Jeromín

Luis Coloma


Novela



Al lector

Simile... grano sinapis,
quod minimum quidem est ómnibus seminibus;
eum autem creverit,
majus est ómnibus oleribus.

Semejante... al grano de mostaza,
que es ciertamente la menor de las simientes;
más cuando crece es el mayor de todos los árboles.

Matth. 13; 31 v 32

Ni en éste ni en ninguno de los “Estudios históricos” que hasta ahora hemos publicado, ha sido nuestro intento desentrañar hondos problemas de la historia, ni descubrir tampoco datos desconocidos o documentos ignorados que arrojen más clara luz sobre sucesos ya juzgados o personajes puestos aún en tela de juicio. Nuestro propósito, mucho' más modesto, ha sido tan sólo vulgarizar, por decirlo así, entre cierta clase de público algunas figuras unidas a grandes y trascendentales hechos de la historia y presentarlas enfocadas a la luz de la razón y del criterio católico. Para esto hemos leído y estudiado cuanto sobre ellas se ha escrito, bueno y malo; aceptado todo lo cierto; escogido entre lo mucho dudoso lo más verosímil y procurado luego con la imaginación y el estudio de la época resucitar aquellos muertos y dar vida, relieve y ambiente contemporáneo a todo este conjunto, a fin de cautivar la atención de los lectores que, como tú probablemente, no tienen la afición indispensable para entrarse por él árido campo de crónicas, archivos y manuscritos, donde se encuentra la verdad ciertamente, pero como pudiera encontrarse en los ordenados nichos de un cementerio. Con esta idea publicamos nuestra historia de “La Reina Mártir, y con la misma te enviamos ahí a “Jeromín”, para que le conozcas y le ames; y si no fuera porque ha muchos años que quien pudo saberlo muy bien dijo que estaba ya en el cielo, te diríamos, además, que para que encomendases a Dios su grande y misericordiosa alma. Pero puesto que a él ya no le hace falta esto, pídote en cambio, lo que tú sin duda necesitas: que imites sus grandes virtudes y procures evitar sus no leves defectos.

Y con esto y con la bendición de Dios, instrúyete y diviértete con “Jeromín”, y cree que no encontrarás en él una sola palabra que no esté tomada de verdadera fuente histórica. Podrá ser que me equivoque yo y te equivoque a ti a veces: pero quédame y quédete el consuelo de que nos equivocaremos siempre con historiadores de fuste.

De Madrid, a 24 de enero de 1903.

LUIS COLOMA, S. J.

Libro primero

Jeromín

Fuit homo missus a Deo cui nomen erat Joannes.

Hubo un hombre enviado de Dios que se llamaba Juan.

(SAN JUAN, I, 6.)

I

Como bandadas de gorriones espantados cayeron aquella tarde los chiquillos todos de Leganés a la puerta de Ana de Medina, cuando las campanas del Salvador tañían aún a vísperas... Corría el primero Jeromín, el hijo de la Medina, con las naricillas pálidas, los grandes ojos garzos espantados, el precioso cabello rubio revuelto.

El caso no era para menos, y veinte voces atipladas se apresuraron a explicarlo a la Medina, que, con la rueca en la mano y el regaño en los labios, salió asustada a la puerta.

No hubo escuela aquella tarde en Getafe... Sancha Apelza, la mujer del maestro, había cogido un tabardillo en la era del Comunero, y la sacramentaban aquella noche... Volvían los de Leganés al lugar, jugando por el camino a moros y cristianos... Imponíase siempre Jeromín, y no quería jugar a los Comuneros, ni ser Padilla.. ni el adelantado, ni el obispo Acuña, héroes populares entonces harto recientes... Decía que le bastaba ser Jeromín, y descabezar de farsa moros fingidos... Parapetose en el pozo del Canónigo, como en castillo roquero, y Pedro Verde defendió la huerta frontera de Maricuernos, declarándola Vega de Granada... Jeromín dio Santiago a los suyos, y cruzáronse por ambas partes, como pelotas de arcabuz, terrones de tierra blanda.

En este momento acaeció el conflicto.

Bordeando la huerta de Maricuernos, como quien viene de Madrid, aparecieron a deshora cuatro mulas, uncidas de dos en dos, con largos tirantes, a una como casita de madera, con dos ventanas muy chicas y cuatro ruedas muy grandes. Un jayán montaba la primera mula de la derecha, y otro, sentado en el techo de la casa, las guiaba con un palo largo. Por una de las ventanillas veíase sentado dentro un señor caballero muy gordo, con grandes bigotes canos y barba cortada a la flamenca. Cuatro jinetes bien armados y dos mulas con reposteros escoltaban el armatoste.

Espantó a los chicuelos la vista de aquella extraña máquina, nunca de ellos vista; mas la curiosidad sobrepujó al espanto, y agrupáronse todos en la huerta de Maricuernos, muy calladitos, para contemplarla a su paso más de cerca[1].

Acrecentose el pasmo de los muchachos al ver que la pesada máquina hacía alto ante ellos, y que el señor caballero gordo les preguntaba desde la ventanilla, con mucha cortesía, si paraba a la sazón en el lugar Francisco Massy, antiguo músico de vihuela del emperador, casado con Ana de Medina, natural de aquella tierra.

Comenzaron los muchachos por reírse estúpidamente, mirándose entre sí, y ya no osaron responder, ni rebullirse, ni aun destocarse las caperuzas en señal de respeto... Una y otra vez repitió el gordo su pregunta con mayor cortesía y más afables razones, hasta que al cabo, Pedro Verde, que tenía ya once años y había estado dos veces en Pinto, y visto una de lejos la cabalgata de Ruy Gómez de Silva, decidiose a contestar, con la caperuza puesta y la boca seca del susto, que el músico Francisquín, como allí le llamaban, había muerto ya años antes; que en el lugar paraba la viuda, Ana de Medina, y que su hijo Jeromín allí se hallaba presente.

Lo cual demostró gallardamente Pedro Verde, cogiendo a Jeromín por el cuello del juboncillo y empujándole hacia delante... Oír esto el viejo gordo, mirar fijamente a Jeromín y extender ambos brazos por la ventanilla como si le quisiera coger y meterle dentro del coche fue cosa de un segundo... Mas de menos lo fue todavía que, espantados los chiquillos todos, y Jeromín el primero, con el ademán del viejo, apretaran a correr hacia el lugar por la cuestecilla arriba, como si legiones de diablos les vinieran al alcance... Dábales voces el caballero gordo para que se detuviesen... Dábanselas también los de la escolta... Mas los chiquillos, espoleados por el susto, corrían más y más y trepaban por la cuestecilla como perseguidas liebres, hasta dar en el umbral de la Medina, donde ya les hemos visto.

Inmutose la viuda al oír esta relación que los chiquillos le hacían, y apretó maquinalmente a Jeromín como si quisiera esconderle entre sus sayas de estameña. Hizo a los rapaces varias preguntas: contestaron todos a la vez desatinadamente, y sólo pudo ponerse en claro que el señor caballero gordo había querido llevarse a Jeromín en aquella casita con ruedas.

Metiose entonces en su casa Ana de Medina, muy preocupada, y envió con Pedro Verde recado, para que viniese a verla, al clérigo Bautista Vela, que servía aquel curato por don Alonso de Rojas, capellán entonces de su majestad en la capilla real de Granada.

Retrasose el Bautista Vela más de lo conveniente, y ya no le fue posible entrar solo en casa de la Medina... Por la esquina de la calle desembocaba en tropel el pueblo todo, rodeando admirado la carrocilla en que venía el señor caballero gordo... Sonreía éste muy placentero: saludaba a unos, preguntaba a otros por la casa de la Medina, que cien manos le indicaban, y miraba sin cesar por la ventanilla si la tal casa estaba cerca, como si fuese ella el término de su jornada.

Salió al alboroto Ana de Medina a la puerta de su casa, con Jeromín colgado de las sayas. Parose ante ella el coche nunca visto; saludola cortés el caballero, y puesta ya en el aprieto la viuda, no tuvo más remedio que ofrecerle hospitalidad con rústicas razones de labradora.

Apeose el caballero entonces, y llevole la Medina a su estrado, que no era otro sino la cocina, limpia, ciertamente, y capaz y desahogada hasta el punto de caber veinte personas bajo la campana de la chimenea, en dos poyos de mampostería, que a uno y otro lado del hogar se hallaban.

Entró también el Bautista Vela, invitado por la viuda, que parecía temer hallarse a solas con el extranjero, y siguioles Jeromín, repuesto ya de su susto, pero admirado siempre y mirando sin cesar de hito en hito al caballero, como si alguna buena o mala ventura le trajese.

Frisaba ya el señor gordo en los sesenta años, y no quitaba su extraordinaria corpulencia ni agilidad a sus miembros ni elegancia a sus maneras. Hablaba bajo con suaves y cariñosas inflexiones y marcadísimo acento flamenco, y todo revelaba en él, más que el altivo hombre de guerra, propio de aquellos tiempos, el cortesano complaciente acostumbrado a soportar el yugo de poderosos señores. Con mucha cortesía y muy pulidas razones dijo a la viuda su nombre y condición, el objeto de su venida y lo que de ella quería y esperaba.

Llamábase Carlos Prevost, era criado del emperador, y habiendo venido a Castilla para negocios propios, traía también un mensaje especialísimo y secreto para ella de Adrián Du Bois, ayuda de cámara también del emperador y por eso su compañero. Hizo aquí una pausa el suave flamenco, y con voz más fuerte y acentuada añadió que le había recomendado con grande ahínco este mismo negocio nada menos que el muy alto y poderoso señor Luis Méndez Quijada, mayordomo del mismo invicto César Carlos V.

Bajaron todos la cabeza en señal de veneración al oír el nombre del César, y al escuchar el de Quijada cambiaron entre sí, el clérigo y la viuda, una rápida mirada de temor y de sospecha. Jeromín, más sereno que ninguno, balanceaba las piernecillas sentado en un escabel muy alto, sin perder de vista al extranjero, como si pretendiese descifrar en aquella faz oronda y rubicunda algún enigma que en su infantil cabecita se enredaba y daba vueltas.

Carlos Prevost indicó con un gesto al niño como si su presencia le estorbase, y la viuda le tomó entonces por un brazo, y le sacó fuera y le encerró en un cuarto, diciéndole que allí la aguardase. Mientras tanto había sacado Prevost del seno un papel cuidadosamente envuelto en dos lienzos y alargolo a la viuda hecho cuatro dobleces. No sabía ésta leer, y tendiolo a su vez a Bautista Vela, encogiéndose de hombros. Desplegolo el clérigo muy extrañado, y con pausa y solemnidad leyó lo siguiente:

«Yo, Francisco Massy, violeur de su majestad, y Ana de Medina, mi mujer, conocemos y confesamos de aver tomado y recevido un hijo del señor Adrián de Bues, ayuda de cámara de su majestad, el qual tomamos por su ruego, que nos ha rogado que le tomemos y tratemos y gobernemos, assí como si fuesse nuestro hijo propio, y de no dezir ni declarar a ninguna persona cuyo sea el dicho niño, porque el señor Adrián no quiere en ninguna manera que su mujer supiesse ni oyesse hablar de ello, ni otra persona ninguna. Para lo qual, yo, Francisco Massy y Ana de Medina, mi mujer, y nuestro hijo Diego de Medina, juramos y prometemos al dicho señor Adrián de no dezir ni declarar a persona que sea en esta vida de quién es el dicho niño, sino que yo diré que es mío, hasta que el señor Adrián me embíe una persona con esta misma carta o que el dicho señor Adrián verná en persona. Y porque el señor Adrián quiere tener este caso secreto, me ha rogado, por hazerle buena obra, de tomar el dicho niño en cargo; lo qual hazemos de muy buena voluntad yo y mi mujer, y conozco aver recevido del dicho señor Adrián para hazer este viaje de llevar este niño, para caballo y adereço y dispensa de un año de tratamiento que me da, cien escudos, y es a saber, que se cuenta el dicho año dende primero día de agosto de este presente año de 1550 años. De lo qual me tengo por contento y pagado de este dicho año; y porque es verdad, lo firmó de mi nombre yo y mi mujer; y porque mi mujer no sabe firmar, rogué a Óger Bodoarte[2] que lo firme de su nombre por ella. Y dende adelante me da el dicho señor Adrián cincuenta ducados por cada un año por el tratamiento del niño. Fecha en Bruselas a 13 días del mes de junio de 1550 años.»

Siguiose a esta lectura un buen rato de silencio, hasta que, comprendiendo Ana de Medina que había llegado la hora de entregar aquel niño que hasta entonces había mirado como hijo, rompió a llorar amargamente y dijo entre sollozos que harto reconocía ser cierto y verdadero aquel documento en todas y cada una de sus partes; que como lo había jurado lo había cumplido y lo cumpliría en adelante, entregando el niño en cuanto se lo mandasen; pero que por Dios y Nuestra Señora y la muchedumbre de sus santos, se le dejaran aún hasta las sementeras, para poder entonces con desahogo hacerle un equipo nuevo que realzase su persona.

Pareció también conmoverse el Bautista Vela y apoyó tímidamente el ruego de la viuda. Mas el flamenco, con dulces palabras de consuelo y razonamientos muy intrincados, manifestoles su firme propósito de marchar al día siguiente al amanecer, llevándose a Jeromín. Y después de largas pláticas y diestras preguntas que dirigió al clérigo y a la viuda, aseguroles también, sin perder su afabilidad, que el desagrado del poderoso Luis Quijada había de ser muy grande al conocer el abandono intelectual en que había estado Jeromín durante aquellos años: porque cierto era que el niño estaba sano de cuerpo y lo parecía también de alma; pero también lo era, y saltaba a la vista, que no sabía otra cosa sino corretear por los campos y tirar a los pájaros con su ballestilla, ni había tenido otras lecciones que las del sacristán de la iglesia, Francisco Fernández, y las que hubiera podido tomar últimamente en la escuela de Getafe... Responsabilidad ésta que recaía del todo sobre el clérigo Bautista Vela, porque a él había escrito en tiempo y en sazón el propio Luis Quijada «que mirase también por aquel rapaz y cuidase de su educación, que no había de ser la de un labradorcillo».

Callaron a esto el clérigo y la viuda, comprendiendo su yerro, tanto mayor cuanto que más de una vez les había asaltado la idea de que no era Jeromín hijo de Adrián Du Bois, de cuyas manos lo recibieron ellos, sino del propio Luis Quijada, mayordomo del César y uno de sus más grandes caballeros. Y acabó de afirmarles en esta idea, de que sin duda el mismo Prevost participaba, que llegada la hora de la cena mandó éste preparar la mesa con la plata y el servicio que traía él en sus reposteros, y sentó a Jeromín en el lugar preferente y él mismo le servía y hacía plato.

Dejábase servir Jeromín sin manifestar cortedad ni extrañeza y como si toda la vida hubiese recibido atenciones semejantes. Mas como observase que Ana de Medina permanecía en pie junto al hogar y pasaba ella misma los platos sin osar acercarse a la mesa, preguntó sin mirar a nadie y con tal alterada voz que lo mismo podía ser una pregunta, que un ruego, que una orden:

—¿No cena ésa?...

Lo cual hizo a la viuda prorrumpir en nuevos llantos y exclamaciones, y morderse los labios al muchacho para contener las lágrimas, que llenaban sus ojos.

No podemos asegurar si Jeromín durmió aquella noche; mas es lo cierto que nadie tuvo que despertarle al otro día y que la primera luz del alba le encontró ya despierto, con su mejor ropita de labradorcillo vestida, y calada sobre los rubios cabellos la graciosa monterilla... Por dos veces abrazó a Ana de Medina en el umbral de la puerta, y la dejó y tornó a ella y la abrazó por tercera y por cuarta. Mas no derramó una lágrima, ni dijo palabra, ni se inmutó en lo más mínimo su graciosa carita, más pálida que de ordinario.

Estaba allí el lugar entero, y los chiquillos en primera fila, moros y cristianos confundidos, viéronle subir entre envidiosos y admirados en el lugar preferente de aquella casita con ruedas que tanto les asustó la víspera.

Pidió entonces Jeromín a la viuda que le trajese su ballesta; trájole ella aquel tosco juguetillo con que había adquirido el niño tan maravillosa destreza en la puntería, y él la alargó a Pedro Verde, su contrario en las batallas, diciendo lacónicamente:

—Guárdala.

Acompañaron al coche todos los vecinos hasta las afueras del pueblo, y mucho más lejos los chiquillos y Ana de Medina, que daba gritos plañideros pidiendo que no se llevasen a su Jeromín, que le volviesen su hijo.

No se rebullía éste dentro del coche ni asomaba la cabeza, y tan quieto estaba con los ojos cerrados, que llegó el flamenco a suponerle dormido. Mas al volver el último recodo, pasada ya la huerta de Maricuernos y frente al sitio en que se levantaba entonces la ermita de los Ángeles, viose asomar por la ventanilla la manita de Jeromín haciendo la postrer señal de despedida a sus compañeros de juego y a la rústica mujer que le había criado.

II

Pasaba Jeromín de sorpresa en sorpresa, viendo desfilar ante sus ojos, por vez primera, tierras, montes, pueblos, castillos y gentes que no eran como las de Leganés, ni en el fondo de aquel oscuro retiro se las hubiera podido imaginar nunca. Contestaba Carlos Prevost a sus dudas y preguntas con verdadero y cariñoso afán de instruirle, ora haciéndole explicaciones curiosas, ora comentarios instructivos que abrían a la virgen inteligencia del niño nuevos y dilatados horizontes.

Mas en medio de aquella afable bondad del flamenco, que unas veces parecía nativa y otras máscara cortesana que de puro apretada y continua érale ya natural, notó la infantil perspicacia del niño que siempre le ocultaba Prevost a las miradas de la gente; que nunca soltó palabra ni en mesones ni en caminos sobre quién fuese el niño, de dónde le traía y adónde le llevaba, cosa esta última que el mismo Jeromín ignoraba por completo. Retraía esto la candorosa espontaneidad del muchacho y armábale de cierta reserva que, sin ser rencorosa, era, por lo menos, desconfiada, como hija, sin duda alguna, de un gran fondo de ofendida dignidad.

Llegaron a Valladolid a las doce de un día de mayo, que debió ser precisamente entre el 1 y el 14. Apeose Carlos Prevost en las afueras, por no llamar la atención con su carroza, y entrose por el portillo de Balboa con Jeromín de la mano.

Reinaba en las calles grande animación y movimientos, por hallarse ya en Valladolid toda la inmensa comitiva de grandes, caballeros, criados y gente de armas que habían de acompañar al príncipe de Asturias Don Felipe en su famosa jornada de Inglaterra, y para evitar el bullicio, sin duda, entrose Carlos Prevost por calles excusadas, hasta llegar a un convento de descalzos.

Esperábanle allí, seguramente, porque sin más pláticas que las de cortesía, hizo el flamenco entrega del niño al prior, que era un viejo muy venerable, y marchose sin decir más, prometiendo a Jeromín volver a recogerle algunos días más tarde.

Angustiose la criatura al verse solo entre aquellas austeras figuras, que por no haber visto nunca de cerca le resultaban temerosas y extrañas. Disimuló, sin embargo, sus temores con precoz entereza, y con tal cariño y bondad le trataron los frailes que, familiarizado con ellos, desde el primer día, vagaba por los claustros y la huerta como hubiera podido vagar por la casa de Ana de Medina y las tierras de Maricuernos. Señalole el prior un fraile joven, decidor y alegre, que le acompañaba y le servía, y diéronle una ballestilla con que pudiera saciar en la huerta su decidida afición a tirar a los pajarillos.

Trajéronle a los pocos días de parte de Carlos Prevost ropa blanca fina en abundancia y tres trajes de corte y hechura de labrador, pero de paño fino y lindos aderezos. Quiso Jeromín probárselos al punto, porque era pulcro y presumido, y razón tenía para serlo, en efecto. Era fuerte, bien hecho y ágil en extremo: blanco el color, aunque por el sol de Leganés muy tostado; los ojos purísimos, grandes y garzos; los cabellos rubios y suaves, y todo el conjunto tan gracioso, tan galán y tan noble, que al verle en su ordinario traje de labradorcillo hubiérasele tomado por un principito real disfrazado de villano.

Vistiose sus nuevas galas desde el primer momento, y aquella misma tarde acaeciole en la huerta una aventura, que dejó en su infantil imaginación huellas profundas. Era la huerta muy extensa, frondosa en extremo y cruzada en todas direcciones por calles de árboles.

Cansado de corretear, echose Jeromín al pie de un peral, con su ballestilla al lado; pasaba por delante una calle de aquellos mismos frutales, que arrancaba por un lado del claustro bajo, e iba a parar por el otro en un gran albercón donde se criaban truchas.

A poco vio Jeromín a lo lejos que salían del claustro y se acercaban hacia él, departiendo amigablemente, dos grandes personajes. Era uno el prior del convento, viejo muy acabado, que se inclinaba al andar, y golpeaba el suelo a cada paso con su muletilla de palo. Era el otro un gran caballero, de más de cuarenta años, enjuto de carnes, de complexión recia, nariz acaballada, ojos vivísimos y luenga barba muy cuidada, que le caía sobre el pecho. Vestía sayo de terciopelo negro acuchillado de raso, toga antigua de lo mismo con pluma negra y guantes finos de ante, que llevaba sueltos en la mano. Daba la derecha al prior, escuchábale a veces con gran respeto inclinando hacia él la altiva cabeza, y contestábale otras con vehemencia, golpeándose una mano con los guantes que llevaba en la otra.

Intimidado Jeromín, quiso escaparse, corriendo; mas ya era tarde, y tuvo que mantenerse agazapado en su peral, esperando no ser visto. Atisbole, sin embargo, el prior desde lejos, y comenzó al punto una curiosa maniobra que dio que pensar al muchacho: fuese adelantando poco a poco sin dejar de hablar, hasta interponer su cuerpo entre el caballero y Jeromín, y cubriéndole al fin del todo, hizo pasar al señor sin que notase la presencia del rapazuelo. Vio éste entonces que al llegar el prior a la alberca daba en secreto una orden a un lego, y a poco llegábase al muchacho el fraile joven, su acompañante, hacíale salir de la huerta por senderos excusados, y le encerraba en su celda sin darle razón ni decirle palabra. Comprendió Jeromín que evitaban su encuentro con aquel gran personaje, y de tal manera grabó esto en su imaginación la nariz corva y luenga barba del magnate, que le bastó tan rápido momento para reconocerle varios años después en un momento supremo.

Al día siguiente entró el frailecito joven en la celda de Jeromín muy alegre y satisfecho, y como para desagraviarle de la escena de la víspera, díjole que le iba a mostrar, para darle gusto, los soldados más valientes y galanes que ceñían espada en el mundo... Llevole con mucho misterio a la sacristía baja de la iglesia, y mostrole un rosetón no muy grande, que se abría a mediana altura de la pared, para dar entrada al sol y al aire. Hízole subir hasta él por una escalera de mano, y vio entonces Jeromín por aquella especie de anteojo extenderse ante su vista una de esas plazas irregulares y estrechas, de que quedan aún en Valladolid muestras abundantes. Hallábase la plaza de bote en bote, y no sólo los balcones y ventanas, sino hasta los tejados mismos rebosaban hombres, mujeres y chiquillos gozosos todos y en expectación como si aguardasen algo...

Algo esperaban, en efecto: marchaba el príncipe Don Felipe a recibir en la frontera de Portugal a su hermana la infanta Doña Juana, princesa viuda de aquel reino, y seguir luego a La Coruña para embarcarse con rumbo a Inglaterra; y aquel día, último de su estancia en Valladolid, salía el príncipe con toda su gran comitiva para celebrar una función en Santa María y recorrer luego las calles dando el último adiós de despedida a sus fieles vallisoletanos.

Jeromín, ignorante de todo esto, buscaba en vano con la vista entre la muchedumbre los soldados prometidos... No tuvo que esperar mucho... Sonaron de repente a muy poca distancia los clarines de plata de la guardia de archeros... Jeromín dio un salto cual si hubiera recibido una descarga eléctrica, y levantó la preciosa cabecita con arrogancia, con fiereza casi, como la levanta el potro bravío al oír por primera vez el marcial toque de una corneta.

Con los ojos dilatados por la admiración y el entusiasmo, pegábase Jeromín al agujero. El fraile habíase subido también y miraba por detrás lo que sucedía en la plaza... Lentos, pesados, inmóviles como torres ambulantes sobre sus enormes caballos, comenzaban a desfilar, seis en fondo, cien archeros de la guardia, ceñidos sus capotes de terciopelo amarillo con la banda de tres colores, rojo, blanco y amarillo, que era divisa del príncipe. Los clarines, a compás esparcían sus sonoras notas con majestuosa pausa.

Siguiéronse otros cien alabarderos de la guardia alemana con los mismos colores y divisas, y más detrás otros ciento de la guardia española, con su capitán, el conde de Feria, al frente.

Estalló entonces en la plaza entusiasta gritería... Bajose el fraile apresuradamente, y quiso bajar también al muchacho; mas éste, con la curiosidad de mirar y el miedo de caerse, agarrábase ansioso a la escalera y tuvo aún tiempo de ver entrar en la plaza lentamente, solo, en medio de un gran espacio vacío, a un gallardo joven como de veintisiete años, blanco y rubio, con la barba recortada en punta, que desde un magnífico overo encaparazonado todo de terciopelo y oro, sonreía y saludaba a todas partes... A su derecha, pero a muy respetuosa distancia, divisó también al caballero de nariz corva y luenga barba, causa de su encerrona de la víspera. Traía brillantes insignias sobre su recamado sayo pardo y montaba un caballo con guarniciones de terciopelo verde y gualdrapa recamada de plata.

No pudo ver más Jeromín: el fraile consiguió bajarle, y ya en el suelo el muchacho, dio vueltas por la sacristía ciego de ira, con los puñillos crispados, rabioso como leoncillo a que arranca de las garras una apetecida presa. Por el rosetón abierto oíase el paso de los caballos, lento y cadencioso, y el vocear de la gente saludando a la brillante comitiva que debía cerrar aquella triunfal marcha...

Jeromín miró al fraile y le encontró horrible; saltó al claustro, y le pareció horroroso; se acordó del viejo de luenga barba y del joven de barba corta, y quiso y no pudo encontrarles defectos... ¿Qué tenía que ver él con aquellas gentes, para que así le impidiesen seguir viendo a los soldados?

III

Llegó la infanta Doña Juana a Valladolid, como gobernadora del reino, muy poco después de la marcha de Don Felipe, y a los cuatro días de llegada la princesa presentose de improviso Carlos Prevost en el convento de descalzos y llevose a Jeromín para proseguir su viaje.

Llegaron en dos jornadas a Medina de Ríoseco, y durmieron aquella noche en un mesón de las afueras. Al otro día, ya muy entrada la mañana, salieron de nuevo por el camino de Toro, y a la media hora de jornada divisaron a lo lejos, cortando el horizonte de aquellas extensas llanuras, un gran castillo flanqueado por cuatro torres; extendíase a sus pies un lugar muy considerable, con numeroso caserío y dos iglesias muy capaces.

Llamole la atención Carlos Prevost al niño, y extendiendo la mano hacia el lugar, le dijo:

—Henos ya en Villagarcía... Aquí quedaréis vos, que yo marcharme he mucho más lejos.

Y atrayendo hacia sí al niño y sentándole en sus rodillas, díjole entonces con mucho cariño que habían llegado ya al fin de su jornada; que en aquel castillo encontraría una gran señora muy buena que le serviría de madre, y que como a tal la obedeciese, la amase y respetase; que aprovechara bien los estudios y lecciones que allí habían de darle, y que si daba buena cuenta de su persona en el servicio de Dios y el estudio de las letras y las armas, no saldría de aquel castillo sino hecho un gran clérigo letrado o un gran fraile predicador a que la vocación de Dios y el consejo de sus bienhechores le inclinasen.

Oíale Jeromín pasmado, sin dejar de mirarle de hito en hito con los hermosos ojos muy abiertos. Mas como viese Carlos Prevost que a medida que se acercaba al castillo crecía en el niño la turbación y el desasosiego, toméle otra vez sobre sus rodillas y recomendole de nuevo que no se intimidara ni turbase a la vista de la señora, sino que la saludara con el acatamiento y respeto que la alteza de su rango reclamaba.

Daban ya en esto la vuelta al castillo, situado por el lado de Ríoseco a la entrada del pueblo, y para distraer al niño hízole Prevost admirar los macizos torreones, los fuertes muros almenados y guarnecidos de artillería y el pendón blasonado que ondeaba en la torre del homenaje anunciando a los viajeros, según la antigua y señoril usanza, la presencia de los señores en el castillo y la oferta de franca y segura hospitalidad a todo el que la demandase.

Tenía el castillo una puerta fuerte a considerable altura, que aún en el día de hoy subsiste, con puente levadizo que caía sobre el foso, y otra de época muy posterior hacia el lado del pueblo, con una suave rampa que le servía de entrada. Por ella penetró la carrocilla flamenca de Prevost, encontrándose en un gran patio cuadrado, verdadera plaza de armas, que formaba con las dos torres del Norte y los dos muros de Este y Oeste el primer recinto de la fortaleza.

Salieron allí a recibirles varios mozos de mulas y un grave escudero barbudo con sayo blasonado y espadón de tiempo de las Comunidades. Hizo éste entrar a Jeromín y al flamenco por otra gran puerta de muy pesado herraje, y halláronse en un segundo patio de elegantes proporciones, que era propiamente el del palacio. Formábanlo dos claustros platerescos, alto y bajo, sostenidos por columnas muy esbeltas y cerrado el superior con una balaustrada de piedra. Había en el centro un gran pozo con una muy gruesa cadena y dos calderos de cobre, y todo lo demás sembrado de frondosos bojes con callecitas, menos el piso del claustro, que era de grandes baldosas.

Arrancaba de este claustro bajo una ancha escalera de piedra blanquizca, y por ella subió Jeromín tambaleándose, sin saber lo que le pasaba. En el primer descanso de la escalera quedose deslumbrado... Bajaba apresuradamente hacia él un grupo de personas que se confundieron y barajaron en los deslumbrados ojos del niño, como si oscilase y titilara la luz del sol que las iluminaba... Una majestuosa figura vestida de terciopelo con cosas que brillaban..., un fraile dominico muy alto..., dos dueñas entalladas con blancas tocas y negros manteos..., algunas mujeres..., varios hombres...

Jeromín perdió la cabeza, y todo dio vueltas en torno suyo... Vio sólo que dos manos de alabastro, engastadas en puños de rica holanda y mangas de terciopelo, se extendían hacia él, y sin tino ya el muchacho, acordándose tan sólo de que Prevost le había encargado saludar a la dama con gran respeto, hincose de rodillas y alzó hacia ella sus manitas juntas, como le había enseñado a hacer Ana de Medina ante el altar de la Virgen de los Ángeles...

Sintió entonces que los brazos de terciopelo le abrazaban y alzaban en alto; que un hermosísimo rostro se unía al suyo inundándole de lágrimas, y que una voz entrecortada decía al fraile dominico estas históricas palabras:

—¡Válame Dios, señor hermano, y Él me ayude!... ¡Lástima que no sea yo la madre de este ángel!

IV

Doña Magdalena de Ulloa, Toledo, Ossorio y Quiñones fue una de las grandes señoras que más ilustraron la nobleza castellana en el siglo XVI. Era hermana de don Rodrigo de Ulloa, primer marqués de la Mota, e hija de don Juan de Ulloa, señor de la Mota, de San Cebrián y de la Vega del Condado, y de doña María de Toledo, de la antigua y nobilísima casa de los condes de Luna.

Llevole Dios a su madre primero y a su padre después, en edad harto temprana, y quedó la huérfana a cargo de su abuela la condesa de Luna, y después de muerta ésta, de su hermano el marqués de la Mota, don Rodrigo. Cumplió éste bien sus oficios de padre, y buscole un matrimonio ventajoso, ajustado y tratado, según la costumbre del tiempo, entre los parientes de ambas partes. Fue el novio escogido Luis Méndez Quijada, Manuel de Figueredo y Mendoza, coronel de la infantería española, mayordomo del emperador Carlos V y señor de Villagarcía, Villanueva de los Caballeros y Santofimia, y también de Villamayor, en tierra de Campos, por parte de su madre.

No se conocían los novios; doña Magdalena vivía en Toro con su hermano, y Luis Quijada acompañaba en sus guerras y correrías al emperador, de quien era gran privado hacía más de veinte años. Ajustáronse las capitulaciones matrimoniales en Valladolid el 29 de febrero de 1549, llevando la representación de la novia don Diego Tabera, del Consejo de su majestad y de la General Inquisición, y la del novio su tío el arzobispo de Santiago don Pedro Manuel y los ilustres señores don Gómez Manrique y don Pedro Laso de Castilla, mayordomo mayor del príncipe Maximiliano, archiduque de Austria.

Obligábase el marqués de la Mota por estas capitulaciones a dar a su hermana en dote diez cuentos de maravedises, pagaderos cinco mil ducados en dinero, dos mil en joyas y lo restante en juros, añadiendo esta cláusula: «Además de los diez cuentos ha de llevar los vestidos e ajuar e preseas de casa, que tiene e tuviere fasta el día de las velaciones, tasados por dos personas juramentadas.» Prometía el novio por su parte cuatro mil ducados de arras, y respondía de éstas y de la dote con sus villas de Villanueva de los Caballeros y Santofimia, que a este propósito empeñaba.

Autorizado el matrimonio por el emperador, envió Luis Quijada desde Bruselas, donde a la sazón se hallaba, poderes muy cumplidos a su hermano Álvaro de Mendoza[3] para que se desposase en su nombre con doña Magdalena, y así lo hizo éste en Valladolid a 27 de noviembre de 1549, añadiendo de su propio puño esta cláusula a la escritura: «Y en el dicho nombre del dicho señor Luis Quixada, mi hermano, por él e como él mismo, si aquí estuviese presente, fago pleyto omenaje como cavallero fijo—dalgo, una, dos y tres veces en poder de don Bernardo de Acuña, comendador de la orden de Santiago, cavallero fijo—dalgo, que de mí, e en el dicho nombre le recebió tomando mis manos entre las suyas según fuero de España, que el dicho señor Luis Quixada, mi hermano, terná, e aguardará, e cumplirá, e pagará todo lo que dicho es, y en esta escritura se contiene a buena fe, e sin mal engaño, e sin poner en ello excusa, ni dilación, so aquellas penas en que caen e incurren los cavalleros e fijos—dalgos que no guarden sus palabras, a feés e pleytos omenajes.»

De tan rara manera se hacían entonces los matrimonios, y de más rara munera todavía resultaban, en su mayor parte, tan concertados y avenidos como resultó éste. Porque llegado Luis Quijada poco después a Valladolid, donde su esposa salió a recibirle, de tal modo quedaron mutuamente prendados, él de la hermosura y discreción de su mujer y ella de la generosidad y nobleza de su marido, que duró hasta la muerte el cristiano amor y la ciega confianza que entonces se juraron.

Rudamente, sin embargo, vino el tiempo a poner a prueba esta mutua confianza. Hacia fines del año 53 y principios del 54 comenzaron a menudear en Villagarcía con más frecuencia que nunca los correos de Flandes. Seguía Luis Quijada a Carlos V en aquella su última campaña contra los franceses, y no desperdiciaba ocasión de enviar a su esposa noticia de los peligros que corría y de los triunfos que alcanzaba. Ella supo la primera en España la toma de Terouanne y de la torre de Hezdín, en que tan brillante papel hizo Luis Quijada, y a ella llegaron antes que a nadie los rumores de la vuelta del emperador y de su proyectado retiro en un claustro.

Mas entre todas estas noticias que tranquilizaban su corazón de esposa y realzaban el esplendor de su casa, llegó un día a sus manos una carta inesperada que vino a sumir su ánimo en perplejidad inmensa. Era esta carta de Luis Quijada: hallábase escrita en Bruselas, y aunque la fecha es desconocida, debió de ser precisamente en febrero del 54.

Anunciaba Quijada a su esposa en esta carta que en breve plazo, y después de nuevo aviso, se le presentaría en Villagarcía un hombre de toda su confianza... Que este hombre le entregaría un niño de siete a nueve años, Jerónimo de nombre, y que él la suplicaba por el amor que la tenía y el que ella siempre le había demostrado, que acogiese al rapaz como madre, y como tal le amparase y educara... Decíale también que aquel niño era hijo de un su grande amigo, cuyo nombre no podía revelar, pero cuyo lustre y condiciones él garantizaba... Y añadíale que, aunque la educación del dicho niño Jerónimo debía ser la propia de un caballero, era la voluntad de su padre que no se le dieran alas de tal ni se le permitiese otro traje que el de labradorcillo con que a ella habían de presentarle... Item, era deseo del padre, que con toda la cordura y discreción requerida por el caso, se impulsase al niño Jerónimo por el camino de la Iglesia, pero sin forzar la vocación del cielo y lo que la divina voluntad dispusiese.

La lectura de esta carta produjo en el gran corazón de doña Magdalena un primero y espontáneo movimiento de gozo vivísimo... Ella no tenía hijos ni esperaba ya tenerlos, y se le entraba por las puertas de repente y cuando menos lo esperaba una criatura de Dios, que Él, sin duda, la enviaba por mano del ser más amado que ella tenía en el mundo: ¡su propio esposo!... La imaginación de doña Magdalena, espoleada por el ansia caritativa de proteger lo débil y amar lo desamparado, propia de todos los corazones generosos, hízole ver ya al niño Jerónimo en sus brazos, y a Luis Quijada satisfecho, sonriéndole a ella de amor y agradecimiento.

Esto fue lo que sintió, más bien que pensó, doña Magdalena en aquellos primeros momentos... Mas vino luego la reflexión lenta, pausada, fría, apagando con su lógica la vehemencia de los impulsos, alumbrando con su raciocinio la ceguera del sentimiento, deslustrando con su rudo contacto las risueñas creaciones de la imaginación, como deslustra una recia lluvia las brillantes alas de una mariposa... Y más helada que la reflexión misma, fría y severa, pero también noble y franca, vino tras ella su hermana bastarda la sospecha; la vil sospecha que todo lo mina y envenena, y se introduce arteramente hasta en las almas más rectas... La primera, la reflexión, puso ante sus ojos, brutal, pero francamente, esta pregunta: ¿Y cómo Luis Quijada no tiene confianza en ti para revelarte el nombre del padre, y la tiene para confiarte la guarda del hijo?... Y la segunda, la sospecha, deslizole suavemente en el pecho esta traidora respuesta. «Porque quizá Luis Quijada mismo es el verdadero padre del niño...»

Rudo fue el combate; mas era el corazón de doña Magdalena demasiado grande y fuerte para que nada ni nadie más que su conciencia pudiese arrancar de él un impulso generoso ya arraigado, y todo junto, de un golpe, reflexiones, sospechas e imaginados agravios, los consumió y aniquiló la noble dama en las llamas de su caridad purísima, que a voces la gritaba: «¿Y qué importa que el niño venga de donde viniere, si resulta siempre un desvalido sin culpa, que Dios arroja en tus brazos?»

No titubeó más doña Magdalena: por esa humildad profunda que acompaña siempre a la piedad verdadera, mostró la carta de Luis Quijada y le franqueó su alma y le consultó el caso a su hermano fray Domingo de Ulloa, religioso dominico de grandes virtudes y letras, y ya hemos visto cómo abrió sus brazos al inocente Jeromín y le señaló, desde luego, en su corazón el lugar de los hijos, tan blando, tan amoroso en ella, pero hasta entonces solitario y vacante.

V

La presencia de Jeromín en Villagarcía iluminó el severo castillo de los Quijadas con un rayo de alegría que vino a reflejarse en todos los moradores. La risa de un niño alegra siempre y vivifica cuanto le rodea, como el canto de un pájaro alegra un bosque sombrío y el rayo de sol disipa las más espesas tinieblas.

Componían entonces la servidumbre de doña Magdalena, y posaban con ella en el castillo, dos dueñas de honor, doña Isabel y doña Petronila de Alderete, ambas viudas, hidalgas y primas hermanas; cuatro doncellas, de las cuales sólo de dos se han conservado los nombres, Luisa y la Rubia; dos escuderos, Diego Ruiz y Juan Galarza, hidalgo viejo este último, compañero de armas de Quijada; tres pajes, un mayordomo, Pedro Vela de nombre, y un contador que poseía toda la confianza de la señora y se llamaba Luis de Valverde. Seguía luego la chusma de cocinas, corrales y caballerizas, y contábanse también seis soldados viejos de Luis Quijada que cuidaban de la artillería y armamento de la fortaleza, inútil entonces por la paz interior que reinaba en Castilla, pero prevenida siempre por cualquier desmán que sobreviniese.

Tenía también doña Magdalena dos capellanes: uno, García de Morales, que vivía en el castillo, y otro, Guillén Prieto, doctor por Salamanca y muy letrado, que para la educación de Jeromín hizo venir a Zamora. Aposentábase éste en el lugar, y servía también una capellanía en la antigua ermita de San Lázaro, que estaba entonces en el propio sitio en que fundó más tarde doña Magdalena la gran casa de la Compañía.

La gallarda figurita del niño enamoró, desde luego, a toda aquella numerosa servidumbre, y a porfía comenzaron todos a servirle y a mimarle, seducidos por el encanto de su persona y la aureola de misterio que le rodeaba. Jeromín, por su parte, con esa admirable perspicacia de los niños para discernir el cariño, aversión o indiferencia que inspiran, y los grados de libertad y confianza que pueden tomarse, sintiose desde el primer momento amado; mas ni por uno solo se consideró, como a los niños mimados acontece, el amo en aquella casa.

Entre los mimos y halagos de aquella buena gente y la arrogancia natural y amor propio del muchacho, interponíase siempre la majestuosa figura de doña Magdalena, no seria y austera, sino risueña y amorosamente discreta, y por eso mismo manteniéndole siempre con mano firme en el lugar secundario que la voluntad de Luis Quijada y la ciega sumisión de ella a sus deseos le había previsto y señalado.

Comía de ordinario doña Magdalena con toda su servidumbre, según el uso de tiempos más antiguos que aquellos, y sentaba a su mesa a Jeromín, después de las dueñas y antes que los escuderos... Oía misa diariamente en su oratorio con Jeromín al lado, pero ni le daban almohadón ni le ponían asiento... Los domingos y días festivos iba la noble dama con toda su servidumbre a la parroquia de San Pedro y oía la misa mayor y el sermón desde su sitial del presbiterio, como señora del lugar y patrona de la iglesia; asistía también Jeromín a su lado, pero como paje de honor, en pie siempre, entre el sitial de la señora y el banco de las dueñas... Otro tanto sucedía en el estrado: llamábale allí con frecuencia doña Magdalena para que escuchase las lecturas que hacían sus dueñas mientras bordaban con ella para la iglesia o hilaban para los pobres, o cosían y remendaban; mas nunca le dio otro asiento que un cojín, y colocado éste siempre fuera de la tarima de honor en que ella sola se sentaba.

Una vez al día, sin embargo, cambiaba por completo doña Magdalena y escondía ante los ojos de Jeromín la dignidad de la señora para dejarle ver tan sólo la ternura de la madre... Cuando por la mañana entraba en su cuarto y le despertaba y le abrazaba y le vestía y le peinaba, y, medio dormido aún, con la preciosa carita apoyada en su regazo, y entre sus manos las manitas juntas del niño le arrodillaba a su lado y le enseñaba a rezar y rezaba con él ante un crucifijo muy extraño que ella misma le había regalado.

Era y es todavía este crucifijo, pues que en el relicario de Villagarcía se conserva, una imagen de ningún mérito artístico, como de palmo y medio de alta, contando la cruz sin la peana; hállase ennegrecida por el tiempo y ofrece la sola particularidad de estar carbonizado por el fuego un brazo de la cruz y todo el lado izquierdo del Cristo. Su historia es la siguiente:

En uno de aquellos primeros chispazos con que anunciaron los moriscos, muchos años antes, su terrible rebelión de las Alpujarras, corría Luis Quijada la huerta de Valencia, antes de embarcarse para Túnez. Denunciáronle un lugar sospechoso donde celebraban los moriscos conventículos secretos, y allí se fue Quijada solo y disfrazado. Hospedose en una casa medianera con la indicada, y a la medianoche vio resplandecer una hoguera en el corral de los moriscos, cercado de muy altas tapias.

Encaramose a ellas como pudo, y vio entonces en el patio un espectáculo extraño: rodeaban la hoguera hasta unos sesenta moriscos, haciendo ademanes y visajes de adoración, todo en el mayor silencio... Entraron otros por una puerta trayendo enarbolada en una caña larga una imagen de Cristo hurtada en una iglesia. Trocáronse entonces los gestos de adoración en muecas de ira y puñadas de amenaza, hasta que sacudiendo el Cristo de la caña el que la traía, lanzole con violencia en mitad de la hoguera.

El golpe de la imagen al caer entre las llamas sacó a Luis Quijada del horrible pasmo que le paralizaba; y sin pensarlo, que es como se hacen las hazañas, dejose caer en el corral con tremendo salto y arremetió contra los moriscos sin más armas que su espada, empujando a unos, derribando a otros, hiriendo a muchos, haciendo huir a todos, y cuando ya estuvo el campo despejado, lanzose en mitad de la hoguera tragando humo, revolviendo llamas, escarbando brasas hasta dar con la sagrada imagen. Hallola al fin medio carbonizada, y sacola triunfante por la puerta, alzada en alto, dando gritos de furor que pedían venganza, con la espada en la mano, chamuscado el cabello, abrasadas las ropas y ennegrecidas y ensangrentadas las manos y la cara.

Esta historia contó la propia doña Magdalena a Jeromín al preguntarle éste por primera vez la razón de las quemaduras del Cristo... Escuchábala el niño con el alma en los arrasados ojos, la boca crispada, dilatadas las narices y los puñillos cerrados y amenazadores, con el aire y ademán de un Clodoveo en miniatura, que se irrita por no haber podido evitar con sus francos el prendimiento de Cristo.

Comprendió la señora la grandeza de aquel corazón de niño, que despertaba y latía al eco de lo grande, lo santo y lo heroico, y mirándole un momento como admirada, limitose por entonces a abrazarle. Mas en el primer correo escribió a Quijada refiriéndole el caso y pidiéndole permiso para poner al niño Jerónimo bajo la protección de la sagrada imagen.

Contestó Quijada afirmativamente, y entonces pasó el crucifijo de la cabecera de la cama de Quijada, donde estaba antes, a la del lecho de Jeromín, que le tuvo siempre consigo, le llamó más tarde el Cristo de sus batallas, y murió abrazado a él, invocando su santo nombre.

VI

Dos días tan sólo concedió doña Magdalena a Jeromín para descansar de las fatigas del viaje y visitar ociosamente el lugar y el castillo; y al tercero, que fue un lunes, hízole entrar de lleno y de un golpe en la distribución de horas y de estudios, que previsoramente le tenía preparada.

Habíale dispuesto un aposento contiguo al suyo, y del otro lado hizo instalar al capellán García de Morales, que había de ser su acompañante y maestro de religión y doctrina cristiana. Hízose cargo el otro capellán, Guillén Prieto, de enseñarle todas aquellas letras humanas que pudieran estar ya a su alcance, y el escudero hidalgo Juan Galarza tomó a su cargo adiestrarle por principios y por reglas, y también con la práctica en el manejo de las armas y el caballo.

Doña Magdalena, por su parte, reservose formarle el corazón en el amor de Dios y del prójimo, y más que con reglas y teorías, hízolo fácilmente poniendo de continuo ante sus ojos la santa práctica de sus buenos ejemplos.

La caridad fue, en efecto, el rasgo distinguido de aquella gran matrona, y la discreción, el sólido y precioso engarce en que brilló siempre en ella esta su virtud predilecta. Hacía doña Magdalena consistir los deberes de su rango en celar la gloria de Dios en sus estados y remediar las necesidades del prójimo en general, y muy en particular de sus vasallos, con quienes se consideraba ligada especialmente por el mero hecho de su señorío. Por eso distribuía entonces sus cuantiosas rentas, y distribuyó más tarde su fortuna no amayorazgada, en esta forma: Remediar las miserias y necesidades materiales de los pobres. Remediar las necesidades espirituales de sus almas. Acrecentar el culto divino y honrar más a Nuestro Señor.

Para lo primero, fundó hospitales en sus estados y fuera de ellos; redimió cautivos en crecido número, y tan continuas y copiosas limosnas daba, que mereció la llamasen después de su muerte la limosnera de Dios. Para lo segundo, fundó colegios, escuelas, misiones y catecismos; y era tan espléndida en lo que al culto de Dios se refería, que no satisfecha con haber levantado dos suntuosos templos, mandó hacer de una vez quinientos copones de plata maciza, para distribuirlos entre las iglesias pobres que no tenían con la reverencia debida al Santísimo Sacramento, de quien siempre fue particular devota.

Tenía encargado doña Magdalena a su contador Luis de Valverde, viejo muy honrado, que averiguase y vigilara las necesidades de los pobres de Villagarcía, y diese a cada cual una cédula firmada de su mano, en que constase lo que, a juicio de él, necesitaba para remediarse. Presentaban esta cédula los pobres a doña Magdalena a la hora señalada, que era harto temprano, para no perjudicarles en su trabajo, y pagábalas ella religiosamente, añadiendo a la limosna material el bálsamo de la compasión, del respeto a la desgracia y del consejo prudente. Esta era la hora de recreo para doña Magdalena, y ésta era también la que había escogido para infiltrar en el corazón de Jeromín la caridad y el respeto hacia el pobre, que, después del temor de Dios, es el primer deber de los grandes y poderosos.

Levantábase aquella gran señora al amanecer en todo tiempo, y acto continuo pasaba al cuarto de Jeromín para despertarle y disponerle. Oían luego juntos en el oratorio la misa de García de Morales, y despachaba luego a Jeromín para que vigilara en los claustros la llegada de los pobres. Colocábalos el niño con muy buena gracia en unos bancos que había a lo largo del claustro bajo, dando siempre preferencia a los más ancianos o imposibilitados, y tornaba luego a avisar a su tía, que éste era el nombre que por indicaciones de Quijada comenzó el niño a dar a doña Magdalena.

—Tía, tantos pobres hay —anunciaba.

Bajaba entonces la señora con dos grandes bolsas, una con reales de plata para los pobres vergonzantes que traían cédula de Luis de Valverde, y otra con moneda menuda de cobre para los pobres ordinarios que no la traían, a los cuales daba siempre de veinte maravedises en adelante. Recogía doña Magdalena las cédulas, y Jeromín entregaba a los pobres las monedas con gran respeto, besándolas antes con la caperuza en la mano.

Un día, sin embargo, como viniese entre los pobres un viejo de Tordehumos de muy sucio aspecto, repugnole a Jeromín tocarle la mano, y dejó caer la moneda como distraído, a fin dique el anciano la levantase del suelo. Mas adivinando doña Magdalena la intención del niño, bajose prontamente a recogerla y la entregó ella misma al viejo, besándole antes la sucia mano. Jeromín, encarnado hasta el blanco de los ojos, prosiguió su tarea lleno de vergüenza.

Mas de allí a tres días tornó a aparecer el viejo de Tordehumos, y Jeromín, muy encarnado al verle, dejó caer de intento la moneda que había de darle, y se bajó y la recogió del suelo, y puesto humildemente de rodillas, entregole la moneda, besándola primero y besando después la mano del viejo...

Así entendía y aprovechaba las lecciones aquel tierno angelito, que crecía y se desarrollaba entre el cariño y las bendiciones de todos los del castillo. Sólo en una cosa tropezaba Jeromín y sufría por ella las filípicas continuas del doctor Guillén Prieto y las serias reflexiones de doña Magdalena: ¡El estudio de las letras!

Leía muy de corrido en romance; escribía con aplomo y letra muy corriente, y comenzaba a chapurrear el francés, que por orden terminante de Luis Quijada le enseñaba un flamenco traído a Villagarcía al efecto... Pero el latín con sus ibus y sus orum; el griego, con sus horribles patas de mosca, ofrecíanse al muchacho como una empinada cuesta, que sólo por divisar en la cumbre el agrado y la aprobación de doña Magdalena trepaba de mala gana y jadeando.

A Juan Galarza, en cambio, habíale el muchacho sorbido el seso... Nadie tenía, según él, ojo más certero, ni pulso más firme, ni brazo más diestro, ni cuerpo más ágil, ni ánimo más travieso y temerario y al mismo tiempo más sereno: «E quando enforca la silla en el quartago chiquito o en la mula romana de don Álvaro[4], mi señor que de Dios goce —escribía el escudero a fray Domingo de Ulloa—, éntrale en el cuerpo como un diablo alegre e bullidor, que le torna placentero, e ágil e travieso como el que más.»

Y a doña Magdalena aseguraba con convicción profunda:

—Dejadle crecer... Será otro Luis Quijada, mi señor.

Enviábanse estas noticias periódicamente a Luis Quijada, y él las transmitía, a su vez, a cierta persona, misteriosa entonces, que en el transcurso de esta historia encontraremos con frecuencia.

«La persona que está a mi cargo —le escribía por aquel tiempo— se halla con salud, y a mi parecer va creciendo, y está de arta buena dispusición para la edad que tiene. Va con su estudio adelante, con arto trabajo, y ninguna cosa hace con tanta pesadumbre; también deprende francés, y las pocas palabras que sabe pronúncialas muy bien, aunque para sabello como se desea es menester tiempo y más trato. De lo que agora más gusta, es de andar a caballo a la xyneta y a la bryda; y cuando le vea, le parecerá que corre una lança con buena gracia, aunque no le ayude la fuerça.»

Estas mismas noticias debieron de probar, sin duda alguna, a Luis Quijada y a su misterioso corresponsal que el niño Jerónimo no se inclinaba al estado de la Iglesia, como su incógnito padre y el mismo Luis Quijada deseaban. Doña Magdalena, con su habitual perspicacia, habíalo juzgado así desde el primer momento.

A su llegada a Villagarcía quiso esta señora, de acuerdo con su hermano fray Domingo de Ulloa, enseñar ella misma al niño el castillo y sus riquezas, para juzgar lo que se revelase de su carácter en aquellas sus primeras impresiones... Nada causó en el muchacho, no ya pasmo ni admiración, pero ni aun siquiera extrañeza. Ni las ricas tapicerías flamencas que cubrían algunas cuadras, ni los hechos suntuosos con columnas y doseles, ni la plata labrada que por todas partes relucía, ni los bordados ornamentos del oratorio que con deliberada intención se desplegaron a su vista, ni la chimenea de hierro colado venida de Flandes para calentar el estrado de doña Magdalena, que era artefacto desconocido entonces en España, y tan preciado, que se llevó más tarde a Yuste para que el mismo emperador la utilizase.

Todo lo miraba el muchacho con la sencilla indiferencia de quien se ha criado entre cosas semejantes, y con tan natural aplomo y señorío, que encantaba por lo espontáneo y admiraba por lo extraño.

Mas cuando llegó a la sala de armas y vio de cerca las pesadas armaduras de hierro, las lanzas que medían cuatro veces su estatura, las artísticas panoplias formadas con corazas, espadas y rodelas, todo reluciente, entusiasmole al punto aquel formidable aparato de guerra, y dio vueltas hacia todas partes, como deslumbrado, fijándose en todos los detalles, extendiendo a cada pago la manita como para tocar aquellas maravillas, y deteniéndose siempre como si temiera profanarlas.

Hasta que al cabo, venciendo la admiración a todo respeto humano, paráse ante un arnés pequeñito, verdadera maravilla traída de Italia por Quijada, que por limpiarse a la sazón se hallaba tendido en el suelo, y pidiole a doña Magdalena con infantil cortedad licencia para tocarlo. Diósela la señora de buen grado, y Jerónimo, con el temeroso respeto de quien toca algo sagrado, palpó toda la armadura de arriba abajo; examinó uno a uno los encajes, alzó y bajó varias veces la visera del casco y acabó por pegar con los nudillos de la mano en la cóncava coraza. Despidió ésta un sonido metálico, y Jeromín alzó hacia sus protectores el precioso rostro, iluminado, radiante, con la sonrisa en los labios y el reflejo en los ojos, de un genio que se revela.

La señora, entre admirada y risueña, dijo entonces a su hermano:

—Mohíno ha de quedar Luis Quijada, mi señor... Soldadito tendremos, que no fraile.

VII

Gran susto pasó Jeromín en aquella mañana del 28 de agosto de 1556, cuando hallándose en la estancia del doctor Guillén Prieto estudiando sus lecciones, apareció de repente doña Isabel de Alderete, primera dueña de honor, llamándole al estrado de parte de doña Magdalena.

Consideraba esta señora como sagrado el tiempo que Jeromín dedicaba al estudio, y era por eso tan extraordinario que le distrajese un solo momento, que, asustado el muchacho, acudió presuroso, haciendo examen de conciencia de cualquier travesura, falta u omisión que hubiera cometido o de que hubieran podido acusarle.

Mas vio, al pasar por el claustro, que bajaba un correo cubierto con el polvo del camino, y figurósele entonces que aquel poder misterioso que le gobernaba a él y le traía de un lado a otro le reclamaba de nuevo y quería separarle de doña Magdalena; lo cual contristó al niño de tal modo, que cuando llegó a la presencia de la señora llevaba inmutado el semblante y las lágrimas en los ojos.

Encontró a doña Magdalena en pie en el estrado, con una carta abierta en la mano, y tal expresión de radiante alegría en el rostro, que su natural perspicacia de niño que se reconoce amado le tranquilizó por completo.

—No estaría tan contenta mi tía —se dijo— si quisieran arrancarme de su lado.

Saliole doña Magdalena al encuentro, con los brazos extendidos, y díjole:

—Llegaos acá, Jeromín, y dadme un beso de albricias...

Y luego que se lo dio en la frente con verdadera ternura de madre, añadió muy alegre:

—Sabed, Jeromín, vos el primero, que de aquí a tres días tendremos en casa a Luis Quijada, mi señor.

Dieron voces de alegría las dueñas y doncellas que allí se hallaban presentes, y satisfecha con estas demostraciones doña Magdalena y fuera de sí de gozo como jamás Jeromín la viera, díjoles entonces:

—Y ahora, Jeromín, idos a holgar todo el día, y que os lleve Juan Galarza a donde mejor os plazca.

Había mientras tanto corrido la noticia por el castillo y por el lugar entero, propalada por el correo mismo, y adornada con mil pormenores y circunstancias... La abdicación del emperador era ya un hecho, y despojado Carlos V de todo su poder, se embarcaba en Flesinga para España, a fin de encerrarse por el resto de sus días en el monasterio de Yuste. A este propósito enviaba el emperador por delante a su inseparable mayordomo, Luis Quijada, para que pudiese esperarle a su desembarco en Laredo, habiendo pasado antes algunas semanas en el seno de su familia.

Esta noticia alborotó el castillo y alborotó el lugar, y alborotó, sobre todo, a Jeromín, que en aquellos tres días no tuvo momento de reposo ni dejó una sola noche de soñar con aquella noble figura de Luis Quijada, que sólo conocía de oídas y tomaba en su imaginación proporciones gigantescas.

¡Era una gran raza aquella de los Quijada, con cuatro siglos de nobleza sostenida de generación en generación en los campos de batalla, hasta llegar a la presente, que no había derramado con menos gloria su sangre!... Pedro Quijada, el mayor de los hermanos de Luis, muerto en Túnez, al lado del emperador, de un arcabuzazo... Juan Quijada, el menor, muerto en Terouanne peleando por Castilla; y Luis, el único que restaba, herido también en la Goleta, héroe de Hezdín, compañero inseparable del emperador en África, en Flandes, en Alemania, en Italia, sirviéndole con la misma lealtad durante treinta y cinco años... Holgaba el muchacho de representarse aquella pareja, formidable por sus hazañas, deslumbradora por su gloria, como tantas veces se la había pintado Juan Galarza en la batalla de Landresies, donde también peleó el escudero... El emperador entregó a Luis Quijada su bandera, y poniéndose luego el yelmo, dijo al escuadrón de su corte: «Que ya era llegado su día, y que peleasen por esto como caballeros honrados, y que si viesen caído su caballo y su estandarte que llevaba Luis Méndez de Quijada, que levantasen primero el pendón que a él...» ¡Oh!, no había duda: dos eran los grandes principios, que, sin saberlos discernir aún, sentía Jeromín arraigarse y apoderarse por completo de toda su alma Dios y los desvalidos, como doña Magdalena los sentía y se los enseñaba... El emperador, el rey, la autoridad y la justicia emanadas del cielo ambas y por eso hermanas, como Luis Quijada las servía y proclamaba... Y aquí se angustiaba el pobre niño y retorcíase las manitas desolado; porque ¿cómo se presentaba él dentro de tres días al glorioso caudillo sin haber hecho aún ni por su Dios ni por su rey nada..., nada..., nada...?

Y como, desvelada también, doña Magdalena le sintiera gemir y rebullirse en la cama, acudió presurosa en su auxilio creyéndole enfermo; y con tal infantil espontaneidad le confió entonces el niño su cuita, que no pudo menos la noble dama de reírse y de admirarse al mismo tiempo.

Salieron todos los vecinos de Villagarcía a recibir a su señor hasta media legua más allá del pueblo, los hombres con sus arcabuces para hacerle salvas, las mujeres con sus trajes más galanes y los chiquillos en dos filas, para entonar el himno de los Quijada, según la antigua usanza. Algunos señores, vecinos y parientes fueron a caballo hasta Medina de Ríoseco, donde debía comenzar la última jornada, y la clerecía toda del lugar salió con cruz alzada hasta la ermita de San Lázaro, según privilegio de la noble casa de los Quijada.

Anochecía ya cuando la bocina del vigía colocado aposta en la torre del homenaje anunció que la comitiva se acercaba. Oíanse, en efecto, a lo lejos las salvas de la arcabucería y las voces de mozas y muchachos que cantaban al son de la marcha:

Los Quixadas son nombrados

de valientes y muy fieles;

azules y plateados,

sin qüenta más bien contados,

traen por armas jaqueles.

Las campanas de San Pedro y de San Boil y la esquila de San Lázaro rompieron todas a repicar con alegre furia, y la clerecía se adelantó hasta la ermita para dar a besar la cruz al señor del lugar y patrono de la iglesia.

Venía Luis Quijada en una muy poderosa mula, sucio el tabardo de tafetán ligero por el polvo del camino y cubierta la cabeza, por el calor, con toca de lienzo crudo. Tendría más de cincuenta años y era hombre muy alto, recio y enjuto; tostado el color hasta parecer cetrino, negra la espesa barba, el mirar inteligente y duro, y calva la cabeza, más que por la edad, por el roce continuo del casco.

Empinose sobre las estriberas para besar la cruz de la parroquia con la cabeza descubierta, contestó las palabras del ritual en latín correcto, procurando dulcificar su voz naturalmente recia, bronca y malhumorada, y picó al punto largo a su mula, rodeado de todo el pueblo, seguido de los caballeros y hombres de armas, y de más de veinte acémilas con equipajes y vituallas.

Apeose Luis Quijada a la puerta del castillo, porque en el umbral mismo le esperaba doña Magdalena con toda su servidumbre, y delante de ella Jeromín con su mejor ropita vestida, teniendo en una bandeja cubierta con rico paño las llaves del castillo, que debía entregar al señor, al apearse, con una rodilla en tierra.

Hubo un momento de expectación curiosa, que enmudeció las lenguas y retuvo los alientos de todos los presentes, desde la señora del castillo hasta el último villano de Villagarcía... La sospecha de que Jeromín era hijo de Luis Quijada había cundido en el castillo y arraigado en el lugar como cosa cierta, y todos espiaban aquel primer encuentro del padre y del hijo, que presumían había de ser dramático.

Mas Luis Quijada, ya fuese que viniera preparado para esto, ya que el impulso espontáneo y verdadero de su corazón fuera aquél realmente, saltó ligeramente de la mula, y sin reparar en Jeromín ni recoger las llaves tampoco, fuese derecho a doña Magdalena y abrazola tiernamente, con grandes muestras de amor y contentamiento... Vocearon todos con gran alborozo; la artillería del castillo rompió al mismo tiempo en salvas tan apretadas y frecuentes, que retumbaban y se estremecían los viejos muros; rasgaron el aire multitud de cohetes, y muchos ministriles venidos al efecto saludaron desde el claustro alto la entrada del señor con trompetas, atabales y otros instrumentos que acompañaban el himno de los Quijada.

De la casa de Roldán,

que es casa de gran sustancia,

con gran trabajo y afán,

vino un muy gentil galán

a Castilla de su Francia.

La venida del señor de Villagarcía no modificó en nada la situación de Jeromín en el castillo. Tratábale Quijada con el mismo amor y prudentes precauciones que empleaba doña Magdalena, y no desperdiciaba ocasión de estudiar por sí mismo la naturaleza de su índole, los brotes de su carácter y esos impulsos de virilidad, amor propio y voluntad enérgica que constituyen, todos juntos, la base del valor verdadero.

Un día, estando Luis Quijada en la sala de armas limpiando una escopeta, y Jeromín a su lado presentándole las piezas, díjole aquél de repente:

—Jeromín... ¿Seréis para tirar una escopeta?

Y respondió el muchacho con seguridad perfecta:

—Seré para tiralla y aun para esperar un arcabuzazo.

Agradole a Quijada la respuesta, y desde aquel mismo día diole licencia para cubrirse delante de él, y le regaló una espadita que más era gala de niño que arma de defensa.

Mas así y todo, desenvainola Jeromín con grande gloria a los pocos días, según cuenta detalladamente el licenciado Porreño; porque habiendo ido a una fiesta de toros que daban en Villandrando, arremetió uno muy bravo contra el andamio, y puso en fuga a todos los que en él estaban, menos a Jeromín, que, parapetado en el andamiaje, le hizo frente con valor temerario y le hirió con su espadita en el testuz, haciéndole volver a la arena con gran espanto de todos, que no sabían atribuir la hazaña sino a osadía loca, más bien que heroica, o a verdadero milagro.

Por lo cual dice Porreño: «Las damas del ventanaje le cantaron de gala y todo el concurso alabó el ánimo y osadía de este rapazuelo que se las había tenido tiesas a una fiera bestia, y daban el parabién a Luis Quijada del valor que, en traje humilde, descubría este su encomendado, juzgando que, debajo del sayal, hay al...».

VIII

A las tres de la madrugada del 2 de octubre (1556) llegó a toda brida por el camino de Valladolid un jinete a Villagarcía y púsose a aporrear con grande furia la puerta del castillo. Acudió al estrépito el vigía de noche, y desde el adarve de aquel lienzo de muralla diole el quién vive.

—¡Loado sea Dios! —dijo el de abajo.

—¡Y la Virgen Nuestra Señora! —replicó el de arriba.

Y con la montera en la mano el jinete, añadió entonces campanudamente:

—¡Correo de su alteza la serenísima señora princesa gobernadora!...

Produjo esto en el castillo el movimiento natural y consiguiente... Salió Luis Quijada mismo al encuentro del correo, a medio vestir y con los anteojos en la mano, y leída la carta de la princesa, tendiola a doña Magdalena, lamentándose él y regañando. Porque era Luis Quijada de esas personas todo abnegación y sacrificio en sus obras, y todo regaños y mal humor en sus palabras.

La carta de la princesa gobernadora decía así:

«La Princesa.

»Luis Méndez Quijada, mayordomo del emperador, mi señor: esta mañana he tenido aviso que el emperador, mi señor, y las serenísimas reynas, mis tías, llegaron a Laredo lunes pasado, víspera de Sant Miguel, y su majestad se desembarcó aquella tarde y ellas al día siguiente, y que vienen buenos; de que dado muchas gracias a Nuestro Señor y recibido el placer y contentamiento que es razón. Y porque terná necesidad de vos para el camino y también conviene saber con tiempo dónde querrá posar en esta villa, os ruego que luego que éste recibáis, os partáis y vais por la posta a su majestad, y llegado le deis cuenta de las dos maneras de aposento que de aquí llevastes entendido, y me aviséis con toda diligencia cuál de ellos quiere su majestad, y si manda que se haga en ellos algunas estufas o otras cosas para que se haga y esté a punto para su llegada.

»Asimismo os ruego que entendáis de su majestad si quiere que se envíe guarda de pie y de cavallo para su acompañamiento o de las serenísimas reynas, mis tías;

»Si será necesario que vengan algunos Grandes o cavalleros para que vengan en su acompañamiento;

»Asimismo si querrá que en Burgos y aquí se haga recibimiento a su majestad o a las reynas, mis tías, y de qué manera;

»Si manda que el príncipe, mi sobrino, le salga a recibir al camino y adónde;

»Si será servido que yo haga lo mismo o los Consejos que aquí están;

»Y que me aviséis con toda diligencia particularmente de lo que fuera su voluntad en todo.

»Asimismo os encargo tengáis el cuidado, que de vos confío, que por el camino sea su majestad muy bien proveído de todo lo que fuese menester, y lo mismo las serenísimas reynas, mis tías, y de entender si hay en ello buen recaudo: avisando al alcalde Durango de lo que os pareciere que será necesario que él provea, para que no haya falta y a mí siempre de lo que acá conviene que se provea para ello: que en ello me haréis mucho placer. De Valladolid a 1.º de octubre de 1556. La Princesa.»

Volvió doña Magdalena esta carta a Quijada después de leerla, diciendo muy desalentada que fuerza le sería partir en la tarde de aquel mismo día o a lo menos al siguiente: a lo cual respondió muy airado Luis Quijada que no comprendía la necesidad de esperar a la tarde siendo servicio del emperador y pudiendo partir en aquel instante. Y tal prisa se dio en dar sus órdenes y tal eficacia pusieron todos en ejecutarlas, que dos horas después, a las cinco de la mañana, estaban ya Luis Quijada y sus gentes en marcha.

Llegose a él Jeromín para besarle la mano con los ojos llenos de lágrimas; mas sacudiéndole Quijada rudamente por el hombro, le dijo que guardase aquellas lágrimas para cuando confesara sus culpas; que sólo a los pies de un confesor sienta bien en los hombres el llanto.

Sorbiose el muchacho el suyo avergonzado, y como pareciese entonces a Quijada que era aquélla demasiada dureza, diole a besar su mano, hízole la señal de la cruz en la frente y prometiole el arnés chiquito de Milán para cuando jugase en público su primera lanza.

En tres días y medio hizo Luis Quijada el viaje de Villagarcía a Laredo, según testifica él mismo en carta escrita al secretario de la princesa, Juan Vázquez, el 6 de octubre: «Ilustrísimo señor: yo llegué aquí desde Villagarcía en tres días y medio, y con harto trabajo por no hallar postas ni bestias de alquiler...»

Y más adelante añade: «No me acuerda más que decir sino que llueve que no hace otra cosa, y hay malos caminos y peores alojamientos. Dios nos ayude, que trabajo se pasará, mas no tanto como el que yo he pasado en este camino, que digo de verdad a vuestra merced que en mi vida lo pasé peor ni de más peligro, porque pensé despeñarme treinta picas que cayó una mula en traspaso de ancho conmigo, que hasello a la mano izquierda, digo a vuestra merced que caía de más alto de lo que digo. De Bilbao, a los 6 de octubre de 1556, digo de Laredo. Luis Quijada.»

Encontró, pues, Luis Quijada en Laredo a aquellas tres augustas ruinas, el emperador y sus dos hermanas las reinas viudas de Hungría y de Francia, que despojadas ya de todo, y hartas de representar primeros papeles en el escenario del mundo, venían a morir en la paz del Señor, cada cual en un rincón distinto de España.

Era la mayor de los tres hermanos la reina doña Leonor, viuda en primeras nupcias de don Manuel de Portugal, El Afortunado, y en segundas del elegante y fastuoso Francisco I de Francia. Contaba ya doña Leonor cincuenta y ocho años, y, más que la edad, las penas, las inquietudes y el asma atroz que padecía, habíanla envejecido de tal suerte, que nadie hubiera reconocido en aquella anciana triste y encorvada a la antigua y brillante reina de Portugal y de Francia. Mas ni la edad, ni las enfermedades, ni sus muchos y amargos desengaños, habían logrado alterar la serenidad de su ánimo ni aquella su dulce bondad, que hizo decir a don Luis de Ávila y Zúñiga, en carta escrita al secretario Juan Vázquez: «Verdaderamente era una santa inocente, y creo que no había en ella más malicia que en una paloma vieja.»

La reina de Hungría, por el contrario, era varonil, resuelta; tan perspicaz para discurrir como prudente para disponer y enérgica para ejecutar. Amábala su hermano sobre toda ponderación, y pagábale doña María con creces su fraternal cariño, pues siempre fue su mayor admiradora, secundó su política con habilidad incomparable, y sacole con su talento y su energía de graves apuros y verdaderos conflictos durante los veinticinco años que regentó aquella gran princesa los Estados de Flandes. Contaba ya en esta época de su vuelta a España más de cincuenta y dos años; mas no tenía otra señal de vejez que los cabellos canos, y, a pesar de sus años y del mal de corazón que padecía, hubiera hecho aquella jornada a caballo, junto a la litera de su hermano, si la debilidad de la reina de Francia no la retuviera a su lado. Convencida doña Leonor del cariño y la superioridad de su hermana, buscaba siempre en ella el apoyo y el consejo; y prestábaselo doña María, como pudiera prestarlo la madre más amorosa a la hija más confiada.

Contrastaban, igualmente, en su físico ambas hermanas: era doña Leonor en aquella época una viejecita no muy alta, enjuta, con los cabellos muy blancos, y una mirada tan dulce y tan serena, que atraía y cautivaba con esa imponente y suave majestad con que realza la virtud la alteza del rango. Doña María era alta para mujer, bien entallada y majestuosa en extremo; pero no al estilo de su hermana, sino con esa otra majestad dominadora que imprime la superioridad de hecho, que da el mérito, a la superioridad de derecho, que señala el nacimiento. Ninguna de las dos reinas vestía a la española, sino seria y ricamente a la flamenca, con sayas dobles recogidas y severas escofietas de terciopelo negro, anchos cuellos doblados y largos velos negros que las envolvían de los pies a la cabeza.

Entre aquellas dos augustas ruinas venía la no menos augusta y ruinosa majestad del emperador invicto, vencido ya por los años, los trabajos de la guerra y del espíritu y las intemperancias del estómago; porque aquel hombre verdaderamente grande, que había dominado en dos mundos, no pudo dominar jamás en sí mismo los desarreglos de su apetito, y éstos eran los que con más fuerzas le tenían allí preso, baldadas las manos, entorpecidas las rodillas, calva la espaciosa frente de los Austrias, caído más que nunca el labio inferior, signo característico de aquella gran raza, que aun en el día de hoy la distingue.

Salió el emperador de Laredo el día 6 de octubre, después de comer, y en una jornada llegó a Ampuero, donde hizo el primer descanso. No sufría lo escabroso del camino que fuese toda la comitiva junta, y dividiéronla en esta forma: Iba delante el alcalde Durango, con cinco alguaciles de vara, y detrás la litera del emperador, con Luis Quijada al lado, que más bien parecía aquélla la conducción de un preso que la escolta del monarca más poderoso del mundo. También traían a prevención una silla de manos para que en los pasos más difíciles se trasladara su majestad, y venían detrás los ayudas de cámara y varias acémilas con las cosas más indispensables al emperador dondequiera que posaba.

A una jornada de distancia seguían las literas de las reinas y sus damas, algunas de las cuales venían a caballo. Traían también sillas de mano a prevención, y una mula y un caballo enjaezados por la reina de Hungría, que holgó de cabalgar algunas jornadas. Formaban el tercer grupo el resto de las comitivas del emperador y las reinas, y más de cien mulas cargadas con los equipajes.

Desesperaba a Quijada este modesto cortejo, en que sólo cinco alguaciles daban al emperador la guardia, como si fuese un preso, y tuvo con él varios altercados sobre este punto, exponiendo sus razones con agria franqueza, según su costumbre, mandándole el emperador al diablo, como era la suya, y callando Quijada hasta la primera ocasión, mohino y malhumorado.

Saliéronle al encuentro en Burgos el condestable de Castilla y don Francisco Baamonde, y acompañáronle hasta Valladolid con una muy lucida guardia que traían. En Cabezón, dos leguas antes de Valladolid, encontró el emperador al príncipe Don Carlos, su nieto, que salió a recibirle con algunos gentiles—hombres de su cámara.

No conocía el emperador a este desdichado príncipe, que tan tristemente célebre había de hacerse más tarde, y holgose mucho de verle. Tenía entonces Don Carlos once años, y como hiciese aquel día algún fresco, habíanle puesto un rico sayo aforrado, que, según carta de Francisco Ossorio a Felipe II, le parescía muy bien y parescía su alteza extranjero. Mas no alcanzaba la bizarría del traje a disimular la contextura débil del príncipe y la notable desproporción de su cabeza con el resto de su persona.

Diéronle el abuelo y las dos reinas a besar sus manos, lo cual hizo el príncipe muy comedido y respetuoso. Mas pasado este primer momento de cortedad, dejose llevar poco a poco el muchacho de su natural inquieto y voluntario, y comenzó a rebullirse y trastear por el cuarto, con harta falta de respeto a tan grandes personajes; y como viese una estufilla portátil que servía durante el viaje para calentar el aposento del emperador, y era todavía cosa desconocida en España, pidiósela muy ansiosamente a su abuelo. Negósela éste, y como el niño porfiase aún más, casi colérico, díjole el emperador severamente:

—Callad, Don Carlos; que después de muerto ya tendréis lugar de disfrutarla.

Ensoberbeciose también el príncipe porque el emperador y las dos reinas hablaban entre sí francés, como tenían por costumbre, y era aquélla lengua que él no entendía; lo cual le valió otra reprimenda del abuelo, que con muy grave mesura le dijo que suya era la culpa, pues tan poca aplicación había puesto en aprenderla.

Medió entonces la buena reina Leonor, suplicando a su hermano que refiriese al niño alguna de sus campañas, y así lo hizo de muy buen grado el emperador, escuchándole el príncipe con atención extraordinaria. Mas cuando llegó a referirle su huida de Insbruck, delante del elector Mauricio, interrumpiole el príncipe repentina y desatadamente, diciendo que él no hubiera huido nunca.

Riose el abuelo de este espontáneo arranque del nieto, y explicole que la falta de dinero, el hallarse solo y el estado de su salud le obligaron a esta fuga. Mas el príncipe, firme siempre, repitió:

—No importa... Yo no hubiera huido nunca.

Gustole al emperador la insistencia, y argumentó todavía:

—Pero si vuestros propios pajes quisieran prenderos y os encontraseis solo entre ellos, ¿no tendríais que huir para escaparles?...

—¡No! —replicó el príncipe con soberbia cólera—. Yo no huiría tampoco.

Riose mucho el emperador de aquella orgullosa insistencia, que no dejó de gustarle; mas no debió de quedar en conjunto muy satisfecho del heredero de su corona, pues dijo a su hermana la reina de Francia:

—Paréceme harto bullicioso: su trato y humor me gustan poco... No sé lo que podrá dar de sí este rapaz tan colérico.

IX

Esperaba Luis Quijada que, una vez instalado el emperador en Yuste, le daría licencia para retirarse al castillo de Villagarcía y descansar él también al lado de su doña Magdalena. Pensoso, sin embargo, el emperador muy de otro modo, y toda su generosidad se redujo a concederles algunos días de licencia, dos meses después de su instalación, por abril de 1557.

Salió el emperador de Valladolid el 4 de noviembre (1556) a las tres y media de la tarde, después de haber comido en público y prohibido antes rigurosamente que nadie le despidiese, fuera de su servidumbre, más allá de la puerta del Campo. Llevaba en esta segunda jornada una escolta de caballería y cuarenta alabarderos.

Hizo su primer descanso en Medina del Campo, en casa de un famoso cambista llamado Rodrigo de Dueñas; era este hombre el rico improvisado de todos los tiempos, vano y fachendoso, y quiso hacer alarde de sus riquezas poniendo en el aposento del emperador un brasero de oro macizo, con brasas de canela fina de Ceilán, en vez de carbón corriente. Desagradole, sin embargo, al emperador aquel alarde; molestábale la garganta el olor de la canela y mandó quitar el brasero y pagar al cambista el gasto del hospedaje, para humillar su vanidad aparatosa.

Llegó en otras cinco jornadas a Tornavacas (11 de noviembre), que está al lado de acá de la sierra que limita la Vera de Plasencia. Faltábale ya tan sólo una jornada desde allí a Jarandilla, que era adonde por el pronto se dirigía, y era ésta la más penosa, por tener que atravesar un horrible desfiladero que llamaban el Puerto Nuevo, sin camino alguno abierto, y a través de torrentes, precipicios y sombríos bosques de castaños, que cubrían las empinadas vertientes de la montaña.

Dedicose el emperador a seguir aquel camino, más difícil, pero más corto, y partió el 12 por la mañana, precedido de muchos aldeanos con picos y palas para hacer el camino más practicable. Marchaba delante el emperador, unas veces en litera, otras en silla de manos, y no pocas a hombros, según la mayor o menor dificultad de cada paso. A su lado iba Luis Quijada a pie, con una pica en la mano, dirigiendo él mismo la marcha. Así caminó tres leguas.

Venía detrás el resto de la comitiva, cada cual como podía, sin más orden ni cuidado que el de no dejar los huesos en aquellos derrumbaderos. Al llegar a lo alto del Puerto extendiose de repente a la vista del emperador la hermosa Vera de Plasencia, y allá en el fondo del valle, sobre una no muy alta colina y rodeado de naranjos y limoneros, el monasterio de Yuste, que había de ser su tumba... Contemplole el emperador largo rato en silencio, y volviéndose luego hacia el puerto que acababa de pasar, dijo a Quijada con grave melancolía:

—Ya no pasaré otro puerto en mi vida sino el de la muerte...

Hospedose el emperador en Jarandilla en el castillo del conde de Oropesa, don Fernando Álvarez de Toledo, y allí permaneció tres meses, esperando el definitivo arreglo interior que había de hacerse en sus habitaciones de Yuste, y el dinero necesario para pagar a la servidumbre que le había acompañado hasta allí y no había de seguirle hasta el monasterio, que serían unas noventa personas entre italianos, borgoñeses y flamencos.

Salió, por fin, el emperador definitivamente para Yuste el 3 de febrero de 1557. En el umbral mismo de su cámara despidió a sus servidores con muchas lágrimas de ellos y no poca emoción de su parte. De allí en adelante todo fue silencioso y solemne como un entierro.

A las tres en punto subió en su litera: acompañábanle a caballo el conde de Oropesa a la derecha, Luis Quijada a la izquierda y el sumiller de corps La Chaux detrás. Pasó la litera por entre dos filas de alabarderos formados a la puerta del castillo, y no bien hubo pasado, arrojaron los guardias al suelo las alabardas con grandes demostraciones de sentimiento, como si no quisieran ya usar más aquellas armas después de haberlas empleado en servicio de tan grande emperador... El paisaje era triste, la tarde un poco brumosa, y tenía, en efecto, mucho de grandioso y no poco de fúnebre el paso de aquella modesta comitiva, cruzando en silencio el fondo del valle, subiendo lentamente la colina en que se asienta el monasterio... Detúvose la litera a la puerta de la iglesia, entre unos naranjos que allí había; apeose el emperador: pusiéronle como a hombre muerto en una silla, y a brazos le llevaron hasta las gradas del altar mayor. El conde de Oropesa se puso a su derecha, Luis Quijada a su izquierda... El prior, fray Martín de Angulo, entonó entonces el Te Deum... Las campanas se hundían, y parecía que sonaban más que otras veces, dice la ingenua relación del monje anónimo de Yuste.

No se instaló el emperador ni vivió tampoco en Yuste como un simple religioso, según algunos historiadores aseguran. Formaban su servidumbre más de cincuenta personas, sin contar cincuenta y tres frailes que por diversos conceptos estaban dedicados a su servicio, y fueron escogidos con el mayor esmero y solicitud, y traídos a Yuste de otros monasterios de la Orden. Su palacio era capaz y cómodo, aunque no suntuoso, como puede verse todavía, pues íntegro subsiste gracias a los marqueses de Mirabel, sus actuales propietarios. Apoyábase por un lado en la pared de la iglesia, y rodeábale por las otras tres fachadas la frondosísima huerta de los frailes, que habían cedido éstos al emperador. Constaba el edificio de ocho grandes piezas cuadradas, todas iguales: cuatro en el piso bajo para verano, y cuatro en el principal para invierno, que eran las que el emperador habitaba.

Corrían en estos dos pisos, de Este a Oeste, dos galerías: la de abajo daba por ambos extremos a la huerta; la de arriba a dos grandes terrazas plantadas de flores, naranjos y limoneros, y adornadas con preciosas fuentes, donde se criaban, como en vivero, magníficas truchas.

Decoraban las habitaciones veinticuatro piezas de tapicería de Flandes, representando paisajes y escenas de animales. El despacho o cámara donde recibía el emperador hallábase de riguroso luto: llevábalo él por su madre la reina Doña Juana en el tiempo de la instalación, y así se puso y así quedó ya para siempre. Tapizábanla toda largos paños negros y cortinas flotantes, y había un dosel y seis sillones de terciopelo negro, doce sillas de nogal y cuero de muy artístico trabajo, y seis bancos que se abrían y cerraban, forrados de paño negro. En el centro, y casi debajo del dosel, una gran mesa con tapete de terciopelo negro, y un inmenso sillón de forma particular, con seis blandísimos cojines y ruedas para moverlo de un lado a otro, que era donde el emperador se sentaba.

En el dormitorio había dos camas, una grande y otra pequeña, y una ventana al frente, que era al mismo tiempo puerta y daba al nivel del altar mayor de la iglesia. Por ella oía misa el emperador desde el lecho cuando no se levantaba, y entraban también los frailes para darle la paz y la sagrada comunión, cuando la recibía, que era con bastante frecuencia.

Habían traído también consigo varios retratos de familia y soberbias pinturas del Tiziano, su pintor favorito, ricas alhajas, curiosos relojes de Giovanni Torriano, que llamaban Juanelo, y abundante plata para el servicio de su capilla, su cámara y su mesa; todo, sin embargo, poco y mezquino para quien había trocado por aquel rincón el imperio de dos mundos.

Los ayudas de cámara, barberos, cocineros, panaderos y los relojeros Juanelo y su ayudante Valín, vivían en una parte independiente del claustro que habilitaron para ellos los frailes. El médico Mathys, el boticario Owerstraeten y el cervecero Dugsen ocuparon la hospedería del convento; y el secretario Martín Gaztelu, el guadarropa Morón y Luis Quijada fueron a hospedarse en las mejores casas de la aldea de Cuacos, desde donde todos los días venían al monasterio.

Hecha esta difícil instalación, esperaba Luis Quijada pacientemente que el emperador le diese su retiro, como se lo había dado ya al sumiller de corps La Chaux. Mas el emperador no se daba por entendido, y pasaban los días, las semanas y los meses, y desesperábase Luis Quijada y desahogaba su mal humor en las cartas que escribía al secretario Juan Vázquez, sobre todo cuando tenía que atender y que hospedar en su casa de Cuacos a los ilustres personajes que venían a visitar al emperador en Yuste. Mas no por eso dejaba de cuidar a éste con el amor y desvelo de la madre más cariñosa al niño más mimado, y de asistirle a todas horas con las luces de su recto sentido y consumada prudencia en aquellos graves asuntos en que el emperador tomó todavía parte desde su retiro de Yuste con sus observaciones, sus consejos y no pocas veces sus órdenes.

Decidiose, por fin, el emperador, y el 28 de mayo díjole a Quijada que podía marchar a Villagarcía, si era su gusto, y esperar allí sus órdenes. Prometióselas con esto muy felices Luis Quijada, y aquel mismo día añadió en su carta al secretario Juan Vázquez esta postdata: «Hoy era día de tercianas; su majestad ha estado muy bueno. Ame mandado, proprio motu, que me vaya a mi casa; que él me avisará de lo que hubiere de hacer. Le aseguro a vuestra merced que yo no vuelvo a Extremadura a comer espárragos y turmas de tierra.»

Detúvose Luis Quijada en Valladolid para desempeñar graves comisiones del emperador para la princesa gobernadora Doña Juana, y desde allí, el 7 de abril, escribió a aquel su misterioso corresponsal, único en el mundo a quien en las cosas de Jeromín daba cuenta: «Pareciendo a su majestad que, en lo que tocaba al servicio de su persona y casa, quedaba con toda buena orden y como convenía, ha sido servido mandarme ir a la mía, pues, por haber estado tan poco en ella después que llegué, es bien menester mi residencia para muchas cosas.»

Nada encontró Luis Quijada variado en Villagarcía. Doña Magdalena seguía siendo el modelo de todas las virtudes y el amparo de todos los desvalidos, y Jeromín el encanto del castillo y el sol que derramaba en él la luz, el movimiento y la alegría.

Un suceso extraordinario vino por aquel tiempo a fortalecer más y más en el lugar y en el castillo la creencia de que Jeromín era el hijo de Quijada, y a desarraigar, por el contrario, del noble corazón de doña Magdalena esta amarga sospecha... Una noche, mientras todos dormían, estalló en el castillo un incendio formidable, que vino a envolver entre llamas las habitaciones de doña Magdalena y de Jeromín, que, como ya dijimos, estaban contiguas. Comprendió Luis Quijada el gravísimo peligro que por igual corrían ambos, y sin titubear un punto, lanzose primero a salvar al niño y luego a doña Magdalena.

Todos vieron en esta preferencia el amor del padre venciendo al del esposo; pero doña Magdalena, que sabía muy bien hasta qué punto la amaba su marido, vio la hidalguía de Quijada sobreponiéndose al amor inmenso que a ella misma le tenía, y pensó atónita y suspensa cuán grande debía ser aquella honra empeñada por Quijada en la custodia de Jeromín, cuando hasta lo que más amaba en el mundo, que era ella misma, se lo sacrificaba.

X

No pudo soportar mucho tiempo el egoísmo del emperador la ausencia de Luis Quijada, y el 10 de agosto (1557) enviole un propio a Villagarcía mandándole volver a Yuste.

No sospechaba Luis Quijada la conspiración. que contra él urdía toda la reducida corte de Yuste con el propio emperador a la cabeza. El 17 de agosto, el secretario Gaztelu, que estimaba en mucho a Quijada, escribía desde Cuacos con grande misterio al secretario de Estado Juan Vázquez: «Si Luis Quijada viniere ahí, y se le ofreciere algo que le toque, vuestra merced tenga a mano para que sus cosas sean favorecidas, porque sé que se lo merece, y es bien contentalle, agora que se ha de tratar de u quedada aquí y que traiga a su mujer; pero sea para vuestra merced...»

Llegó Luis Quijada a Yuste el 23 de agosto, y al día siguiente, al acabar de comer, tiró el propio emperador de la manta, proponiéndole lisa y llanamente quedarse, en definitiva, a su lado, trayéndose a doña Magdalena y a toda su casa a Cuacos... Asustó a Luis Quijada la propuesta, pensando quizá en Jeromín lo primero, y después de varias réplicas y contrarréplicas, en nada quedaron. Mas aquel mismo día 24 escribió Gaztelu, por orden del emperador, al secretario Vázquez: «Ilustre señor: El emperador ha propuesto al señor Luis Quijada hoy, en acabando de comer, las causas que tiene para no poder dejar de servirse de él; y hasta agora no ha tomado resolución en quedar, por las muchas dificultades que halla para no poder hacello solo, y mucho mayores trayendo a su mujer, y teniendo tanta necesidad de estar en su compañía. Y estando el negocio en estos términos me ha mandado (el emperador) que escriba con éste a vuestra merced que avise de lo que se da a don García de Toledo, por razón de ser mayordomo de la señora princesa, y asimismo al que lo fue de la serenísima reina de Bohemia cuando estaba en estos reinos, y también a los del rey nuestro señor y al marqués de Denia, que lo era de la reina nuestra señora, para que, entendido lo de todos éstos, mire en lo que será justo hacer, y que, además desto, le avise vuestra merced de su parecer y que haya en ello todo secreto, sin que se entienda el fin porque se desea saber, y que venga la respuesta por el primero, porque importa la brevedad; y en el entretanto se irá entreteniendo la conclusión del negocio, aunque tengo por dificultoso el acaballo con él.»

Siete días después, el 31 de agosto, volvió a escribir Gaztelu al secretario de Estado Juan Vázquez: «El señor Luis Quijada, después de haber pasado muchas pláticas sobre su quedada o ida, ha determinado, sin embargo, de todas las incomodidades que se han ofrecido para no poder traer ni estar aquí su mujer, de conformarse con la voluntad de su majestad y servirle y traerla aquí, como él lo debe escribir a vuestra merced; y para tratar del entretenimiento que le ha de dar (el emperador), se aguarda la respuesta de la que escribió a vuestra merced con el dicho correo. Su majestad está bueno y muy contento con la quedada del señor Luis Quijada. Plegue a Dios que él y su mujer lo estén con el tiempo...»

Y llegada que fue la nota pedida a Juan Vázquez, el mismo emperador escribió a Felipe II: «Hijo: a los 8 del pasado os escribí últimamente respondiendo a vuestras cartas, y tengo aviso de que Ruy Gómez recibió las mías en Laredo. Y después llegó aquí Luis Quijada, y habiéndole hablado sobre su quedada y que trajese a su mujer, mandé a Gaztelu que lo hiciese más cumplidamente de mi parte, puesto que se le ofrecieron algunas dificultades, todavía vino en ello; de que holgué como cosa que tanto deseaba. Y queriendo después que se platicase con él sobre el tratamiento que le tengo que hacer, se excusó dello, remitiéndolo a mí. Y para que pudiese atinar más en ello, se escribió a Juan Vázquez que avisase de lo que se había hecho con otras personas que han servido en semejantes lugares, el cual ha enviado la relación de que va con esta copia[5], por donde veréis lo que della resulta. Y como quiera que no sé la orden y comisión que sobre esto distes a Ruy Gómez, ni él me ha avisado della más de haberme mandado copia de la carta que le escribistes a 10 de junio, en que hay un capítulo en que habla en ello, le escribo con éste, para en caso de que no se hubiese hecho a la vela, que me avise dello cumplidamente, con su parecer, y de la ayuda de costa que sería justo se le diese (a Quijada), atento a que no se le ha dado, después que llegué a estos reinos, y el gasto que ha hecho y el que se le ofrece en traer a su mujer y casa, y reedificar en la que en Cuacos ha de posar; con orden que si el dicho Ruy Gómez fuese partido, pase el correo adelante hasta alcanzarlo o donde vos estovierdes, para que, visto lo sobre dicho, miréis lo que en lo uno y lo otro debo hacer y me aviséis luego dello.»

Una vez decidido Luis Quijada a quedarse al servicio del emperador y a traer a Jeromín y a doña Magdalena con toda su casa a la próxima aldea de Cuacos, ocupose sin pérdida de tiempo, con su actividad acostumbrada, en disponer el alojamiento necesario. Compró a este propósito otras dos casas medianeras con la que él ocupaba; hizo de las tres una sola con todas las comodidades posibles en tan ruin lugar, y cuando ya estuvo todo listo y preparado y dispuesto él para marchar a Villagarcía y recoger y acompañar a doña Magdalena y su familia en tan penoso viaje, escribió desde Yuste a su corresponsal misterioso: «Desde agosto estoy aquí sin haber ido a mi casa. Agora su majestad es servido que vaya y traya a mi mujer, y que vengamos de asiento; y aunque debéis haber entendido el trabajo que es residir aquí, lo hago con toda la descomodidad posible, teniendo entendido que su majestad es servido de ello, ansí que yo iré y volveré con la compañía que ya sabe...»

Y cuando hubo vuelto de su viaje e instalado en Cuacos a doña Magdalena y la compañía, apresurose a notificarlo al corresponsal misterioso, envolviendo esta vez en un prudente lo demás la inocente personalidad de Jeromín, tan ajeno de que intervenciones tan altas siguiesen sus pasos. «Después de haber hecho en Valladolid lo que me envió a mandar por su carta, y avisádole particularmente de todo y del estado en que dejaba lo de allí, me volví a mi casa, de donde partí lo más en breve que pude con doña Magdalena y lo demás; y así llegamos aquí l.º de éste (julio), donde hallé a su majestad con mucha salud y más gordo que yo le dejé y con muy buena color y disposición.»

Llegó doña Magdalena a Cuacos el 1.º de julio, como en la precedente carta consta, y aquel mismo día enviole el emperador un atento mensaje de bienvenida y un sólido presente de cocina, carnero fino criado sólo con pan y otras vituallas en que abundaba siempre la despensa de Yuste, pues reyes, príncipes, grandes y prelados disputábanse el honor de abastecerla enviando cada cual por sus cargas lo mejor que se criaba en sus respectivas tierras.

Llegó Jeromín a Cuacos entusiasmado con la esperanza de conocer al emperador, héroe legendario de sus ensueños guerreros, que se le representaba siempre con la empenachada cimera en la cabeza, cruzada la brillante armadura por la flotante banda roja, a caballo en aquel potro andaluz encaparazonado de terciopelo y oro en que la pintó Tiziano en su famoso lienzo de Mulhberg, y le habían pintado a él mil veces en la imaginación las relaciones de Juan Galarza y Luis Quijada, que allí juntos se hallaron. Harto comprendía el muchacho que en su ruindad de niño desconocido no le sería dado besarle las manos, ni oír su palabra, ni siquiera mirarle de cerca... Mas contentábase con verle de lejos, y ya sabía por Luis Quijada que el emperador solía pasear por la huerta y sentarse y aun comer a veces al aire libre en las terrazas del palacio.

Pasó, sin embargo, un día y otro día, y otro y otro, y, a pesar de la vigilancia de Jeromín, no descubrió rastro alguno del emperador ni por huertas ni terrazas. Hasta que, al cabo, llamole una noche doña Magdalena después de cenar, y díjole que logrado tenía ya su anhelo con creces, pues que al otro día había de acompañarla a visitar al emperador, como su paje de honor que era... Diole al muchacho tal vuelco el corazón y de tal manera se le inmutó el semblante, que, asustada la señora, le rodeó con sus brazos; mas echándole Jeromín los suyos al cuello, con el tierno cariño que la profesaba, díjole ingenuamente que le amedrentaba la idea de que le hablase el emperador y no supiese él qué contestarle.

El emperador había invitado, en efecto, a doña Magdalena a que fuese a visitarle, y Luis Quijada dispuso que la acompañase Jeromín como paje de honor, llevándole un presente que doña Magdalena había de ofrecerle. Debió tener lugar esta visita en los primeros días de julio, pues escribiendo Gaztelu a Vázquez el día 19, hace referencia a ella como de cosa ya muy pasada: «El señor Luis Quijada —dice— está bueno y también mi señora doña Magdalena, a quien su majestad tiene cuidado de mandar visitar y regalar, y el otro día fue a Yuste a besarle las manos, y le hizo todo favor»[6].

El presente de doña Magdalena, que no hemos podido averiguar lo que fuese, probablemente guantes o pañizuelos, fue llevado desde por la mañana a Yuste en una bandeja de plata cubierta con un damasco bordado. Doña Magdalena salió de Cuacos a las tres en su litera; a su lado cabalgaba Jeromín en la mulita romana que heredó Luis Quijada de su hermano Álvaro de Mendoza; iba tan galán con su ropita nueva de paje, que parecía una figurilla pintada. Detrás venían Juan Galarza y otro escudero, montados en sendos machos.

Apeáronse doña Magdalena y Jeromín a la puerta de la iglesia, como Luis Quijada había dispuesto, y atravesáronla hasta llegar al altar mayor, donde aquél les esperaba. Hízoles entrar entonces por aquella puerta vidriera que daba al dormitorio del emperador; dio allí Quijada a Jeromín el presente en su bandeja de plata, y entraron los tres juntos, Jeromín detrás, en la cámara del emperador.

Prestaba la oscuridad aún más fúnebre aspecto a la enlutada estancia, pues a causa del calor hallábanse corridas las cortinas y entornadas las ventanas. Arrimose Jeromín a tientas a la pared de un lado, como Luis Quijada le había dicho, y allí estuvo muy derecho con su bandeja en las manos. Nada distinguió desde allí en los primeros momentos... Una especie de montón de cosas negras; una mancha pálida en el centro y una respiración fatigosa, como de viejo asmático.

Recibió el emperador a doña Magdalena con todo favor, como escribía a Juan Vázquez el secretario Gaztelu. Fue la única señora que recibió en Yuste, excepción hecha de las reinas Doña Leonor y Doña María; incorporose en su sillón para recibirla cuanto le permitieron sus rodillas hinchadas, y se quitó ante ella su toca de tafetán ligero. Diole a besar su mano, y con gracia y galantería digna de sus juveniles años, pidió luego licencia a Quijada para besar él la suya a la dama. Mandó darla junto a sí un sillón de brazos, cual si fuese una princesa de la sangre, y mandó también descorrer las cortinas y abrir las ventanas.

Entró entonces la luz a raudales, y Jeromín pudo ver de cerca lo que quedaba de aquel emperador tan grande, de aquel héroe de tantas batallas... Un anciano encorvado, con la barba blanca, caída la cabeza y la voz fatigada. Hallábase hundido entre cojines en su inmenso sillón, cubiertas las piernas con una rica y ligera manta de tafetán enguatado de plumas, regalo de su hija la princesa Doña Juana. A su lado, sobre una percha, había un magnífico papagayo, y sobre las rodillas tenía dos gatitos muy chicos de Indias, que le había enviado poco antes su hermana Doña Catalina, la gran reina viuda de Portugal.

Quedose Jeromín atónito, y envalentonado ante aquella ruina, osó mirarla cara a cara. Mas en aquel momento levantó el emperador la frente y posó como al acaso su mirada en el niño... Encogiose Jeromín y cerró los ojos, como si viera venírsele encima una montaña... ¡Allí estaba el emperador; allí estaba el héroe de tantas batallas!... Conocíasele en la mirada de águila que reflejaba aún el genio y la gloria, y reflejaba también, al posarse en el niño, algo extraordinario, algo hondo, que no era seco, ni duro, ni indiferente tampoco, sino más bien dulce, amoroso, pero mezclado con otro algo que oprimía y angustiaba el corazón de Jeromín sin poder discernirlo, porque imposible era todavía a su alma inocente discernir los sombríos vislumbres que comunica al amor el remordimiento.

Duró aquello un segundo... Doña Magdalena hablaba al emperador de su presente, y Luis Quijada mandó aproximarse al niño para ofrecérselo. Acercose Jeromín temblando como un azogado y púsose de rodillas ante el emperador, levantando hacia él la bandeja. Tomó éste lo que dentro venía, con muchas razones de agrado y benevolencia, y colocolo todo sobre la mesa. Alargó luego su mano agarrotada para que Jeromín la besase, y púsosela un momento sobre la rubia cabeza... A una seña de Luis Quijada volvió Jeromín a su sitio.

Habíase alborotado mientras tanto uno de los gatillos del emperador, y corrió detrás de Jeromín haciéndole fiestas y subiéndosele por las piernecillas. Riose el emperador, y Jeromín, muy turbado, empujaba suavemente con el pie al gatito para que tornase a su puesto. Díjole el emperador:

—Traedle vos acá...

Cogió Jeromín el animalejo y lo presentó al emperador poniéndose de rodillas.

Diole éste de nuevo a besar la mano, y púsosela por segunda vez un momento sobre la cabeza, como una bendición o una caricia.

Salieron por donde habían venido... Al entrar en la iglesia tiró Jeromín a doña Magdalena de las sayas y lanzose con gran ímpetu en sus brazos llorando desconsolado... Atónita ella, preguntábale el motivo de su aflicción, y el niño, muy bajo, pegándole casi al oído su roja boquita, repetía entre sollozos:

—¡Si no lo sé, señora tía; si no lo sé!...

Llegó Luis Quijada y le vio llorar... Mas no le preguntó la causa, ni le reprendió esta vez por su llanto.

XI

Nunca volvió Jeromín a ver de cerca al emperador; viole desde lejos muchas veces, unas en la huerta, otras en la terraza, algunas en la iglesia, y en muchas de estas ocasiones viole también el emperador, y sintió el muchacho sobre sí el peso de aquella mirada tan honda y tan extraña que tanto le impresionaba.

