Con Perdón de Dios

Manel Martin's


Novela



Prologo

El siglo XVI fue un siglo convulso para la nación española, el gran imperio que debían defender nuestras tropas, menguaba la efectividad de los limitados soldados, afortunadamente el oro recibido de las Indias ayudaba a mantener la mayor flota del mundo y con ella infundir respeto a las demás naciones.

España contaba con el apoyo de la Santa sede, lo cual era una gran ventaja para la nación, aunque la ayuda debía de ser mutua y no salía gratuita. Tras el rey mandaba el clero y la Inquisición campaba por sus respetos. Prácticamente en tiempos de Felipe III el consejero, legislador y quien verdaderamente mandaba en la Nación era el Duque de Lerma. Digamos que su majestad tenía la necesidad de nombrar consejeros y delegar sus funciones; también en Virreyes hallen de los mares, estos en lugar de representar al rey y velar por los intereses de la corona, velaban por los suyos propios en primer lugar.

En este estado se desarrolla mi relato o la aventura de tres amigos.

Utilizo nombres o apellidos históricos de la zona donde nace el relato, sin que por ello sean reales los hechos. Si lo son algunos personajes que dejaron huella en la zona, también existen en la actualidad algunos edificios de las familias mencionadas. Como el hotel en Morella.

En fin lean el relato como una novela más, sin intención de molestar ni agraviar a nadie y disfruten tanto al leerlo como yo al escribirlo.


Manel Martin’s

Preámbulo

Es verano: el sol aprieta de lo lindo durante gran parte de la mañana. Me baño con mis nietos y lo que debía ser un relajante y placentero baño, con sus juegos y vitalidad me agotan (yo ya no estoy para esos trotes) por fin salimos del agua. Mientras nos duchamos para quitarnos la sal, escuchamos el primer aviso de la abuela — ¡A Comer! – obedecemos con urgencia.

Al terminar de comer con sus padres y la abuela, todos ayudamos a recoger la mesa; mis dos nietos ocupan el sofá agotados por el calor y el baño, afortunadamente me queda el sillón para sentarme y reposar, (antes de que sea ocupado).

La televisión deja de emitir, un tufillo a cable quemado sale del interior y la desenchufo, es domingo y no hay servicio de averías. Los chicos se aburren, no han traído la table, al momento dice el pequeño (Héctor).— Abuelo ¿Por qué no me cuentas alguna historia de las tuyas? estoy aburrido.

—Eso abuelo cuéntanos algo – ayuda su hermano, mi nieto mayor (Guillermo) — ¡Venga! nunca tienes tiempo de contarnos nada y es propio que los abuelos cuenten sus experiencias a los nietos.

“No puedo negarme” y como dicen “la ocasión la pintan calva” en realidad nunca les cuento nada, pues no puedo competir con dibujos animados o YouTuve y por lo tanto nunca me necesitan “es una ocasión única” pienso que se dormirán y me dejaran descansar, “tal vez haga la siesta” y contesto.

—Está bien, creo que es un buen momento – mientras pensaba en las pocas ocasiones que tenía para enseñarles un poco de historia que no les vendría mal, “pues en la escuela...” En realidad esa fue mi primera idea y con ella empecé el relato, pero sin darme cuenta mi narración se fue por otros derroteros y terminé contando, las aventuras de tres españoles que huyeron o emigraron al nuevo mundo conocido como “Las Indias” cuando en España reinaba Felipe III y los galeones cruzaban el Atlántico para regresar de las Indias cargados de riquezas, pero con el peligro constante de sostener batallas navales con Piratas o Corsarios y tal vez morir en medio del mar...

Pienso, que mejor será que lo lean y decidan por sí mismos.

Espero que les guste el relato como a ellos les gustó; por cierto capté su atención, no se durmieron y lo escucharon por completo.


EL AUTOR

Con perdón de Dios

Todo empezó un dieciocho de abril de 1599, el rey Felipe tercero contraía nupcias con Margarita de Austria en la valenciana y hermosa catedral de Santa María.

Mientras tanto en La Fresneda, población en la zona de Matarraña, (provincia de Teruel) al mismo tiempo venía al mundo una niña de ascendencia judía. Su padre era conocido como Isaac el judío y su madre María Burgués, natural de La fresneda. Su padre en realidad tenía poco o nada de judío, su nombre completo era Isaac del Campo Casto.

En realidad su padre, había sido un médico judío cuyos antepasados abrazaron el catolicismo y era respetado en toda la población y su comarca, por sus buenos remedios contra enfermedades o heridas.

La niña es bautizada con el nombre de María del Campo Burgués. Su vivienda una choza en las afueras de la población, en la zona baja, rodeada de seis olivos, algunos algarrobos, animales de corral y una cuarta de tierra dedicada en su mayor parte al trigo, que les ofrecen lo necesario para vivir.

Pese a que su madre procedente de una buena familia de la población, es completamente analfabeta, enseña lo poco que sabe a su hija a base de refranes, anécdotas e historias, pues aunque no sabe leer, si le han leído muchos escritos para que se durmiera y la instruyeron en la religión cristiana, ambas acuden regularmente al santo oficio. Su padre, dedica parte del día, a que su hija aprenda a leer, escribir y las matemáticas. A los siete años domina la escritura y gran parte de las matemáticas. Su padre cree que ha llegado el momento de enseñarle medicina o como suele decir “el poder de las plantas que dios pone a nuestro alcance” y así la lleva consigo a recolectar todo lo necesario para realizar sus curaciones.

Mil seiscientos ocho, del año de nuestro señor, María cumple nueve años. Ese mismo año hay una reunión eclesiástica en la iglesia de Valderrobles donde acuden delegaciones de Tarragona, Tortosa, Alcañiz, Morella, Caspe, Teruel y Valencia.

La primera en abandonar la reunión, tras tres días de acuerdos y desacuerdos, es la delegación de Caspe, encabezada por el obispo Juan de Sanarriga que viaja con poca escolta solo dos soldados y dos frailes que conducen su carruaje. Al pasar cerca de La Fresneda su comitiva es asaltada y robada, los ladrones se han llevado los caballos de la guardia y los baúles del obispo, dejando solo los caballos que tiran del carruaje, pues tienen más trabajo para desenganchar y los asaltantes no quieren perder tiempo de huida. Solo un fraile en el suelo y el obispo en el interior del carruaje, quedan con vida pero con heridas que pueden acortársela si no se toman medidas inmediatas.

El asalto es encontrado por un labriego que tras comprobar el estado de los allí presentes, introduce al fraile en el carruaje y se dirige inmediatamente a casa de Isaac, con los dos heridos.

—¡Isaac! ¡Isaac! Ven, sal.

Isaac sale corriendo de la choza — ¿Qué ocurre?

—Llevo dos heridos ayúdame a sacarlos.

Entre Isaac y Rafael sacan a los clérigos del carruaje y los depositan sobre sus humildes camas. Isaac se hace cargo de la situación.

—Escucha Rafael ves a la iglesia y dile a mi mujer que la necesito, avisa también al abad Sebastián, dile lo que ha ocurrido.

Rafael salió corriendo como alma en pena, subiendo la calle cuesta arriba y llegando al pie de las escalinatas que conducen a la puerta de la iglesia, sin resuello, se apoya en la pared respirando fatigosamente. María bajaba las escalinatas con su hija y Rafael como pudo le dio el mensaje de su marido. Madre e hija de la mano corrieron bajando las escaleras y la calle en pendiente hasta salir del pueblo y llegar a su casa.

Isaac había puesto agua a hervir y descubierto las heridas. El obispo había recibido un golpe de espada en el rostro con herida en frente y mejilla junto al ojo derecho; presentaba otra herida de cuatro dedos en el antebrazo seguramente al intentar parar el golpe, mientras el fraile había sido atravesado por una espada en el costado, posiblemente sin tocar partes vitales ( o al menos eso esperaba).

Isaac limpiaba las heridas cuando llegó María, inmediatamente le mandó cortar unas crines de la cola al caballo y hervirlas en otro recipiente, que ya estaba al fuego, tras limpiar al obispo hizo lo mismo con el fraile, dándole a continuación unas largas puntadas, con el pelo de las crines para unir la herida. María puso ceniza sobre el cosetón y un empasto que vendó cortando tiras de la tosca sábana de su hija.

Por su parte Isaac tras limpiar, cosía el antebrazo del obispo toscamente para cerrar la herida y se dedicaba a dar finas puntadas en la frente y mejilla del prelado, el cual había perdido el sentido por completo. Un tumulto de gente se escuchó en la puerta y entró el abad de la parroquia. Isaac se volvió y dijo gritando.

—¡Que no entre nadie!

—Isaac soy el padre Sebastián.

—Padre es mejor que no entre nadie, por favor que desalojen la puerta me tapan la luz.

—Entiendo ¿necesitas alguna cosa?

—Después hablamos, ahora por favor no quiero a nadie dentro, dejen la puerta libre.

El abad se dedicó a impedir tumultos y organizó una partida, para recoger los muertos del resto del asalto; poniendo a Rafael al mando de la partida.

Más tarde salía María – padre, Isaac ya ha terminado puede pasar, por favor usted solo.

Isaac se lavaba las manos, el cura vio el interior de la choza y dijo.

—¿Esas son sus camas? (en realidad solo eran unos troncos con tablones sobre ellos y paja tapada por toscas mantas)

—Si el obispo ocupa la mía y el fraile la de mi hija.

—¿Nos los podemos llevar?

—No lo creo conveniente, debo vigilar las heridas unos días y el fraile podría fallecer.

—¿Ustedes donde dormirán?

—Padre nuestra cama siempre es dura, esté en alto o en el suelo, ahora rece por su eminencia y el hermano, falta les hará.

—Les mandaremos comida y abrigo

—Gracias padre.

—El fraile despertó y al ver al cura lo llamó. ¡Padre! ¡Padre! Hay que avisar al obispo de Alcañiz, está en Valderrobles y no tardará en partir. También el de Teruel y los otros.

—Sebastián acudió a la casa de don Juan el comendador, explicando el caso. El comendador gritó.

—¿Como no se me ha informado antes? inmediatamente mandaré una escolta a Valderrobles... ¿Y su eminencia donde está?

Los han llevado a la choza de Isaac. Parece que se salvará.

Mientras partía la escolta, el comendador se dirigió a la choza con seis guardias, Isaac salió a la puerta realizando una reverencia antes de dirigirse a don Juan.

—Señor mi humilde casa es la suya.

—Déjate de bobadas yo no quiero tu casa, ¿Como está su eminencia?

—Pasad podéis verlo todavía no ha despertado, no así el hermano que ya despertó.

Don Juan observó detenidamente al obispo y dijo.

—Hay que llevarlo al palacio. Lo dispondré todo para el traslado.

—Señor no es conveniente tocarlo en unos días, debo observarlo y curar sus heridas, al menos unos días.

—Pero... su eminencia no puede sanar aquí.

—Señor es el mejor sitio para sanar estando a mi cuidado, mas cuando despierte le hablaré de su oferta y que él decida.

—Me parece justo nadie como el enfermo sabe lo que más le interesa. De momento dejaré un puesto de guardia y te mandaré comida, no debe faltar nada a su eminencia.

—La pequeña María había quedado al servicio del fuego, y aunque se había quedado sin sábana, fue compensada al recibir fina ropa de cama, medio cordero, verduras, pan y un saco de harina. Su madre hizo caldereta para todos incluyendo a la guarnición.

Esa noche la pequeña y su madre durmieron en el suelo junto al fraile, mientras su padre se quedaba al lado del obispo.

Empezaba a clarear cuando su eminencia soltó un quejido.

—Eminencia, señor no os mováis por favor, tenéis heridas en el rostro y el antebrazo, apenas podéis mover los labios, moveros lentamente si lo deseáis.

Con su mano izquierda le hizo entender que se acercara, Isaac acerco su oreja a la boca y escuchó.

—Me meo.

Isaac corrió a buscar un cuenco y solucionar las necesidades del obispo. Vaciado el orín, ofreció leche a su eminencia, la cual tomó lentamente a pequeños sorbos entre muecas de dolor. Las mujeres habían salido de la cabaña e Isaac repitió la operación con el fraile. A continuación vinieron las explicaciones y más tarde, la visita del Comendador y del abad con su sequito de hermanos (todos querían ver a su eminencia).

A los tres días el obispo salió de la choza y pudo trasladarse a palacio, donde Isaac seguía visitándolo cada día con permiso de los sanadores del Comendador. Nueve días después Isaac empezaba a quitar las crines del caballo de las heridas y a aplicar un ungüento de su propiedad. Mientras el fraile seguía en su cabaña y empezaba a dar algún paseo por los alrededores, encorvado, debido a que le tiraba la herida, su convalecencia sería más larga.

A las tres semanas el obispo decidió marcharse, el color de su rostro tras pasar del negro al amarillo iba adquiriendo su color natural. Pero llevándose en el viaje un recipiente con el ungüento de Isaac, que debía aplicarse cada día. Una escolta lo llevó a Caspe, quedando el hermano en el convento de los Calatravos. En realidad era la orden que dominaba en todo el contorno. Al tiempo las catedrales e iglesias importantes solían llamarse en su mayoría “de Santa María la Mayor”. (Nunca he entendido porqué).


En ese mismo año se produjo la expulsión de los Moriscos, los puertos del Mediterráneo se llenaron de familias rumbo a Argel, quedando muchos campos sin labranza, algunos nobles o no tan nobles ocuparon sus tierras aumentando su patrimonio, pero en todo el reino faltaba mano de obra agrícola y así muchos campos quedaron abandonados. No así en la zona de Alcoy cuyas tierras fueron repobladas por mallorquines.


Pasó un año y los servicios de Isaac fueron requeridos por el prelado de Alcañiz; personándose a las pocas horas y siendo recibido por un cura a su servicio.

—Señor me han hablado bien de usted como sanador. Soy el padre Germán ¿Es usted judío?

—No aunque desciendo de abuelos Judíos mis padres abrazaron la doctrina de Jesús y a eso debo mi nombre en la pila del bautismo, toda mi familia es cristiana.

—Lo celebro suba conmigo nos vamos.

Isaac obedeció cogiendo sus utensilios y medicinas en una bolsa de cuero. El fraile siguió hablando.

—Quiero informarle que nadie debe saber que el prelado está enfermo, ni su enfermedad, la difusión de la misma por su parte, podría pagarla con la vida.

—Soy discreto con mis palabras y no suelo ir más allá de lo que conozco en medicina.

—En ese caso le diré que los sanadores lo dan por muerto, creen que su enfermedad se expandirá por todo el cuerpo con terribles consecuencias y es preferible que así sea, antes de difundir el origen de su enfermedad. ¡Entiende!

—Sí está claro, mejor que muera.

—Por lo demás, nada debe contar de lo que hemos hablado. Soy el padre Germán.

—Lo he entendido.

—Eso espero, por el bien de todos.

Tras veinte minutos llegaron.

Isaac siguió a Germán y el hermano abrió la puerta, dos personas estaban junto a la cama se apartaron a desgana al llegar Isaac y murmurando entre ellos. Isaac dijo.

—Iros todos dejadme solo con él, usted también padre Germán.

Isaac miró al enfermo, su rostro estaba helado y sudaba. Sin decir nada se dirigió a la ventana entornada y la abrió dejando pasar la luz y el aire. Miró al prelado tapado con tan solo una sábana de lino.

—Puedo.

—Usted decide, los inútiles de mis sanadores me matarán. Estudiaron en la Universidad donde impartió Luis vives, pero creo que no aprendieron nada.

Isaac tiró de la sábana dejando al descubierto el cuerpo desnudo del prelado, pronto comprendió que la enfermedad se reducía a purgaciones i solo tenía afectada una parte de su cuerpo, la imprescindible.

—¿Puede sanarme?

—Creo que sí pero solo el cuerpo, el alma es cosa de dios. Debo realizar una operación, si su eminencia lo consiente sufrirá y maldecirá el día que me llamó y me conoció. Puede que durante un tiempo orine sin querer hacerlo, el resto lo ignoro. Es cosa de dios.

—No importa rezaré, creo que dios me ha puesto a prueba, pida lo que necesite y terminemos cuanto antes; usted me da la oportunidad de vivir.

Abrió la puerta y se dirigió a Germán, enciendan la chimenea y traiga dos litros de vino, quiero cuatro hermanos en la puerta, dispuestos a sujetar a su eminencia, cuando los llame.

Las ordenes fueron cumplidas al instante. Isaac arrojó un liquido en el vino y le dijo al prelado, beba todo el que pueda. Bebió algo más de un litro y quedó traspuesto. Esperó durante un tiempo intentando despertarlo y que bebiese más solo lo consiguió a medias, sobrando más de medio litro. Llamó a los hermanos y les dijo que lo sujetaran de brazos y piernas fuertemente. Calentó una larga aguja al rojo y tomando el pene la introdujo por su interior, los espasmos fueron sujetados por los hermanos con todas sus fuerzas, al sacar la aguja, un fuerte chorro de liquido salió del pene llenando toda la cama y a los hermanos que sujetaban las piernas, cuando termino de salir líquido tomó una nueva aguja, pero solo la calentó pasándola por la llama, para a continuación untarla con una especie de grasa o ungüento y volver a introducirla. Se quedó mirando a Germán.

—Lavadlo y cambiadle la cama, si despierta que beba vino, llenad de sabanas o trapos la entrepierna, pues seguirá orinando. Mañana volveré con un frasco de la medicina que debe tomar. De momento ya no podemos hacer más. La medicina que debía tomar durante nueve días; era un compuesto de Cola de caballo, Palito de oro, ortiga y Rabo de gato; las plantas machacadas con poca agua y un leve hervor llevaban mucha concentración y podían mezclarse con agua.

Isaac volvió cada dos días a visitarlo y comprobar que orinaba, el remedio había sido efectivo. Un mes más tarde el prelado le dijo.

—Estoy en deuda contigo ¿en qué puedo ayudarte o complacerte?

—Señor yo he nacido pobre y aprendido de mi padre, nunca cursé estudios de medicina, creo que dios me compensará cuando muera, el hermano Germán ya me entregó unas monedas, me siento compensado.

—No importa, ya pensaré en algo, me han dicho que vives en una cabaña de La Fresneda.

—Si eminencia.

—Te quiero aquí, cerca de mí. ¡Germán! ¿Qué ha sido de la casa de los Ram? creo que se trasladaron a Valladolid o Morella y la abandonaron.

—Si eminencia así fue, pero creo que ha sido ocupada por un primo segundo venido de Caspe.

—Si es así que la desalojen o que la partan por la mitad era suficientemente grande, para vivir con tres familias de sirvientes, Isaac te vendrás a vivir cerca de mí. Germán el próximo lunes será ocupada por la familia de Isaac. Actúa en consecuencia.

El prelado ocupaba el castillo-palacio de los Calatravos en Alcañiz y su relación con la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén, ocupante de Caspe no era precisamente, fraternal. La orden de Los Calatravos acusaba al cardenal Ram de haberlos echado de Caspe. La casa de los Ram fue desalojada y ocupada por la familia de Isaac, trasladándose estos a Caspe.

—Poco tenía que trasportar la humilde familia, pero con el paso del tiempo, la fama del médico crecía y su economía también. María vestía como una dama y disponía de ropa decente, para ir a misa con su madre.

No muy alejado de su casa había un profesor de esgrima que daba clases en medio del prado. Tanto practicar con espadas un día se hirió y acudió a casa de María. Mientras Isaac curaba al maestro de esgrima, su hijo un joven de dieciséis años la reconoció.

—Tu eres la niña que viene todas las tardes al prado y miras como practicamos

—Si ¿hago mal?

—No, no molestas, ¿Te gusta la lucha?

—Mi madre dice que no es para mujeres.

—Y tiene razón, ¿pero acaso no tienen derecho las mujeres a defenderse? Puede que en alguna ocasión eches en falta saber un poco de esgrima.

—¿Crees que podría aprender?

—Nada te lo impide, me comprometo a enseñarte, si ese es tu deseo, te esperaré todas las tardes en el prado.


A partir de ese día María con solo once años empezó a practicar con la espada. Al cumplir catorce y viendo el interés y destreza adquirida, Roberto (el maestro y padre del joven) la tomó bajo su cuidado y disciplina.

María acompañaba a su padre en sus visitas a enfermos e iba aprendiendo medicina, un aviso llegó a su casa. En breve recibiría a un noble y rico comerciante de Calpe el cual había caído del caballo cuando regresaba a su ciudad, fracturándose una pierna.

Prepararon la habitación y apenas lo entraron por la puerta, lo instalaron sobre la mesa de madera donde practicaban pequeñas operaciones, como la extirpación de accesos.

Isaac llamó a su hija, el hueso salía de la piel por la parte delantera de la tibia.

—María tu colocarás las tabillas, habrá que tirar con fuerza del pie y eso debo hacerlo yo, pero la herida no podemos cubrirla.

—Entiendo padre usted tire.

María estuvo tocando la tibia mientras su padre tiraba y la colocaba en sitio, el noble gritaba pero ella parecía inmune; su padre sujetaba la pierna mientras ella, rodeó y ató una ancha venda bajo la rodilla y fue introduciendo tablillas de madera entre esta y la pierna alrededor de la tibia, dejando libre la parte delantera. Rodeó la parte baja de los listones con otra tira de tela sobre el tobillo y apretó con todas sus fuerzas, solo un hueco de dos dedos quedaba libre en la parte frontal, lo justo para coser la herida, con el hueso en su sitio sujeto por las tablillas.

Un mes después eran retiradas las tablillas, quedando un pequeño bulto en la zona de la herida, producida por la unión del hueso. Don Pedro de Aguinaga tras pagarle, le invitó a pasar unos días en su hacienda.


A Caspe fue mandado por el inquisidor general fray Luis de Aliaga, el abad Francisco Sáenz de Córdoba como primer inquisidor, con seis ayudantes que se instalaron en el convento de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén y desde allí se impuso el deber de luchar contra, brujas, judíos, moros o todo tipo de enemigos de la iglesia.

Al poco tiempo el obispo de Caspe fallecía en extrañas circunstancias y el abad se hizo cargo de la diócesis. Meses más tarde el prelado de Alcañiz fue requerido en Toledo y con él se fue Germán. Pronto empezó el acoso a los judíos que habían abrazado el catolicismo, se les vigilaba y se contaban los días que acudían a misa.

En casa de María se recibió una invitación de boda, se casaba la hija de don Pedro de Aguinaga con el hijo del conde de Medinaceli Don Juan de la Cerda. El matrimonio y su hija acudieron a la fiesta, alojándose en las dependencias de la mansión de los Aguinaga.

La fiesta duró tres días, por la importancia de la boda, tiempo suficiente para que la familia desalojada de los Ram reconociera a Isaac y acudiera al Inquisidor.

Tres días más tarde seis soldados con Don Tomas de Castro y Ram al frente llegaban a la puerta de la casa, María se encontraba en el prado practicando con la espada.

Irrumpieron en la casa y se dirigieron al matrimonio.

—Es usted Isaac el judío.

—No señor, me llamo Isaac pero no soy judío, somos católicos y creemos en las enseñanzas de la iglesia.

Tomas dio una orden a los soldados.— Buscad donde producen su magia el brujo y la bruja.

Los soldados registraron todas las dependencias de la casa mientras Tomas frente a Isaac desenvainaba la espada y lo atravesaba sin mediar palabra, tirando los jarrones y el pequeño cuchillo que había sobre la mesa al suelo. Su esposa se arrojó sobre el marido intentando taponar la herida con su mano mientras gritaba desconsolada. Tomas la cogió del largo cabello y la hubiera ensartado si a los gritos no hubieran acudido los soldados.

—¿Señor que ocurre, señor?

—Ha intentado agredirme con el cuchillo y las jarras. ¿Habéis encontrado algo?

—Si tienen una habitación llena de frascos y ollas con líquidos.

—Lo que suponía brujería. Atadla al caballo y volvamos. Aquí estamos perdiendo el tiempo.


María volvía del prado y vio la puerta entornada, al entrar vio a su padre en el suelo entre un charco de sangre, comprobó que estaba muerto y buscó a su madre, dando gritos desgarradores, sin encontrarla. Salió a la calle y vio una vecina que la llamaba desde su puerta entreabierta; con sigilo acudió a ella.

—Señora Dorotea, mi padre está muerto y no encuentro...

—Chissss. – Pasa –dijo la señora.

—María lloraba desconsolada sus lágrimas salían por los ojos y la nariz, su pequeño pañuelo no podía absorber tal diluvio.

—Siéntate muchacha, toma este paño y sécate ya nada puedes hacer.

Unos minutos más tarde volvía su voz. – Dorotea ¿Sabe lo que ha ocurrido?

—Sí unos soldados llegaron a tu casa y entraron sin llamar, como siempre la puerta está entornada... al frente de ellos iba don Tomás el anterior dueño de la casa, no tardé mucho en escuchar los gritos de tu madre. Miré por la ventana de arriba y vi como se la llevaban atada a un caballo.

—Mi padre está muerto en medio de la casa junto a la mesa.

—No sé nada más María.

—Gracias señora.

María tomó su cabeza entre las manos, mientras se preguntaba como un susurro— ¿Qué puedo hacer?

Dorotea la escuchó y le dijo.— Todo menos llorar, yo perdí a mi hijo mayor luchando por el Rey y nada es peor que perder un hijo. No puedes devolver la vida a tu padre, pero si darle cristiana sepultura y buscar a tu madre; aunque no sé si será conveniente, eran soldados del inquisidor.

—¿Por qué? Mis padres son cristianos y buenos practicantes, no hacían mal a nadie solo ayudaban a la gente.

—No tengo respuesta, solo puedo aconsejarte, las lágrimas no solucionan nada y la rabia solo trae problemas, debes pensar en el futuro y en ti misma, de nada vale el pasado, se consecuente y calculadora, no te dejes llevar por la ira. Yo puedo darte cobijo unos días, pero si te buscan tendrás que irte.

María aspiró profundamente soltando el aire lentamente. Se levantó y dando las gracias se dirigió a su casa, preparó el pequeño carro que usaba su padre para llevar heridos y tras quitarle la bolsa, lo enrolló en la sabana e intentó cargarlo en el carro, sus fuerzas no eran suficientes y fue en busca de Roberto (el hijo del Maestro de esgrima). Una criada le abrió la puerta y María dijo que lo llamara.

A la llamada acudieron padre e hijo y la hicieron pasar. Entre grandes suspiros contó todo lo que había sucedido. Don Roberto dijo a su hijo.

Ve y ayúdale, dale cristiana sepultura al bueno de Isaac y después volved os estaré esperando: María hoy pasarás la noche aquí y mañana hablaremos.

—No señor Roberto, si quiere alojarme en su casa, lo agradeceré pero no esta noche, quiero dormir en mi casa con mis recuerdos, mañana recogeré mis cosas y vendré, solo necesito unos días para encontrar a mi madre y pensar en el futuro.

—Como quieras; ve Roberto con ella.


Entre los dos enterraron a su padre junto al rio y buscaron un pequeño chopo para plantarlo a sus pies, así siempre reconocerían su tumba y regresaron a sus casas. María limpió la sangre e intentó dormir, empresa prácticamente imposible. Con el alba, buscó el dinero y algunas pequeñas cosas de valor. Entendía que si se habían tomado las molestias de desalojar la casa debía ser con la intención de ocuparla; aparejó el caballo, cargó con las alforjas la manta tras la silla y un hatillo con ropa. Abandonó su casa dirigiéndose a la de Roberto. Allí fue acogida con cariño y le cedieron una habitación. Mientras comían dijo.

—Señor Roberto, quiero buscar a mi madre, se quien se la llevó pero dudo donde ni que puedo hacer por ella.

—María eres muy joven y mujer, poco o nada puedes hacer, ten en cuenta que también a ti pueden buscarte para matarte.

—Pero a mi madre no la mataron, se la llevaron. Y yo cumplo hoy los quince años, no soy tan niña.

—Si las cosas son como yo creo hubiera sido mejor que la hubieran matado. Lo siento pero...

—Por dios no digas eso – contestó doña Brígida (la esposa de don Roberto)

—Si como creo la tiene el Inquisidor, nada podremos hacer por ella, espero que solo la tenga en el calabozo y con el tiempo la suelte. En cuyo caso no tardará mucho en volver.

—Esta es una buena y católica familia, nada puede hacerle el Inquisidor – contestó Brígida.

—Si es una buena familia pero con poderosos enemigos, Brígida hay muchas cosas que desconoces sobre la crueldad de los hombres.

—Padre quiero ayudar a María y si tuviera que huir, huiré con ella para protegerla.

—Gracias Roberto pero no quiero mezclarte con mis problemas – dijo María —. Mañana quiero ir a Caspe, quiero saber dónde está mi madre.

—¿Has pensado que te pueden reconocer? No puedo evitar que vayas pero algo habrá que hacer antes... Escucha Brígida córtale el pelo y vístela con la ropa que quedó pequeña de Roberto. Tal vez así no sea reconocible y parezca un mozalbete.

Brígida le cortó su hermosa melena y la vistió de caballero. Como dijo don Roberto parecía un mozalbete mucho más joven. Roberto sonrió discretamente cuando la vio.


Esa misma tarde su madre se enfrentaba al tribunal de la Inquisición, formado por dos frailes más el Inquisidor y el acusador. Fue conducida a la sala y puesta de pie frente a los tres hombres. El fraile acusador leyó las acusaciones de brujería.

—María Burgués se le acusa de fraternizar con un judío, brujo y a su vez de brujería. ¿Qué tiene que decir en su defensa?

—Isaac del Campo era mi marido casado por la gracia de dios en la iglesia de La Fresneda, si miran el registro verán que somos católicos, practicantes y también descendientes de cristianos, allí fuimos bautizados y pueden dar fe de ello.

—Señor – dijo Tomas de Castro y Ram – es fácil fingir una vida correcta, mientras el diablo vive en su interior, pero hace unos años embrujaron al obispo de Alcañiz y así consiguieron una casa que pertenecía a mis parientes con malas artes. No sabemos si tuvieron algo que ver con la muerte de su eminencia don Juan de Sanarriga. Qué en gloria esté, pero es muy posible.

—Mi marido curaba no mataba ¡era médico!

—Calla bruja – Señor tengo pruebas de su brujería; como de otra forma su marido intentó agredirme al quedarnos solos, sabía que si encontrábamos las pruebas sería apresado y ajusticiado. Pregunte a los soldados que encontraron en la casa.

—¿Quien encontró las pruebas? – preguntó un fraile.

—Los dos soldados que la escoltan – dijo Tomás.

—Hablad decidle al prior que encontrasteis.

—Con su permiso, había una habitación con tarros y recipientes de brujería, algunas bichos en un tarro y partes de otros animales, también hojas y trozos de leña, un recipiente con algo que olía muy mal. Escuchamos ruidos y salimos corriendo, el brujo había intentado huir o agredir a don Tomás; él se defendió y lo ensartó con su espada.

Los frailes y el inquisidor hablaron entre ellos y dictaron sentencia.

María Burgués te acusamos de casarte con un judío y ser cómplice de brujería, solo podrás redimirte para entrar en el cielo, si nos das cinco nombres de brujas, brujos o judíos.

—Señor no conozco ninguna persona brujo, bruja o judío, nunca he tenido relación con tales personas.

—En ese caso ante vuestras mentiras y falsedad, nos vemos en la necesidad de entregarte al verdugo; él se encargará de sacarte los nombres o llevártelos a la tumba. Llevárosla y que se cumpla la sentencia.


De buena mañana Roberto y María salían hacia Caspe. Pasaron con precaución la zona boscosa entre las dos ciudades, (donde en alguna ocasión se habían cometido asaltos) sin tener problemas. Llegando a la ciudad Roberto le advirtió.

—Pégate a mi no hables o en su caso, procura hacerlo poco y en voz baja, no preguntes y sobre todo recuerda eres un chico. ¿Me harás caso?

—Si te haré caso ¿dónde vamos?

—Donde podamos escuchar o preguntare, es mejor que hablar. Pero sobre todo no te des a conocer a nadie que lleve sotana. No sabemos con quien podemos topar...

—¿Y donde se escucha?

—En una taberna y conozco una cerca de la Catedral y del convento. Primero tomaremos sitio en un hostal.

—No muy alejado en la calle que subía encontraron acomodo, una habitación y sitio para los caballos.

—Lo siento pero tendremos que dormir en la misma habitación. Yo dormiré en el suelo –dijo Roberto.

—Gracias ¿y ahora?

Vamos a la taberna.

En la taberna no encontraron más que algún desalmado o hambriento. Por una callejuela vislumbraron un mercadillo y acudieron a él con los oídos dispuestos a escuchar comentarios.

Rodearon el convento saliendo de los muros, en realidad no sabían qué hacer y era contraproducente dirigirse al Inquisidor. María recordó a don Pedro de Aguinaga, señor de Puigordo y que les había invitado recientemente a la boda de su hija. Los dos jóvenes se dirigieron a su casa. Una criada les atendió.

—¿Que desean?

—Quiero hablar con don Pedro de Aguinaga, no hace mucho estuve en su boda.

—Usted, usted ¿es la señorita María?

—Si ¿me recuerda?

—Es difícil con ese vestido y sin su hermoso cabello. Pero el señor y la señora no están, se encuentran en Medinaceli de visita, deben volver el sábado o el domingo y hoy es jueves.

—¿Sabe donde viven los Ram?

—Si tomen la calle a la derecha de la iglesia antes de subir la escalera, llegarán a una plazuela y allí encontrarán una casa grande, todos viven allí.

—Gracias, muy agradecida...

—Andrea señorita.

—Gracias Andrea – contestó Roberto.

Se encaminaron a la casa.— ¿Qué piensas hacer? Preguntó Roberto.

—De momento vigilar la casa, puede que la tengan allí. Tomas fue quien mató a mi padre. María parecía muy serena, aunque en realidad no lo estaba.

Pasaron la tarde sin encontrar respuestas anocheciendo se retiraron.

Pero apenas amaneció y ante la suave oposición de Roberto, regresaron a vigilar la casa, de ella salió una comitiva de dos carros cargados con baúles y muebles, conducidos por dos hombres, seis mujeres les acompañaban a pie, al salir de Caspe cogíeron el camino a Alcañiz.

—Volvamos a por los caballos.

—¿Que pasa por tu cabeza?

—Les alcanzaremos y preguntaremos si tienen a mi madre.

—Lo haremos pero te mantendrás callada o me voy y te dejo sola.

—No, estaré callada, se hará como tu digas — María no quería perder la protección de Roberto.

Salieron tras la comitiva y la alcanzaron cerca de la parte boscosa. Se acercaron al conductor del primer carro.

—Buenos días ¿Van ustedes a Alcañiz?

—Si señor.

—Van mucha gente, nosotros vamos a Valderrobles. Allí tenemos familia ¿Tienen ustedes familia en Alcañiz?

—No señor, vamos a limpiar la casa del amo.

—¿Del amo? ¿A qué familia pertenecen?

—A don Tomás de Castro y Ram.

—O si lo conozco tiene una gran casa, aunque hace años que no lo he visitado. También es grande la casa en Caspe, pero no recuerdo si tenía calabozos.

