Los Bandidos de Río Frío

Manuel Payno


Novela


Prólogo del autor
Primera parte
I. Santa María de la Ladrillera
II. Los doctores
III. Las brujas
IV. La diosa azteca y la Virgen de Guadalupe
V. El milagro
VI. Don Diego de noche
VII. Don Diego de día
VIII. El campamento
IX. El Chapitel de Santa Catarina
X. La viña
XI. Comodina
XII. El esclavo blanco
XIII. Primeras hazañas de Evaristo
XIV. Aventuras de una almohadilla
XV. Juicio al estilo Salomón
XVI. Casilda
XVII. Casamiento de Evaristo
XVIII. El aprendiz
XIX. San lunes
XX. Delirio
XXI. En el mercado
XXII. Cecilia
XXIII. Ladrón ratero
XXIV. El hospicio de pobres
XXV. Pepe Carrascosa
XXVI. El amigo del licenciado Lamparilla
XXVII. Un juez terrible
XXVIII. Mariana y su hijo
XXIX. El puerto de San Lázaro
XXX. En el canal de Chalco
XXXI. Cocinera y criado
XXXII. Al toque del alba
XXXIII. La injusticia de la justicia
XXXIV. El litigio de los marqueses de Valle Alegre
XXXV. Malos pensamientos y dificultades
XXXVI. Salvados por milagro
XXXVII. Ameca
XXXVIII. ¡Ira de Dios!
XXXIX. La hacienda de Santa María de la Ladrillera
XL. Dentro de casa
XLI. Dentro del baño
XLII. Poesías del licenciado Lamparilla
XLIII. Una noche en el rancho de los Coyotes
XLIV. Evaristo se convierte en un honrado agricultor
XLV. Un muerto en el monte
XLVI. La cabeza hirsuta
XLVII. Los enmascarados
XLVIII. Primer asalto a la diligencia
XLIX. Episodio
L. Banquete en el gran comedor de la hacienda del Sauz
LI. El viaje
LII. Las bodas del marqués de Valle Alegre
LIII. Los cofrecitos
LIV. El casamiento de Mariana
Segunda parte
I. Los granaderos
II. Misión diplomática de Bedolla
III. La ópera en el monte
IV. ¿Qué dirán los extranjeros?
V. ¿Qué dirán los extranjeros? (Continúa)
VI. El triunfo de Bedolla
VII. Los reos de muerte
VIII. Tragedia de los enmascarados
IX. El cabo Franco
X. El capitán de rurales
XI. Los almacenes de fruta
XII. El tumulto
XIII. La procesión de Lamparilla
XIV. Terrible combate en Río Frío
XV. Revolución más formidable que el tumulto
XVI. Víctima del despotismo
XVII. Cambia la escena
XVIII. Juan fusila a su padre
XIX. Aventuras de los tres reclutas
XX. Derrota del cabo Franco
XXI. Hambre y peste
XXII. Triunfo del «Emperador»
XXIII. Panzacola
XXIV. Caprichos de la fortuna
Caprichos de la fortuna (Continúa)
XXVI. Amor casual
XXVII. Algo de la vida íntima de «Relumbrón»
XXVIII. Grandes proyectos
XXIX. El viaje
XXX. Las paredes oyen
XXXI. El día de la boda
XXXII. La venganza de Gordillo
XXXIII. El herradero
XXXIV. La feria de San Juan de los Lagos
XXXV. Viaje de «Relumbrón»
XXXVI. Las piedras rodando se encuentran
XXXVII. Grandeza y decadencia de un patriota
XXXVIII. Fin de la feria
XXXIX. El ordenador de la victoria
XL. Las cinco mulas cambujas
XLI. Una corazonada
XLII. Prosperidad de los negocios de «Relumbrón»
XLIII. Los negocios de Lamparilla no van de lo peor
XLIV. «Los Dorados»
XLV. Asalto de la Hacienda del Hospital
XLVI. Pasos en la azotea
XLVII. El capellán y el cura
XLVIII. Mártir de la patria
XLIX. En la calle de Don Juan Manuel
L. La Providencia
LI. Las libranzas de «Relumbrón»
LII. San Vicente y Chiconcuac
LIII. Sentencias de muerte decretadas por Evaristo
LIV. Celos indiscretos
LV. Sepultura de plata
LVI. Moctezuma III reconquista su reino
LVII. La red
LVIII. Don Pedro, mártir de su deber
LIX. Una incursión de salvajes
LX. Magnetismo
LXI. Reos de muerte
LXII. Ironías de la vida
LXIII. Cosas de otro tiempo

Prólogo del autor

Hace años, y de intento no se señala cuál, hubo en México una causa célebre. Los autos pasaban de 2,000 fojas y pasaban también de manos de un juez a las de otro juez, sin que pudieran concluir. Algunos de los magistrados tuvieron una muerte prematura y muy lejos de ser natural. Personas de categoría y de buena posición social estaban complicadas, y se hicieron, por este y otros motivos, poderosos esfuerzos para echarle tierra, como se dice comúnmente; pero fue imposible. El escándalo había sido grande, la sociedad de la capital y aun de los Estados había fijado su atención, y se necesitaba un castigo ejemplar para contener desmanes que tomaban grandes proporciones. Se hicieron muchas prisiones, pero a falta de pruebas, los presuntos reos eran puestos en libertad. Al fin llegó a descubrirse el hilo, y varios de los culpables fueron juzgados, condenados a muerte y ejecutados. El principal de ellos, que tenía una posición muy visible, tuvo un fin trágico.

De los recuerdos de esta triste historia y de diversos datos incompletos, se ha formado el fondo de esta novela; pero ha debido aprovecharse la oportunidad para dar una especie de paseo por en medio de una sociedad que ha desaparecido en parte, haciendo de ella, si no pinturas acabadas, al menos bocetos de cuadros sociales que parecerán hoy tal vez raros y extraños, pues que las costumbres en todas las clases se han modificado de tal manera que puede decirse sin exageración que desde la mitad de este siglo a lo que va corrido de él, México, hasta en sus edificios, es otra cosa distinta de lo que era en 1810.

Este ensayo de novela naturalista, que no pasará de los límites de la decencia, de la moral y de las conveniencias sociales, y que sin temor podrá ser leída aun por las personas más comedidas y timoratas, dará a conocer cómo, sin apercibirse de ello, dominan años y años a una sociedad costumbres y prácticas nocivas, y con cuánto trabajo se va saliendo de esa especie de barbarie que todos toleran y a la que se acostumbran los mismos individuos a quienes daña. La civilización, de que todavía está por desgracia muy distante el mundo todo, es una especie de luz difícil de penetrar y de alumbrar bien los ojos que parecen tapados, por siglos enteros, con una venda negra y espesa. No es éste un discurso sobre los progresos de la civilización en Europa y América, que si tal fuese, podrían marcarse los puntos negros que todavía manchan a las naciones que se tienen hoy por más cultas y adelantadas. Es sólo una especie de salvedad o advertencia al lector, para que no encuentre demasiado duras y amargas algunas de las observaciones y críticas que hallará en el curso del libro, procurando mezclarlas con lo ameno y novelesco para no fastidiar al lector, al que dedicamos estas cuatro líneas y al que tenemos positivo empeño en agradar.
 

Manuel Payno

Madrid, agosto de 1888
 

Primera parte

I. Santa María de la Ladrillera

En el mes de abril del año de 18…apareció en un periódico de México el siguiente artículo:


CASO RARÍSIMO NUNCA VISTO NI OÍDO.

En un rancho situado detrás de la Cuesta de Barrientos que, según se nos ha informado, se llama Santa María de la Ladrillera, tal vez porque tiene un horno de ladrillo, vive una familia de raza indígena, pero casi son de razón. Esta familia se compone de una mujer de cosa de treinta y cinco años, de su marido, que es el dueño del rancho, que tendrá más de cuarenta, y de un muchacho de diez, huérfano. Las gentes de Tlalnepantla dicen que esa familia es descendiente del gran emperador Moctezuma II y que tiene otras muchas tierras que se ha cogido el gobierno, así como la herencia, que importa más de cien mil pesos. Son gentes muy raras, que se llevan muy poco con los vecinos; pero todo esto no es nada en comparación de lo que va a seguir. La mujer, que se llama doña Pascuala, hará justamente trece meses el día de San Pascual Bailón, que salió grávida, no se sabe si de un niño o de una niña, porque hasta ahora no ha podido dar a luz nada. Sin embargo, la presunta madre se porta muy bien. Come con apetito, duerme doce horas y está muy contenta, y sólo le incomoda el vientre, que le crece cada día más, de modo que si esto no tiene compostura va a reventar. El marido, alarmado, ha mandado llamar al doctor Codorniú, que dicen es un prodigio en medicina, y dicen también, que el doctor dijo que en su vida había visto caso igual. Lo que va dicho lo sabemos de buena tinta por diversos conductas, y los indios que vienen de Cuautitlán lo saben y lo cuentan azorados a todo el mundo.
 

Seguían a estas lineas diversas reflexiones sobre la maternidad, que no consignamos por no ser absolutamente indispensables para nuestra narración y porque no queremos que el naturalismo pase de los límites que permitan la moral y las exigencias sociales.

Ocho o diez días después apareció en el periódico oficial un párrafo que decía así:

Cuando un periódico que se publica en la capital ha dicho que el gobierno se ha cogido tierras y la herencia de los descendientes del emperador Moctezuma, ha faltado a la verdad. En cuanto los interesados presenten las pruebas, el gobierno está decidido a hacerles justicia. Hace cerca de trescientos años de la conquista, y todos los días se están presentando diversas personas que dicen ser parientes muy cercanos del emperador de México, y el gobierno tiene que obrar con mucha circunspección, porque de lo contrario, no bastaría el tesoro mexicano para pagar las pensiones de tanto heredero.

En cuanto a la conseja con que termina el artículo, no la creemos, y juzgamos que los editores del periódico citado se quisieron divertir con el público. Todo el mundo sabe la época en que las madres dan a luz a sus hijos, y es inútil extenderse en otro género de observaciones. Sin embargo, el gobierno, que se afana por hacer el bien y la felicidad de la patria de Hidalgo y de Morelos, ha dispuesto se adquieran informes directos del doctor Codorniú y se ponga el caso en conocimiento de la Universidad para que resuelva lo conveniente.
 

Los redactores del periódico oficial, deseando tener cuantos datos fuesen necesarios para sostener una cuestión tan grave como nueva en los anales de la medicina y del bello sexo, y afirmarse más en la confianza del gobierno y en sus plazas de mucho lucro y poco trabajo, se pusieron de acuerdo y un domingo alquilaron unos buenos caballos y, con el pretexto de cazar liebres o de hacer un saludable ejercicio, marcharon por el rumbo de Barrientos, logrando con no poco trabajo encontrar el rancho, visitarlo, hablar con la familia y conocer, sobre todo, a la presunta madre de uno o de más chicuelos que, muy cómodos en su habitación, no tenían la menor voluntad de presentarse en público y ocupar un lugar entre los habitantes del mundo. Regresaron los entendidos periodistas ya de noche, satisfechos del resultado de su expedición, pero en el curso del tiempo hicieron en Tlalnepantla y Cuautitlán diversas indagaciones con las autoridades y antiguos vecinos, hasta que se enteraron de cuanto era necesario para continuar y salir en la polémica que había suscitado el periódico a que nos hemos referido y que, de seguro, pertenecía a la oposición o a los masones. De las fatigas, viajes y trabajos de tan apreciables publicistas, nos aprovechamos para dar a conocer a los lectores el Rancho de Santa María de la Ladrillera y la familia que lo habitaba; porque es muy posible que tengamos que volver, después de algunos años, a esta propiedad, que acontecimientos imprevistos hicieron hasta cierto punto célebre.

Doña Pascuala era hija de un cura de raza española, nativo de Cuautitlán. Éste en sus mocedades se dedicó al comercio de maíz y también al de amores, resultando de lo primero que reuniese un pequeño capital, y, de lo segundo, una robusta muchacha que vino al mundo sin grandes dificultades. No cumplía quince años cuando la madre falleció. Tal pérdida lo disgustó de la vida, abandonó su comercio y el pueblo de su nacimiento y se encerró en el colegio de San Gregorio a aprender latín lo bastante para poder decir misa. Se ordenó, por fin, de menores; más adelante tuvo ya una coronilla bien rasurada y licencias para confesar y decir misa; finalmente, y al cabo de ciertos años, logró ser cura de su pueblo y volvió a él con aplauso de cuantos le habían conocido como honrado y bueno de carácter. Su hija Pascuala no era, pues, una india sino más bien de razón; pero de una manera o de otra servía de estorbo a un eclesiástico que no quería tener en su casa más que a la dama conciliaria. Aprovechó, pues, la primera oportunidad que se le presentó y la casó con el propietario del Rancho de Santa María de la Ladrillera. El marido sí era de raza india, pero con sus puntas de caviloso y de entendido, de suerte que se calificaba bien a estos propietarios cuando se decía que casi eran gentes de razón, y a este título se daba a Pascuala el tratamiento de doña, y de don a Espiridión, el marido.

Doña Pascuala no era fea ni bonita. Morena, de ojos y pelo negros, pies y manos chicas, como la mayor parte de los criollos. Era, pues, una criolla con cierta educación que le había dado el cura, y por carácter, satírica y extremadamente mal pensada.

Don Espiridión, gordo, de estatura mediana, de pelo negro, grueso y lacio, color más subido de moreno, sin barba en los carrillos y un bigote cerdoso y parado sombreando un labio grueso y amoratado como un morcón; en una palabra: un indio parecido poco más o menos a sus congéneres. La familia se componía de los dos esposos, de una criada india de mediana edad, que servía de cocinera, de recamarera y de todo lo que se ofrecía, y un muchachillo de seis a siete años, indito, no del todo feo y ya de razón, pues lo enseñaba a leer doña Pascuala para preparar su ingreso en la escuela municipal de Tlalnepantla, que aprendiese el Catecismo del Padre Ripalda, y las cuatro reglas. La madre fue en vida prima de una tía segunda de don Espiridión, que se apellidaba Moctezuma; dejó un poquito de dinero enterrado, y dinero huérfano cayeron bajo la tutela de don Espiridión. El muchacho era uno de los millares de parientes cercanos, herederos del emperador azteca. Se puede decir que completaban la familia cuatro peones que hacía años vivían de pie en el rancho, en unos jacalitos de tierra y tule que se hallaban cerca de la finca principal, y que se destruían y se volvían a edificar en otra parte cuando lo exigían las necesidades de la labranza.

El rancho nada tenía que llamase la atención. Los ranchos y los indios todos se parecen. Una vereda angosta e intransitable en tiempo de lluvias conducía a una casa baja de adobe, mal pintada de cal, compuesta de una sala, comedor, dos recámaras y un cuarto de raya. La cocina estaba en el corral y era de varas secas de árbol, con su techo de yerbas, lo que en el campo se llama una cocina de humo, con sus dos metates, una olla grande vidriada para el nixtamal, dos o tres cedazos para colar el atole y algunos jarros y cántaros. Se guisaba en tres piedras matatenas y el combustible lo ministraban los yerbajes y matorrales que rejuntaba un peón en el cerro.

En el comedor había un tinajero con la vajilla, que se componía de una variedad de platos, vasos, tazas y pocillos de todos tamaños y colores, interpolados con muñecos de cera y naranjas secas, doradas y benditas, restos del monumento del curato del pueblo. En un rincón, un caballete con la silla de lujo del amo, el machete y las armas de agua en la cabeza, y la manga con dragona de terciopelo en los tientos; una mesita de madera blanca bien limpia y media docena de sillas de la calle de la Canoa.

En el corral, grande, rodeado de una cerca de adobe y como media vara de polvo y estiércol, que se liquidaba como un puré al primer aguacero, se encontraba un pozo y una pileta, y vagando, sucios, greñudos y muy gordos, dos caballos, media docena de yeguas muy flacas, dos mulas y seis burros con el lomo lleno de coloradas mataduras. Llovía a cántaros, tronaba, hacía frío o calor; no importaba: los animales no tenían donde guarecerse ni dónde ni qué comer, sino cada veinticuatro horas, en que un peón les tiraba en el lodo dos manojos de rastrojo sin picar y ponía a los caballos del amo unos morrales con cebada. En los años que llevaba don Espiridión de vivir en su rancho, no le había dado Dios licencia de hacer no sólo una caballeriza, pero ni siquiera un tejado. Al caer la tarde, caminaban lentamente con dirección al corral cuatro vacas de grande e irregular cornamenta, seguidas de sus crías que, a pesar del bozal, trataban de chupar algo de las colgantes tetas de sus pacientes madres, las que no presentaban mejor aspecto que el ganado que hemos descrito. Muy barrigonas de tanto comer rastrojo y tierra; pero con los cuadriles salidos y el lomo como filo de una espada. Completaban este miserable ganado un chivo negro, tres carneros y dos crías.

Delante de la fachada de la casa, que tenía tres ventanas con rejas de fierro, bastidores apolillados y cuarterones de papel blanco supliendo los vidrios rotos, se hallaba un círculo de ladrillos donde se trillaba la cebada y se desgranaba el maíz. Cuatro sauces llorones torcidos, medio secos, adornaban el frente, y en una esquina un alto fresno cayéndose de viejo, sostenido en dos o tres partes con vigas y horcones, y cuyas raíces salían a tierra y habían levantado el enlosado y cuarteado una parte del rayador. Un carretón desbaratado y otro reforzado en sus rayos con líos de mecate, las gallinas y los gallos picoteando los insectos, un burrito, hijo desgraciado de una de las preciosidades del corral, y dos o tres perros amarillos y cascarrientos, lamiéndose unos a otros a falta de comida, formaban el escenario de esta propiedad raíz, situada casi a las puertas de la gran capital. Don Espiridión, quizá por el estado de prosperidad y de orden que guardaba su rancho, se consideraba en la comarca como uno de los agricultores más inteligentes y adelantados. Y en efecto ¿para qué necesitaba devanarse los sesos ni hacer más? Dos tablas de malos magueyes, como la mayor parte de los del valle, le producían una carga diaria de tlachique, que vendía a un contratista por dos o tres pesos. Otras dos o tres tablas de tierras deslavadas en el declive del cerro, le producían doscientas o trescientas cargas anuales de cebada, que vendían a tres pesos; y luego el frijol, la semilla de nabo, el triguillo temporal, una entrega de leche y el horno de ladrillo, le formaban una renta que no sólo bastaba a la familia para vivir, sino que en buen año algo ahorraban.

La base de su alimentación era el maíz en sus diversas preparaciones de atole, tortillas gordas, chalupitas, tamales, etc. A esto se añadía el chile, el tomate, la leche, carne, pan, bizcochos, los domingos, lunes y a veces duraba la compra hasta el martes o miércoles. Doña Pascuala se permitía el lujo de un buen chocolate con gorditas calientes con manteca, pues había adquirido esta costumbre mientras vivió con el cura, y la imitó fácilmente el marido. Solían sacar para el chocolate, cuando había visitas, dos mancerinas de plata maciza, que habían comprado en el Montepío.

Su vida era por demás sosegada y monótona. Se levantaba con la luz. El marido montaba a caballo y se iba a las labores, al cerro o al pueblo, y no pocas veces a México. Volvía a la hora de comer, se sentaba después en la banqueta de chiluca de la puerta a fumar apestosos puritos de a 20, del estanco, y cuando el sol declinaba daba su vuelta por el corral para ver su ganado. Solía curar con un puño de estiércol las mataduras de los burros, limpiaba sus caballos con una piedra, echaba unas manganas a las yeguas y en seguida cenaba en familia su buen plato de frijoles, sus tortillas calientes y su vaso de tlachique, y antes de las nueve todos roncaban y dormían profundamente.

Doña Pascuala se ocupaba de barrer la casa, de echar ramas en el brasero formado de las tres matatenas consabidas, de dar de comer a las gallinas, de limpiar las jaulas de los pájaros, de regar unas cuantas macetas con chinos y espuela de caballero, de preparar la comida y de dar las lecciones al heredero de Moctezuma. En esto y en lo otro pasaba el día y la tarde, y el tiempo libre de que podía disponer lo consagraba a la lectura de las muy pocas obras que se publicaban en México y que encargaba a su marido cuando extendía sus excursiones a la gran Tenoxtitlán; pero también, lo mismo que su marido, a las nueve roncaba como una bienaventurada. Ni doña Pascuala ni Espiridión eran devotos, y antes bien un tanto despreocupados o librepensadores, como se diría ahora. Oían misa los domingos cuando podían. Si llovía o hacia frío se quedaban en el rancho, y sólo cuando había función, cohetes, arcos de tule y zempasúchil, rogados en la parroquia de Tlalnepantla, no faltaban, porque entonces, vestidos con los mejores trapitos, eran vistos y cortejados y, además, tenían que visitar al juez de letras, al alcalde, al maestro de escuela; era, en fin, para ellos un día de solemnidad y etiqueta.

Los domingos solían tener sus visitas. La mujer y la hija del administrador de la hacienda de los Ahuehuetes, la tía del mayordomo de la hacienda de Aragón, no faltando en ocasiones las sobrinas de algún canónigo de la Colegiata de Guadalupe.

En esos casos doña Pascuala abría una enorme caja de madera blanca, con tres cerrojos, que tenía al pie de su cama, y sacaba unos platos de China, unos vasos dorados de Sajonia, cuatro o cinco cubiertos de plata y los manteles con randa y bordados de su mano. La mesa se agrandaba con otra mesita, y en el corral y cobertizo que servía de cocina se ponían en actividad los anafes que en tiempo ordinario sólo servían para hacer el chocolate. Un peón se enviaba con anticipación en un burro al pueblo, y volvía con las árganas cargadas con pan, bizcochos, fruta, carne, chicharrón, chorizos, longaniza y recaudo. El almuerzo y comida eran de chuparse los dedos, porque doña Pascuala, sobria y poco cuidadosa del diario, se portaba, cuando se trataba de obsequiar a sus visitas, como buena discípula del santo cocinero. Ya se ve que nada de raro ni de misterioso tenían esas gentes; por el contrario, eran de lo más vulgares, y lo que de ellas decían era pura invención.

Del heredero del trono azteca diremos una palabra. Él, como príncipe, como niño de un porvenir real, nada sentía, estaba inconsciente de su grandeza y de su alto destino. Cuando no lo obligaba doña Pascuala a estudiar, pasaba su tiempo o en el cerro cogiendo lagartijas, sapos y catarinas, de las que tenía una abundante colección, o en el corral montándose en los burros y mulas. En la noche caía rendido; entre sueños engullía sus frijoles, y muchas veces se quedaba vestido en su cama. Doña Pascuala no quitaba el dedo del renglón.

—Ya ven ustedes a Pascualito, que parece que no sabe quebrar un plato —decía invariablemente la buena señora en las grandes comidas de los domingos—, pues ha de llegar a ser rey de México; a él le toca; los que están en el gobierno no son más que usurpadores. Toda la tierra es de los indios, y una vez que se fueron los españoles, los indios han debido entrar a gobernar. Todas las haciendas y ranchos son de ellos; cuando Pascualito entre a Palacio a mandar, Espiridión será dueño de Cuamatla, de la Lechería, de Echegaray y de todas estas haciendas.

Pascualito se llamaba simplemente José, como la mayor parte de los indios; pero doña Pascuala le había dado su nombre. Como se ve, la señora del rancho, por la parte del marido, se inclinaba a la raza india y continuaba sus razonamientos en este sentido:

—Ya tenemos un licenciado muy leído y escribido que sigue el pleito contra el gobierno, y vamos a ganarlo, y hasta hemos recibido dinero para taparnos la boca. Ya verán ustedes cómo de la noche a la mañana cambiará nuestra suerte y Espiridión será, cuando menos, juez de letras de Cuautitlán.

Doña Pascuala creía a puño cerrado en esta tradición y hablaba con sinceridad. La mujer y la hija del administrador de los Ahuehuetes, que no eran de la raza india, le contradecían y nunca se conformaban con sus opiniones, mientras que la familia del mayordomo de Aragón apoyaba y a veces se avanzaba hasta pedir que cuando don Espiridión fuese juez de letras u otra cosa más alta, promoviese el exterminio de la gente que se llamó de razón. Solitos quedamos mejor, decían; que el buey solo bien se lambe.

En el fondo, doña Pascuala no carecía de razón. Para seguir el pleito del heredero de Moctezuma contra el gobierno se habían valido de un licenciadillo vivaracho, acabado de recibir, que andaba a caza de negocios y pleitos y se llamaba Lamparilla. Era pariente del archivero general don Ignacio Cubas, empleado muy notable por sus conocimientos en las antigüedades y su manejo de los papeles viejos, cedularios y libros desde los primeros tiempos de la dominación española. Cubas, que era entusiasta por Moctezuma, por Cuauhtémoc y por todo lo que pertenecía a la raza y a la historia de los aztecas, proporcionó a Lamparilla la manera de compulsar las reales cédulas y pragmáticas de Carlos V y de la reina doña Juana, y concluyeron por desentrañar la historia de los descendientes del emperador de México y tener la clave de cosas curiosas que para todo el mundo eran un secreto. Con estas armas, la fe de bautismo de Pascualito y una información levantada en Ameca, de donde era originaria la familia, ocurrió Lamparilla al gobierno, reclamándole cosa de medio millón de pesos por la pensión atrasada, seis mil pesos cada año por la corriente y la propiedad de todo el volcán Popocatépetl con sus bosques, aguas, barrancos, arenas, nieves, azufre y fuego interior, o en cambio de eso una suma fabulosa de dinero.

Lamparilla alquilaba cada sábado un caballo, salía de México las cinco de la mañana y a las siete estaba ya en el rancho de Santa María de la Ladrillera, desayunándose muy contento en compañía de doña Pascuala y de don Espiridión. Acabado el desayuno, sacaba de la bolsa un escrito en papel sellado, hacía que lo firmaran marido y mujer, y a las diez estaba de vuelta en la capital.

El lunes, al tiempo de abrir las oficinas, se presentaba al Ministerio de Hacienda, y aunque tuviese que esperar horas enteras, entregaba personalmente su solicitud al mismo ministro o, cuando menos, al oficial mayor. En el curso de la semana daba sus vueltas a saber el resultado, o escribía tres a cuatro cartas. Después de meses de este manejo, Lamparilla inspiraba horror al ministro y a los empleados del Ministerio; era una persecución en regla: se lo encontraban en las escaleras, en los corredores, en la mesa, en todas partes, y con mucha atención y cortesía les recomendaba su negocio y les suplicaba que se interesasen para la resolución de las treinta o cuarenta solicitudes que tenía presentadas. Aburridos, desesperados, no pudiendo matar, ni desterrar, ni poner preso a Lamparilla, porque, en definitiva, no era más que un agente de uno de los muchos parientes de Moctezuma, concluían por interesarse por él, y el ministro, por quitárselo de encima, le mandaba dar ya ciento, ya doscientos y a veces quinientos pesos que, lleno de satisfacción, ponía en manos de doña Pascuala. Ese día, en vez de caballos, alquilaba un coche y almorzaba en el rancho unas enchiladas y unos frijoles fritos, que daba gusto.

Los propietarios, por su parte, cumplían religiosamente y agasajaban a su licenciado. Los jueves a las nueve de la mañana, invariablemente también, llegaba a la Estampa de Regina, número 4, donde vivía Lamparilla, el peón y el burro con las consabidas árganas conteniendo un manojo de gallinas o un guajolote, una servilleta con dos docenas de gorditas con manteca, lechuga, elotes (en su tiempo), zanahorias, nabos, tomates y jitomates, y otra limpia servilleta con tamalitos cernidos. El día de su santo, además de esto, se añadía un platón de cocada, cubierto con motitas y florecillas de listón verde y encarnado; en cada flor un escudito de a dos pesos, y en el centro una onza de oro. Además de esto, Lamparilla, cuando estaba arrancado, escribía cartitas a doña Pascuala, pidiéndole ya diez, ya viente, ya treinta pesos (nunca más), a cuenta de honorarios que don Espiridión, con mil protestas y disculpas, fe entregaba, aprovechando sus excursiones a la ciudad.

II. Los doctores

Así corría feliz y tranquila la vida de los habitantes del rancho de Santa María de la Ladrillera, hasta el día en que un acontecimiento inesperado vino a interrumpir su monotonía.

Don Espiridión estaba en momentos de montar en el caballo que, ensillado y amarrado en la reja de la ventana, relinchaba impaciente y rascaba las losas.

—No te vayas Espiridión —le dijo doña Pascuala—. Es temprano y tienes tiempo de llegar antes de que se haya levantado el licenciado; te voy a preguntar una cosa.

—Van a dar las seis, Pascuala —respondió el marido sacando un reloj de plata que más bien parecía una esfera—, pero di lo que quieras.

—¿Cuánto tiempo hace que nos casamos?

—El día 12 de diciembre hará siete años.

—Y no hemos tenido hijos…

—Al menos que yo sepa, y ¿por qué me haces esas preguntas?

—Porque vamos a tener un hijo; yo deseo que sea mujercita; Dios lo haga.

—Pero eso es imposible —interrumpió don Espiridión dejando caer la pesada espuela, que en esos momento se abrochaba en la bota.

—Como lo oyes.

—¿Y no te cabe duda?

—Ninguna.

—Vaya, tendremos entonces un heredero, que al fin Pascual gozará de otra herencia más grande, y cabalmente el licenciado me ha citado para hoy, porque dice que ya ha mandado el gobierno que nos pongan en posesión del volcán, y entonces tendremos que mudarnos al pueblo de Ameca y dejaremos el rancho al cuidado de mi compadre Franco.

Don Espiridión se acabó de poner las espuelas, se embrocó su manga de paño café con dragona de terciopelo verde, porque la mañana era nublada y fría, y acercándose a su mujer le dijo:

—¿No me engañas?… —y le dio un beso con la misma calma con que limpiaba con un tezontle el lomo de sus caballos.

—¡Engañarte! ¿Y por qué? Pero quita que me picas con ese bigote que parece de cerdas de cochino —dijo doña Pascuala, limpiándose el carrillo.

—¡Bah! Te vas volviendo delicada como todas las que están como tú —contestó don Espiridión montando a caballo y dirigiéndose a la vereda—; espérame a comer, que antes de las doce estaré de vuelta; pero que se te quite esa aprensión; tú no tienes nada, nada, y sería raro después de siete años.

—Ya lo verás; y no tardes, que en celebridad de lo que te he dicho, comeremos hoy chalupitas con carne de puerco, y si se enfrían se ponen duras.

Don Espiridión, que había puesto las espuelas a su caballo, no oyó estas últimas palabras; envuelto en una nube de polvo, torció a la izquierda y desapareció entrando en una barranquilla que marcaba los límites entre el rancho y otra propiedad vecina. Doña Pascuala comenzó a sacar las jaulas de sus pájaros y a arrancar las yerbitas que habían nacido en sus macetas. De esta manera pastoral se anunciaba la venida al mundo del legítimo heredero del rancho de Santa María de la Ladrillera.

Un día, ya habían pasado algunos meses, quién sabe cuántos, el señor Lamparilla y Doña Pascuala platicaban de asuntos graves, mientras que Moctezuma III, montado en uno de los pobres burros, quería hacerlo andar para adelante pegándole con una vara en la cabeza, y don Espiridión, sin hacer caso, refregaba con una piedra el lomo de su caballo cervuno.

—Habiendo ya hablado de nuestros asuntos, quería preguntar a usted, doña Pascuala —dijo Lamparilla— ¿cuándo nos da usted el buen día?… Veo que está usted muy adelantada y no debe tardar.

—Quería yo hablar a usted de eso precisamente —respondió doña Pascuala— y me alegro que haya usted promovido la conversación… pero muy en secreto… ha de saber usted que ya estoy fuera de la cuenta.

—No, no es posible.

—Como se lo digo a usted. Esto me tiene con mucho cuidado, y quisiera yo que me trajese usted un buen doctor de México, pues don Agapito, el de Tlalnepantla, no hace más que reírse de mí y no me acierta.

—Como usted quiera, doña Pascuala: precisamente por un asunto de una criada que se ha cogido una cuchara de plata, tengo que ver al doctor Codorniú. ¡Oh!, ése es un pozo de ciencia, y en dos por tres despachará a usted.

—¿Pero, querrá venir?

—¡Toma! Lo traeré en coche.

—¿Cuándo?

—Mañana, si usted quiere.

—No; el lunes será mejor. Espiridión tiene que ir a Tula a comprar una burra que nos hace falta, y no volverá hasta el martes, y es mejor que, por ahora, no sepa nada.

—Convenido. Prepare usted un buen almuerzo o comida, o lo que usted quiera, y el lunes sin falta, antes de las doce, estaré aquí con el doctor.

Lamparilla montó en su tordillo de alquiler, metiéndose en la boba del chaleco diez peso que para el coche y otros gastos le puso en la mano doña Pascuala, y ésta se retiró triste y temerosa, esperando para el próximo lunes la visita del famoso médico.

Efectivamente, el lunes Lamparilla y el doctor Cordorniú bajaban del coche, que con trabajo y por los sembrados habían logrado llegar a la puerta de la casa del rancho.

El almuerzo fue como lo había deseado Lamparilla, que se puso a dos reatas y bebió más tlachique del necesario. El doctor, de dieta, apenas tocó los manjares nacionales; pero un trozo de cabrito asado y una copa de un regular vino cartón le hicieron buen estómago y lo prepararon favorablemente a la consulta.

Después de una taza de yerbabuena, en vez de café, doña Pascuala y el doctor pasaron a la recámara y se encerraron. Lamparilla fue a dar un vistazo a las milpas, que estaban ya verdes y comenzando a dejar ver en las derechas cañas los cabellitos dorados de los elotes.

El doctor hizo a doña Pascuala pregunta tras pregunta, le tomó el pulso, le puso la mano sobre el corazón; indagó el régimen de su vida, se informó, en fin, de cuanto convenía que supiese un médico sabio y distinguido como él, que estudiaba y que realmente estaba más adelantado que su tiempo. Lo que pasó en esta interesante conferencia que iba a decidir de la vida o de la muerte de doña Pascuala, no es para contado, y los anales de la ciencia lo comunicarán algún día a la Escuela de Medicina. Baste decir que el doctor Codorniú salió cabizbajo y pensativo, diciendo entre dientes: «No he visto caso igual en mi vida»; sin embargo, alentó a doña Pascuala, le dio esperanzas de una próxima curación; le dijo que mientras él enviaba desde México el régimen que debía seguirse y aún las medicinas ya preparadas, hiciera mucho ejercicio, durmiese de espaldas y tomase lo que se coge con una peseta, de magnesia en ayunas.

Fue Lamparilla en persona el que a los dos días trajo a doña Pascuala el régimen del doctor, dos frasquitos y un bote pequeño de una pomada.

La receta decía:

Ejercicio diario.—Una hora por la mañana temprano; otra a las cinco de la tarde. Evitar el sol y no salir al cerro. Cuatro gotas del frasquito núm. 1 por la mañana, y cuatro, al acostarse, del número 2. La friega en el vientre, dos veces al día. No agacharse mucho, no tener ninguna clase de disgustos y disminuir a la mitad la bebida de tlachique. Que por precaución se quede la comadre en el rancho. Si hay novedad, mandarme llamar con un propio; pero no en la noche, porque las garitas de la ciudad están cerradas y no se puede salir sin permiso del gobernador.

—Dentro de ocho días estará usted buena, doña Pascuala —dijo Lamparilla cuando acabó de leer la ordenanza—; es decir, que tendremos bautismo y holgorio, porque es necesario echar la casa por la ventana para celebrar al heredero.

—Espero en Dios que sí —contestó doña Pascuala—, y ya es tiempo, pues siento una fatiga y una incomodidad… no sé ni cómo podré hacer las dos horas de ejercicio. Quisiera dormir todo el día; para distraerme voy a concluir la ropita de la niña, porque ha de ser niña, y el doctor me ha prometido que hará todos los esfuerzos posibles para que sea niña.

—Doña Pascuala, eso no es posible. El doctor Codorniú no puede haber dicho semejante disparate.

—Es decir, que me prometió que haría que saliese yo de mi cuidado tan breve como fuera posible.

—Eso es otra cosa, doña Pascuala; conque al avío. Es hora de que Comience usted su ejercicio. Aquí tiene usted sus frasquitos; me marcho y daré dentro de tres días una vuelta por acá. Fírmeme usted este escrito, pues en la noche esperaré que el ministro de Hacienda salga de la Presidencia y pronto seremos dueños del volcán.

Lamparilla volvió a los tres días, recibiendo otros diez pesos, y encontró a doña Pascuala en el mismo estado, a pesar del ejercicio y las recetas.

A los ocho días el doctor Codorniú hizo su segunda visita. Doña Pascuala, lo mismo. Se le ordenó otro método.

A la segunda semana, tercera visita del doctor y de Lamparilla; doña Pascuala, lo mismo. Se le ordenó nuevo método. La botica se agotaba. El célebre doctor se volvía loco y promovió una junta. Don Espiridión, afligido.

Se celebró la junta; se estableció distinto método, que tampoco surtió. El doctor Codorniú confesaba que en su vida había visto un caso igual. Fue en esa época cuando el periódico publicó el párrafo que íntegro hemos copiado al principio de esta verídica narración.

Doña Pascuala, muy mala.

El doctor estudió día y noche, aplicó los tratamientos propios para tales casos, conferenció con sus compañeros, hizo al rancho frecuentes visitas, y al fin se decidió a consultar a la Universidad. Un día de claustro pleno, en el austero General, con sus sillones de relieve de fina madera ya denegrida por los años, sus cuadros de obispos, santos y doctores, su magnífico púlpito de cuyo techo parece que se desprendía y volaba la blanca paloma que simbolizaba al Espíritu Santo; los doctores con sus togas de seda negra, sus capelos en el cuello y sus grandes y vistosas borlas, ya verdes, ya amarillas, ya blancas, según la facultad en que habían sido examinados y recibidos de doctores, hubo una discusión muy grave y seria, y aunque no es del caso, la indicaremos únicamente. Se trataba de encontrar los medios eficaces de combatir la masonería, que estaba de moda en el país, y especialmente las logias yorkinas contrarias a la Universidad, a los canónigos, a los frailes y monjas. Todo lo querían suprimir y destruir, y era necesario defenderse. Cuando terminó la sesión, concilio o junta que se declaró secreta, y en la cual no se llegó a ninguna conclusión, el médico refirió el caso a los sabios doctores sus compañeros, y pareció interesarles un poco más que las discusiones relativas a la religión y a la política. Además, algunos ya tenían conocimiento de él por una comunicación que les pasó el Ministro de Justicia y Negocios Eclesiásticos. Después de una hora más bien de conversación familiar que de discusión, en que se tocaron puntos muy difíciles y más bien reservados para una cátedra de anatomía topográfica, dieron su opinión.

El doctor en leyes, dijo: «No creo que este caso haya sido el único en el mundo. En tiempo del Rey don Alonso el Sabio deben haber ocurrido algunos semejantes, y en las Siete Partidas, que de todo tratan y son un modelo de legislación, encontraré seguramente algo que nos tranquilice. Consultaré también a Solórzano y a las Leyes de Indias. Por el momento nada puedo decir».

El doctor en medicina, dijo: «Yo sí puede decir que me parece indispensable una operación; pero hay dos inconvenientes: el primero y principal es que la paciente no podrá resistirla y es más probable que quede en ella, y segundo, que no sé si tendremos en buen estado los instrumentos a propósito, pues en verdad hace por lo menos muchos años que no se presenta un caso igual, aunque no son raros, por más que diga mi apreciable compañero el señor licenciado».

El doctor en teología, quitándose con mucha paciencia su capelo y su borla blanca para revestir su traje habitual y salir a la calle, dijo simplemente: «Erró la cuenta».

El doctor Codorniú se retiró sin haber sacado nada en limpio, arrepintiéndose de la consulta con sus compañeros y resuelto a no volver al rancho si no lo llamaban y le mandaban un coche, pues él había ya fatigado sus mulas y empolvado el suyo en tantas visitas como había hecho. Cuando entró a su casa, dijo a su criado:

—Si viene el licenciado Lamparilla le dirán que deje la cuchara de plata si ya la recobró, y que no estoy en casa.

III. Las brujas

Don Espiridión, que no había hecho gran caso de la buena nueva que le comunicó doña Pascuala, que toleró las visitas del doctor Codorniú y las juntas de médicos sólo por darle gusto, y que en los primeros meses no había creído en la próxima llegada de un heredero, se alarmó deveras cuando notó evidentes síntomas y observó que su cara mitad estaba muy lejos de guardar el aspecto ordinario.

—Ya esto pasa de castaño oscuro —le dijo una noche cuando acabaron de cenar y se había marchado a la cama el heredero de Moctezuma.

—Sí que pasa —respondió doña Pascuala—, y no lloro por no afligirte y porque nada se consigue con eso, pero creo que me voy a morir.

—Morirte no, eso no, mujer, pero sí otra cosa… no sé lo que será, pero es necesario que te pongas en cura formalmente.

—¡Fresco estás! ¿Qué más cura quieres? ¿No ha venido el mejor doctor de México, no ha habido junta de médicos, no me he tomado ya cuatro botellitas y he andado no sé cuantas leguas? ¿Qué más quieres?

—A eso no le llamo curarse —contestó el marido— y nunca he tenido fe en los médicos. No tenemos más medio sino ocurrir a las brujas. Por más que diga todo el mundo que no hay brujas, yo sí lo creo y los hechos lo dicen. Todos los días las vemos; y sobre todo, la enfermedad que tú tienes sólo ellas la saben curar.

—Pues yo no creo en las brujas, pero con tal de sanar, sean brujas o curanderas, estoy resuelta a todo. Enviaremos a llamar al doctor por última vez, si te parece.

—Es inútil, te mandará lo mismo, ya hemos gastado buen dinero; el maíz está bajando de precio y la cebada no pinta bien. Las brujas nos costarán poco, pero no es por el dinero, sino porque aunque veas a todo el protomedicato, no te han de sanar.

—Pero ¿de quién nos valdremos?

—¡Toma!, eso es fácil. Buscaré a la herbolaria que ha solido venir por acá y ha rejuntado en el cerro yerbas que dice son remedio eficaz para diversas enfermedades. Quizá tenemos muy cerca la medicina sin necesidad de ir a la botica.

—¡Ah! la herbolaria, ya me acuerdo; por cierto que le di una canasta porque ya no le cabían las yerbas en su ayate.

—Esa misma, y tiene una tía que es la verdadera bruja y la que sabe cómo se hacen las curaciones. El canónigo Camaño me dirá dónde vive, pues lo sacó de un reumatismo que ya se lo llevaba Dios y que ningún médico le había podido atinar.