Tampoco doña Magdalena había vuelto a verle, pero recibía diariamente muestras de su favor, ya con visitas de personas calificadas, ya con delicados presentes. Raro era el día que no enviaba el emperador a doña Magdalena algún plato de su mesa, y no llegaba a Yuste envío alguno de viandas, conservas, frutas o golosinas que no mandase reservar una parte muy cumplida para doña Magdalena, la cual le remitía con palabras y razones de la mayor benevolencia; regalos éstos tan útiles como honrosos, porque escaseaban hasta en Cuacos las provisiones, y no eran, las que había, de la mayor delicadeza.

El 30 de agosto (1558) vio Jeromín al emperador por vez postrera. Vagaba el niño por la huerta de Yuste con su ballestilla en la mano, como por instigación del mismo Quijada solía hacer a veces en sus horas de paseo o de descanso. Estaba el día fresco para el verano de aquella tierra, y aunque el resol era grande en las terrazas, hízose sacar el emperador a la de Poniente y mandó que allí le sirviesen la comida. Oculto en el naranjal que había enfrente, contemplole Jeromín largo rato.

Servíanle Luis Quijada y el ayuda de cámara Guillermo Van Male en una mesilla pequeña hecha a propósito, que encajaba en el mismo sillón del emperador. Van Male preparaba los platos; Quijada los trinchaba y servía, y cuatro criados entraban y sacaban los servicios. Faltaba el doctor Mathys, que solía inspeccionar las viandas, por hallarse ausente en Jarandilla; pero en pie, delante del emperador, estaba fray Juan de Regla, el confesor seco y austero como un cartujo de Zurbarán, leyendo un capítulo de San Bernardo, según era la ordinaria costumbre.

El emperador comió poco y sin apetito, y, contra la opinión de Luis Quijada, empeñose en dormir allí mismo, a pesar del resol, su breve siesta. Despertole la llegada de Garcilaso de la Vega, que volvía de Flandes y andaba en tratos con la reina viuda de Hungría para determinarla, en nombre del emperador, a volver al gobierno de aquellos Estados. Duró más de una hora la plática, y a las cuatro tocó el emperador su silbato de oro, quejándose de fuerte dolor de cabeza. Estaba muy demudado y agitábale un frío nervioso que le corría por el espinazo, piernas y brazos.

Acostáronle al punto, y al volver aquella noche Mathys de Jarandilla, donde el mismo emperador le había enviado para ver al conde de Oropesa, quedó muy poco satisfecho de su aspecto. Tampoco debía estarlo mucho el emperador, pues aquella misma noche manifestó a Luis Quijada el deseo de añadir un codicilo a su testamento hecho en Bruselas a 6 de junio de 1554.

No alarmó a Quijada aquel deseo del codicilo, por habérselo manifestado el emperador muchas veces antes; mas alarmole aquel estado continuo de fiebre, delirio y desmayos, y el 1 de septiembre escribió a la princesa Doña Juana suplicándole enviase a toda prisa al anciano doctor Corneille Baersdorp, médico de la reina Doña María, que se hallaba con ella en Cigales.

Sentíase el emperador herido de muerte, y el 3 de septiembre confesó y comulgó, temiendo que algún nuevo y mortal ataque le cogiera desprevenido. El día 18 llegó de Cigales el doctor Corneille, y volvió también Garcilaso de la Vega con la buena noticia de haber aceptado la reina Doña María el gobierno de los Estados de Flandes. No quiso, sin embargo, verle el emperador hasta haber firmado su codicilo, lo cual hizo el 9 de septiembre.

Conferenció al otro día largamente con Garcilaso, y tuvo la última satisfacción de su vida al saber que su hermana Doña María cedía al fin en cosa que él tanto deseaba. Preguntole con grande interés por el regente Figueroa y el arzobispo de Toledo fray Bartolomé de Carranza, que habían venido con Garcilaso de Flandes y debían estar camino de Yuste. Supo entonces que el regente había quedado enfermo en Medina del Campo, y el arzobispo, ignorante de la enfermedad del emperador, caminaba a la sazón hacia Cigales para conferenciar con la reina Doña María de parte de Felipe II, y dar de allí la vuelta a Yuste.

Fatigole mucho esta plática al emperador, y ya no volvió a ocuparse en cosas de este mundo; mas viéronle tan decaído les médicos el día 19, que manifestaron a Luis Quijada la necesidad de administrarle la santa Unción. Amohinose Quijada al oír esto, porque era de esos hombres de carácter violento en quienes el dolor reviste siempre formas de mal humor y desagrado, y contestoles que no dejasen ellos de observarle el pulso y esperasen hasta el último instante. Mas pareció llegado aquel último instante a las nueve de la noche, y llamó el mayordomo a toda prisa a fray Juan de Regla y otros tres religiosos. Entró delante Quijada y dijo al emperador:

—Vuestra majestad ha pedido el sacramento de la Extremaunción por dos veces; si es servido, traerse ha, pues vuestra majestad tiene salud y buen juicio para recevirle agora y goçar dél.

Respondió el emperador:

—Sí, y sea luego.

Corrieron entonces las cortinas de la cama, y diole fray Juan de Regla la Unción, asistido por tres frailes de los más graves del convento.

Reanimose algún tanto el moribundo en la madrugada del 20, y a las ocho de la mañana mandó salir a todos de su cámara, menos a Luis Quijada. Estaba ya casi exánime, incorporado entre almohadas, sin poder soportar por el calor más que la camisa y un ligero tafetán negro que le cubría hasta los pechos. Arrodillose Luis Quijada a su cabecera muy afligido, y el emperador, con voz desfallecida, pero sentido muy firme, le habló por media hora. He aquí sus palabras textuales, según las escribió el mismo Luis Quijada a Felipe II en carta del 30 de septiembre de 1558: «El martes, antes que recibiese el Santísimo Sacramento, me llamó y mandó salir fuera a su confesor y a los demás; y incándome de rodillas, me dixo: Luis Quijada, yo veo que me voy acabando muy poco a poco: de que doy muchas gracias a Dios, pues es su voluntad. Diréis al rey mi hijo que yo le pido que tenga cuenta con estos criados generalmente, los que aquí me han servido hasta la muerte, y que se sirva de Gilaone el barbero en lo que le paresciere, y que mande que en esta casa no se deje entrar güéspedes. Y en lo que sobre mí me mandó dezir, no quiero hablar por ser parte. También me mandó que dijese a vuestra majestad otras cosas, las que le diré quando Dios trujere con bien a vuestra majestad. Plegue a Dios sea con la felicidad que todos deseamos.»

En esta última y suprema conversación con Luis Quijada tuvo el emperador para Jeromín un muy extraño recuerdo... Encargó a su fiel mayordomo entregase después de su muerte al niño Jerónimo, en uso y propiedad, la mula vieja de que él se había servido, el cuartago ciego que había conservado y el machuelo chiquito, que con las otras dos bestias formaban toda su caballeriza.

A mediodía llegó a Yuste el arzobispo de Toledo, fray Bartolomé de Carranza, un anciano robusto, de recia y destemplada voz y largos cabellos blancos muy descuidados. Venía en una mula blanca encaparazonada, envuelto en un gran ropón morado sobre su hábito dominicano y un palio encima muy arrugado, con un pectoral riquísimo, regalo de María Tudor, la reina de Inglaterra. Siguió hacia Cuacos la inmensa comitiva del arzobispo, y apeose él solo en Yuste con fray Pedro de Sotomayor y fray Diego Jiménez, dominicos, que le acompañaban. Llegose el arzobispo hasta el lecho del emperador, y allí se puso de rodillas y le besó la mano. Mirole largo rato el moribundo sin decirle nada, y luego le mandó dar silla y le pidió noticias del rey su hijo, que el arzobispo había dejado en Flandes; mas a las pocas palabras atajósela bruscamente el emperador mandándole ir a descansar en su posada. Recelaba Carlos del arzobispo, pues habían llegado ya a sus oídos aquellas primeras sospechas de herejía que dieron muy en breve en prisión durísima con aquel desdichado anciano, tan perseguido por unos, tan defendido por otros y tan discutido por todos hasta en el día de hoy.

Fuese, pues, el arzobispo a Cuacos a comer en casa de Luis Quijada, donde doña Magdalena le aguardaba. La gravedad del emperador mantenía en la aldea excitación inmensa: hallábase en la calle el vecindario entero formando largo cordón desde Yuste hasta la iglesia del lugar, donde continuamente se hacían rogativas ante el Santísimo Sacramento. Doña Magdalena y Jeromín no descansaban: desde el amanecer iban y venían sin cesar mensajeros a Yuste para traer noticias; y desde aquella misma hora iba y venía también la noble dama desde el oratorio donde rezaba y lloraba, al estrado donde recibía las noticias y daba disposiciones para la llegada del arzobispo, que de un momento a otro esperaba. Jeromín, por su parte, nervioso, azorado, sin poder estarse un momento quieto, sentía unas veces grandes ímpetus de llorar, otras de encerrarse en el oratorio para rezar con doña Magdalena, y no pocas de lanzarse por el camino de Yuste y llegar aunque fuera a viva fuerza a la cámara del emperador para contemplar una vez más aquel pálido rostro engarzado como en un marco de plata en su nevada barba. Nunca había visto el muchacho escenas de muerte, ni aun oído referir otras que las del campo de batalla, y parecíale que morir tan grande emperador en una cama era como matarle a traición, y que para aniquilar tan gloriosa existencia serían necesarios rayos, truenos, centellas; que los elementos todos luchasen entre sí, y se desquiciara y gimiese el orbe entero.

A las cuatro mandó el arzobispo disponer su comitiva para volver de nuevo a Yuste, y entonces ocurriósele a Jeromín una idea... Sin decir una palabra a nadie, ensilló él mismo su mulita romana, y fuese al monasterio entre la comitiva del arzobispo. A nadie extrañó allí su presencia, pues teníanle todos por el paje de honor de Luis Quijada, y sin oposición ninguna llegó hasta la enlutada cámara vecina a la alcoba en que el emperador agonizaba. Hallábanse allí varios religiosos muy graves: el comendador mayor don Juan de Ávila, el conde de Oropesa, don Francisco de Toledo, su hermano, y don Diego de Toledo, tío de ambos.

Acudió Luis Quijada a la entrada del arzobispo, y encontrose con Jeromín cara a cara. El gran corazón del mayordomo pareció subirle hasta la garganta al verle, y aun llegaron a humedecerse los ojos del viejo soldado... Con grande amor y caridad acercose al espantado niño y arrastrole suavemente fuera de la cámara, suplicándole con ternura que parecía empapada en lágrimas, que volviese a Cuacos al lado de doña Magdalena... Obedeció el muchacho sin replicar palabra, con la cabeza baja y los bracitos caídos, lanzando al salir una mirada ansiosa a la cámara en que agonizaba su héroe... No vio nada: caían a plano las negras cortinas, y por la entreabierta juntura divisábanse tan sólo los pies del enorme lecho, y encima el bulto de unas piernas agarrotadas casi, inmóviles bajo un ligero tafetán negro. El fatigoso estertor del moribundo llegó, sí, a sus oídos.

Entró Jeromín en Cuacos abatido en extremo, y encontró a doña Magdalena en su oratorio, rezando una y otra vez con sus dueñas y criados las preces de los agonizantes. Arrodillose en un rincón entre ellos, y allí se estuvo quieto horas y horas; rendíale ya a las diez el sueño, invencible amigo de los niños, y obligole doña Magdalena a echarse vestido en su propia cama de ella, prometiendo despertarle en el momento supremo. Sentose la señora a la cabecera, reclinada en el mismo lecho, dentro de las cortinas, y púsose a rezar el rosario.

Dormía Jeromín inquieto, con afligida expresión pintada en la pálida carita; a veces levantaban su pecho nerviosos suspiros. Mirábale dormir doña Magdalena inquieta también y extrañada. De repente cruzó su mente por vez primera una vivísima sospecha. Interrumpió su rezo; miró ávidamente al niño; inclinose sobre él como para besarle en la frente, y besole al fin la manita, que yacía a lo largo de su cuerpo...

En aquel momento, la campana mayor de Yuste dejó escapar en el silencio de la noche un lúgubre tañido... Incorporose doña Magdalena espantada, y tendió el cuello como para escuchar, con las manos cruzadas en lo alto... Sonó otra campanada y luego otra... No había duda: era el toque de agonía... Doña Magdalena titubeó un momento, mas decidiose al fin, y despertó suavemente al niño. Agarrósele éste al cuello, preguntando muy bajo:

—¿Ha muerto?... ¿Ha muerto?...

—Rezad, hijo, rezad —contestole ella.

Y rezaron los dos abrazados el cántico de los muertos, el De profundis clamavi.

La campana seguía tañendo con fúnebre pausa... Oíanse en la calle rumores de pasos y carreras; ruidos de llantos y gritos... Sonaron seis campanadas juntas aún más graves y solemnes, y ya no sonaron más. Todo quedó en silencio.

Jeromín comprendió entonces que el grande emperador había muerto como los demás hombres, sin que se nublase el sol ni se estremeciera la tierra.

XII

El dolor de Luis Quijada por la muerte del César fue tan grande, que escribe a este propósito el monje anónimo de Yuste, testigo presencial de aquellos sucesos: «Acaeció que, salido el arzobispo con los demás señores, como arriba dixe, a escrevir al rey, nuestro señor, la muerte de su padre, se quedaron en el aposento, donde estaba el cuerpo del emperador muerto, los tres queridos de su majestad: el marqués de Miravel, Luis Quixada y Martín Gaztelbu (Gaztelu), los quales hicieron y dixeron cosas, en sentimiento de la muerte de su majestad que, a no los conoscer, fuera posible juzgar y sentir muy diferentemente dellos y de su gravedad. Davan voces, davan gritos, dávanse palmadas en el rostro y calabaçadas en las paredes que parecía estaban fuera de sí, como lo estavan con la pena que sentían de veer muerto a su señor que en tantas honras les pusiera, y a quien tan tiernamente amavan y querían: decían muchas alabanças del César, referían sus virtudes. Y juntamente con esto, eran tantas las voces y gritos que davan, que despertaron toda la casa de su majestad, a que todos hiciesen otro tanto, asta que les sacaron del aposento, adonde quedamos los quatro religiosos que belamos el cuerpo como arriba dixe.»

Aquel exceso de dolor produjo, sin duda alguna, en Luis Quijada cierta irritación nerviosa que le hizo por mucho tiempo más duro y más severo en su trato, y quizá menos circunspecto en su prudencia. Sólo con Jeromín parecía haber acentuado, por el contrario, no ya sus cuidados y vigilancia, pues éstos fueron siempre extremados, sino las manifestaciones de su cariño y consideración, que antes eran más disimuladas.

Celebráronse por tres días solemnísimas honras en Yuste estando de cuerpo presente el emperador, y en todas ellas presidió Luis Quijada con loba cerrada de bayeta negra y capirote de luto que le tapaba el rostro casi por completo. A su lado estuvo los tres días Jeromín, también con loba y capirote, que sólo dejaba al descubierto aquellos sus ojitos garzos que todo lo veían y escudriñaban: que cierto nos maravillamos, dice el monje anónimo de Yuste, cómo tuvo fuerzas para sufrir estar tanto tiempo de pie.

Y acaeció aquel primer día de las honras que como viese Luis Quijada que un paje del marqués de Miravel entraba en la iglesia una silla para su amo, mandósela retirar. Dijo el paje que su señor estaba enfermo, y érale menester si había de estar dentro. A lo cual replicó Luis Quijada:

—Pues quédese afuera; que no he de permitir yo que nadie tome silla ante el emperador, mi señor, ni vivo ni muerto.

Pidió Jeromín a Luis Quijada el papagayo del emperador y uno de sus gatitos que quedaban, por haber muerto el otro poco antes; y con verdadera complacencia trájoselos Luis Quijada a Cuacos y púsolos al cuidado del niño, mientras no los reclamase la princesa Doña Juana, a quien se había notificado ya la existencia de los animalejos. Y tal preponderancia debió tomar aquel augusto Zapirón sobre el rígido mayordomo, que en una carta de éste al secretario de Estado, Juan Vázquez, pone esta curiosa postdata: «Ha dos días que esta carta estaba escrita; y por lo mucho que ha havido en que entender, y porque quise esperar a que todos fuesen partidos, no he despachado. Hoy han acabado de arrancar de aquí con todo su bagaje, y vuestra merced perdone el ir cortando el papel, que el diablo del gatillo me ha derramado un tintero de tinta en la otra hoja.»

Permaneció Luis Quijada en Cuacos hasta fines de noviembre, porque todo este tiempo le fue necesario para el pesado trabajo de levantar la casa del emperador, hacer inventarios, despedir servidumbres, ajustar cuentas y pagar deudas. Aprovechó esta ocasión doña Magdalena para hacer una visita con Jeromín al no lejano santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, y durante su ausencia ocurriole a Luis Quijada un caso que le sorprendió y disgustó, aunque de mucho tiempo atrás debiera tenerlo previsto.

Y fue ello que ni a los muchos y graves personajes que hospedó en Cuacos Luis Quijada, ni a los frailes del monasterio que allí acudían de continuo, ni a las mil personas indiferentes que por diversos conceptos cruzaron aquellos lugares durante la estancia del emperador, pudo pasárseles por alto aquella simpática figura de Jeromín que tan natural encanto reflejaba, ni la posición extraña que parecía ocupar en casa de los Quijadas a poco que se le observase de cerca. Hiciéronse sobre ello muchas suposiciones y comentarios; y tan graves fueron las unas y tan alto llegaron los otros, que un día, cuando menos Luis Quijada lo pensaba, encontrose con una carta del secretario de Estado, Juan Vázquez, preguntándole sin rodeos, en nombre de la princesa Doña Juana, si era cierto que el emperador hubiese dejado un hijo natural muchacho, que estuviese a su cargo de él desde años antes, porque su alteza deseaba proveer a todo ello si el caso fuera verdadero.

Alborotose Luis Quijada ante pregunta tan grave, y apresarose a contestar a Juan Vázquez el día 18 de octubre: «En lo que vuestra merced dice del muchacho que está en mi poder, es verdad que me lo encomendó un amigo mío años ha; y no se ha de creer que es de su majestad como vuestra merced dice que se ha publicado así, pues en su testamento, cuya copia que tenía en su poder, nos hizo leer a Gaztelu en su presencia, a su confesor y a mí, ni el codecilio que después otorgó, hace mención de nada de esto; y siendo esto ansí, no sabría más que poder responder a ello.»

Y no contento con esto Luis Quijada, y como para salvar su responsabilidad ante aquel su misterioso corresponsal de Flandes, único con quien trataba las cosas de Jeromín, escribiole desde Cuacos: «Veinte días después del fallecimiento de su majestad imperial, me escribió Juan Bázquez, de parte de la serenísima princesa, que le avisase si era verdad que en mi poder avía un niño, queriéndome dar a entender que se había dicho ser de su majestad, o como yo le avisase, en público o en secreto, de lo cierto dello, para que, si fuese verdad, se probeyese lo que cerca desto dexara ordenado. A que le respondí ser ansí que yo tenía un muchacho de un caballero amigo mío, que me había encomendado años ha, y que pues su majestad ni en su testamento ni codecilio no hacía memoria dél que era razón, tenezlo por burla y que no sabía que poder responder otra cosa ni en público ni en secreto. Y aun sé que tenéis entendido lo que en esto hay, y el inconveniente que podría resultar de semejante publicación, todavía, por lo que toca a mi descargo de havérseme escrito lo sobredicho, y haver sabido por otras vías que se trata desto, me ha parecido avisarle dello, para que sepa que en esto he hecho lo que devo y soy obligado.»

Volvió a la carga Juan Vázquez sobre el mismo asunto, y mohino ya el mayordomo, contestole, aludiendo a la creencia errónea en que estuvo el secretario, a pesar de las seguridades que Luis Quijada le daba en contra, de que el emperador mandaba aderezar meses antes una casa del arzobispo en Alcalá, para trasladarse allí, abandonando a Yuste. «Por tan cierto me parece que va teniendo lo de este muchacho vuestra merced, como el aderezar su majestad la casa de Alcalá para irse a ella. Pregunte vuestra merced al fator cuando ha, y lo que yo le dije sobre cierto juro que quería comprar yo para este niño.»

Mas como a su paso para Valladolid, camino ya de Villagarcía, viese Quijada aquel mismo rumor de que se hacía eco Vázquez, extendido por todas partes y le molestara a él con preguntas e indirectas, escribiole ya sin ambages ni rodeos, el 13 de diciembre, al corresponsal misterioso de Flandes, que no era otro sino la propia majestad católica del señor rey Don Felipe II: «Hallo tan público aquí lo que toda aquella persona que vuestra majestad sabe que está a mi cargo, que me ha espantado y espántame mucho más las particularidades que sobrello oyo. Venía con temor que la serenísima princesa no me apretase a que yo la dijese lo que sobresto sabía, lo qual, por no tener la libertad que sería razón para decillo, venía determinado a cerrarme, y no responder más de lo que la primera vez había hecho; de que a vuestra majestad he avisado desde Yuste. Pero su alteza me hizo tanta merced, que palabra no me habló dello hasta agora; y ansí no pienso responder a nadie que me preguntare, sino que yo no sé nada de lo que el pueblo dice; mas también sé lo que en esto hay, que casi que lo debe saber la serenísima princesa, según me han dicho. Pero la voluntad de su majestad para que vuestra majestad la entienda, era questo estuviese secreto hasta la venida de vuestra majestad y desde allí adelante se hiciese lo que vuestra majestad mandase. Yo no hago más demostraciones en esto que lo que hacía en vida el emperador; mas tengo mucho cuidado que aprenda y se le enseñen las cosas necesarias, conforme a su edad y a la calidad de su persona, que, según la estrecheza en que se crió y ha estado hasta que vino a mi poder, es bien menester con todo cuidado tener cuenta con él. Y ansí me ha parecido avisar a vuestra majestad de lo que pasa, y de la determinación que su majestad tenía y pensaba hacer, para que vuestra majestad la entienda y mande lo que fuere servido haga También ha tenido, de diez días a esta parte, unas tercianas dobles harto ruines; mas, bendito sea Dios, yo vine ayer de mi casa, y le dejé sin ellas y fuera de peligro.»

Agradole a Don Felipe esta lealtad de Quijada, y contestole de su puño y letra que guardase fielmente el secreto, tal como el difunto emperador le había encomendado, hasta la llegada de él a España, que sería muy en breve; pero que no le alarmasen los rumores que corrían, porque allí en Flandes era ya la verdad pública. Al testamento hecho en Bruselas por el emperador acompañaba un pliego cerrado con este sobrescrito de su propia mano: «No ha de abrir esta cédula otro que el príncipe mi hijo, y en su defecto, dél, mi nieto Don Carlos; y en su defecto él o la que fuere mi heredero o heredera, conforme a este mi testamento al tiempo que se abriere».

Dentro de este sobre hallábase la siguiente declaración firmada por el emperador y sellada con su sello secreto:

«Demás de lo contenido en este mi testamento, digo y declaro que, por cuanto estando yo en Alemania, después que embiudé hube un hijo natural de una mujer soltera, el qual se llama Jerónimo, y mi intención ha sido y es que, por algunas causas que a esto me mueven, que pudiéndose buenamente endereçar que de su libre y espontánea voluntad él tomase hábito en alguna religión de frayles reformados, a lo qual se encamine sin hacerle para ello premia y extorsión alguna. Y no pudiendo esto guiar ansí, y queriendo él más seguir la vida y estado seglar, es mi voluntad y mando que se le den de renta, por vía ordinaria, en cada un año, de veynte a treinta mil ducados en el reino de Nápoles, señalándole lugares y vasallos con la dicha renta. Lo qual todo, assí en el señalar los dichos, como en la cantidad de la renta, que la suma susodicha sea como pareciese al príncipe mi hijo, a quien lo remito; y en defecto dél, sea como pareciere a mi nieto el infante Don Carlos, o a la persona que, conforme a este mi testamento, fuere mi heredero o heredera al tiempo que se abriere. Y cuando el dicho Jerónimo no estuviese por entonces ya puesto en el estado que yo deseo, gozará de la dicha renta y lugares por todos los días de su vida, y después dél, sus herederos y sucesores legítimos, de su cuerpo descendientes. Y en cualquier estado que tomare el dicho Jerónimo, encargo al dicho príncipe mi hijo y al dicho mi nieto, y a cualquiera mi heredero, que, como dicho tengo, tubiere al tiempo que este mi testamento se abriesse, que lo honre y mande honrar, y que le tengan el respeto que conviene, y que haga guardar, cumplir y executar, lo que en esta cédula es contenido. Lo qual firmé de mi nombre y mano, y va cerrada y sellada con mi sello pequeño y secreto, y se ha de guardar y de poner en efecto, como cláusula del dicho mi testamento. Hecha en Bruselas, a seys días del mes de junio de 1554.

Hijo o nieto, o cualquiera que al tiempo que este mi testamento y cédula se abriese, y fuere conforme a él mi heredero o heredera, si no tuviéredes razón de dónde esté este Jerónimo, lo podréys saber de Adrián, ayuda de mi cámara; o en caso de su muerte, de Oger, mi portero de cámara, para que use dél conforme a lo susodicho.»

A esta gravísima declaración iba unido un duplicado de la cédula firmada por Francisco de Massy y Ana de Medina, que sirvió a Carlos Prevost para reclamar a Jeromín en Leganés, cuatro años antes.

XIII

Pronto convaleció Jeromín de sus tercianas, y la vida de Villagarcía comenzó otra vez a deslizarse tranquila, feliz y ordenada, como antes del agitado paréntesis de Yuste y de Cuacos.

Luis Quijada guardó fielmente el secreto del emperador, como Felipe II le había mandado, y la existencia de Jeromín, encerrado otra vez entre los muros de Villagarcía, pareció por completo olvidada.

Nada hay, sin embargo, más feliz que la memoria de una mujer curiosa, por muy prudente y discreta que sea; y si pocas aventajaban en virtud, prudencia y discreción a la princesa gobernadora de España, Doña Juana de Austria, tampoco iba ella a la zaga de nadie ni en curiosidad de saber ni en recursos para investigar. Viendo, pues, que nada había sacado en claro de Luis Quijada sobre la persona de Jeromín, ocurriósele sacarlo de doña Magdalena, y enviole a este propósito un correo a Villagarcía hacia el 15 de mayo, suplicándole que «la diera gusto en venirse a ver el Auto, y truxere al mochacho que tenía consigo, con el disfraz en que vivía».

Era este auto a que aludía la princesa Doña Juana el famoso auto de fe celebrado en Valladolid el 21 de mayo de 1559, en que salió el doctor Agustín Cazalla con treinta de sus secuaces herejes. Habíase descubierto toda esta maraña luterana muchos meses antes, en vida todavía del emperador, el cual pidió y urgió con gran vehemencia desde Yuste el pronto y terrible castigo de los culpables a la princesa gobernadora Doña Juana y al inquisidor general, don Fernando de Valdés, arzobispo de Sevilla. El caso y su descubrimiento fueron de esta manera:

Moraba por aquel entonces en Valladolid, en el número 13 de la calle de las Platerías, un tal Juan García, de oficio platero. Veíale su mujer de algún tiempo atrás caviloso y distraído, y observole también que muchas noches fingía recogerse al aposento más temprano y tornaba a salir luego más tarde. Era la mujer brava y decidida, y siguiole una noche disfrazada, creyendo fuera todo cosa de amoríos.

Llegó Juan García a una calle que llaman ahora del Doctor Cazalla, y sin recatarse demasiado llamó a una casa que estaba entre lo que es hoy cuartel de Caballería y la antigua botica de la plazuela de San Miguel. Abriose con precaución un postiguillo, y la mujer oyó distintamente que daban desde dentro una contraseña que a ella le pareció: Chinela. Juan García contestó Cazalla, y Abriose la puerta y entró el platero.

Quedose la mujer atónita, y creció más todavía su pasmo al ver que por ambos extremos de la calle llegaban a intervalos los hombres y mujeres, ya solos, ya en parejas, y, previa la misma operación que hiciera su marido, desaparecían también en la casa misteriosa, que no era otra sino la de doña Leonor de Vivero, madre del doctor Cazalla. Era la mujer decidida, según ya dijimos; y como viese venir a lo largo de la calle una beata muy devota y compuesta, que resultó luego la Juana Sánchez que se suicidó en la Inquisición clavándose unas tijeras en la garganta, siguiole los pasos con disimulo, dio también en la puerta su contraseña, y entrose tras la beata hasta una sala muy espaciosa, no mal alumbrada, en que vio y escuchó al doctor Cazalla explicando a más de sesenta personas entre hombres y mujeres las perversas doctrinas luteranas que había traído de Alemania.

Comprendió la mujer al punto que se hallaba en un conventículo de herejes, y llena de horror, aunque sin perder un punto su aplomo y energía, saliose con disimulo y denunció aquella misma mañana a su confesor todo lo que había visto y oído. Mas ya fuera que también éste anduviese tocado de la misma doctrina, ya que no diese gran crédito a las palabras de su penitente, limitose a aconsejarla que no hiciera caso. Hízole ella tanto, sin embargo, que aquel mismo día se avistó con el inquisidor mayor en persona, y púsole en las manos el hilo de la maraña. Y tal y tan grande la encontraron siguiendo con prudente cautela aquel hilito, que con razón pudo decir Cazalla, ya en la cárcel:

—Si esperaran cuatro meses para perseguirnos, fuéramos tantos como ellos; y si seis, hiciéramos de ellos lo que ellos de nosotros.

Tuvo el hecho por toda España inmensa resonancia, y calculáronse en más de doscientas mil personas las que acudieron a Valladolid de las dos Castillas, Aragón, Extremadura y aun de la misma Andalucía para presenciar el auto de fe que, como desenlace del drama, debía celebrarse el domingo de la Santísima Trinidad, 21 de mayo de 1559.

Había tenido Luis Quijada verdadera participación en todo esto, pues a él envió el emperador desde Yuste para urgir a la princesa y al inquisidor en el pronto y terrible castigo de los herejes, y así la aconsejó también Luis Quijada mismo, que, como verdadero hombre de su tiempo, católico rancio de Castilla y político educado prácticamente en Alemania, comprendía y opinaba que sólo rigurosos y saludables escarmientos podrían detener el protestantismo a las puertas de España, y con él la desmembración del reino y la ruina más que probable de toda la monarquía. Pareciole, pues, oportunísima la lección que pudiera llevar Jeromín en Valladolid asistiendo al auto de fe a que le convidaban, y él mismo instó a doña Magdalena para que aceptase la invitación de la princesa gobernadora y se trasladase a Valladolid en aquellos días con el niño y con doña Mariana de Ulloa, su sobrina, heredera de su hermano el marqués de la Mota, que se hallaba a la sazón en Villagarcía.

Salieron, pues, del lugar doña Magdalena y su sobrina con todo el acompañamiento que a tan ilustres damas correspondía, y llegaron a Valladolid el 20 de mayo, víspera del auto, muy de mañana. Hospedáronse en las casas del conde de Miranda, deudo muy cercano de doña Magdalena, y para evitar encuentros enojosos de visitas y preguntas ociosas de indiscretos, dispuso la prudente señora que todo el día anduviese Jeromín por las calles con el escudero Juan Galarza viendo y admirando los preparativos del solemne y terrible acto.

Marchose Jeromín encantado, y verdaderamente que a nada era comparable el aspecto de las calles de Valladolid en aquel día 20 de mayo. Rebosaba la gente en ellas de tal manera, que hacíase casi imposible el tránsito a los familiares del Santo Oficio encargados desde por la mañana de promulgar el acostumbrado bando. Iban éstos a caballo, con sus veneras en la mano, precedidos y seguidos de alguaciles y rodeados de pregoneros, que con temerosas voces anunciaban en las esquinas los dos artículos del bando. Prohibíase por el primero desde aquel momento hasta el día siguiente a la ejecución de las sentencias el uso de armas ofensivas y defensivas, bajo pena de excomunión mayor y confiscación de las dichas armas. Quedaba igualmente prohibido por el segundo, desde las dos de la tarde de aquel día hasta una hora después de terminadas las ejecuciones, el tránsito de carrozas, literas, sillas, caballos o mulas por las calles donde debía pasar la procesión y por la plaza Mayor, donde se hallaba el tablado.

Una doble hilera de guardias impedía la entrada en ésta, donde daban ya la última mano al enorme cadalso en que debía celebrarse el auto o lectura de las causas y sentencia, única parte de la solemnidad que la corte y el público culto presenciaban. Y allá fuera de puertas, en lo que llamaban Campo Grande o de Marte, cercaban también los guardias el espacio de terreno llamado el Quemadero, donde para ejecutarse las sentencias levantaban entonces quince tabladillos, por ser otros tantos los reos sentenciados a muerte. Eran estos tabladillos muy pequeños; descansaban sobre la leña que había de formar la hoguera y elevábase encima de ellos un garrote con su argolla, igual a los de nuestro tiempo, adonde se ataba al reo y se le daba muerte antes de quemarlo, porque muertos y no vivos se quemaban entonces los reos, como no fuese en el otro caso de impenitencia final y de blasfemia.

En todo aquel trayecto del Campo Grande a la plaza Mayor y de ésta a la calle de Pedro Barrueco, hoy del Obispo, donde estaban las casas y cárceles del Santo Oficio, no quedaba esquina, rincón o plazuela donde no se levantasen cadalsos enlutados, cuyos asientos llegaron a pagarse a la suma enorme, para aquel tiempo, de 12, 13 y aun 20 reales.

Levantábanse también en todas las plazas del lugar y en muchas de sus encrucijadas otros tingladillos enlutados donde predicaban todo el día frailes de todas las Órdenes a la inmensa multitud, que sin cesar se remudaba, enlutada siempre, triste, muy semejante en su aspecto al que se notaba antes en todas, y se nota aún en muchas poblaciones de España el día de Viernes Santo. El luto oficial, la verdadera compunción de muchos y la afectada compostura de otros, encubrían la indiferencia de no pocos y prestaban a todo el conjunto un tinte de lúgubre tristeza y aun de pavura, acorde con el terrible espectáculo que iba a celebrarse.

A las cuatro cesaron los sermones en las plazas y aumentó la afluencia de gente en calles, tablados, ventanas y balcones... Comenzaba a salir de la capilla del Santo Oficio la tradicional procesión llamada de la Cruz Verde. Marchaban delante todas las comunidades religiosas de Valladolid y sus contornos, formados los frailes de dos en dos, todos con hachas de cera encendidas. Seguían los comisarios, escribanos y familiares del Santo Oficio, y a continuación los consultores, calificadores y altos ministros del Tribunal con los secretarios, el alguacil mayor y el fiscal, llevando todos también grandes cirios encendidos. Al final de esta inmensa procesión traía un fraile dominico, bajo palio de terciopelo negro, una gran cruz de madera verde cubierta con un crespón de luto. Los músicos de la capilla entonaban alrededor el himno Vexilla regis prodeunt, que todo el numeroso acompañamiento y el pueblo mismo contestaba, alternando los versículos.

En algunas esquinas, los frailes predicadores dejaban oír de cuando en cuando su voz, no para predicar, sino impetrando del cielo la contrición de los reos con vehementes apóstrofes, a que contestaba el pueblo entero con jaculatorias, gemidos y oraciones. Susurrábase que de los treinta reos condenados, sólo uno, el bachiller Herreruelos, permanecía aún obstinado e impenitente.

Cruzó la procesión con solemne pausa las calles principales de Valladolid y vino a recaer, muy entrada ya la noche, en la plaza Mayor, donde se había terminado ya el cadalso. Había en éste un altar preparado, y en él colocaron solemnemente la cruz verde con doce hachas de cera blanca encendidas. Cuatro religiosos dominicos y un piquete de alabarderos habían de velarla allí toda la noche.

XIV

Mientras corría Jeromín por las calles de Valladolid, más divertido que admirado o compungido, felicitábase doña Magdalena por su prudente idea de haberle alejado de casa.

A las pocas horas de su llegada recibió un atento mensaje de doña Leonor Mascareñas, dama de la princesa Doña Juana, anunciándole que a las tres y media de la tarde iría a visitarla en nombre de su alteza la serenísima señora princesa gobernadora, y tendría al mismo tiempo la honra de besarla las manos en nombre propio de ella. Contestola doña Magdalena, con la aparatosa cortesía de aquellos tiempos, que todas las horas eran buenas para recibir mercedes tan señaladas, y que a ella, humilde criada de doña Leonor, era a quien correspondía besar de rodillas las suyas.

A la hora fijada, y con puntualidad verdaderamente palaciega, llegó doña Leonor con sus dueñas, pajes y escuderos. Venía a pie, porque prohibía ya el bando circular en silla de manos, y enlutada como las circunstancias requerían, con saya de paño a la castellana, manto de espumilla, guantes y altísimos chapines negros. Pasaba ya doña Leonor de los sesenta años: era de gran linaje portugués, y por sus virtudes, méritos y talentos teníasela con harta razón por la señora más autorizada de la corte. Había venido a España como dama de la emperatriz Doña Isabel, esposa del difunto César Carlos V; fue luego aya de Felipe II, y fuelo después del príncipe Don Carlos, el cual le entregó el mismo Don Felipe con estas notables palabras:

—Este niño no tiene madre; sedlo vos suya como lo fuisteis mía[7].

Bajó doña Magdalena a recibirla al pie de la escalera con toda su servidumbre, y allí se hicieron ambas señoras las primeras cortesías. Condújola luego al estrado, y quiso darle allí un sitial alto y sentarse ella sobre la alfombra; no lo consintió doña Leonor, e intentó sentarse ella también en el suelo; instó la una ofreciéndole asiento más alto; porfió la otra en no tomarlo, y después de finísima y reñida batalla quedaron las dos señoras sentadas al mismo nivel en sendos almohadones. Hizo entonces doña Magdalena servir una delicada colación de dulces, frutas y bebidas, y ofreció a la Mascareñas, en una cajita, media docena de pares de guantes adobados en ámbar.

Pasados estos primeros cumplidos y comedimientos, la Mascareñas, extendiendo el abanico como para aislarse de las dueñas que fuera de la tarima ocupaban el fondo de la sala, dijo al oído de doña Magdalena con la mayor naturalidad del mundo, que su alteza la serenísima princesa le quedaba muy agradecida por su bondad en proporcionarle al día siguiente la ocasión de conocer a su hermano.

Esperábala aquí doña Magdalena desde el momento de su llegada, y con ingenua sencillez, por otra parte, muy bien calculada, contestola la verdad punto por punto... Que ella no sabía bien lo que su alteza quería decirla... Que el niño Jeromín, a quien, sin duda, aludía, le fue entregado, en efecto, por su esposo y señor Luis Quijada, cinco años antes como hijo de un su grande amigo, cuyo nombre no podía revelarle... Que como era natural (y con nobilísima dignidad acentuó doña Magdalena esta palabra), jamás le había movido ella plática alguna a su marido sobre el origen del niño, ni añadiole él una sola palabra a lo que desde un principio le escribió de Bruselas... Que las varias sospechas que en diversas ocasiones asaltaron su mente, por miedo de formar juicios, que, sin prueba alguna, eran, sin duda, temerarios; y que en cuanto a los rumores corridos durante la estancia del niño en Yuste, ni ella los había escuchado nunca, ni mucho menos confirmado.

Callose aquí doña Magdalena, y, como de común acuerdo, ambas señoras agitaron en silencio por un buen rato sus respectivos abanicos.

Era la portuguesa mujer tan buena como hábil, y no necesitó más para comprender que quedaba terminada con esto su misión exploradora. Su noble corazón supo apreciar en todo aquel sencillo relato de doña Magdalena la dignidad de la esposa, la delicadeza de la señora y la severa rectitud de la cristiana, y su perspicacia natural, afinada por tantos años de palaciega, hízola comprender al punto que ni doña Magdalena sabía más sobre Jeromín, ni, de haberlo sabido, fuera posible arrancarle una sola palabra que no hubiese dicho ya a todo el mundo el propio Luis Quijada.

Quiso, sin embargo, doña Leonor cumplir en todo el encargo de su señora, y preguntó con mucha delicadeza si le sería posible ver al niño, porque deseaba su alteza que se le previniese de alguna manera el encuentro que había de tener al día siguiente, no fuera que la sorpresa o el temor le llevaran a cometer alguna imprudencia... Contestole a esto doña Magdalena que sentía en el alma no poder complacer a su alteza, porque el niño Jerónimo había salido con un escudero a ver la procesión de la Cruz Verde, y no creía que tan pronto diera la vuelta; pero que si creía ser esto servicio de su alteza, ella cuidaría de prevenirle lo que fuera prudente.

Y lo que más prudente pareció a doña Magdalena fue no decir una palabra a Jeromín de nada de lo sucedido, ni despertar antes de tiempo ideas fantásticas y ambiciosas en aquella mente que dormía aún serena y tranquila, sino dejarla descansar en paz, y fiarlo todo a lo que la inocencia y el despejo natural del muchacho le inspirasen y a lo que Su Divina Majestad dispusiera.

Brillaban todavía las estrellas en el cielo cuando salió doña Magdalena de su casa con su sobrina, llevando en medio, de la mano, a Jeromín, con el traje de labradorcillo que indicara la princesa. Iban las dos señoras envueltas en amplios mantos negros que las tapaban casi el rostro, y vestidas por debajo de luto también, pero con riqueza y joyas de adorno, como era costumbre de las damas de la corte. Acompañábalas una muy autorizada servidumbre, y siguiendo la misma valla por donde habían de pasar los reos, llegaron sin grandes apreturas a la plaza Mayor, a pesar del gentío inmenso.

No eran aún las cuatro y media de la mañana, y ya no se veía entre el hervidero humano que se agitaba en la plaza otro lugar vacío que el centro del tablado donde debían colocarse los reos, y el corredor o ancho balcón corrido de las Casas Consistoriales, reservado para los príncipes y su numerosa comitiva. En el extremo de este corredor había mandado la princesa reservar un cómodo sitio para doña Magdalena, calculando que, al pasar ella necesariamente por allí para ocupar el solio, le sería fácil detenerse para saludarla y ver al niño, sin llamar la atención demasiado.

También doña Magdalena había tirado sus cálculos; hizo sentar a Jeromín en el suelo, entre su silla y la de doña Mariana, y envolvió por completo su diminuta persona entre el manto de ésta, de modo que para todo el que entrase pasara inadvertida la presencia del muchacho. Sacaba Jeromín la cabecita muy divertido entre los pliegues del manto y miraba por entre los hierros del balcón, haciendo mil preguntas sobre todo lo que veía y esperaba ver más adelante.

En el centro delbalcón consistorial, que corría toda la fachada, había dos ricos doseles de terciopelo morado y tela nevada de plata y oro, con sendos sitiales debajo para la princesa gobernadora y el príncipe Don Carlos. A la derecha e izquierda dividíase el balcón como en tribunas, destinadas a los Consejos, la Chancillería, la Universidad, los grandes, las damas de Palacio y la servidumbre de los príncipes. En la primera de estas tribunas, hacia el lado de entrada, era donde se hallaban Jeromín y las dos señoras.

Frente por frente del Consistorio, y dando la espalda al convento de San Francisco, levantábase el cadalso, alto y suntuoso, defendido por verjas y balaustradas. Constaba de dos cuerpos, uno superior y otro inferior, a modo de triángulo. En el centro del primero hallábase el altar en que había sido depositada la noche antes la cruz verde entre doce hachas de cera blanca, cuyas luces palidecían ya ante las primeras del alba. Los cuatro dominicos y el piquete de alabarderos dábanle todavía guardia.

A derecha e izquierda del altar había gradas para los condenados, y un púlpito enfrente para el predicador. El tablado de abajo estaba destinado a los ministros del Santo Oficio, y había en sus extremos dos tribunas para que los relatores leyesen las causas y sentencias, y otra en medio, mucho más alta, para que los reos oyesen desde allí cada uno las suyas. Salía del cadalso una especie de valla o manga de madera, muy semejante a las que se usan hoy para introducir sin peligro el ganado en las poblaciones, que iba a parar a las cárceles de la Inquisición, y estaba destinada a proteger el camino de los reos. En el resto de la plaza levantábanse más de doscientos tabladillos alquilados a curiosos, y en los cuales no se hubiera podido colocar, a las cinco de la mañana, una sola persona más de las que ya contenían.

A esta hora apareció en la plaza la guardia real de a pie abriendo camino entre la apiñada muchedumbre a la comitiva de los príncipes. Venía delante el Consejo de Castilla con mucha circunspección y pausa, y detrás los grandes, el condestable y el almirante entre ellos; el marqués de Astorga y el de Denia; los condes de Miranda, Osorno, Nieva, Módica, Saldaña, Monteagudo, Lerma, Ribadeo y Andrade; don García de Toledo, ayo del príncipe; los arzobispos de Santiago y de Sevilla, y los obispos de Palencia y Ciudad Rodrigo, el cual último era el famoso y benemérito don Pedro de la Gasca.

Seguían también, en dos filas, las damas de la princesa, todas de luto, pero muy ricamente ataviadas con joyas, y detrás de ellas, y como presidiéndolas, el marqués de Sarriá, mayordomo mayor de la princesa, y doña Leonor Mascareñas, que era o hacía oficios entonces de camarera mayor. Venían después dos maceros con mazas doradas al hombro, cuatro reyes de armas con dalmáticas de terciopelo carmesí, bordadas detrás y delante las armas reales; el conde de Buendía con el estoque desnudo, e inmediatamente detrás la princesa Doña Juana y el príncipe Don Carlos; ella con saya de raja de luto, manto y toca negra de espumilla, jubón de raso, guantes blancos y abanico negro y dorado en la mano; él con capa y ropilla también de raja, media calza de lana y muslos de terciopelo, gorra de paño, espada y guantes. Cerraba la marcha la guardia real de a caballo con pífanos y tambores.

En este orden entró la comitiva en el Consistorio, y desfiló por el corredor ante doña Magdalena, para ocupar cada cual su respectivo sitio. Veíala pasar la señora en pie, ocultando casi con su cuerpo a su sobrina doña Mariana; tenía ésta sentado sobre sus rodillas a Jeromín, y cubriólo por completo con el manto. Habíale dicho, para justificar estas maniobras, que no era lícito a los niños entrar en aquel lugar; que se estuviese quedo mientras pasaba la corte, y luego le colocarían en sitio donde todo pudiera verlo. Obedeció Jeromín sin sospecha ninguna aparente, pero acordándose quizá de sus aventuras en el convento de descalzos, donde tan grande empeño pusieron en no dejarle ver cerca ningún personaje.

Al pasar la princesa por el estrecho pasadizo delante de doña Magdalena, detuvo un poco el paso y se volvió hacia ella alargándole la mano; arrodillose la señora para besársela, y en voz baja y precipitada dijo la princesa:

—¿Dónde está el embozado?...

Abriose entonces el manto doña Mariana, y apareció Jeromín con la monterilla en la mano, despeinado el pelo rubio por el roce del manto, y tan gracioso gesto de mal humor en la preciosa carita, que acrecentaba aún más su natural encanto... Un rayo de ternura iluminó el hermoso rostro de la princesa, y sin acordarse, sin duda, de quién era ni dónde estaba, abrazó tiernamente al niño y le besó repetidas veces en ambas mejillas.

Habíase detenido también el príncipe Don Carlos, y miraba extrañado aquel rapazuelo labradorcillo que abrazaba y besaba su tía; mas como viese que la princesa asía del niño como para llevársele consigo al solio, increpóla duro y colérico, como era su mala costumbre. Desprendiose Jeromín bruscamente de la princesa al oírle, y, agarrándose a las sayas de doña Magdalena, dijo muy enfadado:

—¡Yo con mi tía quiero estarme!...

Instó la princesa por llevárselo; volvió Don Carlos a increparla, y midiéndole Jeromín con la vista de arriba abajo, tornó a repetir con mayor dureza:

—¡Yo con mi tía quiero estarme!...

Sucedió todo esto en menos tiempo del que se necesita para referirlo; pero fue en él suficiente para que muchas personas se enterasen y diesen con gran malicia en la clave del enigma, y corriese de un cabo a otro del balcón de la corte primero, y de un extremo a otro de la plaza después, que el hijo del difunto emperador estaba allí, en el Consistorio, en una de las tribunas de la corte.

XV

La llegada de los reos distrajo por completo los ánimos y de tal manera absorbió la atención de todos, que hubiérase dicho que ni aun respiración tenía aquella apelmazada muchedumbre.

Oyéronse entonces con toda claridad las campanas del Santo Oficio, que doblaban tristemente anunciando la salida de los reos, y lo primero que apareció en la plaza fue la cruz parroquial del Salvador, con manga negra y sus dos acólitos con ciriales. Venían luego dos largas hileras de penitentes devotos con hachas encendidas, entre los cuales se contaban nobles caballeros, señores de títulos y algunos grandes de España. Entre estas dos filas, y como a unos treinta pasos de la cruz parroquial, venía el fiscal del Santo Oficio, Jerónimo de Ramírez, trayendo el estandarte de la Santa Inquisición, de damasco carmesí, con el escudo blanco y negro de la Orden de Santo Domingo y las armas reales bordadas en oro; leíanse en sus dos extremos estas inscripciones: Exurge, Domine, et iudica causam tuam. Ad diripiendos inimicos fidei.

Detrás del estandarte seguían los reos, a doce o catorce pasos unos de otros, y custodiados cada cual por dos familiares del Santo Oficio y cuatro soldados. Era el primero el doctor Agustín Cazalla, clérigo, predicador y capellán de su majestad; hombre como de cincuenta años, flaco entonces y macilento, doblado hacia adelante como si le abrumase el peso de su dolor o su vergüenza. Vestía el ignominioso sambenito, especie de escapulario o casulla corta de bayeta amarilla, con cruz de aspa verde en el pecho; en la cabeza, la infame coroza con llamas y diablos pintados, y en la mano una vela encendida de cera verde.

Venían detrás, con el orden siguiente: Francisco de Vibero, hermano de Cazalla, clérigo también; no se arrepintió éste hasta última hora, y traíanle entonces amordazado para evitar sus horrendas blasfemias; doña Beatriz de Vibero, beata, hermana de ambos y mujer de singular hermosura; el maestro Alonso Pérez, clérigo de Palencia; el platero Juan García; Cristóbal del Campo; el bachiller Antonio Herreruelo, amordazado también, impenitente hasta el final, y único por eso que murió en la hoguera; Cristóbal de Padilla, vecino de Zamora; doña Catalina de Ortega, viuda del capitán Loaysa; el licenciado Calahorra, alcalde mayor de las casas del Obispo; Catalina Román, Isabel Estrada, Juana Velázquez y Gonzalo Báez, portugués y no hereje luterano, sino judaizante.

Estaban todos éstos condenados a morir en el garrote y quemarse luego sus cadáveres, por cuya razón llevaban pintadas llamas en los sambenitos y corozas. Detrás de ellos traían dos fámulos del Santo Oficio, a modo de parihuelas, un ataúd con una informe estatua de mujer encima, vestida también con coroza y sambenito: eran los huesos de doña Leonor de Vibero, madre de los Cazalla, desenterrados del monasterio de San Benito para ser quemados juntamente con su efigie.

En pos de este primer grupo venían custodiados de igual manera otros dieciséis reos, entre hombres y mujeres, condenados a diversas penas que no eran la de muerte, por lo cual no traían corozas ni llamas en los sambenitos; los hombres iban destocados, y las mujeres con un pedazo de tela en la cabeza, que encubría su vergüenza. Eran los más notables entre ellos don Pedro Sarmiento, comendador de Alcántara y pariente del almirante, y su mujer, doña Mencía de Figueroa, dama que había sido de Palacio; condenado él a privación de hábito y encomienda, cárcel y sambenito perpetuos, con obligación de oír misa y sermón los domingos y comulgar en las tres Pascuas y prohibición absoluta de usar seda, oro, plata, caballos y joyas, y condenada ella solamente a cárcel y sambenito perpetuos.

Cuando doña Mencía subió al tablado, las damas de la corte rompieron a llorar, y viose a la princesa misma bajar apresuradamente del estrado y entrar dentro enjugándose los ojos con un pañuelo. Infundía también compasión profunda el marqués de Poza, don Luis de Rojas, mancebo muy galán, condenado a destierro perpetuo de la corte y privación de todos los honores de caballero; y más todavía que éste, doña Ana Enríquez, hija del marqués de Alcañices, moza de grande hermosura, condenada a salir del cadalso con sambenito y vela, ayunar tres días, volver con su hábito a la cárcel, y desde allí quedar libre. Era tal el arrepentimiento y confusión de esta señora, que al subir a la tribuna para oír su sentencia abandonáronla las fuerzas, y hubiera caído del tablado a no sostenerla un hijo del duque de Gandía, que por allí andaba de devoto penitente.

Colocáronse los reos en las gradas que les estaban destinadas, separados los condenados a muerte de los que no lo eran, y comenzó el auto, subiendo al púlpito del centro un fraile dominico no muy viejo, sanguíneo de complexión y arrebatado y violento en su maravillosa elocuencia. Era el famoso maestro fray Melchor Cano, uno de los hombres más sabios de su tiempo, y predicó más de una hora sobre el texto de San Mateo: «Huid de los falsos profetas que vendrán a vosotros con piel de oveja, y son por dentro lobos rapaces».

Acabado el sermón, subieron al solio el arzobispo de Sevilla, Valdés; el inquisidor de Valladolid, Vaca, y su secretario, para tomar el juramento a los príncipes. Llevaba el arzobispo una cruz riquísima de oro y pedrerías, el inquisidor un misal y el secretario la fórmula del juramento escrita en pergamino. En pie los príncipes, y con la gorra en la mano Don Carlos, juraron sobre la cruz y el misal esta fórmula, que leyó el secretario: «Que como católicos príncipes defenderían con su poder y vidas la fe católica que tenía y creía la Santa Madre Iglesia Apostólica de Roma y la conservación y aumento de ella; darían todo el favor y la ayuda necesaria al Santo Oficio de la Inquisición y a sus ministros, para que los herejes perturbadores de la religión cristiana que profesaban fueran punidos y castigados conforme a los decretos apostólicos y sacros cánones, sin que hubiese omisión de su parte ni acepción de persona alguna.»

El relator, Juan de Ortega, leyó entonces esta misma fórmula al pueblo desde una de las tribunas del tablado bajo, gritando antes por tres veces:

—¡Oíd!... ¡Oíd!... ¡Oíd!...

Y el pueblo entero, con la vehemencia del convencido y la premura del escarmentado, contesó a una voz, como por una misma boca, como en un solo e inmenso alarido de temor y convencimiento:

—¡Sí, juramos!...

Subieron entonces a las dos tribunas del tablado bajo, el mismo relator, Juan de Ortega, y el escribano de Toledo, Juan de Vergara, y comenzaron a leer, alternando, las causas y sentencias de todos los reos, empezando por la del doctor Cazalla. Oía cada uno de ellos la suya propia desde el alto púlpito destinado a esto, y permanecia allí todo aquel tiempo con la vela de cera verde encendida en la mano, expuesto a la vergüenza pública. Entonces fue cuando estuvo a punto doña Ana Enríquez de caer del púlpito abajo, llena de confusión y de bochorno.

Terminaron las lecturas a las cuatro de la tarde, y revestido entonces de pontifical el arzobispo de Sevilla, absolvió solemnemente y restituyó al seno de la Iglesia a los dieciséis reos reconciliados, que fueron conducidos al punto a sus respectivas cárceles. Los otros catorce reos de muerte salieron al mismo tiempo, unos a pie y otros en jumentos, para ser agarrotados y quemados después en el Campo de Marte.

A esto se reducía entonces un auto de fe, espectáculo ciertamente triste y lastimoso, pero quizá no tan emocionante como las vistas de ciertas causas a que acude en nuestros días numeroso público, no a sancionar con su presencia el fallo de la justicia ni la lección del escarmiento, sino ávido de observar el dolor en acción y el crimen en sus repliegues. En cuanto a los horribles espectáculos del Quemadero, no asistían a ellos sino los obligados por su oficio y un público soez e ignorante, sin duda alguna, y, por tanto, más disculpable que el que asiste hoy a nuestras ejecuciones, lleno de curiosidad malsana o fría indiferencia.

No hay duda, dice el profundo pensador Balmes: «Si llegasen a surtir efecto las doctrinas de los que abogan por la abolición de la pena de muerte, cuando la posteridad leyera las ejecuciones de nuestros tiempos, se horrorizaría del propio modo que nosotros con respecto a las anteriores. La horca, el garrote vil, la guillotina, figurarían en la misma línea que los antiguos quemaderos.»

Durante el largo transcurso del auto, y cansado de lecturas tan pesadas, había acabado Jeromín por dormirse apoyado en las rodillas de doña Magdalena; mas viose al despertar envuelto en un extraño tumulto, del que nunca pudiera imaginar ser él mismo la causa. He aquí cómo refiere Van de Hammen esta escena: «Habíase hallado a él (el auto) la mayor parte de Castilla la Vieja y buen número de andaluces y castellanos nuevos; y como la voz se esparció por todos del nuevo hijo de Carlos V, faltó poco para no suceder un desastre lastimoso; porque cada uno pretendía verle, y las guardas no eran poderosas a resistirlo. Arrojábanse casi unos sobre otros, sin temer las alabardas, venablos y arcabuces. Llegó el caso a estado que le hubo de tomar en brazos el conde de Osorno hasta la carroza de la princesa porque le gozasen todos. En ella le llevó la hermana a Palacio (casas del conde de Benavente), siguiéndola gran golpe de pueblo; y desde allí le volvió doña Magdalena a su Villagarcía».

Yerra, sin embargo, Van der Hammen en lo que dice de la princesa, como en algunas otras cosas. El conde de Osorno cogió, en efecto, a Jeromín y le levantó en brazos para mostrarle al pueblo; pero no le entregó a la princesa, ni ésta cometió la imprudencia de llevarle consigo a Palacio; entregole a doña Magdalena, de la cual le había separado el tumulto, y esta señora le volvió aquella misma noche a Villagarcía.

El niño, asustado del alboroto, cuya causa no sospechaba, preguntaba con cierta ansiedad medrosa si los herejes se habían escapado.

XVI

Volvió al fin a España Felipe II después de cinco años de ausencia, y desembarcó en Laredo el 8 de septiembre de 1559; seis días después hizo su entrada en Valladolid, y al siguiente entregole su hermana, la princesa Doña Juana, el gobierno del reino, retirándose ella al convento del Abrojo, que dista de allí una legua. No tardó en reunírsele Don Felipe, pues el 21, primer aniversario del emperador, hizo celebrar en el mismo convento del Abrojo solemnísimas honras por el descanso eterno de su alma.

Mientras tanto, esperaba Luis Quijada en Villagarcía con verdadera ansiedad las prometidas decisiones del rey sobre Jeromín, que tanto debían afectar a toda la familia. Mas el rey nada decidía, y acostumbrado el antiguo mayordomo a las prontas resoluciones del emperador, verdaderas intuiciones del genio, que ve, plantea, medita y resuelve en un segundo lo que ingenios más vulgares tardan meses en resolver, desesperábase y no se avenía bien con la lenta parsimonia de Don Felipe.

No se había olvidado, sin embargo, éste de su hermano, como lo prueba aquel famoso Consejo de Estado de que habla Antonio Pérez en una de sus cartas a Gil de Mesa, que se tuvo tan devatido, haviéndole hecho vandos sobre el caso todos aquellos grandes consejeros, cada uno con su fin, pero con razones del servicio de su rey, sobre si el rey católico Phelipe devería seguir el consejo de su padre en el estado de vida de su hermano. Bellaquería, sin duda alguna, esta última del tramposo secretario Pérez, pues ni los consejeros, ni mucho menos Felipe II, podrían nunca ni en manera alguna poner en tela de juicio lo que el emperador no aconsejaba, sino mandaba terminantemente en su testamento con respecto a su hijo bastardo.

Recibió al fin Luis Quijada un mensaje del rey mandándole que el 28 de septiembre saliese al monte de Torozos con achaque de una montería, llevando consigo a Jeromín en el traje de labradorcillo que siempre había usado; que dirigiese la pista hacia el monasterio de la Espina, que a eso del mediodía haríasele él allí encontradizo, entre el convento de los frailes y la torre de los montaneros. Avisábale también que nada advirtiese ni revelara todavía al niño, porque este cuidado quería él reservárselo.

Y sucedió entonces a Luis Quijada lo que en las más de las ocasiones acontece: que lo muy esperado y deseado nos llena, al llegar, de tristeza y desencanto. Cierto que con este aviso sonaba para él la hora de las recompensas, porque el emperador, que nunca pecó de generoso, jamás le hizo merced alguna, dejando tan sólo encomendado a su hijo que pagase en su nombre esta verdadera deuda. Pero al mismo tiempo que esta hora, halagüeña siempre para todo hombre, llegaba también la de separarse de Jeromín, y arrancársele a doña Magdalena, que sobre toda ponderación le amaba, y asimismo que se había acostumbrado ya a ver en el muchacho su cariño, su delicia, el objeto de sus desvelos y el recuerdo vivo del emperador, encarnado todo junto y en una sola pieza en aquella simpática figurita, capaz ella por sí sola de arrebatar todos los corazones. A este solo pensamiento, los ojos del fiero vencedor de Hezdín se arrasaban de lágrimas.

Pensó primero ahorrar el peso de aquella aflicción a doña Magdalena hasta el último momento; mas siempre es flaco el hombre en achaque de penas, y así como en todas las cosas se apoya orgullosamente en sí mismo, así también busca en el dolor el apoyo de la mujer, más débil en todo menos en el sufrir, porque encuentra más de ordinario en Dios la virtud de la fortaleza. Ni aun siquiera hasta la noche supo esperar Luis Quijada; y aquella misma tarde, llamando a doña Magdalena a un lugar retirado, diole cuenta de lo que sobre Jeromín ocurría y había ocurrido desde el momento en que le reveló el emperador el secreto de su nacimiento. Jamás habían tenido los dos esposos explicación alguna sobre este punto, y entonces pudieron admirar ambos, ella en él, su lealtad y abnegación en callar secreto que tanto le pesaba; él en ella, su prudencia y su delicadeza en no preguntar ni indagar lo que tanto había de mortificarla.

Doña Magdalena no pensó un solo momento en sí misma. Todo lo comprendió bien; todo supo apreciarlo en su verdadero punto de vista; pero sólo en una cosa se fijó y sólo a ella la angustió, desde luego, el corazón, llenándola de espanto... Que Jeromín, su hijo querido, porque como tal le consideraba, iba a sufrir de repente, a los trece años, uno de esos bruscos cambios de fortuna que bastan para trastornar las cabezas más firmes... Que dentro de breves días veríase el niño en la cumbre de la fortuna, pero aislado de todo cariño, solo, envidiado y quizá envidioso, sin tenerla a ella para defender su alma en la juventud, como la había defendido en la niñez contra las malas inclinaciones de la naturaleza y los amagos del vicio y del pecado.

Doña Magdalena no tenía las rápidas intuiciones del genio, pero tenía los espontáneos arranques del corazón, y propuso a Quijada, sin titubear un momento, no abandonar al muchacho y seguirle a la corte, sacrificando su tranquilo reposo de Villagarcía a trueque de velar por él, aunque sólo fuera desde lejos, y no dejarle abandonado de repente y en edad tan temprana en mitad del bullicio y los peligros de una corte.

Luis Quijada creyó que su mujer le adivinaba los pensamientos, pues había él imaginado lo mismo; mas parecíale aún ocioso tirar ningún género de planes hasta conocer claramente los del rey con respecto a Jeromín y los que pudiera abrigar con respecto a la persona misma de Quijada.

Eran harto frecuentes en Villagarcía las partidas de caza para que pudiese llamar la atención de Jeromín la sencilla montería que mandó disponer Luis Quijada para el 28 de septiembre en el monte de Torozos. Quiso, sin embargo, Quijada atar bien todos los cabos y prevenir con tiempo esos inconvenientes de última hora que malogran a veces las más bien meditadas empresas. Llamó, pues, aparte a su montero, y mandole preparar para el siguiente día dos o tres batidas a primera hora y levantar luego una pista falsa o verdadera que le llevase al monasterio de la Espina, pues érale forzoso estar poco antes de mediodía entre el convento de los frailes y la torre de los montaneros.

Salieron al amanecer Luis Quijada y Jeromín, sin más aparato que el necesario de perros y monteros. Iba Jeromín en un caballo negro muy bien enjaezado, llevando sobre la ropilla de labrador un sayo de monte verde. Cazaron hasta las diez de la mañana con muy buena fortuna, y a esta hora avisó el montero que los perros levantaban la pista de un ciervo hacia el lado de la Espina. Siguiéronla Luis Quijada y Jeromín, internándose en el monte, cada vez más agreste y solitario, hasta que los perros se pararon de repente jadeantes, y husmeando a uno y otro lado como desorientados, se lanzaron al fin por otra pista transversal y diametralmente opuesta. Oyéronse al mismo tiempo por aquel lado sones de bocinas y grande estruendo de ladridos y vocerío, y viose cruzar como una flecha entre las carracas un gallardo ciervo y otra furiosa jauría y un tropel de cazadores que le iban persiguiendo.

Paró Luis Quijada en firme su caballo, y dijo a Jeromín, mirando atentamente a los cazadores desaparecer en la espesura:

—Monteros del rey son... Dejémosles libre el monte...

Mudaron entonces el rumbo hacia un espacio claro que había dejado en el monte una corta de encinas, y a poco descubrieron a la derecha la torre de los montaneros, a la izquierda los muros del convento, y entre ambos edificios un bosquecillo de unas cien encinas, de esas que, por dejarse en las cortas para sombrear el ganado, llamaban atalayas. Por entre ellas salían en aquel momento dos caballeros cabalgando muy al paso, como si esperasen algo o hablasen reposadamente.

Violes Jeromín el primero, y llamó la atención de Quijada, mas éste siguió caminando hacia ellos como si fuera su intención salirles al encuentro. De repente paró Jeromín su caballo; había reconocido en uno de los jinetes al caballero de nariz corva y luenga barba muy cuidada que viera en Valladolid cinco años antes en la huerta de los descalzos.

Detúvose también Quijada, y volviéndose en la silla a Jeromín, que había quedado rezagado, díjole con cierta honda emoción extraña en hombre tan sereno:

—Llegaos, Jeromín, y no os alborote esto. Ese gran señor que veis allí es el rey; el otro, el duque de Alba... No os alborotéis, digo; porque quiéreos muy bien y piensa haceros mercedes...

Estaban ya encima los dos jinetes, y seguíanles de lejos otros dos que parecían monteros del convento. No tuvo Jeromín tiempo de contestar; pero túvolo de reconocer en el rey al joven blanco y rubio de barba recortada a la flamenca que vio cruzar la plaza de Valladolid entre los vítores del pueblo desde el rosetón de la sacristía de los descalzos. Los cinco años transcurridos habíanle dado, sin envejecerle, más gravedad a su rostro y más reposo a sus maneras. Contaba entonces Don Felipe treinta y dos años.

Apeáronse los de Villagarcía y fueron a besar la mano al rey con una rodilla en tierra. Alargósela éste a Luis Quijada sin moverse del caballo; mas era Jeromín tan chico, que no pudo cumplir esta parte del ceremonial en aquella humilde postura. Apeose entonces el rey, riéndose alegremente, y diole a besar la mano, y, levantándole la barbilla, mirole de hito en hito largo rato con grande curiosidad y como si pretendiese turbarle. No lo consiguió, sin embargo; ni era ya Jeromín el niño asustadizo y tímido que había ido a Yuste, ni tuvo nunca Don Felipe a sus ojos aquella aureola de ser sobrenatural con que siempre se presentaba a su imaginación la figura de Carlos V.

Hizo entonces el rey a Jeromín muchas preguntas, a que contestó el muchacho con despejo y muy compuesta modestia, pero sin cortedad ni encogimiento, y fuese luego con Quijada hacia el bosquecillo de encinas, dejándole solo con el caballero de nariz corva y luenga barba, que le había dicho Luis Quijada ser el duque de Alba. Los monteros habían recogido los caballos y manteníanse a respetuosa distancia.

Mal rato pasó entonces Jeromín al verse solo con el grave magnate, que se mantenía a su lado respetuosamente en pie y con la gorra en la mano. Parecíale esto muy extraño a Jeromín, habiéndose alejado el rey y aun perdídose de vista entre los árboles, y molestábale y le turbaba aquella humilde actitud en tan alto personaje. Rompió al fin el duque aquel embarazoso silencio preguntando a Jeromín por doña Magdalena de Ulloa y haciendo gran panegírico de sus dotes y virtudes; lo cual fue tan del agrado del niño, que rompió al punto el hielo y estableció comunicación y simpatía entre el famoso caudillo y el inocente muchacho.

Mientras tanto, informábase Don Felipe detalladamente de Luis Quijada sobre el carácter y cualidades de Jeromín, y confiábale y sometía a su consejo los planes que sobre él tenía formados. Era su intento reconocerle públicamente como hijo del emperador y hermano suyo propio, y darle en la corte la categoría de infante, aunque sin este nombre ni más tratamiento que excelencia. Teníale ya formada casa a este propósito, y pensaba educarle con su hijo el príncipe Don Carlos y su sobrino Alejandro Farnesio, a fin de que las buenas cualidades de Alejandro y de Jeromín despertasen la emulación en el ánimo flojo y no bien inclinado del príncipe Don Carlos.

Mas para todo esto érale necesario a Don Felipe el concurso de Luis Quijada y de su esposa; porque evidente era que aquel brusco cambio de la fortuna podía hacer grandes estragos en Jeromín, si no tenía a su lado, para guiarle y corregirle, aquellas mismas personas que con tan buena fortuna habían enderezado ya sus primeros pasos. Por eso quería Don Felipe que con el nombre de ayo siguiera Luis Quijada a Jeromín a la corte y le gobernase a él y gobernara su casa, y le acompañase igualmente doña Magdalena y le amara y guiara con el nombre de madre, cargo, decía Don Felipe, que no se reconoce ni se retribuye en la corte, pero que Dios y el rey le agradecerían y retribuirían con verdadera largueza.

Y para establecer un vínculo que uniese más y más a Jeromín con el príncipe Don Carlos, y pudiera éste aprovecharse de las ventajas morales que aquél tuviera, quería también el rey que aceptase Luis Quijada el cargo de caballerizo mayor del príncipe; y para autorizar estos cargos y darles el ayuda de costas que requerían, además de sus sueldos, ofrecíale el rey para muy en breve la encomienda del Moral en la Orden de Calatrava, y dábale, desde luego, la plaza de consejero de Estado y de Guerra.

Aceptolo todo Luis Quijada gustosísimo, porque todo ello venía a satisfacer sus aspiraciones y a cumplir sus deseos y los de doña Magdalena, como si el mismo rey les hubiese consultado antes. Satisfecho también Don Felipe, y dejándose llevar de su nimio afán de detallarlo todo, diole a Luis Quijada un papel en que se hallaban anotadas las personas que habían de formar la casa de Jeromín, y ordenole que con entera libertad hiciera cuantas observaciones le ocurriesen, porque dispuesto estaba a modificar y aun a variar por completo todo lo que, a juicio de él y de doña Magdalena, fuese necesario para la conveniencia del niño.

El personal de la casa era éste:

Luis Quijada, ayo y jefe de su casa.

El conde de Priego, don Fernando Carrillo, mayordomo mayor.

Don Luis de Córdoba, caballerizo mayor.

Don Rodrigo Benavides, hermano del conde de Santisteban, sumiller de corps.

Don Rodrigo de Mendoza, señor de Lorosa, mayordomo particular.

Don Juan de Guzmán, don Pedro Zapata de Córdoba y don José de Acuña, gentileshombres de cámara.

Juan de Quiroga, secretario.

Jorge de Lima y Juan de Toro, ayudas de cámara.

Don Luis Carrillo, primogénito del conde de Priego, capitán de su guardia, la cual había de ser la mitad española y la mitad alemana.

Aprobada que fue esta lista por Luis Quijada, en su nombre y en el de doña Magdalena, diole el rey la última orden...Que de allí a dos días, es decir, el 1 de octubre, estuviese Jeromín instalado con ambos esposos en Valladolid, en las casas que poseía doña Magdalena frente a las del conde de Ribadeo, que habían de ser por entonces la residencia del nuevo príncipe, y que el 2 de octubre, a las doce del día, llevase Luis Quijada secretamente a Jeromín a Palacio, para que, después de la comida, pudiera el rey presentarle a la princesa Doña Juana y al príncipe Don Carlos, y reconocerle por hermano ante toda la corte. El tiempo y la ocasión vendrían más adelante de publicar este reconocimiento por todo el reino.

Duró más de una hora esta plática que sostuvieron el rey y Luis Quijada, paseando a la sombra de las encinas atalayas, y cuando salieron ambos al claro del monte, ni la perspicacia de cortesano tan fino como el duque de Alba hubiera podido descifrar en aquellos rostros impasibles lo que entre ellos había mediado. Al acercarse al grupo que Jeromín y el duque formaban, dijo el rey a Luis Quijada:

—Fuerza será agora quitar la venda al muchacho.

Dirigiole entonces a Jeromín otras muchas preguntas muy afables y aun chanceras, y como quien recuerda algo de repente, díjole muy cariñoso:

—Y a todo esto, señor labradorcillo, no me habéis dicho aún vuestro nombre.

—Jerónimo —respondió el muchacho.

—Gran santo fue; pero preciso será mudároslo... ¿Y sabéis quién fue vuestro padre?...

Enrojeció Jeromín hasta el blanco de los ojos, y alzólos hacia el rey entre llorosos e indignados, porque le pareció afrenta no tener respuesta que darle. Mas conmovido entonces Don Felipe, púsole una mano en el hombro, y con sencilla majestad le dijo:

—Pues, buen ánimo, niño mío, que yo he de decíroslo... El emperador, mi señor padre, lo fue también vuestro, y por eso yo os reconozco y amo como a hermano.

Y abrazole tiernamente sin más testigos que Luis Quijada y el duque de Alba. Los monteros miraban la escena desde lejos sin darse cuenta de ella... Los ladridos de la jauría y la alegre fanfarria de las bocinas anunciaban a lo lejos que los cazadores volvían trayendo una res muerta...

Aturdido por aquella revelación, subió Jeromín al caballo, teniéndole Luis Quijada el estribo. En todo el trayecto hasta Villagarcía sólo una vez despegó los labios; volviose a Luis Quijada, que le seguía, y preguntó:

—¿Y mi tía sabe...?

—Todo —respondió Quijada.

Apretó el paso Jeromín, como si el llegar al castillo se le hiciese tarde, y atravesó corriendo el patio, y subió a saltos la escalera, y llegó al estrado abriendo y cerrando puertas con estrépito... Estaba allí doña Magdalena, en pie, sola, muy pálida... Lanzose a ella el niño y la asió la mano para besársela...

—¡Tía!... ¡Tía!...

—Señor mío es vuestra alteza, que no mi sobrino —le respondió la dama. Y quiso besarle ella la mano y sentarle en su sillón y hacerlo ella sobre la alfombra.

Mas el niño, fuera de sí, gritó con energía inmensa que enronquecía su voz, empapada en llanto:

—¡No!... ¡No!... ¡No!... ¡Mi tía!... ¡Mi tía!... ¡Mi madre!...

Y se abrazó a ella llorando, convulso, desolado y rabioso al mismo tiempo, como quien llora un bien por su culpa perdido, y la sentó a la fuerza en su sillón, y no calló ni sosegó hasta que sentado él a sus pies y con la cabeza apoyada en sus rodillas, le prometió una y mil veces doña Magdalena que siempre sería su tía, que nunca dejaría de ser su madre.

Sucedía todo esto un jueves, y al lunes siguiente, que fue 2 de octubre, verificose el reconocimiento de Jeromín en el palacio de Valladolid, tal como el rey Don Felipe lo había dispuesto. Así consta en el manuscrito de la biblioteca Maggliabecchiana, de Florencia, citado por Gachard: «Jueves 28 de septiembre alcançaron los señores del Santo Oficio que el rey no se fuese hasta ver el acto; y así luego lo hicieron pregonar para el 8 de octubre. Y así se fue el rey a la Spina, y allí le truxeron su medio hermano, y holgó de vello tal como es, hermoso y avisado; y mandó que le llevasen a su casa secretamente. Y así, el lunes siguiente, hizo a todos los de su palacio que le reconociesen por su hermano, conmençandolo él abraçar y a besar, y luego su hermana, y luego su hijo, y luego los demás de capa negra.»

No es, pues, exacto lo que dice Van der Hammen de que Felipe II impusiese a su hermano el Toisón de Oro ni en el monte de Torozos ni en el palacio de Valladolid. Lo que sucedió, en efecto, en esta segunda entrevista, fue que el rey dio a su hermano el apellido de la familia, y trocando su nombre de Jeromín en el de Juan, formó el que había de pasar a la posteridad entre los resplandores del genio y de la gloria: Don Juan de Austria.

Libro segundo

Don Juan

I

El tránsito de Jeromín a Don Juan de Austria fue tan natural y espontáneo, que nadie se preguntó cómo había podido trocarse en príncipe cumplido tan modesto labradorcillo, sino preguntábanse todos cómo había podido estar tanto tiempo oculta bajo tan humilde disfraz persona tan excelsa.

La indiscutible ley de raza, que había impreso, indudablemente, en el niño el augusto sello de la suya; el tacto exquisito de que Dios le había dotado, y los consejos de cortesano tan experto como Luis Quijada y dama tan cumplida como doña Magdalena, encargáronse fácilmente de hacer el milagro.

Acogiole el pueblo con entusiasmo, la corte con respeto y la familia real con verdadero cariño de hermano. Satisfecho el rey de su obra, comenzó a esperar de ella grandes resultados; la princesa Doña Juana abriole, desde luego, su corazón y sus brazos con la bondad y rectitud de su hermosa alma; y hasta el príncipe Don Carlos, duro y receloso con todos los suyos, fue desde el primer momento con él cariñoso y franco. Llamole un día aparte con mucho misterio, y sacando un papel del seno, hízole jurar sobre él que le seguiría a la guerra cuando llegase el caso. Prometióselo Don Juan, y, satisfecho el príncipe, regalole un joyel para la toca con una muy gruesa esmeralda.

Mas en quien encontró Don Juan desde su presentación en la corte un alma gemela, como se diría hoy y no se decía entonces, fue en su sobrino Alejandro Farnesio, que desde el primer momento comenzó a partir con él sus estudios y sus juegos de niño, como había de partir más tarde sus trabajos y sus triunfos, sus alegrías y sus lágrimas.

Había convocado el rey Cortes en Toledo para el 9 de diciembre, con la idea de hacer jurar príncipe de Asturias a su primogénito Don Carlos, y pareciole muy oportuna esta ocasión para presentar por primera vez a Don Juan figurando como príncipe real en los actos oficiales de la corte.

Fijose para la jura el 22 de febrero de 1560, y el 12 hizo su primera entrada triunfal en Toledo la nueva reina Doña Isabel de Valois, llamada con harta razón de la Paz, tercera mujer de Felipe II. Entró por la puerta de Visagra, en una hacanea blanca, bajo un palio de brocado con las goteras bordadas y en los escudos una F y una I, iniciales de los nombres de Isabel y Felipe. Hiciéronse grandes festejos, que se interrumpieron al punto por haber adolecido la reina de unas ligeras viruelas, lo cual fue causa de que no asistiese a la jura.

La víspera de ésta envió la princesa Doña Juana a su hermano Don Juan un riquísimo vestido, suplicándole lo luciera en la solemnidad del siguiente día. Habíalo dirigido la buena princesa y escogido ella misma los adornos y colores, según juzgó que podían realzar más la gallardía del mancebo; ero todo él, ropilla y ropón, de terciopelo encarnado, bordado ricamente de cañutillo de oro y plata, con soberbia botonadura de diamantes.

Había de celebrarse la jura en la catedral, y hallábase ésta entonces huérfana de su arzobispo; éralo el famoso fray Bartolomé de Carranza, que vimos ya asistir en Yuste a los últimos instantes del emperador. Mas la tempestad que entonces se cernía sobre aquel infeliz prelado había ya descargado con toda su fuerza y teníalo a la sazón incomunicado en rigurosas prisiones el Santo Oficio.

Dirigiose, pues, el rey, a falta del arzobispo, al cabildo catedral, y éste correspondió a sus deseos con la pompa y magnificencia propias de aquella iglesia metropolitana. Cubriose todo el trascoro de paños de brocado y levantose en el fondo de la nave un tablado con ocho gradas para subir y cuarenta pies cuadrados de extensión; cubríalo todo una riquísima alfombra y defendíalo y dábale acceso una valla dorada. En el fondo del tablado levantábase un suntuoso altar, cubierto de brocado de oro y adornado con las mejores joyas que en el tesoro de la catedral se guardaban. A su derecha había un gran dosel cobijando tres sitiales con reclinatorios y cojines, todo también de brocado de oro; el del centro era para el rey, el de la derecha para la princesa Doña Juana y el de la izquierda para el príncipe Don Carlos; al lado de Doña Juana, pero ya fuera del dosel, había una silla rasa, también de brocado de oro, para Don Juan de Austria.

Frente al altar había un sitial de terciopelo carmesí para el cardenal—obispo de Burgos, que había de recibir el juramento, y a su lado una mesita con cojín delante, todo cubierto de terciopelo, que era donde había de prestarse, sobre una cruz de oro y el libro de los Evangelios abierto. A derecha e izquierda de la nave, y por debajo ya del tablado, extendíanse varias hileras de bancos, rasos unos y con respaldo otros, según las categorías de los que hubiesen de ocuparlos, que eran los embajadores de las potencias extranjeras, prelados, grandes, títulos de Castilla y procuradores en Cortes. El centro de la nave estaba vacío, y en sus entradas y en tribunas levantadas sobre el coro y en sus extremos agolpábase el inmenso y apiñado público.

A las ocho y media de la mañana llegó el primero a la catedral el cardenal—obispo de Burgos con capelo y manto cardenalicio; venía en una mula blanca encaparazonada toda de púrpura, que guiaban del diestro dos diáconos, y llevaba por delante la cruz pastoral, a pesar de no hallarse en su diócesis. Precedíanle y seguíanle todas las gentes de su casa y gran séquito de canónigos y caballeros de la ciudad, que formaban una vistosa y autorizada comitiva. Era este personaje don Francisco Hurtado Mendoza y Bobadilla, hijo del marqués de Cañete, don Diego, y nieto, por su madre, de la célebre marquesa de Moya, Beatriz de Bobadilla, dama favorita de la gran reina católica. Estimole siempre mucho Felipe II por sus virtudes y sus letras, y él fue el autor de aquel famoso memorial presentado al rey poco después de esa fecha, que ha pasado a la posteridad como libro curioso, y raro hoy, con el título de El tizón de la nobleza. Apeose el cardenal en la puerta del Perdón, donde le recibieron vestidos de pontifical los arzobispos de Sevilla y de Granada y los obispos de Ávila y Pamplona.

Un cuarto de hora después llegó la corte. Venía delante el príncipe de Parma, Alejandro Farnesio, con el almirante de Castilla; los condes de Benavente y de Ureña; los duques de Nájera, Alba y Francavila; los marqueses de Denia, Villena, Cañete, Mondéjar y Camares; el maestre de Montesa, el prior de San Juan en Castilla y en León y otros muchos grandes señores y títulos, con tal lujo y magnificencia todos ellos en ropas, arneses y monturas, que había gualdrapas de dos mil ducados de coste, sin contar el valor de las piedras y perlas: eran todas ellas bordadas de cañutillo como los trajes, porque la chapería de oro, con ser más vistosa, desechábanla ya los elegantes por vulgar y muy vista.

Detrás de este brillante grupo que deslumbra los ojos, venían juntos el príncipe Don Carlos y Don Juan de Austria, rodeados de todos los oficiales de sus respectivas casas, y formando lastimoso contraste la gallardía de éste con la figura mustia y contrahecha de aquél. Iba el príncipe pálido hasta la lividez por la cuartana que le roía, y la magnificencia de su traje no disimulaba del todo el desnivel de sus hombros, ni la cargazón de sus espaldas, ni la mala conformación de sus piernas desiguales. Era su vestido de tela de oro parda con botones de perlas y diamantes, y montaba un caballo blanco con ricos arneses y gualdrapa bordada sobre tela de oro parda igual a la del vestido. El caballo de Don Juan era negro, y sus arneses y gualdrapa hacían juego en terciopelo y oro con el vestido que lucía, regalo, como ya dijimos, de su hermana Doña Juana.

Detrás venía esta ilustre y santa princesa, en litera, rodeada y seguida de sus damas, todas a caballo, en sillones de plata, servidas de pajes y costosamente vestidas, y contentas, según Luis Cabrera de Córdoba, por venir sin las damas francesas, que por estar enferma la reina con viruelas no lucían en la solemnidad. En gracia de ésta había dejado la princesa su modesto traje de ordinario, y venía vestida de terciopelo negro, con algunas joyas y perlas en el tocado.

Venía el rey el último, precedido de cuatro reyes de armas, cuatro ballesteros y cuatro maceros, todos a caballo, y delante el conde de Oropesa, también a caballo, descubierto, con el simbólico estoque de la justicia desnudo al hombro. «Habíale suplicado al rey —dice Luis Cabrera— que por ser enfermo y el tiempo frío, le permitiese llevar un bonetillo, y túvolo por bien. Advirtiendo que era alto y enjoyado, le mandó descubrir, aunque se defendía con la gracia hecha, porque no pareciese que era Grande. No dejaba el rey usurpar preeminencia ni lugar que no tocase al oficio o calidad, aunque retardara el hecho.»

Acabada la misa de pontifical, que dijo el cardenal de Burgos, sentose éste en el sillón que le estaba reservado para recibir el juramento, y pusiéronse a su derecha, en pie, el duque de Alba con su bastón en la mano, como mayordomo mayor del rey, y el conde de Oropesa, como portador del simbólico estoque de la justicia que llevaba desnudo al hombro. Subió entonces al tablado el rey de armas más antiguo, y hecha su reverencia primero al altar y luego al rey, gritó desde el lado del Evangelio en tono de pregón:

—Oíd..., oíd..., oíd... la escritura que aquí os será leída del juramento y pleito homenaje y fidelidad que la serenísima señora infanta Doña Juana, que presente está, y el ilustrísimo señor Don Juan de Austria y los prelados, grandes, caballeros y procuradores en Cortes de estos reinos, que por mandato del rey nuestro señor el día de hoy están juntos y presentes, hacen al serenísimo y muy esclarecido príncipe Don Carlos, hijo primogénito de su majestad, como príncipe de estos reinos, durante los largos y bienaventurados días de su majestad y después por rey y señor natural propietario de ellos...

Apartose el rey de armas, y subiendo luego el licenciado Menchaca, consejero más antiguo de la cámara, leyó desde el mismo lado del Evangelio la fórmula del juramento, que era harto larga y pesada. Dirigiéndose entonces el conde de Oropesa a la princesa Doña Juana, anuncióla que era ella la primera llamada a jurar. Levantose al punto la princesa, y acompañándola el rey y el príncipe hasta fuera del dosel, vino a arrodillarse ante el cardenal. Preguntola éste:

—Vuestra alteza, como infanta de Castilla, ¿jura de guardar y cumplir todo lo contenido en la escritura de juramento que aquí le ha sido leída...?

La princesa, puestas las manos sobre el libro de los Evangelios y la cruz, respondió:

—Sí, juro.

Replicola el cardenal:

—Así Dios os ayude y los Santos Evangelios.

Fuese entonces la princesa a hincar de rodillas ante el rey para hacer el pleito homenaje, y puestas sus manos juntas entre las dos del rey, preguntole éste:

—¿Vos hacéis pleito homenaje una, dos y tres veces; una, dos y tres veces; una, dos y tres veces, y prometéis y dais vuestra fe y palabra que cumpliréis todo lo que esta escritura de juramento, que se os ha leído, contiene?...

—Así lo prometo —respondió la princesa.

Y quiso entonces hincar la rodilla delante del príncipe para besarle la mano; mas éste, puesto en pie, impidiolo con gran premura, y abrazola tiernamente.

Volviose la princesa Doña Juana a su sitio bajo el dosel, y como no hubiese ya otro infante para jurar, adelantose otra vez el rey de armas, y gritó, vuelto hacia el banco de los grandes:

—¡Marqués de Mondéjar!... Subid a tomar el pleito homenaje.

Subió entonces el marqués de Mondéjar, y colocose en pie a la izquierda del cardenal, y a su espalda tres consejeros del real Consejo de Castilla y cuatro del de Aragón, que habían de servir de testigos. Adelantose entonces el secretario, Francisco de Eraso, y dijo al rey, según consta en el texto de aquellas Cortes:

«Que ya sabía cómo el ilustrísimo Don Juan de Austria no tenía la edad cumplida de los catorce años; y comoquiera que se conocía que tenía discreción, avilidad y entendimiento, que todavía a mayor abundamiento su majestad supliese el dicho defecto para que pudiese jurar e hacer pleito homenaje en caso de que fuese necesario, y haviendo su majestad particularmente oído, en voz ynteligible respondió y dixo, que ansí era su voluntad, no embargante las leyes de estos reinos; lo cual por el dicho ilustrísimo Don Juan de Austria oydo se levantó de la dicha silla en que estava, y fue ante dicho reverendísimo cardenal, e hizo otro tal juramento como el que la serenísima princesa había hecho y fecho, se levantó y fue antel dicho marqués de Mondéjar, que estaba en pie enfrente de su majestad, y metidas las manos entre las de dicho marqués, hizo el pleyto omenaje contenido en la dicha scriptura de juramento e pleyto omenaje de suso scripta: lo qual así hecho en señal de la ovediencia, sujeción y vasallaje y fidelidad a dicho serenísimo esclarecido príncipe Don Carlos nuestro señor de vida, se fue antél el dicho ilustrísimo Don Juan de Austria, e hincadas las rodillas en el suelo le besó la mano, y desde allí se tornó a sentar en la silla en que antes estaba como dicho es.»

Juraron después de Don Juan de Austria los prelados, los grandes y títulos de Castilla y los procuradores en Cortes. Don García de Toledo, ayo del príncipe; el conde de Oropesa, el marqués de Mondéjar y los mayordomos del rey juraron después de éstos. El último de todos fue el duque de Alba, que como mayordomo mayor del rey había dirigido la ceremonia con su bastón en la mano; y como, distraído, después de hacer su pleito homenaje, se olvidase de besar la mano al príncipe, fue tal la mirada de ira y encono que le dirigió éste, que no queda historiador que no la mencione y comente. Cayó en cuenta el duque, y fuese prontamente al príncipe para darle sus excusas, y éste le dio entonces a besar la mano; pero jamás olvidó este sencillo descuido, que reputó por agravio.

El cardenal de Burgos juró después en manos del arzobispo de Sevilla, y el príncipe Don Carlos puso fin al acto jurando a su vez, en manos de Don Juan de Austria, guardar los fueros y leyes destos reinos, mantenerlos en paz y justicia y defender la fe católica con su persona y hacienda y con todas sus fuerzas.

Diose con esto por terminada la jura, y volvió la corte al real alcázar, con música de ministriles, trompetas y atabales.

II

Trasladose al fin la corte definitivamente a Madrid muy poco después de la jura de Don Carlos, y señaló el rey a Don Juan de Austria para su vivienda las casas de don Pedro de Porras, que estaban frente a Santa María, muy próximas al real alcázar. En estas casas construyó medio siglo después el duque de Uceda su magnífico palacio, y forman hoy el edificio que ocupan la Capitanía General y el Consejo de Estado.

Instalose en ellas Don Juan con Luis Quijada y doña Magdalena de Ulloa, y, salvo el respeto debido a la nueva jerarquía del hijo de Carlos V, las relaciones de éste con los Quijadas siguieron siendo después de su elevación las mismas que habían sido por seis años en la tranquila y dulce intimidad de Villagarcía.

Iba Don Juan diariamente al real alcázar con todo su aparato de príncipe para estudiar y holgarse con Don Carlos y hacer su corte al rey y a la buena reina Doña Isabel de Valois, que siempre le retenía largo rato y le regalaba y convidaba, con grande satisfacción de todas sus damas. A diario visitaba también a su hermana la princesa Doña Juana y acompañábala con frecuencia en sus visitas piadosas y sus múltiples devociones.

Satisfacía todo esto, como era natural, al reciente príncipe, mas cuando volvía a su casa y encontraba a doña Magdalena en su estrado, ocupada siempre en cosas para él de provecho, era cuando su corazón se dilataba verdaderamente al calor de la familia y aparecía tierno y espontáneo el antiguo Jeromín, enamorado siempre de su tía como de amantísima madre.

Solía entonces sentarse en un almohadón a los pies de doña Magdalena, y con la cabeza reclinada en sus rodillas, según su antigua costumbre, confiábala sus impresiones del día y abríala de par en par su alma con el candor y la sencillez de sus primeros años.

Una catástrofe inesperada vino a turbar de repente aquella tranquila existencia.

El 24 de noviembre, poco antes del amanecer, entraba por la puerta de la Vega un labradorcillo de Alcorcón montado en su burra. Asombrole la claridad vivísima que iluminaba la plazoletilla y la fachada de Santa María, y vio entonces que salían llamas por el tejado de la casa de Don Juan de Austria.

Era ésta de dos pisos tan sólo, como solían ser entonces las mejores de la villa, muy semejantes en disposición y arquitectura a la hoy de Valmediano en la plaza de las Cortes y a la del marqués de Corbera en la calle de la Bola, con la sola diferencia de tener las de personajes nobles sendos torreones, por lo menos en dos de sus ángulos.

Espantose el muchacho de que nadie en la casa se diese cuenta del formidable incendio, y comenzó a dar voces y a golpear en la puerta, gritando:

—¡Fuego!... ¡Fuego!... ¡Ah, de la casa!...

Despertaron todos despavoridos, y Luis Quijada, el primero, lanzose, como años antes en Villagarcía, a salvar a Don Juan de Austria. Encontrole tirándose de la cama para acudir él en socorro de doña Magdalena; mas sin hacer caso Luis Quijada de sus gritos ni de sus esfuerzos para correr al cuarto de su tía, cogiole en brazos, en camisa como estaba, y salió a la calle en un segundo, depositándole en las gradas de Santa María. Volvió luego con serenidad admirable a sacar a doña Magdalena de entre las llamas, y depositola junto a Don Juan, también medio desnuda.

Desencadenose entonces el incendio con tan tremenda furia, que con ser tan capaz el edificio, sólo era, media hora después, una hoguera inmensa, y cinco horas más tarde, un montón de escombros, en que únicamente quedaba en pie el paredón que correspondía a la alcoba de Don Juan de Austria.

Colgado de este paredón había quedado intacto el famoso Cristo de los moriscos, salvado por Luis Quijada otra vez de las llamas, y que desde la llegada de Don Juan a Villagarcía puso doña Magdalena a su cabecera. Túvose esto entonces por milagro, y fue, en efecto, por lo menos, providencia especialísima de Dios para salvar imagen tan venerada.

Acudieron los vecinos desde el primer momento, gente en su mayor parte llana, y ofrecieron con la mejor voluntad a Don Juan y a doña Magdalena ropas con que cubrirse. Todos, sin embargo, se apartaron y formaron calle respetuosamente ante una pareja que salió por el estrecho callejón de Santa María, existente entonces entre la iglesia de este nombre y la casa que fue luego del duque de Abrantes.

—¡Rey Gómez!... ¡Rey Gómez!... —murmuraba la multitud.

Y todos se apartaban y descubrían con esa especie de temerosa admiración con que acoge la gente menuda las ocasiones de codearse con los poderosos, que sólo suelen ver desde lejos y muy alto.

Era el llamado Rey Gómez un caballero ya entrado en años, de porte elegantísimo y facciones muy finas, barba y cabellos negros y rizados, que comenzaban ya a blanquearle.

Venía la señora envuelta en un capotillo que dejaba adivinar su esbelto talle y ver su hermoso rostro pálido y altanero, lastimosamente desfigurado, por tener el ojo derecho tuerto.

Acercose la señora a doña Magdalena, y abrazola con grandes muestras de compasión y de cariño, como si de antiguo se conociesen, y ofreciole ropa que traían sus criados y albergue en su propia casa, que estaba detrás de la llamada de Abrantes, que ocupa hoy la Embajada italiana. Hizo otro tanto el caballero con Don Juan y Luis Quijada, y todos juntos se dirigieron escoltados por la multitud a casa de la tuerta.

Era esta tuerta famosísima la princesa de Éboli, Doña Ana Mendoza de la Cerda, que tanta influencia hubo de tener después en los destinos de Don Juan de Austria; y era el caballero el príncipe de Éboli, su marido, Ruy Gómez de Silva, gran privado, mientras vivió, del rey Don Felipe II; por lo cual transformaba el vulgo su nombre de Ruy Gómez en el de Rey Gómez, para demostrar su mucho poder y privanza.

Dos meses largos estuvieron Don Juan, Luis Quijada y doña Magdalena en casa de los príncipes de Éboli, mientras el rey no hizo preparar a su hermano otra convenientemente alhajada, que fue la del conde de Lemus, junto a la parroquia de Santiago.

Mientras tanto, la salud del príncipe Don Carlos empeoraba visiblemente de día en día, y hacíase su carácter cada vez más extravagante y atrabiliario. Determinó, pues, Felipe II, por consejo de los médicos, hacerle mudar de aires, y enviole a este propósito a Alcalá de Henares con Don Juan de Austria y Alejandro Farnesio, para que pudiese al mismo tiempo proseguir allí sus estudios bajo la dirección de Honorato Juan, que se los había dirigido desde un principio.

Salió, pues, el príncipe para Alcalá de Henares con toda su casa el 31 de octubre, y tres días después siguiole Don Juan de Austria con toda la suya y Alejandro Farnesio con su modesta servidumbre. Hospedáronse los dos primeros en el palacio que tenían allí los arzobispos de Toledo, vivienda muy saludable y bien oreada, con grandes huertas y frondosos jardines entonces.

No perdonó el rey Don Felipe ningún medio ni gasto que pudiera contribuir a la brillante educación de los tres príncipes.

Los doctores más famosos de aquella Universidad, a la sazón tan floreciente, leíanles sus cátedras en privado y ayudábanles con toda clase de libros y manuscritos, en que era Honorato Juan el sabio más competente.

Bajo su dirección se copió entonces en Alcalá, sin otro objeto que la educación de los tres príncipes, el famoso manuscrito de las obras científicas recopiladas por Don Alfonso el Sabio; copió el texto Diego de Valencia, y el propio Juan de Herrera fue expresamente llamado para dibujar las figuras astronómicas que le ilustran.

El mismo Felipe II ordenó y trazó de su mano la distribución de horas de estudio, descanso y recreo que habían de observar diariamente los tres ilustres estudiantes.

Levantábanse a las seis de la mañana en verano y a las siete en invierno, y después de bañados, vestidos y peinados, rezaban sus oraciones en presencia del mayordomo mayor y gentiles—hombres de cámara, todos de rodillas. Pedíase en estas oraciones muy especialmente por los reyes de la tierra y por las almas de los difuntos.

Almorzaban después los tres príncipes juntos, y acto seguido oían la santa misa en la capilla privada de Don Carlos.

Seguían dos horas continuas de estudios con los maestros, presididos siempre por Honorato Juan. La lección comenzaba siempre rezando el Veni Creator y concluía dando a Dios gracias.

A las once salían de su cámara los tres príncipes para comer en público; a las doce tenían lección de música y canto hasta la una, y desde esta hora hasta las cuatro volvían a reanudarse los estudios, intercalando entre ellos las lecciones de esgrima y equitación.

De cuatro a cinco recreábanse los príncipes como mejor era de su gusto con los señores de su cámara y los caballeros a quienes, con aprobación de su ayo, don García de Toledo, daba el príncipe entrada.

A las seis era la cena, y acabada ésta, proseguían hasta las nueve los paseos, juegos o ejercicios de entrenamiento, según el tiempo ayudaba y la voluntad de los príncipes disponía. A las nueve rezaban todos juntos el rosario y cada uno se retiraba a su cámara.

Los domingos y días festivos ocupábanse las horas de estudio en ejercicios piadosos, paseos y juegos de fuerza y entretenimiento.

Creció con esta vida la intimidad y unión de los tres príncipes, sin que por eso dejase de haber entre ellos frecuentes reyertas, propias de la edad, motivadas siempre por el carácter intemperante y díscolo de Don Carlos.

Un día, jugando éste a la pelota con Don Juan de Austria, entablose discusión sobre una jugada dudosa, y como el príncipe no encontrase otras razones que alegar, volvió la espalda a Don Juan con gran impertinencia, diciendo que no podía discutir con él porque no era de su igual en nacimiento.

Saltó Don Juan como una fiera, y asiendo de la ropilla a Don Carlos, díjole altaneramente que su madre era una gran señora alemana y que su padre había sido mucho más que lo que era el suyo.

Intimidose Don Carlos al pronto; mas quejose luego al rey Don Felipe la primera vez que vino a visitarle, refiriéndole el hecho.

A lo cual contestó gravemente Don Felipe:

—Don Juan tiene razón... Su madre es una señora alemana, y su padre, el emperador mi señor, fue mucho más grande que yo lo he sido, ni podré serlo nunca... Notad bien, Don Carlos, que en lo único que no os iguala nadie es en soberbia y mala crianza.

III

No sacó gran provecho en materia de letras el sabio y honrado Honorato Juan de ninguno de sus tres discípulos. Cierto era que Don Juan y el príncipe de Parma estudiaban; pero hacíanlo por obligación, y aprovechaban naturalmente, porque tenían entendimiento agudo, fácil comprensión y feliz memoria.

Mas las aficiones guerreras de ambos, que hicieron más adelante de ellos dos grandes caudillos, teníanles siempre la imaginación en otra parte, y sólo prestaban a las literaturas y filosofías de Alcalá una atención forzada y sin ahínco, insuficiente para cimentar nada sólido.

El príncipe de Asturias, por su parte, ni aun siquiera tenía esto: apático y melancólico por naturaleza, y sin más brotes de carácter que la ira y la soberbia, no amaba las ciencias, ni las letras, ni las artes, ni las armas, ni la guerra, ni le divertían cosas honestas, ni se complacía en otra cosa que en hacer daño al prójimo, según afirma, con harta dureza a nuestro juicio, el embajador veneciano Paolo Tiépolo.

Aburríase, pues, el príncipe en Alcalá, y crecía su aburrimiento a medida que su salud mejoraba.

En esta peligrosa disposición de ánimo, propúsole un criado suyo, de los que medran con los vicios de sus amos, que para distraer sus ocios hiciera la corte a una mozuela, hija del conserje de Palacio, que, según sus probables indicios, debía de llamarse Mariana de Gardeta.

Había el príncipe mostrado desde niño extraña aversión a las mujeres, hasta el punto de insultar groseramente a varias de ellas, sin más motivo ni razón que aquella especie de rabia instintiva que su vista le causaba.

Acogió, sin embargo, con entusiasmo la mala idea del criado, y sirviendo éste de tercero, comenzaron los recados y billetes, y siguiéronse las citas entre el príncipe y la mozuela.

Veíanse en el jardín; salía ella disimuladamente de la vivienda de su padre, y bajaba él por una estrecha escalerilla cerrada con puerta de hierro que por dentro del macizo muro de la gran sala llamada de Concilios iba a parar a la parte aquélla de la huerta.

No permitió la vanidad de Don Carlos guardar por mucho tiempo el secreto, y confiose el primero a Don Juan de Austria, pidiéndole ayuda. Mas era éste harto sencillo aún para comprender los repliegues y resbaladizas pendientes de la galantería, y riose cándidamente de la extraña idea del príncipe, que pretendía, a su juicio, hacer una reina de España de la hija de un conserje.

Riose a su vez Don Carlos de la inocencia de su tío, y con dañada intención rasgó de un golpe la venda que cubría los ojos, purísimos aún, del vencedor de Lepanto. Repugnó a éste el papel de encubridor que el príncipe le reservaba en aquel terreno ignorado que ante su vista se abría, y negándole su ayuda, separáronse desabridos.

