hace saltar los peñascos hasta las estrellas, podrá formarse una idea del aspecto del Paladin al levantarse del suelo; aspecto tan terrible é iracundo, que haria temblar al mismo Marte en el cielo.

Sobrecogido de espanto el rey de Frisia, al contemplarle, volvió las riendas para huir; pero Orlando corrió en pos de él con más velocidad que la saeta disparada por la cuerda. Hizo entonces yendo á pié lo que antes no habia conseguido á caballo; pues le persiguió con una ligereza que excedia á toda ponderacion. Alcanzóle en breve, y de un solo tajo le hendió la cabeza hasta el cuello, tendiéndole exánime á sus piés.

De pronto circuló por la ciudad un nuevo rumor, un nuevo estrépito de armas. El primo de Bireno acababa de llegar con las tropas que traia de su país, y encontrando abiertas las puertas, entró en aquella ciudad tan aterrada por las hazañas de Orlando, que la recorrió toda sin hallar la menor oposicion. Ignorando la poblacion quiénes eran y qué querian aquellos guerreros, huyó desordenadamente; pero no bien echaron de ver algunos habitantes que los recien llegados eran de Zelanda, segun demostraba su traje y su lengua, desplegaron bandera blanca en señal de paz, y pidieron al jefe de aquel ejército que se pusiera á su frente, y les ayudara á castigar al rey de Frisia, que por tanto tiempo habia tenido á su Duque aherrojado en una prision. El pueblo habia sido siempre enemigo de Cimosco y de todos sus secuaces; porque habia dado muerte á su antiguo Señor, y más aun porque era injusto, impío y rapaz. Orlando se interpuso como amigo entre ambas partes, y consiguió que ajustaran las paces; unidos despues los dos ejércitos, no dejaron un solo frison con vida, ó por lo menos, que no fuese hecho prisionero.

En seguida, para no entretenerse en buscar las llaves de los calabozos, echaron abajo las puertas, y pusieron en libertad á Bireno, que con las frases del mayor reconocimiento, dió gracias á Orlando por la merced que acababa de hacerle. De allí se dirigieron juntos, y seguidos de muchos guerreros, al bajel en que estaba esperando Olimpia: este era el nombre de la dama á quien de derecho correspondia el dominio de aquella isla; de la afligida doncella, acompañada hasta allí por Orlando, la cual nunca hubiera pensado que el paladin hiciera tanto en su obsequio; pues se contentaba con alcanzar la libertad de su esposo á trueque de su existencia. El pueblo al verla prorumpió en aclamaciones y la reverenció hasta lo infinito.

Largo seria de referir las cariñosas muestras de amor que mútuamente se dieron Olimpia y Bireno; así como las repetidas acciones de gracias que á Orlando prodigaron los dos. El pueblo repuso á la princesa en el trono de sus padres, y le juró fidelidad. Olimpia confió el gobierno del Estado y aun de si misma á Bireno, á quien la habia ligado Amor con indisoluble lazo. Ocupando despues otros cuidados la atencion de Bireno, dejó á su primo por custodio de todas las fortalezas y demás dominios de la isla, pues habia formado el proyecto de volver á Zelanda llevando consigo á su fiel consorte. Pretendia además probar de nuevo la suerte de las armas contra los frisones, contando con una prenda que habia caido en su poder, para él de gran valor: era esta la hija de Cimosco, que habia quedado cautiva con un gran número de sus parciales, y á quien queria dar por esposa á un hermano suyo, menor de edad.

El Senador romano se alejó de aquel país el mismo dia en que rompió las cadenas de Bireno. Entre tantos despojos como habia conquistado, no quiso quedarse con nada más que con aquella arma que, segun he dicho, se asemejaba al rayo en sus efectos. Su intencion, al escojerla para sí, no habia sido la de utilizarla en su defensa, pues siempre tuvo por impropio de ánimo varonil acometer cualquier empresa con ventaja: su objeto fué el de arrojarla á un sitio desde donde jamás pudiera ofender á nadie, y á este fin, se llevó consigo los polvos, las balas y todo cuanto tenia relacion con aquella arma. En cuanto se halló en alta mar á una distancia tal que por ninguna parte se divisaba el menor indicio de las costas, la cogió y dijo:

—A fin de que ningun caballero pueda confiar en tí para ser audaz impunemente, y para que jamás llegue á vanagloriarse el perverso de haber triunfado del valor del bueno, queda aquí sepultada. ¡Oh invencion abominable y maldita, que fuiste fabricada en las profundidades del averno por mano del mismo Belcebú, dispuesto sin duda á esterminar el mundo por medio de tí; vuelve al seno de los infiernos de donde has salido!

Así diciendo, la arrojó al abismo.

Hinchadas las velas por un viento favorable, impelieron su bajel en demanda de la isla fatal. Tanto era el deseo que el Paladin tenia de saber si se encontraba en ella la mujer á quien amaba más que todo cuanto existia en el mundo, y sin la cual le era odiosa la vida, que temía tropezar con alguna nueva aventura si ponia el pié en Hibernia, y tener que arrepentirse luego de no haber acudido más presuroso. Así es que no hizo escala en Inglaterra, ni en Irlanda, ni en las opuestas costas. Pero dejémosle encaminarse á donde le envia el ciego rapaz, cuyas flechas le han atravesado el corazon: antes de proseguir su historia, quiero volver á Holanda, adonde os invito á que me acompañeis; pues no dudo que os desagradaria, como á mí, que las bodas se celebraran sin nosotros. Los preparativos de la fiesta eran espléndidos y suntuosos; pero no tanto, segun decian, como los de la que se proponian celebrar en Zelanda. No pretendo, sin embargo, que acudais á ella; porque surgirán nuevos incidentes que la interrumpan, cuyos pormenores sabreis en el canto siguiente, si es que quereis acudir á escucharlo.

Canto X

Dominado Bireno por un nuevo amor, abandona á Olimpia durante la noche en una playa desierta.—Rugiero, despreciando á Alcina, pasa al santo reino de Logistila, quien le coloca de nuevo sobre el caballo alado.—Rugiero vé durante su viaje las huestes de Reinaldo, y despues á Angélica atada á una roca, á la que logra salvar.

Entre todos cuantos amantes fieles han existido en el mundo, entre todos aquellos que mayores pruebas de constancia hayan dado, tanto en el infortunio como en la prosperidad, debo poner en primer lugar, más bien que en el segundo, á Olimpia, cuyo ejemplo de amorosa ternura, si no excedió, tampoco fué excedido por ningun otro, antiguo ni moderno. Tantas y tan ostensibles fueron las pruebas de amor que dió á su Bireno, que no es ya posible que mujer alguna ofrezca más evidentes seguridades á su amante, aun cuando le mostrara abierto el pecho y el corazon. Si la fidelidad y la abnegacion merecen ser correspondidas, nadie mejor que Olimpia se hizo digna de que Bireno la amara más que á sí mismo, y de que no la abandonara nunca por otra mujer, aun cuando esta fuese la que ocasionó el gran conflicto entre Europa y Asia, ú otra que reuniera en sí más perfecciones: por el contrario, antes que entregarla al olvido deberia consentir en perder la luz del Sol, los sentidos, la vida y la fama, y todo cuanto sea más preciado para el hombre.

Sí Bireno amó á Olimpia tanto como ella á él; si fué tan firme en su fidelidad como ella; si no le distrajeron otros pensamientos que los del amor de Olimpia, ó si pagó con ingratitud tanto cariño, y se mostró cruel á tanta lealtad y ternura, eso es lo que voy á referiros, haciendo que el asombro os obligue á enarcar las cejas y apretar los labios. Cuando sepais la ingratitud con que correspondió á tanta bondad, no existirá una sola mujer de entre vosotras que preste oidos á las palabras de su amante.

Los amantes, á fin de conseguir cuanto desean y sin reflexionar en que Dios lo oye y lo vé todo, no economizan promesas y juramentos, que al poco tiempo se los lleva el aire, ó mejor dicho, en cuanto logran satisfacer la ardiente sed que les devora. Este ejemplo deberá serviros para no dar fácil crédito á los suspiros y á los ruegos que se os dirijan. ¡Dichosos aquellos, mis queridas amigas, que pueden escarmentar en cabeza ajena! Guardaos sobre todo de esos adoradores de semblante afeminado y juvenil, porque sus deseos nacen y se extinguen rápidamente como fuego de paja.

Así como el cazador que persigue á la liebre, arrostrando los ardores del Sol ó los rigores del frio, y pasando alternativamente del llano á la montaña, la desprecia en cuanto la vé muerta, y emprende de nuevo la persecucion de cualquiera otra pieza que huye ante él, así tambien esos jóvenes, os aman y os reverencian con cuanta solicitud es de rigor en quien galantea asiduamente, mientras os mostrais con ellos duras é inflexibles; mas no bien logran alcanzar el premio de la victoria, se apresuran á convertiros de señoras en esclavas, se alejan de vosotras y dirigen á otro objeto su veleidoso amor.

No os aconsejo por esto que renuncieis al amor, en lo que haríais mal; sin ningun amante seriais como la vid que no tiene un palo ó una planta donde apoyarse. Lo que sí os encargo es que huyais de la juventud voluble é inconstante, y admitais los frutos maduros y agradables, pero sin que tampoco lo sean demasiado.

Ya dije anteriormente, que entre los cautivos habian encontrado á una hija del rey de Frisia, que Bireno destinaba para unirla á su hermano; pero, á decir verdad, codicioso aquel de disfrutar sus gracias y belleza, la guardaba para sí como manjar muy delicado, creyendo que seria una deferencia insensata quitárselo él de la boca, para cederlo á otro. Aun no pasaba la jóven de los catorce años, y era bella y fresca cual la rosa recien abierta y vivificada por los dulces rayos del Sol de primavera. No fué amor lo que por ella sintió Bireno, sino una pasion tan abrasadora, que su fuego solo podia compararse en rapidez y vehemencia al que consume instantáneamente la yesca, ó al que, prendido por mano traidora y envidiosa, devora las mieses. Como estas se abrasó inmediatamente; como estas ardió hasta la médula de sus huesos, apenas vió á la afligida doncella vertiendo amargas lágrimas sobre el cadáver de su padre. Y así como el agua fria detiene en el acto la ebullicion de la que está puesta al fuego, del mismo modo se extinguió en él la llama que le abrasaba por Olimpia, vencida por la que habia encendido en su pecho la hija de Cimosco.

No tan solo estaba ya saciado de su antigua y fiel amante, sino que le causaba tal aburrimiento, que su presencia le molestaba por estimularle cada vez más el deseo de poseer al nuevo objeto de su pasion, hasta el punto de temer por su vida si llegaba á dilatarse la realizacion de sus aspiraciones: sin embargo, procuró refrenar su pasion mientras no llegara el dia fijado para su objeto, y fingió no solo amar, sino adorar á Olimpia, y apetecer únicamente cuanto ella deseaba. Si acariciaba á la hija del rey de Frisia (y á pesar suyo no podia dejar de acariciarla más de lo regular), no eran mal interpretados sus halagos, antes bien se atribuian á compasion y bondad; pues el acto de consolar al afligido, agobiado por los reveses de la Fortuna, jamás fué censurable, y sí digno de alabanza, sobre todo tratándose de una niña inocente.

¡Oh gran Dios! ¡Cuán á menudo se ven ofuscados los juicios humanos por densas tinieblas! ¡Las impías y profanas acciones de Bireno llegaron á reputarse como santas y piadosas!

Por fin, empuñaron los remos los marineros, y alejándose de aquellas costas, dirigieron gozosos las naves hácia Zelanda al través de numerosos canales, llevando al Duque y su comitiva. Ya habian perdido de vista las playas de Holanda, y dirigídose á la izquierda, hácia las costas Escocia, para no tocar en las de Frisia, cuando se vieron sorprendidos por un viento impetuoso, que durante tres dias les hizo andar errantes por aquellos mares. Cerca del anochecer del tercer dia llegaron á una isla inculta y desierta, y se refugiaron en una pequeña ensenada. Olimpia saltó en tierra, acompañada del infiel Bireno, con quien cenó alegremente aquella noche, sin abrigar la menor sospecha: levantóse despues una tienda en un sitio agradable, y descansaron ambos en ella, mientras que sus compañeros volvieron á bordo de los buques para entregarse á su vez al reposo.

El cansancio que ocasiona la navegacion, y el temor que durante algunos dias la habia mantenido en el insomnio; la satisfaccion de encontrarse segura en aquella costa, léjos del rumor de los bosques, y sin que la molestara ningun pensamiento ni cuidado alguno, puesto que estaba al lado de su amante, fueron causa de que Olimpia se entregara á un sueño tan profundo, cual no pueden tenerlo los osos ó los lirones.

El falso amante, á quien tenian desvelado sus inícuos pensamientos, así que la vió dormida, levantóse silenciosamente, hizo un lio de sus vestidos, sin tomarse el tiempo necesario para ponérselos, salió de la tienda, y cual si le hubiesen nacido alas, voló á donde estaban sus compañeros, á quienes despertó: ordenó en seguida que se desplegaran las velas, y sin que se oyera una palabra, se hicieron á la mar, alejándose de aquella playa.

Pronto la perdieron de vista, y con ella á la desdichada Olimpia, que continuó durmiendo hasta que la aurora esparció sobre la tierra el fresco rocío desde las doradas ruedas de su carro, y se oyó á los alciones lamentarse de su antiguo infortunio, revoloteando sobre las aguas. Medio dormida extendió la hermosa jóven su brazo para abrazar á Bireno, pero en vano: á nadie encontró; retirólo y lo extendió de nuevo, siempre infructuosamente: buscó con ambas manos, sin tropezar con nada, y disipado por el temor su sueño, abrió los ojos, miró y no vió á nadie; y no pudiendo permanecer más tiempo en el lecho, saltó de él y salió precipitadamente de la tienda. Corrió hácia el mar, hiriéndose el rostro; y convencida ya de su desgracia, mesóse los cabellos, se golpeó el pecho, recorrió con sus miradas el espacio auxiliada por la luz de la luna, por si podia distinguir algo que no fuera la playa; pero tan solo la playa divisó. Llamó á voces á Bireno, y á este nombre respondieron los antros, más piadosos que él.

En un extremo de la playa elevábase un peñasco, cuya base habian socavado las olas con sus continuos embates, convirtiéndolo en una especie de arco; dicho peñasco estaba encorvado y pendiente sobre el mar. Olimpia trepó presurosa hasta la cima, merced al vigor que le prestara su desesperacion, y vió huir á lo léjos las veleras naves de su cruel señor. Las vió, ó creyó verlas; porque aun no habia bastante claridad, y ante tan terrible espectáculo, temblorosa y más blanca y yerta que la nieve, se dejó caer sobre la roca. Luego que le fué posible levantarse extendió sus manos en direccion de las naves fugitivas, y llamó diferentes veces con desgarradores gritos á su desalmado consorte. Cuando su voz se debilitaba, la sustituia el llanto ó las palmadas, interrumpiendo sus señales con estas y parecidas exclamaciones:—¡Adonde huyes, cruel, con tanta velocidad! ¡Tu buque no lleva la carga que debe! ¡Haz que me lleve á mí, pues poco le estorbará mi cuerpo, cuando conduce mi alma!—Y continuaba haciendo señas con los brazos ó con los vestidos para que regresara el buque.

Los vientos, que se llevaban por alta mar los bajeles del ingrato jóven, llevábanse tambien las súplicas, las quejas, el llanto y los gritos de la infeliz Olimpia, que por tres veces distintas intentó precipitarse en las olas desde lo alto de la roca, hasta que al fin bajó de ella, y volvió á la tienda donde habia pasado la noche.

Tendida en el lecho, con el rostro vuelto hácia abajo, le decia entre lágrimas:

—Anoche acojiste dos cuerpos. ¿Por qué al despertar no éramos tambien dos? ¡Pérfido Bireno! ¡Ah! ¡Maldito mil veces el dia en que fuí engendrada! ¿Qué debo hacer? ¿Qué va á ser de mí, sola y abandonada? ¿Quién me prestará ayuda y consuelo?... No veo aquí persona alguna; no distingo el menor vestigio que revele la presencia de un ser humano. ¡Tampoco descubro ningun bajel en que embarcarme y buscar mi salvacion!... ¡ Moriré sin duda de hambre! No habrá nadie que cierre mis ojos, ni quién me dé sepultura, como no la encuentre en el vientre de las fieras que vagan por esas selvas. Ya creo ver salir de esos bosques los osos, los leones, los tigres y demás animales feroces, á quienes la naturaleza ha provisto de colmillos agudos y aceradas garras para destrozar á sus víctimas! Pero ¿qué fiera habrá tan cruel que me dé una muerte peor que la que tú me destinas, feroz Bireno? A ellas les pareceria bastante una sola, mientras que tú me haces sufrir mil muertes. Aun suponiendo que algun navegante arribe á estas playas y me reciba por compasion á bordo de su buque, salvándome de los osos, los lobos y leones, del hambre, y de otros géneros de muerte á cual más horribles, ¿podrá por ventura conducirme á Holanda, cuyos puertos y fortalezas están custodiados por tí? ¿Me llevará á mi país natal, cuando te has apoderado de él por medio de la traicion? Tú me has arrebatado mis dominios, bajo falaces apariencias de amor y alianza, y para usurparlos mejor, te apresuraste á ponerlos bajo la vigilancia de tus soldados. ¿Volveré á Flandes, donde vendí los restos de mi fortuna, los únicos medios de existencia con que contaba, para socorrerte y sacarte de tu prision? ¡Desdichada de mí! ¿A donde me encaminaré? Lo ignoro. ¿Debo acaso ir á Frisia, en cuyo trono pude sentarme, si no lo hubiera despreciado por tí, lo cual ha sido causa de que pierda mi padre, mis hermanos, y todo cuanto me era querido en el mundo? No quisiera echarte en cara, ingrato, todo cuanto he hecho por tí, ni creo necesario recordártelo, pues tan bien como yo lo sabes: sin embargo, ¡hé aquí la recompensa que te he merecido!.. ¡Oh! ¡Dios mio! ¡No permitas que caiga en poder de algun corsario que me venda luego como esclava! Antes de que tal suceda, venga un lobo, un oso, un leon, un tigre ó cualquier otra fiera, que con sus garras me destroce, me devore con sus dientes, y muerta me conduzca arrastrando á su caverna.

Y así diciendo, arrancábase Olimpia sus hermosos cabellos de oro. Corrió de nuevo hácia la playa, volvió de un lado á otro la cabeza repetidas veces, ondeando su cabellera á merced del viento: parecia fuera de sí, y como si se hubiese apoderado de su cuerpo, no uno, sino una docena de espíritus malignos, semejante á veces en su desesperacion á Hécuba al contemplar el cadáver de Polidoro. Detúvose por último sobre una roca mirando fijamente al mar, tan inmóvil que parecia una estátua de piedra.

Pero dejémosla lamentarse hasta que volvamos á ocuparnos de ella, y tratemos de Rugiero que continuaba cabalgando por la playa, rendido y abrumado por el intenso calor del mediodia. El Sol heria con sus rayos aquellas lomas, que refractaban vivamente su ardor: hervia la arena blanca y fina de aquella costa, y á las armas del guerrero les faltaba poco para caldearse completamente. Mientras que la sed y las molestias del camino por la playa arenosa y solitaria le hacian desagradable y enojosa compañía, llegó á una torre antigua, edificada á la orilla del mar, donde estaban tres damas de la corte de Alcina, á quienes conoció por sus vestidos y ademanes. Tendidas sobre tapices de Alejandría, disfrutaban á la sombra de un delicioso fresco, rodeadas de vinos exquisitos y de toda clase de dulces y manjares delicados. Cerca de la playa y mecida por las olas, tenian dispuesta una barquilla, esperando que hinchase la vela alguna brisa, de la que entonces no se sentia el más ligero soplo.

Apenas vieron á Rugiero caminando trabajosamente por la movediza arena, atento solo á su viaje, con la sed retratada en los labios y lleno de sudor el abatido semblante, le llamaron diciéndole que interrumpiera por un momento su marcha, y no se negara á restaurar sus fuerzas quebrantadas, disfrutando por algun tiempo aquella grata sombra. Una de ellas se acercó al caballo para tener el estribo; otra dió mayor pábulo á su sed, presentándole una copa de cristal llena de vino espumoso; pero Rugiero no quiso aceptar nada, conociendo que el menor retraso en su marcha daria á Alcina tiempo de alcanzarle, cuando la encantadora iba en pos de él, y estaba ya muy cerca. No se inflaman con tanta rapidez el salitre y el azufre más puro al contacto del fuego, ni es tan grande la furia del mar cuando se vé impelido por un negro turbion descendido del cielo, como la tercera de aquellas damas ardió en ira y furor, al ver que Rugiero seguia impávido su camino sin hacer ningun caso de ellas á pesar de su belleza.

—Tú no eres cortés ni caballero, exclamó con desaforados gritos; esas armas que llevas las has robado, y probablemente habrás adquirido del mismo modo ese caballo: tan verdad es lo que digo, como que deberias ser castigado con una muerte infame, descuartizado, quemado vivo ó empalado, por villano, ladron, orgulloso é ingrato.

Otras muchas injurias y denuestos le prodigó la arrogante dama, á pesar de que Rugiero no se dignó contestarle, por estar persuadido de que no podia reportarle ninguna utilidad semejante disputa. Embarcóse la jóven con sus hermanas en la barquilla que estaba dispuesta para su servicio, y á fuerza de remo siguieron al paladin, que continuaba costeando la playa.

En tanto que las tres doncellas dirigian á Rugiero desde la barca todo género de amenazas, maldiciones é injurias, y cuantas frases insultantes pudieran excitar su cólera, llegó el guerrero al estrecho por donde se pasaba á los estados de la más benigna hada; y vió á un barquero anciano, que al divisarle desató su barca de la orilla opuesta, como si estuviera ya avisado y preparado de antemano, esperando la llegada de Rugiero. El barquero se dirigió á él, manifestando su alegría por transportarle á mejores playas: si el rostro es el espejo del corazon, aquel anciano reunia á una gran benignidad una discrecion no menor.

Saltó Rugiero en la barca, dando á Dios fervientes gracias por haberle salvado, y empezó á surcar las aguas departiendo amigablemente con aquel marinero prudente y dotado de singular experiencia. Daba este mil plácemes al guerrero por haber sabido sustraerse tan á tiempo al poder de Alcina, antes de que le hubiera hecho apurar, como á tantos otros, la copa de sus filtros encantados, así como tambien aprobaba su determinacion de refugiarse en el país de Logistila, donde seria testigo de las costumbres más santas, donde admiraria la belleza eterna y la gracia infinita que nutren y alimentan el corazon sin producir jamás la saciedad.

—La presencia de Logistila, continuaba diciendo el anciano, difundirá de pronto en tu alma el mayor asombro y reverencia; y conforme vayas acostumbrándote poco á poco á su elevado trato y modesto continente, tendrás en poca estima cualquier otro bien que para tí exista en la Tierra. Su amor es diametralmente opuesto á todos los demás: mientras que los otros tienen oprimido continuamente el corazon entre el temor y la esperanza, el suyo inspira un solo deseo, el de contemplarla, con lo cual quedan todos satisfechos por completo. Ella te proporcionará goces más gratos que los que ofrecen las músicas, las danzas, los perfumes, los baños y los manjares: sus pensamientos, que parten de una base más perfecta, tienen más elevacion que la que alcanzan los milanos al remontarse por los aires: ella te enseñará, por último, cómo puede llegar á participar un ser mortal de la gloria de los bienaventurados.

Así iba diciendo el barquero, mientras bogaba hácia la orilla opuesta, bastante apartada todavia, cuando descubrió en alta mar un gran número de bajeles que iban en su demanda: en ellos venia la ofendida Alcina con todos los guerreros que habia logrado reunir, decidida á perder la existencia y sus estados, ó á rescatar el objeto de su pasion: tan extrema determinacion se la habia inspirado Amor, no menos que el dolor causado por la injuria recibida. Jamás habia sentido, por nada ni por nadie, tan vivos deseos de vengarse como entonces: así es que corriendo presurosa tras su venganza, hacia que los remos golpeasen las aguas con tal fuerza y rapidez que la espuma salpicaba ambas orillas: el estrépito que producian retumbaba en el mar y en las costas, llenando además con sus ecos el espacio.

—Descubre el escudo, Rugiero, exclamó el anciano: descúbrelo inmediatamente: es indispensable; de lo contrario, serás muerto ó aprisionado con vergüenza tuya.

Y no contento con esta advertencia, cogió por sí mismo el escudo, y levantando la tela que lo cubria, dejó escapar aquella luz deslumbradora. El encantado resplandor que hirió vivamente los ojos de sus adversarios, les ofendió de tal modo que quedaron como ciegos, cayendo sin conocimientos unos por la popa, y otros por la proa.

Un vigía colocado sobre una roca de los dominios de Logistila, al divisar la escuadra de su enemiga, dió por medio de una campana la señal de alarma: no tardó en acudir presuroso el ejército de aquella hada, y á los pocos momentos se oyó semejante al de la tempestad el estruendo de la artilleria, que disparaba contra los perseguidores de Rugiero, el cual socorrido por todas partes, consiguió poner en salvo su libertad y su vida.

En esto llegaron á la playa cuatro damas, enviadas apresuradamente por Logistila: la valerosa Andrónica, la prudente Fronesia, la honestísima Dicila, y la casta Sofrosina, que dió entonces mayores muestras de solicitud que sus compañeras.

Inmediatamente despues empezó á salir del castillo el ejército de la virtuosa hada, que no tenia rival en el mundo, y embarcándose en una flota, compuesta de un crecido número de grandes bajeles, anclados en una ensenada tranquila que formaba la playa al pié de la fortaleza, y dispuestos dia y noche á combatir al primer aviso, á la primera campanada, se extendió por el mar en forma de batalla.

Terrible fué el combate que se siguió así por mar como por tierra; terrible y fatal para Alcina que perdió en aquel dia los estados usurpados á su hermana. ¡Cuántas batallas han tenido un resultado totalmente distinto del que se esperaba antes de trabarlas! Esto fué lo que le sucedió á Alcina; pues no solo no consiguió apoderarse nuevamente de su amante, segun se prometia, sino que de todos sus bajeles, tan numerosos que apenas cabian en el mar, solo pudo salvar de las llamas una débil barquilla, en la cual huyó triste y desesperada.

Con la fuga de Alcina acabó de consumarse la total destruccion de la armada, y sus soldados cayeron muertos en la pelea ó fueron reducidos á prision; pero este cruel revés no afligia tanto á la maga como la pérdida de su Rugiero, por quien suspiraba dia y noche amargamente, derramando copiosas lágrimas. En su desesperacion se lamentaba con frecuencia de no poder darse la muerte; porque una hada no puede morir mientras el Sol siga su curso natural y no varien las revoluciones del cielo y de los astros. Si así no fuese, el dolor de Alcina era bastante á conmover á Cloto para que cortara el hilo de sus dias, y hubiera puesto término á su suplicio valiéndose del acero, como Dido, ó cual la soberbia reina del Nilo, eligiendo un veneno mortal para arrancarse la existencia, pero desgraciadamente las hadas no siempre pueden morir.

Mas volvamos á Rugiero, digno de eterna gloria, y dejemos á Alcina entregada á su afliccion.

Luego que el paladin, saltando á tierra, consiguió fijar la planta en aquel país seguro y hospitalario, dió fervorosas gracias á Dios por no haberle desamparado en la realizacion de su intento, y volviendo al mar la espalda, se encaminó rápidamente hácia la roca donde se asentaba el castillo de Logistila. Jamás vieron ojos mortales otra fortaleza tan suntuosa ni tan bien defendida. Sus murallas eran de una piedra mucho más preciosa que el diamante ó el rubí; de una piedra completamente desconocida entre nosotros; para formarse idea de ella seria preciso ir á verla hasta aquel país; pues no creo que se encuentre otra semejante en parte alguna, como no sea en el Cielo. Lo que la hace mucho más notable y de más valor que cualquiera otra piedra preciosa, es que al contemplarse en ella, el hombre vé retratado lo que pasa hasta en el fondo de su corazon: contempla sus vicios y sus virtudes tan claras y patentes, que no vuelve jamás á hacer caso de la adulacion ni de las censuras inmerecidas: mirándose en aquel brillante espejo, aprende el hombre á conocerse á sí mismo y adquiere una exquisita prudencia. El resplandor que aquellas piedras despedian, comparable solo al del Sol, alumbraba de tal modo con sus fulgurantes destellos, que quien poseyera una sola, podria, siempre que le viniera en mientes, convertir la noche en dia, á pesar del mismo Febo. No solo las murallas eran dignas de admiracion: el arte y la materia de que se compone aquel castillo compiten hasta tal punto, que seria difícil juzgar á cual de ambos debia darse la preferencia.

Sobre arcos tan elevados que no parecia sino que sostuvieran los mismos cielos, se ostentaban tan extensos y bellísimos jardines, que hubiera sido difícil formarlos semejantes en la llanura. Por entre las luminosas almenas asomaban sus verdes ramas mil arbustos odoríferos, cargados, tanto en verano como en invierno, de pintadas flores y frutas sazonadas. Solamente en aquellos jardines crecen árboles tan fecundos, y solo en ellos se ven rosas, violetas, lirios, amarantos ó jazmines tan magníficos. En otras partes las flores suelen nacer, vivir, é inclinar su corola marchita en un mismo dia, dejando huérfano de hojas su tallo á la menor variacion atmosférica; pero allí era perpétua la belleza de las flores: no porque la benigna naturaleza les conceda una temperatura á propósito, sino porque Logistila, con su cuidado y sus talentos, las hacia vivir en una primavera eterna, sin el auxilio de ninguna cosa sobrenatural, lo cual parecia á todos increible.

Logistila se mostró muy complacida de la llegada á sus dominios de un caballero tan gentil, y dispuso que fuera muy agasajado, y que todos se esmeraran en honrarle y obsequiarle. Rugiero vió con satisfaccion á Astolfo que hacia bastante tiempo se encontraba allí; y en pocos dias fueron llegando sucesivamente todos los caballeros á quienes Melisa habia devuelto su primitiva forma.

Despues de haber descansado algunos dias, se acercó Rugiero á la prudente Hada con el duque Astolfo, que anhelaba tanto como aquel guerrero regresar á Occidente. Melisa tomó la palabra por ambos, y suplicó humildemente á la Hada, que con sus consejos, favor y auxilio, lograsen volver al país de que procedian. Logistila contestó que pensaria en ello, y que dentro de dos dias les concederia lo que deseaban. Reflexionó despues en los medios de que se valdria para auxiliar á Rugiero y al Duque, y resolvió que el caballo alado fuese el primero en regresar á las costas de Aquitania; pero antes quiso que se le hiciera un freno á propósito para dirigirle. Enseñó á Rugiero de qué modo ha de valerse para hacerle subir ó bajar, segun su deseo, y cómo ha de manejar las riendas para que vuele describiendo círculos, para que hienda los aires en línea recta ó para que permanezca fijo sostenido en las alas. A los pocos ensayos, logró el paladin dominar por completo á su corcel, guiándole por los aires con la misma facilidad y destreza con que solia cabalgar en su anterior caballo por el terreno llano.

Cuando Rugiero lo tuvo todo dispuesto para el viaje, se despidió de la Hada benéfica, y salió de sus estados llevando grabado en su corazon el permanente y cariñoso recuerdo de sus bondades.

Continuaré hablando de Rugiero que emprendió su marcha en ocasion muy oportuna, y despues referiré cómo el guerrero inglés consiguió reunirse á Carlomagno y sus aliados tras un viaje mucho más largo y penoso.

Al partir Rugiero, no siguió el mismo camino por donde á pesar suyo le habia conducido el Hipogrifo, siempre por encima de los mares y sin ver apenas la tierra: en disposicion ahora de dirigirle á su albedrío, quiso regresar á su país por distinta via, como los reyes Magos hicieron al volver al suyo por no encontrarse con Herodes. Al ir hácia aquella isla donde estaban las dos hadas en contínua guerra, habia atravesado la España, y fué á parar á la India Oriental directamente cruzando los mares. A la vuelta quiso ver otras regiones distintas de aquellas en donde Eolo impele á los vientos, y terminar el círculo empezado, para dar, lo mismo que el Sol, la vuelta al mundo entero.

Ofreciéronse á su vista el Catay, y Mangiana sobre el gran Quinsaí: pasó volando sobre el monte Imaús; dejó á la izquierda la Sericania, y declinando siempre desde la Escitia hiperbórea hasta las costas de Hircania, llegó al país de los Sármatas; y cuando se encontró en los confines de Europa y Asia, vió la Rusia, la Prusia y la Pomerania.

Aunque el único deseo de Rugiero fuese el de ver cuanto antes á su querida Bradamante, no pudo, sin embargo, privarse del placer que le causaba ir dando la vuelta al mundo, y siguió visitando las comarcas de Polonia, Hungria, Germania y todas las demás de aquella triste tierra boreal hasta que por fin llegó á Inglaterra, último confin, por aquella parte, del mundo conocido. No vayais á figuraros, Señor, que durante este largo trayecto estuviera siempre volando: cada noche procuraba encontrar un albergue buscando una posada donde descansar cómodamente. Invirtió muchos dias y aun meses en su viaje, por lo mismo que se complacia en visitar nuevas tierras y nuevos mares, hasta, que llegando á Lóndres una mañana, obligó á su palafren á descender á la orilla del Támesis.

En las praderas que rodeaban aquella ciudad vió una inmensa multitud de infantes y ginetes armados, que desfilaban en apiñados escuadrones, y al toque de cornetas y atabales, por delante del buen Reinaldo, honor y prez de los paladines; el cual, si recordais lo que de él he referido, habia pasado á aquellos reinos por mandato de Carlomagno en demanda de auxilios de toda clase.

Rugiero llegó precisamente en el momento en que se pasaba revista á tan lucido ejército, y desmontando del Hipogrifo, preguntó la causa de aquel aparato militar á un caballero, que se apresuró con gran cortesía á satisfacer su curiosidad, diciéndole que las tropas agrupadas allí bajo tantas y tan distintas banderas procedian de Escocia, Irlanda, Inglaterra y demás islas adyacentes; y que en cuanto terminase aquella revista, se dirigirian hácia la costa, donde los esperaban ya los buques que debian surcar el Océano, para acudir en socorro de los franceses, reducidos al último extremo, y que solo de ellos esperaban su salvacion.

—Pero á fin de que quedes bien enterado, voy á designarte uno por uno todos esos escuadrones.

»¿Ves aquella gran bandera en que están unidas las flores de lís á los leopardos? Pues es la enseña del jefe de todas esas tropas reunidas, en pos de la cual han de seguir los demás estandartes. El nombre de dicho jefe, famoso en estos paises, es el de Leonelo, flor y nata de los guerreros, maestro en el arte de la guerra, sobrino del Rey y duque de Lancaster.

»La bandera que sigue inmediatamente al estandarte real, aquella que hace el viento ondear hácia el monte y ostenta tres alas blancas en campo verde, es la de Ricardo, conde de Warwick. Del duque de Glocester es aquella otra que tiene dos astas de ciervo sobre medio cráneo. El duque de Clarence lleva por blason una antorcha: el de York un árbol. Mira allí un estandarte que por divisa tiene una lanza rota en tres pedazos; es la del duque de Norfolk: el rayo es la del buen conde de Kent, como aquel grifo lo es del conde de Pembroke: el duque de Sufolk lleva por enseña una balanza: aquellas dos serpientes unidas por un yugo son la del conde de Essex, y la guirlanda en campo azul la del de Northumberland. El conde de Arundel lleva en su estandarte una pequeña embarcacion sumergiéndose en el mar; y aquellos tres son los del marqués de Barclay, del conde de la Mark y del de Richmond; el primero lleva un monte hendido en campo blanco; el segundo una palma, y el tercero un pino bañado por las olas. Las banderas de los condes de Dorset y de Southampton tienen, la de aquel un carro y la de este una corona.

»Raimundo, conde de Devonshire, ostenta en su estandarte aquel milano que protege el nido con sus alas; la bandera amarilla y negra es del conde de Vigorre; la del conde de Derby tiene por blason un perro; la del de Oxford un oso; el rico prelado de Bath sostiene una cruz deslumbradora, y el duque Arimon de Sommerset ostenta en su estandarte una silla rota sobre fondo oscuro.

»Ascienden á cuarenta y dos mil los hombres de armas y los arqueros á caballo; los soldados de á pié alcanzarán de seguro á doble número.

»Repara en aquellas banderas; una gris, otra verde, otra amarilla y otra negra listada de azul: son las de Godofredo, Enrique, German y Odoardo, capitanes de otras tantas mesnadas: el primero es duque de Buckingham; conde de Salisbury el segundo; el tercero señor de Burgenia, y Odoardo, conde de Croisbury. Todas esas tropas, que están formadas hácia Levante, son las de Inglaterra. Vuélvete ahora hácia Occidente, y fíjate en aquellos treinta mil escoceses, que vienen á las órdenes de Zerbino, hijo de su rey.

»Hé allí el estandarte real del rey de Escocia, que ostenta un leon armado con una espada de plata, teniendo un unicornio á cada lado: junto á él acampa el príncipe Zerbino, que es el más valiente y gallardo de cuantos le rodean: la naturaleza se esmeró en hacerle perfecto, y rompió luego el molde, para que aquel guerrero fuera sin par. No existe quien reuna tanta virtud, tanta gracia, ni tal valor como el príncipe de Escocia, que tiene además el título de duque de Ross.

»El conde de Athol lleva una barra de oro en su estandarte: la otra bandera es del duque de Marr, que tiene por blason un leopardo: aquella que está engalanada de varios colores y de numerosas avecillas es la del gallardo Alcabrun, que á pesar de ser el primer magnate de su selvático país, no tiene el título de duque, ni de conde, ni de marqués siquiera. Aquella bandera en que se vé un águila mirando fijamente al Sol es del duque de Stratford: el conde Lurcano, señor de Angus, tiene por blason un toro entre dos perros de presa; el duque de Albania ostenta en el suyo los colores azul y blanco, y el conde de Buckan un buitre destrozado por un dragon verde.

»Aquella bandera negra y blanca es del fuerte Arman, señor de Forbess; y la que está á su izquierda con una antorcha en campo verde es del conde de Erelia. Contempla ahora á los guerreros de Hibernia cerca de la llanura: forman dos escuadrones, mandado el primero por el conde de Kildare y el otro compuesto de aguerridos montañeses, por el de Desmond. La enseña del primero tiene un pino inflamado; la del segundo, una banda roja en campo blanco.

»No socorren á Carlomagno únicamente la Inglaterra, la Escocia y la Irlanda, sino que se apresuran á enviar sus guerreros con este objeto Suecia, Noruega, la isla de Thulé y hasta la remota Islandia, y finalmente todas las naciones septentrionales, enemigas naturales de la paz. Diez y seis mil guerreros, ó pocos menos, salidos de sus cavernas ó de sus selvas, con el rostro, el pecho, la espalda, los brazos y las piernas cubiertas de vello como las fieras, rodean aquella bandera enteramente blanca, formando en su derredor un bosque de lanzas. Morat, su jefe, es el que la lleva, dispuesto á empaparla en sangre mora.»

Mientras Rugiero estaba entretenido en contemplar las variadas enseñas de aquel lucido ejército, que se disponia á acudir en socorro de Francia, y preguntaba los nombres de los señores bretones, hablando con su interlocutor acerca de lo que presenciaba, fueron aproximándose varios curiosos á contemplar estupefactos su extraño y maravilloso corcel, único en el mundo, y en breve formaron en torno suyo un apiñado grupo. Para aumentar su sorpresa y admiracion, y á fin de reirse de su asombro, montó Rugiero en el Hipogrifo, le aflojó las riendas, y tocándole lijeramente con las puntas de los acicates, le hizo remontarse velozmente por los aires, dejando á los circunstantes atónitos y mudos de estupor.

Desde allí, y despues de atravesar la Inglaterra de un extremo á otro, dirigióse Rugiero á Irlanda, á aquella Hibernia fabulosa, donde construyó un santo anciano la cueva, dotada de tan singular virtud que el hombre queda en ella purificado de sus peores faltas. Despues encaminó su volador corcel á la Bretaña menor, y al pasar sobre el mar miró hácia abajo, y vió Angélica atada á una de las peñas de la isla del Llanto, que así se llamaba aquella isla habitada por una gente tan feroz, cruel é inhumana, que, segun he dicho en otro canto, iba continuamente merodeando por diferentes costas, á fin de apoderarse de las mujeres más hermosas, para convertirlas despues en nefando alimento de un mónstruo marino.

Angélica habia sido encadenada aquella misma mañana en la playa donde solia acudir la desmesurada orca marina que se alimentaba de tan aborrecible manjar. Ya he dicho antes cómo fué aprisionada por los que la encontraron dormida al lado del viejo encantador, que valiéndose de sus artes mágicas, la habia atraido al sitio que se propusiera: los feroces ebudios no tuvieron reparo en exponerla en la costa, como cebo de la fiera, completamente desnuda, y tal cual la habia formado la naturaleza, y sin tener siquiera un velo con que ocultar las blancas azucenas y las encendidas rosas esparcidas por sus delicados miembros, que no podian marchitar los calores del verano ni los hielos del invierno.

Rugiero habria podido creer que era una estátua hecha de alabastro ó de reluciente mármol, y colocada en aquel peñasco por un capricho artístico de algun inspirado escultor, si no hubiese visto claramente cómo rodaban las lágrimas por las frescas y sonrosadas mejillas, hasta rociar con ellas los torneados pechos, y cómo ondeaba á merced del viento la dorada cabellera. Al fijar sus ojos en los bellos ojos de Angélica, acordóse Rugiero de su Bradamante; el amor y la compasion agitaron á un tiempo su pecho de tal modo, que á duras penas pudo contener el llanto, y moderando el vuelo de su corcel, acercóse á la jóven y le dijo dulcemente:

—¡Oh hermosa doncella, digna tan solo de la cadena con que Amor esclaviza á los amantes, é inmerecedora de la triste suerte á que te veo reducida! ¿Quién ha sido el hombre despiadado, que lleno de cruel envidia, ha podido imprimir la huella de tan atroces ligaduras en el terso marfil de esas lindas manos?

Al oir tales palabras, sintió la jóven que encendia su rostro el calor de la vergüenza, viendo que estaban expuestas á las miradas de todos aquellas partes de su cuerpo que, aunque reunan todas las perfecciones, no puede menos de ocultarlas el pudor. Hubiérase cubierto el rostro con las manos, si no las hubiese tenido atadas á la roca; pero lo cubrió con su llanto, única cosa que no le habian podido arrebatar, y procuró tenerlo inclinado. Conteniendo los sollozos, empezó á contestar á Rugiero con voz débil y fatigosa; mas no pudo seguir adelante, porque expiró la palabra en sus labios al oir un gran rumor que del mar procedia.

Apareció en seguida el desmesurado mónstruo, medio sumergido en las olas, y así como el bajel impelido por los vientos acude velozmente á refugiarse en el puerto, con igual rapidez se dirigió la horrible fiera á apoderarse del cebo que se le tenia dispuesto; la distancia que le separaba de Angélica era muy corta, y la jóven, medio muerta de espanto, no tenia ya esperanza alguna de salvacion, cuando Rugiero, que llevaba empuñada la lanza, se adelantó empezando á descargar furiosos golpes con ella sobre la orca.

No puedo comparar á aquel enorme cetáceo sino con una gran masa que gire en todas direcciones; pues lo único que tenia de animal era la cabeza, con sus ojos y sus colmillos de fuera, semejantes á los de un jabalí. Rugiero procuraba herirle de frente, entre los ojos; pero embotábanse los golpes de su lanza, como si los hubiera dirigido contra el hierro ó la piedra. Al ver que fué vana la primera acometida, retrocedió á fin de tomar más impulso para la segunda; y la orca, que observó la sombra de las grandes alas del hipogrifo corriendo sobre las ondas, abandonó la presa segura que tenia en la orilla por correr furibunda tras la dudosa, volviéndose y revolviéndose contra aquel fantasma, mientras que Rugiero procuraba caer sobre ella descargándole nuevos golpes.

Así como suele descender desde la region de los aires el águila, que, atraida por la serpiente que ha visto deslizarse entre la yerba, ó tenderse al Sol sobre una pelada roca, para limpiar y alisar sus doradas escamas, no la acomete de frente á fin de evitar su ponzoñosa mordedura, sino que la ataca por la espalda, agitando las alas con objeto de impedir que el reptil se vuelva y la ataque á su vez, del mismo modo acometió Rugiero á la orca con espada y lanza dirigiendo sus golpes, no al sitio donde podian servirle de defensa sus terribles colmillos, sino entre las orejas, sobre la espalda ó hácia la cola. Si la fiera se volvia, cambiaba él de direccion, y tan pronto descendia como volvia á elevarse; pero se fatigaba en vano, porque no conseguia atravesar aquella piel más dura que la roca.

Podia compararse aquel combate á los ataques que contra el mastin dirige la mosca atrevida durante el polvoroso Agosto, ó en los meses anterior y siguiente, aquel lleno de espigas y este de mosto: pícale en los ojos, y en el hocico; da mil vueltas en torno suyo y no se separa un momento de él, mientras que el perro da continuos mordiscos al aire, hasta que alcanzando uno á su enemiga basta para hacerle pagar cara su audacia.

La orca golpeaba con tal violencia las olas que hacia saltar el agua hasta el cielo; así es que el paladin no sabia si estaba batiéndose en el aire, ó si su corcel se habia metido en el mar. Más de una vez deseó encontrarse en la playa; porque de durar mucho aquella lucha, temia que de nada le sirvieran las alas mojadas del Hipogrifo, encontrándose por consiguiente sin auxilio y sin poder valerse de la más insignificante barquilla. Ofrecióse entonces á su imaginacion un nuevo y más seguro medio de vencer con otras armas á la horrenda fiera, deslumbrándola con el resplandor del escudo encantado. Voló hácia la orilla, y para no comprometer el éxito, se dirigió á la jóven que continuaba atada á la roca, y le colocó en el dedo el anillo que destruia todos los encantos; aquel anillo que Bradamante habia arrebatado á Brunel para salvar á Rugiero, y que le habia enviado á la India por conducto de Melisa para arrancarle del poder de la pérfida Alcina. Melisa, como he dicho antes, hizo uso de aquel talisman en favor de muchos, y despues se lo devolvió á Rugiero, que no volvió á desprenderse de él.

En aquella ocasion se lo confió á Angélica por temor de que privara al escudo de su esplendoroso fulgor, y para que al mismo tiempo sirviera de defensa á aquellos bellos ojos, que ya le habian aprisionado en sus redes. El enorme cetáceo se acercaba en tanto á la orilla, oprimiendo con su cuerpo un inmenso espacio de mar. Preparóse Rugiero, y cuando le vió cerca, levantó el velo, uniendo un nuevo Sol al que ya brillaba en el cielo. La encantada luz, dando de lleno en los ojos de la fiera, produjo el efecto acostumbrado. Como la carpa ó la trucha flotan por el rio cuyas aguas ha emponzoñado con cal el pescador, así se vió flotar el mónstruo con el vientre hácia arriba á merced de las olas. Rugiero procuró entonces herirle por todas partes, pero no pudo conseguir su intento.

Angélica empezó á rogarle que cesara en sus inútiles esfuerzos, diciéndole entre copioso llanto:

—Vuelve, por Dios, Señor: desátame antes que la orca vuelva en sí; llévame contigo, y sumérgeme en lo profundo del mar antes que dejarme de nuevo expuesta á la voracidad de ese mónstruo.

Rugiero, conmovido por estas súplicas, desató á la jóven y la apartó de la orilla. Preparó su corcel, que afirmando las patas en la arena, tomó impulso, se lanzó por los aires y atravesó velozmente el espacio, llevando sobre sus lomos al caballero y á la jóven. Así se vió privada la orca de un manjar harto suave y delicado para ella. Durante aquel viaje aéreo, volvíase Rugiero con frecuencia y cubria de besos el pecho y los vivaces ojos de su compañera.

El paladin abandonó el propósito que tuvo al principio dar la vuelta á España, é hizo que su corcel descendiera en la costa cercana, donde forma un prolongado cabo la Bretaña menor.

Habia en aquella costa un bosque de pobladas encinas, en el cual anidaban multitud de ruiseñores: en el centro se descubria un pequeño prado con una fuente en medio, y á uno y otro lado se elevaban colinas solitarias. Allí fué donde el ardoroso caballero detuvo su atrevida marcha y bajó á la pradera, haciendo que su corcel plegara las alas. Apenas apeado del caballo, se preparó á dar asaltos más dulces; pero le incomodaba el arnés, y tuvo que quitárselo por ser un obstáculo para sus deseos. En su precipitacion, no acertada á despojarse de las armas: mientras procuraba desatar un nudo, sin saber cómo hacia dos. ¡Jamás le habia costado tanto trabajo quitarse la armadura! Pero este canto se va alargando demasiado, y quizá, Señor, esteis ya cansado de escucharme. Aplazaré, pues, la conclusion de esta historia para ocasion más oportuna.

Canto XI

Angélica huye de Rugiero, valiéndose del anillo misterioso que aquel le habia confiado.—Rugiero presencia despues la lucha de un gigante con Bradamante, á quien se lleva aquel, perseguido por Rugiero.—Orlando llega á la isla de Ebuda, dá muerte al mónstruo marino y salva á Olimpia, que se casa despues con Oberto, rey de Irlanda.

Sucede muchas veces que un débil freno es bastante para detener en su veloz carrera al corcel más brioso; pero es en cambio muy raro que el freno de la razon logre contener los ímpetus de la lujuria, cuando el inmediato goce la incita; del mismo modo que el oso no se aparta fácilmente de una colmena, como haya llegado á olfatear la miel ó haya probado una sola gota de ella.

¿Qué razon podria, pues, contener al buen Rugiero para apartarle del intento de gozar de la hermosura de Angélica, á quien tenia en su poder, completamente desnuda en un bosque tranquilo y solitario? Habíase olvidado enteramente de su Bradamante, cuya imágen solia estar siempre fija en su memoria; ó si acaso conservaba algun ligero recuerdo de ella, no impedia que se tuviera por necio si no se aprovechaba de la ocasion que la suerte le ofrecia para disfrutar de los encantos de Angélica, ante los cuales no habria podido menos de olvidar su continencia el mismo Xenocrates.

Rugiero habia arrojado léjos de sí la lanza y el escudo, y se quitaba con verdadera impaciencia todas las piezas de su armadura: en aquel momento bajó Angélica los ojos, contemplando avergonzada la desnudez de su cuerpo; y sus miradas se fijaron en el precioso anillo que llevaba en el dedo, el mismo que Brunel le habia arrebatado en Albraca, y que llevaba en su primer viaje á Francia, cuando acompañó á su hermano armado con la lanza que entonces poseia el paladin Astolfo. Con él habia destruido el encanto de Malagigo en la caverna de Merlin; con él logró romper una mañana las cadenas con que Dragontina tenia aprisionados á Orlando y sus compañeros, y con él salió invisible de la torre donde la tenia encerrada un viejo infame. Pero ¿á qué he de recordar todos estos pormenores que conocéis tan bien como yo? Brunel, por complacer al rey Agramante, la fué siguiendo en sus largos viajes, hasta que consiguió arrebatarle aquel talisman: desde entonces se mostró la Fortuna enteramente adversa á Angélica, hasta que consiguió desposeerla de su reino.

Al ver de nuevo aquella joya en su dedo, fué tal su contento y su estupor, que dudando de si todo aquello era un sueño, apenas podia dar crédito á sus ojos y á sus manos. Sacóse el anillo del dedo, y poco á poco se lo metió en la boca, desapareciendo súbitamente de la vista de Rugiero, como se oculta el Sol tras densa nube.

El paladin dirigió sus miradas en derredor, y daba vueltas como un loco buscando á la jóven: acordóse bien pronto del anillo, y quedó confuso y estupefacto, prorumpiendo despues en blasfemias contra su imprevision, y acusando de ingrata y desleal á la doncella, que tan indignamente recompensaba el auxilio que le habia dado.

—¡Ah, ingrata hermosura! exclamaba: ¿es este el galardon que yo merecia? ¿Por qué prefieres robarme ese anillo á aceptarlo como un regalo de mis manos? No solo te hubiera entregado ese talisman, sino tambien mi escudo, mi caballo, y hasta mi persona, para que hicieras de ella el uso que tuvieras por conveniente con tal de que no me ocultaras tu hermoso rostro. Bien sé, cruel, que me estás oyendo, y sin embargo no me respondes....

Y así diciendo, no cesaba de dar vueltas en derredor de la fuente con los brazos extendidos, como si estuviera ciego. ¡Ah! ¡Cuántas veces abrazaba el aire con la esperanza de estrechar entre sus brazos á la doncella!

Angélica se habia alejado ya bastante, y no cesó de andar hasta que llegó á una cueva muy ancha y profunda que encontró al pié de un monte. En ella estaba descansando un viejo pastor, que guardaba un numeroso ganado de yeguas, las cuales iban paciendo por el valle las frescas yerbas que brotaban á orillas de los arroyuelos. A uno y otro lado de la cueva habia frondosas alamedas, donde se guarecia la yeguada de los ardores del Sol del medio dia. Angélica permaneció allí durante todo el dia, continuando invisible; y cuando al caer la tarde juzgó que habia restaurado suficientemente las fuerzas de su cuerpo y de su espíritu, envolvióse en unos paños rojos, bien diferentes á las lujosas y elegantes vestiduras verdes, amarillas, violadas, azules y purpúreas que habia siempre llevado. Tan humilde ropaje, no podia, sin embargo, privarla de su encantador aspecto y noble continente. Cesen en sus alabanzas cuantos ensalzan á Filis, Nerea, Amarilis ó á la ligera Galatea: Títiro y Melibeo se verian obligados á confesar que ninguna de ellas era comparable por su belleza á Angélica.

La doncella eligió entre todas aquellas yeguas la que mejor le pareció, y alejándose de aquel sitio, sintió renacer el deseo de regresar al Oriente.

Rugiero en tanto continuaba buscando asídua é inútilmente á la fugitiva, y cuando por último se convenció de su error, y de que ni estaba allí ya ni le oia, se dirigió hácia el sitio donde habia dejado al Hipogrifo; mas con gran sorpresa suya se encontró con que se habia arrancado el freno é iba volando por los aires en toda su libertad. Grande fué el disgusto que le ocasionó la pérdida de su caballo, y mucho más coincidiendo con la decepcion que Angélica le habia hecho sufrir; pero su mayor sentimiento consistia en la falta del precioso anillo, no tanto por la virtud que poseia, como por haber sido regalo de Bradamante.

Pesaroso en alto grado, volvió á vestirse sus armas, y se colocó el escudo á la espalda; alejóse del mar, y atravesando la playa, se dirigió á un anchuroso valle, en el cual habia un bosque sombrío, dividido por un sendero trillado y de una gran longitud. No anduvo mucho, cuando oyó un gran estrépito á su derecha y hácia el sitio en que más espesa era la selva. Aquel estruendo era producido por el choque de las armas: apresuró el paso, saltando matorrales, y descubrió en un pequeño claro del bosque dos individuos que se batian encarnizadamente. Animados por un feroz deseo de no sé qué venganza, no se daban tregua ni descanso. Uno de ellos era un gigante de aspecto horrendo; el otro un caballero atrevido y leal, que valiéndose del escudo y de la lanza, y saltando acá y allá, procuraba esquivar los furibundos golpes de la maza que el gigante empuñaba con las dos manos. Cerca de él yacia su caballo muerto.

Rugiero se detuvo, y permaneció mudo espectador de aquella lucha: en su mente dirigió fervientes votos al Cielo por que venciera el caballero; más se abstuvo de acudir en su defensa, y continuó apartado hasta ver el resultado del combate.

De pronto levantó el gigante la maza con ambas manos, y dejóla caer con toda su fuerza sobre el yelmo de su adversario á quien derribó tan tremendo golpe; y apenas el vencedor le vió en el suelo, se apresuró á desatarle el casco para darle muerte, cuya circunstancia permitió á Rugiero distinguir las facciones del vencido. Atónito el paladin, conoció en aquel rostro el de su dulce y bella Bradamante, á la que se preparaba á cortar la cabeza el impío gigante: fuera de sí, se lanzó á él con la espada desnuda retándole á singular batalla; mas su adversario, despreciando el desafío, cogió á la doncella desmayada entre sus brazos, la colocó sobre sus hombros y alejóse con ella, del mismo modo que huye el lobo llevándose un tierno corderito, ó el águila arrebatando entre sus encorvadas garras una paloma ó cualquier otra avecilla.

Comprendiendo Rugiero lo necesario que era su auxilio en aquella ocasion, echó á correr tras el gigante con cuanta velocidad le era posible; pero aquel movia sus desmesuradas piernas con tal rapidez, que el enamorado paladin apenas podia seguirle con la vista. Corriendo el uno y persiguiendo el otro, penetraron en un sendero oscuro y sombrío, que iba dilatándose á cada paso, hasta que salieron á una gran pradera.

Los dejaremos allí para volver á Orlando, que acababa de arrojar en las profundidades del mar el arma terrible del rey Cimosco, á fin de que no pudiera caer en manos de nadie. De poco le sirvió, porque el impío enemigo de la naturaleza humana, que fué el inventor de aquel rayo, á imitacion del que, descendiendo del cielo, rompe las nubes, hizo que lo encontrara un mágico en tiempo de nuestros abuelos ó poco antes, para ocasionar á los mortales un tormento mayor del que les causara cuando engañó á Eva con la manzana. Aquella máquina infernal estuvo sepultada bajo más de cien brazas de agua por espacio de muchos años, hasta que fué extraida del mar por medio de sortilegios: primeramente fué conocida de los alemanes, que haciendo con ella diferentes ensayos, ayudados por el Demonio que aguzaba sus ingenios en nuestro daño, dieron por fin con el uso á que estaba destinada. La Francia, la Italia, y sucesivamente todas las naciones aprendieron despues ciencia tan cruel: unos fundieron el bronce, y al salir del horno ardiente, lo modelaron en forma hueca: otros horadaron el hierro, y forjaron armas de todas dimensiones, más ó menos pesadas, á las que cada autor, segun su capricho, dió los nombres de bombardas ó arcabuces, cañones sencillos ó cañones dobles, sacres, falconetes ó culebrinas, cuyos tiros atraviesan el hierro, rompen el mármol y ábrense camino por donde se les dirige. Confia, pues, á la frágua, mísero soldado, cuantas armas llevas, inclusa la espada, y échate al hombro un mosquete ó un arcabuz, porque sin ellos no alcanzarás ningun buen resultado.

¡Oh invencion horrible y criminal! ¿Cómo pudiste hallar cabida en el corazon del hombre? Tú has destruido la gloria militar; tú has arrebatado su honor á la carrera de las armas; por tí se ven reducidos á tal extremo el valor y la virtud, que con frecuencia aparece el malvado preferido y antepuesto al bueno: por tí no son ya una ventaja en las batallas la audacia y la gallardía. Tú has sido y serás causa de la sangrienta muerte de tantos señores y tantos caballeros antes de que concluya esta guerra, origen del llanto de todo el mundo, y de Italia especialmente. Por esto he dicho, y estoy seguro de no equivocarme, que el inventor de tan abominable artificio fué el más cruel y el más perverso de cuantos hayan inventado artificios crueles y perversos, y creeré que Dios, en justa y eterna venganza de tal infamia, encerrará su alma maldita en el profundo abismo, junto á la del maldito Judas.

Pero sigamos al paladin Orlando, á quien aguijonea cada vez más el deseo de llegar á la isla de Ebuda, donde las mujeres más hermosas, son entregadas á la voracidad de un mónstruo marino.

Cuanta más prisa tenia el caballero, tanta menos parecia tener el viento, y ora soplara por la izquierda, ora por la derecha, ó bien por la popa, era siempre tan flojo que la nave iba navegando con suma lentitud: á veces reinaba una desesperadora calma chicha, y otras agitábanse las olas con tal violencia que obligaban al bajel á retroceder ó á ir dando bordadas, como si Dios, en sus altos juicios, hubiera dispuesto que Orlando no llegara á la isla antes que el rey de Hibernia, á fin de que más fácilmente sucediera lo que tendreis ocasion de oir tras breves páginas.

—Aproxímate á la isla, dijo Orlando al piloto: quédate en la costa y dame la lancha; pues intento ir al escollo sin compañía alguna. Me llevaré el cable más grueso, y el ancla más grande que haya en el buque; pronto verás el uso que pretendo hacer de ellos, si llego á encontrarme frente á frente con aquel mónstruo.

Hizo botar al agua el esquife, al que se trasbordó con todo lo necesario para su proyecto: dejó en el buque todas sus armas, excepto la espada, y bogó completamente solo en demanda del escollo, dirigiendo los remos hácia el pecho, y vuelto de espaldas al sitio donde queria desembarcar, del mismo modo que el cangrejo suele salir á la orilla desde el fondo del mar. Era la hora en que la bella Aurora habia extendido sus dorados cabellos ante la presencia del Sol, aun medio oculto, á despecho del enojo del celoso Titon.

Cuando llegó como á un tiro de piedra del desnudo escollo parecióle oir á intervalos lastimosos quejidos, que llegaban á sus oidos bastante debilitados por la distancia. Volvióse enteramente hácia la izquierda, y fijando sus ojos en la rompiente de las olas, vió una mujer desnuda, atada á un tronco, y cuyos piés bañaban las aguas. Como se encontraba aun algo distante, y como aquella mujer tenia la cabeza inclinada, no pudo distinguir sus facciones. Empezó entonces á remar con más fuerza, é iba avanzando con el deseo de cerciorarse de quien ser pudiera, cuando de pronto oyó un terrible mugido que procedia del mar, haciendo retumbar con su eco las cavernas y las selvas. Levantáronse las olas, y apareció en seguida el mónstruo, bajo cuya masa enorme casi desaparecia el agua.

Cual negra nube que, llevando en su seno la lluvia y la tempestad, desciende sobre un oscuro valle, rodeándolo todo de tinieblas más densas que las de la misma noche y ocultando la luz del dia, así se adelantó la horrenda fiera, cubriendo con su cuerpo tanto espacio de mar, que podia decirse que lo abarcaba todo. Estremeciéronse las ondas, mientras que Orlando, recogido en sí mismo, la contempló con mirada serena y altiva, sin perder el color ni sentir miedo en su corazon; y como aquel que está firmemente decidido á llevar á cabo un propósito, se adelantó rápidamente, colocando el esquife entre la orca y la jóven, á fin de que su cuerpo la sirviera de antemural y tambien para poder atacar á aquella con más seguridad. Dejando su espada tranquila en la vaina, empuñó el áncora que estaba atada al cable y esperó con gran serenidad al terrible mónstruo. En cuanto la orca se hubo aproximado y vió tan cerca de sí á Orlando en la lancha, abrió para devorarle su inmensa boca, por la cual cabria con facilidad un hombre á caballo. Aprovechando aquella ocasion, precipitóse Orlando entre las fauces del mónstruo marino con su cable, con su áncora, y aun creo que con su lancha, é hincóle los dos picos de la segunda en la lengua y en el paladar de suerte que le imposibilitó por completo el movimiento de las desmesuradas mandíbulas, del mismo modo que los mineros colocan barras de hierro para sostener las paredes de las galerías que van abriendo, á fin de preservarse de los hundimientos de estas mientras atienden desprevenidos á su trabajo. Los dos extremos del áncora estaban tan separados entre sí que para llegar al superior habria tenido el guerrero que dar un salto.

Una vez puesto aquel puntal, y seguro ya de que la fiera no podia cerrar la boca, desnudó Orlando la espada y empezó á dar tajos y reveses á diestro y siniestro por aquel oscuro antro. Del mismo modo que pelean los sitiados cuando el enemigo ha llegado á penetrar en la fortaleza, se defendia la orca como podia del paladin que tenia en su garganta. Vencida por el dolor, unas veces saltaba fuera del agua descubriendo sus lomos escamosos; otras se hundia entre las olas removiendo la arena con su voluminoso vientre y haciéndola salir á la superficie. Orlando, al verse expuesto á perecer ahogado por las frecuentes inmersiones del cetáceo, salió nadando de la boca de este y dejando en ella bien clavada el áncora, pero sin soltar el cable que la sujetaba, llegó á nado hasta el escollo: una vez en terreno firme, fué tirando del cable y atrayendo hácia sí el áncora que continuaba clavándose cada vez más en las fauces del mónstruo, el cual se vió obligado á obedecer al impulso de Orlando y á ceder á aquella fuerza superior á otra cualquiera; fuerza que con una sola sacudida era capaz de levantar más peso que con diez un cabrestante.

La orca, arrastrada á pesar suyo por el poderoso brazo del paladin fuera de su antigua y vital mansion, se debatia con violencia y revolcábase continuamente sin poder romper la cuerda que la sujetaba, lo mismo que el toro, al sentirse sujeto por el lazo, salta acá y acullá, da mil vueltas, se tiende y se vuelve á levantar, sin conseguir desembarazarse de las ligaduras que le oprimen. De su boca salian torrentes de sangre en tanta abundancia, que bien podia aplicarse el nombre de Rojo á aquel mar, cuyas olas continuaba sacudiendo en términos de descubrir más de una vez su arenoso fondo, ó de elevar montañas de agua hasta los mismos cielos, ocultando la luz del claro Sol; y todo esto producia un estrépito tal, que retemblaban los montes, las selvas y hasta las playas más lejanas.

El viejo Proteo salió de su gruta al oir semejante estruendo, y apareció en la superficie del mar; y al ver á Orlando entrar y salir de la orca y arrastrarla hácia la orilla, huyó por el anchuroso Océano, abandonando sus diseminados rebaños. El mismo Neptuno, sorprendido por tal rumor y tan extraña confusion, hizo uncir á su carro á sus delfines, y no paró hasta llegar á las costas de Etiopía, mientras que Ino, acongojada, llevando á Melicertes en sus brazos, las Nereidas con los cabellos en desórden, los Glaucos, los Tritones y demás divinidades marinas corrian atolondrados de uno á otro lado, no sabiendo donde refugiarse.

Orlando sacó por fin á la playa al horrendo pescado del cual no tuvo que ocuparse más; porque debilitado por sus esfuerzos y sus heridas, habia muerto antes de llegar.

Muchos habitantes de la isla habian acudido presurosos á presenciar tan singular combate; mas ofuscados por una preocupacion fanática, consideraron tan santa accion como un sacrilegio, por creer que con ella se habia cometido una nueva falta contra Proteo. Temerosos, por lo tanto, de haber excitado otra vez su cólera, y de que volvieran á acometerles las fieras marinas, renovando la antigua guerra con todos los inmensos perjuicios que les habia ocasionado, determinaron suplicar humildemente á la ofendida deidad marina que les perdonara, antes que sobreviniesen más funestas consecuencias; pero arrojando primeramente al mar al impío Orlando á fin de aplacar el furor de Proteo con este sacrificio. De los ánimos de todos los isleños se apoderó el deseo de realizar tan funesto proyecto con la misma rapidez que se comunica el fuego de una en otra antorcha iluminando en breve toda una comarca.

Armados presurosamente de hondas, arcos, lanzas y espadas, bajaron á la playa, y acometieron á Orlando, rodeándole de mil modos y atacándole por todos lados. Quedó sorprendido el Paladin al ver tan bestial insulto y tan negra ingratitud; pues cuando esperaba alcanzar eterna gloria ó el debido agradecimiento por haber dado muerte al mónstruo, su recompensa consistia en injurias y atentados contra su vida; pero así como el oso, á quien los rusos ó los lituanios enseñan por las calles como un entretenido espectáculo, no hace caso alguno de los importunos ladridos de los gozquecillos, á los que ni siquiera se digna mirar, de igual suerte vió el paladin sin temor á toda aquella turba vil que podia derribar con solo un soplo; y bien lo dió á conocer manteniéndoles á una respetable distancia, apenas se volvió contra ellos empuñando su Durindana.

Los insensatos isleños habian creido que Orlando no podria hacerles frente no llevando puesta la coraza, ni embrazado el escudo, ni ninguna otra arma defensiva; pero ignoraban que su piel, desde los piés á la cabeza, era más dura que el diamante. Lo que sus adversarios no pudieron hacer con el Paladin, hizo este con aquellos: de solo diez cuchilladas (y no serian muchas más) tendió á sus piés treinta enemigos, cuya leccion bastó para ponerlos en cobarde fuga.

Apenas libre de ellos, dirigióse á desatar á la jóven, cuando resonaron en la playa nuevos gritos y nuevo tumulto. Mientras los bárbaros estaban entretenidos, contemplando en esta parte de la costa la lucha de Orlando con la orca, habian desembarcado sin dificultad en diferentes puntos de ella los irlandeses, que, depuesta toda piedad, hicieron por todas partes horribles estragos en aquel pueblo, y ya fuese por justicia ó por crueldad, no respetaron edad ni sexo. Ninguna ó poca resistencia opusieron los isleños, bien por haberse visto cogidos de improviso, ó bien porque en aquella isla, de corta extension, habia pocos habitantes, y aun estos pocos, sin ningun valor. Los invasores saquearon la ciudad, incendiaron las casas, pasaron á cuchillo á las personas, derribaron las murallas, y no dejaron en toda la isla un solo ser viviente.

Haciendo caso omiso de aquel estruendo, gritería y matanza, acudió Orlando á la doncella destinada á satisfacer la voracidad de la orca marina. Al fijar en ella sus miradas creyó conocerla; aproximóse más y se afirmó en su creencia: le pareció que era Olimpia, y efectivamente era la misma, que habia visto su constancia tal mal recompensada. ¡Desdichada Olimpia! Como si no fuera bastante para su lacerado corazon el desengaño que le diera Amor, la Fortuna cruel la entregó el mismo dia en manos de unos corsarios, que la llevaron á la isla de Ebuda. La infeliz jóven habia conocido á Orlando en cuanto se encaminó hácia el escollo donde estaba atada; pero como se hallaba completamente desnuda, tenia la cabeza baja, sin atreverse á hablar ni á levantar hácia él la vista.

Preguntóle Orlando por qué fatalidad la encontraba en aquella isla de tal suerte, cuando él la habia dejado en compañía de su esposo, tan contenta y satisfecha como era posible.

—¡Ay de mí! le contestó: no sé si deba daros de nuevo las gracias por haberme librado entonces de la muerte, ó si manifestarme pesarosa, porque hoy, merced á vos, no hayan tenido un término mis desgracias. Debo indudablemente estaros agradecida por haberme evitado un género de muerte tan cruel, como lo hubiera sido tener por tumba las entrañas de aquella fiera; pero no puedo agradeceros el encontrarme ahora con vida, pues solo con mi existencia concluirán mis miserias. ¡Oh! arrancádmela por vuestra mano, y en mi último suspiro irá envuelta mi gratitud hácia tanta bondad.

Despues continuó refiriéndole entre copioso llanto cómo su esposo la habia burlado, dejándola dormida en una isla, donde unos corsarios se apoderaron de ella. Mientras estaba hablando, procuraba Olimpia dar á su cuerpo la actitud con que se suele pintar ó esculpir á Diana sorprendida por Acteon en el baño, volviéndose de lado y ocultando su pecho y mil bellezas, á pesar de dejar expuestas á las miradas de todos la espalda y los costados.

Orlando esperaba con ansiedad que entrara su bajel en el puerto, á fin de cubrir á Olimpia con algunas ropas. Mientras permanecia en una afanosa espectacion, llegó Oberto, rey de Hibernia, que acababa de saber que el mónstruo marino estaba tendido en la playa; que un caballero habia tenido el valor y audacia de clavarle en la boca un áncora pesada, y que con ella lo habia arrastrado hasta la orilla del mismo modo que se suele varar las naves. Oberto, para cerciorarse de si era cierto cuanto se le habia referido, acudió á aquel sitio, en tanto que su gente completaba por todas partes la destruccion de Ebuda.

Aun cuando Orlando estaba empapado en agua, sucio, y cubierto de la sangre que llevó consigo al salir de la boca de la orca, en la que habia entrado enteramente, el rey de Hibernia le conoció en seguida, tanto más cuanto que, apenas tuvo noticia de tal heroicidad, se le fijó en la mente la idea de que Orlando, y nadie más, era capaz de haberla llevado á cabo. Le conocia, porque habia sido educado en Francia, de donde salió el año anterior para ceñirse la corona que heredara por muerte de su padre, y allí habia visto y hablado al Conde infinitas veces. Alzándose al momento la visera de su casco, corrió á abrazar y festejar al paladin, que le estrechó entre sus brazos con no menores muestras de alegría. Despues de haberse dado repetidas veces las mayores muestras de afecto y cordial amistad, refirió Orlando á Oberto la traicion de que habia sido víctima Olimpia, así como el nombre del traidor, más obligado que otro alguno á guardarle fidelidad. Dióle minuciosa cuenta de las muchas pruebas con que ella habia demostrado su amor á Bireno, así como las pérdidas en familia y bienes que por él habia sufrido hasta llegar á ofrecer su vida por la de tan pérfido amante, añadiendo por último que él habia sido testigo de muchas de aquellas acciones de las que podia salir garante.

Mientras Orlando hablaba, los ojos hermosos y serenos de la jóven estaban llenos de lágrimas. El bello rostro de la princesa se asemejaba entonces al cielo tal como le vemos en algunos dias de primavera, cuando cae una lluvia pasajera, al mismo tiempo que el Sol atraviesa con sus rayos el nebuloso velo; y así como los ruiseñores entonan en aquella estacion sus dulces trinos, saltando de rama en rama, del mismo modo Amor humedecia en las lágrimas de la jóven las plumas de sus alas, regocijándose con el claro fulgor de sus hermosos ojos, en cuyo fuego forjaba sus dardos, templándolos despues en el cristalino raudal que se deslizaba entre las rosas blancas y encarnadas de sus mejillas: despues de templadas sus flechas, las disparó contra el galan Oberto, á quien no pudieron defender su escudo, ni su coraza, ni su cota de mallas; pues mientras estaba arrobado contemplando los ojos y los cabellos de la desdichada Olimpia, se sintió el corazon herido, sin saber cómo.

Los atractivos de Olimpia eran de los más raros, pues no solo formaban un conjunto encantador los ojos, la frente, los cabellos, las mejillas, la boca, la nariz, los hombros y la garganta, sino que los demás miembros, velados hasta entonces por el traje á las miradas profanas, eran tan admirables, que podian muy bien anteponerse á cuantos hubiera en el mundo. Sus redondos pechos, que vencian en blancura al ampo de la nieve y eran más tersos que el marfil, parecian de leche recien exprimida de los juncos: ambos estaban separados por un surco pequeño semejante á los floridos valles que se forman entre dos colinas, cuando en la estacion amena empieza el Sol á derretir las nieves que habia acumulado el invierno. Sus costados, sus torneadas caderas, sus alabastrinos muslos y el resto de su cuerpo más terso y brillante que un espejo, parecian hechos á torno por el mismo Fidias ó por otra mano más diestra, si es posible. ¿Habré de describir las perfecciones que encerraban las demás partes que ella procuraba ocultar en vano? Básteme decir, que desde los piés á la cabeza era toda ella el tipo de la belleza más acabada. Si el pastor Frigio la hubiese visto en los valles de Ida, seguramente Venus no hubiera alcanzado el premio de la belleza, á pesar de ser ella superior á las otras dos Diosas, y probablemente Paris no habria violado la hospitalidad en Esparta, sino que hubiera dicho á Elena:—«Quédate con Menelao; pues yo no quiero más beldad que esta.»—Y si Olimpia hubiese estado en Crotona, cuando Zeuxis tuvo que esculpir la estátua que debia colocarse en el templo de Juno, reuniendo las doncellas más hermosas de la Grecia para copiar aquello que cada una de ellas tuviera más perfecto, á fin de que saliera su obra perfecta tambien, con Olimpia sola hubiera tenido bastante por estar reunidas en ella todas las bellezas.

Estoy seguro de que Bireno no vió jamás aquel cuerpo desnudo; pues de otra suerte, no habria tenido la crueldad de abandonar á la jóven en la isla desierta. Por eso no me maravilla que Oberto, abrasado por el fuego del amor, fuese impotente para ocultarle, procurando consolarla con gran solicitud y haciéndole concebir la esperanza de que de tanto infortunio naceria para ella la dicha. Prometióle acompañarla á Holanda, y no parar hasta restablecerla en el trono, y haber tomado una cruel y memorable venganza del perjuro y traidor Bireno, aunque para ello tuviera que emplear todas las fuerzas de Irlanda, asegurándole por último que pondria inmediatamente por obra este propósito.

En tanto, hacia buscar por todas partes trajes y ropas de mujer, si bien no habia necesidad de alejarse de la isla para encontrarlos, porque todos los dias se recogian en ella las vestiduras de las doncellas entregadas al mónstruo marino. Fácilmente encontró Oberto trajes de mil distintas hechuras, é hizo vestir con uno de ellos á Olimpia, aunque sintiendo no poder proporcionarle uno tan bueno como hubiera deseado: verdad es que ni las ricas telas de oro y seda que tejen los industriosos florentinos, ni el vestido más minuciosamente recamado á fuerza de tiempo, paciencia y estudio, aunque saliera de las manos de Minerva ó del Dios de Lemnos, le hubieran parecido decorosos ni dignos de cubrir los miembros de la princesa, cuyos atractivos recordaba incesantemente.

Orlando se manifestó muy contento de aquel naciente amor por muchos motivos; pues además de estar persuadido de que el rey de Irlanda no dejaria por mucho tiempo impune la traicion de Bireno, se veia libre por esta causa de aquel grave y enojoso compromiso, cuando él habia acudido á la isla de Ebuda para socorrer á su amada si es que se encontraba en ella, y no para favorecer á Olimpia. Le constaba ya que Angélica no estaba allí, pero no podia cerciorarse tan fácilmente de si habia estado; porque habian perecido todos los habitantes de la isla sin quedar uno solo con vida.

Al dia siguiente zarparon de aquel puerto, habiéndose embarcado todos juntos en direccion á Irlanda, en donde quiso tocar el Paladin para regresar á Francia. No consintió en detenerse un dia entero en Irlanda á pesar de los ruegos insistentes de sus amigos. Amor, que le impelia tras su amada, le prohibia permanecer allí más tiempo. Antes de partir, recomendó al Rey que cuidara de Olimpia, y que cumpliera las promesas que habia hecho á la princesa, aunque bien es verdad que no habia necesidad de ello, pues cumplió su palabra con más exactitud de lo que se acostumbra.

Y en efecto, en breves dias reunió Oberto su ejército; y aliado con los reyes de Inglaterra y de Escocia, restituyó á Olimpia la Holanda, se apoderó de la Frisia, sublevó la Zelanda contra Bireno, y no terminó la guerra hasta que le dió la muerte: ¡castigo harto débil para la magnitud de su delito! Oberto se casó con Olimpia, á quien convirtió de simple condesa en una reina poderosa.

Pero volvamos al Paladin que navegaba á toda vela por el ancho mar, caminando sin cesar noche y dia. Pronto llegó al mismo puerto de Francia de donde habia zarpado, y montando otra vez en su Brida-de-oro, dejó en breve tras de sí los vientos y las saladas ondas. Creo firmemente que en el resto de aquel invierno ejecutaria Orlando cosas dignas de tenerse en cuenta; pero estuvieron rodeadas de tal misterio que no es culpa mia si no las refiero ahora. Orlando estaba siempre más pronto á llevar á cabo cualquier accion laudable y meritoria, que á publicarlas despues, y ninguno de sus hechos llego á conocerse sino cuando habian tenido testigos presenciales. Pasó el resto del invierno tan callado, que no se supo nada de él á ciencia cierta; pero cuando el Sol iluminó la Tierra desde el discreto animal que llevó á Friso, y el céfiro con su soplo dulce y templado trajo de nuevo la risueña primavera, reaparecieron las admirables hazañas de Orlando al mismo tiempo que las flores y las yerbas. De llano en monte, y de campiña en costa, iba vagando agobiado por la fatiga y por el dolor, cuando al penetrar en un bosque hirió sus oidos un estridente grito, un prolongado lamento: aguijó su corcel, empuñó la espada y se encaminó velozmente hácia el sitio de donde salian aquellos lamentos: pero diferiré para otro momento la continuacion de mi historia, si quereis seguir escuchándome.

Canto XII

Persigue Orlando irritado á un caballero que arrebata á la fuerza á su dama y llega á un palacio construido por Atlante de Carena con el objeto de atraer á él á Rugiero.—Llega este despues; pero habiendo Orlando descubierto de nuevo á Angélica, marcha en pos de ella, combate con Ferragús, lleva á cabo una accion heróica contra los paganos, y encuentra despues á Isabel.

Al separarse Ceres da la madre Idea, regresó apresuradamente á los valles solitarios que se encuentran en la falda del monte Etna, bajo cuyo peso gime el gigante Encelado herido por el rayo; y no encontrando á su hija donde la habia dejado, se mesó desesperada los cabellos, se hirió los ojos, y se golpeó el rostro y el pecho; arrancó despues dos pinos, y los encendió en el fuego de Vulcano, dándoles la propiedad de que no pudieran apagarse nunca. En seguida, cogiendo una de aquellas antorchas en cada mano, subió á su carro tirado por dos serpientes; recorrió en busca de su hija las selvas, las campiñas, los montes, las llanuras, los valles, los rios, las lagunas, los torrentes, la tierra y el mar, y despues de hacer inútiles pesquisas sobre la Tierra, bajó á las profundidades del Tártaro.

Si Orlando hubiera tenido el mismo poder que la diosa de Eleusis, como era su deseo, con tal de encontrar á Angélica no habria dejado de recorrer las selvas, los campos, las lagunas, los rios, los valles, los montes, las llanuras, la tierra y el mar, el cielo, y hasta la region del eterno olvido; pero como no disponia del carro y de los dragones de Ceres, la iba buscando del mejor modo que le era posible.

Despues de haber visitado toda la Francia, se preparaba á recorrer la Italia, la Alemania, las dos Castillas, y á atravesar el mar de España, para pasar á la Libia. Mientras iba madurando este proyecto, hirió sus oidos el eco de una voz doliente; apretó el paso, y vió á alguna distancia un caballero galopando sobre un corcel de gran alzada, y llevando en brazos á una tristísima doncella echada sobre el arzon delantero de la silla. La jóven lloraba y procuraba desasirse dando muestras de un dolor intenso, y llamando en su socorro al valeroso príncipe de Anglante, el cual, al reparar en la doncella, creyó conocer á Angélica á quien dia y noche iba buscando por el interior y los confines de la Francia. No puedo asegurar que fuese ella, pero sí que se parecia á aquella Angélica gentil, á quien amaba Orlando tan tiernamente. Al ver este que de tal modo le arrebataban su idolatrada amante, tan afligida y triste, lleno de cólera y de furor, retó con estentórea voz á su raptor, y prorumpió en amenazas contra él, lanzando á rienda suelta en su seguimiento á Brida-de-oro. Pero aquel infame ni se dignó contestarle, ni detenerse: atento únicamente á su admirable presa, corria por entre aquella espesura con tanta celeridad, que hubiera dejado atrás al viento. Huia el uno velozmente; volaba el otro en pos de él, y la profunda selva resonaba con sus gritos.

Llegaron, sin cesar en su vertiginosa carrera, á un extenso prado en medio del cual se elevaba un palacio grande y suntuoso, construido con diferentes clases de mármoles, adornados de prolijas esculturas. El raptor atravesó corriendo la puerta de oro de aquel palacio sin abandonar un momento á la doncella; poco despues llegó Brida-de-oro con su dueño enojado y furibundo. Cuando entró en el palacio, miró Orlando en torno suyo, y no vió ya al caballero ni á la jóven. Saltó más bien que se apeó de su corcel, é internándose en el palacio, pasó como un rayo por todas sus habitaciones, corriendo de una en otra, sin dejar de reconocer todas las cámaras, hasta las más reducidas y apartadas. Despues de haber recorrido en vano todos los sitios más recónditos de la planta baja, subió al primer piso, y en él perdió el mismo tiempo y trabajo que habia perdido en el inferior.

Vió diferentes lechos en que brillaban el oro y la seda: el pavimento y las paredes desaparecian bajo espesos tapices y alfombras; pero sin fijarse en aquellas magnificencias, continuaba el Paladin corriendo de arriba á abajo y de abajo á arriba repetidas veces, sin conseguir alegrar sus ojos con la vista de Angélica, ni encontrar al ladron que le habia arrebatado tan adorada imágen. Mientras dirigia inútilmente sus pasos por todas partes, lleno de inquietud, y entregado á mil pensamientos, vió á Ferragús, á Brandimarte, al rey Gradasso, al rey Sacripante y otros muchos caballeros, que como él recorrian todos los departamentos del palacio, y como él se afanaban inútilmente, maldiciendo sin cesar al malvado é invisible señor de aquella mansion. Todos ellos iban en su busca: todos le acriminaban por haberles robado algo: los unos se quejaban de la falta del caballo, que aquel les habia arrebatado; los otros se enfurecian por la pérdida de su amada; por las diferentes cosas, varios; y mientras tanto no sabian alejarse de aquella especie de jaula, donde muchos de ellos, víctimas de tales engaños, contaban semanas y meses enteros de permanencia.

Despues de haber recorrido cuatro ó seis veces todo aquel misterioso palacio, se dijo Orlando á sí mismo:—«Si permanezco aquí, gastaré el tiempo y el trabajo inútilmente, pues el ladron puede muy bien haber escapado con Angélica por alguna otra salida y encontrarse ya muy léjos de este sitio.»—Ocupada con este pensamiento su imaginacion, salió á la pradera que circuia todo el palacio. Mientras daba la vuelta en torno de aquella morada campestre y tenia fijas las miradas en el suelo para descubrir si á uno ú otro lado aparecian las señales de un nuevo camino, oyó que le llamaban desde una ventana; levantó los ojos, y le pareció oir aquella voz divina y distinguir aquel admirable rostro que habia ocasionado un cambio tan radical en su vida y sus costumbres. Se le figuró oir á Angélica, que entre súplicas y llanto le decia:—«¡Favor, socorro! Te recomiendo mi honor más que mi alma, más que mi vida. ¿Seria posible que ese bandido me lo arrebatara en presencia de mi amado Orlando? ¡Oh! ¡Antes que dejarme entregada á tan inhumana suerte, arráncame la vida con tus propias manos!»

Estas palabras obligaron á Orlando á renovar una y otra vez sus pesquisas por todas las estancias del palacio, mitigando una dulce esperanza la fatiga y el cansancio que empezaba ya á sentir. Cada vez que se detenia, creia escuchar una voz semejante á la de Angélica que imploraba su auxilio. Acudia presuroso hácia el sitio de donde le parecia que habia salido, y entonces resonaba en otra parte, obligándole á ir de un lado para otro, y siempre en vano.

Pero creo oportuno volver á Rugiero, á quien dejé en el momento en que acababa de atravesar un sendero oscuro siguiendo al gigante y á su dama, hasta que al salir del bosque se encontró en una pradera dilatada. Continuando su persecucion, llegó, si no estoy equivocado, al mismo sitio donde Orlando habia llegado poco antes: el gigante traspuso la puerta del palacio, y tras él Rugiero, tenaz en perseguirle. Apenas puso el pié en el umbral, miró el patio y las galerías, y no vió ya al gigante ni á la dama: paseó inútilmente sus miradas en todas direcciones, subió y bajó en vano por todas aquellas cámaras, sin encontrar lo que deseaba, ni poder imaginar cómo habian desaparecido tan rápidamente la doncella y su raptor. Despues de haber recorrido cuatro ó cinco veces las galerías, las cámaras y los salones de aquel edificio, tanto los inferiores como los superiores, volvió de nuevo á sus pesquisas, y no las abandonó sino cuando hubo registrado hasta debajo de las escaleras. Abrigando la esperanza de que los fugitivos estarian en las selvas vecinas, alejóse del palacio; pero atraido por una voz que le llamaba, como la otra llamó á Orlando, volvió de nuevo á reconocer el edificio.

