Pelusa

Luis Coloma


Cuento infantil



Dedicatoria

A Pilarita Azlor Aragón y Guillamas y a Isabelita Silvia y Azlor Aragón

En las largas y solitarias horas de esta mi última enfermedad me imaginaba algunos días que veníais las dos, como tantas otras veces, y apoyadas en mis rodillas me pedíais que os contara un cuento; y para realizar en parte esta dulce ilusión os escribí entonces esta historia de Pelusa.

Creo que esto será lo último que escriba; y no porque piense colgar mi pluma como el bueno de Cervantes, sino porque la enfermedad me la arrebató ya de las manos, y la muerte se encargará pronto de tirarla a la basura, que es el lugar más adecuado.

Espero, sin embargo, que cuando las dos seáis unas viejecitas muy monas y leáis este cuento a vuestros nietos diréis al terminarlo: ¡Pobre P. Coloma!… ¡Qué tonto era!… ¡Pero cuánto nos quería!.. Y rezaréis después un padrenuestro por mi alma.

Madrid, 2 Noviembre 1912.

Pelusa

Pues, señor, que era vez y vez de una vieja, más vieja que el modo de llover, más fea que pegarle a su padre y más mala que el pecado mortal, que se llamaba la vieja Paví. Pues vamos a que esta vieja Paví tenía consigo una niña de cinco a seis años, blanca y rubia como el angelito que juega a los pies de la Virgen con un manojito de flores.

Llamábase la niña Pelusa, y las vecinas la creían todas nieta de la tía Paví; porque la pícara vieja, a fuerza de pellizcos y alfilerazos, la obligaba a llamarla abuela. Pero no era verdad: cuando era chiquita la había robado en el jardín de un palacio magnífico, donde se había dormido sobre unas matitas de albahaca y alhucemas mientras la niñera hablaba con el novio por una ventana de la tapia. Estaba la verja abierta, y la vieja Paví entró de puntillas, cogió a la niña dormida, la metió en un saco de trapos y echó a correr, pensando sacarle las mantequitas para hacer el unto con que las brujas vuelan; porque ella lo era, y de las malas, malas, que montan en escobas. Pero cuando fue a matarla lloraba tanto la niña, que temió la oyesen los guardias; y como la vio tan bonita, decidió entonces criarla con mendruguitos de pan hasta que fuese grande, para venderla entonces a cualquier señorón rico que la pagase bien.

Cuando creció Pelusita extrañábase y dolíase de que todos los niños tuviesen un papá y una mamá, y ella no tuviese ninguno. Un día preguntó llorando a la vieja.

—Pero, abuela, ¿por qué no tengo yo papá? ¿Por qué no tengo mamá?

—Porque tú naciste de las pelusas en un nido de ratones —le contestó la vieja furiosa—. Allí te encontré yo barriendo un día el rincón de la despensa: por eso te llamas Pelusa. ¡Pelusa! ¡Pelusa!

Y para que no llorase la pegaba con la caña de la escoba, y le tiraba pellizcos, y le pinchaba las manitas con un alfiler negro muy gordo con cabecilla verde. Pelusita se escondió debajo de la mesa, y llorando muy quedito para que no la oyese la vieja, decía desconsolada:

—¡Ay, si yo tuviera un papá!… ¡Ay, si yo tuviera una mamá!…

Pues vamos a que un día fue la vieja Paví a echar una carta al correo y dejó a Pelusita sentada a la puerta de la calle al cuidado de la comida. Estaba ésta en un pucherito puesto sobre un anafe de yeso, y mientras hervía la olla entreteníase Pelusita con una muñequilla rota y vieja que había encontrado en la basura. Estaba la muñequilla sucia y despintada, y le faltaba una pata; pero como la pobrecita Pelusa nunca había tenido otra, parecíale preciosa, y le puso por nombre doña Amparo, porque así se llamaba la señora gorda que vivía al fin de la calle y que gastaba sombrero con plumas.

—Como yo no tengo papá ni tengo mamá —pensaba Pelusita— tendré a doña Amparo, y seré yo su mamá.