—No, no los tiene, pero si una buena bodega y hermosas cuadras.

—Tal vez al volver lo visitemos ¿sabe cuando ocupará la casa?

—Si el lunes próximo vendrá con la señora.

—En ese caso ya nos veremos, debemos seguir nuestro camino; hasta más ver.

Azuzaron los caballos y salieron al galope, apenas perdieron de vista la comitiva se escondieron en la maleza, regresando a Caspe en cuanto pasaron.

—Roberto ahora sabemos que mi madre está en los calabozos del convento. Espero que la liberen o anuncien su juicio.

—Si también sabemos que Tomas atravesará el bosque el próximo lunes. En cuanto a un juicio justo a tu madre no tengo mucha esperanza, se escuchan cosas y no precisamente buenas de la Inquisición y sus juicios.

María mañana es sábado habrá mercado y por la tarde desearía que te quedaras en el hostal necesito mezclarme con gentuza nada apropiada para ti.

María miró a Roberto.— Entiendo solo así puedes conseguir más información.

—Veo que lo entiendes.

A media tarde Roberto entraba en la taberna, se sentó a una mesa y pidió un vaso de vino. Media hora más tarde, alguien le tocaba la espalda. Tres soldados pedían su mesa para sentarse.

—¿Pueden acompañarme? Es triste no tener con quien hablar.

Uno de ellos sonrió y compartieron la mesa Roberto pidió una jarra y tres vasos, con ella entraron en conversación.

—¿De dónde eres?

—Digamos que mi espada está al servicio del conde, don Juan de la Cerda señor de Medinaceli. Y vosotros a quien servís.

—A nadie solo protegemos al inquisidor. Antes éramos la escolta del prelado pero desde su muerte... esperamos ordenes o recibir al sustituto.

—No creo que venga nadie mientras este el inquisidor Francisco Sáenz.

—¿Os da mucho trabajo?

—No más bien poco, una sola detención en quince días.

—¿Y cuándo es el juicio?

—Según dijo Martín, ya ha sido juzgada y condenada. Pobre mujer no sabe lo que le espera.

—Calla Araujo – dijo otro soldado — nadie debe saber... es cosa de los frailes, no nuestra.

Roberto vio entrar una cara conocida.

—Perdonen, les dejo ha entrado un antiguo amigo.

Un hombre se dirigía al mostrador, Roberto tocó su espalda mientras decía.

—¿Carlos? Carlos Zambrano.

El hombre se volvió y tras mirar unos segundos exclamó abrazándolo.

—¡Roberto!

—Chisss. No grites ven busquemos un lugar tranquilo; allí bajo la escalera. Dime qué haces por aquí. Hace tres años que dejaste de venir a practicar.

—Malvivo aquí.

—¿Que quieres decir?

—Trabajo en las caballerizas del convento, el anterior Obispo Juan de Sanarriga me dio el trabajo cuando falleció mi padre, él era el encargado de los caballos los llevaba a pastar cerca de la Vega. Según le escuché en alguna ocasión, los señores de Ram le advirtieron que los animales entraban en sus tierras. Pero mi padre no les hacía caso “tenía la protección del Obispo.

—¿Qué ocurrió?

—Mi padre junto a siete caballos de los doce que pastaban, fueron encontrados muertos seguramente a espada. Nunca supe quien había sido. El nunca llevaba armas solo un cuchillo. Yo solo lo tenía a él, mi madre falleció cuando yo nací y fui criado por mi tía Consuelo, precisamente ella fue quien intercedió por mí a su eminencia y me tomó a su servicio. Don Juan decidió suprimir el ganado y centrarse en las cuadras. En fin ya sabes en que trabajo y porque dejé de ir al prado.

—Carlos ¿Tienes acceso a las mazmorras?

—No ni quiero, aunque los prisioneros deben pasar por delante de las cuadras, el cuerpo de guardia está junto a ellas y la entrada a las mazmorras al otro lado.

—Últimamente, ¿sabes si encerraron a una mujer?

—Si escuché sus gritos, le aplicaron la pera por abajo y más tarde en la boca, hable con fray León “el verdugo” y el vello se me erizó con sus explicaciones, esta mañana amaneció muerta y es posible que el domingo la exhiban frente a la catedral en una jaula. Ya sabes cómo son estas cosas. ¿Por qué lo preguntas?

—Era la madre de una amiga y el culpable es don Tomas de los Ram, el mató a su padre y encarceló a su madre.

Carlos hizo una mueca, miró el vaso y posteriormente levantando la vista a Roberto murmuró.

—Creo que odiamos a la misma persona, todos los indicios de la muerte de mi padre conducen a él o a los suyos, me gustaría vengarme, nada tengo que perder pues nada poseo.

—Carlos, el próximo lunes partirán hacia Alcañiz para ocupar la casa por la cual han matado al bueno de Isaac y a su mujer.

—Si piensas en la venganza, cuenta conmigo.

—Tal vez debamos huir después.

—No importa viviré aventuras con la conciencia tranquila por vengar a mi padre. Donde tu vayas iré yo.

—Debemos contar con María y cuidar de ella. Me he hecho cargo de su hija de quince años.

—¡Una mujer! Puede ser un estorbo.

—O una ayuda, maneja la espada con destreza.

—¿Mejor que yo?

—Yo no la pondría a prueba –dijo sonriendo.

—Eso cambia las cosas, ¿Has pensado algo?

—¡Si pudieras conseguir unos hábitos de fraile! Tal vez el lunes cuando se trasladen. Podríamos...

—No hables más conozco el bosque como mi mano y además de mi espada dispongo de dos pistolas.

—Yo llevo otras dos en mis alforjas.

—No sabemos cuántos hombres le acompañarán.

—No muchos él no tiene guardia y no creo que le pida soldados al Inquisidor, dos de sus criados se encuentran en Alcañiz. Pero debemos madurar el plan. Te espero mañana en el hostal de la Peña. Cuando llamen para la segunda misa.

—Allí estaré pero recuerda es domingo y puede que cuelguen en la jaula a la madre de tu protegida, no debe acercarse a la plaza.

Lo tendré en cuenta.

—En ese caso hasta mañana tengo trabajo, he de recoger los hábitos y decirle al chico que trabaja conmigo que me voy.

—Hasta mañana.

Apenas llegó al hostal Roberto, dijo a María que su madre había fallecido el mismo día que la raptaron. No quiso informarla del terrible tormento que había padecido. Cuando la creyó suficientemente serena le informó de los planes que tenían para vengarse de los Ram. María le dijo que estaba dispuesta a todo y que difícilmente volvería a su casa.


Roberto y María esperaban en la puerta del hostal cuando apareció por la esquina Carlos.

—Buenos días.

—Esta es María, Carlos el amigo del que te he hablado.

—Mucho gusto, ¿cuándo partimos?

—Antes iremos a hacer una visita.

—Los tres jóvenes se dirigieron a casa de Don Pedro de Aguinaga, llamaban a la puerta cuando vieron venir al matrimonio de misa primera.

—Llaman a mi puerta ¿desean sus mercedes...? (sus ojos se fijaron en María) te conozco...

—Te has cortado el cabello – dijo doña Consuelo – tu eres María la hija de Isaac ¿Cómo están tus padres?

—Entremos por favor – dijo don Juan – instalados en el salón siguieron con la conversación.

—Consuelo preguntaba por tus padres.

—Yo contestaré señor, puede ser doloroso para María.

El matrimonio miró extrañado, Roberto prosiguió.

—El señor Tomás de los Ram, mató a su padre y acusó a su madre de brujería, ambos han fallecido. Y bien poco o nada puede hacer María por ellos, pero si la encuentran podría perder la vida, nosotros hemos decidido protegerla, pero los enemigos son poderosos y protegidos por el Inquisidor. Queremos huir pero en realidad... ¿Donde podemos ir? Y ¿Quien podría protegernos?

Entiendo os meteréis en serios problemas si la buscan y protegéis a María, yo no puedo entablar una lucha contra la iglesia o el inquisidor.— Don Juan deambuló un poco por la sala y preguntó — ¿A cuánto estamos?

—A veinte de abril señor.

—¿Os importaría embarcar para las Américas?

—Los tres se miraron Carlos contestó — no señor nos gustaría nadie podría buscar allí a María.

—¿María tu qué dices?

—Yo acepto – contestó sin titubeos.

—Antes de la boda mandé un cargamento de telas a Sevilla. El barco sale con otros en expedición a Portobelo. Donde se venden a buen precio, la expedición la dirige un capitán de mi confianza, Se llama Mateo Cardoso.

—Por favor aceptamos vigilar y luchar por su cargamento. ¿Tal vez una carta para Cardoso?

—Si pero tendréis que daros prisa, no siempre salen en la fecha prevista depende del cargamento, Os haré los papeles. Y una nota para el Capitán – don Juan se quedó mirando a María – no quiero pasarla por hombre, le cederé mi título de barón será “baronesa” no creo que se den cuenta y así mismo inspectora de las telas.

—Me parece bien señor.

Dieron sus verdaderos nombres y les dio sendas cartas a cada uno para el Capitán del navío.

—¿Cuando piensan partir?

—Ahora mismo señor no tenemos nada que nos haga retenga y aquí corremos peligro, emprenderemos el camino inmediatamente.

—En ese caso que dios les acompañe.

—Que él le guarde.

Se despidieron y emprendieron el camino a Alcañiz, se adentraron en el bosque hasta que Carlos dijo — aquí paramos, hay un pequeño albergue hecho con ramas donde podemos pasar el día y la noche. Esta tarde deberíamos cortar un tronco y prepararlo para mañana cortar el camino, tapado con ramas nadie sabe el tamaño o grosor y todos pararán.

—En ese caso, me parece bien pero no tenemos víveres ni agua, iré a mi casa y tras despedirme de mis padres, traeré todo lo necesario para el viaje.


Roberto cumplió su palabra y cuando el sol estaba en lo más alto se escuchó su voz que los llamaba.

—Por aquí Roberto – dijo Carlos saliendo de los matorrales.

Bajando del caballo y cogiéndolo de las riendas se internó en la maleza. Hasta llegar al refugio señalado por Carlos. Comieron y más tarde prepararon un tronco de poco peso para moverlo con facilidad. Por la noche hablaron sobre los pormenores del plan y se durmieron.

Apenas clareo, lo dispusieron todo Carlos explicó.

—María tú te adelantarás a la curva y cuando los veas venir haz trotar el caballo para avisarnos.

—¿Como sabré que son ellos?

—Don Tomás no tiene carroza, irá a caballo y si viene su señora irá sobre el carro tirado por una mula y el carretero a pie cogiendo las riendas y guiando al animal. Si ella va a caballo el carretero irá sobre el carro

—Yo me esconderé para quedar tras ellos, no quiero que escape, tu María quedaras al otro lado del tronco con una pistola en la mano. Pero sobre todo cubriros bien la cara, las capuchas de los hábitos no lo cubrirán todo.

—Yo quiero atacar a Tomás directamente – dijo Carlos.

—Está bien, como quieras.


El plan fue llevado a cabo minuciosamente, María se adelantó a la curva y vio venir dos carros formando caravana, se ocultó y los dejó pasar, el sol iba ascendiendo cuando vio la imagen de dos jinetes custodiando un carro tirado por una mula y repleto de fardos y baúles. Reconoció a Tomás y su señora a caballo, azuzó al caballo e informó a sus compañeros después de ayudar a colocar el tronco, pasó al otro lado, escondiéndose en la maleza.

Tomás llegó al troco y vio un fraile sobre un caballo al otro lado, en realidad era María.

—¿Qué ocurre? Podemos quitar el tronco entre todos si nos ayuda.

Como contestación el fraile sacó una pistola y la dirigió a él. Otro fraile salió de la maleza y lo tiró del caballo. El carretero levantó las manos. Su señora intentó dar la vuelta a su caballo pero se encontró con otro Jinete que le tomó las riendas.

El fraile que había desmontado a Tomás bajó del caballo y desenvaino la espada los dos hombres se enzarzaron en una lucha feroz, en un lance de la lucha Tomás atravesó la manga izquierda del fraile. Y eso le costó la vida pues el fraile no falló. La señora quedó muda, el fraile que sujetaba el caballo le ayudó a descabalgar y ella se dirigió a su marido llorando y gimiendo. Mientras el carretero seguía con las manos en alto mirando la pistola que le apuntaba. El fraile rebuscó entre los baúles y encontró un cofre que ató a su caballo. El otro monje cogió del brazo a la señora y la montó en el carro, desataron los bultos y los derramaron por el suelo, subiendo el cadáver de Tomás, al que quitaron la bolsa, se quedaron con los dos caballos que llevaban Tomás y su mujer y desaparecieron camino de Alcañiz.

El carretero dio la vuelta y regresó a Caspe con el cadáver de Tomás y su mujer abrazada a él; Mientras tanto los tres jinetes tras salir del bosque, tomaban una senda nada transitada en dirección a Zaragoza. Para más tarde cambiar de dirección, tomando un desvió hacia Calatayud, aunque el camino era más largo, era menos transitado. El padre de Carlos antes de entrar al servicio del obispo había sido tratante de caballos y él le acompañó desde temprana edad; por ese motivo conocía los caminos menos transitados que llevaban a pueblos y aldeas.

Anochecía vieron un arrollo y pararon, solo María no había cambiado de caballo y los animales apenas habían descansado. Los ataron largos y les quitaron las sillas los hábitos los enterraron y por primera vez vieron un rasguño en el brazo de Carlos.

—Nada importante – dijo él – pero María le aplicó un ungüento y lo vendó.

Tras saciar el apetito, comprobaron lo que contenía el cofre robado; eran las joyas de la señora con un par de bolsas de monedas. Carlos exclamó ¿soy un hombre rico? La bolsa de Tomás tampoco iba vacía.

—Debemos mirar lo que llevamos y actuar en consecuencia – dijo Roberto.

—¿Que quieres decir?

—Si en los papeles dice que María es una baronesa, debe lucir alguna joya no muy cara, en cuanto al dinero, mi padre me ha dado y no necesitamos en demasía podríamos perderlo o...

—Yo también llevo una bolsa oculta – dijo María – recogí todo cuanto había en mi casa.

—Yo apenas llevo unas monedas – contestó Carlos.

—Está bien – dijo Roberto — cada uno llevará una bolsa oculta y una pequeña a la vista, compraremos otro caballo y alguna ropa solo lo que necesitemos y nos desprenderemos de lo que sea superfluo.

—¿Por qué una pequeña a la vista?

—En las ciudades es fácil que desaparezca ¿entiendes? Hay mucha gente pendiente de ellas.

—Si lo entiendo ¿qué hacemos con el resto?

—Lo enterraremos para cuando volvamos.

—Se un lugar rocoso fácil de recordar, mañana llegaremos antes de que anochezca.— dijo Carlos.

—En ese caso tu nos guías.

Mientras descansaban María preguntó.

—Señor Carlos ¿Qué habéis sentido tras matar a don Tomás?

Carlos la miró antes de contestar – indiferencia, solo indiferencia, creía que saltaría de júbilo al ver vengado a mi padre, pero no ha sido así, no he sentido nada, aunque cuando lo pienso sé que he cumplido un deseo.


El cofre con dos bolsas de monedas y las joyas más valiosas fue enterrado donde dijo Carlos, era fácil recordar el lugar por las referencias. Compraron dos nuevos caballos y vendieron el de María, a los cinco días llegaban a Madrid. Ya no se ocultaban y dormían en las mejores posadas. Allí preguntaron por el camino a Sevilla para embarcar. El posadero les dijo.

—Pregunten al salir de Madrid hacia el sur, en la posada de la luna, de allí salen las caravanas a las indias. No crucen solos despeñaperros, hay mucho peligro.

Rumbo a las Indias

En Madrid compraron ropa nueva y una espada más ligera para María. Aunque estaba mal visto ver a una mujer vestida como hombre y mucho menos con una espada al cinto; tal vez por los vigilantes que siempre llevaba al lado, nadie se metía con ella ni con sus guardianes, armados con espada y dos pistolas cada uno.

Acudieron a la posada de la luna y preguntaron al posadero, por las caravanas que partían hacia Sevilla.

—Depende, que Galeón busquen, pregunten en aquella mesa.

A la mesa habían sentados tres hombres. Se acercaron a ellos.

—Buenos días tengan sus mercedes. Buscamos una caravana con destino a Sevilla.

—Pues la han encontrado, los tres nos dirigimos allí, buscan algún Galeón en particular.

—Si el Virgen del Remedio.

Otro señor de la mesa dijo.— ese es el mío, me llamó Gaspar Serrano. Me acompañan Fernando de Osma y José de la Riva.

—La varonesa María del Campo, Carlos y un servidor Roberto. Llevamos prisa no sabemos si llegaremos a tiempo de embarcar.

—No corran y únanse a la caravana, no se harán a la mar sin nuestras mercancías. Sus prisas han terminado y nosotros dispondremos de mas espadas para el viaje. Prepárense sin perder tiempo, pues están aparejando los caballos y partimos de inmediato.

La caravana constaba de nueve galeras tiradas por cuatro caballos cada una en su mayoría, dos de ellas transportaban Vino de la población de Toro. Carlos preguntando pudo saber que era el único vino que no se agriaba por el movimiento del barco.

Llegando a Ocaña se unieron otros dos carros procedentes de Toledo, iban cargados con armas. Veinte días después de salir de Alcañiz llegaban a Sevilla.

Gaspar dio órdenes y la caravana se deshizo cada cual buscaba su Galeón. Los tres siguieron a Gaspar, este fue a un cuerpo de guardia y le indicaron. Por primera vez vieron la torre del Oro y por fin leyeron el nombre del Galeón.

—Síganme – dijo Gaspar – ese es el contramaestre, el se encarga de todo en ausencia del Capitán.

—Subieron la pasarela tras Gaspar, este entregó los papeles al contramaestre y a continuación les presentó. Roberto entregó la carta y el contramaestre llamó a un marino.

—Jesús lleva a estos señores con el capitán.

Siguieron a Jesús y tras torcer en una calleja entraron en una taberna. Un hombre comía solo en una mesa.

—Capitán estos caballeros le buscan.

Sin dar tiempo a nada, Roberto alargó las manos con las credenciales. El capitán se limpió con un pañuelo de seda que llevaba en la manga y tomó la carta.

—Siéntense por favor ¿quieren comer?

—Se miraron y se sentaron pidiendo comida.

—Así que ustedes son los vigilantes del cargamento de telas. Su pasaje no ha sido pagado. Y solo puedo disponer de una habitación pequeña “si la pagan” de lo contrario la ocuparán algunos oficiales.

—La queremos y pagaremos,

—¿Los tres? En la misma no es muy grande y la baronesa...

—Capitán, protegemos tanto a la mercancía como a la baronesa, una sábana en medio sobre una cuerda, hará milagros.

—No será la única mujer abordo, también vendrá una condesa y su ama. No dispongo de más camarotes. Mis oficiales dormirán muy agrupados y yo compartiré mi camarote con el contramaestre o mi segundo de abordo. Ya la están dividiendo con madera.

—Lo entendemos, será suficiente. Comamos.

Carlos dijo – Capitán llevamos seis caballos con sus sillas.

—No caben los caballos, deben deshacerse de ellos o en su caso hay un Galeón en el que pueden subirlos, pero les cobrarán caro, deben comer durante muchos días, les aconsejo que los vendan y compren nuevos caballos al llegar; las tres sillas pueden llevarlas en su aposento o comprarlas también al llegar. Recuerden durante el trayecto comerán conmigo y los oficiales, lo mismo que yo coma no habrá nada más. Prepárense para pasar setenta días abordo con buena mar.

—¿Y con mala mar? – preguntó Carlos.

—Ni se sabe, puede que no lleguemos. En fin estén alerta, en cuanto carguen todos los galeones partiremos, quedan caravanas por llegar. Será cosa de dos o tres días, mientras tanto les aconsejo que busquen posada. (Se levantó mirándolos) Coman con tranquilidad yo daré aviso al contramaestre de su acomodo.

Aconsejados por el posadero, subieron rio arriba en busca de un tal Santiago, solía ser quien mejor pagaba los caballos y las sillas. Una vez realizada la venta volvieron a la posada donde habían conseguido dos habitaciones.

Como había dicho el capitán a los tres días embarcaron por la noche, durmieron por primera vez en su estrecho camarote y conocieron por primera vez el balanceo de un barco. Con las luces del alba se llamó a la marinería y partieron.

En el puerto de Cádiz se les unieron seis Galeones más. El almirante que mandaba la flota Tristán de Iñiguez, iba en el San Esteban. Los tres aprendieron que las ordenes se daban izando banderas y se trasmitían de nave en nave. La flota constaba de veinticuatro galeones una decena, con gran cantidad de soldados iban al frente y a los costados. El numero de marinos y soldados difería de unos a otros mientras el Virgen del Rosario llevaba mas carga y menos hombres. Ochenta marinos de los cuales quince eran oficiales y cinco grumetes, apoyados por cincuenta soldados. El San Esteban tenía ciento quince marineros y doscientos soldados.

El galeón no se podía ensanchar y cuando trasportaban mujeres... eran un problema para los marineros y sus necesidades, pero el castigo que consistía en pasar por la quilla, guardaba los modales como la zorra a las gallinas. Las necesidades las realizaban en su alojamiento, en un cubo que más tarde arrojaban al mar y del cual sacaban el agua para lavarse. Los marinos y soldados tenían su rincón, donde defecar directamente al mar. El mar estuvo tranquilo hasta que llegaron a Canarias, allí rellenaron las despensas y emprendieron la aventura de cruzar el océano, a los pocos días conocieron lo que era un oleaje, más tarde les sorprendió una tormenta, las olas barrían la cubierta y apenas estaban en sus puestos los imprescindibles, naturalmente atados, como el timonel. Durante un par de días no se molestaron en ir a comer permaneciendo encerrados en el camarote y solo saliendo para vaciar los cubos.

Llevaban treinta y ocho días de travesía, Carlos se levantó a orinar en el cubo y se sorprendió al ver que acertaba. El barco apenas se movía.

—¡Roberto! ¡María! Despertad ha cesado la tormenta. Dios mío tengo hambre.

—Esperad subamos unos cubos de agua, lavémonos y cambiemos la ropa – dijo Roberto.

El agua para lavarse debían cogerla del mar tirando un cubo sujeto por una cuerda y subiéndolo a cubierta. Mientras lo hacían salió el ama de la señora marquesa, pidiéndoles ayuda, la complacieron subiendo dos cubos más. Se lavaron y fueron al comedor de oficiales, apenas quedaba pan un poco de tocino colgando del techo y poco más, agua y vino. La marquesa y el ama entraron cuando comían y repartieron el botín con ellas. El vino a temperatura ambiente, parecía quitar el hambre. La marquesa apenas había salido hasta entonces de su camarote, donde le servían la comida y se presentó.

—Soy Isabel de Azuaga y Lerma voy a Portobello donde está mi prometido, el marqués de Castroviejo, es el gobernador y comandante de la ciudad. Mi sirvienta se llama Azucena y les agradezco que la ayudaran esta mañana.

—Doña Isabel esta joven es la baronesa María de Campos.

—Yo don Carlos Zambrano – se apresuró a decir — y el señor don Roberto de Orduña, a su servicio. Como verá todos descendemos de buenas y ricas familias.

—¿Y que buscan en las indias?

—Digamos que aventura.

—¿También la baronesa?

—Doña Isabel: María quedó huérfana, su única familia está en las indias pero no sabemos dónde y nosotros nos hemos comprometido a ayudarla y encontrar sus parientes, también a protegerla, en una palabra ser sus paladines.

—Su causa les honra.

—También tenemos como misión proteger el cargamento de telas de don Pedro de Aguinaga.

—Espero que cumplan su cometido sin peligro.

—Y nosotros que usted tenga una feliz boda.


Decidieron limpiar el camarote y fregar el suelo, lo cual les llevó el resto de la mañana. El barco apestaba habían muchas personas en el, pero su olfato ya no se percataba del olor, se habían acostumbrado.

A la tormenta siguieron días de intensa calor, muchos marinos sacaban cubos de agua y se los tiraban por encima en cubierta un joven oficial se fijó en María y empezó a mofarse de ella, le echaba en cara que no se echara agua como un hombre cuando vestía como un joven. El comandante de los soldados, les hacia caminar por cubierta y en ocasiones practicar con la espada, cosa que no hacían los oficiales.

Una tarde mientras practicaban con la espada. María se acercó al comandante y le dijo.

—Don Julián ¿acaso los oficiales no necesitan practicar? ¿Tan diestros son?

Don Julián la miró sin contestar, pero María insistió.

—No sé qué comportamiento tendrían algunos de ellos en un abordaje, seguramente se esconderían o dejarían que los soldados y marineros luchasen por ellos.

—Baronesa está cruzando una puerta muy gruesa, nuestros oficiales todos ellos, son diestros con la espada y la pistola.

—Yo los veo oxidados.

—Si no fuera una señorita le haría cruzarse con uno de ellos y...

—Pues no pierda la ocasión – con un movimiento rápido le quitó la espada a un oficial y señaló al que la había ofendido – Que le parece Castro.

—Castro echó una carcajada, la soldadesca había bajado los brazos todo el bajel miraba a la descarada moza. Era un desafío en toda regla. El capitán del barco estaba junto al timón con Roberto y la marquesa.

Don Julián no sabía qué hacer, miró al capitán y Roberto le susurró — ¡que la dejen luchar! — Una inclinación de cabeza del capitán y Julián dudando dijo.

—Adelante sin muerte, un rasguño o ser desarmado da la victoria al contrario.

La expectación era total dejaron sitio y muchos se sentaron en el suelo para dejar ver. Algunos hicieron apuestas contra María.

Las espadas se cruzaron, en los primeros envites María demostró que sabía lo que hacía, mientras estudiaba el manejo de la espada de su contrincante y este resultaba muy de escuela militar. Castro sudaba e intentaba encontrar un punto flaco en la defensa de María; dio dos pasos atrás para encontrar resuello, cuando se escucho la voz fuerte de Roberto.

—Estas tardando mucho ¡termina ya!

—Castro creyó que se refería a él y atacó con fiereza. Momento que aprovecho María para parando sus dos primeros golpes, envolverlo con rapidez, no pudiendo Castro parar la espada, que María movía solo con la muñeca y le infringió un corte en el hombro derecho que le hizo soltar la espada. La cara de Castro era un poema había sido vencido por una jovencita.

María devolvió la espada al capitán de la guardia, como ve están oxidados. Se dirigió a Castro.

—Al igual que os he herido puedo curar vuestro brazo.

—Se reconocer cuando he perdido si sois igual de diestra de sanadora como con la espada, no puedo estar en mejores manos.

—Don Castro solo es un rasguño.

—Si pero mi imagen ha quedado dañada.

—No puede dañaros lo que no sabéis, primero os he cansado y más tarde vuestra espada ya no era tan rápida, padecéis el mal de la academia.

—¿Qué queréis decir?

—Utilizáis la espalda como un golpeo con todo el brazo, la muñeca es más rápida, además estáis lento de reflejos a causa de la inacción.

—Dios mío, ¿podría morir en un combate? Con lo que decís podríais haber terminado antes.

—Si pero para eso debería mataros.

—¿Quien os instruyó?

—Roberto y su padre. También Carlos aprendió con él. Procurad no desafiarlos.

Y vos como entendéis tanto de medicina.

—Lo aprendí de mi padre.

—Quiero pediros perdón, no me comporte bien con vos.

—Ya habéis recibido vuestro castigo ¿ Amigos?

—Amigos estoy en deuda con vos.

—Entre amigos no hay deudas solo favores.

Se estrecharon las manos y Castro salió del camarote Mientras ambos capitanes hablaban con Roberto.

—Vos sabíais que María vencería.

—Si, lo sabía “aunque podía equivocarme”. Estuve seguro cuando vi manejar la espada al oficial.

—¿Tan mal la maneja?

—No más mal que cualquier soldado, sus clases de espada son muy primitivas las usan como un garrote, y la espada “trapera” hiere más con la punta. Hay que utilizar el largo de la misma para herir. No os habéis fijado en María. Llamad a un soldado.

—¡Núñez! Id a por vuestra espada.

—Carlos ¿quieres...?

—Si como no.

Núñez y Carlos cruzaron las espadas, mirad el brazo del uno y el del otro, Núñez solo ataca de frente o de arriba abajo. Mirad a Carlos.

—Si ahora lo entiendo apenas mueve el brazo y para sus golpes con facilidad.

—¡Pasa al ataque! – gritó Roberto.

La espada de Carlos se movía con rapidez y la espada de Núñez salió por los aires.

—He entendido la lección, señor Roberto le importaría dar clases a mis oficiales. Les prometo tres caballos bien pertrechados, cuando lleguemos a puerto.

—Será un placer colaborar con mi Rey y mi país.

A partir de ese día todas las tardes había clase de esgrima en cubierta para los oficiales, con tres maestros de esgrima.


Los días eran interminables y se repetían uno tras otro, dependiendo del oleaje. Un buen día un par de gaviotas se pararon en el palo mayor, cuando el sol se acercaba al medio día, el vigía, anunció tierra. El capitán miró por el catalejo, mandando dos grados a babor una hora más tarde. Echaban el ancla una isla del Caribe y bajaban los botes; cinco con soldados fueron la avanzadilla, a una señal de estos todos lanzaron los botes al agua. Durante toda la tarde realizaron viajes transportando víveres y a la mañana siguiente con el alba reanudaron el viaje.

Tres días después se separaban los seis Galeones procedentes de Cádiz en dirección a Cartagena de Indias escoltados por dos galeones de la guardia.

Hacía seis días que habíamos dejado Puerto Rico, una maltrecha y antigua carabela navegaba hacia la flota, se acercaron a la nave capitana, el Comandante de la flota hablo con los ocupantes e inmediatamente, empezaron a izar banderas.

La primera orden fue desplegar todo el trapo rumbo a Portobello. Roberto preguntó al capitán del barco.

—¿Qué ocurre?

—Treinta y cuatro barcos atacan Portobello y vamos en su defensa.

Roberto pronto echó las cuentas, quedaban ocho galeones bien armados y veinticuatro, con cargas y menos soldados.

—Se lo que piensa, le diré que somos autosuficientes para defendernos, los marinos defienden sus vidas igual que los soldados y nuestros cañones son tan efectivos como los del comandante.

—¿Nosotros que podemos hacer?

Mantenerse escondidos, solo en caso de abordaje deben defender el barco y con él sus vidas.

El puente era el lugar más poblado con oficiales dando órdenes y recibiendo. Por parte de unos u otros oficiales. Los marinos por descontado estaban atentos a las maniobras del barco.

Cuatro horas más tarde pasando el medio día avistaban la flota Inglesa. El capitán del barco se fue al castillo de proa con tres, grumetes para transmitir órdenes y el segundo de abordo se instalaba junto al timonel.

Los soldados y parte de los marineros cargaban cañones. Sobre cubierta se cargaban arcabuces con metralla. Roberto no sabía de dónde salían tantas armas, los arcabuces eran depositados dentro de barriles o rollos de cuerdas. Así un solo marino podía disparar varios de ellos.

Las banderas subían y bajaban mandando las órdenes a los otros barcos. El comandante previniendo la maniobra de la flota enemiga los cuales en teoría girarían para enfrentarse a ellos, dispuso que las ocho naves con más soldados y mejor armadas, atacaran en cuña dejando dos barcos enemigos en medio a cada lado así uno de los costados del enemigo quedaba inutilizado, mientras los españoles podían usar los cañones de los dos lados. Les seguirían el resto intercambiando las entradas entre los barcos y dando tiempo a los ocho primeros a dar la vuelta si seguían navegando, los galeones de los soldados, giraron en ángulo de cuarenta y cinco grados, sus dos primeros cañones por banda al frente, era una triquiñuela para disparar antes que los ingleses, apenas llegando las proas, con la sorpresa que eso suponía para las naves enemigas y retrasando así su respuesta por la sorpresa.

El encuentro entre las dos flota se realizó según lo planeado. Los galeones españoles un poco más altos que los ingleses barrían las cubiertas con los arcabuces dejando un gran número de heridos. El Virgen del Rosario se vio bloqueado por dos barcos enemigos, el capitán mandó los arcabuceros a babor donde más soldados enemigos habían y más alejados estaban. Mientras a estribor los garfios anunciaban el inminente abordaje. Los atacantes fueron recibidos con disparos de pistolas a bocajarro lo cual menguo su número, entablándose a continuación una lucha cuerpo a cuerpo sin cuartel. Que pronto cayo del bando español. Una tanda de cañonazos a bocajarro hundía el barco de babor, el buque enemigo empezó a hundirse. Los marinos ingleses saltaban al agua empujados por los españoles.

El capitán vio a María entre el fragor de la lucha espada en mano derecha y porra en mano izquierda.

—¿Qué hacéis aquí?

—Como vos, defiendo mi vida y mi galeón – dicho esto siguió luchando sin hacer caso al capitán. Los tres amigos se abrían paso hacia el otro barco apoyándose unos en otros, el capitán seguía junto a María como si quisiera defenderla mientras daba órdenes. Carlos dijo, no quedan muchos ingleses, los arcabuces han hecho mella en ellos, podemos abordarlo. Los ingleses debían pensar lo mismo y tiraron los ganchos de abordaje hasta que colocaron una pasarela. Pero los tres se lanzaron sobre la pasarela, y al verlos el capitán gritó “al abordaje” fueron seguidos por la tripulación y se adueñaron del barco. El capitán mandó izar la bandera española sobre el mismo. Anochecía y seguía escuchándose algún cañonazo. Solo seis barcos ingleses maltrechos, pudieron escapar, la flota española perdió cuatro naves y apresó dos galeones enemigos y una carraca de avituallamiento.

Los galeones se acercaron a puerto mientras algunas naves seguían ardiendo hasta hundirse. Los botes recogían marinos españoles vivos y mataban a los ingleses. Durante muchos días el mar devolvió cadáveres de ambos bandos a la costa.

A media noche desembarcaban en el puerto molidos y exhaustos, dejándose caer en barracones con la soldadesca.

Una voz y un golpe en el pie los despertó.

—¿Capitán?— dijo Carlos intentando abrir los ojos.

—Si, abran los ojos y despierten, su equipaje ha sido descargado, lo hemos dejado en una pensión acompáñenme. En una hora están invitados a comer con el gobernador, deben adecentarse antes de acudir.

Se levantaron renqueantes Roberto había recibido un golpe en un costado, se dio cuenta que no podía respirar profundamente sin notar el dolor, Carlos llevaba una quemadura en la frente y un golpe en el antebrazo izquierdo, María apenas podía mover sus piernas, estas al enfriarse estaban prácticamente agarrotadas. Como pudieron siguieron al maltrecho capitán que cojeaba, pero les llevó a la pensión.

—Señores cuando estén disponibles esperen a dos soldados que les acompañarán, procuren calentar sus cuerpos, yo me retiro.

—Se lavaron y cambiaron las ropas, cada uno disponía de una habitación separada, por primera vez. Los dos soldados les esperaban y les condujeron a la casa del Gobernador.