La misma voz, la misma persona que Orlando habia tomado por Angélica, ofrecióse á la vista y á la imaginacion de Rugiero como la dama de Dordoña, la soberana de su albedrío. Si aquella voz, si aquella persona se dirigia á Gradasso ó alguno de los que iban errantes por el palacio, todos creian ver y oir en ella al objeto de sus más fervientes deseos. Atlante de Carena habia imaginado este nuevo é insólito encantamiento para ocupar la imaginacion de Rugiero en aquel trabajo, en aquella dulce pena, y sustraerle por este medio á su funesto destino, que le condenaba á morir en la flor de su juventud. El encantador esperaba conseguir así lo que no habia logrado valiéndose primeramente del castillo de acero, y de Alcina despues. Atlante atrajo á aquella morada, no solo á Rugiero, sino tambien á cuantos guerreros tenian en Francia fama de esforzados, á fin de que su protegido no pereciera á sus manos; y mientras les obligaba á permanecer en el palacio, reunia en este tal abundancia de provisiones y manjares esquisitos que las damas y los caballeros encontraban cuanto podian apetecer.

Pero volvamos á Angélica que, teniendo en su poder el admirable anillo, merced al cual se hacia invisible ó destruia todos los encantos, y despues de haber encontrado en la cueva víveres, vestidos, caballos y cuanto necesitaba, se disponia á regresar á la India y á su hermoso reino. Sin duda alguna hubiera deseado tener por compañeros á Orlando ó Sacripante, no porque amara al uno más que al otro, pues siempre se habia mostrado con ellos desdeñosa, sino porque, obligada á atravesar por tantas ciudades y castillos para pasar á Levante, le era indispensable un compañero y un guia, y ninguno le habria inspirado tanta confianza como ellos. Fué buscando tanto al uno como al otro durante largo tiempo, sin encontrar huella ni indicio alguno que le revelara su presencia, unas veces por las ciudades, otras por las aldeas, algunas por los bosques, y muchas por diferentes sitios. La Fortuna la encaminó por último hácia el punto donde estaban Orlando, Ferragús y Sacripante con Rugiero, Gradasso y otros muchos, á quienes Atlante habia hecho caer en sus redes.

Entró Angélica en el palacio, sin que el mago la pudiera ver porque llevaba el anillo en la boca; y registrándolo todo, encontró á Orlando y á Sacripante, que continuaban buscándola inútilmente por aquel recinto. Vió tambien cómo Atlante, suplantando su imágen, engañaba y entretenia á los dos guerreros. En seguida, empezó á pensar á cual de ellos deberia confiarse, y se mostraba indecisa; pues no sabia cuál seria preferible, si el Conde Orlando ó el Rey de los orgullosos circasianos. Orlando podria salvarla con más valor de cualquier peligro, es cierto; pero de elegirle por guia y compañero, quedaria bajo su dependencia, por no saber de qué medio valerse despues para apartarle de su lado y hacerle regresar á Francia, cuando ya no le necesitase. En cambio, le seria posible deshacerse del circasiano, cuando así le conviniera, aunque él la hubiese llevado hasta el cielo. Esta sola razon la determinó á escogerle por compañero, y á fingir con él celo y lealtad.

Quitóse el anillo de la boca, descorriendo así el velo que cubria su presencia á los ojos de Sacripante. Creyó, sin embargo, dejarse ver de él solamente; pero la sorprendieron tambien Orlando y Ferragús, que no habian cesado de buscar por dentro y fuera del palacio á su amada, al ídolo de su corazon, á Angélica. Corrieron presurosos y simultáneamente hácia la doncella; pues entonces ya no se lo estorbaba ningun encantamiento, por haberse colocado Angélica el anillo en el dedo, con lo que hizo inútiles todos los designios de Atlante. Dos de aquellos guerreros tenian puesta la coraza y calado el yelmo: desde que entraron en aquel edificio no se habian quitado la armadura ni de dia ni de noche; y acostumbrados á su peso, la llevaban con la misma facilidad y el mismo desembarazo que cualquier otra vestidura. Ferragús, que era el tercero, estaba tambien armado, solo que no llevaba ni queria llevar almete, hasta que consiguiera apoderarse de aquel que Orlando quitó al hermano del rey Trojano, segun juramento que hizo cuando buscó inútilmente en el rio el casco de Argalía; y si bien es verdad que en aquel palacio estuvo algun tiempo en contacto con Orlando, no pudo retarle, porque mientras en él permanecieron no les era dable conocerse. Tan encantada estaba aquella mansion, que los caballeros que en ella penetraban no podian conocerse unos á otros, ni dejar, tanto de dia como de noche, la espada, la coraza ó el escudo; mientras sus caballos, con la silla puesta y el freno colgado del arzon, descansaban cerca de la puerta del palacio, en una cuadra constantemente provista de cebada y paja.

Atlante no supo ni pudo impedir que los tres guerreros saltaran sobre sus corceles para correr tras las sonrosadas mejillas, los blondos cabellos y los hermosos ojos negros de la doncella, que huia castigando á su yegua, porque no era de su agrado la compañía de los tres amantes, á quienes quizá habria aceptado por defensores separadamente. En cuanto los alejó del palacio lo suficiente para no temer que el encantador malvado pusiese por obra contra ellos alguno de sus infames sortilegios, encerró tras de sus labios rojos el anillo que le habia evitado más de un disgusto, y desapareció de repente de su vista, dejándolos entregados á la mayor perplejidad. Aunque el primer propósito de Angélica habia sido el de elejir á Orlando ó Sacripante para que la acompañaran al reino de Galafron, en las apartadas regiones de Oriente, mudó repentinamente de propósito y determinó pasarse sin ninguno de los dos, pensando que su anillo bastaba para sustituirlos, sin necesidad de quedar obligada á cualquiera de ellos.

Los burlados caballeros dirigieron presurosos sus miradas hácia todos los lados del bosque, como el perro cuando pierde la pista de la zorra ó la liebre á quien daba caza, y que se lanza de improviso en cualquier madriguera, en un barranco ó en un espeso matorral. Entre tanto Angélica se reia de ellos, y examinaba sin ser vista todas sus acciones. Un solo camino atravesaba el bosque: los caballeros supusieron que la doncella habia desaparecido de su vista por él, único cuya direccion podia haber seguido: corrió Orlando, siguióle Ferragús, y Sacripante se lanzó tras ellos con no menor velocidad: Angélica refrenó á su corcel y los siguió tranquilamente. Cuando llegaron á un sitio en que todos los senderos se perdian en la espesura, empezaron los caballeros á examinar el terreno á fin de ver si descubrian alguna huella de la fugitiva; pero Ferragús, el más arrogante de cuantos mortales pudieran ceñir corona, se volvió con insolente ademan hácia los otros dos, gritándoles:

—¿A qué venis? Retroceded ó dirigíos por otro camino, si no quereis hallar aquí la muerte; porque no estoy dispuesto á sufrir compañia, cuando se trata de amar ó de buscar á mi dama.

Al oir estas palabras, Orlando exclamó dirigiéndose al Circasiano:

—¿Qué más podria decir ese villano, si en nosotros viera á las prostitutas más viles y tímidas que hayan empuñado jamás la rueca y el huso?

Vuelto luego hácia Ferragús, añadió:

—Hombre soez; si la consideracion de que no llevas yelmo no me detuviera, pronto te haria conocer si has dicho bien ó mal en cuanto has dicho.

El Español contestó:

—¿Por qué te preocupa lo que á mí me tiene sin cuidado? Yo solo soy bastante para hacer con vosotros dos cuanto he dicho, sin casco y tal como me encuentro.

—Házme el obsequio, dijo Orlando dirigiéndose al Rey de Circasia, de prestar á ese tu yelmo hasta que le cure de esa insensata manía: jamás he visto otra semejante á la suya.

El Rey respondió:

—¿No seria yo más loco si accediera á tu deseo? Préstale el tuyo, si en ello no hallas inconveniente, y verás cómo soy tan capaz como tú de castigar á un insensato.

—¡Vosotros sois los imbéciles! exclamó Ferragús: si yo quisiera llevar un casco, ya hubiérais perdido los que llevais, pues habria sabido arrancároslos á la fuerza. Mas, ya que es forzoso decíroslo, sabed que un voto me obliga á ir sin él, y sin él iré hasta que logre apoderarme del que cubre la cabeza del paladin Orlando.

—¿Es decir, contestó el Conde sonriéndose, que tienes la pretension de poder hacer sin casco con Orlando lo que él hizo en Aspromonte con el hijo de Agolante? Pues yo creo que, si te llegaras á encontrar con Orlando frente á frente, temblarias de piés á cabeza; y no solo no desearias su yelmo, sino que le rendirias en el acto todas cuantas armas llevas.

El altanero Español respondió:

—Más de una vez he luchado ya con Orlando, poniéndole en tan grave aprieto, que me habria sido fácil apoderarme de todas sus armas, cuanto más del almete. Y si no lo hice fué porque aun no habia formado la intencion que hoy abrigo en mi pecho: en fin, no lo hice, porque no quise; mas hoy espero que podré conseguirlo sin trabajo alguno.

Orlando no pudo sufrir con paciencia aquellas fanfarronadas, y gritó:

—Cochino embustero, ¿cuándo y en dónde has podido más que yo con las armas en la mano? Ese paladin, á cuya costa te alabas, y á quien creias léjos de tí, está en tu presencia; soy yo. Ahora, pues, mira si puedes arrebatarme este yelmo, ó si soy capaz de arrancarte todas tus armas. No quiero tampoco llevarte la más mínima ventaja.

Y así diciendo, desatóse el yelmo, lo colgó en las ramas de una haya, y desenvainó inmediatamente á Durindana. Ferragús no se manifestó atemorizado por ello; desnudó su acero, y se puso en disposicion de amparar con él y con el escudo su cabeza descubierta.

Empezaron en seguida la pelea, buscándose mútuamente y revolviendo sus caballos: los aceros de ambos se dirigian con preferencia á penetrar por entre las junturas de las corazas y por la parte más débil de su armadura. En todo el mundo no existian otros dos guerreros más dignos de medir sus armas: iguales en vigor y en audacia, ni el uno ni el otro conseguian herirse.

Ya creo haberos dicho, Señor, que Ferragús tenia todo su cuerpo encantado, y que era invulnerable, excepto en aquella parte por donde recibe el niño su primer alimento cuando aun está encerrado en el claustro materno; por esta causa llevó el Sarraceno resguardado contínuamente aquel sitio vulnerable con siete planchas de un excelente temple, hasta el mismo dia en que cubrió su faz la tétrica losa del sepulcro. El príncipe de Anglante era tambien invulnerable, y solo podia ser herido en las plantas de los piés; por eso las preservó de todos los golpes con estudio y arte. Si la fama no miente, sus cuerpos eran más duros que el diamante; y si en sus diferentes empresas iban ambos cubiertos con su armadura, más bien era por adorno que por necesidad.

Aquel combate espantoso, que horrorizaba á la vista, iba haciéndose cada vez más reñido y cruel. Ferragús no daba golpe en vago, ya hiciera de punta ó de filo: los de Orlando rompian, rajaban, ó hacian volar en pedazos las diferentes piezas de la armadura de su enemigo, mientras que Angélica, siempre invisible, era el único testigo de tan terrible espectáculo. El rey de Circasia, presumiendo que la jóven no debia de estar muy distante, aprovechó la oportunidad que aquel combate le proporcionaba, y se encaminó por el sendero que supuso habria seguido la doncella cuando desapareció de su vista; de suerte que la hija de Galafron fué la única persona que presenció la lucha de los dos campeones. Despues de haberla estado contemplando durante algun tiempo, á pesar del horror y espanto que causaba, y cuando le pareció tan peligrosa para uno como para otro adversario, quiso variar la escena; y á este fin, ideó apoderarse del yelmo, para observar no más lo que harian los dos guerreros cuando advirtieran su desaparicion; pues estaba decidida á no conservarle por mucho tiempo en su poder: su intencion era la de dárselo al Conde; pero queria divertirse un rato á su costa.

Descolgó, pues, el yelmo, lo colocó en su regazo y continuó mirando un breve rato á los dos guerreros: en seguida se alejó sin decirles una palabra; y habia recorrido ya una gran distancia sin que ninguno de los dos notase la desaparicion del objeto disputado, tanta era la ira que á uno y otro cegaba, cuando Ferragús, que fué el primero en advertirlo, se apartó de Orlando y dijo:

—¡Cómo nos ha tratado de incautos y necios ese caballero que estaba con nosotros! ¿A qué premio aspirará ahora el vencedor, si nos ha robado el yelmo?

Retrocedió Orlando; dirigió sus miradas á la rama, y al verla sin el yelmo, su furor no conoció límites. Convino con Ferragús en que se lo habria llevado el caballero que antes estaba con ellos; y volviendo la brida é hincando el acicate en su corcel, salió en su persecucion; tras él siguió Ferragús, y cuando llegaron á un sitio donde se veian las huellas recientes del Circasiano y de la doncella, dirigióse el Conde por la izquierda hácia un valle, por donde se habia encaminado Sacripante, mientras que el Sarraceno continuó por un sendero próximo á un monte, en el que se habia internado Angélica.

La jóven habia llegado en tanto á una fuente, situada en un paraje umbroso y agradable, que invitaba á todo transeunte á gozar de su frescura, y de la que nadie se separaba sin humedecer en ella sus labios. Angélica se detuvo á la orilla de las cristalinas ondas, pensando que allí nadie la sorprenderia, y sin creer que pudiera sucederle contratiempo alguno, merced al sagrado anillo que la protegia. Apenas llegó, colocó el casco en un arbusto junto á las verdes orillas del arroyuelo, y despues buscó el sitio más á propósito donde pastara su yegua.

El caballero español llegó á aquella fuente, siguiendo las huellas de Angélica; la cual, no bien le hubo divisado, cuando desapareció de su vista, y se alejó con su yegua, sin cuidarse en su precipitada huida de recoger el yelmo, que habia caido sobre la yerba. Apenas el infiel descubrió á su amada, corrió hácia ella lleno de alegría; pero la jóven desapareció, como he dicho, de su vista, con la misma prontitud con que se desvanece un ensueño fantástico. Ferragús se puso á buscarla por todas partes, maldiciendo á Mahoma, á Trevigante y á todos los profetas y maestros de su religion. Volvió desesperanzado hácia la fuente, donde yacia entre la yerba el yelmo del Conde. Conociólo, apenas fijó en él la vista, á causa de una inscripcion que tenia grabada en la orla, y en la que decia dónde lo habia ganado Orlando, el modo cómo se apoderó de él, la época de la victoria y el nombre de su anterior dueño. No dudó un momento el pagano en cubrirse con él la cabeza y el cuello; pues á pesar del sentimiento que le causaba la brusca desaparicion de la jóven, semejante en lo rápido á la de las fantasmas nocturnas, apresuróse á aprovechar aquella ocasion, que ponia tan codiciada prenda en sus manos.

Despues de haber enlazado cuidadosamente todas las hebillas del yelmo, ocurriósele, para que su satisfaccion fuera completa, alcanzar á Angélica, que aparecia y desaparecia de su vista con la velocidad del relámpago. Recorrió en su busca toda la floresta; y cuando hubo perdido la esperanza de encontrar sus huellas, marchó á unirse con los sarracenos acampados bajo los muros de Paris, consolándose de no haber podido realizar por completo sus deseos con estar en posesion del almete de Orlando, y haber cumplido su juramento. El Conde buscó por espacio de mucho tiempo á Ferragús, luego que tuvo noticia de lo sucedido; mas no pudo recobrar aquel yelmo hasta el dia en que, hallando al Sarraceno entre dos puentes, se lo quitó arrancándole al mismo tiempo la existencia.

Angélica, sola y siempre invisible, continuaba su marcha, con turbado rostro, porque sentia haber olvidado en su precipitacion el yelmo de Orlando cerca de la fuente.

—Por meterme á hacer lo que no debia, iba diciendo entre sí, he dejado al Conde sin su yelmo: no era esta en verdad la primera recompensa que debia yo ofrecerle por los muchos servicios á que le estoy obligada. Pero si me apoderé de él, bien sabe Dios que fué con buena intencion, aunque el resultado sea tan contrario como desgraciado: mi único pensamiento consistia en suspender aquella lucha, y no en que aquel arrogante español realizara por mi mediacion sus deseos.

En estos y semejantes términos iba lamentándose de haber privado á Orlando de su yelmo. Contrariada y pesarosa tomó el camino que le pareció mejor para dirijirse á Oriente, ocultándose ó dejándose ver que las gentes, segun que le parecia ó no oportuno. Despues de haber recorrido muchos paises, llegó á un bosque, donde encontró á un jóven inícuamente herido en el pecho y tendido entre los cadáveres de dos compañeros suyos. Pero no puedo continuar hablándoos más tiempo de Angélica; porque antes he de referir otras muchas cosas, así como tampoco pienso ocuparme de Ferragús ni de Sacripante por algun tiempo. El príncipe de Anglante es el que llama toda mi atencion, y será preciso que os cuente con preferencia á lo demás, los muchos trabajos, penas y fatigas que soportó para conseguir sus deseos, que no pudo ver realizados nunca.

Al llegar á la primera ciudad que halló á su paso, cubrióse con un casco nuevo, sin cuidarse de si estaba bien ó mal templado, pues lo que él procuraba era no ser conocido: por lo demás, tanto le importaba aquel casco como otro cualquiera, tranquilo con su cualidad de invulnerable. Oculto, pues, á todas las miradas, continuó sus pesquisas tanto de dia como de noche, y arrostrando impávido las lluvias ó los ardores del Sol. Pasando un dia cerca de Paris, hácia la hora en que Febo sacaba del mar sus caballos de rociadas crines y la Aurora alfombraba el cielo con flores rojas y amarillas; á esa hora en que las estrellas cesan en sus danzas y se ponen el velo para marcharse, dió Orlando una prueba brillante de su valor. Encontróse frente á frente de dos escuadrones de sarracenos: á la cabeza de uno de ellos iba Manilardo, el moro de blancos cabellos, rey de Noricia, guerrero audaz y gallardo en otro tiempo, y á la sazon mejor para los consejos que para las batallas: el otro iba agrupado en torno del estandarte del rey de Tremecen que pasaba entre los africanos por un perfecto caballero, y cuyo nombre era el de Alzirdo.

Aquellos soldados, como todos los demás del ejército pagano, habian establecido sus cuarteles de invierno, unos al pié de las murallas de las ciudades, otros más léjos, pero todos en rededor de las poblaciones y los castillos; porque habiendo intentado más de una vez el rey Agramante asaltar á Paris, aunque en vano, se decidió por último á asediarlo estrechamente, ya que de otro modo no podia apoderarse de él, y á este fin renunió un número considerable de tropas: además de las que habian seguido sus banderas y de las que pasaron desde España á las órdenes del rey Marsilio, tenia asalariada una multitud de aventureros franceses, con cuyas fuerzas reunidas habia sometido todo el país comprendido entre Paris y el rio de Arlés con parte de la Gascuña, excepto algunas fortalezas.

Apenas empezaron los ondulantes arroyos á convertir el hielo en templadas y cristalinas corrientes, y á revestirse los árboles de nuevas hojas, reunió el rey Agramante á todos cuantos seguian su misma suerte, para organizar su ejército de modo que pudiera realizar desde luego sus propósitos. Los reyes de Tremecen y de Noricia marchaban con este objeto á fin de llegar á tiempo al punto de reunion, donde se admitian toda clase de tropas, fuesen buenas ó malas. Orlando topó, segun he dicho, con las fuerzas de aquellos reyes, mientras iba en busca de su amada, segun su costumbre.

Cuando Alzirdo divisó á aquel conde, cuyo valor no tenia igual en el mundo, con tal aspecto y tan altiva frente que parecia superior al mismo Dios de la guerra, quedó sorprendido de su talante, mirada audaz y fiero continente, y vió en él un guerrero capaz de las acciones más heróicas, por cuya razon entró en deseos de medir con él sus armas. Jóven y arrogante, Alzirdo era tenido por hombre de mucha fuerza y de gran corazon. Preparóse á la lucha y lanzó su caballo contra Orlando: mejor hubiera hecho en continuar á la cabeza de sus soldados; porque en el terrible choque, el príncipe de Anglante le atravesó el corazon, derribándole del caballo, el cual, no teniendo quien le sujetase, huyó á todo escape poseido de un gran terror. Al ver salir á torrentes la sangre del vencido sarraceno, despidieron sus soldados un grito horrísono y terrible, que llenó todo el espacio, y se precipitaron en el mayor desórden contra el Conde, descargándole muchos de ellos tajos y estocadas, mientras los más lanzaban un diluvio de dardos contra la flor y nata de los paladines. Aquel tropel de bárbaros rodeaba al Conde, gritando: «¡A él! ¡A él!» y produciendo un estruendo semejante al que ocasiona una muchedumbre de javalíes, cuando van corriendo despavoridos por los montes ó los campos, al ver que un lobo salido de su guarida ó un oso descendido de las montañas se ha apoderado de cualquier javato, que se lamenta con estridentes gruñidos de haber caido entre las garras de la fiera.

Mil lanzas, mil espadas y saetas caian sobre el escudo ó la coraza: unos descargaban sus mazas sobre la espalda del guerrero; otros le amenazaban por un costado; otros por delante. Pero Orlando, en cuyo corazon no hallaba cabida el temor, despreciaba á aquella turba vil y todas sus armas, como el lobo, encerrado de noche en un redil, desprecia á los corderos por numerosos que sean. Su mano empuñaba desnudo el centelleante acero que habia hecho morder el polvo á tantos sarracenos: ¿quién seria, pues, capaz de contar el número de sus víctimas? La sangre ya enrojecia el camino, que apenas podia contener los cadáveres en él amontonados: donde caia la fatal Durindana eran tan inútiles las rodelas y los almetes como los petos rellenos de algodon ó los innumerables pliegues de los turbantes; por el aire no volaban solamente los ayes y los lamentos, sino los brazos, las cabezas y demás miembros de los sarracenos. La muerte iba por aquel campo estampando sus huellas, bajo mil horribles formas, en los semblantes de los heridos, y diciendo entre sí alegremente:—«En manos de Orlando, vale Durindana por cien guadañas mias.»

Sucedíanse sin interrupcion los golpes del Paladin, hasta que empezaron á huir aquellos mismos adversarios que, al verle solo, le habian acometido tan presurosos, creyendo sin duda que iban á tragárselo. No habia quien, por librarse del peligro, esperase al amigo, y procurara huir juntamente con él: unos escapaban á pié por un lado; otros aguijaban á sus caballos por otro, y nadie reparaba, con tal de salvarse, en si era buena ó mala la direccion que seguia. En torno de ellos vagaba el honor, llevando en la mano el espejo que refleja hasta la más imperceptible arruga del alma; pero nadie se detuvo á contemplarse en él, excepto un anciano á quien la edad habia secado la sangre, mas no el valor. El rey de Noricia, que era este anciano, consideró la muerte preferible á una fuga ignominiosa, y enristrando la lanza contra el Paladin francés, la hizo pedazos en el centro del escudo del terrible Conde, á quien ni siquiera conmovió en la silla. Este, que continuaba blandiendo su espada, tiró al pasar una cuchillada á Manilardo, á quien ayudó la suerte; pues al venirle encima el crudo acero, se ladeó en manos de Orlando, y no pudo herirle de filo, si bien le derribó del caballo. Quedó el Rey moro aturdido del golpe; su contrario no se volvió siquiera para mirarle, y continuó en su tarea de tajar, romper, hender y derribar cuanto se oponia á su paso: todos creian tenerle encima; sobrecogidos de espanto, no quedaba uno solo de toda aquella tropa que no cayera, ó huyera ó se echara boca abajo, como huye al través de las extensas regiones del aire una bandada de estorninos perseguidos por el audaz esparavan, hasta que por último la vencedora espada del guerrero dejó el campo libro de todo enemigo vivo.

Aunque Orlando conocia perfectamente todo el país, vacilaba con respecto al camino que debia tomar.

No sabia si haria bien en dirijirse á la derecha ó á la izquierda, y su pensamiento estaba en desacuerdo con la ruta que habia de seguir, temeroso de decidirse por un camino distinto del que le era necesario emprender para encontrar á Angélica. Mientras tanto iba marchando á la ventura por campos ó selvas como un insensato, hasta que al fin llegó al anochecer al pié de un monte: á lo léjos vió brillar una luz, que salia por entre la hendidura de una roca, hácia la que se aproximó para ver si Angélica se habia guarecido allí. A la manera que se busca una temerosa liebre por los bosquecillos de enebros ó por los rastrojos en campo raso, atravesando zanjas y tortuosos senderos, registrando todas las matas y todos los zarzales por si acaso se hubiera ocultado entre ellos, del mismo modo iba el Conde buscando con gran pena por todos los sitios adonde le encaminaba su esperanza. Acelerando el paso hácia aquel resplandor, llegó á un claro del bosque, en medio del cual habia un angosto respiradero, que servia de entrada á una extensa gruta: algunas zarzas y espinos que se veian á la entrada formaban una especie de muro espeso, merced al cual los moradores de la gruta podian sustraerse á las miradas del que á ella se dirigiese con intenciones hostiles. Imposible fuera encontrarla de dia; pero de noche, aquella luz revelaba su situacion.

Orlando estuvo un momento pensando lo que debia ser aquello: decidido despues á averiguarlo, apeóse de Brida-de-oro, le ató á un árbol, se acercó con gran cautela á la entrada de la cueva, y separando la maleza penetró en ella sin anunciarse. Una serie de numerosos escalones conducia al fondo de la gruta, donde no parecia sino que las personas estuvieran enterradas en vida. Era la tal caverna de una extension considerable: estaba cortada á pico y abovedada, y á pesar de su profundidad no carecia enteramente de la luz del dia; pues aunque pasaba muy poca por la entrada, la recibia con bastante intensidad por un gran agujero abierto á la derecha de la roca. En medio de la cueva, y al lado de un hogar, se veia á una doncella de agradable rostro que apenas habria cumplido los quince años. Bastóle al Conde una sola mirada para apreciar su belleza, que convertia aquel sitio salvaje en un paraiso, á pesar de que sus ojos estaban preñados de lágrimas, señales manifiestas de algun profundo dolor. Acompañábala una vieja con la que sostenia una gran disputa, cosa bastante frecuente entre mujeres; pero apenas llegó el Conde al fondo de la gruta, cesaron sus cuestiones.

Orlando las saludó con la cortesía que todo caballero está obligado á usar con las damas, y ellas se pusieron inmediatamente en pié, devolviéndole no menos afectuosamente su saludo, si bien es verdad que se alarmaron algun tanto al oir de improviso aquella voz desconocida, y al ver entrar en aquel recinto un hombre completamente armado y de terrible aspecto. Orlando les preguntó en seguida quién era el ser tan descortés, injusto, bárbaro y atroz, capaz de tener sepultado en aquella gruta un rostro tan bello y encantador. La jóven contestó á aquella pregunta con voz fatigosa é interrumpida por férvidos sollozos, que hacian salir entrecortados, entre perlas y corales, sus suaves acentos: abundantes lágrimas surcaban las azucenas y rosas de su rostro, é iban á perderse en su seno. Mas dignaos, Señor, escuchar el resto de esta historia en el canto siguiente, que ya es tiempo de terminar este.

Canto XIII

Orlando escucha la narracion de las desventuras de la doncella á quien Zerbino amaba.—Da muerte á la turba vil y perversa que la tenia sepultada en aquella cueva.—Bradamante, apesadumbrada por la suerte de Rugiero, penetra en el palacio donde Atlante tenia reunidos tantos caballeros.—Agramante pone en movimiento su ejército.

¡Cuán venturosos fueron los caballeros de los tiempos antiguos, que encontraban en los valles, en las grutas y en los bosques, guaridas tan solo de serpientes, osos y leones, lo que hoy apenas se vé en los palacios más suntuosos: damas que, en la primavera de su vida, fuesen dignas del título de hermosas!

He dicho más arriba que Orlando encontró en la gruta á una doncella, y que le preguntó quién la habia conducido allí. Prosiguiendo, pues, mi narracion, os referiré cómo ella dió al Conde cuenta de sus desventuras, en los términos más breves que pudo emplear, y con acento dulce y suavísimo, interrumpido frecuentemente por los sollozos.

—Aunque estoy completamente segura, le dijo, de que mis palabras me han de costar caras, porque esa vieja no tardará en participar esta entrevista al que me tiene aquí encerrada, estoy, sin embargo, dispuesta á decírtelo todo, así me cueste la vida. ¿Y qué mayor dicha puedo esperar de él, sino que cualquier dia me haga morir?

»Me llamo Isabel, y fuí hija del infortunado rey de Galicia: he hecho bien en decir fuí, pues ya no soy hija suya, sino del dolor, de la angustia y de la tristeza, por culpa del Amor, de cuya perfidia me lamento en particular: el cruel nos halaga dulcemente al principio, y mientras tanto trama en secreto engaños y traiciones. En otro tiempo vivia yo feliz y contenta con mi suerte, jóven, amable, rica, honrada y bella: hoy me encuentro pobre y despreciada; hoy soy infeliz; hoy, en fin, no puede haber suerte más desgraciada que la mia. Mas deseo que sepas el orígen del mal que me atormenta; pues aunque no me prestes generosa ayuda, creo que no ha de pesarte escucharlo.

»Hace cosa de un año que mi padre mandó publicar que daria un torneo en Bayona, y el anuncio de estas justas atrajo á una multitud de caballeros de diferentes paises. De todos cuantos concurrieron, solo me pareció digno de elogio Zerbino, hijo del rey de Escocia, ya fuese porque Amor me lo hiciera ver así, ó porque el verdadero mérito se manifiesta por sí solo. Al presenciar los admirables hechos de armas que llevó á cabo en la liza, quedé presa en las redes de su amor, si bien no pude advertirlo hasta que ya no era dueña de mí misma: no obstante mi debilidad, me tranquilizaba y aun me halagaba la idea de no haber entregado mi corazon á un hombre indigno, sino al más acreedor de él y al más gallardo que existe en el mundo. Zerbino superaba efectivamente en gentileza y valor á todos los demás caballeros, y me dió pruebas, en las cuales creo firmemente, de que su pasion no era menos ardiente que la mia. Encontramos quien protegiera nuestros amores, y de este modo, aun cuando no nos veiamos, nuestras almas estaban continuamente unidas.

»Terminadas las fiestas, mi Zerbino regresó á Escocia. Si sabes lo que es amor, podrás comprender cuán afligida quedé: su recuerdo estaba grabado en mi mente dia y noche, y me constaba que en torno á su corazon se posaba una llama no menos molesta que la mia; por cuya causa, y por no poder moderar sus deseos, pensó en los medios de llevarme á su lado. Zerbino es cristiano, yo mahometana, y esa desigualdad de creencias le impidió pedir á mi padre mi mano, por cuya razon determinó robarme. En los confines de mi hermosa patria, que se extiende entre verdes campos por la orilla del mar, poseia yo un bello jardin, situado en las costas, y desde el que se descubrian los collados que lo rodeaban y todo el mar: aquel sitio le pareció el más favorablemente dispuesto para efectuar lo que impedia nuestra distinta religion, y me participó de antemano el plan que habia ideado para asegurar nuestra felicidad. Cerca de Santa Marta tenia oculta una galera tripulada por gente armada, al mando de Odorico de Vizcaya, hombre experto en los combates terrestres y navales.

»No pudiendo llevar á cabo por sí mismo el rapto meditado, porque su anciano padre le habia confiado el mando de las tropas que debian socorrer al apurado rey de Francia, envió en su lugar á Odorico á quien eligió como el más fiel y decidido amigo entre todos los amigos decididos y fieles con que contaba; y así debia ser, suponiendo que los beneficios tengan siempre el poder de estrechar la amistad. Habíamos convenido de antemano en que este vendria á robarme en un buque armado convenientemente, así que trascurriera el tiempo prefijado. En cuanto llegó el anhelado dia, me trasladé á aquel jardin, y Odorico, seguido de una tropa de marineros armados, desembarcó en un rio próximo á la ciudad y se dirigió silenciosamente adonde yo me encontraba. Me trasladaron en seguida á la galera preparada, antes de que se difundiera por la ciudad la menor sospecha de mi evasion. Algunos de mis criados, á quienes sorprendieron desnudos y desarmados, pudieron huir; otros fueron degollados, y otros hechos prisioneros y llevados conmigo. De este modo abandoné mi patria, tan llena de alegría como no podrás figurarte, esperando disfrutar en breve del amor de mi Zerbino.

»Apenas nos encontramos á la altura de Mongia, cuando nos asaltó por la izquierda una horrorosa tempestad que oscureció el cielo, hasta entonces sereno; alborotóse el mar, y sus encrespadas olas subian hasta las nubes. El duro Noroeste, que nos desviaba de nuestro rumbo, iba creciendo de hora en hora y cada vez con más fuerza, en términos de hacer totalmente inútiles todas las maniobras. De nada nos servia amainar las velas, picar los palos, ni aligerar el buque: á pesar de nuestros esfuerzos, el huracan nos arrastraba hácia unos escollos próximos á la Rochela, y á no ser por el auxilio del Todopoderoso, seguramente nos hubiéramos estrellado contra la costa; porque el desapiadado viento nos empujaba con más velocidad que la que lleva una flecha al ser despedida del arco.

»Ante la inminencia del peligro, el vizcaino recurrió á un medio que con frecuencia suele salir fallido: hizo arrojar un bote al agua, al que saltó con presteza llevándome consigo: despues de él, saltó otro, y otro, y lo hubiera hecho tambien toda la tripulacion á no ser por la resistencia de los primeros, que espada en mano rechazaron á los demás y cortaron el cable. En breve nos alejamos del buque, y llegamos felizmente á tierra todos cuantos nos habíamos refugiado en el bote: no tuvieron igual suerte los que en la galera habian quedado; todos se hundieron en el mar con ella, sin que pudiera salvarse el menor objeto. Con las manos extendidas hácia el cielo, dí fervorosas gracias á la bondad infinita del Eterno por haberme arrancado al furor del mar, permitiéndome volver á ver á mi Zerbino.

»Mis joyas, mis vestidos, todo cuanto poseia desapareció en el mar con el bajel: pero mientras me quedara la esperanza de reunirme á mi amante, me importaba muy poco todo lo demás. La playa donde logramos arribar no ofrecia señal alguna de sendero, ni en cuanto alcanzaba la vista se veia un solo albergue por miserable que fuese: solo se descubria una montaña, cuya umbrosa cima azotaban continuamente los vientos, mientras que las olas se estrellaban en su base. Allí fué donde el amor tirano y cruel, que jamás ha cumplido lealmente una promesa, y que está siempre acechando una ocasion para estorbar y oponerse á nuestros propósitos más razonables, convirtió del modo más lamentable mi consuelo en dolor, mi bien en mal: aquel amigo, en quien Zerbino depositara toda su confianza, olvidando su promesa, ardió por mí en deseos impuros.

»Ya fuese porque no se hubiera atrevido á revelarme su pasion durante el viaje, ó porque la favorable ocasion que le proporcionaba la soledad de aquel sitio despertase en él un amor criminal, es lo cierto que Odorico se preparó á satisfacer en él sin demora su deshonesto apetito; pero antes procuró desembarazarse de uno de los dos que se habian salvado con nosotros en el bote. Era este un escocés llamado Almonio, que se mostraba muy adicto á Zerbino, el cual le recomendó á Odorico como hombre decidido y valiente. Para alejarle de nuestro lado, le dijo este que era una imprudencia digna de censura obligarme á ir á pié hasta la Rochela, y le rogó en consecuencia que se adelantara á reconocer el país, á fin de proporcionarme una cabalgadura. Almonio, que nada recelaba, echó á andar inmediatamente hácia la ciudad que nos ocultaba el bosque, y apenas distaba seis millas. En cuanto al segundo compañero, determinó Odorico confiarle sus perversos designios, ya por no saber cómo quitárselo de encima, ó ya tambien porque tuviera en él una gran confianza. Aquel hombre llamábase Corebo de Bilbao, y habia pasado su infancia con el traidor, viviendo ambos bajo un mismo techo. Odorico no vió inconveniente alguno en comunicarle su infame pensamiento, esperando que sacrificaria el honor en aras del placer de su amigo; pero Corebo, que era honrado y noble, no pudo escucharle sin indignacion; le apostrofó de traidor, y le echó en cara su felonía de palabra y de obra. Excitados ambos por la cólera que ardia en sus corazones, sacaron á relucir las espadas, y poseida yo del mayor espanto al ver los preparativos del combate, emprendí la fuga al través de la oscura selva.

»Odorico, más diestro en el manejo de las armas que su adversario, logró tal ventaja sobre él á los pocos golpes, que le dejó por muerto, y en seguida se lanzó en mi seguimiento. Amor, sin duda, le prestó sus alas para alcanzarme, y le enseñó tambien las frases más halagüeñas y suplicantes para inducirme á amarle y complacerle; pero todo fué en vano, porque estaba firmemente decidida á morir antes que satisfacer sus deseos. Tras de las súplicas vinieron las amenazas, y al ver que de nada le servian unas ni otras, recurrió descaradamente á la violencia: en vano fué que á mi vez le suplicara que tuviese en cuenta la confianza que en él depositó Zerbino, y la que yo misma le habia prestado al entregarme en sus manos, pues no conseguí ablandarle ni disuadirle. Viendo entonces que eran estériles mis reconvenciones y mis ruegos, y sin esperanzas de auxilio alguno contra un hombre lascivo y brutal que se abalanzaba sobre mí como hambriento oso, me defendí como pude con las manos, con los piés y hasta con los dientes y las uñas, y le arranqué las barbas y arañé la piel, lanzando gritos desesperados que llegaban hasta las estrellas.

»No sé si fué por casualidad, ó porque mis lamentos se debian oir á una legua de distancia, ó porque los habitantes de aquel país acostumbren á recorrer las costas cuando tienen noticia de algun naufragio; pero el caso fué que apareció una multitud de hombres por aquel monte, desde el que descendieron al mar, dirigiéndose despues hácia nosotros. Aquella turba llegó á tiempo para libertarme del desleal Odorico; su auxilio fué, sin embargo, para mí lo mismo que salir de Scila para precipitarme en Caribdis, ó como dice el vulgo, huir del fuego para caer en las brasas: verdad es que no fuí tan desgraciada, ni sus intentos tan salvajes, que llegaran aquellos hombres á ultrajar mi persona; pero este respeto no fué hijo de su humanidad ni de otra cualidad generosa, sino de su propósito de conservarme, como me conservan, casta y pura, para venderme con mayor ventaja. Ocho meses han trascurrido desde que me tienen aquí sepultada en vida: he perdido ya toda esperanza de ver á mi Zerbino; pues segun tengo entendido por algunas frases que he podido sorprender, me han prometido ó dado en venta á un mercader que debe llevarme á Oriente para presentarme al Soldan.»

Tal fué la narracion de la gentil doncella: los sollozos y los suspiros interrumpian frecuentemente su voz angelical capaz de enternecer á los tigres y á las serpientes. Mientras continuaba renovando su dolor, ó aliviaba quizá sus penas con el consuelo de hacer á otro partícipe de ellas, entraron en la cueva veinte hombres armados de venablos y de hoces. Su jefe, hombre de aspecto desalmado, tenia un solo ojo, cuya mirada era sombría y dura; el otro lo habia perdido de un solo golpe que le partió además la nariz y la mandíbula. Al reparar en aquel caballero, tranquilamente sentado junto á la jóven, exclamó volviéndose hácia sus camaradas:

—Ahí teneis un nuevo pájaro, á quien sin haber tendido ningun lazo, encuentro preso en mis redes.

Despues dijo al Conde:

—Jamás he visto hombre más oportuno ni tan á propósito como tú: ignoro si has adivinado, ó si lo sabes por habértelo dicho alguien, que yo ardia en deseos de poseer unas armas tan magníficas y un trage tan airoso como el tuyo, y precisamente has llegado á tiempo de satisfacer mi necesidad.

Orlando se puso en pié, y contestó á aquel jayan, sonriendo amargamente:

—Dispuesto estoy á venderte mis armas; pero mediante un trato que no suele tener cuenta á ningun mercader.

Y cogiendo rápidamente un tizon encendido, de los que ardian en el fuego que junto á él estaba, le hirió con él por casualidad en el sitio en que la nariz se une á las cejas. El tizon le abrasó los párpados de ambos ojos; pero causó mayor daño en el izquierdo, pues se lo reventó privándole así del único sitio por donde podia ver la luz: además, aquel golpe tan fiero, no solo le dejó sin vista, sino que le hizo ir á reunirse con los espíritus á quienes Quiron y sus compañeros obligan á estar sumergidos en la pez hirviendo.

En medio de la cueva habia una mesa enorme, de dos palmos de espesor, sobre un pié macizo y tosco, y en derredor de la cual solia colocarse el bandido con todos sus compañeros. Con la misma agilidad con que suele jugar á la barra el airoso español, arrojó Orlando aquella pesada mesa sobre la agrupada canalla. Unos quedaron con el pecho ó con el vientre aplastado; otros con la cabeza, los brazos ó las piernas rotas; estos exhalaron el último aliento; aquellos salieron estropeados para toda su vida, y algunos, por fin, menos heridos, procuraron buscar su salvacion en la fuga. No de otra suerte, un enorme peñasco lanzado sobre un monton de serpientes que están enroscadas al dulce calor de un sol de primavera, aplasta lomos, magulla cabezas y destroza escamas, resultando una multitud de sierpes más pequeñas segun que el golpe ha dividido el cuerpo de algunas ó muchas de ellas; y mientras las unas mueren ó pierden la cola, otras no pueden mover la parte anterior de su cuerpo y agitan y retuercen convulsivamente la posterior, y otras, cuya suerte es más propicia, se deslizan entre la yerba, y van serpenteando en busca de un refugio. El estrago que causó la mesa fué terrible; pero no es de extrañar, si se atiende á que fué arrojada por el valeroso Orlando.

Los que se libraron del golpe ó no salieron muy maltratados de él (y Turpin afirma que fueron siete), confiaron á los piés su salvacion; pero el paladin les cerró la salida, y apoderándose de ellos sin dificultad, fuéles atando sólidamente las manos con una cuerda á propósito para el caso, que encontró en aquella morada selvática. Obligóles despues á salir de la cueva, y les llevó al pié de un serbal corpulento, cuyas ramas aguzó con su espada: en seguida les enganchó en ellas para que sirvieran de pasto á los cuervos. No tuvo necesidad de sujetar su cabeza con cadenas; las agudas ramas del árbol, en las que Orlando los fué empalando uno á uno por la barba, bastaron para purgar al mundo de aquella vil canalla.

La vieja, amiga y compañera de tales malandrines, apenas los vió muertos, huyó llorando y mesándose los cabellos por selvas y bosques inextricables. Despues de andar por caminos ásperos y escabrosos con tardo paso, paralizado muchas veces por el temor, llegó á la orilla de un rio, donde encontró á un guerrero, del que me ocuparé más adelante.

Volveré á Isabel, que suplicaba á Orlando no la dejase sola, ofreciéndose á seguirle por todas partes.

Orlando se esforzó en consolarla con la mayor amabilidad; y apenas emprendió la blanca Aurora su acostumbrado camino, adornada con sus velos de púrpura y sus guirnaldas de rosas, se alejó de aquel sitio con Isabel. Anduvieron por espacio de muchos dias sin hallar cosa digna de particular mencion, hasta que toparon con un caballero á quien llevaban cautivo. Más tarde os diré quién era; ahora me aparta de ellos una doncella de quien os será grato que os hable: me refiero á la hija de Amon, á quien dejé entregada á sus amorosas penas.

Esperando inútilmente el regreso de su Rugiero, estaba la hermosa jóven en Marsella, dando qué hacer casi diariamente á las huestes musulmanas, que hacian frecuentes incursiones por el Languedoc y la Provenza, talando montes y llanos; pero ella les tenia á raya, portándose cual diestro guerrero y experimentado caudillo. Cuando vió que habia transcurrido mucho más tiempo del fijado para la vuelta de su Rugiero, temió por él y agitaron su corazon mil crueles presentimientos. Un dia en que, segun su costumbre, estaba lamentándose en secreto, se le presentó aquella que llevó en el anillo el remedio para curar el corazon herido por Alcina. Al verla aparecer sin su amante despues de haber pasado tanto tiempo, quedó pálida, llena de angustia, y tan temblorosa que apenas podia sostenerse. La buena Maga se adelantó hácia ella sonriendo, y cuando adivinó la causa de su turbacion, procuró tranquilizarla revistiendo su semblante de esa risueña apariencia que suele tener el mensajero de buenas noticias.

—Hermosa jóven, le dijo, no tengas el más mínimo temor por tu Rugiero, que está vivo y sano, y adorándote como siempre: sin embargo, se vé privado de su libertad, porque tu enemigo le tiene otra vez en su poder. Fuerza será, pues, que montes á caballo y me sigas inmediatamente si deseas salvarle; yo te abriré un camino para que restituyas la libertad á tu Rugiero.

Y continuó refiriéndole el nuevo ardid mágico que Atlante habia urdido contra él, y le dijo que con el auxilio de su imágen, á la que al parecer llevaba cautiva un perverso gigante, le habia atraido al palacio encantado, donde desapareció la vision. Añadió Melisa que con semejante engaño, detenia Atlante á cuantas damas y caballeros llegaban allí, mostrándoles el objeto de su pasion ó sus deseos: que cada cual, al mirar al encantador, creia ver en él á su dama, á su escudero, á su camarada ó á su amigo, y en fin, objetos distintos, segun que lo eran tambien sus deseos; resultando de aquí que se cansaban todos en inútiles pesquisas y en correr tras aquellas imágenes, que se desvanecían al aproximarse, excitando de tal modo su anhelo y su esperanza, que no podian apartarse de tan singular morada.

—Cuando te halles cerca de aquella mansion encantada, prosiguió Melisa, saldrá el nigromante á tu encuentro bajo la forma de tu Rugiero: valiéndose de sus malas artes, te hará ver á tu amante vencido por un guerrero de fuerza superior á la suya, á fin de que, volando tú en su auxilio, vayas á reunirte con los demás caballeros, cuya suerte sufrirás. Ahora bien, para que no caigas en los lazos donde han caido tantos otros, ten mucho cuidado de no dar crédito alguno al que veas con el aspecto y semblante de Rugiero pidiendo socorro: por el contrario, así que le veas delante de tí, arráncale su indigna vida, sin que te detenga el temor de matar á Rugiero, pues tan solo matarás al que es causa de todos tus pesares. Bien conozco que te parecerá duro dar la muerte á cualquiera que parezca tu amante; pero no dés crédito á tu vista extraviada por los maleficios que te ocultarán la verdad. Antes de que yo te conduzca al bosque, forma una resolucion inmutable; de lo contrario, si consientes en que viva el mágico, perderás á Rugiero para siempre.

Decidida la animosa jóven á arrancar la existencia á Atlante, cogió sus armas y se dispuso á seguir á Melisa, de cuya abnegacion y fidelidad estaba persuadida. La encantadora le sirvió de guia por los bosques y por los terrenos cultivados, que atravesaban rápidamente y á grandes jornadas, procurando hacerle menos fastidioso el camino con el atractivo de sus sabrosas pláticas. Entre todos los asuntos de su conversacion, era el principal el recuerdo de que su union con Rugiero debia producir excelentes príncipes y gloriosos semidioses. Como Melisa conocia perfectamente todos los secretos del Destino, le era fácil predecir cuanto debia suceder en el transcurso de los siglos.

—¡Oh querida y prudente guia! dijo á la Maga la ínclita doncella: ya que me has dado á conocer con muchos años de anticipacion toda mi excelente progenie varonil, háblame de alguna dama de mi raza, si es que ha de existir alguna que pueda figurar entre las bellas y virtuosas.

La complaciente Melisa respondió:

—De tí veo salir madres de emperadores y grandes reyes, señoras honestísimas, sólidas columnas de casas ilustres y de esclarecidos dominios, cuyo lustre sustentarán ó aumentarán. Las damas de tu linaje no serán menos dignas de renombre y fama por su piedad, su valor, su prudencia, y su honestidad incomparable que los caballeros por sus hechos de armas. Si tuviese que ocuparme en particular de cada una de tus descendientes digna de honrosa memoria, me faltaria el tiempo, pues no deberia pasar en silencio á ninguna de ellas; pero, á fin de satisfacer tu deseo, elegiré algunas entre otras mil. ¿Por qué no me hiciste presente esto mismo en la cueva, y habrias podido contemplar tambien sus imágenes?

»De tu preclara estirpe saldrá la protectora y amiga de las letras y de las bellas artes, á quien no sé si llamar apuesta y bella, ó más bien prudente y honesta. Esta será la liberal y magnánima Isabel, cuyo renombre prestará eterna fama á la ciudad situada á orillas del Mincio, que lleva el nombre de la madre de Ocno: En ella sostendrá una honrosa y espléndida competencia con su dignísimo esposo, para ver quién de los dos apreciará y amará más la virtud y quién será más cortés y benigno. Si el uno aduce en su favor que á orillas del Taro y en sus estados consigue librar á Italia del yugo francés, la otra alegará que á Penélope la hizo su castidad tan célebre como su esposo Ulises. Muchas y muy grandes cosas sé con respecto á esta dama, por habérmelas anunciado Merlin durante el tiempo que pasó en la cueva léjos del mundo; pero me detengo aquí porque si llego á desplegar las velas por tan anchuroso mar, mi travesía será mayor que la de Tifis. Concluyo, pues, manifestándote, que en Isabel estarán reunidos todos los dones que proporciona el cielo á la virtud.

»Con ella estará su hermana Beatriz, á quien cuadra admirablemente este nombre, porque no solo disfrutará mientras viva la felicidad que se encuentra en la Tierra, sino que su benéfica influencia se extenderá sobre su esposo, el más rico y dichoso de todos los príncipes; pero en cuanto ella abandone esta terrenal morada, caerá aquel en la desgracia más profunda. Mientras viva Beatriz, el Moro y Sforza, y las culebras de los Visconti, serán invencibles desde las nieves polares hasta las orillas del mar Rojo, y desde el Indo hasta los montes que baña el mar de Francia; pero en cuanto muera aquella princesa, su esposo y el reino de los insubres caerán en la esclavitud con grave perjuicio para toda la Italia: con ella, desaparecerá tambien la suprema sabiduría.

»Otras muchas princesas de igual nombre nacerán bastantes años antes: una de ellas ceñirá sus sagrados cabellos con la espléndida corona de la Panonia: otra, cuando haya dejado la pesada carga de la vida, será colocada en Ausonia entre el número de los santos, y se le ofrecerán inciensos é imágenes votivas. Callaré las demás; pues como he dicho, mi relato seria demasiado largo, si bien es verdad que cada una de ellas mereceria inspirar la heróica trompa de la Fama. Nada diré de las Blancas, ni de las Lucrecias y Constanzas, y otras y otras que serán madres de los príncipes más ilustres de Italia, y renovarán el esplendor de las principales familias reinantes. Ninguna raza será más fecunda que la tuya en mujeres célebres, no solo por las virtudes de las hijas, sino por la extraordinaria honestidad de las esposas.

»Y á fin de que con respecto á este punto sepas algo de lo que me dijo Merlin, sin duda con el objeto de que te repitiera sus palabras, continuaré hablándote con buena voluntad de tu descendencia.

»Me ocuparé primeramente de Ricarda, digno modelo de entereza y honestidad: jóven aun, quedará viuda, y expuesta á los rigores de la fortuna, como con frecuencia acontece á los buenos. Verá á sus hijos, niños todavia, desposeidos de los estados de su padre, y vagando por tierras extrañas en manos de sus adversarios; pero al fin tendrán sus desgracias una digna recompensa.

»No olvidaré á la ilustre reina, de la preclara alcurnia de Aragon, de cuya prudencia y recato no nos ofrecen modelo más acabado los historiadores griegos y latinos: tampoco habrá otra más favorecida por la bondad divina, que la elegirá para ser madre de tan hermosos descendientes como Alfonso, Hipólito é Isabel. Leonor se llamará esta princesa, que se ha de ingertar en tu árbol afortunado. ¿Y qué te diré de la segunda nuera, próxima sucesora de aquella, de Lucrecia Borgia? Su belleza, su virtud, su fama honesta y su fortuna crecerán como la flor naciente en un terreno feraz. Lo que el estaño es respecto á la plata, el cobre al oro, la silvestre adormidera á la rosa, el pálido sauce al laurel siempre verde, y el vidrio pintado á la piedra preciosa, tales serán comparadas con Lucrecia, á quien venero antes de nacer, cuantas mujeres hayan adquirido hasta ahora nombradía por su singular belleza, su gran prudencia ó por otra circunstancia no menos laudable. Sin embargo, sobre todos los elogios que se le prodigarán durante su vida y aun despues de muerta, descollará el de haber dotado á Hércules y sus demás hijos de régias costumbres, y haberles trasmitido los nobles sentimientos que los harán tan ilustres en el sacerdocio como en las armas, porque el perfume de la virtud no se desvanece de repente, aun cuando se traslade á un nuevo vaso, sea malo ó bueno.

»Tampoco pasaré en silencio á Renata de Francia, nuera de Lucrecia é hija de Luis XII y de la gloria eterna de la Bretaña. En ella, veo reunidas todas las perfecciones que se hayan admirado en mujer alguna desde que el fuego calienta, moja el agua, y gira el cielo en derredor de sus ejes.

«Mucho tiempo necesitaria para hablarte de Alda de Sajonia, de la Condesa de Celano, de Blanca Maria de Cataluña, de la hija del rey de Sicilia, de la hermosa Lippa de Bolonia y de otras muchas; pues si fuera haciéndome cargo de las alabanzas que cada una de por sí merece seria como entrar en un mar sin límites.»

Despues de haber dicho Melisa los nombres de la mayor parte de las mujeres de la posteridad de Bradamante, con gran contento de esta, le repitió una y muchas veces los medios de que se habia valido el nigromante para atraer á Rugiero al palacio. Detúvose Melisa cuando estuvo cerca de aquel edificio, por no creer oportuno seguir adelante y evitar que la viera aquel astuto viejo, y dejó sola á la doncella, no sin recomendarle una vez más el cumplimiento de cuantos consejos le habia dado. Apenas habia andado Bradamante como unas dos millas por un sendero desierto, cuando vió á un caballero exactamente igual á su Rugiero, á quien estrechaban tan fuertemente dos gigantes de cruel aspecto, que estaban á punto de quitarle la vida. Al ver la doncella en tal peligro al que, segun todos los indicios debia ser Rugiere, sintió convertida su confianza en sospecha, y olvidó de pronto todos sus buenos propósitos. Supuso que Melisa tendria alguna prevencion ú odio contra Rugiero á causa de cualquier injuria ó de infundados enojos, y que procuraba por medio de un ardid grosero hacerle perecer por mano de su amada.

La doncella decia entre sí:—¿Por ventura, no será ese mi Rugiero, á quien siempre veo con el corazon y ahora con mis propios ojos? Si ahora no le veo ó no le conozco bien, ¿qué podré ver ó conocer en adelante? ¿Por qué he dar más crédito á lo que otros creen que á lo que me ofrece mi vista? A falta de mis ojos, mi corazon me diría si Rugiero está léjos ó cerca de mí.»

Mientras raciocinaba de esta suerte, oyó una voz idéntica á la de su amante que pedia socorro, y vió á aquel caballero huir velozmente sobre un caballo al que desgarraba los hijares, y tras él á sus dos feroces enemigos, que se lanzaron á toda brida en su persecucion. No pudiendo contenerse la doncella, siguió sus huellas; llegó al palacio encantado, y apenas atravesó el umbral de la puerta, se hizo partícipe del funesto error de todos. Buscó á Rugiero por todas partes, arriba, abajo, dentro, fuera, y hasta en los sitios más recónditos, sin cesar dia y noche. ¡Vana tarea! Tan poderoso era el encanto, que aun cuando Bradamante y Rugiero se veian y hablaban á todas horas, no se conocian el uno al otro.

Pero dejemos á la varonil doncella, y no os pese que quede sometida á aquel encantamiento; pues cuando sea tiempo de que se libre de él, haré de modo que salgan los dos amantes. Así como la variacion de manjares excita el apetito, del mismo modo creo que mi historia se hará menos pesada para los que la oigan, cuanta más variedad se encuentre en ella. Veéme obligado además á servirme de muchos hilos para terminar la gran tela que estoy tejiendo: dignaos, pues, escuchar cómo los moros, saliendo de sus tiendas, tomaron las armas y se formaron en presencia del rey Agramante, que amenazando airado á las lises de oro, quiso que su ejército se reuniera para pasarle nuevamente revista, á fin de conocer cuál era el verdadero número de sus soldados. Además de los ginetes y peones que en gran cantidad echaba de menos, faltaban varios excelentes capitanes de España, de África y de Etiopía, viéndose sus tropas obligadas á vagar errantes sin un jefe que las guiase. Otro de los motivos que tuvo Agramante para pasar esta revista, fué el de proveer de jefes á aquellos escuadrones, y comunicarles las órdenes necesarias. A fin de cubrir los huecos que en sus filas habian ocasionado las batallas y las escaramuzas, hizo llamar á cuantos guerreros se habian alistado en España y en África, los cuales, respondiendo á su llamamiento, acudieron pronto á ponerse á las órdenes de sus jefes respectivos. Con vuestro premiso, Señor, dejaré para otro canto los detalles de esta revista.

Canto XIV

En la revista pasada al ejército mahometano, Agramante echa de menos los dos escuadrones que habian sido destruidos por Orlando.—Mandricardo, lleno de envidia y de asombro, va en busca del guerrero.—Amores de Mandricardo y Doralicia.—Reinaldo, guiado por un ángel, llega á París, cuando ya los moros lo estaban asaltando.

En los sangrientos combates y frecuentes asaltos acaecidos durante la guerra de Francia contra España y África, habian perecido ya innumerables guerreros, cuyos cadáveres quedaron abandonados á la voracidad de los lobos, de los cuervos y de las águilas rapantes; y si bien los franceses llevaban hasta entonces la peor parte, por haber perdido casi todo el país, los sarracenos tenian en cambio motivos poderosos de afliccion por los muchos príncipes y esclarecidos campeones de su ejército, que habian sucumbido bajo el hierro enemigo, costándoles sus victorias tanta sangre, que el dolor anubló su regocijo.

¡Oh invicto Alfonso! Si las cosas modernas pueden compararse á las antiguas, séame permitido decir que el gran triunfo, cuya gloria es fuerza atribuir á vuestro heroismo, y del que Rávena deberá de lamentarse eternamente, se asemeja en gran manera á los conseguidos por los moros. Me refiero á la memorable batalla en que, al ver á los picardos, los morinos y á los ejércitos Normando y Aquitano abandonando el campo, os lanzásteis en medio del grueso de las tropas españolas, vencedoras ya, seguido de aquellos jóvenes gallardos, que merecieron aquel dia por su varonil esfuerzo que el Rey les honrara con la espada y la espuelas doradas, armándoles caballeros. Ayudado por tan animosos jóvenes que, como vos, despreciaron el peligro, destruísteis las ricas bellotas de oro y el estandarte amarillo y rojo, por lo cual á nadie más que á vos se debe el lauro inmortal de haber impedido que se marchitasen ó deshojaran las lises de Francia. Otra corona no menos inmortal ciñe vuestra frente por haber conservado á Roma su Fabricio, aquel gran Colonna, á quien proporcionásteis un auxilio, que os honra más que si el solo esfuerzo de vuestro brazo hubiera destruido los aguerridos soldados, cuyos huesos alfombran hoy el campo de Rávena, y todos cuantos guerreros de Aragon, de Castilla y de Navarra abandonaron sus banderas al ver la inutilidad de sus lanzas y sus espadas. Y sin embargo, aquel triunfo fué más glorioso que digno de regocijo; porque contrabalanceó vuestra alegría el pesar ocasionado por la muerte del Capitan francés, del jefe del ejército, y por la de tantos príncipes ilustres como habian atravesado las heladas cimas de los Alpes para volar en defensa de sus reinos y de sus aliados. Nuestra salvacion y nuestra vida se debe á aquella victoria, por haber impedido que el irritado Júpiter fulminara sobre nuestras cabezas los rayos de su cólera; mas en cambio, no nos es posible gozar de ella ni demostrar nuestro regocijo, al escuchar los ayes y lamentos de tantas viudas como han quedado en Francia, cubiertas de luto é inundadas en llanto. Es preciso, pues, que Luis se apresure á enviar nuevos capitanes á sus tropas, á fin de restituir su honor á las doradas flores de lís, y castigar las manos rapaces y sacrilegas que han violado monjas, madres, esposas, é hijas; que han profanado los monasterios de frailes blancos, negros y grises, y han arrojado por el suelo al Señor sacramentado para apoderarse de los vasos sagrados. ¡Oh desventurada Rávena! ¡Cuánto mejor hubieras hecho en no oponer resistencia alguna al vencedor! ¿Por qué no te miraste en el espejo de Brescia, en vez de serlo tú para Arimino y Faenza? Rey Luis, envia sin tardanza al buen Trivulcio, para que enseñe á los suyos más continencia, y los recuerde cuántos han perecido en Italia por tan bárbaros excesos.

Así como es necesario que el rey de Francia provea ahora de jefes á su ejército, del mismo modo Marsilio y Agramante, deseando reorganizar cuanto antes los suyos, determinaron pasarles revista, no bien la conclusion del invierno permitió á los soldados salir de sus tiendas, á fin de conocer sus necesidades, y dar guias y jefes á los escuadrones que carecieran de ellos. Primeramente Marsilio, y Agramante despues, hicieron desfilar por delante de ellos á sus soldados, compañía por compañía.

A la cabeza de todos iban los catalanes bajo el estandarte de Dorifebo: seguian despues los navarros, cuyo rey Folvirante habia muerto á manos de Reinaldo; el rey español les dió por capitan á Isolier. A las órdenes de Balugante iban los de Leon; los de los Algarbes, á las de Grandonio. Falsiron, hermano de Marsilio, conducia los castellanos. En pos del estandarte de Madaraso seguian los que salieron de Málaga y Sevilla, y cuantos habian dejado las amenas praderas que riega el Betis desde el mar de Cádiz hasta la fértil Córdoba. Estordilano, Tesira y Baricondo presentaron sus gentes uno tras otro; el primero las de Granada, el segundo las de Lisboa, y las de Mallorca el tercero. Tesira sucedió en la corona de Portugal á su pariente Larbin, que habia muerto. En pos de estos seguian los gallegos, al mando de Serpentino, que sustituyó á Maricoldo, su antiguo jefe.

El audaz Malatista conducia á los de Toledo y Calatrava, mandados en otro tiempo por Sinagon, y á todos cuantos se bañan en el Guadiana ó beben sus aguas. Formando un escuadron, á cuyo frente iba Bianzardin, desfilaron los de Astorga, Salamanca, Plasencia, Avila, Palencia y Zamora. Los zaragozanos y demás caballeros de la corte de Marsilio iban á las órdenes de Ferragús: todos ellos eran valientes y estaban perfectamente armados. Veíase entre ellos á Malgarino, Balinverno, Malzariso y Morgante, á quienes una misma suerte habia obligado á refugiarse en país extranjero: desposeidos de sus estados respectivos. Marsilio los habia acogido en su corte. Con ellos se hallaban tambien Follicon de Almeria, hijo bastardo de Marsilio, Doriconte, Bavarte, Largalifa, Analardo, Arquidante conde de Sagunto, Lamirante, el gallardo Languiran, Malagur, de astuta y rápida imaginacion, y otros y otros, cuyos hechos de armas os haré ver cuando llegue el caso.

Cuando el ejército de España acabó de desfilar en buen órden por delante del rey Agramante, se adelantó con sus batallones el rey de Oran, hombre de gigantesca estatura. Los que siguieron despues lamentaban la muerte de Martasin, inmolado por Bradamante, y su amor propio no podia sufrir que una mujer se envaneciera de haber vencido al rey de los garamantas. Siguió el tercer escuadron de Marmonda, que habia dejado muerto en Gascuña á su capitan Argosto. Tanto este, como los que le precedian y seguian inmediatamente, necesitaban nuevos jefes, y aun cuando Agramante carecia de ellos, no tardó en habilitarlos, nombrando para este cargo á Buraldo, Ormida y Arganio, y siguió de esta suerte eligiendo tantos jefes cuantos eran indispensables. Confió á Arganio el mando de los guerreros de Libicana, que lloraban la muerte del negro Dudrinaso. Los de la Tingitania obedecian á Brunel, que marchaba cabizbajo y mohino, porque habia caido en desgracia de Agramante desde que Bradamante le arrebató el anillo en la selva próxima al peñasco donde estaba el castillo de Atlante: y á no ser por Isolier, hermano de Ferragús, que lo encontró atado á un árbol, y refirió al Rey la verdad de lo sucedido, hubiera muerto ahorcado. Agramante, accediendo á las reiteradas súplicas de muchos de sus guerreros, le perdonó la vida cuando ya tenia el lazo echado al cuello, y se lo hizo quitar, previniéndole, no obstante, que á la primera falta le haria empalar: por consiguiente, Brunel tenia fundado motivo para ir con la cabeza inclinada y el rostro macilento.

Seguia en pos Farurante, y tras él los infantes y ginetes de Mauritania. Venia luego con las gentes de Constantina, Libanio, el nuevo rey, á quien Agramante habia dado la corona y el dorado cetro que fué de Pinadoro. Al frente de las tropas de Hesperia iba Soridano, y al de las de Ceuta Dorilon; con los nasamones, Puliano, y el rey Agricalte con los de Amonia. Malabuferso guiaba los de Fez; Finadurro el escuadron de los soldados de Marruecos y Canarias, y Balastro el de los que fueron del rey Tardoco. Marchaban despues dos batallones, uno de Mulga y otro de Arzilla; este tenia su jefe, pero el otro carecia de él. Agramante se lo designó inmediatamente, nombrando al efecto á Corineo, su fiel amigo. Del mismo modo hizo á Caico rey de la gente de Almanzilla, que obedecia antes á Tanfirion, y á Rimedonte de la de Getulia.

Aparecieron en seguida Balinfronte con los soldados de Cozca; los de Bolga, que en reemplazo de su rey Mirabaldo, tenian á Clarindo, y despues Baliverzo, el mayor merodeador de los campos de batalla. No creo que en todo el campamento se desplegara una bandera en torno de la cual se agrupasen tan esforzados guerreros como los que despues siguieron, ni que tuvieran por jefe un Sarraceno más prudente que su rey Sobrino. Los de Bellamarina, á quienes solia dirigir Gualcioto, iban entonces á las órdenes de Rodomonte, rey de Argel y de Sarza, que habia aumentado su ejército con nuevos ginetes y peones. Mientras el Sol estuvo nebuloso bajo el gran Centauro, el Capricornio, habia pasado al África por encargo de Agramante, y hacia tres dias que estaba de vuelta. En todas las regiones del África no se conocia un moro más valeroso ni más audaz que Rodomonte, á quien temian más, y con justo motivo, los parisienses sitiados, que á Marsilio, á Agramante y á todos cuantos guerreros pasaron á Francia en pos de ellos: la religion de Jesucristo no tenia tampoco enemigo más irreconciliable que él.

Siguió Prusion, rey de la Alvaraquia; y despues el rey de Zumara, Dardinelo. No sé si algun buho ó corneja, ú otra ave de mal agüero les llegaria á predecir desde los tejados ó los árboles la suerte funesta que les esperaba; pues el destino habia fijado la misma hora del siguiente dia para que ambos príncipes murieran en la batalla que se dió. Ya no faltaban por desfilar más que las tropas de los reyes de Tremecen y de Norizia; pero ni se veian sus banderas, ni se tenia noticia de ellas. Agramante no sabia que pensar de semejante demora, cuando trajeron á su presencia un escudero del rey de Tremecen, que le anunció la derrota de Alzirdo y Manilardo con la mayor parte de los suyos.

—Señor, añadió el escudero, el guerrero valeroso que ha hecho sucumbir á los nuestros, seria capaz tambien de destrozar tu ejército entero, como no huyera con la prontitud que yo; gracias á mi lijereza he podido salvarme, aunque con trabajo. Con la misma facilidad que un lobo se precipita entre un rebaño de cabras ó carneros, derriba él infantes y ginetes.

Pocos dias antes habia llegado al campamento del rey de África un caballero, á quien desde Occidente á Oriente no habia quien igualara en valor y esfuerzo. El rey Agramante le dispensaba grandes honores por ser hijo y sucesor del rey Agrican de Tartaria: era su nombre el del feroz Mandricardo.

Sus maravillosas hazañas le habian conquistado un renombre que llenaba el mundo entero; pero su principal celebridad, su mayor gloria procedia de haberse apoderado en el castillo de la hada de Soria de la brillante coraza que mil años antes habia llevado el troyano Héctor. Para adquirirlas arrostró los azares de una aventura extraordinaria y prodigiosa, cuyo solo relato causa pavor.

Encontrándose presente cuando el escudero dió cuenta de la heróica accion de Orlando, alzó su frente orgullosa y se preparó inmediatamente á ir en busca de aquel guerrero. Ocultó, no obstante, su intento, bien fuese por desdeñar toda compañía, ó por temor de que otro se le anticipara en tal empresa, si llegaba á traslucirse su pensamiento. Preguntó al escudero el color de la sobrevesta de tan bravo campeon, y aquel le respondió:

—Es enteramente negra, lo propio que su escudo, y su yelmo no tiene cimera.

—Así era en efecto, pues Orlando no llevaba empresa alguna, porque quiso que en su exterior apareciera el luto que reinaba en su corazon.

Marsilio habia regalado á Mandricardo un corcel bayo con manchas castañas y crin y cabos negros: era hijo de una yegua de Frigia y un caballo español. Sobre él saltó Mandricardo armado de piés á cabeza, y se alejó á galope por el campo, jurando en su interior no volver al campamento hasta haber encontrado al campeon de la negra armadura. En el camino vió muchos de los soldados que habian huido de la espada terrible de Orlando, llorando unos por el hijo, y otros por el hermano que habia perecido á su vista: en sus semblantes se veia aun retratado el cobarde terror que los dominara: el espanto les obligaba todavia á marchar pálidos, mudos y como fuera de sí. No anduvo mucho el sarraceno sin que se ofreciera á sus miradas un espectáculo inhumano y cruel, pero testimonio de las maravillosas hazañas que habian referido al rey africano. Mandricardo se paró á contemplar aquellos cadáveres, llegando hasta moverlos y medir sus heridas con la mano: en aquel momento sintió una inconcebible envidia hácia el caballero, cuyo esforzado brazo habia causado tantas víctimas. Como lobo ó mastin que habiendo encontrado demasiado tarde un buey muerto abandonado por los campesinos, y no pudiendo satisfacer su voracidad con los cuernos, los huesos ó las pezuñas, única cosa que han dejado los perros ó las aves de rapiña, se queda contemplando con sentimiento el testuz donde no puede hincar el diente, lo mismo hizo el infiel en aquella llanura, prorumpiendo despues en blasfemias, hijas de su envidia, por haber llegado tarde á tan espléndido banquete.

Durante aquel dia y la mitad del siguiente continuó incierto su camino en seguimiento del caballero negro, por quien preguntaba á todo transeunte. Llegó por fin á una pradera, á la que daban sombra árboles corpulentos, rodeada por un rio caudaloso, que apenas dejaba espacio por donde pudiera llegarse hasta ella. Un sitio semejante se encuentra en Ocricoli, rodeado por las sinuosas ondas del Tiber. Aquel estrecho paso estaba defendido por muchos caballeros armados. El pagano les preguntó quién y con qué objeto les habia reunido allí en tan gran número: el que parecia jefe, obligado sin duda por el gallardo talante de Mandricardo, y sorprendido por los ricos arneses de su corcel, recamados de oro y pedrería, lo que daba á entender que el ginete seria un personaje notable, le contestó:

—Nuestro Rey nos ha hecho venir desde Granada para acompañar á su hija, á quien ha desposado con el rey de Sarza, aunque la fama no ha propalado todavia esta noticia. A la hora en que la cigarra suspende su canto, que ahora nos molesta, conduciremos á la Princesa al campamento español: entretanto está descansando.

Mandricardo, acostumbrado á menospreciar cuanto existia en el mundo, quiso probar, por distraerse, si aquella gente defendia bien ó mal á la princesa confiada á su custodia; por lo cual exclamó:

—Esa dama, si la fama no miente, debe de ser bella; y como me agradaria saber si es cierto, condúceme en seguida á su presencia, ó haz que venga aquí: porque necesito estar pronto en otra parte.

—Preciso es que seas un loco rematado, le contestó el granadino. Pero no pudo continuar, porque el tártaro se lanzó sobre él lanza en ristre y le pasó de parte á parte; la coraza no pudo contener la violencia del golpe, y el desgraciado cayó en tierra herido mortalmente. El hijo de Agrican volvió á enristrar la lanza, y preparóse á atacar á los restantes. No llevaba espada ni maza; porque cuando se apoderó de las armas de Héctor, vió que faltaba la primera; por lo cual juró, y no en vano, que su mano no empuñaría espada alguna hasta conseguir arrancar á Orlando su Durindana, que era la de Héctor, y que Almonte habia tenido antes en gran estima.

Grande fué la audacia del Tártaro, que no temió luchar solo contra aquellos guerreros, gritándoles:—«¿Quién pretenderá estorbarme el paso?»—Y lanza en ristre se precipitó sobre ellos. A su vez enristraron la suya algunos: otros desnudaron las espadas, y todos le acometieron simultáneamente. Mandricardo mató una porcion de ellos, antes de que se rompiera su lanza: cuando la vió partida, aferró con ambas manos el trozo mayor que le quedaba, é hizo con él tal carnicería, que jamás se ha podido ver lucha tan sangrienta. Lo mismo que Sanson destrozó á los filisteos con una quijada que encontró al acaso, el sarraceno hacia pedazos los escudos, hendia los yelmos, y de un solo golpe aplastaba al caballo y al caballero. Aquellos desgraciados corrian á porfia hácia la muerte: cuando uno caia, otro le reemplazaba inmediatamente; pues no les causaba horror perder la existencia, aunque sí el ignominioso modo cómo Mandricardo se las arrancaba, y no podian soportar que su vida estuviera á merced de un pedazo de asta rota, á cuyos furibundos golpes iban unos tras otros cayendo, cual si fuesen ranas ó culebras. Cuando una triste experiencia les hizo conocer que la muerte era mala de todos modos, y al ver que las dos terceras partes de sus compañeros yacian en el suelo sin vida, se decidieron los restantes á emprender la fuga. El sarraceno cruel, que los consideraba ya como cosa propia, no pudo sufrir que escapara vivo uno solo de entre aquella turba amedrentada; y así como en una laguna seca desaparece pronto la estridente caña, ó los rastrojos en un campo, cuando el cauto labrador, auxiliado por el viento, les prende fuego, y se extiende la llama por todas partes, corriendo chispeante de surco en surco, así tambien aquellos soldados iban cediendo cada vez más ante la inflamada cólera de Mandricardo.

Cuando este vió el paso tan mal defendido, sin tener ya quien lo custodiara, adelantóse por el camino que le marcaba la yerba recien hollada, y atraido por los gemidos que oia, con el objeto de cerciorarse por sí mismo de si la belleza de la princesa de Granada era digna de su fama; y saltando por entre los cadáveres, pasó al sitio en que el rio presentaba una de sus sinuosidades. En medio del verde prado estaba Doralicia (que tal era el nombre de la doncella), sentada al pié de un añoso fresno y llorando amargamente: sus lágrimas se deslizaban hasta su turgente seno, como se suceden las aguas de un riachuelo al brotar de un manantial: su rostro expresaba á la vez el dolor que le causaba la muerte de sus compañeros, y el temor que le asaltaba por su propia suerte. Apenas vió acercarse á aquel guerrero empapado en sangre y con aspecto feroz y sombrío, sintió redoblar su espanto, y empezó á lanzar agudos gritos, que hendian los aires, aterrada por sí misma y por los que la rodeaban, pues además de los guerreros, cuidaban de la Princesa algunos ancianos de avanzada edad, y muchas damas y doncellas, las más hermosas del reino de Granada.

Al contemplar el Tártaro aquel hechicero rostro que no tenia igual en toda España, y que hasta inundado en llanto podia tender las inextricables redes de Amor, (¿qué no seria cuando resplandeciera con dulce sonrisa?) no sabia si estaba en la Tierra ó en el paraiso; lo único que consiguió con su victoria, fué quedar cautivo, sin saber cómo, de su misma prisionera. No consintió, sin embargo, en renunciar al premio de su triunfo, á pesar de que las lágrimas de Doralicia demostraban cuanto era posible el dolor y el luto de su corazon. Mandricardo se propuso convertir aquel llanto en placer inefable, y se preparó á llevarla consigo; hízola montar en un palafren blanco, y prosiguió con ella su camino, habiendo antes despedido benignamente á los ancianos, á las damas y doncellas, y á cuantas personas habian venido desde Granada con la Princesa, diciéndoles:

—Perded cuidado, conmigo solo irá bien acompañada: yo seré su guia, su protector, y sabré atender á todas sus necesidades. Adiós, amigos.

No pudiendo oponerle la menor resistencia, se alejaron aquellos desgraciados, llorando y suspirando, y diciendo entre sí:—«¡Cuán profundo será el dolor de su padre cuando llegue á su noticia este suceso! ¡Cuánta ira, cuánta pena sentirá su esposo, y cuán horrible será su venganza! ¡Ah! ¿Por qué no habria de llegar en ocasion tan critica, para hacer que ese guerrero devolviera la ilustre hija del rey Estordilano, antes de que la lleve léjos de nosotros?

Satisfecho el Tártaro con la magnífica conquista que le habian proporcionado su fortuna y su denuedo, parecia tener menos prisa que antes en buscar al caballero de la negra vestidura. Entonces corria; ahora iba tranquila y lentamente preocupado tan solo con el deseo de hallar un sitio á propósito donde apagar su amorosa llama. Esforzábase en consolar á Doralicia, cuyo rostro estaba bañado en llanto; ideaba mil cosas para distraerla, y le decia:

—Há largo tiempo que la fama de vuestra belleza me inspiró una viva pasion hácia vos: solo por contemplar ese divino rostro, y no por el deseo de ver la Francia ó la España, he abandonado mi patria, mi trono y todo el fausto que me rodeaba, y que otros desean tan vivamente. Si el amor debe ser correspondido, es evidente que merezco el vuestro, pues vivo adorándoos: si preferis el brillo de la cuna, ¿qué estirpe encontrareis más elevada que la mia? Hijo soy del poderoso Agrican. Si os halagan las riquezas, ¿quién posee más vastos dominios que yo, cuando solo á Dios cedo en poderío? Si sois sensible al valor, creo haber dado hoy pruebas de que merezco ser amado por mi denuedo.

Estas palabras y otras muchas que el amor inspiraba á Mandricardo, iban derramando un bálsamo consolador en el corazon de la doncella, afligida aun por el espanto. Poco á poco cesó el miedo y con él el dolor que le habia lacerado el alma, y empezó á escuchar con más paciencia y mayor agrado las frases de su nuevo amante. Mostróse despues en sus benignas respuestas mucho más afable y cortés, y por último permitió que Mandricardo contemplara su rostro, cuyas miradas imploraban compasion: entonces el pagano, traspasado de nuevo por los dardos del Amor, adquirió no ya la esperanza, sino la certidumbre de que la jóven llegaria á acceder á sus deseos.

Contento y alegre con aquella compañia, que tanto le satisfacia y deleitaba, vió llegar la hora en que el ocaso del Sol y la frescura de la noche invitan á todos los seres animados al reposo, y empezó á cabalgar con mayor velocidad, hasta que oyó los sonidos de los caramillos y zampoñas, y divisó algunas columnas de humo que se elevaban por encima de varias granjas y cabañas. Aquellas moradas, más cómodas que suntuosas, estaban habitadas por pastores, uno de los cuales ofreció la suya al caballero y á la doncella con tan corteses modales y tan solícita bondad, que quedaron en extremo satisfechos de él. No solo se encuentran hombres afables y galantes en las ciudades y castillos, sino tambien en las cabañas y en los más humildes tugurios.

Lo que sucedió entre Doralicia y el hijo de Agrican luego que la noche hubo tendido su manto, no podré referirlo con toda exactitud; así es que lo dejaré al buen juicio del lector. Pero puede suponerse que reinó entre ellos la mayor intimidad, por cuanto al dia siguiente ambos aparentaban estar muy contentos, y Doralicia dió las gracias al pastor por su cordial hospitalidad. Desde allí fueron vagando de comarca en comarca, hasta que se encontraron á la orilla de un placentero rio, cuyas aguas se deslizaban hácia el mar tan silenciosamente, que no se sabia si estaban estancadas ó si circulaban en libertad; eran además tan limpias y cristalinas, que se veia distintamente su fondo. Allí encontraron dos caballeros y una doncella.

Pero mi elevada fantasia, que no me permite seguir siempre el mismo camino, me aleja de allí, y me arrastra hácia el campamento de los moros, cuyos gritos eran capaces de ensordecer á la Francia entera. El ejército musulman estaba preparado en derredor de la tienda desde donde el hijo del rey Trojano desafiaba al santo Imperio, mientras que el audaz Rodomonte se jactaba de incendiar á París y de arrasar la sagrada Roma. Habia llegado á noticia de Agramante que los ingleses acababan de cruzar el mar, por lo cual llamó á su presencia á Marsilio, al anciano rey del Algarbe y á otros varios capitanes. Resolvieron por unanimidad que se preparara al momento el ejército entero para dar á París un asalto decisivo; pues la menor dilacion daria lugar á la llegada de tan considerables refuerzos, que les impedirian totalmente la toma la ciudad.

Los sarracenos habian reunido de antemano al pié de las murallas innumerables escalas, vigas, tablones y grandes cestos de mimbres, para emplearlos en diferentes usos: estaban tambien provistos de puentes y lanchas, y por último, Agramante habia ya designado las tropas que debian dar el asalto en primera y segunda fila, á cuyo frente se proponia acometer en persona la ciudad.

La víspera del combate, hizo el Emperador celebrar misas y diferentes ceremonias religiosas dentro de París por los sacerdotes, y los frailes de todas las órdenes, á cuyas ceremonias asistieron los sitiados, que confesaron y comulgaron, como si al dia siguiente debieran perecer todos. Carlomagno, rodeado de sus magnates y paladines, de los príncipes y de los prelados, asistió á las prácticas religiosas en la iglesia mayor, con una devocion de que dió excelente ejemplo á sus súbditos. Con las manos juntas y los ojos elevados, al cielo decia:

—¡Señor, aunque yo sea inícuo é impío, no permita tu bondad que padezca tu pueblo en desagravio de mis faltas! Si es tu voluntad aplicarle justas penas, como se merecen nuestros errores, aleja por lo menos el castigo de nuestras cabezas á fin de que no lo recibamos por mano de tus enemigos; pues si á nosotros, que somos tus amigos, nos fuera imposible derrotarlos, insultarian tu poder esos paganos, diciendo que no existe, puesto que ha dejado morir á tus defensores, De no castigar á un solo culpable, se alzarán contra tí otros ciento por todo el mundo, hasta el extremo de que la falsa ley de Babel conseguirá sofocar y humillar tu religion. Proteje á este pueblo, que es el mismo que ha lanzado de tu santo sepulcro á sus viles profanadores, y que tantas veces ha defendido á la santa Iglesia y sus pontífices. Bien sé que nuestros méritos no corresponden ni con mucho á lo que te es debido, y que no debemos esperar perdon de tí, si consideramos nuestra desarreglada vida; pero si nos concedes el maravilloso don de tu gracia, quedarán purificados nuestros corazones y entraremos en razon; y como todos recordamos tu piedad, no desesperamos de tu auxilio.

Así decia el devoto Emperador, con corazon humilde y contrito. Dispuso además otras rogativas religiosas, y pronunció votos que la inminencia del peligro y su mismo esplendor hacian necesarios. Tan fervientes súplicas no fueron estériles, porque su ángel tutelar recogió sus ruegos, y desplegando las alas, los llevó á los piés del Salvador del mundo. En aquel momento, diferentes mensajeros celestiales eran portadores de otras infinitas súplicas para el Eterno, las cuales habian escuchado aquellas almas bienaventuradas con la piedad retratada en sus angelicales semblantes, y todos juntos contemplaron á su sempiterno Amante, y le patentizaron su deseo unánime de que acogiera benigno las justas plegarias del pueblo cristiano, que acudia á Él en demanda de socorro. La Bondad inefable, á quien jamás acudió en vano un corazon verdaderamente cristiano, levantó sus piadosos ojos é hizo una seña al arcángel San Miguel para que se aproximara.—«Vé, le dijo, al encuentro del ejército cristiano que ha desembarcado en las costas de Picardia, y condúcele al pié de los muros de París, sin que lo adviertan sus contrarios: busca primeramente al Silencio, y díle de mi parte que te ayude en esta empresa: él sabrá demasiado lo que tiene que hacer para realizar mis designios. Desempeñada esta comision, vuela presuroso hácia donde tiene la Discordia su asiento: díle que coja su yesca y su eslabon; que prenda fuego en el campo de los moros y que siembre tanta cizaña y tantas rencillas entre sus guerreros más valerosos que vuelvan pronto sus armas unos contra otros, y se hieran, se arranquen la vida ó se carguen de cadenas, ó bien abandonen despechados el campamento hasta conseguir que el Rey africano se vea privado de su apoyo.»

El arcángel bendito emprendió inmediatamente su vuelo, sin replicar una sola palabra. Por do quiera que Miguel extendia sus alas, se disipaban las nubes, y aparecia el cielo en toda su lucidez: ceñíale en torno un círculo luminoso, brillante como el oro, y de un resplandor semejante al que producen de noche los relámpagos. El mensajero celestial iba pensando, durante su viaje, en el sitio donde deberia posarse para encontrar sin pérdida de tiempo al enemigo de la palabra, á quien debia transmitir primero la órden del Señor. Fué recorriendo los lugares más frecuentados por él, hasta que por último presumió que lo hallaria en alguna iglesia ó monasterio de monjes en reclusion perpétua, donde estaba prohibida toda conversacion y donde la palabra Silencio se veia escrita en el coro, en los dormitorios, en el refectorio, y por fin, en todas las celdas. Creyendo encontrarlo allí, agitó con mayor viveza sus doradas alas; y al ver aquellos lugares consagrados aun á la Paz, la Quietud y la Caridad supuso haber acertado. Pronto conoció su error, así que llegó al claustro, pues no encontró al Silencio; preguntó por él, y le dijeron que allí solo existia de nombre. Tampoco halló Piedad, ni Quietud, ni Humildad, ni Caridad, ni Paz: es indudable que habian residido en el claustro, pero fué en otro tiempo, y de él las habian arrojado la Gula, la Avaricia, la Ira, la Soberbia, la Envidia, la Crueldad, y la Pereza. Admirado el Angel de tanta novedad, examinó atentamente aquella turba vil, y descubrió entre ella á la Discordia, á quien, segun la órden del Eterno, debia buscar despues que al Silencio. Habia pensado dirigirse al Averno, por creer que estuviera entre los condenados, y la fué á encontrar ¡quién lo creyera! en aquel nuevo infierno, entre misas y ceremonias religiosas.

Miguel no podia creer que fuera la Discordia aquella á quien solo esperaba hallar despues de un largo viaje; pero cesaron sus dudas cuando la conoció por sus vestidos cenicientos de rayas desiguales é infinitas, cuyos girones ocultaban ó mostraban su desnudez, á medida que andaba ó eran agitados por el viento. Sus enmarañados cabellos eran rojos, plateados, negros y grises: unos estaban trenzados, otros atados y recogidos por una cinta; caíanle por la espalda muchos y por el pecho algunos. Tenia las manos y el pecho llenos de citaciones, de libelos, de exámenes, de espedientes jurídicos, de glosas, de consultas, de relatos y de otros documentos de curia que en las ciudades ponen en peligro la hacienda del pobre. Por todos lados estaba rodeada de escribanos, procuradores y abogados.

Llamóla Miguel, y le ordenó que fuera á colocarse entre los sarracenos más valientes, y buscara un pretexto para obligarles á combatir entre sí con memorable estrago. Pidióle despues nuevas del Silencio, persuadido de que ella las sabria fácilmente, puesto que iba por todas partes atizando sus incendios La Discordia respondió:

—No tengo presente haberle visto en ningun sitio: he oido hablar de él muchas veces, y aun recomendarle por su astucia; pero el Fraude, uno de mis compañeros que alguna vez ha ido con él, podrá, segun creo, indicarte su morada.

Y señaló á uno con el dedo, diciendo:—«Aquel es.»