Buscó entonces Don Carlos otros confidentes, y encontrolos harto benévolos en dos gentiles—hombres de su cámara, que comenzaron a porfía a empujarle por aquella dañada senda con el pretexto de que el amor, según ellos lo entendían, había de despabilar las facultades intelectuales del príncipe y reconstituir su debilitado físico.

No pensaron lo mismo el ayo don García de Toledo y el caballerizo mayor, Luis Quijada, que, enterados al fin del caso, mandaron cerrar, de común acuerdo, la puertecilla de la escalera que daba a la huerta.

No osó Don Carlos descargar por entonces su rabiosa ira sobre el ayo don García, y limitose a apalear él mismo bárbaramente al infeliz criado que cerró la puerta.

Procurose con el mayor sigilo otra llave nueva, y el 19 de abril (1562), que por ser domingo era para los príncipes día más desahogado, citó a la mozuela al pie de la escalerilla a las doce de la mañana.

Comió aquel día Don Carlos con grande prisa y como azorado, y, no bien terminó la comida, despidió a toda la servidumbre, y saliose él mismo, dejando solos al príncipe de Parma y a Don Juan de Austria.

Llamó a éstos la atención el azoramiento del príncipe, y siguiéndole de lejos, viéronle desaparecer por la escalerilla del salón de Concilios, sin cuidarse siquiera de cerrar la puerta.

Miráronse los dos príncipes sonriendo, como dándose cuenta de lo que se trataba, y en el mismo momento oyeron un gran estrépito en la escalera, como de algo que rodaba, y ayes lastimeros que subían de lo hondo.

Corrió allí Don Juan desalado, y Alejandro Farnesio avisó con gran prudencia a don García de Toledo y a Luis Quijada.

Encontraron al infeliz príncipe tendido en el suelo, con la cabeza abierta y desangrándose. Había bajado con ciega precipitación la escalera, y, al llegar a las últimas gradas, faltáronle los pies y rodolas de cabeza, dando con ésta tremendo golpe en la maciza puerta.

Curáronle en el primer momento los doctores Vegas y Olivares, médicos de cámara, y el licenciado Deza Chacón, cirujano del rey; y como al vendarle éste se quejara el príncipe dolorosamente y el cirujano aflojase la mano, gritó Luis Quijada, que siempre auguró mal de la herida:

—Apretad, licenciado Deza, apretad... No le curéis como alteza, sino como a villano.

Despachó al punto don García de Toledo al gentilhombre de cámara del príncipe, don Diego de Acuña, para informar al rey de lo que pasaba, y al amanecer del día siguiente (lunes 20) estaba ya de vuelta con el doctor Gutiérrez, protomédico del rey, y los doctores Portugués y Pedro de Torres, sus cirujanos.

Algunas horas después llegó el rey en persona, y en su presencia reconocieron la herida todos los médicos; declararon éstos unánimes que no revestía carácter alguno alarmante, y tranquilo con esto Don Felipe, volviose a Madrid aquella misma noche.

Mas a los once días, en la madrugada del 30, asaltó al príncipe una recia calentura con fuertes dolores en la herida, en el cuello y en la pierna derecha, que, por otra parte, parecía tener como muerta.

Alarmáronse los médicos, y declararon entonces que aquelles síntomas revelaban una lesión en el cráneo y quizá en el cerebro.

Avisaron de nuevo al rey Don Felipe con grande urgencia, y aquella misma noche del 30 llegó a Alcalá con el duque de Alba, el príncipe de Éboli y el antiguo médico de Carlos V, Vesale. Algunas horas después llegaron los demás señores del Consejo y los grandes que tenían oficios en la corte.

El 2 de mayo era tanta la gravedad del príncipe, que mandó el rey administrarle los sacramentos: tenía inflamado el rostro, ciegos los ojos por la hinchazón de los párpados y paralizada del todo la pierna derecha.

Recibió Don Carlos el Viático con mucha devoción, y, despejada la pieza, hizo señas a Don Juan de Austria de que se acercase.

Asiole las manos con mucho cariño, y díjole muy bajo que había ofrecido a Nuestra Señora de Montserrat su peso de él mismo en oro y tres veces este mismo peso en plata si le curaba; que había hecho igual ofrecimiento al santuario de Nuestra Señora de Guadalupe y al Cristo de San Agustín, de Burgos; pero que había allí, en Alcalá, en el convento de franciscanos de Jesús y María, el cuerpo de un grande santo, que se llamó fray Diego, que quería hacerle también este mismo ofrecimiento, y que le pedía por lo mucho que le amaba que fuese él mismo en persona a hacer en su nombre esta promesa ante el sepulcro del santo.

Prometioselo Don Juan muy conmovido, y desde aquel día fue todos ellos por mañana y tarde a pedir la curación del príncipe ante el sepulcro de fray Diego.

La enfermedad había trocado al mísero Don Carlos en dócil y benévolo, y a todos prestaba obediencia y pedía perdón, muy en especial a su padre y a Honorato Juan, única persona quizá a quien amó de veras.

Quería que Don Juan de Austria y el príncipe de Parma estuviesen siempre a su lado, y cuando por la fatiga no podía hablarles, tornábales las manos y se las acariciaba con las suyas.

Catorce consultas de médicos presidió el rey Don Felipe desde el 30 de abril al 8 de mayo. Sentábase en su sitial con el duque de Alba a la derecha y don García de Toledo a la izquierda; poníanse detrás los grandes de la corte y enfrente los médicos, sentados en escaños, formando semicírculo. Don García de Toledo daba por turno la palabra a los que debían usarla.

En una de estas consultas habló alguien de un morisco viejo de Venecia, llamado Pintadillo, que hacía curas maravillosas con ungüentos que preparaba. Protestaron los médicos; mas el rey mandó traer a Pintadillo en postas sin pérdida de tiempo, con escándalo y ofensa de todos ellos.

En la noche del 8 de mayo declaráronse los médicos vencidos, y anunciaron al rey que sólo quedaban al príncipe tres o cuatro horas de vida.

No quiso Don Felipe verle morir, y marchose aquella misma noche, dejando al duque de Alba y al conde de Feria detalladas instrucciones para el funeral y el entierro de su hijo. Algunos señores de la corte apresuráronse a comprar el paño para los lutos.

Pasó toda aquella noche de angustia Don Juan de Austria a la cabecera del moribundo, y al amanecer dijo al duque de Alba que le acompañase al convento de Jesús y María para pedir por última vez a fray Diego la salvación del príncipe.

Entonces tuvo el duque de Alba una idea repentina, que Dios le inspiró, sin duda. Mandó, en nombre del rey, abrir el sepulcro de fray Diego y llevar el cuerpo a la cámara del príncipe.

Dispúsose la procesión para el mediodía; iba delante el pueblo entero clamando a Dios misericordia; seguíanle centenares de penitentes con sayales y capirotes y las espaldas desnudas, disciplinándose cruelmente; detrás venían cuatro frailes de San Francisco trayendo en unas parihuelas el cuerpo de fray Diego; venía éste en un ataúd, envuelto en un sudario, con el rostro incorrupto, pero amojamado, como hoy día se conserva, descubierto.

A la derecha e izquierda del ataúd iban dos penitentes, cubierto el rostro por un áspero capirote y dejando ver la túnica de sayal, los pies desnudos y ensangrentados por los guijarros del camino: eran los dos rayos de la guerra, Alejandro Farnesio y Don Juan de Austria.

En pos de ellos venía el duque de Alba con la cabeza descubierta, y seguíanles y rodeábanles la Universidad, las comunidades, los estudiantes, la nobleza, el clero, los palaciegos, los gremios, no en devota y ordenada procesión, sino mezclados todos y confundidos, henchiendo las calles como una avalancha de angustia y de amargura que arrastrase hacia Palacio el cuerpo de fray Diego, que había de salvar al único heredero varón de la corona de España.

Entraron el cuerpo en la cámara del príncipe, abierta ya de par en par, como suele estarlo la de un cadáver, y precipitose dentro todo el que pudo, sin orden ni jerarquía ni concierto.

Estaba el príncipe boca arriba en el lecho, con los ojos cerrados por la hinchazón de los párpados, la nariz afilada, la boca abierta y el ronco estertor saliendo difícilmente de su garganta seca.

Pusieron el ataúd sobre la cama, tocando al cuerpo del príncipe. El prior de San Francisco cogió una de las manos inertes y púsola suavemente sobre el pecho de fray Diego...

Reinó un silencio inverosímil, en que nadie respiraba: hubiérase oído la caída de una hoja, el aleteo del ángel de la Guarda llevando al cielo aquellos clamores de fe, aquellas lágrimas de esperanza...

De repente dio el príncipe una vuelta hacia el ataúd, y trocose el estertor en respiración tranquila...

El pavor de lo sobrenatural posesionose de todos; a muchos se les erizaron los cabellos... Diez minutos después invadía al príncipe un apacible sueño que le duró seis horas... Salieron todos de puntillas conteniendo los alientos... Sacaron el cuerpo calladamente...

Al despertar el príncipe llamó a Don Juan de Austria, y le dijo que había visto durante aquel sueño a fray Diego de Alcalá con su hábito franciscano y una cruz de caña con una cinta verde. El santo le había dicho que aquella vez no moriría.

Y no murió, en efecto[8].

IV

Salió Don Carlos de Alcalá el 17 de julio para terminar su convalecencia en Madrid, y quedaron solos Alejandro Farnesio y Don Juan de Austria, prosiguiendo sus estudios hasta fines de 1564.

Entraba Don Juan entonces en esa peligrosa edad de la adolescencia en que la naturaleza despierta a ciegas y la imaginación divaga por mundos desconocidos, forjando inquietudes misteriosas, deseos vagos y extraños sueños que turban el entendimiento, arrastran el corazón y extravían con triste frecuencia la voluntad, si cualquiera mala influencia tuerce su rumbo.

Estaba, sin embargo, Don Juan demasiado alto y harto bien guardado para que llegasen hasta él las vulgares influencias de la chusma estudiantil, de que dijo después Alarcón en la Verdad sospechosa:

Son mozos, gastan humor,

sigue cada cual su gusto,

gala de la travesura,

grandeza de la locura;

hacen donaire del vicio,

hace, al fin, la edad su oficio.

Mas había también en Alcalá estudiantes de la más alta nobleza, que hacían su corte a los príncipes y participaban de sus ejercicios y entretenimientos; y uno de ellos, que debió de ser don Rodrigo de Mendoza, hijo segundo del duque del Infantado, proporcionó a Don Juan algunas de aquellas novelas de caballerías, a la sazón tan en boga.

El efecto de estas lecturas en el ánimo de Don Juan fue el de un tizón encendido arrojado en un campo de rastrojos secos.

Ciertamente que su buen sentido rebajaba el nivel de las fabulosas hazañas de los Amadises y Palmarines hasta reducirlo a los límites de lo verosímil; pero el espíritu, la tendencia a lo grande y a lo temerario y a lo amoroso inflamaban su imaginación, ya ardiente de suyo, y encendían su corazón, que desde niño le impelía a cosas grandes y maravillosas.

Siempre le sedujo honrar a Dios y amparar a los menesterosos, como doña Magdalena de Ulloa le había enseñado; siempre soñó con servir al rey lealmente como de Luis Quijada había aprendido, y con llevar a cabo grandes hazañas por su cuenta propia, como la sangre de Carlos V, que hervía en sus venas, parecía pedirle.

Mas después de estas lecturas parecíale esto ya poco, insignificante, sin gloria y sin brillo, y al Dios a quien honrar y al rey a quien servir y a la fama que merecer, añadió entonces un reino que conquistar para proclamar en él la fe de Cristo, y una dama a quien amar, no al modo ruin y pecaminoso de la Marieta Gardeta del príncipe Don Carlos, sino al modo espiritual y platónico de la Oriana de Amadís de Gaula...

Estas imaginaciones, una y otra vez meditadas y repetidas durante aquellos dos años, afirmaron para siempre las grandes cualidades y los sensibles defectos de Don Juan de Austria. En aquel estado de ánimo supo Don Juan, no sabemos cómo, que su hermano Don Felipe había pedido para él al Pontífice Paulo IV el capelo cardenalicio. Mas no era ésta precisamente la voluntad de Carlos V, consignada en su testamento, porque nunca mandó el emperador que se impusiese a Don Juan el estado eclesiástico, ni aun adornándolo con la púrpura cardenalicia, sino únicamente encargó que pudiéndose buenamente endereçar, que de su libre y espontánea voluntad, él tomase hábito en alguna religión de frailes reformados, a la qual se encaminase, sin hacerle para ello premia ni extorsión alguna...

El despecho y la aflicción de Don Juan al saber esta noticia no tuvieron límites, y apresurose a participarla a la buena y discreta doña Magdalena, quejándose con toda la amargura y desaliento con que se lamentan a su edad las ilusiones perdidas.

Comprendió doña Magdalena el yerro inmenso que sería y los peligros a que quedaba expuesta el alma de su Don Juan empujándole por un camino a que la vocación de Dios no le llamaba; y con esa libertad de espíritu, propia de las almas santas y fuertes, aconsejole con grande ahínco prevenir por cuantos medios fuese posible que el capelo no se concediese, y, en el caso de no poderlo evitar, resistir abiertamente al rey con tanto respeto como entereza.

La conciencia y el honor caen fuera de todo vasallaje, y la noble dama sentía, como otros muchos de su época, lo que dijo después Calderón, haciéndose eco de aquella raza ya degenerada de su tiempo:

Al rey la hacienda y la vida

se ha de dar; pero el honor

es patrimonio del alma,

y el alma sólo es de Dios.

Animado Don Juan con esto, no volvió a hablar más del asunto ni aun con doña Magdalena misma, y nadie hubiera sospechado que tuviese él conocimiento de lo que con el Papa se trataba.

Mas de allí a poco llegó a Madrid Don Felipe de vuelta de las Cortes de Monzón, que había celebrado, trayendo consigo a sus dos sobrinos, los archiduques Rodulfo y Ernesto, hijos del emperador Maximiliano y de la santa emperatriz Doña María, hermana del propio Don Felipe y de Don Juan de Austria.

Acudió éste a saludar al rey y a dar la bienvenida a los archiduques, y encontrolos en el castillo de Balsaín, allá en el bosque de Segovia.

No se hablaba entonces ni en la corte ni en la villa sino del formidable ataque de los turcos a la isla de Malta, y de la heroica defensa del anciano maestre de aquella Orden, Juan Parissot de la Valette.

Hallábase al frente de la fortísima escuadra otomana el almirante Pialy y los dos temidos piratas Hassen y Dragut, con cuarenta y cinco mil hombres de desembarco, capitaneados por Mustafá—Bajá; y el gran maestre La Valette, sin más tropas que setecientos caballeros de la Orden y cuatro mil quinientos soldados para defender toda la isla, pedían auxilio con gran premura a los príncipes de la cristiandad, y muy en particular al Pontífice y al rey de España, como más interesado: el uno, en la defensa de la fe, y el otro, en la conservación de sus dominios de África y de Italia, de que era salvaguardia la isla de Malta.

Mandó al punto Felipe II aparejar una escuadra en su socorro con veinticinco mil hombres de desembarco, de los cuales habían de embarcarse parte en Barcelona y ser recogidos los restantes en Sicilia.

Instaban los sitiados cada vez con más angustia, y al mismo tiempo llegaban noticias del heroico valor de su resistencia y de las ferocidades del turco. Mustafá había hecho, en escarnio de nuestra santa religión, una cruz con los corazones de muchos caballeros de Malta muertos en la refriega, y clavádola en el límite de su campo, y el gran maestre La Valette había contestado a esta barbarie sacrílega haciendo cargar sus cañones de grueso calibre con cabezas de turcos, a guisa de metralla, y disparándolos al enemigo.

Hervía con todo esto la juvenil sangre de Don Juan de Austria, y tiraba sus cálculos calladamente.

¡Aquella empresa sí que lo reunía todo!... ¡Gloria de la fe..., amparo de desvalidos..., servicio del rey!

Faltaba el reino que conquistar; pero se presentaba, en cambio, la ocasión de probar al rey muy a tiempo que al hijo de Carlos V le cuadraba mejor un galmete de hierro que un capelo de grana...

Faltaba también la dama a quien amar; ¿pero acaso podía asegurarle alguien que en el curso de aquella empresa no hubiera de encontrarla?...

Nadie notó, sin embargo, en Don Juan preocupación alguna, y viosele tan sólo celebrar largas pláticas con don Juan de Guzmán, gentilhombre de su cámara, y con don José de Acuña yPeñuela, que era su guardarropa.

Salió una mañana, que fue la del 9 de abril de 1565, a pasear a caballo con el príncipe Don Carlos, y con estudiado pretexto separose de éste y torció el rumbo hacia Galapagar, seguido tan sólo de don Juan de Guzmán y de don José de Acuña.

No volvió Don Juan aquella noche, y como le echase de menos al día siguiente el rey Don Felipe, mandó llamar a Luis Quijada. Creíale éste con el príncipe Don Carlos y los archiduques, y, desengañándole el rey, no supo dar razón de su paradero.

Alarmáronse todos; hiciéronse grandes pesquisas, y llegó al cabo el duque de Medinaceli diciendo que, según testimonio de un postillón encontrado en el camino, Don Juan de Austria había tomado postas en Galapagar con dos caballeros de su casa, y marchádose a Barcelona para embarcarse en las galeras que iban en socorro de la isla de Malta.

Templó algún tanto lo generoso del arranque del mancebo el enojo que produjo en el rey su independencia, y despachó al punto correos a todos los puertos y virreyes, para que le detuviesen, con este mensaje: Que volviese luego, pues la jornada era sin su voluntad y orden, y él muy mozo para ese viaje tan largo y acción tan peligrosa.

Despachó con este mensaje a don Pedro Manuel para que fuese en su seguimiento hasta alcanzarle, y encargó a Luis Quijada que le escribiese también manifestándole el disgusto con que quedaba.

Grande era, en efecto, el de Luis Quijada, no por el arranque de Don Juan, que le complacía en extremo, sino por su falta de confianza en no revelarle nada.

Mas doña Magdalena, que veía mejor que nadie el fondo de todo aquello, hízole notar la prudencia y el cariño de Don Juan guardándole tan gran reserva: porque de haberle manifestado su proyecto, fuérale preciso impedírselo por obligación de su cargo; y de haber contemporizado con él, hubiera incurrido con harta razón en el desagrado del monarca.

Era, pues, lo más prudente callar, y eso era lo que Don Juan había hecho.

V

La noticia de la espontánea marcha de Don Juan a la isla de Malta para pelear contra los turcos causó en el pueblo de Madrid tal entusiasmo, que a gritos lo aclamaban por las calles digno hijo de Carlos V.

La nobleza, por su parte, rindió entonces a aquel niño de dieciocho años el homenaje más cumplido que puede prestarse al hombre cabal que se nos presenta por modelo, cual es el de imitarle.

La mayor parte de los jóvenes de la nobleza corrieron a embarcarse con Don Juan en Barcelona, solos unos con su espada y sus buenos deseos, porque no podían otra cosa; levantando otros a su costa gente de guerra para pelear contra el turco, constante pesadilla para la Europa de entonces.

Fueron los principales de estos caballeros: don Bernardino de Cárdenas, señor de Colmenar de Oreja; don Luis Carrilla, mayorazgo del conde de Priego, y su tío don Luis, con gran compañía de caballeros, deudos, capitanes y criados a su costa conducidos; don Jerónimo de Padilla, don Gabriel Manrique, hijo del conde de Osorno; don Bernardino de Mendoza, hermano del conde de Coruña; don Diego de Guzmán, mayordomo de la reina; don Lorenzo Manuel, don Francisco Zapata de Cárdenas, don Pedro de Luxán, don Gabriel Niño, Juan Bautista Tassis, que fue luego conde de Villamediana, y otra porción de caballeros castellanos, andaluces y aragoneses.

Llegaron también a última hora cuatro gentiles—hombres del príncipe Don Carlos, de los cuales era uno el tan famoso después marqués de Castel Rodrigo, don Cristóbal de Moura.

Hizo todo esto reflexionar a Felipe II, y desde aquel momento retractó en su mente la idea de empujar a su hermano por el camino de la Iglesia, comprendiendo que mejor partido sacaría de Don Juan utilizando su prestigio y valerosos arranques en las cosas de la guerra.

Mientras tanto, corría Don Juan sin descanso huyendo del capelo y en busca de la gloria, con tan mala fortuna, que al llegar a Tarifa tuvo que detenerse enfermo de calenturas tercianas.

Auxiliáronle como mejor se pudo en un castillo que allí tenía el conde de Coruña, y, más animoso que curado, prosiguió su camino hasta llegar a Frasno, a cinco leguas de Zaragoza. Repitiole allí la terciana con tan recia furia, que imposible le fue pasar adelante.

Era este lugar del conde de Ribagorza, y éralo entonces el duque de Villahermosa, don Martín de Aragón, gran caballero a quien esperaba muy en breve en la persona de su hijo primogénito la más trágica desventura que registra quizá la historia de la Grandeza.

Era este señor viudo de doña Luisa de Borja, hermana de San Francisco, y después de guerrear en Flandes y distinguídose mucho en la batalla de San Quintín, vivía a la sazón retirado con sus hijos en la villa de Pedrola.

Avisaron al duque el ilustre huésped que tenía en sus estados, enfermo en un miserable mesón de Frasno, y apresurose a enviarle dieciocho acémilas con todo lo necesario para el servicio de un príncipe, desde el dosel blasonado y las tapicerías de cuero, propias del verano, hasta los lechos y las mantas y la recámara completa de plata amartillada.

No satisfecho con esto, fuese el mismo duque a Frasno con dos médicos de su servicio, e instó a Don Juan para que se trasladase a la villa de Pedrola o a su castillo de Benabarre, cabeza del condado de Ribagorza, donde con mayor esmero podría ser asistido y cuidado.

No tuvo tiempo Don Juan de aceptar el ofrecimiento del primer grande de Aragón, porque enterado el arzobispo de Zaragoza de su enfermedad y estancia en Frasno, enviole al punto al gobernador de la ciudad, con otros muchos nobles caballeros, para que le recogiesen y trajeran a Zaragoza para asistirle y curarle en su propio palacio.

Era este arzobispo don Hernando de Aragón, nieto del rey Don Fernando el Católico, y varón muy respetable por sus muchos años y su ilustre sangre.

Trasladaron, pues, a Don Juan a Zaragoza con grandes precauciones en mulas y literas del duque de Villahermosa, y éste le acompañó con grande cortesía hasta dejarle instalado en el palacio del arzobispo.

Salió éste a recibirle fuera del lugar, y acudió todo el pueblo, ansioso de conocer al hijo del emperador y de manifestarle el aplauso y simpatía que su juvenil arrojo le inspiraba.

Habíale alcanzado en Frasno don Pedro Manuel, y no bien le vio en Zaragoza algún tanto repuesto de su dolencia, apresurose a intimarle la orden de Don Felipe, añadiendo por su propia cuenta: «Que no passase adelante, si no quería indignar al rey, pues las galeras en que pensava pasar avian partido de Barcelona».

A lo cual respondió Don Juan muy gravemente: «Que era la jornada del servicio de Dios y del rei su señor, y que ansí no la podía dexar con reputación». Y acto continuo envió a don José de Acuña a Barcelona, a ver si había allí galeras para su pasaje.

El arzobispo y el gobernador y muchos caballeros le pidieron también que «bolviese a Madrid, por tener orden del rei para detenerle». Y como Don Juan no cediese tampoco con esto, le requirió entonces el arzobispo con las cartas del rey en la mano que «no passase adelante»; mas sin perder Don Juan ni su gravedad ni su cortesía, persistió en su propósito.

Seducidos entonces el arzobispo y el gobernador y los principales caballeros de Aragón que a Zaragoza habían acudido por la juvenil audacia y firme entereza de aquel mancebo de dieciocho años, suplicáronle que ya que persistía en marchar, «que llevase quinientos arcabuceros para su guarda, pues no convenía ir tan solo, que los pagaría el reino por todo el tiempo que durase la jornada».

A esto respondió Don Juan que «si embarcase, se valdría de su ofrecimiento». Ofreciéronle entonces grande suma de escudos, pero Don Juan los rechazó con grande cortesía y agradecimiento.

Salió, pues, Don Juan de Zaragoza con entusiasta despedida de todos y dirigiose a Belpuche, donde le hospedó el virrey de Nápoles; tomó allí el camino de Montserrat para visitar el célebre santuario, y de acuerdo aquellos monjes con el virrey de Cataluña, que lo era del duque de Francavila, entretuviéronle en el monasterio hasta dar lugar a que zarparan de Barcelona las galeras que iban a Malta, como sucedió en efecto.

Vinieron entonces a recibirle a Montserrat el virrey duque de Francavila con los jurados, el arzobispo de Tarragona y el obispo de Barcelona, y suplicáronle todos que, puesto que las galeras habían ya partido para la isla de Malta, volviese a Madrid como era la voluntad del rey.

A lo cual contestó Don Juan imperturbable que la falta de galeras en Barcelona podía suplirse muy bien, atravesando, como era su propósito, el reino de Francia para buscarlas en otra parte.

Apurado entonces el virrey, llevole a Barcelona con grande honra y acompañamiento y entretúvole allí con fiestas, regocijos y saraos, hasta dar lugar al último recurso, que fue una carta directa y autógrafa del rey a Don Juan, mandándole volver sin dilación alguna a Madrid, bajo pena de su real y eterno desagrado.

Bajó Don Juan la cabeza ante amenaza tan concluyente, y tornó sin réplica a Madrid, con tanto aplauso de todos por su valerosa resolución primera como por su postrer obediencia.

Recibiéronle en Madrid con grande entusiasmo, y el primero en salir a su encuentro fue el príncipe Don Carlos, que le regaló entonces un magnífico diamante en un anillo de oro, obra de Jácome Trezzo, que tuvo de coste ochocientos ducados.

No se hallaba a la sazón en Madrid el rey Don Felipe, por haber salido por Segovia y Sepúlveda al encuentro de su esposa la reina Doña Isabel, que volvía de las famosas conferencias de Bayona.

Anunciose para el 30 de julio la llegada de los reyes a Madrid, y salieron a recibirles, tres leguas más allá de la villa, el príncipe Don Carlos y Don Juan de Austria.

No se habían visto todavía el rey y Don Juan después de la escapatoria de éste, y prometía la entrevista ser embarazosa.

La prudencia y habilidad de la buena reina Doña Isabel diole, sin embargo, un rumbo placentero; porque no bien divisó a Don Juan, hízole señas de que se acercase, y sin darle tiempo de hacer demostración ni decir palabra, preguntole con maliciosa sonrisa si le habían parecido muy valientes los turcos en Malta.

Enrojeció como una amapola el frustrado campeón, y contestó amargamente que con harto sentimiento suyo no había tenido ocasión de experimentarlo.

Riose entonces Don Felipe, y, abrazando cariñosamente a su hermano, díjole al oído que diese tiempo al tiempo; que muy breve sería el que tardase en estar dispuesta la armada contra los piratas del Mediterráneo, de que tenía ya decidido nombrarle generalísimo.

VI

Aquella aventura puso a Don Juan de moda, como se diría hoy y sucedía sin decirse en el siglo XVI. Convirtiose Don Juan en niño mimado de la corte y en ídolo del pueblo, hasta el punto de desearle muchos como heredero de la corona a falta del príncipe Don Carlos.

La gallarda figura de Don Juan contribuía mucho a esto, contaba entonces diecinueve años, pero hallábase ya completamente y a la perfección desarrollado.

Era de buena estatura, delgado y en todo airoso, porque la elegancia era en él genuina, le era espontánea, como lo es la flexibilidad del acero bien templado.

Tenía el cabello rubio, arremolinado con mucha gracia hacia la izquierda, por lo cual peinábaselo en forma de copete, que, generalizado después por sus imitadores, se llamó a la austríaca; la barba, del mismo color que el cabello, era escasa; el color, blanco con ligero tinte tostado que le prestaba virilidad muy agradable; los ojos grandes, garzos, muy puros, vivos siempre, y a su placer amorosos y risueños, o graves y severos.

Era afable y dadivoso en su trato, pulcro en su persona, ostentoso en su traje y tan exagerado en las modas como puede verse aún en algunos de sus retratos.

Resplandecía, en fin, en toda su persona, y era lo que mayor atractivo le prestaba, ese no sé qué, propio de hombres muy superiores, que encanta y atrae y subyuga, y hace consistir un escritor muy profundo en un misterioso compuesto de gracia, de talento y de deseos de agradar.

Tal era la simpática figura de Don Juan de Austria en el momento en que comenzó a figurar, con verdadera personalidad propia, en la tan discutida corte de su hermano.

Y no era, ciertamente, aquella corte entonces, ni lo fue nunca, aquella especie de sombrío y austero cenobio que nos presentan los que creen o aparentan creer en el tétrico Felipe II legendario, rodeado de hogueras y potros, inquisidores y frailes.

Ni mucho menos era tampoco aquella unida y religiosísima familia de devotas damiselas, santas dueñas, ancianas venerables y castos pajecillos que se forjan los que pretenden encerrar, de buena fe, las colosales proporciones de Felipe II en los raquíticos moldes de un devoto ñoño.

La corte de Felipe II de entonces era, indudablemente, la más severa de su tiempo; pero era también la más magnífica, la más suntuosa, y abundaban en ella las diversiones honestas y la galantería caballeresca de buena ley, propia de aquellos tiempos en que escaseasen tampoco, como natural consecuencia, las intrigas, los enredos y los escándalos, entre damas y galanes, que unas veces reprimía Don Felipe públicamente con mano firme, otras corregía en secreto y no pocas dejaba correr sin darse por entendido, por razones que siempre permanecieron secretas.

Dividíase la corte, como en casi todas ellas acontece, en dos campos completamente diversos: el palaciego y el político.

Formaban en aquella época el centro del primero dos princesas tan notables por sus virtudes como por su hermosura, unidas estrechamente por la amistad más tierna: tales eran la reina Doña Isabel de Valois y la princesa viuda de Portugal Doña Juana, que sólo contaban entonces veinte años la primera y treinta la segunda.

En torno de ellas agrupábanse las numerosas damas de ambas, pertenecientes todas a la más alta nobleza española, sin que faltasen tampoco algunas francesas entre las de la reina y varias portuguesas entre las de la princesa, en pugna siempre estas extranjeras con las castellanas.

Pasaban de cincuenta las damas de la reina, solteras todas, y solían permanecer en Palacio hasta procurarlas los reyes ventajosos casamientos.

Tenía también diez dueñas de honor, viudas, señoras de mucha calidad, y al frente de todas ellas estaba la camarera mayor, que debía ser señora de Estados, y lo era entonces la condesa viuda de Ureña, doña María de la Cueva, matrona de gran juicio y entendimiento, que fue madre del primer duque de Osuna.

La princesa Doña Juana tenía también, además de sus damas, sus dueñas de honor muy calificadas, y su camarera mayor, que era doña Isabel de Quiñones. Doña Leonor Mascareñas, su antigua aya, tan amada y respetada, habíase retirado ya de la corte, y fundaba, a la sazón, en lo que hoy es plaza de Santo Domingo, el convento de los Ángeles, donde murió años después santamente.

Holgábase la reina en divertir a sus damas con paseos a caballo, cacerías, meriendas en las alamedas, saraos, mascaradas y representaciones de loas en sus habitaciones, en que todas ellas y la misma reina tomaban parte, y donde se jugaba también, a veces tan fuerte, que en una sola noche perdió el príncipe Don Carlos en un juego que llamaban el clavo cien escudos de oro, según consta en la declaración de su barbero Ruiz Díaz de Quintanilla, que se los había prestado.

A estas fiestas convidaba siempre la reina a todas aquellas grandes señoras que, sin tener cargo en Palacio, residían en Madrid o por allí pasaban, y muy en especial a la princesa de Éboli, con quien tuvo siempre amistad estrecha, y a la duquesa de Alba, doña María Enríquez, que fue luego su camarera mayor y le mereció en todas ocasiones la mayor consideración y afecto.

La princesa Doña Juana, por su parte, gustaba mucho del campo, y retirábase con frecuencia a El Pardo, donde daba conciertos muy lucidos, con muchos músicos y cantores que ella tenía y pagaba, resultando fiestas de verdadero agrado y entretenimiento.

En estos elevados centros buscó, pues, Don Juan de Austria su dama, y la encontró, y en ellos hizo sus primeras armas en la galantería, creyendo cándidamente que los amores en la juventud pueden contenerse, en medio de las ocasiones, en la platónica esfera de las fantásticas Orianas, Angélicas y Melisandras de que tenía él llena la cabeza y le bullían en el corazón y en la sangre.

Agrupose, naturalmente, en torno a la brillante figura de Don Juan lo más granado de la juventud de la corte, y él era quien ponía el tono en ella, y dirigía y concertaba los torneos, cacerías, cañas, máscaras y encamisadas, que formaban entonces la diversión de la gente joven de la nobleza.

Mas aunque todos solicitaban su favor, sólo dos lo consiguieron íntimo y duradero hasta la muerte, que fueron el conde de Orgaz y don Rodrigo de Mendoza, hijo segundo del duque del Infantado.

Injiriose también por esta época en el trato primero y en la amistad después, de Don Juan un mozo muy listo, de menguado nacimiento y grandes atractivos personales, que le trajo después en uno de los dos bandos que dividían a la sazón el otro campo político de la corte. Llamábase Antonio Pérez, y era hijo adulterino y sacrílego del clérigo Gonzalo Pérez, secretario que había sido del emperador y seguídolo siendo de Felipe II.

Disputábanse, en efecto, dos bandos en la corte el escaso poder que abandonaba a sus ministros el absorbente gobierno de Felipe II. Capitaneaba uno de estos bandos el gran duque de Alba, que representaba la política francamente guerrera de imposición de fuerza, y dirigía el otro el príncipe de Éboli, Ruy Gómez, representante, a su vez, de la política opuesta, de diplomacia, de intriga y de paz.

Seguían al primero el prior don Antonio de Toledo,el príncipe de Mélito, el marqués de Aguilar y el secretario Zayas, y eran partidarios del segundo el arzobispo de Toledo, don Gaspar de Quiroga; el marqués de los Vélez, Mateo Vázquez, Santoyo y Gonzalo Pérez.

Cómo la índole abierta y generosa de Don Juan y sus aficiones guerreras no le llevaron al lado del duque de Alba, y se fue, por el contrario, al del príncipe de Éboli, que representaba más bien la gente de pluma y de iglesia, es cosa extraña, pero que tiene, sin embargo, su explicación en la habilidad que desplegaron los de este partido para atraerle, adivinando las grandes cualidades del ilustre mancebo.

Deparáronle primeramente al astuto Antonio Pérez para que con diestras adulaciones, en que era maestro, y estudiadas confidencias hechas de mozo a mozo, le diese a entender lo mucho que le estimaban en la camarilla de Ruy Gómez, las grandes esperanzas que cifraban en su valor y su prestigio, y lo mucho que trabajaban en el ánimo para decidirle a nombrarle capitán general de las galeras del Mediterráneo, como ya se lo había prometido.

Todo lo cual, sobre ser cierto, tomaba gran sabor de verdad en boca del hijo de Gonzalo Pérez, que podía muy bien saber por éste mismo lo que pasaba estando abocado a sucederle en el cargo.

Preparado ya el terreno lo suficiente para que pudiese poner el pie sin tropiezo alguno personaje tan autorizado como el propio Ruy Gómez, abocose éste con Don Juan como al descuido, y repitiole lo mismo en diverso tono, añadiéndole que su nombramiento era ya cosa decidida; que era magnífica, como lo era, en efecto, la galera Capitana que le preparaban en Barcelona, y que no tardaría mucho en lograr sus anhelos de pelear con los turcos al frente de lucida escuadra, como era también perfectamente cierto.

Murió por aquel entonces Gonzalo Pérez (1566), y resistiose Felipe II a las gestiones de Ruy Gómez para que proveyese en Antonio Pérez la secretaría vacante del padre, dando por pretexto, no ya su juventud, pues contaba treinta y dos años, sino la relajación de su vida y lo depravado de sus costumbres.

Tomose, sin embargo, como señal de arrepentimiento y signo de enmienda el matrimonio de Antonio Pérez con doña Juana de Coello Bozmediano, celebrado el 3 de enero de 1567, y apresurose entonces Don Felipe a darle la secretaría de Gonzalo Pérez, lo cual celebró Don Juan de Austria como si le fuese en ello el colmo de sus deseos y el triunfo de sus intereses.

Una vez cogido el leal príncipe por el flanco de sus ambiciones, quisieron asegurarle más por el de sus platónicos amores, y encargose de ello la princesa de Éboli atrayéndole a su casa, dando en honor suyo saraos y banquetes, y poniéndole ante los ojos y aun al alcance de la mano a la dama de sus entonces honestos pensamientos, doña María de Mendoza, dama de Palacio y deuda muy cercana, según se cree, de la inquieta e intrigante princesa.

Y tales trazas se dio ésta para captarse la voluntad y confianza del agradecido Don Juan, que años después, cuando ya no era la de Éboli la dama inquieta e intrigante de siempre, sino la mujer liviana y criminal que tramaba con Antonio Pérez pérfidas traiciones que habían de arruinar de rechazo a Don Juan mismo, todavía escribía éste a su amigo don Rodrigo de Mendoza en la más cariñosa y ciega confianza:

«A mi tuerta beso las manos, y no digo los ojos hasta que yo le escriva a ella que se le acuerde deste su amigo, que lo es agora suyo y tan grande, que no puede en esta parte ni tiene más que ofrecerla por pago de lo que le debo, y que este recado va tan en seso, porque desde tan lexos ansí ha de ir.»

VII

La figura de doña María de Mendoza aparece un momento en la historia de Don Juan de Austria descolorida y borrosa como la melancólica imagen de un recuerdo que se desvanece, dejando en pos de sí la triste reata de la culpa llorada y perdonada, y la secuela dolorosa que llevan siempre consigo las flaquezas humanas.

Sin la intervención de la princesa de Éboli, los amores de Don Juan y doña María se hubieran deshecho en la inocente esfera de su idealismo caballeresco, como se deshacen en el aire las brillantes pompas de jabón, sin dejar rastro, ni huella, ni recuerdo. Mas la influencia de esta mujer funesta dio cuerpo a sus sueños, fuego a sus deseos, ocasión a sus sentidos, e hizo rodar hasta el fin de la pendiente a los dos alucinados amantes.

Ningún conflicto de este género ha sido, sin embargo, manejado tan discretamente como lo fue este episodio de la primera juventud de Don Juan de Austria. Tomólo a su cargo doña Magdalena de Ulloa, y ella supo poner en salvo, a costa de su abnegación propia, la conciencia y la responsabilidad de su Don Juan y la honra de una noble familia por éste mancillada.

Nadie sospechó ni en la corte ni en la villa lo que había sucedido y el mismo Felipe II, tan suspicaz y bien informado, no tuvo conocimiento hasta después de la muerte de Don Juan de la existencia de la niña fruto de aquellos amores. Una carta de Alejandro Farnesio, menos prudente que bien intencionada, informole del hecho, y sin el trágico suceso en que muchos años después fue esta inocente señora cómplice y víctima al mismo tiempo, es seguro que su existencia fuera hoy desconocida para la Historia como lo fue entonces para sus contemporáneos...

Desarrolláronse todos estos sucesos desde 1565, que volvió Don Juan de Austria de Barcelona, hasta 1568, que se embarcó en la armada del Mediterráneo; mas el momento del desenlace y del peligro, y cuando doña Magdalena de Ulloa tomó cartas en el asunto, debió de ser precisamente en octubre de 1567.

Había dado a la luz en los principios de este mes una niña la reina Doña Isabel de Valois, que se llamó Catalina por su abuela materna la de Médicis. Bautizáronla solemnemente el 19, a las tres de la tarde, en la parroquia de San Gil, que era entonces la del alcázar, y fue este día de grandes emociones para Don Juan de Austria.

Presentáronle al despertar un riquísimo vestido que le enviaba de regalo la princesa Doña Juana, como en todas las grandes solemnidades tenía por costumbre: era de tela de plata bordada de seda verde y cañutillo de oro, con forros y vueltas de tela rizada encarnada, y acompañábale una banda para el cuello de rubíes y perlas gruesas.

Agradó a Don Juan sobre manera el presente de su hermana, porque justamente eran los colores del vestido los de su dama doña María de Mendoza, encarnado y verde, cosa que, sin duda alguna, ignoraba la severa princesa, pues nunca hubiera hecho tal de saberlo.

Era la madrina en el bautizo la dicha princesa Doña Juana; el archiduque Rodolfo era el padrino, y había de llevar la niña en la comitiva Don Juan de Austria.

Ataviose, pues, Don Juan con su nuevo traje, galán y bizarro como nunca, y acudió a ocupar su honroso puesto en la comitiva. Salió ésta a las tres en punto por uno de aquellos extraños pasadizos que improvisaban entonces, y venía a unir el alcázar con la parroquia de San Gil, que era ya a la sazón convento de religiosos franciscanos descalzos.

Abrían la marcha los oficiales de Palacio, los gentiles—hombres de boca y cámara, cuatro ballesteros, cuatro maceros y los mayordomos de la reina y la princesa. Seguían cuatro reyes de armas con dalmáticas riquísimas y luego los duques de Gandía y de Nájera, el prior don Antonio de Toledo, el marqués de Aguilar, el conde de Alba de Liste, el de Chinchón, don Francisco Enríquez de Ribera, presidente de las Órdenes, y los mayordomos del rey.

Detrás venían seis Grandes, que eran los duques de Arcos, Medina de Ríoseco, Sessa y Béjar, y los condes de Ureña y de Benavente, trayendo, respectivamente, el cepillo, la vela, el mazapán, el salero, el aguamanil y la toalla, y en medio de ellos Don Juan de Austria con la niña en los brazos, envuelta en un manto de terciopelo carmesí bordado de cañutillo de oro y forrado de tela de plata; a su derecha venía el nuncio, Juan Bautista Castagna; a su izquierda, el embajador del emperador, y detrás los de Portugal y de Francia.

Seguían los dos padrinos, el archiduque Rodolfo y la princesa Doña Juana, precedida éste de su mayordomo mayor, don Juan Manrique de Lara, y del conde de Lemus, que lo era de la reina, y seguida de la camarera mayor, doña Isabel de Quiñones; la aya de la infanta, doña María Chacón, y la dueña guardamayor, doña Isabel de Castilla, las tres en hilera. Seguían luego, y cerraban la marcha, las dueñas de honor de la reina y la princesa, las damas de ambas y las meninas.

Mas en vano buscó Don Juan entre aquel brillante escuadrón, y en el puesto que la correspondía, a su dama, doña María de Mendoza, lo cual le contristó en gran manera, mucho, sin duda, por no verla, y quizá más todavía porque ella no le viese a él tan galán, tan bizarro y tan honrado, corno a su edad y en semejantes ocasiones acontece.

Dio aquella noche un sarao en sus habitaciones la princesa Doña Juana para celebrar el bautizo de su ahijada, y con grande inquietud de Don Juan de Austria, tampoco acudieron a él ni doña María de Mendoza ni la princesa de Éboli.

Supo allí, sin embargo, por doña María Ana de Aragón, hija del conde de Ribagorza, que era dama de la reina y grande amiga de la Mendoza, que ésta se había retirado días antes enferma, a casa de su parienta la de Éboli, lo cual redobló la inquietud de Don Juan, tanto por el hecho en sí como por no haber recibido de ello aviso.

Llamole entonces aparte su hermana la princesa, y rogole con toda bondad de su hermoso corazón que comprometiese a los señores jóvenes a improvisar una encamisada con el doble fin de celebrar el bautizo de la infanta e impedir, a lo menos por aquella noche, que estaba el rey en la corte, los extraños paseos del príncipe Don Carlos, que solía recorrer los burdeles de Madrid en aquellas horas, solo, con un arcabuz y el disfraz de una barba postiza.

Vino en ello Don Juan con el amor que siempre ponía en servir a su hermana, y concertó la encamisada con los dos archiduques Rodolfo y Ernesto, el príncipe de Parma y todos los señores jóvenes de la corte; mas ninguno logró reclutar al príncipe Don Carlos, que se escabulló como siempre a sus extrañas y peligrosas aventuras, que eran por aquel tiempo el escándalo de la corte.

Reuniose la encamisada en la plazuela de Santiago, ante la casa de Don Juan, pasada ya la medianoche. Consistía esta singular fiesta en una numerosa cabalgata, en que todos los caballeros llevaban vestidas, sobre sus trajes ordinarios, largas camisas blancas y disfrazadas las cabezas con turbantes pintorescos, cascos con penachos y extraños gorros con cintas y plumeros. Llevaban todos hachas encendidas en la mano izquierda y libre el brazo derecho de la camisa para lucir en él los colores de su dama.

De este modo cruzaban las calles de la población hasta llegar a la casa del personaje festejado, bajo cuyas ventanas ejecutaban aquellas danzas ecuestres en que tan maestros eran los jinetes de aquel tiempo. Despertábanse los vecinos a su paso, iluminaban sus ventanas y daban vítores a los encamisados, tomando todo el lugar en pocos momentos verdadera apariencia de regocijo y de fiesta.

Nacían las encamisadas siempre de improviso y cuando la urgencia del tiempo no daba lugar a los preparativos de libreas y ricos disfraces que exigían las otras cabalgatas más solemnes, que eran también moda del tiempo, y llamaban mascaradas, aunque nadie llevase la cara encubierta.

Dirigiose la encamisada al real alcázar desde la plazuela de Santiago, donde Don Juan vivía, teniendo éste cuidado de hacerla pasar ante la casa de la princesa de Éboli, donde, según sus noticias, moraba a la sazón la Mendoza.

Mas creció entonces su alarma y su extrañeza al ver la casa lóbrega y cerrada y que ni el ruido de la música, ni el resplandor de las antorchas y el paso de los caballos, ni los mismos vítores que al pasar se dieron a la princesa consiguieron atraer a nadie a los cerrados balcones y ventanas, cosa ésta de suyo bien extraña, pues teníase entonces por grave descortesía no responder con iluminaciones y muestras de regocijo al paso de las encamisadas como no fuera en caso de enfermedad grave o de luto reciente.

Destacose, sin embargo, un hombre encapuzado de cierta puertecilla de la frontera iglesia de Santa María al pasar Don Juan, y agarrándose al arzón de la silla, diole rápidamente un breve mensaje.

La zozobra de Don Juan no reconoció entonces límite, y ya sólo pensó en aligerar el paso de la encamisada y en terminar de cualquier manera que fuese las varias cuadrillas que se bailaron a la luz de las antorchas en la plaza de la Armería. Escapose al fin como pudo, y encamisado como estaba, corrió solo a la casa de la princesa de Éboli.

Esperábale aún el encapuzado en aquella puertecilla de Santa María, frontera a la casa, que adquirió años después verdadera celebridad histórica[9], y sin recatarse de nadie, franqueole aquel hombre la puerta principal, cuya llave tenía.

Y aquí comenzaron a esclarecerse algún tanto los misterios.

Don Juan no volvió a su casa hasta muy poco antes del amanecer, y, según testimonio de Jorge de Lima, su ayuda de cámara, de guardia aquella noche, no se acostó ni descansó un momento; anduvo, por el contrario, paseándose por su cámara con grande agitación, hasta que, amanecido ya, y levantada doña Magdalena de Ulloa al alba, como tenía por costumbre, pasó Don Juan a sus habitaciones, y allí se estuvo todo el día sin recibir a nadie ni tomar otro alimento que dos escudillas de caldo con huevos batidos que la propia doña Magdalena le sirvió por sí misma.

Al anochecer salió esta señora sola, en litera, con el viejo escudero Juan Galarza montado en una mula, y dirigiose a casa de la princesa de Éboli. Dos horas después estaba ya devuelta; pero no venía sola como había ido, sino que traía oculta cuidadosamente bajo el manto una niña nacida dos días antes, de improviso y fuera de tiempo, y bautizada ya con el nombre de doña Ana.

Algunos días después pidió doña Magdalena de Ulloa licencia al rey para dar una vuelta por sus estados, no pudiendo hacerlo Luis Quijada por las obligaciones de sus cargos con don Don Juan y el príncipe Don Carlos. Diosela el rey de buen grado, y partió doña Magdalena para Villagarcía, llevándose la niña con el mayor sigilo.

Acompañola Don Juan toda la primera jornada, y al separarse en el mesón de las postas, pidiole su bendición como a madre, e hízole reiterar ella dos palabras que le había empeñado y que cumplió religiosamente: no volver a ver a doña María de Mendoza y retirarse al monasterio del Abrojo, cuando pudiera, sin llamar la atención, para meditar algunos días sobre las verdades eternas, fuera de la atmósfera de la corte[10].

En cuanto a doña María de Mendoza, desapareció entre la bruma llorando como Andrómaca, y no volvió a ver más a Don Juan de Austria. Pasó una larga temporada en Pastrana en casa de la princesa de Éboli, y con el pretexto de su salud delicada, fuese retirando poco a poco de la corte sin llamar la atención de nadie, logrando al fin borrar su memoria, hasta el punto de que nadie sabe hoy a cuál de las ilustres ramas de la casa de Mendoza pertenecía, ni cuál fuese su paradero después del triste episodio que tronchó su vida. Es probable que fuese a llorar en algún monasterio lo que fue, ciertamente, su primer desengaño y acaso también su única culpa (14).

VIII

Durante todo ese tiempo habían ido creciendo poco a poco en el príncipe Don Carlos sus extravagancias hasta convertirse en locura, su despotismo en crueldad y la aversión que manifestaba a su padre en odio profundo.

En vano al cumplir el príncipe diecinueve años diole Don Felipe entrada en el Consejo de Estado (1564) y nombrole nueva casa, quedando de caballerizo mayor Luis Quijada, y poniendo nada menos que al príncipe de Éboli, Ruy Gómez de Silva, en el cargo de mayordomo mayor que ocupaba don García de Toledo, muerto poco antes.

Todos los de su casa, desde Ruy Gómez, a quien amenazaba de continuo con que se había de acordar de él cuando fuese rey, hasta el último barbero, a quien apaleaba por su propia mano a la menor tardanza o yerro, fueron de continuo víctimas de sus violencias y atropellos.

Entró un día el rey en consejo con sus ministros sobre las cosas de Flandes, y el príncipe, que andaba muy curioso de ellas, púsose a escuchar a la puerta, con el oído pegado al agujero de la llave, viéndole en tan innoble espionaje las damas y pajes de la reina, que estaban en la galería alta.

Advirtioselo su gentilhombre don Diego de Acuña, queriendo apartarle, y contestole Don Carlos con un bofetón en pleno rostro, lo cual agravió tanto al caballero, que a duras penas contuvo el impulso de hundirle en el corazón la daga, y fuese derecho al rey para hacer renuncia de su cargo. Desagraviole Don Felipe, y pasole a su servicio con dobles honores y gajes.

Igual ofensa hizo otro día a su gentilhombre don Alonso de Córdoba, hijo del marqués de las Navas, abofeteándole también porque no acudió presto a su llamada, y diciéndole que seis meses iban ya que ardía en aquellos deseos, y justo era que al cabo saliera con su gusto.

Y el cardenal Espinosa, presidente de Castilla, como hubiese hecho desterrar de la corte a un comediante llamado Cisneros, que mantenía extrañas relaciones con Don Carlos, acechole un día a la entrada de la cámara, y abalanzándose a él con un puñal en la mano, le gritó, sacudiéndole por el roquete:

«¡Curilla!... ¿Vos os atrevéis a mí no dexando venir a servirme a Cisneros?... ¡Por vida de mi padre que os tengo de matar!»

Y así lo hubiera hecho si algunos grandes, que acudieron a los gritos, no se lo hubieran quitado de las manos.

Estos atrevimientos con personas tan principales llegaban a crueldades monstruosas con la gente llana. En las cuentas de Palacio, que se conservan en el archivo de Simancas, encuéntranse partidas de indemnización pagadas a padres de niños hechos apalear por Don Carlos.

A su ayuda de cámara, Juan Estévez de Lobón, quiso una vez arrojarle por una ventana al foso del alcázar después de apalearle, y a un zapatero que le hizo unas botas demasiado estrechas le obligó a comérselas guisadas y picadas en menudas piezas.

Cayole un día una poca de agua desde una ventana, y mandó al punto su guarda para quemar la casa y matar a los moradores; y para satisfacerle —dice Cabrera de Córdoba— volvió la guarda diciendo que entraba el Santísimo Sacramento del Viático en la casa, y respetaron por esto sus paredes.

En cierta ocasión encerrose cinco horas en las caballerizas, y a su salida quedaban veinte caballos inútiles a fuerza de malos tratos, entre ellos el favorito del rey, que murió a los dos días.

Uníanse a estas crueles extravagancias, propias sólo de un cerebro desquiciado, sangrientas burlas y descaradas muestras de aversión hechas a su padre, de las cuales se hallaron buenas pruebas entre los papeles que posteriormente le fueron ocupados.

Había entre ellos un libro en blanco con este título escrito de mano del príncipe: Los grandes viajes del rey Don Felipe II. Y luego en cada una de sus hojas esta burla: El viaje de Madrid al Pardo, del Pardo al Escorial, del Escorial a Aranjuez, de Aranjuez a Toledo, de Toledo a Valladolid, de Valladolid a Burgos, de Burgos a Madrid y del Pardo a Aranjuez, de Aranjuez al Escorial, del Escorial a Madrid, etc., etc.

En otro papel escrito también de su mano decía: Lista de mis enemigos, y el primer nombre que en ella figuraba era éste: El rey mi padre. Seguían luego Ruiz Gómez de Silva, la princesa de Éboli, el cardenal Espinosa, el duque de Alba y otros muchos señores.

En el otro lado del papel había escrito: Lista de mis amigos: La reina Doña Isabel, que siempre fue para mí muy buena. Y seguía luego: Don Juan de Austria, mi muy querido y amado tío. Y después, Luis Quijada, don Pedro Fajardo y muy pocos más.

La reina Doña Isabel y Don Juan de Austria fueron, en efecto, las dos únicas personas en la corte que exceptuó el infeliz príncipe de su odio y descortesía general; y en esto se han fundado los poetas, novelistas y seudoeruditos para suponer entre aquel desdichado príncipe, que ni supo ni pudo nunca llegar a ser hombre, y la virtuosa Doña Isabel de la Paz, modelo de reinas y de esposas, la romántica pasión incestuosa que sirve de base a sus lucubraciones, calumniosas ya hoy para todo el que medianamente conoce la Historia.

Conocían y lamentaban todos en Madrid la desatinada conducta de Don Carlos, y conocíase también en las cortes extranjeras, porque los embajadores se apresuraban a informarlas en sus notas, siendo éstas las que más han contribuido a que la posteridad conozca y juzgue hoy todos aquellos sucesos.

Mas a pesar de ser tan conocidas las lacras físicas y morales del príncipe Don Carlos, no había entonces princesa alguna en Europa que no se diera por muy satisfecha con dar su mano al heredero de la monarquía más poderosa del mundo.

Comenzaron, pues, las diversas cortes a presentar sus candidatas, y fue la primera la reina Catalina de Médicis, que propuso para princesa de Asturias a su hija menor, Margarita de Valois, la famosa Margot, que fue luego reina de Navarra.

Murió luego en Francia su rey, Francisco II, y los Guisas, tan simpáticos a Felipe II, propusiéronle a su sobrina, la reciente reina viuda María Estuardo, que era también reina, por derecho propio, de Escocia.

La corte de Lisboa, por su parte, proponía a la princesa Doña Juana; y así, le escribió a Don Felipe la gran reina viuda de Portugal, Doña Catalina, que, como abuela del príncipe Don Carlos, única hermana del emperador que ya quedaba y señora de tan altas prendas y virtudes, podía mucho en el ánimo del monarca. Este matrimonio era también deseado en el reino, pues aunque la diferencia de edad entre la tía y el sobrino era considerable, podía esto mismo, unido a las grandes cualidades de la princesa, de que tan buena cuenta dio durante el tiempo de su regencia, ser una garantía de que supliera ella con su mérito las grandes deficiencias que se notaban y temían en Don Carlos.

El emperador Maximiliano de Austria propuso también, más tarde que nadie, pero con más probabilidades de éxito que ninguno, a su nieta la archiduquesa Doña Ana.

Recibía todas estas proposiciones Don Felipe con su ordinaria reserva, sin aceptarlas ni rechazarlas, y estudiábalas detenidamente, dando o quitando esperanzas, según convenía a los cálculos de su política, pero sin tener en cuenta para nada, como en sernejantes cosas acontece, ni el gusto ni la voluntad de su hijo.

Mas no era éste hombre que se dejase imponer voluntades de nadie, y mucho menos de su padre, y sin contar tampoco con él resolvió obrar por sí mismo. Pidió los retratos de las tres princesas, y después de detenido examen resolvió enamorarse de su prima, la archiduquesa Doña Ana, y así lo dijo a todo el mundo y aun llegó a creérselo él mismo. Veíanle, en efecto, pasar largas horas en contemplación ante un retrato de la archiduquesa que tenía en su cámara en una caja redonda de ébano con molduras de plata.

Don Carlos tiró su plan, y no con sumisión de hijo ni humildad de súbdito, sino de potencia a potencia y como quien por derecho propio pide y exige, manifestó su voluntad de casarse con la archiduquesa Doña Ana y su deseo de que le diera el gobierno de los Estados de Flandes.

Quizá era éste el íntimo pensamiento de Don Felipe, y bien porque así fuese, bien por congraciarse con el príncipe, y quizá porque, como algunos dicen, no tenía Don Felipe para obrar cara a cara la misma firmeza y energía que demostró siempre de lejos, es lo cierto que oyó benignamente a su hijo, y le prometió, desde luego, negociar su casamiento con la archiduquesa y llevarle consigo a Flandes en la próxima jornada que preparaba, para imponerle él mismo en el conocimiento y manejo de aquellos países.

Satisfecho con esto Don Carlos, quiso asegurar sus planes dando un golpe diplomático a su modo, y diolo, en efecto, con tan necia altanería, que puso a la vista de Europa entera su incapacidad para todo lo que fuese prudencia y gobierno.

Hallábanse convocadas en Madrid las Cortes de Castilla desde el 1 de diciembre de aquel año de 1565, y celebraban sus reuniones los procuradores en una de las cámaras del alcázar. El 22 de diciembre marchose Felipe II a El Escorial para celebrar allí las festividades de Pascua, como era su costumbre, y aprovechose Don Carlos de esta ausencia para dar su golpe maestro.

Presentose, pues, de improviso una mañana en la junta de procuradores, y sin más preámbulos ni advertencias ni anuncios, dijoles altanero y colérico: «Debéis saber que mi padre piensa ir a Flandes, y yo quiero a toda costa acompañarle... Sé que en las últimas Cortes tuvisteis el atrevimiento de pedir a mi padre que me casase con la princesa mi tía, y no comprendo a qué habéis de entrometeros vosotros en mi casamiento, ni lo que os importe que mi padre me case con una o con otra... No quiero que se os antoje ahora el nuevo atrevimiento de pedir a mi padre que me deje en España, y os prohíbo, por tanto, que hagáis semejante petición, en la inteligencia de que el procurador que tal ose me tendrá por capital enemigo, y haré cuanto esté en mi mano por perdelle.»

Dicho esto, y mandando a los procuradores que no osasen de decir al rey nada de aquella escena, volvioles la espalda, dejando a aquellos graves señores estupefactos de su necedad e insolencia.

Sobrevinieron entonces graves desórdenes en Flandes, y detuvo el rey su viaje, enviando por delante al duque de Alba para apaciguar aquellos Estados. La cólera del príncipe Don Carlos al saber esta disposición no tuvo límites, porque veía en peligro sus planes y juzgábase también postergado, creyendo en su incauta soberbia que a él correspondía antes que a nadie la pacificación de los Países Bajos.

No pudo excusarse el duque de Alba de despedirse del príncipe cuando fue a besar la mano del rey en Aranjuez, donde a la sazón se hallaba la corte. Mas no bien le vio entrar Don Carlos en su cámara, gritole furioso que no había de ir a Flandes, porque a él tocaba el viaje; que no lo hiciera, y si se contradecía, que le había de matar.

Respondiole respetuosamente el duque que la vida de su alteza era harto preciosa para exponerla en aquella empresa; que él iba delante sólo para pacificar los Estados, a fin de que pudiera luego su alteza asentar allí sus pies en terreno firme... Mas el príncipe, ciego de ira, sacó la daga y lanzose al duque, gritando:

¡No habéis de ir a Flandes, u os tengo de matar!

Sujetole el de Alba ambos brazos, y trabose una lucha cuerpo a cuerpo, hasta que rendido el príncipe por la fatiga, hízose atrás jadeando... Y como el duque prosiguiese sus razones con el fin de sosegarle, lanzose de nuevo el príncipe de un salto, a traición esta vez, con ánimo de hundirle la daga en el pecho. Sujetole de nuevo el duque, y volvió a reanudar la lucha, hasta que, atraídos esta vez por el estrépito los gentiles—hombres de guardia, los separaron, sujetando al furioso y dando lugar al duque a retirarse.

IX

La momentánea aproximación de Felipe II y el príncipe Don Carlos rompiose con esto, e hízose mayor el alejamiento cuando notó éste que comenzaba el rey a poner obstáculos y a dar largas a su proyectado matrimonio con la archiduquesa doña Ana. Las razones que para ello tuvo Don Felipe no pudieron ser, sin embargo, ni más prudentes ni más dictadas en conciencia...

La inhabilidad de Don Carlos para el matrimonio sólo había sido hasta entonces un rumor más o menos explicado y disculpado, a que la conducta del príncipe y todas sus apariencias físicas daban alas y crédito. Mas acaeció por aquel entonces que un barbero de la servidumbre de Don Carlos, muy su privado, propúsole, de acuerdo con dos médicos charlatanes, cierto brebaje que vino a hacer patente lo que sólo había sido antes conjeturado o supuesto.

Desde entonces comenzó Don Carlos una extraña vida que se presta a graves sospechas: gastaba grandes sumas, sin que se supiese jamás en qué las empleaba; salía todas las noches solo, con una barba postiza y un arcabuz en la mano, y recorría todos los burdeles de Madrid, volviendo a veces sin camisa y haciendo quemar otras en su presencia la que traía puesta; todo, en fin, demostraba en él una extraña crápula, en cuyo cenagoso fondo es donde hay que buscar quizá la clave de los misterios que rodearon después su prisión y muerte...

Porque es verdaderamente extraño que en las cartas más íntimas dirigidas por Felipe II cuando la prisión de Don Carlos a San Pío V, a la reina viuda de Portugal, Doña Catalina, abuela del príncipe; a los emperadores Maximiliano y María, que debieran ser sus suegros, y al gran duque de Alba, se apresurase a descartar de su hijo toda sospecha de herejía, rebelión, desacato a su persona u otro crimen análogo que pudiese justificar su rigurosa medida, y sólo haga hincapié en todas ellas y repitiendo casi literalmente la misma frase, en excesos que proceden de su naturaleza y particular condición, que no se pueden repetir por la decencia del caso y por el honor y la estimación del príncipe...

Desesperanzado al fin Don Carlos de gobernar en Flandes por concesión de su padre, y temeroso también de que éste acabase de romper su matrimonio con Doña Ana, determinó fugarse de España y dirigirse a Italia, para seguir de allí a Flandes o Alemania, según las circunstancias del momento le aconsejasen.

Érale forzoso para esto dinero antes que nada, y a este propósito envió a sus ayudas de cámaras Garci Álvarez Osorio yJuan Martínez de la Cuadra a pedir prestados seiscientos mil ducados entre los comerciantes de Toledo, Medina del Campo, Valladolid y Burgos. Mas andaba el crédito de Don Carlos harto por los suelos en estos mercados, pues todos le sabían tan liberal en el pedir como infiel en el pagar, y las requisas de Osorio y de Cuadra sólo produjeron algunos miles de ducados.

No se desanimó con esto Don Carlos, y envió entonces a Sevilla a Garci Álvarez Osorio con doce cartas de creencia en blanco, que decían a la letra:

«El príncipe. —Garci Álvarez Osorio, ayuda de mi cámara, que ésta os dará, os hablará y pedirá de mi parte cierta cantidad de dinero prestados para una necesidad forgosa y urgentísima; os ruego y encargo mucho que lo hagáis, que allende que corresponderéis con la obligación de vasallo, me haréis sumo placer. Y en lo que toca a la paga, me remito al dicho Osorio que lo que se hiciere doi por hecho.— De Madrid a 1 de diciembre de 1567.

Y de mano propia: En esto me haréis sumo placer. —Yo el príncipe.»

Escribió al mismo tiempo a muchos grandes de España diciéndoles que se le ocurría un viaje de grave importancia, y esperaba de ellos que le acompañarían y prestarían ayuda.

Contestáronle los solicitados muy variadamente: unos, como los duques de Sessa y Medina de Ríoseco y el marqués de Pescara, contestáronle, sin sospechar malicia alguna, que le seguirían incondicionalmente; otros, más suspicaces, que le prestarían su apoyo en todo lo que no fuese contra la religión o el servicio del rey, y algunos, como el almirante, más conocedores del terreno, enviaron secretamente al rey la carta del príncipe, suplicándole la considerase y estudiase.

Volvió mientras tanto Garci Álvarez Osorio de su viaje a Sevilla, donde había negociado en favor de Don Carlos mucho, bien y pronto, y al verse éste con dinero creyó tenerlo ya todo arreglado, y comenzó a tomar sus últimas disposiciones.

Escribió una larga carta al rey su padre dándole amargas y ofensivas quejas y haciéndole responsable de su conducta, y escribió también al Papa, a su abuela, la reina Doña Catalina, a todos los príncipes de la cristiandad, los grandes, las chancillerías, audiencias y ciudades del reino explicando su fuga y achacándola a la tiranía y el odio profundo que le profesaba su padre.

Todas estas cartas habían de ser enviadas a su destino después de verificada la fuga y guardolas mientras tanto Don Carlos en un cofrecillo de acero con incrustaciones de oro, que encerraba en su escritorio.

Faltaba, sin embargo, todavía una cosa que juzgaba Don Carlos esencial, y lo era, en efecto: hablar a Don Juan de Austria. Dos meses antes, a principios de octubre, había el rey llamado a Don Juan a El Escorial y otorgádole al fin el mando de las galeras del Mediterráneo que le tenía ofrecido.

En una de estas galeras, ancladas a la sazón en Cartagena, era donde pensaba Don Carlos pasar a Italia, y esta ayuda material insustituible, unida al gran prestigio de que gozaba Don Juan entre la nobleza de la corte y de todo el reino, era lo que hacía creer a Don Carlos, esta vez muy cuerdamente, que de la aceptación o repulsa de Don Juan pendía quizá el éxito de sus proyectos.

Llamó, pues, a su tío la víspera de Navidad, y encerrándose con él por dos horas largas en su cámara, descubriole su proyecto y pidiole su apoyo, haciéndole, en cambio, grandes ofrecimientos.

Según Don Carlos, nada podía esperar Don Juan del rey sino mezquinas recompensas, coartadas siempre por su envidia, su avaricia y sus tiránicos hechos; él, en cambio, le daría cuanto puede esperar de un rey el mejor de sus amigos y le ofrecía, desde luego, como si allí lo tuviese a mano, el Estado de Milán o el reino de Nápoles.

Mirábale Don Juan absorto de hito en hito, sin saber qué admirar más, si lo negro de la traición o lo absurdo del proyecto. Comprendió, sin embargo, lo inútil y peligroso que sería contradecirle a Don Carlos abiertamente o arrojarle a la cara, como merecía, el desprecio y el horror que sus planes y ofertas le causaban.

Optó, pues, por atacarle de lado, haciéndole ver lo difícil y peligroso de la empresa, las consecuencias horribles que pudiera traer en Flandes, el mal ejemplo al levantarse el hijo contra el padre y el riesgo gravísimo en que ya estaba de ser descubierto, siendo tantas las personas que él mismo había hecho sabedoras del caso...

Para todo encontró respuesta Don Carlos...

Todo, según él, estaba preparado y previsto, y sólo faltaba que Garci Álvarez Osorio hiciese efectivas en dinero algunas letras de cambio que había traído de Sevilla, y que él, Don Juan, extendiese, como general de la mar, un salvoconducto poniendo a disposición de Don Carlos una de las galeras que estaban en Cartagena y viniese luego a reunirse con las restantes en el puerto que se señalase en Italia.

Apretado Don Juan con esto, y viendo que, como cristiano, como hermano del rey y como tal leal caballero, sólo le restaba un medio de impedir tales desastres, pidió a Don Carlos, con el fin de adoptarlo, veinticuatro horas para reflexionar.

Concedioselo el príncipe a regañadientes, porque, según él, era necesario aprovechar la ausencia del rey, que había marchado a El Escorial tres días antes y debía volver a Madrid pasada la festividad de los Santos Reyes.

Al día siguiente muy de mañana marchó Don Juan a El Escorial, donde, como leal príncipe y honrado caballero, descubrió a su hermano los disparatados planes y aviesas intenciones del príncipe Don Carlos, disculpando con éste su ausencia con un mandato del rey, que le mandaba llamar para comunicarle órdenes urgentes sobre las galeras de Cartagena.

No desconfió por esto Don Carlos, y prosiguió tomando sus disposiciones, hasta que vino a complicar la situación un incidente notable muy propio de la época.

Celebrábase aquel año de 67 el jubileo general concedido por San Pío V con motivo de su exaltación al Pontificado, y fijose para ganarlo el 28 de diciembre, fiesta de los Santos Inocentes.

El 27, ya tarde, fue Don Carlos al convento de San Jerónimo para confesarse y ganar el jubileo al día siguiente. Eran ya las ocho, iba en un coche y llevaba muy escaso acompañamiento.

Es muy de notar que el confesor oficial y ordinario de Don Carlos era fray Diego de Chaves, y aquel día pidió en los Jerónimos otro fraile cualquiera.

Y resultó del caso, que este tal confesor no quiso absolver tal príncipe, porque éste le aseguraba llevar en el pecho odio mortal a un hombre, y que este odio no cesaría hasta matalle.

El fraile, como dijimos, negole la absolución. El príncipe le dijo:

Padre, presto os determináis.

Respondiole el fraile:

Consúltelo vuestra alteza con teólogos.

Levantose Don Carlos muy amohinado, y envió su coche a Atocha para que trajesen teólogos, y vinieron catorce, cuantos cabían en el coche, que era pequeño, dos a dos.

«Y luego —dice la relación de un ayuda de cámara que acompañaba al príncipe aquella noche— mandó que viniésemos a Madrid por Alvarado el agustino y por el trinitario, y con cada uno de por sí disputó el príncipe y porfiaba que le absolviesen; pero hasta que matase a un hombre había de estar mal con él. Y como todos decían que no podían, trató después, para cumplir con las gentes, le dieran una hostia sin consagrar en comunión.

Aquí los teólogos se alborotaron, porque pasaron otras cosas muy hondas que dejo de decir. Y como todos estaban así y el negocio iba tan malo, el prior de Atocha apartó al príncipe y con maña comenzole a confesar y preguntole qué calidad tenía el hombre que quería matar, y él decía que era de mucha calidad pero no había de sacalle de aquí. El prior le engañó, diciendo:

Señor, diga el hombre que es, que será posible poder dispensar, conforme a la satisfacción que vuestra alteza pueda tomar.

Y entonces dijo que era el rey su padre, con quien estaba mal y le había de matar. El prior, con mucho sosiego, le dijo:

¿Solo, o de quién se piensa ayudar?

Al fin se quedó sin absolución y sin ganar el jubileo por pertinaz. Y acabose a las doce de la noche, y saliendo todos los frailes muy tristes y más su confesor. Otro día nos venimos a Palacio y a su majestad se le hizo saber en El Escorial todo lo que pasaba.»

X

Las revelaciones de Don Juan de Austria produjeron en Felipe II una irritación dolorosa; mas no hizo demostración alguna por donde pudieran colegirse sus intenciones, ni modificó en lo más mínimo el programa piadoso que para aquellas fiestas se había ya trazado.

Retuvo a Don Juan en El Escorial, y juntos ganaron el jubileo el día 28, y juntos también asistieron aquel mismo día a la toma de posesión que hicieron los Padres jerónimos del convento provisional en que habían de alojarse, mientras no se terminaba la suntuosa fábrica del monasterio, en construcción entonces.

El día 6 asistieron a la bendición de la iglesia provisional y el día 11 a la profesión de un nuevo religioso; este día envió el rey una circular a los superiores de los conventos de Madrid y sus cercanías, ordenando que se hiciesen continuas oraciones para que Dios le inspirase el acierto y la resolución más oportuna en un asunto que se le ofrecía de la mayor importancia para el bien de su reino.

Notose también en aquellos días mayor movimiento de correos que iban y venían de Madrid, El Escorial y frecuentes y largas reuniones del rey con los señores de su Consejo.

El día 15 de enero (1568) abandonó Don Felipe El Escorial con su hermano, y vinieron a dormir a El Pardo. Súpolo Don Carlos, y envió un recado urgente a su tío, diciéndole que saliese secretamente al retamal próximo al palacio con el prior don Antonio de Toledo, y que allí acudiría él para hablarles.

Esperáronle Don Juan y el prior en el mirador de Palacio con anuencia del rey, y viéronle desde allí entrar en el retamal a caballo con otros cinco que le acompañaban. Saliéronle al encuentro, y preguntoles Don Carlos, muy preocupado, si se había agraviado mucho el rey por el mal ejemplo dado por él en la corte y en la villa no ganando el jubileo el día de Inocentes.

Dijéronle que había sido grave el disgusto de Don Felipe, pero que no sabían más.

Tomó entonces el príncipe aparte a Don Juan, y díjole que Garci Álvarez Osorio tenía ya reunido el dinero; que todo estaba preparado para la madrugada del 18, y que sólo se esperaba el salvoconducto que había de dar él para embarcarse en las galeras de Cartagena y un documento en que se obligase Don Juan, si no quería seguirle en el momento, a acudir a su llamada cuando le mandase.

Puesto en este aprieto Don Juan, contestole que al día siguiente (17 de enero) marcharía con el rey a Madrid, y allí tratarían lo que más conviniese.

Volvió Don Carlos a Madrid siempre en su idea, y para no perder tiempo envió al correo mayor, Raimundo de Tassis, ocho caballos de postas para la madrugada del 18. Alarmado Tassis, contestó al príncipe que todos los caballos estaban en las carreras; que en viniendo le serviría. Y acto continuo avisó al rey la pretensión de Don Carlos. Reiteró éste el mandato algunas horas después, y atemorizado el correo mayor, envió fuera de Madrid todos los caballos que tenía, y corrió él mismo a El Pardo a dar cuenta al rey.

Sucedía esto en la noche del 16, y llegó Tassis a El Pardo en la madrugada del 17.

Este mismo día dirigiose Don Felipe a Madrid con Don Juan de Austria, sin demostrar inquietud ni apresuramiento, y siguiendo su costumbre de siempre, fuese derecho a las habitaciones de la reina para saludarla a ella y a sus hijas.

Esperábale allí también la princesa Doña Juana, que al verle entrar tomó a su ahijada la infantina Doña Catalina de manos de doña María Chacón, su aya, y presentósela al rey para que admirase un diminuto y precoz diente que había brotado en las encías de la niña durante su ausencia. Amaba la princesa a su ahijada sobre toda ponderación, y tenía por ella los entusiasmos y vehemencias de la madre más cariñosa.

Reíase la reina de estas ponderaciones de su cuñada, llamándola portuguesa, y presentaba al rey por el otro lado a la infantita mayor Doña Isabel Clara Eugenia, que traía la duquesa de Alba, camarera mayor entonces. El angustiado corazón de Don Felipe debió espaciarse un momento con aquella ternura hacia sus hijas que nadie hubiera sospechado en el severo monarca, y que el erudito Gachard ha hecho patente en su estudio sobre estas dos ilustres princesas, que tanto realzaron la casa de Austria.

Hizo Doña Juana admirar también el dientecito de la niña a su hermano Don Juan, y en aquel momento entró en la cámara el príncipe Don Carlos para dar la bienvenida y besar la mano al rey su padre.

Saludole Don Carlos con aparente respeto y agrado, y acogiole Don Felipe con benignidad no menos bien disimulada; nadie hubiera sospechado, al ver a la familia real en tan cariñosa armonía, que se cerniese sobre ella tormenta tan horrible.

Habló la princesa Doña Juana del banquete y sarao que pensaba dar el próximo día 19 para celebrar los días de su hijo el rey Don Sebastián, y deseando siempre atraer a Don Carlos a los centros y costumbres de la corte, para apartarle de los oscuros y malos pasos en que andaba, pidiole que organizase con Don Juan una solemne máscara para aquel día, en que sobre ser la fiesta de su hijo, celebraban también la declaración de su mayor edad.

Prometióselo el príncipe con el mayor aplomo, hizo lo mismo Don Juan, por no poder hacer otra cosa, y el rey dio su consentimiento inclinando la cabeza sin decir palabra.

Salieron todos juntos de la cámara de la reina, y tomando entonces Don Carlos por el brazo a Don Juan de Austria, llevole a sus habitaciones, que estaban en el entresuelo de Palacio, hacia el lado que llaman hoy el Campo del Moro.

Mandó Don Carlos cerrar las puertas, y nadie ha sabido nunca a punto fijo lo que pasó entre el tío y el sobrino durante las dos horas que allí permanecieron encerrados.

Al cabo de este tiempo oyeron los ayudas de cámara estrépito dentro y la voz robusta y varonil de Don Juan de Austria, que gritaba, indignado:

¡Téngase vuestra alteza allá!...

Abrieron asustados la puerta, y apareció Don Juan echando lumbre por los ojos, teniendo a raya con su espada al príncipe, que con la suya y una daga pretendía atacarle, lívido de furor.

La relación del ayuda de cámara dice que después de esta escena fuese Don Juan a su casa... Quizá simuló Don Juan esto para despistar al príncipe Don Carlos; mas es lo cierto que Don Juan fue acto continuo en busca de su hermano Don Felipe, y confiole todo lo sucedido. Temió entonces el rey por la vida de Don Juan, y no le permitió salir del alcázar; mandole aderezar aposento e hízole dormir allí aquella noche memorable.

Mientras tanto, Don Carlos, temeroso de que el rey le llamase a solas, metiose en la cama fingiéndose enfermo. No se había engañado el desdichado príncipe; muy poco después trájole don Rodrigo de Mendoza orden del rey para que subiese a su cuarto.

Excusose Don Carlos con su fingida enfermedad, y conjurado ya este peligro, tornose a levantar a las seis; púsose una ropa larga de abrigo, sin vestirse, y, arrimado al calor de la chimenea, cenó un capón cocido. No se había desalentado el insensato príncipe un sólo momento, y persistía, más firme que nunca, en su proyecto de huir a la madrugada siguiente.

Desde algún tiempo atrás tomaba Don Carlos las más extrañas precauciones para la seguridad de su persona, sobre todo durante el sueño. Había despedido al gentilhombre que, según la etiqueta, debía de dormir de noche en su cámara, y aseguraba su puerta por dentro con un curioso mecanismo que había hecho construir al ingeniero francés Luis de Foix; consistía éste en una serie de resortes combinados que impedían abrir la puerta mientras no tirase Don Carlos de un largo cordón encarnado, de seda, que venía a parar a la cabecera de su cama.

Hízole construir también a este mismo ingeniero un arma extravagante, cuya idea y dirección diole el mismo Don Carlos. Había éste leído el hecho del terrible obispo de Zamora don Antonio de Acuña, que rompió la cabeza al alcalde de Simancas con un guijarro que llevaba oculto en una bolsa de cuero como si fuese el breviario.

Encantole al príncipe la idea, y mandó construir a De Foix un libro compuesto de doce tablas de durísimo mármol azul, de seis pulgadas de largo por cuatro de ancho, revestidas, como si fuese la encuadernación, de dos láminas de acero embutidas de oro.

Tenía siempre Don Carlos al alcance de su mano esta disimulada arma, dispuesto a romper con ella la cabeza a quien fuese de su agrado, lo cual prueba una vez más la índole aviesa y traicionera del desdichado príncipe. Además de esto, veíase siempre un arcabuz a la cabecera de su cama, y oculto en su guardarropa un verdadero arsenal de pólvora y balas.

Pasó revista Don Carlos después de cenar a las cartas y papeles que tenía preparados, y acostose a las nueve y media, dejando a la cabecera de la cama la espada desnuda, el arcabuz cargado y un puñal fuera de la vaina, debajo de la almohada.

Todo parecía dormir, mientras tanto, en el real alcázar, y preparábase, sin embargo, dentro de sus muros, uno de los hechos que más han espantado y hecho discurrir a la Historia.

Velaba el rey en su cámara, y a ella fueron llegando después de las once, unos en pos de otros, azorados todos y recatándose, el príncipe de Éboli, el duque de Feria, el prior don Antonio y Luis Quijada; llegaron después los dos gentiles—hombres del rey, don Pedro Manuel y don Diego de Acuña, y, reunidos todos, habloles Don Felipe, según un documento de la época, como jamás habló hombre alguno en la vida, y manifestoles la dura y horrible precisión en que se veía de prender y encerrar a su hijo el príncipe Don Carlos.

Tratose entonces del modo de ejecutarlo sin escándalos y peligrosas resistencias, y propuso el rey su plan, que fue naturalmente aceptado. A las doce bajaron todos aquellos personajes la escalera interior, a oscuras, de puntillas, recatándose por no despertar la alarma, temblando casi, como tiene que temblar a veces la justicia para evitar y sorprender el crimen.

Iba delante el duque de Feria con una linterna sorda en la mano; seguíale el rey, muy pálido, con una coraza bajo las ropas, la espada desnuda debajo del brazo, y en la cabeza un casco de hierro; en pos de él venían los demás con las espadas desnudas, mas por infundirle pavor y respeto que por tener ocasión de hacer uso de ellas. Venían también los ayudas de cámara del rey, Santoyo y Bernal, con martillos y clavos y doce guardias con su teniente.

En la antecámara del príncipe encontraron a sus dos gentiles—hombres, don Rodrigo de Mendoza y el conde de Lerma, que estaban de guardia, y dioles orden el rey de no dejar pasar a nadie.

Abriose sin resistencia la puerta de la cámara, porque el rey había mandado con antelación al ingeniero De Foix que inutilizase los resortes a escondidas del príncipe.

Adelantáronse con grande precaución Ruy Gómez y el duque de Feria hasta la cama de Don Carlos; dormía éste profundamente, y pudieron quitar del alcance de su mano, sin ser sentidos, el arcabuz y la espada desnuda; el puñal no lo encontraron.

Despertose en esto Don Carlos, incorporándose despavorido, y gritó con soñolienta y sobresaltada voz:

¿Quién va?...

El Consejo de Estado —respondió Ruy Gómez.

Lanzose entonces el príncipe del lecho con gran violencia, y quiso empuñar sus armas, escurriose el puñal con este movimiento, y levantole Ruy Gómez del suelo. Dio al mismo tiempo luz entera a su linterna el duque de Feria, y vio el príncipe a su padre frente a frente... Echose atrás espantado, y gritó fuera de sí, llevándose ambas manos a la cabeza:

¿Qué es esto?... ¿Vuestra majestad quiere matarme?...

Respondió el rey con grave sosiego que no quería hacerle daño; que quería su bien y el de todo su reino. Y mandó entonces a los ayudas de cámara que encendiesen las luces, clavaran las ventanas y retirasen todas las armas, hasta los morillos de la chimenea.

Comprendió entonces el príncipe que se hallaba preso, y lanzose al rey, en camisa como estaba, gritando:

¡Máteme vuestra majestad y no me prenda, porque es escándalo para el reino, y si no, yo me mataré!

A lo cual respondió el rey:

No haréis tal, que sería cosa de locos.

No lo haré como loco, sino como desesperado, que vuestra majestad me trate tan mal.

Y arrancándose los cabellos y rechinando los dientes, que daba horror oírle, quiso tirarse de cabeza en el fuego de la chimenea; asiole el prior de la camisa y acomodáronle de nuevo entre todos en el lecho. «Y pasaron otras muchas razones —dice la relación del ayuda de cámara— que ninguna se acabó por no ser el lugar ni hora para ello

Mandó el rey mientras tanto buscar y recoger los papeles de Don Carlos, y apareció entonces el cofrecillo de acero con las cartas preparadas dentro, el libro de los viajes, la lista de amigos y enemigos y otra porción de documentos, necios unos, culpables otros y todos comprometedores.

Retirose entonces el rey, llevándose los papeles y dejando ordenado y previsto con escrupulosidad nimia todo lo referente, así para el cuidado y servicio del príncipe, como para su más estricta vigilancia.

La consternación del pueblo de Madrid, al saber al día siguiente la prisión del príncipe, no tuvo límites.

«Mirábanse los más cuerdos —dice Luis Cabrera de Córdoba— sellando la boca con el dedo y el silencio; y rompiéndole, unos le llamaban (al rey) prudente, otros severo, porque su risa y su cuchillo eran confines. El príncipe, muchacho desfavorecido, había mal pensado y hablado con resentimiento, obrado, no; y sin tanta violencia pudiera reducir, como sabía a los extraños, a su hijo sucesor inadvertido. Otros decían era padre y de gran consejo, y que fuerza grande le arrebató y necesitó a tal determinación. Otros, que son los príncipes celosos de los que los han de suceder, y les desplace el ingenio, ánimo gallardo y espíritu generoso y grande de los hijos; y que quien los teme, mejor temerá los súbditos, y que les aseguraba el darles con templanza parte en el Gobierno. Otros, que por mala naturaleza los herederos son espoleados del deseo de reinar y libertad, y salen menos leales hechos cabezas de mal contentos, como quería ser el príncipe con los flamencos

La desolación de la reina y la princesa Doña Juana fue también extremada, y en vano solicitaron ambas del rey, repetidas veces, que les permitiese visitar al príncipe. Don Juan de Austria acudió aquella noche al cuarto de la reina vestido de oscuro y con desaliño, como en señal de duelo, y reprendiole el rey, mandándole vestir como tenía por costumbre[11].

XI

Nunca más volvió a ver Don Juan de Austria al príncipe Don Carlos, ni escuchó tampoco jamás de boca de su hermano Don Felipe la menor palabra alusiva a su desdichado hijo. Estos tristes sucesos estrecharon más aún la unión entre los dos hermanos. Don Juan y Don Felipe, y fuerza es confesar que hizo éste por aquél en aquella época verdaderos oficios de padre.

A principios de mayo (1568) anunciole que era llegada la hora de tomar el mando de las galeras de Cartagena, para salir primero a recibir y custodiar la flota que venía de Indias, y volver luego a limpiar de corsarios las costas del Mediterráneo.

Llevaban éstos sus piraterías con el mayor descaro hasta muy tierra adentro, y sabíase que Selim II, su protector y verdadero jefe de todos ellos, labraba galeras y muchas máquinas marítimas con ánimo de llevarlas al mar Jónico.

La noticia de la expedición preparada por Don Juan entusiasmó a la juventud noble de la corte, como la había entusiasmado antes la malograda de Malta, y apresurose lo más florido de ella a alistarse en sus banderas.

Veía con gusto Don Felipe este prestigio de su hermano, que tanto podía ayudar a sus fines políticos, y para fomentarlo y estimular también el ardor guerrero de aquellos ilustres voluntarios, dividió las galeras en grupos de a cuatro, dando el mando de cada uno a un capitán escogido entre ellos, que dieron entonces en llamar vulgarmente Cuatralbos.

Nombró el rey por lugarteniente de Don Juan nada menos que a don Luis de Requeséns, comendador mayor de Castilla, que estaba de embajador en Roma, y acompañáronle como secretarios Juan de Quiroga, que ya lo era suyo, y Antonio de Prado, sujeto de grandes prendas, que lo fue más tarde de Estado de Felipe III.

Entre el brillante escuadrón de voluntarios que seguían a Don Juan distinguiéronse principalmente don Martín de Padilla, que fue más tarde adelantado mayor de Castilla y capitán general en el mar océano; don Pedro de Cervellón, don Juan de Zúñiga, conde después de Miranda; don Francisco de Rojas, que fue marqués de Poza y presidente del Consejo de Hacienda; los dos hermanos don Jerónimo y don Antonio de Padilla, don Luis de Córdoba, don Juan de Guzmán, don Alonso Portocarrero, don Rodrigo de Venavides, don Mendo Rodríguez de Ledesma, don Hernando de Gamboa, don José Vázquez de Acuña, don Hernando de Prado, don Pedro Zapata de Calatayud y don Hernando de Zanguera.

Acompañaron todos estos señores a Don Juan a despedirse del rey, que estaba en Aranjuez, y fueron allí recibidos con grandes agasajos por toda la corte. Al dar Don Felipe a su hermano el último adiós, entregole para su gobierno el siguiente documento, todo escrito de su mano, notable por las grandes máximas que para regla y conducta de un príncipe encierra, y por la solicitud paternal hacia su hermano, que revelan en Felipe II:

«Hermano: Demás de las instrucciones que os han dado en lo que toca al cargo de capitán general de la mar y al uso y ejercicio dél, por el amor grande que os tengo y lo mucho que os deseo, que ansí mismo en el particular de vuestra persona, vida y costumbres, tengáis la estimación y buen nombre que las personas de vuestra calidad deben pretender, con este fin me ha parecido advertiros de lo que allí os diré.

Primeramente, porque el fundamento y principio de todas las cosas y de todos los buenos consejos ha de ser Dios, os encargo mucho, que como bueno y verdadero cristiano, toméis este principio y fundamento en todo lo que emprendiéredes y hiciéredes: y que a Dios, como a principal fin, enderecéis todas vuestras cosas y negocios, de cuya mano ha de proceder todo bien, buenos y prósperos sucesos de vuestras negociaciones, empresas y jornadas. Y que así tengáis gran cuenta de ser devoto temeroso de Dios y muy buen cristiano, no sólo en el efecto y sustancia, mas también en la apariencia y demostración, dando a todos buen ejemplo, que por este medio y sobre este fundamento Dios os hará merced y vuestro nombre y estimación irá siempre en crecimiento.

Tendréis muy particular cuenta con frecuentar y continuar la confesión, particularmente las Pascuas y otros días solemnes, y con recibir el Santísimo Sacramento, estando en parte y lugar que lo podáis hacer; oyendo cada día (estando en tierra) misa; y tener vuestras devociones particulares y oración con mucho recogimiento en hora señalada para ello, haciendo en todo el oficio y demostración de muy católico y buen cristiano.

La verdad y cumplimiento de lo que se dice y promete es el fundamento del crédito y estimación de los hombres y sobre que estriba y se funda en el trato común y confianza. Esto se requiere y es mucho más necesario en los muy principales y que tienen grandes y públicos cargos, porque de su verdad y cumplimiento depende la fe y la seguridad pública. Encárgoos mucho que tengáis en esto gran cuenta y cuidado, y se entienda y conozca en vos en todas partes y ocasiones el crédito que pueden tener de lo que dixéredes; que demás de lo que toca a las cosas públicas y de vuestro cargo, importa esto mucho a vuestro particular honor y estimación.

De la justicia usaréis con igualdad y rectitud, y cuando será necesario con el rigor y exemplo que el caso lo requiere: teniendo en cuanto a esto firmeza y constancia; y juntamente cuando la calidad de las cosas y personas lo sufriese, seréis piadoso y benigno, que son virtudes muy propias de las personas de vuestra calidad.

Las lisonjas y palabras endereçadas a esto, son de mal trato para quien las usa, y de vergüenza y ofensa a quien se dicen. A los que de esto hicieran profesión y de esto trataren, haréis tal rostro y demostración, que entiendan todos cuán poco acepto os será tal trato y plática. Lo mismo haréis con los que en vuestra presencia trataren mal y murmuraren de las honras y personas de los ausentes, que a tales pláticas y entretenimientos no debéis dar lugar, porque demás de ser perjudiciales y en ofensa de terceros, toca el desviarlas a vuestra autoridad y estimación.

Habéis de vivir y proceder con gran recato en lo que toca a la honestidad de vuestra persona; porque ésta es materia que demás de la ofensa de Dios suele traer y causar no pocos inconvenientes, y gran impedimento y destrucción para los negocios y cumplimiento de lo que se debe hacer, y suelen dello nacer otras ocasiones que son peligrosas y de mala consecuencia y exemplo.

Debéis excusar en cuanto fuera posible juegos, especialmente dados y naipes, por el exemplo que habéis de dar a los demás: y porque en esto de juego no se puede proceder ni procede con la moderación y limitación que a las personas de vuestra clase se requiere, y suceden muchas ocasiones con ellos en que los hombres principales se suelen descomponer y deshonrar, de que resulta indignidad, os encargo que si alguna vez por entretenimiento jugáredes, guardéis en ello el decoro debido a vuestra persona y autoridad.

El jurar sin necesidad muy estrecha y particular que a ello obligue, en todo género de hombres y mujeres es muy reprobado y quita la buena estimación, tanto más en los hombres muy principales, en los cuales es muy indecente que contradice mucho su crédito, dignidad y autoridad; y así, os encargo que estéis muy advertido en esto del jurar, y que en ninguna manera uséis del juramento de Dios ni de otros extraordinarios, y de que no usan ni deben usar las personas de vuestra calidad; y que en esto entiendan de vos todos los caballeros y otras personas que con vos anduvieren, por exemplo y de palabra, para ansí mismo ellos lo guarden y usen.

Como quiera que es razón que lo que toca a vuestra mesa, comida y tratamiento, se haga con la decencia, autoridad y limpieza que se debe; mas juntamente con esto conviene que haya en ello mucha moderación y templanza, por el exemplo que habéis de dar a todos y por la profesión de guerra que habéis de hacer, y porque es muy buena y parece muy bien la templanza y moderación en vuestra persona; y porque vuestra mesa ha de ser la ley y orden para los demás.

Estaréis muy advertido de no decir a ningún hombre palabra que sea de injuria ni ofensa suya; y que vuestra lengua sea para honrar y hacer favor, y para deshonrar a nadie. Y los que erraren y excedieren hacerlos heis castigar, haciendo a todos justicia y razón: y este castigo no ha de ser por vuestra boca, ni por palabra imperiosa ni por vuestras manos. Y ansí mismo tendréis gran cuenta, que en el trato y pláticas ordinarias uséis de modestia y templanza, sin os descomponer y entonar; que es cosa que deroga y detrae mucho a la autoridad de tales personas. Y la misma cuenta tendréis de que vuestras pláticas, y las que en vuestra presencia se hicieren, sean honestas y decentes, como es debido a vuestra persona y calidad.

Ansí mismo debéis estar muy prevenido y advertido en el trato común con todo género de gente, y que esto sea de manera que con ser afable, apacible y de buena acogida, guardéis juntamente el decoro y decencia de vuestra persona y cargo; y que así como con la afabilidad se gana el amor de las gentes, conservéis juntamente con esto la reputación y respeto que se os debe tener. En el invierno y en los otros tiempos que no se navegare, estando en tierra, y no haciendo falta a los negocios de vuestro cargo, a que principalmente debéis atender, ocuparos heis en buenos exercicios, especialmente de las armas; en los cuales ansí mismo haréis que se ocupen y exerciten los caballeros que con vos han de residir, excusando en los tales exercicios gastos, pompas y excesos; y que todo se enderece al verdadero exercicio de las armas; y que el uso dellas haga a los tales caballeros diestros y hábiles para los efectos y ocasiones que se ofrecieren. Y ansí mismo daréis orden se excusen los dichos gastos y excesos en los vestidos y trajes y común trato, dando vos exemplo en lo que a vuestra persona y criados vuestros tocare.

Esto es lo que se me ha ofrecido acordaros, confiando que lo haréis mejor que aquí lo digo. Lo cual servirá para vos solo y por esto va escrito de mi mano. En Aranjuez, el 23 de mayo de 1568. —Yo, el Rey.»

XII

Llegó Don Juan de Austria a Cartagena muy a fines de mayo, y esperábale allí su lugarteniente, el comendador mayor don Luis de Requeséns, que le hospedó en su casa. Esperábanle también por orden del rey, y como consejeros, don Álvaro de Bazán, que fue luego el primer marqués de Santa Cruz; don Juan Cardona y el veterano Gil de Andrada.

Lleváronle lo primero a visitar las galeras surtas en el puerto, y Don Juan quedó tan agradecido como maravillado de la Capitana, que le había hecho preparar su hermano el rey Don Felipe según todos los adelantos de la época.

Era una galera de corte veneciano, con sesenta remos, tan ligera para navegar como fuerte para acometer y resistir. Habían construido el casco en Barcelona con pino de Cataluña que es el mejor leñamen para barcos que se halla en Asia, África y Europa, y la suntuosa popa en Sevilla, según la traza dada por el pintor y arquitecto Juan Bautista Castello, dicho el Bergamesco. Medía sesenta y ocho codos de quilla, ochenta y dos de eslora, veintidós de manga y doce de puntal.

Estaba pintada toda de blanco y encarnado, y la popa adornada con hermosas pinturas con anchos frisos y ornamentos, todos simbólicos de las altas cualidades que debe tener un gran capitán. Había en el sobredragante tres grandes cuadros divididos por otros dos entrelargos: representaba el del centro la conquista del vellocino de oro por Jasón, que, según Plinio, fue el primero que navegó en nao prolongada; a la derecha estaban representadas la Prudencia y la Templanza; a la izquierda, la Fortaleza y la Justicia, y en los dos paños divisorios veíase en uno al dios Marte con la espada de Vulcano y el escudo de Palas con este lema: Per saxa, per undas, y en el otro el dios Mercurio con el dedo puesto sobre los labios en ademán de silencio y este mote: Opportune.

Salían de aquí y extendíanse por uno y otro lado gruesas cadenas del Toisón, entrelazadas con mascarones y otros cuadros simbólicos que llegaban hasta la proa, terminada ésta en un poderoso Hércules apoyado en su calva. Sobre la popa brillaba la gran farola insignia de la Capitana, de madera y bronce, toda dorada, rematando en una estatua de la Fama.

El 2 de junio celebraron consejo, presidido por Don Juan, el comendador mayor don Luis de Requeséns, don Álvaro de Bazán, don Juan de Cardona y Gil de Andrada. Era éste el primer consejo que presidía Don Juan, y sin mostrar suficiencia impropia de sus años ni timidez muy natural en ellos, dio, desde luego, pruebas de una de las más prudentes cualidades que puede tener el caudillo llamado a dirigir y gobernar: saber preguntar y saber escuchar. Decidiose en el consejo salir a la mar sin pérdida de tiempo para recibir a la flota que venía de Indias, escoltarla hasta Sanlúcar de Barrameda y volver luego a perseguir corsarios por todas las costas del Mediterráneo hasta los puertos de Francia e Italia.

Fijose el embarque y salida para el día 4, y era verdaderamente pintoresco el espectáculo que ofreció aquel día el hermoso puerto de Cartagena. Hallábanse empavesadas las treinta y tres galeras que componían la flota, con aquel lujo, propio de la época, de gallardetes en los pañoles, flámulas en las entenas y estandartes en las popas; era la más vistosa la Capitana, viéndose enarbolada en ella, por orden de Don Juan, junto a la insignia real, el estandarte de Nuestra Señora de Guadalupe.

Confesó y comulgó Don Juan aquel día muy de mañana, y a las nueve entró en la Capitana, seguido de grande acompañamiento. Rompieron entonces todas las galeras en salvas de artillería y músicas de cajas y trompetas, clarines, añafiles y chirimías; la chusma, encaramada en las jarcias y el pueblo apiñado en falúas y en los muelles, hasta el punto de caer muchos al agua, aclamáronle frenéticamente, y Don Juan, el gran Don Juan que sobre el humilde Jeromín había formado doña Magdalena, irguió la enérgica cabeza como si olfatease entre el humo de la pólvora los efluvios de la gloria que salía al encuentro, y sintió dilatarse su pecho y ensancharse su corazón como si diese cuenta por vez primera de aquella misión altísima del cielo que anunció poco después al orbe todo el gran Pontífice San Pío V con aquellas palabras: Fuit homo missus a Deo, cui nomem erat Joannes. «Hubo un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan.»

Prolongose la jornada hasta mediados de septiembre, que volvió la flota a Barcelona para invernar en aquel puerto, según era la costumbre de aquel tiempo en los meses de octubre, noviembre, diciembre y enero, salvo caso de urgente necesidad o grave peligro.

No hubo, sin embargo, en aquella expedición encuentros peligrosos ni reñidas batallas, ni ricas y abundantes presas. Mas hubo para Don Juan —y esto era la idea de Felipe II al confiarle aquel mando— profunda y práctica enseñanza de lo que es el mecanismo de una flota y un ejército de desembarco; aprendizaje utilísimo del modo de combinar y dirigir estas fuerzas reunidas, y ocasión oportuna de mostrar a grandes y chicos las dotes de energía y benignidad que constituyen al caudillo modelo, y de que con tan larga mano había dotado Dios a Don Juan de Austria.

Su seguro golpe de vista al juzgar, su prudencia al decidir, su rapidez y valentía al ejecutar y su firmeza y energía al reprimir y castigar, revelaron a todos en el novel caudillo al hijo no degenerado de Carlos V; y su noble magnanimidad para el vencido, su afable compasión para el desgraciado y su respetuosa caridad para todo pobre y miserable por vil y bajo que fuese, revelaron también al antiguo Jeromín, que ordenaba con la caperuza en la mano los pobres de doña Magdalena en el patio de Villagarcía y había aprendido de esta gran matrona a mirar y respetar en el pobre la imagen de Jesucristo.

—Jamás —solía decirle aquélla— deja un crucifijo de ser el símbolo de la redención, y aunque manos aleves le profanen y arrojen en un muladar, siempre será susceptible de limpieza y pulimento, y siempre merecerá la misma veneración. Pues de la misma manera, jamás deja de ser ningún hombre el redimido por Cristo; y por mucho que le deslustre la infamia y le manche el crimen, será siempre susceptible de arrepentimiento y perdón, y siempre merecerá el respeto de lo que ha costado la sangre de todo un Dios.

Esta excursión cimentó, pues, el pedestal sobre que había de elevarse la gran figura de Don Juan de Austria, y desde entonces respetáronle los capitanes como caudillo, amáronle los soldados como padre, y la chusma de los barcos, los infelices galeotes atados al duro banco, vieron en él una especie de arcángel que descendía hasta el purgatorio de su condenación para aliviar sus trabajos, fomentar sus esperanzas y no echarles jamás en cara sus delitos, como hace la delicada misericordia cuando ha fallado ya la severa justicia.

Al desembarcar Don Juan en Barcelona anunciáronle la muerte del príncipe Don Carlos, acaecida dos meses antes, el 24 de julio, vigilia de Santiago, mientras Don Juan se hallaba en el mar. Afectole grandemente esta nueva, no tanto por la muerte del príncipe, que fue santa y cristiana y la mejor suerte que pudo caber a aquel desdichado, como por la pena que supuso había de lacerar el corazón de Don Felipe como rey y como padre.

Estos tristes escarmientos de la vida recordaron a Don Juan la promesa hecha a doña Magdalena de Ulloa de retirarse por algún tiempo al convento del Abrojo para meditar allí en la soledad las verdades eternas, y pareciole aquélla la mejor ocasión para cumplir su palabra.

Diole licencia de muy buena gana el rey Don Felipe, y partiose Don Juan para Madrid y luego para Valladolid, donde le esperaba doña Magdalena de Ulloa. Alcanzole allí la triste nueva de haber muerto el 3 de octubre (1568) la buena y dulce reina, su cuñada, Doña Isabel de la Paz, y hostigados con esta nueva pena los propósitos de Don Juan, retirose al punto al Abrojo, sólo con dos ayudas de cámara y el secretario, Juan de Quiroga.

El monasterio de Scala—Coeli, llamado vulgarmente del Abrojo, por ser éste el nombre del bosque en que lo fundó Alvar Díez de Villacreces, era un convento de franciscanos descalzos, situado en aquella espesura, a media legua de Valladolid. Tuviéronle gran devoción los reyes de Castilla y declaráronle sitio real, cercándolo todo de torres y muros almenados, y reservándose al lado de la iglesia un departamento modesto, donde se retiraban en ciertas solemnidades religiosas y en sus tiempos de luto o de penas.