—Entonces, mañana mismo. Estoy decidida.

—Mañana mismo estaré en la villa y veré al canónigo cuando acabe de decir su misa.

Don Espiridión consumió el tlachique que quedaba en el vaso, y se chupó el bigote cerdoso.

Doña Pascuala, fatigada y costándole ya trabajo moverse, andar y agacharse, levantó con pereza el mantel, echó en un plato los restos de los frijoles y los pedazos de tortilla y migajones de pan, para el almuerzo de gallinas, y fue a dar un vistazo a Moctezuma III, el cual sólo había podido quitarse la chaqueta y una pierna del pantalón. Un zapato lleno de estiércol y lodo estaba en la almohada, junto a su bota, el otro en una olla de nixtamal.

—Nunca será nada este borrico, por más que yo me afane en enseñarle; y puerco, que no hay que decir; en eso se parece a Espiridión —dijo doña Pascuala, tirando de la otra pierna del pantalón y aventando los zapatos en medio de la pieza. El heredero gruñó, se refregó con una mano los ojos y se volteó del otro lado, dormido como un marrano.

Doña Pascuala se dirigió a su recámara, con su vela de cebo en el lustroso candelero de barro. Don Espiridión dormía ya boca arriba; en sus bigotes brillaban todavía las burbujas de tlachique, y su labio inferior tenía una franja encarnada como si adrede la hubiese hecho un pintor, seña evidente de que la cena había sido de mole de pecho o de cecina.

—Los dos iguales, tan sucio el uno como el otro —dijo doña Pascuala desembarazándose de sus vestidos—. Mañana les he de decir que se bañen. Y no sé por qué me late —añadió apagando la vela y metiéndose en la cama— que la bruja me va a curar.

Mientras duermen, se levantan, se desayunan y don Espiridión va a la villa a buscar el canónigo, daremos a conocer al lector a las brujas, con las cuales, antes que don Espiridión, teníamos las mejores y más cordiales relaciones.

A poca distancia de la garita de Peralvillo, entre la calzada de piedra y la de tierra que conducen al santuario de Guadalupe, se encuentra un terreno más bajo que las dos calzadas. Sea desde la garita o sea desde el camino, se nota una aglomeración de casas pequeñas, hechas de lodo, que más se diría eran temascales, construcciones de castores o albergue de animales, que no de seres racionales. Una puerta estrecha da entrada a esas construcciones, que contienen un solo cuarto y, cuando más, un espacio que forma una cocina de humo o un corralito. Los que transitan por las calzadas, apenas ven atravesar esta extraña población a uno que otro perro flaco, a algún burro que arranca las yerbas que nacen en las paredes de las mismas casuchas, y a una o dos inditas enredadas, sentadas a la puerta o por el lindero de la calzada de piedra.

El resto parece solo y abandonado. No es así; por el contrario, no hay casa que no tenga su propietario o propietarios, pues las habitan no siempre hombres solos sino familias.

No deja de ser curioso saber cómo vive en las orillas de la gran capital esta pobre y degradada población. Ella se compone absolutamente de los que se llamaban macehuales desde el tiempo de la Conquista, es decir, los que labraban la tierra; no eran precisamente esclavos, pero sí la clase ínfima del pueblo azteca que, como la más numerosa, ha sobrevivido ya tantos años y conserva su pobreza, su ignorancia, su superstición y su apego a sus costumbres; su proximidad a la capital no le ha servido ni para cambiar sus hábitos y su situación, ni para proporcionarle algunas comodidades. Los hombres que habitan ese lugar, que unos llaman las Salinas, otros San Miguelito y la mayor parte lo confunden con Tepito, ejercen diferentes industrias. Unos con su red y otros con otates con puntas de fierro, se salen muy tempranito y caminan hasta el lago o hasta los lugares propios para pescar ranas. Si logran algunas grandes, las van a vender a la plaza del mercado; si sólo son chicas, que no hay quien las compre, las guardan para comerlas. Otros van a pescar juiles y a recoger ahuautle; las mujeres por lo común recogen tequesquite y mosquitos de las orillas del lago, y los cambian en la ciudad, en las casas, por mendrugos de pan y por venas de chile. Las personas caritativas siempre les dan una taza de caldo y alguna limosna en cobre. Otras se van a las milpas de las haciendas y ranchos cercanos a cortar quelites y verdolagas, a recoger semilla de nabo, y aún suelen robarse, cuando no las ven los guarda-milpas, algunos elotes. La población, pues, sale en las mañanas a ejercer pequeñas industrias y regresa por la tarde, habilitada de una manera o de otra de gordas, de elotes, de tortillas, de pedazos de pan, de restos de comida y de algunas monedas. En la ciudad han comido cualquier cosa; y en la tarde, al regreso, completan la alimentación con los animalillos sobrantes que no pudieron vender. Increíble parece que puedan vivir con tal sobriedad, pero el hecho es que así viven, o mejor dicho, así vegetan, pues su aspecto es enfermizo y seguramente no llegan a larga vida. En la estación de aguas hacen sus pozos y sus atajaderos en el punto que creen más conveniente de las orillas del lago, y recogen su cosecha de sal. Ya esto es una industria que les proporciona comprar algunas varas de manta, cera para la Virgen y, si algo más les sobra, lo emplean en cohetes, a los que son muy afectos y que queman en la primera solemnidad religiosa que se presenta. Años hay que las lluvias son abundantes, y entonces los potreros de Aragón se inundan, las obras hechas para recoger la sal son arrebatadas por las corrientes y el pueblecito queda formando una isla; si las aguas suben, entran en las casas y los habitantes tienen que abandonarlas, se van a Zacoalco o a otros pueblos y haciendas vecinos a acomodarse de peones. Las mujeres no se sabe a punto fijo lo que hacen, pero es probable que siguen ejerciendo su industria y encuentran hospitalidad en los pueblos de indios vecinos.

A este pueblo pertenecían, o al menos lo habitaron mucho tiempo, las dos brujas a quienes trataba de buscar don Espiridión.

Cómo y cuándo las dos mujeres fueron a ese pueblecillo que nombraremos de la Sal, no es fácil averiguarlo. Ese terreno inservible, salitroso, pequeño e incapaz de cultura, probablemente formaba parte de las parcialidades de San Juan y de Santiago, es decir, de los terrenos que antes de la conquista pertenecían a la isla de Tlaltelolco (isla arenisca), terreno más elevado sobre el nivel ordinario del lago y donde vivía la gente de comercio y de trabajo. Con raras excepciones, ni Hernán Cortés ni sus sucesores dispusieron de esa parte de la ciudad y dejaron a los indios que lo habitaban en sus respectivas propiedades. En el curso del tiempo, no sabiéndose ni pudiéndose distinguir ni hacer una división por familias, se declaró que esos terrenos pertenecían en lo general a los indígenas que de hecho vivían en ellos o los explotaban, y se formaron las dos parcialidades de San Juan y Santiago, bajo el patrocinio del gobierno y del Ayuntamiento de México. Con estos títulos, sin duda, fueron acudiendo a esa eriaza cuchilla (así es su forma) de tierra, uno tras otro, los más pobres, los más humildes indígenas, realmente sin patria ni hogar, construyendo con barro una serie más bien de madrigueras que no de casas, hasta formar el más desamparado, el más triste, el más miserable de cuantos pueblos se pueda figurar la más melancólica fantasía. Allí nació tal vez una de las brujas, y vivió de la venta de los mosquitos para los pájaros, sea que ella los cogiera directamente del lago, sea que otros indios pescadores se los diesen para venderlos en las casas de la villa y de la ciudad o cambiarlos por mendrugos de pan y sobras de comida. Un indio viejo, que era como el jefe o rey de esta miserable colonia, le enseñó a recoger en los potreros y en los sembrados yerbas ya verdes o secas, hacer con ellas cocimientos medicinales que tomaban en sus enfermedades los habitantes, porque jamás médico alguno educado en los colegios o en la Universidad, había pisado los linderos de esa tierra. Vivían, se enfermaban, sanaban, se morían como perros, sin apelar a nada ni a nadie más que a ellos mismos. Probablemente los cadáveres se enterraban de noche en los bajos fangosos de los potreros cercanos, porque no tenían con qué pagar los derechos a la parroquia de Santa Ana, a donde tal vez pertenecía el pueblecillo. Ni el cura de esa parroquia ni de ninguna otra les había instruido en la religión católica, ni sabían lo que era rezar ni leer; hablaban su idioma azteca y poco y mal el español, conservaban también poco las tradiciones de sus usos antiguos y de su religión, y de lo moderno no conocían ni adoraban más que a la Virgen de Guadalupe.

En el estrecho cuartito de la bruja vivía otra de mucha menos edad que ella. Todos los varones del pueblecillo, como la mayor parte de los indios, tenían el nombre de José y las mujeres de María, con alguna añadidura. Apellido ninguno, probablemente muchos ni bautizados estaban. A las dos mujeres les llamaban las dos Marías; pero para distinguirlas, a la mayor le decían María Matiana y a la menor María Jipila, sin saberse por qué aplicaban a la otra este segundo dictado. Sea que el indio viejo qué se conocía por José Sebastián fuese uno de esos naturales naturalistas y hechiceros de raza, o sea porque las dos Marías, que eran parientas, tuviesen una vocación para la botánica, el caso es que se dedicaron a recoger plantas y a estudiar sus virtudes terapéuticas haciendo experiencias entre los perros y las gentes del pueblo, primero, y más adelante entre los vecinos del barrio de Santa Ana y los muchos arrieros de que los mesones estaban llenos siempre. Mientras una continuaba el comercio de los mosquitos, la otra extendía sus excursiones a lejanas tierras, como quien dice, pues los potreros inundados de Aragón y las llanuras salitrosas de Guadalupe no le suministraban suficientes elementos. Se les veía, ya a la una, ya a la otra, por las lomas de los Remedios, por la hacienda de los Morales, por el Cabrío de San Ángel y por las huertas de Coyoacán. Matiana hizo una vez una excursión a Cuernavaca, vivió como una semana en los bosques cercanos y volvió con verdaderas maravillas. María Jipila a su vez se aventuró por el rumbo de Ameca, de Tenango, hasta Cuautla, y regresó al cabo de un mes con preciosidades, dejando, además, corresponsales en la montaña y en el bosque de Tierra Caliente para recibir periódicamente culebras, tarántulas, alacranes, gomas, resinas, cortezas de árboles y plantas rarísimas, cuyas virtudes le enseñaron a conocer los indígenas de esas tierras como secretos nunca revelados a los de raza blanca o a la gente de razón.

Cuando las dos Marías establecieron con cierto crédito su nuevo comercio, mucho más lucrativo y noble que el de los mosquitos y acociles, abandonaron el pueblecillo de las salinas y vinieron a residir a Zacoalco. Situado en la falda de una serranía desolada, cubierta de abrojos, y en las márgenes áridas y color de ceniza del lago, nada tiene de agradable; pero para ellas era una gran capital y estaban como quien dice en su centro, cerca del lago, que constituía su despensa. Con el mosquito, y en caso apurado ranas, mesclapiques y acociles, tenían para comer; y si caía algo en dinero, lo dedicaban a maíz, leña y manta. Cerca de la villa de Guadalupe y también de la capital, tenían su clientela de marchantes y de enfermos, y la divinidad a quien obedecían y adoraban. Por sí y ante sí se apoderaron de un paredón, es decir, de una casa o choza ruinosa, sin que nadie se opusiera; poco a poco le fueron poniendo su techo con pencas de maguey, después una puerta de varejones secos, luego arreglaron la cocina, finalmente lograron una habitación cómoda, abrigada del aire y del frío y amueblada con cuatro o cinco buenos petates, un tinajero, varios tecomates y guajes, dos metates, cántaros, cazuelas y ollas de barro, ayates y chiquihuites, vasos de vidrio verde de Puebla, frazadas del Portal de las Flores y sábanas de manta. Era un lujo asiático o más bien dicho azteca. Las familias de la clase media antes de la conquista no vivían mejor.

Las dos Marías, cuando vivían en el Pueblecito de la Sal, eran enredadas, es decir, ceñían su cuerpo sin más enagua ni camisa que una tela de lana azul con rayas rojas, que tejen los mismos indios, sujetas a la cintura por una faja de algodón blanca o azul. El cuello hasta la cintura quedaba abrigado con un huepile de manta o de lana azul, y en las espaldas un chiquihuite sostenido por un ayate que les servía para cargar los mosquitos, las ranas o las yerbas; pies y piernas desnudas y llenas de grietas por el frío, el agua y el lodo. Así viste todavía una gran parte de la raza azteca que viene a la capital a vender los escasos productos de su trabajo. El progreso y los adelantos del siglo no han modificado en nada su condición, no obstante haber ocupado altos puestos en la República y de haber tenido grande influencia personas de la raza indígena.

Cuando el comercio de nuestras industriosas mujeres prosperó, modificaron no sólo su habitación, como se ha dicho, sino también su traje. Vestían ya camisa y enaguas interiores de manta; enaguas exteriores de jerguilla azul, su huepile blanco o de indiana, sus pies y piernas muy lavados y un sombrero de palma para garantizarse del sol; sus trenzas entrelazadas con chomite encarnado y, en su cuello, unas gargantillas de perlas falsas con sus medallas de plata de la Virgen de Guadalupe.

El que conozca la clase indígena de los alrededores de México no necesita que describamos a nuestras dos mujeres; pero a los que sean extranjeros a la capital les daremos algunas señas. En cuanto a edad, imposible de saberlo; ellas mismas no la sabían. Los indígenas y la clase pobre de México cuenta su edad por sucesos notables y dicen por ejemplo: el día del temblor de San Juan de Dios cumplí diez años. El día que el señor Arzobispo salió con el Corpus, tenía quince años y así los demás datos.

Por el aspecto, Matiana parecía de más de cincuenta años; el pelo ya cano, el cutis comenzando a tener arrugas, los ojos encarnados por dentro y por fuera; y por sólo eso le llamaban bruja; gorda, algo encorvada, su dentadura completa y blanca.

Jipila, como de treinta años, pelo negro, grueso y lacio, algo despercudida, porque era aseada y se lavaba la cara en las fuentes y arroyos de los caminos; lisa, blanda de cutis, pierna bien hecha y con lustre, pie chico y dedos desparpajados por andar descalza, sin ningún mal olor en su cuerpo, limpia, con pequeñas manos y, como la que llamaba tía, con sus dientes blancos y parejos. Era una bonita india. Muchísimas y mejores aún de su raza hay así, y tal vez hallaremos en otra ocasión que las de Jaltipan, Tehuantepec y Yucatán.

Matiana y Jipila se levantaban con la luz, y como ya tenían preparado su maíz, molían sus gordas y se desayunaban con un jarro de atole con piloncillo, dejando preparada una ollita con frijoles o camitas de puerco, a fuego lento, para encontrarlas en sazón en la tarde, a la hora de su regreso. Barrían y regaban su cuarto, cuyo pavimento era de tierra, sacudían sus petates, colgaban sus frazadas en un mecate tendido de uno a otro lado, encerraban en la cocina con su poco de maíz y un cajete de agua a unos pollos y gallinas, le daban dos gordas a un perro o más bien a un coyote que habían traído desde el Pueblo de la Sal y, dejando cerrada su casa, que ya tenía una puerta de madera, salían en compañía y se separaban en la garita de Peralvillo. Matiana tomaba el rumbo de Santa Ana y Tezontlale, y despacio, poco cargada con un chiquihuite en la espalda lleno de raíces y yerbas, entraba en un mesón y en otro. Como ya la conocían los huéspedes, si había algún arriero enfermo, procedía a la curación, que no dejaba de ser precedida a veces de ciertas ceremonias. Si la luna estaba en el cuarto creciente o llena, casi aseguraba la curación; pero si estaba en menguante, o no curaba o, por lo menos, no respondía de la curación, Cuando eran heridas casuales leves o raspones contra los árboles o peñascos, o rozaduras con las reatas, la cosa era sencilla. Encendía un cabo de cera bendita que siempre cargaba en su chiquihuite, decía al paciente que rezara un padre nuestro y un ave maría y que se encomendase a la Virgen de Guadalupe mientras ella se echaba boca abajo y decía muy aprisa palabras en idioma azteca; después se ponía en pie y persignaba los rincones del cuarto, hacia que el huésped le diese un coscorrón medianamente fuerte en la cabeza a ella y al paciente, y en seguida iba a la cocina, y sola, sin permitir que nadie la viese, hacía una cataplasma, ya fría, ya caliente, según la enfermedad, y la aplicaba sobre la llaga, raspón o herida. Recibía en compensación de su asistencia, ya un real, ya una peseta, a veces fruta o panochas o maíz o chile o algodón, según la carga que conducía el arriero. Cuando no había enfermos, nunca dejaba de vender epazote, tequesquite o culantro verde; el caso es que volvía a la casa con algo en dinero o en efectos. Si la clientela era generosa y abundante, compraba velas de sebo para alumbrarse una o dos horas en la noche, velas de cera para la Virgen de Guadalupe, hilaza y lana para tejer ceñidores, enaguas, algunas varas de manta o de indiana y flores de papel para las estampas de santos de que iba cubriendo las paredes de su magnífica casa de Zacoalco.

El negocio de Jipila era más sencillo y más fácil. A las nueve de la mañana todo el mundo podía verla dos o tres días por semana —y muchos de los que lean este libro la recordarán— sentada junto al poste en la esquina de Santa Clara y Tacuba; extendía su ayate muy limpio e iba colocando con mucho método y simetría sus diversas mercancías. Rondinelas para limpiar los ojos, cuernos de ciervo, piedrecitas de hormiguero, matatenas, ojos de venado, hojas de naranjo muy frescas, te limón, manzanilla, mastuerzo, cedrón, adormideras; a veces alegraba su puesto con manojos de chícharos y azucenas que llenaban de olor la calle.

No pasaba media hora sin que estuviese rodeada de las criadas de la vecindad y aun a veces de muy lejos, pues sabían que esta herbolaria, como ninguna otra, tenía un surtido de cuanto podía imaginarse.

—Jipila, buenos días, ¿por qué no viniste ayer?

—Marchantita, me fui a San Ángel a traer hojas de naranjo y limones frescos…

En efecto, los días que Jipila no estaba en la esquina de Santa Clara los destinaba a sus excursiones en los pueblos del lado del oriente de la ciudad, donde encontraba multitud de yerbas frescas, de flores aromáticas y de las demás plantas que acostumbraban comprarle sus parroquianos.

—Jipila, ¿tienes alguna yerba para quitar el dolor de muelas? La niña Susanita rabia desde ayer y el barbero, en vez de sacarle la muela, le ha dejado un pedazo dentro.

—Sí marchantita —respondía Jipila, dando a la criada un atadito de yerbas de hoja menuda y color oscuro—. Con esta yerba no más la mascas y así que la remuelas bien con los dientes te la pones en la mano, le echas un chorrito de refino y después haces una bolita y le tapas la muela a la niña, y encima una capa de chitle que mascará también. Si queda pico, que se lo asierre el barbero, pues para eso no sirven las yerbas.

Jipila con la medicina daba la receta, era un formulario magistral viviente.

No sólo en el barrio sino más allá, por un lado hasta San Cosme y por el otro hasta las calles del Relox y rumbo de Santa Catarina mártir, Jipila competía con los médicos y les quitaba las visitas. ¿En cualquier casa amanecía un chiquillo enfermo? Inmediatamente la señora llamaba a la criada. «Corre y ve a la herbolaria; que me mande una raíz para darle a Emilito que está empachado». En otra parte alguien se rodaba la escalera, y se lastimaba más o menos gravemente: en el acto se le rogaba a la casera que fuese a decir a la herbolaria que don Pepe se había rodado la escalera y que tenía cuatro chichones en la cabeza, un raspón en el codo y la muñeca derecha descompuesta e hinchada.

Jipila daba en el acto una raíz para las abolladuras de la cabeza, unas yerbas para bebida, y unas hojas finas y sedosas para aplicarlas en las partes desolladas; en cuanto al hueso zafado, decía, es cosa del cerujano o del banco del herrador.

Los viernes era cuando el surtido medicinal de la herbolaria estaba más variado, pues los jueves recibía por las canoas de Chalco muchas maravillas de la Tierra Caliente. La concurrencia, no sólo de criadas, sino de señores de capa con cuello de nutria y de señoras de saya y mantilla, era tanta, que a veces era imposible en una hora obtener ni una yerbita, y a fe que había razón, porque tenía remedios para todas las enfermedades conocidas.

Cuando acababa de despachar a sus marchantes y tenía ya el ceñidor repleto de cuartillas, de pesetas y reales lisos, descansaba un momento, sacaba una gorda de elote y un tamalito de mesclapiques, unos chiles verdes, picantes como la lumbre, un poco de sal, y comía que daba gusto, y en éstas llegaba otra clase de personas. Daba, como los médicos famosos, su consulta al menos un día en la semana. Eran enfermas o criadas de las enfermas, y ya veremos que tenía específicos para todas las dolencias habidas y por haber.

—Jipila —decía una robusta chichihua sentándose en la orilla de la banqueta junto a la herbolaria— ¿qué haremos con este niño que apenas mama cuando gomita la leche? Me dijo mi ama que te diera estos reales y que le mandaras una medecina.

—Te daré unas hojas de tlapatli. Las majas con la mano y calientitas se las pones en la barriguita.

—María —decía otra, apenas la primera criada se acababa de ir con su manojo de tlapatli (sanguillo, medicina caliente)—, ¿qué me haré yo en los riñones que no aguanto; ayer ni la ropa de la señora mariscala pude planchar?

—Te daré la raíz del cocoztomatl, la pones a secar, la mueles en el metate, la revuelves con una clara de huevo y te la tomas todos los días antes de comer.

—Jipila, mi marido se está volviendo hidrópico y tiñoso, ¿qué le haré? Busca entre tus yerbas…

—Aquí tienes, marchantita, el tlapahuitle, lo machacas en el molcajete, lo revuelves con un poquito de vinagre y se lo untas en la cabeza, encomendando al marido a la Virgen de Guadalupe.

—Jipila, quéme das para mi sobrina, que tiene sarna, que le pegó un perro; malísima la probe criatura y el dotor nada, y ya van cuatro riales que le doy.

—Ven el viernes, marchantita, por el tochuacactli (oreja de liebre). Pones las hojas en un jarrito, y bien jervidas, le das a beber la agua, y las hojas calentitas se las pones en la sarna.

Alguna otra le decía en la oreja algo que no se puede escribir, y la herbolaria le respondía:

—El domingo estarás ya buena, marchantita. Toma las flores de blancharne y verás cómo ya no te golpeará tu marido; pero vale real y medio y cuartilla, porque esta yerba viene de muy lejos.

La enferma entregaba en cobre el precio de las maravillosas flores y se iba contentísima.

Cuando ya no había nadie en el puesto y el sol picaba, la herbolaria recogía sus raíces y piedrecitas, contaba su dinero y se dirigía a la plaza del Volador, donde pagaba su piso y seguía vendiendo hasta la hora conveniente para ponerse en camino y al trotecito llegar a Zacoalco al anochecer. Regularmente encontraba ya a Matiana calentando los frijoles, quitando los mosquitos al cubo de tlachique y preparando un poco de chile colorado. Cenaban tan espléndidamente como Baltasar, sin que se les aparecieran ningunos letreros en la pared de adobé, y dormían el sueño del justo, no obstante tener en el Pueblecito de la Sal y quizá también en Zacoalco fama de brujas.

IV. La diosa azteca y la Virgen de Guadalupe

A estas mujeres acudió don Espiridión para lograr la curación de su esposa, y a fe que no le costó poco trabajo dar con ellas. Fue a la villa de Guadalupe donde adquirió noticias que lo llenaron de esperanzas y le confirmaron en la idea de que nadie más que ellas podían hacer el milagro.

Matiana y Jipila eran muy conocidas en la Villa, y especialmente de los canónigos que, lejos de tenerlas por brujas, las consideraban como unas indias buenas y cristianas que no dejaban el día 12 de cada mes de llevar sus velas de cera a la Virgen y de comprar medidas y medallas.

Un día que el abad de la Colegiata, el doctor Conejares, persona de grandes relaciones entre la aristocracia, fue acometido de un cólico, el sacristán, que casualmente vio salir a Matiana de la catedral, la llamó y, llevándola a su casa, entre los dos hicieron un cocimiento de yerbas que bebió el abad sin saber ni lo que era, pero una hora después, como estaba completamente restablecido y se enteró de lo que había pasado, llamó a Matiana y le dio su bendición y un par de pesos nuevos. Ya puede figurarse el lector cuánta fue la fama que adquirieron las herbolarias.

Desde que salieron del pueblecillo de las salinas y mejoraron de condición por el estudio de las plantas y por las observaciones que nunca dejaban de hacer de los resultados que obtenían, se puede decir que subieron un escalón social y que se civilizaron. Hablaban el español bastante bien, aunque con el acento y palabras anticuadas del pueblo; se vestían con más propiedad y aseo y mejoraban cada día las condiciones de su casa. El carácter de Matiana era concentrado, hablaba poco y conservaba vivas las tradiciones de su raza. Jipila, por el contrario, era alegre y comunicativa, sabía ya algo de la doctrina, pues concurría a los sermones, conocía el alfabeto y estaba a punto de saber leer, pues una maestra de amiga municipal le daba lección en el silabario en la misma esquina de Tacuba, en cambio de raíces y yerbas con que se curaban ella y las discípulas.

Don Espiridión, perdiendo la esperanza de encontrarlas de día en su casa de Zacoalco, tuvo que emprenderla de noche, y les cayó cuando justamente acababan de cenar. Pronto logró que se resolviesen a pasar un día entero en Santa María de la Ladrillera, para que su esposa les explicase, con todos sus pormenores, la naturaleza de su enfermedad. El día convenido, Matiana y Jipila se presentaron muy temprano en el rancho. Doña Pascuala no había dormido de miedo la noche anterior, pero apenas las vio y les habló, cuando todos sus temores se disiparon y fue de la misma opinión que los canónigos, es decir, le parecieron en vez de brujas, excelentes mujeres, y con buena voluntad las invitó a que se quedasen por la noche en el rancho, mar dándoles poner una cama de paja y hojas de maíz en el rayador.

A la mañana siguiente Matiana y Jipila se encerraron con doña Pascuala en su recámara y le hicieron (al menos Matiana) todo género de preguntas, a cual más extrañas y difíciles de responder. Después reconocieron todas las partes del cuerpo de la paciente, aún las más lejanas del lugar donde debía hallarse el mal. Hecho esto se retiraron a su pueblo y quedaron de volver a los tres días.

Emplearon este tiempo en hacer una excursión al Pedregal para coger tres o cuatro culebras de cascabel, media docena de camaleones, dos o tres docenas de lagartijas y diversas plantas que sólo se encontraban en aquellas escabrosas breñas, donde difícilmente penetran los más intrépidos cazadores. Aprovecharon también la oportunidad para surtir de tarántulas, para confeccionar el jarabe para los lazarinos, de lombrices para el oleum supertorum, y de otras mil alimañas con que surtían el tenebroso laboratorio de la botica de la esquina del Portal y Cerca de Santo Domingo.

Expirado el plazo se presentaron en el rancho cargadas de medicinas y con sus avíos de cama para instalarse hasta que sanase o muriese la enferma.

Las ceremonias que precedieron a la primera medicina fueron, si se quiere, sencillas. Se mató un gallo después de las doce de la noche y con su sangre se untaron dos cazuelas pequeñas que deberían servir para confeccionar cataplasmas para el vientre. A las cinco de la mañana, la enferma y las dos curanderas se postraron y besaron siete veces el suelo, a las ocho se encendieron a la Virgen de Guadalupe siete velas de cera de a libra cada una, y a las nueve en punto la enferma bebió un vaso con un cocimiento preparado por Matiana, y se le aplicó al vientre una cataplasma regada con la sangre de lagartija. Las ventanas se cerraron, y el rancho quedó en silencio y en expectativa esperando el resultado.

Dos semanas transcurrieron. La enferma lo mismo. El vientre, naturalmente, más crecido. Las brujas se volvían locas, no sabían ya qué hacerse; habían aplicado a la enferma el izcapatli en un buen vaso de Jerez; la maztla de los frailes con cañafístola; le habían hecho comer, sin que ella se apercibiese, carne de víbora; le habían aplicado, en fin, cuantos remedios creían a propósito, y ninguno había surtido.

Un día Matiana, con los ojos más colorados que de costumbre, pues sin duda había llorado la noche anterior, entró en la recámara de doña Pascuala, y le dijo:

—Madrecita, sin duda la Santísima Virgen quiere llevarte a la gloría, y que no sanes de tu enfermedad y que el piltoncle (muchachito) se te haya muerto adentro.

—No, eso no, Matiana; no es posible, ni lo quiera Dios —respondió doña Pascuala alarmada por la sentencia de muerte que tan sencillamente había pronunciado la herbolaria—. Creo que no ha muerto, y antes bien, quiere salir de su prisión. ¿No tienes ya ninguna medicina que hacerme?

—Madrecita; Jipila ha ido a buscar el tlixóchitl (flor negra) y el caxúchitl y vendrá mañanita. Beberás en ayunas un cocimiento de esta yerba revuelta con el tlixóchitl, y espero en Dios y la Santísima Virgen que quedarás buena; pero madrecita, si no sanas es preciso que vaya yo al cerro y platique con la Virgen.

—Bueno, Matiana, beberé lo que quieras. ¿Cuándo volverá Jipila?

—En pasando mañana a la madrugada estará aquí.

En efecto, Jipila volvió antes de amanecer, y doña Pascuala tomó en ayunas el brebaje compuesto con las misteriosas yerbas, que eran las más enérgicas que conocían los médicos indios para librar del mal que padecía la dueña del rancho de Santa María; pero nada. Esa naturaleza rebelde y fuerte de ranchera, resistía a cuanto el doctor Codorniú y las brujas conocían como más eficaz. Sin embargo, su estado no era bueno; comenzaba a creer que su mal no tenía remedio y que se acercaba una muerte próxima, precedida de insufribles padecimientos. Doña Pascuala no era tierna ni llorona, pero ya era demasiado y las lágrimas se le venían a los ojos, ocultándolas de su marido que, confiado enteramente en la habilidad de las dos mujeres, seguía sin variación su método habitual de vida. El licenciado Lamparilla había dado sus vueltas por el rancho y no había dejado de alarmarse pensando que, si en pocos días no se resolvía el caso doña Pascuala tenía que morir infaliblemente. Por lo que pudiera suceder, hizo que le fírmase dos escritos reclamando el patrimonio de Moctezuma III y que le diese algún dinero a cuenta de honorarios. Doña Pascuala ni de lejos creía que Matiana pudiese conversar con la Virgen; pero su enfermedad y el miedo debilitaron su cerebro y se persuadió de que su vida dependía de esta interesante conferencia.

—No pierdas tiempo, Matiana —le dijo a la herbolaria después que observó que nada le aprovechaba la última infusión—, ve tú y Jipila, platiquen con la Virgen y vienen luego para ver si Dios hace por su intercesión que salga yo de este estado. No aguanto ya, Matiana, me voy a morir —y doña Pascuala llevó su rebozo a sus ojos.

Las dos herbolarías se enternecieron también y pidieron tres días para la milagrosa conferencia.

Don Espiridión nada supo de esto. Su mujer se lo ocultó temiendo que contara el caso a las gentes de Tlalnepantla y se burlaran, pues entre los funcionarios había ya masones que no creían más que en el Gran Arquitecto de la Naturaleza, y se avanzaban a negar la Aparición de la Virgen.

Las herbolarias abandonaron momentáneamente su buena casa de Zacoalco y se trasladaron a la villa, alojándose con una conocida que tenía su casa detrás de la capilla del Pocito y ganaba muy bien su vida en vender las tan celebradas y sabrosas tortillitas, que no se encuentran en ninguna otra parte del mundo más que en la Plaza del Santuario.

Cerrando la noche, Jipila y Matiana se dirigieron al cerro, subiendo por la rampa y dando vuelta a la capilla, colocándose en un ángulo saliente sobre una roca casi tajada a pico, a una profundidad de más de cuarenta varas. Es el sitio sagrado e importante para los indígenas que conservan en su memoria las antiguas tradiciones. Hoy dirán lo que quieran los anticuarios mexicanos y los charlatanes extranjeros que dizque han descubierto el origen de los indios; nosotros no hacemos más que referir lo que se decía en la época en que pasan estos acontecimientos, lo que confirmaba el erudito anticuario don Ignacio Cubas, jefe del Archivo General, que descubrió muchos e interesantes manuscritos.

Tepeyácac se llamó en tiempos de la conquista ese cerro y el lugar todo. Cerro de la Nariz porque no se sabe por qué los españoles mismos dieron y tomaron en que el cerro figuraba una gran nariz. Sin duda el peñasco que habían escogido las herbolarías era el remate o pico de esa colosal nariz, y ya de allí al abismo no había ni un paso. La capilla está construida en la parte más plana del cerro.

En esa roca había una divinidad azteca, la Diosa Tonántzin, una especie de Virgen gentílica, la cual venían a adorar en romería desde lejanas tierras multitud de indios. Hacían delante de la diosa, labrada en un gran trozo de granito, muchas ceremonias y bailes y, llegado cierto día del año, terminaban las fiestas religiosas con el sacrificio de cien niños, desde un mes hasta dos años, que eran degollados en una piedra de sacrificios, con navajas de pedernal y de obsidiana. La diosa no estaba contenta si no se le hacía el tributo de esta sangre inocente, y amenazaba con lluvias, con granizos, con truenos y con otras mil calamidades a los que se resistían a llevar a sus hijos. Las madres, no obstante sus lastimeros sollozos que algunos historiadores dicen que se oían hasta Texcoco, se apresuraban a llevar a sus hijos y los entregaban a los feroces sacerdotes de la diosa.

Un día menos pensado, después de algunos años de la conquista, la diosa Tonántzin desapareció del cerro de la nariz, y los sacerdotes, espantados, aullaron y dieron saltos feroces y llamaron en su auxilio a Tláloc y a Huitzilopóchtli; pero todo fue en vano. El poder de los españoles los contuvo y tuvieron que resignarse.

A pocos meses, en vez de la diosa Tonántzin, que exigía la sangre de los niños, apareció en el cerro una hermosa y modesta doncella vestida con el traje de las nobles indias, que prometió a los naturales su protección y exigía, en vez de sangre, las rosas y las flores silvestres de los campos. Finalmente, la Virgen de Guadalupe quedó como Patrona de los indios en vez de la diosa Tonántzin; pero una vez que otra, las autoridades españolas tuvieron que cerrar los ojos y los oídos y tolerar el sacrificio de algunas criaturas.

Esta tradición había llegado viva y palpable a Matiana, y su ignorancia confundía a la Virgen de Guadalupe con la diosa Tonántzin, o, mejor dicho, creía que eran una misma cosa dividida en dos protectoras distintas. Si contentaba a una, desagradaba a otra, y así quería adorarlas y contentarlas a las dos. Es necesario decir que Jipila no participaba de estas convicciones. Con el trato de tanta gente como concurría a la esquina de Tacuba y la Plaza del Volador, había olvidado sus tradiciones, no tenía ya ninguna manía antigua; pero se dejaba guiar en muchas cosas por Matiana y profesaba una profunda devoción a la Virgen de Guadalupe. Afligidas de que sus mejores medicinas no surtieran efecto ni pudiesen curar a doña Pascuala, resolvieron consultar a la diosa Tonántzin o, mejor dicho, a la Virgen de Guadalupe. Toda la noche permanecieron al borde del precipicio invocando a la diosa, pidiéndole consejo, llorando y sollozando a fuerza, y por último se quedaron dormidas, siendo un verdadero milagro que no rodaran y se hiciesen pedazos.

En cuanto amaneció se fueron a bañar con los derrames del Pocito, bebieron el agua sulfurosa y entraron con sus velas a la Colegiata tan luego como el sacristán abrió la grande puerta principal.

Siguió allí la meditación y los llantos, aunque en cierta manera silenciosos.

—Madre mía, Santa María de Guadalupe Tonántzin ¿qué hacemos con el cuidado de la Madrecita Pascuala? —decía Matiana.

—Mi señora Guadalupe Tonántzin —continuaba Jipila— te pedimos la salud para el rancho de Santa María.

—Padre nuestro que estás en los cielos, Santa María Tonántzin de Guadalupe —continuaba Matiana.

—¡Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, Santa María que estás en los cielos, Tonántzin, sana por tu misericordia a doña Pascuala!

Ni una ni otra sabían más oraciones que éstas y las repitieron más de dos horas sin dejar de suspirar, de sollozar y de gemir. Matiana se mostraba ferviente, la otra casi por imitación seguía a su tía.

Por la tarde, después que acabaron los canónigos su coro, las mismas oraciones repetidas y las mismas lágrimas forzadas de las dos herbolarias. En la noche volvieron a la misma y peligrosa orilla de la roca, a consultar y a inspirarse en la diosa azteca, como en la mañana se habían inspirado y rogado a la Virgen cristiana.

A los tres días estaban en el rancho. Doña Pascuala, que ya de veras se iba poniendo mala, las esperaba con impaciencia.

—Madrecita doña Pascuala —le dijo Matiana— ya hemos platicado con María Santísima de Guadalupe, y nos ha dicho que no sanará la madrecita del rancho si no se mata un niño.

—¡Pero eso es imposible, Matiana! ¿Cómo vamos a matar a un niño ni de dónde lo cogemos?, y eso, además, no puede ser un remedio.

—Nuestra Señora de Guadalupe Tonántzin lo ha dicho, y madrecita se morirá. Nosotras ya no tenemos yerbas, ni víboras, ni lagartijas que puedan sanar a mi ama.

—¡Calla, Matiana, ni Dios que lo permita! ¿Cómo había de consentir en que se matara un niño?

—El día 12 de diciembre me dijo la Virgen que viniera a la fiesta —contestó Matiana—. Si se encontraba un niño sin su chichihua, que lo cogiera y podría matarlo para que sanaras.

—¡No, no, jamás consentiré en eso, primero moriré, y la Virgen no es capaz de haberte dicho tal cosa!

—Mira madrecita —le dijo la india— si encuentro al niño el día 12, es porque la Virgen lo permite; si no lo encuentro, es que su majestad no quiere ya favorecerte, o no te conviene.

Doña Pascuala no dejó de considerar mucho ese razonamiento, porque en efecto, entre millares de gentes que concurren a esa festividad, era fácil que una nodriza descuidase a un niño; pero no era verosímil que la bruja estuviese precisamente en el mismo lugar para apoderarse de él, y en ese caso la voluntad de Dios era manifiesta y ni ella ni la india eran culpables. La una curaba con esa medicina, y la otra se dejaba sanar con ella. Sin embargo, rechazó decididamente los ofrecimientos de Matiana y la despidió, quedando resignada a la voluntad de Dios, sin tomar ya ni las gotas del doctor Codorniú, ni los brebajes de las dos brujas.

Así pasaron días. La enfermedad no cedía. Una noche despertó doña Pascuala a su marido.

—Espiridión —le dijo—. Haz que pongan el carretón que acaba de componer el carpintero, monta a caballo, ve a Zacoalco y me traes a Matiana y a Jipila.

—¿A estas horas? —preguntó el marido esperezándose.

—En el momento. Me sube una cosa del estómago que me quiere ahogar.

El marido, resignado, sin decir palabra, se levantó y antes de una hora, no obstante ser la noche oscura y tempestuosa, precedido del carretón que conducía el peón, caminaba rumbo a Zacoalco. En la madrugada las dos brujas estaban en la recámara de doña Pascuala.

—A todo estoy resuelta, Matiana. Dame de pronto una bebida que me calme esta ansia que tengo y después haz lo que quieras, pero no me lo digas. ¿Quieres dinero?

Era el día 11 de diciembre.

—Es la voluntad de la Virgen, la que nos dirá —respondió Matiana—. De dinero no necesito que me des, sino lo ajustado por la curación.

Lo ajustado por la curación eran diez pesos para Jipila por las drogas, lagartijas y serpientes, y diez pesos para Matiana por los viajes, la confección de los brebajes y el robo y sacrificio del niño. No era la ambición; obraban sencilla, buena y humildemente. Sus creencias mezcladas, la ignorancia y la fe al mismo tiempo, las guiaban. El dinero era nada, la vida de un niño para salvar a una mujer, tampoco. Ella no ponía gran cosa de su parte; la Virgen de Guadalupe era la encargada de decidirlo.

V. El milagro

El día 12 de diciembre es el más solemne en México de todos los días del año. Es el día de la Virgen de Guadalupe, Patrona de Anáhuac.

El Gobierno entero asistió a la función religiosa. El Presidente de la República, precedido de los maceros, abría la marcha vestido con su uniforme encarnado bordado de oro, su pantalón de casimir blanco con una franja de oro, su sombrero de tres picos con plumas blancas, medio recostado en su gran coche tirado por cuatro caballos y rodeado de ayudantes ataviados de muchos colores y en briosos caballos, galopando a los costados del carruaje. Detrás los ministros de Estado y el Ayuntamiento en coches nuevos y lustrosos, y después todos los coches de alquiler con formas las más extrañas, pintados de colores chillantes, descascarados unos y sucios otros, y con mulas tan flacas y llenas de mataduras en el pecho y lomos, que daba compasión verlas, y al último, a los lados y por todas partes, un mundo de gente a pie y a caballo, atropellándose, empujándose, dejando a veces tirada a alguna pobre vieja que se descuidaba y pasando sobre ella sin hacer caso de sus lamentos. Esta comitiva se formó en la Plaza Mayor, siguió por las calles de Santo Domingo, Santa Catarina y Santa Ana, hasta la garita. Allí el Presidente con su séquito y la gente de a caballo, enfilaron la calzada de tierra, sombreada de uno y otro lado con tristes álamos, mientras la gente de a pie se apoderaba de la calzada de piedra, sin ningún arbolado, y cuyas piedras calcinadas por el sol despedían fuego. Se puede asegurar que en la época en que pasan los acontecimientos que referimos, no había familia pobre ni rica que dejase de ir el día 12 a la Villa. Los que tenían algunas proporciones hacían la peregrinación en coche, en el cual precisamente había de caber toda la familia, aunque se compusiese de catorce personas. Luego que salían de la garita, comenzaban a rezar el rosario y calculaban que terminase al entrar al santuario. La gente de menos proporciones y aún los que tenían por cumplir alguna manda, hacían el camino a pie por la calzada de piedra, algunas descalzas y otras de rodillas, lo que importaba un verdadero martirio. Las que tenían la energía de llegar hasta la puerta de la iglesia, caían allí medio muertas y chorreando sangre.