Su rostro era afable, honesto su traje; sus miradas humildes, sus movimientos mesurados, y su modo de hablar tan benigno y tan modesto, que parecia al del arcángel Gabriel cuando dijo: Ave Maria. Todo lo demás era en él hediondo y deforme; pero ocultaba tan depravadas imperfecciones bajo un hábito largo y ancho, que tambien escondia un puñal pendiente siempre de su cuello. El ángel le preguntó por el camino que debia seguir para encontrar al Silencio.

—En otro tiempo, contestó el Fraude, solia habitar únicamente entre las virtudes, con Benito y con los discípulos de Elías en los monasterios que acababan de ser fundados. Mucha parte de su vida la pasó en las escuelas, en tiempo de Pitágoras y de Architas; pero al desaparecer aquellos filósofos y aquellos santos, que solian llevarle por el camino recto, abandonó sus antiguas y excelentes costumbres, para reunirse con los malvados. Empezó á ir de noche con los amantes; despues con los ladrones, y hoy es el protector de todo delito. Habita mucho tiempo con la Traicion, y hasta le he visto con el Homicidio: acostumbra á refugiarse en algun subterráneo cavernoso en compañia de los monederos falsos; y en fin, muda con tanta frecuencia de compañeros y de albergues, que serias muy afortunado si le encontraras. Abrigo, sin embargo, la esperanza de que le hallarás, si procuras ir á media noche á la mansion del Sueño; indudablemente darás con él, pues en ella duerme.

Aunque el Fraude tiene la costumbre de engañar siempre, era no obstante su lenguaje tan parecido al de la verdad, que el Angel le dió crédito, y sin más tardanza se marchó volando del monasterio; si bien procuró moderar el movimiento de sus alas á fin de llegar con oportunidad al término de su viaje, para encontrar al Silencio en la morada del Sueño, cuya situacion conocia.

Existe en Arabia un valle ameno y pequeño, léjos de toda ciudad y pueblo, formado por dos montañas y cubierto de abetos seculares y hayas frondosas. En vano intenta el Sol hacer penetrar en él la luz del dia; pues sus rayos no han podido atravesar jamás aquella espesa enramada, bajo la cual hay una cueva espaciosa abierta en la roca, cuya entrada está oculta por la hiedra trepadora, que la rodea enteramente con sus tortuosas vueltas. En aquel albergue es donde reposa el grave Sueño: á su lado se vé el Ocio corpulento y obeso, y la Pereza tendida en el suelo, por no poder andar ni casi estar en pié. El desmemoriado Olvido permanece á la puerta; no conoce, ni deja entrar á nadie; ni escucha, ni transmite mensaje alguno, y por fin, no recuerda ningun nombre. En torno de aquella mansion vaga el Silencio: su calzado es de fieltro, y oscuro el manto; y á cuantos encuentra hace señas con la mano desde léjos para que no se aproximen. El Angel se le acercó muy despacio, y le dijo al oido:

—Dios ha dispuesto que conduzcas á París á Reinaldo con los soldados que lleva á sus órdenes para auxiliar á su rey; pero quiere que su marcha sea tan silenciosa, que los sarracenos no puedan oir el menor ruido; y esto ha de ser de tal modo, que antes que la Fama encuentre un resquicio por donde ir á avisarles, se vean atacados por aquellos.

El Silencio inclinó la cabeza por toda contestacion, dando á entender que así lo haria, y emprendió obediente la marcha en seguimiento del Arcángel. Del primer vuelo llegaron á Picardia: Miguel excitó el ardor de aquel ejército animoso, y le hizo andar el largo camino con tal velocidad, que un solo dia le bastó para llegar á París, sin que ninguno conociera que aquella rápida marcha era efecto de un milagro. El Silencio vagaba constantemente en torno de aquel ejército, al que ocultó tras una niebla profunda, que dando paso á la luz del dia, era impenetrable á los sonidos de los clarines y de las trompetas. Pasó despues al campo de los infieles, y llevó consigo un no sé qué, que los hizo sordos y ciegos.

Mientras se aproximaba Reinaldo con una precipitacion que solo era debida á su celestial conductor, y con un silencio tan grande, que desde el campo sarraceno no se percibia una sola palabra, el rey Agramante habia llevado su infanteria á los arrabales de París y á la orilla de los fosos que defendian las murallas, para intentar aquel dia un esfuerzo supremo. El que pudiera contar los soldados que dirigió el rey Agramante contra Carlomagno en aquella ocasion, seria capaz de contar tambien todas las plantas que crecen en las frondosas espaldas del poblado Apenino, así como las olas que bañan el pié del africano Atlas cuando el mar está enfurecido, y todos los ojos con que el cielo examina á media noche las furtivas acciones de los amantes. Oianse sin cesar los frecuentes y terroríficos sonidos de las campanas, tocando á rebato: todos los templos se llenaron de una multitud que oraba y levantaba las manos al cielo. Si los tesoros fueran tan gratos á los ojos de Dios como lo son á los de los insensatos mortales, aquel dia hubiera obtenido cada santo una imágen de oro en la Tierra. Los ancianos se lamentaban de haber vivido demasiado para presenciar entonces semejantes calamidades, y envidiaban á las imágenes de piedra que permanecian en su pedestal tantos y tantos años. Pero los jóvenes valientes y vigorosos, que no paraban mientes en la inminencia del peligro, corrian presurosos hácia las murallas, despreciando las advertencias de las personas de edad madura.

En los muros estaban ya los barones, los paladines, los reyes, los duques, los marqueses, los condes, los caballeros, los soldados de Francia y los extranjeros, prontos á morir por su Dios y por su honor, y pidiendo incesantemente al Emperador, en su deseo de caer sobre los sarracenos, que mandase bajar los puentes levadizos. Carlomagno se felicitaba al ver su animoso entusiasmo; pero no consintió en dejarlos salir, y fué distribuyéndolos en los sitios más á propósito para cortar el paso á los bárbaros, aumentando ó disminuyendo su número, segun que el estado de las fortificaciones así lo reclamaba; encomendando á los unos el cuidado de dirigir los fuegos, y encargando á los otros el manejo de las máquinas de guerra y su colocacion en donde hubiera necesidad: en una palabra, no se daba un momento de reposo, atendiendo á todo y organizando la defensa de la ciudad.

París está situado en una gran llanura, en el centro, ó mejor dicho, en el corazon de Francia; atraviesa sus muros un rio que pasa por el interior y vuelve á salir en direccion opuesta; pero antes forma una isla que proteje la parte principal de la ciudad: las otras dos (porque aquella poblacion está dividida en tres partes) se hallan defendidas en el interior por el rio, y en el exterior por los fosos. Este recinto, cuya circunferencia es de muchas millas, puede ser atacado por diferentes puntos á la vez; pero como Agramante no queria fraccionar su ejército, se decidió á dar el asalto por uno solo, y se retiró á la otra parte del rio, hácia Poniente, porque á su retaguardia todos los castillos y ciudades le estaban sometidos hasta la frontera de España.

En todo el terreno circundado por las murallas habia hecho Cárlos gran acopio de municiones, y construido diques, contrafosos y casamatas: habia colocado enormes cadenas en la entrada y en la salida del rio, y empleó su mayor cuidado en fortificar convenientemente los puntos que en su concepto eran más débiles y estaban más amenazados. El hijo de Pepino previó con la perspicacia de Argos el lado por donde Agramante debia intentar el asalto: así es que supo estorbar cuantos proyectos habia formado el sarraceno.

Marsilio aprestó en la llanura su ejército, en el que se veia á Ferragús, Isolier, Serpentino, Grandonio, Falsironte, Balugante, y cuantos jefes habian venido de España. A la izquierda, y colocados en la orilla del Sena, estaban Sobrino, Pulian, Dardinel de Almonte y el rey de Oran, cuya gigantesca estatura media seis brazas desde el pié á la frente, Pero ¿por qué he de ser más lento en manejar la pluma, que aquellos guerreros en esgrimir sus armas? Ya el rey de Sarza, lleno de cólera y despecho, gritaba y se enfurecia, porque tardaba tanto la señal del combate.

Así como las importunas moscas se lanzan en los calurosos dias del estío sobre las vasijas de leche de los pastores ó sobre los suculentos restos de un banquete, produciendo con sus alas un ronco y monótono zumbido, ó como una bandada de estorninos se precipita sobre los dorados racimos de las uvas ya maduras, del mismo modo se lanzaron los moros al terrible asalto, llenando de gritos atronadores el espacio. Los cristianos, armados de lanzas, espadas, hachas, piedras y materias combustibles, defendian su ciudad desde las murallas con heróica resolucion, despreciando el orgullo de los sarracenos. Donde caia un guerrero, ocupaba otro inmediatamente su lugar: nadie habia tan cobarde que retrocediera.

Por fin, abrumados por los golpes y por las heridas, se vieron los sitiadores obligados á volver á los fosos: los sitiados, no solo empleaban contra ellos el acero, sino tambien enormes peñas, almenas enteras, trozos de murallas arrancados con sumo trabajo, los techos de las torres y pedazos de cornisas. Abrasaban además con inmensas cantidades de agua hirviendo á los sarracenos, los cuales no podian resistir semejante lluvia que, entrando por las viseras de los cascos, los cegaba completamente. Si aquel diluvio les causaba casi más daño que el hierro, ¿cuánto no les causaria una nube de cal viva, cuánto no deberian aterrarles las vasijas inflamadas, llenas de aceite, azufre, pez y trementina? Tampoco permanecieron ociosos los aros de fuego, circuidos de una cabellera de llamas; pues arrojados desde diversos sitios, ceñian á los sarracenos con dolorosas guirnaldas.

Entre tanto, el rey de Sarza habia lanzado al asalto una nueva division, acompañado de Buraldo, rey de los garamatas, y de Ormida, rey de Marmonda. A su lado marchaban tambien Clarindo y Soridan, así como los reyes de Ceuta, de Marruecos y de Cosca, todos ellos impacientes por dar á conocer su valor. Rodomonte de Sarza ostentaba en su bandera, completamente roja, un leon terrible con la boca abierta, permitiendo que una jóven le colocara en ella un freno. El leon era la emblema de Rodomonte, y la jóven que lo enfrenaba era la imágen de Doralicia, hija de Estordilan, rey de Granada. Ya he referido cómo y en qué sitio se habia apoderado de ella Mandricardo: Rodomonte amaba á aquella jóven más que á su vida y más que á su corona, y por hacerse agradable á sus ojos se esforzaba en dar pruebas de valor y cortesía: pero aun no habia llegado á su noticia que su amada se hallaba en poder de otro; pues si lo hubiera sabido, habria hecho en el momento mismo lo que hizo aquel dia combatiendo contra los cristianos.

Apoyáronse á un tiempo mil escalas contra las murallas, sobre cada uno de sus peldaños subieron al instante dos guerreros: los segundos empujaban á los primeros, y eran á su vez empujados por los terceros: á unos les sostenia su propio valor, á los otros el temor, y todos se veian obligados á demostrar igual denuedo; pues si llegaba alguno á detenerse un momento, caia herido ó muerto á manos de Rodomonte, del cruel rey de Argel. Así es que todos se esforzaban en escalar las murallas, sufriendo una verdadera lluvia de fuego y de piedras: todos procuraban, sin embargo, encontrar un sitio por donde el escalamiento fuera más fácil y menos peligroso: Rodomonte era el único que se desdeñaba de seguir el camino más seguro, y mientras que los demás dirigian sus ruegos al cielo en tan apurado trance, él prorumpió en terribles imprecaciones y blasfemias. Estaba armado de una fuerte é impenetrable coraza, hecha de la piel escamosa de un dragon, con la cual habia ya defendido su pecho uno de sus ascendientes, aquel impío que edificó la torre de Babel, creyendo arrojar á Dios de su celestial morada y arrebatarle el gobierno de los astros. Su yelmo, su escudo y su espada, fabricados exprofeso, eran del mismo temple y resistencia.

No menos indomable, soberbio y furibundo que Nemrod, Rodomonte habria sido capaz de subir al mismo cielo aun en medio de las tinieblas de la noche, si en el mundo existiera un camino que condujese á él. Sin detenerse á examinar si el muro estaba entero ó abierta la brecha, ni si era profundo el foso, lo atravesó corriendo, metiéndose hasta el cuello en el agua y el lodo. Lleno de fango, empapado en el agua, y arrostrando el fuego, las piedras, y los proyectiles disparados por los arcos y ballestas, corria como entre los pantanosos cañaverales de nuestra Mallea, suele correr el javalí, que se abre ancho paso con el pecho, las pezuñas y los colmillos; y resguardándose con el escudo, no solo despreciaba las murallas, sino tambien al cielo. Apenas puso el pié fuera del agua, lanzóse á una gran plataforma apoyada en la muralla en que estaban situados los guerreros franceses. Entonces se vió al terrible sarraceno haciendo volar pedazos de cráneo de mayor diámetro que los cerquillos de los frailes, derribando brazos y cabezas, y vertiendo arroyos de sangre que desde las murallas iban á parar á los fosos. Arrojó el escudo léjos de sí, empuñó con ambas manos su terrible acero, y se precipitó sobre el duque Arnolfo que habia venido desde aquellos paises donde el Rhin desemboca en el mar. El desgraciado se defendió menos de lo que resiste el azufre á la accion del fuego, y cayó en tierra con la cabeza hendida hasta el cuello. De un solo revés arrancó la vida á Anselmo, á Oldrado, á Espinelocio y á Prando: los dos primeros de Flandes, y los otros dos de Normandia. La espada de Rodomonte aprovechaba sus golpes de un modo terrible á causa de lo reducido de aquel sitio en donde estaban apiñados multitud de guerreros. En seguida hendió desde la frente al pecho y al vientre á Orghetto de Maguncia.

Arrojó despues á los fosos desde lo alto de una almena á Andropono y á Moschino; el primero consagrado al sacerdocio, y tan adorador del vino el segundo que de un solo trago vaciaba el vaso de mayor capacidad: huia cuanto es posible del agua como si fuera el veneno más activo ó la sangre de una víbora: entonces pereció allí, teniendo el sentimiento de morir en el agua. Dividió el sarraceno de arriba á abajo al provenzal Luis, y atravesó de parte á parte á Arnaldo de Tolosa. A Oberto, Claudio, Hugo y Dionisio, les hizo exhalar el último aliento envuelto en su sangre, y con ellos á Gualtiero, Satalon, Odo y Ambaldo, los cuatro de París, y asimismo á otros muchos, cuyos nombres y patria no sé cómo apuntar brevemente.

Los moros, siguiendo presurosos á Rodomonte, fijaron sus escalas, y alcanzaron la muralla en más de un punto, mientras que los parisienses dejaban de hacerles frente, al ver que su primera defensa de nada les servia ya; porque sabian que al enemigo le quedaba aun mucho que hacer, aunque estuviera en posesion de los muros; pues entre estos y la segunda línea de defensa habia un foso de una profundidad espantosa. Mientras que los primeros defensores continuaban disparando de abajo á arriba con valerosa tenacidad, habian llegado tropas de refresco, que colocadas en el elevado parapeto interior, ofendian sobremanera con sus lanzas y sus saetas á la gran masa de sitiadores, cuyo número hubiera disminuido considerablemente, á no haberlos sostenido el hijo del rey Ulieno. Este iba animando á los unos, motejando á los otros por su inercia, y haciéndoles avanzar á pesar suyo; á cuantos veia dispuestos á emprender la fuga, partia de una sola cuchillada la cabeza ó el pecho; cogia á muchos de los fugitivos por los cabellos, por el cuello ó por los brazos, y arrojándoles al foso iba formando en él tan gran monton, que era estrecho para contenerlos á todos.

Mientras aquel tropel de bárbaros escalaba las murallas, ó se precipitaba en el terrible foso, y procuraba desde allí apoderarse del segundo parapeto, el rey de Sarza, como si todos sus miembros estuvieran provistos de alas, dió un salto á pesar del peso de su cuerpo y del de su armadura, y se lanzó al otro lado del foso, cuya anchura no seria menor de treinta piés. Rodomonte la atravesó con la velocidad de un galgo y al caer no produjo más ruido que si tuviera sus piés cubiertos de fieltro. Empezó entonces á despedazar á cuantos se le oponian, como si las armas de sus contrarios fueran de blando estaño ó de piel, y no de hierro: ¡tanta era su fuerza, y tal el temple de su espada!

Mientras tanto los cristianos, para engañar al enemigo, habian llenado el foso de ramas secas y faginas cubiertas completamente de pez. Nadie podia verlas, por más que estuviera el foso lleno de ellas hasta los bordes. Habian acumulado tambien en él muchos barriles, unos con salitre, otros con aceite, con azufre, ó con materias parecidas. Preparados los sitiados para castigar la loca audacia de los sarracenos que se disponian á escalar el segundo parapeto, así que oyeron la señal convenida, hicieron que estallase un horrible incendio en diferentes puntos á la vez; y reuniéndose todas aquellas llamas hasta formar una sola, extendiéronse de una á otra orilla, y se elevaron tanto, que habrian podido secar el húmedo seno de la Luna. Una niebla negra y densa que oscureció la luz del Sol y ocultó á todas las miradas el sereno azul del cielo, extendióse sobre las cabezas de sitiados y sitiadores, mientras que por el espacio circulaba un estruendo incesante, muy parecido al fragor de un espantoso trueno: el terrible rugido de las llamas homicidas concordaba de un modo extraño con el áspero concento, con la horrísona armonía de los lamentos, gritos y aullidos exhalados por los infelices que perecian en el foso, víctimas de la temeridad y de la insensata audacia de su jefe.... No puedo, Señor, no puedo prolongar más este canto; que estoy ya ronco, y necesito descansar algunos momentos.

Canto XV

Combate del ejército moro contra el cristiano al pié de los muros de París.—Despídese Astolfo de Logistila; aprisiona al feroz Caligorante, y corta despues la cabeza á Orrilo, con quien habian combatido en vano Grifon y Aquilante.—Encuentra luego á Sansoneta—Grifon recibe malas noticias referentes á su amada.

Siempre ha sido laudable la victoria, ya dependa de la suerte ó de la pericia: pero es preciso confesar que un triunfo alcanzado á costa de mucha sangre redunda en descrédito del jefe vencedor, mientras que adquiere eterna gloria y se hace digno de los mayores honores el que consigue derrotar al enemigo sin daño de los suyos. Vuestra victoria, Señor, fué merecedora de perpétua fama, pues conseguisteis amansar de tal modo al Leon, tan temido en los mares, y dueño de las dos orillas del Pó, desde Francolino hasta su desembocadura, que aunque oiga sus rugidos, no me infundirán pavor mientras os vea. Entonces supisteis demostrar cómo debe vencerse, pues no solo dísteis muerte al enemigo, sino que tambien nos salvásteis.

Esto es lo que no supo hacer el pagano, cuya audacia se convirtió en su daño; pues precipitó á los suyos en el foso, donde perecieron todos abrasados por aquel incendio voraz y repentino que á ninguno respetó. La inmensa zanja habria sido pequeña para contenerlos á todos, si el fuego no hubiese ido reduciendo los cuerpos hasta convertirlos en leves pavesas á fin de que cupieran en aquel sitio. Once mil veintiocho sarracenos se encontraron carbonizados en el incandescente hornillo, al cual habian descendido mal de su grado, obligados por las órdenes de su imprudente jefe. En medio de tan brillante llama se apagó su existencia; pero Rodomonte, causa principal de su daño, pudo librarse de tamaño martirio. Atravesó de un admirable salto el ancho foso, cayendo en medio de los enemigos; si hubiese descendido á el con sus soldados, aquel seria el fin de todas sus hazañas. Volvió despues los ojos á aquella sima infernal y cuando vió que el fuego lo dominaba todo, y llegaron á sus oidos los gritos y lamentos de los sarracenos, prorumpió en espantosas blasfemias contra el cielo.

El rey Agramante atacaba entre tanto furiosamente una de las puertas de la ciudad, creyendo que, mientras los sitiados estaban ocupados en rechazar la agresion de Rodomonte en el sitio donde habia perecido ya tanta gente, aquella puerta estaria desprovista de defensores ó no tendria los suficientes para hacer frente á los suyos. Con él iban Bambirago, rey de Arcilla; el vicioso Baliverzo; Corineo de Mulga; Prusion, rico monarca de las islas Afortunadas; Malabuferso, rey de Fez, en cuyo país reina un estío perpétuo, y otros varios guerreros, expertos en las batallas y muy bien armados, y aun algunos cobardes que no se consideraban seguros ni aun estando resguardados por mil escudos.

El monarca sarraceno halló todo lo contrario de lo que esperaba; porque aquella puerta estaba defendida por el mismo jefe del Imperio en persona, por Carlomagno y por muchos de sus paladines, á cuyo lado combatian el rey Salomon, el danés Ogiero, los dos Guidos y los dos Angelinos, el duque de Baviera, Ganelon, Berlingiero, Avolio, Avino y Oton, así como una inmensa multitud de soldados de inferior categoria compuesta de franceses, alemanes y lombardos, que ardian en deseos de distinguirse en presencia de su señor con alguna accion heróica. Más adelante os referiré sus proezas; porque ahora me veo precisado á ocuparme de un duque poderoso, que me llama y me hace señas desde léjos, rogándome que no lo deje en el tintero.

Tiempo es ya de volver adonde dejé al venturoso Astolfo de Inglaterra, que afligido por el prolongado destierro en que se habia visto sepultado, ardia en deseos de regresar á su país; deseos avivados por las esperanzas que le habia hecho concebir la vencedora de Alcina, la cual se ocupaba en mandarle á su tierra por el camino más cómodo y seguro. Logistila aparejó con este objeto la mejor galera de cuantas surcaran los mares, y siempre recelosa de que Alcina entorpeciera aquel viaje, quiso que Andrónica y Sofrosina le acompañaran con una fuerte armada hasta dejarle en salvo en el mar de Arabia ó en el golfo Pérsico. Aconsejóle que fuera dando la vuelta por las costas de la Escitia, de la India y del reino de los nabateos, y regresara por tan largo trayecto al mar de Persia y de Eritrea, evitando no solo los mares boreales, agitados sin cesar por las tempestades, sino tambien las regiones que están privadas de la luz del sol por espacio de algunos meses del año.

Cuando Logistila lo tuvo todo dispuesto, dió permiso á Astolfo para que emprendiera el viaje, no sin haberle instruido y enseñado muchas cosas que fuera prolijo enumerar; y á fin de impedir que por arte mágica cayera en algun sitio de donde no le fuese posible salir, le regaló como recuerdo suyo un libro bello y útil, encareciéndole que lo Ilevara siempre consigo. Aquel librito contenia instrucciones y advertencias para preservarse de toda clase de sortilegios, y por medio de señales particulares y de un índice podia encontrarse en él cuanto se buscara relativamente á encantamientos. Hízole además otro presente, superior á todos los que han podido ofrecerse los mortales: una trompa, cuyo horrible sonido hacía huir á cuantos lo escuchaban. Los sonidos formidables de aquella trompa ó cuerno de caza, lo repito, ponian en fuga á todo el que los oia, sin que de ello pudiera eximirse ni aun el hombre de corazon más animoso. El estrépito que produce el huracan, el trueno ó un terremoto no era comparable al horrísono estruendo de aquel.

El excelente caballero inglés despidióse de la hada despues de haberle expresado diferentes veces su gratitud, y dejando el puerto y la tranquila playa, hizo rumbo hácia las ricas y populosas ciudades de la India embalsamada, impulsado por un viento propicio y bonancible. A la derecha y á la izquierda fué descubriendo infinidad de islas, hasta que llegó á la vista de la tierra de Tomás, en donde el piloto hizo variar el rumbo más al Norte. La hermosa escuadra siguió atravesando el piélago, pasó casi rozando con las costas del Quersoneso de Oro y despues de contemplar aquellas ricas comarcas en que, el Ganges blanquea las aguas del mar con su espumosa corriente, á Trapobana y Coringo, llegó al mar que está oprimido entre dos playas. Habiendo recorrido luego un largo trecho, los navegantes alcanzaron la altura de Cochin, y salieron fuera de los límites de la India.

Mientras navegaba el Duque con tan segura y fiel escolta, quiso saber, y al efecto dirigió algunas preguntas á Andrónica, si algun bajel procedente de los paises que deben su nombre al ocaso del Sol, solia aparecer en los mares de Oriente, bien navegara á remo ó bien á vela, y si podia irse directamente por mar desde la India hasta Francia ó Inglaterra.

—Sin duda sabrás, respondió Andrónica, que el mar rodea á la Tierra por todas partes, y que las olas van unas en pos de otras, tanto bajo las zonas glaciales, como bajo las tórridas; pero como las regiones de la Etiopía se extienden mucho hácia el Sur, ocupando un inmenso espacio de mar, han creido algunos que aquellas eran el límite del imperio de Neptuno. Esta es la razon de que ni una sola nave de Levante dirija su rumbo hácia nuestro Océano índico, y de que tampoco exista en Europa marino alguno que intente arribar á nuestras comarcas. Por adelantarse tanto en el mar la tierra meridional de África, se ven todos precisados á retroceder en su derrotero, creyendo, al verla tan prolongada, que llega á unirse con el hemisferio opuesto. Pero, á través de los años, veo nuevos Argonautas y nuevos Tifis, que saliendo de la extremidad del Occidente, se abrirán paso por caminos desconocidos hasta ahora.

»Veo á unos dar la vuelta al rededor del África, y costear las playas habitadas por individuos de raza negra hasta haber traspuesto el signo desde el que vuelve el Sol á nuestros paises, cuando sale del Capricornio, y encontrando por último el fin del inmenso promontorio que parece dividir en dos este mar único, recorrer todas las costas y las vecinas islas de la India, de la Arabia y de la Persia.

»Veo á otros dejar á derecha é izquierda las dos costas formadas por obra de Hércules, é imitando, el curso circular del Sol, encontrar nuevas tierras y nuevo mundo. Veo la santa Cruz y la enseña imperial plantada en sus verdes orillas; veo á los unos custodiando los combatidos bajeles: á los otros, escogidos para la conquista de aquellos paises; veo á diez derrotando á mil, y los reinos de la India Occidental sujetos á la corona de Aragon, y veo en resúmen á los capitanes de Carlos V vencedores en todas partes.

»Es la voluntad de Dios que este camino haya permanecido oculto para los antiguos; que continúe todavia ignorado durante mucho tiempo, y que siga desconocido hasta que haya pasado la sexta y la séptima edad de la Tierra. El Eterno revelará su existencia á los hombres, cuando llegue la época en que tendrá á bien colocar el cetro del mundo en manos del emperador más justo y sábio que haya existido ó exista desde Augusto.

»Veo nacer en la orilla izquierda del Rhin, de sangre austriaca y aragonesa, un príncipe, cuyo valor no podrá compararse con ningun otro del que se haya hablado ó escrito. Veo á Astrea colocada por él en su perdido asiento, ó mejor dicho, vuelta á la vida; y veo á las virtudes, desterradas tambien por los humanos, cuando arrojaron del mundo á aquella diosa, volver merced á él de su ostracismo. La Bondad divina le concederá por estos merecimientos, no solo la corona del grande imperio que poseyeron Augusto, Trajano, Marco Antonio y Severo, sino tan vastos dominios, que el Sol no se pondrá en ellos. El poder celestial tiene además dispuesto, que mientras reine este emperador haya un solo pastor y un solo rebaño. Para que tengan más fácil cumplimiento los decretos eternamente escritos en el Cielo, la divina Providencia le rodeará de capitanes invictos en mar y tierra.

»Veo á Hernan Cortés, que someterá á su dominio nuevas ciudades y reinos tan remotos que son completamente desconocidos para los habitantes de la India. Veo á Próspero Colonna, así como á un marqués de Pescara, y tras ellos á un jóven marqués del Vasto, que escarmentarán en Italia á las lises de oro: veo á este último dispuesto á superar en heroismo á los otros dos para arrebatarles la palma del triunfo, semejante á un brioso corcel que, saliendo el último de la barrera, alcanza y adelanta á los que le preceden. Veo en Alfonso (que tal es su nombre) tanto valor y tanta lealtad, que á la escasa edad de veintiseis años, alcanzará del Emperador el mando de su ejército, al que llevará de triunfo en triunfo hasta someter el universo entero al poder de su señor.

»Del mismo modo que con tales guerreros irá Cárlos V aumentando por tierra la herencia de sus padres, así tambien saldrá victorioso en cuantos combates tengan lugar en los mares que limitan por un lado las costas de Europa y las de África por otro, luego que consiga atraer á su servicio á Andrés Doria, aquel Doria que limpiará el mar de corsarios. Aunque el gran Pompeyo venció y exterminó en otro tiempo á los piratas, su gloria es incomparable á la que Doria adquirirá; porque aquellos no podian considerarse iguales al reino más poderoso que ha existido, mientras el invicto marino purgará los mares con sus solas fuerzas y su pericia, de tal modo, que bastará pronunciar su nombre para que se estremezcan de pavor todas las costas desde Calpe al Nilo. Fiado en la lealtad de este capitan, y acompañado por él, entrará Cárlos en Italia, cuyas puertas le serán abiertas, y ceñirá la corona del Imperio. Veo á Doria rehusar la merecida recompensa de tantas hazañas, cediéndola á su patria, cuya libertad alcanzará merced á sus ruegos, obrando así de un modo muy diferente á otros, que en igual posicion hubieran deseado esclavizarla en provecho propio. Esta piedad, este patriotismo es más digno de gloria que la que obtuvo César por sus victorias en Francia, España, Inglaterra, África ó Tesalia. La fama que por sus empresas adquirieron el grande Octavio y su competidor Antonio, no podrá compararse tampoco con la del bravo marino; pues aquellos la mancillaron por haber maniatado con las cadenas de la esclavitud á su propio país. ¡Baldon eterno á los que convierten á su patria de libre en esclava! ¡Donde quiera que resuene el nombre de Andrés Doria, deberán inclinar humillados y avergonzados la cabeza! Veo á Cárlos colmándole de beneficios, y no satisfecho con que disfrute al par de sus conciudadanos la recompensa de sus acciones, le donará la rica tierra de la Apulia, donde antes se habrán engrandecido los Normandos. No limitará Cárlos su generosidad á este capitan, sino que la hará extensiva con mano liberal á cuantos hayan prodigado su sangre en su servicio, y veo más complacida su alma dando una ciudad ó una comarca entera á un súbdito leal, ó á cualesquiera otros que se hagan dignos de sus mercedes, que conquistando nuevos reinos y nuevos imperios.»

De esta suerte iba Andrónica revelando á Astolfo las victorias que, transcurrido un gran número de años, proporcionarían á Cárlos V sus capitanes, en tanto que su compañera cuidaba de contener ó alentar los vientos orientales, haciendo que les fueran propicios, y aumentándolos ó disminuyéndolos á su voluntad. Habian dado vista mientras tanto al anchuroso mar de Persia, y de allí á pocos dias llegaron á aquel golfo que debe su nombre á los antiguos magos: una vez en él, pusieron las proas en direccion de la costa, y entraron en un puerto, donde Astolfo, á cubierto de Alcina y de su odio, se apresuró á desembarcar, emprendiendo en seguida su camino por tierra.

Atravesó campiñas y bosques, montes y llanuras, en los que se vió más de una vez atacado por ladrones, que le asaltaron lo mismo en campo raso que en la espesura de las selvas; interceptaron tambien su camino los leones, las venenosas serpientes y otras muchas fieras; pero en cuanto aproximaba á sus labios la bocina, unos y otros huian despavoridos en todas direcciones. Pasó por la Arabia llamada Feliz, rica en mirra y oloroso incienso; país que ha elegido el fénix por asilo, con preferencia á cuantos existen en toda la extension de la Tierra, y llegó á orillas de aquel mar, cuyas aguas vengaron á los israelitas, sepultando en su seno por voluntad del Cielo á Faraon con todo su ejército. Siguió durante algun tiempo la corriente del rio Trajano, cabalgando en aquel corcel que no tenia igual en el mundo, y cuya ligereza era tan extremada, que ni dejaba impresas sus huellas en la arena, ni llegaba á doblar la yerba ó desflorar la nieve; corcel que seria capaz de correr por el mar sin mojarse los cascos; que, en su impetuosa carrera, superaba en velocidad al viento, al rayo y á las flechas. Aquel caballo, que en otro tiempo habia pertenecido á Argalía, fué engendrado por el viento y por las llamas, y no tenia necesidad de heno ni de cebada; pues le bastaba para alimentarse el aire puro, y su nombre era el de Rabican.

Continuando su camino, llegó el Duque á la confluencia de aquel rio con el Nilo, y antes de encontrarse en la desembocadura de este último, divisó una embarcacion que avanzaba rápidamente hácia él. En la popa iba un ermitaño, cuya blanca barba le caia hasta la mitad del pecho: este anciano invitó al paladin á entrar en el bajel, gritándole desde léjos:

—Hijo mio: si no te es odiosa la vida, si no quieres perecer hoy mismo, apresúrate á pasar á esta otra orilla, porque el camino que sigues te conduce directamente á la muerte. Apenas llegues á andar seis millas más, encontrarás la sangrienta morada de un gigante horrible, cuya estatura excede en ocho piés á la de cualquier mortal. Todo caballero ó viandante que con él tropiece, debe perder la esperanza de salir vivo de entre sus manos; porque el malvado extrangula á unos, desuella á otros, descuartiza á muchos y hasta se traga á más de uno vivo. Para proporcionarse tan repugnante placer, hace uso de una red maravillosamente tejida, que tiende cerca de su caverna, ocultándola con tal destreza entre la trillada arena, que es imposible que la vea nadie sin tener prévia noticia de ella: ¡tan sutil es, y tan perfectamente la coloca el gigante! Asustados los viajeros por los gritos de este, caen impremeditadamente en la red, y entonces, lanzando estrepitosas carcajadas, los arrastra, envueltos en ella, hasta su guarida, sin atender á su calidad, pues para él es lo mismo la dama que el caballero, un personaje de importancia que un hombre insignificante. Despues devora sus carnes, chupa la sangre y los sesos, y esparce los huesos por el campo, conservando las pieles para colocarlas como vistosos trofeos en derredor de su tétrica mansion. Decídete, pues, hijo mio, á seguir esta otra via, que te conducirá hasta el mar con toda seguridad.

—Mucho agradezco tu consejo, padre, repuso el impávido caballero; pero ante el peligro no vaciló nunca mi honor, al que tengo en más que á mi propia existencia. En vano es que me excites á variar de camino, cuando por el contrario pienso dirigirme en busca de esa terrible cueva. No hay duda de que huyendo podré salvarme; pero quedaré deshonrado, y prefiero la muerte antes que conservar la vida á tal costa. Yendo al encuentro del gigante, lo peor que podrá sucederme es sucumbir donde tantos otros han sucumbido; pero si Dios presta ayuda á mi brazo y consigo salir ileso, dando muerte al mónstruo, este camino ofrecerá en adelante completa seguridad, de suerte que el beneficio será mayor que el daño. No hay, pues, que titubear entre la muerte de un solo hombre y la futura salvacion de muchos.

—Vé en paz, hijo mio, y que Dios envie en tu ayuda desde las etéreas regiones al arcángel San Miguel.

Así dijo el sencillo anacoreta, bendiciendo á Astolfo, el cual siguió adelante por la orilla del Nilo, confiando más en el sonido de su trompa que en su espada.

Entre el profundo rio y las lagunas por él formadas habia en la arenosa orilla un angosto sendero, que terminaba en la solitaria mansion, ajena á todo trato humanitario. En torno de esta se veian los cráneos y los esqueletos de los desgraciados á quienes su mala suerte hasta allí llevara; y cada abertura, cada grieta de la cueva ostentaba pendientes tan sangrientos despojos.

Cual en las poblaciones ó en los castillos de los Alpes suele el cazador fijar las estiradas pieles, las horrendas garras y las cabezas enormes de los osos á quienes ha dado muerte, como prueba de los peligros que ha corrido; así fijaba el gigante los miembros de los que le habian opuesto mayor resistencia: los restos de los demás estaban esparcidos por do quiera, y todas las zanjas llenas de sangre humana.

Caligorante, que tal era el nombre del desapiadado mónstruo que adornaba con restos humanos su vivienda, como suelen otros adornar las suyas con brocados, vigilaba contínuamente en su puerta. Al divisar desde léjos al Duque, apenas pudo contener su gozo, pues dos meses hacia ya é iba á entrar en el tercero, que no aparecia por allí caballero alguno. Dirigióse presuroso hácia la laguna, que era oscura y cubierta de espesos cañaverales, con la intencion de ocultarse en ella, dejar pasar al paladin y atacarle por la espalda, esperando además que cayera en las redes que habia ocultado bajo la arena, como ya habian caido tantos otros. En cuanto Astolfo vió al gigante, detuvo á su corcel, temeroso de caer en el lazo de que le habia hablado el buen anciano: apeló en seguida á su trompa, cuyo sonido produjo el efecto acostumbrado, de modo que sobrecogido el gigante de pavor y asombro, huyó en direccion á su morada. Continuó Astolfo tocando con más fuerza, atento siempre á ver si descubria la red: Caligorante corrió con mayor velocidad, sin reparar siquiera por donde huia; pues habiendo perdido el ánimo, perdió tambien el instinto, y su terror fué tal, que dirigió sus pasos involuntariamente hácia donde estaba oculta la red, en la que cayó al fin quedando completamente envuelto y tendido en el suelo.

El paladin, al ver caido al gigante, y considerándose por lo tanto seguro, corrió hácia él presuroso; y apeándose del caballo y desnudando el acero, se dispuso á vengar la deplorable muerte de mil y mil desventurados; pero detúvose considerando que la muerte de un hombre indefenso y atado podia tenerse por villania más bien que por valor, y al ver al gigante con los brazos, los piés, y el cuello sujetos, desistió de su intento.

Aquellas redes, obra de Vulcano, eran de sutil acero; mas estaban hechas con tal arte, que en vano se intentaria desprender su más pequeña malla: eran las mismas que en otro tiempo sujetaron á Venus y á Marte. El celoso Vulcano las habia fabricado con el objeto de sorprender á ambos amantes mientras estaban entregados á los placeres del amor; despues Mercurio las robó á su constructor para coger con ellas á la bella Cloris, á Cloris que va por el aire en pos de la Aurora cuando aparece el Sol, esparciendo las rosas, violetas y azucenas que lleva en su recogida vestidura. Mercurio acechó con tanto cuidado á esta Ninfa, que al fin consiguió un dia prenderla con su red en el aire, cerca del sitio donde desemboca en el mar el gran rio de Etiopía.

Esta red fué conservada durante muchos siglos en Canope, en el templo de Anubis. Tres mil años despues, Caligorante quemó la ciudad, saqueó el templo y se apoderó de ella. Posteriormente la colocó á pocos pasos de su morada, tan bien oculta bajo la arena, que todos cuantos eran perseguidos por el gigante iban irremisiblemente á caer en ella, y apenas la tocaban, cuando se veian sujetos por el cuello, por los piés y por los brazos.

Astolfo cogió una de las cadenas de que estaba formada la red y ató las manos de aquel infame á la espalda, rodeándole además los brazos y el pecho de modo que no pudiera desprenderse de ella; en seguida le sacó de entre los otros lazos y le permitió levantarse, lo cual hizo el gigante más dócil y sumiso que un niño. El Duque determinó llevarle consigo, é ir enseñándole por los pueblos, ciudades y castillos. No quiso dejar allí la red, por considerarla una obra de arte incomparablemente bella, y obligó á cargar con ella á Caligorante, á quien llevaba atado tras de sí cual victorioso trofeo. Hizo que cargara asimismo con su escudo y con su yelmo, y continuó la marcha, causando una viva alegría á los habitantes de los pueblos por donde transitaba, que veian al fin libre aquel camino.

Astolfo anduvo á tan buen paso, que en breve descubrió los sepulcros de Memfis, aquellas pirámides que hacen famosa á esta ciudad; pasó tambien por la populosa ciudad del Cairo, cuyos habitantes acudieron presurosos á ver al desmesurado gigante.—«¿Cómo es posible, decian, que un caballero tan pequeño haya logrado maniatar á un hombre tan gigantesco!»—Astolfo apenas podia andar un paso, porque se lo impedia la muchedumbre agolpada en su derredor, que le admiraba y reverenciaba por el mucho valor que en él suponia.

El Cairo no era entonces tan grande como ahora, segun se dice; pues actualmente no bastan sus diez y ocho mil calles á contener su numerosa poblacion, y á pesar de tener las casas tres pisos, un número considerable de sus habitantes duerme á la intemperie. El Soldan habita un castillo de una magnificencia y una riqueza sorprendente; quince mil de sus guardias, todos cristianos renegados, viven bajo un mismo techo con sus mujeres, sus familias y sus caballos.

Astolfo deseando ver la desembocadura del Nilo, así como sus diferentes deltas, pasó á Damieta, á pesar de haber oido decir que el que á tanto se atrevia se exponia á quedar muerto ó aprisionado; porque á la orilla del rio y cerca de dicha desembocadura, vivia en una torre un ladron, terror de los campesinos y de los viandantes, el cual extendia sus correrias hasta el Cairo, robando á cuantos encontraba. Nadie podia resistirle, y segun contaba la fama, en vano se procuraba arrancarle la vida; pues su cuerpo habia recibido más de cien mil heridas que no pudieron ocasionarle la muerte.

Con el objeto de ver si conseguia que la Parca cortara el hilo de su vida se dirigió Astolfo en busca de Orrilo, que este era el nombre del ladron, y llegó á Damieta: desde allí pasó á la desembocadura del Nilo, y vió en su orilla la elevada torre donde se albergaba aquel sér encantado, hijo de un duende y de una hada. Encontró á Orrilo en el momento en que estaba combatiendo con dos guerreros, á quienes acosaba de tal modo, á pesar de ser él solo contra los dos, que apenas podian parar sus golpes, no obstante que su fama de valientes y esforzados resonaba por el mundo. Dichos guerreros eran los dos hijos de Olivero, Grifon el Blanco y Aquilante el Negro. El Nigromante habia sabido á la verdad trabar el combate con notoria ventaja, porque llevaba consigo una fiera que solo habita en aquellas comarcas; fiera que vive en la tierra y en el agua, y que se alimenta de los cuerpos de los incautos viandantes ó infelices marinos á quienes su mala estrella encamina por aquellas playas.

La fiera yacia sobre la arena de la costa, muerta por los dos hermanos; mas tan poco le importaba á Orrilo su pérdida como los golpes que ambos le dirigian furiosamente. Varias veces le arrancaron diferentes miembros á cuchilladas sin conseguir matarle, pues no bien caian sus brazos ó sus piernas por el suelo, cuando los recogia y los pegaba otra vez en su sitio cual si fuesen de cera. Grifon lo hendió de un tajo la cabeza hasta los dientes; otro tajo de Aquilante le dividió basta el pecho; mas Orrilo se reia siempre de sus golpes, mientras los caballeros so enfurecian al ver que sus esfuerzos eran inútiles. El que haya visto caer desde cierta altura el cuerpo que los alquimistas llaman mercurio, y hayan observado cómo se fracciona y vuelve á unirse, comprenderá, si recuerda este caso, cuanto digo con respecto á Orrilo. Si le cortaban la cabeza, se bajaba, la buscaba á tientas hasta que la encontraba, la cogia por los cabellos ó por la nariz, y la soldaba al cuello, ignoro por qué medios. Una de las veces que lograron separarle la cabeza del cuerpo, Grifon la cogió precipitadamente, extendió su brazo y la arrojó al rio; pero de poco le sirvió, porque Orrilo se sumergió en él, nadando como un pez, y al poco rato salió á la orilla con la cabeza colocada en su lugar.

Dos hermosas damas, engalanadas modestamente, la una vestida de blanco y la otra de negro, estaban contemplando el horrible combate de que habian sido causa. Eran las dos hadas benignas que habian criado á los hijos de Olivero, cuando, tiernos niños aun, los rescataron de las crueles garras de dos aves enormes, que los habian robado á su madre Gismunda, y se los llevaban léjos de su patria. Pero no quiero pecar de difuso; pues nadie ignora ya esta historia, á pesar de que el autor, confundiendo el nombre de su padre, tomó, no sé cómo, uno por otro. Continuaré, pues, refiriendo el combate que los dos jóvenes emprendieron á ruegos de las dos damas.

La luz del dia, que brillaba aun en las islas Afortunadas, habia desaparecido ya de aquellas costas; y las sombras de la noche, mal disipadas por la débil é incierta claridad de la Luna, impedian distinguir los objetos, cuando regresó Orrilo á su torre, por haber dispuesto las dos hermanas que se suspendiese la lucha hasta que el nuevo Sol apareciera por el horizonte.

Astolfo, que habia conocido desde luego á Grifon y á Aquilante por sus empresas y por sus terribles golpes, se apresuró á saludarlos afablemente. Viendo los dos hermanos que aquel que traia, maniatado al gigante era el caballero del Leopardo, con cuyo nombre se le conocia en la corte de Inglaterra, le recibieron con no menores muestras de afecto. Las damas condujeron á un palacio próximo á los caballeros para que disfrutaran de algun reposo; salieron al camino á recibirlos hermosas doncellas y pajes con antorchas. Los guerreros confiaron sus caballos á algunos palafreneros; quitáronse despues las armas, y pasaron á un lindo jardin, donde, junto á una fuente límpida y amena, encontraron dispuesta una cena excelente.

Ataron al gigante con otra cadena mucho más gruesa al tronco de una añosa encina, capaz de resistir cualquiera de sus vigorosas sacudidas, y encargaron su custodia á diez soldados, á fin de que no pudiera romper sus ligaduras durante la noche y acometerles cuando estuvieran descuidados y tranquilos.

Sentados despues ante una suntuosa mesa, abundantemente provista, pusiéronse á disfrutar de aquella cena, cuyo mayor atractivo no consistió en la variedad y excelencia de los manjares, sino en las animadas conversaciones con que sazonaron el banquete, hablando principalmente de Orrilo y de la milagrosa facultad que poseia, y que parecia un sueño, de recoger y reunir á su cuerpo los brazos, las piernas ó la cabeza separados de él, para volver á la lucha más fuerte y terrible que antes.

Astolfo habia leido ya en su libro, que enseñaba el modo de destruir los encantos, que no se podria quitar la vida á Orrilo mientras tuviese en la cabeza un cabello especial; pero que una vez descubierto y arrancado éste, seria fácil darle la muerte inmediatamente. Esto era lo que decia el libro; pero callaba, sin embargo, el modo de distinguir aquel cabello entre la espesa melena del ladron. Astolfo se envanecia ya de su triunfo, como si en efecto lo hubiese alcanzado, esperando que á los pocos golpes conseguiria arrancar al Nigromante el cabello, y el alma al mismo tiempo. Sin embargo, deseaba cargar solo con todo el peso de aquella empresa, y al efecto prometió á los dos hermanos que mataria á Orrilo, cuando ellos tuvieran á bien que midiera con él sus armas. Aquilante y Grifon le cedieron voluntariamente el puesto, convencidos íntimamente de que se cansaria en vano.

Apenas despuntó en el Cielo la nueva aurora, cuando Orrilo bajó desde su amurallada mansion á la llanura. Trabóse inmediatamente la lucha entre el Duque y él, empuñando el uno la espada y el otro la maza. Astolfo multiplicaba sus golpes, esperando que alguno de ellos lograria hacer salir el alma del cuerpo del bandido, y ora de un tajo le derribaba el puño con la maza, ora uno ú otro brazo, ora le atravesaba la coraza y el pecho, desmembrándole sucesivamente de esta suerte; pero Orrilo recogia siempre del suelo sus esparcidos miembros y se los colocaba de nuevo, quedando tan sano como antes: aunque el paladin le hubiese dividido en cien pedazos, lo volveria á ver íntegro en un momento. Al cabo de mil mandobles acertólo uno que le separó el casco y la cabeza de los hombros: apeóse del caballo, y con no menor velocidad que Orrilo, se apoderó de su sangrienta cabeza, volvió á montar de un salto, y se la llevó corriendo á escape contra el curso del Nilo, á fin de que su decapitado adversario no pudiese recobrarla.

Aquel necio, que no pudo observar tal accion, empezó á buscar su cabera por el suelo; pero no bien conoció por la rápida carrera del caballo de Astolfo; que se la llevaba este por la selva, acudió inmediatamente á su caballo, saltó en él, y voló en persecucion del paladin, queriendo gritar: «Espera, vuelve, vuelve»; pero no pude, porque aquel le arrebataba la boca. Consolóse con que aun le quedaban las piernas, y siguió tras de su adversario á rienda suelta; mas el veloz Rabican, que corria de un modo asombroso, le dejó en breve muy atrás.

Astolfo iba en tanto examinando á toda prisa aquella cabeza desde la nuca hasta las cejas á fin de dar con el cabello fatal que proporcionaba á Orrilo la inmortalidad. Entre tantos y tan innumerables cabellos no habia uno solo que se distinguiera de los demás por lo grueso ó por lo encrespado: así es que el Duque no sabia cuál arrancar para dar la muerte al infame bandido.—«Mejor será, dijo al fin, arrancarlos todos.»—Y como careciera de tijeras ó de navaja de afeitar, apeló á su espada que cortaba como una de estas; y cogiendo la cabeza por la nariz, la despojó en un momento de su cabellera. De esto modo logró cortar el cabello especial, y al punto se contrajo el rostro, adquirió una espantosa palidez, torció los ojos, y aparecieron en él evidentes señales de que se le escapaba la vida: al propio tiempo, el tronco que le perseguia, cayó de la silla, y quedó sin movimiento.

Astolfo volvió adonde estaban las damas y los caballeros, llevando en la mano la cabeza de Orrilo, en la que se veian impresas las señales de la muerte, y les mostró el cuerpo del bandido que yacia en tierra á larga distancia. No sé si los dos guerreros lo contemplaron de buen grado, por más que así lo demostraran; quizá sintieron en el pecho el aguijon de la envidia por una victoria que ellos no habian podido conseguir. Tampoco creo que á las damas les agradase mucho el resultado de aquel combate; pues deseando apartar á los dos hermanos de la dolorosa suerte que al parecer les esperaba pronto en Francia, habian hecho lo posible por ponerlos en lucha con Orrilo, á fin de tenerlos entretenidos el tiempo necesario para que se desvanecieran las tristes influencias de su destino.

En cuanto el gobernador de Damieta estuvo seguro de la muerte de Orrilo, soltó una paloma que llevaba una carta atada debajo de una de sus alas. Aquella paloma dirigió al Cairo su vuelo; tras esta soltó otra y otra, segun era costumbre en aquel país, de suerte que en pocas horas circuló por todo el Egipto la noticia de la muerte del bandido.

Una vez terminada aquella empresa, se dedicó el Duque á consolar á los dos nobles jóvenes, y á excitarles, aunque de ello no tenian necesidad porque no era otro su deseo, á que defendieran la Santa Iglesia y la justa causa del Imperio romano, y dejando de buscar aventuras por Oriente, fuesen á adquirir mayor gloria entre los suyos. Esto hicieron Grifon y Aquilante, despidiéndose cada uno de su hada respectiva, las cuales no supieron oponerse á tal designio por más que les fuera doloroso. Astolfo emprendió con ellos la marcha hácia la derecha por haber determinado visitar y reverenciar los Santos Lugares en que Dios vivió en carne mortal, antes de regresar á Francia. Fácilmente hubieran podido dirigirse hácia la izquierda, que les ofrecia un camino más agradable y llano por no tener que separarse nunca de la costa; pero prefirieron el áspero y horrible de la derecha, que les permitia llegar á la gran ciudad de Palestina en seis jornadas menos que por el otro. Como por el camino emprendido habian de carecer de todo, excepto de agua y de yerba, hicieron las provisiones necesarias para el viaje antes de ponerse en marcha, y cargaron los fardos en los hombros de Caligorante, que sin gran trabajo hubiera podido llevar en ellos una torre.

Cuando llegaron al término de aquel camino escabroso y salvaje, vieron desde la cumbre de una montaña la santa tierra, donde el sublime Amor lavó con su propia sangre nuestras faltas. A las puertas de la ciudad encontraron un jóven gallardo que los conocia, llamado Sansoneto de Meca, el cual, á pesar de hallarse en la flor de su juventud, era muy prudente, famoso por su caballerosidad y por su bondad inagotable y respetado de todos: Orlando le habia convertido á nuestra fé, bautizándole por su propia mano. A la sazon se estaba ocupando en levantar una fortaleza para oponerse y contrarestar las incursiones del Califa de Egipto, é intentaba además circunvalar el monte Calvario con una muralla de dos millas de longitud. Acogió á los caballeros con rostro en que se veia claramente retratada su afable solicitud; los condujo al interior de la ciudad, y les dió franca y cortés hospitalidad en el mismo real palacio, donde vivia en su calidad de gobernador de aquella tierra por el emperador Carlomagno.

El duque Astolfo regaló á Sansoneto aquel desmesurado gigante, cuya robustez era tal, que podia llevar por sí solo más peso que diez acémilas. Además del gigante, le dió tambien la red con que lo habia aprisionado. Sansoneto regaló en cambio al Duque un rico y vistoso tahalí, y un par de espuelas cuyas hebillas y rodajas eran de oro, y que, segun opinion general, habian pertenecido al caballero que libró del dragon á la doncella. Sansoneto habia adquirido dichas espuelas en Jaffa, cuando se apoderó de esta ciudad juntamente con otras muchas preseas.

Despues de haber obtenido la absolucion de sus culpas en un monasterio cuyos monjes vivian en olor de santidad, visitaron los caballeros todos los templos que recordaban los misterios de la pasion de Cristo, lugares que hoy, para eterna vergüenza y baldon de los cristianos, están en poder de los impíos sarracenos. Mientras tanto la Europa se desgarra en contínuas guerras, llevando sus armas á todas partes, menos donde debiera.

Interin se recreaba su alma en la contemplacion de las ceremonias religiosas y demás piadosas prácticas, un peregrino griego, conocido de Grifon, trajo á este noticias graves y funestas, muy distintas de su primer designio y prolongados deseos; noticias que derramaron tanta amargura en su corazon, que abandonó la oracion y las penitencias. Por desgracia suya, amaba el caballero á una mujer llamada Origila, que habria alcanzado entre otras mil la palma de la dulzura y la belleza; pero de un carácter tan pérfido y desleal que no seria posible encontrar otra semejante, aunque se registrasen todas las ciudades y aldeas, la tierra firme y los más remotos archipiélagos. Grifon la habia dejado en la ciudad de Constantino, aquejada de una fiebre violenta, y en el momento en que esperaba volver á verla á su regreso más bella que nunca, y gozar de sus encantos, supo el desgraciado que habia huido á Antioquía en compañia de un nuevo amante, por no creer oportuno resignarse á dormir sola, cuando se hallaba en la fuerza de su juventud. Desde el punto mismo en que llegó tan fatal nueva á sus oidos, no cesaba Grifon de suspirar dia y noche, haciéndosele insoportable cuanto agradaba y complacia á los demás; como podrá conocer todo el que haya sufrido los pesares del amor, si sus acerados dardos son de fino temple. Lo que más aumentaba su martirio era que se avergonzaba de confesar el mal que padecia. Su hermano Aquilante, más juicioso que él, le habia reprendido ya mil veces por tan vergonzoso amor, y procurado arrancárselo del corazon, estando persuadido de que aquella mujer era la más perversa de cuantas mujeres infames existian; pero Grifon procuraba disculpar siempre á su amada, aun cuando la mayor parte de las veces hablaba contra su propia conviccion.

El desventurado amante resolvió alejarse sin decir una palabra á su hermano, pasar á Antioquía para apoderarse de la que era dueña de su corazon, y buscar al mismo tiempo al que le habia burlado, á fin de tomar de él una venganza ruidosa.—En el canto siguiente referiré cómo puso por obra su determinacion y lo demás que aconteció.

Canto XVI

Grifon encuentra al fin cerca de Damasco al vil Martan con la pérfida Origila.—Los ejércitos cristiano y sarraceno continuan su lucha encarnizada, y si fuera de París sufren los moros grandes perdidas, Rodomonte causa dentro de la ciudad tantos incendios y tanto estrago que no se sabe donde es mayor el mal que origina.

Muchas y muy graves son las penas que causa el amor; y como, por mi desgracia, he padecido la mayor parte de ellas, que han redundado siempre en daño mio, puedo hablar de este asunto á ciencia cierta. Por esta razon, si digo, ó si he dicho otras veces, lo mismo de viva voz que por escrito, que un mal es leve, y otro acerbo y cruel, podeis dar entero crédito á mi sincera opinion. He dicho, y no cesaré de repetirlo mientras me quede un soplo de vida, que el que se encuentra prendido en las redes de un amor digno, aunque su amada se le muestre desdeñosa, y completamente adversa á su ferviente pasion, aunque Amor le niegue hasta la más pequeña merced, y haya gastado en vano el tiempo y el trabajo, no debe lamentarse de los tormentos que sufre, por más que languidezca y muera, con tal que haya entregado su corazon á una mujer merecedora de poseerlo. En cambio debe lamentarse amargamente aquel que se ha convertido en esclavo de unos ojos hermosos y una magnífica cabellera, tras los cuales se oculte un corazon perverso, esquivo á toda pureza y abrigo de toda maldad; pues cuanto más se esfuerza el desgraciado víctima de tal pasion, en desprenderse de ella, tanto más penetra en su corazon el amoroso dardo que, como el ciervo herido, lleva por todas partes: avergüénzase de sí mismo y de su amor, y ni se atreve á confesarlo ni consigue curarse de él.

En tan triste caso se hallaba el jóven Grifon, que conocia su error y no podia enmendarlo: convencido estaba de cuán vilmente cifraba todo su amor en la inícua y desleal Origila, y sin embargo, su razon quedaba vencida por su insensato deseo, y el albedrío cedia ante su loco apetito: por culpable y pérfida que fuese su amada, no podia menos de volar á su lado.

Reanudando, pues, mi interrumpida historia, diré que Grifon salió secretamente de la ciudad, sin atreverse á decir una palabra de su marcha á su hermano, que tantas veces le habia echado en cara su debilidad. Tomó á la izquierda el camino más llano y transitable que conducia á Rama, y en seis dias llegó á Damasco de Siria, de donde salió para Antioquía. Cerca de Damasco encontró al caballero á quien Origila habia entregado su corazon: por sus perversas costumbres eran tan adecuados el uno para la otra como la flor para su tallo; pues la inconstancia, la perfidia y la traicion dominaban del mismo modo en ambos, encubriendo los dos tan grandes defectos bajo una máscara de cortesía y afabilidad fatal para cuantos encontraban. Aquel caballero venia montado en un arrogante corcel, soberbiamente enjaezado: en su compañia iba la pérfida Origila engalanada con un magnífico vestido azul, festonado de oro; seguíanle dos pages llevando el yelmo y el escudo, y acudia con tanta pompa á tomar parte en las justas que en Damasco se preparaban.

El rey de Damasco habia hecho anunciar por aquellos dias una espléndida fiesta, con cuyo motivo acudian á dicha ciudad muchos caballeros tan magnificamente equipados como les era posible. En cuanto la deshonesta Origila vió venir á Grifon, temió sus ultrajes y su venganza, por conocer demasiado que su nuevo amante no tenia fuerza ni valor suficiente para medir sus armas con las de aquel. Mas apelando á su procaz audacia y osadía, á pesar del temblor que le causaba el espanto, compuso el rostro y esforzó la voz de modo que no dió indicios de su temor, y ejecutando un proyecto fraguado con su cómplice, echó á correr, fingiendo una alegría extraordinaria, hácia Grifon, le enlazó con sus brazos y le tuvo un gran rato estrechado contra su pecho: despues, acompañando á sus vehementes caricias la suavidad de sus palabras, le dijo llorando:

—¿Es este, señor mio, el premio que merecia la que tanto te adora? ¿Has podido dejarme abandonada un año entero y cerca de otro, y aun no manifiestas sentimiento alguno? Si me hubiera quedado aguardando tu regreso, no sé si habria conseguido ver un dia tan feliz como este! Cuando esperaba que volvieses á buscarme desde Nicosia, á cuya corte fuiste, dejándome consumida por una fiebre violenta que me puso á las puertas de la muerte, supe que habias pasado á Siria, cuya noticia me causó tan profundo dolor, que, no sabiendo cómo acudir á tu lado, estuve á punto de atravesarme el corazon con mi propia mano. Pero la Fortuna, más cuidadosa de mí que tú, me ha concedido ahora un doble don: primeramente el de enviarme á mi hermano, con el que he venido hasta aquí sin temor por mi honra; y despues el de permitir que halle á mi amante, á tí, á quien quiero más que todo cuanto en el mundo existe; y por cierto que te he encontrado á tiempo, pues de haber tardado un poco más, habria perecido, señor mio, llorando tu ausencia.

Y aquella sagaz mujer, cuyas acciones encerraban más astucia que las de la zorra, prosiguió querellándose con tanta destreza, que hizo recaer toda la culpa en Grifon: le persuadió de que el que la acompañaba no solo era su hermano, sino que por sus cuidados parecia más bien un padre; y por fin, supo tejer aquella trama de tal modo, que sus palabras parecerian más verídicas que las de San Juan, ó San Lucas.

Grifon no solo no se atrevió á echar en cara su perfidia á aquella mujer más inícua que bella; no tan solo no tomó una pronta venganza del adúltero que la acompañaba, sino que se consideró harto feliz con disculparse y con evitar las reconvenciones de Origila; y prodigó mil atenciones á su rival como si fuese su verdadero cuñado. Dirigióse con ellos hácia Damasco y en el camino le manifestaron que el opulento rey de Siria iba á celebrar unas fiestas espléndidas en su corte, á las que serian admitidos los guerreros de todos los paises y de todas las religiones, los cuales podrian permanecer con entera seguridad dentro ó fuera de la ciudad todo el tiempo que durasen las fiestas.

Pero como no pretendo continuar con tanto interés la historia de la pérfida Origila, que contaba sus dias por las traiciones hechas á sus amantes, volveré más gustoso á ocuparme de aquellos doscientos mil combatientes, y de las llamas continuamente atizadas que llenaban de horror y espanto á los habitantes de París.

Suspendí la narracion de aquel combate en el momento en que Agramante acababa de atacar una de las puertas de la ciudad, que suponia sin defensa. Sin embargo, ninguna ofrecia mayor resistencia; porque la custodiaba Carlomagno en persona, y con él los más valientes caudillos, tales como los dos Guidos, los dos Angelinos, Angeliero, Avino, Avolio, Berlingiero y Oton. Los combatientes de una y otra parte anhelaban singularizarse á la vista de Cárlos y de Agramante, y buscaban afanosos la ocasion de adquirir más gloria y merecer más recompensas, cumpliendo valerosamente con su deber. Sin embargo, las pruebas de heroismo que dieron los moros redundaron en su propio daño; porque fué tan grande el número de los muertos, que los vivos no pudieron menos de reconocer todo lo temerario de su empresa. Desde las murallas caia una espesa granizada de saetas sobre los enemigos: los gritos y los alaridos que lanzaban ambos ejércitos llegaban hasta el cielo con pavoroso estruendo: mas dejaré por un momento de hablar de Cárlos y de Agramante, para tratar del Marte africano, del terrible Rodomonte, que iba recorriendo el interior de la ciudad.

No sé si recordais, Señor, que este sarraceno, confiado en su valor, habia dejado á sus soldados devorados por las llamas entre la muralla y el primer reducto: ¡jamás se ha presenciado espectáculo tan horroroso! Dije tambien que, atravesando de un salto el foso que rodeaba á la ciudad, consiguió entrar en ella. Cuando los ancianos y demás habitantes poco aptos para el manejo de las armas, que estaban cerca del sitio de la lucha procurando con ansiedad saber el giro que tomaba, conocieron al atroz sarraceno por sus armas extrañas y por su escamosa coraza, prorumpieron en atronadores lamentos y en confusos ayes, elevando al cielo sus temblorosas manos. Los que pudieron huir á tiempo, buscaron un refugio en sus casas ó en los templos; pero la fulminante espada que el infiel giraba con violencia en torno suyo á pocos concedió esta salvacion; pues alcanzando á la mayor parte de ellos, hizo volar por el aire brazos, piernas, cabezas ú otros miembros: á los que no partia por la mitad del cuerpo, los hendia de arriba á abajo de una sola cuchillada, y de tantos como hirió, mató ó persiguió, no hubo uno solo que se atreviese á resistirle. Lo mismo que hace el tigre con los débiles corderos que encuentra en los campos de la Hircania ó á las orillas del Ganges, ó el lobo con las cabras y las ovejas que pastan las yerbas del monte que sepulta á Tifeo, hacia el cruel pagano con aquellas que no llamaré legiones ni falanges, sino turbas de populacho vil, digno de la muerte antes de nacer. Entre todos cuantos hizo morder el polvo, no consiguió herir á uno solo frente á frente.

El terrible Rodomonte recorrió aquella calle populosa y larga, que va al puente de S. Miguel, esgrimiendo sin cesar su sangrienta espada, que ni distinguia al siervo del señor, ni se apiadaba más del justo que del perverso: de nada le servia al sacerdote su carácter religioso; ni su inocencia al niño; los hermosos ojos ó las frescas mejillas de la doncella no encontraban merced en su animosa saña, como tampoco los nevados cabellos del anciano; y dando tantas pruebas de valor como de crueldad, no distinguia sexo, edad ni condicion en sus víctimas. En su insaciable sed de sangre humana, aquel impío rey, el más cruel de los impíos, no tuvo bastante con la derramada, sino que desahogando tambien su ira en los edificios, empezó á incendiar las casas y los profanados templos. La mayor parte de las casas eran de madera en aquel tiempo, segun las crónicas, y esto puede creerse fácilmente, considerando que aun en el dia de cada diez casas hay tan solo cuatro construidas de piedra ó ladrillo en París. El odio del sarraceno no parecia tampoco satisfecho aun cuando lo viera todo consumido por el fuego, y donde alcanzaba su mano arrancaba con una sola sacudida los techos ó las paredes de aquellas débiles moradas. Podeis creer, señor, que la mayor bombarda que hayan visto en Padua no produce tantos estragos en los edificios como el Rey de Argel con el solo esfuerzo de sus manos.

Si Agramante hubiese atacado la ciudad por fuera con el mismo vigor con que el maldito Rodomonte la recorria por dentro llevándolo todo á sangre y fuego, París se hubiera perdido irremisiblemente; pero Agramante no pudo conseguirlo por habérselo impedido el paladin que llegaba de Inglaterra al frente de las tropas inglesas y escocesas, conducido por el Arcángel y el Silencio. Dios permitió, que en el momento en que Rodomonte saltaba dentro de la ciudad, causando tantos estragos, llegara al pié de los muros Reinaldo, flor y nata de la casa de Claramonte, y con él sus soldados. Habia echado un puente sobre el rio á tres leguas más allá de Paris, y dió un gran rodeo hácia la izquierda, á fin de que el rio no le sirviese de obstáculo para atacar á los bárbaros. Envió de vanguardia seis mil arqueros de á pié, reunidos bajo la altiva bandera de Odoardo, y más de dos mil ginetes armados á la lijera, á las órdenes del gallardo Ariman, é hizo que se dirigieran por el camino que va desde las costas de Picardia hasta las puertas de San Martin y San Dionisio y entraran en la capital para auxiliarla con toda rapidez. Hizo tambien que fueran por el mismo camino tras ellos los carros y demás bagages, mientras él, con el resto del ejército, daba un rodeo más largo. Iban provistos de barcas, pontones y otros artificios necesarios para atravesar el Sena, que no podia vadearse, y despues que lo hubo pasado todo el ejército y se cortaron los puentes, formó Reinaldo sus tropas en batalla bajo sus respectivas banderas. Pero antes reunió en torno suyo á los barones y capitanes, y colocándose sobre una eminencia desde la cual podia ser visto y oido de todos, les dirigió esta arenga:

—Bien podeis, señores, elevar desde el fondo de vuestros corazones las más fervientes gracias al Cielo que os ha conducido hasta aquí á fin de que, á costa de insignificantes fatigas, alcanceis una gloria superior á la de las demás naciones. Dos príncipes os deberán su salvacion si logran hacer que se levante el cerco puesto á esa ciudad: el uno es vuestro rey, á quien estais obligados á salvar de la esclavitud y la muerte; el otro, el emperador más justamente loado y más grande que se haya sentado en el trono. Con ellos libertareis además á otros muchos reyes, duques, marqueses, señores y caballeros de diferentes paises.

»Salvando una ciudad, no solo os deberán un eterno agradecimiento los parisienses, que se encuentran abatidos, temerosos y desconsolados, más que por sus propios duelos, por los de sus mujeres é hijos, que corren igual peligro que ellos, y por las santas vírgenes á quienes el sagrado de sus celdas no podria librar de ser profanadas; salvándola, repito, no solo os deberán perpétua gratitud los habitantes de Paris, sino tambien todos los paises inmediatos. Al hablar así no me refiero solo á los pueblos vecinos; sino que como todas las naciones de la Cristiandad tienen ahora en el recinto de esa ciudad á muchos de sus guerreros, al conseguir vosotros la victoria, conseguireis tambien su libertad, de modo que os quedarán obligados otros muchos estados además de la Francia.

»Si los antiguos ceñian con una corona la frente del que salvaba la vida de un ciudadano, ¿de qué recompensa no sereis dignos al salvar tan inmensa multitud? Pero si tan santa obra no puede llevarse á cabo por alguna punible envidia ó por una cobardía no menos punible, estad ciertos de que una vez perdidas aquellas murallas, no habrá ya seguridad para la Italia, ni para la Alemania, ni para cuantas naciones adoran á Aquel que por nosotros expiró en la cruz. No creais tampoco que vuestro país esté tan apartado ni tan defendido por el mar, que pueda librarse de los ataques de los moros; pues si estos han salido otras veces de Gibraltar y del estrecho de Hércules para saquear vuestras costas, ¿qué no harán si llegan á apoderarse de la Francia?

»Aun cuando á nadie reportase el menor honor ni la menor utilidad esta empresa, deber nuestro es socorrernos mútuamente, puesto que militamos en una misma iglesia: y por fin, desechad todo temor, y toda ocasion de querellas, hasta que hagamos cejar á los enemigos, gente á mi parecer sin experiencia de la guerra, sin vigor, sin corazon y hasta sin armas.»

Con tales ó mejores razonamientos, pronunciados con voz clara y enérgica, consiguió Reinaldo excitar el belicoso ardor de los barones británicos y de sus aguerridas huestes; lo que fué, como dice el proverbio, clavar la espuela al corcel en medio de su rápida carrera. Terminada la arenga, hizo que los diversos batallones empezaran poco á poco su movimiento, agrupados en torno de sus respectivas banderas. Dividió las tropas en tres cuerpos, y les dió órden de avanzar sin producir el más leve rumor. Concedió á Zerbino el honor de ser el primero en atacar á los Bárbaros, y este paladin se dirigió contra ellos siguiendo la orilla del Sena: ordenó luego á los irlandeses que fueran atravesando los campos, dando más largo rodeo; y por último, colocó en el centro á los infantes y ginetes de Inglaterra al mando del duque de Lancaster.

Una vez designado á cada cuerpo su camino, cabalgó el paladin por la orilla, y se adelantó al duque Zerbino y al cuerpo de ejército que mandaba, hasta llegar á encontrarse con el rey de Oran, el rey Sobrino y otros guerreros musulmanes que custodiaban por aquel lado el campo, á una media milla de distancia de los moros españoles. El ejército cristiano que habia llegado hasta allí escoltado por guias tan fieles como lo eran el Arcángel y el Silencio, no pudo ya guardarlo por más tiempo; y al descubrir á los enemigos, prorumpió en gritos acompañados del agudo sonido de las trompetas, produciendo un clamor que, llegando hasta el cielo, heló de espanto el corazon de los infieles.

Reinaldo lanzó su caballo al combate adelantándose á todos, y enristrando su lanza, dejó tras de sí á más de un tiro de flecha á los escoceses, por no poder dominar ya su impaciencia, y cual torbellino precursor de una horrible tempestad, se precipitó léjos de los suyos con su veloz Bayardo. Al aparecer el Paladin de Francia, dieron los moros evidentes señales del temor que les infundia, viéndose temblar las lanzas en sus manos, los piés en los estribos y los cuerpos en los arzones. El rey Puliano fué el único cuyo semblante permaneció sereno, porque no conoció á Reinaldo; y no creyendo hallar en él tan séria resistencia, salió á su encuentro, enristró la lanza, afirmóse bien sobre los estribos, hincó ambos acicates en los hijares del caballo y le soltó las riendas. El hijo de Amon, ó más bien de Marte, aceptó con su valor acostumbrado aquel reto, y pronto demostró por sus hechos la justicia de su renombre y la destreza y serenidad con que peleaba. A un tiempo mismo dirigieron uno y otro sus lanzas contra sus cabezas, pero el efecto fué distinto, porque el cristiano siguió incólume adelante y el infiel quedó muerto. Para demostrar el valor son necesarias señales más evidentes que la de poner con gallardía la lanza en ristre; pero este no es tampoco bastante si no le acompaña la fortuna, pues sin ella de poco sirve las más de las veces el valor.

Recogió el Paladin su lanza, y arremetió brioso contra el Rey de Oran, hombre de gigantesca estatura, pero de corazon pequeño. Preparóse á darle uno de esos golpes que merecen ser contados en el número de los memorables; mas la lanza clavóse en el escudo: bien es verdad que no pudo dirigirla más arriba, por no permitírselo la colosal estatura del sarraceno. Sin embargo, el broquel, á pesar de estar forrado exteriormente de acero y de palma en su interior, no pudo resguardar el cuerpo del infiel, cuya alma mezquina escapóse por una ancha herida abierta en su vientre. El corcel, agobiado por su pesada carga, debió dar gracias interiormente á Reinaldo, que con aquel golpe le evitó mayores fatigas.

Rota la lanza, Reinaldo revolvió su caballo con tanta presteza cual si tuviese alas, y cayó impetuosamente sobre sus enemigos, en el sitio en que más apiñados estaban y mayor era su número. Desnudó á Fusberta, y empezó á esgrimirla con tal vigor, que las armas de sus contrarios volaban hechas pedazos como si fuesen de frágil vidrio. El acero mejor templado no podia resistir sus tajos, que penetraban siempre en la carne por él defendida. La tajante espada apenas encontraba cotas ó armas defensivas que la embotaran, al paso que atravesaba todas las rodelas, ya estuviesen revestidas de cuero ó de madera, así como los acolchados coseletes, ó los turbantes más retorcidos. No es extraño, pues, que Reinaldo hiriera, derribara ó hiciera pedazos á cuantos se ponian al alcance de su acero, pues que de este no podian defenderse los moros mejor que la yerba de la guadaña ó las espigas de la tempestad.

Destrozado estaba ya el primer frente del enemigo cuando llegó Zerbino con la vanguardia del ejército cristiano. El Príncipe escocés se adelantó á sus soldados con la lanza enristrada, mientras estos avanzaban bajo sus banderas con no menor decision; hubiéraseles tomado por leones ó lobos prontos á devorar manadas de cabras ó de carneros. Cuando estuvieron cerca, aguijaron simultáneamente á sus caballos y atravesaron con la velocidad del rayo la escasa distancia que les separaba del enemigo. Trabóse entonces una lucha particular, pues los escoceses herian sin ser heridos, y los paganos caian sin resistencia, como si solo se encontrasen allí para ser degollados. Cada infiel parecia más frio que el hielo; cada escocés más ardoroso que la llama; y sobrecogidos aquellos por la irresistible fogosidad de los cristianos, creian ver en cada uno de sus contrarios un nuevo Reinaldo.

Al observar Sobrino la mortandad de los suyos, voló con sus escuadrones á socorrerlos, sin esperar las órdenes del jefe del ejército: sus guerreros eran, como él, africanos más valientes y mejor armados que los ya derrotados, aun cuando no valian mucho más que estos. Dardinel tambien hizo avanzar sus tropas, poco aguerridas y peor armadas, si bien él ostentaba un yelmo brillante, é iba cubierto con una coraza y cota de malla. Tras él siguió Isolier, cuyos soldados eran, segun creo, más animosos.

El buen Trason, duque de Marra, que asistia con entusiasmo á aquella batalla, dió la voz de ataque á sus ginetes, apenas oyó y vió avanzar á las cohortes navarras mandadas por Isolier, exhortándoles á que fuesen en su compañia en busca de eterna fama. El nuevo Duque de Albania, Ariodante, imitando á Trason, puso en movimiento sus escuadrones.

El retumbante sonido de los clarines, de los tímpanos y de otros instrumentos bélicos, unido al incesante rumor producido por los arcos, las hondas, las máquinas de guerra, las ruedas y el fragor de las armas, y sobre todo, los gritos tumultuosos, ayes y lamentos de los combatientes, que rimbombaban hasta el cielo, producian un estrépito tal, que solo era comparable al de las cataratas del Nilo, cuando las aguas al despeñarse atruenan y ensordecen las comarcas circunvecinas. La espesa lluvia de saetas que se lanzaban de uno á otro campo llegaba á oscurecer la luz del Sol. El aliento de los combatientes, el vapor desprendido del sudor de hombres y caballos y los torbellinos de polvo que levantaban, cubrian el aire de una densa niebla: tan pronto avanzaba un ejército y retrocedia el otro, como recobraba este el terreno perdido, obligando á aquel á batirse en retirada, y más de una vez sucedia que el vencedor caia muerto sobre el cadáver mismo del vencido. Donde un escuadron se detenia rendido de cansancio, le reemplazaba al momento otro que venia de refresco; el número de guerreros aumentaba progresivamente por una y otra parte, reforzándose ambas alternativamente con nuevos infantes ó ginetes: la tierra, hollada por las innumerables pisadas de los combatientes, estaba tinta en sangre; la yerba habia perdido su matiz verde, viéndose convertido en rojo, y donde antes se ostentaban ufanas las flores de color azul ó amarillo, yacian ahora en confuso monton los hacinados cadáveres de hombres y caballos.

Zerbino daba señaladas muestras de un valor superior á su juventud; y llevado de su fogosidad, mataba, heria ó destruia á los enemigos que llovian en su derredor. Ariodante se señaló tambien con admirables hazañas al frente de sus nuevos súbditos, y llenó de terror y asombro á los moros de Navarra y de Castilla. Quelindo y Mosco, hijos bastardos del difunto Calabrun, rey de Aragon, y Calamidor de Barcelona, célebre por su arrojo, se habian lanzado fuera de sus filas; y creyendo alcanzar gloria y corona, á un tiempo mismo se precipitaron sobre Zerbino con intencion de matarle, hiriéndole el caballo en un costado. Cayó muerto el noble animal traspasado por tres lanzas; pero el esforzado Zerbino se puso inmediatamente en pié, revolviéndose furioso contra sus acometedores para vengar la muerte de su caballo; y dirigiéndose primero al inexperto Mosco, á quien tenia más cerca, y que se envanecia con la esperanza de cogerle prisionero, le tiró una estocada que, atravesándole un costado, le hizo saltar de la silla pálido y yerto. Cuando Quelindo vió la desgraciada suerte de su hermano, arremetió lleno de furor á Zerbino proponiéndose derribarle; mas este se abalanzó á él, y asiendo su caballo de la brida, le hizo caer en tierra, de la que no volvió á levantarse, y le puso en estado de no comer mas paja ni cebada, pues descargó una cuchillada tan violenta, que mató con ella á un tiempo mismo al caballo y al ginete. Aterrado Calamidor por los crueles efectos del acero del Príncipe escocés, volvió la brida para huir á toda prisa; pero Zerbino le tiró un descomunal fendiente, diciéndole: «Espera, traidor, espera.» No llegó á herir el acero donde se propuso el Príncipe, pero el golpe no perdió todo su efecto; pues alcanzando á la grupa del caballo enemigo, lo desjarretó haciéndole caer. El mahometano consiguió salir de entre su derribado corcel, é intentó huir á pié; mas no pudo conseguirlo, porque llegando en aquel momento el duque Trason, le pasó por encima y le aplastó con el peso de su caballo.

Ariodante y Lurcanio corrieron á interponerse entre Zerbino y la multitud de enemigos que le rodeaba, así como otros muchos nobles y caballeros que ayudaron al Escocés á montar de nuevo á caballo. Ariodante no cesaba de esgrimir su acero, cuyos temibles efectos sintieron Artálico y Margano, y mucho más Etearco y Casimiro. Los dos primeros tuvieron que retirarse heridos; pero los otros dos quedaron tendidos en el campo. Por su parte Lurcanio daba pruebas de su fuerte brazo, hiriendo, derribando ó dispersando á los enemigos.

No creais, Señor, que en el resto de la llanura fuese la pelea menos encarnizada que á orillas del rio, ni que el cuerpo de ejército que iba al mando del buen duque de Lancaster permaneciera ocioso á retaguardia. Este atacó á los moros de España, y por una y otra parte desplegaron igual valor los respectivos jefes, infantes y ginetes. Iban en las primeras filas Oldrado, duque de Glocester, y Fieramonte, duque de Yorck, y con ellos Ricardo, conde de Warvik y el audaz Enrique, duque de Clarence. Frente á ellos tenian á Malatista, rey de Almería, Folicon, de Granada, y Baricondo, de Mallorca, con todas sus tropas. Por algun tiempo estuvo indecisa la victoria, pues no se notaba ventaja apreciable en unos ni otros. Cristianos y sarracenos atacaban ó retrocedian, asemejándose á las espigas impelidas por los vientos de Mayo, ó á las agitadas olas junto á la playa, que vienen y van incesantemente. Cuando se cansó la suerte de jugar con ambos ejércitos, abandonó de pronto á los sarracenos. A un tiempo mismo el duque de Glocester arrancó de la silla á Malatista; Fieramonte hirió en un hombro á Folicon y le derribó, cayendo uno y otro infiel prisioneros en poder de los ingleses; y Baricondo quedó sin vida á manos del duque de Clarence.

Estas pérdidas aterraron tanto á los paganos é infundieron á los cristianos tal ardor, que aquellos no hacian ya más que batirse en retirada, desordenarse y emprender la fuga, mientras estos avanzaban contínuamente, ganaban poco á poco terreno y hostigaban y perseguian á los moros; y á no ser por la llegada de nuevos refuerzos, los sarracenos hubieran perdido por aquel lado la batalla. Pero Ferragús, que no se habia separado hasta entonces del lado del rey Marsilio, cuando vió su enseña fugitiva y medio exterminado su ejército, espoleó á su corcel y lo lanzó en lo más récio de la pelea, llegando en el momento en que caia en tierra Olimpio de la Sierra con la cabeza hendida por una cuchillada. Era este un jovencillo, que con las dulces endechas que solia cantar al armonioso son de una cítara, era capaz era ablandar cualquier corazon, aun cuando fuese más duro que una peña. ¡Dichoso él si hubiera sabido contentarse con tal arte, y hubiese arrojado léjos de sí el escudo, el arco, la aljaba, la lanza y la cimitarra, que le hicieron perecer en Francia en la flor de su edad! Cuando Ferragús, que le amaba cariñosamente, le vió caer, sintió un dolor tan profundo cual no se lo causó la muerte de otros mil y mil que habian perecido antes, y arremetió con tal furor al que lo inmolara, que de un solo tajo le dividió el yelmo, la frente, el rostro y el pecho, tendiéndole muerto á sus piés. No paró aquí, sino que esgrimiendo su acero, lleno de vengativa saña, empezó á romper cascos y corazas, á cortar brazos y cabezas y á causar por do quiera un grande estrago, logrando contener por aquel lado la derrota de sus huestes, y reanimar el valor de los musulmanes, que huian aterrados, rotos y destrozados sin órden ni concierto.

El rey Agramante, deseoso de matar gente y de singularizar su valor, acudió tambien á tomar parte en aquella pelea, seguido de Baliverso, Farurante, Prusion, Soridano y Bambirago, así como de una muchedumbre de infieles tan innumerable, que con su sangre llegaria á formarse un lago, siendo más difícil contarlos que enumerar las hojas arrancadas de los árboles por los vientos del otoño. Habiendo retirado Agramante del asalto un gran número de infantes y ginetes, ordenó que fueran á las órdenes del Rey de Fez á dar la vuelta hasta colocarse á retaguardia del campamento, para defenderlo del ataque con que le amenazaban los irlandeses, cuyos escuadrones avanzaban precipitadamente, despues de dar largos rodeos, con la intencion de apoderarse de las tiendas de campaña de los sarracenos. El Rey de Fez cumplió aquella órden sobre la marcha, conociendo que cualquier demora podia serles funesta.

Entre tanto reunió Agramante el resto de su ejército; lo dividió en dos partes, y mandó que una de ellas corriera á la llanura, donde se habia trabado la batalla: él, con la otra, se dirigió hacia la orilla del rio, por creer que era allí más necesaria su presencia, pues se habia presentado un mensajero del rey Sobrino pidiendo refuerzos hácia aquel lado. Agramante llevaba consigo, formando un solo cuerpo, más de la mitad de su ejército; y asustados los escoceses al oir el confuso rumor que producian conforme iban acercándose, se sobrecogieron de tal modo, que perdiendo todo sentimiento de honor, empezaron á cejar y á desbandarse. Zerbino, Lurcanio y Ariodante quedaron solos haciendo frente á los enemigos, é indudablemente habria perecido el primero, que estaba desmontado, si no acudiese oportunamente Reinaldo en su socorro. Hasta entonces habia estado el Paladin combatiendo en otra parte, y poniendo en vergonzosa fuga más de cien banderas; pero avisado del gran peligro que corria Zerbino, á quien sus tropas habian abandonado á pié entre la gente mahometana, volvió riendas y se lanzó al encuentro de los escoceses que huian desatentados.

—¿A dónde vais? les gritó deteniéndose. ¿Por qué os veo cometer una bajeza tan afrentosa, como es la de abandonar el campo á tan vil canalla? ¿Son esos los trofeos con que pretendeis adornar vuestras iglesias? ¡Oh! ¡Qué gloria, qué fama alcanzareis, abandonando al hijo de vuestro Rey á pié y solo!

Dichas estas palabras, se apoderó de una lanza que tenia uno de sus escuderos y viendo cerca á Prusion, rey de los alvaraches, cayó furioso sobre el, y de un bote le arrancó de la silla, dejándole sin vida: en seguida derribó muertos á Agricalte y Bambirago; hirió gravemente á Soridano, y le hubiera arrancado la existencia como á los otros, á no habérsele hecho pedazos la lanza. Rota esta, sacó á relucir á Fusberta, y tiró una estocada á Serpentin, el de la Estrella, cuyas armas estaban encantadas; pero no pudieron impedir que cayese del caballo sin sentido ante la violencia del golpe. De este modo fué haciendo en torno del jefe de los escocesas ancha plaza, de suerte que este pudo montar libremente en uno de los caballos que por allí vagaban sin ginete; y á tiempo cabalgó, pues si hubiese tardado un poco más, no lo habria conseguido, porque simultáneamente llegaron Agramante, Dardinelo, Sobrino y el rey Balastro; pero Zerbino, que habia montado en ocasion oportuna, empezó á repartir mandobles á diestro y siniestro, enviando á los mas osados al Infierno para que diesen noticias del modo de vivir de los mortales.

El buen Reinaldo, que se dedicaba con preferencia á luchar con los enemigos que más daño hacian en las filas de los cristianos, dirigió sus golpes contra el rey Agramante, que le parecia demasiado audaz y valiente, pues él solo causaba más estrago que mil moros juntos; y precipitándose sobre él con su Bayardo, de un solo revés le echó á rodar con su caballo.

Mientras fuera de la ciudad combatian los dos ejércitos con tanta crueldad, odio, rabia y furor, Rodomonte continuaba dentro de París causando numerosas víctimas, é incendiando casas, palacios y templos. Ocupado Cárlos en combatir en otra parte, no podia ver ni sospechar siquiera las crueldades del sarraceno: estaba dando entrada en la ciudad á Odoardo y Arimano con sus huestes británicas, cuando se le presentó un escudero, tan pálido, tembloroso y desalentado, que apenas podia articular una palabra:

—¡Ay de mí, Señor, ay de mí! exclamó muchas veces antes de dar principio á su relato: ha llegado el dia en que el romano Imperio caerá sepultado entre sus ruinas. Cristo ha abandonado hoy á su pueblo! hoy ha caido el Demonio desde el cielo, para no dejar un habitante en esta ciudad ¡Satanás, el mismo Satanás, porque no puede ser otro, está destruyendo y convirtiendo en ruinas esta ciudad infeliz! Vuélvete, y mira la densa humareda que despiden esas llamas devoradoras; escucha los lamentos que hasta el cielo llegan, y sirvan de fé á lo que dice tu siervo. Un hombre solo es el que destruyo á sangre y fuego este hermoso país, y su solo aspecto basta para que todo el mundo huya precipitadamente.