Había en estos tiempos de Don Juan en el convento del Abrojo un fraile muy siervo de Dios, que llamaban fray Juan de Calahorra, que le había conocido pequeñito en sus años de Jeromín, confesádole y dirigídole muchas veces en Villagarcía y Valladolid.

Estimaba mucho Don Juan su santidad y dulce trato, y quiso tenerle a su lado como confesor y consejero espiritual durante todo aquel tiempo de su retiro, que pasó de dos meses.

Mas llegó durante este tiempo a la soledad del convento del Abrojo la alarmante nueva de la rebelión de los moriscos de Granada, y Juan de Quiroga, que amaba a Don Juan con delirio, como todo el que le trataba de cerca y conocía a fondo sus cualidades guerreras, que sólo necesitaban ya ancho campo en que explayarse y triunfar, aconsejole pidiese al rey Don Felipe el mando de aquella empresa.

Entusiasmole a Don Juan la idea, mas quiso consultarla antes con fray Juan de Calahorra y doña Magdalena de Ulloa, que vino a visitarle varias veces durante aquellos dos meses. Alabole mucho el fraile el proyecto, y como movido del espíritu profético, dijo a Don Juan que no sólo obtendría aquel mando, sino que éste le daría nombre grande en toda Europa.

En cuanto a doña Magdalena, aprobole, igualmente, la idea, e instole a realizarla con mas ahinco aún que Juan de Quiroga y el fraile; según ella, la ociosidad opulenta de la corte sería siempre funesta a la juventud de Don Juan, y sólo las responsabilidades y los trabajos de la guerra podían mantener en equilibrio la juvenil fogosidad de su corazón.

Y descubriendo más su pensamiento la discreta dama, dijo a fray Juan de Calahorra:

—Pues que sólo el rey puede casarle con una princesa, desposémosle mientras tanto con la guerra, cubriendo su fealdad con los afeites de la gloria.

Satisfecho Don Juan con esto, fuese a Madrid en postas, y antes de presentarse a su hermano Don Felipe, enviole la siguiente carta:

«S. C. R. M. —La obligación que tengo a vuestra majestad y mi natural fe y amor a él, me hace que advierta siempre con toda sumisión de lo que siento convenir. Di cuenta a vuestra majestad de mi llegada a esta corte y de la causa de haberme venido a ella; y creí no se ofreciera tan presto de embarcar a vuestra majestad con papeles de tan poca importancia como los míos. Agora he entendido el estado que tiene la rebelión de los moriscos de Granada y el aprieto en que se halla la ciudad, llegando a certeza la presunción; y como me toca tan de cerca el bolber por la reputación, respeto y grandeza de vuestra majestad ofendida del atrevimiento de estos inobedientes, no pude contenerme con aquella obediencia y rendimiento entero de mi todo a la voluntad de vuestra majestad que he mostrado siempre, de representar la mía y suplicar a vuestra majestad; pues es honra de reyes durar en los favores començados y hazer hombres de su amo, y yo soy hechura de vuestra majestad, se sirva de mí en su castigo, pues sabe se me puede fiar más bien que a otro y que ninguno la hará en esta canalla como yo. Confieso son tales que no merecían hacer caso dellos, y que bastaba cualquiera para castigarlos; mas porque los ánimos, aunque viles, cuando tienen fuerças se ensoberbecen, y a éstos no les faltan ya, según el caso presente nos avisa, y es necesario quitarles el poder: no siendo el marqués de Mondéjar poderoso a esto (porque me dicen está encontrado con el presidente, y que le obedecen pocos y de mala gana), y aviendo de enviar persona, como mi natural me lleva a estos exercicios y yo soi tan obediente a su real voluntad de vuestra majestad como el barro en manos de su hollero, parecióme ofendía gravemente a mi amor, a mi inclinación y a lo mucho que debo a vuestra majestad si no hazía por mí este oficio: pero bien sé que quien sirve a vuestra majestad y está puesto en sus reales manos, todo lo tiene seguro y no puede saber pedir; mas no por esto merece nombre de culpa semejante acción, antes deve ser estimada. Si llegare a este estado mi deseo, él y yo quedaremos bastante premiados. Con esta ocasión vine del Abrojo; que menos que con causa del servicio de vuestra majestad y tan grande, no me atrevería sin orden expresa de vuestra majestad. Guarde nuestro Señor la católica y real persona de vuestra majestad. —De la posada a 20 de diziembre de mil y quinientos y sesenta y ocho. —De vuestra majestad hechura y más humilde servidor que sus reales manos besa. —Don Juan de Austria.»

XIII

Cosa extraña es, por cierto, cómo un rey tan precavido y bien informado como Felipe II no previno, desde luego, las terribles consecuencias que pudo traer para España y para la cristiandad entera la rebelión de los moriscos de Granada en 1568. Y más de extrañar es todavía si se considera que las naciones todas, alarmadas desde un principio, no apartaban la vista de aquel rincón de las Alpujarras y precavíanse en pro o en contra, según convenía a sus intereses la derrota o el triunfo de los rebeldes. Triunfantes éstos, y abiertas las costas de Andalucía a los moros berberiscos y a los turcos, que los animaban y favorecían, hacíase muy realizable el acariciado sueño de Selim II de apoderarse de España, empresa no imposible por el formidable poder de los turcos en aquella época.

Hallábase la rebelión muy de antemano preparada; mas diose a luz de repente, como brotan de improviso las llamas, al más suave viento, en un montón de leña seca que desde mucho tiempo atrás tiene debajo rescoldo. Susurrábase en Granada que los moriscos de Albaicín andaban de concierto con los de la Vega y de las Alpujarras para invadir la ciudad y degollar a los cristianos viejos, y teníase por seguro que trataban con los reyes de Argel y de Túnez y los turcos de Selim para alzar sus banderas y entregarles el reino. Todo era, pues, en Granada sospecha, desconfianza, recelo: las casas cerradas, las tiendas solitarias, el comercio con los lugares vecinos interrumpido, las gentes temerosas y recatadas siempre, acogiéndose a cada paso a la Alhambra y a los templos, por ser lugares más fuertes.

Así las cosas, el 16 de abril (1568), vísperas de Pascua de Resurrección, cerró la noche muy oscura y lluviosa, y entre ocho y nueve comenzó la campana de la Vela, en la fortaleza de la Alhambra, a tocar furiosamente a rebato. Cundió el espanto por todas partes, y creció más todavía al oír al centinela que tañía gritar despavorido:

—¡Cristianos, remediaos!... ¡Mirad por vosotros, cristianos, que esta noche habéis de ser degollados!...

El alboroto fue horrible; precipitábanse las mujeres medio desnudas hasta por las ventanas; salían los hombres abrochándose los jubones y los sayos, atropellábanse al cargar los arcabuces y preparar las ballestas. Llegaron los frailes de San Francisco a la plaza armados todos de arcabuces, y otros frailes formaron ante la Audiencia real un escuadrón con picas y alabardas.

Acudieron también, cada cual por su lado, el corregidor, el presidente de la Chancillería, don Pedro Deza, y el conde de Tendilla, capitán general por ausencia de su padre, el marqués de Mondéjar, y súpose entonces que todo había sido una falsa alarma.

El alguacil Bartolomé de Santa María, que estaba de ronda, mandó al anochecer cuatro soldados a la torre del Aceituno, que está en lo alto del cerro donde el barrio del Albaicín se asienta. Estaba la noche en extremo oscura, llevaban los soldados teas de esparto para alumbrarse, y al llegar al pie de la torre que tiene subida dificultosa y descubierta, meneaban las teas los que iban delante para alumbrar a los que iban subiendo, y luego de llegados echábanlas abajo. Vio este movimiento de luces el vigía de la torre de la Vela, y creyendo que los moriscos del Albaicín hacían almenaras, esto es, señales, a los de la Vega desde la torre del Aceituno, apresurose a tocar a rebato, lo cual prueba el estado de excitación de los ánimos y cuán por cierto se temía que de un momento a otro intentarían los moriscos el degüello de los cristianos.

No tranquilizó este sencillo relato al pueblo alarmado, y empeñose la muchedumbre en atacar al Albaicín y tomar la mano a los moriscos, degollándolos a ellos. Guardó entonces el corregidor con caballeros y gente de confianza las callejas que conducían al Albaicín para cortar el paso a la muchedumbre. Mas nada hubiera impedido la sangre y saqueo, si una tempestad terrible de lluvia, relámpagos y truenos no se hubiese encargado en aquel momento de barrer las calles y aplacar la furia de los ciudadanos.

Todo parcía dormir mientras tanto en el Albaicín, mas detrás de las atrancadas puertas y cerradas ventanas velaban los moriscos en acecho, prevenidos para la defensa; y convencidos aquella noche del riesgo que corrían si dejaban, a su vez, tomar la mano a los cristianos, resolvieron apresurar la empresa atroz que meditaban. Reuniéronse en casa de un cerero del Albaicín, llamado Adelet, y allí discutieron sus dudas, tiraron sus planes y formaron su proyecto.

Decidiose dar el golpe el día de Año Nuevo, y no el de Navidad, como pensaban, porque existía un pronóstico de que los moros recobrarían a Granada en el mismo día en que los cristianos se la quitaron, y esto fue en 1 de enero de 1492. Decretose hacer en las alquerías de la Vega y en los lugares de Lecrín y Orjiba un padrón de ocho mil hombres que estuviesen dispuestos, a una señal que desde el Albaicín les harían, a atacar la ciudad por la parte de la Vega, con bonetes colorados y tocas turquesas, a fin de infundir la confianza en unos y el terror en otros, haciéndose pasar por turcos o gente berberisca llegada en socorro de los moriscos.

Llenaron este padrón muy cumplidamente dos albarderos, que con el pretexto de adobar y vender albardas, recorrieron todos aquellos lugares sin despertar sospechas de nadie. Empadronáronse también en la sierra otros dos mil hombres escogidos, que, ocultos en un cañaveral, esperarían la señal del Albaicín para escalar el muro de la Alhambra que mira al Generalife con diecisiete escalas que se hicieron en Güéjar y Quentar; eran las escalas maromas de esparto, con escalones de palo tan anchos, que podían muy bien subir tres hombres al mismo tiempo.

Una vez concertado este ataque que habían de dar a Granada por la parte de fuera, dispusieron el que habían de dar en combinación los moriscos del Albaicín por la parte de dentro. Dividiéronse en tres grupos con otras tantas cabezas: Miguel Acis, con las gentes de las parroquias de San Gregorio, San Cristóbal y San Nicolás y una bandera de damasco carmesí con medias lunas de plata y flecos de oro, debía tomar la puerta de Frex el Leuz, que cae en lo más alto del Albaicín. Diego Miqueli, con las de San Salvador, Santa Isabel y San Luis y una bandera de tafetán amarillo, la plaza de Bib el Bonut; y Miguel Moragas, con la gente de San Miguel, San Juan de los Reyes y San Pedro y San Pablo y una bandera de damasco turquesado, la puerta de Guadix.

Todos juntos habían de dar, lo primero, sobre los cristianos que moraban en el Albaicín, y degollarlos sin piedad ni tregua. Bajaría luego el primer grupo a la ciudad para caer sobre las cárceles del Santo Oficio y soltar a los presos moriscos, asesinando y quemando cuanto encontraran al paso. Caería el segundo sobre la cárcel de la ciudad y libertaría a los presos, matando después al arzobispo e incendiando su palacio. El tercero debía atacar la Audiencia real, matar al presidente y soltar los presos de la Chancillería, viniendo todos a reunirse en la plaza de Bibarrambla, donde acudirían también los ocho mil moriscos de la Vega. Desde allí repartiríanse todos por la ciudad, según mejor conviniere, para ponerla toda a sangre y a fuego.

Era el principal instigador de estos planes sanguinarios Farax Abenafax, renegado de África, del linaje de los abencerrajes y salteador de caminos de los que llamaban los moriscos monfíes. A este hombre bestial y fiero encomendaron los moriscos reunidos dar aviso en las Alpujarras de lo acordado y convocar allí una junta numerosa que eligiese rey entre ellos, asentando desde aquel momento que el elegido en las Alpujarras sería en el Albaicín confirmado.

Fue, pues, elegido don Hernando de Valor, el morisco más rico de las Alpujarras, descendiente de Mahoma por el linaje de los Abenhumeyas y Almanzores, reyes de Córdoba y Andalucía, cuyos abuelos de don Hernando, por vivir en Valor, lugar de aquella sierra, tomaron ese apellido. Era mozo de veinticuatro años, de poca barba, color moreno, ojos negros y grandes, cejijunto y de muy buen talle; pero codicioso, vengativo, disimulado y falso, y, como mostró después, perverso.

Eligiéronle con la antigua ceremonia de los reyes de Andalucía: los viudos a un cabo, los por casar a otro, los casados a un lado y las mujeres a otro. Púsose en medio un alfaquí, sacerdote entre ellos, y leyó una antigua profecía árabe, por la cual un mozo de linaje real que había de ser bautizado y hereje de su ley, porque en lo público profesaría la de los cristianos, libertaría a su pueblo. Clamaron todos que estas señales concurrían en don Hernando; aseguró el alfaquí que lo mismo atestiguaban los cursos y puntos de las estrellas en el cielo por él observados y apresuráronse a vestirle una rica púrpura y en torno del cuello y espaldas una insignia colorada a modo de faja, y en la cabeza una corona con tiara también de púrpura. Tendieron cuatro banderas en el suelo, a las cuatro partes del mundo, y don Hernando hizo oración inclinado sobre ellas, con el rostro al Oriente, y juró morir en su ley y en el reino, defendiéndole a él y a ella y a sus vasallos. Levantó entonces un pie, y, en señal de general obediencia, postrose Farax Abenfarax en nombre de todos y besó la tierra donde el nuevo rey tenía la planta. Alzáronle entonces en hombros, y todos gritaron:

—¡Dios ensalce a Mahomet Aben Humeya, rey de Granada y de Córdoba!...

Quedó con esto hecho rey, y nombró oficios y dio cargos, entre ellos el de justicia mayor a Farax Abenfarax y el de capitán general a su tío don Fernando el Zaguer, que llamaban en árabe Aben Jauher. Envió también sus embajadores a los reyes de Argel y Túnez, notificándoles su nombramiento y pidiéndoles socorro de hermanos, a lo cual contestaron ellos con grandes demostraciones y promesas, ofreciendo enviar galeras con gente, armas y bastimentos, que llevarían por contraseña una vela teñida de rojo.

Había, mientras tanto, entrado el mes de diciembre, y Farax Abenfarax fuese acercando disimuladamente a Granada, dejando tras sí preparada la sedición como un reguero de pólvora a que podría dar fuego en un segundo, una vez llegado el momento.

Mas la codicia y el mal contenido odio de los moriscos prendiéronle fuego antes de tiempo. El 23 de diciembre dirigíanse a Granada, guiados por un morisco, siete escribanos de la Audiencia de Ugíjar de Albacete; iban a pasar las Pascuas con sus mujeres, y llevábanlas gran provisión de gallinas, pollos, miel, frutas y dineros.

Al entrar en una viña del término de Poqueira encontráronse en acecho un tropel de moriscos armados, que los despojaron de todo y les dieron cruel muerte. Escapose uno de ellos, llamado Pedro de Medina, con el guía, y fueron a dar rebato en Albacete de Orjivar. Igual suerte tuvieron aquel mismo día cinco escuderos de Motril, que venían también para Granada con regalos de Pascua. Aquella misma noche llegaron a dormir en Cadiar el capitán Diego de Herrera con su cuñado Diego de Hurtado Docampo, del hábito de Santiago, y cincuenta soldados que llevaban carga de arcabuces para el fuerte de Adra. Hallábase escondido en el lugar don Fernando el Zaguer, tío del nuevo rey y su capitán general, y concertó con los otros conjurados la traición más negra. Hizo que cada uno de los vecinos diese hospitalidad en su casa a un soldado, y a la medianoche, y a una señal convenida, degolláronles a todos, desde el capitán abajo, sin que escapasen más de tres, que pudieron tornar la vuelta de Adra.

No alarmaron estas nuevas como debían a las autoridades de Granada; mas los moriscos del Albaicín, por el contrario, recelosos al saberlas de que la temeraria precipitación de sus hermanos del campo hubiese comprometido sus planes, echáronse atrás al punto, y apresuráronse a enviar mensajeros por todas partes para que nada hiciesen ni intentaran sin nuevo aviso del Albaicín, que era, según ellos, el llamado a guiarlos.

No pensó lo mismo el impetuoso Farax, y creyendo, por el contrario, que todo se perdería si no se precipitaban los sucesos, decidió entrar él mismo aquella noche en el Albaicín y levantar a los moriscos o comprometerlos. Reclutó, pues, como pudo ciento ochenta hombres en los lugares más próximos, y tomó con ellos la vuelta de Granada, desafiando los rigores del frío y de la nieve que caía aquella noche, que era la del 25 de diciembre, sábado, primer día de Pascua.

Llegó a las doce en punto a la puerta de Guadix, que está en el muro del Albaicín, y rompiendo una tapia de tierra que cerraba un portillo con picos y herramientas que tomó por fuerza en unos molinos del Darro, entrose en la ciudad y fuese derecho a su casa, junto a la parroquia de Santa Isabel, dejando a su gente guardando el portillo, con bonetes colorados a la turquesa y toquillas blancas encima porque pareciesen turcos.

Reunió Farax a las principales cabezas que allí tenía la rebelión, y quiso persuadirles la necesidad de levantarse todos como un solo hombre aquella misma noche. Mas los del Albaicín, pérfidos y falsos hasta con sus propios hermanos, y creyendo que con lo ya hecho bastaba para infundir miedo a los cristianos, sin necesidad de exponer ellos sus vidas y haciendas, excusáronse con la premura del tiempo y la falta de gente, pues de ocho mil hombres que debían acompañarle, sólo traía consigo ciento ochenta.

Furioso entonces Farax, insultoles con grande rabia, y dos horas antes del amanecer reunió toda su gente, y con gaitillas, atabalejos y dulzainas recorrió todas las calles del Albaicín dando lastimeras voces. Llevaba delante dos banderas desplegadas y en medio iba Farax Abenfarax con un cirio encendido en la mano, manchada la blanca toca turquesa y la espesa y enmarañada barba con frescos cuajarones de sangre; era chico, regordete, de muy abultado vientre y brazos tan largos y membrudos que resultaban monstruosos. Ponía pavor ciertamente verle a la móvil luz del cirio, cuando, parado de trecho en trecho, echaba atrás la enorme cabeza y entornados los sangrientos ojos, gritaba en algarabía con ronca voz, que era al mismo tiempo lastimera:

—«No hay más dios que Dios y Mahoma su mensajero. Todos los moros que quisieran vengar las injurias que los cristianos han hecho a sus personas y ley, vénganse a juntar con estas banderas, porque el rey de Argel y el jerife, a quien Dios ensalce, nos favorecen y nos han enviado toda esta gente y la que está esperando allá arriba

Y todos los demás contestaban en coro:

—«Ea, ea, venid, venid; que ya es llegada nuestra hora, y toda la tierra de moros está levantada

Nadie, sin embargo, respondió al llamamiento, ni hubo puerta ni ventana que se abriese o entornase, ni rumor que se oyera por ninguna parte; como si fuese todo el barrio una verdadera población de muertos.

Sólo, dicen, un viejecillo gritó desde una azotea:

—«Hermanos, idos con Dios: que sois pocos y venís sin tiempo

Llegaron a la plaza de Bid el Bonut, donde estaba la casa de los jesuitas, traídos allí por el arzobispo don Pedro Guerrero, y llamaron por su nombre al famoso Padre Albotodo, morisco de origen, e insultáronle llamándole perro renegado, que siendo hijo de moros se había hecho alfaquí de cristianos, y como no pudieran romper la puerta, que era fuerte y estaba bien atrancada, contestáronle con hacer pedazos una cruz de palo que sobre ella habían puesto.

Comenzaron en esto a tocar a rebato las campanas del Salvador, porque el canónigo Orozco, que moraba a espaldas de la sacristía, habíase metido dentro por una puerta falsa y las hacía repicar. Retirose entonces Farax a la ladera por donde se sube a la torre del Aceituno, y desde allí dio otro pregón; y como nadie le acudiese tampoco, comenzó a insultar a los del Albaicín, gritando:

—«¡Perros, cornudos, cobardes, que habéis engañado a la gente y no queréis cumplir lo prometido!»

Y con este desahogo fuese ya entrada el alba, y perdiose a lo lejos entre la ventisca y la nieve, como se aleja y desaparece la amenazadora tempestad que corre a descargar más lejos.

Bajaron al otro día a la Alhambra los hipócritas moriscos del Albaicín, y pidieron al marqués de Mondéjar que les amparase y protegiese contra los monfíes que habían penetrado la noche antes en su barrio invitándoles a la rebelión y poniendo a prueba su fidelidad a la religión y al rey y también sus vidas y haciendas. Dioles el marqués más crédito del que merecían, y quedaron aquellos perversos satisfechos de haber desencadenado la tempestad sin riesgo alguno de ellos. Porque la tempestad se desencadenó entonces furiosa y terrible como pocas veces registra la Historia.

En menos de quince días incendiaron y saquearon los moriscos de Farax más de trescientas iglesias, destrozaron sus imágenes, profanaron en ellas el Santísimo Sacramento y asesinaron a más de cuatro mil cristianos entre hombres, mujeres y niños, con tan exquisitos tormentos y muertes tan atroces, que no se encuentran iguales en los anales de los mártires. Y fue gran maravilla y gloria de aquellas víctimas que ni uno solo hubo entre ellos que renegase, y todos murieron con los nombres de Jesús y su Santísima Madre en los labios; lo cual exasperaba tanto a aquellos verdaderos mahometanos, que para evitar estos clamores piadosos que sonaban en sus impías orejas como blasfemias llenábanles las bocas de pólvora y prendíanles fuego[12].

Ordenaba estas crueldades el renegado Farax Abenfarax y aprovechábase de ellas el flamante rey Aben Humeya, que en tan corto espacio de tiempo viose señor de más de trescientos lugares en que se proclamaba la secta mahometana, caudillo de más de veinte mil hombres que le aclamaban rey, y teniendo al alcance de la mano el puerto de Almería, que, como en otros tiempos Gibraltar, podría ser muy bien la llave de toda España.

Entonces cayó de veras en la cuenta Felipe II, y para ahogar la rebelión y concertar las rivalidades del marqués de Mondéjar y el de los Vélez, tan peligrosas ante aquel enemigo formidable, envió a Granada a su hermano Don Juan de Austria.

XIV

Llegó Don Juan de Austria el 12 de abril (1568) a Hiznaleuz, y allí se detuvo para disponer al siguiente día su entrada solemne en Granada, que solo dista cinco leguas. Venían con él gran número de caballeros que formaban su séquito, y al frente de ellos Luis Quijada, puesto a su lado por el rey como asesor y consejero. El duque de Sessa, que había recibido también orden del rey de asistir a Don Juan, lo mismo que Luis Quijada, debía llegar unos días más tarde. Vino aquel mismo día a visitar a Don Juan el marqués de Mondéjar con muchos capitanes y deudos suyos; quedose aquella noche en Hiznaleuz para enterarle del estado de la guerra, y volviose muy de mañana a Granada para ocupar su puesto en el solemne recibimiento.

Había ya el rey escrito minuciosamente al presidente, don Pedro Deza, marcando hasta el número de personas de la audiencia y del cabildo que debían salir al encuentro de su hermano. Mas no pudo reglamentar el rey de igual manera el entusiasmo de los vecinos ni la alegre expectación de las tropas, relajadas unas por la indolencia del marqués de Mondéjar y descontentas otras por los rigores y durezas del de los Vélez. Fue, pues, aquel día en Granada de universal esperanza y regocijo, y todos salieron a recibir al nuevo caudillo por aquellos campos de la vega, verdes, floridos y sonrientes como lo era su esperanza misma.

Salió el primero el conde de Tendilla, primogénito de Mondéjar, y llegó hasta el lugar de Albolote, legua y media más allá de Granada: llevaba consigo doscientos hombres, ciento de la compañía de Tello González de Aguilar y ciento de la suya propia, cuyo teniente era Gonzalo Chacón, héroe poco después de cierta ruidosa aventura en la corte. Iban éstos muy bien aderezados a la morisca; los otros, con ropetas de raso y tafetán carmesí a la castellana, y todos bien armados de corazas, capacetes, adargas y lanzas, como si quisieran reflejar en sus trajes la gala de aquel día y el estado de guerra en que se hallaban. De igual manera venían Don Juan y los suyos: traía el peto, espaldar y gola de bruñido acero claveteado de oro, cuxotes o gregüescos afollados de tela de plata y oro sobre seda morada, con hilos de perlas en las aristas; calzas de grana, botas muy altas de gamuza blanca con espuela de oro, puños y gorgueras de ricas puntas de Flandes y sombrero alto de terciopelo rizo con copete de pluma, sujeto con soberbio joyel de esmeraldas; caíale sobre el pecho el Toisón de Oro, y en el brazo izquierdo llevaba la escarapela carmesí, insignia de su cargo, que fue luego sustituida por la flotante banda roja.

Salían unos de Albolote cuando entraban los otros, y hechos allí sus cumplimientos, siguieron juntos para Granada, formando un escuadrón vistosísimo. Venía delante Don Juan de Austria entre Luis Quijada y el conde de Miranda; detrás, los caballeros, y cerrando la marcha, las tropas. Habíanse mientras tanto reunido en el Hospital Real, fuera de puertas, el presidente don Pedro Deza, el arzobispo y el corregidor: traía el primero consigo cuatro oidores y los alcaldes del crimen; el segundo, cuatro canónigos y las dignidades del cabildo, y el corregidor, cuatro veinticuatros y sus tenientes.

Estos eran los indicados por el rey en su carta a don Pedro Deza; mas agregáronse a ellos sin que nadie pudiera ni quisiera evitarlo, la nobleza toda de la ciudad, los ciudadanos particulares y el vecindario entero; los moriscos del Albaicín, dejados sus trajes propios por los que la discutida pragmática les ordenaba, discurrían por todas partes mezclados con los vecinos, haciendo hipócrita alarde de alegría y de entusiasmo, que según declaración posterior de algunos, mezclaban en voz baja con horrendas maldiciones a Don Juan y a los cristianos, pronunciadas en algarabía. Llenaba todo este inmenso gentío desde la puerta de Elvira hasta el arroyo de Beyro, que era donde había de hacerse el recibimiento; en el llano de este nombre extendíase toda la infantería, formando un escuadrón de más de diez mil hombres con el marqués de Mondéjar al frente.

Al llegar Don Juan a la vista, adelantáronse hasta el arroyo el presidente y el arzobispo, montados en sendas mulas muy bien enjaezadas, seguidos de sus acompañamientos, y el corregidor a caballo con el suyo, y detrás todos los caballeros y ciudadanos. Apeose el primero el presidente y llegose muy humilde a hacer su cumplimiento a Don Juan; mas arrojándose éste prontamente del caballo, recibiole con el sombrero en la mano en sus brazos y túvole un rato entre ellos. Hizo lo mismo con el arzobispo, y desfilaron luego por antigüedad los oidores y alcaldes, las dignidades del cabildo, el corregidor y ciudadanos particulares. El presidente, colocado a la derecha de Don Juan, presentábaselos a todos por sus nombres, y a todos acogía él con alguna palabra cariñosa u oportuna y les dejaba satisfechos, pues fuera aparte de su bondad natural, que le hacía afable sin afectación ni estudio, poseía Don Juan esa cualidad, inapreciable para los príncipes, de hacerse simpático y subyugar los ánimos a primera vista.

Concluido este recibimiento, pasaron delante Luis Quijada y el conde de Miranda, para dejar la derecha e izquierda de Don Juan al presidente y al arzobispo; de esta manera caminaron para la ciudad, con increíble concurso de gente que llenaba todos aquellos campos; y al emparejar la comitiva con las primeras hileras del escuadrón formado en los llanos de Beyro, rompieron a repicar las campanas de la ciudad, redoblaron las cajas, tocaron los clarines y trompetas y comenzó la arcabucería a disparar por su orden y sin intervalo, haciendo una imponente salva, cuya espesa humareda lo envolvió todo como en transparente nube, prestando a la varonil figura de Don Juan cierto tinte guerrero y como de cosa sobrenatural, que embelesaba la vista y enardecía los corazones.

Mas de repente sonaron dentro de la ciudad grandes llantos y alaridos, y vio Don Juan salir por la puerta de Elvira más de cuatrocientas mujeres desmelenadas, desgarrados los trajes de luto, llenando los aires de lamentables gemidos, y correr hacia él en tropel desordenado hasta arrojarse a los pies de su caballo, mesándose los cabellos, hiriéndose los pechos, desgarrándose las ropas y revolcándose en el polvo con dolorosos lamentos y agudos alaridos. Hasta que al cabo, levantándose una de ellas, ya vieja, y muy alta, con los cabellos canos esparcidos y desgarradas las tocas de luto, extendió hacia Don Juan los enjutos brazos temblorosos, y con ronca y desolada voz dirigiole este apóstrofe:

—¡Justicia, señor, justicia os lo piden estas pobres viudas y huérfanas, que aman el lloro en el lugar de sus maridos y padres; que no sintieron tanto dolor con oír los crueles golpes de las armas con que los herejes los mataban a ellos y a sus hijos, como el que siente al ver que han de ser perdonados!

Suspenso Don Juan, primero, y conmovido después al saber que eran aquellas infelices las huérfanas y viudas de los cristianos muertos y martirizados aquellos días por los moriscos, extendió hacia ellas la mano haciendo milagro de acallarlas, y consololas en lo posible prometiendo favorecer su justicia. Cesaron las lágrimas dentro de la ciudad, y de allí en adelante sólo vio don Juan colgaduras y toldos de brocados y paños de oro, y muchedumbre de damas y doncellas nobles ricamente ataviadas que arrojaban desde las ventanas flores a su paso, y vertían sobre él, a la usanza morisca, ricos pomos de esencias. Apeose Don Juan a la puerta de la Audiencia, que era donde le tenían preparado su alojamiento: las casas de la mala ventura, como las llamaban los moros, —porque de allí había de salir su perdición.

Dos días después, cubierto aún Don Juan, como suele decirse, con el polvo del camino, enviáronle los moriscos del Albaicín una embajada con cuatro de los suyos, los más ladinos de entre ellos, dice un cronista. Querían sondear el ánimo del nuevo caudillo, engañar la inexperiencia que suponían en su juventud, como habían engañado hasta allí la índole interesada del marqués de Mondéjar y la fervorosa caridad del arzobispo. Presentáronsele, pues, como agraviados, en vez de humillársele como ofensores, enumerando los daños recibidos, pidiendo justicia contra ellos, proclamando su inocencia y reclamando con el mayor cinismo la protección y el amparo de Don Juan para sus vidas, honras y haciendas.

Dejoles hablar éste libremente, prestándoles la sostenida y cortés atención que debe todo juez al reo que se defiende, y cuando hubo concluido el que llevaba la palabra, con grave mesura y firmeza, y tan impasible rostro que toda la perspicacia de los morismos no fue bastante para adivinar sus intenciones, contestoles estas textuales y estudiadas palabras:

—El rey mi señor me mandó venir a este reino por la quietud y pacificación dél; sed ciertos que todos los que hubiéredes sido leales al servicio de Dios nuestro Señor y de su majestad, como decís, seréis mirados, favorecidos y honrados y se os guardarán vuestras libertades y franqueza; pero también quiero que sepáis que juntamente con usar de equidad y clemencia con los que lo merecieren, los que no hubieran sido tales serán castigados con grandísimo rigor. Y en cuanto a los agravios que vuestro procurador general dice que habéis recibido, darme heis vuestros memoriales, que yo lo mandaré ver y remediaré luego, y quiéroos advertir que lo que dijérades sea con verdad, porque de otra manera habríades hecho daño a vosotros mesmos.

Salieron los moriscos desazonados con esto, comprendiendo que no habían logrado sorprender al mozo, y temiéronlo ya todo de su arrojo y su prudencia.

Y razón tenían para temerle, porque convencido Don Juan desde el primer momento de que el foco de la rebelión estaba en el Albaicín, que desde allí la atizaban sin cesar con socorros y noticias y la sostenían y animaban con fundadas esperanzas de ser auxiliados por la costa de turcos y berberiscos, resolvió, desde luego, guardar aquellas costas de manera que todo desembarco fuera imposible y arrancar de cuajo del Albaicín aquel foco de traición y de espionaje, arrojando de un golpe a todos los moriscos fuera de Granada.

Sujetó, pues, Don Juan de Austria estos dos puntos al Consejo de guerra y aprobose sin titubear el primero, conviniendo en que el comendador mayor, don Luis de Requeséns, teniente general de Don Juan en la mar, acudiese con las galeras que tenía en Italia a vigilar y defender aquellas costas. En cuanto a la expulsión de los moriscos del Albaicín, dividiéronse los pareceres, sosteniendo cada cual el suyo con más o menos bríos y razones. Mas Don Juan, firme siempre en su propósito, que fortalecía y apoyaba con su autoridad el presidente don Pedro de Deza, envió al rey la consulta, pidiéndole, en caso de ser aprobado, instrucciones sobre los lugares y el modo de repartir aquella peligrosa gente fuera del radio en que la rebelión se agitaba.

No perdió Don Juan el tiempo mientras el rey evacuaba su consulta. Aplicose lo primero, con grande actividad y energía, a reprimir los excesos de capitanes y soldados en alojamientos, contribuciones y rapiñas de todos géneros, y a encauzar la guerra por un solo plan y reducirla a una dirección única, cosa imposible hasta entonces por las rivalidades y malquerencias del marqués de Mondéjar y el de los Vélez y la indisciplina y codicia de capitanes y soldados, que más se ocupaban de pillar ricas presas y botines que de alcanzar victorias y tomar posiciones; no peleaban por vencer, sino por robar, y embarazados a veces con la magnitud de la presa, dejábanse matar sobre ella antes que abandonarla; otros, dueños ya de un botín que satisfacía su codicia, huían con él y se internaban tierra adentro, abandonando sus banderas.

Asistía Luis Quijada a Don Juan de continuo con las luces de su entendimiento y gran experiencia en cosas de guerra, sin escasearle tampoco las peloteras y regaños, como en otro tiempo al emperador, su padre, y un mes después de su llegada a Granada (16 de mayo) escribía al príncipe Éboli la siguiente desoladora carta que da idea del triste estado de la campaña.

«A la de vuestra señoría de siete de éste debo respuesta; no lo he podido hazer por mi mal, que cierto me ha apretado; ha tres o cuatro días que estoy sin calentura, y probado a levantarme, y súfrolo pocas horas, porque mi flaqueza es grande; buélvome a la cama con mucho cansancio; como y duermo con poco gusto. Iré como pudiere y no como querría, porque si en algún tiempo he sentido mal es en éste, y no quiero hazerme tan del soldado, que lo pueda remediar todo; pero entiendo que mucho de ello se pudiera hacer al principio. El modo de vivir de estos malditos soldados, ansí aventureros como ciudadanos, que nunca lo fueron ni tuvieron orden de ello, y la que tienen es fuerza de la que sería razón y convendría a la gente de guerra, porque ni piensan en pelear, sino en robar a Dios y al mundo; Él ponga la mano como puede, que yo digo a vuestra señoría que desastre tan grande ni en tan ruin sazón no se ha visto jamás como ha sido el del comendador mayor[13], pues en él teníamos esperança de guardarnos la mar, y no menos con los soldados que los avía de dar en tierra para los buenos efectos que se podían hazer. Esto cesa, y tan cesado, que por horas y sin dificultad ninguna pueden llegar las armas y municiones que estos perros esperan, que según dicen será mucha cantidad; para tomallas sóbrales gente, y para levantar todo lo que no lo esté, conforme todos los avisos, que con una seña lo harán llegadas las galeotas, y se irán a la sierra, a la cual han retirado lo de la Vega y lo demás toda la hazienda que tenían, determinando de morir: y no lo dudo, sino que lo harían si hoviese soldados que los apretasen a ello, porque la disposición de la tierra lo puede muy bien excusar; pero, señor, fatígame mucho que éstos no son soldados, ni sus capitanes, ni oficiales. Pues las galeras que de Italia venían y la gente de ellas quedaban de tan poco provecho, fue muy bien mandallas bolver, y en el entretanto que Juan Andrea llegava, pues don Álvaro de Bazán se hallava en Zerceña, no sé si fuera bien mandalle viniese a juntarse con don Sancho, para que éstos no osaran desembarcar con tanta libertad; mas allí se desvió de proveer lo mejor. Temo el tardar de Juan Andrea, y la prisa del comendador mayor la pagamos. Estos perros havrá ocho días que hicieron muestras y se hallaron juntos doce mil, entre los cuales había seis mil tiradores, y los demás con armas enhastadas, escapadas y hondas, y en otras partes se juntaron ocho mil; ni crea que están bien armados como nos dicen, ni que tienen tanta munición de pólvora como ellos publican.

»Yo ha días que no he visto Consejo, ni oído por mi mal. Por las que el señor Don Juan escribe, entenderá vuestra señoría lo que ay: lo que yo entiendo es que lo que más convenía era apretar a éstos y echar este negocio a un cabo; puédese mal hazer según tarda la gente que se ha enviado a llamar, y como si fuera buena la desamos. Los cavallos son muy buenos y donde quiera que se hallen, por pocos que sean, no los esperan los moros, ni quiera Dios que ellos lo hagan tanto que nos hagan mudar la orden que hasta aquí se ha tenido, que cierto con la que tienen mal se puede esperar ningún buen suceso; por ruines que seamos nosotros, más lo son ellos, si quisiéramos ser un poco hombres de bien.

»El señor Don Juan trabaja lo que puede, con asistencia de los que por vuestra señoría sabe, con todo el cuidado y la diligencia del mundo; y la misma tienen en averiguar cohechos y bellaquerías y agravios que los oficiales han hecho; pero danse tan buena maña, que con muchos se componen de manera, que pierden sus dineros, y por mucho que den a los otros, se quedan ellos con más; es cosa no vista lo que dizen y aun lo que han sentido que el señor Don Juan haya nombrado auditor para que entienda en esto. Ha sido la cosa del mundo más acertada el aver enviado al licenciado Biguera para mucho más, y principalmente para aclarar lo que a su majestad toca, que creo es una gran cantidad, si la saben bien desmenuzar, y es poco uno para entender en ello. Ay Señor, y qué tierra para comprar, y lo que agora valdrá diez, de aquí a diez años valdrá ciento; no me pesaría que vuestra señoría pensase en ello y se informase, que con mucha menos hazienda que lo que vuestra señoría daba al señor don Diego se puede comprar mucho mejor Estado: Su majestad ha de vender y a muy buen precio, y el acrecentamiento será mucho para el que lo comprara.

»Suplico a vuestra señoría perdone carta tan larga, que es de las dos abaxo y no puedo dormir; y si es servicio que le dé cuenta de niñerías, hacerlo he. De que a mi señora la princesa la haya parecido tan bien Pastrana después de ser suya, lo creo muy bien. Vuesaseñorías la gozen muchos y largos años. A su señoría le beso muchas veces las manos. —Del Real contra los moriscos, a 16 de mayo de 1569.»

XV

Aprobó Felipe II la propuesta de su hermano, y autorizole para expulsar de Granada a todos los moriscos de diez años arriba y de sesenta abajo.

Debíaseles internar en lugares de Andalucía y Castilla que el mismo rey indicaba, y entregarlos allí por nómina a las justicias, para que tuvieran cuenta con ellos. Quería también el rey, para evitar escándalos y llevar a cabo más suavemente aquella operación arriesgada, que no se les impusiese este destierro como pena, sino se les diese a entender que les apartaban de peligro por su bien y quietud, y que, allanada la tierra, se cuidaría de ellos y serían remunerados los inocentes y leales. Pocos había que lo fuesen de hecho, y de intención, ninguno.

La operación, como decía Don Felipe, era peligrosa, en efecto, por dos extremos distintos. Era de temer que exasperados los moriscos al verse descubiertos, intentasen algún último y supremo golpe de mano; y era, igualmente, posible que al verlos presos e inermes el populacho de Granada se levantase contra ellos y cometiese algún bárbaro atropello en sus personas y haciendas. Prevínolo todo Don Juan con gran sigilo y prudencia: mandó apercibir primero toda la gente de guerra que había en la ciudad y en los lugares de la Vega, y el 23 de junio, víspera de San Juan (1569), hizo publicar de improviso un bando general, mandando que en el término de dos horas todos los moriscos que moraban en la ciudad de Granada, y en su alcazaba y Albaicín, así vecinos como forasteros, se recogiesen a sus respectivas parroquias...

El espanto de los moriscos fue inmenso, y la sorpresa y el terror ahogaron en ellos todo conato de resistencia; reconocíanse en su interior reos de las mayores penas, y temieron que les encerraban para degollarlos.

Acudieron todos con gran alboroto de llantos y gemidos a la plaza de Bib—el—Bonut, donde estaba la residencia de los jesuitas, y dieron allí lastimeras voces llamando al famoso Padre Juan de Albotodo, morisco de origen, que tantas veces fuera su protector, su amparo y también su víctima. Salió el Padre a una ventana, sin bonete ni manteo, como estaba en casa, y oyó aquellos clamores desgarradores, que ya no osaban pedir hipócritamente justicia, sino misericordia al rey, y a él caridad y amparo para salvar sus vidas. Era Albotodo santo de veras; como de cuarenta años, demacrado de cuerpo y cara, muy atezado y de cabello y ojos tan negros y relucientes, que delataban a la legua su origen árabe.

Bajó Albotodo a la plaza, y tales hicieron y dijeron aquellas miserables gentes, que enternecidas las harto blandas entrañas del jesuita, corrió a la Audiencia sin detenerse a tomar capa ni sombrero, dispuesto a mover el corazón del presidente Deza, y si necesario fuera el del propio Don Juan de Austria. Siguiéronle todos con grandes gemidos hasta la salida del Albaicín, mas ninguno osó bajar la cuesta, pues el peligro y la mala conciencia habíales tornado cobardes, como acontece siempre a los criminales.

Llegó el jesuita a la Audiencia jadeante, y recibiole el presidente como si viese delante de sí a un ángel bajado del cielo. Su intervención no podía ser más oportuna, porque nadie como él podía tranquilizar a los moriscos y convencerles de que nada se atentaba contra sus vidas, y tan de buena fe obraba don Pedro Deza, que ofreciose espontáneamente a dar él mismo la cédula; firmóla don Pedro Deza, y satisfecho con esto el jesuita, corrió de nuevo al Albaicín, agitando por encima de su cabeza la cédula, como si quisiese adelantar la esperanza a aquellos infelices que abominaba como reos, pero compadecía profundamente como hermanos y sentenciados.

Leyó el Padre Albotodo la cédula desde la ventana; creyéronle porque era clérigo, dice un cronista, y decidiéronse entonces a entrar en las parroquias cabizbajos, sombríos, recelosos, porque a medida que se afirmaba en ellos la esperanza de la vida, renacía también aquella su saña y rencor, que sólo podía extinguir la muerte.

Mandó Don Juan guardar las parroquias con varias compañías de infantería, y seguro ya el orden por parte de los moriscos, prevínolo también por parte de los cristianos, publicando un bando en que daba palabra en nombre de su majestad de que tomaba a los moriscos encerrados debajo del amparo y seguro real, y certificaba a todos que no les sería hecho daño, y que sacarlos de Granada era para desviarlos del peligro en que estaban puestos entre la gente de guerra.

Todo el mundo, sin embargo, amaneció al otro día en Granada inquieto y lleno de zozobra, porque habíanse de trasladar los moriscos de las parroquias donde habían pasado la noche al Hospital Real, fuera de las puertas, y ser allí entregados a los escribanos y contadores reales, para que aquéllos los inscribiesen y éstos se comisionaran en los lugares de Castilla y Andalucía de antemano designados. Temíanse alborotos y atropellos por una y otra parte, y hubiéralos habido, en efecto, si la prudencia de Don Juan no lo hubiera prevenido todo. Mandó, pues, formar en escuadrones desde el amanecer toda la gente de guerra en el llano que había entre la puerta de Elvira y el Hospital Real, que era lo más difícil y expuesto. Capitaneaba al primero de estos grupos el propio Don Juan de Austria y los otros tres el duque de Sessa, Luis Quijada y el licenciado Briviesca de Muñatones.

Situose Don Juan a la puerta del hospital, que era el punto más difícil, llevando por delante, para más autorizarse, su guión de capitán general, que era de damasco carmesí, muy guarnecido de oro, con una imagen de Cristo por un lado y otra de su Santísima Madre por el otro. La piedad hacia aquellos infelices, inermes y desarmados, pudo, sin embargo, más en los granadinos que el rencor y deseos de venganza, y pudieron todos bajar al Albaicín, cruzar la ciudad y entrar en el hospital sin que nadie les molestase.

«Fue un miserable espectáculo —dice Luis del Mármol, testigo, actor y cronista de todos aquellos hechos— ver tantos hombres de todas edades, las cabezas bajas, las manos cruzadas, los rostros bañados de lágrimas, con semblante doloroso y triste, viendo que dejaban sus regaladas casas, sus familias, su patria, su naturaleza, sus haciendas, y tanto bien como tenían, y aún no sabían cierto lo que se haría de sus cabezas».

Por dos veces, sin embargo, estuvo a punto de estallar la catástrofe: pues sucedió que a un capitán de la Infantería de Sevilla, llamado don Alfonso de Arellano, ocurriósele, por necio afán de singularizarse, poner un crucifijo en el asta de una lanza, cubierto con un velo negro, y llevarla así como insignia al frente de su compañía, que custodiaba moriscos de dos parroquias. Vieron la enlutada enseña unas moriscas en la calle de Elvira, y creyendo que, roto ya el seguro de Don Juan, les llevaba a degollar los maridos, levantaron el lloro y comenzaron a gritar en aljamía, mesándose los cabellos:

—¡Oh, desventurados de vosotros, que os llevan como corderos al degolladero! ¡Cuánto mejor os fuera morir en las casas donde nacisteis!

Calentáronse con esto los ánimos, y hubieran llegado a las manos cristianos y moriscos a no llegar a tiempo Luis Quijada para calmarlos, ofreciendo de nuevo el seguro y mandando retirar el crucifijo.

A la puerta misma del Hospital Real prodújose otra confusión inmensa. Un barrachel o capitán de alguaciles, llamado Velasco, dio un palo a un mancebo morisco algo falto de seso; tirole éste a la cabeza medio ladrillo que llevaba debajo del brazo, y le hendió una oreja; con lo cual, creyendo muchos en la confusión que el herido era Don Juan de Austria, pues vestía de azul lo mismo que el barrachel, echáronse los alabarderos sobre el morisco y le hicieron pedazos, y otro tanto hubiera sucedido a los que detrás venían si Don Juan mismo no hubiese lanzado su caballo en mitad del remolino de gente y detenido a todos, diciendo a voces con la lumbre de la indignación y la autoridad en los ojos:

—«¿Qué es esto, soldados? Vosotros no veis que si a Dios desplace la maldad del infiel, por más ofendido se tiene de aquellos que profesan su ley; porque están más obligados a guardar verdad a todo género de gentes, principalmente en cosas de confianza. Mirad, pues, lo que hacéis; no quebrantéis el seguro que les he dado, porque hasta agora no hay con qué lo pueda innovar; y si la justicia de Dios tardara, no disimularé el ejemplo de su castigo.»

Y, dicho esto, mandó Don Juan a don Francisco de Solís y a Luis del Mármol, que todo lo presenció y cuenta, que guardasen las puertas de la ciudad y no dejasen entrar a nadie dentro, para que el rumor no se extendiese, y al barrachel dijo que se fuese luego a curar y dijese que no le había herido nadie, sino que su mismo caballo le había dado una cabezada.

Una vez fuera de Granada este foco peligroso en que se apoyaba la rebelión, propúsose Don Juan con toda la energía de su carácter terminar a toda costa y en breve plazo aquella guerra salvaje, salidero continuo de sangre, de honra y de dinero; que, lejos de apagarse, crecía con las malquerencias y rapiñas de los cristianos, hasta el punto de no ser ya los moriscos los que se replegaban y defendían en las asperezas de las sierras, sino los que atacaban a cara descubierta y sitiaban y tomaban lugares tan fuertes como los del río Almanzora y fortalezas tan pertrechadas como el castillo de Serón, donde mataron ciento cincuenta cristianos y cautivaron otros tantos con el alcaide, Diego de Mirones.

Ufano el reyezuelo Aben—Humeya con aquellos triunfos, crecía en orgullo aún más de lo que adelantaba en poder, y atreviose ya a escribir como rey a Don Juan de Austria pidiéndole la libertad de su padre, don Antonio de Valor, preso por delitos comunes en la Cancillería de Granada desde meses antes de la sedición. Enviole esta carta con un muchacho cristiano, cautivo en Serón, y diole un salvoconducto, que decía a la letra: «Con el nombre de Dios misericordioso y piadoso. Del estado alto, ensalzado y renovado por la gracia de Dios, el rey Muley Mohamet Aben—Humeya, haga Dios con él dichosa la gente afligida y atribulada de Poniente. Sepan todos que este mozo es cristiano de los de Serón, y va a la ciudad de Granada con negocios míos, tocantes al bien de los moros y de los cristianos, como es costumbre tratarse entre reyes. Todos los que le vieren y encontrasen déjenle pasar libremente y seguir su camino, y ayúdenle y denle todo favor para que lo cumpla; porque el que lo contrario hiciere, que le estorbare o prendiere, condenado se ha en pérdida de la cabeza.» Y abajo decía: «Escribiolo por orden del rey Aben Chapela», y a la mano izquierda, debajo de los renglones, estaban unas letras grandes, que parecían de su mano, que decían: «Esto es verdad», imitando a los reyes moros de África, que no acostumbraban a firmar sus nombres sino por aquellas palabras, por más grandeza.

No consintió Don Juan en recibir carta ni mensajero de un hereje alzado en armas; mas leída aquélla y examinado éste por el Consejo, decidiose no dar respuesta alguna, pero que el padre de Aben—Humeya, don Antonio de Valor, respondiese a éste que le trataban bien en la cárcel, que no era cierto le hubiesen dado tormento como se propaló falsamente, y que le afease al mismo tiempo como padre su proceder de rebelde, y le aconsejase la sumisión y el arrepentimiento.

Tornó de allí a poco Aben—Humeya a escribir a Don Juan y a su padre, don Antonio de Valor, enviando esta vez las cartas por el Xoaybí, alcalde de Guéjar, el cual, traidor, las leyó y retuvo con ánimo de acusarle y prenderle, como lo hizo, en efecto.

XVI

Salió al fin Don Juan a campaña con todos los bríos de su natural esforzado, y de sus deseos por tanto tiempo comprimidos en aquella lucha continua con sus consejeros, todos en pugna, que tan gráficamente pintó don Diego Hurtado de Mendoza en su lacónica y famosa carta al príncipe de Éboli: «Ilustrísimo Señor: Verdad en Granada no pasa; el señor Don Juan escucha; el duque (Sessa) bulle; el marqués (Mondéjar) discurre, Luis de Quijada gruñe; Muñatones apaña mi sobrino[14], allá está, y acá no hace falta.»

Envió, pues, Don Juan un Cuerpo de Ejército hacia las Alpujarras, con el duque de Sessa al frente, y arremetió él con el otro: lo primera a Guéjar, madriguera formidable donde tenían los moriscos uno de sus principales centros de operaciones, reforzado entonces con turcos y moros berberiscos. Cayeron allí de improviso siguiendo las hábiles maniobras por Don Juan combinadas, y apoderándose del lugar del castillo con menos pérdidas y dificultades que las que se temían.

Huyose el primero el alcaide, Xoaybí, y fuese pregonando por todas partes, en odio a Aben—Humeya, que andaba éste en tratos con los cristianos para acabar la guerra y entregar a todos los moriscos, lo cual probaba mostrando las cartas detenidas por él en Guéjar e interpretándolas falsamente. Creyéronle todos los agraviados de Aben—Humeya, que eran muchos, y muy principalmente, entre ellos, un tal Diego Alguacil, natural de Albacete de Ujíjar, que le guardaba rencor profundo por haberle quitado Aben—Humeya, con malas artes, una prima suya viuda que tenía por manceba. Seguía la morisca por fuerza al reyezuelo, pero siempre mantenía correspondencia con su primo, y ella le avisaba los pasos que seguía y los planes que tiraba Aben—Humeya.

Aprovechábase don Diego Alguacil de estas ventajas, y junto con un sobrino llamado Diego de Rojas y el renegado Diego López Aben—Abóo, tintorero del Albaicín, y de los capitanes turcos venidos de Argelia, Huescein y Caracax, fraguaron una maraña, que no por ser contra un malvado como Aben—Humeya dejaba de ser inicua. Falsificaron cartas de éste a Aben—Abóo, mandándole degollar a traición a todos los turcos, y en unión de ellos fueronse a Lecújar de Andarax, donde estaba Aben—Humeya, con intento de prenderle y de matarle. Tuvo éste algún aviso de lo que se urdía, y decidiose a huir a Valor en la madrugada del 3 de octubre; mas detúvole aquella noche una zambra de mujerzuelas, y cansado de festejar, dejó el viaje para el siguiente día, teniendo ya los caballos ensillados, lo cual fue causa de su perdición, pues aquella madrugada llegaron Diego Alguacil, Aben—Abóo y los suyos y le asaltaron la casa, cogiéndole desprevenido.

Salió Aben—Humeya a la puerta a medio vestir, con una ballesta en la mano y detrás la morisca viuda; mas como comprendiese a primera vista aquella mala hembra lo que pasaba, abrazose a él como poseída de miedo; pero, en realidad de verdad, para impedirle el juego de los brazos y el uso de la ballesta y dar lugar a que le prendieran. Hiciéronlo así Aben—Abóo y Diego Alguacil; atáronle las manos con un almaizar[15], y las piernas, muy apretadas, con una cuerda de cáñamo. Juntáronse luego con los capitanes turcos, y en presencia de la morisca comenzaron a juzgarle y hacerle proceso. Presentáronle las cartas falsas, y él, como inocente y maravillado, negó enérgicamente; mas arrojáronle al suelo de un empellón, como a hombre ya sentenciado a muerte, y comenzaron en su presencia a saquearle la casa y a repartirse sus mujeres, dineros, ropas y alhajas, acabando a la postre por designar a Aben—Abóo por sucesor de aquel desdichado, que veía así a sus más mortales enemigos repartirse en vida toda su herencia.

Veíalos Aben—Humeya desde el rincón en que yacía agarrotado, y perseguíales con amargas razones que revelaban lo hondo de tu saña y la negrura de su alma... Que él no había pensado nunca en ser moro, sino en vengarse de unos y de otros... Que había ahorcado a sus enemigos, amigos y parientes, cortándoles las cabezas, robado sus mujeres, quitádoles sus haciendas; y pues había ya él cumplido sus gustos y venganzas, saciasen ellos la suya, que no por eso habían de arrancarle aquella satisfacción del fondo de su alma... Cuando oyó que era Aben—Abóo el designado para sucederle, dijo que moría contento porque presto seguiría también los pasos en que a la sazón él se hallaba.

Lleváronle al amanecer a otro cuarto Diego Alguacil y Diego de Rojas, y allí le estrangularon con un cordel, tirando cada cual de un cabo. A la mañana sacáronle fuera, y, como a cosa despreciable, le enterraron en un muladar.

Mientras tanto, adelantaba Don Juan de Austria, barriendo a los moriscos de lugar en lugar y de peña en peña hacia las Alpujarras, donde había de cortarles el paso el otro Cuerpo de Ejército. Y era tal su ardimiento, previsión y deseo de participar así de las responsabilidades del jefe como de las fatigas y peligros del soldado, que dice a este propósito el entonces veterano don Diego Hurtado de Mendoza: «Y a los que nos hallamos en las empresas del emperador parecía ver en el hijo una imagen del ánimo y provisión del padre, y su deseo de hallarse presente en todo, en especial con los enemigos.» No le desamparaba un momento Luis Quijada, conteniendo a cada paso su fogosidad harto imprudente en lo que a su persona tocaba, pues le hacía exponer su vida con peligrosa frecuencia.

Tropezó, sin embargo, Don Juan en este camino de triunfos con la desesperada resistencia que en la villa de Galera le hicieron, donde hasta las moriscas pelearon con el empuje de varones esforzados. Era esta villa muy fuerte de sitio; estaba puesta sobre un cerro muy prolongado a manera de galera, de donde tomaba el nombre, y tenía en lo más alto un castillo antiguo cerrado de torrenteras muy altas de peñas, que suplían la falta de los caídos muros. Estaban dentro de la villa más de tres mil moros de pelea, con buen golpe de turcos y berberiscos, y tan segura la creían éstos, que habían almacenado en ella trigo y cebada para más de un año y grandes tesoros de oro, plata, sedas, aljófar y otras cosas de precio.

Hizo Don Juan un detenido reconocimiento de la villa desde unos altos cerros que la señoreaban con Luis Quijada, el comendador mayor de Castilla y otros capitanes de cuenta, y mandó luego disponer las baterías y trincheras para preparar el asalto. Atendió Don Juan personalmente a esta obra, haciendo de capitán general y de soldado; porque habiéndose de ir por la atocha de que se hacían las trincheras a unos cerros lejanos, íbase a pie delante de los soldados para animarles al trabajo, y traía su haz a cuestas como cada uno hasta ponerlo en la trinchera. Comenzaron a batir la torre de la iglesia antes de que amaneciese con dos cañones gruesos, y a pocos tiros hízose un portillo alto y no muy grande, por donde dieron el asalto y la entraron don Pedro de Padilla, el marqués de la Favara, don Alonso de Luzón y otros caballeros animosos de los que seguían a Don Juan con sus gentes por puro amor a su persona. Siguió batiendo la artillería unas casas, al parecer de tierra, que había al lado de la iglesia; mas cuando se intentó por ellas el segundo asalto, fue tal la desesperada rabia con que los moros les rechazaron y tan fuerte la defensa que aquellas miserables casucas ofrecían, que hubieron de retirarse los cristianos principales que porfiaron por ir delante. Fue uno de ellos don Juan de Pacheco, caballero del hábito de Santiago, al cual despedazaron miembro a miembro por rabia que dio a los moros la cruz roja que llevaba en los pechos. Había llegado dos horas antes al real desde Talavera de la Reina, su patria, y sin más que besar la mano de Don Juan, entrose en la pelea, donde halló la muerte.

No se desanimó Don Juan por este fracaso, y después de mandar abrir minas y plantar nuevas baterías, ordenó otro asalto para el 20 de enero, que por haber salido las minas cortas resultó un segundo desastre. Pelearon con rabioso valor por ambas partes, y el alférez don Pedro Zapata llegó a plantar su bandera en el muro enemigo con tanto denuedo, que si la disposición de la entrada diera lugar a que le socorrieran otros, ganárase la villa aquel día; pero la estrechez del lugar impidió todo socorro, y cargando los moros sobre él, le derribaron muy mal herido por la batería abajo, abrazado a su bandera, que nunca soltó, ni le pudieron arrancar, aunque muy reciamente le tiraban. Murieron este día más de trescientos soldados, entre ellos muchos capitanes y hombres de cuenta, y quedaron heridos más de quinientos.

Trocose el dolor de Don Juan en rabia no disimulada, y aquel día juró asolar a la Galera y sembrarla de sal y pasar a cuchillo a todos sus moradores, lo cual cumplió muy en breve, pues dispuesto otro tercer asalto con nuevas minas que entraban hasta los mismos cimientos del castillo y abiertas enormes brechas con artillería gruesa traída de Güéscar, voló casi todo el pueblo con horrísono estruendo y temblor de tierra que hizo estremecer todo el cerro, y lanzáronse los cristianos dentro y fueron ganando palmo a palmo la villa, hasta acorralar más de mil moros en una plazoleta y degollarles allí sin piedad ni misericordia. Corría la sangre por las calles y resbalaba por las peñas, viniendo a cubrir las matas y zarzas como de flores rojizas. Cogiose botín inmenso de cosas de mucho precio, y mandando Don Juan recoger la gran cantidad de trigo y de cebada que tenían allí almacenada los moros, ordenó también a don Luis del Mármol, que todos estos hechos cuenta, asolar la ciudad y sembrarla de sal, como lo tenía jurado.

Abandonó Don Juan de Austria la Galera, y fuese sin tomar respiro a sitiar la villa y castillo de Serón, donde le aguardaba la primera pena grave que amargó su vida. Acampó sus tropas en Canilles, y desde allí quiso ir a reconocer en persona el lugar, llevando consigo al comendador mayor de Castilla y a Luis Quijada con dos mil arcabuceros escogidos y doscientos caballos.

Viéronles llegar los moros de Serón, y comenzaron a hacer ahumadas desde el castillo con grande prisa, pidiendo socorro. Salieron muchos a tirotear a los cristianos desde las laderas, y huyendo aquéllos y persiguiéndoles éstos, entraron todos en el lugar, que parecía abandonado; veíanse a las moras correr a guarecerse en el castillo, y menudeaban desde allí las ahumadas y señales. Desparramáronse los soldados con gran desvergüenza, saqueando las casas, y para más asegurar el botín encerráronse muchos en ellas; mas de repente aparecieron más de mil moros de Tíjola, Purchena y demás lugares del río, atraídos por las ahumadas, y el pánico de los cristianos fue entonces inmenso. Huyeron todos a la desbandada, sin querer soltar el botín que traían ya entre las manos, y embarazados con la carga, tropezaban y caían y amontonábanse, ofreciendo certero blanco a piedras, flechas y balas.

Veía Don Juan desde el cerro en que se hallaba aquella confusión indigna en que peligraban las vidas de los soldados y el decoro de sus armas, y lanzó en mitad de ellos denodadamente su caballo, gritando con heroico esfuerzo:

—«¿Qué es esto, españoles?... ¿De quién huís?... ¿Dónde está la honra de España?... ¿No tenéis delante a Don Juan de Austria, vuestro capitán?... ¿De qué teméis?... Retiraos con orden, como hombres de guerra, con el rostro al enemigo, y veréis presto arredrados estos bárbaros de vuestras armas...»

Mas vio también Luis Quijada el peligro que corría Don Juan tan al alcance de las balas, y lanzose a toda brida para retirarle... En el mismo momento dio una pelota de arcabuz en la celada del príncipe, que a no ser ésta tan fuerte dejárale allí sin vida. Revolviose Luis Quijada como león a quien hieren su cachorro, y lanzó el caballo de frente, como si quisiese aplastar al que hubiese disparado. Diéronle entonces a él un escopetazo en el hombro, y viósele tambalear primero y caer después pesadamente del caballo, entre gritos de dolor y alaridos de rabia de los que le rodeaban. Cubríale ya Don Juan con su cuerpo, y con admirable presencia de ánimo mandó retirarle a Canilles, con escolta de Tello de Aguilar y los caballos de Jerez de la Frontera.

XVII

Llegó Luis Quijada a Canilles muy abatido en una camilla de troncos de árboles, conducida por cuatro soldados que sin cesar se remudaban; lleváronle a su posada, pobre y desnuda, como de campaña, y en lugar enemigo, y allí acudieron los físicos de Don Juan para hacerle la cura. Devorábale la sed, pedía agua de continuo, y preocupábale más que todo lo que hubiese podido ser de Don Juan en el apurado trance en que le dejara. Llegó al cabo Juan de Soto, nuevo secretario de Don Juan, por haber muerto el buen Juan Quiroga meses antes en Granada. Dijo que Don Juan había logrado ordenar la retirada de las tropas con hartas pérdidas, y recibido él tan furiosa pedrada en la rodela, que el guijarro quedó casi incrustado en el hierro: cosa maravillosa, pera no única ni extraña en el empuje de aquellos terribles honderos moriscos, que igual daño hacían de una pedrada que de un arcabuzazo.

Volvió Don Juan a Canilles, ya entrada la noche, con el brazo izquierdo algo desconcertado por el terrible rebote de la rodela al recibir la pedrada; fuese derecho a casa de Luis de Quijada y encerrose con los médicos. Declaráronle éstos mortal la herida del veterano, mas no veían aún la muerte al ojo, y sin esperanza de evitarla, creían, sin embargo, detenerla, al menos, por algunos días. Afligiose Don Juan profundamente, y acordose lo primero de doña Magdalena. Hallábase esta señora en Madrid, por tener más prontas y seguras nuevas de la guerra, y allí le mandó aquella misma noche Don Juan un correo con verdaderas y detalladas noticias de lo sucedido. Y como conocía el gran corazón y ánimo esforzado de la señora y no dudó un momento de que, una vez sabedora del suceso, volaría al punto al lado de su esposo, enviola también un itinerario escrito de su mano, marcándole los lugares más seguros por donde podía hacer aquel viaje, indudablemente temerario por la aspereza del camino, lo crudo de la estación, la edad misma de la señora, que alcanzaba ya los cincuenta años, y, sobre todo, por el peligro continuo de ser sorprendida y atacada por los monfíes moriscos desparramados por toda aquella parte del reino de Granada, que era entonces teatro de la guerra.

Para prevenir tamaños peligros, escribió Don Juan a todos los lugares en que había presidios, que eran los más de ellos, mandando diesen a doña Magdalena a su paso fuerte y segura escolta, y dispuso también que saliesen todos los días dos correos, uno al amanecer y otro al caer la tarde, para que tuviese diariamente noticias, ya fuese en Madrid, ya en el camino al fin de cada jornada. Escribía el propio Don Juan de su mano estos partes diarios, después de consultado y oído el parecer de los médicos.

Envió Don Juan a doña Magdalena estas primeras noticias con su ayuda de cámara favorito y de confianza, Jorge de Lima, y no se equivocó un punto en lo que había pensado de la animosa señora; pues no bien supo ésta la fatal nueva, dispuso al punto su viaje sin vacilaciones ni aturdidos apresuramientos, sino con la serena calma y la prudente actividad con que arrostran las situaciones difíciles las almas de superior temple. Acompañáronla su hermano el marqués de la Mota don Rodrigo de Ulloa, varios deudos y amigos y algunos criados, con buen número de gente armada y de toda confianza. Hizo este viaje doña Magdalena en litera hasta Granada, y de allí a Canilles cabalgando en poderosas mulas que le prestó el arzobispo; y tan largas fueron las jornadas y tan cortos los descansos, que en cinco días recorrió las sesenta leguas que la separaban de su esposo y señor, Luis Quijada.

Mientras tanto, sentíase éste acabar muy poco a poco, como le decía a él mismo el emperador la víspera de su muerte; había Don Juan suspendido las operaciones, y asistíale y cuidábale por sí mismo el mayor tiempo posible. Enternecían al viejo soldado estos cuidados filiales, y dábale consejos, hacíale advertencias y encomendábale con afán a la buena doña Magdalena, aunque todavía no se figuraba él en verdadero trance de muerte.

Mas cuando supo por Don Juan mismo que ya venía doña Magdalena de camino y conoció las amorosas precauciones que había él tomado para proteger su viaje, arrasáronse en lágrimas los ojos del veterano, y poniendo su única mano disponible sobre la cabeza de Don Juan, apretósela con varonil y supremo esfuerzo. La proximidad de la muerte dejaba al descubierto la ternura de su corazón y alejaba, por el contrario, las asperezas de su carácter.

El 20 de febrero (1570) encontrose muy postrado, y diose cuenta por primera vez de que estaba próxima la muerte. Pidió al punto los Sacramentos, y trájole Don Juan un fraile franciscano de los que seguían al ejército, que estaba allí, en el convento de Canilles. Era este fraile el por aquéllos días famoso fray Cristóbal de Molina, héroe de Tablate, cuyo horrendo barranco atravesó el primero sobre una frágil tabla con el halda del hábito remangada, la espada en una mano, un Cristo en la otra y tan grande terror de los moriscos y heroica emulación de los cristianos, que el arrojo del fraile decidió la derrota de aquéllos, la victoria de éstos y la libertad de Orgiva, apretada ya al extremo por el reyezuelo Aben—Humeya. Era fray Cristóbal chiquitillo y mal encarado, y desagradó a Luis Quijada su primera vista, y como Don Juan, que le veneraba mucho, le preguntase el motivo, contestále Quijada cándidamente:

—Distráeme y turba pensar cómo hombrecillo tan ruin pudo hacer hazaña tan temeraria.

Confesó, sin embargo, con él con grande contrición de sus pecados, y aquel mismo día trajéronle el Viático de Santa María y recibió la Unción, asistido siempre por Don Juan, que con gran cariño le descubría las manos y los pies para que le ungiesen los santos óleos. Hizo el otro día ante el auditor del ejército, Juan Bravo, un extenso codicilo, cuyas cláusulas todas respiran esa sencilla piedad, a veces ruda, de los grandes valientes de otros tiempos, en la cual estaba, sin duda alguna, todo el secreto de su fortaleza. Dice un autor famoso, nada devoto por cierto:»El cielo sonríe al soldado que puede lanzarse a través del combate arrojando este santo grito de guerra: ¡Creo!»

Dejaba Luis Quijada por herederos de todos sus cuantiosos bienes no vinculados a los pobres, y usufructuaria de ellos a doña Magdalena. Fundaba pósitos y montes de piedad en sus cuatro villas de Villagarcía, Villanueva de los Caballeros, Santofimia y Villamayor, fundaba escuelas, pensionaba hospitales con renta especial para que no faltase quien auxiliara a los moribundos, y ponía cláusulas referentes a doña Magdalena tan tiernas como ésta: «Y si a doña Magdalena le pareciese que es mejor juntar nuestras haziendas y hacer algún monasterio de frayles u monjas, con tal que no sean de las descalzas, que por ser tan fría la tierra de Campos no podrían allí vivir, en tal caso doy poder a doña Magdalena con mis testamentos, para que juntamente con ellos lo dispongan y ordenen, pues la voluntad de ambos ha sido hacer una fundación perpetua con su hazienda y la mía, y que allí nos enterremos juntos y tengamos en muerte la misma buena compañía que tuvimos en vida

Amaneció Luis Quijada el día 23 algo trastornado ya por la calentura, y poco antes de mediodía llegó Jorge de Lima anunciando que sólo traía de ventaja a doña Magdalena una hora de camino. Salió Don Juan a recibirla a la entrada del lugar, y llevola él mismo de la mano a la cabecera de Quijada. No la reconoció éste al punto en medio de su delirio; mas desapareciole éste a la madrugada al bajar la calentura, y tuvo con ella tiernas y largas pláticas. Turbósele otra vez la razón en la tarde del 24, y ya no volvió a recobrarla; fuese acabando poco a poco aquella robusta vida, y el 25 de febrero, al anochecer, expiró dulcemente, como quien pasa de su sueño natural a otro sueño eterno. Sosteníale Don Juan la mano en que empuñaba la candela de la agonía, presentábale doña Magdalena por el otro lado el crucifijo y fray Cristóbal de Molina, arrodillado a los pies, hacíale la recomendación del alma.

En el momento de expirar abrazose Don Juan a doña Magdalena, apretándola fuertemente sobre su corazón, como si quisiese indicarle que allí le quedaba él para amarla y ampararla; escondió la señora un momento el rostro en aquel leal pecho, y escapáronsele allí tres o cuatro sollozos roncos y secos, que más parecían estallidos de varonil dolor que muestras de debilidad femenina; mas repúsose al punto, y con gran serenidad y devoción cerró los ojos al cadáver, sellándoselos, al modo del tiempo, con gotas de cera de la candela de la agonía; manteníale ella cerrados los párpados con sus dedos y Don Juan iba dejando caer sobre ellos las gotas de cera. Estaban presentes el comendador mayor don Luis de Requeséns, el marqués de la Mota y todos los demás capitanes y caballeros que cabían en la menguada vivienda; los demás agolpábanse en la calle, esperando tristemente el fatal desenlace.

Pusiéronle al cadáver su armadura de combate, y en señal de devoción vistiéronle encima un capillo franciscano; tenía las manos cruzadas sobre el pecho, sosteniendo entre ellas su espada, que formaba una cruz con la empuñadura. Dispuso Don Juan que se expusiera el cadáver toda la mañana ante el ejército en unas andas adornadas con trofeos y banderas, y por la tarde lleváronle a enterrar en un convento de jerónimos de Baza, que era el lugar escogido por el mismo Quijada, mientras no dispusiera doña Magdalena su traslado a otra parte. Púsose en movimiento todo el ejército con los arcabuces vueltos hacia abajo, las lanzas, picas y banderas arrastrando, roncos los tambores, los clarines y pífanos destemplados. Llevaban las andas los capitanes más antiguos, alternando, y detrás iba Don Juan en una mula encaparazonada de luto hasta tierra, con loba él y capirote que le cubría hasta los ojos; llevaba delante su guión de capitán general, no vuelto de través como las demás banderas, sino enarbolado y sin mudanza, y seguíanle el comendador mayor y todos los jefes del ejército, más o menos enlutados, según la estrechez del lugar les había permitido proporcionarse telas negras.

Detúvose todavía doña Magdalena tres días en el campo, y partiose al cabo de ellos para el convento del Abrojo, donde pensaba retirarse durante algunas semanas. Iba en una litera muy cómoda, toda enlutada, que Don Juan le había proporcionado, y acompañole él hasta dos leguas más allá de Canilles, cabalgando siempre al lado de la litera. Allí se separaron, triste ella como quien deja atrás todo cuanto amaba; triste él también, pero como se puede estar triste a los veintitrés años...[16]

XVIII

Rehizo Don Juan su ejército durante aquellos días que acampó en Canilles, y cayó de nuevo sobre Serón con tan grande ímpetu y buena fortuna, que no pudieron los moros hacer otra cosa sino huir, incendiando antes la población y el castillo. Entró luego en Tíjola, Purchena, Cantoria y Tahalí, y siguió bordeando el río Almanzora de triunfo en triunfo con tal pavor de los moros, que al solo anuncio de su llegada huían sin tino, abandonándole sin resistencia lugares y fortalezas, lo cual no sólo era debido al gran renombre y valor y energía adquiridos por Don Juan, sino debíase también a que aquel mozo de veintitrés años era ya de aquellos valientes y honrados caudillos que sólo hacen la guerra para llegar a la paz y mientras espantan, por un lado, al enemigo con el estruendo de sus victorias, tiéndenle, por otro, la mano en secreto para llegar a un acuerdo justo que economice la sangre, aunque pierda su gloria algunos rayos de relumbrón.

Tiempo hacía que Don Juan meditaba un acuerdo con los moriscos, y en el mayor secreto habíalo encomendado al capitán Francisco Molina, amigo desde la niñez de Hernando el Habaquí, caudillo de los moros en aquella tierra. Avistáronse, pues, con gran disimulo los dos antiguos amigos, y no desagradó al Habaquí la propuesta: era hombre muy discreto, y contra lo que solían ser los de su raza, leal y franco. Discutiéronse las condiciones, y convencido al cabo el Habaquí, prometió hacer todo lo posible para traer al reyezuelo Aben—Abóo al acuerdo. No fió tanto Don Juan de estos tratos que se decidiese a suspender las operaciones de guerra, sino que la siguió, por el contrario, cruda y sangrienta por Terque, el río Almanzora y los Padules de Andarax. Mas al llegar a Santafé el 17 de abril, andaban ya tan adelantadas las negociaciones, que se decidió a publicar un bando preparando la reducción, cuyos principales artículos eran los siguientes:

«Prométese a todos los moriscos que se hallaren rebelados fuera de la obediencia y gracia de su majestad, así hombres como mujeres, de cualquier grado y condición que sean, que si dentro de veinte días, contados desde el día de la data de este bando, vinieren a rendirse y a poner sus personas en manos de su majestad y del señor Don Juan de Austria en su nombre, se les hará merced de las vidas, y mandará oír y hacer justicia a los que después quisieran probar las violencias y opresiones que habrán recibido para se levantar; y usará con ellos en lo restante de su acostumbrada clemencia, ansí con los tales, como con los que, demás de venirse a rendir, hicieren algún servicio particular, como será degollar o traer cautivos turcos o moros berberiscos de los que andan con los rebeldes, y de los otros naturales del reino que han sido capitanes y caudillos de la rebelión, y que, obstinados en ella, no quieren gozar de la gracia y merced que su majestad les manda hacer.

»Otrosí: a todos los que fueren de quince años arriba y de cincuenta abajo, y vinieran dentro de dicho tiempo a rendirse y trajeran a poder de los ministros de su majestad cada uno una escopeta y ballesta con sus aderezos, se les concede las vidas y que no puedan ser tenidos por esclavos, y que además desto puedan señalar para que sean libres dos personas de las que consigo trajeren, como sean padre o madre, hijos o mujer o hermanos; los cuales tampoco serán esclavos, sino que quedarán en su primera libertad o arbitrio, con apercibimiento que los que no quisieran gozar desta gracia y merced, ningún hombre de catorce años arriba será admitido a ningún partido; antes todos pasarán por el rigor de la muerte, sin tener dellos ninguna piedad ni misericordia.»

Esparciéronse millares de traslados de este bando por todo el reino de Granada, y desde el mismo momento comenzaron a presentarse moriscos en demanda de indulto, así en el campo de Don Juan como en el del duque de Sessa. Traían todos una cruz de paño o lienzo de color cosida en la manga izquierda, para que se les reconociese desde lejos y no les hicieran daño, según marcaba por contraseña uno de los artículos del bando. Mientras tanto, cumplía su palabra el Habaquí de alcanzar poderes de Aben—Abóo para someterse, y rogaba a Don Juan que nombrase comisionado para tratar la forma en que había de hacerse la sumisión del reyezuelo, la suya propia y la de los otros jefes cuyos poderes tenía. Avistáronse en Fondón de Andarax, el viernes 19 de mayo, los caballeros nombrados por Don Juan con el Habaquí y los suyos, y determinose que fuese éste en nombre de todos a echarse a los pies de Don Juan de Austria pidiendo misericordia de sus culpas, y le rindiese la bandera y las armas.

Salieron, pues, aquel mismo día para los Padules, donde Don Juan estaba acampado, el Habaquí y los caballeros comisarios, con trescientos escopeteros moros que aquél traía por escolta. Venía el Habaquí en un caballo argelino muy bien enjaezado a la usanza árabe; traía turbante blanco, caftán de grana y por todas armas una damasquina con muchas piedras preciosas; era hombre muy enjuto y de buen tipo, con barba rala que comenzaba ya a blanquearle. A su lado llevaba un alférez de la escolta la bandera de Aben—Abóo, de damasco turquesado con media luna en el asta, y unas letras que decían en arábigo: —No puedo desear más ni contentarme con menos— y seguían los escopeteros, puestos en orden a cinco por hilera. Tomáronles en medio cuatro compañías de infantería española que les estaban aguardando en el límite del campamento, y al pasar la línea entregó el Habaquí la bandera de Aben—Abóo al secretario Juan de Soto, que cabalgaba a su lado. En esta forma pasaron por entre los escuadrones de a pie y de a caballo, puestos en formación, que tocaban sus instrumentos y les hicieron una hermosa salva de arcabucería que duró un cuarto de hora.

Esperábale Don Juan de Austria en su tienda, rodeado de todos los capitanes y caballeros del ejército; hallábase armado de punta en blanco; teníale un paje la celada, y otro, al lado derecho, el guión de capitán general. Apeose el Habaquí enfrente de la tienda, y fuese derecho a echar a los pies de Don Juan diciendo:

—¡Misericordia, señor; misericordia nos conceda vuestra alteza en nombre de su majestad, y perdón de nuestras culpas, que conocemos haber sido graves! Y, quitándose la damasquina que llevaba ceñida, diosela en la mano, diciendo: —Estas armas y bandera rindo a su majestad en nombre de Aben—Abóo y de todos los alzados, cuyos poderes tengo—. Y al mismo tiempo arrojó Juan de Soto a los pies de Don Juan la bandera del reyezuelo.

Mirábale y escuchábale Don Juan con tan serena y apacible majestad en el rostro, que bien representaba la justicia y la misericordia que tenía a su cargo. Mandole levantar, y tornándole a dar la damasquina, díjole que la guardase para servir con ella a su majestad. Hízole después muchas mercedes y favor, y mandó a sus caballeros que igualmente se las hiciesen; llevole a comer aquel día en su tienda don Francisco de Córdoba, y al día siguiente el obispo de Guadix, que se hallaba en el campo.

Celebrose al otro día en el campamento la fiesta del Corpus Christi, con la pompa y solemnidad posibles en aquel desierto, y el regocijo natural en quienes creían concluida ya tan desastrosa guerra. A carros y brazadas traían los soldados las flores y hierbas aromáticas que tanto abundan por mayo en aquella feracísima tierra, para adornar el altar y la carrera que había de seguir el Santísimo Sacramento. Engalanaron con fragantes y hermosas guirnaldas la tienda en que se decía misa, que se levantaba en alto y como en una gran plazoleta en el centro del campamento, y plantaron en torno frescas alamedas y arcos de verdura con banderas y gallardetes. Habían tomado los soldados a punto de honra el adornar sus tiendas, y no quedaba una sola que no apareciese engalanada con guirnaldas, banderas y altaricos de distintas invenciones, encontrándose en muchas de ellas ricas telas y objetos preciosos procedentes de botines y saqueos. Llevaba la custodia el obispo de Guadix bajo un palio de brocado cuyas varas delanteras sostenían Don Juan de Austria y el comendador mayor de Castilla, y las de detrás don Francisco de Córdoba y el licenciado Simón de Salazar, alcalde de la casa y corte del rey; delante caminaban en dos hileras todos los frailes y clérigos que había en el campo, que eran muchos, y los caballeros, capitanes y gentileshombres con hachas y velas de cera ardiendo en las manos. Hallábanse formados de un cabo a otro del campamento todos los escuadrones de infantería y gente de a caballo con sus banderas desplegadas, y al pasar el Santísimo Sacramento doblaban la rodilla, humillábanse las armas, besaban el polvo estandartes y banderas, rompían las músicas en himnos marciales y atronaban los aires salvas de arcabucería que duraban lo menos un cuarto de hora.

«Predicó aquel día —dice Luis del Mármol— un fraile de San Francisco, el cual, con muchas lágrimas, alabó a Nuestro Señor por tan gran bien y merced como había hecho al pueblo cristiano en traer a los moriscos en conocimiento de su pecado; y sobre esto dijo hartas cosas con que se consoló la gente».

Mas eran, por desgracia, harto prematuros aquellos negocios y consolaciones; porque de allí a poco tornose atrás el traidor Aben—Abóo de todo lo pactado, y héchose fuerte en las Alpujarras. Comenzó a impedir con atrocidades y castigos la reducción de los moriscos que a bandadas corrían a someterse, y pidió nuevo auxilio a los reyes de Argel y Túnez. Ardiendo en ira Hernando de Habaquí, leal y honrado por su parte, fuese a las Alpujarras jurando reducir a Aben—Abóo, o traerle a presencia de Don Juan de Austria atado a la cola de su caballo. Mas el astuto moro supo armarle una celada en la que el leal Habaquí cayó incautamente, y diole traidora muerte, ocultando por más de treinta días el cadáver en un muladar envuelto en un zarzo de cañas.

Pocos fueron, sin embargo, los partidarios que quedaron a Aben—Abóo después de este crimen descubierto; y perseguido él sin tregua ni descanso, huía de cueva en cueva, viendo menguar siempre su gente, hasta quedar reducida ésta a poco más de doscientos hombres. Hartos ya y cansados también éstos, púsose de acuerdo Gonzalo el Xeniz, que era alcaide sobre los alcaides, con un platero de Granada que llamaban Francisco Barrado, para reducir de una vez a Aben—Abóo o quitarle la vida, pues era él la causa de que la perdieran tantos. Citó, pues, una noche el Xeniz a Aben—Ahóo en las cuevas del Bérchul, con pretexto de que tenía que platicar con él cosas que convenía a todos. Acudió Aben—Abóo solo, pues de nadie fiaba donde pasaba la noche. Díjole el Xeniz:

—Abdalá Aben—Abóo: lo que te quiero decir es que mires estas cuevas que están llenas de gente desventurada, así de enfermos como de viudas y huérfanos, y ser las cosas llegadas a tales términos, que si todos no se dan a merced del rey, serán muertos y destruídos, y haciéndolo quedarán libres de tan gran miseria.

Cuando Aben—Abóo oyó esto dio un grito que parecía se le arrancaba el alma, y echando fuego por los ojos, dijo:

—¡Cómo, Xeniz!... ¿Para esto me has llamado?... ¿Tal traición me tenías guardada en tu pecho?... ¡No me hables más, ni te vea yo!

Y diciendo esto fuese para la boca de la cueva; mas un moro que se decía Cubeyas asiole por detrás de los brazos, y un sobrino del Xeniz le dio con el macho de la escopeta en la cabeza y le aturdió y derribó al suelo; diole entonces el Xeniz con una losa y le acabó de matar. Tomaron el cuerpo, y envuelto en unos zarzos de cañas, lo llevaron atravesado en un macho a Bérchul, donde esperaban Francisco Barrado y su hermano Andrés. Abrieronle allí y le sacaron las tripas, henchiendo el cuerpo de sal para que no se pudriese ni hediera; pusiéronle montado en un macho de albarda, con una tabla delante y otra detrás por debajo de las vestiduras, de manera que parecía ir vivo. A la derecha iba el platero Barrado a caballo; a la izquierda, el Xeniz, con la escopeta y alfange del muerto; en torno, los parientes del Xeniz, con sus arcabuces y escopetas, y a retaguardia, Luis de Arroyo y Jerónimo de Oviedo, con un estandarte de caballos. De esta manera entraron en Granada con gran concurso de gente, deseosa de ver el cuerpo del tintorero del Albaicín, que osó llamarse rey de España; en la plaza de Bibarrambla hicieron salva los arcabuceros y otro tanto ante las casas de la Audiencia, contestando siempre la artillería de la Albambra. Salió el presidente, don Pedro Deza, y entregó el Xeniz la escopeta y el alfange de Aben—Abóo, diciendo que hacía como buen pastor, que no pudiendo traer a su amo la res viva, le traía el pellejo. Cortaron allí mismo la cabeza al cadáver, y, abandonando el cuerpo a los muchachos, que le arrastraron y quemaron luego, pusiéronla clavada en una jaula de hierro en la puerta del Rastro, frente al camino de las Alpujarras, con un rótulo debajo que decía:

Esta es la cabeza

del traidor de Aben—Abóo.

Nadie la quite

so pena de muerte.

Así acabó esta famosa guerra de los moriscos, próximo escalón por donde subió Don Juan de Austria a la cumbre de su gloria.

Libro tercero

I

Parecía aquello, por lo estrecho y desamparado, una prisión; por lo escaso y extraño del moblaje, con nada podía compararse, y por su forma triangular, lo macizo de sus muros y los restos que en ellos se veían de tapices arrancados, lujosas cornisas doradas y ricos artesonados de talla en el techo, parecía, y éralo, en efecto, el rincón de una suntuosa cámara que por comodidad o por capricho hubiérase aislado con un tabique. En el centro de este tabique divisorio levantábase un altar severísimo de oscuras maderas, sin más imágenes ni adornos que un gran Cristo de tamaño natural, cuyos lívidos miembros se destacaban con imponente realismo sobre el sombrío fondo: caíale sobre el pecho la moribunda cabeza, y su mirada agonizante iba a fijarse en el que se postraba a sus pies con expresión dulcísima de dolor y misericordia. En el rincón opuesto había una de esas arcas talladas del siglo XV, tan preciadas hoy y de escaso valor entonces; hallábase abierta y veíanse en su fondo muchos y terribles instrumentos de penitencia y algunos libros de rezo; apoyado en la pared había un banquillo de tijera cerrado, único asiento y único mueble que se veía en aquella singular estancia. Alumbrábala una gran lámpara de plata que ardía ante el altar, y a su reflejo dibujábanse vagamente los contornos de una extraña figura que se removía en el suelo, sobre las heladas baldosas, dejando escapar palabras entrecortadas y hondos gemidos.

Poco a poco comenzó a filtrarse la luz del alba por un estrecho ajimez abierto en uno de los muros, y entonces quedó perfectamente visible el solitario personaje: era un anciano de pronunciada nariz aguileña, blanca barba, que le caía sobre el pecho, y de tal manera enjuto y decrépito, que hubiérase podido decir de él lo que por aquel entonces decía Santa Teresa de San Pedro de Alcántara: que parecía hecho de raíces de árboles. Envolvíale una gran capa negra, y por debajo de ésta veíasele una especie de hopalanda blanca. Hallábase postrado ante el altar, sobre las frías baldosas, y retorcíase allí cual débil gusanillo, apoyando unas veces en el suelo la calva frente, alzando otras hacia el Cristo, sus enjutos brazos con ímpetus de amor y de angustia, como niño atribulado que implora el auxilio de su padre; veíasele entonces en la mano derecha un grueso anillo de oro con gran sello, que subía y bajaba siguiendo los movimientos del dedo como si estuviese ensartado en un enjuto sarmiento.

Era ya día claro cuando el anciano abandonó al fin su humilde actitud y arregló un poco el desorden de su traje, que no era otro sino un hábito de religioso dominico, cuyos anchos pliegues hacían aparecer aún más elevada su alta estatura. Dirigiose con paso firme a una puertecita que había en el tabique, casi oculta detrás del altar, y pasó por ella a la pieza contigua. Era ésta un suntuoso oratorio ochavado, cuyo altar correspondía exactamente al del zaquizamí donde oraba el viejo, que el rico sagrario de plata que encerraba el Santísimo Sacramento en el altar de fuera, caía en el de dentro a los pies del devoto Cristo. Una sola imagen, verdadera maravilla del arte, había en este suntuoso altar del oratorio: la famosa Madonna de Fra Angélico, conocida con el nombre de Salus infirmorum. Al lado del Evangelio levantábase un rico dosel de paño de oro con cojines y reclinatorio de lo mismo, y alineados, frente al altar, había otros cuatro reclinatorios de brocado, en los cuales oraban cuatro prelados con blancos roquetes vestidos sobre las sotanas violáceas y estolas bordadas al cuello. Sobre la mesa del altar, espléndidamente iluminado, veíanse dispuestos todos los ornamentos necesarios para celebrar el santo sacrificio de la misa.

Al entrar el viejo en el oratorio, levantáronse los cuatro prelados al mismo tiempo, inclinándose ante él profundamente, porque aquel anciano que momentos antes gemía como débil niño y se retorcía en el suelo como ruin gusanillo ante la imagen de Cristo, era nada menos que el vicario de Éste en la tierra; llamábase entonces en la cronología de los Pontífices romanos Pío Papa V, y llámase hoy, en el catálogo de los santos, San Pío V.

Arrodillose el Papa bajo el dosel y hundió la arrugada frente entre las enjutas manos por largo espacio de tiempo; luego, a una señal suya, acercáronse los cuatro prelados y comenzaron a revestirle los sagrados ornamentos para celebrar el santo sacrificio de la misa. Celebrolo el Papa con solemne pausa y devoción íntima y profunda, aunque nada revelaba al exterior las hondas emociones que pudiera sentir su alma. Mas al llegar al evangelio de San Juan sucedió una cosa extraña: comenzó a leerlo pausadamente, deteniéndose y marcando todas las palabras como quien comprende y saborea su significación profunda; y de repente, con el rostro transfigurado, y extraño y repentino temblor de todo el cuerpo y voz que no era la suya propia, pronunció aquellas palabras: Fuit homo missus a Deo, cui nomen erat Ioannes![17]... Detúvose un momento: volvió el rostro hacia la Virgen con la mirada perdida en el vacío como anegada en visiones celestiales, y repitió en tono de pregunta, humilde, sumiso, cariñoso, como de niño dócil que interroga a su madre: Fuit homo missus a Deo, cui nomen erat Ioannes?... Y con su voz propia ya, firme, resuelta, decidida, repetió por tercera vez: Fuit homo missus a Deo, cui nomen erat Ioannes!...

Desde aquel momento pareció como si quitasen de encima al santo Pontífice un peso enorme que le agobiara. Habíase ya estipulado la Liga santa contra el Turco entre la Santa Sede, la señoría de Venecia y el rey de España, gracias a los esfuerzos, la energía, la heroica paciencia y las fervientes oraciones de aquel débil anciano. Subían las fuerzas aprontadas por las tres potencias unidas a 200 galeras, 100 naves, 50.000 infantes, 4.000 caballos y 500 artilleros con aparatos y municiones. Calculábase el gasto de todo aquel ejército en 600.000 escudos mensuales, de los cuales pagaba la mitad España, dos sextas partes Venecia y la otra sexta parte la Santa Sede. Había el Papa nombrado general de su flota a Marco Antonio Colonna, duque de Paliano y gran condestable de Nápoles; Venecia puso al frente de la suya al anciano Sebastián Veniero, y el rey de España nombró general de todas las fuerzas de mar y tierra que aprontaba a su hermano Don Juan de Austria, que acababa a la sazón la guerra contra los moriscos.

Promulgó el Papa en persona los artículos de la Liga santa en el altar de San Pedro. Invadió el pueblo romano la inmensa basílica, y San Pío V, en pie ante el altar, y rodeado de los cardenales y embajadores extranjeros, leyó él mismo, con profunda emoción, el texto del documento. Entonó luego el Te Deum, y contestáronle treinta mil voces a un tiempo salidas de treinta mil corazones que se abrían a la fe y a la esperanza, porque los horrores cometidos por los turcos en la toma de Nicosia y el peligro que, a la sazón, corría Famagusta amenazada y toda la isla de Chipre hacían temer a la Europa entera que realizase Selim, si no se le iba la mano, el plan que había trazado Mahomet II y Solimán el Magnífico de apoderarse de Italia y destruir en ella el cristianismo.

Quedaba, sin embargo, por hacer todavía una cosa de esencial trascendencia, y esto era lo que traía agobiado al santo Pontífice por aquellos días en que le vimos orar y gemir en el solitario rincón que se había fabricado él mismo detrás de su oratorio, para ocultar a los hombres sus conversaciones con el cielo. Tratábase de nombrar a la armada de la Liga un generalísimo que supiese ser alma de tan gran empresa y hábil regulador de aquella difícil y complicada máquina en que toda la cristiandad tenía puestos los ojos y cifradas las esperanzas.

No se avenían en esto los aliados, y, como con harta frecuencia acontece en política, sobrepasándose los intereses personales y las vanidades heridas al noble y santo fin que anhelaba el Pontífice. Proponía éste a su general Marco Antonio Colonna, querían los españoles al suyo, Don Juan de Austria, y los venecianos, sin osar proponer a su general Sebastián Veniero, desechahan a Colonna por fracasado en la primera Liga; desechaban también a Don Juan de Austria por la impericia que suponían en sus veinticuatro años, y proponían al duque de Saboya, Manuel Filiberto, o al duque de Anjou, que fue luego Enrique III de Francia, y no había dado aún las muestras que dio más tarde de su ineptitud y de sus vicios. Hacían fuerza en el ánimo del Pontífice los argumentos contra la edad juvenil de Don Juan, e inclinábase al duque de Anjou, por si acaso podía su nombramiento conquistar el apoyo que ya le había negado su hermano el rey de Francia. Pasábase, sin embargo, el tiempo en dudas y vacilaciones, propuestas y repulsas, hasta que decidieron al fin los aliados dejar el nombramiento al arbitrio absoluto del santo Pontífice, sin que por eso renunciase ninguno a poner cuantos medios estaban a su alcance para inclinar en favor suyo el ánimo del augusto anciano.

Estaba, sin embargo, la santa diplomacia de éste muy por encima de las cábalas humanas para que pudiese la intriga torcer sus rectos fines; acudió, pues, San Pío V a la oración y a la penitencia por tres días consecutivos, como era su humilde costumbre en las circunstancias difíciles, y al cuarto, que fue en el que le presentamos diciendo misa ante la Madonna de Fra Angélico, convocó por la mañana a los cardenales Granvela y Pachero y a don Juan de Zúñiga, delegados del rey de España, y a Miguel Soriano y Juan Soranzo, embajadores de Venecia, y declaroles terminantemente y sin rodeos, y contra su anterior dictamen, que nombraba generalísimo de la Liga santa al señor Don Juan de Austria.

Torcieron el gesto los venecianos; mas el sagaz Granvela atajoles el único argumento que podían poner en contra, diciendo él mismo:

—Santísimo Padre, ¿a pesar de sus veinticuatro años?...

A lo cual respondió San Pío V con gran firmeza:

—A pesar de sus veinticuatro años.

Diéronse entonces por vencidos los venecianos; mas todavía pusieron por condición que el generalísimo debería consultar en los casos de importancia a sus dos colegas, y desde aquel momento subordinados, Marco Antonio Colonna y Sebastián Veniero.

Accedió el Pontífice, encogiéndose de hombros, como si diese al hecho poca importancia, y firmó al otro día el nombramiento de Don Juan que le presentaba el cardenal Granvela, repitiendo con la profunda seguridad que dan a las almas santas las luces del cielo:

Fuit homo missus a Deo, cui nomen erat Ioannes...

II

Escribió al punto San Pío V un Breve a Don Juan de Austria notificándole su nombramiento, dándole prisa para trasladarse a Italia y ordenar la flota, y diciéndole que desde aquel momento le miraba como a hijo, que como padre cuidaría de su acrecentamiento y le reservaba, desde luego, el primer reino que se conquistara al Turco, que no desechara un momento de la memoria la gran empresa que tomaba a su cargo, y que contase con el triunfo, porque en nombre de Dios él se lo prometía.

Envió el Papa este Breve a Don Juan de Austria con el cardenal Alejandrino, su legado a latere cerca de Felipe II, y portador al mismo tiempo de graves misiones para los reyes de Portugal y de Francia. Era el cardenal Alejandrino Miguel Bonelli sobrino de San Pío V y muy mozo aún; mas de tal sagacidad, prudencia y tino en el manejo de los negocios, que poseía toda la confianza del Pontífice y habíale nombrado éste su secretario de Estado. Quiso, sin embargo, el Papa autorizar la juventud de Alejandrino en aquella embajada con las canas y autoridad de los que le acompañasen, y envió en su comitiva a Hipólito Aldobrandini, que luego fue Clemente VII, y a Alejandro Rierio, Mateo Contarelli y Francisco Tarugi, poco después cardenales. Desembarcó en Barcelona toda aquella lucida y docta comitiva, y allí encontraron esperándoles al nuncio, Juan Bautista Castagna, que fue luego Papa con el nombre de Urbano VII, y al general de los dominicos, Vicente Giustiniani. Esperaban también al legado, en nombre del rey, don Hernando de Borja, hermano del duque de Gandía, y en nombre de Don Juan de Austria, su caballerizo mayor, don Luis de Córdoba.

Mas sucedió que mientras desembarcaba en Barcelona el legado de San Pío V llegaron a España por diversos conductos las desoladoras noticias de la rendición de Famagusta, la muerte atroz de Marco Antonio Bragadino y las horrendas traiciones llevadas a cabo por Mustafá con aquellos heroicos vencidos. Sesenta y cinco días había hecho frente Famagusta al tremendo empuje de las 250 galeras que bloqueaban la isla y los 120.000 turcos con que apretaba Mustafá los muros de la infeliz ciudad, que sólo tenía para defenderse 4.000 soldados italianos, 200 albaneses, 800 caballos y unos 3.000 cipriotas entre aldeanos y pescadores. Hasta que, destrozados al cabo y faltos de víveres, hizo el valiente Marco Antonio Bragadino, gobernador de la plaza, el recuento de las fuerzas que le quedaban, y encontrose tan sólo con 1.700 soldados, 1.200 cipriotas entre enfermos y heridos, víveres para dos días, siete barriles de pólvora y 120 cargas de cañón.

Pensose entonces en capitular, y acogió Mustafá benignamente las primeras insinuaciones que de ello se le hicieron, colmando de elogios y de presentes a los oficiales que fueron a proponerle la capitulación. Pedían los sitiados que sus oficiales y gente de guerra fueran conducidos a la isla de Candía con sus armas y bagajes. Que los turcos suministrasen las galeras para el transporte de las tropas. Que los habitantes de Famagusta conservasen sus bienes y se les permitiera el libre ejercicio de su religión. Asintió a todo Mustafá, y aun quiso que se llevasen los soldados cinco cañones y tres caballos escogidos como testimonio de su heroica defensa. Firmáronse las capitulaciones por ambas partes, y acto continuo comenzaron a embarcarse los soldados cristianos en las galeras de los turcos.

Al día siguiente salió Bragadino de Famagusta para entregar las llaves a Mustafá, que le esperaba en su tienda. Iba en un magnífico caballo precedido de trompetas con armadura de gala, sobreveste de púrpura y un quitasol de escarlata que sostenía un escudero sobre su cabeza. Seguíanle los principales jefes y caballeros hasta sumar unos veinte. Recibiólos Mustafá en su tienda con mucha cortesía; hizo sentar a Bragadino a su lado, en el mismo diván, y hablole largo rato de los incidentes del sitio. Mas de repente arrojó la máscara y descubrió su negra perfidia; comenzó reprochando al general veneciano haber dado muerte a varios prisioneros turcos en tiempo de tregua, y con grosera altanería y vehemencia preguntole luego:

—¿Y qué garantías me das tú, cristiano, para seguridad de los barcos, que llevan tus gentes a Candía?...

Indignó a Bragadino esta pregunta, que era un ultraje hecho a la lealtad de Venecia, y contestó que aquella injuriosa sospecha debió de manifestarse antes de firmar las capitulaciones. Levantose entonces Mustafá enfurecido, y a una señal suya, que debió estar de antemano convenida, lanzáronse sus guardias sobre Bragadino y sus compañeros y les cargaron de cadenas. Había ante la tienda de Mustafá una ancha explanada, y en ella les fueron degollando uno a uno con tal rabia y violencia, que la sangre salpicó más de una vez la sobreveste de púrpura de Bragadino; por tres veces hicieron arrodillar a éste sobre el tajo para cortarle la cabeza, y otras tantas le retiraron por el solo gusto de angustiar su ánimo, contentándose al fin por entonces con quebrarle los dientes, cortarle la nariz y las orejas y arrancarle las uñas.

Mientras tanto, arrojábase la marinería turca sobre los soldados y oficiales cristianos embarcados ya en las galeras, quitábanles las armas y atábanles a los bancos para convertirlos en esclavos remeros. Por doce días abrumaron los feroces turcos al noble Bragadino a fuerza de tormentos. Azotábanle todas las mañanas atado a un árbol, y con dos cestas de tierra colgadas al cuello hacíanle trabajar en aquellos mismos baluartes que el ilustre general supo defender con tan heroico denuedo; cuando encontraba a Mustafá al paso, obligábanle los soldados a postrarse de rodillas y besar el suelo con sus labios mutilados.

Convirtió Mustafá en mezquita la catedral de Famagusta, y para celebrar tan sacrílega ceremonia, mandó traer a su presencia al mártir Bragadino. Hallábase Mustafá sentado en el altar mayor, sobre el ara misma, y condenole desde allí a ser desollado vivo, gritándole con diabólica rabia:

—¿Dónde está tu Cristo?... Mírame sentado en su altar... ¿Por qué no me castiga?... ¿Por qué no te libra?...

Nada contestó Bragadino, y con la serena majestad del mártir púsose a rezar el Miserere. Comenzaron a desollarle por los pies, temerosos de que no pudiera soportar todo el suplicio vivo, y así sucedió, en efecto; al llegar los verdugos a la cintura, y mientras el heroico mártir pronunciaba aquellas palabras cor mundum crea in me, Deus, tuvo un estremecimiento horrible y se quedó muerto. Rellenaron la piel de heno y la izaron en la verga de una galera para que toda la chusma pudiera contemplarla.

Estas horribles noticias sembraron por todas partes la consternación y el espanto, y más principalmente en Italia y en España, porque el monstruo otomano, con las sangrientas garras clavadas aún en la destrozada Chipre, levantaba ya la cabeza y paseaba la mirada por toda Europa buscando nueva presa en que saciar su furor y su codicia. Italia y España eran las más expuestas al nuevo envite de la fiera, con la cual ningún imperio de entonces podía luchar con ventaja solo, y por eso acogiose en ellos la Liga santa con el entusiasmo y el ansia de quien encuentra manera de conjurar un peligro próximo; y por eso también la llegada del cardenal Alejandrino considerose en España como una embajada del cielo que viniera a conferir, para defender el reino, la espada invencible del arcángel al más amado de sus príncipes, cual era Don Juan de Austria.

