El Fistol del Diablo

Novela de costumbres mexicanas

Manuel Payno


Novela


Primera parte
I. Visita misteriosa
II. Gran baile en el Teatro de Vergara
III. Una cáliga y un desafío
IV. Fin de un baile
V. La pobre familia
VI. Recuerdos, amor y esperanzas
VII. Explicaciones
VIII. Un buen consejo
IX. Aventura nocturna
X. Miseria
XI. El juez de paz
XII. Viaje a Veracruz
XIII. El vómito prieto
XIV. Las dos diligencias
XV. Los ladrones son robados
XVI. En el Lencero
XVII. En Jalapa
XVIII. Apolonia
XIX. La cárcel de «La Acordada»
XX. El Tinterillo
XXI. El Ángel de la Guarda
XXII. Un jovencito del gran tono
XXIII. Las novelas de Rugiero.—El famoso Argentón
XXIV. Las novelas de Rugiero.—Una noche de bodas
XXV. Las novelas de Rugiero.—El robo de Elena
XXVI. Las novelas de Rugiero.—Elena y Margarita
XXVII. Cartas de La Habana
XXVIII. Un buen sacerdote
XXIX. Acto de contrición
Segunda parte
I. Don Pedro cede el campo al capitán
II. Esperanza
III. Junta revolucionaria
IV. Segunda sesión
V. El Palacio y la Plaza Mayor
VI. El Ministerio de la Guerra
VII. Ruinas y desgracias
VIII. Santiago Tlaltelolco
IX. En la cumbre de la Sierra
X. Visiones y fantasmas
XI. Secretos del corazón
XII. Combate entre un perro y un hereje
XIII. Escenas de familia
XIV. Aventuras de Josesito
XV. El Jorobante
XVI. El «Sol Mexicano»
XVII. Las dos pordioseras
XVIII. Las citas a media noche
XIX. Elevación y caída de don Francisco
XX. Don Francisco vende sus amores por un plato de lentejas
Tercera parte
I. Mariana obsequia con un banquete al capitán
II. La isla de lobos
III. El vapor «Neptuno»
IV. Historia de una piedra preciosa
V. La filosofía del diablo
VI. Juan Bolao cuenta sus viajes y aventuras
VII. La Hacienda de «La Florida»
VIII. Las bodas del rico Camacho
IX. Don Pedro pide para él mismo la mano de Aurora
X. Aurora abandona su casa
XI. Confesión general y testamento de Aurora
XII. La viuda de Pablo Argentón
XIII. Gran dulcería queretana y fábrica de chocolate
XIV. Una modista de París
Cuarta parte
I. Doña Venturita pierde el pleito y va a la cárcel
II. El Diablo enamorado
III. Celos indiscretos
IV. El elíxir de la vida
V. Tres contra treinta
VI. Derrota completa
VII. El «Café del Progreso»
VIII. Josesito
IX. Celestina y Josesito
X. El convento de la Concepción
XI. Donde se decide el casamiento de Josesito
XII. Le roban a Florinda el fistol
XIII. Proyectos descabellados
XIV. Va por una y se encuentra con otra
XV. El mesón de Balvanera
XVI. Historias
XVII. Tertulia de amigos
XVIII. Las cuentas de don Pedro
XIX. Preparativos para una sorpresa
XX. La sombra de Teresa
XXI. Los títeres de don Pedro
XXII. Conseja de familia
XXIII. Altos personajes
XXIV. La ley de manos muertas
XXV. Un buen amigo
Quinta parte
I. Manos vivas y manos muertas
II. Un paseo en la Quinta de Teresa
III. Las veladas de la Quinta.—Primera velada
IV. La milagrosa conversión del soldado Martín
V. Sacramentos con música
VI. La muerte del justo
VII. Las veladas de la Quinta.—Segunda velada
VIII. Josesito da fuego a la hoguera
IX. El fuerte de la Concepción
X. Ataque a la línea y batalla en el fuerte
XI. Historias de cuartel
XII. Las veladas de la Quinta.—Velada tercera
XIII. Las veladas de la Quinta.—Velada tecera (continuación)
XIV. Las veladas de la Quinta.—Velada cuarta
XV. Las veladas de la Quinta.—Velada quinta
XVI. Día de casamientos y víspera de batallas
XVII. Las veladas de la Quinta.—Velada sexta
XVIII. Las veladas de la quinta.—Velada séptima
XIX. La ambulancia militar
XX. Churubusco
XXI. El último casamiento
XXII. Las veladas de la Quinta
XXIII. La última velada
XXIV. La fuga
XXV. Velada sangrienta
Epílogo

Primera parte

I. Visita misteriosa

Arturo tenía 22 años. Su fisonomía era amable y conservaba la frescura de la juventud y el aspecto candoroso que distingue a las personas cuyo corazón no ha sufrido las tormentas y martirios de las pasiones.

Arturo había sido enviado por sus padres a educarse en un colegio de Inglaterra; y allí, entre los estudios y los recreos inocentes, se había desarrollado su juventud, vigilada por severos maestros. Las nieblas de Inglaterra, el carácter serio y reflexivo de los ingleses y la larga separación de su familia, habían hecho el genio de Arturo un poco triste.

Conocía el amor por instinto, lo deseaba como una necesidad que le reclamaba su corazón, pero nunca lo había experimentado en toda su fuerza; y excepto algunas señas de inteligencia que había hecho a una joven que vivía cerca del colegio, no podía contar más campañas amorosas.

Concluidos sus estudios, regresó a México al lado de su familia, que poseía bastantes comodidades para ocupar una buena posición en la sociedad. Al principio, Arturo extrañó las costumbres inglesas y hasta el idioma; mas poco a poco fue habituándose de nuevo al modo de vivir de su país, y notó además que los ojuelos negros de las mexicanas, su pulido pie y su incomparable gracia, merecían una poca de atención.

El carácter de Arturo se hizo más melancólico, y siempre que volvía de una concurrencia pública, reñía a los criados, le disgustaba la comida, maldecía al país y a su poca civilización, y concluía por encerrarse en su cuarto con un fastidio y un mal humor horribles, cuya causa él mismo no podía adivinar.

Una de tantas noches en que aconteció esto y en que se disponía a marcharse al teatro, se quedó un momento delante de su espejo, pensando que si su figura no era un Adonis, podría al menos hacer alguna impresión en el ánimo de las jóvenes.

—¡Eh! —dijo—, estoy decidido a empezar mis campañas de amor. He pasado una vida demasiado fastidiosa en el colegio. Este cielo azul, estas flores, este clima de México me han reanimado el corazón, y me dan fuerzas y valor para arrojarme a una vida de emociones y de placeres. Pero quisiera no una querida, sino dos, tres, veinte, si fuera posible, pues tengo tanta ambición de amor en el corazón, como Napoleón la tenía de batallas y de gloria.

»Si yo consiguiera conquistar los corazones —continuó acabándose de poner los guantes—; si tuviera cierto secreto para hacerme amar de las muchachas, era capaz de hacer un pacto con el mismo diablo…

Un ligero ruido hizo volver la cabeza a Arturo, y se encontró frente a frente con un hombre alto y bien distribuido en todos sus miembros. Sus ojos grandes y rasgados, sombreados por rizadas pestañas, ya brillaban como dos luceros o ya relucían como dos ópalos. En su fisonomía había alguna cosa de rudo y de salvaje, a la vez que agradable, pues parecía participar de la belleza de un ángel y de la malicia de un demonio. Su cabello delgado y castaño, perfectamente arreglado, caía sobre sus sienes y orejas y engastaba su rostro de una manera graciosa.

Vestía un traje negro; y un grueso fistol, prendido en su camisa blanquísima y de rica holanda, despedía rayos de luz de todos los colores del iris. Una cadenita de oro y amatistas, asida a los botones del chaleco, iba a esconderse en la bolsa izquierda. No podía darse hombre ni más elegante, ni más bien presentado, y sólo una mujer, con su curiosidad instintiva, podría haber notado que las puntas de las botas eran extremadamente largas y agudas.

—¡Caballero! —dijo Arturo saludando al recién llegado.

—Servidor vuestro, querido Arturo —contestó con una voz afable el desconocido.

—¿Podré seros útil en algo?

—¿Os habéis olvidado ya de mí?

—Quiero recordar vuestra fisonomía —repuso Arturo, acercando una silla—. Pero sentaos y hacedme la gracia de darme algunas ideas…

—¿Os recordáis —dijo el desconocido arrellanándose en una poltrona— del paso de Calais?

—Recuerdo, en efecto —contestó Arturo—, que había un individuo muy parecido a vos, que reía a carcajadas cuando estaba a pique de reventarse el barco de vapor, y cuando todos los pasajeros tenían buena dosis de susto…

—¿Y recordáis que ese individuo os prometió salvaros en caso de un naufragio?

—Perfectamente, pero… sois vos sin duda, pues os reconozco, más por el hermoso fistol que por vuestra fisonomía. Estáis un poco acabado. El tipo es el mismo, mas noto cierta palidez…

—Bien, Arturo, puesto que hacéis memoria de mí, poco importa que sea por el diamante o por la fisonomía. Soy el hombre que encontrasteis en el paso de Calais, y creo no os será desagradable verme en vuestra casa.

—De ninguna suerte —interrumpió Arturo, sonriendo y tendiendo la mano al hombre del paso de Calais—, mi casa y cuanto poseo está a vuestra disposición.

—Gracias, no os molestaré en nada, y antes bien os serviré de mucho. Platiquemos un rato.

—De buena voluntad —contestó Arturo sentándose.

—Decidme, Arturo, ¿no es verdad que pensabais actualmente en el amor?

—En efecto —repuso Arturo algo desconcertado—, pensaba en el amor; pero ya veis que es el pensamiento que domina a los veintidós años.

—Decidme, Arturo, ¿no habéis sentido un malhumor horrible los días anteriores?

—En efecto —contestó Arturo un poco más alarmado— pero también esto es muy natural… cuando el corazón está vacío e indiferente a todo lo que pasa en la vida.

—Decidme, Arturo ¿no es cierto que tenéis en el corazón una ambición desmedida de amor?

—Pero vos adivináis —interrumpió Arturo, levantándose de su asiento.

—Decidme, Arturo, ¿no es cierto que antes de que yo entrara os mirabais al espejo, y pensabais en que vuestra fisonomía juvenil y fresca podría hacer impresión en el corazón de las mujeres?

—Es muy extraño esto —murmuró Arturo, y luego, dirigiéndose al desconocido, le dijo—: ¿Decidme quién sois?

—¿Quién soy?… Nadie. El hombre del paso de Calais. Pasadla bien —continuó, levantándose de la poltrona y dirigiéndose a la puerta—. Nos veremos mañana.

—No, aguardad; aguardad —gritó Arturo—, quiero saber quién sois, y si debo consideraros amigo o enemigo…

—Hasta mañana —murmuró el desconocido, cerrando tras sí la puerta.

Arturo tomó la luz y salió a buscarlo, pero en vano. Ni en la escalera ni en el patio había nada. Todo estaba en silencio y el portero dormía profundamente.

Arturo subió a su cuarto, se desnudó y se metió en su cama. En toda la noche no se pudo borrar de su imaginación el extraño personaje que había adivinado sus más íntimos secretos. Los ojos de ópalo del hombre de Calais y su fistol de diamantes, brillaron toda la noche en la imaginación de Arturo.

Al día siguiente, los primeros rayos de la mañana, que penetraban débilmente por entre los transparentes de las ventanas de Arturo, disiparon las fatales ideas que habían turbado su sueño en la noche.

Ya más tranquilo, tocó una campanilla y ordenó al criado que le trajera una taza de té, y entre tanto tomó de su mesa de noche un tomo de Walter Scott. Se hallaba embebecido en lo más importante de su lectura, cuando sintió que le tocaban suavemente las rodillas; volvió la cabeza y se encontró con el hombre de los ojos de ópalo.

—Me alegro mucho de veros, caballero —dijo Arturo incorporándose en el lecho.

—Ya veis que cumplo exactamente mi palabra.

—Lo veo; pero ¿cómo habéis entrado? La puerta está cerrada y el picaporte no ha hecho ningún ruido.

—Yo entro por las ventanas, por los techos, por las hendiduras. Por donde quiera que puede pasar el aire, por ahí paso yo.

Arturo soltó una carcajada y replicó:

—Caballero, os queréis rodear de un aire tan misterioso y tan fantástico, que no he podido menos de reírme. Dispensad la descortesía y sentaos.

—Estáis dispensado, joven —dijo el desconocido, sentándose en la orilla del lecho—. Decidme ¿no habéis visto toda la noche brillar en la oscuridad de vuestro cuarto mis ojos y el fistol que llevo en el pecho?

—Esto es demasiado —gritó Arturo incorporándose de nuevo y tomando una pistola que se hallaba en su mesa.

El desconocido, sin inmutarse, soltó una carcajada tan irónica que desconcertó enteramente a Arturo.

Éste puso lentamente la pistola en su lugar y con voz tenue prosiguió:

—Caballero, me volvéis loco. Habéis tenido tal atingencia en adivinar mis pensamientos, que si no me decís quién sois os veré con desconfianza.

—Joven, agradeced mi prudencia. Anoche podía yo haberos revelado mi nombre, mi procedencia, mis viajes, mis aventuras, mis designios; pero consideré que la falta de la luz del día y la soledad en que estábamos podía haber influido de una manera fatal en vuestro espíritu.

—¿Y qué quiere decir eso? —preguntó Arturo, mirando atentamente a su interlocutor.

—Quiere decir, que anoche hubierais tenido más miedo que ahora.

Arturo sonrió irónicamente y se dejó caer con desenfado sobre los almohadones.

—¿Queréis saber mi historia, joven?

—No tengo otro deseo, y os escucho. ¿De dónde sois?

El desconocido suspiró dolorosamente y contestó:

—Mi patria era magnífica, espléndida: la desgracia no se conoce en ella; pero hace muchos años que estoy desterrado.

—¡Pobre amigo mío! —exclamó Arturo con un tono de compasión tan natural que los ojos del desconocido se humedecieron; mas inmediatamente se repuso y con tono enérgico dijo:

—¿A qué recordar desgracias pasadas y que no tienen remedio?

—¿Hace muchos años que viajáis?

—Mi oficio es vagar por el mundo, y he recorrido desde los montes Urales hasta los Andes; desde el centro del África hasta el interior de los bosques de Norte América.

—¡Vaya! —interrumpió Arturo sonriendo—, sois entonces el Judío Errante.

—¡Ojalá! —contestó el hombre del paso de Calais—. Pero os haré una advertencia. El Judío Errante vaga continuamente, sin poderse detener jamás; en cuanto a mí, más desgraciado que él bajo otros puntos de vista, tengo una poca de más libertad, pues me detengo donde me parece y me traslado de un punto a otro, según lo exigen mis ocupaciones.

—¿Sois comerciante, o propietario? —preguntó Arturo.

—Os diré mi oficio: donde hay guerra civil, allí me dirijo a envenenar las pasiones, a aumentar los odios y los rencores políticos. Cuando hay batallas, me paseo en medio de los fuegos y de la metralla, inspirando la venganza y la rabia en el corazón de los combatientes. Si se trata de diplomacia, me mezclo en las cuestiones de los gabinetes, y no inspiro más que ideas de maldad, de engaño y de falsía. En cuanto al amor, hago de las mías, y mi mayor placer es mezclarme en intrigas amorosas. Donde veo un matrimonio feliz, arrojo la discordia; a dos amantes jóvenes y candorosos, que se quieren como dos palomas, les inspiro celos, y cambio su idolatría en profundo odio. Las viejas son el instrumento de que me sirvo; ellas siembran chismes y se meten en enderezar entuertos, lo cual es bastante para que todo pase conforme a mis ideas. Ya veis, Arturo; así me divierto a pesar de mis infortunios, así olvido la memoria de una patria donde vivía dichoso como un ángel, y de donde salí para no volver a entrar más en ella.

A medida que Arturo escuchaba al desconocido, su semblante se ponía pálido y desencajado, sus brazos caían como descoyuntados sobre su pecho, y sus miradas, fijas y como petrificadas, no podían apartarse un momento de los ojos de ópalo y del fistol de brillantes del extranjero.

—Parece que no tenéis ganas de platicar ya —dijo éste mirando que Arturo guardaba un profundo silencio.

—Me da miedo tanta maldad; y si considerara que son ciertas vuestras palabras, tendría que deciros que os marchaseis en el acto de mi casa. Decidme quién sois, os lo ruego.

—Arturo, debíais ya haber adivinado mi nombre; pero puesto que tenéis menos talento del que yo pensaba, sabed…

—¡Vaya! —dijo Arturo sonriendo—. ¿Sois un personaje del otro mundo? Tanto mejor; así haréis que yo en lances de amor tenga un éxito sobrenatural.

—Os hablaré seriamente. El mundo es muy diferente de lo que pensáis, y más de una ocasión tendréis motivo de arrepentiros.

—En cuanto a eso, nada me digáis. Yo bien sé que en la vida hay sus pesares; pero vos exageráis. Mas al caso, ¿quién sois? Eso es lo que me interesa saber.

—¡Buena pregunta! —contestó el extranjero, soltando una carcajada, que hizo estremecer a Arturo—. El que causa todos los males del mundo; el que inspira la discordia donde quiera que hay paz; el que lleva a los hombres por un camino de flores donde hay ocultos escorpiones y punzantes abrojos, ¿quién puede ser?

—En efecto, un ser así —contestó Arturo— o es un hombre muy perverso o el mismo diablo.

Arturo, al decir esto, notó que los ojos de ópalo y el fistol relucían de una manera siniestra.

—¿Os deslumbra mi fistol? —dijo el desconocido, sin darse por entendido de las últimas palabras de Arturo.

—Es un rico diamante —repuso Arturo disimulando su emoción—. Pero acabemos de una vez, ¿cuál es vuestro nombre?

—Sois muy imprudente, amigo mío —contestó con voz suave el hombre del paso de Calais.

—¿Por qué?

—Mi nombre no puede pronunciarse sin espanto de los mortales: así es que para no destruir esa secreta simpatía que se ha establecido entre nosotros, vale más no hablar sobre el particular.

—Vamos, habéis querido divertiros conmigo. Ya veo que no soy más que un pobre estudiante. Vos sois un caballero rico, que pasea por todo el mundo y se divierte. Como tengo fortuna, juventud, salud y un corazón bien puesto para el amor y para las aventuras, y quiero ser vuestro compañero ¿cómo debo llamaros en lo sucesivo?

—Llamadme… llamadme como gustéis: Rugiero, por ejemplo. Es el marido de Laura en un drama de Martínez de la Rosa.

»Mas puesto que me aceptáis por compañero, yo os prometo enseñaros el mundo y hacer de vos un hombre de provecho. Mañana hay un famoso baile y os presentaré a más de una hermosa. Preparaos para comenzar vuestras conquistas.

—Según eso ¿tenéis ya muchas amistades en la ciudad?

—¡Oh!, muchísimas. Ya sabéis que los extranjeros tenemos aceptación con las mexicanas, y aunque no se sepa nuestra procedencia ni la madre que nos parió, se nos abren de par en par las casas de más tono. En cuanto a mí, paso por un rico y noble italiano, que viajo por satisfacer mi gusto, y gasto mi dinero por parecerme a los mexicanos. Esto no es del todo mentira: soy noble y rico, y además quiero ser vuestro amigo. Conque mañana a las nueve de la noche vendré a buscaros.

—A las nueve os aguardo.

Arturo tendió la mano a Rugiero y ambos se despidieron como antiguos amigos.

Arturo tomó después una gran taza de té con leche; se recostó en sus mullidos almohadones y durmió de nuevo, arrullado con las más fantásticas y doradas ilusiones.

II. Gran baile en el Teatro de Vergara

Rugiero fue exacto a la cita y Arturo, por su parte, estaba a la hora convenida con su elegantísimo vestido, lleno de perfumes y con los guantes puestos. Ambos amigos se dirigieron al baile.

—¡Bellísimo edificio! —dijo Arturo a Rugiero, al entrar al pórtico del teatro nacional, situado en la ancha calle de Vergara—. ¿Os agrada, Rugiero?

—Hay teatros mejores en Europa.

—¡Oh, indudablemente! Pero no deja de ser orgullo para un mexicano el poseer un teatro tan magnífico.

—¡Oh!, en cuanto al orgullo —respondió Rugiero irónicamente—, ustedes los mexicanos tienen el bastante para no pensar que más valía un buen hospital y una penitenciaría que no el lujo de un teatro rodeado de limosneros y de gentes cubiertas de harapos y de miseria. Pero no os incomodéis, Arturo: el teatro es en efecto magnífico y digno de llamar la atención; y por otra parte, más negocios hago yo en una noche en esta clase de edificios que en todos los hospitales del mundo.

»Venid, Arturo; examinemos lo que nos rodea.

Arturo siguió paseando a voluntad de su compañero.

Las columnas del pórtico estaban adornadas de guirnaldas de laurel; multitud de luces, en vasos de todos colores, serpenteaban graciosamente por las columnas, y formaban en las elegantes cornisas caprichosas figuras, que, agitadas por el viento, ya se encendían y brillaban, o ya un tanto opacas despedían su claridad de una manera indefinible y fantástica. En el patio había distribuidos naranjos, dalias, rosas, claveles, geranios y todo ese conjunto de hermosas y aromáticas flores que crecen en el clima de México al aire libre y sin necesidad de invernáculos. El elegante peristilo y los amplios y decorados patios estaban alfombrados; de los artísticos barandales de fierro pendían lámparas, cuya luz vivísima se reflejaba en los cristales de la cúpula del patio. La luz, el aire impregnado con el aroma de las flores, y la elegancia y gusto con que se hallaba adornado el exterior del edificio, predisponían a recibir esas sensaciones desconocidas de amor y de placeres indefinibles, que sólo puede sentir el alma apasionada y ardiente de los jóvenes.

Arturo seguía a su compañero sin hablarle una palabra. Algo preocupado, comenzaba a sentir ya esa fascinación desconocida que se experimenta en una orgía.

—¿Parece que estáis muy entretenido, Arturo? —dijo Rugiero—. Mirad, mirad —continuó, señalando dos jóvenes hermosas, que con unos vestidos de blonda y de leve crespón celeste y sus blancas espaldas mal veladas con transparentes chales blancos se dirigían al salón, asidas del brazo de un caballero. Estas jóvenes iban dejando una atmósfera impregnada con el perfume del amor y del deleite.

—¿No es verdad —dijo Rugiero a su amigo— que la belleza tiene perfumes; que una mujer se puede comparar a una rosa en su hermosura y en su aroma?

—Es verdad —contestó maquinalmente Arturo, respondiendo a su pensamiento interior.

—¡Mirad! Arturo…

Arturo volvió la vista hacia donde le indicaba su compañero, y casi se rozó con los vestidos de un grupo de jóvenes. Eran tan hermosas como las primeras; la misma fascinación en sus rostros, la misma seducción en sus miradas, la misma gentileza en sus cuerpos esbeltos, la misma elegancia en sus trajes de seda y de terciopelo.

—¡Oh! —exclamó Arturo—, son ángeles, ángeles.

Rugiero soltó una carcajada de burla que hizo estremer a Arturo.

—Entremos, Rugiero; entremos —dijo Arturo, asiéndolo del brazo.

Rugiero y Arturo penetraron al salón. El foro y el patio estaban unidos y tapizados con rica alfombra; los palcos medios velados con transparentes y primorosas cortinas; multitud de quinqués, lámparas y candelabros de cristal pendían del techo, pintado curiosamente. Las columnas relucientes de estuco de los palcos, adornadas con guirnaldas de rosas, sobresalían esbeltas y galanas, sosteniendo este gran salón. Enfrente del foro había una especie de trono con un dosel de terciopelo y seis sillones de damasco de china con franjas doradas.

La orquesta preludiaba una contradanza. Una línea de jóvenes hermosas, vestidas con un arte encantador, sonreían a sus compañeros de baile, que con sus contorsiones, caravanas, movimientos y miradas, se esforzaban en competir en coquetería con sus bellísimas parejas.

Arturo acabó de fascinarse completamente y apartándose con su compañero a un pasadizo, le dijo:

—Rugiero, mi corazón es un volcán; circula fuego por mis venas, mi frente arde. Amo a todas: a todas las veo seductoras y lindas, como los querubines. Quisiera tener un talismán para avasallar estas voluntades para mandar en todos esos corazones que laten altivos y orgullosos debajo de los encajes y el terciopelo.

Rugiero se quitó su fistol de brillantes del pecho y lo colocó en el de Arturo.

—Ve, joven; di tu amor a las hermosas, declárate y conseguirás victorias esta noche. No podrás triunfar de todas, porque el tiempo es corto; pero aprovéchalo.

Al decir estas palabras, Rugiero se confundió y se perdió entre la multitud; y Arturo, confiado en su talismán, salió a la sala a poner en planta sus proyectos. Dirigióse inmediatamente a la joven del vestido de blonda, que tanto llamó su atención, cuando pasó por el vestíbulo cerca de él.

—Señorita, desearía tener la honra de bailar una contradanza con usted.

—Sírvase usted poner su nombre en mi librito de memoria —le contestó sonriendo graciosamente y sacando de su seno una preciosa carterita de marfil.

Arturo escribió su nombre y devolvió la cartera, haciendo una graciosa cortesía y significando a la joven su agradecimiento con una mirada expresiva.

—Es muy bonito el nombre de usted, caballero —dijo la joven recorriendo con la vista la cartera.

—Si fuera tan hermoso como el rostro de usted, no apetecería más en la tierra.

La joven miró a Arturo con interés, y con voz cortada y baja le dijo:

—Usted me favorece.

—¿Conque la quinta contradanza? —preguntó Arturo.

—La quinta es de usted —respondió la joven.

Arturo se retiró satisfecho y no dejó de notar que la joven había dirigido a hurtadillas una mirada a su fistol de brillantes.

—Vaya —dijo Arturo—, la primera a quien me he dirigido, es mía, ya. Sigamos.

Arturo dio un paseo por la sala, examinando cuidadosamente a todas las señoritas, hasta que llamó su atención una joven. Vestía un traje de terciopelo carmesí oscuro, que hacía resaltar los contornos y blancura de su cuello. Su rostro era pálido y, podía decirse, enfermizo; grandes y melancólicos eran sus negros ojos, y su cabello de ébano engastaba su doliente fisonomía. Podía decirse que aquella mujer más pertenecía a la eternidad que al mundo; más a la tumba que al festín y a la orgía; más a los seres aéreos y fabulosos que describen los poetas que a los entes materiales que analizan los sabios.

Arturo se quedó un momento inmóvil y casi sin respiración. La hermosura de la primera joven lo había enajenado; pero la fisonomía doliente y resignada de la segunda lo había interesado sobremanera.

—Señorita —dijo Arturo con voz tímida y respetuosa—, ¿me daría usted el placer de bailar alguna cosa conmigo?

—Caballero, estoy algo indispuesta y me he negado a bailar toda la noche, excepto la primera cuadrilla con un individuo de mi familia; pero bailaré la segunda con usted.

—¡Gracias, señorita! ¡Gracias por tanta deferencia! —contestó Arturo con acento conmovido.

Las señoras que estaban cercanas, sonrieron, y la joven pálida se puso ligeramente encarnada. En cuanto a nuestro paladín, las miró con desprecio y dio la vuelta, satisfecho de los prodigios que obraba su talismán. Arturo recorrió dos o tres veces la sala; mas no hallando otra joven que le interesara, se resolvió a esperar la vez en que le tocara bailar con sus dos compañeras.

Rugiero le tocó el hombro y le dijo:

—Parece que hacéis muchos progresos. Dos jóvenes, las más lindas que hay en esta sala, se han comprometido a bailar con vos. Cuidado con el corazón.

Arturo volvió sorprendido la vista para indagar de qué modo su amigo había sabido tal cosa; mas oyendo preludiar la quinta contradanza, de un salto se puso en medio de la sala y comenzó a buscar a su compañera.

—Encontré a usted por fin, señorita —dijo Arturo mirándola y tendiéndole la mano—. Las hermosuras aun en medio de un baile son como las perlas; se necesita buscarlas cuidadosamente.

—Riéndome estaba —contestó la joven con desenfado y levantándose de su asiento— de ver cómo ha pasado usted tres ocasiones delante de mí sin verme.

—¿Es posible?

—Y muy posible, y además, la fisonomía de usted expresaba una ansiedad grande; de suerte que si no me hubiera usted encontrado…

—Probablemente habría tenido un malísimo humor el resto de la noche —interrumpió Arturo, oprimiendo suavemente los dos deditos torneados que su compañera le había dado, según es de etiqueta en los bailes de tono.

—¿Es posible? —preguntó la joven, dejando asomar una graciosa e irónica sonrisa.

Arturo quedó tan encantado de ver una línea de dientes blancos y pequeños, que aparecían entre dos labios frescos y suaves como las hojillas de una rosa, que no pudo responder y sólo fijó atentamente los ojos en su compañera.

Ésta se quedó mirándolo también y tuvo que taparse la boca con su abanico para no soltar la carcajada.

Arturo se puso rojo como una amapola y dijo entre sí:

—Soy un completo animal en esto de amores.

La joven, como si hubiera penetrado su pensamiento interior, le preguntó con tono indiferente:

—¿Ha traído usted su esposa al baile?

—No soy casado, señorita.

—En verdad, soy una tonta —contestó la joven— en hacer tal pregunta. Tiene usted muy poca edad y probablemente lo que hará ahora será decir palabras de amor a tres o cuatro a un tiempo. ¿Mas tendrá usted hermanas?

—Tengo padre y madre.

—Es una fortuna; yo tengo madre solamente. A mi padre lo perdí siendo muy niña. —Al decir esto, la joven inclinó la cabeza con profundo desconsuelo y dio a su fisonomía un aire tan compungido, que Arturo estrechando de nuevo los preciosos deditos que había tenido buen cuidado de no abandonar, le dijo con voz tierna:

—¿A qué recordar en una noche de placer y de alegría estas cosas tan tristes?

—¡Atención! ¡Atención! ¡A una! —gritó un viejo elegante, que hacía oficio de bastonero.

La música comenzó, y a compás rompieron el baile todas las parejas. Era una cosa que tenía algo de mágico ver moverse en graciosos giros todas estas criaturas, con sus espaldas y cuellos blancos, sus hermosas cabezas adornadas con diamantes y perlas, sus fisonomías encendidas; el respirar la atmósfera balsámica que brotaba de aquellos grupos; el percibir de vez en cuando los pies pequeños y pulidos, que ligeros apenas tocaban las flores de la alfombra; el adivinar acaso otros hechizos que apenas descubrían los trajes de seda al volar airosos como los celajes de oro y nácar que vagan en el azul de los cielos. ¡Oh!, un baile es en efecto espectáculo en que los hombres y las mujeres pierden la cabeza y a veces el corazón.

Luego que la contradanza comenzó, la fisonomía de la joven volvió a su habitual alegría, y tomando a su compañero se lanzó entusiasmada a bailar entre los mil grupos.

Cuando Arturo enlazó la flexible y graciosa cintura de su compañera; cuando su mano sintió el calor de la pulida y suave mano de la joven; cuando, en fin, respiró el mismo aliento que ella, y procuraba beber su respiración y el fuego de sus ojos, sintió que su corazón golpeaba violentamente dentro de su pecho, y que un vértigo le acometía; algunas gotas de sudor frío corrieron por su frente y su mano temblorosa oprimía la de su compañera.

Ésta, preocupada con el baile, sólo notó que Arturo había perdido el compás, y con voz dulce le dijo:

—Parece que no os agrado mucho para compañera; estáis distraído y hemos perdido el compás.

—¡Ah! —exclamó Arturo, saliendo con estas palabras de su enajenamiento—, lo que tengo es que os adoro, que os amo, que sois mi vida.

—Apoyaos un poco en mi cintura para tomar bien el paso —interrumpió la joven, sin darse por entendida de las palabras de Arturo.

Éste, obedeciendo a la insinuación de su compañera, tomó perfectamente el paso; y como era diestro en el baile, volaba materialmente en unión de la joven.

—¿Está bien el paso señorita?

—Perfectamente.

—Dejadme ahora que os diga que sois mi tesoro, mi amor. ¡Oh!, quisiera que la muerte me sorprendiera…

—¡Oh!, pues yo no, mucho mejor es bailar y vivir.

—Esa indiferencia me mata, decidme una sola palabra de consuelo.

La joven, enajenada completamente con el baile, o no escuchaba o fingía no escuchar los requiebros del fogoso amante, y seguía girando rápida y fantástica como una sílfide. Como había acabado de subir la contradanza, Arturo y su compañera quedaron de pie en la cabecera, y pudieron con más tranquilidad continuar su diálogo.

—Señorita —volvió a decirle Arturo, con la voz sofocada por el ejercicio y por la pasión— ¿tendrá usted la bondad de decirme cuál es el nombre de usted?

—Aurora, caballero.

—¡Aurora! —exclamó Arturo— ¡Aurora!, ¡oh!, es un nombre poético, bellísimo; en efecto, ¡ninguno podía convenir mejor a una criatura tan linda como una diosa!

—¿De veras? —interrumpió Aurora, con una sonrisa medio burlona.

—Positivamente —contestó Arturo poniendo una cara tan sentimental, cuanto se lo permitía la agitación del baile.

—Crea usted que en este momento soy feliz…

—¿Será posible? —interrumpió Arturo enajenado, oprimiendo dulcemente la cintura de su compañera.

—Positivamente —respondió Aurora— el baile es para mí una pasión. Cuando bailo, no me acuerdo ni del amor, ni de la desgracia, ni de nada más que de que existo en una atmósfera diferente de la que respiro habitualmente. Cada vuelta, cada giro del baile, me causa una sensación agradable; la música produce una armonía deliciosa en mis oídos; y en este momento, repito, el compañero que tengo a mi lado es sólo un instrumento necesario para mi diversión.

Arturo no contestó: el entusiasmo y aun el calor del baile se le aplacaron, como si hubiera recibido un baño de agua helada.

—Esta mujer es original —dijo entre sí—. Con la mayor frescura me ha declarado que sólo soy un instrumento para la diversión. ¡Y este Rugiero que me dijo que conseguiría triunfos y victorias! ¡Maldita suerte!

—Estáis muy pensativo, ¿os ha fatigado el baile? —le dijo Aurora con una voz suave y dirigiéndole una mirada expresiva.

Esta muestra de cariño disipó inmediatamente el mal humor de Arturo y con el mismo tono de voz, respondió:

—Estoy, en efecto, algo fatigado, no del baile, sino de haberos hablado de mi pasión sin haber recibido de vos respuesta alguna.

—¿Qué queréis? —interrumpió Aurora—, el baile me enajena; y por otra parte, me parece cosa muy rara que acabándome de conocer me habléis con ese calor y me tengáis un amor tan vehemente.

—¿Y lo dudáis, Aurora?

—Por supuesto que sí. He bailado esta noche con más de seis jóvenes, y todos me han dicho una cosa idéntica; y a fe que no les he dado más crédito que a vos; pero aguardad, se me ha desatado una cáliga y esto me impide seguir bailando. Sentémonos.

III. Una cáliga y un desafío

Arturo, obsequiando la insinuación de su compañera, la condujo inmediatamente y con la mayor delicadeza a un asiento, y encontrándose otro vacío, tuvo, como se deja suponer, el cuidado de sentarse junto a ella para continuar, si posible era, la amorosa conversación que tantas interrupciones había sufrido.

Antes de seguir dando cuenta de ella, y mientras que nuestra joven se sienta como una reina, dando vuelo a su vestido, tomando un ligero y blanco chal para cubrir su cuello y espaldas ardientes, despliega su abanico para echarse viento, con la gracia y donaire propio de las mexicanas, daremos algunas pinceladas, que si no tracen su retrato, al menos den una idea de la gentil Aurora.

No cumplía diecisiete años. Su talle, flexible y airoso como una palma, no carecía de robustez y desarrollo, sin que perjudicara a su gracia y soltura. Cada movimiento de su cuerpo era diverso; cada cambio en su postura era una nueva gracia que podría descubrir el más indiferente observador. Su pie, calzado con un zapato blanco, era defectuoso de puro pequeño, y en los giros y revueltas del baile, era delicioso percibir entre los encajes y bordados del vestido interior, una pierna delicada, redonda sin ser gruesa, y cubierta de una media finísima y transparente en las partes que ostentaba su rico calado.

En cuanto al rostro de Aurora, no era lo que puede llamarse una miniatura, pero ¡cuánta gracia cuando abría sus labios para sonreír! ¡Cuánta expresión cuando sus ojos húmedos y alegres, expresaban algún deseo! ¡Qué preciosa cabeza con un cabello fino y castaño, peinada con arte y sin más adorno que un ligero marabú y una cadenita de diamantes entretejida en sus trenzas, recogidas en la parte superior, dejando volar y como moverse sobre su blando cuello, juguetonas y finísimas mechas locas! El cutis de Aurora no era blanco de alabastro, que es tan raro en los climas tropicales, sino de ese color que los pisaverdes llaman apiñonado y que es el mismo que el inmortal Murillo dio a las figuras de sus mejores cuadros.

Ligera en sus movimientos, pronta y aguda en sus palabras, alegre, brillante como un colibrí, con la sonrisa en los labios, con la alegría y el amor en los ojos, Aurora era una sílfide, una de esas pequeñas magas traviesas que recorren los palacios orientales en los cuentos de las Mil y una Noches, y que vuelan por los cielos de oro y de zafir del Edén de los mahometanos. Aurora parecía positivamente un sueño, una ilusión, y no una mujer material. Era necesario limpiarse los ojos, verla y volverla a ver, para cerciorarse de su existencia.

Ya podremos figurarnos cuánto amor, cuántos deseos, cuántas emociones despertaría Aurora en el alma de su compañero de baile.

Cuando Aurora se sentó, restregaba con disimulo en su mano el listón que había arrancado de su calzado. Después con desenfado lo dejó caer.

Todo el mundo sabe de cuánta importancia es para un amante una cáliga, un rizo de pelo, la cosa más insignificante que pertenece a la mujer que ama. Arturo alzó el trozo de listón, lo acercó a sus labios y lo guardó en la bolsa de su chaleco.

—¿Qué hace usted? —le dijo Aurora— van a observarnos.

—Beso el listón que ha tirado usted y que ha ligado su primoroso pie.

—Basta ya —le dijo Aurora, dando un aire increíble de seriedad a su fisonomía— he permitido a usted durante el baile que me diga flores, porque ésa es la costumbre de todos los hombres, pero ya toma usted la cosa con demasiado calor y es menester terminar. Devuélvame usted mi listón o tírelo, que al fin no pasa de una cosa bastante despreciable.

Arturo, que no aguardaba tal reprimenda de parte de Aurora, quedó un momento como petrificado; mas recobrando poco a poco su sangre fría, le contestó con dignidad:

—Señorita, si usted interpreta mis palabras como una falta de educación, desde luego me arrepiento de haberlas pronunciado y doy a usted la más humilde satisfacción; pero ya que hemos entrado a un tono serio, le repetiré que lo que he dicho, sin ser escuchado, me lo ha dictado el corazón. No tengo, en verdad, derecho de ser creído, ni menos de ser amado; pero ¿me permitirá usted que la vea alguna vez después de esta noche? ¿Será usted tan cruel, que la primera ocasión que nos vemos, me deje la dolorosa idea de que la he disgustado? No son palabras de amor las que dirijo a usted; es una satisfacción la que le doy, y no quedaré contento si usted no me asegura al menos su amistad.

—No vale la pena lo que ha pasado para estar disgustada —contestó Aurora con su ligereza habitual y dando a su fisonomía su aire risueño—, pero luego ustedes mismos, después que se divierten con las pobres mujeres, las llaman frívolas y coquetas.

—¡Oh!, jamás diré eso de usted, Aurora.

—¿Y por qué no? Al menos las apariencias me condenarán. No amo a nadie; gusto del baile y de la broma; mi edad, aunque no mi figura, me rodea de jóvenes; a todos hablo, con todos río, con todos bailo… Vea usted, justamente aquí viene a sacarme para las Cuadrillas el señor Eduardo H…

Aurora se levantó de su asiento y dio la mano al nuevo compañero; pero antes se inclinó coquetamente casi al oído de Arturo y le dijo:

—Tire usted esa cáliga.

—Jamás se separará de mi corazón —contestó Arturo en voz baja.

Aurora sonrió; su compañero la dijo:

—¿Tenemos nueva conquista, Aurora?

—¡Oh!, ya sabe usted que diariamente hago un docena. ¿Estará usted celoso?

—Y mucho —le dijo el nuevo galán.

—Bailemos, bailemos —le dijo Aurora, sin hacer caso de las últimas palabras de su compañero.

Arturo siguió con los ojos a la hermosa Aurora, y cuando se confundió entre la gente que ocupaba el centro del salón, se levantó de su asiento y con un mal humor visible se salió a una de las galerías, encendió un habano y, cabizbajo, comenzó a pasear sumergido en profundas cavilaciones. Arturo, a lo que creía, estaba apasionado locamente de Aurora.

Llevaba un buen rato de pasearse cuando advirtió, a pesar de su distracción, que un joven de negros bigotes y perilla, tez morena, ojuelos chicos pero negros y vivarachos, y que vestía el uniforme de la caballería ligera de línea, y llevaba en sus hombros las divisas de capitán, seguía su misma dirección y en cada vuelta procuraba detenerlo y rozarse con él.

Arturo levantó los ojos y miró resueltamente al capitán de caballería.

Éste, por su parte, puso una mano en la cintura mientras con la otra jugaba con las borlillas de su cinturón, y con aire burlón y una maligna sonrisa, se puso a su vez a mirar a Arturo.

—¡Vaya! —dijo Arturo a media voz—, es un fatuo. —Volvióle las espaldas y continuó su paseo.

—¡Vaya! —dijo el capitán, también a media voz—, es un cobarde. —Volvióle las espaldas y continuó su paseo.

A la siguiente vez volvieron a encontrarse y se arrojaron ambos una mirada terrible.

Esto se repitió dos veces. A la cuarta, Arturo había ya perdido la paciencia y se resolvió a tener una explicación con el singular capitán.

—Parece, capitán —le dijo Arturo—, que mi presencia le incomoda a usted, y como a mí me sucede otro tanto, sería bueno que uno de los dos despejara…

—En ese caso, haré que despeje usted, no sólo la galería, sino el edificio, pues toda la noche me ha estado usted incomodando y no deseo sufrir más.

—Desearía ver —le replicó Arturo sonriendo a su vez irónicamente— cómo despeja usted la galería y el edificio.

—De esta manera —gritó el capitán colérico e intentando asir a nuestro joven por el cuello de la casaca.

—¡Silencio! —le dijo Arturo enseñándole el cañón de una pistola—, si se atreve usted a tocarme, le vuelo la tapa de los sesos.

El capitán se detuvo.

Arturo prosiguió:

—He venido prevenido ¿no es verdad? Ya sabía yo que hay en México mucha canalla que deshonra las divisas militares que porta…

—¿Es un insulto dirigido a mí, caballero? —dijo el capitán, pálido y tembloroso de cólera.

—Como usted guste.

—Muy bien. En ese caso es menester que nos veamos.

—¿Cuándo?

—Mañana.

—¿A qué hora?

—A las seis de la tarde.

—¿Dónde?

—En el bosque de Chapultepec.

—¿En un paraje público?

—De allí iremos a otro.

—Corriente.

—Corriente.

El capitán se marchaba; pero Arturo lo tomó del brazo y lo llevó a un lugar más apartado, pues algunos curiosos comenzaron a observar.

—Estoy dispuesto a todo lo que usted quiera, capitán, pero deseo saber qué motivo ha tenido usted para provocarme, pues no puedo concebir en usted tan poca educación.

—En efecto —replicó el capitán con desenfado—, el modo ha sido brusco; pero cuando se detesta a una gente, todos los medios son buenos, y yo detesto a usted con toda mi alma.

—Sea enhorabuena, y por mi parte está usted desde ahora correspondido; pero deseo al menos saber el motivo de ese odio.

—En dos palabras se lo diré a usted.

—Hable usted.

—Estoy enamorado locamente de esa joven con quien ha bailado usted, con quien ha platicado toda la noche. He visto que ha guardado usted un listón de su cáliga; en fin, caballero, quiero la sangre de usted, su vida; así es, un desafíe a muerte.

—Muy bien, capitán —dijo Arturo con alegría, estrechándole la mano—. Estoy contento con usted; me gustan los hombres de un carácter resuelto. ¿Qué armas?

—No deseo que este desafío sea una farsa, como sucede siempre en México; así, yo llevaré mi espada y usted la suya. En cuanto a padrinos, será menester excusarlos, combatiremos solos.

—Perfectamente —dijo Arturo—, por mi parte no habrá farsa. Me he educado en Inglaterra y allí los hombres que se desafían se matan.

—Mañana a las seis, en los arcos de Chapultepec.

—No faltaré —respondió Arturo.

Convenidos así, el capitán salió del vestíbulo del teatro y Arturo entró en el salón, acordándose de que tenía su palabra comprometida para bailar con la otra señorita de quien hemos hablado.

Al entrar al salón, Aurora que salía casi tropezó con Arturo, y acercándose a su oído le dijo:

—Todo lo sé, y si me ama usted, no comprometa un lance. El capitán Manuel es un calavera, pero mañana a las seis habrá cambiado de humor.

Arturo sorprendido de que Aurora estuviese enterada de todo, le preguntó:

—Pero, Aurora ¿quién ha podido imponer a usted de una conversación que yo creo no ha escuchado nadie?

—Rugiero, su amigo de usted.

Al oír este nombre, Arturo se puso pensativo, pero Aurora se quitó una flor que tenía prendida en el vestido y con una sonrisa amorosa, le dijo:

—Vamos, Arturo, tenga usted un recuerdo mío, pero obedézcame. Fío en usted. Adiós.

Aurora desapareció entre la multitud, en compañía de un vejete prendido y almibarado, como un Adonis, y que prudentemente se había hecho a un lado mientras pasaba el corto diálogo que acabamos de referir.

IV. Fin de un baile

La cuadrilla que tocaba a nuestro joven bailar con la segunda compañera, comenzaba a preludiarse por la música; así es que aquél recorrió el salón para buscar a su pareja, y la encontró efectivamente en su asiento, con el mismo aire triste y doliente.

Arturo, sin decirla una sola palabra, le tendió la mano. La joven, haciendo un esfuerzo, se levantó de su asiento, exhalando un ligero quejido y presentó a su compañero una manecita blanca como alabastro.

—Parece que sufre usted algo, señorita —le preguntó Arturo con interés.

—Continuamente —le contestó con una voz tenue, pero del más dulce y apacible sonido.

—Si no fuera indiscreción, podría preguntar a usted ¿qué mal es el que tiene?

—El pecho me hace sufrir algunas veces; los médicos me curan diariamente, pero jamás me alivian.

La joven suspiró; al suspiro siguió una tos suave también, como el acento de su voz.

Arturo llevó a su compañera al lugar correspondiente, y mientras que se organizaban las cuadrillas pudo contemplarla más despacio.

Tendría veintidós años, su cutis era blanco, limpio y pulido como el de las cabezas de mármol de los antiguos maestros italianos. Sus labios un poco pálidos y sombreados por un leve bozo; sus grandes y rasgados ojos negros estaban llenos de sentimiento y de melancolía, y su cabello, como el ébano, daba más realce a su rostro. En la voz, en los movimientos de esta mujer había un no sé qué de misterioso que interesaba sobremanera. Arturo olvidó en aquel momento a Aurora, y sólo pensaba en contemplar aquella figura que formaba un contraste con la alegría y entusiasmo que reinaba en la concurrencia que había en la sala.

Las cuadrillas comenzaron. Arturo sintió que la mano de su compañera estaba helada y temblorosa.

—Si sufre usted, nos sentaremos, señorita —le dijo.

—El baile me distrae un poco, y ahora estoy mejor.

En cuanto la ocasión lo permitió, Arturo se atrevió a entablar de nuevo la conversación con la joven.

—Sus males de usted me afligen sobremanera, porque tan joven, tan hermosa como es usted, debe sufrir mucho al verse así… desgraciada.

La joven suspiró profundamente.

—Señorita, el interés que usted me inspira me mueve a preguntar a usted su nombre.

—Teresa, servidora de usted.

—Gracias, señorita. Desearía ser a usted útil en algo.

—Mil gracias —respondió a su vez Teresa—, ¿quién podrá decir que no necesita de otro? —continuó—. Y además, la finura y la educación de usted lo recomiendan.

Arturo estaba encantado. Las cuadrillas se acabaron; pero un cierto temor anudaba las palabras de Arturo en la garganta y no pudo decirle más que frases comunes; así es que sólo sacó una tarjeta de la bolsa y la ofreció a Teresa.

Esta costumbre usada en Europa, pareció a Arturo que debía generalizarla. Teresa se alarmó al principio, mas viendo que la tarjeta sólo contenía el nombre impreso, la guardó dando las gracias a Arturo y despidiéndolo con una triste sonrisa.

Habían ya dado las doce de la noche. El telón se alzó y apareció una espaciosa mesa de más de cien cubiertos, toda llena de vasos exquisitos de cristal y de jarrones de porcelana, llenos de ramos de flores, cuyo olor se mezclaba con el de los perfumes de las damas y el de los generosos vinos.

Los caballeros tomaron a las señoritas del brazo para conducirlas a la mesa. Arturo, desolado, buscaba a Aurora, pero no tardó en saber que se había marchado. Acordóse entonces de Rugiero, y habiéndole encontrado, se colocaron en un lugar a propósito para poder ver pasar a todas las parejas que se dirigían a la mesa.

—¡Cáspita! —dijo Arturo a Rugiero—. Este capitán tiene tino para enamorarse de las mismas mujeres que yo. Ved.

En efecto, el capitán Manuel daba el brazo a Teresa, y ambos platicaban con el mayor interés.

—Es una historia de niños, que más tarde sabréis, amigo mío —le dijo Rugiero— por ahora veamos.

—Al fin, mañana a las seis, combatiré con el capitán —contestó Arturo— y me las pagará todas juntas.

—¡Bravo! —interrumpió Rugiero— hemos comenzado perfectamente: una flor en el frac y un desafío. Seré vuestro padrino.

—No, el capitán no quiere padrinos.

—Os asesinará entonces.

—¡Bah! —dijo Arturo con desprecio y frunciendo los labios— he aprendido la esgrima en Londres, mejor que las matemáticas, y… Pero ahora que recuerdo ¿cómo escuchasteis nuestra conversación, que Aurora…?

—Estaba detrás de la cortina, pues ustedes discutían cerca de la puerta, y sin querer lo oí todo.

—¿Mas por qué razón lo dijisteis a la muchacha?

—¡Bah! ¡Sois muy tonto!; un desafío es un motivo para hacerse interesante con cualquiera mujer de estas que concurren a los bailes, a los teatros y a los banquetes.

—Tenéis razón, Rugiero; sois mi maestro y os estoy muy agradecido —dijo Arturo estrechándole la mano.

La mesa presentaba un aspecto encantador. Escuchábanse mil palabras confusas, cortadas, confundidas con el ruido de los cubiertos, con el estrépito del hirviente champaña que de las brillantes copas de cristal pasaba a los labios de rosa de las jóvenes. Mil manos blancas y redondas aparecían en movimiento; mil rostros, encendidos con el placer, se descubrían de uno y otro lado en la espaciosa línea que presentaba la mesa y que terminaba en un medio punto para volver a extenderse en una doble dirección paralela, hasta donde lo permitía el salón que estaba formado en el foro y adornado con cortinajes transparentes y vistosos.

Arturo y su compañero dieron una vuelta al derredor de la mesa, tropezando con los mozos que traían los pavos, los vinos y las gelatinas, con no poca dificultad.

Arturo notó a Teresa un poco más triste y pensativa; dos jóvenes le obsequiaban; pero ella rehusaba sus atenciones, con una fría política. El capitán Manuel no estaba allí.

—Es singular esta mujer —pensó Arturo— y debe ser muy desgraciada.

—Las señoras mexicanas son demasiado modestas y sobrias —dijo Rugiero—, comen poco y casi nada beben; pero en cambio…

—¿Pero en cambio, qué? —interrogó Arturo amoscado.

—En cambio —contestó Rugiero con calma— hieren sin consideración los corazones de los jóvenes.

Arturo sonrió, sin dejar de observar a la interesante Teresa.

La mesa concluyó pronto, pues en los grandes bailes de México se ponen más bien por lujo; y las señoras por ceremonia toman algo de los manjares y apenas acercan a sus labios las copas de vino. No sucede así con los hombres, pues algunos se arrojan con un furor bélico a los platos, después que se han retirado las señoras; y hay quienes tienen la sangre fría necesaria para guardarse un pavo en el faldón de su casaca y llenar su sombrero de pastillas y dulces.

Así que sólo quedaron los tristes despojos de la mesa, y así que terminó la sangrienta batalla que trabaron los concurrentes con los inocentes pavos y los durísimos jamones, la sala se volvió a animar con la concurrencia. Los músicos, con el vapor del champaña, soplaban con más vigor en los instrumentos; y algunos pisaverdes y militares de dorados uniformes, cuyo estómago se hallaba satisfecho, abandonaron su fingido aire de gravedad y tomaron el tono amable y jovial, propio del carácter mexicano; y que, en honor de la verdad, se debe confesar que por lo general no degenera en grosería o liviandad.

Arturo bailó con dos o tres jovencitas, a las cuales no dejó de echar sus flores, que fueron recogidas con agrado; pero no interesándole ya ninguna, pues Aurora y Teresa se habían marchado, se sentó en una silla colocada en un rincón, a donde a poco fue a reunírsele Rugiero.

—¡Vaya!, decidme francamente —le dijo Rugiero— ¿qué tal os ha ido en el baile?

—Francamente… mal —contestó Arturo—. Deseos irrealizables, celos, tormentos amorosos, fatigas, desaires, esto no puede llamarse diversión sino martirio.

Rugiero sonrió irónicamente y dijo:

—Éste es el mundo, Arturo; y mientras más andéis en él, más delicias tendréis… semejantes a las de esta noche, supongo. Pero dejemos eso, y contentaos con besar vuestra rosa, a falta de otra cosa mejor.

Arturo, con la obediencia de un niño de la escuela, besó dos o tres veces la rosa, y la volvió a colocar en el ojal de su casaca.

Rugiero rio maliciosamente y, acercándose más al joven, le comenzó a hablar en voz baja.

—¡Qué locos y miserables son los hombres! —dijo—. El que se considera con más experiencia, no es más que un niño. Creedme, Arturo; en el mundo se necesita descargarse de ese fardo que se llama conciencia: una vez conseguido esto, se abre al hombre una carrera de gloria, de amor, de honores, de distinciones y de riquezas. ¿Veis aquel hombre que se pasea orgulloso y erguido, y a quien una multitud de fatuos y de pisaverdes siguen y colman de atenciones? Pues su fortuna la ha conseguido especulando con la sangre de los infelices; adulando a los ministros; haciendo oficios rastreros y bajos, al lado de los grandes personajes. Si alguna infeliz vieja entra en su casa, el portero la arroja de la escalera; los perros la muerden; los lacayos la burlan, y nuestro hombre, sin dolerse de su miseria, le dice con voz insultante: «No tengo; váyase usted de mi casa.»

»Este hombre va en seguida y se arrastra, como un reptil, con los que necesita; pero todo esto no importa, él ha conseguido su fin: tiene carrozas, caballos, criados, palco en el teatro, y es lo bastante para que toda esta sociedad, que no quiere más que el aparato y las exterioridades, y que desprecia altamente las virtudes privadas, lo honre, lo admita en su seno y lo colme de distinciones. Cualquiera de los miserables que andan con los grillos al pie, en medio de las filas de soldados, tiene menos delitos que este hombre; pero… así es el mundo, y así es la vida. Como este hombre hay más de una docena en la sala.

»Mirad aquel viejo general lleno de bordados y de fatuidad: cualquiera diría que es uno de esos valientes que rodeaban a Napoleón en los tiempos de su gloria. Pues en las pocas acciones, donde la casualidad lo ha colocado, siempre ha quedado a retaguardia; porque en él la prudencia se ha sobrepuesto siempre al valor; y sus ascensos los ha conseguido especulando, en nombre del pueblo y de la libertad, con las discordias civiles. Esto le ha valido una reputación colosal, y ha sido honrado, confiándole puestos en el Estado, que debían estar reservados a la virtud y a la honradez. Pero así es el mundo y así es la vida.

»¿Veis aquel viejo? Sus dientes han caído y están sustituidos por el dentista; su cabello ha emblanquecido, pero está reformado por un maravilloso específico, y su cuerpo acaso está en lo interior lleno de vendajes y medicinas, pues lo único que sobrevive en este hombre, a quien va abandonando la carne, es la avaricia y el amor físico. Es magistrado, a él le están confiados los santos derechos de la justicia, que los tribunales deben administrar; pero lejos de amparar al huérfano, a la doncella o al desvalido, lo que hace es dejar al huérfano sin tener qué comer, seducir a la doncella y mandar al diablo al desvalido. Sin embargo, no hay cargo público que no se le confíe; no hay familia que no le entregue sus tiernas hijas; no hay gobierno que no le consulte los puntos más graves de la administración. No os canséis, Arturo, jamás habrá entre los mexicanos una felicidad duradera mientras los escándalos y la inmoralidad se toleren desde el camino real hasta el ministerio, desde el palacio de gobierno, hasta el centro del hogar doméstico.

»Pero ved otra cosa digna de atención. Esta gran señora que pasa ahora junto a nosotros, llena de perlas y diamantes, es una historia entera de escándalo y de maldad. La soga de diamantes se los ha regalado un exconde… los aretes un rico comerciante; todos los días muda amantes como trajes; el marido tiene todas las noches una inocente tertulia de tresillo que le produce para mantener el coche y el palco, y la hija acompaña a la madre a todas las orgías y los paseos al campo. ¿Qué queda, pues, de una mujer, cuando desnuda de toda belleza, lleno su rostro de arrugas y marchita por los años, se ven las viciadas inclinaciones de su alma?

»¿Creéis, Arturo, que entre todas estas mujeres que bailan y que se hallan como ebrias con el placer y el deleite, se puede sacar una inocente esposa, una buena madre de familia?

»¿Creéis que los que han dado este baile aman a ese gran magnate, que tiene como sujetos a un hechizo a ocho millones de habitantes? La adulación y el interés son los únicos sentimientos que dominan en estos hombres, y cada uno calcula que los mil pesos que ha gastado, le producirán veinte o treinta mil.

»¿Creéis que esos diplomáticos de bordados uniformes y cruces en el pecho, que se pasean del brazo con los generales, aman al país y están interesados en su prosperidad? Pues nada de eso; en el fondo de su alma detestan a los mexicanos y, sin acordarse de la infancia de sus pueblos y de los errores de sus revoluciones, pintan al país como si fuese habitado por salvajes y asesinos.

»Y esas mujeres que veis que se abrazan, que se dan al despedirse amorosos besos en las mejillas ¿creéis que se aman? Pues se detestan cordialmente; el peinado, el traje, el calzado, es entre las mujeres un motivo de odio y de envidia, como lo es entre los hombres el talento, el dinero o los empleos.

»Nunca hay más enemistad entre la sociedad que cuando, como ahora, espléndida y brillante, se reúne al parecer para divertirse, pero en realidad para especular y aborrecerse…»

Arturo permanecía pensativo, y estas palabras de Rugiero parecía que le quitaban una venda de los ojos, y que una por una iban deshojándose todas las flores de su corazón. En su enajenamiento le parecía que las luces se opacaban; que la belleza de las mujeres se desvanecía; que los hombres aparecían armados de puñales y prontos a despedazarse; que los graciosos giros del valse eran una danza fantástica e infernal; y que la música, al exhalar sus armonías dulces, tenía un tono que desgarraba el corazón. Cuando volvió la vista se encontró con los ojos de ópalo de Rugiero, y un ligero calofrío recorrió todo su cuerpo.

Rugiero se puso en pie y lentamente salió de la sala. Arturo no pudo hablar una palabra y permaneció todavía un gran rato sumergido en profundas cavilaciones.

V. La pobre familia

Mientras que la música, el amor y el regocijo habían reinado en lo interior del espléndido salón del teatro, la tempestad y los relámpagos habían surcado el cielo, y la lluvia había casi anegado las calles de la ciudad. Cuando Arturo salió del baile, los primeros rayos del sol comenzaban a disipar los negros nubarrones que durante la noche habían reposado sobre los edificios. El azul de las montañas con que termina la vista de las hermosas y rectas calles de México, estaba limpio y brillante, y por la cima de las mismas montañas asomaban los rayos de la luz nacarada de la aurora, que teñía de oro y de gualda las nubes que iban alejándose precipitadamente.

Las calles estaban mojadas, el viento húmedo y penetrante; muchas de las casas cerradas y silenciosas. Se veía una que otra anciana que salía de la puerta de su casa, o los criados y artesanos que, envueltos en sus largos sarapes, se dirigían a sus quehaceres. Se escuchaba el sonido de dos o tres campanas, que llamaban a misa, y a este sonido pausado y religioso se unía sólo el mugido de las vacas, que se ordeñan todos los días en las plazas de la ciudad.

El silencio, el frío, las misteriosas campanas que llamaban a los fieles a la oración de la mañana, el cansancio y la irritación febril que produce una noche de orgía, hicieron nacer en el alma de Arturo otro género de ideas. Al salir por las gradas del vestíbulo se desvaneció el prestigio y la fascinación que se apoderaron de él pocas horas antes, cuando entró por ese mismo vestíbulo iluminado con luces de colores y embalsamado por los aromas de las flores. Además, las últimas palabras de Rugiero lo habían desencantado de tal manera, que apenas hacía una noche que había entrado en el torbellino del mundo y sentía ya cansancio y fatiga.

—¡Miserable farsa! ¡Infame comedia la que se representa diariamente en la sociedad! —dijo entre sí y estregando con cólera la flor que Aurora le había dado, y que tenía prendida en su casaca—. Si esta mujer —continuó echando a andar maquinalmente por la calle— me amara, sería el hombre más feliz de la tierra; pero es ligera, frívola… y hermosa como un ángel, por mi desgracia.

Arturo, como arrepentido, comenzó a componer cuidadosamente las hojillas de la rosa que hacía un instante había maltratado.

—Y al fin de una maldecida diversión de éstas, ¿qué otra cosa queda sino hiel en el corazón y cansancio en el cuerpo? ¿Qué hace un joven apasionado de una mujer que ríe y que baila y que se vuelve una loca, sin hacer caso de otra cosa? Pero ¿y la flor y sus sonrisas… y el desafío? Ahora me pesa este compromiso; combatir y matar a un hombre por un insignificante pedazo de listón, es horroroso.

Arturo sacó el trozo de cáliga; lo miró un momento y lo acercó a sus labios.

—¡Oh!, el pie que ha ligado este listón es divino. Aurora me ama, no hay remedio o, mejor dicho, yo la adoro como un insensato. Sí, combatiré con el capitán, me fastidia, lo aborrezco con toda mi alma. Si le mato, me fugaré; me iré a Europa de nuevo. Si él me mata… mejor… la vida me es odiosa. Pero dejemos estas ideas tristes, lo que me importa ahora es dormir, y de aquí a la tarde hay diez horas de tiempo.

Iba distraído Arturo con los pensamientos tumultuosos y encontrados que agitaban su mente, que no advirtió que se había desviado del rumbo de su casa; y tal vez hubiera vagado por toda la ciudad si, al voltear una esquina, no lo hubiera sacado de su enajenamiento una voz tímida y temblorosa que dijo:

—¡Señor, una limosna!

Arturo volvió la cara y se encontró con una mujer tapada con un rebozo y unas enaguas blancas y delgadas, cuya vejez, a pesar de su aseo, se podía notar. Incómodo de verse así interrumpido en sus cavilaciones y detenido en su marcha, desvió con la mano a la mujer y con voz brusca contestó:

—¡Vaya a trabajar, y no moleste!

Un ligero sollozo salió involuntariamente del seno de la pobre mujer y con voz más fuerte dijo:

—¡Señor, mi madre y mi padre se mueren de hambre!

Había un no sé qué de profundamente doloroso y verídico en el acento de esta mujer, que Arturo se detuvo y, acercándose a ella, le dijo:

—¿Dónde están tus padres?

La mujer descubrió hasta la mitad su cara. Arturo quedó un momento confuso y sorprendido al notar que la miserable limosnera parecía un ángel.

—Bien, socorreré a tus padres, niña —le dijo Arturo—, pero deja que vea bien tu rostro; pareces muy hermosa.

La muchacha, con uno de esos movimientos admirables y divinos del pudor, cubrió un poco más su cara y sólo dejó contemplar al joven dos hermosos y apacibles ojos azules, de donde rodaban lentamente dos lágrimas, que brillaban como dos diamantes, en la seda finísima de sus mejillas. Una que otra madeja, de pelo rubio y brillante como el oro, se escapaba de entre el rebozo, y caían sobre una frente tersa, limpia y de la más pura encarnación. La pálida luz de la mañana daba más poesía y más interés a la fisonomía de esta pobre muchacha.

Arturo, preocupado contra el mundo y contra la sociedad, dijo entre sí:

—¡Vamos!, esta muchacha vale más, con sus pobres harapos, que todas esas coquetas vestidas de seda con quienes he bailado esta noche. Aunque probablemente la enfermedad de su padre y de su madre serán una fábula. Todo es mentira y engaño en este mundo… Pero ¿qué pierdo en seguir esta aventura? Sepamos dónde vive.

Y luego, volviéndose a la muchacha, le dijo:

—Perdona, niña, que te haya tratado con dureza; pero te creía una de esas mujeres ociosas y perdidas que vagan por las calles. Conozco que efectivamente tienes necesidad. Toma.

Arturo sacó de la bolsa un peso y lo dio a la muchacha.

—¡Cáspita! —dijo Arturo entre sí—, un par de duros se pueden gastar por ver la mano de esta criatura.

En efecto, al tomar la moneda de plata, había sacado la pobre limosnera una manecita rosada, perfectamente pulida y con unas uñas de rosa transparentes y delicadas.

—¡Señor —dijo la muchacha—, Dios recompensará a usted esta caridad!

—¿Podrías decirme tu nombre, criatura? —le interrumpió Arturo.

—Me llamo Celeste.

—¡Celeste!

—Sí, señor.

—Hermosísimo nombre. Positivamente eres celestial, niña.

La joven volvió a cubrirse con su rebozo y dijo tímidamente a Arturo:

—Señor, mis padres aguardarán que yo les lleve de comer. Dios haga a usted muy feliz.

Celeste dio la vuelta, y echó a andar. Arturo fingió tomar el camino opuesto; pero luego que la muchacha se alejó un poco, comenzó a seguirla por la acera opuesta.

—¡Vaya!, nueva aventura tenemos —decía Arturo mientras iba contemplando las magníficas proporciones de la muchacha, que si no se descubrían, se adivinaban fácilmente, merced a su pobreza, que le impedía usar esa multitud de ropa y de armazones con que hoy se usa disfrazar las más grandes imperfecciones de la naturaleza.

—Esta muchacha será probablemente una de tantas miserables que buscan en el vicio su modo de vivir. ¡Es una lástima!, su rostro es como su nombre… Pero puede ser que me equivoque; su acento, las lágrimas que caían en sus mejillas, su aire de recato… ¡Bah!, soy un tonto. Las mujeres se pintan en eso de hacerse gazmoñas e inocentes; y esto lo aprenden todas sin maestro, y antes que el abecedario. Sea lo que fuere; yo quiero desengañarme, y aunque estoy rendido de sueño y de fatiga, no quiero perder la oportunidad de saber dónde vive esta perla del pueblo, esta flor de los sucios y asquerosos barrios de México. Por Dios que, con su vestido pobre, es acaso más linda que todas las que estaban en el baile.

Mientras estas y otras reflexiones hacía Arturo, habían andado varias calles, torcido otra y se hallaban la muchacha y su galán, en unos de esos lugares de México que se llaman barrios, y los cuales apenas se puede creer que forman parte de la bellísima capital, reina de las Américas. No hay en ellos, ni empedrados, ni aceras; inmundos albañales ocupan el centro de la calle; y por toda ella está esparcida la basura y la suciedad, lo cual hace que la atmósfera que allí se respira sea pesada, fétida y, por consecuencia, altamente perjudicial a la salud.

Las casas presentan el mismo aspecto de abandono: unas son de adobe, otras de piedra volcánica, color de sangre o de ceniza; pero todas sin aseo exterior, sin vidrieras en las ventanas, sin cortinas en lo interior. Frente de estas habitaciones frías y tristes hay algunos edificios arruinados, o por los temblores o por los años y la incuria de los dueños. Se ve un lienzo de pared en pie, queriéndose desplomar; algunas vigas podridas medio caídas; los marcos de las puertas comidos por la polilla, y brotando la hierba de las hendeduras. Tal vez del piso bajo de esas casas se ve salir una nube de humo; y si el curioso asoma la cabeza al interior, verá unas paredes negras y cubiertas de telarañas, unos hornos o braseros, y algunas mujeres con unas enaguas azules hechas pedazos, muy afanadas en hacer tortillas o atole.

En cuanto a la población que habita por lo común estos barrios, no puede decirse sino que está en armonía con los edificios. Cruzaban como unas sombras varios personajes envueltos en una luenga tela cuadrada de lana de colores o blanca, que se llama frazada; un sombrero de palma, de una ala muy ancha, cubre su cabeza, que oculta parte de su cara bronceada, y que es más imponente y rara, porque a veces está oscurecida por un negro bigote o por grandes madejas de pelo negro y desordenado que caen sobre las mejillas. Un ancho calzón de manta blanca, y a veces unos burdos zapatos, completan el traje de esta gente, que se llaman léperos y que son siempre el objeto constante de la crítica de los extranjeros.

En la puerta de esas habitaciones sucias y miserables que dan a la calle, y que se llaman accesorias, hay a veces multitud de muchachos casi desnudos y revolcándose en el polvo de la calle, o entre las esteras que sirven de lecho a la familia. Dar una idea más exacta de la falta de policía, del desaseo, de la corrupción de algunos de esos lugares de México, sería fastidiar al lector y causarle acaso una repugnancia que debe evitar todo el que tiene por oficio escribir para el público.

Estas líneas son dirigidas a las personas influyentes en la sociedad y en el gobierno. ¿Por qué no se organiza una policía?; pero no una policía altanera e inútil, como la que hace años hay en la ciudad, que oprime y ultraja a los pobres indios y a las gentes pacíficas que se dedican a vender frutas u otros artículos de comercio, sino una policía preventiva que vigile por el hombre honrado; que aceche al ladrón y al asesino, sin incomodar con su presencia; que lleve a la escuela a esos pobres niños desnudos, que pasan todo el día en el fango de las calles; que vigile al vago y al ratero, que viven en esas tabernas llamadas pulquerías; que no arranque de su trabajo al labrador y al artesano para filiarlo en un regimiento, y enviarlo después a la costa a perecer de vómito o de fiebre; que en vez de llevar a una prisión indecente a ciertas mujeres desgraciadas, indague si la miseria, o tal vez la sórdida y criminal ambición de las familias, las ha conducido a la prostitución y al abandono.

¿Pero quién es capaz de comprender que la policía organizada de esta manera, es además de un deber que tiene indispensablemente que cumplir cualquier gobierno republicano, o monárquico, una obra de caridad? ¿No es caridad el darle a un niño, con la educación, un porvenir acaso de felicidad despertando sus buenos sentimientos e inspirando a su mente otro género de ideas? Qué, ¿no es caridad el quitar de una carrera de vicio a una pobre muchacha, que tal vez sería una madre tierna y una buena esposa? Qué, ¿no es caridad el libertar a la sociedad de hombres que no tienen ocupación y que viven a expensas de ella? Qué, ¿no es caridad proteger al artesano, al labrador, al ciudadano pacífico, asegurándole su vida y sus propiedades, tanto dentro como fuera del hogar doméstico?

Si los hombres se necesitasen unos a otros para auxiliarse de esta manera ¿se reunirían en sociedad? Y una vez reunidos, si no gozan de estas ventajas ¿qué han ganado? Reunirse en sociedad para ser robado al volver una esquina; para ser víctima de un asesino durante las horas de reposo y de sueño; para ser registrado por los guardas y alcabaleros; para ser arrancado de su casa y de su familia, y puesto a las órdenes de un cabo tiránico, cuyo lenguaje es la vara; reunirse en sociedad para que los bandidos impunemente asalten la casa en que se vive, la diligencia en que se camina…

¡Oh!, vale más por cierto la existencia bárbara de las tribus errantes. Es menester no cansarse en discutir teorías sobre las formas de gobierno; mientras no se examine con madurez y conciencia la organización de los ramos particulares, cuyo conjunto forma la máquina social, que da a los ciudadanos de un país seguridad, bienestar y por consecuencia felicidad, nada se habrá hecho sino perder el tiempo. ¿Dónde está en México la policía que persigue al malvado y protege al hombre quieto y laborioso? ¿Y no debería pensarse diariamente en organizarla?

¿No se juzga que es un asunto tan importante, el mejorar la condición de esa clase, única acaso en el mundo, que existe en México conocido con el nombre de léperos? ¿Puede creer nadie, que tenga siquiera sentido común, que México llegue a merecer el nombre de país civilizado, mientras los extranjeros que nos observen y visiten no vean al pueblo ocupado, los caminos seguros, la gente aseada y sin esos vicios asquerosos que tanto le degradan? ¿Qué viajero, que no sea un filósofo y un hombre profundamente observador, podrá conocer que debajo de la mayor parte de esos sucios y rotos harapos, que medio cubren a la plebe de la república, laten unos francos y buenos corazones, que no necesitan más que una acertada dirección para encaminarlos al bien y al trabajo?

En el momento en que escribimos estas líneas, la reacción del partido aristocrático se trata de efectuar. Sea enhorabuena; nosotros no somos del número de los que quieren ver los destinos de la nación en manos de hombres sin educación y sin capacidad. Pero todo ese partido aristocrático, que ahora asoma su cabeza con impunidad y con descaro, ¿tiene los elementos necesarios para hacer bienes positivos, para atender a la mejora material del país? Sobrepóngase y entronícese enhorabuena; pero que obre bien; que mejore la condición de ese pobre pueblo a quien todos halagan pero a quien ninguno beneficia, porque de lo contrario vendrá un día en que, pálidos y temblando, caerán de rodillas, cuando ese pueblo los llame a un juicio terrible y les diga: «Ricos orgullosos, aristócratas sin talento ¿qué habéis hecho por mí?»

Mas concluyamos este pequeño sermón, convencidos de que no hemos de lograr con él ni aun divertir a los lectores, y volvamos a nuestro personaje, que al cruzar por esos callejones y notar las cosas que arriba hemos rápidamente descrito, interrumpía sus pensamientos amorosos para preguntarse a sí mismo: ¿cómo en un país cuyo pavimento es de oro y de plata había tanta miseria? ¿Y cómo, mientras los lisonjeros cortesanos gastaban miles de pesos en adular a un magnate, tanto infeliz se levantaba con los rostros pálidos y cadavéricos… quizá de hambre?

Todos estos rápidos pensamientos filosóficos, por el estilo de los que hemos querido estampar, al llevar a Arturo por un barrio, acabando de salir de un baile espléndido, no impidieron que perdiese de vista a la gentil muchacha; ésta entró efectivamente en una casa cuya apariencia no era por cierto mejor que la de las de que hemos hablado. El frente era de adobe; el antiguo color blanco y rojo con que estaba pintada la fachada, había caído con la lluvia y el sol, y sólo podía reconocerse por algunos manchones que habían quedado.

Una angosta puerta daba entrada al interior, y sobre ella había dos balcones de unos marcos apolillados con tres o cuatro vidrios opacos, y una ventanilla que parecía más bien la de un calabozo. En los pisos bajos, había destruidos aposentos, cuyas puertas amarillas con el humo estaban cubiertas en su mayor parte con estampas de santos detestablemente grabadas. En el centro del patio se hallaba una fuente de agua limpia; en las puertas de los cuartos algunos muchachos casi desnudos, y mujeres de enaguas con el cabello desordenado, barriendo o sacudiendo sus lechos y su ropa.

Arturo permaneció frente de la puerta de esta casa. La muchacha entró en ella; volvió a salir y finalmente regresó al poco rato, con unas ollas y una canastilla de pan.

En vez de las lágrimas que empañaban sus lindos ojos, cuando encontró al petimetre, se notaba en ellos la alegría y el júbilo. Arturo, que no perdía ninguno de estos movimientos, notó que ya triste, ya alegre, tenía la fisonomía de un ángel. Todo el mundo sabe que un joven alegre, con dinero y aficionado a estos lances, no deja escapar una perla semejante, por más oculta que esté entre la desnudez y las miserias de la plebe.

El joven, pues, olvidando a Aurora, a Teresa y a las otras muchachas que habían ocupado su atención en el baile, entró a la casa en pos de la desconocida. Su corazón abrigaba proyectos no muy virtuosos, su mente estaba llena de peligrosas ilusiones; su imaginación, ocupada enteramente con la belleza de la joven, no recordaba su desgracia.

Arturo tocó la puerta del cuarto de Celeste; ésta, inclinada en un brasero donde calentaba algunos alimentos, respondió maquinalmente:

—Adentro.

Arturo entró y se quedó de pie, a poca distancia del umbral. Las paredes del cuarto estaban negras y húmedas; el pavimento era de vigas podridas y desiguales; ningunos muebles se veían en el cuarto. En un rincón estaba un bulto acostado, y en el otro se reconocía la figura pálida y cadavérica de un hombre medio reclinado en la pared. Los lechos de estos infelices eran unas tarimas cubiertas con frazadas; una lanza, junto a la cama del enfermo, y algunos trastos perfectamente limpios, eran las únicas cosas que allí había.

Arturo en un momento sintió cambiado su corazón. El aspecto triste de dos enfermos en tanto abandono y miseria; la atmósfera húmeda y pesada de la habitación, y la vista de Celeste, tan resignada y tan hermosa, prodigándoles consuelos como un ángel, le hicieron penetrar la situación y la santa verdad de la joven.

—¡Vaya! —dijo entre sí—, sería una cobardía imperdonable el seducir a esta muchacha y quitarles a estos infelices el único amparo que Dios les ha concedido en medio de su infortunio. Cambiemos de ideas y obremos de otro modo.

Celeste, entre tanto, había acabado de calentar el alimento, y levantándose de la postura en que estaba, vio al joven y dio un ligero grito de sorpresa; mas recobrándose al instante, se dirigió cerca de los dos enfermos, y volviéndose hacia Arturo, con un dedo puesto en la boca en señal de silencio, le dijo en voz baja:

—Duermen, señor, y por Dios le ruego que se vaya antes que despierten.

—¿Y por qué, Celeste? —le dijo Arturo en voz baja.

—Porque mi pobre padre se asustaría de verme llegar con una persona así… decente como usted.

—¿Es tu padre, Celeste?

—Sí, señor, y mi madre es la enferma que duerme en el otro rincón. Está moribunda; poco vivirá ya, y a veces ni me conoce.

—¡Pobre muchacha! —dijo Arturo a media voz mirando que las lágrimas asomaban de nuevo a los ojos de Celeste.

—Dios os llene de bendiciones y os haga muy feliz —continuó la joven, limpiándose los ojos—. Siempre me acordaré de que mis padres vivirán algunos días más por la caridad de usted; pero ya le he dicho… las vecinas van a hablar de mí, y mi padre… No diga usted que soy desagradecida… váyase.

—Mira, Celeste —le respondió Arturo— cuando me interrumpiste el paso creí que eras una mujer perdida, y te seguí por curiosidad, pero ahora me inspiras compasión. Eres una buena muchacha que cuidas a tus padres, que haces el sacrificio infinito de pedir para ellos, y esto merece mucho. Seré tu protector, y ni aun te pediré que me saludes en cambio; pero quiero que tus padres vivan algunos días más, y que tú seas menos infeliz. Esperaré, pues, que despierte tu padre.

Celeste, que no esperaba oír este lenguaje, clavó sus ojos en el joven con una expresión indecible de gratitud, y le tendió maquinalmente su mano. Éste no se atrevió a acercarla a sus labios y sólo la estrechó contra su corazón. Sintió con este solo acto un placer, si no tan vivo como el que experimentaba cuando bailaba con Aurora, sí más puro e inefable. Era la sencilla expresión de gratitud de una hija del pueblo, y no la falsa coquetería de una niña de la aristocracia.

—¿Hablabas, hija? —dijo el anciano cambiando penosamente de postura.

—Sí, padre —dijo la muchacha— daba las gracias a este señor que nos ha socorrido hoy. Aquí está el alimento.

—¡Caballero! —dijo el anciano suspirando—, será…

—¡Oh!, no tenga usted cuidado alguno; es un señor muy desinteresado y muy bueno. Háblele usted a mi padre; acérquese usted —continuó la muchacha, empujando suavemente a Arturo.

—La desgracia de ustedes y la virtud de esta niña son muy respetables, y no pienso más que en hacerles el bien que me sea posible.

—Hay mucha corrupción y mucha maldad en el mundo, caballero. Si de corazón quiere usted hacernos algún beneficio, Dios se lo pagará; si, por el contrario, hace usted mal a mi pobre hija, no haría usted más que abusar de la desgracia de un viejo moribundo, que no puede protegerla y no debe apelar sino a Dios, a quien cree justo, a pesar de los martirios que ha ordenado padezca en esta vida.

La voz del anciano, aunque apagada, tenía cierta solemnidad, cierta ternura religiosa. ¡Qué había de hacer en efecto, un pobre padre tirado en una cama, más que confiar a Dios la virtud de su hija y reclamar para el que fuese su seductor un castigo del cielo! En estas situaciones supremas de la vida, cuando no hay que esperar sino la ingratitud y el crimen, es cuando el corazón del hombre reconoce que hay un Ser superior a todas las miserables criaturas del mundo, a quien se necesita pedir y en quien se debe esperar únicamente.

Arturo tenía un nudo en la garganta.

La muchacha le acercó la única y desquebrajada silla que había, y le hizo sentar junto a la cama del anciano; luego tomó una taza con el alimento y una cuchara de madera, y ambas cosas las presentó a su padre, diciéndole con una voz sonora y cuya armonía resonó en lo íntimo del corazón del joven:

—Padre, este desayuno se lo debemos, después de Dios, a este señor. Pida usted por él, como yo lo haré a Nuestra Señora de los Dolores. Yo le deseo que tenga mucho dinero, que sea muy feliz, y que si se halla en una pobreza como la nuestra, todos hagan con él lo que hoy ha hecho con nosotros.

Acabando Celeste de decir estas palabras, hizo a su padre una muequilla cariñosa, dándole en la boca una cucharada del atole que contenía la taza, y clavando después una mirada triste en Arturo, murmuró a media voz y señalando al anciano:

—¡Pobrecita!, me quiere mucho.

—He aquí la naturaleza —dijo Arturo entre sí—, en verdad que me ha conmovido esta escena, más de lo que yo creía.

—Lo que yo he hecho hoy, no es nada —continuó en alta voz— y sólo estaré satisfecho si alivio en algo tu suerte y la de tus padres. Como mis ocupaciones podrán impedirme el venir en muchos días, quiero que entretanto no padezcan ustedes.

Arturo metió mano a sus bolsillos y sacó una porción de monedas de oro y plata, que puso debajo de la cabecera del enfermo, sin que éste ni su hija advirtiesen la cantidad de la limosna. Ni el anciano ni su hija pudieron dar las gracias sino con una mirada. ¡Cuánta gratitud se encerraba en esta demostración muda, pero elocuente!

—Celeste, vivo en la calle de… —continuó Arturo—, mi madre es una señora llena de virtudes, que está siempre dispuesta a socorrer a los desgraciados. Ocurre a ella por cuanto te haga falta; no habrá necesidad de que me veas, para que de esta manera no pierdas tu reputación y este anciano esté tranquilo.

—Mucho tiempo ha pasado sin que hayamos tenido más que miserias y desengaños —dijo el enfermo— pero hoy moriré resignado y con una idea menos mala del mundo, gracias a usted.

Habiendo concluido Celeste de dar el alimento a su padre, fue adonde estaba la madre a despertarla y a hacer igual cosa con el mismo cariño y amor, llenándola de caricias y besando sus descarnadas manos.

Arturo pudo notar, cuando la madre despertó y su hija le descubrió la cara, que no era mujer de mucha edad; pero su extremada palidez, sus ojos hundidos y sus labios blancos le daban un aspecto terrible. No era una calavera de las que se encuentran en los cementerios, sino una calavera que tenía movimientos lentos, pausados, como si la muerte, temerosa de dar a Celeste un pesar, hubiese querido ir quitando poco a poco la vida y la acción a las partes de este cuerpo.

Cuando la muchacha acabó de dar algunas cucharaditas de alimento a la enferma, la besó la frente, la abrigó de nuevo con las ropas de la cama, y volviéndose al joven dijo:

—Mi pobre madre no habla, ni oye y apenas puede moverse. Todos los miembros de su cuerpo están sin acción. Si usted viera, cuando le doy alimento, o le hago cariños, me mira y sonríe conmigo. ¡Pobrecita!

Arturo no tenía idea de una virtud y de una resignación semejantes, y juzgaba ya con más indulgencia al mundo desde que entró en la infeliz habitación de Celeste.

—Es menester —dijo entre sí— completar la obra.

Y luego en voz alta y dirigiéndose a la muchacha:

—Esta tarde vendrá un médico, y enviará mi madre una mujer para que le acompañe, y algunas sábanas y ropa.

Una lágrima se desprendió de los secos y empañados ojos del enfermo, y rodó por su mejilla húmeda y amarillenta.

Celeste se arrojó a los pies de Arturo, le tomó una mano y se la besó humedeciéndosela con su llanto.

—¿Qué haces, niña? —le dijo Arturo mortificado—, levántate. Debes darle gracias a Dios y no a mí. Soy calavera y disipado, pero no puedo ver con indiferencia estas miserias. Lo que yo dé a ustedes, ninguna falta me hará; y, por otra parte, yo sé que doy con esto a mi madre un verdadero placer. En recompensa, sólo quiero que me diga usted, pobre anciano el motivo de que se vea en esta situación.

—Celeste —dijo el viejo a su hija— retírate, mientras satisfago el deseo de este excelente caballero. Es muy justo, pues querrá saber si da su limosna a gentes honradas y que la merezcan.

Celeste aprovechó esta ocasión para tomar alguna ropa y salir al patio a lavarla en los lavaderos que cercaban la fuente.

El anciano comenzó a hablar.

—Cuando la guerra de Independencia, era yo un joven de veinticinco años. Mis padres habían muerto un poco antes, dejándome dueño de una finca de campo, que me daba lo necesario para mantenerme decentemente. Con todo y esto, estaba fastidiado y triste, a causa del pesar, pues yo amaba mucho a mis padres. En cuanto tuve noticia del pronunciamiento en Dolores, dije para mí: «¡Vaya!, ésta es una oportunidad de salir de penas; y yéndome a la guerra, o me distraigo o me matan, y de todos modos gano». Además, yo era mexicano, y no sé qué cosa sentía dentro de mi corazón, que me decía: Anselmo, ve y combate por tu patria.

»Dejé mi hacienda al cuidado de un viejo honrado; armé algunos mozos y, tomando el dinero que tenía disponible y mis mejores caballos, marché a reunirme con el cura Hidalgo. En Celaya me uní a él, y marchamos sobre Guanajuato. Usted habrá oído contar las crueldades que se cometieron y la sangre que se derramó en la toma de Granaditas. Me disgusté mucho, y concebí un horror invencible a la guerra; con las costumbres pacíficas y sencillas del campo, no podía habituarme a otro género de vida tan diverso. Retiréme, pues, con mis mozos, y encontré que mi buen viejo había cumplido con su obligación, y que mis cortos intereses no habían sufrido daño alguno.

»Poco tiempo duró mi tranquilidad. Conocido yo por insurgente, e inclinado siempre mi corazón a sostener la causa de mi país, los vecinos envidiosos comenzaron a perseguirme. Una noche, cuando descansaba tranquilamente, oí el galope de muchos caballos, y a poco una descarga de pistolas y el ruido de los sables, me convencieron de que estaba rodeado de enemigos. Salté de mi cama, tomé mis armas y salí gritando a mis sirvientes. Éstos, a la cabeza del buen mayordomo, combatían como unos hombres; pero los realistas eran muchos y al fin tuvimos que huir; dejando gravemente herido a mi valiente viejo, yo me dirigí por detrás de las trojes, y gracias a un hermoso alazán que montaba, logré escapar de mis enemigos, que me persiguieron más de cuatro leguas.

»Errante ya, sin gozar de seguridad en mi casa, no me quedó otro partido que tomar que irme a juntar de nuevo con el generalísimo. Corriendo mil riesgos y padeciendo fatigas inauditas me reuní con los insurgentes la víspera de la batalla del Puente de Calderón. Usted sabe lo desgraciada que fue para la causa de la Independencia esa acción. Yo luché como un león; me metí en lo más reñido de la pelea, y caí cubierto de heridas. Una bala me había atravesado un brazo; la espada de un realista había partido mi cabeza; una nube sangrienta empañó mi vista; un calofrío de muerte recorrió mi cuerpo, y apenas tuve tiempo para implorar con una palabra la misericordia de Dios; perdí el conocimiento.

»Cuando volví en mí, halléme en una buena cama, con un médico en mi cabecera y rodeado de gentes, entre ellas una muchacha hermosa y que me pareció el ángel de mi guarda. Tres meses dilató mi curación, al cabo de los cuales, habiendo recobrado un poco las fuerzas, traté de despedirme; pero la familia me instó para que permaneciera algún tiempo más. Inútil es decir a usted que yo me quedé, porque amaba a la muchacha. La había visto a mi cabecera, y en los momentos de delirio y de dolor siempre se habían encontrado mis ojos con los ojos llorosos de Paulita, que así se llamaba. Los amores siguieron, yo fui más adelante de lo que debía: la pobre muchacha me amaba tanto, que nada podía negarme.

»Yo quería casarme con ella; pero necesitaba saber si conservaba algo de mis intereses. Así es que partí para mi hacienda: la encontré arruinada, sin aperos, sin animales, sin nada. Yo no tenía dinero para aviarla; así es que mi desesperación fue grande al verme privado, por causa de los realistas, de casarme con la pobre Paula. Por lo pronto no abrigaba deseos de venganza. Sin apearme del caballo, seguí mi camino para buscar una partida de insurgentes con quienes reunirme. Vagué mucho tiempo por toda la Tierra-Adentro, reunido con algunas guerrillas, y teniendo cuidado de visitar de cuando en cuando a Paula y a su familia, esperando nomás que el país tuviese alguna quietud, y yo un poco de dinero para efectuar mi casamiento.

»En esto pasó tiempo y apareció al frente de la insurrección el gran Morelos. Inmediatamente me reuní con él, y durante algún tiempo me olvidé de Paula y de mis intereses, y no pensé más que en mi patria. El general supo infundirme tal entusiasmo, que rayaba en locura. Era el general Morelos de un carácter suave, al mismo tiempo que enérgico; sabía hacerse amar de sus amigos, obedecer de sus inferiores, y temer de sus enemigos; sereno en los peligros y atrevido en sus empresas, no perdió nunca esa bondad de corazón con los vencidos y con los desgraciados. Parece que estoy oyendo su voz y mirando su semblante grave, reflexivo e igual, ya en los peligros, ya en la fortuna. Yo lo amaba como a un amigo y lo respetaba como a un valiente. Por su parte, le merecí la mayor confianza; y en el sitio de Cuautla me regaló esta lanza, que usted ve aquí (que no he querido vender a pesar de mis necesidades) por yo no sé qué friolera que hice, que le agradó.

»Como asistí a la derrota del general Hidalgo, también fui testigo de los últimos momentos del más valiente y del mejor de los mexicanos. Disfrazado y confundido entre la multitud bebiéndome las lágrimas como si fuera una mujer, vi sus agonías y maldije a sus infames asesinos. Una vez que perdí a mi general, me consideré como solo y aislado en el mundo; y me pareció que nada me podía consolar ni volver la dicha.

»Recordé que tenía una obligación de conciencia con qué cumplir, y corrí a Guadalajara en busca de Paula. Mis diligencias fueron vanas: pregunté, indagué todo lo que pude, y sólo logré saber que había salido de la ciudad hacía un año.

»—Bien —dije para mí—, ahora que completamente estoy solo en el mundo, y sin esperanza de felicidad, es menester hacerme matar.

»Fuime, pues, a las montañas del Sur con el valiente general Guerrero; pero el clima me perjudicó: mis heridas volvieron a mortificarme, y vagué enfermo de pueblo en pueblo por toda la Tierra-Caliente. Cuando el general Iturbide proclamó el Plan de Iguala, yo estaba más aliviado; me di a conocer con él; puso en mis hombros las divisas de capitán, y entré a México ostentando el premio de mis fatigas; de veras estaba yo orgulloso, pero no tan contento como cuando estaba junto al general Morelos.

»Después, no habiendo querido mezclarme en las intrigas contra el emperador, permanecí aislado, sin lograr, por supuesto, ningún ascenso, ni que me devolvieran mi hacienda, que estaba en manos extrañas.

»No cansaré a usted con la relación poco interesante de lo que me sucedió desde esa época, hasta el año de 1828. Como era hombre solo y sin ninguna clase de obligaciones, no me faltó qué comer. El desgraciado mes de diciembre, cuando la revolución de la Acordada, era yo todavía capitán, mientras otros, que no habían ni siquiera olido la pólvora eran coroneles y aun generales; pero esto no es del caso ahora, sino lo que referiré a usted.

»Pasaba con algunos dragones por una calle donde la plebe se arrojaba furiosa a saquear; un lépero se pone a dar golpes a una puerta con un martillo; a poco se reúnen otros, y con palos y hachas continúan la operación hasta que logran romperla. Una joven y una anciana salen al balcón despavoridas, dando gritos y pidiendo auxilio. Alzo la cara y reconozco a Paula y a su mamá. En el acto disperso a la plebe con la tropa; subo y me encuentro en los brazos de aquella mujer, que si no era joven y linda, como cuando la vi por primera vez, vivía en mi memoria con el recuerdo de los tiempos de mi juventud, de mis aventuras y de mis desgracias.

»Como debe usted figurarse, me casé con ella al poco tiempo. Ella tenía algunos bienes; yo sabía buscar la vida; así, cuando después de un año nació esta criatura tan linda, que usted conoce, y a quien por su belleza puse el nombre de Celeste, poseíamos, si no riquezas, al menos las mayores comodidades posibles. Pedí, pues, mi retiro, y no molesté más a los gobiernos, pidiéndoles paga y ascensos, y fui feliz algunos años, los únicos de mi vida.

»Pero ¿qué quiere usted?, la fortuna es ingrata; yo tenía varios giros, pero los dependientes que tenía se malversaron, y de la noche a la mañana me vi sin nada. Se empeñaron primero algunas alhajas; se vendieron poco a poco los muebles; después la ropa; después nos redujimos a una casa de vecindad; y, por fin, me fue preciso ocurrir a la Comisaría a cobrar mi retiro, que jamás me pagaban. Mi mujer se bebía las lágrimas en secreto, al ver mi aflicción; yo pasaba las noches en vela, pensando que la miseria aguardaba a mi pobre hija, que, llena de gracias, iba creciendo y desarrollándose como las flores de los campos.

»Tras de la pobreza vienen forzosamente las enfermedades. Mi mujer, mi Paula, que es la infeliz que tiene usted tirada allí, fue la primera que cayó mala de una parálisis de todos los miembros; y como yo no tenía dinero, jamás he logrado que los médicos la asistan con cuidado. Hoy ya no tiene remedio; y de un día para otro se morirá… Tendré un placer, porque en el estado en que está me parte el corazón; además, se irá sin duda al cielo, y rogará por su hija…

»Algunos días, y como postrer recurso, iba yo a Palacio a hacer diligencias de que me pagaran algo; pero, Dios libre a usted de verse en tal situación: el Ministro de Hacienda, seguido de una cauda de agiotistas y de pretendientes, apenas se dignaba mirarme, y cuando fijaba la atención en mí, era para decirme con voz áspera: “No hay; no tengo; todo se lo lleva la guarnición”.

»Al atravesar los patios, multitud de capitanes, de coroneles, vestidos elegantemente, y que ni idea tendrían probablemente de lo que es la campaña y el servicio militar, miraban con desprecio mi viejo uniforme y mis ennegrecidas divisas. Pero, ¡vive Dios!, que era el mismo que llevaba yo al lado del general Morelos. Me retiraba a mi casa lleno de rabia y sin haber conseguido ni un centavo. Un día, agobiado y sufriendo de mis heridas, necesité compañía y llevé a Celeste. Entré a Palacio y noté que todos me saludaban; entré a la Comisaría, y el viejo portero se puso en pie para abrirme paso; en la oficina todos me rodearon, todos se interesaban por mi salud y mis desgracias.

»Uno, se ofreció a ponerme el recibo; otro dio papel; otro, contó el dinero; otro, llamó al cargador; todos, en fin, me dieron la mano y me ofrecieron su protección y servicios. Me llamaron el veterano de la Independencia, y hasta los ordenanzas, al salir, me hicieron honores y me llamaron su capitán.

»Me fui a mi casa con cien pesos en moneda de cobre; era la primera partida de importancia que había recibido, desde que cobraba mi pensión. En la tarde misma recibí las visitas de cuatro o cinco petimetres empleadillos; y mientras uno me platicaba, los otros se entretenían con mi hija. Cuando se marcharon, comprendí todo y maldije mi imbecilidad. Al día siguiente, para reparar esta falta mudé de habitación, y juré no volver a poner jamás los pies en ese maldito palacio.

»A pesar de las economías, el dinero se me acabó, y mis penas fueron más grandes. Un día, para colmo de mis desdichas, monté a caballo para ir a un lugar inmediato a buscar a una persona que me debía dinero; se espantó el animal y me tiró. Me trajeron a mi casa medio muerto, y hasta hoy no puedo levantarme de esta cama, donde he sufrido, por más de un año, operaciones dolorosas y tormentos que el Señor me tendrá en cuenta para perdón de mis pecados.

»Ahora, diré a usted lo más interesante —añadió, bajando la voz—, esta criatura que usted ve, nos ha mantenido; se ha pasado los días y las noches cosiendo; pero ve usted que el trabajo de una mujer produce muy poco y los médicos y la botica cuestan mucho. Hace algún tiempo que las costuras han escaseado, y hoy me he convencido de que sus salidas, por la mañana temprano, eran a pedir limosna… ¡Pobre hija mía!»

El viejo enfermo se puso a llorar.

—Vamos —dijo Arturo— tenga usted la misma resignación que hasta aquí… yo ofrezco a usted mis auxilios y…

—Perdone usted, caballero; pero quisiera, hasta el infierno mismo, antes que el pensamiento que me consume… que me mata… ¿No cree usted que una muchacha linda, ¡como mi hija!, sola en la calle y pidiendo limosna, puede perderse?

—Pero no habrá en lo de adelante necesidad de que haga eso.

—Caballero —dijo el viejo—, júreme usted, en nombre de Dios, que obrará con nosotros con buena fe y honradez; o de lo contrario, váyase de mi casa y déjenos morir de hambre; antes de morir, mataré a mi hija.

—Juro —dijo Arturo— que veré a la pobre niña de usted como a mi hermana, y que lo que haga con ustedes será sin ningún interés. Voy a contarlo todo a mi madre, y ella será la protectora de Celeste.

—Bien, muy bien —contestó el anciano conmovido—, creo todo lo que usted dice. ¡Gracias! ¡Mil gracias!

Arturo se puso en pie y se despidió. Celeste, con una expresión de reconocimiento, y podría decirse de amor, tendió su manecita al joven.

Arturo quería dejar a la familia, no sólo su dinero, sino hasta su frac. Estaba verdaderamente enternecido. Acordóse del alfiler de brillantes que Rugiero le había prestado, y quitándoselo con disimulo, lo prendió en el rebozo de la muchacha, mientras dirigía al padre sus últimas protestas y seguridades.

—¡Qué diablo! —dijo para sí—, yo diré a Rugiero que se me ha perdido el alfiler; le pondrá precio y mi madre lo pagará.

Al salir de la casa de Celeste, le dijo:

—Lo que encuentres en tu rebozo, es tuyo; haz el uso que quieras de ello.

Al terminar estas palabras, atravesó precipitadamente el patio; salió a la calle y torció por el primer callejón, con el fin de que Celeste no saliera a su alcance y le devolviera el regalo.

Las ideas de Arturo, cuando salió de la pobrísima habitación de Celeste, eran del todo diferentes, como debe suponerse. Su corazón estaba lastimado de ver tanta miseria ignorada, tanto sufrimiento oculto en las sucias paredes del cuarto de una casa de vecindad, y tantas y tan heroicas virtudes en una muchacha que todo el mundo tendría derecho de juzgar como una prostituta o, cuando menos, como una vagabunda.

—La mujer que es una hija tan excelente —decía Arturo para sí— y que sigue con su amor a sus padres hasta el grado mayor de la pobreza y de la desgracia, no puede menos de ser una excelente esposa. Si por dos viejos enfermos hace los oficios de un ángel, ¿qué haría por un hombre que la amara y que la llenase de caricias y de beneficios? ¡Bah! quizá esta mujer tan buena y tan resignada hoy, no será mañana sino lo mismo que todas; falsa, frívola, ingrata…

»Es terrible, terrible —continuó Arturo abreviando el paso— desconfiar en el amor; amargar con la duda y la incertidumbre el más puro y hermoso sentimiento del corazón… Sea lo que fuere, yo estoy en este instante verdaderamente satisfecho: el alfiler de Rugiero vale más de mil pesos; la muchacha lo venderá, y una suma semejante la sacará de la miseria. Si ella rehusa tomarlo, vendrá naturalmente a mi casa; la presentaré a mi madre, y de esta manera la obligamos a aceptar cuantos auxilios necesite; decididamente quiero ser el protector de Celeste, pues sería una lástima que se extraviase.

»Sí, es buena, y… acaso pensaría yo en ella… Pero es una locura; ella no puede amar… Y, por otra parte, yo necesito del esplendor, del lujo, del brillo de Aurora. No concibo el amor sino rodeado de espejos, pisando alfombras, reclinado en mullidos sofás… ¡Demonio de ideas! Mi cabeza es un volcán. ¡Y el desafío de esta tarde! ¡Si muriera yo, ahora que me considero con ciertas obligaciones respecto de Celeste! Veremos.»

Mientras hacía estas y otras reflexiones, Arturo llegó a su casa. Su padre ya había salido, así es que saludó a su mamá, sin contarle su última aventura, porque sus ojos estaban cargados de sueño. Entró en su cuarto, almorzó ligeramente, cerró las ventanas y se metió entre las sábanas de holanda y los mullidos colchones de su lecho.

—¡Pobre muchacha! —dijo al tenderse en la cama y zambullirse en la ropa—, ella duerme en el suelo húmedo y en el invierno temblará de frío. Aurora es viva y linda como un colibrí; Teresa, melancólica e interesante, pero Celeste es desgraciada; el infortunio tiene simpatías vivas y profundas en mi corazón.

Arturo se durmió mirando en sus ensueños los rostros de las tres muchachas que más le habían interesado. Entre las figuras agradables de sus queridas solía divisar la cara del capitán de caballería y escuchaba el trueno de una pistola. Sobresaltado entonces, sentía que sus nervios se estremecían involuntariamente, y volteándose del otro lado, se zambullía de nuevo entre las ropas deshechas de su lecho.

A las cuatro de la tarde entró un criado y lo despertó. Vistióse, se lavó, se rasuró, pidió algo de comer, y mandó traer un coche. Un cuarto de hora antes de las cinco bajó y se metió en él, provisto de una caja con un par de pistolas y de una buena espada toledana.

—A Chapultepec, cochero —le dijo subiendo a un simón desvencijado—. Detente antes de llegar a la puerta del bosque.

—Muy bien, señor —dijo el cochero, y montando en sus flacas mulas, comenzó a andar, con el paso lento y trabajoso que distingue a los coches de alquiler de México.

Al atravesar por las frondosas calles de árboles de la Alameda y ver la alegría con que algunos grupos de niños jugaban en los prados verdes y cubiertos de rosas, un pensamiento triste pasó rápidamente por la imaginación del joven; pero hemos dicho que era animoso, y muy pronto una sonrisa de seguridad y de triunfo vagó por sus labios.

¿Quién no es animoso y valiente a los veintidós años de edad, cuando se trata de quedar bien y de ganar el corazón de una mujer? En realidad, lo que molestaba algo al joven era el pensamiento de Celeste, que no podía apartar de su imaginación. ¿Estaba, por ventura, enamorado de ella? ¡La desgracia de la muchacha le inspiraba interés! ¿Había en ese interés alguna idea de esas profundamente secretas que ni uno mismo se atreve a confesar? Esto es lo que no podremos decir, pues ni el mismo joven lo podía averiguar.

Arturo sacó el reloj y notando que era ya dada la hora de la cita, dijo al cochero que apresurara el paso. Éste, obedeciendo, aunque con repugnancia, comunicó a las mulas la orden del amo por medio de repetidos cuartazos y espolazos, con lo cual el coche, envuelto en una nube de polvo blanco, volaba materialmente por la hermosa calzada que se llama de los Arcos de Belén.

Cuando el coche de Arturo llegó al punto designado, otro coche estaba allí ya, y dentro el capitán Manuel, que sacando la cabeza se dio a conocer a su adversario.

—Capitán —le dijo Arturo bajando del coche— siento haber hecho aguardar a usted, pero estos simones tienen demasiada paciencia; y además, la vela del baile ocasionó el que durmiera hasta las cuatro dadas. Espero que me disimulará usted.

—Acabo de llegar en este momento —contestó con voz seria, pero no agria, el capitán, bajando de su coche— y veo que es usted un joven de educación, y que, después de que pase este lance, acaso podremos ser amigos.

—Gracias, capitán —le interrumpió Arturo tendiéndole la mano—, por mi parte acaso no habrá inconveniente, pues creo a usted más racional que anoche…

—Supongo que usted, con esto, no quiere dar a entender otra cosa —dijo el capitán retirando la mano que le tenía estrechada Arturo y poniéndose ligeramente encendido.

—Ninguna otra cosa, capitán; mis palabras son sencillas y sin doblez alguno, lo cual protesto a usted para que le sirva de gobierno en la corta conversación que quiero tener antes. Venga usted por acá.

Arturo tomó al capitán del brazo y ambos se dirigieron hacia los arcos que llaman de San Cosme, habiendo tomado antes sus capas, sus espadas y la caja de pistolas.

—¿Usted ama a Aurora, capitán? —le preguntó Arturo luego que se hubieron alejado un poco.

—No tengo que contestar a esta pregunta sino lo que dije a usted anoche.

—Vamos, capitán, es menester una poca de calma; le protesto a usted que combatiré; pero antes quiero arreglar un poco mejor mis negocios amorosos, que se me han complicado más de lo que yo creía. Así, prométame usted hablar con franqueza.

—Muy bien, responderé a usted con franqueza a todo lo que me pregunte, porque a mi vez necesito arreglar este asunto lo mejor posible, para dedicarme a otras empresas.

—Perfectamente, entonces nos entendemos. Dígame usted, en primer lugar, el estado de sus relaciones con esa joven del baile.

—¿Con cuál? —preguntó el capitán algo alarmado.

—Con Aurora —respondió Arturo sin darse por entendido—. ¿No venimos a combatir por ella?

—Es verdad —repuso Manuel, aparentando indiferencia—, por ella venimos a combatir.

—¿Aurora ama a usted, capitán?

—Francamente… no lo sé. El corazón de las mujeres es incomprensible: hace un mes fui presentado en su casa, donde visitan multitud de jóvenes elegantes. Como la hermosura de la muchacha es sorprendente, me interesó sobremanera, y mis acciones y mis miradas le habrán hecho conocer el interés que me inspira. Por lo demás, cuando la oportunidad se ha presentado, he procurado hablarle de mi amor; pero ella se ha reído como una loca, sin mostrarse ofendida, pero tampoco interesada.

»Otras veces, dándome una flor, sonriéndose conmigo, mirándome con amor, me ha hecho el hombre más feliz de la tierra. La idea de ser amado verdaderamente por ella me ha quitado muchas noches de sueño. Entusiasmado cada día más, me atreví a darle en el baile una carta, la cual tomó; pero el resultado ya usted lo sabe. Ha humillado mi amor propio; me ha despreciado, y esto pone a los hombres casi fuera de juicio.»

—Pues mi historia, capitán, es más corta que la de usted. Es de cuatro horas. La vi entrar en el baile, seductora como una maga, la seguí; bailé con ella; se arrancó una cáliga y la tiró al suelo, y yo la levanté. Después me dio una flor, rio conmigo; pero el baile la enajenaba, y yo no tengo más que una pasión frenética, pero sin esperanza.

—¿Y qué piensa usted hacer en lo sucesivo? —preguntó el capitán.

—Una cosa muy sencilla: seguir enamorando a Aurora.

—¿En ese caso quiere usted humillarme?

—De ninguna suerte; pero francamente, no me hallo con el valor suficiente para prescindir de ella, cuando en una sola noche me ha hecho concebir tantas esperanzas.

—Pues por mi parte tampoco pienso abandonar el campo; tanto más, cuanto que eso sería imposible hoy. Mi amor propio está empeñado, y yo no cedería por todo el oro del mundo.

—En este caso —contestó Arturo resueltamente— uno a otro nos serviremos de obstáculo.

—Es claro.

—¿El desafío no se puede evitar entonces?

—Creo que no —dijo el capitán con energía.

—Entonces, no perdamos el tiempo.

Los dos rivales apresuraron el paso, y entrando por los arcos de San Cosme en unos prados llenos de verdura y de florecillas silvestres, que pertenecen a la hacienda de la Teja, se quitaron las capas y se dispusieron a combatir.

—Un desafío a espada —dijo Arturo con serenidad— tiene algo de cómico; y si un escritorcillo de costumbres nos viera, no dejaría de echarnos una buena dosis de ridículo encima, llamándonos galanes de Calderón. Para evitar esto he traído aquí un par de buenas pistolas, que puede usted examinar.

Arturo dio la caja de las pistolas al capitán, el cual las examinó cuidadosamente y, devolviéndoselas a su adversario, le dijo:

—En efecto, son muy buenas, y estoy dispuesto a lo que usted quiera.

En este momento, el capitán pensaba en Teresa, y Arturo en Celeste. Como se deja suponer, ninguno de los dos tenía gana de batirse.

—Capitán —dijo Arturo—, si quiere usted que le diga lo que siento, me parece que el lance no vale la pena de que suceda una desgracia. Además, yo tengo cierta aventura… Así, si usted me da una amistosa satisfacción de la acritud con que me reconvino anoche, yo la recibiré, y quedaremos, si no amigos, al menos no enemigos. En cuanto a la linda muchacha que ocasionó nuestra disputa, lo más acertado será que los dos sigamos nuestra instancia; que pasado algún tiempo, ella decidirá. ¿Le convendría a usted, por ventura, tener una querida de quien tuviera usted que desconfiar continuamente?

—Pienso que no dice usted mal, caballero; y ahora que veo su buena disposición, le ofrezco dejarlo absolutamente en libertad. Yo tengo también otra aventura, y muy interesante: es una mujer que adoro con todo mi corazón y con toda mi alma, y que es muy desgraciada. Hacía mucho tiempo que no la veía y la juzgaba ya muerta. Figúrese usted cuál sería mi placer al volverla a ver, al hablarla, al escuchar su dulce voz, la voz armoniosa y suave que sonó en mis oídos y que penetró en mi corazón cuando era yo niño. Estoy loco, y sólo porque no dijera usted que era un cobarde, he venido a la cita; pero en verdad no tenía ganas de reñir ya, ni con usted ni con nadie… Miento; tendré que reñir, pero no será en un desafío, será para castigar.

—Capitán, ¿esa mujer será acaso Teresa? —le preguntó Arturo.

—¿Y cómo sabéis que se llama Teresa? —interrumpió el capitán alarmado.

—Ella me lo dijo…

—¿Pero de qué manera?

—Bailé con ella; me interesó su rostro pálido, y su desgracia…

—¿Le dijisteis por supuesto que la amabais? —interrumpió Manuel con muestras de cólera.

—¡Oh, no haya cuidado! —continuó Arturo sonriéndose—, yo no tuve valor para decirle nada. Es de aquellas mujeres con quienes no puede divertirse nadie… Y, por otra parte, sería ya el extremo de la inconsideración el que yo tratara de enamorar a sus dos novias. Quédese, pues, con la interesante Teresa, y déjeme habérmelas con la ligera e inconsecuente Aurora.

—Gracias; me habéis tranquilizado enteramente. Si en vez de la cáliga de Aurora hubiese sido la de Teresa, créame, lo hubiera matado en el mismo teatro.

—Pero decidme algo más de vuestros amores con Teresa, ahora que ya me intereso con un amigo.

—Perdonadme, pero es imposible por hoy; dentro de dos días todo lo sabréis, y acaso necesitaré de vuestra ayuda.

—Muy bien, contad conmigo —le contestó Arturo, tendiéndole la mano—. Y ahora —continuó— ya que nos hemos entendido, os diré que saliendo del baile tropecé con una muchacha que me pedía limosna; la seguí, y me encontré con que vivía en un cuarto miserable, y que su padre y su madre estaban tirados en la cama muriéndose de hambre. Naturalmente me dieron lástima; les di el dinero que tenía en los bolsillos, y dejé a la muchacha un hermoso prendedor de brillantes que me había prestado un amigo. A decir verdad, no estoy enamorado de la criatura; pero me inspira tanta compasión que deseo hacerle todo el bien posible. Venirse a pelear por frioleras, cuando tiene uno tales ideas, es cosa triste, y éste es el motivo por que me habéis visto tan prudente. De lo contrario, nos habríamos roto la cabeza probablemente.

—Ya que poco más o menos sabemos nuestra historia, es menester que seamos amigos. ¿Cómo os llamáis?

—Arturo H…

—Venga esa mano, Arturo. Mi nombre es Manuel B…

—Perfectamente, Manuel. Desde ahora te considero como mi mejor amigo; me gusta tu carácter.

—Y a mí tu excelente corazón —contestó el capitán—. Dentro de dos o tres días sabrás todos mis amores y toda mi vida. Por ahora despediremos un coche y en el otro nos iremos al Progreso a comer y a beber una copa de champaña.

—¡Feliz idea!, pero yo soy quien te convido —dijo Arturo.

—¡Imposible! —replicó el capitán—. Hace tres días que he recibido mi paga. Hoy sólo tengo una onza en la bolsa, y es fuerza que acabe con ella: así lo hago todos los meses. Tres o cuatro días fumo puros habanos de a peseta; bebo buen vino; como en las mejores fondas y me habilito de ropa. El resto del mes ni fumo, ni bebo, y sólo como lo necesario. La ropa la vendo en mitad de lo que me costó, y ocurro a los usureros. Todo esto, Arturo —continuó tristemente Manuel—, es por falta de una mujer a quien amar. Si Teresa hubiera sido mi esposa, indudablemente que hubiera yo sido un buen muchacho; pero como he sufrido tanto, necesito distraerme.

—Cabeza desatornillada —dijo Arturo— como la mía; pero yo ahora comienzo. Veremos cómo acabamos.

Los dos amigos subieron en uno de los simones y se dirigieron al Progreso.

Luego que llegaron a la fonda, mandó el capitán al criado a comprar un peso de los mejores puros habanos y pidió de los más exquisitos vinos. Los dos amigos comieron alegremente, discurriendo teorías y sistemas para enamorar a las mujeres; y cuando se levantaron de la mesa, el capitán preguntó cuánto importaba la comida: le contestó el criado que doce pesos. El capitán tiró sobre la mesa los doce pesos y dio dos al criado.

Al salir, un limosnero se acercó a él y le pidió un medio para comer. El capitán sacó dos pesos y los echó en el sombrero del mendigo. El mendigo abrió tamaños ojos, tomó las monedas, las besó varias veces y cayó de rodillas. No podía creer lo que le pasaba: para un mendigo dos pesos eran una fortuna.

—Levántate, buen viejo —le dijo el capitán—, y no te arrodilles más que ante Dios.

—Mira, Arturo; este limosnero es hoy más rico que yo. He concluido con mi paga; ahora, Dios dirá.

—Capitán, toma entre tanto la mitad de lo que tengo —le dijo Arturo, dándole un par de onzas.

—¿Te he convidado acaso para que me pagues con usura la comida, Arturo? —le dijo Manuel con seriedad.

—Es que…

—Cuando necesite, sé que puedo contar con un amigo. Por ahora he comido; tengo que fumar; he hecho a un limosnero feliz, y voy a ver a mi Teresa. Nada más necesito.

Luego que Arturo se separó de su original compañero, se dirigió a su casa, y con el rostro radiante de alegría se introdujo a la recámara de su madre. Era ésta una buena señora como de 45 años de edad, y de rostro extenuado, a consecuencia del estado habitual de enfermedad en que quedó desde que dio a luz a su hijo único.

El padre de Arturo era un hombre que había pasado por todas las alternativas de la vida, y que al fin había logrado hacer su fortuna con especulaciones de crédito del gobierno; mas la manía de meterse en negocios, no le abandonaba, y todo el día lo pasaba en la Lonja, en Palacio, y en la calle de Capuchinas, que, como todo el mundo sabe, es en donde viven los banqueros de México y en donde se fraguan los negocios de más importancia, y acaso también las revoluciones que en momentos cambian la faz política del país.

En cuanto a la madre, siempre doliente y disgustada, se había retirado completamente de la sociedad; y sólo de vez en cuando se la veía salir al paseo en su elegante carretela inglesa; pero por el tápalo de lana y la cofia con que abrigaba su cabeza, en la languidez de sus ojos y en lo extenuado de su rostro, se reconocía al momento que no era una de esas señoras que, a pesar de sus años, pretenden brillar como las jóvenes y competir con ellas, sino una mujer que por medicina y por distracción salía a tomar el aire saludable del campo.

Como Arturo se había separado muy pequeño de su lado, y permanecido muchos años en Inglaterra, el afecto de la madre se había debilitado; mas apenas lo vio de nuevo, cuando su cariño maternal renació con más fuerza y vigor, y se propuso conservar su salud y vivir sólo para amar a su hijo; el corazón de una madre encierra siempre un tesoro de amor que no se agota nunca.