Al tener noticia de tamañas calamidades, quedóse Cárlos como el que oye el tumulto y las campanas tocando á rebato antes de ver el fuego, que es el único en ignorar, cuando precisamente á él es á quien más de cerca le toca y más directamente le perjudica; y conociendo el monarca inmediatamente toda la extension del daño, dirigió sus más valientes guerreros hácia donde oia más estrépito y más lamentos. Hizo que le siguiera una gran parte de sus paladines y sus mejores soldados, y llevó su enseña hasta la plaza, en donde Rodomonte se encontraba. El Emperador pudo ver entonces las horribles huellas de la crueldad del sarraceno, y el suelo sembrado de miembros humanos. Pero basta ya; el que desee escuchar el fin de esta interesante historia, tómese la molestia de volver otra vez.

Canto XVII

Carlomagno se dirige con sus guerreros á contener á Rodomonte.—Grifon se presenta en el torneo dispuesto por Norandino y lleva á cabo señaladas proezas.—Martan esquiva el combate y demuestra su extraordinaria cobardía; despues, para avergonzar á Grifon, le roba las armas, y presentándose al Rey cubierto con ellas, es muy honrado por él.—Grifon, tenido por Martan, sufre los denuestos del pueblo.

Cuando nuestros pecados han traspasado los límites de perdon, el Supremo Hacedor, demostrándonos que su justicia es igual á su piedad, permite que ocupen los tronos de la tierra tiranos feroces, mónstruos humanos, á quienes concede la fuerza y el ingenio necesarios para oprimir terriblemente á sus pueblos. Por esta razon envió al mundo á Mario y Sila, á los dos Nerones, al furibundo Cayo, á Domiciano y al último Antonino: por esto sacó de entre la hez del populacho á Maximino, exaltándole al solio imperial; hizo nacer en Tebas á Creonte; entregó al pueblo agilino en manos de Mezencio, que regó con sangre humana los campos de su país, y en tiempos menos remotos consintió que los lombardos, los hunos y los godos saqueasen la Italia entera. Y ¿qué diré de Atila? ¿qué del inícuo Eccelino de Romano? ¿qué de otros ciento, á quienes Dios envia, cansado de vernos siempre por el camino del mal, para oprimirnos y castigarnos? Pero, sin necesidad de evocar los recuerdos de los tiempos antiguos, ejemplos harto patentes tenemos en el nuestro de los efectos de la cólera divina, cuando nos ha dado, á nosotros, rebaños inútiles y malnacidos, famélicos lobos por guardianes, los cuales, como si su vientre no bastara á contener tanto alimento ó sí no tuvieran el hambre necesaria, llaman para devorarnos á otros lobos ultramontanos más hambrientos que ellos. Los huesos que yacen insepultos á las orillas del Trasimeno, en Cannas y en Trebbia son pocos en comparacion de los que hoy sirven de abono á los campos por donde pasa el Adda, el Mella, el Ronco y el Tarro. Dios, pues, consiente que seamos castigados por pueblos mucho peores quizás que nosotros, á causa de nuestros multiplicados é infinitos crímenes, y de nuestros errores oprobiosos. Tiempo llegará, sin embargo, en que á nuestra vez vayamos á saquear sus costas, si por ventura somos mejores, y cuando sus pecados lleguen á un punto tal que exciten el enojo do la Bondad eterna.

Los excesos de los cristianos debian haber turbado entonces la serena Frente de Dios, cuando hizo pesar su venganza sobre aquellas comarcas, por donde el Turco y el Moro llevaban la vergüenza, la violacion, la rapiña y la matanza; pero los males que causaba el feroz Rodomonte eran los mayores de todos.

Dije que Cárlos, avisado de los estragos ocasionados por el sarraceno, se dirigia á la plaza en su busca. A su paso encontró numerosos cadáveres de sus súbditos, los palacios incendiados, derruidos los templos, y asolada gran parte de la ciudad: jamás habia presenciado tan desastroso espectáculo.

—¿Adónde huís, exclamó, espantadas turbas? ¿No hay uno solo de entre vosotros que haga frente á la desgracia? ¿Qué ciudad, qué asilo os quedará cuando tan vilmente perdais este? ¡Es decir, que un solo hombre, encerrado en vuestra ciudad y rodeado de murallas que imposibilitan su fuga, logrará retirarse impunemente despues de haberos degollado á todos!

Así decia Cárlos que, encendido en ira, no podia sufrir tanto baldon, mientras llegaba delante de su alcázar, donde vió al pagano esterminando á sus gentes. Una gran parte del populacho se habia refugiado en él con la esperanza de encontrar socorro; porque el palacio estaba provisto de fuertes muros y de municiones suficientes para defenderle largo tiempo.

Rodomonte, ébrio de ira y de orgullo, dominaba solo en la gran plaza, y despreciando al universo entero, esgrimia con una mano su formidable espada, mientras con la otra continuaba aplicando el fuego á los edificios: despues se dirigió al alcázar real, palacio elevado y suntuoso, y empezó á descargar tremendos golpes en sus puertas. Los sitiados hacian llover sobre él desdo las murallas pedazos de pared y almenas enteras, y se defendian hasta morir. No reparaban en destruir los techos del edificio, y del mismo modo arrojaban piedras y maderas, que las lápidas, las columnas y los ricos artesanados tan queridos de sus antecesores.

El rey de Argel continuaba en la puerta, cubierto con su brillante armadura de acero: que le defendia todo el cuerpo, semejante á la serpiente que, saliendo de la oscuridad, despues de haber mudado su antigua piel, y envanecida por la nueva, se siente rejuvenecida y con más vigor que nunca, y vibrando su triple dardo y lanzando fuego por los ojos, extermina á cuantos animales encuentra á su paso. Ni las piedras, ni las almenas, vigas, arcos ó flechas, ni cuanto caia sobre el sarraceno era bastante á cansar su sanguinaria diestra, ni á impedir que siguiera sacudiendo y haciendo poco á poco pedazos la gran puerta del alcázar, en la cual abrió tantos boquetes que fácilmente podia ser visto y ver á su vez á cuantos llenaban el patio principal, en cuyos semblantes se pintaba la palidez de la muerte. Oianse resonar gritos y lamentos femeniles bajo aquellas elevadas y espaciosas bóvedas; las mujeres desconsoladas iban corriendo de uno á otro lado del edificio, pálidas y afligidas, y despidiéndose de todos los aposentos y de sus lechos nupciales, que pronto tendrian que abandonar á gentes extrañas.

A tan apurado trance llegaban las cosas, cuando se presentó el Rey acompañado de sus guerreros. Contempló Carlos sus robustas manos, tan prontas otras veces á acudir donde la necesidad las llamaba, y les dijo:

—¿No sois vosotros aquellos que lucharon conmigo en Aspromonte contra Agolante? Se habrá debilitado tanto vuestro vigor que, á pesar de haber dado entonces muerte á aquel rey, á Trojano, á Almonte y á cien mil guerreros más, temereis hoy á un solo hombre de su misma raza, y hasta de su mismo ejército? ¿Por qué he de veros ahora menos animosos de lo que entonces lo fuísteis? Mostrad vuestro heroismo á ese perro que á tantos hombres devora. Un corazon generoso no hace caso de la muerte, venga tarde ó temprano, con tal que sea honrosa. Pero no; al veros colocados donde estais no puedo dudar de vosotros, que siempre me habeis dado la victoria.

Al decir estas palabras, lanzó su corcel contra el sarraceno, enristrando la lanza, y al mismo tiempo que él se precipitaron el paladin Ogiero, Namo, Olivier, Avino, Avolio, y los inseparables Oton y Berlingiero, y empezaron á descargar terribles golpes sobre el pecho, los costados y la cabeza de Rodomonte.

Mas por piedad, Señor, dejemos ya nuestro relato de ira y de muerte, y baste por ahora con lo dicho acerca de aquel sarraceno no menos valiente que cruel; que ya es tiempo de volver donde dejé á Grifon, llegado á las puertas de Damasco con la pérfida Origila, y con aquel que no era su hermano, sino su adúltero amante.

Es fama que una de las más ricas, más populosas y suntuosas ciudades de Oriente es Damasco, distante siete jornadas de Jerusalen, y situada en una llanura fértil y abundante, tan agradable en invierno como en verano. Un collado próximo la priva de los primeros rayos de la naciente aurora. Dos rios cristalinos atraviesan la ciudad y riegan una multitud de jardines constantemente esmaltados de pintadas flores y cubiertos de verdura. Es fama tambien que el agua de azahar abunda tanto en aquella poblacion, que se podria dar movimiento con ella á varios molinos; y el que va por las calles percibe su balsámico aroma que sale de todas las casas. La calle principal estaba á la sazon colgada de magníficos tapices de colores vistosos, y el suelo y las paredes de las casas cubiertos de yerbas olorosas y de verdes ramas. Cada puerta, cada ventana estaba engalanada con finísimas telas y tapices; pero mucho más aun con la presencia de bellas damas adornadas con preciadas joyas y trajes soberbios. En muchos sitios, veíase celebrar animados bailes en el interior de las casas; y en las plazas públicas el pueblo se entretenia en correr excelentes caballos, cubiertos de ricos arneses. Pero lo que sobre todo llamaba la atencion era la espléndida corte del Rey de Damasco, en donde los grandes, los nobles y los vasallos ostentaban un lujo verdaderamente oriental, deslumbrando la vista con cuantas perlas, oro y piedras preciosas pueden producir la India y las costas del mar Eritreo.

Grifon y sus compañeros iban examinándolo todo á su placer, cuando les salió al encuentro un caballero, que les invitó á apearse de los caballos, ofreciéndoles hospitalidad en su palacio: con aquella finura y cortesía proverbiales en Oriente, les proveyó de todo lo necesario, hizo que les preparáran un baño y despues les presentó con agradable solicitud una suntuosa cena. Díjoles que Norandino, rey de Damasco y de toda la Siria, habia invitado á los hijos del país y á los extranjeros que estuviesen armados caballeros para las justas que debian celebrarse en la plaza en la mañana del siguiente dia, y que si ellos tenian el valor que su talante demostraba, podrian dar pruebas de él sin necesidad de ir más adelante.

Aun cuando Grifon no habia ido allí con este objeto, aceptó, sin embargo, la invitacion; porque era de parecer que no estaba de más hacer gala del valor siempre que se presentare ocasion para ello. En consecuencia, preguntó á su huésped el motivo de aquellas fiestas, y si eran una solemnidad anual, ó bien un pretexto por medio del cual quisiera el Rey experimentar el valor de sus paladines. El caballero respondió:

—Esta es la primera fiesta que celebramos, y que deberá repetirse cada cuatro lunas. El Rey la ha instituido en memoria de que en tal dia consiguió salvar su cabeza, despues de haber permanecido cuatro meses lleno de dolor y angustia y con la muerte ante sus ojos. Mas para daros á conocer todos los pormenores de esta historia, os diré que nuestro rey, llamado Norandino, ha vivido por espacio de muchos años prendado de la donosura y sin par belleza de la hija del rey de Chipre, y que habiendo alcanzado por último su mano, regresaba directamente á Siria con su esposa y con muchas damas y caballeros. Apenas nos pusimos á toda vela fuera del puerto, y vogábamos por el borrascoso Carpatiano, cuando nos asaltó una tempestad tan cruel, que atemorizó hasta al mismo piloto, á pesar de ser un antiguo y experto marino. Durante tres dias y tres noches anduvimos errando á merced de las amenazadoras olas, hasta que al fin conseguimos desembarcar, rendidos de cansancio y empapados en agua, en una playa rodeada de praderas extensas y verdes collados. Levantamos al momento nuestras tiendas, y colocamos alegres anchos toldos entre los árboles: se encendieron hogueras, se preparó la comida, y se extendieron los manteles.

»El Rey habia ido entro tanto á recorrer los valles cercanos, y los sitios más recónditos del bosque, seguido de dos criados que llevaban su arco y sus flechas, con objeto de ver si encontraba cabras monteses, gamos ó ciervos. Mientras esperábamos, disfrutando con placer del anhelado reposo, que regresara nuestro Rey de la caza, vimos á un mónstruo terrible, al Ogro, que venia por la orilla del mar corriendo hácia nosotros. ¡Dios haga, Señor, que vuestros ojos no contemplen nunca el horroroso semblante del Ogro! Más vale tener noticia de él por lo que diga la fama, que caer en sus manos al verle. No puedo comparar á nada su corpulencia, segun lo desmesuradamente grueso que es: en lugar de ojos, tiene bajo la frente dos huesos salientes del color del hongo. Venia, como digo, hacia nosotros por la orilla del mar, y no parecia sino que se adelantase un montecillo: enseñaba dos colmillos semejantes á los del javalí; su nariz era larga y el pecho sucio, velludo y repugnante. Avanzaba corriendo con la nariz levantada á guisa de perdiguero cuando olfatea la caza, y apenas le vimos, huimos todos precipitadamente, y con el rostro desencajado, hácia donde nos encaminó el temor. De nada nos servia verle ciego; porque, olfateando no más, hacia al parecer lo que es imposible que hagan otros, provistos de vista y olfato; y tanto era así, que se necesitarian alas para huir de él. Corriamos en todas direcciones, pero nuestros esfuerzos eran inútiles, pues él aventajaba en velocidad al viento. De cuarenta personas, apenas pudieron salvarse diez, refugiándose á nado á bordo del buque: apoderóse de las restantes, y colocóse unas cuantas debajo del brazo, formando una especie de haz con ellas; llenóse con otras el seno, y metió el resto en un enorme zurron, que llevaba pendiente de los hombros, á la manera de los pastores.

»El mónstruo ciego nos llevó despues á su guarida, cavada en un peñasco próximo á la orilla del mar, cuyas paredes eran de un mármol más blanco que él papel en que no se haya escrito nunca. Habitaba allí con el una matrona, triste al parecer y dolorida, y en su compañia estaban varias damas y doncellas de todas edades y condiciones, unas lindas y otras feas. Cerca de la cueva en que habitaba el Ogro, y casi en la cima del monte, existia otra tan grande como la primera, donde encerraba sus ganados, compuestos de innumerables reses que apacentaba él mismo, así en verano como en invierno, cuidando de sacarlos al campo y volverlos á encerrar, más bien por distraccion que por necesidad. Preferia, sin embargo, alimentarse de carne humana como lo demostró antes de llegar á su antro; pues se comió, y aun creo que se tragó vivos, tres de nuestros más jóvenes compañeros.

»Dirigióse en seguida hácia la cueva del ganado, levantó una gran piedra, y nos encerró allí, despues de hacer salir sus rebaños, que condujo adonde solia apacentarlos, tañendo una zampoña que llevaba colgada al cuello.

»Nuestro Señor habia vuelto entre tanto á la playa, y conoció bien pronto su triste suerte por el silencio que en todas partes reinaba, y por no hallar á nadie en las tiendas, en los pabellones ni debajo de los toldos. No podia imaginar quién le habia dejado entregado de aquella suerte al aislamiento más completo; y lleno de temor se dirigió á la orilla del mar, desde donde vió á sus marineros levar las anclas y desplegar las velas. Apenas le divisaron ellos en la playa, se apresuraron á enviarle un bote para trasladarle á bordo; pero en cuanto Norandino tuvo noticia de las crueldades del Ogro, sin detenerse á pensar en más, tomó el partido de ir á buscarlo donde se encontrara, manifestándose tan desconsolado por la pérdida de su Lucina, que juró rescatarla ó perecer en la demanda.

»Púsose, pues, á caminar siguiendo las huellas recientemente impresas en la arena, con una precipitacion, hija de su ferviente amor, hasta que llegó á la cueva de que os he hablado, en la cual esperábamos todos el regreso del Ogro con el miedo mayor del mundo, creyendo, al menor rumor que escuchábamos, que se presentaba hambriento y dispuesto á devorarnos. La fortuna guió hasta allí los pasos de Norandino, pues no encontró en la cueva al Ogro; pero si á su mujer, que gritó al verle:

—»¡Huye, infeliz! ¡Desgraciado de tí si el Ogro te coje!»

—»Poco me importa, le contestó el Rey, que me coja ó no, que me salve ó me dé la muerte: nada puede aumentar ya mi desgracia. He llegado hasta aquí, no por haber errado el camino, sino llevado en alas del deseo de morir junto á mi esposa.»

»Despues siguió pidiéndole noticias de los cogidos en la playa por el Ogro, y se informó sobre todo de si habia dado muerte á su bella Lucina ó la retenia cautiva. La mujer del mónstruo le contestó con mucha humanidad, y le tranquilizó diciéndole que Lucina vivia, y que no tuviese cuidado alguno con respecto á su vida, porque el Ogro no devoraba nunca á las mujeres.

—»Una prueba de ello la tienes en mí, añadió, y en todas estas damas que me rodean; jamás nos ha causado ni nos causará el Ogro el menor daño, mientras no nos separemos de esta cueva; pero á la que intenta huir le cuesta caro, pues desoyendo toda clase de súplicas, la entierra viva, la carga de cadenas ó la expone desnuda sobre la playa á los ardientes rayos del Sol. Cuando ha traido hoy aquí á tus compañeros, no se ha cuidado de hacer su acostumbrada separacion entre los hombres y las mujeres, sino que los hizo entrar todos revueltos en confuso monton. Apenas vuelva conocerá por el olfato la diferencia de sexos: las mujeres no deberán temer nada; pero los hombres serán positivamente inmolados; y de cuatro en cuatro, ó de seis en seis, servirán diariamente de pasto á su voracidad. No se me ocurre nada que aconsejarte para que libertes á Lucina: así pues, debes darte por satisfecho con saber que su vida no corre peligro, y que participará de nuestra próspera ó adversa fortuna; pero vete, por Dios, vete, hijo mio, antes que el Ogro te huela y te devore: en cuanto llega, se pone á olfatear por todas partes, y descubriria hasta el raton más pequeño que aquí hubiese.»

»El Rey contestó que no se marcharia sin ver á Lucina, y que preferia morir cuanto antes á su lado, á vivir léjos de ella. Cuando la mujer del Ogro conoció que era en vano todo su empeño para disuadirle del propósito que tan resueltamente habia formado, ideó un nuevo medio para ayudarle, y lo puso inmediatamente por obra. Del techo de la cueva pendian las pieles, colgadas en distintas épocas de los cabritos, cabras y corderos que servian de alimento al Ogro y á sus cautivas: la mujer de este hizo que el Rey se untara de piés á cabeza con la grasa de un gran macho cabrio hasta que su olor hiciera desaparecer el del cuerpo humano, y cuando le pareció que Norandino despedia aquella fetidez que notamos siempre en dichos animales, cogió la piel del mismo y le envolvió con ella pues era bastante grande para el objeto. Una vez cubierto con tan extraño disfraz, le hizo andar á cuatro piés y le condujo á la cueva cerrada por una piedra enorme donde, privada de libertad, yacia su bella esposa.

»Consintió Norandino en todo; colocóse cerca de la abertura con la esperanza de poderse mezclar entre el rebaño, y estuvo aguardando con ansiedad hasta la caida de la tarde. Al anochecer oyó los acordes de la zampoña con que el terrible pastor, yendo en pos de su rebaño, le ordenaba que abandonase la húmeda yerba para regresar á la cueva. Ya podeis pensar cuál seria su espanto al notar la aproximacion del Ogro, y mucho más cuando vió, lleno de horror, su feroz aspecto al llegar á la boca de la cueva; pero el amor pudo más que el miedo, por lo cual fácil os será comprender si el cariño de Norandino era fingido ó sincero. Adelantóse el Ogro, levantó la piedra y dejó espedita la entrada, por la que pasó el Rey confundido entre las cabras y las ovejas.

»Cuando tuvo encerrado su rebaño, bajó el Ogro adonde estábamos, cuidando antes de cerrar la entrada. Fué olfateándonos á todos, y por fin cogió dos de mis compañeros, con cuyas carnes crudas quiso regalarse para cenar. El solo recuerdo de aquellas espantosas quijadas hiela la sangre en mis venas y me inunda de sudor el rostro. Apenas se marchó el Ogro, arrojó el Rey la piel que le encubria, y abrazó á su esposa; pero esta, en lugar de entregarse á la alegría, se desesperó al ver á su esposo, precisamente en el sitio donde le esperaba una muerte cierta, sin que esto pudiera servir para salvarle á ella la vida.

—«¡Ah! señor, le dijo: en medio de mi triste suerte, me consolaba la idea de que no estabas con nosotros cuando el Ogro nos trajo hoy aquí; pues aun cuando me era acerbo y duro el encontrarme al borde del sepulcro, tan solo habria tenido que llorar mi futura desgracia; pero ahora lamentaré tu muerte más que la mia, ya seas sacrificado antes ó despues que yo.»

»Y continuó mostrando más afliccion por la suerte de Norandino que por la suya propia.

El Rey le contestó:

—«La esperanza que abrigo de salvarte, así como á todos nuestros compañeros, me ha hecho venir hasta aquí: si no consigo realizar este propósito, venga en buen hora la muerte; pues que sin tí, sol de mi vida, me es imposible vivir. Podre marcharme del mismo modo que he venido; pero bajo la condicion de que todos habeis de seguirme, si no teneis reparo, como no lo he tenido yo, en despedir el olor de un animal inmundo.

»Nos explicó entonces el ardid que le habia enseñado la mujer del Ogro para engañar el olfato del mónstruo, aconsejándonos que nos cubriéramos con pieles, por si se le ocurria palparnos al salir de la cueva. Persuadidos de la excelencia de semejante estratagema, degollamos todos los machos cabríos que encontramos, prefiriendo los más viejos y los más fétidos del rebaño. Nos untamos el cuerpo con aquella grasa abundante que tienen en rededor de los intestinos y nos cubrimos con sus pieles.

»Salió entre tanto el dia de su áureo palacio, y apenas apareció el primer rayo del Sol, dirigióse el pastor á la cueva, llamando á sus rebaños al pasto acostumbrado por medio de los sonidos de su instrumento pastoril. Tenia las manos extendidas hácia la boca de la cueva, á fin de que no nos escapásemos entre el rebaño; nos cogia al atravesarla, y cuando se aseguraba de que lo que tocaba era pelo ó lana, nos dejaba pasar. Hombres y mujeres salimos por camino tan raro, revestidos de nuestras estiradas pieles; y el Ogro no detuvo á nadie hasta que se presentó Lucina, temblando de miedo. Bien fuese porque dándole asco aquella grasa, no quiso untarse como nosotros, ó porque sus movimientos fueran más pausados y suaves que los del animal á quien debia imitar, ó tambien porque cuando el Ogro la tocó dejara escapar un grito de pavor, ó porque se le destrenzaran los cabellos; ya fuese en fin por otra causa que ignoro, el caso es que el mónstruo la conoció.

»Estábamos todos tan ocupados en nuestra propia salvacion, que en ninguna otra cosa reparábamos; sin embargo, yo me volví al oir el grito lanzado por Lucina, y ví al Ogro quitándole la piel, y repeliéndola al interior de la cueva. Seguimos, no obstante, caminando encorvados bajo nuestro disfraz, y fuímos mezclados con el rebaño á una pradera amena, situada entre verdes collados, adonde nos condujo el pastor. Estuvimos allí esperando hasta que el narigudo Ogro se hubo echado á dormir á la sombra de una espesa enramada, y entonces huimos unos hácia el mar y otros hácia las montañas. Solo Norandino se opuso á seguirnos; pues llevado de la extremada pasion que sentia por su esposa, se empeñó en volver á la gruta entre el ganado, más resuelto que nunca á morir ó á rescatar á su fiel compañera. Cuando vió al salir del encierro, que quedaba ella sola en su cautividad, estuvo á punto de arrojarse espontáneamente en la boca del Ogro, enloquecido por su desesperacion, y se dirigió á él con tal intento, faltando muy poco para verse triturado por los colmillos del mónstruo; pero le contuvo la esperanza, aunque lijera, de sacarla de nuevo de aquella hórrida mansion.

»Cuando el Ogro volvió por la noche á la cueva con sus ganados, y advirtió nuestra fuga que le privaba de su apetitosa cena, llamó á Lucina, causa de aquel perjuicio, y la condenó á permanecer encadenada á la intemperie sobre la cima de aquel peñasco. Norandino era testigo de los padecimientos de su amante esposa y se desesperaba por no poder proporcionarle la libertad aun á costa de su vida. El infeliz amante tenia ocasion de presenciar por mañana y tarde la afliccion y el llanto de Lucina, cada vez que, mezclado entre las cabras, iba al campo ó regresaba á la gruta; y ella le suplicaba siempre con señas que no continuara por más tiempo allí, donde su vida estaba en un continuo peligro, sin que pudiera prestarle el menor auxilio. La mujer del Ogro suplicaba tambien al Rey que se escapara, pero inútilmente, porque él continuaba negándose con insistente tenacidad á marcharse sin su esposa, creciendo su constancia más y más.

»Permaneció sumido en tanta abyeccion, incitado por el amor y la piedad, durante largos dias, hasta el momento en que llegaron á aquella roca el rey Gradaso y el hijo de Agrican, los cuales hicieron tanto con su audacia, que pusieron en libertad á la bella Lucina, si bien les ayudó la suerte más que su ingenio; y la llevaron corriendo hácia el mar; donde la entregaron á su padre, que allí la esperaba. Esta humanitaria cuanto arriesgada empresa se efectuó en las primeras horas de la mañana, mientras Norandino estaba todavia encerrado en la cueva con el ganado. Pero en cuanto se alzó del todo el velo que ocultaba el dia, y la mujer del Ogro le anunció la feliz evasion de su esposa y el modo cómo esta se habia llevado á cabo, dió á Dios fervorosas gracias, y concibió la esperanza de recobrarla, ya que estaba libre de tan miserable suerte, con la ayuda de su espada, de sus ruegos y de sus tesoros. Lleno de alegría siguió con el rebaño hasta la pradera, y esperó á que el mónstruo se tendiera sobre la yerba para entregarse al sueño; despues huyó caminando dia y noche, y cuando estuvo seguro de que el Ogro no podria darle alcance, se embarcó en Satalia y hará unos tres meses que ha llegado á Siria.

»El Rey ha hecho buscar á la hermosa Lucina por Rodas, por Chipre, por todas las ciudades y castillos de África, de Turquía y de Egipto, y hasta antes de ayer no ha podido tener la menor noticia de ella. Por fin, su suegro le ha hecho saber que acaba de llegar con ella, sana y salva, á Nicosia, despues de haber sufrido por espacio de muchos dias continuas tempestades. En celebridad y contento por tan buena noticia, prepara nuestro Rey esta espléndida fiesta, y quiere que cada cuatro lunas se haga otra igual, por serle agradable conmemorar los cuatro meses que pasó bajo la piel de un macho cabrio entre los rebaños del Ogro, de cuyo miserable género de vida se vió libre en tal dia como el de mañana.

»He sido testigo ocular de la mayor parte de cuanto os he referido: el resto lo sé por quien lo ha presenciado todo; en una palabra, por el mismo Rey, que calendas é idus permaneció allí, hasta que recobró su alegría. Si alguno niega estos pormenores, podreis decirle que está mal informado.»

En tales términos narró aquel caballero á Grifon el fundado motivo de aquella fiesta.

Embebidos con tal relato pasaron gran parte de la noche, y todos convinieron en que el Rey habia dado grandes pruebas de un amor inmenso y de una piedad sin límites. Cuando se levantaron de la mesa, pasaron á descansar en cómodos y mullidos lechos, hasta que al despuntar la aurora, serena y radiante, interrumpieron su sueño los gritos de alegría del pueblo.

Los sonidos de los clarines y atabales que recorrian las calles, convocaban á los habitantes á la plaza principal de la ciudad. Luego que Grifon oyó el ruido producido en la calle por los caballos, los carros y los mil discordantes gritos, se vistió aquella magnífica armadura, tan perfecta como no se hallaria fácilmente otra, pues la Hada blanca la templó por sí misma, haciéndola impenetrable y encantada. El vil caballero de Antioquía armóse tambien y acudió al lado de Grifon. El huésped les habia ya preparado fuertes lanzas provistas de gruesas astas, é hizo que los acompañaran algunos de sus más próximos parientes, saliendo él tambien con ellos, rodeado de numerosos escuderos de á pié y de á caballo.

Llegaron á la plaza y se mantuvieron apartados, cuidándose menos de lucir su gallardía en el terreno de la liza, que de contemplar cómo iban acudiendo uno á uno, dos á dos, tres á tres, los marciales campeones, prontos á tomar parte en las justas. Los unos indicaban en sus empresas por medio de colores artísticamente combinados, la alegría ó el quebranto que les hacian sentir sus amadas; los otros anunciaban sus triunfos ó sus reveses amorosos en los emblemas de los cascos ó de los escudos. En aquel tiempo acostumbraban los sirios armarse á semejanza de los guerreros de Occidente, cuyo uso habian adquirido probablemente de su frecuente roce con los franceses, que entonces poseian los sagrados lugares que Dios omnipotente habitó en carne mortal, y que hoy los cristianos, tan orgullosos como desgraciados, dejan en poder de los perros infieles, para su eterno baldon. En lugar de enristrar nuestras lanzas en defensa y acrecentamiento de la Santa Fé, las volvemos contra nosotros mismos, destruyendo á los ya escasos creyentes verdaderos. ¡Oh españoles, franceses, alemanes y suizos! encaminad vuestro valor y vuestros esfuerzos á más dignas conquistas, porque cuanto aquí buscais, pertenece ya á Cristo. Si los unos quereis ser llamados Católicos, y Cristianísimos los otros, ¿por qué matais á los hijos de Jesucristo? ¿Por qué les despojais de sus bienes? ¿Por qué no reconquistais á Jerusalen, que os ha sido arrebatada por los renegados? ¿Por qué consentis que el aborrecido turco sea dueño de Constantinopla y de la mejor parte del mundo?—¿No tienes, oh España, próxima á tí esa África, que te ha ofendido mucho más que esta Italia? ¡Y por asolar este país desgraciado, abandonas tu primera al par que hermosa empresa!—¡Y tú, embriagada Italia, sentina de todos los vicios, tú duermes tranquila, sin avengonzarte de ser alternativamente la esclava de aquellas naciones de quienes fuiste en otro tiempo señora!—¡Oh Suizos! Si el temor de morir de hambre en vuestras madrigueras os lanza sobre la Lombardia, y buscais entre nosotros quien os dé pan ó quien ponga término á vuestra miseria quitándoos la vida, cerca teneis las riquezas de los turcos; arrojadles de Europa, ó por lo menos de Grecia, y así podreis salir de vuestro continuo ayuno ó morir más gloriosamente en aquellos paises.—Lo que os digo á vosotros, se lo repito á vuestros vecinos los alemanes: allí están las riquezas que Constantino sacó de Roma, llevándose las mejores y regalando las restantes. No se bailan tan distantes, como querais emprender el camino, el Pactolo y el Hermus, de donde se extrae el oro; la Migdonia y la Lidia, y aquellas comarcas deliciosas tan celebradas en la Historia.—Y tú, gran Leon, á quien hace inclinar la frente el grave peso de las llaves del cielo, no dejes que la Italia continúe entregada á su pesado sueño, ya que la tienes cojida por los cabellos. Tú eres Pastor, y Dios te ha confiado el báculo, dándote al mismo tiempo un nombre temible, para que rujas, y para que, extendiendo los brazos, protejas á tus rebaños de los ataques de los lobos.

Pero ¿á dónde he ido á parar en alas de mi fantasia, que, pasando de una cosa á otra, me encuentro tan distante del camino que venia siguiendo? No creo, sin embargo, haberlo perdido hasta el punto de no saber encontrarlo. Decia que en Siria acostumbraban armarse como los franceses, y que la plaza principal de Damasco resplandecia con el brillo de los cascos y corazas. Las hermosas damas echaban desde los balcones flores encarnadas y amarillas sobre los campeones, mientras que al sonido de los clarines lucian estos su destreza, haciendo caracolear y encabritarse á sus corceles. Cada cual, fuese buen ó mal ginete, procuraba llamar la atencion, y espoleaba ó castigaba á su caballo; unos merecian vítores y aplausos; y otros excitaban las risas y la rechifla de los espectadores. El premio del torneo consistia en una armadura que habian regalado al Rey pocos dias antes, la cual se encontró casualmente en el camino un mercader, cuando regresaba de Armenia. El Rey añadió á dicha armadura una sobrevesta de un tejido finísimo, adornándola con tantas perlas, oro y piedras preciosas que su valor era inmenso. Si el Rey hubiese conocido la calidad de aquella armadura, la habria preferido á todas las que poseia, y á pesar de su generosidad y cortesía, no la hubiera ofrecido como premio al vencedor. Como seria prolijo referir quién la habia despreciado hasta el punto de dejarla abandonada en un camino á merced del primero que pasara, lo diferiré para ocasion más oportuna, y me ocuparé de Grifon.

Cuando llegó este á la plaza, ya se habian roto más de dos lanzas y cambiado algunos tajos y estocadas. Ocho caballeros de los más adictos al Rey, que les distinguia con su aprecio, jóvenes, diestros en el manejo de las armas, y todos ellos jefes ó descendientes de familias ilustres, eran los mantenedores del torneo: como tales se hallaban dispuestos á combatir durante aquel dia, uno á uno, contra todo el que se presentase, primeramente con lanza y despues con espada y maza, hasta que al Rey le pluguiera suspender la lucha. Gran destrozo se hacia de corazas; pues allí lidiaban por diversion los caballeros cual si fueran enemigos capitales, en la única diferencia de que el Rey podia separarlos cuando quisiese.

El caballero de Antioquía, el cobarde Martan, hombre sin fé, entró audazmente en la liza como si la sola compañía de Grifon le hiciera partícipe de su valor, y quedóse á un lado esperando que terminase un empeñado combate trabado entre dos caballeros. El señor de Seleucia, uno de los ocho mantenedores, estaba entonces peleando con Ombruno, y le dió en el rostro tan violenta estocada, que le mató en el acto con gran pesar de los circunstantes, que le apreciaban por su caballerosidad y por su cortesía, en que no le igualaba ningun guerrero de aquel país. Al ver Martan aquel espectáculo, tuvo miedo de que á él pudiera sucederle otro tanto; y volviendo á su cobardía acostumbrada, empezó á buscar un pretexto para huir. Grifon, que estaba á su lado y le miraba atentamente, le hizo algunas observaciones, y en vista de su ineficacia, le obligó á salir contra otro mantenedor que habia avanzado hasta el medio de la plaza, como sale el perro persiguiendo al lobo; que corriendo tras él diez ó veinte pasos, se detiene y contempla ladrando cómo rechina su enemigo los amenazadores colmillos y el fuego sombrío que arde en sus ojos; pero sin tener en cuenta que se hallaba un presencia de tantos príncipes, de gente tan escogida y de tantas damas, evitó el tímido Martan el encuentro de su adversario, y volvió riendas hácia la izquierda. Hubiera podido echar la culpa á su caballo, que á no dudarlo, cargaria tranquilamente con ella; pero cuando empuñó la espada, dió tales muestras de terror y vacilacion, que ni el mismo Demóstenes hubiera podido defenderle. Sus armas parecian de papel y no de metal; esquivaba cada golpe temiendo verse herido; por último, abandonó el combate, huyendo vergonzosamente en medio de las burlonas carcajadas del pueblo. Las palmadas, los gritos y los silbidos del populacho le persiguieron mientras corria precipitadamente hácia su alojamiento, huyendo como lobo acosado por los perros.

Quedóse allí Grifon, que, lleno de vergüenza, se consideraba deshonrado por la cobardía y vilipendio de su compañero: hubiera preferido verse rodeado de llamas á encontrarse en aquel sitio. La afrenta de Martan abrasaba su corazon, y le salia al rostro, como si la hubiese él recibido, suponiendo que el pueblo le comparaba á aquel: creia por lo tanto indispensable que resplandeciera su valor en todo su brillo, ya que el más insignificante error ó la menor debilidad se exagerarian desmesuradamente en contra suya, á consecuencia de la mala impresion que pesaba en el ánimo de todos. Apoyó, pues, la lanza en el muslo, confiado en la seguridad con que manejaba las armas; lanzó su caballo á toda brida y la enristró á la mitad de la carrera, cayendo impetuosamente sobre el baron de Sidonia, á quien derribó del primer bote. Todos se pusieron en pié asombrados, pues esperaban precisamente lo contrario.

Recogió Grifon su lanza, que no se habia roto con aquel golpe, y la hizo pedazos contra el escudo del Señor de Laodicea, á quien hizo caer de espaldas sobre la grupa del caballo; pero que despues de haber oscilado tres ó cuatro veces, consiguió erguirse, empuñó la espada, revolvió el caballo, y se lanzó sobre Grifon. Sorprendido este al ver á su contrario montado todavia, y que el encuentro anterior no habia bastado para derribarle, dijo entre sí:—«Lo que no pudo la lanza lo hará la espada con cinco ó seis golpes.»—Y descargó sobre la cabeza de su adversario tal cuchillada que parecia caida de las nubes, y tras de aquella otra y otra, hasta que logró aturdirle y arrancarle de la silla.

Entre los mantenedores estaban dos hermanos de Apamea, llamados Tirso y Corimbo, que siempre habian salido vencedores en los torneos; pero ambos cayeron entonces bajo los golpes del hijo de Olivero. El uno fué al suelo del primer bote; el otro cedió á la espada de Grifon. Los espectadores estaban ya unánimes en concederle el premio de la victoria, cuando entró en la liza Salinterno, caballerizo mayor y mariscal de la corte, primer ministro del Rey y además guerrero esforzado. Juzgando vergonzoso que un campeon extranjero consiguiese el galardon ofrecido, cogió una lanza, salió al encuentro de Grifon, y le retó con altaneras amenazas; pero nuestro héroe, por toda contestacion eligió una lanza de entre otras diez que le presentaron, y á fin de no errar el golpe, la dirigió contra el escudo de su contendiente, y atravesándole este, la coraza y el pecho, hizo que penetrara el agudo hierro entre costilla y costilla, subiendo más de un palmo por la espalda. Aplaudió su caida la multitud porque para todos, excepto para el Rey, se habia hecho odioso Salinterno á causa de su avaricia.

Despues de estos, Grifon hizo medir el suelo á Ermofilo y Carmondo, ambos de Damasco: el primero era general de los ejércitos reales; el segundo gran almirante de la Siria: el uno fué lanzado de la silla al primer encuentro, y el otro cayó debajo de su corcel, que no pudo sostener la impetuosa arremetida del valiente Grifon. Quedaba todavia el Señor de Seleucia, el mejor guerrero de los ocho mantenedores, á cuyo arrogante aspecto iba unida la excelencia de sus armas y la bondad de su palafren. Uno y otro procuraron herirse en la visera del almete; pero el golpe de Grifon fué dirigido con más violencia que el del pagano, á quien hizo perder el estribo izquierdo. Ambos arrojaron los trozos de las lanzas y se atacaron con nuevo ardor espada en mano. Grifon fué el primero en asestar con la suya á su adversario un golpe, capaz de partir un yunque, haciendo volar en pedazos el escudo de hierro y hueso que aquel habia elegido entre otros mil; y á no haberle resguardado su fina y bien templada armadura, probablemente le habria atravesado el muslo. Casi al mismo tiempo descargó el Señor de Seleucia una cuchillada sobre el casco de Grifon con tal violencia, que gracias á estar encantado, como sus demás armas, no salió abierto ó roto. El pagano perdia el tiempo inútilmente, porque, á pesar de su vigoroso brazo, no conseguia atravesar aquella durísima armadura, mientras Grifon iba agujereando por muchas partes la del infiel, pues no daba golpe en vago. Todos los circunstantes conocian la ventaja que el guerrero cristiano llevaba sobre el señor de Seleucia, por lo cual estaban convencidos de que si el Rey, haciendo uso de su derecho, no los separaba, moriria el segundo á manos del primero. Norandino ordenó, pues, á su guardia que entrase en el palenque á impedir que continuase tan encarnizada pelea: hízose así, y el público aplaudió la acertada disposicion del monarca.

Los ocho mantenedores, que estaban dispuestos pocos momentos antes á medir sus armas con todos los campeones del mundo, y que, sin embargo, no habian podido resistir á uno solo, fueron saliendo del palenque uno á uno, despues de haber cumplido tan mal con su cometido. Los guerreros que habian acudido á tomar parte en la liza se retiraron tambien al ver que ya no tenian con quien pelear, por haber hecho Grifon solo lo que todos ellos debian hacer contra los ocho. Así es que aquella fiesta duró tan poco que concluyó en menos de una hora; pero Norandino, deseoso de continuarla y aun prolongarla hasta la tarde, salió de su palco, é hizo despejar el palenque; dividió luego en dos secciones su numerosa comitiva, segun el rango y las proezas de los caballeros que la componian, y dió principio á una justa nueva.

Grifon habia vuelto entre tanto á su morada, lleno de cólera y saña, más avergonzado de la afrenta que le hiciera sufrir Martan, que satisfecho del lauro alcanzado con su victoria. El villano Martan, secundado del mejor modo posible por la astuta y engañosa Origila, tenia ya preparadas mil ingeniosas mentiras para disculpar el oprobio que le rodeaba. Diera el jóven ó no crédito á su palabra, es el caso que admitió discretamente aquellas disculpas; pero dispuso por su bien que inmediatamente saliesen de la ciudad con gran sigilo, temiendo que el populacho no pudiera permanecer tranquilo si llegaba á ver á Martan. En su consecuencia, echaron á andar por calles tortuosas y solitarias, y traspusieron en breve las puertas de la ciudad.

Apenas habian andado dos millas, cuando Grifon se detuvo en una posada, bien fuese porque él ó su caballo estuviesen fatigados, ó porque le rindiera el sueño. Quitóse el yelmo y todas sus demás armas; hizo que despojasen á su caballo de la silla y de la brida, y despues se encerró solo en un cuarto, acostándose enteramente desnudo. Apenas reclinó la cabeza en la almohada, cuando se cerraron sus ojos, y le sorprendió el sueño tan profundamente como nunca pueden haber dormido los tejones ni los lirones.

Martan y Origila, retirados á un jardin contiguo, urdieron la trama más original que caber pueda en cabeza humana. Determinó el primero apoderarse del corcel y de las armas y vestiduras que se habia quitado Grifon, y regresar á Damasco para presentarse á Norandino; fingiendo ser el caballero que habia dado tantas pruebas de valor en las justas. Al proyecto siguió la ejecucion, y poniéndose la armadura, la sobrevesta, la cimera, el escudo y todas las prendas de Grifon, montó en su caballo mas blanco que la leche. Poco despues se presentó en la plaza, donde aun se hallaba reunido el pueblo, seguido de Origila y de varios escuderos, y llegó en el momento en que concluian los simulacros á espada y lanza. El Rey habia ordenado que se buscara al caballero de las blancas plumas, de blancas vestiduras y caballo blanco, deseoso de saber el nombre del vencedor. Aquel infame, que cual el asno de la fábula disfrazado con la piel del leon, se ocultaba bajo un arnés que no era el suyo, no bien supo, como esperaba, que llamaban al vencedor, se presentó á Norandino, suplantando á Grifon. El bondadoso Rey se levantó apenas le vió ante sí, le besó, le estrechó entre sus brazos, y lo colocó á su lado: no pareciéndole suficientes sus alabanzas particulares, y queriendo que su valor llegase á noticia de todos, le hizo proclamar, al sonido de los clarines, como el vencedor del torneo de aquel dia. El nombre indigno de Martan, pronunciado en alta voz, recorrió velozmente todos los ámbitos de la plaza. Norandino quiso que fuera cabalgando á su lado en el tránsito al palacio, y le agasajó tanto y de tan diferentes modos, que tal vez hubiera prodigado menos honores al mismo Hércules ó á Marte. Designóle un magnífico y suntuoso aposento en su regio alcázar, y al mismo tiempo hizo prodigar grandes honores á Origila, á cuyo servicio puso los más nobles caballeros y donceles de su servidumbre.

Mas tiempo es ya de que volvamos al confiado Grifon, que léjos de sospechar el menor engaño por parte de sus compañeros ni de otro cualquiera, se habia dormido, y no despertó hasta la tarde. Así que se hubo levantado y conoció que el Sol iba á terminar su carrera, pasó presuroso de su cuarto al en que habia dejado á su falso cuñado con la artera Origila; pero como no los encontrara en él y observara que no estaban allí sus ropas ni sus armas, concibió algunas sospechas, que se confirmaron al ver las de Martan en vez de sus vestiduras. Interrogado el huésped por Grifon, le manifestó que hacia ya rato que el caballero de las blancas armas habia regresado á la ciudad en compañía de la dama y de sus escuderos. Poco á poco fué cayendo el velo que Amor habia corrido hasta aquel dia sobre sus ojos, y se convenció, con gran dolor, de que Martan era, no el hermano de Origila, sino su adúltero amante. Entonces empezó á lamentarse, aunque en vano, de su insensatez, y de que, habiendo sabido la verdad por boca del peregrino, fué tan necio que dió crédito á las palabras de la que tantas veces le habia engañado.

Cuando habia podido vengarse, no supo aprovechar la oportunidad: pero á la sazon se decidió á castigar á su fugitivo rival, aun cuando para ello se vió obligado, por su mal, á hacer uso de las armas y del caballo de aquel infame. Mejor hubiera hecho en marchar desnudo que en vestirse la indigna coraza, embrazar el abominable escudo y poner en el yelmo la enseña escarnecida de Martan; pero el rabioso deseo que sentia de perseguir á la meretriz y á su cómplice, no le dió lugar á reflexionar.

Llegó á las puertas de Damasco cuando apenas quedaba una hora de dia. No léjos de la puerta hácia la que se adelantaba Grifon, elevábase á la izquierda un espléndido castillo, más adornado, bello y cómodo que fuerte y á propósito para la guerra. El Rey, los señores y los principales caballeros de la Siria, en compañía de hermosas y elevadas damas, celebraban en aquella agradable morada un suntuoso y placentero festin. Los balcones de la estancia donde este tenia efecto dominaban las murallas, y desde ellos se descubrian extensas campiñas y los diferentes caminos que conducian á la ciudad; por lo cual, tanto el Rey como toda la corte vieron á Grifon por desgracia suya, cuando llegó cerca de la puerta, cubierto con aquellas armas vilipendiadas y escarnecidas; y tomándole todos por el cobarde caballero á quien estas pertenecian, prorrumpieron en burlonas carcajadas.

Martan estaba sentado á la derecha del Rey, distincion que el monarca le concedió en prueba de su aprecio, y á su lado su digna querida. Norandino les preguntó con semblante risueño el nombre de aquel cobarde, tan poco celoso de su honra, que se atrevia á presentarse con tal altivez, despues de haber dado tristes y vergonzosas pruebas de su falta de valor.

—No puedo explicarme, añadió el monarca, cómo siendo vos un guerrero tan digno y esclarecido, tengais por compañero al hombre mas villano de todo el Oriente. ¿Lo habeis traido acaso para que brille más vuestro valor al compararlo con el suyo? Os juro, sin embargo, por los eternos Dioses, que si no fuera por consideracion á vos, le castigaria tan ignominiosamente como suelo castigar á los que se le parecen, y le haria conservar un recuerdo indeleble de lo mucho que aborrezco á los cobardes; pero sepa que si se va impune, debe agradecerlo á vos y solo á vos, en cuya compañía ha venido.

Martan, que siempre fué el receptáculo de todos los vicios, le contestó:

—Alto y esclarecido Señor; no podré deciros quién sea ese caballero, á quien encontré casualmente en el camino de Antioquía. Por su talante me pareció digno de mi compañía, pues no habia tenido noticia ni presenciado hasta ahora más hazaña suya que la proeza, bien triste por cierto, que ha llevado hoy á cabo; la cual me desagradó tanto, que me faltó poco para castigar su extraordinaria bajeza, poniéndole en estado de no volver á manejar lanza ni espada; y si algo me contuvo, fué tan solo el respeto al sitio en que me hallaba y el que debia á Vuestra Majestad. Pero como no pretendo que le sirva de mérito la circunstancia de haber sido mi compañero por uno ó dos dias, con la que me considero deshonrado, confieso que me pesaria eternamente verle partir ileso de entre nosotros, con mengua de la noble profesion de las armas: así es que la mayor satisfaccion que podreis darme será la de mandarle colgar de una almena, en vez de dejarle marchar libremente, cuyo castigo digno y saludable servirá de escarmiento y ejemplo á los cobardes como él.

Origila se apresuró á apoyar sin ningun género de vacilacion las palabras de Martan; pero el Rey contestó:

—En mi concepto, no es su conducta tan punible, que merezca por ella perder la vida. Así, pues, en castigo de su grave falta, solo quiero proporcionar una nueva diversion al pueblo.

Y llamando á uno de sus caballeros, le mandó ejecutar lo que habia resuelto.

El caballero comisionado escogió algunos soldados, y se dirigió con ellos á la puerta de la ciudad, donde los apostó sigilosamente esperando la llegada de Grifon; y apenas se presentó este, cuando se echaron sobre él tan de improviso, que le cogieron á mansalva entre los dos puentes, y con befa y escarnio le encerraron en un oscuro calabozo, en el que pasó toda la noche.

Apenas el Sol habia desplegado su dorada cabellera fuera del seno de la antigua madre, y empezaba á expulsar las sombras de las playas y á iluminar las cumbres de los montes, cuando temeroso Martan de que el audaz Grifon hiciese oir la verdad y recaer la culpa en quien la tenia, pidió licencia al Rey para alejarse, y emprendió su marcha, dando por pretexto razonable la repugnancia á presenciar el castigo preparado. El bondadoso Norandino le habia dado ricos presentes además del premio del torneo, y especialmente un escrito en que se le concedian los mayores honores y privilegios. Dejémosle marchar; que yo os prometo que no tardará en alcanzar la recompensa de sus infamias.

Grifon fué sacado á la vergüenza hasta la plaza, cuando más llena estaba de gente. Despues de quitarle el yelmo y la coraza, le habian vestido para mayor ignominia un justillo ridículo; y como si le condujeran á la picota, le colocaron en una gran carreta, arrastrada con paso lento por dos vacas hambrientas y estenuadas. En derredor de tan innoble carro se amontonaban hediondas viejas y descaradas prostitutas, que dirigian alternativamente su marcha, prodigando á Grifon las más mordaces injurias. Mayor era el aprieto en que le ponian los muchachos; porque, además de dirigirle espresiones denigrantes, le habrian muerto á pedradas, si algunas personas más sensatas no lo hubiesen impedido. Las armas que fueron causa de su mal, por haber dado lugar á que se le equivocara con Martan, iban atadas á la zaga de la carreta, y arrastrando por el suelo, sufrian por el lodo el suplicio merecido.

Detúvose la carreta delante de una especie de tribunal, donde oyó Grifon la ignominiosa sentencia que se le aplicaba por culpas ajenas, y despues que le fué leida en particular, la publicó un pregonero con desaforados gritos. Desde allí le fueron exponiendo á la curiosidad del pueblo delante de todos los templos, de los edificios públicos y de las principales casas, donde no quedó epíteto denigrante, vergonzoso y soez que no se le dirigiese. Por último, las turbas le condujeron fuera de la ciudad, creyendo que sus dicterios y sus rechiflas bastarian para que no tuviera ganas de volver jamás á ella; pero mal conocian con quien tenian que habérselas, porque así que le desligaron los piés y se vió en libertad entrambas manos, se apoderó Grifon del escudo y de la espada que iban arrastrando por el suelo, y como aquel grosero populacho estaba completamente desarmado... Pero aplazaré lo que siguió para el otro canto; pues ya es tiempo, Señor, de terminar este.

Canto XVIII

Grifon venga su afrenta.—El Rey de Argel va en busca de Mandricardo.—Cárlos vuelve á combatir y vence.—-Martan es castigado por su cobardía.—Marfisa vence á las gentes de Norandino: despues pasa á Francia con Grifon y otros guerreros; durante su navegacion sobreviene una tempestad.—Cloridano y el leal y apuesto Medoro encuentran el cadáver de su rey Dardinelo.

Magnánimo señor: con razon sobrada he alabado y alabo todas vuestras acciones; si bien mi estilo áspero, rudo y poco á propósito les arrebata gran parte de su gloria. Entre todas las virtudes que os adornan hay, sin embargo, una, que aplaudo en particular con el corazon y con los labios: esta consiste en que si á todos prestais benévola atencion escuchando sus palabras, ninguno puede engañaros fácilmente. Con frecuencia os he oido alegar una y más escusas en defensa de una persona ausente á quien se haya vituperado en vuestra presencia, ú os he visto suspender el juicio que sobre ella deberiais haber formado hasta que pudiera sincerarse por sí misma. Por eso antes de pronunciar vuestro fallo habeis querido ver frente á frente al acusado, escuchar las razones que alega en su defensa, y hasta aplazar por meses y años la sentencia antes que dictarla con perjuicio de otros.

Si Norandino obrara con igual mesura, no habria tratado á Grifon como lo hizo; por lo cual, mientras vuestra prudencia esquisita os ha grangeado una fama tan justa como imperecedera, él denigró extraordinariamente la suya. La impremeditacion de Norandino fué causa de la matanza que se siguió á la afrenta hecha á Grifon; pues este guerrero, en menos de diez tajos y otras tantas estocadas que descargó lleno de cólera, derribó treinta víctimas en derredor del carro. Asustado el populacho empezó á dispersarse, huyendo por los caminos. Muchos de los fugitivos procuraron penetrar en la ciudad, cayendo en su precipitacion unos sobre otros. Grifon, sin prorumpir en una amenaza, sin decir una sola palabra, acuchillaba á las turbas inermes, y olvidando toda compasion, tomaba una venganza sangrienta de su insulto.

Una parte de los que consiguieron llegar á la puerta, merced á la celeridad de sus piernas, levantaron de improviso el puente levadizo, más atentos á su propia seguridad que á la de todos; los restantes, pálidos y llorosos, continuaron huyendo sin atreverse siquiera á volver atrás el rostro, haciendo resonar por todas partes sus lamentos, y produciendo un ruido y un tumulto espantosos. En el momento en que alzaron el puente, alcanzó Grifon á dos de los que por su desgracia quedaron fuera de él: al uno le estrelló contra una dura piedra la cabeza, cuyos sesos se desparramaron por el campo; cogió al otro por la cintura, y lo arrojó por encima de los muros al interior de la ciudad. Cuando los habitantes de Damasco vieron aquel hombre que caia del cielo, sintieron circular por sus huesos el frio de la muerte, por creer que el terrible Grifon habia atravesado de un salto las murallas. Un asalto que hubiese dado á Damasco el Soldan de Egipto no produciria seguramente mayor confusion. El choque de las armas, las corridas de las personas, los gritos penetrantes y los sonidos mezclados de clarines y atabales llenaban el espacio y repercutian hasta en los cielos. Pero me parece conveniente dejar para otra ocasion el término de esta aventura, y pasaré á ocuparme del buen rey Cárlos, á quien dejé acometiendo á Rodomonte, que exterminaba á sus gentes.

Dije que el Rey iba acompañado del gran Danés, Namo, Olivero, Avino, Avolio, Oton y Berlingiero. Ocho botes de lanza, dirigidos por estos ocho guerreros con toda su fuerza, se embotaron en la escamosa coraza que defendia el pecho del cruel mahometano: Rodomonte se irguió rápidamente despues de haber sostenido aquel choque, capaz de arrancar un monte de su base, cual se eleva un buque cuando el nauta le va orzando lentamente ante la impetuosidad del viento. Formando un círculo en torno del arrogante sarraceno estaban Guido, Raniero, Ricardo, Salamon, el traidor Ganelon, el leal Turpin, Angioliero, Angiolino, Hugo, Ivan, Marco y Mateo del llano de San Miguel, los ocho de que antes hice mencion, y Arimano y Odoardo de Inglaterra, que habian entrado en la ciudad poco antes. No se estremecen tanto los elevados muros de la sólida fortaleza fundada sobre los peñascos de los Alpes, cuando la furia del Boreas ó del Garbino arranca los fresnos y los abetos de las montañas, como se estremeció de cólera y de orgullo el Sarraceno, ébrio de furor y sediento de sangre: tan rápidas como el rayo y la saeta fueron su ira y su venganza.

Descargó una cuchillada sobre el que tenia más cerca, que fué el desgraciado Hugo de Dordoña, y lo derribó con la cabeza hendida hasta los dientes, á pesar del buen temple de su yelmo. A su vez recibió Rodomonte un diluvio de golpes en todo el cuerpo, pero producian el mismo efecto que el que produce una aguja en un yunque: tan impenetrables eran las escamas de su coraza. En breve quedaron desamparados todos los reductos y la ciudad entera; porque los soldados se dirigieron en tropel á la plaza, donde era más necesario su esfuerzo para acudir en auxilio de Cárlos. Aquellos hombres que poco antes huian despavoridos, corrian ahora por todas las calles hácia la plaza; pues la presencia del Rey les infundia tal ánimo, que cada cual sentia renacer su valor, y empuñaba con nuevo ardor las armas.

Cuando en algunas ocasiones, por ofrecer una diversion al pueblo, suele encerrarse un indómito toro en la reforzada jaula de una leona acostumbrada á reñir, los cachorros de esta, al ver agitarse al toro con la cabeza erguida y mugiendo, y asustados por las prolongadas astas, se recogen á un lado tímidos y confusos; pero si su fiera madre se lanza sobre su adversario y le clava en las orejas los afilados dientes, quieren á su vez hacer correr la sangre y acuden atrevidos en socorro de la leona, mordiendo al toro, unos en el lomo, y otros en el vientre. Imitando á los cachorros de la leona, empezaron á descargar los parisienses sobre el pagano una verdadera y espesa lluvia de proyectiles, dirigidos desde las azoteas, desde las ventanas y aun desde más cerca. Apenas cabian en la plaza los infantes y ginetes que en ella se aglomeraron; las turbas que acudian por todas partes parecian enjambres de abejas; y eran tan numerosas, que aun cuando, por estar desarmadas y casi desnudas, seria más fácil acuchillarlas que tronchar una col, no habria podido Rodomonte exterminarlas en veinte dias aunque formaran un solo grupo.

El pagano empezaba á arrepentirse de su temeridad, por no saber cómo salir de aquel apuro. A pesar de que enrojecia el suelo la sangre de más de mil enemigos, no se notaba disminucion en estos; abrumábale el cansancio y respiraba ya difícilmente; por lo cual comprendió al fin, que si no se apresuraba á escapar mientras conservaba algun vigor y permanecia ileso, podria sucederle muy bien que cuando quisiera huir ya no le fuese posible. Dirigió en su derredor horribles miradas, y observó que por todas partes tenia cerrada la salida; pero se decidió á abrirse camino por entre los cadáveres de sus adversarios; y esgrimiendo con furia su tajante espada, acometió aquel impío á la hueste británica, que acababa de llegar al mando de Odoardo y Arimano. El que haya visto la terrible dispersion que causa el embravecido toro, acosado en la plaza por los perros, y estimulado ó herido todo el dia por la apiñada muchedumbre que se agita en torno de las barreras, cuando rompiendo la valla, acomete furioso á la aterrada turba, y engancha á unos y otros con sus cuernos, puede pensar que el aspecto del cruel africano cuando acometió á sus enemigos, fué semejante al de la fiera, ó más terrible. Cortó de través por medio del cuerpo á quince ó veinte; hizo volar las cabezas de otros tantos, sin emplear para cada uno más que un solo golpe, bien ó mal dirigido: no parecia sino que estuviese podando vides ó ramas de árboles. Por último, dejando á su paso cabezas hendidas, brazos cortados, y hombros piernas y otros miembros esparcidos por el suelo, consiguió abrirse un camino para escapar.

Su retirada, empero, no podia calificarse de fuga; pues conservando su valor, y sin dar la menor muestra de espanto, se puso á considerar cuál seria el camino más seguro para salir de la ciudad. Llegó al fin al sitio por donde el Sena se desliza junto á la isla interior y sale de la poblacion por debajo de las murallas. Cual generoso leon que, perseguido al través de los bosques númidas ó masilios, se muestra arrogante y valeroso en su fuga, y se interna en la selva pausado y amenazador, así Rodomonte, siempre altivo, animoso siempre, atravesó por entre un bosque terrible de lanzas, espadas y venablos, y con lento y seguro paso, aproximóse al rio y se tiró á él. Era tanto, sin embargo, lo que le excitaba su saña, que á pesar de encontrarse fuera del alcance de sus enemigos, volvió varias veces á atacarlos y á teñir en sangre su espada, haciendo morder el polvo á un centenar de ellos; pero al fin la razon venció á la cólera; suspendió aquella carnicería cuyo olor llegaba hasta el cielo; y se arrojó al agua, librándose así de tanto peligro, y nadando completamente armado, como si estuviese provisto de aletas.

¡Oh África! Por más que te envanezcas de haber sido cuna de Anteo y de Anibal, no ha visto en tu seno la luz ningun guerrero que á Rodomonte pueda compararse! Apenas llegó á la orilla opuesta, se arrepintió de dejar á sus espaldas aquella ciudad, que recorriera en toda su extension, sin incendiarla ó destruirla por completo; y sentíase tan inflamado por la soberbia y la ira, que estuvo á punto de penetrar nuevamente en su recinto, y por largo rato la contempló gimiendo y suspirando, sin poder decidirse á abandonarla hasta arrasarla enteramente; pero, en medio de su insensato furor, vió venir por la orilla del rio á quien logró extinguir el odio y paralizar la ira. Pronto os diré quién era este, pero antes he de tratar de otro asunto.

Debo ocuparme de la altanera Discordia, á quien el arcángel Miguel habia dado el encargo de suscitar querellas y combates entre los guerreros más valientes que rodeaban á Agramante. La Discordia se separó de los frailes aquella misma tarde, despues de haber recomendado al Fraude que ocupara su puesto en el convento, y que procurara mantener vivos el desórden y la desunion entre los monges hasta su regreso. Considerando que la compañía de la Soberbia seria de mucha utilidad para su empresa, le dijo que la siguiera, pues como habitaban juntas en el mismo monasterio, no tuvo que andar mucho para buscarla. La Soberbia consintió en ello, pero no se alejó sin dejar quien la sustituyese en el convento; y como supuso que su ausencia duraria pocos dias, eligió á la Hipocresia por su lugarteniente.

Pusiéronse, pues, en marcha la implacable Discordia y la Soberbia, y en el camino encontraron á los afligidos y desconsolados Celos, que, como ellas, se dirigian al campo sarraceno, acompañados de un diminuto enano, enviado por la bella Doralicia para que refiriera al rey de Sarza su aventura. Cuando Doralicia cayó en poder de Mandricardo, segun os he referido en otro lugar, encargó sigilosamente al enano que fuese á dar la noticia de su rapto á aquel rey, esperando que no llegaria á sus oidos en vano, y que pronto daria nuevas y admirables pruebas de su pujanza, rescatándola de las manos del ladron que de tal modo la habia arrebatado y vengándose cruelmente de él. Los Celos encontraron al enano, y una vez conocido el motivo de su viaje, se pusieron á caminar á su lado, suponiendo que tendrian que intervenir para algo en aquella cuestion. Muy grato le fué á la Discordia su encuentro con los Celos; pero mucho más cuando supo la causa de su ida al campo mahometano; pues su auxilio le podria servir de mucho para el logro de sus planes. Teniendo ya un excelente medio para enemistar al hijo del rey Agrican con Rodomonte, solo le faltaba encontrar otro para desunir á los demás jefes.

Encamináronse con el enano al sitio donde la garra del terrible pagano se habia clavado en París, y llegaron á la orilla del rio en el momento en que Rodomonte salia de él á nado. En cuanto conoció el sarraceno al mensajero de su amada, dominó su cólera, serenó su frente y se sintió inflamado de nuevo valor, esperando oir alguna noticia agradable; pues estaba muy léjos de sospechar el ultraje que se le habia inferido. Adelantóse al encuentro del enano y le preguntó alegremente:

—¿Qué nuevas me traes de nuestra Doralicia? ¿Dónde te envia?

El enano respondió:

—No puede llamarse tuya ni mia la dama que de otro es sierva. Ayer encontramos en el camino á un caballero, que nos la arrebató y se la llevó consigo.

Apenas profirió el enano estas palabras, se adelantaron los Celos, frios cual la serpiente, y se abrazaron al infiel. El enano continuó su narracion, y refirió cómo un solo caballero se habia apoderado de la doncella, exterminando á cuantos la custodiaban. La Discordia cogió entonces el pedernal y el eslabon, sacó algunas chispas, y aplicando la yesca encendida á la Soberbia, produjo en un momento un fuego abrasador, con el que incendió de tal modo el corazon de Rodomonte, que estuvo á punto de consumirle. El sarraceno rugió de cólera, y con rostro descompuesto y horrible prorumpió en amenazas contra el cielo y los elementos. Como la tigre que al descender desde la montaña á su vacia guarida, empieza á registrarla por todas partes, y comprendiendo al fin que le han sido arrebatados sus hijuelos, se siente acometida de tal furor, tanta rabia y frenesí tan grande, que no la detienen los montes, los rios, ni las tinieblas de la noche, y ni el cansancio, ni el granizo son bastantes á refrenar el odio que la lleva en pos del cazador, así tambien Rodomonte, poseido de frenética ira, se volvió hácia el enano, y diciéndole: «Sígueme», echó á andar sin añadir una sola palabra y sin esperar á proporcionarse un corcel ó un carro. Caminaba con más velocidad que el lagarto cuando atraviesa un camino abrasado por los rayos del Sol. Como carecia, de caballo, se propuso apoderarse del primero que encontrara, de quien quiera que fuese. No bien hubo adivinado la Discordia este pensamiento, cuando miró sonriéndose á la Soberbia, y le dijo que queria ir á buscar un corcel que fuese causa de nuevas querellas y nuevas contiendas para el sarraceno, así como despejar todo el camino, á fin de que no se presentara en él más caballo que el que ella designara; pues ya habia calculado dónde encontrarlo. Pero dejemos á Rodomonte y volvamos á Cárlos.

Despues de la retirada del sarraceno, consiguió Carlomagno dominar el incendio que por todas partes le rodeaba, y en seguida reorganizó sus soldados, colocando guardias en los sitios que ofrecian más débil resistencia. Lanzó los restantes sobre los sarracenos, decidido á terminar de una vez la pelea, y dispuso una salida simultánea por todas las puertas, desde la de San German hasta la de San Víctor, con órden de dirigirse todos al fronte de la puerta de San Marcelo, donde habia una extensa llanura, y de que estas distintas divisiones se esperasen unas á otras, hasta formar un solo cuerpo. En seguida, animando con la voz á sus guerreros y excitándoles á que dieran pruebas tales de su bravura, que se conservara eterno recuerdo de ellas, hizo que los diferentes escuadrones emprendieran la marcha, dando la señal del ataque.

Entre tanto, el rey Agramante habia vuelto á montar á caballo, no obstante los esfuerzos de los cristianos para impedirlo, y trabó un terrible y descomunal combate con el amante de Isabel. Lurcanio, por su parte, cambiaba furiosos golpes con el rey Sobrino; y Reinaldo acometia intrépidamente á un escuadron entero, al que arrollaba, destrozaba y ponia en fuga, ayudado por la fortuna tanto como por su valor. En tal estado se hallaba la batalla, cuando el Emperador atacó la retaguardia de los moros por el sitio en que ondeaba la enseña del rey Marsilio, en torno de la cual se hallaba reunido lo más escogido de los guerreros españoles. Con la infanteria en el centro, y en los flancos la caballeria, dió Cárlos la señal de ataque á sus animosos soldados, acompañado de un horrísono estruendo de clarines y tambores que hasta el cielo retumbaba. Las huestes sarracenas empezaron á batirse en retirada, y hubieran emprendido la huida destrozadas, diseminadas y deshechas, para no volver á reunirse más, si no se hubiesen presentado el rey Grandonio y Falsiron, que más de una vez se habian visto en mayores apuros, acompañados de Balugante, del feroz Serpentin y de Ferragús, que decia á sus soldados con voz estentórea:

—Valerosos guerreros, compañeros, hermanos mios: manteneos firmes, y los enemigos verterán toda su sangre, como no faltemos á nuestro deber. ¡Pensad en la gloria, en el botin inmenso que la fortuna nos depara hoy, si somos vencedores! ¡Pensad tambien en la vergüenza y en la desgracia que nos afligirá eternamente si salimos vencidos!

Diciendo esto, cogió una lanza enorme y cayó sobre Berlingiero, que se estaba batiendo con Argalifa, y ya le habia hecho pedazos el casco: derribóle en tierra, y desnudando la espada, hizo caer otros ocho en su derredor. Cada uno de sus golpes arrojaba de la silla por lo menos á un enemigo. En otra parte, Reinaldo hacia tal matanza de paganos, que me seria imposible calcular su número: donde él se hallaba, no lograban rehacerse sus contrarios, que le hacian ancha plaza. Zerbino y Lurcanio peleaban con iguales brios, distinguiéndose de modo que su nombre circulaba de boca en boca por el campo de batalla: este habia muerto de una estocada á Balastro, jefe de las tropas de Alzerbe, mandadas poco tiempo antes por Tardoco; aquel habia hendido el yelmo de Finaduro, que iba al frente de los soldados de Zamor, Saffi y Marruecos. Pero podrá decírseme: ¿no existia, por ventura, entre los africanos un solo caballero que supiera manejar la lanza ó la espada? Paciencia, que á ninguno privaré de la gloria que haya adquirido.

No dejaré sepultado en el olvido al rey de Zumara, el noble Dardinelo, hijo de Almonte, que derribó con su lanza á Huberto de Milford, Claudio del Bosco, Elio y Dulfin del Monte, y con la espada á Anselmo de Strattford y á Raimundo y Pinamonte de Lóndres, y eso que eran de los más vigorosos. Dos de ellos quedaron sin sentido, uno herido y muertos los cuatro restantes. Mas, á pesar del brillante valor de que daba pruebas, no pudo conseguir que sus soldados resistieran al ímpetu de los nuestros, menos numerosos en verdad, pero tambien más valientes, más expertos en el manejo de las armas y mucho mejor disciplinados y equipados: así es que los moros de Zumara, de Ceuta, de Marruecos y de Canarias emprendieron la fuga, y en especial los de Alzerbe, á quienes se opuso el noble jóven, procurando reanimarlos, ya con sus ruegos, ya con palabras duras.

—Ahora veremos si Almonte mereció que respetárais su memoria, les dijo; ahora veré tambien si sois capaces de abandonarme á mí, á su hijo, en medio de tan gran peligro. Deteneos; os lo ruego en nombre de mi juvenil edad, en la que habeis fundado toda vuestra esperanza. ¿Preferireis acaso morir sin defenderos, y que no vuelva ni uno solo de nosotros al África? Si no permanecemos estrechamente unidos, todos los caminos se nos cerrarán; porque al regresar separados, tropezaremos con las montañas, que cual elevados muros nos rodean, y con el proceloso mar, que es un foso demasiado ancho. Mucho mejor es perecer aquí, que entregarse á merced de esos perros. Por Dios, amigos mios, conservad vuestro ánimo; porque cualquiera otra determinacion es inútil, y debeis además considerar que nuestros enemigos no tienen más alma, más vida, ni más brazos que nosotros.

Diciendo estas palabras, el vigoroso jóven acometió al conde de Athol y le dió la muerte.

El recuerdo de Almonte reanimó de tal modo el valor del ejército africano, antes fugitivo, que juzgó mejor defenderse á todo trance, que volver las espaldas. Guillermo de Burnick sobresalia entre todos los guerreros ingleses de toda la altura de su cabeza: le atacó Dardinelo y se la cortó de un solo tajo, igualando así su estatura á la de los otros. Despues hizo lo mismo con Aramon de Cornouailles, cuyo hermano corrió á prestarle auxilio; pero Dardinelo le hendió desde los hombros hasta donde termina el estómago: en seguida atravesó el vientre á Bogio de Vergalle, dispensándole con esto de cumplir la promesa que á su esposa habia hecho de regresar á su lado vencedor al cabo de seis meses. El gallardo Dardinelo divisó no muy léjos á Lurcanio, que habia tendido á sus piés á Dorquin con la garganta atravesada, y á Gardo con la cabeza hendida hasta los dientes, y acababa de inmolar á Alteo, que quiso huir, pero lo hizo con demasiada lentitud, pues alcanzándole el guerrero escocés, le asestó un golpe en la nuca que le causó la muerte. Al ver el africano tendido á Alteo, á quien amaba tanto como á si propio, cogió una lanza y corrió á vengarle, ofreciendo á Mahoma (dado caso de que le pudiera oir), que si lograba vencer á Lurcanio, colgaria como ofrenda su armadura en la mezquita del falso profeta. Atravesando como un relámpago el espacio que del cristiano le separaba, le dió en un costado tan violento bote de lanza, que le pasó de parte á parte, mandando á sus soldados que le despojaran de sus armas.

Juzgo inútil describir el dolor que sintió Ariodante por la pérdida de su hermano, así como manifestar los deseos que tuvo de enviar por su propia mano el alma de Dardinelo á los infiernos. Pero la apiñada multitud de moros y cristianos no le dejó el paso franco. Anhelaba una pronta venganza, y para satisfacerla procuraba abrirse un camino sangriento con la espada. En su furor arrollaba, aterrorizaba, ponia en fuga, heria ó exterminaba á cuantos salian á su encuentro ó le hacian frente. Dardinelo, conociendo los deseos de Ariodante, se esforzaba por su parte en allanarle el camino para realizarlos, aunque en vano, porque tambien se lo impedia la muchedumbre que tenia delante y que esterilizaba todos sus esfuerzos. Si el uno causaba una espantosa mortandad en los moros, el otro le imitaba, haciendo exhalar el último aliento á un sinnúmero de escoceses, de ingleses y franceses. La Fortuna interceptó de tal modo su camino, que no lograron encontrarse frente á frente en todo el dia: reservaba á Dardinelo un adversario más famoso, pues el hombre rara vez, consigue burlar su estrella. Reinaldo se dirigia hácia aquel lado, á fin de que la aglomeracion de los guerreros no sirviese de defensa á la vida de uno de sus enemigos. Reinaldo se acercaba, guiado por la Fortuna, que queria proporcionarle la gloria, de arrancar la existencia á Dardinelo.

Pero baste por ahora con lo dicho acerca de las ínclitas proezas que se llevaban á cabo en Occidente. Tiempo es ya de volver á Grifon, á quien dejé lleno de ira y despecho, haciendo huir á aquella despavorida multitud con un miedo cual nunca lo hablan conocido los fugitivos. Admirado Norandino de aquel tumulto, corrió á informarse por sí mismo de la causa que lo motivaba, seguido de más de mil guerreros armados. Al ver el Rey huir á todo el pueblo, se adelantó con sus tropas hácia la puerta, é hizo que la abrieran inmediatamente. Habiendo ahuyentado Grifon entre tanto á aquella turba soez y cobarde, se cubrió de nuevo con la despreciada armadura de Martan, presumiendo que tendria necesidad de emplearla en su defensa; y retirándose á un templo próximo, rodeado de sólidas paredes y de un foso profundo, se hizo fuerte á la cabeza de un puente que le daba acceso, á fin de que sus enemigos no pudieran cogerle en medio. Salió de pronto por la puerta de la ciudad un numeroso escuadron de soldados, prorumpiendo en gritos y amenazas, que ni le hicieron variar de posicion, ni sentir el menor espanto. Cuando aquella hueste estuvo cerca de él, salió á su encuentro hasta la mitad del camino, y despues de haber hecho en ella una espantosa carnicería empuñando la espada con ambas manos, se refugió en el estrecho puentecillo, y desde allí continuó teniendo á raya á sus agresores, ya acometiendo á su vez, ya retirándose, pero dejando siempre sangrientas huellas de su paso. Caian sin cesar infantes y ginetes al impulso de sus descomunales cuchilladas; á pesar de lo cual, aquella lucha iba haciéndose cada vez más encarnizada y peligrosa; porque el pueblo entero acudia contra él, en términos de que Grifon temió al fin sucumbir, agobiado por la multitud que le estrechaba de cerca, y además por estar herido en el hombro y en el muslo izquierdo y sentir que le iba faltando el aliento. Pero la Virtud, protectora de los valientes, le hizo encontrar gracia para con Norandino; mientras este rey acudia á informarse de la causa del tumulto, tuvo ocasion de ver á tantos vasallos suyos muertos ó cubiertos de heridas, que parecian hechas por la mano de Héctor, como testimonio fehaciente de la injusticia con que poco antes habia infligido un castigo afrentoso á un caballero intachable. Cuando poco despues se aproximó á Grifon, y pudo contemplar de cerca al guerrero que estaba exterminando á sus gentes y tenia ante sí un horrible monton de cadáveres, cuya sangre enrojecia el agua de aquel foso, creyó ver al mismo Horacio defendiendo el puente contra la Toscana entera.

Anhelando salvar la vida de tan esforzado campeon, y reparar su anterior injusticia, que no podia menos de redundar en su descrédito, hizo que se retiraran sus gentes, lo que en honor de la verdad, no le costó gran trabajo, y elevando la mano desnuda y sin armas, ademan usado antiguamente en señal de tregua ó de paz, gritó á Grifon:

—Confieso que estoy arrepentido y que me pesa en el alma la falta que he cometido contigo; pero mi poca reflexion por una parte, y por otra, las instigaciones de algunas personas, me han obligado á incurrir en tan grave error. He hecho sufrir al caballero más digno del mundo lo que creia dirigido al más villano; y aun cuando el honor que te dispenso al hablarte de este modo iguala y disminuye, ó mejor aun, supera á la injuria y á la afrenta que se te ha hecho hoy por ignorancia, estoy dispuesto á darte la mayor satisfaccion que me sugiera mi mente ó que sea digna de mi poder, y ojalá pudiera consistir en oro, en castillos ó en ciudades. Pídeme, si así te parece, la mitad de mis estados: pronto estoy á cedértelos; pues tu preclaro valor no solo te hace merecedor de este donativo, sino tambien dueño de mi corazon: y en prueba de ello, hé aquí mi mano; estréchala, en señal de fé y amistad eterna.

Así diciendo, se apeó del caballo y tendió á Grifon su diestra.

El jóven guerrero, conmovido ante la bondad de Norandino, que se adelantaba hácia él con los brazos abiertos, olvidó su saña, arrojó la espada, y le abrazó humildemente las rodillas. Observando el Monarca que de las dos heridas de Grifon brotaba copiosa sangre, mandó inmediatamente que la restañaran, y despues le hizo llevar á la ciudad, alojándole en su real palacio, donde pasó algunos dias sin poderse armar, curándose de sus heridas.

Pero dejémosle en Damasco, y acudamos á Palestina al encuentro de su hermano Aquilante y de Astolfo. Desde que Grifon se alejó de los santos muros de Jerusalen, no cesaron los dos caballeros de buscarle por todos los sitios de aquella ciudad dignos de veneracion, recorriendo tambien todos los alrededores, sin que uno ni otro consiguieran averiguar su paradero. Iban perdiendo ya la esperanza de lograr su objeto, cuando tropezaron casualmente con el peregrino griego de que en otro lugar he hablado, el cual, conversando con ellos, les manifestó que Origila habia emprendido el camino de Antioquía de Siria en compañía de un nuevo amante, hijo de aquella ciudad, del que se habia prendado repentinamente. Aquilante le preguntó si habia participado tal noticia á Grifon; y oida la contestacion afirmativa del peregrino, dedujeron desde luego la causa de la ausencia de aquel; la cual no podia ser otra sino el deseo de ir á Antioquía en busca de Origila con intencion de arrancarla de las manos de su rival y tomar de él grande y memorable venganza.

Aquilante no podia tolerar que su hermano hubiese acometido semejante aventura sin ir en su compañía: así es que apercibió sus armas, y marchó en su seguimiento, rogando antes á Astolfo que demorase su regreso á Francia y al hogar paterno hasta que él volviese de Antioquía. Pareciéndole más rápido y mejor el viaje por mar, bajó hasta Jaffa, donde se embarcó. Tuvo durante la navegacion un viento del Mediodia tan fuerte y al mismo tiempo tan favorable á sus deseos, que al dia siguiente divisó las costas de Sour y las de Sakfet, unas tras otras; pasó despues por Beyruth y Dgebileh, dejando á su izquierda la isla de Chipre, y dirigió la proa hácia el golfo de Layax, costeando las playas de Tortosa de Trípoli y Lizza. El piloto hizo virar la nave, airosa y veloz, en direccion del Oriente, y encaminó su rumbo en demanda del Oronte, por cuya embocadura entró bien pronto. Una vez allí, Aquilante hizo echar el puente, saltó en tierra, y montado en su brioso corcel, marchó por la orilla del rio hasta llegar á las puertas de Antioquía.

En aquella ciudad procuró adquirir los informes necesarios con respecto á Martan, y supo que se habia ido con Origila á Damasco, donde debia celebrarse un gran torneo por órden del Rey. Le aguijoneaba de tal modo el deseo de ir en pos de Martan, persuadido como estaba de que su hermano le habria seguido, que en el mismo dia salió de Antioquía, si bien no creyó oportuno volver de nuevo á embarcarse. Dirigióse pues por el camino de Lidda y Larisa, dejando á sus espaldas á la rica y populosa Alepo. El Supremo Hacedor, para mostrar que en este mundo no deja sin recompensa á las buenos ni sin castigo á los malos, hizo que Aquilante encontrase á Martan á una legua escasa de Manuga. Martan hacia llevar delante de sí, con grande aparato, los premios alcanzados en el torneo.

A primera vista creyó Aquilante que aquel infame era su hermano, engañado por las armas y por las vestiduras más blancas que la nieve intacta de que iba engalanado Martan: lanzó una exclamacion de alegría, é iba á hablarle, cuando conociendo su error, expiró la palabra en sus labios y oscurecióse su semblante. Inmediatamente le asaltó la sospecha de que Grifon podria haber muerto á manos de Martan, víctima de algun engaño tramado por Origila, y le gritó:

—Dime, tú, que debes de ser un ladron y un traidor, como lo demuestra tu semblante; ¿dónde has adquirido esas armas? ¿dónde has montado en el excelente corcel de mi hermano? Dime si Grifon ha muerto ó vive, y como es que le has privado de sus armas y de su caballo.

Cuando Origila oyó los acentos de aquella voz furiosa, volvió rápidamente las riendas á su palafren para huir; pero Aquilante fué más veloz que ella y la obligó á volver de buen ó mal grado. Martan, sobrecogido de improviso por las amenazas terribles del caballero, se puso lívido, empezó á temblar como la hoja en el árbol y no supo qué decir ni qué hacer. Aquilante continuó en sus insultos y amenazas, llegando hasta ponerle la espada en la garganta, y jurando degollar á ambos si no le revelaban toda la verdad de lo acaecido. Martan, en mal hora llegado á aquel sitio, balbuceó algunas palabras, y buscando en su imaginacion algun pretexto que disminuyera su falta, contestó por fin:

—Has de saber, Señor, que esta dama es hermana mia, y como yo, hija de padres honrados y virtuosos, si bien Grifon la ha obligado vivir deshonestamente con él para vergüenza y oprobio de mi hermana. Yo, que no podia soportar tal infamia, pero que tampoco me sentia con ánimo suficiente para arrebatarla á la fuerza á tan bravo caballero, determiné valerme para conseguirlo de la astucia y del disimulo. Concerté con mi hermana, cuyo deseo más vivo era el de volver á su vida honrada, el modo de llevar á cabo mi proyecto, y un dia, mientras Grifon dormia tranquilamente, se alejó cautelosamente de su lado. Para impedirle que la siguiera y desconcertara nuestros planes, nos apoderamos de su corcel y de sus armas, y hemos llegado aquí en el estado en que nos ves.

Hubiera podido Martan envanecerse por su superchería, á la que fácilmente diera crédito Aquilante, mucho más cuando era verosímil lo del robo de las armas, caballo y demás prendas pertenecientes á Grifon; pero quiso llevarla demasiado léjos, añadiendo á ella una insolente mentira, como era la de suponer hermana suya á Origila, y esto fué lo que le vendió; porque como Aquilante habia sabido en Antioquía por muchos conductos que aquella era su concubina, conoció el ardid, y exclamó lleno de cólera:—Mientes, ladron.—Y en seguida le descargó un puñetazo tan terrible en el rostro, que le obligó á tragarse dos dientes. Sin detenerse á más, ni darle otras explicaciones, le asió los brazos y se los ató á la espalda con una cuerda, haciendo otro tanto con Origila, á pesar de todos sus ruego y protestas. Aquilante los hizo caminar luego ante si, cruzando ciudades y castillos, sin abandonarles un momento hasta que llegaron á Damasco, propuesto como estaba á llevarlos, haciéndoles sufrir toda clase de humillaciones, hasta el fin del mundo, si necesario fuese, ínterin no encontrase á su hermano, á cuya merced deseaba entregarlos.

Acompañado de ambos cómplices, de sus escuderos y de sus palafrenes, entró Aquilante en Damasco, y apenas puso en la ciudad los piés oyó el nombre de Grifon circulando de boca en boca en medio de alabanzas universales. Los grandes, los pequeños, todos los habitantes, en fin, de Damasco le conocian ya, y sabian que él era el que dió tantas pruebas de su valor en el torneo, y que un compañero suyo le habia arrebatado el premio de la jornada con una audacia increible. Apenas entró Martan en la ciudad, fué conocido, y señalándole los transeuntes con el dedo, empezaron á decir:

—¿No es ese el vil cobarde que se apropia las hazañas de otro, y ha hecho recaer su infamia y su oprobio en un caballero valiente, aunque no tan astuto como él?—¿No es esa la ingrata mujer que vende á los buenos y ayuda á los perversos?

—Son tal para cual, decian otros; parecen nacidos el uno para el otro.

Empezaron á llenarles de improperios, y á correr tras ellos furiosos, gritando:—«Que los empalen; que los quemen vivos; que los descuarticen.»—El populacho, ansioso de verlos, corria, se empujaba y salia á su encuentro por las calles y plazas. Pronto llegó á oidos del Rey esta noticia, que le causó al parecer tanto regocijo como si hubiese conquistado otro reino. Sin esperar á que se reuniese su escolta, salió presuroso y tal como se encontraba al encuentro de Aquilante, que habia conseguido vengar á su hermano: le dispensó una acogida tan cordial como honrosa, le ofreció un asiento á su mesa y alojamiento en su palacio, y habiendo mandado encerrar á los dos presos en una torre, le acompañó á la cámara en que aun se hallaba Grifon retenido en el lecho por sus heridas. Ruborizóse este así que vió á su hermano, por suponer que debia ya tener noticia de su aventura, y despues que Aquilante se hubo burlado un poco á sus expensas, determinaron imponer un justo castigo á aquellos dos culpables que habian caido en manos de sus adversarios. Aquilante y el rey querian hacerles sufrir mil distintas penas; pero Grifon intercedió por ambos, no atreviéndose á hablar en favor de Origila sola, y empleó toda su elocuencia para alcanzar su perdon, logrando que Norandino consintiera en que Martan no muriese, si bien deberia ser azotado públicamente por mano del verdugo. Al siguiente dia le hicieron recorrer todas las calles de la ciudad, sujeto con ligaduras que no eran por cierto de flores ni hojas, y le azotaron ignominiosamente. En cuanto á Origila, dispusieron que continuase cautiva hasta el regreso de la bella Lucina, á cuyo recto juicio pensaban someter el castigo que deberia inflijírsele. Aquilante permaneció en el palacio, sumamente agasajado, esperando que su hermano se restableciese y pudiera soportar el peso de las armas.