Pero sigamos todavía por un momento a la brillante comitiva oficial. Levantando una nube de polvo, envuelta la estufa no pocas veces en un violento remolino que se llevaba el sombrero de tres picos de los cocheros, llegaba lentamente, por la multitud de gente que impedía el paso, a la puerta de la Colegiata. Allí el abad con su capa de tela de oro, seguido del coro de canónigos con sus trajes talares de seda negra y sus roquetes de encaje y filigrana, recibió al Primer Magistrado de la nación y a sus ministros, dándole el agua bendita, y así en cuerpo, precedido de la cruz de los ciriales y de más de veinte coloraditos, siguieron en procesión hasta el altar mayor, a cuya derecha estaba levantado un dosel de terciopelo carmesí. En unos grandes sillones se sentaron el Presidente y sus ministros. Enfrente, y debajo de otro dosel de brocado blanco y oro, se colocaron el abad y los canónigos que oficiaban. Acabó de entrar al fin la comitiva teniendo que hacer materialmente una brecha por entre la multitud compacta, que con mucho esfuerzo separaban y contenían los policías del Ayuntamiento dirigidos por el pértigo; ya están sentados debajo de sus doseles el Presidente y sus ministros, el abad y los canónigos revestidos de sus resplandecientes ornamentos, y ya la orquesta, a la señal de la batuta, ha reemplazado con sus religiosas armonías el susurro y ruidos diversos y extraños propios de toda aglomeración de gente. Veamos si es posible dar una idea de la novedad y grandeza de esta solemne función.

La colegiata de Guadalupe no es una pequeña iglesia, como algunas que en Europa tienen el pomposo nombre de basílicas, sino una catedral, que no se parece ni a las construcciones de la Edad Media ni a las del Renacimiento. Templo de tres altas naves con sus capillas, calado por grandes ventanas, está llena de luz y de alegría. En el extremo de la nave central está el tabernáculo o altar mayor, hecho de mármoles de diversos colores, y en el centro la imagen de la Virgen en un marco de oro macizo, pintada en tosco ayate carcomido y ennegrecido por los años. En los días de solemnidad, los candeleros, los blandones, el frontal del altar, la cruz, los ciriales, los pebeteros, todo es de plata que limpia, resplandeciente e iluminada por los rayos del sol que entran ya por una ventana, ya por otra, forman una especie de visión gloriosa que deslumbra la vista, hiere la imaginación y hace postrar y besar la tierra a los creyentes, que se figuran que ha descendido de los cielos la madre piadosa de los hombres.

Frente al altar mayor está el coro, como velado misteriosamente por una reja de filigrana de cedro y de metal chino, y en el fondo y a los costados los facistoles y la sillería antigua de maderas finas tallada curiosamente, engastando los bustos graves de los canónigos. El camino del altar mayor al coro está formado por una crujía de plata maciza, sobre cuyo balaustre hay varias fichas o ángeles de tamaño natural, también de plata maciza, que sirven de candelabros y sostienen unos gruesos hachones de cera. Las altas columnas vestidas de terciopelo rojo, la multitud de lámparas de plata y gallardetes de seda y tela de diversos colores que están colgados de las bóvedas y la multitud postrada y reverente, completan este cuadro grandioso, que no se repite sino en señaladas catedrales en Europa.

El sermón se encarga al eclesiástico de más fama, y generalmente recae en un canónigo de la catedral de México o de la misma Colegiata. El asunto obligado es la Aparición, que se refiere con todos sus pormenores, concluyendo el orador por asegurar a los habitantes de Anáhuac la protección de la Virgen. El eclesiástico que hizo el panegírico concluyó con estas palabras: Obedeced ciegamente a la Santa Virgen de Guadalupe. Su voluntad es Soberana y debe cumplirse. Matiana, que desde que abrieron la iglesia se introdujo y tomó lugar junto al púlpito, creyó firmemente que estas palabras eran precisamente dirigidas a ella, y se fortificó en su resolución. Mientras la dejamos meditar y discutir la manera de llevar a efecto el criminal intento, sigamos a los personajes que figuraban en esta festividad, de un carácter tan típico y tan nacional, y que de una manera o de otra se refiere al gran acontecimiento social de la Independencia de México.

Luego que terminó la misa, que se cubrió al Divinísimo y que el abad y canónigos dejaron en la sacristía sus espléndidas vestiduras, el Presidente y su comitiva fueron conducidos a un gran salón en el alto del edificio destinado a la Haceduría y que en ocasiones como ésta se habilitaba de comedor.

Una espléndida mesa estaba dispuesta. No espere el lector encontrar allí costillas a la Saint Menchould, ni filet de boeuf á la Jean Bart, ni saumon sauce riche. México ya había pedido dinero prestado en Inglaterra, ya había recibido buques y fusiles viejos, ya había enriquecido los puertos de Burdeos y Bayona con el dinero de los españoles expulsados, ya había mandado legaciones que llevaban médico y capellán, ya estaba segura de ocupar un lugar entre la familia de las grandes naciones civilizadas, pero todavía no renegaba del puchero de sus abuelos, ni consideraba ordinarios los manjares que se servían en los fabulosos palacios de los reyes aztecas. El menú, como se diría hoy, merece un lugar en esta narración, porque esto forma la historia doméstica de que no se ocupa el que aspira a grave historiador. Auguramos, sin embargo, que más de un lector se chupará los labios, por más parisiense que sea. Una sopa de pan espesa, adornada con rebanadas de huevo cocido, garbanzos y verde perejil, tornachiles de queso, lengua con aceitunas y alcaparras, asado de cabrito con menuda ensalada de lechuga, y para coronar la obra un plato de mole de guajolote por un lado y mole verde por el otro, y en el centro una fuente de frijoles gordos con sus rábanos, cabezas de cebolla ralladas, pedazos de chicharrón y aceitunas sevillanas. Pocas botellas de vino Carlón y de Jerez, pero unas jarras de cristal llenas de pulque de piña con canela y de sangre de conejo con guayaba, capaces de resucitar a un muerto. Los postres, incontables, pues los conventos de monjas cooperaban a este banquete. Cocada, ate de mamey, arequipa, gaznates y rosquetes rellenos, camote con piña, yemitas y la mesa adornada con ramilletes de flores en unas jarras, banderitas de papel picado, motas de seda y flores de género y de listón. El gobierno, en conjunto, comió como para tres días, y no obstante que algunos de sus miembros eran ya masones con sus puestos de librepensadores fraternizaron con los cándidos canónigos y no hubo más que elogios y alabanzas para la cocinera, que tan deliciosos manjares había presentado, y para la Virgen de Guadalupe, que había permitido que los comiesen en sana salud.

Como a las tres de la tarde la concurrencia, de regreso de la Villa, pasaba como un relámpago en una nube de polvo por las calles del Reloj; en el palacio batía la marcha la guardia de honor y el Presidente entraba a sus habitaciones a digerir la comida nacional.

Los indios y el pueblo quedaban dueños del campo en la Villa y comenzaban realmente sus fiestas y sus banquetes. Al templo entraban y salían romerías de indios con sus trajes primitivos, bailaban una danza delante de la Virgen, rezaban en voz alta oraciones en azteca y español, que ellos solos entendían, lloraban y cantaban al mismo tiempo y salían para dar lugar a otras tribus, haciendo antes en la puerta su provisión de medallas de cobre y de plata y de medidas de listón rojo. Los platones de los canónigos, colocados en una mesa con todas las reliquias cerca de las puertas, se llenaban a cada instante de monedas. Fuera del templo el movimiento era inmenso. El cerro y las calles, materialmente cubiertas de indios y de la gente de México, almorzando precisamente el chito con tortillas, salsa borracha y muy buen pulque; la mayor parte de las familias al aire libre, formando grupos alegres y con un apetito devorador, arrancando con los dientes los fragmentos sabrosos de una pierna asada de cabra; y los chicos brincando, con sus tacos de tortilla con aguacate en la mano. A las seis de la tarde esta increíble acumulación de gente comenzó a organizarse como una gran serpiente y a deslizarse por las dos calzadas. Ninguno regresa a México sin traer un cantarito con el agua sulfurosa del Pocito, una rama de álamo, un pañuelo lleno de tortillas y una pierna de chito. Es el regalo para los compadres y conocidos o la tornafiesta para el día siguiente.

Matiana y Jipila no gozaron en ese año de esta especie de orgía religiosa, en la cual de verdad no se han notado nunca grandes desórdenes. Uno que otro pleito entre los indígenas, bastante borrachos, y varios desgraciados que pierden o les roban su pañuelo o su reloj. La gente de razón volvía bien y contenta a su casa.

Jipila ninguna parte quiso tomar en el inconsciente atentado que se trataba de cometer. Pasó la mayor parte del día sentada junto a una amiga, ayudándole a hacer las quesadillas y tortillas, y a la tardecita enderezó con su trote acostumbrado a su casa de Zacoalco. En cuanto a Matiana, al parecer indiferente, dirigía sus ojo encarnados aquí y acullá en busca de una criatura; pero sin empeño, sin fatiga, sin ansia. Era la Virgen misma la que había de proporcionarle la criatura. Si no lo hacía, evidentemente no era su voluntad y en el fondo no le importaba mucho que se muriese doña Pascuala, ni tampoco perder los diez pesos precio de la curación, pues ni ella ni Jipila eran ambiciosas. Vagó así, entrando y saliendo al templo, rodeando un poco por el cerro y por la capilla del Pocito, sin encontrar nada a mano. Se decidía a tomar también su troce para Zacoalco, cuando al pasar por la fachada del convento de Recoletas Capuchinas hirió sus oídos el lloro de un niño. ¡Desgraciado! Volvió la cara; un muchachito de menos de dos años gateaba rozándose con la fachada y teniendo en una de sus manecitas un hueso de chito. Matiana se apoderó de él, y a pesar de su llanto lo acomodó en su ayate, lo cargó en las espaldas y echó a andar. Nadie la vio, nadie le reclamó, y la criatura misma, que no podía saber la suerte que le aguardaba, mecida por el trote de la india concluyó por dormirse tranquilamente, como quien dice, en el regazo mismo de la serpiente que la iba a devorar. Los escasos reflejos de las estrellas dejaban ver en la llanura solitaria y salitrosa la figura siniestra de la bruja, trotando siempre, con el inocente niño en sus espaldas.

El día 13 de diciembre en la madrugada, el peón que barría y regaba la fachada del rancho de Santa María, anunció a doña Pascuala, que estaba ya en cama y muy mala, que las dos herbolarias querían hablarle. El corazón le dio un vuelco, quiso mandarlas arrojar de su casa, pero la curiosidad fue más poderosa y las hizo entrar.

—Buenos días te dé Dios, madrecita Pascuala —le dijo Matiana.

—¿Qué has hecho, qué has hecho? —le preguntó doña Pascuala con agitación, sin contestarle su saludo.

—Encontré el piltoncle (muchachito); mi señora mía de Guadalupe Tonántzin me lo entregó. Ya yo me iba para Zacoalco, cuando salió del convento de las monjas capuchinas.

—Y qué, ¿lo has matado? —preguntó doña Pascuala acercándose a la bruja con una ansia mortal.

—No madrecita; le tuve lástima al pobrecito, que era como una plata.

—¡Gracias a Dios! Entonces ¿dónde está?

—Lo tiré en la viña, madrecita —contestó la bruja.

—¡Desgraciada, qué has hecho! Mejor lo hubieras matado. Lo van a devorar los perros; corre, corre, tráelo vivo aunque me muera yo, y que no sepa ni una palabra Espiridión ni nadie; seríamos llevados a la cárcel y ahorcados.

Una reacción se formó instantáneamente en las herbolarías. No obstante su ignorancia y la superstición que las cegaba, reconocieron que habían cometido un crimen y se soltaron dando gritos, llorando verdaderas lágrimas, y cayeron de rodillas, pidiendo a la Virgen de Guadalupe el perdón de sus pecados.

—¡Silencio, silencio! no hay que decir nada, ni que perder tiempo. Vayan en el carretón, busquen a la criatura y vuelvan con ella aquí. Será mi hijo, lo mismo que el hijo que tengo en las entrañas.

Las brujas partieron a escape en el carretón, llegaron a la viña. Nada encontraron.

Doña Pascuala, a la media noche, excitada con el susto y la emoción, dio a luz un robusto niño varón que don Espiridión, como buen marido campesino, recibió en sus brazos desde luego y, besándolo, no cesaba de repetir:

—Te lo decía yo, Pascuala; para tu enfermedad no había más que las brujas.

—Y la Virgen de Guadalupe —añadía doña Pascuala, procurando disimular—. Sin su intercesión me hubiera muerto, y tu hijo no habría venido al mundo.

En el curso de la semana se descolgó por el rancho el licenciado Lamparilla, al que refirieron el suceso, ocultando doña Pascuala la parte trágica e inconscientemente criminal. Lamparilla se ofreció a ser el compadre; y discurriendo y platicando, don Espiridión sostuvo que la curación de doña Pascuala se debía a las brujas. Lamparilla y doña Pascuala, que quería hacerse ruido y acallar su conciencia, convinieron en que su vida la debía a un milagro patente de la Virgen de Guadalupe. Quién sabe si, en el fondo, Lamparilla, que estaba ya contaminado con la masonería, creía o no en el milagro, y más bien se figuraba lo que el doctor en teología: que doña Pascuala había perdido la cuenta; pero el doctor Codorniú había olvidado pagarle sus honorarios por el negocio de la cuchara de plata y quería vengarse de una manera indirecta y sin responsabilidad personal. Convino con la familia, de buena o mala fe, en que el milagro era patente y absolutamente necesario dedicar un retablo a la Virgen.

El 12 de enero se colocó en una de las columnas cercanas al tabernáculo un cuadro pintado por uno de los más célebres pintores de la Academia de San Carlos. En una esquina del cuadro estaba la cama, y en ella doña Pascuala, moribunda y con las manos enclavijadas encomendándose a una Virgen de Guadalupe pintada en el otro extremo. Don Espiridión junto a la cama, con un pañuelo en los ojos, y las dos herbolarias hincadas delante de la estampa de la Virgen, en actitud de rogar. La fisonomía maliciosa del licenciado Lamparilla asomaba por una puerta entreabierta. Debajo del cuadro había este letrero:

El día 12 de marzo comenzó a estar gravemente enferma doña Pascuala, dueña del rancho de Santa María de la Ladrillera, y habiendo llamado al doctor Codorniú para que la asistiera, tanto él como los doctores de la Universidad le erraron la cura, y ya no teniendo remedio, invocó a la Santísima Virgen de Guadalupe, y de la noche a la mañana quedó sana y dio a luz un varón muy robusto.

En el marco del cuadro colgaba un cuerpecito de plata (milagrito), que representaba a doña Pascuala. Todo esto era obra de Lamparilla.

VI. Don Diego de noche

No hay dicha completa en este mundo: nada es más cierto. Doña Pascuala, que debió haber sido la mujer más feliz al dar a luz, después de tantos años y fatigas y con peligro de su vida, a un hijo sano, robusto y para ella hermoso, era, sin embargo, la madre más infortunada de toda la comarca. Por el lado de la justicia se consideraba segura, pues no ignoraba que los indios saben guardar un secreto, y que Cuauhtémoc se dejó quemar las plantas de los pies antes que revelar el lugar donde había ocultado el tesoro; pero casi todas las noches turbaban su sueño horrorosas pesadillas: unas veces veía a su hijo arrebatado por la bruja, dando lastimeros gemidos y tratando de huir de ella y de entrar por la puerta del convento de capuchinas; y otras en lo alto de un montón de basura, rodeado de perros feroces que, aullando y ladrando, se disputaban sus delicados miembros; sobre todo en el momento que apagaba la luz y trataba de dormir, se encontraba con los ojos, encarnados y redondos de Matiana, que la miraba fijamente, y escuchaba su voz como un rechinido que le decía: Le tuve lástima, no le maté, pero lo tiré en la viña. La justicia de la tierra no habría castigado tan severamente el crimen que le hizo cometer el miedo y la superstición. Las dos herbolarias no lo pasaban mejor. Se les figuraba que todo el mundo sabía lo que habían hecho, y que de un momento a otro serían llevadas a la cárcel y ahorcadas en la Plazuela de Mixcalco. Matiana, en vez de buscar arrieros enfermos en los mesones de Santa Ana, se iba muy de madrugada a los barrancos y a los cerros y no volvía sino ya entrada la noche; y Jipila, aunque más tranquila en su conciencia, pues realmente ninguna parte había tenido en el crimen, desapareció durante algunas semanas de la esquina de Santa Clara. Don Espiridión sí estaba contentísimo, no sólo por tener un heredero, sino por haber acertado, librando a su mujer de la muerte, obligándola a que la curasen las brujas; y Moctezuma III en sus glorias, pues en vez de dar la lección y hacer palotes, cargaba al muchacho, tiraba del mecate de la cuna y le cantaba rorros. El más aprovechado de todos fue nuestro amigo don Crisanto Lamparilla, que se hizo cargo de su andar, pintar el retablo (para desquitarse del doctor), disponer el bautismo, que fue solemne, en Tlalnepantla, así como el banquete que se dio al cura y a las autoridades y vecinos, lo que valió más coles, alcachofas, gallinas y guajolotes, que los que recibía ordinariamente cada semana, y algo en plata en cuenta de honorarios. Toda la clase indígena, y aún mucha de razón de los ranchos y pueblecillos vecinos, creyeron a pie juntillas el milagro. Era, en efecto, patente; todos lo habían visto, todos supieron la gravedad de doña Pascuala, todos supieron que el dotor le había jerrado la cura, y un solo día, el 12 de diciembre, había bastado para que la Virgen curase a la que estaba ya expirando; pero dejemos por ahora a los habitantes del rancho de Santa María de la Ladrillera, y a la infeliz criatura olfateada ya por los perros de la viña, para ocuparnos de personajes más altos e importantes, aunque quizá menos felices que los del humilde rancho donde, como curiosos, hemos vivido algunos meses.

La calle que hoy se llama de Don Juan Manuel, y que en el principio de la formación de la ciudad se llamó Calle Nueva, se componía de edificios, mejor diremos de palacios, de una arquitectura severa y triste, una verdadera calle de una ciudad de la Edad Media. Altas y gruesas paredes que los proyectiles de la época habían desportillado; ventanas con espesas rejas de fierro pintadas de negro; altos zaguanes con puertas macizas de cedro con dibujos caprichosos de clavos con cabezas redondas de metal de China; un aldabón figurando la garra de una fiera, que solía resonar en las altas horas de la noche como si lo hubiese movido la mano del Convidado de Piedra; en lo alto de cada fachada el pesado escudo con las armas de la noble familia; el conjunto imponente y la calle sola durante el día, pues no había ninguna tienda ni comercio que interrumpiese la monotonía de las construcciones, y en las noches, completamente desierta y mal alumbrada con dos faroles de vidrio opaco y aceite rancio. La leyenda terrible de don Juan Manuel, que refería que dejaba tendido cada noche en un lago de sangre al desventurado que pasaba a las once por ese lugar siniestro, se conservaba viva en la memoria de los habitantes de la capital. Hoy mismo no ha cesado del todo el pavor, no obstante que las balconerías, la pintura de colores alegres de las fachadas y el movimiento necesario por ser habitadas la mayor parte de las casas por el alto comercio, han casi cambiado el aspecto feudal que todavía la caracterizaba en la época en que pasan los acontecimientos de esta verídica historia.

En uno de esos palacios habitaba el muy rico, noble y poderoso señor don Diego Melchor y Baltasar de todos los Santos, Caballero Gran Cruz de la Orden de Calatrava, marqués de las Planas y conde de San Diego del Sauz. El interior tenía un aspecto feudal más caracterizado. El patio era espacioso y formando un cuadro sin columnas, ni medias muestras, ni ménsulas, pues los amplios corredores eran sostenidos por bóvedas planas, lo mismo que la atrevida escalera de tres tramos que, formando una majestuosa perspectiva, llamaba la atención desde que se penetraba al zaguán.

La azotea, cercada de altas y fuertes almenas y en las cornisas mascarones de leones y perros, que con los ojos saltones y torvos, parecían mirar siniestramente a los que entraban y en la estación de lluvias arrojaban torrentes de agua por sus deformes bocas y convertían al patio en un estanque. Por donde quiera tibores grandes y chicos de China y del Japón; pero en desorden, vacíos y empañados, lo mismo que las jaulas de alambre dorado que se balanceaban vacías, por un viento frío que parecía de intento recorrer los corredores y zumbar en las bocas oscuras de los macetones sin flores; en todo se notaba, si no el desaseo, sí el abandono; ni una flor que matizase el color gris de las paredes, ni la nota alegre de un pájaro que turbara el silencio profundo, apenas interrumpido por los pasos tímidos de uno que otro criado que atravesaba como fugitivo las recámaras y pasillos con motivo de algún quehacer doméstico. Una puertecilla disimulada en un ángulo del corredor y forrada de planchas de hojadelata, daba entrada a una espaciosa biblioteca rodeada de estantes pesados, llenos de libros antiguos en pergamino y donde lo más curioso que había, según los rumores del público, era un espejo redondo, en el que se veía a las gentes desnudas, colocado de tal manera, que sólo el conde podía observarlas al tiempo mismo que abría la puerta de entrada. Cuando se acercaban, la ilusión desaparecía y se miraban como en cualquier espejo, con el traje que traían. Las señoras se resistían mucho a esta prueba; pero era también fama que el conde recibía en ciertas épocas visitas de durangueñas y zacatecanas que, procedentes de las haciendas, venían a la capital a arreglar sus cuentas de arrendamientos y tratar otros asuntos de interés.

El salón, magnífico en la extensión de la palabra. Canapés de ébano incrustados de marfil y concha nácar, con forros de damasco rojo de China; no se podía conocer si muebles tan primorosos, que valdrían hoy un caudal, habían sido mandados hacer a los más hábiles artistas de Flandes o de China. Del techo, de maderos de cedro o artesonado, colgaba en el centro una pesada lámpara de plata, con treinta y dos arbotantes. En el comedor y por las recámaras, escaparates antiguos de extrañas formas, con caprichosos adornos de cobre, plata u oro, y el servicio de la mesa de plata maciza, con las armas de la familia artísticamente grabadas. La recámara del conde era la pieza más notable. Cama de madera de caoba con gruesas columnas salomónicas, que sostenían un baldaquín de damasco amarillo, del que pendían caprichosas colgaduras bordadas en China. Las paredes casi cubiertas con los retratos de los antecesores, desde el tiempo de Felipe II, a cuyas órdenes inmediatas sirvió alguno de ellos, y dos panoplias de terciopelo de Utrech, surtidas de las más bien trabajadas armas de Toledo y de Damasco. El suelo, de ladrillos rojos, cubierto con pieles de leopardos y de jaguares cazados por el mismo conde en el monte de una de sus haciendas. Bien que el palacio así ajuarado presentase por este motivo y por su construcción un aspecto aristocrático, como los balcones que daban a la calle estaban siempre cerrados y las piezas que recibían luz del corredor veladas por espesas cortinas, tenía en todas las estaciones una temperatura fría y una media luz tan lenta, que al entrar de la calle, del calor y de la claridad, se helaba el sudor, se lastimaba la vista y se encogía el corazón. Los criados y criadas, vestidos de oscuro y hablando y pisando quedo y con las fisonomías místicas y amarillas, parecían más bien sombras. El silencio y la oscuridad que reinaban aún en el patio, donde no penetraba bien el sol a causa de las altas paredes, parecían indicar que los habitantes habían fallecido, que en lugar de seres vivientes no había más que cadáveres tendidos en sus lechos y que la casa estaba constantemente de duelo.

El conde de San Diego del Sauz parecía hecho adrede para habitar esa mansión señorial. Era alto, delgado, color cetrino, bigote entrecano, retorcido en forma de cuernos de alacrán, ojos pequeños aceitunados, pero fijos y feroces al mirar; dentadura fuerte y blanca y labios delgaditos y retraídos, donde siempre vagaba una sonrisa de cólera, de sarcasmo y de desprecio hacia todo el mundo. A los veintidós años se casó, o mejor dicho lo casaron (pues fue un pacto de familia para que ni el dinero ni los títulos de nobleza pasasen a gente extraña) con una prima en segundo grado, de edad poco más o menos igual a la suya, a quien desde los siete años pusieron en un convento, de donde salió para tomar estado; de modo que los novios se conocieron dos semanas antes de unirse para siempre, y por cierto que no se amaron repentinamente como Julieta y Romeo. La muchacha se casó, con un miedo que no pudo disimular; tanto, que se desmayó al acabar de pronunciar el sí, y el conde fue guiado únicamente por el interés de adquirir, en cuanto naciese un hijo varón, el título de marqués de Sierra Hermosa y una valiosa hacienda cercana a Zacatecas.

Al año justo de haberse casado vino al mundo no un varón, sino una niña; y como la condición para obtener el título y disfrutar los bienes era que el hijo debería ser varón, el conde vio frustrado el objeto de su enlace y concibió un odio profundo por su mujer y por su hija. Apenas pasó el bautismo que fue, por el qué dirán, muy solemne, cuando el conde se marchó a la hacienda de San Diego, situada cerca de Durango, donde estaba fundado el mayorazgo, y no volvió ni a escribir ni a saber de su familia sino a los ocho años. El día que menos se pensaba penetró hasta la misma recámara de su mujer, con la que estaban de visita dos primos, hijos del marqués de Valle Alegre; su madrina, la condesa de Miraflores y dos señoras ya ancianas que la habían conocido de muy niña. No podía darse tertulia más inocente; la esposa había cultivado esas dos amistades de la gente principal de México, olvidada como había estado durante la larga ausencia del marido. Éste, sin quitarse ni el sombrero ni el polvo del camino, entró de rondón, hizo un mal gesto a las visitas, apenas bajó la cabeza y rechazó con la mano a su hijita Mariana, que se acercaba como a reconocerlo, con la confianza y el candor de la niñez, y se encerró en su recámara.

Al día siguiente llamó a su mujer y a su hija y, sin saludarlas, sin ninguna otra explicación y con voz dura y decisiva les dijo:

—De hoy en adelante, nadie ¿lo entendéis? nadie ha de entrar en mi casa sin mi permiso. En vez de encontrarme con una mujer cauta y recogida, ocupándose de la educación de su hija he sorprendido a una loca rodeada de parientes y de viejas a quienes detesto, sin acordarse del marido, que ha vivido en la soledad de las haciendas por sostener el brillo de su antigua casa, mientras aquí se emplea el dinero en dar meriendas, chocolates, regalos y limosnas a viejas ociosas, a monjas fanáticas y a jovenzuelos pervertidos…

—Pero… pero… —quiso articular la condesa, si no para rechazar tales injurias, al menos para dar alguna disculpa, mas el marido no lo permitió.

—¡Silencio!, nada tenéis que decir; y no permitiré que me calentéis la cabeza con frívolas disculpas…

—¡Vive Dios! —prosiguió dando una fuerte palmada en la mesa, junto a la cual estaba— que esto no ha de continuar así… ¡Venid, venid! —y al decir esto tomó de una de las panoplias un largo y relumbrante puñal de dos filos.

La madre y la pobre niña, aterrorizadas, cayeron de rodillas.

—Levantad… no se trata de eso, y no hay que armar escándalo; venid, os digo.

Teniendo el puñal en una mano, con la otra levantó bruscamente a la madre, después a la hija, y volvió a decirles:

—Seguidme…

Más muertas que vivas, y sin poder articular una palabra, siguieron al conde, que atravesó las siniestras y medio oscuras piezas de la casa hasta la recámara de su mujer, y levantando un almohadón colocó el puñal debajo.

—De una vez por todas, escuchad. Mariana tiene ya suficiente edad para comprender. Las puertas de la casa, desde el zaguán, deberán permanecer día y noche abiertas de modo que yo pueda penetrar a la hora que me parezca, sin ser visto ni sentido de nadie; o al contrario, siendo visto y oído por los criados y por vosotras. No pido cuenta del pasado. La presencia en mi casa de los pillastres hijos del marqués de Valle Alegre, que han disipado ya la mayor parte de su patrimonio, me dieron bastante que sospechar. Perdono hoy…

—Pero… pero… —volvió a balbucear la cuitada esposa.

El conde, como la primera vez, no lo permitió, e interrumpiéndola bruscamente, continuó:

—Repito que perdono hoy; pero en lo de adelante, a la primera sospecha que tenga, te clavo en el corazón este puñal y después sigo con tu hija.

Una mujer resuelta de ánimo, habría celebrado la brutal excentricidad de su marido, que le proporcionaba un arma para defenderse en caso de verse amagada de un injusto asesinato; pero la pobre condesa no pudo articular una palabra. Al día siguiente amaneció con una fiebre, de que escapó merced a la robustez de su complexión y a la esmerada asistencia que le proporcionaron, no su marido, sino los sirvientes y especialmente una antigua camarista que casi la había casado. En cuanto a la hija, ya por su edad, ya porque fuese menos tímida que la madre, no hizo mucho caso de la amenaza; pero sí concibió un odio profundo por el hombre que veía por primera vez y que con el título de padre obraba de una manera insensata con ella y con la madre.

En el curso del tiempo la vida del conde fue de lo más extraña. Entraba a su casa a las dos o tres de la mañana, y menos el zaguán de la calle que le abría el portero, apenas daba una suave palmada, todas las puertas quedaban de par en par, y así entraba hasta la recámara de la condesa, levantaba la almohada, veía si el puñal estaba en su lugar, y se retiraba a dormir hasta las doce del día, en que, en su vasija de plata, le servían a él solo el almuerzo en el comedor. Volvía a su recámara hasta las ocho, hora de la cena, y luego que concluía se envolvía en su capa, ceñía una espada española de taza y cruz y se marchaba a la calle. Apenas atravesaba una que otra palabra con su mujer cada ocho o diez días, pasaba la mano bruscamente por la abundante cabellera de su hija Mariana, y con esto creía haber cumplido con los deberes de padre y de esposo. ¿Dónde iba el conde? En su casa nunca lo supieron; pero las gentes que en México cultivaban el ramo de la crónica escandalosa no lo ignoraban. Tenía sus tertulias de juego y de muchachas del medio mundo, como se dice hoy, en la Cruz Verde, por el Parque del Conde, por el Puente Solano, por andurriales y casas misteriosas conocidas de los que se llamaban entonces calaveras; y allí, disfrazado, pues no se daba a conocer más que como un hombre rico del interior, jugaba, bailaba, enamoraba (nunca bebía) y gastaba una buena parte de sus rentas. Decía llamarse don Diego Machado, pero le llamaban las alegres contertulianas don Diego de Noche, pues por más esfuerzos que habían hecho, no lograron conseguir que ni una sola vez las visitase de día.

La pobre condesa, que el lector juzgará más desgraciada en su feudal palacio que la herbolaria Jipila en su jacal de Zacoalco, convaleció lentamente, pero jamás recobró no ya la alegría, pero ni siquiera una mediana tranquilidad, y no pudo, en lo sucesivo, dormir en las noches, sino cuando había ya entrado su marido y pasado en revista el puñal. A las cuatro de la mañana generalmente se levantaba de la cama donde se había fingido dormida, pasaba a su gabinete, y allí una antigua criada le servía un chocolate ardiendo, único y raro placer de que disfrutaba, y dormitaba en el canapé hasta las doce, hora en que solía entrar el conde para pedirle a veces alguna de sus alhajas que dizque tenía compromiso de enseñar a un amigo, pero que nunca le devolvía.

Para que se pueda formar el lector idea del carácter feroz de don Diego, bastará referir uno de tantos hechos a los que él no daba ninguna importancia. Caminaba una vez de una otra de sus haciendas en un carruaje viejo con las ruedas apolilladas, si bien estaba siempre pintado y lustroso. Tropezó el cochero con un pedrusco, una de las ruedas se desgranó, volcó el carruaje y el noble conde se hizo un hoyo en la cabeza. Se levantó sin decir una palabra y ganó a pie la hacienda, que ya no estaba lejos. Al día siguiente mandó amarrar al cochero de pies y manos a la rueda que había quedado buena y le dijo:

—Vas a recibir tu gala por haberme roto ayer la cabeza —y le tiró diez pesos—; pero también tu castigo prora que otra vez tengas más cuidado.

Tres mocetones fuertes comenzaron a dar al infeliz con unas varas de membrillo tales azotes, que a chorros le escurría la sangre. Desmayado lo desataron y lo llevaron a su cuarto, donde varios días estuvo entre la vida y la muerte. Este hecho bárbaro llenó de indignación a los mismos rancheros de la hacienda; en secreto dieron parte al juez del pueblo y hubo entre ellos sus pláticas para ponerse de acuerdo y asesinarlo. El juez fue un domingo, pretextando cualquier cosa. Luego que el conde lo vio entrar, se le acercó al oído y le dijo:

—Sé a lo que viene el señor juez. Obre como quiera, pero tenga entendido que la suerte de usted será peor que la de José Gordillo.

En seguida lo sentó a su mesa y almorzaron opíparamente el juez y el reo. El asunto terminó ahí.

La condesa cada día peor; los médicos, que tenían la idea de que gozaba de la existencia regalada que proporcionan las riquezas, no era posible que atinasen con su enfermedad.

Un día de tantos como corrían monótonos y tristes para la pobre condesa, se levantó, se puso frente a su tocador y llamó a su recamarera favorita.

—Dame el calendario.

La criada, sin replicar, le dio un calendario de Ontiveros.

—Mañana —dijo la condesa— hace años que me casaron, y es también el aniversario del funesto día en que el conde tuvo la crueldad de amenazarme de muerte, sin motivo alguno, y de poner su puñal debajo de mi almohada.

—¿Pero por qué recordar esas cosas tan tristes? —le preguntó Agustina.

—¿No las recuerdo todas las noches? ¿He podido tener una noche de sueño desde que esto sucedió? Pasarán años después de mi muerte. Tú y otras personas que saben esto lo contarán y nadie lo querrá creer. Sácame mis mejores alhajas y el vestido con que me casé y fui a la iglesia.

Agustina vacilaba; pero la condesa con una mirada le hizo comprender que debía obedecer.

La condesa se vistió, se adornó con todas sus joyas y el resto del día estuvo contenta y hasta risueña. El conde no pareció por la casa. En la noche, al acostarse, tomó el puñal de debajo de la almohada y lo tiró al suelo.

—Ya no temo al conde —dijo—. Mañana tengo que morir.

—Pero qué, ¿siente usted algo, señora condesa? —le preguntó Agustina alarmada.

—Nada; al contrario, nunca me he creído más fuerte; pero ya verás.

A la madrugada, como de costumbre, tomó su chocolate hirviendo, se reclinó en su canapé y cerró los ojos para no volverlos a abrir más. Agustina cayó al pie del sofá desmayada. Así les encontró el conde.

VII. Don Diego de día

El entierro fue en las primeras horas de la mañana y el cadáver de la condesa, llevado en un ataúd forrado con terciopelo negro y plata en hombros de los criados, seguido del mejor carruaje y depositado en el sepulcro de la familia en la capilla de Aranzazú, de la que habían sido bienhechores los condes del Sauz. El palacio de la calle de Don Juan Manuel se tapizó de negro, con lazos de crespón blanco, desde los corredores hasta el cuarto del portero; don Diego, manifestando un sentimiento templado con la conciencia de su grandeza, recibió con una perfecta urbanidad a las numerosas visitas que durante los nueve días acudían a darle el pésame. La calle, de un extremo a otro, estaba llena de carruajes.

El domingo siguiente al en que terminaron los nueve días, se hicieron en la iglesia mayor de San Francisco unas honras magníficas, cantándose el oficio de difuntos y los salmos, acompañados de las orquestas de la Catedral y de la Colegiata de Guadalupe. Todo México asistió a esta fúnebre función, y no se recordaba que otra mejor se hubiese celebrado hacía muchos años. La mayor parte de los que visitaron al conde y asistieron a las honras, decían:

—¡Qué lástima de condesa! ¡Tan joven, tan hermosa y tan feliz con tanto dinero y un marido tan excelente! Con un farol no lo hubiera encontrado mejor… Pero son los altos juicios de Dios; ya se la llevó a su gloria y está descansando.

Los hijos del marqués de Valle Alegre y la condesa de Miraflores no eran de la misma opinión y, por el contrario, decían que don Diego era un verdadero bandido, que le había dado mala vida a su esposa, la había matado a pesadumbres, y que lo mismo haría con su hija.

En cosa de cuatro meses el conde no pasó de su recámara a la biblioteca y de la biblioteca al comedor, donde lo acompañaba Mariana; pero padre e hija no atravesaban una palabra.

Al perder Mariana a su madre no puede explicarse lo que sintió. Dolor agudo, profundo, porque la condesa la veía como a las niñas de sus ojos y era la única luz en la sombría noche de su matrimonio; y al mismo tiempo miedo, despecho, desesperación, tristeza sin tregua al hallarse sola en el inmenso palacio, sin tener más que la limitada conversación de la criada antigua de la casa que sirvió de camarista a su madre, que continuaba haciendo con afán y cariño los mismos oficios con su hija. Las horas de comer eran su tormento, pues cuando levantaba la vista se encontraba con el semblante torvo del conde, y no sabía dónde poner los ojos. Encerrada en su recámara, el bordado y la costura eran su única distracción; a las nueve de la noche entraba en su lecho, cansada sin haber hecho nada, aburrida, desesperada y pensando que el siguiente día, la semana y un mes y otro mes, serían igualmente monótonos y tristes para ella.

El conde, por su parte, tenía diversos sentimientos. Algo sintió la muerte de la condesa, porque al fin fue una esposa tímida y resignada; pero día por día notaba que Mariana se ponía más hermosa, y concebía por ella un vivo cariño, que en la noche, al acostarse, procuraba rechazar; pero al día siguiente, a la hora que se reunía en la mesa, renacía más fuerte, sin que su hija lo correspondiese, pues se mostraba fría y a veces dura con él cuando en cualquier cosa indispensable tenían que entablar una corta conversación. Esto tenía al conde furioso; y sea por esto o por añejas costumbres, volvió a su vida desarreglada y la casa al mismo giro, menos la escena nocturna del puñal, que no tuvo valor de repetir con su hija.

Así pasaron más de dos años, lentos como dos siglos para Mariana. El día menos pensado, al terminar el almuerzo, el conde dijo a su hija:

—He mandado traer el avío; prepárate, porque dentro de una semana marcharemos a la hacienda.

Mariana, por toda respuesta, inclinó la cabeza.

El día señalado llegó el avío, es decir, un pesado coche de forma esférica, revestido de su camisa blanca de lona, tres tiros de mulas para la remuda, un chinchorro de mulas de lazo y reata para los equipajes y quince o veinte mozos armados de machetes y tercerolas, vestidos de gamuza amarilla y en buenos caballos. Así caminaban los hacendados. A los dos días siguientes el conde y su hija pasaban en el coche con todo este tren por la garita de Peralvillo.

En el camino nada de notable. Después de tres semanas de calor y de polvo llegó a la hacienda del Sauz el avío, y con él don Diego y Mariana. Repicaron las campanas de la capilla, quemaron cohetes, regaron de flores la entrada y patio de la casa; pero en lo general la ranchería lo recibió mal y fríamente, deseosa de vengar los crueles azotes inferidos al desventurado cochero. Se apercibió de ello el conde; pero al cabo de un mes, la belleza, el carácter, si bien altivo, humano y amable de Mariana, el contacto que necesariamente se estableció con el ama de la finca, destruyó las malas prevenciones, y en lo sucesivo se estableció una tranquilidad relativa.

Mariana tenía ya ocupaciones domésticas que la distraían; y el aire libre del campo, las excursiones a pie, a caballo y en carruaje por los extensos potreros, el cultivo del jardín y, sobre todo, la libertad de que gozaba, la hicieron olvidar la sombría mansión de la Calle de Don Juan Manuel; y pocos años bastaron para que se convirtiese en una arrogante mujer perfectamente desarrollada por la madre naturaleza, ya que la condesa le había faltado cuando más necesitaba de su apoyo y cariño.

Así pasó mucho tiempo sin incidente notable, hasta que un día llegó a la hacienda, seguido de cinco correyitas, un muchachón grande y robusto, requemado con el sol, vestido de cuero y empolvado de los pies a la cejas. Cuando al día siguiente apareció aseado y vestido con un traje militar, Mariana fijó su atención y pensó que era un hombre lo que se puede llamar guapo y bien presentado. Su suerte se decidió.

Era este joven hijo del administrador de la hacienda, había nacido en ella y luego que tuvo la edad suficiente, fue enviado a un colegio de México y después a servir en la frontera, en las montañas presidiales, a las órdenes del viejo veterano don José Juan Sánchez. De cadete pasó a alférez, a teniente, y finalmente era ya capitán en la época de que vamos hablando. En uso de una licencia, fue al Sauz a pasar algunos meses con su padre, del que había estado largo tiempo separado. Ver a Mariana y amarla, todo fue uno. Su suerte se decidió también.

El administrador, padre del nuevo personaje que tenemos el honor de presentar al lector, era un viejo servidor de la casa de los condes. Nació en México, de una honrada familia. Recomendado al antiguo conde comenzó su carrera de escribiente de la hacienda del Sauz, ascendió después a trojero y finalmente a administrador; y llevaba años de manejar la finca con tanta inteligencia y honradez, que había logrado captarse la buena voluntad de don Diego y hasta dominarlo en algunos ratos, no obstante su carácter duro y altanero.

El hijo fue, pues, muy bien recibido; se le sentó en la mesa del amo, se pusieron a su disposición los caballos y los coches de la hacienda y se le agasajó cuanto se pudo. La ranchería estaba atónita al observar que don Diego había cambiado repentinamente de carácter. Pasaron meses y los jóvenes, aunque se amaban y se entendían perfectamente, habían guardado tal reserva y tal disimulo, que don Diego, preocupado con las empresas amorosas en la misma ranchería y en los pueblos inmediatos, no había concebido ni la más leve sospecha. En una de las ocasiones en que fue a Sombrerete, donde tenía parte en una mina y con motivo de ese asunto solía permanecer dos o tres semanas, Mariana y el novio entraron juntos al despacho del administrador.

—Don Remigio —dijo Mariana, sin más rodeos y tomando de la mano al novio y obligándolo a que se acercase— su hijo de usted y yo nos queremos; más diré a usted; nos amamos mucho. Yo no he conocido ni tratado sino a mis primos los marqueses de Valle Alegre, que me repugnaban no sé por qué. El primer hombre que he visto con atención, que he tratado ya lo bastante, ha fijado mi suerte. A él le pasa lo mismo. Es necesario que nos casemos y que usted sea el que se lo diga a mi padre.