El viaje del legado desde Barcelona a Madrid fue, por tanto, una verdadera y continua marcha triunfal, y su entrada en la corte uno de esos acontecimientos que hacen época en un pueblo. Hospedose preventivamente la embajada pontificia en el convento de Atocha, mientras no se disponía su entrada oficial en la villa. Vino al otro día a visitar al legado en nombre del rey el príncipe Ruy Gómez de Silva, acompañado de todo lo grave y principal de la corte, con muchas galas y joyas, y dos horas después llegó con el mismo objeto Don Juan de Austria con los cuatro archiduques, Rodolfo, Ernesto, Alberto y Wenceslao, hermano de la reina Doña Ana, cuarta mujer de Felipe II. Holgose mucho el legado de conocer a Don Juan, y conversó con él más de media hora, dándole siempre el tratamiento de alteza, lo cual desagradó a Felipe II y fue causa de que avisase secretamente a todas las cancillerías que no diesen ese tratamiento a su hermano, pues que él no se lo había concedido.

Fijose para el día siguiente la solemne entrada del legado, y levantose a este propósito junto al Hospital de Antón Martín, y frente al postigo de este nombre, un gran cadalso que cogía todo lo ancho de la calle, con cinco extensas gradas para subir, todo ello de ricas alfombras. Aderezose en medio del tablado un altar con los tapices y adornos más ricos que había en Palacio, y detrás una cámara muy suntuosa para descanso y desahogo del legado, pues desde allí había de presenciar el desfile de toda la clerecía y religiones de Madrid y su comarca, que vendrían a recibirle y darle la obediencia. A las dos salió Don Juan de Austria de su casa en carroza y dirigiose al convento de Atocha para recoger al legado y entrar en su compañía por el postigo de San Martín; acompañábalo toda su servidumbre alta y baja, de gran gala, y vanos grandes y caballeros de la corte que para más autorizarle le envió el rey. Era Don Juan amadísimo del pueblo de Madrid, y recalcando entonces su entusiasmo con el nombramiento de generalísimo y las esperanzas que la cristiandad entera cifraba en el valeroso príncipe, esperábale a su salida un gran concurso de gente que rodeó al punto su carroza y le acompañó hasta Atocha aclamándole y voceando. Subió el legado en la carroza de Don Juan con manto cardenalicio, calada la capilla de éste y puesto encima el capelo, y de tal manera creció entonces el entusiasmo del pueblo y con tal fervor le aclamaban a Don Juan, al legado y al Papa, que, no acostumbrado Alejandrino a semejantes entusiasmos, asustose primero y lloraba después de júbilo, echando bendiciones sin cesar a diestro y siniestro, deseoso de demostrar su agradecimiento.

Subía ya la procesión por la calle de Atocha cuando llegó Alejandrino al tablado, y sentose en el sitial de terciopelo que le tenían puesto al lado del Evangelio; rodeáronle muchos monseñores, prelados y caballeros de su casa, y púsose a su derecha, un poco hacia delante, un protonotario apostólico con el guión pontificio, que era de damasco blanco, con la tiara y las llaves por un lado y un Cristo en la cruz por otro. A la derecha e izquierda del sitial, y en las gradas del tablado, dábanle guardia, como a persona real, soldados de la española y la alemana. Comenzaron entonces a desfilar por delante del tablado las cofradías con sus estandartes, los religiosos con pendones y las parroquias con sus cruces y clerecía; traían muchas de éstas de los lugares vecinos sus danzas ministriles y juegos de chirimías, y acompañaban a otras alcaldes, regidores y alguaciles, todos con varas altas. Hacían al pasar reverencia al altar primero y luego al legado, y contestaba éste dándoles la bendición.

Tan bien calculó el rey el tiempo y la distancia, que en el momento en que salía la procesión por un lado de la plaza entraba él por el otro en carroza, seguido de su guardia española y tudesca y de la de los cien archeros nobles. Dirigiose el rey al altar y salió al encuentro el legado, quitándose el capelo y la capilla del manto, a lo cual correspondió Don Felipe haciéndole cortesía con el sombrero en la mano. Cruzáronse entre los dos corteses y muy pulidas razones de bienvenida, y montando a caballo Don Felipe y Don Juan de Austria y el legado en una hermosa mula con gualdrapa de terciopelo carmesí que le presentaba la Villa, dirigiose la comitiva a Santa María para cantar el Te Deum y prolongar la llegada del legado.

Abrían la marcha doce trompetas y la recámara; los caballos de respeto encubertados de terciopelo carmesí con franjas y guarniciones de oro, frenos y sillas de mucho valor, con sus tellices; la cámara de la familia y oficiales, lacayos y pajes con sus valijas de terciopelo carmesí guarnecidas de oro. La casa del legado, y después de ella los alcaldes de corte; muchos caballeros particulares y de las órdenes, los gentiles—hombres de la boca y de la cámara y gran concurso de títulos y señores naturales y extranjeros. Seguían los caballerizos y mayordomos del rey, de la reina, de la princesa y de Don Juan de Austria, y entreverados con ellos en diferentes hileras, los caballeros seglares y prelados eclesiásticos que habían venido con el cardenal Alejandrino.

Abríase luego un corto espacio vacío, y en medio iba a caballo y vestido de morado un protonotario con el guión pontificio; precedíanle dos lictores y seguíanle otros dos, con la librea del legado, llevando los fasces de los antiguos cónsules romanos, concedidos a los Papas por el emperador Constantino en señal de suprema reverencia. Escoltaban al guión dos maceros de Alejandrino y cuatro del rey con sus cotas y mazas coronadas, y venían luego los grandes en tan subido número, que pocas veces se habían reunido tantos de ellos en ninguna otra ceremonia.

Detrás venía Don Juan de Austria, y a unos veinte pasos, el rey, dando la derecha al legado; mas ya fuese casual o intencionadamente, sucedió que al entrar en la calle del León vino a quedar Don Juan rezagado a la izquierda del rey, y así prosiguieron su camino los tres en hilera departiendo amigablemente, lo cual era tan extraño y desacostumbrado en la rígida etiqueta observada siempre por Don Felipe, que se interpretó como honra pública que hacía el rey al generalísimo de la Liga santa, y fue acogida y celebrada por el pueblo entero con grandes aplausos y recrudecimiento de vítores y entusiasmos.

En el pórtico de Santa María despidiose el rey del legado sin apearse; quitose el sombrero con grande cortesía, y el legado correspondió desde su mula quitándose a su vez la capilla y el capelo. Cantose entonces en el histórico templo el Te Deum y el Regina caeli laetare; dio Alejandrino la bendición desde el lado de la Epístola, y un protonotario anunció después al pueblo desde el centro del altar que el ilustrísimo señor cardenal Alejandrino, sobrino del muy Santo Padre y Señor Pío V, venía a estos reinos de España por legado a latere de Su Santidad, y concedía doscientos años de perdón a los presentes.

Diose con esto por terminada la ceremonia, y Don Juan de Austria subió de nuevo a su carroza con el legado y acompañole al alojamiento que le tenían dispuesto, que era en las casas de don Pedro de Mendoza, donde moraron después los presidentes de Castilla.

III

Una vez decidida y fijada la marcha de Don Juan, pensó éste, lo primero, en despedirse de doña Magdalena de Ulloa. Ni los años, ni los naturales deslumbramientos del triunfo y de la gloria, ni las sombrías nieblas que, por el contrario, traen consigo la desilusión y el desencanto, lograron nunca amortiguar en Don Juan su tierno amor a doña Magdalena; allá, en lo más hondo y noble de su corazón, junto a la fe religiosa que tan fecunda y pujante arraigó en su alma en Villagarcía, y la lealtad caballeresca, intransigente y robusta, aprendida en don Luis Quijada, y la caridad activa y práctica inculcada por la misma Ulloa, vivió siempre como cimiento casi de éste, por decirlo así, alcázar y fortaleza de su grande alma, el cariño a doña Magdalena, a su tía, tierno, confiado, respetuoso, verdadero resto del Jeromín antiguo que pasó al Don Juan que llenaba el mundo con su fama y vivió y floreció siempre en él como vive y florece eternamente en todo pecho leal la fragante flor del agradecimiento.

Hacía Don Juan verdadero alarde de su amor y gratitud a doña Magdalena de Ulloa, y en cuantos documentos de él quedan brotan estos alardes tan espontáneos y naturales como brota el manantial puro y cristalino por la primera rendija que le ofrece salida. Escribía Don Juan al marqués de Sarri poco después del triunfo de Lepanto: «De que a mi tía le aya cabido tanta parte de contentamiento como mostró de la buena nueva, soy yo bien cierto, pues an de ser comunes nuestras buenas fortunas, no haviendo hijo que más deva a su madre de lo que yo devo a ella.» Y algún tiempo después escribíale también a Jacobo Boncompagni, hijo de Gregorio XIII, recomendándole por medio de Carlos Sanz un asunto de doña Magdalena: «Ninguna cosa me toca desear tanto por nadie como lo que dirá a vuestra señoría Carlos Sanz por una señora a quien tengo por madre propiamente, pues fue quien me crió muchos años en su casa, y ansí pido a vuestra señoría con mayores veras que podría encarecer tome por tan propia esta causa como en efecto lo es mía, pues lo es tanto como la que más pueda tocarme. Y ansí me haga gracia de decirlo a Su Sanctidad para que entienda la merced que me hará en lo que pido, y la que rescibiré de vuestra señoría en procurarlo y avisarme con toda brevedad de la que me habrá hecho

Escribió, pues, Don Juan a doña Magdalena noticiándole su nombramiento de generalísimo y suplicándole al mismo tiempo señalase el lugar a que podría ir él para recibir su bendición y despedirse de ella. Proponíale, como otras veces había hecho, que saliese de Villagarcía, donde a la sazón se hallaba, al convento del Abrojo o al de la Espina, donde, sin entrar en Valladolid, acudiría él a visitarla. Cosa extraña, por cierto, y cuya causa desconocemos, la de que en ninguna de las varias visitas que hizo Don Juan a doña Magdalena quisiera entrar en Valladolid ni detenerse en Villagarcía, sino se reuniesen ambos en uno de aquellos conventos.

El correo mismo que llevó la carta de Don Juan trajo la respuesta de doña Magdalena: que ella vendría a Madrid para darle la bendición que pedía y el abrazo que deseaba y otros mil abrazos y bendiciones que por cuenta suya propia deseaba darle. Mandó, pues, Don Juan, muy regocijado, preparar las habitaciones que siempre tenía reservadas en su casa para doña Magdalena, que estaban, independientes y cómodas, en uno de los dos torreones que flanqueaban el palacio; era éste, como ya dijimos, el del conde de Lemus, en la plazuela de Santiago, capaz y suntuoso, con dos pisos y dos torres en sus extremos, muy semejante a la de Luján, que se conserva hoy en la plaza de Villa.

No habían vuelto a verse Don Juan y doña Magdalena desde la muerte de Luis Quijada, y quedó aquél tristemente impresionado de la profunda alteración operada en ésta; porque no era ya doña Magdalena la hermosa y elegante dama de que tanto se enorgulleció el buen Luis Quijada en las fiestas y solemnidades de la corte. La muerte de éste libró a doña Magdalena de la obligación que como dócil esposa tenía de contemporizar con sus gustos, inocentes vanidades y exigencias del rango; y libre ya de todo respeto humano, habíase entregado de lleno a los santos impulsos de su virtud austera.

Existen dos retratos de doña Magdalena de Ulloa que marcan perfectamente estas dos fases de su vida. Consérvase uno en la iglesia de San Luis, de Villagarcía, y otro en la de San Isidoro, de Oviedo, fundaciones ambas de la noble dama. Vésela en el primero en todo el esplendor de su juventud y su hermosura, que era extraordinaria; su traje es suntuoso; sus alhajas, riquísimas; su actitud, señoril y modesta al mismo tiempo; es la gran señora que oculta bajo sus terciopelos y encajes las austeras virtudes de la santa. En el segundo viste ya el severo traje de las viudas del siglo XVI, en todo igual al de muchas religiosas de nuestros días; su hermosura aparece ya ajada por los años, las penitencias y las vigilias; su monjil es de anascote basto, con ancha cotilla y menudos tableados en la cintura; no luce joya alguna, ni se ve nada blanco en su traje, como no sea la toca y el rostrillo que circunda su pálido rostro; su actitud es humilde, pero al mismo tiempo noble, señoril y hasta elegante: es la santa que no logra disfrazar del todo, bajo sus lutos y estameñas, el porte y la dignidad de la dama de alto rango.

Esta última doña Magdalena, humilde y enlutada, fue la que recibió Don Juan en sus brazos al apearse de su litera en el antiguo palacio de la plazuela de Santiago. Estrechole la señora largo tiempo sobre su corazón sin decir palabra, y le hizo luego la señal de la cruz sobre la frente, como tenía costumbre de hacer en otro tiempo a Jeromín al levantarle y acostarle. Apoderose Don Juan de aquella mano bienhechora y besola repetidas veces, con gran enternecimiento de todos los presentes, que no eran sólo los fieles servidores de Villagarcía que acompañaban a doña Magdalena, sino toda la servidumbre de Don Juan, que como a verdadera madre de éste salió a recibirla.

Sabía doña Magdalena que de algún tiempo atrás levantaba la envidia contra Don Juan mezquinas murmuraciones y habíaselo avisado a éste con verdadera solicitud y alarma de madre. En la respuesta de Don Juan a esta carta de doña Magdalena, única aquélla que se conserva de tan interesante correspondencia, vese palpitar aún la noble confianza en el pecho del mancebo y la tranquilidad de su conciencia. Después de varias razones en que se nota esto, añade: «Díceme vuestra merced, haciéndomela muy grande, que mire lo que hago, por tener aora todos puestos en mí los ojos, y que no sea tan galán, sino que antes evite todas las ocasiones de que podría ser dañado. De nuevo beso las manos de vuestra merced por la que me hace, de lo cual le suplico que no se canse. A esto, señora, respondo con la pura verdad de que soi tan amigo, y doy a Nuestro Señor infinitas gracias que desde que mi tío y padre[18] me faltó he procurado siempre vivir como ausente de quien tanto bien me hacía, y así creo que no me he gobernado tan mal ni trabaxado tan poco que considerado esto haya quien afirme lo contrario... Galas, aunque bien quisiera usarlas, el trabaxo de nueve meses de campaña no diera lugar a destruirme, quanto más señora, que no todos los tiempos y condiciones son unas, antes veo que en gentes de razón y no brutas se mudan, juntamente con la edad; si otras hay en el mundo que para decir mal travan de que quiera, no me espanto, que de Dios dixeron y murmuraron, y aun vuestra merced me escrive que llega esto a tanto que no de mí osa preguntar: de manera que, en cuanto a esta parte, los santos no viven seguros de las vexaciones de este mundo, en el qual procuraré de regirme lo más conforme al parecer de vuestra merced, que yo supiere, a quien suplico me guarde siempre un oído porque a nadie quiero ni debo satisfacer tanto como a quien debo la crianza que en mí hizo y el estado que agora tengo, que esto reconoceré yo aun en la sepultura. Suplico a vuestra merced perdone discurso tan largo, pues las invenciones deste siglo bastan a causar lo que el hombre menos pensaba, y que me haga saber si las de la señora abadesa[19] llegan a tanto que inquieten mucho la justa de vuestra merced

Herían estas murmuraciones a doña Magdalena más que si contra ella misma se dirigiesen, y su deseo de defender a Don Juan y advertirle y aconsejarle fue la principal razón de su venida a la corte, pues parecíale todo eso más fácil viniendo ella a visitarle reposadamente que esperando una visita suya de paso, que tendría que ser por necesidad presurosa y agitada. Tranquilizó Don Juan a doña Magdalena, abriéndole su corazón por completo. Nacían, según él, aquellas murmuraciones del marqués de los Vélez y del de Mondéjar, heridos ambos en su amor propio, y muy en especial el primero, por el triunfo de Don Juan sobre los moriscos, que ellos no habían podido dominar con más tiempo, más dinero y más medios de acción. Mas aquellas murmuraciones no habían hecho mella en el ánimo del rey, pues, según Don Juan, mostrábasele éste amantísimo hermano, dábale muestras de confianza tan positivas como su nombramiento de general de la flota, y su solicitud paternal en consejos e instrucciones llegaba hasta el punto de haberle dado dos días antes un gran pliego corregido de su mano en que le explicaba los tratamientos y fórmulas que había de usar en su correspondencia con toda clase de gentes, desde el Papa y los reyes hasta los más modestos consejeros y priores de las Órdenes[20]. Preguntole entonces doña Magdalena si a los nombres de Mondéjar y los Vélez no había que añadir otro no tan ilustre, pero ya en aquel tiempo más poderoso: Antonio Pérez.

Rechazó Don Juan la sospecha vivamente: Antonio Pérez había sido siempre uno de sus más entusiastas amigos. No insistió más doña Magdalena, porque hablaba más por inspirado instinto de su discreción que por pruebas seguras que tuviese. Atreviose, sin embargo, a repetir, sonriendo, un proverbio italiano, que aplicaba Luis Quijada a cada paso a los melosos embustes y disimulos de la corte: Qui non sa fingersi amico, non sa essere inimico. Lo cual impresionó a Don Juan por salir de boca de doña Magdalena, aunque no tanto, desgraciadamente, como merecía aquel grito de alarma instintivo, que fue, sin duda, inspiración del cielo. Hablole luego Don Juan de otra persona, que era en aquel momento para él espina dolorosa que se le clavaba en el alma: de su madre, Bárbara Blombergh. La frivolidad y vida poco decorosa de esta señora allá en Flandes, donde residía, comenzaba a disgustar al gran duque de Alba, gobernador de aquellos Estados; pensaba ya en tomar con ella alguna medida violenta, pues no atendía a prudentes razones, y la solución preferida por Don Juan era que la trajesen a España, saliese doña Magdalena a recibirla y se constituyese en su ángel de la guarda.

Contristada doña Magdalena al verle tan afligido, prometiole cuanto deseaba, y así lo cumplió, en efecto, como más adelante veremos; y para distraerle entonces de aquellos pensamientos que tanto le amargaban, mostrole alegremente las ricas gorgueras y camisas finísimas que le traía de regalo; porque una de las ternezas de doña Magdalena para Don Juan de Austria fue que jamás se puso éste ropa alguna blanca que no hubiese cosido con sus propias manos la noble dama. Trabajaba en ello de continuo, y enviábale luego grandes paquetes, cuidadosamente dispuestos, dondequiera que se encontrase.

Entraron a saludar a Don Juan los fieles servidores de doña Magdalena, que le habían conocido en Villagarcía pequeñito. Venían el viejo contador Luis de Valverde, los dos escuderos Juan Galarza y Diego Ruiz, y la primera dueña de honor, doña Petronila de Alderete; la otra dueña Alderete, doña Isabel, habíase quedado en Villagarcía al cuidado de Doña Ana de Austria. Entró delante la dueña muy turbada, y púsose de rodillas ante Don Juan para besarle la mano; mas éste, entre conmovido y risueño, y amigo siempre de donaires, levantó en vilo a la flaca vieja cual si fuese una pluma, estrechándola entre sus brazos, y al verse cruzar ella el espacio tan cerca de su niño Jeromín atreviose a posar al vuelo sus bigotudos labios sobre la tersa y noble frente del futuro vencedor de Lepanto... ¡Qué gozo para su alma aquel abrazo de su Jeromín querido!... ¡Y qué honra, qué gloria tan grande la de haber besado la frente de aquel príncipe augusto a quien ella —¡ella misma y no la otra Alderete!— había cosido y probado sus primeros gregüescos!...

Durole la satisfacción a la buena vieja hasta el fin de sus días, y en su testamento, hecho tres años después en Villagarcía, dejaba a Don Juan los ahorros de toda su vida, trescientos veintitrés ducados, para rescatar cautivos de Lepanto que dieran gloria al señor Don Juan y rogasen por su alma.

IV

Salió Don Juan de Austria de Madrid para embarcarse en Barcelona el miércoles 6 de junio de 1571, a las tres de la tarde. Acompañábanle solamente su caballerizo mayor, don Luis de Córdoba; don Juan de Guzmán, gentilhombre; el secretario, Juan de Soto; el ayuda de cámara, Jorge de Lima; un comprador, un cocinero, dos don Juanillos, o mozos de pasatiempo; dos correos, un guía y tres criados, que formaban un total de quince caballos. El resto de su acompañamiento y servidumbre habíalo dividido en dos grupos, uno que le precedía con su mayordomo mayor, el conde de Priego al frente, y otro que le seguía, presidido por el sumiller de Corp, don Rodrigo de Benavides. Habíalo dispuesto así Don Juan para salir de la corte más inadvertido y evitar las manifestaciones de amor y entusiasmo de los madrileños, que harto conocía él no ser del agrado de determinados personajes. Fue, sin embargo, inútil su prudencia, porque advertido el pueblo de su marcha comenzó a rondar desde por la mañana la plazuela de Santiago, acechando la salida, y al llegar Don Juan a la puerta de Guadalajara era tan compacta la muchedumbre, que rebosaba en el campo y se extendía formando calle a lo largo del camino.

Existía aún la suntuosa puerta romana llamada de Guadalajara, con sus fortísimos cubos de pedernal, unidos por encima del enorme arco con barandas y balaustres de la misma piedra dorada. Encima de este arco, y sobresaliendo gallardamente entre ambas torres, había una lujosa capilla con dos altares; venerábase en uno la imagen de Nuestra Señora llamada la Mayor, y en el otro la del Ángel de la Guarda, con una espada desnuda en la mano derecha y un modelo de Madrid de relieve en la izquierda. Acostumbraban a orar allí todos los caminantes, y siguiendo la general costumbre, apeose Don Juan y subió a la capilla, asomose después a la baranda para saludar al pueblo, que por uno y otro lado le aclamaba, y fue tal la gritería de bendiciones, despedidas y vivas entusiastas, que, según un escritor de la época, retumbó harto más de lo que fuera menester en las orejas torcidas de algunos.

Durmió aquella noche Don Juan en Guadalajara, en el palacio del duque del Infantado, donde le esperaba éste con sus hermanos don Rodrigo y don Diego de Mendoza, su cuñado, el duque de Medina de Ríoseco y el conde de Orgaz, que eran sus más íntimos amigos. Detúvose allí el jueves, y el viernes, después de comer, prosiguió su camino con más priesa y coraje —dice Van der Hammen— del que quisieran los que le seguían. Caminaba Don Juan, en efecto, con el corazón ligero y gozoso, y hacíasele largo aquel camino que le separaba de sus ensueños de gloria. Su ciega confianza en doña Magdalena de Ulloa y en sus promesas había disipado los negros temores que le inspiraba el porvenir de su madre, y la cariñosa despedida del rey, su hermano, y sus paternales y prudentes advertencias hiciéronle creer que las murmuraciones y hablillas de sus émulos no habían hecho mella en el ánimo reposado del severo monarca. Tranquilo, pues, Don Juan sonreía a la fortuna como le sonreía a él la vida y le sonreían, sobre todo, sus veinticuatro años, y corría tras ella recibiendo por todas partes honores y ovaciones, y, lo que llenaba y satisfacía más su corazón, sinceras muestras de amor y de aprecio.

Alcanzole en Calatayud un correo que le traía un Breve del Papa y cartas de Marco Antonio Colonna, general de la flota pontificia, y del cardenal Granvela, virrey interino de Nápoles, urgiéndole todos ellos su llegada a Mesina, que era el punto de reunión de toda la armada de la Liga. Detúvose dos días en Montserrat para visitar el célebre santuario de la Virgen, y el sábado 16 de junio entró en Barcelona, a las cinco de la tarde, entre las salvas de artillería de mar y tierra, el repique atronador de las campanas y las aclamaciones de una multitud inmensa. Recibiéronle el prior, don Hernando de Toledo, que era virrey de Cataluña, con todos los magistrados de la ciudad y la nobleza catalana, y el comendador mayor, don Luis de Requeséns, lugarteniente de Don Juan en la mar, que desde tres días antes estábale allí aguardando. Rebosaba aquella gran ciudad la alborotada y ruidosa animación propia de un puerto de mar en vísperas del embarque colosal que preparaban. Afluían a bandadas por mar y por tierra soldados aventureros y de reenganche, largas cuerdas de galeotes destinados a remar en las galeras, nobles caballeros voluntarios con brillantes comitivas, obreros de otros arsenales venidos a trabajar en aquellos astilleros, mercaderes de toda especie, buhoneros ambulantes, frailes a caza de almas, mujercillas en busca de granjerías y curiosos que henchían las calles y embarazaban los muelles, atestados de cajas de víveres y municiones, montones de armas y piezas de artillería que esperaban embarque.

Hallábase Don Juan en su elemento, y con su inteligente y ordenada actividad comenzó desde el primer instante a recibir informes y tomar las medidas necesarias para apresurar el embarque. Reunió en Consejo al comendador mayor, al virrey de Cataluña y al secretario, Juan de Soto, y decidiose lo primero enviar aviso urgentísimo al marqués de Santa Cruz, que estaba en Cartagena, y a Sancho de Leiva y Gil de Andrade, que esperaban en Mallorca, para que viniesen a Barcelona con las galeras de su mando, trayendo estos últimos la mayor cantidad posible de bizcocho. Llegaron en esto los archiduques Rodolfo y Ernesto, que debían embarcarse con Don Juan, y seguir luego desde Génova para su patria, y al día siguiente, a las cuatro de la tarde, el repique general de campanas y el vocerío del pueblo anunciaron que estaban a la vista las galeras de Gil de Andrade y Sancho de Leiva. Entraron, en efecto, en la bahía a las nueve de la noche, puestas en batalla, con vistosas luminarias en las entenas y bordas, y haciendo salvas de arcabucería, a que contestaba la ciudad con todos los cañones de sus muros y atarazanas.

Venía entre aquellas galeras la real de Don Juan, que era la misma fabricada para él cuando su primera expedición contra los corsarios del Mediterráneo. Pasó a visitarla Don Juan al otro día muy de mañana, y pudo apreciar por sí mismo las mejoras introducidas en ella bajo la dirección de Sancho de Leiva siguiendo el primitivo plan de Bergamesco y Tortello. Habían carenado cuidadosamente el casco, restaurado los adornos y pinturas, renovado el velamen y los aparejos y reforzado la artillería. Remataba entonces el espolón, en vez del antiguo Hércules con su clava, un Neptuno, empuñando el tridente, montado en un delfín; y veíase en la media popa una diosa Tetis nueva, entre dos águilas doradas con perfiles negros, y encima dos leones, también dorados, de tamaño natural, sosteniendo las armas del rey, las de Don Juan de Austria y el Toisón, cuyas cadenas corrían por una y otra borda, destacándose vistosamente su dorado sobre el rojo fondo hasta reunirse en la proa. La antigua farola insignia con una estatua de la Fama por remate había desaparecido, y veíanse en su lugar, coronando la popa, otras tres grandes farolas de bronce y cobre, doradas por fuera y plateadas por dentro, rematando en tres estatuas de la Fe, la Esperanza y la Caridad de más de un palmo de alto. El pavimento de la cámara, también nuevo, estaba formado por noventa cuadros de nogal con perfiles de ébano, boj, estaño y esmalte azul, con un florón de bronce dorado cada uno en medio; levantábanse estos cuadros por medio de una llave, y aparecían debajo cajas en que se guardaban en primorosas cestitas de mimbre pan fresco, frutas y todo servicio de mesa. Estaba la chusma uniformada toda con almillas de damasco carmesí y bonetillos de lo mismo y reinaba por todas partes el mayor orden y limpieza.

Quedó Don Juan grandemente satisfecho de su galera, y el 1 de julio llevó a visitarla a sus dos sobrinos, los archiduques Rodolfo y Ernesto, y obsequioles en ella con una merienda. Estaba la galera empavesada con flámulas y gallardetes y guarnecida toda ella de proa a popa de grana de polvo colorada con muchas cintas y flores por encima y damascos encarnados que cubrían las bordas de ambas partes más delanteras. Llegaron en un grande esquife todo tapizado con dosel de damasco en la popa, bajo el cual se sentaban sus altezas; iban doce remeros por banda con sus almillas de damasco carmesí y bonetillos de lo mismo acuchillados, con sus puntas de oro y plumas.

Al entrar los príncipes en la galera hiciéronles los galeotes su acostumbrada salva de forzado, que era una especie de canto, o, mejor dicho, de vocerío triste y plañidero, aunque no desagradable, con que parecían aquellos infelices implorar la clemencia de sus visitantes. Hizo luego salvas la real, disparando una a una todas sus piezas, y contestaron a la vez todas las galeras del puerto. Sentáronse los príncipes solos a una mesa que estaba ante la cámara bajo un toldo de damasco a listas encarnadas y blancas, y sirviéronles delicada merienda de frutas dulces de azúcar y verdes y bebidas y refrescos, que el calor del día hacía deliciosos. Tocaba mientras tanto sobre los batallares de proa una música de ministriles vestidos todos de damasco turquesado, y ejecutaba la chusma a su compás una especie de danza voladora, saltando, trepando y haciendo mil gentilezas por las jarcias, gavias, mástiles y cuerdas, con tal agilidad, presteza y concierto, que resultaba un espectáculo de verdadero mérito y entretenimiento.

Levantada la mesa de los príncipes, sirvieron otra en el mismo lugar y con la misma abundancia para el virrey, el comendador mayor y todos los caballeros del séquito, y al anochecer entraba Don Juan en el palacio del virrey, que era donde se hospedaba, y donde le esperaba también el golpe más tremendo que llevó quizá en su vida, pues fue el primero y más inesperado.

V

Y fue el caso que, durante la ausencia de Don Juan en la galera real aquella tarde, había llegado a Barcelona un correo de la corte con varios pliegos del rey, y uno entre ellos, todo de mano de Don Felipe, fechado el 17 de junio, o sea diez días después de la salida de Don Juan de Madrid, que produjo en éste el más amargo y profundo desaliento. No consta cuáles fueran estas órdenes de Felipe II que tan desagradable efecto causaron en Don Juan de Austria; mas, a juzgar por las dos cartas que escribió éste entonces y por otros antecedentes y consiguientes positivamente ciertos, es seguro que, a vuelta de otras órdenes que desconocemos, venían también en aquella carta reproches más o menos duros de Don Felipe a su hermano por aceptar el tratamiento de alteza y los honores de infante que por todas partes le prodigaban; que le prohibía recibir en adelante estos honores, que él no le había concedido, y le anunciaba una carta de Antonio Pérez con copia de las instrucciones que se enviaban a los ministros de Italia sobre el modo que habían de tener de recibirle y de tratarle, y que a estas mismas instrucciones se atuviese él estrictamente.

Aquella carta anonadó a Don Juan y dejó absorto a Juan de Soto, el fiel secretario, única persona a quien osó aquél confiarla. El hecho era verdadero hasta cierto punto, porque cierto era que pueblo y nobleza, grandes y pequeños, miraban y respetaban a Don Juan, en España y fuera de España, como infante de Castilla, pues hijo era del gran emperador y hermano del rey presente, y sus prendas y hechos personales hacíanlo capaz y merecedor de dignidad tan alta. Mas lo que era voto espontáneo y universal de pueblos y naciones, transformábanlo los envidiosos de Don Juan en intrigas y presuntuosos esfuerzos de éste para ocupar un rango que no tenía, y así lo habían deslizado traidoramente en las orejas del monarca. Resultaba, pues, cierto que los enemigos de Don Juan habían llevado sus hablillas y sus chismes al propio Felipe II; éralo también que éste les había dado crédito, y éralo igualmente —y esto era lo que más lastimaba el ánimo leal de Don Juan— que Don Felipe le había disimulado su disgusto como rey y como hermano, y despidiéndole con falsas palabras de benevolencia y confianza, condenábale en su ausencia sin escucharle, y encomendaba a un ministro extraño entre ambos hermanos el sancionar por una carta aquella grave humillación que le imponía.

Hervía la sangre juvenil de Don Juan ante aquellas consideraciones, y abatido y desalentado bajo el peso de aquel primer desengaño, pensó seriamente en renunciar a sus ensueños de gloria y refugiarse en aquel otro estado eclesiástico que le aconsejara su padre el emperador, como más seguro y tranquilo. Sosegole Juan de Soto con muy prudentes razones, y por su consejo y empeño escribió al príncipe de Éboli, de quien era hechura el secretario, la siguiente carta, en que pide consejo y explicaciones y deja ver claramente las angustias y quejas que perturbaban su ánimo:

«Señor Ruy Gómez: Pues vuestra merced después que llegó ahí, habrá sabido la nueva orden que su majestad ha querido que yo guarde, no le cansaré con volverla ahora a referir; pero valiéndome de lo que entiendo tengo en vuestra merced y de la licencia que como padre me ha dado para que le acuda con mis causas, diré a lo menos que he sentido y siento ésta lo que la razón me obliga; no tanto, señor, por lo que es vanidad, que de andar apartado de ella pongo a Dios por testigo; mas me da mucha pena que yo solo en el mundo haya merecido orden tan nueva, quando con mayor confianza vivía de que mostrara su majestad a todos que la tenía de mí y que holgaba de que yo fuese más honrado. Confieso a vuestra merced que ha quebrado tanto en mí este disfavor de igualarme con muchos, a tiempo que todos miran, que algunas veces he estado por disponer de mí siguiendo otro camino de servir a Dios y a su majestad, pues en el que llevo se me da a entender tan claramente que no acierto; aunque si algo me hace reparar es persuadirme que así como no se lo merezco, no sale de su majestad semejante voluntad, sino de alguna persona que creerá ser autoridad suya tener yo poca. A fee, pues, señor Ruy Gómez, que si las entrañas y pecho de cada uno se trasluciese, que, quizá el que mayor justificación pública de sí, tendría más necesidad de consejo, y, por el consiguiente, de remedio y desta verdad más siento por extremo que sea tal castigo tanto daño presente y venidero, no por culpa ni opinión de los menos habladores, sino por la de aquellos que toda su bienaventuranza ponen en mostrarse a fuerza de descontentos y de donde se viere. Todo esto me mueve a decir y a entender otros más que callo, creer que falsas relaciones son las que me persiguen, aunque de cualquier suerte debo quexarme mucho de la mía, por haber valido tan poco, tras tantas obligaciones, vengo hasta agora a parar por mandato de su majestad, que es lo que siento más que nada, en igualdad infinita con gentes que, por haberme hecho Dios su hermano, no la puso entre mí y ellos. Bien veo que no es tanto lo que he servido que sea aún digno de coronas de laurel; pero que en tan poco se estime lo que he deseado acertar y trabajado, que en lugar de algo más llegue a mucho menos en el pecho de mi señor rey, esto es lo que fatiga no poco a mi espíritu, y de lo que descanso volviéndome a vuestra merced, a quien suplico que sin callarme nada me escriba qué puede haber causado a su majestad tratarme así: porque si de sola su voluntad pende, dándome a entender que no merezco la gracia della, holgaré antes de servirle en otro estado que de cansarle en el presente más: sobre todo lo qual si a vuestra merced le pareciere deseo le hable y a mí me aconseje, acordándosele quánto merecerá con Dios en hacer oficio de padre con quien ya no tiene sino mil personas que tratarán de la ocasión de mi poca edad y experiencia para destruirme a mí, como si fuese honra y provecho dellos quedarlo yo, y por lo que me importa este particular, vuelvo de nuevo a encomendarle y encomendarme a vuestra merced, de quien solamente confío cuanto puedo. Nuestro Señor, etc. De Barcelona a 8 de julio de 1571

Mas no satisfecho con esto, y pareciéndole que hacía agravio a su lealtad no descubriendo directamente al rey los sentimientos que le agitaban, escribiole cuatro días después, el 12 de julio, esta otra carta, humilde y sumisa como de vasallo a rey, pero digna, leal y enérgica, como lo era su corazón y lo fue siempre su conducta:

«Señor, por la merced y favor que vuestra majestad me ha hecho con la carta de mano propia, beso infinitamente sus manos. Juntamente con ella he recibido las instrucciones y otros despachos para mi viaje, y han llegado tan en tiempo, que me pesa del que aquí se pierde, y por consiguiente del servicio de vuestra majestad: aguardo yo aquí a cada hora al marqués de Santa Cruz, con cuya llegada podremos luego partir, por estar todo lo que conviene para el viaje en orden. Quanto lo que toca a seguir las instrucciones y el parecer de las personas que vuestra majestad ha mandado señalar para que me asistan y aconsejen, y particularmente el comendador mayor, lo haré cierta como conozco que soy muy obligado, y holgaré mucho sea tal con tanta sinceridad y prudencia que se acierten las cosas del servicio de vuestra majestad como esta que llevo a cargo mío, y en verdad que no es otra la que deseo, ni pretendo, sino que todos atendamos a este solo fin posponiendo otros particulares no tan importantes, a lo menos para mí, como es éste; y así no dude vuestra majestad de que iré siempre procediendo en esta conformidad y suplicándole mande advertirme de continuo de lo que yo no entendiere, y pues como otras veces he escrito a vuestra majestad, fío tan poco de mi edad, experiencia y opinión, que no vea muy bien ser grande la necesidad que tengo del ageno; por lo cual de nuevo suplico a vuestra majestad con la humildad que puedo, que se me vaya advirtiendo y reprendiendo lo que se juzgare (después de ser oído) que deje de acertar: porque no será cierto por falta de voluntad, que en ésta no hay nadie en el mundo a quien yo no dé a entender que le llevo la ventaja que la razón me obliga. La instrucción que vuestra majestad me hizo merced de su mano la primera jornada que salía a las galeras, voy siempre viendo como cosa que tanto vale, y será tanto más agora que pienso que lo desea vuestra majestad, a quien pretendo dar gusto de manera que para mí ninguno puede ser mayor, que haber cumplido con lo que vuestra majestad quiere.

Al Papa respondí por haber parecido al comendador mayor que no convenía aguardar respuesta de vuestra majestad; y que era bien se estuviese en aquella instancia; estaré con secreto en lo venidero de lo que tocare a semejantes materias.

Muy grande merced me ha hecho vuestra majestad en mandar a Antonio Pérez se me envíe traslado de lo que se escribe a los ministros de Italia, cerca del tratamiento que se me ha de hacer, y no sólo me será de mucho gusto conformarme con la voluntad de vuestra majestad en este particular, pero aun holgaría de poder adevinar sus pensamientos en todo lo demás para seguirlos como lo he de hacer: sólo me atreveré, con la humildad y respeto que debo, a decir que me fuera de infinito favor y merced que vuestra majestad se sirviera tratar conmigo ahí de su boca lo que en esta parte deseaba, por dos fines: el principal porque no es servido de vuestra majestad que ninguno de sus ministros hayan de conferir conmigo lo que sea su voluntad, pues ninguno dellos está tan obligado a procurarla como yo: lo otro porque hubiera hecho antes de partir de ahí algunas prevenciones enderezadas al mismo fin, que se consiguiera como vuestra majestad lo quiere y con menos rumor; y por lo que debo a haberme hecho Dios hermano de vuestra majestad, no puedo excusarme de decir ni dejar de sentir haber yo por mí valido tan poco, que quando todos creían merecía con vuestra majestad más, y esperaban verlo, veo por su mandado la prueba de lo contrario, igualándome entre muchos, no merecido cierto en mi ánimo, porque de tenerlo yo harto más enderezado al servicio de vuestra majestad que a vanidades ni a otras cosas tales hago a Dios testigo, y de la pena que me da esta ocasión por solamente ver lo de poca satisfacción que de mí se muestra: y así son muchas las veces que voy imaginando, si sería más a gusto de vuestra majestad que yo buscase otro modo de servirle, pues en el presente creo de mí que soy tan desgraciado a conseguir lo que mis deseos en esta parte me obligan y piden: entretanto yo iré obedeciendo quanto posible sea la orden y vuestra majestad mande, aunque temo la dificultad de la adulación que me dicen hay en Italia. Vuestra majestad me crea cierto que ni deseo honor ni bien sino para mejor servirle como con él se hace, pero la consideración deste particular no toca a mí, sino ejecutar lo que se me manda, a que no faltaré jamás por ningún caso. Nuestro Señor, etc., etc. De Barcelona, a 12 de julio de 1571

Esta fue la primera muestra que dio Felipe II a su hermano Don Juan de Austria de la injusta desconfianza que tan traidoramente supo sembrar en su camino aquel funesto Antonio Pérez, único hombre a que cupo la triste gloria de engañar por largos años y extraviar no pocas veces el recto y reposado juicio del prudente monarca.

VI

Al pisar Don Juan de Austria por primera vez la Italia, desembarcando en Génova, apresurose a enviar a Roma a su anciano mayordomo mayor, don Hernando de Carrillo, conde de Priego, para que besase en su nombre el pie al Pontífice, le diese gracias por su nombramiento de generalísimo y le ofreciese como el más sumiso y obediente de sus hijos. Contestole el Papa con el viejo mayordomo las mismas textuales palabras que le había escrito ya en su Breve: «Que por hijo le tenía, que se apresurare a pelear, porque en nombre de Dios le aseguraba la victoria y que para su honra y acrecentamiento le prometía el primer reino que se conquistase al Turco»[21]. Al mismo tiempo que Priego al Santo Padre envió Don Juan a Venecia a don Miguel de Moncada para visitar a la Señoría, también en su nombre, darle ánimos y anunciarle que muy en breve estaría en Mesina para resolver lo que más conviniese a todos.

El recibimiento que hicieron a Don Juan de Austria en Génova dejole confuso y perplejo después del golpe recibido en Barcelona, y puso por testigos al comendador mayor y a Juan de Soto de que ni él había procurado semejantes honores ni encontrado tampoco medio hábil de rechazarlos. Hízose, en efecto, para recibirle en Génova, lo que jamás se había visto allí hasta entonces: el Dogo en persona y la Señoría le esperaban al pie del desembarcadero, y los duques de Saboya, Parma, Florencia, Ferrara, Mantua y todas las ciudades de Lombardía enviaron allí sus representantes para recibirle y festejarle. Hospedole Juan Andrea Doria en su palacio, y dio en honra suya un famoso baile de máscaras, en el cual encantó a todos el generalísimo por su maestría incomparable en las difíciles danzas de aquella época.

Agregáronse en Génova los más grandes señores de Italia que solicitaban servir a sus órdenes en la armada como aventureros, siendo los principales el príncipe de Parma, Alejandro Farnesio, y el duque de Urbino, Francisco de la Rovere, que contaba entonces veintidós años y acababa de desposarse con Lucrecia de Este, hija del duque de Ferrara. Rodeado de este brillante estado mayor, que bien pudiera envidiarle el rey más poderoso, desembarcó Don Juan de Austria en Nápoles el 10 de agosto, donde era a la sazón virrey interino, por muerte del duque de Alcalá, el célebre Antonio de Perronet, cardenal Granvela. Éste era harto político y sagaz para oponerse a las corrientes de simpatía que iba Don Juan despertando por toda la Italia, y dejó estallar libremente el entusiasmo de los napolitanos, limitándose por su parte, según las instrucciones de Felipe II, a no darle, como hacían todos, tratamiento de alteza.

Debía verificarse en Nápoles la entrega a Don Juan de Austria del estandarte de la Liga y el bastón de generalísimo bendito por San Pío V, que había enviado allí éste con el conde Gentil de Saxatelo. Era el propio cardenal Granvela el comisionado por el santo Pontífice para hacer la entrega, y dispuso la ceremonia con la mayor pompa y magnificencia en la iglesia de Santa Clara del convento de franciscanos. El día 14 verificose el acto: llegó el primero a Santa Clara el cardenal para recibir en el pórtico a Don Juan de Austria. Contaba ya aquel famoso hombre de Estado más de cincuenta años, y conservaba aún arrogante y erguida aquella su señoril y hermosa presencia, que a tantas hablillas, más o menos fundadas, se prestó en su época; su barba, blanca ya por completo, caíale sobre el pecho cuidadosamente peinada, y sus ricas vestiduras de escarlata eran tan elegantes en su corte eclesiástico como pudieran serlo en el suyo seglar las de galán tan refinado como Don Juan de Austria.

No llegó éste con galas de cortesano, sino en traje de guerra, como parecía corresponder al caudillo que iba a recibir la insignia de la cristiandad en vísperas de la batalla. Traía un arnés ligero de Milán, de acero blanco, con riquísima labor de ataujía de oro, el collar del Toisón al cuello, y en la celada vistoso penacho de los colores de la Liga; el caballo era negro, con cubierta también de acero blanco recortado y aplicado sobre terciopelo carmesí, con armas, borlas, plumajes y figuras alegóricas en la grupera y testera. Arreos semejantes traían la mayor parte de los señores de su inmensa comitiva, en que se contaba la flor de la caballería de Italia y de España.

Adelantose Don Juan hasta las gradas del altar mayor con los príncipes de Parma y Urbino y sentose ante ellos en un alto sitial de brocado. Hallábanse de manifiesto, al lado del evangelio, el estandarte y el bastón sobre un rico aparador con muchas luces y flores. Era el estandarte de gran tamaño, como para galera de tanto empuje, todo él de brocado azul con grandes borlas y cordones muy gruesos de seda; tenía bordado en medio un gran crucifijo con muchos arabescos de seda y oro en torno, y a los pies, las armas del Papa con las del rey de España a la derecha, las de la Señoría de Venecia a la izquierda, y las de Don Juan de Austria debajo, unidas todas con cadenas de oro bordadas, para significar la unión de la Liga entre las tres naciones. El bastón era también simbólico, figurando tres bastones unidos con una cinta primorosamente tallada, con puño y contera de oro, guarnecidos de piedras y cincelados en aquél los tres escudos de armas enlazados con la cadena. Medía sesenta centímetros de largo por unos seis de diámetro.

Celebró el cardenal Granvela la solemne misa pontifical, y terminada ésta subió Don Juan de Austria al presbiterio, y puesto de rodillas ante el altar, recibió de manos de Granvela el bastón primero y el estandarte después, con estas palabras, que pronunció por tres veces el cardenal en latín, en español y en italiano:

«Toma, dichoso príncipe, la insignia del verdadero Verbo humanado: toma la viva señal de la Santa Fe, de que en esta empresa eres defensor. El te dé la victoria gloriosa del enemigo impío y por tu mano sea abatida su soberbia

Estalló entonces en la iglesia un tremendo vocerío, en que millares de voces gritaron como por una sola boca:

—¡Amén! ¡Amén!

Organizose entonces una lucidísima procesión militar para nevar el estandarte desde la iglesia al puerto: iba plegado sobre un caballo blanco con caparazón de terciopelo carmesí que arrastraba por los suelos, llevado del diestro por dos capitanes que se remudaban. Venía detrás el señor Don Juan con el bastón de generalísimo en la mano, y seguíale su brillante comitiva, todos con las espadas desnudas, como prestos a defender la insignia de la Liga santa. Enarbolose al fin éste en la suntuosa popa de la galera real a la una de la tarde, mandando el mismo Don Juan de Austria la maniobra; saludáronle la flota y la plaza con una formidable salva de artillería, mosquetes y arcabucería, que duró muy cerca de media hora.

Abrazó entonces el señor Don Juan al conde Gentil de Saxatelo, portador del bastón y el estandarte, y echole al cuello una cadena de oro de cuatrocientos escudos[22].

VII

Esperaban mientras tanto en el puerto de Mesina la llegada de Don Juan de Austria Marco Antonio Colonna y Sebastián Veniero con las flotas pontificia y veneciana. Impacientaba esta tardanza a los dos generales, y muy en especial a Veniero, viejo de setenta años, irascible, vehemente y fiero, que veía con zozobra adelantarse la estación y consumirse los víveres en aquella inútil holganza. Participaba Colonna de sus impaciencias y temores, y un golpe atroz vino a turbar más todavía su ánimo en aquellos momentos supremos. Murió repentinamente en Roma su hija, la angelical Giovanna Colonna, duquesa de Mondragone, y esta desgracia inesperada sumió a Marco Antonio Colonna en dolor inmenso. Retirose a su galera capitana sin querer ver a nadie, y mandó embadurnar de negro todas las de su flota, teñir del mismo color las cuerdas y velas y cubrir con crespones las farolas, escudos y enseñas. Aquella sombría y enlutada flota, anclada en el puerto, túvose en Mesina por fúnebre presagio, y los siniestros rumores que corrían de nuevas depredaciones de los turcos en Corfú y formidables aprestos de su flota para cargar sobre Sicilia, causaron tan inquieta alarma en aquel pueblo supersticioso y fantástico, que no bastaron para calmarle ni el anuncio de la salida de Don Juan de Nápoles ni los suntuosos preparativos que hacían para su recibimiento.

El 23 de agosto, a media mañana, divisaron los vigías sicilianos una flota numerosa que navegaba a toda vela con rumbo hacia el faro. Renació en unos la esperanza y creció en otros el espanto, porque mientras las gentes sensatas y juiciosas tenían por cierto que era aquélla la esperada flota de Don Juan de Austria, empeñábase el vulgo ignorante y vocinglero en que era la temida del Turco y alborotaba la ciudad con sus gritos y carreras. Salieron al encuentro de la que llegaba las dos flotas, pontificia y veneciana, y al zarpar del puerto las enlutadas naves de Colonna levantose grande clamoreo entre el supersticioso populacho, pidiendo con luctuosos gritos que si salían no volvieran, porque aquella flota negra sólo podía traer a Mesina la desolación y la muerte. Dos millas antes de la entrada del estrecho encontraron las dos flotas a la del generalísimo Don Juan de Austria, siendo igual por ambas partes la alegría y el entusiasmo. Salió Marco Antonio por primera vez de su cámara de la capitana, y subió a la galera real para besar la mano a Don Juan de Austria; mas corrió éste al encuentro del afligido padre y recibiole en sus brazos, estrechándole largo tiempo contra su pecho. Era Marco Antonio Colonna el tipo del gran señor italiano de su tiempo: alto, esbelto, de porte distinguidísimo; el rostro ovalado, la espaciosa frente calva y los largos bigotes entrecanos, a pesar de no contar sino treinta y cinco años. Tenía corazón magnánimo, elevada inteligencia, valor extraordinario y alma de poeta.

El efecto producido en Mesina por la entrada en el puerto de las tres flotas ya reunidas fue de las cosas que no pueden describirse. Desde la santa esperanza cristiana hasta el brutal instinto de conservación, todas las pasiones, todas las ideas y todos los sentimientos de que es susceptible la naturaleza humana, reunieron sus entusiasmos y juntaron sus alegrías para aclamar y bendecir el logro de esperanzas y el conjuro de temores que representaba en aquel momento el generalísimo Don Juan de Austria. Entró éste en Mesina por la puerta real, bajo un arco de triunfo que se internaba en el mar, de veinticinco canos de largo cada fachada, tres cuerpos, tres arcos por cada frente y ciento veintiocho columnas que dividían los nichos, repisas y compartimientos de las innumerables estatuas, emblemas, inscripciones y dísticos que la adornaban por todas partes, rematando toda aquella estupenda fábrica en una estatua colosal del propio Don Juan de Austria teniendo postrados a sus pies los vencidos moriscos de Granada. Y era quizá lo más grande y lo más fuerte, entre toda esta magnificencia, el ánimo reposado de aquel mancebo de veinticuatro años, que, lejos de envanecerse en aquellas alturas de la vanidad, decía humildemente al comendador mayor, su lugarteniente:

—Dadme esto por adelantado. Fío en Dios, que pagarme ha la deuda.

Reunió Don Juan al punto a todos los generales y jefes, más para saludarles que para celebrar consejo, pues sospechaba en algunos tímidas vacilaciones, y prefería esperar la llegada del nuevo nuncio que enviaba el Papa para fortalecer con su apoyo sus valerosos designios. Llegó, en efecto, el nuncio, monseñor Odescalchi, obispo de Penna, con grande acompañamiento de capuchinos, dominicos, jesuitas y franciscanos que enviaba el Papa para asistir en las galeras; traía también cartas de éste para Don Juan de Austria y Marco Antonio Colonna, exhortándoles a dar sin vacilaciones la batalla al Turco, pues él les aseguraba, en nombre de Dios, la victoria. No necesitaba Don Juan de semejantes exhortaciones, y había ido mientras tanto preparando con grande habilidad y prudencia el consejo según las siguientes indicaciones del gran duque de Alba, contenidas en esta carta: «Antes de proponer la materia en consejo —escribía a Don Juan el duque desde Bruselas— conviene mucho practicalla familiarmente con cada uno de los consejeros, encomendándoles el secreto y saber de tal su opinión, porque desto se sacan muchos provechos; que al que vuecencia hablare en esta forma se tendrá por muy favorecido y agradescerá mucho a vuecencia la confianza que dél hace: el tal dirá libremente a vuecencia lo que entiende. Porque muchas veces acontece en el consejo querer los soldados ganar honra los unos sobre los otros y habiéndose prendado ya a decir a vuecencia su opinión, no caerán en este inconveniente ni en contradecir al que no tuviere buena voluntad, no por otra cosa que por contradecirle, que es treta muy usada. Y habiéndolos oído vuecencia a todos, habrá tenido tiempo para pensar sobre el pro y contra que cada uno le havrá discurrido; y cuando viniere al consejo de vuecencia, vendrá ya resuelto. Pero en el preguntarles e oírles particularmente, vuecencia no debe declarar con ninguno dellos su opinión, sino con aquel o aquellos con quien su majestad hobiere ordenado a vuecencia tome resolución, o vuecencia se servirá de tomarlas. En consejo no permita vuecencia que haya porfías: debatir las materias, muy bien; pero porfías particulares, en ninguna manera vuecencia les debe consentir, que será en gran desautoridad de su persona. Y vuecencia no podrá excusar, y será muy conveniente cosa, de llamar algunas veces a consejo grande de maestres de campo, algunos coroneles y capitanes para darles pasto de cosas públicas y tales que se puedan poner en semejantes consejos, porque esto terná con mucho contentamiento a muchas personas un grado menos que los dichos

De esta manera conocía ya Don Juan, sobre poco más o menos, las opiniones de todos los del Consejo cuando los convocó el 10 de septiembre, a las nueve de la mañana. Setenta personajes, entre los cuales había treinta oficiales, congregáronse aquel día a bordo de la galera real, presididos por el nuncio Odescalchi, a quien por respeto al Pontífice cedió Don Juan de Austria la presidencia. Habló el primero el nuncio, en nombre del Papa, y en un valiente razonamiento, lleno de fe y de entusiasmo, exhortoles a salir sin pérdida de tiempo en busca del Turco y darle sin vacilar la batalla; tal era el deseo del Papa, y en nombre de Dios les prometía la victoria. Levantose entonces el anciano conde de Priego, que acababa de apreciar por sí mismo en Roma la santidad de Pío V, y sin más razones ni discursos dijo que si el Papa deseaba la batalla y en nombre de Dios prometía la victoria, impiedad y locura era al mismo tiempo cerrar los oídos y malograr la empresa. Eran todos aquellos capitanes católicos fervientes y amigos del Papa, mas no igualaban en su mayor parte la fe y el entusiasmo del viejo mayordomo de Don Juan de Austria; y uno de ellos, hombre largo, estrecho, de cabeza puntiaguda, ojos hundidos y nariz chata, que más parecía corsario berberisco que príncipe italiano, levantose pausadamente, y con mucha pompa y autoridad dijo: «Que juzgaba temerario provocar al turco ya tan adelantada la estación en aquellos mares, y que era, a su juicio, más segura empresa dirigir contra Túnez todas las fuerzas de la Liga santa que exponerlas a una derrota combatiendo el formidable poder marítimo de Selim II, invencible hasta entonces. Sedujo a muchos esta propuesta por ponerla a salvo de toda sospecha de cobardía el nombre de quien la presentaba, que era nada menos que Juan Andrea Doria, uno de los marinos más experimentados y valientes capitanes de la época. Contradíjole, sin embargo, abiertamente Marco Antonio Colonna, pronunciándose por la batalla decisiva y pronta, como era la voluntad del Pontífice, y dirigiéndose a Don Juan de Austria, cuyos deseos de pelear le eran conocidos, repitiole en público lo que privadamente ya le había dicho: Etiamsi oporteat me mori, non te negabo.

Apoyaron a Colonna con gran vehemencia Sebastián Veniero, y los dos proveedores venecianos Barbarigo y Quirini, y entonces respiró Don Juan libremente, porque, una vez de acuerdo los otros dos generales de la Liga, a él sólo tocaba, como generalísimo, dirimir la contienda. Dejó, sin embargo, hablar todavía a todo el que quiso, ya en pro, ya en contra, y concluido que hubieron, limitose él a pronunciar estas palabras:

—Basta, señores... Sólo queda ya aprestar la marcha y salir en busca de la victoria.

Palabras sencillas ciertamente, pero que fueron, sin duda alguna, el acto más heroico de la jornada de Lepanto, porque necesitábase verdaderamente heroísmo sobrehumano para echar sobre sí la responsabilidad de empresa tan arriesgada, que retrocedían ante ella hombres del temple de Juan Andrea Doria.

Comenzó Don Juan sus preparativos de marcha visitando todas las fuerzas y barcos surtos en el puerto, que subían a doscientas galeras, cincuenta y siete naos, seis formidables galeazas y más de ochenta mil soldados de desembarco entre mercenarios y aventureros. Encontró Don Juan toda la flota muy bien surtida y aprestada, menos las galeras venecianas, que andaban muy escasas de hombres de guerra, a lo cual proveyó el generalísimo repartiendo entre ellas cuatro tercios españoles, dos de soldados viejos y dos de bisoños, cosa ésta que hirió el amor propio de los venecianos y fue causa de los trastornos y peligros que veremos más adelante. En la galera Marquesa, de la flota pontificia, cruzose Don Juan con un oscuro soldado en que no paró la atención y cuya gloria había de competir, sin embargo, con la suya en los siglos venideros: era Miguel de Cervantes Saavedra. Tal sucede a veces en la vida, que pasan rozándose sin conocerse dos genios diversos a que reserva la Providencia análogos destinos.

Distribuyó Don Juan los religiosos enviados por el Papa a bordo de todas las galeras, destinando los capuchinos a las pontificias, los franciscanos a las de Génova, Venecia y Saboya, y los jesuitas a las españolas; iban a bordo de la real el franciscano fray Miguel Serviá, confesor de Don Juan de Austria, y otros dos jesuitas, el Hermano Briones y el Padre Cristóbal Rodríguez, varón de gran saber y virtudes, que había sido cautivo del Turco. Estimaba mucho el santo Pío V a este Padre Cristóbal Rodríguez, y diole para Don Juan de Austria el encargo de repetirle muy en privado y con la mayor insistencia lo que ya le había hecho saber por diversos conductos: que no titubease en dar la batalla, porque en nombre de Dios le aseguraba la victoria. Llevábale también de parte del Papa un lignum crucis de una pulgada de largo y media de ancho, en un relicario tosco de plata con dos ángeles a los lados; era deseo del Pontífice que lo llevase el señor Don Juan sobre el pecho en el momento de la batalla[23].

Mientras tanto, promulgaba monseñor Odescalchi un jubileo plenísimo que concedió el Santo Padre a todo el que fuese en la armada confesado y comulgado y rogase a Dios por la victoria contra los turcos. Ayunó todo el ejército durante tres días para prepararse a ganar aquellas gracias espirituales, y no quedó soldado, marinero ni galeote que no confesase y comulgase y recibiese de manos del nuncio un agnusdei de cera, bendito por el Papa, dando el primero y principal ejemplo el generalísimo Don Juan de Austria con todos los jefes y oficiales. Organizose luego una solemne procesión de rogativa y revestido el nuncio de pontifical, concedió desde el altar mayor a todos los que habían de combatir las mismas gracias que concedía la Iglesia a los conquistadores del Santo Sepulcro.

El 16 de septiembre salió al fin la flota de Mesina con rumbo a Corfú, y el nuncio, colocado a la boca del puerto en un bergantín, iba bendiciendo una a una todas las galeras conforme pasaban.

VIII

Caminaba la flota con grandes precauciones para prevenir cualquier sorpresa del Turco, puesta en el orden y formación trazados por Don Juan y comunicados por escrito a todos los maestres de campo, coroneles, capitanes, sargentos mayores y demás oficiales. Iba a la vanguardia don Juan de Cardona con siete galeras, tres de Sicilia y cuatro venecianas. Seguíales a veinte millas durante el día y ocho por la noche el ala o cuerno derecho, de cincuenta galeras, a las órdenes de Juan Andrea Doria. Venía detrás el cuerno izquierdo, de cincuenta y tres galeras, capitaneado por el proveedor general Agostino Barbarigo. Navegaba después el centro o cuerpo de batalla, de sesenta y dos galeras, mandado por el generalísimo Don Juan de Austria; a la derecha de la real iba la capitana de Marco Antonio Colonna y a la izquierda la de Sebastián Veniero. A una milla de distancia venía la retaguardia, de treinta galeras, mandada por el marqués de Santa Cruz. Ninguno de estos cuerpos hallábase formado por galeras de una sola nación, sino mezcladas y entreveradas las de todas ellas, y tampoco llevaban banderas propias, sino solamente la del color designado por el generalísimo para distinguirlas y combinarlas. Las de Doria eran verdes, amarillas las de Barbarigo, azules las de Don Juan y las del marqués de Santa Cruz eran blancas. La real y las capitanas llevaban en vez de estas banderas, largas flámulas del color respectivo izadas en el mástil.

Fondeó la flota aquella noche en las Fosas de San Juan, y al amanecer armose una tienda de campaña en la playa, frente a la galera real, y celebrose antes de zarpar el santo sacrificio de la misa, por no ser lícito en aquel tiempo celebrarlo a bordo. Al alzar la hostia fueron tales los gritos y clamores con que pidió toda la flota al Dios de las batallas el triunfo de la que perseguía, que dominaron por completo el estruendo de las cajas y los clarines y las salvas de artillería, que retumbaban majestuosarnente en las cóncavas olas.

El 28 de septiembre, a las diez de la mañana, fondeó la armada de la santa Liga en Corfú; no se tenían allí noticias del paradero del Turco, mas veíanse por todas partes en la isla las huellas devastadoras de su paso. Envió entonces Don Juan a Gil de Andrade con cuatro galeras en busca de noticias, y aprovechó el tiempo mientras tanto embarcando el considerable refuerzo de artillería, municiones, vitualla y soldados de desembarco que les tenían allí preparados los venecianos.

El 28 por la noche llegó a Corfú una fragata enviada por Gil de Andrade desde Cephalonia: traía la noticia de que los turcos estaban en Lepanto y huían, sin duda, la batalla, y se retiraban a cuarteles de invierno, porque su generalísimo, Alí—Pachá, había despedido al virrey de Argel, Aluch—Alí, con sus ciento diez galeras; quedaba reducida, por tanto, la flota otomana a ciento ochenta galeras; mas eran, por desgracia, completamente falsas estas noticias. Cierto era que la armada otomana se hallaba en Lepanto; éralo también que el virrey de Argel, Aluch—Alí, se había separado de ella con sus galeras, pero fue esta ausencia momentánea para hacer reconocimientos en el archipiélago, y, de vuelta ya en Lepanto, hallábase allí la flota íntegra, pujante, muy superior a la cristiana y tan lejos de huir la batalla, que se disponía a la sazón a provocarla. Este engaño de los cristianos y otro análogo en que, como veremos después, cayeron al mismo tiempo los turcos, fueron, sin embargo, el medio sencillísimo de que se valió la Providencia para que se llevase a cabo aquel combate decisivo entre la Cruz y la media luna, que de otra manera no hubiera tenido efecto.

Satisfecho Don Juan con estas noticias, mandó tocar zafarrancho de combate en las galeras, y de acuerdo esta vez todos los generales, decidiose hacer aguada en Gomenizza mientras no permitiera el viento, a la sazón contrario, tomar el rumbo de Lepanto. Hállase la bahía de Gomenizza en la costa albanesa, a unas treinta millas al sudeste del puerto de Corfú, y allí trató por última vez la discordia de desbaratar los planes que tan suavemente iba Dios desarrollando. Fue esto el 2 de octubre, y habíase ya dado orden de tenerlo aparejado todo para hacerse a la vela al amanecer del día siguiente. Reinaba, pues, en todas las galeras el trastorno y confusión que traen siempre consigo semejantes maniobras, y en la veneciana El Águila, cuyo capitán era el caballero candiota Andrés Calergi, trabáronse de palabra dos arcabuceros españoles con un marinero veneciano por si les había éste tropezado o no con el cabo de una verga; hízose general la contienda por la mala voluntad que tenían a los arcabuceros españoles los marinos venecianos, que les miraban como intrusos en sus barcos, y agravolo el tomar parte por aquéllos su capitán, Muzio Alticozzi, hombre pendenciero y de mala cabeza, que había ya tenido que ver con la justicia; pasaron, pues, de las palabras a los golpes, y de éstos a las armas, con tal rabia y empuje que en pocos momentos quedó el puente cubierto de muchos heridos y algunos cadáveres.

Acudió el ammiraglio o jefe de Policía con cuatro cómitres enviados por el propio Sebastián Veniero para poner paz, prender a Muzio y terminar la contienda. Mas no era Muzio hombre que se dejaba prender fácilmente, y asiendo del primer arcabuz que halló a mano, tendió al ammiraglio muerto de una bala en el pecho y puso en fuga a los cómitres, heridos dos de ellos. Volaba, mientras tanto, el coronel de los arcabuceros, Paolo de Sforza, a la capitana de Veniero, solicitando ir en persona a calmar a los suyos, y ciego ya de ira el viejo veneciano, amenazole con echarle al agua y echar también a pique su galera, y mandó abordar su capitana a la que era teatro de la lucha. Entró en ella al abordaje al frente de sus marineros; prendió a Muzio y a otros dos españoles más alborotados, y antes de diez minutos pudo contemplarles la flota ahorcados a los tres de una entena.

El atentado de Sebastián Veniero contra el derecho de administrar justicia, exclusivo del generalísimo, resultaba tan enorme, y tan grave era la ofensa que infería a la persona de Don Juan de Austria y de su representado, el rey de España, que al aparecer los tres cuerpos bamboleándose en el espacio, hubo en toda la flota un minuto de pavoroso silencio: la misma idea y la misma adivinación del peligro cruzó todas las mentes y encogió todos los corazones, y sin voz de mando, ni palabra que se cruzase, ni señal que se hiciera, viose a las galeras venecianas agruparse lentamente en torno de la de Veniero, y a las españolas y pontificias replegarse hasta rodear la del generalísimo Don Juan de Austria, cargando en tanto los artilleros sus cañones, empuñando la marinería sus hachas y cogiendo los soldados, sin decir palabra, sus picas y arcabuces... Un tiro escapado, un grito subversivo, y, deshecha la Liga santa, se destrozan y hacen allí añicos cristianos contra cristianos... ¡Y estaban los turcos a una milla de distancia y atravesábanse allí el porvenir de la Europa entera y el triunfo de la Cruz santa!...

Hallábase Don Juan sobre cubierta con Juan de Soto y el príncipe de Urbino divirtiéndose con una monilla que era para él de grande entretenimiento, cuando llamaron su atención los tiros y el vocerío. Preguntó al punto la causa del alboroto, y antes de que pudieran darle razón alguna, precipitose en la real el coronel Paolo Sforza, lívido de ira, echando lumbre por los ojos y pidiendo con destempladas voces justicia contra las injurias que Sebastián Veniero le hiciera... Escuchábale Don Juan atónito, sin querer dar crédito a lo que oía, cuando vio elevarse lentamente en la galera El Águila la entena de que colgaban ahorcados los tres arcabuceros españoles... Tuvo entonces un movimiento de furor inmenso que le hizo dar vueltas por el puente como fiera enjaulada, barbotando palabras que parecían rugido de león que lleva clavado un dardo en los ijares. Rodeáronle al punto los capitanes españoles ebrios de ira, pidiéndole los más moderados que embistiese con la real capitana veneciana y arrojase a Veniero cargado de cadenas en el fondo de la cala. Abordaron al mismo tiempo la real por dos partes opuestas Marco Antonio Colonna y un viejo, corpulento y vigoroso, y con muy grandes bigotes, que era Agostino Barbarigo, y llegáronse a Don Juan con muy grandes extremos pidiendo paz, ofreciendo explicaciones, derramando lágrimas... Escuchábales Don Juan echado de bruces sobre la borda de babor, clavándose las uñas en el pecho hasta hacerse sangre, y tales cosas hicieron y dijeron aquellos dos hombres valientes y honrados, que la cólera del generalísimo se apagó, no poco a poco, sino de un golpe, como se apaga de repente la ráfaga huracanada cuando Dios la corta las alas, y libre ya su grande alma de las cadenas con que el furor la aprisionaba, volviose a sus capitanes, que, amotinados casi, pedían exterminio y venganza, y díjoles reposadamente:

—Sé mejor que nadie lo que debo al rey mi hermano y a Dios, que me ha puesto en esta empresa...

Y mandó entonces a Barbarigo a decir a Sebastián Veniero que volviese sin tardanza a su puesto en la capitana; que jamás apareciese a bordo de la real, pues desde aquel momento le sustituía en el Consejo, a nombre de Venecia, el mismo Barbarigo, y que lo aparejase todo para zarpar aquella noche con rumbo a Lepanto.

En el Diario llevado a bordo de la real por el confesor de Don Juan de Austria, fray Miguel Serviá, dice, después de referir estos sucesos: «Este mismo día (3 de octubre), por orden de su alteza se echó un bando que ningún soldado disparase arcabuz so pena de la vida, y anduvo su alteza de galera en galera dando orden en lo que hacerse había».

IX

Habían reforzado, mientras tanto, los turcos su flota hasta el punto de tener repartidos en sus doscientas noventa galeras 120.000 hombres entre gente de guerra y de remo. Habíanla dividido también, lo mismo que los cristianos, en tres cuerpos: el centro, mandado por el gran almirante Alí—Pachá, mozo arrogante, de más valor que prudencia, en todo el verdor de su juventud y de su privanza con Selim II; el ala derecha, a las órdenes del rey de Negroponto, Mahomet Scirocco, hombre maduro y sesudo, valiente y experimentado al mismo tiempo, y el ala izquierda, mandada por el virrey de Argel, Aluch—Alí, dicho el Fartass, esto es, el tiñoso, antiguo renegado calabrés, viejo de sesenta y ocho años, prudente, valeroso y astuto, curtido en aquellos mares por la piratería durante más de cuarenta años.

Recibió Alí—Pachá en Lepanto un mensaje de Selim II, muy de su gusto, mandándole dar la batalla, y a este propósito reunió el 4 de octubre a bordo de su galera La Sultana el Consejo de guerra. Componíase éste de los dos generales de la flota, Mahomet Scirocco y Aluch—Alí; el serasker o general de las tropas embarcadas, Perter—Pachá, y de varios grandes dignatarios del Imperio, hasta el número de veinte, entre los cuales se contaban el antiguo rey de Argel, Hassen—Pachá, y dos hijos de Alí, niños todavía, Ahmed—Bey, de dieciocho años, y Mahomet—Bey, de trece, que con su ayo Alhamet montaban una galera.

Era, indudablemente, la flota turca muy superior a la cristiana, mas consistía quizá la mayor de sus ventajas en no estar formada como ésta de elementos diversos que pudieran tener, como, en efecto, tenían, intereses distintos y aun opuestos.

Lejos de eso, eran los turcos todos vasallos de un mismo señor, y no ambicionaban ni perseguían la gloria y el poder sino de un solo Imperio. A pesar de todo, la orden de Selim II mandando dar la batalla encontró en el Consejo valientes impugnadores, y fue el primero Aluch—Alí el Tiñoso, que con muy graves razones sacadas de su experiencia en guerra de cristianos hizo patente las quiebras que pudiera traer una derrota. Apoyáronle el serasker Perter—Pachá y Mahomet Scirocco, a quien inquietaban mucho las seis formidables galeazas de los cristianos; estas embarcaciones, las mayores de su tiempo, montaban veinte cañones, y rompían con gran facilidad cualquiera línea de batalla que se les pusiera por delante.

La arrogancia petulante de Alí—Pachá llegó entonces a la insolencia; riose de los temores de aquellos veteranos y presentó al Consejo los informes de los dos exploradores, Kara—Kodja y Kara—Djalí, corsarios berberiscos que había mandado él a reconocer en Corfú la flota cristiana; según ellos, era ésta tan inferior en número y fuerzas, que difícilmente podría resistir el primer empuje de los turcos. Ignoraba, sin embargo, Alí que aquel recuento de sus espías había sido hecho mientras la vanguardia de don Juan de Cardona y la retaguardia del marqués de Santa Cruz se hallaban destacadas en Tarento con algunas otras naves, y que restaban, por tanto, de la flota de la Liga, los corsarios exploradores más de sesenta galeras. Estribaba, pues, la confianza de los dos generalísimos, Alí—Pachá y Don Juan de Austria, en un engaño del mismo género. Don Juan suponía separadas ya de la flota turca y camino ya de Argel o de Trípoli las ciento diez galeras de Aluch—Alí el Tiñoso, y Alí—Pachá no contaba con don Juan de Cardona ni con el marqués de Santa Cruz, ni su ignorancia en cosas de mar, que era mucha, le dejaba comprender bien la importancia de aquellas seis galeazas de que tanto recelaba el viejo Mahomet Scirocco.

Agrió estas opiniones encontradas la contienda entre los caudillos otomanos, hasta que Aluch—Alí le puso término diciendo:

—Callo y estoy pronto, porque escrito está que la juventud de un capitán Pachá pese más que mis cuarenta y tres años de campañas. Pero te has burlado de los berberiscos, Pachá... Acuérdate cuando arrecie el peligro.

Y dicho esto con impasible gravedad oriental, marchose Aluch—Alí a disponer su flota. Quedó entonces todo el campo por Alí—Pachá; mas todavía, y más por el bien parecer que por abrigar él recelo o desconfianza, quiso éste enviar el corsario Kara—Kodja a un nuevo recuento de las fuerzas enemigas. Salió, pues, de Lepanto el pirata berberisco con dos galeras y comenzó a navegar cautelosamente en busca de la flota aliada. Había ésta atravesado el largo y estrecho canal de Ítala el día 5, teniendo que refugiarse por el mal tiempo en la ensenada de Pilaros, que se abre el extremo septentrional de la gran bahía de Samos, en Cefalonia. Proponíase Don Juan de Austria alcanzar las islas Curzolari por el Norte; guarecerse entre aquellos islotes para dar descanso a la chusma el día 6, y, doblando repentinamente el cabo Scropha el 7, sorprender a la flota turca anclada en Lepanto. Kara—Kodja entró atrevidamente en el canal de Ítala con sus dos galeras, y descubrió a la flota aliada en Pilaros; mas habíase aventurado tanto el osado corsario, que, descubierto a su vez por los cristianos, diéronle caza, y sólo al esfuerzo enorme de sus remeros y al viento que le favorecía, debió de escapar de sus manos. Quiso Dios, sin embargo, cegar también esta vez al pirata berberisco, y en la prisa y turbación de su fuga ocultáronse a sus penetrantes ojos una porción de barcos abrigados en un repliegue de la bahía. Creyó, pues, Kara—Kodja que la flota no había variado desde qua la reconociera él en Corfú en ausencia de la vanguardia y retaguardia, y volvió triunfante a Lepanto, firme en su engaño, anunciando a Alí—Pachá que los cristianos estaban en Pilaros de Cefalonia, y que en nada habían disminuido las ventajas enormes que sobre ellos tenía la flota turca.

No se hizo Alí—Pachá repetir la noticia, y apresurose a zarpar de Lepanto para ir a fondear en la bahía de Calydón, a la salida ya del golfo distante tan sólo doce millas de aquel funesto cabo Scropha, que los mismos turcos habían de rebautizar al día siguiente con el siniestro nombre de Cabo Sangriento. Había Don Juan fondeado, mientras tanto, en el puerto de Petala, a siete millas del cabo Scropha, por el lado opuesto, sin sospechar todavía la proximidad del enemigo. Venían, pues, a quedar ambas flotas una a un lado y otra al otro del funesto cabo, como dos enemigos que, atraídos por el odio, se acechan y se acercan sin conocerlo, se emboscan y se encuentran de repente frente a frente sin esperarlo, al doblar ambos a la vez la misma esquina: Don Juan creía a los turcos en Lepanto. Alí se figuraba aún a los cristianos en Cefalonia, y allí iba a buscarlos.

Al amanecer del día 7 de octubre de 1571 mandó Don Juan de Austria zarpar la flota del puerto de Petala y adelantarse con grandes precauciones por el canal que forman las costas de la Grecia con la isla de Oxia, última de las Curzolari; a la altura del cabo Scropha hizo seña el vigía de la real de que se hallaban dos velas a la vista. Pobláronse al punto de curiosos mástiles y vergas; mas ya no eran dos velas las que se veían; eran docenas y docenas que se destacaban sobre el azul del cielo y el azul de las olas como bandada de blancas gaviotas volando a flor de agua... No había duda; el enemigo estaba a la vista. Los dos matones en acecho se encontraban frente a frente al volver la misma formidable esquina. Eran entonces las siete de la mañana.

Mandó al punto Don Juan de Austria a su piloto Cecco Pizano desembarcar en uno de aquellos altos islotes para observar desde allí las fuerzas enemigas. Abarcábase desde aquella altura todo el amplio golfo, y en él vio Pizano adelantarse la flota turca, casi una mitad más numerosa de lo que se la suponía, empujada por una brisa favorable que embarazaba y entorpecía al mismo tiempo las maniobras de los cristianos. Angustiose a esta vista el piloto, y ya de vuelta en la real a nadie osó comunicar en aquel momento crítico tan temerosa nueva, y limitose a decir al oído del generalísimo:

—Sacad las garras, señor, que ruda ha de ser la jornada.

No parpadeó siquiera Don Juan al oírle, y como en aquel momento le preguntasen algunos de sus capitanes si no celebrarían un último consejo, contestoles serenamente:

—Ya no es tiempo de razonar, sino de combatir.

Y mandó en el acto disparar un sacre en la real y enarbolar en el estanterol una bandera blanca, que era la señal convenida desde Mesina para formar en batalla.

X

La serenidad de ánimo en presencia del peligro fue desde su niñez una de las grandes cualidades de Don Juan de Austria, y no le faltó un punto en aquel momento crítico de su vida. Guardose de comunicar a nadie las zozobras y temores que las razones de Cecco Pizano le inspiraron, y sin perder un segundo comenzó a tomar sus medidas con esa inteligencia y ordenada actividad propia del genio de la guerra, que todo lo abarca y previene al primer golpe de vista y excluye toda confusión al combinar y todo atropello al disponer. Mandó atracar a la real una de aquellas galeras pequeñas de vela y remo que llamaban fragatas y servían para transmitir órdenes con gran ligereza, y embarcose en ella con don Juan de Soto y don Luis de Córdoba para visitar una por una todas las galeras del centro y cuerno derecho; las del izquierdo encomendolas a su lugarteniente, el comendador mayor don Luis de Requeséns.

Dio el señor Don Juan en todas las galeras disposiciones cuya prudencia y previsión pudieron apreciarse más tarde; mandó cortar en todas ellas los altos espolones para asegurar el tiro horizontal del esmeril de proa, y mandó también quitar las cadenas y dar armas y libertad a todos los galeotes condenados al remo por delitos comunes, prometiéndoles el indulto si daban buena cuenta en la pelea. Lloraban aquellos infelices y abrazábanse a los cómitres, que les entregaban las armas, jurando morir, como, en efecto, murieron los más de ellos, por la fe, por el rey y por Don Juan de Austria... Mandaba también en todas las galeras subir sobre cubierta los mejores víveres que se guardaban en la cala y muy razonables zaques de vino para repartirlos entre la chusma, y entonces era cuando se mezclaba entre ella para arengarla y animarla. Iba Don Juan sin armas todavía, con un crucifijo de marfil en la mano, que regaló más tarde a su confesor, fray Miguel Serviá, y se conservó en el convento de Jesús, extramuros de Palma de Mallorca, hasta 1835. Sus pláticas no eran pulidas, ni sus razones intrincadas; decíales tan sólo que peleaban por la fe y que no había cielo para los cobardes... Mas decíalo todo ello con tanta verdad y gracia y salíanle tan de lo hondo sus afirmaciones y promesas, que a todos les entusiasmaba y disponía al heroísmo, como si infiltrara en ellos el temple de su grande alma. Dábales a unos medallas, a otros monedas, a otros escapularios y rosarios, y cuando ya nada tuvo que dar, diole a uno su sombrero y repartió entre otros dos sus guantes. Y como ofreciese un capitán al galeote que lo había recibido cincuenta ducados por uno de aquellos guantes, negose él prontamente y prendiole en su bonetillo como si fuera el más rico plumaje.

A las once de la mañana hallábanse las dos flotas frente a frente, a una legua escasa de distancia. Pudo entonces Alí—Pachá comprender de un solo golpe toda la extensión de su yerro, viendo desembocar por el estrecho canal de Oxia naves y más naves con las que él no había contado; y cuenta Marco Antonio Arroyo que, volviéndose entonces a los cautivos cristianos atados al banco, díjoles muy pálido entre suplicante y espantado:

—Hermanos, haced hoy lo que sois obligados por el buen tratamiento que os he hecho, que yo os prometo que si tengo victoria daros he libertad; y si hoy es vuestro día, Dios os lo dé.

Propúsole entonces el astuto Aluch—Alí virar de bordo para atraer a la flota cristiana bajo los fuegos de la entrada del golfo; mas contestole el orgulloso jefe otomano que jamás ofrecerían las galeras del padischah, bajo su mando, ni aun la apariencia de una fuga...

Maniobraban ya, mientras tanto, las dos flotas para formarse en batalla, suelta en el libre mar, ligera y favorecida por el viento, la otomana; pesada, oprimida entre lo escollos y peñas que rodean por allí las Curzolari, y embarazadas por el viento contrario, la de los cristianos. Apoyaba ésta su cuerno izquierdo en la costa, estrechándose contra ella cuanto el fondo permitía para impedir el paso de las galeras turcas que pudieran atacar por la espalda. Formábanlo cincuenta y tres galeras al mando de Agostino Barbarigo, cuya galera iba la primera, o sea como guía, hacia el lado de tierra; la guía del otro lado llevábala Marco Quirini con la tercera capitana de Venecia. El cuerno derecho, por el contrario, internábase en el mar; formábanlo cincuenta y seis galeras, y mandábalo, y guiaba al mismo tiempo el extremo derecho, Juan Andrea Doria, cuya capitana llevaba por farola una gran esfera de cristal con aros dorados; el izquierdo lo guiaba don Juan de Cardona con la capitana de Sicilia. Entre estos dos cuernos o alas formábase el centro o cuerpo de batalla con sesenta y dos galeras: en medio estaba la real de Don Juan de Austria, flanqueada a derecha e izquierda por las capitanas de Marco Antonio Colonna y Sebastián Veniero y defendida su popa por la patrona de Don Juan y la capitana del comendador mayor don Luis de Requeséns, que no quiso apartarse un momento del generalísimo; los dos extremos del centro guiábanlos: el izquierdo, la capitana de Bautista Somellino, y el derecho, la capitana de Malta, mandada por el prior de Mesina Fra Pietro Giustiniani. Detrás del centro, y a conveniente distancia, alineábanse las treinta galeras de reserva mandadas por el marqués de Santa Cruz. No quedaba entre galera y galera más hueco que el necesario para maniobrar, y ocupaba en el mar la línea total de la flota aliada una extensión de dos kilómetros y medio. Una milla más adelante de la línea de batalla formaban las seis galeazas, correspondiendo dos a cada parte de la flota.

De idéntico modo había dispuesto Alí—Pachá la suya: apoyaba también en la costa su cuerno derecho, mandado por Mahomet Scirocco, y compuesto de cincuenta y seis galeras. Entraba el izquierdo igualmente en el mar, formado por noventa y tres galeras, a las órdenes de Aluch—Alí el Tiñoso, y en la mitad del centro, formado por noventa y cinco galeras, adelantábase la de Alí—Pachá, enorme, altísima de puntal, con cinco grandes farolas doradas en la popa y muy pertrechada de artillería, de jenízaros que pasaban de quinientos y de turcos epacos, bravísimos flecheros y escopeteros que formaban la flor de su gente. Rodeábanla y defendíanla otras siete galeras de fanal, de las cuales era la más fuerte y mejor equipada la serasker Peter—Pachá. Detrás del centro alinéabanse, lo mismo que la flota aliada, treinta galeras de reserva. El espacio que dejaban entre sí las galeras era el mismo en ambas flotas, y ocupaba en el mar la línea de batalla turca cinco kilómetros. Quedaban, pues, las dos armadas formando cada una tres cuerpos diversos, que tenían cada cual su contrario frente a frente. El de Barbarigo era Mahomet Scirocco; el de Don Juan de Austria, Alí—Pachá, y el de Juan Andrea Doria éralo Aluch—Alí el Tiñoso, el verdadero y temible capitán con que contaban los turcos.

Había la visita de Don Juan despertado el entusiasmo en las, galeras, y, hechos ya todos los preparativos, sólo se esperaba en ellas la señal del combate. También el generalísimo había hecho en la real los suyos: mandó lo primero desembarazar en lo posible la cubierta para hacer plaza de armas espaciosa en que pelear, y distribuyó atinadamente los cuatrocientos veteranos del regimiento de Cerdeña que tenía a bordo. Confió la defensa de las rumbadas o castillos de proa a los maestres de campo don Lope de Figueroa y don Miguel de Moncada, y a Andrés de Mesa y Andrés de Salazar; la medianería a Gil de Andrade, el fogón a don Pedro Zapata de Calatayud, el esquife a don Luis Carrillo, la popa a don Bernardino de Cárdenas, don Rodrigo de Mendoza Cervellón, don Luis de Cárdenas, don Juan de Guzmán, don Felipe Heredia y Ruy Díaz de Mendoza, y como principal defensor de la galera y verdadero generalísimo de la batalla, hizo colgar en el estanterol, dentro de una caja de madera, el crucifijo de los moriscos rescatado por Luis Quijada, que siempre llevaba consigo.

Seguía Don Juan desde la popa las maniobras de ambas armadas, y para no perderlas de vista un momento, comenzó a armarse allí mismo, bajo el toldillo de damasco encarnado y blanco que había a la entrada de su cámara; púsose un fuerte arnés pavonado en negro y claveteado todo de plata; llevaba debajo de la coraza el lignum crucis regalo de San Pío V, y encima el toisón de oro, que según los estatutos de esta Orden debe llevar siempre puesto el caballero que entra en batalla. Acababa Don Juan de armarse cuando observó que Juan Andrea Doria entraba demasiado en el mar el cuerno derecho que mandaba, dejando entre el extremo izquierdo de éste y el centro de batalla una ancha brecha; observó también que Aluch—Alí seguía paralelamente la maniobra de Doria con el cuerno izquierdo turco, y comprendió al punto la astuta estrategia del renegado Tiñoso. Pretendía éste, y lo iba consiguiendo, apartar insensiblemente el cuerno derecho cristiano del centro, para introducir luego rápidamente sus naves más ligeras por la brecha que quedaba y rodearle y aislarle por completo. Apresurose Don Juan a enviar a Doria una fragata avisándole el lazo en que con riesgo manifiesto de comprometer la batalla iba cayendo; mas ya era tarde, por desgracia, y la fragata no tuvo tiempo de recorrer las tres millas que de Doria la separaban.

Veníase encima, mientras tanto, la flota turca a toda vela, impulsada por un viento favorable, espantosa, imponente, y veíasela ya a media milla de la línea de las galeazas y sólo a otra milla más de la línea de batalla de los cristianos. Don Juan no quiso esperar más: santiguose humildemente y mandó disparar en la real el cañonazo de desafío y enarbolar en la popa el estandarte azul de la Liga, que se desarrolló majestuosamente como un pedazo de cielo sobre el cual se destacase la imagen del Crucificado. Un momento después contestó la galera de Alí con otro cañonazo aceptando el reto, y enarbolaron en su popa el estandarte del profeta, guardado en la Meca, blanco, de gran tamaño, con ancha cenefa verde, y bordados en el centro versículos del Alkorán con letras de oro. En el mismo momento acaeció un fenómeno sencillísimo en cualquier otra ocasión, pero que por hartas razones túvose en aquélla por prodigio: calló de repente el viento hasta quedar todo en calma, y comenzó luego a soplar favorable para los cristianos y contrario a los turcos. Parecía como si hubiese resonado allí queda voz que dijo al mar: Calla, y al viento: Sosiégate. El silencio fue entonces profundo; oíase tan sólo el rumor de las olas, que se arremolinaban en las proas de las galeras y el ruido de las cadenas que agitaban al remar los esclavos cristianos.

Fray Miguel Serviá bendecía desde el estanterol a todos los de la flota y dábales la absolución general en la hora de la muerte. Eran entonces las doce menos cuarto.

XI

Disparó el primer cañonazo la galeaza capitana, mandada por Francisco Duodo, y arrancó de cuajo la mayor de las cinco farolas que coronaban la popa en la galera de Alí—Pachá; el segundo destrozó las rumbadas de una galera próxima y el tercero echó a pique una fusta que se adelantaba para transmitir órdenes. Hubo entonces un movimiento espontáneo de retroceso en toda la línea turca, que el valor de Alí—Pachá refrenó al instante. Abalanzose a la caña del timón, y con la rapidez de una flecha hizo pasar La Sultana por entre las galeazas sin disparar un tiro; siguiole toda la flota, rota ya y deshecha su línea de formación, pero dispuesta a unirse otra vez salvado aquel obstáculo, como se unen las aguas de un río después de pasados los postes de un puente que las detienen y dividen. Comenzó el choque entre ambas armadas por el cuerno izquierdo cristiano y el derecho turco. Atácole Mahomet Scirocco por el frente, con tal rabia y empuje y tal alboroto de gritos y salvajes alaridos propios de los turcos cuando combatían, que logró atraer la atención sobre un solo punto, y deslizar, mientras tanto, por el lado de tierra, algunas de sus galeras ligeras, que atacaron por la popa a la capitana de Barbarigo; viose entonces éste en gravísimo aprieto, porque la galera de Mahomet Scirocco había abordado la suya por la proa y entrábanse ya los turcos hasta el árbol de mesana; defendíanse los cristianos como fieras acorraladas en la popa, y Barbarigo mismo desde el castillo les dirigía y animaba. Tenía alzada la visera del casco, y recatábase con la rodela de la nube de flechas que cruzaban los aires. Descubriose un momento para dar una orden, y entrole una por el ojo derecho y se le clavó en el cráneo. Murió al día siguiente.

Corriose entonces el gravísimo riesgo de que, apoderados los turcos de la capitana veneciana, destrozasen todo el cuerno izquierdo y arremetiesen después contra el centro por el flanco y por la popa, haciéndoseles entonces fácil la victoria. Marino Contarini, sobrino carnal de Barbarigo, conjuró el peligro. Abordó la galera de su tío por la banda de babor con toda su gente, y trabose sobre la capitana la pelea más furiosa quizá que registra aquella jornada memorable. Todo era allí rabia, todo ira, todo era carnicería, todo espanto; hasta que arrojado Mahomet Scirocco por la capitana veneciana y acorralado a su vez en la suya propia, sucumbió al fin a sus heridas agarrado a una borda; allí le degollaron y le arrojaron al agua. Cundió entonces el espanto entre los turcos, y volviendo las proas a tierra las pocas galeras que quedaron libres, allí encallaron, salvándose a nado su diezmada gente.

No tuvo tiempo Don Juan de hacerse cargo de aquel peligro, ni de aquella catástrofe, ni de aquella victoria, porque todas esas fases del combate las tenía ya él encima. Cinco minutos después de haber caído Mahomet Scirocco sobre Barbarigo, caía sobre él Alí—Pachá con todo el ímpetu de su odio, de su furor, de su deseo de gloria. Veíasele verdaderamente arrogante sobre el castillo de popa, en pie con un riquísimo alfanje en la mano, vestido un caftán de brocado blanco tejido de seda y plata, y una celada de acero pavonado bajo el turbante con inscripciones de oro y pedrería de turquesas, rubíes y diamantes, que despedían vivos reflejos a la luz del sol. Avanzaban igualmente los dos cuerpos de batalla, sin reparar en lo que a la izquierda y derecha sucedía, y en medio de las dos galeras de los dos generalísimos, en silencio, sin disparar un tiro ni hacer otra maniobra que la de marchar siempre adelante. A media galera de distancia ambos navíos, disparó La Sultana, de Alí—Pachá a quema ropa tres cañonazos: el primero destrozó las rumbadas de babor de la real y mató algunos remeros; el segundo atravesó el esquife, y el tercero pasó sobre el fogón sin hacer daño a nadie. Contestó la real barriendo con sus fuegos la popa y la crujía de La Sultana, y una negra y espesa humareda envolvió al punto a turcos y cristianos, al cielo y al mar, a barcos y combatientes. Oyose entonces dentro de aquella nube negra, que parecía vomitada del infierno, un crujido inmenso y horrendos alaridos, y viéronse saltar, entre el espeso humo de la pólvora, astillas, hierros, remos rotos, armas, miembros humanos, cuerpos destrozados que se alzaban en el aire y caían luego al mar, tiñéndolo de sangre. Era que la galera de Alí había embestido a la de Don Juan por la proa con tan espantoso empuje, que el espolón de La Sultana entró en la real hasta el cuarto banco de remeros; la violencia del golpe produjo, naturalmente, en ambas galeras un movimiento de retroceso; mas ya no pudieron desasirse. Habíanse enredado por las jarcias y aparejos e inclinábanse a babor y a estribor con espantosos crujidos y horribles balanceos, pugnando por desasirse, sin conseguirlo, como dos gladiadores que, separados los cuerpos, se asen, se estrechan y se traban por las cabelleras. Mandó Don Juan desde el estanterol, donde se hallaba al pie del estandarte de la Liga, echar los garfios por las proas y afianzadas ya las dos galeras, convirtiéronse en un solo campo de batalla. Lanzáronse como leones los cristianos al abordaje, destrozando cuanto se oponía a su paso, y por dos veces llegaron hasta el palo mayor de La Sultana y otras tantas tuvieron que retroceder, disputando palmo a palmo, pulgada a pulgada, aquellas frágiles tablas en que no había escape, ni ayuda, ni esperanza de compasión, ni más salida que la muerte.

Reforzaron La Sultana con gente de refresco las galeras turcas de reserva, y animado Alí, lanzose a su vez al abordaje. Era La Sultana de más alto bordo que la real, y cayeron, por tanto, en ella como catarata que se despeña desde lo alto; el choque fue tan tremendo, que los maestres de campo Figueroa y Moncada retrocedieron con su gente y llegaron los turcos a pasar el palo trinquete. Acudió allí toda la gente de popa, y Don Juan de Austria saltó desde el estanterol, con la espada en la mano, peleando como un soldado, para hacerles retroceder. Este fue el momento crítico de la batalla... Ya no había línea, ni formación, ni derecha, ni izquierda, ni centro; sólo se veía en cuanto del mar abarcaban los ojos, fuego, humo y pelotones de galeras en medio, trabadas entre sí, vomitando fuego y muerte, con los palos y los cascos erizados de flechas, cual enormes puerco espines que erizasen sus púas para defenderse y acometer: matar, herir, prender, animar, quemar era lo que se veía por todas partes, y caer al agua cuerpos muertos y cuerpos vivos, árboles, entenas, jarcias, cabezas arrancadas, turbantes, aljabas, rodelas, espadas, cimitarras, arcabuces, carcajes, cañones, flechas, cuantos instrumentos tenían entonces a su alcance la civilización y la barbarie para matarse y destruir.

En tan crítico momento desprendiose con esfuerzo sobrehumano una galera de aquel caos de horrores, y lanzó su proa con la violencia de formidable catapulta disparada por titanes contra la popa de la galera de Alí, entrándole el espolón hasta el tercer banco de remeros. Era Marco Antonio Colonna, que acudía en auxilio de Don Juan de Austria; al mismo tiempo ejecutaba igual maniobra por uno de los flancos el marqués de Santa Cruz. El refuerzo era grande y oportuno; pero todavía lograron los turcos retirarse a su galera en buen orden y haciendo estragos; mas estrujados allí materialmente por las gentes de Colonna y Santa Cruz, rebosaban por las bandas y caían al agua muertos y vivos, trabados turcos y cristianos, peleando hasta lo último con las uñas y los dientes, y destrozándose hasta por debajo del ensangrentado oleaje.

En aquel remolino de desesperados pereció Alí al lado del timón; unos dicen que se degolló a sí mismo y se arrojó al mar; otros, que le cortaron la cabeza y la levantaron en una pica. Mandó entonces Don Juan de Austria bajar el estandarte del profeta, y entre gritos de «¡Victoria!», izaron en su lugar la bandera de la Liga.

Hallábase herido Don Juan en una pierna[24]; mas sin cojear siquiera, subió al alcázar de popa de la galera rendida para hacerse cargo desde allí del estado de la batalla. En el cuerno izquierdo huían en aquel momento para tierra las pocas galeras que quedaban de Mahomet Scirocco, y veíaselas encallar violentamente en los bajíos y arrojarse a nado las tripulaciones. No sucedía, por desgracia, lo mismo en el cuerno derecho: engañado Doria por las falsas maniobras de Aluch—Alí, siguió internandose en el mar y abriendo cada vez más ancha brecha entre el ala derecha y el centro; la orden de Don Juan de Austria mandándole retroceder no llegó a tiempo. Limitábase Aluch—Alí, mientras tanto, a observar la maniobra de Doria, siguiéndole paralelamente sin cuidarse de atacar; hasta que de repente, juzgando ya, sin duda, el hueco harto ancho, viró a la derecha con rapidez maravillosa, y lanzó toda la masa de la flota por la peligrosa brecha, aplastando literalmente aquellos dos extremos que quedaban descubiertos; el desastre fue terrible y la matanza espantosa. En la capitana de Malta sólo tres hombres quedaron con vida: el prior de Mesina, Fra Pietro Giustiniani, con cinco flechas clavadas; un caballero español con ambas piernas rotas, y otro italiano con un brazo separado de un hachazo. En la capitana de Sicilia cayó herido don Juan de Cardona, y de quinientos hombres que llevaba quedáronle cincuenta. La Fiereza y la San Giovanni, del Papa, y la Piamontesa, de Saboya, sucumbieron sin rendirse en sus puestos; diez galeras se habían ido ya a pique, una ardía hasta consumirse y doce flotaban como boyas, sin dirección ni rumbo, desarboladas, repletas de cadáveres, esperando a que el vencedor, que lo era Aluch—Alí en aquel momento, les echase las amarras y las remolcase como trofeos y botín de guerra. Espantado Doria del desastre, volvía a toda prisa al lugar de la catástrofe; mas ya le había precedido Don Juan de Austria. Sin reparar en nada, mandó el generalísimo cortar las amarras a doce galeras que remolcaban ya a las vencidas, y herido él, sin descansar de las fatigas de su propia lucha, lanzose con ellas en auxilio de los que sucumbían.

«¡Ah, valiente generalísimo! —exclama aquí el almirante Jurien de la Gravière en su precioso estudio sobre la batalla de Lepanto—. A él debía ya la armada su victoria y a él iba a deber su salvación lo que quedaba del ala derecha». Siguiole el marqués de Santa Cruz con toda la reserva, y a la vista de este refuerzo, ya victorioso, comprendió Aluch—Alí que le arrancaban de las garras la presa.

Sólo pensó entonces el astuto renegado en salvar su vida, y lo hizo como él sólo fuera capaz de hacerlo: metió en su galera a su hijo, y seguido de otras trece, lanzose como una exhalación por delante de las proas enemigas antes de que pudieran envolverle, y huyó a la desesperada con rumbo a Santa Maura, sueltas todas las velas, empuñando él la caña del timón, bogando los infelices remeros con la cimitarra a la garganta para que no aflojasen, para que no respirasen un segundo, y antes que dejar rindiesen allí el último aliento.

Pasado el primer instante de estupor, lanzáronse detrás el marqués de Santa Cruz y Don Juan de Austria; mas la ventaja que les llevaba Aluch—Alí crecía por momentos y comenzaba ya a caer la tarde, y la tempestad, que amenazaba desde las doce, soplaba ya sus primeras ráfagas y hacía oír sus primeros truenos. Escapó, pues, el famoso renegado en alas de la tempestad, como si la cólera de Dios le protegiese y le guardara para castigo y azote de otros pueblos.

Este fue el último tercio de la batalla de Lepanto; la mayor jornada que vieron los siglos, según asegura un testigo y actor que derramó en ella su sangre: Miguel de Cervantes Saavedra.

Eran entonces las cinco de la tarde del 7 de octubre de 1571.

XII

En la tarde de aquel mismo día 7 de octubre de 1571 paseábase San Pío V por una cámara del Vaticano oyendo la relación que le hacía su tesorero, monseñor Busotti de Bibiana, de varios asuntos confiados a su cargo; padecía el santo anciano horrendos ataques de piedra, y como le arreciase de ordinario el mal estando sentado, solía recibir y despachar las más de las veces en pie o paseando. Detúvose de repente el Papa en mitad de la estancia y alargó el cuello en la actitud del que escucha, haciendo al mismo tiempo a Busotti señal de que callase. Acercose después de breve rato a una ventana, y abriola de par en par, asomándose a ella siempre en silencio y en la misma actitud escudriñadora. Mirábalo asombrado Busotti, y su extrañeza se convirtió en pavor al ver que el rostro del anciano Pontífice se transfiguraba de repente, que sus llorosos ojos azules se volvían al cielo con expresión inefable, y que sus manos juntas se elevaban, ligeramente temblorosas; erizáronsele los cabellos a Busotti, comprendiendo que sucedía algo sobrenatural y divino, y así permaneció más de tres minutos, según depuso después con juramento el mismo tesorero.

Arrancose al cabo de éstos el Papa de su arrobamiento, y con el rostro radiante de júbilo, dijo a Busotti:

—No es hora ésta de tratar negocios... Demos gracias a Dios por la victoria alcanzada sobre los turcos...

Y retirose a su oratorio, dice Busotti, dando tropiezos y saliéndole de la frente lumbres muy bellas. Apresurose el tesorero a dar cuenta de lo que sucedía a varios prelados y cardenales, y mandaron éstos al punto extender acta de todo ello, marcando las circunstancias de lugar y tiempo, y depositarla sellada en casa de un notario. El 26 de octubre llegó a Roma un mensajero del dux de Venecia, Mocenigo para anunciar al Papa la victoria de Lepanto, y tres o cuatro días después llegó también el conde de Priego, enviado por Don Juan de Austria, para darle cuenta de todas las circunstancias de la batalla. Hízose entonces cómputo de horas según los diversos meridianos de Roma y las islas Curzolari, y resultó que la visión del Papa anunciándole el triunfo de Lepanto tuvo lugar en el momento en que saltaba Don Juan de Austria del estanterol con la espada en la mano para rechazar a los turcos que invadían su galera y atacaban La Sultana por el flanco y por la popa el marqués de Santa Cruz y Marco Antonio Colonna. Diose entonces a este suceso grande importancia, y figuró más tarde con todas sus pruebas y documentos en el proceso de canonización de San Pío V, de donde lo tomamos nosotros.

Mientras tanto, era otra providencia de Dios que la tempestad que ponía en salvo al renegado Aluch—Alí no acabase de destrozar la armada de la Liga. Vagaban sin cuidado todas las galeras por el anchuroso golfo ocupadas en remediar del mejor modo posible sus enormes averías, en colocar a los heridos, maniatar a los cautivos turcos y recoger y asegurar el inmenso botín que ofrecían las ciento setenta y ocho galeras ganadas al enemigo. Nadie se acordaba del peligro, ni se cuidaba tampoco sino de saborear el triunfo. Velaba, sin embargo, por todos el generalísimo, y de repente mandó disparar en la real el cañonazo de alarma; repitieron las capitanas la misma pavorosa seña, y a toda prisa, a la fuerza, a empujones, si así fuera posible decirlo, recogió Don Juan delante de sí aquel desbandado rebaño y lo encerró, cual en un redil, en el próximo puerto de Petala. Ya era tiempo: el temporal se desató violento y terrible, y durante toda aquella noche barrió aquellos mares con espantosa furia. Sin la prudencia de Don Juan, la victoria de Lepanto hubiera quedado reducida, indudablemente, y en sentido inverso, a lo que fue la batalla de Trafalgar dos siglos y medio más tarde; ésta fue un glorioso desastre; aquélla hubiera sido una desastrosa gloria.