El rey Norandino, á quien sirvió de prudente leccion el error en que habia incurrido, continuaba pesaroso y triste sin poder perdonarse el haber prodigado tantos ultrajes á un caballero, digno, por el contrario, de honra y de estimacion: así es que dia y noche estaba su pensamiento ocupado en arbitrar el medio de darle la más brillante reparacion. Considerando que, pues los habitantes de Damasco habian sido testigos de la afrenta del guerrero, era justo que lo fuesen tambien de su rehabilitacion, y que esta habia de ser tan gloriosa y tan cumplida cual á un gran rey convenia, determinó restituirle públicamente el premio que un traidor con tanta falacia le arrebatara; y en su consecuencia hizo anunciar por todos sus estados que de allí á un mes se celebraria otro torneo. Los preparativos que para él se hicieron fueron acompañados de una pompa verdaderamente régia: la Fama, extendiendo sus voladoras alas, llevó en breve la noticia por toda la Siria, por Fenicia, por Palestina, y llegando á oidos de Astolfo y del Virey de aquella region, los indujo á tomar parte en las justas. La historia ha calificado siempre á Sansoneto de guerrero valiente y cumplido caballero. Segun he dicho en otro lugar, Orlando fué su padrino, y Carlomagno le confió el gobierno de la Tierra Santa. Astolfo y él hicieron sus preparativos de viaje, y se dirigieron á la ciudad de Damasco, donde se disponian fiestas tan famosas cual repetia incesantemente la fama.

Cabalgando iban por aquellas comarcas, á jornadas cortas, y con lento paso, á fin de conservar todas sus fuerzas y vigor para el dia del torneo, cuando toparon en la encrucijada de dos caminos con una persona que por su traje y ademanes parecia un hombre, aun cuando era una mujer de maravillosa intrepidez en los combates. Aquella doncella llamábase Marfisa; su valor era tan asombroso que, espada en mano, habia hecho sudar muchas veces al Señor de Brava y al de Montalban; y se ocupaba en ir de acá para allá, armada dia y noche, buscando por montes y llanos caballeros andantes con quienes medir sus armas para adquirir un glorioso renombre. En cuanto divisó á Astolfo y Sansoneto que hácia ella se dirigian completamente armados, y pudo apreciar su marcial continente, su elevada estatura y vigorosos miembros, creyó habérselas con dos guerreros esforzados; y ya habia lanzado su caballo á golpe, dispuesta á desafiarlos y deseosa de manifestar su intrepidez, cuando fijando en ellos sus miradas con más detencion, conoció al duque Astolfo. Recordó en seguida las atenciones que con ella tuvo el caballero durante su estancia en el Catay, y le llamó por su nombre, quitóse las manoplas, se alzó la visera del yelmo, y á pesar de su altivez, no vaciló en correr á él con los brazos abiertos. Astolfo, por su parte, la estrechó entre los suyos con grande afecto y deferencia. Dirigiéronse luego mútuas preguntas acerca del objeto de su viaje; y respondiendo primero el Duque, le manifestó que iba á Damasco para asistir al torneo á que habia invitado el rey de Siria á todos cuantos campeones quisieran ostentar sus brillantes proezas. Marfisa, pronta siempre á dar muestras de las suyas, contestó en seguida:—«Quiero ir con vosotros á ese torneo.»—Astolfo y Sansoneto se mostraron sumamente gozosos por tener tal compañera, y prosiguiendo su interrumpido viaje, llegaron á Damasco la víspera del dia de la fiesta, hospedándose en un arrabal de la ciudad, donde se entregaron al descanso con más tranquilidad y más á sus anchas que si se hubiesen apeado en el mismo palacio real.

Durmieron reposadamente hasta la hora en que la Aurora abandona el lecho de su anciano esposo, y cuando el nuevo Sol, brillante y claro, empezó á esparcir por la tierra sus refulgentes rayos, la hermosa doncella y los dos guerreros requirieron sus armas, despues de haber enviado á la ciudad varios escuderos, que á su regreso les informaron de cómo el rey Norandino se hallaba ya en la plaza dispuesta para tan bárbaros juegos, viendo romper lanzas. Sin más demora se dirigieron á la ciudad, y siguiendo por la calle mayor llegaron al terreno de la liza, donde ya habia una multitud de apuestos caballeros, que esperaban ansiosos la señal del combate.

El premio que aquel dia estaba destinado para el vencedor consistia en una espada y una maza de armas, ricamente guarnecidas, y además un corcel tan arrogante cual convenia á la munificencia de un rey como Norandino.

Intimamente persuadido el Monarca de que Grifon el Blanco ganaria el segundo premio lo mismo que ganó el primero, así como de que alcanzaria la gloria de las dos jornadas, y deseoso de darle todo cuanto debe poseer un hombre de su valia, añadió la espada, la maza y un magnífico caballo á la armadura que en el pasado torneo debia haberse adjudicado á Grifon, como vencedor de todos sus adversarios, y que habia usurpado Martan suplantando con sus ficciones al jóven paladin. El Rey hizo colgar delante de su palco aquella soberbia armadura; puso pendiente de ella la bien guarnecida espada, y colgó la maza del arzon del caballo, á fin de que su protegido se llevase uno y otro premio. Desgraciadamente para el propósito de Norandino, aquella magnánima guerrera que habia acudido á la liza en compañía de Astolfo y del buen Sansoneto impidió que se realizasen sus deseos. Apenas vió Marfisa la armadura de que he hablado, la conoció inmediatamente, porque le habia pertenecido y la tenia en tanta estima como se suele tener el más preciado objeto, por más que la dejara abandonada en medio de un camino en cierta ocasion que le estorbaba para perseguir á Brunel, á aquel impío digno de la horca, que le habia robado su espada. Aun cuando no espero que se presente otra oportunidad para referir este incidente, considero, sin embargo, inútil ocuparme de él. Contentaos, pues, con saber de qué modo encontró Marfisa su armadura.

Habeis de saber tambien que en cuanto la conoció por ciertas señales particulares, determinó no dejar transcurrir un solo dia sin recuperarla; y decidida á no renunciar á su posesion por nada del mundo, é importándole poco los medios de que en aquella ocasion deberia valerse para lograr su objeto, acercóse rápidamente al trofeo, extendió la mano, y sin más rodeos se apoderó de la armadura, siendo causa su misma precipitacion de que varias de sus piezas rodaran por el suelo.

Sumamente irritado el Monarca por aquella accion atrevida, con una sola mirada concitó contra Marfisa toda la ira del pueblo, que dispuesto á castigar tamaña injuria, empuñó las armas para vengar á su rey, dando al olvido el daño que poco tiempo antes le causara una ofensa inferida á un caballero andante. Ni el niño que al presentarse la primavera juguetea alegremente entre las flores de variados matices, ni la jóven hermosa y engalanada que asiste á bailes y á conciertos, se hallan tan á gusto ni disfrutan mayor placer que el que sintió la esforzada Marfisa al verse rodeada de lanzas y espadas amenazadoras; al encontrarse donde se derramara sangre y se diera la muerte, y al escuchar el estrépito de las armas y de los caballos. Clavando los acicates á su corcel, cayó lanza en ristre sobre el insensato tropel de sus acometedores, atravesando á unos el pecho, el cuello á los otros, y derribando á muchos con su irresistible empuje: desenvainó despues la espada, y alcanzando ora á este, ora á aquel, cortaba cabezas y brazos, hendia cráneos y traspasaba costados.

El atrevido Astolfo y el fuerte Sansoneto, que se habian cubierto con sus armas al mismo tiempo que la jóven, aun cuando no habian acudido allí para combatir, y sí para asistir á un torneo, al ver trabada tan desigual pelea, caláronse las viseras, enristraron sus lanzas contra aquella canalla, y haciendo despues uso del desnudo acero, empezaron á abrirse ancho camino. Los caballeros de diversas naciones que se habian reunido allí para tomar parte en la fiesta, se quedaron indecisos y estupefactos al observar el furor con que se esgrimian las armas, y al ver convertidos en llanto los juegos: la mayor parte de ellos ignoraba el motivo de la cólera del pueblo, así como la injuria que al Rey se habia hecho. Por último, algunos se pusieron al lado de las turbas, y no tardaron en arrepentirse de ello; otros, cuidándose poco, en su calidad de extranjeros, de lo que pudiera acontecer en la ciudad, decidieron ausentarse, y otros, más avisados, esperaron inmóviles el resultado del combate, pero con las bridas en la mano. Grifon y Aquilante fueron de los que se asociaron al pueblo para vengar el robo de la armadura.

Al ver los dos hermanos á Norandino con los ojos encendidos y chispeantes de cólera, y advertidos por muchos de los circunstantes de la causa que habia originado aquel tumulto, consideraron, en especial Grifon, que aquel ultraje les tocaba tan de cerca como al mismo Rey; y cogiendo apresuradamente sus lanzas, corrieron furiosos al combate. Astolfo, que prestaba su auxilio á la parte contraria, iba delante de sus compañeros, espoleando á su lijero Rabican, y blandiendo su encantada lanza de oro cuyo choque nadie podia resistir. Hirió con ella á Grifon, dejándole tendido en el suelo, y en seguida encontró á Aquilante; le tocó apenas con la lanza en el borde del escudo, y le derribó de espaldas en la arena. Los caballeros de más prez y más esfuerzo saltaban de las sillas á impulsos de Sansoneto: el pueblo empezaba ya á buscar las salidas de la plaza para escapar, mientras que al Rey le ahogaba la ira y el despecho. En tanto Marfisa, cubierta con sus armas, y llevándose además las que constituian el premio del torneo, se retiraba tranquila á su alojamiento, despues de haber puesto en fuga á sus adversarios. Astolfo y Sansoneto apresuráronse á seguirla: los tres juntos se dirigieron á la puerta de la ciudad, sin que nadie se atreviese á molestarles y se detuvieron en el rastrillo. Aquilante y Grifon, pesarosos y avergonzados por haber caido al primer encuentro, tenian la cabeza inclinada y no se atrevian á presentarse delante de Norandino; pero algun tanto repuestos de su turbacion, volvieron á montar á caballo, y salieron á escape en persecucion de sus enemigos. Tras ellos fué el Rey con muchos de sus súbditos, dispuestos á morir ó vengarse, mientras el insensato populacho gritaba:—«¡A ellos!» á ellos! aunque sin acercarse demasiado, y esperando el resultado de aquel nuevo ataque.

Grifon alcanzó á los tres compañeros en el momento en que se posesionaban del puente. Apenas llegó, cuando creyó conocer á Astolfo que llevaba las mismas divisas, el mismo caballo y la misma armadura con que le vió el dia en que dió muerte al terrible Orrilo. No habia reparado en él durante la lucha empeñada en la plaza; mas conociéndole entonces, le saludó, y le preguntó despues quiénes eran sus compañeros, y por qué habian derribado en la arena el premio del torneo con tan poco miramiento hácia el Monarca. El duque de Inglaterra dió á Grifon las noticias que le pedia con respecto á sus compañeros; mas, en cuanto á las armas, causa del reciente combate, le manifestó que positivamente no sabia nada, y que Sansoneto y él se habian puesto en favor de Marfisa, por haber venido en su compañía.

Mientras el Paladin estaba hablando con Grifon, llegó Aquilante, le conoció tan luego como le oyó hablar con su hermano, y renunció á sus deseos de venganza. Entre tanto iban acercándose muchos de los caballeros de Norandino, si bien se mantenian á cierta distancia, tanto por no atreverse á avanzar más, cuanto porque, al verlos conferenciando, no quisieron interrumpirles, esperando el resultado de su plática. Al oir uno de ellos que estaba allí Marfisa, cuya fama de valor era universal, volvió el caballo y fué á aconsejar á Norandino que, si no queria ver muertos á todos sus súbditos, dispusiera lo necesario, antes de que tal sucediera, para arrancarlos de las manos de Tisifona y de la muerte, porque la misma Marfisa en persona era la que se habia apoderado de la armadura.

Al escuchar Norandino aquel nombre tan temido en todo el Oriente, y ante el cual hasta los más valientes sentian erizárseles los cabellos de espanto por mas que Marfisa residiese con frecuencia á bastante distancia de aquel país, fué de la misma opinion que el caballero que le habia llevado la noticia, y se apresuró á llamar y reunir en torno suyo á todos sus guerreros, cuya cólera se habia trocado en temor.

En el ínterin los hijos de Olivero, Sansoneto y el hijo de Oton suplicaron con tan vivas instancias á Marfisa que pusiera término á tan crueles discordias; que al fin alcanzaron su asentimiento. Adelantándose con semblante altivo hácia el Rey, le dijo la guerrera:

—Ignoro, Señor, con qué derecho pretendes dar como premio al vencedor del torneo una armadura que no te pertenece, pues es exclusivamente mia, aunque un dia me ví obligada á abandonarla en medio del camino de Armenia para perseguir á pié á un ladron que me habia inferido una grave ofensa. Mi divisa, si es que la conoces, puede atestiguar la verdad de mis palabras.

Y le mostró grabada en la coraza aquella divisa, que consistia en una corona dividida en tres pedazos.

—Es cierto, repuso Norandino, que hace pocos dias me entregó esa armadura un mercader armenio; pero si me la hubieseis pedido, os la habria cedido sin dificultad, fuese ó no vuestra; porque á pesar de habérsela regalado ya á Grifon, tengo en él tal confianza, que estoy seguro de que me habria devuelto ese presente, con tal de facilitarme tan justa restitucion. Por lo demás, no es necesario alegar que tiene vuestra divisa para atestiguar que os pertenece; bástame con vuestra palabra, á la que doy más crédito que á cualquier otro testimonio; aparte de que esa armadura debe pasar tambien á vuestras manos como digna recompensa del sublime valor que habeis demostrado. Recibidla, pues, y olvidemos esta querella: Grifon tendrá otro galardon más espléndido.

Este guerrero, que deseaba más dejar al Rey tranquilo y satisfecho, que adquirir la disputada armadura, contestó:

—Mi mayor recompensa consistirá en saber que continúo siendo agradable á vuestros ojos.

Sin embargo, decidida Marfisa á que su desinterés corriera parejas con su valor, y deseando adquirir para sí toda la gloria, se empeñó en ceder á Grifon con gentil gallardía la armadura en cuestion, y por último la admitió como regalo del jóven.

Volvieron entonces á la ciudad en paz y buena armonía, á consecuencia de lo cual redobláronse los festejos. Continuó el interrumpido torneo, cuyo premio alcanzó Sansoneto, porque ni Astolfo, ni los dos hermanos, ni Marfisa, la más esforzada de los cuatro, quisieron tomar parte en él, á fin de procurar, como buenos amigos y compañeros, que Sansoneto saliese vencedor. Despues de haber pasado ocho ó diez dias en el palacio de Norandino, disfrutando de las fiestas y placeres con que este los agasajó, se despidieron de él, anhelando regresar á su querida Francia, de la que no podian vivir tanto tiempo ausentes. Marfisa, que deseaba hacer aquel viaje, para medir sus armas con los paladines franceses y conocer por si misma si sus hazañas correspondian á lo que la Fama iba pregonando, marchó en su compañía. Sansoneto dejó encomendado á otro caballero el gobierno de Jerusalen, y los cinco, formando un escogido grupo de guerreros, que difícilmente encontraria competidores en el mundo, se despidieron, como he dicho, de Norandino, y se encaminaron á Trípoli con objeto de embarcarse.

En aquel puerto encontraron una carraca cargada de mercaderías con destino á Occidente, y ajustaron su pasaje y el de sus caballos con el viejo capitan del buque, que era natural de Luna. El tiempo, que no podia ser más sereno y bonancible, les presagiaba una próspera navegacion. Zarparon, en breve, é hinchando un viento favorable las velas, alejáronse pronto de la costa. Hicieron su primera escala en la isla consagrada á la Diosa de los amores, cuyos habitantes acogen benignamente á los forasteros, pero sus aires acortan la vida y hasta destemplan el hierro. La causa de esto consiste en un pantano: y en verdad que la naturaleza no debia haber cometido con Famagusta la falta de acercarla á la maligna Constanza, cuando tan benigno es el clima del resto de la isla de Chipre. El pestífero olor que despide el pantano no permitió que la embarcacion estuviese anclada mucho tiempo en sus inmediaciones. Aprovechando por esta razon un Levante favorable, desplegó todas sus velas y costeando las playas de Chipre, fondeó en Pafos, apresurándose los navegantes á saltar en sus vistosas orillas, unos para descargar mercancias y otros para recorrer aquel país del amor y los placeres.

A seis ó siete millas del mar, el terreno va elevándose paulatinamente hasta la cumbre de un collado ameno. Los mirtos, los cedros, los naranjos, los laureles y otros mil árboles aromáticos cubren la campiña. El sérpol, la mejorana, las rosas, los lirios y el azafran exhalan tan suaves perfumes desde aquel embalsamado terreno, que se perciben desde léjos en el mar cuando soplan los vientos de tierra. Un arroyo fecundo, formado por un claro manantial, va regando toda aquella playa, cuyo conjunto es tal, que desde luego se conoce que aquel sitio tan ameno y delicioso pertenece á la hermosa Venus: las mujeres y las doncellas son allí más agradables é incitantes que en cualquier otro país del mundo, y la Diosa las inflama con su fuego á todas ellas, jóvenes ó viejas, de tal modo, que se abrasan de amor hasta el fin de su vida.

Los viajeros oyeron referir allí la aventura del Ogro y de Lucina, de que ya habian tenido conocimiento en Siria, y supieron además que en Nicosia estaba haciendo la Princesa los preparativos necesarios para ir á reunirse con su esposo.

Estando ya listo el patron, y soplando un viento favorable, levó anclas, viró hácia Poniente y desplegó todas las velas. Pronto se encontraron en alta mar, empujados por un mistral bonancible; pero de improviso el Poniente, que habia estado adormecido mientras el Sol brilló en el horizonte, empezó á soplar con violencia, luego que se hizo de noche, y agitó furiosamente la nave. Estalló por último la tempestad, acompañada de tantos relámpagos y truenos, que no parecia sino que se desgarraba el firmamento y ardia por todas partes. Las nubes cubrieron todo el espacio con un tenebroso velo que ocultaba la luna y las estrellas: el mar por abajo, el cielo por arriba, y el viento por todas partes, despedian horrísonos bramidos; una tormenta deshecha de lluvia y espeso granizo acosaba á los navegantes, mientras la noche, haciendo cada vez más profundas sus tinieblas, se extendia sobre las formidables y furiosas olas. Preparáronse los marineros á echar mano de todos los recursos del arte en que son tan celebrados; y al paso que uno iba por todas partes haciendo resonar su silbato, con cuyos agudos sonidos ordenaba la maniobra, otros preparaban el áncora de reserva; estos tendian los cables ó arriaban las vergas, aquellos se afianzaban al timon, algunos reforzaban los mástiles, y los demás cuidaban de tener despejada la cubierta.

El furioso temporal fué en aumento durante toda aquella noche caliginosa y más lóbrega que el Infierno. Creyendo el piloto que en alta mar serian menos impetuosas las olas, procuraba alejarse cada vez más de la costa, oponiendo siempre la proa á los embates de aquellas y á la furia del viento, esperando que al rayar el alba cesaria la fortuna de perseguirlos ó se mostraria más humana. Pero léjos de calmarse la tempestad, creció su violencia con el dia, si puede darse este nombre á aquella sucesion de horas cuya claridad era tan débil, que apenas disipaba las tinieblas. Perdida toda esperanza, y abrigando ya algun temor, se abandonó el abatido marino á merced de las olas; volvió la popa del buque en direccion del viento y se decidió á correr aquella tempestad, cuidando antes de amainar las velas.

Mientras la veleidosa Fortuna se burlaba en el mar de los trabajados navegantes, no por eso dejaba en reposo á los que, en tierra firme, peleaban en Francia, donde continuaban su combate sangriento los sarracenos y los ingleses, y donde Reinaldo seguia acometiendo y arrollando los escuadrones enemigos, cuyas banderas pisoteaba. Ya dije que habia lanzado su Bayardo sobre el gallardo Dardinelo. Al ver Reinaldo el blason que el hijo de Almonte ostentaba orgulloso en su escudo, juzgó que el que lo llevaba deberia ser un guerrero distinguido con el que no podria desdeñarse de medir sus armas. Se ratificó en esta opinion cuando estuvo más cerca de él y contempló los cadáveres amontonados en su derredor, por cuya causa dijo:—«Fuerza será cortar de raiz esa mala yerba, antes de que crezca y produzca mayores males.»

Por donde quiera que iba el Paladin, todos se apartaban abriéndole ancho paso; pues el cristiano sabia despejar el terreno tan bien como su enemigo, con aquella fulminante espada, de todos temida. Cuando Reinaldo vió que entre él y el mísero Dardinelo no quedaba ya nadie, y que sus soldados no se atrevian á seguirle, le gritó:

—Jóven, el que te legó ese escudo te dió una herencia fatal. Voy á probar, si eres capaz de hacerme frente, cómo defiendes esos cuarteles rojos y blancos; pues si tu brazo es ahora débil para resguardarte de mí, mucho más lo seria si combatieras con Orlando.

Dardinelo respondió:

—En breve te persuadirás de que si llevo este blason es porque sé defenderlo, y porque estoy seguro de aumentar con mis acciones el brillo del escudo que heredé de mi padre. Aun cuando me ves tan jóven, no creas por eso que soy capaz de huir ó de entregarte el escudo: antes que apoderarte de él, me has de arrancar la vida; pero, en Dios confio que sucederá lo contrario. En fin, sea cual fuere mi suerte, nadie podrá censurarme por haberme hecho indigno de mis progenitores.

Y así diciendo acometió al caballero de Montalban espada en mano.

Un sudor frio heló la sangre que en derredor del corazon tenian los africanos, cuando vieron á Reinaldo lanzarse sobre su señor con una furia semejante á la del leon que se arroja en el prado sobre un novillo que aun no ha sentido los deseos del amor. El Sarraceno fué el primero en descargar un golpe, pero en vano intentó abrir el yelmo de Mambrino. Sonrióse Reinaldo y exclamó:

—Vas á ver cómo se encontrar las venas mejor que tú.

A un tiempo mismo clavó los acicates en su corcel y le tiró de las riendas, dirigiendo tan certera estocada contra Dardinelo, que, entrándole el acero por el pecho, le salió la punta por la espalda. Al sacar la espada, escapóse el alma del Sarraceno mezclada con su sangre por aquella ancha herida, y el cuerpo del infortunado cayó frio y desangrado del caballo.

Cual purpúrea flor que, tronchada por la reja del arado, languidece y muere, ó como la amapola que demasiado cargada de rocío inclina en el huerto la corola, así salió de esta vida Dardinelo, desapareciendo todo color de su rostro: con su muerte desvanecióse tambien el valor y la audacia de los suyos; y así como las aguas, á veces contenidas ó encerradas por medio de algun artificio, suelen desbordarse con gran estrépito, cuando les falta este apoyo, del mismo modo los africanos, que estaban hasta cierto punto contenidos mientras su Dardinelo les infundia algun valor, empezaron á huir en todas direcciones, apenas le vieron caer exánime del caballo.

Reinaldo no se opuso á la huida de los que en ella fiaban su salvacion, procurando que los imitaran los que pretendian resistirse aun. Ariodante, que estuvo al lado de Reinaldo la mayor parte del dia, no dejaba en pié un solo enemigo al alcance de su mano. Lionelo y Zerbino, por su parte, continuaban su obra de exterminio, con un ardor siempre creciente; y hasta el mismo Carlomagno y Olivero, Turpin, Guido, Salomon y Ogiero cumplieron con su deber en aquella jornada, tan fatal para los moros, que estuvieron á punto de perecer todos en ella. Pero el prudente rey de España hizo tocar retirada, y se alejó con los restos de su ejército: juzgando más conveniente declararse vencido que perder vida y hacienda, prefirió retirarse y salvar algunos batallones, á prolongar la resistencia y ser causa de su completo exterminio. Hizo, pues, retroceder sus banderas hácia el campamento moro, que estaba defendido por fosos y trincheras, siguiéndole Estordilano, el rey de Andalucia, y un numeroso escuadron de portugueses; y envió á decir al rey de Berbería que se retirase del mejor modo posible, añadiéndole que si conseguia salvar la persona y las posiciones ocupadas, deberia darse por muy satisfecho.

Este monarca, á quien jamás habia mostrado la Fortuna un rostro tan cruel y adverso, y que estaba casi completamente derrotado, iba perdiendo la esperanza de volver á ver á Biserta; por lo cual se tuvo por muy dichoso al saber que Marsilio habia puesto en seguridad una parte de sus tropas. Empezó, pues, á batirse en retirada haciendo que retrocedieran sus banderas, y reuniendo sus escasos soldados.

Pero la mayor parte de estos se hicieron sordos al ruido de los clarines y tambores y demás instrumentos bélicos; y poseidos de un terror pánico, cedieron á la cobardía y se precipitaron en el Sena, donde quedaron ahogados muchos de ellos. El rey Agramante, Sobrino y sus capitanes más valientes se esforzaban en aminorar la derrota, corriendo y fatigándose de una en otra parte, para conseguir que los fugitivos regresaran en órden á sus trincheras; pero ni el Rey, ni Sobrino, ni capitan alguno pudieron lograr, á pesar de sus afanes, de sus ruegos, y amenazas, que se retiraran en pos de las banderas, no ya todos, sino ni la tercera parte siquiera de los que huian. Lo menos perecieron ó huyeron dos por cada uno de los que quedaron, y aun estos no muy sanos; pues el que no estaba herido en el pecho, lo estaba en la espalda, y todos molidos y asendereados.

Perseguidos los sarracenos con tenacidad hasta sus mismas trincheras, no habrian estado seguros tampoco en ellas, á pesar de las medidas que tomaban para resistirse, pues Carlomagno sabia asir la ocasion por su único cabello, si no hubiese venido á suspender el combate la noche tenebrosa, enviada quizás más pronto que de ordinario por el Sumo Hacedor, apiadado de sus criaturas. La sangre inundaba la campiña, y corriendo como un gran rio, cubria todos los caminos. Contáronse hasta ochenta mil hombres pasados á cuchillo aquel dia. Los campesinos y los lobos salieron durante la noche de sus grutas á despojarlos los unos y á devorarlos los otros.

El Emperador no volvió á entrar en la ciudad, sino que acampó fuera de sus muros, asediando á los enemigos en sus tiendas, y disponiendo que por todas partes se encendieran hogueras. Los paganos, por su parte, abrieron nuevos fosos, levantaron nuevas trincheras y bastiones; los jefes estuvieron constantemente vigilando el campo y recorriendo todos los puestos para impedir que se durmieran los centinelas, y ni uno solo abandonó las armas en toda la noche. En el campamento de los intranquilos sarracenos no dejaron de verterse lágrimas, y de exhalarse suspiros y lamentos durante la noche, pero tan ahogados y contenidos cuanto era posible. Los unos lloraban por la pérdida de sus parientes ó amigos; los otros por el dolor que les causaban sus heridas ó por las incomodidades que padecian, y todos en general por temer una suerte mucho más funesta.

Entre los moros habia dos jóvenes, de oscuro linaje, nacidos en Tolemaida, cuya historia es digna de ser escrita, por haber ofrecido un ejemplo raro de verdadero amor. Llamábanse Cloridano y Medoro, y lo mismo en la próspera que en la adversa fortuna habian profesado un afecto sin límites á Dardinelo, en cuya compañía pasaron á Francia. Cloridano, que habia sido toda su vida cazador, reunia á su robustez una notable agilidad. Medoro, que apenas acababa de salir de la pubertad, conservaba todavia el cutis fresco, blanco y sonrosado: entre todos los moros que habian acudido á aquella empresa no se conocia uno de rostro más bello y agradable: tenia los ojos negros, los cabellos blondos y ensortijados, y parecia, en suma, un ángel descendido del celeste coro. Ambos estaban de centinela en las trincheras, así como otros muchos, vigilando por la seguridad del campamento, á la hora en que la Noche, á la mitad de su carrera contemplaba al cielo con ojos soñolientos. Medoro no sabia hablar más que de su señor, del desgraciado Dardinelo de Almonte, lamentándose amargamente de que hubiese quedado tendido en el campo sin vida y sin gloria. Vuelto hácia su compañero, le decia:

—¡Ay! Cloridano, no puedo expresarte el dolor que siento al pensar que mi señor ha quedado tendido en la llanura, para servir probablemente de pasto á los lobos y á los cuervos. Al recordar su benevolencia y su humanidad para conmigo, me parece que aun cuando vertiera toda mi sangre por él y por su fama, pagaria escasamente la inmensa deuda de mi gratitud. Así es que, no pudiendo resignarme á que permanezca insepulto en medio del campo, voy á salir á buscarlo, y tal vez Dios permitirá que llegue sin ser descubierto hasta el sitio en que acampa ahora el rey Carlos. Quédate tú aquí; pues si en el cielo está escrito que he de morir, podrás así dar cuenta de mi muerte; y ya que la Fortuna se oponga á tan humanitaria obra, se hará por lo menos justicia á mi buen corazon.

Estupefacto se quedó Cloridano al ver tanto ánimo, tanto amor y lealtad tanta en un niño, y como sentia por él un grande afecto, procuró disuadirle de semejante propósito; pero fueron inútiles todos sus esfuerzos, porque un dolor tan verdadero como el de Medoro no se consuela ni distrae fácilmente, y el jóven estaba firmemente resuelto á morir ó á dar sepultura al cadáver de su señor. Viendo que nada podia conmoverle ni obligarle á ceder, le respondió Cloridano:

—Siendo así, tambien iré yo; tambien yo quiero participar de tan laudable accion, y como tú deseo una muerte gloriosa. ¿Qué cosa podria serme ya agradable en este mundo, si me quedara sin tí, Medoro mio? Prefiero mil veces morir contigo peleando á perecer de desconsuelo, si me privasen de tí.

Tomada esta resolucion, esperaron su relevo, y en seguida se pusieron en marcha. Saltando fosos y estacadas, llegaron en breve al campo de los cristianos, que estaban sin recelo alguno, durmiendo tranquilamente, con las hogueras apagadas, por no inspirarles ya temor los sarracenos, y muchos de ellos tendidos entre las armas y los bagajes, llenos de vino desde el estómago hasta los ojos. Cloridano se detuvo un momento exclamando:

—Nunca se deben desperdiciar las ocasiones. Medoro, ¿no te parece muy oportuna la que se nos presenta para degollar á los que han asesinado á nuestro señor? Vé á escuchar y á vigilar cuidadosamente los alrededores por si alguien viniese á sorprendernos: entre tanto, te prometo abrirte con mi espada ancho camino por medio de nuestros enemigos.

Apenas acabó de pronunciar estas palabras, entró en la tienda donde dormia el docto Alfeo, médico, mágico y sábio astrólogo, que habia llegado el año anterior á la corte de Carlomagno: sirvióle de poco su ciencia astrológica, ó mas bien, le engañó completamente en esta ocasion; pues habiéndose predicho á sí mismo que terminaria sus dias al lado de su esposa despues de una avanzada ancianidad, expiró al filo de la espada del cauteloso sarraceno, que le atravesó con ella la garganta, é inmoló despues otros cuatro guerreros al lado del adivino, sin darles tiempo de pronunciar una palabra: Turpin no hace mencion de sus nombres, ni la marcha de los siglos ha dejado la menor noticia de ellos. Tras estos, dió muerte á Palidon de Moncalieri, que dormia tranquilo entre dos caballos; despues se dirigió adonde el misero Grilo yacia con la cabeza apoyada en un tonel, despues de haberlo vaciado y de haberse tendido esperando disfrutar en santa paz de un sueño plácido y tranquilo. El atrevido sarraceno le cortó la cabeza, y por la misma herida empezaron á salir chorros de sangre y de vino, de cuyo líquido tenia más de un cubo en el cuerpo: soñaba que estaba bebiendo todavia, cuando Cloridano interrumpió su sueño de un modo tan trágico. Despues hizo exhalar el último aliento de dos solos golpes á Andropono, griego, y á Conrado, aleman, que habian estado tomando el fresco una parte de la noche, entretenidos con el jarro y los dados. ¡Cuán desgraciados fueron en no continuar disfrutando de los mismos entretenimientos hasta que el Sol hubiese vadeado el Indo! Pero el destino seria impotente con el hombre si cada cual conociera el porvenir.

El cruel Pagano continuaba degollando sin piedad á nuestras gentes dormidas, haciendo en ellas una espantosa carnicería, semejante á un furioso leon estenuado y hambriento, que al encontrarse en un establo, mata, extrangula, devora y destroza á las indefensas reses que están enteramente á su merced. Medoro aun no habia hecho uso de su espada por desdeñarse de emplearla contra la innoble plebe; pero habiendo entrado donde el duque de Albret dormia en brazos de su dama, tan estrechamente enlazados el uno y la otra que ni el aire podria pasar entre ellos, les cortó la cabeza á cercen. ¡Oh dulce muerte! ¡oh suerte feliz! Sus almas debieron volar al asiento que les estaba reservado; tan íntimamente unidas como lo estaban sus cuerpos. Inmediatamente despues mató á Malindo y á su hermano Ardarico, hijos del conde de Flandes: Cárlos los habia armado caballeros, y añadido las lises á sus blasones, al verlos volver aquel dia vencedores y con los aceros teñidos de sangre, prometiendo además cederles algunas tierras en la Frisia, como lo habria cumplido á no estorbarlo Medoro.

Entrambos sarracenos habian ido avanzando hasta tocar á las tiendas de los paladines, levantadas en torno de la del Emperador, la cual estaba constantemente vigilada por alguno de aquellos. Al llegar allí, suspendieron los dos moros la matanza, y retrocedieron, por juzgar imposible que todos ellos se hubiesen entregado al sueño. Aun cuando pudieron retirarse cargados con un rico botin, pensaron más en su propia salvacion, de la que podrian darse por muy satisfechos. Cloridano se encaminó, seguido de Medoro, por donde suponia que el paso era más fácil ó seguro, y llegaron por fin al campo de batalla, donde el pobre y el rico, el príncipe y el vasallo, y los hombres y los corceles hacinados en confuso monton, yacian en un lago de sangre entre los restos de espadas, lanzas, escudos y ballestas. Aquella horrible mezcla de cadáveres, que cubria la llanura en toda su extension, hubiera hecho inútiles las pesquisas de los dos compañeros hasta la llegada del dia, si la Luna, accediendo á las súplicas de Medoro, no hubiese esparcido su ténue claridad, apartando las nubes que la interceptaban. Medoro habia fijado devotamente sus ojos en el cielo, exclamando:

—¡Oh santa Diosa, á quien con tanta justicia dieron nuestros antepasados el nombre de Triforme! ¡Tú, que en el Cielo, en la Tierra y en el Infierno ostentas tu belleza bajo múltiples formas; tú, que vas por las selvas siguiendo, cual cazadora, las huellas de las fieras y de los mónstruos, indícame dónde yace confundido entre tantos cadáveres el cuerpo de mi Rey, que durante su vida imitó tus santas virtudes!

Ya fuese obra de la casualidad, ó efecto de la santa lealtad de Medoro, la Luna abrióse paso á través de las nubes, apenas terminó el jóven sarraceno su plegaria, y apareció tan bella y radiante como el dia en que despojada de todo velo se arrojó en brazos de Endimion. Su luz le permitió ver distintamente á París, el campamento cristiano, el sarraceno, el monte y la llanura, y más allá las colinas de los Mártires y de Montlery. Los rayos de la Luna se reflejaron con todo su esplendor en el sitio en que yacia muerto el hijo de Almonte. Medoro, con el rostro bañado en llanto, se adelantó hácia su querido señor, á quien conoció por los colores rojo y blanco de su escudo, y regó la faz de Dardinelo con sus amargas lágrimas, que cual dos rios brotaban de sus ojos, con tan dulce actitud, con lamentos tan tiernos, que los vientos se hubieran detenido para escucharlos; y aun cuando los exhalaba en voz baja y apenas perceptible, no era tanto por temor de perder la vida, si llegasen á oirle, pues más bien era para él una odiosa carga de la que deseaba verse libre, cuanto por recelo de que le impidiesen llevar á cabo el deber piadoso que allí le habia conducido. Medoro y Cloridano colocaron sobre sus hombros el inanimado cuerpo de Dardinelo, participando ambos de su peso, y se alejaron tan precipitadamente como se lo permitió la preciosa carga que llevaban.

Acercábase ya el señor de la luz alejando del Cielo á las estrellas y de la Tierra á las sombras, cuando Zerbino, cuyo ardiente valor alejaba el sueño de sus párpados siempre que era necesario, regresaba al campamento al amanecer, despues de haber estado persiguiendo á los moros toda la noche. Los caballeros que le acompañaban divisaron desde léjos á los dos infieles, y se lanzaron en tropel hácia ellos, esperando alcanzar honra y provecho.

—Hermano, dijo Cloridano, forzoso nos será abandonar nuestra carga y emprender la fuga; pues no seria muy prudente que dos vivos se perdieran por salvar un muerto.

Y al decir estas palabras soltó su parte de carga, creyendo que Medoro imitaria su ejemplo; pero el contristado jóven, que profesaba á su señor mayor cariño que Cloridano, lo acomodó del todo sobre sus hombros, mientras su compañero se alejaba precipitadamente como si Medoro fuera á su lado ó detrás de él: si hubiera podido sospechar que lo abandonaba de tal suerte, habria arrostrado por defenderle no una, sino mil muertes.

Los caballeros, decididos á apoderarse de los fugitivos ó á matarlos si no se rendian, fueron esparciéndose por la llanura, y ocupando todas las salidas por donde aquellos pudiesen escapar: el mismo Zerbino, sin separarse mucho de ellos, se mostraba más solícito y ardoroso que ninguno en la persecucion, porque al ver la actitud sospechosa de los dos amigos, no dudó que pertenecieran al ejército enemigo. En aquel tiempo existia cerca de allí una selva antigua, poblada de espesas plantas y de arbustos y cubierta de inextricables senderos, que formaban una especie de laberinto, hollados tan solo por la planta de las fieras. Los dos paganos abrigaban la esperanza de penetrar en ella, á fin de guarecerse y ocultarse entre el enmarañado ramaje; pero el que escuche con agrado mi canto, queda invitado para oir más adelante su continuacion.

Canto XIX

Angélica prodiga sus cuidados á Medoro herido, y despues de curado, se desposa con él, partiendo ambos para el Cathay.—Marfisa y sus tres compañeros llegan á Layax despues de muchos trabajos.—Guido el salvaje, reducido á la esclavitud por las impías mujeres que en aquella costa dominaban, combate con Marfisa, ofreciéndole despues hospitalidad en su palacio, juntamente con sus compañeros.

El hombre á quien sonrie continuamente la fortuna no puede saber nunca si es verdaderamente amado, porque cuantos le rodean, ya sean amigos falsos ó leales, le demuestran el mismo afecto. Pero si su posicion se cambia de próspera en adversa, entonces huyo de él la turba aduladora, quedando únicamente á su lado el que le ama tan de corazon, que la muerte del objeto amado no es bastante para desvanecer su cariño. Si pudiera verse el corazon humano como se vé el rostro, muchos de los que en la corte son atendidos y reverenciados, y oprimen y escarnecen con su poder á los demás, verian ocupado su puesto por los que gimen en la desgracia; el humilde no tardaria en alcanzar las mayores dignidades, al paso que el soberbio quedaria confundido entre la escoria del pueblo.

Pero volvamos á Medoro, al súbdito leal y agradecido, que profesó un especial cariño á su señor, así en vida como en muerte.

El infeliz jóven iba buscando el medio de salvarse por los intrincados senderos de aquel bosque; pero agobiado bajo el peso del cadáver de Dardinelo, no acertaba á encontrar un refugio; y como, por otra parte, le era completamente desconocido el terreno, se extraviaba con facilidad, y cuanto más caminaba, más se perdia entre la maleza y las zarzas. Cloridano se encontraba léjos de él y en seguridad, pues hallándose más desembarazado, consiguió llegar á un sitio desde donde no percibia el rumor que producian sus perseguidores: reparó entonces en que Medoro no le seguia, y sintiendo que con él habia dejado tambien el corazon, exclamó poseido de la mayor angustia:

—¡Ay de mí! ¿Cómo he podido ser tan negligente, ó perder la razon hasta el extremo de encontrarme aquí, Medoro mio, sin tenerte á mi lado y sin saber cómo ni dónde te he dejado?

Así diciendo, volvió á internarse en los tortuosos senderos de aquella selva inextricable, y á desandar el camino andado, corriendo á ciencia cierta en pos de la muerte. Percibió otra vez el rumor de las pisadas de los caballos, y los gritos amenazadores de los enemigos; conoció luego la voz de Medoro, y por fin le vió solo, á pié y rodeado de numerosos ginetes. Lo menos eran cien guerreros á caballo los que le tenian cercado: Zerbino los mandaba, y ordenó que le prendieran: el infeliz daba vueltas de acá para allá, procurando defenderse cuanto le era posible, y buscando un refugio detrás de las encinas, de los olmos, de las hayas ó de los fresnos, sin abandonar un momento su preciosa carga. Por último, colocó sobre la yerba el cuerpo de su señor, conociendo que no le era posible continuar de aquel modo, y prosiguió defendiéndolo, semejante á la osa que al verse atacada por el cazador en su peñascosa guarida, cobija con su cuerpo á sus hijuelos, estremeciéndose á la vez de amor y de rabia, y dudando qué partido tomar; pues mientras su ira y sus feroces instintos la invitan á servirse de sus garras y á ensangrentar sus labios, su cariño maternal la detiene y la obliga á continuar contemplando á sus cachorros con ternura.

Cloridano, que no sabia cómo auxiliar á su amigo, pero que estaba dispuesto á morir á su lado, si bien decidido á exterminar el mayor número de contrarios que le fuera posible antes de exhalar el último aliento, colocó en el arco uno de sus agudos venablos, y desde su oculto retiro, hizo tan buen uso de él, que atravesó á un escocés el cerebro, derribándole sin vida del caballo. A un mismo tiempo se volvieron todos hácia el sitio de donde habia salido la flecha homicida, y en el acto disparó el sarraceno otra saeta, matando á un segundo escocés, el cual, mientras preguntaba á sus compañeros quién habia herido al primero, gritando y gesticulando, fué alcanzado por el nuevo dardo, que le atravesó la garganta, cortándole el uso de la palabra. Zerbino no pudo soportar con paciencia la muerte simultánea de los suyos, y se dirigió furioso á Medoro, diciendo: «Tu muerte nos vengará.»—Cogió al jóven por sus rubios cabellos y le atrajo violentamente hácia sí; pero al fijar la vista en aquel hermoso rostro, se apiadó de él y no le mató. El jóven le dijo entonces con ademan suplicante:

—Caballero, por tu Dios te ruego que no seas cruel, y me concedas el favor de sepultar el cuerpo de mi Rey. No deseo merecer de tí otra compasion, ni creas tampoco que me importe la vida, pues no deseo existir más tiempo del necesario para enterrar el cadáver de mi señor. Despues, si estás poseido del furor del Tebano Creonte, podrás, si así te place, despedazar mis miembros y esparcirlos para que sirvan de pasto á las fieras y á las aves de rapiña; pero antes, permíteme que sepulte al hijo de Almonte.

Así dijo Medoro, con dulce voz y con palabras capaces de conmover á un monte: Zerbino empezaba ya á sentir hácia el jóven sarraceno un grande afecto y una compasion infinita; cuando un guerrero bárbaro, sin respeto alguno á su príncipe, clavó su impía lanza en el pecho del desgraciado y suplicante Medoro. Disgustado quedó Zerbino por aquella accion tan cruel como insensata, y mucho más al ver que la violencia del golpe derribó en tierra al sarraceno, pálido y sin sentido, por lo cual juzgó que habia muerto instantáneamente. La irritacion y el dolor de Zerbino fueron tales, que exclamando: «No quedarás sin venganza,» arremetió lleno de saña al autor de aquella triste hazaña; pero este esquivó el cuerpo, y desapareció de su presencia con la velocidad del relámpago.

Apenas vió Cloridano que su Medoro caia en tierra, salió del bosque, para combatir á pecho descubierto; arrojó léjos de sí el arco, y ciego de ira, se lanzó espada en mano contra sus enemigos, más bien por encontrar la muerte, que con la esperanza de vengarse de un modo que á su cólera igualara. No tardó en enrojecer el suelo con su sangre; vió próximo su fin, y apenas sintió que le abandonaban las fuerzas, se dejó caer al lado de su Medoro. Los escoceses se alejaron entonces del bosque, siguiendo á su despechado príncipe, y dejando á los dos moros, sin vida el uno, y casi muerto el otro.

El infeliz Medoro estuvo mucho rato arrojando tan copioso raudal de sangre por su herida, que hubiese muerto indudablemente á no haber recibido un auxilio oportuno. Tropezó casualmente con él una doncella, cubierta de humildes y pastoriles vestiduras, pero de regio talante, de rostro bello, de distinguidos modales y continente honesto. Como hace mucho tiempo que no me he ocupado de ella, apenas os será posible conocerla: era, si acaso no lo sabeis, Angélica, la altiva hija del gran Can del Cathay. Cuando recobró el anillo que Brunel le habia arrebatado, creció tanto su orgullo y su arrogancia, que parecia desafiar al mundo entero; viajaba sola, desdeñándose de aceptar la compañía de todo caballero, por famoso que fuese, y avergonzándose al recordar que habia admitido como amantes á Sacripante y á Orlando. Lo que sobre todo aumentaba su enojo era el recuerdo de haber querido bien á Reinaldo, juzgando que se habia envilecido demasiado al fijar sus ojos en un caballero tan distante de su alcurnia. Pero irritado el Amor por tan desmesurada arrogancia, no quiso tolerarla por más tiempo, y oculto donde yacia Medoro, esperó á la jóven con la flecha preparada en el arco.

Cuando Angélica vió á aquel jovencillo herido, cuya vida se iba extinguiendo por momentos, y que se lamentaba menos de su suerte que de dejar insepulto el cuerpo de su rey, sintió que se abria paso en su corazon por vias desconocidas hasta entonces una piedad insólita, apoderándose de ella una dulce compasion, que se aumentó al escuchar el relato que de sus cuitas le hizo Medoro. Procuró entonces recordar los secretos de la cirujía que aprendiera en la India; pues, segun parece, este es un estudio noble, digno y encomiado en aquellas regiones, donde sin revolver libros ni papeles se trasmite de padres á hijos; y se dispuso á procurar su curacion, valiéndose al efecto de los jugos de algunas yerbas. Recordó haber visto en una pradera inmediata una planta saludable, quizás el díctamo ó la panacea, ú otra cuyo nombre ignoro, pero de efecto tan seguro, que restaña la sangre y hace desaparecer el dolor y la inflamacion de las heridas: corrió á cogerla, y volvió presurosa al lado de Medoro. En el camino encontró á un pastor, que venia á caballo por el bosque buscando una ternera, que hacia dos dias se habia alejado del rebaño y vagaba sola por aquellos contornos. Angélica le condujo al sitio en que Medoro iba perdiendo las fuerzas con la sangre que manaba de su pecho, en la que habia empapado el suelo de tal modo, que estaba próximo á perder la vida.

La doncella se apeó de su palafren, é hizo que el pastor se apeara asimismo del suyo: machacó despues la yerba entre dos piedras, la cogió en seguida y exprimió su jugo en el hueco de su mano; lo aplicó á la herida, y frotó además con él el pecho, el vientre y las piernas del moribundo, siendo tan eficaz el remedio, que cesó la sangre de brotar. Medoro recobró algun tanto el vigor perdido, y al poco rato le fué posible subir sobre el caballo del pastor. Sin embargo, el jóven sarraceno no consintió en apartarse de aquel sitio sin dejar sepultado el cuerpo de su señor: hizo, pues, que le enterraran y á Cloridano con él, y entonces ya no opuso resistencia á marcharse adonde le quisieron conducir. En breve llegaron á la humilde morada del complaciente pastor, donde Angélica, llevada de su piedad, continuó al lado del herido, sin querer separarse de él hasta su curacion completa: ¡tan grande era su naciente afecto, y tanta la compasion que sintió hácia el jóven cuando le vió tendido en el suelo y casi muerto! Conforme fué apreciando poco á poco las gracias y la belleza de Medoro, sintió su corazon minado por la lima sorda de su pasion, hasta que por último se abrasó en amoroso fuego.

El pastor habitaba con su mujer y sus hijos una cabaña bastante buena y agradable, de nueva y reciente construccion y situada en el bosque entre dos colinas. Allí fué donde la doncella, á fuerza de cuidados, logró curar en breve la herida de Medoro; pero sintiendo á su vez y en menos tiempo los crueles efectos de una herida mucho mayor y más profunda, que habia abierto en su corazon el dardo invisible, disparado por el niño alado desde los hermosos ojos y blondos cabellos de Medoro. Consumíala un ardor siempre creciente; pero olvidando su propio padecimiento, solo se ocupaba en atender solicita al mismo que era causa de su quebranto. A medida que la herida del sarraceno se iba cerrando, se abria y empeoraba la de Angélica: sanó por fin el jóven, al paso que á ella la iba extenuando la fiebre con su temblor, ya helado, ya sofocante. De dia en dia recobraba Medoro su marchita belleza, y de dia en dia iban desvaneciéndose los sonrosados colores de la doncella, como suele desvanecerse la nieve del invierno ante los templados rayos del sol de primavera. Forzoso le era, pues, tomar una pronta determinacion, si no queria que la hiciesen perecer sus fogosos deseos; y por lo mismo comprendió que no debia esperar más á que otro le ofreciese lo que anhelaba ansiosa; y olvidando las leyes del pudor, pidió á Medoro, con voz resuelta y atrevida mirada, que aplicase el remedio necesario á un mal que él mismo le habia causado sin saberlo.

¡Oh conde Orlando! ¡Oh rey de Circasia! ¿De qué os sirve vuestro ínclito valor? ¿Cuál es la recompensa de vuestra gloria y renombre? ¿Qué galardon adquirís por vuestros servicios? Decidme si obtuvisteis alguna vez el más insignificante favor en premio de cuanto por ella habeis sufrido. ¡Oh rey Agrican! Si pudieras volver á la vida, ¡cuál no seria tu humillacion al presenciar la conducta de Angélica, tú, para quien ella fué siempre desdeñosa, rechazándote cruel é inhumanamente! ¡Oh Ferragús! ¡Oh numerosos adalides que no nombro, y que llevásteis á cabo mil inclitas proezas por aquella ingrata, con cuánta desesperacion no la contemplariais ahora en brazos de su amante!

Angélica dejó cojer á Medoro aquella flor que nadie habia tocado hasta entonces, porque nadie habia sido tan afortunado que pudiese hollar tan maravilloso jardin. Sin embargo, para cohonestar hasta cierto punto aquella union, se celebró con ceremonias santas el matrimonio, bajo los auspicios del amor, y siendo prónuba la mujer del pastor. Celebráronse las bodas bajo aquel rústico techo con la mayor solemnidad que fué posible, y por espacio de un mes se entregaron ambos amantes á los tranquilos deleites de su pasion. Angélica no podia estar un momento separada de su Medoro; no se cansaba de acariciarle; y á pesar de verse continuamente en sus brazos, sus deseos y sus voluptuosos impulsos renacian sin cesar. Ya permaneciera en la cabaña, ya saliera fuera de ella, tenia dia y noche á su lado al hermoso jóven; por mañana y tarde iban buscando un retiro agradable junto á las orillas de los rios, ó por las verdes praderas, ó bien, para librarse de los ardores del sol del medio dia, se refugiaban en una cueva, tan grata y cómoda quizás como la que sorprendió los secretos de Eneas y Dido, cuando iban huyendo del agua. En los momentos en que les permitian alguna tregua sus expansiones amorosas, se entretenian en grabar sus nombres con una aguja ó un cuchillo en el tronco de algun árbol, cuyo ramaje prestara amena sombra á un manantial ó á un arroyuelo; en las rocas cuya dureza no era tanta que lo impidiese; en las paredes de la cabaña y en mil distintos sitios; de suerte que por todas partes se encontraban los nombres de Angélica y Medoro escritos y entrelazados de diferentes maneras.

Cuando Angélica se apercibió de que su residencia en la cabaña del pastor iba prolongándose demasiado, se dispuso á regresar á la India para ceñir á Medoro la brillante corona del Cathay. La jóven llevaba en el brazo hacía mucho tiempo un brazalete de oro, enriquecido de piedras preciosas, como recuerdo y testimonio del afecto que le profesaba el conde Orlando. Aquel brazalete se lo habia dado Morgana á Zeliante, á quien tenia cautivo en un lago; y este, cuando volvió á los brazos de su padre Monodante, merced al arrojo y al valor de Orlando, se lo regaló á su libertador, el cual, enamorado ya de Angélica, lo aceptó con la intencion de ofrecérselo á su amada. La jóven estimaba aquel brazalete como pudiera estimar el más preciado objeto, pero no por amor al paladin, sino por el incomparable valor y esmerado trabajo de la joya. Consiguió conservarlo en la isla del llanto, aunque no sabré deciros por qué medio, cuando los ebudos crueles é inhospitalarios la expusieron enteramente desnuda á la voracidad de un mónstruo marino. No teniendo, pues, otra cosa que ofrecer al buen pastor y á su mujer en pago de la hospitalidad y de los servicios que les habian ofrecido con tanta solicitud desde el dia en que se refugiaron en la cabaña, sacóse el brazalete del brazo, y se lo entregó, rogándoles que lo admitiesen en obsequio suyo, y acto contínuo se dirigieron hácia los montes que separan la Francia y la España.

Pensaban esperar algunos dias en Valencia ó Barcelona á que saliese algun buque con rumbo al Oriente. Al llegar á la cumbre de aquellas elevadas montañas, descubrieron más allá de Gerona el dilatado mar, cuya playa fueron costeando hácia la izquierda siguiendo el frecuentado camino de Barcelona. Pero antes de llegar á esta ciudad, vieron tendido en la playa á un hombre, con el rostro, el pecho y la espalda tan súcios y tan llenos de lodo é inmundicia que parecia un cerdo; el cual, apenas divisó á los dos jóvenes, se precipitó sobre ellos como se precipita un perro sobre personas desconocidas, causándoles un susto y una afrenta inesperada.

Mas vuelvo á ocuparme de Marfisa, de Astolfo, de Aquilante, de Grifon y de los demás navegantes que, en presencia de la muerte, rendidos y extenuados de cansancio, no podian contrarestar los embates del mar embravecido. La tormenta, cada vez más soberbia y arrogante, continuaba amenazándoles con sus furores; y á pesar de que su saña duraba ya tres dias, no daba señal ni indicio de aplacarse. Las monstruosas olas y los vientos desencadenados habian destrozado el castillo de popa y las gavias; lo que el vendabal dejaba en pié, era cortado y arrojado al mar por los mismos marineros. Mientras unos, inclinados sobre la carta marina, marcaban el rumbo que seguian á la escasa luz de una pequeña linterna, otros permanecian en la bodega, examinándolo todo atentamente, alumbrados por una antorcha, y otros en la popa ó en la proa cuidaban del reloj de arena, consultándolo cada media hora para saber el tiempo trascurrido y la rapidez de la marcha del buque. Por último, cada cual, provisto de su correspondiente carta marina, pasó sobre cubierta á fin de dar su parecer en el consejo á que los habia convocado el capitan. Uno de ellos sostenia que se encontraban próximos á las sirtes de Limiso, segun lo que de sus cálculos deducia; otro, que estaban cerca de los agudos peñascos de la costa de Trípoli, donde el mar estrella frecuentemente á los buques; y alguno aseguraba que se hallaban perdidos en las aguas de Satalia, terror de los marineros. Cada cual apoyaba su opinion con diferentes razones, pero todos sentian la misma inquietud é igual temor.

Al tercer dia, el viento les atacó con más furia, y el mar se mostró más airado: el primero desgajó y se llevó el trinquete; una monstruosa oleada del segundo arrebató el timon y el timonel. Hubiera sido preciso un corazon más fuerte que el mármol y más duro que el acero para resistir al temor; y hasta la misma Marfisa, tan valiente en todas ocasiones, no pudo menos de confesar que aquel dia tuvo miedo. Por de contado que no faltaron promesas de ir en peregrinacion al monte Sinaí, á Santiago de Galicia, á Chipre, á Roma, al Santo Sepulcro, á la Vírgen de Ettino y otros sitios célebres, si salian con bien de tan apurado trance. El bajel continuaba entre tanto siendo juguete de las olas, las cuales lo elevaban á veces hasta las nubes: el piloto habia hecho picar el artimon para oponer menos blanco á los embates del viento, y juntamente con los cajones, los fardos de ricas mercaderías y cuantos objetos de algun peso existian á bordo, lo arrojó á merced de las olas. En seguida se pusieron unos á manejar la bomba, á fin de extraer de la nave el agua que iba haciendo, y devolvian al mar lo que del mar habia salido, al paso que otros se ocupaban en la bodega en reparar las averías causadas por las olas en el casco del buque.

Cuatro dias permanecieron entregados á tantos trabajos y á tan mortal angustia, sin que supieran adonde volver los ojos para hallar un refugio; pero en el momento en que parecia que el mar iba á triunfar de sus esfuerzos por poco que hubiese continuado en su insistente furor, abrieron sus corazones á la esperanza al ver el deseado fuego de San Telmo, que apareció sobre la obra muerta de proa, por no quedar ya entenas ni masteleros. Todos los navegantes cayeron de rodillas ante los resplandores de aquellas bellas luces y pidieron al cielo con ojos húmedos y tembloroso acento que se calmase el mar y tornara la bonanza. La tempestad, tan pertinaz hasta entonces, no siguió adelante; el mistral ya no les molestó en la travesía; pero el Sud-Oeste, cual tirano del mar, lanzaba por su negra boca tan impetuosos resoplidos que las olas se sucedian con rapidez increible unas á otras, semejantes á un devastador torrente, é impelian al buque con la velocidad del halcon que hiende los aires, con gran espanto del piloto que temia verse arrastrado hasta el fin del mundo, destrozado ó sumergido en el abismo. El experto marino arbitró, sin embargo, un pronto remedio, y dispuso que se amarraran á la popa cables gruesos y sólidos de los cuales se colgaron las anclas, procurando de este modo disminuir en sus dos terceras partes la marcha de la nave. Esta maniobra, unida al auxilio del que hizo descender á la proa el fuego de San Telmo, produjo el efecto deseado y salvó al buque, próximo á zozobrar, haciendo que se deslizara por alta mar con mayor seguridad.

Poco despues se encontraron en el golfo de Layas, en la costa de Siria, á la vista de una gran ciudad, y tan cerca de la playa, que se distinguian perfectamente los dos castillos situados á la entrada del puerto. Mas en cuanto el piloto conoció el sitio en que se encontraba, quedó aterrado, porque allí no se atrevia á echar las anclas, ni le era posible huir ni permanecer al pairo. Y en efecto, ¿cómo conseguirlo con un bajel que habia perdido los mástiles, las gavias, las vergas, y cuyo casco estaba medio destrozado por los redoblados y furiosos golpes de mar que habia sufrido? Desembarcar en aquella costa era lo mismo que suicidarse ó condenarse á un perpétuo cautiverio; porque todos cuantos habian saltado en ella por equivocacion ó conducidos por su adversa fortuna, habian perdido la vida ó la libertad. Tampoco era conveniente malgastar el tiempo en vacilaciones; porque se exponian á que los habitantes de aquel país saliesen con sus buques armados en corso á atacar una nave, no ya incapaz de resistirse, sino hasta de navegar.

Mientras el piloto luchaba en tan penosa indecision, aproximóse á él el duque Astolfo, y le preguntó la causa de ella, así como la de no haber entrado ya en el puerto. Contestóle el marino que toda aquella costa estaba habitaba por mugeres homicidas, cuya costumbre, observada durante largos años, era la de esclavizar ó dar la muerte á todo el que saltaba en tierra. Añadió que únicamente se libraba de tan triste suerte el que fuese capaz de vencer cuerpo á cuerpo á diez guerreros, y de satisfacer por la noche el apetito carnal de otras tantas doncellas: si el que salia bien de la primera prueba, no podia cumplir con la segunda, perecia irrevocablemente, y sus compañeros se veian obligados á cultivar los campos ó á custodiar ganados. El que consiguiera salir triunfante de una y otra prueba, lograba la libertad de sus compañeros; mas no así la suya, pues habia de tomar por esposas á diez mujeres, elegidas segun sus deseos.

Astolfo no pudo contener la risa al oir una costumbre tan rara. Acercáronse despues Sansoneto, Marfisa, Aquilante y su hermano, y el piloto les refirió del mismo modo la causa que le tenia apartado del puerto. «Prefiero mil veces, les dijo, sepultarme entre las olas, á gemir bajo el yugo de la esclavitud.»

Los marineros y demás navegantes fueron del parecer del piloto; pero Marfisa y sus compañeros opinaron de distinto modo, por creer que estarian más seguros en la tierra que en el mar; afirmando que les importaba menos verse rodeados de cien mil espadas, que exponerse á ser de nuevo juguete de las embravecidas olas; pues contra estas de nada les servian sus armas, al paso que, mientras pudieran manejarlas, su valor arrostraria impávido los peligros de aquel país ó de cualquier otro del mundo. Deseaban, pues, los guerreros saltar en tierra, y especialmente el Duque inglés, por estar persuadido de que apenas dejase oir los sonidos de su trompa, dispersaria á sus agresores. Una parte de los navegantes aprobaba este proyecto; le censuraba la otra, ocasionándose las disputas consiguientes á esta diferencia de opiniones, cuando por último, los primeros, que eran los más numerosos, obligaron al piloto á tomar tierra mal de su grado.

En cuanto vieron desde la ciudad á nuestros navegantes adelantarse en demanda del puerto, prepararon una galera provista de mucha chusma y de marineros expertos, la cual se dirigió al encuentro de la triste nave en que se agitaban tan opuestos pareceres; y amarrando á su elevada popa la proa de aquella, la sacaron fuera del impío mar. Entraron en el puerto á remolque, y á fuerza de remos más bien que á favor de las velas, porque el viento se las habia arrebatado durante la tempestad pasada. Entre tanto, los caballeros se vistieron su armadura, ciñeron su fiel espada y procuraron reanimar con sus palabras consoladoras el abatido espíritu del piloto y demás compañeros de viaje.

El puerto, que era semicircular, tenia más de cuatro millas de circunferencia; su entrada unos seiscientos pasos de anchura, y en cada uno de los extremos de la media luna que formaba se elevaban dos fortalezas. Estaba al abrigo de todos los vientos, excepto al Mediodia, y la ciudad se levantaba en anfiteatro por la pendiente de una colina.

No bien fondeó en dicho puerto aquella embarcacion, de cuyo arribo se tenia ya noticia por toda la comarca, cuando se presentaron en él seis mil mujeres en hábitos guerreros y empuñando sus arcos, al mismo tiempo que para impedir toda evasion, se cerraba la entrada del puerto con naves y cadenas, colocadas de una á una otra fortaleza, las cuales estaban constantemente preparadas para uso semejante. Una de aquellas mujeres, que por su edad podria compararse á la Sibila de Cumas ó á la madre de Héctor, llamó al piloto, y le preguntó si querian dejarse quitar la vida, ó si preferian inclinar su cabeza bajo el yugo de la servidumbre, siguiendo la costumbre establecida. Forzoso les era, pues, elejir entre la esclavitud ó la muerte.

—Sin embargo, añadió, si hay entre vosotros algun hombre tan animoso y fuerte, que se atreva á combatir contra diez de los nuestros y consiga vencerlos, y esté dispuesto además á servir de esposo por la noche á diez doncellas, le reconoceremos por nuestro príncipe, y vosotros podreis marcharos enteramente libres ó permanecer aquí, segun vuestra voluntad; pero advirtiendoos, que el que quiera quedarse y ser libre, ha de desposarse con diez mujeres. Mas si el campeon que elijais para luchar con nuestros diez guerreros llega á ser vencido ó sale mal de la segunda prueba, vosotros quedareis esclavizados y él perecerá.

Donde la vieja esperaba hallar temor, encontró, por el contrario, animosos brios; pues cada uno de los caballeros se creia con fuerzas para salir airoso de una y otra prueba. Marfisa deseaba como los demás tomar parte en la empresa, pues si bien estaba persuadida de que no podria cumplir con la segunda condicion, esperaba suplir con su espada lo que la naturaleza no le permitia. Puestos, pues, de acuerdo nuestros caballeros, encargaron al patron que contestara, que entre ellos no faltaban guerreros capaces de arrostrar en la plaza y en el lecho los peligros de las condiciones impuestas.

Aproximóse el buque á tierra, le amarraron con sólidos cables, y echaron el puente, por el que desembarcaron los caballeros provistos de sus armas y llevando sus corceles del diestro. En seguida atravesaron la ciudad en medio de una multitud de doncellas de aspecto altanero, que se entretenian en cabalgar por las calles con los vestidos recogidos, y en manejar las armas por las plazas como guerreros. Por respeto á la antigua costumbre de que he hablado, tenian prohibido los hombres de aquel país calzar espuelas, ceñir espada, ni usar arma alguna, excepto los diez designados para sostener el combate. Todos los demás estaban dedicados á manejar la lanzadera, la rueca, el huso, la aguja y el peine, cubiertos con trajes mujeriles, que les llegaban hasta los piés y les daban un aspecto muelle y afeminado. Algunos arrastraban una cadena, como señal de su profesion de labriegos ó pastores. Los varones escaseaban tanto en tan singular comarca, que seguramente no podrian reunirse en todas sus ciudades y villas cien hombres por cada mil mujeres.

Los caballeros convinieron en que la suerte decidiera cuál de ellos habia de luchar con los diez campeones en la plaza y con las diez doncellas en diferente palenque por la salvacion comun, habiendo resuelto de antemano que no entrara en suerte Marfisa, persuadidos de que tropezaria con una dificultad insuperable en la prueba de la noche, para la que la hacia inhábil su sexo; pero la jóven guerrera no quiso consentir en ello, y precisamente fué la designada por la suerte. Marfisa les dijo entonces:

—Os ofrezco perecer en la demanda antes que por mí os veais sumidos en la esclavitud: por esta espada os juro (y mostró el acero que llevaba ceñido al costado), que sabré deshacer todos los obstáculos, del mismo modo que Alejandro deshizo el nudo gordiano. Estoy resuelta á lograr que en lo sucesivo, y hasta el fin de los siglos, ningun extranjero tenga que lamentarse de haber llegado á este país.

Así dijo, y no pudiendo sus compañeros oponerse á la decision de la suerte, entregaron su libertad y su salvacion en manos de la guerrera, que armada de piés á cabeza, se presentó en el terreno del combate.

En la parte más elevada de la poblacion existia una plaza circular, rodeada de asientos de piedra, y exclusivamente destinada á esta clase de combates, á los torneos, á las luchas y demás regocijos públicos, y cerrada por cuatro puertas de bronce. Una multitud considerable de mujeres armadas se colocó en aquellas graderías, despues de lo cual hicieron entrar á Marfisa. La jóven se presentó montada en un arrogante caballo tordo rodado, de cabeza pequeña y fogosa mirada, de paso seguro y soberbio, y de magnífica estampa. El rey Norandino lo habia elegido en Damasco como el más hermoso y gallardo de entre otros mil que tenia para su uso, y se lo habia regalado á Marfisa.

Entró esta en el palenque por la puerta del Sur, en el momento en que el Sol llegaba á la mitad de su carrera: pocos momentos despues resonaron por todos los ámbitos de la plaza los ecos agudos de los clarines, y vió que por la puerta del Norte penetraban en ella sus diez contrarios. El guerrero que venia al frente valia al parecer más que los otros nueve reunidos. Presentóse en el palenque cabalgando sobre un gran corcel, más negro que el cuervo de plumaje más oscuro, excepto la frente y la pata trasera izquierda, en las que se veian algunas manchas blancas. El color de la armadura del caballo, tan negra como el caballero, parecia indicar que así como el blanco estaba en mucha menos proporcion que el oscuro, del mismo modo su sonrisa habia desaparecido bajo el tétrico llanto.

En cuanto se oyó la señal del combate, nueve de los guerreros bajaron simultáneamente sus lanzas; mas el caballero del negro color no quiso prevalerse de semejante ventaja sobre un solo adversario, y se hizo á un lado como si no tuviese intencion de pelear. Deseoso indudablemente de observar las leyes de la cortesía más que de obedecer las del país, permaneció inmóvil presenciando el resultado de tan desigual contienda.

El caballo de Marfisa, cuyo paso era suave y mesurado, arrancó entonces como un rayo contra los nueve combatientes; y la jóven enristró en medio de la carrera su lanza, la cual era tan pesada, que apenas habrian podido sostenerla cuatro hombres. Al salir de la embarcacion la habia elegido como la más sólida de entre otras muchas entenas. El aspecto de la guerrera fué en aquel momento tan terrible, que al contemplarla palidecieron mil semblantes y latieron violentamente mil corazones. Al primero que alcanzó le agujereó el pecho como si lo hubiera tenido desnudo, despues de atravesarle la coraza, la cota de malla y un grueso escudo chapeado de hierro, viéndose salir la lanza por la espalda más de un codo: tan grande fué la violencia del golpe. Sin detenerse á más, le dejó rodar por el suelo, y se lanzó á toda brida sobre los otros. Al segundo y al tercero les dió tan soberbio bote de lanza, que ambos exhalaron el último aliento, por haberles partido la columna vertebral, arrancando á uno de ellos de la silla: tan terrible fué aquel choque y tan amontonados venian sobre ella sus contrarios. Solamente las balas de cañon pueden abrir los escuadrones como Marfisa abrió el grupo que formaban los nueve combatientes. Varias lanzas se rompieron en la coraza de la jóven; pero permaneció ante sus golpes tan inmóvil como las paredes de un trinquete ante las pelotas lanzadas por los jugadores.

Su coraza, enrojecida por encanto en el fuego del Infierno y templada en el agua del Averno, era tan dura, que nada podian contra ella los más fuertes embates. Al llegar al estremo opuesto del palenque, detuvo Marfisa un momento su caballo, volvió riendas y lo lanzó nueva y rápidamente contra sus restantes adversarios, que aterrados, se apartaron de ella en desórden. No obstante, los persiguió, los acuchilló á su sabor y enrojeció con su sangre hasta la empuñadura de la espada: derribóle á uno la cabeza, un brazo á otro, y á un tercero le dió tan tremenda cuchillada, que fué rodando por el suelo el pecho con la cabeza y los brazos, mientras las piernas y el vientre quedaron á caballo. Quiero decir, que lo dividió por medio del cuerpo, hácia donde se reunen las costillas y las caderas, dejándole con la mitad no más de su figura, semejante á esos exvotos de plata ó de cera que las gentes de paises lejanos ó próximos suelen colgar ante las imágenes divinas, para manifestarles su agradecimiento y cumplir la promesa que hicieran si les salian bien sus piadosas demandas. Alcanzó despues en medio de la plaza á uno de los guerreros enemigos que iba huyendo, y le separó de tal modo la cabeza del tronco, que no hubo médico que pudiera volvérsela á unir. En fin, los nueve campeones, uno tras otro, rodaron á los piés de Marfisa, muertos los unos y tan mal heridos los otros, que perdieron todo su vigor, quedando segura la doncella de que no podian levantarse más del suelo para continuar la lucha.

Habia permanecido inmóvil hasta entonces en un extremo de la plaza el caballero que mandaba á los nueve combatientes vencidos, por considerar como una accion indigna é inícua acometer á uno solo con tanta ventaja. Pero en cuanto vió que aquel campeon habia dado tan rápida cuenta de sus compañeros, se adelantó para probar que la generosidad y no el temor le habia tenido alejado de la lucha. Hizo con la mano una seña de que deseaba pronunciar algunas palabras antes de trabar el combate, y no pudiendo presumir que bajo aquellas actitudes varoniles se ocultase una doncella, dijo á Marfisa:

—Caballero, debes estar cansado despues de haber vencido á tantos adversarios; y seria en mi descortesia, si pretendiera fatigarte más de lo que lo estás. Te concedo, pues, que descanses hasta el nuevo dia, y entonces volverás al palenque; pues no seria honroso para mí aceptar la lucha contigo, cuando tan trabajado y rendido debes estar, segun presumo.

—No es nuevo para mí el manejo de las armas, ni acostumbro á ceder tan pronto al cansancio, contestó Marfisa; y en prueba de ello, pronto conocerás, á pesar tuyo, la verdad de estas palabras. Agradezco, como se merece, tu cortés ofrecimiento, pero todavia no tengo necesidad de descansar; y además, es aun tan temprano, que seria vergonzoso entregarse al ocio durante las horas de dia que nos quedan.

El caballero respondió:

—¡Ojalá pudiera satisfacer tan completamente los deseos que oprimen mi corazon, como quedarán los tuyos satisfechos! pero guarda, no sea que el dia de hoy te parezca más corto de lo que crees.

Así diciendo, hizo que les trajeran dos gruesas lanzas, ó más bien, dos pesadas entenas; se las presentó á Marfisa para que escogiese una, y tomó despues la que ella habia dejado. Preparáronse ambos, esperando solo la señal del ataque para acometerse. La tierra, el mar y el aire resonaron con el estrépito de sus armas, apenas se oyó el primer toque de los clarines. Los espectadores, con la mirada fija, inmóviles los labios y la respiracion contenida, estaban tan atentos contemplando cuál de los dos campeones su llevaria la palma de la victoria, que no se oia el menor rumor en la plaza.

Marfisa enristró la lanza, procurando arrancar de la silla al primer bote á su contrario, de modo que no pudiera levantarse más; el caballero negro, por su parte, tendia lo mismo que la jóven á derribarla sin vida. Las lanzas volaron hechas astillas, cual si no fueran de gruesa y dura encina y sí de sauce seco y delgado; el choque fué tan violento para los corceles, que doblaron á un mismo tiempo los corvejones, como si el filo de una hoz les hubiera cortado todos los nervios, y ambos cayeron simultáneamente, pero los ginetes salieron rápidamente de entre los arzones. En el trascurso de su vida aventurera, Marfisa habia derribado á mil caballeros al primer encuentro, sin haberse visto nunca lanzada de la silla; pero esta vez lo fué, como habeis oido, y al considerar su caida, se quedó, no atemorizada, sino á punto de volverse loca de furor. En cuanto al caballero negro, no se sorprendió menos de su propia caida, pues no solia saltar de la silla tan fácilmente.

No bien tocaron la tierra con sus cuerpos, cuando se les vió nuevamente en pié, dispuestos á renovar la lucha. Empezaron á descargarse con el mayor furor tajos y reveses que paraban con el escudo, con sus mismos aceros, ó esquivaban dando saltos. Los golpes que se dirigian, ora se dieran en vago, ora sobre seguro, resonaban en el aire y su eco atronaba el espacio. Sus yelmos, sus corazas, sus escudos dieron á conocer que eran más fuertes que un yunque: si el brazo de la doncella era pesado, no podia calificarse de leve el del caballero; tan igual era su destreza, que cada cual recibia el mismo número de golpes que descargaba sobre su adversario. Quien deseara hallar dos corazones igualmente audaces, fieros y valientes, no debia buscarlos en otra parte, ni pedir tampoco más destreza ni mayor bizarría, pues ambos tenian cuanta es posible reunir en una persona.

Las mujeres, que presenciaban hacia largo tiempo aquel contínuo martilleo de los aceros, sin observar en los dos campeones el menor indicio de debilidad ni de cansancio, los proclamaban ya como los dos mejores guerreros de cuantos hubiera en todo el ámbito que circundan los mares, y suponian que si en sus cuerpos no hubiese más que vigor y fortaleza, tan continuado trabajo deberia ya haberlos hecho perecer. Marfisa decia entre sí:—«Ha sido una dicha para mí que este caballero permaneciera inmóvil durante el combate que he sostenido con sus compañeros, pues de otra suerte, habria corrido peligro mi vida; porque ¿cómo me hubiera podido defender entonces, si ahora apenas puedo hacer frente sus ataques?»—Así decia Marfisa, pero mientras tanto no estaba su espada ociosa.—«Suerte he tenido, decia el guerrero negro, en no haber dejado descansar á mi adversario; pues á pesar de lo fatigado que debe haberle dejado su combate anterior, apenas puedo defenderme de sus golpes. Si hubiéramos esperado hasta el nuevo dia para que recobrara su vigor, ¿qué seria de mí? Puedo considerarme como el más feliz de los hombres con que haya rehusado mi oferta.»

Prolongóse la pelea hasta la noche, sin que se conociese la menor ventaja por una ú otra parte: imposibilitados por la falta de luz de poder parar los golpes que mútuamente se dirigian, suspendió la lucha el cortés caballero, diciendo á la guerrera:

—Puesto que las tinieblas importunas han venido á sorprendernos y los dos conservamos todas nuestras ventajas, me parece mejor que prolongues tu vida, por lo menos hasta que despunte la nueva aurora. No me es dable concederte que añadas á tus dias más que el corto espacio de una noche. Sin embargo, te ruego que no hagas recaer sobre mi la culpa de que tu existencia sea tan limitada: échasela más bien á la inhumana ley del sexo femenino, que domina en estas comarcas. Bien sabe Aquel que lo vé todo cuánto me duele tu suerte y la de tus compañeros. En prueba de ello, acepta la hospitalidad que á todos os ofrezco en mi morada; en la inteligencia de que en ninguna otra podreis estar con tanta seguridad, porque la turba mujeril, á cuyos maridos has dado muerte en este mismo sitio, conspira ya contra tí. Cada uno de los que has inmolado estaba casado con diez mujeres: puedes por lo mismo considerar que noventa viudas desean vengar el daño que de tí han recibido. Así es que, si te niegas á aceptar mi ofrecimiento, esta noche te espera una muerte terrible.

Marfisa contestó:

—Acepto de buen grado tu hospitalidad, por abrigar el convencimiento de que tu lealtad y nobleza de corazon serán tan perfectas como tu bizarría y denuedo: mas no deplores el tener que darme la muerte; antes al contrario, tiembla por tí mismo. No creo haberte dado motivo para suponer que soy un adversario indigno de tí; y tanto es así, que dejo enteramente á tu arbitrio la continuacion ó la suspension de la lucha, lo mismo que el proseguirla de dia ó de noche, y cómo, cuándo y dónde quieras.

Por último, resolvieron suspender la pelea hasta el momento en que saliera del Ganges el nuevo albor matutino, quedando indeciso cuál de los dos guerreros era mejor. El generoso caballero se dirigió á Aquilante, á Grifon y á sus demás compañeros para rogarles que se dignasen admitir la hospitalidad que les ofrecia durante la noche. Aceptáronla sin desconfianza alguna, y desde el palenque pasaron todos alumbrados por el resplandor de blancas antorchas, al palacio del guerrero, en el que encontraron una multitud de estancias ricamente alhajadas. Estupefactos quedaron los dos combatientes al mirarse mútuamente en cuanto se quitaron los yelmos: Marfisa se sorprendió al encontrarse con un jóven que no parecia tener más de diez y ocho años, juzgando imposible tanto valor en edad tan temprana; el otro no quedó menos sorprendido al conocer por la rubia cabellera de la jóven el sexo de su adversario. Preguntáronse mútuamente sus nombres, cuyas preguntas satisfacieron ambos; pero en el canto siguiente os diré, si venis á escucharme, el del caballero.

Canto XX

Guido y los demás guerreros se evaden de aquella triste region, despues que Astolfo ha puesto en fuga á todos sus habitantes valiéndose de su trompa.—Astolfo incendia despues todo el país, y se aleja enteramente solo, dando la vuelta al mundo.—Marfisa derriba en Francia á Zerbino, obligándole á encargarse de Gabrina.—El príncipe escocés sabe por Gabrina lo acaecido á Isabel.

Las mujeres de la antigüedad han hecho cosas admirables, así en las armas como en las letras, y sus obras bellas y gloriosas han esparcido una radiante luz por el mundo. Harpalice y Camila son famosas por su valor y su pericia militar; Safo y Corina se ilustraron por su talento y su genio, y sus nombres no desaparecerán en la noche de los tiempos. Las mujeres han llegado á la perfeccion en cualquier arte á que se han dedicado con asiduidad, como puede atestiguarlo todo el que tenga las más ligeras nociones de Historia. Si el mundo ha permanecido algun tiempo sin ver brillar la fama de alguna mujer no ha de durar siempre el mal influjo; ó más bien, preciso será acusar de esta falta á la envidia ó á la ignorancia de los escritores.

Estoy firmemente persuadido de que las mujeres de nuestro siglo se distinguen igualmente con méritos brillantísimos, y no tan solo dignos de que el papel y la pluma perpetúen su memoria, sino tambien de que su fama resuene en los futuros siglos para que la maledicencia de muchas lenguas viperinas quede eternamente sepultada entre su infamia, y aparezcan los triunfos de aquellas tan esplendentes que nada tengan que envidiar á los de Marfisa.

Volviendo, pues, á esta guerrera, diré que ofreció al cortés caballero darle noticias de su vida, luego que él por su parte le manifestara su condicion. Deseaba, sin embargo, con tanta impaciencia conocer el nombre del jóven guerrero, que pronunció primeramente el suyo para darle ejemplo, diciéndole:—«Yo soy Marfisa.» Y bastó aquel nombre, famoso y conocido en todo el mundo para saber lo demás.

El caballero negro tuvo necesidad de mayor proemio para dar cuenta de su vida, y expresóse en estos términos:

—Creo que cada uno de vosotros tendrá presente el nombre de mi estirpe; pues no solo Francia, España y las naciones vecinas, sino tambien la India, la Etiopía y el helado Ponto conocen el esclarecido nombre de Claramonte, de cuyo linaje salió el caballero que mató á Almonte, y el que inmoló á Clariel y al rey Mambrino, destruyendo su reino. De esta sangre, pues, nací yo en la region donde el Ister se arroja por ocho ó diez bocas en el Ponto Euxino, á la cual habia llegado poco antes el duque Amon y enamorándose de mi madre. Por ahora hace un año que la dejé desconsolada para ir á Francia á reunirme con mi familia; pero no me fué posible terminar el viaje, por haberme arrojado á esta costa una furiosa tempestad, y hace diez meses que estoy detenido en ella, contando los dias y las horas que pasan. Me llamo Guido el Salvaje, y hasta ahora he llevado á cabo pocas hazañas, por lo cual es desconocido mi nombre: aquí dí muerte á Argilon de Melibea con los diez guerreros que le acompañaban: salí despues vencedor de la segunda prueba, y hoy soy esposo de diez mujeres elegidas á mi gusto, por lo cual podreis considerar que mi eleccion recayó en las más bellas y más donosas de esta comarca. Mi dominio alcanza á todas las demás por habérseme confiado el gobierno y el cetro de este estado, como lo confiarán á cualquier otro á quien sonría la fortuna, permitiéndole que venza á diez campeones.

Los caballeros preguntaron á Guido la causa de que hubiese tan pocos varones en aquel territorio, y si estaban sujetos á sus mujeres así como estas lo están á sus maridos en todos los paises del mundo. Guido les respondió:

—Desde que permanezco en este país he tenido ocasion de oir muchas veces el motivo de semejante particularidad, y puesto que deseais saberlo, os lo referiré tal y como ha llegado á mi noticia.

«Cuando los Griegos regresaron de Troya, despues de veinte años de ausencia, por haber durado diez el asedio de aquella ciudad y permanecido otros diez á merced de las olas, detenidos en el mar por vientos contrarios, se encontraron con que sus mujeres, no pudiendo soportar los tormentos de la ausencia y para preservarse en sus lechos del frio de las noches, habian elegido amantes jóvenes que mitigaran su pena. Los Griegos hallaron en sus moradas una multitud de hijos agenos; mas, convencidos de que era imposible observar tan prolongada abstinencia, perdonaron de comun acuerdo á sus mujeres, si bien decidieron arrojar de sus moradas á los hijos adulterinos, negándose á que continuaran viviendo á sus expensas. En su consecuencia, cumplióse con ellos lo acordado, si bien las madres procuraron ocultar y seguir manteniendo á un gran número de sus hijos. Los que habian llegado á la edad de la pubertad se ausentaron, por grupos, pasando á diferentes paises: otros abrazaron la carrera de las armas; muchos cultivaron las ciencias y las artes; bastantes la tierra; algunos buscaron su fortuna en la corte, y varios, por último, se dedicaron á guardar ganados.

»Entre los que se ausentaron, iba un jovencillo de unos diez y ocho años, hijo de la cruel Clitemnestra, fresco y lozano cual un lirio ó como la rosa recien arrancada de su tallo. Unido á otros cien jóvenes de su misma edad, los más esforzados de toda la Grecia, armó un bajel y dedicóse á piratear por los mares y las costas. En aquel tiempo, los cretenses habian arrojado del reino al cruel Idomeneo, y para afianzar su nuevo gobierno, reunian armas y levantaban tropas para defenderse. Aprovechando aquella oportunidad, admitieron á su servicio á Falanto (que así se llamaba el jóven), y le confiaron á él y á sus demás compañeros la custodia de la ciudad de Dictima. Era esta la más rica y más agradable de las cien placenteras ciudades de la Creta, tanto por la hermosura, y voluptuosidad de sus mujeres, cuanto por sus incesantes juegos y fiestas; y siguiendo sus habitantes su proverbial costumbre de agasajar en extremo á los forasteros, acogieron tan cordialmente á aquellos jóvenes, que no faltó más sino que los hicieran dueños de sus mismos hogares.

»Los compañeros que Falanto habia elegido eran todos jóvenes, como he dicho, y gallardos; así es que desde el primer momento se apoderaron de los corazones de las bellas cretenses; y como además de su gallardía, eran sumamente afables, enamorados y vigorosos, se hicieron en pocos dias tan bien vistos á los ojos de las mujeres de aquel país, que no tardaron estas en preferirlos á todas las cosas del mundo. Una vez terminada la guerra que habia motivado el llamamiento de Falanto y sus compañeros á Creta, y suspendido el sueldo que por tal concepto recibían, pensaron en abandonar un país que ya no les proporcionaba los medios necesarios para vivir; pero las jóvenes cretenses, al saberlo, dieron mayores muestras de sentimiento, y derramaron más lágrimas que si hubieran visto perecer á sus padres. Todas ellas suplicaron encarecidamente á sus jóvenes amantes que no se apartasen de su lado; mas perdiendo la esperanza de lograrlo, resolvieron seguirlos, y abandonaron por ellos á sus padres, hermanos é hijos, no sin llevarse las joyas, el dinero y los objetos de más valor que existian en su hogar doméstico; pues tan sigilosamente llevaron á cabo su fuga, que no hubo uno solo que la descubriese. Fué tan propicio el viento y tan á propósito la hora que Falanto eligió para la partida, que ya se encontraban á muchas millas del puerto cuando los cretenses echaron de ver su daño. La suerte proporcionó despues á la comitiva de Falanto esta costa, desierta entonces, en la que se establecieron, disfrutando tranquilamente del fruto de su robo.

»Durante diez dias fué para ellos esta playa una mansion llena de delicias; pero como suele suceder que muchas veces la abundancia produce el hastío en el corazon de los jóvenes, convinieron unánimemente Falanto y sus compañeros en abandonar á sus mujeres y librarse de este modo de ellas; porque no hay carga tan pesada como la mujer cuando llega á sernos importuna. Tan ganosos de botin y de rapiñas como parcos en sus gastos, vieron que para mantener tantas concubinas necesitaban algo más que lanzas y ballestas; por lo cual, abandonando aquí á aquellas desdichadas, se marcharon cargados con sus tesoros hácia las costas de la Pulla, donde be oido decir que edificaron la ciudad de Tarento.

»Las cretenses, viéndose vendidas por sus amantes, en quienes tenian depositada toda su confianza, permanecieron por algunos dias tan poseidas de estupor que parecian inmóviles estátuas colocadas en la orilla del mar. Convencidas despues de que sus lágrimas y sus lamentos de nada podian servirles, empezaron á pensar y á buscar un medio para sustraerse á tamaña desgracia: cada una de ellas proponia su parecer, y mientras unas opinaban que debian regresar á Creta y someterse al arbitrio de sus severos padres y ofendidos esposos, antes que perecer de hambre y de miseria en estas playas desiertas y en estos bosques salvajes, otras sostenian que era preferible morir sepultadas en el mar, á adoptar tan cruel partido, y que consideraban menos malo vagar errantes cual meretrices, mendigas ó esclavas, que ir por sí mismas á buscar el castigo, de que las habian hecho merecedoras sus culpables acciones. Tales ó parecidos eran los dictámenes á cual más duro y penoso de aquellas infelices, cuando se levantó Orontea, cuyo orígen se remontaba al rey Minos, y era la más jóven, bella y prudente de todas sus compañeras, y tambien la que menos faltas habia cometido. Perdidamente enamorada de Falanto, le habia sacrificado su virginidad, y abandonado por él el hogar paterno. Dejando ver en su rostro y en sus palabras la ira de que estaba inflamado su corazon magnánimo, rebatió los encontrados pareceres de sus amigas, y esplanó el suyo, que hizo prevalecer.