Y le hizo un vestidito con unos papelillos de colores que se encontró en la calle, y una monterita de papel blanco, y la adornó con plumas que arrancó de una gallina muerta. Pues vamos a que mientras Pelusita jugaba con doña Amparo cuidando de la comida vio venir por la calle abajo un hombre y una mujer que traía un niño chico en brazos. Parecían muy pobres y venían, como de camino, muy tristes y cansados. Al llegar frente a la casa de Pelusita la mujer se sentó en el suelo con el niño, como rendida, y el hombre se apoyó en la pared, como si le faltaran las fuerzas. Diole muchísima lástima a Pelusita, porque tenía muy buen corazón, y se le saltaron las lágrimas. Entró corriendo en su vivienda y sacó dos sillas, que ofreció a los caminantes, diciéndoles con mucha caridad, que es la verdadera cortesía:

—¿Gustan ustedes de sentarse?

—Dios te lo pague, hija mía —respondió la mujer tomando la silla—, que venimos muy cansaditos, porque hemos andado ya dos leguas, nos falta todavía otra, y en todo el santo día de Dios hemos probado bocado.

—¿Ni el niño tampoco? —preguntó Pelusa muy afligida.

—¡Tampoco! —respondió la mujer.

—¡Ay, Jesús!… ¡Vaya por Dios! —exclamó Pelusa llorando de pena—. Pues ahora mismo se van ustedes a comer estas sopitas, que ya han hervido, y le sabrán al niño a gloria.

Y más pronto que la vista saca una mesa chiquita y la pone ante la mujer, cubierta con un mantelito blanco. Puso luego encima un plato muy limpio, y con mucho cuidado y primor volcó en él la sopa que hervía en el pucherito. Con esto despertó el niño, y se puso a saltar muy contento sobre las rodillas de su madre, extendiendo las manos hacia las sopitas. Mientras comían preguntó la mujer a Pelusa si vivía en aquella casa con su papá y su mamá.

—Yo nunca he tenido papá ni mamá —respondió Pelusa bajando la cabeza avergonzada.

—Pues, entonces, ¿dónde viniste a este mundo? —preguntó el hombre muy extrañado.

—Dice la vieja Paví que me encontró en un nido de ratones barriendo un día el rincón de la despensa.

El hombre y la mujer se miraron, y Pelusita continuó tristemente.

—Por eso no tengo a nadie que me quiera más que a doña Amparo, que es mi niña, y yo soy su mamá.

Y al decir esto sacó la muñequita del bolsillo de su delantal, donde la había metido mientras ponía la mesa. No bien vio el niño la muñequita redobló sus saltos y sus gritos de contento, y empezó a extender las manitas como si quisiera cogerla. Diósela al punto Pelusa con mucho gusto, y el niño la tomó con la manita izquierda y le echó la bendición con la derecha, soltándola después sobre la mesa. Y entonces fue lo maravilloso, que le puso a Pelusita los pelos de punta; no de miedo, ni de pavor, porque el niño no podía ser más bonito ni la mujer más hermosa, y el hombre, que no era viejo, tenía una cara de buen señor que alejaba todo temor e infundía confianza. Pero, hija de mi alma, fue el caso que no bien cayó la muñequita sobre la mesa, se levantó ella sola como una persona viva, con la pata rota ya compuesta, las narices desconchadas ya puestas en su sitio, y la cara, antes sucia y despintada, limpia ya, fresca, colorada y reluciente como si acabara de salir de la tienda. El niño tocaba las palmitas muy contento, saltando siempre sobre las rodillas de su madre, y la muñequita comenzó a bailar al compás encima de la mesa, con tanta gracia y maestría como una bailarina del circo. Al mismo tiempo cantaba con una vocecita chillona que penetraba hasta los sesos esta coplita de Nochebuena; porque eran ya por entonces los días de Navidad, y los chiquillos alborotaban las calles cantando al Niño Jesús con zambombas y panderetas:


En el portal de Belén
hay un nido de rqtones
y al Patriarca José
lo han roíodo los calzones.
 

Al oír la coplita la mujer miró al hombre sonriéndose, y éste se sonrió también, mirándose con disimulo los calzones como si temiese que fueran ellos los aludidos en la copla. La muñequita seguía cantando


Yo quiero ir a Belén,
aunque me riña mi amo,
que yo quiero ver también
ese Niñi soberano.
Yo le llevé unas sopitas,
y no las quiso comer:
y como estaban calentitas
se las comió Son José.
San José bendito,
¿ por qué te quemaste?
Viendo que eran gachas,
¿por qué no soplaste?
 

La mujer y el hombre volvieron a mirarse y a sonreírse, y aun dicen algunos que éste se puso colorado; porque era verdad que, con el hambre que traía el buen señor, se abalanzó con tanta prisa a la sopa del pucherito, que se quemó y se hizo pupa en la lengua.