Al día siguiente, muy de mañana, visitó Don Juan de Austria todas las galeras, una por una, consolando y asistiendo a los heridos, y haciendo el recuento de las pérdidas sufridas. Perdieron los cristianos en la batalla de Lepanto quince galeras y muy cerca de ocho mil hombres; de éstos eran dos mil españoles, ochocientos del Papa y los demás venecianos. De la armada turca sólo se salvaron treinta galeras; fueronse a pique en el golfo noventa, y las ciento setenta y ocho restantes quedaron en poder de los cristianos, con ciento diecisiete cañones gruesos y doscientos cincuenta de menor calibre. Al mismo tiempo quedaron en libertad más de doce mil cristianos cautivos que llevaban los turcos remando en sus galeras. Estos infelices, ebrios de dicha, ofreciéronse espontáneamente y con el mayor entusiasmo a cubrir en la flota cristiana las bajas de muertos y heridos, así en la gente de combate como en la chusma.

El reparto de los despojos hízolo el señor Don Juan, según lo estipulado en los artículos de la santa Liga, de la siguiente manera:

Al Papa, veintisiete galeras, nueve cañones gruesos, tres pedreros, cuarenta y dos sacres y doscientos esclavos.

Al rey católico, la galera La Sultana de Alí—Pachá, con otras ochenta y una, sesenta y ocho cañones grandes, doce pedreros, ciento sesenta y ocho sacres y tres mil seiscientos esclavos.

A Venecia, cincuenta y cuatro galeras, treinta y ocho cañones, seis pedreros, ochenta y cuatro sacres y dos mil quinientos esclavos.

A Don Juan de Austria tocábale como generalísimo la décima de todo; mas sólo tomó dieciséis galeras, setecientos veinte esclavos y una por cada diez piezas de artillería. Tocole entre los cautivos el ayo de los hijos de Alí—Pachá, Alhamet, preso con éstos por Marco Antonio Colonna en la galera del rey de Negroponto, donde se habían refugiado después de haberse ido a pique la suya propia.

Desde Santa Maura envió el señor Don Juan al rey su hermano al maestre de campo de don Lope de Figueroa; con éste iba también su correo, Angulo, llevándole el estandarte del profeta, que llamaban Sanjac, cogido en la galera de Alí. Al Papa envió el conde de Priego; al emperador Maximiliano II de Austria, a don Fernando de Mendoza, y a la Señoría de Venecia, para darle la enhorabuena, a don Pedro Zapata de Calatayud.

No se olvidó Don Juan de Austria, en la embriaguez del triunfo, de su tía doña Magdalena de Ulloa, y al mismo tiempo que al Papa, al rey, al emperador y a la señoría, enviole a ella a Jorge de Lima, llevándole de su parte lo que más podía satisfacer su corazón de cristiana, de española y de amantísima madre: el lignum crucis, regalo de San Pío V, que había llevado él en la batalla de Lepanto, y una bandera turca arrancada por él mismo en la galera del serasker[25].

XIII

Conmovió profundamente el gran corazón de Don Juan de Austria el infortunio de los hijos de Alí, y mandó que, sin separarlos de su ayo, Alhamet, ni de sus criados, que eran cinco, les llevasen a la galera real para tenerlos él a la vista y protegerlos y consolarlos, lo cual dio motivo a un episodio que pinta de cuerpo entero el carácter caballeresco, grande y compasivo del vencedor de Lepanto.

Contaba el mayor de los hijos de Alí, Ahmed—Bey, dieciséis años, y era hermoso, robusto, varonil y arrogante. Sumiole su desgracia en una muda y sombría desesperación que no estallaba nunca, sino se le reconcentraba en el pecho, tornándole arisco, duro, agresivo, sin más idea ni más ansia que la de escapar, como pájaro salvaje encerrado en una jaula. El menor, Mahomet—Bey, era, por el contrario, una criatura de trece años, expansiva, cariñosa, que sin comprender toda la extensión de su desgracia, volvía a todas partes sus ojos inocentes buscando dondequiera protección y cariño; y como ambas cosas encontraba en Don Juan de Austria, apegose a él tiernamente. Humillaba esto el orgullo de su hermano, y como le viese un día sobre cubierta jugando con la monilla[26] de Don Juan, arrancole violentamente el animalejo, diciéndole una frase turca de horrendo laconismo, que pudiera traducirse en castellano:

El gran infiel mató a padre.

La bondad de Don Juan y su fino tacto quebrantaron al fin la fiereza y los rencores del muchacho, y trocose entonces su desesperación en tristeza profunda, que sin enfermedad alguna aparente le roía y le minaba. Preocupaba a Don Juan en extremo la suerte de aquellas dos pobres criaturas, y para darles placer y esperanza, apresurose, en llegando a Corfú, a dar libertad a Alhamet, su ayo, y enviarlo a Constantinopla, a dar razón de ellos a su familia y asegurarle la imposibilidad en que estaba entonces de darles también libertad, como se la daría más adelante, según era su intención y su deseo. Formaban los dos huérfanos una sola presa de guerra, en la cual sólo tenía Don Juan una décima parte, según lo estipulado en la Liga, correspondiendo lo restante por partes iguales al Papa, al rey de España y a la señoría de Venecia.

Solicitó, pues, el señor Don Juan de las tres potencias la cesión completa de los muchachos para ponerlos en libertad sin pérdida de tiempo, ofreciéndose él a dar en cambio cuanto quisiesen exigirle. Juzgó, sin embargo, prudente, mientras estas negociaciones tenían efecto, enviar a Roma con todos sus criados a los dos hermanos para tenerlos allí bajo la protección del Padre Santo. Resistíanse los huérfanos a separarse del señor Don Juan, y de tal manera se agravaron con esta ausencia la tristeza y consunción que minaban a Ahmed—Bey, el mayor de los dos hermanos, que murió en Nápoles a los tres días de su llegada, pidiendo a Don Juan en su hora postrera que no retractase sus generosas intenciones de dar libertad a su inocente hermano. Siguió éste para Roma afligido y desolado, y colocáronle allí por orden del Papa en el castillo de Santo Angelo, con todo el esmero y los cuidados que su edad, su calidad y su desgracia requerían. Activó Don Juan por su parte en favor de Mahomet—Bey las gestiones que antes hacía por los dos hermanos, y escribió a Felipe II y al dux Mocenigo en términos tan eficaces y apremiantes, como podrá juzgarse por la siguiente notabilísima carta suya al embajador de España en Roma, don Juan de Zúñiga, cuyo original pertenece a la colección de autógrafos del conde de Valencia de Don Juan:

«Ilustrísimo señor: Algunas veces me acuerdo aver escrito a vuestra merced la mucha afición que tomé a los hijos del Baxá dende el primer día que fueron captivos en la batalla, y los conoscí por parescerme moços nobles y de muy buena inclinación, y considerar la miseria en que se hallavan, sin culpa suya, pues ni tenían hedad ni malicia para poder haver hecho ninguna cosa de momento en nuestro daño. Esta misma inclinación me ha durado y dura hasta agora, tanto más, quanto algunas veces voy considerando, no parescerme cosa de ánimos nobles maltratar al enemigo después de vencido, y conforme a esta mi opinión, el tiempo que esos moços y los demás esclavos de qualidad estuvieron a mi disposición y orden, de continuo mandé que fuesen muy bien tratados, y se les hiciese todo regalo, particularmente a los dichos moços. Haviéndose enviado desde aquí a esa ciudad y muerto el uno de ellos en Nápoles, e deseado extremadamente que el menor de ellos que está ahí en prisión se le diese libertad, y esto tanto más, quanto me acuerdo averme dado algunas veces intención de hacerlo así, y a este fin he escripto al rey mi señor, suplicando le fuera servido de hacerme merced de la mitad de dicho moço, que por la capitulación de la Liga le podía tocar, de lo qual aguardo respuesta. Al presente me ha ocurrido si sería bien pedir en esta Sede vacante[27] al sacro collegio de los cardenales la parte que toca a esa sancta Sede, pues las otras dos de Venecianos procuraría yo de averlas por la vía que me pareciese más a propósito. He querido antes de intentar este negocio, comunicarlo con vuestra merced y pedirle como le pido con mucho encarecimiento que me avise de su parecer y tenga la mano en quanto por su parte pudiera, que esos esclavos sean bien tratados, pues como arriba digo, soy de opinión que a los enemigos se les muestre fiereza y valor hasta vencerlos, y después de vencidos, mansedumbre y piedad, y avíseme con la primera ocasión lo que sobre esto se le ofresciere. —Guarde Nuestro Señor la ilustrísima persona de vuestra merced, como deseo. De Mesina a 7 de mayo de 1572

Al final de esta carta hay la siguiente postdata de mano propia de Don Juan de Austria:

«Mucho más de lo que sabría decir deseo que se me dé ese muchacho, pues como tal, será poco el daño que podrá hacer, y cierto le estoy aficionado y casi obligado, y así deseo como digo satisfacerme a mí en esta parte, y para esto quiero muy de veras el ayuda de vuestra merced a quien pido que si le paresciere tiempo y ocasión de alcançarme esta gracia lo haga, y que procure que en todo caso y tiempo sean bien tratados los demás que están en compañía del dicho muchacho, que cierto a mi juicio es una de las principales partes de un buen ánimo de piedad con los tales; también deseo que ellos entiendan tengo cuidado de lo que les toca, y todo señor Don Juan se lo remito. —A su servicio, Don Juan.»

Vinieron fácilmente en lo que el señor Don Juan deseaba el Papa, el rey y el dux de Venecia, y dueño ya exclusivo el generalísimo del pobre niño cautivo, enviole a buscar para darle libertad con todos sus criados; mas, antes, y hallándose el señor Don Juan en Nápoles, llegó a este puerto una hermosa galera turca con salvoconducto de embajada, enviada por Fátima Cadem, hija también de Alí—Pachá, y única persona de su familia que quedaba ya al huérfano. Venía en esta galera Alhamet, el ayo de los dos hermanos, y traía una carta y un rico presente de la mora Fátima para Don Juan de Austria. La carta, según la traducción que de ella inserta Van der Hammen, dice así:

«Gran señor: Después de besada la tierra que pisa vuestra alteza, lo que esta pobre y mísera huérfana tiene que hacer saber a vuestra alteza, su señor, es representarle, quán agradecida estoi al favor que nos ha hecho a todos, no sólo en dar libertad a Alhamet, nuestro criado, sino en enviarle para que nos diese nuevas de cómo después de la muerte de mi padre y rota de la armada nuestra, mis pobres huérfanos hermanos quedaron vivos y en poder de vuestra alteza, por lo qual quedo rogando a Dios dé a vuestra alteza muchos años de vida. Lo que nos queda, señor, agora a mí y a todos nosotros que suplicar a vuestra alteza es nos haga merced y limosna, por la alma de Jesucristo, por la vida de vuestra alteza real, por la cabeça de su madre, por el alma del emperador su padre, por la vida de la majestad del rey su hermano, los dé libertad a esos pobres huérfanos. No tienen madre, su padre murió a manos de vuestra alteza. Están debaxo solo del amparo de vuestra alteza. Pues es tan cortés caballero como todos confiessan, tan piadoso y generoso príncipe, duélale de las lágrimas que por horas vierto; de la aflicción en que se hallan mis hermanos y concédame esta gracia. De lo que he podido juntar de las cosas que por acá ai, embío a vuestra alteza ese presente, a quien suplico le quiera recebir. Bien sé no es cosa digna de la grandeza de vuestra alteza y que merecía cosas mayores, pero mis fuerças son cortas. Vuestra alteza no mire a la poquedad del servicio, sino como tan gran señor reciba la buena voluntad con que se hace. Buelvo, señor, a suplicar a vuestra alteza por la ánima de Jesucristo me haga esta limosna de dar libertad a mis hermanos, pues en hacer semejante bien, aunque sea a enemigos, ganará renombre de liberal y piadoso; y pues mirando a sus lágrimas fue servido de embiar a Alhamet que avisase de cómo quedaban vivos, y del buen tratamiento que vuestra alteza les hacía (lo qual toda esta corte tuvo a gran gentileza y no hacen sino alabar la virtud y grandeza de vuestra alteza), para acabar de ganar del todo este título, no queda sino que vuestra alteza nos haga esta merced, de que les dé libertad.

Besa los pies de vuestra alteza su esclava la pobre hermana de los hijos de Alí—Baxá. —Fátima Cadein».

Recibió Don Juan de Austria esta carta envuelta en un lienzo de brocado, de manos de Alhamet, y ocho esclavos turcos, que con él venían, entraron luego en la estancia el rico presente. Componíase éste de cuatro ropas de martas cibelinas. —Dos ropas de lobos cerbales. —Una ropa de armiños. —Otra ropa de lobos cerbales de raso carmesí que era del rey de Persia, con una guarnición de brocados de media vara de ancho, y en ella bordadas historias de persianos. —Seis piezas de brocado muy fino, de tres canas y media la pieza. —Dos cajas de porcelana de Levante muy finas. —Una caja de pañuelos y toallas de oro, plata y seda bordados a la turquesa. —Una cubierta de cortaduras de seda recamada de oro. —Otra cubierta de brocado colchada. —Cantidad de sobremesas de cuero. —Una tapicería de cueros adobados en olores. —Un alfange damasquino que era del Gran Turco, guarnecido de oro y labrado con piedras turquesas finas. —Cinco arcos dorados con quinientas flechas que eran del Gran Turco, muy labradas de oro y esmalte y sus carcajes y aljabas labrados y adobados de olor. —Cantidad de plumas de todas clases. —Una cajita de botones de almizcle fino. —Algunas piezas de turbantes de holanda fina. —Seis alfombras muy grandes. —Seis fieltros grandes a modo de reposteros. —Un arco, carcaj y aljaba, todo de oro fino y esmaltado de azul, que era de Solimán. —Cantidad de bolsas de agua y frascos de cuero adobado. —Cuatro frascos de almáciga fina de Xío. —Veinticuatro cuchillos damasquinos guarnecidos de oro, plata y rubíes.

Examinó Don Juan de Austria todas estas riquezas detenidamente con muchas razones de cortesía y agradecimiento, mas haciendo luego a los esclavos que las empaquetasen tales como venían, mandó a Alhamet que las llevara él mismo a Roma y las entregase al niño cautivo Mahomet—Bey, para que dispusiese él de todas ellas a su arbitrio. Llegó el hijo de Alí a Nápoles a fines de mayo y embarcose a los pocos días para Constantinopla, con todos sus criados y algunos otros cautivos turcos, que para honrarle a él redimió también Don Juan de Austria. El niño llevaba para su hermana Fátima la siguiente respuesta del generalísimo:

«Noble y virtuosa señora: Dende la primera hora que fueron traydos a mi galera Ahmet—Bey y Mahomet—Bey, sus hermanos, después de haber vencido la batalla que di a la armada del Turco, conosciendo su nobleza de ánimo y buenas costumbres, considerando la miseria de la flaqueza humana, y quán subjecto es a mudança el estado de los hombres, añadiendo el ver que aquellos nobles mancebos venían más en la armada por regalo y compañía de su padre, que para ofendernos; puse en mi ánimo, no solamente de mandar que fuesen tratados como hombres nobles, pero de darles libertad quando me paresciere ser la ocasión y tiempo para ello. Acrecentose esta intención en rescibiendo su carta tan llena de aflicción y aflicción fraterna y con tanta demostración de desear la libertad de sus hermanos; y quando pensé poder imbiárselos ambos, con grandísimo descontentamiento mío llegó a Ahmet—Bey el último fin de los trabajos que es la muerte. Embío al presente en su libertad a Mahomet—Bey y a todos los otros captivos que me ha pedido, como también embiara al defuncto si fuera vivo; y tenga, señora, por cierto que me ha sido desgusto particular no poderla satisfacer y contentar en parte de lo que deseaba, porque tengo en mucha estima la fama de su virtuosa nobleza. El presente que me embió dexé de rescibir y lo hubo el mismo Mahomet—Bey, no por no preciarle como cosa venida de su mano, sino porque la grandeza de mis antecesores no acostumbra recibir dones de los necesitados de favor, sino darlos y hacerles gracias; y por tal recibirá de mi mano a su hermano, y a los que con él embío; siendo cierto, que si en otra batalla se volviese a captivar a otro de sus deudos, con la misma liberalidad se les dará libertad y se les procurará todo gusto y contentamiento. —De Nápoles a 13 de mayo de 1573. —A su servicio, Don Juan.»...

Libro cuarto

I

Con la batalla de Lepanto comenzó la decadencia y siguiose la ruina del Imperio otomano. Es, sin embargo, cierto que no correspondieron los provechos inmediatos de este glorioso triunfo ni al esplendor de su gloria ni al heroísmo de los que supieron alcanzarlo.

Diéronse harta prisa en separarse los generales de la Liga: ansiaba el viejo Veniero verse en Venecia para cuidar de la herida que en la batalla recibiera; Colonna, en Roma, para gozar de los merecidos honores del triunfo, y Don Juan de Austria, recluido en Mesina por las terminantes órdenes de su hermano, Felipe II, que le había mandado retirarse allí y no moverse ni bullir sin nueva orden suya, consumíase de impaciencia al ver que se alejaba la ocasión de sacar sus frutos naturales al triunfo de Lepanto y que se alejaba también para él, como lógica consecuencia, el cumplimiento de la promesa que le hiciera San Pío V de darle la investidura del primer reino que se ganase al Turco.

Un suceso misterioso y muy secreto entonces, patente y conocido de todos más tarde, vino a espolear en Don Juan su fogoso empeño de proseguir la campaña según lo pactado en la Liga, y según los continuos clamores de San Pío V, único que alzaba su voz sin interés alguno terrenal y con completa y santa independencia. Había Don Juan entrado en Mesina el día de Todos los Santos, al frente de la flota vencedora, trayendo a remolque por las popas las innumerables galeras apresadas, con sus estandartes abatidos, sus banderas arrastrando por el agua, sus cañones y armamentos a través formando trofeos de guerra. Todo parecía en Mesina poco para festejar y recibir al héroe de Lepanto: hiciéronlo bajo palio la ciudad, el arzobispo y la clerecía, y allí mismo, en el muelle, presentáronle un soberbio regalo y 30.000 escudos de oro, que Don Juan hizo repartir entre los hospitales y los soldados heridos que venían en la flota. Diéronle en honra suya el nombre de Austria a la soberbia puerta que para recibirle habían construido en el muelle, y a la calle que de allí arranca, y en el sitio más honroso de Mesina, frente al palacio y en medio de la plaza de Nuestra Señora del Piller, levantáronle en aquellos mismos días una estatua colosal, obra del insigne escultor y arquitecto Andrés Calamech. Era esta estatua y es todavía, porque en el propio lugar se conserva, de bronce, dorada: tiene en la diestra el triple bastón de generalísimo de la Liga, y hállase colocada sobre una altísima columna, también de bronce, en cuyo pedestal se ven esculpidos elegantes versos latinos y alegorías alusivas a la corta pero ya gloriosa vida de Don Juan de Austria.

En medio de estas fiestas y regocijos, que duraron hartos días, deslizose una noche entre la multitud de barcos que ocupaban el puerto, una galera griega de las que hacían entonces el tráfico en Italia de mercaderías de Oriente. Viósela por varios días, sin que llamase la atención de nadie, atracada al muelle, descargando sus mercancías bajo la dirección del capitán, un albanés muy corpulento que frecuentaba el trato de mercaderes principales de Mesina.

Mas una noche, dado ya el toque de queda, desembarcaron sigilosamente tres hombres de la galera griega, que, guiados por el capitán mismo, se internaron en las desiertas callejas: iban envueltos en amplios mantos oscuros, con capucha que les ocultaba el rostro, y parecían dos de ellos amoldar su paso firme y decidido al del tercero, que era lento y fatigoso. Llegaron a la plaza del Piller, donde a la sazón levantaban la estatua de Don Juan de Austria; extendíase al frente la gran mole del antiguo alcázar, construido en tiempo de Arcadio y renovado en los que corrían por el virrey don García de Toledo, y hacia allí se dirigieron los encapuchados, deteniéndose ante una puertecilla excusada abierta en la fachada que mira al arsenal viejo. Esperábanles allí, sin duda, porque al solo ruido de sus pasos Abriose la puerta y apareció con una linterna en la mano Juan de Soto en persona, secretario de Don Juan de Austria. Guioles Soto sin decir palabra por oscuros y tortuosos pasadizos hasta un apartado camarín, lujosamente alhajado, en que les dejó solos; despojáronse entonces de sus mantos los tres misteriosos visitantes y aparecieron con ricos trajes albaneses, bordados de oro y plata y con joyas de pedrería. Dos de ellos eran hombres robustos, en la flor de su edad; el tercero, muy viejo, encorvado hacia tierra, con larga barba blanca; el capitán habíase quedado respetuosamente detrás junto a la puerta de entrada. No tardó en aparecer Don Juan de Austria seguido de Juan de Soto, y los tres albaneses precipitáronse a sus pies con muestras del mayor respeto; no pudo hacerlo el viejo tan presto como quiso, y llegó a tiempo Don Juan de impedirlo.

Sirviendo entonces de intérprete el capitán, presentaron sus credenciales y dijeron quiénes eran y a lo que venían. Eran embajadores de Albania y de Morea, y venían a ofrecer a Don Juan de Austria la corona de aquellos reinos oprimidos por el Turco, y a darle obediencia, desde luego, en nombre de los cristianos albaneses. Llevaba la voz el viejo y hablaba con gran reposo y señoril aplomo, marcando con grande autoridad los puntos principales que podían decidir a Don Juan a aceptar la oferta, e insistiendo una y otra vez en que era necesario aprovechar el pánico y desaliento inmenso que había producido en Constantinopla y en todo el Imperio otomano la terrible derrota de Lepanto.

No turbó a Don Juan en lo más mínimo la inesperada propuesta, que venía a realizar de un golpe sus brillantes sueños de estudiante: ¡conquistar un reino para Cristo!... Y ya no era el sueño de su imaginación juvenil, exaltada entonces por las lecturas caballerescas de Alcalá; era realidad, y allí estaba el reino llamándole, abriéndole sus puertas, tendiéndole los brazos y ofreciéndole cetro y corona a trueque de que la espada vencedora de Lepanto sirviese de salvaguardia en Albania y en Morea a la fe de Jesucristo.

La tentación era violenta para un mancebo de veinticuatro años, ávido de gloria, entusiasta de su fe, mimado por la fortuna y protegido por el poder inmenso en aquel tiempo de la corte romana; pero la caballeresca ambición de Don Juan, grande y activa, en efecto, como hija de la alteza de su sangre y no noble de sus cualidades, estuvo siempre subordinada a la obediencia y lealtad que a Felipe II debía como rey y como hermano; así fue que, sin vacilar un momento, contestó a los embajadores agradeciendo y ponderando la honra que le hacían, mas confesando franca y noblemente que sin la voluntad del rey, su señor y hermano, no podía resolverse a nada, por ser dueño de la suya y de todas sus acciones. Que lo comunicaría con él para alcanzar su beneplácito, y que el tiempo enseñaría lo que se debía hacer, y Nuestro Señor dispondría (poniendo todo este negocio en sus manos, como él lo hacía) lo que más conviniere.

Retiráronse los albaneses muy esperanzados y satisfechos de Don Juan, y éste envió al punto un correo a Felipe II dándole cuenta del suceso. No se hizo esperar la respuesta: sin desechar Don Felipe del todo la oferta, no la aceptaba tampoco, por venir en mala ocasión, decía, y por miedo de que su aceptación disgustase a los venecianos, recomendaba, sin embargo, a Don Juan que entretuviese a los embaxadores, pues podría venir ocasión en que se lograse su buen deseo, y reiterábale también la orden de que no se moviese de Mesina.

Comentando Van der Hammen esta respuesta del rey, dice: «Pretendía Don Felipe entretener al hermano con estas esperanzas para que, alentado con ellas, obrase grandes cosas en su servicio; mas no traerle nunca a tal estado [de rey]». Y un célebre historiador moderno, injusto a veces con Felipe II, añade: «¿Qué era lo que movía a Felipe II a obrar de esta manera, cuando antes había mostrado su deseo de que Don Juan prosiguiese lo más brevemente posible la comenzada empresa hasta sacar todo el fruto que era de esperar de la primera victoria? ¿Eran sólo las dificultades que se le suscitaban por parte de Francia con relación a la guerra de Flandes? ¿O eran temores de que su hermano, remontando demasiado el vuelo, llegase a obtener alguna de las soberanías con que sus amigos y hasta el mismo Pontífice parece encendían su juvenil ambición? Para nosotros es cierto que Felipe II no quería permitir que su hermano Don Juan se remontase más arriba de la esfera en que él le había colocado. Felipe II había prevenido a sus ministros en Italia que honrasen y sirviesen al señor Don Juan, pero que no le tratasen de alteza ni de palabra ni por escrito, que el título de excelencia era el que más podía darle, y les recomendaba no dijesen a nadie que habían recibido orden suya sobre esto. La misma prevención se hizo a los embajadores de Alemania, de Francia y de Inglaterra. Y el que así se mostraba receloso del dictado de alteza que daban a su hermano, es evidente que haría lo posible porque no llegase a decorarse con el de Majestad

Mas no es necesario, a nuestro juicio, apelar a pasión tan baja como la envidia para explicarse en esta ocasión la conducta de Felipe II. Bastaba y sobraba con que los planes mejor o peor combinados, y las ambiciones justas o no justas de su hermano embarazasen la marcha de su complicada política para que Don Felipe se apresurase a echar por tierra aquellos planes y ahogar sin piedad estas ambiciones; y si algún recelo pudo tener entonces de Don Juan de Austria, era, sin duda alguna, el que comenzaba a insinuarle hábilmente el sutil traidor Antonio Pérez. No se atrevía éste aún a atacar de frente al noble príncipe, y limitábase a dirigir sus tiros al secretario Juan de Soto, acusándole de exaltar con sus adulaciones la vehemente fantasía de Don Juan, y aconsejar por eso a Felipe II apartarlo de su lado.

Murió en esto el santo Pío V, el 1 de mayo de 1572, y sucediole en el Pontificado Gregorio XIII, que no bien ocupó la silla de San Pedro, comenzó a acosar a la Liga y a estimular a Don Juan con Breves de fuego, según éste decía, para que sacase la flota al mar y prosiguiera sus victorias; y era tal la confianza y estimación que tenía de su persona, que en consistorio público le ensalzó con graves razones, llamándole Escipión en el valor, Pompeyo en el agrado, Augusto en la fortuna; nuevo Moisés, nuevo Gedeón, nuevo Sansón, nuevo Saúl y nuevo David, sin homicidio y sin envidia y sin los demás achaques que en los otros se vieron. Y dijo y repitió por tres veces en público lo que ya había escrito a Don Juan privadamente: Que antes de que él muriese, esperaba en Dios darle corona de rey.

Y estas tres influencias opuestas amargaron y abreviaron el resto de la vida de Don Juan de Austria: el empeño decidido de los Pontífices en darle una corona, excitando su ambición siempre leal, noble y franca; la política sistemática de Don Felipe, siempre oponiéndose y desbaratando estos planes, y la desatinada envidia de Antonio Pérez, envenenando con sus enredos y calumnias la natural suspicacia del monarca, y consiguiendo al fin malquistarle con su hermano.

II

Marcaba la Liga santa en uno de sus capítulos que todos los años por el mes de marzo, o a lo más tardar por abril, debían estar las escuadras de las tres potencias en el mar con un ejército igual, por lo menos, al que habían presentado en 1571. Mas al morir San Pío V, el 1 de mayo del 72, todavía no se habían puesto de acuerdo las potencias para esta segunda campaña, a pesar de los sobrehumanos esfuerzos que para ello hizo aquel santo anciano. Logrolo al fin su sucesor, Gregorio XIII, por el mes de julio, y el día 6 arrancó Don Juan de Austria del puerto de Mesina con Marco Antonio Colonna para incorporarse en Corfú con la flota veneciana, que andaba por aquellos mares de Levante. Mandábala Jacobo Foscarini, en sustitución del viejo Sebastián Veniero, contra quien había presentado muy graves quejas en el Senado de Venecia Don Juan de Austria, y venía como lugarteniente de éste el duque de Sessa, en vez del comendador mayor, don Luis de Requeséns, nombrado por Felipe II gobernador de Milán. Éstas eran las únicas modificaciones hechas en la flota.

«Aquella expedición —dice un historiador— fue emprendida con indiscutible retraso, continuada con lentitud y malograda por desacuerdos. Nadie hubiera creído en octubre de 1571 que los vencedores de Lepanto habían de regresar así en 1572.» Y así regresaron, en efecto, sin haber logrado combate formal con el Turco, y sin más botín de guerra que la magnífica galera del nieto de Barbarroja, apresada por el marqués de Santa Cruz y traída a Nápoles para rebautizarla con el nombre de La Presa. Diose aquí por terminada la jornada, y los venecianos fueron a invernar a Corfú, la flota pontificia en Roma y Don Juan de Austria con su escuadra a Mesina, y de allí a Nápoles, donde, por su mala ventura, mandole invernar Felipe II.

Y fue mala ventura ésta, porque sucedió entonces lo que con su maternal previsión había pronosticado doña Magdalena de Ulloa, al despedir a Don Juan para la guerra de Granada: La ociosidad opulenta será siempre perjudicial a su juventud, y sólo las responsabilidades y trabajos de la guerra podrán mantener en equilibrio la juvenil fogosidad de su corazón. Hallábase Don Juan ocioso, porque las ocupaciones de su mando mientras la flota invernaba no eran bastantes a satisfacer su actividad fogosa; hallábase herido en su amor propio por no haber sido escuchados sus oportunos avisos sobre la organización y comienzo de aquella campaña, cuyos escasos resultados lamentaban ahora todos, dando al generalísimo una razón tardía. Necesitaba, pues, algo que distrajera su imaginación y llenase su tiempo, y lo encontró en aquel país delicioso, bajo aquel cielo incomparable, en aquel corrompido Nápoles del siglo XVI, tan peligroso entonces por sus traidoras delicias como lo es hoy mismo.

Era ya Nápoles por aquel tiempo una de las ciudades más hermosas de Italia y de Europa; el famoso virrey, don Pedro de Toledo, la había agrandado y embellecido, echando abajo las antiguas murallas y construyendo soberbios palacios, monasterios magníficos y suntuosas iglesias en las dos millas cumplidas que con esta mejora agregó a la ciudad; empedró también las calles y plazas, llenándolas de árboles y fuentes; y abrió la famosa vía de más de media legua de largo, llena de suntuosos palacios, que él llamó calle del Espíritu Santo, y se llama hoy, en memoria suya, calle de Toledo. Contaba entonces Nápoles más de trescientos mil habitantes, y era el centro adonde refluía toda la aristocracia del reino; en aquellos tiempos de Don Juan vivían en Nápoles catorce príncipes, veinticinco duques, treinta y siete marqueses, cincuenta y cuatro condes, cuatrocientos ochenta y ocho barones e innumerables caballeros no tan ricos como los titulados, y a veces pobres del todo, pero no por eso menos orgullosos de su nobleza, y desdeñando, como los otros, toda ocupación que ni fuera montar a caballo, jugar las armas y ruar, esto es, pasear por las calles requebrando a las damas, y charlando ociosamente en las mil cómodas silletas que, según era costumbre, mantenía la ciudad en calles y plazas.

Era, pues, muy numerosa lo que llamaríamos hoy buena sociedad de Nápoles, y notábase en ella, como hoy mismo acontece en ciertos elevados círculos, ese funesto afán de gozar y divertirse de todas las maneras posibles, como si no fuera otro el fin de la vida. Aquella ociosa nobleza, mezcla extraña de los vicios y virtudes de la época, con un marcado tinte del paganismo, resto del Renacimiento, insustancial y caballeresca, culta y fiera, devota y corrompida, acogió al héroe de Lepanto como a un semidios que realzara sus encantos humanos, que eran muchos y muy grandes, con los divinos reflejos del genio y de la gloria. Los hombres, sobrecogidos de admiración, le imitaban servilmente; las damas, enamoradas de su gallardía, disputábanse sus miradas y solicitaban sus galanterías como sobrenatural honra, y el pueblo, ocioso también y prendado de tanto garbo y gentileza, fantaseaba sus triunfos y hazañas, le seguía por todas partes, y en los juegos de cañas y de pelota, en las mascaradas, en los torneos y en las corridas de toros, aplaudía con entusiasmo su destreza y su valor a toda prueba.

En el Diario del confesor de Don Juan de Austria, fray Miguel Serviá, que le había seguido a Nápoles, nótase un fenómeno que hará sonreír tristemente a todo el que conozca la flaqueza del corazón humano, y las terribles luchas que en la juventud riñen en él la castidad, la piedad y el remordimiento. A medida que se engolfaba Don Juan en los placeres de Nápoles. disminuye la regularidad y la frecuencia con que apuntaba el buen franciscano en su Diario esta sencilla frase: Hoy se ha confesado su alteza.

Y engolfado en estos pasatiempos y continuas diversiones de Nápoles, sucedió a Don Juan lo que en semejantes circunstancias acontece a la juventud incauta y apasionada: que llegó más lejos de donde hubiera querido llegar. Hubo en este primer tropiezo de Don Juan en Nápoles extrañas intervenciones que asombran hoy más que asombraban entonces. El caso fue de esta manera. Corríanse toros los domingos en la plaza de caballerizas del palacio del virrey, que lo era a la sazón el cardenal Granvela. Convidaba éste por turno a todas las familias de la nobleza, por ser el local harto pequeño para convidarlas todas a un tiempo; y el último domingo de octubre, día magnífico del otoño de Nápoles, llegole la vez a un cierto caballero de Sorrento, llamado Antonio Falangola, que vivía en Nápoles con su mujer, Lucrecia Brancia, y su hija Diana, reputada por la más hermosa mujer de Nápoles: la più bella donna di Napoli —dice el caballero Viani. Era Antonio Falangola pobre para su clase, fanfarrón y nada escrupuloso; Lucrecia, taimada e hipócrita, y pretendían ambos esposos lucrearse con la belleza de su hija, que era a su vez muy grande coquetuela. Exhibíanse, pues, por todas partes con grande lujo y ostentación, dejando ocultas en casa la miseria y escasez de su pobreza. Llegaron aquel domingo a los toros en carroza, bizarramente adornadas las damas en su tocado, con acompañamiento de dueñas y pajes, y colocáronse en el tendido, cubierto de damascos y tapices, frente al sitio reservado para Don Juan de Austria.

No se hallaba allí éste en aquel momento: tocábale rejonear un toro, a la española, y estaba en la corraleta esperando le llegase su vez de salir a la arena. Rejoneó Don Juan su toro muy lucidamente, dejándole el morrillo cubierto de banderolas de todos colores, que le flotaban al uno y otro lado de la cabeza; presentábanle los rejones dos gentiles—hombres a caballo, y éstos los tomaban a su vez de mozos de a pie con la librea de Granvela. Diéronle luego un garrochón de fresno con hierro ancho muy agudo y limpio, y al primer envite dio muerte a la fiera, con una lanzada por el cerviguillo que le hizo caer a tierra enclavada con el garrochón; mas no llevaba anteojos el caballo, espantábale la fiera, y dando arremetidas en falso, dio lugar a que el toro le hiriese en uno de los brazuelos, quitando así algo de lucimiento a la suerte.

Volvió Don Juan a su sitio en el tendido, rodeado de una turba de caballeros que con grandes adulaciones aplaudían su destreza y su denuedo, y allí acudió también a felicitarle el cardenal Granvela; mostrole éste de lejos, en el tendido de enfrente, a la Falangola, como cosa extraordinaria, y Don Juan, que no la conocía, quedose maravillado. Era entonces costumbre entre las damas tirar al toro desde el tendido lo que llamaban garrochas, que eran unos palitos con un arpón en la punta, muy semejantes a las banderillas modernas. Adornábanse estas garrochas muy vistosamente con flores, lazos y plumas; tirábanlas las damas al toro con singular destreza; y era muy preciada galantería en los galanes de entonces arrancarlas a la fiera haciendo valerosas gentilezas y volverlas a las damas sin mancha alguna de sangre ni deterioro notable en sus flores, cintas y plumajes.

Tomó Don Juan una de estas garrochillas muy linda, con lazos amarillos y blancos, que eran los colores de Diana Falangola, y enviósela a ésta con un pajecito y un muy cortés mensaje, rogándola que la tirase por amor suyo al primer toro que saliese. Recibió Diana la garrocha con transportes de agradecimiento, y allí eran de ver las cortesías del padre, las zalemas de la madre y los ademanes de la niña, que parecía negarse a tirar la garrocha exponiéndose a perderla o a mancharla, y prefería más bien guardar el lindo juguete como recuerdo de príncipe tan grande.

Tornó Don Juan a mandarle un segundo mensaje diciéndole que tirase al toro la garrocha, que él la daba palabra de devolvérsela sin mancha ni desperfecto. Dieron en esto salida al toro, que era un animal muy fiero, negro como la noche, que se llamaba Caifás; y quiso la fortuna que tras algunas carreras que dio bufando se detuviese ante el tendido que ocupaba la Falangola, erguido y fiero, paseando los feroces ojos por la arena como si buscase enemigos que combatir. Hizo Don Juan a Diana repetidas señas desde su puesto, hasta que poniéndose en pie la damisela, arrojó y clavó con certera puntería y varonil esfuerzo la garrocha en el lomo del animal. Estalló en la plaza un general aplauso, que cesó al punto; vieron todos que Don Juan saltaba gallardamente a la arena solo, en cuerpo, llevando en una mano la espada desnuda y arrollada en la otra una capa de grana. Nadie respiraba, y el silencio era profundo; acorralado el toro en un extremo, bufaba y escarbaba la tierra como ansioso de embestir; fuésele Don Juan derecho, y a unos veinte pasos de distancia le citó hiriendo la tierra con el pie. Arrancó el toro con feroz ímpetu, y Don Juan, arrojando al suelo la capa por la izquierda, arrancole la garrocha por la derecha, descargando al mismo tiempo tan recia cuchillada en el hocico, que el animal rehuyó el bulto y fue a cebarse furiosamente en la capa de grana entre bramidos de dolor y torbellinos de polvo. Mientras tanto, sereno Don Juan, pausado, dirigíase al tendido de Diana Falangola, y con la gorra en la mano y una rodilla en tierra, le presentaba, sonriendo, la garrocha, sin una mancha de sangre que la afease ni una chafadura que estropease sus plumas y sus lazos.

Antonio Falangola, enternecido, delirante, pidió permiso a Don Juan para hacerle su corte al otro día, en señal de agradecimiento, con su mujer y con su hija. Correspondió Don Juan en lo sucesivo haciendo riquísimos regalos a Lucrecia y a Diana, y a poco marchaba Antonio Falangola de gobernador a Puzzoli, nombrado por Granvela, dejando en Nápoles a su mujer y a su hija: per fingere non saper cosa alcuna della sua vergogna, dice el maligno autor del manuscrito «Fatti occorsi nella città di Napoli», existente en el archivo nacional de aquella ciudad famosa.

III

No duró mucho tiempo este devaneo de Don Juan; a mediados de diciembre escribía fray Miguel Serviá en su Diario:

«En este tiempo ya se llegaba la Navidad, y su alteza se retiró el lunes antes a un monasterio fuera de Nápoles, de canónigos regulares, que se dice Pie de Grutta, y un día antes de la vigilia envió un caballero al duque (de Sessa) que mandase avisar fuese a confesarle. Otro día, que era la vigilia, fuimos el Padre fray Fee y yo; recibionos muy afablemente, y mandó nos diesen aposento porque no se confesaría hasta la noche, y ya que era hora de maitines, llamáronnos y yo confesé a su alteza y al mayordomo y el Padre fray Fee al camarero y muchos otros caballeros; y comulgó su alteza a la primera misa cantada y después todos los caballeros que confesado habían. Nosotros, día de Navidad, después de comer, volvimos a nuestro convento».

Tenía pensado Don Juan, para asegurar, sin duda, mejor los frutos de su penitencia, marchar desde el monasterio de Pie de Grutta a los Abruzzos, sin entrar en Nápoles, para conocer y visitar en Aquila a su hermana Doña Margarita de Austria, la famosa gobernadora de los Países Bajos, madre de Alejandro Farnesio. Pero alcanzáronle en aquel piadoso retiro cartas de su hermano Felipe II, que fueron muy de su agrado y le obligaron a volver a Nápoles y a detener su visita. Mostrábase en estas cartas el rey Don Felipe decidido a llevar a cabo la tercera campaña contra los turcos, que preceptuaba la Liga santa para marzo del próximo año de 73, y a este propósito mandaba a Don Juan, no sólo preparar para dicha fecha las galeras que allí, en Nápoles, invernaban, sino aumentar hasta trescientas el número de ellas, y hasta sesenta mil el de los hombres de desembarco. «Y como es agora cuando las cosas de la Liga se tratan y platican en Roma —escribía Don Juan a su hermana, explicando la detención de su anunciada visita—, mándame también atender a ellas desde acá con advertir a sus ministros señalados para esto, de cosas en que siempre entran demandas y respuestas... Muy de veras toma su majestad el proseguir en la Liga, y así ha mandado, y a mí principalmente, que con las mismas se atienda a reforzar su armada. Vase procediendo en esta conformidad en todas las provisiones que convienen. Espero en Nuestro Señor que todos serán a daño del enemigo, el qual se entiende que arma a gran furia y con intención de salirnos al encuentro; pero por ventura nos topará antes de lo que se imagina.»

Era esto lo bastante para despertar en Don Juan la afición que dominaba en él a todas las aficiones, y desde aquel momento ya no pensó más que en obedecer las órdenes de su hermano, olvidado por completo de la Falangola, hasta que, aprovechando un corto descanso, a mediados de febrero salió de Nápoles con un séquito sencillo, sólo de treinta caballeros, y se dirigió a Aquila, residencia habitual de Doña Margarita de Austria. Era esta señora la mayor de los hijos del emperador Carlos V; húbola a los veintidós años, cuatro antes de su matrimonio en Margarita Van der Gheynst, hermosa flamenca huérfana de unos tejedores de tapices bien acomodados. Reconociola su padre mucho tiempo después de nacida y confiola a su hermana, la reina viuda de Hungría, que era a la sazón gobernadora de los Países Bajos. Educose, pues, la tierna Margarita al lado de su tía, cuyas virtudes varoniles y enérgicos arranques imitó siempre, quizá porque la impulsaba a ello su natural propio. Casáronla a los doce años con Alejandro de Médicis, duque de Florencia; mas asesinado éste antes de cumplirse el año de su matrimonio, volviose a casar con Octavio Farnesio, duque de Parma y Plasencia, de quien tuvo el gran Alejandro, tan celebrado capitán más tarde. Era grande su capacidad varonil y esforzado su ánimo y su piedad tan sólida, como cimentada por San Ignacio de Loyola, que la confesó algún tiempo en Roma con harta más frecuencia de lo que entonces se usaba.

Al reconocer Felipe II públicamente por hermano a Don Juan de Austria, apresurose Doña Margarita a enviarle con Francisco de Berminicourt, señor de Thieuloye, que era uno de sus maîtres d'hôtel, una cariñosa carta, ofreciéndosele como hermana amantísima; contestó Don Juan como debía, y entablose desde entonces entre ambos hermanos una correspondencia nunca interrumpida, más bien que fraternal, filial por parte de Don Juan, y maternal por parte de Doña Margarita, que le aventajaba en edad veinticinco años.

Más tarde, cuando Don Tuan desembarcó en Italia por primera vez en 1571, envió Doña Margarita a Génova a Pedro Aldobrandini, que era uno de sus principales gentiles—hombres, para recibirle y poner a su disposición su persona de ella, casa y estado, y manifestarle su vehemente deseo de conocerle y abrazarle. No le tenía menor Don Juan de ver de cerca a esta hermana desconocida que tan afectuoso cariño le mostraba, y a la primera ocasión, que fue la que ya dijimos, partiose para Aquila, donde vivía Doña Margarita desde que dejó el gobierno de Flandes en manos del duque de Alba.

Contaba entonces Doña Margarita cincuenta años, y era de aspecto tan brioso en el cuerpo y aun en el andar mismo, que más parecía hombre vestido de mujer, con su saya negra de paño en el invierno y de sarga en el verano, y su sencilla escofieta con cintillo de perlas. «Ni le faltaba su poco de barba —añade el Padre Strada— y bozo en el labio de arriba; lo que no sólo le daba aspecto de varón, sino también mucha autoridad.» Recibió Doña Margarita a su hermano con cariñosos agasajos, y en los breves días que allí estuvo multiplicáronse en Aquila las diversiones y regocijos, muy especialmente las cacerías, a que era la de Parma incansable aficionada. Desafió a su hermano a correr el ciervo a caballo, remudando éstos, y con ser este género de caza capaz de rendir al más robusto, no tuvo que esforzarse mucho Don Juan para dejarse vencer y halagar así a la dama.

Tuvieron los dos hermanos largas conversaciones a solas, y dábale ella prudentes consejos y sabias enseñanzas políticas, sacadas de su experiencia en el gobierno, porque era Doña Margarita mujer muy diestra en el manejo de los negocios y gran conocedora de la vida y de los hombres, como discípula que había sido de tres grandes políticos: la reina Doña María, los Médicis y el Papa Paulo III, tío de Octavio Farnesio, su segundo esposo, que la tuvo consigo en Roma durante la larga ausencia de éste. En una de estas conversaciones preguntole a Don Juan si tenía algún hijo, contestó Don Juan que no. Díjole ella:

—Pues si alguna vez lo tenéis, dádmelo.

Turbose Don Juan algún tanto, y replicó:

—Presto podrá ser que esta merced acepte.

No insistió más Doña Margarita sobre el asunto; mas una vez partido Don Juan de Aquila pasaron muchas cosas que luego referiremos, y el 18 de julio de aquel mismo año escribiole a su hermana desde Nápoles la siguiente carta:

«Señora, ríase vuestra alteza en leyendo esta carta, de lo que en ella quiero dezirle, que yo, aunque corrido, pienso también hacerlo. Acuérdese vuestra alteza, que entre otras cosas particulares me preguntó si yo tenía algún hijo, y juntamente me mandó que se le diera si le tenía. Respondila que no, besándola las manos por la merced que me quería hacer; dixe que presto podría ser la acetase. Este presto, señora, casi lo es ya, porque de aquí a un mes creo que de muchacho que soy me he de ver padre corrido y avergonçado; y digo avergonçado porque es donayre tener yo hijos. Ora al fin vuestra alteza perdone, que dellos ha de ser madre como de mí, y del que nacerá, que será el primero, principalmente. Y así se lo suplico muy de veras, quiera por hazerme merced, tomar este nuevo trabajo y pesadumbre y que sea con todo el mayor secreto y recato que posible sea. Pero esto, con todo lo demás que parescerá conbiniente y acertado, quiero remitir y remito a vuestra alteza y le suplico que no sólo se encargue de todo, sino también de advertirme a mí en aquello que sobre este particular y sobre todo juzgase por lo mejor: que cierto lo será. Quando sea tiempo de entregarse vuestra alteza de la criatura, que será luego que sin su peligro pueda llevarse hasta do se hallare, se lo escribirá el cardenal Granvela, el cual, por amor mío, y porque mejor y más secreto se haga, se a encargado della hasta ponerla con vuestra alteza con quien el dicho cardenal se dará la mano y correspondencia. De nuevo suplico a vuestra alteza se la dé con el mismo, y que desde luego entienda que es madre de padre y hijo. La que verdaderamente te parirá es mujer de las nobles y señaladas de aquí, y de las más hermosas que ay en toda Italia: que al fin con todas estas partes y principalmente la de la nobleza, parece que podrá mejor sufrirse este deshorden. Esto es, señora, en quanto a esto. —De Nápoles, 18 de julio de 1573. —Besa las manos de vuestra alteza su muy cierto servidor y obediente hermano, Don Juan de Austria

Este presto llegó al fin, y el 11 de septiembre dio a luz Diana Falangola una niña, que fue bautizada con el nombre de Juana; hízose cargo de ella al punto el cardenal Granvela, y entregola a una nodriza buscada de antemano. Dos meses después, a principios de noviembre, cumpliendo el cardenal las órdenes de Don Juan y Doña Margarita, envió la niña a Aquila, con su nodriza y el marido de ésta; iban al cuidado de Francisco Castaño, de la servidumbre del cardenal. Acompañoles Castano hasta la aldea de Rocca, cerca de Sulmona, y allí les entregó a una persona de toda confianza enviada desde Aquila por Doña Margarita. Hízose todo con gran misterio, y sin que nadie trasluciese el origen de la niña.

Pregúntanse aquí todos los historiadores cuál sería la causa de negar tan rotundamente Don Juan a su hermana Doña Margarita la existencia de su otra hija Doña Ana. Nosotros creemos que lo que le obligó a Don Juan a mantener este engaño durante toda su vida fue su fidelidad a la promesa de secreto hecha a doña Magdalena de Ulloa y su temor de lastimar el decoro de la infortunada doña María de Mendoza[28].

IV

Según el Diario de fray Miguel Serviá, volvió de Aquila Don Juan de Austria el 3 de marzo, tan contento y satisfecho de su hermana la de Parma, que al día siguiente escribió a Juan Andrea Doria: «Ayer, después de comer, llegué del Aquila de haber visto y conocido una de las más valerosas y prudentes mujeres que agora se conocen, y aunque la quiero como hermana y amiga, no pasión me hace decir esto, sino ser en eso así, y mucho más de lo que publica el mundo della

No quedó Don Juan igualmente satisfecho de las voces que en Nápoles corrían: susurrábase, sin que nadie pudiera decir de dónde surgiera la noticia, que los venecianos se retiraban de la Liga santa, haciendo paces vergonzosas con el Turco; y decíase también que estas paces las había negociado el obispo hugonote Noailles, embajador del rey de Francia Carlos IX en Constantinopla. No paró mientes Don Juan en estas hablillas y prosiguió activando el armamento de la flota, pronta ya a terminarse, hasta la Semana Santa, que se retiró a un convento de cartujos. «Martes de la Semana Santa, a 17 de marzo —dice fray Miguel Serviá en su Diario—, su alteza se retiró en el monasterio de San Martín, que es de cartujos, y miércoles envió a mandar que por el jueves yo con otro compañero confesor, subiésemos a dicho monasterio, y así lo hicimos. Confesó su alteza Sábado Santo en la noche: comulgó día de Pascua por la mañana. El Padre fray Fee confesó muchos caballeros de casa de su alteza. Día de Pascua subió su alteza a comer al castillo de San Telmo con toda su casa, de donde despedidos de su alteza volvimos a nuestra casa. Su alteza abajó la tercera fiesta después de comer» (40).

Y justamente al bajar Don Juan del castillo fue cuando supo de una manera cierta que las habladurías que corrían por Nápoles eran un hecho tan positivo como vergonzoso. Los venecianos habían, en efecto, hecho la paz con el Turco sin advertirlo al Papa ni a Felipe II, justamente en el momento en que preparado todo para la tercera campaña, se comenzaba ya a ordenar la jornada. Indignado Don Juan ante semejante villanía, corrió al punto, seguido de los caballeros de su casa y de muchedumbre de pueblo, todos en pelotón, dando grandes voces contra los venecianos, y mandó arriar en la galera real la bandera de la Liga, en que estaban las armas de Venecia, izando a su vez el estandarte real de Castilla. La indignación de Gregorio XIII fue también grande: negose a recibir al embajador Nicolás de Porta, que para aplacarle enviaban los venecianos, y dijo en público consistorio, con palabras muy duras, que eran poco religiosos los venecianos, y guardaban mal su palabra, su fe y el juramento hecho a la Sede Apostólica. No menos contrariado Felipe II, recibió, sin embargo, con su imperturbable serenidad, a Antonio Trepolo, encargado de darle la noticia, limitándose a contestar que si la república obraba así por su interés, él había obrado en bien de la cristiandad y de la misma república, y que Dios y el mundo juzgarían.

Una vez deshecha la Liga santa, quedaba un problema por resolver, importantísimo para Don Juan de Austria, y al que no podía él, sin embargo, dar solución alguna. ¿Qué se haría de aquella potente flota, tan lucidamente pertrechada a costa de tantos gastos y trabajos? ¿Se desharía sin honra ni provecho de nadie, o iría por sí sola y sin ayuda de los venecianos a buscar a costa del Turco nuevo provecho y nueva gloria para las armas españolas?... Este era el tema de todas las conversaciones en Nápoles, y grandes y pequeños, ignorantes y sabios, daban su opinión, discutían acaloradamente, tiraban planes, reñían batallas, conquistaban reinos, y extirpaban turcos con ese loco atrevimiento del vulgo de todos los tiempos que resuelve en un segundo los más arduos problemas de la guerra y del gobierno; mas era en aquella época este prurito un inofensivo hablar más o menos desordenado, porque felizmente para ella no había entonces periódicos que extraviasen la opinión en pro de sus intereses y en desprestigio de la autoridad legítima.

También los hombres graves del Consejo hallábanse divididos, y eran tres las principales opiniones que sostenían. Querían unos, con el duque de Sessa, sacar la flota a la mar y arremeter al Turco dondequiera que lo hallase, como se hizo en la jornada de Lepanto. Opinaba el marqués de Santa Cruz que la flota se dirigiese, desde luego, contra Argel, porque una vez conquistado este reino y libre del poder de Selim, se rendirían Túnez y Trípoli, y quedaría libre de turcos el Mediterráneo. La tercera opinión era la de Don Juan de Austria, que prefería más bien atacar primero a Túnez, como más fácil y hacedero, llegando después a los resultados que el marqués de Santa Cruz se proponía.

Recibió en esto Don Juan un mensaje secreto del Papa Gregorio XIII diciéndole que atacase a Túnez, que él le ratificaba la promesa de San Pío V de darle la investidura y la corona de aquel reino. Deseaban mucho los Pontífices fundar un imperio cristiano en África, que fuese poco a poco ensanchando sus límites, y realizase así la política del gran cardenal Jiménez de Cisneros, indicada ya en el testamento de Isabel la Católica; era aquélla la ocasión más oportuna, y de haberse aprovechado entonces, quizá fuesen muy otros hoy día los destinos de África... Mas no llegaba orden alguna de la corte, y en estas perplejidades envió Don Juan a Madrid al secretario Juan de Soto, lo cual fue motivo de grandes comentarios en Nápoles. Dice fray Miguel Serviá: «Este mismo día (23 de mayo) partió el secretario Juan de Soto en una galera para España, enviado por su alteza. No se ha podido entender a qué. Ha causado esta partida grande admiración». Y el propio Don Juan notifica la partida de Juan de Soto a su hermana Doña Margarita de esta manera: «La causa de no aver escrito a vuestra alteza algunos días ha, ha sido estar todo, y yo principalmente, suspenso, sin alguna resolución, esperándola de la corte, adonde he enviado al secretario Juan de Soto, lo uno a dar cuenta, como también informando de cosas pasadas y sucedidas, y lo otro a saver y proponer qué haremos en el tiempo y provisiones con que nos vemos

Mientras tanto, era recibido Juan de Soto en Madrid con disimulado recelo por parte de Felipe II y con fingida desconfianza por parte de Antonio Pérez, que lentamente preparaba aquella negra obra de perfidia que había de dar por resultado el misterioso asesinato de Escobedo y la desgracia de Don Juan de Austria. Mas para comprender bien la sutil labor del falaz secretario, fuerza será hacer algunas declaraciones y recordar algunos antecedentes que fijen bien en el ánimo del lector el estado de la cuestión en esta época en que empieza a iniciarse el tenebroso drama.

Dos partidos dividieron durante más de veinte años la corte de Felipe II, disputándose el favor y la privanza del rey. Dirigía el uno el príncipe de Éboli, Ruy Gómez de Silva, que era el hombre de las diplomacias, los acomodamientos y la paz; capitaneaba el otro el duque de Alba, que era a su vez el de las francas declaraciones, las resoluciones extremas, y la guerra como última razón. Allegose Don Juan de Austria desde un principio al primero de estos partidos, por las razones que arriba dejamos expuestas; y Ruy Gómez y los suyos cifraron, desde luego, grandes esperanzas en el joven príncipe. Era entonces secretario de Don Juan de Austria el buen Juan de Quiroga, nombrado por Felipe II, de acuerdo con Luis Quijada, al formar su hermano la primera servidumbre. No tenía entonces importancia alguna este cargo, por la corta edad de Don Juan; mas Juan de Quiroga tuvo ocasión de ver crecer y desarrollarse las altas prendas de Don Juan, de encariñarse grandemente con su persona, seducido por la afabilidad y leal franqueza de su trato, y a la primera ocasión, que fue la de la guerra de los moriscos, animó y decidió a Don Juan a solicitar el mando de esta campaña, convencido de que el aguilucho tenía ya fuerzas y plumas bastantes, y no necesitaba sino ancho espacio en que desplegar las poderosas alas de su genio y remontar su gallardo vuelo. Obraba en esto Juan de Quiroga con desinteresado afecto a Don Juan y por respeto a doña Magdalena de Ulloa, cuyas atinadas opiniones sobre el carácter de éste tenemos ya bien conocidas. El príncipe de Éboli, por su parte, Antonio Pérez y toda su camarilla aprobaron la conducta del secretario Quiroga, apoyáronle con sus esfuerzos y aplaudieron con entusiasmo aquel primer revuelo de Don Juan que le puso al nivel de los más grandes capitanes del reino y comenzó ya a granjearle envidias.

Murió en esto el buen Juan de Quiroga en Granada antes de salir Don Juan a campaña, y Ruy Gómez y Antonio Pérez apresuráronse a colocar al lado de Don Juan un nuevo secretario, hechura completa de ellos, que supiera encaminarle y dirigirle según convenía a los intereses del partido. Este nuevo secretario fue Juan de Soto, hombre capaz, activo, muy diestro en los negocios, y amiguísimo de Ruy Gómez; pero su recto juicio era al mismo tiempo independiente, y a su corazón generoso repugnaban el egoísmo y la injusticia.

Sirvió a Don Juan de Austria en la campaña de los moriscos y en la del Mediterráneo contra los turcos y asistió y estudió, y, por decirlo así, vio por dentro el mecanismo de aquellos gloriosos triunfos y victorias, que hicieron de Don Juan en tan breve tiempo el terror de moros y turcos, el héroe favorito de la cristiandad y el hombre providencial, el Juan enviado por Dios, que querían los Pontífices a todo trance ver sentado en un trono. Seducido, pues, Soto, por el verdadero mérito de Don Juan, como lo había sido antes Quiroga, pareciole la oferta de Albania y de Morea la cosa más natural del mundo, y el empeño decidido de Gregorio XIII de dar a Don Juan la investidura del reino de Túnez, el justo pago de una deuda y el medio más cierto y seguro de implantar en África el imperio de la Cruz. Mas era el caso que no causaban el mismo efecto estas ofertas de coronas en Felipe II, Ruy Gómez y Antonio Pérez; llenose de recelos Don Felipe, no porque envidiase a Don Juan, como algunos aseguran, que era él harto grande para envidiar a nadie, sino porque estos planes le estorbaban su política, y, sobre todo, porque amenazaban arrebatarle de las manos aquel fuerte y brillante instrumento con que había llevado a cabo y contaba llevar en adelante tan gloriosas empresas. Quería él a su hermano para sí exclusivamente, volando todo lo alto que quisiera y pudiera, pero sujeto siempre a su voluntad, y sin más miras propias ni ajenas que las que él le impusiera.

Murió por aquel entonces Ruy Gómez, el 27 de julio de 1573, cuando comenzaba a despuntar el drama; pero quedó Antonio Pérez heredero de su privanza y su poder, dueño de la confianza del rey, y jefe hecho del partido que capitaneaba antes el príncipe, y sus recelos contra Don Juan de Austria fueron, aunque por distintos caminos, más lejos que los de Felipe II. Constábale al fementido secretario que nunca permitiría éste a su hermano ceñirse una corona; veía desde mucho tiempo antes que las brillantes victorias y aplaudidos triunfos de Don Juan le apartaban cada vez más de la política pacífica de su partido, y temió que, disgustado al fin de todo, se pasase a reforzar el bando del duque de Alba, más conforme con sus aficiones guerreras, o formase un partido propio, que, dado su mérito personal, su prestigio inmenso y los poderosos apoyos con que contaba en Roma, pudiera muy bien absorberlos a todos y anularlos.

Preciso era, pues, precaverse contra cualquiera de estos eventos, y la mala conciencia de Antonio Pérez escogió un medio que los precavía a todos: envenenar los recelos de Felipe II dando a las ambiciosas aspiraciones de Don Juan un tinte de independencia primero y de traición después, que desacreditasen para siempre en el ánimo del rey al vencedor de Lepanto. Era, sin embargo, necesaria mucha cautela para atreverse con Felipe II; Antonio Pérez la tuvo, y ésta es, a nuestro juicio, la prueba más convincente de su artificioso talento, su habilidad astuta y su pasmosa osadía. Guardose muy bien de atacar a Don Juan de Austria, y limitose por entonces a deslizar en los oídos de Felipe II que Juan de Soto, llevado de su entrañable afecto a Don Juan y de sus propios intereses, exaltaba la fantasía de éste impulsándole a aquellos planes ambiciosos que caían fuera de las miras de Felipe II; juzgaba, pues, Antonio Pérez que se hacía forzoso separar del lado de Don Juan consejero tan peligroso y ponerle en su lugar un hombre templado y enérgico que supiese calmar sus ambiciosas vehemencias... Vese aquí ya la primera gota de veneno destinada a emponzoñar los recelos de Felipe II contra su hermano; Antonio Pérez se lo presenta como un mozo resuelto y ambicioso que no ofrece confianza alguna si no está bajo la férula de un tutor enérgico y templado.

En este estado de cosas, llegó Juan de Soto a la corte, enviado por Don Juan de Austria con la misión pública de pedir al rey instrucciones sobre el empleo de la flota y la secreta de darle cuenta de las proposiciones de Gregorio XIII sobre el reino de Túnez, de que ya se tenían en Madrid algunos avisos secretos del embajador en Roma, don Juan de Zúñiga. Pudo así comprobar Felipe II la franca verdad con que hablaba el secretario de su hermano, y esto le tranquilizó con respecto a la lealtad de las ambiciones de ambos; pero el calor con que abogó Juan de Soto por el proyecto de Gregorio XIII, y la prontitud con que deshizo los argumentos que astutamente le puso Felipe II en contra, confirmáronle las denuncias de Antonio Pérez, en cuanto a fomentar las ambiciones de Don Juan, y decidiéronle a obrar, según sus consejos, alejando a Soto de Don Juan de Austria. Mas como éste amaba mucho a aquél y no convenía disgustarle ni alarmarle, ni había motivo para dejar de utilizar en otra parte los buenos servicios de Soto, nombrole Don Felipe por de pronto proveedor de la Marina, y enviole otra vez a Nápoles con las instrucciones para la flota que Don Juan pedía, reservándose relevarle del cargo de secretario y separarlo de Don Juan para cuando hubiese encontrado aquel hombre enérgico y templado de que hablaba Antonio Pérez.

Las instrucciones para la flota eran terminantes: debía ésta atacar a Túnez, arrojar de aquel reino a los turcos, colocar en el trono a Muley—Hamet, hijo del antiguo rey moro Muley—Hacem, bajo la protección y dependencia de España, y mirar muy despacio si convenía desmantelar completamente la ciudad derribando todas las fortificaciones, cosa a que el rey se inclinaba.

V

En 1534, el pirata turco Barbarroja se apoderó por traición y engaño del reino de Túnez, y se hizo rey de aquellos moros berberiscos, destronando a Muley—Hacem, su señor natural y legítimo. Escribió éste desde el fondo de la Arabia, donde se había refugiado, al emperador Carlos V, pidiéndole auxilio contra el Turco, y entonces fue cuando el emperador emprendió aquella gloriosa jornada de Túnez que forma una de las más brillantes páginas de su historia. Muley—Hacem quedó restituido en su trono. Barbarroja y los turcos, expulsados ignominiosamente de Túnez, y el fuerte de la Goleta, que es llave de todo aquel reino, quedó en poder de los españoles como garantía contra turcos y berberiscos, pues, amigos o adversarios, eran todos igualmente bárbaros y enemigos del nombre cristiano.

Tenía este Muley—Hacem dos hijos, Muley—Hamida y Muley—Hamet: receloso el primogénito, que era Hamida, de que su padre (Muley—Hacem) favoreciese al segundo hijo, dejándole la corona, alzose en armas contra él y le arrojó del trono, arrancándole bárbaramente los ojos. Aterrado el segundo hijo, Muley—Hamet, huyose a Palermo bajo la salvaguardia del rey de España, y triunfante entonces Hamida, negose a pagar el tributo concertado entre Carlos V y su padre, y púsose bajo la protección de Selim II, rindiéndole vasallaje. Y de aquí vino el castigo de su culpa: porque Aluch—Alí el Tiñoso, que era entonces virrey de Argel, invadió todo el reino con sus turcos en nombre de Selim, y, so pretexto de ampararlo, lo sujetó con mano férrea a su tiranía de reyezuelo y a sus rapiñas de pirata renegado. Tal era el estado del reino de Túnez cuando Don Juan de Austria recibió orden de su hermano de conquistarlo y colocar en el trono a Muley—Hamet, fugitivo todavía en Palermo, bajo las mismas condiciones que se lo había restituido a su padre, Muley—Hacem, el emperador Carlos V.

Tenía esta empresa para Don Juan de Austria, aparte otros intereses, el particular encanto de ser la misma que tan gloriosamente llevó a cabo su padre treinta y nueve años antes; conocíala él en todas sus circunstancias por haberla oído referir mil veces a Luis Quijada, que fue uno de los principales héroes de aquella campaña. Quiso, pues, Don Juan seguir en ella paso a paso las huellas de su padre, y salió de Nápoles el 1 de agosto (1573) con la mayor parte de la flota y la infantería italiana y española, esperando recoger el resto de naos, gentes, vituallas y pertrechos de guerra a su paso por Mesina, Palermo, Trápana y la isla Favignana. Reuniósele en Mesina el marqués de Santa Cruz con el resto de la infantería, y mientras se cargaban las naves, adiestraba Don Juan a los soldados con ejercicios continuos y simulacros que dirigía él mismo, sujetándolos a la más severa disciplina. En una de estas ocasiones, estando presente el estandarte real y presenciando el caso Don Juan desde una altura, osó un caballero florentino sacar la daga y herir a traición a un capitán italiano. Hízole Don Juan degollar, sin que a nadie extrañase la orden, ni pareciese el rigor excesivo. Acaeció esto en Mesina el 19 de agosto.

Detúvose igualmente en Palermo y Trápana, donde fue recibido con magnificencia: «Habían hecho los trapanenses —dice el confesor Serviá en su Diario— un puente para su alteza que entraba cien pies dentro del mar. Tenía en la frente tres arcos y diecisiete por largo. En el arco del medio hacia la mar tenía las armas reales; a la mano derecha las de la su alteza, y a la izquierda las de la ciudad. Eran las columnas y arcos cubiertos de tafetán amarillo, azul, verde y colorado. Sobre cada una de las columnas había una banderilla amarilla y roja de tafetán. Presentáronle un muy gentil caballo tordillo, cubierto de terciopelo negro con guarnición de oro.» Y más adelante añade: «A 30, después de comer, fue su alteza a visitar la Anunciata de Trápana. Es un monasterio de carmelitas, fuera de la ciudad, de muy gran devoción; y a la tarde se confesó en la sacristía, donde también en otros tiempos se había confesado el emperador Carlos V, su padre

Reuniose al fin toda la flota de Marzala, a dieciocho millas de Trápana, en un hermoso puerto cegado de antiguo, que se llamó desde entonces de Austria, por haber sido Don Juan quien le hizo abrir y disponer. Había 140 naves de gran porte, 12 barcones, 25 fragatas, 22 falúas, y repartidos entre todas ellas 20.000 infantes españoles, italianos y tudescos, sin contar los muchos aventureros y entretenidos; 750 gastadores, 400 caballos ligeros, buena artillería, municiones en abundancia, máquinas y vituallas suficientes y numerosas parejas de bueyes para arrastrar los cañones. En las galeras de Sicilia venía con el duque de Sessa el infante moro Muley—Hamet, destinado a ocupar el trono de Túnez.

El día 7 de octubre, aniversario de la batalla de Lepanto, confesó y comulgó Don Juan en un monasterio de capuchinos que había en las afueras de Marzala, y por la noche salió del puerto de Austria al frente de toda la flota con rumbo al África. El día 8, al anochecer, dieron vista a la Goleta, y con emoción profunda vio Don Juan desde el castillo de popa de su galera destacarse sobre las pardas montañas aquellos blancos torreones que a costa de tanta sangre conquistó su padre. Veíanse a los soldados correr gozosos por los baluartes saludando al estandarte real, e hiciéronle una grandiosa salva de artillería y arcabucería que retumbó majestuosamente y relució con singular belleza entre las sombras de la noche que con suave pausa caían. Al otro día, muy de mañana, desembarcó Don Juan el primero, con varios señores, entre los cuales estaba Juan de Soto, que sin dejar de ser secretario era ya proveedor de Marina. Aún no habían tenido tiempo de franquear el primer baluarte de la Goleta, cuando vieron venir por el camino de Túnez un pelotón de moros a caballo, que corrían hacia ellos agitando haces de coscoja con tocas blancas prendidas en señal de paz.

Hízoles Don Juan entrar en una sala que allí mismo había por la parte de adentro del revellín, y sentose en un estrado para recibirlos rodeado de sus caballeros. Mostrábanse los moros entre azorados y curiosos, y no osaron franquear la puerta sin descalzarse antes y soltar en el suelo sus armas, que eran alfanjes moriscos anchos y cortos, dagas y algunas lanzas de a cuarenta y cinco palmos. Entraron sólo tres de ellos, que parecían principales, descalzos, vestidos largos capellanes oscuros que les llegaban a los tobillos, y tocadas las rapadas cabezas con turbantes moriscos; los demás, gente al parecer llana, con zamarros y jaiques de colores, apiñábanse en el umbral, puestos en cuclillas, a su usanza, las cabezas inclinadas y los ojos bajos, como si la presencia de Don Juan les deslumbrase y no osaran ante él levantar la vista.

Venía entre ellos un renegado calabrés, y sirviendo éste de intérprete, hicieron saber a Don Juan el estado de Túnez, que era únicamente a lo que venían... El solo anuncio de la venida de Don Juan llenó a turcos y moros de consternación y espanto; mas cuando supieron la noche antes la noticia de su llegada, y por unos pescadores berberiscos apostados al intento en la entrada del golfo tuvieron informes de la poderosa flota que traía, el pánico en Túnez llegó a su último grado: huyeron los tres mil turcos de la guarnición, pillando y saqueando antes cuanto pudieron a los naturales; siguiéronles los cuarenta mil moros de las milicias de la Provincia, y los vecinos pacíficos, sin protección ya y sin gente de armas que les defendiesen y amparasen, huyeron también a Carvam, Bizerta y otros lugares y montañas, llevándose cuanto podían y escondiendo lo que era imposible llevar en pozos, cisternas, silos y otros escondrijos. Sólo quedaban en Túnez los viejos, mujeres y niños, y en cuanto al rey Muley—Hamida, abandonado de todos, solo y sin defensa, habíase embarcado para la Goleta con su hijo, dando un largo rodeo, para evitar encuentros, dispuesto a entregar el reino a Don Juan y ponerse bajo el amparo de este príncipe que tanto enaltecía la fama por su valor heroico como por su magnanimidad y nobleza. El triunfo de Don Juan era grande: había ganado otras victorias con la fuerza de las armas; pero ésta la alcanzaba sólo con el prestigio de su nombre.

No creyó Don Juan ligeramente las palabras de los moros, porque harto los sabía arteros y mentirosos. Despidioles, sin embargo, con benignidad y mandoles volver a Túnez, y decir allí que a Túnez iba él al frente de su ejército, y que con la ayuda de Dios presto lo tomarían, abriéranle o no le abriesen las puertas. Mandó también a sus caballeros que sacasen los moros fuera y las diesen de comer y les agasajasen, a fin de darles tiempo de ver los formidables aprestos de guerra que desembarcaban entonces y llevasen a Túnez noticia cierta de ellos.

Al día siguiente, que era 10 de octubre, sacó Don Juan mil quinientos soldados viejos de los que formaban aquel presidio y envioles de vanguardia a Túnez a las órdenes del marqués de Santa Cruz, con encargo de averiguar y avisarle lo que hubiera de cierto en los informes de los moros. Cuatro horas después púsose en marcha todo el ejército en ordenada formación, aparejado y dispuesto como si a cada paso fueran a encontrar al enemigo. Era el calor sofocante a pesar de correr ya octubre, el suelo arenoso y movedizo, y caminaban los soldados aplanados por el peso de las caldeadas armas y el ardor de la sed, que se hacía sentir de manera abrasadora. Don Juan, para dar ejemplo como en otro tiempo su padre, Carlos V, iba recorriendo toda la línea a caballo, armado de punta en blanco, con su bastón de capitán general en la mano. Dice el Diario de fray Miguel Serviá, que también fue de aquella jornada: «En todo el camino anduvo su alteza en un caballo ordenando la gente y prohibiendo que nadie se desmandase, mostrándose ahora en la vanguardia, ahora en la retaguardia, a las veces mandando caminar la artillería y con gran orden mandarlo marchar la gente

Entraron al fin en aquellos famosos olivares del camino de Túnez en que los veteranos de Carlos V realizaron tan portentosas hazañas, y allí mandó acampar Don Juan en torno de unos pozos donde saciaron los soldados la ardiente sed que les devoraba. En todo aquel trayecto no habían encontrado rastro alguno del enemigo, ni otro ser humano que un cabrero viejo que huía hacia la montaña; confirmoles éste la noticia de que turcos y moros habían desamparado la ciudad.

Llegaba mientras tanto el marqués de Santa Cruz con sus veteranos a las puertas de Túnez, y encontrábalas de par en par abiertas; mas desconfiando siempre de la astucia y falsía de los moros, no se aventuró a entrar en la ciudad sin grandes precauciones. Marchaban los soldados uno a uno, en dos largas filas, pegados al caserío de las estrechas callejas y echados a la cara los arcabuces, apuntando siempre a las puertas y ventanas, que aparecían en su totalidad desiertas. En muchas casas veíanse las señales del reciente saqueo de los turcos: rotas las puertas y persianas y destrozados los preciosos patios con arcos, columnas y aljibe de mármol en medio, rodeándolo naranjos y granados cargados de frutas.

En esta forma atravesaron la ciudad y comenzaron a subir a la Alcazaba, que está en una altura hacia el lado de Poniente: era muy espaciosa y con muy fuertes murallas, y en un cubo de una de ellas, junto a la cerrada puerta, vieron como una veintena de moros rodeando a otro viejo y gordo que les hacía señas con un lienzo blanco, y que juzgaron sería el alcaide. Adelantose el marqués a caballo con cuatro de sus veteranos, y empinándose sobre las estriberas, dioles voces preguntando que por quién tenían aquella fortaleza. Contestó el viejo que por el rey Muley—Hamida; pero puesto que éste se había huido a la Goleta a ponerse bajo seguro del señor Don Juan de Austria, dispuesto estaba a entregar la fortaleza a dicho señor Don Juan en cuanto se presentase. Diose con esto por satisfecho el marqués y rehusó tomar las llaves, reservando este honor para Don Juan de Austria; envió al punto un correo a éste anunciándole lo sucedido y recogió sus tropas en las atarazanas, que están en la parte baja de la ciudad, para esperar allí la llegada del ejército. Caminaban los soldados a su vuelta menos recelosos y prevenidos, y como ellos por su parte no cometían desmán ni tropelía, tranquilizábanse los pocos vecinos que quedaban en Túnez, y comenzaban a asomar por las entreabiertas persianas atezadas cabecitas de chiquillos, bultos de mujeres tapadas y viejos que salían a las puertas haciendo zalemas a los invasores. Llamaban también la atención la multitud de animales domésticos, gallinas sobre todo, que vagaban por las calles y parecían escapados de cuadras abandonadas y corrales abiertos.

VI

Recibió Don Juan de Austria el mensaje del marqués de Santa Cruz a dos millas de Túnez, en un lugarejo desierto que llamaban Diana, donde había acampado. Mandó dar al punto un pregón anunciando que daba a saco la ciudad de Túnez, a condición de que no se hiriese, ni matase, ni hiciese esclavo a persona alguna. Púsose de seguida en marcha y a las dos llegó a Túnez: dejó al ejército en formación ante las murallas, y entró solo con sus capitanes para reconocer la ciudad por sí mismo, disponer los cuarteles y alojamientos a fin de evitar desmanes de la soldadesca y dar seguro a los moros que se presentasen, que fueron todos los que había en Túnez. Saliole al encuentro el alcaide de la Alcazaba con otros moros principales y presentole las llaves de la fortaleza, con una humilde arenga digna al mismo tiempo. Escuchole Don Juan con mucha cortesía sin apearse del caballo, y no tomó las llaves que rendidamente de rodillas le presentaba el alcaide; hizo seña al marqués de Santa Cruz de que las tomase él y las guardase en señal de haber sido el primero que penetró en la plaza[29]. Escribió luego desde la misma Alcazaba a su hermano Felipe II, anunciándole que era ya su majestad señor de Túnez sin haberse disparado un tiro, y dio al fin la señal del saco, que fue abundante y en cuanto cabe ordenadísimo, sin más desmanes que la muerte de un viejecillo refugiado en una mezquita y varios incendios promovidos por los italianos, lo cual castigó Don Juan sin pérdida de tiempo, haciendo ahorcar a cuatro de ellos. «Hallose en la ciudad —dice el Diario de fray Miguel Serviá— mucho trigo, cebada, lana, manteca, aceite y mucha ropa; pimienta, canela, clavo, jenjibre, muy ricas porcelanas y almaizales. Sacaron de pozos, cisternas y silos muy ricas aljubas, oro, plata y otras cosas; y aquellos primeros días no se comía otra cosa sino gallinas, porque eran sin cuento las que se hallaron. Repartiéronse los soldados luego por sus cuarteles, y no entendían en otra cosa sino en cavar por diversas partes de la ciudad y buscar ropa y aprovecharse de lo que podían, y luego sacaban a vender lo que hallaban, dando la ropa a muy bajo y vil precio. En algunas partes de la ciudad pusieron los italianos fuego, cosa de que su alteza mostró enojarse mucho, pero luego acudió mucha gente y se remedió

En la Alcazaba sucedió a Don Juan un muy extraño caso: era este alcázar, como ya dijimos, muy espacioso y fuerte; tenía dentro de sus muros anchos patios claustrados, huertas, jardines y muy cómodas habitaciones ricamente alhajadas a la usanza morisca, con pavimentos y fuentes de mármol blanco. Eran estas habitaciones las del rey Muley—Hamida, y allí se aposentó Don Juan: había en ellas una escalera de caracol que bajaba a un jardinillo muy fresco, con callecitas de arrayán y preciosos arriates de flores y naranjos, limoneros, membrillos y granados; más allá estaban los baños, y detrás de éstos la parte vieja y ruinosa de la Alcazaba. El día después de su llegada bajó Don Juan a este jardín a la hora de siesta en busca de fresco; acompañábanle Gabrio Cervelloni, capitán general de la artillería, y Juan de Soto, y sentáronse en una especie de bancos de azulejos moriscos que a la sombra de unas espesas enredaderas había; el calor, la hora, el suave sosiego de aquel delicioso sitio, y el rumor del agua que corría tornaron bien pronto la plática desmayada y sumiéronles al fin en ese dulce embeleso que suele preceder al sueño. De repente saltó Cervelloni de su asiento echando mano a la daga, y otro tanto hicieron Don Juan y Soto.

Veían que por una de las callecitas de arrayán se adelantaba pausadamente un enorme león de alborotada melena; pareció el animal extrañarse a la vista de los tres personajes, y se detuvo un momento, mirando como sorprendido, con una pata en alto; mas prosiguiendo mansamente su camino, llegose a Don Juan, que se había adelantado, y frotándose contra sus piernas como un perro, echose humilde a sus pies. Apareció entonces por el lado de los baños un esclavo nubiano, y explicoles, con pintoresca mímica, que aquel hermoso animal era un león domesticado para solaz del rey Hamida y que vivía familiarmente con todos los habitantes de la Alcazaba. Acariciole entonces Don Juan blandamente la melena, y tal corriente de simpatía se estableció desde aquel momento entre el león de Austria y el león del desierto, que vino a ser éste el más fiel servidor de aquél, y así lo cuenta el gran caballero don Luis Zapata de Calatayud, que le alcanzó a ver muchas veces: «Hubo un león real, el señor Don Juan de Austria —dice el citado Zapata en sus Misceláneas— que de su mismo nombre le llamó también Austria, que de día y de noche nunca de su presencia se quitaba, como un leal capitán de su guarda. Al negociar con todos en Nápoles, echado ante él le tenía puesto el pie encima y como un lebrel la barba en tierra, y de contento con tal favor coleando; estaba a su comer a la mesa, y allí comía de lo que el señor Don Juan le daba, y venía asimismo cuando se lo mandaba dar, y en la galera el esquife de ella era su morada; y cuando iba a caballo iba en su estribo como un lacayo, y si a pie detrás como un paje; ni había oficio en su real casa que el manso y obediente león no representase, hasta ser de día y de noche de los de su cámara, y tal vez si se enojaba con alguno que iba a arremeter con él para acometerle, a una voz del señor Don Juan llamándole: «Austria, tate, pasa aquí», se ponía en paz y se iba a echar en su misma cama. Este hermoso y raro animal, partido el señor Don Juan de Nápoles para Flandes, fueron tantos los gemidos y aullidos que dio de pesar, que puso a todos los de aquel reino gran maravilla y espanto, hasta que de pura tristeza de la ausencia y pérdida de su amo, comiendo mucho y comiendo poco, vino a acabarse

Éste es el león que suele verse pintado en algunos retratos de Don Juan de Austria, y el carácter jovial y caballeresco de éste le llevó entonces a firmarse humorísticamente en las cartas a sus dos íntimos amigos don Rodrigo de Mendoza y el conde de Orgaz, el caballero del león; y en otra a Juan Andrea Doria, lamentándose de sus trabajos en Flandes, dice: «De la buena vida de Génova y su ribera no tiene el caballero del león un tan sólo punto de invidia, tras que la suya es en mucho mayor extremo trabajosa que del caballero descansado, descansada»[30].

Estudió muy detenidamente Don Juan las fortificaciones y posición estratégica de Túnez, cumpliendo las órdenes de Felipe II, y tuvo largas pláticas sobre ello con Gabrio Cervelloni, muy entendido en estas materias; pero lejos de decidirse a desmantelar la ciudad, como era parecer del rey, decidió construir un nuevo fuerte capaz de ocho mil hombres, que completara su defensa. Está Túnez situada a orillas de una inmensa laguna de muy poco fondo que llaman el Estaño, que no es otra cosa sino el antiguo puerto de Cartago la famosa, cegado por los siglos, la incuria y las inmundicias todas de Túnez, que allí vienen a parar. Desemboca esta laguna por un estrecho canal en el golfo de Túnez, y en esta abertura es donde se hallaba la Goleta defendiendo la entrada; en el lado opuesto hay una isla separada de Túnez por otro canalillo estrecho, y en ella era donde pensaba Don Juan levantar el nuevo fuerte con comunicación cubierta con la Alcazaba. Aprobaron calurosamente el proyecto los más de los consultados, desecháronlo algunos espíritus tímidos o aduladores, para quienes disentir del rey era abierta desobediencia. Mas Don Juan, firme en su idea, mandó a Gabrio Cervelloni ponerla en práctica sin pérdida de tiempo, lo cual no se pasó por alto y supo utilizarlo más tarde el astuto Antonio Pérez, siempre al acecho.

Mientras tanto, tranquilizados los moros con la conducta humana y generosa de Don Juan, fiaron en él en absoluto, y a diario volvían a sus casas los fugitivos y bajaban de la sierra moros del campo a vender pan, carne, huevos, aceitunas, pescado, vaca, carnero y otras mil cosas, con tanta paz, confianza y sosiego como pudiera hacerse en un mercado ordinario. Quedaba, sin embargo, en Bizerta una guarnición de turcos; mas el moro Horrus, que era su alcaide, cayó sobre ellos por sorpresa con algunos vecinos y los degolló a todos; apoderose luego de una hermosa galera turca que estaba en el puerto, esclavizó a unos y mató a otros de la chusma, y puso en libertad a 156 cautivos cristianos que en ella había. Hecha esta hazaña, fuese a Túnez con veintidós moros principales y los cautivos cristianos por delante, para entregar éstos a Don Juan y darle él la obediencia.

Sucedió esto el 13 de octubre, y el 14, seguro ya Don Juan de la sumisión de todo el reino, diole públicamente posesión de él al infante Muley—Hamet; pero no con título de rey de Túnez, sino con el de gobernador en nombre de su majestad católica Don Felipe II, rey de España. Escribió también aquel mismo día a la Goleta dando orden a don Juan de Cardona para que embarcase en una galera para Palermo, y diese otra de escolta al rey destronado Muley—Hamida, con su hijo y todos los moros de su acompañamiento que quisieran seguirle. Negose al principio el soberbio moro a embarcarse; mas convencido por su hijo y los que le acompañaban de que no había medio de evitarlo, dejose llevar a la galera sin resistencia. Iba envuelto en un largo capellar morado y un albornoz blanquísimo encima, con la capucha echada ocultando el rostro, de facciones abultadas, muy moreno, avieso, con barba rala; caminaba muy despacio y con grave majestad, los brazos cruzados sobre el pecho, fijos los ojos en aquel suelo africano que por última vez pisaba. Al pasar del esquife a la galera, hiciéronle salva con dos cañones, y la chusma hízole también la suya propia, que llamaban de forzado.

Abandonole entonces su impasibilidad africana, y rompió a llorar, diciendo amargamente en arábigo:

¡Rey sin corona, hombre sin libertad, mal te vienen las salvas!

Éste fue el rey Muley—Hamida, a quien llamó Cervantes el moro más cruel y más valiente que tuvo el mundo[31].

Sosegado Túnez y contentos los moros con su nuevo gobierno, volviose Don Juan a la Goleta, y comenzó sus preparativos de marcha. Dejó 3.000 hombres repartidos entre la Goleta, Túnez, Bizerta y la isla donde se comenzaba a construir el nuevo fuerte; nombró general de cada uno de estos presidios a don Pedro Portocarrero, Gabrio Cervelloni, don Francisco de Ávila y don Juan Zagonera. Hecho esto, embarcose el 24 de octubre al anochecer, llevando por delante todo el resto del ejército, menos al marqués de Santa Cruz, que quedó con las galeras de su mando a retaguardia. En Palermo supieron la muerte de la princesa Doña Juana, acaecida en El Escorial el 8 de septiembre; afectole profundamente a Don Juan la pérdida de esta hermana querida y viéronle los de su cámara llorar como un niño afligido en el secreto de su aposento, lo cual prueba que no están reñidos el valor y la energía con la sensibilidad y las lágrimas que brotan de puros y tiernos afectos. Hiciéronse grandes exequias en las iglesias, y mandó Don Juan enlutar toda la flota, pintando y colgando de negro todos los palos, entenas, remos y obras muertas de las naves.

No impidió, sin embargo, este aparato de luto el grandioso recibimiento que hicieron a Don Juan en Nápoles; tuvo aquello algo de las solemnes entradas de los antiguos triunfadores romanos, sin que faltasen al cortejo los reyes y príncipes cautivos, como Muley—Hamida y su hijo, y las fieras extrañas de otros países, representadas allí por el león de Austria, que caminaba al estribo de Don Juan, conducido por dos robustos nubianos que tenía a su servicio, sin parecer sorprenderse ni extrañarse de las músicas, ni de las salvas, ni de aquella multitud abigarrada cuyo entusiasta vocerío acompañó a Don Juan todo el trayecto desde el muelle al palacio.

Entró Don Juan en Nápoles el 12 de noviembre, y el 13 salió para Roma Juan de Soto con la misión secreta de decir al Papa en nombre de Don Juan de Austria que ya estaba terminada la empresa de Túnez en lo que a él le tocaba, y que si persistía en darle la investidura de aquel reino que antes le había ofrecido, interpusiese sus buenos oficios con Felipe II para que, sin el menor asomo de deslealtad y completo consentimiento suyo, pudiese él aceptarla. Supo el embajador, don Juan de Zúñiga, la llegada a Roma de Soto, y aunque no pudo traslucir los motivos, apresurose a dar aviso a Felipe II, al cual llenó la noticia de sorpresa y de nuevos recelos. Pronto, sin embargo, salió de dudas, porque de allí a pocos días presentósele el nuncio Ormanetto, obispo de Padua, y por encargo especial de Gregorio XIII le explicó muy por menudo los planes de éste sobre el reino de Túnez y sobre Don Juan de Austria, instándole vivamente a que los aprobase y favoreciese. Escuchole atentamente Don Felipe, y como si aquellos planes no se dirigiesen al bien de toda la cristiandad, sino al solo provecho de Don Juan de Austria, limitose a agradecer mucho a Su Santidad el interés que se tomaba por su hermano y a encargar al nuncio que así lo dijese a Gregorio XIII.

Tres días después escribió una carta a su hermano, que Lorenzo Van der Hammen extracta de esta manera: «Que no le diese cuidado su persona, pues miraba él por ella, y su acrecentamiento, como a quien tanto le tocava; que ni era ocasión aquella hasta ver lo que resultaba de la jornada pasada, ni aquello le podía ser de autoridad o útil, sino de mucho embaraço a todos y cuidado grande; que se miraría bien la cosa y despacio como el caso pedía, y siendo tal como convenía, él sería quien primero acudiese a la ejecución, porque lo deseaba

VII

Disgustó mucho a Felipe II su entrevista con el nuncio Ormanetto, porque en ella pudo convencerse de que el Papa trataba seriamente de arrancar a Don Juan de Austria de su dependencia dándole una corona, y que éste, por su parte, dejábase llevar y aun salíale al encuentro en todo lo que le permitía su lealtad caballeresca. Afirmaba Antonio Pérez sus temores haciéndole ver que la conservación de las fortalezas de Túnez contra el parecer de Don Felipe, y el viaje secreto de Juan de Soto a Roma, eran ya actos de verdadera independencia; y como do osaba aún acusar a Don Juan a las claras, cargaba la mano sobre el secretario Soto, atribuyéndolo todo a su influencia y sus manejos, y volviendo a insistir en la necesidad de apartar del lado de Don Juan consejero tan peligroso y sustituirle con un hombre templado y enérgico que supiese calmar sus ambiciosas vehemencias. Este hombre templado y enérgico que Pérez se atrevió ya proponer era Juan de Escobedo, antiguo familiar de la casa del príncipe de Éboli, hechura completa de éste y a la sazón secretario del rey en Hacienda.

Traía todo esto a Don Felipe caviloso y perplejo; pesábale disgustar al Pontífice, cuyo desinterés y santos fines le eran harto conocidos; no quería tampoco desesperanzar a su hermano, porque aunque no dudaba de su lealtad, temía, a fuer de desconfiado, sujetarle a pruebas harto recias y frecuentes. En este aprieto, juzgó muy cuerdamente que quitada la ocasión cesaría el peligro, y resolvió deshacerse en cuanto le fuera posible de aquel embarazo y cuidado de Túnez, y en este sentido escribió a Don Juan la carta que más arriba extractamos. Decidiose también a seguir el consejo de Antonio Pérez, nombrando secretario de Don Juan de Austria a Juan de Escobedo; y porque su natural, justo y prudente, no encontraba razón para lastimar a Juan de Soto, ni motivo tampoco para privarse de sus útiles servicios en otra parte, confirmole el nombramiento de proveedor de la armada de Italia, que era a la vez cargo de honra y de provecho.

Marchó, pues, Juan de Escobedo a reunirse con Don Juan de Austria en Nápoles, llevando orden expresa del rey y eficaz recomendación de Antonio Pérez de moderar las aspiraciones ambiciosas de Don Juan y reducirle a mero instrumento de la política de su hermano, sin miras algunas propias. Este hombre, célebre después por el tenebroso drama de que fue víctima, contaba entonces de cuarenta y cinco a cincuenta años, y más que noble hidalgo de Asturias, parecía zafio villano de cualquier parte; era de estatura mediana, fornido, algo cargado de espaldas y tan moreno de rostro y teñido del color verdusco de la bilis, que en la correspondencia secreta de Felipe II y Antonio Pérez se le designa a menudo con el nombre del Verdinegro. Compensaba, sin embargo, con creces su áspero trato y falta absoluta de modales, con un corazón generoso y abnegado, austera honradez, entendimiento clarísimo y una actividad enérgica capaz de hacer frente a todos los obstáculos. Ruy Gómez y Luis Quijada le estimaron mucho y le honraron no poco en vida, y doña Magdalena de Ulloa había conservado en su retiro tan buen recuerdo de su honradez y rectitud, que no bien supo el nuevo cargo de Escobedo, apresurose a escribirle la siguiente carta:

«Ilustre señor: No he querido escribir a vuestra merced el contento que me ha dado verle en compañía del señor Don Juan, porque ninguna cosa en la tierra deseo yo que ver en su compañía gente tal, porque conoce la necesidad que dello tiene y lo que se aprovecha dello, y porque su alteza no se descuide de avisarme le he suplicado que eche la carga a vuestra merced, a quien suplico me la haga en avisarme con todos los correos lo que vuestra merced viere que puedo desear saber del señor Don Juan y de lo que se hace, y también a vuestra merced suplico que con ningún correo deje de ser avisada, porque quien está tan colgada, con cualquiera que falte me da gran sobresalto, y podrá vuestra merced mandar dar las cartas en casa de don Pedro Manuel, que yo por aquella vía responderé u por donde vuestra merced mandare; y porque creo que aunque sea esta importunidad lo hará por hacerme a mí merced, acabo suplicando a Nuestro Señor dé a vuestra merced tan buen viaje y tan buenos sucesos en él como deseo. Nuestro Señor la ilustre persona de vuestra merced guarde y acreciente como deseo... A servicio de vuestra merced, Doña Magdalena de Ulloa.

Gregorio XIII, por su parte, no cejaba en su empeño, y perdida toda esperanza de que Felipe II ayudase sus planes sobre el reino de Túnez, volvió los ojos a otro proyecto, fracasado ya en tiempo de San Pío V, pero que deseaba él resucitar con nuevo y vigoroso empuje, confiando su ejecución a Don Juan de Austria, per il valore e la felicità che porta seco, decía el Pontífice. Maduraba éste en silencio su misterioso proyecto que tanto provecho había de reportar a la cristiandad y tanta gloria a Don Juan de Austria, y mientras llegaba la hora de descubrirlo, complacíase en prodigar a éste pruebas de consideración y afecto que sólo se concedían entonces a los reyes y príncipes soberanos.

Por marzo de aquel año de 74 enviole con su camarero mayor a Nápoles la rosa de oro, bendita el Domingo de Ramos, que según antigua costumbre solían y aún suelen enviar los Papas al rey o reina que más gratitud ha merecido de la Santa Sede durante aquel año. Esta distinción inusitada asustó al cardenal Granvela, virrey de Nápoles, nada afecto a Don Juan, y apresurose a dar aviso de ella a Felipe II. El 24 de marzo llegó a Nápoles el camarero mayor del Papa con la rosa de oro, y el 25 hízose en la iglesia de Santa Clara la entrega solemne. Los frailes de Santa Clara, entusiastas de Don Juan, pusieron al lado del Evangelio un estrado de terciopelo carmesí para recibirle con silla y cortina, como suele hacerse con los infantes de España. Súpolo Granvela y callose y dejolo pasar por tener algo que reconvenir a Don Juan si lo aceptaba; mas prevenido éste a tiempo, mandó quitar el dosel y añadir otra silla a la izquierda de la suya para Granvela, con lo cual quedó sin efecto la mala intención de éste.

El entusiasmo en Nápoles por esta nueva honra tributada a Don Juan era grande, y todos quisieron tomar parte en ella. Hízose punto de honra en las damas asistir a la fiesta con rosas simbólicas en el tocado y en el pecho, y desde el cardenal hasta el último monago viéronse asediados con demandas de sitios. Imposible fue, sin embargo, complacerles a todos, y viéronse aquel día señoras tituladas en medio del arroyo, empinadas sobre las escaleras, apiñadas en las puertas y hasta en las cornisas de las capillas, ansiosas todas de ver y ser vistas. Hubo desmayos de sofoco, chillidos de protesta, codazos de mal humor y lechuguillas arrugadas, conteritas torcidas, verdugados chafados, mantos desprendidos, joyas perdidas y rosas sembradas a granel de las que habían ocupado tan honoríficos puestos. A una grave consejera rompiósele el collar, que era una sarta de perlas, de las que sólo pudo recuperar una media docena.

Venía Don Juan entre el cardenal Granvela y el arzobispo de Montreal y seguíanle todos los príncipes, duques, marqueses y condes que había en Nápoles, que eran muchos, y otra infinidad de caballeros. Celebró la misa un obispo, y el de Castellemare, que era capellán mayor del rey, diole la paz a Don Juan y presentole a besar el libro de los Evangelios. El camarero mayor del Papa estaba al lado de la Epístola en un banco sin respaldo cubierto de terciopelo carmesí; tenía puesta una sotana de terciopelo negro y vestida encima una ropa de grana. Hallábase la rosa de oro de manifiesto en el altar mayor en un jarrón de plata; era de oro macizo, como de un pie de alta, con airoso follaje; tenía diamantes esparcidos cual si fuesen gotas de rocío, y las hojas verdes formábanlas esmeraldas, algunas de grosor enorme. Concluida la misa, sacó el camarero mayor un Breve del Papa y lo dio a besar a Don Juan, y a leer luego en alta voz a un secretario. Terminada la lectura, arrodillose Don Juan en un almohadón de terciopelo carmesí ante el obispo que había celebrado la misa, y tomando éste la rosa de oro de manos de un clérigo revestido, entregola a Don Juan, diciendo:

«Nuestro Santo Padre Gregorio XIII, serenísimo príncipe, envía a vuestra alteza esta rosa consagrada en señal de benevolencia y paternal amor. Y yo por su mandato la entrego a vuestra alteza

Don Juan respondió:

Beso los pies de Su Santidad por tan singular merced, y recibo la rosa con el acatamiento que se debe a cosa sagrada y enviada del Vicario de Cristo y universal Pastor y cabeza de la Iglesia

Estallaron por aquel entonces en Génova los famosos disturbios entre la nobleza vieja y la nueva, que se denominaban, respectivamente, Portal de San Lucas y Portal de San Pedro, y Felipe II, que tenía el protectorado de aquella república, apresurose a enviar allí a Don Juan de Austria con algunas galeras, para pacificar a los revoltosos con habilidad y maña, y si no fuese posible de otro modo, acallarlos con la fuerza de las armas. Supo el Papa su paso por Gaeta, que dista sólo unas veinte leguas de Roma, y, con el pretexto de saludarle, enviole a su hijo Jacobo Boncompagni, que llevaba el encargo secreto de descubrirle aquellos planes misteriosos que de tiempo atrás meditaba el Pontífice. Acompañaban a Jacobo, por cuenta suya propia, Marco Antonio Colonna y el embajador de España en Roma, don Juan de Zúñiga.

El 18 de abril vinieron a visitar a Don Juan a bordo de su galera los tres ilustres personajes con numerosa y lucida comitiva, y al día siguiente saltó Don Juan a tierra para darles en las casas del gobernador de Gaeta un banquete real suntuosísimo. Armose en el salón principal la mesa, que era muy extensa y entrelarga; en la mitad de ella había dos servicios de plata muy ricos, juntos, para Don Juan y Jacobo Boncompagni, dando aquél la derecha a éste; en el extremo derecho, pero a respetuosa distancia, había otro igual para Marco Antonio Colonna, y en el izquierdo, a igual distancia, otro para don Juan de Zúñiga. Sirviéronse ciento veintitrés platos con todas las viandas y exquisitas salsas que daba de sí la cocina italiana de entonces, sin contar los de repostería, que por tres veces cubrieron toda la mesa con distintas invenciones de torres, torneos, castillos y animales fieros, de exquisitas pastas y dulces sabrosísimos; los vinos presentados pasaron de cuarenta y ni por un momento decayó el regocijo y buen humor de los ilustres comensales y la multitud de nobles caballeros que respetuosamente en pie presenciaban el banquete, tomando en los aparadores algún bocadillo y siendo obsequiados con abundantes copas de vino.

Al terminar la comida pidió licencia Boncompagni a Don Juan para presentarle los regalos que le enviaba Gregorio XIII: unas armas de justa muy ricas, un gran bolsón de terciopelo negro con medallas de oro benditas, que se apresuró a repartir Don Juan entre todos los presentes, y una arquilla de terciopelo grana con un admirable grupo del Calvario dentro, de gran mérito artístico; tenía esta arquilla el mismo Papa en su cámara y hallábase enriquecida con innumerables indulgencias. Correspondió Don Juan a estos presentes regalando a Boncompagni un caballo de quinientos ducados, con su jaez, que costó dos mil quinientos, y una espada con las guarniciones de oro, que valía ochocientos ducados.

Al día siguiente, a bordo de la galera real, y bajo aquel toldillo de damasco listado de grana y blanco, que se extendía en la popa ante la cámara de Don Juan, confiole Boncompagni a éste la empresa misteriosa que proyectaba con su ayuda Gregorio XIII. Escuchábale Don Juan atentamente, en silencio, despidiendo a veces sus ojos garzos, como si fuesen relámpagos, llamaradas de entusiasmo... Tratábase de libertar a una hermosa reina cautiva y de arrancar un reino a los herejes.

VIII

Mientras tanto, la toma de Túnez hacía patente a toda la Europa lo profundo de la herida que recibieron en Lepanto el crédito y poderío de las armas otomanas. Aquella formidable derrota fue, sin duda, un desastre para los turcos; pero desastre glorioso por las proezas de valor que ellos hicieron y el esfuerzo titánico que costó a los vencedores alcanzar el triunfo. Mas la huída de Túnez sin disparar un solo tiro, a la sola presencia de Don Juan de Austria, y pasados ya más de dos años de aquel rudo escarmiento, manifestó cuán hondo había calado el pánico en el ánimo de los infieles y cuánto había crecido a sus ojos el valeroso prestigio de los cristianos, y en particular de los españoles. Hería todo esto cruelmente el inmenso orgullo de Selim, y con rabiosa ansia deseaba tomar el desquite reconquistando a Túnez y la Goleta. Instábale con rencoroso afán a esta jornada Aluch—Alí el Tiñoso y el renegado Mustafá, uno de los ingenieros que construyeron la Goleta en tiempo de Carlos V; llamábase este traidor Jacobo Zitolomini, y, resentido por desprecios y negativas que recibiera de Felipe II, huyose a Argel al lado de Aluch—Alí, y llevado por éste a Constantinopla, reveló a Selim un secreto y seguro modo de tomar la Goleta.

A principios de mayo (1574) recibió Don Juan de Austria aviso urgente de Gabrio Cervelloni de que aparejaban los turcos una muy poderosa armada que se temía cayese repentinamente sobre Túnez y que, en previsión de esto, le enviase a toda prisa recursos para terminar la fábrica del nuevo fuerte, aún no concluido. Hallábase Don Juan en Vegoven concertando los disturbios de Génova, y apresurose a enviar a Madrid al proveedor de Marina Juan de Soto para notificar a Felipe II el peligro que amenazaba. No pareció éste alarmarse demasiado, y quizá no vio en todo ello sino una ocasión pronta y segura de salir de aquel embarazo y cuidado de Túnez. Su respuesta manifestó, por lo menos, que era esta nueva conquista la menor de sus preocupaciones, pues mientras escribía al cardenal Granvela, virrey de Nápoles, y al duque de Terranova, regente de Sicilia, que vigilasen los puertos y reforzasen las guarniciones, principalmente en Mesina, Augusta, Siracusa, Trápana y Palermo, contentábase con añadir que no se olvidasen de socorrer a su hermano, y mirar por las cosas de Berbería. Mandó también a don García de Toledo y al marqués de Santa Cruz que vigilasen el modo de presidiar Don Juan la Goleta, y a éste escribió hiciese lo que mejor juzgase convenir a aquel particular, pero que tuviese en cuenta le habían dicho que bastaban dos mil infantes para defensa de la Goleta.