Apenas la pobre madre vio entrar a su hijo, cuando su rostro se animó con una expresión indefinible de alegría, y sonriendo le tendió la mano.

—Vengo lleno de contento, madre —le dijo Arturo besándole la mano—. He hecho hoy, si se quiere, una calaverada, pero una calaverada en orden.

—¿Qué has hecho, Arturo? Cuéntame —dijo la madre algo alarmada—, me has tenido con sumo cuidado, pues has entrado muy tarde, y ni siquiera viniste a saludarme.

—No hay cuidado, madre. Lo que he hecho es socorrer libremente a una linda muchacha que estaba en la miseria.

—¡Arturo!

—Yo contaré a usted todo y quedará satisfecha. Quiero que busque usted una vieja que la acompañe; que mande usted cualquiera de esos médicos que le sacan tanto dinero para no aliviarla nunca; en fin, que usted tome bajo su protección a esta joven.

—¡Arturo!, esto es demasiado —dijo la madre algo enfadada.

—¿Por qué, madre mía? —le preguntó Arturo abrazándole la frente.

—Porque… porque… en fin, una protección tan decidida a una muchacha, no puede menos de ser peligrosa…

—¡Oh!, no crea usted que hay nada malo en eso, más que un deseo de hacerle bien; pero, en fin, ahora me voy al teatro, y oportunamente contaré a usted todo lo que me ha pasado. Se va usted a divertir, es una novela: desafío, enfermos, una flor

—¡Desafío! —dijo la madre poniéndose pálida.

—Que terminó en una espléndida comida.

—¡Bendito sea Dios! —murmuró la madre en voz baja.

—¡Adiós! ¡Adiós!, madre mía.

Arturo salió de la sala brincando y tarareando una aria de la Sonámbula, mientras la madre, mirándolo con ternura, le enviaba su bendición.

Arturo no quiso decir a su madre todo lo relativo a Celeste, pensando que si al día siguiente le enviaba los auxilios prometidos, devolvería naturalmente el alfiler de brillantes.

En el teatro vio a Aurora en un palco, vestida sencillamente con un traje blanco y una flor prendida en el pecho. Toda la noche Arturo dirigió el anteojo a la joven. Ésta se dio por entendida y pagó la galantería con algunas miradas y sonrisas. Arturo era tan feliz que se olvidó completamente de Celeste y de Teresa. Esa misma noche tomó la pluma y le escribió:


SEÑORITA:

Es fuerza que declare a usted de nuevo mi pasión. Los desdenes de usted no han hecho más que aumentar mi amor; he obedecido a usted, y el capitán y yo hemos quedado amigos. Déme usted alguna esperanza que mitigue mis tormentos; seré el esclavo de usted; amaré a usted sola en el mundo; será usted la dueña de mi corazón, la señora de mis pensamientos, mi universo, mi diosa, mi ángel en la tierra.

Lo que siento en mi corazón no es amor, es fuego que quema mi sangre; mis tormentos son crueles, e imploro su piedad y compasión. No sea usted, pues, insensible, y tenga la bondad de contestar dos letras a quien la amará hasta más allá de la tumba.

A.
 

Esta ardorosa misiva fue envuelta en una cubierta perfumada, y al día siguiente, luego que Arturo se levantó, se fue a la casa donde la noche antes le habían dicho que vivía la muchacha. Buscó al cochero; el cochero a la recamarera; la recamarera a la costurera de la niña, y la carta fue encaminada a su dueño por estos conductos. Ya se deja entender que el joven gratificó liberalmente a estos agentes.

Concluida esta importante operación, Arturo volvió a su casa; se puso una elegante bata de cachemir y seda, un gorro griego, y se sentó al piano a estudiar la Bohemia Girl, ópera nueva que había sido representada más de sesenta veces en Inglaterra.

No hacía media hora que Arturo se había puesto a tocar, cuando le avisaron que le aguardaba un caballero. Arturo se dirigió a su cuarto y se encontró a Rugiero.

Éste, después de saludarlo, miró con sus ojos de ópalo a la camisa de Arturo, y sonrió maliciosamente.

—Cabalmente deseaba que vinieseis —le dijo Arturo algo embarazado— porque el fistol se me ha perdido, y deseo saber el precio…

—¿De veras se ha perdido? —preguntó maliciosamente Rugiero.

—Positivamente —respondió el joven con seriedad.

—Entonces no hay cuidado; lo encontraremos, pues en cuanto al precio… es muy subido. Figuraos, Arturo, que pertenecía a un virrey de Egipto… Pero con un amigo nada se pierde; tranquilizaos, Arturo. Eso es poca cosa y no merece que hablemos más sobre el particular.

—Eso es imposible —dijo Arturo— yo no podré estar tranquilo, si no pago ese prendedor, aunque fuera necesario vender hasta mi camisa…

—Pero ¿de veras se ha perdido? —volvió a preguntar Rugiero con un tono muy marcado de duda.

—De veras —contestó Arturo algo cortado.

—Pues en ese caso, haremos una cosa, puesto que absolutamente queréis pagármelo.

—¿Cuál?

—Esperemos quince días. Si expirado este tiempo, no parece, entonces diré el precio, y nos convendremos.

—Muy bien —dijo Arturo—, quedo satisfecho con esto.

—Hablemos ahora de otra cosa.

—De lo que queráis.

—¿Cómo ha ido de campañas amorosas, de desafío, de todo?

—Perfectamente —respondió Arturo alegrísimo—, voy viento en popa.

—Me alegro; pero os diré, joven, que no es oro todo lo que reluce.

—¿Por qué?

—¿Queréis acompañarme esta noche?

—¿A dónde?

—Ya lo sabréis; tendremos aventuras, aunque no sé si tan divertidas como las del baile.

—Estoy listo… ¿A qué hora?

—A las nueve de la noche estaré aquí…

—Muy bien.

—Llevad algunas armas, como, por ejemplo, un bastón con un grueso puño de plomo u otra cosa semejante.

—¿Es cosa de campaña? —preguntó Arturo.

—No precisamente; pero acaso tendremos que retirarnos tarde, y por los barrios de México no es muy acertado el andar sin armas a deshoras de la noche.

—Muy bien, a las nueve os aguardo, y tengo positivamente curiosidad…

—Ya veréis, será una cosa muy divertida —le dijo Rugiero, sonriendo irónicamente y despidiéndose.

A las ocho de la noche un hombre buscó a Arturo. Era el cochero de Aurora que traía la contestación. Arturo, con sobresalto y ansiedad, entró a su cuarto a ver la carta; el corazón le latía violentamente.

Abrió la carta y vio que era la misma que él había enviado a la muchacha, y la cual no había sido aún leída, pues estaba pegada con la oblea.

Arturo se quedó petrificado. Llamó al cochero y le hizo mil preguntas; pero no recibió más contestación sino que la niña le había dado a la costurera, ésta a la recamarera y la recamarera a él, la carta que le había entregado en respuesta a la suya.

Arturo despidió al criado, y luego que estuvo solo hizo mil pedazos la carta, y arrojándolos al suelo, los pisoteó. Después en alta voz, y como frenético, llamó a Aurora frívola, inconsecuente, ingrata, coqueta; maldijo su estrella; renegó de todo el sexo femenino y se echó despechado en su catre, pronunciando el nombre de Aurora, y diciendo:

—La amo, la adoraré toda mi vida.

Rugiero entró a la hora convenida, y en el momento en que vio a Arturo en tal abatimiento, y en que observó que sus ojos estaban algo húmedos, se echó a reír a carcajada abierta.

Arturo se incomodó un poco; pero no queriendo sacrificar su amor propio, contando su derrota, disimuló diciendo que tenía un dolor de cabeza, y levantándose de la cama se vistió y salió en unión de su compañero.

VI. Recuerdos, amor y esperanzas

El mismo día en que Arturo recibió una especie de desaire de la voluble Aurora, el capitán Manuel tuvo una entrevista con su querida: hacía tres años que se habían separado, y por primera vez se vieron en el gran baile. Como debe suponerse, no pudieron hablarse allí sino muy pocas palabras; pero fue lo bastante para que, a pesar de las dificultades y riesgos, combinaran una entrevista.

Manuel conocía a una mujer que se mantenía de lavar y coser ropa de hombres solos, y vivía en una calle un poco separada del centro de la ciudad. Allí pensó Manuel que con seguridad podría platicar a su sabor con Teresa, y dándole a ésta las señas arreglaron la hora, que fue la de las nueve de la mañana. La casa de la lavandera estaba en el primer piso; daba a la calle y constaba de dos piezas, una pequeña cocina y un reducido patio.

En vez de la suciedad y del abandono que, según hemos dicho, hay en la mayor parte de las accesorias de los barrios, todo respiraba allí aseo. El primer cuarto, que servía de sala y de taller al mismo tiempo, estaba envigado perfectamente, pintado de amarillo, y tan limpio que ni aun al polvo que levanta el viento se notaba. En las paredes, de un blanco brillante, había algunos grabados finos de modas, de batallas de Napoleón y de santos y vírgenes. Esta extraña mezcla de estampas resultaba de las necesidades de la lavandera: como devota y buena cristiana, necesitaba de imágenes ante quienes rezar; como algo ilustrada y de un gusto perfecto en su profesión, quería las estampas de modas para arreglarse a ellas al tiempo de planchar la ropa; y en cuanto a los cuadros de Napoleón, le había sido forzoso recibirlos de manos de un joven elegante que, demasiado honrado, quiso pagar de alguna manera el trabajo de la excelente lavandera.

El ajuar de esta sala se componía de unas sillas, de un par de rinconeras y de una mesa redonda; todo pintado a imitación de la caoba, colocado en su lugar y perfectamente lustroso y bien conservado. En las mesas de rincón, en vez de ricos floreros de cristal o estatuas, había unas modestas jarras de porcelana, de cuyo cuello se desprendían unos ramilletes compuestos de claveles, de rosas, de chícharos, de amapolas y de otras mil flores, cuyo olor se difundía en la atmósfera de la modesta habitación. En medio de la sala había una gran mesa de cedro, en donde estaban extendidas multitud de piezas de ropa, y en el suelo una hornilla portátil donde se calentaban las planchas.

La recámara era más pequeña y contenía un antiguo armario o ropero chino, encarnado y con labores y relieves dorados, y el lecho, que merecía ser observado cuidadosamente. Las almohadas, de seda encarnada, tenías unas fundas llenas de primorosos calados imitando los encajes más exquisitos; la sobrecama era blanca, de un algodón finísimo y recamada con bordados de seda de vivos colores, imitando campiñas, montañas, animales feroces de toda especie, y figuras de hombres y mujeres las más caprichosas y fantásticas: era un mosaico curioso que merecía estar detrás de la vidriera de un museo.

Sobresalían un poco las sábanas de lino, bordadas con curiosas orlas y tejidos de algodón; y todo esto era obra de la lavandera, que había dedicado sus ratos de ocio a ordenar su lecho, si no con la ostentación de un rico, sí con toda la cómoda voluptuosidad de que es capaz una gente de la clase pobre y trabajadora de México. Toda la recámara estaba llena de claveros y cordeles, de donde pendían trajes blanquísimos interiores: todos estaban limpios y lustrosos. Había no sé qué atractivo secreto en este cuarto de la lavandera que involuntariamente se venía a la imaginación que estos trajes pertenecían a otras tantas hermosuras.

El pequeño patio no desdecía de las piezas de que se ha hablado. Una higuera y un frondoso fresno le formaban un toldo de verdura. Alrededor del fresno había algunas macetas de plantas trepadoras, que enredaban sus zarcillos con el tronco de los dos árboles. Algunas campánulas y mastuerzos subían por las paredes y ostentaban su hermosura. En medio de estas plantas verdes y nácar, se veían las jaulas, con sus zenzontles y calandrias que saltaban y gorgojeaban contentos.

Dos o tres gallinas vagaban por el patio, y un corderillo, limpio, peinado y con una campanilla al cuello, estaba atado a un poste. Tal era la habitación de la lavandera, y si nos hemos detenido en estos pormenores, no es sino por la idea que tenemos de dar a conocer, en cuanto sea posible, las diversas clases de que se compone la sociedad de México.

La dueña de esta casa estaba en armonía, por decirlo así, con cuanto le rodeaba. Tenía como treinta años; era alta y robusta, de color moreno y cutis finísimo; su pie pequeño y su pierna redonda y mórbida lucía perfectamente, pues vestía unas enaguas altas de fina muselina, y las ropas interiores estaban adornadas con encajes y calados, tan curiosos como los de su lecho. Calzaba siempre un zapato de seda verde oscuro. Su camisa, dejando descubierto su cuello, estaba bordada con chaquira negra formando labores, de las cuales se desprendían unos botoncitos o adornos que se llaman piñitas.

La fisonomía de esta mujer era, si no hermosa, al menos agradable: tenía grandes ojos negros; labios gruesos, pero frescos; una dentadura blanquísima; mejillas encarnadas, en las que se revelaba la salud y la robustez, y su pelo negro pasaba dividido en dos bandas por encima de las orejas y anudado por detrás con listones rojos: tal era la propietaria de esta casa.

Como lavandera de profesión, tenía conocimiento con las mejores casas de México; su exactitud, su habilidad y su honradez le habían dado mucha fama, y con esto le sobraban parroquianos. Se levantaba con la luz, aseaba cuidadosamente la casa, limpiaba las jaulas de los pájaros, en seguida se ponía a trabajar hasta las ocho o las nueve de la noche, sin más interrupción que las horas precisas para comer. Tenía a su servicio, durante la mañana, algunas muchachas oficiales, y así lograba cumplir con todo lo que tenía a su cargo.

A esta mujer, pues, ocurrió Manuel. Impaciente toda la noche, apenas pudo cerrar los ojos, y a la mañana siguiente antes de las siete se dirigió a la casa de la lavandera.

Ésta se hallaba ocupada en sus quehaceres; y limpia y alegre, cantaba una de esas canciones populares, tan lindas y que a veces tienen más eco en el corazón que la música de las óperas.

—Dios te guarde, Mariana —le dijo el capitán entrando y pasándole familiarmente el brazo por el cuello.

—Guarde Dios a usted, señor capitán —le contestó la lavandera, interrumpiendo su canción—. ¿Qué se ofrece, que tan de madrugada anda usted por estos barrios? ¿Quiere usted su ropa ya, cuando apenas es jueves?

—No se trata de ropa ahora, Mariana —continuó el capitán sentándose—, sino de pedirte un favor. ¿Me lo concederás?

—Según sea. Ya usted sabe que, aunque pobre, soy honrada y vivo de mi trabajo.

—Tampoco se trata de que dejes de ser honrada, Mariana.

—Pues entonces ¿qué me pediría usted que sea yo capaz de negarle?

—Deseo tener una conversación, en tu casa, con una muchacha.

—¡Vaya, señor capitán!, usted quiere quitarme el crédito.

—¿Por qué, Mariana?

—Porque ya usted ve… esas citas de señoras de coche en casa de una pobre como soy yo… Luego no querrán fiarme su ropa las gentes decentes y…

—¿Has salido de ejercicios, Mariana? ¿Te has confesado ayer que estás hoy tan escrupulosa?

—Bien sabe Dios —contestó con voz compungida— que soy una gran pecadora; pero mi casa es muy honrada.

—Que se te quiten esos temores: la mujer que hoy debe venir aquí, es muy desgraciada.

—¿De veras?

—Positivamente.

—Su marido la molestará acaso; sus padres le prohibirán que le hable a usted. ¿No es verdad? En ese caso consiento con todo mi corazón. Soy enemiga declarada lo mismo de los maridos imprudentes que de los padres tiranos. Pregúntele usted a las niñas Doloritas, y Antoñita, y Lugardita, y…

—¡Jesús, Mariana! —le interrumpió el capitán—, y dices que eres buena cristiana.

—Pero eso sí; nada de malo han hablado; se han dicho que se quieren, pero todo conforme Dios manda. Le contaré a usted, señor capitán, un cuento muy divertido.

—Lo dejaremos para otro día, si te parece, Mariana —dijo el capitán algo violento—, por ahora márchate, que deseo estar solo.

—¿Márchate? —repitió Mariana, remedando la voz del capitán—, como si fuera eso tan fácil; y mi trabajo, y el tiempo que pierdo…

—Toma, Mariana —le dijo el capitán, quitándose un anillo de oro y esmalte que tenía en el dedo—, es muy justo te indemnice; pero vete pronto y acuérdate de que mis bolsillos han estado siempre abiertos para ti.

—¡Guapo y liberal como el capitán no hay ninguno! —exclamó Mariana mirando el anillo y pasándolo a su dedo—. Me voy, me voy; cuidado con espantar a mis pájaros y a mi borrego, ni descomponer los vestidos, ni la cama, ¡eh, señor capitán!

Mariana se puso encima unas enaguas limpias, tomó su rebozo reluciente de seda y salió de su casa, haciendo nuevas recomendaciones.

El capitán quedó solo; lo necesitaba por cierto. Cuando después de mucho tiempo se va a hablar, a ver, quizá a estrechar contra el corazón a una mujer que se ha idolatrado en los primeros años de la vida, se necesita prepararse con la meditación y el aislamiento para un acto tan sublime.

Cuando alguna vez nos hemos aislado de todo cuanto nos rodea para no creer más que en una mujer; para no pensar más que en ella, y para no adorar sino a ella sola, hemos comprendido los éxtasis de los santos, hemos creído entonces en la vida contemplativa de los anacoretas, a quienes el amor y la esperanza ha hecho felices por muchos años en medio del desierto y de la silenciosa soledad. Si algo hay de divino en la miserable organización humana, es el amor.

Luego que salió Mariana, el capitán quedó inmóvil, mudo, fuera de sí. Su corazón latía con fuerza; una especie de calofrío recorría todo su cuerpo, y pálido, silencioso y con la respiración trabajosa, se dirigió a un sillón, se sentó e inclinó su cabeza sobre el pecho. Cualquiera habría dicho que este nombre agonizaba, cuando no hacía más que aguardar a una querida. Si las mujeres vieran cómo sufrimos, con qué vehemencia las amamos, jamás nos harían una traición.

El capitán permanecía con la cabeza inclinada y los ojos entrecerrados. Todos sus pensamientos, todas sus potencias, toda su alma, su vida pasada y futura, aunque parezca atrevida la expresión, estaba reconcentrada en el pensamiento de Teresa. La veía venir pálida, doliente, desgraciada; pero se le figuraba que una aureola de luz la rodeaba; que ángeles con alas de oro y de esmalte la circundaban; que por doquiera que pasaba aquella mujer, dejaba un aroma desconocido cuya esencia no podía definirse. Manuel se figuraba las delicias del cielo, y no las podía comprender sin la compañía de Teresa.

Y a pesar de este amor, estos jóvenes no se casaron, sino que, arrojados por un camino distinto, vagaron tres años, solos, absolutamente solos, porque hay seres sobre quienes pesa una negra fatalidad, porque rara vez se realiza esa fusión de dos almas en una, porque no es frecuente que se cumpla esta santa idea de unir con el matrimonio al hombre y a la mujer.

Manuel se levantó, dio algunos paseos por la sala y salió después al patiecillo. Las calandrias cantaban, las campánulas pendían de sus tallos, como si fueran los arabescos de este toldo de verdura, y en el cáliz de los mastuerzos aún temblaban las gotas de rocío. Manuel suspiró y sus ojos se llenaron involuntariamente de lágrimas: envidiaba la felicidad de Mariana que, exenta de pasiones, trabajaba como una hormiga para juntar algunos granos para el invierno de su vejez.

Dieron las nueve en el reloj de una iglesia cercana.

Cada vibración de la campana fue a resonar en el corazón del capitán. Inquieto salió a la puerta. La calle estaba solitaria; uno que otro hombre embozado, pero no sospechoso, se veía en ella. Manuel se metió agitado y dio unos pasos. Volvió a salir a la puerta y en la esquina divisó una mujer de un cuerpo flexible y gallardo, vestida con un rico traje de seda negro y una mantilla, cuyo velo, bordado de ricas y exquisitas flores, cubría totalmente su rostro.

El corazón del capitán latió más violentamente, y no se engañó: era Teresa, que vacilante y llena de temor, entró a la casa donde le aguardaba el capitán, con esa indefinible mezcla de alegría, de susto y de agitación que hemos procurado describir.

—¡Teresa! —le dijo el capitán tendiéndole la mano.

Teresa no pudo responder y apenas tuvo el tiempo necesario para echarse atrás el espeso velo que le cubría el rostro y dejarse caer en una silla.

—Estás muy pálida —le dijo el capitán—. ¿Te ha sucedido algo?

—Nada, Manuel —le contestó la muchacha—, hacía tres años que no te hablaba; que no tenía esas dulces conversaciones del tiempo de nuestros amores, y la idea de felicidad que hoy me aguardaba me ha hecho un efecto terrible, que ni yo misma creía. Necesité de mucho esfuerzo para llegar aquí.

—¡Si vieras, Teresa, que me ha sucedido lo mismo! —le dijo Manuel sentándose junto a ella y clavando melancólicamente sus ojos en el rostro pálido e interesante de su querida.

—¿De veras, Manuel?

—Pon la mano en mi corazón, Teresa; verás cómo late.

El capitán tomó la pequeña mano de la muchacha y la puso sobre su pecho.

—¿Y no me has dejado de amar nunca? —le dijo Teresa.

—¡Nunca! ¡Nunca!

—¿Pero tú has sido feliz, no es verdad?

—Ni un solo día, Teresa. Desde que te conocí, al despertar, al dormir, al hacer las más insignificantes acciones de mi vida, siempre tu imagen ha estado delante de mis ojos y grabada en mi corazón. Puedo decir que has vivido conmigo; que tu alma ha estado dentro de la mía, y que he sentido el contacto de tu mano, el calor de tu cuerpo, el sonido de tu voz. Yo creía que era posible olvidarte… pero ni un momento te he olvidado, Teresa. Ya ves, Dios, nos ha unido en pensamiento y en verdad; ¿por qué nos hemos de separar?

—Pero tú has tenido otras queridas, y tal vez las has amado…

—Te creía muerta, Teresa, como te lo dije la otra noche.

El rostro de Teresa se cubrió de una nube de tristeza; el capitán la observó, y con acento sincero y apasionado, continuó:

—¡Bien, ángel mío! si ahora me arrodillara delante de ti y te dijera: Teresa, ningún amor más que el tuyo ha llenado mi corazón; a ninguna mujer más que a ti he visto con la confianza y la ternura de una madre, de una amiga, de una esposa; en vez de placeres, no he tenido más que desengaños y amarguras; he pasado las noches en las orgías, y he vivido en los cafés, reunido con una porción de hombres desmoralizados; he vagado errante de ciudad en ciudad, buscando pendencias y aventuras; pero todo esto ha sido porque me faltaba mi Teresa, porque la creía en el sepulcro; y despechado, y sin porvenir, y sin esperanza, procuraba ahogar la tristeza y el fastidio que me consumían en una vida disipada, pero activa. Si todo esto te lo revelara con el acento de la más pura verdad, y te dijera: perdóname, Teresa mía; echa un velo sobre todas estas desgracias, vuélveme tu amor; sé generosa y dame la felicidad y la paz del corazón, ¿no es verdad que no serías cruel? ¿No es verdad que tu corazón bondadoso no resistiría a estos ruegos, dichos con el acento del amor y de la verdad?

Mientras el capitán decía estas palabras, que en efecto le salían de lo íntimo del corazón, se había aproximado más a Teresa y estrechaba con sus dos manos la blanca mano que ésta le había abandonado.

Teresa estrechó las manos de Manuel, y cuando éste levantó sus ojos, se encontraron con los de su querida, que estaban algo brillantes con las lágrimas próximas a desprenderse y a rodar por sus mejillas.

Manuel estaba perdonado.

—Las mujeres, Teresa —le dijo Manuel con acento solemne, y volviendo a tomar la postura que tenía al principio de la conversación—, son nuestros ángeles de guarda en el mundo. He encontrado ya a mi ángel, y desde hoy seré otro, Teresa mía. Pero dime tú ahora ¿qué has hecho desde que no me ves? Acaso mientras yo estaba siempre pensando en ti, mientras era yo desgraciado, tú me habrías olvidado…

—Ni un instante, Manuel. Los hombres son muy injustos; nos creen volubles e ingratas, y no ven que su memoria hace caer nuestras lágrimas sobre la tela que bordamos o el lienzo que cosemos. Cuando creía que me habías abandonado; que tantas protestas de amor eran mentira; que lo mismo que escribías a mí lo decías a otras, entonces… me venían ganas de matarme… Pero después pensaba en Dios, le ofrecía mis pesares y formaba la resolución de no amar a nadie más que a Él; de abandonar el mundo, donde no veía más que traición y engaños… de no volver a pensar jamás en ti…

—Teresa ¿y por qué hacías eso?

—¿Qué quieres? Es uno de los tormentos a que se condena la mujer cuando ama de veras; cada hora, cada minuto, asaltan nuevas dudas al corazón, y esto hace padecer mucho.

—Pero ahora estás tranquila, ¿no es verdad?

—Sí, Manuel, soy un poco menos desgraciada.

—Teresa —le dijo Manuel, mirándola fijamente con mucha ternura—, ¿me concederías un favor?

—¿Cuál, Manuel?

—Cuando me separé de ti, me abrazaste; ahora que te vuelvo a ver, deseo que me des otro abrazo.

Teresa pasó su brazo por la espalda del capitán, y éste estrechó a su querida contra el corazón diciéndole:

—Teresa, soy el más feliz de los hombres, no cambio una caricia tuya por todos los tesoros del mundo. Quisiera que tu cuerpo se uniera al mío, y no hablar sino por tu voz, no oír sino por tus oídos, no ver sino por tus ojos.

Teresa, encendida con una ligera tinta nácar que se hacía más notable por la palidez de su rostro, quería separarse de los brazos de Manuel, pero éste le dijo con una voz muy suave:

—Así, bien mío, así; otro momento más, porque me haces muy feliz.

Teresa abandonó su linda cabeza al capitán, que silencioso y extasiado acariciaba su negro cabello.

Después de un momento de este silencio solemne, de estas caricias llenas de amor y de inocencia, el capitán volvió a tomar la palabra.

—Ahora que estás más tranquila, Teresa mía, cuéntame algo de lo que te ha pasado. ¿Dónde está tu madre? ¿Quién es ese hombre que te acompañaba?

—Mi madre murió, Manuel.

—¿Y ese hombre?

—Es mi tutor.

—Pero, Teresa, ¿qué, no hemos de vernos en lo de adelante? ¿Ha de acabar nuestro amor? ¿He de perder la esperanza de que seas mía? Eso es imposible.

—Ya lo veo, Manuel; pero si tú me amas debes por lo mismo alejarte de mí.

—¿Alejarme de ti, vida mía? —siguió Manuel con voz muy suave—. No, jamás; una vez que te he vuelto a encontrar, te veré, te hablaré a pesar de todo el mundo.

—¿Y si hubiera un imposible?

—¿Cuál, Teresa? Sólo que tú me arrojes de tu lado, sólo que no me ames…

—¿Y si fuera yo casada?

—¡Casada! —repitió Manuel con cólera, levantándose de su asiento—. Tú me engañas, Teresa; eso no puede ser.

—Es la verdad —dijo Teresa en voz baja e inclinando la cabeza sobre el pecho.

—Me has hecho muy desgraciado, Teresa —y luego, en un rapto de desesperación, exclamó—: ¿Y qué importa que seas casada? Te arrancaré del lado de tu marido, y serás mía, porque mataré a ese hombre, a quien ya detesto.

—Vamos, Manuel, cálmate —le dijo Teresa, dándole su mano y sonriendo—, lo que te he dicho ha sido para probar tu amor. Ahora estoy persuadida de que me quieres… Te diré que no me he casado, que sólo pensaba en ti. ¡Ingrato! ya verás lo que he sufrido ¡Qué! ¿No conoces en mi rostro los martirios de mi alma?

—Teresa, eres capaz de volverme loco —contestó el capitán—. No me vuelvas a atormentar así… dime la verdad.

—Ahora te la puedo decir. Desde que murió mi madre quedé huérfana y entregada al cuidado de un tutor; éste, en los principios, me trataba bien; mas después me comenzó a celar y a oprimir. Últimamente, es decir, hace seis meses, me declaró que me amaba y que deseaba casarse conmigo. Yo resueltamente le dije que no; pero es un hombre de un genio feroz y orgulloso hasta el extremo; con su riqueza y el favor que goza con las gentes influyentes, le parece que nada puede resistirle.

»Conociendo esto, me he valido de la astucia; lo he tratado mejor, él ha concebido algunas esperanzas, y con esto me da gusto en cuanto quiero. Ha condescendido en llevarme al paseo, al teatro, al baile donde te encontré, Manuel, y en donde tenía cierto presentimiento de encontrarte, porque mi corazón me decía que México sería para mí el lugar donde hallaría la felicidad.

»Ahora lo que se necesita es que tú apeles a la justicia, porque debe haber justicia para proteger a las mujeres desvalidas; que me saques de su poder; le reclames mis bienes, y después… si me amas…»

—¡Si te amo, Teresa! Júrame que serás mi mujer. Nos casaremos. Es lo primero que debemos hacer. Yo buscaré un eclesiástico a quien confiar nuestro secreto; él nos casará, y yo podré entonces reclamarte con derecho que nadie me podrá negar. En cuanto al dinero, yo no quiero nada más que a ti…

—Dices bien, Manuel, conozco tu desinterés; pero ¿será justo que los cuantiosos bienes que me dejó mi madre se queden en poder de este hombre, que ha sido mi verdugo? Yo te contaré toda mi historia y verás si tengo razón.

—Haré lo que tú quieras, Teresa de mi corazón —exclamó el capitán—, pero sobre todo, la idea de casarme contigo me vuelve loco, me enajena.

Manuel, recobrando su buen humor, comenzó a saltar como un chicuelo en la pieza; rio, bailó, tomó las manos de Teresa y las cubrió de besos; acarició sus mejillas y luego, sentándose de nuevo junto a su querida, limpió sus ojos que estaban algo húmedos, y le dijo:

—Soy muy feliz, Teresa. Decididamente seré ahora hasta buen cristiano; y después de ser muy dichoso en esta vida, lo seré en la otra… Gracias, Teresa, gracias, vida mía.

Teresa, llena de júbilo, miraba complacida y silenciosa las locuras de su amante, y decía para sí: «Seré muy feliz con Manuel; tiene un excelente corazón y me ama mucho».

—Bien, Teresa, hablaremos formalmente.

—Diga usted lo que quiera, señor capitán —le dijo Teresa con tono chancero.

—Hoy veo al cura, a mi amigo el Gobernador, al Presidente, a todo el mundo; el caso es que mañana a las nueve venga aquí mi Teresa a ser mi esposa. ¡No haya miedo, muchacha! Te quiero mucho y has de ser feliz. En cuanto al dinero, lo reclamaremos si quieres; pero será para ti; yo cumpliré con entregarte mi pobre paga de capitán, y ser tu amigo, tu compañero, tu amante, tu esclavo. ¿Estarás contenta?

Teresa sonrió con esa dulce satisfacción que se apodera de la mujer que se cree verdaderamente amada, y dijo con una voz amorosa:

—Lo que tú hagas, lo doy por bien hecho; mañana vendré a esta hora, y… tú harás lo demás. Por hoy es preciso retirarme; la menor sospecha de mi tutor nos sería funesta. Así, adiós, Manuel.

—Adiós, Teresa, adiós.

La joven se cubrió el rostro con su velo y salió.

—¡Adiós, ídolo mío! —repitió el capitán, espiando por la hendedura de la puerta a su querida, hasta perderla de vista. Después entró, y tomando su sombrero y su capa, salió también, cerrando la puerta por fuera y diciendo: «Si de esta fecha no me muero de alegría, digo que viviré eternamente. Mañana me caso; pero hoy parece que sueño todavía.»

VII. Explicaciones

Los albaceas y los tutores han sido, son y serán siempre unos bichos dañinos. Un refrán dice: «Que más se quiere lo que se cría que lo que se pare», y como los albaceas y los tutores crían el dinero de sus menores, es claro que lo aman más, y lo aman hasta tal punto que cuesta infinito trabajo que se desprendan de él. ¿Qué hace, pues, una niña o unos niños que quedan en edad tierna huérfanos, y cuyos bienes y educación se confían a un hombre desconocido y tal vez extraño absolutamente para ellos?

Las leyes los protegen, es verdad, ¿pero una joven, un niño que va a la escuela, están en el caso de entender las leyes cuando apenas las comprenden los mismos abogados? ¿Qué valdrán los recursos de unos seres débiles, extraños a las intrigas del foro y a las maldades sociales, contra la influencia de un hombre en posesión ya de un gran caudal, con el que puede ablandar la integridad de los jueces, mover la fastidiosa elocuencia de un abogado y torcer la fe del escribano?

Todo esto se dice, bajo el supuesto de que los jueces puedan formar una idea exacta de parte de quién está la justicia; de que los abogados tengan elocuencia y los escribanos fe, y de que todo ese embrollo de leyes romanas, góticas y mexicanas, que forman un caos, pueda llamarse legislación.

Resulta, pues, un hecho, y es, que cuando el albacea o tutor es hombre venal, los menores se quedan en la indigencia; cuando el albacea o tutor es hombre de regular educación y moral, los menores cogen una parte de lo suyo; y cuando, en fin, el albacea es hombre de esos devotos y ascéticos, que deseando ganar el cielo andan en buenos coches sobre esta tierra miserable, quizá para no ensuciarse los pies con su vil y despreciable polvo, los menores gastan, sin su voluntad, en lo que se acostumbra llamar obras pías, que es acaso lo que menos tienen.

Por final resultado, los menores siempre reciben mermado su caudal; y como lo menos de que se ha cuidado es de educarlos para el trabajo y para que sirvan bien a su patria con sus bienes y su persona, los menores, cuando han llegado a su mayor edad, derrochan su caudal y se quedan en la miseria. Para mi modo de ver, la fatalidad con su mano de hierro, como diría un romántico, pesa sobre estos entes equívocos, sobre estos fetos sociales que necesitan, según las leyes, un periodo larguísimo para desarrollarse y formarse.

Hay mil cosas que pasan inadvertidas y que deberían vigilarse por el gobierno. Cuando pensamos algunas veces sobre política, lo que muy raras veces sucede, nos figuramos al gobierno como el padre de una gran familia. ¿Y como tal, no debería tener cuidado y vigilar que ninguna persona estuviera sujeta ni remotamente a la arbitrariedad y a la injusticia de otra? ¿Por qué no se establece un tribunal, compuesto de hombres íntegros y doctos, que cada año, por ejemplo, examine el curso de esos ruidosos pleitos de padres e hijos, de tíos y sobrinos, de albaceas y menores, de tutores y tutoreados?

Y que este examen no sea ni para fallar ni para embrollar con dilatorias y trámites, sino para cerciorarse simplemente de si hay legalidad, arreglo y buena fe en la secuela de los negocios, para enderezar la justicia a favor de los débiles, para proteger a los que, sin la fuerza, sin los elementos, sin la instrucción necesarios, pleitean con los que tienen astucia, dinero y mala fe.

El albacea y tutor de Teresa era uno de esos hombres avaros, corrompidos, infames, para quienes ningún medio era malo, con tal de que diera un resultado favorable a sus miras. Dedicaremos algunas líneas, para que el lector tenga toda la inteligencia necesaria de los hechos sociales que nos hemos propuesto referir.

La madre de Teresa enviudó a los pocos meses de haberla dado a luz, y quedó dueña de muchas riquezas, porque el marido, que la adoraba, la nombró albacea de su hija. La madre procuró conservar los bienes, pensando que con la educación virtuosa y recogida que daba a su niña, le dejaría dos caudales en vez de uno; no pensaba la pobre madre, que a veces las riquezas son fuente de desgracia para las jóvenes.

Nunca pudo la madre venir a la capital, y vivió retirada en una de sus haciendas, cerca, de San Luis Potosí; así, Teresa, con el aire libre y saludable del campo, se desarrolló físicamente con la pompa y hermosura con que crecen las flores silvestres. El padre, se nos había olvidado decir, era español, y entre otros bienes poseía algunas fincas en La Habana.

Tenía Teresa quince años, cuando la madre se vio atacada de una grave enfermedad de nervios; todos los médicos más famosos de San Luis y aun muchos de la capital la asistieron; y un día, reunidos en sus temibles juntas, decidieron que la enfermedad no tenía más remedio que viajar por el mar y radicarse por algún tiempo en un clima cálido.

La señora pensó en La Habana; y como cuando un enfermo está grave cualquier sacrificio para sanar le parece poco, salvando todos los obstáculos imaginables dispuso el viaje, llevando consigo a su hermosa Teresa.

Tiempo hacía que procuraba ganar su confianza un hombre al parecer lleno de virtudes y de probidad, que confesaba y comulgaba cada ocho días, y que, instruido en los negocios del campo, podía ser de la mayor utilidad. Este hombre se llamaba don Pedro, y como era bastante hábil, logró por medio del confesor de la señora, quedarse encargado del manejo de todos los bienes.

A los tres años, suspirando siempre la madre por su patria, y restablecida su salud, dejó la isla de Cuba y volvió, en unión de su hija, a la hacienda donde tanto tiempo había vivido. Don Pedro le entregó muy buenas cuentas; todos los bienes estaban aumentados y en prosperidad; así es que don Pedro fue el depositario de todas las confianzas de la madre y el jefe de la familia; y por supuesto, cuando la madre murió, fue el albacea y el tutor de Teresa, quien cayó bajo su exclusivo dominio.

La muchacha, como hemos dicho, había crecido bella e inteligente, y educada por una madre llena de virtudes y de bondad, su alma estaba adornada de las mismas cualidades. Don Pedro pensó que no era mal negocio quedarse con la muchacha y con los bienes; pero había un obstáculo invencible, aunque muy natural. Ni la edad ni la figura de don Pedro podían ser atractivos para fijar la atención de Teresa, la que había tratado a éste verdadero intruso en su familia con cierto respeto, pero al mismo tiempo con miedo y desconfianza, sin que pudiera darse cuenta de la razón por qué experimentaba esos sentimientos.

Durante su residencia en San Luis Potosí había conocido a un militar joven que no cesaba de seguirla a todas partes y de insinuarle de mil maneras su inclinación. Como era de esperarse, comenzaron los dos por entenderse y concluyeron por amarse, entablándose una correspondencia que, por medio de los criados, circulaba con la mayor facilidad. Todo esto pasaba en vida de la señora, que falleció sin sospechar siquiera que el corazón de su hija estaba ya empeñado.

El joven militar era Manuel; hijo de un viejo general, lo dedicó a la carrera, dejándole a su muerte un pequeño capital impuesto sobre una casa situada en la calle del Empedradillo, con lo cual pudo concluir su educación. Una vez entrado en el servicio del ejército, recorrió una buena parte de la República, ya permaneciendo en una y otra ciudad de guarnición, ya en algunas de las campañas frecuentes a causa de la guerra civil. Así fue a dar a San Luis y así conoció a Teresa, y así concibió por ella un amor que no cambió ni se entibió jamás.

Don Pedro ignoraba también todo esto, pero, suspicaz y malo por carácter, enamorado por otra parte de su pupila y pensando que de un momento a otro podía escapársele de entre las manos, desde que quedó enteramente a su cargo, la espiaba día y noche, no la dejaba salir a la calle sino con criadas de mucha confianza, y la privaba, por supuesto, de toda diversión pública.

Establecido ya en México, siguió el mismo método, pero reflexionando que tanta severidad podría exasperar a Teresa, adoptó un término medio, procuró satisfacer todos sus pequeños caprichos femeninos y rodearla, no sólo de las comodidades a que tenía derecho por su riqueza, sino hasta de un lujo que no dejó de llamar la atención en la ciudad.

Cuando una sociedad de aduladores y agiotistas determinó dar un baile (como no se había visto otro en México, después del que dio el ministro inglés con motivo de la coronación de la reina Victoria) para celebrar el cumpleaños del general Santa Anna, entonces presidente de la República, Teresa manifestó a don Pedro su deseo irrevocable de asistir al baile, porque algo le decía el corazón.

Por otra parte, don Pedro no quería faltar a esa gran fiesta, porque en la posición visible que guardaba en la sociedad, se hubiese considerado su ausencia como una grave falta y un desprecio personal al Jefe del Estado; así creyó conciliar un deber y complacer a la vez a la muchacha, proponiéndose observar su conducta en el baile.

Se puso de acuerdo con un antiguo amigo, don Juan Alonso Quintanilla, hombre de dinero, que había contribuido con una buena parte para el baile, y ambos, acompañando a Teresa, se dirigieron a la hora conveniente al Teatro Nacional. En el curso de la noche, al parecer, don Pedro dio amplia libertad a su pupila, y así se lo dijo, pero disimulándose entre los grupos y el continuo movimiento de la inmensa concurrencia que no cabía ya en el salón, no cesó de vigilar y de observar hasta los más insignificantes movimientos de Teresa.

La vio bailar con Arturo y con el capitán, notó su tristeza y su abatimiento y pensó que esto provenía de alguna pasión oculta; sospechó de Arturo, del capitán, de todo el mundo, porque en efecto, los más apuestos y distinguidos muchachos, no dejaban de fijarse en Teresa, por su hermosura, por su elegancia y por ese aire sentimental que no podía disimular.

Don Pedro se retiró del baile celoso, despechado, sin saber qué hacer ni qué partido tomar; si precipitar el desenlace o sufrir, tener paciencia y esperar la mejor ocasión. Ninguno de estos sentimientos demostró a Teresa y, por el contrario, redobló sus atenciones con ella, pero se propuso vigilarla y espiarla de todas maneras.

La mañana que salió Teresa acompañada de su criada favorita, don Pedro la siguió, vio al mismo capitán que había bailado con Teresa asomarse con precaución por la puerta entrecerrada de una accesoria, a poco Teresa entró a la casa dejando a la criada en una esquina y la puerta se cerró. Los amantes estaban ya juntos.

Don Pedro hubiese en ese momento querido tener a su disposición un rayo para reducirlos a cenizas. Su primer ímpetu fue arrojarse sobre la puerta, romperla y caer sobre los culpables. No tenía fuerzas ni armas. Se mordió los labios y comenzó a pasearse por la calle, pensando en ejecutar cosas imposibles.

Llamar a la justicia y a la policía, no, era un escándalo. Correr a su casa en busca de un arma y matar a Teresa y al capitán cuando saliesen… tampoco, eso lo conducía derecho a la horca. Encerrar a Teresa en un convento, tal vez, pero eso sería para más adelante, y lo que él quería, como todo celoso, era una venganza inmediata y terrible.

Era, sin embargo, impotente, nada podía hacer, vagaba como un loco. Levantando la cabeza para ver si la casa tenía otras entradas, observó en los fierros del balcón, atado, un papel que decía: «Esta vivienda se alquila», y la vivienda estaba precisamente encima de la accesoria donde vivía Mariana.

Don Pedro subió, tocó fuertemente y una mujer que cuidaba la casa le abrió, y don Pedro, sin decirle una palabra, entró, recorriendo como un demente aquellas piezas frías, desnudas y polvosas.

—¿Cuánto gana esta casa? —le dijo al fin a la mujer que le seguía.

—Veinte pesos cada mes, fiador y renta adelantada —le respondió la cuidadora.

—Bien, es mía, la tomo desde luego, es menester quitar el papel inmediatamente y no enseñarla a nadie. Toma, para cigarros.

Don Pedro dio algunas monedas de plata a la portera y continuó andando precipitadamente por las mismas piezas que había recorrido. De pronto la casualidad le proporcionaba un local desde donde, sin ser visto, pudiese a todas horas observar la casa de Mariana. De repente se volvió a la portera y le preguntó:

—¿Tiene esta casa comunicación con la accesoria?

—No, señor —contestó la portera—, sólo queda en la sala una claraboya que servía para espiar a las gentes, antes de abrir, pues se entraba por la accesoria y el zaguán estaba cerrado. Desde que se mudó doña Mariana la lavandera, se tapió la puerta de comunicación. Ya verá usted, señor.

La portera condujo a don Pedro a la sala y le mostró un agujero del diámetro de un peso que estaba disimulado en medio de la pieza, entre los ladrillos del suelo.

—Bien, bien —respondió don Pedro—, déjame solo, mejor dicho, ve a comprarme cigarros al estanquillo más cercano.

Desembarazado de la vieja cuidadora, cerró la mampara con la aldaba, se quitó el sombrero, se tendió en el suelo y aplicó un ojo a la pequeña claraboya, desde donde efectivamente se podía ver una parte del salón de Mariana, pero los amantes no estaban precisamente colocados de modo que pudiesen ser vistos.

Apenas y con trabajo, y cambiando de postura y aplicando ya el ojo derecho, ya el izquierdo, podía ver don Pedro, o una parte de la cabeza y cara del capitán, o la punta del pie de Teresa, o un brazo que se movía para estrecharle la cintura, o quizá dos bocas que se juntaban para confundirse en un solo beso.

Al menos a él se le figuraba todo esto, porque inyectados sus ojos de sangre, latiendo su corazón contra los ladrillos polvosos del salón oscuro, realmente no veía en la habitación de Mariana sino un foco de luz que lo deslumbraba, pues el sol entraba de lleno por la puerta del jardín; pero sí oía suspiros y murmullos y palabras de amor, a las que sus celos y su cólera daban una siniestra interpretación.

No pudo sufrir más, tembloroso, agitado, desgarrando con sus manos crispadas la pechera de su camisa, reventando la cadena del reloj, arañando el suelo con sus uñas, se levantó, y lleno de polvo y telarañas salió de aquella casa deshabitada, dejando a la portera, que volvía con una cajetilla de cigarros en la mano, aterrorizada con su feroz aspecto, como si se le hubiese aparecido una visión del otro mundo.

VIII. Un buen consejo

Cuando don Pedro entró a su casa, una especie de vértigo infernal se había apoderado de su cabeza: sus miembros temblaban; dos dientes grandes, únicos que tenía en la boca, asomaban por entre sus labios cárdenos, y su cabello cerdoso y negro, por la tinta con que acostumbraba teñirlo, estaba erizado y en desorden.

En cada una de las arrugas de su cara aparecía una línea roja, y sus anchas narices se abrían para dar paso a su respiración trabajosa. Sin embargo, este hombre tan repugnante, quería ser nada menos que el marido de Teresa.

Subió la escalera, y gruñendo y regañando a los criados que encontró al paso, se dirigió a su cuarto y se encerró.

Dio algunos paseos por la pieza, como si fuese un tigre encerrado en una jaula; sus ojos veían fantasmas sangrientos; la venganza llenaba su corazón, y hubiera sido su consuelo supremo el ver cubiertos de sangre y moribundos a Teresa y a su amante.

Tenía razón, si puede concederse razón a los instintos brutales y dañados de las pasiones; un gran caudal y una hermosa muchacha se le escapaban de improviso de entre las manos, y sus sacrificios y la constancia de muchos años iban a quedar estériles. Amaba el dinero como un avaro, y a la muchacha como un viejo.

Ya se comprenderá que estas dos pasiones tan fuertes, tan enérgicas, engendran en este caso la de la venganza; su primer pensamiento fue llamar a Teresa, asesinarla y fugarse en seguida. Así pues, buscó unas pistolas, sacó un puñal, desenvainó una espada; finalmente, recorrió todas las armas que tenía en su cuarto, pensando al tiempo de mirarlas, escoger la que causara más tormento a Teresa; pero después las arrojó con desdén y exclamó golpeándose la frente:

—¿Y él? No, es preciso que los dos sufran mi venganza. ¿Y si la justicia se apodera de mí, y embargan mis bienes y me encierran en una de esas infames prisiones de México? Si yo encontrara un medio de aniquilar sin comprometerme… ¡Oh!, daría mi alma a Satanás con tal de que mi venganza fuera terrible, inaudita.

Don Pedro se arrojó en su lecho; se retorcía como una culebra y mordía las almohadas de rabia y de desesperación. Después se quedó un poco quieto, meditando profundamente en los medios que debería poner en planta para lograr al menos quedarse con el dinero de su pupila.

El ruido de tres golpes suaves que sonaron en la puerta lo sacó de su éxtasis satánico, y precipitadamente se levantó, se compuso el vestido y el cabello, recogió las armas que había esparcido por el suelo, las colocó en su lugar y, procurando dar a su rostro un aire de calma y de serenidad, fue a abrir.

Rugiero se presentó.

—Mucho me alegro de ver a usted por aquí, amigo mío; pase y tome asiento —le dijo don Pedro.

Rugiero era antiguo amigo de don Pedro, y el mismo que le había aconsejado la conducta hipócrita y sumisa que debía guardar cerca de la madre de Teresa. Don Pedro le conocía de muchos años atrás y lo había escogido como su banquero; su influjo era tan grande en el alma de nuestro albacea, que cuando hablaba con él, quedaba fascinado como el pájaro con el aliento de la serpiente.

—Decía —continuó el albacea acercándole un sillón— que me alegraba mucho de ver a usted.

—¿Por qué? —interrumpió Rugiero, sentándose con el mismo desenfado con que lo había hecho en la casa de Arturo.

—Porque hoy tengo un asunto grave entre manos.

—¡Oh!, ya adivino poco más o menos… La niña estará enamorada y…

—Sí, sí, algo de eso; pero…

—Y querrá, naturalmente, llevarse consigo todo el caudal.

—No precisamente todo —contestó don Pedro afectando indiferencia—, pero sí alguna parte.

—Y después de tantos años de acercar la escupidera a la madre de Teresa, de hacer los oficios de un vil criado, de refrenar las pasiones y poner una cara de santo, y confesar y comulgar cada ocho días, os quedaréis en la miseria, reducido a pedir de limosna las migajas sobrantes de la mesa de Teresa, y los pantalones inútiles de ese capitán calavera y disipado.

—Es verdad, es verdad —exclamó don Pedro con los ojos encendidos de cólera— todo esto me va a suceder.

—Porque, naturalmente, en cuanto se case, el capitán reclamará los bienes de su mujer, y vendrán los escritos, los abogados y los escribanos; y como la muchacha es bonita, sus ojos tendrán con esa gente tanto influjo como vuestro dinero.

—¡Oh!, esto es atroz —exclamó don Pedro.

—Y os quedaréis pobre, y os lo predigo; y además ¿quién os libertará del tormento que os cause el considerar que Teresa y el capitán, ya casados, se entregarán a su amor, y que en la noche se reunirán para acariciarse, para decirse que se quieren, y que la aurora los sorprenderá abrazados, tranquilos y felices, mientras que vos quizá tenéis hambre y tenéis celos?

—¡Oh, eso es peor que el infierno! —exclamó don Pedro, cerrando los puños, y dejándose caer convulsivamente en un sillón.

—Vamos, responded, amigo mío —dijo el hombre del paso de Calais.

—Mi resolución está tomada; los mataré a los dos.

Rugiero soltó una estrepitosa carcajada, y dijo:

—Ésa es una tontería. ¿Y la cárcel, y los jueces, y los abogados, y la horca? Entonces el tormento será para vos, porque ellos, una vez muertos, cesan de padecer, pero…

—Pero ¿qué hacer entonces? —preguntó don Pedro.

—¿Qué hacer? —replicó Rugiero—. Vengarse, pero procurando la impunidad.

—En eso pensaba yo cuando entrasteis, amigo mío. Dadme una idea, un plan… Os daré lo que queráis…

—¿Daríais, por venganza, vuestra alma a Satanás?

—Sí; lo daría todo, mi cuerpo y mi alma.

—¿No os asusta esta proposición?

—Amigo, tengo el infierno dentro del pecho, y en este momento, no me asustan ni Dios ni el diablo.

Rugiero, con sus ojos de ópalo, se quedó mirando fijamente al albacea; éste tuvo miedo y apartó la vista e inclinó la cabeza.

—Vamos, don Pedro —le dijo Rugiero—, alzad la cabeza, no hay que desanimarse, que todo tiene remedio en esta vida, y no hay necesidad de hacer esas promesas locas; basta obrar, para que el diablo quede contento, sin necesidad de que le prometamos nada.

—Bien dicho —dijo don Pedro, levantando tímidamente la cabeza y lanzando su vista de soslayo a su interlocutor.

—Empecemos por partes. ¿Estáis celoso?

—Los he visto abrazados.

—¿Queréis quedaros con el dinero?

Don Pedro no contestó, pero se sonrió amargamente.

—Pues todo se puede hacer.

—¿Cómo, cómo? —interrumpió con ansiedad.

—Tenéis un criado mudo.

—Es cierto.

—¿Se han citado los amantes?

—Para mañana a las nueve, en la misma casa.

—Pues procedamos a obrar.

Rugiero se acercó a la mesa, tomó una pluma y un papel y escribió; luego que concluyó, pasó la carta a don Pedro y le dijo:

—Leed.

—Juraría yo que esta letra es de Teresa —dijo don Pedro asombrado y pasando los ojos por la carta.

—Leed —dijo Rugiero sonriendo.

Don Pedro leyó:


Manuel mío:

Esta noche te aguardo a las nueve y media en la calle de… número… Allí estará un padre que nos casará. Si no damos este paso, mañana ya no será tiempo. Recibe el corazón de tu

Teresa.
 

—¿Pero qué quiere decir esto? —preguntó don Pedro.

—Lo que quiere decir es, que con vuestro criado mudo enviaréis esta carta a la casa de la lavandera, donde se hallará dentro de una hora el capitán.

—Sí; pero quiere decir que esta noche acudirá…

—Imbécil —murmuró Rugiero, y se sentó de nuevo a la mesa y escribió.

—Tomad y leed —dijo echándole arenilla a la carta.

Don Pedro leyó:


Teresa idolatrada:

Esta noche a las ocho y media, procura estar en la calle de… casa numero… Allí estará un sacerdote que nos casará. Tú tutor debe salir esta noche a un asunto muy urgente a las siete y no volverá hasta las once; si no vienes, mañana será ya tarde. Es preciso que el criado de tu casa, que es mudo, y que será quien te entregue esta carta, te acompañe esta noche.

Tu amante que te idolatra

Manuel.
 

—No comprendo todavía —dijo don Pedro— y antes veo que si se reúnen, se casarán, y todo será perdido.

—Escuchad, don Pedro, ya que sois tan falto de inteligencia.

—Escucho, hablad.

—Dirigidas estas cartas, es claro, que cada uno de los amantes, va a la hora señalada; la calle está desierta, la casa está deshabitada, pues en el barrio corre la fama de que espantan en ella; así, aunque haya gritos y ruido, ni serenos ni alcaldes acudirán pronto.

—Y bien ¿qué sucederá?

—A las ocho y media os envolvéis en vuestra capa, tomáis un par de pistolas, una espada, un puñal; no importa la clase de arma; apartáis al mudo y Teresa queda sola; llamáis a un padre, con el pretexto de confesar a un moribundo, y, o consiente en casarse o… Si consiente en casarse, ya no hay caso; os volvéis con vuestra mujer a gozar delicias angélicas… si se niega absolutamente, entonces… dejáis al mudo en una pieza y el cadáver de Teresa en la otra. A las nueve, llega el capitán, y en vez de una novia se encuentra con una muerta; la justicia procederá contra él y contra el mudo; el primero, si sobrevive al pesar, le costará largos años de prisión y de martirios; y en cuanto al mudo, como no puede hablar, es claro que lo ahorcarán o lo condenarán al grillete. ¿Quedará, con esto, satisfecha vuestra venganza?

Los ojos de don Pedro, que se habían ido animando por grados, brillaron con una alegría infinita, cuando Rugiero acabó de anunciar estas palabras.

Rugiero, que lo observaba, aunque fingía distraerse en jugar con una campanita que estaba sobre la mesa, seguía con disimulo las emociones de don Pedro y sonreía maliciosamente.

—¿Y si Teresa desconoce la letra del capitán?

—Ya está previsto eso; la he imitado muy bien.

Don Pedro recorrió la carta de nuevo y observó que, en efecto, había una notable diferencia en la escritura de las dos cartas. Esto completó su satisfacción, pero habiendo súbitamente cruzado un pensamiento por su cabeza, dio otro aspecto a su fisonomía y dijo:

—Es muy hábil, amigo mío, y me ha divertido su proyecto.

—¿De veras, don Pedro? —replicó Rugiero con ironía.

—Positivamente —respondió riendo el albacea—, y me ha quitado toda la cólera y malhumor que tenía; es ingenioso, en efecto, aunque le faltan algunas precauciones.

—¿Pero supongo que lo pondrá en planta?

—De ninguna suerte —respondió el viejo—. Yo soy así… en los primeros momentos quisiera asesinar, pero después de que pasa un rato… Voy a pensar sólo en evitar un escándalo judicial, y esto es todo.

—Bien hecho don Pedro —dijo Rugiero con tono de convicción— si yo os propuse este plan, fue por pasar el rato, por divertirme… pero en la realidad sería infernal, si se llevara a efecto.

—¡Oh!, imposible que yo pensara seriamente en eso…

—Y que al fin, si los dos muchachos se quieren, vale más que se casen y que sean felices… Una transacción con ellos, lo compone todo.

—Todo absolutamente —dijo el albacea con el tono del más completo convencimiento.

—¡Vaya! Ahora que ya logré calmar a mi amigo —dijo Rugiero levantándose del asiento—, me voy…

—¡Gracias, muchas gracias! —le respondió el viejo tendiéndole la mano.

—Con que, hasta otro rato.

—Hasta más ver.

Rugiero salió diciendo entre dientes: este hombre es peor que el demonio, o peor que yo, que es cuanto se puede decir.

Luego que Rugiero salió, volvió el albacea a cerrar la puerta y, restregándose las manos con júbilo, dijo:

—Este hombre ha tenido la inspiración de un ángel, Teresa será mía y su dinero será mío… o si no, tampoco será de ese miserable calavera.

Sonó una campanilla y a poco entró un criado.

—Llámame a José el mudo —le dijo con voz afable.

José el mudo se presentó al instante; era un muchacho como de veinte años, con una fisonomía robusta y agradable, aunque falta de animación.

Don Pedro dobló y pegó con lacre la supuesta carta del capitán a Teresa, y acercándose al oído de José le dijo:

—Sal a la calle un rato, vuelve luego, y sin que nadie te vea, entrega esa carta a la niña, y vuelve a verme.

El mudo sonrió sencillamente. Tomó la carta y salió. Al cabo de un cuarto de hora volvió a entrar al gabinete del albacea.

—¿Has entregado la carta a la niña?

El mudo hizo una seña afirmativa.

Don Pedro le dio la otra carta de Teresa para el capitán, instruyéndolo de las señas de la casa de la lavandera, y lo despachó.

Era ya en esto, hora de comer. Don Pedro se sentó a la mesa; nunca había estado tan amable como entonces con su pupila, a la que le prometió no forzar su voluntad, si quería casarse; cuidarle sus bienes y vigilar por su felicidad. No hizo ninguna insinuación de amores, y le dio tantas seguridades, que la muchacha estuvo a pique de contarle su historia con el capitán, y pedirle sus consejos y su aprobación.

Al concluir la comida, el mudo regresó, y con sus señas afirmativas dio cuenta a su amo del resultado de su comisión.

Don Pedro, radiante de alegría, se despidió de Teresa y le dijo que iba a asistir a una procesión.

En efecto, don Pedro con una vela de cera en la mano, un gran escapulario en el pecho y con los ojos bajos, recorrió varias calles de México, incorporado en una solemne procesión: todos los que lo veían, exclamaban:

—¡Qué buen señor, qué virtuoso!

A las siete regresó a su casa, después de platicar sobre moral y sobre la corrupción del siglo con algunos cortesanos del cielo y de la tierra.

Saludó con mucha amabilidad a Teresa, y le dijo que asuntos de grave importancia le obligaban a salir, y que volvería tarde. Recomendó a ella y a los criados que se recogieran y se marchó.

Teresa se metió a su cuarto y se puso a llorar de alegría. Pensaba en Manuel: iba a ser tan feliz con él, que le parecía que Dios abría las puertas del cielo.

IX. Aventura nocturna

Rugiero llevó a su amigo Arturo por uno de los barrios de México y lo hizo entrar en una casa medio arruinada y completamente solitaria y silenciosa. Luego que Rugiero entró, cerró la puerta, la atrancó con una viga y ambos subieron la escalera. Las telarañas y el polvo de que estaba cubierta, daban evidentes pruebas de que la casa hacía muchos años que no era habitada; una mecha vacilante de aceite ardía ante un cuadro maltratado de la Virgen de los Dolores.

Arturo se sintió sobrecogido de cierto temor, mas cuidó de no manifestarlo. Su compañero le recomendó el silencio. Atravesaron dos o tres piezas, y en la última, que estaba completamente oscura, Rugiero detuvo a su compañero, diciéndole en voz baja:

—Ya veréis, joven, lo que es el corazón humano. Un mal consejo germina con una prontitud asombrosa; en cuanto a las acciones buenas, difícil es ejecutarlas. Por eso el mundo es, no como Dios lo hizo, un lugar lleno de bosques, ríos, montañas, aves, peces de oro y perlas, donde puso al hombre para que gozara de tanta delicia, para que bendijera la mano del que pinta el horizonte en la aurora y en el crepúsculo con los colores de esmalte y de oro, que no puede copiar el pincel humano; del que sustenta al pajarillo, y del que levanta con su soplo las olas del océano, y enciende con su mirada los luceros y los soles del firmamento; sino una fétida e incómoda prisión, donde es imposible que nadie encuentre la verdadera felicidad. ¿Pero creéis que de todas estas bellezas, que de todas estas maravillas goza el hombre como debiera? No, sin duda: las miserables pasiones lo tienen continuamente sumergido en un fango de vicios: ya veréis lo que pueden la lujuria y la avaricia.

Las palabras de Rugiero, dichas con un metal de voz rarísimo y en la oscuridad más profunda, tenían cierto eco misterioso y solemne, que no podía menos de hacer viva impresión en el alma del joven.

—Vamos —decía— este hombre conoce el mundo mucho; pero habla con cierta amargura que desconsuela. O es muy desgraciado o está ya saciado de tanto gozar.

—Mirad —le dijo Rugiero—, pero tened cuidado de no mezclaros en nada. Acontecimientos como éste están ordenados por Dios… o por el diablo; y en vano queréis impedirlos, a no ser que os resolváis a pasar mañana por un asesino. Mirad.

Rugiero llevó a Arturo a una mampara y le indicó un pequeño agujero donde Arturo ávidamente colocó la vista. Era una pieza sucia, con una pintura antigua y maltratada y, como la escalera, llena de polvo y de telarañas, que pendían de las vigas.

En una mesa de madera tosca estaba colocada una vela delgada y un par de pistolas. Junto a la mesa había un tosco sillón de paja, y en él sentado un hombre embozado en una capa y cubierta la cara con una máscara negra. Delante de este hombre permanecía de pie un sacerdote.

—¿Me juráis, padre, guardar un sigilo como el de la confesión, de lo que pase aquí?

—No puedo jurar, caballero, sino hacer mi deber como ministro de Jesucristo. Se me ha llamado para que confiese a un moribundo. ¿Dónde está el moribundo? Cumpliré con mi deber y me iré inmediatamente.

—Padre —dijo el hombre de la máscara—, ¿una persona a quien le faltan pocas horas de vida no puede merecer el nombre de moribundo?

—Sin duda.

—Pues entonces no os han engañado; tenéis que confesar a un moribundo.

—Muy bien —dijo el padre—. ¿Dónde está? Podría preguntar qué significan ese disfraz y esas armas que veo sobre la mesa; pero como ministro de Jesucristo, no quiero saber más que lo que el pecador quiera decirme, con arreglo a su conciencia.

—Me agrada sobremanera vuestro lenguaje conciso y vuestra rectitud, padre; así es que, bajo el sigilo de la confesión, os digo que una mujer, que encontraréis en la otra pieza, va a morir por mi mano. Es una infame hipócrita, que sale de su casa diciendo que va a la iglesia y entra en las casas de prostitución; y que ahora ha venido a esperar a su amante.

—Es muy extraño ese lenguaje, caballero —dijo el sacerdote alarmado—, si he venido aquí para ser cómplice de un crimen, permitidme que me vaya.

—Estáis muy engañado, padre —le dijo el enmascarado—. ¿No es vuestra obligación confesar a los que van a morir? Pues os repito que no exijo otra cosa de vos, y por supuesto el sigilo de lo que habéis oído, pues de otra manera vuestra vida iría de por medio.

El padre sonrió con desprecio y respondió:

—¿Me amenazáis acaso? Esto no me asusta, y si a costa de mi vida puedo impedir un crimen, la daré gustoso. El que ha ofrecido una vez al Señor su corazón, su alma y su vida, no debe temblar jamás, cuando por una buena obra pone en riesgo su existencia.

—Vamos, padre, no queráis hacer de mí un procónsul y de vos un mártir. Lo que yo deseo es evitar palabras, y que cumpláis con vuestro deber: entrad, y confesad breve a esa mujer.

—Yo no entraré, si no me explicáis…

—Lo que tengo que explicaros es muy sencillo. Yo tengo la resolución de matar a esa mujer: si esto es un crimen, lo acepto, y a la hora de mi muerte a vos, o a otro padre lo confesaré. He querido, sin embargo, que antes confiese ella sus culpas y salve acaso su alma; y para esto os he llamado; si no queréis, será vuestra toda la responsabilidad.

—Pero esa resolución es imposible que la llevéis a cabo, porque, aun suponiendo que las faltas sean muy graves, la debéis perdonar, evitando al mismo tiempo el remordimiento eterno de vuestra conciencia. Acordaos de que Dios dice que si el pecador cae siete veces al día, otras tantas será perdonado.

—Entrad, padre —dijo el enmascarado, sin darse por entendido de estas palabras—, yo os ruego; el tiempo urge, y después de cinco minutos… ya sería tarde.

El enmascarado se levantó y condujo al sacerdote a una puerta, lo introdujo por ella, y cerró diciendo:

—Si este hombre quiere mezclarse en algo, la otra pistola se empleará en él. El diablo sin duda me ha dado una energía que no creía tener, y al fin el capitán aparecerá como el asesino.

Arturo estaba como petrificado; le parecía que soñaba.

Rugiero lo tomó del brazo y lo condujo a otra mampara situada en el costado de la pieza, indicándole otro agujero pequeño.

Arturo clavó la vista en él, como obedeciendo a un impulso sobrenatural y desconocido.

Era otra pieza tan lóbrega y tan triste como la anterior: en un canapé antiguo, forrado de viejísimo damasco rojo, estaba una mujer joven, pálida, de grandes y rasgados ojos; dos rizos de ébano caían ondeando sobre su cuello de alabastro; un traje blanco le daba más interés, pues merced a la postura descuidada en que se hallaba, se dibujaban los suaves contornos de su cuerpo.

Era Teresa, que nunca había estado más interesante que en ese momento, en que el amor y la esperanza le habían dado el inaudito arrojo de aventuarse a esas citas peligrosas, a las cuales pueden concurrir sólo aquellas mujeres que, como Teresa, están profundamente enamoradas y conservan al mismo tiempo cierta inocencia que las hace desconocer los peligros e inconvenientes de tales acciones.

Luego que Teresa vio entrar al sacerdote se puso en pie; sus ojos brillaron con una alegría infinita y dejó asomar en sus labios una sonrisa de esperanza.

El sacerdote callaba y no podía comprender cómo estaba tan alegre una mujer que iba a ser asesinada.

—Os aguardaba con impaciencia, padre —dijo la muchacha, haciendo seña al sacerdote para que tomara asiento.

—Supongo —dijo el padre con voz grave— que todo lo sabéis.

—Todo —dijo Teresa con bastante tranquilidad.

—¿Y estáis preparada?

—Sí.

El asombro del padre crecía a cada momento.

—La hora va a dar ya y quisiera que cuanto antes fuera —continuó Teresa.

—Entonces —contestó el padre—, arrodillaos y oiré vuestra confesión.

—¡Confesarme!

—Sin duda —replicó el padre.

—Muy justo es.

Teresa cubrió su rostro y su cabeza con un chal de lana rosado y blanco que llevaba, y se arrodilló ante el padre.

Cuando Teresa acabó su confesión, el eclesiástico, que tenía una faz juvenil todavía, pero en la cual estaba retratada la virtud y la caridad, levantó los ojos húmedos de lágrimas y bendijo a Teresa.

Teresa, sin levantar los ojos, continuó rezando.

La confesión de Teresa era de esas confesiones que, en vez de revelar la maldad y el crimen, daban a conocer un corazón virgen y un alma llena de la sencilla y envidiable inocencia de un niño.

Teresa se confesó de que amaba mucho; de que estaba dispuesta a dar por su amante su existencia entera. El círculo de su vida giraba entre la impaciencia y martirios que le causaba su tutor, y la contemplación de un amor que había idealizado, con toda la poesía de que es capaz un corazón candoroso y limpio, como el de una paloma.

Teresa no dijo al confesor los nombres de las personas; pero fue bastante para que un pensamiento rápido pasara por su cabeza y le alumbrara.

—Ésta es una traición infame —dijo para sí—. Esta joven sin duda es víctima de una trama horrible, y no lo sabe… Dios mío, inspírame a salvarla.

—¿Ninguna otra cosa más tenéis que decirme? —le dijo el padre.

—Ninguna.

—Es decir, que si, por ejemplo, os sorprendiera ahora la muerte ¿creeríais entrar en el cielo?

—Sin duda que sí, contando con la misericordia de Dios. ¡Quién es aquél que se puede decir justificado ante sus ojos!

El padre pensaba, revolvía mil proyectos en la cabeza, y hasta la idea se le venía de cometer una violencia, con riesgo de su vida. Esta criatura es muy joven, muy hermosa y muy santa; no debe morir, a menos que el Señor tenga decretado su martirio. Luego, dirigiéndose a Teresa, le dijo con acento profundo:

—Si esta confesión fuera la última de tu vida, si dentro de poco debieras morir…

A estas palabras un ligero temblor agitó los miembros de Teresa; se puso pálida, y sintiendo que se desvanecía se reclinó un poco en el canapé. No era la idea de la muerte la que asustaba a Teresa, sino la de no ser feliz. Recuperada un poco, y sonriendo tristemente respondió al padre:

—Si es voluntad de Dios que muera yo, me resignaré… pero desearía morir en sus brazos.

Esta palabra arrojó nueva confusión y dudas en el alma del padre. —¿Qué capricho de mujer será éste— dijo para sí— que se resigna a morir en los brazos de un hombre? ¿Hablará del enmascarado? ¿Será su marido? Si es su amante, la confesión no es buena; y esta criatura tiene en peligro su alma y su cuerpo. Estoy resuelto a aclarar este misterio.

—Hija, tengo que consultar con un caballero negocios que pertenecen a tu alma y a tu cuerpo; así, volveré a verte.

—Haced lo que queráis —le dijo la muchacha con una voz dulce y besándole con respeto la mano.

El padre salió y Teresa se dejó caer de nuevo murmurando entre dientes: «¿A qué hora vendrá Manuel?»

Teresa aguardaba a Manuel llena de amor, de susto, de esperanza.

La puerta se abrió y el hombre enmascarado entró.

—¿Manuel, eres tú? —dijo Teresa, yendo hacia la puerta.

El enmascarado se descubrió.

Teresa se tapó los ojos con las manos y retrocedió exclamando:

—¡Don Pedro!

Teresa, pasado un rato, se arrojó a los pies de su tutor diciéndole:

—Pues lo sabéis acaso todo, perdonadme.

—¿Te has confesado, Teresa? —le dijo don Pedro con voz bronca.

—Sí, para casarme con él.

—¡Para morir! —gritó don Pedro, y luego continuó con voz apagada—: Si tienes algo más que decir a Dios, que sea breve.

Teresa cayó en el suelo anonadada, y luego arrastrándose a los pies de don Pedro, exclamó:

—Perdonadme, señor; venía a casarme con él. ¿Qué os cuesta darme esta felicidad?

Don Pedro hizo un gesto infernal y apoyó el cañón de la pistola sobre la frente pálida de Teresa.

Arturo quiso en aquel momento romper la mampara, pero Rugiero lo asió de la cintura, y con una fuerza sobrenatural lo sacó de la pieza, lo bajó por la escalera y, abriendo el zaguán, lo puso en la calle y desapareció entre las sombras.

Arturo permaneció inmóvil un rato, se limpió los ojos, se tocó la frente y un sudor frío corría por ella. Cerciorado de que no soñaba, y poseído de un rapto de furia, quiso entrar de nuevo, pero se encontró con un hombre que le detenía.

Preocupado alzó un bastón con puño de fierro que llevaba y aplicó en la cabeza del hombre un golpe terrible. El hombre cayó, dando un ronquido.

Arturo, que lo vio, se inclinó y reconoció al capitán Manuel.

—¡Maldición! —exclamó— lo he matado, y no puedo salvar a su querida.

Y ya fuera de sí abandonó la fatal casa y echó a andar precipitadamente por enmedio de la calle.

X. Miseria

Cada hombre es una novela; cada mujer un enigma incomprensible; cada casa una ciudad; cada ciudad un mundo entero, y el mundo un grano de mostaza; y el hombre y la mujer unos locos llenos de miseria y de pasiones. Sin embargo, del hombre, de la mujer, de la casa y de este grano de mostaza en que habitamos, se pueden sacar lindas historias, y contarse sorprendentes maravillas.

Hace algunos capítulos que hemos echado en olvido a Celeste; pero el presente lo consagraremos a referir, muy en compendio, la historia ignorada de una muchacha encerrada en un miserable cuarto, sin más compañía que dos viejos moribundos, y sin más auxilio que Dios.

Se ha dicho que el viejo insurgente, padre de Celeste, no era del todo pobre cuando se casó; todavía en la época en que la niña comenzaba a crecer, no estaba reducido a pedir su sueldo de limosna, en las oficinas del gobierno.

Todo el mundo sabe lo que hace un padre por su hija. Los piececitos de Celeste estuvieron sujetos por lindos zapatos de seda; sus redondos y delicados miembros se cubrieron con cambray, muselinas y encajes; sus cabellos sutiles se vieron enlazados con perlas y rubíes, y sus oídos se recrearon muchas veces con los gorjeos de los pájaros, con la música de los relojes, y con la armonía del piano, cuyas teclas recorrían sus dedos de rosa.

Una vez que la miseria asoma su cabeza por una casa, no tarda en recorrer todos los aposentos. Un día el padre de Celeste vendió el piano; al día siguiente, los candelabros y floreros; al tercero, fueron las sillas y sofás; y para no cansar al lector, en poco tiempo las paredes quedaron sin cuadros, los suelos sin alfombras, las piezas sin muebles, el comedor sin vajilla, la cocina sin lumbre. Cada cosa de estas que se vendía, era un dolor sordo que enfermaba el corazón del pobre padre, y un motivo de lágrimas para la madre.

En cuanto a la niña, como conservaba sus muñecas de cera, sus trastos de barro y sus juguetes de cartón, veía salir todos los muebles de su casa, con la sonrisa de la inocencia en los labios; y si veía llorar a su madre, corría a colgarse del cuello y acariciarla. La pobre madre lloraba, no porque fuera una mujer frívola o avara, sino porque todo lo quería para su hija, y veía día por día que nada podía dejarle.

Esto causó una mortal tristeza a la señora; se pasaba los días sin tomar alimento y las noches en una dolorosa vigilia, con una idea fija, inseparable, eterna, que la hacía exclamar cada momento: ¡cuál será el porvenir de mi hija!

No pasó mucho tiempo sin que se mudaran a una pobre vivienda de una casa de vecindad, y allí se aumentó la tristeza de la madre. La hija crecía y, aunque más reflexiva, parecía que no le afectaba en lo más mínimo el cambio de situación.

La madre cayó al fin enferma, y entonces crecieron las angustias del marido, y se resolvió, como hemos dicho, a pasar los días en Palacio, implorando la compasión de los ministros, de los empleados y hasta de los porteros, miserables canes echados a los pies de los que, en nuestro pobre país, se llaman hombres grandes, y para quienes la necesidad y la indigencia sólo merecen insultos y desprecios.

El padre había respetado en medio de su miseria los vestidos de Celeste; de suerte que ésta calzaba siempre muy fino y sus vestidos eran de lo mejor que se encontraba en la calle de Plateros. Un día, el viejo, agobiado e incapaz de andar llevó, como hemos dicho, a su hija al Palacio. Celeste peinó sus hermosos cabellos, calzó sus pequeños pies, ciñó con el traje su cintura de abejas, y salió con su padre alegre, risueña, encantadora. Todos los que en la calle pasaban junto a ella, la miraban con atención, y oía susurrar en sus oídos las palabras: «Divina, celestial, encantadora».

Llegó a Palacio y la escena cambió. De los grupos de militares libertinos oía salir palabras que por primera vez herían desagradablemente sus oídos; los elegantes que rodeaban a su padre, llenándolo de cumplimientos, echaban a hurtadillas miradas lascivas sobre ella; algunos la dijeron palabras al oído, que no entendió, pero que le disgustaron; y hubo quien atrevidamente le hiciera esas toscas caricias de la plebe, que se llaman dellizcos.

Celeste, sin comprender cuánta maldad, cuánto libertinaje había en estos hombres, que abusaban de la enfermedad de un viejo y del candor de la pobre hija, sintió que sus mejillas se cubrían de rubor, e instintivamente tuvo miedo de ellos; cuando regresó a su casa estaba triste y pensativa, y viendo a su padre cabizbajo y que una lágrima corría por sus mejillas, se aventuró a preguntarle qué tenía.

El padre con voz solemne le respondió:

—¡Miseria, hija mía!

Esta palabra descubrió a Celeste el abismo por donde, descuidada y sonriendo, había pasado; se acordó entonces de que un día había salido el piano, otro los candelabros, y finalmente todos los muebles. Estas escenas, que no había podido entender, se las explicaba naturalmente con la palabra miseria; y comenzó a reflexionar.

Miseria quiere decir que mi madre necesitará de médico, y que si no hay con qué pagarle, el médico no vendrá.

Miseria quiere decir que si mi madre necesita medicinas, en la botica no las darán de balde.

Miseria quiere decir que mi padre no tiene ya, y que al llegar la hora de comer no habrá ni puchero ni aun frijoles.

Miseria quiere decir que no habrá ni trajes de muselina, ni zapatos de seda, ni nada.

Celeste comprendió en toda su extensión lo que quería decir la palabra miseria, y se puso a llorar.

El padre, oyéndola, levantó la cabeza y le preguntó tristemente:

—¿Qué tienes, hija mía?

La muchacha, sin saber acaso lo que decía, respondió:

—¡Miseria!

El padre volvió a dejar caer la cabeza y le pidió al cielo con todo su corazón la muerte para su esposa y para su hija.

La muchacha envolvió con su paño su rostro lloroso y dijo para sí:

—Vale más la muerte.

Las dos ideas coincidieron naturalmente. ¿No es el espectáculo más doloroso que pueda presentarse, el de un padre saliendo ya del mundo y una hija entrando en la vida, y ambos con el pensamiento terrible de la muerte como único porvenir de felicidad, como el solo alivio de sus males?

Celeste entró así al mundo; cuando sus formas iban desarrollándose mórbidas y hermosas; cuando sus cabellos, creciendo siempre, caían en ondas sobre las blancas espaldas; cuando sus lindos ojos comenzaban a lucir con el brillo de la pubertad; cuando como una rosa fragante y galana se desarrollaba, su corazón estaba ya herido por el infortunio.

Llegó un día solemne para ella, y éste fue aquel en que estropeado, moribundo, con todas sus antiguas heridas renovadas, vio llegar a su padre. El casero entró a cobrar la casa; otros mil acreedores se presentaron, esperando, acaso, que si los infelices padres no tenían dinero, se resolverían, acaso, a presentar a su hija en garantía.

La enfermedad de la madre de Celeste había prevenido de sufrimientos morales, que habían hecho retirar, por un fenómeno raro, la sensibilidad y el movimiento de una parte de su cuerpo; así, permanecía acostada constantemente, sin posibilidad para moverse, ni para pensar. Cuando veía a su hija, una sonrisa estúpida vagaba por sus labios, y esto partía el corazón de la muchacha.

En cuanto al viejo, estropeado e inútil, conservaba en su pensamiento todo el vigor necesario, y creyó conveniente dar el último golpe, desapareciendo del mundo antes de tiempo, es decir, aislando su miseria y la de su familia. Mandó, pues, buscar un cuarto en la parte más retirada y escondida de la ciudad, y sin comunicar a nadie su resolución, se mudó a él. Allí fue donde Arturo visitó a Celeste.

Una vez instalados en esta nueva habitación, Celeste comenzó a su vez a hacer lo mismo que habían hecho sus padres; un día amaneció, y como no había dinero para la comida, sacó uno de sus trajes y, llena de temor, salió con él y lo vendió a una vecina por lo que quiso darle, y así pudieron vivir una semana. Pero la ropa se fue acabando, y día por día crecían las angustias de la muchacha, y la sombría desesperación del padre.

Celeste se acordaba entonces vagamente de las lágrimas que derramaba su madre cuando desaparecían el piano y los muebles de su casa, y decía también llorando: «Tenía razón.» Con una delicadeza angélica, ocultaba las lágrimas a su padre, y risueña como si fuera muy feliz, y diligente como una abeja, preparaba sus frugales alimentos y los presentaba a los enfermos, diciéndoles: «Dios nos ayudará.»

Todo lo había vendido Celeste; nada quedaba ya. Ninguna de las vecinas podía prestarles nada, ni ella se atrevía a pedirles; esa noche el anciano y la madre se durmieron. Celeste se recogió y fingió dormir; pero toda la noche estuvo devorando las lágrimas, pidiendo a la Virgen en lo interior de su corazón le inspirara una idea para procurarse algo para el día siguiente; ella no había comido, pero no sentía el hambre, pues estaba preocupada absolutamente con lo que sufrían sus padres.

¡Quién puede figurarse posición, ni más amarga ni más terrible que la de una joven que en la mañana de la vida se encuentra frente a frente con la miseria! Entre los espectáculos que han conmovido profundamente nuestro corazón, uno de ellos es el de esas muchachas cubiertas de harapos, de hermosos rostros juveniles, pero pálidos y desencajados, quizá por el hambre.

Si meditaran un poco esas jóvenes que pisan alfombras y que van muellemente reclinadas en soberbios carruajes, sobre cuánta es la desgracia y cuán crueles los sufrimientos que padecen algunas criaturas dotadas de hermosura, pero que no tienen ni goces, ni porvenir, ni esperanzas, y que se arrojan acaso por la miseria a un extraviado camino, echando un sello a su desgracia, formarían una sociedad para socorrer a estas infelices, para procurarles modo de trabajar honestamente y para quitarlas del riesgo en que se ven de perder su virtud y vender su inocencia.

Celeste pensó toda la noche; y cuando los primeros rayos de luz penetraron por las hendeduras de la puerta de su cuarto, no tenía más idea que la de coser ajeno; grande y único recurso con que creen las mujeres de la clase pobre de México haber hallado la piedra filosofal. ¡Pobre recurso en realidad!, pues que para ganar un miserable jornal, tienen que renunciar a su salud; el ejercicio de la costura les acarrea enfermedades de pecho, muchas veces incurables.

Celeste se vistió y sin hacer ruido fue a la calle gozosa con su idea; mas apenas anduvo algunos pasos, cuando cambiaron naturalmente sus ideas. ¿A dónde voy? ¿A quién conozco? ¿Quién me dará costuras?

Celeste no sabía las calles; los groseros requiebros de los léperos la ruborizaban; tenía miedo de extraviarse y de que mientras sus pobres padres sufriesen el hambre, y ademas la inquietud de no verla. Al cabo de un momento se volvió a su casa llena de desconsuelo.

Aquel día, Celeste lo pasó con algunos tragos de un caldo que dos vecinas le dieron; en la noche un delirio febril la asaltó, y el pensamiento de ¿qué haré para mañana?, estuvo fijo, inmutable en su imaginación.

Al día siguiente se levantó con unas sombras moradas en los párpados y con su lindo cutis empañado por la vigilia y la aflicción. Como el día anterior, salió a la calle, y su primer pensamiento fue dirigirse a la iglesia; el primer pensamiento de todos los desgraciados, es dirigirse a Dios.

¿Quién puede, en efecto, comprender más que Dios, los dolores íntimos y profundos de un aislamiento tan completo, de una miseria tan extremada? El rico, después de haber comido, ¿podrá comprender que hay otros que tienen hambre? El que es feliz, ¿podrá comprender esos dolores sordos, que atormentan el alma, y que a veces conducen a algunos desgraciados al suicidio o a la locura?

Celeste entró en una iglesia; hemos dicho que era muy de mañana; la dudosa luz del sol velado con las nieblas, penetraba por las ventanas e iba a morir en las columnas del tabernáculo. La lámpara ardía delante del sagrario; los saltaparedes modulaban sus alegres notas, brincando por las cornisas y por las molduras doradas de los altares; todo estaba desierto, silencioso, y una gente llena de fe hubiera reconocido en aquel templo la presencia de Dios.

Si antes de entrar allí hubiera pasado Celeste por un río o por un precipicio, se habría precipitado en él; la pobre criatura sufría mucho y no era dueña de su razón en aquel momento.

Se arrodilló ante un altar; bajó la frente y quiso articular algunas oraciones; pero le fue imposible; ninguna de las que su madre le había enseñado, le parecía bastante eficaz para que llegase hasta los pies del Señor. Se acordó del Padre Nuestro, de esa oración llena de sencillez y de ternura, que el Señor mismo enseñó a sus apóstoles para que pidieran a su Padre. Rezó un Padre Nuestro y de sus ojos corrían abundantes lágrimas.

Largo tiempo estuvo pidiendo a Dios con sus sollozos el alivio de sus males, hasta que su corazón, henchido de pesares, se desahogó, como si hubiera estado en el seno de un amigo o de un esposo, porque en las grandes aflicciones lloramos al pie del altar, figurándonos en Dios al esposo, el padre, el amigo más tierno.

Cuando Celeste salió de la iglesia, a pesar de que sus ojos estaban encarnados y sus mejillas extenuadas, se podía reconocer en ella cierta dulce tranquilidad; en efecto, la criatura salió con toda la resignación necesaria para soportar su desgracia.

Le prometió a Dios en lo íntimo de su corazón, no abandonar a sus padres; no extraviar su corazón; no vender su virtud ni sus caricias por el oro, y sufrir su doloroso martirio todo el tiempo que fuese necesario, aunque el plazo no hubiese de terminar sino con su vida. Celeste veía al través de ese velo de inocencia que la cubría, otro porvenir, otra vida, que no es dado ni columbrar a los que desgraciadamente tienen su corazón manchado con el contacto del mundo.

Anduvo por varias calles, ya sin temor de los que pasaban, sin desconfianza de su porvenir, y con aquella seguridad que tiene el que ha concebido una esperanza cierta de alivio. En la casa que le pareció de mejor apariencia entró, subió y preguntó por la señora; se le dijo que estaba vistiéndose, que aguardara.

Celeste esperó de pie, y llena de ansiedad, en el corredor; cada minuto le parecía un siglo, pues pensaba en que sus padres no se habían desayunado; pero, con todo, la esperanza no la abandonaba. Al cabo de una hora, una criada la introdujo en la asistencia; era una pieza alfombrada, en la que había grandes espejos, ricos sofás y una hermosa lámpara de cristal colgada del cielo raso, donde estaba pintada al fresco, por Gualdi, la Aurora y los genios de la luz.

Celeste sintió una especie de temor al pisar en este blando pavimento y al entrar a una habitación, donde penetraba, al través de los transparentes cristales y de los cortinajes de muselina y seda, una media luz voluptuosa, lanzó un suspiro, pensando en el abandono y la desolación en que estaba su pobre cuarto.

A poco apareció una señora gruesa, blanca, de robustas facciones, donde, a pesar de los cuarenta y tantos años de edad, se conocía la hermosura de que estaría dotada en los días de la juventud. Le preguntó, con voz algo seca, quién era y qué se le ofrecía tan de mañana. Celeste le contestó que tenía a sus padres en la cama y que deseaba y le suplicaba la favoreciera dándole ropa blanca a coser.

—Pero yo no te conozco; no sé quién eres —le dijo la señora— necesito que me des un fiador, porque ¿quién me responde de que no eres una de tantas mujeres que se emplean en pegar chascos a los que se fían de su apariencia humilde?

Celeste, al escuchar esta insultante familiaridad, sintió que la vergüenza la sofocaba, y cubriéndose el rostro con su rebozo salía ya sin responder una palabra, cuando tropezó con una joven que venía por el corredor; sus cabellos caían en desorden por su cuello; sus ojos azules brillaban con alegría; su cuerpo airoso tenía más elegancia con una blanquísima bata, y su fisonomía risueña y expresiva anunciaba el contento y el bienestar.

En el momento en que la vio Celeste, preguntó a su mamá:

—¿Quién es esta niña?

—Es una muchacha que busca costuras; pero como nadie la conoce no podemos favorecerla.

Celeste se descubrió por un momento para componerse el rebozo, y entonces la joven, que no era otra sino la bellísima Aurora, a quien hemos conocido en el baile, notando su rostro angélico, replicó a su mamá:

—Ésta es una buena niña, mamá; y si nadie la conoce, yo la fío; ve y busca las costuras que tengas y tráemelas. ¿Cómo se llama usted, niña? —prosiguió Aurora, dirigiéndose a la muchacha.

—Celeste, señorita —contestó ésta tímidamente.

—No tenga usted temor ni cortedad; venga usted —le dijo Aurora, tendiéndole la mano y llevándola al sofá— mi mamá dará a usted costuras, y yo la favoreceré en cuanto pueda.

Aurora instó a su mamá para que trajese las costuras, y ésta, aunque con alguna repugnancia, condescendió con su hija y entró a las pieza interiores.

—Vamos, Celeste, cuénteme usted —le dijo Aurora, teniendo siempre la mano de la muchacha entre las suyas— ¿es usted tan desgraciada que necesite trabajar para vivir?

—Mi padre y mi madre están enfermos en cama, y yo no tengo más arbitrio que buscar costuras; pero como no conozco sino a personas que me daría vergüenza ocupar, he preferido entrar en la primera casa que se me presentó, y sin duda Dios me deparó la de usted.

—¡Pobrecita criatura! —le dijo Aurora, estrechándole la mano— aguárdeme usted un momento.

Aurora salió a otra pieza y a poco volvió a entrar con un rebozo en la mano de finísimo tejido.

—Vaya, Celeste, quiero que tenga usted una cosa mía, para que se acuerde de que encontró quien la amara en el momento en que la vio.

Aurora puso el rebozo nuevo en los hombros de la muchacha y le quitó el que tenía, que, como debe suponerse, estaba casi inservible.

—El rebozo, niña, lo guardaré para tenerla a usted presente.

Celeste comprendió la delicadeza de esta acción y quiso llevar a sus labios la mano de Aurora; pero ésta la retiró; hizo una muequilla graciosa e imprimió un beso en la frente de su protegida.

Así Aurora hizo una caridad; las mujeres tienen para sus acciones buenas una delicadeza sin igual.

La señora salió al fin con algunas costuras y dio a Celeste las instrucciones respectivas. Celeste se marchaba, dando mil gracias a la madre y a la hija; pero ésta le dijo:

—Quiero que me acompañe usted a desayunar; venga usted.

Celeste fue introducida por Aurora a un elegante comedor, donde estaba preparado un desayuno variado: chocolate, té, café, mantequilla, leche y bizcochos. Aurora quería que de todo tomase la muchacha, y le instaba con mil cariños y con la voz más suave y expresiva que puede imaginarse.

Celeste estaba conmovida; comió poco, pensando que ella no debía hartarse mientras sus padres tuvieran hambre, y a hurtadillas escondió los bizcochos, diciendo entre sí: «Para mis padres.»

Aurora, que la observaba, aunque se hizo disimulada, dijo para sí:

—¡Pobrecita!, guarda sin duda los bizcochos para sus padres.

El criado que servía la mesa pensó que Celeste era una glotona: tenía una alma tosca y común, y no podía comprender cuánto amor encerraba esta acción.

Celeste se despidió por fin de Aurora, la cual, en clase de anticipación, le dio algún dinero, recomendándole que cuando tuviese alguna urgencia acudiese a ella.

Celeste salió de su casa con los ojos llenos de lágrimas y volvió a ella completamente feliz; de paso, compró hilo, agujas y otros útiles, a la vez que lo necesario para la cocina de su pobre casa.

Desde entonces comenzó para Celeste una época de felicidad; una parte del día la ocupaba en hacer la comida, en asear la casa y en curar a los enfermos, y el resto en coser. De noche, mientras los ancianos descansaban, ella con una vela delante, trabajaba sin cesar para lograr más utilidad, por una parte y para halagar, por otra, a su protectora.

La casa en que vivía Celeste era de vecindad; en los cuartos bajos vivían, entre la miseria y la suciedad, familias de artesanos; y las viviendas altas las ocupaban diversas personas. En una de ellas se reunían de noche un teniente de infantería a tocar la guitarra y a acompañar canciones a tres muchachuelas alegres y vividoras; un practicante de medicina que llenaba los intermedios remedando animales, haciendo el tornito de monjas y otras simplezas, que pasaban por gracias y que hacían reventar de risa a la madre y a las hijas; un agente de negocios que contaba historias de muertos y aparecidos; y un fraile que tomaba buenos pocillos de chocolate y que nunca faltaba a las meriendas de tamales y atole de leche o de fiambre del Portal de las Flores.

En otra de las viviendas se ensayaba una comedia casera; un licenciado hacía de Otelo y un capitán de Yago; la Desdémona era hija de un cesante, y los espectadores todos los vecinos y vecinas de las demás viviendas. Celeste fue convidada una noche a estas tertulias, a las que por compromiso asistió; pero bajó disgustada de tanto libertinaje y de tan poca educación como reinaban en esas diversiones caseras.

Celeste se decidió, pues, a no volver a tener trato con las vecinas y a encerrarse completamente en su casa. En las horas avanzadas de la noche recordaba los zapatos de seda que se había puesto de niña, sus camisas de cambray batista, las modulaciones del piano y los gorjeos de los pájaros.

La voz del espíritu malo le decía que, con sólo querer, tendría otra vez todos esos goces; y echando una mirada por las paredes sucias del cuarto, por el envigado desigual, le venía ánimo de tirar la costura, de dejar aquel incesante y penoso trabajo, y de salir por el mundo a gozar de opulencias y de placeres, sacando definitivamente a sus padres de tan dolorosa situación.

Pero a poco recordaba aquel día de aflicción en que entró al templo, lloró ante el altar y salió, no sólo consolada, sino que halló en Aurora una noble y generosa protectora. El espíritu bueno triunfaba así en Celeste; tomaba su costura y con nueva resignación se ponía a trabajar.

Al día siguiente, se levantaba con las mejillas color de rosa, con sus virginales ojos llenos de alegría, con la sonrisa en los labios, como si hubiese reposado durante la noche en camas doradas y entre finas sábanas de lino. Cada vez que iba a casa de Aurora volvía con nuevas costuras, y con nuevas muestras de su generosidad. Aurora, por su parte estaba encantada.

Un día en que Celeste se dirigía a la casa de Aurora, un joven que visitaba a la opulenta señora, detuvo a la muchacha y se puso a hablarle en la calle inmediata. Aurora, ligera y frívola para amar y para hacer el bien, la observó desgraciadamente desde el balcón y concibió la sospecha de que aquella muchacha la engañaba, y de que tenía inteligencias con el joven, que aunque no era declaradamente su novio le hacía la corte; tuvo celos y mandó cerrar las puertas de su casa para su protegida; el portero recibió orden de recogerle las costuras que trajera y de decirle que por mucho tiempo no se necesitaría de ella.

Aurora, a los dos días se arrepintió de haber usado de tanta dureza para con una pobre niña, que acaso no era culpable, pero como no se acordaba exactamente del número de la casa, pasó la cosa así, y a poco tiempo los teatros, los paseos, el lujo, los aduladores y los amantes de que estaba rodeada le hicieron olvidar a la infeliz criatura.

En cuanto a Celeste, inocente de todo punto, no podía comprender el motivo de este desaire; pero como era demasiado delicada no quiso ya volver a la casa de Aurora. Su desesperación fue grande; se vio privada de trabajo, y día por día fue vendiendo lo poco que había adquirido, menos el rebozo que le había regalado la joven. El padre no quería desprenderse de la lanza de Morelos, ni la hija del paño de Aurora, y es que los dos amaban estas dos prendas con una especie de superstición, y antes habrían muerto de hambre que deshacerse de ellas.

Las noches de insomnio y de fiebre volvieron de nuevo para Celeste, hizo en dos o tres casas la misma tentativa que en la de Aurora, y ni aun siquiera la escalera le dejaron subir los porteros. Un día se agotaron todos los recursos, y Celeste no comió; al día siguiente, débil, extenuada, salió a la calle a pedir limosna, encontró a Arturo y ya el lector sabe lo que pasó.

XI. El juez de paz

Las consecuencias de la visita de Arturo fueron fatales para el sosiego de Celeste; su alma era tan noble y tan elevada, cuanto profunda su miseria y abatimiento; no había podido concebir ningún sentimiento tierno más que por sus padres. No le habían faltado, como debe creerse, hombres que en sus salidas a la calle la siguieran, le hicieran señas y aun se atreviesen a hacerle insinuaciones; pero esto, lejos de agradar a la muchacha no hacía más que fastidiarla sobremanera.

En cuanto al amor, ella formaba sus teorías en sus largos ratos de soledad, y se figuraba al hombre que la amara, joven, apuesto, de esmerada educación, elegante, de corazón generoso, de acciones nobles; un ser fantástico, como todas las muchachas se lo figuran en cuanto despierta en ellas el instinto que las obliga a buscar el cariño y el apoyo del otro sexo.

Pero ella deseaba encontrar ese ser fantástico, siquiera para verlo, para adorarlo en secreto, para tener el consuelo de decir en su interior que existía en efecto, en la vida, un ser que pudiera derramar sobre ella la felicidad, la alegría, la vida. Cuando salía de estas dudosas cavilaciones, estos éxtasis, que la sacaban fuera de sí, sonreía amargamente y decía:

—Tan pobre, tan desgraciada, tan oscura como soy, ¿quién me ha de querer?

Envidiaba la vida espléndida de Aurora, y se entristecía; después, pensando que la religión le prohibía envidiar, ambicionar y desear, enderezaba su pensamiento a Dios, volvía la cabeza para mirar tiernamente a sus padres, y alegre y resignada seguía su penosa tarea de sufrir y trabajar.

Así pensaba Celeste cuando Arturo la visitó; el semblante del joven estaba algo pálido con la orgía; sus ojos, cansados y soñolientos, le daban un interés indefinible; su vestido era elegante, su corazón noble y grande como el de un rey, sus acciones llenas de delicadeza y de caballerosidad.

Celeste vio, precisamente en Arturo, el joven con quien había soñado tantas veces, al ser que silencioso la había acompañado en las horas altas de la noche, en que permanecía sentada delante de una temblorosa y vacilante bujía, trabajando para mantener a sus padres.

Celeste, luego que se fue Arturo, registró su rebozo y, viendo prendido en él un hermoso fistol de brillantes, se llenó de sorpresa, más que por el valor de la alhaja (que no tenía motivo para conocer) por el hecho tan generoso de regalar una prenda tan hermosa para socorrer la desgracia y el infortunio.

Celeste comparaba los pequeños y repetidos pleitos de las vecinas por el agua, por la sal, por una torta de pan, con la generosidad de Arturo, y naturalmente las primeras gentes le parecían unos miserables insectos, y su protector un rey.

A poco el padre y ella encontraron el dinero; el viejo se puso taciturno, desconfiando siempre de las acciones humanas, y pensando que Arturo podía ser un seductor, mientras la muchacha, anegados sus ojos en lágrimas se deshacía en elogios y alabanzas.

Se acostó tranquila al parecer, pero su sueño fue interrumpido varias veces; su corazón, sereno hasta entonces, latía con más violencia. Durmióse y soñó con Arturo; lo veía enlazado del brazo de una joven hermosa, llena de perlas y diamantes con rico vestido y con hermoso calzado de seda.

Al día siguiente se levantó Celeste triste; le daban ganas de llorar, sin saber por qué, y cada ruido de pasos la estremecía; a cada momento se le figuraba que Arturo abría la puerta, y que con su sonrisa de bondad la consolaba y le tendía la mano; desempeñó por primera vez penosamente sus quehaceres y lo más del tiempo estuvo pensativa y cabizbaja.

En la tarde le vino una idea; salió a la calle y compró una bonita muselina, unos zapatos de seda, algunas otras cosas más, y por la noche se puso con ahínco a trabajar. A los tres días Celeste estaba encantadora, pues con un arte sin igual había arreglado su traje, había peinado sus cabellos, había vuelto a calzar sus pequeños pies con zapatos de seda.

Esperaba a Arturo ese día, y su esperanza salió vana; estaba decidida a ir a su casa y a devolverle el prendedor de brillantes. Todo esto era lo más inocente, lo más legal que pudiera imaginarse; pero veamos el juicio que formaron las vecinas y lo que siguió a esos momentos de felicidad.

El día en que vieron entrar a Arturo en pos de Celeste tuvieron amplia materia para la conversación. Las unas decían que por fin se había echado por la calle de enmedio y salía en busca de amantes; otras, apoyaban esta suposición, disculpándola por su pobreza y aislamiento, y otras añadían que demasiado tiempo se había cuidado la pobre muchacha.

Almas caritativas, que no faltan, tenían por malos juicios tales hablillas, y decían que Arturo sería uno de tantos libertinos atrevidos que seguían a las muchachas sin que ellas tuviesen la culpa.

Cuando las vecinas vieron a Celeste con su traje nuevo, las sospechas se confirmaron; y todas, aun las que al principio la defendían, proclamaron a una voz que Celeste había abandonado el camino de la virtud y del honor.

No obstante, como notaron que su posición había cambiado, y pensaban que podrían sacar partido pidiéndole prestado, en congreso pleno resolvieron que una de ellas iría a visitarla.

Resultó electa para esta comisión exploradora, una doña Venturita, mujer de un músico de regimiento, de más de cuarenta años de edad pero relamida y bachillera. Vestía los domingos túnicas de macedonia, tápalos color de arcoiris, y sus piernas flacas y mal hechas, las adornaba con medias de la patente color de carne, haciendo que las cáligas de su calzado dieran tantas vueltas que le cubrían el pie y la pierna.

A la noche, doña Ventura tocó la puerta de Celeste; ésta la recibió con amabilidad pero con semblante serio, pues ya hemos dicho que no gustaba de tales amistades.

—¡Jesús, niña, en qué encierro tan chocante vive usted! —le dijo la vecina abrazándola con llaneza.

Celeste, sin tener que responderle, le acercó el único asiento, que fue el que sirvió al joven Arturo, pues la muchacha no había adquirido otros muebles.

—¡Vamos!, está usted ahora pintando en el ocho —continuó la vecina—, ya se ve; como hay moro en campaña es fuerza plantarse bien. ¡Bonita muselina! ¿Y dónde la compró usted? ¿A cómo costó la vara? En el cajón de Los tres navíos hay primores. ¿O la trajo el querido? ¡Vamos, picarona, confiese usted la verdad, ya sabe usted que soy su amiga! Y, por otra parte, hace usted bien de meter el buen día en casa; a la fortuna la pintan calva, y si Dios te la dio San Pedro te la bendiga. Con que, vamos, ¿qué tal? Guapo mozo ¿no es cierto?

Celeste apenas podía comprender esta algarabía, dicha con una rapidez y con una sonrisa de burla que ofendía; pero, sin saber por qué, se llenaba de rubor y sus mejillas estaban encendidas.

—Quien calla otorga —prosiguió doña Venturita fumando un cigarro y echando bocanadas de humo sobre el rostro de Celeste—. Vaya, mi alma, confiésela, y aunque no la pague. Al fin ¿qué había de hacer usted sola?, que tarde o temprano… la miseria obliga a mil cosas.

—Señora —le contestó Celeste con dignidad—, no he entendido la mitad de lo que usted me ha dicho; pero si todas sus sospechas se refieren a ese caballero que estuvo el otro día en esta casa, ni lo conozco, ni sé cómo se llama, ni me ha dicho palabras que puedan interpretarse malamente.

—Bribona —le interrumpió la vecina con tono chancero—, ¿y ese túnico, y esos zapatos de seda, y esos platillos de China? Eso se compra con dinero, y días pasados no tenía usted qué comer.

Los ojos y el rostro de Celeste se encendieron y lanzó a la vecina una mirada terrible, obligándola a que bajara los ojos y a que con tono hipócrita dijera:

—Yo no digo eso, niña, más que por una chanza; si usted se incomoda, entonces la dejaré en paz; cabalmente, a mí no me gusta meterme en las vidas ajenas; que a cada uno se lo lleve el diablo, si es de su gusto; que el que por su gusto muere, hasta la muerte le sabe. Y… pero yo nada más que por cariño he venido a visitarla, y a pedirle que me preste su túnico para cortar otro igual, pues ya dije a mi marido Cipriano que me había de comprar uno igual o el diablo se lo llevaba, porque ¿para qué se casó conmigo? Que el que no quiere ver visiones, que no ande de noche… Ésta es la verdad.

Celeste, sin hacer caso de las últimas palabras de la vecina, dijo:

—Señora, pues que es preciso dar cuenta a toda la vecindad hasta de las más insignificantes acciones, sepa usted que este túnico lo he comprado con el dinero de este caballero, a quien no conozco, lo dejó bajo la almohada de mi padre, sin que yo lo supiera. Así lo más que se puede decir es que este traje me lo han dado de limosna.

—Ja, ja, ja —exclamó la vecina, soltando una estrepitosa carcajada—. ¡A otro perro con ese hueso! ¡Caramba, mi alma!, y qué buena saldrá usted en creciendo, si ya tan joven sabe engañar tanto. ¡Un galán de estos tiempos dar limosna de mucho dinero sin sacar partido!… Vaya, niña, usted de a tiro quiere hacerse de la media almendra; ya me salieron los colmillos…

Celeste, indignada y notando que despertaba su padre, le dijo a la vecina:

—Señora, no creo haber dado motivo para que usted me insulte, y le ruego que se vaya y me deje en paz. Si paso miserias, en nada molesto a ustedes, y si tengo un vestido nuevo, tampoco las ofendo con eso.

—¡Jesús! —exclamó la vecina escandalizada—, y lo que puede la vanidad, en cuanto tuvo un querido esta muchacha se le ha subido… Tan humildita que parecía. Me voy, niña; pero quiera Dios —continuó dirigiéndose a ella— que no le den unas viruelas o le suceda otra cosa peor.

Doña Venturita salió y Celeste se echó a llorar; comenzaba a experimentar cuánta es la perversidad y el veneno de un corazón dañado, y cuán repugnantes son las gentes de mala educación.

El viejo, que día por día iba agravándose, le preguntó con una voz confusa:

—¿Qué tienes, hija mía?

—Nada —le contestó la muchacha disimulando y limpiándose los ojos—, una vecina ha venido a informarse de la salud de usted y se chanceaba conmigo.

En cuanto a la doña Venturita, salió rabiosa y jurando vengarse de la muchacha, pues había concebido una envidia atroz a causa de su hermosura y de la fortuna a que se presumía sería elevada por el supuesto amante.

Muchas de las vecinas, reunidas en su casa, la esperaban para saber el resultado de la visita.

—¿Qué hay? ¿Qué dice la remilgada? —exclamaron luego que la vieron venir.

—Anden, niñas —les contestó con voz sofocada—, es una orgullosa, es una malvada que me ha despedido de su casa porque le hablé al alma; y me ha dado una cólera, que vengo temblando. Agua, un vaso de agua.

—Pícara.

—Bribona.

—Infame.

—¿Por qué no la arañó usted? —dijeron todas a una voz, presentando dos vasos de agua a un tiempo a la heroína de la casa.

—¡Qué!, vale más echarla de la casa, porque nosotras somos muy honradas y ella es una escandalosa.

—Sí, echarla, y que vaya a otra parte con sus viejos enfermos y su querido.

—Avisarle al padre don Gregorio para que la excomulgue —decía una.

—Y a don Pedrito el casero para que la eche.

—Y a don Caralampio el alcalde para que la mande a la cárcel.

—Pero, niñas, no hagan juicios temerarios —dijo una de las vecinas.

—¡Jesús!, mi alma —interrumpió doña Venturita, sentándose en el suelo con desenfado— y qué buena alma tiene usted. Oigan ustedes lo que pasó.

Todas las vecinas, unas comiendo una media torta de pan con chile, otras mascando caña o pelando naranjas, se sentaron alrededor de la heroína, y ésta les refirió su entrevista con Celeste, pintándola con los colores más negros.

—Es una prostituida —exclamaron a una voz.

—Mucho más —interrumpió doña Venturita—, pues lo mejor se me había olvidado contarles.

—Diga usted, diga usted.

—Pues, señoras, han de saber que lo del túnico y los zapatos no es nada; pues sin que ella lo observara, le estuve notando que tenía en el pecho… ¿a que no saben qué?

—Sería un retrato —dijo una.

—Un rosario de oro.

—Una cadena de oro.

—Nada de eso —dijo doña Ventura— un fistol de brillantes.

—¡Un fistol! —exclamaron todas.

—Un fistol, y que vale mucho, mucho dinero, pues brilla tanto que hasta deslumbra: parece un sol.

—¡Jesús! ¡Qué mujer infame, tener un fistol tan valioso en el pecho!

—Cabalito —dijo doña Ventura.

—¿Y qué, se lo daría el querido? —preguntó otra.

—¡Qué se lo había de dar! —interrumpió doña Ventura—, serán tan atontados los hombres de hoy en día.

—¿Pues entonces?…

—Claro está —continuó Venturita—, el pobre hombre estaría descuidado y ella se lo quitó.

—Cabal —exclamaron dos o tres voces.

—Y de ahí viene su túnico y sus tazas de China, y todo lo que ha comprado, pues ella estaba en la miseria hasta ahora que desplumó al pichón.

—Es una ladrona —dijo una vieja—, el Señor de Los Siete Velos la castigará, porque su Divina Majestad es muy justo.

—Eso es muy bien dicho; pero también es menester que hagamos algo de nuestra parte, pues ya usted ve, mi alma, que todas somos honradas, y no es justo que paguen justos por pecadores.

—Es verdad ¿no ven ustedes —dijo otra— que si mañana la justicia lo sabe, a todas tal vez nos barrerán con una escoba, y la casa perderá su crédito?

—Pues no hay más remedio sino avisarle al alcalde.

—Y si no es cierto que ella ha robado sino que el querido le ha dado el fistol, ¿qué le sucede a la pobre muchacha? —dijo otra.

—Entonces lo averiguará la justicia —contestó doña Venturita—, pero mientras, nuestra conciencia se grava. Yo por mí, ni ato ni desato, ni quito ni pongo; no soy ni mono ni carta blanca, mialmas.

—Dice bien —repuso la vieja— la conciencia se grava, y es menester obrar como Dios manda, avisándole a don Caralampio el alcalde.

—Sí, se lo avisaremos, es una prostituida, una ladrona y una hipócrita.

Las vecinas decididas a ver a don Caralampio, se levantaron y se pusieron en camino.

Don Caralampio, juez de paz del barrio, era tocinero y tenía una mala y sucia tienda cerca de la casa de vecindad de que tratamos. Era un hombre gordo, de baja estatura, tez morena, nariz regordida y encarnada, ojos saltones y pobladas y cerdosas patillas; vestía una chaqueta larga de paño de Querétaro, unos pantalones de pana y un sombrero jarano ordinario.

Este digno y respetable magistrado, detrás de sus jabones, sus chorizos y sus bateas de manteca, y rodeado de la atmósfera fétida que se respira en esos inmundos establecimientos, administraba justicia de una manera fácil y pronta; es decir, dando bofetadas y palos a los que le faltaban al respeto; agasajando con ciertos requiebros, que no pueden escribirse, a las mujeres desavenidas con sus maridos; cerrando los ojos sobre ciertas materias, y enviando a la cárcel a disposición de los jueces, a los que no se conformaban con sus justas y enérgicas sentencias.

A este tremendo tribunal, situado en una tocinería, y delante de este digno juez, fueron las vecinas y depusieron su acusación. Don Caralampio la oyó con atención, y con una voz de rey don Pedro, dijo:

—Mañana procederé; por ahora váyanse y vigilen a la criminal.

Luego que las mujeres salieron de la casa, el bravo juez de paz se puso a discurrir.

—El negocio gira entre una muchacha bonita y un fistol de brillantes —se dijo—. Muy bien: me quedaré o con la muchacha, o con el fistol.

A la mañana siguiente muy temprano don Caralampio se presentó en casa de Celeste; la llamó a la puerta y con tono brusco le preguntó:

—¿Usted se llama Celeste Fernández?

—Sí, señor —respondió la muchacha.

—¿Un hombre decente ha entrado aquí hace pocos días?

—Sí, señor —le respondió con tono firme Celeste—, pero no sé quién es usted, ni por qué motivo me viene a hacer semejantes preguntas. Tengo que hacer en mi casa y dejo a usted…

Celeste trató de entrar a su casa; pero el juez de paz la agarró del brazo y con tono burlón le dijo:

—¡Hola, perlita!, tiene usted el genio muy violento y no me habían informado mal. Pero escuche usted: su carita es bonita como un doblón de a cuatro, y todo se puede componer con tal de que usted quiera…

El juez de paz al decir esto miró amorosamente a Celeste, si es que su fisonomía y sus ojos saltones podían expresar el amor.

Celeste tuvo miedo y con voz cortada le dijo:

—Por Dios, señor, que me deje usted, o gritaré a las vecinas.

—Y de nada le servirá a usted, porque ha de saber usted, pedazo de cielo, que yo soy el juez de paz, y que vengo a indagar el negocio de cierto fistol, y de cierto dinero, y de ciertas cosillas que merecen la cárcel.

—¡La cárcel! —repitió Celeste maquinalmente.

—Sí, la cárcel —volvió a decir el juez de paz— porque unas prendas de gran valor, como las que usted tiene, no andan tan fácilmente en manos de los pobres. Si a mí, que tengo mi comercio, siempre me faltan siete y medio para acabalar un peso… a usted que no tiene ni qué comer…

—Señor —dijo Celeste aterrorizada—, ruego a usted que no se crea de lo que le hayan contado; yo le juro por lo más sagrado…

—Ya sé que me contará usted que se lo han regalado, y que… Pero eso será negocio del juez…

—¡Del juez! —repitió Celeste atacada de un vértigo.

—Sí, del juez, mi vida, pues yo, cumpliendo con mi obligación, debo enviar a usted al juez de turno, y allá se aclararán estas cosas.

Celeste, con la mano que tenía libre, cubrió su rostro, y se apoyó contra el marco de la puerta para no caerse.

—Vamos —le dijo don Caralampio—, no hay que afligirse; usted es bonita, y para las bonitas y los ricos no hay leyes ni castigos. Prométame usted que escuchará lo que yo le diga, y que se dejará de andar con catrines, y yo lo compondré todo.

Celeste no acertaba a responder; pero al fin, saliendo de su estupor, repelió con cólera la mano del juez de paz, se metió a su casa y dio con la puerta en las narices a don Caralampio, el cual, furioso de tal desaire, prorrumpió en una maldición y comenzó a dar voces pidiendo auxilio para proceder a la aprehensión de la escandalosa y malhechora, que así ultrajaba a la justicia.

Las vecinas, que tenían noticia de que el juez de paz iba a proceder con toda integridad y justicia, salieron atropellándose de sus sucias pocilgas y se agolparon a la puerta del cuarto de Celeste.

—¿Qué ha sucedido, don Caralampio? —dijo doña Ventura, que fue la primera que habló.

—Qué ha de suceder sino que esta infame me ha faltado, dándome un portazo en la cara; pero esta canalla no entiende de buenas palabras —continuó dirigiéndose a tres o cuatro hombres envueltos en su frazada—. ¡Hola! entren ustedes y saquen a esa mujer por bien o por mal, y en seguida registraremos la casa para buscar las prendas que se ha robado.

Los léperos empujaron la puerta y Celeste, cuya estupidez se había cambiado en furor, tomó un cuchillo y, refugiándose en la cama de su padre, le dijo con voz apagada por la cólera:

—Padre, me acusan de ladrona y me quieren llevar a la cárcel.

Apenas el anciano oyó esto, cuando recogiendo la ropa de su cama, tomó la lanza que estaba en el rincón y acometió a los léperos que se acercaban, los cuales corrieron asustados; mas como uno de ellos no fue tan ligero recibió una herida.

El anciano agotó su último esfuerzo, y la rabia de ver calumniada a su hija de una manera tan infame, acabó de quitarle el poco vigor que tenía; y aunque quiso hacer otro movimiento, cayó en el pavimento, dando con su frente en las vigas y maldiciendo a los malvados que venían a arrebatarle, en los últimos momentos de su vida, a su único consuelo y esperanza.

La madre, idiota y sin movimiento, sólo sonreía.

Las vecinas y los muchachos gritaban; el juez de paz juraba, y el herido, aunque levemente, gritaba como si lo estuviesen matando.

En cuanto a Celeste, luego que vio caer a su padre, de nada se acordó, y corriendo adonde estaba se postró ante él, tomó su cabeza entre sus manos, besó su frente y limpió con sus cabellos su rostro, y, finalmente, derramó un torrente de lágrimas. Pero todo en vano, porque el anciano había dejado de existir.

Aquellas gentes malévolas y groseras no pudieron menos que respetar el dolor y la situación de Celeste, y permanecieron silenciosas. Cuando Celeste se cercioró de que su padre no vivía, separó sus sedosos cabellos que caían sobre su rostro; limpió sus ojos con sus manos; miró con indiferencia a todos los que la rodeaban; se levantó, imprimió un beso en la frente de la madre, que sonreía siempre, y se sentó en la orilla de la cama con una apariencia de tranquilidad que daba miedo.

—¡Está loca! —dijeron algunas vecinas.

—Se finge —dijo doña Ventura.

—En la cárcel se le quitará la locura —añadió el juez de paz.

—¿Y las prendas robadas? —preguntaron los léperos.

—Las buscaremos —dijo el juez.

Y entraron, y registrando todo lo posible encontraron algunas monedas de oro y plata, ropa nueva de Celeste y, en un pañuelo, prendido el fistol, origen de este terrible drama.