La mujer extendió la mano sobre la muñequita, y ésta, saltando como una pulga, se metió en el bolsillo del delantal de Pelusa y allí se mantuvo muy quieta, asomando la cabecita por un descosido que el bolsillo tenía. La mujer dijo entonces a Pelusa con mucho cariño:

—Mira, Pelusita: lo que te ha dicho la vieja Paví, que te encontró en un nido de ratones, es una mentira muy gorda. Tú tienes, como todos los niños, un papá muy bonito y una mamá muy preciosa, que te quieren mucho y que andan buscándote.

Los piececillos de Pelusa comenzaron a moverse y a alborotarse como si quisieran ya echar a correr en busca de aquel papá tan bonito y de aquella mamá tan preciosa. Encendida como una rosa y brillantes los ojos de alegría preguntó:

—¿Y dónde están?

—En el castillo de Irás y no volverás, donde la vieja Paví los tiene encantados —contestó la mujer sin apurarse demasiado.

Pelusita se echó a llorar, diciendo muy afligida:

—Pero ¿dónde está eso? ¿Quién me llevará allí? ¡Yo soy chiquita y no puedo ir sola!

—¡No te apures, Pelusita; no llores, hija mía! —replicó la mujer acariciándola—. Doña Amparo te llevará de la manita adonde están ellos.

—¡Sí, señora; yo la llevaré con muchísimo gusto! —chilló la muñequita asomando la cabeza por el descosido del delantal.

—Pero ¿cuándo veré a mi papá y a mi mamá? —preguntó Pelusa loca de alegría por la impaciencia y la esperanza.

—Ya te he dicho que cuando llegue la hora doña Amparo te llevará de la manita —respondió la mujer acariciándola—. Tú no tienes sino hacer lo que ella te diga; y si te vieras en algún apuro, dirás muy de corazón:


¡Jesús, José, María,
Sed mi amparo, y sed me guía.!
 

La mujer cogió entonces el pucherito donde habían estado las sopitas, y echándole la bendición dijo a Pelusa:

—Toma este pucherito, y siempre que necesites comer llénalo de agua clara, echa dentro dos o tres piedrecitas, según el hambre que tengas, y lo pones al fuego, diciendo antes de taparlo:


¡Pucherito, pucherito,
dame de comer
por aquel niño chiquito!
 

Y con esto se despidió la mujer, besando a Pelusa en la frente; el hombre hizo lo mismo, y el niño le echó los bracitos al cuello, y sosteniéndole la madre, le dio doce besitos; tantos cuantos son los frutos del Espíritu Santo.

Pues vamos a que mientras desaparecía por un extremo de la calle aquella honrada familia vio venir Pelusa por el otro a la vieja Paví, renqueando con su palo, con un gesto de vinagre y una cara de mal genio, que sólo con el aliento levantaba chichones. Pelusita se quedó helada de susto, porque se le ocurrió al punto lo que no le había ocurrido antes: que los pobrecitos se habían comido toda la sopa, y no había quedado nada para la vieja Paví. Aterrada con esta idea, y temerosa de las terribles consecuencias que tendría para ella, entrose la pobrecita corriendo en la casa, y se escondió debajo de la mesa para conjurar el primer ímpetu de la rabia de la vieja. Llegó por fin ésta a su casa, y entró dando voces agrias y destempladas llamando a Pelusa.

—¡Pelusa!… ¡Pelusilla!… ¿Dónde estás? ¡Trae volando la comida, que vengo desfallecida de hambre!

La niña, muerta de miedo, se agazapaba cada vez más debajo de la mesa, sin atreverse ni a resollar siquiera. Vio en esto la vieja el pucherito vacío encima de la mesa, y exclamó en el colmo de la sorpresa y de la ira.

—Pero ¿quién demonios se ha comido mi sopa?

Aterrada Pelusa, se le ocurrió decir para salir del compromiso que se las había comido el gato; pero como esto no era cierto y ella era una niña muy buena que por nada del mundo decía mentiras, porque es pecado y contra la ley de Dios, se decidió a decir la verdad.

—Se las di a unos pobrecitos caminantes que iban hambrientos y llevaban un niño muy bonito.

La vieja se puso verde de ira y empezó a pegar con su palo en el suelo, echando maldiciones por aquella boca que parecía la desembocadura del caño del Infierno.