»No creyó conveniente abandonar un país ostensiblemente fértil, de cielo puro y clima sano; una comarca por la que circulaban límpidos arroyuelos, donde existian selvas umbrosas y extensas llanuras; una costa en la que habia puertos y bahías, que por su desgracia se verian precisados á frecuentar los navegantes extranjeros, dedicados á transportar los diferentes productos de África y de Egipto. Su parecer fué, pues, el de establecerse aquí y tomar cruel venganza del sexo viril que tan pérfidamente las habia ofendido; y propuso que todo bajel, obligado por los vientos á refugiarse en alguno de los puertos de estas playas, fuese saqueado, incendiado y degollados los tripulantes por todas ellas, sin que se perdonase la vida á uno solo.

»Tal fué la opinion de Orontea, y tal la que prevaleció: hízose la ley en estos términos, y se puso inmediatamente en práctica.

»En cuanto el estado de la atmósfera presagiaba una tempestad, corrian á la playa las mujeres armadas y guiadas por la implacable Orontea, que propuso aquella ley, y á quien ellas eligieron por su reina; apresaban las embarcaciones arrojadas por la tempestad sobre estas costas, las entregaban á las llamas, y no dejaban con vida un solo hombre que pudiese llevar á cualquiera parte la noticia de sus estragos. Transcurrieron de este modo algunos años, viviendo siempre solas, y sin mitigar su odio hácia el otro sexo. Pero al fin conocieron que labrarian su propio daño, si no mudaban de conducta; porque careciendo de posteridad, en breve se verian imposibilitadas de cumplir con su ley, la cual terminaria juntamente con su infecundo reino, cuando su propósito era el de que rigiese eternamente. Dulcificando, pues, algun tanto su rigor, eligieron por espacio de cuatro años los diez mejores y más gallardos caballeros de cuantos arribaron á estas playas, prefiriendo los más á propósito para sostener el amoroso combate que buscaban aquellas cien mujeres. Eran, en efecto ciento, por lo cual á cada decena correspondia un marido.

»Sin embargo, antes que consiguieran encontrar hombres bastante fuertes para resistir tal prueba, tuvieron que degollar á muchos. Al fin hallaron los diez que necesitaban á quienes hicieron partícipes de su lecho y del gobierno del país, obligándoles á jurar de antemano que siempre que llegaran á estas playas otros hombres, habrian de apoderarse de ellos y pasarlos á cuchillo sin conmiseracion alguna. Pronto tuvieron hijos, y empezaron á temer que llegara un dia en que el número de los varones fuera tan considerable, que no pudieran sujetarles y cayera al fin en manos de los hombres la direccion de sus asuntos, de que tan orgullosas se mostraban: decidieron, pues, antes de que sus hijos saliesen de la infancia, tomar una determinacion que las pusiera á cubierto de sus futuras rebeldías. Con el propósito de que el sexo masculino no llegara á subyugarlas, instituyeron una horrible ley, que previene que toda madre solo pueda conservar un hijo varon, debiendo ahogar á los demás, cambiarlos fuera del reino por hembras ó venderlos. Por esta causa los envian á diferentes paises, y á los que se los llevan, les encargan que traigan mujeres si consiguen hallarlas á cambio de los hijos, y si no, que por lo menos no regresen con las manos vacías. Ninguno se libraria de la muerte si pudieran pasar sin su auxilio, y mantener por sí solas su descendencia. Esta es la única piedad, la sola clemencia que por tan inícua ley conceden á los suyos con preferencia á los extraños, á quienes siguen condenando con igual crueldad que antes, si bien dicha ley fué reformada, disponiendo que no fuesen las mujeres reunidas en confuso tropel quienes degollasen á los navegantes, como antes lo efectuaban. Cuando cogian á diez, veinte ó más hombres de una vez, los encarcelaban y cada dia se sacrificaba uno de ellos elegido por la suerte en el horrendo templo que Orontea habia erigido y consagrado á la Venganza. Uno de los diez varones, designado tambien por la suerte, se encargaba de sepultar el cuchillo homicida en las entrañas de la víctima.

»Muchos años despues vino á parar á estas playas homicidas un jovencillo, de la estirpe del heróico Alcides, dotado de gran valor y llamado Elbano. Como no abrigaba desconfianza alguna al desembarcar, se apoderaron las mujeres de él con la mayor facilidad, y le pusieron en un calabozo estrecho vigilado por una fuerte guardia, destinándole con otros varios al cruento sacrificio. Aquel jovencillo era de rostro bello y placentero; tenia un aspecto tan seductor y una voz tan dulce y persuasiva, que un áspid se hubiera detenido á escucharle. No tardaron en hablar de él, como de la cosa más rara del mundo, á Alejandra, hija de Orontea: esta vivia todavia, aunque cargada de años: todas sus antiguas compañeras habian muerto; pero las habian sustituido otras, educadas más varonilmente que sus madres, y habíase aumentado de tal manera su número, que ya no contaban siquiera con una lima por cada diez fraguas, pues los diez caballeros continuaban dando á los extranjeros un recibimiento muy cruel. Alejandra, deseosa de ver al jovencillo que tanto le ponderaron, pidió permiso á su madre para satisfacer este deseo, y vió y oyó á Elbano; pero cuando quiso separarse de él, sintió que su corazon se quedaba con el cautivo, y tan ligado á él que, sin saber cómo, se encontró presa en su mismo calabozo. Elbano le dijo:

—»Hermosa doncella: si en este país no fuese completamente desconocida la compasion que reina en todos cuantos el benigno Sol alumbra con sus rayos, me atreveria á suplicaros, en nombre de vuestra singular belleza que se apodera fácilmente de las almas, que me hiciéseis merced de la vida para consagrarla en adelante á vuestro esclusivo servicio. Pero como aquí no existe la menor nocion de humanidad, contra toda razon y conveniencia, me abstendré de pedir un favor semejante; pues harto sé que mis ruegos serian inútiles: lo que sí deseo es encontrar la muerte con las armas en la mano, cual cumple á un caballero, y no como un criminal condenado por la justicia ó como la víctima irracional en un sacrificio.»

»La gentil Alejandra, cuyos ojos estaban húmedos por las lágrimas que le causaba su compasion hacia el jóven, le respondió:

—«Aun cuando este país es el más perverso y cruel de cuantos han existido, no concedo que sus mujeres sean otras tantas Medeas, como quieres suponer; y aun admitiendo que lo fuesen, yo soy una excepcion de esa regla. Si hasta aquí han sido mis costumbres tan bárbaras y crueles como las de todas mis compañeras, es porque nunca habia encontrado un mortal que inclinase mi corazon á la piedad. Hoy, sin embargo, tendria la ferocidad de una tigre y el corazon más duro que el diamante, si no hubiesen ablandado su dureza tu hermosura, tu gentileza y tu valor. ¡Ojalá no fuese tan irrevocable la ley instituida en esta nación contra los extranjeros! Pronto me verias rescatar tu vida, aun á costa de mi propia existencia. Pero no tengo la inmensa suerte de poder ayudarte en lo más mínimo, y creo muy difícil obtener el favor que me pides, á pesar de ser insignificante. Sin embargo, haré cuanto esté de mi parte para conseguirlo, y para proporcionarte antes de morir esa satisfaccion; aunque mucho me temo que, prolongando tu existencia, prolongues tambien tus tormentos.»

»Elbano replicó:

—«Aun cuando me fuese preciso combatir contra diez caballeros armados, es tal el vigor que en mí siento, que tengo esperanza de salvar mi vida, despues de haberlos exterminado á todos.»

»Alejandra exhaló un profundo suspiro por toda contestacion, y se separó del jóven, llevándose al partir clavadas en el corazon mil saetas, de cuyas heridas no podia curarse. Acudió á su madre, y le suplicó que no dejara morir á aquel caballero si llegaba á mostrarse tan valeroso y fuerte que hiciera perecer á diez adversarios. La reina Orontea reunió al instante su consejo, y pronunció estas palabras:

—«Nos es de conveniencia suma confiar la custodia de nuestros puertos y costas al mejor de los caballeros que caigan en nuestras manos; mas para saber á quien deberemos admitir y á quien desechar, es necesario que le sometamos á una prueba, á fin de no consentir, con perjuicio nuestro, que reine el vil, y perezca el valiente. Os propongo, pues, y deseo que vuestro parecer sea el mio, que en lo sucesivo todo caballero á quien la suerte arroje sobre nuestras playas, antes de ser inmolado en el templo, y si le acomoda el pacto, pueda combatir con diez guerreros: dado caso de que logre vencerlos á todos, le confiaremos entonces el cuidado del puerto y le concederemos que salve á sus compañeros. Me expreso de este modo, porque tenemos ahora un prisionero, que, segun parece, pretende vencer á diez campeones, y en caso de valer él solo por todos los otros juntos, es dignísimo, por Dios, de que se le atienda; de lo contrario, si le ciega un desmesurado orgullo, recibirá el castigo merecido.»

»Orontea dió aquí fin á su discurso, y entonces una de las más ancianas tomó la palabra para contestarle, diciendo:

—«La razon principal que nos indujo á admitir á los hombres en nuestro consorcio, no consistió en que tuviésemos necesidad de su ayuda para defender este reino, puesto que nuestra inteligencia y nuestro valor eran más que suficientes para ello. ¡Ojalá nos bastáramos así nosotras mismas para impedir que se extinguiese nuestra descendencia! Pero ya que esto no nos era posible sin su auxilio, consentimos en recibir algunos hombres, si bien en corto número, con el fin de que nunca pudiera haber más de uno para diez mujeres, y les fuera imposible subyugarnos: por lo tanto, nuestro objeto fué no más que el de tener hijos; nunca el de buscar quien nos defendiera: para lo primero necesitamos sus brios; en cuanto á lo segundo, más vale que sean inútiles ó perezosos. Por consiguiente, la idea de admitir entre nosotras á un hombre tan fuerte cual suponen, es enteramente contraria á nuestro principal propósito; porque si uno solo es capaz de dar muerte á diez hombres, ¿á cuántas mujeres no dominará? Si los diez hombres que hoy existen aquí fueran tan esforzados, desde el primer dia se habrian apoderado del reino. El designio de facilitar armas á los que pueden más que nosotras, no es por cierto el mejor camino para dominarlos. Debes considerar, además, que si la Fortuna acude en auxilio de tu recomendado hasta el extremo de que consiga dar muerte á los diez, te ensordecerán los lamentos de cien mujeres que quedarán viudas por tan fútil pretexto. En resúmen, si ese jóven desea hacer gala de su valor, debe proponer otros medios más aceptables; pero de ningun modo convertirse en homicida de diez hombres: y en último caso, podria perdonársele, si fuera á propósito para hacer con cien mujeres lo que hoy hacen otros con diez.»

»Tal fué el parecer de la cruel Artemia (que así se llamaba la anciana); y si Elbano se libró de verse hecho pedazos ante el altar de la inexorable diosa, no fué por cierto porque Artemia no se esforzara en conseguirlo: mas la madre Orontea, que deseaba complacer á su hija, adujo tantas y tales razones en pró de su opinion, y empleó tanta elocuencia, que la asamblea aprobó por último su plan. La belleza de Elbano, superior á la de cuantos caballeros existian entonces, ejerció tal influjo en el corazon de las jóvenes, más numerosas que las ancianas en aquel consejo, que prevaleció su parecer sobre el de estas; las cuales pedian, como Artemia, la inmediata ejecucion de la ley antigua; y poco faltó para que dicha ley dejara de aplicarse aquella única vez por favorecer á Elbano. Resolvieron, por último, perdonarle; pero despues que triunfara de diez campeones, y pudiese sostener diferente combate, no ya con cien mujeres, sino con otras diez.

»Sacáronle de la cárcel al dia siguiente; le dieron armas y caballo á su eleccion, y luchó solo contra diez guerreros, que cayeron uno tras otro bajo sus golpes. Al hacerse de noche, fué sometido á prueba con diez doncellas, teniendo tan buen éxito en su segunda empresa que las dejó á todas enteramente satisfechas. Estas brillantes victorias le hicieron merecedor de la gracia de Orontea, la cual le admitió por yerno, y le entregó á Alejandra, y las otras nueve jóvenes con quienes habia llevado á cabo su prueba nocturna. Orontea le eligió despues por sucesor suyo, juntamente con Alejandra, á quien esta tierra debe su nombre, bajo la condicion de que haria observar por él y por sus herederos la ley que rige desde entonces, y la cual previene que todo extranjero á quien su desventurada estrella haga poner el pié en estas costas, escoja, entre ofrecerse á la muerte ó combatir solo contra diez guerreros, y si de dia logra salir vencedor de estos, debe probar su esfuerzo durante la noche con igual número de doncellas: en el caso de que la Fortuna sea con él tan complaciente que le permita triunfar de esta nueva prueba, ha de ser nombrado príncipe y guia del ejército femenino, pudiendo renovar á su capricho los diez mantenedores de tal costumbre, continuando de este modo hasta que llegue otro que sea más fuerte y logre arrancarle la vida.

»Unos dos mil años hace que existe tan impía costumbre, y trascurren pocos dias sin que algun infeliz peregrino sea sacrificado en el templo. Si hay algunos que, como Elbano, y como ahora mismo sucede, admitan la lucha con los diez guerreros, pierden generalmente la vida en el primer combate, y de cada mil, apenas sale uno con felicidad del segundo. Algunos, sin embargo, han salido vencedores de uno y otro; pero en tan corto número que pueden contarse con los dedos. Argilon fué uno de ellos, pero no disfrutó largo tiempo de su victoria; porque habiéndome arrojado una tempestad á este país, le sepulté en el sueño eterno. ¡Ah! ¡por qué no perecí aquel mismo dia con él, en lugar de verme obligado á vivir esclavo y sumido en tanta afrenta! Los placeres del amor, las risas, los juegos, tan gratos á mi edad, los trajes, las joyas, las preeminencias sobre sus conciudadanos, no son nada para el hombre privado de su libertad: y sobre todo, la idea de no poder ausentarme jamás de estos sitios es para mí la esclavitud más penosa é intolerable. Al ver cómo se va ajando la flor de mi juventud en medio de la ociosidad y la molicie y dedicado á tan vil tarea, mi corazon vive en perpétua angustia, y esta incesante pena extingue en mi alma todos los goces. La fama de mi estirpe extiende sus alas por el mundo entero, remontándose hasta el cielo; y mientras tanto, yo, que podria participar de ella, si lograra reunirme con mis hermanos, me hallo en situacion tan miserable. No parece sino que el destino haya querido burlarse de mí, reservándome para una profesion tan vergonzosa, y reduciéndome á la condicion de un caballo ciego, cojo ó con otro defecto, á quien arrojan de la parada por ser ya inútil para la guerra ó para más provechoso destino. ¡Ah! pues que solo muriendo conseguiré verme libre de tan abyecta servidumbre, venga la muerte cuanto antes á poner término á mi desesperacion.»

Al llegar aquí, Guido dió fin á sus palabras, maldiciendo el dia en que su triunfo sobre diez guerreros y diez doncellas le proporcionó el cetro de aquel reino. Astolfo estuvo escuchándole atentamente, aunque algo apartado de Guido para examinarle con toda detencion; y despues que hubo adquirido la certeza de que aquel jóven era hijo del duque Amon, su pariente, le dijo:

—Yo soy tu primo Astolfo, príncipe de Inglaterra.

Estrechóle en seguida contra su corazon, y le besó con gran cariño y deferencia, no sin derramar alguna lágrima.

—Mi querido pariente, añadió, no necesitaba en verdad tu madre colgar de tu cuello señal alguna para dar á conocer que tu raza es la nuestra; pues el valor que demuestras con tu acero es la mejor prueba de tu orígen.

Guido, que en cualquier otra ocasion habria tenido el más vivo placer al encontrar un pariente tan cercano, le acogió entonces con rostro macilento, porque su vista le causaba un verdadero pesar. Y no era extraño: si él vivia, sabia que Astolfo quedaria esclavo, desde el dia siguiente sin ir más léjos; si Astolfo recobraba su libertad, era prueba de que él perderia la vida, por lo cual el bien del uno redundaba en daño del otro. Pesábale tambien que de su victoria resultase un cautiverio eterno para los demás caballeros, así como el considerar que con su muerte no lograria evitar el mismo cautiverio; porque si con ella conseguia sacarles del primer aprieto, tropezarian en el segundo, ya que Marfisa, estaba imposibilitada de salir victoriosa en su combate con las doncellas; resultando de aquí que ella pereceria indudablemente, y ellos ceñirian la cadena del esclavo.

Marfisa y sus compañeros sentian á su vez la mayor compasion y el más tierno afecto hácia Guido, tan jóven, tan cortés y tan generoso, y casi se desdeñaban de salvarse á costa de su muerte, en especial la primera, que estaba decidida á morir con él, en el caso de que no les fuera posible adoptar otra resolucion. Así, pues, dirigiéndose á Guido, le dijo:

—Ven con nosotros, y salgamos de aquí á viva fuerza.

—¡Ah! repuso Guido: tanto si me vences como si quedas vencida, debes perder toda esperanza de escaparte.

Marfisa añadió:

—Jamás ha dudado mi corazon de poner fin á cosa alguna que haya empezado, ni de hallar camino más seguro que el que yo misma me he abierto con mi espada. Habiendo conocido hoy tu gran valor, me siento capaz, teniéndote á mi lado, de acometer la empresa más arriesgada. Cuando la turba mujeril se halle mañana colocada en las gradas del palenque, deberemos acometerla por todas partes y degollarla, ora emprenda la fuga, ora se defienda, dejando sus cuerpos expuestos á la voracidad de los lobos y buitres de este país, y entregando la ciudad á las llamas.

Guido replicó:

—Dispuesto estoy á seguirte, y á morir á tu lado, si es preciso; pero no esperemos salir con vida de tamaña empresa, aunque á lo menos moriremos vengados. El palenque está generalmente ocupado por diez mil mujeres, y otras tantas se quedan custodiando el puerto, las murallas y las fortalezas, por lo cual no veo el medio de escapar de entre sus manos.

—Aunque su número fuese mayor, repuso Marfisa, que el de los soldados que acompañaron á Jerjes, y que el de los espíritus rebeldes arrojados en otro tiempo del cielo para su eterno baldon, pronta estoy á exterminarlas como tú vengas conmigo, ó por lo menos no te unas á ellas.

—Solo un medio existe, añadió Guido, del que podamos echar mano para salvarnos; y este medio, que se me ha ocurrido ahora, es el siguiente: Como solo las mujeres tienen el derecho de aproximarse á las naves ó salir del puerto, pienso recurrir á la fidelidad de una de mis esposas, cuyo amor he puesto muchas veces á prueba y en ocasiones más apuradas que la presente. Desea tanto como yo salir de este país horroroso, con tal de venir conmigo, esperando de este modo librarse de sus nueve rivales, y que ella sola poseerá mi cariño. A favor de la noche le será fácil armar una fusta ó una saetía que vuestros marineros encontrarán lista para navegar. Reunidos luego en un grupo compacto todos cuantos caballeros, mercaderes y marineros se albergan en este palacio, y guiados por mí, nos dirigiremos al puerto, arrollando, si hay necesidad, cuantos obstáculos se opongan á nuestra marcha; y de esta suerte confio en sacaros de la cruel ciudad, merced al esfuerzo de todos.

—Obra como te parezca, respondió Marfisa: en cuanto á mí, estoy segura de salir de aquí. Me es más fácil degollar por mi mano á cuantas mujeres se guarecen tras estas murallas, que huir ó dar el menor indicio de temor; quiero, por lo tanto, salir en pleno dia, y valerme para ello del solo esfuerzo de mi brazo: cualquier otro medio me parece vergonzoso. Sé muy bien que, si conocieran mi sexo, obtendria de las mujeres de esta tierra honor y prez, me acogerian con júbilo y tal vez seria de las primeras en el gobierno del reino; pero habiendo llegado hasta aquí en vuestra compañía, debo arrostrar los mismos peligros que vosotros, y no soy tan infame que os dejara sumidos en la esclavitud, marchándome yo libremente.

Con estas y otras palabras demostró Marfisa, que si consentia en refrenar su audacia no atacando con memorable valor á la turba femenina, era porque la contenia la consideracion del peligro á que exponia á sus compañeros, á quienes fácilmente podria perjudicar su mismo atrevimiento, y por esta razon dejó á Guido que adoptara el partido que más conveniente creyese. Aquella misma noche participó este su proyecto á Aleria, que así se llamaba la más fiel de sus mujeres, y no tuvo necesidad de rogarle mucho, porque la encontró dispuesta á ayudarle. Aleria eligió una nave, la hizo armar, embarcó en ella sus objetos más preciosos bajo el pretexto de que, al despuntar el dia, debia recorrer las costas con algunas compañeras. Antes de esto, habia hecho conducir al palacio espadas, lanzas, corazas y escudos, para armar con ellos á los mercaderes y marineros que estaban desarmados. Mientras unos se entregaban al descanso, otros permanecian en vela, participando alternativamente del reposo y la vigilancia y mirando á cada momento, sin abandonar un instante las armas, si aparecian por Oriente los primeros albores del dia.

El Sol no habia levantado todavia el velo denso y oscuro extendido por la noche sobre la dura superficie de la Tierra, y la prole de Licaon apenas habia vuelto su arado por los surcos del cielo, cuando las mujeres, ansiando presenciar el fin de la lucha, se apresuraron á llenar las gradas del palenque, semejantes á las abejas que se agitan al rededor de la colmena, preparándose á poblar una nueva habitacion así que vuelve el buen tiempo. El estrépito de los tambores, de las trompas y los clarines llenó pronto con sus ecos la tierra y el cielo, llamando á Guido para que se presentara á terminar el combate interrumpido. Aquilante, Grifon, Astolfo, Marfisa, Guido, Sansoneto y todos sus compañeros estaban ya cubiertos con sus armaduras, unos á pié y otros á caballo.

Para trasladarse desde el palacio al mar, era indispensable atravesar la plaza por no haber otro camino, ni largo ni corto. Así lo anunció Guido á sus compañeros, exhortándoles á que se prepararan á combatir como buenos; despues de lo cual emprendió la marcha silenciosamente y se presentó en la plaza, rodeado de más de cien hombres. Recomendándoles entonces que apretaran el paso, se dirigia á la otra puerta para salir de su recinto, cuando las innumerables mujeres que ocupaban la plaza, armadas completamente y dispuestas siempre á combatir, conocieron su intento, al verle á la cabeza de tantos varones, y á un tiempo mismo empuñaron todas sus arcos y se precipitaron hácia la segunda puerta para cerrarle el paso. Guido y los demás caballeros, y sobre todos Marfisa, no tardaron en empezar el ataque, haciendo prodigios de valor para forzar la salida; pero era tal la lluvia de dardos que desde todas partes cayó sobre ellos, hiriendo y matando á algunos, que comenzaron á desconfiar del triunfo. El caballo de Sansoneto, así como el de Marfisa, cayeron atravesados por las flechas; y á no ser por el buen temple de sus corazas, los fugitivos hubieran corrido un gran peligro.

Astolfo dijo entonces para sí:—«La ocasion es magnífica para utilizar mi trompa; y puesto que, segun observo, los aceros no nos sirven de nada, voy á ver si consigo abrirnos paso con ella».—Y acercándose la trompa á los labios, como solia hacerlo en los trances más apurados, empezó á despedir aquellos sonidos horribles, á cuyos aterradores ecos parecia que se estremeciera la tierra y el mundo entero. El pánico que se apoderó de las innumerables mujeres allí reunidas fué tan grande, que, buscando la huida, se precipitaban de arriba á abajo de las graderías, se derribaban unas á otras, y poseidas del mayor espanto y confusion, abandonaron enteramente la defensa de la puerta. Así como los habitantes de una casa, sorprendidos de improviso por el incendio que ha ido creciendo poco á poco en tanto que estaban entregados al sueño, al verse rodeados de llamas por todas partes, se arrojan por las ventanas ó tejados, con grave peligro de su vida, buscando afanosos su salvacion, del mismo modo huian todas de aquellos sonidos espantosos, arriesgando la vida para conseguirlo. Corrian aterradas en todas direcciones, procurando tan solo alejarse; aglomerábanse á millares delante de cada puerta, y oprimiéndose unas á otras, se interceptaban ellas mismas la salida: caian hacinadas á montones, pereciendo muchas aplastadas por el peso de las otras: algunas se precipitaban desde los palcos y ventanas, quedando unas muertas, otras con la cabeza ó los brazos rotos y la mayor parte de ellas lisiadas. Llegaban hasta el cielo los gritos y los lamentos, mezclados con el estrépito que producian las carreras y tan extraordinaria confusion. Cada vez que la trompa despedia uno de sus sonidos, aumentaba la veloz huida de la aterrorizada muchedumbre. Si ois decir que aquella turba vil, perdida su anterior audacia, diera muestras de la cobardía que se habia apoderado de su corazon, no lo extrañeis, porque la liebre es tímida por naturaleza. Pero ¿qué direis del ánimo esforzado de Marfisa, de Guido el Salvaje, de los dos jóvenes hijos de Olivero, que hasta entonces tanto lustre dieran á su estirpe? Apenas hacia un momento que lo mismo les importaba lidiar con uno que con cien mil; y sin embargo, huian tambien acobardados, cual temerosos conejos ó palomas sobresaltados por un ruido cercano.

La fuerza que estaba encantada en aquella trompa, lo mismo hacia sentir su poder á amigos que á adversarios. Sansoneto, Guido y los dos hermanos corrian tras la espantada Marfisa; y á pesar de su vertiginosa carrera, no podian verse libres de aquellos ecos atronadores. Astolfo continuaba recorriendo toda la ciudad, dando cada vez mayores resoplidos en su instrumento mágico. Muchas de las fugitivas se dirigieron al mar; otras escalaron los montes y otras buscaron un refugio en el fondo de los bosques. Algunas hubo que, sin detenerse ni volver atrás la cabeza, estuvieron corriendo por espacio de diez dias. Varias de ellas, no pudiendo contener el impulso de su huida, se precipitaron en el mar, de donde no volvieron á salir con vida. Las plazas, las calles, las casas y los templos se vieron en un momento tan despejados, que la ciudad quedó casi desierta.

Marfisa, el buen Guido, los dos hermanos y Sansoneto, pálidos y temblorosos, huian hácia el mar, y en pos de ellos los mercaderes y los marineros: encontraron allí á Aleria, que tenia ya preparada la nave, y embarcándose todos precipitadamente, desplegaron las velas y azotaron las olas con los remos.

Astolfo habia recorrido en tanto por dentro y fuera toda la ciudad, desde la playa hasta las colinas que la dominaban dejando todas las calles enteramente limpias de habitantes: todas las mujeres seguian huyendo ú ocultándose de él: muchas hubo á quienes su cobardía les hizo arrojarse en sitios oscuros é inmundos, y otras muchas, no sabiendo donde guarecerse, se habian echado á nado en el mar, pereciendo ahogadas. El Duque regresó de su excursion en busca de sus compañeros á quienes creia encontrar en el muelle: tendió sus miradas en todas direcciones, y no vió á ninguno de ellos en toda aquella playa desierta: levantó, por último, la vista, y divisó entonces á lo léjos la nave en que se alejaban á toda vela, por lo cual se vió obligado á seguir otro camino. Podemos dejarle marchar, sin que nos dé el menor cuidado verle emprender solo tan largo viaje á través del país de los infieles y de otros más bárbaros, por donde nadie puede fijar tranquilamente la planta; pues no habrá peligro alguno del que no triunfe merced á su trompa, que tan buenos resultados acababa de darle. Cuidémonos ahora de sus compañeros que huian por el mar, temblando todavia de pavor. A fuerza de remo y velas, pusieron en breve una larga distancia entre ellos y aquella costa cruel; y cuando dejaron de percibir los horrísonos ecos de la trompa, sintiéronse tan heridos por el punzante aguijon de la vergüenza, que sus rostros se tiñeron de un encendido rubor; no se atrevian á mirarse mútuamente, y todos permanecian tristes, humillados, silenciosos y con la cabeza inclinada.

El piloto, atento á su derrotero, pasó por Chipre y Rodas; y atravesando luego el mar Egeo, vió desaparecer sucesivamente más de cien islas y el peligroso promontorio de Malea; é impulsado siempre por un viento constante y favorable, dejó tras si la península griega de Morea, dió despues la vuelta á la isla de Sicilia, y entrando en el mar Tirreno, fué costeando el ameno litoral de Italia, hasta que fondeó en Luna, donde habia dejado á su familia, dando las gracias más fervientes al Señor por haberle concedido una navegacion tan próspera. En Luna encontraron los caballeros un bajel que se hacia á la vela para Francia; embarcáronse en él aquel mismo dia, y en breve llegaron á Marsella.

Bradamante, á quien estaba confiado el gobierno del país, se hallaba ausente á la sazon; de lo contrario, hubiera decidido á los guerreros á pasar algunos dias en su compañía. Saltaron en tierra, y sin esperar á más, se despidió Marfisa de sus cuatro compañeros y de la esposa de Guido, y siguió su camino á la ventura, diciendo que no era digno de caballeros marchar tantos reunidos; que los gamos, los ciervos, los estorninos, las palomas y todo animal cobarde son los que van juntos en grandes bandadas, pero que el audaz halcon y el águila altanera, los osos, los tigres y los leones, que no confian para defenderse en el auxilio ajeno ni temen á nadie, van siempre solos.

Ninguno de los otros fué de esta misma opinion; por lo cual, se alejó sola Marfisa, atravesando bosques y caminos desconocidos. Grifon el blanco y Aquilante el negro, tomaron con los otros dos la ruta más frecuentada, y llegaron al dia siguiente á un castillo donde recibieron una galante acogida. Este recibimiento, sin embargo, fué halagüeño en la apariencia, y no tardaron en conocer la traicion que tras él se ocultaba; porque el Señor del castillo, que, fingiendo la mayor cortesía, les dió asilo en su morada, cuando llegó la noche los hizo prender en sus lechos, mientras dormian seguros y confiados, y no quiso soltarlos sino despues que les arrancó el juramento de observar una costumbre infame.

Pero antes de ocuparme de dicho juramento, quiero, Señor, ir en pos de la belicosa doncella. Marfisa pasó el Durance, el Ródano y el Saona, y llegó á la falda de una áspera montaña. Allí vió venir por la márgen de un torrente á una mujer vestida de negro, que parecia estar rendida de cansancio, y sobre todo afligida y melancólica. Era esta aquella vieja que servia á los bandidos de la caverna, adonde la justicia divina envió al conde Orlando para darles la muerte. Temerosa la vieja de morir por las razones que diré más adelante, andaba hacia muchos dias por senderos oscuros y extraviados, huyendo de encontrar quien la conociera. El traje y las armas de Marfisa le hicieron suponer que era un caballero extranjero, por lo cual no huyó como solia siempre que topaba con algun guerrero del país: antes al contrario se detuvo en la parte vadeable del torrente, y esperó á la jóven con tranquilidad y confianza; y luego que la vió cerca, le salió al encuentro saludándola y le rogó que la pasara á la orilla opuesta á la grupa de su caballo.

Marfisa, complaciente por naturaleza, la condujo al otro lado, y aun siguió llevándola á la grupa de su caballo por algun tiempo á través de un terreno pantanoso, hasta dejarla en otro más firme. No bien habian salido al camino, cuando se encontraron con un caballero, montado en un caballo ricamente enjaezado y cubierto con una brillante armadura y una magnífica sobrevesta, el cual se dirigia hácia el torrente en compañía de una dama y de un solo escudero. La dama era bastante hermosa, pero de semblante adusto y altanero, de una orgullosa arrogancia, y digna, en una palabra, del caballero que la acompañaba. Éste era Pinabel, aquel conde de Maguncia, que pocos meses antes arrojara á Bradamante en la cueva de Merlin. Aquellos suspiros, aquellos frecuentes sollozos, aquellas lágrimas que anublaban contínuamente su vista, eran por la pérdida de la dama con quien iba ahora, y que entonces estaba en poder del Nigromante. Mas despues que desapareció de la cima del peñasco el castillo encantado de Atlante, y cada cual pudo seguir el camino que mejor cuadrase á sus deseos, gracias al valor de Bradamante, aquella dama, dispuesta siempre á satisfacer, con demasiada facilidad, los deseos de Pinabel, fué á buscarle, y á la sazon viajaban juntos de castillo en castillo.

Como la dama de Pinabel era burlona al par que importuna, apenas vió á la vieja compañera de Marfisa, no pudo contener su lengua, y empezó á motejarla con befas y sonrisas insultantes. La arrogante Marfisa, poco acostumbrada á soportar ultrajes en su presencia, respondió colérica á la dama que aquella vieja era más hermosa que ella, como estaba dispuesta á probárselo á su caballero, bajo la condicion de que habia de ceder á la anciana sus vestidos y su palafren, en el caso de que derribara al campeon que la acompañaba.

Conoció Pinabel que cometeria una vergonzosa accion si no hacia caso de este reto, por lo cual requirió, á pesar suyo, sus armas; embrazó el escudo, enristró la lanza, tomó distancia, y se precipitó furioso sobre la guerrera. Marfisa, por su parte, hizo lo mismo, y dió tan tremendo bote á Pinabel en la visera de su casco, que le derribó en tierra sin sentido, transcurriendo muy bien una hora antes de que pudiese levantar la cabeza.

Marfisa, vencedora en aquel combate, obligó á la dama á desnudarse de su traje y de todas sus galas, é hizo que la vieja se quitara á su vez el suyo; despues de lo cual quiso que se vistiera con las suntuosas ropas de la dama, y que montara en el palafren de esta. Emprendió en seguida tranquilamente su camino con la anciana, que estaba tanto más repugnante cuanto mejor engalanada.

Tres dias viajaron de este modo sin que les sucediera cosa alguna digna de mencion, cuando al llegar el cuarto divisaron á un caballero que venia hacia ellas, solo y á rienda suelta. Por si desearais conocerle, os diré que era Zerbino, hijo del rey de Escocia, modelo de valor y de gentileza, que iba poseido de la ira y del dolor más vivos, por no haber podido vengarse de un guerrero que le habia impedido llevar á cabo un acto de magnanimidad. En vano corrió Zerbino por la selva en persecucion del que le habia ultrajado; porque este supo huir tan á tiempo, consiguió tomarle tanta ventaja, y facilitaron de tal modo su fuga lo intrincado de un bosque y lo denso de una niebla que habia interceptado los primeros rayos del sol, que consiguió escapar incólume de las manos de Zerbino, hasta que se disiparon la ira y el furor de este príncipe.

El escocés, á pesar de ir aun enfurecido, no pudo contener la risa al ver á aquella vieja, cuyas vestiduras, propias de la juventud, se avenian mal con su semblante vetusto y horrible. Acercóse á Marfisa y le dijo:

—Guerrero, has dado una prueba de prudencia al acompañar á una jovencita como esa; pues no debes abrigar el menor recelo de encontrar quien te la envidie.

La vieja deberia tener, á juzgar por su arrugado pellejo, más años que la Sibila, y adornada de aquel modo parecia una mona disfrazada para excitar la risa: pero entonces, abrasada por el furor y por la ira que chispeaba en sus ojos, se puso aun mucho más horrible; porque el insulto mayor que puede dirigirse á una mujer es llamarla vieja ó fea.

Marfisa, á quien divertia aquella escena, fingió indignarse, y respondió á Zerbino:

—Vive Dios, que mi dama es más bella que tú cortés; y como creo que tus palabras no dicen lo que siente tu corazon, estoy seguro de que finges no conocer su belleza por disculpar tan solo tu extremada cobardía. ¿Qué caballero seria capaz de no procurar apoderarse de una jóven tan bella como esta, si la encontrara abandonada en un bosque?

—A fé mia, dijo Zerbino, que está muy bien en tus manos, y seria lástima que alguien te la arrebatara: por lo que á mí hace, puedes estar completamente seguro de que no seré tan indiscreto que intente privarte de semejante tesoro. Si deseas ajustar conmigo otras cuentas, dispuesto estoy á darte á conocer lo que valgo; pero no soy tan mentecato que vaya á romper una sola lanza en honor de tu compañera. Hermosa ó fea, guárdatela: no seré yo por cierto quien perturbe vuestra amistad. Tan digno me pareceis el uno del otro, que juraria que tu valor corre parejas con su hermosura.

Marfisa le replicó:

—Es preciso que mal de tu grado pruebes á arrebatarme mi dama. No puedo consentir en que hayas contemplado un rostro tan encantador sin intentar siquiera poseerlo.

Zerbino respondió:

—No veo la necesidad de arrostrar el menor peligro por alcanzar una victoria, que será beneficiosa para el vencido y perjudicial para el vencedor.

—Si no te parece bueno este partido, te propondré otro que no debes rechazar, contestó Marfisa á Zerbino. Si me vences, conservaré esta dama en mi poder; pero si soy yo el vencedor, la admitirás por fuerza. Veamos, pues, quién de los dos se quedará sin ella. Pero te advierto que, si pierdes, habrás de acompañarla siempre y por donde mejor le convenga.

—Consiento en ello, exclamó Zerbino.

Y revolvió sin vacilar su corcel para tomar la distancia conveniente. Afirmóse en los estribos, se aseguró en la silla, y para no errar el golpe, dirijió una tremenda lanzada contra el escudo de la doncella, pero no pareció sino que habia metal. La guerrera por su parte le embistió de tal modo, chocado con un monte de que alcanzándole en el yelmo, le arrojó aturdido del caballo.

Aquella caida, la única que recibiera Zerbino en toda su vida, cuando él habia derribado á millares de guerreros, le causó el más profundo pesar, considerándola como una afrenta que no conseguiria borrar jamás.

Por largo tiempo permaneció tendido, inmóvil y silencioso; mas al recordar su promesa de servir perpétuamente de caballero á la horrible vieja, sintió aumentar su desesperacion. Dirigiéndose á él su vencedora, le dijo riendo desde el caballo:

—Te presento esta dama; cuanto más bella y agradable me parece, más satisfecho estoy de que sea tuya. Sé, pues, su campeon en lugar mio; pero cuida de que no se lleve el viento lo pactado, y de no olvidar que has de ser su guia y defensor por donde quiera que le convenga ir, segun has prometido.

Sin esperar respuesta, dirigió su corcel hácia un bosque, en el que se internó rápidamente.

Zerbino, que no dudaba que su vencedor fuese un caballero, pidió noticias de él á la vieja, la cual no le ocultó la verdad; verdad amarga, que produjo mayor ira y angustia mayor en el vencido.

—El golpe que te ha arrancado de la silla, le dijo la vieja, ha sido dirigido por la mano de una doncella, cuyo valor la hace digna de usar el escudo y la lanza, armas propias de los caballeros. Acaba de llegar del centro del Oriente para probar su valor contra los paladines de Francia.

Zerbino, al escuchar estas palabras, sintió aumentarse su vergüenza de tal modo, que no solo le tiñó de un vivo carmin el rostro, sino que faltó poco para que comunicara su encendido color á todas las piezas de su armadura. Montó á caballo, dirigiéndose á sí mismo los más duros reproches por no haber sabido sostenerse bien en la silla, mientras que la vieja gozaba con su afliccion, procurando estimularla y aumentarla en cuanto le era posible con el recuerdo de su juramento; y Zerbino, que se veia obligado á cumplirlo, bajó la cabeza, como el corcel rendido de cansancio, que siente la punta del acicate en sus hijares y el freno en la boca.

—¡Ah, Fortuna maldita! decia Zerbino suspirando: ¿qué mudanza ha sido esta? Despues de haberme arrebatado la bella entre las bellas, ¿te parece digna de ocupar su lugar la repugnante mujer que has puesto en mis manos? Mucho más preferible era para mí lamentar la completa pérdida de mi amada, que verme obligado á aceptar un cambio tan desigual. Por tí ha servido de alimento á los peces y á las aves marinas la que, sumergida y hecha pedazos contra los agudos escollos del mar, no tuvo ni tendrá jamás rival en perfecciones y hermosura; y sin embargo, has prolongado por diez ó veinte años más de los que debias, y solo por aumentar la intensidad de mis tormentos, la existencia de esta vieja, que ha tanto tiempo debiera estar sirviendo de pasto á los gusanos.

Así se lamentaba Zerbino, quien por sus palabras y semblante parecia tan pesaroso de aquella nueva y odiosa conquista, como de la pérdida de su dama. Aun cuando la vieja jamás habia visto al príncipe escocés, no obstante, por lo que le oia decir, adivinó que era el caballero de quien le hablara tanto Isabel de Galicia. Si teneis presente lo que os he referido, recordareis que dicha vieja habia salido de la cueva donde Isabel, la amada de Zerbino, permaneció muchos dias cautiva. La jóven le habia manifestado distintas veces cómo huyó de su país natal, y cómo se salvó en las playas de la Rochela, despues del naufragio de la nave que la conducia; y tan frecuentemente le hizo el retrato de Zerbino, y tanto le habia detallado sus facciones, que al escuchar la vieja los lamentos del príncipe de Escocia, y sobre todo al contemplar con más detenimiento su rostro, conoció ser él el caballero cuya ausencia costara tantas lágrimas á Isabel durante su estancia en la caverna; la cual se lamentaba más de no verle, que de estar á la merced de los malhechores. Por las frases que Zerbino dejó escapar en medio de su duelo y afliccion, comprendió la vieja que estaba en la equivocada creencia de que Isabel habia perecido en el fondo del mar; pero, aun cuando le constaba lo contrario, no quiso proporcionarle esta alegría, y se dispuso á referirle con marcada perversidad lo que le fuera desagradable, callándose lo que podria mitigar su pena.

—Escucha, le dijo, tú, cuyo orgullo se complace en cubrirme de escarnio: si supieses lo que sé acerca de la que lloras por muerta, me llenarias de caricias; pero, antes que revelártelo, consentiria en que me dieras muerte, ó me hicieras mil pedazos, á no ser que te vuelvas más complaciente para conmigo, en cuyo caso tal vez te descubriria este secreto.

Así como el mastin que se abalanza furioso sobre un ladron, se aquieta prontamente en cuanto le presentan un pedazo de pan ó de carne, ú otra cosa que produzca el mismo efecto, así tambien se apaciguó de improviso Zerbino, deseoso de saber el resto de lo que la vieja le habia indicado con respecto á su llorada dama; y volviéndose á ella con rostro más agradable, le suplicó y le rogó por Dios y por los hombres que no le ocultara cuanto supiera, fuese bueno ó malo.

—No esperes oir cosas que te complazcan, dijo la vieja con su cruel pertinacia: Isabel no ha muerto, como te figuras; pero la vida que arrastra es tan desdichada, que le hace envidiar á los muertos. Durante los pocos dias que hace que no la has visto, ha caido en manos de más de veinte bandidos; por lo cual, si algun dia llegas á recobrarla, no debes tener la esperanza de coger la flor tan codiciada por tí.

¡Ah, vieja maldita, y cómo adornas tus embustes! Harto sabias que faltabas á la verdad; pues aunque Isabel habia caido en poder de veinte, ninguno de ellos atentó contra su honor.

Zerbino preguntó á la anciana dónde y cuándo habia visto á Isabel, pero no pudo saberlo; porque la vieja obstinada no quiso añadir una sola palabra á las ya dichas. El Príncipe recurrió primeramente á las súplicas; le amenazó despues con cortarle el pescuezo; pero tan inútiles fueron sus ruegos como sus amenazas, porque no pudo hacer hablar á la horrible bruja. Guardó por último silencio, persuadido de que nada conseguiria con sus esfuerzos; aun cuando lo que habia oido despertó en él unos celos tan ardientes, que el corazon no hallaba asiento en el pecho: por recobrar á Isabel se habria lanzado en medio de las llamas; pero ligado por la promesa hecha á Marfisa, no le era dado andar más que por donde la vieja quisiera llevarlo.

Continuaron, pues, su camino por un sendero estrecho y solitario, segun la voluntad de la vieja, y siempre silenciosos y sin mirarse al rostro, treparon por los montes y bajaron á los valles. Mas, en cuanto el hermoso sol volvió las espaldas al medio dia, fué interrumpido su inalterable silencio por un caballero que en el camino encontraron. En el canto siguiente referiré lo que aconteció.

Canto XXI

Zerbino combate para defender á Gabrina, que parece tener el corazon de víbora, y es derribado el Holandés por causa de la vieja odiada y perversa.—El herido, tendido en el verde prado, refiere á Zerbino la grave ofensa que de Gabrina recibiera, por cuya razon se aumenta el odio y el rencor que hácia ella siente el príncipe escocés.—Corre despues á donde oye gritos y estrépito de armas.

No creo que una cuerda retorcida pueda amarrar más fuertemente un fardo, ni un clavo unir dos tablas con más solidez de la que liga la fé con su tenaz é indisoluble nudo á un alma noble y generosa. Los antiguos representaban á la Fé cubierta de piés á cabeza con un velo blanco, cuya pureza no alteraba la más pequeña mancha ni el lunar más leve. La palabra empeñada no debe dejarse jamás sin cumplimiento y ya se haya dado á un solo individuo, ó á más de mil, así en una selva como en una gruta, y lo mismo léjos de todo lugar habitado, que ante los tribunales, en presencia de numerosos testigos, por medio de actas y escrituras, ó sin que la haya seguido ningun juramento ni conste en documento alguno, basta que se haya empeñado una vez para observarla sin escusa ni pretexto.

Zerbino, fiel á su palabra en todas ocasiones, cumplió lealmente la que diera á Marfisa, apartándose de su camino para seguir á la vieja, cuya compañía era para él más desagradable que una enfermedad ó la misma muerte; pero pudo más su compromiso que el deseo de librarse de ella. Ya he dicho antes que le pesaba tanto verse encargado de la custodia de la vieja, que la ira le sofocaba, y caminaba silencioso. Taciturnos y sin proferir una sola palabra seguian ambos su viaje, cuando, segun he dicho tambien, fué interrumpido tan continuado silencio, á la caida de la tarde, por un caballero andante que se les presentó en medio del camino.

Luego que la vieja conoció á dicho caballero, llamado Hermónides de Holanda, cuyo escudo negro estaba atravesado por una banda roja, depuso su orgullo, dulcificó la aspereza de su semblante y se acogió al amparo de Zerbino, recordándole la promesa hecha á Marfisa, y diciéndole que el guerrero que hácia ellos se adelantaba era enemigo suyo y de todos sus parientes; que habia dado la muerte á su padre y á su único hermano, y que probablemente desearia exterminar del mismo modo á toda su raza.

—Nada temas, le contestó Zerbino, mientras te halles bajo mi proteccion.

En cuanto el caballero pudo conocer el rostro de la vieja, á quien tanto odiaba, dijo á Zerbino con voz arrogante y amenazadora:

—Prepárate á luchar conmigo, ó renuncia á defender á esa vieja, para que encuentre en mis manos el castigo merecido. Si te decides á combatir por ella, indudablemente perecerás, como perece todo aquel que proteje una causa injusta.

Zerbino le respondió cortesmente, que su propósito de matar á una mujer era vergonzoso, censurable, é indigno de un caballero, añadiendo que si se empeñaba en combatir, estaba dispuesto á ello, pero rogándole al propio tiempo que reflexionara en que un caballero tan gentil como parecia serlo, no debia mancharse con la sangre de una mujer.

Como las palabras del escocés fueron inútiles, se hizo necesario apelar á los hechos. Tomaron ambos el terreno conveniente, y se precipitaron á toda brida uno contra otro. Los cohetes disparados en dias de regocijos públicos no surcan los aires con tanta velocidad, como volaron á encontrarse los corceles de ambos caballeros. Hermónides de Holanda bajó su lanza con objeto de atravesar el costado de Zerbino; pero rompióse aquella, causando muy poco daño á su adversario. En cambio, el golpe del príncipe de Escocia no fué tan mal dirigido ni tan leve, pues rompiendo el escudo de su contrincante, le atravesó de parte á parte el hombro, arrojándole maltrecho por la pradera. Movido Zerbino á compasion, por creer que habia muerto á Hermónides, se apeó con presteza del caballo, y fué á alzarle la visera del almete. El vencido, cual si despertara de un sueño, fijó en Zerbino sus miradas, contemplándole silencioso algunos momentos, y despues le dijo:

—No siento haber sido derrotado por tí, que á juzgar por tu rostro, debes de ser la flor de los caballeros andantes: lo que me desespera es contemplarme vencido por causa de una mujer villana, de quien no sé cómo eres campeon, por avenirse mal con tu bizarría. Cuando conozcas el motivo que me conduce á vengarme de ella, te arrepentirás siempre que lo recuerdes de haberme puesto en este estado por defenderla. Si tengo en mi pecho el aliento necesario para decírtelo (y dudo que así sea), te haré ver que esa mujer infame ha llevado siempre su perversidad hasta el último estremo.

»Tenia yo un hermano que se ausentó, jóven aun, de Holanda nuestra patria, y pasó al servicio de Heraclio, emperador entonces de los griegos. Contrajo allí una estrecha y fraternal amistad con un gentil magnate de la corte, que poseia en los confines de la Servia un castillo rodeado de murallas y situado en una comarca deliciosa. El caballero de quien hablo llamóse Argeo; era esposo de esta pérfida mujer, y desgraciadamente la amó hasta el extremo de dar por ella al olvido el sentimiento de su propia dignidad; pero esa infame, más voluble que la hoja caida del árbol en otoño y empujada en todas direcciones por el viento, olvidó pronto el cariño que durante algun tiempo habia sentido por su marido, y fijó todos sus conatos y todos sus deseos en conseguir el amor de mi hermano. Mas no opone tanta resistencia á los embates de las olas el Acrocerauno de infamado nombre, ni se muestra tan vigoroso contra Boreas el pino que ha renovado más de cien veces su cabellera y cuyas raices tienen tanta profundidad cuanta es la altura de la montaña en que está plantado, como resistencia opuso mi hermano á los ruegos de esa mujer, nido de todos los vicios más viles y repugnantes.

»Aconteció un dia, como suele suceder á todo caballero audaz que anda en busca de contiendas y las encuentra con frecuencia, que mi hermano fué herido en una de sus aventuras, muy cerca del castillo de su amigo. Acostumbrado á detenerse en él, lo mismo cuando iba solo, que cuando le acompañaba Argeo, se propuso permanecer en dicho castillo hasta la curacion de su herida. Mientras mi hermano estaba aun atendiendo á su restablecimiento, sucedió que Argeo tuvo que ausentarse por cierto asunto, é inmediatamente esa desvergonzada se decidió á renovar sus instancias amorosas, y lo hizo segun su costumbre; pero aquel, á fuer de amigo leal, no quiso tolerar por más tiempo tan criminal insistencia, y á fin de que no se le tildara en lo más mínimo de traidor, eligió entre las desgracias que preveia la que le pareció menos mala. Resolvió, pues, romper los lazos amistosos que á Argeo le unian, y huir tan léjos que no volviese á tener noticias suyas la perversa mujer. Aun cuando se le hiciera muy duro obrar así, lo consideró más leal que doblegarse á los criminales deseos, tantas veces expresados, ó dar cuenta de la conducta de su mujer á Argeo, que la queria más que á su propia vida.

»A pesar de que aun no estaban curadas sus heridas, vistióse sus armas y se ausentó del castillo, con el firme propósito de no volver á poner los piés en aquel país. Mas de poco le sirvió su noble accion; porque la suerte se le manifestó contraria, privándole de toda defensa. Al regresar Argeo á su morada, encontró á su mujer derramando lágrimas, suelto el cabello y con el rostro encendido; y al verla en aquel estado, le preguntó el motivo de su afliccion. Antes de contestar ella, dejó que Argeo renovara más de una vez sus preguntas, por estar meditando sin duda el modo de vengarse del que la habia abandonado; hasta que al fin, auxiliada por su movible imaginacion, y cambiando su amor en odio, exclamó:

—»¡Ah! señor: ¿para qué te he de ocultar la falta que he cometido durante tu ausencia? Aun cuando pudiera ocultarla á los ojos de todo el mundo, no me seria posible acallar mi propia conciencia. El alma que deplora su pecado inmundo, siente un suplicio tan cruel, que sus efectos son mucho más dolorosos que los del mayor castigo corporal que pudiera infligírseme por mi culpa, si tal nombre debe darse á lo que se hace sucumbiendo á la violencia. Pero sea lo que quiera, debes tener conocimiento de ella, y despues haz salir con tu espada mi alma pura é inmaculada de su inmunda corteza, y priva para siempre á mis ojos de la luz del sol, á fin de no verme obligada, despues de tanta afrenta, á tenerlos constantemente bajos, y de que no me causen vergüenza las miradas de los hombres. Tu amigo ha mancillado mi honor; ha violado á la fuerza este cuerpo, y temeroso de que yo te lo participara, se ha ausentado sin despedirse siquiera.»

»Con tan mentidas palabras excitó el odio de su marido contra el compañero á quien dispensara hasta entonces una sincera y viva amistad. Argeo les dió entero crédito, y sin detenerse á más, apercibió sus armas y corrió á vengarse. Conocedor del país, alcanzó en breve á mi hermano, que débil aun y demacrado, caminaba lentamente, sin abrigar la menor sospecha: en cuanto se puso á su lado, le obligó á retirarse á un sitio extraviado, donde quiso tomar inmediata venganza de la supuesta ofensa, y á pesar de las razones y protestas de mi hermano, empeñóse Argeo en combatir con él. Lleno estaba el uno de salud y vigor, y enfurecido por su reciente cólera; enfermo el otro, y contenido por su amistad no debilitada: el combate era por lo tanto muy desigual, y mi hermano resistió muy poco á los golpes de su compañero, convertido en su reciente enemigo. Resultó que Filandro (este era el nombre del infeliz jóven de quien te hablo), no pudiendo soportar la fatiga de la lucha, tuvo que ceder y entregarse.

—«No permita Dios, dijo Argeo, que mi justo furor al par que tu infamia me conduzcan al extremo de manchar mis manos en la sangre de un hombre á quien tanto amé y en cuya amistad confiaba; y aun cuando hayas dado tan mal pago á mi cariño, quiero demostrar á los ojos de todo el mundo, que tanto en mi odio, como en mi amistad, soy más noble y más grande que tú, vengando mi afrenta sin necesidad de darte la muerte.»

«Así diciendo, hizo colocar sobre el caballo una especie de parihuela formada con ramas de árboles, y lo llevó casi muerto al castillo, encerrándole en una torre, donde condenó al inocente á una prision perpétua en castigo de su supuesta falta. Verdad es que nada echó de menos allí, excepto la libertad; porque podia mandar y pedir cuanto quisiera, y todos se apresuraban á obedecerle.

»Esa infame mujer, atormentada incesantemente por su idea constante, iba casi todos los dias á visitarle en su prision, de cuyas llaves disponia; y penetraba en ella cuando se le antojaba, para poner á prueba la lealtad de mi hermano con mayor audacia que antes.

—«¿De qué te sirve esa lealtad, calificada en todas partes de perfidia? le decia. ¿Qué triunfos tan elevados y gloriosos; qué soberbios despojos y qué botin tan pingüe; qué premio, en fin, alcanzas con ella, cuando todos te motejan de traidor? ¡Qué utilidad, qué honra no reportarias ahora si me hubieses concedido lo que te pedia! En cambio, ahora recoges el gran fruto de tu obstinado rigor, viéndote encerrado en una prision, de la que no esperes salir, como no dulcifiques antes tu dureza. Pero si me complaces, yo me arreglaré de suerte que recobres la libertad y la fama.»

—«No, contestó Filandro: no esperes jamás que mi firme lealtad pueda dejar de ser lo que es; y aun cuando contra toda justicia y razon encuentro hoy tan cruel recompensa, y el mundo haya formado un mal concepto de mí, basta con que mi inocencia resplandezca claramente ante Aquel que lo vé todo y puede consolarme con su eterna gracia. Si Argeo no está satisfecho con tenerme preso, puede arrancarme esta vida enojosa, y quizá el cielo no me negará el premio de una buena accion, tan mal agradecida en la Tierra. Tal vez el que hoy se crea ofendido por mí, cuando mi alma se haya librado de mi cuerpo, conocerá la injusticia que conmigo habrá cometido, y derramará lágrimas por su fiel amigo muerto.»

»Varias veces intentó esa mujer desenfrenada ablandar á Filandro, pero siempre inútilmente. Sus insensatos deseos, cada vez más irritados por los obstáculos que se les oponian iban buscando en el fondo de su corazon sus antiguos y perversos instintos para utilizarlos de una vez. Formó mil distintos proyectos antes de fijarse en alguno de ellos. Seis meses transcurrieron sin que pusiera los piés en la prision de mi hermano, por lo cual el mísero Filandro esperaba y creia que ya no sentia por él afecto alguno. Pero la Fortuna, propicia siempre á los malvados, proporcionó á esta infame la ocasion de poner fin por un medio deplorable á su apetito tan ciego como irracional.

»Mucho tiempo hacia que su marido estaba enemistado con un magnate llamado Morando el hermoso, el cual acostumbraba hacer, en ausencia de Argeo, algunas incursiones por las tierras de este, llegando muchas veces hasta el castillo; pero nunca se atrevia á acercarse á más de diez millas cuando sabia que estaba en él su dueño. Para poderlo atraer á sus manos, propaló Argeo la noticia de que iba á marchar á Jerusalen á cumplir un voto. La hizo circular por todas partes, y se alejó el dia prefijado con bastante publicidad para que todos lo vieran, aun cuando nadie sospechaba sus verdaderas intenciones, á excepcion de su mujer, de quien únicamente se fiaba. Al oscurecer volvió al castillo, donde pasó aquella noche y las siguientes, saliendo de él al primer albor matutino, disfrazado y sin ser visto de nadie. Manteníase oculto vagando por las inmediaciones de su castillo, para ver si el crédulo Morando volvia á sus acostumbradas incursiones. Permanecia todo el dia en el bosque, y cuando veia que el Sol se ocultaba tras el horizonte marítimo, regresaba á su morada, donde su infiel consorte le recibia por una puerta secreta. Creia, pues, todo el mundo que Argeo estaba á muchas leguas de sus dominios; y esa inícua mujer, juzgando la ocasion oportuna, fué á ver á mi hermano con nuevos y perversos designios. Derramando un raudal de lágrimas fingidas, que desde los ojos iban á caer sobre su seno, le dijo:

—«¿Dónde podré encontrar la proteccion necesaria para que mi honor no sea del todo mancillado? ¿Cómo salvar tambien el de mi marido? ¡Ah! Si él estuviese aquí, no temeria nada. Ya conoces á Morando, el cual, mientras Argeo se halla ausente, no teme á Dios ni á los hombres. Pues bien: ora valiéndose de ruegos, ora de amenazas, emplea los mayores esfuerzos para obligarme á sucumbir á sus deseos; y de tal modo procura seducir á mis gentes que no sé si al verme sola podré resistirle. Constándole que mi esposo está muy léjos de aquí, y que no volverá en mucho tiempo, ha tenido la audacia de penetrar en mis tierras sin pretestar la menor excusa. ¡Oh! si por fortuna estuviese mi esposo á mi lado, no solo no se atreveria á intentar semejante paso, sino que ni siquiera se consideraria seguro á tres millas de nuestras murallas.

»Hoy mismo me ha pedido, con cínica franqueza, lo que muchos meses há venia buscando: de tal modo me ha expresado sus deseos, que he temido por mi honor y mi decoro; y á no haberle contestado con dulzura, fingiendo que accederia á sus designios, se habria apoderado á la fuerza de lo que hoy cree obtener voluntariamente. Así, pues, he prometido dejarle satisfecho, aunque sin intencion de cumplir mi promesa; porque un convenio hecho á la fuerza es nulo: mi propósito fué entonces el de impedir que llevase á cabo lo que se preparaba á conseguir por medio de la violencia. Ahora bien: solo tú puedes librarme de él; de lo contrario quedará mancillado mi honor, al mismo tiempo que el de Argeo, al que, segun me has dicho, tienes en tanto ó en más que el tuyo propio. Si te niegas á prestarme este servicio, me asistirá el derecho de decir que es mentida la lealtad de que te envaneces; que solo por crueldad has despreciado mis súplicas y mis lágrimas, y que la resistencia que hasta ahora has opuesto á mi pasion no ha sido motivada en manera alguna por tu amistad hácia Argeo. Y sin embargo, nuestro amor podia haber quedado oculto entre ambos, al paso que mi infamia no dejará de hacerse pública.»

—«No eran necesarios tantos preámbulos, contestó Filandro, para excitarme á defender la honra de Argeo; porque siempre estoy dispuesto á ello. Dime pronto lo que debo hacer; pues me he propuesto ser siempre lo mismo que hasta aquí he sido; y aun cuando tan sin razon sufro un inmerecido castigo, no he pensado siquiera en culpar á tu esposo, por quien estoy dispuesto á arrostrar la muerte, aunque debiera luchar contra el mundo entero y hasta contra mi destino.»

»Esa mujer impía respondió:

—«Quiero que arranques la existencia al hombre que procura nuestra deshonra. No temas que esta accion te acarree mal alguno; porque te proporcionaré los medios más seguros para llevarla á cabo. Debe volver á este castillo hácia la tercera hora de la noche, favorecido por las tinieblas; le haré una señal en que hemos convenido, y le introduciré en mi estancia de modo que no sea observado. Mientras tanto tú debes esperar en ella, oculto en la sombra, hasta que lo ponga en tus manos, despues que se haya desnudado de sus armas y de casi toda su ropa.»

»De esta suerte preparó el lazo en que debia caer su marido, esa mujer, ó mejor dicho, esa furia infernal, tan traidora como cruel. Así que llegó aquella desastrosa noche, sacó á mi hermano de la torre, proveyéndole de armas, y le condujo á su habitacion, donde se ocultó esperando la llegada del desdichado amigo. Sucedió tal como estaba previsto; pues raras veces se frustran los designios de los malvados. Persuadido Filandro de que castigaba á Morando, descargó un golpe fatal sobre el excelente Argeo, de cuyo golpe le hendió el cráneo y el cuello, tanto más fácilmente, cuanto que el yelmo no resguardaba su cabeza. Argeo exhaló su postrer suspiro sin hacer el menor movimiento, pereciendo á manos del amigo que ni por ensueño podia suponer que llegaria á encontrarse en semejante trance; y ¡caso raro! creyendo velar por su honor, hizo con él lo peor que puede hacerse con el enemigo más encarnizado.

»Apenas cayó Argeo, desconocido aun de mi hermano, apresuróse este á devolver la espada á Gabrina, que tal es el nombre de esa mujer, nacida tan solo para vender á todo el que caiga en sus manos. Gabrina, que hasta entonces le habia ocultado la verdad, quiso que Filandro contemplara, con la luz en la mano, la víctima de quien era homicida, y le mostró el cadáver de su compañero Argeo. Amenazóle en seguida, si no consentia en realizar su prolongado y amoroso deseo, con divulgar el crímen de que era culpable sin poder alegar nada en su favor; añadiendo que le haria morir afrentosamente como traidor y asesino, recordándole, por último, que si bien le constaba que no tenia apego á la vida, debia mirar por su fama.

»Filandro permaneció algunos momentos lleno de temor y de afliccion, luego que se persuadió de su error: su primer impulso, dictado por la cólera que le poseia, fué el de matar á Gabrina, y aun dudó si era la mejor determinacion que podia adoptar; y á no haber acudido en su auxilio la razon, haciéndole reflexionar que se encontraba en una morada hostil, la hubiera despedazado con los dientes á falta de otras armas. Así como un bajel sorprendido en alta mar por dos vientos encontrados, que tan pronto le empujan velozmente hácia delante, como le hacen retroceder al punto de partida, y le obligan á virar contínuamente de popa y de proa, se deja al fin arrastrar por el más fuerte, así Filandro, despues de muchas vacilaciones, eligió el menos malo de los dos partidos que se le proponian. La razon le hizo ver el gran peligro que corria de encontrar, no tan solo la muerte, sino un fin infame é ignominioso, como llegara á divulgarse él homicidio por el castillo, y se estremeció ante esta consideracion. Voluntariamente ó no, era preciso que apurara hasta las heces aquel amarguísimo cáliz, y por último, pudo más el temor que la obstinacion en su corazon lacerado.

»El temor de un suplicio afrentoso le obligó á prometer á Gabrina que cumpliria todos sus mandatos, si se alejaban seguros de aquel sitio. Así fué como alcanzó esa infame el fruto de sus deseos, despues de lo cual abandonaron aquella comarca. De este modo regresó Filandro á nuestro lado, dejando en Grecia un nombre deshonrado y envilecido, y llevando eternamente grabada en su corazon la imágen de su compañero, á quien habia inmolado tan neciamente, para obtener, bien á pesar suyo, la conquista inícua de una Progne cruel, de una Medea. Si no le hubiera contenido el duro freno de su fé y sus juramentos, habria exterminado á Gabrina; pero, en cambio, le tuvo tanto odio como es posible.

»Desde aquel acontecimiento no se le vió nunca sonreir; todas sus conversaciones estaban impregnadas de la mayor tristeza; continuamente exhalaba profundos suspiros, y llegó á ser cual otro Orestes despues de dar muerte á su madre y al sagrado Egisto, cuando se ensañaron con él las Furias vengadoras. Aquel dolor profundo y continuado minó su naturaleza de tal modo, que por último cayó enfermo en el lecho. Conociendo entonces esa meretriz lo poco grata que era su presencia para mi hermano, trocó la intensa llama de su amor en odio, en ira ardiente é inextinguible; tan furibunda entonces contra Filandro como en otro tiempo lo fué esa malvada contra Argeo, formó el proyecto de deshacerse del segundo marido, lo mismo que se habia deshecho del primero, y llamó á un médico á propósito para semejante obra, hombre vil y fraudulento, más hábil para matar con venenos que para curar á sus enfermos con tisanas, prometiéndole una recompensa superior á la que él le pidiera, la cual le seria entregada en cuanto la librara de la presencia de su señor por medio de algun brevaje emponzoñado.

»El indigno viejo presentóse en la estancia de mi hermano, donde á la sazon me hallaba yo con otras muchas personas, enseñándonos el tósigo que llevaba en la mano, y diciéndonos que era una pocion tan excelente, que en breve haria recobrar al enfermo su perdida robustez; pero meditando Gabrina un nuevo crímen, antes de que el enfermo gustase aquel líquido, ya fuese por quitar de en medio á su cómplice ó por no darle lo que le habia prometido, asió la mano del médico en el momento en que aproximaba á los labios de mi hermano la taza que contenia el tósigo, y le dijo:

—«No lleves á mal que vele por la existencia del hombre á quien tanto he amado. Quiero estar segura de que no le das ninguna bebida nociva, ni ningun jugo envenenado, y por esta razon me opondré á que le suministres ese brevaje, si tú no lo pruebas antes.»

»Considera, señor, cuál seria la turbacion del viejo al escuchar estas palabras. Bien fuese porque lo crítico de aquella circunstancia le impidiese tomar de pronto una resolucion salvadora, ó bien por desterrar toda sospecha, el caso es que se decidió á beber una parte del contenido de la taza; y el enfermo, en vista de tal seguridad, tomó el resto, que le presentó el mismo médico. Cual gavilan, que teniendo aprisionada entre sus corvas garras una tímida perdiz con la que espera saciar su apetito, se vé sorprendido por un perro que hasta entonces ha sido su compañero fiel, el cual le arrebata ávidamente su presa, así se quedó el médico que, creyendo ya tocar el precio de su pérfida accion, se encontró, donde esperaba ayuda, con una amarga decepcion.

»Oye ahora un rasgo de incomprensible audacia, y ojalá suceda otro tanto á cualquier hombre dominado por la avaricia.

»Una vez terminada su triste mision, echó á andar el viejo con ánimo de regresar á su casa, y tomar alguna medicina que neutralizase los crueles efectos del veneno; pero Gabrina se opuso, diciendo que no consentiria en que se alejara hasta que se conociera la virtud del brevaje propinado al enfermo. De nada le sirvieron al médico sus ruegos ni sus ofrecimientos para disuadirla de su tenaz oposicion; y desesperado al sentir próxima una muerte que no podia evitar, reveló á los circunstantes aquel complot infernal, sin que esa lograra paliar, como intentó, su declaracion. De este modo hizo el buen médico consigo mismo lo que tantas veces habia hecho con los otros, y su alma siguió á la de mi hermano, separada pocos momentos antes de su cuerpo.

»En cuanto nosotros oimos la verdad de los labios del viejo, nos precipitamos sobre esa fiera abominable, mucho más cruel que cuantas se albergan en las selvas, y la encerramos en un sitio tenebroso, para condenarla á la hoguera que tenia tan merecida.»

Hasta aquí llegaba Hermónides de su relato, y se proponia referir cómo se escapó Gabrina de su prision, cuando, agravándose los dolores de su herida, volvió á caer pálido sobre la yerba. Dos escuderos que le acompañaban hicieron unas parihuelas con ramas gruesas, y Hermónides mandó que le transportaran en ellas, porque de otro modo le era imposible continuar su camino. Zerbino manifestó á aquel caballero todo el sentimiento que le causaba el triste estado en que le habia puesto, añadiendo que, fiel observador de las reglas de caballeria, no habia tenido más remedio que defender á la mujer confiada á su custodia; pues de otra suerte habria dado lugar á que se pusiera en duda su lealtad; porque cuando la recibió bajo su amparo, prometió salvarla de cuantos atentaran contra ella. Aseguróle despues que, si en alguna cosa podia serle útil, estaria pronto á acudir á su llamamiento. El caballero le respondió que solo deseaba recordarle la conveniencia de deshacerse de Gabrina, antes que llegara á tramar contra él alguna maquinacion de que despues se lamentara y arrepintiese aunque en vano. Gabrina permaneció siempre con los ojos bajos, porque no es fácil contradecir la verdad.

Zerbino se alejó en seguida con la vieja, continuando su forzosa marcha, y maldiciéndola todo el dia en su interior por haber sido causa de la desgracia del caballero de Holanda. Si antes le era desagradable y enojosa aquella mujer, ahora que le habia hecho conocer sus malas artes el que estaba perfectamente enterado de ellas, le inspiró tanta aversion, que no podia mirarla con tranquilidad. Gabrina, á quien no pasaba desapercibido el profundo odio que Zerbino la tenia, no quiso cederle en sus sentimientos rencorosos, y triplicó su mala voluntad hácia él: su corazon estaba henchido de veneno, por más que en su rostro apareciera lo contrario.

Iban, pues, caminando por el centro de un bosque secular, en la paz y concordia que dejo dicho, cuando, en el momento en que el Sol se dirigia hácia la noche, oyeron gritos y estrepitosos choques de armas, indicios seguros de que se habia empeñado un combate, no muy léjos de ellos, á juzgar por la proximidad del ruido. Deseoso Zerbino de averiguar la causa, se adelantó precipitadamente en direccion de aquel rumor, y le siguió Gabrina no menos presurosa. En el otro canto me ocuparé de lo que sucedió.

Canto XXII

Astolfo llega al palacio encantado de Atlante, destruye el encantamiento y hace desaparecer el palacio.—Bradamante consigue encontrar á su Rugiero, el cual derriba á cuatro adversarios en ocasion en que acudia á librar de las llamas á un caballero andante: los cuatro vencidos le disputaban el paso por órden de Pinabel, á quien Bradamante quita la vida.

Afables damas, adoradas por vuestros amantes, vosotras las que sabeis contentaros con un solo amor, aun cuando por este modo de pensar os halleis en minoría con respecto á las de vuestro sexo, no os ofendais de lo que haya podido decir antes contra Gabrina, arrastrado por mi indignacion, ni de lo que aun pudiera ocurrírseme, censurando su índole perversa. Como Gabrina era una mujer infame, no he podido menos de hacerlo constar así, cumpliendo con la obligacion de decir siempre la verdad, que me ha impuesto él que ejerce un dominio absoluto sobre mí. Al obrar de este modo, no creo oscurecer la fama de cuantas estén dotadas de un corazon virtuoso.

El oprobio del traidor que vendió á su Maestro por treinta dineros, no alcanzó á Pedro ni á Juan; y la fama de Hipermnestra no es menos ilustre por más que fuese hermana de tantas mujeres indignas.

Por una sola á quien me atrevo á censurar en mis versos por exigirlo así la verdad de la historia, ofrezco en cambio celebrar á otras ciento, haciendo que su virtud resplandezca más que el Sol.

Pero volviendo á tomar el hilo de mi narracion, que muchos suelen escuchar con placer, por lo cual les estoy agradecido, y me esfuerzo en amenizarla con la variedad posible, recordaré que el caballero de Escocia acababa de oir un gran ruido de armas. Siguió un sendero angosto entre dos cerros, y á los pocos pasos llegó á un valle rodeado de montañas, en cuyo fondo encontró el cadáver de un caballero. Ya os diré su nombre; mas antes quiero volver las espaldas á la Francia y pasar á Levante en busca del paladin Astolfo que habia emprendido el camino de Occidente.

Le dejé en la ciudad cruel de donde habia expulsado con la ayuda de su trompa á la chusma mujeril, salvándose de un gran peligro, y poniendo en fuga á sus mismos compañeros que se alejaron vergonzosamente á bordo de una nave. Seguiré, pues, ocupándome de él, y os diré que al salir de aquel país, tomó el camino de Armenia. Al cabo de pocos dias llegó á la Anatolia, y se dirigió despues á Bursa, desde donde continuó su viaje por mar, hasta que desembarcó en la Tracia. Siguió luego las orillas del Danubio, recorrió la Hungria, y como si su corcel tuviese alas, en menos de veinte dias atravesó la Moravia, la Bohemia, la Franconia, y se encontró en el Rhin. Pasando despues por el bosque de las Ardenas, llegó á Aquisgran, luego al Brabante, y por último se embarcó en Flandes. El viento que soplaba hácia Tramontana impelió de tal suerte las velas sobre la proa, que al mediodia dió vista á Inglaterra, en cuyas playas saltó al poco rato. Montó á caballo y le espoleó de tal suerte, que llegó aquella misma tarde á Lóndres.

Allí tuvo noticia de que el anciano Oton se encontraba en Paris muchos meses hacia, y que la mayor parte de sus barones habia seguido posteriormente sus huellas. En su consecuencia, Astolfo determinó trasladarse á Paris cuanto antes, y embarcándose en el Támesis, salió pronto á alta mar, é hizo dirigir la proa en demanda de Calais. Un vientecillo que al principio empujaba suavemente al buque, haciéndole deslizarse rápido sobre la superficie de las aguas, fué creciendo poco á poco, y adquiriendo por momentos tal fuerza, que el piloto, temeroso de estrellarse en la costa tuvo que virar en redondo y dejarse llevar por su impulso, aun cuando siguiera opuesto rumbo. Navegando tan pronto á la derecha como á la izquierda, y entregados totalmente á la ventura, consiguieron al fin anclar cerca de Ruan.

Luego que Astolfo puso el pié en la anhelada tierra, hizo ensillar á Rabican, cubrióse con su armadura, se ciñó la espada, y emprendió el camino llevando consigo aquella trompa, cuyo auxilio era más eficaz que el de mil hombres. Atravesó un bosque y llegó al pié de una colina de donde brotaba un manantial claro y apacible, á la hora en que los ganados dejan de pacer, para preservarse de los ardores del Sol en el aprisco ó en la hondonada de un monte. Sofocado Astolfo por el calor y especialmente por una sed abrasadora, se quitó el casco, ató su corcel á uno de aquellos espesos árboles, y se preparó á satisfacer su sed en las frescas ondas del manantial. Aun no habia humedecido en el agua sus labios, cuando un campesino que estaba oculto allí cerca, salió repentinamente de entre un matorral, saltó sobre el caballo y huyó con él.

Astolfo oyó el ruido, alargó la cabeza, y apenas conoció el daño que le ocasionaban, se apartó del manantial, olvidando su sed, y echó á correr tras el ladron con toda la rapidez que le permitian sus piernas. El campesino no se alejaba á escape tendido, pues de esta suerte habria desaparecido en breve de la vista de Astolfo, sino que aflojando ó tirando de la brida, marchaba tan pronto al trote como al galope. Despues de dar muchas vueltas, salieron del bosque, y se encontraron ambos en el sitio en que tantos otros caballeros estaban detenidos en una verdadera prision sin hallarse por eso cautivos. El campesino se refugió en el palacio con aquel corcel, cuya rapidez igualaba á la del viento, en tanto que Astolfo, embarazado con su escudo, su casco y su armadura, le seguia á larga distancia. Al fin llegó á aquel suntuoso edificio; pero allí perdió de vista á su caballo y al raptor. En vano miró por todas partes y recorrió presuroso las salas, las cámaras y las galerías: su trabajo fué completamente inútil; pues no consiguió descubrir al pérfido villano, ni presumir donde habria ocultado á Rabican, aquel corcel de rapidez incomparable, y durante el resto del dia continuó infructuosamente sus pesquisas arriba, abajo, dentro y fuera.

Confuso, y sobre todo, rendido de dar tantas vueltas, sospechó al fin que aquel sitio estaba encantado; y acordándose del libro que le habia regalado Logistila en la India, á fin de poder burlar con su auxilio todos los encantamientos, y del que no se separaba un momento, recurrió á su índice, y vió pronto la página en que habia de encontrar el medio de destruir aquel nuevo maleficio. Dicho libro se ocupaba minuciosamente de la descripcion del palacio encantado, así como de los medios que deberian emplearse para dejar confundido al Mágico, y librar á todos los cautivos. Bajo el umbral de la puerta estaba encerrado un espíritu, autor de todos aquellos engaños y prestigios; una vez levantada la piedra que le cubria, él mismo haria que el palacio se desvaneciera como humo.

Deseoso el paladin de llevar á cabo tan gloriosa empresa, no tardó más tiempo que el necesario para bajar el brazo, en probar si aquel mármol pesaba mucho; pero en cuanto el anciano Atlante vió al Duque próximo á destruir su obra, apeló á nuevos sortilegios, temeroso de lo que podia suceder; y por medio de sus artes diabólicas, hizo aparecer á Astolfo bajo distinta forma de la que tenia. Unos le tomaron por un gigante; otros por un campesino, y muchos creyeron ver en él un caballero de torva faz: todos, en fin, le contemplaron bajo el mismo aspecto de que se revestia el Mágico en el bosque; así es que para recobrar lo que Atlante les habia arrebatado á cada cual, acometieron simultáneamente al paladin.

Rugiero, Gradaso, Iroldo, Bradamante, Brandiamarte, Prasildo y otros muchos guerreros, víctimas de este nuevo encanto, se precipitaron con furor sobre el Duque, dispuestos á hacerle pedazos; pero en tan apurado trance, acordóse de su trompa, con la que les obligó á mitigar su cólera: si no hubiese apelado á sus horribles sonidos, era segura su muerte. Pero en cuanto se llevó á la boca aquella bocina, y despidió sus tremebundos sones, empezaron todos los caballeros á escaparse cual palomas dispersadas por el tiro del cazador. El mismo Nigromante, pálido y aterrado, huyó de su morada tembloroso, y no paró hasta que dejó de percibir aquellos espantosos ecos. Al mismo tiempo que huia el guardian con todos sus prisioneros, salieron de las cuadras muchos caballos, no bastando para sujetarlos las cuerdas á que estaban atados, y siguieron á sus dueños por distintos caminos. En el palacio no quedó un solo ser viviente, y hasta el mismo Rabican habria huido con los demás, si Astolfo no le cogiera de las riendas al atravesar la puerta.

En cuanto el Duque inglés se libró del Mágico, levantó la pesada piedra del umbral, y encontró debajo de ella algunas imágenes y otras cosas que me abstengo de referir. A fin de destruir aquellos encantos mágicos, hizo pedazos todo cuanto encontró, conforme á las prescripciones del libro, y de improviso desapareció el palacio convertido en humo y en vapores. Allí encontró el caballo de Rugiero atado con una cadena de oro; me refiero á aquel caballo que le diera el Mágico para enviarle á la isla de Alcina: Logistila le hizo un freno á propósito para dirigir su carrera cuando volvió á Francia, recorriendo todo el lado derecho de la Tierra, al pasar á Inglaterra desde la India. No sé si recordareis que el Hipogrifo dejó aquel freno atado á un árbol, el dia en que la hija de Galafron desapareció enteramente desnuda de la vista de Rugiero, recompensando tan mal su oportuno auxilio. Con gran asombro de cuantos lo vieron por los aires, fué el volador corcel á reunirse con su antiguo amo, y permaneció á su lado hasta el dia en que el Duque destruyó todos los encantos.

Astolfo no podia haber hallado una cosa que le fuese más agradable; pues el Hipogrifo le venia perfectamente para recorrer á medida de su deseo la parte de mar y tierra que le era aun desconocida, y para dar la vuelta á todo el mundo en pocos dias. No ignoraba el modo de dirigir su marcha, porque habia tenido ocasion de estudiarla en la India, el dia en que Melisa le libró del poder de la malvada Alcina, que le tenia convertido en mirto. Entonces vió y observó atentamente cómo cedia la cabeza arrogante del corcel al freno de Logistila, y oyó las instrucciones que esta benigna hada dió á Rugiero para guiarle por todas partes segun su voluntad. Decidido, pues, á quedarse con el Hipogrifo, le colocó su silla, que estaba cerca, y le hizo un freno á propósito, reuniendo diferentes piezas de otros muchos que habian quedado atados en aquel sitio, pertenecientes á los caballos fugitivos. Dispuesto ya á remontarse sobre tan maravilloso palafren, acordóse de su Rabican, y el temor de abandonarle le detuvo y con razon; pues tan excelente caballo era digno de estima, tanto porque no habia otro igual para el combate, cuanto porque le habia traido desde el último rincon de la India hasta el extremo de la Francia. Largo tiempo permaneció irresoluto, y por último determinó ofrecerlo como un valioso presente á algun amigo, antes que abandonarlo en medio del camino á merced del primero que llegara. Pasó todo el dia mirando si veia aparecer por el bosque algun cazador ó campesino, que le siguiese á cualquiera ciudad llevando del diestro á Rabican, y estuvo esperando sin resultado hasta el amanecer del siguiente, cuando al despuntar la nueva aurora y á la indecisa luz del crepúsculo, le pareció divisar un caballo que se adelantaba por el bosque.

Mas, para deciros lo que sucedió, necesito antes ir á reunirme con Rugiero y Bradamante.

En cuanto cesaron de oirse los sonidos de la trompa, y la gentil pareja se halló á bastante distancia de aquel sitio, Rugiero miró en torno suyo, y vió lo que hasta entonces le habia ocultado Atlante; el cual, valido de sus sortilegios, impidió que ambos amantes pudieran conocerse.

Rugiero contempló á Bradamante, y esta le examinó á su vez, asombrada y sin poder explicarse cómo habia ofuscado sus sentidos una ilusion extraña por espacio de tantos dias. Rugiero abrazó á su hermosa dama, que se puso más encarnada que una rosa, y apresuróse á coger en sus labios las primeras flores de su inefable amor. Ambos felices amantes volvieron á repetir una y mil veces sus caricias y susabrazos, sintiendo tan inmensa alegría, que apenas la podian contener sus corazones. ¡Oh! ¡Cómo maldijeron entonces los infames encantos, que no les habian permitido conocerse mientras vagaban por el palacio encantado, haciéndoles perder además tan placenteros dias!

Bradamante, dispuesta á otorgar á su amante todos los favores que son lícitos á una doncella pudorosa, y á fin de sustraerlo de las tinieblas en que vivia, sin que por ello se resintieran su honestidad y su decoro, manifestó á Rugiero que, si no queria que se negara con dureza y esquivez á concederle el término de sus amorosos deseos, era indispensable que la pidiera á su padre Amon; pero bautizándose antes. Rugiero, que por amor de Bradamante no tan solo abrazaria el cristianismo, en cuya religion vivieron sus padres y todos su ilustres antecesores, sino que estaba pronto á darle la vida, como llegara á pedírsela, le contestó:—Por merecer tu cariño pondria mi cabeza, no bajo el agua, sino entre las llamas.

Rugiero se puso en marcha para recibir el bautismo y unirse despues á Bradamante, la cual le guió á Valleumbroso, monasterio suntuoso y rico, célebre por la religiosidad de sus monjes y por su hospitalidad. Al salir del bosque encontraron á una dama, cuyo semblante revelaba el mayor desconsuelo: Rugiero, siempre humano y siempre cortés para con todos, pero mucho más para con las mujeres, apenas vió las lágrimas que surcaban el delicado rostro de aquella dama, sintió una gran compasion y deseó conocer la causa de su pesar; por lo cual, acercándose á ella, le preguntó, despues de saludarla cortesmente, el motivo de tener el rostro bañado en llanto. Levantó la dama hácia él sus ojos preñados de lágrimas, y con voz llena de dulzura, le dijo:

—Gentil caballero, las lágrimas que ves rodar por mis mejillas son producidas por la compasion que me inspira un doncel á quien hoy mismo van á dar muerte en un castillo cerca de aquí. Enamorado ese jóven de una doncella tan hermosa como amable, hija de Marsilio, rey de España, solia pasar á su lado todas las noches, sin dar que sospechar á la familia, envuelto en un velo blanco, disfrazado con un traje de mujer, y fingiendo la voz y los ademanes de tal. Pero como no puede haber secreto que permanezca constantemente oculto, no faltó quien le observara, revelándolo en seguida á dos amigos suyos, y estos á otros, hasta que, llegó á noticia del Rey: antes de ayer se presentó un comisionado de Marsilio, que sorprendiendo á ambos amantes en el lecho, les ha encerrado en el castillo en distintos calabozos; y estoy segura de que no transcurrirá el dia de hoy sin que perezca el jóven lastimosamente. He huido por no presenciar el espectáculo cruel y horroroso de verle perecer en una hoguera, pues nada podrá causarme dolor tan vivo como el suplicio de ese jóven: de hoy en adelante todos mis placeres se convertirán en afliccion al recuerdo de la espantosa llama en que han de arder sus bellos y delicados miembros.

Bradamante escuchó atenta este relato, el cual la conmovió tanto, que no parecia sino que el jóven condenado á muerte fuese uno de sus hermanos; y en verdad que su temor no carecia de fundamento, como veremos despues. Volviéndose á Rugiero, le dijo:

—Soy de opinion que apercibamos nuestras armas en auxilio de ese cautivo.

Y dirigiéndose á la afligida dama, añadió:

—Como logremos hallarnos dentro de los muros de ese castillo antes que hayan dado la muerte al desdichado jóven, puedes estar segura de que sabremos salvarle.

Siguiendo Rugiero los generosos impulsos del corazon bondadoso de su dama, é imitando su noble desinterés, ardió en deseos de volar en socorro del jóven, y dijo á la dama, de cuyos ojos continuaban brotando abundantes lágrimas:

—¿A qué aguardas? No es este el momento de llorar, sino de socorrer: dirígenos pronto adonde se halla tu protegido, á quien prometemos sacar de entre millares de lanzas ó espadas, con tal que nos conduzcas inmediatamente á su lado. Aligera, pues, el paso más de lo que te sea posible, no vaya á suceder que por tardar nuestro socorro, lleguemos cuando ya le hayan abrasado las llamas.

Las arrogantes palabras y el aspecto imponente de ambos amantes, atrevidos hasta lo sumo, hicieron renacer en el corazon de la dama su muerta esperanza, pero como temia menos la distancia á que se encontraba el castillo, que los impedimentos que podian hallar en el camino haciendo inútiles sus esfuerzos, permaneció algunos instantes indecisa. Por fin les dijo:

—Si tomásemos el camino más llano y que más directamente conduce al castillo, sin duda llegaríamos antes de que la hoguera estuviese encendida: pero estamos obligados á caminar por senderos tan tortuosos y ásperos que alargarán nuestro viaje más de un dia, y temo que al llegar á su término encontremos muerto al jóven.

—Y ¿por qué no hemos de ir por el camino más corto? preguntó Rugiero.