Al llegar entregaron los papeles a un sirviente e inmediatamente les hizo pasar. Fueron recibidos, por el gobernador y la Marquesa Isabel, que hizo las presentaciones.

—Así que ustedes son los tres valientes que defendieron el navío de mi señora y apresaron un galeón ingés.

—Solos nunca hubiéramos podido señor gobernador, colaboramos con soldados y valientes marinos.

—Su humildad les honra – el gobernador se fijó en María — ¿pero tú eres muy joven, cuántos años tienes?

Isabel intervino – perdona se me olvidó decirte que es una mujer, María luchó codo a codo con ellos, como un soldado más.

El marqués se quedó con la boca abierta — ¡Una señorita!

—Si la baronesa, María del Campo.

—Vaya, Vaya no lo esperaba; pero pasemos al comedor algunos invitados ya están allí.

Solo tuvo el criado que abrir una puerta. En el comedor se encontraban más de veinte personas.

Venid y sentaros a mi izquierda dijo la marquesa. María se sentó a su lado, a la derecha del Gobernador se sentó el obispo y el abad del convento, quedando frente a ellos. Durante la comida se habló de la heroicidad de los tres y como el capitán les había recomendados para una recompensa, al almirante de la flota. El cual también se encontraba en el banquete. Durante la comida celebraron y brindaron por la victoria.

Nuestros amigos estaban lejos de su ambiente. Y sus ropas pese a ser decentes no estaban al nivel de la recepción.

Pasaron a un salón donde se servían licores. El obispo seguido por el abad se acercó a María.

—Baronesa.

María hizo una reverencia y besó el anillo.

—Eminencia.

—No es de buen vestir el vuestro, no es digno de una dama. Debéis miraros en la condesa.

—En ella y en mi madre me miro eminencia, pero hice la promesa a la virgen ante la tumba de mi padre que defendería las enseñanzas de Cristo, la justicia y a mi patria hasta los treinta años y sus ropas no son las más apropiadas para llevar una espada. Cuando cumpla con mi promesa podre vestir como una señora. Es mi penitencia, la que me impuesto y debo cumplir con la virgen.

—En ese caso decidme donde os alojáis y os mandaré una dispensa.

—Gracias excelencia, estamos en el hostal del Cuervo.

La marquesa se unió a la conversación.

—María decidme ¿qué necesitáis?

—Mi señora, el capitán nos prometió tres caballos y creo que cumplirá su promesa, no creo necesitar nada más...

—Si, nos puede hacer un favor – interrumpió Roberto – podría facilitarnos documentos que nos habrán puertas en este nuevo, desconocido y peligroso mundo.

—¿Pues cual es vuestra misión? Interrumpió el marqués y gobernador.

—Debemos custodiar el cargamento de telas de don Pedro de Aguinaga y creo que en breve tendremos que partir.

El conde llamó a un criado – haz venir al escribano.

La orden era hacer un salvoconducto para cada uno, nombrándoles “paladines de la iglesia” con permiso y sello del Obispo, bajo la protección del Rey y de la iglesia.

—Por mi parte les otorgaré el rango de oficiales del ejército como Alférez.

Media hora más tarde el marqués y el Obispo firmaban y sellaban los salvoconductos. Aconsejándoles que comprasen ropa acorde a su rango, e informándoles donde podrían adquirirla.


Con el buche lleno se dirigieron al puerto – querían preguntar por el cargamento de telas. El capitán del barco les dijo que lo sacarían al día siguiente y que si alguien preguntaba por él les avisaría. El barco no había sufrido excesivos daños y sería reparado en unos veinte o treinta días, no partiría de inmediato pues se avecinaba la época de las tormentas.

Decidieron pasar por la sastrería y pedir con urgencia ropa, pero nada lujosa más bien practica para cabalgar y un par de cómodas botas. Regresaron al hostal bajo la lluvia, durante los tres días que pasaron en Portobello les llovió los tres. Pero aprovecharon el tiempo para informarse de cómo se vivía en las indias, se extrañaban de la gran cantidad de esclavos de todas las razas; de que disponían los españoles y como los trataban.

El capitán cumpliendo con su promesa les dejó en los establos tres hermosos caballos bien pertrechados.

Al cuarto día les llegó un aviso del puerto los comerciantes que debían vender las telas se habían presentado al capitán del barco. Rápidamente acudieron a su encuentro y el capitán les presentó.

—Don Ramón de Ulloa – dijo el capitán los señores son los protectores del cargamento, según rezan sus papeles. Don Roberto, la baronesa María y don Carlos. Don Ramón les dará explicaciones de cómo funcionan aquí los negocios y las ventas.

—¿Les parece bien si tomamos un vaso de ron? – dijo Ramón.

—Como usted desee — se acercaron a una taberna y se sentaron, tras pedir Roberto dijo.

—Explíquese como se hacen aquí las ventas o los tratos.

—Si, verán, en breve llegaran caravanas de compradores del otro mar, ellos se llevarán los fardos al otro lado de Panamá y allí embarcarán vendiendo las telas por la otra costa del continente.

—Si lo he entendido bien usted las vende aquí y termina su trabajo cobra y manda el dinero a don Pedro de Aguinaga. Posiblemente en la mismo navío.

—Así es, el cobrará cuando regrese la nave en primavera.

—¿Y usted cuanto se queda?

—Suelo trabajar por una cuarta parte.

—Como le ha dicho el capitán somos los vigilantes del cargamento, no venderá nada si no estamos presentes, entiende debemos responder ante don Pedro y me parece mucho una cuarta por tan poco trabajo.

—Siempre ha sido así y es lo justo. No habrá problemas, en cuanto se realice la venta firmaré los papeles al capitán y le entregaré el dinero.

—¿Sabe cuando llegaran?

—En dos o tres días.

—Gracias nos veremos. Avísenos de su llegada queremos estar presentes en el trato.

—Así será, ahora debo ver otros cargamentos.

Se fueron paseando sin prisas, Mientras Ramón iba en dirección contraria.

—Escucha Roberto – dijo Carlos – yo no me fio del tal Ramón y una cuarta parte sin hacer más que hablar me parece... excesivo.

—Estoy contigo.

—Si vale mi parecer creo que debemos vigilarlo – comentó María. La taberna parece el punto de reunión. Tal vez podamos saber quien viene a por el cargamento, deberíamos ir a preguntar.

—Si pero creo María, que tu deberías quedarte en la pensión.

—¡Se defenderme! – contestó con dureza.

—No lo dudo, pero hay mucho hombre bebido y mujeres dispuestas a sacarles el dinero, no te lo tomes como un agravio pero no nos interesa que alguien se fije en ti y tengamos que batirnos. Tenemos una misión.

—Entiendo, me quedaré a disgusto.

Tras dejar a María y cambiarse de ropa, acudieron a la taberna y preguntaron al tabernero por las caravanas que llegaban del otro mar, la respuesta fue inmediata.

—Están en los almacenes cerrando tratos y posiblemente cargando.

Salieron corriendo y así era, afortunadamente vieron a Ramón hablar con unos y no habían empezado a cargar, acababan de cerrar el precio. Don Ramón se quedó blanco, al verlos entrar.

—Don Roberto ahora mismo iba a avisarles.

Roberto con toda tranquilidad, dijo, sin mirar a Ramón

Buenas tardes señores, yo soy la persona con quien tienen que tratar el precio de las telas diganme. ¿Que han ofrecido a don Ramón?

—El trato está cerrado los fardos ya son nuestros – contestó el jefe de la expedición.

—Todavía no son suyos mientras yo no disponga del dinero. Don Carlos llame a los guardias que están vigilando el almacén – Carlos obedeció y al instante se presentaban con él, dos guardias frente a los tratantes.

—Señores ¿quieren que les acuse de robo?

—Pero nosotros hemos entregado a cuenta unas piedras a...

Se miraron entre ellos buscando a...

Don Ramón salía por la puerta y montaba a su caballo partiendo a galope tendido.

—Y bien señores ¿hacen el trato conmigo? o le vendo las telas a don Carlos.

El jefe de la caravana se volvió y dijo a dos acompañantes — ¡Recuperad! – los dos hombres salieron rápidamente del almacén montando a caballo y desapareciendo.

El trato era veinte monedas de oro por fardo y treinta por los de seda.

—Yo ofrezco Treinta y cinco por fardo y cincuenta por la seda – dijo Carlos.

—Un momento don Carlos – cortó Roberto.— Los señores tienen preferencia si igualan el precio las telas son para ellos – se dirigió a los compradores.

—Calculo que era lo que pensaban pagar con las piedras que han entregado a don Ramón.

—Si pero se las ha llevado.

—Espero que sus hombres las recuperen por su bien, en cuanto firmemos y me pague puede cargar, de lo contrario don Carlos se hará cargo de ellas. Los hombres se reunieron junto a un par de carros, hablaron entre ellos y dijeron.

—No podemos pagar tanto no tenemos tantas monedas y no ganaríamos nada.

—Carlos dijo – tienen razón y no quiero ser un estorbo dentro de una semana viene otro cargamento esperaré.

Entregaron una bolsa de cuero con doscientas setenta monedas de oro y como decían ellos, una pequeña de tela con piedras para completar el precio. El fardo de seda quedó en cuarenta monedas.

Roberto aceptó y firmaron la venta. Los soldados regresaron a la puerta y la pareja se acercó a aduanas, colocando la bolsa dentro de una caja de madera clavada con clavos. El nombre de don Pedro de Aguinaga y la dirección, fue escrita con tinta negra y una brocha, colocando un precinto lacrado sobre la caja. En ese momento quedaban libres de favores. El ejercito se haría cargo de que la caja llegase a su destino, “si la nave no era hundida”.


Amanecía un nuevo día, mientras desayunaban se preguntaban qué habría sido de don Ramón y si los comerciantes habrían recuperado la bolsa. Carlos dijo que podrían visitar su pueblo y saber cómo vivía. No tenían otro trabajo, disponían de tiempo y necesitaban un poco de aventura. Se acercaron a la taberna y preguntaron por él, la mujer del tabernero dijo que vivía en Casacucho al sur de panamá era una aldea en dirección a choco o al menos eso había escuchado.

Poco tuvieron que dialogar, al día siguiente salieron de Portobello lloviendo y a la hora hacía un calor terrible. Aconsejados por la tabernera, se habían provisto de velos trasparentes. Apenas llegaron al bosque los insectos los martirizaban, usaron los velos para ellos y las cabezas de los caballos. (Como vieron hacer a la caravana que les precedía) pese al calor usaban guantes para las manos. La jungla se espesaba y solo una marcada senda mostraba el camino. Llevaban dos horas en el bosque cuando se quedaron parados. Un hombre colgaba de un árbol sin que nadie lo descolgase, era Ramón. Lo descolgaron y comprobaron que estaba muerto. Lo dejaron junto el árbol donde lo habían colgado. Carlos le quitó el cinto con el cuchillo y el anillo del dedo, una pistola descargada estaba a sus pies, creyeron que tal vez estuviera casado y decidieron seguir hasta su pueblo.

Dos días les costó llegar. Era un enclave donde no habían más de diez o doce casas y algunas cabañas. Parecía un puesto de paso, habían muchos nativos por la calle algunos llevaban cadenas en los tobillos. Pero sobre todo los negros.

En medio formaba una plaza y todo estaba a su alrededor. Preguntaron por Ramón y un esclavo indicó la casa más lujosa. A ella se dirigieron descabalgaron y llamaron a la puerta una nativa les abrió.

—¿Que desean sus mercedes?

—¿Vive aquí don Ramón?

Soltó un solitario – Si – y se quedó muda.

—¿Vive solo o está casado?

—La mujer entró sin contestar y al momento salió una mujer de tez morena, podría ser perfectamente española.

—¿Buscan la casa de Ramón? Pues la han encontrado ¿En qué puedo servirles? Me llamo Carmen.

—Verá lo hemos encontrado muerto. Esto es suyo – dijo Carlos tendiendo las manos con sus armas.

—Nada es mío, pueden quedárselas. Pero pasen seguramente tendrán hambre, tiempo tendrán de contarme — llamó a la nativa y dijo – que se encarguen de los caballos. Entraron en la casa tras ella; una gran cocina hacía las veces de comedor.

—Lo esperaba hoy, he hecho pan, está recién horneado y tengo asado en el horno que no comerá.

—La mujer llenó la mesa antes de fijarse en María.

—Es usted muy joven para vagar por estas tierras.

—Me llamo María y llevo buena escolta.

—Perdón la había confundido con un joven.

—He visto muchos esclavos con cadenas en los pies ¿de quién son?

—Algunos de Ramón.

—este era su anillo le pertenece.

—No, no es mi marido aunque vivo cinco años con él.

—¿Y ahora?

—La señora se quedó pensando ¡Ahora! tengo familia en Chocó, hay más de dos semanas de viaje. Yo sola no puedo ir y si me llevo los esclavos pueden atacarme por el camino. Estoy... en fin pueden quedarse en mi casa en ocasiones la usamos como posada, al menos ustedes imponen respeto. El único miedo que tienen los esclavos es a los otros amos del poblado.

—¿Qué vida tienen ustedes aquí?

—Como les he dicho, utilizamos la casa como posada o cambio de caballerías, también los vendemos, tenemos mulos; en fin comerciamos.

—No sé cómo llegó usted aquí, parece española.

—Yo trabajaba en un burdel y creí que Ramón era mi salvación, pero me sacó del purgatorio y me trajo al infierno.

La señora empezó a recoger la mesa. María dijo en voz baja.

—No me gusta la esclavitud.

—A mi tampoco – contestó Carlos.

—Señora Carmen ¿Cuanto pagaría usted si la acompañamos a Chocó? –dijo Roberto elevando la voz.

—¿En doblones?

—No en esclavos.

—No entiendo.

—Nosotros estamos dispuestos a protegerla y llevarla con su familia, pero no aceptamos la esclavitud. Digamos que dejaría libres a los esclavos y nos daría unos doblones para el regreso.

Carmen cayó, mientras pensaba los tres estaban pendientes de su respuesta. Por fin habló.

—¿Cómo puedo soltar a los esclavos sin que caigan en manos de otros amos?

—Les haremos un certificado a los que han sido bautizados dándoles la libertad; tenemos el sello de su... de Ramón.

—Todos han sido bautizados.

—En ese caso a todos.

—Está bien dispongo de seis caballos y cuatro mulas. Les entregaré tres monedas de oro y un caballo a cada uno, que pueden vender cuando lleguemos al destino o regresen.

Carlos dijo inmediatamente — ¡Aceptamos! – el trato estaba cerrado. Durante el resto de la tarde, se quitaron cadenas y se entregaron certificados. Cuatro varones y tres hembras quedaron libres. Carmen vio que entregaban el certificado firmado, sellado y un doblón de los que les había dado y añadió un nuevo doblón a cada esclavo.

Todos estaban dentro de la casa. Carmen aprovechó para hablarles.

—El amo ha muerto, pero nadie del poblado lo sabe, ahora sois libres, yo me iré mañana, los que queráis podéis quedaros en la casa o iros, será vuestra decisión y no la mía.

Anás el más viejo dijo— ¿señora podemos quedarnos los mulos?

Carmen miró a Roberto y este movió la cabeza afirmativamente.

—Si podéis quedároslos.

—En ese caso, yo no pienso moverme de aquí ¿dónde voy a ir? Si me preguntan diré que cuido la casa para mi amo y ama.

—Como he dicho dependéis de vosotros mismos – contestó Carmen dando media vuelta y dirigiéndose a su habitación. El resto de la tarde la pasó preparando el equipaje.

Los tres amigos salieron a tomar el aire y reconocer los alrededores de la aldea.

– ¿Por qué no quiere irse el viejo? Preguntó María.

—Es negro, y su país es África no puede regresar a su poblado, posiblemente lleve más años aquí que allí. Ahora se sentirá feliz y vivirá como siempre lo ha hecho en casa de su amo, no notará excesiva diferencia, pero será libre para elegir lo que hace sin amos que le manden.

—Si es triste, pero siento mi conciencia tranquila.

—María un día me preguntaste que había sentido al matar a Tomás, ahora te pregunto ¿qué sentiste durante el abordaje? mataste a varios hombres.

María respiró profundamente.— Sentí rabia y veía a Tomás y el inquisidor en el rostro de cada hombre, no podía parar, hasta que me pudo el cansancio. No pense que eran hombres a los que no conocía. ¿Si es a lo que te refieres? No pensé que pudieran herirme.

—Me alegro que ese fuera tu bautismo, pues así no dudarás cuando tengas que matar, pero recuerda que también puedes morir.

—Si Carlos lo tengo presente lo he recordado muchas veces desde la batalla y creo que tuve suerte o alguien me protegió... tal vez mis padres.


Amanecía, se escuchaban ruidos y relinchos de caballo. Pronto salieron de las habitaciones. Carmen estaba en la cocina.

—Comed, Ana y Raspas están cargando los caballos; ellos vienen con nosotros. Por propio deseo.

—¿No comen?

—Ya lo han hecho.

El resto de los esclavos entraron y les invitaron a sentarse a la mesa.

—Sentaros ahora es vuestra casa, hoy seré yo quien os sirva – dijo Carmen. Y así lo hizo.


Los caballos estaban preparados y los sacaron de las cuadras. Cuando se disponían a partir un hombre cogió las riendas del caballo de Carmen sujetándolo y preguntando.

—¿Donde vais?

—A reunirme con mi familia en Chocó donde me espera mi marido.

—¿No iba a Portobello?

—Don Sebastián estáis mal informado hace dos días que volvió de Portobello y tras liberar a los esclavos partió hacia Chocó. Puede que tardemos en volver, mientras tanto los esclavos con plena libertad, cuidarán de mi casa.

—¿Los dejas libres?

—Si libres y dueños.

Ante la seriedad de Carmen, el hombre soltó las riendas y la caravana se puso en marcha.

—Si les ocurre algo tendrá que pagar por ello – agregó Roberto mientras pasaba a su lado.

—Quien es ese tal Sebastián— preguntó Roberto.

—Un pobre diablo que solo dispone de una choza, al parecer fue alguien en algún sitio. Aquí no es nadie.

Con rumbo desconocido

Tan pronto cruzaban por estrechos senderos, como se encontraban con que la vegetación cerraba el camino, tuvieron que vadear ríos o riachuelos. En ocasiones los insectos los invadían. Para los españoles era un martirio, preferían la lluvia a los insectos, algunos días podían caer cuatro o cinco cortos chaparrones, pero se iban acostumbrando al agua y al calor.

María empezó a tener fiebre, pero Ana recogió unas hiervas y tras hervirlas las dio a María, esta bebió y en solo dos días la fiebre había desaparecido.

Durante el viaje intercambiaron sus conocimientos sobre las plantas y remedios. Pero María comprendió que Ana creía en los chamanes, lo cual no quiso poner en duda y aunque no podía creer en ellos si tenía confianza en Jesús y su madre María.

Tres largas semanas y Carmen dijo — estamos en Chocó.

—Yo no veo más que colinas y lagos, no hay población.

—Chocó es un país o una zona, nos dirigimos a la población de Carmen de allí procede mi nombre.

—¿No eran algo más de dos semanas? Llevamos tres y ¿Cuánto nos queda para llegar a Carmen?

—Ocho días.

—¡Nos ha engañado! – dijo María irritada.

—¿Me hubieran acompañado de decirles que tardaríamos un mes en llegar?

—Señora hemos pasado la travesía del océano en un Galeón. Sinceramente no se que hubiéramos echo...

—No teníamos otra cosa que hacer, más que soportar a los mosquitos – contestó Carlos.

—Les recompensaré cuando lleguemos.

—Como había dicho a los ocho días avistaron la población de Aguachica perteneciente a El Carmen. Ya se habían acostumbrado a la climatología del lugar.

En Aguachica encontraron losas de piedra en las calles principales. Parecía un punto de comercio de donde salían caminos en todas direcciones. Se acercaron a una casa y Carmen hablo con la dueña, se sentó sobre un pedrusco y no tardó en echarse a llorar.

Los tres se miraron, María se acercó.

—¿Qué ocurre?

—Mi hermano con la familia se ha trasladado a San José.

Pues vamos, por unos días más.

—San José se encuentra entre la jungla, es el último punto cristiano, mas allá todos son salvajes. Podemos emplear tanto tiempo como empleamos para llegar aquí y no conozco muy bien el camino.

—Yo sí – dijo con seriedad Ana – soy Yacuna mi tribu es la más cercana a San José.

—¿Y Raspas?

—Yo no conocí a mis padres, no sé de donde soy...

Los tres se reunieron para hablar. Separándose de la comitiva.

—Queríamos aventuras pero no mosquitos ni tanta agua – murmuró Carlos.

—Yo pensaba en ti María – dijo Roberto – quería distraer tu mente y que no siguieras la suerte de tus padres; venir a las indias era un remedio; creo que mi primer deseo se ha cumplido, a partir de ahora no me importa lo que hagamos. No se trataba de dinero pero tal vez tengamos la obligación de ayudar a Carmen. Yo fui el culpable de que mataran a su marido y...

—Tú no eres el Culpable de nada Roberto, el se lo había buscado. ¿A cuanta gente habrá engañado? Pero a Carmen no la veo culpable y accedió a soltar los esclavos sin protestar –contestó María — Yo me pregunto ¿para cuanto tiempo hemos venido? ¿Alguien se lo ha planteado?

—Yo no tengo prisa en volver – aseguró Carlos — ¿Que me espera en Caspe? No siento deseos de volver a cuidar caballos para el inquisidor, aquí me respetan y me miran como un caballero.

—En ese caso diré que mi padre me deseó suerte y mi hermana solo tiene un año menos que María, pronto será una mujer y cuidará de mis padres. No hice cálculos para regresar ¿Seguimos?

—Adelante –contestaron Carlos y María.

Habían dado la vuelta a la plaza y regresaron con Carmen, Roberto tomó la palabra.

—Ana ¿qué peligros corremos?

—Entre nativos como dicen ustedes ninguno si los conocen. Tampoco entre esclavos. Son más peligrosos los traficantes de esclavos, también convierten en esclavos a los blancos y San José es un punto de partida. Yo pasé por allí.

—Me refiero si decidimos ir a tu poblado.

—Está muy lejos de San José no deben ir allí; aunque recuerdo lo que debo hacer para llegar sin peligro.

Carmen intervino — debemos pasar por Bogotá antes de ir a San José. Hay mejor camino aunque posiblemente más largo.

—¿Qué decides Carmen, quieres reunirte con la familia?

—Si, según dice Ana hay un nuevo convento y la ciudad crece debido al contrabando de oro, piedras y esclavos, además solo allí tengo família.

—En ese caso revisemos los víveres y partamos no importa pasar una noche más sin techo, aprovechemos la luz del día.

Al poco partían nuevamente. Como había dicho Ana el camino a Bogotá era mucho más transitado, se cruzaron con varias carretas y caravanas. Al llegar encontraron una ciudad creciente, en el mercado negro se vendían, esmeraldas, oro plata y esclavos, aunque algunos se subastaban. Muchos productos eran procedentes de viejo continente. Era lo más parecido a una ciudad Europea. Los edificios crecían, se estaba creando una gran ciudad, era el centro de una gran extensión de pueblos y aldeas. Decidieron descansar un día en una pensión y abastecerse antes de proseguir el camino.

Se informaron que su abastecimiento era mayoritariamente procedente del pacifico y de Cartagena de Indias atravesando la zona de Venezuela. También que los esclavos negros procedían de áfrica, vía Cartagena y los esclavos nativos del sur.

Mientras visitaban la ciudad en grupo, Roberto preguntó a Ana.

—¿Cuánto tiempo llevas con Carmen?

—Cinco años.

¿Y cómo esclava?

—Unos diez me cogieron con veinte años, antes de estar con Carmen estuve dos años en Cachuara de la virgen y tres aquí, me vendieron tres veces.

—Dime hay pueblos importantes de aquí a San José.

—No tanto como Bogotá, puede que Cachuara sea el mayor hasta llegar a San José y más allá solo vi una pequeña aldea de contrabandistas cuatro o cinco cabañas.

Que tardaremos en llegar.

—Quince jornadas de diez horas a San José, a ocho está Cachuara.

Roberto habló de la necesidad de proveerse de pólvora y pistos, llevaban sus cinco pistolas, mas dos de Carmen y tres mosquetes. No sabían en que peligro se encontrarían, pero posiblemente no fuera suficiente con las espadas. Los contrabandistas de esclavos llevaban mosquetes e iban armados hasta los dientes.


Echas las compras, prosiguieron el camino y como había pronosticado Ana, a los ocho días llegaron a Cachuara de la Virgen, una gran posada de troncos recibía las visitas. Un techado para las vestías y otro para los esclavos. En frente otra posada más pequeña y unas cincuenta casas, con su iglesia.

Consiguieron dos habitaciones que repartieron entre hombres y Mujeres más un cobertizo para los animales. Los descargaron y dejaron el cargamento en las habitaciones.

El posadero les dijo – espero una partida de esclavos entre hoy o mañana desearía que las mujeres se quedaran en la habitación; dentro de dos horas serviremos la cena.

Raspas intervino — señor deme dos pistolas y duermo en los establos.

—No estás obligado a hacerlo.

—Lo sé, cenaré con ustedes y si me ven con las armas del amo Ramón, me respetarán, yo cenaré con ustedes.

Está bien eres libre para elegir.

Raspas era más bien bajito de aproximadamente metro y medio, pero de complexión fuerte y decidido.

Las señoras salieron a pasear apenas habían andado, cuando vieron aparecer a los traficantes de esclavos, Ana se quedó mirando la docena de esclavos y se quedó helada, su boca murmuró “Tamallas”. Los traficantes dejaron atados a los esclavos a una gruesa columna de piedra y les arrojaron frutas silvestres, que habían recogido del bosque mientras venían, esa era su cena si querían comer, no había peligro de que escaparan atados con gruesas cadenas a la columna y los siete entraron en la Posada. Cenaron con muchas jarras de vino y al terminar Roberto se acercó, preguntando

—Vienen ustedes de San José.

—Si ¿va usted allí?

—Si servimos de escolta a unas mujeres con familiares allí.

—El camino solo es peligroso por los animales y los insectos, nosotros limpiamos la selva de nativos molestos.— Todos respondieron con sendas carcajadas.

—Me alegro – dijo sonriendo y llamó al posadero — Juan yo pago todo el ron que puedan beber. Les agradezco su limpieza de peligros.

—Y nosotros su invitación, ja, ja ja.

Todos rieron y el licor corrió por las mesas, quedando todos dormidos, sobre las mismas.

Ana entró en la habitación de los hombres.

—¿Que ocurre Ana?

—Tamallas. Esclavas Tamallas.

—¿Que quieres decir?

—Las esclavas, son muy entrada la selva, hay que liberarlas o morirán. ¡Hay que liberarlos a todos! Ana ponía mucho énfasis en sus palabras.

—Quieres que liberemos a los esclavos.

—Si, si los venden morirán o matarán. Si son vendidos matarán a sus amos para escapar.

—No podemos hacerlo... al menos aquí — dijo Roberto — podríamos despertar a los traficantes o al pueblo y tampoco tenemos las llaves. Conseguirlas no será fácil aunque duerman...

—Roberto no me caen bien los que trafican con seres humanos – dijo Carlos.

—Ni a mi – dijo María que acababa de entrar con Carmen.

Roberto bajó la cabeza— está bien tracemos un plan, creo que debemos levantarnos temprano antes de que despierten y regresar hasta el claro. Allí podemos esperarlos.

—¿Pero ellos son siete y ustedes dos?

—Se equivoca Carmen somos tres – aclaró María.

—No cuatro yo también se disparar – añadió Raspas.

—Aun así son siete.

—Carmen hay que contar con la sorpresa y si matas cuatro de un disparo quedan tres. El problema es que hay que matar y no dejar a nadie con vida.

—Entiendo – contestó Carlos.

—¿Valen más las vidas de los traficantes que las de los esclavos? – preguntó María.

—Yo prefiero a los esclavos – contestó Carmen.

—¿Estáis de acuerdo con Carmen?

Sí contestaron todos.

—En ese caso Intentad dormir y descansar.

No hizo falta hablar más, las mujeres se retiraron a su habitación.

Con la primera luz del amanecer Raspas empezó a preparar los caballos, Carlos salía a vaciar la vejiga y una vez cumplida su necesidad, llamó al resto, cuando estaban dispuestos, salió un traficante a vaciar y les dio los buenos días.

—Ya se van.

—Si vamos camino de San José y el trayecto es largo.

—Si muy largo de allí venimos. Buen viaje.

El hombre entró en la posada y ellos dieron la vuelta por la esquina y salieron por la calle paralela, desandando parte del camino del día anterior. A media hora estaba el ancho claro con el que contaba Roberto para emboscarlos, el camino entre arboles terminaba en el llano. Alejaron los animales a más de doscientos metros junto al bosque y armados con dos pistolas cada uno esperaron ocultos, Carlos y María en un lado, Roberto y Raspas en el otro. Pasó más de una hora y escucharon la caravana que llegaba. Esperaron a que saliera al claro el último contrabandista y salieron tras los árboles que les ocultaban.

—Tirad las armas –dijo Roberto pero los traficantes echaron mano a los mosquetes, las pistolas descargaron, con la ventaja de estar preparados por parte de Roberto y los suyos. Uno quedó con vida y sacó el machete. María estaba más cerca y lo ensartó sin darle tiempo a más.

—Ana venía corriendo – no los liberéis esperad. Mientras Ana intentaba hablar con una de las esclavas. El resto sujetaba los caballos de los traficantes y recogían sus armas bolsas y todo lo utilizable incluidas las llaves. Después escondieron sus cadáveres en el bosque, las alimañas se encargarían de ellos.

—Ana seguía discutiendo en un lenguaje que nadie entendía ni tan solo Raspas. Él y Carmen habían acercado sus caballos y todos estaban reunidos.

Ana se acercó a Roberto – aten los caballos, dejen las pistolas y espadas alejadas de ustedes y denles los cintos con los cuchillos a los esclavos. Denme a mí las llaves.

—Pero Ana una cosa es liberarlos y otra muy distinta dejar que nos maten –dijo Carlos.

—Por favor hacedme caso y no temáis, ellos necesitan saber que ustedes no son traficantes y confían en ellos. Sienten que ustedes son como ellos y podrían cambiar de carceleros.

—Vaya nosotros los liberamos y somos los malos.

María intervino ¿tú qué harías en su caso? Sigamos los consejos de Ana, yo confió en ella.

Así lo hicieron y Ana volvió a decir – ahora siéntense en el suelo y no toquen las armas, aunque ellos les provoquen.

—Nos estás tomando el pelo – dijo Carlos.

—No, antes de creer en ustedes necesitan una prueba de buena fe.

—Mas buena fe que liberarlos.— Carlos seguía sin mucha confianza.

—Aún no son libres y son sus costumbres.

—¿Y las nuestras no cuentan?

—Carlos hagamos lo que dice, pueden ser salvajes pero son personas y por lo tanto hijos de dios. Confiemos en él – dijo Carmen.

Hicieron lo que decía Ana se sentaron en circulo y cruzaron los brazos sobre el pecho, mientras Ana cogiendo la llave cuadrada que habían cogido de un traficante, iba abriendo las esposas seis hombres de los siete que iban en el grupo, tomaron los machetes, una mujer con unas marcas en el rostro de las cinco que formaban el grupo, tomó el otro machete. Se acercaron y pasaron los machetes suavemente tocando sus cuerpos. María miró al nativo que pasaba el machete por su cuello y sonrió, tras unos segundos le devolvió la sonrisa dejándola y tirando el machete al suelo. El resto hizo lo mismo. Solo la mujer con las marcas se quedó con él, para entregarlo a Ana.

Era el momento de dialogar. Todos se sentaron en el suelo y Ana hizo de traductora. Roberto tomó la palabra.

—Dile que no aprobamos la esclavitud y que queremos ayudarlos protegerlos y llevarlos a su pueblo.

—La contestación fue que su pueblo no podía luchar contra las lanzas que echaban humo por la boca.

—Explícales que se llaman mosquetes y que podemos enseñarles a usarlas.

Ana seguía traduciendo e informando.

—Dice que el camino a su poblado está lleno de hombres malos... en su idioma dirían a los malos “Trofermas”.

Roberto señalo el bosque donde habían escondido los cadáveres diciendo – Trofermas – después señaló a todos sus compañeros diciendo – Buenos.

—Creo que lo ha entendido, pide una pistola – dijo Ana.

—Coge una cualquiera y dásela están descargadas.

La mujer ojeó la pistola y apretó el gatillo, miró a Roberto y este dijo – dile que está descargada y que confie en mi para cargarla y disparar.

Ana se lo dijo contestando — no sé si lo ha entendido bien—. Roberto se levantó e indicó a un hombre, delante de todos cargó la pistola y se acercaron a un árbol, hizo la mención de que iba a disparar, pero no lo hizo y entregó la pistola al nativo, con señas el hombre entendió que debía apretar el gatillo en dirección al árbol y así lo hizo. Estaban lo suficientemente cerca para no fallar, al disparar el nativo el brazo se le fue hacia atrás quedando sorprendido, todos se acercaron a ver el resultado en el árbol.

Roberto dijo.— Ana debemos proseguir, carguemos las armas y regresemos dile que debemos pasar por fuera del pueblo y que si nos cruzamos con otra caravana, deben esconderse en el bosque, que entienda que hay muchos Trofermas y nos podemos cruzar con ellos.

Los esclavos indígenas, no sabían montar a caballo, nunca habían visto uno antes de salir de su poblado. Iban a pie y los caballos atados unos tras otros. Rodearon el pueblo y siguieron. La mujer con las marcas en la cara parecía ser la que mandaba, ella hablaba con Ana y daba órdenes a los indígenas, estos recogían frutos mientras caminaban; buscaron un claro y compartieron la comida que llevaban, a la que unieron la de los traficantes.

Durante muchos días caminaron, cruzando colinas, bosques o riachuelos, en los descansos, enseñaban a los nativos a cargar, usar las armas y a montar, los primeros días el miedo los atenazaba, pero quince días más tarde, eran ellos los encargados de cuidar los caballos; habían comprendido la nobleza de los animales y el trabajo que realizaban. Durante el viaje Ana enseñaba palabras sueltas a las nativas e iban conociendo las cosas por su nombre español. Los hombres parecían haber recuperado la dignidad, llevando los largos machetes en la cintura y las mujeres con cuchillos no se apartaban de Tamalla.

Mientras comían María preguntó a Ana como se llamaba la de las marcas. Ana respondió.

—Tamalla. Ese es su nombre y el de la tribu. Es una tribu de mujeres, cuando fallece la Tamalla o jefa, su hija mayor toma su nombre y le hacen esas marcas. En la frente.

—¿Conocías a la tribu?

—No viven muy hondo en la selva, solo se lo que mi madre me dijo.

María se sentó en el suelo frente a la jefe y señalándola dijo – Tamalla – ella sonrió, a continuación María se señaló a si misma diciendo – María.

Tamalla respondió — ¡María! y las otras nativas repitieron el nombre, todas sonrieron.

—Ana ¿cómo se llaman las otras? – preguntó Carlos.