—¿Conque era el niño muy bonito? ¿Eh? —decía—. ¡Ya te daré yo niño bonito! ¡Permita Dios que reviente y se le vuelvan las sopas veneno en el estómago!

—¡Ay, Jesús, señora, no diga usted eso, que Dios la va a castigar! —exclamó Pelusita espantada—. ¡Ahora mismo le haré yo a usted otras sopitas!

—¿Conque me vas a hacer otras sopitas? ¿Eh? —contestó la vieja con una risita rabiosa que helaba la sangre—. ¡Pues lo primero que vas a echar en ella serán tus orejas, que te las voy a cortar ahora mismo! ¡Con eso tendrá más sustancia el caldo, y me las comeré yo después como si fueran chuletas!

Y con crueldad infernal sacó a Pelusa de debajo de la mesa arrastrándola por el pelo; la ató a una pata de la misma mesa, y fue a la cocina en busca de un cuchillo. La pobre niña gritaba y gemía medio defallecida; pero cuando vio aparecer a la vieja Paví armada con un enorme cuchillo de cocina y dispuesta a cortarle las orejas, acordose de pronto de lo que la buena mujer le había dicho, y gritó desde el fondo de su corazón:


¡Jesús, José, María,
Sed mi amparo, y sed me guía.!
 

Oyose entonces de repente una voz que retumbaba como un trueno, y que parecía salir del bolsillo del delantal de Pelusa, diciendo:

—¡¡Tunanta!! ¡¡Deja a la niña!!…

Y al mismo tiempo saltó como una pulga la muñequita doña Amparo desde el bolsillo de Pelusa a las narices de la vieja, que eran muy largas, y en ellas se montó como a caballo, y con las piernecitas y las uñitas de palo de tal modo le arañó la frente y los ojos, que le chorreaba sangre por la cara abajo. Chillaba la vieja como desesperada, y dejó caer el cuchillo para llevarse ambas manos a la cara y quitarse de las narices aquellos molestos espejuelos. Mas no arrancaban de allí a doña Amparo ni las tenazas de Nicodemus, y con su vocecita chillona repetía amenazadoramente:

—¡Pícara vieja, suelta a la niña! ¡Desátala, o te saco los ojos!

No tuvo más remedio la vieja Paví que desatar a Pelusa; y no bien lo hubo hecho, doña Amparo saltó encima de la mesa, dejándole la nariz lo mismo que una berenjena, y dijo a la niña:

—Ahora, Pelusita, haz unas sopitas a la vieja.

Como era más buena que el pan, porque aquella niña no tenía hiel ninguna, Pelusa tomó entonces el pucherito, como le había dicho la mujer, lo llenó de agua hasta la mitad, echó dentro dos piedrecitas, y lo puso al fuego en la cocina, diciendo antes de taparlo:


¡Pucherito, pucherito,

dame de comer

por aquel niño chiquito!
 

La vieja Paví miraba asombrada toda aquella maniobra; pero como la muñequita doña Amparo seguía paseándose encima de la mesa, dispuesta siempre a saltarle a las narices, no dijo ni esta boca es mía. En esto comenzó a hervir el pucherito. Pelusita levantó la tapadera, y se quedó estupefacta viendo que en vez de las dos piedrecitas y el agua clara había dentro dos hermosas perdices guisadas en sabrosísima salsa que esparcía por toda la cocina un olor delicioso. El olorcillo de las perdices llegó bien pronto a las narices arañadas de la vieja; y como era tan tragona, tan mala y tan sinvergüenza, arrebató el puchero de manos de Pelusa, y se zampó las dos perdices con huesos y todo, y se bebió la salsa como si fuese agua, relamiéndose los labios y chupándose los dedos. Sentose luego en un sillón de brazos, puso los pies en una sillita chica, y dijo bostezando:

—Ahora voy a dormir la siesta. Tú, Pelusa, quédate de pie a mi lado para espantarme las moscas.

Pelusita cogió un plumero con mucha humildad, y se puso a oxearle las moscas. Pero no era necesario, porque, de puro mala que era, la vieja Paví sudaba veneno, y mosca que se le posaba en la cara o en las manos, mosca que caía muerta de repente. Pronto empezó a roncar la vieja como los fuelles de un órgano. Pero de allí a poco observó Pelusa que empezaba a hincharse, a hincharse cada vez más, primero el vientre, luego la cabeza, después los pies y las manos, hasta que, no pudiendo dar más de sí el pellejo, de pronto dio un estallido y reventó como un triquitraque, saltando por todas partes los pedazos de la vieja: las tripas quedaron colgando del techo, los ojos cayeron a la calle, y las narices fueron a parar a lo alto del campanario de la iglesia. Y por cierto que allí están todavía, y yo las he visto muchas veces, porque el sacristán de la parroquia, que se llamaba Juanito Tembleque, hizo con ellas una veleta y la puso en lo más alto de la torre para escarmiento de pícaros.

