El Baile de Máscara

Manuel Payno


Cuento


I
II
III

I

Una pieza sucia, estrecha, con una candileja opaca y seis o siete figuras escuálidas y meditabundas, es la imagen de la vida ordinaria, sembrada de pesares, falta de luz, melancólica. Es la realidad.

Un salón alumbrado por numerosas arañas y candelabros, un salón donde bullen mil imágenes animadas, donde la seda, el terciopelo y los brocados relucen a la claridad de las bujías, donde todo es animación y movimiento, es la imagen de esos momentos que hay en la vida, en los cuales el corazón rebosa de esperanzas, y la mente de halagüeños pensamientos. Es la ilusión. Y ¿qué otra cosa son las dichas de la vida más que una ilusión efímera, volátil, superficial, como lo es la de un salón de máscaras? Mas sea lo que fuere, el incentivo de la curiosidad, la alegría general, el panorama que presentan los dominós, los moros, los romanos, los caballeros cruzados, etcétera, la abundancia de luz, los calzados blancos de las damas, los brazos torneados, los diamantes fulgurando en unos cuellos mórbidos y en unos dedos pequeñitos y redondos, las caretas mintiendo un peregrino rostro, la costumbre, en fin, de entregarse en los tres días del carnaval a la diversión, a las aventuras, a los lances amorosos, completa enteramente la ilusión; y aunque nuestro teatro no tuvo ninguna clase de adorno, se comprende entonces bien el encanto de un baile de máscaras en la antigua Venecia, y aún hoy en algunas otras partes de la Italia.

En el Teatro Principal de México se formó un salón igualando el piso del patio al del foro, con un pavimento de madera según se había hecho otros años. El alumbrado fue de esperma, y los palcos no tuvieron más adorno que el de las hermosuras que concurrieron a ellos, ataviadas con el lujo y gusto tan común ya en las mexicanas. Al derredor del salón había colocadas sillas, y en ellas sentadas todas las máscaras del sexo femenino, y los masculinos con máscara y sin ella, llenaban el salón de tal suerte, que apenas se podía bailar.

Yo, extranjero, por decirlo así, a esas diversiones, por ser la primera que veo de ese género en el teatro, me quedé engentado, como suele decirse, queriendo hablar a todas las máscaras, conocer a los que me hablaban, bailar, embromar, dejarme llevar de la corriente como todos; pero nada hacía, sino ir y venir, recibir sendos pisotones, hablarles con mucho respeto y atención a las máscaras, y me desesperaba al ver que allí se enamoraba por vapor, se bailaba, se empujaba y se pisaba por vapor, sí, y no cabe duda, porque todo esto se hacía con una velocidad increíble.

El bastonero tocaba al pavimento con un bastón también de máscara, pues estaba forrado en raso y engalanado con listones, y la música preludiaba un vals alemán, ¡oh!, el vals alemán necesita un apostrofe. Es una música tan viva, tan armoniosa, tan compasada, que haría mover los pies a un difunto, y alegraría al hombre más antifilarmónico del mundo: el autor, o autores de esas composiciones tan bellas han hecho un verdadero servicio a los bailarines. Sigamos. El preludio traducido al castellano quería decir: busquen compañera. En efecto, los más de los concurrentes comenzaban a dirigirse a las mascaritas sentadas. Es de notarse que las muy gruesas, caían en la sospecha de viejas, y ésas afianzaban al primer compañero que se les ofrecía, y las de cuerpo esbelto, pequeños pies o blanco cuello, tenían tantos pretendientes, como un empleo de aduana marítima. Por fin, bailaban con alguno, y aquí comenzaban las flores, y no retóricas, ni del tiempo, por cierto.

Sala, sala, decía el bastonero; no obstante tenía uno que hacer fuerza de vela para llegar al lugar donde estaban bailando, que apenas era el suficiente para dar media vuelta.

De repente un murmullo sordo, y una oleada de la gente llamó la atención. ¿Qué es eso? ¿Se pelea algún francés? ¿Se han desafiado? Nada, es un oso. ¡Ah!, veamos al oso. ¿Quién será el oso? ¡Qué calor tendrá con esas zaleas con que se ha disfrazado! El oso tiraba manotadas y mordidas, una máscara con careta de perro le ladraba, cada movimiento del oso era una oscilación de toda la concurrencia. Tocaron unas cuadrillas, el oso cayó en desuso, y se pensó en la música, en el baile y en muchas cosas más, probablemente.