Ana sonrió — no lo sé, pero suelen llamarse como un animal o una planta, puede llamarse “Árbol” y con el tiempo cuando tenga hijos será Árbol Grande. Muchas cosas no las entiendo y ellas tampoco a mí. Las señas son efectivas, cuando las palabras no... Entienden.

—Has hablado de las mujeres ¿y los hombres son de su tribu?

—No, como he dicho, viven separados, las mujeres Tamallas cuando quieren concebir van en busca de un poblado. Si conciben un varón a los tres años lo destetan y lo llevan a la tribu donde lo concibieron. Se decía que las mujeres se comían a los hombres que se acercaban a ellas o a su aldea.

—¿Puedes preguntarles?

—Ana les preguntó y todas se rieron.— Creo que les han contestado, ya saben lo que significa la palabra comer. Dice que nunca comen hombres pero asustan a los Tancutas. Debe ser la tribu de los hombres.

Roberto dijo que debían seguir, se levantaron y prosiguieron el viaje; se cruzaron con otro grupo de personas y pese a llevar un buen número de mulas, les vendieron dos caballos de los traficantes, mientras tanto los nativos permanecían escondidos entre la arboleda. Nuevamente en marcha se turnaban para subir a los caballos todos debían caminar largos tramos a pie y en ocasiones dejar descansar a las nobles vestías.

Ya no contaban los días, pararon al anochecer en un claro sobre una pequeña colina y montaron el campamento. La comida empezaba a escasear y el poco tocino estaba rancio afortunadamente los nativos encontraban fruta. O raíces comestibles. Se hizo de noche y la luna apenas alumbraba. Raspas llegó corriendo y dijo – San José – todos se levantaron y acudieron a la cima de la colina. Las tenues luces de las hogueras en las casas, se reflejaba en la oscura noche.

—Debemos estar a un par de horas, durmamos y mañana con la luz del día decidiremos – dijo Roberto.


Como siempre el Sol los despertó se acercaron a la cima y vieron el camino que llevaba al pueblo, Carmen había llegado a su destino pero los nativos no podían pasar por el pueblo sin peligro. En un lado estaba el rio y entendieron que debería estar muy concurrido de personas. Al otro lado el bosque y muchas laderas descendían al llano; en frente al fondo pasando el pueblo una gran montaña parecía cortar el rio y el camino. Roberto dijo a Raspas y Ana que ellos acompañaran a los nativos por la ladera del bosque ya que ellos pasarían dos noches en San José antes de partir.

Carmen dijo que Ana era suficiente y Raspas podía seguir con ellos. Roberto aceptó pero le dijo a Carmen.

—Te hemos traído con tu hermano, ahora quiero devolver a los esclavos, no quiero que los vuelvan a coger. Por lo tanto nosotros proseguiremos. Necesito tu colaboración y silencio.

—¡Me ofendes Roberto! Creía haber demostrado mi lealtad con el grupo – dijo Carmen enojada.

—Perdona no debí dudar, pero son muchas vidas en juego.

—Roberto cuando lleguemos podrás llevarte mi caballo, como prueba de gratitud. Ahora puedes planear lo que quieras antes de llegar y no cuentes conmigo yo ya he llegado, si encuentro a mi hermano me quedaré.

—Y bien Ana tu lo has entendido.

Ana dijo – recuerdo que el rio se une a la gran montaña, para seguir hay que bordear el rio; allí les esperaremos. Hay dos jornadas para llegar por el sendero de los traficantes, a la unión, nosotros tardaremos más días en dar el rodeo.


—Ana, os llevareis las armas y la munición, nosotros solo nos llevaremos tres pistolas, nuestros caballos y los de Carmen.

Tamalla atendía aunque no lo entendía todo. Ana le dio explicaciones y acercándose a Roberto puso sus manos en el pecho e inclinó la cabeza, en señal de obediencia y respeto. Distribuyeron la carga entre los animales. Tamalla ordenó y dos nativos se pusieron delante de la comitiva abriendo paso hacia las laderas. El resto los vio perderse entre la selva antes de tomar el sendero despejado a San José.

Dos hileras de casas formaban una ancha calle que desembocaba en la iglesia, las mejores casas estaban junto a ella y lo que parecía un cuartel. Unos nativos estaban terminando la espadaña donde serían alojadas las campanas de la pequeña iglesia, a derecha e izquierda se habrían dos calles formando una cruz. Al final de la derecha colgaba una madera donde ponía “posada” y allí se dirigieron a preguntar. Carmen se llevó una sorpresa al ver que su hermano era el dueño de la posada o posadero, los abrazos y besos fueron la carta de presentación, su hermano y la mujer (Aldonza) tenían dos niños de pocos años que correteaban tocándolo todo.

Juan Carlos (el hermano) dijo a Carmen que podían quedarse todos, las habitaciones estaban vacías, a continuación abrió unas grandes puertas de un enorme corral con altas paredes. En su interior había ovejas y animales de corral como unas raras gallinas. Allí dejaron los caballos.

Una vez resuelto el alojamiento, se sentaron todos a unas mesas de troncos, incluida la señora Aldonza. Carmen preguntó a su hermano.

—Como se te ha ocurrido venir a un lugar tan remoto.

Juan Carlos esbozó una sonrisa.

—Por dinero y riqueza y por mis esclavos.

—¿Tienes esclavos?

—Dos familias de negros, viven al otro lado del gran corral ellos se encargan de los animales y de ellos vivimos todos. Vinieron a Bogotá por el camino de Cartagena de indias. Yo había comprado una mujer para ayudar en mi casa, la vendían en la plaza junto a otros, a mi mujer le dio lastima estaba flaca y desnutrida, casi se caía. Aldonza la cuidó, le dimos de comer y la vestimos, al año la bautizamos como María Dorotea y se hizo cristiana, nunca la tratamos como una esclava. Creo que ella se dio cuenta que no tenía donde ir y poco a poco aprendió el idioma, ayudó en el parto de mi primer hijo, era una más en la casa. Muy cerca vivía un traficante de oro y esmeraldas. Habían recogido fortuna, por Dorotea nos informamos que quería vender los esclavos dos hombres y una doncella, los hombres eran Hermanos. Uno de ellos y Dorotea se amaban.

—Mi mujer me convenció y los compré, nunca fueron mis esclavos pero yo me quedé con poco dinero. Fueron ellos quienes me propusieron venir ya que de aquí procedían las esmeraldas que habían hecho rico a su amo. Ahora negocio con ellas y los nativos que las traen, a cambio de cuchillos mantas o abalorios, así he construido todo cuanto veis.

—Algún día nos iremos como hizo el propietario de los esclavos.

—Dime porque son tan altas las paredes del corral – dijo Carlos.

—Por los animales salvajes, hay grandes serpientes cerca del rio, que pueden tragarse a una oveja, jaguares y... en fin estamos en medio de la selva aquí hay muchos peligros grandes y pequeños. Tened cuidado con las ranas, no las toquéis.

—Juan vimos caravanas de esclavos por el camino, son los mismos que vienen a tratar contigo.

—No yo no trafico con esclavos. Hay algunos nativos que colaboran con don Bartolomé de la cueva, es el Capitán o comandante del puesto. Solo dispone de unos veinte soldados a su servicio, los indígenas vivían aquí. San José se fundó sobre una aldea indígena, todos fueron bautizados y les dieron derechos de cristiano. Después vinieron los traficantes y lo estropearon todo. Algunos nativos consiguen privilegios al guiar a los traficantes a otras aldeas para conseguir esclavos. Don Bartolomé cobra una parte de las supuestas ganancias a los traficantes que obligatoriamente pasan por aquí y le da parte a la iglesia para su construcción. Así dice estar bien con dios.

—¿Pero el cura lo consiente? ¡Los esclavos son personas!

—El fraile don Cipriano es el abad, de otros cuatro frailes. Se limita a bendecir las caravanas, solo desea terminar la iglesia y fundar un convento según él su misión es cristianizar, sin importarle si son o no esclavos, dice que si dios lo consiente... Quien es él para impedirlo.

—Dime que podemos encontrar más allá de San José.

—Solo selva y alguna tribu resabiada por los contrabandistas. Tal vez su poblado de donde parten en busca de esclavos. No les aconsejo que vayan pero si lo hacen no se fíen de nadie, pueden matarlos solo para robarles. ¿Por qué quieren ir a la selva?

—Eso ¿porqué quieren ir a la selva? — Era el capitán de la guarnición que entraba con dos soldados.

Roberto miró a Carmen y esta bajó los ojos, demostrando que no diría nada, Roberto contestó saludando al recién llegado.

—Señor Capitán, don Bartolomé. Me alegro de conocerlo, pensábamos hacerle una visita, le presento a mis compañeros Carlos y la baronesa María del Campo. Mi compañero estudia las plantas y María es su alumna mas aventajada, nuestra misión aceptada por la iglesia y con el consentimiento del gobernador; nos da permiso para vagar libremente por todos los territorios de las Indias.

—No hay nada más allá que no pueda encontrar aquí y pasar de San José es muy peligroso.

—Capitán más peligroso que una lucha naval – dijo Carlos – tuvimos que luchar contra una flota que nos superaba en número en Portobello. Vinimos recomendados por el conde de la Cerda para custodiar un cargamento de telas y tuvimos que enfrentarnos a siete hombres.

—¿Ustedes dos solos?

—No con la inestimable ayuda de María.

—¡María! la había confundido con un mozalbete, esas ropas no son dignas de una mujer, son un pecado y una ofensa para la iglesia...

—Don Bartolomé no me juzgue por mis ropas y reconozca que son las más apropiadas para luchar y montar a caballo y más cuando tengo un nombramiento como paladín de la cristiandad.

—Vos “paladín”, perdonad pero no creo que soportarais un duelo con uno de mis soldados.

—¿Queréis probar vos?

—Por favor don Bartolomé no hagáis caso, la juventud es impulsiva – dijo Roberto; no deseando problemas con la guarnición – y vos María contened vuestra lengua, seguramente recibiríais una lección de don Bartolomé que nunca olvidaríais.

María se calló y retrocedió dos pasos.

—Don Bartolomé no pensamos ir mucho más allá de unos días, pero creo que siguiendo sus consejos, deberemos prevenirnos de armas, sobre todo mosquetes y pólvora.

—Si harán bien ustedes, ¿cuánto tiempo piensan quedarse?

—Dos noches de descanso nos vendrán bien, el camino ha sido muy largo.

—En ese caso mañana les invito a comer en mi casa.

—Allí estaremos con nuestro agradecimiento por su acogida.

Apenas se fueron Roberto preguntó a Juan por la compra de mosquetes y pólvora. Juan les llevó a una habitación de piedra cerrada con un fuerte candado. En su interior había todo lo necesario.

—También soy el único que dispone de un almacén con comida y armas que vendo a todo el mundo.

—¿Incluidos los traficantes?

—Si incluidos ellos, si no les vendo yo, compraran en otro sitio y el resultado será el mismo. Se deben haber cruzado con una caravana.

—¿De esclavos?

—La de esclavos, salieron varios días antes que la de subministro.

—Si nos cruzamos con ambas.

—Como he dicho la segunda es la que me suministra.

—Veo que tiene algunos arcabuces.

—Si solo cuatro.

—Necesitaré los arcabuces, mucha pólvora en barriles pequeños, para cargar en alforjas, pistos y mecha.

—¿Vais a volar un pueblo?

—No tal vez una mina.

—Entiendo buscáis, oro o esmeraldas.

—Vos lo habéis dicho, nadie más debe saberlo, ni el capitán ni vuestra hermana. Tendrá su recompensa cuando regresemos si las encontramos.

—Seré una tumba, pero lo que me pides te costará treinta doblones. Si no encuentras la mina al menos habré cobrado.

—De acuerdo – Roberto sacó la bolsa – toma quince ahora, el resto cuando carguemos.


Comieron y por la tarde deambularon por el pueblo acercándose hasta el rio. Al día siguiente acudieron a la casa del Capitán, dos nativas les acompañaron al patio donde un asado presidia lo que más tarde sería la comida. Los frailes acudieron al festín y pudieron hablar con don Cipriano, cuyo único deseo era terminar la iglesia y a continuación crear un convento para redimir las almas paganas. Antes de abandonar la casa, habían comprendido por que el capitán no se había casado, sus deseos eran complacidos por las dos nativas y seguramente con el consentimiento y beneplácito de Cipriano.

—Ningún peligro parecía haber en San José que molestara a la guardia más que algún animal salvaje que les incordiara. Por la noche solo un centinela se turnaba cada dos horas para cumplir con la imaginaria, que realizaban (tal vez durmiendo). Solo las pocas caravanas que llegaban cada muchos días o los casi inexistentes, nuevos colonos, enturbiaban la tranquilidad de la población.

Esa misma noche con la inestimable ayuda de los esclavos negros sacaron el material al patio.

Todavía era de noche cuando empezaron a cargar los caballos, esta vez irían a pie. Roberto pagó el resto de la carga y entregó una cartera de Piel a Carmen, diciendo.

—Señora Carmen aquí se encuentras nuestros nombramientos y documentos, por favor guárdelos; los recogeremos cuando volvamos, no creo que los necesitemos donde vamos.

—Carmen los aceptó diciendo.— Vayan con precaución les espero de vuelta.

En la selva

El día empezaba a clarear y partieron, al poco tiempo pasaron por una zona de rocas y María recordó donde habían enterrado el cofre en España. Pararon y dijo.

—No me gusta el Capitán, no me gusta el fraile y no me gusta la farsa con las esclavas.

—A mi tampoco –contestó Carlos.

—Soy una buena cristiana pero los apóstoles de dios no dan buen ejemplo en la tierra. No merecen llamarse a sí mismos Cristianos.

—¿Que has pensado? Tu seriedad te delata – preguntó Carlos a Roberto.

—Hemos cargado pólvora de sobra, para armar un ejército. ¿Qué os parece si guardamos unos barriles y mecha para la vuelta? Yo había pensado en destrozar el poblado de los traficantes y dejar pólvora a los nativos para defenderse, pero también me gustaría dar un escarmiento al Abad– contestó Roberto.

—Imaginábamos que algo llevabas en la mente y yo apruebo tu idea sea la que sea.

—Gracias Carlos ¿y tu María?

—Quiero ser una buena cristiana, lo que hacen los traficantes está mal. ¡Espero que dios me perdone, por tomarme su justicia por mi mano en la tierra! De acuerdo.

—Yo también estoy de acuerdo – dijo raspas y los tres sonrieron. En realidad Raspas había pasado desapercibido, solo tenía alguna corta conversación con María.

Descargaron tres barriles y más de veinte metros de mecha, escondiéndolos y cubriéndolos con pieles que Roberto había comprado para proteger la pólvora de la lluvia.

A las dos jornadas llegaron al cruce sin ver la caravana de los nativos. Raspas dijo que el camino por las laderas era más largo y con más peligros. Se parapetaron bajo las rocas que salían de la montaña e hicieron fuego pensando en los animales nocturnos.

La espera al día siguiente se hizo larga empezaba a atardecer cuando llegó la caravana de nativos con Ana y Tamalla al frente. Descargaron los animales y descansaron. Tamalla se acercó a los tres y dijo.

—Gracias, esperar y sonrió; todos sonrieron. Esa noche junto a la hoguera, Roberto comunicó sus planes para asaltar el campamento. Y mostro los arcabuces todos debían colaborar en el asalto. Disponían de suficientes armas para todos, once mosquetes cuatro arcabuces, y diecinueve pistolas.

—Ana pegúntale a Tamalla si sus amigos están dispuestos.

—Todos dispuestos — contestó Tamalla sin pestañear, había entendido perfectamente las palabras de Roberto.

Antes de salir todos dispararon sobre un tronco incluidas las mujeres Tamallas. El ejercicio lo repitieron los tres días siguientes. Al día cuarto Tamalla dijo que hacían mucho ruido y el poblado estaba a un día. Esa noche vieron claridad a lo lejos, en un sector del bosque. Debían seguir más a la derecha y dejar la cercanía del rio aunque la senda seguía cerca de él.

Tamalla entendió las dudas de Roberto y dijo – Tamalla lleva – y todos la siguieron.

Cuando llegaron a una distancia prudencial del poblado dejaron los caballos ocultos. Roberto hizo la mención de querer ir a ver el poblado.

—Todos aquí – dijo Tamalla – yo ir con ayuda sin ruido, veni...mos tarde — y se llevó consigo dos mujeres de su tribu.

Aprovecharon para reponer fuerzas y cargar las armas. Era casi de noche cuando regresaron. Tamalla explicó como estaba distribuida la aldea, los traficantes dormían todos en un gran barracón, había un cobertizo para esclavos vacío (allí había estado ella) y tres cabañas de nativos a los que Tamalla llamó Trofermas e hizo el gesto de matarlos.

—¿Cuántos son? – preguntó Roberto.

—Tamallas movió las manos dos veces.

—Unos veinte ¿qué distancia hay de la selva al barracón?

Tamalla dio una orden y una de sus nativas se perdió en la jungla. Roberto la siguió y pronto volvió diciendo entre diez o doce metros.

—Ana quiero que expliques a Tamalla bien el plan, no quiero malos entendidos que nos puedan costar caros.

Dos horas antes de amanecer debemos estar en el poblado, es el momento más fuerte del sueño. Llevaremos tres cargas de pólvora que pondremos tras el barracón, las uniremos con regueros de la misma y mechas cortas. Carlos tu dirigirás a un grupo de dos nativos mas Tamalla y Ana, deben explotar al tiempo, te llevaras dos arcabuces y dos mosquetes, mas las pistolas, os esconderéis en los primeros árboles tras el barracón. Ningún traficante debe llegar a la jungla y vosotros no salgáis de ella. El resto rodearemos el campamento y entraremos por delante para recibirlos si salen del barracón. Nadie debe quedar con vida si alguien escapa avisará a don Bartolomé. Raspas tú y un nativo te quedarás con los caballos. Cuando escuches la explosión puedes ponerte en marcha y acudir al campamento.

—Entiendo Roberto ¿Tamalla puedes elegir quien me acompaña y explicarle que debe hacer?

Una nativa sonrió a Tamalla y tras hablar con ella la señaló. Raspas ya tenía compañera o ayudante.

Se acostaron e intentaron dormir. Parecía que no había pasado un minuto cuando Raspas los despertaba.

—Es hora de luchar.

Cargaron al hombro los barriles, las armas y se perdieron por la maleza. El resplandor de la hoguera en la noche oscura los guiaba. Hora y media más tarde llegaban a las inmediaciones del campamento. Comprobaron que la información de Tamalla era cierta, el barracón quedaba un poco a la derecha. Con sigilo y amparándose en la oscuridad se desplazaron cada uno a su sitio, según el plan acordado. Depositaron los barriles tras el barracón e hicieron un reguero de pólvora hasta la maleza, zigzagueando un poco el reguero del barril central para que estallaran al tiempo. Tan solo cuatro caballos ocupaban el sitio destinado a los esclavos, Carlos hizo una señal y Tamalla deslizándose entre las sombras se acercó y soltó los caballos que huyeron en dirección a la selva. Carlos miró que todos estuvieran ocultos y encendió la pólvora.

Roberto vio estupefacto como despertaba el centinela que había sentado frente el barracón, posiblemente por el sonido de los caballos; vio como se alejaba un poco para orinar y se volvía olfateando el olor de la pólvora, pero no le dio tiempo a más; el barracón saltó por los aires alcanzándole la explosión. Algunas llamas llegaron a las otras chozas prendiéndoles fuego en el techo, las más cercanas desaparecieron con la explosión, seis nativos salieron corriendo de ellas y fueron masacrados por los arcabuces y mosquetes.

Parecía que todo había terminado en pocos minutos Roberto indicó que se acercaran a las chozas que ardían en primer lugar; del interior de una de ellas, salió un hombre protegiéndose tras dos nativas. Un nativo saliendo tras la cabaña a su espalda, lo atravesó con el machete quedando las nativas libres. Registraron el resto de las chozas junto a la más alejada había una cabaña de troncos que había resistido a la explosión y unas ascuas empezaban a encender el techo. La puerta estaba protegida por un candado. No tardaron en romperlo y se encontraron con el polvorín y la despensa de los traficantes, sin perder tiempo sacaron las armas y las municiones que alejaron del poblado.

Los nativos bajo el mando de Tamalla, con los machetes se cercioraron de que no quedara nadie con vida. Las dos esclavas liberadas se ensañaron con el cadáver del que había sido su carcelero. Todos los cadáveres que quedaban fuera del gran barracón, fueron depositados en el antiguo polvorín añadiendo leña sobre ellos, no querían dejar cadáveres a las alimañas.

Descansaban y comían junto al poblado en una zona despejada. Raspas llegó con los caballos. Y tras dar un rodeo se unió con la nativa al desayuno o comida.


Había llegado el momento de tomar decisiones. Tamalla miraba el horizonte por donde había salido el sol e iba subiendo; levantó su brazo derecho con un ángulo aproximado de cuarenta y cinco grados.

—Ana ¿Que hace Tamallas? – Preguntó María.

—Se orienta e indica donde está su poblado.

—¿Tú podrías hacer un plano?

—Creo que si aunque no exacto.

—Veamos donde podemos llegar, llama a Tamalla y el resto de esclavos.

Por su parte María llamó a Roberto y Carlos y los llevó a un lugar del poblado donde no había maleza, solo tierra en el suelo. Marcó con un palo un circulo a su alrededor en el suelo y un punto en el interior fuera de él marcó el sol. Dijo a Ana.

—¿Podrías marcar el rio y tu poblado? Por favor no ocupes todo el circulo.

Ana lo intentó lo mejor posible. Marcando donde creía que estaba su poblado. Tamalla miraba y Ana le indicó que ese era su poblado, (Yacunas) señaló las dos manos y dos dedos, doce lunas entregándole a continuación el palo.

Tamalla miró el sol y dibujó una línea hasta donde creía que debía estar su poblado. Moviendo tres veces las manos, Treinta lunas señaló el pueblo de los Yacunas. Dando a entender treinta días después del poblado de Ana.

Un nativo se acercó, tomando el palo, por primera vez habló. Se señaló a sí mismo y dijo “Akabep” a continuación trazó parte del rio, borrando algún tramo del trazado de Ana. Hizo un pequeño círculo donde creía estar su poblado y rectificó el de Tamalla. Corriéndolo un poco más al interior. Su poblado y el de Tamallas, solo distaban cuatro días a pié y eran los que inseminaban a las Tamallas.

Tamalla asintió y ambos hablaron, el nativo borró un tramo de rio, y siguieron hablando.

Roberto preguntó a Ana indicando al lado oeste del poblado de ella. ¿Qué hay aquí?

—Sopladores, Ticunas y selva ¡Peligro!

Akabep y Tamalla parecían terminar de hablar. Ella tomó la palabra, intentando que la entendiésemos.

—Mas allá... poblado Yacunas (y señaló a Ana) Rio... no rio (señalando al que tenían cerca) rio poblado Tancutas... cuatro lunas Tamallas. Y señaló el camino — a continuación añadió – no caballos.

—¿Ana los caballos pueden ir a tu poblado?

—Según el camino, por el más largo si, aunque tendremos un tramo de selva que no se... hace muchos años...

—Bien lo intentaremos, mientras carguen las vestías, vamos más ligeros.

—María tenía un problema con las miradas de Tamalla y Akabep. Los llamó y los puso tras dos caballos, le dijo a Ana.

—Dile a Akabep que arranque los pelos de la cola del caballo uno a uno y dile a Tamalla que le arranque toda la cola a la vez al caballo.

Tamalla probó pero pronto se rindió mientras tanto Akabep había arrancado nueve pelos. María le dijo que ya eran suficientes, se volvió a Ana y le dijo — explícale que muchos pelos unidos, tienen más fuerza que uno solo y que los nativos unidos, son más fuertes que divididos en tribus, más fuertes que los traficantes y Trofermas. Ahora luchan juntos y son fuertes.

—Tamalla contestó.— Tamalla entiende — no hicieron falta más palabras. María había aprovechado una de las enseñanzas o fábulas de su madre.

Reemprendieron la marcha pero en este caso los nativos se turnaban para ir delante. Reconociendo el camino y en ocasiones abriendo paso.

Carlos aprovechó para hablar sobre la lección que había dado a Tamalla.

—No es nada nuevo Carlos mi madre me enseñaba con ejemplos e historias viejas. Decía que se aprende de los animales, de los fracasos o incluso de las piedras del camino, pero nunca entendí que podría decirme una piedra.

—Yo tampoco – contestó Carlos y los dos sonrieron.


A los dos días llegaron a un pequeño claro donde se podían ver huellas de hombres con botas como las que llevaban los traficantes de esclavos. Pararon a descansar y comer, no fiándose Tamalla mandó dos de sus mujeres a inspeccionar la selva, antes de reanudar el camino.

Al cabo de un tiempo, una salió corriendo de la selva habló con Tamalla, esta dijo unas palabras, los nativos y nativas, empuñaron los machetes y se perdieron en la selva.

Ana dijo — quedémonos aquí, ellos se encargan.

—¿De qué se encargan?

—Caravana de esclavos.

—Pero no han cogido armas de fuego.

—Las armas hacen mucho ruido, no sorprenden.

—Estad alerta por si se escapa algún traficante.

—Todos prepararon las armas por si algún traficante se libraba de la emboscada. Se escucharon gritos y algún disparo.

De la espesura salía un traficante corriendo, pero no les dio tiempo a dispararle Tamalla salía tras él. El traficante se dio la vuelta mientras sacaba la pistola del cinto, pero no llegó a dispararla, el machete de Tamalla le segó la garganta. Tamalla parecía una fiera con los ojos desafiantes, entró nuevamente en la selva como una gata salvaje. Los minutos corrían lentamente, el grupo del claro esperaba expectante con los ojos clavados por el lugar donde había aparecido ella. Akabep irrumpió en el claro tirando de los diecinueve esclavos y esclavas. Tras él salió otro nativo tirando de cuatro mulos de carga que trasportaban el equipo de los traficantes. Se acercaron a ellos y señaló el candado de las cadenas y las esposas.

Carlos dijo – ya voy – y se internó en la selva buscando al portador de las llaves. Lo que vio le heló la sangre de las venas, veinte traficantes estaban prácticamente descuartizados, no habían tenido compasión ni después de muertos. Tamalla lo seguía; Carlos volviendo la cabeza y mirándola fijamente le dijo —¡fuego! – ella asintió y tras liberar a los esclavos y con ayuda de ellos, fueron depositando los cadáveres en medio del claro sobre troncos y leña, prendiendo fuego a continuación.

Un Tancuta salía de la espesura tapando su costado con la mano ensangrentada. María lo vio y rápidamente tendió una manta sobre un rodal con fina hierva, le dijo a Ana,

—Dile que se tumbe, debo mirar su herida.

Tamalla había entendido y entre ella y Ana convencieron al nativo.

María quitó la mano y vio que la bala no había salido miró a Ana.

—Escucha debo sacar la bala de lo contrario morirá y después quemar la herida le dolerá mucho, Tamalla habló con los sopladores y estos se esparcieron por la selva, al poco tiempo se escuchaban silbidos un soplador llevaba unas raíces y unas hojas, le dio las hojas para que masticara y machacando las raíces, las envolvió en su taparrabos (quedando desnudo) y apretándolas dejó caer una gota sobre la herida, en un par de minutos el hombre dormía.

Ya puede quitar la bala — dijo Ana.

—María llevaba un cuero enrollado del que no se separaba y que no era otra cosa más que su botiquín, mandó sacar un tronco encendido de la hoguera y lo utilizó como desinfectante del material, sacó la bola del costado y cosió la herida, aplicándole un ungüento de su padre, que ella llevaba entre dos conchas dentro de una pequeña bolsa de lana que las apretaba. Ana era la única que llevaba faldas aunque sujetas a la cadera, María le pidió un trozo y la cortaron mejor era un trozo de tela sucia, que nada para sujetar el ungüento.


En una esquina del claro se sentaron todos en corro, uno de los nativos no paraba de hablar, Ana dio las explicaciones.

—Una aldea de mi pueblo había quedado vacía, y los sopladores (Ticunas) la habían ocupado. Lo Yacunas utilizamos varios sitios o aldeas y nos movemos según la caza y las plantas comestibles. En caso de encontrarlos en nuestro poblado habría habido muertes, pero ellos sabían que no estábamos en esa aldea. Los Trofermas o Traficantes los sorprendieron, no les dieron tiempo a coger las armas, y sin ellas o la protección de la selva estaban perdidos, se rindieron y los traficantes mataron tres ancianos y dos adultos que intentaron defenderse, dejaron las ancianas al cuidado de los niños y se llevaron madres, padres y jóvenes. Es la explicación que me han dado, pueden ver que algunos son casi niños de los diecinueve solo seis son hombres adultos.

La desgracia parece unir a los pueblos y unos a otros empezaron a curar sus heridas y repartir comida.

María tenía otras preguntas llamó a Ana y Tamalla, les hablo claro.

—Necesito saber ¿qué le han dado al herido?

Llamaron al que le había aplicado el remedio y dialogaron con él.

—Dice que masca hojas y que quita el dolor, las raíces dejan inmóvil algún tiempo, ellos utilizan varios venenos para sus flechas y los dardos que soplan por las cañas.

—Ahora entiendo lo de sopladores.

Roberto pensó que si las mulas habían ido con los traficantes también podían ir los caballos con ellos, recogieron nuevamente todo lo que pudieron y siguieron por la senda dejada por la caravana de esclavos, llegaban anocheciendo al sitio donde habían acampado los esclavos la noche anterior. En realidad solo era un espacio un poco más ancho entre los árboles, la luna no se veía y la oscuridad era total, los nativos buscaron varas lianas, hojas y fabricaron antorchas, clavaron solo una de pie y se turnaron durante la noche, cuando terminaba una de arder plantaban otra y el vigilante era sustituido, cada uno vigilando mientras duraba una antorcha. Durmieron apiñados unos a otros, el lugar no era muy ancho. Y había peligro si la antorcha caía de incendiar la selva. Seguramente con la luz era suficiente para que los animales salvajes no se acercaran, así pasaron algunas noches, escucharon el rugir de los pumas y el ruido producido por los cerdos salvajes al escarbar la tierra, pero sin encontrar un claro, de momento se formó una algarabía en los nativos que iban delante.

Había una señal en un pequeño claro, posiblemente en el único que había para que se viera. Ana pasó delante y dijo ¡Yacunas!, a continuación se despojó de toda su ropa y se confeccionó un taparrabos, cortando la tela con un cuchillo. Buscó entre el suelo una especie de barro negro y se marco entre los pechos, la barriga y la cara. Cortó una vara mas alta que ella y le ató tres tiras de trapo estrechos como cintas. Llevándola como bandera dijo caminad separados de mi. Así pasaron el resto del día y la noche, sin encontrar Yacunas.

Cuando amaneció, Ana dijo.

—Hoy llegaremos al poblado donde cogieron a los Sopladores.

—María preguntó ¿qué hubiera ocurrido de encontrarlos los Yacunas en su poblado? — Todos muertos.

—¡Pero eso es un crimen!

—Acaso ustedes no matan. Ellos harían lo mismo con los Yacunas.

—Ana no puedes consentir que los maten.

—Lo sé, haré lo que pueda, pero ellos habían ocupado el pueblo.

Tras recoger frutas y recuperar fuerzas, se pusieron nuevamente en marcha. Mientras caminaban se escucharon graznidos de aves, Ana paró y se escuchaba a los esclavos decir en voz baja, Yacunas, Yacunas. Parecía que el no verlos los asustaba.

Ana contestó a los graznidos, hizo un ademán para que no la siguiéramos y se internó sola, no tardaron en callarse los graznidos. Ana tardaba y Carlos dijo.

—Creo que deberíamos ir a por ella.

—Tamalla lo entendió y dijo, los arboles no se ven, hombres tampoco; esperar no matar mujer.

—Entiendo que en la selva los hombres son invisibles. Pero.

—Creo que eso quiere decir que si quisieran atacarnos ya lo habrían hecho.

Afortunadamente Ana apareció y tras ella solo cinco hombres armados con lanzas y flechas. Mirando y señalando, alucinaban viendo que había de varias tribus y todos iban juntos. De pronto uno dijo ¡Tamallas! y pareció asustado. Ana cogió de la mano a Tamalla y la llevó con ellos. Tamalla en señal de respeto abrió los brazos y agachó la cabeza, el acto parece que los tranquilizó y respondieron con el mismo saludo.

—Vamos al poblado donde dejaron a las ancianas Ticunas, con los niños dos Yacunas nos acompañaran y los otros tres irán a avisar a mi pueblo de nuestra llegada.

Esa misma tarde llegaron al poblado, pero allí solo encontraron los cadáveres de los muertos comidos por las alimañas. Era comprensible que los vivos habían huido hacia su territorio.

Los Ticunas dijeron que al día siguiente partirían hacia su territorio pidieron disculpas a Ana y a los otros Yucumas.

El más viejo era el hijo del jefe Yacuma. Les riñó enojado o quería dar esa impresión; a continuación dijo que seguramente tardarían en haber más traficantes pues los amigos de Ana habían terminado con todos. También les dijo que Sopladores, Ticunas y Yacunas podían ser amigos y unirse si venían más traficantes siempre que se mantuviera cada uno en su territorio. De lo contrario los Yacunas llamarían a la gran serpiente y matarían a los Ticunas y Sopladores.

Hablaban deprisa y se contestaban sin al parecer agravios, pero los sopladores habían entendido el mensaje y tras la conversación cruzaron saludos amistosos. Al día siguiente temprano partirían hacia su poblado.

Los sopladores no habían aprendido el manejo de las armas de fuego, pero sí pudieron llevarse machetes y cuchillos de los traficantes. Roberto y Ana les ofrecieron las mulas pero ellos nunca habían visto un mulo o un caballo y lo tenían como algo sagrado o desconocido que no les inspiraba seguridad.

Amaneciendo los Sopladores desaparecieron por el bosque. En el poblado se organizaron y la caravana se dirigió al otro poblado Yacuma. Tras dos días llegaron a él. Este se encontraba más alejado y más cercano a un nuevo rio. También más protegido por la maleza, tuvieron que abrir senderos para que pasaran los caballos.

Fueron recibidos por el jefe de la tribu que no paraba de hablar en su idioma con Ana y su hijo. Cuando vio a Tamalla entre los recién llegados; abrió los brazos en cruz y bajó la cabeza. Ella respondió con el mismo saludo.

Ana tradujo.— El jefe dice que os agradece que hayáis terminado con los Trofermas, y que todo lo suyo es vuestro, ahora podrán cazar sin temor y cuidar de sus familias, las mujeres podrán buscar raíces y recolectar sin miedo, todos serán felices. El grupo que nos encontró vigilaba la llegada de Traficantes, ahora no hará falta vigilar y todos podrán cazar y estar más cerca de las aldeas. Está muy contento nos esperaban y esta noche abra una fiesta.

A media tarde se encendió una hoguera y más tarde cuando el fuego se reducía se puso un cerdo a asar entre dos palos.