—¡Aquí está el fistol! ¡Aquí está! —exclamaron dos o tres voces a un tiempo.

—¡Aquí está! —dijo el juez, y haciendo del ojo a uno de los léperos, que estaba junto a él, le preguntó—: ¡Vaya, camarada!, usted que es platero, diga cuánto valdrá este fistol.

El bribón, que entendió perfectamente la seña, tomó el prendedor en la mano, lo vio en todas direcciones y después, aparentando un examen minucioso, lo devolvió al juez, diciéndole con indiferencia:

—Es de piedras falsas, y valdrá veinte o treinta pesos.

El juez al disimulo estrechó la mano del platero y dijo con gravedad:

—Valga lo que valiere, siempre es un robo, o al menos se sospecha que lo es, y la justicia debe tener conocimiento de esto. Además, aquí hay un muerto y un herido, y esta muchacha es causa de todo; voy a poner el parte, y que la lleven a la cárcel a disposición del juez de turno.

Cuando mandaron a Celeste que se levantara, lo hizo, y siguió a dos corchetes, que en medio de la gente y de los muchachos que la seguían, la condujeron a la cárcel. El cadáver del padre fue llevado al cementerio de Santa María, y la madre al hospital de San Andrés.

En cuanto a don Caralampio, se dirigió a las tiendas a comprar un fistol en treinta pesos, que en unión de las monedas, de la ropa y la lanza, presentó al juez de turno como cuerpo de delito, yéndose en seguida a su tocinería con la mayor tranquilidad del mundo.

Por la noche salió, como tenía de costumbre, y ya cerca de las once se retiraba a su casa, cuando fue asaltado por un hombre que le dio siete puñaladas. Don Caralampio, agonizante, reconoció al fingido platero.

—¿Dónde está el fistol? —le dijo el platero, amagándolo de nuevo con el puñal.

Don Caralampio, que ya no podía hablar, señaló la bolsa izquierda del chaleco.

El platero registró la bolsa indicada y, habiendo encontrado el fistol, hundió dos veces de nuevo el puñal en el corazón del juez de paz, y embozándose en su frazada, dio la vuelta y desapareció entre las sombras de la noche.

XII. Viaje a Veracruz

Arturo corrió casi loco por algunas calles, sin saber ni a dónde dirigirse, ni qué hacer. Le parecía que le seguía, como su propia sombra, el cadáver del capitán Manuel, y cada embozado que encontraba se le figuraba un agente de la policía encargado de prenderlo y de conducirlo a esa sucia e inmunda cárcel donde están aglomerados los criminales más depravados y asquerosos.

Vagó como Caín en medio de las sombras de la noche, con un peso en la conciencia, con un dolor en el alma, que no puede ser explicado. Pasó por una taberna en donde, agrupados a una mesa cubierta de sucios manteles, cenaban cinco o seis hombres de fisonomías torvas, de cabellos y barbas erizados, pálidos, sin corbata, con las levitas cubiertas de polvo. Acercóse Arturo al mostrador, pidió un vaso de vino, se lo echó a pechos y salió sin mirar siquiera a los concurrentes.

Algo confortado con el licor, pudo dar más orden a sus pensamientos, y decidió marcharse a Europa, puesto que el paquete inglés estaba próximo a salir. Rodeando por calles excusadas, entró a su casa, recogió algún dinero, arregló un baúl de ropa y ordenó a un criado que lo llevase inmediatamente a la casa de diligencias. En seguida se puso un grueso abrigo, un sombrero al estilo del país, unos anteojos verdes de cuatro vidrios, y salió a la calle algo más tranquilo, persuadido de que no sería reconocido tan fácilmente.

Dirigióse a la casa de diligencias, en donde encontró a su criado que lo aguardaba con su equipaje, y tomó el único asiento que había quedado libre, bajo el nombre de Eusebio García, que fue el primero que le ocurrió.

Después fingió que salía, y a excusas volvió a entrar y, subiendo a un terrado lleno de naranjos y de flores, se acostó en un sofá y procuró dormir mientras llegaba la hora de la partida del coche. Eran las once de la noche. Arturo dormitó, pero pesadillas y sueños horribles lo hicieron estremecerse muchas veces.

A las tres y media de la mañana bajó y se metió en el coche; a poco fueron llegando los demás pasajeros, hasta llenar los nueve asientos. Arturo se colocó en el asiento de enmedio; en la cabecera, junto a él había de un lado un hombre envuelto en un jorongo, y del otro una señora arrebujada en un chal de lana. Como era de noche y la señora tenía perfectamente cubierta la cara, nuestro joven no se pudo dar cuenta de quien era.

La diligencia partió, y cuando pasaron por la garita y las ruedas hacían poco ruido, Arturo oyó sollozar a la compañera de viaje; los demás pasajeros dormían.

Arturo permanecía sumergido en profundas cavilaciones. ¡Abandonar el suelo natal como un prófugo, sin abrazar a su madre, sin despedirse de Celeste, sin tener una postrera explicación con Aurora, sin saber la suerte de la infeliz Teresa!

Todo esto lo tenía casi sin juicio, y de cuando en cuando el corazón le latía fuertemente y las lágrimas asomaban a sus ojos; pero al instante procuraba desechar tan tristes ideas y se ponía a tararear algún trozo de ópera.

La desconocida continuaba gimiendo, y cada vez que Arturo lo notaba, sentía que un impulso secreto e irresistible lo arrastraba a entablar conversación con la viajera; acercóse más a ella, y con su calor experimentó una sensación de dulzura y de consuelo inexplicable; mas la viajera arregló sus ropas y se acomodó en el rincón del coche.

Arturo dijo entre sí:

—Vamos, esta mujer tiene algún pesar profundo y necesita consuelo.

—Señorita —continuó dirigiéndose a la desconocida, y hablándole en voz muy baja—, he escuchado las quejas de usted. ¿Está usted enferma? ¿Molesto a usted? ¿Va usted cómoda?

Arturo no recibió ninguna contestación; pero el pie de la viajera oprimió suavemente el de nuestro joven, quien se olvidó de sus desgracias y de sus amoríos, y acomodando su mano debajo del capotón, buscó con maña y tiento la mano de la viajera, y en voz siempre baja, le dijo:

—Creo que el movimiento del coche habrá hecho a usted mal; pero en la primera posta tendré el gusto de ofrecer a usted alguna cosa para que se desayune. ¿Viene usted sola? ¿Va usted a Veracruz?

Arturo no recibió ninguna respuesta; pero inesperadamente la mano de la viajera oprimió la suya.

Eran cerca de las cinco de la mañana; las estrellas palidecían, el horizonte se teñía ligeramente de color de rosa; algunas nieblas leves y blanquecinas, como copos de nieve, se levantaban de las praderas; la atmósfera era fresca y embalsamada, y algunas aves comenzaban a dar al aire sus cantos. Todo era poético, hasta el silencio.

Al sentir Arturo el contacto de la mano de la viajera, y divisar por la portezuela el cuadro de la naturaleza que se presentaba ante sus ojos, bendijo a Dios en lo íntimo de su corazón, pensando que el amor es lo único decididamente eficaz que hay en la vida para disipar las más amargas penas del corazón.

La viajera no retiró su mano de la de Arturo, y éste, enajenado, soñaba viajar con ella, cuidarla, aliviarla de su infortunio, sanar con sus atenciones hasta las heridas amorosas que acaso tuviera su corazón. No la conocía; no sabía quién era, pero reflexionaba que el instinto secreto y vivo que lo arrastraba hacia esta mujer no podía engañarlo; figurábase ya tener una compañera para toda la vida.

¡Ilusiones! Pero esta es la juventud, este el hombre; cuando el amor y la ternura rebosan en un corazón que se encuentra huérfano y aislado, necesita dar y comunicar ese sentimiento sublime que no cabe en él.

El día fue aclarando, las nieblas acabaron de disiparse, y los rayos del sol iluminaron la blanca y soberbia frente de los volcanes. La viajera retiró su mano; cubrió su rostro con la capota y, suspirando dolorosamente, se reclinó en el antepecho del coche.

Arturo se entristeció; pero su interés y curiosidad aumentaron considerablemente.

La diligencia cambió de caballos varias veces en las postas, pero la viajera, a pesar de las instancias del joven, rehusó bajar de la diligencia para desayunarse. A las doce el coche paró en Río Frío, y habiéndose apeado todos los pasajeros, Arturo y la desconocida se quedaron solos.

—En esta ocasión, señorita, no permitiré que deje usted de tomar alimento; se moriría usted en el camino de debilidad, o se expondría a interrumpir su viaje, si es que va a Veracruz.

La viajera por toda respuesta sacó su blanca mano y la tendió al joven; éste la aceptó con emoción, pero cada vez más sorprendido de estas señales mudas de interés o de amor.

—Si algo pueden los ruegos de un hombre que, aunque desconocido —le dijo el joven con voz suplicante— se interesa vivamente por usted, le ruego que baje del carruaje; un corto paseo, el aire y algún alimento le harán mucho bien. Vamos, señorita, no tenga usted desconfianza de mí, pues aunque mi traje, por causa del camino y de la precipitación con que he salido de México, es ordinario, mis maneras le harán conocer a usted que soy un hombre decente.

La viajera levantó penosamente su cabeza y descubrió parte de su rostro. Arturo vio una frente pálida y tersa, y dos ojos negros llenos de lágrimas, sombreados por luengas y rizadas pestañas, donde, como diamantes, brillaban algunas lágrimas.

Arturo creyó que soñaba, que era presa de un vértigo o de una pesadilla; aquella frente de alabastro, aquellos ojos melancólicos y negros, los había visto en alguna parte; pero no recordaba si había sido en medio de la algazara y del calor de un baile, o en una estancia pavorosa y oscura, donde se cometiera un crimen en medio del silencio y del misterio. Arturo soltó la mano de la viajera, se limpió los ojos y con voz temblorosa le dijo:

—Por Dios, señora, dígame usted su nombre, dígamelo usted, o yo me vuelvo loco.

La viajera puso un dedo en su boca con signo de silencio; hizo seña a Arturo de que bajara del carruaje, y ella misma descendió penosamente por la portezuela opuesta a aquella por la que lo había hecho el joven; en seguida se cubrió tanto como pudo el rostro, le dio el brazo y echó a andar con dirección al bosque.

Arturo, silencioso, temblando y conteniendo el aliento, obedeció, y ambos se dirigieron a la orilla del bosque. Luego que hubieron interpuesto algunos árboles entre las casas y ellos, y que la viajera se cercioró de que nadie la observaba, echó atrás la capucha de su capota y descubrió su rostro.

—¡¡¡Teresa!!! —exclamó Arturo, retrocediendo espantado.

La joven no pudo decir nada, sino que tomó la mano de Arturo, se reclinó en su seno, inclinó la cabeza y dio rienda suelta a su llanto.

—Me moría ya —dijo Teresa levantando su pálido rostro y mirando a Arturo—, me moría y necesitaba llorar. Perdóneme usted, pero lo elegí para mi amigo desde que lo conocí en el baile; y ahora le he acreditado que fiaba en su generosidad y en su honor para llorar en su seno mis pesares.

—¡Oh, Teresa, Teresa!, ya que he tenido la fortuna de que haga usted de mí esta confianza —dijo Arturo conmovido y tomándole las manos—, necesito que me perdone usted. ¡Perdón, Teresa!

—¡Perdón!… ¿Y de qué? —dijo Teresa.

—De haber presenciado la agonía y el suplicio de usted, Teresa; de haber visto a su infame seductor apoyar el cañón de una pistola sobre esa frente de ángel… y de haber sido tan cobarde que no salvé a la querida de mi amigo el capitán.

—¿Es usted amigo del capitán? —dijo Teresa con precipitación, interrumpiendo a Arturo.

—Sí, Teresa. Pero cuénteme usted cómo se ha libertado de ese asesino.

Teresa se quedó pensativa con un dedo en la boca, y al cabo de un momento, dijo pausadamente.

—¿Conque usted presenció lo que sufrí? Es muy extraño. ¿Y sabe usted cómo me he salvado?

—Cuando el miserable viejo apoyó el cañón de la pistola sobre la hermosa frente de usted, me vi arrebatado por… pero es en vano, Teresa; nada puedo explicar a usted ahora, nada; la cabeza se me pierde en un mar de pensamientos encontrados, y…

—¿Y Manuel? —preguntó Teresa tímidamente y bajando los ojos.

Arturo se puso pálido y tuvo que fingir que tosía, pero Teresa lo notó y con ademán suplicante y voz ahogada continuó:

—¿Y Manuel? Si tiene usted una querida, por el amor de ella, por su memoria, dígame usted dónde está Manuel.

—¡Pobre joven! Sois muy desgraciada —contestó Arturo.

—No me oculte usted nada. Si Manuel ha muerto, yo no quiero vivir; su amor y la esperanza de volverlo a ver, aunque sea de aquí a muchos años, es lo único que sostiene mi vida.

—¡Pobre criatura! —dijo Arturo para sí, y luego, disimulando cuanto le fue posible su emoción, le dijo—. ¡Qué idea, Teresa! Manuel no ha muerto; pero está muy desgraciado sin usted. ¿A dónde va usted, llena de lágrimas y de desgracias? Dígame lo que desea, que yo daré, si es necesario mi existencia, por la querida de mi amigo.

—Gracias, gracias; pero usted nada puede hacer para aliviar mi corazón, sino entregar a Manuel este relicario que contiene mi retrato, y un rizo de mi pelo.

Arturo, temblando, tomó el relicario que Teresa se quitó del cuello.

—Dígale usted que mis lágrimas han caído sobre este relicario, y que él estaba sobre mi corazón en los momentos de mi más cruel agonía.

Esta conversación sin orden, sin regularidad, fue interrumpida por el postillón, que les gritó, que estando ya los caballos puestos, se quedarían sin almorzar si no lo hacían breve. Arturo tomó del brazo a Teresa y la colocó en la diligencia, donde a fuerza de mil súplicas le hizo tomar un trozo de gallina y una copa de vino.

Por su parte acudió a la mesa; tomó con precipitación lo que le fue posible, y se metió en el carruaje, en donde estaban ya instalados los pasajeros. Sonó el látigo y los caballos partieron con la velocidad del rayo; a las cinco de la tarde llegó el coche a Puebla.

—¡Singular posición la mía! —pensó Arturo al apearse en la casa de diligencias—. Haber herido o matado a un amigo a quien yo amaba, y presenciar ahora la agonía de esta infeliz. ¿A dónde irá Teresa? ¿Cómo se habrá salvado? ¿Por qué Rugiero me impidió salvarla? ¡Dios mío!, yo pierdo el juicio.

—Caballero —dijo Teresa— suplico a usted me dé el brazo, porque no puedo tenerme en pie.

—Perdone usted, Teresa —dijo Arturo, dándole la mano para que bajara del carruaje—, pero estoy fuera de mí, y lo que ha pasado de cuatro días a esta parte basta para perder el juicio. Vamos, pobre Teresa… vamos… así… apóyese usted en el brazo de su amigo, que es también muy desgraciado al verse solo y sin un corazón que lo ame…

—Y mi amistad ¿no es nada? —contestó Teresa, esforzándose para sonreír.

—Es mucho, mucho, Teresa; y el deber que tengo por mi conciencia y por mi honor, de consolar y de auxiliar a usted en su infortunio, son sagrados.

Arturo colocó a Teresa en el mejor cuarto que se proporcionó; la hizo tomar algún alimento; le instó para que se recogiese y, procurando aparentar un aire de alegría, que estaba muy distante de tener, le dijo restregándose las manos:

—Vaya, Teresa, ahora que estamos en calma, dígame usted cómo se libertó por fin, por qué viene en esta diligencia y a dónde va.

Las emociones y la desgracia habían debilitado a Teresa hasta un grado que apenas podía hablar y moverse; pero esta misma causa daba a su fisonomía un atractivo indefinible: era el ángel de la desgracia próximo a volar del mundo.

—Teresa, es menester valor… Vamos ¿no soy su amigo de usted? ¿Teme usted que yo venda sus secretos?

—No, de ninguna suerte; el interés que le he inspirado, es sincero, y tengo entera confianza en usted; pero me es imposible revelarle cómo me salvé: he jurado no decirlo.

—Pues bien, Teresa ¿a dónde se dirige usted?

—Voy a embarcarme para La Habana: mi padre tenía allí algunas fincas y me voy a desterrar.

Al decir esto, la voz se anudó en su garganta y, cubriéndose el rostro, comenzó a llorar.

—Bien, Teresa, acompañaré a usted: yo no tengo amor, ni apego a nada de la vida; cualquiera parte del mundo es igual para mí.

—¿Y Manuel? —le dijo Teresa tristemente, tendiéndole la mano.

Arturo inclinó la cabeza y reflexionó:

—Si yo me voy con Teresa —se decía interiormente— es seguro que la amaré… He sido por una fatalidad un asesino, pero no debo ser un traidor y un infame. ¿Y mi pobre madre? No iré.

Teresa con voz más suave, volvió a repetir:

—¿Y Manuel?

—En verdad, Teresa, usted es una noble y santa mujer, que cuida primero de su amante que de su existencia… Bien hecho; me quedaré, y yo procuraré darle noticias de Manuel.

—Gracias, usted me vuelve la mitad de la vida; quiera Dios que encuentre usted una mujer que le ame tanto como yo a Manuel. ¿Desearía usted más?

—Sólo la felicidad de usted —contestó Arturo tristemente.

Arturo salió conmovido y encargando a Teresa que procurase descansar. Arturo no pudo pegar en toda la noche sus ojos, y tuvo fijo en la imaginación el semblante pálido de Teresa y el cadáver frío y ensangrentado del capitán Manuel. Teresa, aunque débil y enferma, pudo continuar el viaje, y a los tres días llegaron a Veracruz.

El paquete inglés estaba listo para darse a la vela. Arturo acompañó a Teresa a bordo, y allí hubo nuevas lágrimas, nuevas recomendaciones, nuevos encargos de una y otra parte… ¡Se separaron!

La pobre criatura se lanzó con su dolor, con su soledad, con los recuerdos de su infortunado amor a ese infinito y triste desierto de la mar, y Arturo con mucho trabajo pudo llegar al hotel y caer sin sentido en su cama atacado de la terrible enfermedad que se llama el vómito prieto.

XIII. El vómito prieto

El lector recordará que al fin del capítulo anterior dejamos a Arturo enfermo y a Teresa en el mar, al capitán Manuel moribundo y a Celeste en manos de la justicia. Comencemos por nuestro Arturo, que encontró en su enfermedad más auxilios que los que podía esperar, pues que Veracruz es un país hospitalario, y en aquella simpática e ilustrada juventud encuentran siempre alivio la desgracia y el infortunio.

Los primeros días fueron fatales para Arturo; la enfermedad y las extrañas cosas que le habían pasado en pocos días hicieron un efecto rarísimo en su organismo nervioso. Y había momentos en que se levantaba del lecho y corría por el cuarto con los brazos abiertos, exclamando: «¡Teresa! ¡Teresa mía!» Después, en voz alta pronunciaba palabras incoherentes y sin orden alguno, pero en las que se echaba de ver, sin embargo, que profundos pesares y remordimientos destrozaban su corazón.

En aquellos momentos era precisamente cuando los jóvenes veracruzanos, que alegres y frívolos jugaban al billar y bebían copas de ponche, acudían al cuarto que Arturo ocupaba en el hotel; tomaban al paciente en sus brazos y lo acostaban en el lecho, donde, desfallecido y sin fuerza, permanecía entregado siempre a sus dolorosos delirios.

Los médicos no aseguraban la vida de Arturo; y cuando más humanos se mostraban, calculaban que el enfermo lograría la vida, pero perdería la razón; digo calculaban, porque siendo la medicina una ciencia todavía tan oscura, nada de positivo, ni aun de probable se puede decir, cuando se trata de un enfermo.

Como debe suponerse, no escasearon las sangrías y sanguijuelas, ni cáusticos, ventosas y demás medicinas de la terrible familia de los revulsivos, que hacen de un enfermo un mártir, y de los sabios doctores unos crueles verdugos. La juventud, que se sobrepone muchas veces a los más duros padecimientos físicos y morales, triunfó por fin, y Arturo volvió, por decirlo así, a la vida, aunque tan extenuado que su misma madre no lo hubiera reconocido.

Durante su convalecencia tenía a veces la sociedad de varios jóvenes, que informados de que era de una rica y distinguida familia de México, trabaron amistad con él, pero cuando quedaba solo caía en una profunda melancolía, y su rostro, pálido y todavía con las huellas profundas del mal, parecía, en el fondo oscuro del cuarto, una de esas bellas cabezas que suelen encontrarse en algunos cuadros de la escuela holandesa.

El pensamiento dominante de Arturo era el hacerse fraile; pero ningún convento de México le parecía a propósito, pues deseaba una vida enteramente austera, solitaria, caritativa, como la que tienen los monjes que viven en las asperezas y nieves del monte de San Bernardo.

Otras ocasiones le parecía que, una vez que adoptara este género de vida, abría sin remedio a sus pies un abismo, y que en vez del paraíso que aguardaba a los santos religiosos después de su muerte, le tocarían las llamas eternas, porque la felicidad en esta vida y en la otra se la figuraba al lado de una mujer, que, como Teresa, tuviera por él la santa abnegación, el sublime amor que tenía por el capitán Manuel, a quien él había asesinado. En una palabra, si el mal físico de Arturo había cesado, la enfermedad moral se desarrollaba de nuevo, y entonces las predicciones de los médicos podían cumplirse.

En medio de estos encontrados y distintos pensamientos, que hacían de su cabeza un volcán, Arturo llevaba la mano a su frente, abría más sus ojos y reflexionaba si por ventura era aún presa del delirio y de la fiebre. Los días fueron dándole un poco más de tranquilidad, de suerte que justamente al mes de haber caído enfermo, el médico de cabecera lo mandó vestir y rasurar, y le permitió añadir a la sopa un pedazo pequeño de pescado y un poco de dulce.

Pero sea la debilidad, o sea que el presentimiento de una salud completa, sin la dicha del alma que buscaba, le asustase, al día siguiente, sintiéndose abatido y completamente inútil para la vida, guardó la cama.

A cosa de medio día se presentó en su cuarto un personaje vestido de negro, a pesar del calor y contra la costumbre veracruzana; sus ojos eran relumbrantes, sus patillas negras y espesas, y su fisonomía hermosa tenía, por decirlo así, algo de siniestro y de terrible.

El nuevo personaje se colocó frente de la cama del enfermo, y un rayo de sol, que penetraba por la ventana entreabierta, lo iluminó enteramente. Arturo creyó reconocer al hombre del Paso de Calais, y con sus dos manos se tapó los ojos y sumergió la cabeza entre los almohadones. A los dos minutos escuchó una sonrisa sardónica y aguda, y Arturo, involuntariamente, quitó las manos de sus ojos y las puso en sus oídos, pero el hombre del Paso de Calais se acercó al lecho y tocó el hombro del enfermo.

Arturo sintió que un calofrío recorría todo su cuerpo, y se encogió completamente; creía que la fiebre volvía a comenzar de nuevo y que deliraba con Rugiero, con el capitán Manuel y con todas esas bellas mujeres con quienes había tenido que tratar en los pocos días de sus aventuras.

—Vamos, Arturo —dijo Rugiero, acercando su silla y sentándose al lado de la cama—, levantaos, pues el alivio es evidente; las facciones están ya menos extenuadas, y la palidez se va ausentando a toda prisa de vuestras mejillas.

Arturo ocultó enteramente su rostro entre la ropa de la cama.

—Os traigo buenas noticias —continuó Rugiero, dando a su voz un acento agradable y hasta melifluo.

Arturo no hizo caso.

—Estoy cierto de que cuando sepáis que os traigo una carta…

—¡Una carta! —murmuró Arturo sin descubrirse.

—Sí, una carta, y de una persona muy querida para vos.

—¿Muy querida decís? —preguntó Arturo con interés y descubriéndose un poco.

—Estoy seguro de que será más eficaz que todas esas detestables bebidas que os han dado los médicos.

—¿Si seré presa nuevamente del delirio y de la fiebre, Dios mío? —dijo Arturo acabando de descubrir su rostro y pasando la mano por sus ojos.

—De ninguna manera —le interrumpió Rugiero con voz afable—, por el contrario, estáis más aliviado, y os repito que esta carta os volverá enteramente la salud.

—¿De quién es la carta? —dijo Arturo, volviéndose hacia el lado en que estaba Rugiero.

—Adivinad.

—¿Será de Auro…?

—¡Oh! no… mejor…

—De Celes…

—¡Locura!

—¿Entonces?

—Entonces…

—Acabad —dijo Arturo con impaciencia.

—Es… de vuestra madre…

—¡Ah!, de mi madre. ¡Dádmela, dádmela! —exclamó Arturo, levantándose con la energía y la facilidad de un hombre que está en completa salud.

—¿No os dije que esta carta os volvería la salud? Tomad.

Rugiero dio la carta al convaleciente, y éste la abrió con precipitación y leyó:


Hijo de mi alma:

Cuando apenas saboreaba el placer de tenerte en mi compañía y de besar tu frente todas las noches, te has separado de mí. ¿Por qué haces derramar lágrimas a tu madre? ¿Dónde estás, hijo mío? ¿Por qué te marchaste sin darme un abrazo y sin decirme adiós? Si ahora se agravaran mis males y muriera sin bendecirte, ¿qué sería de tu suerte? Cualesquiera que sean tus faltas, el corazón de una madre tiene tesoros inagotables de ternura y de amor para sus hijos. Si acaso tienes compromisos de dinero, no te dé cuidado; todo se remediará, sin que lo sepa tu padre; ven, por Dios, hijo mío.

Tres o cuatro recados he recibido de la señorita Aurora N, preguntando por tu salud; también ha venido una pobre mujer, de parte de una joven que está en la cárcel, diciendo que es preciso que la veas. Ven, hijo mío, consulta tus asuntos con tu madre, y todo se compondrá. El señor Rugiero Delmotte, tu amigo, se ha encargado de poner en tus manos esta carta, y espera con afán tu respuesta tu madre, que te adora con el corazón y con la vida.

Clara
 

—Gracias, un millón de gracias —dijo Arturo besando la firma de su madre y dirigiendo al hombre del Paso de Calais una mirada de agradecimiento—. En efecto, esta carta me ha vuelto la salud. ¡Ingrato!, no me acordaba de que mi pobre madre sufría y lloraba por mí… Explicadme más esta carta. ¿Habéis visto a mi madre?

—La he visto y está muy apesarada; pero yo la he tranquilizado mucho y está menos mala.

—Gracias, Rugiero, gracias. Mi madre me dice —continuó Arturo sonriéndose— que Aurora ha mandado recados… ¿Lo sabéis?

—Y aunque no lo supiera, me lo supondría —contestó Rugiero—, porque el corazón de las mujeres es así; son piadosas y caritativas hasta por demás.

—Siempre sarcástico, Rugiero —dijo Arturo—, pero esto me sirve de satisfacción, sin embargo…

—Es menester reírse de todo, amigo mío —contestó el hombre de Calais, arrellanándose con indiferencia en el sofá y encendiendo con un cerillo un exquisito puro habano.

—Y esta mujer que me ha estado buscando de parte de una joven que está en la cárcel, ¿sabéis quién pueda ser?

—Ésa es materia que ni merece mencionarse.

—¿Por qué?

—Porque es una historia de gente baja, de esa canalla del pueblo, donde sólo están desarrollados los malos instintos.

Arturo comenzó a maliciar alguna cosa, y tímidamente dijo a Rugiero:

—Sea lo que fuere, sacadme de la duda.

Rugiero, echando bocanadas de humo y subiendo sus dos pies, a la manera de un yanqui, sobre la mesa de noche que estaba inmediata, le contestó con indiferencia:

—Amigo mío, os decía que es una historia de gente del pueblo, que no merece mencionarse. ¿Os acordáis de una muchacha que se hacía la santa y la virtuosa?

—¿Cómo? —interrumpió Arturo alarmado—. ¿Qué conexión puede tener esa muchacha con lo que quiero saber?

—No sólo tiene conexión, sino que…

—¡Oh!, la injusticia, la envidia acaso… —dijo Arturo con calor.

—Nada de eso —contestó con la misma frialdad Rugiero—, el hecho es muy natural y muy sencillo: la muchacha, en vez de ser una santa, era una ladrona; en vez de ser una Casta Susana, era una bonitilla prostituta; la justicia se apoderó de ella y la puso en la cárcel. Esto es todo.

—¡Ladrona y prostituta! —dijo Arturo dejándose caer anonadado en su lecho.

—¿Y qué, os asombráis de esto? —contestó Rugiero.

—¡Oh, la amaba, la amaba!

Rugiero soltó de nuevo una carcajada.

—¿Por qué os reís? —preguntó Arturo, volviendo lentamente la cabeza.

—Es muy natural, amigo mío, porque vos no amáis ni habéis amado nunca a Celeste, y durante vuestro delirio sólo habéis tenido delante de vuestros ojos la imagen de otra mujer.

—No comprendo vuestro lenguaje, Rugiero, y esas palabras no pueden ser sino conjeturas, puesto que no estáis dentro de mi corazón.

—¿Y si os dijera, Arturo, que poco antes de que yo viniera, pensabais…?

—Pensaba —interrumpió Arturo— en esta maldita enfermedad que aún me tiene clavado en la cama.

—¿Y no os venía acaso a la imaginación —continuó Rugiero— la soledad de un claustro, el retiro y la meditación?

—Como, ¿acaso me habéis escuchado?

—De ninguna suerte, pero es natural pensar en acogerse a Dios, cuando el amor trata de huir para siempre de nuestro corazón; y por otra parte, el espectáculo de las nieves del monte de San Bernardo… la soledad de la Cartuja… en fin…

—¿Volvemos de nuevo a los misterios, señor Rugiero? —dijo Arturo con visibles muestras de cólera.

Rugiero se sonrió.

—En esta vez —continuó Arturo con resolución—, con tal de que me concedáis algunos días más para recobrar la firmeza de mi pulso, saldré de la duda y sabré si sois de este mundo o del otro. ¿Lo oís? Un par de buenas pistolas nos harán enteramente iguales.

—Vaya —repuso Rugiero con calma—, se conoce que estáis débil y que por consecuencia el cerebro…

—Estoy enteramente sano, caballero, y si queréis probarlo en este mismo momento…

Rugiero clavó los ojos en el joven, y éste sintió alguna cosa en sus nervios como lo que se experimenta con el contacto de una máquina eléctrica. Hubo un momento de silencio, y después Rugiero habló.

—Tened calma y escuchadme. En mí no hay nada misterioso ni fantástico, y si algunas veces suelo adivinar vuestros pensamientos, eso no es debido sino a que conozco el corazón humano. He vivido muchos años, y en medio de la vida errante y vagabunda que, como os dije, he llevado por todos los países, me he ocupado en estudiar el carácter de los hombres en particular y el de las naciones en general.

»¿Se necesita acaso ser un ente sobrenatural para conocer que los ingleses son raros y borrachos, los españoles jactanciosos, los franceses charlatanes, los americanos codiciosos y los mexicanos imbéciles? ¿Se necesita haber bajado de la luna para conocer los vicios y los defectos de esta colección, mezquina y miserable de animales, que se llama raza humana?

»Ahora, hablando en lo particular, todo joven lleno de ardor y de esperanzas, como vos, que se ve en lo más florido de sus años sin amor y sin ilusiones, piensa forzosamente, bien en entregarse a Dios o en regalarse al Diablo, es decir, o en el claustro o en el suicidio.

»Con el tiempo acaso indagaremos algunas historias secretas de esos hombres vestidos de negro, de rostro pálido y de ojos penetrantes, y veréis que en el fondo no hay más que amor, celos y desgracia; en cuanto a las mujeres, es bastante sabido que hacen lo mismo en igualdad de circunstancias, o son monjas o cortesanas.»

—Es verdad —dijo Arturo con tristeza—, es verdad. Pero decidme, ¿por qué me habéis mentado el monasterio de San Bernardo?

—Es también natural, Arturo. Ustedes, los mexicanos, tienen el privilegio de convertir la triaca en veneno; los frailes, que debían estar en la soledad, en el retiro, convirtiendo a los infieles, sembrando la palabra de Dios, se hallan aglomerados en las grandes capitales; así, los monasterios no son ni pueden ser esos asilos silenciosos y llenos de religión y de misterio, donde una alma herida y desgraciada puede refugiarse en el seno de Dios.

Rugiero suspiró profundamente, y Arturo notó que una lágrima temblaba en sus párpados.

—¡Es cosa singular —se dijo para sus adentros— que siempre que este hombre habla de religión y de virtud, se enternece!

—Pero parece que me desvío de mi objeto —continuó Rugiero enteramente repuesto y dando a su fisonomía un aire de ironía—, la cuestión era que no amabais a Celeste, y voy a daros mis razones. Vos amáis, además de la mujer, la seda de que está vestida, la alfombra que pisa, el piano que toca, el dorado candelabro que la alumbra, el coche que la conduce hermosa y fantástica por esas calles de palacios que ustedes tienen en México.

—Os engañáis, Rugiero. Yo amaba a Celeste porque era desgraciada, porque era buena, porque era más hermosa con su pobreza que mil otras que…

—Eso no es cierto, Arturo. Le teníais lástima, y esto es todo; pero eso es muy distinto del amor; esa reflexión sobre la virtud y las buenas cualidades se queda para cierta edad del hombre en que pasa por reflexivo y por juicioso, y cuando en realidad no es más que un frío egoísta. La juventud y el amor requieren brillo y pompa; así, Arturo, vos amabais más a Aurora, y la prueba es que habéis recibido una completa satisfacción con las palabras que sobre este particular os escribe vuestra madre.

—En efecto, no lo puedo negar. Pero…

—Pero tampoco ese es amor —interrumpió Rugiero, acercándose al oído del joven—, vos amáis apasionadamente…

—¿A quién? —preguntó Arturo alarmado.

—A Teresa —dijo Rugiero.

Arturo se puso más pálido de lo que estaba y a media voz dijo:

—A Teresa, no; no puedo amarla.

—Por esa razón la adoráis con delirio, y esto es bien hecho, os voy a decir la verdad. Un casamiento con Celeste es imposible, porque una mujer que ha sido llevada públicamente entre soldados, que ha robado, que ha vivido en la cárcel, no puede ser… ni vuestra querida, porque cuando cayera la venda de vuestros ojos veríais la realidad de las cosas y os asustaríais.

»Tampoco una mujer frívola, caprichosa, que corre desatinada en pos de los teatros y de los bailes, trayendo como un cometa una gran cauda de amantes puede llenar un corazón avaro de amor.

»Pero… una mujer pálida, enfermiza como Teresa, interesante por su desgracia, poética con su orfandad, sublime por sus exquisitos sentimientos, bella con sus grandes ojos negros llenos de lágrimas… Eso es otra cosa, joven, y tenéis razón de adorarla.»

Arturo, pálido, con los ojos descarriados y la respiración trabajosa, quería interrumpir a Rugiero, pero las palabras expiraban en su garganta.

—Ahora bien —continuó el hombre del Paso de Calais, sin dar muestras de haber notado la agitación de Arturo—, ¿si en vez de esa rectitud de sentimientos, de esa caballerosidad, buena para la Edad Media, pero altamente ridícula en el siglo XIX, os hubierais embarcado para La Habana con Teresa?

—¡Oh! —exclamó Arturo, lanzando un profundo suspiro y llevando sus manos a sus ojos.

—Ya os acordáis de La Habana; es una canasta de flores colocada por la naturaleza entre el grande océano y el Golfo de México; allí, en aquellos jardines floridos, debajo de aquellas gallardas palmas, habitando uno de esos palacios plantados en medio de los cafetales y de las cañas, brotan, al parecer, como unas maravillas orientales, ¿qué de placeres inefables y sublimes no gozaríais a esta hora al lado de esa mujer tan bella como esos ángeles que arrojó del Edén la cólera del Señor?

—¡Oh!, imposible —dijo Arturo—, imposible; no presentéis a mi imaginación, Rugiero, esas escenas de felicidad que no pueden realizarse. Teresa no me amaría.

—Os engañáis, Arturo; los primeros días seríais simplemente el amigo de Teresa; después os vería con la confianza de un hermano, y, pasando el tiempo, todo el tesoro de amor y de sensibilidad que tiene Teresa, sería para vos, nada más que para vos, porque así es la naturaleza humana. Los grandes pesares, como los grandes placeres, se gastan, se olvidan, se borran enteramente; y el amigo de una mujer desgraciada y sensible, acaba por ser el amante más querido.

—Pero ¿y la memoria del capitán Manuel? —preguntó Arturo, como deseando que Rugiero le disipase ese último remordimiento.

—¡Bah! —dijo Rugiero—, eso es muy poca cosa. Vos no matasteis al capitán intencionalmente; fue un acto de defensa natural. Y, sobre todo, si él ya murió, Teresa dejó de pertenecerle; vos la podréis hacer feliz.

—Y decidme —dijo Arturo—, ¿habrá algún buque para La Habana?

—La goleta Dos hermanas se hace a la vela mañana. El mar, por otra parte, os haría bien.

—Y vos ¿qué pensáis hacer? —preguntó Arturo.

—Yo… marcharme por la diligencia esta noche para México; pero contad con que en el próximo paquete me embarcaré, y si os resolvéis a ir a La Habana, os visitaré, aunque sea algunos días. Por ahora, tengo mil asuntos que terminar y os dejo más tranquilo.

Arturo quiso decir algunas palabras más pero no tuvo quien le escuchase, pues el hombre del Paso de Calais había desaparecido.

XIV. Las dos diligencias

Aunque México ha querido tomar hace años un lugar entre las naciones civilizadas, le falta mucho de lo que constituye la civilización y el progreso; entre otras cosas los medios de comunicación, pues los caminos son detestables, bien que la naturaleza no se presta muy fácilmente, pues siendo todo el país montañoso y desigual, y estando construidas las ciudades sobre la alta cordillera, los caminos de fierro y los canales son mucho más difíciles de hacerse que en cualquier otro país del mundo.

Con todo, hace algunos años que los únicos medios de comunicación eran unos voluminosos y pesados coches, tirados por ocho o diez mulas, que caminaban con la lentitud de una tortuga, mientras que hoy, en cuatro o cinco días se camina en las diligencias una distancia igual a la que en los tiempos de feliz recordación del sistema colonial, se atravesaba con mil trabajos en veinte o veinticinco días.

Casi no hay una persona que no sepa que en el callejón de Dolores, en México, está el despacho general de las diligencias, y que diariamente, a las cuatro, cinco, seis y siete de la mañana salen para Veracruz, para Puebla, para el Interior y para otros puntos cercanos a la capital. En uno de tantos días como salen estos carruajes, se agruparon al que partía para Veracruz hasta nueve pasajeros, acompañados de sus sacos de noche, maletas, sombreros y cajones, con lo cual quedó el coche enteramente lleno.

Como eran las cuatro de la mañana, estaba oscuro, y todos los pasajeros, soñolientos y de mal humor, se introdujeron en el carruaje, que al dar el reloj de la Catedral cuatro campanadas partió con la velocidad del rayo, turbando con su ruido el reposo de los habitantes de México, entregados todavía al descanso y al sueño.

Como sucede siempre, durante las horas de oscuridad los pasajeros no hicieron más que continuar su interrumpido sueño, y recargados unos en las portezuelas, otros en el respaldo, y otros sobre sus compañeros de viaje, guardaron por largo rato un completo silencio.

La diligencia atravesó la ciudad, pasó la garita, mudó caballos en el Peñón Viejo, y sólo al llegar a Ayotla fue cuando los primeros rayos del sol naciente, que iluminaban los volcanes, hirieron los ojos de los pasajeros, quienes, cambiando su cómica posición, limpiándose la vista y desperezándose, se dieron los buenos días; tomaron una poca de leche; se envolvieron en sus capotes y, encendiendo cigarrillos, continuaron el viaje de mejor humor.

—Parece que todos vamos a Veracruz —dijo uno de los pasajeros, que era un joven de franca fisonomía, de pelo y patillas rubias y de ojillos verdosos.

—Parece que sí —respondió otro.

—Pues en ese caso tenemos que estar todavía cuatro días juntos y es necesario trabar amistad, charlar y divertirse, para hacer menos fastidioso el camino. Conque convenidos, camaradas; yo me llamo Juan Bolao o Bolado; pero como parece que mi difunto padre era andaluz, siempre su merced me decía que nuestro apellido era Bolao. Y así, camaradas, yo soy Juan Bolao, para servir a ustedes. Estoy en el comercio, en la casa española de Fernández y Cía.; y voy a La Habana por asuntillos de la maldita casa de Revuelta, que ha quebrado, y el hijo de dos mil diablos nos ha llevado muy bien unos veinte mil pesos. Y voy a otra cosa más… pero ya es bastante. Conque, compañeros, aquí tienen mi historia. Ya saben que soy alegre y conversador como el que más.

Los pasajeros rieron de la franqueza y la jovialidad del dependiente de Fernández, y a su vez fueron diciéndole sus nombres y ofreciéndose como sus servidores. Sólo faltó a esta muestra de cortesía, uno que, envuelto en un capote militar azul, estaba recargado en un rincón de la diligencia y tenía trazas, o de estar enfermo o de tener mucho sueño. Bolao, que lo notó, sacó del bolsillo de un chupín de lana que tenía abrochado hasta el cuello, un rollo de puros habanos y comenzó a repartir a los pasajeros.

—Vamos, amigo —dijo al pasajero del capote azul—, la luz ha salido ya y es preciso dejar de dormir; fumad, fumad, y ya veréis cómo se os quita la modorra.

El pasajero tomó el puro y dio las gracias a Bolao con mucha urbanidad. Bolao, infatigable, sacó un cerillo, encendió su puro, comenzó a echar bocanadas de humo sobre las caras de los pasajeros, y a entonar en alta voz Suona la tromba…

—¡Eh! —dijo—, me cansé de cantar; ahora volvamos a la conversación. Pues, señores, estábamos en… ¡ah!, ya me acordé… en que cuando se trata de amor, las cosas son delicadas y todos son enemigos.

Los pasajeros, asombrados, se miraron unos a otros, pues no recordaban que Bolao hubiese comenzado a contar ninguna historia de amor; mas uno de ellos quiso excitar la charla del joven y le contestó:

—En efecto, en eso estábamos; continúe, usted.

—Pues, señores, es una cosa increíble, espantosa; figúrense ustedes que eran dos amigos, uno de ellos quería mucho a una muchacha y la citó a cierto paraje…

El pasajero taciturno del capote azul levantó la cabeza y se puso a escuchar atentamente. Bolao, sin notarlo, arrojó por la portezuela unos fragmentos del puro que fumaba y continuó:

—La muchacha era linda, según me dicen, y estaba muy enamorada de su amante, por supuesto; pero no se casaron, yo no sé por qué friolerillas que siempre se les ocurren a esos tunantes que se llaman tutores.

—¿Y usted conoce a la muchacha y al tutor? —preguntó con indiferencia el pasajero del capote azul.

—No, no los conozco; pero lo que digo a ustedes me lo contaron a mí con mucha reserva, y con la misma lo cuento. Prosigo. Pues, señores, como iba diciendo, el amante tuvo la tontería de comunicar a su amigo sus amores, y el amigo…

—El amante fue un imbécil —dijo con una voz concentrada el pasajero del capote azul.

—¿Os interesa esta narración, caballero? —dijo Bolao—, pues bien, ya veréis. Continúo. Pues, señores, el amante cometió además la tontería de decir a su amigo el lugar y la hora de la cita…

—¡Oh!, es imposible —dijo con voz entrecortada el pasajero—, una infamia semejante no puede cometerse entre caballeros.

—¿Parece que sabéis algo de la historia, camarada? —dijo Bolao—. Entonces, ayudadme a contarla a estos señores.

—No, no, eso es imposible —interrumpió el pasajero del capote azul.

—¡Bah!, ¿y por qué no?

—Porque más bien es de creerse que el amigo fue el infame —repuso el pasajero con tranquilidad.

—Todo puede ser, caballero; en cuanto a mí, no me fío ni de la madre que me parió. Y si me ven ustedes tan alegre, es porque soy como las abejas; chupo la miel sin cuidarme de la rosa, y vuelo de flor en flor, sin aficionarme a ninguna, porque el día que un bribón viniese a robarme mi querida, no quedaría de él ni el polvo.

—Continuad, caballero —dijo el del capote azul.

—Pues, señores —dijo Bolao—, lo más original es que después de haber el amigo robado a la muchacha, lo esperó en la puerta, y le dio tantos palos que, según dicen, se está muriendo.

—¡Oh! ¡Oh! —exclamó con voz ronca el pasajero del capote azul, rechinando los dientes.

—¿Os sigue el dolor? —dijo Bolao—. Tomad, y sacó de su bolsillo un frasco de aguardiente y lo alargó al enfermo.

—Sí, dadme, dadme —respondió el pasajero, y tomando el frasco lo aplicó a sus labios y de un solo trago vació la mitad.

—En efecto, estáis pálido —dijo Bolao— el aguardiente os hará bien. Ahora recostaos un poco sobre mi hombro.

—¿Y la historia? —preguntó otro pasajero.

—¡La historia! Buena es esa, pues rato hace que se acabó…

—¡Cómo! ¿Pues y la muchacha?

—Sepa el diablo dónde la escondió el pícaro amigo.

La diligencia continuó caminando, y Bolao los ratos que no cantaba, fumaba y bebía traguitos de aguardiente. Juan Bolao entró en conversación con los postillones y con los otros compañeros de viaje; y siempre con su buen humor y con su charla, entretuvo el tiempo hasta que la diligencia llegó a Río Frío.

Allí, como es costumbre, se detuvieron una media hora para almorzar en una fonda establecida por un viejo alemán, a quien Dios ha dado por recompensa de sus honrados trabajos culinarios, unos robustos chicuelos, que vagan confundidos entre los perros y los caballos, los que se han mostrado siempre de un excelente carácter, sin darles nunca una patada.

Juan Bolao almorzó más y con mayor presteza que los demás viajeros, y limpiándose los dientes salió al cobertizo de la posada, donde a falta de gentes continuó la conversación con los caballos ya uncidos en el coche.

—¡Eh! —les dijo—, hijos de la selva, portarse bien y cuidado con volcar el carruaje, porque va en él todo un Juan Bolao, personaje tan importante como el mismo Santa Anna; porque han de saber, camaradas, que Juan Bolao se ama tanto, que en todas circunstancias preferirá su salud a la de cualquier magnate. Con que, ¡eh!… —Y esto diciendo, dio tres o cuatro palmadas en el anca de uno de los caballos, el cual quiso dar una buena coz a su interlocutor; pero Juan Bolao, ligero como un gamo, dio un salto y evitó el golpe. Vuelto en sí de la sorpresa, notó dentro del carruaje al pasajero del capote azul, y subiéndose al estribo, asomó su cara dentro del coche.

—¡Eh!, amigo —le dijo—, parece que tiene usted poca apetencia. Le aconsejo que baje a almorzar pues no dilata un momento en venir el diablo de Juan, y sabe usted que ese yanqui no espera mucho.

—Como estoy algo indispuesto —dijo el pasajero—, el almuerzo me haría mal; y así me reservo para comer en Puebla.

—¡Eh! —interrumpió Bolao— buenas pistolas… ¿Qué diablos hace usted con ellas?

—Las cargo —respondió el pasajero, quien en efecto tenía una hermosa pistola inglesa en las manos—, porque sabe usted que este monte es peligroso y pueden los ladrones hacernos alguna visita.

—Bien, muy bien —repuso Bolao—, si se ofrece un lance, ayudaré a usted con un par de trabucos cargados hasta la boca que están debajo del cojín. Pero ya vienen los pasajeros y Juan está ya listo… Con que, adentro, camaradas.

En efecto, los pasajeros se acomodaron. Juan subió al pescante, tronó su látigo y los caballos, llenos de ardor y de furia, partieron como un relámpago. A poco entraron en el monte; las nubes posaban en las copas de los altos pinos, el aire era húmedo y frío, y pequeñas gotas de lluvia comenzaban a caer.

Los viajeros echaron las persianas y vidrios; se envolvieron en sus capotes y, tomando la posición más cómoda, si es que esto es posible en una diligencia, comenzaron a dormitar.

Juan Bolao que, se nos había olvidado decir, había vaciado en su estómago una botella de Burdeos, entró también en muda; se recostó en un antepecho, y al cabo de media hora dormía con la tranquilidad del justo. A las cinco y media de la tarde, la diligencia de México entraba en las calles de Puebla sin haber tenido mayor novedad.

XV. Los ladrones son robados

Según es costumbre, a las tres y media de la mañana siguieron nuestros viajeros su camino para Perote. En esta vez no se acomodaron en el estrecho carruaje para dormitar, sino que todos despiertos y sobre sí, comenzaron a discutir acerca de la conducta que deberían observar si los ladrones atacaban.

Hacía tres días que a la salida de Puebla había sido detenida la diligencia, y los pasajeros amarrados y despojados de cuanto tenían. Pero como la civilización y finura de los ladrones de la República Mexicana excede a cuanto puede apetecerse, cosa que, en obsequio de la justicia, deben reconocer y confesar los viajeros extranjeros, los transeúntes fueron atados de pies y manos, y colocados con el rostro contra la tierra, habiendo tenido algunos la ventaja de conservar su ropa interior.

Los ladrones, habiendo recogido relojes, anillos y algunas monedas de oro y plata, se internaron en el bosque, sin olvidarse de dirigir tiernos adioses a las víctimas que, por su parte, tuvieron la descortesía de guardar un profundo silencio.

Esta anécdota, de fresca memoria, hizo una impresión profunda en el ánimo de los pasajeros, tanto que a la luz de un fósforo, que encendió uno de ellos, se vieron todas las fisonomías azuladas, descompuestas y como incrustadas en los amarillentos cojines del carruaje.

En cuanto a Juan Bolao, con su eterno puro habano en la boca, tarareaba un retazo de su ópera favorita. El pasajero del capote azul permanecía frío, impasible, silencioso, como el día anterior.

La diligencia pasó la garita, y cuando entró en una calzada llana y cesó por consiguiente el crujir de las ruedas, volvieron a comenzar las historias de ladrones. Y cada cual contó la suya, con los más negros colores que le pudo sugerir su imaginación; daba miedo el escuchar los horrores y crueldades cometidas por los honrados ladrones que pululan en el camino de Veracruz.

—¿Y bien, amigo? —dijo Juan Bolao, dirigiéndose al pasajero del capote azul, cuando todos acabaron de hablar.

—Y bien —contestó éste—, mis pistolas están cargadas. ¿En qué disposición están los trabucos de usted?

—Corrientes y listos —repuso Bolao— y le aseguro a usted que ya tendrán buena fiesta esos señores ladrones si nos asaltan.

—Qué, ¿tratan ustedes de defenderse? —preguntó alarmado uno.

—Por supuesto —dijo Bolao—, no faltaba más sino que nos dejáramos, como unos chicos de escuela tender boca abajo y azotar.

—Es que así se compromete inútilmente la vida de todos —interrumpió otro mucho más alarmado.

—Toma ¿y qué se me da a mí de eso? —respondió Bolao, en tono de chanza.

—¿Cómo qué se le da a usted? —dijo un hombre gordo y de trabajosa respiración—. ¿Pues le parece a usted grano de anís el que me maten?

—Ya se ve que sí.

—Entonces…

—Pues, camaradas, si ustedes me pagan sesenta onzas que traigo atadas a la cintura, no me defenderé. De lo contrario, voto a dos mil diablos que… Con permiso, caballeros.

Juan Bolao sacó de debajo de los cojines un par de trabucos y una espada toledana, y encendiendo un fósforo los examinó con cuidado. Sacó en seguida la espada de la vaina, y se desembarazó de todos los estorbos que podían impedirle sus movimientos.

—¡Este hombre es un demonio! —dijo el pasajero gordo, en voz baja.

—¡Eh!, camarada, yo estoy ya listo —dijo Bolao dirigiéndose al del capote azul.

—Y yo lo estaré dentro de dos minutos —contestó éste, sacando sus pistolas y desenvainando también un hermoso sable curvo.

—Éstos son unos caribes —dijo a media voz el hombre gordo—, y si los ladrones salen nos van a matar como unos pollos.

—¿También usted está resuelto a defenderse? —le dijo al pasajero del capote azul uno de los viajeros, procurando dar a su voz el tono más melifluo que pudo.

—También —contestó secamente el del capote azul.

—En ese caso, señor mío —repuso sacando una mohosa navaja de cortar fruta—, ayudaré a ustedes en lo que pueda.

—Señores —exclamó el hombre gordo—, tengan compasión de mí. Yo no tengo armas, soy casado, tengo siete angelitos y nueve sobrinitos; además soy gordo… Y ya ven ustedes que tengo más probabilidades de recibir un golpe.

Bolao se echó a reír a carcajadas; pero el pasajero del capote azul dijo:

—Quizá no habrá nada, amigo; pero si algo hubiere, no hay más que resignarse.

El hombre gordo contestó con un suspiro. Los otros se pusieron a vomitar blasfemias contra el gobierno, que descuidaba de quitar de los caminos tanta piedra y tanto bandido, ambas cosas muy perjudiciales para los míseros pasajeros. Juan Bolao cantaba; el pasajero del capote azul permanecía silencioso.

La diligencia caminaba rápida, y sólo se oía de vez en cuando el chasquido del látigo y la voz del cochero. Los caballos volaban, sacando chispas con el choque de sus herraduras contra las piedras y guijarros de la calzada. La atmósfera estaba tibia, y las ráfagas de viento que venían de vez en cuando a levantar las cortinas del coche estaban impregnadas del perfume de los campos; las estrellas iban poco a poco palideciendo, y el azul de la bóveda celeste se aclaraba visiblemente.

Una línea blanquecina con un ligero matiz rosado aparecía detrás de las montañas, que se levantaban negras e inmóviles, y parecían como unidas al firmamento. Los árboles solían inclinar levemente sus copas al impulso del viento de la mañana, y el espectáculo que presentaba la naturaleza al despertar era bellísimo. Pero nadie lo notaba, porque estaban ocupados con una idea fija: los ladrones.

La diligencia siguió por largo rato su camino sin novedad, pero el cochero, al internarse en un terreno barrancoso y lleno de árboles, observó, con las primeras y pálidas claridades del crepúsculo, unos hombres a caballo y dio parte de ello a Juan Bolao, con quien tenía ya íntimas relaciones.

—¡Eh!, amigo mío —dijo al pasajero de capote azul— parece que el momento ha llegado. Abajo, abajo… para, párate, Juan.

Juan detuvo los caballos, y Bolao, ligero y alegre, sin dejar de tararear su ópera favorita, abrió la portezuela y bajó seguido del pasajero del capote azul, que, con una calma y tranquilidad envidiables, preparaba sus pistolas y colgaba en su puño el curvo y reluciente sable.

El hombre de la navaja descendió temblando del carruaje, teniendo cuidado de formarse un escudo con el cuerpo de Bolao, mientras el hombre gordo entonaba en voz baja la Magnífica y la Letanía, diciendo por intervalos:

—Estos hombres son unos caribes.

Los demás pasajeros, que hubieran querido volverse insectos para ocultarse entre las arrugas de un cojín reduciéndose a su menor volumen, formaron un todo compacto e informe, algo parecido a los bultos de ropa sucia que llevan las lavanderas en la cabeza.

La diligencia siguió su camino poco a poco, por orden de los campeones que iban escoltándola a pie y con sus armas dispuestas; mas apenas habían avanzado unos treinta pasos, cuando un grito enérgico, acompañado de un horrible juramento, salió del bosque, y la diligencia se detuvo.

El pasajero del capote azul y Bolao se miraron. El uno sonreía tristemente, y el otro, con sus labios entreabiertos tarareaba Suona la tromba. Los dos se comprendieron y se apretaron la mano, mientras el hombre de la navaja, que temblaba como un azogado, hacía un esfuerzo sobrenatural para echar bravatas sin cuento.

Los bultos que con su vista ejercitada columbró el cochero, se percibieron más clara y distintamente; los tres pasajeros se agruparon detrás de las ruedas del carruaje, y los ladrones, porque ya no se podía dudar que lo eran, se aproximaron y, rodeando el carruaje, impusieron silencio en los términos más enérgicos y terminantes.

El pasajero del capote azul tendió su pistola y acertó a dar en el cráneo de uno que estaba a caballo, que cayó al suelo. Otro de a pie se abalanzó rápidamente sobre el hombre de la navaja; pero éste, con la desconfianza que inspira el miedo, hundió dos o tres veces el arma en el costado de su adversario, y ambos cayeron rodando por la tierra.

Juan Bolao no había permanecido ocioso, como es de suponerse, sino que descargó un trabuco, sin más éxito que poner en fuga a dos de los ladrones de a caballo; y no habiendo podido descargar el otro, por haberse visto cercado de tres bandidos, repartía porrazos con la culata, guarnecida de cobre, del que le quedaba.

Cubierta su espalda con un juego del carruaje, se defendía valerosamente, cuando uno de los ladrones, que se deslizó por debajo, lo asió por el cuello y sacó un puñal; pero el pasajero del capote azul, con su fisonomía pálida y serena, y su amarga sonrisa, se acercó y, poniendo el cañón en el oído del bandido, que alzaba ya el brazo para herir a Bolao, tiró del gatillo, y entre una nube de humo volaron fragmentos de cráneo.

Éste fue un golpe decisivo. Cinco o seis bandidos que, mientras pasaba la refriega, se habían dedicado a registrar los baúles y maletas, colocados en el pescante y covacha del carruaje, se pusieron en una precipitada fuga, dejando en el campo dos cadáveres y un herido.

Todo esto pasaba a la media luz del crepúsculo, cuando los pájaros cantaban, cuando un ambiente delicioso jugaba entre las copas de los árboles, cuando los rayos del sol doraban las nubes y levantaban de las praderas el velo de la niebla que las cubría. Hubo un momento de silencio solemne.

—Y bien —dijo Bolao—, parece que hemos quedado dueños del campo de batalla. ¡Viva la patria! ¡Viva la república, donde los pasajeros se ven obligados a matar a estos pobres diablos, que la justicia debía ahorcar en los árboles! Pero ¿estáis herido, amigo mío? —continuó, acercándose con interés al pasajero del capote azul.

—Creo que no —respondió éste.

—¿Pues esa sangre?

—Sin duda es de ese hombre que os iba a atravesar con su puñal, y que lo hubiera hecho a no haber yo tenido la precaución de acertarle con mi excelente pistola.

—¡Es posible! —dijo Juan Bolao con emoción, abrazando al pasajero—. ¿Con que me habéis salvado la vida? ¿Cómo os llamáis?, decídmelo, porque ambos somos jóvenes, nos encontraremos acaso en algunas ocasiones más en el mundo, y puede ser que entonces os pueda pagar esta deuda.

—Creo que traeré en mi cartera algunas tarjetas. Sí, en efecto… tomad; pero no veáis mi nombre, ni me preguntéis por ahora nada, pues me conviene permanecer incógnito.

—Está muy bien —dijo Bolao, guardando la tarjeta—, pero al menos no me negaréis otro abrazo.

El pasajero y Bolao se abrazaron con la efusión que es natural, cuando ha pasado un gran peligro.

—Ahora —dijo Juan Bolao— vamos a proceder a registrar a los muertos, y será acaso la primera vez que suceda que los pasajeros roben a los ladrones. Esto se llama ir por lana y volver trasquilado. Ayudadme, amigo mío.

El pasajero, con visible repugnancia, se acercó a donde estaban los cadáveres desfigurados y cubiertos de sangre.

—Ya veo que esto os molesta —dijo Bolao—, a mí me sucede otro tanto, y hubiera preferido que estos miserables hubiesen huido; pero acaso podremos devolver a los pasajeros, que hace tres días fueron robados, algo de lo que perdieron.

—Me parece bien —dijo el pasajero— veamos lo que tienen.

Diciendo esto, los dos campeones comenzaron a registrar los bolsillos de los difuntos, y luego que hubieron concluido, dijo Bolao:

—¿Qué encontrasteis, caballero?

—Miradlo —contestó el pasajero del capote azul, dando a Bolao una cajita verde y diez onzas de oro.

Bolao abrió la cajita y los dos exclamaron:

—¡Magnífico! Ésta es prenda de mucho valor. ¡Qué brillo, parece un sol!

Era un hermoso prendedor de brillantes.

—Ved ahora —dijo Bolao a su compañero— lo que yo he sacado de las bolsas de este bribón; un bolsillo de seda lleno de oro, este anillo y esta cajita.

—Veamos —y diciendo esto se pusieron ambos a examinar los objetos dichos.

El anillo era de oro, con un hermoso granate, en cuyo centro estaban grabadas estas iniciales G. H. y la cajita contenía una delicada miniatura que representaba una mujer bellísima.

—¡Oh! —exclamó el pasajero del capote azul—, esto es increíble… —Y con la mayor presteza cerró la cajita y la guardó en la bolsa.

Juan Bolao abría tamaños ojos, pero el pasajero del capote azul dijo:

—Perdonad estos misterios y estas reservas con un hombre tan franco como vos: permitidme que me quede con este retrato y no me preguntéis nada sobre el particular.

—¡Toma! —dijo Bolao—. ¿Y qué derecho tengo yo para preguntaros nada? Haced lo que gustéis, y si me necesitáis para algo, disponed de mí como si fuera vuestro hermano. Además, ya os he dicho que yo me voy a embarcar para La Habana; así es que vos debéis depositar este dinero y estas alhajas hasta que parezcan sus dueños. Pero, por Dios, amigo —continuó con un aire de ingenuidad—, no las entreguéis ni a los escribanos ni a los jueces, porque ya sabéis… Cuerpos del delito como estos, son enterrados en sepultura de caoba…

—Muy bien, seguiré vuestro consejo —dijo el pasajero— y yo tengo esperanza de que este retrato me conduzca a la averiguación del verdadero dueño de estas prendas… Pero, vamos a indagar la suerte de nuestros compañeros de viaje.

Bolao y el intrépido pasajero se asomaron por las portezuelas de la diligencia, miraron una aglomeración informe de pies, cabezas y brazos, que no pudo menos de incitarlos a risa, a pesar de la seriedad del lance.

Los que habían permanecido dentro del coche, al escuchar el estruendo de los tiros y el chis chas de las espadas, se habían estrechado, abrazado, enlazado, revuelto y confundido de tal manera, que era una maraña incomprensible, y sin aliento, y con los ojos cerrados pertinazmente, encomendaban interiormente su alma a Dios.

—¡Eh, camaradas! —gritó Bolao, removiendo con la mano aquel grupo informe—, ya todo concluyó y los ladrones se han fugado.

Los pasajeros permanecieron silenciosos.

—Vamos, amigos —dijo el del capote azul—, tranquilizaos, pues ya no hay riesgo.

Los pasajeros ni chistaban.

—Estos hombres se han muerto de miedo —dijo Bolao—. Veamos.

Y habiendo los dos entrado a la diligencia, comenzaron a enderezar a los compañeros.

Al primero que levantaron fue al hombre gordo; estaba pálido como un cadáver; un sudor frío goteaba por su frente; sus brazos caían descoyuntados y tenía sus ojos cerrados fuertemente.

En cuanto a los otros pasajeros, luego que reconocieron a sus amigos recobraron su ánimo y comenzaron a echar bravatas, de lo que Juan Bolao no pudo menos de reír a carcajadas, pues dijeron que habían permanecido ociosos por falta de armas.

El hombre gordo estaba encaprichado en no abrir los ojos, y sólo después de muchas súplicas los fue desuniendo muy poco a poco, porque, según decía, no quería ver ni sangre, ni armas, ni ladrones.

—¡Eh, señores, falta un pasajero, pues éramos nueve! —dijo Bolao.

—En efecto, recuerdo ahora que bajó detrás de mí —dijo el del capote azul.

—Habrá perecido el infeliz —exclamó Bolao con interés.

—¡Jesús me valga! —dijo el hombre gordo suspirando y volvió a cerrar los ojos dejándose caer en el respaldo del coche.

Bolao y su compañero se dirigieron a buscar al pasajero que faltaba, y entonces notaron que el cochero estaba atado en un árbol y con la boca tapada con un pañuelo. Los caballos, desuncidos, vagaban a corta distancia, paciendo la yerba muy tranquilos. Cómo los ladrones habían tenido tiempo para hacer estas operaciones, era lo que no comprendían; pero ya se sabe que en lances semejantes, todo lo que pasa es extraordinario y singular.

—Veo debajo de aquel árbol dos bultos —dijo Bolao a su compañero.

—En efecto, veamos.

—¡Infeliz! ¡Muerto! —exclamaron los dos al acercarse.

El pasajero que faltaba estaba abrazado con el bandido, y ambos sin vida y nadando en sangre.

—Pero, no murió solo —dijo Bolao con alegría—. Separémoslo de su enemigo. —Y al decir esto se inclinó y levantándolo por el pecho dijo—: ¡Demonio!, este hombre no está muerto, le late aún el corazón.

—¡Es posible! —respondió el pasajero del capote azul—, entonces estará herido nada más, y en ese caso lo podremos salvar.

Los dos comenzaron a examinar al supuesto difunto; le desabotonaron el vestido, registraron minuciosamente todo su cuerpo, y con grande asombro notaron que no tenía ni la más leve herida. Lo abrigaron y recobró el calor, por último, entreabrió los ojos, y creyéndose muerto, los volvió a cerrar; el miedo lo había matado por un momento, pues el bandido lo arrastró en su caída.

En esto estaban cuando unos agudos quejidos les llamaron la atención, y detrás de un matorral descubrieron a uno de los ladrones herido.

El pasajero se acercó y con gran sorpresa exclamó:

—¡Él es!, ¡él es!

—¿Pero quién es? —preguntó Juan Bolao.

—Ojo de pájaro.

—¡Ojo de pájaro! ¿Y quién es ese bicho?

—Ya lo veis, un miserable ahora, pero que ha sido muy valiente.

—¿Le conocéis?

—Perfectamente, ya os contaré…

—Sois el hombre de los misterios, amigo mío —dijo Bolao sonriéndose— pero estad tranquilo, y sólo os pido que cuando nos volvamos a ver…

—Todo lo sabréis —respondió el pasajero—, pero mirad, parece que se acerca una partida de tropa.

—En efecto, siempre sucede que la tropa llega después de la buena hora.

El sol se asomaba ya por la cumbre de la sierra y sus rayos reflejaban en los cascos y las lanzas de una partida de caballería, que no tardó en acercarse al sangriento campo de batalla. A ese mismo tiempo, y por el camino opuesto, venían muchos vecinos del pueblo de Amozoc, que tuvieron la calma, o la malicia, de permanecer tranquilos, a pesar de haber escuchado los tiros y la vocería.

Era de ver cómo corrían los soldados en todas direcciones, blandiendo las lanzas y echando juramentos; y cómo pasajeros, vecinos y soldados se echaban bravatas sin cuento. Mas Bolao y el pasajero del capote azul pusieron término a todo, recomendando al jefe de la escolta y al alcalde del pueblo, que enterraran a los muertos y cuidaran del herido. Fuéronse luego al pueblo a lavarse, a cambiar vestido y a almorzar, para poder continuar el viaje, interrumpido de una manera tan trágica.

XVI. En el Lencero

Era poco más de la una de la tarde. El cielo limpio y despejado, y sobre el azul transparente vagaban algunas nubes. El viento que venía de las praderas y bosques de Jalapa, estaba impregnado de aromas, y el paisaje que presentaban las lomas cubiertas de un fino césped recamado de florecillas blancas y nácares, era encantador.

A la derecha se descubría, aislada en una loma, una casa pintada de encarnado, con portalería; sus miradores tenían vidrieras y persianas verdes; en la misma dirección, una espesa serranía, y al frente un horizonte profundo que terminaba con una línea blanquísima que se confundía con el azul del firmamento.

Con el auxilio de un anteojo se podía descubrir, no sólo el mar, sino también las casas de la ciudad de Veracruz y los buques anclados en la bahía. Era la casa de piedra, de antigua construcción; tenía una tienda de cuatro puertas bien surtida, y una extensa caballeriza de mampostería al costado. Ésta es la hacienda llamada el Lencero, propiedad del general Santa Anna.

Algunos mozos, con unos cordeles en la mano, estaban de pie a poca distancia de la casa, aguardando las dos diligencias; la de México no tardó, pues a poco rato se percibió descendiendo la loma y apareciéndose y ocultándose entre matorrales y arbustos, según el terreno más o menos quebrado por donde corría. Por fin llegó tirada por ocho hermosas mulas prietas; y por la limpieza y lustre de su caja y ruedas, y por la tranquilidad de los pasajeros, no se echaba de ver que había pasado uno de esos lances terribles que son frecuentes en los caminos de México.

No obstante, como la noticia del robo había llegado al Lencero, los pocos habitantes se agruparon al carruaje y comenzaron a preguntar con ansia a los pasajeros lo que les había acontecido. Juan Bolao fue el primero que descendió, cantado su ópera favorita, e instalado en una banca de madera de la tienda, con un vaso de buen aguardiente catalán en la mano y con su enorme puro habano en la boca, comenzó su narración para satisfacer al noble auditorio que, como si fueran perlas, recogía las palabras que salían de la boca del dependiente de Fernández. Mientras que Bolao charla y los demás pasajeros o escuchan o registran sus maletas, digamos una palabra sobre Arturo.

A las pocas horas de haberse separado Rugiero de él, se vistió y, a pesar de su debilidad, se dirigió a una casa de comercio a negociar una libranza contra su padre. Como éste era hombre bastante conocido entre los negociantes, y el comercio de Veracruz conserva mucho todavía de su antigua franqueza y generosidad, no le pusieron dificultad alguna, y el joven pagó sus gastos de hotel, de medicinas y facultativos; compró la ropa blanca que le era necesaria, y ajustó su pasaje a bordo de la goleta que estaba próxima a darse a la vela para La Habana el día siguiente a las cuatro de la tarde. Arreglados ya todos sus negocios, se retiró en la noche al hotel a disfrutar de un tranquilo sueño.

—Vamos —decía al desnudarse—, este Rugiero en el fondo es un bribón, pero tiene gran talento y habla la verdad. Teresa me amará con el tiempo, y tendré a mi lado una de las mujeres más ideales y más seductoras que existen en la tierra. Escribiré a mi padre, me mandará dinero, y entonces llevaré a Teresa a Francia, a Italia, a ese Nápoles tan encantador que los viajeros describen como la tierra de las delicias y de los amores.

Si alguno lo hubiera observado cuando fabricaba estos castillos en el aire, habría notado que una sombra velaba su frente y que, a pesar de estas ilusiones, sostenía una lucha con su conciencia que le gritaba: «Asesino, traidor, mal amigo».

Se acostó, y al tomar un libro de la mesa de noche para leer algunas páginas, puso la mano sobre un papel, lo desdobló, pasó por él los ojos y una viva emoción se pintó en su semblante, pues era la carta de su madre.

—No —dijo Arturo—, yo no abandonaré a mi madre. Este vacío horrible que tengo en mi corazón, este remordimiento que me atosiga, estas gentes desgraciadas hasta lo infinito que se han reunido a mí y cuya memoria me atormenta… todo lo olvidaré al lado de mi madre, que quizá pocos días más vivirá sobre la tierra. Adiós, Teresa, para siempre te perdiste entre las brumas de la mar, y tu belleza y tu dolor pasaron para mí como un sueño… Si aún viviera Manuel, el bueno, el generoso joven que tanto te amaba, podría ser feliz, contribuyendo a tu dicha.

Arturo se dejó caer en la almohada y, acordándose de Celeste, exclamó:

—¡Oh!, esa memoria me atormenta. ¡Miserable! ¡Confundida con los ladrones y asesinos la que yo creía un ángel!

Después le vino a la memoria la brillante Aurora, y volvió a exclamar:

—¡Frívola, coqueta! ¡Oh!, mi madre, mi madre; no tengo más que mi madre en el mundo —murmuró al tiempo de cerrar los ojos y dormirse.

Al día siguiente se levantó triste pero tranquilo, pues abandonando toda idea se había fijado en la única y exclusiva de ver a su madre. Deshizo su contrato, perdiendo, como es costumbre, la mitad del pasaje; tomó un asiento en la diligencia, y, en vez de embarcarse para La Habana, caminaba a las once de la noche para México, justamente dos días después de que había partido del callejón de Dolores la diligencia cuyas aventuras se han referido en los dos anteriores capítulos.

Aquellos que hayan caminado de Veracruz a México, se acordarán de que se pasaba una infernal noche, mas, sin embargo, los primeros momentos en que se sienten las auras marinas son agradables. La noche estaba limpia y estrellada, y del mar sereno se desprendía un poético mumurio. Las ondas venían dulcemente a morir en la playa, y con sus limpias aguas mojaban las llantas de las ruedas y las patas de las mulas, que tiraban penosamente del carruaje.

Este paisaje tranquilo acabó de sanar completamente a nuestro joven, quien, orgulloso y satisfecho con la buena resolución que había tomado, se recostó y se durmió. Al día siguiente, cerca de las dos de la tarde la diligencia de Veracruz llegó al Lencero, es decir un cuarto de hora más tarde que la en que venían nuestros intrépidos viajeros Juan Bolao y el pasajero del capote azul.

Los viajeros de Veracruz descendieron del carruaje y se mezclaron inmediatamente con los que platicaban, para imponerse de las ocurrencias de México y del camino. Arturo no se mezcló en la conversación, y descendió de la loma para hacer un poco de ejercicio y recobrar el uso de sus miembros entumidos.

Al llegar al punto de donde parte el sendero para la casa del general Santa Anna, divisó una figura pálida y que, inmóvil, estaba apoyada contra un arbusto. Arturo creyó que era un sueño, o que la fiebre se volvía a apoderar de él. Siguió andando; pero a medida que se acercaba, las facciones del fantasma se le aparecían más visibles y distintas, y su agonía crecía por momentos. El fantasma se movió lentamente de la posición en que estaba, y como empujado por la brisa, se dirigió a encontrar a Arturo.

Arturo se limpio los ojos; pero el fantasma se acercaba más.

Arturo no pudo tenerse en pie y se sentó en una piedra; el fantasma se aproximó.

Arturo sintió que unas gotas de sudor le brotaban de la raíz del cabello.

—Por última vez —dijo el fantasma con voz ahogada y solemne— os doy prueba de que soy un caballero. Tomad —y diciendo esto, tiró al suelo el capote azul y presentó una pistola a Arturo, quedándose con otra.

—¡Manuel! ¡Manuel! —exclamó Arturo, tendiéndole los brazos y sin tomar el arma.

—Vamos, caballero, tomad pronto esta pistola, o si no me obligaréis a que os asesine, como vos quisisteis hacerlo conmigo.

—Manuel, dadme los brazos —dijo Arturo con emoción y sin atender a la rabia concentrada que se pintaba en las facciones lívidas del capitán.

—Quitad, quitad; no me obliguéis a que os mate como una vil sabandija —dijo el capitán, dando con el puño en el pecho de Arturo.

—¡Oh! —gritó Arturo, arrebatando la pistola de manos de su contrario—, esto es demasiado.

Un pensamiento infernal pasó por su mente; pero fue rápido como el relámpago, pues casi al mismo instante arrojó la pistola y con voz solemne dijo:

—Capitán, ¿amáis a Teresa?

Manuel contestó con un grito de desesperación.

—Teresa vive, capitán; os ama con delirio, y en su nombre os pido que me escuchéis. Después… lo que queráis… Ya sabéis.

—¡Teresa vive y me ama! —murmuró el capitán.

—Sí, Manuel, lo juro —dijo Arturo conmovido.

Las facciones de Manuel se desarrugaron, porque tenía un excelente corazón; y si bien había sufrido desgracias en la vida, el amor de Teresa lo tenía siempre dispuesto a la indulgencia y a la moderación.

—Manuel —continuó Arturo—, ¿me negarás un favor?

—Habla, Arturo —respondió el capitán con un tono moderado.

—Me has quitado tú un peso increíble del corazón. Durante un mes he estado agonizando de fiebre, y eras tú, sangriento y pálido, el que veía yo constantemente a la cabecera de mi lecho. ¿No te parece, Manuel, que cuando se vuelve a tener delante a aquel amigo que creíamos muerto…? ¡Oh!… pero yo deliro… ¡Figúrate, Manuel, lo que Caín habría sentido si hubiera visto volver a la vida a su hermano…!

Arturo tendió los brazos al capitán, sin osar acercase, y éste lleno de emoción lo atrajo a su seno, diciéndole:

—Ven, ven, amigo mío; un hombre que habla así, no puede ser un traidor. Más adelante me contarás todo; y te doy mi palabra de creerte como creería a mi madre.

—¡Gracias, Manuel! —exclamó Arturo respirando— ¡gracias!

—¡Lo que por mí pasa es incomprensible! —dijo el capitán, después de un silencio y dándose una palmada en la frente—. Mira, Arturo.

El capitán sacó del bolsillo el retrato de Teresa y la cajita con el fistol.

—¡Teresa! —exclamó Arturo abriendo la caja.

—Sí, Teresa.

—¡El fistol de Rugiero! —continuó Arturo abriendo la otra cajita más sorprendido—. Dime, dime, por Dios, ¿dónde has encontrado estas alhajas?

—En poder de unos bandidos, con quienes hemos combatido cerca del pueblo de Amozoc.

—¡Oh!, la miserable Celeste estaba complicada con ellos —exclamó Arturo, dándose una palmada en la frente.

—¿Qué dices? —preguntó Manuel.

—Nada, nada, amigo mío, sino que estoy próximo a perder el juicio.

—¿Y Teresa? —preguntó tímidamente Manuel.

—¡¡¡Teresa!!! Es una noble criatura, que te ama, capitán; es angélica, es digna de ti.

—¡Ohe! ¡Ohe! —gritaron los cocheros—. Las mulas están puestas y no podemos aguardar más.

—Vámonos —dijeron los dos amigos—, pues estos malditos cocheros nos urgen.

—Pero ¿a dónde vas, Manuel? —preguntó Arturo.

—En verdad, ahora no lo sé; mi viaje no tiene ya objeto.

—Acaso sí tendrá —dijo Arturo.

—¿Cómo?…

—Sí, porque Teresa…

—Acaba.

—¡Ohe! ¡Ohe! —gritaron otra vez los cocheros.

—Ven, ven —dijo Arturo— vamos a Jalapa, y allí procuraremos dar orden a nuestras ideas y obrar mejor.

—Vamos —dijo el capitán, y recogiendo las pistolas del suelo, ambos amigos se enlazaron del brazo y montaron en la diligencia que venía para México, en la cual había algunos asientos vacíos.

XVII. En Jalapa

—Ahora, mi querido Arturo, que estamos solos y que nuestro espíritu está un tanto más tranquilo —dijo el capitán—, cuéntame todo lo que sepas, y yo haré a mi vez lo mismo, para lograr el que se aclaren tantos misterios.

—De buena gana —respondió Arturo—, con tanta más razón, cuanto que tengo un interés personal en que quedes enteramente satisfecho.

—Lo estoy sin necesidad de explicación; hay hombres cuyo rostro no les permite mentir, y tú, Arturo, eres uno de ellos. Así pues, sea una conversación de dos amigos y no una satisfacción. Tú sabes que soy muy desgraciado, y quiero de tu boca consuelos y esperanzas.

—¡Gracias, amigo mío, gracias! —le dijo Arturo con entusiasmo—, tienes un noble corazón, y ahora conozco cuánta es la satisfacción interna que resulta de obrar bien.

Los dos amigos tomaron sus sillas, encendieron sus puros y Arturo volvió a tomar la palabra:

—No sé —dijo— qué influencia ejerce sobre mí Rugiero, a quien tú conoces; pero lo cierto es que, contra mi voluntad, muchas veces me veo arrastrado por la magia de sus palabras y el poder de su talento. Yo conozco en lo íntimo de mi alma que muchas de sus máximas son perversas, y sin embargo, las sigo… menos en esta vez.

—¿Pero qué relación tiene Rugiero con lo que nos ha pasado?

—Más de lo que parece, Manuel —repuso Arturo—. Y lo que te voy a decir es con el mayor secreto.

»La noche fatal del 6 de junio, que tendré presente toda mi vida, Rugiero me invitó a una aventura. Yo accedí y nos dirigimos al barrio de la Palma.

—¿Al barrio de la Palma? —preguntó Manuel.

—Sí, y después de dar vueltas por varios callejones sucios y oscuros, subimos a una casa arruinada y al parecer vacía.

—¡Oh! —exclamó el capitán.

—Eran cerca de las nueve y media de la noche; la calle estaba sola y lóbrega, y yo no sé qué secreto temor hacía latir violentamente mi corazón. Rugiero se introdujo conmigo y me dijo que aplicase mi vista en el agujero de una mampara. Yo lo hice.

—Dime breve lo que pasó, pues es casi increíble lo que me cuentas —dijo el capitán.

—Entonces, un sacerdote joven pero de aspecto venerable, estaba en pie delante de un hombre enmascarado y hablaban palabras que no pude entender.

—¿Y después? —volvió a interrumpir Manuel con visibles muestras de agitación.

—Después, por otra hendedura de una mampara situada en el costado, vi… Pero, en verdad, Manuel, temo renovar tus pesares.

—Dímelo, dímelo todo, Arturo.

—Vi a Teresa, pálida, suplicante, caer de rodillas a los pies de un viejo que, amenazándola, puso sobre su frente el cañón de una pistola.

—¡Oh, miserable, asesino! —gritó el capitán, dando una palmada en la mesa—. ¿Y qué hiciste, Arturo, qué hiciste?

—Lo que por mí pasaba era como un sueño. Sin embargo, poseído de un furor desconocido, quise romper la puerta y castigar al criminal; pero me vi arrastrado por Rugiero, que me asió con una fuerza sobrenatural, y cuando acordé, estaba en la calle, sola y oscura. Un hombre salió a mi encuentro, me acometió, y yo alcé mi bastón, y el hombre cayó en tierra sin sentido. Juzga de mi desesperación, cuando reconocí que eras tú.

El capitán se quedó reflexionando un momento, una nube de duda cubrió su fisonomía y con voz concentrada dijo:

—¿Me hablas la verdad, Arturo?

—¡Como a Dios! —repuso éste con el más puro acento de candor.

—Muy bien —prosiguió el capitán ya más tranquilo.

—En medio de mi agonía no tuve más arbitrio que marcharme, y esa noche tomé un asiento en la diligencia que salía para Veracruz; juzga de mi sorpresa cuando reconocí, con la luz del día, en la mujer que estaba sentada a mi lado, a tu Teresa.

—Y bien ¿qué sucedió? ¿Dónde está Teresa, dónde? Acaba, por Dios, porque siento que se me rompen las arterias del corazón.

—Teresa está en La Habana. Me dijo que tu vida y la de ella dependían de que se guardase un profundo secreto, y no quiso ni aun indicarme cómo se había librado de las manos de su asesino; ha prometido escribirnos, y sólo sus cartas podrán aclarar el misterio. Mucho sufría, Manuel, cuando, bañada en llanto y casi moribunda, se quitó del cuello un retrato y con un rizo de su cabello me encargó que te lo diese.

—¡Y yo que te creía un traidor y que te buscaba para matarte! —dijo el capitán tristemente.

—Ya lo ves, Manuel, qué equivocados son los juicios de los hombres.

—Pero ¿dónde, dónde están el retrato y el rizo de pelo? —dijo el capitán con ansia.

—Aquí los tienes, Manuel —contestó Arturo, sacándolos de su saco de noche y poniéndolos en manos de su amigo.

El capitán besó el rizo de pelo con una mezcla admirable de amor y de respeto.

—Me dijo Teresa que este retrato lo había tenido junto a su corazón, en los momentos de mayor angustia y dolor.

Manuel tomó el retrato y se puso a mirarlo silenciosamente. Después de veinte minutos de ese éxtasis profundamente doloroso que se experimenta cuando se contemplan las facciones de una mujer querida, que está muy lejos de nosotros o que acaso hemos perdido para siempre, lo besó dos o tres veces, y guardándolo en la bolsa dijo con voz solemne:

—¡Y habérmela arrancado cuando iba a ser mía para siempre! ¡Creerla en mis brazos por toda la vida y dividirnos hoy un mar! Esto es muy cruel, Arturo, muy cruel; nunca ames a nadie.

Arturo, que notó que una lágrima temblaba en las pestañas de su amigo, procuró cambiar la conversación y le dijo:

—Te he contado ya, amigo mío, parte de lo que me ha pasado; ahora es fuerza que tú me digas…

—Es muy sencillo —interrumpió Manuel, haciendo un visible esfuerzo para olvidar la fuerte emoción de que estaba poseído—, yo recibí una carta de Teresa y acudí a la cita, y buscaba las señas de la casa cuando te encontré. De pronto caí aturdido; pero al cabo de algunos minutos recobré mis sentidos, me levanté, limpié la sangre que oscurecía mi vista, até mi cabeza con un pañuelo y, apoyándome en las paredes, logré llegar a mi casa.

»Al día siguiente, que fue el médico, me declaró que la herida no era grave; y, por otra parte, el vivísimo deseo que tenía de saber de Teresa abrevió mi curación, de manera que a los tres días salí a la calle.

»Me dirigí primero a la casa de la cita; estaba sola, polvosa, medio arruinada, y los vecinos me dijeron que hacía muchísimo tiempo que nadie la habitaba, porque en las noches se oían quejidos y ruidos de cadenas.

»Dejo a tu imaginación el figurarse la multitud de ideas siniestras y desconsoladoras que se me vinieron a la cabeza; pero resuelto a indagarlo todo me dirigí a casa del tutor, y decididamente le dije que iba a saber de Teresa.

»—¿Teresa? —me respondió dando un aire compungido a su fisonomía y limpiándose los ojos con su pañuelo—, es una joven desgraciada, que se ha deshonrado.

»—¿Cómo deshonrado? —le pregunté colérico.

»—Sí, se ha fugado con un amante, y yo me sospechaba que era con vos, señor capitán —me contestó con humildad—, y aun había dado parte de este hecho a la comandancia general, pero veo que me he engañado —añadió poniéndose su sombrero— y voy ahora mismo a impedir todo procedimiento. —Yo prorrumpí en maldiciones y juramentos; pero el viejo, con una paciencia ejemplar, logró calmarme; me ofreció su protección, y añadió que él procuraría indagar si Teresa era víctima de alguna traición, y que en el caso de que aún fuera digna de mí, contribuiría a mi felicidad.

Arturo oía espantado toda esa relación, y aprovechando un momento le dijo al capitán:

—¿Recuerdas la fisonomía del tutor?

—Perfectamente.

—Descríbemela.

Manuel describió la fisonomía del tutor de Teresa, a quien ya conocen los lectores.

—¡Oh!, es el mismo, el mismo —gritó Arturo.

—¿Cómo el mismo? —preguntó el capitán alarmado.

—¡Imbécil!, el mismo que apoyaba el cañón de la pistola en la frente de Teresa.

—¡Oh! —gritó el capitán, rechinando los dientes y apretando los puños—, ¡maldito sea el que me ha separado de la mujer que yo más amaba en el mundo! Toda su sangre no bastará para satisfacer mi venganza. ¡Oh, Arturo, venganza! La venganza, después del amor, es lo más dulce que hay en la tierra. Partamos mañana, Arturo, porque los días me van a parecer largos.

—¿Y qué piensas hacer? —preguntó Arturo.

—Te diré. Al día siguiente de la conferencia que acabo de referirte, recibí una orden en que el gobierno me mandaba prestar mis servicios a Chihuahua. ¿Lo comprendes ahora? Este infame quería poner un mundo de por medio entre Teresa y yo. Logré la dilación de algunos días, y oculto, disfrazado, habiendo vendido mi caballo y mi ropa, tomé la diligencia. Y como sabía por boca de tu misma madre que te habías dirigido a Veracruz, venía resuelto a matarte, Arturo…

—¡Pobre Manuel! —dijo Arturo pasando el brazo por el cuello de su amigo.

—Un hombre tan infernal como ése, no debe vivir más, así mi resolución es matarlo.

—No es mi opinión esa, amigo mío.

—¿Y tú me aconsejas que sea un cobarde, Arturo?

—¿Y Teresa, Manuel?

—Es verdad, es verdad —dijo tristemente el capitán— la perdería para siempre. ¿Qué hacer entonces?

—Vengarse —dijo Arturo—, pero es preciso pensarlo detenidamente; mi opinión es que estemos seis u ocho días aquí para acabar de curarnos de esta enfermedad moral que aún nos agobia; después iremos a México, buscaremos al eclesiástico que fue testigo de la aventura de Teresa; aguardaremos las cartas de ésta, que deben llegar dentro de pocos días, y ya con certeza y datos seguros, procederemos a quitar la máscara a ese hipócrita. Eso queda a mi cuidado.

»En cuanto a ti, conseguiremos del ministro de la Guerra una licencia y te marcharás a La Habana, donde te casarás con Teresa y regresarás a México con tu interesante mujer. ¿No te parece que el viejo rabiará al ver a ustedes juntos? En cuanto a dinero, tendrás el que necesites y no tienes por qué afligirte, pues ya sabes que soy rico y que mi bolsa es tuya. Con que negocio concluido, capitán —añadió Arturo con alegría y estrechando el cuello de su amigo.»

El capitán estrechó la mano del joven y le dirigió una expresiva mirada de gratitud.

—Pero grandísimo atronado —prosiguió Arturo— aún no acabas de contarme tus aventuras en el camino.

—Es verdad —repuso Manuel, dándose una palmada en la frente—, combatimos con los ladrones Bolao y yo.

—¿Y quién es Bolao?

—Un guapo muchacho, alegre, festivo, que te hubiera presentado como un buen amigo, a no ser porque estaba positivamente loco; este joven, riendo y cantando, se ha portado como un héroe y hemos logrado una cosa singular, y ha sido robar a los ladrones.

—¿Es posible?

—Mira —contestó Manuel, sacando de su baúl un bolsillo lleno de oro.

—En efecto —repuso Arturo, tomándole en peso, sonando el oro y colocando el bolsillo sobre una mesa.

—Lo más raro es que se encontrara en la bolsa de uno de los ladrones que murieron, estas dos cajitas, una con el retrato de Teresa y otra con el fistol que te enseñé.

—¡El fistol de Rugiero! —volvió a decir Arturo, abriendo la boca y dejando ver en su fisonomía el asombro más completo.

—¡Cómo! ¿Qué quiere decir esto?

—Es una historia triste —dijo Arturo—, una ilusión perdida, una flor marchita, un poco de hiel que ha caído en mi corazón; la mujer que yo favorecí y que creí pura como un ángel, como un ángel, es una miserable ladrona.

XVIII. Apolonia

Jalapa es un país singular, situado entre las montañas. El Cofre de Perote, el Pico de Orizaba y toda esa inmensa sierra llena de grietas, de barrancos, de grutas y de cascadas, se divisa desde los edificios de la ciudad. Los plátanos, los limoneros, los naranjos y los guayabos crecen en los jardines; en los bosques frondosos y vírgenes destila de los árboles el liquidámbar; se enredan en los corpulentos fresnos las campánulas y las yedras; y por entre el espeso y brillante ramaje asoman sus corolas la encendida rosa, la blanca azucena, el matizado clavel, el melancólico lirio y el rojo cacomite.

El clarín de las selvas, el zenzontle y las calandrias pueblan los aires con su inimitable melodía; las brisas que vagan por entre estos jardines plantados por la mano de Dios, son frescas y perfumadas; y cuando está el cielo azul y brillante, da vida, alegría y animación a todos estos bellísimos objetos, y los campos toman un tinte de indefinible y poética melancolía.

Quién sabe qué influencia desconocida tiene su clima en la organización nerviosa; pero lo cierto es que los dolores morales se disminuyen, que de la melancolía se pasa a la resignación, de la resignación a la calma, de la calma a la alegría, y por esta gradación insensible vuelve el corazón a rehabilitarse para el amor, para la amistad, para la caridad, para la indulgencia con nuestros semejantes; sentimientos todos sagrados y sublimes que no pueden estar jamás mezclados con la hiel del desengaño, que produce en el amor el conocimiento de la maldad humana. Ésta es la naturaleza de Jalapa.

Añadamos a esta poesía la que le presta la situación material de la ciudad. Casas modestas y aseadas, calles en elevación o declive, que si bien son incómodas para el tránsito, agradan a la vista por el variado panorama que a cada paso presentan; añadamos a esto todavía el carácter particular y exclusivo de sus habitantes.

Las mujeres dominan en la población. Son de un trato franco, jovial y alegre; por lo general hermosas, de tez fresca y nacarada, de formas desarrolladas y afectas a la música, al campo, a la limpieza y a la elegancia sin el refinamiento del lujo.

Todas estas circunstancias reunidas hacen de Jalapa un país singular. Nuestros dos amigos, como habían convenido, permanecieron algunos días en Jalapa o, mejor dicho, Arturo, alegando debilidad y falta de salud, comprometió al capitán a que lo acompañase, prometiéndole que emplearía el influjo de su padre en conseguir del ministro de la Guerra o de la Comandancia General que se revocase la orden de su marcha a Chihuahua, así como apurar su entendimiento, sus amistades y su dinero en contra del infame y avariento tutor de Teresa.

Seducido por estas promesas, o acaso porque a esto lo inclinaba su carácter, condescendió en quedarse algunos días, dejando para la vuelta a México el arreglo de todos los asuntos.

El capitán Manuel y Arturo fueron presentados en una de las casas principales de Jalapa; y ya con esto tuvieron en pocos días campo abierto para asistir a todas las reuniones, tertulias y paseos, y para visitar a las más bonitas muchachas de la ciudad.

Como eran jóvenes, apuestos y elegantes, fueron perfectamente acogidos; y las muchachas, amables por educación y por carácter, tuvieron para ellos sonrisas y miradas, y todas aquellas dulzuras que derraman las mujeres en su conversación, por frívola que parezca.

El capitán, reservado, frío hasta cierto punto, sin faltar a la educación, se abstuvo de emprender ninguna conquista amorosa; y guardando una fidelidad, no muy común entre los hombres de este siglo, permanecía encerrado en el cuarto de la casa de diligencias, lugar donde pasó la conversación que hemos referido en el capítulo anterior, o bien montaba a caballo y se dirigía por los primorosos sitios que circundan a Jalapa, entregado a esas vagas meditaciones que tanto alivian el alma lastimada por el amor.

En cuanto a Arturo, libre del crimen de asesinato que era la causa principal por que se vio en peligro de perder el juicio, olvidó muy pronto a Teresa, porque no podía amarla perteneciendo a su amigo, y a Celeste, porque era ya una criatura indigna de su cariño; respecto a Aurora, conservaba siempre en su corazón un resto de cariño, pero de ese cariño vago y sobre el cual jamás se funda ninguna esperanza ni un seguro porvenir.

Estando su espíritu en esta disposición, se propuso pasar alegremente algunos días; y a fe que para esto se presta maravillosamente la sociedad jalapeña. Algunas ocasiones se reunían varias familias y disponían días de campo; ya se sabe lo que son entre nosotros esos días, en que las muchachas van unas en burro y otras a caballo; en que cada familia se encarga de llevar un manjar, lo que hace que la comida sea un magnífico banquete; y en los que se baila, se canta, se ríe con una alegría loca.

Las caídas de las muchachas, las dificultades que tienen para gobernar a los asnos, hasta la lluvia que sorprende a la comitiva en el camino, son otros tantos incidentes que sirven de placer y de motivo de risa; describir el júbilo que reina en estas reuniones, sería imposible.

Cuando no eran días de campo, eran tertulias, donde se reunían diez o quince muchachas lindas, vestidas con sencillez y aseo, y con la risa siempre en los labios y la alegría en los ojos. Una tocaba el arpa, instrumento favorito de las jalapeñas, y acompañaba con ese divino instrumento a dos o tres compañeras que cantaban esas canciones nacionales tan sentimentales y llenas de armonía; después se bailaban cuadrillas, contradanzas y hermosos valses alemanes; y por fin, se platicaba, se embromaban unas con otras sobre amoríos y pasatiempos.

A las once o doce de la noche Arturo se retiraba a reposar, lleno de ese deleite vago que se experimenta cuando se ha olvidado el pasado y no se piensa en el porvenir. Siempre que Arturo entraba a su cuarto, encontraba al capitán o leyendo o durmiendo con una especie de agitación febril.

—Estás muy triste, Manuel —le decía Arturo con interés—, es necesario que te diviertas y que disipes esa melancolía que te va a matar; las muchachas me han preguntado por ti, y creen que eres un hombre feroz e intratable.

—Algo más soy, Arturo —le respondió el capitán sonriendo tristemente.

—¿Qué cosa?

—Un ente ridículo; un enamorado llorando y suspirando siempre, es altamente fastidioso para la sociedad; así es que por eso yo no voy a ella. Teresa vive conmigo constantemente: en mi sueño, en mis horas de vacilación, en el silencio y en la oscuridad la tengo junto a mí; veo su frente pálida, siento el contacto de sus labios suaves sobre mi frente, y el de su mano que acaricia mis cabellos. Cuando desaparece Teresa de mi lado, entonces el demonio sopla sobre mi alma y enciende el fuego de la venganza, y pienso en el tutor. Ya ves, que tengo mi infierno y mi gloria, ¿para qué he de ir a la sociedad?

—Tienes razón, amigo mío, tienes razón.

Ahora podrá preguntar algún lector curioso: ¿cómo es que siendo Arturo el tipo del enamorado sentimental, no lo está ya de una de tantas bellas jalapeñas como trata? Vamos a satisfacer esta curiosidad, a fuer de exactos y minuciosos narradores.

Entre las muchachas con quienes Arturo había concurrido, había una que se llamaba Apolonia, con quien se había esmerado la naturaleza, que ha sido liberal hasta por demás en prodigar belleza a las hijas de ese risueño rincón de tierra que se llama Jalapa; no tenía quince años cumplidos, y su tez era fresca y rosada; dos ojos de un castaño claro expresaban todas las inocentes y tranquilas emociones de su alma; sus labios, siempre entreabiertos para sonreír, dejaban ver sus dientes pequeñitos y unidos; su estatura era baja, pero airosa, y todas sus formas redondas y primorosas.

Sus manos eran como las de los ángeles de Rafael; sus pies de niña, y su cabello castaño oscuro, delgado y suave. Apolonia no usaba anillos, ni pendientes, ni gargantillas, ni adornos en la cabeza; un vestido sencillo de muselina era todo su adorno, y una flor natural y aromática en el peinado o en el pecho; era, pues, la hija de la naturaleza, y le bastaba su propia gracia para ser hermosa.

Al principio Arturo no fijó su atención en Apolonia; pero en uno de sus paseos la acompañó por casualidad, y sintió que la niña apoyaba dulcemente su brazo en el suyo.

—Apolonia —le dijo Arturo—, ¿sería yo tan feliz, que si preguntara a usted ciertas cosas me contestara francamente?

—Todo lo que usted quiera; no tengo secretos —le contestó con la mayor ingenuidad.

—¿Está usted enamorada de alguien?

—Sí, Arturo.

—¿Y de quién, hermosa Apolonia?

—De usted, Arturo.

Arturo la miró con asombro y casi con disgusto, pues no siendo una costumbre social que las mujeres hagan semejantes declaraciones a los hombres, no dejó de disgustarle; pero Apolonia no se turbó, ni subieron los colores a su rostro, y antes por el contrario, prosiguió con la mayor ingenuidad la conversación.

—Si fuera cierto lo que usted dice, Apolonia —dijo Arturo—, sería yo el más feliz de los hombres.

—Vaya —respondió Apolonia riendo—, pues en poco hace usted consistir su felicidad. Es usted un joven de buen cuerpo, de bonita cara, elegante, alegre, buen amigo… Ya ve usted, no sólo yo le quiero, sino todas las muchachas.

Arturo, que no necesitaba mucho para entusiasmarse, dijo algunas palabras sentimentales, pero la muchacha le interrumpió:

—Calle usted, lisonjero, engañador —y haciendo un gracioso gesto, se soltó de su brazo y corrió tras de una brillante mariposa; después se puso a cortar violetas y rosas, a correr, a jugar con sus amigas, y finalmente volvió sudorosa y fatigada a tomar el brazo de su amigo.

—¡Bah! —dijo Arturo para sus adentros—, esta es una niña a la que le faltaba mucho para formarse, y de la cual no se puede sacar partido.

Otra noche en la tertulia, Apolonia tomó el arpa y llamó a Arturo.

—Venga usted —le dijo—, le voy a cantar a usted una canción que ha de gustarle; acérquese usted.

Arturo se acercó efectivamente, y la muchacha recorrió con sus manecitas las cuerdas del arpa y produjo una armonía deliciosa; tosió, después sonrió, miró maliciosamente a sus amigas y comenzó a cantar una canción.

Sus notas eran primero dulces como las del canario cuando está enamorando a su delicada compañera; subieron después fuertes y armoniosas, como las del clarín de las selvas, y finalmente, expiraron melodiosas y sentimentales, como los gemidos de la tórtola.

—Muy mal lo he hecho, ¿no es verdad, Arturo? —dijo Apolonia cuando acabó de cantar y poniendo su mano sobre la de Arturo.

—¡Divinamente, Apolonia! Tiene usted una voz de ángel.

Toda la concurrencia aplaudió; y uniendo sus instancias a las de Arturo, Apolonia volvió a cantar de nuevo.

Arturo se retiró a su casa pensando que si Apolonia era una niña, era una niña encantadora.

Al día siguiente muy temprano, y sin atender a los ruegos del capitán que lo invitaba para uno de sus favoritos paseos solitarios, se fue a casa de Apolonia.

—¿Con que se va usted a casar en México? —le dijo ésta después de saludarlo.

—¿Quién ha contado a usted esto, Apolonia? Es absolutamente falso; yo no amo a nadie en México. Jalapa es el país de mi predilección, y si yo escogiera mujer, sería en este bello país.

—Haría usted muy mal —repuso la muchacha con sencillez—, las mexicanas tienen más talento, más educación; y usted, Arturo, no estaría contento con llevar a una pobre aldeana a su gran capital. Cásese usted, Arturo, y si alguna vez voy a México, le prometo ser buena amiga de su mujer.

Arturo miró a Apolonia para observar si había en el fondo de estas palabras algún acento de ironía o de reproche; pero muy a su pesar se convenció de que eran dichas con la mayor verdad y sencillez.

—No comprendo este amor de Apolonia, cuando me dice que me case —pensó Arturo—. Decididamente es una niña.

Cuando estuvieron solos, Arturo se aventuró a preguntar a Apolonia:

—¿No tendrá usted celos, si yo me casara, Apolonia?

—¡Celos! —exclamó ésta.

—Sí, Apolonia, celos.

—¡Oh!, de ninguna manera; yo quiero a usted como quiero a mis amigas, a mis tíos. No se vaya usted tan pronto, Arturo —añadió con interés—, permanezca usted algunos días más en Jalapa.

Después de estas conversaciones, Arturo insensiblemente prefería a Apolonia para darle el brazo; se sentaba las más veces junto a ella y se extasiaba cuando la niña le hacía algunas preguntas que revelaban su inocencia y que Arturo se veía forzado a resolver, engañándola como a un muchacho.

Apolonia, por su parte, se entristecía cuando Arturo no estaba en su compañía a las horas acostumbradas, reñía con sus amigas y ponía a Arturo una carita adusta, que se tornaba placentera y risueña luego que el joven entablaba la conversación.

Las gentes decían a Arturo que estaba enamorado de Apolonia, y éste respondía que no era cierto, pues ésta era una niña; y cuando decían esto mismo a la muchacha, contestaba con mucho candor que desearía que Arturo se transformase en mujer para ser su amiga íntima.

Terminados los ocho días y dos más que se tomó Arturo, el capitán Manuel, triste y fastidiado hasta el extremo, no quiso condescender más y ambos amigos montaron en la diligencia y regresaron a México. A Apolonia se le vinieron las lágrimas a los ojos cuando se despidió del joven; éste prometió no olvidarla, escribirle y enviarle semillas de flores y otras frioleras que abundan en la gran capital de la República.

XIX. La cárcel de «La Acordada»

LA CÁRCEL DE LA ACORDADA

Llámase justicia en todos los países del mundo, el acto de corrección o de castigo que la sociedad, para su conservación, tiene derecho de imponer a los que se separan de las reglas de la moral o de los preceptos que imponen las leyes. Esta justicia es indudable que no puede aplicarse sino después de que han precedido ciertas formalidades que prueben que una persona, de cualquier sexo que sea, ha merecido el rigor de la ley.

Las faltas, según su gravedad, requieren más o menos castigo; así es que la justicia, que no es otra cosa que la razón personificada, impone castigos, que son varios e infinitos, de los que los más usuales son: la privación de la libertad, las penas corporales, como el encierro en un calabozo oscuro, los grillos y las cadenas —porque los azotes, aun para el ejército, están abolidos por las constituciones republicanas de México y por otras leyes—, y finalmente, la pena de muerte, que tantos filósofos y amigos de la humanidad han combatido tenazmente.

En cada país la justicia tiene sus lugares de castigo establecidos bajo diferentes sistemas, según su grado de civilización; pero sería largo detenernos en descripciones materiales. Las prisiones son siempre sitios de horror, de miseria y de penas, y desde los Plomos de Venecia, donde gimió el poeta Silvio Pellico, hasta las mazmorras de la Inquisición, donde lloró su sabiduría Galileo; y desde la Conserjería, la Roquette y Mazas, en París, hasta las penitenciarías de los Estados Unidos, esos lugares han sido siempre, para los que entran inocentes y son víctimas de la arbitrariedad de los hombres, mansiones de duelo y de llanto, como para los réprobos el infierno que les espera al fin de esta vida.

Según las máximas religiosas, según la civilización, según el sentimiento innato grabado en el corazón de todos los hombres, el objeto de las leyes y su aplicación no debe ser agobiar al criminal con tormentos inútiles, ni depravar más su alma, ni hacerlo más obstinado y, por consiguiente remiso en la enmienda, ni separarlo para siempre de la carrera del bien y del honor, sino por el contrario, procurar por cuantos medios sean dables su salvación.

Y, en último caso, cuando en su alma, corrompida por los crímenes, no pueda penetrar ni el más ligero rayo de verdad, segregarlo enteramente de la sociedad para que no la contagie y dañe con sus vicios.

Pero en una de las partes del mundo en que menos se puede contar con estas reglas, es en México, en donde el inocente comienza por sufrir inauditas penas desde el punto en que es acusado, y el criminal encuentra siempre mil medios de evadir el castigo.

Para no difundirnos en una disertación que haría dormirse a los lectores, pasaremos a los hechos, refiriendo sólo algunos de los padecimientos de la pobre muchacha Celeste, a quien dejamos en uno de los capítulos anteriores encargada a la envidia de las vecinas y a la acusación brutal de un alcalde de barrio o juez de paz.

Algunas ocasiones la raza humana es más feroz que el tigre y más maligna que los espíritus que cayeron arrojados del cielo por la espada de fuego del arcángel.

Apenas se organizó la tumultuosa comitiva que conducía a Celeste para la cárcel, cuando las vecinas y vecinos se agruparon con perversa curiosidad a las ventanas, puertas y corredores de la casa, elogiando la energía del alcalde y bendiciendo al cielo, pero mezclando sus bendiciones con las palabras groseras de la gente baja, porque las libraba de una prostituta que les daba mal ejemplo y de una ladrona que podía robarlas a ellas mismas.

Gentes que pocos días antes elogiaban el juicio y la hermosura de Celeste, la vituperaban ahora amargamente, porque la veían entregada a los ultrajes y malos tratamientos de los corchetes que representaban la justicia.

¿Por qué será tan cruel la naturaleza humana? ¿Por qué no recordamos que Dios sufrió tanto por los hombres, y no guardamos un sentimiento de compasión para los desgraciados? ¿Por qué ahogamos ese buen instinto que duerme en el fondo de nuestra alma? ¿No merece nuestra piedad el criminal, en el hecho de ser tan infeliz, que por necesidad, por ignorancia o por depravación, ha faltado a sus deberes sociales?

Describiremos más minuciosamente algunas escenas que omitimos al fin del capítulo y que servirán para dar más valor al cuadro que nos hemos propuesto bosquejar.

El golpe que sufrió Celeste viéndose acusada de ladrona, rodeada de esbirros, con el cadáver de su padre, muerto de dolor, y con su infeliz madre moribunda, fue uno de esos acontecimientos inesperados que causan tantos y tales tormentos, que la mente humana no alcanza a comprenderlos y que la pluma es impotente para describirlos.

Celeste quedó por un momento privada de la razón, como si hubiese experimentado algún ataque de sangre en el cerebro; después se arrojó sobre el cadáver de su padre; pero este desahogo de lágrimas, que le habría aliviado algo, no duró mucho, pues los detestables e inicuos corchetes, conocidos con el nombre de Aguilitas, intervinieron muy pronto.

—¡Eh, déjese de lágrimas y de gritos, escandalosa! —dijo uno de ellos—. Mejor fuera que no hubiera robado.

Celeste no oía ni dejaba de llorar, abrazando a su padre.

—Le digo que se levante y marche —dijo otro con voz brutal.

Celeste ocupada en su propio dolor, no obedecía.

—¡Caramba! —dijo el tercero a la muchacha, añadiendo un soez juramento—, nos hemos cansado de aguardar y es menester no dejarse faltar así.

Esta brusca arenga fue acompañada de la acción, pues tomó a Celeste por el brazo y, sacudiéndola violentamente, la puso en pie. Cuando el aguilita retiró la mano, dejaron sus dedos una huella morada en el brazo blanquísimo de la muchacha.

Otro corchete, para demostrar que tenía tanto celo por la administración de justicia como su compañero, tomó del brazo a la muchacha y la desvió violentamente hasta sacarla fuera del umbral de la puerta. Allí se agruparon todos al derredor de Celeste, alegando que había fundamentos para creer que tenía algunos objetos ocultos; le arrancaron violentamente el rebozo que la cubría, y dejaron descubierto el seno virginal de la doncella.

Cuando separaron a Celeste del cadáver de su padre, de la manera inicua que se ha referido, tenía los ojos secos, pues las lágrimas desaparecieron súbitamente; y con una indiferencia y, estoicismo terribles, paseó su vista por los rostros deformes de los esbirros que la rodeaban, en los que un observador imparcial hubiera fácilmente descubierto las señales de la lujuria, la codicia y los demás vicios vergonzosos de que está plagada esa gente.

Celeste se dejó empujar de un lado a otro, sin oponer resistencia alguna, y aun sin dar muestras de la impresión del dolor físico que naturalmente debían causarle estos tratamientos; mas cuando uno de ellos le quitó, como hemos dicho, el rebozo que cubría su seno, por un movimiento involuntario de pudor se cubrió, cruzando sus dos manos sobre el pecho y exhalando una dolorosa exclamación.

—¡Hipócrita! —dijeron las vecinas.

—¡Pobre muchacha! —murmuraban algunas viejas compasivas.

El alcalde, cuyo fin trágico conoce el lector, autorizaba estos tratamientos e instigaba a los esbirros a que pronto pusieran en camino al muerto, al herido, a la enferma y a la muchacha; pero quizá por un movimiento de celos, le disgustó que otros mirasen los atractivos de que él había querido ser dueño, y arrancó bruscamente el rebozo de las manos de un aguilita y lo echó sobre las espaldas de Celeste.

Como no queremos omitir ninguno de los pormenores que puedan contribuir a dar a estos cuadros todas las sombras y horror que tienen en la vida real y positiva, describiremos el orden de esta comitiva.

En una escalera se colocó el cadáver del viejo insurgente, y a puñadas y cintarazos se obligó a dos de los curiosos espectadores a que lo cargaran; después iba el herido atado en una silla, envuelto en una frazada sucia, y con parte de los calzoncillos blancos, que estaban visibles, cubiertos de fresca sangre.

Luego seguía la anciana enferma, colocada en lo que vulgarmente se llama una parihuela, y cerrando esta procesión, donde estaban representadas la miseria, la enfermedad, el sufrimiento y la muerte, es decir, todas las plagas más terribles que pueden afligir a la humanidad, iban la inocencia y el martirio, representados en la muchacha.

Al derredor se agrupaban los hombres y mujeres de la vecindad, y los que de la calle habían acudido al escándalo, y detrás iban multitud de muchachos desnudos, sucios, con grandes y enmarañadas cabezas que silbaban, hacían grotescas contorsiones, y que con un diabólico instinto se introducían por entre las gentes para darles un piquete con un alfiler, cortarles una cinta o hacer otro daño semejante, y quienes bien podían pasar por los dignos bufones de esta justicia que con tanta barbarie se administra en México.

Celeste caminó desde la puerta de su cuarto hasta la de la calle, y llegó a ella justamente en el momento en que se presentaba una patrulla de cuatro soldados y un cabo, que algún vecino oficioso había ido a buscar. Y sea que la vista de los soldados le produjesen una fuerte impresión en los nervios, sea que saliese por un momento del estupor en que había estado, con un movimiento de desesperación inaudito se desasió de las manos de los aguilitas y se dejó caer en el suelo.

Los soldados comenzaron a dar golpes con el cañón de los fusiles a diestra y siniestra, y dispersando en un momento el grupo de gente, penetraron al centro, y despojando de su autoridad a los de la policía, lo primero de que trataron fue de que siguiese todo adelante; pero como a esto se oponía la resistencia de Celeste, uno de ellos la tomó por la cintura y la levantó.

La muchacha, cubriéndose fuertemente el rostro con las manos, se dejó caer de nuevo; el soldado, exasperado, dejó caer la culata de su fusil en el hombro de ésta, y un grito de terror se levantó entre los espectadores, mientras Celeste exhalaba un doloroso lamento y el soldado dejaba caer de nuevo la culata de su fusil sobre la espalda de la joven.

Un sacerdote, que confesaba a un moribundo en la casa de vecindad, y que había presenciado parte de estas escenas, advertido por una mujer, se abrió paso por entre la multitud y contuvo al soldado, al tiempo mismo en que iba quizá a dar el tercer golpe a Celeste.

—Oh, ¡esto es inicuo! —dijo con energía el eclesiástico—. ¿Quién os da facultad para tratar así a esta desgraciada?

La mirada firme del padre contuvo a los soldados; y así ellos como todos los circunstantes guardaron un respetuoso silencio. Muchos, movidos de su piedad, expresada fielmente en su rostro juvenil y modesto, se quitaron el sombrero y se disponían a ayudarlo, lo que no dejó de intimidar a los soldados.

—Esas armas —continuó el eclesiástico exaltado— deben guardarse para los enemigos extranjeros, y no para una pobre criatura indefensa.

—Es una ladrona que se resiste a ir a la cárcel —dijo en voz alta uno de los aguilitas.

—¡¡¡Silencio!!! —interrumpió el padre poniéndose un dedo en la boca y mirando fijamente al esbirro con aire de autoridad.

El esbirro se quitó el sombrero y bajó los ojos; el padre se inclinó entonces y, tomando con sus manos tiernamente la cabeza de la muchacha, le dijo:

—Vamos, hija mía, levántate y obedece. Yo te lo ruego, en nombre de Dios, que padeció más por nosotros. Vamos, hija, levántate.

Celeste se puso en pie, movida por aquella voz suave y religiosa que resonó en lo íntimo de su corazón, y fijó sus grandes ojos en el eclesiástico.

—Sufres mucho ¿no es verdad, hija mía? Te han maltratado —le dijo tomándole afectuosamente la mano.

Celeste sólo pudo contestar echándose en los brazos del padre y ocultando su faz, anegada en llanto, en el pecho del eclesiástico.

Toda aquella gente cambió súbitamente de sentimientos con el ejemplo de caridad del buen clérigo; y ya, lejos de acriminar a la joven, comenzaron a compadecerla, hasta el punto de que hubo algunos que trajeron una poca de agua en una vasija y la hicieron beber algunos tragos.

El padre levantó la llorosa faz de Celeste, le dijo algunas palabras al oído y, dando su mano a besar a los chicuelos que se la tomaban, desapareció entre la multitud que llenaba la calle.

Su intención era ir al día siguiente a la cárcel, valerse de su influjo y de sus conocimientos, y lograr la libertad de esta criatura que le parecía absolutamente inocente. Éstas fueron las palabras consoladoras que dijo a la muchacha, y las cuales abrieron alguna esperanza en su alma desolada.

La comitiva, en los términos que se ha dicho, siguió su camino por las calles principales y con dirección a la Diputación, aumentándose cada vez más con la multitud de gente que no tiene más ocupación que vagar al acaso, deteniéndose en las tabernas a presenciar los pleitos y acompañando hasta las cárceles públicas a los heridos, muertos y agresores.

Lo que pasaba en el alma de la muchacha, mientras iba atravesando esas calles tan populosas y llenas de gente de una y otra acera, no puede, definirse. Ya cerca de la cárcel las fuerzas la abandonaron, y sólo maquinalmente y sostenida por dos mujeres caritativas, pudo llegar a la prisión. Al día siguiente fue conducida a la Acordada.

La Acordada es un antiguo edificio construido desde el tiempo del gobierno español, y que ha servido y sirve de prisión a los criminales de ambos sexos; su aspecto exterior no es de ninguna manera tétrico, y, por el contrario, como está situado en el término de la hermosa calle de Corpus Christi, tiene cercana la frondosa Alameda y el Paseo de Bucareli, desde donde se descubre una de las vistas más pintorescas que pueden imaginarse.

Por fuera, sus altas paredes están borroneadas al temple, de un color rojo oscuro, y sólo la balconería, con vidrieras viejas y rotas y sin otra clase de adorno, anuncia algo del abandono e incuria del interior.

En un costado hay una puerta con una reja que da entrada a una pieza en la que hay un banco de piedra, donde se colocan los cadáveres sangrientos y deformes de los que son asesinados en las riñas que frecuentemente hay en las tabernas de los barrios.

Es una cosa singular el observar en las tardes cómo las lindas jóvenes que van en sus soberbios carruajes, se tapan los ojos o vuelven disimuladamente la vista para no ver aquellos cadáveres desnudos y sangrientos, que con tan poco respeto a la decencia se exponen a la expectación en uno de los parajes más públicos de la capital.

La guardia que custodiaba a Celeste hizo alto en la puerta; y a ella, acompañada siempre de los esbirros, se le hizo subir por una escalera oscura y sucia situada en el costado. Una gruesa puerta con un boquete guarnecido de rejas de fierro se abrió, y con un espantoso rechinido volvió a cerrarse, después que hubieron pasado las personas únicamente necesarias.