II

A poco más de media noche la concurrencia disminuyó un tanto y el salón quedó más desahogado, y entonces pudo notarse mejor la animación y originalidad de los diálogos que tenían lugar. Algunos máscaras insípidos y tontos, apenas decían: «Ya te conozco», y la palabra se les anudaba en la garganta; otros y otras por el contrario, sabían la vida entera de todos, sus amores, sus campañas y su buena o mala fortuna; decían sátiras picantes y graciosas, y se confundían en la multitud dejando a uno amoscado y curioso.

Sentéme en una silla fatigado de tanto vagar y mohíno porque a ninguna podía conocer. Llegó un romano y me dijo:

—Ya te conozco.

—Pocas gracias son ésas, máscara.

—Eres muy feo.

—Te agradezco la lisonja.

—¿No has hecho nada?

—Nada.

—Eres muy tonto.

—Mejor. Vete, y déjame en paz.

El pesado, de cuyo calibre había muchos, se retiró.

A poco rato se sentó un moro junto a una valenciana, y le dijo:

—No me gusta que bailes tanto con ese dominó negro. Te traje al teatro con la condición de que sólo una vez habías de bailar.

—No te conozco —respondió la valenciana—, ni sé por qué me haces esa advertencia.

—¿Conque no eres Mariquita?

—¿Yo?, ni nunca lo he sido. Tú buscas a tu mujer, ¿no es verdad?

—Justamente; pero tú eres.

—¿Tu mujer tiene un lunar en la mano izquierda?

—Cabal.

—Pues mírame las manos.

La valenciana no tenía tal lunar, y el moro se paró frenético, buscando a una pareja que se había desaparecido. ¡Tontería! Estarían bailando o confundidos en la multitud.

La valenciana que estaba junto a mí, me dijo:

—¿Qué te parece esto?

—Me parece que si tú fueras mi mujer, linda mascarita, no te traería yo al baile, por temor de que te fueras a perder.

A poco se sentaron junto a mí un joven elegante y una máscara con dominó de seda blanco y encarnado con careta negra.

—Te juro, mascarita —le decía el joven—, que te idolatro.

—¿Y cómo, si no me conoces?

—Adivino que eres muy hermosa.

—Soy vieja y fea.

—Imposible, tú eres linda.

—¿Y cómo lo sabes?

—Esos ojos que brillan al través de esa careta, no pueden ser de una vieja. Los ojos de las viejas no son alegres y vivarachos como los tuyos.

—Te equivocas, las viejas suelen tener el ojo más alegre que las muchachas.

—Deja las sátiras, mascarita, y dime, ya que me ves sin careta, si seré capaz de inspirarte amor, porque te confieso que yo estoy loco por ti.

—¡Loco…! ¡Qué disparate! ¿De qué te has enamorado?

—Enséñame un pie.

La mascarita sacó un pie pequeñito con zapato verde.

—De ese pie, de tus ojos, de tu dominó, de tu careta, de todo lo que a ti pertenece estoy enamorado.

—Ja, ja, me alegro mucho: mañana te enviaré mi dominó y mi careta, y…

—Y tus pies, y tus ojos, y tus pulidas manos. Pero óigame usted seriamente. Es un tormento cruel adivinar que bajo ese dominó existe un cuerpo esbelto y bien formado, y bajo esa careta negra, un rostro de ángel, y dudar y marcharse al fin, sin otra utilidad que haber dicho unos cuantos requiebros que se dicen a todas las mujeres. Yo amo a usted fea o bonita, joven o anciana, enferma o con salud; yo he sentido un golpe eléctrico al tocar su mano de usted, y esto ha decidido de mi suerte. Por piedad, descúbrase usted, o dígame que me ama, que puedo volverla a ver mañana, que usted no desaparecerá de mi vista como un sueño.

—Creo ya que usted me habla con seriedad. Déme usted su mano. En efecto, suda usted frío. Y si yo le dijera a usted que había venido aquí por verlo, por dar lugar a que me hiciera usted una declaración amorosa… Amo a usted, sí, lo idolatro con todo mi corazón, y soy bonita, tengo dieciséis años, y mis ojos brillan y son fogosos porque su presencia de usted les da vida y luz.