Y todo esto fue castigo de Dios por aquella maldición que le había echado al Niño que se comió las sopitas —¡Permita Dios que reviente y que se le vuelvan veneno en el estómago!—. Porque, hija mía, Dios ni come ni bebe, pero juzga lo que ve; y lo que la zorra hace en mil años lo paga en una hora.

* * *

Pues vamos a que no bien reventó la vieja Paví y se repuso algún tanto Pelusa del susto atroz que tan horrible tragedia le causara, dijo doña Amparo a la niña con su vocecita de grillo constipado.

—Pelusa, ponte la capuchita encarnada, coge el pucherito milagroso y vámonos corriendo.

—¿Adónde? —preguntó Pelusa.

—Pues a buscar a tu papá y a tu mamá, que ya ha llegado la hora.

Loca de alegría, Pelusa se puso la capuchita colorada, colgose del brazo el pucherito con una cinta que le pasó por las asas, y dijo al salir, con mucha devoción, como la mujer le había encargado:


¡Jesús, José, María,
Sed mi amparo, y sed me guía.!
 

Exclamó Pelusa, que, con la loca alegría de encontrar a su papá y a su mamá, en nada veía peligro y todo lo encontraba fácil.

Sentáronse a descansar a la sombra de un árbol ya muy cerca de las doce; y como la alegría no quita las ganas de comer ni descompone el estómago, sintió Pelusa un hambre muy grande.

—¡Me comería un par de huevos fritos! —pensaba Pelusa relamiéndose los labios.

Y pensando en esto llenó su pucherito de agua fresca de la fuente, echó dentro tres piedrecitas, hizo luego una hoguera con ramas secas, y dijo a la boca del puchero antes de ponerlo a hervir:

¡Pucherito, pucherito,
dame de comer
por aquel niño chiquito!
 

Hirvió el puchero, levantó Pelusa la tapa, y se encontró con que allí donde lo guisaban habían adivinado sin duda su pensamiento, porque había dentro un par de huevos fritos con manteca, con sus patatitas muy ricas, y además, como de postre, dos bizcochitos borrachos, que a Pelusa le gustaban mucho. Comióselo todo la niña, y no había acabado aún de chuparse los deditos, cuando oyó que la llamaban en el aire.

—¡Pelusa! ¡Pelusa!

Alzó la cabeza la niña muy sorprendida, y vio en una ramita del árbol un pajarito negro, poco mayor que un gorrión, con las patitas coloradas y el piquito verde, que le preguntaba:

—Pelusa, ¿qué haces ahí? ¿Vas de camino?

—Voy en busca de mi papá y mi mamá —respondió Pelusa.

—Ya los buscarás más tarde —dijo el pajarito—. Vente conmigo ahora, y te llevaré a casa de un amigo mío que tiene una casa toda, todita de dulce. Las paredes son de biscotelas; las puertas, de chocolate de Matías López; las rejas y balcones, de caramelo; los muebles, de piñonate, y las camas, de mazapán, con colchones de merengue. Conque, ya ves, Pelusilla, qué bien lo pasarás allí si te vienes conmigo, tú que eres tan golosa.

—No, pajarito, no —replicó Pelusa con mucha firmeza—. Yo voy a buscar a mi papá y a mi mamá, y voy ahora mismo.

Mientras hablaba el pajarito la muñequita doña Amparo había ido subiendo muy de puntillas por el tronco del árbol; y cuando llegó muy callandito a la ramita en que estaba el pajarito, lo cogió de repente por la cabeza, le retorció el pescuezo y lo tiró al suelo muerto.

Salió de él un olor muy apestoso, como de azufre y cuerno quemado, y entonces dijo doña Amparo que aquél era un pajarito malo de los que manda el Diablo a este mundo para tentar a los niños buenos y hacerles faltar a su deber.