Celeste estaba casi sin vida; pero el ruido de aquella lúgubre puerta que se cerró tras ella, el de las cadenas de los presidiarios que entraban, la vista de algunas cabezas con erizados cabellos que divisó incrustadas en los boquetes, como si fuesen visiones del infierno, y el eco bronco de los juramentos y la confusa vocería que escuchaba, hicieron que un calofrío horrible como el de la muerte recorriera su cuerpo.

Y, por un movimiento nervioso, iba a oponer la misma resistencia que le valió los golpes de los soldados, cuando recordó aquella voz dulce del eclesiástico, aquel rayo de esperanza que había arrojado en su alma, y obedeció a sus verdugos, cubriendo su rostro con sus manos, y arrojando un profundo y ahogado gemido.

Celeste fue llevada por varios callejones lóbregos, llenos de polvo y de basura, hasta una pieza en la que había malas sillas, peores mesas y grandes armazones llenos de papeles. Allí estuvo expuesta, hasta que llegaron el juez y el escribano, a las miradas lúbricas y curiosas de todos los carceleros, esbirros y corchetes; horda terrible, de cuyas garras, si el reo sale libre, el inocente sale sin honor.

Celeste no pudo contestar una palabra a lo que le preguntaron porque, cuando quería hablar, el llanto y la vergüenza se lo impedían. El escribano le rogó, se impacientó, juró, caló sus gafas dos o tres veces con rabia, fumó media cajilla de cigarros, y por fin, sentadas las primeras declaraciones, que atestiguaban que la muchacha había robado y que, a consecuencia de su resistencia había resultado un hombre herido y su padre muerto, fue consignada a la prisión como ladrona, escandalosa y parricida.

—¡Eh!, parece que promete esperanzas la niña —dijo un tinterillo de chaqueta de indiana, pantalón azul muy ancho y fisonomía picaresca y maligna.

—La muchacha tiene buenos bigotes, y apuesto mis dos orejas a que pronto saldrá libre por más delitos que tenga. ¿Te acuerdas de muchos casos semejantes?

—Parece muy romántica, y como habrá leído los Misterios de París, se figurará ser Flor de María. ¿Cuántas Flores de María has visto por esos barrios, camarada?

—Ja, ja… ya se le quitará el romanticismo con la compañía de las presas; y en cuanto esté un poco más alegrilla, indagaremos cómo va la causa para que nos toque algo…

—Vaya, Benito, parece que tienes tu plan… Hablemos claro.

Los dos interlocutores se aproximaron, y Benito, que era uno de los tinterillos, le respondió:

—Bribón ¿y tú no tienes plan ninguno?

—¡Yo!…

—Tú…

—Acaso… Pero no hablo como…

—Muy bien, así me gusta; pero ¿quién va primero?

—Supongo que el escribano y el juez, y… —respondió Benito maliciosamente.

—Un demonio para ellos… Entonces nosotros somos mano. Ya sabes que como estoy al alcance de todo lo que pasa aquí, los porteros, la presidenta y todos me consideran, porque temen que descubra sus podridas; así, yo puedo entrar a la hora que quiera a la prisión de las mujeres.

—Perfectamente; pero si yo te descubro, los demás te quitarán por celos los cuatro reales diarios y tus buscas…

—Dices bien —contestó reflexionando Zizaña, que este era el apodo del otro tinterillo que hablaba con Benito— y por esa causa quiero que nos entendamos…

—¿Pero cómo ha de ser?

—Echaremos una porra.

—Convenido.

Se acercaron a una mesa, y uno de ellos trazó dos líneas en un papel, y en el extremo de ellas pintó una bolita, y dándole dos dobleces presentó al otro las puntillas de las líneas.

—Escoge —le dijo.

—La izquierda —dijo Benito, rayando con una pluma la línea.

—¡Perdiste! —exclamó Zizaña con alegría.

—¡Bah! ¿Y qué me importa? Al fin más tarde o más temprano…

—Muy bien, muy bien —volvió a exclamar Zizaña, sonando las palmas de las manos.

—¿Y cuándo? —preguntó Benito.

—Mañana en la noche, o pasado mañana, será necesario que, por providencia gubernativa, duerma en un separo…

Como se deja entender, estos dos hombres jugaban, según el lenguaje de los covachuelistas, en una porra, la posesión de la presa.

Celeste, como hemos dicho, fue introducida en la prisión. Aquellas puertas sucias y toscas, con gruesas aldabas, se cerraron tras ella, y se encontró aislada entre gentes desconocidas, entre seres degradados.

No sé qué sentimiento profundamente doloroso se apodera del corazón cuando ya la desgracia ha llegado a su colmo, cuando se han agotado los padecimientos, cuando se ha perdido casi toda esperanza; el abandono y el aislamiento se hacen entonces sentir en toda su triste extensión, y necesita el alma alguna cosa superior que la sostenga y fortifique, como el náufrago cuando piensa en apoderarse de la débil tabla que lo ha de salvar; como el viajero, a quien abandonan las fuerzas al llegar al oasis; como el caminante que busca una débil rama antes de caer al precipicio.

Perder la libertad, perder el honor en prisión, es más que perder la vida; por eso, si hubiera en México hombres de un espíritu filantrópico y humano, habrían promovido antes de ahora el establecimiento de casas de detención, administradas por hombres de una inflexible severidad, de una rígida moral, para que mientras la justicia averigua si en efecto hay o no crimen, se guardara con una separación debida, el respeto que se debe al infortunio, a la inocencia o la virtud.

Celeste, como no tenía quien la protegiera, no pudo ser colocada en uno de los lugares de distinción, que, sea dicho de paso, son unas piezas o galerías sucias, húmedas y fétidas, donde es siempre preciso estar en unión de otros criminales.

La prisión se compone de un corredor angosto, de las sucias habitaciones de que se ha hablado, y de una galera con un banco de piedra al derredor, que sirve de dormitorio. En el piso bajo hay un patio con una fuente y estanque donde se lava la ropa, una mala cocina con el techo lleno de humo y medio cayéndose, donde las presas condenadas al trabajo, se emplean en moler maíz para hacer tortillas, o en cocer habas y alverjones, que son la comida ordinaria de los presos.

En un ángulo oscuro y solitario están tres o cuatro cuartos, que cuando se cierran sus puertas, quedan en la más completa oscuridad. El piso es de losas, lleno de agua, de insectos, de suciedad; y la atmósfera mefítica y dañada que se respira allí podía haber servido de tormento para los reos en los tiempos bárbaros de la Inquisición.

La presidenta, que es una presa a quien se le abona una gratificación cada mes, y a quien se le da autoridad para que vigile el orden de la cárcel, si es que puede haber orden en semejantes lugares, condujo a Celeste por toda la prisión.

Y la muchacha, como si experimentase un vértigo, se dejó maquinalmente llevar paseando sus ojos abiertos y descarriados por aquellas paredes negras, por aquellas habitaciones inmundas, por aquellos rostros de las criminales, en cuyas fisonomías burlonas, se descubría el hábito del crimen y la corrupción que había casi extinguido en su alma lo que se llama conciencia.

Cómo Celeste, delicada, tímida e inocente, pudo resistir a estas impresiones, a estos inauditos dolores, es lo que sólo puede comprender Dios, que en las ocasiones solemnes da a los pobres mortales lo que se llama fortaleza.

En la noche, Celeste fue conducida al dormitorio común, no se atrevió a suplicar, ni a pronunciar una palabra, y aun estaba privada de llorar, porque tenía miedo de las paredes de la prisión, de las presas y hasta de los insectos que volaban en el aire. Su corazón se partía, su alma gemía de dolor y su razón estaba próxima a extraviarse.

El hambre, la fatiga y las emociones doblegaron su débil naturaleza, y cayó entre aquella multitud de mujeres, aglomeradas unas sobre otras, presa de un sopor y de un sueño febril, mucho más agitado y doloroso que el que experimentaba cuando sufría, al lado de sus padres enfermos, los horrores de la miseria.

Celeste no dormía, pero tampoco se hallaba completamente despierta; la vibración de las campanas de los relojes de las iglesias vecinas hacía estremecer su corazón, y la respiración fuerte y ruidosa de las presas, que dormían tranquilamente, hacía erizar sus cabellos.

A la vacilante y débil luz de la vela de sebo que, colocada en un farol, alumbraba el dormitorio, veía levantarse de los bancos de piedra, y deslizarse por las paredes, gigantescos brazos armados de puñales, figuras grotescas que la amenazaban, sombras y fantasmas sangrientos que exhalaban dolorosos quejidos; si cerraba fuertemente los ojos, las visiones se multiplicaban y aparecían más deformes, más amenazadoras. Celeste, entonces, encogiendo todos los miembros de su cuerpo, ahogaba entre sus labios el grito que le arrancaba el miedo.

Y después, en medio de esas visiones de horror y de duelo, que le representaba su cerebro trastornado, veía la figura pálida e interesante de Arturo; un amargo desconsuelo bañaba su alma y un agudo dolor le punzaba el corazón. Era una ilusión que se le desvanecía entre las sombras de los criminales, una esperanza dulcísima que había venido a morir entre las rejas de una inmunda cárcel.

—Oh, ¡la muerte, la muerte, Dios mío!, es el único remedio que puedes mandarme —murmuraba Celeste en lo interior de su alma, y luego caía en un nuevo vértigo, muy parecido a las agonías de un moribundo.

El dormitorio, como se ha expresado, es un lugar sucio, mal ventilado y cuyas paredes están cubiertas de chinches; pero estos padecimientos desaparecieron completamente ante los sufrimientos morales, de que se ha procurado dar una idea.

En cuanto brilló el primer rayo de luz, Celeste se quiso levantar pero se encontró casi desnuda; su rebozo, sus zapatos, sus medias, su ropa interior, todo había desaparecido. La presidenta hizo sus averiguaciones para indagar quién había robado a la nueva presa, pero todo fue en vano.

Entonces, movida a compasión, le prestó unos harapos, con los cuales pudo cubrir su desnudez, y se sentó confusa y anonadada en un rincón del dormitorio. Allí formó una resolución desesperada, y fue, no sólo la de confesar el delito que se le imputaba, sino agregar otros mayores, para lograr con esto el que se la condenase a muerte.

Llegada la hora en que se le llevó delante del juez, se afirmó más y más en esta loca idea, y con una completa serenidad confesó cuanto quisieron que confesara. Benito y Zizaña estaban locos de contento de que hubiese materia para determinar que se la pusiese en un separo.

—¿Qué les parece a ustedes, qué alhaja tenemos en la Celeste, caballeros? —dijo el escribano, quitándose los anteojos, y cuando, después de que retiraron a la muchacha, acabó de escribir la última foja de un pliego de papel sellado.

—¿Cómo?, explíquese usted —preguntó Zizaña.

—¿Quién diría que con su carita de virgen había de tener esta mujer un alma de Lucifer? ¿No han oído ustedes?

—Apenas hemos escuchado —dijo Benito con indiferencia.

—Pues, señores —continuó el escribano flemáticamente—, esta perlita, que no cumple los dieciocho, es ladrona, infanticida, parricida; qué sé yo cuántas cosas más… Lástima da, en efecto, pero es menester ponerla en un separo, porque es de temer que contagie a otras cuyos vicios, al fin, son de poca monta.

Benito y Zizaña cambiaron una mirada de inteligencia y de satisfacción.

XX. El Tinterillo

Como los trámites judiciales son entre nosotros tan lentos, y ya sea para absolver al inocente o para castigar al culpable, pasan días, semanas, meses y hasta años, a no ser que en estos asuntos intervenga el dinero, el influjo u otra clase de interés, como el que tenían, por ejemplo, los tinterillos Benito y Zizaña, transcurrieron quince días sin que nada se determinara respecto de Celeste.

Durante ellos, la vida de Celeste, como puede bien concebirse, pasó lenta y horrible en la prisión; y si bien se le mitigaron los terrores pánicos que al principio experimentó, los pésimos alimentos, la desnudez, lo malsano del local, y, más que todo, la amistad por decirlo así, que habían concebido por ella algunas criminales, la tenían en un estado continuo de tortura, que en su interior ofrecía a Dios, esperando que muy pronto una sentencia de muerte concluiría con estas penas; si Celeste no hubiera tenido esta esperanza, habría, sin duda, perdido el juicio.

La ocurrencia de la muerte del alcalde de barrio, que, según recordará el lector, fue asesinado por el supuesto platero que reconoció el fistol, fue una circunstancia que agravó más la causa y que dio lugar a que se le condujera otra vez ante el tribunal para hacerle este nuevo cargo.

Hemos dicho que Celeste, ignorando que la justicia de México deja envejecer a los reos en las cárceles, principalmente si son del sexo femenino, había confesado crímenes que no había cometido; mas cuando realmente se le acusó como cómplice o instigadora de un asesinato, negó con dignidad toda participación en este delito y suplicó, con la mayor inocencia, al juez y al escribano que la condenaran a muerte, pues le parecían bastantes los delitos que había confesado.

Éstos sonrieron, e inclinados, como somos todos los hombres, a juzgar favorablemente a las mujeres hermosas, pensaron en su interior que acaso podía esta muchacha tener menos delitos; pero como las declaraciones estaban todas conformes, y condenaban terminantemente a la muchacha, y las sospechas eran todas fundadas, puesto que el alcalde de barrio fue asesinado la noche del día en que ejecutó la prisión de Celeste, no había medio de salvarla.

Así, la compasión de los encargados de la justicia fue pasajera, y quedó acordado que Celeste ocuparía un separo, al menos mientras se esclarecía algo más este último punto; desde esa misma tarde se confinó a Celeste al separo.

Ya hemos dicho lo que es un separo, una bartolina llena de humedad y con el techo tan bajo, que casi es imposible la respiración; la presidenta, acostumbrada a estas escenas y a la vista de tales lugares, llevó a la muchacha y, cerrando la puerta con una gruesa llave, se retiró con la mayor frialdad.

Celeste no opuso resistencia, y en el momento en que cerraba la puerta quedó en una completa oscuridad, buscó a tientas un rincón, se sentó en las losas frías y dio rienda suelta al llanto, que por tanto tiempo había reprimido en su corazón.

Tenía que llorar a su padre muerto, a su madre moribunda, a su ideal amante perdido, a su libertad, a su honor manchado; muchas lágrimas necesitaba por cierto para tanto dolor. No oía en aquel calabozo las horas, y a haberlas contado por sus martirios, las hubiera calculado como siglos, pero era sin duda una hora avanzada de la noche, cuando todavía lloraba; el frío de las losas había entumido sus miembros, y sentía que, mientras sus rodillas estaban como la nieve, su cabeza ardía como un volcán.

Un ruido lejano, que se escuchó en medio de aquel silencio profundo, la hizo estremecer; el ruido se aproximó más, y sintió clara y distintamente los pasos de un hombre. A poco, una llave dio vuelta en la cerradura, y la puerta del calabozo se abrió poco a poco. Celeste, sobrecogida, se refugió al rincón.

—Yo soy, muchacha —dijo una voz agria, pero que procuraba dulcificar el que la profería— yo soy, no te asustes.

Zizaña, que era el que entraba al calabozo de Celeste, encendió un cerillo que pegó en la pared, y de puntillas, con la respiración trabajosa, los ojos ardiendo en deseos, con la boca entreabierta y con los brazos en actitud de obrar, se acercó al rincón, donde, hecha un bulto informe y con el terror retratado en el rostro, permanecía Celeste.

—No hay que asustarse, muchacha —dijo Zizaña— vengo sólo a hablarte de tus asuntos; tu causa está mala y vas a ser sentenciada a muerte.

—¡Ah! ¡Estoy sentenciada a muerte! —exclamó Celeste, sonando las palmas de las manos.

Zizaña, que aguardaba que esta noticia haría una profunda impresión en la muchacha, retrocedió asombrado.

—¿Con que no te da cuidado esta noticia?

—¡Sentenciada a muerte! —repetía Celeste con una alegría que, a cualquier otro, que no hubiese sido el endurecido tinterillo, le habría desgarrado el corazón.

—Sí, sentenciada a muerte —dijo Zizaña, con flema y acercándose, siempre poco a poco a Celeste.

—¿Y cuándo? —preguntó ésta.

—¿Cuándo? Muy pronto. Pero mira, muchacha, te explicaré, y verás cómo no es muy agradable morir.

Celeste reconcentró su atención, y Zizaña, con una sonrisa sarcástica, prosiguió:

—Pues en primer lugar se te pone en capilla. Tres días se te da de comer muy bien, porque, hija mía, a los reos se les engorda como a los cochinos, antes de matarlos. En los tres días la capilla está llena de padres camilos, vestidos de negro, con una cruz roja en el pecho, de hermanos de cofradías y de otras gentes que tienen por oficio, diz que hacer caridad, cuando menos se necesita.

Celeste permanecía inmóvil, y Zizaña comenzó a comprender que podía sacar un buen partido de la charla y prosiguió:

—Los padres te atormentan los tres días, pintándote los martirios horrendos del infierno, adonde los que han derramado sangre y han robado como tú…

Celeste alzó los ojos al cielo y después, bajándolos, continuó escuchando:

—Padecen —continuó Zizaña— el fuego eterno, y los diablos les dan a beber plomo y azufre ardiendo. Concluidos los tres días, te sacan de la cárcel, y con un grande aparato y pompa te llevan por las calles, y las catrinas, adornadas como si fueran al teatro o al baile, se asoman a los balcones, y ven el color de tu pellejo y el de tu cabello, y examinan tu cara, y si te compadecen se consuelan pronto con sus amantes, que detrás de ellas les dicen muchos requiebros al oído.

Celeste se estremeció, porque pensaba que tal vez Arturo la vería pasar para el suplicio.

—¡Bueno! —dijo para sus adentros Zizaña—, la comedia ha surtido su efecto, y la muchacha será mía.

Después de una ligera pausa, que hizo de intento para que filtraran sus palabras en el corazón de la muchacha, continuó:

—En medio de fruteras y vendedores de bizcochos, cercada de soldados y padres, llegas al cadalso, y allí el verdugo corta tu trenza, te sienta en un palo, y después enreda una mascada con una bola de fierro a tu cuello, y da vueltas, da vueltas… da vueltas… hasta que te ahoga.

Celeste llevó maquinalmente su mano al cuello, y Zizaña se tapó la boca para no soltar la carcajada.

—¿Con que quieres ser libre, muchacha? ¿Quieres dormir en mis brazos, en vez de caer en las manos del verdugo? —dijo Zizaña aproximándose más a la joven.

Celeste se levantó de la postura encogida y sumisa en que estaba, y enhiesta, orgullosa, altiva como una reina, echó una mirada de desprecio sobre el tinterillo; su tez pálida y transparente, en que resaltaban sus rasgados y dolientes ojos, su cabello, que en desorden caía sobre sus hombros blancos, le daban el atractivo de una Magdalena.

Zizaña, exaltado, se arrojó a estrecharla en sus brazos; pero Celeste lo empujó fuertemente y con voz llena de altivez le dijo:

—¡Fuera!, ¡fuera del calabozo de la presa y de la ladrona! No quiero piedad ni compasión de los hombres; quiero la vergonzosa muerte que se me aguarda, y nada más.

—¡Hola! ¡Hola! —dijo en voz baja Zizaña—, pues que no ha surtido la comedia el efecto que yo sospechaba, apelemos a quien todo lo puede —y, sacando del bolsillo algunas monedas de oro y plata, las presentó a la vista de Celeste, sonándolas con regocijo.

—No creas que yo trato de darme por bien servido, muchacha, que además de sacarte de esta prisión, te daré dinero para que compres bonitos túnicos y zapatos de seda, para que no tengas tus pies, tan chiquitos y tan blancos, en las losas frías.

Celeste se sonrió con desprecio.

—¡Hola! —volvió a decir Zizaña en voz baja—, puesto que no valen ni la comedia ni el interés, apelaremos a la tragedia.

»¡Muy bien, infame! —gritó fingiendo una rabia concentrada y sacando un puñal—. Una vez que no vale el buen modo, te voy a hacer mil pedazos si no consientes en obedecerme.

Celeste sonrió amargamente y, sin dar muestra de miedo, sonaba las manos y exclamaba:

—¡Sentenciada a muerte! ¡Sentenciada a muerte!

—Esta mujer está loca —dijo el tinterillo—, probemos el último medio, porque ya es demasiado tarde, y si algunas presas están despiertas, y principalmente esa furia de Macaria, me meterá en mil enredos y chismes, y en estas cosas lo que vale es la astucia y el secreto.

—¡Eh, infeliz! —dijo con tono alto Zizaña—, vas a morir —y a este tiempo alzó el puñal para herir a Celeste; pero ésta, lejos de atemorizarse, no hizo el más leve movimiento y mirando fijamente a Zizaña sonrió de nuevo y exclamó:

—¡Condenada a muerte! ¡Condenada a muerte!

—¡Miserable loca! —dijo Zizaña—, será capaz, si me descuido, de estrellarme la cabeza contra una de estas paredes. Mañana tentaremos otros medios, y ya traeré unos mecatitos con que atarle las manos, y una mordaza para que no grite.

Fortificado con tan virtuosa resolución, guardó su puñal y sus monedas, y recogió sus fósforos y su cerillo, y con mucha calma dio la vuelta y cerró la puerta.

Apenas se hubo alejado, cuando Celeste, hallándose de nuevo en una completa oscuridad, llevó las manos a sus ojos, separó su cabello de su rostro y exclamó:

—¡Dios mío! ¡Dios mío! Mi cabeza se pierde; se extravía —y luego, viniéndole las lágrimas a los ojos, dijo—: ¡Gracias, gracias, Señor, porque aún me das lágrimas!

Al día siguiente, cuando le llevaron un plato de alverjones duros, la encontraron en la posición en que cayó en las frías losas cuando se retiró Zizaña.

La presidenta, movida a compasión, y contra las recomendaciones que los esbirros, secuaces de Zizaña, le habían hecho, la sacó un momento al sol; y entonces Celeste se aventuró tímidamente a contar a la presidenta la escena de la noche anterior; pero ésta la tuvo por una mentira o por un delirio de su fantasía.

—Cuando te vayas acostumbrando a esta casa —le dijo— ya se te quitarán esas visiones.

Celeste se calló la boca; pero Macaria, que escuchó la conversación, le dio un suave tironcito de la ropa, le deslizó un pequeño puñal en la mano y le hizo una seña de inteligencia. Celeste comprendió instintivamente que era un auxilio que le venía del cielo.

Macaria era una mujer de más de treinta años de edad, baja de cuerpo, de grueso cuello y anchas espaldas, labios abultados, carrillos encarnados, nariz chata y arremangada, cejas juntas y pobladas y ojos, pequeños, verdosos y hundidos; tenía, en final, la mayor parte de las facciones que, según Lavater, constituyen una fisonomía inclinada al crimen.

Hacía cuatro años que estaba en la cárcel, y había sido sentenciada a diez años de prisión por haber matado a su querido por causa de celos. Esta mujer tenía un afecto muy vivo a Celeste, y más de una vez había evitado que se le hicieran a ésta los daños que, sin su cuidado, se le habrían hecho.

La presidenta condujo a Celeste al separo, y Macaria las siguió de lejos, no omitiendo hacerle de nuevo a la muchacha una señal de inteligencia.

En la noche, Zizaña aguardó que, como la anterior, todo estuviera en profundo silencio, y se introdujo en la prisión provisto de varios útiles que juzgaba indispensables para dar cima a su diabólico proyecto.

Atravesó de puntillas y con precaución el corredor, bajó la escalera y se puso a observar con cuidado; y notando que todo estaba en el más profundo silencio, siguió su camino hasta que a tientas dio con la puerta del calabozo de Celeste; metió la llave en la cerradura, y preparaba ya su fósforo y su cerillo, cuando se sintió asido del cuello por una mano fuerte que lo ahogaba, como si fuera la mascada que oprime el cuello de un ajusticiado.

Zizaña quiso gritar, pero la voz expiró al salir de sus labios; entonces metió mano al bolsillo en busca de su puñal; pero la persona que lo tenía asido, registrándolo violentamente, le arrancó de la bolsa el puñal, las cuerdas y un pomito que contenía un licor narcótico, que era también uno de los elementos con que el tinterillo contaba para alcanzar una completa victoria, y todo lo arrojó al suelo.

—¡Me asesinan! ¡Auxilio!… —murmuró Zizaña.

—¡Chust, pícaro! —dijo la persona que lo tenía asido, apretando más fuertemente su cuello.

—¡Macari…!

—Sí, Macaria, yo soy. ¿Te acuerdas que cuando, hace cuatro años, me trajeron a esta maldita cárcel, también viniste, como ahora, a mi calabozo a prometerme libertad, dinero y todo lo que yo quisiera? Y lo que me han dado tú y los léperos, ladrones y pillos, que diz que hacen justicia, son diez años de encierro y de tormentos, que los pagarán en el infierno, porque si yo maté a mi amante, fue porque me engañó, porque… pero en fin…

Zizaña, que sentía que Macaria lo ahogaba, no atendía por supuesto a este razonamiento, que era dicho con una voz llena de rabia y de ira, y apelando a la defensa instintiva y natural, asió también del cuello a la presa. Entonces se trabó una lucha horrible en la oscuridad, oyéndose sólo por intervalos maldiciones confusas y cortadas, y de vez en cuando un trabajoso estertor, que demostraba bien los esfuerzos que ambos hacían para ahogarse.

Macaria, como hemos dicho, era fuerte y de contextura atlética; así es que, a pesar de la debilidad común a su sexo, logró echar a su adversario por tierra. Zizaña dio un quejido e imploró la piedad de la presa, que había apoyado la punta fría de su puñal en el corazón del tinterillo.

—Muy bien, infame lépero —le dijo Macaria—, te perdono la vida, pero a condición de que jamás vuelvas a intentar nada contra esta pobre muchacha; y si influyes en que se le agrave la sentencia, este puñal será para ti.

Zizaña lanzó otro quejido, y Macaria, que sólo le había por diversión introducido media línea del puñal en el pecho, soltó una carcajada y, dejándole levantar, le dijo:

—¡Fuera, miserable! ¡Fuera de aquí!

Zizaña no se hizo repetir dos veces la orden, y levantándose se deslizó por entre aquellos oscuros y lóbregos callejones, subió la escalera y salió de la prisión, dándose por muy feliz de haberse libertado de las garras de Macaria, la cual, por su parte, se dirigió al dormitorio, riéndose del susto que había dado al cobarde que hacía cuatro años la había engañado con falsas promesas.

Celeste, llena de terror, escuchó las voces, los quejidos, las pisadas, sin comprender lo que pasaba; a poco los pasos se alejaron y todo volvió a quedar en un profundo silencio.

XXI. El Ángel de la Guarda

Celeste sufría sus martirios con la resignación de una santa; y en dos cosas esperaba confiada: o en el auxilio que pudiera prestarle el sacerdote que la defendió de la brutalidad de los soldados el día de su prisión, o, en último caso, en una sentencia de muerte.

En cuanto al tinterillo, asustado por Macaria, por una parte, y temiendo, por otra, ser descubierto y separado del destino que ocupaba en la cárcel, dejó para más tarde el llevar a cabo su intento, pues era hombre que sólo se aventuraba en una empresa cuando estaba seguro de la impunidad.

Así, por este lado, Celeste estuvo tranquila algunos días, pues Macaria le contó lo acaecido y le prometió cortar la cara con un tranchete al seductor si se atrevía a solicitarla otra vez. La presidenta, por su parte, no se mostraba cruel con ella, la sacaba al sol, y muchas ocasiones le participaba de su comida.

Un día Macaria se acercó a Celeste, y abrazándola por la cintura con la tosca sinceridad con que demuestra su cariño la gente del pueblo, le dijo:

—Celeste, tengo que darte una buena noticia.

—¿Cuál es? —preguntó Celeste.

—Que no te condenarán a muerte, porque a las mujeres nunca nos ahorcan en México.

—¿Que no me condenarán a muerte? —volvió a preguntar la muchacha con muestras de profundo sentimiento.

—Cabal que no —repuso Macaria con alegría—, y si lo hubieran hecho, merecían esos verdugos que los quemaran. ¿Por qué a mí, que tengo más delitos que tú, no me han ahorcado? Pues si a ti te ahorcaran, la ley no sería pareja.

—Es decir —preguntó con temor Celeste—, que saldré pronto de la cárcel.

—Sí, pronto —contestó Macaria—, de aquí a diez años.

Celeste escuchó aterrada esta noticia, pues una de sus esperanzas, que era la muerte, acababa de desvanecerse; pero le quedaba aún la del auxilio del clérigo. Si esta esperanza desaparecía también, no tenía ya delante de sí más que diez años de infierno en esta vida. Correspondió con algún cariño a las rudas demostraciones que la hacía Macaria, y se retiraba ya en silencio, cuando Macaria la llamó.

—¿Quieres salir en libertad, Celeste? —le dijo.

Ésta le dio a entender con los ojos que sí.

—Pues bien, yo tengo señores de mucho empeño que te sacarán; pero es menester que condesciendas en verlos y en rogarles que se interesen por ti. Te aseguro que no te engañarán, como a mí ese canalla de Zizaña.

Celeste con la cabeza hizo una seña negativa, y se retiró con las manos en los ojos. Una desesperación sombría se apoderó de la muchacha. Cesó de rezar a la Virgen y de pedir a Dios; y al ver el puñal que le había dado Macaria, algunas ideas de suicidio pasaban por su cerebro.

Los padecimientos habían alterado notablemente su salud. Sus pequeños pies estaban hinchados por la humedad del separo; las formas de su cuerpo habían perdido su redondez; su rostro estaba amarillento y transparente; su frente llena de manchas, sus ojos apagados y sin más brillo que el de algunas lágrimas fugitivas que rodaban por sus mejillas descarnadas, y sus labios y uñas eran ya de un color amoratado; en una palabra, Celeste se había envejecido como si hubiera estado veinte años en la cárcel.

Obligada a comer la indigesta ración de las presas, a dormir en la humedad del separo, o a respirar la atmósfera mefítica del dormitorio común, toda su hermosura se había marchitado. Celeste resolvió aguardar ocho días más, al cabo de los cuales, si el padre no se presentaba, el puñal de Macaria haría su oficio, pues estaba resuelta a abrir con él las venas de sus brazos y a dejarse morir en el separo.

Desde el momento en que comenzaron a correr los ocho días, Celeste apareció más tranquila que antes; tanto, que la presidenta, riéndose, le dijo que le aconsejaba que siguiera así, pues era el modo de que viviera feliz los diez o doce años de cárcel a que la condenarían. Celeste le aseguró que ya se iba acostumbrando, y rio como una loca, pues en verdad su razón no estaba muy sana.

El octavo día, señalado en su interior para su muerte, rogó a la presidenta que la pusiera en el separo. La presidenta, asombrada de tal petición, le hizo mil objeciones; pero ella le contestó que prefería estar sola, pues el ruido y las pulgas y chinches del dormitorio no la dejaban reposar.

La presidenta accedió al fin, y Celeste se retiró al separo, y allí, en aquel silencio y en aquella oscuridad, vinieron en tropel a presentarse a su imaginación todas sus desgracias. ¡Diez años de cárcel! ¡Diez años! Esta idea le parecía inconcebible. ¡Permanecer diez años en la cárcel sin respirar el aire libre, sin ser amada de nadie, olvidada en el fondo de un calabozo y condenada a oír el lenguaje indecente de las presas, y a soportar sus cóleras y sus caricias!

¡Pobre huérfana! ¡Tener que vivir diez años, sin más familia que un crecido número de criminales! ¡Oh! Celeste retorcía sus manos, y cuando sus labios querían pronunciar una oración, los cerraba, porque le parecía que Dios la había olvidado y que sus miradas no podían penetrar hasta aquella mansión inmunda. Entonces fue cuando sus recuerdos de niña volvieron a presentarse a su mente, vivos, ardientes y punzantes, como si fueran espinas que traspasaban su corazón.

Celeste tomó el puñal, y se regocijó tocando con sus dedos suaves la hoja helada. Después aplicó la punta a la vena de su brazo; pero antes de herirse, quedó un momento con la respiración suspensa, con los ojos fijos, con la boca entreabierta, con las facultades, en fin, embargadas, como es natural, cuando multitud de reflexiones graves y terribles se agolpan en la mente. Después arrojo el puñal al suelo y, cayendo de rodillas, exclamó con una voz dolorosa:

—¡Oh, Dios mío! Nunca, nunca lo haré.

Celeste tenía miedo.

Era la tarde. Por la estrecha abertura de la puerta del calabozo apenas se percibía una línea blanquecina, cuya escasísima claridad se desvanecía entre las sombras. Cuando Celeste contenía un momento la congojosa respiración de su pecho, un moscón zumbando, volaba por el calabozo, y sólo este ruido pavoroso turbaba el silencio; diríase que era una tumba a donde sólo llegaban lejanos y cansados los ecos de la vida.

Celeste tenía miedo; pero el demonio del suicidio quería ganar su alma, y le repetía incesantemente estas palabras: ¡Diez años de cárcel! ¡Diez años de cárcel! Entonces Celeste se arrastró por el calabozo, buscando a tientas el puñal; pero a este tiempo escuchó el ruido de unas pisadas, y creyendo que fuese el infame tinterillo, buscó el puñal con más empeño hasta encontrarlo. Entonces se puso en pie en la puerta, determinada a morir mártir pero no deshonrada.

La puerta del calabozo se abrió, y en vez del seductor, apareció la figura apacible y santa del clérigo. Era como de treinta años; de tez muy blanca, grandes ojos negros, llenos de dulzura y de melancolía; de sus dos labios frescos un poco entreabiertos, manaba una sonrisa de bondad. Era alto, bien proporcionado de miembros, y el traje negro de seda que caía hasta sus pies, le daba el aspecto religioso de una de esas obras maestras de escultura que suelen verse en los altares de los templos.

Celeste, habituada a la oscuridad, pudo notar bien la fisonomía del sacerdote y reconocerlo; pero como él venía de la calle, sólo podía distinguir en la oscuridad del calabozo una forma blanca que, envuelta en un sudario, lo esperaba en la puerta de esa tumba.

Al cabo de un gran rato de silencio, pues Celeste no podía pronunciar una palabra, y el eclesiástico, conmovido, tampoco hallaba por dónde comenzar, el carcelero que había servido de guía dijo con respeto:

—¿Es esta la mujer a quien deseaba usted hablarle, señor cura?

El padre se acercó al oído del carcelero, le dijo algunas palabras y éste se retiró inmediatamente, apartando también a varias presas que por curiosidad se habían acercado. Celeste y el clérigo quedaron solos.

Acostumbrada más la vista del padre a la oscuridad y abierta totalmente la puerta, pudo notar las paredes carcomidas y llenas de agujeros, el suelo húmedo, la atmósfera mortífera del separo; y con voz pausada y aparente calma, preguntó a Celeste:

—¿Aquí has estado, hija mía?

—Aquí, señor —respondió Celeste.

—¿Muchos días?

—Años, según creo.

—¡Pobre muchacha! —murmuró el padre, y luego dirigiéndose a Celeste, continuó—: Habrás perdido acaso la memoria. ¿Me conoces?

—Al momento os conocí: vos contuvisteis a los soldados que me daban de golpes, ¿no es verdad?

—Es verdad; pero entonces recordarás que no hace años sino días que te hallas en la cárcel.

—Ah, sí, días; pero cada día es un año, un siglo para mí, señor.

—¿Recuerdas que te prometí venir a verte?

—Sí, señor.

—¿Me aguardabas?

—Sí, señor, hasta hoy.

—¿Cómo?

—Mañana acaso habría sido tarde.

—¿Por qué, hija mía?

—Porque mi desgracia quiere que no me hayan sentenciado a muerte, que era mi sola esperanza, y me dicen que estoy condenada a diez años de cárcel. ¡Diez años de cárcel! ¿No os parece, señor, que diez años de cárcel serán diez años de lágrimas, diez años de martirios, diez años de desesperación? ¡Oh! —prosiguió sollozando—, no soy tan pecadora para que Dios me abandone y me castigue con tanto rigor.

—¿Y querías fugarte acaso?

—No, fugarme no, pero…

Celeste enseñó el puñal al padre.

—Con razón —dijo el padre en voz baja— tenía yo una inquietud mortal; si hubiera dilatado un día más, habría ganado Satanás un alma, y el cielo perdido un ángel.

Luego, dirigiéndose a Celeste, le tomó la mano y con voz llena de dulzura le dijo:

—Pero, hija mía, tú has desconfiado de la misericordia de Dios. ¿No sabías que yo te había prometido venir a consolarte al menos?

—He sufrido y sufro tanto, que me creía olvidada de Dios y de todo el mundo.

—Eres muy desgraciada en efecto. La noche del día en que te pusieron presa caí enfermo, y una calentura me ha tenido postrado en el lecho; pero he pensado en tu suerte continuamente, hija mía, y he venido a tiempo, ¿no es verdad? ¿Crees ahora en la misericordia y en el auxilio de Dios?

—¡Oh!, sí, sí —exclamó Celeste, bañando con su llanto las manos del padre.

—Ven, ven hija mía. Este calabozo está muy lóbrego, y los hombres son en efecto muy crueles.

El padre llevó a Celeste al cuarto de la presidenta y ordenó que los dejaran solos. El clérigo la miraba con atención, y apenas podía creer que fuese la misma muchacha que pocos días antes había visto, tanto así había cambiado.

—Ahora, Celeste, desahoga tu corazón conmigo —le dijo el padre, haciéndola sentar en una silla y tomando él otra— si has cometido fallas, soy el representante de Dios en la tierra y te las perdonaré todas; pero ofrece, hija mía, estos sufrimientos a Dios. La desconfianza y la desesperación serían un nuevo crimen que te cerraría la puerta del cielo, después de todo lo que has sufrido en la tierra. Este mundo no es más que un valle de lágrimas, donde sólo se cosechan penas que, si las sufrimos con resignación, son el tesoro que ponemos en el cielo para el fin de nuestra vida.

Las palabras dulces y religiosas del clérigo producían una viva impresión en el alma de Celeste, quien recordaba a Arturo involuntariamente, porque en su ignorada vida de dolores y de infortunios, sólo dos hombres habían comprendido sus penas y habládole un lenguaje que, como un bálsamo, bañaba las heridas de su alma.

—Así, hija mía, así —dijo el clérigo, mirando que las lágrimas goteaban en los pobres vestidos de la muchacha—, nos es permitido llorar, pero no entregarnos a la desesperación.

—¡Ah! —dijo Celeste interrumpiendo sus palabras con los sollozos—, sólo usted y el señor Arturo se han dolido de mi desgracia.

El padre se quedó un momento contemplando a Celeste, y como ocupado con un solo pensamiento, dijo en voz baja:

—Sí… sí, son sus mismos ojos, su misma voz, su mismo semblante, extenuado y pálido. ¡Oh qué memoria!

Celeste contuvo su llanto y, temiendo mortificar al eclesiástico, quiso sonreír.

—Como ella, como ella, tan resignada y tan buena —murmuró el padre en voz baja.

—Acaso os molestaré —dijo Celeste tímidamente— pero no lloraré ya. Todo puedo hacerlo, menos olvidar a usted y al señor Arturo, que me ha hecho tantos beneficios.

—¿El señor Arturo? —dijo el eclesiástico, poniéndose un dedo en la boca—. ¿Y quién es el señor Arturo, hija mía?

—El señor Arturo es un caballero —contestó Celeste con la mayor ingenuidad— que quiso hacerme muchos beneficios, y por cuya culpa estoy aquí… aunque no fue esa su intención.

—¡Cómo!, explícate —repuso el clérigo— porque esto necesita explicación; pero háblame la verdad.

—Pues la verdad digo —contestó Celeste—, si no me hubiera dado el fistol, no estaría yo aquí.

—¿Dices que te dio un fistol?

—Sí, señor, y que valía mucho dinero, según creo.

—¿Y conocías antes a ese Arturo?

—Nunca le había visto, hasta un día en que estando mi padre y mi madre enfermos, salí y…

—¿Y qué hiciste, criatura? —interrumpió el padre alarmado.

—Pedí limosna —dijo tímidamente Celeste, cubriéndose sus mejillas de un ligero tinte nácar.

—¡Ah! —exclamó el clérigo respirando.

—El señor me dio limosna, me siguió, entró a mi casa, comprendió que no era yo una mujer perdida y me dejó prendido en mi rebozo un alfiler de brillantes que tenía en su camisa.

—¿Dices la verdad, muchacha? —preguntó el clérigo, mirando fijamente a Celeste.

—La verdad, como a Dios se la diría.

El clérigo vio, en su tranquila y franca fisonomía, que en efecto no mentía, y comenzó a creer en su inocencia.

—¿Y este joven no volvió a verte? ¿No te citó para alguna conversación? ¿No te dijo palabras amorosas?

—¡Oh, no, no! —dijo Celeste con un profundo acento de dolor.

—¡Pobre muchacha! —murmuró el eclesiástico, y luego, dirigiéndose a Celeste, continuó—: Y dime, ¿tenías amistad con las vecinas de tu casa?

—Ninguna, padre; permanecía sola en mi pobre cuarto, porque su trato no me agradaba. Cuando con el dinero que el señor Arturo dejó a mi padre compré alguna ropa, una de ellas entró a indagar de dónde adquirí estas cosas. Yo no dije la verdad, porque no me hubiera creído.

—He aquí la envidia y la calumnia haciendo su oficio —dijo en voz baja el padre.

—Cuando el alcalde me prendió, ya no pude decir nada, porque estaba fuera de mí.

Celeste refirió al padre toda la escena de la prisión, conforme la sabe el lector, y el eclesiástico, conmovido ya, tuvo que voltear la cara y al disimulo enjugarse los ojos con su pañuelo.

—¡He aquí la justicia del mundo! —exclamó, volviendo a poner su rostro sereno para disimular su emoción.

—¡Oh, sí, mucha injusticia, señor! —dijo Celeste—, yo no soy ladrona. Nunca, nunca, ni aun para dar la vida a mis padres habría robado a nadie.

—¿Pero cómo, hija mía, siendo inocente, has confesado crímenes en tus declaraciones?

—¿Y qué sabe una mujer pobre, desvalida, ignorante como soy yo, para poderse defender?

—Pero si al menos hubieras dicho la verdad al juez, tu causa no estaría tan mala, pues según me he informado antes de entrar a verte, todas las pruebas están contra ti.

—Mis martirios han sido tan crueles, que deseaba yo que se terminaran.

—¿Pero cómo?

—Con la muerte.

—¡Oh! —dijo el padre, dejando a sus labios una amarga sonrisa—, pobre Celeste, te figuras que morir es un asunto muy sencillo. En este país a las mujeres muy rara vez las castigan así.

—Eso me han dicho, señor —contestó tristemente Celeste—, y mi sentencia será vivir diez años aquí, ¡aquí en este infierno!

—Pero vamos al caso. ¿Sabes dónde vive Arturo? Podré verlo, y si él declara la verdad, entonces saldrás libre.

—¡Libre! ¡Libre! —exclamó llena de alegría Celeste.

—Sí, libre. ¿Y por qué no? —dijo el clérigo.

—¡Libre!… ¿y para qué? —continuó Celeste con abatimiento.

—No te comprendo —interrumpió el padre asombrado—. ¿Con que te pesará salir en libertad, recobrar tu honor y vivir considerada y amada de las gentes?

—¡Amada!… No tengo quien me ame.

—Vamos, Celeste, sé racional; dime dónde vive ese caballero. No puedo, ahora que casi tengo certeza de tu inocencia, estar conforme con que permanezcas en esta inmunda prisión, en compañía de tantas criminales. La misión que tengo en la tierra es la de socorrer a los desvalidos y remediar sus penas, si es posible. Dios, al predicar su divino Evangelio, nos dio el ejemplo, y por eso los sacerdotes somos sus representantes en la tierra.

Celeste alzó sus ojos y miró al eclesiástico con una indefinible expresión de reconocimiento.

—Vamos, muchacha —le dijo éste con dulzura—, no seas caprichuda. ¿Dónde vive ese señor?

—Recuerdo que en la calle de… Pero es inútil, no lo veáis.

—¿Por qué?

—Porque le he mandado una carta que me escribió Macaria, y no me ha contestado, y ya no querrá verme más. Creerá que soy una mujer indigna de él.

—Es menester no desesperar del remedio, hija mía. Este negocio lo tomo por mi cuenta, y desde hoy te prometo no abandonarte.

Celeste tomó las manos del padre y las llevó a sus labios.

—Ahora, hija mía, ¿me otorgarás un favor?

—Lo que queráis, señor.

—Ya te oí como un amigo; quiero escucharte ahora como un confesor. ¿Deseas tranquilizar tu conciencia?

—Con mucho gusto, señor.

Celeste se arrodilló ante el clérigo, y el amigo se convirtió en juez severo; pero tanto el amigo como el juez, o más claro, el caritativo eclesiástico, salieron convencidos de que los padecimientos de Celeste eran debidos a una de tantas injusticias que se cometen en los tribunales con todas las apariencias de legalidad y de justicia, y, por consiguiente, se propuso no descansar hasta conseguir la libertad de su protegida. Había también un motivo secreto de simpatía que arrastraba al eclesiástico, y que más adelante lo sabrá el lector.

Cuando el bondadoso clérigo se retiró, Celeste quedó como recogida en sí misma, resignada, quizá feliz en aquel breve instante. Le pareció que el ángel de su guarda había venido a visitarla y abierto de par en par las rejas de la prisión.

XXII. Un jovencito del gran tono

Arturo y el capitán Manuel llegaron a México sin accidente alguno. Manuel se despidió de su amigo, a quien dijo que se retiraba a vivir a la casa de una tía anciana, única gente que tenía de su parte en el mundo; y convinieron en esperar las cartas de La Habana para obrar contra sus enemigos con toda actividad y energía.

En cuanto a Arturo, como tenía, no cariño, sino fanatismo por su madre, brusca e intempestivamente entró por todas las piezas de su casa hasta que se arrojó en brazos de la señora, que, más doliente con sus recientes pesares, hacía tiempo que permanecía en la recámara.

Cuando sintió la madre el contacto de los besos ardientes que su hijo le imprimía en la frente, sólo le fue dado mirarlo con mucha ternura, y quedó desvanecida en su sillón. Algunas sales aromáticas que le hicieron respirar le volvieron el uso de los sentidos, y entonces se abrazó fuertemente al cuello de Arturo, y pagó con usura sus besos y sus caricias.

Más de dos horas duró la entrevista, en la que hubo por parte de la madre dulces y amistosas reconvenciones, y por parte de Arturo caricias y disculpas. En cuanto al padre de Arturo, como era, según hemos dicho, un hombre enteramente preocupado con los negocios de agio y de comercio, sólo dio una palmada en el hombro de su hijo, cuando se sentaron a la mesa, diciéndole:

—Es menester que no botes tanto dinero, querido; estas idas y venidas y estas aventuras cuestan algo; y si no, dígalo la libranza que he pagado ayer, y que caminó más violentamente que tú.

Arturo, contento con salir tan a poca costa de sus apuros, siguió saboreando la confortante sopa, y tímidamente anunció a su padre que los señores Urigüen y Ragneau, sastres de París y de México, le presentarían dentro de pocos días una cuenta de ropa que tenía necesidad de mandar hacer.

El padre hizo un signo afirmativo con la cabeza, y concluyendo precipitadamente su comida, salió de su casa y caminó a palacio, en donde el ministro de Hacienda lo esperaba para concluir uno de esos negocios en que los reales se convierten en pesos.

Durante esa noche, Arturo acompañó a su madre, que sólo con la presencia de su hijo se mejoró visiblemente; mas al día siguiente, Arturo salió con un traje de mañana y se dirigió a la calle del Puente del Espíritu Santo, en donde está ese magnífico templo de la moda y del gran tono, dirigido por los más expertos cortadores de París.

Allí escogió los paños más finos, los casimires más caprichosos para pantalones, los terciopelos y sedas más ricos para chalecos, y ordenó que con tal de que hiciesen brevemente todo lo que escogió, no se parasen en precio.

Como en una gran ciudad donde todo se encuentra se hacen materialmente milagros, en pocos días su nuevo y flamante equipaje estuvo concluido, y Arturo se presentó tan elegante, como si en un globo aereostático hubiese caído procedente de París.

Parece que mudando de traje, Arturo había mudado también de sentimientos, pues sus pesares, sus esperanzas, sus amores, todo se había desvanecido completamente, excepto el cariño de su madre, que nunca disminuía; su indiferencia era completa, y aun había tomado un aire notable de fatuidad.

Se convirtió en lo que se llama un joven de tono; se levantaba a las diez, almorzaba, se vestía a la négligée, y salía por las calle de la Monterilla, Plateros y Portales, comprando alfileres, cadenas, polkas y otra clase de chucherías. A la una entraba en el café del Progreso, a jugar algunas treguas al billar o una partida de ajedrez, y a las tres y media de la tarde se retiraba a su casa, cuidando antes de entrar a la tercena de tabacos y rellenarse la bolsa de puros habanos.

En su casa se comía opíparamente; a las cinco se lavaba, se vestía y mandaba poner la carretela o ensillar el caballo, y se dirigía al paseo de Bucareli, a la Alameda o a esas pintorescas calzadas de Chapultepec, San Cosme o la Piedad.

A las oraciones tomaba el té en compañía de su madre, y a las ocho de la noche se le veía con otro traje en el magnífico pórtico del Teatro Nacional, dirigiendo el lente a todas las muchachas, que, elegantes, hermosas, llenas de aromas y de atractivos, concurren todas las noches a la comedia, con una constancia inalterable.

Los domingos eran los paseos a San Ángel o a Tacubaya, donde Arturo, con un desenfado heroico, apostaba buenas onzas de oro a los albures; ya se sabe que entre nosotros nunca falta una casa de juego en todos los lugares públicos de diversión.

Como el padre de Arturo hacía brillantes negocios de agio con el gobierno, no fijaba su atención en los gastos de su hijo, y sólo la madre, de vez en cuando, solía aconsejarle que no fuera disipado ni gastador, pero como el muchacho respondía a estas indicaciones con caricias, la excelente señora quedaba enteramente satisfecha de la conducta de su hijo.

Como Arturo era un joven de moda, su aventura con Teresa, su desafío con el capitán Manuel, su viaje a Veracruz y su enfermedad, se habían contado de una manera novelesca. Decían que Arturo había recibido un balazo que le había pasado dos líneas distantes de la cabeza, agujereándole su sombrero y chamuscándole el pelo; que después se había robado a Teresa, dando de cuchilladas al tutor, y que la había conducido con mil riesgos a Veracruz, hasta embarcarla para La Habana.

En fin, Arturo era un joven valiente a quien todos respetaban, y un calavera a quien todos querían, porque tenía la bolsa abierta para pagar todas las noches helados, chocolates y ponches a un círculo numeroso que se reunía en el café del Progreso, o en el Teatro Nacional. Un hombre así se granjea en muy poco tiempo muchos amigos; mas ya se deja entender que la mayor parte son de esos amigos elegantes que deben al sastre, a la lavandera y a la fonda, y algunos de los cuales traen constantemente en el bolsillo una onza, con la cual hacen ostentación de franqueza, sin que nunca llegue el caso de que la cambien.

Arturo visitaba las casas de moda, charlaba en el café destrozando reputaciones por vía de entrenamiento, y concurría, como hemos dicho, a todos los espectáculos públicos, ostentando siempre la elegancia de sus vestidos y el valor de sus cadenas, alfileres y anteojos; pero en el fondo de su corazón, ni era más feliz, ni tampoco había perdido los buenos sentimientos que formaban el fondo de su carácter.

Arturo, al entrar en este nuevo género de vida, olvidó todo lo pasado. Celeste no había una sola vez, venido a su memoria; a la linda Aurora la había encontrado algunas ocasiones en la sociedad, pero apenas se había dignado fijar la vista en ella; el mismo Rugiero, a quien sólo había visto dos o tres veces, había perdido mucha de su influencia en el ánimo del joven, quien sólo le había dicho que mandase cuando le pareciera por su fistol, que tenía guardado bajo siete llaves.

El capitán Manuel y Teresa le interesaban algo por su desgracia, y de Apolonia sólo conservó la ilusión que se tiene por un pajarillo que canta o por una flor que agrada al olfato.

Cómo el joven eminentemente sentimental y enamorado se volvió de repente incrédulo, estoico, mordaz, frívolo y charlatán, se explica acaso por la falta de amor, y porque el vacío que queda en el corazón sólo puede llenarlo la memoria o los encantos de una mujer que se ama.

Arturo encontró una noche a Rugiero, y pidiéndole, como tenía de costumbre, una explicación de la aventura de Teresa, éste le prometió ponerlo al alcance de todo si consentía concurrir a una tertulia, en donde tenía empeño en presentarlo; aquél, aunque temeroso siempre de alguna mala pasada, condescendió, y como estaba vestido convenientemente, se dirigieron en el momento al lugar convenido.

Ya que hemos fatigado al lector en el curso de dos capítulos con la descripción de lugares inmundos y horrorosos, justo será que lo traslademos ahora a uno de esos magníficos palacios que hay en México, en donde todo es lujo y elegancia.

Desde la entrada se podía notar una puerta grande y sólida de labrado cedro, con un mascarón de fierro que servía para llamar al portero; el patio era espacioso, formado por cuatro corredores sostenidos por delgadas y elegantes pilastras, y una gran lámpara daba una claridad más que suficiente para notar una línea de macetones y de tibores de china, con naranjos y laurel rosa, cuya presencia se habría reconocido aun sin necesidad de la luz, pues el aire que se respiraba al pasar era embalsamado.

La escalera estaba pintada al óleo con primorosas labores, y una barandilla de fierro labrado con adornos de reluciente bronce, y un pasamanos de caoba, permitía a los que subían y bajaban apoyar su mano en una superficie lisa y reluciente; otra lámpara de limpios cristales daba luz a este paso.

Una vez que se subía al corredor el aroma de las rosas, las azucenas y los claveles casi embriagaba, y la vista se recreaba con tantas y tan caprichosas macetas chinas con las plantas más exquisitas. Del corredor, que estaba cubierto por un toldo de yedras, madreselvas y campánulas se pasaba a una antesala formada de cristales de colores, cuyas paredes estaban cubiertas de muy buenas copias de cuadros de Murillo, Rafael, Rivera y de otros maestros antiguos.

La sala era espléndida, los sillones, mesas y sofás de madera de rosa, con asientos de brillante seda, nácar y oro; una alfombra, con caprichosos dibujos y florones cubría el suelo, y los grandes espejos, con marcos dorados, reproducían por todos lados las imágenes. Una lámpara de metal dorado y alabastro pendía del techo, y pesados y curiosos cortinajes de seda y muselina, sostenidos por unas flechas, dejaban apenas percibir los cristales de las vidrieras que durante el día, estaban cubiertas por vistosos transparentes; las demás piezas de esta habitación correspondían, como debe suponerse, al lujo de la sala.

En tiempos pasados, sólo las casas que se llamaban de los títulos de Castilla estaban adornadas con suntuosidad; las demás, por lo general, presentaban un aspecto triste y monótono, y una total ausencia de gusto y de elegancia. En este punto, México ha ganado; las casas de los que tienen dinero están indudablemente tan bien decoradas y amuebladas como las de Europa, y en la gente de medianas proporciones se observa un deseo de mejora y un hábito de aseo que evidentemente no reinaba antes, por más que se ponderen las comodidades y la felicidad de los tiempos pasados. En todos tiempos y en todos los países, el que ha tenido dinero ha vivido con comodidades, así como los pobres siempre han estado sujetos a la miseria y a las privaciones.

—¿Y quién vive aquí? —preguntó Arturo a Rugiero al entrar a la antesala.

—Es la nueva casa de una íntima conocida vuestra, caballero Arturo.

—¿Es posible?

—Entrad y lo veréis.

Rugiero hizo anunciarse por medio de una criada, joven y graciosa, que salió al leve toque que nuestros dos amigos dieron en la vidriera, y que a poco volvió a salir rogando a las visitas que pasasen a la sala. Arturo y Rugiero, con mucho silencio, entraron y tomaron asiento en un sofá.

A poco se escuchó el crujido de unos vestidos de seda y, abriéndose una puerta, se presentaron Aurora y su mamá. Aurora estaba hermosa como nunca; un traje de seda blanco, con leves listas azules, hacía resaltar admirablemente su flexible cintura; queriendo aparentar languidez y sufrimiento, a su pesar, asomaba a sus labios una amable y coqueta sonrisa, y su fisonomía tenía tal encanto y atractivo que Arturo no pudo disimular su sorpresa, pero al mismo tiempo sintió un movimiento de cólera contra esta mujer tan alegre y tan opulenta, mientras él se moría en una miserable cama en la posada de las Diligencias de Veracruz.

Aurora se inclinó ligeramente, y con la gracia y finura propias de su buena educación, los saludó y tomó asiento. Rugiero presentó a su amigo, y después de los cumplimientos de estilo, todos ocuparon sus lugares.

—Supimos que se enfermó usted gravemente en Veracruz —dijo Aurora dirigiéndose a Arturo— y esto nos causó el sentimiento que era natural.

—Mi madre me escribió una carta, en efecto, y me decía que…

Aurora, que adivinó que Arturo iba a referirse al recado que ella había mandado para informarse de él, le hizo una seña con los ojos, que el joven comprendió, y sin cortarse continuó:

—Me decía que había tenido el gusto de cerciorarse que muchos de mis amigos se habían interesado por mí.

—¿Conocíais al señor ya? —preguntó la mamá de Aurora.

—Tuve la honra de conocerla en el último baile del teatro —dijo Arturo— y la señorita, la bondad de concederme una contradanza. Entonces acababa de llegar de Londres, y tenía el encogimiento y candor de un muchacho que sale del colegio; creo que importuné demasiado a la señorita.

—De ninguna manera —dijo Aurora bajando la vista y poniéndose ligeramente encarnada.

—Parece que ya me he enmendado, ¿no es verdad, señorita? —interrumpió Arturo riendo irónicamente.

—No recuerdo que usted haya cometido ninguna falta —contestó la muchacha con alguna soberbia.

—Faltas graves, no, en verdad —repuso Arturo—, pero, francamente, mis movimientos eran torpes y embarazados, acaso pondría mi pie sobre el de usted, porque el calor, las luces, todo me incomodaba, y creía hallarme en una atmósfera nueva y desconocida. La sociedad inglesa, que, por otra parte, conozco poco, es fría, grave, reservada, mientras que la mexicana es ardiente, entusiasta por el baile, y evidentemente, un joven que acaba de salir de un colegio de Inglaterra, hace una figura un poco triste en ella.

Aurora, que conoció que los sarcasmos le iban dirigidos y expresamente, con una habilidad admirable interrumpió a Arturo y le dijo:

—Ya que habláis de baile, os diré que me contaron que dos calaveras se desafiaron por cierta muchacha, y que el desafío tuvo el fin que ambos se fueran a comer a una fonda; es esta una aventura que da risa. ¿No es verdad, Arturo? —añadió Aurora, mirando maliciosamente al joven—. Dígame usted ¿los desafíos son así en Londres?

Arturo se mordió los labios de cólera, pero reponiéndose inmediatamente, respondió con una calma perfecta:

—No llegó a mis oídos semejante lance, pero si los dos adversarios tomaron el partido de beberse una botella de champaña en vez de tirarse de balazos, juzgo que hicieron muy bien, porque acaso la muchacha sería tan insignificante que no merecía que expusiesen su vida por ella. Por lo demás, repito, que hasta ahora sé la aventura.

Aurora, a su vez, se mordió los labios y replicó vivamente:

—Me parece que las mujeres permanecemos quietas, y que los hombres son los que nos van a buscar.

—No siempre —dijo Arturo, sonriendo maliciosamente.

—¿Podría usted citarme casos? —repuso Aurora algo amoscada.

Rugiero, que platicaba con la madre de cosas generales y de poco interés, se mezcló en la conversación de los jóvenes, y con marcada intención dijo:

—Vamos, es buen principio de una amistad sólida el hacer ostentación del talento, y ya veo que tanto la hermosa niña de usted como Arturo, hace rato que se ejercitan en una conversación que haría furor en los hoteles de mejor tono de París. Profetizo que ustedes serán buenos amigos, y más diría, si malas lenguas no propagasen ya que Aurora está próxima a contraer enlace.

Aurora se puso encarnada, y Arturo hizo un movimiento de cólera que no se escapó a la penetración de Rugiero, mientras la madre, con aire cándido, dijo:

—Aurora es muy joven todavía y no piensa en casarse. Lo que hay es que las gentes suponen ya que don Gustavo es su novio, sin más motivo que sus frecuentes visitas a nuestra casa; es un hombre que hasta ahora no ha dado nota de su conducta, y no veo motivo para no apreciarlo.

—¿Con que a don Gustavo le atribuyen —contestó Rugiero— la honra de ser amado de Aurora? Debe tenerse por muy feliz.

Aurora iba a responder, pero la llegada de algunas visitas los puso en movimiento. Entraron dos muchachas espléndidas, llenando el salón con su belleza y con su lujo; Aurora las abrazó y se dieron recíprocamente sonantes y amorosos besos en las mejillas. A una de ellas la llamó Aurora con el nombre de Elena, y a la otra, con el de Margarita.

Elena tenía cosa de diecinueve años, pálida, con grandes y rasgados ojos negros, y labios un poco gruesos, pero que daban a su boca un aire extremadamente gracioso y provocativo; su pelo negro, pequeñas sus orejas, su cara ovalada, su talle gentil, y sus manos y pies como de niña.

Margarita representaba veintidós años, blanca, no como el alabastro, sino blanca y rosa como son las mexicanas y las españolas que han tenido la fortuna de que la naturaleza les conceda ese color que Murillo daba a sus vírgenes; sus ojos pequeñitos y negros brillaban como dos luceros, una ligera tinta rosa pintaba sus mejillas, y un marcado bozo dibujaba una encantadora sombra sobre sus labios encarnados y frescos. No tenía el talle airoso de Elena, pues era mucho más baja de cuerpo, pero en cambio, brazos redondos, pecho levantado, y un cutis tan fino que se transparentaban sus venas azules, y materialmente se le veía circular la sangre.

Alegres, espléndidas, y esparciendo aromas, y derramando la dicha y el placer, aparecieron las dos muchachas en aquel templo, que así podía llamarse al espacioso salón en donde Aurora aparecía como una diosa. Se sentaron, ocupando un ancho espacio del sofá con el vuelo de sus trajes. Arturo y Rugiero tomaron otras sillas, y la conversación se volvió a entablar después de un rato de silencio.

Se comenzó a hablar de cosas muy comunes y generales; del tiempo, de las dalias, de los geranios, de las capotas, del almacén de Goupil y de las barzorinas de Clement. Afortunadamente esta conversación no duró mucho, porque nuevas visitas se presentaron; una de ellas era nada menos que Apolonia, acompañada de Florinda y de su tío. Arturo se sorprendió, pues no tenía noticia de que pudiese venir a México; pero ella, después de saludar a todos, le dijo a Arturo al oído:

—¿He sorprendido a usted, no es verdad?

—No aguardaba yo a usted, Apolonia.

—Y mucho menos en compañía de tan hermosas muchachas. Decía yo muy bien cuando pensaba que en México pronto olvidaría usted a las jalapeñas.

—No la he olvidado a usted, Apolonia.

Aurora miró con cólera a Arturo, y Elena y Margarita se dieron con el codo. Rugiero platicaba tranquilamente con la madre, sobre el modo de evitar que los gusanos verdes se comieran las hojillas de las dalias.

—¿Se halla usted muy contenta en México? —dijo Aurora a Apolonia, con intención visible de interrumpirla.

—Muy contenta —contestó Apolonia—. Jalapa es un pobre pueblecillo y ésta es una gran ciudad.

—¿Ha ido usted al teatro, Apolonia? —le preguntó la madre de Aurora.

—Dos veces, señora.

—¿Al Nacional? —interrogó Elena.

—Sí, señorita, y me ha parecido muy suntuoso.

Nuevas y repetidas visitas interrumpieron la conversación, que no pudo establecerse de una manera interesante.

El piano se abrió y Elena tocó bastante bien algunos valses de Marzan y de Wallace. Después de muchas instancias, Aurora se sentó a su vez al piano, y comenzó a cantar un aria de la Sonámbula con alguna timidez; mas a poco sus facciones se animaron, y de su garganta salieron deliciosas melodías.

Arturo con los ojos fijos y como enajenado, se mordía los labios, y Rugiero, que lo miraba de soslayo, sonreía.

En un extremo de la sala se formó una mesa de tresillo, donde se agruparon varios viejos. Los mozalbetes, después que concluyó Aurora de cantar, promovieron que se bailaran unas cuadrillas; arrinconaron tanto como fue posible a los jugadores de tresillo, y las cuadrillas comenzaron.

Arturo no dirigió ni un cumplimiento a Aurora, y tomando de la mano a Apolonia, se puso en baile, para hablar en términos de moda.

—¡Pobre Celeste! —dijo entre sí, al oprimir suavemente la mano de Apolonia—, quizá es más desgraciada que criminal.

Aurora hablaba en secreto con su compañero de baile, que era nada menos que Gustavo, con quien todos decían que debía casarse pronto.

Las cuadrillas, que eran improvisadas, pues no era un baile, sino lo que puede llamarse una reunión familiar, las tocaba en el piano la interesante Elena.

Inútil sería fastidiar al lector con alargar más la descripción de la tertulia. Los viejos jugaron al tresillo; las muchachas procuraron hacer sus conquistas; los jóvenes bailaron, platicaron, murmuraron y tuvieron sus celos, sus inquietudes y también sus placeres. Una mano que se estrecha, una cintura delgada que se abraza, una mirada de amor que penetra hasta el corazón, como queriendo buscar los secretos de nuestra alma, ¿no son por ventura otros tantos placeres? Las madres y las tías, que, sea dicho de paso, eran en corto número, fueron tristes espectadoras de la alegría de la juventud, y tal vez lanzaron un suspiro por la memoria de tiempos que pasaron y que ya no volverán. La mayor elegancia y finura reinaron en la tertulia, lo cual es característico y peculiar de la buena sociedad de México; se habló de la Cañete, de la Peluffo, de la virtud, sin ejemplo en los anales cómicos de Soledad Cordero, dama del Teatro Principal; y mientras unos bailaban, otros se ocupaban en contar la crónica de las familias propietarias de los palcos del teatro, en avaluar la riqueza y talento de los novios, y en pronosticarles un porvenir de ventura o de desgracia. Margarita, con un talento claro, daba su opinión sobre las nuevas composiciones literarias, como por ejemplo, Nuestra Señora de París, y los dramas románticos de Dumas; y sólo una que otra vez la política ocupaba a las bellas muchachas, que se aventuraban a dar su opinión sobre el nuevo gabinete, y sobre el éxito de los pronunciados; porque es de notarse que en este país, todos los días se muda gabinete, y todos los días hay pronunciados; pero como no es costumbre que las damas de México hablen de política, pronto degeneraba la conversación, y el amor volvía a ser objeto de ella.

Los personajes que tienen relación más directa con nuestra novela, estuvieron amables y discretos hasta por demás; Florinda llamó la atención por su dignidad, elegancia y amables maneras. Elena y Margarita por su viveza y buen humor, mientras Aurora, llena de alegría, tan pronto se sentaba junto a sus amigas, como se ponía al piano y cantaba; Arturo, con la perspicacia de un enamorado, notó que de vez en cuando Gustavo decía a Aurora algunas palabras en voz baja, y le hacía señas expresivas con los ojos, a todo lo que ella correspondía con una sonrisa, o con algunas frases, cuyo significado adivinaba Arturo. Apolonia, sencilla, inocente y linda, se granjeó también las simpatías de la reunión, y todos no tenían boca sino para elogiar el carácter jovial e ingenuo de la jalapeña.

Gustavo era un Adonis en la extensión de la palabra; sus manos pequeñas; sus piernas torneadas; su cutis, como el de una mujer, y su pelo rizado y lleno de perfumes; un corsé sujetaba su cintura; sus espaldas las perfeccionaba el algodón del frac, sus patillas las tenía en orden el cosmético, y sus atractivos los realzaba más el sachet de patchoulí que tenía en el bolsillo, y el agua de Colonia que perfumaba su pañuelo. Orgulloso se paseaba de intento de un extremo a otro de la sala, sacando el pecho, moviendo las caderas, con los brazos hechos arco, y mirándose al soslayo en los espejos, y distribuyendo sonrisas y miradas a diestra y siniestra. Era un verdadero conquistador, un Lovelace mexicano.

Todas las jóvenes, excepto Elena, Margarita y Apolonia, lo buscaban y lo llamaban; era el depositario de los abanicos y pañuelos; el que conducía de la mano al piano a las que cantaban; el que impedía que bebieran agua fría sudando; el que les componía los chales y desarrugaba los vestidos; en fin, era el hombre amable e interesante por esencia. Arturo, sin saber por qué, no lo podía sufrir, y en toda la noche no le dirigió una sola vez la palabra; y cada vez que el Adonis y Aurora cambiaban una sonrisa, sentía aquél que la sangre le subía al rostro, y deseos le venían de ahogar a los dos novios, aunque fuese a costa de un escándalo. Rugiero desempeñó el brillante papel de un hombre de mundo; se sentó a la mesa de tresillo, y en un momento dio cuatro codillos, tres puestas y una bolsa; se sacó dos platos, y con desenfado se levantó, echándose en la bolsa ocho onzas de ganancia, pues los ancianos jugaban fuerte; bailó unas cuadrillas muy bien; se sentó al piano y tocó unas melodías alemanas, jamás oídas, que sorprendieron y arrancaron lágrimas a más de una de las señoritas; embromó a Aurora y a Elena, y las hizo ponerse coloradas, sin ofenderlas; se acercó a una casada, le contó la historia de sus viajes y le refirió las íntimas y antiguas relaciones que había tenido con su familia, que Florinda, a quien ya conocemos, lo invitó a comer a su casa para el domingo siguiente.

Antes de las doce, como la concurrencia iba disminuyendo visiblemente, Arturo y Rugiero se despidieron; Aurora, como si nada hubiera pasado, invitó a nuestro joven con instancia a que no dejara de honrar la casa con sus visitas; y Arturo prometió que no faltaría, pues la clase de sociedad que había encontrado, le agradaba sobremanera. A la salida se reunió con nuestros personajes un elegante empleadillo de la comisaría de guerra, y los tres entablaron en la calle una animada conversación.

—Hermosa ha estado la soirée, amigos —dijo el empleadillo.

—Muy alegre, en efecto —contestó Arturo.

—Y muy fashionable —añadió el empleado.

—¿Sabe usted inglés? —preguntó Rugiero.

Yes; pero very little.

—¿Y francés?

—¡Ah! oui, parfaitement bien.

—Me alegro mucho de tener la compañía de un joven tan ilustrado.

Thousand thanks, caballero —respondió el empleado con la mayor fatuidad, estropeando la construcción inglesa.

—Nos divertiremos un poco con este original —dijo Rugiero al oído de Arturo—. Pregúntele usted si conoce a las personas que concurrieron a la tertulia.

—Diga usted, amigo, ¿usted conoce a todas las señoritas y caballeros con quienes hemos concurrido esta noche?

—¡Oh!, ¡oh! parfaitment. ¡Ah! perdone usted, la maldita costumbre de hablar francés. ¿Qué si las conozco? vaya, si todas son mis íntimas amigas; y acaso más… pero no quiero…

—Bien —dijo Arturo—, ahora sí podremos entendernos.

—Daré a usted cuantos informes quiera.

—¿Qué clase de sujeto es ese don Gustavo?

—¿Don Gustavo? guapo garzón; tiene mucho dinero, y es muy buen mozo, y muy amable, y se va a casar con Aurora. Yo al principio tuve mis amoríos con ella, pero… ¿qué quiere usted?, «¡el matrimonio es tan clásico!» y estas niñas al momento quieren que uno se case; y… no, no… en cuanto a eso, poco y bueno.

Arturo enfadado iba a dar vuelta por una esquina, dejando a su interlocutor con la palabra en la boca, pero Rugiero lo contuvo, diciéndole:

—Tonto, ¿en qué nos hemos de divertir, mientras llegamos al hotel? porque vuestra casa estará cerrada a estas horas…

El joven, convencido por este razonamiento, preguntó al empleado:

—Y dígame usted, caballero, ¿qué opinión forma usted de Elena y de Margarita?

Je vous dirai. ¡Ah! perdone usted; este maldito francés, se me viene a la boca sin querer; pero vamos al caso; voy a decir a usted lo que sé. Margarita es una buena casadita, que vive muy feliz con su marido, porque éste la deja hacer cuanto quiere; ambos son ricos, y gastan un lujo que asombra; pero parece que se quieren demasiado. Elena no se ha querido casar; dicen que tiene un novio oculto, a quien le corresponde; pero esas son patrañas; lo que yo puedo asegurar a usted es, que si yo quisiera… porque ella me ve… ¿no la observó usted?

—Nada observé —contestó Arturo con sequedad.

Rugiero dio con el codo a Arturo, y le dijo al oído:

—Pregúntele usted por Florinda.

El joven disimulando su inconformidad, volvió a dirigirse al empleado.

—¿Conoce usted a Florinda?

—Como a mis manos; es una mujer pervertida absolutamente, que ha hecho desgraciado a su marido, a quien le ha gastado, y aún le gasta, mucho dinero, y que cada semana muda amantes. Yo no sé, en verdad, cómo la madre de Apolonia consiente en que su hija tenga amistad con esa señora.

—¿Y usted la habrá enamorado, caballerito? —dijo Rugiero.

—Sí, sí… pero la he despreciado, porque me choca, me hace asco. ¿No observó usted cómo en toda la noche no la dirigí la palabra? ¡Diable! Yo tengo mucho mundo, para no conocer que a las mujeres es necesario tratarlas así, a poco más o menos.

—Muchas felicidades, caballerito —le dijo Rugiero dándole la mano, pues habían llegado en esto al hotel del Teatro de Vergara.

—Buenas noches; servidooooooor vuestro.

El empleado alargó tanto la vocal, porque Rugiero le estrechó la mano tan fuertemente, que el pobre hombre no tuvo ni alientos de despedirse de Arturo; y contentándose con hacer una rendida cortesía, se abotonó su frac y echó a andar precipitadamente. Arturo y Rugiero entraron al hotel; se instalaron en un cuarto y se hicieron servir algunas carnes frías, champaña y ponche.

—Con verdad, no tengo sueño —dijo Arturo—, y preferiría pasar parte de la noche charlando.

Los dos amigos se aligeraron la ropa, y poniendo un rollo de habanos en la mesa, se sentaron uno en frente de otro, y comenzaron a comer y a beber el ponche, que arrojaba unas llamas azuladas y fantásticas.

—Buenas ganas he tenido de coger por el cuello a ese charlatán, y botarlo en un caño.

—Pues yo, al contrario; me he divertido, observando que no ha dicho una sola palabra de verdad.

—Así lo he creído yo —contestó Arturo.

—Pero hablando de la tertulia, ¿qué os pareció, Arturo?

—En verdad, Rugiero, encuentro siempre detrás de ese lujo, algo tan triste, tan amargo, que no sé… Yo no puedo explicar por qué causa…

—Es porque —interrumpió Rugiero—, debajo de los trajes de seda, suelen latir corazones muy infelices; la miseria y el sufrimiento no se hallan sólo en las cárceles, en los hospitales y en las pocilgas de los infelices, sino también en los palacios y en las casas opulentas, como la de Aurora. Cada gente es una historia, mejor dicho una novela, porque lo que pasa en lo interior de las casas y en el corazón de cada mujer, tiene más de novelesco que de verdadero. Podría contaros la vida de muchos de los personajes de la tertulia, pero temo fastidiaros. Así prefiero dormir.

Rugiero se recostó en un canapé, y Arturo hizo lo mismo en un sillón.

XXIII. Las novelas de Rugiero.—El famoso Argentón

LAS NOVELAS DE RUGIERO

EL FAMOSO ARGENTÓN

—Imposible de conciliar el sueño —dijo Arturo después de un rato, levantándose del sillón y paseándose por el cuarto—. De todas las muchachas que han asistido a la tertulia —continuó, como si platicase con su compañero que roncaba—, la que más ha llamado mi atención es Florinda; ¡qué guapa mujer!, ¡con qué arte y gracia baila! y ¡qué ojos que despiden fuego! pero de ese fuego que quema el chaleco, la camisa, el pecho y hace cenizas el corazón. Quizá será el champaña y el ponche que hemos tomado, pero me siento con valor para desafiar, para aniquilar a ese infeliz marido de Florinda. ¡Qué ganga! muchacha bonita y con dinero, como dicen aquí en México. No le falta al dueño de esa encantadora mujer más que la gloria eterna. ¡Cuidado! que yo he visto en Londres muchachas bonitas, la que vivía cerca de mi colegio, por ejemplo, y que me desveló más de una noche, porque de veras, la quería, pero como Florinda ninguna. Qué sé yo qué cosas dijo el empleadillo, pues no fijé bien mi atención, pero no sería remoto que emprendiese yo una tentativa… Como este Rugiero dice que sabe las historias de todo el mundo, será preciso que me cuente algo de Florinda, y si es una novela, lo mismo da. Todo es novela en este mundo, mejor dicho, todo es farsa en este mundo. Bretón de los Herreros tiene mucha razón. Despertemos a Rugiero, y si se enfada, tanto mejor, de algún modo se ha de concluir la noche.

Rugiero, acostado boca arriba, con las dos manos cruzadas sobre el pecho, continuaba roncando, pero se le figuraba a Arturo que tenía los ojos abiertos y que lo miraba de una manera extraña. Tuvo miedo y esto lo decidió más a despertarlo.

—¡Ola! Rugiero —dijo removiéndolo—: es preciso, que me contéis alguna de esas historias; me lo habéis prometido; levantaos.

—¡Qué ocurrencia! —contestó Rugiero levantándose poco a poco—: despertar a un hombre cansado de bailar, de jugar al tresillo y tocar el piano, cuando precisamente soñaba con Florinda.

—Pues yo soñaba despierto con ella, os hablaba de ella —contestó Arturo—, sólo que estábais dormido, aunque me parecía que teníais los ojos abiertos. He tenido miedo.

—Es mi costumbre, yo tengo un diablo de naturaleza, y quizá por eso nadie me comprende. Lo mismo duermo con los ojos abiertos que cerrados. Es muy posible que os haya mirado como si hubiese estado despierto, pero vamos ¿qué queréis?

—Pasar el rato de la noche en agradable conversación —le contestó Arturo—, y oír las historias que me habéis prometido, por lo menos la de Florinda. Me interesa mucho, es una guapa muchacha, casi puedo deciros que estoy enamorado de ella.

Rugiero sonrió:

—¿Y Aurora?, ¿y la jalapeña?

—¡Bah! Ni quien se acuerde de ellas. La una es una verdadera inocente que haría bien su mamá de ponerla en el Colegio de las Niñas para que siquiera aprendiese a bordar, la otra una coqueta, sí una coqueta… ¿pero habéis visto un ente más repugnante que ese don Gustavo que dicen… que probablemente se casará con ella?

—Pues ese don Gustavo, tal como lo véis, es el ídolo de todas las muchachas de México. Se lo arrebatan como quien dice.

—¡Qué mujeres! pero no nos divaguemos. Vamos a hablar de Florinda, que era la reina de la tertulia.

Arturo volvió a encender el ponche, y los dos amigos se sentaron cómodamente en los sillones. Rugiero tomó la palabra.

—Cuando vos queréis una cosa, es imposible resistir, así soñoliento y todo, voy a contaros algo de esa bella mujer que tanto os ha interesado, y que por cierto no es lo que dice ese empleadillo, que trata del hacerse el «francés» y que se figura que todas las muchachas se mueren por él.

»Al padre de Florinda la fortuna lo hizo muy rico. Tenía una barra en las minas de Rayas y de Valenciana en Guanajuato, y cuando se encontró la bonanza, un río de plata corrió materialmente, y fue uno de los más aprovechados, compró fincas, impuso dinero a réditos sobre valiosas propiedades y se formó una renta segura.

»Desgraciadamente no disfrutó mucho tiempo de su fortuna. A los dos años murió, dejando a su viuda un capital redondo y de fácil manejo y una hija de diez y seis años, fea tal vez, pero le bastaba su edad para que pareciese bonita e interesante.

—¿Pues qué, le habéis conocido hace años? —interrumpió Arturo.

—Conocí mucho a su padre en mi segundo viaje a México, tuvimos muchos negocios, y cuando iba yo a su casa, nunca dejaba de hacer caricias a Florinda, que era muy niña, y de regalarle algún juguete, y os aseguro que era fea entonces. Ahora no hay necesidad de hacer su descripción, la acabáis de ver.

—Pero es muy singular, Florinda es ya toda una mujer hecha y vos no sois tan viejo.

—¡Ah! más de lo que pensáis. Casi tengo la misma edad que el viejo padre Adán cuando salió del paraíso con vuestra madre Eva, porque yo tengo otro padre y otra madre.

—Siempre de broma —le dijo Arturo—, y queriendo hacer creer que sois el diablo.

—Estoy bien conservado —le contestó Rugiero—, me cuido más que vos, y sobre todo de ninguna mujer estoy enamorado. Esto es todo, y no séais malicioso.

Al decir esto, hizo una caricia en el hombro a Arturo y éste se estremeció como si hubiese tocado una máquina eléctrica.

—Vamos, no hay que alarmarse, a la única mujer que he amado, es a la madre Eva, no me correspondió y la tenté. Sin esa aventura, vos no estaríais aquí. Continuemos la historia.

Cada chanza de estas hacía una impresión profunda en Arturo, aunque en el fondo creía que Rugiero lo trataba como a un chiquillo y quería divertirse con él. Disimuló, se acomodó bien en el sillón, bebió otra copa de ponche y dijo con mucha tranquilidad.

—Espero que el amante de nuestra madre Eva no interrumpirá ya la historia de mi adorada Florinda. Continuad.

Rugiero tomó a su vez otra copa de ponche, brindaron a sus amores futuros y prosiguió.

—La madre de Florinda era una mujer sólida, de las que hay pocas en México. El día mismo que se cumplían las rentas de las casas, o los réditos de las escrituras, enviaba el recibo, y si no le pagaban, mandaba poner su coche y ella misma iba a cobrar, a veces con palabras un poco duras que le ocasionaban disgustos que la postraban dos o tres días en cama. Desconfiada hasta el extremo, cerraba todos los armarios y roperos. Sólo del ama de llaves tenía confianza. Económica hasta la mezquinidad, reñía constantemente a la cocinera por el precio de la carne y del arroz, y todo le parecía malo y caro.

»Jamás daba ni un real de limosna ni directa ni indirectamente, y sucedía que a infelices inquilinos que se atrasaban dos o tres meses de renta, les hacía sacar los muebles o los obligaba a venderlos en el baratillo para cobrarse dos o tres pesos. Tenía por necesidad un abogado, pero de esos abogados ramplones que aceptan negocios de a doce reales. Ajustaba de antemano los honorarios y no firmaba ningún papel sin leerlo dos o tres veces.

»Cristiana y creyente como cualquiera, cumplía con oír su misa cada ocho días, procurando que fuera de padre dominico, que era más corta, y de noche persignaba todas las puertas para que Dios no permitiese que entraran los ladrones, y se acostaba, como dicen, en pelo, sin rezar la Magnífica, como generalmente acostumbran las señoras de esta tierra.

»Con esto y una fisonomía dura y descolorida, un entrecejo fruncido y un andar grave y pausado como si fuese una sombra empujada por el viento, la señora doña Agustina era la persona más desagradable y antipática.

»Tratándose de su hija, era otra cosa, no economizaba gasto ni molestia para que se presentara en público más elegante, más llena de alhajas que todas las muchachas de México. Florinda llamaba la atención y causaba envidia a las mujeres y despertaba deseos en los hombres.

»—Hija —le decía a Florinda—, mañana es la famosa calenda de don Basilio Guerra en Santa Clara, y es menester que cantes una aria o un dúo. Hace quince días que te lo dije…

»—Pero mamá, si no la he ensayado…

»—Bien, bien, no cantarás, pero irás mejor vestida que todas las que canten. Es menester que te vean, porque alhaja que no es vista no es apreciada. Tú, la verdad, no eres bonita; más bien dicho, eres fea, la boca… quizá tiene alguna gracia… como la mía, cuando era joven… el pelo abundante y fino, como el mío también… todavía lo conservo… manos chiquitas, aunque muy gordas y esto es todo… no te alucines, pero la compostura y las alhajas suplen lo que te falta. A las diez hemos de salir de casa y la costurera traerá esta tarde el vestido de terciopelo negro que le diste a componer y que te sienta tan bien.

»La señora abría un armario y sacaba alhajas y más alhajas que eran distribuidas en el peinado, en el pecho, en los dedos y en los pulsos de Florinda.

»El Jueves Santo, con un traje de terciopelo granate y una rica mantilla blanca española, que era el supremo lujo, recorrían madre e hija las Siete casas, y generalmente regresaban a la suya con una cauda de jóvenes que las seguían, es decir, que seguían a Florinda, que deslumbraba materialmente, y que, fea, como decía la madre, estaba espléndida, garbosa, simpática, cuando salía de su tocador y ostentaba en la calle su instintiva coquetería.

»No había festividad religiosa a la que no concurriesen. La gran función de la Catedral el día de San Pedro, las tres horas en la Profesa, las siete palabras que con tanto lujo religioso hace el doctor Aguirre en su curato de San Miguel. Al paseo de Bucareli los domingos y al teatro una o dos veces al mes o al beneficio de alguna actriz célebre. El palco, sin embargo, lo pagaba la señora todo el año y el coche estaba puesto en la cochera desde las nueve de la mañana hasta las nueve de la noche, aunque nadie se sirviese de él.

»Después de la comida y cuando se servía el café y los criados se retiraban, era frecuente que la madre y la hija permaneciesen de sobremesa platicando casi de una misma cosa. De casamiento y de la maldad y falsía de los hombres. Cuantos conocía doña Agustina le parecían despreciables.

»Y sin embargo, continuaba:

»—Es preciso que te cases. Yo, como quien dice, estoy jurando en falso, y ¿qué harás tú sola el día que yo te falte? Tú no has salido a mí, y ya debías haber aprendido a gobernar la casa; pero nada, gastadora y antojadiza, para comer, sólo en postres y pasteles para ti, se gasta más que lo que importa el resto de la comida. Tú perdonarías la renta a todos los inquilinos que te vienen a llorar, y que no son más que unos tramposos… ya me has puesto en compromiso y por ti se perdieron siete pesos el mes pasado en la vivienda baja de los Arcos de Belén. Con estas cualidades y tu candor y tu buena fe, pronto te quedarás sin tener qué comer, yo no lo deseo y debes suponer que, como madre te quiero, pero es menester que te cases.

»—Pero mamá —contestaba la muchacha—, ¿cómo me he de casar si no amo a nadie?

»—Dios me libre que tú amaras a alguno. No te volvería a ver: te encerraría en un convento. Precisamente, por eso te debes casar, porque no amas a nadie. Bendito sea Dios que te ha preservado de semejante mal. ¿Pero de verdad no amas a nadie? —le interrogó doña Agustina frunciendo más el entrecejo.

»—A nadie, a nadie. Ese pobre muchacho Luis Cayetano tan fino conmigo, que me adivina los pensamientos…

»—¿Luis Cayetano?… ni pienses en eso. Un muchacho, un verdadero muchacho que además no es de tu condición. Tú eres rica. Estamos relacionados con toda la aristocracia de México… no faltaba más, que un pelagatos… Verdad es que nos sirve mucho y que es honrado… pero ni pensarlo… un triste agente de negocios.

»—Pero será dentro de poco abogado. Él me lo ha dicho. Estudia todas las noches hasta las tres o cuatro de la mañana.

»—¿Será posible que tú te hayas fijado?…

»—Ni por pienso —contestó Florinda con mucha tranquilidad.

»—Desengáñate —continuó la madre—. Es necesario que te cases con un hombre rico, muy rico. No nos falta qué comer, gracias a Dios, pero el dinero, el dinero es el todo en la vida, el dinero nunca sobra, y después, se gasta tanto: el coche y las cocineras que desperdician un caudal y los criados y tus trajes, tus trajes sobre todo. Seiscientos pesos he pagado en los Tres navíos por el que llevastes a la kalenda… ya ves… y además ya te lo he dicho, tú eres fea. Una eres cuando te acabas de levantar y otra cuando te pongo todas mis alhajas.

»—¿Pero a qué —interrumpió Florinda con visible desagrado—, estarme repitiendo todos los días que soy fea? Dios me hizo así, no lo puedo remediar…

»—No, no te enfades: lo de fea viene a lo que voy a decirte, pero nunca me dejas acabar. Ninguno te ha de querer de buena fe, aunque fueses la diosa Venus.

»—¿Pero por qué?

»—Porque eres rica, y las ricas tienen esa desgracia; las quieren por su dinero y nada más. Que se graben mis palabras, no en tu corazón sino en tu cabeza. El matrimonio es una cruz, y así lo tiene, según dicen, declarado la Iglesia. Si tu padre no hubiera sido rico, habríamos sido muy desgraciados, y tú hoy estarías viviendo en una mala casa de vecindad y tú y yo cosiendo ropa de munición, sirviendo como de esclavas a esos contratantes de vestuario que materialmente se hacen ricos con la sangre de las infelices. Desde que me casé tu padre me puso coche, palco en el teatro y lumbrera en los toros; bien vestida, bien comida y bien paseada, él se iba por su lado, yo por el mío y ni un sí, ni un no, tuvimos en nuestro matrimonio. Ya te casarás o yo te casaré, pero con un rico, muy rico, si es feo o bonito, nada importa, todos los hombres son feos y al mes de casada, todos son también iguales… es decir insoportables. Al menos un marido rico gastará su dinero y no el tuyo, pero un pobre… un pobre, mejor te quisiera ver muerta, o monja. Estos señoritos que vienen de visita no dan fuego… ¿que nada te dicen?

»—Nada mamá, ni una palabra.

»—¡Qué juventud la de México! para nada sirve. Los unos verdaderos trapalmejas, atisbando a las muchachas ricas, y los ricos andando tras de ordinarias y costureras. Se envejecen sin pensar en nada de formalidad.

»Estos y otros argumentos formaban los más días el platillo de las conversaciones entre la madre y la hija. A esto añadía doña Agustina una vigilancia; interrogaba frecuentemente a los criados con su ceño, duro y su voz decisiva. Registraba las cómodas y roperos de Florinda, y cuando salía con ella, no descansaba, disimulando cuanto podía, al hacer una continua observación, ya de las miradas de la muchacha, ya de los diversos pisaverdes que no cesaban de seguirlas y acompañarlas desde lejos hasta su casa, cuando regresaban de esas funciones solemnes de las iglesias de México, a donde casi nunca dejaban de concurrir.

»En la casa de doña Agustina no había tertulias, ni bailes, con excepción del día del cumpleaños de Florinda, pero no pasaba semana sin que recibiera las visitas de esta o de la otra familia, de esas que se llaman ellas mismas aristócratas, y los domingos alguna que otra amiga se quedaba a comer, y por la tarde iban en coche al paseo y en la noche a la ópera o a la comedia, pero ninguna amiga íntima, ninguna relación sólida. Todas eran, como se dice, visitas de cumplimiento. En las noches, de ocho a diez, solían frecuentar la casa algunos jóvenes de buenas familias, platicaban de los cómicos, del aire frío, del calor, y aún hablaban mal del prójimo, pero todas verdaderas simplezas; añadían tal vez una ojeada sin consecuencias y un pequeño apretón de manos al despedirse, con mil caravanas y monerías. No daban fuego, como decía doña Agustina.

»¿Florinda era feliz, estaba contenta con la posición y con el sistema de vida que le había impuesto la madre? De ninguna suerte; la pasaba, así, así, como quien dice. Halagaba, en verdad, su amor propio, el que la siguieran en la calle, que la mirasen con atención en las iglesias, que dijeran a sus oídos las palabras hermosa, encantadora, divina, y en efecto, se las decían los que la encontraban, no importa que fueran viejos o jóvenes, pobres o ricos. Se la quedaban mirando con una especie de asombro, porque es necesario advertir, que cada semana, cada mes, cada año que pasaba, no era sino para operar una especie de transformación. La madre, que todos los días le decía que era fea, concluyó por callarse y reconocer que su hija era, no sólo bonita, sino hermosísima. Yo, que la vi dos o tres años después, ya desarrollada, y con todo el vigor y el atractivo de la mujer, trabajo me costó reconocerla, y así se lo dije a doña Agustina, que ya había enviudado, y con la cual tenía que concluir algunos asuntos comenzados desde el tiempo de su esposo.

»La cuestión de los novios y del casamiento de Florinda era para doña Agustina cuestión de vida o de muerte. Tan pronto como se presentaba un candidato en la casa, y no dejaban de presentarse, llevados por los señoritos de la aristocracia, con quien conservaban relaciones, indagaba quiénes eran sus padres, cuántos hermanos eran, cuánto tenía el padre, o la madre, o el tío. Con estos datos, formaba a sus solas la cuenta de cuánto le tocaría de herencia, o con qué dinero contaría de pronto, al tiempo de casarse. Si los informes eran satisfactorios, toleraba la visita y aún se fingía dormida en un rincón del sofá, para que pudiesen, Florinda y el galán, decirse algo de amor; si por el contrario, se cercioraba de que todo era bamboya y oropel, fruncía más y más el ceño, y concluía por espantar el moscón y hacer que abandonara la empresa. Florinda, simplemente, tontamente se divertía, pasaba la noche, pero no se interesaba su corazón, y cuando daban las diez, o cuando más las once de la noche y las visitas se retiraban, y el salón quedaba vacío, daba un frío beso en la frente a su madre, y se encerraba en su recámara, fastidiada, triste, nerviosa, diciendo:

»—¡Qué tontos, qué fatuos! creerán que me engañan, me quieren por mi dinero. Mi madre tiene razón. ¿Qué haré mañana? ¿En qué pasaré el día? ¡Bah! no me acordaba, hay función en la Capilla del Rosario. Llevaré mi mantilla francesa, mi vestido de gro negro, las medias caladas, los anillos de zafiros…

»Y así se dormía penosamente, sin ilusiones, sin esperanzas, sin los goces naturales y espontáneos de la juventud. Doña Agustina le había secado completamente el corazón.

»Hemos oído que Florinda, en una de sus conversaciones, nombró a un Luis Cayetano. Veamos quién era. Su padre, abogado de los que no tienen la fortuna de patrocinar mineros en bonanza, o casas extranjeras que pagan bien, o de hacer la hijuela de una complicada testamentaría, que les vale veinticinco o treinta mil pesos, apenas ganaba su vida demandando a inquilinos, drogueros, y patrocinando indios de los pueblos, que pagan los honorarios con gallinas y verduras.

»Doña Agustina se había valido varias ocasiones de él para echar a la calle a pobres inquilinos, cuya renta era de tres o cuatro pesos al mes. Este viejo abogado, viudo, tenía dos hermanas, la una, monja de la Enseñanza, la otra, ama de llaves en la casa de doña Agustina, señora honrada, económica y sufrida, con la que estaba muy contenta la terrible doña Agustina, porque le sufría sus regaños y soportaba su entrecejo.

»Luis Cayetano estudiaba como externo en San Juan de Letrán, y entre tanto concluía su carrera de abogado, se dedicó a la profesión de agente de negocios, y logrando la confianza de buenos clientes, ganaba ya, no sólo para mantenerse y vestir bien, sino para auxiliar a su padre. Inclinado también a la poesía y a la literatura, solía publicar en los periódicos un soneto, unas décimas y hasta una novelita sentimental, y no del todo mal escrita. Bien relacionado por su misma profesión, había tenido tacto para ganar la confianza de personas de cierta importancia, y visitar casas de algún viso.

»Los negocios que el padre tenía con doña Agustina, y el ser su tía la verdadera ama de la casa, pues la gobernaba, introdujeron, naturalmente, a Luis con doña Agustina. No abusaba, cada una o dos semanas hacía su visita de media hora, se portaba con seriedad y compostura, y fue ganando la estimación de la familia, y él, un poco poeta, de imaginación viva y aspirando a grandes alturas, fue poco a poco, sin intención determinada, sin saberlo quizá, enamorándose de Florinda, hasta concebir una pasión loca, pero se guardaba bien de no mostrarla ni de lejos, pues temía ser rechazado por Florinda, y arrojado de la casa por la ceñuda doña Agustina.

»Así estaban las cosas, cuando repentinamente, y como caído del cielo apareció en México un don Pablo María de Argentón. Era más bien un hombre hecho y derecho que no un joven, pero un hombre guapo, elegante, con voz campanuda, con maneras audaces y desembarazadas, con una grande apariencia de riqueza.

»Se decía de Chihuahua, donde tenía varias haciendas, que aunque invadidas en cada invierno por los indios comanches, siempre le daban cada año unos treinta mil carneros, que vendía en México (baratísimos) a un peso, y quinientas mulas (regaladas) a cuarenta pesos. Era una bonita renta de cincuenta mil pesos, que se proponía gastar en la capital, en francachelas con los que quisieran ser sus amigos. Todo el mundo quiso, naturalmente, ser su amigo, y pronto se le vio del brazo con Pepe Uraga, Pepe Miñón, Pancho Ribeau, Barberi, los Suárez, Ibarrola y todo el resto de elegantes y calaveras de moda.

»Carretela con cuatro caballitos blancos, palco en el teatro, una buena casa en el Callejón del Espíritu Santo, ropa en casa de Urigüen, paseos y diversiones de bueno y de mal género. Argentón por aquí, Argentón por allá, no se hablaba de otra cosa. Los maridos estaban con la barba sobre el hombro, las muchachas se desvivían por conocerlo.

»Un domingo, Argentón, dio un día de campo en Panzacola, casa vieja, situada en la entrada de San Ángel, pero con una huerta y jardín magníficos. Don Manuel Barrera puso dos mil onzas de monte y Argentón dio la comida. Canastos de frutas variadas, más de diez platos diferentes, pollos y pavos con profusión, champaña como si fuera agua tomada del río. Las bodas del rico Gamache, como dicen los franceses.

»Luis, que fue uno de los convidados, se sentó, por casualidad, en la mesa de juego junto de Argentón. Luis, que no era jugador, comenzó a apostar con timidez media onza y ganó muchos albures, sin aumentar la parada. Argentón, que observó la buena vena de su compañero, apostó a su oreja, como dicen los jugadores, y jugó a la dobla.

»Cuando se levantaron, Argentón había ganado ochocientas onzas, y Luis apenas veinticinco o treinta, pero esto bastó para que trabaran una estrecha amistad. Desde entonces Argentón y Luis eran inseparables, y esta estrechez se fundaba también en que Luis prestaba al elegante caballero multitud de pequeños servicios. Le compraba los más exquisitos puros, le proporcionaba criados y mozos honrados, sabía donde se vendían los mejores caballos y carruajes; era su mano derecha.

»En las visitas que hacía Luis a casa de Florinda, desde que llegó Argentón a México, no hablaba más que de él. Argentón era muy guapo, más bien parecido que Uraga. Argentón era muy rico, riquísimo. Las haciendas le producían cien mil pesos cada año. Argentón era, además, todo un caballero, generoso, amable y atento con las damas; no había, en una palabra, otro como él.

»Doña Agustina desarrugaba el ceño y abría tantos ojos; Florinda tenía una curiosidad invencible y toda la noche hacía preguntas distintas a Luis. ¿Cómo eran sus ojos?, ¿era blanco o moreno?, ¿se vestía con elegancia?, ¿tenía novias o era casado? mil cosas más. Luis estaba encantado porque con ese motivo hacía valer su importancia y su buena posición social. Florinda lo trataba con particular agrado, y la madre, contra su costumbre, lo detenía hasta las once y media o doce de la noche. Luis concluyó por pedir permiso a la señora y a Florinda, para presentarles a Argentón, el que de buena gracia le fue concedido.

»—Veremos qué casta de pájaro es ese Argentón —dijo la madre, al retirarse a su cuarto—, quizá encontré ya el hombre a propósito para casarte.

»—Veremos, mamá, pero falta que me quiera.

»—Te querrá, ya no eres tan fea, te has compuesto mucho.

»—¿Y si no me simpatiza?, ¿si no lo quiero?

»—Eso ya veremos, y si no lo quieres, lo mismo da. Con tal de que sea tan rico como dice Luis, todo se arreglará.

»La madre contenta, y la hija curiosa, se despidieron con más afecto que el de costumbre, y por primera vez durmieron un sueño más sabroso y más tranquilo.

»A la siguiente semana, Argentón, fue presentado por Luis. Doña Agustina y Florinda lo recibieron con amabilidad y cortesía, como grandes damas que eran, pero con sociedad y reserva. Argentón, como liebre corrida, se condujo de la misma manera. La visita no fue larga. Luis, Argentón, doña Agustina y Florinda, quedaron medio contentos, quizás disgustados.

»Mientras duró esta ceremoniosa tertulia, Florinda y la madre observaron cuanto tenían que observar. La fisonomía del célebre galán, sin perder una arruga. El color de los ojos, la forma de la nariz, el tamaño de las orejas, el grueso de los labios, el vestido, el calzado, hasta el sombrero.

»—Tiene las orejas un poco grandes —dijo Florinda a su madre—, en el instante en que habiendo salido del salón las visitas, quedaron solas las dos damas.

»—Y los labios muy gruesos —contestó la madre—, y es mala señal. Todos los hombres de labios gruesos son ordinarios y de mal carácter.

»—Pero las manos las tiene pequeñas y los dedos afilados, y esto es señal de nobleza.

»—Las botas no tenían bastante lustre —interrumpió la madre.

»—¡Bah! el polvo de la calle… pero la camisa muy limpia y unos botones de brillantes primorosos.

»—Dicen que es muy rico.

»—Sí, es verdad, Luis me ha dicho que tiene muchas haciendas por tierra adentro.

»—Ya es algo —repuso la madre con indiferencia.

»—A primera vista, no es posible juzgar.

»—¿Pero te simpatiza? —preguntó la madre.

»—Hasta ahora me es indiferente, quizá con el trato…

»—¿Pero vendrá otra vez de visita?

»—De seguro, no advirtió usted, que al despedirse dijo: “Hasta el jueves tendré el placer de saludarlas otra vez.”

»—No me fijé… en fin, veremos…

»—Veremos —dijo también Florinda.

»Luis, por sus ocupaciones, dejó tres días de ir a la casa. Era esperado con impaciencia, y por su parte, quería saber el efecto que había causado su ilustre amigo.

»Al cuarto día, Luis, se presentó a la hora de costumbre. Las dos damas lo rodearon inmediatamente y en esa noche doña Agustina no frunció el entrecejo.

»—No nos parece muy amable vuestro amigo —dijeron casi al mismo tiempo las damas—, y no deja de darse más importancia que la que merece. Es rico —prosiguió doña Agustina que se había quedado con la palabra—, pero nada tiene de particular, porque acá, sólo vienen ricos, y cansada estoy de ellos: el único pobre que visita nuestra casa, es usted, Luis.

»—¡Señora!

»—No, lo digo por ofender a usted. Ya sabe que lo estimamos mucho, y bastaría que fuese usted sobrino de la ama de llaves, que es tan honrada y que maneja toda la casa como suya.

»—¡Señora! se tratará, por ejemplo, de echarme en cara…

»—¡Dale! —le interrumpió doña Agustina frunciendo un poco la frente—, le repito, que no es para ofenderlo, y si toma así mis palabras, imposible es que sigamos hablando.

»—Perdone usted, señora, pero cuando uno es pobre…

»—Está usted perdonado, y ninguna culpa tiene usted en ser pobre, y si trabaja y se recibe de abogado, será tal vez rico, pero nada de eso hace al caso, lo que deseamos es que nos platique usted de su amigo Argentón.

—Lo que usted quiera, señora —contestó Luis ya más tranquilo con las últimas palabras amables de la terrible doña Agustina.

»—¿De qué familia es? ¿Cuáles son sus parientes? ¿Cuánto dinero tiene?

»—Respecto de su familia no sé gran cosa —contestó Luis—. Parece que es de una de las principales de Chihuahua.

»—¿Tiene muchos parientes? —preguntó Florinda.

»—Una hermana casada con un minero inglés, y viven en Nueva York.

»—No es malo —dijo la señora—. Los parientes siempre estorban. Nosotros tenemos esa ventaja, Florinda y yo solas, porque los parientes de mi marido ni qué contar con ellos. Unos viven en Guanajuato, otros en Guadalajara… qué sé yo, ni nos oyen, ni nos entienden, sólo cuando necesitan algún dinero… los míos, mis parientes quiero decir, todos murieron. Florinda, cuando se case, no llevará más que su persona y su dinero.

»Luis se chupó los labios. Se le paseó un momento en su imaginación que Florinda, andando el tiempo, podría ser su mujer, pero disimuló y continuó su conversación interrumpida.

»—Ningún otro pariente, así me lo ha dicho él, que me contó, precisamente anoche, toda su vida. ¡Oh! es guapísimo, franco, casi cándido, como un niño, cuando se le trata de cierta manera. Se educó en Alemania, y vea usted qué cosa, no habla francés, y es, según dice, porque odia a los franceses, desde que el almirante Baudin bombardeó el Castillo de San Juan de Ulúa, por una reclamación de sesenta mil pesos de pasteles.

»—Ése es un mérito —dijo la señora—, pero, ¿por qué se llama Argentón? ese es un nombre medio francés.

»—Eso no sé —contestó Luis—; así se llamaría su padre y tal vez desciende de franceses.

»—Más mérito entonces —respondió doña Agustina—, hace bien de no saber francés, pero todo esto importa poco. ¿Cuánto cree usted que tiene? con toda verdad, pues de dinero y calidad…

»—No lo sé a punto fijo, señora, creo que mucho, mucho, y le prometo a usted informarme y darle noticias.

»—Hará usted muy bien, pero… increíble parece cómo se va el tiempo… van a dar las doce de la noche.

»—Faltan diez minutos —dijo Luis, sacando, para lucirlo, un buen reloj, que con mil penas y en abonos semanarios había comprado a Philips.

»Despidióse Luis, muy satisfecho, de la confianza que le dispensaban las señoras, y ellas se quedaron contentas con los informes adquiridos.

»Durante dos meses Argentón se presentaba invariablemente los jueves a las nueve de la noche en la casa de Florinda, y se retiraba a las once en punto. Cada vez, más amable, más atento, más franco en su conversación, pero sin pasar esos límites y sobre todo sin decir una palabra de amor a Florinda, algunas ojeadas, frases sentenciosas y preñadas de misterio, verdaderos oráculos para que fueran interpretados por Florinda.

»Con doña Agustina muy marcadas atenciones. A los seis meses Argentón era ya de la familia, le había cortado el ombligo a doña Agustina. Entraba y salía en la casa a cualquier hora, almorzaba, comía o tomaba chocolate; el caso era que nunca faltaba a la mesa.

»Si doña Agustina le hacía tantos agasajos, él correspondía con usura. Si la señora tosía, inmediatamente le acercaba la escupidera; si un inquilino o un deudor tenía alguna dificultad, él se encargaba de allanarla sin necesidad de abogado; si estaba indispuesta no se separaba de junto a la cama, y se permitía hasta hacerle algunos papachos, que, según decía doña Agustina, la aliviaban mucho y jamás habían podido hacérselos iguales, ni Florinda ni la tía de Luis.

»Uno de tantos días en que doña Agustina guardó cama, a consecuencia de un resfrío, Argentón y Florinda estaban como de costumbre en la cabecera, adivinándole los pensamientos. Se habló de riquezas, de intereses, de casas y de haciendas. Argentón aprovechó la oportunidad para dar a conocer su posición.

»—Precisamente —dijo— acabo de recibir cartas de mi tierra, las cosas no van tan mal por allá. De la hacienda de la Concepción han salido unas pastorías con diez mil carneros, que llegarán a México dentro de seis meses. De la hacienda de Guadalupe van a salir dos partidas de mulas hermosísimas de siete cuartas, esas sí, andan más aprisa que los carneros, y llegarán dentro de tres meses. De la hacienda del Pilar debe haber salido ya una partida de yeguas para la trilla, esas tienen que venir más despacio, para que no se maltraten, y no podrán estar aquí antes de cuatro meses, además tengo cinco mil cargas de maíz en la hacienda de los Remedios, y como diez mil de cebada en el rancho de Covadonga (Argentón tenía tantas haciendas cuantas advocaciones de la Virgen se encuentran en el Calendario), pero con eso ni cuento, pues las semillas no se pueden realizar en México, porque cuesta más el flete que lo que valen, pero ya ve usted, mi respetable señora doña Agustina, tengo como cien mil pesos en camino, mientras mi capital aquí, es lo que traigo en la bolsa, pero así nos sucede a nosotros los hacendados. A veces una riqueza en los trojes, y ni un peso en la caja.

»Al acabar de decir con mucho aplomo las últimas palabras, Argentón sacó del bolsillo del chaleco unas ocho o diez onzas de oro y pasó un paquete de cartas a doña Agustina y a Florinda, para que las examinaran y conocieran las ininteligibles firmas de los administradores de todas las haciendas de las diferentes vírgenes. Las señoras apenas pasaron su vista por los sobrescritos y se las devolvieron.

»—No, no hay necesidad de que leamos las cartas —se apresuró a decir doña Agustina—, basta con que usted nos haya referido lo que contienen, pero lo esencial es, que no carezca usted de dinero, mientras llegan los carneros y las yeguas. Por beneficio de Dios, yo siempre tengo poco, un pico, diez o doce mil pesos en casa de Cortina Chaves, puede usted disponer de lo que guste.

»—¡Qué disparate! —interrumpió Argentón— ni por pienso, eso sería una falta de delicadeza, gracias mil, gracias, muy reconocido, y como si recibiera los diez mil pesos. Lo puede usted creer, señora, y por otra parte, yo tengo aquí buenas relaciones, Martínez del Campo, Mackintoch, don Lorenzo Carrera, Garay, cualquiera, no tengo más que presentarme y tener cuanto dinero quiera; pero ya ven ustedes, cuando uno es del interior, es necesario no dar su brazo a torcer con los mexicanos, que pican de maliciosos; ya, ya se remediará todo, venderé las yeguas en cuanto lleguen a Zacatecas, se perderá algo en el negocio, mejor dicho, se dejará de ganar, pero esto no quiere decir nada, hay paño de qué cortar, mi querida señora doña Agustina, entre tanto con lo que tengo, basta y sobra.

»Al decir esto, sonó el oro que tenía en el otro bolsillo del chaleco, y se arrellanó en el sillón con un aire supremo de satisfacción y de grandeza. Doña Agustina y Florinda quedaron convencidas de que Argentón era el hombre más rico, si no de México al menos de Chihuahua.

»Al despedirse, y ya muy andadas las doce de la noche, doña Agustina estrechó la mano de Argentón, y le dijo:

»—Si sus ocupaciones se lo permiten, venga usted un poco antes del almuerzo, hablaremos de un asunto; y si yo no me levanto de la cama, acompañará a usted Florinda a la mesa.

»—Hasta mañana a las diez —contestó Argentón—, no faltaré; nada tengo que hacer más que esperar mis yeguas y mis mulas, pero aun cuando tuviera el negocio más urgente del mundo, millones que se versaran, los dejaría por complacer a ustedes.

»—¡Qué hombre tan cabal y tan cumplido! —dijo doña Agustina.

»—¡Qué guapo y qué amable! —añadió Florinda.

»Antes de las diez Argentón tocaba, al día siguiente, la vidriera de la recámara de doña Agustina, que no se había levantado de la cama.

»—No he podido dormir en toda la santa noche, señor Argentón —dijo doña Agustina, incorporándose y tomándole las manos— siéntese usted y escúcheme, que quiero pedirle un gran favor.

»—Mi vida, mis cuantiosos bienes, todo está a la disposición de usted, mi respetable señora doña Agustina —respondió Argentón, estrechándole las manos y arrimando en seguida una cómoda poltrona.

»—Cada jueves y domingo me dan estos resfríos —prosiguió la señora, recostándose en sus blancos almohadones—, y el día menos pensado, el resfrío se me vuelve una pulmonía… soy ya grande, y… lo único que sentiría al morirme, es dejar mis bienes abandonados, sí, mis bienes que tanto trabajo y tantas cóleras me han costado el conservar, y a Florinda sola y sin experiencia y sin mundo…

»Argentón dio un salto de alegría.

»—¿Le sucede a usted algo, señor Argentón?

»—No, nada —contestó Argentón reponiéndose—, sin duda un alfiler estaba en el sillón, pero no es nada.

»—Descuidos de las criadas… decía que un día u otro puede la muerte…

»—¡Bah!, ni pensar en esas cosas tristes, señora, usted está todavía guapa, fuerte, hermosa…

»—Pero supongamos, nadie tiene la vida guardada, y mejor es hacer las cosas con tiempo… vaya, se lo diré a usted de una vez, quiero que sea usted mi apoderado, que se encargue de todos mis asuntos, porque yo al fin, hago veinte muinas al día y usted me allana en un instante lo que yo no puedo arreglar en un mes.

»Argentón en esta vez no dio un salto, y sujetó a sus nervios excitados con tan agradables emociones. La sopita se le caía en la miel. Era lo que había procurado lograr, la cosecha que debían producirle seis o siete meses de paciencia y de humillaciones. La mano de Florinda vendría a encontrarlo más adelante. Él había trabajado bastante, y la gentil muchacha estaba ya, si no apasionada, sí completamente alucinada. Argentón no tenía más rival que Luis Cayetano, los demás pisaverdes que aún frecuentaban la casa, jamás se habían atrevido a declararse, aterrorizados con el entrecejo de la terrible doña Agustina y sin posibilidad tampoco de casarse. Lo mejor que pudo, volvió de su enajenamiento el magnífico Argentón, y con voz solemne, dijo:

»—Señora, lo que usted me pide, es quizá lo único que pudiera negarle, a pesar del inmenso cariño que profeso a usted, que profeso a usted —repitió acentuando estas palabras—. No me gusta manejar caudales ajenos. El mío lo gasto, lo echo por la ventana, pero a nadie tengo que dar cuentas…

»—¿Y quién le dice a usted que tendrá que dar cuentas?… con que convenido… no me desaire usted, no me niegue el único, y acaso el último favor que pediré a usted.

»—Señora… pero…

»—Pero, no hay que vacilar. Usted mismo irá a buscar al Escribano, le daremos los puntos para que extienda a favor de usted un poder amplio. Mientras usted va y vuelve, me vestiré… me siento mejor, almorzaremos con tranquilidad.

»Argentón no esperó a que se lo dijera la señora dos veces, y bajó precipitadamente la escalera, embriagado, casi loco con la fortuna que se le metía en casa.

»Al cabo de una hora, solemne, grave, reflexivo, como un hombre que ha tomado sobre sí una responsabilidad, y que ha hecho un gran favor, se presentó acompañado del notario don Ramón de la Cueva.

»El almuerzo fue opíparo. Se sacaron de la despensa unas botellas de Jerez y de Champaña. Se refirió a Florinda lo que había pasado. Florinda aprobó todo lo hecho por la madre, bebió Jerez y Champaña y se embriagó, pero no con el vino, sino con lo que se embriagan las jóvenes sin experiencia, con el casamiento.

»Un mes después, Argentón era el verdadero dueño de una gran fortuna y de la mano de la hermosísima, de la sin par Florinda.»

XXIV. Las novelas de Rugiero.—Una noche de bodas

LAS NOVELAS DE RUGIERO

UNA NOCHE DE BODAS

—¡Qué redomado bribón! ¡Qué noche de bodas! —dijo Arturo reavivando con media botella de cognac, la ya vacilante y temblorosa llama de la ponchera.

—No la quisiera yo para vos, querido amigo —le contestó Rugiero—, ya veréis.

—Pero esta historia, o esta novela, porque parece más bien una invención vuestra, no está completa. ¿Cómo esa doña Agustina que me pintáis, desconfiada y terrible, fue a entregar su dinero y su hija a un desconocido, al primer venido, sin informarse siquiera qué madre lo había parido? ¿Cómo ese Luís Cayetano no procuró, puesto que estaba enamorado de Florinda, estorbar el casamiento?

—Paciencia, no todo lo he de decir a la vez, ¿y quién os ha dicho que ha concluido esta verídica historia, que se repite diariamente, no sólo en México, sino en París, en Madrid, en todas partes donde hay mujeres crédulas y aventureros atrevidos?, pero humedezcamos un poco la garganta, que yo la tengo seca, a tanto hablar, y vos un poco más, por haber estado callado.

Hubo una pausa de quince minutos, como se concede en los conciertos a la concurrencia para que fume, extienda las piernas y salga a los pasillos. Arturo y Rugiero bebieron una copa, encendieron una panetela de la vuelta de abajo, y acomodándose bien en sus sillones, continuaron platicando siempre de la tertulia y de las muchachas, hasta que Rugiero, de una manera natural y como enlazada con la conversación, continuó la historia.

—De veras —dijo—, no se sabe si debe uno reírse o compadecer a Luis y a Florinda, que en cuanto a la respetable señora y al valiente Argentón, ya es otra cosa.

—Luis me interesa, sobre todo —interrumpió Arturo.

—Vais a ver. En los primeros días no cabía en su ropa, tanto así lo había hinchado el orgullo, no precisamente el orgullo, sino la satisfacción de haber presentado a su grande y buen amigo Argentón, y a fe que motivos tenía para estar contento. Doña Agustina entregó ya por completo el gobierno de la casa a la ama de llaves; Florinda se esmeraba cada día más en complacerlo; lo detenía a almorzar; escogía el mejor bocado para él, y le guardaba yemitas y suspiros; le miraba algunas veces con tal intención y ternura, que Luis tenía que volver la vista a otra parte para que no observaran que sus ojos se humedecían.

»Doña Agustina jamás volvió a fruncir el entrecejo, ni a decirle una palabra que pudiera ofender su delicadeza, y en cuanto a Argentón, ni se diga, era para Luis no sólo el mejor amigo, sino su protector, porque lo ocupaba en cobros, en compras, en el comercio y en diversas comisiones que le producían más o menos dinero, de modo que pudo acabar de pagar su reloj inglés; se compró una capa con cuello de nutria, mandó forrar de nuevo los viejos muebles de la sala de su padre, y nunca con estos y otros gastos le faltaba un par de onzas de oro en el bolsillo.