Primero los hombres ataviados con sus mejores plumas y más tarde las mujeres danzaron para los recién llegados. María se dormía sentada en el suelo, Roberto comprendió que eran muchos días de cansancio extremo y lo comunicó a Ana.

La fiesta terminó avanzada la noche por orden del jefe, el cual se llenó de una bebida alcohólica propia de la tribu.


Por la mañana Ana fue en busca de los tres para reunirlos con los, Tancutas, Tamallas y el jefe Yacuma. Los más importantes o con derecho a decidir estaban sentados en el suelo. El representante Tancuta era el herido y tras el Akabep. Tamalla y el jefe Yacuna. Ana se sentó a su lado.

El herido que se encontraba prácticamente recuperado empezó a hablar y miró a Tamalla, ella debió asentir y Ana dijo.

—Tancutas y Tamallas les invitan a su poblado como agradecimiento, pero no pueden llevar los caballos, el trayecto es muy largo por la selva y hay sitios donde apenas se puede pasar. El camino por el rio es más rápido y sin peligro, solo una zona poco peligrosa.

—Diles que deben repartirse las armas y cargar con ellas.

Ana volvió a hablar y Tamalla contestó.

—Repartir, sacó tres dedos.

—Si Tamalla – dijo Roberto – los nativos siguieron hablando; ellos escuchaban sin saber que decían, parecía que no tenían opinión, por fin habló Ana.

—Según dicen tardaran tres días en tener listas las canoas, saldremos en el cuarto día. Pero hay media mañana hasta el rio.

—¿Quien cuidará de nuestros caballos?

—No hay problema el jefe ya ha designado cuidadores tenéis tres días para enseñarles.

Todo estaba decidido sin que los españoles tuvieran opción de decidir. En realidad querían regresar pero no querían decepcionar a los nuevos amigos, se miraron e hicieron muecas aceptando el plan sin remisión.

Durante el viaje se habían acostumbrado a los mosquitos utilizando los mismos remedios que los nativos, frotando su cuerpo con hiervas. Tal vez por la espesura de la selva no habían visto muchos animales, aunque los nativos si los encontraban. Los monos y los pájaros de plumas multicolores, campaban a sus anchas sobre las copas de los árboles.

Durante los anteriores días la poca lluvia les acompañó esporádicamente, pero el primer día en el campamento. Empezó a diluviar dando pocos respiros durante cuatro días, Nadie venia a avisar de la construcción o el trabajo con las canoas. Al séptimo día anocheciendo llegó un nativo e informó, que al día siguiente los esperaban con las cargas.

Amaneció con un sol de justicia y cada uno cargó con sus pertenencias, los caballos se quedaban. Ellos cargaron lo más justo, pero los indígenas cargaban con las armas que les pertenecían a cada tribu. También las Tamallas demostraban no necesitar que nadie llevase sus armas. Después de más de tres horas llegaban al campamento. Al fuego se asaba un caimán; descansaron lo justo para comer y tras repartirse en las canoas emprendieron el camino. Les dijeron.

—El rio ha crecido, tiene más caudal y corriente nos deslizaremos rápidos.

Ana tenía razón, no hacía falta remar mucho para avanzar, en solo cinco días, dejaron las embarcaciones fuera del agua. Y se internaron en la selva, dos días más tarde se encontraban con cazadores Tancutas, una lanza lanzada a un árbol les había hecho detenerse, tras rodearlos y hablar con el herido (ya recuperado) llegaban al poblado Tancuta escoltados. Uno de ellos se había adelantado y cuando entraron en el claro donde se encontraba el poblado los esperaban, los niños corrían a su alrededor. Mientras el jefe se dirigía hacia ellos.

Las pocas mujeres del poblado, empezaron a gritar. ¡Tamallas! ¡Tamallas!.. Horrorizadas.

El jefe se quedó quieto y dio unos gritos levantando la mano izquierda, Tamalla y sus cuatro compañeras avanzaron hacia el Jefe, realizando una reverencia. Pero el jefe quedó de piedra sin decir nada. Su hijo se adelantó saludando al padre, durante unos minutos hablaron en voz baja.

—¿Que ocurre Ana? – preguntó María.

—Le está contando todo lo ocurrido y como las Tamallas lucharon ferozmente contra los Traficantes para liberar a los sopladores. Ahora pregunta por vosotros. Hay cosas que no entiendo “no hablamos igual” pero sí puedo entender que sois enemigos de los traficantes y que habéis terminado con todos, ahora le enseña las armas que han conseguido de los Trofermas.

El jefe dejó a su hijo hablando y se dirigió a Tamalla, esta inclinó la cabeza el jefe le puso la mano en la barbilla y la levantó, preguntó si era la Tamalla o jefa del poblado y Tamalla asintió. El jefe le hizo una reverencia y girándose cogió la flecha de un cazador y se la dio en señal de respeto y amistad.

A continuación dio unos gritos y todos los presentes bajaron las cabezas. Tamalla sonreía. Y el jefe siguió gritando todo el poblado se puso a trabajar, en apenas dos horas construyeron una cabaña con ramas y unos troncos, para los aventureros y las Tamallas, eran los invitados. Cenaron una especie de ciervo con pequeños cuernos. Nadie diría que eran vecinos y enemigos. Tenían tres troncos formando un triangulo donde se sentaban para las reuniones de los ancianos. Esa noche se ampliaron y tras la cena los ancianos y las Tamallas se sentaron con los españoles.

El hijo del jefe explicó con palabras y gestos, como les habían liberado y como después ellos, unidos a las Tamallas habían liberado a los sopladores.

El jefe dijo que no conocían a los sopladores. Su hijo le explicó que eran como ellos con caras rojas. A continuación le presentó a Ana y Raspas, como Yacunas importantes y amigos de los extranjeros.

El jefe se fijó en Raspas, pero un anciano dijo que él conocía Yacunas, pero Raspas era más blanco y no era Yacuna. Raspas le dijo a Ana que les dijese que él era de una tribu más al norte. Los ancianos movieron la cabeza como asumiendo que tenían razón.

María dijo a Ana.— Diles que los sopladores, Tamallas, Yacunas y Ticunas. Han luchado juntos y han vencido. Que no deben luchar entre ellos y unirse contra los traficantes.

Tamalla entendió el mensaje y levantó la mano, repitiendo en su lengua que todos habían sido valientes y ofreciendo su ayuda a los Ticunas si eran atacados. Cogió una brasa y se la ofreció al anciano este tendió su mano y la fueron pasando de mano en mano.

María dijo a Ana.— Se van a quemar.

—No lo creas si la pasan rápido no se quema nadie, eso quiere decir que se apoyan para no quemarse, demuestra cómo pueden apoyarse en caso de peligro. La última en recibir la brasa fue María e inmediatamente la tiró a la hoguera, después sonrió y todos la imitaron sonriendo, incluidos los viejos desdentados.


Los mosquetes y las pistolas sonaban despertándolos, los nativos liberados mostraban cómo funcionaban las armas

Tamalla recogía sus armas y se preparaban para partir. Se acercó a los españoles y les dijo.

No volver por rio, rio baja lleno. Levanto una mano mi poblado soles. Lo entendieron como cinco días, volver por monte del jaguar.

Ana se apresuró a decir — monte del jaguar muy alto.

—Camino bajo Tamallas llevar.

—Camino largo y peligroso.

—Rio más peligro. Monte del jaguar.

Ana se dirigió a los aventureros.— Tendremos que hacerle caso el rio lleva mucha corriente a llovido mucho. Ellas nos conducirán hasta pasar el monte del Jaguar.

—No hay que tener miedo a un solo monte – dijo Carlos.

—No es un monte son varios, mi pueblo está al otro lado prácticamente en el llano, nunca nos aventuramos mas allá de los montes hay espíritus.

—¿Tienes miedo Ana?

—No yo no creo en espíritus.

—Pregúntale donde las cogieron los traficantes de esclavos.

Ana obedeció y Tamalla explicó que cuando muere la Tamalla y practican las señales en la frente de la sustituta esta y las nacidas en la misma luna deben atravesar el territorio de una o dos tribus y robar flechas o lanzas. Para ser reconocidas, en ese caso llegaron cerca de Yacunas atravesando territorio Tancuta, los Traficantes las cogieron de noche y mataron a una. Ellas no conocían el poder de los mosquetes y los tomaron por dioses, después las ataron junto a una partida de cazadores Tancutas, el resto ya lo conocen.

—¿Por qué no quiere que volvamos por donde ellas se fueron?

Ana hizo la pregunta y les dijo, es zona pantanosa, posiblemente no puedan pasar.

—María sonrió— que importan unos días más o menos me gustaría ver su poblado, según parece todo son mujeres.

Carlos movió la cabeza no tenía más remedio que seguir, aunque estaba arto de selva, agua y los pequeños y peligrosos animales del entorno.

Se despidieron del jefe y partieron con la sonrisa y canticos de todo el poblado. El entorno según avanzaban no aparecía con tanta vegetación, los árboles eran enormes, proporcionaban sombra y no tanta maleza. Lo cual les ayudaba a avanzar.

María tuvo una idea – mirad Tamalla no ha robado lanzas ni flechas pero si mosquetes, cuchillos, machetes y pólvora, llevará armas a su pueblo. Ana contestó.

—Lleva tres meses desde que dejó el poblado, no sé cómo será recibida, pueden nombrar a otra. Al tercer día dio una orden y desde ese momento ellas iban delante y el resto detrás. Llegó el quinto día y pararon sobre el medio día. Una de ellas se fue y una hora más tarde volvía con un tocado de plumas y unas pieles. Tamalla se pintó y se vistió. Roberto recogió las armas que trasportaba.

Tamalla habló con Ana.

—Tenemos que seguir las instrucciones. Cuando nos digan nos sentaremos en el suelo antes de llegar al poblado solo entraremos cuando vengan a buscarnos. Tened en cuenta que ningún hombre puede pisar el poblado. Es territorio sagrado.

Siguieron andando cuatro mujeres pintadas, salieron en medio de la senda.

—Sentaros dijo Ana, durante dos horas escucharon tambores y algunos gritos, unas mujeres más viejas o maduras llegaban con cestas de palmera, les levantaron los pies a los hombres y se las ataron, las Tamallas se apartaron dejándolos pasar.

Caminaban como elefantes, pero era la única forma de entrar en el poblado. Nunca creyeron que fuera tan grande. Las chozas eran redondas de palos muy unidos y con techo de palmera, mucho mejores y amplias que las de los Tancunas. Según María podían haber más de doscientas mujeres. Pararon frente la Choza más grande y de ella salió Tamalla sonriendo. Había sido reconocida como la Tamalla. A partir de ese día todas la obedecerían. Ellos estaban de pié delante de ella todo el poblado se reunió alrededor. Tamalla empezó a hablar durante largo tiempo explicando su aventura, a su lado una anciana con un loro en el hombro y un abrigo de plumas, movía la mano en la que sujetaba unos huesos que sonaban. Tamalla dejó de hablar y dijo algo a la vieja. Esta se acercó y tiró unos polvos que parecían ceniza sobre los pies a partir de ese momento les quitaron las cestas. Los espíritus del bosque les permitían pisar el poblado. María y Ana pidieron a Roberto y Carlos quedarse dos días y reposar para estar fuertes el regreso.

Ellos formaron un pelotón al que enseñaron a disparar, Carlos les confeccionó dos ballestas y les enseñó su manejo. No daba tiempo para más; por la noche preguntó a Roberto.

—¿Qué pasará cuando se acabe la pólvora y los pistos?

—Posiblemente tirarán los mosquetes y seguirán con sus armas tradicionales. Pero nosotros ya no estaremos. No nos incumbe duerme.


Dos mujeres los esperaban cuando salieron de la choza, e inmediatamente fueron en busca de Tamalla. Esta sin las plumas les dijo.

—Tamallas acompañar, pasar monte del jaguar, hacer parada y Tamallas entregar piedras de selva. Se quitó el collar de pepitas de oro y se lo puso a María. María no pudo evitarlo y la abrazó. Ella sonrió y levantó su mano en señal de amistad. Las dos mujeres empezaron a caminar y las siguieron durante veintidós días, las Tamallas llevaban sendas bolsas de cuero, donde depositaban frutas. Los aventureros se habían acostumbrado a la comida de la selva. Vadearon arroyos subieron y bajaron trazando caminos o sendas, siempre por la parte baja de los montes, encontraron claros y selva tupida que casi les impedía avanzar.

De momento las mujeres pararon y con señas les dijeron que se sentaran junto un arroyo y comieran, media hora más tarde volvían con las bolsas, echas de pellejos de animales, llenas. Carlos tenía más hambre y cogió una bolsa desató el cuello y se encontró con que iba llena de de esmeraldas, abrió la otra bolsa y también iba llena.

—¡Dios mío! soy rico, rico Roberto, María somos ricos, ricos...

Carlos parecía haberse vuelto loco reía y bailaba. Las mujeres reían y callaban.

Roberto comprobó el contenido y calculo que necesitarían dos pares de alforjas para llevarlas todas. No sabía cómo las mujeres habían podido cargar con los pellejos llenos de esmeraldas.

Las dos mujeres hablaron con Ana. Ellas los dejaban y volvían al poblado pero le indicaron el camino de regreso que no tenía perdida.

Se fueron y ellos siguieron el camino junto al riachuelo hasta que la última colina quedó a su espalda.

Por la noche Carlos no podía dormir — ¿Que haremos?

Roberto dijo somos cinco lo dividiremos.

—No dijo Ana yo no quiero piedras me quedaré con doña Carmen este es mi mundo si ustedes quieren pueden darle a ella pero no muchas o se irá. Yo no quiero que se vaya.

—Y tu Raspas ¿qué opinas?

—Yo he pensado que podría ir con ustedes donde vayan, no tengo apego a nada y me gusta la aventura ¿qué puedo hacer con las piedras? este mundo es muy peligroso para uno como yo.

—Te entiendo, si quieres venir con nosotros yo me sentiré honrado – contestó Roberto.

Y nosotros – contestó Carlos, María sonrió mientras preguntaba ¿podrá embarcar?

—Es un hombre libre, pero siempre puede convertirse en escudero o criado con tal de ... – volvieron a sonreír. Faltaban otros diez o doce días hasta el campamento Yacuna más cercano pero los caballos estaban en el otro a dos días más de viaje. El peso de las piedras llevadas por Roberto y Carlos los relentizaba y debían descansar más veces y cada vez más tiempo, tardaron quince días en alcanzar el poblado. Por entonces ya conocían los frutos y las raíces comestibles.


Regreso a la civilización.


Descansaron durante unos días en el poblado Yacuma y reemprendieron la marcha, el camino era largo y en ocasiones se veían obligados a cazar. Al cabo de tres semanas los grandes claros se mezclaban con el bosque, señal inequívoca de que se acercaban a San José. Por fin llegaron al lugar donde el monte cortado se unía con el rio, significaban dos días de viaje bajo la arboleda por la senda de los traficantes.

Andaron otro día y descansaron, Ana cambió su taparrabos por lo que quedaba de sus antiguas ropas, María compartió las suyas. Roberto tomó la palabra.

Mañana os quedareis aquí y pasado mañana avanzareis solo hasta el medio camino, Carlos y yo nos adelantaremos y volveremos a buscaros, cogeremos los mejores caballos sin carga.

Lo entendemos – dijo María – aunque me gustaría ir con vosotros, se que debo quedarme, cumpliremos con nuestra parte.

Los dos compañeros partieron hacia San José, anochecía cuando llegaron a las inmediaciones del lugar donde habían guardado la pólvora y la mecha; la recuperaron y a un kilómetro o más del poblado ataron los caballos y durmieron, Carlos despertó con la vejiga llena y llamó a Roberto.

—Creo que es la hora. Roberto despertó, todavía era noche cerrada, cargaron con los barriles y la mecha dejando a los caballos atados. Al llegar al poblado miraron por todas partes, parecía desierto y estaban casi tras la iglesia, se acercaron ocultándose en su parte posterior, siete metros los separaban de la parte trasera. Amparados por la noche llegaron a la pared y la rodearon para llegar a la puerta donde estaba la espadaña, vieron una silueta durmiendo apoyada en la pared del cuartel, colocaron los barriles a ambos lados de la puerta y fueron soltando mecha, esta no llegaba hasta la arboleda y utilizaron la pólvora que llevaban al cinto para las pistolas.

Prendieron fuego y salieron corriendo en busca de los caballos, mientras corrían esperaban escuchar la explosión, por un momento dudaron del éxito, Tal vez alguien había cortado la mecha... pero entonces el cielo se cubrió de luz y se escuchó la explosión seguida de un fuerte temblor, ya estaban cerca de los caballos y sigilosamente se perdieron por la espesura. Llegaron al campamento cuando el sol estaba en lo más alto.

Pararon a descansar y decidieron pasar la tarde descansando y preparándose.

Roberto repartió las piedras en las alforjas de dos caballos y utilizó un pellejo para hacer bolsas más pequeñas. Ana volvió a decir.

—Entregad a Carmen pocas piedras o querrá irse, yo no quiero que se vaya, quiero vivir aquí.

Entiendo haremos bolsas pequeñas, para pagar favores. Hicieron seis bolsas que no llenaron demasiado. Entre todas no llevaban la quinta parte de las Esmeraldas y desde luego las más pequeñas. Cogieron dos cada uno.

Al día siguiente emprendieron la marcha sin prisas llegando a media tarde al poblado, unos indígenas recogían los restos de la espadaña y la puerta, medio templo se había venido abajo.

Roberto se acercó — ¿Qué ha ocurrido?

—Señor el diablo lo ha derribado todo.

Se fueron directamente a la posada de Juan Carlos y entraron en ella, Carmen los vio entrar y llamó a su hermano. Se abrazaron y Juan Carlos abrió el corral.

Roberto sin apenas hablar sacó las dos bolsas que llevaba y le dijo.

—Juan lo prometido es deuda, Toma tu parte – y le entregó una bolsa después se dirigió a Carmen diciendo – Carmen las penas con pan son menos, esta es para ti y para que cuides de Ana ella quiere quedarse contigo.

—Y yo quiero que se quede será mi mejor amiga.

—¿Tenemos habitación?

—Si y con los gastos pagados, coged vuestras cosas y llevadlas a la habitación mientras hacemos la cena hoy viene a cenar el comandante de la guardia y el abad.

—¿Qué celebráis? Acaso que se haya caído la espadaña – preguntó Carlos.

—¿Es que no sabéis a que día estáis?

Se quedaron mirándose unos a otros extrañados nadie había contado los días.

—¿Qué día es hoy? – preguntó María.

—Hoy es día de reyes.

Los tres aventureros quedaron perplejos, no se habían percatado del tiempo transcurrido.

—Dios mío ¿cuánto tiempo hemos estado perdidos?

No hablaron más, recogieron los enseres de los caballos, se lavaron y adecentaron con las ropas que habían dejado con Carmen, esta les devolvió la cartera con los papeles.

Todos reían a la mesa cuando llegó el comandante del puesto su primera pregunta tras dar las buenas noches fue.

—¿Cuando han llegado ustedes?

—El tiempo justo para lavarnos y sentarnos a la mesa –dijo Roberto — ¿Por qué lo pregunta?

—Alguien ha volado la iglesia y no debe andar muy lejos.

Carlos dijo – tal vez los mismos que volaron la aldea.

—¿De qué aldea hablan?

—Cuando nos fuimos a los cinco días nos encontramos con una aldea quemada, los cadáveres estaban por el suelo esparcidos, los recogimos e hicimos una gran pira. Los quemamos, No había ningún nativo entre ellos. Y las armas “si las tenían” habían desaparecido. No debía hacer más de dos días del suceso. Raspas encontró huellas de botas y decidimos cambiar de camino e ir mas al oeste. El resultado fue que nos perdimos entre la cordillera. No sabemos cuánto tiempo caminamos, seguramente meses encontramos tribus que nos acogieron tras entregarles algunos regalos. En fin cuando ya estábamos desesperados encontramos una cueva y buscamos oro o piedras, picamos, utilizamos la pólvora para hacer voladuras; creo que allí pasamos más de dos meses pero ya no encontramos más piedras y la pólvora se había terminado. Así que decidimos regresar y nos volvimos a perder. En realidad no teníamos noción del tiempo transcurrido.

—¿Y han sacado muchas esmeraldas?

—No muchas, pero hemos decidido repartir entre quienes nos han favorecido — dijo María — yo llevo la bolsa que le corresponde a usted. Juan Carlos ya tiene la suya.

—En ese caso dámela.

—Me ha costado mucho sufrimiento conseguirla, si la quiere tendrá que vencerme con la espada.

—¡Niña malcriada! ¿Quieres que te mate por unas piedras? Podría mandaros la guardia, mataros a todos y quedarme con todas las esmeraldas.

—Por unas piedras, cometería usted un asesinato, no debe ser muy religioso, o tiene miedo de una mujer joven e inexperta.

María sacó la bolsa que llevaba oculta y mostró las piedras.

—Está bien mañana te enfrentarás a uno de mis guardias, el Ayudante Mayor...Ahora esperemos al Abad y celebremos la fiesta.

Más tarde Roberto recriminó a María — ¿Por qué te empeñas en desafiar al comandante del puesto?

—Estoy oxidada y necesito acción, no caminar entre bichos, alimañas, mosquitos y además no me cae bien.

—Él no luchará contigo, no se arriesgará a que lo venzas, el Ayudante Mayor será un hueso duro de roer.

—No importa tendré paciencia con él. Pero sigo diciendo que no me cae bien y me encantaría burlarme de él.

Estaban todos sentados a la mesa, incluido Raspas cuando llegó el Abad. Tras dar las buenas noches y sentarse. Miró a Raspas y dijo.

—¿Los esclavos se sientan con los señores?

—Raspas no es un esclavo – contestó Roberto — es un hombre libre y con los mismos derechos que nosotros. Le recuerdo que está bautizado y con los derechos que como tal, otorga la iglesia.

—No deja de ser un nativo – dijo con desprecio.

Todos callaron y María mirando a don Bartolomé con seriedad dijo.

—¡No hay que repartir lo que se gana con el sudor de la frente! Recuérdelo si llega el momento.

Bartolomé sonrió y movió la cabeza afirmativamente. Había entendido perfectamente el mensaje de María. “Nada para el cura”.

El resto de la noche hablaron sobre la espadaña, tanto Bartolomé como Cipriano sabían, debido al rastro que había dejado la mecha que alguien había producido una explosión y no había sido algo casual.

—Don Bartolomé, le dije lo que encontramos en la aldea a la que llegamos. Por las huellas de botas que encontramos sabemos que no fueron nativos; ellos no llevan botas españolas. Cabe la posibilidad de una reyerta entre traficantes, No quedan muchos nativos que convertir en esclavos en las tribus más cercanas. También encontramos un poblado vacío y las pocas tribus que puedan quedar deben estar muy alejadas y protegidas por la selva. Me inclino por un robo entre ellos y así ser menos para repartir.

—Es admisible — contestó Bartolomé.

—¿Y qué explicación tiene que tiren media iglesia?— contestó Cipriano.

María dijo. – Tal vez sea un castigo de dios.

—Calla muchacha, dios no castiga con Pólvora – corrigió Carlos – yo había pensado que tal vez era una prueba de que no piensan pagar más a la iglesia.

—A mi no me pagaban, el dinero me lo daba don Bartolomé.

—En ese caso tal vez les incumba a los dos. De todos modos por lo que hemos visto pocos esclavos vendrán al poblado.

María volvió con don Cipriano – don Cipriano ¿a cuántos esclavos a cristianizado.

El abad se quedó callado mirando fijamente a la descarada jovencita.

No hace falta que conteste, creo que dios quiere que se predique el evangelio y no que...

¡Cállate! — Era la voz de Roberto enojado visiblemente– bastante desgracia tiene, cenemos. María entendió el mensaje.


Una hora más tarde terminaban la cena y las discusiones; el abad visiblemente contrariado y pensativo se retiró, si dejaba de suministrarle doblones don Bartolomé como iba a terminar su iglesia... Su mundo e ilusión se vendría abajo como la espadaña.

Bartolomé por su parte se retiró tras él, dando las gracias por la cena, seguramente pensaba en las esclavas que le esperaban. Cuando llegó a la puerta se volvió con una sonrisa diciendo.

—Jovencita mañana cuando la sombra de la bandera, que está frente el cuartel, llegue a la esquina la espero con mi bolsa.

—No faltaré – contestó con descaro.

Él sonrió y salió dando un portazo.

—Roberto la recriminó – debías darle la bolsa y dejarte de tonterías y no meterte con el cura. Son malos enemigos estén donde estén.

—El no es bueno con las esclavas y quiero demostrarle que una mujer puede ridiculizarlo, solo siento no batirme con él.

—Durmamos y descansemos que falta nos hace – aconsejó Carlos.


Por la mañana lucía un sol esplendido. Raspas hizo un par de viajes a la plaza, al segundo dijo.

—La sombra está llegando a la esquina y los soldados salen a la plaza.

—Bien vamos es la hora y no quiero llegar tarde.

María llevaba su propia espada más delgada y ligera que la que usaban los soldados. Al llegar a la plaza vio como sacaban un banco donde se sentaban Bartolomé y el abad.

La comitiva cruzó tras la bandera y se paró frente a ellos. Un soldado se posicionó a la derecha del banco.

—Señor Roberto, ¿cómo lo hacemos? A muerte o...

—No desearía que perdiera un buen soldado, en mi pueblo se hace un circulo, quien sale cinco veces de él pierde, también quien recibe la primera herida o es desarmado.

Bartolomé sonrió — me parece bien cuidáis de vuestra pupila – se dirigió al soldado – Germán no lo dilates mucho.

Roberto cogió su espada y trazó un circulo de unos cinco o seis metros de diámetro. Los contendientes se colocaron en el centro sacaron sus espadas y se saludaron. Carlos llevaba una sartén y un palo diciendo — ¡Con la sartén se empieza y con ella se para, quien no obedezca pierde una salida!

La sartén sonó y el soldado se lanzó a un ataque sin cuartel, María respondía con destreza, pero era muy difícil parar o esquivar aquel aluvión de golpes, dados por un fuerte brazo.

La sartén sonó, María había salido del circulo. Bravo gritaba y aplaudía Bartolomé, mientras pensaba que ya tenía ganada alguna piedra.

Otra vez en el centro del circulo y volvió a sonar la sartén, nuevamente el soldado lanzó una andanada de golpes; nuevamente María tenía que esforzarse para esquivar o parar tan feroz ataque volviendo a salir del circulo. Sonó la sartén ante la alegría de los ocupantes del banco.

Nuevamente entraron en el circulo y sonó la sartén para el tercer asalto, como las dos veces anteriores María retrocedía, pero en esta ocasión se apartó a tiempo de que Germán con su empuje saliera del circulo, en esta ocasión el banco quedó mudo.

Y volvió a sonar la sartén. El brazo de Germán ya no era tan ágil y María empezaba a mostrar sus cualidades. Mientras luchaban María le dijo.

—¿Qué prefieres, qué te desarme o que te hiera?

Sin dejar de combatir Germán dijo, Nadie en mi vida me ha desarmado, prepárate para perder. Los dos se mantenían en el circulo, pero María cada vez movía con más rapidez y destreza la espada, era casi imposible seguir sus golpes. Germán sudaba intentando contrarrestar el aluvión, en dos ocasiones había intentado María desarmarlo y no lo había conseguido, lo cual daba alas al soldado, pero la lucha no se decantaba a favor de nadie.

—Sabes soldado me estoy cansando terminemos cuanto antes, cuatro movimientos de espada y María hirió en la mano que sujetaba la espada a Germán. Este soltó la espada. María se dirigió a Bartolomé.

—Herido y desarmado, siento que no hayáis sido vos, recordad durante toda vuestra vida, que debéis respeto a las mujeres, la madre que os concibió también era mujer, al menos respetadla a ella – sacó la bolsa y se la arrojó a las manos – tomad lo vuestro — se volvió y dijo a Germán – si vienes a la posada curaré tu herida.

La plaza quedó en silencio mientras se retiraba y Germán recibía permiso para ir a la posada.

Esa misma tarde decidieron salir al día siguiente, para volver a la península. Deberían apresurarse pues la mayoría de los buques salían en grupo custodiados por Galeones cargados de cañones.

Por la noche mientras cenaban les visitó el comandante del puesto y se sentó con ellos.

—Hay una jarra de vino para mí.

—Las que desee dijo sonriendo María.

—Reconozco que tenéis agallas, pero mi intención era preguntar cuando deseáis partir.

—Mañana mismo – contestó Roberto el tiempo se nos ha echado encima, hay un largo camino a Bogotá y después a Portobello.

—¿Les esperan allí?

—No nadie nos espera.

—En ese caso les aconsejo ir a Cartagena de Indias, si van por el camino de la costa, pese a ser un poco más largo se llega antes, solo hay una tercera parte de selva muy transitada y por lo tanto se puede atravesar a caballo.

—En ese caso creo que seguiremos su consejo.

—Hay algo más.

—Usted dirá.

—Germán el hombre a quien hirió María, termina su contrato con el ejercito a final de mes, es mi “Ayudante Mayor” (Cargo de quien trasmite las ordenes) pero estando herido he decidido liberarlo de sus obligaciones y por lo tanto le he dado permiso para regresar con ustedes. También él quiere reunirse con sus padres. En breve espero cinco soldados y también espero no echarlo en falta, posiblemente se crucen con ellos por el camino.

—Una espada más nos vendrá bien, por estos peligrosos caminos. Cuando amanezca que esté a punto.

—Lo estará, es un buen soldado, pese a haber sido derrotado por...

—No lo dudamos, y le aseguro que María es una experta en el manejo de la espada, difícilmente hubiera perdido.

En ese caso me alegro de no aceptar su desafío. Solo me queda desearles un buen regreso.

—Gracias que así sea.


Con las primeras luces del alba, prepararon los caballos ayudados por los “esclavos negros” solo se llevarían dos de repuesto con la carga, para descargar los que montaban, aunque Carmen les ofrecía otros cuatro; no eran necesarios, al llegar a Cartagena los venderían todos incluyendo las sillas.

Vieron llegar a Gaspar vestido de paisano y con su mano vendada. Antes de partir María lo hizo entrar y curó nuevamente la herida.

Ana se quedó con Carmen y Raspas estaba emocionado por vestir ropas nuevas y sentirse un caballero o más bien escudero, incluso habían comprado a Juan Carlos, una espada para él, como la que ellos llevaban. Carlos le había prometido enseñarle a usarla. Pero en el cinto heredado de un traficante no faltaban su pistola y las bolsas con pólvora pistos y bolas. ¡Era todo un personaje!

Las despedidas fueron calurosas. María comprendió que no volvería a ver a Ana y tras abrazarla fuertemente, soltó unas suaves lagrimas.

—Adiós, Ana nunca te olvidaré.

Germán vio como la fiereza de María se convertía en ternura y acercándose a Roberto advirtió.

—El camino es largo.

—Si tienes razón – cogió un caballo de las riendas y solo dijo – ¡Vámonos!

Raspas salió tras él con el otro caballo de carga y la caravana se puso en marcha.

Camino a Cartagena

El veinte de febrero llegaban a Bogotá, tomaron posada y descansaron por dos días recuperando fuerzas, tanto ellos como los caballos. No dilataron más la estancia sabían que las flotas o flota saldría con la primavera y no en una fecha concreta, mientras viajaban se cruzaron con los soldados destinados a San José con los que intercambiaron opiniones y Germán informó de las vicisitudes del puesto.

Cuando paraban a descansar, Carlos se convertía en maestro de armas de Raspas.

María se encontraba sola mirando al infinito, Germán se acercó.

—¿Molesto?

—¡Ho! No, solo pensaba en el deseo de volver, pero al mismo tiempo pienso y me entristece lo que tendremos que aguantar en la travesía. Mala comida, suciedad, pestilencia y agua putrefacta.

—Si es el precio que hay que pagar por ver nuevamente a los nuestros, usted debe estará deseando ver a sus padres.

—No, ellos murieron, ese fue el motivo por el que vine a las Indias. ¿Y usted?

—En mi casa éramos cuatro hermanos, a dos nos obligaron a alistarnos yo llevo diez años sin volver. Ya cumplí con el Rey y con la patria.

—¿Y su hermano?

—No soportó el escorbuto, falleció antes de llegar. No sé como encontraré a la vuelta, mis padres no sé si vivirán, hace dos años que no sé nada de ellos. La última vez supe que el hermano de mi padre iba a ser ascendido a obispo.

—¿De dónde sois?

—Del mismo Toledo, me crié ayudando a mi padre en la fragua, hacía espadas entiendo de armas y la vuestra es especial ¿Me permites que la vea?

—Si tomadla, no creo que sea de Toledo la compre en Madrid antes de embarcar en Sevilla – dijo desenfundándola, Gaspar la tomó y la observo detenidamente.

—Mirad bajo la empuñadura ¿veis esta marca?

—Sí, es un circulo con una cruz en su interior.

—Es la marca de mi padre.

—¡Me engañáis!

—¡No! Mirad mi anillo, lleva la misma marca.

—¡HO! Dios mío. Es verdad – María soltó una carcajada al tiempo que Carlos les llamaba. ¡Partimos!

—Me derrotasteis con una de mis espadas.

María sonrió recogió su espada y subieron a los caballos.

En los días sucesivos Germán se acercaba mucho a hablar con María y Carlos tomó cartas en el asunto; cruzando un riachuelo pararon a llenar agua y abrevar a los caballos, mientras llenaban le dijo.

—Germán, no sé qué pretendes con María pero no consentiremos que le hagas daño, ella tiene dieciséis años y tú debes pasar los treinta.

—Me ofenden tus palabras solo quería hacerle el viaje más llevadero y agradable.

—Pues sigue así y ten en cuenta que no eres un buen pretendiente. Tu edad te lo impide.

—¿Que es para ti y para Roberto?

—Nuestra hermana pequeña y nuestra protegida.

—¿No puedo ser yo un nuevo hermano?

—Tu lo has dicho hermano si, nada más.

—No entiendo el trió que formáis.

—Mejor que no sepas por qué vinimos a las Indias, pues ni nosotros sabemos lo que ocurrirá cuando regresemos. Mantente al margen y defiéndela.

—Creo que es lo único que no necesita. Pero tendré en cuenta tus palabras.

—Sí tenlas en cuenta, será mejor para todos.


Días más tarde intentaba sonsacar a Raspas, pero este siempre le contestaba que no sabía nada de ellos antes de llegar y que hacía poco que los había conocido. Pronto dejó de preguntar y centró su atención en como regresarían, mientras cabalgaban preguntó.

—Habéis pensado en el regreso o en la embarcación.

—Solo en tomar el primer el primer convoy que encontremos y a ser posible el mismo galeón con el que venimos. Al menos el almirante Tristán de Iñiguez nos cedió un pequeño camarote en el Virgen del Rosario.

Doce de marzo, una posada en el camino, el sol se ocultaba y cuando se disponían a acampar encontraron la posada. Con varias cabañas de madera alrededor. Bajaron de los caballos y preguntaron. Afortunadamente las cabañas pertenecían a la posada y les ofrecieron una en la que apenas cabían, Raspas prefirió su hamaca y dormir con los caballos. Una cuerda y una manta dieron intimidad a María.