Don Remigio quedó mudo, como quien ve visiones. Imposible que hubiese pasado por su imaginación que su hijo se hubiese atrevido a poner los ojos en la condesita, como le decían, en la hija de su terrible amo.

—¡Vamos! ¿No dice usted nada, don Remigio? —continuó Mariana con la mayor naturalidad—. ¿Qué le asombra a usted? Nos queremos casar y nos casaremos ¿qué tiene eso de particular? Hable usted, sí, hable usted cualquier cosa, y sobre todo, prométanos que en cuanto llegue mi padre se lo dirá usted.

—Pero señora condesita —murmuró conmovido el administrador—. ¿No lo conoce usted? ¿Cree usted que será capaz de permitir que mi hijo, aunque bueno y honrado se case con una condesa? Y tú bribón —continuó tratando de encender en cólera— ¿cómo te has atrevido a pensar… a faltar, a pretender… a solicitar… a enamorar, pícaro, a la hija del señor conde, a la niña Mariana, que se casará o la casará su papá con un marqués?

—Nada, nada contra él, don Remigio —le interrumpió Mariana—. Si hay quien tenga la culpa, soy yo y yo nada más.

El novio quería hablar, pero Mariana no le dejaba.

—Nada tienes tú que decir. Acuérdate de lo que hemos convenido. Tu padre te perdonará y hablará al mío. Con que por ahora, a la mesa, que es la hora de la cena, hemos andado más de dos horas en los potreros y tengo tal apetito que devorarla todo el corderito que está en el horno.

—¡Juntos, juntos en los potreros y a dos leguas de aquí! —exclamó el administrador, agarrándose la cabeza y dejándose caer en el sillón de cuero que estaba delante de la mesa de escribir—. ¡Juntos, juntos! ¿Qué va a ser de nosotros cuando llegue el señor conde?

Mariana y el hijo, Mariana, sobre todo, consoló al administrador y lo llevó a la mesa. Los novios cenaron opíparamente. Don Remigio no pudo pasar un pedazo de pan.

El conde regresó a los quince días de Sombrerete. Durante este tiempo, tanto Mariana como su hijo no dejaron descansar al infortunado don Remigio y le hicieron todo género de reflexiones hasta lograr que les diese palabra de que, aventurando su empleo y aun su vida, hablaría al conde tan luego como observara que estaba de buen humor.

Pasaron días y días, hasta que por fin el afligido padre se hizo el ánimo fuerte, y una mañana, después de dar cuenta a su amo de los asuntos y observando que no sólo estaba de buen humor, sino alegre, comenzó por rascarse la cabeza y retroceder poco a poco para ganar la puerta.

—¿Tienes algo que decirme, Remigio? —le dijo el conde, que observaba esta indecisión.

—Señor conde es una cosa tan fuerte, tan… tan… no sé cómo lo que tengo que decirle, se lo diré; puede ser que hasta quiera matarme usía.

—¡Vaya, vaya! Lo que sea, fuerte o suave, dilo en el acto —repuso el conde ya algo cambiado en su fisonomía.

—Señor conde, me perdonará usía; lo que tengo que decirle es que mi hijo se quiere casar.

—¡Bah! ¿Y no es más que eso? —contestó riendo—. Pues es lo más sencillo: le ayudaremos, le haremos un buen regalo. Y tanto preámbulo y tanto miedo para decirme esto. Además, sabes que eres dependiente viejo de la casa y que te considero y te quiero. Vamos ¿y con quién se quiere casar?

El sencillo, por no decir tonto, del administrador, creyó que la cosa estaba hecha, que el conde sabría algo, que tal vez la misma Mariana le habría ya prevenido; en fin, se figuró ya su misión terminada.

—Vamos —volvió a decir el conde— ¿con quién?

—Con la niña Marianita —contestó con mucho aplomo don Remigio.

El conde dio un salto y agarró como una tenaza el brazo de don Remigio. Sus ojos echaban chispas, su respiración era trabajosa, la rabia le salía por los poros.

—¿Conque con mi hija, con mi hija?…Y se ha atrevido ¡vive Dios!

Don Remigio cerró los ojos y creyó que había llegado el último trance de su vida.

El conde, después de dejar un cardenal morado en el robusto brazo de su antiguo criado, dijo con una voz que debió oírse hasta las lejanas y verdes praderas donde se habían dicho sus amores pocos días antes los entusiastas novios:

—¡No! —e hizo seña a don Remigio para que saliese.

Don Remigio salió, casi apoyándose en las paredes llegó a su recámara y se encerró para no decir a los novios el fatal resultado de su misión.

Al día siguiente, temprano, el conde llamó a su recámara a don Remigio.

—No, no hay que caer de rodillas, ni nada de esas farsas propias de las mujeres. Escucha bien lo que voy a decir y a darte la última prueba de confianza. En el acto dispondrás que tu hijo monte a caballo, regrese a la frontera y no vuelva a poner los pies en la hacienda. No quiero verlo porque lo mataría. Mandas después y cuando tu hijo haya partido, poner el avío y te llevas a Mariana a México; en cuanto llegues, despides a todos los criados hombres, menos al viejo portero; que no haya más que mujeres en la servidumbre; la camarista de la difunta condesa tendrá el gobierno de la casa. Notificas a Mariana de mi parte que no salga de su recámara hasta que yo llegue. Un grave asunto me impide hacer este viaje, pero fio en ti. ¡Cuidado!

Tres semanas después Mariana llegaba a México y quedaba como enterrada en vida en el sombrío palacio de la Calle de Don Juan Manuel.

VIII. El campamento

—Tenemos sobrado tiempo para descansar, almorzar y platicar. Tan luego como acabemos de subir la cuesta, dispondrás que se sitúe en el extremo opuesto de esta montaña una gran guardia, que la tropa descanse sobre las armas y que toquen a rancho. La pagaduría y las mujeres tardarán todavía en llegar, y ya sabes que es una maldita costumbre, pero sin ellas no se puede establecer bien el campamento, o los soldados se quedan sin comer; sabes también cómo los cuido, y por eso se baten como hombres cuando yo los mando; no dudo que tú has hecho y haces lo mismo.

—¿Conoces este terreno? —preguntó el oficial a quien se daban estas órdenes.

—No mucho, es muy difícil e intrincado, y no lo saben bien más que los ladrones o los indios queseros, pero entre los soldados del 5.º de línea hay dos cabos que han merodeado cosa de dos años por aquí; los haremos montar a caballo, esta tarde recorremos todo el rumbo y mañana tú y yo daremos razón hasta del último vericueto, pero tú eres el que principalmente debes poner cuidado y ya hablaremos de esto.

—¿Quieres que me adelante para dar las órdenes?

—Será mejor, y así almorzaremos más presto. Hace veinte horas que no pruebo bocado.

—Pues creo que hace treinta que me pasa lo mismo, hemos andado recio, pero yo estoy más acostumbrado que tú.

Esta conversación pasaba entre dos oficiales que, con los caballos fatigados y cubiertos de sudor subían lentamente la cuesta de una montaña cubierta de ocotes, cedros y oyameles, apartada dos o tres leguas del camino real de Toluca y que por una parte continuaba a reunirse con la serranía y por otra parecía que era el límite de la extensa llanura de Lerma. Uno de los oficiales recogió las riendas a su caballo, le aplicó el acicate y adelantó a cumplir con lo que se le había ordenado. El otro oficial, que era el jefe, sacó sus instrumentos y fumando un cigarrillo continuó la subida tan pausadamente como quería su caballo. Al frente, en la altura, se veían relucir los fusiles de las compañías de infantería que formaban la vanguardia, y de uno y otro lado, por entre los troncos del arbolado, caminaban soldados, mujeres, arrieros y muchachos.

Una hora después estaba establecida la gran guardia, la tropa había formado pabellones con las armas, descansaba y se disponía a tomar el rancho; los dos oficiales, sentados sobre unas piedras debajo de un grupo de encinas, saboreaban con apetito un frugal almuerzo y reanudaban la conversación que sobre diversas materias habían entablado en el camino.

—No me has acabado de contar tus amores y las últimas peripecias de la novela que empieza a formarse en tu vida. La mía es más larga, pues en todo soy más viejo que tú.

El que decía esto era un personaje de 35 a 40 años de edad, trigueño y además quemado por el sol; ojos pequeños pero de miradas resueltas e incisivas, la boca sombreada con un bigote negro y espeso; de estatura mediana, delgado, muy derecho, listo y vivo en sus movimientos; era, en fin el coronel Juan Baninelli, conocido por la severidad de su disciplina en los cuerpos que había mandado y por su arrojo y temeridad en la campaña. Cuando se trataba de asaltar un fortín, Juan Baninelli iba adelante; si le daban a defender una posición, no la largaba sino cuando le habían puesto fuera de combate a las tres cuartas partes de la tropa. El otro oficial era Juan Robreño, de cosa de 25 años, de estatura alta, robusto y fuerte en todos los miembros, más claro de color que su compañero y de fisonomía franca y abierta. Era el teniente coronel del 5.º regimiento de línea que, estando en alta fuerza, se componía de mil plazas, con una excelente música y maniobrando admirablemente, como formado por Baninelli.

—La fortuna ha sido favorable en esta vez y así creo que continuará —contestó Robreño—. Dos años hacía que había pedido pasar a un cuerpo de línea y nada se había resuelto, hasta que por tu influjo logré mi intención, precisamente en los momentos en que más lo necesitaba.

—Nada tienes que agradecerme —dijo Baninelli— siempre he procurado tener oficiales valientes en mi regimiento, y eso es todo, pero no veo en qué pueda haber sido favorable a tus asuntos privados.

—¿Cómo que no? Y mucho. Mariana ha sido enviada a México, y está en su casa como secuestrada; pero eso no importa, pues tengo modo de corresponderme con ella, y cuando termine esta campaña, que no será larga, entonces…

—¿Pero qué Mariana es ésa? No entiendo ni una jota y me has contado tantas y tan diversas cosas a la vez, que es necesario, si no has perdido la chaveta, que pongas un poco de orden en tus ideas.

—Mariana es la hija del conde…

—Acabaras… ahora sí comprendo algo; pero prosigue.

—El conde se puso furioso cuando mi padre se la pidió en casamiento para mí y ordenó, si quería escapar con vida, que saliese en el acto para la frontera.

—¿Y qué, le tuviste miedo?

—No me digas eso, Juan; y debes figurarte que con la espada en la mano me puedo rifar con el conde, sin embargo de que es un hombre atrevido y feroz; pero se trataba de mi padre y de Mariana. ¿Qué querías que hiciera? Salí más que de prisa de la hacienda, caminé como acostumbro, día y noche, y en Lampazos me encontré la orden para venir a México. Enderecé sin pérdida de tiempo mi camino y llegué para ponerme a tus órdenes. Mariana, como te digo, está en la calle de Don Juan Manuel, y mi padre mismo que la condujo me ha dejado una razón circunstanciada con una tía, hermana de mi madre, de lo que ha pasado. Cuento con los criados antiguos, que detestan al conde e idolatran a Mariana. Uno de mis asistentes que traje de la frontera, está en inteligencia con la camarista para advertirme de lo que sea importante y buscarme donde quiera que esté.

—¿Y qué piensas hacer? —le preguntó el coronel.

—En la situación en que Mariana y yo nos encontramos, no hay más remedio que casarnos.

—Se volverán a repetir las escenas de la hacienda.

—No tiene duda —contestó Juan Robreño—. La independencia no ha acabado con las preocupaciones, y los títulos de Castilla que hay en México están engreídos y orgullosos como en el tiempo de los virreyes.

—¿Entonces?

—Tú lo comprendes; será necesario casarme contra la voluntad del conde.

—¿Y tu novia se atreverá?

—Perfectamente; es una muchacha resuelta y en eso ha sacado el carácter de su padre, saldrá de su casa y nos casará el capellán de nuestro regimiento. Cuento con que tú me ayudarás.

—Con alma y vida, sólo que necesitamos la licencia del gobierno y bastará pedirla para que todo el mundo lo sepa.

—Me casaré sin la licencia y después la pediré…

—Ya arreglaremos eso —interrumpió el coronel—, seguiremos platicando. Por ahora es necesario reconocer el terreno, los dos cabos están listos y los veo venir.

—Como quieras —contestó el teniente coronel— y andando, andando te diré mis planes.

Los dos jefes montaron en los caballos de refresco que estaban ya listos y, seguidos de los dos cabos que conocían el terreno, se internaron en el monte y a poco se perdieron entre la espesura de la arboleda.

Muy entrada la noche regresaron los dos oficiales y estaban ya listas sus camas de campaña, que se componían de unas pieles de cíbolo, el capotón azul y la maleta por almohada. Delante había una lumbrada y junto a ella, ensartados en la baqueta de un fusil, se asaban unos trozos de carne fresca de carnero.

—Ya que hemos hablado como unas cotorras de aventuras y de amores —dijo el coronel apeándose de su caballo— antes de cenar y dormirnos hablaremos de las cosas importantes del servicio, que no quería yo tocar sino después de haber recorrido el terreno… ¿Estás ya bien enterado de la posición que ocupas?

—La conozco ya como a mi maleta.

—Perfectamente. Ahora ya puedo decirte mi plan.

El teniente coronel entregó su caballo al asistente y escuchó con mucha atención a Baninelli, que se paseaba azotándose el pantalón con un chicotillo que acostumbraba llevar, ya a pie, ya a caballo.

—Este Gonzalitos, de quien te he hablado ya en el camino, se pronuncia y se despronuncia, entra y sale a Toluca como Pedro por su casa y hasta ahora se ha burlado de los jefes que ha mandado el gobierno a batirlo. Yo he jurado que de mi no se ha de burlar. Tiene en constante inquietud al gobierno general y al gobernador del Estado, y si quieres, para mí, además de ser un deber el acabar con este mentecato, es cuestión de amor propio. No regresaré a México sin haberlo destrozado, cogido y fusilado.

—Pero ese Gonzalitos deberá ser muy valiente —dijo Juan Robreño.

—Cualquier cosa —contestó el coronel—; lo que tiene es tropa bien montada, indios de los pueblos del costado del volcán que andan muy recio, y se dispersan y se esconden cuando los atacan… Y conoce bien estos rumbos. Escucha cuál es mi plan. Gonzalitos está entre Ixtlahuaca y Toluca. A las cuatro de la mañana salgo de aquí con 600 hombres y voy a marchas dobles a colocarme a su retaguardia y empujarlo para Toluca, donde no hay guarnición. En Lerma hay una brigada con una batería. Luego que ya esté con mi fuerza a su alcance, mando un correo violento a la tropa de Lerma. Si nos presenta batalla, se encuentra entre dos fuegos; si entra a Toluca, lo encerramos y con la tropa tuya, la de Lerma, la de Morelia y la mía, lo cercamos y al fin tendrá que rendirse. Si trata de escapar, precisamente vendría por este lugar para pasar al Estado de Querétaro sin tocar a México. Aquí lo coges desprevenido y lo haces pedazos. Si sus fuerzas son superiores a las tuyas, te haces matar tú y tus soldados hasta que yo llegue, que no dilataré en llegar, porque de por fuerza he de venir picándole la retaguardia. ¿Me has comprendido?

—Perfectamente —respondió el teniente coronel— y cuenta que aun cuando no vinieras en mi auxilio, me bastan estos cuatrocientos muchachos para dar cuenta con él. ¿Quién podrá desalojarme de este bosque ni con 2,000 hombres?

—Me alegra oírte. Escucha por último: te he dicho que para mi esta campaña es cuestión de amor propio; así, después de haberte dado mis órdenes como jefe, espero que, como amigo, me servirás en esta ocasión. Ya conoces mi carácter y mi modo de obrar. Si te portas como quien eres, contarás conmigo en todo. Si perdemos esta campaña, bien entendido si es por tu culpa, te fusilo en el acto donde quiera que te encuentre. Piénsalo, y si no estás conforme, te retiras mañana a México con pretexto de enfermedad, te daré tu pasaporte en regla y entregarás en seguida el mando al capitán más antiguo.

Por toda contestación Juan Robreño estrechó la mano de su coronel.

—Gracias —dijo el coronel—. Nada más tenemos que hablar. Durmámonos un poco, pues el primer toque será a las tres de la mañana, y a las cuatro estaré en marcha.

Efectivamente, a las cuatro el coronel había ya partido con una sección de su tropa y el teniente coronel ordenaba su campamento y su servicio. Cerca de una semana pasó sin novedad alguna. El lunes de la siguiente, Juan Robreño recibió un correo de Baninelli. En un papelito decía: «Gonzalito está remontado en el volcán, reclutando gente. Nos hace esperar mucho: no importa. Estoy a la mira y todo bien preparado; por ahora nada tendremos de caliente; sin embargo, mucha vigilancia».

El día menos pensado, muy de mañana, un indito que cargaba en sus espaldas un huacal vacío y un manojo de velas de cera en la mano, fue llevado ante el jefe por una patrulla de cuatro hombres y un cabo.

—Mi teniente coronel —dijo poniéndose la mano en la visera del kepí— la avanzada que está situada a la salida del camino, ha cogido preso a este indio, que trataba de penetrar en el campamento y andaba ocultándose con los troncos de los árboles. Luego estos indios son espías y su señoría determinará si se les fusila.

—¿Qué querías, José? —dijo con buen humor el teniente coronel dirigiéndose al indio, que con el sombrero en la mano y los ojos bajos esperaba su sentencia, pues los soldados de la patrulla le habían amenazado y acobardado mucho mientras lo conducían.

El indio alzó la vista e hizo una seña de inteligencia al jefe.

—Que se retire la patrulla y yo examinaré a este indio.

El cabo hizo los honores de ordenanza, dio media vuelta a la izquierda y se retiró a su puesto con los soldados.

—Vaya, ahora puedes decir lo que quieras, ya se fue la escolta y ningún mal te haré.

Juan, en vez de creer que el indio era un espía, supuso que era enviado por Baninelli.

—Vamos, no tengas miedo, di por qué venías a este campamento, quién te ha mandado ¿traes alguna carta?

El indio examinó atentamente la fisonomía de Juan, miró a todos lados, y ya fijo en lo que iba a hacer, puso el huacal en el suelo, se desató una faja de algodón y del centro de ella sacó un papel muy bien plegado que entregó.

—¿Quién te ha dado esto? —le preguntó Juan tomando el rollito de papel.

—Pues la amita de México, de la calle de Don Juan Manuel. Yo entrego los quesos y las mantequillas de la hacienda de San Nicolás en la casa.

El corazón de Juan dio un vuelco, y sin saber por qué se puso pálido como un muerto.

—Toma y retírate por ahí a descansar, pues te necesito para que lleves la respuesta —dijo Juan dándole un duro al indio—. ¿Podrás hacerlo?

—Sí, señor amo, lo que quiera su mercé. Bajaré de camino a la hacienda de San Nicolás, recogeré mis mantequillas y mañana a las siete estaré en México en la casa.

El indio se retiró a poca distancia, se sentó debajo de un árbol, y sacando del huacal unas gordas de elote, comenzó a morderlas y a saborear los bocados con el mayor apetito.

Juan desdobló el rollito, pasó rápidamente la vista por las páginas escritas y exclamó arrancándose un mechón de cabellos:

—¡Rayos del cielo! ¡El infierno se ha conjurado contra mi! ¿Qué hacer? ¿Cómo salir de este aprieto? En fin… calma… es necesario reflexionar mucho, ya leeré otra vez y despacio esta carta…

Juan, en efecto, desarrugó con mucho cuidado la carta, la guardó en el bolsillo, recomendó al indio que no se separase de aquel sitio, recorrió el campo dando algunas disposiciones y regresó a su puesto, donde ya lo esperaba el asistente con un frugal almuerzo que apenas comió. Se recostó, trató de dormir y no pudo; al fin, inquieto, se levantó y dirigiéndose a un sitio apartado, leyó de nuevo la misiva que tanta emoción le había causado.

La carta de Mariana no era por cierto una carta que, como las de la célebre Eloísa, pudiese servir de modelo y de copia para los amantes de todos los siglos, sino por el contrario, revelaba sencillez y hasta vulgaridad. Como se ha visto, Mariana, aunque hija de noble casa, no tenía cultura ninguna. Encerrada casi siempre, atemorizada unas veces, violentada otras, desesperada las más a causa del carácter raro y excéntrico de su padre, cuando vio y trató a Juan fue con una decisión completa, con una especie de salvajismo terrible, pero al mismo tiempo desnudo de los adornos y del brillo con que el talento natural de la mujer reviste los lances y los sucesos en que interviene el amor. Entre papeles muy curiosos, un viejo amigo conserva esta carta que, como se verá más adelante, fue entregada al coronel Baninelli. No hacemos más que copiarla aquí íntegra, porque además de dar idea del carácter de Mariana, contiene ideas extrañas sobre el suicidio, escritas por ella que nada tenía de romántica.


Juan: Yo no sé si Dios me ha abandonado o me quiere todavía. A pesar de que Agustina (la camarista de confianza) me explicó bien el rumbo que tomabas y el modo como te había de escribir si algo se me ofrecía, nos fue imposible el acertar dónde estabas, pero la casualidad quiso que viniese antier por la mañana el indito que trae a la casa las mantequillas y los quesos de la hacienda de San Nicolás Peralta. Agustina le preguntó si había visto alguna tropa por el rumbo del monte, y si la había visto, dónde podría encontrarla, en fin, cuanto se le ocurrió para poder escribirte con seguridad. No sé si sabrás que los indios queseros atraviesan por veredas que ellos solos conocen y llegan a México en la mitad del tiempo que cualquiera otro que viene por el camino real. El indito, que es muy vivo e inteligente, nos impuso de cuanto quisimos, le dimos dos pesos y dijo que si no te habías marchado a otro lugar él te encontraría y en mano propia te entregarla mi carta. Creo que hasta te vio en el camino y te conoce. Quiera Dios que llegue a tu poder esta carta porque sería terrible si así no sucediese.

Tuve que salirme de noche de la casa de Don Juan Manuel, cuando las criadas se recogieron a sus cuartos y el portero estaba profundamente dormido. Estoy en la casa de Agustina, que tú conoces, y me vine a ella porque… ya lo pensarás, no era materialmente posible que permaneciese un día más en la Calle de Don Juan Manuel.

Me tienes aquí: mi padre llega el día… de modo, que sólo hay ocho días escasos de qué disponer. Si en este corto tiempo no estoy libre y vuelta sin que nadie lo sepa (como no ha sabido mi salida) en la casa de la Calle de Don Juan Manuel, soy perdida, pero no solamente perdida, sino de una manera horrorosa.

Te vuelvo a repetir es preciso que yo esté libre. ¿Lo estaré? No lo sé.

Es preciso que tú vengas. ¿Vendrás a tiempo? Tampoco lo sé.

No una muerte, sino mil muertes eran preferibles a esta agonía.

¿Por qué no quiso mi padre que me casara contigo? ¿Porque eras hijo del administrador y él es conde?

¡Malditos mil veces los condes y los marqueses! ¡Maldito mil veces el dinero, que no ha servido sino para hacerme la criatura más infeliz de la tierra!

¡Qué vida tan tranquila pasaría mi padre y nosotros viviendo ya en México, ya en la hacienda, cuidando mi padre y tú mismo los intereses de la casa, en vez de encontrarnos como lo están os ahora, en la situación más triste, teniendo necesidad de ocultarnos y de engañar no sólo a mi padre sino a los criados, a los parientes, a todo el mundo, y todo porque no hemos nacido iguales! ¿Qué igualdad es ésa? Yo te veo a ti, joven, bien hecho, te diría hasta hermoso, con tu gran bigote y con tus patillas negras. Menos blanco que yo, es la única diferencia; pero puede ser que esto sea porque estás quemado por el sol. ¡Sangre azul! La mía y la tuya son encarnadas, y luego, si me hubiese casado con uno de mis primos, de sangre azul, me habría puesto como regalo de boda un puñal debajo de la almohada, como lo hizo el conde con mi pobre madre que estará en el cielo… Pero no sé ni cómo tengo valor ni aliento para escribirte estas cosas que tú sabes lo mismo que yo, cuando necesito valor y aliento para otra cosa más terrible, que es morir. Lo he pensado, es el único remedio si mi padre llega antes que tú. Es seguro que mi padre me matará con ese horroroso puñal que conozco desde que abrí los ojos. ¡Llorar! Echarme a sus pies de rodillas, pedirle perdón, todo será inútil. Conozco su carácter; cuando sólo de pensar que le he de ver esos ojos que echan rayos, ese bigote negro retorcido que da miedo y levantada la mano con el puñal, sufro una congoja peor que la misma muerte. Antes que pasar por esto prefiero matarme yo… Pero ¿cómo? Hace cuatro días que no se me quita esta idea de la cabeza, y por supuesto que nada he dicho a Agustina, a la que he hecho diversas preguntas para ver si lograba que me comprasen algo de la botica; pero imposible, el láudano mismo que le pedí para calmar un dolor nervioso, no se lo quisieron vender sin receta de médico. Echarme del balcón a la calle ¡qué horror! De cabeza, sí, de cabeza, porque de otra manera me rompería los huesos y no moriría; con todo y esto mi padre me mataría y la calle quedaría llena de sangre y todo el mundo sabría por qué causa me di la muerte. He ocultado un cuchillo afilado y con punta que sirve en el comedor. Con ése sí… Un momento de valor, y enterrarlo en el mero corazón me dará la muerte en el instante. ¿Y si no me hiero bien y quedo viva y sufriendo no sé cuántos días?… La verdad es que tengo miedo… mucho miedo; quiero morir y no me resuelvo a darme la muerte de ninguna manera; y luego ¿qué me pasará en la otra vida? Espero que Dios me perdonará pues he sido tan desgraciada en el mundo. ¿Y si no me perdona y me voy al infierno por toda una eternidad? Yo creo, Juan, que los que se matan están locos; ninguna persona en su sano juicio puede tener el valor de destruir su existencia; pero lo que yo temo es volverme loca y entonces me mataré; no sé cómo, pero lo haré y además para mi no hay otro remedio. Entre morir cosida a puñaladas y oyendo maldiciones e injurias de mi padre, a morir sentida y llorada por Agustina y por ti, prefiero esto y lo haré, no hay duda… acabo de examinar el cuchillo… si… entrará fácilmente en mi corazón… me acostaré en la cama, colocaré lo mejor que pueda la punta, haré un esfuerzo supremo… Dios tendrá misericordia de mi si tú no vienes. Es necesario que entres por el balcón a la una de la mañana. Agustina te abrirá la vidriera.—Adiós.
 

Cuando el jefe del destacamento acabó de leer la carta golpeó su frente contra el tronco del árbol en que estaba apoyado y volvió a gritar:

—¡Rayos del cielo! ¿Por qué no aniquilas a estas gentes tan miserablemente tratadas por la suerte? ¡Matar al conde! ¿Y qué gano con esto más que mayores desgracias? Matarme yo. ¡Oh! No tengo miedo como Mariana ni el infierno me atemoriza, pero sería una infamia abandonarla… ella… ella…

Después de media hora en que quedó con la frente recargada en el tronco del árbol y las manos sobre la cabeza, sacó su pañuelo, se limpió el sudor que le produjo la agonía de su situación y se dirigió al campamento.

—No hay remedio —dijo— si no voy, perecerá de una manera o de otra; es necesario ir a verla y salvarla.

IX. El Chapitel de Santa Catarina

Agustina, la antigua y fiel camarista que sirvió y acompañó a la difunta condesa hasta sus últimos momentos, tenía una modesta habitación en la calle del Chapitel de Santa Catarina, en la cual se refugiaba tres, cuatro y hasta cinco días cuando estallaba alguna tormenta en la casa de Don Juan Manuel o el carácter violento de don Diego la obligaba a evitar su presencia. Un angosto portillo cerca de la entrada del zaguán, daba paso a una empinada escalera de losas que terminaban en un corredor pequeño lleno de macetas bien cultivadas. Como en muchas de las viviendas de las casas de vecindad, la primera pieza era la cocina, después un cuarto que podía servir de comedor y en el fondo un salón con balcón a la calle; las paredes blancas pintadas de cal, los suelos de tierra roja, los muebles antiguos y viejos, la cama de madera pintada de verde, su cabecera con deformes miniaturas que representaban la degollación de los inocentes y el todo limpio, propio y agradable. Lo que había no solamente curioso, sino sorprendente, era un nicho de cristales de Venecia y dentro una Virgen de las Angustias con su hijo muerto, descoyuntado y sangriento, que caía de su regazo al suelo, al que con débiles manos trataba de levantar y sostener. El que por primera vez entraba, no podía menos que sobrecogerse de miedo y quedarse fijo e inmóvil delante de este grupo de escultura, que parecía más bien natural que no obra del arte. En un rato de bueno o de mal humor, el conde que no era muy devoto, había hecho este regalo a la criada de confianza, y ésta, antes de que pudiera arrepentirse, se apresuró a trasladarlo a su sala. Desde entonces la casa no estuvo sola. Agustina encontró una celeste compañera con quien conversaba, a la que consultaba sus negocios, contaba sus penas, daba cuenta de las cóleras del conde y de cómo trataba a su infortunada mujer. A esta casa fue llevada Mariana con tal tino y secreto, que nada habían sabido ni los criados de don Diego ni las vecinas del Chapitel, y en esta casa escribió su carta al amante y esperaba ansiosa su llegada o la muerte.

Desde el momento en que Mariana salió de su palacio para encerrarse en la sala de la camarista, tuvo que sostener un combate terrible. Las horas le parecían una eternidad; no anunciándose los síntomas precursores que debían determinar un desenlace, se figuraba que el amante no habría recibido la carta o no acudiría con exactitud a la cita; pero cuando por otra parte pensaba en su padre, el tiempo volaba, y día por día, hora por hora, minuto por minuto se lo figuraba en el coche, entre el polvoso camino, acercándose cada vez más a la garita, atravesando las calles, entrando en el gran patio, abriendo la portezuela, subiendo las escaleras y gritando con su voz estridente: «¡Mariana, Mariana! ¿Dónde estás? ¿Por qué no has bajado a recibirme?». Y entonces, no obstante que cerrase los ojos y se los cubriese con las manos, veía relucir en la oscuridad el largo puñal que tantas veces había visto debajo de la almohada de su pobre madre. En esos momentos sentía que su razón se extraviaba y que, venciendo su miedo, sin pensar ni en Dios ni en la eternidad, usaría del tosco cuchillo que había ocultado y que por una fatalidad inexplicable tenía, como la madre, debajo de su almohada.

El momento decisivo, ineludible se acercaba. En una noche de vela, de agitación, los síntomas aparecieron; esto fue un consuelo, era la mitad de su salvación, otra noche de vela sin lograr cinco minutos de sueño ni de reposo. Ya se paseaba agitada de uno a otro extremo de la pieza, ya se sentaba en el sillón o en el duro canapé, ya se recostaba, tratando de dormir en la aseada cama o ya fijaba su atención en los monstruosos muchachos degollados y sangrientos pintados en la cabecera… nada… Una tensión de nervios aguda que le quería dar rabia, que la volvía loca, que la botaba de una parte a otra, que la forzaba sin voluntad a buscar el puñal debajo de su almohada o a abrir el balcón para arrojarse a la calle. Agustina, silenciosa, no hacía más que observar con dolor esta febril agitación.

Llegó por fin la última y terrible noche en la que su suerte debería resolverse. Era lunes, el jueves a medio día llegaba el conde, un criado se había adelantado con una carta urgente para una persona con quien tenía un asunto grave, y Agustina había sido advertida.

Mariana estaba ya casi loca; los dolores la hacían sufrir; pero más que todo su espíritu sucumbía, se quejaba; no podía llorar; sus ojos más bien ardientes e inyectados, se dirigieron a la afligidísima y triste virgen y le pareció, todavía más que a Agustina, que aquellos ojos de donde corrían las lágrimas, se desviaban un momento para mirarla afectuosamente; que aquellos labios entreabiertos y pálidos se movían y le hablaban; que las manos blancas y torneadas abandonaron un momento su preciosa carga y se tendían hacia ella para sostenerla… Mariana separó los cabellos que en desorden le caían sobre la frente, quedó un momento entre la vida y la muerte, como si su alma se hubiese separado de su cuerpo, y derramando un torrente de lágrimas, cayó de rodillas con las manos enclavijadas exclamando:

—¡Señora mía de las Angustias, madre piadosa de los afligidos, ampárame en este trance terrible de mi vida, o dame fuerzas para salir de este mundo! ¡No es un crimen, madre mía; mi alma está inocente y pura; a ti ofrezco mi vida, de ti espero mi salvación…!

No pudo concluir su ferviente plegaria, las fuerzas le faltaron; pero Agustina presurosa la sostuvo, la levantó y la condujo a la cama…

—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Me muero! —y dio un agudo grito; pero a poco otro grito de júbilo resonó en la estancia, y fue escuchado por la maravillosa imagen.

—¡Salvada, salvada, gracias madre mía, gracias, Virgen santa de las Angustias!

Mientras pasaba esta escena en la apartada y silenciosa vivienda que hemos descrito, no obstante que esté ya muy avanzada la noche, tenemos que dar un paseo por el Chapitel, sin miedo de ladrones, pues de por fuerza el sereno tendrá que estar despierto, como en efecto lo estaba en ese momento. Levantóse del quicio de una puerta donde estaba sentado, tomó su farol colocado en medio de las cuatro esquinas y, cargando la escalera se dirigió con un ligero trote al primer farol que estaba apagándose, y así continuó con los demás, con lo que se consiguió que quedasen un poco más visibles los edificios viejos y descascarados, las ventanillas y balcones con papel en lugar de vidrios, los grandes agujeros del empedrado y del caño con sus aguas negras y espesas que corre a lo largo de esta triste calle y por algunas partes la llena hasta hacer difícil el paso. Al principio de esta calle está la parroquia de Santa Catarina Mártir, con su pequeño atrio rodeado de pilastras con gruesas cadenas de fierro, a semejanza de la entrada de un castillo feudal. Enfrente, el mercado del barrio, formado de tablas de tejamanil muy viejo, sucio y remendado por todos lados, que aunque cerrado en la noche despedía un olor acre de cebollas, ajos y vegetales en descomposición. A lo largo, por un lado el imponente y sombrío edificio de Santo Domingo, de tezontle amoratado; por el otro la peligrosa avenida de Santa Ana, que termina en la garita de los Pulques.

Cuando el sereno, habiendo acabado su trabajo de encandilar los faroles, colocaba su escalera contra la pared de la esquina, sonaron lentamente las doce de la noche en el reloj de la parroquia.

—No puede dilatar el comandante —dijo el sereno— acaban de dar las doce. Voy a avisar al guarda del mercado.

En efecto, se dirigió al guarda del mercado y habló cuatro palabras con él, lo que bastó para que éste tomase su farol y se fuese a esconder en el callejón.

La calle del Chapitel estaba oscura y desierta, lo mismo que las inmediatas; de cuando en cuando se oía el rechinido de las botas y los tacones de algún vecino retardado que daba vuelta por las calles de Celaya o la Puerta Falsa, y todo quedaba después en silencio, que era solamente interrumpido por el monótono ruido del chorro de la fuente del mercado y de los muchos gatos que andaban en sus amorosas excursiones por los tejados de las tiendas. La noche estaba oscura y amenazaban unos de esos formidables aguaceros tan frecuentes en la estación de julio a octubre. Una persona no acostumbrada a las calles de México no habría pasado con mucho gusto ni muy segura por la vieja y solitaria Calle del Chapitel.

Un hombre, sin embargo, tenía que hacer en ella. Embozado en un largo capotón azul, pegándose a las fachadas de las casas, vino de por el rumbo de Santo Domingo, tocó el hombro del sereno que estaba medio sentado en la columna de la esquina, y habló con él algunas palabras en voz baja.

—Entendido, mi comandante —dijo el sereno— cuando usted quiera.

—Al momento —contestó el embozado—. Va a dar la una y es la hora precisa de la cita.

El sereno volvió a cargar en sus hombros la escalera, y seguido del embozado, siguió hasta la mitad de la calle y la aplicó al balcón de una casita situada junto al cuadrante de la Parroquia.

El embozado subió, y a un ligero toquido se entreabrió la vidriera del balcón.

—Espere usted, espere usted un momento, encenderé la luz, todo va bien hasta ahora; apagué la vela para que no fuese a observar alguno de la vecindad.

—Todo está solo y cerrado —contestó Juan— nadie me ha visto. ¿Y Mariana?

—Aquí, aquí, Juan; he salido con bien y viniste. Ya sabía yo que habías de venir. Sólo temía que no hubieses recibido mi carta. Mariana buscaba en la oscuridad las manos de Juan.

Agustina había cerrado el balcón y encendido las palmatorias colocadas delante del nicho de la Virgen, Juan se encontraba junto a la cama donde estaba recostada Mariana.

—He perdido quizá el honor, mi porvenir y mi carrera, y después también perderé la vida; pero no importa. Todo por ti, Mariana. He venido y estoy contento.

Juan estrechó a Mariana en sus brazos y le dio un ardiente beso.

—Todo lo he perdido también por ti, Juan; honor, títulos, riqueza, quizá también la vida más adelante, pero estoy contenta como tú. —Y a su vez Mariana estrechó a su amante en sus brazos y correspondió su amoroso beso. Únicas, pero sinceras y ardientes caricias.

—No hay que perder tiempo, Mariana —dijo el amante—, las patrullas, por una disposición del comandante general, deben recorrer la ciudad desde la una de la noche, porque temen no sé qué movimientos de los barrios, oye… oye.

En efecto, se escucharon las herraduras de unos caballos y a poco una patrulla de cuatro hombres y un cabo pasó por la calle. El sereno, listo, antes de que llegaran quitó la escalera y la arrimó al farol cercano. A poco todo volvió al silencio.

—Lo tengo ya arreglado —dijo Juan—. Estará con mi tía, que lo cuidará al pensamiento y nada le faltará, y tú debes estar completamente tranquila. Mientras tengamos de nuestra parte a esta buena Agustina, tendrás modo de verlo, aun cuando esté aquí tu padre, y nos escribiremos para arreglar la manera de hablarnos, si es posible y de concertar nuestro casamiento, para lo que voy a valerme de personas a quienes el conde considera y necesita mucho. De pronto tengo que regresar a mi campamento. He dejado la tropa a cargo de un capitán, y sabe Dios lo que habrá ocurrido.

Juan descendió con mucho tiento por la escalera que había vuelto a colocar el sereno y cuidando mucho un bulto que tenía en un brazo y cubría su espeso capotón azul. Cuando se vio en la calle, sacó del bolsillo unas monedas de oro, las dio al sereno y desapareció misteriosamente entre las sombras de la negra noche.

Tres días después, Mariana estaba recostada en su lecho en la recámara de su casa de la Calle de Don Juan Manuel. El conde, de regreso de la hacienda, la encontró con el médico a la cabecera. No era gran cosa, un resfrío que pasaría, la calentura había disminuido y únicamente se necesitaba del reposo y de una dieta moderada para que volviese a la salud.

Juan devoró el camino y con el caballo casi moribundo de fatiga, llegó al campamento. No encontró más que a los indios queseros de la hacienda de San Nicolás, que atravesaban la montaña con sus huacales en las espaldas. Tomó de ellos, y en las haciendas cercanas, informes, y supo que Gonzalitos había entrado y salido de Toluca; que Baninelli no lo había atacado, sin duda por la falta de combinación; que una brigada permanecía en Lerma y que su tropa, encontrándose sin jefe, se había desbandado y el capitán regresado a México con los soldados viejos y aquerenciados con su coronel.

—¡Perdido, completamente perdido! En donde quiera que me encuentre Baninelli, me fusilará. Sin embargo, hice bien. Mariana se habría matado. Lo volvería a hacer. —Y diciendo esto, Juan, en vez de regrasar a México, tomó a galope el camino de la frontera.

X. La viña

De por fuerza tenemos que pasar a otro lugar no muy distante, pero de seguro más raro y extraño que el Chapitel.

No era por cierto la viña del Señor, ni el lugar ameno donde las hojas de la verde parra trepan por los árboles y cubren las fachadas y los tejados de las casas de campo, proporcionando sombra y fresco en las calurosas horas del medio día y llenando el ambiente de gratos olores después de las lluvias del estío. Lo contrario de todo esto, y no se puede ahora creer cómo subsistió tantos años la viña sin causar la muerte de los habitantes de la Gran Tenoxtitlán.

Acabando de andar las seis calles del Reloj, que en tiempos antiguos se llamaban de las Atarazanas, y tomando el otro crucero paralelo, terminando el paseo, por las calles de Santa Catarina, Santa Ana y Puente Tezontlale, se encuentra uno repentinamente en un país no sólo desierto, sino desolado, tristísimo y asqueroso. Allá a lo lejos se divisan las torres y cúpulas de Santiago, la fachada ennegrecida de un edificio llamado el Tecpan, donde se asegura que estaban los más ricos mercados en tiempo de los reyes aztecas. A la izquierda, y como si estuviera muy lejana, aparecía la pequeña torre de la iglesia de los Ángeles, donde hay una imagen de la Virgen pintada en una pared de adobe, que se conserva todavía intacta, no obstante la humedad, lo cual la gente del barrio considera un milagro. Viniendo por el lado de Santa María, hay hasta cerca de la plazuela de los ángeles una acequia llena de lodo, y sobre la poca agua que tiene se producen diversas plantas acuáticas que abrigan infinidad de sapos, mosquitos e insectos. El resto de este vasto terreno es erizado, salitroso y color de ceniza, en la estación de calor soplan frecuentemente unos ventarrones con dirección a la ciudad, a donde llevan nubes de ese polvo, sucio y ardiente, y durante las aguas, en las depresiones del terreno se forman pequeñas lagunas y lodazales profundos, donde se atascan las carretas que vienen del interior cargadas de efectos, y tienen que transitar por allí para ahorrarse una gran vuelta, entrando por la garita de Vallejo. Los historiadores y anticuarios afirman que, en los días de la conquista, era lo más poblado, lo más alegre y lo más floreciente, tanto que formaba un reino, o por lo menos, una capital separada de México, que no se reunió a él sino al advenimiento de Moctezuma I o II; pero sea de esto lo que fuese, en el curso del tiempo, ya por falta de agua, ya porque impregnado el terreno de salitre era impropio para la cultura, las gentes fueron abandonando sus casas, que el tiempo y las lluvias se encargaron de destruir, y en la época de nuestra narración no existían más que ruinas, pero ruinas sin interés, sin tradición ninguna. Casas sin puertas; otras con los techos caídos; otras rajadas, como si las hubiese partido un hacha; y en las hendeduras de los adobes ennegrecidos, naciendo y colgando yerbas ordinarias y de mal olor, y todos estos restos que el vulgo llamaba paredones, esparcidos aquí y allá en medio de ese suelo fangoso e insalubre.