»Cuando Luis se retiraba a su casa, después de la tertulia, que se componía de Argentón, de la señora, de Florinda, de Luis y de vez en cuando de uno o dos señoritos de gran tono, Luis entraba en su cuarto, que estaba cada vez mejor surtido y adornado, componía los cepillos y los frascos de olores, preparaba su ropa para el día siguiente, apuntaba los negocios que tenía pendientes, la hora de las citas en los Juzgados y en la casa de los abogados, se comenzaba a desnudar con mucho método, y concluía por entrar en las sábanas, diciendo:

»—¡Qué fortuna!, ¡soy el más feliz de los hombres! —y apagaba la luz y seguía pensando y pensando—. Florinda me ama, y me ama de veras, no lo puede negar, sus ojos me lo dicen todas las noches, y apenas falto una, cuando me reconviene, y se enoja positivamente. ¿Estará celosa?, ¿creerá que yo tengo algún amor entre manos?… yo procuro así, como en conversación, imponerla de cuanto hago en el día, desde que me levanto hasta que me acuesto, y luego ese guapo, ese generoso Argentón, me hace tercio, cada vez que puede me deja platicar a mi sabor con Florinda y él se dedica a doña Agustina. ¿Si estará enamorado de doña Agustina? La verdad es, pero no lo digo ni a mi sombra, que doña Agustina si está enamorada de él, pasión de señora grande, y después, doña Agustina no es cualquiera cosa, se conoce que ha de haber sido en su juventud una mujer hermosa, pero muy hermosa, y mi padre que la conoció, me ha dicho que llamaba la atención… pero que, ¡qué diablura!, jamás he podido declarar mi pasión a Florinda. Me propongo aprovechar una oportunidad y… nada, se me anuda la lengua y le hablo del teatro y del cajón de los Tres Navíos… sí de los Tres Navíos, todos los dependientes están enamorados de Florinda, particularmente Ibarrola, el Ibarrolita que traslada todo el almacén al coche cuando va Florinda a escoger sus sederías y terciopelos; pero nada, Florinda no piensa más que en mí, y en Argentón, pero como buen amigo de la casa, y lo aprecia porque ve que su mamá lo considera mucho, y luego Argentón es liebre corrida, ¿casarse él?, ni por pienso, demasiado tiene con la tertulia de la calle de la Cerbatana… la diablura es que yo no puedo lograr todavía reunir un capitalito, a pesar de los buenos negocios que tengo y lo mucho que trabajo… diez mil pesos… veinte mil pesos… ya con eso podía yo hacer frente a la situación. Con menos que eso, es seguro que doña Agustina frunciría el entrecejo y me pondría de patitas en la calle, no, ni pensarlo… mucha prudencia… sufrir un poco más de tiempo…

»Con estas y otras mil ilusiones, Luis cerraba los ojos, y buenos sueños de pastorelas, de bailes, de funciones de teatro, venían a completar sus noches. Podía decirse que era dichoso, no sólo despierto, sino también dormido.

»En la mañana siguiente, al marcharse de su casa, se despedía de su padre, y nunca dejaba de contarle sus negocios y el dinero que ganaba con la protección de Argentón.

»—Hombre sin hombre, no vale nada en el mundo —le decía el viejo abogado—. El señor Argentón es rico, muy rico, tiene muy buenos negocios y las mejores relaciones en México y en el interior, y si te da la mano, en dos o tres años haces fortuna, y tu padre tendrá el gusto de verte establecido antes de morir. Si yo hubiese tenido un Argentón en mi juventud otra sería nuestra suerte, pero nada, mi trabajo, mi puro trabajo únicamente, y ya ves, negocios de a cuatro reales, que apenas nos dan para mal comer. Si no hubiese sido por ti, ni sala tendría yo para recibir; todas las sillas rotas, el canapé amarrado por debajo con mecate…

»—Ya, ya cesará todo esto —respondía enternecido Luis— pronto tendrá usted una buena cama inglesa de bronce dorado —y le besaba afectuosamente la mano, y bajaba las escaleras volando, lleno de brío y de fe, a expeditar sus negocios, a saludar a Argentón y tomar sus órdenes, y en las noches, a la deliciosa visita en casa de Florinda.

»En los últimos dos meses, la familiaridad y confianza de Argentón en la casa de doña Agustina, que era visible para todos, especialmente, para la ama de llaves, no dejó de alarmar a Luis; se dedicó a observar, y poco a poco vio más claro. Sus noches no eran ya tranquilas y medio fantásticas, como las de antes, y sus días llenos de zozobra, de ansiedad. A todas horas se encontraba con Argentón en la casa, y no faltó vez en que sorprendiera a Florinda en conversación, hablando los dos en voz muy baja. Sin creer, ni dejar de creer, y sin pensar tampoco en que había nada de formal, se decidió a tomar una resolución suprema. Tenía ya ahorrados unos seis mil pesos, estaba pronto a presentarse a examen para recibirse de abogado; era, en una palabra, un hombre de carrera. Una mañana, se vistió perfectamente, pero se revistió todavía más de una enérgica resolución. En un brinco estaba ya en casa de Argentón y sentado frente de él.

»—¡Tan de mañana! —le dijo el galán, sacando el reloj y tendiéndole la mano—. ¿Hay algo de nuevo y de urgente en nuestros negocios?

»—Todos van bien, he cobrado y he pagado cuentas, aquí está el sobrante y el apunte de ellas.

»Luis puso sobre la mesa unos doscientos pesos en oro y plata.

»—Un asunto muy personal me trae aquí —continuó Luis resueltamente—, y estoy seguro de que usted me servirá y le deberé mi posición y mi felicidad, usted es mi mejor amigo.

»—Cabal que sí, y no hay miedo de que yo no haga cuanto pueda por un amigo que me ha servido tanto, y sobre todo, que me introdujo en la sociedad de la familia más amable de México. ¿Se necesita dinero?, ¿algún apurillo de esos que tiene la juventud, y que yo suelo tener también? ¿Se ha perdido acaso en los albures lo que se ganó en Panzacola?

»—Precisamente, dinero no, con lo que he ganado, en mucha parte debido a usted, he podido ahorrar algo y tengo un cajoncito lleno de oro, guardado donde no lo encontraría ni el más diestro ladrón. Lo que yo deseo es una posición…

»—Posición la tiene usted, querido Luis, y muy buena… estimado de la mejor sociedad de México, ganando dinero a manos llenas y en vísperas de tener un bufete que rivalice con el del sabio y afamado Esteva…

»—Voy a explicar a usted, y quizá me concederá la razón. El bufete de un abogado no se forma en un día. El señor Esteva, el señor Peña y Peña, el señor Madrid y otros, no son unos niños, y yo no puedo esperar a llegar a viejo para realizar mis planes. Me recibiré, sí, de abogado; dentro de un mes estaré ya en aptitud de presentarme a examen, y eso, precisamente, me servirá para lo que voy a pedir a usted.

»—Veamos, veamos, tengo curiosidad ya de saber sus planes, pero, ¡qué diablo, hable usted con franqueza, eche fuera lo que tenga adentro!

»—Sí que lo haré, y seré breve para no quitarle el tiempo, pero antes me resolverá usted dos preguntas que tengo que hacerle.

»—¿Tiene usted confianza en mí?

»—Y como que la tengo, ilimitada.

»—¿Cree usted que puedo entender en negocios y manejar intereses con mediano éxito?

»—No sólo con mediano, sino con mucho éxito —contestó Argentón—, no he visto en mi vida muchacho más despierto, ni más juicioso.

»—Gracias, muchas gracias —prosiguió Luis muy animado—. Usted tiene casas, haciendas, negocios distintos en Chihuahua, y muchas veces me ha dicho usted que los administradores lo hacían mal, que sus encargados lo robaban, que, en fin, perdía usted al año una cantidad respetable, y muchas veces se veía usted en apuros.

»—Desgraciadamente es verdad —dijo Argentón suspirando.

»—Pues bien, hágame usted su apoderado, su administrador general. Marcharé a Chihuahua, me haré cargo de todas sus haciendas, enviaré más número de carneros, más manadas de yeguas, más partidas de mulas, cuidaré de sus intereses mejor que si fueran míos, y usted no tendrá más que vivir en México, gastando y triunfando.

»—¡Qué idea! —le interrumpió Argentón—, explíqueme usted por qué quiere abandonar la capital, para irse a enterrar en unas haciendas, donde entran los indios bárbaros como Pedro por su casa; ya ve usted, prefiero yo tener un peso en México, que mil en mi propia tierra.

»—Pues, señor Argentón, mi idea se reduce a hacer honradamente una mediana fortuna en dos o tres años, y eso, lo puedo lograr con provecho de usted. En una palabra, me quiero casar.

»—¡Casar!, ¿y con quién? —exclamó Argentón soltando una carcajada… es usted todavía muy joven, amigo Luis, y no creía yo que estaban tan adelantadas las cosas… ¡vaya, sepamos quién es la novia, no haya miedo que yo sea un obstáculo, o que me vaya a enamorar de ella!… sin miedo, ¿quién es esa dichosa mujer?, porque será muy dichosa con usted.

»—Por ahora es un secreto, y más tarde se lo diré a usted.

»—Pues, que de casamiento se trata, yo también me voy a casar muy pronto, y seré más franco que usted.

»—Usted, sí, que se chancea —le dijo Luis—, usted es incasable… ¿y aquí, entre nos, cómo deja usted a Felicitas?…

»—¡Bah!, eso no quiere decir nada, ni es serio, es un pasatiempo de hombre soltero. Formalmente, Luis, me voy a casar dentro de ocho días, y usted ha de tener mucho gusto en ello; precisamente deseaba que platicáramos y diésemos una vuelta por las platerías. Para hacer lo que llaman donas, no hay ya tiempo, pero sí para comprar veinticinco o treinta mil pesos de diamantes…

»—Pero, si en efecto, no se chancea usted, ¿con quién se casa?

»—No se necesitaba que yo se lo dijese a usted, ni le ha debido costar trabajo el adivinarlo. ¿Con quién ha de ser, sino con Florinda, con la encantadora Florinda?

»En aquel momento terrible cayó la espesa venda que, durante seis meses, había completamente ofuscado la vista de Luis. ¿Engañado villanamente por doña Agustina, por Florinda, por Argentón, por su misma tía, la ama de llaves, que todo lo observaba, que todo lo veía, que todo lo sabía? Sí, engañado por todo el mundo; instrumento vil de la avaricia de doña Agustina, que buscaba un rico para casar a su hija; instrumento dócil de Florinda que, vanidosa e insensible, y aconsejada por la madre, no deseaba otra cosa más que un marido rico; instrumento mucho más vil de Argentón, que se había vendido su amigo y le había dado a ganar unos cuantos pesos, para que le pusiese en las manos un gran caudal y en su lecho mismo a la mujer que él adoraba.

»Luis se quedó como petrificado al oír las últimas palabras que Argentón pronunció con una verdadera satisfacción y con el más sincero acento de verdad. No, no era una chanza, ni había necesidad de más explicaciones. Argentón se casaba con Florinda, era una cosa convenida, decidida desde la primera noche en que Luis tuvo la increíble ligereza de presentar a la mujer que él amaba al aventurero desconocido, pero rodeado del lujo y de las apariencias de la riqueza.

»—¡Imbécil, mil veces imbécil! —dijo Luis a media voz, arrancándose con una mano crispada un mechón de cabellos.

»Pasó por su vista una nube roja, como de sangre, sacó de sus bolsillos cuanto dinero traía y lo botó sobre Argentón.

»—¡Maldito, maldito dinero, ganado en un oficio que merece el desprecio y hasta la prisión, maldito el dinero y maldita mi vida y mi alma!…

»Y arrebatando el sombrero, salió como un furioso de la casa de Argentón.

»—No comprendo —dijo Argentón, que no esperando tampoco tal escena, se quedó estupefacto clavado en su sillón—. Este muchacho se ha vuelto loco… pero… ya caigo —dijo después de un rato, y dándose una palmada en la frente…— Luis, Luis, está enamorado, sí, enamorado, y enamorado loca y perdidamente de Florinda. ¡Qué animal soy yo! Debiera haberlo sospechado hace cuatro meses, y luego cree uno que es hombre corrido y de mundo, y no ve lo que tiene delante de los ojos… lo mismo le ha sucedido a él… no es extraño… comienza a vivir, como quien dice, pero yo… ¡qué me importa!… con tal que esto no cause alguna complicación… Si el casamiento no se verifica en la semana entrante, tal vez soy hombre perdido.

»Argentón se levantó de la silla y se comenzó a pasear con mucha agitación por el cuarto. A la hora del almuerzo fue al comedor, apenas comió media costilla, una copa de vino, y regresó al cuarto a cavilar y a darle vueltas de uno a otro extremo, como una fiera cuando está rabiosa en su jaula.

»Pasarían muy bien dos horas, y se disponía a salir, cuando se le presentó el coronel Uraga.

»—No me agradezcas la visita —dijo el coronel sentándose con llaneza en un sillón—. El asunto es desagradable, pero, por más que he hecho, no he podido excusarme. Se trata de un duelo, y de un duelo a muerte. Lee esta carta.

»—Esto es ridículo —dijo Argentón, devolviendo la carta al coronel—. ¡Batirme yo con Luis, con un estudiante que aún no sale de su colegio!, ¿y por qué?

»—Pretende que lo has engañado, que te has burlado de él, que lo has casi obligado a hacer un oficio tan vil y bajo que no se puede ni nombrar delante de las señoras.

»—Ridículo, y no más que ridículo es todo esto. Yo no he hecho más que proteger a Luis, sacarlo de la oscuridad en que lo tenía su edad y su posición, proporcionarle negocios y darle a ganar dinero.

»—Eso dices tú, y él me ha contado todo lo contrario.

»—Entonces, te ha engañado.

»—Bien, será así, pero esas son cosas para que ustedes las arreglen o no. Lo que por ahora hay, es que él te reta a un desafío a muerte, y tú no puedes excusarte. Si es un muchacho o un estudiante, nada importa, expone su vida lo mismo que tú.

»—No sólo la expone —interrumpió Argentón—, sino que puede darse por muerto. Ya me has visto tirar la pistola, y en cuanto a la espada, ninguno mejor que tú lo sabe, pues no he dejado de darte uno que otro botonazo.

»—Lo había yo previsto todo —respondió el coronel—, pero como Luis pretende ser el ofendido, tiene el derecho de fijar las condiciones. El duelo será a tres pasos de distancia, una pistola cargada y otra no…

»Argentón palideció un poco, pero reponiéndose inmediatamente, soltó una carcajada nerviosa.

»—Te repito, Pepe, todo esto es ridículo. No me batiré.

»—Mira, Argentón, te conozco bien. Estás acostumbrado a burlarte de todo el mundo, y a mí no me dejas en ridículo. Te batirás conmigo, y como quieras, y no me volverás a decir que me has dado de botonazos. Me he dejado, y esto es todo, pero yo te lo preguntaré cuando tenga en la mano mi espada de Toledo sin botón.

»—Cálmate, por Dios, cálmate, Pepe. Me batiré con Luis, contigo, con quien quieras, pero vuélvete a sentar y escúchame. Si después de haber oído toda la historia del principio al fin, le das la razón a Luis, ningún inconveniente tendré, o en hacerle cuantas explicaciones quiera, o en consentir en el duelo, y nombraré mis testigos.

»—Eso es otra cosa —contestó el coronel, sentándose y completamente calmado—, ahora nos podemos entender. Ese Luis es muy buen muchacho, y yo deveras quisiera servirlo. Habla.

»Argentón le contó simplemente lo que había pasado desde el día en que fue presentado en la casa de doña Agustina, el singular afecto de la señora que casi le había ofrecido a su hija en casamiento, y la aceptación tácita de ésta explicada por multitud de palabras, de atenciones y de verdadero amor. Todo está arreglado —añadió—, y cualquier cosa ocasionaría un gran escándalo en toda la República; así, tú que eres mi amigo, me harás un gran servicio en calmar a Luis, en persuadirlo, que si hay alguna falta, es de él, por no haberme hablado con franqueza, y sobre todo, por no haber con tiempo ganado la voluntad de Florinda, y sobre todo la de doña Agustina.

»—Tienes razón —dijo el coronel—, yo no sabía estos pormenores, no hay mérito alguno para un duelo; ese muchacho está loco, frenético, y costará trabajo el calmarlo, pero haré lo posible y emplearé la influencia que creo tener con él. Cuenta conmigo.

»—Cuento contigo en todo y te buscaré mañana.

»El coronel apretó la mano de Argentón, y salió haciendo dar vueltas entre los dedos a una varita con puño de oro que acostumbraba llevar, no sólo en la ciudad, sino en las más reñidas acciones de guerra.

—Ya hemos visto —continuó Rugiero—, que el primero y natural impulso de Luis, fue desafiar a muerte a su rival. ¿Asesinarlo?, ni por pienso, no era su cuerda. El coronel Uraga, hombre de capacidad, de mundo, y muy persuasivo y simpático, platicó con Luis largamente, a su regreso de la casa de Argentón, y lo persuadió de que toda medida violenta no le podría dar resultado ninguno, y que estando las cosas tan avanzadas, el casamiento de Florinda y Argentón no podía estorbarse, ni él podría tener motivos legales para impedirlo.

»El buen juicio de Luis quedó convencido, pero su corazón no. Tres o cuatro días vagó como un demente, como un desesperado por los lugares más solitarios de la ciudad, y en las noches, excusándose con los negocios por no afligir a su padre, entraba tarde a su casa y se encerraba en su cuarto a cavilar, a revolcarse de dolor en su lecho, a beber, solitario y a oscuras sus amargas y silenciosas lágrimas. Por fin intentó otro recurso desesperado, el último. Fuese derecho a la casa de doña Agustina, y no paró sino hasta la recámara donde la severa dama estaba acabando su toilette, lo que fue un mal precedente.

»—Señora —le dijo echándose a sus pies (y Luis no era farsante ni se arrodillaba fácilmente)—, vengo a pedir a usted un favor, mejor dicho, a evitarle una gran desgracia. Por lo que más ame usted en el mundo, impida que Florinda se case con Argentón; sería infeliz para toda la vida —y casi ahogado por la emoción apretaba las manos de doña Agustina, y de rodillas arrastrándose en el suelo la seguía, porque la buena señora quería huir instintivamente, y le parecía que corría un grave riesgo sin saber por qué.

»—Deje usted, suelte mis manos, ¿se ha vuelto usted loco? Si usted sigue poniéndome esa cara, que da miedo, llamaré a los criados… vamos, diga usted… levántese. ¿Qué quiere?, ¿por qué es esto?

»—Argentón, señora, no es lo que usted cree… he tomado informes y este casamiento es imposible… imposible, no hará… los mataré a los dos y vale más…

»—¡Es ya demasiado! —gritó doña Agustina, vuelta de su sorpresa—, levántese usted, le digo, siéntese y hable usted en razón. Parece usted un loco.

»Luis se levantó obediente como un niño a quien regaña el maestro, y se dejó caer como desfallecido en la primera silla que estaba cerca.

»Doña Agustina permanecía, ya tiesa, severa, frunciendo el entrecejo. Se había pasado el susto, y recobraba su imperio.

»Luis, después de un momento de silencio, habló, ya no sólo con una voz más tranquila, sino hasta enternecido.

»—El ciego Pérez me lo ha contado todo.

»—Pero, ¿quién es el ciego Pérez? —preguntó con una voz dura doña Agustina—, ¿y qué ha podido contar a usted ese ciego Pérez, que me pueda interesar?

»—El ciego Pérez, que no es ciego, pero así le dicen sus amigos, es una persona de mucha experiencia, de un talento notable, relacionado con toda clase de personas, y conoce a todo el mundo. Él, quizá el único, sabe quién es Argentón. Ni es rico, ni tiene tales haciendas, ni le han de llegar a México, ni dentro de seis meses, ni nunca, manadas de yeguas y pastorías de carneros. Su padre en efecto, tuvo una hacienda en Chihuahua que se llamaba la Concepción, pero ahora no tiene nada; es un aventurero, jugador que anda de feria en feria poniendo partidas, que ha tenido fortuna algunos años, pero en Monterrey lo desmontaron, apeló a jugar con barajas compuestas y ha sido expulsado. Con lo que ganó en Panzacola, recién venido a México, ha sostenido su lujo, pero ahora está acribillado de deudas, y no espera más que casarse para salir de una situación que podría muy bien conducirlo a la cárcel. Señora, señora, esta es la verdad, este es el fingido Argentón que probablemente se llamará de otra manera. El ciego Pérez lo sabe todo, él me contará más y yo se lo diré a usted, pero entre tanto que Florinda no se case, se lo ruego a usted por lo que más ama en el mundo.

»Luis, con una voz nerviosa y concisa, había echado fuera lo que sabía con tal precipitación, y sin dividir siquiera las palabras, que doña Agustina no pudo ni contestarle ni interrumpirle, ni dejar de oír lo que salía por la quejosa boca del mancebo.

»Un momento de respiro, pues Luis se sofocaba ya, lo aprovechó doña Agustina.

»—Calle, cállese usted —le dijo poniéndole una mano en la boca…— ni una palabra más, si no quiere que lo arroje a usted y a su tía a la calle en este mismo instante… es tarde para todas estas infamias, que no sé quién le ha metido a usted en la cabeza. Usted era un joven honrado y de educación, y ahora mismo, no es usted más que un grosero calumniador. Argentón es todo un caballero y además rico, muy rico, mal que a usted le pese, he tomado informes con todas las personas de México, y todas me lo han abonado como el mejor de los hombres, y sobre todo, como muy rico… además usted lo trajo a esta casa, yo no he ido a buscarlo, ni mucho menos Florinda, y no sé qué se le ha metido a usted en la cabeza para venir a poner en mal, al mismo que ha colmado usted de elogios durante seis meses. Si algo hay de cierto en todo lo que usted ha dicho, ninguno es culpable sino usted, y será la causa de mi muerte y de la desgracia de Florinda; pero, ¡bah!, estoy volviéndome yo loca, o mejor dicho, usted trata de hacerme perder la razón. Nada creo, calumnias, chismes, envidia, porque en este México todos son envidias. Siempre han envidiado las alhajas de Florinda y ahora le envidian el marido.

»Luis bajó la cabeza, se levantó y lentamente como una sombra, fue saliendo de la recámara de doña Agustina, diciendo:

»—Tiene razón, yo soy el único culpable, no tengo ni a quien quejarme.

»Al pasar por el corredor, una vidriera se abrió y una mano blanca y fría, pero nerviosa, asió a Luis del brazo y lo introdujo con violencia en el cuarto. Luis, Luis —dijo Florinda, echándose precipitadamente un chal para cubrir su cuello, y recogiendo su bata para no dejar descubiertos unos pies desnudos y blancos, calzados con una pantufla de raso negro.

»—Ni una palabra más, todo lo he oído. ¡Qué escándalo tan grande va a ser este! Vas a matar a mi madre y a mí; sí, nos matarás, y yo te ruego, sí, si me has amado mucho, si me amas, que vuelvas a tu casa, a tus ocupaciones, que no te mezcles en nada, que finjas un viaje… las cosas no tienen ya remedio, no es hora de hacer ya indagaciones… ya ves… te tuteo… por mí… por mí… todo por mí… ve… Sal por esta puerta… ve Luis… mi madre va a venir… ve… anda.

»Florinda cogió con sus manos la cabeza de Luis y le imprimió en la frente un beso de fuego…

»A la semana siguiente, el pobre de Luis estaba con tifo en su solitaria recámara, y Argentón se dirigía en compañía de Florinda, de doña Agustina y de los padrinos al Sagrario, donde el cura les dio las manos y bendijo esta desgraciada unión.

»Como Santa Anita e Ixtacalco eran lugares muy ordinarios, y más ordinarios todavía los envueltos con choricitos, el pulque de piña y los frijoles gordos, se mandó hacer la comida a un restaurant, y se celebró la boda en la casa de doña Agustina con un esplendor regio, asistiendo a ella lo más granado de la aristocracia mexicana.

—¡Qué redomado bribón! ¡Qué noche de bodas! —volvió a decir Arturo.

—Vais a ver —le volvió a responder Rugiero, y continuó—. Doña Agustina insistió mucho en que el matrimonio quedase viviendo en la casa, y aún había dado sus disposiciones para ello, arreglándoles una buena recámara, pero Argentón se empeñó en que al menos los primeros días, y para no dar motivo a que la gente murmurase, habitara Florinda la suya, que estaba bien amueblada y ya dispuesta para una luna de miel, no pudiendo pasarla en los caminos y hoteles como se acostumbra en Europa. Concluida la comida, se tocó un poco el piano, se platicó, se dijeron mil cumplimientos a los novios, se les pronosticaron muchas dichas en su nuevo estado, y las visitas, previos los abrazos y besos de costumbre bajaron las escaleras, las luces se apagaron, y el piano se cerró. Doña Agustina se retiró a su recámara, y al acostarse en vez de rezar un credo o una oración a San José, dijo:

»—¡Cuántas penas, cóleras y trabajo he tenido! pero gracias a Dios, al fin he casado a mi hija con un hombre muy rico. Las alhajas que ha regalado a Florinda, valen bien cuarenta mil pesos.

»Argentón y Florinda montaron en el coche, y a los pocos minutos subían la escalera y entraban a lo que los poetas y los recién casados llaman templo del amor, y que las pobres y vulgares gentes decimos una recámara.

—¡Qué noche de bodas! —volvió a decir Arturo.

—Vais a ver —volvió a responder Rugiero, y continuó—. La singular belleza de Florinda no había ni siquiera tocado el corazón de Argentón. Buscaba el dinero, la posición social, que no había podido conseguir en la carrera de jugador, aventurero, ganando unas veces y perdiendo otras y asociado generalmente con gente de mala ralea. El ciego Pérez sabía su vida y milagros, lo había descrito exactamente, y ciertos eran los informes que dio a Luis, que desolado y verdaderamente fuera de sí, había procurado, bien que a última hora, estorbar el matrimonio.

»Argentón tenía otro motivo decisivo, y era que había concebido una loca pasión por una hija de la alegría, por Felicitas, grande y robusta muchacha que parecía haberse escapado del Puente de Triana para venir a México a hacer ruido y dar escándalo. Florinda y todas las mujeres de México eran indiferentes para Argentón.

»El juego y Felicitas eran los dos polos de su vida. Sin embargo, cuando se vio a punto de ser dueño y señor de una criatura, bajo todos aspectos seductora, se propuso ser siquiera en los primeros meses y aunque fuese en la apariencia, un modelo de maridos, hasta no acabar de ganar la confianza de su esposa, entrando así en la vía ordinaria de la vida doméstica, tomando plena posesión de los bienes, disponiendo sin ruido ni reserva del dinero, y dedicándose a empresas atrevidas y afirmando así su ingreso en la alta sociedad.

»Era el aspecto risueño de su negocio matrimonial, pero tenía otro que no era color de rosa. El día mismo que puso en el dedo torneado de Florinda el anillo nupcial, durante la ceremonia, después en la opípara mesa, en la noche entre las luces y concurrencia del salón, no vía otra cosa más que a Luis. Su rostro cadavérico, sus ojos fijos y saltones de loco, los escudos de oro que le había arrojado a la cara, sus ademanes extraños, todo lo tenía delante y le molestaba como si tuviese algún veneno en el estómago que no podía arrojar.

»¿Que Florinda amará a Luis y no se habrá casado conmigo sino para adquirir una posición, que pueda cubrir y disimular sus relaciones secretas? ¿Seré yo un instrumento de… no, no es posible…?, ¿pero quién sabe? las mujeres son así… y supongamos, ¡qué me importa!… tengo el dinero… ¡Caramba! el dinero es el todo, ¿pero el ridículo y el desprecio? y luego verme desde el primer día suplantado por un monigote… Abandonemos estas ideas; y en efecto, trataba de reír, de parecer el más feliz de los hombres, pero las ideas negras no lo abandonaban a él. ¿Tenía celos? ¿Era solamente cuestión de amor propio? La belleza, la juventud, el esplendor de Florinda, habían empujado un poco de su corazón a Felicitas, a esa muchacha perdida que era el encanto y la diosa de los toreros.

»¿Quién sabe? Él mismo no sabía lo que pasaba en su interior, pero no había remedio, adelante. Y poniéndose una máscara de alegría, tomó afectuosamente del brazo a su mujer, bajó las escaleras, como hemos dicho, de la casa de doña Agustina, subió las suyas y entró, quizá alborotado y ambicioso, al misterioso templo del amor.

—Supongo que Florinda —dijo Arturo—, tendría también que ponerse otra máscara. Y los dos llegaron en traje de carnaval al mentado templo del amor.

—Con mucha más razón —contestó Rugiero—, y voy a explicaros lo que pasó. Cuando Luis entró hasta la recámara de doña Agustina a exponer su dolor y a tratar de impedir el casamiento, necesariamente se abrieron y cerraron puertas, se hizo ruido, se atravesaron palabras con los sirvientes, y como esto era a primera hora de la mañana, llamó la atención de Florinda, que acababa de despertar. En seguida oyó la voz de Luis, le pareció que suplicaba, que sollozaba. Dio un salto de la cama, recogió su camisa sobre su seno, y descalza, de puntillas, fue a pegar su oído a la puerta de la recámara de la madre, que estaba contigua a la suya. Todo lo oyó, todo lo vio por el agujero de la llave, y cuando Luis se retiraba, entreabrió, sin hacer ruido, su vidriera, y lo arrastró materialmente a su recámara, donde ya sabéis lo que pasó.

»Mientras doña Agustina había rechazado indignada a Luis y había juzgado que toda su narración no era sino una vil e infame calumnia, Florinda, como si se hubiese quitado también una venda de los ojos, creyó absolutamente todo lo que había oído. Luis la amaba, sí, la amaba hasta la locura, mientras el otro, ni era rico, ni era caballero, sino un miserable especulador, de modales bruscos y ordinarios, que había querido apoderarse de su dinero, alucinando, enamorando quizá a su propia madre, para exigirle el sacrificio de su hija; y ella, ella, ¿a quién amaba?… a nadie, a nadie; había estado simplemente alucinada, como si le hubiesen dado una especie de hachis para hacerla soñar… no, no amaba a nadie… sí, sí… a Luis… a Luis…

»Era un descubrimiento repentino, ella no lo sabía; hasta ese mismo momento… ese beso en la frente que hubiera querido dárselo en los labios… ¡qué horror! no era ella quien lo había dado, era como otra persona que había salido de su interior… ella, dar así un beso a un hombre, el primer beso que había dado en su vida; ¡qué vergüenza! Y Florinda entró en su lecho, casi loca, y cubrió su hermosa desnudez con todas sus ropas de tela y de seda, y se envolvió la cabeza, y quién sabe si lloró, si maldijo su vida y su belleza y su dinero; pero las cosas no tenían remedio, las vanas dispensadas, el cura del Sagrario avisado, la aristocracia convidada, los pavos y las trufas y el pescado blanco friendo en la sartén y asándose en el horno del restaurant, la ciudad toda no se ocupaba más que del matrimonio; no era ya tiempo.

»Con estas impresiones, tendió la mano Florinda en el curato a su magnífico marido y echó a su cuello la pesada cadena conyugal; y pensando en esto y en lo otro, por más que quería no podía, lo mismo que su marido, desviar su memoria de Luis, y lo veía en el salón, en el comedor, en las luces, en las copas de champaña; pero tuvo que ponerse una máscara de alegría, y así aceptó el brazo de Argentón y entró al mentado y deslumbrador templo del amor.

—¡Qué noche de bodas! —exclamó de nuevo Arturo—. Me alegro mucho por el pícaro de Argentón.

—Y entraron, como lo hemos dicho, juntos y enlazados con su máscara de alegría, que no querían quitarse, pero que la fuerza de las cosas les hizo arrancar mutuamente.

»—Tengo un dolor de cabeza, que me pasa a los ojos, parece que se me revientan —dijo Florinda, dirigiéndose a la cama y tirando en el sofá su abrigo y su ridículo—, me voy a acostar, y quizá eso pasará…

»Florinda desprendió de su cabeza los diamantes que tenía entrelazados en sus abundantes cabellos, se quitó anillos y pulseras, corrió las cortinas del pabellón y se comenzó a desnudar con el recato y modestia de una joven que, aunque coqueta, había sido honesta y pura desde que nació.

»—Si volvieras la cara al otro lado, harías muy bien —dijo a su marido.

»Argentón, con un mal humor visible, volvió en efecto la cara, y dejó su sombrero en una silla; pero un espejo reflejaba en parte el lecho y los cortinajes.

»—Harías mejor —volvió a decir Florinda—, ir un momento a tu gabinete, pues en el espejo estás mirando todavía mejor, y te repito —continuó con visible mal humor—, estoy mala, muy mala, y necesito descansar.

»Argentón, vivamente contrariado, tomó su sombrero, y sin responder, se dirigió a la puerta que daba para su gabinete.

»—Antes de marcharte, dame mi pañuelo, que está en mi ridículo, sobre el sofá.

»Argentón dejó el botón de la puerta, que ya había movido para abrirla, regresó al centro de la pieza; buscó el ridículo entre, las ropas, cojines, abanicos y pañolones que había en el sofá, y habiéndolo encontrado, no sin algún trabajo, lo abrió, metió la mano, y al sacar el pañuelo, cayó al suelo un papelito. Argentón, con una mano tiró el pañuelo a la cara de Florinda y con la otra abrió violentamente el papel.

»—¿De quién es esta carta? —preguntó colérico.

»Florinda, ocupada en desnudarse, cuidando de que Argentón no la viese, ni advirtió la grosería con que le había dado el pañuelo, ni vio caer la carta.

»—¿De quién es esta carta? —volvió a repetir.

»—¿Qué carta? —contestó tranquilamente Florinda.

»—Ésta, ésta que tengo aquí en mis manos.

»—Lo ignoro —dijo todavía Florinda con calma, creyendo que era un papel cualquiera o una broma de Argentón—, yo no tengo quien me escriba.

»—Ya veremos —contestó Argentón.

»Y acercándose a un candelabro, despegó cuidadosamente la verde oblea simbólica con que venía cerrada, la abrió, y temblándole las manos y la voz, leyó:


Florinda idolatrada:

Te debo la vida; pero más que la vida, la razón, porque yo estaba loco. Tu ardiente beso ha regenerado mi alma ya muerta.

Desgraciada como eres en poder de ese aventurero infame, te amaré hasta la muerte.

Luis.
 

»Todas las malas pasiones vinieron terribles y en tropel a apoderarse del alma de Argentón. Él, el hombre de mundo, el aventurero audaz, cansado de engañar a las campesinas, de prometer casamientos a todas las muchachas a quienes su vida trashumante ponía en contacto en diversos Estados del interior del país; él, orgulloso con su figura, fatuo, con un barniz de talento y de frívola conversación ¿era engañado, burlado, por una verdadera niña sin experiencia? ¡Oh! era demasiado.

»Restregó la carta entre sus manos, arrancó su corbata blanca, destrozó su camisa y chaleco y botones de brillantes; leontina, reloj y monedas de oro rodaron por el suelo, y buscando un arma en sus bolsillos, los registraba convulsamente, hasta que encontró por fin una pistola pequeña, que siempre cargaba, y trató de montarla.

»Florinda vio todo esto pasmada, como quien ve una visión del infierno. Ella no sabía de tal carta, no la había recibido, pero sí sabía que había dado en la frente un beso a Luis; y en los ojos y en la fisonomía toda de Argentón veía ya la muerte cierta, irremediable: nadie la podía socorrer. Los criados estaban lejos, quizá dormían ya. Un terror pánico se apoderó de ella, y cuando vio que ya Argentón había montado el arma, lanzó uno de aquellos gritos desgarradores que penetran en el corazón de quien los oye, y cayó al pie de la cama, envolviendo su bello cuerpo, medio desnudo, por un instintivo sentimiento de pudor en su espléndido y blanco traje de novia.

»—¡Qué iba yo a hacer, desdichado de mí! —exclamó Argentón tirando la pistola, que al fin no pudo montar, pues tenía un muelle de seguridad que no le dejó tocar la cólera de que estaba poseído—. ¿Qué iba yo a hacer? —repitió—: A perderme para siempre; a caer en un abismo, cuando he llegado a la cumbre de mi fortuna. Si esta pistola no hubiese sido de pelo, quizá habría hecho una barbaridad; y por otra parte, mientras yo tenga a Felicitas, para qué me sirve ésta ni ninguna otra mujer.

»Argentón se acercó donde había un bulto de seda, de ramos de azahar, de blondas, de diamantes, y entre todo esto, sacó el cuerpo caliente y perfumado de Florinda, lo levantó suavemente, lo colocó en el lecho y lo abrigó con la holanda y las bordadas sobrecamas de China. No quiso despertar a los criados, ni menos intentó llamar médico: le convenía evitar el ruido y el escándalo, y calculó, y muy bien, que no era más que un desmayo, producido por el terror.

»Buscó en el tocador esencias y agua de colonia, frotó la frente y las sienes de Florinda, le dio a oler sales, arregló sus cabellos, que flotaban esparcidos en los almohadones, la dejó reposar, y él se sentó en un sillón, inclinó la cabeza y se puso a pensar en la regla de conducta que debería seguir y en la manera de terminar tan inesperado acontecimiento.

—¡Qué noche de boda! —dijo Arturo—, si algún día llego a casarme, de veras que no la desearé para mí. Pero ¿cómo fue a olvidar Florinda esa carta en su ridículo?

—Florinda —le contestó Rugiero—, ignoraba que estuviese esa carta envuelta en su pañuelo; de modo que dijo la verdad cuando respondió a su marido.

—¿Pues entonces?

—Luis, cuyos pasos y procedimientos habían sido los de un verdadero demente, apenas llegó a su casa después del memorable beso, cuando escribió la carta, y fue en seguida a rogar a su tía, el ama de llaves, que con el mayor secreto la pusiera en manos de Florinda. La pobre tía, que había observado el lamentable estado de su sobrino y temiendo que verdaderamente perdiese el juicio, en vez de contradecirle le prometió cuanto quiso; pero teniendo miedo y no queriendo mezclarse en amoríos ni en nada que le pudiera hacer perder su posición; lo que hizo fue envolver en un pañuelo la carta, y sin que Florinda lo notase, colocarlo en el ridículo.

—Me alegro infinito de cuanto mal le pueda sobrevenir a ese Argentón —dijo Arturo—, me alegro que supiese que Florinda no le amaba y de que hubiese sabido también que a esas horas Felicitas, muy contenta, bailaba con Bernardo y Gavino y Mariano La Monja. ¿Pero en qué pararon las cosas? ¿Cómo terminó esa memorable noche de bodas?

—Dos horas, tres horas, quién sabe cuanto tiempo pasó. Florinda no volvía en sí del desmayo, y Argentón, con las dos manos en las mejillas e inclinada la cabeza sobre una pequeña mesa que estaba junto a la cama; parecía desmayado o muerto. Las velas de los candelabros se acababan, y chisporroteando, repartían a intervalos luz y sombra sobre los cortinajes y los muebles, mientras el alba iluminaba los balcones. Era un cuadro sombrío, como los cuadros de Rivera o de Rembrand.

»Florinda se removió al fin en el lecho, y Argentón, que lo notó, dejó su triste postura y se acercó.

»—No haya miedo, Florinda —le dijo—, todo pasó ya. Yo iba a cometer un acto, no sólo de cobardía, sino de tontera. Hablemos y entendámonos. Escucha con calma lo que te voy a decir. Hayas o no recibido esta carta, yo la encontré en tu pañuelo, ella te condena y es una prueba de tu mala conducta. Merecías la muerte, o que hoy mismo me presentara a pedir el divorcio.

»Florinda se incorporó, quiso levantarse y hablar.

»—No, no es necesario, quédate quieta; y te repito que nada temas. Tú seguramente sabes ya quién soy: yo sé ya quién eres tú. Nada de explicaciones, y esto basta. El divorcio es inútil. La Iglesia nunca pronuncia el divorcio, y si lo hace es después de años. Lo que importa es no dar escándalo, no ocasionar un gran pesar a tu madre… nada… no hables, silencio, que ni los criados, ni las moscas sepan una palabra. Lo que ha pasado queda entre tú y yo. Delante de la sociedad apareceremos como el matrimonio más feliz; en la casa, tú en tu recámara, yo en la mía, como si jamás nos hubiéramos conocido; por otra parte, yo tengo necesidad de ir a mi país, de arreglar diversos asuntos de tu madre; pero por lo que tenemos de mortales, mandaré hacer una escritura que arregla nuestros intereses, mejor dicho, mis intereses. ¿La firmarás?

»—Sí —contestó secamente Florinda, se volvió del otro lado, cubrió con la sobrecama su cabeza y no contestó a otras preguntas.

»Argentón no insistió contento con la primera respuesta, compuso el desorden de la recámara, pasó a su cuarto, se lavó, se perfumó y tomó su desayuno, como si nada de extraño hubiese ocurrido en la noche, y salió a la calle, con un envidiable aire de felicidad.

»Los amigos de confianza a quienes encontró y que conocían la belleza de Florinda, le felicitaban, y chanceándose, le apretaban la mano y le decían al oído:

»—¡Bribón! ¡Afortunado! La más hermosa mujer de México y con un millón de pesos. ¡Qué noche de bodas!»

XXV. Las novelas de Rugiero.—El robo de Elena

LAS NOVELAS DE RUGIERO

EL ROBO DE ELENA

—En estas y en las otras —dijo Rugiero sacando un reloj cuya carátula estaba interiormente iluminada (sin duda por la electricidad)—, son cerca de las cinco de la mañana; la luz comienza a salir y yo desearía dormir más bien en mi cama, que en las de este hotel. Además, estáis ya soñoliento, vuestros párpados se cierran, y me va a suceder lo que Mazepa, que, cuando acabó su historia, el rey se había dormido profundamente.

—De ninguna manera —replicó Arturo—, y, por el contrario, tengo en este momento los ojos tan abiertos que parece que se me quieren saltar; continuad, pues os declaro que yo no me moveré de aquí hasta que no sepa la historia de las otras dos encantadoras muchachas.

Arturo, en efecto, abrió tanto los ojos porque observó la carátula luminosa del reloj de Rugiero, y sobreponiéndose al miedo que le causaban todas estas cosas repentinas y extrañas, continuó:

—¿Qué hora es exactamente?

Rugiero sacó el reloj, y Arturo no vio otra cosa más que un buen reloj inglés de Roskell con su carátula de oro.

—¡Qué necio soy! —dijo para sí—, siempre creo ver algo sobrenatural. Es claro que el reflejo de las luces y de la llama del ponche me han hecho ver una carátula de fuego.

Es de advertir que el ponche ardía constantemente, y que cuando estaba a punto de apagarse, ya el uno, ya el otro, le animaban con un poco de ron o de coñac.

—Decididamente permaneceremos aquí hasta que acabe de salir la luz —prosiguió Arturo—, el aire es muy frío en las mañanas, y tiempo tendremos de dormir desde las ocho hasta el medio día.

—Pues que lo queréis, y nada os puedo negar, os contaré brevemente las desgracias de Elena y Margarita; pero antes os haré una pregunta. ¿Habéis encontrado, en el curso de vuestras aventuras, alguna mujer mística, de esas que pasan por impecables y hasta por santas?

—Pocas aventuras amorosas he tenido, y lo que me ha pasado hasta ahora, más bien es algo de impensado y de fatal que no lo puedo comprender; pero, vamos al caso, ¿por qué me hacéis esta pregunta?

—Porque para un joven que busca emociones, novedades y entusiasmo, ninguna mejor que la mujer gazmoña. Entre una bailarina, por ejemplo, y una mujer devota, no hay que titubear, y os confirmaréis en esta opinión cuando hayáis escuchado la historia que me habéis obligado a contaros.

—¿La de Elena?

—Y la de Margarita; son hermanas o al menos por tales pasan en la sociedad.

—¿Cómo? —interrogó Arturo—, ¿pues acaso sabéis que no son hermanas?

—En estas cosas y en otras muchas, lo mejor es dudar: ¿cómo podréis asegurar, que la madre de las muchachas?…

—Vaya —dijo Arturo—, esas son maliciosas inferencias: veamos la historia.

—Elena es la muchacha más rezadora, más dada a la devoción; y notad, mi querido Arturo, que en México la educación que se da a las mujeres es la más absurda que se puede concebir; se les enseña a coser, a bordar, a hacer curiosidades, y, cuando saben bien o mal estas cosas, se cree concluido todo; y entonces los novios, que las más veces son petimetres y casquivanos, vienen a completar la educación de las muchachas; pero ¡qué educación!… Suele acontecer que cuando algunas ricas familias temen que su capital pase a manos de algún advenedizo disipado, que se instala en la casa bajo el modesto título de hijo, mantienen a las niñas en un perpetuo encierro y aislamiento; y entonces el confesor es el encargado de la educación… Pero ninguna madre se dedica a formar el corazón de su hija, a enseñarle cuál es el camino de una virtud sólida y segura, indicándole con prudencia las sendas del mal, donde una niña puede perder su inocencia, su tranquilidad, la dicha de toda la vida: ninguna madre, en una palabra, procura educar el corazón de su hija, y todas quedan contentas con las exterioridades.

—Parecéis un Fenelón —le interrumpió Arturo—, y una de las cosas que me llama más la atención, es ver, cómo en medio de la narración de una aventura amorosa, os ponéis a disertar sobre educación y sobre moral.

—¿Qué queréis? todos los hombres tienen sus ratos, en que piensan seriamente sobre los males sociales; y como yo quiero que, tanto en amor, como en otras cosillas, seáis mi discípulo, fuerza es también daros estas lecciones, que no van fuera del camino de mi historia.

—Pues sigamos con la historia.

—Decía yo que Elena era muchacha ejemplar, que se confesaba y comulgaba cada ocho días, y que por la noche empleaba más de dos horas en rezar a todos los santos del cielo.

—¿Y qué tiene eso de particular? —dijo Arturo—, ¿qué hay en esas prácticas que pueda ser un gran defecto?

—¡Y cómo que hay! Cuando esos rezos y esas comuniones se hacen con fe viva y ardiente, son muy buenas; pero cuando se practican como lo hace la mayor parte de las mujeres, por costumbre o por diversión, entonces…

—Entonces —dijo Arturo—, son… una hipocresía.

—No precisamente hipocresía, pero sí necedad… pero no disertemos ya más sobre religión y pasemos al amor.

—Sí, al amor, al amor —dijo Arturo—, que es la fuente de todas las historias divertidas de este mundo.

—La madre de Elena y Margarita era una mujer severa en su conducta, inflexible con sus hijas, cristiana del siglo de la Inquisición, que no admitía controversia alguna en puntos de creencia. Educó a sus hijas con arreglo a sus principios, y la casa presentaba el aspecto más austero y ejemplar. Todos los días muy temprano las niñas iban a misa y permanecían en la iglesia hasta que el sacristán sonaba las llaves; a las ocho de la noche se rezaba, el rosario, se cenaba a las nueve y se acostaban a las diez. Cada ocho días confesaban y comulgaban todos, y se les preparaban sus desayunos llenos de flores y de diferentes clases de bizcochos. Mientras las niñas fueron chicas, toleraron esta vida; pero cuando la edad fue desarrollando sus instintos amorosos, y percibieron que había teatros, y bailes, y paseos, y diversiones, su existencia les pareció insoportable, y no pudieron menos que manifestárselo a la madre, la que, inflexible en su conducta, no cedió un punto, y lo único fue concederles un maestro que les enseñara a tocar el piano, cuyo maestro era un joven artista de no mala figura y de un corazón algo más que ardiente. Al cabo de un año las niñas estaban muy poco adelantadas en la música, pero bastante en materias de amor, pues el artista, entre los solfeos, solía hacerles algunas explicaciones, que servían más y más cada día para despertar esa curiosidad natural que viene con el desarrollo de la edad: cuando el maestro creyó que habían adelantado lo bastante se atrevió a escribir una carta a Margarita, que decía:


Hermosa Margarita:

Un pobre artista, que no tiene en el mundo ni familia ni amigos, os adora, y morirá de pesar si no le concedéis una mirada compasiva. El artista no tiene más que a Dios en el cielo y un ángel hermoso en la tierra, si este ángel le abandona, morirá de dolor. No digáis nada a vuestra hermana, ni a vuestra madre, ni a nadie: este secreto lo deposito en vuestro corazón, como se deposita un cadáver en una tumba, para no salir jamás, Adiós, Margarita: perdonad, y tened lástima de vuestro rendido amante.
 

»A pesar de que la madre asistía las más veces a las lecciones, el maestro se dio modo de poner la cartita entre unos papeles de música, e indicar con los ojos a la muchacha dónde podría encontrarla. Margarita supo perfectamente comprender; y sin que lo notaran ni la madre ni la hermana, se apoderó de la cartita, y pretextó en el acto que había olvidado su pañuelo, para salir a otra pieza y leerla.

»El astuto artista aprovechó esta oportunidad para decir a Elena en voz muy baja:

»—Elena, yo adoro a usted, y si no me corresponde, seré capaz de matarme. Piense usted en el modo de que tengamos una conversación a solas; pero no diga usted nada a Margarita, porque me perderá. Para disimular necesito decir que la quiero.

»Elena se puso encarnada, porque era la primera vez que escuchaba un lenguaje semejante, y el maestro, sin turbarse, siguió solfeando. Este plan, tan neciamente concebido, y que era natural que hubiese puesto al artista en el último grado de ridículo, tuvo el mejor éxito, porque las dos muchachas, fastidiadas con el encierro, con tanto rezar, y con la severidad de una madre caprichosa e histérica, ansiaban por tener un amante: cada cual supo guardar su secreto; pero comenzaron a desconfiar mutuamente, y perderse poco a poco el cariño que antes se tenían. El artista, por su parte, formó este cálculo: si se llega a descubrir que enamoro a las dos, me retiro de la casa, y aquí acaba todo; si guardan el secreto, entonces estoy perfectamente, pues una de las dos, o las dos, me han de querer; pero si ambas me desprecian, entonces digo que ha sido acaloramiento, irreflexión, y quedo lo mismo que antes. Ya concebiréis, Arturo, que el artista no era hombre de los más escrupulosos, ni a quien asustaban los inconvenientes. Las cosas se prepararon de tal manera, que después de dos meses más, las dos hermanas le correspondían, las dos se odiaban y las dos, para infundir confianza a la madre, eran más exactas en el cumplimiento de sus deberes religiosos. La madre estaba contenta, no sólo con sus hijas, sino con el maestro de música, a quien le dispensaba ya su ilimitada confianza en atención a que muchas noches las acompañaba a rezar el rosario y las novenas.

»El artista, encantado con el éxito de su tentativa, la conducía con habilidad grande: cuando daba la lección, se mostraba igualmente afable con las dos hermanas, haciendo a cada una sus señitas de cariño, cuando la otra se descuidaba. Elena era más ardiente, más confiada, más crédula que Margarita, la cual en cambio era más despierta, más cauta, más calculadora: así es que el maestro, habiendo hecho esta observación, todo su empeño lo redujo a que Elena le concediera una cita, para la que no cesaba de instarle; pero la muchacha, parte por temor, parte por imposibilidad, no se la había concedido.

»El artista iba, no sólo a las horas de lección, sino indistintamente a cualquiera del día; y una de tantas veces que pasó por la casa, entró en ella, y encontró que Margarita y la madre habían salido y que Elena estaba sola: vio que la ocasión se le venía a las manos y que no debía perder momento.

»—¡Oh! ¡Elena, Elena! Yo me muero de amor —le dijo tomándole la mano—, y seré capaz de asesinar a usted, a su mamá, a toda la familia, si usted no me corresponde, y no me otorga ese suspirado sí.

»—¡Calle usted, por Dios, señor Migueletti! —le dijo Elena asustada—, porque si entra la costurera o alguna criada, ¿qué van a decir?…

»—No, no, Elena, Elena mía, mi amor, mi delicia, mi edén, mi hurí, alma de mi vida, flor de mi existencia: yo te adoro, y perdería no sólo los veinticinco pesos que tu mamá me paga por la lección sino la existencia misma, por poseer tu cariño, tu amor, tu corazón.

—Pero ¿por qué se llamaba Migueletti? —preguntó Arturo—, ¿era italiano?

—Mexicano, de Zumpango; pero como sabía música, le pareció que Miguel era un nombre demasiado prosaico, y lo convirtió en Migueletti. Esto no es extraño, Arturo, pues muchos de vuestros paisanos, con una tez más que bronceada, pretenden pasar por ingleses o alemanes.

—Buen bribón era el tal Migueletti —dijo Arturo—. Proseguid.

—Elena —continuó Rugiero—, que por primera vez en su vida se veía con un adorador a sus pies, se turbó, se puso, ya pálida, ya encarnada; experimentó, en una palabra, una especie de congestión cerebral que le embargó la voz, y sólo tuvo facultad para responder:

»—Sí, sí, quiero a usted, señor Migueletti; pero aquiétese usted, por Dios, porque las criadas nos van a observar.

»Migueletti obedeció, sacó su pañuelo, lo llevó a los ojos, y triste, y con pasos de héroe de drama, se dirigió al sofá, donde se dejó caer, exclamando con una voz lánguida:

»—¡También el placer mata, Elena!

»—¿Tiene usted algo? —le preguntó Elena—. ¿Quiere usted un vaso de agua?

»—Tengo placer, y sus emociones me aniquilan. Quiero el amor de usted. ¡Oh, Elena, Elena, yo me muero!

»Elena, asustada, y viendo que Migueletti quería desmayarse, se acercó, y con un candor digno de ser respetado por un hombre menos inmoral que el maestro de música, le dijo:

»—Tranquilícese usted, por Dios; yo quiero a usted mucho, porque usted me quiere a mí.

»Entonces el maestro, con mucha delicadeza, le tomó la mano y pasó un brazo por su delgada cintura.

—¡Cáspita! —dijo Arturo—, el maestro era hombre que lo entendía.

—Ven, Elena —le dijo el maestro—, acércate, porque tu aliento es el alma de vida.

»El picarón estrechó entre sus brazos a la muchacha, la que, fascinada, con las mejillas rojas, y casi sin aliento, no tenía valor para defenderse de estas caricias, y habría sido víctima, si no se hubiera escuchado el ruido de una carroza que paró a la puerta. Eran la madre y Margarita.

»—¡Mi madre, mi madre! —dijo Elena asustada, y desprendiéndose de los brazos del maestro.

»—Bien, bien, Elena, recóbrese usted y vamos al piano pronto, muy pronto.

»En un instante el maestro abrió el piano, desperdigó los papeles de música, y comenzó un dúo de la Lucrezia. Elena se limpió con el pañuelo algunas gotas de sudor que corrían por su frente, y tranquila y calmada se puso a acompañar al pianista, teniendo cuidado de sonar la campana y de pedir a las criadas una lumbre, para que la llevasen a tiempo que la madre fuese entrando. Margarita fue la primera que entró; echó una mirada indagadora sobre la hermana y Migueletti, una sospecha penetró en su alma, frunció el entrecejo y se quedó pensativa. En cuanto a la anciana, tosiendo y ahogándose, llegó después, y encontrando todas las puertas abiertas, a la criada que entraba con la lumbre, y a Margarita sentada en un sofá, y al maestro de música encendiendo un cigarrillo, se contentó con decir entre dientes: estas niñas son muy apasionadas a la música.

—No cabe duda en que las mujeres son el mismo demonio —dijo Arturo.

—Y los hombres no somos menos —respondió Rugiero.

»El maestro, que notó el semblante un poco taciturno de Margarita, inmediatamente dejó su dúo, y con la cara más alegre del mundo se dirigió a ella y le dijo:

»—Vamos, señorita, se disipará esa tristeza con que cante usted una aria de la Sonámbula, y tomándole la mano, la condujo al piano.

»Elena aprovechó esta oportunidad para retirarse, brincando como una chicuela, y diciendo que ya el maestro, la música, las arias y los dúos la tenían fastidiada.

»—Me he pegado el más solemne chasco, dijo el maestro a Margarita en voz baja, pues creí encontrar a usted en vez de Elena. Más de una hora he tenido que estar tocando y cantando para divertir a esta criatura.

»Hubo algunas explicaciones más entre Margarita y el maestro, de lo que resultó que quedara enteramente tranquila, y que la madre cada vez siguiera más confiada en la virtud de sus hijas y en la honradez del maestro.

»Pasados algunos días, se trató de un paseo a San Ángel: no era época de temporada, y sólo debían ir la madre, las dos muchachas, un clérigo amigo de la casa y su hermano, que era un curial pobretón que se mantenía de agente de negocios de la iglesia. El maestro fue invitado al paseo, y perfumado y montado en un buen caballo, acompañó a la familia, que cuidó de llevar dentro del coche sus grandes canastas de almuerzo. El paseo fue de lo más fastidioso: llegados a Tizapam, se dispuso el almuerzo debajo de unos árboles. Los concurrentes dieron gracias a Dios porque les daba de comer; el padre bendijo la comida, y todos llenaron el estómago, rezando al concluir el Padre Nuestro.

»La conversación, en vez de ser de amores, de festines, de saraos, fue de monjas, de religión y de lo corrompido que estaba el siglo. El maestro de música supo llevar la cuerda tan perfectamente, que el clérigo, su hermano y la madre quedaron muy satisfechos; y sólo las muchachas se rieron en su interior, pues estaban perfectamente impuestas del fuego amoroso que abrigaba el alma del artista.

»Concluida la comida, las niñas importunaron tanto a la madre, que hubo de darles licencia para que montasen a caballo: el maestro estaba listo dando las más amplias seguridades de la mansedumbre del animal, y se condujo con tal prudencia, que sólo paseó a las muchachas sin perder de vista a la madre.

»Eran ya cerca de las seis de la tarde cuando se dispuso el regreso a México: Margarita se encaprichó entonces en venir a caballo: el hermano del clérigo apoyó este capricho, y la madre consintió en que el maestro fuese el caballero, con tal de que no se despegase de la portezuela del coche; y arreglada así la comitiva, emprendieron el camino admirablemente.

—¿Con que es decir —preguntó Arturo—, que el maestro tenía planes?

—Y cómo que sí: reunió ocho o nueve hombres, poniendo a su cabeza a un mozalbete calavera, a quien le gustaba Elena mucho; esta tropa de fingidos ladrones, debía colocarse en una encrucijada, donde se divide el camino para otros pueblos; asaltar el coche, amarrar al clérigo y a su hermano, asustar a la madre y apoderarse por veinte minutos de las muchachas; Margarita debía ser defendida por el maestro, y Elena robada por su nuevo París.

—En verdad, Rugiero, que esta historia me escandaliza y me irrita, y si yo encontrara a ese bribón músico, le había de dar cuando menos una buena paliza. ¡Pobres muchachas! Continuad, Rugiero.

—El día había sido claro y hermoso; pero como sucede en México, repentinamente comenzaron a subir de detrás de las cordilleras unas nubes blancas, después pardas, y finalmente negras, preñadas de relámpagos. La calzada en momentos quedó oscura y goterones casi calientes caían con estrépito en las copas de los árboles. Los del coche comenzaron a rezar la letanía, para aplacar la tempestad, y doña Beatriz gritó a Margarita ordenándole dejase el caballo y se metiera dentro del coche, pero ella se acercó con su caballero a la portezuela y prometió ir muy cerca del carruaje y entrar en él tan luego como arreciase la lluvia. La madre, que como todas las madres son al fin consentidoras, no insistió, y esta fue su falta y el motivo de una gran desgracia.

»Entre tanto llegaron a la encrucijada: un ¡alto! acompañado de un juramento, hizo detener al cochero, e inmediatamente dos hombres enmascarados amagaron con el cañón de unas pistolas a los que iban dentro del coche. En un caso semejante la voz y el movimiento se suspenden, y esto aconteció a nuestros personajes, que no tuvieron aliento más que para encomendar su alma a Dios.

»Los supuestos ladrones amarraron al clérigo, a su hermano y a la anciana, y el nuevo París sacó en sus brazos a la hermosa Elena, casi desmayada del susto, mientras Migueletti prendía las espuelas al caballo, torcía por una de las encrucijadas, metiéndose por fin en una casa de adobe medio arruinada.

»La lluvia arreció en ese momento; los truenos se escucharon más fuertes y cercanos, y uno que otro pálido relámpago alumbraba rápidamente estas escenas verdaderamente terribles. Margarita, presa de un vértigo infernal, se retorcía, se desesperaba, clamaba a Dios, maldecía al maestro de música, y en medio de estas angustias, de estos tormentos, se encontraba aislada y en poder del artista.

»Al cabo de media hora se escuchó la detonación de unas armas de fuego, que hizo estremecer a los que estaban amarrados dentro del coche; pero pronto apareció, para tranquilizarlos, el maestro de música, diciendo:

»—Nos hemos salvado; los ladrones han huido, y Margarita y Elena están seguras.

»Desató inmediatamente a las personas que estaban dentro del coche, quienes poco faltó para que se hincaran a darle las gracias.

»—¡Mis hijas!, ¡mis hijas! —fue la primera palabra que pronunció la madre.

»—Voy en su busca —dijo el maestro—, cuidé de esconderlas entre los magueyes, y se han libertado: el que se atrevió a tocar a Elena ha sido castigado por mi propia mano, y creo que va muy mal herido.

»El maestro fue por las muchachas y volvió acompañado de ellas, diciendo que nada les había sucedido, fuera del susto que era consiguiente. Ya todos dentro del coche, y mirándose sanos y salvos, comenzaron a dar gracias a Dios y a registrar las bolsas, para ver si algo les faltaba; pero con asombro miraron que sus relojes y dinero, así como los pendientes y gargantillas de las muchachas, estaban completos. El maestro contó entonces una historia, en que se hacían notables su valor y generosidad, como la de los caballeros antiguos; y Margarita tuvo que decir que todo era la verdad.

»En México se comentó de diferentes maneras la ocurrencia de los ladrones; pero el público, aunque malicioso y mordaz, jamás la interpretó desfavorablemente a las muchachas. Margarita amaneció al día siguiente con una fuerte calentura; y el maestro anunció también a la madre, que atacado, a consecuencia del pesar y de la impresión que recibió, de una enfermedad nerviosa, iba a tomar unos baños minerales, y suspendía las lecciones. A Elena, pálida y enfermiza después de este suceso, cada momento se le venían las lágrimas a los ojos.

XXVI. Las novelas de Rugiero.—Elena y Margarita

LAS NOVELAS DE RUGIERO

ELENA Y MARGARITA

—Ya supongo, mi querido Arturo, que pensaréis que el maestro, acosado por los remordimientos, se fue a echar a los pies de un confesor, o a encerrarse nueve días en la casa de Ejercicios de la Profesa; pues nada de eso. Como carecía de buenos sentimientos, sin pesarle, sino muy levemente, el horrendo crimen que había cometido con dos inocentes criaturas, y abusando de la confianza de una madre anciana, lo único en que pensó fue en seguir adelante con la aventura hasta casarse con Margarita, y apoderarse de una buena hacienda que poseían en el Estado de Puebla; pero reflexionando en la severidad de la madre y en que si su delito se descubría podría caer en manos de los jueces, resolvió ausentarse de la capital.

»Al efecto, repartió en casa de sus discípulos y discípulas una tarjeta en que pedía órdenes para Milán; y en vez de marcharse en la diligencia de Veracruz, se colocó en la del Interior, y quince días después de la aventura que acabo de referir, se hallaba ya en la ciudad de San Luis Potosí, bajo el nombre de Monsieur de Saint-Etienne, primer director de orquesta de la Sala Ventadour de París; compró unos anteojos, se dejó crecer el bigote y el pelo, y con estas ligeras reformas, y venir de París, muy pronto tuvo muchas discípulas en la población.

»En cuanto a la casa de la señora doña Beatriz de Olivares, que así era el nombre de la madre de Elena y Margarita, cambió de aspecto enteramente: las muchachas, que aunque obligadas por la madre al rezo y a la devoción, tenían antes la alegría que da la inocencia, después del día de campo muy poco hablaban; frecuentemente les venían las lágrimas a los ojos, y sus sueños eran turbados a veces por siniestras visiones, que les hacían despertar sobresaltadas.

»La señora, alarmada sin saber por qué, participaba igualmente de la mortal tristeza de sus hijas; y como si el instinto maternal le revelase que alguna cosa terrible había pasado en su familia, apenas de vez en cuando se atrevía a preguntarles qué tenían. “Nada”, era la única respuesta que recibía; y volvían a transcurrir los días lúgubres, amargos para esa familia, como si estuviesen en el duelo de alguna persona querida.

»La madre, pensando quizá que tantos rezos y tanta severidad podrían haber fastidiado a sus hijas, les procuraba todo género de distracciones, a que ellas se rehusaban; y ya entonces se avanzó hasta permitir la entrada a la casa de dos o tres jóvenes, quienes lograron variar algún tanto el humor de las muchachas; pero la reputación de virtud que tenían, y el carácter duro de doña Beatriz, hicieron que ni aun se aventurasen a enamorarlas.

»Entre dos o tres personas que las visitaban, había un joven de veinte años, de pelo blondo, de grandes ojos garzos, de cutis como el de una doncella, que tenía aún su alma cándida y abierta a las tiernas impresiones, y un padre rico, que deseaba que su hijo se estableciera; es decir, que se casara con una muchacha virtuosa, modesta y que hiciera su felicidad.

»Este joven no tenía un nombre romántico, pues se llamaba simplemente Joaquín; era tímido hasta el extremo, y nada sabía hasta entonces de aventuras escandalosas, ni de anécdotas depravadas de amor. Pasaba las noches en un éxtasis celestial; hablaba poco, y toda su alma, toda su existencia, la reconcentraba en contemplar a Elena, la que por su parte, después de algunos días, notó este amor profundo en los ojos de Joaquín, y sintió que su alma estaba rodeada de esa atmósfera mística, que se mezcla y confunde entre dos seres, cuando se aman con un amor desinteresado y puro.

»Pintaros, mi querido Arturo, las emociones de Joaquín, los sordos y desconocidos dolores que causaban en el alma de Elena las miradas del joven, sería cosa imposible; ellos se entendían, ellos sabían cuando estaban alegres, cuando sentían la tristeza y la incertidumbre de su amor; no cambiaban jamás palabra de amor; y sin embargo, estaban seguros de que se amaban, y tenían la mejor armonía e inteligencia.

—¡Oh, sí, eso es cierto! —dijo Arturo—, yo creo, que, sin decir una palabra, puedo con mis ojos manifestarle a una mujer que la adoro.

—La desgracia, Arturo, es que hasta ahora sólo Teresa os ha podido comprender.

Arturo suspiró profundamente y Rugiero prosiguió:

—Habían pasado ya cuatro meses después de la aventura del día de campo, y Elena amaba apasionadamente a Joaquín. Elena, después de enamorada, conoció lo difícil de su posición, y consideró que debía hacer un heroico esfuerzo para desprenderse de este cariño, que día par día iba aumentando, y que día por día aumentaba también su desgracia.

»En cuanto a Margarita, era también un ángel caído, a quien el amor que tenía Joaquín a su hermana, desgarraba el alma; y como no tenía esperanza ninguna de felicidad, estaba devorada de envidia, sintiendo lo mismo que Elena, todo el peso de su infortunio; pero la desgracia de Margarita era mayor, porque era madre, y antes que reportar la vergüenza y la cólera de doña Beatriz, estaba resuelta a suicidarse.

»Entre tanto, la pobre criatura ceñía cilicios, maceraba sus carnes, y largas horas permanecía en las iglesias derramando amargas lágrimas. Pero acabaremos primero con la historia de Elena, la cual, formada su resolución, fingió enfermedad, y en ocho noches no salió a la sala a ver a Joaquín, quien, loco perdido, estaba entregado a la desesperación, y animado sólo por la esperanza de que al día siguiente aparecería en la sala la linda Elena; su esperanza era vana, y su desesperación aumentaba, pues pasaban los días y Elena no volvía a salir.

»Resuelto a aclarar este punto, le dijo a su padre que estaba decidido a casarse; y éste, complaciente y bueno, se encaminó un día a la casa de doña Beatriz y pidió para su hijo la mano de Elena. La madre llamó a Elena, le manifestó las buenas cualidades de Joaquín, la animó a que se resolviera, y con una ternura que hasta entonces no había conocido, le pintó la situación feliz que Dios preparaba a una muchacha que se casaba con un hombre amante y honrado.

»Elena, pálida, temblando y con la voz cortada, respondió: “Es imposible, yo no puedo ser feliz”, y se retiró a su recámara, dejando a la madre y al novio presa de las más crueles dudas, pues no sabían a qué atribuir semejante conducta. Se convino por los padres en que se dejaría pasar algún tiempo, y en que se permitiera a Joaquín el frecuente trato de la muchacha, pensando que nadie mejor que el amante mismo conoce el medio de ganar el corazón de una mujer.

»Joaquín, en sus conversaciones con Elena, lleno de fuego y de amor, le instaba a que le dijera el verdadero motivo de su negativa, pero no obtenía más respuesta que las lágrimas. Elena, por fin, un día que el joven le suplicaba que le revelara su secreto, haciendo un esfuerzo sobrenatural, le contó el acontecimiento horrible del día de campo.

»—Ahora —le dijo—, ya sabes mi secreto, Joaquín, es imposible que yo pueda ser tu esposa, y que me ames como antes.

»Joaquín salió de la casa loco, como si todas las furias del infierno se hubiesen metido dentro de su corazón; era el primer amor, fogoso, profundo, indeleble, como lo son todas las primeras impresiones que se graban en un corazón virgen; se había figurado a Elena como un ángel de pureza y de candor, y esta confesión rompió el prisma de sus ilusiones, desvaneciendo todas sus esperanzas y convirtiendo en horrible realidad todos sus ensueños de ventura.

»A los tres días fue a ver a Elena, y le dijo:

»—En efecto, Elena, después de algún tiempo de casado, yo podría aborrecerte; no podemos ser felices; es menester separarnos y vivir muy lejos el uno del otro. Yo parto para Milán; allí encontraré acaso al maestro de música, y después de la venganza, puede volver el amor.

»—¡Oh! —dijo Elena sollozando—, ¡te vas, te vas, Joaquín!… muy bien hecho; pero los hombres no tienen piedad ninguna de las mujeres. Si yo hubiera sido una mujer falsa e hipócrita, me habrías amado; pero fui sincera, y este es mi principal delito. Yo te aborrezco, porque no has sido generoso ni noble; te aborrezco, y ni por todo el oro del mundo me casaría contigo.

»El corazón humano es incomprensible; en el mismo momento en que Joaquín vio que se le cerraba completamente la puerta a la esperanza, se consideró el hombre más desgraciado, echándose a los pies de Elena, le dijo:

»—He sido injusto y bárbaro contigo, Elena; tienes razón, pero te pido perdón; olvida lo que te he dicho, como yo te juro olvidar tu desgracia y tus sufrimientos, y seamos felices, viviendo el uno para el otro y echando un velo sobre lo pasado. Decídete, Elena; aquí me tienes a tus pies, pidiéndote la dicha, el consuelo, la vida.

»—Después de algún tiempo de casados —le contestó Elena—, y cuando hayan pasado las primeras ilusiones, recordarás mi funesta aventura… No, no tiene remedio, Joaquín; dejemos esta posición ridícula, y busca otra mujer que sea más digna que yo de tu mano.

»Acabando de decir estas palabras, se levantó del rico diván en que estaba sentada, y lentamente se retiró a su cuarto, cerrando tras sí la puerta, y dejando al amante postrado en tierra. Joaquín, inmóvil, la vio alejarse, sin poder ni aun detenerla; y cuando la puerta se cerró, y la estancia, aunque sola, quedó impregnada con el aliento, con los perfumes de Elena, se levantó, tomó su sombrero y salió también lentamente de la casa.

»—Soy muy desgraciado: Elena jamás podrá ser mía.

»A los tres días tomó la diligencia para Veracruz, y allí se embarcó para Inglaterra con la intención de dirigirse a Milán, donde suponía encontrar a Migueletti, y vengarse de alguna manera.

»Volvamos a Margarita; he dicho que sus tormentos secretos que no podía contar, ni curar con ninguna medicina, la habían conducido a pensar en el suicidio. Terrible era la idea de arrancarse la vida en la flor de la juventud, pero el pensamiento de la deshonra y de la vergüenza, la hacía las más veces preferir la muerte.

»Ni las penitencias, ni los ayunos, ni los cilicios, bastaron para apartar de su cabeza este pensamiento infernal, y decidida a ejecutarlo, extrajo del botiquín de su madre un pomo de láudano; y uno de esos días tristes en que sopla un norte helado, y en que los nubarrones se apiñan casi sobre los techos de las casas, días fatales para los desgraciados, Margarita tomó el frasco y bebió la mitad de su contenido. Llamó después a Elena, con quien pocas palabras había atravesado después de los impensados y fatales acontecimientos del día de campo.

»—Elena, hermana mía —le dijo—, mucho te he ofendido, pero debes ser generosa ahora, y perdonarme.

»—No me has ofendido en nada —le dijo Elena con sequedad—, así no tengo de qué pordonarte.

»—Oye, Elena —le dijo Margarita, tomándole dulcemente de la mano—, te he aborrecido, desde que observé que Migueletti te amaba; pero de esto me arrepiento, te lo digo con todo mi corazón, y ahora te amo ya con la misma ternura que antes, y te arrepentirías mucho si ahora que imploro tu cariño me rechazaras.

»—Migueletti no me amaba nunca, y tú bien lo sabes —le replicó Elena con ironía…—. En cuanto a tu amor, me es indiferente.

»—Elena, Elena, no seas cruel con tu hermana; es muy desgraciada, mucho, mucho más que tú. ¿Será posible que ni tú tengas piedad de mí?

»Elena, algo conmovida, se acercó y le tomó una mano.

»—¡Oh! —dijo Margarita, llevando a sus labios la mano de su hermana—, esta caricia tuya me llena de consuelo. También tú eres muy desgraciada, ¿no es verdad?

»—Mucho, hermana, mucho.

»—¿Ya no te casarás con Joaquín?

»—Jamás —dijo Elena con la voz casi ahogada.

»—¿Y amabas a Migueletti?

»—No, no lo amaba.

»—¡Bendito sea Dios! Era un malvado, sí, un malvado, Elena, que nos ha engañado.

»—¡Cómo! —dijo Elena alarmada—, ¿también a ti?

»—Sí —dijo Margarita soltando el llanto.

»—Mira, hermana —le dijo Elena acariciándola—, todo tiene remedio; no llores, no te aflijas así, consuélate.

»—No, Elena, no; la muerte, la muerte es el único remedio, para evitar la vergüenza y la infamia; y muy pronto, muy pronto, no volverás a oír mi voz, ni mi madre podrá decirme una sola palabra.

»—¿Qué tienes, qué tienes, Margarita, que estás tan pálida, y que una sombra morada cubre tus párpados?

»—Lo que tengo, hermana mía, es que he tomado láudano, que estoy sintiendo ya sus efectos mortales; que tengo muy pocos momentos de vida, y que te ruego, por lo que más amas, por lo que padeció la Virgen Santa, que corras, y que me mandes llamar un confesor. He cometido falta tras de falta, y crimen tras de crimen, y perderé mi alma, Elena, me condenaré sin remedio, y seré desgraciada eternamente, después de haber sido tan infeliz en este mundo. ¡Oh!, corre, corre, Elena, no abandones a tu pobre hermana.

»Elena salió de la estancia gritando:

»—¡Mi hermana se muere!, ¡un médico!, ¡un confesor! ¡Madre, madre, que vayan todos a buscar médicos!

»Al momento unos criados salieron en busca de facultativos y otros del confesor.

»La madre, con ese amor sublime de las mujeres, saltó del lecho, donde hacía algunos días la tenía postrada una dolorosa enfermedad de nervios, y corrió al cuarto de Margarita, a la que encontró ya sin sentido. Daba lástima ver cómo aquella mujer tan severa, tan estricta, y que rarísimas veces hacía una caricia a sus hijas, quería infundirle con su aliento la vida, besaba su boca y su frente; acariciaba sus mejillas, y luego, echándose de rodillas, retorcía sus manos y pedía al cielo con lágrimas que le enviara un rayo antes que ver morir a su adorada hija. Elena, entre tanto, corría a la cocina y disponía sinapismos y otras medicinas caseras. Cuatro o cinco médicos vinieron y se encargaron de la enferma; Elena tuvo cuidado de instruirles de qué provenía su mal, y a cabo de una hora concibieron esperanzas y volvieron a la vida a ella y a la madre, que también se moría de pesar. Ocho días después del funesto acontecimiento, un coche de camino estaba listo en la puerta de la casa; y la familia, acomodando en él las cosas más necesarias para el viaje, se dirigió a la hacienda que, como he dicho, tenían en el Estado de Puebla, y de donde no volvieron hasta pasado un año.

»Recordaréis, Arturo, que uno de los concurrentes al día de campo, fue un curial pobre, hermano de un clérigo, y el cual no había dejado de hacer sus visitas a doña Beatriz cuando permanecían en México, ni de escribirle cuando se fueron a la hacienda. Pues bien, tan luego como volvió la familia, volvió también el curial a visitar la casa, y entonces manifestó francamente que su intento era casarse con Margarita. La madre se sorprendió con semejante petición; pero como en el fondo de su corazón conocía que era lo único que convenía a Margarita, prometió pensar en ello y resolverse. Un domingo se resolvió, por fin, que el curial se casaría con Margarita, la cual llevaría en dote 60,000 pesos, comprometiéndose a hacer además doña Beatriz en su testamento una donación de 30,000 pesos para las ánimas del purgatorio.

—¿Y Margarita, qué hizo? —preguntó Arturo.

—Margarita había perdido completamente el amor, la sensibilidad, la voluntad propia, por decirlo así, y accedió sin dificultad; tanto más, cuanto que doña Beatriz exigió de ella este sacrificio, como una expiación y como condición precisa para darle a la hora de su muerte la bendición y su herencia materna.

—¿Y el curial sabía lo acaecido en la aventura del día de campo?

—Perfectamente —contestó Rugiero—, y tanto, que adoptó al hijo que murió a poco.

—¿Y estaba enamorado de Margarita?

—Enamorado precisamente, no; pero le gustaba, como a nosotros nos gusta también.

—Yo la adoro, ese bigotillo negro que hace resaltar más lo encarnado de sus labios, me vuelve loco.

—Es probable —prosiguió Rugiero—, que al curial le pareciese bien el bigotillo tentador de Margarita, pero todavía le pareció mejor la suma redonda de sesenta mil pesos, cerró los ojos, pasó por todo y se casó ante lo que ustedes llaman nuestra madre la Santa Iglesia, a la cual no me es dado pertenecer. Vos lo sabéis: entre San Miguel y yo, existe todavía una guerra sorda.

—En la que seréis vencido —le contestó Arturo riendo—, ya os he visto anonadado y por tierra a los pies del valiente ángel, cuya sola espada os hace temblar.

—Y a qué hablar de estas cosas —le interrumpió Rugiero vivamente contrariado—, la historia ha terminado ya y será preciso que os haga entender, que sea yo el diablo, o no, jamás cuento historias que no tengan un fondo de moral y de verdad. Doña Agustina, que empleó toda su vida y sus afanes en casar con un hombre muy rico a Florinda, la casó con un miserable que no tenía más que deudas, y doña Beatriz, que educó a sus hijas con la mayor severidad, haciéndolas confesar y comulgar cada ocho días, fueron a la hora que ella menos lo pensaba, seducidas por el único hombre que frecuentaba la casa. Esto enseñará a las madres de familia que no se deben fiar, ni de los maestros de música, ni de los que gastan lujo y ostentan riquezas, porque no es oro todo lo que reluce. ¡Qué tal! El obispo Madrid, o el Padre Pinzón, no han predicado nunca mejores sermones que los míos, y así y todo siempre estaréis creyendo que soy el diablo. Tiempo es ya de que marchemos a descansar de esta fatigosa noche.

Los dos amigos llamaron al criado, pagaron generosamente el gasto que habían hecho y salieron del brazo, hasta la esquina de la calle del Coliseo, donde se despidieron dirigiéndose cada cual a su domicilio.

XXVII. Cartas de La Habana

Pocas gentes del comercio y de los que tienen negocios en países extranjeros, no conocen a don Rafael Veraza; este hombre singular, de una constitución fuerte y robusta hasta el extremo, lleva y trae desde hace muchos años la correspondencia del gabinete inglés de Veracruz a esta ciudad, viaje en que no dilata más que de treinta y seis a treinta y ocho horas, atravesando una distancia de cien leguas de los malos y encumbrados caminos de la Sierra Madre; ni la lluvia, ni el frío, ni la tempestad, ni los ladrones, ni la guerra, detienen a don Rafael Veraza, como no detienen al vapor inglés, ni los vientos, ni las marejadas.

Un momento antes de partir, se encuentra a Veraza en la calle, vestido elegantemente y con la mayor calma del mundo; a poco se le ve en el camino, azotando su caballo y por las calzadas y cerros como una visión fantástica; llega a una posta, e inmediatamente se presentan tres o cuatro mozos; y uno le toma el caballo y otro las maletas, mientras los postillones con una velocidad increíble, preparan los caballos de remuda, operación que se hace en minutos, y Veraza vuelve a montar y a continuar su carrera.

Cuando llega la noche, se acomoda perfectamente en su silla, que, llena de bolsas y escondrijos, es positivamente una despensa abundante, donde se encuentra aguardiente, queso, jamón, pan y cuanto puede bastar para que un hombre que no corre, sino que vuela, se alimente durante treinta y seis horas; y acomodado en ella, y cuando el sol va ocultándose en el ocaso, cierra los ojos y duerme profundamente, sin dejar maquinalmente de azotar con los chicotes que en cada mano lleva, a los caballos, que por su parte, y acostumbrados a esta fatiga, cierran también los ojos y se dejan ir por las cuestas y desfiladeros.

En el momento en que llega don Rafael Veraza a Veracruz, se lava, se viste de limpio, y como si acabara de levantarse de un mullido lecho, vuelve a montar a caballo y sale a pasear por la ciudad; cada mes se repite esta expedición.

Don Rafael Veraza, pues, a quien con tanta ansia aguarda siempre el comercio de la capital, llegó cosa de las doce del día, hora en que Arturo, que había pasado la noche oyendo las historias que le contó Rugiero, estaba todavía durmiendo profundamente; el criado entró y despertándolo, le anunció que le habían dejado un recado, avisándole que don Rafael Veraza había llegado.

Arturo se levantó precipitadamente, se vistió, almorzó, fue a sacar sus cartas del correo y con ellas se dirigió a la casa del capitán Manuel, quien se había retirado de la sociedad desde que regresó de Jalapa, y vivía en un cuarto de una casa de la calle de San Miguel.

Un catre y una mesa de madera, dos malas sillas de pino, un cántaro de agua en un rincón, la montura colgada en un clavo en la pared, y unas cuantas casacas y pantalones militares en una percha, eran todos los muebles de la habitación del capitán. Arturo lo encontró recostado en su catre, leyendo una novela de Dumas.

—Y bien, señor capitán, ¿cómo se ha pasado la vida desde que no nos vemos? —dijo Arturo entrando y sentándose con familiaridad en el catre del capitán.

—Ten cuidado, Arturo —le dijo el capitán sonriendo, y tendiéndole la mano—, porque si gastas esas confianzas con mi pobre lecho, se acabará de romper y tendré que dormir en el suelo.

En efecto, el catre rechinó cuando Arturo se sentó en él, y mirando el joven el efecto desastroso que podía causar al lecho de su amigo, se colocó en una silla, que recargó contra la pared y puso los pies en otra. Acomodado así, siguió platicando:

—Vamos, Manuel —le dijo—, es menester regenerar un poco este cuarto, porque no está bien que viva en él un hombre tan elegante como tú.

—Te aseguro que estoy tan abatido y disgustado, que me es indiferente vivir aquí, o en cualquiera otra parte. En cuanto a dinero, no estoy muy abundante, como debes de suponer, pero tampoco lo necesito para nada; cuando el corazón está triste, para nada sirven el dinero ni la vida. Ya verás cuando haya castigado al pícaro viejo tutor, cómo encuentro medios de poner mi habitación como un palacio, y mi persona como la de un príncipe.

—¡Quién sabe —le dijo Arturo—, si las noticias que traigo, hagan cambiar tu situación!

—¿Cómo? ¿Me traes noticias?

—Sí, por cierto; Veraza ha llegado, y aquí tengo ya las cartas del paquete.

—Veamos, Arturo, veamos pronto lo que contienen —dijo el capitán levantándose del catre.

—Calma, calma, capitán —le dijo Arturo, sacando las cartas del bolsillo y poniéndolas en las manos del capitán.

—¿Calma? Se conoce que tú no estás enamorado, porque de lo contrario… ¡pero qué frialdad de hombre, qué cachaza; preguntarme por qué tenía mi cuarto así, antes de decirme que tenía yo cartas de mi pobre Teresa!… sí… debía incomodarme contigo… Habana… cabal… sí; es la firma de Teresa, vive… vive; esta es su firma, es su preciosa letra… la misma… me ama, me ama todavía… Yo estoy loco, Arturo, loco; quisiera devorar de una vez todas estas líneas y saber lo que me dice en ellas… ¡Oh Arturo!, tú no sabes el placer que causa el recibir cartas de una querida que se ama con el alma y con el corazón… tú eres un insensible; si no, te volvieras loco como yo… mira la firma de Teresa… está en La Habana, buena, completamente buena… pero desgraciada la pobre criatura, desgraciada, sin duda, porque no está conmigo…

Todo esto lo decía el capitán recorriendo precipitadamente las cartas de Teresa, leyendo expresiones aisladas; volviendo las hojas una vez y otra, y besando repetidas veces la firma.

—Veo —le dijo Arturo—, que en efecto te puedes volver loco. Dame esas cartas, recuéstate en tu catre como estabas, cerremos la puerta para que nadie nos interrumpa, y yo te las leeré desde el principio al fin. Ya sabes lo principal, y es que Teresa llegó bien, y se halla con salud; prepárate, pues, a recibir con calma las demás noticias.

Cerraron la puerta, el capitán se recostó, y Arturo comenzó a leer:


Habana, etc.

Manuel de mi corazón: Supongo que el señor Arturo te habrá impuesto de lo que pasó en mi viaje hasta Veracruz. Me embarqué en el vapor inglés Teviot, y desde ese momento comencé a escribir un diario, que ahora he vuelto a copiar: léelo, y en él hallarás consignado mi amor, mis pensamientos, las horas de angustia y de dolor que he pasado, y también los momentos de infinito placer que he tenido, haciendo memoria de ti, bien mío, de ti, que eres mi único amor, mi solo consuelo.

Víctima de la trama de mi tutor, que fingió tu letra, fui a la cita; y allí, Manuel, en vez de encontrarte, sólo encontré a un asesino, que estaba resuelto a obtener mi mano o a matarme; creo que no dudarás, Manuel, que habría preferido mil veces la muerte antes que ceder a esta infamia. Busca al padre A… que vive en la calle del Puente Quebrado, y él te impondrá de cómo Dios, por un milagro, me salvó la vida; guíate por los consejos de ese santo eclesiástico; sé religioso y bueno, porque sólo con una conciencia pura se hace frente a las maquinaciones de tan crueles enemigos.

Ámame mucho, Manuel; no me olvides ni un instante, y ten, como yo, la esperanza de que algún día, y quizá pronto, volveremos a ser tan felices como aquellos cortos instantes en que nos vimos en casa de la buena lavandera, y que no podré olvidar nunca, pues no hago más que cerrar los ojos y verme allí en tus brazos.

Escríbeme mucho, mucho, todo lo que te pase, aun lo más insignificante, porque tus cartas me darán la vida, y reanimarán mi esperanza.

Adiós, Manuel mío; recibe el infinito amor de tu

Teresa.
 

—Pues es cosa muy terrible —dijo Manuel cuando acabó de oír esta carta—, que Teresa deje la aclaración de las infamias del viejo para que el padre nos las diga. Quién sabe si éste nos hablará la verdad, y si le encontraremos: nada le costaba haber escrito un poco más.

—No seas injusto —le contestó Arturo—, tendría sus razones para no fiar estos secretos a una carta. Si por casualidad se hubiese perdido, o hubiese sido interceptada por el tutor, ¿qué sucedería? Vendrían naturalmente por tierra los planes que hemos formado.

—Pues bien —dijo el capitán—, en ese caso vamos inmediatamente a ver al padre y que nos explique todo lo que ha sucedido.

—Leeremos primero el diario de Teresa, y quizá encontraremos en él alguna explicación más.

—Bien dicho, Arturo; yo estoy positivamente fuera de mí, y haría mil tonterías.

Arturo comenzó a leer:


Día 1.º, a las cuatro de la tarde.—¡Oh Dios mío!, Tú que cuidas de la vida del insecto que se arrastra por el suelo, y del pajarito que vuela en el viento, dame fuerza para sufrir esta separación.

Estoy ya a bordo del vapor: el generoso amigo, que me ha acompañado desde México hasta Veracruz, se ha retirado en un bote. He conocido que mi desgracia ha conmovido su corazón, y que será en lo de adelante un hombre que se interese en todos mis infortunios: a él le entregué mi retrato y un rizo de mi pelo, y estoy muy segura de que los pondrá en poder de Manuel.

Un viento recio comienza a soplar: las olas se estrellan contra las murallas del castillo de Ulúa, y los marineros levantan las anclas; la máquina está encendida, y el buque comienza a moverse. Si yo no fuera tan desgraciada, tendría miedo; pero cuando la vida cansa y fastidia, los más grandes peligros se ven con indiferencia. —¡Ah!, no, no, ¡Dios mío!, no me quites la vida antes de volver a ver a Manuel. Deseo estar a su lado un año, ¿qué digo?, un día, un minuto, y entonces moriré contenta.

Las olas parece que quieren romper los costados del buque; el mar y la máquina rugen a competencia, y las nubes cubren el cielo. Este cielo opaco y triste me ahoga, y pesa como un plomo sobre mi corazón…

A las cinco.—¡Oh, Dios mío! La tierra se pierde, se borra, se une y se confunde ya con las nubes, es la tierra de mis padres, la tierra en que vi la luz primera, la tierra en que vive Manuel, la tierra de que me alejo, quizá para no volver jamás. Adiós, patria mía; adiós tierra idolatrada; adiós, Manuel, a quien he adorado con todo mi corazón: mi alma, mis pensamientos quedan en ese México, donde he experimentado tan amargos dolores y tan vivos placeres: ningún pesar es tan grande, tan terrible en la vida, como el ver desaparecer desde un barco la tierra en que se vio la luz primera.

Las ocho de la noche.—Pasadas estas impresiones, que han lastimado mi corazón de una manera inaudita, el mareo se ha apoderado de mí: he bajado a mi camarote, y me he encerrado en él, acostándome en este lecho, que me parece un ataúd. ¡Ah, Manuel: la soledad es lo más terrible! ¿Quién, si no Dios, puede auxiliar a esta mujer aislada en medio de los mares? Si tú estuvieras conmigo, nada tendría que temer, y la muerte misma me sería grata: tú mitigarías mis sufrimientos; con tu presencia solamente calmaría este mal, que mata mi alma y mi cuerpo. El mar está horriblemente alterado, las olas se estrellan en los costados del buque y lo hacen estremecer; yo tengo miedo, pero no a la muerte, sino a perecer olvidada de ti y de todo el mundo. Estas líneas acaso no llegarán a tus manos, y tu infeliz Teresa acabará sin el consuelo siquiera de que tú recibas los últimos recuerdos de su amor.

Día 2.—Anoche, Manuel de mi corazón, no pude continuar: el lápiz se me cayó de la mano, y la fatiga de mi espíritu y el mareo me postraron, de suerte que no pude ya ni aun mover mis cansados brazos. ¡Qué noche, Dios eterno, qué noche tan cruel! Toda ella la he pasado en un continuo delirio y en un estado de sopor, en que ni se duerme ni se vela; tu imagen, Manuel, me ha acompañado, es verdad; pero te he creído ver pálido, ensangrentado… ¿Te ha sucedido algo? ¿Has sido víctima de ese hombre fatal? ¡Ah! no; tú vives, Manuel; tú vives, y así lo quiero creer, porque de otra suerte moriría yo en el mismo momento.—Los vaivenes del barco y el ruido de la máquina me han despertado sobresaltada; he tenido que contener con mi mano los latidos de mi corazón, y he vuelto a caer de nuevo en el sopor, para ver fantasmas, para delirar con visiones fúnebres; y esqueletos, y sombras, y horrorosos animales de una forma quimérica han rodeado la imagen de mi amante, de mi idolatrado Manuel.

El día ha amanecido nublado; pero el viento está más flojo, y he subido sobre cubierta para refrescar mi frente abrasada, para que mi imaginación se despeje de esas visiones de la noche, que han hecho erizarse mis cabellos. Me he encontrado con que los pasajeros y aun el mismo capitán, notando mi palidez, me han ofrecido sus servicios: les he dado las gracias, porque de poco me servirían, ni sus auxilios, ni sus medicinas. Nadie, sino tú, puede curar las llagas de mi corazón. ¿Cómo he de encontrar la felicidad en medio del Océano, rodeada de personas indiferentes, y que no podrían ni comprender ni aliviar mis dolores? Hoy me he puesto a pensar, por qué Dios me castiga tan cruelmente: me arrancó a mi madre, cuando era yo casi una niña, y cuando más necesitaba de su abrigo y de sus caricias: después, Manuel, no he tenido más pensamiento que amarte, y amarte para que fueras mi esposo, para darte mi corazón, mi mano, mis bienes, y hacerte feliz, y ser yo también la más dichosa de las mujeres… ¿Por qué hay tantas mujeres en el mundo tan felices, tan risueñas, que se enlazan con sus amantes, que aman, que son amadas, y… yo, Manuel, yo que he amado tanto a Dios, me veo separada de ti, desterrada de mi patria, pobre, sin amigos, sin amparo alguno en el mundo? Estos renglones van medio borrados con mis lágrimas, y perdóname, Manuel, que tanto llore; pero no hay más consuelo para los desgraciados… Después de llorar mucho, llego a resignarme con la voluntad de Dios. Él me ampara en estos abismos, y debo darle gracias, y esperar que si me conserva la vida, será para volverte a ver, para estrecharte en mis brazos, para poner este corazón adolorido sobre tu corazón, y entonces morir…

En la tarde.—Todo el día he estado sentada con la vista fija hacia el lado por donde yo creo que está Veracruz. Después de Veracruz se pasan montañas, y bosques, y ciudades; y después de todo eso se encuentra México, y en México estás tú; tú, mi tesoro, mi Manuel. ¡Cuántas dificultades, cuántos trabajos, cuántos riesgos se necesitan para volverte a ver!… Y cuando vuelva, acaso tú me habrás olvidado; tú estarás casado con otra… pero entonces… me mataré, o… me volveré loca…

El sol se va ocultando; el mar parece de sangre, y las nubes de oro se levantan del seno de las aguas, formando las más caprichosas figuras. ¡Si vieras, Manuel, qué espectáculo tan hermoso y tan magnífico!

Día 5.—La muerte, que he tenido ante mis ojos, y tu memoria, han ocupado mi pensamiento. A la media noche de ayer comenzó a soplar un viento mucho más fuerte, y el mar a embravecerse: fui despertada por el ruido que hacían sobre cubierta los marineros, y por la voz del capitán, que dominaba la tormenta. El buque se sacudía violentamente, y yo como pude, cayendo y levantando, salí sobre cubierta, y vi grandes montañas de agua negra, que venían unas tras otras sobre el buque: asustada, me volví a mi camarote, donde en medio de las ansias y sufrimientos del mareo, que me volvió a atacar, he esperado tranquilamente la muerte, pensando en Dios y en ti… Ha calmado el viento; pero el mar aun está revuelto: los pasajeros han subido hoy sobre cubierta, y me han parecido fantasmas o cadáveres acabados de salir de la tumba: todos están pálidos, con el cabello en desorden, con los ojos hundidos y con los trajes descompuestos: yo misma me vi en el espejo, y mi semblante me asustó… Si me vieras, te daría yo lástima.—Hoy he comenzado a sentir un dolor en el pecho; el mismo que otras veces me ha alarmado tanto: yo temo que, ya sea por un motivo, ya por otro, no me sea posible volver a verte.—Un pasajero me ha dicho que el clima de La Habana, demasiado caliente, es muy dañoso para esta clase de enfermedades; y yo recuerdo que cuando estuve allí con mi madre, ni me fatigaba mucho, ni me costaba trabajo respirar. Pero entonces era niña, era feliz, mientras que hoy la soledad, la ausencia y el clima me matarán indudablemente: así, pues, con toda verdad te digo, Manuel, que te resignes a perderme. Al fin, los hombres fácilmente se consuelan: hay tantos placeres; tantas distracciones para ellos en el mundo, que muy poco les importa el cariño de una mujer… No te vayas a ofender por esto, Manuel; yo creo que tú me amas sobre todas las cosas del mundo, y por esta misma razón soy tan infeliz hoy que un mar nos divide ya…

Día 6.—Muy temprano, todo ha sido alboroto en el vapor: los pasajeros se han lavado y vestido de limpio, y están inconocibles: todo este regocijo es porque la isla de Cuba con sus palmeras pintorescas y su multitud de edificios, está ya muy cerca… ¿Qué me importa todo esto? No estás allí, y me es indiferente vivir en un palacio en la tierra, o en un estrecho ataúd a bordo de un barco, en la mar: las tempestades del mar son terribles, pero todavía son más fuertes las del corazón. Al divisar las playas de la isla de Cuba, he llorado tanto como cuando vi desaparecer las de Veracruz. ¿A qué vengo a esta tierra? ¿En qué voy a emplear las largas horas del día? En bordar, en coser, en pasear —¿Y para qué?—. ¡Cuánto, cuánto me atormenta este deseo de volver a México, cuando aun no llego a La Habana! Esta agitación que tengo, como si algo me fuera a suceder; este sobresalto continuo, como si constantemente me estuviera amagando un asesino… Es triste, muy triste, arrastrar una vida tan miserable e infortunada. ¿Nos volveremos a ver? ¿Vendrás tú a buscarme?… Y ¿cómo podrás venir, pobre Manuel, abandonando tu carrera y tus amigos?… Yo no merezco tanto.

Día 8.—Ayer ha venido Marta: es una pobre negra esclava que servía a mi madre y me cuidaba; se acordó perfectamente de mí; lloró, me llamó su niña, su niña preciosa, y yo he conseguido de su ama que se quede por algunos meses en mi compañía; y digo algunos meses, porque no pienso vivir mucho tiempo separada de ti.

Ayer ha venido también el conde de C… y me ha dicho que tiene instrucciones de mi tutor, para darme cuanto necesite: no es gran favor, por cierto, el que me hace mi tutor, con darme una parte de lo que me pertenece; pero siempre es algo, porque podía muy bien haberme dejado morir de hambre en una tierra extraña para mí.

Habito una hermosa quinta, la misma en que viví cuando era niña y feliz: entonces me parecía un palacio encantado; corría por los jardines; jugueteaba entre las flores y el césped; me dormía debajo de las palmeras, a la orilla de las fuentes, y todo era alegría y placeres inocentes: hoy todo me parece triste: las flores sin aroma, y las palmas se inclinan tristes y mustias. Los salones me parecen fríos como las lápidas de mármol de los sepulcros: el ruido de las fuentes me causa una melancolía inexplicable, y todos los objetos que me rodean, no hacen más que despertar en mi corazón amargos recuerdos. Mis ocupaciones son hasta ahora bordar y leer; pero en la realidad, lo hago maquinalmente, porque mi pensamiento vuela muy lejos de aquí.

Después de tantas noches de vigilia y sobresalto, en que he despertado llena de susto y he experimentado horrorosas pesadillas, tuve ayer un sueño delicioso. Soñé, Manuel, que estaba yo en casa de la lavandera, y que tú, procurando calmar mi temor y turbación, me decías palabras de amor, que, como una música celeste, sonaban en mi oído. Lloraba yo; y tú, bueno y amoroso, enjugabas mi llanto, me estrechabas contra tu corazón y me decías que al día siguiente nos debíamos casar: me contabas también que tenías una casita primorosa, donde, retirados del mundo, debíamos vivir solos, el uno para el otro; que mi tutor había entregado todos mis bienes y retirádose a San Luis; y que, en fin, nada teníamos que apetecer, y nada nos faltaba para ser felices. ¡Figúrate mi tristeza cuando al despertar no vi en mi derredor más que la soledad y la desgracia!

Hasta hoy, en que concluyo estos apuntes, para remitírtelos, mi situación no ha variado ni puede variar, sino es que me muera o que me reúna contigo. Tú me amas, Manuel, y pensarás en la conducta que será conveniente seguir: reflexiona solo que si cometes un crimen, entonces no podrás ya ser mi esposo, y me darás la muerte. La prudencia debe guiar tus pasos, y no debes proponerte más fin, sino el de que podamos unirnos: la pobreza no me asusta; Dios nos ayudará.
 

Cuando Arturo acabó de leer, levantó los ojos, y vio que el capitán estaba profundamente conmovido.

—¿Qué diablo de humor es ese, Manuel? —le dijo—, las cosas están mucho mejor de lo que creíamos: Teresa está buena, nada le falta para su comodidad y subsistencia, y te ama, te ama como siempre: todos estos son motivos para alegrarse.

—Dices bien, Arturo; y ¿cómo es que casi lloro, cuando me disgustan tanto esos hombres pusilánimes y llorones? —dijo el capitán levantándose y limpiándose los ojos con su pañuelo. Sin embargo, las cartas de una mujer que se ama, conmueven el alma, y ya ves… al amor lo pintan montado sobre un león y dirigiéndolo con una madeja de seda.

—Aquí hay otra carta para ti —interrumpió Arturo—, veamos lo que dice:


Habana, etc.

Querido capitán: Me embarqué en una maldita goleta, llamada Villanueva, y poco faltó para que nos llevara una legión de diablos.—¡Qué tiempo! ¡Hum!, el mar se nos venía encima, y el buque pesaba menos que una cáscara de nuez: no daba un centavo por la vida de todos los que iban a bordo. Al fin, llegamos estropeados; y me tiene usted ya en la gran isla de Cuba a sus órdenes; de día, luchando con estos abogados enredadores, y de noche, en tormenta con las habaneras en divertidos fandangos: la danzica ya me sale por los ojos, pero las muchachas no son malotas.

Me he encontrado con instrucciones para obrar en otro negocio en que hay asunto de muchacha seducida, y de viejo engañado, y… qué sé yo qué más; pero sobre esto nada he hecho ni haré, hasta que concluya con el asunto de la quiebra de la casa de Revuelta. En el paquete próximo escribiré a usted largo sobre esto, y me dirá su opinión.—Va un cajón de puros, capitán, que se fumará usted a mi nombre, y que puede recoger de la casa de Dionisio Velasco.

Pasarla bien, capitán.—Su amigo que mucho lo quiere.

Juan Bolao.
 

—Esta carta es terrible, Arturo —dijo el capitán—, y el mejor modo de terminar este negocio, es ir a casa del viejo, volarle la tapa de los sesos, y marcharme para la casarme con Teresa.

—Recuerda, Manuel —le contestó Arturo—, que se te encarga la prudencia; y, por otra parte, ¿qué harías tú después de matar al viejo, por mucha justicia que tengas? Llevar la vida fugitiva y errante de un asesino, haciendo participante de ella a una criatura tan noble y tan buena como Teresa.

—Pues, ¿qué hacer entonces? —dijo el capitán con acento colérico: ¿dejarse burlar de un miserable, que se roba toda una herencia, que intenta asesinar a una mujer inocente, y que la destierra, como si fuera criminal?

—No, ciertamente; pero tratemos de dar un golpe seguro: Teresa te encarga que te guíes por los consejos del eclesiástico, y que obres con prudencia; debes, pues obedecerla. Este Bolao es tu amigo; parece un excelente muchacho, y podemos convertirlo en aliado nuestro, tanto más, cuanto que ha prometido consultarte lo que deba hacer en el negocio. Vamos, en primer lugar, a ver al eclesiástico, y después de haberlo oído, pensaremos.

—Dices bien, Arturo. Tú al fin concluyes siempre por dominarme; pero me ocurre una idea.

—¿Cuál es?

—Para todo esto se necesita tener dinero, y mucho, y todo mi capital está reducido a un par de onzas.

—Ya te he dicho —le interrumpió Arturo—, que puedes contar conmigo: mi padre, como sabes, gana mucho dinero, y yo me ocupo en inventar diariamente nuevo modo de gastarlo.

—Todo eso está muy bueno, Arturo —le dijo el capitán con mucho cariño—, y yo sé que puedo contar con tu amistad, pero yo soy hombre que saco dinero de debajo de la tierra, y que también sé tirarlo con mucha facilidad. Hoy me siento animado de esperanza: las cartas de Teresa me han vuelto la vida, y necesito tener dinero, regenerar mi cuarto, disponer de grandes recursos, y hacer cosas maravillosas. Mi plan, por ahora, está reducido a tener dinero, como he dicho, a pedir mi licencia absoluta, para largarme a La Habana, a casarme allí con Teresa, y después marcharme a Italia, escoger un bonito pueblo, y vivir tranquilo y feliz, dando antes de marchar una regular paliza al viejo. Tú vendrás con nosotros, ¿no es verdad, Arturo?

—Ésos son castillos en el aire, Manuel; yo no me separaré nunca del lado de mi madre, porque es una excelente mujer, a quien amo tanto, como tú a Teresa; pero ya veremos cómo las cosas se presentan.

—¡Eh! ¡Martín! —gritó el capitán, abriendo la puerta.

Martín, que era el asistente, se presentó al momento.

—Tráeme agua, jabón, tohalla, todo lo necesario para lavarme; limpia los pantalones y la levita.

—¿Está mi capitán muy aliviado? —preguntó Martín. Hacía muchos días que, como el capitán no se lavaba, ni se vestía, ni hablaba con nadie, Martín lo creía enfermo.

—Sí, muy aliviado, muy aliviado, Martín; la niña me ha escrito, y esto me ha quitado la enfermedad.

—Me alegro mucho, mi capitán.

—¿Te alegras, bribón? —le dijo Manuel chanceando—, pues bien, haz muy breve lo que te he mandado.

—Voy, mi capitán.

Martín se retiró, y a poco volvió con un jabón oloroso, un lebrillo, una jarra y un espejo.

—Este asistente es una alhaja, Arturo —le dijo el capitán, mientras que Martín salía a traer el resto del aparato que faltaba para el tocador del capitán.

—En efecto, veo que te sirve admirablemente.

—Lo más singular es, que nada de esto que tú ves, es mío; espejo, lavamanos, agua, jarros, pozuelos, vasos, todo cuanto se necesita, lo adquiere en el acto. El día que se me antoja comer gallina, se la pido, y sin pedirme dinero, me la presenta en un guiso exquisito; es una especie de mágico, muy conveniente para un militar calavera como yo. También es verdad, que Martín dispone de mi dinero, de mi ropa y de todo lo que tengo; días pasados busqué una camisa muy bien hecha, y me dijo que se la había dado a un pobre; le alabé su caridad, y concluyó la historia; pero ya entra, verás lo que responde.

Martín, en efecto, entraba con un vaso de cristal abrillantado y un plato de China, donde había cepillo y polvos para los dientes.

—¿De dónde has conseguido todo esto, Martín? —le preguntó el capitán.

Martín se sonrió.

—Vamos, tunante, di, ¿quién te ha prestado todos estos trastos?

—Pues, señor… como las niñas de la otra casa quieren tanto a mi capitán… me prestan todo lo que necesito.

—¡Las niñas!… ¡ah!, ya caigo en cuenta, unas chatitas que viven aquí junto.

—Esas mismas, mi capitán; y todos los días me preguntan que cómo se siente usted.

—Diles que estoy aliviado, que se lo agradezco. Trae más agua caliente, y cierra la puerta.

El capitán comenzó a rasurarse.

—Cuidado con las infidelidades —dijo Arturo.

—No tengas cuidado; quiero sinceramente a Teresa, para que pueda ocuparme en otro amor. Con que ahora, ¿qué tenemos que hacer?

—Buscar al eclesiástico —dijo Arturo.

—Muy bien, voy a darme prisa, porque ya rabio por saber el pormenor de tan infame aventura; ¿pero después?

—Después —dijo Arturo—, pensaremos cómo se debe obrar, y yo lo consultaré a Rugiero.

—Ese hombre me fastidia muchas veces, y otras me parece muy amable.

—Lo cierto es, que tiene mucho talento, y que es un tuno de siete suelas; un hombre de mundo, que sabe curiosas historias, y anoche justamente me he pasado las horas enteras con él, y he sabido cosas que me han dejado asombrado. Ya te llevaré a casa de Aurora y conocerás a los personajes; por ahora te contaré en compendio las historias.

Arturo, mientras que su amigo se acababa de lavar y vestir, le refirió en compendio la historia de Florinda, la de Elena y Margarita y en seguida salieron a la calle.

—Estoy convencido —dijo el capitán—, de que sólo una pasión verdadera guarda a las mujeres; una mujer enamorada, rara vez es infiel, y por eso tengo tanta confianza en Teresa. Y Aurora y Celeste, ¿qué dicen, Arturo?

—Ya hablaremos de eso, concluyendo tus negocios; necesitamos obrar con mucha actividad, porque el paquete sale dentro de cuatro días, y es menester que escribas a Teresa todo lo que hayamos hecho.

Llegaron los dos amigos a la calle del Puente Quebrado, y subieron a la casa del eclesiástico, donde encontraron una anciana, que les dijo que aquel se había ido a la villa de Guadalupe, y que no volvería sino hasta el día siguiente. Manuel, desesperado, comenzó a desatarse en invectivas contra el eclesiástico; pero Arturo lo calmó.

—Pues Arturo, yo necesito ocuparme en algo; y puesto que aún tengo que pasar una noche atormentado por la curiosidad y por la duda, mejor será que busquemos fortuna ven conmigo y participarás de ella.

—Pero, ¿a dónde vamos?

—Déjate conducir, y no repliques; no eres una niña a quien pueda engañar un miserable músico, como Migueletti.

Arturo se dejó conducir y entraron en una casa de juego del portal de Mercaderes, en donde a la primera persona que vieron, fue a Rugiero.

—¡Hola, caballeros! ¿Ustedes por esta casa?

—Y usted, Rugiero, ¿qué hace también aquí?

—¡Buena pregunta!, divertirme, y ganar y perder dinero, mirando las figuras que hacen los que se quedan sin un duro para comer.

—Este tronera de Manuel me ha traído aquí —dijo Arturo algo mortificado.

—No hay que ruborizarse, Arturo; los hombres en materia de vicios, deben saber todo, así como todo lo deben ignorar las mujeres; así, os repito, Arturo, no hay para qué ruborizarse como una doncella; vuestro padre es bastante rico, y puede sufrir bien, sin debilitarse, una sangría de cien onzas.

—Yo no vengo a jugar —dijo Arturo con seriedad; pero Rugiero, soltando la carcajada, le dijo:

—Jugareis, y tres más; el que entra en la casa del jabonero, si no cae, resbala.

—Ya veremos —dijo Arturo.

Los tres amigos entraron en una extensa sala, iluminada por dos grandes balcones, adornados con sus vidrieras y cortinajes; en medio de esta sala había una mesa cubierta con su carpeta de paño verde y en la carpeta señalados y numerados con cinta amarilla los lugares donde se colocan las cartas. No era aplicable a este lugar la descripción que hace Gorostiza en su comedia de El Jugador.


En un ahumado aposento,
Anegado en porquería,
He visto en un solo día
Lo que no pudiera en ciento,
 

Pues, por el contrario, reinaba en él gran lujo; las sillas de caoba, las velas de esperma y colocadas en largos tubos de reluciente metal, y los cortinajes de seda. Los talladores y gurupiés eran personas de importancia, y los dueños de la partida gente de grande influencia en la ciudad, por su riqueza; allí se jugaba oro, y no más que oro, pues la plata se veía con desprecio por la mayor parte de los concurrentes.

Era, en una palabra, una partida de mil onzas, con otras mil o dos mil de refacción; y ya se sabe el lujo con que en México están montados esa clase de establecimientos; cada uno de ellos tiene por lo menos seis onzas diarias de gasto, que hacen cerca de tres mil pesos cada mes. ¿De dónde, pues, salen estos treinta y seis mil pesos cada año? Evidentemente del bolsillo de los concurrentes, que pierden allí el fruto de su trabajo, y menoscaban su fortuna.

Han pasado gobiernos de diversas opiniones; ha sufrido mil cambios la sociedad; pero por un privilegio, peculiar a las costumbres viciosas, los juegos se conservan sin alteración, y sigue cada día más en boga esta especulación, fomentada por personas que podían emplear sus capitales en obras benéficas a la sociedad, a la vez que lucrativas.

En esta pieza y alrededor de la mesa, había multitud de personas, las unas sentadas, las otras en pie, juntas, agrupadas y rozándose unas con otras. Delante de los talladores y monteros había colocadas mil onzas de oro, y debajo de la carpeta estaba el menudo. Cuando los tres amigos entraron, había un silencio solemne, que fue interrumpido por una voz clara y perceptible, que dijo:

—Sota vieja.

Un sordo murmullo se alzó entre los concurrentes, se escuchó una que otra maldición de los que fueron a la carta contraria; y el ruido que hacían los monteros y apuntes al recoger y pagar, se mezclaba con las mil palabras de alegría o desesperación que allí se pronunciaban.

En el momento en que vieron a Rugiero y a los dos jóvenes, les ofrecieron asiento con una perfecta cortesía y amabilidad; pero éstos prefirieron permanecer en pie. Con una velocidad y destreza dignas de imitarse por los gobiernos, que todo lo hacen mal y despacio, los talladores arreglaron su dinero, limpiaron sus carpetas, recogiendo sin piedad ni misericordia todo el dinero puesto a la carta que perdió; pagaron a los gananciosos; barajaron, y con voz solemne dijeron:

—As y siete, todo nuevo.

Rugiero se acercó al oído del director o tallador principal; le habló dos palabras en voz baja, y éste le dio cincuenta onzas, de las cuales dio veinte a los jóvenes, y se reservó treinta, que con mucha serenidad puso al siete. Manuel y Arturo pusieron cinco onzas al as.

Corre —dijo uno.

Puede… a copas… el siete a la segunda, mozo.

Rugiero hizo sesenta onzas, y los muchachos perdieron cinco.

—Vayan conmigo —les dijo Rugiero—, y acertarán, porque me late que tendré veinte o treinta minutos de fortuna.

—¿Qué juega usted, Rugiero? —le preguntó el capitán.

—Yo no tengo regla; y eso de judías, y contra judías, y proyectos, y numeritos, nada vale si no hay suerte; por ahora estoy jugando una grande y una chica; vean ustedes.

—Caballo y tres.

—Voy al tres.

—Vais a perder indudablemente —le dijo Arturo—, a ese caballo apostaría yo hasta mi camisa.

—Bien —dijo Rugiero sonriendo—, ponedle lo que queráis.

—Y bien que lo haré —dijo Arturo entusiasmado.

—¿Queréis dinero? —le preguntó Rugiero—, pues bien; pedid al monte; tenéis crédito abierto bajo mi responsabilidad; no os doy de lo que tengo, porque me propongo jugar a la dobla. Y diciendo esto, puso las sesenta onzas al tres.

Arturo pidió veinte onzas, y las puso al caballo. Se corrió el albur, y pasada ya más de la mitad de la baraja, vino un tres; detrás estaban tres caballos juntos. Rugiero retiró sus ciento veinte onzas, y Arturo al disimulo se enterró las uñas en el pecho, mientras que Manuel, más experimentado, veía esto con una perfecta calma. El otro albur se compuso de rey y caballo; Rugiero le puso al caballo las ciento veinte onzas.

—Ahora os tocaba ir al rey, que es la grande —dijo Arturo.

—Sí —contestó Rugiero—, me tocaba en efecto, pero he variado de idea.

—Pues yo contra el maldito caballo he de ir ahora.

Arturo pidió otras veinte onzas y las puso al rey; el caballo vino a las tres cartas, y detrás había dos reyes, Rugiero retiró sus doscientas cuarenta onzas, y Arturo dijo con cólera:

—Ésta es una baraja de todos los diablos.

El siguiente albur era de tres y seis. Rugiero puso las doscientas cuarenta onzas al seis, y Arturo al tres otras treinta que pidió.

—¡El tres! Hasta que gane una vez —dijo Arturo a Rugiero.

—Os equivocáis; el seis de oros estaba antes.

En efecto, las dos cartas estaban unidas, y el tallador al correrlas descubrió el tres; pero rectificada la operación resultó que en efecto estaba el seis antes. Rugiero recogió sus cuatrocientas ochenta onzas, las distribuyó en los bolsillos, y se levantó del asiento, mientras Arturo echaba lumbre por los ojos, pues había perdido en un momento más de mil pesos: Manuel se sonreía.

—Venid —le dijo Rugiero—, cuando en el juego se pierde lo mejor es tomar un poco de aire para refrescarse, y volver a la carga.

—Es verdad —dijo Arturo—, el demonio me inspiró sin duda la idea de venir a esta maldita casa: quemadas deberían estar todas. Esta policía de México es la más rara y absurda que se conoce en el mundo: persigue y lleva a la cárcel al ratero que saca un pañuelo de la bolsa, y deja que se paseen descaradamente en coche estos ladrones, que roban miles de pesos, porque no hay duda que es un robo el que me han hecho en este momento.

—No haya cuidado, Arturo —le dijo el capitán—, no ha sido el demonio quien te trajo aquí, sino yo, y te prometo que no se quedarán los monteros con tu dinero: dentro de media hora habré hecho campaña. Fumemos, que al fin cada uno de estos puros habanos nos cuesta como quinientos pesos.

El capitán tomó unos puros excelentes, que había en una charola, y que estaban a disposición de los concurrentes.

—Este muchacho —dijo Rugiero a Arturo—, conoce más el mundo, y tiene razón en el fondo: dentro de media hora la suerte variará, y podrán ustedes hacer una buena campaña. En cuanto a mí, tengo un gran mérito, ¿no es verdad, Arturo? Pero, venid, nos sentaremos aquí, donde se respira un poco el viento fresco, y platicaremos.

Los tres amigos se sentaron detrás del cortinaje de uno de los balcones, y desde allí pudieron observar todo lo que pasaba en la mesa.

—¿Conocéis a algunos de los que se hallan jugando? —preguntó Rugiero a Arturo.

