Colección de 36 relatos cortos, piezas breves de 3 o 4 páginas y algún cuento más largo de 15, divididos en cuatro secciones: 11 biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos, semblanzas de personajes anónimos que resumen el espíritu de la época; 5 biografías contemporáneas de otros tantos protagonistas genéricos; 8 vidas curiosas de mujeres sin importancia, y 12 narraciones maravillosas, en las que incursiona en el género fantástico.
Un abanico amplio de relatos, en los que muestra una variedad de cualidades llamativas: la mencionada capacidad de síntesis, que logra decir mucho en pocas palabras; una rara habilidad para reflejar lo absurda que a veces puede llegar a ser la vida; un sentido del humor, algo ácido y tremendista; un estilo muy cuidado, depurado y salpicado de términos cultos, siempre preciso y escueto como texto de notario, y una inteligencia que anima todas estas páginas. Los temas que trata son variados, giran en torno a la memoria y la identidad, a la alienación del ser humano frente al mundo, a lo absurdo y surrealista de la vida y a las injusticias de esta sociedad.
Así pasó el tiempo; un día, el mayor de los nietos estuvo en edad de trabajar. El viejo, que no esperaba más que esto, se murió. Antes se hubiera muerto si antes le hubiera estado permitido morirse. Su heredero en la cotidiana fatiga era un mozalbete espigado, inteligente, audaz. Había visto bien la vida. Educado en el dolor, aspiró a libertarse de su terrible disciplina. No se resignaría; por resignado murió su padre y se agotó su abuelo. Desechó de su lado la ternura, la fatal ternura, la comprensión, que tantos impulsos detiene; la sobriedad, que tantas privaciones consiente. Trepó, agarrándose con las uñas y los dientes, y pronto se llegó a su madre y le echó con arrogancia en el regazo el fruto de sus piraterías. La madre se asustó un poco; pero cuando vio que salían de la miseria, alabó a Dios; por primera vez la vida les dejaba holgura para respirar y moverse.
El hijo aquel se echaba valientemente por el mundo; reñía Dios sabe qué batallas y regresaba después con los suyos, llevando su presa en las garras. Con el bienestar la madre salió del sopor en que la miseria la tenía; se permitió echar un vistazo por el mundo y le pareció que era bastante mejor de como en sus cincuenta años se lo había imaginado. Se reconcilió con la vida, que al fin le hacía justicia y premiaba el sacrificio de los suyos; el padre, fuerte, y el esposo, honrado. Como tenía una vieja apetencia, contenida siempre, gozó acuciosa de cuantos goces le estaban aún permitidos; dio gracias al cielo, que así abría puertas a su vejez, y, merced a la fortuna del hijo, fue feliz. No supo nunca a ciencia cierta cómo ni de dónde venía aquel bienestar, aquel dinero. Lo traía su hijo; esto era todo lo que sabía. Aquel hijo que había tenido suerte. La bendita señora no atribuía más que a la suerte el triunfo de aquel hijo, acaso el más díscolo y menos cariñoso de todos, el más vicioso y rebelde, el que menos se lo merecía. Echaba de menos en él la ternura, la humildad, la continencia del abuelo y el padre. Pero le disculpaba, porque, a pesar de todo, tenía suerte, y, en definitiva, era el que les había sacado de la miseria.
160 págs. / 4 horas, 40 minutos.
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Publicado el 18 de julio de 2026 por Edu Robsy.
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