La dama respondió:

—Porque á la mitad de él se encuentra un castillo de los condes de Poitiers, en que Pinabel, hijo del conde de Altaripa, y el más perverso de los hombres, ha establecido, aun no hace tres dias, una costumbre inícua y vergonzosa para las damas y caballeros andantes. Por allí no pasa una sola dama ni un caballero, que no se vean obligados á someterse á los mayores ultrages. Tanto las unas como los otros han de perder sus corceles; dejando además, los guerreros las armas, y las damas sus vestiduras. No enristran lanza ni la han enristrado en Francia hace muchos años mejores caballeros que los cuatro que han jurado á Pinabel ser mantenedores de esta ley infame en su castillo. Os esplicaré el origen de esta costumbre, que segun he dicho solo hace tres dias que está en uso, y juzgareis si fué ó no recta la causa que obligó á los caballeros á prestar del juramento.

«Pinabel tiene una dama tan inícua, tan infame, cual no existe otra. Un dia que iba con él no sé por donde, encontró un caballero que le causó una gran afrenta. Habiéndose ella burlado de una vieja que iba montada á la grupa del caballo de aquel campeon, empeñóse un combate; y Pinabel, que estaba dotado de poca fuerza, pero de mucho orgullo, salió vencido: el vencedor quiso sin duda asegurarse de si la dama cojeaba ó no, por lo cual la obligó á bajarse de su palafren, la dejó á pié, é hizo que la vieja se vistiera con su suntuoso traje. La dama, llena de despecho y de la más ardiente sed de venganza, se reunió á Pinabel, que siempre está dispuesto á secundar cualquiera maldad, y como no pudiera apartar de su imaginacion el escarnio recibido, ni tener hora de reposo, dijo á su amante que el único modo de verla de nuevo risueña y placentera, consistia en desmontar á mil caballeros y mil damas, quitándoles á los unos las armas y sus vestidos á las otras.

»Aquel mismo dia hizo la casualidad que llegaran al castillo de Pinabel cuatro esforzados caballeros, los cuales habian venido hasta allí desde comarcas remotísimas: su valor es tal, que en nuestros dias no existen otros más intrépidos ni diestros en el manejo de las armas: llámanse Aquilante, Grifon, Sansoneto, y el más jóven Guido el salvaje. Pinabel dispensóles en su castillo una cortés acogida, y mientras estaban entregados al sueño por la noche, los sorprendió en el lecho, los aprisionó, y no consintió en restituirles la libertad hasta que le juraron permanecer allí durante un año y un mes (tal fué el tiempo que les prefijó); que despojarian de sus armas á cuantos caballeros andantes apareciesen por aquellos contornos, y que harian otro tanto con los vestidos de las damas que fuesen en su compañía, quitándoles asimismo los caballos. Obligados por la violencia, no tuvieron más remedio que prestar aquel juramento, bien á pesar suyo. Hasta hoy nadie ha podido luchar con ellos sin quedar vencido, y han llegado ya infinitos caballeros que han tenido que marcharse á pié y sin armas. Tienen establecido entre ellos el pacto de que el designado por la suerte sea el primero en salir del castillo, y en combatir solo; pero si dá con un contrario tan vigoroso que, permaneciendo en la silla, le derribe del caballo, los otros tres están obligados á acometer á un tiempo al vencedor hasta triunfar ó sucumbir. Si cada uno de dichos caballeros es ya tan temible de por sí, calcula lo que serán todos juntos.

»La importancia de nuestra empresa, es tal que no permite la menor demora, y mucho menos que perdais el tiempo, exponiéndoos á los azares de una lucha; y aun suponiendo que saliérais de ella victoriosos, como lo hace esperar vuestro aguerrido talante, como no es cuestion que pueda resolverse en una hora, temo mucho que aquel jóven perezca entre las llamas, si no acudimos en su auxilio en todo el dia de hoy.»

Rugiero contestó:

—Dejemos eso por ahora, y hagamos lo que debe esperarse de nosotros: el Supremo Hacedor ó la fortuna cuidarán entre tanto de ese jóven. Decididos á combatir con los cuatro caballeros, podrás juzgar, al ver el resultado de la lucha, si somos bastante fuertes para auxiliar al que ha sido condenado á las llamas por una falta tan leve como nos has manifestado.

Sin añadir una sola palabra, les guió la dama por el camino más corto. Poco más de tres millas anduvieron, cuando se encontraron en el puente y en la puerta donde se perdian las armas y los vestidos, y se corria peligro de perder tambien la vida. Sonó dos voces la campana del castillo, anunciando su presencia: abrióse la puerta, y salió presuroso al encuentro de los recien llegados un viejo montado en un rocin, gritándoles:

—Esperad, esperad: no sigáis adelante, que aquí hay que pagar derechos, y si no sabeis la costumbre establecida, pronto os la diré.

Y empezó á referirles la ley que hacia observar Pinabel, exhortándoles despues á que se conformaran con ella.

—Hijos mios, les dijo, haced que esa dama se desnude de sus vestidos, y vosotros abandonad aquí vuestras armas y caballos: no os expongais á luchar con esos cuatro guerreros invencibles. Por do quiera encontrareis vestidos, armas y caballos; pero nada podrá devolveros la vida una vez perdida.

—Basta, contestó Rugiero, no prosigas; estoy perfectamente informado de todo, y he venido á probar por mí mismo si esos caballeros son en efecto tan valientes como se me ha asegurado. No estoy dispuesto á poner á merced de nadie, ni vestidos, ni armas, ni caballos, mientras solo se trate de arrogantes amenazas; y abrigo la seguridad de que mi compañero tampoco cederá los suyos á las palabras. Pero, por Dios, haz que vengan pronto á medirse con nosotros los que pretenden arrebatarnos nuestras armas y caballos; porque necesitamos atravesar esa montaña, y estamos perdiendo un tiempo precioso.

El viejo respondió:

—Por el puente se acerca quien viene á satisfacer tus deseos.

Y era verdad; pues por él se adelantaba un caballero que llevaba una sobrevesta roja salpicada de flores blancas.

Bradamante suplicó encarecidamente á Rugiero, que por galantería le cediera el honor de arrojar de la silla al caballero; mas no pudo conseguirlo, y le fué preciso resignarse á la voluntad de su amante. Rugiero quiso llevar á cabo por sí solo aquella empresa, y que Bradamante permaneciera como mera espectadora del combate.

Rugiero preguntó al viejo el nombre del primer campeon que salia contra él.

—Es Sansoneto, contestó el anciano; le conozco por las flores blancas y el rojo color de su vestido.

Ambos adversarios, sin dirigirse la palabra ni demorar un solo momento el combate, se pusieron simultáneamente en movimiento, y se acometieron con la lanza en ristre, excitando la ardorosa carrera de sus corceles. Mientras tanto Pinabel habia salido de la fortaleza, acompañado de algunos infantes, dispuestos siempre á apoderarse de las armas de los vencidos, y á auxiliar á los caballeros que caian de la silla. Venian á encontrarse los dos atrevidos contendientes, apoyando en el ristre sus enormes lanzones de roble verde, de dos palmos de circunferencia, y cuyos hierros tenian igual longitud. Sansoneto habia hecho cortar en el bosque inmediato diez ó doce astas semejantes á aquellas, destinándolas á tal objeto; y eran tan fuertes que ni escudos, ni corazas diamantinas, podrian resistir su choque. Cuando se aprestaron al combate, hizo dar una de dichas astas á Rugiero, reservándose él la otra.

Con tales lanzas, capaces de hendir un yunque (tan bien templados tenian sus hierros), se alcanzaron á la mitad de su carrera, dándose un bote descomunal en sus respectivos escudos. El de Rugiero, que tanto habia hecho sudar á los demonios cuando lo forjaron, á pesar de estar desnudos, no se resintió en lo más mínimo del golpe; me refiero á aquel escudo que fabricó Atlante, y de cuya fuerza ya os he hablado otras veces: os he dicho que era tal la fuerza con que heria la vista su encantado resplandor, que al descubrirlo, abrasaba los ojos y derribaba á los hombres privados de sentido. Por esta razon lo llevaba Rugiero siempre cubierto con un velo que solo levantaba en los más apurados trances. Debe creerse además que fuese impenetrable, puesto que resistió el bote de la lanza de Sansoneto.

El escudo de este, forjado por artífices menos hábiles, no pudo soportar el terrible golpe de su adversario: como si le hubiera herido un rayo, dió paso al hierro de la lanza y se abrió por el medio; dió paso al hierro, que tropezó al atravesar el escudo con el brazo mal defendido por él, y Sansoneto quedó herido, y á su pesar fué arrojado de la silla, siendo el primero de los cuatro mantenedores de aquella costumbre punible que salió vencido en el combate en lugar de apoderarse de los despojos de sus adversarios. Bueno es que llore alguna vez el que siempre rie, y que la fortuna no se muestre siempre propicia á los deseos de los venturosos. El vigía del castillo, haciendo con la campana una nueva señal, avisó á los demás caballeros que saliesen á su vez á combatir.

Mientras tanto se habia aproximado Pinabel á Bradamante para saber quien era el caballero que con tan singular valor acababa de derribar á uno de sus campeones. La justicia divina, indudablemente dispuesta á proporcionarle una recompensa digna de sus merecimientos, permitió que fuese aquel dia montado en el mismo corcel que algun tiempo antes arrebatara á Bradamante. Precisamente hacia ocho meses por entonces que encontrándose el de Maguncia con la guerrera en un camino, la habia arrojado, segun recordareis, en la tumba de Merlin, cuando la libró de la muerte una rama que cayó con ella no menos que su buena suerte; y persuadido Pinabel de que habia quedado sepultada en la cueva, se llevó su caballo.

Bradamante conoció al punto su corcel, gracias al cual conoció tambien al inícuo Conde; y al oir su voz y al fijarse con más detenimiento en su rostro, dijo entre sí:—«Este es sin duda el traidor que intentó arrancarme vida y fama; sus pecados le han traido seguramente á recibir el castigo de sus crímenes.»—Amenazar á Pinabel, desenvainar la espada y embestirle, todo fué obra de un momento; pero antes procuró cortarle la retirada para que no pudiera refugiarse en el castillo.

Semejante á la zorra que halla interceptado el paso de su madriguera, Pinabel perdió la esperanza de salvarse; y no atreviéndose á hacer frente á la guerrera, huyo á ocultarse en la selva próxima, dando desaforados gritos. Pálido, consternado y fiando su salvacion en la huida, clavaba los acicates en los hijares de su corcel, mientras la animosa doncella de Dordoña le seguia de cerca, descargándole furiosos golpes con su espada, sin abandonarle un punto. El estrépito que producia el choque de las armas y el rumor de las pisadas de los caballos resonaba en todos los ámbitos del bosque; pero los habitantes del castillo no observaron nada de esto, por tener fija toda su atencion en Rugiero.

Los otros tres caballeros habian pasado entre tanto desde el castillo al lugar del combate, acompañados de la mujer indigna, promovedora de tan innoble costumbre: cada uno de los tres iba con el rubor de la vergüenza en el rostro y lleno de luto el corazon, por verse obligados á acometer juntos á un solo adversario, deseando encontrar la muerte antes que conservar la vida á costa de su honra. La cruel meretriz por quien se habia establecido y observado aquella costumbre inícua, les iba recordando su pacto y el juramento que de vengarla le hicieran.

—Si mi lanza es suficiente para derribarle, decia Guido el Salvaje, ¿por qué pretendes que me ayuden mis dos amigos? Si acaso le engañara, consiento gustoso en que me corten la cabeza.

Otro tanto decian Aquilante y Grifon; cada uno de ellos deseaba luchar solo con su contendiente, prefiriendo morir ó quedar prisioneros, á tener que acometerle todos juntos.

La dama de Pinabel les contestó con resolucion:

—¿A qué vienen tantas palabras inútiles? Yo os he traido aquí para que despojeis á ese guerrero de sus armas y no para formar leyes nuevas y nuevos pactos. Pudisteis hacerme esas observaciones cuando os tenia encarcelados; pero ahora ya es tarde: estais obligados á cumplir lo ofrecido, y no á desperdiciar el tiempo con frases vanas y engañosas.

Rugiero, por su parte, les gritaba:

—¡Mirad mis armas! ¡Mirad mi caballo, cuya silla y arneses son enteramente nuevos! Contemplad tambien el traje de esta dama: si deseais apoderaros de todo, ¿qué os detiene?

Excitados los tres mantenedores por las palabras de la dueña del castillo, así como por las provocaciones y las burlas de Rugiero, viéronse forzados á acometerle juntos, aunque llevando el rostro encendido de vergüenza. Adelantáronse á Guido los dos descendientes del noble marqués de Borgoña, porque el caballo de aquel, menos ágil, quedó atrás, si bien á corta distancia. Rugiero les arremetió con la misma lanza con que habia derribado á Sansoneto, y cubierto con el escudo que solia usar Atlante en los montes Pirineos: con aquel escudo encantado cuyo brillo ningun mortal podia sostener y al que apelaba Rugiero en último recurso. El guerrero solo se habia servido de él en tres ocasiones, bien apuradas por cierto: las dos primeras, cuando procuró huir de la mansion de la molicie, para pasar á la morada de la honestidad; la tercera cuando obligó á la orca á devorar las olas espumosas en vez de saciarse con las delicadas carnes de las hermosa Angélica desnuda, que tan mal pago dió despues á su libertador. Excepto en estas tres ocasiones, Rugiero lo habia tenido cubierto siempre con un velo, que podia levantar fácilmente en cuanto necesitase de su auxilio.

Resguardado con él, segun os he dicho, acudia al combate tan animoso, que le inspiraban menos temor sus tres adversarios que si hubiesen sido débiles criaturas. La lanza de Rugiero fué á chocar en la extremidad superior del escudo de Grifon, á la altura del almete: Grifon estuvo tambaleándose algunos momentos, hasta que por último cayó, yendo á parar léjos de su caballo. La lanza del hermano de Aquilante habia dado tambien en el escudo de su adversario, pero como dirigió el bote de soslayo, al tropezar con su superficie tersa y bruñida, se deslizó por ella la punta de la lanza y produjo un efecto contrario: desgarróse el velo que encubria el fulgor espantoso y encantado, á cuyo resplandor era forzoso que todos cayesen deslumbrados irremisiblemente.

Aquilante, que acometió á Rugiero al mismo tiempo que su hermano, arrancó el resto del velo y convirtió al escudo en un rayo: su claridad repentina hirió los ojos de los dos hermanos y tambien los de Guido, que tras ellos venia. Todos cayeron sin sentido; porque el escudo no solo les privó de la vista, sino tambien del conocimiento.

Ignorante aun Rugiero del resultado de la lucha, volvió su caballo; y al volverlo desenvainó su cortadora espada; pero no vió á nadie que le hiciera frente, porque todos yacian en el suelo. Los caballeros, los soldados que habian salido del castillo, los caballos y hasta las damas parecian hallarse en brazos de la muerte. Al principio quedó sorprendido; pero luego observó que pendia de su brazo izquierdo, hecho girones, el velo con que solia ocultar la luz que tal efecto produjera. Asaltado de un repentino pensamiento, empezó á buscar con la vista á su adorada guerrera y sus miradas se fijaron en el sitio donde la habia dejado al empezar la primera lucha: no viéndola allí, supuso que se habria marchado á impedir que pereciera aquel jóven, temerosa sin duda de que fuese arrojado á las llamas, mientras él estaba entretenido en su combate con los cuatro campeones.

Entre las personas que estaban desmayadas distinguió á la dama que allí le habia guiado; la recogió del suelo, adormecida cual estaba, la colocó en el arzon delantero de la silla y echó á andar cabizbajo, cubriendo el escudo encantado con un manto que llevaba la dama, la cual recobró los sentidos en cuanto desapareció el nocivo resplandor. Rugiero continuaba su marcha, rojo de vergüenza y sin atreverse á levantar los ojos, temiendo que le echaran en cara una victoria tan poco gloriosa.

—¿Cómo podria yo enmendar, decia entre sí, una falta que me cubre de tanto oprobio? En adelante todos dirán que he conseguido mis triunfos por medio de encantos, y no por mi valor.

Mientras iba entregado á tales pensamientos, tropezó con lo que buscaba: en medio del camino vió una cisterna profunda, donde solian abrevarse los ganados despues del pasto, en las calorosas horas del estío. Rugiere exclamó:

—¡Oh, escudo maldito! Yo sabré evitar que vuelvas á deshonrarme. No te conservaré un momento más; y permita el Cielo que la vergüenza que me has ocasionado sea la última que haya de tener en el mundo.

Así diciendo, saltó del caballo; cogió una piedra de gran peso, la ató al escudo, y precipitó una y otro en el fondo de la cisterna, exclamando:

—Permanece ahí sepultado, y quede contigo eternamente oculto mi oprobio.

El pozo era profundo y estaba lleno do agua hasta los bordes; la piedra y el escudo eran pesados: así es que no pararon hasta llegar al fondo, quedando ocultos por el agua que volvió á unirse tras ellos. La Fama no pudo callar aquella accion generosa y digna de renombre, y divulgóla en breve: su trompeta sonora difundió la noticia por Francia, España y los paises comarcanos. Apenas circuló de boca en boca esta aventura por todas partes, acudieron muchos guerreros, así de las más próximas como de las más apartadas regiones, en busca del escudo; pero no pudieron dar con el bosque donde se hallaba el pozo guardador del sagrado escudo; porque la Fama que publicó la accion de Rugiero, no quiso revelar nunca la situacion del país ni de la cisterna.

Tan pronto como se hubo alejado Rugiero del sitio que fué testigo de su poco costosa victoria, dejando á los cuatro grandes campeones de Pinabel tendidos cual muñecos de paja, al llevarse al escudo, se llevó tambien la luz que entorpecia los sentidos, y cuantos yacian como muertos, se levantaron llenos de asombro. Durante todo aquel dia no supieron ocuparse más que de tan maravilloso suceso, haciendo cada cual sus consideraciones con respecto á aquella luz terrible: hablando estaban de este acontecimiento, cuando llegó á sus oidos la noticia de la muerte de Pinabel, aunque sin saber quien fuese el matador.

Durante el combate, la atrevida Bradamante habia alcanzado á Pinabel en un paso estrecho, y le habia sepultado cien veces su acero en el pecho y los costados. Luego que purgó á la Tierra de aquel hombre pérfido y dañino, volvió la espalda al bosque testigo de su venganza, llevándose el corcel que el infame le arrebatara en otra ocasion. Quiso regresar al sitio donde habia dejado á Rugiero; mas no supo hallar el camino, y aunque recorrió montes y valles, buscándole por toda la comarca, su contraria suerte no le permitió que hallase la ruta más conveniente para reunirse á su Rugiero. Los que encuentren agradable esta historia quedan invitados para oir su continuacion en el canto siguiente.

Canto XXIII

Astolfo se remonta á los aires.—Prenden á Zerbino, acusándole de haber dado muerte á Pinabel: Orlando le pone en libertad.—Rodomonte cabalga en Frontino, que ha arrebatado á Hipalca.—El paladin Orlando combate con Mandricardo; y despues, teniendo noticia de los amores de Angélica cae en la locura más furiosa que se ha conocido.

Todos debemos auxiliar á nuestro prójimo, porque las buenas acciones raras veces quedan sin recompensa; y aun cuando no la obtengan, por lo menos su práctica no puede causar la muerte, ni perjuicio, ni ignominia. En cambio, el que ocasiona algun daño á otro, encuentra tarde ó temprano el castigo merecido, pagando una deuda que nunca se olvida. Dice el proverbio que, si las montañas están fijas, los hombres vuelven á encontrarse. Ved cuál fué la suerte de Pinabel por haberse portado inícuamente: encontró la pena á que le habia hecho acreedor su índole perversa, y Dios, que las más de las veces no permite que padezca injustamente un inocente, salvó á Bradamante, así como salvará á todo aquel cuya conciencia esté limpia de toda felonía. Creyó Pinabel que habia dejado muerta y sepultada en la cueva á la doncella, no esperando volverla á ver y mucho menos llegar á perder la vida á sus manos. De nada le sirvió encontrarse en el castillo de su padre; en el castillo de Altaripa, situado entre escarpadas montañas y próximo al país de Poitiers. Poseia esta fortaleza el viejo conde Anselmo, de quien nació el malvado Pinabel, que para librarse de las manos de Claramonte, tuvo que apelar al auxilio de sus amigos.

Al pié de un monte se vengó á su placer Bradamante de aquel traidor, arrancándole la indigna vida, sin que Pinabel supiera hacer otra cosa más que gritar y pedir perdon, en vez de defenderse como un caballero. Despues de haber dado muerte al fementido conde, que en otra ocasion procuró asesinarla, quiso volver al sitio en que habia dejado á Rugiero; mas no se lo permitió su adversa suerte, la cual hizo que se extraviara por un sendero, que la llevó á la parte más espesa, más solitaria y más sombría del bosque, en el momento en que las tinieblas sustituian á la luz del Sol. No sabiendo la guerrera donde albergarse durante la noche, se detuvo en aquel sitio, tendiéndose sobre la naciente yerba, cobijada por las ramas de los árboles; y ora durmiese esperando la llegada del dia, ora contemplase á Saturno, Júpiter, Venus, Marte y demás planetas errantes, no se apartó un momento de su imaginacion la imágen de su adorado Rugiero. Exhalando frecuentes suspiros, que salian de lo más profundo de su corazon, se lamentaba, arrepentida y pesarosa, de que hubiera podido en ella la ira más que el amor.

—La cólera, decia, ha hecho que me separara de mi amante: si á lo menos hubiese reparado en el camino que seguia, sabria ahora volver por donde he venido, despues de haber llevado á cabo mi venganza. ¡Oh, cuán ciega y falta de memoria he sido!

Estas y otras palabras estuvo pronunciando en voz alta durante la noche, además de otras muchas que no salieron del fondo de su corazon, mientras que el viento de sus suspiros y el copioso raudal de sus lágrimas formaban una verdadera tormenta de dolor. Por fin, despues de una prolongada espectativa, apareció por Oriente la deseada aurora; entonces la jóven montó en su caballo, que iba paciendo por el bosque, y emprendió la marcha, en direccion opuesta á la del Sol.

No anduvo mucho, cuando se halló á la salida del bosque, y á corta distancia del sitio donde habia estado el palacio en que el encantador malvado la entretuvo durante tantos dias con sus ficciones. Allí encontró á Astolfo, que se habia detenido á arreglar una brida para el Hipogrifo, y estaba perplejo por no saber á quien confiar su Rabican. Por una feliz casualidad, el paladin no llevaba entonces puesto su casco: así es que, en cuanto Bradamante salió de la selva, conoció á su primo. Saludóle desde léjos, corrió á él con suma alegría, le abrazó luego que estuvo cerca, y le dijo su nombre, alzándose la visera para hacerle ver claramente que era en efecto su prima.

No podria Astolfo encontrar una persona á quien con más confianza encomendara su Rabican, que la hija del Duque de Dordoña, seguro como estaba de que lo cuidaria perfectamente y se lo devolveria á su regreso, por lo cual creyó que Dios se la habia enviado; y si siempre veia con gusto á Bradamante, con mucho mayor placer la vió entonces por la necesidad que de sus servicios tenia. Despues de abrazarse fraternalmente dos ó tres veces, y de dirigirse con gran solicitud mútuas preguntas sobre su vida, Astolfo dijo entre sí:—«Si he de recorrer el reino de las aves, debo aprovechar sin demora la ocasion que se me presenta.»—Y confiando á la doncella sus intentos, le mostró su volador corcel.

No se sorprendió Bradamante al ver desplegar las alas á aquel caballo, pues en otra ocasion le vió venir contra ella dirigido por Atlante, y más tarde le contempló fijamente, con perjuicio de su vista, el dia en que se llevó á Rugiero al través de caminos extraños é inusitados. Astolfo dijo á su prima que deseaba confiarle su Rabican, tan veloz en la carrera, que si echaba á correr al disparar un arco, en breve dejaba tras sí á la saeta: asimismo queria entregarla sus armas, con encargo de que las llevara á Montalban y las guardara allí hasta su regreso; pues en aquella ocasion no tenia necesidad de ellas. Como intentaba viajar á través de los aires, deseaba aligerar su peso cuanto le fuera posible. Conservó la espada y la trompa, aun cuando con esta sola tenia bastante para librarse de cualquier riesgo, y entregó tambien á Bradamante la lanza que llevó el hijo de Galafron; aquella lanza que hacia saltar de la silla á cuantos guerreros alcanzaba.

Elevóse en seguida Astolfo sobre el caballo volador, haciéndole al principio remontarse poco á poco; pero despues apresuró su vuelo de tal modo, que Bradamante lo perdió de vista en un momento, del mismo modo que el piloto saca á su bajel lentamente de entre los escollos peligrosos, y así que deja atrás el puerto y la costa, desplega todas sus velas y aventaja en velocidad al viento.

Una vez alejado el Duque, quedóse Bradamante indecisa y pensativa, por no saber cómo arreglarse para llevar á Montalban la armadura y el corcel de su pariente; pues en aquel momento su corazon estaba vivamente estimulado por el deseo ardiente de volver á ver á su Rugiero, á quien pensaba encontrar en Valleumbroso, dado caso que no le hallara antes. Mientras permanecia irresoluta, vió á un labriego que casualmente llegaba por aquel camino, al cual hizo recoger y colocar como pudo la armadura de Astolfo sobre Rahican, y despues le confió los dos caballos, montando en el uno y llevando al otro del diestro. Bradamante tenia dos caballos antes de encargarse del de su primo: el suyo y el que habia recobrado de Pinabel.

Se decidió á emprender el camino de Valleumbroso, esperando encontrar allí á su Rugiero; mas como ignoraba cuál era el mejor ó más corto, temia extraviarse. El campesino, por su parte, no tenia conocimiento del país: por último, echó á andar á la ventura, siguiendo la via que le pareció más directa al monasterio. Anduvo errante por uno y otro sendero, sin encontrar una sola persona de quien adquirir informes, y hácia la hora de nona salió del bosque, descubriendo á corta distancia un castillo que coronaba la cima de una colina. Fijóse en él, y le pareció que era el de Montalban; y en efecto, aquel era el castillo en que á la sazon habitaban la madre y algun hermano de Bradamante.

No bien hubo conocido el sitio en que se encontraba, cuando se sintió poseida de una tristeza profunda. Por poco que se detuviera allí, se exponia á ser descubierta y á que la obligaran á permanecer en la casa paterna; de esta permanencia forzada resultaria que su amoroso fuego la abrasase hasta el punto de hacerla perecer, pues ya no le seria posible reunirse á su Rugiero, ni llevar á cabo en Valleumbroso su cristiano proyecto. Despues de haber estado algunos momentos indecisa, resolvióse á volver la espalda á Montalban y echó á andar hacia la abadía, cuyo camino, una vez puesta allí, le era ya conocido. Pero su buena ó mala fortuna quiso que antes de salir del valle, se encontrara con Alardo, uno de sus hermanos, sin tener tiempo de ocultarse de él. Alardo venia de preparar alojamientos por aquella comarca para los infantes y ginetes, que á instancia de Carlomagno habia reunido en los paises circunvecinos. Ambos hermanos se hicieron mil cariñosas demostraciones de afecto, y despues se encaminaron á Montalban, hablando de diferentes cosas.

Entró la hermosa doncella en el castillo, donde Beatriz la habia esperado durante mucho tiempo, vertiendo tan continuas como infructuosas lágrimas, despues de haberla hecho buscar por toda la Francia. Los besos y los abrazos de su madre y sus hermanos le parecieron muy frios comparados con los apasionados de Rugiero, que quedaron impresos para siempre en su alma. En vista de que ya no le era posible ir á Valleumbroso, determinó enviar otra persona en su nombre á fin de que avisara inmediatamente á Rugiero la causa que la impedia efectuarlo por si misma, y rogarle (como si fuese necesario) que recibiese el bautismo por su amor, y acudiese despues á realizar lo proyectado entre ambos hasta que los uniera el sagrado lazo del matrimonio. Determinó además enviarle por el mismo mensajero aquel caballo que apreciaba tanto, y con sobrado motivo, porque ni en todo el reino de los sarracenos, ni en el de los francos, podria encontrarse un corcel más hermoso ni más gallardo, si se exceptúa únicamente á Brida-de-oro y Bayardo. El dia en que Rugiero montó con demasiada audacia en el Hipogrifo y atravesó sobre él los aires, abandonó á Frontino (que así se llamaba su caballo) y Bradamante, haciéndose cargo de él, lo envió á Montalban, donde lo cuidaron perfectamente sin que nadie cabalgara en él desde entonces, como no fuese por poco tiempo, y aun así sin fatigarlo demasiado; de suerte que Frontino se hallaba más lucido y vigoroso que nunca.

Ayudada Bradamante por todas sus doncellas y servidoras, se apresuró á bordar con minucioso esmeró una cubierta de seda blanca y gris recamada de finísimo oro; adornó con ella la silla y la brida del magnífico palafren, y en seguida llamó aparte á la hija de su nodriza Callitrefia, confidente discreta de todos sus secretos. Habíale hablado ya mil veces de su profundo amor hácia Rugiero, encomiando hasta la exageracion la belleza, el valor y la gallardía de su amante. Llamóla, pues, y le dijo:

—No podria elejir un mensajero más fiel, más prudente ni mejor que tú para lo que necesito, Hipalca mia.

Hipalca se llamaba la doncella, á la cual explicó donde tenia que ir y todo cuanto deberia manifestar en nombre suyo á su amante, encargándole sobre todo que la disculpara por no haber ido al monasterio, y que echara la culpa no al olvido de su promesa, sino á la suerte que puede más que nosotros. La hizo montar en un caballo; le entregó la rica brida de Frontino y le recomendó que si por el camino tropezaba con algun hombre tan insensato ó tan villano que quisiese arrebatarle aquel corcel, no tenia que pronunciar más que una sola palabra para hacerle entrar en razon; pues no conocia á ningun caballero tan atrevido que no temblara al oir el nombre de Rugiero. Otras muchas cosas le encargó que tratara con él en su representacion; y cuando Hipalca estuvo perfectamente instruida de todo, se puso en camino sin detenerse á más.

Pronto se alejó la doncella de Bradamante atravesando caminos, campiñas y selvas oscuras; y llevaba andadas ya más de diez millas sin que nadie la hubiese molestado en su camino ni siquiera le preguntase adonde iba; cuando hácia la mitad del dia, y al ir á subir una montaña por un sendero angosto y escabroso, se encontró con Rodomonte que seguia, á pié y armado, á un pequeño enano. El moro fijó en ella su mirada orgullosa, y prorumpió en blasfemias contra los dioses, porque no habia hallado en poder de un caballero aquel corcel tan hermoso y tan ricamente enjaezado. Habia jurado apoderarse á toda costa del primer caballo que encontrase, y aquel era precisamente el primero y el más hermoso y más á propósito para él que hallar pudiera; y aun cuando juzgaba una villania arrebatárselo á una mujer, sin embargo, sus mismos deseos de poseerlo le tenian indeciso. Lo miraba, lo contemplaba, y decia con frecuencia:

—Pero ¿por qué no irá sobre él su dueño?

—¡Oh! Si él estuviese aquí, respondió Hipalca, pronto te haria mudar de opinion. El que acostumbra montarlo vale mucho más que tú; no hay en el mundo un guerrero que pueda comparársele.

—¿Quién es, preguntó el moro, ese caballero que tan en poco tiene la fama de los demás?

—Es Rugiero, contestó la doncella.

Rodomonte replicó:

—Siendo así, no tengo inconveniente en apoderarme de ese corcel, puesto que se lo arrebato á un campeon tan esforzado como Rugiero; y si es cierto, como dices, que es tan fuerte y superior á cualquier otro guerrero, no solo le devolveré su caballo, sino tambien los arneses y hasta el precio que quiera exigirme por el tiempo que de ellos me aproveche. Pero has de decirle que yo soy Rodomonte, y que si desea conocer el esfuerzo de mi brazo, le costará poco trabajo encontrarme; pues por do quiera que voy me da siempre á conocer el resplandor que me rodea; el rayo no deja mayores huellas de su paso de las que dejo yo en cuantas partes fijo mi planta.

Al decir esto, arregló las riendas doradas de Frontino, saltó sobre él, y ascendió por la montaña sin hacer caso de Hipalca, que se quedó asombrada, triste y llorosa; y entregándose al dolor más profundo, prorumpió en amenazas y dicterios contra Rodomonte.

En otra parte se refiere lo que despues acaeció; pues Turpin que es quien relata esta historia, se detiene al llegar aquí y vuelve á aquel país en que poco antes fué muerto el de Maguncia.

Apenas se habia alejado de aquel sitio con la mayor premura la hija de Amon, cuando Zerbino llegó por otro sendero, acompañado siempre de la vieja falaz, y vió en el valle tendido á un caballero, que le era completamente desconocido. Zerbino, llevado de su natural bondadoso y compasivo, no pudo menos de apiadarse de semejante desgracia. Pinabel yacia en tierra inanimado, derramando torrentes de sangre por sus heridas que debian de ser tantas en número, como si cien espadas se hubiesen dirigido contra su pecho para darle la muerte. Apresuróse el caballero escocés á seguir las huellas recientemente impresas en la arena, para ver si podia descubrir al homicida, diciendo á Gabrina que le esperase allí, pues no tardaria en volver.

La vieja se aproximó al cadáver, examinándolo escrupulosamente, con intencion de apoderarse de cuantas prendas le gustaran: como entre sus muchos defectos, tenia el de ser tan avara cuanto puede serlo una mujer, le dolia que aquel muerto estuviese inútilmente adornado con sus ricas preseas; y si hubiese podido arbitrar un medio ó realizar la esperanza de llevarse ocultamente su hurto, le habria arrebatado la magnífica sobrevesta y con ella las soberbias armas; pero juzgándolo difícil se contentó con despojarle de lo que podia esconder fácilmente, abandonando el resto con harto dolor de su corazon. Le arrebató, pues, entre otras cosas, un hermoso cinturon, que ocultó entre sus dos faldas, ciñéndoselo en derredor del cuerpo.

Poco despues llegó Zerbino, que habia perdido las huellas de Bradamante, porque el sendero se dividia en otros muchos ascendentes ó descendentes; y como se aproximaba la noche, no le pareció conveniente dejarse sorprender por las tinieblas en medio de aquellas rocas; así es que se reunió con la impía vieja para buscar un albergue. A unas dos millas de distancia vieron un gran castillo que era el de Altaripa, donde se detuvieron para pasar la noche, que se remontaba á grandes pasos hácia el cielo. Poco tiempo hacia que se encontraban en el castillo, cuando hirió sus oidos un triste lamento, y vieron que todos los habitantes de aquella mansion derramaban lágrimas cual si á todos les hubiese alcanzado una misma desgracia. Zerbino preguntó la causa de semejante afliccion, y le contestaron que el conde Anselmo acababa de recibir la noticia de que el cadáver de su hijo Pinabel yacia en un angosto sendero situado entre dos colinas. Para evitar Zerbino que recayesen en él las sospechas, fingió el mayor asombro y bajó los ojos, pensando, sin embargo, en que el cadáver que halló en medio del camino era indudablemente el de Pinabel.

No tardó mucho en llegar la fúnebre comitiva, alumbrada por teas y hachones; á su aspecto redoblaron los gemidos y los lamentos, y brotaron más copiosas las lágrimas de los ojos de los circunstantes, en especial de los del desgraciado padre, cuyo rostro revelaba la desesperacion de que estaba poseido. Mientras se preparaban solemnes y magníficas exequias, con la pompa que prescribia la usanza antigua, y que los siglos van haciendo desaparecer, hizo publicar el Señor del castillo un edicto, que dió tregua á la afliccion de sus vasallos, prometiendo una rica recompensa al que descubriera al matador de su hijo. Aquel bando circuló rápidamente de boca en boca hasta que llegó á los oidos de la malvada vieja, cuya crueldad superaba á la de las tigres y las osas; y en seguida resolvió perder á Zerbino, ya fuese por el odio que sentia hácia él, ya por el orgullo de probar que era el único ser en cuyo corazon no existia el menor átomo de humanidad, ó quizá por ganar el premio ofrecido: lo cierto es que se presentó al aflijido padre y despues de un exordio revestido de alguna verosimilitud, le dijo que Zerbino era el matador de su hijo, y le mostró el rico cinturon que se ocultara entre las ropas. El conde Anselmo lo conoció en el acto, y en virtud de aquella prueba y de la delacion de la infame vieja, no pudo poner en duda su veracidad. Levantó las manos al cielo derramando lágrimas, como para darle las gracias de que su hijo no quedara sin venganza. Hizo armar precipitadamente á todos sus vasallos, disponiendo que cercaran el castillo, y mientras tanto, Zerbino, que estaba muy ajeno de pensar en lo que le esperaba, y no podia suponer que el conde Anselmo le infiriese ofensa alguna, dormia tranquilo y confiado: aquella noche misma fué sorprendido en el lecho, encadenado, y sepultado en un seguro calabozo.

Aun no habia dejado ver el Sol sus resplandores, cuando estuvo todo preparado para el suplicio de Zerbino, que debia ser descuartizado vivo en el mismo sitio en que se cometió la muerte que se le imputaba: tal fué la órden del Señor del castillo, y tal la que acataron todos sin permitirse la menor observacion. En cuanto la bella Aurora matizó el trasparente cielo con sus tintas blancas, sonrosadas y amarillas, todo el pueblo, gritando: «¡Muera! ¡Muera!» acudió á castigar á Zerbino por su supuesto delito. El insensato populacho le acompañó fuera del castillo, sin órden ni concierto, unos á caballo y otros á pié: entre ellos caminaba Zerbino, con la cabeza baja, maniatado y montado en un mal caballo.

Mas Dios, que acude con frecuencia en auxilio de los inocentes, y nunca abandona al que confia en su bondad, le proporcionó un defensor, el más á propósito para que su existencia no corriera el menor peligro. Este fué Orlando, que llegó en la ocasion más oportuna para salvar á Zerbino. Orlando vió en la llanura aquella multitud, que arrastraba á la muerte al afligido caballero. Con él iba la doncella que encontró escondida en una gruta; la princesa Isabel, hija del rey de Galicia, que habia caido en manos de unos bandidos, despues de haber visto su nave destrozada por las turbulentas olas de un mar proceloso; aquella que tenia más dentro de su corazon á Zerbino, que el alma que la alentaba. Orlando no se separó un punto de ella despues de haberla sacado de la caverna.

Cuando la jóven observó la muchedumbre que cruzaba por la llanura, preguntó á Orlando cuál era su objeto.—«Lo ignoro» contestó el Paladin, y dejándola en la montaña, bajó al llano con la mayor presteza: miró á Zerbino, y al primer golpe de vista conoció que era un caballero ilustre. Aproximándose á él, le preguntó la causa de ir encadenado y el sitio adonde le conducian. Levantó la cabeza el doliente caballero, y dando oidos á las palabras del recien llegado, le dijo toda la verdad con tan ingénuas frases que el Conde le consideró digno de su proteccion, por estar seguro de que quien así se expresaba era inocente, y perecia víctima de una sinrazon. Afirmóse más en esta creencia cuando supo que el conde de Altaripa era quien habia ordenado aquel suplicio; pues no podia esperarse otra cosa de un hombre tan pérfido. Inflamóle asimismo el odio inveterado y hereditario que separaba á las dos familias de Maguncia y de Claramonte, odio que ocasionó tantos daños, tantos ultrajes y tantas muertes.

—Desatad á ese caballero, canalla, gritó el Conde á los soldados; desatadle, ó pereceis todos á mis manos.

—¿Quién es ese que descarga tan descomunales tajos? respondió uno que quiso echarla de valiente. ¿Por ventura cree que somos de cera ó de paja, y él de fuego?

Y se lanzó contra el Paladin de Francia, que enristró á su vez la lanza, cayendo sobre su adversario. La armadura brillante que aquel soldado habia usurpado la noche anterior á Zerbino, y que llevaba puesta, no le resguardó del terrible choque del Paladin: el hierro de la lanza de este tropezó en el lado derecho de la visera del yelmo, y aun cuando no lo traspasó merced á su fino temple fué tan violenta la sacudida que el soldado cayó sin vida con la columna vertebral rota. Sin detener un momento su carrera ni sacar del ristre la lanza, Orlando atravesó con ella el pecho de otro soldado; la dejó clavada en él, y desenvainando rápidamente á Durindana, embistió á aquella multitud compacta, hendiendo á unos la cabeza, separándosela del cuello á otros, y traspasando á muchos la garganta; de suerte que en un instante tendió á sus piés ó puso en fuga á más de ciento. En breve dió muerte á más de la tercera parte de aquellos desdichados; y arrollando á los restantes, tajó, hendió, hirió, atravesó é hizo pedazos á cuantos se pusieron á su alcance. Para huir más velozmente, arrojaban los escudos, los cascos, los venablos y las picas que les embarazaban; los unos corrian por el camino, los otros á través de los campos; estos se ocultaban en los bosques; aquellos en la profundidad de las cavernas. Orlando, dejando aparte toda piedad, no quiso que aquel dia quedase uno solo con vida. De ciento veinte á que ascendian (segun la cuenta que hizo Turpin), murieron ochenta por lo menos.

Orlando se acercó por último á Zerbino, cuyo corazon saltaba violentamente en el pecho. Es imposible reproducir en verso la alegría de que se sintió poseido al ver volver á Orlando. De buena gana se habria echado á sus plantas para manifestarte su gratitud; pero no le fué posible por impedírselo las ligaduras que al caballo le sujetaban. Mientras el Paladin, despues de haberle desatado, le ayudaba á cubrirse con su armadura, de la que habia despojado al jefe de aquella abigarrada tropa, que por su mal quiso engalanarse con ella, Zerbino fijó sus miradas en Isabel que habia permanecido hasta entonces en la cima del collado, y á la sazon se iba acercando á los dos caballeros una vez terminada la lucha. Cuando Zerbino vió tan cerca de sí á la doncella á quien tanto amaba, á la hermosa jóven que creia sepultada en el fondo del mar, por haber dado crédito á una noticia falsa, y á la que habia llorado tanto, sintió que se le helaba la sangre en el corazon, cual si se le hubiera introducido un pedazo de hielo en el pecho, y empezó á temblar con todos sus miembros; pero casi instantáneamente le pasó aquel frio, y en su lugar se abrasó en la más ardiente y amorosa llama. El respeto debido al señor de Anglante le impidió volar frenético á abrazarla, pensando, y aun teniendo por indudable, que Orlando fuese amante de la doncella. Su alegría fué por lo tanto asaz pasajera; volvió á sentir una nueva y más terrible pesadumbre, pues la noticia de la muerte de su amada le aflijió mucho menos que el verla en poder de otro. Aumentaba su desesperacion el pensar que pertenecia á un caballero á quien debia tanto; porque pretender arrebatársela seria una accion vil al mismo tiempo que una empresa algo difícil. A nadie consentiria que se alejara con una presa tan codiciada, sin oponer la mayor resistencia; pero tratándose del Conde, su deber le exigia que no titubease en manifestarle su gratitud aun á costa de la mayor humillacion.

Taciturnos y melancólicos llegaron á una fuente, junto á la cual se apearon de los caballos y se detuvieron algun tanto; quitóse el yelmo el fatigado Conde, obligando á Zerbino á que hiciese lo mismo. Al ver Isabel el rostro de su amante, el exceso de su repentino gozo cubrió de pronto el suyo de una palidez mortal; despues se rehizo, y recobró sus colores como recobra la flor sus brillantes matices al primer rayo del Sol que la baña despues de una copiosa lluvia. Sin detenerse á más ni tener en cuenta el respeto debido al Conde, se arrojó en los brazos de Zerbino, inundando el llanto sus mejillas y su seno, y sin poder pronunciar una palabra, porque la emocion embargaba su voz. Al presenciar Orlando aquellas demostraciones de afecto, no necesitó más para comprender que aquel caballero era Zerbino.

Luego que Isabel pudo proferir algunas palabras, á pesar de que el llanto seguia humedeciendo sus mejillas, se apresuró á encomiar la esquisita delicadeza con que la habia tratado el Paladin de Francia, Zerbino, para quien el amor de la doncella pesaba tanto como su propia vida en la balanza de su destino, se arrojó á los piés del Conde, expresándole su inmensa gratitud por haberle dado dos veces y casi á un mismo tiempo la existencia. Las acciones de gracias y los mútuos ofrecimientos hubieran durado largo rato si no los interrumpiera cierto rumor que llegó hasta ellos producido por el agitado movimiento del ramaje. Como estaban descubiertos, se calaron con presteza los yelmos y apercibieron los caballos; y apenas se habian colocado en la silla, cuando vieron aparecer á un caballero y una dama.

Era el guerrero aquel Mandricardo que se habia puesto tenazmente en persecucion de Orlando para vengar á Alzirdo y Manilardo, á quienes derrotó con gran valor el Paladin. Sus pesquisas fueron, sin embargo, menos activas, desde que, con el solo auxilio de un trozo de lanza, se habia apoderado de Doralicia, arrancándola de manos de un centenar de guerreros cubiertos de hierro. Mandricardo ignoraba que el caballero á quien perseguia fuese el señor de Anglante; pero suponia fundadamente que debia ser algun ilustre caballero andante. Fijáronse sus miradas con mayor atencion en Orlando que en Zerbino, y despues de haberle examinado de piés á cabeza, y comparado las señas que le habian dado con las del guerrero que en su presencia tenia, exclamó:

—Tú eres el hombre que voy buscando: diez dias ha que sigo cuidadoso tus huellas, estimulado por la noticia de tus proezas que circuló por el campamento sarraceno, cuando á costa de mucho trabajo llegó allí uno solo de los mil soldados que enviaste á las regiones infernales, y refirió el estrago que causaste en las tropas de los reyes de Noricia y de Tremecen. Apenas llegó tal suceso á mis oidos, me apresuré á seguirte, no solo por conocerte, sino tambien para medirme contigo: como adquirí minuciosos informes con respecto á tus armas y persona, estoy seguro de que eres el que busco, aun cuando estos indicios no son en manera alguna necesarios; pues por más que te ocultaras de mí entre cien guerreros, fácilmente te conoceria por ese aspecto altivo y arrogante que te distingue.

—No puede menos de asegurarse, respondió Orlando, que eres un caballero de alta prez; porque tan magnánimos deseos no creo que se alberguen en corazones humildes. Si solo por verme has llegado hasta aquí, quiero que me contemples lo mismo por dentro que por fuera; y á fin de que satisfagas cumplidamente ese anhelo, me quitaré el yelmo. Pero, así que hayas contemplado bien mi rostro, debes esperar la satisfaccion del segundo deseo; la del que te ha escitado á venir en mi seguimiento, á fin de que conozcas si mi valor corresponde á ese porte guerrero que tanto encareces.

—Ea, pues, exclamó el Pagano: ya estoy satisfecho con respecto al primer punto; pasemos inmediatamente al segundo.

El Conde examinó atentamente al infiel de piés á cabeza; miró sus costados y el arzon de la silla, y no vió espada alguna pendiente de aquellos, ni maza de armas de este. Esta circunstancia hizo que le preguntara de qué armas pensaba valerse en el caso probable de que se le rompiese la lanza. Mandricardo respondió:

—No te inquietes por eso: me ha bastado mi lanza para vencer á otros muchos caballeros; además, he jurado no ceñir espada hasta que arrebate al Conde su Durindana, y voy buscándole por todas partes á fin de ajustar con él esta y otras cuentas. Y si es que saberlo quieres, te diré que hice este juramento cuando cubrí mi cabeza con este yelmo, el cual, así como cuantas armas llevo, perteneció á Héctor, muerto hace más de mil años. Solo me falta la espada de aquel héroe; no sabré decirte cómo fué robada, pero sí que la posee el Paladin, segun me parece, y de aquí procede toda esta audacia de que se envanece. ¡Oh! si consigo encontrarle, no tardaré en obligarle á restituirme un acero tan mal adquirido. Otro motivo me induce tambien á buscarle; el de vengar al famoso Agrican, mi padre, á quien Orlando mató traidoramente: bien es verdad, que de otro modo no hubiera triunfado de él.

El Conde no pudo ya permanecer en silencio, y gritó con voz terrible:

—¡Mientes tú, y cuantos se atrevan á decirlo! La suerte te ha deparado al que buscas: yo soy Orlando; el vencedor leal de tu padre, y esta es la espada que ambicionas, la cual será tuya, si sabe arrebatármela tu valor. A pesar de que me pertenece por justo derecho, quiero dispensarte la galantería de que disputemos su posesion: y como en esta disputa no quiero que sea más tuya que mia, la colgaré de un árbol, del que la podrás descolgar libre y tranquilamente, si acaso me das la muerte ó quedo cautivo.

Así diciendo, cogió á Durindana, y la colgó en un arbusto que habia en medio del campo.

Alejáronse uno de otro á medio tiro de flecha para tomar campo; excitaron en seguida el ardor de sus corceles, abandonando enteramente las riendas, y se embistieron con desusado ímpetu, descargándose recíprocamente tan terribles golpes en la visera del almete, que las lanzas se rompieron como si fuesen de hielo, y volaron hasta el Cielo hechas menudas astillas. Fuerza era que las lanzas se quebraran, ya que los caballeros no se movieron lo más mínimo y continuaron peleando con los trozos de aquellas inmediatos al cuento. Acostumbrados á manejar con maestría el acero, esgrimieron aquellos troncos, semejantes á dos aldeanos armados de garrotes, que se disputan con encarnizamiento el agua de una acequia ó los límites de un campo.

No resistieron más de tres ó cuatro golpes los trozos de lanza que aun conservaban, y se hicieron asimismo pedazos en medio del furor de aquella lucha. En el colmo de su vengativa saña, ambos guerreros, al verse sin armas, apelaron á las manos, con las cuales se daban terribles golpes, se arrancaban los clavos de las corazas, y se destrozaban las mallas, cual pudieran hacerlo los martillos más pesados ó las más duras tenazas. El Sarraceno deseaba con impaciencia encontrar una coyuntura, para poner término á tan extraordinario combate sin mengua para su fama, porque consideraba una necedad continuar de aquel modo, mucho más cuando los golpes que á la sazon se descargaban eran más dolorosos para el que los daba, que para el que los recibia. Procuraron entonces asirse mútuamente para luchar á brazo partido: el Rey pagano se agarró fuertemente á Orlando; lo oprimió contra su pecho, é intentó hacer con él lo que el hijo de Jove hizo con Anteo. Sacudióle impetuosamente á uno y otro lado, lo soltó, lo atrajo nuevamente hácia sí, y tan dominado estaba por su ciego furor, que no se cuidó de sujetar las riendas de su caballo. Orlando, que conservaba toda su serenidad, y esperaba vencer á su adversario, observaba atentamente sus movimientos; y aprovechándose de aquel descuido, puso la cauta mano sobre la cabeza del caballo del infiel y le arrancó el freno.

Mientras tanto, el Sarraceno cifraba todo su conato en ahogar al paladin ó derribarle de la silla; pero el Conde resistia sus sacudidas, oprimiendo fuertemente con las rodillas el lomo de su caballo. Fueron tales, por último, los violentos esfuerzos del pagano, que se rompieron las cinchas, y Orlando cayó en tierra sin notarlo apenas, pues seguia con los piés en los estribos y oprimiendo la silla con las piernas: el estrépito que produjo su caida fué muy parecido al que causaria un saco lleno de armas, al desprenderse de una altura considerable.

El corcel de Mandricardo, al sentir libre su cabeza por no tener freno ni rienda que la contuviera, emprendió desbocado una vertiginosa carrera á través de bosques y caminos, impelido sin cesar por un ciego temor y llevando consigo á Mandricardo. Doralicia, que vió á su defensor y compañero salir del campo y desaparecer rápidamente, no se creyó segura sin él, y salió en su seguimiento, aguijando á su palafren, mientras que el Pagano, confuso y avergonzado, iba gritando á su corcel, pegándole sin descanso con piés y manos, y amenazándole cual si el animal pudiese comprender sus palabras, con lo cual excitaba más y más el ardor de su carrera. El bruto, que era cobarde y asustadizo, volaba á través de los campos, sin reparar en los obstáculos del camino; habia andado ya tres millas, y aun hubiera seguido adelante, á no impedírselo un foso en cuyo fondo, que no tenia por cierto plumas ni lana, fueron á caer de espaldas caballo y caballero. Mandricardo sufrió una tremenda sacudida, pero salió ileso: allí se detuvo al fin el corcel; mas, careciendo de freno, era imposible guiarle. El Tártaro lo sujetó por la crin, y exasperado hasta el extremo, no sabia qué partido tomar.

—Ponle la brida de mi caballo, le dijo Doralicia; que como es más dócil, le guiaré lo mismo con ella que suelto.

El Sarraceno consideraba como una descortesia aceptar el ofrecimiento de su dama, y se resistia á admitirlo, cuando la fortuna, favorecedora de sus deseos, le proporcionó el medio de obtener lo que buscaba, enviando allí á la malvada Gabrina, que despues de haber vendido traidoramente á Zerbino, iba huyendo como la loba que oye venir á lo léjos á los cazadores y á los perros. Llevaba todavia puesto el traje y demás prendas juveniles de que fué despojada la caprichosa dama de Pinabel para vestirla á ella, y montaba asimismo el caballo de aquella jóven, uno de los más buenos y mejor enjaezados del mundo. La vieja tropezó con el Tártaro antes de haber advertido su presencia en aquel sitio. Al ver á aquella bruja que, engalanada con prendas propias de la juventud, parecia un mico ó un orangutan, la hija de Estordilano y Mandricardo no pudieron contener la risa: el Sarraceno determinó apoderarse de la brida de su palafren, y despues de haber realizado su propósito, empezó á gritar, á espantarle y á hacerle huir de tal modo que echó á correr despavorido por la selva, llevándose á la vieja, medio muerta del susto, y atravesando á la ventura valles, montes, caminos, senderos extraviados, fosos é inclinadas pendientes.

Mas no me intereso lo bastante por la vieja para que vaya á descuidar á Orlando, el cual estaba ocupado en arreglar las cinchas de su caballo y en acomodarle la silla del mejor modo posible. Volvió á montar, y aguardó algun tiempo el regreso del Sarraceno: viendo que no aparecia, se decidió por último á ir en su busca; pero fiel á sus hábitos de cortesía, no quiso alejarse de allí sin despedirse préviamente de los dos amantes, de la manera más afectuosa. Zerbino sintió en extremo que se marchara; Isabel lloraba enternecida, y ambos estaban empeñados en acompañarle; pero el Conde se opuso tenazmente á ello, no obstante lo grata que debia serle tal compañía, manifestándoles que la mayor infamia que puede recaer sobre un guerrero es la de admitir un amigo que le ayude y le defienda cuando va en busca de un enemigo. Les rogó tan solo que si tenian la suerte de encontrar al Sarraceno antes que él, le dijesen que Orlando permaneceria tres dias en aquellos alrededores, pero que despues iria á reunirse con el ejército de Carlomagno para defender la enseña de las lises de oro: de este modo, si queria encontrarle, sabria donde dirigirse. Los dos amantes le prometieron cumplir de muy buena voluntad este encargo y todo cuanto el Paladin tuviese á bien ordenarles.

Separáronse en seguida, tomando cada cual camino opuesto; pero Orlando, antes de alejarse, descolgó la espada que pendia del árbol y se la ciñó: acto contínuo, guió su caballo hácia los sitios en que á su parecer podria dar con el Sarraceno. La desordenada é indecisa carrera que habia seguido el de este, hizo que Orlando anduviera dos dias enteros inútilmente, sin encontrarle, ni obtener el menor indicio con respecto á su enemigo. Llegó por fin á la orilla de un arroyo que de cristal parecia, y fertilizaba con sus aguas un florido prado, esmaltado de los más preciosos colores, y adornado de innumerables y distintos árboles. El fresco céfiro que allí soplaba hacia llevadero el calor del medio dia al sediento ganado y al desnudo pastor: así es que Orlando, á pesar de ir cargado con la coraza, el yelmo y el escudo, no sentia la menor molestia. Adelantóse, pues, hasta el medio de la floresta para entregarse al reposo; pero en su lugar solo encontró un asilo triste y penoso para su corazon, siendo para él aquel dia el más fatal é infortunado que pueda imaginarse.

Al dirigir sus miradas en derredor, observó que muchos de los árboles que descollaban en las umbrosas márgenes del arroyo tenian grabadas ciertas inscripciones: examinólas más detenidamente, y pronto conoció que estaban hechas por la mano de la mujer á quien amaba. Aquel era, en efecto, uno de los sitios adonde iban con frecuencia Medoro y la hermosa reina del Cathay desde la cabaña del pastor, que estaba próxima. Orlando pudo leer los nombres de Angélica y Medoro, grabados en cien árboles y entrelazados de cien diferentes maneras. Cuantas letras los componian fueron otros tantos puñales con que el Amor le traspasó el corazon: no queriendo dar crédito á sus ojos, trataba de buscar en su mente una explicacion contraria á lo que veia, y procuraba persuadirse de que era otra Angélica la que habia grabado su nombre en aquella corteza.

—¡Ah! exclamó de repente.—Conozco esos caracteres, pues no en balde los he visto y leido tantas veces; pero quizá ese Medoro es un nombre imaginario, con el cual ha querido designarme la señora de mis pensamientos.

Engañándose á sí mismo con esta opinion, tan apartada de la verdad, conservó alguna esperanza, que procuraba alimentar á cada momento; pero en vano, porque cuanto más creia desvanecer sus implacables sospechas, más las renovaba y encendia, como el incauto pajarillo que, viéndose aprisionado en una red ó sujeto en una varilla de liga, queda más y más prendido en ella, á medida que agita las alas para recobrar su libertad. Al seguir recorriendo aquellos contornos, llegó á un sitio en que el monte formaba una especie de bóveda sobre el transparente manantial. La hiedra y la viña silvestre habian adornado la entrada de aquella gruta con sus ramas retorcidas y trepadoras: aquel era el asilo en donde los dos amantes se refugiaron tantas veces huyendo de los abrasadores rayos del Sol, para entregarse á sus amorosos deleites: allí, más que en ninguna otra parte, se veian escritos profusamente sus nombres; ora con carbon, ora con yeso, y ora grabados en la piedra con la punta de un cuchillo.

El afligido Conde apeóse allí de su caballo, y vió en la entrada de la gruta algunas palabras, estampadas al parecer recientemente por la mano de Medoro. Las delicias que habia disfrutado en aquel retiro inspiraron al mancebo las siguientes frases escritas en verso. Creo que en su lenguaje tenian bastante belleza poética: en nuestro idioma, su sentido era este:

«Verde enramada, límpida corriente, Gruta opaca de plácida frescura, Do gocé con Angélica inocente, Hija de Galafron, la alta ventura Que ansiaron otros mil inútilmente, Abrasados por ella en llama impura: Yo, Medoro infeliz, solo pagaros Puedo el bien que os debí, con encomiaros, Y con regar á todo fiel amante, Doncella y campeon de esfuerzo y brio. Hijo de esta region ó caminante, Que á yerba, sombra, plantas, antro y rio Diga:—«Benigno os sea el Sol brillante Y la Luna; y el coro, siempre pio, De ninfas haga que jamás turbados Seais por los pastores y ganados.»

Estas frases estaban escritas en árabe, idioma que el Conde poseia tan á la perfeccion como el latin: de las muchas lenguas que conocia, aquella le era más familiar, habiéndole servido en muchas ocasiones para salvar su vida y su fama en el campamento sarraceno; pero á la sazon no debió envanecerse de los beneficios que hasta entonces le habia proporcionado, pues el daño que le causó fué infinitamente mayor que todos aquellos juntos. Tres, cuatro, seis veces leyó el infeliz aquel escrito, y otras tantas se esforzó, aunque en vano, en leer lo contrario de lo que veia estampado. Cuanto más lo leia, más claro y distinto hallaba su significado, sintiendo á cada nueva lectura que la helada mano del infortunio le oprimia el corazon en su aflijido pecho. Al fin se quedó inmóvil, con los ojos y la mente fijos en la peña, é indiferente al mismo tiempo á lo que en ella veia.

Abandonóse entonces de tal modo á su dolor, que estuvo á punto de perder la razon. ¡Oh! no, no existe pesar alguno á este comparable! ¡Creed al que por desgracia lo ha experimentado! Inclinó Orlando la cabeza sobre el pecho; bajó la frente, tan erguida y arrogante siempre, y su afliccion le dominó hasta tal extremo, que no pudo exhalar una queja, ni sus ojos encontraron lágrimas para llorar. Su impetuoso quebranto permaneció reconcentrado en su pecho, por lo mismo que queria escaparse de él bruscamente, así como el agua contenida en un recipiente de ancho diámetro y cuello angosto, permanece en él aunque le vuelquen, porque al acudir el líquido á la boca, lo hace con tal precipitacion y se aglomera de tal suerte en la estrecha salida, que apenas si se escapan trabajosamente algunas gotas.

Al cabo de algun tiempo, logró reponerse un poco, y se puso á reflexionar cómo podria ser que aquellos versos no dijesen la verdad; y en su consecuencia procuró, creyó y esperó persuadirse de que alguno habia querido valerse de un medio tan ruin para infamar el nombre de su dama, ú oprimir su corazon con la insoportable carga de los celos para hacerle morir; suponiendo además que una mano desconocida habia imitado á la perfeccion la letra de Angélica. Tan infundada como frágil esperanza consiguió despertar su amortiguado espíritu y reanimarle algun tanto; y volviendo á montar en Brida-de-oro, se alejó de aquel sitio en el momento en que el Sol cedia el puesto á su nocturna hermana.

No habia andado mucho, cuando distinguió las blancas espirales de humo que salian de los techos de algunas cabañas; oyó el ladrido de los perros, el balido de los rebaños, y por fin, llegó á la puerta de una cabaña, en la que pidió hospitalidad. Dominado por la tristeza, echó pié á tierra, y confió su Brida-de-oro á un discreto mancebo, mientras que otros le desarmaban, le quitaban las doradas espuelas ó le limpiaban la coraza. Aquella era precisamente la casa en que Medoro estuvo curándose de su herida, y en la que halló una suerte inesperada.

Orlando quiso entregarse desde luego al descanso y rehusó la cena que le ofrecian: su dolor le alimentaba más que cualquier manjar que le presentasen. Sin embargo, cuanto más procuraba encontrar el sosiego apetecido, tanto mayores eran su inquietud y pesadumbre, pues sus ojos tropezaban con el odiado escrito grabado en las paredes, en las puertas y en las ventanas de aquella morada. Mil veces estuvo á punto de preguntar el orígen de aquellas inscripciones, y otras tantas selló sus labios, temeroso de aclarar, de disipar sus sospechas, prefiriendo que continuaran envueltas en la nube de la duda, con tal de que la espantosa realidad no aumentara su desesperacion.

De poco le sirvió, sin embargo, engañarse á sí mismo; porque se le revelaron todo sin preguntar á nadie. Viéndole el pastor tan abismado en su afliccion, y deseoso de hacer lo posible por distraerle, empezó sin más ni más á narrar la historia de los dos amantes; historia que referia á todos cuantos querian escucharle y cuya narracion oyeron muchos viajeros con interés y complacencia. Manifestóle, pues, que él, cediendo á los ruegos de Angélica, habia trasportado á su cabaña á Medoro, herido gravemente, y que la jóven le cuidó la herida, logrando curarla en pocos dias; pero que habiéndole Amor causado una herida mucho mayor en el corazon, fué tan abrasador el incendio producido por una sola chispa, que se inflamó toda ella, sin encontrar medio alguno de apagar aquel fuego: añadió que sin reparar la doncella en que era hija del monarca más poderoso del Oriente, se desposó, obligada por el amor, con un guerrero pobre y oscuro. El pastor completó su narracion presentando al Conde la alhaja que le regalara Angélica al partir, como testimonio de su gratitud por la cordial acogida que habian encontrado en su vivienda.

Esta conclusion fué para el Paladin la segur que le cortó de un golpe la cabeza, con cuyo golpe puso término el cruel Amor á las innumerables heridas que en su corazon habia causado. Esforzóse Orlando, no obstante, en ocultar su dolor; pero pudo este más que el y rompiendo los diques de la voluntad, precipitóse al fin por los ojos y la boca del desdichado, convertido en lágrimas y sollozos. Apenas se vió solo Orlando, y sin necesidad ya de ocultarse de nadie, dió rienda suelta á su afliccion y derramó un torrente de lágrimas, que inundaron sus mejillas y su pecho: suspiraba y gemia incesantemente, y se agitaba frenético en el lecho, que le parecia más duro que una peña y más punzante que si estuviese hecho de ortigas.

En medio de su delirante desesperacion le asaltó la idea de que la cama en que yacia era la misma donde más de una vez habia dormido su ingrata dama en brazos de su amante, y se apartó de aquellas aborrecidas plumas, tan precipitadamente como el aldeano se levanta de la yerba en que se habia tendido, al ver cerca de sí una culebra. El lecho, la cabaña, el pastor se le hicieron de repente tan odiosos, que sin esperar la salida de la luna ó la aparicion del primer albor matutino, cogió sus armas, montó en su caballo, y empezó á caminar á la ventura por entre las más oscuras enramadas del bosque. Al verse de nuevo solo, abrió otra vez las puertas á su dolor, prorumpiendo en gritos y alaridos.

Desde entonces no cesaron un punto sus llantos ni sus gemidos, que resonaban dia y noche por do quiera; huia de las ciudades y de todos los sitios habitados, y permanecia de contínuo en las selvas, en cuyo duro suelo dormia á la intemperie. Admirábase de sí mismo, al ver que no se agotaba el manantial de sus lágrimas, y al observar sus interminables suspiros, y decia frecuentemente en medio de su llanto:

—Estas, que de mis ojos brotan en tan copioso raudal, no son lágrimas, no: mis lágrimas no bastaron á mi dolor inmenso, y se secaron antes de que este pudiera exhalarse del todo.

»Mis fuerzas vitales son las que ahora se escapan por el camino que á los ojos conduce, impelidas por el fuego que me abrasa: mis fuerzas vitales son las que voy derramando, y con ellas concluirán á un tiempo mismo mis males y mi existencia.—Estos, que atestiguan mi tormento, no son suspiros. Los suspiros no son como ellos, pues alguna vez tienen tregua, y yo no siento que mi pecho exhale su pena con creciente desahogo. Amor, que abrasa mi corazon, es el que produce este viento, mientras agita las alas en torno del incendio que le devora. ¡Oh! ¿cómo es posible que un corazon permanezca en medio de las llamas sin consumirse?—Y yo, yo no soy el que parezco! El que fué Orlando ha muerto y yace en el sepulcro, víctima, de su ingratísima amada; ¡tan cruda fué la guerra que le hizo con su deslealtad! Yo no soy más que el alma separada del cuerpo de Orlando, que vaga errante sufriendo mil tormentos por este infierno, á fin de que, avanzando sola con su sombra, sirva de ejemplo á cuantos en el amor cifran su esperanza.»

Toda la noche anduvo el Conde errante por el bosque, y al despuntar el dia, su fatal destino le encaminó de nuevo hácia la fuente en que Medoro grabó sus versos. Al ver su baldon inscrito en la piedra, irritóse de tal modo, que todo su ser se convirtió en odio, rabia, ira y furor. Empuñó la espada sin tardanza, é hizo pedazos la inscripcion y la roca, cuyos menudos trozos volaron hasta el cielo. ¡Desgraciada aquella gruta y los sitios todos en que se leian los nombres de Angélica y Medoro! Los dejó de tal modo, que no volvieron á ofrecer su sombra y su frescura al pastor ni al ganado; y aquella fuente, tan clara y pura hasta entonces, tampoco estuvo al abrigo de su cólera; pues arrojó en sus cristalinas ondas ramas, troncos, raices, piedras y tierra hasta que las enturbió desde el fondo á la superficie, de tal suerte, que jamás recobraron su primitiva trasparencia. Por último, cansado, bañado en sudor, y cuando su fatigado aliento no correspondió á su despecho, á su odio inextinguible y ardiente ira, cayó jadeante sobre la yerba, y empezó á exhalar hondos suspiros. Afligido, inmóvil, con los ojos abiertos y fijos en el cielo, sin despegar los labios, sin tomar el menor alimento ni conciliar el sueño, permaneció en aquel sitio mientras que el sol apareció y desapareció tres veces, y solo cesó su grandísima pena cuando le hubo privado enteramente de la razon.

Levantóse al llegar el cuarto dia, y en su incesante furor, se arrancó la armadura y la cota de malla; arrojó léjos de sí el yelmo y el escudo, la coraza y sus restantes armas, las cuales fué esparciendo por el bosque. Despues se hizo girones los vestidos, dejando enteramente desnudos el hirsuto vientre, el pecho y la espalda. Así empezó aquella furiosa locura, tan terrible, que nadie tendrá noticia de otra que pueda comparársele.

El furor, la rabia que en su pecho hervian le dejaron privado hasta del menor destello de juicio: olvidóse de conservar su espada con la cual estoy seguro de que hubiera hecho cosas admirables; pero su vigor inmenso no necesitaba de ella, ni de hachas, ni lanzas, como lo demostró llevando á cabo en el acto mismo una de sus admirables proezas: de un solo esfuerzo arrancó un pino gigantesco, y luego otro y otro, como si fuesen hinojos ó yeros. Del mismo modo siguió destrozando encinas y olmos corpulentos, hayas, fresnos y abetos. Los árboles mas seculares caian á sus sacudidas como caen los juncos, las zarzas y las ortigas arrancadas por mano del cazador, cuando quiere despejar el terreno para tender sus redes. Atemorizados los pastores con tal estrépito, dejaban sus ganados esparcidos por la floresta, y se dirigian precipitadamente hácia aquel sitio para averiguar la causa del fracaso.

Mas he llegado ya á un punto, que si lo traspasara, tal vez os molestaria mi narracion; por lo cual prefiero diferirla para otro canto, antes de que llegue á fastidiaros por difusa.

Canto XXIV

Zerbino traspasa á Odorico, juntamente con Gabrina, su vergonzosa obligacion de acompañar á esta vieja y le deja en libertad.—Muere Zerbino á manos de Mandricardo por defender la espada de Orlando.—Quejas de Isabel.—Mandricardo combate con Rodomonte.—Suspenden su lucha para socorrer á Agramante y su ejército, que estaban á punto de caer en poder de los cristianos.

Cuantos pongan su incauto pié sobre la liga de Amor, deben procurar retirarlo á tiempo, antes de dejar enviscadas en ella las alas; porque el amor, segun opinion de los sábios de todas las edades, no es en suma más que una locura, y aun cuando no todos lleven su insensato furor hasta el extremo que lo llevó Orlando, siempre dan algunas señales del que les domina. Y sobre todo, ¿hay indicio de locura más vehemente, que el de perderse á sí mismo por querer á los demás? Si los efectos son varios, la insensatez de que proceden es siempre la misma; es como un gran bosque, en que forzosamente deben extraviarse cuantos en él penetran, ya suban ó bajen; ya se dirijan á un lado, ya á otro. En resúmen, y para decirlo de una vez: el que llega á una edad madura, despues de haber dedicado toda su vida al amor, mereceria, además de otros castigos, que se le cargara de grillos y cadenas.

Me podrán decir, con razon quizás:—«Hermano, estás dando consejos á los demás, sin tener en cuenta tu propia flaqueza.» A esto responderé que lo comprendo demasiado, pues mi mente se halla ahora en un lúcido intervalo, y que por lo mismo he resuelto recobrar mi perdida calma y abstenerme de toda clase de devaneos, como espero conseguirlo en breve; pero desgraciadamente no me será fácil lograrlo tan pronto como quisiera, porque el mal ha penetrado hasta en la médula de los huesos.

En el canto precedente os decia, Señor, que el delirante y furioso Orlando habia esparcido por el campo sus armas, desgarrado sus vestidos, arrojado léjos de sí su espada, y arrancando uno y otro árbol, hacia resonar con sus gritos las cavernas y los bosques. Atraidos algunos pastores, al escuchar tan inusitado rumor, por su mala estrella ó por algun grave pecado, se aproximaron á él, pero en cuanto vieron más de cerca las increibles pruebas del prodigioso vigor de aquel insensato, volvieron las espaldas para huir, aunque sin saber adonde, como suele suceder cuando nos sobrecoje el pánico. El loco se lanzó sobre uno de ellos, logró cojerle, y le arrancó la cabeza con la misma facilidad con que cualquiera arrancaria una manzana del árbol ó una hermosa flor de su tallo. Asió en seguida el pesado tronco por una pierna, y se sirvió de él como de una maza para golpear á los demás pastores. Derribó á dos de ellos sin sentido, y quizá no volverian á despertar de su sueño hasta el dia del juicio: los restantes huyeron en todas direcciones, merced á su lijereza y prevision; hubiérales costado trabajo evitar el alcance del loco, si este no se hubiese vuelto para acometer á sus rebaños. Los labradores, escarmentando en cabeza ajena, abandonaron por los campos sus arados, hoces y azadones; refugiáronse unos en los tejados de las casas, y otros en los templos, por no considerarse seguros en las cimas de los olmos ó de los sauces, contemplando desde allí la horrenda furia de Orlando, que con los puños, los dientes, las uñas y los piés, magullaba, abria y hacia pedazos á los bueyes y caballos: el que conseguia librarse de su saña, debia preciarse con razon de ágil.

Podeis calcular si las aldeas cercanas resonarian en breve con el estrépito producido por los gritos, por las trompas y las rústicas bocinas, y más que todo por el clamor de las campanas tocando á rebato. A aquellos ecos, millares de aldeanos bajaron de las montañas armados con espontones, arcos, venablos y hondas, y otros tantos subieron de los valles para acometer á Orlando. Cual suele adelantarse por la salobre orilla la ola empujada por el Austro, que al principio parece que juguetea, y en pos de ella avanza la segunda aumentando en volúmen, y á esta sigue la tercera con más fuerza, siendo cada vez mayor la cantidad de agua que deja impresas sus huellas en la arena, del mismo modo iba engrosando aquella multitud irritada, que desde lo alto de los peñascos y desde el fondo de los valles se precipitaba contra Orlando.

El Paladin tendió á sus piés á dos grupos de diez personas cada uno que le atacaron desordenadamente: los demás juzgaron conveniente, al ver tan terrible ejemplo, mantenerse para mayor seguridad á cierta distancia. En vano era que le lanzaran venablos y toda clase de proyectiles; ninguno de estos podia hacer brotar su sangre, por ser aquel héroe invulnerable, gracia que el Rey del cielo le concedió para que protegiera mejor su santa Fé. Aquel dia estuvo Orlando á punto de morir si la muerte hubiera tenido algun dominio sobre él: aquel dia pudo muy bien conocer á lo que se exponia abandonando su espada, y queriendo mostrarse tan audaz como siempre, á pesar de no ir defendido por su armadura.

La multitud empezó á retirarse, al ver la inutilidad de sus esfuerzos; y Orlando, al hallarse solo, siguió el camino de una aldea inmediata. No encontró en ella un solo ser viviente, porque todos sus habitantes, viejos y jóvenes, la habian evacuado por temor, abandonando al huir las modestas provisiones, propias de su sencilla vida pastoril. Sintiendo, en medio de su furor insano, los crueles efectos del hambre, arrojóse el Conde sobre los primeros víveres que le vinieron á la mano, devorándolos crudos ó cocidos en un momento, sin observar diferencia alguna entre el pan y las bellotas.

Siguió vagando despues por la comarca, y cazando á los hombres lo mismo que á las fieras; en sus correrias por los bosques se apoderaba de las ágiles cabras ó de los ligeros gamos; con frecuencia atacaba á los osos y á los javalíes, á quienes derribaba con su brazo desnudo y desarmado; y más de una vez, calmó su apetito insaciable con la carne y todos los despojos de estas fieras. De esta suerte recorrió la Francia en todas direcciones, hasta que un dia llegó á un puente, bajo el cual se deslizaba un rio ancho, profundo y caudaloso y de escarpadas orillas. Cerca de él se levantaba una torre, desde la cual se dominaba todo aquel país hasta los más lejanos horizontes. En otra parte oireis lo que allí hizo: ahora es preciso que os hable de Zerbino.

Despues de la partida de Orlando, se detuvo algun tiempo el príncipe de Escocia, y siguió más tarde el mismo sendero por donde se habia alejado el Paladin, llevando su caballo al paso. No creo que anduviese más de dos millas, cuando vió que dos guerreros completamente armados se adelantaban, custodiando á un caballero atado sobre un pequeño caballejo. Tanto Zerbino, como Isabel, conocieron al prisionero en cuanto estuvo cerca de ellos. Era Odorico de Vizcaya; aquel caballero desleal, á quien Zerbino eligió entre todos los suyos para confiarle á su amada, que fué lo mismo que confiar al lobo la custodia del cordero, esperando que en aquella ocasion le daria una nueva prueba de la lealtad con que siempre le habia servido. Precisamente entonces iba Isabel refiriendo á Zerbino los pormenores de aquel suceso, dándole cuenta de su salvacion en un esquife, antes de que se sumergiera la nave; de la violencia que con ella habia usado Odorico, y de su cautiverio en la gruta de los bandidos. Aun no habia llegado al término de su relato, cuando vieron que traian cautivo á aquel malandrin. Los dos guerreros que llevaban preso á Odorico, conocieron á su vez á Isabel y supusieron que el caballero que la acompañaba debia de ser su amante y su señor al mismo tiempo; de lo cual se cercioraron tan pronto como vieron pintado en el escudo el antiguo blason de su ilustre raza, y conocieron, al contemplar más fijamente el rostro de Zerbino, que habian sospechado la verdad.

Echaron pié á tierra, y se dirigieron presurosos hácia el Príncipe con los brazos abiertos, abrazándole donde se abraza á los personajes de estirpe real, con la cabeza descubierta é hincados de hinojos. Contemplando Zerbino á uno y otro, conoció que eran Corebo el Vizcaino y Almonio, á quienes habia hecho pasar á bordo del buque que mandaba Odorico. Almonio le dijo:

—Ya que á Dios place (gracias le sean dadas) que Isabel esté contigo, comprendo, Señor mio, que nada nuevo podré decirte con respecto al motivo de venir encadenado ese infame: supongo que mi señora, que ha sido la más ofendida por él, te habrá narrado todo lo acontecido: debes por lo mismo saber cómo se burló de mí ese traidor alejándome con un pretesto cualquiera, y cómo fué herido Corebo por defender á su señora. Pero como Isabel no vió ni oyó lo que sucedió despues de mi regreso, y por lo tanto, no habrá podido referírtelo, voy á manifestártelo en pocas palabras.

»Volvia yo presuroso desde la ciudad á la playa con los primeros caballos que logré encontrar, y trataba de descubrir el lugar en que habian quedado mis compañeros, cuando al llegar á la orilla del mar y al sitio en que los habia dejado, no ví más que sus huellas recientemente impresas en la arena. Las seguí y me llevaron á un espeso bosque; apenas habia penetrado en él cuando llegaron á mis oidos gemidos lastimeros, y hallé á Corebo tendido en el suelo. Preguntéle qué habia sido de la dama y de Odorico, y quién le habia puesto en aquel estado; y en cuanto supe lo ocurrido, me puse en seguimiento del traidor, buscándolo por todas las revueltas del bosque, sin que á pesar de mis pesquisas, me fuera posible encontrarlo en todo el dia. Volví al lado del herido, que habia empapado el terreno con su sangre hasta tal punto, que de permanecer allí un poco más, no hubiese tenido necesidad de médicos ni lecho para curarse, sino de una huesa y de sacerdotes y frailes para enterrarlo. Hice que le trasladaran desde el bosque á la ciudad, y le instalé en una hostería, cuyo dueño, amigo mio, logró curarlo al poco tiempo, merced á sus cuidados y á los de un experto cirujano. Provistos despues de armas y caballos, Corebo y yo continuamos buscando á Odorico, á quien encontramos por fin en la corte de Alfonso de Vizcaya, donde le obligué á aceptar el reto que le dirigí. La justicia del Rey, que me concedió franco espacio para la lucha; la razon que me asistia, y además de la razon, la Fortuna que proporciona la victoria á quien mejor le parece, me auxiliaron tanto, que el traidor pudo menos que yo, por lo cual quedó prisionero mio, y el Rey, luego que tuvo conocimiento de su crímen, me autorizó para hacer de él cuanto me pareciese. No he querido darle la libertad ni la muerte, sino llevarle atado por todas partes, como ves, prefiriendo que tú lo juzgaras, y decidieras si debe perecer ó sufrir otro castigo. Habiendo oido decir que estabas en el campo de Carlomagno, hemos venido hasta aquí con el deseo de encontrarte. ¡Doy á Dios fervientes gracias por haberte hallado en un sitio en que no lo esperaba! Doyle tambien gracias al ver que te ha restituido, no sé cómo, á tu Isabel, de quien no creia que volvieses á tener noticias, á consecuencia del crímen de ese infame.»

Zerbino prestó atento oido á la narracion de Almonio sin interrumpirle, y al mismo tiempo sin apartar la vista de Odorico: era menor su odio que su sentimiento por ver tan mal recompensada su amistad. Luego que Almonio hubo acabado su relato, Zerbino permaneció mucho tiempo pensativo y silencioso, considerando que le habia hecho traicion de un modo tan manifiesto el hombre que menos motivos tenia para obrar así: lanzando por último un hondo suspiro, que puso fin á su prolongada admiracion, preguntó al prisionero si era cierto cuanto Almonio habia referido. El infame se dejó caer de rodillas en tierra, y exclamó:

—Señor, cuantos en el mundo viven, pecan ó yerran: el bueno solo se diferencia del malvado en que este sale vencido en todas las guerras que le mueven sus menores pasiones, mientras que el otro recurre á sus armas y se defiende; mas si el enemigo es fuerte, tambien queda rendido. Si me hubieses confiado la defensa de una de tus fortalezas, y al primer asalto del enemigo le hubiese dejado plantar en ella su bandera sin resistirme, seria justo que se me imprimiera en la frente el estigma de la cobardía, ó de la traicion, que es peor; pero si me hubiese visto obligado á ceder ante la fuerza, estoy seguro de que no recaeria sobre mí vilipendio alguno, sino gloria y merecimientos. Cuanto más poderoso es el enemigo, tanto más aceptable es la excusa de una derrota.—Es cierto que debí guardar mi fé del mismo modo que una fortaleza rodeada de murallas; pero aun cuando puse todo mi conato en conservarla con el cuidado y la inteligencia de que me dotó la Providencia divina, sucumbí al fin, vencido por un asalto irresistible.

Así habló Odorico, y como seria prolijo reproducir las palabras que añadió, me limitaré á deciros que continuó empleando los argumentos más persuasivos para demostrar que cedió á una tentacion irresistible, y que si cometió aquella falta, lo hizo vencido por un poder superior á él. Si los ruegos han logrado alguna vez enternecer un corazon irritado; si las palabras más humildes y suplicantes han obtenido el resultado apetecido, entonces debieron conseguirlo; pues Odorico halló en su mente las más á propósito para ablandar el corazon más duro. Zerbino permanecia indeciso, no sabiendo si deberia perdonar ó vengar aquella injuria: la gravedad del delito le aconsejaba que arrancara la existencia al culpable; pero el recuerdo de la estrecha amistad que por tanto tiempo se habian profesado, apagó con el agua de la compasion la cólera que en su pecho ardia, y le indujo á perdonarle.

Mientras Zerbino estaba ocupado en reflexionar si daria la libertad, ó se llevaria cautivo al amigo desleal, ó bien si se privaria de su presencia por medio de la muerte, ó le condenaria á pasar la vida entre tormentos, llegó relinchando el corcel que asustó Mandricardo con sus gritos despues de haberle quitado la brida, llevando sobre su lomo á la vieja por quien Zerbino habia estado á punto de perecer. Atraido el palafren por los relinchos de los otros, se mezcló entre ellos, arrastrando consigo á la vieja, que en vano lloraba y pedia socorro. Al verla Zerbino, elevó al cielo su mano en accion de gracias, por mostrarse con él tan benigno que en un mismo dia entregaba á su merced aquellos dos seres para quienes solo odio debia abrigar su corazon. Zerbino hizo detener á la vieja hasta tanto que decidiera de su suerte: primeramente pensó cortarle la nariz y las orejas para escarmiento ejemplar de los malvados: luego le pareció mejor exponer su cuerpo á la voracidad de los buitres. Despues de haber vacilado entre diferentes géneros de suplicios, se decidió por último y volviéndose á sus compañeros, les dijo:

—Quiero proporcionarme la satisfaccion de perdonar la vida á ese traidor; pues si bien no debiera quedar impune todo cuanto ha hecho, no es tampoco merecedor de la muerte. Consiento, pues, en que viva y quede libre; porque estoy persuadido de que cometió un crímen arrastrado por su pasion, y debe admitirse fácilmente cualquier disculpa cuando la falta recae en el amor. El amor ha trastornado con frecuencia cabezas mucho más firmes que la suya, y ha dado lugar á excesos mucho mayores que los cometidos por ese infame que así nos ha ultrajado. Por lo tanto, Odorico debe quedar en libertad, y si hay aquí alguno digno de castigo, debe ser yo, que en mi ceguedad, no dudé en confiarle un encargo difícil, sin tener en cuenta que el fuego enciende á la paja fácilmente.

Despues, mirando á Odorico, añadió:

—Para castigar tu delito, quiero que por espacio de un año seas el acompañante de esa vieja; bien entendido que no te has de separar de ella un solo momento: donde quiera que vayas ó te encuentres, tanto de noche como de dia, deberás permanecer constantemente á su lado, y defenderla hasta morir contra todo el que intentase ultrajarla. Quiero además que estés pronto á combatir con quien ella te indique, si así lo desea, y quiero, por último, que durante el transcurso de eso año, recorras todas las provincias de la Francia.

Así dijo Zerbino; pues convencido de que la falta de Odorico merecia la sepultura, quiso abrir á sus piés otra más profunda de la que no pudiera evadirse sino por una casualidad milagrosa. Gabrina habia vendido y ultrajado á tantas damas y tantos guerreros, que yendo en su compañía era imposible evitar contínuas querellas con los caballeros andantes. De este modo serian castigados los dos: ella por sus antiguos crímenes, al paso que él, saliendo injustamente en su defensa, no dejaria de encontrar una pronta muerte. Zerbino obligó á Odorico á que le jurara solemnemente observar tales condiciones, pactando de antemano que, si dejaba de cumplirlas y por casualidad llegaba á encontrarle, le haria perecer de un modo cruel, sin escuchar más ruegos ni dar oidos á la piedad. En seguida, ordenó á Corebo y Almonio que desataran al traidor: Corebo, auxiliado por su compañero, hizo lo que le mandaba su señor, aunque con estudiada lentitud; pues tanto uno como otro sentian que se les escapara la venganza que deseaban.

No tardó Odorico en alejarse con la vieja maldita; y aun cuando en las obras de Turpin no se lee lo que despues hicieron ambos, he consultado otro autor que de ellos se ocupó. Este autor, cuyo nombre callaré, refiere que apenas hubieron andado una jornada, cuando, deseoso Odorico de desembarazarse de aquel estorbo, á pesar de su pacto y de la fé jurada, echó un lazo corredizo al cuello de Gabrina, y la colgó de un olmo, donde la dejó abandonada. Un año despues, Almonio hizo á Odorico la misma jugada; pero el autor susodicho no dice en qué sitio.

Recordando Zerbino que debia seguir las huellas de Orlando, y no queriendo perderlas, trató de enviar noticias suyas á sus tropas, que indudablemente estarian intranquilas por su ausencia; y á este efecto, mandó á Almonio, confiándole además otros encargos que no son del caso referir. Tras Almonio, envió á Corebo, y quedó solo con Isabel. Era tan grande el afecto que Zerbino, así como su amada, sentian por el virtuoso Paladin, y tantos sus deseos de saber si habia vuelto á encontrar al Sarraceno que le hiciera caer del caballo juntamente con la silla, que determinaron no regresar al campo cristiano hasta que transcurrieran los tres dias fijados por Orlando para esperar al caballero que no llevaba espada.

El príncipe de Escocia fué siguiendo los mismos caminos que recorrió el Conde, hasta que él y su amada se hallaron entre los árboles apartados del camino, en que la ingrata Angélica trazó sus amorosas inscripciones. Así estos, como el manantial y las peñas tenian impresos los recientes vestigios del furor del Paladin. Zerbino vió á lo léjos cierta cosa reluciente; aproximóse á ella y encontró la coraza del Conde: un poco más allá tropezó con el casco, pero no era aquel yelmo famoso que cubrió la cabeza del africano Almonte: oyó despues relinchar un corcel, oculto entre la espesura del bosque; levantó la cabeza y vió á Brida-de-oro paciendo tranquilamente la yerba, con el freno pendiente del arzon de la silla: buscó por la floresta á Durindana, y la encontró fuera de la vaina; halló tambien la sobrevesta del Conde, pero hecha menudos girones, que el desgraciado Paladin habia ido esparciendo por el suelo.