—A muy pocos; y me asombra ver entre ellos hombres que gozan en la sociedad de una gran reputación de probidad.

—Eso no es extraño, Arturo; muchas veces los hombres que gozan de mejor reputación, son los más dañinos y malvados. ¿Veis aquel hombre seco, de mejillas hundidas, de barba crecida, y con un vestido descompuesto y sucio?

—Sí lo veo, y será probablemente un pobrete que, como dice esta gente de juego, viene a sacar la amanezca.

—De ninguna suerte, pues es un hombre que logró casarse con una viuda rica, y que en vez de trabajar para aumentar y conservar el capital, lo ha destruido en el juego. Primero vendió a un usurero una casa de campo que tenía la mujer en Coyoacán: después cada día abre la cómoda, y saca, ya unos pendientes, ya un reloj, ya un prendedor, ya un hilo de perlas… Mirad, justamente está vendiendo o empeñando un hilo… le dan sólo diez onzas por él… y a fe que vale sin duda una talega de pesos… Ya puso las diez onzas… las perdió… Ya véis, con mil pesos se haría la felicidad de una familia.

—¡Maldito juego! —exclamó Arturo.

—Pues este hombre —continuó Rugiero—, se retira ahora a su casa: sus hijos salen risueños a recibirlo, y él, en vez de acariciarlos, a uno le empuja y a otro le da un puntapié; la mujer, con las lágrimas en los ojos, le reconviene, y él la llena de injurias y concluye por pedirle la llave para sacar las últimas alhajas que le quedan. Pide la comida, y todo le disgusta; riñe a los criados, tira los platos y los vasos; y apoderándose de alguna otra prenda, se sale frenético de su casa, a donde no vuelve sino a las tres o las cuatro de la mañana. Dentro de tres días ya no habrá ni una silla en qué sentarse, ni una cama en qué dormir, ni un plato en qué comer: todo lo habrá entregado a vil precio a los almonederos y usureros, y sus hijos no recibirán ni educación ni alimentos, y sólo un ejemplo de inmoralidad.

—Este hombre es un estúpido —dijo el capitán.

—Pues bien; mirad aquel otro de ojos rojizos, de tez aguardentosa y de grueso vientre.

—Sí, lo veo perfectamente.

—Pues ese es un empleado que gana dos mil pesos de sueldo, sin saber ni aun escribir, y cuya librería está reducida al calendario de Galván, sólo va a su oficina a almorzar; tiene empeñado su sueldo de un año, y paga un real en cada peso por el dinero que ha recibido.

Como no tiene con qué mantener a su familia, y sostener otras dos casas que corren por su cuenta, viene honestamente a buscar el dinero que necesita; pero como sus acreedores son innumerables, el día en que gana, hace un prorateo, y cuando pierde, se esconde por dos o tres días, y ni la misma policía de París sería capaz de encontrarlo.

—Aquel otro viejo de anteojos, y de elegante chaleco de terciopelo, sabe la Biblia, como suele decirse, pues cuando viene al juego trae las bolsas vacías, y está en acecho del primero que gana, para pedirle con mucho garbo dos o tres onzas, con las cuales procura hacer negocio: si gana paga religiosamente a los que le prestaron para establecer así su crédito, y si pierde espera con paciencia que otro amigo le vuelva a habilitar.

Esos tres que véis allí de capa, tienen sólo una onza; si pierden la vaca que han hecho, sus familias no tendrán qué comer mañana; si ganan, en vez de emplear el dinero en cosas útiles y en aliviar la miseria de sus deudos, irán a los cafés, y allí entre los licores y el dominó gastarán lo que hayan adquirido.

—Pero, ¿cómo aquellos dos militares que pierden muchas onzas, preguntó Arturo, están tan tranquilos?

—¡Toma! —respondió Rugiero—, porque nada pierden que sea suyo: la caja del regimiento hace el gasto; y como tienen grande amistad con los altos personajes del gobierno, el Ministro de la Guerra los protege, y sacan diariamente de la Tesorería dinero, sin que jamás haya otra cuenta que «abonado a la caja del cuerpo.»

—Hace seis años —interrumpió Manuel—, los conocí con las botas rotas y con unas casacas llenas de grasa.

—Y hoy tienen carretelas inglesas y palco en el teatro, ¿no es verdad? —dijo Rugiero.

—¡Maldito juego! ¡Maldita sociedad! —murmuró Arturo.

—Pues aquel otro caballero que veis allí de lente, gran cadena, reloj, elegante levita y fistol de brillantes, no es más que un empleado del gobierno, que tiene ochenta pesos de sueldo cada mes, y cuyo reloj y prendedor valen el sueldo de un año.

—Pues, señores, la conversación filosófica de ustedes es excelente —dijo Manuel—, pero teniendo nosotros en poder de aquellos señores, mil y tantos pesos, es menester recuperarlos: Rugiero ya sacó utilidad, y está perfectamente; pero yo estoy en la triste posición de no tener quien me dé un cuarto, y esta mañana he dicho que necesito mucho dinero.

—Pues yo opino capitán —dijo Arturo—, porque nos marchemos de esta infame casa, y… lo perdido, perdido…

—No lo creas —dijo Manuel.

—Mira, Manuel —dijo Arturo—, ningún hombre decente debe estar respirando esta atmósfera. Esto es desagradable y repugnante hasta lo infinito.

—Todo eso es muy cierto —contestó el capitán—, pero no veo yo razón para que perdamos mil pesos, sin hacer ni la menor diligencia para desquitarlos. Quizá perderemos. Ven…

Rugiero, como siempre, después de dejar asombrado a Arturo con sus historias escandalosas y su moraleja, se había marchado sin despedirse. El capitán, tomando a Arturo de una mano, le dijo:

—Ven, cobarde, verás cómo en un momento se repone lo perdido; tú eres un niño todavía.

Ambos se acercaron de nuevo a la mesa, que estaba llena de hombres agrupados y atentos a las cartas, pues era un continuado cordón de entrantes y salientes: el capitán sacó una onza, y la tiró sobre una sota: vino la contraria, y perdió su dinero.

—Ves, Manuel, la suerte se nos declara en contra: vámonos —le dijo Arturo al oído.

—¡Qué sabes tú! con esta onza que me queda, voy a hacer mi fortuna.

Manuel sacó de la bolsa, en efecto, la única onza que le quedaba, y la puso a un seis. Vino el seis y ganó.

—¿Ves, Arturo —dijo el capitán—, cómo no todos los albures se pierden? De aquí para adelante hemos de ir viento en popa.

Para no cansar al lector, diremos que el capitán, en un momento ganó cien onzas; y entonces Arturo le instó fuertemente para que se retirara; pero él, entusiasmado, le dijo:

—Toma setenta onzas, y paga a ese judío que te prestó, y déjame lo demás.

Arturo, con el disimulo posible, pagó las setenta onzas al banquero; tomó un puro, lo encendió, dio unas vueltas por el corredor, y cuando volvió, el capitán estaba ya sentado, y tenía delante cuatrocientas onzas.

—¡Eh! caballeros —dijo el capitán levantándose—, este es el último albur, pierda o gane: estoy fastidiado de jugar.

Y diciendo estas palabras, comenzó a poner a un siete de bastos el montón de oro que tenía delante.

Arturo tiró al capitán del faldón de la levita, y los circunstantes, aunque acostumbrados a estas escenas, no pudieron menos de clavar sus ojos sobre el héroe de esta hazaña; él, fresco y sereno, veía correr la baraja, sin que una sola de sus facciones se alterara.

El siete de bastos vino a las tres cartas y el capitán dejó en la carpeta el oro.

—Todo va —dijo al montero—, a la carta que salga a la derecha.

Un murmullo de admiración turbó el silencio, pero el capitán, volviendo tranquilamente la cara y encontrándose con Arturo, le dijo sonriendo:

—¿Qué te parece, qué suerte tan loca?

—Este albur lo perderás.

El capitán alzó los hombros, y dijo con desdén.

—Vaya tres y sota; iría yo a la sota de buena voluntad.

—Puede usted cambiarse —le dijo el montero, con el rostro algo descompuesto.

—No —dijo el capitán—, me propuse que se quedara el dinero en ese lugar, y de ahí lo recogerá usted probablemente, pues creo que perderé este albur.

Corre —dijo uno de los monteros.

Puede —dijo el otro.

Volteóse la baraja, y reinó un silencio solemne, y ni las moscas se atrevían a volar. A las seis cartas vino el tres de espadas: el montero puso la baraja en la mesa con una expresión de cólera, y dijo:

—Puede usted disponer de mil seiscientas onzas; la partida responde por ellas.

—Deme usted ciento —le interrumpió Manuel con calma—, y el resto quedará en poder de usted.

Manuel recibió cien onzas en oro menudo, que guardó en las bolsas, y un papelito que decía:

Quedan a disposición del señor capitán don Manuel C… veinticuatro mil seiscientos pesos en oro.

Manuel tomó del brazo a Arturo, y ambos salieron de la sala, dejando estupefactos a los concurrentes. En los corredores y en el patio había ya multitud de hombres muy corteses y caravanistas, que lo felicitaban cordialmente, por su fortuna, y le pedían el barato: el capitán metía mano a su bolsillo, y repartía escudos y doblones, sin ver ni siquiera la fisonomía de los pedidores.

—¡Eh! —dijo cuando hubieron salido al portal—, ¿qué te parece, Arturo? Soy un hombre rico; tengo ya para competir con ese viejo infame; para pagar abogados; para marcharme a La Habana; para casarme con Teresa y para viajar y trastornar el mundo, si se ofrece.

—Estoy materialmente asombrado, Manuel; y aún me parece increíble tu fortuna.

—Bien te decía yo, que las cartas de Teresa me habían inspirado valor y fuerza para hacer cosas grandes y ganar en las cartas de la baraja.

—Pero ¿a dónde vamos? —preguntó Arturo.

—¡Toma! ¿A dónde hemos de ir? a las mueblerías, a las carrocerías, a las sastrerías.

—Pero, hombre, ¿estás loco?

—No, sino en mis cinco sentidos; y por esta causa quiero regenerarme hoy, que bastante he sufrido en tanto tiempo de reclusión.

—¡Eh! don Rufino —dijo el capitán, saludando al propietario de uno de los mejores talleres de sastrería de México.

—Capitán, ¡milagro que pone usted los pies en esta casa! —le contestó Lamana afectuosamente.

—Don Rufino, cuando un hombre está arrancado, no debe ni pasar por la puerta de la casa de usted, hoy es otra cosa; y ya verá usted cómo me porto yo con los amigos.

—Poca confianza, hombre: ya sabe usted que esta casa está a sus órdenes. Veamos qué desea usted ahora.

—¡Gracias! ¡Gracias! sé que usted es mi amigo, y por tanto no quiero abusar. Enséñeme usted, pues, los más ricos casimires para pantalón, los más hermosos terciopelos para chalecos, y los paños más finos para levita, frac y casaca militar, todo esto se ha de hacer muy pronto y a la última moda.

—Bien, será usted servido como se sirve aquí a los amigos; cabalmente tengo un brillante surtido de todo lo que usted quiere. Acabo de recibir los últimos figurines de París.

Lamana, diligente, afectuoso, como lo es con sus parroquianos, comenzó a sacar maravillas, que iba poniendo ante los ojos de los jóvenes; paños riquísimos, terciopelos afelpados, casimires de los más caprichosos dibujos y colores. Manuel lo examinó todo con detenimiento y escogió casimires para veinticuatro pantalones, terciopelo para treinta chalecos, y paño para seis levitas y dos fracs y dos vestidos militares.

—¿Toda esta ropa se ha de hacer usted? —preguntó Lamana con aire de duda.

—Toda —respondió el capitán afirmativamente—, si usted quiere, puede enviar la cuenta mañana.

—¡Oh! no es por eso, ¡qué disparate! sino porque la moda pasa… y aunque… esto es contra mis intereses, debo hablar francamente.

—Dice usted bien, don Rufino —interrumpió Arturo—, es una locura; con media docena de pantalones será bastante.

—¿Qué entiendes tú de esto, Arturo? Déjame obrar libremente en estos asuntos, ya que en los demás me sujeto a tu voluntad. Lo dicho, don Rufino; ponga usted oficiales que trabajen de día y de noche, y dentro de tres días, mándeme alguna ropa.

—Bien, bien; tendrá usted más ropa de la que puede ponerse en un año.

—Hasta más ver, don Rufino.

—Caballeros, pasarla bien.

Arturo y el capitán se dirigieron al bazar de Compagnon, a la calle del Espíritu Santo; todo el que tenga dinero y gusto por los muebles elegantes, debe visitar este bazar, donde se encuentran sillas cómodas de las más finas maderas de caoba y rosa; sofás, consolas, espejos y todas las exquisitas obras de carpintería hechas a la última moda de París. Manuel y Arturo escogieron lo mejor, lo más exquisito y lo más elegante, sin pararse en el precio, y de aquí se dirigieron a la famosa carrocería Silcox y Park.

—¡Eh! Mr. Silcox, necesitamos un carruaje de última moda —dijeron los jóvenes.

Mr. Silcox los llevó a una bodega, donde tenía seis u ocho coches, a cual más elegantes, y allí escogieron una carretela azul oscuro con adornos de plata, que quedó ajustada en 1500 pesos. Silcox, para completar el tren, les vendió un buen tronco de mulas cambujas con sus respectivas guarniciones; y todo costó 2200 pesos; el mismo Silcox les proporcionó un cochero llamado Pedro. Arturo dijo a Silcox que podía ocurrir por el dinero al día siguiente; y arreglados los compradores y el vendedor, se puso el coche; y ambos amigos montaron en él, y se dirigieron a la calle de San Francisco, en donde había una casa vacía, que aunque no muy grande, era suficientemente cómoda. Dados todos los pasos necesarios para obtener la habitación, amueblarla de lo más necesario y preparar esta repentina transformación como si se tratase en un teatro de una comedia de magia, los dos mozalbetes fueron a regalarse en una fonda con una excelente comida donde acabaron de concertar sus planes, quedando al separarse de volverse a ver al día siguiente en la nueva casa.

XXVIII. Un buen sacerdote

Arrullado por las ilusiones más bellas; rico y feliz con la esperanza de poseer a Teresa, el capitán se acostó y durmió en su pobre y desquebrajado catre un sueño profundo, tranquilo y delicioso; y muy de mañana se levantó y llamó a su asistente.

—¿Sabes que tu capitán es muy rico? —le dijo en cuanto le vio entrar.

—No sé nada, mi capitán —contestó el asistente.

—Pues hoy mismo mudamos de casa, y vamos a vivir a la calle de San Francisco; tengo más de veinte mil pesos a mi disposición, y ya no tendrás necesidad de molestar a las vecinas para que te presten lavamanos y vasijas, y…

—Y podrá decirme mi capitán ¿cómo ya hoy es rico, cuando ayer?… —dijo el asistente, bailándole los ojos de placer.

—Eso no te importa a ti; lo que te importa es que yo te participe algo de mi fortuna; toma esos escudos para que te compres ropa.

Manuel sacó de la bolsa mucho oro y dio un puñado al asistente.

—Pero a mi capitán le hará falta —dijo el soldado con timidez.

—Obedece y calla —le interrumpió Manuel—, la Ordenanza manda que jamás repliquen los inferiores a los superiores.

—Está muy bien, mi capitán —dijo Martín, tomando con una mano el dinero y llevando la otra a su frente en señal de respeto.

—Oye; no te marches aún, que tengo órdenes que darte.

—Mande usted, mi capitán.

—Tráeme todo lo necesario para lavarme, y cuando devuelvas los trastos, da estas seis onzas a esas buenas chicas, que tanta simpatía me tienen, y que me han favorecido en mi pobreza; y diles, que si no fuera porque estoy enamorado perdidamente de una linda muchacha, ellas serían mis preferidas y el ídolo de mi corazón, Reparte luego entre las vecinas estos muebles; tú aprovecha mi colchón y la poca ropa blanca que tengo; concluido lo cual, te irás a nuestra nueva casa, calle de San Francisco, adonde sólo llevarás mi montura y los enseres de limpiar los caballos.

—Pero, mi capitán, si no hay caballos que limpiar.

—¡Tonto! hoy mismo buscarás un par de lo mejor que haya, cuesten lo que costaren. Demasiado sabes dónde hay caballos y los conoces como soldado viejo de caballería. Con el dinero, todo se facilita.

Martín abrió tamaños ojos, y meneaba la cabeza, como dudando, pareciéndole que era presa de una pesadilla.

—¡Qué! ¿Dudas? —le dijo Manuel.

—No, mi capitán, no dudo… lo que sucede es que tengo mucho gusto…

—¡Bien! haz lo que te he dicho.

Manuel se lavó, se vistió y salió a la calle; recogió su dinero del montero; lo trasladó a una casa de comercio, pagó los gastos que había hecho el día anterior, y se fue a la casa de la calle de San Francisco, en donde ya estaban colocados los muebles más necesarios y el coche a la puerta. Arturo llegó a pocos momentos, y ambos se dirigieron a la calle del Puente Quebrado, a ver al eclesiástico.

Fueron introducidos por la anciana que los recibió la primera vez, a una pieza pequeña, cuyos muebles, que eran muy sencillos, estaban perfectamente limpios; en las paredes había algunas pinturas bastante buenas de Cabrera y de Ibarra, y en una mesa de carpeta de paño burdo azul, varios libros y un Santo Cristo hermosísimo de la famosa escultura guatemalteca; todo lo que había en el aposento estaba colocado con tal simetría y tan aseado, que daba la más perfecta idea del carácter y costumbres de su dueño.

Los dos jóvenes se sentaron, y a poco salió el eclesiástico; el mismo que hemos visto asistir a la aventura de Teresa, y cuya dulce fisonomía y maneras suaves no habían cambiado en lo más mínimo; parecía que aquel hombre gozaba de una tranquilidad inalterable, y que las escenas tristes que había presenciado, no habían interrumpido la regularidad de su vida.

—Señores —dijo al entrar—, disimúlenme ustedes que los haya hecho aguardar, pero estaba tomando una poca de sopa, que es mi alimento a estas horas. ¿Gustan ustedes de alguna cosa? el alimento será frugal, pero ofrecido de muy buena voluntad.

—Gracias, señor —contestó Arturo—, nuestro objeto es tener una conferencia con usted, sobre asuntos importantes a la tranquilidad de mi amigo el capitán Manuel…

—Servidor de usted —dijo el capitán, haciendo una ligera cortesía.

—Y yo de usted, caballero —contestó el eclesiástico; y luego, volviéndose a Arturo, le dijo—: estoy dispuesto a lo que ustedes gusten; y aunque soy un pobre clérigo aislado y retirado del mundo, tendré el mayor placer de serles a ustedes útil en algo. Aquí vivo solo con una pobre anciana que me cuida; de suerte que nadie nos puede escuchar ni interrumpir.

—Pues, señor —prosiguió Arturo, el capitán es el novio de Teresa.

—¡Teresa! —interrumpió el padre algo alarmado.

—Sí, señor; de esa infeliz muchacha, que, engañada por su tutor, hubiera sido víctima una noche, a no haber sido por la intervención de usted.

—Pero ¿cómo es posible que sepáis?…

—Estamos impuestos de una parte del suceso; pero no sabemos la manera con que logró libertarse. Lea usted —dijo Arturo, presentándole la carta al eclesiástico—, ella misma se refiere a usted, no sólo para la explicación de lo que pasó, sino para que nos aconseje el modo de obrar.

El eclesiástico leyó con mucha atención la carta de Teresa, y devolviéndola a Arturo, dijo:

—Es un compromiso para mí.

—Creo que ninguno podrá resultar —dijo Arturo—, porque el capitán ama sincera y lealmente a Teresa; usted juzgará, al ver dos jóvenes a la moda, como suele decirse, que se trata de una aventura escandalosa de amor; nada de eso; Manuel desea que Teresa sea su esposa, los amores que desde muchos años han tenido, son lícitos, y jamás ha imaginado manchar la inocencia de una joven desgraciada y por mil títulos respetable.

—Lo entiendo así, y sobre este particular ninguna objeción tengo que hacer; por el contrario, sería para mí una verdadera satisfacción el contribuir de alguna manera a la felicidad de dos personas que se aman; pero, caballero, cuando se hace un juramento, ¿no debe cumplirse?

—Ciertamente —dijo Arturo.

—Pues yo he jurado no hablar con ninguna persona del mundo una palabra sobre este acontecimiento.

—Pero ¿merece un hombre infame —interrumpió Arturo con valor—, que se le guarden esas consideraciones?

—El hombre es muy miserable, pero cuando se jura, se toma a Dios por testigo; y a Dios se ofende, si se viola un juramento.

—Es decir, señor, que no podremos saber nada —dijo el capitán.

—Nada —contestó el padre.

—El caso es grave, en efecto —repuso Arturo. Figuraos, señor, una muchacha en un país extranjero, sin amparo ni protección alguna, y entregada a las maquinaciones de un hombre depravado; y además, señor, vos sabéis que en todos los países del mundo, y particularmente en éste, el dinero todo lo puede.

—Es verdad; el caso es grave —dijo el eclesiástico reflexionando—, y yo no sé qué partido tomar.

—El que nosotros tomaremos, como jóvenes y calaveras, será matar al viejo —dijo Arturo—, y marcharnos a La Habana: allí recogeremos a Teresa y… lo demás Dios dirá. Tenemos también dinero, y somos absolutamente libres e independientes: si usted, pues, con prudencia y sabiduría, no se sirve darnos sus consejos, entonces no nos queda más remedio que tomar el partido indicado.

—No, no, de ninguna manera: eso de nada servirá, porque, según creo, ese hombre tiene tomadas sus medidas, y ustedes serían perseguidos en La Habana y en todas partes.

—Pues entonces…

—Bien —dijo el eclesiástico resueltamente—, yo debo tomar en todos casos la defensa del oprimido, porque así lo mandan Dios y la religión católica: voy, pues, a contar a ustedes lo que ha pasado; y Dios, que ve mis puras intenciones, me perdonará el haber quebrantado mi juramento.

—Muy bien, padre —interrumpió el capitán Manuel—, usted es un hombre honrado, que puede servir de modelo al clero.

—¡Hombre honrado! ¡Modelo! —dijo el padre—. No, señores; yo conozco que voy a cometer una falta, porque el hombre honrado jamás debe faltar a su palabra, y yo voy a hacerlo.

—Pero si lo hacéis —interrumpió Arturo—, es para proteger a los perseguidos: esa no puede ser una falta, señor.

—Eso puede servir de disculpa; pero como yo conozco que ustedes podrán hacer lo que el mundo llama una calaverada, y la religión un crimen, quiero evitarlo, por una parte, y contribuir, por otra, a dulcificar la suerte de esa joven que me causa un vivo interés.

—Gracias, señor, mil gracias —interrumpió el capitán algo conmovido y acercando su silla.

—¿Ustedes saben parte del acontecimiento?

—Sí señor —respondió Arturo—, yo vi cuando el viejo apoyó el cañón de una pistola sobre la frente de Teresa; yo vi cuando ella se arrodilló para confesarse…

—Pero ¿cómo si usted lo vio, no procuró evitar?…

—Desgraciadamente, no pude hacerlo, yo lo vi todo por el agujero de una puerta; pero la puerta estaba cerrada, y aun cuando yo hubiera sacado las fuerzas de un león para derribarla, me vi arrebatado violentamente por un amigo, que fue el que me llevó al paraje en donde pasó la escena. Salí como loco, y en la puerta encontré a un hombre que me impedía el paso, y tan preocupado estaba, que creí que quería asesinarme, alcé mi bastón, le di un fuerte golpe en la cabeza, y reconocí después al capitán Manuel.

—Es el caso más singular que he oído en mi vida —dijo el eclesiástico—. Proseguid.

Arturo contó su viaje a Veracruz; su encuentro con Teresa en el camino; sus explicaciones con el capitán; en fin, todo lo que el lector sabe ya.

—¡Terribles acontecimientos! —dijo el eclesiástico cuando acabó de oír la relación de Arturo—. Y yo juzgo que ese amigo debe tener gran parte en ellos.

—Así lo creo yo —interrumpió el capitán con cólera—, a ese maldito italiano, a ese aventurero pícaro, a ese Rugiero, que se mezcla en todos nuestros asuntos, le he de arrancar el corazón.

—Paciencia y calma, amigo mío —dijo el padre—, la felicidad se consigue de otra manera, la violencia no les dará buen resultado. Teresa la aconseja.

—Pero, padre —le contestó el capitán—, ¿puede haber paciencia para tolerar tamañas injurias?

—Usted habla como militar; pero yo, como eclesiástico, no debo predicar más que paciencia, resignación, confianza en Dios, ¿no es verdad, caballero?

—Es verdad, señor —replicó Arturo—, además, yo puedo aclarar ese asunto con Rugiero, y acaso nos podrá servir de algo, porque es hombre de astucia y de talento. Si en efecto se ha portado mal, abandonaremos su amistad, y nos manejaremos en lo sucesivo con más cordura.

—Me parece muy bien —continuó el eclesiástico—, la prudencia, repito, es siempre el mejor medio; y ahora que he escuchado a ustedes, estoy resuelto a decir lo que pasó.

El padre comenzó su relación:

—Fui llamado para confesar un moribundo; y en cumplimiento de mi deber, acudí en el acto al lugar que se me indicó; me encontré con que en vez de un moribundo, se trataba de confesar una joven hermosa, que estaba en la flor de su vida, llena de salud.

—Todo esto lo sabemos —interrumpió Arturo—, y también lo que dijo a usted el tutor.

—Pues bien —continuó el padre—, después de haber oído la confesión de la joven, y queriendo, aun a costa de mi vida, evitar el horroroso crimen que se trataba de cometer, salí a echarme a los pies del tutor, y a pedirle, en nombre de Jesucristo, que variara de resolución, y que restituyera a esa criatura a su casa, y la dejase obrar conforme a su voluntad y a su albedrío. El hombre, furioso, y poseído sin duda de Satanás, no quiso escuchar mis súplicas, y se lanzó con una pistola en la mano al cuarto donde estaba Teresa; yo me quedé un momento sin saber qué resolución tomar, pero escuché un grito, y entonces, involuntariamente e impelido por un movimiento nervioso, me lancé al cuarto y llegué a tiempo para desviar la pistola de la frente de Teresa, y que la bala fuese a dar en la mampara, desde donde usted, señor Arturo, probablemente había presenciado parte de la escena.

—¡Fuego del cielo! —exclamó Arturo—, ¿conque quiere decir que bien me podía haber entrado la bala por el ojo con que yo miraba por el agujero de la mampara?

—Tal vez —contestó el eclesiástico.

—Entonces, no cabe duda en que Rugiero me salvó la vida.

—Es muy posible —contestó el padre.

—Continuad, señor —dijo Manuel, que sin mover los ojos estaba atento a las palabras del eclesiástico.

—Todo fue obra de Dios —prosiguió—: Frenético el tutor, sacó inmediatamente otra pistola, y la dirigía ya contra mí, cuando un mocetón que tenía trazas de ser un sirviente doméstico, cogió fuertemente los dos brazos de don Pedro, y sacudiéndolo con fuerza, hizo que el arma cayese de sus manos. ¿Cómo entró este hombre? ¿Dónde estaba es lo que yo no sabré explicar?, después sólo he sabido que es criado de don Pedro y que es mudo. Don Pedro, lleno de rabia, profería horrendas maldiciones, y como un endemoniado arrojaba espuma por la boca, y se retorcía como una culebra; pero todo en vano, porque el criado lo tenía asido como con unas tenazas de hierro; yo no sabía lo que pasaba por mí, y Teresa, pálida y temblando, estaba inmóvil como una estatua.

—¡Pobre Teresa! —interrumpió el capitán—. ¡Oh! ¡Padre, padre! ese hombre no paga, ni con mil vidas que tuviera; yo siento aquí en el corazón una cosa, que no me dejará ser feliz sin la venganza.

—La felicidad, caballero, está en la virtud únicamente. Hay en el cielo un Dios que nunca deja sin castigo los crímenes, y él castigará a don Pedro, que es realmente un asesino; si no fuimos víctimas Teresa y yo, fue porque el Señor de los cielos no lo permitió.

—Proseguid, señor —dijo Arturo, a quien, como debe suponerse, le interesaba también esta narración.

—Creo que como un cuarto de hora, que me pareció un siglo, permaneceríamos todos en la posición que acabo de describir, hasta que don Pedro exclamó con una voz convulsa:

»—¡Oh! ¡Me muero, me muero!

»Sus facciones se desencajaron; y, sin fuerzas, quedó como muerto en brazos del mudo. Yo, al principio creí que los esfuerzos que había hecho para desasirse, y la cólera que lo ahogaba, habían agotado sus fuerzas; pero notando que su respiración era trabajosa, y que arrojaba espuma por la boca, me acerqué, y le dije:

»—La cólera, señor don Pedro, ha originado sin duda este ataque; ya veis, Dios os ha castigado inmediatamente, por la abominable acción que ibais a cometer.

»—No, no es la cólera —respondió con una voz apagada—, es un veneno, sin duda, porque siento un infierno en el estómago; me muero; pero no es Dios el que me mata, sino la infamia de los hombres; este pícaro mudo, sin duda, me habrá envenenado… ¡Oh! ¡Qué ardores tan horribles! —exclamaba retorciéndose y dando gritos.

»—Bien, señor don Pedro —le dije con cuanta dulzura y suavidad me permitía el estado de turbación en que me hallaba—, es preciso ahora arrepentirse de los actos de violencia que ha cometido usted contra la sociedad y contra Dios. Quizá pocos momentos quedan a usted de vida, y es necesario aprovecharlos: todo lo que existe en este mundo es humo y vanidad; y lo que sigue en la otra vida, después del juicio inexorable de Dios, es eterno.

»Me pareció que estas palabras ablandaban el corazón de don Pedro, y continué.

»—Tampoco la felicidad de esta vida se consigue por medios violentos y criminales. ¿Cuál sería el remordimiento que destrozaría el corazón de usted si hubiera asesinado a esta niña inocente, o a mí, que venía en la creencia de ayudar a un moribundo a salir de esta tierra de duelo y de lágrimas? No me he engañado, don Pedro; y Dios acaso me ha conducido aquí para salvar su alma; vamos, amigo mío… que esta niña vuelva a su casa; déjela usted obrar con libertad… y yo oiré la confesión de usted, y abriré para su alma la misericordia de Dios: no hay pecados, por grandes que sean, que no los borre un arrepentimiento sincero.

»—Sí, sí; haré todo lo que usted quiera, padre; pero antes es preciso que me jure usted, por Jesucristo, que lo que aquí ha visto, no lo revelará a nadie de este mundo.

»Mirando que cada vez se debilitaba más la voz de don Pedro, y temiendo que muriese impenitente, le respondí:

»—Muy bien; juro por Jesucristo, que a nadie diré lo que aquí ha pasado.

»—Ahora, para que pueda yo arrepentirme sinceramente —me dijo—, es menester que esta mujer me jure que nunca, nunca, se casará con ese pícaro y prostituido oficial que llaman el capitán Manuel.

»El capitán al oír esto hizo un movimiento de cólera y se tiró fuertemente del bigote; Arturo, que lo observó, no pudo menos de sonreír; el eclesiástico continuó:

»—Reflexione usted, señor don Pedro, que al juez que juzga, no se le imponen condiciones: su alma de usted está en peligro de eterna condenación, y el ministerio sagrado que ejerzo en la tierra me obliga a procurar su salvación.

»—Pues en ese caso —dijo don Pedro—, prefiero mi condenación eterna: no, no quiero abrigar en este momento en mi cabeza la idea de que Teresa pueda ser de ese malvado capitán; y no uno, sino mil infiernos prefiero, a verla unida con él… Retiraos, padre, idos de aquí.

»—Yo, desesperando de convencer a esta naturaleza infernal y depravada, me levanté e hice un movimiento para marcharme; pero Teresa, que había permanecido inmóvil, mirando con los ojos fijos y espantados esta escena, me tomó por la mano y me dijo:

»—¿Os vais, padre? ¿Os vais y me dejáis aquí sola, en esta casa con este hombre? ¡Oh, no!… yo me condenaría también, si fuese la mujer de este malvado.

»—Silencio, Teresa, no os abandonaré; pero es menester que hagamos algo por el alma de este infeliz: mirad, su rostro está muy desfigurado; y acaso esta noche morirá.

»—Sí, padre, haré todo lo que queráis, menos jurar lo que este hombre desea.

»—Padre —dijo don Pedro—, si Teresa jura no hablar nada de lo que ha pasado, ni ser esposa del capitán, yo la pondré en posesión de sus bienes; la amaré y la trataré con el cariño de un padre.

»—No dirá nada de lo que ha pasado —le contesté yo—; pero tampoco debe vivir con voz, después de esta escena, ni puede jurar el no casarse… pero todo esto se arreglará después.

»—Sí, después… cuando esta mujer salga y vaya a denunciarme y a contarle todo a su amante para que a la hora de mi muerte tenga mi casa rodeada de esbirros y de escribanos… No, no; quiero morir siquiera con el placer de la venganza, aunque una legión de diablos se lleve mi alma.

»Al decir esto, hizo un esfuerzo violento para levantarse y tomar la pistola, que estaba en el suelo a poca distancia de él; pero el mudo lo volvió a sujetar fuertemente, y cayó de nuevo en un profundo abatimiento. Yo retrocedí espantado, pues no concebía que la depravación pudiese llegar hasta ese extremo: el mudo me hizo una señal de incredulidad, como si hubiera querido decirme: este hombre no está malo, y es una serpiente que en cuanto pueda mover la cabeza, morderá. Yo participaba de esa convicción; pero como veía su rostro horriblemente desfigurado, temía por su vida; y así, armándome de paciencia y queriendo sacar partido de las circunstancias, me acerqué, y continué:

»—Señor don Pedro, sin duda el infierno se ha apoderado de su alma de usted, pues veo que aun intenta cometer un crimen, cuando positivamente está usted en las orillas del sepulcro, pues su fisonomía está cadavérica.

»—Sí, sí, el estómago me arde, como si tuviera llamas dentro: este verdugo que me tiene asido me ha envenenado… Lo perdono.

»—Bien, muy bien —dije con mucha alegría—, esa palabra que ha salido de la boca de usted me hace concebir la esperanza de que la misericordia de Dios aun puede venir sobre el pecador. Ahora voy a proponer a usted un medio eficaz para que todo se arregle: esta señorita nada dirá de lo que ha pasado; yo la llevaré a una casa segura, donde permanezca en depósito, y allí no la verá nadie más que yo: cuando usted sane de este ataque, entonces determinaremos con más calma sobre su suerte.

»—No, en un depósito, no; el capitán le escribirá, la arrebatará de allí, y me pondrán pleito; y mi reputación… ¡Oh, no! eso es lo mismo que nada… dentro de pocos días todo se sabrá…

»—Pues vea usted; entonces entrará en un convento.

»—Tampoco, tampoco —dijo don Pedro.

»—Pues entonces, don Pedro —le dije resueltamente—, he cumplido con mi obligación, y dejo a usted; pero me llevaré a esta joven, porque también Dios me manda proteger al inocente y al perseguido.

»Así que don Pedro vio mi resolución, lo que no pudieron las palabras persuasivas de la religión, lo pudo el temor.

»—Padre —me dijo—, veo que usted tiene mi suerte y mi reputación en sus manos, y debo hablarle francamente: creo que estoy envenenado, pues sufro dolores agudísimos; pero creo que no moriré. De lo que estoy persuadido es de que este lance se descubrirá, y de que entonces… Para evitar esto, lo que me ocurre y a lo que accedo es a que esta misma noche se marche Teresa en la diligencia de Veracruz y se embarque para La Habana, y que ustedes me juren de rodillas, y por el Dios que adoran, que nada se sabrá de esto: el mudo no puede hablar, y de ese nada temo. Si ustedes me prometen esto, yo juro, en cambio, arreglar los asuntos de Teresa; ponerla en posesión de sus bienes y dejarla en libertad para que se case con quien quiera. He cometido muchas faltas, arrastrado por mi insensata pasión a Teresa y por mis celos; pero todo se olvidará; de todo me arrepentiré.

»En cuanto Teresa oyó este razonamiento del tutor, exclamó:

»—Sí, yo todo lo olvido, todo lo perdono; no diré jamás, jamás, nada de lo que ha pasado; y me iré donde quieran; al fin del mundo, si fuere necesario, con tal de tener algún día una esperanza de felicidad.

»—Ya lo oís, don Pedro —dije yo—, Teresa promete todo lo que queráis; Teresa se marcha… ¡Pero sola, sin un compañero!

»—Sí, sola… sola… dijo ella; de cualquiera manera.

»—Pues bien, padre —dijo don Pedro—, a vuestro cargo queda disponerlo todo: id a mi casa por mi coche.

»Yo lo que quería era que se concluyese esta penosa escena; y Teresa, que lo que ansiaba era huir de la presencia de su tutor, nos entendimos con una mirada, y haciendo señal al mudo para que se quedara, salí y volando fui por el coche y volví inmediatamente. A don Pedro, casi en peso tuvimos que meterlo, y Teresa y yo entramos también en él: cuando llegamos a la casa, dejamos a aquel en su lecho y ordenamos que se llamase un médico. Teresa acomodó de prisa en un baúl trajes y ropa blanca, se proveyó de la gaveta de don Pedro del dinero necesario y nos marchamos a la casa de diligencias, donde felizmente se encontró un asiento en el coche de Veracruz.

»—Y bien, señorita —dije a Teresa cuando estuvimos solos en uno de los cuartos—, lo que ha pasado me ha parecido una visión infernal; aun dudo si es cierto o si es un sueño.

»Teresa no me contestó, sino que se echó a llorar.

»—Pues si no queréis marchar, hay facilidad de poneros en una casa de respeto, en donde permaneceréis oculta, hasta tanto se toman providencias para vuestra futura seguridad.

»—Recordad, señor, que hemos jurado no descubrir a nadie lo que acaba de pasar; y aun cuando lo debiéramos hacer, ¿cómo quedaría mi reputación en el momento en que los tribunales tomaran parte en este asunto? Manuel acaso me aborrecerá y mi tutor es capaz de inventar las más atroces calumnias.

»Yo me quedé reflexionando un momento qué pruebas se podrían presentar en un juicio para acusar al tutor.

—¡Y cómo que se pueden presentar pruebas! —interrumpió Arturo—; yo y Rugiero podremos atestiguar que hemos visto…

—Enhorabuena; eso podrá ser para más adelante; pero entonces yo ignoraba que…

—Es verdad; soy un imbécil —contestó Arturo.

—Padre —me dijo Teresa—, yo tengo un horror invencible a mi tutor; y todavía, cuando un mar me separe de él, no me creeré segura. Es muy cruel separarse de un amante, aunque vos que sois un sacerdote, no sabéis lo que es un amor ardiente; pero no veo otro remedio… Yo quiero huir lejos, muy lejos de aquí; y el cielo he visto abierto, cuando mi tutor propuso que me alejara. Aquí padre, indudablemente seríamos víctimas Manuel y yo; y aunque lo deje a él aquí, a él, que es mi alma, mi corazón y mi existencia, quiero partir sola, en diligencia, a pie, o como sea posible. Ya que sois tan bondadoso conmigo, mi único encargo consiste en que procuréis que Manuel, venciendo cuantos inconvenientes encuentre, venga a reunirse conmigo a La Habana: yo le escribiré, si Dios permite que llegue con vida, y él os buscará: aconsejadle entonces lo que deba hacer.

»Conocí que, en efecto, lo mejor era decidirse por este paso, y dándole cuantos consejos e instrucciones me parecieron convenientes, me despedí, deseándole en el fondo de mi corazón la felicidad y la calma. Al día siguiente me fui a ver a don Pedro, y lo encontré aún bastante enfermo; luego que me vio entrar me tendió la mano, y me hizo seña de que me sentara.

»—Teresa —le dije—, a estas horas está muy lejos de aquí.

»—¿De veras, padre? —me interrumpió vivamente.

»—Lo aseguro; y también que ni una sola palabra sabrá ninguna persona de lo que ha pasado. Así, en cuanto a la sociedad, podréis estar tranquilo; pero en cuanto a vuestra conciencia, temo, don Pedro, mucho, pues habéis ofendido a Dios gravemente.

»—¿Qué queréis, padre? yo estaba poseído de un frenesí, de un ataque de locura: y de veras estoy reconocido profundamente a vuestra caridad, pues vos me habéis salvado el honor, la vida y… hoy os lo debo todo.

»—Mucho me alegro de que penséis así; mi oficio es dispensar protección a los afligidos y ejercer la caridad cristiana con todos mis semejantes, sin tener derecho a su gratitud, sino sólo a que Dios me recompense con su infinita clemencia y misericordia.

»—¡Pobre Teresa! —dijo don Pedro suspirando—, ahora me pesa que se haya marchado. Sería una buena muchacha, si no tuviera la loca pasión por ese capitán, que positivamente no haría más que tirarle todo su dinero y hacerla muy desgraciada. Y a propósito, ¿habéis visto al capitán?

»—No le conozco, he oído hablar a esa niña de él, y nada más; pero yo de todas maneras opino que este asunto debe arreglarse dentro de casa, con calma y con meditación para obrar como sea justo.

»—Decís muy bien, y repito que he sido un loco, un insensato, que he estado a punto de perderme.

»—Recordad, don Pedro, que habéis prometido poner a Teresa en posesión de sus bienes, y dejarla que obre con toda libertad. Yo no tengo interés en que se case con este o con el otro; pero sí, hablando francamente, creo que con vos nunca será feliz, ni vos con ella.

»—Es verdad —dijo don Pedro con despecho—, soy viejo y de una figura desagradable, y ella es joven y hermosa.

»—No es esa la principal causa, sino que su corazón, según he podido comprender de anoche acá, que es cuando conozco a ustedes, es de otro.

»—Sí, de otro, de otro —dijo don Pedro con despecho—, pero luego, con mucha calma y resignación, continuó:

»—Yo debo vencer mis pasiones, padre, y vuestros consejos me serán siempre de mucha utilidad: vos conocéis ya mi conciencia, mis pasiones, mis pecados, como si me hubiese confesado con vos. ¿Juráis ser mi amigo? ¿Juráis hablarme siempre con la energía y verdad con que me habéis echado en cara mis faltas?

»—De buena voluntad —le contesté.

»—Gracias —me dijo estrechándome la mano—, vos sois el consuelo de los desgraciados, y yo también soy desgraciado. En prueba de mi buena fe, os voy a suplicar que escribáis una carta, que irá por el paquete inglés, y que servirá a Teresa de recomendación a su llegada a La Habana.

»Me senté, y don Pedro me dictó una expresiva carta para uno de los más distinguidos personajes de La Habana, en que decía que siendo el viaje de Teresa motivado particularmente para mejorar su salud, la asistiera en cuanto se le ofreciese, ministrándole el dinero que pidiera, cualquiera que fuese la cantidad. Con una mano trémula firmó, y después me dijo:

»—Ya veis; un hombre que se porta así, no es una persona de quien se pueda desconfiar.

»—Es verdad, don Pedro, es verdad —le respondí—, y os doy las gracias, por el interés que tengo en la felicidad de Teresa: creo que ya en lo de adelante no habrá motivo de desagrado, y que todo se arreglará bien.

»—Tantos deseos tengo de ello, y tanta confianza en vuestra discreción, que os doy facultad para que si encontráis al capitán Manuel arregléis este asunto con él como creáis mejor, evitando siempre que llegue el extremo de un casamiento; pero si eso no fuese posible, con tal de poner en tranquilidad mi conciencia y de borrar mis culpas, accedo a que se casen, y les daré sus bienes, que para los pocos años que me restan de vida, con cualquier cosa me basta.

»—Yo, entusiasmado con el lenguaje de don Pedro, tuve impulsos de abrazarlo, pero entró el médico, y me despedí, prometiéndole que lo vería con frecuencia, y me dirigí a entregar la carta que he referido a la persona que me indicó. Mi primer cuidado fue buscaros, señor capitán; pero toda diligencia ha sido inútil, y lo único que logré saber fue que habíais sido despachado a Chihuahua por orden del gobierno, lo cual se me confirmó por un empleado del ministerio de la Guerra, a quien pregunté.

»Esto es lo que ha pasado, y ya que en obsequio de todas las personas interesadas en este suceso, he revelado un secreto que debía guardar eternamente en mi pecho, os exijo una sola cosa, y es la prudencia. Decidme, ¿qué juicio formáis de don Pedro?

»—El que yo formo —dijo el capitán—, y hablando con la franqueza de un soldado, es que ese viejo es un pícaro y vil escarabajo, que debía ser matado a escobazos por una cocinera, porque no merece ni la honra de que le de la muerte la espada de un hombre de honor.

Arturo sonrió por la calificación que hizo el capitán, y a su vez, dijo:

—Lo que me parece que hay en el fondo del negocio es que el viejo quería quedarse con el dinero y con la muchacha, y que para eso se valió de una infamia, y quiso hacer una comedia que aterrorizara a la criatura.

—¡Cáspita! —interrumpió Manuel—, ¿y el balazo que tiró, y que debió haberle entrado por el ojo?

—Todo eso fue farsa, Manuel, y nada más: el hombre nunca se habría atrevido a matar a Teresa; y si consintió en el viaje a La Habana, fue para quedar dueño del campo y disponer a su antojo del dinero, no dar cuenta y quedar riquísimo, más de lo que está.

—Yo no sé —dijo el padre—, si sería comedia o no; lo que puedo asegurar es que ese hombre estaba frenético, y dispuesto, en mi juicio, a cometer cualquier crimen. Ahora se habrá arrepentido, porque estas cosas son altamente ridículas para un hombre de su edad y de su reputación en el mundo; en cuanto a mí, creo que cumplí con mi deber.

—Lo que he dicho, padre —replicó Arturo con mucha jovialidad, y dándole suaves palmadas en el hombro—, no es por ofenderos: os digo con verdad que sois un excelente eclesiástico, caritativo, amable, de talento, de discreción y de virtud.

El padre bajó los ojos y se sonrojó.

—Arturo dice la verdad, padre; y aunque hay una gran diferencia entre unos muchachos mundanos y un eclesiástico virtuoso, creo que seremos amigos: nosotros no tenemos mal corazón; y si cometemos faltas y calaveradas, esto no hará que nos rehuséis, ni vuestros consejos ni vuestra amistad.

—De ninguna suerte —contestó el clérigo—: seremos amigos sinceros, y os ayudaré de buena voluntad a todo lo que sea justo y honrado; en cuanto a consejos, poca capacidad y experiencia tengo; pero…

—Afuera cumplimientos —dijo con tono de franqueza Arturo—: ya somos amigos, y por tanto la etiqueta no es necesaria; decidnos, pues, con franqueza cómo se debe obrar en este caso.

—Yo, por las visitas que he hecho posteriormente a don Pedro —respondió el eclesiástico—, me he convencido plenamente de que el hombre ha cambiado de ideas, y de que está expuesto a un avenimiento: el amor debe de haberse amortiguado con la ausencia, y en cuanto al dinero, que es la pasión que indudablemente lo domina, supuesto que ni Teresa, ni el capitán fijan su atención en él, se puede celebrar una transacción, que a él lo deje rico y que a los dos esposos les proporcione con qué vivir cómodamente, y hasta con lujo, sobre todo si este caballero corrige un poco sus calaveradas.

—Es fuerte cosa transigir así con un hombre tan malvado.

—Pero no hay otro arbitrio —dijo el padre—, para que esto tenga un feliz término: si ustedes quieren llevarlo por las vías de la justicia, eso es otra cosa; pero creo que les costará mucho dinero, que ocasionarán escándalos, y por último, que el resultado se hará esperar mucho; y no sabemos cuál será.

—El padre dice muy bien, Arturo: yo en cuanto a dinero, tengo ahora lo bastante para algunos meses, y con tal de que Teresa sea mía, seré capaz de ceder al viejo, por mi parte, todo el caudal.

—Pues bien, padre, supuesta la voluntad del capitán, ¿qué le parece a usted que se haga?

—El paso es muy sencillo: el capitán, sin darse por entendido de lo que ha pasado, debe ir a casa de don Pedro, y tener una explicación con él. Probablemente accederá, y entonces el capitán, con licencia del gobierno, se marchará a La Habana: allí se casará con Teresa, y después quedará libre, o para volverse a México, o para dirigirse a Europa.

—No puede ser más brillante para mí la perspectiva —dijo el capitán—, pero es un paso muy duro tener que humillarse ante un malvado.

—No se trata de humillaciones ni de bajezas —contestó el padre.

—Pues recordando yo lo que ha pasado, no podría contenerme, y entonces todo se echaría a perder.

—Vamos —dijo el padre—, es menester una poca de calma; vos sois un hombre de mundo, y debéis dar este paso.

—Por la felicidad de Teresa a todo me resigno —contestó el capitán.

—Pues bien; puesto que estamos convenidos en esto —dijo el padre—, yo quiero que el señor Arturo me haga algunas aclaraciones.

—Las que usted quiera; y ahora deseo positivamente que usted me ocupe, para acreditarle mi amistad.

—Muy bien; se trata de un asunto que considero como mío; y en el que usted me puede servir de mucho… pero ahora estamos ya fatigados, y yo tengo que practicar, antes que hablar con usted, algunas indagaciones más: permítanme ustedes, pues, que los cite para dentro de tres días, tiempo en que el capitán habrá tenido ya sus explicaciones con don Pedro, y en que ya podremos hablar también de este otro asunto.

—Perfectamente —dijeron los jóvenes; y repitiendo al buen eclesiástico sus protestas de amistad y reconocimiento, quedaron emplazados para reunirse a los tres días.

—Es un excelente clérigo —dijo Arturo al subir al coche—, y aunque de costumbres y carácter distinto, debemos considerarlo como amigo.

—Estoy contento de él, aunque creo que podría haber evitado la marcha de Teresa, y puesto en apuros a ese malvado viejo.

—¡Qué quieres! demasiado hizo, no siendo el interesado. Tú debes estarle muy reconocido… Pero ¿a dónde vamos?

—A casa de don Pedro —dijo Manuel—, recuerda que el vapor sale pronto y yo de una vez quiero escribirle minuciosamente a Teresa lo que pasa.

—¿Estás seguro de que no cometerás una torpeza en esta peligrosa entrevista?

—Sí lo estoy: un hombre rico, feliz y de mundo, como soy yo, no comete jamás torpezas —contestó Manuel con una perfecta seguridad.

—Entonces no hay que contradecirte: esta noche a las ocho estaré en tu casa; tomaré cualquier friolera, y nos iremos en seguida a la tertulia de Aurora.

—Ve un poco más temprano, y juzgaremos de la habilidad de un cocinero francés que he tomado.

—Convenido.

El coche llegó a la casa de don Pedro; Manuel entró, y Arturo se fue a la suya a concluir la lectura de El judío errante, obra que le tenía preocupado y entretenido sobremanera.

XXIX. Acto de contrición

Para que no se pierda el hilo de esta historia, necesitamos imponer al lector de algunos pormenores relativos a don Pedro.

Luego que estuvo en su recámara, donde hemos visto que lo dejó el eclesiástico, llamó a la cocinera y a la ama de llaves, y fingiéndose muy enternecido, les dijo:

—Muchachas, tengo que darles la funesta noticia de que su ama, la virtuosa Teresa, ha partido para San Luis Potosí esta noche misma; el pesar me ha puesto en un estado tal, que me ha sido imposible acompañarla.

—Pero señor —dijo María Asunción, que era el ama de llaves, ¿cómo tuvo su merced valor de dejar ir sola a la niña?

—¿Qué había de hacer, hijas mías? Es necesaria su presencia en San Luis, para que entre en posesión de una valiosa finca de campo que le pertenece, y un solo día de dilación habría ocasionado el que el negocio se perdiera; yo no tengo más fin que dejar a esta criatura rica y feliz, cuando me muera; con eso no omito sacrificio; y aun el de mi vida haré si es preciso.

—¡Pobre niña! —dijo María Asunción—, ¿cuándo la volveremos a ver?

—Muy pronto —contestó don Pedro—, pero yo, quién sabe si lograré esa dicha, porque soy ya de una edad avanzada, y me siento muy malo… Ya se ve, el golpe ha sido terrible…

—Está su merced muy desfigurado —le dijo María Asunción.

—Sí, hija mía; estoy bastante malo: haz que entre el médico.

—Sí, señor.

—Ustedes retírense. ¡Ah!… se me olvidaba, ¿ha venido el mudo?

—No, señor.

—Bien; retírense, y yo las llamaré cuando sea necesario.

El médico entró, tomó el pulso a don Pedro y le preguntó lo que sentía.

—Es una fuerte indigestión —contestó el médico, después de haber escuchado la narración, y creo que hay también alguna bilis.

—Todo se ha reunido, doctor —contestó don Pedro—, pues un hombre que, como yo, tiene que lidiar con abogados y con jueces, no deja de hacer sus cóleras, a pesar de que yo, por naturaleza, soy hombre pacífico.

—Eso, y el haber comido tanta cantidad de sopa de ravioles, ha puesto a usted en este estado; pero aun es tiempo de calmar el mal. Voy a recetarle a usted de pronto un vomitivo y unos pozuelos, que tomará usted cada dos horas; que inmediatamente vayan a la botica.

Don Pedro sonó la campanilla y corrieron; María entró a la botica por la medicina.

—Con que dejo a usted, don Pedro; si alguna novedad hubiere, me mandará usted avisar.

—Gracias, doctor, gracias; me siento un poco mejor en este momento, y creo que con las medicinas y con un rato de sueño, me restableceré.

Como debe suponerse, las medicinas fueron administradas a don Pedro con tal eficacia y cariño de parte de las criadas, que a cosa de las dos de la mañana logró conciliar el sueño. Al día siguiente amaneció bastante estropeado del combate que había sostenido, pero demasiado tranquilo respecto de su vida, pues la escena de la noche anterior, no fue más que una comedia, para intimidar a Teresa, y procuró que el eclesiástico mismo le abriera un camino para terminar de la mejor manera posible la peligrosa tentativa que había hecho.

—Vamos —dijo el viejo, apoyando su cabeza en la cabecera de la cama—, soy el hombre más imbécil del mundo, y prometo no volverme a guiar nunca por ajenos consejos. En resumidas cuentas, ¿qué he hecho yo? Nada; correr el inminente peligro de aparecer como un asesino, caer tal vez en manos de un juez, cosa que me habría perjudicado bastante, a pesar de que mi reputación está bien sentada, y de dar materia a esa turba de chismosos y enredadores, que se llaman periodistas, para que entretuviesen al público a mi costa. Por lo demás, estoy tranquilo; tengo oro, y este es el medio de ganar los corazones. Si naufraga la muchacha, entonces ya no hay cuestión; la fortuna será enteramente mía, y esto me consolará un tanto de su pérdida; pero si llega sana y salva a La Habana, no dejará de escribir al pícaro del capitán y a todos sus conocidos, y quién sabe si entonces habrá algún resultado… Lo mejor es alejarla lo más que se pueda; yo arreglaré mis negocios y me marcharé a Europa… Pero es menester actividad.

Don Pedro sonó la campanilla, María de la Asunción entró.

—Mira, hija mía, tráeme una taza de atole y un poco de azúcar; envía un recado a don Juan Alonso Quintanilla, diciéndole que me hallo enfermo, y que necesito verlo, y después haz que me llamen a don Pascual el barbero.

—¿Se va su merced a rasurar?

—No; mañana acaso lo haré, pero necesito hacerle el encargo de que me busque hoy unas navajas inglesas.

—Muy bien, señor; ¿y cómo se siente su merced?

—Mucho mejor, María; te lo agradezco. Haz lo que te he dicho.

—La criada salió a ejecutar las órdenes de don Pedro, y le introdujo a poco rato en una curiosa charola, y en brillantes trastos de porcelana, el alimento que había pedido.

Quintanilla no dilató, pues vivía cerca de la casa de don Pedro.

—¿Qué es eso, amigo? ¿Usted en cama? ¿Qué ha sucedido?

—Una indigestión fuerte; pero estoy mejor.

—Me alegro. ¿Qué se ofrecía?

—Voy a hablar a usted de un asunto, pero en mucha reserva.

—Lo que usted quiera, vamos… ya sabe usted que soy su amigo.

—Pues ha de saber que Teresa, de quien sabe usted que soy tutor, y a quien he mirado como a una hija, ha cometido la locura de enamorarse de un oficial borracho, jugador y tormentista; de un oficial que es, no sólo un calavera, sino de pervertidas costumbres. Como no había medio de evitarlo, y temía yo que la muchacha fuese deshonrada; y mi casa, donde hace muchos años no hay más que recogimiento y virtud, teatro de escándalos muy graves… me pareció prudente enviarla a La Habana; anoche formé una resolución pronta sobre esto, y ya la tiene usted en camino para Veracruz. Ya ve usted, en este país no hay justicia… estos militares la echan siempre de altaneros y de matones, y luego el fuero…

—Muy bien pensado —dijo Quintanilla, que era un español viejo, de ideas absolutamente cerradas y añejas, y que no concedía a las muchachas libre albedrío para disponer de su corazón y de su mano.

—¿No le parece a usted que no había más recurso?

—¡Cómo si había! —dijo Quintanilla—. Yo la habría encerrado en un cuarto, y condenado a pan y agua, y ya habría visto usted cómo el hambre le hubiera quitado el amor. En cuanto al calavera, lo que usted debe hacer es procurar en la comandancia general que lo manden a un presidio, a la frontera o a los infiernos.

—Qué quiere usted, Quintanilla, yo soy muy blandito y muy compasivo; yo no puedo contrariar a mi corazón.

—Conmigo habían de topar esos amores; acuérdese usted de lo que hice con Micaela, la huérfana; la sumí en el convento, y la hice profesar; ella lloró, se desesperó, hizo mil protestas y dijo que se había de matar, y… qué sé yo cuántas cosas; pero el caso es que hoy es una santa, y estoy firmemente persuadido de que me deberá su salvación.

—Para evitar medidas extremas, lo que yo deseo es alejar más a Teresa, porque el capitán es hombre resuelto, y muy capaz de marcharse a La Habana. Los viajes y la ausencia distraerán a Teresa, y quizá en España le podremos proporcionar un marido que haga su felicidad.

—Bien, bien; una vez que piensa usted así, hágalo; ¿en qué puedo servirle?

—Quiero que me proporcione usted una persona que vaya a La Habana, y que haga que Teresa se embarque para Cádiz, y la acompañe. Pero que esta persona sea de mucho secreto y resolución.

—Pues cabalmente yo puedo proporcionar a usted una que ni mandada hacer; se llama Bolao; es hijo de aquel gaditano muy honrado y muy gracioso, que tenía la antigua tienda de abarrotes de la calle de Venero. Es dependiente de la casa de nuestro amigo Fernández, que ha sido víctima en la quiebra de la casa de Revuelta, lo manda justamente a la isla de Cuba a arreglar ese asunto; yo le hablaré a su amo, y él se encargará gustosamente de servirnos.

—Vea usted; sería bueno no decirle una palabra, sino darle instrucciones por escrito y en carta cerrada, que no deberá abrir, hasta que se halle en La Habana.

—Bien, bien —dijo Quintanilla—, todo lo que sea procurar el mayor secreto, es mejor.

—Le pagaremos muy bien; llevará carta abierta para La Habana —dijo don Pedro—, pero lo único que temo es que no se vaya a enamorar de Teresa.

—No, no haya cuidado; y sobre todo, ese peligro también existe en La Habana, donde hay tanto mozalbete; así es, que para evitarlo, lo mejor sería que usted fuese en persona.

—Imposible, por ahora; estoy lleno de complicaciones; las cuentas sin concluir; y sobre todo, tengo un pleito en San Luis, pendiente de fallo, que perdería si me separara de aquí; y ¡vamos! en el asunto se versan 150,000 pesos.

—Bien, bien —respondió Quintanilla—, los negocios son primero que nada; pero no tenga usted cuidado; ponga usted las cartas, y de mi cuenta corre allanar lo demás.

—Perfectamente, fío en usted. Las cartas las tendrá usted mañana; y agite usted para que Bolao salga lo más pronto posible.

—Bien, bien, será usted servido. ¿Se ofrece otra cosa, don Pedro?

—Que no economice usted tanto sus visitas.

—Bien, bien, veré a usted seguido, cuando me lo permitan los negocios.

El señor Quintanilla salió, y el maestro barbero entró en seguida.

—Señor don Pedro… ¿qué ha sucedido?… pobrecito de mi amo, que se halla en cama. ¿Hubo anoche alguna novedad?

—No, ninguna, maestro; una indigestión muy fuerte, es todo; pero estoy mejor. Vamos, dame cuenta de la policía.

—Pues, señor, hay cosas muy importantes.

—Di, ¿cuáles?

—Pues, señor, en las inmediaciones de la casa que usted sabe, un hombre dio a otro un fuerte bastonazo en la cabeza y lo lastimó.

—¿Y quienes eran esos hombres?

—A uno no lo conozco; pero al herido sí lo conocí, pues el sereno y yo lo vimos con el farol.

—¿El sereno?…

—Sí, el sereno —dijo el barbero—, pues ya sabe usted que como le doy sus galitas, y él es un buen muchacho, hace todo lo que le digo.

—¿Y quién era el hombre herido?

—¡Quién había de ser! el capitán a quien mi amo aborrece de muerte.

—¡El capitán! —interrumpió don Pedro, azorado—, y ¿quién lo hirió?

—Ya dije a mi amo que al otro no lo conozco… pero mi amo sabrá…

—¡Cómo sabrá!… Gran pícaro, pues ¿qué crees que yo soy un asesino? Si tú y el sereno lo hubieran acabado de matar, era otra cosa…

—Mi amo no se enfade, pero como no ha dicho nada…

—Ni soy capaz de decir; yo lo único que te he encargado, y para lo cual te doy más dinero del que puedes, gastar en tus vicios, es que observes ciertas cosas que poco, me interesan, pero que… necesito saber, para la tranquilidad de una casa virtuosa y recogida como es esta.

—Mi amo me perdonará, pero yo no lo sirvo por dinero, sino por agradecido, porque siempre me acuerdo de que su merced me libró de la muerte…

—No hablemos de eso; ¿qué sucedió con el capitán? murió, o… Apuesto a que tú y el sereno serían tan infames, que en lugar de socorrerlo, le darían otro palo.

—Ya dije a su merced, que como no había dicho nada…

Don Pedro echó una mirada colérica al barbero, y éste tuvo que bajar los ojos.

—Responde a lo que te pregunto, sin meterte en más. ¿Qué sucedió con el capitán?

—Pues a poco rato se levantó; y como un borracho, agarrándose de las paredes, se fue.

—¡Se fue! —repitió don Pedro con cólera—, ¿y a dónde?

—A su casa —dijo el barbero.

—¡A su casa! ¡A su casa! —repitió don Pedro, colérico—; ¿y dónde es su casa?

—En la calle de…; yo le seguí.

—¡Ah! eso es otra cosa —dijo don Pedro, afectando mucha calma—, tenía interés en saber donde era su casa, porque me gusta hacer bien a los desgraciados. ¡Qué sería de ti, si yo no te hubiera libertado de la horca! Acaso podré dispensarle algún beneficio al capitán. Te encargo que no me lo pierdas de vista, y que procures hacer estrecha amistad con Mariana la lavandera. En cuanto haya algo de nuevo, ven a avisarme.

—Sí, señor, lo haré así… Pero quería yo rogar a mi amo que me sacara de un compromiso; tengo una deuda, de veinte pesos, y es necesario que la pague hoy…

—¿Eso es todo?

—Sí, señor, y además otros diez pesos que me cobra el tuerto Caralampio y…

—Toma, toma el dinero; pórtate bien y, por ahora, vete de aquí.

El barbero quiso besar la mano a don Pedro; pero éste la escondió, y lo despidió con una seña.

El lector debe saber, que este barbero, por un asesinato y dos asaltos en camino real, había sido condenado a muerte por el juez de letras Puchet, quien rara vez dejaba de aplicar la ley a los criminales; esta sentencia había sido aprobada por el tribunal superior, y revisada por la corte de justicia; y el reo habría ido indudablemente al palo, a no haber sido porque don Pedro, de quien era antiguo criado, formó capricho en salvarlo.

Pero no surtieron efecto en los tribunales sus recomendaciones; y entonces ocurrió al Presidente, general don Anastasio Bustamante, hombre, como todo el mundo sabe, de excelente corazón, quien lo indultó, sentenciándolo a diez años de presidio; escapóse luego del camino de Veracruz, en donde estaba trabajando en cumplimiento de su condena; cambió de nombre y de traje, y se mudó en un barrio distinto; y como en México cuando se fuga un reo, pocas o ningunas diligencias se hacen para buscarlo, nuestro hombre logró evadirse del castigo; y después de algún tiempo se volvió a presentar a don Pedro, quien siguió protegiéndolo.

Después de ser mesonero, arriero y tendero, vino a adoptar el oficio de barbero, y fue nombrado juez de paz de un cuartel; pero como no olvidaba sus antiguas costumbres, protegía a los rateros, mientras perseguía furiosamente a los ladrones de los otros barrios de la ciudad; tenía una parte en la dirección de los asaltos de las diligencias; auxiliaba a los contrabandistas a meter sus efectos por los canales que rodean la ciudad, y era el alma de los enredos del barrio; todo lo hacía con tal maña y talento, que a los ojos del Ayuntamiento pasaba por uno de los mejores alcaldes de barrio.

Los vecinos, unos le tenían miedo, y no se atrevían a decir nada contra él, y otros le tenían cariño, porque, prescindiendo de las pequeñeces que acabamos de decir, era hombre alegre, franco, amigo de fandangos y de almuerzos, y se llevaba bien con todos los que le ayudaban en sus inocentes picardías. Este hombre, pues, que por reconocimiento y por interés servía a don Pedro, quien nunca le excusaba el dinero, era el fiel y ciego instrumento de que éste se valía, con arte y maña, para espiar los movimientos del capitán; y en caso necesario, lo habría empleado también para quitarlo de enmedio.

Dado a conocer el barbero, seguiremos con nuestra narración. Don Pedro, cuando volvió a quedar solo, comenzó a vestirse, diciendo:

—Es menester enmendar tanto absurdo y disparate como he hecho; el medio seguro para quedar yo tranquilo, habría sido desembarazarme de Teresa y del capitán; pero como a Teresa la amo, o más bien dicho, tengo por ella una ilusión, que raya en delirio, es menester trabajar, para que dinero y muchacha sean míos. Cuando lo consiga, prometo a Dios ser el mejor de los hombres; confesarme con todo mi corazón; entrar a ejercicios; dar muchas limosnas; edificar a la Virgen de los Dolores una capilla; fundar un hospicio… Por otra parte, yo obro en esto con arreglo a mi conciencia. ¿Cómo había de permitir, que el dinero que con tanto afán he conservado, y aumentado, fuese a pasar a manos de un tunante, que lo disiparía en el juego y en los vicios más vergonzosos?… ¿Ni cómo tampoco puedo permitir, que Teresa sea desgraciada? Ella entrará en razón, me amará algo, y todo se compondrá; yo me pasaré en Europa una vida llena de comodidades, y abandonaré este país de revoluciones y de picardías… A la obra, y a trabajar activamente en el arreglo de todos mis negocios.

Mientras hacía estas reflexiones don Pedro, acabóse de vestir; se puso una rica bata de seda, y abriendo un hermoso escritorio de madera de rosa embutida, se puso a escribir lo siguiente:


Señor marqués de Casa-Blanca. México, etc.

Amigo y señor de mi respeto:

Circunstancias graves de familia, que sería largo referir, me han obligado a enviar a mi tutoreada, la señorita Teresa N… a esa isla, en donde algunos años vivió de niña, en unión de su mamá (que de Dios goce). Con el fin de recobrar su salud, permanecerá algún tiempo en esa ciudad, y después irá a Cádiz, a donde, en breve, trasladaré mi residencia.

¡Dichosos mil veces los cubanos, que disfrutan de un gobierno justo y paternal, bajo el manto soberano de S. M.! (Q. D. G.) En este país, donde se proclama la libertad, se experimenta la más horrible tiranía; y precisamente tengo que variar de residencia, por librarme de las diabólicas asechanzas de un militar, cuyo dañado intento es seducir a mi inocente hija, y arrebatarle su patrimonio.

No será remoto que se atreva a seguirla a ese puerto; en cuyo caso, amigo mío, espero que usted empleará su influjo con ese señor capitán general, cuya justificación es alabada por todos los que le conocen, para que se le eche mano, pues es un tahúr de profesión, ebrio consuetudinario, fullero de oficio, y digno de figurar en el gran catálogo de los pillos, que el inmortal Tacón desterró de Cuba.

Yo pongo a Teresa bajo la protección de usted y de las leyes de la isla; y le ruego que para coronar mis afanes de muchos años, no omita gasto ni sacrificio alguno, pues todo se lo recompensará, con una eterna y profunda gratitud, su atento afectísimo amigo Q. B. S. M. Por el dinero que facilite a mi recomendada y demás gastos que haga, puede girar a mi cargo a tres días vista.

P.

P. D. Va una noticia circunstanciada de las señas del militar a que me refiero, y le suplico las haga conocer a la policía de la isla.

La carta que le acompaño, cerrada y sellada, suplico a usted que sólo la abra en el caso de que un encargado mío se presente a usted, y le enseñe unas instrucciones escritas de mi puño y letra.

Señores Spolding Hermanos.

Señores míos:

El portador de ésta es don Juan Bolao, que pasa a esa, con unos asuntos de la casa de los señores Fernández, de esta ciudad; y como también le he encargado un asunto mercantil, les suplico, que, cargándolo a mi cuenta, le faciliten el dinero que pida.

Soy, etc.

Instrucciones para el señor don Juan Bolao

En cuanto llegue la fragata Correo de Cádiz, tomará pasaje a bordo para dos personas. Tres días antes de hacerse el buque a la vela, ocurrirá al señor marqués de Casa-Blanca, presentándole estas instrucciones. Tres Horas antes de embarcarse, ocurrirá a la casa que le indique el señor marqués; y allí encontrará una señorita, a quien deberá poner a bordo, sin hacerle ninguna explicación. La acompañará hasta Cádiz, y allí la dejará en la casa que el mismo señor marqués indique.

Concluido esto, cuando guste, podrá regresar a México el señor Bolao, y pedir para su uso, a la casa de los señores Spolding Hermanos, diez mil pesos, además de los gastos del viaje. Pero si el señor Bolao no cumpliere con estas instrucciones, puede contar con que será despedido de la casa de Fernández, y perseguido ante los tribunales, por el dinero que indebidamente haya tomado.

Si cuando llegue la fragata Correo, no hubiese el señor Bolao concluido su asunto con la casa de Revuelta, entonces tendrá cuidado de tomar pasaje en otro buque que vaya para Cádiz.
 

La siguiente carta es la que don Pedro dirigió al señor marqués de Casa-Blanca, cerrada y sellada.


Amigo y señor de mi respeto:

Sabe usted que a las mujeres es menester hacerlas dichosas a fuerza. Para esto he comisionado a un sujeto de bastante honradez; pero ha sido necesario ponerle unas Instrucciones duras y precisas, a la vez que estimularlo a la recompensa. Si se portare bien, cuento con que usted le facilitará todo cuanto sea necesario para el viaje, recomendando a Teresa a una persona de respeto en Cádiz, para que viva en su casa, o lo que mejor sería, para que la haga entrar en un convento allí o en Madrid, hasta tanto yo acabo de arreglar mis negocios, y me pongo en camino.

¿Qué no hace un padre por la dicha de su hija? Yo soy viejo, y el día que Teresa fuera desgraciada, yo moriría; usted comprende bien mis intenciones, y me ayudará a llevar a buen fin este grave asunto de familia, ya que no hay más modo de conducirlo que el que he indicado. Si mi encargado se maneja mal, le retirará usted el crédito de la casa de Spolding, y le recogerá las Instrucciones, dejándolo que se marche a donde quiera.

Dispense usted tanta molestia de su amigo Q. B. S. M.
 

Es menester que el lector sepa que este marqués de Casa-Blanca era un íntimo amigo de don Pedro, y que debía a éste su fortuna, pues habiendo venido a San Luis a reclamar una herencia, don Pedro con sus relaciones, sus consejos y sus intrigas, lo sacó airoso del pleito; el marqués se marchó al lugar de su residencia, que era La Habana, y nunca cesó de conservar estrechas relaciones con él.

Luego que don Pedro acabó de escribir, mandó poner el coche, se envolvió en su capa, y fue personalmente a poner sus cartas en manos de don Juan Alonso Quintanilla, con lo cual quedó tranquilo.

Los lectores recordarán, que restablecido apenas el capitán Manuel, del golpe que le dio Arturo, por la equivocación que saben, fue a ver a don Pedro, quien le dijo que Teresa se había fugado con un amante. Tan luego como el capitán salió, tomó su coche, y se fue a ver al Ministro de la Guerra; y como era hombre de dinero y de grandes polendas, como suele decirse, raras veces abría la boca, sin que todos se apresurasen a servirlo. México es un país muy singular bajo ese aspecto, y don Pedro conocía perfectamente a la mayor parte de nuestros hombres públicos.

—Dos minutos no más, señor Ministro.

—¡Señor don Pedro, mi amigo, mi antiguo amigo! usted nunca quita el tiempo a los que lo quieren bien.

—Dos minutos, dos minutos de tiempo —repitió don Pedro, tomando la mano del Ministro, y llevándola a su pecho.

—Diga usted, diga usted, mi amigo; y el Ministro servirá a usted en cuanto pueda.

—Es un asuntito de familia; se trata de alejar de aquí por unos cuantos días a un oficial calavera y maleta, que me anda inquietando a mi Teresa; el oficial creo que tiene su cuerpo en Chihuahua.

—Pues que marche, mi amigo y despejaremos la ciudad de tanto oficial sin ocupación, que no quiere más que andar en procesiones y en francachelas.

—Pero yo no quiero que se perjudique de ninguna manera —dijo don Pedro fingiéndose muy apesarado—. A la muchacha la he mandado por prudencia a que dé un paseo, y… ¡pobres viejos! ¡Buena guerra nos dan las muchachas!

—Bajo todos aspectos —dijo riéndose el Ministro—, será usted servido. Ya ordenaré que se ponga ahora mismo una circular previniendo a todos los oficiales que se hallen en la capital, que marchen a reunirse a sus cuerpos.

—Aquí está el apunte de su nombre —dijo don Pedro—, pues yo no sabía cómo se llamaba, y apenas lo conozco.

—Que marche inmediatamente a prestar sus servicios a Chihuahua. ¿Desea usted otra cosa, señor don Pedro?

—Gracias, mil gracias, señor Ministro —respondió don Pedro, estrechándole cordialmente la mano, y salió de la Secretaría.

—Toma, María —dijo a la ama de llaves cuando entró a su casa—, haz que de mi parte lleven este sahumador de plata a casa del señor Ministro de la Guerra, y que llamen al maestro barbero, pero que venga inmediatamente; mejor dicho, que tú misma vayas y vuelvas con él.

—Tengo un negocio muy urgente contigo —dijo don Pedro en cuanto vio entrar al barbero.

—Mi amo puede ordenarme lo que guste.

—Yo sé que tú intervienes en ciertas cosas. La diligencia que salió antes de anoche de aquí a Veracruz deberá ser asaltada.

—No señor —respondió resueltamente el barbero; mas al instante, arrepintiéndose de su ligereza, dijo—: yo no sé por qué su merced me hace esas preguntas, y para hablarle con verdad… no sé.

—Tú lo sabes perfectamente, y no hay para qué negarlo, pues yo no te he de seguir ningún mal; lo único que quiero es, que me sirvas bien. El capitán está ya aliviado de su herida, y tú nada me has dicho.

—Señor: juro a su merced que he hecho cuantas diligencias han sido posibles; pero esa malvada lavandera no me ha querido decir ni una palabra: sabía yo que estaba en cama por Martín su asistente.

—Pues mira, probablemente el capitán se dirigirá en uno de esos días para Veracruz; y me importa que no llegue. No digo por esto que se le haga mal alguno; pero lo pueden tener por ahí oculto algunos días; en fin, que no llegue, es lo que importa; y tú sabrás de qué medios te vales para ello. Que no llegue el capitán a Veracruz, es todo lo que recomiendo.

El barbero se mordía un dedo sin responder.

—Parece que no te agrada mi encargo. Muy bien; entonces tomaré otras medidas; dejaré la cosa así, y será lo mejor.

—Es decir, que mi amo quiere que si mis compañeros o yo podemos, le demos un tiro al capitán, cuando menos lo piense, o le rompamos las piernas, o le amarremos a un árbol en el monte.

—¡Gran bruto! yo no he dicho eso; lo único que deseo es que al menos en uno o dos meses el capitán se vea imposibilitado de llegar a Veracruz.

—Es decir —volvió a insistir el barbero—, que con darle una herida regularcita…

—¡Otra tontería! —exclamó don Pedro, dando una fuerte patada en el suelo—. Será menester que dejemos el asunto por hoy; yo buscaré otra gente que me entienda.

—Si yo entiendo a su merced bien… lo que sucede es, que yo preguntaba…

—Bien, será menester que te procures informar con Martín el asistente, y que tú mismo vayas a hacer lo que te encargo, pues acaso otros irán a cometer una torpeza, y no quiero más, sino que no llegue a Veracruz.

—Muy bien, señor. ¿Me permite su merced que le enseñe a tres muchachos muy guapos, que pienso que me acompañen?

—Sí, sí —dijo don Pedro con indiferencia—, con tal de que se vayan breve.

El barbero volvió a poco, acompañado de tres mocetones de no mal parecer, regularmente vestido al estilo de los rancheros, y los presentó a don Pedro.

—Vaya —dijo éste—, buena gente, guapos muchachos. ¿Y qué oficio tienen ustedes?

—Pues, señor, somos picadores, vaqueros; buscamos la vida en lo que Dios nos da.

—Vaya, retírense, hijos; lo que se les ofrezca; yo soy amigo de servir a todo el mundo.

Mientras que don Pedro decía esto, uno de ellos se acercó a tomarle la mano, y los dos restantes, cubriéndose uno con otro, extrajeron con la mayor agilidad y casi a la vista de don Pedro y del barbero un par de cajitas. Despidiéronse, por fin, y cuando don Pedro vio que bajaban la escalera, dijo:

—¡Pobre capitán! no daría yo un octavo por su vida. Si escapa irá sin duda al Morro de La Habana.

Éste fue el acto de contrición de don Pedro.

Es necesario decir que uno de los tres mocetones era el que asesinó al alcalde de barrio, y le quitó el fistol de Rugiero, y que todos, incluso el barbero, fueron los que asaltaron la diligencia en que viajaban Manuel y Juan Bolao. Las cajitas robadas de la casa de don Pedro, contenían el anillo y el retrato de Teresa; y estos despojos se proponían los ladrones venderlos en Veracruz, o en un lugar muy lejos de México.

Al día siguiente fue Quintanilla a decirle a don Pedro, que Juan Bolao había partido en la diligencia.

—¿En la diligencia? —preguntó don Pedro.

—Sí, ¿y qué?

—Soy el más solemne bruto —gritó, dándose una palmada en la frente.

—¡Bien! ¡Bien! ¿Y qué ha sucedido? —preguntó alarmado Quintanilla.

—Nada —dijo don Pedro sonriendo, que se me olvidó poner una cartita al conde de Pinillos.

—¡Bien! ¡Bien! ¿Y qué…? lo mismo da; irá por el próximo correo.

El barbero y los tres mocetones no volvieron a aparecer más. Don Pedro, por noticias fidedignas, que le comunicó Quintanilla, supo el terrible combate que tuvo Bolao y algunos pasajeros con los ladrones, y no le quedó la menor duda de que el capitán ayudó a la derrota.

Vio frustrado uno de sus ardides malditos, y muchos días permaneció devorado de dudas e incertidumbres, que se aumentaron con la carta en que le decía Bolao, tantas y tantas cosas, tan diferentes unas de otras, que se devanaba la cabeza sin poder atinar con su verdadero contenido.

Bolao expresamente había redactado su carta de modo que no pudiese ser comprendida, pero que tampoco lo comprometiera, concluyendo con manifestar que, teniendo aún pendientes multitud de negocios con la casa de Revuelta, le era imposible disponer nada para la salida de la fragata Correo de Cádiz.

Segunda parte

I. Don Pedro cede el campo al capitán

Estando ya los lectores al corriente de una gran parte de los motivos que ocasionaron los sucesos que se refirieron al principio de esta historia, volvamos a tomar el hilo de ella, interrumpido con necesarias explicaciones.

Hemos dejado a Manuel en la casa de don Pedro. Con mucho tono y prosopopeya se hizo anunciar, y don Pedro, a la primera noticia que le dio su criado de que un caballero que había llegado en un magnífico coche lo buscaba, se apresuró a salir a encontrarlo.

—Caballero… —dijo el capitán, haciendo una cortesía y con la voz un poco trémula, porque le costaba trabajo reprimir sus emociones.

El timbre de esta voz hizo estremecer a don Pedro, y sin acertar a pronunciar ni una palabra, ni levantar la vista, tendió maquinalmente una mano.

El capitán se la estrechó fuertemente, diciendo ya con una voz más tranquila.

—Buenos días señor don Pedro: mucho tiempo hacía que no tenía el placer de ver a usted… tranquilícese usted, no seré muy molesto.

Don Pedro alzó la vista, y a pesar del elegante traje militar del capitán, y de estar muy cambiada su fisonomía desde la última aventura, que ya sabe el lector, lo reconoció al momento; y procurando afectar alegría, y sacando a luz sus dientes por medio de una sonrisa, le contestó:

—Buenos días, señor capitán; pase usted, pase usted. Yo siempre tengo el mayor gusto de que me visite usted. Vamos adentro.

—Al infierno me echaría de buena gana este zorro pícaro —dijo el capitán para sus adentros, y con aire de desembarazo obedeció a don Pedro, que con la mano le señalaba la entrada de la antesala.

—Vamos, amigo; siéntese usted… Yo hacía a usted muy lejos de aquí.

—En efecto —le dijo con tono malicioso el capitán—, debía, haber salido para Chihuahua, y tenía mi equipaje listo; pero recibí contra-orden, y fue preciso obedecer. Ése es el deber de un militar.

—Justo, amigo mío, y sin adulación, desearía yo que todos los oficiales de nuestro ejército fueran de las cualidades de usted… un poco calavera… y mal genio… pero esto no es nada… la edad…

El capitán se vio tentado de dar a don Pedro una bofetada; pero considerando que la prudencia y disimulo eran indispensables, contestó en el mismo tono afable:

—Usted me favorece demasiado, señor don Pedro, y veo por lo tanto que no estará usted ya tan mal dispuesto.

—¡Mal dispuesto! ¡Oh! no, nunca lo he estado; lo que ha sucedido es… ya ve usted, un hombre encargado de la suerte de una niña, debe siempre irse con tiento y examinar…

Observando don Pedro que el capitán lo miraba fijamente, acercó su silla, y con aire de mucha confianza le dijo:

—¡Bien! para que vea usted mi franqueza, le voy a hacer una revelación con tal de que usted la reserve.

—Muy bien; la reservaré —dijo el capitán.

—Pues yo aborrecía a usted como al demonio, como al infierno.

El capitán retrocedió un poco.

—No, no se alarme usted, capitán —continuó don Pedro, acercándose más—. Yo aborrecía a usted, y era natural, porque éramos rivales.

El capitán se puso encendido, y dijo entre sí:

—¡Rival un viejo arrugado, calvo y oliendo mal! ¡Qué vanidad!

Don Pedro continuó:

—Amigo, un versito muy antiguo, y que usted sabrá, es un evangelio:


El amor nunca respeta
Ni los años ni el poder
Al viejo le presta aliento… etc.
 

Yo, necio y loco, como lo son todos los viejos enamorados, creía que Teresa me podía amar… ¡ja, ja! ahora me río a carcajadas… Pero, en fin, eso pasó felizmente ya; hoy son otros tiempos… quiero a la muchacha como una hija, y nada más…

Don Pedro hablaba con una apariencia tal de sinceridad, que el capitán comenzó a fascinarse, y dijo entre sí: puede ser que este hombre, conociendo su fealdad y sus años, haya variado; no hay más sino ganarlo por el interés, porque indudablemente, si se le ha desvanecido el amor, le ha de haber aumentado la codicia.

—Vea usted —dijo el capitán con un tono de franqueza—, yo a pesar de los remordimientos que tenía, conozco que en el fondo no carecía usted de razón. Un militar pobre, calavera, que no tiene más caudal que su caballo, su montura y su espada, no es uno de los mejores partidos para una joven rica, y de las circunstancias, y de la hermosura de Teresa; pero ¿qué quiere usted? le citaré el mismo verso: El amor nunca respeta, etc… Pero ya todo ha variado también en mí; ya no soy el capitán calavera y tormentista de antes, y hoy ni remotamente puede haber temores de que el interés mueva mi corazón.

—No, eso nunca lo he creído yo; y antes bien, desearía yo un hombre honrado y pobre como usted, que hiciera su felicidad.

—Pobre, sí —interrumpió con desdén el capitán: sólo Rothschild puede llamarse rico; pero para tener un coche, una buena casa, unos cuantos criados, comer regular, y pasear lo mismo, es bastante…

—Parece que hoy los sueldos no están bien pagados —dijo don Pedro sonriendo, y enseñando por consecuencia al capitán sus carcomidos dientes.

—¡Bah! —respondió el capitán con desenfado, y jugando con uno de sus guantes—, ¿y quién hace caso de los sueldos? Fresco estaba yo con atenerme al sueldo. Figúrese usted que voy a pedir mi licencia absoluta, y a echar al diablo la carrera militar.

—Pero, hombre, no comprendo… —dijo don Pedro, abriendo tamaños ojos.

—Son… —dijo el capitán, sacando un hermoso cronómetro inglés—: bien, aun puedo hablar media hora con usted, pues después tengo que ir a casa de Rubio, en casa de Escandón, en casa de la condesa de la Cortina…

Don Pedro pensó para sus adentros:

—¿Qué diablos ha de hacer este trapalmejas en casa de Rubio y las Escandón? ¡Fatuo!

—Pues, señor don Pedro, habiéndonos ya explicado lo bastante, debo decir a usted, que el objeto de mi visita es arreglar con usted la manera de unirme a Teresa.

—Mire usted —le dijo don Pedro con calma—, por mi parte no hay inconveniente, puesto que usted y ella lo quieren así… Ya sabe usted que no está aquí…

—Sí, sí —dijo el capitán—, yo no quiero que esto sea en el momento.

—Ahora sí nos podemos entender —replicó don Pedro—, porque excepto esas locuras de que ningún hombre está exento, quiero ser muy cumplido y exacto en punto a intereses.

—Ya he dicho a usted que yo no quiero decir una palabra sobre intereses, pero ya que usted promueve el asunto, le hablaré también francamente. Yo ahora soy rico, mi madre me dejó una considerable herencia, que me ha sido entregada… Vea usted, si quiere convencerse.

Manuel tomó a don Pedro del brazo, y lo llevó al balcón, y le enseñó su elegante carruaje y sus rollizas mulas.

Don Pedro se retiró como desvanecido, pues ni remota idea podía tener de que su rival fuese de la noche a la mañana, un hombre rico.

—Ya ve usted —continuó Manuel—, para nada necesito los bienes de Teresa, pero como usted podrá acaso temer que, siendo yo su marido, emprenda un litigio, me comprometo a…

—A nada, capitán, se debe usted comprometer, ni yo lo consentiría. Yo he manejado el caudal de Teresa, y debo entregárselo. Con los honorarios que me conceden las leyes, tengo para vivir cómodamente los pocos años que me queden de vida.

El capitán era, como hemos visto, un calavera, pero con el corazón de un niño, y se dejaba engañar de cualquiera; así, aunque le sobraban motivos para desconfiar de don Pedro, llegaba a persuadirse que acaso este hombre, arrepentido de su tentativa, y desengañado, por otra parte, de lo inútil que sería el querer obligar a Teresa a que fuese su esposa, habría ya variado de plan y de conducta. Alucinado con tales pensamientos, se acercó el capitán a don Pedro y le dijo:

—Vea usted, yo creo que los enemigos más encarnizados se reconciliarían, si llegasen a explicarse. Creía no tener la calma y serenidad suficiente para hablar con usted, pero mediante estas explicaciones juzgo que llegaremos a estar en completa conformidad.

—Sin duda, en completa conformidad —respondió don Pedro—, con tal de que hablemos con franqueza.

—Por mi parte, ya he dicho a usted, señor don Pedro, mis intenciones, y ahora me explayaré más. Usted indudablemente ha aumentado mucho la fortuna de Teresa, ha consumido toda su vida en el trabajo, y justo es que tenga usted la debida recompensa.

—Es verdad lo que usted dice —le interrumpió—, pero no sé dónde irá usted a parar.

—A lo siguiente, señor don Pedro. Teresa haría una renuncia formal de la mitad de sus bienes, en favor de usted. Esto, no sería más que una compensación debida por los trabajos de usted, y con lo que podrá vivir con todas las comodidades de que es digno. En cuanto a mí, también haré una renuncia de cualquier derecho que, según la ley, pudiese tener a los bienes de Teresa. Ya ve usted, quiero nada más su mano, y no tengo otro género de interés.

—Esos sentimientos, capitán, honran a usted mucho, pero ya he dicho, no quiero más, sino que de parte de usted haya una poca de paciencia, y aguarde el tiempo muy limitado, para que pueda yo poner en orden los negocios, y entonces lo que usted desea, se hará, y todos quedaremos contentos y tranquilos.

—Me parece muy en el orden lo que usted acaba de decir, pero si no fuera indiscreción, ¿podría yo saber qué tiempo debo aguardar?

—Poco, muy poco —contestó don Pedro—, dos meses, un mes, por ejemplo. Entre tanto, puede usted escribir a Teresa, y disponer sus asuntos.

—Estoy conforme, absolutamente conforme —dijo el capitán levantándose muy contento y satisfecho del resultado de la conferencia.

—Y esta pobre casa, señor capitán, está a sus órdenes, y mucho placer tendré en que la honre —le contestó don Pedro con mucho afecto, y tendiéndole la mano.

—Gracias, gracias, señor don Pedro, tendré el mayor placer en hacerlo.

El viejo se despidió cortés y afablemente, y mientras el capitán bajaba la escalera, le arrojaba unas terribles miradas, que el tutor habría deseado fuesen rayos, para aniquilarlo.

El capitán montó en su coche, y se fue a esperar a Arturo.

Don Pedro se retiró a su gabinete, y sonriendo, dijo: «Creerá ese tuno que me ha engañado. Ese lujo y ese carruaje no proviene de la herencia que dice que le dejó su madre… Yo lo averiguaré… debe ser una nueva infamia… alguna viuda rica a quien ha enamorado… el juego… sí, cualquiera de esas cosas… Esta fortuna no es legal: con todo, un hombre que tiene algún dinero, es más temible que un pobrete, y este capitán es audaz, y sabe disimular perfectamente. Parece que ha aprendido a mí. Es menester, con todo, tomar enérgicas medidas… yo creo que si me voy a España, a Francia, a los infiernos, allí se me ha de aparecer este maldito hombre. ¿A qué hora se retirará a su casa?… el puñal de un lépero lo compondría todo… Yo no quisiera llegar a ese extremo, pero estoy decidido a quitármelo finalmente de encima, porque esto no es vivir. ¿Quién va a fiarse de sus promesas y sus renuncias?… Estoy seguro, que en cuanto sea marido de Teresa, me dará doscientas patadas en lugar de dinero. Ya pensaremos».

Don Pedro se puso un birrete negro de seda, con el cual se cubrió, no sólo la cabeza, sino las orejas y parte de los ojos, y se hundió, por decirlo así, en una butaca, a meditar el medio de deshacerse del capitán. Manuel, por el contrario, joven, confiado, y de un corazón bellísimo, donde no se abrigaba el dolo ni la maldad, se retiró quizá dudando, pero en el fondo confiado en las promesas de don Pedro y absolutamente ajeno de que el depravado viejo se quedó fraguando una nueva intriga.

Arturo llegó casi al mismo tiempo que Manuel, y éste pidió la comida, que era exquisita y acompañada de vinos de larga edad.

—¿Cómo fue de conferencia, Manuel?

—Perfectamente, Arturo. No creo que el tutor tenga buena fe, pero sí que convencido de su locura, ha desistido de sus proyectos, y casi nos hemos arreglado. Yo le he ofrecido que Teresa le cederá la mitad de los bienes, él la quiere echar de generoso, y sólo me ha puesto por condición que espere yo un mes, tiempo en que concluirá de arreglar sus asuntos, y que entre tanto, escriba yo a Teresa, y disponga los míos. Estoy loco, de contento Arturo. Tomemos una copa. Mañana, Arturo, es menester que veas a tu padre, para que me consiga en el Ministerio mi licencia absoluta. Escribiré a La Habana, y veremos, pues, a ese buen eclesiástico, cuyos consejos de tanto nos han servido. El primer día que lo vea, le daré una sotana de paño, y un sombrero acanalado de lo mejor que encontremos.

II. Esperanza

Gozoso, contento, lleno de ilusiones y de esperanzas y después de haber enviado al Ministerio de la Guerra una solicitud pidiendo su licencia absoluta, y dado varias disposiciones para su matrimonio, concurrió el capitán a la casa del eclesiástico, en compañía de su amigo Arturo, como debe suponerse.

Ya hemos dado una idea de la fisonomía simpática del clérigo, de sus maneras dulces y llenas de suavidad, y de esa rectitud le conciencia y sólida virtud que guiaba sus acciones; todas dirigidas al punto céntrico de donde parten las virtudes celestiales, es decir, a la Caridad. No hay, por tanto, necesidad de expresar, que el clérigo, que se llamaba Anastasio, recibió a nuestros dos jóvenes mundanos, con la más cordial amistad, y sin esa reserva hipócrita que infunde a veces miedo y desconfianza.

—Tiene hoy el capitán una cara alegrísima —dijo en cuanto los vio entrar—. Siéntense, caballeros, y platicaremos.

—Los negocios han caminado viento en popa, de pocos días a esta parte —respondió el capitán arrimando unas sillas—, y no parece sino que usted tiene un influjo mágico en mi suerte. Espero que dentro de dos o tres meses será usted, no sólo testigo de mi felicidad, sino el que me entregue la mano de Teresa.

—¡Ojalá, y esto se verifique así! y ya he dicho a ustedes, que cooperaré muy gustoso. ¿Ha visto usted a don Pedro?

—Sí, y no he salido tan disgustado como creía al principio. Referiré a usted minuciosamente mi entrevista.

El capitán contó al padre, lo que el lector sabe ya.

—Perfectamente —dijo el padre, cuando acabó de oír la narración del capitán—. Ahora, mi opinión es, que concluya usted el arreglo de todos sus negocios, y que sin dejar de ver a don Pedro, una que otra vez, se marche usted a La Habana, procurando que don Pedro no sepa el día fijo en que salga usted de aquí.

—¿Es decir, padre —interrumpió Arturo—, que usted teme que este hombre aun pueda entorpecer el casamiento?

—Ni lo creo, ni lo dejo de creer —respondió el padre con ingenuidad, pero no será inútil el obrar con cautela.

—Efectivamente —dijo el capitán—, el padre tiene razón, y estoy pensando marcharme en la próxima diligencia.

—No, no tan aprisa, ese extremo podría ser funesto. Consiga usted la licencia del Gobierno, que quede libre de sus compromisos militares, y después…

—Tiene usted razón en todo lo que dice, padre, y me sujetaré a ello.

—Ahora —dijo el padre—, me permitirá el señor Arturo que le haga algunas preguntas, prometiéndome responder a ellas con franqueza.

—Responderé, como si estuviera en los últimos momentos de mi vida.

—Corriente —contestó el padre—, esa franqueza me gusta, y veo que, a pesar de esos saraos y de esa vida mundana de ustedes, tienen un corazón mejor que muchos que pasan por hombres inmaculados.

Los dos jóvenes se inclinaron sonriendo.

—Al caso —dijo el padre, dirigiéndose a Arturo—, ¿conoce usted a una muchacha que se llama Celeste?

—Sí, la conozco —dijo Arturo, poniéndose algo encarnado.

—Ese rubor —continuó el padre, fijando la vista en el semblante de Arturo—, indica acaso que el conocimiento que ha tenido usted de esa muchacha, ha pasado de los límites de…

—¿Se trata de una confesión? —preguntó el joven sonriendo.

—Casi, casi —respondió afectuosamente el padre—, y será más meritoria, puesto que, como David, confiesa usted sus pecados ante… me equivocaba, pues el capitán y usted son una misma persona.

—Bien, padre, puesto que quiere usted que confiese, no tengo embarazo en decirle que lo que me hace ponerme ligeramente encarnado es que yo llegué a concebir una pasión loca por esa muchacha, que después…

—No perdamos el orden en la discusión; y como yo soy ahora el juez y usted el reo, le mando que me responda categóricamente —replicó el eclesiástico con un aire de afable gravedad que no permitía conocer si hablaba de chanza o de veras.

—Bien, responderé categóricamente —dijo Arturo—, y con esto le daré a conocer que no soy un pecador envejecido en la maldad.

—¿El cariño que usted tuvo a esa muchacha, nunca pasó de lo que se llama amor platónico?

—Jamás.

—¿Por qué le regaló usted un prendedor de diamantes y algún dinero?

—Porque era una honrada muchacha, que mantenía a sus padres enfermos.

—¿Y qué intenciones tenía usted al hacer esta acción?

—El dar a una infeliz algo de lo que a mí me sobraba.

—¿Y nada más?

—He dicho que yo amaba a Celeste; pero su sencillez y su poca edad me hacían respetarla.

—Muy bien, usted es un joven lleno de nobleza.

—Gracias, mil gracias, padre.

—¿Y podría usted ante un juez declarar la verdad para salvar a esta inocente?

—Tengo diverso concepto, padre, y creo que es una mujer del vulgo, con todos los vicios y defectos de esa gente.

—¿Y si yo pudiera convencerlo de lo contrario?

—Volvería una ilusión a mi corazón —dijo Arturo con entusiasmo.

—Cuidado con esa exageración de sentimientos —repuso el padre—, una pobre criatura, que ha pasado ya muchos días en esa pocilga infernal que se llama cárcel, y que está próxima a ser sentenciada a presidio por diez años, o quizá a muerte, no puede convenir a un caballerito de educación, de fortuna y de buena posición social.

—¡A muerte! ¡A presidio! —repitió Arturo—, esto es imposible.

—No cabe duda en esto, a no ser que se den pasos muy activos para salvarla, y esta es precisamente la obra de caridad que debemos hacer, sin pasar a más, porque borraríamos todas las obras meritorias pasadas.

—¿Pero cómo, cómo ha llegado esa muchacha a ese extremo?

—Está acusada de ladrona y de cómplice en un asesinato, y de qué sé yo cuántas cosas más.

—Diré a usted, padre, que me vuelvo loco. Pues el fistol que yo regalé a Celeste, ha sido encontrado en poder de uno de los ladrones que asaltaron la diligencia en que viajaba el capitán, cuyo ladrón murió en la refriega.

—¿Es posible? —dijo el padre.

—Evidente —repuso el capitán.

El eclasiástico inclinó la cabeza, puso su mano en la frente y permaneció un rato sumergido en una cavilación profunda, de que no se atrevieron a distraerlo los dos jóvenes. Al cabo de diez minutos, de silencio levantó la cabeza, se dio con la mano en la frente, y dijo:

—¡Bendito sea Dios!; él me iluminó, y ahora veo claro lo que ha sucedido. Celeste fue acusada de ladrona por las vecinas; el juez de paz vino, la prendió y se apoderó del dinero y del fistol; pero en vez de presentarlo como cuerpo del delito al juzgado, dio otro de piedras falsas, y esto lo sé bien. El juez de paz fue asesinado, y no se le encontró ni en el vestido ni en su casa tal alhaja; así, es claro, que le dieron de puñaladas, por quitarle el fistol, y que ese ladrón fue también a su vez castigado por la mano invisible y poderosa de Dios. Esto es claro como la luz del día, y la criatura se ha salvado, se ha salvado indudablemente, con tal que me ayudéis, Arturo.

—Si se trata de mí —dijo Arturo—, haré cuanto queráis, tanto más cuanto que ahora me inclino a creer que esta infeliz es inocente. No debo pensar, en efecto, en amarla. Esto no puede ser ya, pero mucho placer me daría el verla libre, feliz, y sobre todo inocente.

—Ésos son buenos sentimientos, ¿no es verdad, padre? —dijo el capitán.

—Muy buenos, amigo mío —respondió éste—; y yo espero ahora que Dios me ha de conceder el salvar a esta desdichada, por quien he concebido el más vivo interés.

—¿Me permitiréis, padre, que os haga una pregunta, acaso indiscreta? —interrumpió el capitán.

—La que gustéis, amigo mío.

—Nos hemos confesado ya los dos —continuó Manuel con afabilidad, y justo es que en compensación confesemos ahora al juez.

—Vamos, ¿y de qué confesión se trata? Capaces serán de volverme loco —contestó el padre sonriendo.

—Cómo usted, joven, de talento, de imaginación, de tan finos modales, lleno de porvenir y de esperanzas, ha adoptado la vida molesta de un eclesiástico, es lo que yo no puedo comprender —dijo el capitán.

—¿Le sorprende a usted esto? ¿Y por qué? No todos los hombres han de adoptar la misma profesión. La obligación de usted es defender a su patria, combatir cuando su gobierno se lo manda, y sacrificar su vida en obediencia de la ley. La mía es consolar a los afligidos, curar el corazón de los desgraciados, encaminar a la virtud a los que están sumergidos en los vicios mundanos. Para cumplir esta misión de caridad y de paz, tengo que acudir al lecho de los moribundos, al calabozo de los presos, a los salones de los poderosos, a la choza de los infelices, al pie del cadalzo; en una palabra, donde quiera que se me diga que hay un alma enferma, allí debo acudir a derramar el bálsamo del Evangelio, a enseñar el camino del cielo. Este lenguaje parecerá a ustedes acaso hipócrita: creo que mi franqueza y mi modo de obrar dan testimonio de lo contrario.

—Jamás —interrumpió Arturo—, creeremos que las acciones que hacéis provienen de hipocresía. Yo juzgo sinceramente que vos sois el tipo verdadero del buen sacerdote. Pobre, sobrio, caritativo, virtuoso, sin gazmoñería, no he visto en mi vida persona más amable que vos.

El padre Anastasio se puso encendido como unas granas, y no respondió sino con una modesta inclinación de cabeza, en señal de gratitud.

—No me trastornen la conversación —dijo el capitán—, lo que yo quiero que el padre nos diga cómo en la edad en que se aman los placeres, las diversiones, la sociedad, él se ha consagrado a los deberes religiosos de una manera tan absoluta.

El padre suspiró ligeramente.

—Ese suspiro me indica —continuó el capitán—, que ya nos conocéis, somos buenos muchachos; contadnos vuestras penas. ¿No somos amigos? ¿No hemos hecho de vos una ciega confianza?

—Mi historia es corta, pero triste, a la verdad. Os la voy a contar, sólo por convenceros, que no hay felicidad más que en la virtud y en el servicio de Dios. Pasé mi niñez en la escuela y parte de mi juventud en el colegio, y aprendí a mal escribir, a mal contar y a mal leer el latín. Cuando se trató de que pasara a los estudios mayores, mi padre, que era dependiente del Arzobispado, murió, y yo quedé disfrutando de una beca de gracia en el colegio; y en medio de la orfandad y de la pobreza, continué mis estudios. El verme solo y aislado en el mundo me hizo entrar en reflexión, y entonces comencé a estudiar de día y de noche, y a reparar el tiempo perdido. Aprendí entonces a escribir y a contar bien; el latín, fue mi estudio favorito; de suerte que llegué a entender perfectamente a los autores clásicos. Los demás estudios los continué con tesón, y tuve el mejor éxito en mis exámenes. En todo este tiempo no pensé ni en Dios ni en el mundo, ni en las mujeres, ni en nada más que en los libros. Yo comprendía que tenía necesidad de vivir, de formarme una carrera por mí solo, y esto me hizo prescindir de cualquier otra distracción. Concluido el curso de leyes, continué de pasante en casa de uno de los abogados de más crédito, el cual, observando mi constante dedicación, mi perfecta honradez, me dispensó todo su cariño y confianza y me proporcionó los medios de ganar algún dinero. Fue entonces la época de mi regeneración, pues pude vestirme decentemente, formar una librería, mudarme a una regular casa; en una palabra, respirar, vivir con más libertad, porque la pobreza es un mal que aniquila física y moralmente al hombre. En esta situación pensé ya en el porvenir. La soledad me espantaba, la vida sin afecciones, sin familia, sin lazos algunos, me era fastidiosa y molesta; y mi corazón, rebosando entonces en sentimientos de amor y ternura, tan largo tiempo comprimidos y sofocados por el estudio, necesitaba un objeto a quien dirigirse. Mi maestro tenía una hija que se llamaba Esperanza, linda como los serafines del cielo: lánguidos y apacibles ojos azules, pelo rubio, cutis finísimo, labios frescos y encarnados: parecía una virgen, un ángel bajado del cielo… Les confesaré a ustedes mi pecado: era idéntica a esa infeliz criatura que está en la cárcel, y esta ha sido la causa principal de que tenga yo un empeño grande en salvarla. Continuemos.

»Esperanza, además de ser tan bella, era modelo de la virtud; tenía el genio más amable del mundo y un corazón de paloma. Sus padres habían procurado darle ese género de educación que no se conoce en México; es decir, formarle un corazón religioso y recto, y mostrarle la senda que deben seguir las mujeres que quieran gozar de una vida feliz y de una reputación sin mancha.

»Excusado es deciros que todo el amor de mi corazón, toda la ternura de mi alma se concentraron en Esperanza; y mi pensamiento, largos años preocupado con el estudio, se fijó en ella, no más en ella. Queriendo portarme con mi maestro como un hombre agradecido y como un caballero lo primero que hice en cuanto conocí la fuerza de mis sentimientos fue confesarle francamente mi amor, expresándole que mis designios eran concluir mi carrera y casarme, contando con la protección que me había dispensado y con los clientes que tenía ya.

—Crea usted —me dijo—, es el paso más doloroso para un padre el desvivirse, el tener largos años de afán y de nimios cuidados para criar una flor, y cuando esta flor se abre espléndida y hermosa, cuando forma el encanto y la delicia de toda una familia, ver que viene un desconocido, y la arranca, y se la lleva, y la marchita acaso… No lo digo por usted; me he valido de una figura y nada más… En fin, yo no soy un hombre necio y preocupado, y concibo que si no es usted, otro vendrá mañana y me arrancará a mi hija, y quizá no la hará feliz. Usted es joven, honrado y estudioso… quizás progresará usted; y cuando muera, este bufete encontrará un sustituto y mi familia un apoyo… Bien, yo protegeré a usted; yo acabaré de hacerlo hombre; pero todo esto bajo el concepto de que mi hija quiera a usted, pues por nada de esta vida he de forzar su voluntad.

»Yo no tuve palabras para expresarle mi gratitud, porque la sorpresa y el placer me ahogaban… Durante un año continué mis estudios, y procuré ganar el corazón de Esperanza, con esa multitud de finezas que saben emplear los amantes. Para no hacer fastidiosa mi narración, diré que cuando concluí mi carrera y podía llamarme todo un abogado, el corazón de Esperanza era enteramente mío. ¡Cuánta sería mi dicha y cuántas mis ilusiones al contemplar cerca el día en que iba a estrechar en mis brazos a Esperanza, a llamarla mía, a prodigarle toda aquella ternura que tantos años había permanecido oculta y encerrada en mi corazón! La suerte me ayudó de una manera prodigiosa, pues en esos días concluí felizmente un embrollado pleito de los herederos de un conde, y la transacción y arreglo me produjeron veinte mil pesos de honorarios. Comencé, con acuerdo de mi maestro, a poner una casa, y no había primor ni chuchería que encontrara en las tiendas, que no comprara inmediatamente, diciendo: para ella estos vasos de alabastro; para ella estos floreros; para ella este curioso reloj. En su recámara pondré esta Virgen de Murillo; en su tocador, estas columnas de mármol; en su asistencia, estas cortinas de damasco, este sofá de seda, estas sillas doradas de Génova; en una palabra, no trataba ya más que de adivinar sus pensamientos y de sorprenderla agradablemente el día en que la condujeran a su nueva habitación. Concluida que fue, comencé a expeditar los trámites eclesiásticos, y después de habérsele tomado el dicho, quedó fijado el enlace para el día de Señor San José, cumpleaños de mi maestro. La víspera no parecí por la casa, pues me supuse que el sentimiento de la familia debía ser respetado, y yo, por más triste que quisiera ponerme, no podía menos sino de tener mi cara como una aleluya.

»El día más cruel que puede enumerarse en la vida, es la víspera de un gran suceso, que va a cambiar enteramente el curso de la existencia. Debéis, pues figuraros que vagué inquieto, sin plan fijo ni determinado; si un amigo me encontraba, le respondía maquinalmente; si me preguntaban sobre mi casamiento, respondía unas veces que estaba próximo, y otras que nunca me casaría. Me retiré a mi casa; tomé un libro; leí más de cien páginas, y nada pude comprender. Me acosté, y mi sueño fue fatigado, interrumpido constantemente; y cuando despertaba, tenía que contener con mi mano los latidos de mi corazón.

»Amaneció, por fin, el día señalado para mi ventura, apenas salió la luz, cuando me vestí, me perfumé, mandé poner en orden todos los muebles de la casa, y me fui a la de Esperanza, donde todo debía estar preparado para dirigirnos a la parroquia. Cuando llegué, el zaguán estaba cerrado; el portero salió a abrirme, y no sé qué cosa de triste y de siniestro observé en su fisonomía. El corazón me dio un vuelco; subí trémulo la escalera, pisando como si fueran espinas las flores con que estaba regada. Acabé de subir… todo estaba silencioso; las vidrieras cerradas; las cortinas transparentes echadas… Una criada, que me quería mucho, salió a recibirme, y noté que tenía un poco húmedos los ojos.

»—¿Qué tienes, hija mía? —le dije—, no llores; te irás a vivir con nosotros, y no abandonarás a Esperanza.

»En cuanto pronuncié este nombre, la criada no pudo contenerse, y comenzó a sollozar.

»—Vaya, hija, no llores; dime ¿dónde está mi maestro, dónde están los padrinos? ¿Esperanza está ya dispuesta y vestida?

»La criada se reclinó contra la pared, y continuó sollozando sin responderme.

»—Es cosa de volverse loco —dije entre mí—, no encontrar ni quien pueda responder. Abrí la puerta de la asistencia, y me senté un momento, porque la agitación no me permitía permanecer en pie.

»Durante un cuarto de hora vi que pasaban y volvían a pasar las criadas; pero todas silenciosas, envuelta la cabeza con los rebozos. Me parecían fantasmas que se deslizaban por un arte diabólico; y aumentada mi preocupación, cerré los ojos, y comencé a ver esqueletos, sombras y visiones horribles, que se agrupaban a mi derredor. En medio de esos borrones amarillentos y rojos, que cruzan y se revuelven cuando uno cierra los ojos, y brotando de la multitud de visiones que se mezclaban en ese caos, vi elevarse una figura aérea, celeste, que después fue tomando una forma humana y hermosa. Era Esperanza, que coronada de rosas, con un largo ropaje de sutil crespón, rodeada de lindos querubines, con sus alas de oro y esmalte, se elevaba de ese caos confuso, y volaba a una esfera, donde se percibía una viva luz de colores jamás vistos en el mundo. En este momento, amigos míos, no tendría más que cerrar los ojos, para volver a mirar esa visión celeste.

»Cuando esa figura aérea y divina, en la que miraba yo el perfecto retrato de Esperanza, se desprendió de entre la multitud de fantasmas, yo sentí que se me descargaba un peso enorme del corazón; pero a medida que se iba elevando, mi alma se iba oprimiendo, me faltaba la respiración, y en mi corazón sentía agudos y desconocidos dolores. Cuando, finalmente, perdí de vista los últimos pliegues de su flotante y transparente vestidura, sentí que el aliento me faltaba, y que perdía la vida; di un grito; volví en mí de esta especie de letargo; me toqué la frente, y las gotas de un sudor helado corrían por ella. A ese tiempo pasaba una criada; le pedí un vaso de agua, y cuando me lo trajo, noté que sus ojos estaban cárdenos de tanto llorar.

»—¿Dónde está mi maestro? ¿Dónde está Esperanza? —le pregunté—. ¿Duerme todavía?

»—No señor —me respondió.

»—¿Pues dónde están?

»—El amo no está en casa.

»—¿Y la niña?

»—La niña… la niña tampoco está en casa. Y acabando de decir estas palabras, comenzó a dar agudos gritos, y se retiró.

»Yo temblaba, mi corazón quería saltárseme del pecho; pero tenía miedo de indagar la verdadera causa de este misterio. Con pasos lentos, y como si temiera despertar a alguno, me introduje a la otra pieza. Todo estaba en silencio. La siguiente, que era la recámara de Esperanza, estaba cerrada. Me aventuré a tocar la vidriera, diciendo con una voz muy suave:

»—¡Esperanza, Esperanza! despierte usted, no se duerma en el día en que vamos a ser felices.

»No obtuve ninguna respuesta, y cada vez más agitado, volví a decir:

»—¡Esperanza, no me haga usted padecer; respóndame!

»Entonces, en vez de escuchar la dulce y sonora voz de la criatura, oí amargos sollozos. Ya no me pude contener; abrí la puerta; corrí hasta el lecho de Esperanza, sin hacer caso de las criadas que me detenían; descorrí las cortinas, y la encontré muerta…

—¡Muerta! —exclamaron Arturo y Manuel.

—Sí —repitió el eclesiástico—. Una neurisma la mató en un instante, murió en su cama sin que su familia lo supiese sino hasta el día siguiente, como os lo contaré.

»Esperanza permaneció en su lecho como si estuviera durmiendo; sólo estaba más descolorida que en vida, pero conservaba la misma sonrisa angélica que la hacía tan seductora y tan amable.

»Yo en el primer momento sonreí amargamente como un loco; toqué mi frente; palpé mi cuerpo; me acerqué de nuevo al lecho de Esperanza, y me quise persuadir de que no era cierto lo que pasaba, y me puse a reír. Algunos momentos después, toqué sus mejillas, y estaban heladas; abrí suavemente uno de sus párpados, y vi su pupila fija y sin brillo. Entonces me arrojé a llorar, y lloré como un niño, como una mujer; y sin estas lágrimas habría perdido el juicio.

»Esperanza se acostó más temprano que lo de costumbre, con el objeto de levantarse de madrugada y estar dispuesta a la ceremonia. Cuando su camarera la ayudó a desnudarse, notó que estaba pálida; le preguntó qué tenía, y Esperanza respondió que sentía alguna opresión en el pecho y bastante trabajo al respirar, pero que creía que esto era causado por el temor y agitación que experimentaba naturalmente cuando iba a ejecutar un acto que influía en la felicidad de toda la vida. La criada no hizo objeción alguna; acostó y abrigó a su ama, y a cabo de un cuarto de hora, notó que dormía tranquilamente.

»Al día siguiente se levantaron todos los de la casa muy temprano, y comenzó el quehacer inmenso, que en tales ocasiones se tiene en una casa. Unas criadas regaban de flores el patio y la escalera; otras disponían la comida; otras estaban ocupadas en preparar los trajes y adornos nupciales de Esperanza; en fin, todo era fatiga, pero de esa alegre y placentera fatiga de una boda.

»Los padrinos llegaron, encontraron ya listo y dispuesto a mi maestro, que, aunque apesarado, se había hecho el ánimo de acompañar a su hija al altar. Todo estaba dispuesto; sólo en la recámara de Esperanza reinaba el más profundo silencio, y nadie se atrevía a despertar a la niña hasta que fuera necesario. Acercándose la hora, su padre entró, levantó las cortinas, tocó a su hija, y la encontró helada, muerta.

»El infeliz abogado levantó la cabeza de su hija; la llamó mil veces por su nombre; tomó un espejo y lo puso junto a su rostro para observar la respiración, la estrechó en sus brazos, procuró infundirle calor… todo en vano, Esperanza estaba muerta. Cuando mi maestro se cercioró de esta funesta verdad, salió de la estancia como loco, queriéndose precipitar del corredor abajo; dando dolorosos alaridos, y culpando a Dios que tan repentinamente le había arrancado a su hija, al único ser en el mundo que formaba su encanto, su amor y su tesoro.

»La pompa se convirtió en luto; la alegría en llanto… el tálamo nupcial en un fúnebre ataúd. Los padrinos y demás personas convidadas, que presenciaron esta catástrofe, arrancaron a fuerza a mi maestro del lecho de su hija, y lo llevaron a otra casa; pero no hubo una sola persona que se acordara de mí, que procurara evitarme la terrible y profunda impresión que yo debía sentir al encontrar helada y fría la mano de la esposa que iba a estrechar delante del altar.

»Yo fui superior a mí mismo, o más bien dicho, Dios me comunicó en esos momentos de angustia el don sublime de la fortaleza. Después de haber llorado, me puse en pie, me quedé fijamente mirando el cadáver de Esperanza, y me vino la idea de suicidarme. Pensé buscar una arma en la casa; pero casi al mismo tiempo se me presentó de nuevo esa visión sublime, subiendo al cielo envuelta en luz y rodeada de angélicos serafines.

»Entonces caí de rodillas, bendiciendo al Señor, y conformándome con su voluntad. Vinieron, pues, a sorprenderme en este éxtasis los amigos de mi maestro, para encargarse de las disposiciones necesarias para el entierro. Querían que se hiciera autopsia al cadáver; pero yo me opuse fuertemente, diciendo que quería que se respetase el pudor de Esperanza, aun después de muerta.

—Señores —les dije, yo venía por ella para conducirla al altar, y debo cumplir con la voluntad de Dios, conduciéndola a la tumba. Me encargué, pues, de todos los más necesarios pormenores; y en la tarde, cambiando mis vestidos de novio por un traje de luto, me dirigí detrás del cadáver, al panteón de Santa Paula, en cuya capilla quedó depositada.