—Mascarita deliciosa…

—Silencio, viene mi marido. El joven volvió la cabeza, y entre tanto la mascarita se paró incorporándose sin que la viese, entre los grupos de la sala. El joven que advirtió su falta, corrió desolado revisando y observando a todos; pero en vano, pues la mascarita había desaparecido, y según entiendo, no volvió a saber más de ella.

En esto se levantó un murmullo general: todos a una voz decían: «¡Qué linda aldeanita, qué pie, qué cintura! ¡Es sin duda la más hermosa del baile!» Me acerqué al grupo, y vi en efecto una mascarita con un corpiño de terciopelo negro, una enagüilla hasta la rodilla de raso nácar y un calzón blanco que dejaba un poco descubierta una pierna más perfecta que la de la Venus de Médicis o de la Concha y podía servir de modelo a un escultor: un pie tan pulido, tan bien hecho, tan perfecto, que con dificultad podrá hallarse otro igual. Era la mascarita un dije, una miniatura, una sílfide, una esmeralda de Victor Hugo, una gitanilla de Cervantes. Criatura más fantástica y que presentara un conjunto más hechicero, no la he visto en mi vida, con todo y que no dejaba verse la cara. Una multitud la seguía: «¿Mascarita, me das el primer vals?»

—Lo tengo dado.

—Pues el segundo.

—También.

—Cabal —respondía otro—, a mí me lo dio.

—No fue a ti —replicaba la aldeanita.

—Mascarita, eres encantadora: ¿me das el placer de bailar una contradanza contigo?

—No, sino a mí, que la pedí primero.

—Para mí son las cuadrillas.

—Para mí lo tercero que se baile, sea lo que fuere.

Todos la seguían, todos le pedían algún baile y la requebraban, y ella se escabullía, y los dejaba a todos pasmados.

El baile, y los diálogos, y los requiebros siguieron todo el resto de la noche.

III

A las cinco o poco más de la mañana, las luces del café de Veroli estaban ya opacas, los mozos soñolientos y mohínos. En una mesa había unos cinco o seis tomando ponches y contándose sus aventuras y conquistas.

—¿Conociste a la del dominó azul?

—Sí, era doña Teresa.

—¿Es posible? Pues buena la hice yo con decirle tantos requiebros a semejante cotorra.

—Pues más bonito me sucedió a mí. Deseoso de bailar con una francesa, porque lo hacen con cierta gracia y algo más que donaire, elegí la que me pareció más bonita, la cortejé, gasté cinco pesos en pastelitos y licor, y al fin me voy desengañando que era un hombre. Por poco no le mato.

—Y la del dominó de raso blanco y encarnado, ¿quién era?

—Quién había de ser, el picaruelo muchacho, hijo de don Telésforo.

—¡Un muchacho! Imposible.

—No cabe duda, sobre que me habló cuando se fue a desnudar.

—¿A qué horas?

—Serían las tres de la mañana.

—¡Canario! ¡Y yo enamorado perdido de un muchacho! Vamos, si es mano de darse un calabazazo contra la pared.

—¿Y la aldeanita del pie chiquito?

—Es una veracruzana.

—No señor, si es moreliana, y se llama Guadalupe.

—Qué, si se llama Ignacita.

—Pero ¿qué no vieron otra vestida de escocés?

—Toma si la vi. Me dijo su nombre, su casa, y tengo ya una cita con ella.

Salimos del café cuando ya la aurora alumbraba con luz melancólica los portales y las suntuosas calles, y el resplandor opaco de los faroles se iba extinguiendo. Algunos máscaras fugitivos y descarriados atravesaban las calles a largos pasos crujiéndose de frío. De la iglesia de la Profesa salían varias señoras con su cruz de ceniza en la frente. Después de pasados los momentos de alegría y bullicio, el contraste llamaba la atención. Unos salían de la orgía con el vestido de mojiganga, y otros del santo templo con el recuerdo de la nada de la vida. Los unos reían, y los otros meditaban. El mundo estaba simbolizado en el teatro y en la iglesia: farsa y ceniza.


Yo


Publicado el 19 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.
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