No sabemos ni queremos averiguar si fue un virrey, o un presidente o un ayuntamiento el que dispuso que se tirasen en ese lugar las basuras y los desechos más asquerosos de la ciudad, que ya tenía sin duda más de ciento veinte mil habitantes; pero el hecho es que así se ejecutó durante muchos años, y que más culpables y dignas de crítica son las autoridades que lo toleraron, que las que en su principio lo dispusieron.

Desde las ocho a las once de la mañana unos carretones pequeños tirados por una mula recorrían la ciudad, se detenían en el centro de una calle y tocaban una campanilla. Un momento después salían las criadas y vecinas atropellándose por llegar primero a entregar al carretonero un tompeate o un canasto lleno de cuantos despojos y basura habían reunido en los cuartos o viviendas. Así continuaba el carretón su corrida hasta que estaba copado y la mula no podía tirar. Muy despacio se dirigía a la viña, donde vaciaba lo que había juntado. Así se fueron formando pequeñas montañas y una especie de pueblecito con sus calles y veredas, hasta el grado de que a los que no estaban habituados, trabajo les costaba salir de ese inmundo laberinto si no acertaban orientarse por la primera torre de la ciudad que podían descubrir. No hay para qué decir que cuando soplaba un ventarrón, gran parte de la basura volvía a la ciudad.

La viña tenía su población especial, que se componía de traperos, pordioseros y de perros, y los suburbios o paredones eran habitados de noche por los matuteros y rateros que no tenían casa ni hogar. Ninguna persona del interior de la ciudad se atrevía a transitar por la viña después de las siete de la noche.

Los traperos esperaban todos los días sentados en la cumbre de esas pequeñas montañas la llegada de los carretones, y sin más instrumento que un palo o un clavo grande, escarbaban hasta encontrar pedazos de fierro, platos quebrados, trapos, zapatos viejos o cualquier cosa que les pudiera producir alguna utilidad. No era extraño que encontrasen cucharas de plata y alhajas que se apropiaban, pues ninguna obligación tenían de presentar a la autoridad esos objetos de valor. Los pordioseros no escarbaban la basura, sino que simplemente observaban si algo de lo que recogían los traperos les podía convenir y comprar al contado, y por un tlaco o cuartilla un sombrero, un pantalón o un par de mangas de chaqueta o la pierna de un pantalón. Si nada de esto encontraban, volvían a las puertas de las iglesias o a las esquinas a continuar mortificando a los transeúntes. Los perros, en tropel, peleando unas veces, en paz otras, recorrían las veredas, trepaban por los montones, escarbaban la basura con la desesperación que da el hambre, hasta encontrar un hueso o un armazón de gallina; pero concluyeron por fijar allí y en San Antonio Abad su domicilio y formar una colonia perfectamente organizada. Es curioso saber por qué.

El conde de Revilla Gigedo, que fue el gobernante por excelencia de la colonia, que quitó el muladar que había frente al palacio virreinal y que se ocupó hasta de los más insignificantes pormenores relativos a la policía, notó que existían en la ciudad muchos perros vagabundos, y dispuso que los zapateros pusiesen diariamente una cubeta llena de agua limpia en las puertas de su taller. Como los zapateros entonces, y aún muchos años después, tenían costumbre de trabajar en la puerta de su accesorias o en los zaguanes de las casas, fue muy fácil cumplir esta disposición, y los perros, privados de agua por no existir río ni corrientes accesibles cerca de la ciudad, tuvieron modo de aplacar su sed. Desde entonces se estableció esta costumbre y hoy mismo la siguen muchas personas. Para formar contraste con ese reglamento, se dictó otro en el curso del tiempo que condenó a una muerte cruel a la raza canina, y de la ejecución se encargó a los serenos. Al oscurecer, después de pasar revista delante del Portal de la Diputación, recibir su aceite y encender sus farolillos, armados de un grueso palo de encina se dispersaban por las calles de la ciudad y parecía un enjambre de vistosas luciérnagas; los que los observaban ir presurosos y resignados a tomar su puesto en una noche fría y lluviosa, no podían menos de concebir una cierta simpatía. Esas luciérnagas se convertían en unos animales más crueles que los que iban a matar. Hasta las once de la noche, el sereno, acurrucado en la puerta de una panadería y envuelto en su capotón azul, dormía profundamente. Concluido el teatro, cerrados los billares y cafés y retirada la gente a sus casas, quedaba el traidor enemigo de los perros dueño del campo. Dejaba su farol en medio de las cuatro esquinas, empuñaba su garrote y se deslizaba cautelosamente por las aceras. Encontraba un infeliz perro durmiendo descuidado en el quicio de una puerta, le asentaba un tremendo palo y le rompía las costillas o la cabeza. Si el animal no podía correr el sereno se encarnizaba y lo hacía allí pedazos; si corría, le lanzaba el palo con fuerza y le quebraba una pierna; y allí, tirado, indefenso, le daba a diestro y siniestro hasta dejarlo tendido en un charco de sangre. A los perros que transitaban pacíficamente en busca quizá de algún alimento que no habían encontrado en todo el día, les cabía la misma suerte; a veces solían escapar heridos y morían en los arrabales después de tres o cuatro días de sufrimientos. En varias noches se ponían de acuerdo cuatro o cinco serenos y, apoderándose de las bocacalles, se espantaban mutuamente los perros de modo que por cualquier lado que quisieran huir, recibían terribles golpes o heridas con un lanzón corto que llamaban chuzo, y era el arma reglamentaria.

La ciudad toda y por todas partes era turbada en las noches por lejanos ladridos de los perros que estaban fuera del alcance de la matanza, y por los dolorosos quejidos y aullidos de los que morían o quedaban heridos. Muchas noches era imposible dormir y las calles amanecían manchadas de sangre. A los serenos se les pagaba un real por cada perro que mataban, y a la madrugada cada uno, según sus obras, se dirigía a la Diputación arrastrando un racimo sangriento, deforme y horrible. Tendían los perros abajo de la banqueta para que el público se recrease con este agradable espectáculo, obra de los sabidos ediles y de los íntegros y celosos gobernadores de la ciudad, y no faltaba vez en que el regidor a quien tocaba manifestar su celo por la íntegra distribución de las rentas municipales, bajara a contar los cadáveres, seguido de una turba de muchachos y mujeres que lo veían con una especie de terror y como si él fuera personalmente el autor de toda aquella espantosa carnicería.

Los perros dilataron, en verdad, pero tuvieron que reflexionar para poner fin a este estado de cosas. Repentinamente desaparecieron; ni uno solo acostado en las puertas, ni uno solo transitando por las calles. En vano buscaban los serenos, ya en grupo de tres o cuatro, ya separados, un perro siquiera para dar testimonio de su celo y ganar el real. Tuvieron que contentarse con sus cuatro reales de sueldo y resignarse a dormir el resto de la noche, pues una vez que atizaban los faroles, ya no tenían ocupación ninguna, importándoles muy poco la seguridad de los vecinos.

Los perros resolvieron no transitar por la ciudad de noche. Hicieron sus habitaciones en la viña, cavando agujeros en lo más intrincado y recóndito de la basura, y lo mismo en San Antonio Abad, pasada la garita, aprovechándose de unos montones de tierra. En la mañana, la mayor parte se encaminaba trotando, corriendo con las orejas paradas y moviendo la cola, hasta las calles; allí hacían alto, olfateaban y se dispersaban a buscar su vida. El uno se metía en un figón y era obsequiado por los que almorzaban con un pedazo de pan o de carne, o con un puntapié, lo que era más frecuente; otro atisbaba con paciencia que se descuidase la vendedora para arrebatarle de su sartén un pedazo de chicharrón y corría; algunos tenían ya sus casas conocidas, donde las criadas o las amas les guardaban las sobras y se las ponían en el patio en una cazuela, y no tenían más que entrar y almorzaban caldo, huesos de gallina y ternera, garbanzos, pedazos de pan; vaya, como unos príncipes. Los más desgraciados recogían lo que podían en las calles y recibían tal vez una herida de un desalmado carnicero que de intento los dejaba entrar y le ponía la golosina de la carne; pero en obsequio de la verdad, otros de éstos, en vez de puñaladas les tiraban los pellejos y los huesos sobrantes; en cuanto al agua, no carecían de ella y sabían ya las puertas de los zapateros donde estaba la cubeta con el líquido cristalino y fresco. Era quizá el único goce cierto y sin riesgo alguno. Tan luego como oscurecía y observaban la luz de los faroles de los serenos, agachaban las orejas y unos hambrientos, otros repletos, otros heridos o maltratados, salían al trote de las calles de la ciudad y se dirigían a sus madrigueras. En las noches, en vez de los lastimeros quejidos de otros tiempos, se escuchaban lejanos ladridos amenazadores, y era que algún ladronzuelo descarriado ganaba con precaución un abrigo en los paredones.

La viña tenía fisonomía especial. Por la mañana, de las ocho a las once, presentaba un aspecto alegre, si alegría podía haber entre las inmundicias y residuos humanos; pero el sol brillante reflejaba sobre los tiestos de botellas y vasos rotos; los restos de legumbres que desperdiciaban las cocineras, recobraban con el sol su tinta verde, y las cúspides de aquella extraña serranía estaban llenas de muchachitos casi desnudos y de hombres que, vestidos de harapos y remiendos de colores, se destacaban desde lejos como si fueran los bocetos de un gran cuadro al estilo Díaz, y luego los carretones iban y venían, apostrofaban a sus mulas, reían y platicaban entre sí, como si fuesen las gentes más felices del mundo, y uno que otro arriero solía dirigirse por las orillas de este extraño lugar por si los burros encontraban para almorzar algunos rabos de cebolla u hojas de col. Después de las doce de la mañana todo ese rumbo quedaba desierto; ni perros, ni traperos, ni arrieros, nada; el sol, reverberando, calentaba las montañas que parece querían arder, y se comenzaban a desprender gases mortíferos y deletéreos que el viento se encargaba de introducir hasta los más ricos comedores de los desgraciados habitantes de la capital.

Entre las muchas viejecitas que concurrían a la viña había una muy metódica, muy callada y, hasta cierto punto, más bien vestida y aseada que las demás, que eran la imagen de la mugre y de la miseria. A las ocho oía su misa en Nuestra Señora de los Ángeles y se encaminaba en seguida a los basureros. Juntaba únicamente fierros viejos, llaves, tomillos, picaportes y ceniza. En el baratillo tenía ya los marchantes para la ferretería, y cuatro o seis casas donde entregaba la ceniza, limpia y tamizada, que servía para bruñir los candelabros y vasijas de plata. Esta viejecita, que se llamaba Anastasia y le decían seña Nastasita, estaba arrimada en una Atolería del Callejón de la Condesa.

La mentada atolería, porque tenía cierta fama en el rumbo, no obstante estar en el costado de la opulenta casa de los marqueses de Guardiola, presentaba el aspecto más desagradable. Era una accesoria que daba al angosto callejón con una acera donde apenas podía andar una persona de frente. El interior tenía un piso de vigas podridas, y el color de las paredes comenzaba desde el amarillo pálido hasta el negro cerrado; matiz como de panorama de infierno, que se comunicaba a las vigas torcidas y desiguales del techo, adornadas como de intento con espesas telas de araña. En un rincón, el brasero con dos comales, y al frente, en fila, cuatro indias con las camisas asquerosas, con los pechos colgantes y las cabezas enmarañadas, moliendo maíz y haciendo el atole y las tortillas. En el otro rincón, pocos trastos de barro y los petates de tule para dormir. En la noche se quedaban una de las molenderas, la dueña del establecimiento y seña Nastasita, la arrimada.

Quisiéramos terminar, pero quizá logremos que el lector se interese por esta pobrecita vieja que no deja de hacer un papel interesante en esta verídica historia. Señá Nastasita era sola, como si hubiese caído de la luna. Cerca de once años había estado de portera en casa de un licenciado en la Calle del Amor de Dios, habitando una covacha oscura y húmeda y manteniéndose con coser ropa de munición. Se le acabó la vista y quedó reducida al bocadito que por caridad le bajaban de la casa del licenciado. Era chupadita, de bajo cuerpo, encanijada, llena de canas, casi amarilla, y no tenía por cierto, motivos para engordar y tener buen color. El licenciado murió, la familia tuvo que dejar la casa, los nuevos inquilinos le dieron tres días de término para que desocupara la covacha; y después de once años de buenos servicios quedó, de la noche a la mañana, en las cuatro esquinas, sin tener ni con qué amanecer ni dónde dormir. Así sucede a cientos de gentes en México; pero Dios no abandona a los desgraciados. Nastasita no lloró, porque estaba ya seca y no tenía más que los huesos, ni maldijo la suerte, ni se quiso suicidar, sino que salió simplemente a ver qué hacía, y cómo, economizando, con un duro, que era su capital, podía comer algunos días. Vagando aquí y allá por la ciudad, al pasar por la atolería del Callejón de la Condesa le dio una corazonada; entró, compró tortillas, contó a la atolera su situación y le pidió un rinconcito. Así es costumbre entre la gente del pueblo, que jamás niega la hospitalidad y concede un rinconcito y parte su miseria con cualquiera, aunque jamás lo haya conocido. Esto constituye un arrimado o una arrimada. El gobierno no ha pensado en establecer casas de asilo ni para el día ni para la noche; pero en cambio, en los barrios de México todas las casas de los pobres son casas de asilo para los que son más pobres que ellos. La atolera, con la mayor naturalidad del mundo, le señaló un rincón limítrofe con las molenderas, y sólo le exigió que trajese su petate. En la noche, señá Nastasita abandonaba para siempre el agujero negro e infecto donde había vegetado como un hongo durante once años, y se instalaba en su nueva habitación. Ya se puede echar de ver que las herbolarias, a quienes creímos en lo más profundo de la escala social, vivían como unas reinas comparándolas con nuestra nueva conocida. México es así, y ya iremos entrando y recorriendo círculos tan numerosos como los del Dante y que forman un infierno, más terrible que el que le reservó el poeta florentino a la enamorada Francesca. Pedir limosna le fue imposible a la viejecita; pero como el peso duro iba mermando cada día a pesar de que sólo se mantenía con atole y tortillas, otra corazonada, al regresar de la iglesia de los Ángeles, la condujo a la famosa viña, logrando establecer el modo de mantenerse de la manera que ya se ha dicho.

Así iban días y venían semanas y meses, y Nastasita caminaba penosamente rumbo al sepulcro, pero contenta, bendiciendo e implorando siempre a las vírgenes de los Ángeles, de los Remedios y de Guadalupe; en fin, a las vírgenes de todas las advocaciones.

Un día, 11 de diciembre, tratando de hacer en el muladar un agujero con un palo, tropezó con algo resistente y sonoro que a poco brilló con la luz del sol. Eran una cuchara y tenedor de plata, probablemente del célebre doctor Codorniú, que perdía cada semana piezas de su vajilla. Al día siguiente, 12, creyó que era una obligación el ir a dar las gracias a la Virgen de Guadalupe, y caminó entre la turba por la calzada de piedra, si no descalza, a punto menos, pues su calzado viejo, pero de finísima seda negra, lo había encontrado en la viña pocos días antes. Rezó, bebió agua del pocito y regresó muy contenta con su ramo de álamo blanco. Al día siguiente, a la hora de costumbre y entusiasmada con el hallazgo de la plata, estaba ya trabajando en el declive de uno de los montones de basura, cuando llamó su atención, no tanto el ladrido de los perros, que se peleaban de una manera furiosa, sino el llanto y gritos lastimeros de una criatura. Se acercó con precaución, armada de su palo, y descubrió un niño con algunas manchas de sangre en la ropilla, que daba desgarradores y lastimeros gemidos; los ojos se le saltaban y con sus manecitas quería como luchar o defenderse de cuatro o seis mastines hambrientos que ladraban en su derredor y que no lo habían devorado porque se disputaban la presa y porque un círculo de zopilotes, gritando y rozando el suelo, tan pronto quería descender como se remontaba; en una palabra, trataba de participar del festín y espantaban a los perros con el zumbido de sus alas.

—¡Santísima Virgen de Guadalupe! —gritó la viejecita—. ¡Van a devorar y a hacer pedazos a esta inocente! ¡Qué crueldad de madres de tirar así a sus hijos! ¡El infierno y los diablos se las han de llevar!

Y así exclamando, blandía su palo y procuraba espantar a la jauría; pero tenía miedo de ser derribada y mordida, porque era apenas un poco más fuerte que la criatura.

La viejecita agonizaba; de su piel apergaminada y seca había brotado, por el susto y la pena, un sudor helado.

El niño gemía más dolorosamente y continuaba moviendo sus pequeñas manos para librarse de aquellas fieras que lo cercaban.

Un momento en que los zopilotes se elevaron formando su fantástico círculo, dos de los perros que se levantaron mordidos y sangrientos de la lucha con los otros, en vez de seguir peleando se lanzaron sobre el niño.

—¡Jesús! ¡Jesús me valga! —gritó aterrorizada la viejecita, y cerró los ojos; pero en el acto la misma angustia y la curiosidad hicieron que los abriese, notó que un perro amarillo fuerte y vigoroso, hacía frente y acometía a los demás, y apenas querían acercarse al niño, cuando daba un brinco, los derribaba en el suelo y volvió a su puesto.

Así pasaron cinco minutos, que parecieron siglos a la buena anciana.

XI. Comodina

—¡Está salvada! ¡Bendito sea Dios! —dijo la vieja—. Comodina está defendiendo a la criatura —y se acercó con más resolución al grupo de perros. —¡Comodina, Comodina! Ven acá ¿No me reconoces?

La perra, sentada, cubriendo con su cuerpo al niño abandonado, tenía los ojos todavía sangrientos y, con el labio superior levantado, enseñaba sus afilados colmillos a los demás perros. Tanto gritó Nastasita a la perra, que ésta volvió la vista, la reconoció, comenzó a mover la cola y a hacerle fiesta. Animada con este auxilio, acertó a encontrar cerca unos trozos de ladrillo que lanzó a los canes, y con el palo acabó de dispersarlos; entonces se acercó y recogió a un hermoso niño de más de un año de edad y envuelto en pañales muy finos. La criatura, como si tuviese ya el uso de su razón, como si hubiese sabido el peligro que corrió y el servicio que la buena vieja le había prestado, contuvo su llanto, dirigió su mirada de ángel a su salvadora, que ya lo tenía en brazos, y llevó las manecitas afiladas y tiernas con que había querido defenderse de las fieras a la cara de Nastasita, como queriéndola recompensar con un cariño.

—¡Imposible abandonarlo! —dijo besándolo amorosamente, y limpiándose con la manga del vestido una lágrima que había venido a sus ojos secos. La Comodina, muy contenta, meneaba la cola y miraba a su derredor, buscando todavía enemigos con quienes combatir.

Tenemos que hacer algunas explicaciones. Comodina era una perra que vivía en la célebre colonia de la viña, y era ya madre de cuatro cachorritos amarillos y bravos como era ella, a quienes cuidaba amorosamente como tal vez no lo hacen muchas madres que tienen nombre cristiano y son, según vulgarmente se dice, seres racionales. Por la mañanas salía de su escondite, donde tenía a sus hijos bien seguros, y se dirigía a la ciudad a vagar, mejor diríamos a pasear, porque no había lugar que no visitase, ni tocinería o carnicería donde no se parase a oler y a examinar lo que había; pero como nunca se robaba nada ni molestaba, adquirió buenas relaciones, y en vez de palos o pedradas le solían tirar pellejos de carne y chorizos o morcones ya invendibles que, dicho sea de paso, no comía si estaban en estado de putrefacción, y tampoco tenía necesidad de ello, pues su principal recurso era la casa del canónigo Madrid (que después fue obispo de Tenagra), persona no sólo afecta a los animales, sino que estaba poseído de una inocente monomanía por los perros. Era hombre rico, de una distinguida familia; después de haber estudiado y graduándose de Doctor en la Universidad, había viajado y recorrido la Europa, y disfrutaba por su virtud y una cierta elocuencia popular que hacían célebres sus sermones, de una prebenda en la Catedral. Vivía en una gran casa llena de valiosos muebles antiguos, de cuadros originales de gran mérito, de mil curiosidades que había colectado en Italia y Francia. Su servidumbre se componía de criadas y criados muy viejos, que habían permanecido años y años en la familia, y su sociedad era absolutamente con los animales. Pájaros de todas especies, dos o tres borregos y cabras, un changuito (mono) de Oaxaca y, sobre todo, seis perros, perfectamente cuidados y educados. A la una en punto se sentaba a la mesa, colocándose en la cabecera, en un magnífico sillón antiguo de terciopelo rojo. En los costados, los seis perros en sus sillas a propósito, con sus platos hondos de hojadelata y sus servilletas siempre muy limpias. Una criada ocupaba la otra cabecera de la mesa para atender a los perros, mientras otros criados, de los muchos que tenía, lo servían con la mayor exactitud. A una señal, cada perro brincaba a su silla respectiva y se sentaba sobre sus dos pies, mientras que con las manos hacían seña a su amo para que les dieran de comer, y lo miraban fijamente con sus ojillos inteligentes. Esto encantaba al canónigo. En seguida la criada les servía su carne en trozos pequeños y su pan; y cuidado con que se desmandasen o ensuciaran las servilletas, porque el canónigo les enseñaba un chicote que estaba colgado en la perilla de su sillón. Concluida la comida, tomaba café en el jardín o en alguno de los anchos corredores llenos de macetas y flores, divirtiéndose con los cantos de los pájaros, las muecas y travesuras del mono y los retozos de los perros, hasta las tres de la tarde, en que montaba en su coche y se dirigía al coro a la Catedral. Además, la comida sobrante, y era mucha, se dedicaba a los pobres y a los perros de la calle. La valiente perra que salvó al desgraciado niño asomaba su hocico a la puerta de la casa del canónigo todos los días, cerca de las dos de la tarde; olfateaba, recorría con la vista el patio y los corredores, y esperaba. No tardaba en bajar el criado seguido de la cocinera con unas cazuelas con caldo, garbanzos, arroz, pedazos de carne y huesos; entonces la perra, poco a poco y meneando la cola, entraba al patio, y el viejo portero, haciéndole cariños, la ponía en posesión de su banquete. Luego que acababa, se echaba cosa de un cuarto de hora, se lamía los labios y limpiaba las manos con la lengua, movía la cola y se marchaba, llevándose en la boca un hueso o un trozo de carne para sus hijos. El canónigo, que a veces veía esto, llamaba a la perra, le hacía caricias y le decía: «Eres muy ingrata y muy Comodina; apenas comes, cuando te vas; ya te portarías de otro modo si yo te hubiera educado». De esto le vino y se le quedó a la perra el nombre de Comodina; así la llamaban las gentes de la vecindad, que la conocían, y ella entendía perfectamente. Nastasita entregaba ceniza limpia y tamizada, de que se hacía mucho consumo a causa de la gran cantidad de candelabros necesarios para las velas que ardían a los diversos santos que había en la casa; le daban su bocadito en un plato de loza de Puebla, y por lo común se regalaba en compañía de Comodina, y de aquí la amistad tan íntima entre la viejecita trapera y la perra vagabunda, que fue tan útil y esencial para la salvación de la criatura que la bruja Matiana arrojó a los muladares de la viña.

Nastasita, seguida de la perra, enderezó su camino hacia la atolería, y bien que la carga no fuese muy pesada, llegó fatigada. La criatura no chistaba cuando la destapó y la acostó en un petate, y al mismo tiempo refería brevemente a las molenderas lo que había pasado. Parecía muerta y apenas respiraba, y no era extraño, pues aunque hubiesen mediado pocas horas entre el robo de Matiana y el hallazgo de la trapera, bastaba eso y la emoción por el asalto de los perros; y obra de Dios fue que no le diese alferecía. Imposible de describir el sentimiento de esas rudas y buenas mujeres, que en su idioma mitad español y mitad indio, discutían los remedios que deberían hacerse. Una fue a buscar chinguirito a la vinatería de la esquina; otra a la botica, vinagre de los cuatro ladrones; otra, a pedir a la vecindad yerbas aromáticas; pero la que se había quedado dijo: —Lo que tiene el piltoncle es hambre y frío—. Y lo tomó en brazos, sacó un pecho grueso y denegrido, le exprimió una poca de leche caliente en la cara y le metió en la boca un pezón negro, gordo y estirado como tapón de una botella de champaña, arrullándolo y estrechándolo brusca y cariñosamente en su seno caliente y húmedo, por donde corrían con el sudor gotas del vapor del nixtamal y de la masa que estaba moliendo. Cabalmente el día antes había ingresado en lugar de otra en la gran fábrica de tortillas esa nueva molendera que estaba criando su último hijo.

—Y no había pensado en esto —dijo la viejecita trapera—. ¡Quién sabe cuántas horas estaría este angelito sin mamar! Prometo, si Dios le da vida, oír de rodillas cuatro misas, y esto que mis rodillas ya no me sostienen mucho. ¿Para qué lo salvé entonces? Dios lo ha de querer…

La perra, en el umbral de la atolería, sentada y con las orejas paradas y como escuchando, miraba con sus ojos inteligentes a la india.

La criatura, que en efecto tenía hambre, rechazó al principio el tosco pezón, pero concluyó por chuparlo, abrió los ojos y sonrió a la madre adoptiva; todo había pasado ya y para el niño no existía ni el recuerdo del peligro ni el sentimiento del abandono. Las demás indias volvieron con sus medicinas, se le desnudó, se le dieron friegas de aguardiente y de bálsamo y a poco, acostado en un rincón ahumado de aquel antro, dormía verdaderamente el sueño tranquilo de la inocencia. Comodina se marchó sin que nadie lo advirtiera.

En vez de ser una carga y una molestia, fue para la atolería un día de fiesta y de júbilo la llegada del pobre huérfano del muladar; la gente de México es así. La molendera, que ya era madre de dos muchachos y criaba al tercero, se constituyó en nodriza del recién venido.

¿Qué nombre le pondrían? ¿Estaría bautizado? ¿Quiénes serían sus padres? ¿Por qué lo tirarían en el muladar? Estas y otras cuestiones ocuparon a los habitantes de la atolería, hasta que oyendo la queda en la Catedral, consideraron que se habían desvelado, atrancaron su puerta y se durmieron.

Nastasita había encontrado en el cuello del niño un cordón con un relicario de plata, que instintivamente procuró conservar, por si algún día podía ser de utilidad al huerfanito. En lo que no se equivocó, como veremos más adelante.

En la primera ocasión que volvió a la casa del canónigo a entregar la ceniza, contó al portero la extraña historia que ya sabemos. No pasaron tres semanas sin que el canónigo estuviese enterado del suceso, aumentado por sus criados con milagrosas añadiduras. Quiso conocer al huerfanito y se dedicó a retener en su casa a la valiente Comodina, que había representado tan importante papel en ese lance que parecía más bien un verdadero milagro.

—Quizá esta perra —decía el canónigo— que no busca más que sus conveniencias, lo que quería era reservarse al chicuelo para comérselo ella sola, y por eso lo defendió hasta que llegó la viejecita trapera; pero ¡ca!, no es bueno hacer malos juicios de los animales, que al fin son criaturas de Dios; decididamente nos quedaremos con la perra y ya completaré su educación. Mañana que venga, la meten con engaños al cuarto vacío; ya se aquerenciará. En efecto, los criados a quienes se dirigía esta conversación, tan luego como llegó Comodina la llevaron mañosamente al cuarto, le pusieron allí su cazuela de caldo y otra de agua y la encerraron. ¡Que noche! Rascó la puerta, ladró, aulló, lloró, se enfureció y parecía que tres hombres maniobraban para romper la puerta. Ninguno durmió en la casa. Muy temprano mandó el canónigo que abrieran el cuarto y el zaguán. La Comodina, de un salto, se puso en la calle y echó a correr. En cuatro días no volvió, y el canónigo se preocupó tanto, que llegó a formar escrúpulos de conciencia pues hasta en las horas del coro pensaba en esta ocurrencia; pero el día menos pensado Comodina hizo una irrupción formidable con toda su familia. Cuadro cachorros gordos y bravos se lanzaron al patio brincando y ladrando, penetraron hasta las habitaciones de los perros de la casa, despertaron sus celos y se lanzaron los unos contra los otros, trabando una pelea horrorosa. El canónigo con su fuete, las criadas con los trapos de cocina, el portero con la escoba, todos tuvieron que intervenir y que poner orden, a lo que no poco contribuyó Comodina, que con sus ladridos y aun agarrando con la boca a algunos de sus hijos, logró que la obedecieran y dejasen tranquilos a los amos de la casa. El canónigo rio mucho del lance y por varios días no tuvo otra conversación con los amigos que solían formar su tertulia a primera hora de la noche. Uno de los hijos de Comodina, que tenía una mancha blanca en el pecho de la figura de un corazón, quedó instalado en la casa y los demás regresaron con la madre a su habitación solariega de la viña.

La viejecita trapera, un día que hubo aseado bien al huerfanito, lo llevó a la casa del canónigo. Era un muchacho bien amamantado por la primera nodriza que lo crió y mucho mejor por la segunda, que era muchacha, fea, greñuda, pero sana, robusta, con unos pechos bronceados, duros y grandes como los de una vaca inglesa y con una leche abundante y espesa, producto de la admirable gramínea que era la base de la alimentación de la gente de la atolería del Callejón de la Condesa. El canónigo quedó sorprendido al examinar al huérfano. Ojo negro y grande y ya sañudo, con una mirada fija y extraña para su tiernísima edad, pelo abundante, boca grande, labios gruesos y una naricilla audaz y remangada. Por aquel día, se limitó a hacer algunos cariños a la criatura y a dar a la viejecita cualquier cosa; pero así como se preocupó cuatro días con la ausencia de Comodina, más de ocho le duró la vacilación en que lo puso semejante visita. Examinó el relicario y concluyó por abrirlo, sospechando que no sólo en las novelas, sino en la realidad de la vida las criaturas abandonadas tienen o una señal en el cuerpo o una marca en su ropa o un papel atado en la faja. Apretó el conocido muelle del marco y entre las dos pastillas de cera bendita encontró un papel. «Está bautizado, deberá llamársele Juan Robreño; su padre es caballero militar; su madre de la primera nobleza de México. Dios lo ayude en su vida.» Así decía el papel que aumentó las dudas y la ansiedad del buen canónigo. ¿Se quedaría la criatura en su casa? ¿Lo daría a criar y educar por su cuenta a personas decentes? ¿Qué haría con él, pues parecía que Dios se lo había enviado?

Después de sufrir mucho se decidió a no cargar con el huérfano.

—El público y mis amigos, y mis hijas de confesión y mis oyentes en las iglesias, me toleran como una excentricidad el que tenga animales y los perros coman en mi mesa; pero si ven hoy un niño criándose en mi casa y mañana otro, no dirán nada bueno y tendrán razón. Dios no manda eso.

Tranquilo con esta resolución platicó de nuevo con Nastasita, persuadiéndola de que debía entregar al huérfano a la casa de Niños Expósitos, y aunque no era recién nacido, él se interesaría para que lo recibieran. La viejecita le rogó por todos los santos del cielo que le dejase la criatura, asegurándole que ella y las atoleras lo cuidarían mejor que en la cuna. El canónigo concluyó por transigir y le asignó una limosna de ocho pesos cada mes.

XII. El esclavo blanco

El cielo vio abierto la viejecita trapera con el arreglo que hizo el canónigo. ¡Qué poco se necesita para la felicidad de ciertas personas! Desde el momento en que Nastasita se encontró al niño, cambió su vida; tuvo ya una ocupación, un objeto, un cariño que hiciera latir un poco su arrugado corazón, y recordaba con tristeza y hasta con horror los once años que estuvo metida en la negra covacha, esperando que los inquilinos entrasen después de acabado el Teatro Principal, para abrirles la puerta, y el resto del tiempo ociosa, triste, sola, crujida con el frío y la humedad del agujero donde tenía que estar metida por sólo mal comer.

Los ocho pesos del canónigo constituían un tesoro inagotable y la instalación en la atolería no fue difícil ni costosa. Con retazos de brin y unos mecates se hicieron dos hamacas, que se fijaron en las paredes de los rincones con unas gruesas alcayatas. Como lujo, un par de petates nuevos de Xochimilco, y dos frazadas ordinarias del Portal de las Flores. Con esto Nastasita y la india chichihua estaban como en un palacio. Una cuerda al alcance de las molenderas, ponía en movimiento las improvisadas cunas cuando las criaturas lloraban; pero la mayor parte de las veces no les hacían caso, y concluían por callarse, porque los hijos de los pobres y los huérfanos expósitos tienen el instinto del sufrimiento desde que nacen, así como los hijos de los grandes, de los ricos y de los reyes tienen el de causar molestias a todo el mundo. ¿Qué juguetes más finos y costosos había de comprar la pobre trapera para divertir al que llamaba ya su hijo? Apenas podía traerle de vez en cuando, de la velería, soldaditos de barro de a ocho por tlaco que chupaba, embarrándose manos y cara con la pintura, ganando no pocas veces un cólico que lo ponía a las orillas de la muerte, pero en la atolería estaba también la botica y todo lo curaban con el maíz, cataplasmas de masa en el vientre para el empacho, friegas con agua caliente del nixtamal para la calentura y jarros de agua de cabellitos como tisana y la aplicación de chorros del pezón negro de la nodriza por la boca, ojos, orejas y narices que lo sofocaban y le hacían volver el estómago, que eran el verdadero contraveneno, y la criatura marchita y caída como la flor a la que han estrujado y quebrado el tallo, a los dos días estaba sana y chillando tan fuerte que los vecinos no había semana que no reclamaran y amenazaran a las de la accesoria; y luego el bon Dieu tiene sus juguetes para los niños pobres, se sonríe con ellos, y esto basta para que estén contentos. La sonrisa del niño tiene algo que no es de esta triste vida; y a cierta edad, y cuando aparece lo que se llama razón, cesa y es reemplazada por la forzada risa de las cosas graves y serias de este mundo. Las arañas, incansables en el trabajo y que aprovechan las más insignificantes oportunidades, no tardaron en urdir su tela y formar un verdadero pabellón en la maraña de mecates con que aseguraron y formaron el mecanismo y movimiento de la cuna de las dos criaturas. A ciertas horas, las arañas comenzaban su tarea para reparar los desperfectos que había causado el aire, o cualquier accidente del día anterior, y así que afirmaban y reponían perfectamente sus hilos, se dedicaban a la caza de moscas, lo que allí no era nada difícil, y después a divertirse y divertir a las criaturas que eran como sus amigas y compañeras. Tejían su cuerda fuerte, se descolgaban por ella hasta cerca de la cara de los niños; apenas éstos movían sus manecitas para cogerlas, cuando remontaban rápidamente hasta su nido y allí, meneando sus ojillos salientes y como prendidas en la punta de un hilo, observaban la atolería. Si había muchos marchantes, ruido y tráfago que las pusiese en peligro, se encogían, se reducían a una bolita imperceptible y se ocultaban en lo más negro y espeso de las telarañas. En cuanto se establecía la calma, pasaba una mosca cerca o se paraba en la tela, de un salto prodigioso caían sobre ella, la apretaban con sus antenas el cuello, la amarraban con dobles hilos en menos de un segundo las alas, y dejándola prisionera para chuparle la sangre a su hora de almorzar, volvían a formar su cuerda y a descolgarse a la cara y a las manos de los chicos, aventurándose en ocasiones a parárseles por la frente sin pretender su sangre, pues eran menos supersticiosas que la bruja Matiana. Este juego se repetía y los dos muchachos, cuando no dormían, estaban callados y entretenidos. Nastasita atribuía esto al apacible carácter de su hijo adoptivo y no sabía que era uno de los juguetes que Dios regala a los niños pobres que viven en las miserables chozas. A ella le había dado también un pedacito de felicidad antes de llegar a la puerta oscura de la otra vida.

Día por día el humo del brasero criaba más hollín y ponía más negras las paredes; las arañas, incansables, no cesaban de urdir sus telas y formar pabellones no sólo sobre las cunas, sino por todas partes, y de aprisionar moscas, y bajo este aspecto eran una policía benéfica, pues disminuían las innumerables que volaban al derredor de las bateas y de los metates y descansaban confiadas en las enmarañadas cabelleras de las molenderas; las vigas del techo, calcinadas, daban traquidos amenazando desplomarse, y de las hendeduras del pavimento podrido se escapaban vapores mefíticos. En las noches se apagaba el carbón, se cerraba la accesoria y arrimaban los metates y los comales a un lado, y después de una frugal cena compuesta de una gorda untada de chile colorado y picante, y un tecomate de pulque, se acostaban en los petates, en sus rincones, la dueña de la atolería, la nodriza y la vieja Nastasita. En la estación del calor, por dos boquetes perforados en lo alto de las puertas, entraba, dizque a refrescar esta habitación cargada de miasmas deletéreos, el aire emponzoñado del inmundo caño del callejón. En los altos vivían los opulentos marqueses de Guardiola.

Y sin embargo de estos elementos contrarios a la vida, la viejecita se había repuesto, las atoleras gruesas y fuertes, los muchachos rollizos y sanos. O el clima de México es el mejor del mundo, y parece que es la verdad, o los habitantes de la atolería, se habían connaturalizado con la venenosa atmósfera que respiraban.

Así fue creciendo Juan Robreño (pues el canónigo había referido a la trapera parte del contenido del papel encontrado en el relicario), duro, tosco, resistente; una vez se quemó una mano en el comal; muchas veces cayó, ya en el umbral de la puerta, ya en una viga hundida; la cabeza con chichones, el cuerpo con morados y rozaduras, las narices y la boca con sangre y los labios partidos. El cuidado de la viejecita no era bastante; ella tenía sus quehaceres, como, por ejemplo, asistir al muladar, entregar su ceniza y fierros viejos, aparecerse por la casa del canónigo a cobrar la limosna, y pasear a veces con la perra Comodina, a quien quería también mucho, aventurándose con ella algunas ocasiones a los praditos de Belén. La india nodriza le daba su buena leche, y en lo demás no le hacía caso. Si se caía, lo dejaba en el suelo gritando de dolor, y ella seguía moliendo o tortillando. Ya más grande, con su calzoncito y su camisa de manta mugrosa, se le veía en la puerta de la atolería o junto al caño; algunos marchantes brutos solían darle un puntapié para quitarlo de la entrada donde estorbaba. El muchacho, mitad en español y mitad en azteca, les decía mil insolencias y les echaba agua del caño. Las criadas, por el contrario, solían darle un chavacano o un puñito de moras o capulines; entonces las acompañaba a la casa, llevándoles la canasta del recaudo o el manojo de velas.

A los diez años Juan sabía el azteca o náhoa tal como lo había aprendido de las atoleras, y el español como lo había oído a los cargadores de la esquina y a los borrachos de la pulquería vecina, que frecuentaba con motivo de comprar el licor para el consumo de la casa. Nastasita no sólo había decaído por los años transcurridos, sino por los cuidados que le ocasionaba un muchacho ya grande y voluntarioso a quien no podía sujetar ni atinaba a educar, puesto que ella misma ignoraba todo y no sabía más que rezar y oír misa. El canónigo no había dejado en ese largo transcurso de dar la mesada, y cuando solía ver en el patio a la trapera, le preguntaba por el huérfano y le instaba para que lo pusiese en una escuela; pero no pasaba a más, porque su delicadeza de conciencia y las muchas atenciones religiosas que tenía, predicando a veces cuatro sermones en un día, no le permitían ocuparse expresamente de él, concluyendo por olvidarlo del todo. Hacía la caridad como podía, y no estaba obligado a más.

La viejecita se resolvió un día a poner a Juan a aprender oficio, y no le costó poco trabajo; pero con ruegos y súplicas y haciéndole patente que no tenía con qué mantenerlo ni vestirlo, que ya era grande y necesitaba trabajar, logró persuadirlo a que se dejase entregar. En el tiempo a que nos referimos, y no sabemos si aún dura esta costumbre, los padres o deudos de los muchachos pobres los colocaban en la casa de un artesano para que les enseñase el oficio, y en cambio quedaban bajo el absoluto dominio del maestro, el que se rehusaba a recibirlos si no se los entregaban. El Estado, con sus fondos o con los especiales consignados a la institución pública, tenía colegios donde se enseñaba latín, lógica, metafísica, leyes, cánones y algunas otras materias tan útiles como esta última, para los que no abrazaban la carrera eclesiástica.

Ninguna enseñanza de idiomas, muy poca de ciencias, hasta que se estableció la escuela de medicina; y en cuanto a oficios mecánicos, no había un solo establecimiento donde pudiese la gente infeliz aprender algo para ganar su vida en la baja esfera en que la había colocado la suerte. Ya veremos, siguiendo un poco los pasos de Juan, cómo pasaban estas cosas y cómo debe tenerse por un verdadero prodigio el que en México, con este sistema negativo, se hubiese encontrado alguien que pudiese labrar un palo o hacer un par de zapatos. Así hemos estado de atrasados en las ciencias, en las artes y en los trabajos mecánicos, hasta que se estableció el sistema de instrucción pública exuberante en la enseñanza superior y mezquino y todavía insuficiente y exiguo en la primaria y en lo que se refiere a los oficios mecánicos, que proporcionan trabajo honesto a los pobres y goces legítimos a los ricos. Habiendo sido necesaria esta digresión, que el lector perdonará, pues no es de lo más propio para una novela, sigamos a nuestros personajes.

La pobre trapera hizo un esfuerzo supremo para comprar un vestido a su protegido. Camisa de manta, chaqueta y pantalón de pana, sombrero tendido de panza de burro. Era un lujo escandaloso; una madre no hubiera hecho más por su hijo.