Al menos comieron un buen asado con ricas viandas de pan al terminar preguntaron al posadero por Cartagena; la respuesta fue que llegarían en solo tres horas. Esa noche durmieron a pierna suelta sin prisas en despertar.

Cartagena enclavada en una gran y hermosa bahía, estaba fuertemente protegida contra desembarcos no deseados, sus defensas impresionaban con su enorme cantidad de cañones mirando al mar y seguían en construcción; tan solo hacía treinta años que el pirata Drake la había saqueado.

Se dirigieron a la comandancia de marina. Germán tenía todos los permisos para embarcar en un galeón militar, de los siete que había en la bahía. Solo necesitaba saber cuándo y en cual.

Preguntaron por un galeón, para embarcar rumbo a la península, les indicaron un filibote propiedad de un rico comerciante de la zona y adquirido o robado a los holandeses que partiría en tres días hacia Portobello, cuatro Galeones habían partido recientemente hacia allí para completar carga. La mayoría de la flota se reuniría en la habana antes de volver.

Los filibotes eran naves construidas en Holanda con palos más altos que los galeones y prácticamente sin armamento para poder llevar mas carga. Eran más ligeros y más veloces aunque no sorteaban igual las tormentas y las olas por ser más estrechos e inseguros. No obstante los holandeses con ellos recorrieron todos los rincones del mundo.

Consiguieron pasaje en cubierta, solo les quedaba vender los caballos y buscar un baúl donde guardar las piedras tapadas con ropa. Buscaron uno con buena cerradura, la llave la llevaría Roberto colgada al cuello. Dos correas afianzaban la tapa y lo protegían de poder abrirse por los golpes.

En la madrugada del tercer día tras pagar el pasaje el piloto les indicaba donde depositar su baúl y el petate, también donde dormir en cubierta, con hamacas o con mantas en el suelo. Los marineros ocupaban las hamacas de dos en dos, turnándose. No tardaron en zarpar y darles el viento húmedo en el rostro, para Raspas todo era nuevo.

El capitán lo llamó esclavo y Roberto le hizo saber que era libre y sirviente de la condesa. Con ello no hubo más problemas.

La nave era veloz, a los dos días avistaron dos navíos sin bandera, el capitán mandó izar la bandera holandesa, a continuación los dos navíos cargados de cañones izaron la bandera inglesa y siguieron su camino (ambos países eran aliados). El capitán suspiró y al perderlos de vista arrió la bandera.

Sin más contratiempos llegaron a Portobello. Tras tomar aposento nuevamente se dirigieron a la comandancia de marina en busca de alguna nave para regresar. Ninguna partía de inmediato y solo dos galeones se dirigirían a la habana de donde partiría la flota.

Había pasado la semana y llegaron dos galeones procedentes de Cartagena. Partirían los cuatro hacia la habana en uno o dos días.

Estaban en la taberna, hablando con el capitán del Galeón que habían contratado para el regreso. Este les había partido con maderas una zona en el castillo de proa. Que habían pagado generosamente, siempre buscando la seguridad para María y el baúl.

Entraron buscando al capitán Bernardo Núñez de Gualdes dos soldados, le dijeron que el obispo le esperaba en la puerta. Salió y el obispo le hizo saber que dos monjas viajarían con él y que no había escusa para no hacerlo. Tras un breve intercambio de opiniones Bernardo entró nuevamente en la taberna, visiblemente contrariado.

—¿Qué ocurre? – preguntó Roberto.

—Pueden ustedes romper el trato y buscar otra nave. El obispo me obliga a cargar con dos monjas y darles camarote. Cosa de la que no dispongo ya e desalojado a mi segundo de abordo y...

—Capitán si las monjas aceptan compartir el camarote con María, nosotros nos haríamos un hueco entre los oficiales. Los dos tenemos el grado de Alférez.

—Este no puede dormir con oficiales. – dijo señalando a Raspas.

—Raspas se llama Raspas don Bernardo.

—Yo puedo dormir en cubierta mi obligación es cuidar de mi señora.— Raspas sabía que era libre pero solucionaba mejor los problemas haciéndose pasar por criado, además no era fácil para un esclavo o nativo viajar a la península.

—Las monjas, más que cincuentonas regresaban con sus familias después de treinta años y aceptaron compartir el camarote con María, El capellán de abordo dormía en la toldilla junto al palo mayor.

Raspas había ayudado en misa a los párrocos en muchas ocasiones y no tardó en hacerse amigo del capellán, durante el trayecto de Portobello a la Habana. Tras diez días conocieron el puerto por excelencia de regreso, donde estaba anclada la mayor flota vista por ellos. El trasiego en el puerto era inmenso abasteciendo a los Galeones de comida para un viaje de más de dos meses.

Los amigos bajaron a tierra y María vio a un señor encalando la pared de su casa, le preguntó dónde podía adquirir cal y el hombre le indicó por donde llegar a la tienda, se acercaron al lugar y compraron unos terrones o piedras de cal. Nadie sabía para qué era la cal.

Ocho de abril la flota recibe la orden de partir. A la mañana siguiente cuarenta Galeones de carga y doce de custodia a su alrededor, empiezan la ruta hacia las canarias la nave capitana va al frente y sus banderas dan las órdenes al resto de la flota.

A la semana son avistados a babor una veintena de barcos ingleses, el convoy sigue su curso, pero los galeones de custodia aminoran su marcha recogiendo la mayor, se colocan todos a babor y popa del resto. La flota sigue su camino sin ser molestada por los ingleses, a continuación de la nave capitana son soltadas varias palomas, con mensajes (No saben si alguna llegará a buen puerto).

La vida abordo sigue con todas sus consecuencias. El capellán le ha hecho un hueco a Raspas en la toldilla. Durante una semana llueve a intervalos en medio del mar, aunque este no se muestra especialmente peligroso por las olas, las monjas y Raspas son quienes peor lo pasan. Con estas vicisitudes cumple dieciséis años María, nadie se acuerda de ella dos días después amaina la lluvia y el mar se calma, el viento cambia y empuja con fuerza las embarcaciones. El capitán dice que recuperaran el tiempo perdido.

María se encuentra en la borda mirando al infinito, Roberto se acerca.

—¿Puedo preguntar en que piensas?

—Puedes, hace cuatro días cumplí dieciséis años, solo yo lo sabía, no hubieron besos de mis padres y ahora tengo dudas. Tu Roberto tienes a tus padres y seguramente pensarás en volver a abrazarlos, pero yo no tengo a nadie solo me queda odio hacia el inquisidor.

—No hables así, nos tienes a nosotros, puedes vivir en mi casa y tal vez un día...

—No siguas Roberto, si puedo recuperar mi casa había pensado cederla a Carlos y Raspas.

Carlos había escuchado y preguntó – si me cedes tu casa ¿donde vivirás?

—Tenemos dinero pensaba comprar tierras y construirme una casa alejada de toda población donde leer los libros que escondí de mi padre y sanar a las personas.

—Pero eres una bella mujer y deberías casarte y tener hijos, para eso creó dios a las mujeres.

—Carlos y seguramente lo haré, pero antes debo aclarar mi mente y mi conciencia, no seré feliz mientras no encuentre mi sitio.

—María respetaremos siempre tus deseos.

—Gracias Roberto y a ti también Carlos, sois los hermanos que nunca tuve.


Mes y medio sin ver un alma solo agua por todas partes, el agua de los barriles empieza a cambiar de sabor y María se decide a hablar con el capitán. Acompañada por Roberto y Carlos lo encuentran junto al timonel.

—Don Bernardo, María quiere decirle algo importante para todos.

—Bien baronesa dígame usted que se le ofrece.

—El agua empieza a cambiar de sabor.

—Sí es algo que ocurre en todas las travesías. Quedan unos doce o catorce días para poder cambiarla en las canarias.

—Señor si echamos un poco de cal en los toneles el agua recuperará su sabor.

El capitán se quedó mirando a María – que sabéis vos de agua acaso sois bruja.

—Don Bernardo María es médico, ella entiende de sanar y no hay brujería en un poco de cal.

Bernardo no las tenía todas consigo.

—¿No envenenaremos a la tripulación?

—No, nosotros seremos los primeros en beber de esa agua tres días después.

—No sé, no creo... está bien pero solo un barril y si sabe mal ustedes no beberán de otro aunque mueran.

—Aceptamos, contestó María sin dar tiempo a más; la tripulación subió un barril a cubierta que ataron al palo mayor y María arrojó un trozo de cal no mayor que un huevo. A los tres días bebieron de él y el agua tenía buen sabor. El capitán algo remilgado e inseguro apenas probó el agua mojándose los labios, pero ante la complacencia de la tripulación dejó que echara cal en otros barriles. El Capellán bendijo el agua y esta pasó a ser bendita por la gracia de dios.

La llegada a las canarias fue recibida con Júbilo, allí pararon durante dos días hasta estar los barcos abastecidos, la travesía hasta Sevilla duraba entre catorce y quince días dependiendo siempre del viento.


Raspas fue corriendo – mirad hay tierra a la izquierda.

—Si hemos llegado, es la península, nuestra casa.

Parte de los galeones se quedaron en Huelva, otros en Cádiz. Varios siguieron rumbo a otros puertos, uno de ellos lleno de plantas viajaba a Valencia entre esmerados cuidados de labriegos, su destino era el jardín botánico del obispo valenciano en su palacio de Puzol.

El Capitán habló desde el puente.— Escuchad llegaremos de noche a Sevilla, nadie bajará del barco hasta el amanecer cuando nos dejen amarrar en el puerto, las antorchas quedarán encendidas toda la noche para mostrar nuestra presencia.

Apenas empezaba a amanecer el capitán bajaba a tierra con la chalupa, la marinería despertaba con la ilusión de tocar tierra firme, al poco tiempo el capitán volvía con el permiso para atracar y desembarcar.

Era más de media mañana cuando los amigos volvían en busca de la antigua posada algo alejada del puerto y conseguían habitación. Tras una mañana empleada en la descarga y las formalidades, decidieron investigar por Sevilla, llegando a un lujoso mesón donde comieron. Al terminar preguntaron al propietario si conocía a alguien que pudiera cambiar esmeraldas por doblones. El mesonero les dijo.

—Cuando salgan la primera calle a la derecha hasta el callejón allí encontrarán una pequeña tienda, pregunten por Santiago.

—Llevaban encima tres bolsas pequeñas, disimuladamente escondidas. Siguieron las instrucciones y encontraron la tienda en el callejón. En ella había un poco de todo, ropa, calzado, armas, utensilios de cocina etc. Preguntaron a un joven que estaba tras el mostrador.

—Buenos días ¿Santiago?

—Es mi padre ¿para qué lo buscan, puedo atenderles yo?

—Digamos que queremos hablar con él.

—Un hombre entrado en años, con el pelo canoso y nariz aguileña, apartó una cortina y preguntó.

—¿Van a comprar algo? Yo soy Santiago.

—Mas bien nuestra intención es vender, pero creo que este no es un sitio seguro para negociar.

—Pasen ustedes – les abrió la cortina y pasaron a una estancia más amplia que la tienda a su alrededor se apilaban gran cantidad de diferentes mercancías. Santiago se sentó a la mesa con la única silla que había en la estancia.

—Ustedes dirán.

Roberto sacó una bolsa de Esmeraldas, la abrió y sacó una.— ¿Le interesan?

—Sí puedo cambiarlas a peso por doblones. Les daría el doble de su peso en oro.

—Carlos exclamó ¡A peso por oro pero si nos daban...!

—Calla Carlos – interrumpió Roberto – nos vamos no le interesan, siento haberlo molestado Santiago. ¡Vámonos! – puso la esmeralda en la bolsa y se dieron la vuelta mientras escuchaban.

—Les daré cuatro veces su peso en doblones de oro.

—Mas el doble también en plata – Contestó Carlos.

—No puedo dar tanto, cuatro en oro y una en plata, están sin tallar y eso...

—Me parece bien — dijo Roberto mirando a sus compañeros y ¿con cuántas puede quedarse?

—¿Cuantas tienen?

—¿De cuantos doblones dispone? ¿Suficientes para comprar dos o tres bolsas como esta?

—Creo que puedo pagar dos... y si vienen mañana...

—Llevamos dos — dijo María sin dejarlo terminar — ¿podemos pesar?

—Si como ustedes quieran.

Comprobaron la balanza y pesaron. Santiago tuvo suficientes doblones para pagar. Entró en la tienda y les entregó una bolsa de cuero para poner los doblones.

—Cuando tengan más puedo comprarles, pero avísenme.

—Todos sonrieron y miraron las ropas, antes de salir compraron para todos y se dirigieron donde habían vendido los caballos antes de embarcar rumbo a las Indias. El vendedor no los reconoció y pidió una cantidad excesiva. Carlos sacó el cuchillo y se lo puso en la garganta.

—No nos recuerda, hace un año nos pagó por cinco caballos con sus sillas lo que ahora nos pide por uno. Creo que será juzgado y condenado o lo mato ahora mismo y me quedo con los caballos gratis.

Dos hombres venían con horcas. El tratante levantó la mano para que pararan. — Perdonen sus mercedes no les había reconocido, no puedo vender por lo mismo que compro tengo hijos que mantener los caballos comen.

—Eso lo entendemos queremos un precio justo.

Pronto llegaron a un acuerdo le dieron una cantidad a cuenta y quedaron en recogerlos al amanecer.

Roberto y Raspas acudieron a las cuadras, mientras Carlos y María custodiaban el equipaje; comprobaron los cinco caballos y los aparejos, uno de ellos llevaría la carga. Antes de abandonar el recinto se encontraron con Germán que entraba, se saludaron y Roberto le ayudó a comprar su caballo.

—Germán ¿qué dirección llevas?

—Toledo, vuelvo a mi casa con mis padres.

—Puedes viajar con nosotros, el cruce por despeñaperros es peligroso y cuantos más seamos más difícil será que nos asalten.

Te agradezco tu ayuda, me uniré a vosotros.

En ese caso vámonos apenas carguemos salimos rumbo a Córdoba, haremos noche en Écija.

Cargaron el caballo y partió el grupo. Cuatro días después en plena sierra morena, escucharon disparos de arcabuces, azuzaron los caballos y vieron como asaltaban tres carretas una docena de hombres, la contienda tras los primeros disparos favorecía a los asaltantes; desenvainaron las espadas y se lanzaron sobre ellos. Raspas se quedaba al cuidado del caballo de carga. Nueve forajidos quedaron en el suelo, mientras el resto huía dejando los caballos de los muertos. Carlos los vio entre los pinos y los recogió.

María reconoció bajo la vela de un carro, a una de las monjas que hizo la travesía con ella. La religiosa rezaba el rosario con fervor, santiguándose repetidamente.

—¡Hermana Teresa! Está a salvo.

—Gracias a dios que les ha mandado en nuestra ayuda. Es usted una santa.

—No lo creo sor Teresa acabo de matar un hombre que seguramente les asaltaría, para dar de comer a sus hijos, no estoy precisamente satisfecha.

—Eran malas personas y dios les ha castigado.

—No hermana la justicia de los hombres nada tiene que ver con la divina.

Roberto hablaba con el que parecía el jefe de la caravana.

—Tenemos tres muertos y dos heridos, gracias a ustedes no hemos muerto todos, también han matado un caballo.

—No importa han quedado cinco atados en el bosque, el resto habrá huido – era Carlos tirando de ellos – creo que deberían registrar los cadáveres y recoger sus pertenencias, como cobro al mal causado, sus bolsas pueden ayudar a las viudas. Tres mujeres saltaron de los carros y los registraron. Poco llevaban los asaltantes, los caballos tenían más valor. Cambiaron el caballo y enterraron a los muertos, antes de reemprender la marcha. Se presentaron.

—Me llamo Rodrigo y nos dirigimos a Toledo.

—Yo Roberto, Carlos, María y Raspas, nos dirigimos a Madrid y después a Alcañiz por Zaragoza. Germán es de Toledo.

—Si yo soy hijo de Germán el herrero, tal vez lo conozca.

—Sí lo conozco hace el mejor acero del país. Pero ustedes podrían quedarse unos días en mi casa, es grande y nunca viene mal un poco de descanso. La monja es mi tía, hermana de mi madre, y los otros acompañantes de viaje son comerciantes.

María seguía atendiendo, al peor herido dentro del carro de la monja.


Seis días después de salir de Sevilla, llegaban a Consuegra. Parando en una fonda a la salida de esta población. Germán y Rodrigo se pusieron de acuerdo y les convencieron para ir a Toledo. Después si salían temprano en una jornada larga podrían llegar a Madrid. En realidad no necesitaban mucho para convencerse, la idea de ver la ciudad por si misma ya era convincente y no tenían prisa por regresar, tampoco sabían que encontrarían. Aceptaron la invitación de Rodrigo.

Llegaron a Toledo y la caravana se dividió, Germán les indicó donde estaba su casa antes de dejarlos, añadiendo que se sentiría honrado de que lo visitaran y comieran en su casa. Aceptaron visitarlo y siguieron adelante.

Rodrigo llamó en una gran puerta y un sirviente asomó la cabeza, abriendo a continuación. La carreta entró con su escolta en un gran patio rodeado de arcos y puertas. Tres hombres y dos mujeres salieron en su ayuda, Rodrigo dio órdenes, los caballos fueron descargados y llevados a las cuadras con doble ración de algarrobas y cebada, el equipaje fue subido a las habitaciones.

—Seguid a los criados, sobre el mueble tenéis un reloj de arena dadle la vuelta, mide una hora y en terminar, los criados os llevarán al comedor para cenar, dadle la ropa sucia para lavar y pedid agua o lo necesario para el aseo.

—Una gran estancia fue adjudicada, solo para María, en la siguiente habían dos camas se quedaron mirándose y Roberto dijo si podían traer otra cama.

—Señor hay más habitaciones – dijo el criado.

—No importa estamos acostumbrados a dormir juntos, trae otro barreño y agua caliente.

No tardaron en cumplir sus deseos.

La monja llamaba a la puerta de María.

—¡A! sois vos hermana.

—Si ¿os gusta vuestra habitación?

—Es amplia y la cama es blanda.

—Respecto a vuestro vestido, no es el más apropiado para cenar con el vizconde y su señora.

—María se quedó muda, nadie le había hablado de un vizconde. La monja prosiguió.

—Veré que puedo encontrar volveré pronto.

María pasó corriendo a la habitación de los hombres.— ¿Sabéis que vamos a cenar con un vizconde?

—No nadie nos ha dicho... ¿Cómo lo sabes?

—Me lo ha dicho la monja, utilizad la mejor ropa.

—No tenemos mucho donde elegir – contestó Carlos – haremos lo que podamos.

El único que se sentía siempre bien vestido era Raspas.

El reloj de arena terminó de bajar y los criados llamaron a la puerta conduciéndoles al comedor. Rodrigo los recibió en la puerta, no parecía el mismo sin ropa de labriego.

—Venid os presentaré a mis padres – cruzaron el comedor— mi padre Don Rodrigo Vizconde de Castro, Sánchez y Consuegra – hicieron una reverencia y Rodrigo prosiguió – Mi madre Inés vizcondesa de Castro, de las Eras y Chamorro – nueva reverencia – a mi tía ya la conocéis.

—Señor la joven es la baronesa de Aguinaga, María del Campo y Burgués, Carlos Zambrano nombrado oficial por el gobernador de Portobello y Paladín de la cristiandad por el obispo. Raspas era un gran señor en su país y solo desea servir a María. Un servidor Roberto de Orduña y Contreras.

—Sentémonos — dijo Doña Inés — María siéntese a mi lado y cuénteme como fue el asalto, mi hijo no me cuenta nada, pero mi primo Cosme “el herido” dice que usted le salvó la vida.

—Mi padre era médico y yo aprendí de él, en cuanto al ataque por los bandoleros no hice más que mis compañeros. También nos ayudó Germán un oficial que conocimos en las indias.

—Germán ¿No será el sobrino del Obispo?

—Algo dijo, de tener un tío Obispo.

En ese caso podemos invitarlo pasado mañana a comer, cuando venga el Rey.

Todos se quedaron mirándose completamente mudos.

—Si espero que se queden y coman con nosotros. ¿Qué piensan hacer mañana?

—Doña Inés deberemos adquirir más ropa, visitar Toledo y con su permiso regresar al atardecer.

—Permiso concedido.

Roberto pidió permiso a don Rodrigo para hacer un regalo a su señora, permiso que fue concedido con gusto. Roberto sacó de una bolsa una esmeralda del tamaño de un huevo de paloma.

—Señora aceptad nuestro presente, pues no podría esta piedra lucir más hermosa que colgando a su vello cuello.

Inés quedó perpleja de la calidad de la esmeralda y dijo que al día siguiente sin pérdida de tiempo, la llevaría al joyero. Roberto se ofreció para acompañarla como escolta, y así es como más tarde, pudo volver a la joyería y vender otras tres bolsas pequeñas de piedras.

Tras dejar el dinero en su habitación se fueron en busca de Germán, visitando el taller de su padre al tiempo que le comunicaban la noticia de la venida del Rey y su invitación a la comida, que se celebraría en su honor. Tras comer en su casa fueron a comprar ropa apta para recibir al rey.

Termina su buena suerte

El obispo Germán tío del soldado, visita a don Rodrigo con motivo de la anunciada visita del monarca.


—Si tengo preparadas las habitaciones para sus majestades y espero que conozca a los jóvenes invitados que salvaron a mi hijo y a la hermana de Inés sor Teresa. Están deseando volver a Alcañiz su tierra; hace ya un año que partieron hacia las indias.

—¿Ha dicho Alcañiz? Hace un año mataron a un descendiente del Cardenal Ram en el bosque entre Caspe y Alcañiz, lo supe en mi última visita a la población hace tres meses. Cuando ocurrió el suceso yo llevaba seis meses aquí en Toledo y acababa de ser nombrado Obispo. Según dijo el alcalde, tres hombres disfrazados de fraile fueron los asaltantes, por esos días uno desapareció de la población y otro de Caspe. No obstante ni la señora del difunto ni el carretero les vieron el rostro. Uno se llamaba Roberto y el de Caspe Carlos, este trabajaba en las cuadras del Inquisidor.

—¿Ha dicho Roberto y Carlos? Según hablamos anoche confirmaban su población todo coincide, hace un año emigraron a las indias y acaban de volver. Pueden ser ellos pero viajan con una hermosa joven y un criado de las indias.

—Don Rodrigo deberíamos encarcelarlos deben ser ellos.

—Pueden ser ellos o no, pero debemos juzgarlos como a buenos cristianos. Yo no pienso acusarlos, salvaron a mi hijo y a mi cuñada la monja.

—Mandaré la guardia a buscarlos. Yo los acusaré.

—No hace falta buscarlos sus pertenencias están aquí. Mande los soldados del alcalde y puede detenerlos cuando regresen por la tarde.


Ajenos a lo que ocurría los cuatro disfrutaban de una comida en casa de Germán con sus padres y hermanos. Las aventuras “que podían” fueron contadas tras la comida y el buen vino, así sus padres recibieron información de como una espada echa por él, había herido la mano de su hijo.

—Pero ¿cómo te has dejado vencer por una mujer?

—Padre no es una mujer es un diablo.

Las carcajadas debieron escucharse por todo Toledo.

La tarde avanzaba y decidieron regresar. Apenas entraron en la casa fueron rodeados por los guardias del alcalde.

—¿Qué ocurre? – preguntó Roberto.

—Siento recibirles así, pero ustedes dos han sido acusados por el Obispo de matar a don Tomás de Castro y Ram. Por favor entreguen sus armas.

—No eso no puede ser – dijo inmediatamente María.

—No hables, no digas nada María, tu y Raspas cuidad de nuestras pertenencias.

—Tomen las armas.

—Pero señor ¿Por qué ellos y no yo? –dijo María.

—Usted es mujer y el asalto fue perpetrado por tres hombres, su criado visiblemente no estaba con ellos, es un recién llegado y por lo tanto no puede ser el tercer hombre, ellos coinciden con los asaltantes.

—Calla María y no digas nada, pues nada pueden hacernos volvió el rostro mirando al vizconde — Don Rodrigo solo le pido un juicio justo.

—Lo tendrás, ahora acompañad a los guardias.

Fueron encerrados en los calabozos del ayuntamiento. María no podía dormir y sollozaba. Durante la mañana apenas bajó a pasear al patio, doña Inés se acercó.

—No llores si son inocentes nada tienes que temer.

—Señora aunque me duela decirlo no confió en los juicios de la Santa inquisición, ¿si pudiera escuchar su marido?

—Doña Inés la miró fijamente – el juicio no le corresponde a la iglesia y os puedo asegurar que mi marido formará parte del tribunal. Ya han puesto fecha será mañana temprano, recuerda que viene a comer su majestad y no podemos dilatarlo, no obstante mi hijo y el soldado que os acompañaba quieren hablar en su favor.

Esa tarde anocheciendo, llegó el rey con su carroza y la escolta, varios soldados ocuparon el puesto de guardia como otras veces habían hecho y el resto se fue al cuartel.

Esa noche se sirvió la cena de María y Raspas en su habitación, mientras el comedor era ocupado por la familia real y la del vizconde.

Tras la cena las dos señoras salieron a pasear por la galería, contándose sus cosas pues a su majestad Margarita de Austria, le gustaba estar al corriente de dimes y diretes. Los hombres quedaron abriendo una botella de licor.

De la habitación de María salieron unos sollozos.

—¿Que ocurre, quien llora? – preguntó la reina.

—Majestad mañana van a juzgar a dos compañeros de la baronesa de Aguinaga, María del Campo. Ella junto con dos jóvenes y su criado, estaban invitados a comer mañana con sus majestades, acaban de regresar de las indias donde han dejado sendas picas y recibido recompensas del Marqués de Castroviejo, gobernador de Portobello y su esposa doña Isabel de Azuaga. Por lo visto lucharon cuerpo a cuerpo con los ingleses protegiendo el galeón que llevaba a doña Isabel y capturando un navío para la corona. Hace unos días salvaron a mi hijo y a mi hermana, del asalto de unos bandoleros. Mi hermana me ha hablado de las atenciones de María con ellas y con los heridos. En fin... (Suspiró)

—En ese caso necesitamos jóvenes como ellos pero ¿De qué se les juzga?

—De un asesinato perpetrado en Alcañiz el año pasado. El obispo en persona es quien los ha acusado.

—No nos lo podemos perder ¡vamos!

—Las mujeres irrumpieron en el salón.

—¡Felipe Mañana hay un juicio que no quiero perderme!

—¿Qué ocurre Rodrigo?

—Mañana hay un juicio de los que no desearía que ocurrieran. Debo juzgar a dos hombres que salvaron a mi hijo y mi cuñada.

—No me cuentes más, no quiero saber lo ocurrido hasta el juicio ¿Quiénes forman el jurado?

—Preside don José el juez, con el alcalde, el obispo y un servidor. El acusador será alguien elegido por el obispo.

—¿Y el defensor?

—Yo elegí a mi hijo, pero Roberto, uno de los acusados, quiere llevar el mismo la defensa.

—Está bien iremos y comprobaremos cómo funciona la justicia en Toledo.


Esa misma tarde noche, mientras el rey cenaba con Rodrigo, su hijo y Germán visitaban a Roberto y Carlos.

—He sido designado para defenderos, pero no sé nada del caso.

—Rodrigo ¿estarás muy alejado de mi?

—No a escasos dos metros a tu derecha. El acusador estará a la izquierda y se paseará entre vosotros y el jurado.

—En ese caso, Carlos debes ponerte a mi izquierda y por ningún motivo debes hablar si te pregunta primero; titubea haz el tartamudo o finge como quieras pero no hables, tu Rodrigo debes evitarlo y cuando yo te diga, pregúntame a mí y no a él, incluso puedes preguntarme si mate a don Tomás, pero sobre todo busca en mis papeles el encargo como vigilantes, del envío de telas a las Indias, firmado por don Pedro de Aguinaga. María puede ayudarte y dile que no sufra. Saldremos de esta.

—Germán dijo— siento lo ocurrido quien os ha denunciado es mi tío, el Obispo Germán y encima me pusieron su nombre.

—Espero que todo salga bien, pero no culpes a tu tío, el solo cumple con su obligación.

Por la mañana doña Inés fue en busca de María, Inés al ver su rostro mandó en busca de un tapafeas. – ponte esto y recuerda debes caminar tras de mí, te sentarás a mi lado izquierdo. Ahora tranquilízate, has hablado con mi hijo.

—Si le he entregado los papeles que me pidió.

—En ese caso baja al patio saldremos en un momento.

Todo estaba preparado en el ayuntamiento para el juicio. La varilla del reloj de sol del campanario marcó las diez. La puerta del ayuntamiento estaba abierta de par en par, el rey y su comitiva llegaba solemnemente, tras él, el vizconde y su señora Inés y tras ellos María custodiada por Rodrigo, Germán y Raspas.

Al entrar los reyes tenían destinado su sitio a la derecha del jurado, con sendos sillones, a la izquierda se puso la vizcondesa con María.

El jurado salió del interior y tras saludar con una reverencia a sus majestades se sentó, don José dijo.

—¡Que pasen los acusados!

Custodiados por cuatro soldados entraron Carlos y Roberto quedando de pie en medio de la sala.

Don José tomó la maza dando un golpe en la mesa.— Se inicia el juicio ¿quien acusa?

—Don Jerónimo aquí presente, con permiso de Dios, del Rey y por España.

—Que empiece.

—Con su permiso Señoría, a los dos acusados aquí presentes Roberto de Orduña y Carlos Zambrano, se les acusa del asalto y posteriormente asesinato de don Tomás de Castro y Ram. Según los hechos y testimonio de la viuda y su capataz. El asalto fue perpetrado el veintiuno de abril del año pasado y falleció un carretero y el señor Tomas, a continuación se llevaron todos los objetos de valor que trasportaban. Los aquí acusados desaparecieron de sus respectivos pueblos en la misma fecha lo cual da a entender que huyeron en compañía de su cómplice al cual pido que identifiquen. O en su caso sean torturados hasta que confiesen.

—Hemos escuchado los cargos, corresponde al defensor hablar. Don Rodrigo ¿está de acuerdo con la culpabilidad de los acusados?

—No señoría son inocentes y lo probaremos.

—En ese caso el acusador puede interrogar a los acusados.

—En primer lugar llamo a Carlos Zambrano, acerque su mano a la biblia. Jura por dios y el rey confesar la verdad de los cargos que se le imputan.

Carlos empezó a fingir, temblando y tartamudeando – Ju... ju-ju... ro.o.

—Acepta usted los cargos que se le imputan.

—Que, que. No, no, no...yo – yo...

—Perdón señoría – interrumpió Rodrigo — Carlos ha sufrido esta noche un ataque y todavía no está repuesto; creo que las mismas preguntas puede contestar Roberto si como dicen son cómplices.

—Está bien interrogue a Roberto no creo que altere el resultado del juicio.

—Roberto de Orduña acerque su mano a la biblia. Jura por dios y el rey confesar la verdad de los cargos que se le imputan.

—Si juro — contestó con seriedad y temple.

—¿Acepta los cargos?

—No puedo, pues en ese caso me condenarían, ustedes por algo que no he hecho y dios por mentiroso.

—¿Mató usted a don Tomás?

—No pude no estaba junto a él ni cerca para alcanzarlo.

—Pero si lo atacaron.

—¿Quien lo atacó?

—Ustedes dos y un tercer hombre, confiese la muerte en sus manos de don Tomás.

—Señoría quieren que mienta, cuando acabo de jurar por la biblia y el rey, que no lo haría y diría la verdad, acaso alguien nos vio ese mismo día. Alguien nos ha identificado en el lugar del crimen. En caso afirmativo sería un mentiroso y yo no lo soy.

—Usted no puede hablar, hable en boca de su abogado – mandó el Juez.

Rodrigo tomó el relevo.— Señoría no se puede confesar lo que se desconoce. Fray Gerónimo intenta poner en labios del acusado su culpabilidad, pero no ha aportado ninguna prueba, nadie vio el asalto ni los identificó, la acusación solo se basa en que ese día no estaban en el pueblo. Una prueba muy vaga, que no es ni prueba para condenarlos, si se sintieran o fueran culpables ¿volverían ustedes a su casa un año después? ¿Qué ocurriría cuando llegaran a Alcañiz? No hay que pensar mucho para comprender la respuesta, “no volverían”; pero por contra yo si tengo una prueba definitiva que les exculpa y demuestra que no podían estar el día veintiuno de abril en el lugar de los hechos. Pues habían partido el día anterior hacia Sevilla y por ese motivo no se encontraban en la comarca. Cualquier asaltante de caminos podría haber perpetrado el asalto.

Rodrigo sacó la carta de don Pedro y la entregó al jurado. El jurado comprobó las fechas. Pero el obispo dijo.

Roberto yo lo conozco de mis años en Alcañiz y es usted un consumado espadachín digno hijo de su padre, Don Roberto profesor de esgrima, por contra no conozco a Carlos. No me convencen sus palabras pudieron retrasar un día su partida y cometer el asesinato.

—Don José dijo en voz baja, creo que debemos retirarnos a deliberar.

María se levantó gritando.— ¡No! No es momento de deliberar, había un motivo por el que partir.

—¿Quién es? Preguntó el juez en voz baja, Rodrigo lo escuchó y dijo.

—Es María la baronesa de Aguinaga, don Pedro le cedió ese mismo día su titulo para protegerla. Su nombre va unido en el documento que acabo de entregarle.

—Ella podría ser el tercer hombre— dijo el obispo.

Con toda tranquilidad y haciendo caso omiso al obispo, habló María.

—Señorías si me permiten hablar yo fui el motivo de salir con tantas prisas de Caspe.

—Hable usted lo que diga será tomado en consideración o en su contra — dijo el Juez.

María se subió el velo. Su eminencia puede reconocerme, Mi padre era Isaac el médico, el mismo al que vino a buscar su eminencia para que sanara al prelado Bernardo de la Vallseca. Yo era la niña que le acompañaba y que quedó jugando en el patio. Recordará su eminencia que a mi padre le fue entregada la casa de los Ram en Alcañiz, en la cual vivimos algunos años. Al marcharse usted y el obispo Bernardo; don Tomás hablo con el inquisidor, acusó a mi padre de brujería y lo mató después hizo lo mismo con mi madre. Su intención no era otra que recuperar su casa en Alcañiz. Yo salí huyendo con Roberto y Carlos para que no me matasen. Comprenderán que no podía esperar, bajo la amenaza de muerte que rondaba sobre mí. Tal vez el culpable de la muerte de mis padres fuera usted al entregarnos la casa de don Tomás.

—Roberto – dijo el Obispo – y ustedes que prisa tenían hubieran podido esconderla durante un día y perpetrar el asalto.