Siguieron caminando tres días por montes y valles, comiendo de lo que daba el pucherito y durmiendo debajo de los árboles, y al tercero se sentaron a comer en un pradito verde, ya muy cerca de Cortes. El pucherito estuvo aquel día muy generoso: salieron primero sesos revueltos con huevo; luego, jamón con tomate; después, pollo en gelatina, y por último, los dos bizcochitos borrachos que, como a Pelusa le gustaban tanto, venían en el pucherito todos los días. Ya iba a comérselos la niña, cuando vino volando por el aire una bandada de jilgueritos que la rodearon pidiéndole por amor de Dios una limosnita. El primer impulso de Pelusa fue darles el bizcocho que ya se llevaba a la boca; pero se acordó del otro pajarito negro del Diablo que quiso engañarla, y se detuvo, escarmentada de pajaritos. Mas doña Amparo le dijo entonces muy gravemente:

—Mira, Pelusa: en este mundo hay mucha gente mala, pero hay también mucha más buena; y la verdadera ciencia del mundo consiste en saber distinguir las unas de las otras. Aquel pajarito era malo, porque era pajarito del Diablo; pero estos otros son pajaritos de Dios, y son tan buenos, que lloraron la muerte de Cristo en el Calvario. Por eso dice la copla:


Allá arriba, en el monte Calvario,
matita de oliva, matita de olor,
lloraban la muerte de Cristo,
cuatro jilgueros y un ruiseñor.
 

Convencida Pelusa, dioles al punto, no uno, sino los dos bizcochos que iba a comerse, y los jilgueritos muy contentos se los comieron picoteando, y alegres, sin duda con el vinillo que los bizcochos tenían, cantaron entonces a Pelusa una de esas maravillosas sinfonías que enseña Dios a los pajaritos.

Siguieron su camino Pelusa y doña Amparo, y al anochecer de aquel mismo día dieron vista al castillo de Irás y no volverás, a una legua escasa de Pedrola. Era muy grande, todo de piedra negra, con una puerta muy chica y sin ninguna ventana. Ponía pavor en el corazón la vista de aquel edificio tan sombrío y misterioso, y con una buena dosis de miedo se acercaron a la puerta Pelusita y doña Amparo. Quiso ésta llamar al punto; pero Pelusa la detuvo, y arrodillándose antes en los escalones dijo con mucha devoción:


¡Jesús, José, María,
Sed mi amparo, y sed me guía.!
 

Levantáronse entonces con grandes bríos, y llamó doña Amparo con mucha arrogancia. Sonó dentro un esquilón muy bronco, abriose acto continuo media puerta y apareció en ella una lechuza muy elegante, con gafas de oro, vestido de sarga negra y cofia con lazos de color de fuego. Tenía en la mano una palmatoria con pantalla verde, y preguntó con muy buen modo:

—¿Qué se ofrece?

Al verla tan elegante, doña Amparo le preguntó con mucha finura si era la esposa de don Bruno.

—No, señora —contestó la lechuza—. Soy su ama de llaves, y me llamo doña Joaquina.

—Muy señora mía —dijo respetuosamente doña Amparo—. ¿Y podríamos ver al señor don Bruno?

—Dificilillo me parece —respondió la lechuza—, porque el pobrecito ha pasado una noche de perros rabiando con dolor de muelas, y ahora estará descansando.

Doña Amparo tuvo entonces una idea súbita, y dijo a la lechuza dándose una palmada en la frente.

—¡Parece esto providencial, mi señora doña Joaquina! Pues dígale al momento que está aquí miss Amparo, una dentista americana que cura todos los dolores de muelas.

—¿De veras? —exclamó la lechuza muy contenta—. Pues pasen ustedes al salón, que voy a avisarle en seguida. ¡Qué contento se va a poner el pobrecito!

Las llevó entonces a una sala cuadrada muy grande, toda colgada de negro, y allí las dejó solas, echando la llave por fuera. Angustiose Pelusita porque creyó que la lechuza las había engañado y las encerraba en aquella sala tan triste para algo malo.

Después de un largo rato de soledad y silencio oyose de improviso un ruido de cadenas que daba horror, y una voz tristísima que preguntaba desde el techo: ¿Caigo, o no caigo? Y repetía por tres veces la misma pregunta: ¿Caigo, o no caigo?

Pelusita no se atrevía a contestar; pero doña Amparo, que iba poniéndose nerviosilla y de mal humor, gritó muy enfadada:

—¡Acaba de caer!