Envió entonces Don Juan a Túnez, sin pérdida de tiempo, a don Juan de Cardona con todas las galeras de su mando, llevando los socorros que Gabrio Cervelloni pedía. Resultaron éstos escasos, y reiteraron los de Túnez su demanda; agotando entonces Don Juan todos sus recursos, envió a don Bernardino de Velasco con veinte galeras de Nápoles y cuatro compañías de infantería italiana. En estas idas y venidas íbase ya entrando el verano, y el 13 de agosto apareció en el cabo de Cartago la temida armada turquesa con cerca de trescientas naves y sesenta mil hombres de desembarco, mandada aquélla por Aluch—Alí el Tiñoso, y éstos por el yerno de Selim, Sinan—Bajá, el renegado. Alzaron el grito ante la enormidad del peligro los cristianos de Berbería, y por cuantos medios tuvieron a mano enviaron a pedir socorros a Granvela, a Terranova y, sobre todo, a Don Juan de Austria, por lo que debía a su oficio y a la piedad cristiana. Quiso éste volar a su socorro, abandonándolo todo, y escribió antes al duque de Sessa instase al cardenal para que enviase gente de socorro a la Goleta, pues aquella provincia estaba a su cargo. Mas imperturbable Granvela, contestó fríamente que tenía mucho que guardar en el reino, y no le convenía dividir sus fuerzas. «Esto era —dice Van der Hammen, comentando el hecho— dar color a la excusa; siendo la causa principal el poco gusto que tenía Granvela de acudir a Don Juan de Austria, envidioso de sus favores de Marte y de Venus, y como extranjero y que sus hermanos conjuraron en la rebelión de Flandes». Con análogas palabras tan severas y duras como éstas, sin olvidar lo de Marte y de Venus, se expresa también Luis Cabrera de Córdoba, y el mismo Don Juan escribió a su hermana Doña Margarita: «Al fin todo va, señora, en peligroso estado; y en verdad que no es en parte toda la culpa de su majestad, sino en consentir a los que gobiernan sus Estados que no tengan por tan suyo el vezino y el que no lo es, como el que es a cargo de cada ministro

Mientras tanto, cansado ya Don Juan de esperar órdenes, gente y dinero que no venían, y tomando a punto de honra propio el presentarse en Túnez, movíase con desesperada actividad de Génova a Nápoles, a Mesina y a Palermo, reclutando gente por todas partes y juntando naves y empeñando para ello su plata, sus joyas y hasta su palabra misma. Hasta que, reunida en Mesina una mediana flota con no escasa gente de guerra y presto ya a darse a la vela para África, tropezó entonces con otro obstáculo más poderoso que la frialdad calculada de Felipe II y las malquerencias envidiosas del cardenal Granvela: ¡el marl... El terrible mar, que, levantado en furiosa borrasca, le arrojó a Trápana, mal de su grado, y le detuvo allí días y días, dando tiempo a que los cristianos pereciesen y los turcos quedaran victoriosos... Por tres veces quiso salir del puerto desafiando el temporal, y otras tantas tuvo que retroceder ante las encrespadas olas; envió entonces cuatro galeras sin popas ni rumbadas para llevar a la Goleta la esperanza siquiera del socorro, y la implacable tempestad les cerró el paso, tragándose a dos de ellas... Abonanzó al fin el tiempo, y antes que Don Juan pudiera salir a la mar, entró en Trápana una galera francesa desarbolada y maltrecha que la tempestad arrojaba en aquel puerto. En ella venían don Juan Zagonera con cincuenta soldados, únicos restos de la brillante guarnición que dejara Don Juan en Berbería; por ellos supo éste el terrible desastre. Túnez quedaba en poder de los turcos; tres mil soldados muertos y los restantes acribillados a heridas o cautivos. Pagano Doria, degollado; Gabrio Cervelloni, don Pedro Portocarrero y don Francisco de Ávila, esclavos de Sinam. El fuerte nuevo arrasado sin ser concluido, y la Goleta, el glorioso recuerdo de Carlos V, volada con minas, borrada para siempre del suelo africano por Aluch—Alí como borra el simún del desierto una huella humana.

Los envidiosos de Don Juan cebáronse en él atribuyéndole aquel desastre en que no tuvo parte alguna; pero la opinión sensata y la popular, tan certera a veces y tan maliciosa, culparon a Granvela, y aun llegaron a cantarle por las calles coplas alusivas que han llegado hasta nosotros. Algunos, muy pocos, decíanse al oído, como en aquel tiempo era preciso decir estas cosas, que el cardenal no era responsable, porque al negarse a socorrer la Goleta había obedecido a secretas órdenes de la corte. De esto, sin embargo, no existe prueba ninguna.

No abatieron estas desastrosas noticias el enérgico carácter de Don Juan; pero despertaron en su ánimo mil sentimientos diversos, y bajo la impresión del despecho, el dolor, la dignidad herida, y, sobre todo, de la leal franqueza de su corazón, que le impulsaba siempre a tratar las cuestiones de frente y no de soslayo, resolvió ir a España a tratar cara a cara con su hermano Felipe II tres cuestiones diversas que tenían entre sí conexión íntima: De su permanencia definitiva en Italia como lugarteniente general de todos aquellos Estados. De su reconocimiento como infante de Castilla. Del plan misterioso que Gregorio XIII le había propuesto.

Y así fue, en efecto; por enero de 1575 estaba ya Don Juan de Austria en Madrid, y el 15 de febrero escribía a su hermana Doña Margarita: «Señora: Yo, gloria a Dios, he llegado algunos días a, a esta corte, adonde he recibido tanta merced de su majestad que por sólo esto doy por más que bien empleada mi venida... Después de aver llegado creo que se tiene entendido lo de Italia muy de otro modo de lo que antes estava. Pensé, como lo había suplicado a su majestad, estar en esta corte algún tiempo; pero al fin se ha resuelto mandarme volver a esas partes, y con tanta priesa que se la da grande a despacharme. Creo me partiré mediado el mes que entra, y creo también que yré a empeçar nueva suerte de servicio en conformidad de lo que conviene al de su majestad. Entretanto se atiende a vencer necesidades y a dar priesa a lo con que he de servir y defender este verano. A todo ello doy tan continua priesa que cada día, en consejos y fuera dellos, no hago cosa que esto no sea; pero el tiempo está ya tan al verano que no me contento de lo que no veo... Aquí, señora, son todos Consejos; cada día tengo dos, sin otras mil ocupaciones que no me dexan tiempo que mío pueda llamarse, etc., etc

Don Felipe había sufrido, efectivamente, la especie de fascinación que la presencia de Don Juan ejercía, y no obstante las recelos infundidos por Antonio Pérez, recibiole con amoroso afecto de hermano, y la agradecida benignidad propia de un rey al caudillo que tanta gloria y lustre daba a las armas y nombre de España. Escuchole detenidamente y con gran interés sus informes sobre las cosas de Italia, reformando muchos de los juicios que sobre ella tenía. Diole la razón en sus quejas contra los virreyes y ministros de aquellos Estados, especialmente contra Granvela y el duque de Terranova; trató y fijó en varias sesiones y consejos los aprestos que habían de hacerse, según opinión de Don Juan, para precaverse contra el Turco aquel verano y humillar su orgullo, engreído otra vez con el reciente triunfo de Túnez; y concluyó finalmente por nombrarle, con aprobación de todo el Consejo y secreto espanto de Antonio Pérez, su lugarteniente general en toda la Italia, con autoridad sobre todos los virreyes y ministros que gobernaban aquellos Estados; esta dependencia había, sin embargo, de quedar secreta, por decoro y prestigio de aquellos funcionarios, y sólo había de manifestarse en caso de abuso de autoridad o alarde de independencia. «Para con vuestra alteza solamente —escribía Don Juan desde Nápoles a doña Margarita—, y así se lo suplico yo por muchos respetos, traygo también orden de lo que cada uno ha de hazer que es estar a obediencia; pero de ésta se ha de usar quando algún ministro se persuadiere lo contrario, lo cual no creo sucederá, porque por cartas han entendido lo que les toca

Animado Don Juan con esto, atreviose a presentar al rey la segunda parte de su programa; que para exteriorizar, sin herir a nadie, esta supremacía sobre todos los ministros de Italia, le concediera el rango y los honores de infante que espontáneamente le daban todos, grandes y pequeños. No se atrevió Don Felipe a negarle esta gracia que tan merecida tenía; pero, con dilaciones y excusas, diole a entender que aún no era tiempo. Y no era esto por malquerencia que le tuviera, ni por mezquina tacañería, ni mucho menos por celos, como algunos dicen, de su fama y su renombre, sino porque era máxima de aquel prudente rey, heredada de su padre Carlos V, la de estimular siempre los servicios de los Grandes con un premio proporcionado a su altura; y como de no dar a Don Juan una corona, que Felipe II no quería darle, no había otro premio digno de él sino el infantazgo, parecíale prematuro concedérsele ya, quedando todavía tantos y tan importantes servicios que esperar de su persona.

En cuanto al proyecto de Gregorio XIII, no tuvo Don Juan que buscar la plática a su hermano. Don Felipe mismo le abordó el asunto, que ya había tratado y resuelto con el propio nuncio Ormanetto.

IX

En junio de 1571, cuatro años antes de estos sucesos, llegó a Madrid un viejecito italiano, chico, activo y muy nervioso, que dijo llamarse Giulio Benasay y ser comerciante de Génova; apeose en un mesón, junto a la puerta de la Culebra, que estaba en lo que es hoy Puerta Cerrada, y al otro día muy temprano comenzó sus visitas, que de todo fueron menos de comerciante. Visitó a monseñor Ormanetto, nuncio del Papa; al doctor Milio, regente de los Estados de Alba en ausencia del duque; a los secretarios Zayas y Mateo Vázquez, y últimamente visitó también el día 28, cinco días después de su llegada, al señor rey Don Felipe II en su propio alcázar. Esta visita, sin embargo, diferenciose mucho de las otras: hízola de noche y a hurtadillas y ya en el alcázar no se llamaba Giulio Benasay, ni era de Génova, ni tampoco comerciante. Llamábase Roberto Ridolfi, era banquero avecindado en Londres y agente secreto en aquel país de herejes de Su Santidad Pío V. Ridolfi entregó en propia mano a Felipe II tres cartas, que todas, en sustancia, decían lo mismo; suplicábasele en ellas que otorgase a Ridolfi la más entera confianza y tomase a pechos el encargo que había de exponerle, concediendo los recursos con que juzgase prudente favorecer el proyecto. Estas cartas eran nada menos que de San Pío V una, de la reina de Escocia, María Estuardo, prisionera en Inglaterra, otra, y del duque de Norfolk la tercera.

El proyecto era éste: tratábase de prender por un golpe de mano a la reina hereje Isabel de Inglaterra y a los señores de su Consejo y encerrarlos en la torre de Londres; casar a la reina legítima María Estuardo con el duque de Norfolk y restablecer al punto el catolicismo en los dos reinos de Escocia e Inglaterra. Pedían para ello el auxilio de Felipe II, y contaban ya con el apoyo de los más poderosos señores de Inglaterra y el de los partidarios de María de Escocia, que se levantaban a la sazón numerosos y pujantes. El Papa había ya preparado el terreno fulminando contra Isabel su terrible bula, declarándola hereje contumaz y fautora de herejes, deponiéndola del trono de Inglaterra y absolviendo a sus vasallos del juramento de fidelidad y obediencia. Prometía además contribuir a los gastos de esta empresa con todos los recursos de que pudiera disponer la Santa Sede.

El duque de Norfolk pedía al rey de España para esta jornada 6.000 arcabuceros, 4.000 arcabuces, 2.000 corazas y 25 piezas de artillería con las municiones y dineros necesarios. Comprometíase por su parte a levantar en Inglaterra 3.000 hombres de a caballo y 2.000 de a pie y a encargarse de la peligrosa empresa de prender a la reina y sus consejeros y de poner en libertad a María Estuardo. Comprometíase también a mantenerse firme por cuarenta días en sus tierras de Norfolk, fronteras a las costas de Holanda, para proteger el desembarco de las tropas que desde Flandes había de enviar el duque de Alba. Este, hablado ya por Ridolfi en Bruselas, aprobaba el proyecto con algunas reservas y aun teníalo por fácil una vez presa o muerta la reina Isabel; esperaba, sin embargo, las órdenes y el consentimiento de su monarca.

Oyó Felipe II a Ridolfi con su circunspección y reserva ordinaria, y remitiole a El Escorial, donde le interrogó detenidamente el duque de Feria, y donde se celebró un importante Consejo el 7 de julio, cuya minuta se conserva íntegra en el archivo de Simancas. Aprobose allí por unanimidad el proyecto, y quedó acordado remitir su oportuna ejecución al duque de Alba. Mas fue tanta la lentitud de Don Felipe en combinar los últimos detalles, y tanta su indecisión en dictar las postreras órdenes, que dieron lugar a que Norfolk fuese denunciado, sometido a un proceso y degollado públicamente en Londres[32].

Pues este plan, fracasado por la muerte de Norfolk, era el que quería resucitar Gregorio XIII, fulminando él otra bula semejante a la de Pío V, dando la investidura del reino de Inglaterra a su legítima heredera María Estuardo y casando a ésta con Don Juan de Austria, que había de capitanear las huestes españolas que invadiesen a Inglaterra. Habíase ya concertado el Papa con los lores ingleses y escoceses y demás gente de pro que estuvieron prestos a secundar el movimiento de Norfolk, y comprometíanse ellos a cumplir en aquellos reinos todo lo prometido antes por el desdichado duque. Restaba, pues, tan sólo para colocar el proyecto en las mismas ventajosas condiciones en que estuvo en tiempo de San Pío V, obtener el apoyo y el consentimiento de Felipe II y de Don Juan de Austria; diolo éste con entusiasmo a Jacobo Boncompagni en su entrevista de Gaeta, salva siempre la voluntad de su hermano, que era para él ley inviolable. Mas Felipe II, por su parte, acogió fríamente el proyecto cuando se lo propuso en nombre de Gregorio XIII el nuncio Ormanetto; diole gracias muy corteses por la merced que el Papa hacía a su hermano, y excusose de prestar apoyo a la empresa, con la necesidad que tenía entonces de concentrar grandes fuerzas en Italia por el peligro del Turco, animado con el triunfo de Túnez, y en Flandes, por envalentonarse también los rebeldes con la salida de allí del duque de Alba. Y como le argumentase el nuncio con aquella verdad tan conocida de los políticos de entonces que el foco de aquella rebelión no había de extirparse en Francia, sino en Inglaterra, donde su reina la atizaba de continuo y favorecía con toda clase de medios a los rebeldes, contestó Don Felipe que así era la verdad y harto lo tenía él bien probado; pero que así y todo no podía distraer una sola pica de Flandes mientras no echase allí raíces la nueva política de suavidad y acomodamiento que había encomendado al comendador mayor Requeséns. Entonces veríase si convenía o no la expedición de Inglaterra.

Estas mismas razones dio Felipe II a su hermano cuando trataron ambos de este asunto, añadiendo otras varias encaminadas todas a asegurarle más en su servicio, sin desesperanzarle por eso ni matar de un golpe las ilusiones que hubiera podido forjarse sobre aquel plan romántico de conquistar un reino librando a una hermosa reina cautiva que tanto debía halagar su fantasía caballeresca. Prometiole, pues, sin intención alguna de cumplirlo, según Antonio Pérez asegura; y con intención de hacerlo si convenía a los planes de su política, según nosotros creemos, favorecer el proyecto de Gregorio XIII cuando desapareciese el peligro de una nueva guerra con el Turco, que a la sazón amenazaba.

Y como si pretendiese bajar a Don Juan de la esfera de heroicos pensarnientos en que el genio vive de ordinario a la de mezquinas flaquezas en que se agita el común de los mortales, hablole a renglón seguido de lo que amargaba la vida de Don Juan, por ser en cierto modo lo único que podía humillarle y avergonzarle: hablole de la conducta de su madre... El desorden de esta señora había llegado a tal punto, que ya no frecuentaban su casa sino gentes ruines, entre las que descollaba un inglés, que se decía tenía malos tratos con ella; el duque de Alba, hombre severo, pero no escandalizable, habíale amonestado varias veces sin éxito, y, cansado al fin, decidiose a escribir al secretario Zayas la siguiente carta:

«Muy magnífico señor: Aquí pasa un negocio que me tiene en mucho cuidado, porque, aunque he procurado por todas las vías que me han sido posibles el remedio, no aprovecha, y el negocio anda ya tan roto y tan derramado, que conviene que con muy gran brevedad su majestad le ponga remedio, vuestra merced me la haga en decir a su majestad que su madre del señor Don Juan bive con tanta libertad y tan fuera de lo que debe a madre de tal hijo, que conviene mucho ponerle remedio, porque el negocio es tan público, y con tanta libertad y soltura, que viene la cosa a que me han avisado que ya no hay mujer honrada que quiera entrar por sus puertas, porque llega a términos que se van mudando los servidores por semanas, y con mi ausencia ha pasado tan adelante, que los más días hay danças y banquetes, y ha echado dos demoyselles viejas muy honradas que yo le di y metido en su lugar dos ruines mujeres. Es terrible y de una cabeza muy dura. Su majestad vea lo que manda, que ya resuelto estaba hazerla tomar una noche y meterla en un monasterio, pero no he querido sin consultárselo primero

Don Felipe contestó al duque de Alba la siguiente carta cifrada:

«El Rey.

Duque primo. Çayas me mostró la carta que le escribistes sobre el particular de la madre de Don Juan, mi hermano, que por las causas que apuntays y se dexa considerar, me pesa mucho que no biva con honestidad y recogimiento que debiera: y assí me parece lo mismo que a vos; pues que no hay otro mejor remedio se traiga acá, que en lo mismo está siempre su hijo, al qual he enviado a dezir con Juan de Soto, que me he resuelto en esto por su mayor beneficio y reposo, hallándose lo de esos Estados en el término que se halla, sin declararle otra cosa, pues no avía para qué; y porque yo entiendo que el traerla a de ser por mar, y si lo barruntase, es verosímil que haría algún desatino, sería bien disimular con ella hasta que haya comodidad de pasaje seguro, y entonces, en estando aprestado y el tiempo hecho para navegar, la hareys meter en la nave, quiera o no quiera con la compañía que convengo, dando orden que se le provea lo necesario para el viaje y que en él se la haga buen tratamiento. Y avisareysme a tiempo para que yo mande que se acuda al puerto y de allí se lleve al monasterio que fuere más apropósito, que aún no he mirado cuál será, etc., etc

No era la primera vez que hablaban los dos hermanos de tan enojoso asunto; mas entonces súpolo Don Juan todo, sin paliativos ni reservas: díjoselo Don Felipe con palabras delicadas y prudentes, como cirujano caritativo que sin querer lastimarla cura una llaga, y propúsole el remedio como padre que trata en secreto un triste asunto de familia. Convínose en sacar con engaño de Flandes a Bárbara Blombergh, ya que no era posible de otro modo, y traerla a España, donde, a propuesta de Don Juan, sería entregada a doña Magdalena de Ulloa, para que esta noble señora la colocase cerca de sí, donde su prudencia, su discreción y caridad la aconsejasen. Pareciole a Don Felipe atinadísima aquella designación de doña Magdalena, y a los pocos días partiose Don Juan para el Abrojo, donde esta señora le aguardaba.

Jamás pareció a Don Juan tan majestuosa la enlutada figura de doña Magdalena, ni encontró a su lado descanso tan dulce y tan profundo, ni creyó descubrir en sus ojos, todavía hermosos, amor tan intenso, solicitud tan maternal, gracia tan tierna y expresiva al mostrarle los enormes cofres de ropa blanca que le tenía dispuestos, las gorgueras de puntas de Flandes que ella misma le probaba y las almidonadas lechuguillas altas, muy altas, como ella sabía que eran de su gusto... Y era que su ansia de madre, exasperada por aquel desencanto de la suya propia, se saciaba con inefable consuelo en el casto amor y las virtudes de aquella otra que el misericordioso cielo le había deparado. Permaneció Don Juan en el Abrojo cuatro días, confiando a doña Magdalena todo lo que tenía en el alma, penas y alegrías, temores y esperanzas, triunfos y desengaños, extravíos y remordimientos; y al despedirse ambos en la puerta del monasterio, pensaba ella como la primera vez que le vio en la escalera de Villagarcía: «¡Lástima que no sea en verdad mi hijo!» Y él, con amargura infinita, decíase al besar por última vez su mano: «¡Lástima que no sea en verdad mi madre!»

Salió Don Juan del Abrojo con la tristeza profunda y el vago recelo del caminante que, descansando un día en el oasis, emprende otra vez su ruta por los arenales del desierto. Una voz amiga alentaba, sin embargo, su ánimo abatido durante aquella jornada; decíale que el porvenir era suyo, y era de gloria si él luchaba con tesón y esperaba con paciencia, que es el consejo de la constancia a la actividad fogosa para llegar al logro; que el plan de Gregorio XIII necesariamente había de realizarse, porque era grande, porque era justo y porque era fácil y hacedero, y que al fin de la jornada él partiría el trono de Inglaterra con la hasta entonces infortunada reina de Escocia, siendo la Inglaterra de Don Juan y la España de Don Felipe las dos fuertes columnas en que se apoyaría la santa Iglesia católica.

Quien así hablaba era don Juan de Escobedo, el mismo encargado por Felipe II de moderar los pensamientos ambiciosos de Don Juan. Y lo más extraño del caso era que Escobedo tenía talento, era honrado y hablaba sinceramente.

X

Cuenta Antonio Pérez en su famoso Memorial que el secretario Escobedo sirvió muy bien al rey en los principios en el encargo que le diera de moderar los pensamientos ambiciosos de Don Juan de Austria, y que andando el tiempo se echó de ver que no solamente no cumplía con el fin para que se había enviado (a Italia), pero que se le levantaban los pies y el ánimo como a Juan de Soto, y que se metía en trazas de más altas y mayores inconvenientes y en particular se supo que se comenzaron a tener inteligencias en Roma para algún beneficio y grandeça del señor Don Juan sin dar cuenta a su majestad de ellas.

Verdad es ésta mezclada con grandes dosis de mentira, como casi todas las contenidas en tan venenoso escrito. Escobedo no tuvo nunca a Don Juan por un vulgar ambicioso, porque harto se veía que la vulgaridad en todas las esferas era antitética a su heroica naturaleza; pero creyó buenamente, como Antonio Pérez le aseguraba, que, cegado Don Juan por sus ambiciosas miras, andaba mendigando altas protecciones en Roma para llevar a cabo ilusorios proyectos que embarazaban, por lo menos, la política de su hermano, y que era, en resumen, un joven temerario engreído con sus triunfos, a quien se hacía necesario llevar de la mano por las trilladas sendas del buen sentido, para que no le derrumbasen sus mismas grandes cualidades en el abismo de lo osado y lo fantástico. Esto creía Escobedo de Don Juan cuando por primera vez fue a Italia a servirle de secretario; mas al apreciar de cerca la franca amenidad de su trato y la alegre sencillez de su leal carácter, retractó en parte estos juicios, y poco a poco, y a medida que profundizaba el conocimiento de sus cosas y su persona, fuese convencido de que lo que llamaba Antonio Pérez temeridades de Don Juan eran los vigorosos arranques de su genio; lo que llamaba sus planes fantásticos, eran las meditadas combinaciones de dos Pontífices como San Pío V y Gregorio XIII, que fueron los que idearon y apoyaron siempre la conquista de Inglaterra; y las solicitaciones en Roma degradantes para el rey de España eran todo lo contrario de lo que Antonio Pérez aseguraba: eran honrosas ofertas una y otra vez repetidas por los Papas a Don Juan, enamorados del valor y la fortaleza de éste, y convencidos de que aquel Don Juan enviado por Dios estaba llamado a ser una de las más firmes columnas de la Iglesia católica.

Y sucedió entonces lo que había sucedido primero con Juan de Quiroga y después con Juan de Soto: que Escobedo se apegó a Don Juan entrañablemente como se habían apegado ellos; convirtiose en su admirador sincero y más ardiente panegirista, y comenzó a apoyar sus planes con todo el vigor de su enérgico y apasionado carácter, dándose el extraño caso, que tanto prueba, de que tres hombres de reconocido mérito, de honradez intachable y de recta intención, prevenidos todos por Antonio Pérez contra los ambiciosos planes de Don Juan, cayesen uno en pos de otro bajo la influencia de sus encantos, y se dedicasen, en contra de sus propios intereses, a servirle y secundarle. Gran prueba ésta de que el maleficio que emplea Don Juan para subyugar así a las gentes y trocarlas a su antojo, era, sin duda alguna, su propio mérito.

Debió de verificarse este cambio de Escobedo muy a los principios y conocerse al punto en la corte, pues ya en junio del 73 era allí molesto, como lo prueba la siguiente nota de Felipe II, puesta al margen de una carta de Mateo Vázquez, según costumbre del rey prudente: «Y la venida de Escobedo es tan cierta como veréis por esa carta, y aunque no parece que deba de ser a pedir dineros, quedo yo tan podrido y cansado della que no puede ser más; aunque convendrá despacharle luego, no dexo de sospechar que se deben de cargar allá con él, y que ésta deve de haber sido más causa de enviármele que otra ninguna

Escobedo no venía, en efecto, a España en busca de dinero, a pesar de que éste escaseaba y escaseó siempre en todas las empresas de Don Felipe; enviábale Don Juan a notificar a éste la nueva complicación surgida en Génova por la intervención del Papa en aquellos disturbios, y a pedirle instrucciones sobre aquel delicado incidente. Conjurado el peligro del Turco en el verano del 75, dedicose Don Juan con tesón todo el resto de aquel año y el de 76 a poner término a aquellos disturbios que podían aminorar la influencia de España en Italia y aun arrastrarla a una guerra con Francia. Seguía, pues, la marcha de los negocios unas veces desde Nápoles y otras desde Génova misma, encontrando tiempo y ocasión en una y otra parte de entregarse a las alegres diversiones y aun culpables extravíos a que su mocedad le disponía y la gran relajación de costumbres en aquella tierra, de continuo le incitaba.

En esta época de su vida hay que colocar sus devaneos con la infeliz Zenobia Saratosio, que concluyó llorando sus culpas en el monasterio de Santa María Egipcíaca, y con doña Ana de Toledo, orgullosa y dominante mujer, que hubiera causado quizá la pérdida de Don Juan, si por un esfuerzo de su poderosa voluntad, aguijoneada por el deber, no se hubiera ése arrancado a tiempo de su maligna influencia. No ataban, por fortuna, estas cadenas de flores el ánimo varonil de Don Juan; rompíalas a cada paso siempre que estorbaban los brotes de su indomable carácter, o que el remordimiento se le imponía con sus voces temerosas.

Una noche cenaba Don Juan en el palacio de doña Ana de Toledo con otras varias personas de las que favorecían y tapaban sus malos tratos. De repente entró desalado un capitán de su guardia con el aviso de que en la galera Renegada, una de las presas de Lepanto, habíanse alzado cien cautivos turcos de los que formaban la chusma, matando cuatro soldados que estaban de guardia y a un cómitre, y huido con la galera mar adentro. Levantose Don Juan, rojo de cólera, dejando a medio beber su copa, y mandó al capitán que se adelantase al muelle para avisar en la galera real que en el acto iba él a salir en persecución de los fugitivos. En vano le suplicó doña Ana que no saliese a la mar, sino que enviase alguna galera de las ciento sesenta ancladas en el puerto. Contestole Don Juan que todo sería cosa de un momento, y que antes de tres horas estaría de vuelta para acabar de beber la copa que dejaba mediada; y como aquella voluntariosa y tiránica mujer quisiese imponer la ley de su capricho, instó, lloró y amenazole con negarle sus favores si contradecía. Mas sin replicar Don Juan, lanzose a la calle precedido de dos pajes con antorchas, gritando a los soldados que se topaban al paso:

—¡Apriesa, soldados, apriesa, que se nos ha levantado una galera!

Sólo encontró en el trayecto una docena de infantes y al sargento Rivera, y con ellos llegó al muelle, saltó en la real y salió del puerto. Estaba la noche oscura, el mar picado y volaba la real con las farolas apagadas al impulso de sus remeros, estimulados por el gran premio ofrecido por Don Juan. A la altura de las bocas de Capri alcanzaron a la Renegada, viósela ésta venir encima de repente, sin conocerla, y creyéndola una galera común, aprestose a la defensa; mas cuando conocieron ser la real, paralizó a los fugitivos el espanto, no osaron defenderse, y así se explica que catorce hombres tan sólo la tomaran al abordaje, habiendo en ella más de ciento, acuchillaran a los turcos, y vencidos y atados los que sobrevivieron, los condujesen otra vez a Nápoles. Un poco antes del amanecer desembarcaba Don Juan en el muelle y se dirigía de nuevo al palacio de doña Ana; hallólo todo abierto e iluminado como si le esperasen, pero por ninguna parte vio señal de alma viviente; llegose extrañado hasta el comedor, y vio asombrado la mesa levantada, un paño corto de terciopelo negro encima con cuatro candeleros de plata con hachas encendidas en los extremos y en medio una salvilla de oro con la copa a medio beber que había dejado Don Juan al salir para el puerto. Comprendió Don Juan que la orgullosa doña Ana quería indicar con este símbolo, muy propio de la época, los funerales de sus amores, y diose por satisfecho; cogió la copa, vació de un trago el resto del vino y volviola a colocar boca abajo donde antes estaba. Al salir a la calle siseole desde una reja del palacio una dueña apostada allí, sin duda, por su señora; mas Don Juan no volvió la cabeza ni volvió a entrar nunca en aquella casa.

Murió por aquel entonces (marzo de 1576) en Bruselas, el comendador mayor don Luis de Requeséns de un carbunclo que le salió en la espalda, dejando con su muerte desprovistos el gobierno de Flandes, y en más peligro que nunca aquellos Estados, en que dieciséis provincias se hallaban sublevadas y sólo el Luxemburgo permanecía fiel a España. «Es de notar —dice un historiador famoso— que en los casos extremos, y cuando amenazaba un grave peligro o estaba a punto de perderse un Estado, era cuando Felipe II recurría a su hermano Don Juan de Austria, y confiaba a su valor y talento las más arduas empresas y las causas que parecían desesperadas, como quien le creía capaz de enderezar lo que por desaciertos o faltas, o mala fortuna de otros, parecía de difícil o casi imposible remedio

Así sucedió también entonces, en tan apurado trance nombró Felipe II gobernador y capitán general de los Estados de Flandes a su hermano Don Juan de Austria, y mientras éste no llegase a tomar posesión del mando, encargaba en absoluto el gobierno de todos aquellos Estados al Senado de Flandes; consejo funestísimo este último que dio a Felipe II Joaquín Oppier u Hoperus, como otros le llaman, secretario en Madrid de las cosas de Flandes, y flamenco él de nación. Hicieron solapada guerra a este nombramiento de Don Juan Granvela desde Nápoles y Antonio Pérez en el mismo corazón de la corte. Desesperaba, en efecto, al secretario que todos sus esfuerzos para desacreditar a Don Juan en el ánimo del rey hubiesen resultado inútiles; porque cierto era que el recelo había entrado y vivía aún en el corazón naturalmente suspicaz de Felipe II; pero necesario era soplar mucho aquella brasita encendida para lograr convertirla en hoguera capaz de devorar la grande estimación y profunda confianza que aquel nombramiento de gobernador de Flandes revelaba. Y tanto, y con tanto despecho sopló Antonio Pérez, que no se comprende ni se creería hoy, si documentos de su puño y letra no lo demostrasen, que a un hombre de su talento y de su astucia le cegasen hasta tal punto sus malas pasiones, que se atreviese a escribir a Felipe II que a Don Juan de Austria, el rayo de la guerra, el vencedor de los moriscos, terror de los turcos, pacificador de Génova, al héroe, en fin, de Lepanto, le conviniese mejor un hábito de clérigo y órdenes, para que no saliese de lo que conviniera, ni pudiese en ningún tiempo errar. He aquí, en la parte que a nosotros importa, este curioso documento, que con el título de Consulta autógrafa del secretario Antonio Pérez a Felipe II, con apostillas igualmente autógrafas de este monarca, existe en la notable colección de papeles históricos del conde de Valencia de Don Juan.

«...Y, señor, crea vuestra majestad que no pienso pedir perdón a Dios de lo que he dicho algunas veces, tantos días ha[33], y de lo que he desseado ver apartados del señor Don Juan, por su bien y por el servicio de vuestra majestad, algunas personas, y particularmente a Soto[34], que como él, y aun quizá otros no pueden entrar a la parte del manejo de lo que se encomendare al señor Don Juan: temo que han de procurar embaraçarlo, aunque el señor Don Juan en tal edad ya y tal conocimiento no se le puede quitar la culpa del todo; en verdad que no mereçe tanta pena mientras se le dexaren tales consejeros y criados. Y en ninguna cosa he tenido tan gran coraçón con quan poco soy, como en presumir que sabría quitar a vuestra majestad de algunas pesadumbres mayores y menores tocantes al señor Don Juan, y que podría, conservándome en el crédito que hasta aquí he tenido suyo, encaminarle y llegarle a todo lo que fuese voluntad de vuestra majestad. Que yo, señor, pasada esta ocasión y necesidad de Flandes (y pluguiera a Dios que pudiera ser con otro medio) no me satisfago si quiere vuestra majestad que le diga lo que siento como se lo dixe una noche, que vaya por aquel camino, sino que se encaminase, que con gran gusto y satisfación suya dexase el hábito que tiene y tomase el de clérigo y órdenes, con que no saliese de lo que conviniese. Y procurándose endereçar todo esto con tiempo, creo que sería mucho del servicio de vuestra majestad y ganar al señor Don Juan para que no pudiese en ningún tiempo errar. Que no es buen marinero el que en el mar alta y grandes negocios no lo salva todo

Al margen de esta consulta hállase escrita la siguiente respuesta de Felipe II, reposada y serena ciertamente, pero dejando ver junto al aprecio y estima que todavía profesaba a su hermano, los recelos infundados contra los secretarios Soto y Escobedo y contra Don Juan mismo, y la ciega confianza con que se echaba en brazos de Antonio Pérez, el rey, por esta vez no prudente:

«... Y vos tenéis mucha razón en decir lo que convendría quitar estas compañías a mi hermano, y no era lo peor, que lo de Flandes tiene tan buen camino para esto, y si no, sería menester buscar otros para quitarle aquella compañía, porque la venida acá yo no tengo por remedio bastante huir destas compañías: en lo que yo no hallo ninguno sería en lo de Flandes si faltase lo de mi hermano; pero espero que no puede tardar, y que será bueno, y para en cualquier caso es bien necesario el crédito que vos tenéis con él para encaminarle en lo que más convenga para todo, pues sé que sería siempre en lo que más convenga en mi servicio. Y para deciros la verdad, no me puedo persuadir que conviniese hacer clérigo a mi hermano, ni creo que se podría con buena conciencia, visto lo que ha pasado hasta agora por él; y dexando las ruynes compañías, espero yo que si quiere, en el hábito que tiene y aviendo hecho tan buen principio como hizo, podría importar mucho su persona para muchas cosas, y para esto importará mucho vuestro buen consejo: y para lo de Flandes importa tanto, que no sé yo qué remedio tenga aquello, sino el de su persona, y en verdad que aquietándose, como lo espero, que en ninguna parte esté tan bien como allí, ni tan a su plazer

XI

Recibió Don Juan de Austria la noticia de su nombramiento en carta del rey escrita el 8 de abril de 1576, justamente cuando, solicitado por las nuevas instancias de Gregorio XIII para la jornada de Inglaterra, acababa de enviar a Roma al secretario Juan de Escobedo. Suspendió, pues, Don Juan su respuesta a esta carta hasta la vuelta del secretario, presumiendo con razón que de las noticias que trajera de Roma Escobedo podría depender la conveniencia de su aceptación o su repulsa. Esta tardanza, sin embargo, unida a los avisos que ya se tenían en Madrid de la ida del secretario a Roma, y de sus tratos allí con varios personajes, dieron ocasión a que Antonio Pérez prosiguiese al oído del rey su dañada obra de indisponerle con su hermano. El 16 de junio escribió intencionadamente a Felipe II: «Con cuidado estoy, cierto, señor, de ver lo que tarda el correo del señor Don Juan, porque ha que llegaron los nuestros cuarenta y dos días, porque yo he visto una carta de Lorenzo Spínola de 8 de mayo, de Nápoles, en que les responde a las que escribió con el correo de tierra y con Santiago; de manera que se les ha ydo más de doce o quince días en responder, que es mucha dilación y ocasión de sospechar que ha entrado el negocio en disputa de aquellas ligas y congregaciones de allá, no para dudar yo en la obediencia del señor Don Juan, sino para recibir el daño de la dirección

Al margen de esta carta contestó Felipe II: «Cierto que es ya mucha dilación desta respuesta y muy dañosa, porque como la estoy esperando para la resolución de todo, es de mucho inconveniente esta suspensión para lo de Flandes, y era lo principal que yo esperaba enviar con el marqués de Havrey esta resolución; y como no viene la respuesta y conviene despacharle, ando buscando con qué enviarle, y así ha de ir con promesas, que serán de gran inconveniente no cumplirlas con mucha brevedad.

Cuenta Antonio Pérez en sus Relaciones, con el mayor cinismo, que el rey le mandó favorecer fingidamente los planes de Escobedo y de Don Juan de Austria para penetrar en sus secretos, si algunos había y vendérselos. No necesitaba Antonio Pérez para desempeñar papel semejante de ningún mandato del rey; pero existiese o no éste, es lo cierto que por esta fecha ya hacía tan vil oficio, como lo prueba la siguiente carta a Escobedo, en que puede apreciarse toda la falsía y perfidia de aquel hombre que pocos días antes aconsejaba al rey vestir a Don Juan un hábito de clérigo.

«En verdad, señor, que he pensado que para aquello de Inglaterra, que vuestra merced entendió en Roma (la proyectada expedición) no será malo hallarse su alteza cerca y ocupado en tan gran servicio de su majestad; además de que yo deseo ver al señor Don Juan en algún cargo principal, en que él sea sólo el dueño de todo, para que conozca su majestad lo que vale y la buena cuenta que sabrá dar de aquel gobierno, sin embarazo ni competencia de otros ministros; que no ha de ser de poca consideración también verse su alteza libre desto

Envió el rey a Don Juan de Austria sus poderes e instrucciones a Lombardía, ordenándole que fuese directamente de Milán a Flandes, con la prisa y precaución que el desorden de aquellos Estados requería. No eran éstos, sin embargo, los pensamientos de Don Juan; quería él antes que nada venir a España, y a fuer de escarmentado con personas intermedias, tratar directamente con su hermano Don Felipe de los recursos con que podía contar, y la gente de que podía disponer en su nuevo y difícil gobierno; quería también penetrar las intenciones de Don Felipe sobre la empresa de Inglaterra, de que por segunda vez le había hablado ya el nuncio en aquella fecha, propio que le autorizase así en el gobierno de Flandes, como en lo más mínimo de la voluntad de su hermano; y quería, por último, insistir en su reconocimiento de infante para tener algo propio que le autorizase así en el gobierno de Flandes, como en Inglaterra, si al fin la jornada llegaba a efectuarse. Así lo escribió Antonio Pérez, avisándole su venida; pero éste, que temía aquellas francas y categóricas explicaciones entre los dos hermanos, tanto como el rey mismo, concertó con él detener la venida de Don Juan con esta carta de Don Felipe:

«... Os mandé despachar un correo por tierra, ordenándoos que escusásedes esto y principalmente vuestra venida acá, por el grande inconveniente que trujera consigo... os he querido tornar aquí a encargar que en ninguna manera ni por ninguna causa no tratéis de venir vos, pues cuando convenga vuestra venida, nadie tendrá tanto cuidado della y de llamaros como yo...»

Tan firme era, sin embargo, el propósito de Don Juan, que ni aun titubear siquiera le hizo orden tan perentoria; envió por delante a Escobedo con cartas que anunciaban su llegada, y embarcose en Génova en una galera de Marcelo Doria, con otra sólo de escolta, para llegar a Barcelona a principios de septiembre. Don Felipe le manifestó su desagrado enviándole al encuentro el siguiente billete: «Anoche me dio Escobedo vuestra carta y aviso de vuestra llegada a Barcelona, y no puedo dejaros de decir, que... con desear y holgar mucho veros y teneros presente, me he quitado mucha parte del contentamiento que esto me diera

Y aun hizo más Don Felipe: hallábase a la sazón en El Escorial, donde había pasado el verano con su familia, y prolongó su estancia allí más tiempo que de ordinario, para no estar en Madrid a la llegada de Don Juan de Austria, encomendando a Antonio Pérez que le recibiese y hospedase en su famosa casa de campo La Casilla. He aquí cómo el mismo Antonio Pérez refiere en una nota del Memorial este notable suceso: «Y en verdad que tengo que añadir aquí, sin esperar a los paralipómenos, que la causa porque fue huésped de Antonio Pérez Don Juan en su casilla de campo por algunos días fue porque el rey no quería concederle el tal tratamiento (de infante) ni quería negárselo, porque la esperanza le llevase de mejor ánimo a acomodar las cosas de Flandes. Costumbre, natural de príncipes, sacar fruto de las esperanzas, como ordinario de los que se mueven por ellas no hallarle por la mayor parte pasado el servicio. Y porque el Don Juan había forzosamente de estar en Madrid a disponer algunas cosas en Palacio, por principio de lo del tratamiento de infante, se resolvió el rey en no entrar en Madrid hasta que partiese Don Juan a Flandes, y que en esa otra forma y a costa de Antonio Pérez se disfrazase el engaño de las esperanzas de Don Juan...»

Salió, pues, Antonio Pérez a recibirle hasta Guadalajara, y ya le esperaban allí el duque del Infantado con sus hermanos don Rodrigo y don Diego, el conde de Orgaz, el duque de Medina de Ríoseco y algunos otros amigos íntimos que le escoltaron toda aquella jornada hasta dejarle en La Casilla de Antonio Pérez. Estaba esta famosa casa de recreo, admiración del Madrid de entonces, en el sitio que ocupa hoy el convento de Santa Isabel, en la calle de este nombre, y lo que apenas puede concebirse al presente es que la rodeasen frondosos jardines, extensas huertas y un soto verde y sombrío que medía más de una legua de circunferencia. Era la casa espaciosa, cuadrada, con cuatro torres en los extremos y grandes ventanas con rejas primorosamente labradas que se abrían en dos simétricas hileras; entrábase por un inmenso patio empedrado, con poyos de mampostería, dos aljibes de piedra berroqueña, y multitud de argollas de hierro que figuraban cabezas de fieras, caballos y perros, empotradas en la pared para atar las caballerías. A la derecha estaban los comedores y salas de juego y entretenimiento; a la izquierda, los aposentos de hospedaje, y ocupaba el frente una gran sarta de salones magníficamente alhajados, como no había en Madrid casa alguna de grande, con pinturas, tapicerías, cristales de Venecia, muebles de maderas preciosas y de maciza plata algunos, y otras mil preciosidades que eran objeto de la admiración y las murmuraciones de toda la corte; preguntábanse unos y otros cómo podía sostener Antonio Pérez aquel lujo que no ostentaban en Madrid los grandes más poderosos, no teniendo fortuna ni heredada ni adquirida, y susurrábase, y aun indicábanse claramente, cohechos, prevaricaciones, enredos y torpes bajezas cuya verdad llegó a probarse, años después, en el célebre proceso formado al secretario.

Pues en aquellas habitaciones del frente fue donde se alojó Don Juan de Austria, en cinco cámaras seguidas; alhajáronlas con lo mejor y lo más rico que pudo encontrarse, y como pérfida adulación del fementido Pérez al futuro rey de Inglaterra, pusiéronse en todas ellas doseles y atributos reales. En la sala primera o de honor había una rica tapicería de oro y plata con el sacrificio de Abraham y un dosel de terciopelo leonado con labor de chapería de oro y plata de martillo. En la otra pieza, preparada para cuando Don Juan quisiera comer retirado, había igual tapicería con la historia de José, dosel y sillas bordadas de matices y un estrado de madera con alfombra muy rica. Seguía la antecámara, con tapicería de oro y plata con pasajes de La Eneida, dosel de oro y plata bordado en relieve de matices y preciosos escritorios embutidos, con sus accesorios de oro y plata, primorosamente labrados. Venía después la cámara de dormir, con tapicería de oro verde adamascada, alfombras de seda, sillas y mesas de plata; la cama era también de plata, con ángeles en los pilares, que sostenían tarjetones con este letrero: —Duerme el señor Don Juan: entre paso[35]—. Pegando a la alcoba había un primoroso retretillo con tapicería de oro y plata de poca caída, baño con perfumadores, tocador de plata y todos los enseres concernientes al aseo, del mismo metal. Había también por toda la casa pebeteros de plata con perfumes de diversos olores, y hasta en el patio mismo había dos de éstos, al cuidado de otros tantos lacayos que perfumaban las gualdrapas de los caballos que entraban o salían. «Y llegó a tanto su lujo y fausto —dice candorosamente don Luis Zapata de Calatayud—, que tenía con que se limpiasen los zapatos los de a pie que entraban en su casa, que no faltaba sino que a la puerta se los quitasen, como al entrar en las mezquitas hacen los moros.»

XII

Dejó Antonio Pérez libre La Casilla a Don Juan de Austria y a su servidumbre, y retirose él con su mujer y con sus hijos a su otra casa de la villa, magnífica también y suntuosa, que era la del conde Puñonrostro, medianera con la iglesia de San Justo[36]. Diariamente, sin embargo, acudía a La Casilla a hacer su corte a Don Juan, y le acompañaba y le servía en sus visitas, asuntos y diversiones. No perdía el tiempo Antonio Pérez, y ya por el camino de Guadalajara habíale ponderado a Don Juan el disgusto de Don Felipe, y ofrecídose de marchar en postas a El Escorial y ver de aplacarle con algún pretexto que él urdiría. Hízolo así, en efecto, no bien dejó instalado en La Casilla a su ilustre huésped, y juntos en El Escorial el rey y el secretario, concertaron que Don Juan se presentase allí cuanto antes para no retardar más su ida a Flandes, y que Pérez le vendiera la fineza de haber aplacado el enojo del rey, para más afianzar la incauta confianza de Don Juan, que tan traidoramente se iba captando.

Recibió Don Felipe, en efecto, a su hermano con afabilidad suma, y sin hacer la menor alusión al desagrado que su venida le causara, levantose al verle entrar en su cámara, y, en vez de darle a besar la mano, le abrazó cariñosamente, sucediendo entonces lo que sucedía siempre que los dos hermanos se entendían frente a frente: que los hielos se fundían, los recelos se apagaban y la leal franqueza de Don Juan penetraba y aun dominaba con simpática influencia la fría reserva de Don Felipe. No consta en ninguna parte que Don Juan le hablase aquella vez, como pensaba, de su tratamiento de infante; quizá le disuadió el artero Antonio Pérez, o quizá desistió él mismo, en vista de la decisión terminante de Don Felipe de organizar la jornada de Inglaterra, según el proyecto de Gregorio XIII, en cuanto Flandes estuviese pacificado. Estas promesas de Don Felipe fueron tan claras y terminantes, que no es posible creer, como Antonio Pérez asegura, que fuesen una simple estratagema para estimular a Don Juan con aquellas esperanzas, sin suponer en Felipe II una falsía y una mala fe capaz de arrollarlo todo y pisotearlo todo, que es lo que Antonio Pérez pretende. Porque no era solamente Don Juan el defraudado con esta estratagema; éranlo también el Soberano Pontífice, iniciador y principal apoyo de la jornada de Inglaterra; éranlo los lores ingleses y escoceses y todos los católicos de aquellos reinos, que exponían sus vidas y haciendas, y éralo, sobre todo, aquella desdichada reina de Escocia, que, engañada con aquellas falsas esperanzas, desperdiciaba ocasión y tiempo de emplear otros medios más seguros que la librasen del cautiverio y de la muerte. Por otra parte, no se limitó Felipe II a hacer estas declaraciones y promesas a Don Juan privadamente y de palabra; hízoselas también por escrito en dos cartas que le escribió a Flandes, recién ido a Madrid en noviembre de 1576. He aquí estos dos importantes documentos, que deben leerse con atención suma, porque ellos encierran la norma de la leal conducta de Don Juan en aquel gobierno:

«Por otra que va con ésta veréis lo que se me ofrece sobre el negocio de Inglaterra. En ésta he querido deciros que la voluntad que siempre os he tenido y tengo de hermano es tal y tan grande, que después del servicio que deseo que se haga a Nuestro Señor en reducir aquel reino a la religión católica, estimaré en más de lo que os podré encarescer, que aquello suceda bien por ser ocasión en que os podré mostrar lo mucho que os amo y quiero; y en señal y prenda dello, desde agora os aseguro que, saliéndose con la empresa de dicho reino, holgaré que quedéis con él, casándoos con la reina de Escocia, habiéndose viva, poniéndose en libertad y posesión de su reino, que es cosa que se ha entendido que ella desea, y que será bien debida al que la hubiese sacado de tantos trabajos, quando vuestra persona por la calidad y valor della no lo meresciese también de suyo. Y aunque sucediendo el caso habrá algunas cosas que convengan aceptar y capitular, me ha parescido que no hay que tratar desto tan antes de tiempo, y que bastará por ahora advertiros, como arriba está dicho, haya de ser y sea en la forma y con las condiciones que a mí me parescieren que convernán a mi servicio y al bien de nuestras cosas y Estados

En la otra carta de la misma fecha, a que se alude en el texto de la anterior, le dice:

«Habiendo considerado la orden y advenimiento que os di, de lo que se habría de hacer para la entera pacificación de lo de Flandes, y lo que sería bien hacer dellos..., he venido después que os partisteis en pensar lo que en tal caso sería bien de hacer de la dicha gente, y si sería buena esta coyuntura para emprender lo de Inglaterra, representándoseme por una parte que es la mejor ocasión que se puede ofrecer, por tomar a la reina de aquel reino desapercibida y para sacar la dicha gente de mis Estados con más reputación, y el servicio grande que se haría a Nuestro Señor en reducir aquel reino todo a la religión católica y otras consideraciones que por esta parte se me han representado; y por otra, las obligaciones en que nos meteríamos de comenzarse, sin mucho fundamento y seguridad del buen suceso dél, las dificultades que puede haber en conseguirse este negocio, y los grandes inconvenientes que podrían suceder de turbarse la christiandad y el mundo todo... he querido advertiros aquí de todo lo que sobre este negocio se me ofrece y de mi voluntad en él... Primeramente habéis de advertir que en ninguna manera se debe emprender este negocio hasta que lo desos Estados esté todo quieto y llano... Demás desto se debe considerar mucho el fundamento que se podrá hacer de la ayuda de los de Inglaterra para emprender este negocio, pues no hay ningún reino tan flaco ni pequeño que se pueda ganar ni deba emprender sin ayuda del mismo reino... demás desto, si la dicha reina se ha recelado de vuestra ida a esos Estados, y hecho algunas prevenciones y comenzado a vivir con mayor recelo de su seguridad y la de aquel reino, porque si esto fuese, no habría que tratar del negocio... Para descuidar a la dicha reina de la sospecha y recelo que le podrá haber causado veros a vos en esos Estados, parece que será a propósito irla regalando y tener con ella buena correspondencia en lo que se ofresciere

Mostrose Felipe II tan satisfecho de la visita de su hermano a El Escorial, que, en contra de lo dicho a Pérez, acompañole él mismo a Madrid el 22 de septiembre, y mandó a los prelados de las órdenes religiosas hacer rogativas públicas y procesiones por el feliz éxito del viaje y gobierno de Don Juan. Aprovechó éste los días que aún tardó Don Felipe en despacharle para disfrutar de la compañía de sus amigos, y lo hizo cumplidamente en las suntuosas cenas que a diario daba Antonio Pérez en La Casilla, seguidas de grandes partidas de juego, y en las meriendas en Los Chorrillos, sitio delicioso del soto, a que asistían también damas muy principales de la corte. Era entre todas la más festejada la princesa de Éboli, viuda ya de Ruy Gómez, de cuyas intimidades con Antonio Pérez comenzaba a murmurarse. No habían llegado aún estas murmuraciones a los oídos de Don Juan, y trájoselas entonces el marqués de la Fabara, mala persona y hombre chismoso, que había peleado a sus órdenes en las Alpujarras, y andaba ahora tras él para que le llevase a Flandes; díjole grandes cosas de la liviandad de la dama y el atrevimiento del plebeyo engreído, y concluyó consultándole en conciencia, si como pariente de la de Éboli debía él apelar a Antonio Pérez o darle una estocada. Atajole la palabra de Don Juan diciendo que no entendía él de teologías, sino de guerra; pero los dichos de Fabara hiciéronle caer en la cuenta de ciertas extrañas familiaridades que había notado entre el secretario y la princesa en las varias veces que la visitó aquellos días en su casa del callejón de Santa María, acompañado siempre de Pérez. Un sencillo suceso acaecido al día siguiente acabó de convencerle de aquellos impúdicos amores que habían de dar desenlace definitivo al terrible drama que Antonio Pérez iba preparando.

Había en el soto de La Casilla un paraje delicioso que llamaban Los Chorrillos, por varias fuentes que en menudos chorros brotaban; hizo allí Antonio Pérez construir una casita rústica en la apariencia, lujosa y de precio en la realidad, y delante una ancha explanada en que se podían jugar cañas, correr cintas, sortijas y aun toros y demás entretenimientos de la época. Ocurrió, pues, que para despedir a Don Juan dio Antonio Pérez en Los Chorrillos una merienda a las damas, y para divertirlas y más agasajarlas habían los caballeros de correr el Estafermo. Consistía este juego en un figurón de hombre armado que llevaba embrazada una rodela en la mano izquierda y en la derecha unas correas con unos saquillos de arena pendientes; hallábase el figurón colgado en un mástil y sobre un eje que le permitía dar vueltas a la redonda, de manera que viniendo un jinete a la carrera con la lanza en ristre, si pegaba en la rodela del figurón hacíale girar rápidamente y descargar un fuerte golpe con los saquillos al mismo jinete, si no era éste muy diestro; y en evitar este golpe con destreza estaba el lance y habilidad del juego.

Llegaron las damas a La Casilla, unas en carroza, otras en litera, y las menos de ellas a caballo, todas muy bien aderezadas y muy servidas y acompañadas de galanes; hacían cabeza entre ellas la duquesa del Infantado, la mujer de Antonio Pérez, doña Juana de Coello, y la princesa de Éboli. Desde La Casilla hasta Los Chorrillos, que distaban una media legua, fueron las damas en carretas que tenía preparadas Antonio Pérez; hallábanse éstas adornadas con tapices, brocados y mullidos cojines, y encaparazonados los bueyes de grana con los cuernos dorados; los boyeros vestían sayos de pastores, de brocado y pieles finas, monteras de terciopelo, y en las manos largas varas de finas maderas con aguijones de plata. Cabalgaban los señores alrededor de las carretas, yendo y viniendo de unas a otras y deteniéndose en todas para entablar con las damas alegres conversaciones y graciosos discreteos. En mitad de la explanada hallábase erguido el Estafermo, que era un grotesco y corpulento guerrero armado a la flamenca, con todo el garbo y aire caricaturesco del temible caudillo de los rebeldes de Flandes, príncipe de Orange. Y por si alguno no entendía la alusión, hallábase escrito en el broquel del Estafermo con letras muy gordas: Taciturno, que era el sobrenombre que a Orange le daban.

Pues sucedió que, corriendo el Estafermo, Honorato de Silva, gentilhombre muy querido del señor Don Juan, diole tan recia embestida, que, desprendido con la violencia uno de los saquillos, fue a dar por mala fortuna en la cabeza de Antonio Pérez, el cual cayó aturdido y como fuera de sí del golpe. Alborotáronse todos; lleváronle a la casita rústica, y, pasado el primer susto,volvieron todos al juego riendo de aquellas violentas diplomacias del príncipe de Orange. Quedose Antonio Pérez descansando en un camarín apartado, y como le ocurriese a Don Juan de Austria llegarse a verle al cabo de un gran rato, encontró a la puerta una dueña de la de Éboli, llamada doña Bernardina, sentada en una banqueta; turbose la dueña al verle, y quiso impedirle la entrada diciendo que el señor Antonio dormía; mas como en aquel momento se le oyese reír tras de la cortina, precipitose la dueña dentro como para avisar; mas lo hizo con tan mala fortuna, que al levantar la cortina pudo ver perfectamente Don Juan a Antonio Pérez acostado en un diván muy bajo y a la princesa de Éboli arrodillada ante él poniéndole en la cabeza, con gran desenvoltura y risa de ambos, paños medicinales que mojaba en una escudilla de plata puesta en el suelo. Disimuló Don Juan como si nada hubiese visto, y a nadie osó tampoco confiarse, por miedo a descubrir las flaquezas de una dama y los devaneos de un amigo. Mas muchos meses después, discutiendo un día allá en Flandes con Escobedo ciertas pretensiones de la de Éboli, que quería favorecer el secretario, fuele preciso, para convencerle de lo vergonzoso del caso, confiarle las murmuraciones de Fabara y la escena de Los Chorrillos, desatando así el mismo Don Juan, sin saberlo, los vientos que desencadenaron la terrible tempestad de reproches, odios y venganzas en que pereció Escobedo.

Dispuso el rey con grandes precauciones y misterios el viaje de Don Juan, para evitar que se supiera en Flandes su salida y se precaviesen, por tanto, contra su llegada. Salió a fines de octubre, sin despedirse de nadie, y corriendo la voz, antes, de que iba a El Escorial para volver otra vez a la corte, donde le esperaba Escobedo, arreglando con el tesorero Garnica los dineros necesarios para el pago de las tropas allá en Flandes. Despidió Don Juan en El Escorial a su comitiva, y sólo con Octavio Gonzaga y Honorato de Silva tomó en postas el camino del Abrojo, donde le esperaba doña Magdalena de Ulloa. Habíala escrito Don Juan que llevaba preparada para aquella visita «un cerimonial de que holgarse ha mucho vuestra merced por ser tan santa su ánima y por el mucho amor que se tiene con la mía, que cierto no he hallado ni hallaré igual en la vida».

Consistía este ceremonial en las tiernas pruebas de afecto que el delicado corazón de Don Juan le llevaba preparadas, conociendo la alteza y religiosidad de sentimientos de la noble señora. El mismo día de su llegada confesó detenidamente con el viejo fray Juan de Calahorra, y al día siguiente, en el oratorio privado del prior, muy pequeñito y devoto, comulgó al lado de doña Magdalena y de la misma hostia que ella, como había hecho veinte años antes en Villagarcía, la primera vez que se acercó a la santa mesa conducido de la mano por la misma Ulloa. Lágrimas sin cuento de sereno júbilo corrían por las arrugadas mejillas de la anciana señora, comprendiendo que con esto quería Don Juan probarle que era el mismo en su fe y el mismo en su amor de hijo; y lágrimas de pena y de vergüenza corrían también por las mejillas del vencedor de Lepanto al considerar que si bien era el mismo en la fe y el mismo en su amor de hijo, no se arrodillaba entonces al lado de aquella santa mujer, vistiendo como antes la blanca estola de la inocencia, sino el áspero y oscuro sayal de la penitencia.

Diole entonces varios breves y bulas alcanzados por él del Romano Pontífice, concediendo gracias y privilegios a la iglesia y casa de jesuitas fundada por doña Magdalena en Villagarcía, y los dibujos del magnífico retablo de alabastro representando la Pasión de Nuestro Señor, que había mandado él hacer para dicha iglesia, en que yacía ya enterrado su tío y padre Luis Quijada, y tenía abierta y preparada su sepultura la misma doña Magdalena. Llegó por fin la hora de marchar, harto pronto para todos; había de hacer el resto del viaje Don Juan disfrazado de criado de Octavio Gonzaga, y púsose para ello un sayo de paño basto castaño, gorra de lo mismo y botas altas de cordobán negro; quiso también cortarse el bigote; pero alzó el grito doña Magdalena contra aquella profanación de la varonil belleza de Don Juan y sacrificio cruel de aquellos rubios pelitos que en otro tiempo vio ella nacer y crecer lentamente. Ofreciose ella misma teñirle de negro la barba y el cabello con unas tintas que él traía, y lo hizo, en efecto, con gran esmero, teniendo la cabeza Don Juan en su regazo como cuando era niño, con grandes risas de él y no poco festejo y ternura de ella. Contempló doña Magdalena su obra una vez terminada, y al encontrarle tan gallardo de criado pelinegro como fuera de príncipe pelirrubio, sonriose complacida, y díjole entre satisfecha y temerosa:

—Lerdo tiene que ser el que vuestra alteza engañe. Dirán todos: debajo de este sayal hay al...

Subió doña Magdalena a un torreón de la muralla que rodeaba al Abrojo, para despedirle, con fray Juan de Calahorra, el prior y otros clérigos, y al verle, anegada en lágrimas, volver la cabeza y sonreír en el último recodo del camino, su ciego corazón no adivinó que desaparecía para siempre, que no le volvería a ver nunca, que antes de dos años estarían hechas polvo tanta juventud, tanta gallardía, tanta grandeza y que aquel amor tan puro y tan profundo sería en su ancianidad sólo un recuerdo...

XIII

Quiso Don Juan de Austria compensar su tardanza en emprender el viaje con su prisa en ejecutarlo, y con tal rapidez lo hizo y tantos trabajos, que con razón pudo escribir con su habitual buen humor a sus grandes amigos el conde de Orgaz y don Rodrigo de Mendoza: «Octavio viene muy deshecho de nalgas, y lo mismo le acaescerá a su señoría..., si hubiera dormido tan poco, corrido tanto y pasado por lo que nosotros, que íbamos llamando muchas veces: ¡Ah, don Rodrigo! ¡Ah, conde de Orgaz!»

El 20 de octubre escribió al rey desde Ventosa; el 24 hízolo desde Irún, anunciando que pasaba la frontera sólo con Octavio Gonzaga, por quedar Honorato de Silva enfermo en Fuenterrabía; el 31 de octubre, a las seis de la mañana, le escribió desde París, lamentándose de los ruines caminos y malas postas y de haber caminado dos días con un mercader francés, que tomó tan por lo serio su disfraz de criado, que le cargó tres postas con su maleta; el 3 de noviembre, por la noche, llegó, finalmente, a Luxemburgo, desde donde escribió lo primero al Consejo de Bruselas, que tenía el gobierno interino en representación del Senado, a los cabos de la gente de guerra española notificándoles su llegada y el cargo del rey que traía, y a Don Felipe escribiole también dándole cuenta de la terrible perturbación de aquellas provincias, de la soledad absoluta en que se veía de servidores, amigos y partidarios, y de las dificultades que se ofrecían para que le entregasen el mando y le reconociesen como gobernador de aquellos Estados.

La llegada de Don Juan de Austria no pudo ser, en efecto, en circunstancias más difíciles y peligrosas; el mismo día que pisó tierra de Flandes, 3 de noviembre, fue la toma de Amberes y su horrible saqueo por los tercios españoles y alemanes, que, amotinados y furiosos, se cobraron entonces de mala y cruel manera las pagas atrasadas que maliciosamente les retenía el Consejo de Bruselas. Aterrado éste, autorizó a todos los ciudadanos para armarse y decretó por sí y ante sí la expulsión de las tropas extranjeras de los Estados. En tan mala coyuntura llegaron las cartas de Don Juan de Austria al Consejo de Bruselas y a los tercios amotinados y vencedores en Amberes.Obedecieron éstos al punto, deponiendo las armas como les mandaba aquel general tan amado y respetado, y hubo gran regocijo entre ellos al saber que le tenían por gobernador y capitán general. Pero los del Consejo, divididos entre sí, negábanse unos a entregar el mando a Don Juan; temían otro tamaño desafuero contra la autoridad del rey, y sólo se concertaban en pedir consejo al príncipe de Orange, Guillermo el Taciturno, oráculo astuto incitador de todos aquellos rebeldes más o menos encubiertos.

La respuesta de Orange fue categórica: no se podía vender la libertad comprada a costa de tanta sangre entregando el mando al austríaco; y caso de que faltase corazón a los del Consejo para retenerlo, había antes de exigirse a Don Juan con imperio y arrogancia que confirmase con juramento la pacificación de Gante, uno de cuyos artículos era la expulsión de las tropas extranjeras del territorio flamenco. Esta pacificación de Gante era en sí misma un acto de rebeldía e independencia; pues reducíase a un convenio de paz celebrado en aquella ciudad entre el príncipe de Orange y el Consejo de Bruselas en nombre del rey, y como gobernador interino, pero sin conocimiento ni autorización de Felipe II.

Aceptó el Consejo esta segunda parte de la respuesta de Orange, no teniendo, en efecto, corazón para oponerse a Don Juan abiertamente, y enviola a éste con el senador Iskio; pero, redactada en términos tan descomedidos y altaneros, que, perplejo el embajador, no sabía qué temer más: si desafiar la cólera del Senado rehusando llevarla, o provocar la de Don Juan siendo portador de ella. Y como se aconsejase con un su amigo, que tenía a la sazón huésped en su casa, éste le dijo:

—Toma, Iskio, mi consejo, y para este nudo gordiano usa de la espada de Alejandro: cuando estuvieres a solas con el austríaco, saca el acero con gentileza y enváinalo en el cuerpo de este hombre fraudulento y pernicioso para Flandes, y quedarás libre de que el muerto se dé por ofendido, y cierto de la gracia del Senado.

Horrorizose Iskio, comprendiendo que éste era el deseo general en Flandes, y resolviose a llevar la embajada a Don Juan, suavizando sus términos por su propia cuenta, con la mayor moderación posible. Mas fue tal la mesura y dignidad con que rehusó Don Juan contestarle, y tan benévola la acogida que hizo personalmente a Iskio, comprendiendo sus buenos intentos, que entusiasmó a éste, y, subyugado por completo, hizo de su vuelta en Bruselas un caluroso elogio de Don Juan delante del Senado, lo cual le valió injurias y malos tratos de muchos, y que, excitado peligrosamente su ánimo por tantos afectos encontrados, perdiese la razón de allí a pocos días.

Hicieron, sin embargo, impresión en el Consejo las razones de Iskio, y decidió enviar a Don Juan una segunda embajada con Juan Funk, esta vez muy cortés y respetuosa, pidiéndole que se dignase ratificar la paz de Gante. Contestó Don Juan con igual mesura y dignidad que necesitaba tiempo para pensarlo y estudiar detenidamente los dieciocho artículos de dicho convenio; recelaba que contuviesen algo contra la religión católica, y quería someterlos antes al dictamen de teólogos. Hallábase Don Juan, por otra parte, muy perplejo en lo de expulsar del territorio flamenco a los tercios españoles, y sujetó este punto a la opinión de los dos únicos consejeros de confianza que allí tenía, Octavio Gonzaga y Juan de Escobedo[37].

Gonzaga respondió prontamente sin titubear, como hombre repleto de una idea que aprovecha la ocasión de lanzarla fuera, que no creía decoroso ni prudente despedir a los tercios españoles; no era decoroso, porque un gobernador representante del rey de España no debía someterse a otras condiciones que a las impuestas por el mismo rey; no era prudente, porque, una vez fuera de Flandes los tercios españoles, quedaban la autoridad real y la persona de Don Juan, que la representaba, desamparadas, solas y sin apoyo en aquel país de rebeldes descarados, enemigos encubiertos, y tibios amigos, que podrían impunemente, el día que quisiesen, burlarse de la una y dar al traste con la otra. Escobedo opinaba, por el contrario, que los tercios españoles debían salir cuanto antes de Flandes; porque la voluntad del rey era la paz a todo trance, cediendo en todo lo que no fuera contra la autoridad real, y la expulsión de los españoles no era ni contra una ni contra otra, y era necesaria para conseguirla en el actual estado de cosas. Parecíale, además, que la doble confianza con que Don Juan se ponía así en las manos de los flamencos, obligaría más a éstos a obrar lealmente tan desprovistos de tropas alemanas que no pudieran resistir, ni tan lejos los españoles que no pudiesen llamarse y llegar a tiempo. Urgía también Escobedo a Don Juan y apretábale en secreto con este otro argumento: si la expulsión de los tercios aseguraba la paz en Flandes, como era la opinión del Consejo, podía emprenderse de seguida la jornada de Inglaterra y utilizar en ella estos mismos temidos y famosos tercios, como el mismo Felipe II indicaba en su carta de El Pardo, que en aquellos días acababa de recibir Don Juan.

Harto tenía éste pesadas y medidas estas razones, y porque veía claramente que la dignidad y el nombre de España estaba en la opinión de Gonzaga, y el interés de la jornada de Inglaterra, sueño dorado suyo, en la de Escobedo, no osó resolver por sí solo, temeroso de dejarse llevar del propio gusto y conveniencia, y remitió lealmente la consulta a Felipe II para que él decidiese. Al mismo tiempo enviábale también los dictámenes de cuatro obispos, doce abades, catorce teólogos eminentes en oficios y dignidades, nueve doctores y catedráticos y cinco juristas de Lovaina, opinando todos que en nada perjudicaba ni a la religión ni a la autoridad real de los dieciocho artículos de la paz de Gante.

Mientras tanto, llegaban al Luxemburgo a dar la bienvenida a Don Juan comisiones de aquella parte del clero y la nobleza que se decía públicamente leal a España y afecta a Felipe II, y todos le urgían también a que despidiese las tropas españolas cuanto antes, añadiendo razones y propósitos, advertencias y consejos atrevidos y hasta descorteses, que probaban bien a las claras hasta qué punto era antipático y aun odioso en Flandes el nombre español. Vino en una de esas comisiones el obispo de Arrás con el barón de Liquerque y el marqués de Havré, que era hermano del duque de Arschot, y había estado en España varias veces y recibido mercedes y pruebas de confianza de Felipe II; pues como viese este marqués que sus compañeros se entretenían o fingían entretenerse en un extremo del aposento, cogió aparte a Don Juan en el otro extremo, y propúsole sin rodeos, ni temor de Dios, ni respeto a su persona, que se alzase con todo y se enseñorease de los Estados, que ellos le ayudarían. La oleada de ira y de vergüenza que subió al rostro de Don Juan cortole la palabra, y llevose maquinalmente la mano a la daga; por lo cual, dicen Van der Hammen y Porreño, al referir este hecho de Don Juan, «que no pudiendo sufrir este golpe, que tocaba a lo vivo de su fidelidad, sacó su daga y le hirió con notable indignación».

Don Juan fue más heroico que todo esto; pues por prudencia y por lealtad y servicio del rey, calló y devoró la afrenta, y así lo refiere Escobedo al rey en carta del 21 de enero de 1577: «... y para dar aviso a vuestra majestad para que vea los buenos y leales vasallos que tiene por acá, y lo que le aman, sepa que el marqués de Avré, de su parte y de otros, tentó al señor Don Juan, ofreciéndole para sí todo esto y que no perdiera la ocasión, y aunque procuró desviar la plática, haciendo que no entendía, fue tan atrevido y desvergonzado, que lo reiteró. Respondiole que Dios guardase a vuestra majestad, que muy buen rey tenían y que no les convenía mudarle; y juróme que estaba movido de darle un gran bofetón, y que lo hiciera, si no fuera por no dañar el negocio principal.»

Don Juan habla del caso muy embozadamente en una de sus cartas a don Rodrigo de Mendoza: «Ha venido últimamente por comisario y embajador de los Estados, juntamente con otros, el marqués de Havré, tan sin vergüenza ni respeto, que para nada la tuvo, pues claramente habla de todo, pasando del pie a la mano, sin respeto alguno, como digo

Llegó por fin la respuesta de Felipe II ordenando a Don Juan que firmase sin demora la pacificación de Gante y mandase a los tercios españoles salir cuanto antes de Flandes... Don Juan sintió un movimiento de humillación dolorosa y otro de desaliento profundo; porque para despedir a los tercios era menester empezar por pagarles lo que se les debía, y Don Felipe no hablaba tampoco de esto ni tampoco mandaba dinero alguno.

XIV

En medio de estas luchas y ansiedades, que habían hecho experimentar a Don Juan lo que nunca hasta entonces sufriera, humillaciones y desprecios, tuvo una satisfacción que debió ser inmensa, pero que muchas y variadas circunstancias amargaronla de conocer a su madre y abrazarla por primera y última vez en la vida. No bien llegó Don Juan a Luxemburgo, escribió a esta señora a Gante, donde a la sazón se hallaba, invitándola a venir a verle, puesto que él no podía visitarla por entonces, según debiera; y como la fría insustancialidad de Bárbara Blombergh no contestase a esta carta ni tampoco viniera, enviole Don Juan un segundo mensaje, acompañado esta vez de todo el aparejo necesario para que con comodidad y decoro hiciera el viaje. Llegó Bárbara Blombergh, y conociéronse la madre y el hijo; no sabemos el efecto que causaría en ella la presencia de este hijo tan brillante y tan glorioso que hasta entonces sólo indiferencia le inspirara; en cuanto a él, fuera aparte del respeto y el amor natural debido al nombre de madre, hízole la suya desagradable efecto, quizá por haberse forjado el ideal de la madre y la viuda sobre los moldes a la vez austeros y elegantes de la señoril doña Magdalena de Ulloa.

Contaba entonces Bárbara Blombergh más de cincuenta años, y conservaba los restos de una gran hermosura, que ella pretendía realzar aún con afeites y galas impropias de su edad y de su estado; carecía, sin embargo, de aquella distinción y majestad nativas que caracterizaban entonces, más que ahora, a las señoras de noble alcurnia; porque la educación que afina y pulimenta y nivela en cierto modo las clases era en aquella época exclusiva de las damas de alto rango. No pertenecía, ciertamente, la Blombergh a esta privilegiada clase, aunque para realzar la prosapia materna de Don Juan, varios historiadores lo aseguran; era, sencillamente, una burguesa de Ratisbona, hija de un ciudadano de mediana hacienda. A los tres años de nacido don Juan, casose con Jerónimo Kegel, que no era tampoco un noble caballero, sino un pobre hère, como le llamaba Gachard, que por un modesto empleo en la corte de la reina Doña María, regente entonces de Flandes, comprometiose a darla su nombre y encubrir su deshonra.

Quedó viuda madame Blombergh, que desde entonces así empezó a llamarse, por junio de 1569, y entonces empezó a revelarse libremente su carácter frío, insustancial, terco, manirroto sin generosidad, y, como decía el duque de Alba, tan alegre de cascos como dura de mollera. Pero lo que sorprende verdaderamente en esta señora es la indiferencia que mostró siempre por su hijo Don Juan, que por la alteza y brillo de su nombre parecía llamado a ser su gloria y orgullo, y por lo amante, respetuoso y solícito de ella, su encanto y su dicha. Existe en el archivo de Alba una carta de Don Juan a su madre, única que se conoce, que comienza de esta manera: «Señora, muchos días a que no e tenido nueva alguna de vuestra merced, cosa, que me da mucho cuydado, aviéndola yo escrito y suplicado, y últimamente de Mesina, que siempre se acordase de avisarme de su salud y de todo lo demás que fuese su gusto, pues demás de la obligación que tengo, como hijo que soy de vuestra merced, de procurársele, tengo también mucho deseo de dársele, por estar cierto que, como a buena madre y señora que me es, se le debo, etc., etc.». Compárese esta carta con esta otra del mismo Don Juan a doña Magdalena de Ulloa, y veráse claramente que si Bárbara Blombergh era de hecho la madre de Don Juan, la que correspondía amorosamente a su cariño de hijo era la ilustre viuda de Luis Quijada: «Señora. Beso las manos de vuestra merced por el cuidado que me tiene de responder siempre a mis cartas, pues lo principal porque lo deseo, es por saber a la continua de la salud y estado de vuestra merced

Una vez muerto Kegel, pidió Don Juan a Felipe II que acudiese en socorro de su madre, y éste mandó al duque de Alba, gobernador a la sazón de los Países Bajos, que hiciese visitar a madame Blombergh y le insinuase que teniendo en España un hijo tal como el suyo, debía de fijar allí su residencia. Contestó madame Blombergh que tendría, sin duda, mucho gusto en ver a su hijo, pero que no le hablase de ir a España, porque ella sabía muy bien el modo como encerraban allí a las mujeres, y que ni hecha pedazos consentiría nunca en ir a semejante país. Señalole entonces Felipe II una renta anual de 4.944 florines, con la cual se instaló ella con un lujo y ostentación que no era posible sostener con estos medios: tenía a su servicio una dueña y seis doncellas, un mayordomo, dos pajes, un capellán, un despensero, cuatro criados y un coche con todos sus accesorios de palafreneros y caballerías. Entonces comenzó también aquella vida alegre y poco decorosa de festines y banquetes que dio lugar a los avisos y quejas del duque de Alba, y a las amonestaciones primero y medidas violentas después de Felipe II, que no pudieron, sin embargo, efectuarse, por los disturbios políticos, hasta la llegada de Don Juan a Flandes. Hízose con esto más necesaria que nunca la salida de Bárbara Blombergh de aquellos países para que no comprometiese la autoridad de Don Juan en aquellos difíciles momentos con sus ligerezas y frecuentes imprudencias; y como ni con ruegos ni con prudentes razones pudiera recabar Don Juan de la invencible terquedad de su madre que fuese a España, resolviose a enviarla usando de una estratagema que de mucho tiempo antes tenía pactada con su hermano Felipe II.

Díjola que su hermana Doña Margarita de Austria tenía gran deseo de conocerla, y que la invitaba a pasar con ella algunos meses en su palacio de Aquila, en los Abruzzos. Halagó extraordinariamente a madame Blombergh este convite de toda una duquesa de Parma, y aceptólo en seguida con la sola condición de fijar luego su residencia donde mejor le pareciera. Vino en ello Don Juan, y partiose Bárbara Blombergh para Italia con toda su servidumbre a mediados de marzo de 1577. Envió Don Juan con ella como mayordomo extraordinario a un hombre de toda su confianza, llamado Pedro Sánchez, muy práctico en viajes, y que llevaba instrucciones secretas. Al llegar a Génova encontraron una galera muy lujosa y bien dispuesta, que dijo Pedro Sánchez era la aparejada para llevarles a Nápoles y seguir de allí por tierra a los Abruzzos; embarcáronse sin desconfianza alguna, y después de algunos días de navegación penosísima, dieron vista a las pardas montañas de Vizcaya, tan distintas de las azuladas costas de Nápoles, donde pensaban arribar. La galera había hecho rumbo a España, y se hallaban en Laredo.

Mientras tanto, avisada doña Magdalena de Ulloa por Don Juan, esperaba en aquel puerto a Bárbara Blombergh; y sus hermanos, los marqueses de la Mota, esperábanla también en San Cebrián de Mazote, de donde eran señores, dispuestos a secundar en aquel difícil recibimiento a la ilustre viuda de Luis Quijada. Necesitábase, enefecto, todo el tacto, toda la paciencia y todo el amor que profesaba doña Magdalena a Don Juan de Austria para amansar aquella fiera embravecida que desembarcó en Laredo el día 3 de mayo bajo la figura de Bárbara Blombergh. Condújola doña Magdalena en seguida al castillo de San Cebrián de Mazote, donde el marqués de la Mota y su mujer la recibieron con mucho cariño y la agasajaron espléndidamente; y tales trazas se dio la buena y discreta doña Magdalena, que en los tres meses y medio que tuvo a madame Blombergh a su lado trocó la enfurecida fiera en manso cordero, y cuando llegó la hora de separarse pidió ella misma retirarse al convento de dominicas de Santa María la Real, situado en el mismo pueblo de San Cebrián, donde doña Magdalena le mandó preparar un cómodo departamento aislado en que podía entrar y salir libremente.

Desde el 3 de mayo de 1577, en que desembarcó Bárbara Blombergh en Laredo, hasta fines de 1579, en que, muerto ya Don Juan, le señaló Felipe II una renta de tres mil ducados, corrieron todos sus gastos por cuenta de doña Magdalena de Ulloa. Consta esto, sin ningún género de duda, por las cuentas presentadas por esta señora en la testamentaría de Don Juan de Austria, cuyo original, firmado de su mano, existe en el archivo de Alba, con este título: «Lo que yo, doña Magdalena de Ulloa he pagado por virtud de dos cartas del serenísimo señor Don Juan de Austria, que sea en gloria, la una fecha en Lovaina a 23 de abril de 1577, la otra en Bruselas a quatro de julio de dicho año, para el gasto de madama de Blombergh su madre, así en adereçar su aposento como en el gasto ordinario y extraordinario de su persona y criados y gajes y bestidos y otras cosas algunas de menaje, forzosas y necesarias todas para su servicio, lo cual se entregó todo a sus criados y lo que para este efecto he dado es lo siguiente.» Sigue la cuenta detallada del dinero entregado a madama Blombergh o a sus mayordomos, dispuesto en treinta y seis partidas; viene después lo reembolsado por la misma doña Magdalena en tres partidas por mano de Melchor de Camargo, Juan de Escobedo y Antonio Pérez, y concluye este curioso documento haciendo el siguiente balance y protesta: «Por manera que lo que yo he pagado por orden de su alteza conforme a las dichas cartas en lo tocante a labrar la casa y los demás adherentes della y al sustento de la casa y criados de la dicha madama su madre, monta un quento y trescientos y cuarenta mil y ciento y nobenta y dos maravedises, los quales todos ansí como dije en las partidas, los he entregado y dado a madama y sus criados, en Dios y en mi conciencia; y lo que he rescibido a quenta dello monta nobescientos y diez y siete mil seiscientos y ochenta y ocho maravedises; por manera que alcanza a los bienes de dicho señor Don Juan por cuatrocientos y veinte y dos mil y quinientos y quatro maravedises; y certifico que la cuenta y las partidas della, ansí del recibo como de la data, en mi conciencia que son ciertas y verdaderas, y que se me debe el dicho alcance y que no he rescibido ni se me a dado otra alguna a quenta dél, y por ser esto ansí verdad di esta firmada de mi mano y de mi nombre ques fecha de Valladolid a catorce días del mes julio de mil y quinientos y ochenta y dos años. Doña Magdalena de Ulloa

Queda, pues, probado que Don Juan de Austria asistió y proveyó a su madre de todo lo necesario hasta última hora, ayudado por doña Magdalena de Ulloa; y ya en el trance de la muerte encomendóla a su hermano Don Felipe por medio de su confesor, el Padre de Orantes, por lo cual Felipe II le señaló 3.000 ducados de renta mientras viviera. Madame Blombergh, sin embargo, prosentó un memorial al rey, no bien hubo muerto Don Juan, reclamando la herencia de éste como legítima y única heredera; desechose sin titubear esta demanda porque Don Juan no tenía bienes algunos propios, y superaban con mucho las deudas que dejaba al valor de las alhajas y muebles que poseía.

Vivió varios años Bárbara Blombergh pacíficamente en el convento de Santa María la Real; pero como la constancia y la quietud no eran sus mayores ni sus menores virtudes, aburriose al cabo de tanto reposo, y pidió a Felipe II que la trasladase a otra residencia. Puso entonces éste a su disposición la casa del infortunado Escobedo, situada en Colindres, y allí se retiró y allí murió el mismo año que Felipe II (1598), dejando dispuesto que se enterrase su cadáver en el convento de franciscanos de la villa de Escalante.

Tuvo Bárbara de Blombergh de su matrimonio con Jerónimo Kegel dos hijos: ahogose el menor en una cisterna de su propia casa, a los ocho días de muerto su padre. El mayor, que se llamaba Conrado, tomó el apellido de Pyramus, que solía usar su padre unido al de Kegel; comenzó el estudio de los sagrados cánones, costeados largamente por Don Juan, y abandonolos a la muerte de éste, arrastrado por su afición a las armas. Protegido por Alejandro Farnesio, entró en el ejército, y llegó a coronel; casose con la baronesa de Saint—Martin, y murió antes que su madre, Bárbara Blombergh; en vida todavía de ésta vino a España la viuda de Conrado Pyramus, y aquí murió, no sabemos dónde ni en qué fecha.

XV

Con el corazón henchido de vergüenza y desaliento firmó al fin Don Juan de Austria la paz de Gante con el nombre de Edicto perpetuo el 14 de febrero de 1577. Avergonzábale porque humillante era para España y para su rey y también para él, que le representaba, ceder a las exigencias insolentes y groseras de aquella turba de rebeldes y herejes disimulados; y le desalentaba, porque al firmar aquel papel destruía de una sola plumada, con muy dudoso provecho, la brillante esperanza de la jornada de Inglaterra, su dorado y caballeresco ensueño.

Era, en efecto, en aquellos momentos la clave de toda aquella empresa la salida de los tercios españoles de Flandes, porque con el pretexto de embarcarlos para España, podía Don Juan irlos acercando a las costas de Holanda, y lanzarlos desde allí sobre Inglaterra, donde todo estaba preparado para recibirlos y ayudarlos. Mas temeroso el príncipe de Orange de que aquellos temidos tercios se acercasen a las dos provincias que él tenía como usurpadas, Holanda y Zelanda, opúsose enérgicamente al embarque, y logró que los Estados indicasen a Don Juan con su descomedimiento ordinario, que los tercios no saldrían embarcados por aquella parte del Norte, sino que marcharían por tierra con dirección a Italia. Entablose entonces un violento altercado entre el Consejo de Bruselas y Don Juan de Austria, que estuvo a pique de romper todas las negociaciones hasta entonces hechas, porque Don Juan agotó toda su paciencia y sufrimiento, y el Consejo toda la insolencia con que se proponía cansarle y exasperarle. Mas asustado Felipe II, y temeroso de que se rompiese la paz, que era todo su anhelo, cortó la contienda mandando a Don Juan de Austria que saliesen los tercios por tierra, como los Estados deseaban. Bajó Don Juan entonces la cabeza, y firmó el Edicto perpetuo, sacrificando así con su obediencia la esperanza de un reino, que era a la sazón más que nunca fundada. Porque justamente en aquellos mismos días había llegado a Luxemburgo monseñor Filippo Sega, obispo de Ripa—Tranzone, que enviaba Gregorio XIII a Flandes con el carácter de nuncio cerca de Don Juan de Austria; traía la misión aparente de aconsejar y guiar a éste para que en sus tratos con los herejes no resultase perjuicio alguno para la Iglesia católica; pero venía, en realidad, para entregar a Don Juan las bulas de Gregorio XIII concediéndole la investidura del reino de Inglaterra; para darle 50.000 escudos de oro que el Papa destinaba para ayuda de aquella empresa, y ofrecerle 5.000 infantes bien armados que la Santa Sede aprontaba para lo mismo, y que sólo esperaban un aviso de Don Juan para embarcarse para Inglaterra. Este socorro inesperado del Pontífice, unido a los avisos de los lores ingleses y escoceses de estar ya todo preparado allí y dispuesto, prestaban al resultado de la empresa una seguridad que hacía aún más doloroso y desesperante el tener que renunciar a ella.

No obstante esto, Don Juan sacrificó sus esperanzas, prestas ya a realizarse, humilló su amor propio, tan cruelmente herido, y sofocó sus legítimas aspiraciones por obedecer lealmente al rey, su hermano, y sin pérdida de tiempo dio orden a los tercios españoles de reunirse en Maastricht para salir de Flandes con dirección a Italia. Y sucedió entonces lo que desde un principio tenía Don Juan previsto: que los tercios obedecieron porque era Don Juan quien lo mandaba; pero obedecieron murmurando del rey, quejándose amargamente de cómo les trataba, prometiendo que muy pronto tornaría a llamarlos, y reclamando antes de salir, con harta razón y justicia, sus pagas atrasadas.

Viose entonces Don Juan en un nuevo conflicto: los Estados, que eran los que debían pagar a los tercios, negáronse a dar más de la tercera parte de lo que se les adeudaba, y por un contrasentido que ponía de manifiesto su mala fe, negábanse al mismo tiempo a reconocer por gobernador a Don Juan y entregarle el mando mientras los tercios no salieran de Flandes. Por otra parte, no venía de España dinero alguno a pesar de las repetidas reclamaciones de Don Juan y las violentas cartas de Escobedo;ni había podido éste, mendigando por todas las casas de contratación y Bancos del país, encontrar quien les prestase la suma necesaria, porque el crédito del rey de España como fiel pagador estaba en Flandes por los suelos.

En tan apurado trance, llegose Don Juan a monseñor Sega, y descubriéndole su apurada situación, pidiole prestados, para pagar a los tercios, los 50.000 escudos de oro destinados por Gregorio XIII a la malograda jornada de Inglaterra, empeñando su palabra y juramento en nombre del rey, su hermano, de que pronto y seguramente le serían devueltos[38]. Pudo Escobedo agenciarse, por su parte, empeñando también su propio crédito y juramento, la suma que aún restaba, y pagose así aquella peligrosa deuda, a costa de las esperanzas de Don Juan y de la abnegación del secretario. De esta manera salieron al fin de Flandes los famosos tercios por el camino de Italia, capitaneados por el conde de Mansfeld, con gran regocijo de los flamencos rebeldes, que veían ya el campo libre para las futuras traiciones que maquinaban.

Cesaron con esto los pretextos para no recibir a Don Juan y entregarle el mando, y proclamáronle gobernador en Lovaina, con gran asistencia de caballeros, verdadero regocijo de algunos y falsía y fingido entusiasmo de todos los restantes. Dirigiose de allí a Bruselas, a pesar de los avisos que del leal conde de Barlaimont tuvo de que allí se conspiraba contra su libertad y su vida. Llegó el 4 de mayo a la vista de la ciudad, y una hora antes de su entrada estalló dentro un motín ruidoso, promovido por los secuaces del príncipe de Orange; un hombre ruin, llamado Cornelio Straten, cabeza de facinerosos y conocido agente de aquél, comenzó a arengar a la muchedumbre diciendo que no permitiesen la entrada en Bruselas del austríaco traidor que, con falsedad y engaño, les traía la muerte; y con esto arrastró hacia las puertas de la ciudad un gran pelotón de gente perdida, que, arrollando a los guardias, echaron los rastrillos. Acudieron presurosos los magistrados, y prendiendo a Straten, sosegaron el tumulto y quedaron libres las puertas. Minutos después llegaba Don Juan de Austria tranquilo y sereno, mostrando su valor y grandeza de alma, porque para hacer alarde de su confianza en el pueblo había despedido su guardia de alabarderos. He aquí cómo refiere Famiano Strada la entrada de Don Juan en Bruselas y sus primeros actos de gobierno: «Mas el austríaco, a tiempo que salían de Flandes los españoles con extraordinaria pompa, en medio del legado del Pontífice y el obispo de Lieja, con una cumplidísima comisión de todos los Estados, entró en Bruselas, siendo él quien hacía lucir más la pompa con su galante aspecto, en edad, que no llenaba treinta y dos años; cargado de fama y de triunfos por mar y tierra y con tantos adornos representando a su padre, el César Carlos, nombre grato y popular para los flamencos. Habiendo jurado solemnemente en la entrada de su gobierno, comenzó a llenar todos estos títulos, con una clemencia increíble, con afabilidad rara, con todo género de agasajos y con una inaudita liberalidad, empleada aun en los que menos obligado le tenían, en tanto grado, que los ciudadanos, atraídos de la suavidad de su porte, borradas las primeras ideas de su imaginación, y desmentido cuanto les habían dicho en contrario, deshaciéndose en sus elogios, principalmente por verse por él libres algún día de la milicia forastera, se daban los parabienes de que con el austríaco hubiese vuelto a Flandes la felicidad antigua» (54).

Felipe II escribió a Don Juan de Austria muy satisfecho de su conducta, dándole las gracias por sus trabajos y dejándole entender con claridad que no había motivo para desistir definitivamente de la jornada de Inglaterra. «A catorce del pasado —le dice— os avisé de la llegada de Concha y del recibo de todos los despachos que trujo y de lo mucho que había holgado de entender el buen estado y término en que quedaban los negocios con el concierto que habíades tomado con los Estados y la satisfacción que me había dado todo lo que vos en ellos habéis trabajado, y esto ha sido de manera que no me contento con lo que os escribí entonces, sino con daros de nuevo las gracias por ello, y certificaros que me queda tanta satisfacción, que, aunque el amor que os tengo no se puede añadir más, el deseo de mostraros que estimo en mucho vuestros trabajos y el fruto y buen suceso que se sigue dellos en todos los negocios que os encomiendo de mi servicio será cada día mayor y me crecerá el cuidado de todo lo que a vos os tocare, estando siempre muy cierto que cada día vos también me iréis poniendo en nuevas obligaciones, con durar en el mismo cuidado y trabajo que hasta aquí, para que las cosas de esos Estados se acaben de asentar y poner en el que conviene al servicio de Dios y mío; que aunque lo que hasta aquí se ha hecho es mucho, es sin comparación mucho más lo que se ha de conseguir por vuestro medio adelante... Y pues yo conozco esto, podréis creer que holgaré mucho de mostraros la voluntad que os tengo en todo lo que se ofresciere, y que las cosas se encaminen de manera que se pueda efectuar la de Inglaterra...»

Y a renglón seguido, y como medio de llegar a esta conquista tan ansiada de Don Juan, le insinúa su opinión favorable al nuevo y extraño proyecto, inventado no sabemos por quién, de sustituir el matrimonio de Don Juan con María Estuardo, que había de costar sangre y dinero, con el matrimonio del mismo con Isabel de Inglaterra, a que ella parecía muy inclinada. «En lo del casamiento con la reina de Inglaterra, lo que yo os puedo decir es que en tal forma y con tal intención se podría tratar y hacer, que se hiciese un gran servicio y sacrificio a Nuestro Señor, y el reducir aquel reyno a la religión católica es de suyo de tanto honor y gloria, que paresce que no hay cosa por que no se debiese pasar.»

Mas como Don Juan de Austria no quería ser rey de Inglaterra de cualquier manera y por cualquier camino, sino por vías de justicia y de nobleza, conquistando el reino con su espada, libertando a la reina legítima María Estuardo y partiendo el trono con ella por elección suya, desechó enérgicamente este otro camino de atajo, pero también de ignominia, que le llevaría al trono de Inglaterra pacíficamente, con el solo trabajo de unir su suerte a la de una usurpadora, escándalo de la Europa de entonces por su apostasía y por sus vicios. «No son de tan poco fundamento —contestaba Don Juan a su hermano— los oficios que va haciendo la reina de Inglaterra en todas partes, que no se haya de mirar mucho la orden que pueda haber para remediarlos; que como el mundo está ya tan lleno de herejes, tiene ministros muy eficaces en todas partes; y es cosa natural a los hombres a quien Dios dexa de su mano, tratar con mucho cuidado las cosas de acá, y así lo hacen esta desventurada reina y sus secuaces, de cuya vida y costumbres he oído y oigo tanto, que ni burlando quiero se trate de casamiento

Íbase ya entrando el verano, y como comenzaran a escasear las cartas de Madrid de extraño modo y no se diesen en ellas por entendidos de la falta absoluta de dinero que allí tenían, ni de los préstamos que, empeñando su propio crédito y juramento, habían recibido Don Juan y Escobedo, decidió aquél a fines de junio enviar al secretario a Roma, y de allí a España, para dar cuenta en aquélla a Gregorio XIII de todo lo ocurrido en el proyecto de Inglaterra, y para exigir en ésta al rey el pronto reconocimiento y pago de la deuda contraída con el Papa, y de las letras negociadas por Escobedo comprometiendo su crédito y su honra.

Partió Escobedo a principios de julio, y despidiole Don Juan en Malinas, tan ajeno de que le enviaba a morir de una estocada, a traición, en una calleja de la corte de España.

XVI

Había tan temerario valor en el hecho de entrarse Don Juan por un país rebelde en su mayor parte, y en no escasa hereje, solo, licenciadas ya sus tropas españolas, y sin más seguridad ni más guardia que la flamenca del duque de Arschot, que el príncipe de Orange y sus secuaces quedáronse admirados, sintiéronse perdidos y comprendieron que nada detendría a Don Juan si no te quitaban la libertad o la vida. Determináronse, pues, a esto, y los numerosos agentes de Orange, ayudados por los de la reina de Inglaterra, derramáronse por todo el país, esparciendo, para preparar el terreno, hábiles calumnias contra Don Juan de Austria que interpretaban aviesamente todos sus actos y tornaban poco a poco odioso su gobierno y su persona misma. Quiso entonces Don Juan, fiel siempre a la política de paz que se le había encomendado, tratar con él a fin de atraerle; enviole a decir con el duque de Arschot que las provincias de Holanda y Zelanda eran las únicas que no habían firmado aún el Edicto perpetuo, y pues que estaban bajo su mando, a él confiaba este cuidado. Quitose entonces el de Orange aquella máscara con que encubría sus ambiciones y perversos designios, tan espesa que le había valido el sobrenombre de Taciturno, y contestó a Arschot que Holanda y Zelanda no firmarían nunca el Edicto perpetuo, porque siendo ambas provincias calvinistas, no podían ni debían comprometerse a conservar la fe romana, y quitándose el sombrero y dejando al descubierto su cabeza calva, dijo, sonriendo, al duque:

—¿Veis esta calva?... Pues sabed que yo no soy más calvo en la cabeza que en el corazón.

Con cuyo juego de palabras quería dar a entender el traidor que él también era calvinista, y quedando ya al descubierto su apostasía, rompiose toda esperanza de concierto.

Prosiguió, en efecto, Orange, aún más crudamente desde entonces, la infame guerra de calumnias y pérfidas astucias que hacía a Don Juan de Austria, y continuó también con el mayor descaro la que hacía antes solapadamente a la Iglesia católica en las provincias de Holanda y Zelanda: persiguió a los clérigos, expulsó a los religiosos, destruyó templos y altares, fundió las campanas para hacer cañones, confiscó las rentas eclesiásticas en provecho de su bolsillo o del de sus partidarios, y desde los púlpitos de las iglesias católicas hizo que ministros herejes predicasen las odiosas doctrinas de Calvino. Ante tan impía insolencia, propuso Don Juan a los Estados que juntasen sus tropas a las del rey para hacer la guerra al de Orange y arrancarle de aquellas provincias que tenía usurpadas; mas los Estados desecharon su propuesta con tan vanos pretextos, que harto comprendió Don Juan que existían entre ellos y Orange mutuas y secretas inteligencias. Mientras tanto, cundía más y más en Bruselas la desconfianza y hasta el odio que iban sembrando contra el austríaco los agentes y partidarios de Orange el Taciturno; destacábanse éstos poco a poco hasta llegar a distinguirse públicamente por gorras especiales y medallas con letreros alusivos, y las autoridades y diputados insolentábanse hasta el punto de que, habiendo mandado llamar Don Juan al magistrado de Bruselas, que es como si dijéramos hoy el alcalde, le contestase éste que viniese él a verle, porque no era costumbre que el magistrado oyese a nadie sino en las Casas de la Villa.

Llegó en esto la solemne fiesta de Bruselas, que acostumbraban a celebrar los magistrados con un banquete en las Casas de la Villa, presidido siempre por el gobernador general. Recibió Don Juan varios avisos de que no asistiese al banquete porque algo se tramaba contra su persona; mas temeroso él de demostrar desconfianza a los magistrados, presentose a ocupar su puesto acompañado de ochenta mosqueteros de su guardia que tenían orden de no matar ni herir a nadie, sucediera lo que sucediera. A la mitad del banquete un tropel de sediciosos atacó la Casa de la Villa con intento de allanarla, profiriendo injurias y amenazas contra el austríaco. Rechazáronle los mosqueteros sin herir a nadie, pero siendo heridos muchos de ellos, y retirose Don Juan con los que quedaban ilesos, encargando a los magistrados el castigo de los culpables; mas éstos desentendiéronse de ello y dejáronles impunes, para dar a entender a Don Juan que no consideraban digna de castigo la afrenta hecha a su persona.

Supo entonces éste que el barón de Hesse y el conde de Lalain con otros dos grandes señores, herejes pertinaces, se habían reunido una noche en casa de otro grande y concertado con el embajador de Inglaterra y más de quinientos vecinos prender a Don Juan o matarle, si resistía, en la primera ocasión oportuna que se presentase que pensaron ellos podía ser muy bien la procesión del Santísimo Sacramento, que llaman en Bruselas del Milagro, que se celebra el 3 de julio, presidida siempre por el gobernador general. No quería Don Juan romper con los Estados que consentían todo esto, y prefirió más bien evitar el peligro disimuladamente marchando a Malinas con el pretexto de arreglar las cuentas de las tropas tudescas, que pedían sus pagas atrasadas. Mas tampoco allí le creyeron seguro sus amigos, y así se lo avisaron; porque, rabiosos los conjurados al ver que se les escapaba la presa, armaban milicias y tomaban el camino de Luxemburgo, que era lugar tranquilo donde podía refugiarse el austríaco, y el de Italia, por donde podrían volver las tropas españolas. Juzgó prudente el pacientísimo Don Juan disimular todavía, y halló otro pretexto nada sospechoso para salir de Malinas sin volver a Bruselas, y acercarse cada vez más a lugar fuerte y seguro; dirigiose a Namur, con grande calma y sosiego, para recibir a la reina de Navarra, Margarita de Valois, que pasaba por allí para tomar en Lieja las aguas medicinales de Spa. Era esta señora la famosa reina Margot, primera mujer de Enrique IV de Francia, en el apogeo entonces de su ponderada belleza y en el período creciente de su seductora coquetería, que había de degenerar al fin, como de ordinario acontece, en disolución completa y vergonzosa.

Entró la reina Margot en Namur el 24 de julio en una litera toda de cristales, regalo de Don Juan de Austria; tenía esta litera grabados en los vidrios cuarenta versos en español y en italiano, todos alusivos al sol y a sus efectos, que simbolizaba galantemente el poeta en la hermosa reina. Cabalgaba Don Juan de Austria a su derecha y rodeábanles cuarenta archeros guardando sus personas; precedíanles una compañía de arcabuceros de a caballo y cien tudescos formados en dos hileras, y seguíanles la princesa de Roche—sur Yone en su litera, madame de Tournon en la suya, diez doncellas de honor a caballo, tan hermosas, coquetas y alborotadas como su dueña, rodeadas de multitud de caballeros que las servían y galanteaban; seis carrozas con el resto de damas de honor y demás servidumbre femenina, y una escolta de lanceros a caballo.

Cuatro días permaneció la reina Margot en Namur, obsequiada por Don Juan continua y esplendidamente: comían a las once en alguno de los deliciosos jardines que allí había, y seguíase el baile hasta la hora de vísperas, que iban a oírlas devotamente en algún convento de frailes. Paseábanse después a caballo y cenaban a las siete, también al aire libre, en los jardines, siguiéndose otra vez el baile o románticos paseos por el río a la luz de la luna, con deliciosa música. Asistían a todas estas fiestas el obispo de Lieja, que allí había venido con los canónigos y multitud de caballeros nacionales y extranjeros, entre los cuales hacía Margot su traidora propaganda: porque aquella mala mujer, que siempre lo fue mucho por diversos conceptos, hallábase también en connivencia con el príncipe de Orange, y trabajaba disimuladamente en favor del duque de Alençon, su hermano de ella, a quien quería el Taciturno nombrar gobernador de Flandes una vez preso o muerto Don Juan de Austria. Sabíalo éste, y la misma Margot, que prendada de él no le deseaba mal alguno, diole varios avisos muy útiles; por ella supo que los conjurados de Bruselas tenían ya inteligencias en el mismo Namur para ejecutar allí sus perversos designios, y entonces fue cuando, de acuerdo con el leal conde de Barlaimont y sus hijos, resolvió retirarse al castillo de Namur y romper con los Estados.