»Me acuerdo; era una tarde pura y despejada; en la atmósfera diáfana parecía que circulaba un leve polvo de oro; las flores del panteón se mecían ufanas al tenue soplo del viento, y los pajarillos alegres y juguetones, saltaban sobre la multitud de calaveras que forman una fúnebre labor en las cornisas del panteón. Esta pompa de la naturaleza me hizo un fatal efecto y comprimió mi corazón de una manera horrible.

»Al día siguiente las arterias de las sienes parecía que se me reventaban, y mi frente ardía. A pesar de esto, tuve el valor necesario para ver cerrarse la tierra sobre el cuerpo de Esperanza, y me retiré a mi casa, presa de la más horrible fiebre. No sé cuántos días deliré, y siempre las mismas fantasías deformes, y la misma visión celeste que había visto elevarse a los cielos.

»Cuando volví en mí de la calentura y del sopor, estaba en la más perfecta tranquilidad; he aquí la interpretación que yo di a estas visiones. Los fantasmas, las sombras deformes, eran los vicios, que abundan en el mundo. Esperanza no podía vivir en esta cárcel baja, oscura, como llama a la vida Fray Luis de León, y fue arrebatada por los ángeles al trono de Dios.

»Con todo y esta teoría, que no deja de ser exacta, a mí realmente me disgustó de tal manera la existencia, que estudios, talento, dinero, amigos, todo, en fin, me pareció frívolo, inútil, vano. Esperanza había muerto en el mundo, era verdad; pero había sin duda resucitado a la vida eterna; así, mi único fin, el solo afán que me propuse, fue hacer en la tierra obras tan meritorias, que me aseguraran en reunirme en el cielo con la mujer a quien con toda mi alma, con todo mi corazón había adorado en la tierra.

»En consecuencia de esta resolución, me encerré en una celda del convento de San Fernando, y poco después abracé la carrera eclesiástica, en la cual me he propuesto hacer cuantas obras de caridad sean posibles; todo en memoria de Esperanza, y para lograr un día salir de esta vida, que para mí hasta hoy no ha tenido más que espinas y dolores.

»Os he contado mi historia, jóvenes: acaso tiene mucho de risible; pero estas convicciones, esta creencia, que tengo arraigada en mi corazón, de que hay una existencia mejor que esta, me hace soportar mis padecimientos. El día que se me acabase la ilusión, sería el más desdichado, el más mísero de los mortales. Creed y esperad, os lo aconsejo, y seréis menos infelices.

»Ya que satisfice vuestra curiosidad, no quiero que perdamos el tiempo, y espero que me haréis la gracia de acompañarme a la Acordada, para concluir el asunto de Celeste.

—¿Me haréis el honor, padre —dijo el capitán—, de entrar en mi carruaje?

—Con mucho gusto —respondió el eclesiástico; y tomando sus sombreros, los tres amigos, pues este nombre debemos darles, salieron a la calle y se dirigieron a la cárcel de la Acordada.

III. Junta revolucionaria

Así como en otros países el artesano piensa en mejorar sus artefactos; el militar en instruir a su tropa y estudiar la ciencia de su profesión; el abogado en defender a sus clientes; el comerciante en formar compañías para establecer buques de vapor, caminos de fierro y canales; el propietario en hermosear sus fincas y en simplificar la agricultura, aquí todos, y cada uno de los habitantes, desde el oscuro zapatero, hasta el rico agiotista, desde el meritorio de una oficina hasta el magnate que dirige la política del país, están dominados por el constante pensamiento de la conspiración, único recurso que les ocurre para aumentar su fortuna o conservar su posición, y único medio que tienen de emplear la poca o mucha actividad de que están dotados.

De esto esencialmente provienen los males de la República, y de esto depende el que después de muchos años de hecha la independencia, aun no haya ni constitución, ni gobierno sistemado y fijo en el país. Cuando cada uno de los ciudadanos se limite a cumplir sus deberes sociales, a formar la felicidad de su familia, y a trabajar asidua y constantemente en el ramo a que se ha dedicado, entonces de muchas familias, felices, honradas, virtuosas y ricas, se formará naturalmente una gran familia feliz, honrada y respetable.

Así comprendemos nosotros la formación de lo que se llama una República. Los motivos que hacen nacer esta idea dominante de conspiración en la cabeza de la mayor parte de los ciudadanos, son de los más frívolos e insignificantes. Un coronel, a quien el gobierno quita el mando de su regimiento, es un conspirador; un corredor, a quien se le trastorna un negocio, es un conspirador; un aspirante, que quiere salir electo alcalde o diputado, es un conspirador; un empleado, que quiere subir a un destino de tres mil pesos, es un conspirador: así los gobiernos a los tres días de instalados, no ven más que enemigos a su derredor, y estos enemigos, ayudados del partido caído y de los agraviados, que nunca faltan, pues son también inherentes a los gobiernos las injusticias y los errores, forman una nube; la tempestad estalla, y el gobierno cae a poco tiempo, envuelto en las maldiciones y rechifla de los vencedores. A estos les sucede a su vez lo mismo; y bajo este círculo continuo gira esta mal aventurada sociedad. Mas dejemos de disertaciones políticas, poco a propósito para agradar al lector, y sigamos nuestra complicada historia.

A los dos días de la conferencia que los dos jóvenes tuvieron con el padre Anastasio, y que referimos en el capítulo anterior, se reunieron de nuevo en casa del capitán Manuel, que continuaba con no poco asombro de la ciudad en su vida opulenta, comparable a la de los más grandes capitalistas.

—Te extrañé anoche en la tertulia de Aurora —dijo el capitán a Arturo.

—Estuve de un humor pésimo. El espectáculo que presenta la cárcel es capaz de comprimir el corazón más duro. Creo que las gentes condenadas a permanecer allí, sufren más tormentos que los reos que antiguamente secuestraba la Inquisición.

—Todo anda así en este país —dijo Manuel—, y esbirros y carceleros merecían más bien la cadena al pie, que no esos pobres diablos, que sacan un pañuelo de la bolsa, o quitan una capa de noche. ¿Quién ha cuidado de educar a los léperos? ¿Quién les ha enseñado a ganar honradamente su vida? Gobierno español, y gobierno central, y gobierno federal, todo es igual para esa pobre gente, que no tiene más medios de corrección que esa cárcel inmunda, que es la escuela de los más grandes y refinados vicios.

—Los padecimientos de Celeste —continuó Arturo (sin hacer caso de las reflexiones filosóficas que hacía el capitán sobre la cárcel, y las que en su mayor parte eran exactas)—, me han afectado de una manera increíble; figúrate tú las eternas noches de tormento que ha pasado en aquellas pocilgas. Y luego, durante el día, mezclada con aquella canalla, llena de crímenes y de vicios, moliendo maíz con sus finas y delicadas manecitas; descalza, casi desnuda, durmiendo en esos bancos de piedra, sucios, fríos, llenos de sabandijas y de insectos… ¡Oh!, es muy cruel, muy cruel; y una sociedad donde así se hace sufrir a los inocentes, no puede menos de ser bárbara.

—Pero creo que con las declaraciones que hemos dado, y con los resortes que se puedan mover, saldrá libre Celeste dentro de pocos días.

—Así lo espero, Manuel, y por mi parte gastaré hasta el último centavo de mi padre, por conseguirlo.

—A propósito, te contaré: ¿Qué piensas que decían del virtuoso padre Anastasio, esos tinterillos de la cárcel?

—¿Qué decían?

—Que tenía sus relaciones con la muchacha, y que de ahí viene todo ese empeño en libertarla, lo cual conseguirá, porque el obispo y todo el clero se ha empeñado en favorecer la maldad del padre.

—Esa gente es muy despreciable para que debamos hacerle caso. No habrías hecho mal en darle una puñada a uno de esos habladores, para que así escarmentara.

—Me dieron ganas —contestó Arturo—, pero temí que le resultara algún mal a la criatura. El padre me ha dicho que saliendo de la cárcel, la pondría en el colegio de las Vizcaínas, bajo de otro nombre, porque difícil sería conseguir que las niñas que se hallan allí, se quisieran asociar con una mujer que ha estado en la cárcel. Yo le he dicho al padre que puede disponer de todo el dinero necesario para hacerle un buen equipo, y lo mejor sería que nosotros nos encargáramos de esto en el acto.

Arturo sonó la campanilla, escribió un papelito, y lo dio al criado que entró.

—Toma —le dijo—, ve a casa de Goupil, y que te den lo que va apuntado en este papel.

—¿Sabes —continuó Arturo cuando salió el criado—, que tengo otro motivo profundo de disgusto?

—Será el amor de Aurora —le interrumpió Manuel—, pues creo que estás ya verdaderamente enamorado. Te diré, para tu consuelo, que anoche estuvo la muchacha tristísima, y cantó unas canciones que por poco me hacen llorar. ¡Cáspita!, si no estuvieras de por medio, capaz era yo de enamorarme de Aurora: canta como un ángel. ¿Qué dices de todo esto?

—Francamente te digo que la amo; pero como tengo particular empeño en no enamorarme de ella, jamás le he dicho una sola palabra de amor, si no es aquellas cosas generales que a todas las mujeres se les dicen. Pero dejemos ese asunto para después, y te diré los motivos de disgusto que tengo. Hace muchos días que veo a mi padre triste, preocupado y de un mal humor insufrible: esto hace derramar lágrimas a mi pobre madre, y no sé qué término tendrá esto.

—Tu padre es hombre que tiene siempre grandes asuntos, y es esta sin duda la causa de su desazón. A propósito, ¿qué ha hecho con el asunto de mi licencia absoluta? No aguardo más que eso, para concluir mi carta a Teresa, y anunciarle fijamente el día de mi salida para La Habana. También he escrito a ese buen amigo Juan Bolao, imponiéndole detenidamente de todo lo ocurrido.

—Puedes concluir tus cartas con la seguridad de que tu licencia está concedida. Mi padre me encargó que lo vieras esta noche, pues quería tener el gusto de entregártela en mano propia. Así en la casa de Aurora, a donde pienso ir esta noche, me dirás el resultado.

Es menester dar ahora una idea más cabal de la clase de sociedad que tenía el padre de Arturo. Era un hombre, como hemos dicho, de grandes polendas. En el comercio era respetado, por el seguro cálculo en todos sus negocios. Todas las personas que entraban a desempeñar el ministerio de Hacienda, eran sus amigos; y como muchas veces influía secretamente en que fuesen nombrados, tenía, no sólo acceso con las personas del gobierno, sino una influencia positiva. Si se trataba de contratos de préstamo, él tenía intervención en ellos; si de obras públicas, se escuchaba su opinión, y se seguía su parecer. Secretamente trabajaba en las elecciones, para tener amigos en la Cámara: conseguía grados y empleos en la milicia para conservar también cierto prestigio en el ejército: favorecía los intereses del clero, cuando eran rudamente atacados, para contar con el apoyo de esta clase, y especular a veces a lo divino.

Era, en una palabra, un hombre que no tenía partido, ni opinión, ni afección política de ninguna clase, sino que dominándolo exclusivamente un espíritu de especulación, procuraba tener la balanza de manera, que no se inclinase ni a un lado ni a otro, a no ser cuando lo exigían sus cálculos, o la clase de negocios en que se hallaba interesado. La tertulia, pues, se componía de tres o cuatro viejos abogados, de algunos clérigos influyentes, de coroneles, de generales, y de personajes, que a poco más o menos, tenían el sistema que don Antonio, que así se llamaba el padre de nuestro joven.

Regularmente se reunían por la noche; tomaban un rico chocolate en compañía del propietario de la casa; platicaban de asuntos graves de alta política; lamentaban la desgraciada suerte del país, a cuya ruina no dejaban de contribuir, y se retiraban en sus carruajes, porque pocas personas de las que visitaban a don Antonio carecían de este lujo.

Ya que el lector tiene una idea aproximada de la tertulia, lo introduciremos un momento a un conciliábulo, en que se tramaba sordamente una de esas conspiraciones que quitan algunas noches el sueño a los hombres del gobierno.

Es una casa ricamente amueblada. Cortinajes de brocado, alfombra de alta lana, muebles de París, lámpara y candelabros de reluciente metal, estatuas de alabastro del mejor gusto italiano, grandes espejos y artísticos relojes.

Esta habitación, que se componía de un escritorio, un gabinete y un salón formaba un departamento casi separado, al cual, por rareza, entraban Arturo y la esposa de don Antonio, y estaba exclusivamente reservado para los asunto y las visitas de que hemos hablado.

En el salón se hallan dos hombres: el uno es delgado, de unos cincuenta y tantos años de edad, casi con la cabeza encanecida, de negros y penetrantes ojos, de mejillas hundidas y de una fisonomía severa, sin ser desagradable, y que manifestaba mucha viveza. Éste es el padre de Arturo; el otro es un hombre de mediana estatura, de tez morena, de ojuelos vivarachos y de fisonomía risueña. Podrían calculársele a primera vista treinta años, pero ya era hombre de cuarenta y cinco, circunstancia que podría reconocerse en algunas arrugas de sus sienes. Este personaje se llama don Fausto, y tiene idéntico modo de manejarse en la sociedad que el padre de Arturo. Se concibe, pues, que dos pollos gordos, como suele decirse, tienen entre manos un grave asunto.

—¿Con que nada se ha adelantado en el negocio, señor don Fausto?

—Nada, señor don Antonio; el hombre tiene una cabeza de fierro que necesitaría un yunque y un martillo de arroba para ablandarla. Quisiera que hoy, por última vez, le volviera usted a hablar, proponiéndole que se sustituirán cien mil pesos de bonos del veintiséis por ciento, a los créditos anteriores a la Independencia.

—Sin hablar con usted se lo propuse ya.

—¿Y se negó ese bárbaro?

—Redondamente.

—¿Quiere decir que ese hombre lo que quiere es su ruina?

—Sin duda.

—Pues supuesto que él lo ha querido… nos lavamos las manos.

—Por mi parte, quedo con mi conciencia tranquila.

—Y por la mía lo mismo.

Ya se vendrá en conocimiento que estos dos personajes se referían al ministro de Hacienda, que se había negado, con una terquedad grande, a aceptar un contrato que por medio de un corredor querían hacer nuestros dos personajes, en el cual se proponían ganar la friolera de cincuenta mil pesos, dando un poco de dinero y muchos créditos comprados a quince y veinte por ciento, en cambio de permisos para exportar plata pasta.

—Creo que lo mejor es, señor don Fausto, dar el golpe de una vez. Colocaremos en el ministerio a nuestro amigo don Procopio, y ese firmará, sin hacer objeciones, nuestras órdenes. Ya verá usted cómo dentro de cuatro o seis días, las mismas barbaridades que comete este gobierno nos van a dar elementos bastantes. Comenzaremos a trabajar desde esta noche.

—Sí, estoy por la idea de usted; pero cuidado con un compromiso. En todo caso, huir el cuerpo; y si el golpe se frustra, que sufran los tontos y que…

—¡Ah!, eso por supuesto —respondió don Antonio—, a propósito, han tocado la campana… Veamos quién llega.

La nueva visita, que con mucha cortesía condujo don Antonio hasta el sofá, era un cleriguito vivaracho, de baja estatura, de ojuelos pequeños y de una cara picaresca.

—¿Qué nos cuenta de nuevo el señor doctor y maestro? —dijo don Fausto, después de haberlo saludado afectuosamente.

—Pocas cosas que ustedes no sepan —contestó, tomando asiento—, parece que no cabe duda que el gobierno trata de llevar a efecto el préstamo forzoso de dos millones de pesos, y que para su pago hipotecará los bienes eclesiásticos. Esto ya no es tolerable; y el clero, si conoce los verdaderos intereses, debe tomar sus providencias… hablemos terminantemente: el clero, caiga quien cayere, no debe consentir en que se le toque un centavo. Una vez que consienta en una medida semejante, el mal no tendrá término, pues tras de la hipoteca de dos millones, vendrá otra y otra, hasta que nos dejen sin sotana.

—Todas las tempestades me cogieran a mí como al clero —dijo don Fausto…

—¿Por qué dice usted eso? —preguntó el doctor.

—Porque el clero tiene dinero, y con dinero… ya sabe usted… se hace lo que se quiere… Si se quisiera gastar, el gobierno tendría muy pocos días de vida.

—Yo, sabe usted —dijo don Antonio—, que jamás me mezclo en ninguna revolución, y creo que los continuos pronunciamientos tienen a la república en el estado en que se ve; pero hay casos en que es imposible tener calma… por ejemplo, yo nunca podré ver con indiferencia que se arranquen los bienes a la Iglesia, para que vayan a poder de cuatro sansculotes.

—Pues bien —dijo el clérigo entusiasmado—, me explicaré francamente, hay dinero, y hay elementos bastantes para derrocar al gobierno… pero es menester que hombres del influjo de usted se hagan el ánimo… ¿Aceptaría usted el ministerio de Hacienda, señor don Antonio?

—¡Oh, señor! —contestó éste con la voz hueca y haciendo una reverencia al clérigo… mi capacidad es muy corta… mis talentos… ningunos… no… agradezco tanto honor… pero podríamos pensar en otra persona más a propósito… El señor don Fausto, por ejemplo…

—¡Oh, señores! —dijo a su vez don Fausto inclinándose—, yo no tengo los elementos y la capacidad del señor don Antonio… ninguno mejor que él desempeñaría tan espinoso encargo… yo ayudaré con mi grano de arena… pero lejos… sin mezclarme en la cosa política.

—Pues señores, si la cosa debe cambiar, alguno de ustedes debe ser el ministro, y tendrán recursos prontos para pagar la guarnición… y… el señor don Fausto será el ministro.

—No, sino usted, señor don Antonio —respondió éste.

Ya ve el lector que los dos magnates se daban evidentes pruebas de amistad.

Estos cumplimientos sobre quién debería aceptar el futuro ministerio de Hacienda, fueron interrumpidos por el sonido de la campanilla, que anunciaba otras visitas.

Eran nada menos que dos generales, que fueron recibidos con la mayor aceptación. Don Antonio ordenó que sirvieran chocolate; e instalados ya al derredor de una mesa, saboreando un rico Caracas y excelentes bizcochos de la calle de Tacuba, siguieron la conversación.

Uno de los generales era don Hermenegildo Bamboya, y el otro don Pablo Furibundo; ambos habían hecho su carrera en los pronunciamientos y en las oficinas, y eran opositores natos de toda administración de la que no componían parte.

—¿Qué nos cuenta usted, señor don Hermenegildo? —dijo el clérigo.

—Nada notable para el público, y sí sólo para nosotros.

—Yo he recibido esta noche orden de marchar dentro de tres días a Durango.

—Ése es un destierro honroso —dijo don Antonio—, sonriendo maliciosamente.

—Ésa es una infamia de ese pícaro ministro de la Guerra —interrumpió don Pablo; pero más gorda la quiere hacer conmigo, pues un oficial del ministerio me ha dicho que está ya puesta la orden para mi prisión.

—¡Prisión!, ¿es posible? —exclamaron todos.

—Eso es inicuo; pero entonces, ¿qué garantías tiene con este gobierno la gente honrada? —prosiguió don Fausto con calor, y arrebatando la palabra a los demás que querían hablar.

—Ningunas, ningunas —dijo el clérigo—, ya ven ustedes a nosotros qué ataques más bruscos nos dan.

—¿Y qué les parece a ustedes —dijo don Antonio—, la conducta del gobierno respecto a sus acreedores? A sus favoritos les paga y los mima, y a los infelices que han enterado su dinero peso sobre peso en la Tesorería, ni les quiere oír. Que el señor don Fausto les diga a ustedes lo que nos ha pasado.

—No hay más sino guerra a muerte, y yo juro por mi palabra de honor que ese ministro de la Guerra no ha de durar ocho días. ¡Bah!, ni sabe con quién se ha metido. Los regimientos de infantería son míos a la hora que quiera. La caballería tengo modo de seducirla… Sobre todo, yo no me metería en nada; pero obro por mi propia defensa, porque no he de consentir que impunemente se me mande a Perote.

—Ni yo he de ir a Durango —interrumpió el otro general—, pero lo que nos para, es una cosa sin la cual nada se puede hacer: el dinero.

—Ése no es obstáculo —dijo don Fausto—, ya habrá persona que facilite lo necesario, con tal de que se le pague religiosamente… Sólo exige que no se sepa…

—Muy bien —contestó el general don Pablo; ¿y qué nos importa eso?, ni preguntaremos quién es tan caritativa alma.

—Ya que ustedes se arrojan a dar ese paso, sería conveniente que alguno de ustedes ocupara el ministerio de la Guerra, sosteniendo los derechos de la Iglesia, no faltarán recursos.

—Eso no sería delicado de mi parte —dijo el general don Pablo; pero mi amigo don Hermenegildo podría desempeñar maravillosamente ese puesto; entonces verían ustedes el ejército disciplinado y… y…

—Sin que se crea adulación, nadie es capaz de desempeñar ese puesto —dijo don Hermenegildo—, como mi compañero don Pablo: por su valor, por las muchas campañas que ha hecho y por su genio amable, tiene mucho séquito entre el ejército, y él podrá arreglarlo definitivamente, y jamás volvería a verificarse un pronunciamiento, porque entonces y con el palo en la mano más de cuatro saldrán fuera de la República, o quizá peor…

—Parece que nos han escuchado esos bribones —dijo don Fausto al oído a don Antonio.

—Pues señores, mi opinión está fijada —dijo el doctor. Uno de los señores generales presentes deberá ser el ministro de la Guerra y otro comandante general, o jefe de la plana mayor.

La campanilla volvió a llamar, anunciando nuevas visitas.

—Ése debe ser don Pedro —dijo el clérigo; lo cité esta noche, porque es hombre de mucha reserva y de mucha astucia y talento, y puede servir para los proyectos de que tratamos.

—¿Pero es hombre de discreción y de reserva? —preguntó alarmado el general Bamboya.

—Se puede depositar en don Pedro un secreto, como se deposita en una tumba. Repito, es hombre de mucha reserva y de un talento asombroso.

Don Pedro entró con la cabeza inclinada, saludando a todos con mucha cortesía y agrado y dando a su fisonomía un aire humilde y amable. Fue presentado por el clérigo a los concurrentes con la debida recomendación, y éstos le estrecharon la mano, le ofrecieron sus personas y servicios, como se acostumbra hacerlo siempre aun entre gentes que se detestan; y tranquilizada la concurrencia y colocados los personajes al derredor de la mesa, donde se notaban aún los restos del opíparo chocolate, volvió a tomar su giro la conversación.

—Señor don Pedro —dijo el clérigo—, los señores quieren consultar con usted un asunto algo grave, y yo le ruego que dé su opinión con el aplomo y madurez que acostumbra.

—Yo no tengo ningún mérito para recibir ese honor; pero, en fin, haré lo que pueda por complacer a tan respetables señores.

Don Pedro, al acabar de decir esto, escudriñó disimulada y maliciosamente los rostros de todos los que estaban presentes.

—Se trata solamente, señor don Pedro —le dijo don Antonio—, de una conversación amistosa, y nada más.

—¡Ah!, por su puesto, conversación amistosa; esa es la base; la amistad —dijo don Pedro.

—Todas las noches —continuó el dueño de la casa—, me hacen algunos amigos el favor de acompañarme a tomar chocolate, y reformamos el mundo, como suele decirse, pues que en algo se ha de pasar el tiempo. De esto, pues, se trataba ahora. ¿Qué le parecen a usted los desaciertos que está cometiendo este gobierno? ¿Cree usted que podrá durar mucho tiempo?

—¡Eh!… ¡quién sabe! —contestó el tutor—, este es un país de fenómenos; pero si hay un impulsillo, si se le aplica un poco la palanca… ja… ja… esto va de broma; pero ya ustedes me entienden, en este país no se necesita más que obrar.

—Exacto, caballero, exacto —dijo uno de los generales, y ya decía yo a los señores, que a poco que yo influyera con la tropa de infantería…

—¡Oh!, por supuesto —exclamó don Pedro—, demasiado público es el influjo de usted. Y a propósito, y sin que parezca indiscreto, supongo que sabrá usted que el gobierno ha dado orden para prender a usted.

—¿Y cómo sabe usted ya?…

—¡Toma! —dijo el tutor—, pues no se habla de otra cosa en la calle; y no me ha dado poco placer el que una persona tan digna y de tan buenos servicios sea perseguida; me admira ver a usted aquí, pues muchos aseguran que estaba usted ya en la Inquisición o en Santiago.

—¡Maldito sea ese ministro de la Guerra! —exclamó el general—. Yo juro a ustedes por lo más sagrado, que me he de pronunciar más que sea por Mahoma, con tal de salir de este infame gobierno.

—Vamos, calma y prudencia, señor general, y ya que la ocasión se presenta, exijo absolutamente que vaya usted a mi casa, donde estará perfectamente seguro, y lo mismo puede hacer el otro señor general, que también me parece no está muy bien con el gobierno… ¡Errores! ¡Desgracias! Válgame Dios —continuó don Pedro, alzando las manos al cielo—, ¿nunca habrá justicia ni paz en este reino?

Don Antonio, que quería soplar la revolución, pero de ninguna manera comprometerse, apoyó la idea del tutor, diciendo:

—En efecto, general, me parece oportuno el pensamiento de nuestro amigo; su casa es muy segura, y allí será usted tratado como un príncipe, y podrá trabajarse mejor. Si, por ejemplo, nos sorprendiera ahora la policía, quién sabe cómo la pasaríamos.

—Malísimamente —dijo el clérigo, por lo cual opino que lo mejor es, que los señores generales, envueltitos en su capa, se metan en uno de los coches, y se vayan a la casa del señor don Pedro.

—Como ustedes gusten —dijo el tutor—. Tomen ustedes esta llave, y mi cochero, que es hombre de confianza, les enseñará en la casa unas recámaras apartadas, donde hay lechos, muebles y todo lo necesario. Eran las piezas de mi buena hija Teresa; y mientras regresa de mudar su temperamento, serán dignamente ocupadas.

Uno de los generales se inclinó, en señal de agradecimiento; tomó la llave, y dijo:

—En efecto, las razones de ustedes, me convencen, y podríamos perjudicarnos todos sin utilidad. Nos vamos a encerrar, contando con que no se nos abandonará.

—A los buenos amigos y a los valientes servidores de la patria, nunca se les abandona —dijo don Pedro estrechándoles la mano.

Los generales se despidieron; y al salir, dijeron al oído al clérigo que los acompañó hasta dejarlos en el coche:

—¿Se puede contar con dinero?

—Hay sobrado —contestó el clérigo—, pero mucha reserva, pues nadie debe saber de dónde sale.

—¿Se puede contar con ustedes?

—Sí, pero mucha reserva, hasta que llegue la hora.

El clérigo volvió a la sala con una cara alegrísima, y restregándose las manos.

Los generales cuando entraron en el coche, dijeron:

—Esta reunión que acabamos de dejar, es de solemnes pillos, santurrones, hipócritas, agiotistas y cobardes.

—Será todo lo que quieras, Hermenegildo, pero nos deben servir de escalones para subir, y de instrumentos de nuestra venganza; y poco importa que hagan su negocio.

—Bien dicho, y ahora vamos mañosamente a combinar el medio de hacer soltar el dinero a los clérigos, y de sembrar la seducción en la tropa. Lo demás, Dios dirá.

—¿Pero el plan?

—¡Qué plan ni qué diablos! El plan debe ser el mismo; es decir, llamar traidora e imbécil a la administración, porque no ha hecho la guerra de Tejas, y prometer otra regeneración; al fin, cada semana se promete un nuevo programa, y ya veremos en lo que para; los empleados de hacienda hacen su negocio, los militares el suyo, y los agiotistas el suyo, y todo queda peor que antes. Aprovechemos, pues, la oportunidad; la vida es corta, y la fortuna la pintan calva; es menester no dejarla escapar. Lo que debemos hacer, es aprovechar los pocos días de nuestro encierro para escribir a los amigos de los Departamentos.

Los viejos de la tertulia, por su parte, suspiraron ampliamente luego que oyeron alejar el coche.

—¡Gracias a Dios! —dijo don Antonio—, que se marcharon estos fantasmones.

—Es una desgracia —interrumpió don Fausto—, tener que valerse de semejante canalla.

—Pero al fin —dijo don Pedro con una sonrisa maliciosa—. ¿Qué son estos hombres más que ruedas de la máquina que se quiere mover, sabiendo usar bien de ellas?… ¡Eh!, ¿no les parece a ustedes?

—Lo malo es —dijo el doctor clérigo—, que son avaros hasta un grado increíble. ¿Qué les parece a ustedes que me dijeron al salir?

—¿Qué cosa? —preguntaron los circunstantes con viva curiosidad.

—¿Se puede disponer de dinero? —me preguntaron—. Yo les dije que sí; pero no somos tan tontos para dejarnos robar así… sin sacar la utilidad debida de semejantes personajes.

—Veo, señores, salvo que me halle equivocado —dijo don Pedro—, que se trata aquí de cosas algo serias, y en ese caso sería conveniente caminar con pasos más seguros. Si hay una revolución en México, ¿tendrá acogida en los Departamentos?

—Ya eso está andado; la tendrá, y muy buena, porque en todas partes aborrecen ya de muerte al gobierno por sus actos arbitrarios —contestó don Fausto.

—En ese caso —dijo don Pedro—, supongo que habrán pensado en el plan.

—Pocos artículos —interrumpió el clérigo—. 1.º Los bienes de la Iglesia son sagrados, y nadie podrá tocarlos. 2.º Son nulos todos los actos de la administración. 3.º El gobierno hará, lo más pronto posible, la campaña de Tejas. 4.º Se procederá a la elección de una junta de próceres, para que formen la constitución. Éstas son, en globo, mis ideas, con tal de que no entre esa canalla federalista, que todo lo ensucia y todo lo trastorna.

—Eso será más adelante; y por ahora, para no alarmar, será conveniente proclamar también la unión —dijo don Antonio.

—¿Pero debemos quedarnos con esa canalla, que se llama ejército? —preguntó don Fausto.

—Por ahora lo creo indispensable, salvo que me equivoque —contestó el tutor—. Pero después, como dice muy bien el señor don Antonio, y así que el nuevo gobierno tenga respetabilidad y poder, al ejército se le mandará a que se muera de hambre a la frontera, y a los liberales se les da de mano y… ese es el único modo de reformar este pobre país… Yo, señores, les repito, no me mezclo en nada; pero sólo por amor a la patria, y porque veo que ustedes tienen rectas intenciones, y me han hecho el honor de dispensarme su confianza, me atrevo a aventurar mi opinión en materia tan grave. A propósito… no deben ustedes fiarse sólo de esos señores generales, que en un abrir y cerrar de ojos se componen con el ministro de la Guerra, porque todos son lobos de una misma camada… Decía, pues, que yo conozco un muchacho calavera, valiente y decidido, que tiene mucha influencia con los soldados de caballería; sería bueno valerse de él…

—¿Y cómo se llama? —le preguntó don Antonio.

—El capitán Manuel.

—Cabalmente es amigo de mi hijo, y esta noche lo he citado, para darle razón de un encargo que me hizo; no tardará en venir.

En cuanto el tutor oyó esto, se puso en pie, y dijo:

—Voy a ver a mis huéspedes, a quienes había ya olvidado. No sería malo que comprometa usted al capitán Manuel; pero no hay que mentarle mi nombre, pues el muchacho, que es bueno en el fondo, tiene su genio fuerte, y creerá que se le trata de hacer instrumento… Es menester mucho tacto… Conque, señores… me repito; pueden contar con mi fortuna, y con todo lo que poseo, pues todo lo sacrificaré gustoso, con tal de contribuir a la felicidad de esta desgraciada nación.

—Gracias, señor don Pedro; nuestras intenciones son sinceras, y la Providencia nos ha de ayudar —le contestó don Antonio, estrechándole la mano.

El clérigo también se despidió, y el tutor salió, mirando cautelosamente por todos lados, tapándose la cara con su pañuelo, a pretexto del constipado, y temiendo encontrarse con el capitán. Luego que los dos amigos oyeron rodar el carruaje, siguieron la conversación.

—¿Qué le parece a usted, don Antonio, de lo que ha pasado?

—Las cosas no van mal hasta ahora, pues se puede sacar mucho partido de estos bribones. El doctor está entusiasmado, y sacará el dinero necesario, pera evitar el golpe que se quiere dar al clero. Los generales, además de ser revoltosos de profesión, están resentidos con el ministro de la Guerra, y han de hacer cualquier esfuerzo para evitar que los persigan. Sólo este zorro viejo es el más cauto de todos, y no he comprendido qué interés lo mueve.

—Es el consejero y director oculto del clero —dijo don Antonio—, y también podremos aprovecharnos de él.

—Pues no resta más, sino saber aprovecharse de estos elementos.

—Ya se ve… pues de otro modo el negocio vendrá abajo ciertamente, y entonces…

—Entonces… —repitió don Antonio con mal humor—, entonces…

Una nube siniestra oscureció su frente; se quedó un momento pensativo y con la vista clavada en el suelo; después dijo:

—Es menester no perder la serenidad en estos momentos, don Fausto; la idea del viejo don Pedro me parece buena; necesito hablar a solas con ese oficial amigo de mi hijo.

—Bien, bien; combine usted sus cosas, don Antonio, que yo haré lo mismo; mañana temprano estaré aquí, después de haber hablado con los generales y con algunas otras personas.

Don Fausto salió, y a poco la campanilla resonó; el criado anunció al capitán Manuel.

—Que pase al momento —dijo don Antonio.

Manuel entró. Estaba elegantemente vestido, y en su camisa estaba prendido un diamante que brillaba como un sol. Don Antonio no pudo menos de fijar su atención, y por más que quería poner los ojos en otra parte, los clavaba en el valioso y deslumbrador prendedor. Era el fistol de Rugiero que le había prestado Arturo porque el capitán, que en todo era raro, quería llamar la atención del público de México; y en efecto, lo había conseguido, pues el lujo con que se presentaba, la buena presencia y finos modales que tenía, lo habían convertido en el joven de moda, y no había muchacha que no lo conociera y se ocupara en hablar de él en las conversaciones con las amigas. El capitán, pues, decimos, fue recibido con una afabilidad que no era común en el padre de Arturo, el cual lo hizo sentar, y le puso delante una charola de china con excelentes puros. El capitán, por su parte, sabiendo que el padre de Arturo lo tenía por un calavera, quiso darse el tono de un hombre de importancia.

—Capitán —le dijo el padre de Arturo—, ¿será usted capaz de guardar un secreto?

—Si lo duda usted, no me lo confíe.

—Bien —dijo don Antonio—, me gusta que los hombres tengan ese sentimiento de orgullo, que tanto los ennoblece.

—Gracias, señor don Antonio.

—Se trata de un asunto de interés, en que se necesita discreción, ¿la tendrá usted?

—Si le doy a usted mi palabra, la cumpliré.

—¿Lo que usted promete, lo cumple?

—Aun a costa de mi vida.

—Perfectamente, entonces deseo que sea un eterno secreto lo que voy a decirle.

El capitán se inclinó ligeramente.

—¿Desempeñará usted el encargo que yo le confíe?

—De ninguna suerte.

—¿Cómo? —preguntó don Antonio algo inquieto.

—No sé cuál será el encargo que usted tenga que confiarme; y yo cuando hablo de asuntos serios, soy extremadamente escrupuloso en cumplir mis promesas.

—Perfectamente —dijo don Antonio—, usted es el hombre que yo necesitaba, y no tenía idea de usted, pues francamente, lo creía yo un tronera, propio para gastar el dinero en compañía de mi hijo Arturo.

—Mucha honra me hace usted, señor don Antonio.

—No… hoy es otra cosa, capitán, y desde ahora tengo un concepto muy diverso de usted.

—Mil gracias —repitió Manuel, inclinándose.

—Capitán, ¿es usted amigo verdadero de mi hijo?

—Lo amo como a un hermano.

—Y dígame usted, capitán, sé que los soldados de caballería quieren a usted mucho.

—Al menos, así me lo dicen; me he criado en los regimientos y en el campo, y creo que los soldados viejos me deben tener cariño.

—Bien, ¿y sería usted capaz de hacer lo que se llama una acción de valor?

—Sin modestia, señor don Antonio, tengo el concepto más desventajoso de mi propia persona; pero repito, cuando empeño mi palabra para una cosa, la cumplo.

—Es decir, que si la patria exigiera de usted un gran sacrificio, ¿lo haría?

—La patria muy poco puede necesitar de mí; pero si fuese necesario, la serviría muy bien.

—Muy bien —dijo don Antonio con alegría, y restregándose las manos.

—No tenga usted por empeñada mi palabra; no sé de qué se trata, y no he de andar a tientas en asunto de gravedad; si no me cree usted digno de su confianza, entonces…

—Puesto que usted lo desea, voy a darle una prueba: se trata de… una revolución…

—¿De una revolución?…

—Sí, capitán…, pero…

—Entonces, señor don Antonio —dijo el capitán con seriedad, y levantándose—, yo no puedo servir a usted de nada…

—Espere usted, y no sea tan violento. En esta revolución se trata de hacer al país todo el bien posible, mejorando sus instituciones, dando al pueblo verdadera libertad, poniendo a la cabeza de los puestos a hombres honrados, y dando, en una palabra, nueva forma y vida a esta sociedad, que camina a su perdición y ruina.

—Todo eso está muy bueno, señor don Antonio, pero yo tengo mis razones particulares para no mezclarme en estas cosas; y cabalmente por esa causa había pedido a usted el favor, por conducto de Arturo, de que me consiguiera mi licencia ilimitada.

—Y he puesto tanto empeño en esta friolera —contestó don Antonio—, que aquí la tengo en la bolsa, capitán, tomadla.

Al decir esto don Antonio, puso en manos de Manuel la orden del ministro de la Guerra.

—Muy bien, señor don Antonio, está enteramente satisfecha mi ambición.

—¿Si en vez de esta licencia para dejar el servicio, pusiera yo a usted en la mano un despacho de coronel de caballería y la orden para que se encargara del mando de un regimiento?…

—Daría yo a usted las gracias, pero no lo aceptaría.

—Es decir, que usted no tiene ya ambición ninguna.

—Usted no me conoce —dijo el capitán sonriendo con desdén—. Una vez que yo me decidiera a admitir una distinción de esa clase, sería fiel al gobierno, y lo sostendría aún a costa de mi vida.

—Ésas son quimeras, joven, quimeras y nada más. El militar no sirve, como un suizo, al gobierno existente, sino a la nación en general, y si un ascenso, y las halagüeñas esperanzas de ceñir pronto la banda verde, proporcionaran a usted la ocasión de prestar un servicio a la patria, entonces…

—Tengo diversas opiniones, señor don Antonio; los revolucionarios no hacen, cualquiera que sea la causa que invoquen, más que agravar los males de la patria. Desde que entré al ejército, en clase de cadete, hasta que he llegado a capitán, no he cometido falta alguna, y no tengo de qué avergonzarme. Si por una revolución yo ascendiera a coronel, o a general, tendría que ruborizarme delante de los hombres de 1820.

—Es decir —dijo don Antonio con algún mal humor, que decididamente se niega usted a mi súplica.

—Decididamente —respondió el capitán.

—Es decir, que tengo que sufrir un desaire de parte del que mi hijo titula hermano.

—Los amigos que tenga su hijo de usted, deben ser hombres honrados y de conciencia, señor Antonio, y usted hará bien de echar de su casa a todos los que no tengan esos títulos.

Don Antonio se mordió los labios, y dijo lentamente:

—Creo que usted no trata de insultarme.

—Ni lo he pensado —respondió el capitán con seriedad—. Amo demasiado al hijo, para que yo me atreviera a ofender al padre, y a mi vez séame permitido creer que usted no ha tratado de mortificarme, y que lo que ha pasado no es más que una prueba que ha querido usted hacer de mí, para cerciorarse de que mi amistad en nada puede perjudicar a Arturo.

—Es usted inflexible —dijo don Antonio tristemente, y quedó un rato en silencio.

El capitán, mirando que la conversación se había cortado, y temiendo ser molestado con nuevas insinuaciones, se levantó y tomó su sombrero.

Don Antonio levantó la vista, y como fascinado con el brillo del fistol de Rugiero, se quedó inmóvil. El capitán notó sus ojos fijos y su rostro descompuesto, y creyó que alguna enfermedad repentina le había atacado.

—Señor don Antonio —le dijo—, puesto que usted no tiene otra cosa que mandarme, me retiro. Espero que no conservará usted un recuerdo desagradable de mi visita.

—No, no, ninguno absolutamente —respondió don Antonio, volviendo en sí del vértigo que había sufrido—, pero antes de que usted se marche, tengo que decirle una palabra; siéntese usted otro momento.

El capitán obedeció.

—Lo que he dicho a usted, joven, no ha sido por probar su honradez, sino porque a toda costa necesito de usted… Escúcheme:

Si el gobierno no cambia, me arruinaré, tendré que declararme quebrado… ¿lo escucha usted?… Me ha obligado su honradez de usted a hacerle esta penosa confesión.

El capitán quedó tan asombrado, que no supo qué responder.

—Usted, capitán —continuó el padre de Arturo—, no sabe lo que es tener una familia, y un rango en la sociedad, y perderlo de repente… ¡Es horrible! la miseria después de la opulencia; el desprecio después de la consideración universal. Usted es joven, amigo mío, y no conoce el mundo. Todos esos personajes que vienen diariamente en sus magníficos carruajes a tomar la sopa en mi mesa, a gustar mis exquisitos vinos, no volverán más; huirán de mí, como se huye del contagio de un leproso, porque la pobreza es todavía más temible que la lepra. En vez de aduladores, que diariamente procuran lisonjear mi amor propio, y me tratan con respeto, tendré inicuos e inexorables acreedores, que se llevarán sin misericordia mis carruajes, mi plata labrada, mis muebles, hasta las alhajas de mi pobre mujer, y que después me arrastrarán ante los tribunales, donde tendré que sufrir humillaciones y desengaños. En cuanto a mí, soy viejo; pero mi pobre mujer morirá sin remedio, y ¡Arturo! ¡Arturo! ¿Cuál será su porvenir?… Repito, capitán, usted no es capaz de comprender mi amarga situación…

El tono patético y verídico con que don Antonio decía estas palabras, conmovieron profundamente al capitán.

—Voy a dar a usted una prueba de que soy amigo de Arturo, caballero —dijo Manuel—: yo tengo veinte mil pesos en una casa de comercio. En una de mis calaveradas, la fortuna me sopló, y gané en el juego. Deme usted una pluma y un papel, y al momento daré orden para que los pongan a disposición de usted.

Don Antonio, conmovido de esta muestra de nobleza, estrechó la mano del capitán.

—Desde este momento ocupa usted en mi corazón el mismo lugar que mi hijo. Rico o pobre, mi familia es la familia de usted, y mi casa es su casa.

—Mil gracias, señor don Antonio —respondió el capitán, estrechándole a su vez la mano—. Yo no he hecho más que pagar con esta sincera oferta lo que su hijo de usted ha hecho conmigo. Cuando yo he estado pobre, ha tenido la bolsa abierta para mí.

—Su generosidad de usted no me salvaría, capitán, y lo dejaría a usted arruinado; explicaré a usted algo más. De un negocio en otro, y siempre con la esperanza de realizar uno que me indemnizara de todo lo prestado al gobierno, he consumido, no sólo mi capital, sino que tengo comprometidas gruesas sumas, que he pedido a premio. Antes de ocho días, se me comenzarán a cumplir las libranzas; y si no pago la primera que se me presente, mi ruina es indefectible: veinte mil pesos, repito, no son nada…

—Entonces, ¿qué medio nos queda? —preguntó el capitán afligido.

—El único que he dicho a usted; una revolución que haga variar el gabinete, porque los que actualmente están en el gobierno, decididamente son enemigos míos.

—¿Y no ha tentado usted antes otros caminos, señor don Antonio?

—Todos los medios se han agotado ya, y hoy la revolución es indefectible. El clero, varios generales, el comercio, todos contribuirán a ella, con la diferencia de que si yo no la dirijo, todos se aprovecharán y mi situación no cambiará. He aquí, capitán, descubierto mi secreto, y por qué quiero tener un brazo cuando yo soy la cabeza.

—Es duro, señor don Antonio, resolverse a un paso semejante. Yo tengo determinado marcharme a casar a La Habana, y esta es para mí una idea única y exclusiva en este momento; de esto proviene parte de mi repugnancia.

—Si ese es el único obstáculo, muy fácilmente se puede salvar. Las cosas se abreviarán, y usted quedará expedito dentro de breves días.

El capitán bajó la cabeza, y quedó meditando.

—Por última vez, capitán, insto a usted para que ayude a salvarme. Usted sabrá si deja morir a la madre de Arturo.

—Señor don Antonio —dijo resueltamente el capitán—, me es imposible hacer lo que usted desea. Mi escasa fortuna la pondré a la disposición de la madre de Arturo, y no morirá de hambre.

—¿Y yo, capitán? ¿Y yo?… el único recurso que me quedará será darme un tiro…

—Bien, señor don Antonio; estoy a las órdenes de usted, y voy a hacer el sacrificio acaso de la felicidad de toda mi vida —dijo resueltamente el capitán. ¿Qué quiere usted que hagamos?

—Don Antonio, después de la tenaz resistencia que le había opuesto Manuel, apenas podía creer sus palabras, y no pudo menos que abrazarlo, diciéndole:

—Capitán, usted es mi salvador, y le juro a usted por la hostia consagrada, que jamás olvidare este favor.

—Una vez que he dado mi palabra, no tiene usted ya nada que temer. ¿Qué quiere usted que haga?

—Lo explicaré. Es necesario que se decida usted a encargarse del mando de una fuerza de caballería.

—¡Pero aceptar una comisión honorífica y traicionar después!…

—¡Usted se ha puesto a mis órdenes, y es necesario que el sacrificio sea completo!

—Es verdad, soy esclavo de mi palabra.

—Colocado usted en el mando de un cuerpo de caballería, podrá usted con actividad influir con los sargentos; si es necesario dinero, con una firma mía habrá en abundancia. Preparadas así las cosas, y contando también con la artillería, se dará un golpe de mano a Palacio, apoderándose de las personas de los ministros y del Presidente, y proclamando inmediatamente un plan en que se convoque una junta de próceres para que reforme la constitución. Entre tanto esto se verifica, se nombrará un gabinete que inspire confianza a la nación. Usted, capitán, ha de ser el que se ponga a la cabeza de una columna que sorprenda la guardia de Palacio, en el caso de que no podamos ganar al oficial.

—Es muy fuerte todo esto, señor don Antonio.

—¡Qué! ¿No será usted capaz de ejecutarlo?

—He dicho, señor don Antonio, que cumplo mi palabra. Ya no hablemos más sobre el particular; deme usted las instrucciones que guste.

—Poco tendría que decir a usted, supuesto que ya conoce mis intenciones. Mañana recibirá usted el nombramiento para mandar en comisión un regimiento de caballería. A los oficiales les puede usted prometer ascensos, a los sargentos dinero, y a los soldados palos, si no obedecen. Durante tres o cuatro días que usted dilate en hacer esto, yo habré trabajado ya mucho con el cuerpo de artillería e ingenieros; y lograré al menos que no se opongan al movimiento, que es lo bastante; vea usted si logra hacerse de dos o tres batallones de infantería. Por mi parte le aseguro que uno de ellos hará lo que yo quiera, porque el coronel Relámpago es ahijado mío, y me debe su carrera.

—Veo que poco necesita usted de mí, teniendo ya tan avanzado el plan.

—Se equivoca usted, capitán; algunos de esos, al primer tiro, echarán a correr, y entonces… Yo he dicho que necesitaba un brazo, y usted es mi hombre de acción. Con tal de que haya voluntad de parte de usted, los dominaremos a todos; y disponiendo de la capital, dispondremos de la nación como se nos antoje. ¿No lisonjea el orgullo de usted esta perspectiva?

El capitán sonrió tristemente y movió la cabeza.

—Parece que no está usted muy entusiasmado.

—Francamente, digo a usted que mi pensamiento está muy lejos de aquí; mas no por eso desconfíe usted de mis esfuerzos. Una vez decidido, acostumbro hacer las cosas con la mayor frialdad posible.

—¿Es decir que nos veremos?…

—Cuando usted guste.

—Mañana a estas horas.

—Seré exacto.

—El capitán tomó su sombrero y se despidió del padre de Arturo. Éste no pudo menos que clavar una triste y última mirada en el hermoso fistol de Rugiero.

—Si fuera fino —dijo cuando el capitán se había retirado—, valdría cincuenta mil pesos; jamás he visto una piedra más hermosa. ¡Bah! los franceses tienen talento para hacer piedras falsas que parecen verdaderas.

Después de este corto soliloquio se restregó las manos, se comenzó a pasear en el salón hablando solo, y al fin, aunque era ya tarde, se metió en el coche y se fue a ver al coronel Relámpago, quien recibió a nuestro don Antonio con los mismos respetos y consideraciones que el más humilde vasallo al más poderoso rey.

El coronel Relámpago estaba ya acostándose; pero en cuanto oyó la voz de don Antonio, se volvió a vestir, puso en movimiento toda la casa y mandó encender cuanta vela tenía en ella.

Así que se quedaron solos y que don Antonio se persuadió que nadie los escuchaba, le impuso de sus deseos, se supone con mucha menos delicadeza y circunloquios que al capitán Manuel.

—Coronel —le dijo—, se proporciona oportunidad ahora de ceñirse una banda verde y de hacer alguna fortunilla, se entiende, honrada y legalmente.

El coronel puso, a pesar de que lo quería disimular, la cara más alegre del mundo, y los ojos le brillaban de contento.

Don Antonio, con la perspicacia de un hombre de mundo, observaba las emociones del coronel.

—Amigo, las cosas no pueden ya subsistir.

—No pueden, señor, no pueden; dice usted muy bien —dijo el coronel.

—El gobierno está cometiendo muchas aberraciones.

—Erraciones, muy bien dicho, y muchas infamias.

—Esos hombres no saben lo que traen entre manos.

—No saben, señor, no saben.

—Todo lo están echando a perder.

—Todo, señor, dice usted muy bien.

—Lo peor es que no tiene remedio.

—No tiene, señor; dice usted muy bien.

—Tiene uno solamente.

—Uno solamente; muy bien dicho.

—Y es tirarlos de los puestos.

—Eso iba yo a decir, señor, tirarlos; son unos pícaros infames, y yo tengo muchos motivos para no estar contento. Figúrese usted que hace ya ocho días que sólo dan en la Tesorería seiscientos pesos diarios, en lugar de mil; y ese ministro es un déspota, que habla muy mal de los soldados, y se da mucho tono. Pues el otro día, no piense usted, por poco le doy de patadas al viejo portero, como se las di a un cochero que no quería llevarme a San Cosme, cuando llovía. Si no es capaz, señor, vivir en este país. Nada se puede hacer.

Don Antonio no podía menos de oír con impaciencia la cadena de necedades del coronel; y en el fondo de su alma hacía plena justicia a la dignidad y honradez del capitán Manuel y despreciaba altamente la degradación de este hombre, que era el eco de sus palabras.

—¿Puedo, pues, coronel —dijo con tono imperioso don Antonio—, contar enteramente con usted y con su cuerpo?

—Sí, señor; lo que usted quiera, señor; yo estoy dispuesto a cooperar en todo lo que usted quiera, con tal de tirar a esos bribones, y a esos licenciadillos, enemigos del ejército, es menester arrastrarlos por las calles…

—No, no se trata de tanto —interrumpió don Antonio—; sólo de variar el gabinete, para colocar hombres honrados y que premien a los buenos servidores de la nación, como por ejemplo, a mi digno amigo el coronel Relámpago.

—Muchas gracias, señor; pero no se canse usted, señor, que mientras que no ahorquemos a seis docenas de licenciados, no hemos de estar en paz. Figúrese usted, señor, que nosotros estamos llenos de años y de buenos servicios a la patria, que somos gente pacífica, que no nos metemos con nadie, señor; pero también nos tiran, y es fuerza… ¿no le parece a usted, señor?

—Sí, sí —dijo don Antonio, tomando un polvo—, yo en esto no tengo más interés que el que me inspiran varios amigos que tengo en el ejército… y si el ejército no se defiende, sin duda que los licenciados lo arruinarán; y usted dice perfectamente, coronel.

—Y dígame usted, si la cosa se hace, ¿quién entrará de ministro de la Guerra y de jefe de la plana mayor? no sea que no se vayan a acordar de mí.

—No haya cuidado, coronel; serán amigos los que entren a esos puestos; y tengo tal seguridad, que voy mañana a mandar bordar una banda verde, que le quiero regalar a usted.

—Muchas gracias, señor, muchas gracias: usted es muy bueno conmigo, y yo no sé con qué pagarle…

El padre de Arturo se levantó para retirarse; buscó la mano del coronel y le dio un significativo apretón.

—¿Y cuándo tendrá lugar la cosa? —preguntó nuestro héroe.

—Muy pronto —contestó don Antonio—, prepare usted a los muchachos del batallón.

—No hay cuidado, señor: ya sabe usted que todos hacen lo que yo les digo. Sólo hay un teniente medio díscolo; pero yo le buscaré un ruido para sepultarlo arrestado en Santiago.

—Perfectamente, coronel; usted es un hombre de talento, y me ha comprendido. Recibirá usted pronto mis instrucciones; y a la persona que presente a usted un anillo, que recibirá como prueba de mi amistad, puede darle entero crédito.

—Y dígame usted, señor, dispensando la confianza, ¿podremos contar con algún dinero? Esto es necesario, señor, porque ya sabe usted, señor, que los muchachos y los gastitos…

—Sí, se puede contar con el dinero que sea necesario —respondió don Antonio con cierto mal humor—, pero tenga usted entendido que en todo esto no ha de sonar para nada mi nombre… para nada, ¿comprende usted?

—Está muy bien, señor; no mentaré a usted ni aunque me esté muriendo señor.

—Si acaso usted cometiera una indiscreción, todo se perdería, y entonces yo jamás volvería a ser su amigo.

—Ni lo permita Dios, señor… No, señor, todo se hará en reserva, y quiero mejor morir, señor, que usted deje de favorecerme con su amistad.

—Don Antonio, por fin, se despidió y montó en su coche.

—Ciertamente —dijo entre sí—, que será más fácil que me denuncie este hombre, que se sujeta como un esclavo a mi voluntad, que no el capitán altanero, amigo de mi hijo. Ése es un hombre digno, con una conciencia segura de lo que vale el honor y la firmeza en un hombre; este coronel es una alma mezquina, capaz de todas las infamias posibles. En fin, como dice el otro viejo don Pedro, que tampoco me simpatiza mucho, son ruedas de la máquina, y es menester moverlas bien. El capitán es una rueda de brillante acero, y el coronel una rueda de grosero y mohoso fierro… ¡Bah! por ahora los obstáculos se allanan, el horizonte va despejándose, y mi ruina… mi ruina por lo menos está hoy dudosa… Ayer era cierta.

Esto hizo don Antonio, después de haberse descartado de esa tertulia turbulenta, que tomando chocolate, maquinaba contra el reposo público de la manera más fría y egoísta, pues cada una de las personas no veía más que su particular interés. Acaso alguno de los lectores que haya vivido en la inocente tranquilidad de algún pueblo lejano de las grandes capitales, creerá que hay grande exageración en lo que acabamos de referir; pues todo lo contrario. De algún tiempo a esta parte las revoluciones ya no se hacen en antros secretos e ignorados, ni los conjurados se reúnen a deshoras de la noche disfrazados, envueltos en una luenga capa, como los vemos en las comedias, sino que para maquinar contra el gobierno, se escoge la casa de un magnate, situada en una de las calles más públicas y más centrales de la población; se conspira también con franqueza, en el Café del Progreso, en las glorietas de la Alameda, en las plazas públicas, en los corredores del mismo Palacio; y el ministro y el presidente tienen que desconfiar hasta del amanuense que escribe sus cartas, y del soldado que está de centinela; de esto viene la perpetua alarma de los que mandan, el continuo sobresalto de los que están en el poder; las puertas de fierro, los cerrojos y entradas y salidas secretas que sirven de seguridad a los magnates, que hoy a poco más o menos, viven siempre temerosos y espantados, como el rey Pygmaleón del Telémaco.

Y no se crea que para hacer en México las revoluciones, se necesita ni de una grande capacidad, ni de un grande arrojo. Basta, pues, un mediano atrevimiento y una pobrísima inteligencia, pues los gobiernos, en vez de aplicar todo el rigor de las leyes a los conspiradores, suelen premiarlos con empleos, y satisfacer así momentáneamente una ambición innoble, que aumenta a medida de la facilidad con que del polvo y del olvido se elevan los hombres a los más altos puestos y distinguidas dignidades.

El camino más seguro para progresar y pasarse buena vida en México, es ser de la oposición. Un periodista de oposición que blasona de independencia y de patriotismo ante el público, en una entrevista secreta con el ministro de Hacienda, saca en una hora más ventajas que el empleado honrado y sincero amigo del gobierno en diez o veinte años de buenos servicios. Un general de división que manda cuatro o cinco mil hombres, es una potencia. Un coronel calavera que está de comandante militar, domina un Estado. Un sargento que tiene prestigio y amistad con los soldados, es un personaje. Todos mandan, todos tienen poder e influencia. El gobierno es el único débil, y necesita del último escribiente de una secretaría.

IV. Segunda sesión

LOS lectores observarán en las descripciones que hemos hecho, que no había plan alguno en la cabeza de los revolucionarios, que tenían muy pocas o ningunas ramificaciones en los Departamentos, y que iban, por decirlo así, obrando al acaso. No obstante, era todo lo que se necesitaba, para derrocar de la noche a la mañana al gobierno, y plantar otro que fuese derrocado a los seis meses, de la misma manera. Aunque con temor de cansar al lector, haremos que asista a la casa de don Antonio, a otra reunión que se verificó tres días después de la que hemos descrito.

En esta nueva junta, los personajes disminuyeron en número, pero se notaba más arreglo en los planes. Estaban presentes, el cleriguillo acompañado de otro clérigo de avanzada edad, de fisonomía común y tosca, gotoso y enfermizo; don Antonio, don Fausto y el tutor de Teresa, todos personajes antiguos conocidos del lector, aunque no muy amigos. En esta conferencia, ya de próximos arreglos, lo único que hay que notar, es el disimulo, la hipocresía, la desconfianza mutua de todos los actores, que desempeñaban tan infame como ridículo sainete.

Comenzó el clérigo gotoso tartamudeando, y queriendo expresar en su fisonomía una evangélica beatitud.

—Señores, yo hee venidoo, porque se see trata de combatir con las armas de la reliigión… a… a… a… los hombres dejadoos de la mano de Dios, que quieeren foormar su patrimonio con los bieenees de la Iglesia y del Altísimo, y echar a la calle a las pobrees monjitas, que que sirven al Señor y que ruegan y hacen penitencia por los pecadores.

Don Antonio, con la mesura y dignidad con que un diputado novel comienza su discurso en las Cámaras, dijo:

—Señor don Félix —así se llamaba el eclesiástico gotoso—, tristes y calamitosos son los tiempos que hemos alcanzado, y podemos decir con el profeta Ezequiel: «La ruina de la ciudad impía se acerca ya».

El clérigo joven, a quien también llamaban sus amigos don Pablo, se acercó a don Fausto, y le dijo al oído:

—Hombre, Ezequiel no ha pensado en decir tal cosa; pero apuesto mis dos orejas a que ni don Antonio ni el don Félix saben lo que ha dicho Ezequiel.

Don Fausto sonrió, fingió que tosía, y se pasó el pañuelo por la boca.

Don Antonio continuó:

—Señor doctor: hemos tenido la desgracia de vivir en tiempos de tribulación, como decía el santo rey David; y no hay más, sino rogar a Dios por la salvación de este pobre pueblo. Yo en los asuntos, de que habrá impuesto a usted detenidamente el doctor don Pablo, no tengo más idea ni más mira que la salvación de tantos amigos como cuento en el clero; el evitar que estos cuantiosos bienes, que sirven para el culto de Dios, pasen a manos de esos entes degradados, que se llaman liberales, y que no son nada más que unos descarados sansculotes.

—Bien dicho —respondió el doctor Félix—, sansculootes, píicaros… En tiempo del rey no sucedía esto, porque la Nueva España estaba gobernada de otra manera, y la iglesia era respetada… y no… que ahora… la libertad se reduce a co-oogerse lo del cle-clero.

—Días muy amargos hemos pasado Antonio y yo, con estas ocurrencias del préstamo forzoso, señor doctor —dijo don Fausto—, y hemos hecho cuanto ha sido posible para evitar al clero esa enormísima e injusta contribución que le tratan de poner… pero todo en vano; esos hombres del gobierno, ciegos y encaprichados, corren al abismo… usted dice muy bien, están dejados de la mano de Dios.

—Pero, señores, ya que ustedes han tomado a su cargo el dirigir esta difícil empresa, deseo que instruyan a mi compañero el señor doctor, en lo que se ha trabajado, para que el señor don Pedro pueda por su parte…

Don Pedro al oír su nombre, se inclinó humildemente, y sonrió.

—Nosotros no dirigimos de ninguna manera —respondió vivamente el padre de Arturo—, queremos cooperar con nuestro grano de arena al bien, particularmente del respetable clero, y esto es todo.

—Figúrense ustedes —interrumpió don Fausto—, que tenemos una fortuna independiente… y así… a la inversa. El ministro es muy amigo mío, y nos ha prometido pagar lo que se nos debe, y no de usuras y de mamotretos, como dicen esos infames periodistas, sino de dinero efectivo que hemos prestado al gobierno sin interés alguno, y que sirvió para que se vistieran las tropas que llegaron desnudas de Guanajuato y Zacatecas. Con que ustedes claramente ven, que acaso con el cambio de gobierno nuestra fortuna disminuirá… Pero cómo ha de ser; primero es la conciencia y la patria que el dinero.

—Pe-pero cre-eeo que no faltará dinero —dijo el doctor Félix—, ni el ministro que poongamos dejará de pagar a ustedes.

—Al menos sería una notoria injusticia, y en todo caso confiamos en nuestro amigo el señor doctor; pero no hablemos de eso ahora, pues nuestro interés es lo último, cuando se trata de los grandes intereses de la religión y de la patria.

—Bien dicho, señor don Antonio; usted es hombre de todas mis simpatías —dijo don Pedro con entusiasmo—, y sin que se tenga por adulación, quisiera yo que ocupase usted un ministerio.

El padre de Arturo, a su vez, se inclinó profundamente, y sonrió a su adulador, porque la adulación suena como una música que gusta a todo el mundo.

—Quien debía ser el ministro, era usted —interrumpió don Fausto—, y si las cosas tienen feliz desenlace, vamos Antonio y yo a formar decidido empeño en que usted arregle este caos en que está la hacienda de la República.

—Señores —dijo el tutor—, si ustedes me abochornan de esa manera, tendré, a mi pesar, que abandonar tan amable compañía.

—Señores: no perdamos tiempo en cumplimientos inútiles; al grano, porque luego el señor don Antonio tiene muchas visitas. Vamos, deseo que mi compañero el señor doctor, se imponga de lo que hemos adelantado.

—Lo haré de muy buena voluntad, doctor —dijo don Antonio—, y doy principio. Varios amigos han escrito a Puebla, Toluca, Cuernavaca y otros puntos, y han recibido contestaciones muy favorables; de suerte que podemos asegurar, que en esos puntos será secundado el movimiento de México. Aquí se han visto por algunos amigos a los varios jefes de los cuerpos, y están entusiasmados. Sólo se necesita darles algún dinerillo, porque en efecto, tendrán sus gastos indispensables.

—¿Y ha hablado usted ya con el capitán de caballería que le indiqué? —preguntó don Pedro.

—¡Toma si he hablado! —respondió el padre de Arturo—, es nada menos el encargado de ponerse a la cabeza de una columna, que deberá apoderarse de Palacio, y prender al presidente, ministros, comandante general, diputados, etc.

—¡Bravo! ¡Bravo! —exclamó don Pedro, brillándole los ojos de alegría—, ¡valiosa adquisición han hecho ustedes; y yo considero al capitán el eje, el móvil principal de todo este plan!

—Importantísima adquisición —repitió don Antonio—, y no me ha costado poco trabajo; sólo la amistad de Arturo pudo influir.

—¿La amistad del hijo de usted? —preguntó don Pedro.

—La única consideración que pudo decidirlo, pues ni el dinero ni las esperanzas de un ascenso. ¡Valiente y honrado muchacho!

—¡Guapo! —repitió don Pedro—, lo único que sentiré es que vaya por una casualidad a tocarle un balazo. Crea usted, que si esto sucediera, tendría que llorar todo el resto de mi vida.

—¡Qué! —dijo el doctor Félix alarmado—, ¿se ha de derramar saangre?… no, no; entonces no me meeto en naada.

—Tranquilícese usted, señor doctor, creo que las cosas no llegarán a ese extremo.

—Ya digo, si hay saangre —repitió el doctor Félix—, los sacerdootes quedamos irregulares.

—Vea usted, señor doctor —dijo el tutor de Teresa arrimando su silla junto a la del clérigo—, a mí me parece, que lo mejor sería que no hablaran ya ustedes nada sobre el particular, porque si llega a traslucirse en el público, toda esa nube de sansculotes, de impíos y de herejes, puede levantarse, gritando que se trata de monarquía y de traición, y la revolución pierde su popularidad. En cuanto al dinero, yo lo daré, y allá nos entenderemos después, y arreglaremos cuentas; así quedan salvados todos los inconvenientes; ¿les parece a ustedes, señores?

—Perfectamente —respondió don Antonio, quien una vez que el doctor hizo la promesa de dar dinero, quería desembarazarse de él.

—Me pa-parece muy bieen, señor don Pedro —dijo el doctor Félix, levantándose—, y en esta virtud me retiro, porque yo no pierdo mi método por nada de esta vida… aunque se venga el mundo abajo; a estas ho-horas tomo mi leche con mamones de la ca-calle de Tacuba, y después me acuesto… y me du-duermo hasta las nueve del día siguiente.

El señor doctor dormía, pues, doce horas, lo que literalmente puede llamarse dormir como un canónigo.

—Le traerán a usted la leche, señor doctor —dijo don Pedro; y aunque malo, no faltará un lecho…

—Me que-quedaría, pero se me olvidó mi breviaario, y tampoco teengo medias limpias. Me voy, pues, a rogar a Dios que salgan bien nuestros asuntos.

Don Pedro y don Antonio, guiñándose el ojo, convinieron en no detener a los eclesiásticos, y los despidieron, dándoles muchos apretones de manos, y diciéndoles las palabras más religiosas; refiriendo al poder y a la protección de Dios, el éxito del plan revolucionario. Concluida esta piadosa operación, volvieron al salón, donde había quedado don Fausto.

—Conque señor don Pedro —dijo don Antonio—, el tiempo vuela, y es menester abreviar las cosas, y fijar ya el día del movimiento, supuesto que ya contamos con el dinero.

—Mejor sería dilatarlo unos días más —contestó don Pedro—, para hacerlo mejor. Por ejemplo, podría ser conveniente, que así como quien quiere y no quiere la cosa, se hicieran desaparecer a los ministros y al Presidente… todo esto con tino, y con precaución… como que fue un tiro… como que resistían… En fin, yo nada digo, porque Dios me ampare de querer la ruina de nadie… sobre que soy un hombre que me desmayo de ver matar una gallina: ¡Pobres animalitos! ¡Qué crueles somos los hombres!

—Esto no deja de tener su riesgo, señor don Pedro, porque si la cosa se descubriera…

—Ya… ya… —contestó don Pedro tomando un polvo—, nada digo… estas gentes son, sin embargo, animales ponzoñosos… y, no nos cansemos, este país no tiene más remedio que la monarquía, y que las cosas vuelvan absolutamente al estado que tenían antes del año de 1808. Vayan ustedes a tolerar que todos los días se nos venga con la libertad y con la guerra de Tejas, y con el honor nacional, para exprimirnos las bolsas… Tres mil pesos, señores, tres mil pesos de préstamo forzoso me han puesto a mí, que soy un hombre que a costa de trabajo he podido conservar cuatro medios que tiene una pobre huérfana, que me ve como padre, y que no tiene más apoyo que yo en el mundo. Cabalmente ahora me tiene usted gastando un dineral en tenerla en La Habana, porque la pobre criatura se moría del pecho aquí…

—Bien: ¿pues qué plan le parece a usted que se debe seguir? —preguntó don Antonio.

—Muy sencillo… salvo la opinión de ustedes, que saben más que yo. Este capitán Manuel es un muchacho tronera y arrojado; y supuesto que, según dicen ustedes, está en el secreto, deberán darle instrucciones de que… vaya, la cosa más fácil… que mande hacer fuego a los soldados al tiempo de hacer las aprehensiones, y…

—Ni lo imagine usted —interrumpió don Antonio—, el capitán por nada de este mundo se comprometería a desempeñar el papel de asesino.

—¡Bah! ¡Y quién ha hablado de asesinatos!… No quiera Dios que yo piense en tal cosa… En fin, por lo menos es menester tomar otras medidas, porque si sólo se reduce el plan a prender a los miembros del gobierno… nada se habrá hecho, porque ellos mismos harán la reacción. Yo, la verdad, así, no daré ni un centavo, porque ya ven ustedes que luego no me querrían pagar el dinero, y yo arruinaría a mi pobre hija Teresa, y sus bienes los manejo de tal modo que me quedaría sin comer antes que… Asunto concluido —añadió don Pedro levantándose.

—Aguarde usted un momento —dijo don Fausto al tutor—, propondré un término medio.

—¿Cuál es? —preguntó don Pedro volviéndose a sentar.

—Es más probable que la guardia de Palacio la de el cuerpo del coronel Relámpago, pasado mañana. En ese caso contaremos con ella, y el capitán será simplemente un ejecutor. Amarrará a esa gente de Palacio, e inmediatamente la llevará hasta Acapulco. Allí dispondremos un buque, para que se lleve a todos esos personajes a Guayaquil o a los infiernos.

—En último caso, no me parece mal —dijo el tutor meneando la cabeza—, pero sería bueno escribirle en un papelito esta instrucción al capitán.

Los circunstantes se miraron unos a otros.

—Bien, comprendo —dijo don Pedro, que no conviene que aparezca en un documento de esta clase la letra de ninguno de nosotros… pero eso es fácil, se disfrazará la letra, se escribe con la mano izquierda… en fin… así, cualquiera de nosotros lo puede hacer, si quieren; venga un tintero, yo lo haré…

—Y yo, si usted quiere —interrumpió don Fausto.

—Venga —dijo don Antonio—, pondremos aquí la ordencita.

Tomó un tintero de su bufete y escribió en una tira de papel, con una letra enteramente disfrazada, lo siguiente:

«Capitán: Pasado mañana, antes de las diez de la noche, mandará usted montar su cuerpo, se presentará usted en Palacio, y dirá al oficial estas palabras: “Libertad y San Juan”. Este oficial pondrá a disposición de usted la guardia. Con ella prenderá usted a todas las personas que ya sabe, e inmediatamente saldrán para Acapulco, custodiados por una compañía de caballería. Allí, el oficial, que debe ser de la confianza de usted, recibirá instrucciones del nuevo gobierno.»

—Vamos, ¿qué tal? —dijo don Antonio, enseñando el papel al tutor.

—Excelente, excelente; ni usted mismo podrá mañana reconocer la letra. Si ustedes no tienen inconveniente, yo haré llegar al capitán esta carta, acompañada de doscientas onzas para los gastos.

—Muy bien —dijo don Antonio, y será bueno que mande usted otras doscientas a la casa del coronel Relámpago, a quien yo comunicaré mis instrucciones.

—Pero, ¿por fin, el plan? —preguntó don Fausto.

—Lo está haciendo un licenciado, hermano del cleriguillo, hombre de mucho talento —respondió don Antonio.

—Pero no vaya a hacer una tontería —dijo don Pedro.

—¡Oh, no! de ninguna suerte; debe haberse arreglado a las instrucciones que le hemos dado, y sobre todo, lo veremos antes.

—¡Bien, bien! —dijo don Pedro; entonces mañana tendremos que hablar.

—Y mucho —respondieron don Fausto y don Antonio.

El tutor se despidió, diciendo al bajar, entre dientes:

—¿Y estos son los hombres de talento, y los agiotistas, y las grandes cabezas que hacen revoluciones? ¡Imbéciles! Un viejo miserable les ha hecho caer en el garlito, y tiene en sus manos su suerte.

V. El Palacio y la Plaza Mayor

Pues que los benévolos lectores han tenido la paciencia de acompañar a los esclarecidos personajes de esta verídica historia a Jalapa, a Puebla, a Veracruz, y aun de embarcarse con ellos para La Habana, a riesgo de naufragar, tendrán la bondad de seguir también a nuestro famoso e incansable don Pedro al ministerio de la Guerra, donde tiene todavía asuntos muy urgentes que arreglar.

El ministerio de la Guerra está en el Palacio nacional. Esto lo sabe todo el mundo y también los que nacen y viven en México, mayormente sin son empleados, militares, cesantes, viudas, diputados o senadores, que visitan diariamente el Palacio, bien que no hayan estado ni en todos los patios, ni en las mil y cuatro piezas que contiene. Esto se escribe para los fuereños, que nunca han salido de su tierra, y no para los cortesanos de la muy noble y antigua ciudad de México.

El gran Palacio, unas veces federal y otras nacional, ocupa todo el frente de la Plaza Mayor. Dos grandes puertas dan entrada, una al patio chico y otra al patio grande, y todavía hay una tercera, de menor dimensión y sin ningún adorno de arquitectura, que da entrada a un cuartel desmantelado, sucio, a pesar de la limpieza diaria que hacen los soldados, y donde se coloca siempre el regimiento de infantería que merece más la confianza del Presidente. Este cuartel le llaman de órdenes. Por el costado el Palacio mira al mercado de legumbres y flores, formando parte de la calle de la Acequia, porque efectivamente, en tiempos de antaño, había una acequia o más bien la prolongación del canal, y por una puertecita, casi disimulada, entraban y salían ocultamente los virreyes a hacer personalmente la policía, como Revillagigedo, o a sus asuntos personalísimos y reservados, como lo hicieron otros. Ya al fin de ese costado hay una puerta pequeña de otro cuartel, igualmente desaseado, desmantelado e incómodo, donde se aloja también un regimiento favorito. El Presidente, lo mismo que el ministro de la Guerra y los demás ministerios que se hallan dentro del Palacio, están rodeados de bayonetas, sin contar una guardia en la galería que da entrada a la Presidencia. En el costado izquierdo del Palacio hay anexo un severo edificio, que es la casa de Moneda.

Cada Presidente que va a habitar el Palacio intenta hacer, y hace en efecto, reformas; cierra y abre puertas, tapa ventanas, donde hay un techo lo manda derribar y donde no le hay lo manda construir, resultando que cada vez que se gasta una enorme cantidad de dinero, es de seguro para desfigurar el edificio y hacerlo más incómodo. La gran fachada que da a la Plaza Mayor, mal pintada de cal y colores, que tratan de imitar la cantería y el mármol, y manchada y descascarada por el sol y por las lluvias está perforada sin orden ni concierto. Una ventana pequeña con reja por aquí, otra más abajo sin ella por allá; repentinamente un ojo de buey, interrumpiendo el orden de las ventanas de los entresuelos, y esas ventanas en la mayor parte con gruesas rejas de hierro, donde se ven rostros atezados, cabezas mechudas, brazos y piernas bronceados de los reclutas y soldados del cuartel. En algunas de esas ventanas que dan luz a las oficinas el espectáculo es más apacible. Los empleados con la pluma en la oreja y un cigarrillo en la mano, como si nada tuvieran que hacer, miran tranquilamente salir de misa de once del Sagrario a las lindas muchachas, que, día por día, concurren a toda clase de servicios religiosos.

El Palacio, visto desde lejos, aunque elevado relativamente, con sus dos baluartes en las esquinas, su escudo de armas en el centro, su asta bandera, sus grandes almenas en las azoteas, su gran guardia con centinelas avanzadas, su cuartel lleno de soldados, parece un castillo pesado, macizo, imponente y en pie de guerra, como si esperase ser asaltado por el enemigo. La balconería regular del piso alto y los dos balcones principales con sus labradas chambranas de cantería y sus balaustres salientes de metal de China, que cuando están limpios parecen de oro (y efectivamente lo son en parte) es lo único que puede dar idea de que ese edificio es un palacio; pero en el conjunto, y no obstante los muchos agujeros que los arquitectos y las balas han hecho en la fachada, es una construcción pesada y severa que llama la atención y que da una idea de la especial arquitectura española y muy semejante a esas sólidas fortificaciones de los tiempos del duque de Alba, que suelen encontrarse todavía en Flandes.

El interior, digan lo que quieran los que creen que los palacios deben ser invariablemente de mármol y oro, es no solamente bello, sino grandioso, no obstante la incuria y el desaseo hasta el grado que se creería en próxima ruina. Los dos patios forman un cuadrado con una atrevida arquería, y otra encima de ella que sostiene el techo de gruesas vigas de cedro de los anchos corredores. En el patio grande hay en el centro una fuente de piedra chiluca. En el patio chico, casi al frente de la puerta una angosta escalera de bóveda, oculta en la arquería otra fuente, o más bien una alcantarilla, y puertas y portones de varias dimensiones sin simetría ni orden ninguno que dan entrada a oficinas, a cocheras o a bodegas húmedas y vacías.

Entremos. El patio chico, limpio y barrido está casi solo con una pequeña guardia en la puerta. Esa puerta se llama de honor. Por allí entra y sale el Presidente y el ministro de Relaciones. El coche del ministro mexicano permanece toda la mañana como escondido debajo de un arco, el coche del plenipotenciario español casi siempre en el arco de la escalera. Todo diplomático español, ministro, o encargado de negocios, no tiene más ocupación que el arreglo de la convención española. El cupé del ministro inglés al menos dos veces por semana, y el landó del ministro francés también casi todos los días. Los diputados, senadores y gente de alguna importancia que suelen atravesar ese patio siempre frío y por donde corre en chiflón un viento glacial, nunca dejan de decir: «Ése es el carruaje del ministro inglés que viene a hacer reclamaciones de súbditos británicos, o este el coche del ministro francés que viene a reclamar daños y perjuicios hechos a súbditos franceses.» Casi es inútil decir que todos los días está amenazado el gobierno directa o indirectamente con la venida de escuadras con más o menos cañones. El ministro español siempre dice que lo hará en último caso, pues al fin se trata de madre e hijos. Suele atravesar también el patio y subir precipitadamente la escalera un personaje con la cara roja como un camarón, vestido de negro, con un cuello blanco y tieso que tiene su límite en las orejas. Ése es el ministro norteamericano, que nunca anda en coche, ni amenaza de pronto con escuadras: sus asuntos son más sencillos y fáciles, quiere cogerse a Tejas, y si se puede, dos o tres Estados más, como quien dice una tercera parte de la República. Sus reclamaciones se cuentan por millones de millones; pero todo es posible arreglarlo sin que el tesoro mejicano desembolse un solo peso. Unos cuantos millones de acres de tierra y la República hermana, la tierra clásica de la libertad, donde hay cuatro millones de esclavos, será nuestra mejor amiga y nos beberá en un jarrito de agua.

Como ya no hay que ver, pasemos por el frío pasadizo de la arquería hasta el otro patio. Grande, de veras muy grande. En la pequeña fuente están bebiendo agua unos toscos caballos americanos, que se les nombra no se sabe por qué frisones, y que sirven para el coche del gobierno. Debajo de los corredores, atados a argollas clavadas a la pared, seis, ocho o diez caballos mexicanos, a cual más gordos y lustrosos, que pertenecen al Presidente, al Comandante general, o al Gobernador de Palacio, o a algún otro veterano que con cualquier pretexto manda a encordar sus bucéfalos a las caballerías de la nación. En el ángulo derecho, y casi mirando a la puerta de la calle, hay una batería de cañones de a ocho custodiada ordinariamente por cuatro hombres y un cabo. Cuando hay amagos de pronunciamientos, entonces se refuerza el puesto, se cargan las piezas, los artilleros están con mecha en mano y un escuadrón debajo de las arquerías del patio chico. Los cuarteles de Órdenes y de la Acequia, de que hemos hablado, cierran sus puertas y la tropa se pone sobre las armas. Entonces los grupos de paisanos y curiosos que se forman en la calle se preguntan y se responden:

—¿Qué hay, por qué están las piezas cargadas? ¿Qué va a pasar?

—Nada, cualquier cosa.

—Pronunciamiento —responde otro u otros.

—¡Ojalá, y que sea presto! —contesta un tercero—, pues por malos que sean los que vengan lo han de ser mejor que éstos.

Y muchos se quedan horas enteras esperando el pronunciamiento como se espera una procesión que va a salir de la iglesia. Al día siguiente, y tal vez a las dos o tres horas, disipados los temores de pronunciamiento, los artilleros se van a la ciudadela, la caballería al cuartel de los Gallos y los grupos a sus casas, como chasqueados y tristes de que no hubiese habido bola, y todo quedase en paz por algún tiempo.

Debajo de las arquerías del gran patio hay dos puertas, que las llamaremos mezquinas, más bien cuadradas que no cuadrilongas; pero que llaman la atención. La una, desde las ocho de la mañana y no pocas veces hasta las diez de la noche, está llena de oficiales y soldados, y la otra de mujeres, de viejos, de cojos, de mancos y de tuertos, o con una venda de tafetán verde sobre los ojos. La primera de esas puertas es la de la oficina de la Comandancia General de la Plaza, la otra da entrada al gran salón de la Tesorería General, donde están sentados debajo de un dosel de terciopelo encarnado como dos virreyes antiguos de cartón, los dos ministros tesoreros. De uno y otro lado del salón, y garantizados del ataque de las viudas por una sólida barandilla de caoba, trabajan los empleados en sus bufetes, vigilados por el ojo derecho de un tesorero y por el ojo izquierdo del otro tesorero. Por lo común hablan todos quedo a primera hora de la mañana; pero a las dos de la tarde, en días de pago, aquello es una barahunda, un habladero, un ruido, un barullo, una como verdadera torre de Babel.

Hemos mencionado al comandante general de la plaza porque es el funcionario más importante de toda la máquina gubernamental. El comandante general de la plaza tiene en sus manos la vida del Presidente, de los ministros y de todos los habitantes de la ciudad. México es en sustancia una plaza fuerte y el Palacio es el castillo, el baluarte, donde está como fortificado el Gobierno. Tomando por asalto, o de cualquiera otra manera, esa fortificación, la mitad por lo menos de la República está vencida. Ya tendremos ocasión de hablar más adelante del Palacio y de la Plaza Mayor en días de agitación y de guerra, de pronto le daremos un vistazo en momentos de paz y de tranquilidad. De nueve a diez de la mañana se forma en la plaza lo que se llama la parada, o el relevo de las guardias. La del Palacio sale con su teniente abanderado y la que entra lo mismo. Se forman, se transmiten las órdenes, tocan las cajas, los clarines y las músicas y las compañías o piquetes de los diversos regimientos van después desfilando y tomando su rumbo para sus puestos o cuarteles. Todo esto la mayor parte del año bajo un cielo azul purísimo, con un vientecillo fresco de los volcanes, para unos muy agradable, para otros constipante, y con una numerosa concurrencia de pueblo que nunca falta a ver la parada, a lo que se añade la multitud de lindas devotas de saya y mantilla que salen y entran de la Catedral y el Sagrario. En las noches, a las ocho en invierno y a las nueve en verano, vuelve la plaza a animarse. Bien que el frente de Palacio esté mal alumbrado y la inmensa plaza negra y oscura, mirándose apenas como luciérnagas los pocos y malos faroles, las músicas y bandas de los regimientos (y a veces hay ocho o diez en la capital) van como saliendo de entre las sombras y a la sordina por los ángulos y bocas-calles y haciendo alto en el frente de la puerta mayor. Los curiosos, los que pasan por casualidad y familias enteras con niños, abuelas y criadas particularmente los días festivos que consideran como obligación concurrir a la retreta, que no les cuesta nada, van reuniéndose y sentándose en las aceras, en las cadenas de la Catedral y gradas de las cruces, o se pasean, forman grupos y tertulias, fuman, comen dulces y alegran por dos o tres horas esta parte de la ciudad. A las ocho en punto las marmotas se iluminan repentinamente y rompen las retretas a la vez, produciéndose un momento una extraña confusión de sonidos; pero no tardan en desfilar rumbo a sus cuarteles tocando las más escogidas piezas de maestros italianos, alemanes y mexicanos seguidas de los vecinos del barrio. Delante de Palacio quedan las músicas de artillería y de ingenieros con sus atriles, sillas, papeles y faroles, tocando alternativamente los más deliciosos valses y mazurcas. A las once los músicos apagan las luces, guardan sus cornetas en las fundas, cargan con su música y sus sillas, las pesadas puertas de la fortificación se cierran con estrépito, los centinelas entran en sus garitones y comienzan a gritar el ¡quién vive!, las pocas luces de los faroles, faltos de aceite, van apagándose gradualmente, y la ancha plaza tenebrosa parece la boca temible y profunda de un túnel colosal.

VI. El Ministerio de la Guerra

Hemos dicho que el buen don Pedro tenía forzosamente que hablar con personajes importantes en el Palacio. Incansable en su obra de caridad cristiana, patriota como el primero y amigo verdadero del capitán Manuel, como ninguno, no puede, no debe perder un momento. Mientras nosotros nos hemos ocupado de la parada y de la retreta, el día ha amanecido; don Pedro se ha vestido con su ropa más seria y lujosa, ha almorzado, ha puesto en sus bolsillos el reloj, dinero y una caja de polvos, de oro con cerco de brillantes, ha salido de casa, ha oído con devoción su misa de once en el altar del Perdón, entra ya en el Palacio y se dispone a subir las escaleras.

El ministro de la Guerra sale del acuerdo con el Presidente. Pasa con majestad por la puerta de fierro de la galería, los centinelas echan con estrépito, golpeándolo contra sus hombros, el pesado fusil de la Torre de Londres, comprado por los grandes financieros del año 1824; dos ayudantes vestidos de rojo y de azul o de azul y rojo, con oro y plata en el cuello de la casaca, una reluciente espada de cubierta de acero, arrastrando y sonando en las baldosas y con dos gruesas carteras llenas de papeles siguen a diez pasos de distancia. El ministro, vestido de frac, pantalón oscuro, chaleco claro y sombrero negro alto, tiene por todo distintivo militar, una banda azul en la cintura con un bordado de oro en el centro, que demuestra de una manera irrecusable, que llegó al último escalón del ejército mexicano, que es, en una palabra, todo un general de división. El ministro y general de división, lleva la cabeza erguida, serio y grave de fisonomía, la vista adelante, fija en la entrada oscura y sucia de otra galería o corredor abierto que conduce a los ministerios de Guerra y Hacienda.

En los corredores del tránsito, hay una multitud de gente recargada en los barandales de fierro, o dando paseos arriba y abajo. Son militares; los unos con un gabán o saco deslustrado y viejo, pantalón azul con franja encarnada y sombrero alto color de ala de mosca; otros tienen un kepi de infantería, pantalón con galón de plata y frac negro, otros de sombrero aplomado jarano con una piqueta encarnada de caballería, y calzado con costras de lodo y con agujeros por donde suele salir un dedo con su correspondiente uña, más negra que blanca. Entre los numerosos concurrentes hay también algunos con dos muletas y gorra de cuartel; otros con una pierna de palo; ancianas viudas de militares con un ligero tapalito como tela de araña, un túnico de indiana que a cada paso se les entra por las piernas y calzado, completado, con remiendos y cintas atadas a la garganta del pie. También se encuentran entre la turba, coroneles con lujoso uniforme; caballeros elegantes con lente de oro, y hombres de dinero y banqueros con un traje serio, irreprochable. Hay de todo en la viña del Señor: una mezcla rara de tipos, de trajes, de fisonomías, de actitudes, de tamaños y de colores. Domina el rojo y el azul entre los hombres, el pardo, ceniciento y viejo entre las mujeres. A medida que el ministro avanza, se desprenden de los barandales los que han estado esperando y calentándose al sol, los que se pasean abren paso, se forman en fila y se tocan el sombrero en señal de respeto; los enemigos del gobierno y los periodistas de oposición (que suele haber a caza de noticias) voltean la cara, o tal vez la espalda. El ministro de la Guerra, no se apercibe de nada de esto, no ve ni a amigos, ni a enemigos, sino sigue imperturbable la línea recta, pero cuando penetra en la polvosa y sombría galería, tiene ya detrás una cauda de cincuenta, de cien personas, y esta avalancha de quejosos, de aspirantes y de pretendientes, se detiene un momento en la estrecha puerta del ministerio de la Guerra. Allí los quebraditos contienen la invasión y verdaderamente se puede decir que con trabajo y dificultad, porque a uno le falta una pierna, a otro un brazo, al de más allá un ojo, y otro es sordo como una tapia, todos son viejos soldados, mutilados y hechos pedazos en las guerras extranjeras y en las discordias civiles, y forman el cuerpo de inválidos encargado de dar ordenanzas a los ministerios y oficinas generales. El quebradito que está en la puerta del gabinete del ministro, aunque con una cicatriz profunda que le divide la cara en dos mitades, es cuadrado, todavía fuerte y con el buen color en su cara morena que indica la salud. El ministro entra casi abriéndose paso entre los muchos que se colaron, no obstante la oposición de los quebraditos; los dos ayudantes lo siguen y la puerta se cierra violentamente, dejando a todos con la boca abierta. ¿Hablaron al ministro de sus negocios? Seguramente que sí, pero hablaron todos a un tiempo mientras el ministro iba derecho a la polvosa galería, y ganaba con precipitación su gabinete como una liebre que acierta con su nido, como un reo de los que antes tomaban iglesia. Ni les contestó, ni los vio, ni les hizo caso. Lo que quería era verse libre de ellos.

—¡Uf! llegamos por fin —dijo a los ayudantes, dejándose caer en el sillón del bufete—, ¡qué turba! ¡Qué gentío! ¡Imposible de andar por los corredores de Palacio, hasta levantan como un huracán el polvo colorado de los ladrillos!

Uno de los ayudantes sacó un pañuelo blanco y sacudió por un lado y por otro el frac del ministro, que en efecto, sea por el polvo de la Plaza Mayor, sea por el que se desprende con el roce de los pies de los gastados ladrillos de los corredores, no estaba muy aseado.

—Gracias —dijo el ministro—, que venga el sordo Nabor, con el cepillo, porque no puedo soportar el polvo, y usted —dirigiéndose al otro ayudante—, diga al mayor que entre y que traiga la firma.

Mientras entra el sordo Nabor, que era uno de tantos ordenanzas quebraditos, con una jarra de agua fresca, un vaso limpio y un cepillo y ayuda a la toilette del general, daremos un vistazo al gabinete, y a fe que se necesitan pocos minutos. Una alfombra muy usada, bufete, dos estantes y un sofá de caoba, con forro negro de cerda, una consola y un espejo. En la pared un retrato, con marco dorado del general Santa Anna, otro de Washington, un mapa de la República, y algunas banderas españolas del tiempo de las guerras de independencia, y expedición de Barradas, y guiones y banderolas tejanas ganadas en la frontera por el general Canales. Los estantes contenían folletos desorganizados, Ordenanzas y Táctica Militar, Memorias de la Secretaría de Guerra y colecciones de leyes. Lo más notable era la espléndida perspectiva que se gozaba desde los dos grandes balcones sombreados a la morisca, con cortinas de cotí de rayas blancas y encarnadas. Inclinando la vista, se encontraba con la espaciosa plaza, en cuyo centro había ya una base circular donde debía erigirse una columna de mármol con el genio de la libertad en el capitel, emprendida esta obra hacía muchos años, estaba aún en su principio; seguían gastándose buenos pesos, y para que no olvidara la Tesorería de dar dinero, había enormes trozos junto del zócalo, y un cobertizo de tejamanil donde trabajaban dos o tres canteros. A la derecha aparecía la catedral con sus dos pesadas torres y su reloj con su carátula dorada en el centro, dando majestuosamente las horas; a la izquierda y al frente, las portalerías de las Flores y Mercaderes. Balcones abiertos arriba de las portalerías, y en la calle de los Flamencos, lindas muchachas asomadas, criadas limpiando vidrieras, regando macetas o colocando los cortinajes moriscos, azules, encarnados o blancos; gente, caballos y coches, circulando constantemente, los indios detrás de sus burros cargados de carbón y de fruta, las diligencias con sus ocho o diez fogosos caballos, atravesando con estrépito, una animación, unos ruidos y voces de todos los tonos agradables o rechinantes, una alegría en las gentes y en la atmósfera, y en ese cielo azul purísimo, salpicado de polvo de oro, que no tiene igual más que en Nápoles y en Sevilla. Detrás de todo esto, un panorama de terrados con macetas de flores, de cúpulas de azulejos, de torres con sus cruces y veletas de fierro, de arboledas y de sembrados verdes, de trigo subiendo en el declive de las lomas, y como fondo de este cuadro, el soberbio Ajusco, como le llaman los poetas con un ligero matiz de blanca nieve en la cumbre, y coronado de nubes amenazadoras que avanzan por las tardes a la ciudad y escupen torrentes de agua y de granizo.

—No se puede negar que este panorama es espléndido. Todos los días al entrar, me asomo al balcón, y no me canso de verlo. ¡Lástima que tan bello país esté siempre en revolución, y ahora los yanquees encima de nosotros! —dijo el ministro, cuando acabó Nabor de acepillarle la ropa, y le dio la toalla para que se secase las manos.

El oficial mayor entró.

—Buenos días, señor ministro; están preparando la firma y ya mandaremos avisar a las secciones.

—Buenos días, amigo muy querido —contestó el ministro—, siéntese usted, y está bien que se detenga la firma; acordaremos lo más urgente.

—Como usted mande.

El oficial mayor salió, y al momento volvió con una carpeta llena de comunicaciones y de expedientes, y con los periódicos de la mañana.

Conoceremos, aunque sea así, de paso, al oficial mayor. Era de estatura mediana, grueso sin ser barrigón ni defectuoso, de cara llena y bien matizada, con una buena circulación de la sangre que anunciaba la salud, pero escaso y entrecano, que arreglaba con pomada y bandolina sobre su casco, para que no apareciese enteramente desnudo. Gastaba gafas de oro, con gruesos vidrios de miope, vestía con mucho aseo y corrección, y siempre su cara estaba rasurada y lisa como la de un inglés. De voz simpática, de modales suaves, conversación acomodaticia que huye las disputas, y un buen conocimiento del mundo y especialista en el de los militares, desde el soldado hasta el general de división; lo hacían una buena alhaja para todos los ministros del ramo, y si se dijera que llevaba el ministerio en peso, no se mentiría.

—¿Habrá usted leído ya los periódicos? —dijo el mayor sentándose en la cabecera del bufete y abriendo su cartera, de donde brotaron papeles bastantes para llenar la mesa.

—Nunca leo los periódicos en casa. Ya lo sabe usted; no almorzaría, ni comería a gusto, y cuenta con que ya estoy acostumbrado a sus lindezas. Esta prensa se está desbordando, y si no se le pone un freno, nos va a precipitar a la revolución.

—Como que está furioso el artículo…

—¿Sobre qué?

—Sobre la campaña de Tejas, y todo contra el ministerio de la Guerra, como si pudiera hacer milagros. Aquí lo tiene usted, está marcado con lápiz rojo —dijo el mayor, entregando al ministro un ejemplar del Liberal Furibundo, periódico de literatura, política, ciencias, artes y variedades.

—No, es inútil leerlo; ya conozco la canción: la campaña de Tejas sirve para todas las oposiciones, la campaña de Tejas es el estandarte revolucionario. ¿Qué más ha de hacer el gobierno? Ya mandó tropas, ya puso a su cabeza al general que los borbonistas dicen que es el más valiente. Debe salir mañana de Querétaro con la caballería. Pronto estará toda la división en San Luis. ¿Qué más?

—Es que —volvió a decir el mayor, acusan de traición a usted, al presidente y a no sé cuantos más.

—Déme usted el periódico —dijo el ministro.

El mayor le entregó el pliego impreso y húmedo todavía.

—Ésta es la única contestación —respondió el ministro, haciendo mil pedazos el papel, pues por Dios, que no lo lea el Presidente. No tiene la misma calma que yo.

—Mira, Jorge —le dijo a uno de los ayudantes—, corre a la Presidencia y recoge todos los periódicos que haya en la antesala y dile al ayudante de guardia que no entregue ningún impreso al Presidente, sin traerlos antes para que sean revisados por mí. No permitiremos que lea más que los diarios que le hacen elogios.

—Y precisamente hay aquí uno que le hace a usted justicia y algo habla del Presidente.

—Lea usted, lea usted —se apresuró a decir el ministro—, debe ser el semanario que redactan mis buenos amigos…

—Sí, señor, El Imparcial.

—Lea usted, lea usted.

El mayor, leyendo:


La incansable actividad del pundonoroso ministro de la Guerra, está produciendo verdaderos milagros. Se puede decir que de debajo de la tierra ha hecho salir un valiente y pundonoroso ejército, que está en marcha para la frontera, y hará morder el polvo al feroz Tejano, y lo humillará, y recobrará el esplendor de nuestras armas.

¡Bien por el patriota y pundonoroso ministro de la Guerra! ¡Loor a los valientes pundonorosos que van a batir al bárbaro Tejano y a arrojar a los desiertos a esa raza impura!

El Excmo. señor Presidente, animado de los mismos deseos, con su crédito personal ha proporcionado los recursos indispensables para que se ponga en marcha esa pundonorosa división.

Aunque de oposición, porque nuestra alma noble detesta la adulación, tenemos que tributar nuestros más cumplidos elogios al Presidente y su pundonoroso ministro de la Guerra, y a fuer de imparciales, no podemos hacer otro tanto con el ministro de Hacienda, al que como amigo y hombre privado queremos mucho, pero juzgándolo como funcionario público no está a la altura de sus pundonorosos y dignos compañeros.

Corazón de fierro.
 

—Eso es hablar en justicia —dijo muy satisfecho el ministro, luego que acabó la lectura—, repite un poco la palabra pundonoroso, pero eso no es un defecto capital, pues que en lo demás está bien redactado. Corazón de fierro es un seudónimo, pero conozco al autor. Es un joven muy apreciable y verdadero Corazón de fierro. No transige con injusticias ni maldades, dice siempre la verdad, cueste lo que cueste. Precisamente recibí ayer una carta en que me dice que no pudiendo transigir con los manejos de mi compañero el ministro de Hacienda, está a punto de ser despojado de la plaza de escribiente. ¡Qué injusticia! Lo haremos capitán, señor mayor: apúntelo usted para que no se nos olvide.

El mayor, sonriendo imperceptiblemente, tomó la pluma y apuntó en un cuaderno de borradores: «Extender el despacho de capitán a Corazón de fierro

—¿Está? —preguntó el ministro.

—Sí, señor; ¿de qué arma?

—De caballería, que tiene más sueldo, y creo que él monta bien a caballo. Las tardes que voy a paseo lo veo siempre en buenos caballos, y me saluda afectuosamente; pero ya me divagaba: vé Jorge —continuó—, a la Presidencia, recoge los periódicos, como te he dicho, y personalmente entregas éste al señor Presidente. Después irás a la redacción de El Imparcial y le dirás a ese valiente Corazón de fierro que me vea mañana en casa, antes de las diez. ¿Tenemos mucho acuerdo, señor mayor?

—No deja de haber.

—¿Urgente?

—Vaya, comencemos, y después traerán la firma.

—El comandante general de Zacatecas, por extraordinario violento, comunica que los indios bárbaros han llegado hasta las cercanías del Fresnillo, y que no salió a batirlos, porque no tenía recursos, que ocurrió al gobernador, y que éste le negó todo auxilio, y se han atravesado comunicaciones muy fuertes. Aquí están las copias de todas ellas.

—Al ministro de Hacienda —dijo el ministro, acomodándose en su sillón—, para que en el día de mañana sitúe veinte mil pesos en Zacatecas, y al comandante general se le prevendrá que mientras llegan los caudales que se le van a remitir ocupe las rentas públicas.

—¿También las del Estado? —preguntó el mayor.

—Todas; y añádale usted que si el gobernador se resiste, lo ponga preso y lo mande a esta ciudad con una partida de caballería.

—Pero esto es grave —observó el mayor.

—Es verdad; lo acordaré esta noche con el Presidente. ¿Qué otra cosa?

—El ministro de Hacienda dice en esta comunicación que el comisario de la división que marcha a la frontera, ha ocupado en San Miguel el Grande todos los estanquillos, repartiendo entre la tropa, por orden del general en jefe, los puros y cigarros, que esto es un desorden, y pide que se amoneste al general en jefe para que no permita tales desmanes, que acaban con la Hacienda pública.

—¡Qué candoroso es mi compañero el de Hacienda! ¿Cómo se ha de amonestar a un general en jefe que va a la campaña? Conteste usted solamente de enterado, y yo lo veré también esta noche para decirle que si quiere evitar esos desórdenes que envíe las quincenas adelantadas. ¿Qué otra cosa urgente? porque ya es hora de la firma.

—Lo del Sur se pone muy malo. Todas son disputas entre las autoridades. El Ayuntamiento de Chilapa ha sido echado a la calle por el coronel Vivorita, que está viviendo en las casas municipales; ha puesto presos a los riquillos de la ciudad para sacarles un préstamo de seis mil pesos. Parece que esto ha desagradado al general Álvarez; y el capitán Braulio Conejo, ese revoltoso muy afamado del Sur, marcha con 2,000 pintos sobre Chilapa.

—¡Cáscaras! —dijo el ministro—. Si Don Juan Álvarez está mezclado en esto, es cosa grave, pero no lo creo. Mande usted al correo que prepare un extraordinario, y dígase al coronel Vivorita que ponga en libertad a los presos y que se retire a Cuernavaca a esperar órdenes. El señor Presidente y yo escribiremos en lo particular al general Álvarez.

—Diré a usted, señor ministro, que el coronel Vivorita será tal vez recibido a balazos, pues ha hecho muchos daños a los hacendados de la cañada de Cuernavaca, y ya me han escrito que están resueltos a defenderse.

—¿Qué hacer entonces?

—No hay más sino ordenarle que venga hasta México —contestó el mayor.

—No, a México, no —interrumpió el ministro—, ese Vivorita es muy revoltoso y muy atrevido. Por esto lo hemos mandado al Sur.

—También tiene usted razón, señor ministro.

—Que venga a Tlalpan y no entre en combate con sus pintos. Ordene usted que el regimiento núm. 7 de caballería, que nada hace aquí, marche a Tlalpan para vigilar a Vivorita, y si se pronuncia, lo bata y lo fusile. Montero lo sabe hacer.

—Se darán los acuerdos a las mesas, como usted lo ha mandado.

El mayor recogió sus expedientes, los colocó en su carpeta, y se disponía a salir del gabinete, pero el ministro lo detuvo.

—Quédese usted, porque acaso lo necesitaré a la hora de la firma. Que el ayudante pida la firma.

El ayudante salió a pedir la firma y el mayor se volvió a sentar.

El ayudante recorrió las muchas y amplias piezas, enladrilladas y polvorosas, con estantes viejos de diversos colores: caoba, cedro, ébano, imitados con pintura al temple o aceite, de la más lamentable manera. Las paredes casi hasta el techo, estaban como tapizadas de armazones viejos llenos de legajos, cubiertos de polvo colorado, abrigadero de ratones, arañas y moscas.

—La firma, la firma quiere el señor ministro —gritaba el ayudante, arrastrando su espada y rajando con ella no pocos de los ya gastados ladrillos.

En el acto los jefes de sección rellenaron sus respectivas carteras de oficios y circulares, y entregándolas al oficial de guardia, se pusieron a la cabeza de una especie de procesión, que comenzaba en la última pieza y moviéndose lentamente terminaba a la puerta del gabinete del ministro.

Ya es tiempo de que nos encontremos con nuestro amigo don Pedro.

Precisamente fatigado y jadeando, alcanzó el último peldaño de la grande escalera, cuando el ministro pasaba por el corredor, seguido por la imprudente y numerosa turba.

En vez de mezclarse a ella, el cauteloso anciano, hizo un cuarto de conversión, y ganó el corredor del frente, que estaba solo. Cuando creyó pasado el nublado, se fue poco a poco acercando a la entrada del ministerio, que encontró lleno aun de oficiales y de viudas y vigilado cuidadosamente por los quebraditos.

Cuando la solemne comitiva de la firma fue introduciéndose al gabinete, cuya puerta tenía entreabierta por el interior el ordenanza cuadrado y robusto que ya conocemos, don Pedro dijo:

—Ésta es la mía; en cuanto el general me vea, suspenderá un momento su quehacer, me entrará al cuartito reservado, y allí hablaremos, dejando a estos míseros empleados esperando de pie con sus pesadas carteras.

Con este bien fundado plan, avanzó con el último empleado, introdujo, en efecto, medio cuerpo, pero el ordenanza cuadrado lo desvió con una mano y con la otra le dio con la puerta en las narices.

—«A la hora de la firma nadie entra» —dijo; y se oyó el rechinido de un pasador que aseguró la puerta.

Don Pedro retrocedió y llevó su mano a las narices. El portazo había sido clásico; algunas gotas de sangre comenzaron a destilar. Se mordió los labios de cólera, sacó su pañuelo, se limpió y se fue a sentar humildemente a una banqueta de madera, donde estaba un quebradito con la pierna de palo, fumando un apetitoso purito de a 18, del famoso Estanco. Dios confortó a este santo hombre, le dio resignación y esperó largas horas.

Por fin se hizo anunciar por medio del quebradito, a quien regaló un puro habano, y el ministro lo recibió.

—Señor ministro —dijo don Pedro, quitándose con la mano izquierda el sombrero y presentando la derecha, me perdonará usted que le venga a importunar, después de tantas horas de fatiga y de trabajo; pero un asuntillo un poco delicado y urgente, urgentísimo, me trae aquí.

—Pase, pase usted, mi buen amigo, y siéntese —contestó el ministro—, no hay necesidad de disculpas, y ya otras veces le he dicho que usted tiene la llave dorada y puede entrar a todas horas y cuando guste, los ordenanzas tienen orden de abrirle las puertas de mi gabinete, de par en par.

Don Pedro agachó la cabeza y se rascó con el dedo gordo las narices; pero no quiso revelar al alto funcionario la exactitud con que se habían cumplido sus órdenes, y con una apariencia de calma, dijo:

—No quiero quitar a usted su tiempo, y como dice el adagio, harto ayuda quien no estorba, seré breve y al grano, mi señor ministro. ¿Qué sabe usted acerca de la revolución?

—¿De revolución? Nada, señor don Pedro; ni por ahora hay probabilidades, porque todas las medidas están tomadas. Acabo justamente de dictar providencias muy enérgicas e importantes; pero ya caigo: apuesto mis dos orejas, que ese aspirante, que ese incansable hablador, ese general Bamboya nos quiere armar un motín.

—La cosa no es por ese lado.

—Usted no conoce a los militares como yo, que lidio con ellos. Bamboya aspira, no solo a ser ministro, sino hasta Presidente de la República. Tan audaz es. Ya he dado la orden para mandarlo al castillo de Perote, y por consideración a su familia no va a San Juan de Ulúa.

—Lo supo a tiempo y se escondió —respondió don Pedro—, pero, repito, no viene por ese lado el peligro, señor ministro. El pobre Bamboya no ha pensado en conspirar, al menos por ahora.

—¿Pues, entonces?… ¿Hay por ventura otros conspiradores? Caerá sobre ellos la espada de la ley.

—No es muy fácil, señor ministro, porque varios cuerpos están minados y el gobierno se quedará solo, a poco más o menos.

—Eso no es posible, señor don Pedro —interrumpió el general sonriendo irónicamente—, yo tengo prestigio entre la tropa, y además tengo oficiales de confianza, son mis criaturas; yo los he sacado de la nada.

—Podrá ser muy cierto todo eso; pero si usted me quiere creer, le repito que esa tropa está ya muy vacilante.

—¿Pero qué plan van a proclamar? ¿Qué intentan? ¿Qué quieren? ¿Quiénes son los directores?

—Plan, plan —dijo don Pedro—, cualquier plan es bueno y se hace en menos de una hora por uno de esos licenciados que no tienen bufete.

Se declara a los ministros traidores, se les acusa de hacer alianza con los tejanos, se apela al pueblo para que nombre consejeros, diputados, próceres, cualquiera farsa, se repican las campanas, se hacen salvas de artillería, se canta un Te Deum, y a los tres días todo sigue peor, los teatros se abren, Castro sigue haciendo el gracioso y ustedes…

—Y nosotros, ¿qué suerte correremos? —dijo el ministro, como en tono de broma—, probablemente nos enviarán a nuestra casa o a pasear a Nueva Orleans.

—Algo más que eso.

—¿Entonces, se nos reducirá a prisión?

—Algo más.

—¿Entonces, el destierro, el ostracismo, como decían los griegos?

—¡Quiá! Más todavía.

—¿Entonces, un juicio? La Cámara nos juzgará, porque tenemos fuero.

—Un poquito más —dijo don Pedro, sin abandonar su tono entre verídico y socarrón.

El ministro, ya nervioso e impaciente, se levantó de un salto de la silla, dio una fuerte palmada en la mesa y se quedó mirando de hito en hito a don Pedro un largo espacio de tiempo, y después con una voz hueca dijo.

—¡Con mil rayos! acabe usted de explicarse.

—Calma, calma, señor ministro —contestó el tutor, hablando en voz baja y acercándose—, fuera de toda broma (y yo no me había de permitir esta libertad): se trata de una cosa muy seria, de asaltar el Palacio.

—Eso no es posible —contestó el ministro, hablando ya muy quedo—, tenemos las guardias, las tropas del cuartel de órdenes, la artillería en el patio, en fin, siempre estamos con la barba sobre el hombro.

—Lo sé; mas todo será inútil; si es la misma guardia, la misma tropa y la misma artillería, la que se encarga de dar el golpe y pronunciarse.

—Entonces, ¿es una traición horrible?

—Llámela usted como quiera; pero el complot existe, y a eso he venido precisamente.

—Éste es un país de anomalías, donde sucede lo contrario de lo que debe suceder —dijo el ministro, dejándose caer con desaliento en el sillón.

—Sin embargo —repuso don Pedro—, las cosas tienen todavía remedio.

—¿Cuál, cuál? diga usted —le interrumpió el ministro— pondremos todos los medios, se desplegará una energía que haga temblar a la ciudad.

—No se necesita tanto, y todo ello no vale un grano de anís. Ya verá usted; sólo exijo que se guarde el más profundo secreto; va mi vida y mi fortuna de por medio.

—Inviolable como en el sepulcro; cuente usted con eso y hable por Dios, que los momentos urgen —dijo el ministro estrechando las manos de don Pedro.

—Nada valen mis pocas luces, y sólo he querido prestar un servicio desinteresado al gobierno, mejor dicho, a usted, amigo mío, a usted, a quien estimo por su arrojado valor y sus virtudes cívicas; pero hagamos todo eso a un lado y al caso. Hay un moro en campaña, y a ese lo considero terrible. Es necesario suprimirlo.

—Ya me lo figuraba yo; Bamboya, ese general Bamboya, que es mi sueño, mi pesadilla. En todas partes ven a Bamboya, y estos periódicos de oposición no tienen ya palabras bastantes para elogiarlo. Mas que sea un poco ordinario el lenguaje, diré a usted que ya Bamboya se me sienta en la boca del estómago.

—Está usted muy desorientado; ya se lo he dicho, no viene por ahí el mal. Aquí entre nos, el pobre de Bamboya es un mentecato —dijo don Pedro, bajando más la voz—, el gobierno le da más importancia de la que tiene: es gastador y necesita dinero; y esto es todo.

—Pero si se le han dado cuatro pagas en menos de quince días.

—No importa, siempre necesita dinero. Ya ve usted: su familia, y además tres familias extraordinarias, ya gastan plata; pero al caso, al caso; lea usted esta carta y se convencerá.

Don Pedro sacó una carta de un bolsillo y de otro la caja de polvos de oro cercada de brillantes. El ministro tomó un polvo y rompió precipitadamente la cubierta.

—Lea usted, lea usted, señor ministro.

—El ministro leyó:


Mi amadísimo compañero y amigo:

Soy como soldado, leal y franco, y me dirijo al amigo y al soldado valiente, no al ministro. ¿Me comprende usted, compañero querido?

Soy franco —(otra vez)—, no estoy muy contento con el gobierno, porque ha desconocido mis servicios y me tiene muerto de hambre.
 

—Se le han dado tres pagas, ya lo dije a usted, señor don Pedro —dijo el ministro interrumpiendo la lectura.

—Continúe usted, señor ministro.

El ministro, acercándose al balcón, porque estaba ya oscureciendo, siguió:

Pero soy franco —(tercera vez)—, de estar quejoso del gobierno a ser conspirador hay una gran distancia. Soy franco —(cuarta vez)—: si conspirara lo diría a usted chiva a chiva. Soy hombre de orden, soy incorruptible, soy valiente; Dios me hizo así, y los valientes nunca conspiramos en secreto. Cuando queremos conspirar lo hacemos en el café, en las Cadenas, en el teatro Principal, y a nadie tenemos miedo.

—¡Fantasmón e insolente! —exclamó el ministro—, ¿qué expresiones son esas de chiva a chiva cuando se escribe a un superior?

—Siga usted, señor ministro; falta la segunda parte.

El ministro prosiguió:

Pero, queridísimo compañero, recuerde usted que tengo familia; ¿qué va a ser de mi mujer y de mis hijos, sin paga, y yo en Perote? Revoque ustéd esa orden, por el amor de su hija Isabelita. Todo esto va reservado y queda entre nos. El verdadero, el único conspirador es ese tronera del capitán Manuel, que le han trastornado la cabeza.

—Eso es imposible —dijo el ministro interrumpiendo de nuevo la lectura—. El capitán Manuel jamás se ha pronunciado por nada ni por nadie; además, parece que está rico y que se va a casar con una muchacha de proporciones.

—Pues nada es más cierto —dijo don Pedro—, este es el verdadero peligro. El capitán ha dado su palabra de asaltar la guardia de Palacio, y la cumplirá; y en un lance de esos, nadie sabe lo que puede suceder, y no sería remoto que usted y el señor Presidente fuesen asesinados por la misma tropa; luego disparan los fusiles y no saben ni a dónde van las balas.

—Ni lo diga usted, señor don Pedro; ¡qué catástrofe! Mi pobre familia ¡cómo quedaría el día que yo le faltase, y luego métase usted a servir en este país, para que le paguen así sus sacrificios! Vale más ser carretero o sacristán, que ministro de la Guerra. Este capitán es resuelto, lo conozco, y si por cualquier motivo ha dado su palabra, la cumplirá.

—Y como que sí; y ha tomado para ello todas sus medidas. Aquí tiene usted la copia de una cartita que le dirigió la Junta revolucionaria.

—¡Junta revolucionaria tenemos! —dijo el ministro arrebatando de manos del tutor el papelito y leyéndolo.

—Vale un grano de anís la Junta revolucionaria. El todo es ese capitán a quien apenas conozco, gracias a Dios; pero me lo han pintado como terrible y atrevido.

—Es verdad, es verdad —dijo el ministro guardando el papelito en el bolsillo—, ¿pero qué hacer?

—Mandarlo prender en el acto y enviarlo a Acapulco; pero acabemos con la carta de Bamboya.

El ministro, que en su cólera había estrujado la carta del furibundo Bamboya, la desdobló y continuó:


Querido compañero: mi suerte está en manos de usted, y lo que haga, lo doy por hecho. El señor don Pedro, mi buen amigo y apoderado, arreglará lo que usted quiebra. Soy franco y pongo mi espada al servicio de usted, y me repito con franqueza su humilde amigo y afectísimo compañero y seguro servidor,

Claudio Bamboya.
 

—Ya ve usted —dijo don Pedro, cuando el ministro acabó la lectura—. La primera parte de la carta es terrible, pero la segunda no puede ser más humilde. Bamboya y otro compañero suyo, que vale menos que él, fueron a pedirme asilo, que no tuve dificultad en acordarles. General que conspira y se esconde, es moro al agua. Él mismo se encierra en una prisión. Si los quiere usted fusilar, los tiene en mi casa, más seguros que en Santiago; y si los quiere perdonar y servirse de ellos, nada es más fácil.

—¿Qué me aconseja usted?

—Por supuesto, que los perdone, se reconcilie y se sirva de ellos. Una o dos pagas más y la promesa, que nada cuesta prometer, de la banda azul, o de alguna buena comandancia para más tarde…

—Dice usted bien; la clemencia…

—Con los insignificantes que nada valen…

—Pero el rigor…

—No el rigor, la justicia —dijo don Pedro—, con los que valen algo y pueden ser peligrosos. A la víbora…

—Se le machuca la cabeza y no la cola —contestó el ministro—, y yo se la machucaré…

—No lo digo por el capitán —dijo don Pedro bajando la voz y los ojos—, al fin muchacho y tronera…

—Pues yo lo digo —interrumpió el ministro muy alentado—, por todos los enemigos del gobierno.

—¿Qué contestación daré a mis escondidos generales?

—Ya se supone, amigo y señor don Pedro. Favorable, muy favorable. Que salgan de su escondite, que se hagan ver por la plaza y los portales, que ocurran a la Tesorería general por dos pagas cada uno, y que me vean en casa mañana por la tarde.

—Eso es conocer el mundo, señor ministro; eso es saber gobernar. Si todos los que se meten en esta desgraciada carrera política (yo siempre he huido de ella) fueran como usted, esta pobre nación, tan abatida, sería en dos o tres años más que Francia y que Inglaterra juntas, y hasta podríamos dar un paseo militar al Capitolio de Washington… me voy… me voy contento de usted, señor ministro.

El ministro tomó con sus dos manos la de don Pedro, y le dijo con mucha expresión y al oído:

—El gobierno le debe a usted su salvación.

Y guiándolo hasta la puerta le dio otro apretón de mano y lo despidió con una amable sonrisa.

—¡Qué frío hace al salir de este Palacio —dijo don Pedro—, y olvidé mi capa! ¡Cuerno! es ya de noche, y se me ha pasado la hora de la comida y del chocolate, pero en esta vez no se escapará el bribón del capitán. Las cosas se me han venido a las manos sin querer. Sin duda es la voluntad de Dios.

Entre tanto don Pedro salía, Jorge, el ayudante, entraba al despacho del ministro.

—¿Qué ha sucedido? ¿Por qué tanta dilación?