Abriose entonces el techo, y cayó una pierna; pero no una pierna cualquiera, sino una pierna enorme, descomunal, con zapato de cordobán amarillo y liga de seda encarnada. Hubo un largo silencio, y oyose otra vez aquel ruido de cadenas y aquella voz lamentable que erizaba el pelo: ¿Caigo, o no caigo? Doña Amparo, fuera ya de sí, gritó furiosa:

—¡Acaba de caer, con dos mil de a caballo!

Y entonces se abrió de nuevo el techo y cayó otra pierna igual a la primera, solamente que ésta tenía el zapato encarnado y la liga amarilla. Por cuatro veces resonó el ruido de cadenas y aquella voz temerosa que preguntaba: ¿Caigo, o no caigo? Y fueron cayendo sucesivamente del techo, primero un brazo, luego otro brazo, después el tronco de un cuerpo, y por último una cabezota muy fea con barba rubia y una venda negra ceñida como si le dolieran las muelas.

Juntáronse entonces de un golpe todos aquellos miembros dispersos, pies, manos, tronco, cabeza, y resultó el señor don Bruno, que hubiera sido un buen mozo si el carrillo hinchado por el dolor de muelas no le afeara bastante. Tenía los bigotes muy grandes y retorcidos en punta que le llegaban hasta los ojos. Sentose muy enfadado en una butaca, y empezó a gritar, tirándose de los pelos.

—¡Ay, mis muelas! ¡Ay, mis muelas! ¡Ay, mis muelas!

Pelusita y doña Amparo habíanse refugiado en un rincón de la sala; pero al operarse el prodigio y quedar sentado el señor don Bruno, doña Amparo cruzó la estancia con grande majestad, y saltando encima de la mesa para estar más cerca del oído del gigante, dijo con toda la elocuencia de un sacamuelas.

—¡No hay que apurarse, señor don Bruno, que no hay mal que no tenga remedio; y aquí tiene usted a miss Amparo dentista norteamericana, que le quitará el dolor de muelas!

Sorprendido el gigante, cogió a doña Amparo por la cabeza y se la puso en la palma de la mano, preguntando asombrado.

—Pero ¿eres tú la miss Amparo que me anunció el ama de llaves, Joaquina?

—¡La misma que viste y calza! —replicó doña Amparo paseándosele con mucha gravedad por la palma de la mano lo mismo que hubiera podido pasearse por la plaza de Oriente—. Yo soy miss Amparo, dentista americana, establecida en Madrid. Estuve trabajando primero en la calle de Alcalá, núm. 43, en casa de Newland; pero me tomó una envidia atroz porque le quitaba los parroquianos, y entonces abrí mi gabinete propio en la calle de Zorrilla, núm. 12, donde el Duque de Luna, que es el amo de la casa me dio un cuarto de balde, porque es muy buen señor y me quiere mucho. Mi clientela es de lo más principal que hay en la corte. A Su Majestad el Rey le saqué el otro día tres muelas seguidas estando dormido, y ni siquiera lo sintió. A Su Majestad la Reina le limpio la dentadura dos veces por semana; y al Ministro de la Guerra le saqué un colmillo con un raigón… ¡Pero qué raigón!… ¡Le llegaba hasta los tobillos! Pues ¿y al señor Obispo? No le quedaba a Su Ilustrísima ni un diente ni una muela. Le di yo una tinturita mía por la mañana, y por la noche le habían salido ya todos los dientes y todas las muelas lo mismo que a una criatura.

El gigante abría los ojos asombrado, y dijo a miss Amparo, interrumpiéndola con ansia.

—¿Y a mí podrás arreglarme las muelas?

—¡Pues no he de poder! ¡Vaya si puedo! Abra usted un poquito la boca para que las reconozca primero y no me equivoque.