Ignorábase, sin embargo, qué gente había en el castilloy hasta qué punto podía contarse con el alcaide, Mos de Ives; urgía el tiempo, y tirose entonces un plan, cuya ejecución refiere Van der Hammen de la siguiente manera: «Mos de Hierges, el hijo mayor del conde de Barlaimont, dijo que él se iría a dormir aquella noche al castillo, porque Mos de Ives, el castellano, era muy su amigo, que su alteza se fuese por la mañana a caza, y al pasar, si le pareciese, se podía meter en el castillo, se pondría una mano en la barba, que sería la seña, y si no, se encomendase a Dios y se salvase. Convinieron el modo y ejecutáronlo en el siguiente día sin avisar al consejero de Estado ni a los diputados, por no fiarse de ellos. Fingió, pues, ir de caza, y pasando por la puerta del socorro del castillo, preguntó qué cosa era. Respondiéronle que uno de los mejores de Flandes. Monsieur de Barlaimont dijo entonces:

Mi hijo el mayor está dentro. ¿Gusta vuestra alteza que le llamemos por si quiere ir también a caza?

El señor Don Juan paró el caballo, y mandó le llamasen. Bajó a la puerta; preguntole su alteza qué había sido la causa de irse a dormir a un castillo y dejar la ciudad, y de aquí trabaron plática. En medio de ella, diciéndole: Si le queréis ver, pues era temprano, se holgaría mucho, le hizo la señal. El señor Don Juan se volvió al duque de Arschot y el marqués de Havré, y les dijo:

De mañana es, veámosle.

Con esto llegó a la puerta, y se apeó con una pistola en la mano, que del arzón había sacado. Llevaba veinticuatro lacayos españoles. Mos de Ives, como las cosas no estaban en rotura, mandó abrir la puerta a los pocos walones que había de guarnición (soldados viejos y cansados de larga guerra), y los veinticuatro lacayos entraron dentro y barajaron el cuerpo de guardia. El señor Don Juan, puesto a la puerta, dijo:

Todos los que fueren servidores del rey mi señor, se metan aquí conmigo— y vuelto a Ives le dijo que no temiese, porque se apoderaba del castillo por el rey su señor, cúyo era, para librarse de una conjuración hecha contra él.

Encargole las llaves y dio licencia de irse a los que no quisiesen quedar con él. No se movió nadie, antes subieron todos con él. Arriba apartó al Arschot y al Havré a un lado, y les dió a entender cómo sabía todo lo que pasaba y el trato que tenían hecho, y mostroles cartas suyas. El duque, viéndose convencido, ofreció en nombre de los Estados reconocerle por señor de Flandes y que voluntariamente se vendrían todos a su obediencia, si gustase admitirlos por vasallos; pero el señor Don Juan le reprendió muy ásperamente por aquella oferta, y le dijo muy malas palabras. Acción heroica y tentación tan grande que sólo pudo hallar resistencia en su propia fidelidad y ánimo tan brioso. Acabada la plática se salieron del castillo los dos y se fueron a la ciudad, donde tenían sus mujeres; pero en llegando a ella, huyeron, asimismo, Mos de Capres y los más soldados que habían venido a prender a su alteza, y con tanta priesa, que apenas recogieron su ropa, diciendo no tenían ya que hacer allí, pues se les había escapado. Siguioles el abad de Meroles, limosnero mayor de Don Juan, astuto y poco fiel, con algunos pocos más. Supo el señor Don Juan la huida del duque y del marqués, y al punto despachó tras ellos a Octavio Gonzaga con poco más de veinte caballos para hacerles volver; pero llevaban tan buena gana de huir, que no les pudieron alcanzar

La duquesa de Arschot y la marquesa de Havré, que estaban en Namur, indignáronse de la ruin conducta de sus maridos, y escribieron a Don Juan protestando y ofreciéndose ellas por rehenes. Contestoles Don Juan que no acostumbraba a prender damas, sino a servillas, y envioles 500 escudos para que fuesen a reunirse con sus maridos. Mas tan apurada era la situación de Don Juan, que hasta esos 500 escudos hubo de pedirlos prestados a los señores y criados que le habían seguido... Y no era esto, con serio tanto, lo más angustioso de la situación de Don Juan; éralo que Felipe II se obstinaba en sostener aquella política de paz que envalentonaba cada vez más a los Estados, prohibía terminantemente que los tercios españoles volviesen a Flandes para continuar la guerra, como Don Juan creía absolutamente necesario, y, como medio de obligarle a esta obediencia, contraria a su opinión y a sus deseos, adoptaba el sistema de no enviar dinero alguno a Flandes, ni contestar siquiera a las continuas y desesperadas cartas que el atribulado príncipe escribía, cuya lectura angustia el corazón y turba el ánimo aun a través de cuatro siglos. Pero lo raro, lo extraordinario, lo que sumía a Don Juan en un mar de angustiosas perplejidades y temerosas incertidumbres y le hacía presentir negras catástrofes, era que tampoco escribía el falso amigo Antonio Pérez, y el bueno y leal Escobedo guardaba el mismo silencio...

XVII

Para comprender bien las complicadas razones que movieron a Don Felipe II a dejar a su hermano Don Juan de Austria en tan inmerecido abandono, es necesario deshacer una maraña, entre cuyos intrincados hilos se encuentra la trágica y misteriosa muerte del secretario Juan de Escobedo. Alguna luz esclarece ya tan tenebroso drama, y a su reflejo aparecen varias figuras manchadas de aquella sangre inocente; este siniestro rastro nos llevará a encontrar el hilo de la maraña, dando rodeos, al parecer, extraños, pero que establecen el encadenamiento de ciertos hechos que reflejan por sí solos el carácter de aquellos personajes y el grado de responsabilidad en que incurrieron.

Retrocedamos, pues, al año de 1569, y en una hermosa tarde de junio veremos entrar pausadamente en Pastrana una carreta herméticamente cerrada con toldos, a modo de las que todavía hoy llaman galeras. Despertaba la curiosidad el misterioso vehículo, y rodeábanle infinidad de chiquillos, mujeres y hombres del pueblo, cuando llegó y traspasó los umbrales del palacio ducal de Pastrana, cuyas pesadas puertas se cerraron detrás, dejando fuera a los curiosos. Esperaban en el primer patio el príncipe Ruy Gómez de Silva, la princesa de Éboli, su mujer, con todos sus hijos, aun los más pequeñitos, en brazos éstos de niñeras y nodrizas, y las dueñas, doncellas, pajes y toda clase de servidores, enfilados según su rango. Fijábanse todas las miradas en el cerrado carro con ansiosa curiosidad mezclada de respeto, y empinábanse sobre las puntas de los pies, para ver mejor, los que estaban en segunda fila. Descorriéronse al fin los toldos que cerraban el carro; Ruy Gómez y su mujer adelantáronse respetuosamente, alargaron todos las cabezas en silencio, y una dueña viejísima, que lo había sido de la condesa de Mélito, madre de la princesa, púsose de rodillas y comenzó a golpearse el pecho... Apeábanse tres extrañas figuras de mujer de las que por aquel tiempo no se veían nunca por calles ni plazas; vestían túnica de sayal oscuro, capas blancas de lo mismo y calzaban sus pies desnudos alpargatas de esparto; espesos y largos velos negros las cubrían el rostro y casi todo el cuerpo, y traía bajo la capa, la que se apeó la última, un hatillo, menos que mediano, envuelto en un lienzo.

Estaban, sin embargo, muy justificadas todas aquellas pruebas de curiosidad y de respeto: porque aquella mujer vestida de sayal que se apeó la primera del carro era Santa Teresa de Jesús que venía a fundar el convento de carmelitas descalzas de Pastrana. No hacía aún dos años que se hallaba Ruy Gómez en posesión de su ducado, y dábase prisa en introducir mejoras que aliviasen la condición moral y material de sus vasallos. Quiso Ruy Gómez fundar en su villa un convento de frailes, y antojosele a la princesa fundar ella otro de monjas, y encargar de ello a Santa Teresa, atraída por los prodigios que de ella se contaban, y llena de curiosidad y halagada su vanidad por tratar y ver de cerca aquella mujer extraordinaria, que conversaba familiarmente con Dios, y se hacían ante ella maravillas tan estupendas. Aceptó la santa, que comenzaba a la sazón su portentosa obra de reforma, y trasladose a este propósito de Toledo a Pastrana, pasando por Madrid; hospedóla en la corte nuestra antigua amiga doña Leonor Mascareñas, que lo era muy suya, en el convento de franciscas que había fundado y donde vivía ya retirada. Diole esta prudente señora detalladas noticias del carácter difícil de la princesa, a quien había tratado mucho en la corte, y pertrechada con ellas fuese a Pastrana la santa, adonde llegó en los postreros días de junio. «Hallé allá a la princesa —dice la misma santa en el Libro de sus fundaciones— y al príncipe Ruy Gómez, que me hicieron muy buen acogimiento: diéronnos un aposento apartado, adonde estuvimos más de lo que yo pensé; porque la casa estaba tan chica, que la princesa la había mandado derrocar mucho de ella, y tornar a hacer de nuevo, aunque no las paredes, mas hartas cosas. Estaría allí tres meses, adonde se pasaron hartos trabajos, por pedirme algunas cosas la princesa que no convenían a nuestra religión, y ansí me determiné a venir de allí sin fundar, antes que hacerlo. El príncipe Ruy Gómez, con su cordura, que lo era mucho, y llegado a razón, hizo a su mujer que se allanase».

Fuera aparte de estos disgustos a que alude la santa, proporcionole la princesa otros muchos con su carácter antojadizo, dominante y falto de delicadeza. Rabiaba de curiosidad por ver el rostro a Santa Teresa, porque habíanle dicho que era muy hermosa, a pesar de contar ya entonces cincuenta y cuatro años; mas nunca consintió en ello la santa, y ni ella ni sus compañeras levantaron jamás sus velos, ni delante de la princesa ni delante de nadie. Exasperaba esto su curiosidad, y espiaba sin cesar por ventanas y rendijas, queriendo sorprenderla al mismo tiempo en algunos de aquellos raptos en que se le aparecía Jesucristo; hacían reír a Santa Teresa estas que llamaba boberías, pero desasosegáronla a la larga y hacíanle intolerable este espionaje constante. Otro disgusto verdaderamente serio diole la princesa. Sabía ésta que por orden de su confesor había escrito Santa Teresa su maravillosa vida, y llena de curiosidad antojósele leerla. Negose a ello Santa Teresa con gran firmeza; mas irritada entonces la antojadiza dama, escribió a los superiores de la santa para que la mandasen darle a leer el manuscrito que tenía en Pastrana, y harto condescendientes éstos o poco conocedores quizá del carácter de la princesa, no vacilaron en hacerlo. Obedeció Santa Teresa sin poner reparo, y triunfante entonces la de Éboli, leyó ávidamente aquellas ingenuas páginas, en que, con sencillez tan sublime, se narran las maravillas de Dios. Exaltole la fantasía esta lectura, y la imperiosa necesidad de comunicar sus impresiones, propia de toda mujer habladora, hízole cometer el abuso de confianza de dar el manuscrito que se le había confiado a sus dueñas, pajes y doncellas. Corrieron, pues, de mano en mano por estrados y antesalas los místicos desahogos de la virgen del Carmelo, y tales y tantos comentarios se hicieron, que llegaron a los oídos de la Inquisición, y mandó recoger el libro. Diez años retuvo el severo Tribunal la obra de la santa, y volviosela al cabo sin hacer enmienda ni variación alguna, pero no sin que todo esto le costase los más serios disgustos.

Quedó al fin terminada la fundación, y marchó Santa Teresa a Salamanca; los príncipes de Éboli marcharon también a la corte, y un año después, el 29 de julio de 1573, murió Ruy Gómez en ella, en su casa del callejón de Santa María. Expiró en brazos de su antiguo y fiel amigo el secretario Juan de Escobedo, asistido en aquel último trance por dos frailes carmelitas descalzos que vinieron de Pastrana. La princesa tuvo explosiones de dolor que parecían arranques de ira: bramó más bien que lloró su pena en aquellos primeros momentos, porque realmente amaba a aquel hombre superior que había satisfecho hasta entonces su vanidad y sus sentidos, únicos polos en que giraba la vida de aquella señora. Y de repente, creyéndose, como Santa Teresa, inspirada del cielo, determinó retirarse en el acto al convento de carmelitas de Pastrana, para, en el retiro y la oración, terminar allí su vida; en vano la pusieron delante sus padres, los dos religiosos, los parientes y amigos y cuantos allí se hallaban presentes, sus obligaciones de madre, los deberes que le imponía el testamento de Ruy Gómez al nombrarla tutora y curadora de sus hijos, la estrecha obligación que tenía de hacerse cargo, por lo menos, de los Estados y hacienda de estos menores... La contradicción embravecía la terquedad de la obstinada viuda, y por toda respuesta pidió el hábito a los dos carmelitas presentes; dijéronle que no podía vestirlo sin permiso de los superiores de la Orden y autorización de Santa Teresa; mas la princesa, encogiéndose de hombros, mandose hacer un hábito nuevo; y como fuese imposible tenerlo tan presto, vistiose uno sucio y viejo y cubriose con un velo negro, como había visto a Santa Teresa, sin que volviese nadie a verla el rostro; pinchábanle los espartos de las alpargatas los pies desnudos, y mandó forrarlos por dentro de suavísimo paño. Mandó también disponer una carreta cerrada con toldos como la de Santa Teresa, y con sus dueñas y doncellas marchose a Pastrana sin despedirse de nadie, dejando a su marido de cuerpo presente. A viva fuerza casi entró con ella en la carreta su madre, la princesa de Mélito, para acompañarla al convento.

Viendo fray Bartolomé de Jesús, que era uno de los carmelitas de Pastrana que se hallaban presentes, que la cosa iba de veras, adelantose a la carreta de la princesa y llegó al convento a las dos de la madrugada para avisar a las monjas. Bajó la priora, que era Isabel de Santo Domingo, mujer de rara discreción y virtud muy sólida, y al saber que dentro de algunas horas llegaría la princesa con su hábito ya vestido y el propósito de quedarse monja en el convento, exclamó, cruzando las manos estupefacta.

¿La princesa monja?... Ya doy la casa por deshecha...

XVIII

Fray Francisco de Santa María, autor de la Historia de la Reforma de los Descalzos de Nuestra Señora del Carmen, cuenta de este modo la llegada de la princesa de Éboli al convento de Pastrana:

«Llamó la priora a las monjas, compusieron la casa, previnieron dos camas, una para la princesa y otra para su madre, que llegaron a las ocho del día. Mudáronla el hábito, porque el que tomó en Madrid ni era a propósito ni tan limpio como convenía. Descansó algún tiempo, y mostrando presto su resuelta voluntad, quiso que luego se les diese el hábito a dos doncellas que llevaba, pagándoles con un poco de sayal los salarios de largos años. Respondiendo la priora que era necesario la licencia del prelado, dijo con mucho enfado:

¿Qué tienen que ver en mi convento los frailes?

Detuvo la ejecución la Madre priora hasta consultar al Padre prior, no sin sentimiento de la princesa. Habiendo conferido lo que convenía, se resolvieron de darles el hábito. Hízose en el locutorio, poniéndose la princesa en medio de las dos para que también la alcanzasen las bendiciones; lleváronla a comer carne con su madre en una pieza aparte. Despreció aquel servicio, fuese al refectorio, y dejando el lugar cercano a la priora que le tenía prevenido, tomó uno de los ínfimos, sin rendirse ni a ruegos ni exhortaciones, conservando superioridad en lugar inferior.

Considerando la priora que voluntad tan entera había de ser causa de muchos disgustos, consultó con la princesa, su madre, que sería acertado que aquella señora tomase alguna parte de la casa donde pudiese vivir con sus criadas y ser visitada de los seglares, con puerta que entrase a la clausura cuando gustase, y no otra persona seglar. Pareció a todos bien el consejo; a ella mal, porque no había sido suyo, y quédose en el convento como estaba.

Al día siguiente, habiendo enterrado al príncipe y cumplido con las exequias, la llegaron a visitar el obispo de Segorbe y otras personas de calidad que allí se hallaron; díjole la Madre Isabel que les hablase por la reja de la iglesia, mas ella no quiso sino que entrasen en la clausura, e hizo en esto tanto esfuerzo, a pesar de los religiosos, religiosas y seglares que la visitaban, que se abrieron las puertas del convento, y entraron con los señores muchos criados, atropellando los decretos del Concilio, las órdenes de la Santa Madre, el retiro y silencio de las religiosas y todo buen gobierno. Porque no piensan los señores que lo son si sirven a las leyes. No contenta con esto, instó en que la habían de dar dos criadas seglares, y ofreciéndole la Madre priora que ella y todas la servirían, y en especial las dos novicias que la habían servido en el siglo, de nada se contentó, pareciéndole que le ponían leyes.

Escribió la Madre Isabel a nuestra Madre Santa Teresa la muerte del príncipe, la determinación de la princesa y los primeros lances que con ella le habían pasado. Escribió la santa una carta a la viuda monja, cual de su discreción se podía esperar. El poco gusto causó desestimación y todo le daba en rostro, sin permitir que en nada le fuesen a la mano. La Madre Isabel y dos religiosas de las más antiguas le dijeron que si de aquella manera había de proceder, entendiese que la santa fundadora las había de sacar de allí y llevar a donde pudieran guardar sus leyes, superiores en su estima a todas las grandezas del mundo. Enojose de suerte que cogiendo sus criadas se fue a unas ermitas que había en la huerta y allí estuvo sin que las religiosas la tratasen. Enviaronle, empero, las dos novicias para que la asistiesen, por no ser entonces tan comprendidas en las leyes del claustro.

Allí abrió una puerta a la calle, donde admitía toda comunicación, templando en gran parte el dolor de la muerte del marido. Cesó con esto la obra de la iglesia y convento y la limosna que Ruy Gómez había dejado para el sustento, con que comenzaba a padecer mucha necesidad.»

Mas como se prolongase aquello demasiado y la princesa no cediese en nada, y prosiguiesen los disturbios, perdida ya en aquella casa toda paz y sosiego y convertido aquel palomarico de la Virgen, como le llamaba Santa Teresa, en nido de enredos y chismes, escribió la santa a la priora que sacara de Pastrana todas las monjas y se fuese con ellas al convento de Segovia. No fue necesario por entonces llegar a este extremo, porque los superiores de la Orden acudieron al rey, y de acuerdo con él obligaron a la princesa a salir del convento. Retirose entonces a su palacio de Pastrana, y desde allí movía tal guerra a los monjas y perseguíalas con tal encarnizamiento, que harta al fin Santa Teresa reiteró a la priora la orden de abandonar el convento con todas las monjas sin sacar de él cosa alguna que les hubiese dado la princesa. «Las camas —dice la santa en el Libro de las fundaciones— y cosillas que las mesmas monjas habían traído, llevaron consigo, dejando bien lastimados a los del lugar. Yo con el mayor contento del mundo, de verlas en quietud: porque estaba muy bien informada que ellas ninguna culpa habían tenido en el disgusto de la princesa antes lo que estuvo con hábito, la servían como antes que le tuviese

Buscó entonces la princesa una comunidad de franciscas para instalarlas en el convento vacío, y allí las socorrió y regaló como nunca hiciera con las otras monjas, lo cual tuvo buen cuidado de hacer llegar a oídos de Santa Teresa, creyendo en su ánimo mezquino y vengativo que podrían tener cabida en aquel gran corazón, rebosando amor divino, las miserables envidiejas humanas. Mientras tanto, habíase ya enfriado la pena de la princesa en medio de tan ruines batallas, y por el año de 1575 pensaba ya en volver a la corte; así lo escribía su padre, el príncipe de Mélito, a Mateo Vázquez, secretario del rey, para que lo notificase a éste y le prestase su apoyo en los pleitos que traía. Felipe II contestó al margen de la carta de Mateo Vázquez, según su costumbre, estas severísimas palabras: «Aquí va ese papel que he visto, y para el recatamiento que yo traygo y he traído toda mi vida de no meterme en los negocios destas personas, será bueno hacer agora lo que aquí se dice: y tanto más que lo que toca a los negocios y pleytos yo no sé si importa la venida (de la princesa), pero tengo por muy cierto que para la conciencia yquietud de todos ellos, y aun no sé si el honor, les conviene más el no venir ella aquí: y aun creo que para conservar la amistad con sus padres, pues ella misma diz que dice que en su ausencia son amigos, y que en presencia no lo pueden ser. Y Rui Gómez me lo dixo a mí muchas veces, y sé muy bien que su voluntad no fuera de que viuda viniera ella aquí; antes creo y sé que era tan fuera de su voluntad, que adonde agora está creo que lo sentiría si se hiciese: y no es razón que yo ordene cosa que sé, y tan de cierto, ser contra su voluntad. Y fuera de todo esto no sé si nos conviene a todos cuantos estamos en la corte, y más a los que no podemos salir della. Así que aunque yo me hubiese de meter en estos negocios, no me metiera en este particular, quanto más estando determinado tanto ha de no meterme en estas cosas. Fuera dellas holgaré mucho de favorecer las de Rui Gómez, como lo merecía su servicio. Todo esto es para vos solo, que no se sufre decir a otro. Y vos mirad por qué camino podéis responder al de Mélito, excusándome de no meterme en esto de la venida de su hija

No consta exactamente la fecha de la venida de la princesa de Éboli a Madrid; a nuestro juicio, debió de venir por breves y repetidas temporadas el año 1575 y fijar allí su residencia definitiva en el año siguiente de 1576. Entonces pudo convencerse la princesa de que no era lo mismo ser la viuda de Ruy Gómez que la mujer de Ruy Gómez, y tuvo desengaños sin cuento que agriaron su condición soberbia. Por aquel tiempo comenzó a frecuentar su casa el secretario Antonio Pérez, y estas dos vanidades monstruosas, puestas en contacto, se atrajeron y se completaron. Buscaba él en ella el prestigio que pudiera darle la intimidad de dama tan alta y linajuda como la princesa, a él, político empinado, que diríamos hoy, que a pesar de su elegancia y de su lujo, el más ostentoso de la corte, y de su poder, entonces en su apogeo, no conseguía hacer olvidar lo humilde y vergonzoso de su origen. Ella, por su parte, buscaba en él la participación del poder y la influencia que se le había escapado con la muerte de Ruy Gómez, tanto más fácil de explotar en manos del liviano Antonio Pérez, que del sesudo príncipe de Éboli. —Puedo más que nunca, decía arrogante poco después la princesa a uno de sus paniaguados.

Contaba entonces esta señora más de treinta y seis años, y a pesar de las hiperbólicas ponderaciones que de su hermosura hace Antonio Pérez en sus Relaciones, ni era ésta entonces extraordinaria, ni debió de serlo nunca. Ninguno de sus contemporáneos la celebra, y el único retrato auténtico que de ella se conoce nos la representa como una jovencita de semblante agraciado, desfigurada horriblemente por un enorme parche negro que le tapa el ojo tuerto, y notable únicamente por el contraste que forma la blancura de su tez y lo negro de sus cabellos[39]. Antonio Pérez tenía entonces cuarenta y dos años, y era, según Luis Cabrera de Córdoba, gentil hombre de cuerpo, buen rostro como a varón convenía, demasiadamente suntuoso y curioso, en el vestir rico, odorífero y pomposo en su casa. Y sucedió lo que tenía que suceder: que aquella repentina intimidad entre dos personajes tan visibles, después de tantos años de superficial conocimiento, hízose desde luego sospechosa; y la frecuencia y familiaridad de las visitas, lo intempestivo de sus horas, y sobre todo la mutua y continua correspondencia de regalos, que no parecía sino que lo tuyo y lo mío no existiese entre ambos, desataron por toda la corte aquellas murmuraciones que antes circulaban tímidamente, como las había deslizado el marqués de la Fabera en los oídos de Don Juan de Austria. Entonces cometió la princesa una verdadera felonía de mujer cínica y enredadora: llamó a sus hijos en presencia de Antonio Pérez y díjoles que no se extrañasen de las visitas de éste y del cariño que les profesaba, porque era hijo de Ruy Gómez, y, por consiguiente, hermano de ellos.

En este momento histórico llegó don Juan de Escobedo de Flandes (julio de 1577), enviado por Don Juan de Austria a Madrid para hacer ver a Felipe II el abandono en que estaba, y el riesgo gravísimo que corrían aquellos Estados y su propia persona. No había olvidado Escobedo, en medio de sus grandes preocupaciones, la aventura de Los Chorrillos que le contara Don Juan de Austria en Flandes, para moderar su cariñoso celo en favor de la princesa de Éboli, y uno de sus primeros cuidados al llegar a Madrid fue el de informarse secretamente del estado de aquel asunto; pronto pudo convencerse de que el hecho era cierto, el escándalo público, y de que la honrada memoria de Ruy Gómez era escarnecida por la liviandad de la viuda y la horrible ingratitud de Antonio Pérez, que debía a aquel ilustre patricio todo cuanto fuese en el mundo. Afectose grandemente el leal Escobedo, y deseoso de volver por la honra de su difunto protector y amigo, fuese a casa de la princesa dispuesto a advertirla y aconsejarla, con el mucho cariño que la tenía. Encontróla en el estrado con doña Brígida de Guzmán, esperó pacientemente a que esta señora se fuera, y díjola entonces, no con su brusquedad ordinaria, sino con honda y cariñosa pena, las murmuraciones terribles que corrían y la obligación en que estaba de cerrar a Antonio Pérez la puerta de su casa para no dar pábulo a ellas. Levantose la princesa ciega de cólera al oírle, y con descompuestas voces díjole que los escuderos no tenían qué decir en lo que hacían las grandes señoras. Y con esto le volvió la espalda y se metió allá dentro: lo cual consta todo textualmente en la declaración hecha por doña Catalina Herrera, dueña de la princesa.

XIX

Durante este último período de tiempo había logrado la diabólica astucia de Antonio Pérez levantar llama de nuevo en los adormecidos recelos de Felipe II contra su hermano Don Juan de Austria. Dueño absoluto de la confianza del rey, y dueño también de la que traidoramente se había captado fingiendo favorecer los intereses de Don Juan de Austria y de Escobedo, fuele fácil enredar la madeja a aquel verdadero genio de la intriga y la perfidia. Las desgraciadas turbulencias de Flandes, que trajeron consigo el fracaso de la jornada de Inglaterra, y la tenacidad de Felipe II en sostener allí la política de paz, cuando no había ya otro camino que el de la guerra, facilitaron en gran parte la pérfida obra de Antonio Pérez. Escribíanle con gran frecuencia Don Juan de Austria y Escobedo, y como amigos fieles que persiguen un mismo fin, consultábanle sus planes, descubríanle sus temores, dábanle sus quejas y pedíanle su poderoso apoyo cerca del rey. Antonio Pérez, por su parte, llevaba estos ecos a las orejas de Don Felipe, pero no como eran en sí francos, sinceros, apasionados y violentos a veces, pero siempre leales y nobles, sino comentados con perfidia, torcidos en sus intenciones, exagerados en su alcance y aun adulterados en su texto al tiempo de descifrarlos por el clérigo Fernando de Escobar, hechura completa de Pérez. Contestábales éste, de acuerdo siempre con Felipe II, procurando mantener su engañada confianza, y llegó su pérfida hipocresía hasta el punto de deslizar en sus cartas frases irrespetuosas al monarca, para ver si, movidos de este ejemplo, le imitaban los otros, lo cual no sucedió nunca.

Enviando al engañado monarca, para su aprobación, una de estas cartas capciosas para Don Juan de Austria, le escribía Pérez: «Señor, es menester escrivir y oír de aquella manera, para su servicio, porque así se meten por la espalda, y el hombre encamina mejor lo que combiene para el negocio de vuestra majestad principalmente... Pero vuestra majestad mire cómo lee estos papeles, que si me descubre el artificio, no lo podré servir, y yo avré menester alçar el juego. Que por lo demás bien sé, que para my dever y consciencia ago lo que devo en esto, y no he menester más theología que la mía para alcanzarlo.» El rey contestó a Pérez al margen de su carta: «... y creed que trygo en todo buen recato, y según my theología yo entiendo lo mismo que vos, y no solamente hacéis lo que devéis, más que no lo haríades ni para con Dios ni para con el mundo si no lo hiciérades ansy, y para que yo esté bien alumbrado de todo que es menester según los enredamientos del mundo y de sus cosas que cierto me tienen espantado

Así fue cómo, engañando a Felipe II y traicionando y calumniando a Don Juan de Austria y a Escobedo, fabricó Antonio Pérez la pérfida y sutilísima maraña en que el héroe de Lepanto perdió al fin su crédito con el rey y el honrado Escobedo perdió la vida de una alevosa estocada. El mismo Pérez reseña en su Memorial los hilos de la maraña, cuya falsedad comprobó Felipe II harto tarde, y ha puesto en evidencia la Historia moderna con muchos y autorizados documentos. Que Don Juan había desobedecido al rey negándose a desmantelar a Túnez para mejor alzarse con aquel reino. Que mendigaba en Roma altas protecciones a espaldas del rey. Que anteponía la jornada de Inglaterra a todos los intereses del rey. Que exageraba el mal estado de las cosas de Flandes para sacar auxilios de España y emplearlos en dicha jornada. Que una vez apoderado de Inglaterra, imaginaba invadir la España por Santander, entregando a Escobedo el castillo de Magro, cuya tenencia había solicitado. Que perdida la esperanza de lo de Inglaterra, imaginó penetrar en Francia al frente de los tercios españoles para auxiliar a aquel rey. Que su deseo de volver a España era para obtener allí silla y cortina y apoderarse del gobierno exclusivamente. Que a espaldas del rey, había firmado liga con los príncipes de Guisa con el título de Defensa de las dos coronas, volviendo otra vez a la idea de invadir la Inglaterra.

Todos estos absurdos y descabellados planes no los atribuía Antonio Pérez a Don Juan exclusivamente; como en otro tiempo a Juan de Soto, presentaba ahora a Escobedo como instigador y principal agente, y a Don Juan como príncipe débil que, devorado por la ambición y ciego por su ardiente fantasía, se dejaba arrastrar a aventuras desleales. Por eso Felipe II, y quizá por lo mucho que amaba a Don Juan, o por miedo que le tuviese, no mostró nunca a éste sus recelos ni tomó ninguna medida contra él, y cuidó mucho de ocultarle más adelante sus venganzas, sino que revolvió todas sus iras contra Escobedo, y llegó a mirar al rudo y honrado montañés como un hombre peligroso capaz de cualquier traición y aun de cualquier crimen. No es, pues, extraño que al llegar Escobedo inesperadamente a Madrid en julio de 1577, como en el anterior capítulo dijimos, el sobresalto de Don Felipe fuese grande, y al noticiarle Antonio Pérez su llegada a Santander, escribiese al margen de su carta, según tenía por costumbre: «Menester será prevenirnos bien de todo y daros mucha priesa a despacharle antes que nos mate

Escobedo llegó, en efecto, y llegó furioso con el para él incomprensible abandono de gente y dinero en que quedaba Don Juan en Flandes; furioso con la política de paz de Felipe II, que él se había atrevido a calificar de descosida, escribiendo al mismo rey, y dispuesto, en fin, a reclamar con toda su enérgica rudeza la aceptación de las letras que él había negociado en Bruselas bajo su propia palabra y el pago de los 50.000 escudos de oro prestados a Don Juan por el nuncio del Papa para poder despedir a los tercios de Flandes. Hízolo, en efecto, con frases tan duras y reproches tan amargos, que enviando Felipe II a Pérez una carta de Escobedo, añade al margen: «Para que veáis qué sangrienta viene.» Poco tiempo después, lamentándose de otra carta de Escobedo, le escribe: «Cierto que si me dijera de palabra lo que me escribió, no sé si pudiera contener sin descomponerme como lo hice

Llegó al cabo a la corte la noticia de la retirada de Don Juan al castillo de Namur, y comenzaron a llegar también aquellas desesperadas cartas del atribulado príncipe en que con tan angustiosa urgencia pedía la vuelta de Escobedo. ¡Dinero, dinero y más dinero y Escobedo! —repetía Don Juan en todas sus cartas de esta fecha. Esta ansia de tener al lado a su secretario y la no menor que se observó en éste de marchar cuanto antes a Flandes, despertaron en Don Felipe la sospecha de si tramarían algo para desencadenar en Flandes la guerra en contra de sus órdenes y en favor de sus pretensiones. Atizole Antonio Pérez este nuevo temor, y desde entonces fue Escobedo para Don Felipe un peligro constante, un reo de Estado que no se podía enviar a Flandes por temor de que consumase allí su obra, ni mantener más tiempo en España sin riesgo de despertar las temibles iras de Don Juan de Austria. Trajo esto muchos días a Don Felipe caviloso y perplejo, hasta que al cabo tomó la resolución decisiva que cuenta el mismo Antonio Pérez en una de sus cartas a Gil de Mesa.

Llamole un día Felipe II a su cámara en El Escorial; era esto a deshora, y acudió el secretario presuroso, llevando en una gran bolsa los papeles del despacho. Mas saliole al encuentro el rey en el mismo umbral de la cámara, y llevólo con misterio a una estancia muy lejana y aislada, que era donde se almacenaban entonces los muebles, ornamentos y joyas destinados a aquella casa, todavía no concluida. Mandó el rey a Pérez cerrar la puerta y dejar sobre una mesa la bolsa de papeles. Estaban los muebles amontonados a lo largo de las paredes laterales, dejando como una calle en medio, y por ella comenzó a pasear Don Felipe con las manos a la espalda, pensativo y preocupado. Guardaba Pérez un respetuoso silencio, esperando a que el rey lo rompiese, y rompiólo al fin, parándose ante él y diciendo con gran mesura y muy lentamente:

«—Antonio Pérez, yo he ido considerando muchos ratos, velando y desvelándome, el discurso de las negociaciones de mi hermano, o, mejor decir, de Juan de Escobedo y su predecesor Juan de Soto, y el punto a que han reducido sus trazas, y hallo que es mucho menester tomar resolución presto, o que no seremos a tiempo. No le hallo remedio más conveniente a todo, antes por remedio sólo esto, que quitar de por medio a Juan de Escobedo. Pues del prenderle podía resultar no menos desesperación en mi hermano que de volverle a despachar. Y ansí yo me revuelvo en ello y en no fiar a otro que a vos este hecho por vuestra fidelidad, que tengo bien probada, y por vuestra industria, tan conocida como la fidelidad. Y porque vos, que sois sabidor de todas estas marañas, y a quien debo yo el descubrimiento dellas, seréis la mano del remedio. La brevedad es muy necesaria por las causas que veis

Diole a Antonio Pérez un brinco el corazón, según él mismo asegura, y respondíole el rey con grandes extremos que todo era suyo y no tendría más voluntad ni más movimiento que la mano respecto a su dueño... Mas como en su astuta previsión mirase siempre muy lejos, y viera al punto el riesgo que corría en asunto tan secreto y cómplice tan poderoso, si no tenía él un testigo muy suyo que asegurase los hechos, si alguna vez se descubrían, y repartiese las responsabilidades, si sobrevenía desacuerdo, añadió taimadamente:

«—Pero, señor, permítame vuestra majestad que le hable con la confianza del amor. Yo considero a vuestra majestad como a parte en este caso, aunque su prudencia y entereza le conserven sin enojo en medio de las mayores ofensas. Yo, por lo que puede haber encendido la sangre el trato de tales ofensas a vuestro servicio y corona, tengo también mucho de parte en esto. Será bien meter un tercero al juicio de tal resolución, que para la justificación y para mejor acertamiento del hecho, hará mucho al caso

Viole venir el rey, y replicó, parándose de nuevo:

«—Antonio Pérez, si el proponerme tercero en esto es porque no os queréis aventurar en ello, es uno. Si para consultar la resolución, yo no he menester tercero. Que los reyes en casos tan extremos hacemos como suelen los protomédicos y mayores médicos entre sus inferiores, en los subjetos que tienen a su cargo; que en los graves y urgentes accidentes obran de suyo con execución, aunque en las enfermedades ordinarias sigan y resuelvan con consulta de otros médicos. Demás que en tales materias (creedme lo que os digo, que es de mi profesión) tienen más de peligro que de acertamiento las consultas

A las cuales reales palabras pone Antonio Pérez en su carta a Gil de Mesa el siguiente comentario: «Quando los reyes viejos llegan a declarar tales principios de su arte, o aman mucho (cosa rara) o la necesidad abre la puerta a la confianza (cosa cierta)

Y harto debió de comprender y medir Antonio Pérez la necesidad de Felipe II, cuando se determinó a apretarle en lo de interponer un tercero, y aun se adelantó a proponer a su amigo y paniaguado el marqués de los Vélez, don Pedro Fajardo, que era del Consejo de Estado y mayordomo mayor de la reina Doña Ana. Condescendió al cabo Felipe II, autorizando a Antonio Pérez para llevar la consulta al marqués de los Vélez, y poco tuvo que trabajar el secretario para traer a su opinión al viejo prócer, déspota de suyo, gran capitán, pero letrado nulo, que tenía a Pérez por sapientísimo oráculo, y guardaba a Don Juan de Austria añejos rencores por haberle usurpado, según él decía, el triunfo de los moriscos.

Hablole Pérez, y convinieron ambos personajes en que Escobedo era reo de muerte como perturbador del Estado; que maquinaba levantar la guerra en Flandes; que no era posible prenderle, juzgarle y sentenciarle por la vía ordinaria sin riesgo de despertar las alarmas de Don Juan de Austria en Flandes y promover allí nuevos conflictos; pero que pedía el rey, como árbitro supremo de las vidas de sus súbditos, según la doctrina y la práctica corrientes en aquellos tiempos, juzgarle y sentenciarle en el fuero secreto de su conciencia, sin trámites algunos judiciales, y encargar la ejecución de esta sentencia a alguna persona de su confianza, a quien autorizase con una cédula de su mano, «y que así lo que convenía, y lo que de menos inconveniente sería, era que con algún bocado, o otro medio cualquiera saliese de tal embarazo, y aun esto con el mayor tiento posible de que el señor Don Juan pudiese sospechar que fuese procediente de la verdadera causa y motivo, sino de alguna venganza y ofensa particular

Y entonces fue cuando el marqués de los Vélez, con toda la retumbancia de cosa vacía que le era característica y todo el envidioso encono que guardaba en su pecho, pronunció aquellas palabras tan repetidas por los defensores de Antonio Pérez: «Que con el Sacramento en la boca, si le pidieran parecer cuya vida y persona importara más que quitar por medio, la de Juan de Escobedo o cualquiera otra de las más perjudiciales, votara que la de Juan de Escobedo

De acuerdo, pues, con esta consulta, Felipe II juzgó y condenó a muerte a Escobedo en el fuero de su conciencia, y encargó a Antonio Pérez la ejecución de esta sentencia secreta, autorizándola con una cédula de su mano en que añadía: «Que mientras se pueda excusar que lo que se ha hecho no ha sido con intervención suya, será bien que se excuse

XX

No perdió el tiempo Antonio Pérez, y con el mayor sigilo comenzó al punto a organizar el medio de dar a Escobedo un bocado que le produjese la muerte, y le diese tiempo de confesarse, para que no perdiese también su ánima, según el deseo mostrado por Felipe II. Había entonces en las casas de los grandes —y aunque Antonio Pérez no lo era, como tal vivía— pícaros y rufianes agregados a la servidumbre, que servían en aquellos pocos seguros tiempos como de guardia al señor, así en los casos de ataque como en los de defensa[40]. Antonio Pérez, hombre de tantos negocios y enredos, tenía varios a su servicio, y era el principal de ellos su mayordomo y confidente Diego Martínez, hombre travieso, valiente y sin conciencia. A este, pues, Diego Martínez acudió Antonio Pérez y le confió su intento, pidiéndole un veneno para matar a Escobedo y un agente seguro capaz de administrárselo. Propúsole Martínez a un tal Antonio Enríquez, que estaba allí en la casa de paje de Antonio Pérez, y era hombre resuelto, mañoso y de pasta de asesino. Avistose con él Diego Martínez, y fuele descubriendo poco a poco el asunto con mucha cautela conforme se lo proponía. Preguntole primero si conocía algún bravo capaz de dar una puñalada con mucho provecho y sin ningún peligro, pues se le ofrecía el seguro a las espaldas. Contestó Enríquez que conocía un mozo de mulas capaz de darla de balde y con riesgo si él ponía empeño. Descubriose algo más Martínez, y díjole que se trataba de un personaje importante, y que Antonio Pérez quería su muerte. Contestó Enríquez que para eso se necesitaba ya un hombre de más partes que su mozo de mulas, y no dijo más por aquel día.

Mas al día siguiente, muy de mañana, entró Diego Martínez en el aposento de Enríquez con una ampolla de cristal en la mano, llena, al parecer, de agua clara, y mostrándosela al trasluz le dijo que ya tenía allí el veneno necesario para matar al personaje consabido, que no era otro sino el secretario Juan de Escobedo que Antonio Pérez quería absolutamente su muerte, que habían de darle en un convite que preparaba en La Casilla, y que era decidido el empeño del señor Antonio que él, Enríquez, le administrase el tósigo en aquel banquete con la mucha maña y cautela que poseía y de que Pérez tanto fiaba.

A esto contestó Enríquez bruscamente que si el señor Antonio quería hacerle matar a un hombre, que se lo dijese él mismo, cara a cara y de su propia boca, porque sin que él se lo mandase nunca mataría a nadie. Y así fue, en efecto, porque Antonio Pérez citó una tarde a Enríquez en La Casilla, y, según consta en la declaración del mismo Enríquez, le dijo: «Cómo le importaba que el secretario Escobedo muriese, y que en todo caso estuviese prevenido de dar la bebida el día que fuese el convite, y que para la disposición se viese y comunicase con el dicho Diego Martínez, dándole palabra de ofrecimiento y amistad en todas sus cosas. Y este declarante con esto se fue muy contento y se comunicaba con el dicho Diego Martínez, cada día, sobre la disposición que se había de dar.»

Y la disposición que se dieron para dar el golpe fue la siguiente: Estaban los comedores de La Casilla, como ya dijimos al describir la famosa casa de campo, en la planta baja, entrando a mano derecha, y lo primero que se encontraba era una sala cuadrada en que había dos aparadores, uno para la plata y otro para las tazas en que, según moda de entonces, habían de servirse las bebidas. Seguía luego una cuadra como de paso, con muy ricos cueros de Córdoba, y por ella se entraba en la sala en que estaban las mesas de comer. Convínose, pues, en que Antonio Enríquez se comisionaría de servir el vino a Escobedo siempre que lo pidiese. Diego Martínez había de apostarse con disimulo en la cuadra de paso con el agua venenosa preparada, y al cruzar por allí Enríquez llevando la taza de Escobedo llena, echaría Martínez en ella, con presteza y disimulo, una cantidad de veneno equivalente a lo que pudiera caber en una cáscara de nuez, que era la dosis señalada.

Así sucedió, en efecto, y por dos veces tuvo ocasión Antonio Enríquez, el día del convite, de suministrar a Juan de Escobedo el venenoso brebaje. Ocho fueron los convidados aquel día, todos personajes graves y de importancia, y algunos con cargos del rey. Sentado Antonio Pérez junto a Escobedo, vigilaba las entradas y salidas del paje Enríquez, las veces que servía de beber a la confiada víctima y hasta los tragos de vino que ésta bebía... Mas aquel hombre de empedernidas entrañas no observaba estas siniestras señales con el inquieto y natural azoramiento del crimen, ni con el remordimiento anticipado del hombre que viera afilar el puñal que ha de hundirse en el pecho de un amigo, sino sereno, al parecer, impasible, riendo y bromeando con su víctima, y manteniendo la animación entre sus comensales con aquel agrado, aquel gracejo y aquella elocuente jovialidad que hacían tan atractivo y simpático al malvado secretario. Terminó al fin aquel horrible banquete, y, levantadas las mesas, pusiéronse todos a jugar menos Escobedo, que, alegando urgentes ocupaciones, tomó al punto la vuelta de Madrid. Iba caballero en su mula, sin más escolta que un mozo de a pie, y tan encorvado sobre el cuello del animal, que parecía hombre hondamente preocupado o gravemente enfermo. Creyó Antonio Pérez que el veneno surtía ya efecto, y lleno de impaciencia, dice en su declaración Antonio Enríquez, «salió con excusa de mear y se metió con este declarante y su mayordomo en un aposento de los del patio, donde le enseñaron la cantidad de agua que le habían dado a beber al dicho secretario Escobedo; y con esto se volvió a jugar».

Al otro día de mañana fuese el Diego Martínez a hacer la ronda como al acaso por el callejón de Santa María, que era donde vivía Escobedo, en unas casas que compró al príncipe de Éboli, próximas a las suyas, que llamaban de los leones, por dos que tenía en la puerta. Esperaba el mayordomo que alguna señal de alarma o movimiento inusitado en la casa revelaría el peligro de muerte, por lo menos, en que a su cuenta debía estar Escobedo a aquellas horas. Reinaba, sin embargo, en la calle y en la casa la tranquilidad más completa; en el ancho y oscuro zaguán empedrado limpiaba tranquilamente un mozo de mulas la de Escobedo; una doméstica tendía ropa blanca de niño en una ventana; en el recodo que formaba la angosta calleja tres jayanes introducían con harto trabajo por la estrecha reja de la bodega dos grandes barricas. Acercose disimuladamente el espía, y vio con sorpresa y espanto en el fondo de la bodega al propio Escobedo en jubón y gregüescos y a su hijo Pedro dirigiendo con sus órdenes y sus esfuerzos mismos la difícil entrada de las barricas... Indudable era que el veneno no había hecho ningún efecto, bien por demasiada robustez del paciente, bien por debilidad en las dosis administradas.

Contrarió mucho a Pérez el fracaso de esta su primera intentona, pero no le desanimó en lo más mínimo, porque los hombres de su temple, fríos, arteros y malvados, jamás se desalientan; lejos de eso, imaginó al punto otra nueva emboscada a que atraer a su víctima; fue ella un segundo convite, celebrado esta vez en su casa de Madrid, que era la del conde de Puñonrostro, a espaldas de San Justo. Hallábase amueblada aquella histórica casa con un lujo y magnificencia muy superior al tan ponderado de La Casilla, y las fiestas que en ella se daban tenían un sello de seriedad y cortesanía muy distinto de las francachelas campestres y divertidas cenas que se celebraban en ésta. Prestábales este carácter doña Juana de Coello, mujer de Antonio Pérez, que las presidía siempre, señora de altas prendas, cuyo heroico amor conyugal ha pasado a la Historia. En este convite, en que se atentó por segunda vez a la vida de Escobedo, presidía la mesa doña Juana, y, además de Antonio Pérez y el perseguido Escobedo, sentábanse a ella cinco convidados, de los cuales dos eran religiosos.

En la declaración del paje Antonio Enríquez consta el modo cómo se llevó a cabo esta vez el envenenamiento. Cuenta dicho paje que aquel día sirvieron a la mesa unas escudillas que no recuerda si eran de nata o de leche; había una escudilla para cada convidado y hallábanse puestas en fila en un aparador grande antes de servirlas. Llegó allí Diego Martínez, y apartando una escudilla, echole unos polvos blancos como de harina; diosela a Enríquez diciendo que la sirviera a Escobedo, pues en ella estaba el tósigo, y para que no se confundiese con las otras, hízole tenerla en la mano hasta que vinieran los demás pajes del servicio a recoger las restantes. Entraron todos juntos en el comedor para servir las escudillas, y Enríquez puso la suya envenenada ante el secretario Escobedo. Antonio Pérez, que sabía dónde estaba el tósigo, no lo perdía de vista. Además de esto, cuenta Antonio Enríquez que él mismo sirvió a Escobedo varias veces en aquel convite vino mezclado con el agua venenosa empleada anteriormente.

Los efectos del veneno no tardaron en presentarse esta vez violentos y terribles; aquella misma noche fue presa Escobedo de agudos dolores en los intestinos, vómitos y fiebre pútrida, que le tuvo por muchos días entre la vida y la muerte. Salváronle los médicos sin sospechar siquiera los síntomas de envenenamiento, y Escobedo entró al fin en el período de franca, aunque lenta, convalecencia. Seguía Antonio Pérez ansiosamente los síntomas todos de la enfermedad, y al ver que se le escapaba de nuevo la ya herida presa, lanzó otra vez su jauría de perros rabiosos contra el infeliz sentenciado, para que dentro de su mismo honrado hogar se consumase el crimen.

Había entonces en las cocinas del rey un pinche, pícaro, como a la sazón les decían, que se llamaba Juan Rubio; era hijo del administrador de los Estados del príncipe de Mélito, padre de la de Éboli, y por haber dado muerte a un clérigo en Cuenca, habíase huido a Madrid y refugiádose en las cocinas del rey, donde con el disfraz de pícaro vivía desconocido. Era el Juan Rubio amigo del cocinero de Escobedo, por verle todos los días en el mercado, y éralo también de Antonio Enríquez por esos misteriosos empalmes que unen siempre a los malvados. Averiguó, pues, Enríquez, por estos sencillos medios, lo que sucedía en la cocina de Escobedo, y supo que durante la convalecencia de éste preparaban para él una olla aparte; pero por un capricho de enfermo engolosinado con ciertos gustos, no aderezaba esta olla el cocinero, sino una esclava vieja que en la casa había, gran guisandera en jigotes y manjares gruesos.

Aprovechó Antonio Pérez todas estas circunstancias y mandó a sus secuaces dar un tercer golpe que arrancase al fin aquella arraigada vida que tan tenazmente se defendía. Habló, pues, Antonio Enríquez al pícaro Juan Rubio, y con promesas halagüeñas basadas en el crédito de Antonio Pérez, decidiole a penetrar con cualquier pretexto en la cocina de Escobedo y echar un tósigo en la olla que de diario le preparaban; diole Enríquez el veneno, que era distinto del anterior, y consistía en unos polvos blancos. No era tan fácil la empresa como a primera vista pareció a los dos rufianes, porque la esclava no desamparaba el fogón mientras se cocía la olla, y el cocinero tampoco se alejaba mucho de sus hornillas. Por tres veces se introdujo Juan Rubio en la cocina inútilmente, mas a la cuarta consiguió al fin su propósito; acechó un día muy de mañana la salida del cocinero, y entró entonces con pretexto de entregarle unos gazapitos vivos de El Pardo. Estaba la esclava junto al fogón, donde acababa de poner la olla; diole Juan Rubio los gazapitos, y como estaban vivos y se rebullían para escapar, fuelos a encerrar la pobre vieja en una especie de jaula que en un corralillo próximo había... Entonces levantó Juan Rubio prontamente la tapa del puchero, y echó dentro como un dedal de polvos blancos, que era la cantidad marcada por Enríquez.

A las once sirvieron la comida a Escobedo, su mujer y su hijo Pedro, que amorosamente le cuidaban; mas al primer bocado que gustó el secretario, arrojó lejos de sí la escudilla, quejándose de saber aquello a hiel de retama. El veneno, descompuesto, sin duda por la acción del fuego, había comunicado al guiso su amargor insoportable, con que no contaban los envenenadores. Extrañáronse todos; hiciéronse pesquisas, y como registrasen cuidadosamente la olla, encontraron en el fondo señales evidentes del veneno.

Recayeron al punto las sospechas sobre la infeliz esclava, que en vano protestó de su inocencia. Fue presa y cargada de cadenas, y, puesta en el tormento la desdichada anciana, confesó en su debilidad el crimen que no había cometido. Retractó después enérgicamente esta confesión arrancada entre dolores; pero ya era tarde, y condenada a la pena de horca, diéronla muerte a los pocos días en la plaza pública.

XXI

Mas sucedió que en aquellos mismos días en que tan milagrosamente escapaba Escobedo de las tres tentativas de envenenamiento, llegó a Madrid una noticia temida siempre, y a cada momento esperada, que vino a cambiar por completo la política y los planes de Felipe II... La guerra había estallado en Flandes más cruel y encarnizada que nunca, provocada por los mismos rebeldes, y Don Juan de Austria, recibiendo materialmente de limosna un puñado de dinero para acallar sus escasas tropas tudescas, y uniendo a éstas algunos soldados españoles de los retirados en Francia, que espontáneamente volaron en su ayuda al saberle en tanto peligro, recogía gloriosamente en Gembloux el guante que le arrojaban los rebeldes, alcanzando sobre ellos aquella maravillosa victoria que tan de relieve puso su valor personal, su pericia de caudillo, su profética sagacidad política y su profunda fe de cristiano. Con esta señal vencí a los turcos; con esta señal venceré a los herejes —había puesto en torno de la cruz que campeaba en su estandarte; y al describir a sus amigos don Rodrigo de Mendoza y el conde de Orgaz la estupenda nueva de que sus pérdidas en la batalla no ascendían sino a cuatro muertos y quince heridos, pasando las del enemigo de cinco mil, añadía humildemente: «Hízolo Dios, y suya sola fue la jornada, en tiempo que, a no hacerse, a estas oras muriéramos de ambre embueltos en otros cien mil peligros

Estas nuevas trajo a Felipe el barón de Villy, a quien Don Juan de Austria despachó con este objeto después de la batalla, que fue el 31 de enero de 1578. Informole también el prócer flamenco del estado de horribles turbulencias en que se hallaban aquellas provincias, todas en completa rebeldía, sin que se respetase en ellas la religión, ni se obedeciese al rey, ni se acatasen para nada los fueros de los católicos. Las plazas fuertes, en abierta sedición, daban sus tropas. Las ciudades, las villas y hasta las más miserables aldeas armaban sus milicias, y todos se unían y combinaban para perseguir a Don Juan, desprovisto de todo auxilio, rodearle, estrecharle, destrozarle y hundir con el esforzado caudillo el odiado yugo castellano. La victoria de Gembloux, alcanzada por Don Juan, hízoles retroceder y ensanchar el círculo, como cobardes lebreles que vieran al león que creían extenuado, levantarse de repente con la melena erizada y extendida la garra. Muchos no pararon hasta Bruselas, y de allí mismo huyeron algunos a refugiarse en Amberes, no creyéndose seguros. Mas una vez recobrados de su susto y sorpresa y cerciorados de que el valor era lo único que abundaba en el campo de Don Juan, volvía a reunirse y a estrechar de nuevo el círculo, avanzando lentamente y con gran cautela, hasta que al cabo caerían sobre Don Juan de Austria y le aniquilarían bajo el peso de su número si no se le prestaba el urgente auxilio que pedía en sus cartas. En estas cartas, que el mismo barón de Villy entregó a Felipe II, hacía Don Juan una viva pintura de su situación, y pedía, con mayor urgencia que nunca, gente y dineros en abundancia; pedía también que le despachase a su secretario Escobedo, y con la mayor buena fe y la más absoluta ignorancia de lo que a éste acontecía, recomendábale calurosamente a su hermano Don Felipe para ciertas mercedes, que, según Don Juan atestiguaba, tenía muy bien merecidas.

Todo este conjunto de hechos y de circunstancias trajo a Felipe II el conocimiento de dos cosas distintas que tenían entre si conexión íntima; una, que ya era tiempo de abandonar en Flandes su decantada política de paz y refugiarse, si era sazón todavía, en la de fuerza que desde tantos meses antes su hermano te recomendaba. Otra, de que, una vez desencadenada la guerra en Flandes por los mismos rebeldes, cesaba por completo el peligro de que Escobedo la encendiese, y, por consiguiente, la razón de Estado que le había hecho condenarle a muerte... Duro era para Don Felipe reducir a la práctica aquel convencimiento íntimo de ambas cosas; porque para lo primero tenía que retractar una opinión propia por largo tiempo y con gran tesón sostenida; y para lo segundo tenía que ahogar los rencores, las antipatías, y las vengancillas de amor propio, que unidas a lo que Don Felipe conceptuaba errónea, pero sinceramente razón de Estado, había influido indudablemente en su ánimo al dictar la sentencia de muerte de Escobedo. Mas la poderosa voluntad del rey Prudente supo ahogar vanidades propias y disimular por lo menos rencores y antipatías y entrar por el nuevo camino franca y decididamente.

Escribió, pues, a Don Juan de Austria con el barón de Villy «que si antes había andado remiso en hacer la guerra a los rebeldes por darles tiempo para reducirse, ya que su clemencia no había servido sino para que le ofendiesen más, quería sostener su autoridad con las armas, y para que pudiera hacerlo en su nombre le enviaba novecientos mil escudos; ofreciendo proveerle en adelante de doscientos mil cada mes, con los cuales había de sustentar un ejército de 30.000 infantes y 6.500 caballos, sin perjuicio de concederle cuanto él creyese conveniente». Enviábale además otro nuevo edicto, que le mandaba publicar, en que, después de enumerar las ofensas que a Dios y a su autoridad habían hecho los rebeldes, ordenaba que obedeciesen todos a Don Juan de Austria como lugarteniente suyo; que los diputados cesasen en sus juntas y se volviesen a sus provincias, hasta que fuesen legítimamente convocados; anulaba todo lo decretado por ellos; prohibía a los del Consejo de Estado y Hacienda usar de sus oficios mientras no obedeciesen a su gobernador general, y mandaba restituyesen todo lo usurpado al real patrimonio. Al mismo tiempo daba orden de marchar al campo de Don Juan, donde estaba ya Alejandro Farnesio con parte de los tercios españoles, al maestre de Campo don Lope de Figueroa con cuatro mil veteranos que allí quedaban; al duque de Fernandina y a don Alfonso de Leiva con varias compañías de españoles, y a Gabrio Cervelloni, ya rescatado por el Papa del poder turco, con dos mil italianos que había levantado en Milán.

Dispuesto así todo lo concerniente a la guerra, escribiole con respecto a Escobedo, el 8 de marzo de 1578, estas terminantes palabras: «A el secretario Escobedo tendré cuidado de mandar despachar con brevedad, y en lo demás que me escribís por él, así por esto como por lo que él meresce, terné la cuenta que es razón en sus particulares.» Esta importantísima carta que se conserva en el archivo de Simancas (Est. Flandes, leg. 575), prueba que en aquella fecha del 8 de marzo había ya Felipe II retractado la muerte de Escobedo, y había también ordenado a Antonio Pérez abreviar su despacho para Flandes, puesto que el 12 del mismo mes escribe a éste respondiendo al margen de una carta suya: «... y vuelvos a recordar lo que os escrebí de abreviar con el Verdinegro (Escobedo), que sabe mucho y no se entenderá

Y, sin embargo, veintidós días después, el 31 de marzo, que era aquel año lunes de Pascua de Resurrección, apareció Juan de Escobedo alevosamente muerto en el callejón de Santa María; halláronle atravesado en la calle entre la pared lateral de la iglesia y la casa de la princesa de Éboli; tenía una estocada por la espalda y hallábase el cadáver boca abajo, envuelto todavía en su capa, que el rabioso empuje del asesino no le dio tiempo, sin duda, de desembozar...

¿Qué había sucedido en tan breve espacio de tiempo? ¿Había quizá Felipe II confirmado de nuevo la muerte de Escobedo, o se había interpuesto una mano aleve ejecutando la retractada sentencia contra la voluntad del monarca?... Acaeció, en efecto, en estos días un suceso que da la clave del misterio; figura este hecho con toda su crudeza en el proceso formado a Antonio Pérez once años después, y fue depuesto por Andrés de Morgado, hermano de Rodrigo de Morgado, caballerizo y confidente íntimo e intermediario entre la princesa de Éboli y Antonio Pérez. En la carta de éste a Felipe II del 12 de marzo que acabamos de citar, consta que en esta fecha se hallaba Escobedo todavía convaleciente. «Aquel hombre Verdinegro —dice— dura en su flaqueza y nunca acabará de lebantarse.» Levantose pronto, sin embargo, a pesar de este buen deseo de Antonio Pérez, y algunos días después, ya casi en los postreros de marzo, estuvo a visitar a la princesa de Éboli, según la declaración de Morgado; quizá iba a despedirse de ella antes de marchar a Flandes; quizá a darle gracias por las pérfidas atenciones que tanto la princesa como Antonio Pérez habían tenido con él durante su enfermedad y convalecencia. Los pormenores de esta funesta visita, que cuenta en su declaración Andrés Morgado, no son para escritos; baste decir que Escobedo sorprendió a la princesa y a Antonio Pérez en circunstancias tan indecorosas y significativas que, ciego de cólera y herido en lo más vivo su amor y su respeto a la memoria de Ruy Gómez, prorrumpió en furiosas invectivas contra aquellos dos miserables, y les amenazó con descubrir todo aquello al rey... Avergonzado Pérez, deslizose del aposento sin decir palabra; mas la princesa, irritada su soberbia de gran señora y contrariada su pasión de mala hembra sin decoro, hizo frente a Escobedo y contestole cínicas frases injuriosas para el rey, que podrán figurar en un proceso donde toda indecencia tiene natural y necesaria cabida, pero que no pueden leerse fuera de allí sin que suba a la frente el carmín de la vergüenza.

Asustada la princesa misma de sus bravatas, buscó aquella noche a Antonio Pérez, a deshora, en su casa, adonde fue a escondidas con una dueña y dos de sus bravos que la escoltaban, y a solas ambos culpables, temerosos y aterrados de que Escobedo cumpliera sus amenazas, decidieron y concertaron deshacerse de él antes de que pudiese llevarlas a cabo. Entonces descubrió Antonio Pérez a la princesa la cédula firmada por Felipe II en que le autorizaba para matar a Escobedo, y resolvieron ambos utilizar aquel seguro dado por razón de Estado y retractado después, para encubrir y asegurar el secreto de sus impúdicos amores.

Veamos ahora cómo llevaron a efecto el crimen.

XXII

Desconfiaba ya Antonio Pérez, después de la segunda tentativa de envenenamiento, de poder acabar con Escobedo por medio del veneno, y en su horrible previsión encargó asesinos que le matasen a estocadas o a tiros si la tercera intentona que proyectaba saliese también fallida. Encargáronse de ello los dos cómplices del crimen desde el primer momento, Diego Martínez el mayordomo y el paje Antonio Enríquez. Hizo el primero venir de Aragón dos hombres desalmados, de toda su confianza, duchos en esta clase de aventuras; era uno Juan de Mesa, que tanto figuró como amigo de Antonio Pérez cuando la fuga de éste a Aragón; era el otro un tal Insausti, verdadero tipo del bravo de Italia, tan en boga en aquella época, con su aire provocativo, su formidable tizona y sus tufos de largas greñas en las orejas y en la coronilla que se dejaban caer sobre el rostro a modo de antifaz, para no ser conocidos en sus fechorías. Antonio Enríquez, por su parte, reclutó, desde luego, en Madrid, al mismo pícaro de la cocina del rey, Juan Rubio, que era ya cómplice en el asunto, y entró en tratos con un medio hermano suyo llamado Miguel Bosque, que estaba en tierra de Murcia; fuese allá a buscarle el Enríquez y decidiole al fin mediante la promesa de cien escudos de oro y la protección y seguro de Antonio Pérez; llegaron a Madrid los dos hermanos justamente el mismo día que ahorcaban en la plaza pública a la inocente esclava de Escobedo.

Una vez todos en la corte, ocultáronse en sus respectivas madrigueras, como reptiles que temen la luz del sol, esperando llegase el momento del crimen. Era entonces cuando Escobedo, convaleciente todavía del tercer envenenamiento que se intentó en su propia casa, no salía aún a la calle. Mas de allí a muy poco citó con mucha prisa Diego Martínez a su gavilla fuera de Madrid, en un tejar solitario que a una media legua de la puerta de Guadalajara había. Díjoles que el señor Antonio había marchado a Alcalá para pasar allí la Semana Santa y dejado orden de acabar con Escobedo antes de su vuelta y de la del rey de El Escorial, que coincidirían ambas. Urgía, pues, el tiempo, y apresurose Diego Martínez a trazar el plan de campaña; decidiose que fuese Insausti el encargado de dar el golpe, por ser el más famoso puño para estocadas que en Aragón había, y diole al propósito Diego Martínez una muy buena tizona de hoja larga y acanalada hasta la punta. A los demás repartioles dagas, y pistoletes a los que nos los tenían, que los más de ellos llevábanlos, como los malhechores de aquel tiempo, ocultos en los gregüescos. Convinieron también en que desde aquella misma tarde se reunirían todos en la plazuela de Santiago, como centro de operaciones, y dividiríanse allí en dos grupos distintos: uno, compuesto de Insausti, Miguel Bosque y el pinche Juan Rubio, iría a acechar las entradas y salidas de Escobedo en el callejón de Santa María, donde estaba su casa, y aprovecharía la primera ocasión oportuna para darle una estocada; los otros tres, Juan de Mesa, Antonio Enríquez y Diego Martínez, les seguirían desde lejos, dispuestos a prestarles auxilio, si era necesario, y a proteger su huida en todo caso.

En aquel apartado rincón que aun en el día de hoy se levanta frente al palacio real, solitario y silencioso como un islote perdido en el alborotado mar del Madrid moderno, vivían entonces nobles hidalgos, personajes de la corte, grandes y caballeros, que en ella tenían cargos, y refluía allí, por tanto, la vida de entonces por sus estrechas y empinadas callejas. No es, pues, extraño que en los varios días que duró aquel espionaje, nadie fijara la atención en aquellos pájaros siniestros que rondaban de continuo el callejón de Santa María. El 31 de marzo, que era el año de 78 lunes de Pascua, presentose al fin la ocasión tan buscada. Al anochecer bajaba Escobedo por la calle Mayor hacia la puerta de la Vega, con dirección a su casa; venía solo, como era su costumbre, sin acompañamiento de criados ni pajes. Conocíase en su paso lento e inseguro que le aquejaba aún la flaqueza de la enfermedad, y resguardábase del aire, frío aquella tarde, con el embozo de su capa negra. Detrás de él, pero a muy considerable distancia, venían los tres asesinos, Insausti, Miguel Bosque y Juan Rubio, embozados también en sus capas, andando como al descuido, pero sin perder un solo movimiento de su ansiada víctima. Al llegar Escobedo al callejón de Santa María[41] se detuvo un instante, como para tomar alientos, y luego comenzó a subir la empinada cuesta con dirección a su casa; detuviéronse también los asesinos, y después de rapidísimo diálogo, dividiéronse precipitadamente. Juan Rubio, el pinche, siguió con disimulo hasta la esquina del callejón formado entonces por la gran casa de los Cuevas[42], y allí se detuvo como para cortar a Escobedo la retirada. Insausti y Miguel Bosque subieron muy de prisa por la que es hoy la calle del Factor y forma la otra esquina de la casa de los Cuevas, para entrar en el callejón de Santa María por el otro extremo y coger a Escobedo frente a frente. Embarazaban la marcha de éste, además de su flaqueza, las tinieblas de la noche, que rápidamente invadían el lóbrego callejón, y las desigualdades del piso, que, como el de todas las calles de la época, hallábase sembrado de pedruscos y hondos desniveles producidos por el arrastre de las aguas; caminaba, pues, el desdichado secretario muy despacio, arrimado siempre a la pared de Santa María, y dio tiempo sobrado a los asesinos para que diesen la vuelta y se cruzasen con él ante la casa de la princesa de Éboli, que estaba pegada a la de los Cuevas por la espalda. Iba Insausti con la espada desenvainada bajo la capa y un pistolete montado en la mano izquierda; Miguel Bosque llevaba preparada la daga y otro pistolete. Cruzáronse con Escobedo rozándole casi y sin que éste fijase la atención en ellos, creyéndoles pacíficos transeúntes. Mas de repente, volviéndose Insausti rápida y calladamente, tirose a él a fondo con rabioso empuje y le atravesó de parte a parte por la espalda de una formidable estocada. Cayó Escobedo de bruces, sin dar un grito, sin lanzar un ¡ay!, dejando escapar tan sólo un sordo bramido. Los asesinos se inclinaron sobre él un momento por si era preciso rematarle, y huyeron luego desaforadamente: Miguel Bosque, callejón arriba, para salir a la plaza del Alcázar; Insausti, por la calle Mayor, arrastrando en su fuga a Juan Rubio y a Diego Martínez, que muy a lo lejos venían.

Completa Antonio Enríquez esta declaración diciendo: «El lunes de Pascua, 31 de marzo, que fue cuando se hizo la muerte, llegamos Juan de Mesa y yo más tarde que de costumbre a la plazuela de Santiago, de modo que ya habían marchado los otros a acechar el paso del secretario Escobedo. Juan de Mesa y yo nos pusimos a rondar por los alrededores, allí nos llegó el rumor de que habían matado a Escobedo. Entonces nos fuimos de huida a nuestras casas, y al entrar en la mía encontré allí a Miguel Bosque en jubón, porque al correr había perdido la capa y el pistolete, y Juan de Mesa encontró a su puerta a Insausti sin capa también, porque la perdió en la huida, y le metió adentro a escondidas, y juntos echaron en un pozo que en el corral de la casa había el estoque con que había matado a Escobedo, que era largo, con canal hasta la punta. Y aquella misma noche fue Juan Rubio a Alcalá en una mula que le dio el clérigo Fernando de Escobar[43] a dar cuenta a Antonio Pérez de cómo estaba ya hecho, y él le preguntó si habían preso alguno, y habiendo sabido que no, se holgó mucho

El asesinato de un personaje tan visible como Escobedo en mitad de las calles de Madrid conmovió a todo el vecindario y puso en movimiento a cuantos alcaldes—alguaciles había en la corte. Al día siguiente, que era 1 de abril, prendieron a todos los que intentaban salir fuera de puertas, y el día 2 obligaron a los posaderos y hosteleros a dar una lista detallada de todos sus huéspedes. Antonio Pérez mandó a los asesinos estarse quedos en sus escondites y no bullir mientras durase aquel primer furor de pesquisas, y no encontraba él medio seguro de ponerles a salvo. Logrolo al fin, después de muchos días de intranquila espera, y el 19 de abril salieron todos de la corte después de ser largamente recompensados. Miguel Bosque recibió de manos del clérigo Escobar cien escudos de oro, y se volvió a su tierra. Juan de Mesa volviose también a Aragón, llevando una cadena de oro, cincuenta doblones de a ocho, una taza de plata muy buena y un nombramiento de administrador de los bienes de la princesa de Éboli que le dio ella misma. A Insausti, Juan Rubio y Antonio Enríquez envió Antonio Pérez con Diego Martínez un nombramiento de alférez a cada uno con veinte escudos de oro de sueldo, y partieron sin demora para sus respectivos puestos: Juan de Rubio, en Milán; Antonio Enríquez, en Nápoles, e Insausti, en Sicilia, donde murió a poco (61).

XXIII

Mientras tanto, no perdía el tiempo Don Juan de Austria, y, reanimado con los primeros socorros que envió Felipe II, trató de sacar los mayores frutos posibles a la victoria de Gembloux. Habíanse replegado los rebeldes después de su derrota hacia Bruselas, temerosos de que Don Juan dirigiese allí su rumbo, y dejándoles él en esta creencia, prosiguió su plan de campaña con admirable estrategia, apoderándose en poco más de un mes de Lovaina, Boubignes, Tillemont, Sichem, Diest, Nivelles y Philippeville... Allí se detuvo extenuado por aquel rudo trabajo, en el que le cabían a él las hondas preocupaciones del general y las duras faenas del soldado, y allí también vino a alcanzarle la noticia de la muerte de Escobedo. Éste fue para Don Juan el golpe de gracia, no consta cuándo ni por quién llegó a su conocimiento; pero mucha priesa debieron darse al comunicarle la fatal nueva, cuando el 20 de abril escribía ya a Felipe II esta hermosa carta, fiel trasunto de su noble, generosa y cristiana alma:

«Señor: Con mayor lástima de la que sabría encarecer, he entendido la infelice muerte del secretario Escobedo, de que no me puedo consolar ni consolaré nunca, pues ha perdido vuestra majestad en él un criado tal como yo sé, y yo el que vuestra majestad sabe; y aunque es esto de sentir tanto como yo lo hago, siento sobre todo que al cabo de tantos años y servicios haya acabado de muerte tan indigna a él, causada por servir a su rey con tanta verdad y amor, sin otro ningún respeto ni invención de las que usan ahora. Y si bien es la cosa más vedada parecer que se juzga de nadie temerariamente, no pienso incurrir en este pecado en este caso, que yo no señalo parte; mas tengo por sin duda lo que digo, y como hombre a quien tanta ocasión se ha dado y que conocía la libertad con que España trataba el servicio de vuestra majestad, témome de dónde le pueda haber venido. Al fin, yo no lo sé cierto, ni no sabiéndolo lo diré, sino que por amor de Nuestro Señor suplico a vuestra majestad con cuanto encarecimiento puedo, que no permita le sea fecha tal ofensa en su corte, ni que la reciba ya tan grande como la que también se me hace a mí, sin que se hagan todas las posibles diligencias para saber de dónde viene y para castigarlo con el rigor que merece.Y aunque creo que vuestra majestad lo habrá ya hecho muy cumplidamente, y que habrá cumplido con el ser de príncipe tan cristiano y justiciero, quiero así mesmo suplicarle que como caballero vuelva y consienta volver por la honra de quien tan de veras la merecía como Escobedo; y así, pues, le quede yo tan obligado, que con justa razón pueda imaginarme haber sido causa de su muerte por las que vuestra majestad mejor que otro sabe. Tenga por bien, suplícoselo, que no sólo acuerde y solicite, como lo haré con todos los correos, quanto toca al difunto hasta que le sea hecha entera justicia y remuneración de sus servicios, sino que pase adelante en lo demás con que debo cumplir como caballero.

Todo esto torno a suplicar a vuestra majestad de nuevo quan humilde y encarecidamente puedo y que sirva de mandarme responder a todos estos particulares, porque confieso a vuestra majestad que ninguno pudiera sobrevenir ahora que tanto me inquiete el espíritu hasta cumplimiento de todos los que tocan al muerto, como su muerte.

Yo no sé aún cómo han quedado sus cosas, y así no puedo tratar de ninguna en particular; mas suplico a vuestra majestad que acordándosele del intento que Escobedo llevaba, que era el del honor, y la limpieza con que siempre le sirvió, y del poder cómodo que deja en su casa, haga toda la merced que merecen a los que quedan en ella, y principalmente al hijo mayor, de los oficios y beneficios que el padre tenía, que don Pedro de Escobedo los merece y que es subjeto para ir mereciendo cada día más, si es empleado y favorecido, vuestra majestad mesmo lo sabe mejor que nadie. Y porque pienso que, según lo que era fuerza gastar y lo poco que tenía, habrá dejado algunas deudas que podrían dar pena a su alma, y acá a sus hijos y mujer, suplicaré también a vuestra majestad les mande hacer merced con que las puedan pagar. Aunque principalmente le suplico cuanto puedo que, como a padre que he quedado del dicho hijo mayor, me haga a mí esta tan señalada merced de darle en todo, todo lo que su padre gozaba, porque cuanto a las deudas, yo me acomodaré fácilmente a quitar lo más del comer y vestir y de lo que tuviere menester forzosamente por pagarlas, que es lo menos que puedo hacer por descanso de quien trabajó hasta morir, como murió, por descansarme a mí, y hacerme acertar el servicio de vuestra majestad en cuanto pasaba por sus manos, que era y será cuanto he pretendido y pretenderé toda mi vida.

Vea vuestra majestad si estas obligaciones merecen que se usen destos oficios y si quedo con razón confiado de que ha de hacer la merced que pido en todo lo que le suplico y suplicaré continuamente hasta alcanzar la justicia y gracia que le estarán pidiendo la sangre y los servicios del muerto

Poco después, estando ya en Namur, escribe el 3 de mayo a su amigo don Rodrigo de Mendoza:

«... de lo poco que diré en ésta, será lo primero lo mucho que siento la infelice muerte de Escobedo y quánto más sentiría que no se averiguase de dónde ha salido tanta maldad, porque cierto, de más que era el que había menester el servicio de su majestad para lo que manejaba, le debía yo infinito, y he perdido en esta ocasión un gran descanso, y aun creo que más adelante. Téngale Dios en el cielo y a mí me descubra quién lo mató

Más adelante, el 7 de junio, escribe a Juan Andrea Doria:

«De la infelice muerte de nuestro Escobedo, estoy que no sé qué decir, mayormente desde tan lexos, que de cerca aun algo dixera, aunque, a mi juicio, caso es que pide más presto obra que palabras; pero atapan la boca y ligan las manos tantas sospechas y ninguna certeza, sobre lo cual no se puede de presente más que estar a ver y sentir lo que se debe a un caso y a un criado, tal qual se ha visto en esta muerte de Escobedo

Estos son los únicos documentos de Don Juan de Austria que han llegado hasta nosotros sobre la muerte de Escobedo; más a pesar de que de ninguna de estas cartas se desprende claramente que hubiese calado Don Juan todo el abismo de iniquidad que tras el alevoso crimen se ocultaba, no es posible creer lo contrario. La opinión señaló desde el primer momento en Madrid como autores del asesinato a Antonio Pérez y a la princesa de Éboli, y aun se dijo, aproximándose algo a la verdad, una cosa muy de tener en cuenta, de que se hacen eco los historiadores más próximos al suceso, Van der Hammen y Cabrera de Córdoba: «que para autorizar el asesinato dio Antonio Pérez a los asesinos una cédula con firma del rey de las que se dan a los embajadores y virreyes en blanco para la brevedad de algún negocio». Estos rumores corrían también fuera de España, como prueba el famoso proceso. «Dijo Antonio Enríquez que en Italia y en Flandes se decía públicamente que la causa porque había hecho matar Antonio Pérez a Escobedo era por causa de la princesa de Éboli

Imposible era que estos rumores no llegasen a oídos de Don Juan, e imposible también que su mucha perspicacia no atase estos cabos y comprobase su verdad con las noticias ciertas de aquellos culpables amores que tenía él de antiguo. Un hecho patente prueba que si Don Juan no tenía la certeza absoluta, tenía, al menos, la vehementísima sospecha de que era Antonio Pérez el asesino de Escobedo; desde esta fecha rómpese bruscamente la íntima correspondencia que sostenía Don Juan con el fementido secretario, y a las melosas y aduladoras cartas de éste sólo responde Don Juan raros despachos secos y oficiales, como no podía menos de existir entre el gobernador general de Flandes y el secretario de las cosas de este país, que lo era Antonio Pérez.

Es más: a nuestro juicio, debió entonces conocer Don Juan, a lo menos en parte, las traiciones que Pérez le había levantado y la ruina total de su crédito que estos manejos habían producido en el ánimo de Don Felipe; y de aquí el desaliento profundo, la negra pasión de ánimo y el presentimiento de su muerte que invadieron entonces al vencedor de Lepanto y no le abandonaron ya en los pocos meses que le restaban de vida... Todo lo sintió desde entonces amargado por la hiel del desengaño, todo lo vio sombreado por la proximidad de la muerte, que por tantos caminos y en tan diversas formas le amenazaba; todo, en fin, se arruinó en aquella grande alma desolada y triste, menos su fe religiosa y su lealtad caballeresca, como sólo queda en pie en una ciudad arrasada por un terremoto lo más fuerte, lo más firme, lo que tiene más arraigo y más cimiento: el templo con sus cruces y el castillo con sus almenas.

XXIV

Tratan algunos de quimérico el plan de invadir la Inglaterra que proyectaron siempre los dos Pontífices San Pío V y Gregorio XIII, y de iluso y soñador a Don Juan de Austria porque había puesto en este plan todas sus aspiraciones y sus vehementes deseos de gloria. No juzgaba de igual modo lord Burghley, político inmoral, ciertamente, pero el más profundo y de más larga vista que poseía entonces Inglaterra. En una memoria manuscrita, toda de su mano, que cita Mignet, y existe en el Museo Británico de Londres, dice a la reina Isabel de Inglaterra, este matrimonio es el mejor y único medio de volver flamencos: «Si los españoles llegan a someter a los Países Bajos, no desperdiciarán ninguna ocasión de invadir la Inglaterra y unir sus esfuerzos a los de los descontentos del reino; así es que si Don Juan acaba con los Estados, no tardará en volver las armas contra vuestra majestad. Las inteligencias que existen entre él y la reina de Escocia, desde que llega a los Países Bajos; sus entrevistas con el embajador de esta reina, el obispo de Glasgow y la opinión general de que existe un proyecto de matrimonio entre él y ella, son las razones que me hacen pensar así. Según los que desean un cambio de religión en Inglaterra, este matrimonio es el mejor y único medio de volver el reino a la Iglesia de Roma. Por este casamiento, Don Juan tendría un título a la corona de Inglaterra, y entonces se verá al Papa, al rey de Francia, al rey de España y a todos los príncipes católicos prestarle su apoyo: el Papa, por motivos de religión; el rey de Francia, por complacer a la casa de Guisa y para impedir que Inglaterra favorezca a los protestantes de Francia, y el rey de España, por colocar ventajosamente a su hermano. Conceder auxilios a los Países Bajos es, pues, una medida de conservación y de libre defensa para este reino

Estas graves razones, que nada tenían de quiméricas para Burghley, decidieron a la reina Isabel y a los señores de su Consejo a socorrer a los rebeldes flamencos aún más descaradamente que lo habían hecho antes, no ya sólo con dinero, sino también con tropas inglesas y escocesas bajo el mando de Norris. Mas como se convencieron bien pronto de que el verdadero obstáculo que se oponía a sus fines era la persona de Don Juan, y de que nada ni nadie era capaz de intimidar su valor, ni de agotar su paciencia, ni de sobrepujar su pericia militar, juzgaron, como había juzgado Orange antes de su retirada de Namur, que el medio más corto y seguro de vencer aquel obstáculo era arrollarlo a traición, quitando a Don Juan alevosamente la vida. Una voz de alerta quiso Dios, sin embargo, que saliera desde el fondo de una prisión y llegase a oídos de Don Juan para impedir este nuevo crimen...

Había en Londres un mercader español, natural de Tarazona, rico y considerado entonces, que se llamaba Antonio de Guaras; vivía en una casa del gremio de lenceros, con almacén y muelle sobre el Támesis, y allí acudían muchos buhoneros a surtirse de efectos que vendían después al por menor recorriendo los condados. Mas en aquellas humildes barquitas de los buhoneros, que subían lentamente por el Támesis, llegaban a casa de Antonio Guaras secretos de la mayor importancia y recados de grandes personajes; porque era el mercader aragonés desde los tiempos de Enrique VIII agente de la corte de España y habíase constituido desde la llegada de Don Juan de Austria a Flandes en el más acérrimo propagandista de la invasión española en Inglaterra, y el intermediario entre aquél y la reina María Estuardo, presa a la sazón en el castillo de Sheffield. A Guaras, pues, dirigía Don Juan sus cartas a la reina de Escocia, y a él iban dirigidas las que ella le contestaba; correspondencia ésta interesantísima, de que no queda, por desgracia, rastro alguno.

Pues sucedió que bajo el disfraz de uno de estos buhoneros llegó un día a casa de Antonio de Guaras el jesuita inglés Holt, que, juntamente con su compañero escocés Chreigton, había enviado Gregorio XIII a Inglaterra como agentes suyos en el negocio de la invasión española. Venía de Sheffield y era portador de una carta cifrada de María Estuardo para Antonio de Guaras; traíala dentro de un espejillo con mucho arte dispuesto, que para estas peligrosas ocasiones llevaba siempre entre sus baratijas de buhonero. En esta carta mandaba la reina de Escocia a Antonio de Guaras prevenir a Don Juan el complot que contra su vida urdían los señores del Consejo de la reina Isabel, cuya noticia había llegado a Sheffield por uno de los muchos partidarios del matrimonio, de María y Don Juan, que por aquel entonces pululaban y trabajaban en Inglaterra y Escocia; susnoticias eran, sin embargo, incompletas, porque sólo hablaba vagamente de dicho complot, sin precisar detalle alguno ylimitándose tan sólo a encomendar a Don Juan la guarda de su persona...«il me semble que le sieur Don Juan se doilt soigneusement donner garde qu'il n'aye au pres de lui quelques plus grandes espions que fidelles serviteurs anglois ou aultres, etc., etc., etc

Alarmado Guaras, apresurose a comunicar este aviso a don Bernardino de Mendoza, embajador entonces en Londres del rey católico y gran partidario de María Estuardo, y con más medios de acción éste y más elementos de espionaje, logró al fin hallar el hilo del ovillo, hasta donde era necesario, y pudo así escribir a Felipe II el 17 de mayo: «Aquí ha muchos días que se platica en casa de Leicester de matar a su alteza (Don Juan de Austria), refrescándose la plática con la buena ocasión de la guerra, de lo cual he dado aviso a su alteza y justamente que esta reina dio libertad a los 10 a Edmondo Ratelife[44], hermano del conde de Susex, que estaba preso en esta torre de Londres tres años ha...: y a causa de habérsele dado casi en secreto, desterrándole de este reino, que es cosa que pocas veces o nunca se ha visto, resolviéndose éste en el mismo punto que le dieron libertad de ir a servir a su alteza, le he advertido dello por ser mozo desbaratado y atrevido para cualquier caso, según lo que aquí me aseguran, pues su repentina libertad y resolución puede, con razón, engendrar sospecha

Había ya, en efecto, don Bernardino, como en esta carta indica, escrito al señor Don Juan y enviádole también un retrato de Racleff que pudo proporcionarse, para que le reconociera, si se presentaba, al primer golpe de vista. No tardó en hacerlo el asesino. Hallábase Don Juan en el campo de Tilemont, y un día que daba audiencia, viose entrar de repente en su tienda a Edmundo Racleff solicitando humildemente que le hiciese la merced de escucharle. Había entrado en el campamento burlando la vigilancia de los centinelas y tenía escondidos en un bosque próximo dos ligeros caballos húngaros para asegurar la huida, en el caso de que pudiera, desde luego, dar el golpe. Conociole Don Juan al punto por el retrato que le mandó don Bernardino, y sin demostrar la menor sorpresa ni recelo, mandole benignamente que hablase; al mismo tiempo llamó con la mayor naturalidad a su ayuda de cámara, Bernardino Duarte, y diole en secreto para su capitán de guardias la orden de prender a aquel caballero cuando saliese de la tienda y entregarle al preboste general del campamento. Mientras tanto, explicaba Racleff a Don Juan con la más refinada hipocresía quién era su persona y cuáles sus pretensiones: díjole que era hijo del viejo conde de Susex, y católico, apostólico, romano; pero que hallándose desavenido con su hermano mayor por cuestiones de religión, y queriendo él asegurar su perseverancia y muerte en la fe romana, habíase huido de Inglaterra para ponerse al servicio del rey católico, y sólo pedía a Don Juan un puesto en su ejército y un sueldo proporcionado a su clase, porque tenía mujer e hijos pequeños que sustentar... Y mientras así decía el malvado, acechaba con la vista y calculaba el sitio donde le había de herir.

Escuchábale Don Juan, mirándole de hito en hito sin perder ninguno de sus movimientos, y contestole al fin afablemente, elogiando su fe religiosa, alabando sus propósitos y prometiéndole en nombre del rey su hermano ayudarle a cumplirlos. Sostenían esta plática ambos interlocutores paseando muy despacio por dentro de la tienda y procuraba Racleff con disimulo alargar el paseo por el campo, como solía Don Juan al despachar las audiencias, con el fin de alejarle algunos pasos entretenido con la conversación. Era su intento clavarle entonces en el pecho una daga emponzoñada que llevaba dispuesta, dejar dentro de la herida el arma y huir al punto por el bosque próximo donde tenía los caballos preparados. Mas Don Juan, como si se complaciera en jugar con el peligro, llegaba hasta la puerta, daba uno o dos pasos fuera, y volvía otra vez hacia el fondo de la tienda, hasta que, dando al fin por terminada la audiencia, despidiole hasta el día siguiente, en que le tendrían buscado su acomodo. Retirose Racleff, prometiéndose hacer en esta segunda audiencia lo que no había logrado en la primera, y no bien puso el pie fuera de la tienda, prendiole el capitán de guardias de Don Juan y entregole al preboste. Protestó Racleff de su inocencia en los primeros interrogatorios; pero puesto en el tormento, confesó plenamente todo lo que llevamos dicho. No fue ejecutado en vida de Don Juan, pero mandole degollar Alejandro Farnesio después de su muerte, juntamente con el otro cómplice, también inglés, que esperaba en el bosque con los caballos húngaros...

El día 16 de enero de 1579 escribía don Bernardino de Mendoza a Don Felipe desde Londres: «El de Parma ha mandado hacer justicia de los dos ingleses que escribí a vuestra majestad a los diez y seis de mayo, que habían partido de aquí con orden de matar al señor Don Juan, que Dios tenga. Esta reina dijo cuando tuvo la nueva de Walsingam con mucho enojo, que aquel era el suceso de los consejos que él y otros la daban, y el estado a que la traían, cuyas palabras sintió el Walsingam de manera que vino otro día de la corte con calentura a este lugar

XXV

Al anochecer del martes 16 de septiembre de 1578 sintió repentinamente Don Juan de Austria intenso frío de calentura y un como desabrimiento general en todos sus miembros. Durole la calentura toda la noche, y al día siguiente, desabrido aún el cuerpo y muy dolorida la cabeza, levantose, sin embargo, a su hora ordinaria, oyó misa, despachó negocios, celebró consejo y visitó algunos cuarteles. Sucedía esto en el campo de Tirlemont, adonde Don Juan había trasladado sus reales después de la famosa batalla de Malinas, última que dirigió y en la que tan memorables proezas se hicieron. Diezmaba la peste el campo de los rebeldes, y aunque el contagio no había penetrado en el de Don Juan, padecíase en él mal de cámaras, y cebábase principalmente en las tropas tudescas, gente toda intemperante en el comer, y en el beber no escrupulosa. Preocupaba esto con razón al señor Don Juan y tomaba precauciones extraordinarias para evitar el contagio, inspeccionándolo todo él mismo, haciendo rondas diarias por los cuarteles, visitando a los enfermos en sus barracas, socorriéndoles y animándoles, y procurando, sobre todo, que no muriese ninguno sin recibir el Viático, al cual solía acompañar él las más de las veces; asunto éste de los Sacramentos que por lo trascendental y eterno tenía encomendado a su confesor de entonces el franciscano fray Francisco de Orantes, para que urgiese y vigilase a los muchos religiosos que había en el campo; porque Don Juan, que siempre cuidó mucho del bien espiritual de sus tropas, había llegado en estos últimos tiempos a hacer de su campamento, según Van der Hammen y Cabrera de Córdoba aseguran, un verdadero monasterio de religiosos.

Temiose, pues, que aquella repentina dolencia de Don Juan fuese precursora de la peste, y afirmose más este temor al ver que caían con los mismos síntomas tres o cuatro caballeros de su casa, de los que más de cerca le trataban, y entre ellos el anciano Gabrio Cervelloni, que contaba ya setenta años, y construía a la sazón, por orden de Don Juan, un extenso fuerte en las alturas de Bourges, frente al campo de Tirlemont, y a una legua escasa de Namur. Sosegáronse las alarmas al cuarto día viendo que cesaba en Don Juan la calentura y desaparecían las demás molestias; mas al quinto, que fue un sábado, recavó de repente Don Juan, y mientras los demás enfermos proseguían mejorando y llegaban a la convalecencia, presentábanse en él nuevos síntomas de enfermedad extraña, con saltos de corazón que le hacían levantarse en la cama, temblores de manos, brazos, lengua y ojos, y unas manchas coloradas y otras lívidas y casi azules, con puntas ásperas y negras.

Cundió entonces por el campo otra sospecha que los historiadores antiguos nos han transmitido y los modernos hacen más verosímil con nuevos datos y descubrimientos. Díjose que Don Juan de Austria había sido envenenado en la convalecencia, y Van der Hammen llega hasta indicar la mano que sirvió de instrumento al crimen. «Esto hizo sospechar a su familia —dice— había sido envenenado, y que el doctor Ramírez le había dado algo en el caldo.» Y en el diario de la enfermedad de Don Juan, llevado por el médico de éste, cuyo original inserta Porreño en su vida del héroe de Lepanto, léense estas palabras: «Usose, con alguna sospecha, de remedios contra veneno, agora fuese de fuera, agora de dentro

La voz pública, así en el campo como dondequiera que llegaba la noticia, señaló al punto como autores del crimen sospechado a la reina de Inglaterra o al príncipe de Orange; la reciente tentativa de Racleff y las varias frustradas del principio jurídico cui prodest encajaba también, como anillo en el dedo, así a la reina hereje como al príncipe apóstata...

Mas nadie pudo sospechar entonces que aquel siniestro cui prodest cuadrase mejor que a nadie al secretario Antonio Pérez, porque ignorábase todavía que a nadie interesaba como a éste la desaparición de Don Juan de Austria de la escena del mundo. Horrible pesadilla debió de ser, en efecto, para Antonio Pérez el solo pensamiento de que pudiese volver a España Don Juan de Austria, sabiendo o sospechando, al menos, las infamias, crímenes y tramoyas de que le había hecho víctima; que una vez puesto en la pista, indagase, averiguase, adquiriese la certidumbre, y en la terrible sed de justicia que con razón le devoraba, pusiese todo en claro en una sola entrevista con el rey su hermano, y le hundiese a él para siempre en el abismo de infamia y de iniquidad en que la mano de Dios le sepultó más tarde. Es, pues, muy verosímil que, convencido al fin Antonio Pérez de la vuelta a España de Don Juan de Austria, intentase detenerle para siempre con un caldo del doctor Ramírez u otro medio semejante; y es opinión común al presente, que si hubo crimen en la muerte de Don Juan —lo cual no resulta suficientemente probado— lo mismo puede atribuirse a la reina de Inglaterra, que al príncipe de Orange, que al secretario Antonio Pérez; los tres eran capaces de ello y a los tres reportaba también grandes ventajas, aunque por diversos conceptos, la muerte del vencedor de Lepanto.

Mas sea ello lo que fuere, es lo cierto que desde el primer instante de ser su recaída comprendió Don Juan que se moría y que llegaba aquella muerte por él tan esperada.

... que non ha dolor

del home que sea grande ni cuytado.

Aprestose, pues, a recibirla con ánimo entero y varonil, digno como de príncipe, humilde como de cristiano, y fue la primera de sus disposiciones que le trasladasen al fuerte que a la sazón construía Gabrio Cervelloni, que distaba una legua del campo. Hízose llevar por sus criados en una camilla de campaña, sin orden ni previo aviso, para evitar a los soldados el dolor de despedirle y no causar a nadie alarma ni molestia. Había quedado por dentro del muro de circunvalación del fuerte, única cosa en él terminada, una casucha o más bien palomar, donde se alojaba don Bernardino de Zúñiga, capitán de infantería y criado de Don Juan, y allí se mandó llevar éste por no desacomodar a nadie. «No había —dice Van der Hammen— sino un palomar donde hacerle el aposento. Quitáronle la palomina, limpiáronle, colgáronle unos reposteros por el techo y paredes, por tapar las lumbreras, y encima unos damasquillos; rociáronle con agua de olor, y hecha una escalera de palo le subieron a él». Y el padre confesor fray Francisco de Orantes escribe a Felipe II: «Murió en una barraca, pobre como un soldado; que prometo a vuestra majestad que no había sino un sobradillo encima de un corral, para que en esto imitase la pobreza de Cristo».

Sucedía todo esto el sábado 20, y el domingo 21, muy de mañana, mandó llamar Don Juan a su confesor fray Francisco de Orantes, y con mucha humildad y gran dolor de sus pecados hizo confesión general de toda su vida, con el ahínco y el fervor de quien se prepara a morir; y aunque los médicos le daban unas esperanzas de vida y pretendían disuadirle, pidió el Viático y recibiolo acto continuo con gran devoción y entereza en una misa que celebró en el aposento el jesuita Juan Fernández. Convocó luego en aquel miserable recinto a todos los maestres de campo, consejeros de Estado y demás personajes agregados al ejército, y ante ellos resignó solemnemente el mando, entregando su bastón al príncipe de Parma, Alejandro Farnesio, que estaba allí presente arrodillado a los pies de la cama, tan oprimido y angustiado por el mucho amor que a Don Juan profesaba, que hundía la frente en las ropas del lecho, y el conde de Mansfeld tuvo que levantarle y animarle. Y fue cosa maravillosa que conmovió todos los ánimos y puso lágrimas en los ojos de aquellos veteranos el ver que aquel rayo de la guerra, Alejandro Farnesio, de valor temerario y de energía indomable, se afligiese y acongojara como débil mujer al recibir aquella distinción suprema de manos de su amigo y deudo moribundo.

Dirigiéndose después a su confesor, fray Francisco de Orantes, declaró ante todos lo que ya le había dicho a él en secreto: —«que no dejaba testamento porque nada poseía en el mundo que no fuese de su hermano y señor el rey, y que a éste, por tanto, tocaba disponer de todo. Que recomendaba al rey su alma y su cuerpo; su alma, para que le mandase hacer sufragios según la mucha necesidad que de ello había; su cuerpo, para que lo hiciese enterrar cerca de su señor y padre el emperador, que con esto quedarían sus servicios satisfechos y pagados; y si esto no hubiese lugar, que le diesen sepultura en el monasterio de nuestra Señora de Montserrat. Item, le suplicaba que mirase por su madre y hermano. Item, que mirase por sus criados y los pagase y gratificase, porque tan pobre moría él que no podía hacerlo. Cuanto a la obligación de personas que yo tengo y cuentas —dijo por último—, pocas son y muy claras

Y dicho esto con gran entereza, despidioles a todos con la mano, despidiose él mismo de las cosas de la tierra, para no pensar ya ni tratar más que de las del cielo.

Retuvo, sin embargo, al padre Juan Fernández y, mostrándole un librillo manuscrito que tenía bajo la almohada, díjole que aquéllas eran las oraciones que rezaba él todos los días, sin que hubiese dejado de hacerlo uno solo de su vida, y que como el horrible dolor de cabeza que padecía le nublaba la vista impidiéndole leer, le suplicaba por amor de Dios, y amor suyo, le hiciese la merced de rezarlas en su nombre. Prometióselo el Padre muy conmovido, y, según testimonio del mismo, empleó una hora bien completa en recitar aquellas oraciones que el devoto príncipe rezó todos los días de su vida, en medio de las fatigas de la guerra, las preocupaciones del gobierno, y, lo que es más difícil, en medio de la disipación de los placeres mundanos. Estaba todo el libro escrito de mano de Don Juan; comenzaba por las infantiles oraciones que aprendió en su niñez de doña Magdalena de Ulloa; seguíanse varios ejercicios piadosos y concluía por diversas oraciones compuestas por el mismo Don Juan, según se las habían inspirado en todo el curso de su vida sus apuros, sus dolores, sus esperanzas, sus alegrías y sus calurosas efusiones de agradecimiento. Era, en fin, aquello un índice compendiado de sus relaciones con Dios en todos los trances de su vida, que el agradecido corazón de Don Juan repasaba diariamente, y que sólo el santo padre Juan Fernández tuvo la dicha de conocer.

Era este padre Juan Fernández el que pocos meses después y bajo el mando ya de Alejandro Farnesio, realizó la horrenda hazaña, acto de caridad increíble al mismo tiempo, del foso de Maastricht, que hemos narrado ya en otra parte[45]. Habíale conocido Don Juan en Luxemburgo a su llegada a Flandes, y admirado de su santidad, prudencia y letras y profundamente edificado de su incansable y caritativo celo en pro de los soldados, incorporole, desde luego, al ejército y llevole consigo por todas partes; y aunque nunca fue su confesor oficial, reconciliábase con él a menudo y consultábale privadamente en todos los casos difíciles. En estos breves días de su última enfermedad asistiole de continuo con fray Francisco de Orantes, y en los ratos que dejaban libre a Don Juan su horrible dolor de cabeza y sus agitados delirios, sostenía con él espirituales pláticas que mantenían en el enfermo su dulce y resignada paz, y dejaban en el jesuita el consuelo inefable que sienten los justos ante las maravillas de la gracia divina.

En una de estas conversaciones íntimas reveló Don Juan de Austria al padre Juan Fernández el propósito firmísimo que había formado cuatro meses antes, si Dios le sacaba con vida de Flandes, de retirarse para siempre del mundo en los ermitaños de Montserrat y servir allí a aquel Señor que podía y quería mucho mayores cosas que su hermano Don Felipe... Amarga frase ésta, que, sin envolver censura alguna contra Felipe II, como algunos pretenden —porque no puede haberla en suponer mayor poder y mejor querer en el Rey del cielo que en el más poderoso y santo rey de la tierra—, revela, sin embargo, el profundo desengaño que se apoderó del vencedor de Lepanto cuatro meses antes, es decir, a raíz de la muerte de Escobedo.

Mientras tanto, la enfermedad destruía rápidamente la persona de Don Juan, presentando cada día, y aun cada hora, nuevos síntomas dolorosos y extraordinarios. Tomábanle unas veces desmayos profundos en que parecía exhalar ya el último aliento, y otros furiosos delirios de cosas fieras y de guerra, en que se le figuraba siempre mandar una batalla, y de que sólo le arrancaban, por raro prodigio, los nombres de Jesús y María, que invocaban a su oído los padres Orantes y Fernández. El día 30 sintió Don Juan tan acabadas sus fuerzas, que quiso recibir de nuevo el Viático, y encargó a fray Francisco de Orantes que le diesen la Extremaunción, con tiempo, cuando creyese era llegado el momento oportuno. Creyolo así el confesor al anochecer de aquel mismo día, y administrole este último sacramento, que recibió Don Juan con gran devoción y perfecto conocimiento en presencia de todos los maestres de campo y demás personajes que se apiñaban en el estrecho recinto.

Nadie durmió aquella noche ni en el fuerte ni en el campo, y sin cesar iban y venían de una a otra parte mensajeros portadores de tristes noticias. Al amanecer díjole misa el padre Juan Fernández enfrente del lecho, y como tuviera ya los ojos quebrados, creyéndole sin conocimiento, mas advirtiéndole el confesor que alzaban el Santísimo Sacramento, acudió con gran presteza a quitarse un bonetillo que tenía en la cabeza y le adoró.

A las nueve pareció reanimarse algún tanto y acometiole entonces un nuevo delirio en que con increíble fuerza comenzó a enfurecer a lo militar mandando una batalla, a ordenar los batallones, llamar por su nombre a los capitanes, enviar los caballos volantes, reprendiéndoles unas veces porque se dejaban cortar del enemigo, apellidando otras la victoria con los ojos, con las manos, con la voz, clamando siempre por el marqués de Santa Cruz, a quien llamaba Don Álvaro amigo, su maestro, su guía y su brazo derecho.

—¡Jesús... Jesús... María! —imploraba el confesor a su oído.

—¡Jesús... Jesús... María! —repitió al cabo Don Juan de Austria; y fuese poco a poco sosegando al pronunciar estos sagrados nombres, hasta quedar sumido en profundo letargo, precursor, sin duda, de la muerte, cerrados los ojos, inerte todo el cuerpo, con el Cristo de los moriscos sobre el pecho, que le había puesto el padre Juan Fernández, revelándose en él la vida tan sólo por el estertor fatigoso y entrecortado.

Arrodilláronse todos creyendo llegado el instante supremo y los dos religiosos comenzaron a rezar, alternando, las preces de los agonizantes... De repente, a eso de las once, dió Don Juan un gran suspiro y oyósele articular distintamente con voz débil, pero clara, dulce, quejumbrosa, como de niño enfermo que llama a su madre:

—¡Tía!... ¡Tía!... ¡Señora tía!

Y ya no dijo más; por dos horas prolongose aún aquel letargo, y a la una y media, sin esfuerzo, sin sacudida, sin violencia alguna, boqueó dos veces, y el alma de aquel Don Juan enviado por Dios voló al seno del mismo a darle cuenta de la misión que le había confiado...

¿La había cumplido, en efecto? ¿Limitábase la misión de Don Juan de Austria a hundir en las aguas de Lepanto el inmenso poderío del Turco, amenaza constante de la fe de Cristo y de la libertad de Europa, o extendíase también a conquistar el reino de Inglaterra y a volver aquel gran pueblo al redil de la Iglesia Católica, como los dos Vicarios de Cristo San Pío V y Gregorio XIII quisieron y pensaron?

Si así fue, Don Juan de Austria pudo muy bien saldar su cuenta ante el Tribunal divino, consignando allí, por toda respuesta, aquellas palabras de Cristo a Santa Teresa, que tan pavorosamente marcan el alcance aterrador del humano libre albedrío:

—Teresa, yo he querido..., pero los hombres no han querido...


Publicado el 12 de octubre de 2017 por Edu Robsy.
Leído 12 veces.