—Eminencia era domingo y su madre tras ser torturada hasta la muerte había sido expuesta en una jaula frente la iglesia, no queríamos que María la viese. En alguna ocasión don Pedro de Aguinaga, me había insinuado, que podía darme trabajo custodiando sus envíos, fue la tabla de salvación, acudimos en su busca y conseguimos el trabajo; pero la caravana nos llevaba quince días de ventaja y los navíos salen cuando la flota está completa. Tuvimos que correr con caballos de refresco y la alcanzamos ya en el puerto de Sevilla con el cargamento embarcado en la nave. De todo tenemos testigos y pruebas.

El silencio inundó la sala durante unos largos segundos. María dejaba correr las lagrimas en silencio, acababa de saber que habían torturado a su madre y la habían colgado dentro de una jaula a la vista de todos en la plaza. Se bajó el velo y se sentó junto a doña Inés, esta le cogió la mano con afecto.

—Señores hay alguna pregunta más –dijo el juez. Ante el silencio, prosiguió – El jurado se retira a deliberar.

Ya en el interior de otra sala dijo.

—Y bien eminencia ¿retira los cargos o los mantiene?

—Todo cuanto ha dicho la joven es cierto y todo el relato parece convincente.

—Germán, reconoce que no tienes pruebas, para rebatirlos mientras ellos pueden presentar testigos de lo que dicen, solo hay que ir a por ellos — contestó don Rodrigo.

—Rodrigo tiene razón Germán, tan difícil le resulta reconocer que la iglesia también se equivoca.

—¡Don José...!

—No sigas Germán habéis matado porque asegurabais que la tierra era plana, hoy sabemos que no es así, vais a seguir matando o reconoceréis que solo dios es justo y los hombres nos equivocamos. Mi veredicto es de inocencia.

—Y el mío don José – dijo Rodrigo — ¿Qué opináis alcalde?

—Inocentes, si don Tomás no hubiera muerto habría que matarlo. ¿Germán?

—Si inocentes, mandaré un aviso al Inquisidor general, no se puede juzgar a personas que son buenos cristianos, como lo era Isaac, seguramente sin informarse por las personas apropiadas.

Los cuatro salieron y ocuparon sus asientos, el juez utilizó la maza y dijo.

—Con el permiso de su majestad y por unanimidad, declaro inocentes a los acusados y al tiempo escribiré una carta al alcalde de Alcañiz para que restituya sus bienes a la baronesa María y la guarde de injusticias el resto de su vida. El juicio ha terminado.

El rey se levantó y todos agacharon la cabeza, no se escuchó más que su voz diciendo.

—Señor juez yo mandaré la carta, quedáis dispensado.

Carlos y Roberto se habían abrazado, no viendo como su majestad pasaba por su lado para salir y les decía.

—Os espero para comer.

—Nuevamente se formó la comitiva camino del palacete del vizconde, pero en esta ocasión tras Inés y María caminaban cinco amigos, unidos por las circunstancias.

La comida se convirtió en un festín para unas cuarenta personas, donde todos hablaban con todos, nadie diría que esa misma mañana se había celebrado un juicio a muerte. El obispo con su sobrino se acercó al grupo de jóvenes en el que destacaba María por su belleza.

—Baronesa ¿o preferís que os llame María?

—Eminencia siempre seré María.

—Me ha contado como desarmasteis a mi sobrino.

—Un poco de suerte por mi parte.

—No con suerte no lo habríais conseguido ¿No seríais el tercer hombre?

—Excelencia hombre no por favor...he aprendido de Roberto y Carlos el manejo de las armas; pero me hubiera gustado ser yo quien ensartara a don Tomás y aunque sea pecado lo sigo deseando, no puedo perdonar lo que hizo con mis padres.

—Niña la venganza no es buena consejera, afortunadamente todo ha quedado resuelto y espero que tengas una vida venturosa y sigas acudiendo a misa como lo hacías con tu madre.

—Eso quiere decir que me recordáis.

—Si y siento lo de tus padres, han sido una gran pérdida para todos.

—Gracias eminencia.

La fiesta seguía de noche y el rey decidió retirarse, un soldado se acercó a los jóvenes.

—El rey reclama vuestra presencia.

Se acercaron a él con su respectiva inclinación.

—Escuchadme pasado mañana regreso a Madrid y me gustaría o más bien ordeno que me acompañéis ¿tenéis prisa por regresar?

—Majestad hace un año que no abrazo a mis padres – contestó Roberto.

—Entiendo pero un par de días en palacio no os vendrá nada mal y así podré recompensaros.

—Majestad agradecemos su favor, más humildemente no buscamos recompensas, solo servir a vos y a España.

—Pero quien defiende una de mis naves con bravura, captura una nave para la corona y salva a una marquesa, si la merece, sin añadir que fuisteis al rescate de don Rodrigo y la hermana de doña Inés. No sé que otras aventuras me habré perdido.

—Rescatamos las telas de don Pedro, las iban a malvender, y llevamos a la viuda de don Ramón a través de la selva hasta San José donde estaba su hermano, allí conocimos a Germán y...

—Y veo don Carlos que habláis perfectamente. No como en el juicio.

—En ocasiones me pongo nervioso majestad.

—O habláis demasiado y es mejor callar – todos sonrieron agachando la cabeza – decidido. Pasado mañana vendréis conmigo a palacio – los reyes salieron hacia sus aposentos, sin más palabras.

Al día siguiente la reina y doña Inés paseaban por el patio y llamaron a María.

—Decidme María ¿es verdad todo lo que se cuenta de vosotros?

—Majestad no sé lo que se cuenta, pero si es verdad todo cuanto se dijo anoche.

—Que no es poco, pero sois muy joven para correr tantas aventuras Que edad tenéis.

—María sonrió, majestad mi madre me dijo que nací el día de vuestra boda, el dieciocho de abril, mientras volvíamos de las Indias cumplí los dieciséis, en medio del océano.

La sonrisa se borró del rostro de la reina.— en ese caso cumplisteis quince cuando mataban a vuestra madre.

—Así fue majestad.

—Dios mío que injusta es la vida, espero que el futuro os depare años de felicidad y sosiego. Por cierto ¿ya habéis decidido con quien os quedáis?

—A que os referís.

—No se ha dado cuenta – dijo doña Inés – Carlos y Roberto beben los vientos por ti ¿cómo no te has dado cuenta?

—¡O! no son como hermanos.

—No María seguramente no te das cuenta, pero te has convertido en una hermosa joven y sus miradas los delatan.

—Ellos saben lo que pienso para el futuro y un compromiso no está en mis planes.

—Mejor así; mi hermana me hablo de vuestras dotes como médico.

—Todo lo aprendí de mi padre. Cuando lo mataron recogí sus libros y los guardé, el tomaba nota de todo, pienso aprender de ellos y seguir su labor curando enfermos.

—Vuestros pensamientos os honran.

Durante algún tiempo siguieron paseando y hablando, María se sentía feliz y pensaba en lo que dirían sus padres si la vieran hablar con la Reina.


Mientras tanto Carlos, Raspas y Roberto hablaban con el joven Rodrigo. Ambos se habían puesto de acuerdo en regalarle unas piedras y a tal efecto tenían unas preparadas en una pequeña bolsa.

—Rodrigo tu defensa ha sido genial y tu amistad un tesoro, no podemos por menos que hacerte un regalo. Queremos que aceptes esté presente en nombre de los cuatro.

—Gracias – Rodrigo abrió la bolsa – dios mío son esmeraldas, pero...

—Tu amistad es más valiosa y esperamos que incluso en la lejanía sigamos siendo amigos.

—Por siempre, Carlos, Roberto, Raspas...— los abrazó a todos — dios mío no esperaba... tan hermoso regalo. Pero Vosotros...

—Tenemos dinero, digamos que el viaje fue fructífero.


El resto del día pasó en una exhalación.


Como estaba previsto salieron temprano hacia Madrid, el día anterior se habían montado dos puntos de guardia, custodiados por soldados para cambiar los caballos. Así en una sola jornada llegaron a palacio.

Cuando bajó el Rey de la carroza, dio órdenes para que les llevasen a sus habitaciones.

—No teman por su equipaje en cuanto lo descarguen se lo llevarán sigan a Mercedes. Dentro de poco les llamarán para cenar con la reina y conmigo,

Mercedes les indicó sus habitaciones y a poco recibían el equipaje.

—Mercedes podrías conseguir dos pequeñas bandejas de plata y unos pañuelos de encaje.

—Si señor, precisamente es algo que tenemos de sobra.

Mientras Mercedes iba a por las bandejas. Roberto dijo.

—Escuchadme: tenemos dos alforjas llenas de doblones y todavía una repleta de piedras, nos quedan dos bolsas pequeñas y algunas sueltas en otra bolsa entre monedas. Deberíamos elegir dos o tres grandes para la reina y vaciar una o dos bolsas en la bandeja para el rey, esparcidas parecen más.

—Tú crees que...

—Carlos nos ganamos un gran aliado, tenemos piedras y dinero para comprar un imperio, recuerda que también escondimos para la vuelta.

—Sí tienes razón, de acuerdo pero ¿Qué dirá María?

—No se opondrá, la avaricia no está entre sus defectos.

Mercedes acudió con las bandejas.— Señores sus majestades no tardarán en acudir a cenar.

—Avísanos por favor.

Llamaron a la puerta abrieron creyendo que era Mercedes, pero era María vestida de princesa, estaba bellísima y quedaron sorprendidos.

Le explicaron el plan y estuvo de acuerdo así que tomó la bandeja para la reina con las tres esmeraldas más grandes, las taparon con los pañuelos de encaje y Raspas tomó la otra Bandeja. Mercedes venía por el pasillo y la siguieron, sus majestades estaban de pié probando el vino, al llegar a su altura saludaron con una reverencia.

—Majestad, no sé si es el momento oportuno, pero no sabíamos cuando podríamos ofrecerles esté presente en privado.

El Rey sonrió.— Para recibir un presente siempre es el momento oportuno – la sonrisa se reflejó en sus rostros.

—Vamos descubrid, ¿qué lleváis en las bandejas?

María se adelantó.— Este presente es para su majestad Margarita – quitó el pañuelo y en el rostro de la Reina se reflejó el asombro.

—Son... son esmeraldas y que tamaño.

—Si majestad están sin cortar ni pulir. Perderán algo de tamaño cuando las pulan, pero lucirán mas colgando de su cuello

Raspas se acercó al rey, solo dijo – Majestad – y quitó el pañuelo. El Rey tomó la bandeja y la depositó en la mesa. Cogiendo un puñado y volviendo a soltarlas.

—Creía que podría sorprenderos en palacio y me habéis sorprendido a mí.

—Mi rey es parte de las que nos entregó Raspas, creo que merece llamarse español.

—Lo tendré en cuenta ahora cenemos. Mañana tengo trabajo podéis pasear por los jardines o visitar Madrid, a media tarde mandaré a por vosotros, Mercedes está a vuestro servicio, si queréis salir de palacio ella os mandará a alguien que os acompañe.

Mientras cenaban el rey se interesó por sus ideas de futuro.

—Vos Carlos ¿cual es vuestro futuro?

—Majestad mi vida va ligada a los caballos me gustaría tener un prado y unas grandes caballerizas donde criar la mejor raza. No aspiro a más.

—¡Raspas!

—Yo... Yo tal vez disfrutar de mis amigos y de una vida tranquila, es algo que nunca he tenido y lo considero más valioso que las esmeraldas o el dinero, posiblemente ayudaría a Carlos, también me gustan los animales.

Creo que tenéis razón, disfrutad de teneros los unos a los otros como buenos amigos, yo no puedo saber lo que es eso, solo tengo aduladores y traidores, de pocos puedo fiarme. Roberto se de vuestra escuela de esgrima habéis pensado en ella.

—Si majestad, opino que los soldados deberían cambiar su forma de luchar, las guerras cambian y las espadas cada vez son más ligeras.

Se dé las ganas que tenéis por abrazar a vuestros padres, de lo contrario os nombraría capitán de mi guardia e instructor. En fin aunque sea el rey no lo puedo tener todo.

—Felipe no te olvides de María – interrumpió la reina.

—¿Cual es tu mayor deseo María?

—Siempre pensé en la medicina, tal vez pueda comprar un pequeño terreno fuera de la ciudad y construirme una casa donde sembrar plantas medicinales y atender a la gente.

—¿No os gustaría aprender medicina en la universidad?

—Si majestad pero para eso tendría que quedarme en Madrid y...

—¿Y qué ocurre? No os espera nadie en Alcañiz – contestó la Reina

—Me gustaría, dijo con un tono triste, tal vez la Reina había puesto el dedo en la llaga. Nadie la esperaba en Alcañiz.

La cena terminó y se retiraron a las habitaciones, al día siguiente visitarían Madrid.


—Vamos llenemos las bolsas pequeñas y salgamos a vender piedras – dijo Carlos – debemos aprovechar que estamos en la capital y deben haber muchas joyerías.

Mercedes llamó a la puerta — síganme si quieren desayunar – en esta ocasión les llevó a la cocina.

Se quedaron comiendo y al rato volvió Mercedes.

—Este es Canuto, les acompañará de visita por Madrid.

—Mercedes volveremos después de comer no preparen nada para nosotros.

—De acuerdo pero no se dilaten.

Tras subir a las habitaciones regresaron a la cocina donde les esperaba Canuto, saliendo por otra puerta conocieron Madrid y sus mejores joyeros. Canuto quedaba en la puerta cada vez que entraban. La mañana fue fructífera y preguntaron por un sitio donde comer, Canuto los llevó a la plaza Real. La tarde avanzaba cuando llegaron a palacio, Mercedes les esperaba.

—Tengo orden del rey de avisarle a vuestro regreso, está hablando con el Cardenal Basilio.

—Debemos subir a las habitaciones y volvemos en breve.

—Muy en breve, Canuto en cuanto bajen llévalos al salón del trono voy a avisar a su majestad.

Subieron y bajaron corriendo, canuto los llevó al salón, un señor con un hermoso uniforme de gala los recibió.

—Escuchen con atención, caminaran en fila hasta colocarse frente a l rey, el primero parará en la esquina de la alfombra, se quedaran en el borde de la misma “sin pisarla”. Cuando se les nombre, “no antes” caminaran hasta el fin del dibujo central de la misma y pondrán rodilla en tierra bajando la cabeza hasta que termine de leer su majestad. ¡Han entendido!

Sí — contestaron todos. El hombre llamó con el puño de su gran bastón y la puerta se abrió – adelante dijo – y empezaron a seguir sus instrucciones parando frente a los monarcas, realizando una reverencia con la cabeza. Habían unas siete personas alrededor de los monarcas que permanecían sentados. Entre los presentes se encontraba el hombre más poderoso de España en quien el rey había depositado su confianza para gobernar, Francisco de Sandoval y Rojas más conocido como Marqués de Denia o Duque de Lerma, El marqués don Luís Pacheco a la izquierda de los monarcas, entregó unos papeles al hombre que tenía a su derecha y este empezó a leer una retahíla, hasta que llegó a lo que verdaderamente interesaba a los asistentes.

... Y por la gracia de dios y los reyes de España; el Cardenal Basilio les nombra a los hombres aquí presentes Caballeros de la Orden de Montesa.

El rey y la reina se levantaron y bajaron los dos escalones, quedando de pie delante del trono. Pacheco tomó la palabra y siguió hablando.

Baronesa de Aguinaga, llamada María del Campo y Burgués.

María caminó hacia los reyes quedando anclada sobre una rodilla. Pacheco entregó un pergamino a la reina y otro al rey.

—María del Campo, a partir de hoy devolveréis el título a su legitimo dueño don Pedro de Aguinaga, pues a pues en este momento, seréis La Baronesa María de Alcañiz del Campo y Burgués. El titulo lleva implícito el dominio de una baronía que reclamareis en el ayuntamiento, así como vuestra legitima casa, que se os entregó por el hoy Obispo Germán de las casas. Podéis levantaros.

María se levantó y caminando hacia atrás sin levantar la cabeza en señal de respeto, volvió a su sitio.

—Rastras.— Al escuchar su nombre Rastras hizo lo mismo que María, pero temblando.

El rey tomó un pergamino de manos del Cardenal.

—El hasta hoy Rastras, nacido hallen de los mares en territorio español por obra y gracia de dios, hoy presente. Por orden del Rey y el Cardenal Basilio recibe el nombramiento como caballero de la Orden de Montesa, con el nuevo nombre de José Raspas Burgués (por María) y de las Indias. Con lo cual sois reconocido como ciudadano español, con todos los derechos y obligaciones, que vuestro titulo conlleva. Podéis levantaros.

—Carlos Zambrano y Díaz Márquez. Carlos siguió el camino e hincó su rodilla frente a los reyes.

Nuevamente el Rey tomó un pergamino del Cardenal y otro de Pacheco.

—Con este pergamino os nombro Caballero de la Orden de Montesa y con este otro podéis pedir las tierras que se detallan como propiedad y disfrute, las cuales se encuentran en la parte baja de Alcañiz, eran propiedad de Moriscos expulsados no estando ocupadas en la actualidad son vuestras. Podéis levantaros.

—Roberto de Orduña Salvatierra y Quesada.— Roberto avanzó sereno siguiendo el ejemplo de sus amigos.

—Don Roberto de Orduña Salvatierra y Quesada, con este pergamino os nombro Caballero de la Orden de Montesa, pero reconozco que no sabía cómo recompensaros por lo tanto os nombro Gran Señor de Caspe y Alcañiz, con lo cual podéis ser alcalde del pueblo que elijáis. Siempre que lo deseéis.

La audiencia terminó y siguió el coloquio. La Reina se acercó a María acompañada por la mujer de Pacheco.

—María mañana podéis partir si lo deseáis, pero volveréis a finales de agosto y estudiaréis medicina durante los años necesarios. Es una Orden. La condesa Filomena os buscará vivienda y los gastos irán por cuenta de la corona.

—Gracias majestad estudiar solo retrasará unos años mi vida, pero seré obediente y espero merecer la confianza que depositáis en mi.

—Si, pensad que vuestro padre, no podía saberlo todo en medicina, así unirás en ti todas las enseñanzas del presente y de vuestro padre; pensad también que todavía sois muy joven. Id a vuestro pueblo y tomad posesión de todos vuestros vienes, tenéis buenos amigos para que cuiden de vuestros intereses hasta que volváis.

—Es verdad majestad, cumpliré vuestro deseo.

Regreso a casa

Cuando al día siguiente fueron a las caballerizas, un criado había apartado dos sementales y cuatro yeguas.

—Señor son los mejores, los he apartado por orden de su majestad..

Carlos miró los caballos y felicitó al encargado de las cuadras, por los hermosos ejemplares que había apartado, estos no los cambiarían durante el regreso por nada del mundo.

Pensando en la cría de caballos, al salir de Madrid en la posta compraron otros cinco del gusto de Carlos.

Pararon a recoger el pequeño tesoro enterrado y las joyas las vendieron en Zaragoza, con algunas esmeraldas, cada vez quedaban menos esmeraldas, pero crecían los doblones. Llegaron a Alcañiz y se dirigieron al ayuntamiento, junto a la concatedral, se identificaron y un soldado fue en busca del alcalde. Tras identificarse el alcalde, reconoció haber recibido la sentencia que los exculpaba y leyó las órdenes del Rey diciendo.

—La mencionada casa de los Ram está vacía, nadie la ha ocupado o reclamado. El terreno que menciona en la parte baja posee una ermita y nadie lo trabaja. Mañana pueden ir con el escribano de planos y colocar mojones. En cuanto a la baronía tendremos que mirar donde o como. Hay tierras libres pero no unidas...

—Señor alcalde, no hay prisa tengo todo el verano para ocuparme del asunto, de momento me conformo con recuperar mi casa.

—Señor Roberto creo que usted debe formar parte del consejo del ayuntamiento, necesitamos savia nueva y por lo que veo fue nombrado oficial en las Indias con el grado de Alférez, igual que don Carlos.

Sí y la baronesa, pero no nos mueve la vida militar, solo deseamos un poco de sosiego.

—Haremos todo cuanto esté en nuestras manos.

—Gracias don Antonio.

Salieron del ayuntamiento y Roberto se despidió dirigiéndose a su casa, su deseo de abrazar a sus padres y hermana era inmenso, solo se llevó su caballo, el resto fueron llevados a la casa de María con todo el cargamento. Esta pidió la llave que había entregado a la vecina y abrió.

Los caballos pasaron a las cuadras y Carlos dijo.

Tengo hambre, es hora de comer descarguemos los caballos y vamos de compras.

Esa misma tarde compró dos carretas de heno y comida para los animales, repartieron las habitaciones y cada uno limpió el polvo de la suya, los baúles de la casa estaban llenos de ropa de cama, los muebles y utensilios llevados por los Ram no se los habían llevado de vuelta. Entraron en la habitación que había sido de sus padres y encontraron, baúles con ropa de hombre y mujer que podían utilizar.

Una nueva vida empezaba para ellos. Habían regresado a casa.

Ya completamente instalados a los dos días Carlos y Raspas acompañaron al escribano y delimitaron el terreno, alrededor de la vieja ermita. Ubicado en un cruce de caminos la parte más larga se dirigía a la aldea de Calanda. Habían pasado cuatro días cuando se informó a María, que su baronía se ubicaría camino de Valnuel, en una rica vega donde aproximadamente la mitad era bosque para completarla.

Acompañada de los tres amigos, fueron con el escribano a marcar el territorio lo que les llevó todo el día. Al regresar cenaron todos en la casa de María y allí hablaron sobre sus sueños inmediatos.

Carlos dijo – yo quiero construir una casa en mi vega, con sus cuadras para resguardar los animales, al estar junto al camino es un buen sitio para vender caballos.

—De momento mientras la construyes puedes vivir aquí – contestó María – Yo regresaré a Madrid y durante unos años estudiaré allí ¿Y tu Roberto?

—Seguiré en casa de mis padres, con la escuela de esgrima y un puesto en el ayuntamiento, el alcalde dice que necesita gente joven, tal vez un día sea alcalde. ¿Tu Raspas?

—Raspas se queda en mi casa no quiero que esté solitaria en mi ausencia. También yo quiero construir una pequeña casa en la baronía y alguien se tendrá que ocupar de ella.

Mañana pienso visitar a don Pedro y preguntarle si ha recibido el dinero— dijo Roberto.

—No puedo acompañarte – contestó Carlos — Raspas y yo tenemos trabajo, ya he contratado trabajadores y...

—Yo te acompañaré –contestó María.


Los dos visitaron a don Pedro, informándole María que le devolvía el titulo por orden del Rey y que ella ya disponía del suyo propio. Allí comieron y se percataron que el dinero le había llegado y de que la venta había sido de su agrado. María le preguntó por los Ram y don Pedro les dijo, que tras la muerte de Tomás, su señora se había ido a un convento y había tomado los hábitos de monja, las últimas noticias eran que se encontraba en Burgos, la casa de Caspe había sido abandonada por el resto de la familia de los cuales algunos habían regresado a Morella, donde tenían familiares y en la actualidad, la ocupaban los antiguos criados. No quedaba un solo Ram en Caspe.

María estaba triste y no podía disimularlo. Convenció a Roberto para dar una vuelta por la casa, con lo cual debían pasar frente a la iglesia y el convento. En la plaza había un pequeño mercado; los sábados y los martes era clásico aunque el sábado era el mayor, mientras lo visitaban vieron venir al inquisidor rodeado de soldados y frailes apartando a la gente. Una señora le ofreció una cesta con frutas él la cogió y se la pasó a un fraile, ofreciendo la mano para que la besara; entendieron que el precio recibido por entregarle algo de su gusto era poder besar su anillo.

Algo ocurría en el cuerpo de María que le obligó a volver rápidamente sobre sus pasos montando sobre el caballo y volviendo a Alcañiz.

—¿Qué te ha ocurrido? – preguntó Roberto.

—Me he sentido mal, un fuego se apoderaba de mis entrañas, mientras mis piernas flaqueaban. Nunca antes me había sentido así.

—Tal vez...

—No digas nada, por favor. Al ver la plaza he pensado que mi madre estuvo un tiempo colgada allí, expuesta para escarnio de la gente y que el culpable no fue solo don Tomás. Muchas veces desde el juicio he pensado en ella. ¿Porqué no me dijisteis la verdad?

—Solo queríamos protegerte y evitarte sufrimiento, ya era suficiente perder a tus padres de una forma tan rápida y cruel. Ver a tu madre hubiera hecho que la recordaras con su última imagen, nada agradable.

—Sí, soy consciente de lo que dices, perdona, tienes razón y agradezco todo cuanto habéis hecho por mí.

No volvieron a hablar sobre el tema. El retorno fue silencioso.


Durante el resto del verano, cada uno fue ocupándose de sus intereses, los amigos se reunían a menudo siempre había un motivo para la reunión. Otros jóvenes se habían unido a su grupo y los sábados casi eran obligatorias las cenas en casa de María. Pero un sábado María dijo.

—Amigos, debo regresar a Madrid por orden de su majestad la Reina y espero ser un buen médico cuando regrese. “Por el bien de todos”— los amigos sonrieron y despidieron a María con un brindis.

Por la mañana Raspas preparaba los caballos.

—Raspas tú te quedas al cuidado de todo, utiliza mi casa como si fuera tuya. Ocúpate de la construcción de mi casa en la baronía, en fin...

Se abrazaron mientras escuchaban llegar los cascos de unos caballos. Eran Roberto, Carlos y cuatro soldados. Ellos la acompañarían hasta dejar el pueblo y los soldados del ayuntamiento hasta Madrid.

María llevaba un caballo con sus enseres personales para dos años. El trayecto se realizó sin ningún percance. Y en Madrid se dirigieron al palacio de los Pacheco, en busca de la condesa Filomena.

La condesa la recibió con afecto y los soldados regresaron.

—María esta noche la pasarás en mi casa y mañana te llevaran en mi coche a tu nuevo domicilio cerca de la universidad, en Alcalá de Henares; Tus caballos quedarán en mis cuadras. Si necesitas comida o ropa solo tienes que pedirlo, te mandaré una sirvienta.

—Señora marquesa, tengo dinero y estoy acostumbrada a valerme por mi misma.

—Lo celebro no obstante te mandaré una sirvienta dos días por semana, así estaremos comunicadas ¿de acuerdo?

—Si señora lo que vos mandéis.

María se instaló y fue acompañada por Filomena a la universidad, tras ser presentada al director, no tardó en ponerse al corriente de todo y ser una alumna más, aunque rodeada de hombres. Era la única mujer y por ese motivo y el favor de la Reina, los profesores y alumnos tenían un trato especial de respeto para con ella. Aunque estaba entre muchos hombres siempre se encontraba sola; tal vez esa era su mejor ventaja para estudiar y aprender.

El año pasó con increíble velocidad, los libros y los apuntes le absorbían el tiempo, no quiso descansar en verano y trabajó en un precario hospital Madrileño.

Los reyes se habían trasladado a Valladolid donde pasaban la mayor parte del año. Filomena la llamó y ella acudió a Palacio.

—María en dos días nos vamos a Valladolid. Vendrás en mi coche nuevo, de viaje, estaremos una semana con los reyes. Su majestad quiere verte y saber de ti. Durante el viaje pasaremos por Segovia haremos noche en el Alcázar, un edificio muy bonito. Te gustará.

María preparó su equipaje; a los dos días la comitiva se puso en marcha, acompañada de diez soldados y un sargento al mando. María llevaba un año vistiendo como una hermosa mujer sin llevar armas, se había acostumbrado a vivir sin ellas. Sus vestidos no lo requerían y en realidad no las necesitaba en la universidad, ni tenía necesidad de llevarlas en el viaje custodiada por los soldados del Marques.

Pero al pasar por el bosque de Valsain con enormes pinos, cercano a Segovia, la comitiva fue atacada el cochero hizo restallar el látigo y los caballos corrieron desenfrenados, mientras los soldados hacían frente a los asaltantes. María miró por la ventana y vio como tres jinetes les perseguían, dos Jinetes les adelantaban por la parte derecha y otro por la izquierda, uno de ellos sobrepasó el coche sujetando los caballos delanteros y estaba parando poco a poco el coche. El Marqués llevaba espada y cuchillo; María dijo sintió que su cuerpo se revelaba y no lo pensó.— Perdón dijo al saltar del asiento — cogiéndole el cuchillo del Marqués y sin dar tiempo a respuesta, subió por la portezuela al techo del coche, el segundo jinete a la derecha los alcanzaba. Sin pensarlo dos veces se lanzó sobre él tirándolo del caballo, antes de que este se diera cuenta había clavado el cuchillo en su cuello y tomaba su espada. Corrió sujetándose las faldas, hacia el jinete que sujetaba los caballos del coche y clavó la espada en el vientre del animal, este lanzó un relincho y a su jinete al suelo saliendo disparado. Mientras el Marqués bajando por la puerta izquierda se las entendía con el otro jinete.

Los asaltantes llevaban el rostro cubierto. El cochero libre de sujetar los caballos disparó su pistola matando al caballo del jinete que atacaba al Marques, lo cual niveló la contienda estando los dos, pie en tierra.

Mientras tanto María se enzarzaba en una feroz lucha con un buen espadachín. Tenía que sujetarse con su mano izquierda las molestas faldas que le impedían moverse con soltura. El marqués recibió una herida en el muslo pero consiguió atravesar a su oponente, otro jinete avanzaba hacia ellos, el cochero cargaba con rapidez la pistola y espero tenerlo cerca para no fallar. Cuando disparó, el asaltante cayó con el rostro destrozado del caballo. Cuatro soldados y el sargento venían en ayuda del marqués pero no hizo falta, María tras herir a su oponente en el hombro, clavó su espada en el vientre del desconocido.

El sargento se interesó inmediatamente por la marquesa y el marqués.

—Pacheco miró a María y esta rompiendo su vestido anudó una tira a su muslo.

—Sargento ¿cuántas bajas tenemos?— preguntó Pacheco.

—Cuatro muertos y dos heridos los hemos dejado junto a los caballos.

—Cochero volved y recoged los cadáveres de los soldados y los dos heridos.

Dos soldados acompañaron al cochero.

—Filomena tendrás que montar a caballo.

—Lo sé ¿Y tú podrás hacerlo?

—Si, no temas por mí. Sargento mande un soldado a Segovia y que informe a don Diego de Silva de lo ocurrido.

Mientras se cumplían las ordenes y el soldado salía a galope tendido, el sargento descubrió los rostros de los asaltantes.

—¡Señor marques! Mirad es don Manuel de Braganza

Pacheco se acercó comprobó la identidad del muerto con el que había luchado María.

—Si es el conde don Manuel de Braganza y Belén. ¿Cuántos hombres le acompañaban?

—Allí dejamos doce y cuatro aquí incluyendo al conde, dieciséis — Felicita a tus hombres, habéis luchado bien aún siendo inferiores en número.


—¿Quién es ese señor? Preguntó María.

Doña Filomena contestó.— Don Manuel es portugués, se oponía a las buenas relaciones entre los dos países, es partidario de apropiarse de las Canarias y romper relaciones con nuestro país. Él y sus partidarios creen que una unión entre Inglaterra, Holanda y Portugal podría vencer a la flota española e incluso hacerse dueños de las Indias. Por ahora sus naves viajan más por la costa africana dando la vuelta al continente para llegar a Ceilán y otros lugares a por especies.

—¿Pero qué tiene que ver con su marido?

—Pacheco es el mayor valedor de la buena relación entre los dos países y por lo tanto firme defensor del tratado de Tordesillas el cual delimita el territorio de los dos países.

—Pues parece que eliminado don Manuel, la paz con Portugal será duradera.

—Eso espero por el bien de todos – contestó doña Filomena – pero siempre hay personas dispuestas a quebrar la paz y créeme es difícil mantenerla, aún teniendo el Papa a nuestro favor.

El coche llegaba con muertos y heridos. Los soldados sanos tiraban cada uno de ellos de varios caballos, algunos cargados de armas portuguesas recogidas a los muertos, los cuales dejaron junto al camino.

El grupo se puso en marcha hacia Segovia por el camino se encontraron con treinta soldados que venían a su encuentro, para prestarles protección.

Don Diego de Silva les esperaba en la puerta con un grupo de sirvientes.

—Bienvenida, marquesa siento lo ocurrido.

—Mi marido está herido.

—Yo me ocuparé de los heridos y del señor marqués. Contestó María.

Pacheco interrumpió — ¡esperad! Diego hemos dejado dieciséis muertos en el camino debemos enterrarlos y no decir nada de quienes son. Hay que tratarlos como simples asaltantes de caminos.

Yo me ocupo de todo descansad, vuestros hombres serán atendidos — Se volvió a un criado – Cándido llevad a los marqueses a sus habitaciones y descargad el equipaje, Sigfrido atiende los soldados...

Don diego siguió repartiendo el trabajo mientras María atendía en primer lugar a un soldado y le sacaba una bola o bala de pistola de la espalda, el otro soldado presentaba una herida en la mejilla y otra en el brazo izquierdo. El marqués la esperaba con impaciencia.

—Habéis tardado mucho.

—Señor vuestra herida no es de muerte pero vuestros soldados no podían esperar, ahora prepararos para sufrir, debo hacer sangrar la herida.

—Don Diego de Silva entró en la estancia, mientras María hacia ver las estrellas al marqués.

—Don Luís he mandado que entierren a todos los asaltantes como dijisteis, incluido don Manuel. Creo que es mejor que nadie en Portugal sepa del fracaso de su aventura.

—Si pero deberé informar al Rey en privado su muerte nos dará un respiro en nuestras relaciones con Portugal.

—Estoy de acuerdo contigo, espero que la desaparición de Manuel nos de un tiempo de tranquilidad a las dos naciones, pero no sé cuánto durará. Otro ocupará su lugar y las cosas volverán a complicarse.

—Yo comparto tus ideas, solo la fuerza de nuestra armada evita que nos declaren la guerra.

—Diego siempre estamos en guerra, por muchos tratados que firmemos y eso me recuerda que don Manuel debía de saber cuándo saldríamos y el trayecto de nuestro viaje. Hay alguien en mi casa del que no me puedo fiar.

—Tal vez el confidente se encuentre junto al Rey.

—No a esos los conozco y puedo controlarlos, no así a quien no conozco, en esta ocasión nadie sabía el trayecto a Valladolid. Quien sea se ha quedado en Madrid.

—Señor vuestra herida está curada, podéis vestiros – dijo María que acababa de vendar el muslo.

—Perdonad no había reparado... – dijo don Diego.

—Es la Baronesa de Alcañiz – respondió doña Filomena – médico y... Creo que no se le ha asignado habitación.

Diego salió al pasillo y tras tocar palmas acudieron dos criadas.

—Atended a la baronesa proporcionarle habitación y subir su equipaje. Por favor baronesa acompañadlas.

Una hora más tarde acudía a ver los soldados heridos y su estado. El sargento se acercó a ella.

—Señora los soldados y un servidor le estamos muy agradecidos. Yo personalmente vi como despachasteis a don Manuel, nunca creí que una dama... En fin... manejase la espada como vos, don Manuel era un hombre con muy buena reputación con la espada.

—No le deis más importancia de la que tiene, el no tuvo mi maestro y eso unido a un poco de suerte... María sonreía y su sonrisa era contagiosa, el sargento terminó sonriendo y por decir algo, dijo.