Un día, repetimos, salieron por fin por esas calles de Dios a buscar un maestro cualquiera. Juan, entre resignado y contento, pues siempre alborota a los muchachos cambiar de posición, y la viejecita sacando fuerzas de flaqueza, arrastrándose más que andando a causa de sus callos y sus años. Eran dos desvalidos entre los más desvalidos de la ciudad; dos desheredados, entre los más desheradados de la tierra. Nadie los conocía, nadie los quería fiar, nadie quería echarse a cuestas un bodoque, una especie de salvaje criado en el lodo y en el polvo de las calles de México. Los pobres exigen no recomendación, pero sí conocimiento, y ya se ha dicho que nadie los conocía. ¿Qué oficio debería aprender Juan? Cualquiera. A él poco le importaba; la viejecita lo que quería era entregarlo, para descargo de su conciencia, para alivio de sus años y de sus fuerzas, ya que no la sostenía. Caminaron tres días de calle en calle; entraron en una zapatería: sobraban aprendices. A una hojalatería: sobraban aprendices. A una carpintería: sobraban aprendices. A una sombrerería: eran extranjeros y tenían aprendices extranjeros. No había salvación posible; todas las puertas estaban cerradas. Al cuarto día, cansada la viejecita y aburrido Juan, acertaron a entrar en una casa de vecindad de la Estampa de Regina, guiados por un rastro de astillas de madera, y se encontraron con que un hombre trabajaba en un torno. Le cantaron la misma canción que habían repetido tantas veces. El artesano ni les contestó, siguió trabajando y con la vista les hizo seña de que se marcharan; pero una mujer que estaba sentada cosiendo en el fondo del cuarto, se levantó y dijo algunas palabras al oído del que trabajaba con pie y manos; entraron ya en conversación, hicieron muchas preguntas a la viejecita, la obligaron a jurar que sólo vería al muchacho una vez por semana, y que jamás lo reclamaría, si no era pagando los gastos que hubiesen hecho para mantenerlo; en una palabra: un contrato de esclavitud, sobre el cual la Federación, la libertad, las logias yorkinas, el caritativo canónigo, el arzobispo y los doctores de la Universidad cerraron los ojos, continuaron cerrándolos muchos años, y los cierran todavía los ministros, diputados y senadores, como los cerró entonces, no sin que sus párpados se humedecieran, la desvalida trapera. Y quedó entregado, completamente entregado, es decir, esclavo blanco del ciudadano Evaristo el Tornero, el hijo de Mariana, el nieto del muy noble y poderoso señor don Diego Melchor, Gaspar y Baltasar de todos los Santos. Caballero Gran cruz de la Orden de Calatrava, Marqués de las Planas y Conde de San Diego del Sauz.

XIII. Primeras hazañas de Evaristo

De por fuerza tiene el paciente lector que trabar amistad con algunos de nuestros personajes, que no han sido inventados, sino de carne y hueso. Los unos han desaparecido ya de la eterna comedia humana, los otros han envejecido, y el resto, aunque corto, quizá anda por esas calles cubiertas de lodo y de agua en la estación de las lluvias, con su pantalón remangado y su sombrero forrado con un pañuelo de cuadros a falta de paraguas. Los personajes de importancia y calificados de gente decente, los presentaremos al lector, y a los de baja ralea los dejaremos un poco aparte, aunque haciendo conocer sus antecedentes, o al menos, los rasgos más notables de su vida. A esta última categoría pertenece Evaristo el Tornero, a quien fue entregado casi como esclavo el noble hijo del conde del Sauz, salvado de la muerte por la terrible perra Comodina y por la débilísima y desvalida viejecita trapera, acreditada, conocida y apreciada en la importante colonia de la viña.

Evaristo era hijo único de un guarda de la aduana de México, y este guarda, llamado Evaristo Lecuona, era un personaje de importancia, porque cuidaba los caballos del Director de Rentas y lo acompañaba en sus diarios paseos. Cuando el director salía de las garitas y dejaba ir al tranco a su grande caballo colorado por las calzadas, generalmente, solas, Lecuona se acercaba y se entablaba una conversación familiar entre los dos, y por este medio sabía el director la conducta de todos los individuos del Resguardo y aun la de muchos de los empleados. Por los respetos del director, un carpintero y tornero al mismo tiempo, recibió al muchacho, y aunque fue entregado por su padre como todos los aprendices es necesario que lo sean, no fue sino con ciertas condiciones que impuso su padre, que lo llevó personalmente.

—Que mi hijo aprenda oficio y que sepa ganar su vida, eso sí —dijo al maestro—; pero al que le toque el pelo de la ropa le parto la cabeza con este sable.

Y en efecto, sacó con estrépito media hoja del pesado sable guarnecido de plata que siempre cargaba, y el maestro, sin atreverse a hablar una palabra, recibió al joven Evaristo. Era vivo y listo, pero maleta, y en poco tiempo, descomponiendo y quebrando los instrumentos, aprendió a acepillar bien una tabla, a escoplar una moldura a hacer un remiendo a las puertas viejas y otros menudos quehaceres que lo conducían rápidamente al ascenso a medio oficial; pero su intento y su especial capacidad lo inclinaron a la tornería y a la escultura. Con el más impropio instrumento hacía un pájaro, un perrito, un muñequito de madera; sacaba de un zoquete de madera una flor, una hoja, un capricho cualquiera. Su maestro se aprovechó de esta disposición natural, lo dedicó a tallador y sacó muy buen partido dedicándolo a la confección de cómodas y de sillas de salón; pero así y todo, el muchacho le hacía tantos daños de todo género en la casa, que no compensaban con las utilidades; pero jamás se atrevió ni aun a regañarlo, porque Lecuona, que de vez en cuando daba sus vueltas por la carpintería, no dejaba de repetir que al primero que se atreviese siquiera a mirar a su hijo, le partía de medio a medio la cabeza.

Un día, el menos pensado, un golpe de sangre al volver del paseo con el Director de Aduana, acabó al robusto Lecuona; y Dios, con todo y su gran sable, se lo llevó a la gloria, y así lo debemos creer, pues no hay noticia en los archivos de la aduana de que, no obstante sus continuas amenazas y el estar muy sobre sí con el valimiento del alto funcionario, Lecuona hubiese llegado a partir con su sable cabeza ninguna.

Morir Lecuona y ser puesto el hijo de patitas en la calle, todo fue uno; aunque como exactitud histórica debemos advertir que el maestro tornero no echó al muchacho sino cuando el padre estuvo bien enterrado, temiendo sin duda que, si no le había caído la tierra y la losa encima, hubiese podido cumplirle el ofrecimiento, que tantas veces le había hecho, de partirle la cabeza.

El joven Evaristo no lloró a su padre; quizá no tenía todavía la edad y la reflexión bastante; por el contrario, tuvo una especie de gustillo al encontrarse libre, dueño de un buen caballo ensillado y enfrenado, de un par de pistolas, de alguna ropa usada y de poco más de cien pesos que encontró en el fondo de un baúl, como fruto en largos años de economía de su padre. El director quiso proteger al hijo de su guarda favorito, y se lo llevó a su casa en clase de muchacho útil para hacer los mandados; pero no duró un mes, pues los chismes y travesuras con las criadas le concitaron la enemistad de la vieja cocinera, y un día hubo en la despensa, donde encontraron a Evaristo bebiéndose el vino de su nuevo amo, una de todos los diablos. La vieja se fue a escobazos encima de Evaristo; la recamarera, que tenía algo más que simpatías por el mozuelo, lo defendió, azotando las espaldas de la cocinera con una sarta de chorizos de Toluca; el criado antiguo se aprovechó tomando la defensa del honor de la casa, para aplastar un queso fresco en la cara de la doncella y llevarse los demás; los dos gatos de la casa se sacaron entre tanto el asado que estaba ya dispuesto y el perro ladraba a todo el grupo. Al ruido y vociferaciones salió el director con un tomo de leyes en la mano y sus anteojos en la otra. Todos corrieron asustados y dieron poco después explicaciones al amo; pero Evaristo había desaparecido, y cuantas diligencias se hicieron para encontrarlo fueron inútiles.

Fuese a refugiar a la casa de otro guarda ya muy viejo, amigo de su padre, que tenía una especie de mesón con alquiler de caballos, fonda y billar, por el rumbo del Rastro. La vida se presentó a Evaristo risueña como nunca, y pasó sus diecinueve años como ni príncipe ni duque los han pasado mejor. Unos días en los canales de la Viga y Santa Anita, remando ya en canoas, ya en chalupas; otros, en el juego de pelota de San Camilo; los domingos, en su caballo alquilado en las carreras de la Coyuya; en las tardes, en las vinaterías, menudeando vasos de mistela y chinguirito con los pillastres y matanceros del barrio; en la noche en el billar, jugando a los palos hasta de a un peso la tregua de cien rayas. Un día era un pleito con un carnicero, y se ponían bombos a trompones; otra noche era una de palos con los tacos en la sala del billar; sin contar las tardes que, en unión de dos o tres, salían a darse de pedradas en la plazuela de San Pablo, por quítame allá esas pajas, con algunos contrincantes. Siempre tenía un brazo envuelto en un pañuelo colorado, o un ojo morado, o cojeaba a causa de una pedrada en la taba. Sin ser borracho, se iba inclinando a la bebida, y cuatro veces había estado en la cárcel por riña y escándalo. En todas ocasiones no dejaba de hacer malos conocimientos con ladronzuelos y gente perdida de otros barrios, que por robos rateros, borracheras y pleitos entran y salen a la Acordada como si fuese su casa o un mesón ya conocido. Cuando caía en la cárcel, sentenciado a uno o dos meses por el gobernador, los ratos que no jugaba a la baraja los dedicaba a labrar con un trozo de madera cualquiera que se proporcionaba y un mal cortaplumas, una figurita tan acabada, tan característica, que no dejaba de llamar la atención de sus mismos compañeros de prisión, y con esto adquiría cierto respeto y consideración. La figurita iba a dar a la mujer o a la querida del alcaide y a veces a la familia del mismo gobernador, lo que le valía el salir realmente cuando la gana se le daba, sin cumplir su condena. Ocho o diez días duraba la enmienda; pasado ese tiempo, o antes, volvía a su vida alegre. Así acabó con las chaquetas de paño y las calzoneras con botones de plata que le dejó el difunto Lecuona; siguió con la silla de montar, con las armas de agua, con todo, y no hay que decir, que los cien pesos habían ya volado. El dueño del mesón murió, y el nuevo dueño lo primero que hizo fue echar a los inquilinos, comenzando por Evaristo, porque eran maletas como él y, sobre todo, llevaban años de no pagar un peso de alquiler.

Evaristo se vio lo que se llama en medio de la calle, con lo encapillado y un buen jorongo de Saltillo. Por primera vez, después de tres o cuatro años, pensó que era necesario trabajar para vivir. Dios, como dicen las viejecitas, le tocó el corazón y se retiró a San Ángel en compañía de una muchacha que se dejó robar, sobrina de la figonera del mesón.

El descanso que le dejaba esta luna de miel, de la cual no había tenido noticia ni el cura ni el curato, los dedicaba a labrar figuras de madera, y se habilitó para su improvisado matrimonio y para comprar algunos instrumentos, empeñando su jorongo en casa de los gachupines del Colegio de las Niñas. El material que usaba era la madera de naranjo y de capulín, y nada le costaba, porque a las pocas semanas de residencia conocía a palmos las huertas, sabía el punto más accesible de las tapias, y de noche, armado de un puñal-cuchillo y de una sierra bien untada de sebo, se introducía aquí y allá y cortaba los mejores trozos; y como dicen que comiendo viene el apetito, más adelante, aparte de la madera que necesitaba, se sacaba los mejores perones y las peras gamboas más grandes y maduras. De acuerdo con los jardineros unas veces, y otras por su propia cuenta, hacía sus expediciones nocturnas seguido y en compañía de su muchacha, que le guardaba las espaldas y recibía la fruta por la parte de las cercas que daban a la calle. No dejó de correr peligro, pues a veces las balas de los veladores pasaron muy cerca de su cabeza; pero en definitiva no le resultaban sino algunos raspones en las manos y rodillas al subir y bajar por las agudas piedras de las tapias.

El pueblo se hacía cruces, pues se componía de jardineros y antiguos vecinos, todos conocidos y hombres de bien. Evaristo, en una palabra, era el coco, el azote de los propietarios, y Pepe Villar y Zea, cuando personalmente iba a la huerta a escoger las mejores peras para obsequiar a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, encontraba los árboles mondados y sólo con unas cuantas peras verdes, por lo que se volvía a sus sillones de cuero, con el dolor de estómago de la cólera, a tomar magnesia y agua de anís. Mudaban de jardinero, y lo mismo. Evaristo no descansaba. Los domingos se le veía en el Portal de Mercaderes, en las calles de Plateros y en las Cadenas de la Catedral con multitud de reglas y cuchillos de cortar papel de varias dimensiones, tinteros, devanadores, trompos, cucharas, bandejitas, palitos y otra diversidad de objetos de maderas olorosas, labrados con tal primor que podrían llamarse obras de arte; y en efecto, muchos fueron comprados para el Museo. A cierta distancia iba detrás de Evaristo una muchacha de no malos bigotes, vestida con aseo, y si no precisamente de china, dejando ver un pie bien calzado y al andar un par de apetitosas pantorrillas. En la cabeza unas veces, y otra en los brazos, llevaba una canasta con una limpia servilleta y unas cuantas docenas de peras, perones e higos cuya sola vista despertaba el apetito de los aficionados a los alimentos azucarados con que se nutrió nuestra buena y curiosa madre Eva antes de salir del Paraíso. Además, la frutera quizá era más sabrosa que sus peras y sus higos. Antes de las doce había vendido su fruta a precios locos. Los viejos cristianos que salían de la misa de once del altar del Perdón, mientras más golpes de pecho se habían dado más les gustaba la fruta y la muchacha, que ya eran sus conocidos y sus marchantes; le llamaban Chata la frutera, porque tenía unas naricillas remangadas que le hacían mucha gracia, le pagaban lo que pedía, y le preguntaban en voz baja y cuando no pasaba gente.

—¿Adónde vives?

—Muy lejos.

—Pero ¿dónde?

—Hasta Coyoacán.

—¿Te podré hablar?

—Se enoja mi marido.

Al nombre terrible de marido, el enamorado comprador extendía su pañuelo paliacate donde la Chata iba colocando cuidadosamente las peras, y se retiraba, contentándose con echarle tiernas miradas y volver dos o tres veces la cabeza como quien espera a algún conocido. La chata frutera quería bien a Evaristo y no pensaba serle infiel, pero tenía demasiado arte para sacar partido de sus labios frescos, de sus remangadas narices y de su pie bien calzado, que procuraba enseñar a sus marchantes al atar por las cuatro puntas el pañuelo en que llevaban la fruta para obsequiar a la hora de la comida a su ya vieja esposa. Evaristo y la muchacha se juntaban a la una en punto en el Portal de las Flores, hacían la cuenta de lo que habían vendido, que a veces subía a ocho y diez pesos, se iban a almorzar a una fonda de la Alcaicería, y a la tardecita tomaban el rumbo de la garita del Niño Perdido y, poco a poco, chanceando, platicando, cortando varitas en el camino y comiendo tejocotes silvestres, llegaban a su casita de San Ángel y dormían como unos bienaventurados. Así duró algunos años esta existencia hasta cierto punto quieta y tranquila durante el día, pero un poco agitada y peligrosa en las noches. Una de tantas en que Evaristo se introdujo en la huerta de Villar, el jardinero, que era nuevo, quería acreditarse y tiraba de balazos apenas se movía la hoja del árbol, acertó a herirlo en una pierna cuando, montado en la tapia, descendía a la calle con un buen trozo de naranjo. A pesar del dolor no dio ni un quejido y tuvo la entereza de descender sin abandonar su pedazo de madera y, ayudado por Casilda, que se nos había olvidado decir que así se llamaba la muchacha, que lo aguardaba al pie de la cerca, pudo llegar a su casa, situada a larga distancia, en un bosquecillo a las orillas del río.

La herida no fue grave. Cataplasmas de malvas y yerbas frescas de la misma puerta de la casa, bastaron para que en dos semanas cicatrizara, pues la bala no penetró. Este lance hizo a Evaristo más cauto, y como ya el matrimonio naturalista con el producto de sus ventas dominicales tenía ahorrados un par de cientos de pesos, resolvió entrar en la buena vida. Por otra parte, el invierno, si invierno hay en San Ángel, estaba ya próximo y los árboles frutales no ofrecían grandes tentaciones.

Evaristo, obligado a guardar petate y no cama, que jamás la habían tenido y el menaje de su cuarto era de lo más primitivo, pues se componía de un baúl, unas sillas viejas y una mesa de trabajo, tuvo necesidad de entregarse a serias meditaciones y de ellas resultó que emprendiese una obra capital, una verdadera joya artística. Una almohadilla de mosaico de madera.

Hombre de bien a carta cabal, como se dice vulgarmente, Evaristo no pensó más en los asaltos nocturnos de las huertas para proveerse de material, sino que recorrió las carpinterías y compró trozos pequeños de caoba, de ébano, de zapote, de bálsamo, de nogal, de palo gateado, de lo más exquisito, en fin, que produce México, tan rico en maderas de ebanistería; escogió en las ferreterías de los chatos Flores los útiles que consideró más adecuados, pero que estaban muy lejos de ser los necesarios para el trabajo que iba a emprender. Satisfecho y contento llegó a su casa, abrazó con una cierta efusión de ternura a Casilda y desde que amaneció el siguiente día comenzó con furor la obra. Ésta consistía, de pronto, en cortar y labrar con la regularidad posible cuadros, óvalos, rombos, trapecios y círculos tan pequeños, que algunos eran microscópicos. No se trataba de ciento, ni de mil, sino de millares de cada color de madera para reunir el material necesario para su mosaico. Increíble parece que pueda persona humana concebir una obra semejante de paciencia como la que sería necesaria a poco más o menos para contar las piedrecillas de un río. Evaristo la emprendió y esto demostraba un fondo de carácter no común. Con un tesón de maniático trabajaba todo el día, sin más interrupción que las horas de comer y uno que otro rato en que, para demostrar a Casilda su amor, le daba unas cuantas cachetadas, hasta ponerle rojos los carrillos, y tantos pellizcos y apretones, que siempre tenía los brazos y las piernas salpicadas de las manchas moradas que dejaban los dedos en las carnes de su querida cuando, como es general en nuestros léperos, las acarician de esa manera un poco más que naturalista. Casilda no dejaba sin contestación estas ternezas y se enfadaban, reían, se cruzaban palabras que no podemos escribir, pero concluían por quedar en paz, y Evaristo, agachado delante de su mesa de palo blanco, continuaba labrando, labrando siempre cuadritos y cocoles y echándolos en unos pocillos según el color de la madera.

Pasaban días, semanas y meses, y Evaristo labraba, labraba siempre, y su vida era la misma, sin más interrupción que algunos viajes a México para proveerse de algo que le hacía falta. Entre tanto, las economías iban consumiéndose en las necesidades diarias, y en el fondo del baúl de madera, que era el guardarropa del matrimonio, no había sino una poca morralla que no llegaba a diez pesos, pero los pocillos estaban al llenarse de sus incansables cuadritos, que le bailaban aun en sueños al extraño artista de San Ángel. Casilda, alarmada, se oponía ya a la continuación de la obra, quería tirar al río los pocillos y aconsejaba a Evaristo que volviera a su antigua vida, que les producía un semanario seguro, tanto más que ese año los árboles de las huertas estaban lozanos y cargados de fruta; pero Evaristo, firme, proseguía sus trabajos. Cuando creyó tener la suficiente cantidad de mosaico, emprendió ya la formación de la almohadilla. El esqueleto era de cedro oloroso, y las molduras de ébano, de granadillo y de naranjo. En ese armazón comenzó con la fe, con la pasión, con el arte de toda su alma con que sin duda cincelaba Benvenuto Cellini, a dibujar materialemente paisajes, chozas, árboles, figuras de animales; cuantos caprichos le ocurrían, acomodando para la luz, para las sombras, para el relieve, para la óptica, los colores de las maderas con tal acierto, que cuando pasaba el dedo mojado con saliva sobre el mosaico, parecía una pintura hecha por un hábil paisajista. Un año y un mes duró con este trabajo. Las últimas pesetas lisas que Casilda y Evaristo tenían en el fondo del baúl se gastaron en un raso encarnado para el forro de la almohadilla. Ese día no había ya qué comer y se contentaron con unas tortillas duras, algunas manzanas verdes y un jarro de la cristalina agua del río; se dieron algunos pellizcos amorosos y durmieron felices una siesta bajo la sombra de los árboles de su ignorado y solitario bosquecillo.

XIV. Aventuras de una almohadilla

Al despertar Casilda y Evaristo del sabroso sueño, alegres y como rejuvenecidos con el aire fresco y sano de la tarde que declinaba, se les vino simultáneamente uno de aquellos pensamientos realistas que vienen siempre a enternecer y a interrumpir las vanas ilusiones con que se engaña diariamente la gente que vive en este mundo. Tenían hambre. ¿Qué cenarían esa noche? Nada, o cualquier pedazo de tortilla o de pan que pedirían en alguna de las casas de la vecindad; y a fe que no les faltaban amistades en el pueblo, especialmente desde que, habiendo cesado los robos de manzanas y peras, se desvanecieron las sospechas que no habían dejado de pesar sobre ellos en la época de sus excursiones nocturnas. Lo esencial de la cuestión era ¿cómo vivirían mientras se vendía la almohadilla? Entraron en el cuarto, registraron con la vista el suelo, las paredes, el techo, los rincones: nada. Cuatro petates que uno sobre otro les servían de cama; una sábana sucia y ya rompiéndose; las sillas de tule desfondadas; una mesita de palo blanco; el brasero, con unos cuantos trastos de barro y, en la pared, estampas y dibujos de donde había tomado idea Evaristo para sus mosaicos; lo de valor había sido empeñado o vendido durante el año que duró el trabajo babilónico de Evaristo. ¿Qué hacer? Cada cual se sentó en un rincón y clavó la cabeza sobre sus rodillas dobladas y sujetas entre sus manos. Las sombras fueron invadiendo el cuarto; las mariposas nocturnas, entrando y saliendo; algún murciélago siniestro, desprendido del techo donde se había estado colgado y adormecido, batía sus alas; el viento que traía el olor de los floripondios a bocanadas, jugaba entre los cabellos sueltos de Casilda y refrescaba un poco la frente de Evaristo. No tenían vela, ni un grano de maíz para molerlo, ni un pan, aunque fuese duro, para entretener su estómago; pero nada de esto les importaba, sino el porvenir. Cualquier cosa para una o dos semanas les bastaría. Pasaron dos, tres, quizá cuatro horas, en el más completo silencio. De repente Casilda interrumpió esa larga monotonía.

—¿Dónde está el sable de tu padre?

Evaristo comprendió la importancia de esta pregunta. La única prenda que no había sido vendida ni empeñada era el terrible sable de Lecuona. Por olvido, por quién sabe qué cosa, por una especie de superstición quizá, Evaristo no había empeñado el sable, y en esos momentos supremos cualquier cantidad que le prestaran por él los sacaba del conflicto; después, ya verían.

—Sabes, Casilda —le contestó Evaristo— que debe estar en el jacal de junto, allí lo dejé yo escondido entre el zacate; y fue adrede, pues no quería ni acordarme de él para no venderlo; lo buscaremos, ven.

—Pero no tenemos vela —contestó Casilda levantándose al mismo tiempo que lo hacía Evaristo.

—Creo que detrás de la puerta debe haber algún cabito y algunos fósforos de palito.

—Es verdad, voy a buscar.

Casilda, a tientas, comenzó a buscar, y después de un cuarto de hora concluyó por encontrarse una verdadera mechita, pegada en un barrote de la puerta y en el brasero la cajita de cartón con dos o tres palitos de fósforos. Encendieron y se dirigieron al jacal que estaba lleno de zacate, de varejones, de ramaje, de palos viejos y de algunas plantas e instrumentos de jardinería pertenecientes al propietario que les había arrendado la casa. Con un ansia febril comenzó Evaristo a remover aquellos estorbos, echándolos fuera precipitadamente, mientras Casilda en una mano y pegada a un pedazo de tejamanil, tenía la vacilante luz y con la otra la tapaba para que no se apagase con el viento. Evaristo tiraba palas, barretas y maderas, sacaba las ramas a brazadas; nada, el sable no parecía.

—¡Si se lo habrán robado! —exclamó Evaristo desconsolado dejando caer los brazos.

—Tantas manzanas y peras hemos robado nosotros, que no sería nada extraño. Castigo de Dios —contestó Casilda—. Pero busca, busca.

Y Evaristo, animado, continuó su trabajo.

—El cabito se acaba —dijo Casilda— date prisa.

Y Evaristo se fatigaba y el sable no estaba en el rincón donde se acordaba haberlo puesto.

La mecha dio los últimos destellos y se apagó; los dos amantes, desanimados, se dirigieron lentamente a sus rincones a esperar la luz del día para continuar buscando el último resto de la herencia paterna, de la cual esperaban su salvación.

Evaristo ayudado de Casilda y ya con más calma emprendió metódicamente el despejo del jacal, clasificando y poniendo aparte ramas, instrumentos de agricultura y cosas inútiles, y concluyó por dar con el suspirado sable, que retiró con desconsuelo de casi dentro del lodo, calculando que quizá no habría quien le prestase ni un par de pesos por él; en fin, se dirigieron a la orilla del río para lavarlo, y, cuál no fue su sorpresa y alegría cuando se cercioraron de que el puño y las guarniciones de la vaina de cuero eran de plata maciza y quintada. Los dos saltaron y brincaron de gusto y, aunque en ayunas, se quitaron la ligera ropa que llevaban y se bañaron en las aguas claras del río, que corrían entonces limpias, y no como ahora sucias y envenenadas con los tintes y suciedades de todo género de las famosas fábricas de hilados que el interés privado y el atraso en los estudios económicos han formado la riqueza de algunos en su origen pobres campesinos de la montaña española, privando el erario de México de millones de pesos anualmente y arruinando las frondosas huertas del pueblo de San Ángel.

Sumidos en el agua hasta el cuello, formaron su plan. El día lo pasarían pidiendo fiadas a la Tomasa, propietaria de la casa vecina, un apoyo, las tortillas, el chile, un puño de frijoles y un poco de carbón. El almuerzo, por consiguiente, sería opíparo y no faltaría fruta para el desert. Evaristo se quedaría después desnudo en el cuarto, envuelto en la sábana, mientras Casilda volvería al río para lavar la única camisa que tenía; y así que Evaristo pudiese vestirse, ella se taparía con la misma sábana y lavaría sus enaguas y también su única camisa. La casa estaba, como hemos dicho, medio oculta en un bosquecillo de árboles frutales y los pocos que pasaban eran vecinos de confianza que no importaba mucho que los viesen más o menos desnudos. Bajo este aspecto, en los pueblos las costumbres son menos austeras que en la capital. Todo salió a pedir de boca. Evaristo, aunque en pechos de camisa, pero con su pantalón de paño todavía en buen estado, pudo venir a México y se dirigió a una famosa casa de empeño; allí, después de una hora de disputa y de haber desarmado la espada y pesado la plata, sacó cuarenta pesos líquidos, con un real en cada peso mensual de interés por espacio de cinco meses, y todo esto por mucho favor, porque Evaristo era conocido parroquiano de la casa. Por un sistema de aritmética especial, y disfrazadamente explicado en el billete, al retirar la prenda había de pagar ochenta pesos, es decir, el doble, pero los que tienen necesidad y piden prestado, rara vez dejan de admitir las condiciones del usurero por gravosas que sean. Con parte de ese dinero desempeñó el jorongo, la toquilla de su sombrero, una camisa de él y dos camisas, unas enaguas y un rebozo de Casilda, y contento como si se hubiera sacado la lotería de seis mil pesos, regresó al pueblo con un bulto de ropa y el resto del dinero. ¡Extraña naturaleza humana: no tuvo un solo recuerdo para el difunto Lecuona!

El domingo siguiente, la pareja, muy temprano y después de un buen desayuno con leche, queso de cabra y gorditas de elote, se puso en camino de México para entrar antes de la diez en el Portal de Mercaderes. Casilda estaba guapa, con su pelo bien arreglado, su camisa y enaguas limpias, su rebozo manejado con garbo y bien calzada, pues cuidaba los zapatos más que a las niñas de sus ojos; andaba la mayor parte del tiempo descalza y sólo cuando iba a la parroquia o venía a México salían a lucir los de raso negro, que le marcaban bien su empeine bien hecho y su pie gordo apiñonado. En la cabeza llevaba la mesita blanca muy bien lavada y Evaristo la famosa almohadilla envuelta en dos pañuelos.

El Portal de Mercaderes tiene en México un carácter, un tipo especial que no se encuentra en ninguna otra ciudad del mundo. Es una especie de feria o de exposición que se repite todo el año los domingos y días festivos. Contra las gruesas pilastras que sostienen los arcos hay unas pequeñas tiendas de madera que se llaman alacenas, y que efectivamente tienen esa forma, y en su centro apenas cabe una persona. En el armazón de tablas; hechas de modo que puedan contener la mayor cantidad de objetos posibles, se encuentran muñecos y soldados de barro y de plomo, tambores, arreos militares, aparatos para capilla, porque en esa época los muchachos tenían dos objetos para la mayor edad: el de ser padres o soldados; así, o compraban con su dotación dominical custodias, candelabros, santitos y altares de plomo, si su inclinación era la de ser padre, fraile o clérigo —era igual para ellos—, o espada de madera, vericú y un caballo de badana, con su carrizo si tenían intenciones bélicas. Hoy los horizontes son más amplios y el porvenir más seguro y rápido: folletinista de un periódico, con la condición de insultar a todo el mundo, especialmente al gobierno; después regidores del Ayuntamiento, para embolsarse unos cuantos pesos; a poco andar, diputados; y de la Cámara popular se sale cualquier día a una legación, a una oficialía mayor, a una aduana marítima, ¡quiá! a un Ministerio… ¡De menos nos hizo Dios, y no faltan ejemplos! Pero no salgamos por ahora del Portal.

Cuanto el talento natural, cuanto la habilidad, a veces sorprendente de los que clasificamos generalmente como léperos (que no todos son malos) produce, tanto así se encuentra reunido en el Portal de Mercaderes, además de lo que ordinariamente contienen las alacenas, que por cierto, aunque no es lo más curioso, sí es lo más barato. Además de los chicuelos de la ciudad y sus contornos, pobres y ricos que de por fuerza van al Portal y a las Cadenas, paseo el más seductor a la edad de siete u ocho años y que mis lectores ya viejos es fuerza que recuerden con ternura, toda la gente que desde las diez de la mañana ocurre a oír a la Catedral las misas del altar del Perdón, precisamente da una vuelta por el Portal, y si sus hijos van con él, por mezquino que sea regresa a su casa con las bolsas vacías. Figuras de cera representando chinas, coleadores, indios, fruteros, tocineros, frailes, toreros, indias tortilleras, en fin, todos los tipos nacionales perfectamente acabados, juguetillos de vidrio tan artísticos y delicados como si hubiesen salido de las fábricas de Murano en Venecia; muñecos de trapo de Puebla, que son verdaderos retratos; alhajas de plata u oro y tecomates y bandejitas de Morelia, que parecen de laca japonesa; multitud de curiosidades y objetos de hueso y madera y variedad infinita de muchas otras cosas que llenarían un catálogo. Así como la variada y admirable colección de objetos, ya de gusto, ya de necesidad y de utilidad que se fabrican en Francia, se llaman artículos de París; así, sin que por nada entre la vanidad nacional, se podía también decir artículo del Portal de México, y esto sólo significaría que se trataba de cosas curiosas y raras, porque efectivamente no son artículos de comercio, ni hay fábricas, ni tiendas donde diariamente se vendan; es una industria aislada, que no tiene medallas en las exposiciones ni forma la fortuna de los que a ella se dedican, antes bien, ni para comer dan a los que emplean días, semanas y meses en este ímprobo trabajo, y como tipo y ejemplo presentamos a nuestro Evaristo, y el lector, si tiene la paciencia de continuar la lectura, se convencerá de que, lejos de exagerar, aún estamos distantes de la realidad.

Dadas las diez de la mañana llegaron Casilda y Evaristo a la Calle de Plateros y no sin dificultades penetraron por entre la gente que se apiñaba en la esquina leyendo los carteles de las diversiones públicas e invadieron por bandadas el Portal. Escogieron un sitio entre los vendedores de dulces, de mercería y de botas y zapatos, y colocaron su mesita y encima de ella la almohadilla. Casilda de un lado y Evaristo del otro hacían la guardia de honor a la joya, de cuya venta formaban sus esperanzas. No pasó un cuarto de hora, sin que se presentara un aguilita, y con autorización del ayuntamiento o sin ella, les cobró cuatro pesetas por el piso que ocupaba la mesa, que no sería ni una vara cuadrada. Evaristo regateó obstinadamente, pero no hubo remedio; tuvo que pagar, bajo la amenaza de verse expulsado inmediatamente del Portal.

Cuando el barullo de la gente que salía de misa de once y se precipitaba al Portal se disipó un poco, los paseantes fijaron su atención en la almohadilla; primero uno, después dos. Al cabo de un cuarto de hora, un grupo que impedía la circulación contemplaba y admiraba la almohadilla.

—¡Qué primor! —decía una señora a sus niñas.

—¡Qué habilidad de nuestros léperos! —decía un viejo aplicando su lente al objeto.

—¡Y todo esto a mano, sin máquinas como lo hacen los ingleses! —contestaba otro.

—¡Qué bonita, mamá; cómpramela y verás cómo así aprendo pronto a coser! —interrumpía una muchachuela.

—Calla, calla; ha de pedir un sentido por ella; no piensas en el trabajo que le ha costado, y más que lo habrá hecho con un cortaplumas, como acostumbran estos pobres que no tienen para comprar instrumentos.

Otros viejos, de media edad, viejos y jóvenes, apenas pasaban la vista por la almohadilla y la dirigían de preferencia a Casilda que, en efecto, llamaba la atención.

Evaristo escuchaba contento estos elogios y con razón se envanecía con ellos. Casilda se entretenía en observar la fisonomía de los que rodeaban la mesita, para adivinar si alguno de ellos la compraría, y con la instintiva coquetería de la mujer los animaba con una cierta sonrisa y con miradas que para los maliciosos querían decir mucho; pero las horas pasaban, ninguno tenía trazas de tratar, y los curiosos se renovaban.

Por fin, uno de tantos, y cuando era cerca de la una y Evaristo perdía la esperanza, preguntó a Casilda cuánto valía la almohadilla.

Evaristo se apresuró a responder resueltamente:

—Doscientos pesos.

—¡Uf, uf, uf! Doscientos pesos y en estos tiempos en que el gobierno no paga a los empleados hace ocho meses —exclamaron los concurrentes, como si fuese el coro de la ópera.

—Ni en dos años vendes tu almohadilla —le dijo una dirigiéndose a Casilda.

—Sólo uno de esos agiotistas que chupan la sangre al pueblo puede comprarla; yo la recomendaré mañana en mi periódico —interrumpió otro, vestido con cierta elegancia, y echando una maliciosa mirada a Casilda.

—¿Dónde vives? —(la gente llamada decente en México y los dependientes o cajeros de las tiendas se creen con derecho de tutear a los pobres).

—En San Ángel —contestó Casilda.

—Oh, es lejos, muy lejos; múdate a la ciudad, abre tu carpintería y ponte a trabajar, de modo que te conozca el público; de lo contrario jamás venderás tu almohadilla. Sin embargo, te voy a recomendar para que se rife en palacio y que el Presidente tome algunos números; que vaya tu mujer a verme a la imprenta de la calle de Santa Isabel.

Evaristo no pedía por la obra de tanto trabajo más que lo mismo que había gastado durante el año, ni un peso más, y como si le hubieran echado un jarro de agua fría, cuando oyó todo esto se quedó como un tonto, mirando a todas partes, sin poner cuidado en los ofrecimientos del periodista.

Doscientos pesos ¡qué barbaridad! Ese hombre está loco.

—No hay quien dé hoy doscientos pesos ni por la Virgen del Rosario con todo y sus perlas —dijo otro, y se fue alejando y tras él los demás.

A las dos de la tarde el Portal estaba casi solo, y Evaristo y Casilda, cargando el uno su almohadilla y la otra la mesita, sin decirse una palabra se encaminaron a un bodegón de la Alcaicería.

XV. Juicio al estilo Salomón

Los domingos siguientes, a poco más o menos, se repitió la misma escena, con la diferencia de que tuvo algunas ofertas y que la mayor fue de 25 pesos. El producto del sable de Lecuona iba consumiéndose y llegaba el momento en que volvería al empeño el jorongo, la toquilla, las enaguas y hasta las camisas. Evaristo había ya rebajado el precio a sesenta pesos, y sin embargo no hallaba comprador. Se decidió entonces a correr diariamente las calles, a entrar en las casas y a vender por bien o por mal; y ya se ha reconocido la tendencia de su carácter, con sólo haberse dedicado un año entero a ese trabajo.

Recorría los sitios más concurridos, y en el momento que observaba al que suponía tener dinero, se le acercaba, descubría la almohadilla y hacia que la viesen a fuerza, siguiendo calles enteras a las personas; unas la examinaban, le hacían abrir los secretos y cajoncitos y, después de entretenerlo un gran rato, continuaban su camino, diciéndole: «Está muy bonita, y muy cara sobre todo; no tengo dinero». Otros no le hacían caso; los más lo rechazaban, diciendo entre dientes: «Estos vagos molestan a todo el mundo con pretexto de vender cualquier baratija; el gobernador debía recogerlos y ponerlos de soldados».

Un día, por la mitad de la Calle de Plateros encontró a un caballero vestido con elegancia, bastón de puño de oro y anteojos, caminando con cierto aire acompasado y moviendo la cabeza y examinando una y otra acera con cierto desdén. ¡Quién sabe por qué se le figuró a Evaristo que ese señor debería ser casado y rico, y que le compraría sin duda la almohadilla para hacer un regalo a su mujer!

—Dispense su merced —le dijo Evaristo con respeto— tengo una cosa muy curiosa que enseñarle, y me la va usted a comprar para hacer un regalo a su señora.

—Quita, quita —le contestó el caballero con desdén, apartándolo suavemente con la punta del bastón.

—Nada se pierde en que usted la vea.

Y Evaristo se le atravesó y al mismo tiempo destapó su almohadilla, que siempre traía cuidadosamente envuelta.

—Déjame pasar, déjame pasar; yo nada compro, ni menos esos muebles inútiles: las señoras que tienen dinero jamás cosen ni usan de esos muebles.

—Pero para adornar la recámara —continuó Evaristo, interrumpiéndole siempre el paso y poniéndole casi junto a los ojos la almohadilla.

—¡Bah, bah! Eso quiere remedar mosaico —dijo el caballero arrojando de por fuerza una mirada desdeñosa a la almohadilla—. En Roma hacen eso admirablemente, y de piedra, y en Viena eso también lo hacen muy fácilmente y con máquina; y ustedes, que son unos brutos, gastan no sé cuánto tiempo en hacer una verdadera chambonada apestando a cola, y que apenas sirve para que la rompa una muchacha de la Amiga. ¡Eh! quita y déjame andar.

Evaristo, tenaz y sin hacer caso de los verdaderos insultos que le decía sin razón el caballero, insistió y lo dejó andar; pero continuó a su lado diciéndole:

—Ésta no es chambonada, como usted cree; está muy bien hecha y no apesta a cola; véala y se convencerá de que no soy de esos artesanos que salen a la calle a engañar a las personas decentes; ofrezca usted algo, se me acaba ya el dinero, y no tendré ni para comer, ni para trabajar… Ofrézcame usted algo, y le largo la almohadilla; estoy aburrido.

—¡Eh, vete, ya me has molestado mucho! —repuso el caballero deteniéndose un poco—; si quieres, y sólo por quitárteme de encima, si quieres un par de pesos lleva esa cháchara a la calle de…

—¡Un par de pesos! —repitió en voz alta Evaristo, lleno de rabia—. ¡Un par de pesos!… ¡Todavía me quedan en la bolsa cuatro para pechar a usted y a los rotos sus compañeros que andan por la Calle de Plateros! Cómaselos de veneno, si no le hacen falta.

Evaristo habría sufrido todo, hasta los golpes, con tal de vender su mercancía; pero que despreciaran así la obra de su paciencia, de su inteligencia; que lo maltrataran y le dijeran bruto y artesano inútil y chambón, que por un año mortal de trabajo le ofreciesen un par de pesos, no lo pudo tolerar, y se alejaba gruñendo desvergüenzas cuando el caballero, furioso, lo alcanzó:

—¡Bruto, bribón, lépero, insolente, que con pretexto de vender baratijas vienes a injuriar a las gentes y tal vez a robarlas! ¡A la cárcel, a la cárcel!

Y al decir estas últimas palabras brincó sobre Evaristo, que se alejaba no queriendo comprometer el lance, y lo sujetó por el cuello de la camisa.

—Suélteme usted, suélteme usted, o le va mal.

—¡A la cárcel, bribón; a la cárcel! —y lo sujetaba más fuerte.

—Suélteme usted; suélteme.

El caballero apretaba más.

Evaristo no pudo ya contenerse, y de un empujón echó a rodar a la acera al elegante aristócrata, y por un lado rodó el sombrero y por el otro el bastón y los anteojos.

Evaristo, sin pasar a más, pero sin correr, pues no había cometido un delito sino obrado en propia defensa, se alejaba lentamente.

El caballero, más furioso, decía entre dientes:

—Si no se castiga fuertemente a estos léperos insolentes, un día nos van a comer vivos.

Y recogiendo con prisa sus anteojos y su sombrero, corrió con el bastón enarbolado, y alcanzando a Evaristo, que ya pensaba que había terminado la escena, comenzó a descargar sobre sus espaldas una lluvia de bastonazos.

Casilda, que seguía de lejos a su amante, sin darse cuenta de lo que pasaba, corrió hacia donde estaba el grupo, y lo primero que le ocurrió fue tirar de los faldones de la levita al caballero para alejarlo.

—Déjame, déjame, Casilda, con él, y toma la almohadilla, no vaya a romperse.

Evaristo, vuelto de su sorpresa, se quitaba como podía con el brazo los bastonazos y con el otro sujetaba fuertemente su alhaja querida, pues consideraba en aquellos mismos instantes de conflicto, de dolor, que si se hacía pedazos perdía el fruto de un año de paciencia.

Casilda tiró un pedazo del faldón de la levita que se le había quedado en la mano y tomó la almohadilla que le tendió Evaristo.

Entre tanto, el caballero, enfurecido y rabioso, menudeaba los bastonazos que recibía Evaristo en los hombros y en la cabeza.

—Corre y vete a la casa —le dijo Evaristo— porque si te quedas te llevarán conmigo a la cárcel.

Casilda comprendió perfectamente y se alejó.