El bobalicón de don Bruno abrió entonces una boca tamaña como una espuerta, y trepando doña Amparo por los pelos de la barba, asomó un poquito la cabeza con mucha precaución para mirar las muelas de arriba, montose después en una guía del bigote para examinar las de abajo, y dando de repente un brinco, se le coló la muy tunanta por el gaznate hasta más allá de la campanilla, y allí empezó a hacer cabriolas y monerías. Atragantose don Bruno y empezó a toser y hacer visajes; pero como la pícara miss Amparo se agarraba con todas sus fuerzas y se entraba cada vez más adentro, no pudo el gigante echarla fuera con sus toses, y se ahogaba cada vez más, dando resoplidos que hacían estremecer las puertas, y aun las paredes mismas. Mientras tanto trabajaba doña Amparo por buscar una salida opuesta a la boca, y al mismo tiempo iba arañando con las patitas y manitas las entrañas del gigante. Salió al fin doña Amparo por donde pudo, trayéndose detrás las tripas y el corazón de don Bruno; y entonces dio éste el último resoplido, estiró una pata, después otra, hizo un visaje horrible, y se quedó muerto. Oyose al mismo tiempo un trueno horroroso, y se hundió todo, todo el castillo. Pero lo más raro era que las piedras no caían para abajo, sino que se las llevaban para arriba un enjambre de diablitos chicos que cargaban con ellas y se perdían a lo lejos. Los había de todos colores, amarillos, verdes, azules, encarnados; lo único que no había eran blancos, y los que abundaban más eran los verdes.

Al hundirse, o más bien al desaparecer el castillo, encontráronse Pelusa y doña Amparo al pie de una tapia muy alta de cristal purísimo y muy claro que rodeaba a un jardín delicioso. Veíanse perfectamente a través del cristal los macizos de flores del jardín, las fuentes cristalinas y las largas calles de árboles. Por una de éstas venían paseando del brazo una señora muy hermosa y un caballero muy guapo: ella, toda vestida de blanco, con gargantilla de oro y un pelo rubio rizado que le arrastraba hasta el suelo; él, con bigote rubio, levita toda bordada de oro, pantalones de tisú de plata y sombrero de copa con plumas blancas. Parecían, sin embargo, muy tristes y acongojados, y la señora decía llorando:

—¡Ay, mi niña! ¿Dónde estará mi niña a estas horas?

—¡No llores, mujer! —le contestaba el caballero—. Quizás llegará hoy.

Pero la verdad era que él también estaba llorando.

Comprendió Pelusita en seguida que aquéllos eran su papá y su mamá, y fuera de sí de alegría empezó a dar golpes en el cristal, gritando:

—¡Papá! ¡Mamá!

Pero ellos no oían, porque estaban todavía encantados. Entonces Pelusa y doña Amparo dieron la vuelta a toda la tapia para ver si encontraban alguna puerta donde llamar o alguna ventana por donde meterse dentro. Pero no había nada de eso: el cristal duro como una roca se extendía por todas partes igual, terso y bruñido, sin ofrecer agujero ni resquicio alguno.

Entonces vio Pelusa que su papá y su mamá entraban en una glorieta de naranjos, lilas y azucenas y se sentaban a una mesa muy bien puesta, con mantel adamascado y vajilla de plata. No había más que dos cubiertos; pero la señora dijo llorando a un criado:

—Que pongan la sillita de la niña, por si acaso viene hoy.

Puso en seguida el criado un silloncito de niño y un cubierto pequeñito de plata con un vasito de oro en que Pelusa recordó haber bebido muchas veces cuando era muy chiquita. La niña, partida el alma, de pena, decía desolada:


¡Hay quién fuera pajarito!
Hay quién fuera pajarito,
para saltar esa tapia
y dar a mi madre un besito!
 

No bien dijo estas palabras apareció volando la bandada de jilgueritos, que la rodearon consolándola con sus alegres pitidos. Traían una hoja de col muy grande, y, haciendo en ella una camita de rosas, colocaron a Pelusita dentro, y sosteniéndola entre todos, con sus piquitos la elevaron suavemente por encima de la tapia, y la dejaron sobre la mesa en que comían sus padres, a tiempo que la mamá repetía llorando:

—Pero ¿dónde estará mi niña?…

—¡Aquí estoy, mamá! ¡Aquí estoy, papá! —exclamó Pelusa poniéndose en pie, con doña Amparo en la mano, sobre la hojita de col y la camita de rosas.

Entonces se abrazaron los tres, y estuvieron mes y medio seguido dándose besos, mientras los jilgueritos cantaban preciosas variaciones sobre el tema. ¡Alegría!… ¡Alegría!… ¡Alegría!…

Y aquí se acabó mi cuento, con pan y pimiento; y si alguien quiere saber más, que compre un viejo.

* * *

¡Ah! Se me olvidaba decir que doña Amparo sigue viviendo en la calle de Zorrilla, núm. 12; pero ha tomado también otro cuarto bajo en la calle de San Bernardino, núm. 14, donde pasa muchas horas del día y recibe a sus amigos.


Publicado el 11 de octubre de 2017 por Edu Robsy.
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