—Claro lo entiendo, no era español ni amigo vuestro y los dos rieron, los soldados que escuchaban rieron con ellos, pese a haber perdido cuatro compañeros en el lance.

El conductor que estaba medio adormilado escucho la conversación y las risas – interrumpió y aclaró – despachó a dos asaltantes don Manuel fue el segundo, al otro lo mató con el cuchillo de don Luís, lanzándose sobre él cuando aún estaba sobre su caballo y quitándole la espada con la que mató a don Manuel.

—Los soldados dejaron de reír y la miraron con sorpresa, María sin más salió de la habitación, en el patio se encontró con una criada.

—Señora la Condesa la espera.

—Llevadme con ella.

—Subieron las anchas escaleras y se encontraron con Filomena en el pasillo que daba al claustro.

—María debo daros las gracias, mucho había escuchado de vuestra destreza con las armas, pero nada comparable con lo que hoy he visto. Nos habéis salvado la vida a mi marido y a mí.

—Señora nada a tener en cuenta, también luchaba por la mía.

—Sois humilde, me gusta vuestra franqueza y solo quería deciros que siempre podréis apoyaros en mí y en mi marido.

—Gracias Marquesa. No quisiera mas honores ni...

—Os entiendo vuestra humildad rechaza los privilegios.

—Señora digamos que tengo bastante para vivir como quiero hacerlo, ayudando a la gente humilde que no puede permitirse pagar un médico.

—María ¿No habéis pensado en casaros y tener una familia?

—Si en alguna ocasión cuando recuerdo a mis padres y lo feliz que fui con ellos si lo he pensado pero antes tengo mis sueños y debo realizarlos.

—Solo os diré que un hombre necesita una mujer que le ayude en sus decisiones, más de lo que ellos mismos creen. Mirad detrás de un buen Rey suele haber una gran Reina, en muchas ocasiones los secretos de estado se resuelven en la alcoba; pero una mujer necesita un hombre a su lado que la proteja y tener hijos, pues los hijos son la felicidad de las madres.

—Creo que no estoy preparada para casarme, antes debo llevar a cabo mis proyectos y honrar la memoria de mis padres, tiempo habrá para pensar en... casamientos.

—No debo meterme en tus asuntos aunque deseo tu felicidad, vamos la cena debe estar sobre la mesa y tal vez nos esperen.

Verdaderamente el día había sido intenso y María no recordaba haber comido en todo el día. Más que una cena fue una comida tardía o cena adelantada.

Decidieron descansar un día entero en Segovia. Acompañada por Filomena y dos soldados visitaron la hermosa ciudad segoviana. Por la noche pasó revista a los soldados heridos y los dejó en manos del médico. Seguramente esa noche pensaría en las hermosas ciudades españolas que había conocido comparándolas con las aldeas Yacunas y Tamallas, o tal vez en lo ignorante que estaba el Rey de lo que ocurría en sus lejanos dominios.

Por la mañana tras revisar la herida del Marqués y volver a vendarla partieron hacia Valladolid. Nuevamente los reyes la felicitaron y agradecieron su bravura. Pero la vida de la corte no iba con ella, ni las conversaciones que escuchaba sin fondo ni franqueza; así cuando doña Filomena le dijo que se quedaban algunas semanas más, decidió que debía regresar a Alcalá de Henares.

Con el beneplácito de sus majestades, partió con una escolta de diez soldados. En la universidad no corría peligro, los soldados regresaron y María trabajó en un hospital hasta que comenzaron nuevamente las clases.


Doctora María.


Tras el segundo e intenso año de medicina. El director del centro la llamó haciéndole saber que había terminado en dos años los estudios de tres y por lo tanto le entregaba la licencia como sanadora. A partir de ese momento estaba completamente autorizada a practicar la medicina.

Se despidió de los condes y le ofrecieron una escolta hasta Alcañiz. Al entrar en su casa se encontró con Raspas y se fundieron en un abrazo, preguntándole por todo el mundo

—Los seis soldados miraban extrañados que se abrazara a un indio.

María les ofreció habitaciones comida y cuadras para los caballos. También les ofreció pasar un día en Alcañiz antes de regresar y los soldados aceptaron, así conocieron a Carlos y sus cuadras. Custodiaron a María al ayuntamiento donde departieron con el alcalde y Roberto.

Esa noche en el patio se asaron dos lechones como agradecimiento y despedida, regados con buen vino. Unos de los soldados habían hablado con otros de los que la acompañaron a Valladolid y le había contado la emboscada, la leyenda había aumentado los muertos por María y ya eran cuatro. María tuvo que contar la verdad y se retiraron a descansar. Carlos se retiró con un sirviente que le ayudaba en las cuadras y Roberto invitó a pasear a María.

Un soldado le dijo a Raspas.

—Oye yo no estuve en la emboscada pero vi los dos muertos por la baronesa. Corre la voz de que no es la primera vez que se bate con los hombres y sale victoriosa.

—¿Que has escuchado?

—Que salvó a don Rodrigo de unos asaltantes y eso la convirtió en baronesa pero ¡es muy joven!

Raspas se echó a reír, ante la cara de asombro de los soldados, para decir.

—No sabíamos quién era don Rodrigo, solo que era quien mandaba en la caravana, nosotros cinco... si éramos cinco se nos había unido Germán un soldado toledano que volvía de mi país, lo que ustedes llaman las Indias. Nos unimos a la caravana y tuvimos la ocasión de defenderla. Pero esa no es la aventura más grande de María, antes de conocer a los tres con los que han cenado ya habían luchado en un combate naval entre galeones, donde apresaron un galeón inglés, Mas tarde desarticularon una banda de traficantes de esclavos y... creo que hay más cosas que debo callarme. Ellos no quieren que lo cuente.

—Cuéntanos algo por favor.

—Solo os diré que rescataron a cinco mujeres Tamallas y las llevaron a su poblado.

—¿Tu como lo sabes?

—Yo iba con ellos. Cruzamos ríos tuvimos que luchar con animales enormes, cocodrilos con serpientes que pueden tragarse a dos personas, más largas que este patio de parte a parte, pumas, arañas venenosas pero sobre todo mosquitos que te comen y enfermas.

—Háblanos de las mujeres como son esas que has dicho.

—Las Tamallas según dicen se comen a los hombres, yo estuve en su aldea, Roberto, Carlos y yo somos los únicos hombres que han pisado su aldea.

—¿Y cómo no os hicieron nada?

—Una de las que rescatamos era la Tamalla de la tribu, como aquí la reina. Cuando veáis a la marquesa o la reina con un collar de esmeraldas, pensad que nosotros se las regalamos, pero en realidad fue un regalo de Tamalla hacia nosotros.

—Me dan ganas de embarcar y buscar las Tamallas... Dijo un soldado.

—¿Si quieres que te coman...? Contestó otro.

—No encontrarías su aldea y posiblemente no volverías.

—Oye Raspas ¿no será un cuento?

—Mirad el cuello de sus majestades las esmeraldas no mienten – la reunión terminó el sueño y el vino hicieron el resto y Raspas se retiró.


Roberto y María paseaban a la luz de la luna llena, mientras María contaba su vida en Alcalá de Henares; él la miraba embelesado, llegaron a los escalones de la concatedral, miraron su majestuosa fachada.

—Cuando estás lejos, añoras los pequeños detalles del pueblo.

—¿Y no añoras nada más?— Roberto miraba el rostro de María alumbrado por la luna.

—Si me moría de ganas por ver a los amigos.

—¿A todos?

María se dio cuenta de lo que significaba la mirada y la pregunta de Roberto. Pero pensó la respuesta.

—Roberto tengo dieciocho años y sé lo que piensas, sería injusto si no reconociera que tenía ganas de verte. Mi corazón está en lucha con mi cabeza y de momento vence mi cabeza, no soy vieja, debo seguir mis instintos aunque sé que estos pronto sucumbirán y deberé seguir los dictados de mi corazón.

—¿Estoy en tu corazón?

—Sí tu lo ocupas por completo.

—En ese caso seré paciente, pues no deseo compartirlo con nadie más.

Roberto la rodeó por los hombros y la apretó contra su cuerpo, no deseaban separarse, pero una brisa fría y molesta les hizo regresar.

—¿Cuando sabré que estás dispuesta?

—Poco entiendo de ello, pero creo que esas cosas se notan. De momento pienso instalarme en la casa de la baronía, deseo instalar allí mi refugio y recolectar plantas.


De la baronía al pueblo solo se tardaba una hora a caballo. En la mayoría de las noches María regresaba a su casa a dormir, pero a mediados de agosto empezó a quedarse y volver los sábados; Raspas empezó a visitarla una vez por semana los miércoles. Más tarde los fines de semana dejó de acudir al pueblo. Pero Raspas seguía acudiendo los miércoles, ella le decía que los fines de semana no hacía falta que acudiera pues tenía que elaborar diferentes medicamentos y solía hacerse pan en su horno moruno para toda la semana.

Vino el frio, con él la lluvia y poco más tarde la nieve. Hacia un mes que un jorobado vendía hongos los sábados en el mercado de Caspe, con una cesta de mimbre.

El inquisidor paseó por el mercado y cuando vio al jorobado con las setas se acercó; el jorobado le ofreció la cesta y el inquisidor la tomó ofreciéndole como pago la mano. El jorobado levantó su rostro lleno de verrugas y el inquisidor retiró su mano.

Como la majoria de inviernos apareció una epidemia de gripe y empezó a contagiar la comarca, los remedios no siempre daban resultado y eran efectivos, algunos sanadores se dedicaban por entero a las sangrías o sanguijuelas creyendo que extraían el mal del cuerpo, con el resultado adverso. No había un medicamento específico para la enfermedad, para María de poco habían servido los estudios si no había aprendido como sanar a la gente de tal epidemia, buscó entre los remedios de su padre y encontró remedios para el resfriado común.

Sus conocimientos eran superiores a los de su padre y optó por conseguir productos que aliviaran los síntomas. Fabricó un ungüento a base de menta, corteza de pino, ajo, romero y manzanilla. Todo machacado con grasa de cerdo formaba una pasta para untar en el pecho y la espalda. Agua de Tomillo, miel y nata bien mezclado para la tos y un combinado en el que su mayor parte era queso florido combinado con rabo de gato, (planta de secano) ajo, cebolla y corteza de Roble, Todo bien machacado se mezclaba con harina y secaba al horno o al sol formando una torta, para tomar un trozo antes de las comidas.

La demanda fue tanta que Raspas y la hija de una vecina tuvieron que ayudarla a fabricar. Pero el queso florido se terminó pronto y fue sustituido por plantas podridas o pan florido. Se recolectaron verduras que se pusieron al sol y se humedecían, también algunos tubérculos. Según había aprendido de Isaac “el padre” los pelos algodónales del florido eran altamente curativos para algunas enfermedades.

Fuere como fuere en Alcañiz la epidemia no tuvo tanto efecto como en otras ciudades lo cual hizo creer más en María como médico. El invierno fue muy crudo y la primavera se resistía a llegar, hasta que los árboles mostraron las flores que habían estado guardando como oro en paño, durante el invierno. La pequeña huerta de que disponía María empezaba a dar sus frutos las verduras crecían al tiempo que los ajos o las cebollas, durante el invierno una familia pobre le había pedido sembrar en sus tierras y María había aceptado. Eso le hizo pensar que otras familias también podrían aprovecharse de sus tierras y las dividió en cuatro partes, ese mismo mes otra familia se instalaba en ellas. Con Roberto en el ayuntamiento y enterado de sus planes, antes de terminar el año todas las parcelas estaban ocupadas, pero volvamos al presente.


Con la primavera el jorobado volvió con verduras al mercado de Caspe las dejó en la parada de una pobre mujer que apenas tenía dos huevos de oca para vender y se paseó por el mercado con la cesta vacía. Como tenía por costumbre el inquisidor salió con su corte, el fraile a su derecha llevaba la cesta vacía y la iba llenando. Se acercó a la vieja que vendía los dos huevos y le dijo que los cogiera dando la mano a la vieja para que besara el anillo, cuando los tenía el fraile en la mano el jorobado hizo un movimiento y los huevos cayeron al suelo. El inquisidor miró con rabia al jorobado.

—Perdonad mi torpeza eminencia, el próximo sábado tendré a bien entregarle media docena como castigo.

—Jorobado os estaré esperando y hay de ti si no cumples tu promesa.

El siguiente sábado el jorobado llevaba una pequeña cesta donde cabían solo los seis huevos sobre paja. Como tenía por costumbre los sábados, el inquisidor se acercó al mercado y miró sobre las cabezas y las personas por si encontraba al jorobado. A su lado alguien tiró de su sotana ¡Era el jorobado!

Señor inquisidor, lo prometido es mi deuda; tomad mi deuda con usted queda saldada, pero recordad que las deudas se pagan.

—Sois filosofo ¿qué queréis decir?

—Que las deudas que no se pagan en la tierra, se pagan en el cielo.

Don Francisco Sáenz hizo una mueca y no ofreció su mano al jorobado, siguió su camino entre los puestos cogiendo aquello que le gustaba; como todas las semanas.

El jorobado desapareció y media hora más tarde la baronesa de Alcañiz aparecía por el mercado junto a Raspas, compraba los huevos de oca a la anciana, pagando un buen precio por ellos.

—Gracias señora, dios os bendiga.

—¿Vivís sola, señora?

—Si vivo en una choza junto al rio.

—¿No tenéis familia?

—Mis dos hijos fueron a la guerra y no han vuelto mi marido falleció de fiebres, vendí mi casa, esperando a mis hijos pero... Solo tengo unos animales y las hiervas que recojo del la orilla del rio.

—Dime ¿Donde podría comprar un carro con vela? ¿Podéis acompañarme?

—Si os acompañaré seguidme, en la parte baja camino de mi choza hay un carretero.

Como decía la anciana había un taller, donde se construían carros y galeras, solo tenía dos construidos y en venta. Eligieron uno con sus aparejos y engancharon el caballo de Raspas (parecía el más fuerte).

—Señora, pasaremos por su choza y recogeremos los animales, usted vendrá a vivir conmigo, necesito una persona que se encargue de mi hacienda y animales, cuando yo me quede en Alcañiz.

—¡Pero señora! No me conoce.

—No me importa usted no parece mala mujer y lucha por sobrevivir, creo que me necesita y dios la ha puesto en mi camino. Se parece a mi madre y yo la echo en falta, siempre podre devolverla a su choza si me traiciona ¿nos acompaña o prefiere quedarse?

—Les acompaño recojamos los animales de mi choza.

Recogieron las tres ocas y los cuatro patos, les ataron las patas y emprendieron el viaje de regreso a Valnuel, cuando llegaron era hora de comer. María bajó un envoltorio de su caballo y le dijo a Raspas.

—Quémalo mientras yo saco algo para comer. Entraron en la casa y sacaron agua del pozo; en el horno moruno apagado pero aun tibio se encontraba el pan, encendió el fuego y puso a calentar un caldero con conejo y gallina con habichuelas. Cuando entró Raspas repartieron y comieron.

María se fijó en la señora no había cogido ropa e intuyó que no tenía más que la que llevaba puesta. Tras comer le dijo.

—Señora yo quisiera que esta fuera su casa, dispone de una huerta gallinas y dos cabras que el cabrero recoge y lleva a pastar en mi bosque junto a las suyas. A cambio tenemos leche y queso. Yo pasó aquí la mayoría de los días, tengo mi habitación y el laboratorio, “Soy médico”

—Si he escuchado hablar de usted, pero no la conocía, perdone mi ignorancia usted debe ser “la baronesa”.

—Si lo soy, pero yo necesito una madre o una amiga, no una conocida, en mi casa solo soy María.

—Creo que la entiendo ¿debo llamarla María?

—Así es y creo que usted no dispone de más ropa que la que lleva puesta.

—Si señora, no puedo permitirme...

—Raspas engancha nuevamente el caballo vamos a Alcañiz. Allí pasaremos la noche doña...

—Irene Aldonza Puigmoreno y Sastre.

—En ese caso doña Irene iremos a mi casa y elegirá, ropa y todo lo que necesite.

Pusieron una hogaza de pan en las alforjas y se fueron a Alcañiz, abrieron la puerta de par en par y el carro pasó al patio. María desmontó y se fijó en doña Irene, su rostro había cambiado ¡estaba blanca!

—¿Ocurre algo doña Irene?

—En esta casa pasé mi niñez.

María quedó sorprendida, ¿Es usted una Ram?

—Es difícil responder; lo soy y no lo soy. Es una vieja historia.

—Creo que será mejor que me la cuente con tranquilidad, de momento si no le gusta Valnuel puede vivir aquí con Raspas.

—¿Es su criado?

—No Raspas es mi amigo, no necesita ser criado de nadie, tiene su propia fortuna y nos ayuda tanto a Carlos “otro amigo” como a mí, vive en mi casa como si fuera la suya, nadie manda en él, más que él mismo, pero le gusta acompañarnos. En fin usted también es libre y dueña de sus decisiones. Le parece que miremos la ropa.

Entraron en la habitación de matrimonio y abrieron los baúles.

—Busque y disponga de... tome lo que quiera no suelo usar esta ropa.

—¿Es esta su habitación?

—No yo sigo durmiendo en mi antigua habitación cuando vengo.

La dejo sola y al salir de la habitación vio a raspas hablando con la joven Consuelo, que la ayudaba en ocasiones con la limpieza, las risas y los actos de la pareja hacían prever que algo muy hermoso estaba creciendo entre ellos, pese a ser ella más alta que él. María sonrió y se fue a la cocina. Irene salió de la habitación y miró al patio, viendo a Raspas dijo.

—Por favor necesito agua, ¿Todavía la hay en el pozo?

—“Querrá lavarse” – dijo Raspas a Consuelo — ¡Espere le subiré dos cubos!

—Consuelo puede ayudarla ¿Verdad Consuelo?

—Sí yo puedo ayudarla.

—Lo agradecería, señor Raspas.

—¿Quién es esa vieja?

—Creo que no es tan vieja, solo va mal vestida, María la ha cogido como ayudante en Valnuel, pero necesita ropa y comer. Creo que le dio lastima.

—Y lavarse por lo que veo.

—Sí pero tú la dejaras nueva.

—Si tú lo dices..., cogeré un estropajo –contestó entre sonrisas.

La pareja subió los cubos entre risas y Consuelo se quedó con la señora. Una hora más tarde bajaban las dos, Consuelo no solo le había ayudado a lavarse, también la había peinado y perfumado. Raspas salía de las cuadras y quedó parado ante ellas.

—Irene os habéis quitado diez años de encima – se dirigió a Consuelo – ya te dije que no era tan vieja, en ocasiones el habito no hace al monje.

—Juntos fueron a la cocina donde María pelaba una gallina para la cena. Se quedó boquiabierta al verla. No parecía la misma persona.

—Irene solo os falta comer bien unos días para rellenar vuestro cuerpo. Hoy descansaremos aquí y mañana regresaremos a Valnuel debéis preparar un baúl con todo lo que podáis necesitar allí, aquí hay ropa de sobra.

—Lo aré mañana en un momento, ahora dejad que desplume la gallina.

—No, no quiero que os ensuciéis. Podéis pasear por la casa y recordar vuestra niñez.

Desenlace

Raspas cargó el baúl en el carro y aparejó un caballo de tiro. María ató su caballo a la parte trasera del carro y tomó las riendas, Raspas se quedó en la casa y durante el camino María dijo a Irene.

—Creo que ahora tendremos tiempo suficiente de conversar, podría contarme cómo es que vivió en mi casa.

—Si aunque solo sea por sus atenciones, se merece que lo cuente. Según me contó mi madre: Mis bisabuelos fueron don Blas de Ram, natural de Alcañiz y doña Aldonza Lanaja de Morella. Entre sus hijos nació don Domingo Ram Lanaja, que alcanzo títulos y honores, fue Obispo de Huesca y Lérida, Cardenal arzobispo de Tarragona y Virrey de Sicilia. Entre otros cargos.

Mi abuela pasó a su servicio y quedó embarazada, sin marido conocido. Mi madre fue hija bastarda y nunca reconocida, nadie de los Ram reconoció a mi madre pero el Cardenal la mantuvo como criada en la casa de Alcañiz. Al casarse con mi padre y este ocuparse de sus tierras, siguieron viviendo en la casa con los señores, y vine yo al mundo seguíamos viviendo en ella ocupábamos las habitaciones junto a las cuadras. Yo era feliz y me gustaban los animales; pero falleció la vieja señora y cambió el señor de la casa. Amablemente nos invitaron a abandonarla. Por aquel entonces yo cumplía los diez años, mis abuelos paternos tenían una pequeña casa en Caspe y allí nos fuimos, nunca tuvo mi madre ni yo el apellido Ram, pero viví entre ellos. No soy maliciosa y si buena cristiana pero me alegre de su caída, aunque con ello haya pecado. El resto de mi vida es sencilla, fallecieron mis abuelos y mi madre. Tenía dieciséis años cuando me quedé sola con mi padre, un día me presentó a un joven que le ayudaba en su trabajo. Nos enamoramos y nos casamos yo había cumplido veintiuno. Los tres fuimos felices en la pequeña casa y vinieron dos hijos varones al mundo con solo año y medio de diferencia, cinco años después nació mi hija muerta y yo quedé muchos meses en cama y estéril. Ocho años después falleció mi padre, pero como si nos hubiera bendecido desde el cielo, volvieron los años felices, mis hijos ayudaban a su padre y eran buenos días.

Un día pasaron unos soldados y les dijeron que debían alistarse en el ejercito, tenían la edad y el rey les necesitaba. Ese fue el día en que empezaron mis desgracias. Mis hijos se fuero y al año siguiente a causa de las fiebres falleció mi marido. No disponía apenas de dinero; me ofrecí como criada, pero no encontré nada, algunos domingos me ponía a pedir en la puerta de la iglesia, pero la gente me conocía y no me daba nada y como un castigo, tenía que escuchar sus criticas. No tuve más remedio que vender mi casa. Llevo cuatro años en la choza junto al rio.

Apenas puedo vivir de los animales y las hiervas comestibles que conozco.

—Irene yo necesito una compañera como le dije y echo en falta a mi madre. Creo que las dos nos necesitamos, se acabó pasar hambre o penurias. Tengo suficiente fortuna para comprar un imperio y con mi trabajo no creo gastarla, quiero decir que no es usted ninguna carga para mí.

—Al vestirme con sus ropas y mirarme al espejo sentí una gran satisfacción, volví a creerme persona... no sé como podre pagarle...

No tiene nada que pagar, pero creo que lo hará con creces, en cuanto a la ropa es suya, los Ram la dejaron en mi casa.


Con estas conversaciones llegaron a la hacienda. Mientras Roberto entraba en la casa de Alcañiz y se encontraba con Raspas.

—Raspas ¿está María? ayer vine y no había nadie.

—He estado unos días en la baronía y el sábado visitamos el mercado de Caspe.

—¿Con algún motivo en concreto?

—Si el jorobado creo que se vengará...o Dios mío ya he metido la...pata.

—¿Qué es eso del Jorobado?

—No puedo decir nada, le prometía María que no lo contaría.

—Raspas por favor, te juro que no te delataré pero cuéntame, no quiero que le ocurra nada a María.

—No le ocurrirá nada, creo que ya ha terminado. Me hizo quemar el disfraz.

—¡Disfraz! Raspas empieza por el principio.

—Está bien pero no le digas nada.

—Tienes mi palabra.

—Te lo cuento como un secreto “por diós”. María tenía fuertes dolores de cabeza y su animo caía por los suelos cada vez que le venía a la mente el inquisidor o veía un fraile por ese motivo quería estar sola en su casa de la baronía, allí no veía frailes ni inquisidores.

Ante tal suplicio urdió un plan, visitaría Caspe disfrazada y observaría las costumbres del Inquisidor. Yo le aconsejé que no utilizara armas y ella me dijo. Que con las armas se sufría poco y su intención no era atravesar al inquisidor con su espada. Durante algún tiempo nada supe de ella, pero el sábado la acompañé y me quedé guardando los caballos. Sé que disfrazada de jorobado obsequió al inquisidor con seis huevos.

—¿Seis huevos? No veo la venganza.

—Pues cuando los entrego y volvió conmigo quitándose el disfraz dijo que la venganza estaba en manos de dios, parecía estar tranquila. Después fuimos nuevamente al mercado compró los huevos de una vieja y la invitó a vivir con ella, murmuró que le recordaba a su madre. Esta noche han dormido aquí y regresado a la hacienda, ya deben haber llegado.

—Es extraño todo lo que me cuentas no encuentro lógica... Pero si eso sirve para que María termine con sus demonios lo tendré por bien hallado. Mañana la visitaré.

—Por favor no le digáis nada.

—No temas, nada le diré aunque tal vez ella quiera contarme...

—¿Qué estáis pensando?

—Precisamente si la visito podría preguntarle por la vieja y del hilo se saca el ovillo.

—Tal vez la vieja no sea tan vieja, quiero decir que tras lavarse y vestirse, no debe tener más años que vuestra madre.

Roberto sonrió. – Debo acudir al ayuntamiento, tenemos reunión.

—Yo quería hablar contigo de otras cosas.

—Dime tengo tiempo.

—Verás Roberto, Carlos tiene las tierras con caballos, María la baronía, tú el puesto en el ayuntamiento y yo solo doblones, vivo en una casa que no es mía y aunque nunca he tenido nada mejor, ahora tengo algo...

—Si ¿doblones?

—No Roberto, quiero casarme y ser un señor con hijos pero antes... verás Roberto tengo una mujer que me quiere y yo a ella.

—Raspas debías haber empezado por la mujer. Creo que te entiendo te gustaría tener una casa y algún terreno, algo material que ofrecerle.

—Si tuviera el terreno podría hacerme una casa aunque aquí sobran habitaciones y no dejaría sola a María. Aquí podrían vivir dos familias. Yo se que ella te quiere y es cuestión de tiempo que os caséis, pero...

—Te entiendo quieres tener algo más en propiedad y sentirte importante. Entiendo que eso no lo compensa tener doblones.

—Si Roberto me has entendido.

—Y yo me alegro de que decidas casarte y ser feliz te lo mereces, algo habrá que pueda hacer.


Al día siguiente, Roberto visitó a María. Esta se encontraba en el cuarto que utilizaba como laboratorio. Al verlo su rostro cambió de color y una hermosa sonrisa lo iluminó.

—Roberto ¿Cómo has decidido venir? ¿No tenías trabajo en el ayuntamiento?

—Llevaba demasiados días sin verte y nada es más importante que tu.

María se sentía alagada e intentaba disimular su alegría.

—He visto una señora entre las gallinas.

—Si me recuerda a mi madre y necesito a alguien que me ayude y acompañe, puede ser mi complemento pero no quiero que se sienta como una sirvienta.

—Tus palabras te honran, hay algún motivo especial para elegirla a ella.

María miró a Roberto – digamos que sin ella saberlo me ayudó a llevar acabo mis planes y le tomé afecto.

—¿Nada más y puedes contarme los planes?

—No, de momento, ya hablaremos.

Roberto conocía a María lo suficiente para saber cuando debía cambiar la conversación y así lo hizo.

—Sabes que Raspas piensa casarse.

—Ya se han decidido, lo veía venir.

—¿Se quedarán en tu casa?

—¿Y dónde iban a quedarse? La casa es grande y el no tiene otra.

—Pero me ha pedido que le busque unas tierras.

—Hablaré con él podemos dividir la casa.

—Veo que lo tienes todo controlado menos una cosa.

—¿Qué cosa?

Roberto la tomó de los hombros y la miró fijamente y soltó de golpe.— ¿Cuando te casarás conmigo?

Posiblemente Roberto no esperaba la respuesta de María.

—Muy pronto Roberto creo que antes de lo que imaginas.

Roberto la estrujó entre sus brazos, en ese momento era el hombre más feliz de la tierra.

—¿Ya has terminado con tus planes o lo que querías?

—Todavía no, pero creo que mis planes terminarán en unos días.

Doña Irene entraba por la puerta y María le presentó a Roberto. Después de comer Roberto regresó a su casa, el corazón saltaba en su pecho de alegría, pero seguía sin saber que había terminado o estaba a punto de terminar María. Pero no importaba por fin se había decidido a casarse con él.

Dos días más tarde Roberto informaba a Raspas de unas tierras lindantes con la población de Valjunquera en su mayoría con almendros y olivos, sus dueños las habían abandonado al trasladarse a Morella eran tierras del apellido Ram y Lanaja, por descontado estaban en venta.

Eran las tierras ideales pues Consuelo Celma Burgués, (que así se llamaba la moza) procedía de esa población y le alegraría la idea, al estar cerca del pueblo de sus padres, siempre podría comprar una casa, aunque la distancia a caballo entre las dos poblaciones, era solo de una cuarta de hora.

Fueron al ayuntamiento de Valjunquera y junto a un escribano delimitaron las tierras. El mismo escribano mandó un emisario a hablar con sus legales dueños a Morella. El asunto tardaría unos días.


Miércoles: en la casa de Alcañiz se presentaban dos soldados y un fraile, haciendo sonar el picaporte. Raspas esperaba noticias de Valjunquera y no se movía de la casa. Abrió la puerta.

—¿Qué desean sus mercedes?

—¿Vive aquí la baronesa, que es médico?

—¿Doña María? si vive aquí, pero ahora se encuentra en la hacienda.

—Acompáñenos a ella es urgente que atienda a su eminencia don Francisco Sáenz de Córdoba.

—¿El Inquisidor?

—Si el inquisidor.

—Un momento y aparejo mi caballo.

—Dese prisa.

Los cuatro partieron hacia la baronía, Irene los vio venir y entró corriendo.

—María viene Raspas con dos soldados y un fraile.

—Era de esperar – contestó.

—Salieron a la puerta en el momento que llegaban, María preguntó.

—¿Qué se les ofrece?

—Debe acompañarnos su eminencia está enfermo y los médicos no encuentran remedio.

—¿Solo don Francisco o hay más?

El fraile quedó mirándola y contestó – hay dos frailes más.

—En ese caso cogeré mis medicinas y nos vamos.

Llegaron al convento cuando el sol estaba en lo más alto. Dos médicos esperaban en el pasillo fuera de la habitación. Desde allí se podía oler la enfermedad pese a la gran cantidad de cirios que había en la estancia. María preguntó a los médicos.

—¿Qué le ocurre?

—El domingo temprano comenzó con unas molestas diarreas, el lunes se había quedado sin fuerzas y con fuertes dolores de cabeza, seguía con las diarreas, ayer tenía espasmos y apenas podía hablar. Sigue echando liquido le cambiamos la cama a menudo.

—Está bien no entren. Entraré sola.

María se había provisto de una máscara de piel de cerdo con telas cosidas en la parte delantera. Aún así el olor la penetraba, se quedó al lado de la cama mirando al Inquisidor. Él la miró y balbuceó algo así como.

—¿Me curará? – ella respondió.

—Su mal no tiene cura, usted sufrirá la tortura en la tierra que da a sus mártires inocentes, puede que dios en su misericordia lo perdone, pero no recibirá el perdón de los mortales. Se encuentra en manos de dios con el diablo en su interior. Rece es lo único que puede hacer y que dios lo perdone si quiere.

Los ojos de don Francisco salían de sus orbitas, pero no le salían las palabras solo espasmos. María salió de la habitación preguntando.

—¿Cómo están los otros dos?

—Igual que él. ¿Conoce algún remedio? – preguntó el médico.

—Sabemos que estudió en Alcalá de Henares— dijo el fraile.

—Si allí estudié, pero su enfermedad, es de conciencia, están purgando sus propios pecados y para eso no hay remedio en los estudios. El diablo le corroe las entrañas, tal vez los frailes puedan interceder a dios con sus rezos, pero no conozco medicinas que los puedan sanar. Yo de ustedes no tocaría sus excrementos y solo puedo aconsejarles que lo quemen todo cuando mueran, solo les quedan dos días. Dos días de sufrimiento.

—¡Pero doctora!

—Nadie mejor que yo conoce la enfermedad y si en Alcalá no encuentran remedio para sanar esta enfermedad ¿Que podemos hacer aquí?

Salió como había entrado, sin visitar ni preocuparse por los dos frailes. Montaron a caballo y se dirigieron a una fonda tenía hambre, antes se lavó manos y brazos pese a no haber tocado al Inquisidor. Comieron agusto un guiso de venado y mientras regresaban Raspas preguntó.

—¿María sabías lo que le ocurría al inquisidor?

Una sonrisa acudió a la cara de María y miró a Raspas.— Si lo sabía. Solo esperaba la confirmación.

—¿Pero cómo...?

—El juzgó y torturó a mi madre, una buena cristiana, también fue culpable de la muerte de mi padre; yo no podía con mi dolor, en mi interior la sola idea del sufrimiento de mi madre me quemaba. No podía dejar de pensar en vengarme y lo hice.

—¿Que te has vengado, cómo?

—Los huevos que le entregó el jorobado; cuatro de ellos llevaban la enfermedad en el juicio de mi madre me dijeron que eran tres jueces y un acusador, el Inquisidor lo presidia; yo dejé en manos de dios a quien castigaba y a quien salvaba. Ha castigado a tres y en este caso me siento vengada y satisfecha. Mi conciencia puede descansar y mi vida cambiar. A partir de ahora procuraré curar a la gente como hacía mi padre.


Dos días después las campanas de Caspe tocaban a muerte y al mismo tiempo un mensajero avisaba a Raspas de la presencia de los Ram en el ayuntamiento para cerrar el trato y dejar escrita la venta.

Raspas acudió con Roberto y Consuelo. Pagó y se convirtió en propietario.

No tardaron más de un mes en casarse en la concatedral de Alcañiz. Y a la boda acudió don Pedro de Aguinaga y señora como padrinos.


Había llegado el verano y los días que María estaba en el pueblo, disfrutaba de la compañía de Roberto dando largos paseos.

—He recibido una agradable noticia.

—¿Noticia cual es Roberto? Ya se Consuelo está embarazada.

—No, no es eso los marqueses de Pacheco, han aceptado ser los padrinos de nuestra boda.

—Creí que no querrían venir.

—Ves María muchas personas te aprecian y te quieren. Has sembrado mucho en pocos años.

—Pero yo solo te quiero a ti...


Llegados a este punto no quiero seguir el relato, pero solo diré que en esta ocasión el beso fue inmenso. Por fin se casaron y nunca hubo una boda mas esplendida en la población.

—Tras una semana de festejos, todos regresaron a sus ocupaciones.

Y aunque don Tomás no fue un buen Ram, no todos eran iguales; los Ram de Morella fueron invitados a la boda acudiendo y durmiendo en la casa que un día fue de su familia.

Con el tiempo Raspas compró una casa en Valjunquera donde bautizó a sus siete hijos y extendió el apellido Burgués por la comarca.

María enseñó medicina y tuvo tres niños y una niña. Mientras su marido se convertía en alcalde.

Carlos se casó con la hermana de Roberto y se fue a vivir con los suegros.

Una vez al mes se reúnen todos en casa de María y recuerdan las aventuras, mientras sus hijos juegan en el patio. María no ha vuelto a llevar un arma.


Publicado el 20 de julio de 2022 por Edu Robsy.
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