Evaristo de un salto se puso fuera del alcance de los bastonazos del furioso caballero, y corrió, al parecer, pero fue para buscar piedras en medio de la calle. No dilató en encontrar una, y volvió sobre el caballero con el brazo ya armado y levantado.

—¡Al asesino, al asesino, que me matan, auxilio! —gritaba el desolado caballero y vacilaba y hacía zigzags, e iba y volvía.

Evaristo, a cierta distancia, con el ala del sombrero levantada y el brazo ya listo, le apuntaba a la cabeza para dispararle una gruesa matatena y dejarlo en el sitio. Un minuto, dos minutos duró esta verdadera agonía; por fin, el miedo hizo correr al caballero, y Evaristo descargó su matatena, que partió zumbando como una bala.

Era su fuerte de Evaristo y su escuela había sido la plazuela de San Pablo.

Un segundo de diferencia habría bastado. El caballero se metió en un zaguán al mismo tiempo que la piedra se estrellaba contra la mocheta, a la altura de la cabeza de su enemigo.

La gente parece que había brotado del suelo. En momentos fue un tumulto; los unos rodeando a Evaristo, que buscaba otra piedra; los otros entrando al zaguán para ver si había sido matado el caballero. En esto vinieron dos aguilitas del rumbo del Portal, desde donde quizá habían notado que algo pasaba, y no tuvieron trabajo para encontrar al delincuente, pues él mismo se presentó y les dijo:

—Uno de esos rotos… que andan por aquí me ha pegado porque quería venderle una almohadilla; le he dado una pedrada y tal vez lo he matado. Aquí estoy: de ustedes me dejo llevar a la cárcel; de él no.

Uno de los policías entró con dificultad al zaguán y dio con el caballero, que pálido como un muerto, tomaba unos tragos de agua con que le había brindado la portera para que no le hiciera daño el susto.

Los dos aguilitas trataron de hacer las primeras averiguaciones entre los espectadores.

—Sí, yo lo vi —decía una cocinera que tenía en la mano una canasta llena de legumbres—; fue el de la levita el primero que le pegó. ¡Qué injusticia! Porque es pobre darle así de palos como si fuera un burro de los indios; no hay más que verle la cara.

En efecto, por la cara de Evaristo corrían hilos de sangre de las heridas que le habían ocasionado los bastonazos.

—Estos rotos —interrumpió un mercillero que cargaba una papelera con su tapa de vidrio llena de botones, de alfileres y de baratijas— tienen la costumbre de tratarnos como perros, y con éste se la sacó, porque no se dejó, e hizo bien; yo lo vi, y la señora de la canasta dice la verdad.

—Imparcialmente le impondré a usted de lo que presencié —dijo un viejecito que tenía trazas de ser portero de una oficina—; yo me refugié en un zaguán, luego que observé que se trataba de pedradas; pero oí toda la conversación, porque venía detrás del artesano y del caballero. Es verdad que el artesano fue pesado ¡pero que había de hacer el pobre! quería vender y nada más, y no por eso estuvo autorizado el otro, porque tenía levita, a romperle el bastón en las costillas.

Entraron los dos en el mismo zaguán donde aún estaba el descolorido caballero, y allí el viejecito, encargando la reserva al aguilita y dándole una falsa dirección de su casa para que no lo encontraran si lo citaban como testigo, le refirió minuciosamente lo que había ocurrido.

La reunión se iba disipando y los aguilitas conferenciaron entre sí y determinaron llevar a la cárcel a los dos contendientes.

—Eso ni pensarlo ¿ni cómo tiene usted valor de proponérmelo siquiera? —le dijo con imperio al aguilita el caballero, repuesto un tanto de la emoción—. Soy una persona decente y nunca vamos donde va la canalla. Le daré a usted un apunte de mi casa y mi nombre, y yo me veré con el juez y el gobernador; no haya cuidado, pues tengo mucho empeño en que pongan las peras a veinticuatro a este pillo, que nada faltó para que me dejase muerto de la terrible pedrada. Registre usted la mocheta de la puerta, que está hecha pedazos. ¡Calcule usted cómo me habría hecho la cabeza!

El aguilita, que sabía bien que a los de frac y de levita a no ser por asuntos políticos nunca se les lleva a la cárcel, no insistió y se contentó con retener en la memoria el nombre y las señas de la casa y recoger el bastón que, astillado y casi en pedazos estaba en el suelo, y hecho esto se encaminaron seguidos de alguna gente con Evaristo, dejando al otro en libertad, rumbo a la Diputación o a la Cárcel de Corte, como le llamaban entonces.

Al organizarse la comitiva, Evaristo echó una mirada mortal al de la levita.

—Le he de beber la sangre a ese roto —dijo entre dientes.

Y el de la levita le correspondió y murmuró a su vez con enojo:

—Se ha de secar en la cárcel mientras yo viva.

Evaristo durmió esa y la siguiente noche en la Cárcel de Corte, en un separo o cuarto donde estuvo solo mediante un peso que regaló al alcaide, y muy de mañana ya estaba Casilda con el desayuno, que sin dificultad se le dejó entrar, pues lejos de haber muertos o heridos de por medio, él era el visiblemente lastimado. En la noche fue presentado ante el gobernador para la calificación.

A eso de las siete Evaristo fue sacado de la cárcel y, con la custodia de dos soldados de la guardia, llevado en unión de diez o quince más acusados de embriaguez, riña y robo.

Le llegó su turno.

—Ya éste ¿por qué lo traen? —preguntó con tono brusco el gobernador a un personaje chiquitín y regordito que fungía como jefe de la policía secreta.

—Por riña y pedradas en la Calle de Plateros —respondió el chiquitín, e iba a continuar, pero el gobernador le interrumpió.

—Sí, si, ya estoy impuesto de todo. Que espere, y entre tanto vayan a buscar a don Carloto, que ya me vino a calentar la cabeza con eso y me ha contado quién sabe cuántas cosas.

Evaristo fue consignado a un rincón de la sala, un aguilita corrió a llamar a don Carloto, que precisamente en esos momentos subía las escaleras y entró precedido del policía, con el sombrero puesto y sin saludar a nadie.

El gobernador, que firmaba diversas comunicaciones, alzó la cabeza y dijo con un tono brusco:

—¡Buenas noches! Sería bueno que los que entran aquí se quitaran el sombrero, pues ni llueve ni hace sol en el despacho del gobernador.

Don Carloto, con visible cólera, se quitó el sombrero y buscó una silla en qué sentarse. El gobernador ocupó larga media hora en firmar. Todos en silencio. Quedaban en el salón los dos aguilitas que presenciaron el pleito en la Calle de Plateros y aprehendieron a los reos, el jefe de la policía secreta, el secretario del gobernador, Evaristo y don Carloto.

—¿Qué antecedentes tiene este hombre? —dijo el gobernador, tirando la pluma con que firmaba, dirigiéndose al jefe de la policía secreta y sin saludar ni fijar la atención en don Carloto, que se puso en pie y se acercó a la mesa, y lo mismo hizo Evaristo.

—Ha entrado cinco veces a la cárcel.

—Pájaro en mano tenemos. Ya le ajustaremos la cuenta.

—Es que, señor gobernador, yo… —comenzó a decir Evaristo.

—No hablo con usted; ya le tocará su vez —interrumpió el gobernador.

Este malvado me ha querido matar.

—Tampoco hablo con usted —volvió a interrumpir el gobernador dirigiendo una mirada a don Carloto, el cual se mordió los labios.

—Vamos, responda usted breve, que tengo mucho que hacer todavía —continuó el gobernador dirigiéndose al jefe de la policía—; ¿por qué delitos ha entrado este hombre a la cárcel? Por robo de seguro —continuó el gobernador— ratero primero, así son todos, después robos mayores en las casas, y al fin el camino real, Río Frío, ésa es su vida; el monte de Río Frío lo tienen como su propia casa. Si el Gobierno me diera las facultades que le he pedido, antes de dos meses habría colgado en los árboles por racimos a los habitantes de Río Frío; pero ¡quiá! nada, y si nos dejamos, un día me roban aquí mismo mi reloj… y a propósito —continuó sacando el reloj— son las ocho y media; tengo que estar en Palacio… ¡Conque vamos, responda usted breve como le he dicho! ¿Por qué ha entrado este hombre a la cárcel? ¿Por robo, no es verdad?

—No, señor gobernador, por robo no, ni un tlaco ha robado este muchacho. Ha entrado por riñas, porque parece que es medio valentón. Véale usted la cara.

—¡Ah! Eso ya es otra cosa —dijo el gobernador mirando la fisonomía resuelta y juvenil de Evaristo—. Di ¿por qué tiraste una pedrada al señor que está ahí?

—Le vendía una almohadilla en que trabajé un año entero… los pobres… y el señor entonces…

—Sí, ya estoy impuesto, ya me han dicho de esa almohadilla.

—La tendrá mi mujer, que está en el portal —dijo tímidamente Evaristo— la encargué esta mañana que la trajese.

—Que suba esa mujer —dijo el gobernador.

Uno de los aguilitas salió inmediatamente, de dos saltos bajó la escalera y a poco subió acompañado de Casilda, la que en efecto traía la almohadilla cuidadosamente envuelta. El aguilita la desenvolvió y la entregó al gobernador, el cual la tomó en sus manos, la volteó por un lado y por otro, abrió los secretos y cajoncitos curiosísimos y afiligranados y, finalmente, la puso en la mesa sin decir una palabra.

—Digan ustedes cómo pasaron las cosas —ordenó a los dos aguilitas.

Uno de ellos, sin duda el más despierto y letrado, refirió brevemente y con exactitud lo que el lector sabe ya.

—¿Dónde está el bastón?

—Aquí —dijo el jefe de la policía tomándolo de un rincón y presentándolo al gobernador.

—¿Reconoce usted este bastón, señor don Carloto?

—Es el mío, señor gobernador —contestó con una voz un poco gruesa y afectada don Carloto.

—¿Reconoce usted que está casi destrozado?

—Sí, señor gobernador.

—Basta, ha confesado usted delante de todas las personas lo que yo quería. ¿Con qué autoridad ha roto usted este bastón en las costillas y en la cabeza de este hombre?

—Me quería matar…

—No dice usted la verdad. Él ha levantado las piedras después que usted sí lo pudo haber matado. Vea usted esas señales.

En efecto, Evaristo tenía en la frente cardenales morados y costras de sangre cerca de los ojos.

—¿Y si lo ha dejado usted tuerto? —continuó el gobernador.

—Es que estas gentes insolentes, no ven que nosotros…

—Es que —le interrumpió el gobernador— ustedes porque tienen levita y frac, porque se figuran nobles del tiempo de los virreyes y tienen un carruaje que acaso lo deben a los carroceros, se figuran que pueden hacerse justicia por su mano y esto no ha de ser mientras yo sea gobernador, señor don Carloto; a todos los he de tratar iguales, como dice la ley. Alguna vez ha de ser cierta la verdadera libertad.

—Es que la libertad y la política…

—No hablemos aquí de política —le interrumpió el gobernador—. Va ya a sonar la media, tengo que irme y dejar esto concluido. ¿Cómo se llama usted y qué oficio tiene? —preguntó el gobernador.

—Me llamo Evaristo y soy tornero de oficio.

—Bien… bien… Silencio, nada tiene que hablar.

El jefe de la policía, don Carloto y los dos aguilitas querían sin duda decir algo, pero todos callaron.

—Queda usted sentenciado, señor don Carloto, a exhibir dentro de tres días doscientos pesos de multa, y cuando entre el dinero a la tesorería se le devolverá su bastón.

—Pero es posible, señor gobernador… —dijo don Carloto indignado— ésa es… una…

—Y si acaba usted la palabra pagará otros doscientos por irrespetuoso, y cuidado con alzar la voz. Si no está usted conforme, quéjese a quien quiera. De los doscientos pesos, ciento se entregarán a la casa de Niños Expósitos, que bien pobre está, y cien a este hombre para que se cure de sus heridas.

—¡Pero señor gobernador! —volvió a decir don Carloto.

—Toma tu almohadilla. Está lo que puede llamarse preciosa, y el trabajo de un año no merecía una paliza y además dos días de cárcel. Quedas en libertad.

El gobernador tomó su sombrero y su bastón y salía ya de la sala. Casilda se acercó, quiso arrodillarse y besarle las manos.

—Nada de farsas, váyanse… ¡Ah! se me olvidaba. ¿Conoces bien a don Carloto, no es verdad? —dijo el gobernador.

—Sí, señor.

—Ya lo creo, jamás olvidarás la paliza que te dio, conozco a ustedes. ¿Prometes no meterte ya con el señor Carloto, en cualquier tiempo que lo encuentres, ya solo o acompañado?

—La verdad, señor gobernador —contestó Evaristo, llevando las manos a sus heridas— yo…

—¡Canalla! —gritó el gobernador— después de lo que he hecho contigo. A la cárcel, lleven a este hombre a la cárcel y que se pudra allí —y a ese mismo tiempo abría la puerta para salir.

—Cabal —dijo don Carloto— daría mil pesos.

—¡Pero el amor de Dios, señor gobernador! —exclamó Casilda asustada y deteniendo al gobernador—. Evaristo, Evaristo, haz lo que dice el señor gobernador.

—Señor, no por la cárcel ni por nada, que yo no me asusto, por usted, por lo que ha hecho conmigo, prometo ¡y sabe Dios que lo cumpliré! no meterme con el señor ni vengarme.

—Está usted salvado, don Carloto, y me lo debe usted a mí. Este hombre no le tocará el pelo de la ropa. Conozco a esta gente; pero le costará a usted algo más. Si el señor no manda mañana trescientos pesos, no se entregará su bastón y se mandará al juez de lo criminal por el cargo de heridas graves.

El gobernador, seguido de su secretario y de los aguilitas bajó como un rayo las escaleras de la Diputación. Don Carloto quedó estupefacto e inmóvil, y Evaristo y Casilda, cargando la almohadilla, bajaron abrazados tiernamente, se dirigieron a la escalera y un beso resonante sacó de su estupor al infortunado noble y orgulloso don Carloto, que a su vez descendió lentamente, murmurando entre dientes:

—¡Qué bonito modo de administrar justicia! ¡Qué país es éste! Los yanquis, los ingleses, los franceses los demonios mismos son preferibles al gobierno de estos sansculottes. Poco durarán ya, la revolución está encima y entonces yo le ajustaré las cuentas a este gobernador.

XVI. Casilda

La gran fortuna de Evaristo fue que le tocase ser juzgado por un gobernador de ideas liberales; de otra suerte se habría, en efecto, podrido en la cárcel, como se lo había sentenciado el noble don Carloto.

Llegaron a la garita antes de que se cerrase; a riesgo de ser robados y asesinados se aventuraron a atravesar, en medio de una noche oscurísima, la larga calzada de San Ángel, y a poco después los dos estaban ya tranquilos, contando y comentando las aventuras en su retirada casita.

Casilda, activa y diligente, se encargó de los negocios, y su buena y alegre habitación y el aseo de su persona, no común, desgraciadamente, en gentes de su clase, le facilitaban lo que a Evaristo mismo hubiese sido muy difícil. Recogió de la tesorería del Ayuntamiento los cien pesos, desempeñó la ropa y compró para ella y para Evaristo algunos nuevos trastes, instrumentos, cristal, sillas, un colchón y quién sabe cuántas baratijas más, y volvió todavía con bastantes pesos.

Ociosidad, holganza, alegría, paseos a la montaña y a los tianguis de Coyoacán y Mixcoac. Así pasaron días, hasta que el tesoro se agotó, las necesidades comenzaron de nuevo y, por cuarta o quinta vez, fueron sucesivamente las prendas a la casa de los empeñeros.

¡Qué gentes las del pueblo de México! Así pasan la vida. La cuestión del ahorro y de la economía, que es la cuestión capital de los franceses y de los suizos, les es enteramente desconocida.

Vacilando entre si volverían a merodear por las noches en las huertas y a labrar chucherías de madera, o a continuar la venta de la almohadilla, que tan pronto era un talismán que les traía la dicha como la desgracia, se decidieron por esto último, y comenzaron de nuevo las exhibiciones en el Portal de Mercaderes, sin más éxito que reunir al derredor curiosos y muchachos que, cuando se descuidaban, tentaban la alhaja y le hacían rayitas y daño con las uñas.

Un día, mientras que Casilda con su mesita en la cabeza se adelantaba camino de San Ángel, Evaristo dio vueltas por una calle y otra en varias casas, y se retiraba desanimado, cuando acertó a entrar al patio de un gran edificio de la Calle de Don Juan Manuel, cuya puerta estaba abierta de par en par. El viejo portero, gruñendo, salió con ánimo de echarlo: pero al decirle algo fuerte, observó la almohadilla y trabó una conversación amistosa. El viejo, sin querer, lo impuso de quiénes vivían en la casa, de la hora a que se levantaban y de cuanto le importaba y no le importaba saber al vendedor.

—Ni que dudarlo —le dijo Evaristo, después de haber oído la relación— la niña de la casa me tiene que comprar la almohadilla. Es condesa y tiene mucho dinero; si la ve, no puede quedarse sin ella. Si la vendo en más de cien pesos, veinte son para usted, amigo.

En esto estaban cuando desde el corredor, y por entre los barandales de fierro y los macetones del Japón, asomó la cara de una muchacha animada con unos ojillos color de aceituna, y una vocecilla de tiple se escuchó:

—¿Quién es, qué quiere ese hombre, con quién está platicando?

—¿Ah, eres tú, Gertrudis? Dile a mi ama la condesita que este hombre trae una cosa muy bonita que es menester que vea; que si permite qué suba.

—¿Qué es eso? ¿Con quién hablas, Tules? ¿Qué dice el portero? —preguntó Mariana entreabriendo la vidriera de su récamara.

—¡Qué escándalo en esta casa, señor Dios! ¿Qué pasa? —preguntó Agustina, que precipitadamente desembocó por el pasadizo que conducía a la azotehuela.

—Nada, nada —contestó Tules con calma— es un hombre que trae una cosa bonita que quiere enseñar a mi ama.

—Que suba, que suba al momento —dijo Mariana.

Y cuando Evaristo, sin saber en ese momento por qué subía de dos en dos la majestuosa escalera, ya las tres personas que parecían curiosas o asustadas lo esperaban en el portón.

Mariana lo introdujo a su recámara, se sentó en un sillón y, rodeada de sus criadas, comenzó a examinar con la minuciosidad y cuidado de una mujer la maravillosa almohadilla.

—¡Qué primor, qué delicadeza, qué perrito tan natural y qué bien imitadas las pinturas con los colores de la madera; y los cajoncitos, y este secreto, que nadie adivinaría!…

Vaya, jamás habían visto obra igual; no podían creer que fuese de pedacitos de madera.

Fue una verdadera ovación para Evaristo, que lo puso hinchado como una lechuga; pero al oír tales elogios, no quitaba la vista a Tules. Mariana, con la inquebrantable voluntad que desplegaba cuando tenía empeño en cualquier cosa, declaró que quería quedarse con ese primor; Agustina opuso algunas dificultades, pero condescendió al fin.

Al debatir el precio, Evaristo refirió su año de dedicación y de paciencia infinita para labrar los miles de trocitos, las hambres y miserias que había pasado y su pleito en la Calle de Plateros con el señor rico, y enseñó las cicatrices que aún conservaba en la frente, y cómo había sido puesto en libertad por el gobernador; pero en toda esta relación no mentó ni de chanza a la pobre Casilda, que tanto había sufrido también y tanto le había ayudado.

Mariana, Agustina y Tules se enternecieron, y Evaristo concluyó por recibir doscientos pesos nuevos del cuño español.

Al retirarse, Agustina le dijo:

Vaya, maestro (porque en México se les llaman maestros al albañil, al carpintero, a cualquier artesano, no siendo muchacho aprendiz), se irá usted muy contento; ya su mujer de usted y sus hijitos tendrán un desahogo por algunos meses mientras usted trabaja.

—Señora, yo no soy casado ni tengo hijos.

—¡Bendito sea Dios! —dijo Tules irreflexivamente, y se puso muy colorada.

Agustina quizá iba a regañarla, pero Mariana dijo:

—A esta almohadilla le faltan carretes y devanadores y aguja de jareta y dedal, y…

Evaristo no quitaba los ojos de Tules.

—¿Lo oye usted, maestro? Le faltan muchas cosas.

Evaristo volvió en sí, y poniéndose también colorado, respondió a Mariana:

—Yo podré hacer lo que falta, y quedaría muy bonito de marfil.

—Cabal, de marfil —dijo Mariana—. Mira Agustina, saca ese niño Dios, que está en mi cómoda y tiene quebradas las piernas y se lo daremos al maestro para que labre lo que falta.

Agustina, sin hacer observación, volvió a poco con una primorosa escultura de marfil, quizá obra florentina de la época de Cellini y que un anticuario habría pagado a peso de oro.

Evaristo se echó al niño al bolsillo y haciendo mil reverencias, prometió volver pronto y bajó contentísimo la escalera, dedicando a Tules una última y expresiva mirada.

Sin mucho devanarse la cabeza, el lector ha podido reconocer que estas escenas pasaban en el Palacio del señor Conde del Sauz, que cuando andaba en sus expediciones, dejaba el gobierno absoluto de la casa a doña Agustina, con las más severas órdenes; pero apenas había salido de la garita, cuando Mariana mandaba abrir las puertas, entrar y salir vendedores de fruta y de chácharas; hacía, en una palabra, su santa voluntad, y ni Agustina, ni los criados que la querían mucho a la vez que odiaban al conde, podían resistirla. Agustina, que sabía ordenar el gasto y ahorraba cuanto podía, siempre tenía dos o tres talegas de pesos guardadas en un arca de cedro con tres llaves, y no pocas veces ocurrió el mismo conde a su ama de llaves en solicitud de algunas onzas de oro para satisfacer una deuda de juego; así pudo pagar a Evaristo y podía contentar otros caprichos de Mariana. Al fin ella era la condesita, la hija única, la heredera. En conciencia, Agustina creía que obraba bien.

Como vamos presentando sucesivamente al lector familias enteras de personajes que sabe Dios (pues nosotros mismos no lo sabemos) el paradero que tendrán, fuerza es que digamos dos palabras acerca de Gertrudis, que por abreviatura y cariño le decían Tulitas cuando era niña y Tules cuando fue mayor. Era hija de una antigua criada de la condesa, que la llevó a su lado cuando se casó, y era también ahijada de Agustina. Murió la madre y Agustina, como madrina, por obligación como dicen, la recogió y quedó formando parte de la servidumbre. Era realmente hija de la casa. El conde no se había fijado en ella, pero Mariana sí, porque con dos o tres años de diferencia, simpatizaban por la edad y la había dedicado a su inmediato servicio. La verdad es que los criados de esas casas grandes, de las que hoy apenas se encuentran vestigios, salvo el carácter ceremonioso y en ocasiones duro y brutal como el del conde del Sauz, pasaban una vida tranquila y hasta regalada.

Pero volvamos a nuestro artesano.

Después de la venta de su almohadilla regresó al pueblo; pero, como quien dice, ya otro hombre. Los elogios de Mariana, los ojos de Tules y los doscientos pesos le trastornaron completamente la cabeza.

Antes de tomar el camino de la garita, se detuvo en la esquina del Portal en la alacena de libros de don Antonio de la Torre, a quien conocía, y al que cuando estaba arrancado le vendía por casi nada sus chucherías de madera. Contóle su buena fortuna y le dio a guardar 150 pesos. Llegado a San Ángel, ocultó lo que había pasado, contando a Casilda que un inglés de la Calle de Capuchinas le había comprado la almohadilla y encargádole labrase los avíos con el niño viejo y quebrado de marfil. Casilda se lamentó amargamente, pero creyó el cuento, y por de pronto las cosas terminaron así.

Evaristo nunca había ensayado el trabajo en marfil, pero lo juzgó análogo al que hacía en madera, y provisto de los útiles que creyó más aplicables, comenzó la obra con más tesón que la de la almohadilla, y antes de cuatro semanas había ya convertido el grueso estómago del Niño Dios en curiosos devanadores, en dedales y en agujas de jareta y se presentaba ufano en el palacio de la Calle de Don Juan Manuel, donde encontró el acceso fácil, mediante los veinte pesos que religiosamente le había dado al viejo portero. En todo el tiempo de su trabajo, ni una caricia, ni una sola mirada para la pobre Casilda, que en su buena fe de mujer quiso atribuirlo únicamente a la preocupación de Evaristo para dar gusto al inglés y adquirir más dinero; ¡no era mal inglés el que se le había atravesado! A las horas de comer Evaristo más bien devoraba que comía. En las noches, al acostarse, se envolvía en su sábana y ponía la cara contra la pared. Cuando miraba a Casilda a hurtadillas, era más bien con una especie de ceño o de rabia, como si fuese su mortal enemiga. La verdad era que la comenzaba a aborrecer y le estorbaba. Le venía a veces la idea de convidarla a bañarse en el río y ahogarla, procurando la manera de que apareciese el suceso como una desgracia imprevista; pero desechaba este pensamiento, porque, en definitiva, no podía compaginar bien su plan y tenía miedo a la cárcel.

Por supuesto, en la Calle de Don Juan Manuel fue perfectamente recibido. Mariana, Agustina, la cocinera, las demás criadas, el portero, Tules, sobre todo, con un candor que le era genuino, elogió hasta más no poder los objetos de marfil, que relativamente a los medios de que el artesano podía disponer estaban curiosos y nada más.

En esa vez Evaristo se retiró con unos veinte pesos que le mandó dar Mariana; pero con la firme intención de casarse con Tules.

En todo el camino pensó la manera de deshacerse de Casilda, y lo que primero le vino a las mientes para lograrlo, fue lo que nuestros hombres del pueblo llaman aburrirla. Son las dos maneras de tratar a las mujeres que, aunque con distintas formas, usan también los ricos, los bien educados y los nobles: quererla y aburrirla. Cuando uno de nuestros leperitos dice a quererla, es completo. En la calle van abrazados, en la casa no se separan, y rebozos, zapatos, pulque, almuerzos, pellizcos de cariño, el jarabe, el aforrado y el malcriado en las canoas de Santa Anita y a gastar con ella hasta el último medio del jornal. Cuando se trata de aburrirlas es otra cosa: pleito por la comida; pleito por un cabo de vela; por la camisa, que no está bien planchada; y una cachetada un día y una patada en la cintura otro, y además mantenidos, porque el jornal lo gastan en la calle y exigen los alimentos como si diesen dinero para comprarlos. Entre tanto Evaristo ponía sus cinco sentidos en aburrir a Casilda, el Conde del Sauz llegó de las haciendas, y un día que Agustina le daba cuenta minuciosa, aunque no muy verídica, de lo que había pasado en la casa, le habló de la almohadilla, y de lo honrado y hábil que era el artesano, y por último y con miedo, de los devanadores y chucherías que habían salido de la barriga del niño Dios de marfil.

Esto fue lo que cayó en gracia al conde y, contra su costumbre, sonrió con una buena fe y contento, pues de habitud su sonrisa era maliciosa y colérica.

—¡Qué ocurrencia! —dijo al ama de llaves—. Me alegro mucho que en esto haya venido a parar ese fenómeno, que me daba dolor de estómago sólo de verlo cuando lo solía sacar la difunta condesa, que decía era una escultura de mucho mérito hecha en Flandes o no sé dónde. Bien, todo está bien, dame algunas onzas de oro que tendrás, como siempre, encerradas bajo de siete llaves.

Echó una mirada desdeñosa a la almohadilla y a los devanadores, y señalando la puerta a Agustina le repitió:

—El oro, el oro, que tengo que salir pronto de casa.

En asuntos de dinero así se manejaba el conde. El padre de Juan Robreño enviaba dinero o ganados; el escribiente los realizaba, llevando su cuenta en un libro forrado de badana encarnada; el conde pedía y gastaba por su lado y Agustina hacía los gastos de la casa y guardaba las economías en la grande caja de cedro.

La buena acogida hasta donde permitía el carácter del conde, hecha a la almohadilla, hizo nacer una idea en la cabeza de Agustina, poco lógica al parecer, y fue la de casar a Tules con el hábil y honrado artesano, que no era mal parecido y de edad proporcionada para su futura. Las mujeres de cierta edad, y particularmente educadas a la antigua, son lo que se llama casamenteras. En la primera ocasión que Evaristo se presentó, y lo hacía con cualquier pretexto frecuentemente, Agustina lo llamó aparte.

—Evaristo —le dijo— diga lo que se le debe por las obras que ha hecho en la casa, y no vuelva más, porque así es menester y así lo manda Dios.

—Pero señora ¿qué he hecho para esto, más que dar gusto al pensamiento a usted y a la señora condesita? He compuesto la mesa de la cocina, la cómoda del señor conde, y el escaparate del corredor y nada he cobrado ni dado motivo…

—No se trata de eso, y por eso le digo que haga la cuenta para pagársela, sino de que Tules está como se dice, perdiendo con los demás criados y aún con el portero, que soltó el otro día una palabra que no me gustó. Ya he platicado de esto al padre Fray Jerónimo, mi confesor, y me dice que si usted no trata de casarse con ella, no debe volver a poner un pie; y si la niña condesa tiene alguna cosa que mandarle hacer, en el patio o en el cuarto del portero nos entenderemos.

Evaristo, que creía que iba a ser expulsado por orden del conde, a quien sólo había visto una vez con una cara de vinagre, vio el cielo abierto. Le brindaron con lo que precisamente quería; pero no había tenido valor para decir una sola palabra y más bien revolvía en su cabeza pensamientos violentos como de hacer bajar con engaños a Tules, robársela y después pedir perdón por medio de una carta; pero en fin, a nada se decidía, hasta que la invencible casamentera de Agustina lo sacó de su indecisión.

—La verdad, señora —contestó Evaristo, tomando las manos de la ama de llaves y queriendo besárselas— es que desde el primer día que mi buena estrella me trajo a esta casa y vi a doña Tules, la que quise mucho, y desde entonces he estado trabajando para juntar algún dinerito, y con lo que ustedes me favorecen, ya tengo algo, pero no me atrevía…

—Ya lo había conocido. ¿Cree usted que a mi edad se me podían escapar estas cosas? ¿Está usted resuelto a casarse?

—Sí, señora.

—Tules es sola, no tiene ni padre, ni hermanos, ni ningún otro pariente. Es mi ahijada y aquí está como hija de la casa, nada le falta, yo creo que ella está inclinada a usted y se casará en el momento que yo se lo diga. Con que ¿cuándo?

Evaristo se quedó reflexionando un rato, y después respondió resueltamente:

—Dentro de tres semanas.

Fue el plazo que creyó suficiente para acabar de aburrir a Casilda.

—Me conviene —dijo el ama de llaves— y yo aprovecharé este tiempo para preparar a Tules a fin de que se confiese y comulgue, y para pedir la licencia al señor conde, sin la cual no habrá nada de casamiento; pero yo me encargo de estas cosas. Véngase usted por acá dentro de diez días, haga usted méritos, junte su dinero y prepárese para vivir cristianamente con su mujer, pues ya sabe que es necesario que haga usted su examen de conciencia, que ha de ser trabajoso, y se confiese y nos traiga la cédula.

Evaristo prometió cuanto quiso Agustina, que fue larga en sus exigencias, y se retiró, no a examinar su conciencia, sino discurriendo el modo de deshacerse de Casilda. No pensó, porque no le convenía, ni echarla al río, ni en ahorcarla cuando estuviese descuidada durmiendo en la noche, sino que ella misma lo abandonase.

¡Qué vida pasó Casilda durante dos semanas! Difícil sería referir las escenas diarias y nocturnas de esta ya mal avenida pareja. Evaristo quería que con una peseta diaria se desayunaran, comieran y almorzaran. Era imposible, pero la muchacha, mientras Evaristo estaba en la ciudad, pues ni trabajaba ni entraba a la casa sino al anochecer, por evitar cuestiones empeñaba su ropa y presentaba buena comida: pero antes de los diez días del plazo en que debía volver a la casa de Don Juan Manuel, ya Casilda no tenía más que lo encapillado.

Una noche la cena se componía de chicharrones medio duros en una agua tibia teñida con un chile ancho, pues ya no había carbón, ni manteca ni nada. La sal misma la había pedido Casilda a una vecina.

—¿No hay otra cosa que cenar? —dijo Evaristo con cólera.

—¡Pero qué quieres que haya! Hace tres días que me diste la última peseta, y ya no tengo ni qué empeñar. Aquí donde me ves —le contestó Casilda también colérica y con razón no he comido en la semana más que tortillas, por guardarte a ti lo poco que se puede hacer; eres un malagradecido y voy perdiendo la paciencia. Come eso y si no…

—Pues esto te lo comes tú y…

Evaristo tomó con las dos manos la cazuela de mole aguado y lanzó su contenido a la cara de Casilda.

—Eres un soez malcriado y toda tu generación —gritó Casilda llevándose las manos a los ojos.

A esto contestó Evaristo con una puñada en las narices de Casilda, y dos chorros de sangre mezclada con el caldo del guisado corrieron por las mejillas de la muchacha.

—Así pagas, canalla, lo que yo he hecho por ti —le gritó Casilda frenética, y cogiendo la cazuela ya vacía la tiró a la cabeza del forajido. Éste, ciego y frenético, buscó un arma, un palo o cualquier cosa para matar a su querida, y encontró un grueso garrote de encino que, a guisa de bastón usaba cuando regresaba tarde de México, y ya lo levantaba sobre la cabeza de la muchacha, que lanzó un grito doloroso de terror; pero reflexionó en el acto que no era su idea matarla, porque en ese caso era hombre perdido, buscó convulsivamente otra cosa, acertó a encontrar un otate delgado y descargó golpe tras golpe en las espaldas de la desventurada, con más furia que lo había hecho sobre las suyas el aristocrático caballero de la Calle de Plateros. Casilda quiso defenderse, y con boca, uñas y manos hirió a su agresor; daba gritos y pedía socorro, pero ¿quién la había de oír? Evaristo, más fuerte, naturalmente, logró tirarla al suelo.

—¿Si la habré matado? —dijo, volviendo repentinamente en sí—, Casilda, Casilda —continuó tirando el otate ya hecho trizas, y tratando de levantarla.

Casilda estaba como muerta. Evaristo se sentó en una silla y con los ojos muy abiertos, espantados, miraba aquella figura sangrienta y pálida, casi desnuda, pues en la lucha había perdido pedazos de su camisa y enaguas.

—Perdido, perdido sin remedio —dijo en voz baja— ni casamiento, ni que volver ya a poner los pies en la casa. Perdí a Tules para siempre.

Media hora después Casilda se movió, se sentó, miró a todos lados; finalmente se puso en pie, y silenciosa e imponente se dirigió a donde estaba Evaristo y le dijo:

—Eres un malvado, un asesino, un cobarde. Has de morir en la horca. Acábame de matar si eres hombre.

Evaristo, aterrorizado, bajó los ojos.

Casilda ya no le dijo más. Se lavó la cara con agua clara para quitarse la sangre, cambió su ropa por otra ya vieja y remendada, única que existía en su baúl, meses antes lleno y bien provisto, y en medio de la noche fría de diciembre, pocos días antes de los regocijos y fiestas de la Nochebuena, abandonó para siempre, bañada en llanto, el río donde corrían las aguas cristalinas, el bosquecillo donde cantaban los pájaros, el jardín donde crecían las rosas de Castilla, la sencilla pero tranquilizadora habitación donde en las noches de verano entraban zumbando las bellas de noche y se desprendían del techo los siniestros murciélagos.

XVII. Casamiento de Evaristo

Apenas había salido Casilda del umbral de la puerta cuando Evaristo se levantó de la silla. Su primer ímpetu fue detenerla y reconciliarse con ella; pero se detuvo y vio con una especie de terror y de sentimiento alejarse aquella mujer que andaba lentamente, como empujada con esfuerzo por el viento delgado y frío de la noche. Al fin Casilda había sido su primera querida, lo había acompañado en los días de infortunio, lo había amado a su manera, sin palabras dulces ni frases mentirosas que no sabía decir ni le permitían su educación y poca cultura; pero en los hechos, económica, fiel, sirviéndole de todo al pensamiento, había sido en la extensión de la palabra lo que se llamaba una buena compañera.

¡Despedirla así, con groseros ultrajes, con una paliza como se la da un carnicero bruto al perro que le roba un hueso! Esto no era justo, no era bueno. Evaristo, bien a su pesar, tuvo que reconocerlo en los pocos momentos que permaneció como una estatua apoyado en el marco de la puerta; pero brevemente se operó la reacción. La carita alegre y simpática de Tules, con su armador blanco, su pelo negro bien peinado, y sus enaguas muy almidonadas y limpias, se le presentaron delante de la sombra que se alejaba y que se confundió a poco entre la oscuridad de la noche, entre la espesura de los árboles y los murmullos del río que corría tranquilo, sin preocuparse de la dolorosa e inicua escena que había pasado cerca de sus orillas.

La ambición entraba por mucho en el ánimo del tornero. Suponía que, casado con Tules, tendría la protección de Agustina y quizá del conde mismo, que no lo miraba ya tan mal desde que resanó el marco de su escudo de armas y las molduras flamencas de un mueble antiguo, y alguna ocasión se dejó decir que sería necesario enviarlo a las haciendas, donde había multitud de cosas que reparar en las habitaciones.

Con estas ideas, echó, como quien dice, tierra a su conciencia, cerró la puerta, apagó la luz y se acostó en su frío y solitario colchón, diciendo:

—Casilda ya no volverá; mejor al fin logré aburrirla y en un tris estuvo que no la matara o la volviera a llamar.

Volvióse del otro lado, se acomodó en los pliegues de su jorongo y a poco roncaba sin que pesadillas ni remordimientos turbasen el sueño de este réprobo.

Al día siguiente se levantó, se fue a desayunar al Cabrío; a sus vecinos, en la tienda y en la barbería donde se fue a afeitar, dijo que su mujer (pues Casilda pasaba por tal) se había adelantado, y que él iba también a establecerse a México donde tenía muchas obras de tornería que le habían encomendado. Así nadie supo lo del escándalo, que era lo que deseaba.

Presentóse en la casa de don Juan Manuel, y sus deseos se realizaron más allá de lo que él mismo suponía.

El conde del Sauz dio su consentimiento, con la condición de que una vez casado con Tules, fuese a las haciendas a trabajar en las obras que se necesitasen. Las diligencias matrimoniales se hicieron brevemente. Evaristo se casó con Tules, la que quedó como depositada en la misma casa hasta que, habiendo dispuesto su viaje el conde, encajó materialmente al matrimonio en la barcina del coche y quince días después era ya Evaristo el jefe de la carpintería del Sauz.

El primer año la conducta de Evaristo fue irreprochable, arregló el taller, reconoció techos, trojes, muebles, carros e instrumentos de labranza y fue componiendo y reponiendo todo a medida que se necesitaba, de modo que el conde y Robreño, el administrador, estaban contentos de su inteligencia y de su actividad. Cuando no tenía trabajo urgente en la hacienda, daba sus vueltas por los pueblos, y sacaba no pocas utilidades de los remiendos. El matrimonio tuvo, como la mayor parte de sus congéneres, su luna de miel, pero a los dos años, la mansedumbre que formaba el carácter de Tules comenzaba a fastidiarle, y extrañaba la vivacidad de Casilda. Cualquier cosa hubiera dado porque Tules le hubiese un día de reyerta matrimonial enviado a la cabeza la cánula del guisado que almorzaban. ¡Extraña naturaleza humana! Evaristo no estaba ya contento, estaba arrepentido de haberse casado, sin acordarse de las ventajas materiales que había conseguido y del dinero que había ganado y ganaba diariamente; pero toleraba a Tules porque, como ahijada de Agustina, era considerada y aún respetada de los habitantes de la hacienda. Allá en sus ratos de mal humor, y eran frecuentes, Evaristo daba fuertes patadas en el suelo de la carpintería, y decía entre dientes:

—Esta mujer es una papa; tengo ya ganas de que se incomode para responderle algo que le duela, pero como la quieren aquí todos, comenzando por el viejo zoquete del administrador, ni modo, ni pizca.

Evaristo estaba también muy disgustado porque no había tenido sucesión, y Dios permitió, sin duda, que no la tuviera, porque desgraciado hijo y desgraciada madre con este bandido.

Así pasaban las cosas y así andaba el matrimonio. El tiempo, como tiene de costumbre, no cesaba de correr, y pasaron semanas, meses y años en que no se podía contar más sino que el maestro trabajaba en la carpintería y la maestra se ocupaba de las faenas de la habitación que se les había señalado, que estaba siempre muy limpia y propia, y nada más habría que decir si el carácter del maestro no se hubiese agriado cada día más, al grado que no pasaba semana sin que no tuviese, por la menor friolera, una cuestión, ya con los albañiles, ya con los trojeros, ya con los peones. Un día las cosas pasaron a más, y el trojero, que tampoco tenía buen carácter, cansado de aguantar se agarró a los trompones con el tornero, y como los dos eran fuertes y rencorosos la lucha fue como la de dos atletas ingleses; sin necesidad de armas se hubieran matado, a no ser por la intervención del administrador que, requerido por los peones, acudió corriendo y separó a los contendientes a cintarazos. Robreño no era hombre que dejara ultrajar su autoridad, y en esas haciendas lejanas, donde a veces el alcalde del pueblo o el juez es un indio que no sabe ni leer ni escribir, la justicia se administra sumariamente. El conde, que hacía frecuentes viajes, llegó a pocos días; informado de lo ocurrido, determinó que Evaristo fuese despedido dándole con cualquier pretexto una buena paliza y quedándose Tules en la hacienda; pero la buena, la sencilla Tules intervino, calmó la cólera del conde y manifestó la resolución de seguir a su marido.

—¡Ve, ve con Dios! —le dijo el conde—. Si es tu voluntad, allá te las avengas, pero nada bueno te ha de pasar, porque tu marido es hábil, no se puede negar, pero malo como Judas. Ya me lo han contado todo.

Evaristo y Tules, por la favorable intervención de Robreño, abandonaron pacíficamente la hacienda aprovechando la ocasión de unos carros que se mandaban a México con un cargamento de botas de sebo y sacos de lana, con los dineros que juntaron que no eran pocos, pues tuvieron casa y comida y se puede decir vestido, por los regalos que con frecuencia les enviaban Agustina y la condesita.