—Mi general, tuve que esperarme a que el señor Presidente se desocupara para entregarle el periódico. Estaba con el ministro de Hacienda, y hablaban muy recio; parece que han tenido algún disgusto.

—Sí, por el dinero, ya se supone, por el dinero siempre disputan; pero el Presidente no se decide nunca a reemplazar a mi compañero. ¿Pero qué cara puso el Presidente? ¿Leyó el párrafo?

—Eso iba yo a decir, mi general. Lo leyó tres veces y se puso muy contento, hasta se rio y me dio la mano.

—Vaya, es algo que el Presidente esté contento, es lo que importa; pero no hay que perder tiempo. Vé y di al comandante general que suba en el acto, y al ordenanza que no deje entrar a nadie.

El comandante general no se hizo esperar.

—Compañero —le dijo el ministro tendiéndole la mano, sin saludarlo—, estamos sobre un volcán.

—¡Qué disparate, compañero! Nunca ha estado el gobierno más firme ni más seguro; tengo tomadas todas mis medidas en el caso que…

—No importa, y ya hablaremos largo esta noche con el Presidente. Yo tengo —continuó acercándose al comandante general y hablándole en voz baja—, mi policía secreta y mis amigos, y acabo de saber lo que pasa, o lo que va a pasar, si no lo evitamos.

El comandante general trató de responder, sin duda para disculparse; pero el ministro no lo permitió, y siguió hablando.

—Ya he dicho a usted, compañero, que hablaremos esta noche con el Presidente, y no falte a las nueve en punto. De pronto es necesario dictar medidas enérgicas. Que los cuerpos de la guarnición se pongan sobre las armas; que el regimiento de caballería esté montado y listo, con sable en mano; que se refuerce con una compañía la guardia de Palacio, y que cuatro o seis patrullas recorran la ciudad en todas direcciones; que el jefe de día visite dos o tres veces los cuarteles. Hecho esto, en la madrugada, cuando esté durmiendo, se toma por asalto, si así es necesario, la casa del capitán Manuel, se le prende, se le hace montar en un caballo, y custodiado por un escuadrón de caballería, se le conduce a Acapulco.

—¡El capitán Manuel! —exclamó el comandante general—, eso es imposible, ¡si jamás se ha pronunciado por nada, y es tan cumplido en el servicio! Además, ahora está rico, y hasta trata de separarse del servicio y de casarse.

—Eso mismo decía yo, compañero; pero no me cabe duda, tengo las pruebas aquí en la bolsa.

—Ya veo que no hay de quien fiar —contestó el comandante general—, se hará en el acto lo que usted manda.

—Mucho cuidado y mucha precaución. Que el oficial que vaya a aprehender al capitán Manuel sea todo un hombre, porque es posible que se resista y haya un lance desagradable. Yo no quisiera que fueran a matar a ese muchacho, que quizá puede dar muchos días de gloria a su patria. Le han levantado los cascos y ha querido emprender una verdadera calaverada. Bastará tenerlo en Acapulco, mientras se desbarata esta conspiración, que no dude usted que es de los borbonistas y de los liberales exaltados. Todos contra nosotros, y nosotros contra todos. Tenemos las armas y el poder, y ya verán. Queda usted facultado para tomar cuantas providencias crea necesarias, y para reducir a prisión a los más que juzguen peligrosos. Conque no hay que perder tiempo.

—Ni un minuto, compañero.

El comandante general bajó precipitadamente las escaleras, entró a su despacho, se sentó en su sillón y tocó la campanilla.

Un quebradito se presentó.

—Que venga en el acto el mayor Garavito.

El mayor Garavito, que había visto entrar a su jefe, se presentaba en el mismo momento.

—Que nos dejen solos, y que no entre nadie.

—El quebradito, con el único brazo que tenía hizo la seña militar de respeto y se retiró.

—Mayor Garavito —continuó el comandante general—, estamos sobre un volcán.

—Mi general me permitirá que le diga que nunca hemos estado más fuertes que hoy… ¡nos tienen un miedo! Sólo de verme en mi caballo prieto, hasta corren y se esconden.

—Será todo eso muy cierto, y usted se ha hecho temible, y el gobierno sabe que tiene en el mayor Garavito su mejor apoyo; pero yo tengo mis amigos y mi policía secreta, y ya hablaremos esta noche antes de las nueve, en que debo tener una conferencia con el Presidente, y le recordaré el ascenso que me ha prometido para usted; pero de pronto es necesario tomar providencias muy enérgicas.

El comandante general transmitió sin faltar en una coma las órdenes que había recibido del ministro.

El mayor se retiraba a dar sus disposiciones.

—Lo mejor se me olvidaba. Es necesario que usted se encargue personalmente de la aprehensión del capitán Manuel. Ya sabe usted que no se deja, y acaso querrá resistir.

—Un balazo lo hace bueno…

—Nada de eso. Es orden expresa del ministro de no tocarlo. Nombre usted un oficial de su confianza, y que, custodiado con un escuadrón de caballería, salga en el acto para Acapulco.

—Ese capitán Manuel —contestó el mayor—, es medio altanero, y ya hemos tenido una de bofetadas en el Progreso, porque se atrevió a decirme… cuando es él quien ha malversado los fondos de su compañía.

—Eso es imposible, mayor —replicó el comandante general—. Es muy honrado y buen oficial; pero si de pronto se puede alegar también ese motivo, no será malo, porque a veces, en materia de conspiración, no siempre hay pruebas, aunque el ministro me dijo que las tenía en la bolsa.

—Está bien, mi general. Se hará lo que usted manda.

El mayor Garavito estaba ya en la puerta; pero el comandante general lo volvió a llamar.

—Se me olvidaba también otra cosa esencial.

—Lo que usted mande, mi general.

—Aprovecharemos la ocasión para encerrar en Santiago a media docena de esos oficiales borrachines e incorregibles, y dar un susto a esos licenciados y periodistas, enemigos del ejército. Mande usted prender a ese Epiridión Cabrera que todos los días pone párrafos contra el ejército en ese sucio papelucho que se llama La Voz del Pueblo.

—¿Y a ese fantasmón de don Ambrosio —añadió el mayor—, que habla siempre contra el gobierno en el pórtico del teatro Principal?

—Dice usted bien, ya sé de quién se trata, me choca mucho. A Santiago con él y con todos los que usted quiera, mayor. Mientras más presos haya, más ruido hará este negocio, y el crédito y el poder del gobierno se afirmarán. Vaya, vaya, que es ya tarde y no hay que perder momento. Yo voy a comer cualquier cosa a casa, para estar antes de las nueve en la Presidencia. Quizá mañana tendrá usted un despacho de coronel.

Al día siguiente había soldados en la torre de la catedral; la guardia del Palacio reforzada; los artilleros del patio grande con mecha en mano, y el escuadrón de caballería emboscado debajo de la Portalería del patio chico.

Grupos de gentes en las Cadenas, en el Empedradillo, en la Diputación y en las calles de la Monterilla, se preguntaban:

—¿Qué hay? ¿Qué hay? ¿Qué hay?

Nadie daba exactamente razón, y se contentaban con alzar la vista para observar a los soldados que estaban en las torres de la Catedral y se acercaban a la puerta principal del Palacio para cerciorarse si los artilleros tenían efectivamente la mecha en la mano.

VII. Ruinas y desgracias

Antes de las cinco de la mañana, y cuando apenas comenzaba a salir la luz, tocaron fuertemente la puerta de la casa de Arturo; el portero, soñoliento y refunfuñando, se levantó contra su costumbre, pues como de casa grande, jamás abría la puerta antes de las seis y media o siete de la mañana.

—¿Qué quiere usted, soldado? —preguntó con voz regañona a un hombre envuelto en un capote amarillo, que era justamente el que con tanto atrevimiento había interrumpido su sabroso sueño.

—Vengo de parte de mi capitán.

—¿Qué diablos quiere su capitán de usted?

—No le importa a usted —respondió el soldado—, vengo a ver al señor Arturo de parte de mi capitán; y así, ábrame la puerta.

—Pues el niño Arturo nunca se levanta sino hasta las diez o las once; y así, vuelva.

—Vamos, tío Mónico, ábrame, porque precisamente traigo orden de mi capitán de ver al señor Arturo —dijo el soldado desembozándose.

—¡Ah! ¿Eres tú? —dijo el viejo portero, reconociendo al asistente del capitán Manuel.

—Yo soy, tío Mónico, yo soy; pero con mil diablos, ábrame usted y suba a despertar al señor Arturo, porque tengo una cosa muy urgente que decirle de parte de mi capitán.

—Aguarda, aguarda un momento, Martín —dijo el viejo, quitando la cadena que tenía echada el zaguán—. Maldito si me acordaba del señor capitán ni de ti; estaba medio dormido, y no te perdono, hijo de tu madre, que me hayas despertado, pues estaba soñando nada menos que subía en un globo con don Robertson.

—Vamos, violento tío Mónico —dijo el asistente—, otro día me contará su sueño. Por ahora, ya le digo que me interesa ver al señor Arturo; y aunque se incomode, toque recio a la vidriera de su recámara.

—Vamos, vamos, imprudentón —respondió el viejo—, déjame coger mi frazada, porque hace un frío toluqueño.

El portero, envuelto hasta los ojos en su frazada, subió con el asistente, y tocaron fuertemente el cuarto de Arturo, el que interrumpido en los sueños deliciosos que le ocasionaba el recuerdo de Aurora, de la que estaba ya perdidamente apasionado, respondió mandando a pasear al portero, y notificándole que si no se marchaba y lo dejaba en paz, le tiraría las botas a la cara.

—¿Ya ves a lo que me has expuesto con tus necedades, Martín? Si tú quieres, aguarda los golpes, porque yo me voy a mi cuarto a aprovechar otro ratito de sueño.

Martín entonces habló a Arturo.

—Niño, mi capitán me manda; y le traigo a usted un recado que importa.

—¡Ah! ¿Eres tú, Martín? —dijo Arturo incorporándose—, entonces entra; abre la ventana, y levanta el transparente. ¿Qué se le ofrece a Manuel?

El asistente hizo con presteza lo que le ordenó Arturo y colocándose delante del catre, respondió:

—Pues, señor, mi capitán me ha encargado que le dé a usted este prendedor, que es de su merced.

—Bien, dame; y ¿qué fistol es ese? ¡Ah! es el de Rugiero; ponlo sobre la mesa; ¿pero es posible que para esto te mande el capitán antes de amanecer?

—Pues, sí señor, porque no quería que se fuera a extraviar.

—No te entiendo, Martín; ¿qué nueva locura de Manuel es esa? ¿Se ha marchado acaso en la diligencia?

—No, señor, sino que lo fue a prender el mayor Garavito con soldados de caballería y me dijo que se lo viniera a decir a usted.

—¡A prender, dices!, ¿y por qué? —exclamó Arturo dando un salto, y comenzando a vestirse.

—Pues, señor, yo no sé nada; lo único que yo he visto, que mi capitán estaba muy triste anoche al acostarse.

—Dame, dame mis botas y mis pantalones, es menester que yo vaya a ver cómo está eso. Pero vamos; cuéntame algo más.

—Lo que más dolor me ha dado es, que hayan mandado prender a mi capitán por un jefe que se cogía nuestro socorro diario, y que por eso le dio mi capitán de bofetones en el café del Progreso.

—Pero ¿a qué horas ha ocurrido esto? —preguntó Arturo con agitación, y vistiéndose precipitadamente.

—Serían las cuatro y media de la mañana, cuando tocaron el zaguán; bajé a abrir, y me encontré con que el jefe me puso una pistola al pecho, y desmontando cosa de cincuenta hombres de caballería, colocó centinelas por todas partes, y me llevó hasta la recámara, gritando e insultando a mi capitán con unas palabras que no se pueden decir delante de las gentes.

—¿Es cierto, es cierto lo que me dices? —dijo Arturo, rasgando con cólera un pantalón que no quería entrarle.

—Pues señor, la verdad, y yo no había de engañar a su merced.

—Dame otro pantalón, y sigue.

—Pues señor, el jefe comenzó a registrar la levita de mi capitán, y se atrevió a abrir el ropero. Yo creo que mi capitán hizo tal cólera de que el jefe le cogiera una cartita, que sería de la niña, que no pudo contenerse, y tomó su espada, y le tiró una cuchillada, que todo lo que no se hace a un lado, lo abre de medio a medio.

—¡Bravo! bien hecho —dijo Arturo, acabándose de poner el nuevo pantalón, que le había sacado el asistente del ropero.

—Pero en cuanto los soldados vieron esto, se echaron sobre mi capitán, y lo amarraron… ¡Cuándo lo amarran, si no lo cogen por detrás!…

»Mi capitán es muy hombre —añadió el asistente enternecido y limpiándose con la manga de su chaqueta una lágrima que temblaba en sus pestañas.

—Pero y tú, ¿qué hacías?

—Pues, señor, yo quería ir a buscar mi tercerola para ver si lograba doblar siquiera uno; pero parece que lo adivinaron, y el sargento dijo:

—Si este hombre se mueve, que lo maten, y me pusieron tres tercerolas preparadas en el pecho.

Mi capitán echaba espuma por la boca de rabia, y preguntó: ¿qué se quería hacer con él?

—Que le ensillen a usted el caballo, porque vamos muy lejos de aquí.

Yo pedí permiso para ensillar el caballo; me lo dieron, y bajé y ensillé el Veloz, pensando que si mi capitán tiene alguna oportunidad, lo único que tiene que hacer, es soltarle la rienda, y afianzarse bien; nadie lo alcanzará; es una águila el animalito. Yo ensillé también el Clavel; compuse en momentos una maleta para mi amo, y otra para mí, y subí dispuesto a marchar con mi capitán. Si usted viera… ¡oh! daba lástima; los soldados todo lo habían ensuciado con sus pies; habían roto las lámparas y los espejos, y se habían embolsado lo que mejor les pareció, como si mi amo fuera un ladrón o un asesino. No pude aguantar, y fui a donde estaba el jefe.

—Señor mayor —le dije—, mi capitán hasta ahora no ha robado a nadie nada, y estos soldados están quebrando y llevándose lo que les parece.

—¡Calla, pícaro! —me respondió el mayor— o te mando fusilar; bastante ha robado tu capitán en las compañías que ha mandado, para que ahora te quejes.

Mi capitán hizo un esfuerzo de la cólera que le dio, de manera, que por poco rompe las correas con que le tenían atados los codos.

—¿Estamos listos, grandísimos pícaros? —gritó el mayor—, porque yo no me puedo aguardar más, son muchos los pretextos y tengo órdenes que cumplir. Hizo una seña, y dos dragones se apoderaron de mi capitán, lo bajaron casi en peso, y lo montaron en el caballo.

—Supongo, señor mayor —dijo mi capitán—, que tendrá usted la orden para mi prisión.

El mayor la sacó de la bolsa y se la mostró.

—Muy bien; entonces tengo libertad para dejar o llevarme al asistente.

—Como usted guste —respondió secamente el mayor—; pero en todo caso que sea breve, pues yo no puedo aguardar más.

—Mira, muchacho —me dijo mi capitán—, lleva el fistol que tenía yo ayer, y que está en el cajón de la mesa de noche a la casa de Arturo, y cuida como puedas la casa. Yo entendí que lo del fistol era un pretexto y que debía venir al momento a ver a usted y contarle todo lo sucedido.

—Es una infamia —murmuró Arturo entre dientes; y tomando su sombrero, salió del cuarto con dirección a la casa de su amigo, sin plan alguno, pues no sabía ni qué pensar de este lance, ni qué hacer en favor de su más querido amigo.

Cuando estaba en el descanso de la escalera, una criada lo llamó, diciéndole que su padre deseaba hablarle; Arturo subió de nuevo la escalera, y entró al cuarto de su padre, el que estaba recostado en su cama y extremadamente pálido, lo cual pudo notar el joven, a pesar de la poca luz que penetraba al través de los cortinajes de muselina.

—¿Está usted enfermo? —le preguntó acercándose a la cama.

—Ahora estoy mejor; pero anoche he tenido una ligera indigestión… Dime, ¿te ha ocurrido algo de particular? pues he oído tocar el zaguán muy temprano.

—Ya se ve que sí ha ocurrido; el capitán acaba de ser aprehendido en su casa.

Don Antonio tuvo que volver la cara al otro lado, para que su hijo no advirtiera su turbación. Después, haciendo un esfuerzo para disimular, dijo:

—Hijo, siento esta ocurrencia; pero como ese muchacho es tan calavera, no es extraño que le sucedan tales aventuras. ¿Sabes lo que ha motivado esta prisión?

—Lo ignoro; ni sé tampoco dónde ha sido llevado. Iba yo a ver el estado en que ha quedado su casa, y a adquirir noticias.

—Condúcete con prudencia; no vayas a resultar complicado, y des un pesar a tu pobre madre.

Arturo salía ya de la recámara, y su padre lo llamó.

—Dime —le dijo—, ¿está la llave de tu cómoda en tu cuarto?

—En el buró de junto a mi cama.

—Bien; necesito tomar los botones de brillantes y las alhajas que tienes, y después te diré lo que voy a hacer con ellas…

—Entonces —dijo Arturo—, le encargo a usted que recoja el fistol de Rugiero, que me acaba de enviar el pobre de Manuel; es una alhaja de valor, y no vaya a perderse.

—Muy bien —contestó el padre de Arturo, y envolviéndose en las ropas de la cama, se volteó del otro lado con una aparente tranquilidad.

Arturo salió de la recámara; bajó precipitadamente las escaleras, y se encaminó a la casa del capitán, donde encontró que estaban embargando los muebles, porque el capitán estaba acusado de malversación de los fondos como capitán cajero que había sido en su regimiento dos años antes.

Arturo, indignado, reconvino agriamente al oficial encargado de recoger los muebles de Manuel; el oficial contestó, se hicieron de razones, y quedaron desafiados. Arturo prorrumpió en maldiciones contra el comandante general, contra el ministro de la Guerra y contra el gobierno; juró que el capitán Manuel era más honrado que todos los mandarines juntos, que no habían hecho más que henchir sus cofres con el dinero del erario; que juraba que el capitán no se había metido en revolución alguna, pero que él si era muy hombre de pronunciarse, aunque fuera por Mahoma, con tal de echar abajo al gobierno injusto e imbécil, que no sabía respetar las garantías de los ciudadanos.

—¿Ustedes oyen lo que dice este caballero?

—Sí, señor —respondieron varias personas que estaban presentes.

—¿Y serían ustedes capaces de declarar esto en caso necesario?

—Sí, señor —respondieron a una voz.

—Pues entonces, arresto a usted, en nombre de la nación, por traidor al Supremo gobierno y a la Patria.

Arturo sonrió mirando con desprecio al oficial; pero éste hizo una seña a los soldados que había, e inmediatamente se apoderaron del joven, el que fue conducido en el mismo coche del capitán a la Comandancia General y de allí a la prisión de Santiago Tlaltelolco. Dejemos a Arturo en una celda sucia y estrecha de este antiguo y deteriorado convento, y volvamos a su casa.

Luego, que como hemos dicho, salió Arturo de la recámara, su padre, pálido y tembloroso, se levantó, llamó a un criado, y le ordenó que fuese inmediatamente a llamar al señor don Fausto, y en cuanto abriesen la carrocería de Silcox y Park, se le trajera un elegante carruaje inglés que había separado algunos días antes. Fuese en seguido al cuarto de Arturo, y recogió todas las alhajas, incluso el reloj, que el joven, con la precipitación con que salió, había dejado debajo de la almohada. Entre las alhajas se hallaba el fistol de Rugiero, que contempló atentamente, fijando los ojos en él, y volteándolo en todas direcciones, para observar mejor sus brillantes y primorosos reflejos. Mientras hacía esta operación, pensaba en su interior en quedarse con el fistol, y ejecutar literalmente lo que en castellano puede llamarse un robo; llevó la mano a su frente, como para arrancarse este siniestro pensamiento, y con pasos lentos entró a la alcoba de su mujer; la madre de Arturo dormía. Como hemos dicho, era una señora enfermiza, de una complexión en extremo delicada, y a quien cualquiera emoción fuerte, postraba en el lecho, y le hacía sufrir enfermedades inexplicables, y para las cuales era ineficaz la ciencia de los médicos. Pocas veces salía a la calle, sino era para dirigirse a la iglesia a confesarse y comulgar; y todo su placer, todo su mundo, estaba reducido a tener algunos ratos de conversación con su hijo Arturo, a quien aguardaba siempre todas las noches, pues la pobre madre decía que le era imposible conciliar el sueño, sin haber dado un beso maternal en la frente de su hijo. En cuanto al marido, ocupado constantemente en negocios de importancia, lleno de visitas y de tertulianos, a veces sólo veía a su mujer a la hora de la mesa, y eso cuando la excelente señora no estaba obligada, por el estado de su salud, a permanecer en su recámara.

El marido, pues, entró, y se quedó en pie silencioso y tristemente, contemplando el sueño tranquilo de su esposa; y entonces se acordó de que era la mujer que en los días de su juventud le había proporcionado la felicidad, el sociego y acaso también los más inefables placeres. Volvieron en aquel instante a renovarse en el marido desengañado, ambicioso y entregado a las especulaciones, los sentimientos amorosos y tiernos del amante, y fuertemente conmovido, iba a salir de la alcoba sin hablarle, cuando ésta, sintiendo los pasos, entreabrió los ojos, preguntando:

—¿Quién? ¿Por qué entran tan temprano a despertarme, cuando en toda la noche no he podido conciliar el sueño? ¡Ah! eres tú, hijo —dijo reconociendo a su esposo—. Bien, entonces no hay cuidado, y vale más que me hayas despertado. Siéntate aquí junto a mí.

El esposo se sentó en la orilla de la cama, y con voz suave, dijo:

—¿Te sientes mala hoy?

—Al contrario, estoy mucho mejor, y no sé por qué tengo esperanza de alivio.

—Si de repente te dijera yo, hija mía —contestó el marido con la voz algo conmovida— que somos pobres, y que necesitamos quitar el coche y los criados, y reducirnos quizá a vivir en una modesta casa en Tacubaya, o San Ángel, ¿agravaría tu enfermedad?

—Tú te chanceas, y ya veo que estás de buen humor.

—No es una chanza, ni tampoco hemos llegado a ese caso; pero podría suceder… El mundo da muchas vueltas; y así vuelvo a preguntarte: ¿qué impresión te causaría la pobreza?

—A mí —contestó la señora con resignación—, me haría muy poca impresión; pocos días me quedan en la tierra, y mis sufrimientos podría ofrecerlos a Dios en expiación de mis pecados, como le he ofrecido los tormentos de mi larga enfermedad.

—¿Y me perdonarías —continuó el marido—, que al fin de tus días te dejara reducida a una situación miserable?

—¿Y no me has puesto en las manos, durante largo tiempo, todo el caudal que has adquirido? ¿Por qué te había yo de culpar cuando fueses pobre? Yo he tenido buenos carruajes, abundantes criados, magnífica casa, palco en el teatro… en fin, he vivido como una duquesa. Si Dios determina que la fortuna cambie, ¿qué hemos de hacer, sino tener resignación?

—Tú eres, hija, una santa mujer —dijo el esposo, acercándose—, y yo no he sabido comprender toda la bondad de tu corazón; te he tratado con despego; he olvidado por la ambición los internos y afectuosos deberes de esposo y de padre; y hoy la herencia que dejo a mi familia es la miseria… y acaso la deshonra.

—¡Cómo! —dijo la enferma alarmada—, ¿el peligro que nos amenaza es inevitable? ¿No tiene remedio? ¿Es tan próximo, que te ves precisado a hablarme de esa manera?

—Desgraciadamente es así, hija mía, y te lo debo decir: estoy arruinado… arruinado enteramente.

—¡Ah! —exclamó la señora, enclavijando las manos y poniéndose pálida—, ¡mi hijo, mi pobre hijo!

—¡Sí, nuestro pobre hijo!… Tú no sabes lo que sufro, hija mía.

—Pero ¿cómo ha sido posible eso? cuéntame, cuéntame, por piedad.

—Mi fortuna dependía del éxito de una revolución; ha sido descubierta, y mañana, hoy mismo, tal vez, vendrán mis acreedores, y embargarán muebles, carruajes, todo.

—Bien, nada importa eso, nos mudaremos a un triste cuarto, con tal de que salvemos algo para Arturo. Toma, toma estas llaves; saca todas mis alhajas, y dalas a guardar a una persona de confianza, y que siquiera quede ese corto caudal para nuestro hijo.

—Es terrible tener que ocurrir a ese extremo, pero voy a darte gusto, supuesto que yo tampoco podré sobrevivir a esta desgracia.

—Vamos, no te desanimes, ni me hables de esa manera. Esos tristes pensamientos sin duda alguna aumentarán mis males. ¡Confianza en Dios!

—¡En Dios! Muy difícil será que me favorezca. La ambición me ha cegado. Soñaba subir a una altura infinita, y ya ves… he caído en el abismo. Pero dices bien, es menester valor —añadió, reprimiendo su emoción, y tomando las llaves que su mujer le presentaba.

—Pronto, pronto —dijo la señora, haciendo un esfuerzo como para salir de la cama—, porque se me figura ver ya al escribrano y a los tinterillos, y que mi hijo, mi pobre hijo, queda en la miseria, y acaso huérfano.

—De todo esto —dijo el marido, presentando a su mujer un cofrecito embutido de concha—, mal vendido, se podrán sacar treinta o cuarenta mil pesos. Si Arturo los saber aprovechar, aun podrá vivir con decencia, y acaso auxiliarnos en nuestros últimos días.

—¡Bendito seas, Dios mío! —dijo la señora al tomar el cofrecito—, que has oído mis ruegos, y que me concederás algunos días de vida, para ver a mi hijo independiente y feliz.

—Guarda, hija mía, guarda ese cofrecito mientras que yo hago algunos otros asuntos, y luego vendré por él, para depositarlo en manos de persona de toda confianza.

El padre de Arturo salió de la recámara de su mujer, y se dirigió al tocador a vestirse con toda elegancia; apenas había concluido, cuando el criado le avisó que el coche estaba en la puerta, y que don Fausto deseaba hablarle.

—Y bien, amigo mío ¿qué tenemos? —dijo don Antonio luego que vio entrar a su amigo.

—Nada —contestó éste con indiferencia, dejándose caer en un sillón.

—¿Cómo nada? —interrumpió don Antonio algo colérico—, ¿pues qué no sabe usted?…

—Sé que el pobre diablo del capitán a quien usted comprometió, ha sido aprehendido, y que todo está descubierto.

—Pero entonces, no comprendo esa calma.

—Pues yo sí.

—¿Usted se quiere burlar? ¿Y nuestros negocios? ¿Y el contrato?

—Yo no tengo negocio ninguno con usted.

—Vamos, hablemos con formalidad, don Fausto; que no es para bromas lo que nos ha sucedido.

—Yo no comprendo —contestó don Fausto con la misma sangre fría—, ¿por qué usted dice nos ha sucedido? A mí no me ha sucedido nada, lo repito, porque los pequeños negocios que tenía en el ministerio, los he arreglado anoche perfectamente, y he quedado muy complacido del aprecio que han hecho de mí el Presidente y todo su gabinete.

—¿Con que es decir?…

—Es decir —interrumpió don Fausto—, que usted y yo tratábamos de aumentar nuestra fortuna… se desgració el negocio, y concluyó la historia.

—¿Y las libranzas que se me cumplen hoy? —dijo don Antonio—, supongo que me enviará usted la mitad del dinero necesario para pagarlas.

—¡Qué locura! —dijo don Fausto, soltando una carcajada—, yo nada sé, ni tengo que hacer con esas libranzas.

Don Antonio al oír estas palabras, se quedó mudo y extático, y pocos minutos después, con una rabia concentrada, y encarándose a don Fausto, dijo:

—¿Con que, es decir que usted falta a su palabra; que usted me abandona; que usted me compromete?

—Yo no abandono a usted ni lo comprometo; no tengo la culpa de que usted y su hijo boten el dinero, y no tengan con qué pagar lo que deben. ¡Buen tonto sería yo en arruinarme por gastos ajenos!

—Usted es un infame, un malvado, un hombre sin fe y sin delicadeza —exclamó don Antonio, tomando un vaso del tocador para tirarlo a la cara de don Fausto.

—Venía yo prevenido para este caso, amigo mío —dijo don Fausto con la misma sangre fría, y sacando una pistola del bolsillo—. Si usted me falta en lo más leve, me veré obligado a volarle la tapa de los sesos.

—Pues bien, señor don Fausto —dijo don Antonio, echando espuma por la boca, de rabia—, a pesar de su arma de usted, le repito que es un ladrón, un cobarde, un indecente, y que hombres como usted no merecen más que el desprecio.

Al acabar de decir estas palabras, tomó un guante que estaba sobre la mesa del tocador, y lo arrojó a la cara de don Fausto.

—El enigma está explicado perfectamente; usted no tiene valor para suicidarse, ni tampoco para soportar su miseria y su deshonra; así, lo que usted quiere es, provocar una riña; y yo tengo demasiados asuntos y demasiado mundo, para que tenga necesidad de obsequiar su voluntad. He venido a decirle, que no he de pagar ni un ochavo, y esto se lo repito. Las libranzas están giradas a cargo de usted; y así, usted verá cómo se compone con ellas. Con que, hasta la vista.

—Muy bien; yo pagaré a usted en la misma moneda, liquidándole hoy mismo su cuenta, y presentándome al Tribunal Mercantil si usted no me la paga.

Don Fausto volvió a soltar una gran carcajada, y respondió:

—Ningunos documentos tiene usted contra mí, pues buen cuidado he tenido de recogerlos todos.

—Repito a usted, que es usted un ladrón; y si tiene usted vergüenza y un resto de honor, se batirá usted conmigo, como lo hacen los caballeros.

—Yo no me bato con un quebrado, con un arruinado. ¿Usted qué perdería? Nada.

—Salga usted, salga usted al momento de mi casa.

Don Fausto, con mucha calma, salió del cuarto de don Antonio, y se marchó sonriendo.

—¡Maldita suerte! ¡Malditos los hombres! —exclamó don Antonio luego que se vio solo, dejándose caer anonadado en una silla—. Estaba yo prevenido para sufrir estos golpes; por eso preferí antes la revolución, la sangre, la muerte, el infierno mismo. De todos aguardaba yo ultrajes y desprecios; pero de ese hombre, que me debe su fortuna, y su suerte, y todo lo que es… ¡Oh! ¡Maldito sea! su sangre toda no sería capaz de saciar mi venganza.

El criado volvió a entrar a anunciarle otra vez, que el coche estaba a la puerta.

Don Antonio se acabó de vestir, y pálido y demudado por la cólera, entró a pedir a su mujer el cofrecito que contenía las alhajas.

La pobre señora, postrada de dolor, estaba acostada en el lecho y sin aliento ni para hablar.

Don Antonio tomó el cofrecito, encerró en él las alhajas de Arturo y el fistol de Rugiero, y sin despedirse de su mujer, bajó la escalera, y montó en el carruaje, dirigiéndose a la casa de don Pedro, tutor de Teresa.

Luego que se hizo anunciar, el viejo hipócrita salió a recibirlo hasta el corredor, y haciéndole mil reverencias y acatamientos, lo introdujo a su cuarto.

—¿Qué me proporciona, la honra de tener tan temprano la visita del señor don Antonio?

—Cuidados de familia, amigo mío —le contestó don Antonio sentándose—, me obligan a molestar a usted. Ya sabrá usted las funestas noticias, y que todo nuestro asunto ha venido por tierra.

—¡Es posible! yo nada sé; me acabo de levantar, y justamente pensaba mandar a usted un recado. Dígame usted por Dios lo que hay, y en qué puedo servirlo.

—El capitán Manuel ha sido preso a las cinco de la mañana, y conducido, según me han informado, a la fortaleza de Acapulco.

—¡Jesús! ¡Jesús! —exclamó don Pedro, poniendo su mano en la frente—, eso es fatal, horrible. Vea usted la suerte de ese muchacho; bien temía yo…

—Quiero, señor don Pedro, hacer de usted una entera confianza; mi posición es peor que la del capitán, no porque tema ser perseguido por el gobierno, sino porque destruidos mis cálculos y comprometida mi fortuna en grandes negocios, me veré en la necesidad de no pagar las libranzas que se vencen hoy y serán protestadas.

Don Pedro, que estaba de pie delante de don Antonio, retrocedió abismado, y dijo entre sí:

—¡Ya está descubierto el patrimonio de mi amigo!

—Señor don Pedro —continuó don Antonio—, ¿por qué se asombra usted? En un lance de estos, se reconoce todo el error de pedir el dinero a premio, y yo he estado pagando por gruesas cantidades, hasta cinco por ciento mensual.

—Pero, señor don Antonio, ¿cómo ha podido usted cometer esa locura?

—¡Qué quiere usted! yo calculaba ganar un veinticinco por ciento; pero como las cosas han pasado de otro modo, me tiene usted completamente arruinado.

—Pues, repito, señor don Antonio, yo soy un pobre que no hago más que cuidar los bienes de una desamparada huérfana; pero si en algo pudiere serle a usted útil, tendría el mayor placer.

—Gracias, amigo mío, mil gracias; usted es más generoso que otros, que tenían obligaciones sagradas conmigo; yo no quiero abusar, y estoy resignado a sufrir mi desgracia. Lo único que deseo es, asegurar el porvenir de mi hijo; y conociendo la honradez, la probidad y el cariño de usted, le confío este depósito; es un depósito sagrado, son las alhajas de mi mujer, único recurso para que viva mi hijo, a quien mandé a Londres para que se educara y no aprendió más que a gastar el dinero. Ha vivido lleno de amigos y de aduladores y en la riqueza; pero pobre, todo el mundo lo despreciará. Cuando yo no tenga que darle, señor don Pedro, o cuando muera, entonces… (El orgulloso comerciante, al pronunciar estas palabras, no pudo continuar, porque tenía un nudo en la garganta).

—Vamos, serenidad, amigo mío —dijo el tutor dándole en el hombre unas suaves palmaditas; quizá no llegará ese extremo…

—Entonces, prosiguió el padre de Arturo, reponiéndose un poco; yo confío en que vos venderéis estas alhajas, y aseguraréis a mi hijo una pensión. No le deis más que lo necesario para vivir, porque es muy gastador, y…

—Fiad en mí, señor don Antonio; yo desempeñaré esta obligación sagrada con el amor de un padre.

—Y no hablo a usted más que de mi hijo, porque mi pobre mujer… pocos días tendrá de vida… Es horrible, horrible mi situación.

El padre de Arturo dejó caer su cabeza entre sus manos, y se puso pálido como un muerto.

El tutor de Teresa, con una solicitud grande, le hizo respirar algunas sales, y le dio un vaso de agua con unas gotas de éter sulfúrico.

El viejo la picaba de médico, y aseguró a don Antonio que era una afección nerviosa la que tenía y nada más.

Don Antonio permaneció cosa de media hora sin poder hablar, durante cuyo tiempo el tutor de Teresa trataba de exprimir los ojos y de poner la cara más afligida del mundo.

—¡Eh, amigo mío! —dijo don Antonio—, fuerza es resignarse a sufrir el golpe; me voy, y le ruego, por lo que más haya amado en el mundo, que sirva de padre a mi hijo y que no le abandone.

—No haya cuidado, señor don Antonio, y Dios le dé valor y fortaleza.

—Aire, aire necesito —dijo don Antonio cuando acabó de bajar la escalera, y montándose en su coche flamante, se dirigió a la Alameda, al Paseo de Bucareli, a las hermosas calzadas de árboles que hay en las cercanías de la ciudad.

—¡Ánimo! —dijo, aun podré todavía reparar mi fortuna; el aire fresco del campo me ha despejado un poco la cabeza y comunicado nuevo aliento.

Ordenó al cochero que se dirigiese a la Lonja; y como ya eran las dos de la tarde, comenzaban a entrar los corredores y almacenistas extranjeros. Don Antonio pisó con cierto desconsuelo ese edificio, donde tantos y tan buenos negocios había hecho.

Luego que entró al frío y espacioso salón, se le rodearon algunos de los que tienen por oficio, no sólo hacer negocios, sino indagar las noticias políticas y preguntarlo todo con una escrupulosa minuciosidad.

—¿Qué tenemos, don Antonio? ¿Qué nos cuenta usted de nuevo?

—Nada… parece que hay su alarma —contestó afectando indiferencia el padre de Arturo—, pero yo acabo de salir de casa, y no sé…

—Pues se halla usted muy atrasado, mi buen don Antonio —dijo un comerciante—, se hallan presos ya don Esteban, don Espiridión, y don Ambrosio; y a siete oficiales les están formando causa para fusilarlos, y otros siete han salido ya para Perote y Ulúa.

Don Antonio se puso algo pálido, fingió que tosía y se puso el pañuelo en la boca.

—Vaya —dijo otro—, don Antonio nos quiere hacer rabiar. No hay hombre de mejores narices que él, y ahora se hace de las nuevas.

—Positivamente no sé nada, señores —replicó don Antonio—, y por tanto les suplico que me impongan de lo que haya…

—Pues la cosa es muy sencilla —dijo un corredor—, en este país se hace todos los días un pronunciamiento, o por lo menos se fragua. Anoche descubrió el gobierno una conspiración reducida a posesionarse de Palacio, a asesinar al Presidente y a los Ministros, y a proclamar la libertad… No nos cansemos, mientras no se comience en este país por ahorcar a media docena de bribones, no hemos de tener paz, ni orden, ni garantías.

—Vamos —dijo otro—, hay modo de hacer negocio. El ministro necesita hoy precisamente cincuenta mil pesos, y es tal la apuración, que sin duda admitirá tres o cuatrocientos mil en papeles.

—Ésa sí es buena noticia —respondió otro.

—De todas maneras hay modo de hacer negocio —interrumpió el que había hablado primero—, y yo digo que el que quiera entrar, puede hacerlo con los ojos cerrados.

Don Antonio, que encontró la oportunidad de escabullirse, y evitar que le hiciesen más preguntas acerca de la revolución, se dirigió a una de las mesas, tomó uno de esos grandes periódicos ingleses, y se puso a leer atisbando siempre a la puerta.

Tan luego como vio entrar a un personaje vestido de azul, de cosa de cincuenta años de edad, y con anteojos de oro y sombrero de falda muy ancha, se dirigió a él, y lo llamó aparte.

—Señor don Saturnino, podemos hacer un buen negocio: 40,000 en dinero; 100,000 en bonos del 26 por 100; 100,000 en certificados de cobre, y 100,000 en créditos anteriores a la Independencia. Todo esto será pagado con derechos de conductas y derechos de importación sobre Mazatlán, Tampico y Veracruz.

—Perfectamente —dijo don Saturnino—, váyase usted inmediatamente al Ministerio de Hacienda, y formalice la propuesta; pero que no suene mi nombre; ya sabe usted que a mí no me gusta aparecer en estas cosas.

—Muy bien, muy bien —dijo don Antonio, y ordenó a su cochero que lo esperase; se dirigió a Palacio, observó muchos grupos de gente, patrullas, los cañones en el patio y los artilleros con mecha en mano. Subió las escaleras, y zumbaron en sus oídos las palabras más desagradables. Las piernas le temblaban, y la sangre le subía de rabia. Entró al ministerio, haciendo un esfuerzo sobre sí mismo, y abrió las puertas con el imperio con que lo había hecho en otras ocasiones; pero se encontró con un viejo ordenanza que le impidió el paso, y le dijo terminantemente que no se podía entrar, porque el señor ministro estaba encerrado con unos señores generales.

—Dígale usted que aquí está su amigo don Antonio, que tiene un negocio urgentísimo.

El ordenanza introdujo el recado, y a poco salió diciendo:

—Dice el señor ministro que no sabe quién es usted, y que si quiere usted, que se aguarde.

El ordenanza cerró la vidriera y volvió las espaldas a don Antonio; éste se mordió los labios y se sentó con despecho en el sofá.

Largas dos horas pasaron, y cuando ya nuestro personaje había perdido la paciencia y trataba de marcharse, fue cuando se abrieron con estrépito de par en par las vidrieras, y salió el ministro seguido de multitud de jefes y de oficiales, vestidos de todo género de colores y llenos de relumbrantes bordados, de cordones y de cruces de oro y esmalte. Detrás de esta brillante comitiva iban porción de viejas con sus mantillas y túnicos rotos y parduzcos, gritando que no tenían qué comer. Don Antonio se puso de pie, y salió al frente del ministro, pero éste torció el camino y haciéndose, como suele decirse, de la vista gorda, dejó a nuestro hombre con la palabra en la boca y la mano tendida.

Don Antonio creyó que la cólera lo ahogaba, y bajó las escaleras del Palacio, apoyándose en el barandal, porque un vértigo se había apoderado de su cabeza.

—No hay esperanza —murmuró entre dientes, y se dirigió a la Lonja, donde se encontró con que dos o tres le salieron al encuentro a noticiarle que su hijo Arturo había sido reducido a prisión.

Esta noticia puso colmo a la aflicción de don Antonio, y salió vacilante, pálido como un cadáver, montó en su coche y se dirigió a su casa. Al llegar a ella, se encontró con los dependientes encargados de cobrar las libranzas, las que, no habiendo sido pagadas, fueron a pocos momentos protestadas ante un escribano.

Don Antonio soportó con dignidad y con resignación este último golpe; y entrando en la recámara de su esposa, le dijo:

—Todo está consumado, ya no hay esperanza.

—¡Pero mi hijo, mi hijo! —dijo la señora haciendo un esfuerzo para levantarse, y enclavijando las manos.

—Está salvado, las alhajas están depositadas en manos de un hombre de mucha reserva y probidad, y con su valor tendremos para pasar humildemente los pocos días que nos quedan de vida, y nuestro hijo no morirá de hambre, ni pasará por las humillaciones de la pobreza.

—¿Y no está ahí Arturo? ¿No vendrá pronto? —preguntó la madre—. Yo lo impondré de nuestra desgracia, y él se conformará… el pobre muchacho me quiere tanto…

—No, acaso no vendrá esta noche —contestó don Antonio algo turbado—, porque lo he enviado a San Ángel a un asunto… pero no te aflijas, hija mía… tranquilízate mientras doy algunas disposiciones.

Don Antonio se metió a su gabinete, y escribió la siguiente carta.


Señor don Pedro:

El golpe lo he recibido ya, y mañana serán entregados todos mis muebles y bienes a los acreedores. Mi hijo está preso, y nosotros sin tener ni qué comer. Suplico a usted me mande quinientos pesos a cuenta del valor del depósito que le confié.
 

A poco volvió el criado, y trajo la siguiente contestación:


Amigo y señor de mi atención:

Siento en mi alma la funesta desgracia que han sufrido los intereses de usted, pero no siendo los bienes que poseo míos, sino de una niña que veo como mi hija, y que dentro de pocos días deberá casarse, me es imposible prestar a usted la cantidad que necesita. Juzgo que el golpe que usted ha sufrido, ha descompuesto algún tanto su cerebro, porque me habla usted de un depósito que me ha confiado y es la primera noticia que tengo, sin duda ha de haber sido otra persona, y la desgracia que ha sufrido usted le ha hecho perder la memoria.

Vea usted en qué cosa puede servirlo su atento amigo y S. S. Q. B. S. M.

Pedro…
 

Don Antonio limpió sus anteojos, y leyó, una, dos y tres veces la carta; y cuando acabó la tercera lectura, un golpe de sangre le atacó al cerebro, y cayó sin sentido en el suelo.

VIII. Santiago Tlaltelolco

—Vamos, alerta Turco, y cuidado con mascar la caza… Ya sabes que te cuesta muy caro esa maña… Vamos a ver qué haces con ese aguilucho que está en aquel árbol, y voy a tirarle… mira… pon cuidado.

El perro, con una maravillosa inteligencia, dirigió su vista hacia el árbol que le señalaba su amo; dio dos o tres brincos, y después, meneando la cola, se colocó junto al cazador gruñendo tímidamente.

El cazador preparó su escopeta, apuntó al aguilucho, y por fin, disparó. El pájaro voló de la rama, y fue a caer en una barranca a poca distancia.

El salir el tiro, volar el pájaro y correr ladrando en su seguimiento, fue todo obra simultánea y de un instante.

El perro, precipitándose violentamente por el declive de la barranca, llegó poco tiempo después que el ave herida de las alas y sin fuerza, había caído en medio de un arroyo, que con estrépito y saltando entre rocas y arbustos, corría en el fondo del precipicio.

—¡Hola! Turco, aquí, aquí, sin destrozar el pájaro… pronto, aquí, bribón… toma, toma.

El cazador, al mismo tiempo, que con toda la fuerza de sus pulmones hablaba con su perro, había echado su escopeta al hombro, y con una ligereza comparable a la del fiel sabueso, descendía por una estrecha vereda. El perro, que después de perseguir al aguilucho logró cogerlo, subía con rapidez hacia donde se hallaba su amo.

—¡Pícaro! ya comenzabas con tu maña vieja, y has destrozado un ala a esta infeliz águila, como si no hubiese sido bastante la munición.

El Turco, humildemente dejó el ave a los pies de su amo, se acostó en la tierra, y volvió a gruñir tristemente, como si llorara por la reprimenda de su dueño.

—¡Dios mío! —dijo el cazador—, hay en esta barranca tantos conejos como piedras. Tres días enteros pasaría yo aquí sin comer.

Mientras esto decía, volvió a cargar su escopeta, que era de una excelente fábrica inglesa, y disparó, casi sin apuntar, a la multitud de conejos que saltaban de los matorrales. El perro, avisado, listo y atento a los movimientos de su amo, se lanzó sobre la caza inmediatamente que oyó tronar el fulminante, y trajo a poco en la boca un conejo; y sea dicho de paso, con la mayor delicadeza, de suerte que su amo en vez de reñirlo, le hizo muchas caricias, a que el perro correspondió abundantemente. Volviendo a cargar su escopeta, repitiendo la misma conversación con el Turco, el cazador, no sólo bajó hasta el fondo del precipicio, sino que subió a una eminencia situada en el parte opuesta, y desde donde se descubría una de las más encantadoras vistas.

El sitio en que pasaba esta solitaria escena entre un cazador y su perro, era en la cumbre de la Sierra Madre, en el camino de Tampico, y a dos o tres leguas de un pueblecito llamado Jaumabe.

Algunos de los lectores, que hayan subido a la cumbre de la alta cordillera, podrán recordar la fría y delgada atmósfera que se respira; la majestad infinita en que se encuentra el hombre que mira aglomerarse las nubes a sus pies, y formarse las tempestades, la pintoresca vista de los arroyos, que, como serpientes fabulosas con escamas de plata, se deslizan y pierden en medio de los espantosos precipicios que forman las montañas; y luego, entre las rocas áridas y enormes, hay a veces un pequeño valle, ameno, verde, fresco, lleno de flores silvestres, con un estanque cristalino y un bosquecillo de árboles. Tendiendo la vista, se divisan o inmensos valles, que se pierden entre la bruma y las nubes de púrpura que van elevándose del horizonte, o series de montañas, colocadas unas tras otras, como una perspectiva, donde van disminuyéndose, y deslavándose las tintas azules, hasta formar un medio color vaporoso e indefinible: tal era la perspectiva que tenía el cazador delante de sus ojos, y la cual contemplaba extático volviéndose hacia todas partes, y examinando cada uno de los puntos con una minuciosa atención.

—Es divino este paisaje —dijo el cazador, suspirando y limpiándose con su pañuelo el sudor que corría por su frente—, me encantan estas vistas, mi pasión dominante es la caza y me estaría semanas enteras en las montañas, pero esta grandeza de la naturaleza, este silencio, esta soledad, lastiman demasiado mi corazón; y si no me preocupara tanto la caza, puede ser que me hubiera disparado un tiro.

El cazador se quitó el morral que tenía lleno de aves, y se recostó debajo de un árbol frondoso y copado.

El Turco, meneando la cola, y con el mejor humor del mundo, daba saltos y brincos sobre su amo, y le lamía el rostro y las manos.

Cosa de media hora permaneció el cazador en una especie de éxtasis o meditación que cesó cuando distinguió tres hombres a caballo, que venían por un estrecho sendero practicado en un costado de la montaña, único camino posible en aquella serranía.

El cazador se puso en pie, echó su morral y su escopeta al hombro, y descendió por la pendiente con la misma presteza con que había subido. Saltando con ligereza atravesó el arroyo, y subió al punto desde donde había tirado al aguilucho. A este tiempo, los tres hombres que había divisado, estaban ya muy cerca. Uno de ellos, que montaba un hermoso caballo colorado Sangre linda, le puso espuelas, y se adelantó a galope, hasta el punto en que se hallaba nuestro infatigable cazador, y que era precisamente uno de esos pintorescos pedacitos de tierra frondosos y llenos de árboles.

—Tunante —dijo el cazador—, hace tres horas que te estoy aguardando…

—¿Qué quieres? el camino es pésimo, y por poco se desbarranca la mula.

—¿No hubo novedad?

—Ninguna, y sólo tengo el sentimiento de que los informes salieran falsos. Ni rastro de ese demonio de viejo.

Tengo un hambre insoportable, porque esa barranca que está adelante, la he subido y bajado dos veces. Haz venir la mula, y haremos un almuerzo pastoril, y después platicaremos detenidamente, porque me parece cosa milagrosa que nos hayamos reunido otra vez, después de tantas desgracias y contratiempos. Tú y yo tenemos muchos motivos de darnos un tiro; mas para eso, cualquier tiempo es bueno… Es menester tener valor, verdadero valor, para soportar las desgracias… cazar y beber unos tragos de aguardiente de a 36 grados y hacer ejercicio… y recibir el día como lo mande Dios.

—Acá, acá, muchacho —dijo el cazador dirigiéndose a un mozo que traía la mula de carga. Entre amos y mozos descargaron la mula, quitaron el freno a los caballos, y debajo de un árbol dispusieron un almuerzo, que consistía en buenos trozos de queso, jamón, lenguas de cíbolo, algunas frutas secas, unos tragos de aguardiente, y agua fresca y pura que trajo uno de los mozos del clarísimo arroyo, que corría en el fondo de la barranca. A estos manjares, que todo viajero experimentado, debe llevar cuando atreviesa las asperezas de la Sierra Madre, añadieron un tierno y sabroso conejo, que con presteza, asaron los mozos al estilo de los presidiales de las fronteras.

Así que los amigos más bien devoraron, que no comieron, los manjares ya referidos, y que les parecieron más exquisitos, a causa del apetito que viene después de un ejercicio activo, abandonaron los despojos de este homérico banquete a los sirvientes, con encargo de que no dejaran sin su parte al activo y fiel sabueso, que con una humilde resignación se había contentado con olfatear los conejos y levantar sus ojos melancólicos cada vez que sus amos llevaban los manjares a la boca.

Los dos viajeros, como habrá podido maliciar el lector, era nada menos que el capitán Manuel y nuestro amigo Arturo.

En el capítulo anterior quedó Arturo en la fortaleza de Santiago y Manuel en camino para la de Acapulco. Se hacen, pues, indispensables, algunas explicaciones.

El padre de Arturo, atacado de una congestión cerebral, a causa de los infinitos pesares que le había producido su desgracia, y más que todo la ingratitud de don Fausto y la inaudita maldad del tutor de Teresa, permaneció en cama dos o tres días, privado de sentido y abandonado de todo el mundo, como sucede cuando cambia la fortuna. De la tertulia de grandes personajes, de todas clases y profesiones, que por las noches iban a su casa en elegantes carruajes a llenarlo de adulaciones y a tomar su sabroso chocolate, ninguno volvió, sabiendo que había quebrado; que su hijo estaba preso, y que la conspiración había sido descubierta; todos temieron complicarse y despertar sospechas; y sin cuidarse de la suerte de sus aliados, ni mucho menos de la del capitán, se escondieron los unos en sus haciendas o casas de campo, y los otros hicieron alarde de su adhesión al gobierno que querían derrocar, procurando ganar la amistad y confianza del Presidente y sus ministros. En cuanto al buen tutor de Teresa, valiéndose precisamente de estas circunstancias, logró hacer con el ministro de Hacienda un negocio, en que ganó algunos miles de pesos.

Entre tanto, como la ley del más fuerte es la que impera, y el gobierno, por débil que fuera, era mucho más poderoso que dos jóvenes calaveras, sin experiencia y sin apoyo, el capitán Manuel fue encerrado en el castillo de Acapulco, y al elegante Arturo se le dejó olvidado en un calabozo de Santiago, como se deja en un cuarto de una casa un trasto inservible.

El capitán Manuel, a los ocho días de permanecer en la fortaleza de Acapulco, fue acometido de unas calenturas intermitentes, y el padre de Arturo, sin haber podido volver a hablar, sin abrazar ni bendecir a su hijo, murió atendido amorosamente por su esposa, pero abandonado de todos los que en los tiempos de su riqueza se llamaban sus amigos.

La madre de Arturo, que, como se ha visto, estaba a orillas del sepulcro y arrastraba una existencia trabajosa y enfermiza, fue la que sobrevivió a esta catástrofe; y Dios le dio el valor necesario para soportar el dolor de ver muerto a su esposo, y de enterarse de que su hijo, víctima de una locura, o quizá de una calumnia, se hallaba encerrado en una prisión. La pobre señora, pálida, demacrada, vestida de luto, hizo una día un supremo esfuerzo; se levantó de la cama, y mandó traer uno de esos desbaratados y sucios simones, ella, la elegante, que siempre había atravesado las calles de la ciudad rápidamente en carrozas inglesas, tiradas por hermosos caballos, acompañada de una criada anciana, que necesitaba apoyo, y que sin embargo era la única persona en el mundo en quien tenía que apoyarse, se dirigió a la fortaleza de Santiago a ver a su hijo; un instante, de amor de madre le había vuelto la vida y las fuerzas.

Cuando llegó a la arruinada y solitaria fortaleza, tendió la vista, y observó con tristeza la cumbre de los volcanes alumbrada por los rayos del sol poniente, y la multitud de cúpulas brillando como si fueran de oro, con los últimos reflejos del astro. Suspiró profundamente; levantó los ojos al cielo, y cuando los bajó, dos lágrimas habían rodado por sus hundidas mejillas. Bajó del coche apoyada en la anciana; las dos estaban ya cercanas a la muerte, y caminaban con trabajo en la tierra. Al introducirse por aquellos patios sombríos y ennegrecidos por el humo; al subir por aquellas escaleras ruinosas y frías, sintió que las fuerzas la abandonaban, y que todos sus males se renovaban terriblemente. La vieja sirvienta, con una voz trémula, preguntó a un sargento, que tocaba una jaranita:

—¿Dónde está el cuarto del niño Arturo?

El sargento se la quedó mirando, y siguió tocando una sonata popular; la madre no podía soportar los acentos de esa música.

—Señor —dijo por fin con voz doliente—, soy su madre, su madre de Arturo, de un joven que está prisionero.

—Hay muchos prisioneros aquí, señora —contestó el sargento—: ¿es oficial?

—No, no es oficial; mi hijo es un joven, que debe usted quererlo mucho.

Y aquí la madre comenzó a hacer la descripción de su hijo, con el acento apasionado con que siempre las madres hablan de sus hijos.

—Sí, señora, lo conozco; vea usted, está en ese cuarto de enfrente —respondió el sargento, señalándole una puerta estrecha y pintorreada de color pardo.

La madre lentamente, y sin desclavar los ojos de aquella puerta, detrás de la cual estaba su hijo, la única ilusión que tenía en la vida, se dirigía para entrar; el sargento la contuvo, diciéndole que no se podía entrar, y que había orden estrecha de que permaneciera rigorosamente incomunicado; que si quería, fuese a la Comandancia General.

La madre sacó un peso, y se lo dio al sargento, diciéndole:

—Quisiera ver a mi hijo, ya que no puedo hablarle.

El sargento echó a andar delante de la señora; la llevó a un patio, y le señaló una ventana. Allí, sin corbata, pálido, con la barba crecida, aparecía como engastado en el cuadro de la ventana el busto de Arturo. La madre, extática como el niño a quien sorprende un juguete; como el ciego que vuelve a ver la luz; como el que ha perdido una alhaja de valor, y la encuentra, se quedó contemplando la figura de su hijo.

Arturo, por su parte, distraído, embebecido en sus pensamientos, miraba el horizonte, que terminaba en una cadena de altas montañas, de donde se descubrían algunas columnas de humo, que se desvanecían en el azul de los cielos.

—¡Arturo! ¡Arturo! —dijo la madre, enclavijando las manos; pero como su voz era muy débil, no fue escuchada por el joven.

La madre permaneció silenciosa e inmóvil, fijos los ojos en la pálida y hermosa figura de su hijo.

Arturo cambió la dirección de su vista, y dirigió una de sus miradas sobre la mujer enlutada que, como la estatua del dolor, parecía fijada en el suelo. De pronto no reconoció a su madre; pero los latidos de su corazón le anunciaron que era una mujer querida la que estaba allí. Después miró la fisonomía de la sirvienta, que, agobiada por los años, y también por el dolor de haber presenciado la catástrofe de la casa, estaba muda y silenciosa junto de su ama.

—¡Madre!, ¡madre! —dijo Arturo conmovido—, ¿por qué es ese luto?, ¿por qué ese rostro pálido y tan cadavérico?

La madre se limpió los ojos con disimulo, procuró sonreír, y no pudiendo hablar, saludó con su pañuelo a Arturo.

—¿Por qué es ese luto, madre? —volvió a preguntar Arturo—. El viento es fuerte y muy frío, y también podría usted morir… ¿Es verdad que ha muerto mi padre?… Sí, esta inquietud, estos latidos de mi corazón, me anuncian que somos muy desgraciados.

Como el joven dijo en voz alta y perceptible estas palabras, llegaron a oídos de la madre, quien inclinó la cabeza, y llevó su pañuelo a los ojos.

—¡Muy bien, madre! —dijo el joven—, ese luto y esas lágrimas me confirman que mi padre ha muerto. Pero recordad, que no tengo ya en el mundo más que a mi madre.

—Y yo vivo unos momentos más, sólo por mi hijo —dijo la madre en voz baja.

—¡Y no poderla abrazar!… ¡no poder enjugar sus lágrimas con mis besos!… ¡Oh!, ¡eso es cruel! —exclamó Arturo, queriendo romper los fierros de la ventana.

Y la madre, como si también hubiera participado del pensamiento de su hijo, dijo con voz adolorida:

—¡Y no poder darle un abrazo antes de morir!… ¡Si yo besara su frente, sería muy feliz!

Diciendo estas palabras, y sintiéndose muy fatigada, hizo una señal de adiós a su hijo, y se retiró apoyada de la anciana.

Al día siguiente aun tuvo fuerzas para volver a salir a la calle, y entonces se dirigió a la Comandancia General y a los ministerios, para solicitar que le concedieran el ver a su hijo, siquiera una sola vez; pero todo en vano. De una oficina la enviaban a otra, y en todas ellas no recibía más que desaires y desengaños. Retiróse, pues, a su casa, convencida de que Dios le privaba antes de morir, del placer de ver a su hijo. Como ya le era imposible levantarse, escribió a Arturo la siguiente carta:


Hijo de mi corazón:

Antes de leer esta carta, es menester que te prepares a resistir el dolor, y que te sirva de ejemplo esta mujer enfermiza y aislada, que no tiene en los últimos instantes que le quedan de vida, más compañeras que la fe y la esperanza en Dios.

Tu padre ha muerto a consecuencia del pesar que le causó la pérdida repentina de todas sus riquezas. ¡Ésta es una lección dura para nosotros, pero que debe recibirse como enviada de la mano de Dios! Yo quería que tú no fueras pobre, y tu padre depositó todas mis alhajas en poder de don Pedro N… Y este hombre, lleno de honradez, según decía tu padre, ha negado el depósito…

Yo muero pobre, y tú quedas también en la miseria. El único patrimonio que te queda, es esa bolsa con 500 pesos en oro, que te envío, y que debes a mi amorosa solicitud. Fuerza es decirte, hijo mío, que me restan muy pocos días de vida, y que ya no tendré la incomparable dicha de besar tu frente pálida y hermosa… Vas a quedar huérfano… ¿sabes lo que es ser huérfano en el mundo?, ¿sabes lo que es no tener una madre? Es estar solo; completamente solo en el mundo.

El amor del hermano, el cariño de un amigo, el amor de una querida, son nada comparados al amor de una madre, y de una madre como yo, para quien has sido su adoración. Ya que el Señor ha dispuesto que no pueda yo dejarte ningunos bienes, debo al menos encargarte que mis consejos se graben en tu corazón. Ante todas las cosas, sé religioso, hijo mío; espera y confía en Dios. Tú no sabes aún cuántos y cuán eficaces consuelos nos da la religión en los momentos de desgracia. ¿Crees que si Dios no me hubiese concedido el don de la fortaleza, habría podido sufrir tan crueles golpes?

Y yo, hijo mío, en lugar de desesperarme y maldecir, he besado y bendecido la mano que me ha mandado las desgracias. Si por moda, o por despecho, pierdes las creencias religiosas, serás mucho más desgraciado. Cuando estés en esos momentos terribles, en que se reniega de Dios y de la vida, recuerda aquel tiempo, en que te sentaba sobre mis rodillas, y acariciando tus cabellos, y cubriendo de besos tus lindos ojos y tus blancas mejillas, te enseñaba yo que había un Dios, que había criado el cielo azul, las olorosas flores y los primorosos pájaros.

Perdona a tus enemigos; ama a tus semejantes; jamás se reconcentre en tu corazón el odio. Practica la caridad, para que, como Job, puedas decir en cualquiera época de tu vida: «He sido el ojo de los ciegos, el pie de los cojos, el padre de los desvalidos». Que ahora, que por la desgracia y la orfandad, vas a conocer el lado más horrible de la vida, se graben en tu corazón estas máximas, que te darán consuelo y resignación. Ya ves, hijo mío, tu pobre madre, que quisiera para ti todos los tesoros del mundo, no tiene más tesoro que dejarte, que el de sus consejos; y aunque no puede despedirse de ti, te envía su bendición. Adiós, mi Arturo, mi hijo querido: recibe el último beso, que te envía

Tu Madre.
 

Luego que la señora acabó de escribir esta carta, sobre la cual habían caído algunas lágrimas, las fuerzas le faltaron, pues había concluido la energía de las emociones que retenían su alma en su enflaquecido cuerpo. Envió, pues, a Arturo la carta, el dinero y algunos libros; y cuando vinieron a decirle, que su hijo la había recibido, entró en una aparente tranquilidad. En la noche llamó a la vieja criada, y con voz apagada, ya, pero con sus potencias expeditas, hizo las disposiciones para su entierro, se confesó y recibió los Santos Sacramentos. Al día siguiente, a la madrugada, dirigiendo a Dios sus plegarias, y pronunciando el nombre de su hijo, cerró apaciblemente sus ojos, para dormir en la tumba el último y eterno sueño. Su cadáver fue encerrado en un cajón común, y llevado al panteón de Nuestra Señora de los Ángeles. Los únicos dolientes eran: Mónico el portero y la antigua sirvienta, un par de viejos que habían sobrevivido a la momentánea ruina de una de las más opulentas casas. El vástago de ella, el jovencito educado en Inglaterra, quedaba olvidado en un calabozo, a merced de las pasiones y de los viles manejos que en este desgraciado país se llaman política.

En cuanto a Arturo, como ya se ha visto, que en medio de su locura y de su versatilidad, idolatraba a su madre, la carta que recibió le hizo una profunda impresión. Luego que acabó de leerla, la besó muchas veces con ternura y veneración; la dobló cuidadosamente, y la puso sobre su corazón, como si deseara que las líneas que en sus últimos momentos había escrito su madre, se introdujesen en su pecho. Después se sentó, mordió una punta de su pañuelo, y de sus ojos comenzaron de vez en cuando a caer algunas lágrimas; no salió de esta especie de doloroso letargo hasta que entró el oficial de guardia, quien prendad o de su carácter, había concebido vivas simpatías y sincera amistad por él.

—¿Qué ha sucedido, Arturo? —le preguntó.

—Un pesar de familia, amigo; mi madre, mi madre, está en los últimos momentos de su vida…

—Arturo, si quiere usted verla esta noche, lo podrá usted hacer, pero fío en que usted volverá, y en que se ocultará de todo el mundo.

—A estas horas mi madre ha de haber muerto; pero acepto siempre su ofrecimiento, amigo mío —dijo Arturo, estrechando la mano del oficial.

—Muy bien, yo daré a usted mi capa, y a las oraciones podrá salir, y volver a las nueve, porque si al jefe de día se le da la gana de ver a los prisioneros, seré hombre perdido.

—¡Gracias!, ¡mil gracias!, amigo mío —volvió a decir Arturo.

—Ahora, debe usted comer alguna cosa —dijo el oficial.

—Un poco de café.

El ordenanza trajo el café, y Arturo quedó aguardando con impaciencia el momento convenido.

Por un incidente imprevisto, relevaron al oficial a las cinco de la tarde, y Arturo no pudo verificar ya su salida.

Inútil sería pintar los sufrimientos del joven; el que se haya visto durante muchos días privado de la comunicación con la sociedad, solo y aislado con sus propios dolores, comprenderá cuánto debía ser su martirio. Los primeros días, la carta de su madre era un escudo que tenía contra la impaciencia y la desesperación, y cada vez que le venían ímpetus de estrellarse la cabeza contra los fierros de la ventana, la leía, y le sobrevenía una humilde, aunque triste resignación. Pasaron días y más días, y entraban y salían oficiales de guardia; unos cariñosos y atentos con el prisionero, otros bruscos y altaneros; pero ninguno de ellos le daba esperanzas de libertad, porque, según decían, habiéndose perdido la sumaria que se comenzó a formar, no podían tomársele ningunas declaraciones, ni resolver absolutamente sobre su suerte.

Tantos días de encierro, tantos días de soledad, tan cruel injusticia, fueron insensiblemente criando en el alma del joven un odio profundo a la sociedad, y llenando de amargura su corazón; así es que, su carácter se volvió sombrío, feroz, intratable. La carta de su madre no le servía ya de talismán; y además, un recuerdo momentáneamente adormecido, con sus inesperadas desgracias, se presentó de nuevo, agudo y punzante en su memoria; este recuerdo era el de Aurora. Mientras él, pobre, desvalido, abandonado de todo el mundo, gemía en una prisión, Aurora, alegre, hermosa como una ave del Paraíso, reía, platicaba, embelesaba con su canto a los mil amantes y adoradores, que todas las noches concurrían a la tertulia de su casa. Arturo estaba celoso, y concebía tremendos y descabellados proyectos; y sólo estaba a la mira de que entrase de guardia algún oficial con quien pudiera entenderse, para pedirle una noche licencia, y aparecer de repente pálido, con la barba crecida y el vestido desordenado, a confundir, a saciar su ira y a vengarse de sus penas en aquellos entes miserables y ridículos, que gozaban de las sonrisas y de las miradas de Aurora. Otras veces la aborrecía tanto como al perverso viejo, que le había robado el patrimonio de su padre; pero en el fondo, la desgracia y la soledad le habían avivado su naciente pasión, y la realidad era que estaba frenéticamente apasionado de Aurora, y apasionado… sin esperanza.

Sin esperanza, sí, porque aun cuando saliera de la prisión, estaba resuelto a no volver a ver a una mujer ingrata, que lo había abandonado en los momentos solemnes de su desgracia. Y por otra parte, pobre, sin aquel brillo y aparato, que es necesario para dominar hasta cierto punto el corazón de una mujer coqueta y frívola, ¿con qué títulos debía presentarse Arturo en lo sucesivo, en esa brillante tertulia, donde en tiempos mejores había dominado como un rey absoluto? Arturo, en este punto no encontraba remedio, y un pesar sordo oprimía su corazón; y cuando se apartaban un momento de su mente estos pensamientos, eran reemplazados por otros más funestos. Todos los días, a la misma hora en que le había hablado su madre por última vez, Arturo se asomaba a la ventana, y creía ver acercarse lentamente, como una sombra silenciosa empujada por la brisa de la tarde, una figura vestida de luto acompañada de una anciana. La figura llevaba a su rostro un pañuelo blanco; después lo tendía en el aire, como en señal de despedida, y entonces los ojos del joven se encontraban con la opaca y llorosa vista de la madre. Arturo, todas las tardes, por una especie de instinto, salía a la ventana; allí la fuerza de su fantasía le representaba la escena que acabamos de describir; y cuando la visión terminaba, Arturo, cabizbajo, pensativo y sombrío, y revolviendo en su cabeza el más extraño conjunto de ideas se retiraba y se arrojaba en su lecho; entonces no pensaba ni en su orfandad, ni en su pobreza, ni en Aurora, sino única y exclusivamente en su madre.

De esta manera transcurrían largos y llenos de fastidio los días del prisionero; su rostro se iba extenuando, su barba crecía, los ojos se hundían en sus órbitas… ¿Y Celeste? Es menester decir que aunque preocupado enteramente con el amor de Aurora, sentía una profunda simpatía por la muchacha, y tenía la más viva curiosidad de averiguar qué resultado habían tenido las diligencias del padre Anastasio en su favor. Revolviendo así en su cabeza tan distintos y encontrados pensamientos, Arturo, como hemos dicho, pasó muchos días de soledad. Una de tantas tardes en que Arturo, enajenado con la visión, permanecía en la ventana, sintió que le tocaban suavemente el hombro; volvió la cara, y se encontró con Rugiero.

Arturo de pronto se sobresaltó; pero este movimiento fue instantáneo; y como hacía tanto tiempo que no tenía comunicación con sus amigos, y con las personas con quienes estaba acostumbrado a tratar, no pudo menos de echarse en los brazos de aquél, por uno de aquellos movimientos involuntarios que no pueden reprimirse. Rugiero lo abrazó también con amistad y ternura, y lo invitó a que se quitase de la ventana; Arturo obedeció con la humildad de un niño, y ambos amigos se sentaron, uno enfrente del otro, en unas desquebrajadas y ordinarias sillas.

Rugiero estaba vestido, poco más o menos, de la misma manera que cuando Arturo lo vio por primera vez en su casa, y sólo podía notarse, que en vez del fistol de hermosos brillantes que el lector conoce, y que ha sido objeto de la codicia de todos los que lo han visto, tenía en su blanca y fina camisa de holanda, un ópalo tan pequeño, que sólo cuando lo hería diagonalmente la luz, se observaba como si estuviera adherida a la camisa, una chispa encendida. Arturo notó también que Rugiero tenía un chaleco de terciopelo, de un color incomprensible, y que tan pronto, y según le daba la luz, aparecía de un color sanguinolento, como de un tristísimo morado. La última y rápida observación que hizo el joven, fue que su amigo jamás cambiaba de moda en cuanto a las botas, y que siempre terminaban en una exagerada punta.

Después de hacer con la brevedad del pensamiento, es decir, con más brevedad que el relámpago estas observaciones respecto al vestido, hizo otras con respecto a la aparición de Rugiero; la cerradura y gonces de la puerta hacían cada vez que se abría, un destemplado ruido, y a pesar del profundo silencio no había oído abrir. Además, ¿cómo lo había dejado entrar el oficial de guardia? Arturo, a pesar de estas conjeturas, que de pronto le hicieron olvidar los pensamientos lúgubres en que estaba sumergido, no quiso hacer ninguna pregunta a Rugiero, y se sentó pensativo, y bajó los ojos, porque cuando los fijaba en el chaleco de terciopelo, sentía que un vértigo quería acometerle.

Rugiero se abotonó la levita, adivinando sin duda el motivo por qué el joven no podía dirigirle la vista; y Arturo respiró como desahogado de un peso, y dirigió ya libremente la vista a su amigo, sin que dejara de llamarle la atención el ópalo pequeñito; de vez en cuando se le figuraba también que en los ojos de Rugiero brillaba una chispa de fuego.

—No os entreguéis tanto a la pena, Arturo —dijo Rugiero—. ¡Todas las tardes una misma cosa! Al fin os llegaréis a olvidar enteramente…

—¿Qué queréis, Rugiero? —dijo el desconsolado joven—, cuando uno está solo y olvidado de sus queridas, de sus amigos, de todo el mundo, ¿qué ha de hacer, sino formarse un mundo secreto de fantasmas, de visiones halagüeñas y de quimeras? Todas las tardes viene mi madre; la veo enlutada, llorosa, dirigiéndome su última mirada llena de lágrimas, y su último adiós con su blanco pañuelo; la brisa de la tarde me trae esta visión adorada, que se desvanece y pierde con los últimos rayos del sol. En la noche, agobiado de melancolía y cuando quieren asomar a mis ojos las lágrimas, se me aparece radiante y hermosa la figura divina de Aurora; escucho su voz armoniosa y las dulces notas de su piano; respiro el perfume de las rosas naturales que tiene entrelazadas entre sus blondos cabellos, y un mar de deleites baña mi alma, si mis ojos se encuentran con los suyos, y su amable sonrisa, descubre una hilera de dientes lustrosos y blancos. Y así, en esta especie de insomnio paso las noches, y al día siguiente el rechinido de los gonces de la puerta, cuando entra un soldado a darme el desayuno, me recuerda que estoy preso, que no tengo querida, que no tengo amigos, que mi madre no existe, y que donde quiera que vaya, no encontraré más que el desamparo, la miseria y la soledad… Ya veis, Rugiero, es la realidad horrible.

—En todo lo que habéis dicho, Arturo, no encuentro cosa digna de contestar —respondió Rugiero con su acostumbrado tono sarcástico—, sino los cargos que me hacéis. Yo no he estado en México; un asunto urgente me llamó a los Estados Unidos, y hasta ayer que llegué, no he sabido vuestras desgracias. Si yo hubiera estado aquí, no habríais sufrido nada, porque yo habría salvado de la quiebra a vuestro padre, y le habría puesto en las manos armas bastantes para defenderse de sus enemigos… Pero ya esto no tiene remedio… por ahora, y para que no os quejéis de la soledad, os traigo un compañero.

—¿Un compañero? —preguntó Arturo—, ¿dónde está?

—Aquí lo tenéis.

Rugiero sonó los dedos, y salió de debajo de su silla un hermoso perro sabueso. Era el animal blanco y bien manchado de negro con unas hermosas orejas suaves y cubiertas de un pelo que parecía de seda; tenía unos ojuelos inteligentes y vivarachos y que revelaban la noble raza de que procedía.

—Es un excelente cazador —dijo Rugiero— y un compañero fiel; así que se acostumbre a vuestra vista, cuando estéis enfermo, os calentará los pies; cuando estéis triste, os hará mil fiestas y os lamerá las manos; cuando estéis en el camino, velará vuestro sueño, y cuando os entreguéis a la caza, lo veréis lanzarse entre las barrancas y las lagunas tras de la presa; y en una llanura, os parecerá que el animal tiene las alas de un águila.

El noble sabueso parecía satisfecho de escuchar tales elogios, y con timidez, y moviendo la cola, levantó las dos manos y las puso en las rodillas de Rugiero.

—Mira, Turco —le dijo Rugiero acariciándole la cabeza—, este señor va a ser tu nuevo amo; quiérelo mucho, y pórtate bien; ve a hacerle cariños.

El sabueso dio, alegrísimo, dos o tres vueltas alrededor del cuarto, y habiéndolo llamado Arturo, vino a poner sus manos en sus rodillas.

—Rugiero: no sois capaz de imaginaros cuánto os agradezco este regalo —dijo Arturo, haciendo mil cariños al sabueso—. He oído, o leído, que un prisionero comenzaba ya a domesticar una araña; estaba yo pensando hacer lo mismo; pero prefiero a este hermoso animal, y puede ser que me haga olvidar hasta el amor de Aurora.

—Ya veis, Arturo —dijo Rugiero—, que no busco a los amigos cuando están en la opulencia; pero que los visito cuando se hallan en una prisión. Ya os he traído un compañero, y dentro de pocos días espero que podréis tomar una escopeta, y salir a cazar por los hermosos alrededores de México.

—¡Cómo! —preguntó lleno de placer Arturo—, ¿créeis que saldré pronto de esta maldecida celda?

—Así lo espero; la revolución está ya muy adelantada, y cuando caiga el gobierno, se abrirán para vos las puertas de esta prisión, y para el joven Manuel las del castillo de Acapulco.

—¿De Acapulco? —preguntó el joven—, pues, ¿y qué ha ido a hacer Manuel al castillo de Acapulco?

—Parece que habéis perdido la memoria, amigo mío.

—Es verdad, es verdad —exclamó Arturo, dándose una palmada en la frente—. Creed que todo lo que por mí pasa, me parece un sueño.

—La vida es un sueño, según ha pretendido demostrarlo en una comedia el viejo Calderón de la Barca; pero lo que tiene una poca de realidad es, que mi fistol está en poder de don Pedro, tutor de Teresa.

—¡El fistol en poder de don Pedro! —dijo Arturo asombrado.

—Ni duda.

—Pero, ¿cómo sabéis?…

—Porque he estado a visitarlo en su casa, y se lo he visto en la camisa.

—¿Es posible, Rugiero?

—Como observó que yo fijaba mi atención, me dijo que lo había comprado a vuestro padre en una gruesa suma de dinero…

—¡Imposible, Rugiero! ¡Imposible!, no creáis semejante cosa —dijo el joven con visibles muestras de aflicción.

—Yo no he dicho que lo creo, amigo mío —contestó Rugiero con cariño—, sino que refiero simplemente el hecho.

—Ya recuerdo —interrumpió Arturo, volviendo a darse otra palmada en la cabeza…— mi memoria está perdida, y no puedo ni aun tener presentes las cosas más importantes. Mi padre, creyendo que ese viejo era un hombre honrado, depositó en su poder unas alhajas que mi buena madre había querido consignarme, para ponerme a cubierto de la miseria. Concibo que como no dio documento, ni testigo alguno presenció este acto, el bribón pudo negar a mi padre el haber recibido las alhajas; presumo que mi padre incluiría el fistol con las demás prendas. Está suficientemente explicado el asunto, Rugiero.

—Me parece exacto vuestro razonamiento, Arturo.

—Sabéis, Rugiero, que soy un hombre de honor; no tengo con qué pagaros; pero os prometo que el mismo día en que salga de esta prisión, tomaré una pistola, y la dispararé sobre la cabeza de ese bandido, vengando al capitán y vengándome yo también.

—Y a fe —dijo Rugiero—, que el capitán tiene motivos sobrados para aborrecer al viejo, porque él ha sido nada menos la causa de su destierro.

—¿La causa de su destierro decís? —preguntó Arturo.

—Exactamente, porque él fue el denunciante de la conspiración que vos ignoráis, y que se tramó en la casa de vuestro padre. Manuel, comprometido por vuestra amistad, se prestó a ser instrumento; y entonces el viejo, que estaba en el secreto de todo, encontró oportunidad para alejarlo, e impedir con esto el proyectado casamiento con Teresa. Ya veis que, y aunque indirectamente, él ha sido también la causa de la muerte de vuestros padres y de vuestra completa ruina… No se puede negar que ese hombre tiene talento.

—Y lo que decís, ¿es cierto? —preguntó Arturo con una voz concentrada y después de algunos momentos de silencio.

—Evidente, como estar nosotros aquí sentados —contestó Rugiero con tono afirmativo.

Arturo sacó del bolsillo la carta de su madre, la hizo mil pedazos y los arrojó por la ventana.

—¿Qué hacéis? —preguntó Rugiero.

—Tenía yo un talismán —contestó Arturo—, que me precavía de las malas pasiones; pero ahora estoy libre, estoy contento, porque alimento en mi corazón una esperanza como la del amor, como la de las riquezas.

—¿Y qué esperanza es esa? —preguntó maliciosamente Rugiero.

—¡La venganza! —respondió Arturo levantándose de su asiento, apretando los puños, y recorriendo a grandes pasos el cuarto, como un león irritado en el estrecho tramo de su jaula—, el día en que yo logre ver a este hombre inicuo revolcándose en su sangre y exhalando entre dolores horribles el último suspiro, entonces será el momento más venturoso de mi vida; y ni el sol me calentará, ni la comida me sustentará, ni vendrá el sueño a mis ojos, ni refrescará mis sienes el soplo del viento, hasta que no haya conseguido una venganza completa y haya visto morir al asesino de mis padres, al perseguidor de mi amigo y al ladrón de mi fortuna.

Todas estas palabras, que salían de su boca como siniestros presagios, las decía Arturo con una voz ahogada por la rabia, y sin cesar de pasearse de uno a otro extremo del cuarto. Cuando acabó de pronunciar su última sílaba, faltándole las fuerzas, se dejó caer en la silla; Rugiero entonces, con la mayor calma, le dijo:

—Lo que vos llamáis venganza, no es más que justicia, necesaria sobre todo en una sociedad como esta, en donde no se la conoce. Decidle a un juez: este hombre es el asesino de mi padre, el denunciante de un secreto, el ladrón de mi patrimonio; el juez os pedirá las pruebas, y como precisamente de los actos más reprobados e inicuos jamás hay pruebas, vos pasaréis por un infame calumniador, y vuestro enemigo triunfante sonreirá al ver vuestro despecho y vuestra derrota. Así, lo que vos creéis venganza, no es en realidad más que una inflexible justicia, que es necesaria e indispensable.

—Es verdad, es verdad; justicia —dijo tristemente Arturo, cuyas pasiones halagaba el lenguaje de Rugiero—, y os juro que venganza o justicia, la he de tomar satisfactoriamente, aunque tuviera que ir al cabo del mundo.

—Ahora, todo lo que he dicho, es sincero —añadió Rugiero—, sin que a ello me mueva el deseo de recobrar mi fistol; no os he dicho que lo necesito, si viene a vuestras manos, me lo devolveréis; si no, paciencia.

—Gracias, Rugiero; pero el que me dispenséis de la obligación de devolveros el fistol, no cambia absolutamente en nada mi resolución; estoy afirmado en ella, y nada en el mundo me hará variar. No pienso ya en amores, ni en la fortuna; mi porvenir es la venganza; y ahora quisiera yo sufrir algunos meses más de prisión, para que mi alma acabara de llenarse de hiel.

—Pues ya os he dicho, Arturo; pronto el partido victorioso vendrá a abrir las puertas de esta prisión, y vos seréis el mártir de la libertad, y estaréis en posesión de adquirir empleos en la hacienda, y grados en la milicia y condecoraciones. Aprovechad la ocasión; tomad un empleo en una de las aduanas de los puertos del Sur; aprovechad el tiempo, para hacer tan breve como se pueda una fortuna; después os marcharéis a disfrutar en ese bello Parás, u os quedaréis en México, porque el que tiene dinero, en todas partes del mundo se divierte. Si ahora dais un balazo a ese viejo, os echarán mano, y os meterán en una cárcel de donde no saldréis en muchos años. Por el contrario, si sois un hombre de cien mil pesos de capital, os será muy fácil mandarle echar unos polvitos en el chocolate al pícaro viejo, o pagarle a alguno que lo mate a palos como a un perro.

—Todo eso será muy bueno, Rugiero, pero vos me habéis dicho que yo tenía justicia, y yo la he de ejecutar como un caballero, cara a cara con mi enemigo, sin valerme de una mano tenebrosa, que arroje un veneno en un manjar.

Rugiero lo interrumpió con una estrepitosa carcajada.

—¿Por qué os reís, Rugiero? —preguntó Arturo algo amostazado.

—Porque verdaderamente causa risa esos escrúpulos en un hombre que tiene la resolución de asesinar a otro.

—Entonces no os entiendo; vos me habíais dicho que era justicia y no venganza.

—Está bien; pero la sociedad lo calificará siempre como un asesinato. Lo que yo os he aconsejado, es, que ya que tenéis formada una resolución en vuestro espíritu, y que para vos es casi una necesidad aniquilar a un enemigo tan pérfido, lo hagáis de manera que no os resulte daño alguno.

»Es demasiado tarde ya, y me retiro —continuó Rugiero desabotonándose la levita, y como el cuarto estaba oscuro, pudo el prisionero notar que el chaleco morado parecía de una materia transparente y luminosa, y que el pequeño ópalo se encendía de vez en cuando, iluminando toda la camisa y reflejándose siniestramente en el pálido rostro del misterioso personaje.

Rugiero abrió la puerta, y los gonces no rechinaron; rozó con sus vestidos al centinela, y éste continuó durmiendo profundamente; por fin, atravesó, sin hacer el menor ruido, los silenciosos y lóbregos corredores, y los soldados que estaban recostados de distancia en distancia no se movieron. Arturo, asomando la cabeza por la puerta, vio, lleno de una especie de pavor, desaparecer a su fantástico amigo, y corrió en seguida a la ventana que caía al campo, y observó que Rugiero subió a un elegante carruaje tirado por dos caballos frisones, negros como el azabache, los cuales, al chasquido del látigo del cochero partieron a todo escape.

—Todas las acciones de este hombre me parecen fantásticas y sobrenaturales; pero voy creyendo que es una preocupación mía y nada más. En el fondo, Rugiero es un amigo, pues en todas las desgracias y aventuras que he tenido lo he encontrado dispuesto a servirme.

Haciendo estas reflexiones Arturo se quitó de la ventana, pues había perdido de vista en un momento al coche, y sólo el viento traía ya muy disminuido el chasquido del látigo del cochero.

Arturo se acostó en su lecho como de costumbre, pero sintió al mismo tiempo que alguien se arrojaba sobre él. Sobresaltado dio un salto, y entonces un suave gruñido le indicó que era el sabueso que le había regalado Rugiero.

—¡Pobre Turco! —dijo Arturo acariciándolo—, quizá te habré lastimado… te había yo olvidado… ven, ven —y Arturo invitó al perro a que volviese a subir a la cama, de donde había descendido creyendo enojado a su nuevo amo.

Arturo permaneció así, entregado a esas cavilaciones infinitas en las cuales pasaba horas enteras, y es menester decir que lo ocupaba de preferencia la idea de vengarse del tutor de Teresa. Fatigado ya de tanto devanarse los sesos, encendió la luz, y el primer objeto que llamó su atención fue una curiosa bolsa de seda verde con borlas de oro: la tomó, y examinándola, la encontró llena de doblones.

—¡Oh, magnífico hombre es este Rugiero! Será un malvado, será un aventurero, será acaso el diablo mismo; pero lo cierto es que se porta como un caballero.

El soldado entró, como de costumbre, cerca de las diez con la cena, y el joven, por una de aquellas anomalías inexplicables en la naturaleza humana, cenó con más apetito que de costumbre, y olvidando por un momento pesares, amores y venganza, le estuvo dando al Turco los restos de la cena, y admirando la finura y buena educación de que estaba adornado su nuevo compañero.

Ocho días cabales habían transcurrido desde que pasaron las escenas que acabamos de describir.

Arturo ya no se ponía a la ventana para ver la sombra querida de su madre: Rugiero no había vuelto, y el sabueso había cesado de distraer a nuestro personaje, si bien había crecido, a pesar de eso, el mutuo cariño y simpatía que existió desde el principio entre el prisionero y el perro.

El fastidio volvía de nuevo terrible y sombrío a apoderarse del joven, y la idea de la venganza dominaba en su alma vigorosa e inmutable.

Un día oyó un confuso ruido y vocería; se levantó de su lecho, y cuando se disponía a escuchar, la puerta de la prisión se abrió de par en par, y una multitud invadió la habitación, gritando desaforadamente vivas a la libertad y a la federación, y abrazando y levantando en peso al prisionero, a quien veían como un verdadero mártir de la libertad.

La explicación es muy sencilla. Una revolución, un poco mejor combinada, estalló, y en un día fue consumada y derrocada la administración; resultando sólo ocho o diez soldados muertos y quince o veinte heridos. La revolución no era mejor que la que intentaron don Pedro y cómplices: eran intereses de diversas personas, deseosas de mejorar su fortuna; de aspirantes que querían obtener empleos y de magnates destronados del poder que a toda costa querían volver a reconquistarlo. Para esto se había acudido a las frases comunes de la libertad, el pueblo, el honor, la justicia; palabras que en política nada significan, pues el pueblo se queda siempre lo mismo; y el partido caído sigue conspirando para volverse a levantar aún en el instante mismo de su derrota… en fin, el primer día de la revolución sus partidarios, como es de suponerse, estaban entusiasmados y contentos, y el nuevo gobierno prometía en su programa cosas lindas y maravillosas… Un grupo de revolucionarios, hallándose en disposición de espíritu bastante alegre merced a que habían bebido un poco de licor, y teniendo a su cabeza el fiel asistente de Manuel, determinaron correr a la fortaleza de Santiago y dar libertad al prisionero. Al llegar a las inmediaciones la tropa se puso sobre las armas; pero enterada de que eran pronunciados, como también estaban ya en las nuevas ideas, depusieron su actitud hostil y comenzaron en coro a gritar vivas y mueras hasta desgañitarse. El oficial se opuso al principio a dar libertad al joven; pero pensando sin duda que era un mérito relevante el libertad al oprimido por la tiránica administración caída, dejó obrar al pueblo, limitándose a poner un parte al nuevo comandante general.

Arturo distribuyó algunos pesos a sus libertadores, lo cual le valió nuevos y ruidosos aplausos; y despejado el campo, se halló en disposición de salir a los corredores, a los patios y respirar el aire libre, alzar los ojos y mirar la espaciosa anchura de los cielos, andar y hacer uso expedito de sus miembros. Este placer no se puede comprender más que por el que haya estado durante muchos días encerrado y solitario en una prisión. Arturo hizo su toilette con mucho esmero; pero, a pesar de eso, pálido, enflaquecido, y con una barba crecida, trabajo hubiera costado reconocerlo aun a su misma madre. Luego que estuvo listo, en un coche simón que mandó a buscar, abandonó la prisión, abrazando al oficial y dando por última vez a los soldados algunas monedas: de la prisión fue a establecerse, con su reducidísimo equipaje, a un cuarto del hotel Washington; y su primer cuidado fue dirigirse al ministerio de la Guerra para solicitar una orden tronante para la libertad del capitán Manuel. El nuevo gabinete lo recibió con señaladas muestras de atención, y no sólo se extendió inmediatamente la orden para la libertad de Manuel en los términos que quiso, sino que se le ofrecieron empleos en la milicia o en la hacienda para él y su amigo. Pensó un momento adoptar los consejos de Rugiero; pero resistió la tentación, dio las gracias comedidamente al ministro y realzó con este desprendimiento más su modestia y patriotismo.

Así que logró remitir a Manuel la orden de su libertad, acompañada de una larga carta en la que le hacía una fiel relación de las desventuras que ya sabe el lector, fue a una mercería, compró unas excelentes pistolas inglesas, las cargó y, armado así, se dirigió a la casa del tutor de Teresa.

Este viejo astuto y culpable, tan luego como se consumó la revolución, echó bien sus cálculos y reflexionó que naturalmente Arturo y Manuel deberían muy pronto hallarse en libertad y podrían tomar una señalada venganza, abrigados por el influjo del partido que se había alzado contra el gobierno. Resolvió, pues, con el mayor secreto, marcharse de México; pero lo hizo con tantas precauciones que ni los criados, ni sus amigos, ni nadie pudieron saber donde se hallaba. Don Pedro había escrito repetidas cartas a La Habana, y había enviado otro agente; pero en último resultado lo que sabía era que Teresa no estaba en la isla de Cuba, y unos le decían que se había embarcado en el vapor inglés con dirección a Veracruz, y otros que se había dirigido a Cádiz fugándose con un amante. Antes de marcharse el tutor escogió las cartas que, sin comprometerle, conoció harían una profunda impresión en el alma ardiente del capitán, les puso un sobre escrito y se las envió, diciendo con su infernal sonrisa: «Vaya, enviaremos un alivio al prisionero; los celos le quitarán la calentura y le divertirán en su soledad. En cuanto al otro fatuo de Arturo, ya tendrá que pedir limosna en las calles.» La separación de Teresa disminuyó grandemente la insensata pasión que había concebido por ella y se concentró en el vil y detestable vicio de la avaricia: se lisonjeaba con que Teresa quizá se habría muerto, y entonces quedaba dueño del caudal, y al mismo tiempo sentía un maligno placer al reflexionar que Manuel no había logrado ser el esposo de Teresa. —Sí, primero muerta, que no mujer de ese infame prostituido. ¡Él, rico y feliz con Teresa, y yo, pobre, y envilecido, y despreciado!… ¡Oh! no… la muerte, la sangre, el crimen, el infierno primero… Estos y otros pensamientos tenía el viejo al tiempo de meterse en el coche…

Como hemos dicho, Arturo, provisto de su par de pistolas y con la más firme y fría resolución de dejar por lo menos inutilizado al perverso viejo para el resto de su vida, se dirigió a la casa y pasó resueltamente el umbral de la puerta. El portero le salió al encuentro para impedirle el paso; pero él lo desvió con la mano, le arrojó una mirada terrible y subió las escaleras. Las criadas quisieron oponerle resistencia, pero procedió de la misma manera que con el portero, y el resultado fue que, todos atemorizados y llenos de estupor, lo dejaron penetrar por todas las piezas de la casa. Arturo no encontró al personaje que con tanta ansia buscaba y reflexionando que podría, infundir a los criados desfavorables sospechas, pensó que lo mejor sería transigir con ellos; y en efecto, llamó al portero con una voz afable, y apellidándolo hijo mío.

—Te habrás asombrado —le dijo—, de que, sin hablar palabra, me haya introducido en todas las piezas de la casa; pero necesitaba yo precisamente ver al señor don Pedro para entregarle un dinero de San Luis.

El criado, engañado por este razonamiento, pidió perdón al joven de haberlo detenido.

—Dime —le preguntó—, ¿a qué horas se marchó tu amo?

—A las cuatro de la mañana.

—¿Y para dónde fue?

—Señor, no sé.

—¿Por qué garita salió?

—Señor, lo ignoro.

—¿Y cuándo volverá?

—Quién sabe.

—Hombre, ¿tú te quieres burlar de mí?

—No, señor; mi amo no quiso decir ni a los cocheros donde iba; mandó que se dirigieran a la Plaza Mayor, y de allí… no se sabe por qué calle tomaría.

—Hombre: dime la verdad; mira que me importa mucho verlo hoy mismo.

—Señor, esta es la verdad; pregunte usted a las criadas.

Éstas confirmaron todo lo que el portero había dicho.

Arturo quedó completamente desorientado, sin saber qué hacer, ni a dónde dirigirse con sus grandes pistolas. Casi estuvo tentado de reírse y de abandonar el proyecto de vengarse; pero al retirarse, cabizbajo y pensativo para su posada, se le vino a la memoria la muerte de su madre y todas las desgracias de la familia, y dijo: «Es cobardía e infamia dejar impunes estos atentados.» Corrió a un alquiler de caballos, pidió uno fuerte y brioso y se dirigió a las garitas, preguntando minuciosamente cuantos coches habían salido ese día. Desgraciadamente dos coches con idénticas señas habían salido: uno por la garita de San Lázaro y otro por la de Guadalupe.

Arturo quedó otra vez desorientado, y dando una fuerte palmada en la cabeza de la silla.

—¡Vive Dios —dijo—, que he de buscar a ese maldito hombre hasta el fin del mundo!

Prendió las espuelas al caballo y echó a correr en dirección a Tlalnepantla, siguiendo las huellas del carruaje y preguntando a todos los transeúntes que encontraba por el camino.

No hubo quien le diera razón.

Luego que llegó al pueblo se dirigió a la primera tienda.

—Amigo, ¿ha pasado un coche por aquí?

—Sí, señor.

—¿A qué hora?

—Muy temprano.

—¿Y siguió el camino?

—Volvió para México —dijo el tendero con calma.

—¿Para México?

—Sí, señor.

—¿Y quién venía dentro?

—Un señor ya anciano con una muchacha.

—¡Con una muchacha!

—Ciertamente.

—¿Y que señas tenía el viejo?

—No puse mucho cuidado; pero creo sólo tenía dos dientes.

—¡Ése es! —exclamó Arturo—, ¡oh, miserable!

—¿Pero qué, la niña?… —se atrevió a preguntar tímidamente el tendero.

Arturo, sin responder, puso las espuelas al caballo y regresó a la garita.

—Hombre, usted me ha engañado vilmente —dijo al guarda.

—¿Por qué? —preguntó éste asombrado.

—Porque me dijo usted que había salido un coche.

—Es verdad, salió el coche.

—Pero usted no me dijo que había regresado.

—Tampoco usted me lo preguntó —respondió el guarda riéndose.

Arturo lo dejó con la palabra en la boca otra vez, prendió espuelas al caballo y no paró hasta la casa de don Pedro.

—¡Este maldito creyó burlarme —decía entre sí—, pero se ha engañado!

Luego que llegó se apeó del caballo, y precipitadamente subió la escalera. Las criadas le confirmaron a una voz que el señor don Pedro no había vuelto: Arturo, valiéndose del pretexto de que había olvidado alguna cosa pudo entrar por todas las piezas de la casa y quedó convencido de que en efecto el tutor no estaba en la casa. Otra vez, pensativo, bajó la escalera y se dirigió maquinalmente hacia el rumbo de la garita de San Lázaro; se informó minuciosamente de la hora en que había salido el coche y calculó que podría haberse valido el viejo del medio de hacer una falsa salida. Confirmado en sus ideas, echó a correr por la calzada siguiendo las huellas de un carruaje.

Cuando llegó al Peñón viejo, hizo a los cajeros de la tienda las mismas preguntas que en Tlalnepantla, y ¡cuál fue su sorpresa! al enterarse que había estado allí un momento el coche y había regresado a México, y que el viajero, que era muy notable por tener sólo dos dientes negruzcos que descubría cuando se reía, venía acompañado de una muchacha de no malos bigotes, como suele decirse.

Arturo se volvía loco, preguntó minuciosamente las horas de la llegada y regreso del carruaje, e hizo varias operaciones aritméticas, a pesar de las cuales le fue imposible dar crédito a la velocidad con que el astuto viejo había podido hacer estas caminatas. Para no fastidiar al lector, diremos, que Arturo regresó ya de noche a México, bastante desconsolado por la inutilidad de sus tentativas, pero resuelto a buscar sin tregua ni descanso a su enemigo, como en efecto lo hizo; habiendo logrado saber por fin que don Pedro había marchado para San Luis Potosí a una de las haciendas de Teresa. En este intervalo, el capitán Manuel llegó a México, flaco, débil y con el rostro amarillento y consumido, a consecuencia de las calenturas que había padecido y de los tormentos que naturalmente le causaba la separación de Teresa y la incertidumbre que tenía por su suerte. Los dos amigos separados después de tan largo tiempo, se contaron sus mutuos padecimientos, y concertaron sus planes, reducidos a emprender la marcha para San Luis, en busca de don Pedro; de grado o por fuerza apoderarse de su persona, conducirlo al punto más alto de la Sierra, hacerle allí ver y confesar sus crímenes, y en seguida desbarrancarlo en el precipicio más profundo. Hecha así una brillante justicia, según decían, Manuel se embarcaría en el puerto de Tampico con dirección a La Habana, con el fin de traer a Teresa; y Arturo regresaría a México con un cargamento de efectos, para lo cual contaban con el dinero del capitán. Hicieron perfectamente sus cálculos, tanto para apoderarse de la persona de don Pedro y evitar las pesquisas de la justicia, como para sistemar en lo futuro sus gastos y la manera de trabajar y de vivir con cierto desahogo.

Bajo el primer punto de vista, el viaje fue inútil, porque no encontraron a don Pedro en la hacienda; pero como fueron incansables en sus indagaciones, supieron que podía estar en una finca situada en la raya de los Estados de Tamaulipas y de San Luis, o que de no encontrarse allí, debería hallarse del otro lado de las montañas, en una de las extensas posesiones del conde de Sierra Gorda. El capitán, que tenía también noticia de que al pie de las montañas había un rancho donde podría hallarse el tutor, se separó de Arturo, que siguió el camino recto; y los dos amigos se encontraron en aquel bellísimo punto que hemos descrito al principio de este capítulo, y en donde Arturo, mientras que venía su amigo se puso a cazar, ejercitando así a su fiel sabueso. Concluido el frugal almuerzo, y después de haber dormido un rato una deliciosa siesta, a la sombra de los árboles, los viajeros se pusieron en camino, y a cabo de una fatigosa marcha llegaron a un delicioso y tranquilo pueblecillo.

IX. En la cumbre de la Sierra

Era Jaumabe un pequeño vergel, en donde no se veían, como en otros pueblos de la República, esos miserables jacales color de ceniza, de ramas secas o de pencas de maguey por cuyas hendiduras brotan espesas columnas de humo, y que en su interior con su suelo de tierra húmedo parecen más bien cabañas de salvajes que las habitaciones rústicas de la gente del campo. Sus calles estaban tiradas a cordel, formadas de aseadas casitas pintadas de blanco; cada una de ellas tenía un huerto de granados llenos de flores, y de otros árboles frutales, que formaban pintorescos y frescos bosquesillos. La plaza, de poca extensión, tenía algunos edificios de cal y canto, igualmente aseados y una iglesia, que por su pequeñez y estructura, y por dos crecidos cipreses en la puerta, despertaba las ideas más tiernas; sencilla como la religión, modesta como la virtud misma, era más grande por su humilde pequeñez, que las más elevadas catedrales. Arroyuelos de agua cristalina corrían por en medio de las calles y de las huertas, formando un acompasado murmullo, y las calandrias, los gorriones y los tordos que venían de las floridas barrancas de la Sierra caían en los bosques de granados, se paraban en los techos de palma de las habitaciones, gorgeando gozosos; y desplegando luego sus alas, iban sobre los arbolillos a ostentar el variado colorido de sus plumas. Todo estaba en silencio y calma, sólo se veía en las calles algún ranchero, vestido enteramente de gamuza amarilla, y algunas muchachas robustas, de gallardo y airoso cuerpo, con sus enaguas azules que dejaban descubiertas hasta la pantorrilla sus piernas torneadas, lustrosas y blancas. El ruido que hacían los caballos de los viajeros, y el ladrido del Turco, despertaba la curiosidad de algunas ancianas, que se asomaban a las puertas de las casas.

—En verdad —dijo Arturo—, que es un pueblo pintoresco, bastante ameno, y mejor de lo que yo me lo esperaba en estas montañas.

—No es la primera vez, como te lo debes figurar, que paso por aquí —contestó Manuel—, y he notado un defecto, y es, que cuesta mucho trabajo alojar a las bestias, porque creo, que con excepción de dos casas, ninguna tiene caballeriza.

—Tomaremos, si te parece —dijo Arturo—, algún refresco en esta tienda; y en efecto, se apearon en la que estaba situada frente de la iglesia.

—Amigo —dijo el capitán—, deseamos dos vasos de sangría, o al menos una limonada, si no hubiese vino de Burdeos.

—Al momento, caballeros —dijo el tendero—, pasen y siéntense. Cabalmente tengo aún dos botellas de San Julián, que conservaba para mi uso, porque esta gente bárbara no conoce ni el nombre, beben agua.

El tendero que decía esto, era un hombre flaco, de tez morena, ancha nariz y grande boca, y una cabeza inmensa, a causa del mucho pelo erizado que tenía. En su tienda, de mediana extensión, y que tenía un mal armazón y mostrador de madera amarillenta, había licores, velas, cohetes, indianas, efectos de mercería, jamones, manteca, maíz, zapatos, jorongos; en fin, cuanto se puede imaginar, para las necesidades y comodidades de la vida; así es que, don Mariano (que así se llamaba) era el hombre necesario y el tendero más afamado de los dos o tres que existían en el pueblo, los cuales tenían con él, una inútil y vana competencia.

Con la mayor agilidad preparó dos grandes vasos de sangría, que los viajeros bebieron con ansia y placer, y en seguida les ofreció cigarro, y los invitó a que descargaran las mulas en su casa, ofreciéndoles un regular cuarto para ellos y un amplio corral para criados y caballos.

Sin dificultad aceptaron el ofrecimiento; y ejecutada toda la maniobra necesaria, se sentaron a descansar y a fumar en una banca de madera colocada en un costado de la tienda. El tendero no dejaba de despachar a sus marchantes; pero en los ratos desocupados tomaba un libro de un pequeño armario colocado en el mostrador junto a la frasquera del aguardiente, y se ponía a leer con grande atención. Arturo, movido de la curiosidad, no pudo menos de preguntarle qué obra leía, qué tanto entretenimiento le causaba.

—El Diccionario filosófico de Voltaire —contestó don Mariano con aire de satisfacción, y levantándose, arrimó el cajón, e invitó a sus huéspedes a que registraran su librería.

Arturo y el capitán comenzaron a hacer el registro, y encontraron, entre otras preciosidades, el Citador, la Guerra de los Dioses, la Doncella de Orleans, Lucinda, el Barón de Faublas, las Ruinas de Palmira, el Hijo del Carnaval y el Emilio de Rousseau.

—Buena colección de obras tiene usted —le dijo Arturo con mucha seriedad.

—Sí, señor; las únicas que me gustan leer, y que sé casi de memoria, particularmente la Profesión de fe del Presbítero Saboyano. Es menester convencerse de que los frailes nos han contado mil mentiras, y de que ya pasó la época en que nos dejábamos engañar como chiquillos. Yo creo que existimos como los caballos o los coyotes, y que acabado el cuerpo, se acabó todo; pues por más que se empeñan los frailes en decirme lo contrario, yo, convencido de lo que he estudiado, no me dejo alucinar.

—Vea usted —dijo Arturo—, la inmortalidad del alma es materia que ha sido debatida por hombres muy sabios y profundos, y todavía… lo mejor es… don Mariano se encogió de hombros, y sonrió con desdén.

—Es decir —interrumpió el capitán—, ¿que usted no es cristiano?

—¿Y qué quiere decir cristiano? —preguntó el tendero.

—Hombre… parece que quiere usted que le conteste con el padre Ripalda —repuso el capitán sonriendo.

—¿Y quién es el padre Ripalda? —dijo el tendero—, jamás he oído tal nombre, tal vez será algún judío.

—Es decir, que por lo visto —contestó el capitán—, ¿ni de chico enseñaron a usted la doctrina?

—Sí, mi madre me enseñó a hacer unos cuantos garabatos con los dedos, y mi maestro el «Todo fiel cristiano», pero lo aprendí como un perico; y lo olvidé, cuando la ilustración y el talento de estos autores me han enseñado la verdad.

—¿Y cuál es la verdad que ha aprendido usted, amigo? —le interrumpió el capitán, mordiendo con apetito una tajada de queso, y echando un trago de vino, pues nuestro filósofo, sin dejar ni sus estudios ni su negocio, había dispuesto, como hemos dicho, un refrigerio para los viajeros.

—La verdad… la verdad —respondió el tendero tartamudeando—, es que…

—La verdad, es —dijo Arturo— que ni usted ni nosotros, sabemos una palabra de cosas para cuya inteligencia se necesita mucho estudio…

—Es lástima —contestó el tendero con desdén—, que personas que han vivido en una ciudad, que se dice tan ilustrada como México, sean fanáticos, que todavía van a misa y oyen sermones.

—¡Cáspita! —dijo el capitán, volviendo a tomar otro sorbo de vino, y llevando el barreno, como suele decirse, a nuestro filósofo—, ¿conque usted no oye misa?

—Desde que estoy en este lugar, no sé como está la iglesia; las gentes de aquí no me quieren mucho por eso, y dicen que ya estoy condenado en vida; pero como al fin necesitan de los efectos de mi tienda, que son muy buenos, vienen a comprarme, y yo hago mi negocio, a costa de tantos y bárbaros sujetos enteramente a la voluntad del cura.

—Así sucede generalmente en la mayor parte de nuestros pueblos —dijo Arturo—, pero cuando el cura es honrado, caritativo y virtuoso, esto, lejos de ser un mal, es un positivo bien.

El tendero soltó una carcajada, de lo cual se amoscó un poco Arturo.

—¿Cree usted —se apresuró a decir don Mariano—, que hay un sólo cura bueno?

—Seguramente que hay muchos —interrumpió Manuel—, yo que he corrido años enteros la República, he encontrado eclesiásticas muy recomendables, y dedicados enteramente a su ministerio; pero… dejemos esas generalidades, y dígame usted, ¿el cura de aquí, qué clase de persona es?

—Es un angelito, como dicen las viejas de México —contestó don Mariano—. En efecto, quien lo ve, queda enamorado de él; no sabe quebrar un plato, y la hecha de caritativo y sabio; pero bien que sabe hacer su negocio e irse a su casa. Monta muy buenos caballos; corre por las veredas y precipicios como un vaquero; mata una águila al vuelo; tiene su casa con mucho lujo, y sobre todo —continuó el filósofo acercándose mucho a los viajeros, y tirando un beso al aire—, una muchacha como un dulce, como una perla, como una Sofía de Rousseau.

—¡Una muchacha! —exclamaron los dos calaveras poniéndose en pie, y bailándoles de alegría los ojos.

—Sí, una muchacha —repitió el tendero, y— tan linda, que en todo Tamaulipas no hay una cosa que pueda comparársele; a ustedes, que vienen de México, donde hay tanta bonita, no debe parecerles costal de paja.

—¿Y cómo podríamos ver esa alhaja escondida entre las asperezas de la Sierra Madre?

—Es muy sencillo: diríjanse al curato a pedir posada, como peregrinos y caminantes que son, y el padre tendrá que permitir que pasen una noche en su casa; pero con todo y eso no salgo responsable de que vean a la niña, porque el curita es celoso como un turco, y la guarda debajo de siete llaves.

—¿Y cómo vino a dar esta muchacha a poder del cura? ¿La trajo acaso de Tampico o de San Luis? —preguntó Arturo.

—No, señor; de México. Pasa en el pueblo por su hermana, y estos bárbaros rancheros creen esta fábula; pero yo, hombre de mundo e instruido, y que tengo mis libros y mi maestro, que es el sublime Voltaire, pienso de distinto modo, y creo… pero ¿para qué es hablar? vayan al curato y se desengañarán.

La charla del tendero fastidió a nuestros dos jóvenes, quienes se burlaban de la falsa sabiduría del pobre hombre, que, olvidado en un pueblo desconocido de la Sierra, había digerido tan mal su escogida Biblioteca; pero la relación que les había hecho de un cura que tenía buenos caballos, atrevido y diestro en los caminos, y además una linda muchacha, picó fuertemente su curiosidad; así es que se hablaron en secreto, y luego dijeron al tendero.

—Amigo, resolvemos emprender una nueva aventura, y conocer a toda costa a la celestial belleza que tiene secuestrada el cura; así, a reserva de volvernos a ver, pensamos dirigirnos al curato a pedir posada. Un hombre caritativo, como debe ser el cura, no la rehusará a unos viajeros cansados, y que sin duda alguna no le serán gravosos, pues traen los bolsillos bien provistos.

—Muchas felicidades en la campaña, amigos míos —dijo el tendero suspirando—, quizá serán más dichosos que yo; pero cuidado… mucho cuidado al dividirse el botín.

—¿Sabes, Arturo, que este tendero además de ser un tonto, tiene sus ribetes de bribón? En un momento ha destrozado la reputación de este pobre cura, que quizá será un buen hombre. Vamos, vamos; emplearemos el tiempo en conocer lo que hay de verdad en toda esta historia.

Dirigiéndose en efecto a la casa cural, que en el exterior era de modesta apariencia; pero en realidad era la mejor del pueblo: una puerta en medio y dos ventanas a cada lado, formaban la fachada, coronada de un escudo con unas armas españolas borradas y maltratadas y seis almenas en cada lado. Tenía el aire de un castillejo antiguo, y había pertenecido seguramente, en tiempos más remotos, a alguno de los capitanes conquistadores que se establecieron en las colonias del Nuevo Santander.

Los dos amigos, luego que entraron, y examinaron un momento el esmero con que estaba adornado el patio, tiraron de un cordel, y sonó repentinamente una campanilla; un par de hermosos perros de agua salieron en fuerza de carrera de las piezas, ladrando con mucha furia; pero luego que vieron a nuestros viajeros, y particularmente al Turco, cambiaron de idea, comenzaron a mover la cola, y concluyeron por hacer a los jóvenes mil fiestas, y por retozar locamente con el sabueso, como para darle pruebas de lo mucho que estimaban su visita. Poco tiempo después salió una anciana, un poco encorvada, con la cabeza blanca enteramente y vestida al estilo antiguo, es decir, con enaguas de angarípola, armador o justillo, y zapatos de un tacón altísimo.

—Buenos días, buenos días, caballeros —dijo con agrado, y enseñando a los jóvenes una dentadura todavía fuerte y completa.

—Buenos días, señora —respondió Arturo.

—Estos perros son muy traviesos —continuó la anciana—, y habrán asustado a ustedes con sus ladridos.

—No, nada de eso, señora —dijeron los jóvenes—, por el contrario, han hecho buenas migas con el nuestro.

—Me alegro, me alegro mucho; pasen a sentarse, y digan lo que mandan.

—Buscamos al señor cura —dijo Arturo—, hemos oído muchos elogios de su virtud, y deseamos saludarle antes de partir de este lugar.

—Es verdad, caballeros, el señor cura es un hombre muy virtuoso; y nada menos ahora no está en la casa, porque ha ido a auxiliar a un moribundo a dos leguas de aquí; pero no importa, pasen a sentarse; llamaré a la señorita su hermana.

Manuel dio con el codo a su compañero, y éste con algún desenfado, replicó:

—Como usted guste, señora; ya hemos dicho que nuestro objeto era saludar un momento al señor cura. No sabíamos que tenía hermana; pero aprovecharemos esta oportunidad de conocerla y saludarla, si la señorita no se molesta.

—¡Qué disparate! —exclamó la anciana—, la niña Purificación no se molesta nunca, pues el señor cura le ha encargado que reciba bien a todos los viajeros, y que los atienda. Voy a que hagan chocolate, pues siempre que se camina, el hambre aumenta.

Los jóvenes hicieron mil cumplimientos a la anciana, la que los introdujo a la sala, excusándose de dejarlos solos, por la precisión que tenía de disponer el chocolate.

Cuando los jóvenes salieron de la casa del tendero volteriano, el cielo estaba azul y despejado; pero como sucede frecuentemente en la Sierra, de improviso las nubes se aglomeran en los picos de las montañas, y se forman en instantes esas terribles tempestades, que hacen huir los ganados, y obligan aun a las águilas a refugiarse en las concavidades de las rocas.

—¿Qué te parece la casa del cura y el ama de gobierno? —dijo Arturo al capitán.

—Magnífico está todo; y acabo de creer que el tendero no es más que un calumniador, veremos a la hermana, y entonces formaremos un juicio exacto… Pero… el pobre cura está muy lejos de aquí, y no tarda en desatarse una tormenta formidable; mira, Arturo, aquella nube que sube por el Norte.

—En efecto —dijo Arturo, observando por la ventana—, el temporal va a ser fuerte.

—Si este temporal asalta a Teresa en el mar —dijo Manuel, poniéndose pálido…—. ¡Oh! será terrible que la pobre criatura perezca de una manera tan siniestra…

—Es menester no abandonar nuestra idea, amigo mío —le contestó Arturo, oprimiéndole el brazo—, ese hombre ha matado a mi familia también, y no le podemos perdonar… por lo demás —continuó con más calma—, no creo probable tu temor; las tempestades que estallan en las alturas de la Sierra, casi nunca se extienden hasta la costa… La idea repentina que te ha sobrecogido, no vale nada… debes desecharla, pues Teresa estará todavía en La Habana…

—No sé, no sé, Arturo —dijo Manuel tristemente—, por qué razón me vino esta idea; pero el caso es, que el corazón me dio un vuelco, y que ahora mismo creo ver como en un espejo una goleta en medio de un mar negro e irritado, casi pronta a sumergirse en el abismo…

La cerrazón había aumentado con rapidez; el cielo estaba cubierto de un manto gris, iluminado en partes por los últimos rayos del sol poniente. Los jóvenes se pusieron en silencio a contemplar aquel cielo tan sombrío y tan siniestro.

—Señores —dijo una voz—, dispensadme que tanto os haya hecho aguardar; y al mismo tiempo escucharon el ruido de una vidriera que se abría.

El timbre de esta voz hizo estremecer el corazón de Arturo; él la había escuchado en otro tiempo; pero no podía acordarse ni dónde ni cómo… Volvió la cara, y articuló algunas palabras, fijando la atención en la persona que había hablado, y que aun estaba en pie asida del pasador de la vidriera, mientras que Manuel más cortesano en aquel momento, se adelantó, haciendo caravanas, y dirigiendo a la joven algunas excusas.

—Sentaos, señores; no dilatarán en traer la luz, porque ahora se ha oscurecido a causa del tiempo; mi hermano está lejos de aquí, y probablemente va a cogerle esta tormenta —dijo con alguna aflicción la joven.

—Es probable, señorita —contestó el capitán—, y tiene usted muchísima razón en estar cuidadosa, porque según creo, estas tormentas de la Sierra, son muy peligrosas.

—Mucho, mucho —dijo la joven, levantándose y alzando las cortinas de la ventana.

En efecto, los relámpagos se sucedían sin intermisión; los silbidos del viento se dejaban oír, y gruesas gotas de lluvia se estrellaban contra la vidriera.

—¡Jesús! —dijo la joven, dejando caer la cortina de muselina y volviéndose al asiento.

—Quizá —dijo el capitán—, el señor cura no está lejos y llegará antes de que la tormenta estalle.

—Lejos o cerca, nada le sucederá, porque Dios está siempre con él y lo cuida —dijo la muchacha con una completa seguridad.

—Perfectamente, señorita —le respondió el capitán—, esa tranquilidad la da ciertamente la religión. Nada le sucederá al señor cura; y mucho menos cuando tiene un ángel de guarda que vele por él.

La joven bajó el rostro ligeramente.

Mientras pasaba esta rápida conversación, Arturo había estado como petrificado, y maquinalmente había seguido los movimientos de la muchacha, poniéndose en pie para observar la tempestad, cuando ella lo hizo, y sentándose luego, cuando ella volvió a su asiento. Cuando un relámpago iluminaba momentáneamente con una pálida luz la estancia, Arturo fijaba la vista en la joven y se le presentaba a su imaginación como una sombra, como la imagen vaporosa y aérea de una mujer que había visto en otros días. Mil veces sucede, y acaso lo habrán experimentado algunos de nuestros lectores, que uno cree que las cosas que está mirando, las ha visto otra vez y en una vida anterior a la existencia presente, como si se hubiera muerto y resucitado después de un cierto número de años, para presenciar y ver escenas idénticas.

Después de un rato de silencio, la anciana entró con una luz en la mano, y seguida de una criada que traía una charola con dos pocillos de chocolate, blanca m