Con semblante triste contemplaron Isabel y Zerbino aquellos destrozos, sin poder atinar con la causa de semejante desórden: bien es verdad que podrian hacer toda clase de suposiciones, excepto la de que Orlando estuviese privado de razon: si hubieran hallado alguna mancha de sangre, habrian temido por su vida. Mientras estaban formando mil comentarios, vieron venir por la orilla del riachuelo un pastorcillo pálido y descompuesto, el cual habia sido testigo desde el pico de una roca del espantoso furor de Orlando, y presenció cómo arrojaba sus armas, desgarraba sus vestidos, daba muerte á los pastores y hacia otras mil locuras. Interrogado por Zerbino, le relató fielmente lo ocurrido, de lo que el Príncipe quedó tan asombrado, que apenas se atrevia á darle crédito, á pesar de tener delante las pruebas más fehacientes.

Sin embargo, por si fuese cierto, echó pié á tierra, y lleno de compasion, de lágrimas y de tristeza, se puso á recojer uno por uno aquellos restos esparcidos por el bosque, ayudado de Isabel, que se apeó asimismo de su palafren con igual objeto. Dedicados á tan piadosa ocupacion estaban, cuando se llegó á ellos una doncella de semblante triste, exhalando hondos suspiros. Si alguno tiene interés en saber su nombre, la causa de su afliccion y el dolor que la angustiaba, le diré que era Flor-de-lís, que iba buscando á su amante. Bradamante la habia abandonado en la ciudad de Cárlos, sin decirle una palabra; en dicha ciudad le estuvo ella esperando seis ú ocho meses, y viendo que no volvia, se decidió á buscarlo por todas partes, desde el uno al otro mar y hasta el pié de los Pirineos y de los Alpes, registrando los sitios más apartados de la Francia, excepto el palacio de Atlante el encantador. Si Flor-de-lís hubiese penetrado en aquel palacio, habria visto vagar por él á su Brandimarte con Gradasso, Rugiero, Bradamante, Ferragús, y más tarde con Orlando. Pero despues que Astolfo arrojó de allí al Nigromante con los sonidos horribles y maravillosos de su trompa, Brandimarte habia regresado á Paris, y Flor-de-lís lo ignoraba.

Al llegar casualmente, segun os iba diciendo, aquella hermosa doncella junto á los dos amantes, conoció las armas del Conde, y á Brida-de-oro, que habia quedado sin su dueño y con el freno en la silla. Vió las señales de aquel funesto lance, y en breve tuvo conocimiento de su causa, pues el pastor le refirió en los mismos términos que anteriormente el principio de la locura de Orlando.

Entre tanto Zerbino habia reunido todas las armas, y colgándolas de un pino, formó con ellas un bello trofeo: deseoso despues de impedir que se las apropiara algun caballero del país ó transeunte escribió en el verde tronco estas lacónicas palabras:

Armadura del paladin Orlando.

Como si quisiera decir: «Nadie las toque, si no se siente con brios para medirse con Orlando.»

Acababa apenas de poner fin á tan laudable obra, y ya se disponia á montar á caballo, cuando llegó el altanero Mandricardo; y al ver el pino engalanado con las gloriosas reliquias, preguntó al Príncipe el orígen de aquel trofeo, y Zerbino le refirió la verdad tal como la habia oido. Gozoso el rey pagano, no perdió tiempo; acercóse presuroso al pino, y se apoderó de la espada exclamando:

—Nadie puede censurarme por esta accion: tiempo ha que me pertenecia este acero, y por lo mismo, me asiste un perfecto derecho para tomar posesion de él donde quiera que lo encuentre. Orlando se ha fingido loco y lo ha abandonado, sin duda por no sentirse con valor suficiente para defenderlo; mas aun cuando oculte su cobardía bajo tan ridículo pretexto, esa no es una razon para que yo deje de hacer uso de un derecho legítimo.

—No la toques, gritó Zerbino, ó reflexiona que no te apoderarás de esa espada sin batirte conmigo. Si has adquirido del mismo modo las armas de Héctor, bien puede decirse que las has robado, y no que han sido el premio de tu denuedo.

Sin añadir una sola palabra, corrieron á atacarse el uno al otro, con igual esfuerzo y valentía; y apenas habia empezado la lucha, cuando resonó el aire con el estruendo de cien golpes. Rápido como el rayo, esquivaba Zerbino todos los golpes de Durindana, y hacia saltar acá y allá á su corcel como un gamo, buscando el terreno más firme. Harto necesaria le era su agilidad; pues si dejaba que le alcanzase un solo tajo de aquel acero, habria ido bien pronto á reunirse con los enamorados espíritus que pueblan la selva de los frondosos mirtos. Así como el perro ágil ataca al cerdo, que vaga por el campo separado de la piara, y va dando vueltas en torno suyo, saltando y brincando, mientras espera una ocasion para acometerle, del mismo modo Zerbino seguia con la vista todos los movimientos del acero enemigo, y heria y huia á un tiempo mismo, procurando atacar y defenderse de suerte que no peligraran su vida ni su honra.

Por su parte el Sarraceno, siempre que dejaba caer su espada, de lleno ó en vago, lo hacia con tal fuerza, que cada uno de sus golpes silbaba como el viento Norte cuando sopla impetuoso durante el mes de Marzo entre dos montañas, y azota los árboles de una frondosa selva, ora obligándoles á inclinar sus pobladas copas, ora haciendo describir mil círculos por el aire á sus ramas destrozadas.

Por más que Zerbino logró esquivar y huir multitud de golpes, no pudo al fin evitar que le alcanzara un gran fendiente, que pasando entre la espada y el escudo, le dió en el pecho. A pesar de que el peto, la malla y la coraza eran muy dobles y de excelente temple, cedieron del mismo modo al filo de la espada, que bajó rajando cuanto encontró á su alcance, así la armadura como el arzon y hasta el arnés. Si Durindana hubiese alcanzado al príncipe escocés más de lleno, seguramente lo habria hendido de arriba á abajo como una caña; pero penetró tan poco en la carne, que solo desgarró la piel: sin embargo, la herida, á pesar de no ser profunda, era tan larga que mediria más de un palmo: la humeante sangre de Zerbino tiñó su luciente armadura con una lista roja, que le llegaba á los piés. Del mismo modo he visto dividir un tejido de plata con una cinta purpúrea por la mano, más blanca que el alabastro, que á menudo me atraviesa el corazon.

De poco le valió á Zerbino su destreza, su fuerza y su audacia; pues el rey de Tartaria le aventajaba en vigor y en el excelente temple de sus armas. Aun cuando el golpe del Pagano fué más terrible en la apariencia que en sus efectos, no obstante, Isabel sintió que el corazon se le oprimia dentro del helado pecho. Zerbino, lleno de ardimiento y de valor, y encendido de ira y de despecho, empuñó su acero con ambas manos y lo descargó con toda su fuerza sobre el yelmo del Tártaro. Casi quedó tendido el soberbio Sarraceno sobre el cuello de su caballo ante la violencia de aquel golpe, que le habria dividido la cabeza en dos pedazos, á no estar encantado el yelmo. Mandricardo no difirió su venganza, y sin pronunciar una sola palabra, dirigió á su adversario un furioso tajo sobre el almete, esperando hendirle hasta el pecho: Zerbino, con la vista y el pensamiento fijos en los movimientos del Pagano, volvió rápidamente el caballo hácia la izquierda; pero no tan á tiempo que consiguiera evitar aquel mandoble. El acero del Sarraceno le partió el escudo, rompió y desató el brazal, hirióle el brazo, destrozó el arnés y se corrió hasta el muslo.

En vano procuraba el príncipe de Escocia herir á su vez á Mandricardo: sus esfuerzos no tenian el menor resultado, y apenas si dejaba impresas las huellas de sus golpes en la armadura de su contrario. El rey de Tartaria, por su parte, habia ya conseguido tales ventajas, que Zerbino estaba herido en siete ú ocho partes, desprovisto de escudo y medio roto el yelmo. El Príncipe escocés perdia mucha sangre; íbanle faltando las fuerzas, y sin embargo, parecia no sentirlo, porque su esforzado corazon, inaccesible á la debilidad, valia tanto que sostenia su vacilante cuerpo.

Entre tanto Isabel, pálida de terror, corrió á Doralicia, y le rogó y suplicó por Dios vivo que hiciera lo posible por poner fin á tan tremenda lucha. Doralicia, tan galante como hermosa, é incierta todavia sobre el éxito del combate, hizo de buen grado lo que Isabel le pedia, é indujo á su amante á que terminara la contienda ó la suspendiera por lo menos. Zerbino, dando oidos asimismo á su adorada, calmó su vengativa saña, y renunció á prolongar el combate, siguiendo á Isabel por donde quiso guiarle, sin terminar la comenzada empresa.

Flor-de-lís derramaba por su parte silenciosas lágrimas, al ver tan mal defendida la excelente espada del desgraciado Conde; y en su iracunda afliccion, se mesaba los cabellos. Desearia que se hubiese encargado Brandimarte de aquella empresa; por lo cual formó el propósito de referirle lo ocurrido, en cuanto llegara á encontrarle, persuadida de que entonces no se envaneceria Mandricardo por mucho tiempo de su preciada conquista. Prosiguió Flor-de-lís buscando á su Brandimarte dia y noche, alejándose cada vez más de su amante, que, como hemos dicho, se hallaba ya de regreso en Paris. Despues de dar mil vueltas por montes y llanuras, llegó á la orilla de un rio, donde vió y conoció al mísero Paladin; pero antes diré lo que le sucedió á Zerbino.

Al desgraciado caballero le parecia una falta tan grande el dejar abandonada á Durindana en poder de Mandricardo, que el dolor de haberla cometido le hacia olvidar el de sus heridas; y sin embargo, la sangre que habia salido y continuaba saliendo de ellas, apenas le permitia seguir á caballo. Apagado al poco tiempo su ardor al par de su cólera, aumentaron sus padecimientos tan impetuosamente, que se sintió próximo á fallecer. Su debilidad le impedia seguir adelante, por lo cual se detuvo junto á una fuente: al verle Isabel en aquel estado, no sabia qué hacer, ni qué decirle para prestarle un eficaz auxilio: afligida en extremo, contemplaba cómo su amante iba perdiendo la vida rápidamente, sin poder evitarlo; pues aquel sitio estaba demasiado apartado de toda poblacion, donde ir en busca de un médico que le socorriera, bien por compasion, ó por la esperanza de una recompensa.

Isabel se limitaba, pues, á gemir y llorar en vano, y á increpar duramente al cielo y la fortuna exclamando:

—¡Ay desventurada! ¿Por qué no quedé sepultada entre las olas, cuando desplegué mis velas por el Océano?

Zerbino, á quien afligian más las lágrimas de Isabel que la pasion tenaz y dura que le habia puesto á las puertas de la muerte, fijó en ella sus lánguidas miradas, y le dijo:

—¡Ah corazon mio! así te dignes amarme aun despues de mi muerte, como es cierto que lo único que amarga mis últimos momentos, no es la idea de perder la vida, sino la de dejarte aquí abandonada y sin guia. ¡Ah! si en el momento de exhalar mi último suspiro, supiera que quedaba segura tu existencia, moriria feliz, contento y sumamente dichoso, puesto que muero en tus brazos. Pero ya que mi destino inícuo y fiero quiere que te abandone sin saber en qué manos caerás, juro por esa boca, por esos ojos y por esos cabellos, entre los que quedé prendido, que bajo desesperado á los Infiernos, y que todos sus tormentos más crueles no lo serán tanto como el que me causará el recuerdo de haberte dejado sin proteccion.

A estas palabras respondió la tristísima Isabel inclinando su rostro bañado en llanto, y uniendo sus labios á los de Zerbino, descoloridos y lánguidos como la rosa que se marchita en su tallo por no haber sido cogida oportunamente:

—No te figures, vida mia, que harás sin mí tu final partida: ¡oh! no lo temas, corazon mio, pues estoy dispuesta á seguirte al Cielo ó al Infierno. Es preciso que nuestras almas se separen al mismo tiempo de nuestros cuerpos, y que vuelen juntas á la eternidad. En cuanto cierres los ojos, sucumbiré bajo el peso de mi dolor, ó si este no es bastante intenso para matarme, te prometo atravesarme hoy mismo el corazon con esa espada. Abrigo una gran esperanza de que nuestros cuerpos serán más felices despues de la muerte que en vida; pues quizá algun transeunte, movido á compasion, nos sepultará reunidos en una misma tumba.

Mientras así decia, iba recogiendo en su boca los últimos suspiros que la muerte arrancaba á Zerbino, ansiosa de aspirar hasta su más imperceptible soplo. Zerbino, esforzando su débil voz, le dijo:

—Te ruego y te suplico, ídolo mio, por aquel amor de que me diste pruebas al abandonar por mí el techo paterno, y te lo ordeno tambien, si así puedo hacerlo, que respetes tu existencia hasta que Dios tenga á bien disponer de ella, y conserves eternamente el recuerdo de que te he amado cuanto es posible amar en este mundo. No dejará el Señor de acudir en tu auxilio para librarte de todo ultraje, como acudió cuando para sacarte de la cueva envió en tu ayuda al Senador romano, y como te socorrió en el mar, y te libró de las violencias del criminal Odorico. Si solo la muerte puede algun dia salvar tu honra, entonces elige de dos males el menos funesto.

No creo que pudiera pronunciar estas últimas palabras de un modo bastante distinto para que Isabel las oyera; pues se extinguió su vida, como se extingue una bujía ó la luz de una lámpara privada de aceite. ¿Quién podria reproducir el inmenso dolor de la jóven, al ver á su amante pálido, rígido y frio como el hielo, tendido en sus brazos? Dejóse caer sobre el ensangrentado cadáver, y lo inundó con sus copiosas lágrimas, prorumpiendo en tales lamentos, que sus ecos se perdian á gran distancia por el bosque y la campiña: golpeábase el pecho y las mejillas; se mesaba lastimosamente sus rubios y ensortijados cabellos, y pronunciaba sin cesar el nombre de Zerbino. Su inmenso dolor, llevado hasta los últimos límites, degeneró en tal furor é ira tanta, que, olvidando las últimas órdenes de su amante, habria dirigido contra su propio pecho el acero homicida, si no corriera hácia ella, estorbando su criminal intento, un eremita que acostumbraba pasear con frecuencia desde su cercano retiro hasta la fresca y cristalina fuente. Este venerable anciano reunia á una gran bondad una prudencia natural, y era además caritativo en extremo, modelo de virtud y de elocuencia.

Aproximándose á la afligida jóven, empezó á dirigirle las frases más persuasivas y eficaces, exhortándola á la paciencia, y le presentó, como espejo en donde debia mirarse, el ánimo, y la resignacion de las mujeres del Antiguo y Nuevo Testamento. Le hizo comprender despues, que tan solo en Dios se hallaba la verdadera felicidad, y que todas las esperanzas mundanales eran rápidas, frágiles y transitorias. Tan elocuentemente habló al corazon de Isabel, que consiguió por último distraerla de su resolucion cruel al par que obstinada, haciéndole además formar el proyecto de consagrar el resto de sus dias al servicio de Dios; pero sin olvidar por ello el profundo amor que por su amante sintiera, ni abandonar tampoco sus restos mortales, de los que habia decidido no separarse nunca, llevándoselos consigo á todas partes y permaneciendo dia y noche junto á ellos.

Auxiliada por el eremita, que era robusto y fuerte, á pesar de su edad, colocaron el cuerpo de Zerbino sobre su caballo, y vagaron muchos dias por aquellas selvas. El prudente anciano no habia querido ofrecer á la bella jóven un asilo en su retiro solitario, fabricado en una selvática gruta, por temor de encontrarse enteramente solo con ella.—«Es harto peligroso, decia entre sí, tener á un tiempo en la mano la paja y la antorcha.»—No fiándose tampoco en su edad y su prudencia hasta el punto de intentar una prueba tan arriesgada, pensó que lo mejor seria acompañarla á Provenza, donde junto á un castillo próximo á Marsella, existia un monasterio riquísimo, agradablemente situado, y famoso por la religiosidad de sus moradoras. Para transportar hasta allí al difunto caballero, habia colocado su cadáver en una caja, bastante larga, capaz y embreada, que le proporcionaron en un castillo.

Anduvieron durante muchos dias por diferentes paises, eligiendo siempre los senderos menos frecuentados, á fin de evitar el encuentro de los muchos soldados que, por estar en guerra la Francia, circulaban por do quiera. Desgraciadamente, llegaron á un sitio en que los cerró el paso un caballero, dirigiéndoles los mayores ultrajes y los insultos más groseros, de lo cual me ocuparé cuando sea oportuno; pues ahora debo volver al Rey de Tartaria.

Una vez terminada la pelea del modo que he referido, púsose el jóven á descansar de sus fatigas á la sombra de los árboles y á la orilla del arroyuelo, despues de haber quitado la silla y el freno á su corcel, dejándole que paciera libremente las tiernas yerbecillas del prado. Apenas se habia recostado sobre el césped, cuando vió á lo léjos un caballero que desde lo alto de una colina se dirigia á la llanura. En cuanto Doralicia levantó la vista para mirarle, le conoció, y exclamó, designándolo á Mandricardo:

—Ese es, si no me engaña la distancia, el soberbio Rodomonte. Estoy segura de que desciende de esa colina para reñir contigo: esta es, pues, la ocasion más oportuna de mostrar tu valor. Como le estaba prometida en matrimonio, ha considerado mi rapto como un sangriento ultraje y viene decidido á vengarse.

Cual un intrépido azor, que, al ver aparecer la paloma, la perdiz, la chocha, el ánade ú otra ave semejante, levanta la cabeza, y se pone erguido y arrogante, así tambien Mandricardo se apresuró á enjaezar su corcel, esperando alegre y deseoso de pelear á Rodomonte, como si ya contase por suya la victoria, con el pié afirmado en los estribos y las bridas en la mano. Cuando estuvieron tan próximos que podian oir distintamente sus altaneras palabras, empezó el Rey de Argel á amenazar al Tártaro con la cabeza y con la mano, gritándole que no tardaria en castigar la audacia con que, por un temerario capricho, habia osado provocar á un guerrero que no dejaba impune la menor injuria. Mandricardo respondió á tales amenazas:

—Es en vano que intentes infundirme miedo con amenazas, las cuales solo sirven para asustar á las mujeres, á los niños ó á los que no saben manejar el acero, Pero yo, para quien el mejor descanso es la pelea, las desprecio y estoy pronto á probártelo á pié, á caballo, con ó sin armas, y lo mismo en campo abierto, que en palenque cerrado.

Pronto pasaron de las amenazas, de los ultrajes y demostraciones de su ira, á las estocadas y al terrible estridor de los golpes, semejantes al viento que empieza por soplar con hálito apenas perceptible, y aumenta gradualmente su fuerza, sacudiendo primero las copas de los fresnos y las encinas, y levantando despues al cielo espesas nubes de polvo, hasta que concluye por arrancar de raiz, los árboles y derribar las casas, causando naufragios en el mar, y haciendo estallar en la tierra una violenta tempestad que destruye los rebaños esparcidos por la floresta. Los animosos corazones y extraordinarias fuerzas de los dos paganos, que no tenian iguales en el mundo, hicieron que el combate fuera tan espantoso cual debia esperarse de su natural feroz. Cada vez que chocaban los aceros, la tierra se estremecia á su tremendo y formidable estrépito; sus armas despedian millares de chispas que llegaban hasta las nubes, cual si fueran infinitas lámparas de ellas pendientes.

Sin tomar aliento ni descansar un solo instante, íbase prolongando la lucha terrible de ambos reyes; uno y otro buscaban el sitio más á propósito para atravesar la armadura ó abrir la malla de su adversario, y ni el uno ni el otro cedia ó podia adelantar un paso, permaneciendo firmes en un reducido círculo, como si estuviesen rodeados de fosos y murallas, ó les costara demasiado cada pulgada de terreno. Uno de los infinitos golpes que el Tártaro descargó á dos manos sobre el Rey de Argel le alcanzó en la frente y le hizo ver mil relámpagos girando en su derredor. Privado por un momento de sus fuerzas el Africano, cayó de espaldas sobre la grupa de su caballo, perdió los estribos y estuvo á punto de medir el suelo en presencia de la mujer á quien tanto amaba. Pero así como un excelente arco de fino acero se endereza tanto más impetuosamente cuantos más esfuerzos se han hecho para encorvarlo, causando mayor daño del que ha recibido, de igual modo se enderezó el Africano y descargó sobre su enemigo un golpe mucho más violento, que alcanzó al hijo del Rey Agrican en el mismo sitio en que este hiriera á Rodomonte. Merced á su casco troyano, que le resguardó de aquella cuchillada, salió Mandricardo ileso; pero tan aturdido, que estuvo mucho tiempo sin saber si era de dia ó de noche. El airado Rodomonte, sin perder un instante, dejó caer otra vez su furiosa espada sobre la cabeza de su adversario.

Asustado el corcel del Tártaro por el silbido que despedia el acero al hendir el aire, sirvió por su mal de auxilio á su señor; pues encabritándose para huir de un salto, recibió en medio de la cabeza el tajo dirigido al ginete, y como no tenia, cual su amo, el casco de Héctor, cayó muerto en tierra. Al caer el caballo, Mandricardo, vuelto ya en sí, se puso en pié instantáneamente, y empezó á esgrimir con rapidez su Durindana. La rabia que hervia en su pecho á consecuencia de la muerte de su corcel no tardó en conocerse por sus incesantes y furiosos golpes: el africano dirigió su caballo sobre él con la intencion de derribarle; pero firme Mandricardo como el escollo combatido por las olas, resistió la acometida y derribó al caballo de Rodomonte. Apenas sintió este que su corcel caia, soltó los estribos, se apoyó en el arzon y saltó rápidamente á tierra. Igualándose de nuevo el combate, se hizo más terrible y desesperado; el odio, la ira, y la soberbia cegaban cada vez más á los dos guerreros, y la lucha iba á continuar al parecer indefinidamente, cuando llegó á toda prisa un mensajero que le puso término.

Este mensajero era uno de los muchos que habian enviado los moros por toda la Francia para llamar á sus banderas á los capitanes y caballeros, á fin de que los auxiliaran contra el Emperador de las lises de oro, el cual los tenia tan estrechamente sitiados en su campamento, que de no recibir un socorro inmediato, era segura su ruina. El mensajero conoció á los dos reyes, no solo por sus divisas y por los colores de sus sobrevestas, sino tambien por el modo de esgrimir las espadas y por los terribles golpes que sus manos eran las únicas capaces de descargar. Su cualidad de enviado del Rey no le inspiró la suficiente confianza para ponerse entre ellos, ni tampoco le pareció bastante segura la inviolabilidad de su cargo de embajador: así es que se dirigió á Doralicia, y le manifestó que Agramante, Marsilio y Estordilano, con un reducido número de guerreros, estaban asediados en su inseguro campamento por el ejército cristiano, suplicándole que se lo participara á entrambos caballeros, que procurara ponerles de acuerdo, y que les hiciera partir sobre la marcha en auxilio del pueblo sarraceno.

Doralicia se arrojó valerosamente entre ellos, diciéndoles:

—En nombre de ese amor que me profesais, os ordeno que reserveis vuestras espadas para hacer mejor uso de ellas, y acudais sin pérdida de tiempo en socorro de nuestro ejército sarraceno, asediado en este momento en sus tiendas donde espera un rápido auxilio ó su total ruina.

Entonces tomó la palabra el mensajero, refiriéndoles minuciosamente lo sucedido y el gran peligro en que se hallaban los moros, y entregó despues al hijo de Ulieno una carta del hijo del rey Trojan. A consecuencia de estas noticias convinieron los dos guerreros en estipular una tregua hasta el dia en que los moros lograran romper el cerco que los estrechaba; pero bajo la condicion de que una vez levantado dicho cerco, habian de separarse de nuevo para volver á empezar la suspendida lucha, hasta que la suerte de las armas decidiera á quien habria de pertenecer la doncella. Tomaron por testigo de su juramento á la misma Doralicia, en cuyas manos lo prestaron.

Mal avenida la impaciente Discordia, así como el Orgullo, allí presentes, con aquella suspension de hostilidades, no querian consentir ni tolerar que quedara establecido tal acuerdo; pero pudo más que ellos el Amor, tambien presente, á cuyo valor ninguno se iguala, y á fuerza de flechazos, apartó á la Discordia y al Orgullo. Estipulóse, pues, la tregua entre ambos caballeros, tal como plugo á la que imperaba en sus corazones. Faltábales un caballo, pues el del Tártaro yacia tendido sin vida, cuando apareció oportunamente Brida-de-oro, que iba pastando á orillas del arroyo. Pero veo que he llegado al fin de este canto, por lo cual, con vuestro permiso, haré aquí punto.

Canto XXV

Rugiero libra á Riciardeto del suplicio de las llamas, á que le habia condenado el rey Marsilio.—Riciardeto refiere minuciosamente á Rugiero la causa de haber sido condenado á muerte.—Los dos jóvenes pasan luego al castillo de Aldigiero, que los recibe poseido de una gran tristeza, y á la mañana siguiente salen armados á impedir que Malagigo y el buen Viviano caigan en poder de Bertolagio.

¡Cuán violenta es la lucha que sostienen en un corazon juvenil los deseos de gloria y los impulsos del amor! Tan pronto vencedor como vencido uno ú otro sentimiento, todavía se ignora cuál de ellos ejerce un dominio más absoluto. Mucho influyó sin duda alguna en el ánimo de los dos adversarios el sentimiento del deber y del honor, para que suspendieran su amorosa contienda á fin de volar en auxilio de los suyos; pero pudo mucho más el amor, porque de no habérselo exigido así la señora de sus pensamientos, aquella terrible lucha no habria terminado hasta que uno de los dos contendientes alcanzara el laurel de la victoria; y mientras tanto, Agramante y el resto de su ejército estarian esperando inútilmente su auxilio. Bien podemos decir por esto, que no siempre es funesto el amor; pues si con frecuencia perjudica, otras veces es útil.

Habiendo convenido los dos caballeros paganos en diferir sus querellas, se dirigieron juntamente con Doralicia hácia Paris para salvar al ejército africano: con ellos iba tambien el diminuto enano que habia ido siguiendo las huellas del Tártaro, hasta conseguir que el celoso Rodomonte le alcanzara. Llegaron á un prado, donde estaban descansando á orillas de un arroyo dos caballeros desarmados, y otros dos cubiertos con los yelmos, acompañando á una dama de bello rostro. En otra parte os diré quiénes eran estos personajes; pues antes es preciso que vuelva á hablaros del buen Rugiero, á quien dejé en el momento en que arrojaba su escudo en un pozo.

Apenas hubo andado una milla, cuando encontró uno de los correos que el hijo del rey Trojano mandaba á todos los caballeros solicitando su socorro. El mensajero le anunció tambien que Cárlos tenia puestos á los sarracenos en tan apurado trance, que si no recibian sin la menor tardanza auxilios, en breve perderian el honor ó la vida. Asaltado Rugiero por una multitud de pensamientos, no sabia á cual dar la preferencia, si bien es verdad que ni el sitio ni la ocasion eran los más á propósito para que se formara maduramente su opinion. Por último, dejó marchar al mensajero, y revolvió su caballo en la direccion que le indicaba la afligida dama, la cual iba estimulándole incesantemente para que acudiera en defensa del doncel, sin permitirle el menor reposo.

Siguiendo, pues, su marcha, llegaron á la caida de la tarde á una ciudad situada en medio de la Francia, la cual estaba en poder del rey Marsilio, quien la habia conquistado en aquella guerra. No se detuvieron en el puente ni en las puertas; pues aun cuando en torno del rastrillo y de los fosos se veia un gran número de soldados y de aprestos belicosos, nadie les estorbó el paso. Como los soldados conocian á la dama que iba en compañía de Rugiero, le dejaron pasar libremente, sin preguntarle siquiera de donde venia. Llegó á la plaza, encontrándola llena de una multitud cruel, apiñada en derredor de una siniestra pira, sobre la cual divisó pálido y macilento al jóven condenado á perecer entre sus llamas.

En cuanto Rugiero fijó sus miradas en aquel rostro abatido y lloroso, creyó ver á la misma Bradamante; tal era la semejanza del jóven con ella. Cuanto más detenidamente contemplaba su faz y su talante, tanto más se convencia de que era ella, diciendo para sí: «Ó esa es Bradamante, ó no soy yo el mismo Rugiero que antes. Arrastrada por su audacia, habrá querido tal vez defender al cautivo, y teniendo mal éxito su empresa, habrá quedado aprisionada, como estoy viendo. ¿Por qué esa precipitacion que no le ha permitido esperarme para compartir conmigo los peligros de esta aventura? ¡Ah! ¡gracias á Dios, he llegado á tiempo de salvarla!»

Y sin vacilar un solo instante, desenvainó la espada (porque su lanza habia quedado hecha pedazos junto al castillo de Pinabel), y lanzando su caballo sobre aquella multitud inerme, empezó á describir círculos con su acero, cortando frentes, rostros y gargantas. El populacho emprendió la fuga, despidiendo gritos atronadores, quedando muchos tendidos en el suelo, los más atropellados y los otros con la cabeza rota. Cual bandada de pájaros que, revoloteando seguros por las orillas de un estanque, en busca de su alimento, al ser acometidos de improviso por el rapaz halcon que se apodera de uno de ellos, se dispersan todos, abandonando al prisionero sin cuidarse siquiera de librarlo de las garras de su enemigo, así hizo aquella multitud en cuanto el valiente Rugiero dió tras ella. A cuatro ó seis de los que fueron más lentos en huir les cortó la cabeza á cercen con la mayor limpieza; hendió á otros tantos hasta el pecho, y á muchos más hasta los ojos ó los dientes. Verdad es que ninguno de ellos llevaba casco, sino cofias de brillante hierro; pero aun cuando hubiesen sido yelmos del temple más fino, los habria partido del mismo modo, ó poco menos.

No se encuentra en ningun caballero moderno la fuerza de que estaba dotado Rugiero; fuerza que superaba á la del oso, á la del leon, y á la de cualquiera de los animales conocidos: tal vez podria compararse á la de un terremoto, ó á la del Gran Diablo, no el del Infierno, sino el de mi Señor; que con su fuego hace retroceder al cielo, á la tierra y al mar. Cada uno de sus golpes derribaba por lo menos un hombre; con frecuencia dos, y algunas veces hasta cuatro ó cinco: así es que pronto dejó ciento tendidos á sus piés. Su centelleante espada cortaba el más duro acero cual si fuese blanda cuajada. Falerina forjó aquella espada terrible en el jardin de Orgagna, para dar con ella la muerte á Orlando, pero harto le pesó haberla fabricado, pues vió su jardin destrozado con su propia obra; y si entonces causó tanta ruina y tal estrago, ¿qué no deberia hacer á la sazon, manejada por un héroe cual Rugiero? Si alguna vez se sintió este guerrero poseido de furor; si hizo alarde de su fuerza; si dió las más ostensibles pruebas de su valor indomable, nunca como entonces lo sintió, lo hizo ó las dió, creyendo batirse por su amada. Las turbas se defendian de él, ni más ni menos que una liebre perseguida por galgos: muchos fueron los que quedaron en el sitio; infinitos los que huyeron.

La dama habia desatado entre tanto las ligaduras que al jóven sujetaban, y le armó como pudo, presentándole un escudo y una espada: al verse libre el ofendido mancebo, procuró vengarse á su sabor de aquella gente, y dió tan evidentes muestras de su vigoroso brazo, que en breve fué tenido por valiente y esforzado. Ya habia sepultado el Sol sus doradas ruedas en los mares de Occidente, cuando el victorioso Rugiero salió con su protegido de la ciudad. Luego que el doncel se halló en completa seguridad fuera de las puertas, dió á su libertador una y mil veces las gracias, con palabras nobles y delicadas y gentil donaire, por haberle socorrido, á pesar de no conocerle, arriesgando para ello su vida, y terminó rogándole que le dijese su nombre, á fin de saber á quién debia tanto agradecimiento.

—Esas son, decia entre sí Rugiero, las bellas facciones, la graciosa apostura y el rostro encantador de Bradamante; pero su dulce voz no es la que oigo, ni el modo de manifestarme su gratitud es el que ella usaria con su leal amante. Pero si es en efecto Bradamante, ¿cómo ha podido olvidar tan pronto mi nombre?

Para asegurarse de la verdad, Rugiero dirigió con cierta astucia al mancebo esta pregunta:

—Estaba pensando en que os he visto en otra parte, y por más que esfuerzo mi imaginacion, no sé ni puedo recordar en qué sitio: ¿quereis decírmelo vos, si os acordais, y quereis decirme tambien vuestro nombre, á fin de saber á quien ha salvado hoy de las llamas mi oportuno socorro?

—Bien podrá ser que me hayais visto en otra parte, respondió el jóven; pero á mi vez ignoro dónde y cuándo, porque tambien yo voy recorriendo el mundo en busca de aventuras. Es posible asimismo que hayais visto á una hermana mia, que viste armadura y ciñe espada: somos mellizos, y nuestra semejanza es tal, que ni los individuos de nuestra familia pueden distinguirnos á uno de otro. No sois el primero, ni el segundo, ni el cuarto de los que han incurrido en este error, tanto más disculpable, cuanto que caen con frecuencia en él nuestro padre, nuestros hermanos y hasta nuestra madre. En lo único que me diferenciaba de mi hermana era en los cabellos, que yo llevo cortos y descuidados como hacen los demás hombres, al paso que ella los tenia largos y trenzados en derredor de la cabeza; pero desde que recibió en la cabeza una herida, cuyo motivo seria harto prolijo referir, y un siervo de Dios le cortó la cabellera á la altura de la oreja para curarla, no ha quedado una sola señal que nos distinga, excepcion hecha del sexo y el nombre. Yo me llamo Riciardeto, ella Bradamante, y ambos somos hermanos de Reinaldo. Y si no fuera por temor de molestaros, os referiria una aventura que os dejaria asombrado, originada por mi semejanza con mi hermana, y que si al principio me causó algun placer, trocóse pronto en acerbo disgusto.

Rugiero, para cuyo oido no habia versos tan armoniosos ni historias tan halagüeñas como cuanto tuviera relacion con su amada, dirigió las más vivas instancias á Riciardeto para que le refiriera aquella aventura: el jóven, accediendo á ellas, prosiguió hablando de esta suerte:

—Sucedió en aquel tiempo, que pasando mi hermana por uno de los bosques próximos, fué herida por la saeta de un sarraceno, en ocasion en que no llevaba puesto el yelmo, viéndose obligada á cortarse sus largos cabellos para sanar de la peligrosa herida que recibiera en la cabeza. Restablecida y rapada, como digo, volvió á internarse en el bosque, y vagando por él, llegó á un manantial al que prestaban los árboles grata sombra. Como estaba rendida y disgustada, se apeó del caballo, quitóse el casco, y quedó en breve dormida sobre la fresca yerba. No creo que pueda contarse una fábula más bella ni extraordinaria que esta aventura. Mientras descansaba Bradamante, acertó á pasar por allí Flor-de-Espina de España, que andaba cazando por el bosque, y cuando tropezó con mi hermana que estaba completamente armada, pero con la cabeza descubierta, y ceñia una espada en vez de empuñar una rueca, creyó hallarse en presencia de un caballero. Tanto tiempo estuvo contemplando su hermoso rostro y su varonil aspecto, que quedó prendada de mi hermana; é invitándola á cazar, se alejó de sus compañeras, y se ocultó con ella en lo más espeso del bosque.

»Así que hubo llegado á un sitio solitario en donde no temia que la sorprendieran, con sus palabras y acciones fué poco á poco descubriendo la aguda herida de su corazon traspasado; sus ojos ardientes, sus abrasados suspiros no tardaron en descubrir el deseo que consumia su alma; su rostro perdia el color y se encendia alternativamente, hasta que por último, fuera de sí, se atrevió á darle un beso. Mi hermana habia conocido desde luego la equivocacion que aquella dama padecia; pero, imposibilitada de satisfacer sus deseos, se encontraba en el mayor compromiso.—«Mejor será, decia entre sí, apresurarme á deshacer su error, revelándole mi verdadero sexo, que consentir en que me tenga por un caballero descortés.»—Y decia la verdad; porque era una villanía, propia tan solo de un hombre hecho de estuco, dejarse requebrar por tan linda doncella, llena de dulzura y de amorosa pasion, y entretenerla con palabras vanas permaneciendo con las alas bajas como un buho. Procuró, pues, con la mayor prudencia descubrirle la verdad, manifestándole que era tambien una doncella, que buscaba la gloria por medio de las armas, cual otra Hipólita ó Camila; añadiendo que habia nacido á orillas del mar de África, en la ciudad de Arcilla, y que desde su edad más temprana se habia ejercitado en el manejo de la espada y de la lanza.

»Esta confesion no apagó una sola chispa del fuego que abrasaba á la enamorada doncella: tanto era lo que Amor habia profundizado su dardo, que este remedio fué demasiado tardío para su penetrante herida. A pesar de tal revelacion, no le pareció menos bello el rostro, menos bella la mirada, ni menos bellos los atractivos todos de mi hermana; así como tampoco logró recobrar su corazon, que, separado de su pecho, se solazaba en los amados ojos de Bradamante. Imaginó que, mientras la viera cubierta con su armadura, tal vez podria conseguir que no la consumieran sus mismos deseos; mas cuando consideraba que era una mujer, suspiraba, gemia, y demostraba el dolor más vivo. Cuantos hubiesen escuchado aquel dia sus querellas y sus llantos, habrian llorado seguramente con ella.—«¡Qué tormentos, decia, ha habido tan crueles que no lo sean más los mios! Fácil me habria sido alcanzar el término deseado de cualquier otro amor, inocente ó culpable; habria sabido separar la rosa de las espinas; solo á mi anhelo no hallaré fin. ¡Oh Amor! si has querido atormentarme, porque te pesaba mi feliz y tranquilo estado, debieras contentarte con hacerme sentir los martirios que impones á los demás amantes. Entre los hombres y los animales, jamás he visto que la hembra ame á la hembra: nunca ha seducido la belleza de una mujer á otra, así como la cierva no se ha enamorado de otra cierva, ni la oveja de otra oveja. De cuantos seres existen en la tierra, en el aire y en el mar, yo soy la única que padece tan insoportable martirio: sin duda has pretendido que mi lastimoso error sea el ejemplo más terrible de tu inmenso poder. La esposa del rey Nino, al amar á su propio hijo, sintió deseos tan nefandos como impuros: la pasion que concibió Mirra por su padre y la Cretense por el toro fué odiosa sin duda; pero la mia es más insensata que todas ellas. La hembra se enamoró del varon, esperó el fin de sus deseos y lo consiguió: Pasifae se metió en una vaca de madera para lograrlo, así como otros lo realizaron por varios medios y de diferentes modos; pero aunque me socorriese Dédalo con todo su ingenio, no podria desatar el nudo que formó con demasiada habilidad el poderoso Hacedor de cuanto existe en la naturaleza.»

»Tales eran las quejas y lamentos de la hermosa doncella, que se consumia interiormente, sin poder recobrar la perdida calma. Tan pronto se golpeaba el rostro, como se mesaba los cabellos ó procuraba vengarse de sí contra sí misma. Mi hermana no pudo menos de condolerse de aquella afliccion y derramar algunas compasivas lágrimas, procurando calmar tan loca como vana pasion; pero se esforzaba inútilmente en consolarla. Flor-de-Espina, que deseaba auxilio y no consuelo, continuaba lamentándose más y más, y exhalando incesantes sollozos. Empezaban ya los últimos rayos del Sol á teñir de púrpura el Occidente, y se aproximaba la hora de que buscara más seguro asilo todo el que no quisiera pasar la noche en la selva, por lo cual la doncella ofreció á Bradamante hospitalidad en esta ciudad, poco distante del bosque. Mi hermana no pudo resistir á sus ruegos y llegó en su compañía al sitio en que la muchedumbre perversa y cruel me habria arrojado á las llamas, si no os hubiéseis presentado.

»Flor-de-Espina dispuso que acogiesen á mi hermana con el mayor agasajo, é hizo además que trocara su férrea armadura por un rico traje propio de su sexo, para que todos conocieran que era una mujer la que la habia acompañado; pues comprendiendo que ninguna utilidad le reportaria el aspecto varonil de mi hermana, deseaba por lo menos evitar las malignas suposiciones que no dejarian de hacerse al verla tan afectuosa con un caballero. Lo hizo tambien con el objeto de ver si podia desechar totalmente de su imaginacion el error en que la habia hecho incurrir el traje guerrero de Bradamante, contemplándola más detenidamente vestida con el que le era adecuado y le revelaba toda la verdad. Aquella noche participaron ambas del mismo lecho, pero su reposo fué muy diferente; pues mientras la una dormia, la otra gemia y lloraba, lamentándose de que su deseo fuera cada vez más ardiente. Si el sueño cerraba por algunos momentos sus párpados, la atormentaban imaginarios ensueños, figurándose ver que el cielo le concedia que Bradamante trocara su sexo por otro mejor. Cuando un enfermo, devorado por la sed, logra conciliar el sueño, mientras le abrasa la fiebre, en medio de su agitado reposo se le aparecen las cristalinas aguas de todos los manantiales que recuerda: Flor-de-Espina, lo mismo que el sediento enfermo, veia entre sueños las imágenes más deliciosas y más propicias á sus deseos; pero al despertarse, tropezaba siempre con la triste realidad. ¡Cuántas súplicas, cuántas promesas hizo durante toda la noche á Mahoma y á todos los Dioses para que por medio de un milagro sorprendente y ostensible cambiaran á Bradamante en mejor sexo! Todos fueron inútiles y quizás el cielo no hizo otra cosa sino reirse de ella.

»Pasó la noche, y Febo sacó del seno de las ondas su blonda cabellera, iluminando el mundo. En cuanto apareció el dia y dejaron ambas el lecho, sintió Flor-de-Espina aumentarse su dolor; pues Bradamante, que anhelaba salir de tan embarazosa situacion, manifestó que debia ausentarse. La bella princesa quiso que se llevara en memoria suya un magnífico corcel, enjaezado con franjas de oro, y además una sobrevesta ricamente tejida por sus propias manos. Despues de haberla acompañado hasta una larga distancia, regresó á su palacio, derramando copiosas lágrimas.

»Mi hermana caminó con tal rapidez, que aquel mismo dia llegó á Montalban. Nuestra madre y todos nosotros la recibimos poseidos del mayor júbilo; porque careciendo de noticias suyas estábamos con el mayor cuidado por ella y llegamos á temer que hubiese muerto. Al quitarse el casco, reparamos en que habian desaparecido las hermosas trenzas que hasta entonces rodeaban su cabeza; examinamos tambien maravillados la peregrina sobrevesta que llevaba, y entonces ella nos refirió desde el principio al fin todo cuanto acabo de narraros, diciéndonos cómo fué herida en el bosque; cómo se vió precisada á permitir que le cortaran los cabellos para curar su herida; cómo la sorprendió, mientras estaba durmiendo á la orilla de un arroyo, una linda cazadora, á quien dejó prendada su falsa apariencia, y cómo se retiró con ella á un sitio apartado. Nos habló tambien de la afliccion de Flor-de-Espina, que nos conmovió sobremanera, y por último, nos participó su permanencia en el castillo, y todo cuanto hizo hasta regresar á nuestro lado.

»Yo conocia á Flor-de-Espina por haberla visto en Zaragoza y luego en Francia: sus lindos ojos y sus tersas mejillas me habian agradado en extremo; pero no dejé que tomaran cuerpo mis deseos, convencido de que es un sueño ó una locura el amor sin esperanza. Al presentárseme entonces aquella ocasion tan propicia, sentí de improviso que se reavivaba en mi pecho la antigua llama. Amor se valió de esta esperanza para tejer las redes en que de otra suerte no me hubiera prendido: caí entonces en ellas, y él me inspiró medios más á propósito para conseguir de aquella doncella lo que yo deseaba. Mi estratagema no podria menos de tener buen éxito; pues así como mi semejanza con mi hermana habia engañado á muchos, tal vez engañaria del mismo modo á la apasionada jóven. Estuve por algunos momentos indeciso; pero al fin me pareció que siempre es bueno procurarse lo que nos agrada. No participé á nadie mi proyecto, ni quise que nadie me diese su parecer con respecto á él. Durante la noche, fuí al sitio donde mi hermana tenia recogidas sus armas; me las puse, y salí del castillo cabalgando en el corcel de Bradamante, sin detenerme siquiera á esperar que amaneciese. Guiado por el amor, fuí á buscar á la bella Flor-de-Espina, y llegué á su palacio antes de que el Sol se ocultara de nuevo. Por dichoso se tuvo el que consiguió antes que nadie anunciar á la Reina mi llegada, esperando, en recompensa de tan buena noticia, obtener gracias y favores: como todos participaban del error en que tambien vos habeis incurrido, me habian tomado por Bradamante, con tanto mayor motivo, cuanto que yo llevaba el traje y el caballo con que habia salido mi hermana el dia anterior.

»A los pocos momentos salió Flor-de-Espina á recibirme, colmándome de las más tiernas caricias, con rostro tan radiante de júbilo, que no podia demostrarse más. Rodeó mi cuello con sus hermosos brazos, y estrechándome suavemente, me besó en la boca. Podeis pensar si el agudo dardo que entonces me disparó el amor dejaria traspasado mi corazon. Cogióme de la mano, y me condujo presurosa á su cámara, donde me quitó el yelmo, las espuelas y las armas, sin querer confiar á nadie este cuidado. Ordenó despues que trajeran uno de sus trajes más ricos y lujosos; lo desdobló por sí misma y se puso á vestirme como si yo fuese en efecto una mujer, encerrando, por último, mis cabellos en una redecilla de oro. Yo procuraba que en mis miradas y en mi expresion se retratase la mayor modestia, lo que conseguí tan bien, que ninguno de mis ademanes revelaba mi sexo; y como por la voz se me podia tal vez conocer, procuré fingirla de modo, que nadie concibió la menor sospecha.

»Entramos despues en un salon, donde se hallaban reunidos muchos caballeros y damas, de los cuales fuimos recibidos con los honores que se conceden á las reinas y grandes señoras. Más de una vez tuve ocasion de reirme de aquellos señores, que no sabiendo que bajo aquel traje femenil se ocultaba un hombre gallardo y animoso, me enamoraban con sus miradas lánguidas ó lascivas. Cerca ya de media noche, y despues de levantar la mesa, que habia estado cubierta de los manjares más exquisitos que ofrecia la estacion, no esperó Flor-de-Espina á que yo solicitase de ella lo que habia sido causa de mi estratagema, sino que me invitó galantemente á que durmiese aquella noche con ella. Despues que nos hubieron dejado solos los pages, los escuderos, las doncellas y las dueñas que nos servian, y cuando ya estuvimos desnudos en un lecho iluminado por tantas luces que parecia de dia, dirigí á Flor-de-Espina estas palabras:

—»No os maravilleis, señora, de haberme visto regresar tan pronto á vuestro lado, cuando tal vez estaríais pensando en que no volveria á hallarme en vuestra presencia sabe Dios hasta cuando. Os diré en primer lugar la causa de mi marcha, y despues la de mi regreso. Si mi permanencia aquí hubiese bastado para calmar vuestros ardorosos deseos, habria consentido de buen grado en no separarme de vuestro lado un solo momento, conceptuándome feliz con vivir y morir en vuestro servicio; pero en vista que mi presencia solo servia para aumentar vuestra afliccion, elegí, á falta de otro medio mejor, el de ausentarme. El hado sin duda me apartó del camino recto, é hizo que me internara en un bosque inextricable, en el que oí cercanos lamentos, cual si fueran despedidos por una mujer en demanda de auxilio. Corrí hácia donde resonaban, y á la orilla de un lago cristalino ví á un fauno, que acababa de coger en sus redes á una doncella desnuda, á la que habia sacado del agua con objeto de devorarla viva. Me precipité sobre él, y con la espada en la mano, porque no me era dado socorrerla de otro modo, arranqué la vida al infame pescador. La doncella se arrojó al momento al agua y me dijo:—«Tu auxilio no quedará sin recompensa, porque sabré premiarte espléndidamente: pídeme lo que quieras: soy una Ninfa que vive en el seno de estas linfas transparentes, y tengo suficiente poder para hacer las cosas más asombrosas, y hasta para que obedezcan á mi voz los elementos y la naturaleza. Pídeme todo aquello á que se extienda mi valimiento, y despues deja á mi cuidado la satisfaccion de tus deseos. A mis cánticos baja la Luna desde el Cielo, se hiela el fuego y se solidifica el aire, y más de una vez han bastado mis más sencillas palabras para hacer temblar la Tierra y detener al Sol en su curso.»—Yo no pedí, á pesar de tantos ofrecimientos, ni los más preciados tesoros, ni dominar pueblos y naciones, ni brillar doblemente por mi virtud y mi valor, ni vencer con honor en todos los combates: únicamente solicité de ella que me allanara un camino cualquiera para satisfacer vuestros deseos, sin indicarle este ó el otro medio, sino dejándolo enteramente á su arbitrio. Apenas le hube expuesto mi demanda, cuando se sepultó otra vez en el lago, y por única respuesta me roció con algunas gotas de agua encantada. Apenas me alcanzaron varias de ellas al rostro, me encontré, sin saber cómo, enteramente transformada, y aun cuando lo veo y lo siento, no puedo dar crédito á una metamórfosis, que de mujer me ha convertido en hombre. Vos tampoco lo creeríais si no os fuera fácil convenceros ahora mismo de ello. Como todo mi anhelo se cifra en complaceros, lo mismo ahora que cuando pertenecia á otro sexo, mandad, y me encontrareis dispuesto siempre á serviros y obedeceros.»

»Así le dije, y Flor-de-Espina no tardó en convencerse de la verdad de mis palabras. Sucede con frecuencia al que ha perdido la esperanza de alcanzar una cosa ardientemente deseada, que mientras más se lamenta por verse privado de ella, más se aflige, se atormenta y encoleriza, y si bien llega á conseguirla, es tanto el pesar que siente por haber estado largo tiempo sembrando en la arena, y tan malos los resultados de la desesperacion, que no puede dar crédito á sus ojos y permanece en la mayor confusion. Esto mismo le aconteció á la jóven que, á pesar de haberse persuadido de la realidad, temia aun ser presa de un sueño halagador. Convencida, por último, exclamó fuera de sí: «¡Oh cielos, si esto es tan solo un sueño, haced que no despierte nunca!»—No fué necesario el agudo sonido de los clarines ni el ruido atronador de los tambores para empezar el amoroso asalto; bastaron como señal para darlo los besos que, cual amantes palomas, empezamos á cambiarnos, y sin necesidad de saetas ni de hondas, me apoderé de la fortaleza en que planté mi estandarte victorioso, humillando á mi dulce enemiga.

»Si el lecho de Flor-de-Espina habia sido la noche anterior testigo de sus quejas y suspiros, en aquella lo fué de nuestras risas, fiestas y suaves placeres. Los flexibles acantos no entrelazan más estrechamente con sus nudos las columnas y los capitales, como pasamos toda la noche Flor-de-Espina y yo en brazos uno de otro.

»Oculto entre ambos el secreto de nuestro amor, disfrutamos de sus placeres por espacio de algun tiempo; mas no faltó quien lo descubriera, y hasta llegó á oidos del Rey, por mi desgracia. Vos, señor, que me habeis arrancado de las manos de los que encendieron la hoguera en la plaza, comprendereis fácilmente el resto; pero solo Dios conoce el desconsuelo en que he quedado.»

En tales términos refirió Riciardeto sus aventuras á Rugiero, haciendo con este relato menos pesada su nocturna marcha, mientras subian por un monte rodeado de peñascos y precipicios. Un escarpado sendero, angosto y lleno de rocas, les abria camino con fatigosa llave. En la cima de aquel monte se asentaba el castillo de Agrismonte del que era gobernador Aldigiero de Claramonte: este era hijo bastardo de Buovo y hermano de Malagigo y de Viviano, aunque algunos, con temerario aserto, han asegurado que era hijo legítimo de Gerardo. Pero fuese lo que quiera, lo cierto es que era valeroso, prudente, liberal, cortés y humano, y guardaba dia y noche cuidadosamente el castillo fraternal. Aldigiero, que amaba en extremo á su primo Riciardeto, dispensó á Rugiero la cortés acogida que le era debida, y Rugiero le correspondió del mismo modo por respetos á su jóven compañero. Sin embargo, no salió á su encuentro tan alegremente como solia, sino que los acogió con triste semblante, por haber recibido aquel dia una noticia que anubló la ordinaria serenidad de su corazon y de su rostro. En vez de saludar á Riciardeto, le dijo:

—Primo mio, tenemos malas noticias: he sabido hoy por conducto de un mensajero de toda confianza, que el infame Bertolagio de Bayona ha convenido con la cruel Lanfusa en que le haria presentes de gran valor, con tal que ella le entregara á nuestros dos hermanos Malagigo y Viviano. Desde el dia en que Ferragús los hizo prisioneros, los ha tenido Lanfusa encerrados en un sitio malsano y privado de la luz del dia, hasta el momento en que ha ajustado con Bertolagio el pacto bárbaro y desleal de que te hablo. Mañana los debe entregar al de Maguncia en uno de sus castillos, situado en los confines de Bayona. Él mismo debe ir en persona á pagar el precio de la sangre más ilustre que existe en Francia. Acabo de avisar á nuestro Reinaldo lo que ocurre, por medio de un mensajero diligente; pero no creo que pueda llegar á tiempo, porque el camino es largo y penoso. No cuento con bastante gente para salir de estas murallas, y si bien mi deseo es grande, los medios no me acompañan. Si aquel traidor logra tenerlos en su poder, los inmolará sin remedio: así es que no sé qué hacer ni qué decir.

Mucho afligió á Riciardeto tan triste nueva; y Rugiero, al ver pesaroso á su amigo, se contristó tambien; mas observando que uno y otro guardaban silencio, y que no se les ocurria ningun medio para evitar aquel conflicto, les dijo con su decision habitual:

—Calmad vuestra inquietud; que yo solo me encargo de esta empresa: este acero que veis valdrá por mil, tratándose de libertar á vuestros hermanos. No necesito más gente ni más ayuda; pues me considero bastante para cumplir yo solo lo que ofrezco: únicamente os pido un guia que me conduzca al sitio donde debe tener efecto el cange, y en cambio os prometo que desde aquí habeis de oir los gritos de cuantos presencien tan impía accion.

Así exclamó, y por cierto que no dijo una cosa nueva para Riciardeto, que ya habia tenido ocasion de ser testigo de sus proezas; pero Aldigiero le oia como se suele escuchar á un hombre que habla mucho y sabe poco. Riciardeto le llamó aparte y le refirió cómo, merced á él, acababa de librarse de las llamas, asegurándole que cuando llegara la ocasion sabria hacer mucho más de lo que prometia. Entonces Aldigiero le escuchó con mayor atencion, formó de él el concepto que por su valor merecia, y le ofreció una cena abundante y espléndida en la cual le dispensó los mismos honores que si fuese su señor. Habiendo convenido, por último, en que era posible rescatar á los dos hermanos sin necesidad de más ayuda, se retiraron á descansar, y pronto cerró el sueño los párpados de todos los moradores del castillo, excepto los de Rugiero, que permaneció despierto, molestado por una punzante idea Pesaba cual una losa sobre su corazon la noticia del peligro en que se hallaba Agramante, segun le habia participado aquel mismo dia el mensajero de dicho rey. Veia claramente que la menor demora en socorrerle redundaba en su deshonor, y consideraba con espanto la infamia, el escarnio que sobre él recaerian, yendo con los enemigos de su señor. ¡Y cuán grande no seria su falta, y el desprecio con que todos le mirarian, si escogiera tal momento para bautizarse! En cualquiera otra circunstancia hubiérase creido que su conversion era inspirada por una verdadera fé; pero entonces, cuando más necesitaba Agramante de su auxilio para romper el cerco en que le tenian estrechado, todos hubieran creido que la cobardía y la pusilanimidad, y no la conviccion de abrazar una creencia más pura, eran los móviles verdaderos de su determinacion.

Esta idea fatal traspasaba el corazon de Rugiero, aunque tampoco dejaba de atormentarle la de tener que ausentarse sin despedirse de su amada. Asaltado sin cesar por tan encontrados pensamientos, tan pronto se decidia su vacilante corazon por unos como por otros. Por mucho tiempo tuvo formado el designio de ir á buscar á Bradamante al castillo de Flor-de-Espina, adonde debian haberse dirigido los dos para salvar á Riciardeto. Acordóse despues de que le habia prometido esperarla en Valleumbroso, y consideraba cuál seria el asombro de la doncella al encontrarse en el monasterio sin su amante. ¡Si al menos pudiera enviarle un mensajero ó una carta, á fin de que ella no tuviese que lamentarse de la poca obediencia de su Rugiero y de que él se hubiese alejado sin decirle una palabra!

Despues de haber forjado mil distintos pensamientos, se decidió á escribir á Bradamante cuanto le ocurria, y aun cuando no sabia cómo enviarle la carta de modo que llegara á sus manos con toda seguridad, no quiso dejar de hacerlo, esperando que por el camino podria fácilmente encontrar algun mensajero fiel. Sin más tardanza, saltó del lecho y pidió papel, tinta, plumas y luz. Los cautos y discretos escuderos del castillo facilitaron á Rugiero cuanto les habia pedido, y él se puso á escribir, empezando su carta por los cumplimientos de costumbre: en seguida hizo la relacion del mensaje que habia recibido de Agramante reclamando su auxilio y asegurándole al propio tiempo que si no se apresuraba á prestárselo quedaria muerto ó en poder de los enemigos. Continuó luego haciendo ver á su amada el baldon eterno que caeria sobre él si se negaba á prestar á su rey el auxilio que le pedia en su peligro inminente, y añadió que, debiendo ser su esposo tarde ó temprano, le era forzoso preservar su honor de toda mancha, que le haria indigno de ella, modelo de virtud y lealtad. Procuró despues persuadirla de que, si habia dedicado su vida entera á adquirir un ilustre renombre por medio de sus acciones virtuosas, y si, una vez conseguido tan levantado objeto, lo tenia en mucho y anhelaba conservarlo á toda costa, ahora lo procuraba más y más á fin de hacerla partícipe de él, puesto que cuando les uniera el dulce yugo de himeneo no formarian sino una sola alma unida en dos distintos cuerpos. Reprodujo en su carta la promesa que hiciera verbalmente á Bradamante, ofreciéndole de nuevo que en cuanto finalizara el plazo durante el cual estaba obligado á servir lealmente á su rey, y dado caso de que no muriese, se convertiria á la fé cristiana tan ostensiblemente como en secreto y por su voluntad habia creido siempre en ella, y que inmediatamente pediria su mano á Reinaldo, á su padre y á sus demás parientes.

«Te suplico, añadió, que me concedas permiso para salvar al ejército de mi Señor, á fin de sellar los lábios del vulgo ignorante, que no dejaria de decir, para vergüenza y baldon mio:—«Mientras la fortuna se mostró favorable á Agramante, Rugiero no le abandonó un solo momento; pero ahora que ha pasado á favorecer á Cárlos, él se ha puesto al lado del vencedor!»—Solo te pido quince ó veinte dias de término; el tiempo necesario para presentarme en el campamento sarraceno, y poder romper el grave asedio que le oprime. Una vez libres los africanos, buscaré un pretexto justo y conveniente para volver á tu lado. A esto se reduce cuanto solicito de tí para salvar mi honor; despues te consagraré el resto de mi vida.»

Con estas ó semejantes frases fué Rugiero expresando en su carta cuantos pensamientos se agolpaban á su imaginacion, los cuales fueron tantos que no me es posible reproducirlos. Baste decir que no dió fin á su epístola sino cuando hubo escrito todo el pliego. Despues de concluida, la cerró y guardó en su pecho despues de sellarla, esperando encontrar al dia siguiente quien la entregara en secreto á su dama. Cuando tuvo cerrada la carta, cerró más tranquilo los ojos en el lecho, hasta que acudió el sueño, rociando su cuerpo con las ramas empapadas en el licor del Leteo: durmió hasta la hora en que se ven vagar esas nubecillas blancas y sonrosadas, que van esparciendo por todos los risueños límites del Oriente las más brillantes y matizadas flores.

No tardó en salir el dia de su áurea morada, y en cuanto los pájaros, ocultos en la enramada, empezaron á saludar á la nueva aurora, saltó del lecho Aldigiero, deseoso de servir de guia á Rugiero y á su primo, para conducirlos cuanto antes al sitio en que debian arrancar á sus dos hermanos del poder del infame Bertolagio. Al oirlo sus huéspedes, se levantaron tambien con la mayor presteza. Luego que estuvieron vestidos y bien armados, se puso Rugiero en marcha con los dos primos, despues de haberles rogado en vano repetidas veces que le confiaran á él solo el cuidado de aquella empresa; pero ellos, ardiendo en deseos de salvar á sus hermanos, y no pareciéndoles decoroso abandonar á Rugiero, se negaron á ello más firmes que las rocas, y no quisieron consentir en que partiese solo.

Llegaron en el mismo dia al sitio en que debian ser vendidos los dos hermanos: era una vasta llanura, abrasada por los ardientes rayos del Sol: no se descubrian en ella mirtos, laureles, cipreses, fresnos ni hayas: tan solo se veian plantas raquíticas ó alguno que otro humilde arbusto, jamás molestado por el azadon ó por el arado. Los tres audaces guerreros hicieron alto en un sendero que atravesaba la llanura y vieron venir hácia ellos un caballero, que llevaba una armadura con adornos de oro, y por enseña, en campo verde, el ave hermosa y peregrina que vive más de un siglo. Pero basta ya, Señor; que he llegado al final de este canto, y necesito descansar algunos momentos.

Canto XXVI

Malagigo explica á sus compañeros la significacion de las esculturas que ven en una fuente.—Llegan Mandricardo y Rodomonte y emprenden luchas parciales con unos y otros.—La Discordia vaga en torno de ellos, y les infunde nuevos deseos de pelear.—El valiente Rey de Sarza vuela en seguimiento de Doralicia, y Mandricardo tras él.

Hubo en la antigüedad mujeres dignas, que prefirieron la virtud á las riquezas: en nuestros dias, por el contrario, se encuentran muy pocas que no sobrepongan á todo el interés. ¡Cuán dignas son de alcanzar la felicidad en esta vida y una fama gloriosa é imperecedera despues de su muerte aquellas que, inspiradas por la pureza de su alma, rechazan los ejemplos de avaricia de las otras! Digna de eterno renombre fué Bradamante por no haber puesto su amor en las riquezas y poderío, sino en la virtud, en el esforzado ánimo y en la sin par gallardía de su Rugiero, mereciendo que tan valeroso jóven cifrara en ella todo su cariño é hiciera en su obsequio cosas que pasmarán á las futuras generaciones.

He dicho antes que Rugiero, acompañado de los dos vástagos de la casa de Claramonte, Aldigiero y Riciardeto, se habia puesto en marcha para rescatar á los dos hermanos prisioneros. Dije tambien que habian visto dirigirse hácia ellos á un caballero de arrogante aspecto, el cual llevaba por enseña la imágen del ave, única siempre en el mundo, que renace de sus propias cenizas. En cuanto el recien llegado conoció, por los ademanes de los tres caballeros, que estaban allí preparados para combatir, deseó probarse con ellos, á fin de conocer si su valor correspondia á su marcial apostura.

—¿Hay alguno de vosotros, dijo, que quiera probar si vale más que yo, peleando á lanza ó espada, hasta que uno de los dos, firme en la silla, arroje de la suya á su adversario?

—Aceptando tu reto, contestó Aldigiero, cruzaria de buena gana la espada contigo ó romperia una lanza, si no fuera porque estamos preparados para llevar á cabo otra empresa, de la cual podrás ser testigo si te detienes un momento; y esta empresa reclama en tan alto grado nuestra atencion, que apenas nos da tiempo, no ya para luchar contigo, sino ni siquiera para dirigirte la palabra. Estamos esperando seiscientos hombres ó quizá más, con los cuales hemos de medir nuestras fuerzas, á fin de arrancar de sus manos á dos hermanos nuestros, á quienes traerán cargados de cadenas por este mismo sitio. El cariño fraternal y la compasion nos darán el valor que necesitamos.

Y prosiguió exponiendo los motivos que les hicieron venir apercibidos para el combate.

—Es tan justa la razon que alegas, respondió el guerrero, que no puedo menos de aceptarla; estando además persuadido de que sois tres caballeros cual hay pocos. Yo deseaba cambiar dos ó tres golpes con vosotros, para saber hasta donde alcanzaba vuestro esfuerzo; pero desisto de ello por parecerme suficiente que lo demostreis á costa de otros. Quisiera hacer más aun: desearia unir á los vuestros mi casco y mi broquel, seguro de probaros, si en vuestro favor lucho, que no soy indigno de tal compañía.

Me parece observar que alguno de mis lectores desea saber el nombre del recien llegado, que ofrecia á Rugiero y á sus dos compañeros participar de los peligros de tan arriesgada aventura. Aquella (ya no debo decir aquel) era Marfisa, la guerrera que obligó al mísero Zerbino á acompañar á la malvada vieja Gabrina. Los dos Claramonte y el buen Rugiero la aceptaron gustosos en su compañía, creyendo que era un caballero y no una doncella, y mucho menos una doncella cual Marfisa.

No tardó Aldigiero en descubrir y señalar á sus compañeros una bandera que ondeaba al viento, en torno de la cual caminaba una muchedumbre numerosa: cuando esta se fué aproximando y pudieron distinguir los trajes árabes de los que se acercaban, vinieron en conocimiento de que eran sarracenos: poco despues vieron en medio de ellos á los prisioneros, á quienes conducian atados sobre dos malos caballos, para entregarlos al de Maguncia á cambio de oro.

—¡Ya están ahí! exclamó Marfisa. ¿Qué esperamos para dar principio á la funcion?

Rugiero respondió:

—No han llegado aun todos los convidados, y faltan los mejores. Prepárase un magnífico baile, y debemos hacer todo cuanto esté de nuestra parte para que sea más solemne. Ya no pueden tardar mucho.

Acababa de pronunciar estas palabras, cuando aparecieron los traidores de Maguncia: ya faltaba poco para empezar la danza.

Llegaban por una parte los de Maguncia, conduciendo varios mulos cargados de oro, de telas y otros preciosos objetos; por la otra parte, se adelantaban, entre lanzas, espadas y ballestas, los dos hermanos, tristes y macilentos, viéndose próximos á la muerte, mientras que Bertolagio, su irreconciliable enemigo, cambiaba algunas palabras con el jefe sarraceno. Al ver á aquel traidor, no pudieron contener su furia el hijo de Buovo ni el de Amon, y colocando uno y otro la lanza en el ristre, le acometieron á la vez. La lanza de uno de ellos atravesó el arzon delantero y el vientre del de Maguncia; la del otro le pasó el rostro de parte á parte. ¡Ojalá sufriesen igual castigo todos los malvados!

La acometida de los dos primos fué la señal para que Marfisa y Rugiero atacasen á su vez: la lanza de la primera no se rompió sino despues de haber muerto, uno tras otro, á tres adversarios. Rugiero dirigió su asta contra el jefe de los sarracenos, que cayó instantáneamente sin vida; el mismo golpe hizo que otros dos le acompañaran en su viaje á las regiones infernales. Esta brusca acometida produjo entre los atacados un error que les condujo á su perdicion; pues mientras los de Maguncia se creyeron vendidos por los sarracenos, estos, al verse de tal modo heridos, empezaron á llamarles asesinos, trabándose en seguida entre ambas partes una lucha terrible á lanza, espada y ballesta.

Rugiero se precipitaba, ora entre un bando, ora entre otro, derribando tan pronto diez como veinte guerreros: la doncella inmolaba otros tantos lo mismo de una que de otra parte. Las tajantes espadas hacian saltar sin vida de la silla á todos cuantos alcanzaban; las corazas y los yelmos les ofrecian menos resistencia que la leña seca de un bosque á la accion devoradora de las llamas. Si recordais haber visto ú oido referir alguna vez que, cuando las abejas abandonan su colmena y se van combatiendo por los aires, suele suceder que la hambrienta golondrina las acomete, y las devora, las mata ó las dispersa, podeis imaginar que Marfisa y Rugiero hicieron otro tanto con aquella gente.

Riciardeto y su primo no imitaban á sus dos compañeros en cuanto á sus alternativos ataques á uno ú otro bando: sin cuidarse de los sarracenos, descargaban únicamente su ira sobre los de Maguncia. El hermano del paladin Reinaldo unia á su esforzado ánimo un brazo vigoroso, y en aquella ocasion redoblaba sus fuerzas el ódio que abrigaba en su corazon contra los de Maguncia.

Por igual causa parecia un leon el bastardo de Buovo; el cual, sin conceder el menor reposo á su espada, hendia todos los yelmos ó los aplastaba como si fueran huevos. ¿Y quién no se mostraria atrevido, ó no seria tenido por un nuevo Héctor, yendo acompañado por Rugiero y Marfisa, que eran la flor y nata de todos los guerreros?

Marfisa, al mismo tiempo que combatia, observaba las acciones de sus compañeros, y al ver que no la cedian en bravura, ensalzaba atónita sus proezas; pero excitaba particularmente su asombro el increible valor de Rugiero, tan extraordinario, en su concepto, que no creia tuviera igual en el mundo, suponiendo tal vez que era el mismo Marte que habia bajado á aquella llanura desde el quinto Cielo. Admiraba aquellas horribles estocadas; pero era mayor su asombro al ver que nunca las descargaba en vano: no parecia sino que los fendientes de Balisarda tropezaran con armas fabricadas de carton y no de duro metal. Lo mismo partia los yelmos que las más recias corazas; hendia los hombres de arriba á abajo hasta el caballo, ó los partia por medio en dos pedazos, arrojándolos sobre la yerba de la pradera á uno y otro lado. Algunas veces la misma cuchillada daba muerte al caballo y al caballero; separaba con la mayor limpieza las cabezas de los hombros, y con frecuencia tambien segaba los cuerpos por la cintura. Ocasion hubo en que de un solo tajo mató cinco enemigos, y si no fuese por temor de que no se diera crédito á una verdad, que revestiria cierta apariencia de mentira, diria más; pero considero mejor limitarme á lo ya dicho. El buen Turpin, persuadido de que dice la verdad, deja que cada cual crea lo que juzgue conveniente; y refiere cosas tan admirables de Rugiero, que si las oyéseis, diríais que son ficciones.

Marfisa, por su parte, parecia una antorcha inflamada, y de hielo todos sus contrarios: así como ella admiraba las hazañas de Rugiero, este contemplaba con estupor las de la doncella; y si Marfisa habia creido ver en él á Marte, el jóven habria supuesto que se hallaba en presencia de Belona, si hubiese podido adivinar que bajo aquella armadura se ocultaba una mujer. Tal vez esta misma admiracion que uno á otro se causaban, hacia nacer en ambos una emulacion fatal para aquella desgraciada gente, de cuya sangre, carne, huesos y nervios, se servian para probar quién de los dos tenia más pujanza.

Bastó el ánimo y valor de los cuatro para dispersar á los soldados de uno y otro bando, los cuales, arrojando las armas, se declararon en vergonzosa fuga. ¡Felices aquellos que poseian un caballo veloz, pues á la sazon no era cosa de ir al paso ni al trote! ¡Desgraciados los que de él carecian, porque á su costa comprendieron lo triste que es practicar á pié la profesion de las armas!

Los vencedores quedaron dueños del campo de batalla y del botin por no haber quedado un solo infante enemigo. Por un lado huyeron los de Maguncia; por otro los moros, abandonando éstos los prisioneros, y aquéllos las acémilas. Apresuráronse los caballeros á cortar, con rostro placentero y más alegre corazon, las ligaduras que sujetaban á Malagigo y á Viviano, mientras los escuderos, no menos diligentes que ellos, se ocuparon en desatar los fardos y descargar las mulas. Además de una abundante vajilla de plata, de algunos trajes de mujer del mayor lujo y de esquisito trabajo, de magníficos tapices de oro y seda, tejidos en Flandes y dignos de adornar una estancia real, y de otras muchas cosas ricas y admirables, hallaron manjares suculentos, pan, y frascos de vino.

Al quitarse los yelmos los cuatro campeones, conocieron por los cabellos rubios y rizados de Marfisa y por su faz bella y delicada, que era una doncella la que les habia dado tan generosa ayuda. La colmaron de toda clase de atenciones, y le rogaron que no ocultase su nombre, digno de imperecedera gloria: ella, que siempre fué cortés con los amigos, se apresuró á satisfacer su deseo. No se podian cansar de contemplarla, recordando las proezas que habia llevado á cabo; pero ella solo hacia caso de Rugiero; tan solo á él dirigia la palabra, teniendo al parecer en poco á los otros dos caballeros. Entre tanto, vinieron los escuderos á anunciarles que podian participar de los manjares abandonados por los fugitivos, con los cuales habian preparado una comida al lado de una fuente, defendida por un montecillo de los rayos del Sol. Esta fuente era una de las cuatro que Merlin habia construido en Francia, rodeándola de mármoles tersos, finos y brillantes, y más blancos que la leche. El encantador habia esculpido en ellos diferentes imágenes de un trabajo admirable: parecia que respiraban, y si no hubiesen carecido de voz, diríase que estaban vivas.

Estaba en aquella fuente representada una fiera de aspecto horrible, feroz y repugnante, que parecia salir de la selva: sus orejas eran de asno; la cabeza y los colmillos, de lobo, y estaba demacrada por el hambre: tenia garras de leon; el resto de su cuerpo era de zorra, y andaba al parecer recorriendo Francia, España, Inglaterra, Italia, y en una palabra, el orbe entero. Por todas partes habia ido hiriendo y matando gente, desde las clases más humildes hasta las más elevadas, y cebando especialmente su saña en los reyes, señores, príncipes y magnates. En la corte romana fué donde hizo más estragos: pues inmoló su furia papas y cardenales, mancilló la hermosa silla de Pedro, y profanó escandalosamente la fé. Al menor contacto de aquella bestia horrenda caian derribadas las murallas y fortalezas: no habia ciudad que pudiera resistirle, ni castillo que no le abriera sus puertas. Parecia que aspirara á los honores divinos, y que el vulgo necio le prestara adoracion; diríase por último que se manifestaba orgullosa de tener en su poder las llaves del Cielo y del profundo abismo.

En pos de ella se veia un caballero con los cabellos ceñidos por el laurel imperial, acompañado de tres jóvenes, cuyas reales vestiduras estaban sembradas de lises de oro: un leon adornado con las mismas insignias marchaba con ellos contra el mónstruo. Unos llevaban sus nombres escritos sobre la cabeza y otros bajo los piés. El caballero que sepultaba su espada hasta el pomo en las entrañas de la maligna fiera llevaba escrito: Francisco I de Francia: á su lado estaba Maximiliano de Austria: el emperador Cárlos V traspasaba con su lanza el cuello del mónstruo, y Enrique VIII de Inglaterra le habia atravesado el pecho con un dardo. El Leon que aferraba con sus dientes las orejas de la fiera, llevaba escrita en el lomo la palabra Décimo, y tenia tan abatido al mónstruo con sus violentas sacudidas, que los caballeros pudieron aproximarse á él y herirle á su sabor. Parecia hallarse ya el mundo libre de todo temor, y varios hombres ilustres, aunque no muchos, acudian al sitio en que se quitaba la vida á la fiera, para arrepentirse de sus pasados extravíos.

Marfisa y sus compañeros manifestaron vivos deseos de saber quiénes eran los vencedores del terrible mónstruo que habia esparcido el terror por todo el universo; pues aun cuando sus nombres estaban grabados en la piedra, no les eran manifiestos; por cuya razon se rogaban mútuamente que, si alguno de ellos sabia aquella historia, la refiriese á los otros. Volvióse entonces Viviano hácia Malagigo, que sin pronunciar una palabra, escuchaba á sus compañeros, y le dijo:

—A tí te toca narrar esa historia; pues, por lo que veo, no debes ignorarla. ¿Quiénes son esos guerreros, cuyas lanzas, flechas y espadas han dado muerte á tan horrible fiera?

Malagigo respondió:

—Ningun autor ha podido conocer todavía esa historia. Habeis de saber, que los caballeros, cuyos nombres están grabados en el mármol, no han visto aun la luz del dia; pero dentro de setecientos años serán honra y prez de su siglo. Merlin, el sábio encantador de la Gran Bretaña, hizo construir esta fuente en tiempo del rey Arturo, é hizo tambien esculpir en ella por los más excelentes artífices los acontecimientos venideros.

«Esa bestia cruel salió de las profundidades del Infierno en los tiempos en que se pusieron límites en los campos, se empezaron á usar pesos y medidas, y se hicieron los pactos por escrito. Sin embargo, al principio no recorrió todo el mundo, sino que dejó de visitar bastantes países: mas hoy son ya muchos los pueblos en que ejerce su perniciosa influencia, aun cuando solo ofende al populacho más abyecto y soez. Desde su orígen hasta nuestros dias no ha cesado un punto de crecer, y seguirá creciendo, hasta que con el tiempo llegue á ser el mónstruo mayor y más horrible de cuantos haya visto el universo. La serpiente Piton, tan celebrada por los poetas á causa de su tamaño y ferocidad, no tenia la mitad de las dimensiones de aquel, ni era tan abominable y repugnante. Además de sus crueles estragos, contaminará é infestará todos los países; y en esas esculturas no estais viendo más que un pálido reflejo de sus nefandos y terribles efectos. Cuando el mundo esté ya ronco á fuerza de pedir socorro, aparecerán para auxilio de la humanidad esos príncipes, cuyos nombres hemos leido, los cuales brillarán más que el rubí por sus esplendorosas acciones.

«El que más ha de ensañarse con la fiera será Francisco, rey de los franceses; y forzoso es que así suceda puesto que ninguno le aventajará en valor, siendo muy contados los que en él le igualen; por sus virtudes y su régia magnificencia oscurecerá el recuerdo de los personajes que hayan alcanzado mayor renombre, lo mismo que todo esplendor desaparece ante la radiante luz del Sol. En el primer año de su venturoso reinado, y antes de que la corona esté bien ceñida á sus sienes, atravesará los Alpes, desbaratando los proyectos del que se proponga cerrarle el paso, é impulsado por una justa y generosa indignacion, vengará los ultrajes, hasta entonces impunes, que habrá inferido al ejército francés un pueblo arrastrado por su furor lejos de sus rebaños y sus hogares. Descenderá desde allí á las ricas llanuras de la Lombardia, rodeado de lo más selecto de sus guerreros, y destrozará de tal modo al helvético, que en vano intentará despues hacer resonar los instrumentos bélicos para llamar al combate á sus soldados. Para vergüenza y baldon de la Santa Sede, de España y de Florencia, se apoderará luego del castillo, tenido hasta entonces por inexpugnable. Para conquistar esta fortaleza, le servirá, con preferencia á otras armas, la honrosa espada de que se habrá valido antes para dar muerte al mónstruo corruptor de todas las naciones: ante ella huirán ó quedarán abatidas las banderas de la Europa entera; y ni los fosos más profundos, ni los reductos más fuertes, ni las murallas más sólidas podrán defender á las ciudades de sus terribles efectos. Ese príncipe estará dotado de cuantas virtudes deban adornar al emperador más dichoso: al ánimo del gran César, reunirá la prudencia demostrada por el vencedor de Trasimeno y Trebia, y la fortuna de Alejandro, sin la cual los planes mejor formados se disipan como el humo. Por último, será tan liberal y tan magnánimo, que no encuentro con quien compararle dignamente.»

Así decia Malagigo, y su relato inspiró á sus oyentes el deseo de saber el destino de algun otro de aquellos héroes, que, exterminando á la fiera infernal, legaran un digno ejemplo á sus descendientes. Uno de los nombres que allí sobresalían era el de Bernardo, ensalzado por Merlin en su inscripcion, la cual manifestaba que, merced á él, seria Bibiena tan conocida como su vecina Florencia ó como Siena. Pero nadie lograria aventajar á Sigismundo Gonzaga, á Juan Salviati, ni á Luis de Aragon, cada uno de los cuales se mostró irreconciliable enemigo del mónstruo. Allí se veia á Francisco Gonzaga, y siguiendo sus huellas á su hijo Federico: no muy lejos del primero iban su cuñado y su yerno; aquel, duque de Ferrara, y este de Urbino. Guido Ubaldo, hijo de uno de estos príncipes, se mostraba deseoso de que su fama de justo y de valiente no desmereciera en nada de la de su padre ó de cualquier otro héroe. Sinibaldo y Ottobon del Flisco, animados de igual ardor, hostigaban á la fiera, mientras que Luis de Gazzolo atravesaba su cuello con una saeta, despedida por un arco que le regalara Febo, al mismo tiempo que Marte le ciñera su propia espada. Dos Hércules, dos Hipólitos de Este, otro Hércules de Gonzaga y otro Hipólito de Médicis, no se separaban de las huellas del mónstruo, hasta conseguir rendirlo. Juliano no se dejaba sobrepujar por su hijo, ni Fernando por su hermano; así como Andrés Doria se mostraba dispuesto al combate, y Francisco Sforza no permitia que nadie avanzara más que él. Los dos caballeros, en cuyo blason se veia pintado el monte que oprime con su peso desde la cabeza á la cola de serpiente del impío Tifeo, eran de la generosa, ilustre y esclarecida sangre de Ávalos. No habia nadie que se adelantara tanto como ellos para exterminar al mónstruo: el uno tenia escrito á sus piés el nombre del invicto Francisco de Pescara, y el otro el de Alfonso del Vasto. Pero ¿dónde dejo á Gonzalo Fernandez, honor y prez de España, tan encomiado por Malagigo, que pocos de los citados llegaban á igualársele? Entre los que habian dado muerte al feroz animal, se veia á Guillermo de Montferrato; pero todos sus enemigos formaban un número insignificante en comparacion de los mortales á quienes habia herido ó devorado.

Entretenidos despues de tomar algun alimento con sabrosas pláticas ú honestos pasatiempos, los cuatro compañeros dejaron transcurrir las horas del calor, tendidos sobre finísimos tapices á la sombra de los arbolillos de que estaba engalanada la orilla del arroyo. Malagigo y Viviano tenian apercibidas sus armas á fin de que sus amigos se entregaran con toda seguridad al reposo, cuando divisaron á una jóven que se dirigia presurosa hácia ellos, enteramente sola. Esta era Hipalca, á quien Rodomonte arrebató el excelente caballo Frontino. Habia seguido durante una gran parte del dia anterior al Africano, suplicándole unas veces y denostándole otras; mas viendo que no sacaba partido de sus súplicas ni de sus denuestos, volvió atrás esperando hallar á Rugiero en Agrismonte. Por el camino supo, ignoro cómo, que le encontraria allí con Riciardeto; y siéndole conocido el país, por haber estado en él otras veces, se encaminó en derechura á la fuente, y vió junto á ella á Rugiero del modo que acabo de describir: mas como buena y cauta mensajera, que sabe desempeñar una comision mucho mejor de lo que le han encargado, así que vió al hermano de Bradamante, fingió no conocer á Rugiero.

Aproximóse á Riciardeto, como si efectivamente fuese en su busca, y en cuanto la conoció el jóven, salió á su encuentro, preguntándole el objeto de su viaje. Hipalca, cuyas mejillas estaban todavía encendidas por lo mucho que habia llorado, le contestó suspirando, pero en voz bastante alta para que Rugiero, que estaba cerca de ella, pudiese oirla:

—Conducia de la brida, por órden de tu hermana, un magnífico y maravilloso caballo, llamado Frontino, á quien ella tenia en mucha estima: ya habia andado más de treinta millas en direccion á Marsella, donde dentro de pocos dias debe encontrarse Bradamante, y donde me encargó que esperara su llegada, y proseguia mi camino confiada, algo temerariamente quizás, en que no habria un hombre de tan arrogante corazon que se atreviese á arrebatármelo, como yo le dijese que pertenecia á la hermana de Reinaldo; cuando un sarraceno feroz se apoderó de él ayer, dejando burladas mis esperanzas, y por más que le dije quién era el dueño de Frontino, no se mostró dispuesto á devolvérmelo. Todo el dia de ayer y parte del de hoy le he seguido rogándole y suplicándole; pero en vista de que tan inútiles eran mis ruegos como mis amenazas, le he dejado, llenándole de injurias y maldiciones, á poca distancia de aquí, donde reventando al caballo y aun reventándose él mismo, procura resistir con las armas en la mano á un guerrero, que no dudo me vengará bien pronto, segun lo acorralado que tiene al infame sarraceno.

Rugiero, que á duras penas habia podido contener su impaciencia para escuchar el fin de este relato, se puso en pié en cuanto calló Hipalca; y dirigiéndose á Riciardeto, le pidió como un favor y como recompensa del servicio que le habia prestado, que le permitiera ir solo con Hipalca hasta encontrar al sarraceno, audaz raptor de aquel caballo. Aun cuando el jóven no creia decoroso confiar á otro una empresa, que á él, y á nadie más, correspondia, accedió sin embargo á los deseos de Rugiero, el cual se despidió sin perder tiempo de los restantes compañeros, y se alejó con Hipalca, dejándolos, no ya maravillados, sino estupefactos al considerar su admirable valor.

Luego que Hipalca le hubo alejado algun tanto de la fuente, le manifestó que la dama que tan impreso tenia su valor en el corazon la habia enviado en su busca, y dejando toda reserva á un lado, le siguió participando cuanto Bradamante le encargara, añadiendo que, si antes habia dicho otra cosa, era por hallarse presente Riciardeto. Manifestóle además, que el que le arrebató el caballo, habia contestado á sus observaciones con suma arrogancia, exclamando:—«Puesto que este caballo es de Rugiero, me apodero ahora de él con mayor júbilo; y por si acaso pensara recobrarlo, hazle saber que no pretendo ocultarme, y que soy aquel Rodomonte, cuyo valor ostenta su brillo por el mundo entero.»

Mientras Hipalca hablaba de esta suerte, en el rostro de Rugiero se iba pintando la cólera que hervia en su corazon, ya porque estimaba mucho á su caballo Frontino, ya por la mano que se lo enviaba, y ya tambien por parecerle que su robo era un ultraje sangriento, inferido á su valor: además consideró que seria para él mengua y baldon no arrancarlo inmediatamente del poder de Rodomonte, tomando una pronta y digna venganza.

Entre tanto la doncella continuaba guiando á Rugiero, sin permitirse el menor reposo, deseosa de ponerle con el pagano frente á frente: así llegaron hasta un sitio en que el camino se dividia en dos; el uno descendia al fondo de un valle y el otro subia á la cumbre de una colina: ambos iban á parar al sitio en que la doncella habia dejado á Rodomonte: el segundo era escabroso, pero más corto; el primero, aunque más largo, era mejor. Hipalca, en su afan por recobrar á Frontino y ver vengada su afrenta, se decidió á seguir el camino del monte, por donde era el trecho más corto; pero en aquel momento el Rey de Argel iba cabalgando por el otro en compañía del Tártaro y de los demás que he referido, y como se adelantaban por la llanura, resultaba que Rugiero se alejaba de ellos cada vez más.

Ya sabeis que habian diferido su pelea para acudir en socorro de Agramante, y que les acompañaba Doralicia causa de todas sus discordias. Escuchad ahora la continuacion de esta historia. Seguian directamente el camino que conducia á la fuente donde descansaban tranquilos y descuidados Aldigiero, Marfisa, Riciardeto, Malagigo y Viviano. Accediendo á las instancias de sus compañeros, se habia puesto la guerrera uno de aquellos trajes y adornos mujeriles que el traidor maguntino creyó destinar á Lanfusa, y por más que casi nunca abandonara la coraza y las demás piezas de su armadura, se las quitó aquel dia, presentándose vestida con el traje de su sexo ante sus admirados compañeros.

Apenas vió el Tártaro á Marfisa, se propuso apoderarse de ella, creyendo que seria fácil lograrlo, con el objeto de ofrecerla á Rodomonte en recompensa ó á cambio de Doralicia; como si Amor