Ventanas

Luis Fontana


Cuento


Estos tipos son así— me dije— hacen lo que quieren..., nacieron con esa faceta extraña y ahí los tenés, personajes oscuros que llevan una doble vida y que suelen ser callados porque no les interesa el mundo ajeno.

A mí me parecía que el libro era de una calidad inusual y que no merecía estar perdido en esa librería del barrio como uno más. Me atrapó la prosa cuidada y algunos giros inesperados. Era evidente que el autor era culto y sabía de lo que hablaba. Me enojó que su libro pasará desapercibido entre tantas porquerías que las editoriales no dudan en publicar.

El librero se dio cuenta de mi concentración.

— ¿Es bueno, no?

Asentí y me reconfortó encontrar un cómplice en la calidad literaria. Para mi sorpresa, y luego de entrar un poco en confianza, me dijo que el autor vivía a no muchas cuadras de allí, que le había costado mucho costearse la edición del libro y que pasaba cada tanto disimuladamente para ver si la pila de ejemplares descendía apenas un poco. Triste, me confesó que la gente ni lo miraba y que optaba por los libros de autoayuda y ese tipo de cosas.

Seguí leyendo un rato más uno de los relatos y entendí que —definitivamente— estaba frente a un gran escritor.

No dudé en tomar dos, para ganarme aún más la simpatía del dueño y logré sacarle la dirección de la casa con la excusa de conseguirle un reportaje en alguna radio.

Obtuve el dato pero también un consejo de último momento:

— De todos modos no sé si le conviene ir a verlo..., ya sabe cómo son...

Cerré la puerta del negocio y sentí otra vez el frío y la llovizna.

Mi existencia no tenía mayor rumbo, la verdad. Mis hijos ya habían hecho su propia vida y volver a mi casa era volver a lo de siempre. Opté, por una vez, seguir mis instintos y llegar al barrio que estaba detrás de la alameda.

La luz empezaba a escasear y metí aún más las manos en los bolsillos. Guardaba en una pequeña mochila los dos ejemplares del libro como una carta de presentación ante el autor, por si lo notaba demasiado hosco.

Conté dos casas después del almacén y no dudé ni un instante que la fachada de esa tercera vivienda no podía ser sino la de un escritor. Se la notaba descuidada y algo precaria. Me preocupó la falta de movimiento en el barrio a esa hora y temí que dudaran de mí, un completo extraño en el lugar.

Me subí el cuello del abrigo para refugiarme más del frío y para camuflar mi presencia.

Durante unos minutos no pude notar por la ventana más que una luz de escritorio prendida, la taza de café humeante y todo listo para lo que parecía ser la redacción de un nuevo relato. Me reconfortó saber que a pesar de todo el tipo seguía escribiendo. En ese momento apareció con un block de hojas y lo dejó a la luz de la lámpara con un lápiz viejo. Me quedé tieso implorando que no me viera, y repentinamente se fue. Sentí envidia ante la inspiración, la hoja en blanco y ese milagro de hacer aparecer personajes y una historia donde antes no había absolutamente nada. Pero pasaron largos minutos y el tipo no volvía. Empecé a impacientarme, dudé en irme del lugar y recordé el consejo del librero, pero advertí entonces que la hoja en realidad no estaba completamente en blanco sino que tenía escrito a mano —presumiblemente— el final de un relato.

A riesgo de ser descubierto me acerque aún más, y al no escuchar ruidos dentro de la casa llegué incluso a apoyarme en el vidrio frío de la ventana para poder leer algo del texto. Sentí en ese momento algo como un desvanecimiento, pero hice un último esfuerzo y alcancé a descifrar— no sin horror— el párrafo final, donde se describe cómo desde hace un buen rato un tipo extraño merodea la casa y ahora, apoyado en el vidrio, me espía por la ventana.


Publicado el 9 de enero de 2017 por usuario no registrado.
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