A su llegada a México se alojaron en el Mesón de San Dimas de la calle de las Moras, y lo primero que hizo fue prohibir a Tules que fuese a ver a su madrina, y la advirtió que el día que la viese siquiera por la Calle de don Juan Manuel, le daría muchos golpes. Desde que fue echado de la hacienda concibió un odio profundo contra todos los de la casa, tuviesen o no la culpa, que no era más que suya. Él, como de costumbre, comenzó a gastar dinero en hacerse calzoneras con botones de plata, fino sombrero y lujosas toquillas, y todo su afán era encontrar a Casilda para juntarse con ella. Recorrió mercados, tiendas, paseos de la Viga y Santa Anita para ver si la casualidad le proporcionaba un encuentro; hizo las más minuciosas indagaciones, la buscó hasta en la cárcel de las mujeres (por si por algún delito hubiese entrado allí), pero todo sin resultado: Casilda había desaparecido o tal vez se había marchado al interior. Estaba resuelto a juntarse con Casilda por bien o por mal, continuaba en sus indagaciones y no perdía la esperanza. En caso de que se realizasen sus deseos ¿qué haría con Tules, su mujer legítima, tan honrada, tan buena, tan sufrida? ¡Quién sabe!… No tenía un plan fijo. ¿Matarla? Eso no, las cosas no llegaban a tanto. ¿Aburrirla como aburrió a Casilda? Era difícil porque tenía miedo a los de la casa de don Juan Manuel. Tules, en un descuido, se refugiaría con Agustina, el conde mandaría a la cárcel al recalcitrante carpintero, y ya era otro el Gobernador del Distrito. Precisamente la picaba de aristócrata y era toda hechura del partido monarquista.

En éstas y en las otras, el dinero se iba volando y Evaristo tenía la experiencia de la miseria. Pensó que era tiempo de trabajar y lo era también de que la pobre Tules saliese del rincón del sucio cuarto del Mesón de San Dimas, donde se pudría de tristeza.

Evaristo se echó como se dice a buscar casa, pero como las del centro eran de renta muy subida y los propietarios le exigían fiador del comercio, tuvo que contentarse con el local de la Estampa de Regina, que para sus planes y trabajos le proporcionaba muchas comodidades. Compró un torno, los mejores instrumentos que pudo encontrar, maderas de todas clases, los muebles y trastes necesarios para la casa, y finalmente se instaló allí en compañía de Tules, surtida abundantemente de ropa interior y exterior que había traído de la hacienda. Si otro hubiese sido el carácter de Evaristo, habrían vivido muy dichosos. Pasaron mucho tiempo en la vecindad como el tipo feliz del matrimonio del artesano hábil y honrado. ¡Qué engaño! Ya se dejará entender que mientras pasaron los sucesos que acabamos de referir, se desarrollaron en la Calle de don Juan Manuel los muy dolorosos e importantes que ya sabe el paciente y curioso lector.

La buena o mala suerte, más bien la mala, guió los pasos de la viejecita trapera por las calles tristes y solitarias de la gran ciudad, hasta que se detuvo como en un puerto de salud en la Estampa de Regina, y allí no tuvo más remedio que entregar al nieto del muy poderoso señor don Gaspar, Melchor y Baltasar, conde del Sauz, al hijo de la hermosa condesita que compró la maravillosa almohadilla al verdugo de Casilda, al marido de Tules, al hábil artesano Evaristo el tornero.

XVIII. El aprendiz

En las clases y educación de las gentes de México (como en las de España) hay todavía más diferencia y matices que la que los químicos han establecido en los colores. Casilda era la hija del pueblo bulliciosa, alegre, de un cierto talento natural, vehemente en sus pasiones, sabiendo apenas leer y sin más nociones ni ideas que las de las cosas y objetos que pasaban por su vida diaria; hábil, sin que nadie la hubiese enseñado, para hacer un buen guiso al uso del país y unos frijoles refritos; coser en blanco y asear y gobernar su cuarto; buena y completa como ella misma lo vociferaba, con el hombre que la mantenía. No se había casado por… flojera… porque era necesario que se leyeran las amonestaciones en la parroquia, pagar los derechos al cura y… al fin era lo mismo: vivían juntos. Evaristo la quería, eran marido y mujer, menos la bendición del cura.

Tules era otra cosa. Era una mártir. Sabía leer y escribir regularmente, dobladillar muy fino, bordar hasta realzado con hilo de oro; la doctrina y las cosas de la religión le eran familiares, y como su memoria era feliz, retenía la erudición que escuchaba en los sermones; Salomón era su íntimo conocido, Rebeca y Esther sus amigas, y San Pedro, Santa María Egipciaca y la Magdalena, sus favoritos. Y nada se diga de la Virgen, en la que confiaba ciegamente. Muchas ocasiones acompañó a Agustina a la modesta casita del Chapitel de Santa Catarina y las dos rezaron salves y novenas hincadas de rodillas delante de la maravillosa imagen de Nuestra Señora de las Angustias. ¿Tules se casó con el tornero? ¡Nada de eso! La casaron y contribuyeron a eso Agustina, la condesita, el conde mismo, que veía con tanta indiferencia y despego a la servidumbre de su casa con excepción de Agustina. Tules se casó, pues, con el tornero, simplemente porque era hombre y la pidió en casamiento y porque su madrina lo quiso así. El tornero, que creyó tener una pasión o que tal vez lo sintió así, se consideró como engañado, como chasqueado al no encontrar más que una papa, desconociendo las excelentes prendas domésticas que formaban el fondo, el carácter de su mujer; y de esto provino que, pasada la luna de miel, fuese resfriándose la pasión absolutamente brutal de Evaristo, hasta convertirse en fastidio y en aversión buscando entonces como compensación sensaciones que le proporcionaba el carácter movible y rasgado de Casilda; pero en fin, una mujer legítima no se abandona como se abandona una querida, y a una mujer que tiene la fuerza y el prestigio de la Iglesia, el apoyo de la autoridad civil y demás personas que vean por ella y la defiendan, no se da fácilmente una paliza. Evaristo tuvo que aguantarse y aguantarla, y se puso a trabajar.

Le bastó dar una vuelta por las tapicerías y por las carpinterías, para proporcionarse trabajo. Perillas, bolas para pies de muebles, columnas pequeñas, centros o pies para las mesas redondas, molduras y mil otras cosas; tiempo le faltaba, y como tenía buenas maderas, nada pedía adelantado y cumplía entregando las obras acabadas el mismo día convenido; lejos de que tuviera que salir a la calle, su casa, apartada del centro como era, no se vaciaba desde las diez de la mañana hasta las seis de la tarde. Evaristo ganaba lo que quería y rehusaba trabajo, pues no podía cumplir, no obstante que algunas noches velaba. Su fama se extendió por toda la ciudad. Los muebles tallados por Evaristo valían el doble.

Más tarde vino a su cabeza una idea fija, y era la de buscar a Casilda, contentarla, hacerle muchas promesas, jurar ante Dios y los santos que no le tocaría, mientras viviera, el hilo de la ropa; y una vez que ella condescendiera, sostenerla, como dicen los artesanos y tener a Tules como criada y nada más. Tules le tenía miedo y era una mujer inerte, mansa; nada le diría aun cuando supiera el enredo, y si le decía ¿qué más da? Una patada, una buena cachetada en la boca lo remediaría todo, no volvería a hablar ni a mortificarlo; así, Evaristo, cuando estaba ya urgido con esta especie de monomanía, abandonaba el torno y salía por las calles y mercados en busca de Casilda. Muchas veces corrió tras de más de una en quien creyó reconocer su andar garboso y los meneos de sus caderas… Se acercaba… nada, ni sombra. Disgustado de tan frecuentes chascos, en vez de regresar a la casa entraba en una pulquería y bebía un trago, se detenía en una carpintería conocida y con los amigos bebía entonces un traguito (aguardiente de Cuernavaca) y así no acababa la pieza el día señalado y hacía volver veinticinco veces a los tapiceros y carpinteros para quienes trabajaba. En uno de sus frecuentes paseos creyó que una mujer que iba lejos y por la acera de enfrente, era Casilda. Materialmente corrió tras ella y la alcanzó. Era Casilda. Cogerla por el brazo y meterla de un empujón en el primer zaguán, todo fue uno. Casilda, cuando se repuso de la sorpresa, se encontró frente a Evaristo, atrinchilada contra la pared y una hoja del zaguán entornada. La casa tenía un segundo portón de madera y la calle era solitaria. No había remedio, había caído en la boca del lobo.

—Te vas conmigo, de aquí te llevo a un cuarto que buscaremos, y ya no te abandonaré nunca; o si tú quieres nos volveremos a San Ángel —le dijo Evaristo queriendo al mismo tiempo besarla por toda la cara.

Casilda, indignada, defendió su cara con el rebozo y rechazó a Evaristo.

—Déjame, déjame en paz o grito. ¡Seré tan tonta para volver a recibir sus hambres y sus palizas! Váyase…

Evaristo se puso furioso y la rechazó contra la pared…

Casilda tuvo repentinamente un rasgo de astucia que le inspiró el instinto de su propia conservación.

Medio se dejó besar de Evaristo y suavizando la voz le dijo:

—Mira, Evaristo, no seas bruto ni canalla; por eso no volví a la casa de San Ángel, pero ahora hablaremos en paz y así nos podremos entender.

Evaristo cambió repentinamente; dejó libres los movimientos a la muchacha, se asomó a la calle para ver si alguien venía y volvió contento, casi riéndose al zaguán.

Platicaron y platicaron y Evaristo hizo promesas por el alma de su madre y de su padre, y le añadió que ya estaba acreditado con el público por su buen trabajo, que ganaba mucho dinero, que vivía con una muchacha muy tonta que era su criada, pero que la echaría a la calle, y que en lo de adelante nada más con ella tendría tratos.

Casilda, por su parte, pareció olvidar lo pasado y perdonarlo, le pidió garantías, le dijo que necesitaba diez pesos para sacar su ropa empeñada, le juró que no había tenido otro querido y lo tranquilizó de tal manera, que Evaristo, lebrón como se creía, tragó el anzuelo.

—Bueno ¿por qué no te vas ahora conmigo? —le dijo echándole el brazo al cuello.

—Porque estoy sirviendo aquí junto en el número 7, tengo el dinero del mandado y adelantado mi mes y mi baúl con mi ropa. Si no vuelvo a la casa, creerán los amos que los he robado, y ¿para qué me he de exponer a que me lleven a la cárcel? Para que veas que no te engaño y… estamos hoy a veinticinco, el día último cumplo mi mes y ahora mismo voy a decir al ama que busque, y entonces nos juntamos… ven para que no digas que te juego una mala partida; todos los días a las nueve espérame en la acera de enfrente, me acompañas al mercado y el día último nos vamos donde quieras; busca cuarto, porque a la tornería no he de ir.

Evaristo se volvió a su casa contento, lleno de esperanzas y decidido ya a aburrir a Tules y a formar un plan que diese por resultado el que su madrina doña Agustina la recogiese y él quedase chino libre, para vivir a pierna suelta con Casilda. Ésta, fiel a su compromiso, no dejó de acudir puntualmente a la cita, y los dos daban un paseo por las calles e iban al mercado, donde Evaristo pagaba todo, hasta la carne, legumbres y fruta que se compraba para la familia donde servía Casilda.

El día treinta, a las nueve en punto, Evaristo se hallaba, como los días anteriores, esperando ansioso la salida de Casilda.

Las diez, las once; Evaristo pateaba, las horas pasaban, daba vueltas por la calle, intentaba penetrar en la casa, estaba como una fiera hambrienta.

Evaristo se resolvió a subir a la casa e informarse personalmente, pero como la familia era de fuera de México y rica, tenía mucho temor a los ladrones que se habían soltado haciendo algunas hazañas, y Evaristo con sus grandes y negras patillas tenía mala traza, le dieron con las puertas en la cara, y otras criadas le contestaron que ni de vista conocían a la tal Casilda a quien él buscaba.

No cabe la menor duda de que las mujeres, ya en un sentido, ya en otro, cambian de tal manera el carácter de los hombres, que unos se acuestan y otros se levantan, como se dice cuando se nota un notable cambio en alguna persona.

Cuando regresó a su casa Evaristo, era ya otro. Callado cuando trabajaba en el torno, no abría la boca sino para decir injurias inmerecidas a Tules. Por la comida, por la ropa, por el borrego, por las gallinas que compraba para engordarlas, por la más leve cosa Evaristo reñía con su mujer, y ella con una paciencia y una resignación ejemplares, desarmaba sus cóleras. El matrimonio estaba ya mal avenido. Tules, buena y sufrida como era, había perdido completamente el poco amor que le tuvo durante los primeros meses que duró la luna de miel, y este sentimiento fue reemplazado por el miedo. Buenas ganas tenía Evaristo de dar cada dos o tres días algunas bofetadas o patadas a su mujer; la amenazaba y alzaba la mano; pero no se atrevía, porque tenía miedo de que un día u otro se supiese esto en la Calle de Don Juan Manuel. No carecía de razón. En efecto, una tarde al oscurecer, el conde, por una de sus rarezas y excentricidades, entró en la casa de vecindad donde vivía Evaristo y, cuando éste menos lo pensaba, ya lo tenía delante.

—¡Canallas e ingratos todos ustedes! —dijo el conde encarándosele, retorciéndose el bigote y dejando ver su larga espada—. Desde que salieron de la hacienda, no han vuelto ni por el respeto que me debían a entrar en la casa que les hizo tantos beneficios. Así son todos los de tu raza, canallas y mal agradecidos.

Tules iba a decir algo para disculparse; pero el conde no lo permitió.

—Ya sé que tú no tienes la culpa; de buena gana te volverías al lado de Agustina y de la condesa, pero el bribón de tu marido te lo impide. Vaya, si no se te ha olvidado tu oficio —continuó dirigiéndose a Evaristo— necesito que me hagas un mascarón feo, deforme, pero que tenga la cara de un guerrero antiguo, de los tiempos de la guerra de Flandes; pero ¿qué entiendes tú de la guerra, ni sabes dónde está Flandes?… Vaya, toma un papel y pinta algo con tu lápiz.

Evaristo, altanero y soberbio con sus iguales, callaba y bajaba la cabeza, subyugado por las miradas del conde, que no le quitaba la vista.

Sin responder, tomó un papel y un manojo de lápices y en un instante trazó el bosquejo de un mascarón.

—Eso es —dijo el conde— eso es lo que yo quería, has adivinado mi idea. Lástima que estos artesanos de México, tan hábiles, sean tan viciosos y tan ordinarios… Bien, ponte a trabajar y antes de dos semanas debo tener el mascarón en mi casa. Cosa de una cuarta de tamaño y el ancho relativo. Toma… y cuidado con engañarme como yo sé que lo haces con todo el mundo.

El conde tiró sobre el banco del tornero media onza de oro, y embozándose en su capa salió del taller sin dirigir a Tules ni una mirada.

Evaristo desquitó con Tules la cólera secreta que removió toda su sangre al escuchar el imperioso e insultante lenguaje del conde; pero de nuevo como instintivamente, después de haber llamado a Tules descuidada y perezosa porque le había (y no era verdad) extraviado un lápiz, como obligado por una fuerza superior, agachó la cabeza, buscó un buen trozo de madera de ébano, tomó un pequeño formón y comenzó a tallar la figura, que antes de dos semanas estaba acabada.

¿Este miedo, este respeto tradicional, antiguo, inexplicable, es la causa de las conquistas y forma la gloria de los conquistadores, mantiene las monarquías y conduce a los hombres a la matanza saludando a César antes de morir? ¡Quién sabe! Es un problema y un misterio que la filosofía moderna y profunda de los alemanes y los escoceses no ha podido descifrar. ¿Hay hombres superiores en el mundo? ¿Nacen unos para mandar y otros para obedecer, como creía Aristóteles? ¿Es una ley providencial para la marcha y la organización de las sociedades? ¡Quién sabe! Pero los hechos son terribles. Mario, con sólo una mirada, hizo temblar al bárbaro que tenía la espada levantada para matarlo. Hernán Cortés se presentaba ante miles de indígenas valientes y aguerridos, y en vez de aniquilarlo, como pudieron haberlo hecho mil veces, caían a sus pies de rodillas. Francia, la nación más ilustrada, más inteligente, más activa, más descontentadiza del mundo, estuvo años dominada por la voluntad de Napoleón. Los hombres más distinguidos, los literatos y poetas más célebres, los abogados de más valía, solían, como Evaristo el tornero, guardar silencio, agachar la cabeza y obedecer, con la rabia y despecho en el alma, las órdenes de Napoleón, obligados por este sentimiento secreto desconocido, y sin embargo, poderoso e ineludible que se trata de disculpar de mil maneras, pero que nunca se explica satisfactoriamente.

La revolución francesa quiso destruirlo, aniquilarlo, proscribirlo para siempre en todas las sociedades humanas. ¡Vano esfuerzo! De la guillotina y de la sangre volvió a renacer más fuerte, más organizado, más temible, revestido de las formas llamadas constitucionales. ¡Sangre perdida! ¡Víctimas inútiles!

Una explicación hay material y visible. La aparición del comunismo y nihilismo, que es menester contener con millones de soldados armados que a su vez cargan y disparan el fusil estimulados por ese tradicional miedo que no los abandona. La Europa presenta hoy en medio del constitucionalismo y de la libertad relativa, el espectáculo imponente de la autoridad y de la misteriosa obediencia antigua, representada en un canciller, oculto muchos días del año en un ignorado bosque de Alemania, y de cuyos labios está pendiente el mundo entero.

Las jóvenes y turbulentas repúblicas hispanoamericanas, progresistas y ambiciosas del bien y de las grandezas, adoptando en el acto cuanto tienen de grande y de vital las ciencias, la ingeniería, la literatura y la inteligencia humana en todo su admirable desarrollo, no se han podido sacudir de esa tradición. Unas están sujetas todavía a la política de la Iglesia, otras tienen en su seno un grupo poderoso de ricos egoístas y de pretendientes de nobleza y aristocracia que esperan con ansia la misa anual mortuoria del príncipe que, casi echado de su tierra, vino a terminar su vida con una trágica aventura.

Hay en este cuadro severo y moralmente oscuro y triste, una luz que lejos de extinguirse brilla más viva y espléndida a medida que pasan los años: La República de los Estados Unidos. Se contentan en sus aspiraciones con ser todos capitanes, coroneles y mayores de un ejército que no existe; pero nadie agacha la cabeza, como nuestro tornero, ante el antiguo y fantástico noble de bigote retorcido y espada toledana de taza y cruz. ¡Lástima que no sean nuestros buenos y sinceros amigos! ¡Lástima que sus cualidades de independencia personal y de constante y atrevido trabajo sean a veces nulificadas con la corteza grosera y egoísta que envuelve al yanqui de las praderas! Del americano educado, instruido y, digámoslo así, pulido por la educación y los viajes, sale un Washington, un Adams, un Cooper, un Irving, un Prescott.

A cada momento tengo que pedir gracias y perdón a mis lectores, porque en efecto, digresiones que tienen la pretensión de ser didácticas y filosóficas, si tienen algún valor, son de seguro inoportunas e interrumpen la acción y dan un chasco a la curiosidad de los que puedan interesarse en la lectura; pero yo no escribo novelas que puedan compararse en interés con otras francesas, inglesas o españolas. Ésas tienen un valor literario que estoy muy lejos de pretender; escribo escenas de la vida real y positiva de mi país, cuadros menos bien o mal trazados de costumbres que van desapareciendo, de retratos de personas que ya murieron, de edificios que han sido derrumbados; son una especie de bosquejos de lo que ha pasado, que se ligan más o menos con lo que pasa al presente. Si así sale una novela, tanto mejor; si agrada, ése es mi deseo y mayor el de mi buen amigo y editor, y si por ello me conocen un poco más, me sería indiferente si no deseara dejar a mis hijos algo de herencia moral, ya que la suerte me hizo nacer en medio del trabajo y de las penas y no en la canastilla de los pesos del águila y de las onzas de oro.

Tiempo es ya de volver a pedir perdón, y dudo que se me conceda, y de ocuparnos de nuestros personajes, que hemos un momento olvidado por Mario, por Napoleón y por Bismarck, como si tan grandes e históricas figuras tuviesen algo que ver con nuestros pobres artesanos y nuestras humildes mujeres del pueblo, pero en alguna parte se había de lucir la erudición.

Evaristo, contento con su mascarón, que consideró una de sus mejores obras, se propuso llevarlo personalmente a la casa de Don Juan Manuel; pero tuvo miedo al lenguaje terrible del conde y prefirió enviar a Tules, la que tuvo un momento de alivio y de alegría, pensando que sólo necesitaba atravesar algunas calles para abrazar a su madrina y besar las blancas manos de la condesita. Vistió su mejor ropa y su rebozo de hilo de bolita, envolvió en un pañuelo el mascarón de ébano y, por el rumbo más corto, se encaminó al viejo palacio del conde del Sauz.

De un brinco se puede decir que Tules subió las escaleras, y sin hablar con los criados que encontró al paso penetró hasta la alcoba de Agustina. Una y otra quedaron espantadas al verse y apenas se podían reconocer. Los años que pasaban antes, no habían producido otro efecto que desarrollar y llenar de sangre y gordura sana las formas de Tules, y de fuerza y solidez los músculos y nervios de la madrina; pero desde que se habían dejado de ver ¡qué cambio!, ¡qué diferencia! Se miraron un rato y se comprendieron. Tules dejó caer en un canapé el mascarón de ébano y quiso decir algo, pero tenía un nudo en la garganta.

—Calla, calla, no me digas una palabra. He sido una vieja loca en casarte con ese hombre. Ya sé sus vicios y su conducta y cómo te trata. Dios me ha castigado, ya me ves… huesos… huesos… no pasa una semana sin que esté enferma.

—¿Y la señorita condesita? —se aventuró a preguntar Tules con una voz que apenas se entendía.

—Peor, todo peor, la desgracia ha entrado en esta casa, ya la verás… Tú no puedes comprender, no puedes saber ni sabrás nunca lo que ha pasado.

Mariana, que sin duda oyó una voz que no le era desconocida, salió de la recámara y entró en la de Agustina.

Tules dejó caer los brazos desconsolada y bajó los ojos sin atreverse a abrazar a su ama y sin poder hablar.

—¿Tan desfigurada estoy, Tules? —dijo la condesita—. Y tú… ¡Dios mío! Si no fuera por tu voz no te habría reconocido.

No habían pasado en verdad tantos años para tan notable mudanza; pero ¡cuántos y qué hondos pesares no destrozaron la primavera de la vida de la ama y de la criada y acercaron el crudo invierno de la camarera que, llena de remordimientos, jamás podía tener en las noches el sueño tranquilo y completo! Se creía criminal y culpable por haber casado a Tules y protegido los amoríos de Juan Robreño y de la condesita, y en realidad no era más que la criada antigua, cariñosa, apegada y solícita como una madre, con los que había conocido desde que nacieron.

Tules calló la dura vida que pasaba y sólo les contó la visita de conde y la ocasión que le había proporcionado el ir a la casa, y les entregó el mascarón que no pudieron menos de elogiar por la fineza de la talla y la extraña forma de la cara.

—Toma —le dijo Agustina, abrazándola estrechamente— adivino, mejor dicho sé lo que te pasa —y le puso en las manos una bolsita de piel llena de dinero— algo te aliviará esto… aunque el dinero, hija mía, no sirve de nada para la felicidad de la vida… Ya ves… aquí nos sobra y…

La condesita entró a su tocador sin poder despedirse de Tules.

Tules bajó poco a poco las escaleras echando en cada escalón una mirada a su madrina, a su ama la condesita, cuya figura blanca se dibujaba en la vidriera, a las altas e inmóviles almenas y a los mascarones de piedra que parece que con sus grandes ojos saltones veían salir y se despedían de la pobre Tules que quizá por última vez pisaba las baldosas del palacio señorial de la Calle de Don Juan Manuel.

El día que siguió a la visita de Tules, fue precisamente cuando se presentó con su huérfano la viejecita trapera al obrador de tornería, lo entregó a Evaristo y lo dejó de pie y mudo de sorpresa y de miedo, arrimado contra la pared cercana al torno.

Evaristo, sin hablar más, continuó su trabajo hasta que acabó la pieza y la colocó en un armario.

—Ya has traído una boca más para mantenerla y obligarme no sólo a que trabaje de día, sino a que vele de noche —dijo bruscamente Evaristo echando una mirada colérica a Tules.

—Poco gasto nos hará, y ya ves que los días que estoy mala no puedo hacer los mandados; él nos ayudará.

—Tiene trazas de un buen flojo.

—Me dio mucha lástima la viejecita, tan flaca, tan débil y tan pobre, y él… yo creo que trabajará y será un buen muchacho. Además, tenemos el dinero que el conde te mandó por el mascarón, y que le gustó mucho.

—Ya te dije desde el mismo día que volviste con el dinero, que no me lo toques aunque nos muramos de hambre; ese dinero es para pagar lo que debo en la ferretería y en la maderería y para pasearme y descansar los domingos y los lunes, que bastante trabajo en la semana —y luego encarándose con el muchacho:

—¿Qué sabes hacer? —le preguntó con voz desagradable.

—Nada.

—¿Sabes escribir?

—No…

—¿Sabes leer?

—No…

—¿Entonces no sabes nada?

—Hacer mandados.

—Para eso no te necesitamos, el oficio ni lo has de aprender, porque pareces un burro. Ven acá, te enseñaré a ser obediente y hombre de bien.

El aprendiz se acercó tímidamente y Evaristo le echó mano a la oreja y comenzó a sacudir fuertemente. El muchacho empezó a gritar y a defenderse.

—¿Qué haces, Evaristo? —le dijo Tules levantándose y tratando de impedir la ejecución—. ¿Qué te ha hecho? Acaba de entrar ¿por qué lo maltratas así?

—¿Y te defiendes, pillo, lépero? —gritaba colérico el tornero y lo sacudía más fuerte. Cuando ya tenía casi media oreja arrancada y las vecinas alarmadas por los lloros y quejidos del muchacho que acababa de entrar, salían de sus cuartos y se asomaban a la tornería, Evaristo soltó la oreja a Juan, se sentó otra vez en el banquillo del torno, y dijo a las vecinas con la mayor indiferencia—: No es nada, es un aprendiz que me han entregado.

Las vecinas parece que se fueron convencidas, pues sabían a poco más o menos cómo se había portado el maestro con dos aprendices que había tenido y se le habían fugado sucesivamente, antes de recibir al nieto del conde del Sauz y marqués de las Planas.

Por lo que va referido hemos visto el estado que guardaba el matrimonio y las malas disposiciones de Evaristo contra todo el mundo cuando recibió al degraciado muchacho. Era el hombre protegido por la sociedad, y sus vicios y su carácter le hacían odiarla sin razón y rebelarse contra ella.

Evaristo cayó en la costumbre de la mayor parte de los artesanos, de pedir adelantado y de engañar. Se comprometía a entregar tres o cuatro obras al mismo tiempo el sábado, y no entregaba ninguna. No podía, por consiguiente, cobrar la raya, carecía de dinero y la semana siguiente tenía que acudir a otras personas para que le prestaran, sin contar que casi todo lo que conseguía lo derrochaba los domingos y lunes en las vinaterías, y Tules pasaba la pena negra para mantener la casa y pagar la renta.

Le llovían disgustos y cuestiones; a todas horas del día estaban en la puerta oficiales y aprendices de otros talleres, a reclamar las piezas que le habían dado a tornear. Tenía que esconderse en el cuarto interior, y era Tules, a fuerza de disculpas, de súplicas y aún de mentiras, la que lograba de pronto quitarle de encima a los que justamente querían o la obra que le habían encomendado, o que les devolviese el dinero. Pronto voló por el vecindario y por toda la ciudad la fama de Evaristo como embustero, tramposo, pendenciero y valentón; pero era tal su habilidad, que con todo y ello no le faltaba trabajo, en su obrador se veían personas decentes y de proporciones pidiéndole, como por favor, que les hiciese ya una mesa, ya un ajuar. Verdad es que el tornero era hasta cierto punto respetuoso con ciertos parroquianos que le pagaban bien, mientras que se mostraba insolente con los carpinteros sus iguales que por necesidad lo ocupaban, y no pocas veces se agarraron a las trompadas en el patio.

Cuanto de malo pasaba al tornero, iba a recalar contra su mujer y contra Juan.

La fuerte sacudida que le dio el maestro tan luego como pisó la casa, lo llenó de terror, de cólera, que su impotencia de muchacho y esa sumisión tradicional de que hemos hablado le hizo sufrir y callar. Lloroso, escurriéndole la sangre y con su mano en la mejilla, tratándose de pegar el pedazo de oreja que le habían arrancado, quedó en un rincón del taller sentado entre las astillas, hasta que Evaristo terminó su trabajo, se puso la chaqueta y su sombrero jarano y salió a la calle.

Tules, que había quedado inmóvil, aterrorizada e indignada, se levantó.

—¡Pobre muchacho! En mala hora viniste a esta casa y me arrepiento de haber conseguido de Evaristo que te admitiera. Ahora no tiene remedio, si por cualquier circunstancia te vas y te encuentra un día en la calle, es capaz de matarte. Ven, ven, te lavaré la oreja.

Tules, en efecto, le lavó y le dio fomentos de aguardiente, continuó hablando con él y haciéndole preguntas sobre sus padres, su familia, su casa, en fin sobre todo lo que la curiosidad sugiere en tales casos.

Juan contestó cándidamente lo poco que sabía de su vida de orfandad y de miseria y cómo había sido salvado del muladar por una perra y recogido por la viejecita.

—Soy también huérfana como tú —le dijo Tules—, pero fui criada por mi madrina, que es una santa y es todavía ama de llaves de un conde muy rico, sólo que me casé… y ya ves, mi marido no tiene buen genio. No trates de fugarte, quédate, yo te serviré como de madre y tú serás como mi hijo; no tengas miedo, te defenderé y tal vez, si te portas bien, Evaristo ya no se meta contigo.

Juan olvidó su cólera y su dolor. En ese momento le preocupaba un sentimiento extraño y triste de soledad y de abandono que enferma generalmente el corazón de los huérfanos, y sin poderse contener abrazó amorosamente el cuello de Tules.

—Quita, quita —le dijo Tules— me haces daño; si Evaristo viniera y nos encontrara así, te arrancaría la otra oreja. Cuando te veo bien, eres el retrato vivo de mi ama… ven, deja que te vea con la luz…

Tules llevó a la puerta al aprendiz, le limpió mejor la cara y la sangre que aún goteaba y se quedó mirándolo atentamente con una especie de asombro.

—Sus mismos ojos —dijo en voz baja— su nariz… idéntica, la misma boca de la condesita, los mismos ojos feroces del conde… Pero, ni pensarlo… la condesita encerrada siempre, y tan cristiana y tan temerosa de Dios, y luego… el señor conde la hubiera matado… malos juicios, la vida que llevo me hace pensar mal hasta de mi madrina y de mi ama.

Tules quedó pensativa y callada largo rato. Juan, azorado, la miraba y no acertaba a comprender el significado de la conversación que sostenía Tules consigo misma. Hizo ella rápidamente en su memoria la cuenta del tiempo que había pasado desde que se casó, su permanencia en la hacienda, su regreso a México y su última visita cuando fue a entregar el mascarón de ébano… Le parecía todo imposible y como cosa de pesadilla; pero no le cabía duda: por la edad, por la fisonomía de Juan, por el estado de desolación en que encontró a la familia, por las pocas palabras misteriosas de su madrina; por una adivinación de su alma, quedó enteramente segura de que el aprendiz era hijo de su desgraciada y querida ama. La voz bronca de Evaristo, que averiguaba algo con las vecinas, y las pisadas contra las losas de sus tacones con herraduras, sacaron a Tules de sus cavilaciones.

—Toma una escoba… pronto, pronto y ponte a barrer, Evaristo llega.

Juan apresuradamente tomó la escoba que le alargó su nueva ama y se puso a barrer, mientras ella se acercó al brasero a picar cebollas y recaudo.

Evaristo entró de mal humor, botó el sombrero en el suelo, que Tules recogió humildemente, se quitó la chaqueta y se sentó a trabajar en el torno.

—Mueve la rueda, haragán, ocioso, inservible —le gritó al muchacho.

Juan dejó la escoba y comenzó a mover la rueda. Un cuarto de hora después volvió a gritar:

—¿Está el almuerzo?

—Listo —contestó Tules—. En un momento pongo la mesa.

Y en efecto, en menos de dos minutos servilleta blanca, vasos y platos limpios, cubiertos bruñidos, salero de cristal, chilitos verdes y pan y tortillas cubrían la mesa, que tenía un conjunto apetitoso que aumentaba el vapor aromático de los barnizados trastes de barro colocados en las hornillas. Era en la apariencia, con la mujercilla bonita y aseada, el aprendiz joven, pobremente vestido pero de simpático aspecto, y el hombre trabajador agachado sobre su trozo de ébano, el cuadro sencillo del artesano modelo que tenía algo de ingenuo y de natural, y se armonizaba y completaba, por decirlo así, con los paseos y saltos de un carnero con su vestidura blanca y esponjada, con el collar rojo en el cuello, de donde le pendía una campanita de plata que repicaba alegremente. El que de improviso hubiese entrado en estos momentos al taller, habría sin duda envidiado la calma y la dicha de este hogar de hombre honrado, de buen esposo y de inteligente artesano, y jurado que la felicidad existía allí.

—Te tengo dicho mil veces que cuando yo venga has de tener el almuerzo servido. No puedo perder tiempo.

—Se me quemaba la comida —le interrumpió Tules…

—Tú eres la que me quemas el alma. Bruta y tonta serás hasta que te mueras —le respondió el tornero sin dejar su trabajo.

Tules se puso encendida, miró al aprendiz, que a su vez indignado de la injusticia quería decir algo, y sus ojos se llenaron de lágrimas. Disimuló, arrimó una silla y se sentó silencioso.

Estas escenas eran diarias. A estas brutalidades de Evaristo, Tules oponía la resignación y el silencio, que exasperaban más al marido, que extrañaba la contradicción y las repostadas de Casilda. Con razón dicen las mujeres que los hombres son llevados por mal.

Por fin el tornero se levantó de su banco y se sentó en la mesa. Tules había puesto tres platos.

—¿Para quién es ese plato? —preguntó con voz violenta Evaristo.

—Para Juan —respondió Tules— mejor que coma con nosotros, comerá bien y tendré menos trabajo.

—¿De dónde te has figurado, pedazo de bestia —le dijo Evaristo colérico— que un aprendiz coma con el maestro? Afuera ese plato, que vaya al rincón y se le dará lo que sobre. ¡Canallas! ¡Desagradecidos todos los aprendices cuando se les trata bien, y no están contentos ni trabajan sino a coscorrones!

Y añadiendo a las últimas palabras el hecho, Evaristo le dio un fuerte coscorrón en la cabeza con los nudillos de los dedos. El muchacho se agachó y se fue gruñendo al rincón.

—¿Qué dices? ¿Gruñes? —le dijo Evaristo amenazándole.

—Nada, nada —le interrumpió Tules—; déjale, comerá en el rincón como tú quieres.

Evaristo devolvía al nieto con usura las injurias del abuelo. ¡Así es la triste escala social!

Evaristo devoró la comida sabrosa y excitante usual de la gente del pueblo, bebió su tinita de pulque, y él mismo, con una maligna intención, juntó en un plato pedazos de pan y de tortilla, huesos de carne, caldo de frijoles y algunas cortezas de naranja, un puñado de capulines, y lo mezcló bien y puso delante del aprendiz esta detestable escamocha.

Juan clavó sus ojos negros y feroces en el maestro, y éste, sin saber por qué, no pudo sostener la mirada; pero pronto se repuso.

—¿No lo comes, no lo quieres comer? Pues muérete de hambre, o yo te mezclaré aserrín y te lo haré comer a fuerza.

Tules hizo una señal al muchacho; éste bajó la cabeza y con un pedazo de pan que le dio, comenzó a tragar, más bien que a saborear esta indigesta macedonia.

—De una vez —dijo Evaristo, recréandose en la repugnancia con que veía comer al muchacho— arreglaremos la manutención de este haragán. Por la mañana pilón de atole y un pambacito blanco; a mediodía su escamocha, en la noche otro pilón de atole y los mendrugos de pan que sobre. Ya verás cómo antes de un mes engorda como un marrano; y cuidado conque le des más, ni me gastes el dinero, que no quiero trabajar para mantener huérfanos. Dale un petate viejo y que duerma en el rincón de las astillas. Va a estar mejor que el conde. La vieja que lo trajo no le daría tanto.

Evaristo, después de haberse asegurado que sería obedecido, echando una mirada decisiva a su mujer y al aprendiz, bebió su último trago de pulque y se puso a trabajar, porque necesitaba bastante dinero, pues había convidado a varios amigos artesanos y a unas comadres conocidas del barrio.

La existencia del muchacho no habría sido posible sin los auxilios secretos de Tules. A las cinco de la mañana tenía que levantarse para comprar la leche de la ordeña de la plazuela cercana, y pobre de él cuando el sueño lo vencía. Evaristo lo despertaba a patadas y lo hacía salir casi desnudo en las mañanas frías de diciembre. El resto del día movía la rueda, hacía mandados, y por todo aprendizaje aserraba trozos de madera hasta que las fuerzas le faltaban en los brazos y el sudor goteaba de su frente. Muchos días, cuando Evaristo estaba de buen humor, le daba cuartilla para fruta, pero en cambio, lo obligaba a comerse el plato de escamocha. Los vestidos, no obstante los cuidados de Tules, se le caían a pedazos. Evaristo prohibía expresamente que se le comprase ropa, que se lavase la que tenía y que se le dieran más alimentos que los que él había señalado.

—Sólo así aprende esta canalla —le respondía a Tules cuando ésta, a riesgo de tener una fuerte querella, se interesaba por el aprendiz.

Este cuadro de sufrimientos diarios, de martirios de todo género que constituían a Evaristo en el verdugo implacable de su corta familia, tenía, sin embargo, un rincón luminoso que a momentos, aunque cortos, mantenían realmente la existencia de esas gentes. Tules, con su carácter resignado, había concluido por no hacer caso de los insultos y groserías del marido, y cuando temía que de las palabras pasase a los hechos, sabía interponer, ya a una vecina, ya a alguno de los muchos parroquianos que acudían al taller; porque todos la querían y la compadecían sospechando la vida que le daba el marido. El aprendiz recibía sus puntapiés, sus golpes en la cabeza con una regla o con cualquier instrumento, y así sufría y pasaban ignorados sus dolores y sus penas.

Tules había reconcentrado sus aficiones, todo su cariño en Juan y en el blanco carnero.

—Sufre, aguanta por mí y por tu madre… Sí, porque tú tienes una madre muy rica y un día u otro la conocerás, y entonces tendrás buena comida y vestirás bien y en vez de que tengas que temer nada de Evaristo, él se quitará el sombrero y tú le darás a tornear mascarones de ébano… Pero no sé qué hacer, tengo miedo, y no me atreveré nunca… Todos los días le pido a Dios que me inspire, para que cuando me resuelva no lo vaya a echar a perder. Me paso las noches en vela y no acierto…

—¿Pero qué cosa es, maestra? —le preguntaba Juan.

—No te lo puedo decir, ni tú lo podrás entender y yo misma no lo entiendo; lo que te ruego es que te dejes matar (va como de comparación) de Evaristo antes de decirle nada de esto; ni ahora ni nunca, y por Dios te ruego, no te vayas a fugar… ¿Cómo me dejas aquí sola con él…? Me sirves de compañía, de no sé qué… el caso es que cuando te dilatas en algún mandado se me figura que ya no vuelves.

—¿Que no vuelvo? Ni que pensarlo, maestra. Dice usted bien, me dejaré matar del maestro antes de abandonar a usted que me quiere tanto; ya me habría empachado con la escamocha y andaría desnudo, si no fuera por usted, y no vaya a creer que yo tengo miedo. El día que el maestro le pegue a usted recio, como hay Dios que le encajo un formón por donde pueda.

—¡Calla, calla, ni lo pienses! ¡Dios nos ha de sacar, y quizá pronto, de esta situación!

En efecto, Tules estaba cada día más convencida de que Juan era hijo de su ama la condesita. ¿Pero cómo decir esto, cómo hacer las cosas? Por una parte, tenía miedo a Evaristo y no encontraba pretexto para ir al palacio de la Calle de Don Juan Manuel, y aunque arriesgándose pudiera ir ¿cómo declarar a su madrina lo que podía ser sólo sospecha, cómo platicar de esto con la misma condesita? ¡Imposible! La arrojarían de la casa, le dirían que era una malagradecida y canalla, pagando los favores que le habían hecho desde que nació con deshonrar a su propia ama; y ¿luego si el señor conde lo sabía? ¡Jesús! Ni trizas quedarían de ella, de Evaristo y de Juan. Tules cerraba los ojos aterrorizada y pasaba el tiempo sin resolverse a nada.

Tules tenía otro cariño, otro amor entrañable, vehemente, y era el cordero. Lo había mandado traer de la hacienda su madrina, y pequeñito, apenas había acabado de mamar, cuando un ranchero a caballo, caminando leguas y leguas, lo trajo con mucho cuidado. Aunque Evaristo y Tules no volvieron a la casa de Don Juan Manuel, Agustina, por los mil medios que tienen las mujeres, se informaba de su ahijada y no la perdía de vista. Le mandaba regalos de cuando en cuando, y sobre esto Evaristo no decía nada. Cuando recibió el corderito, que era de raza fina, Evaristo se puso muy contento; precisamente había tenido la intención de comprar un chivo o carnero. A la mayor parte de los carpinteros les gusta tener algún animal en su taller. Fue un cordero de paz; por algunas semanas no hubo querella y Tules tuvo por un momento la ilusión de que había cambiado de carácter. Generalmente se cree, y tal vez es cierto, que los carneros son poco inteligentes. Sea de eso lo que fuere, Tules con paciencia y cariño enseñó a su corderito a hacer muchas cosas. En primer lugar, la conocía y la seguía a todas partes como si fuese un perro. En las bendiciones de San Antonio Abad lo presentó con las pezuñas y cuernos dorados, y un collar de paño rojo y su campanita de plata.

Doblaba las dos manos y pedía de comer, atravesaba el taller en dos pies. Hacían una farsa con un cuchillo y el cordero tendía el cuello, daba algunos brincos irregulares como para manifestar el dolor de la herida, y después caía como muerto, estiraba los pies y cerraba los ojos. No cambiaba de esta posición sino llamado por la voz de Tules. Entonces se levantaba alegre, saltaba e iba como a besarle o a lamerle las manos. Era un primor, y la vecinas afirmaban que jamás habían visto cosa semejante. Tules todos los días lavaba y peinaba a su borrego, y su lana, mejorada con el cuidado, parecía de seda. Evaristo mismo tenía una predilección por el borrego, y cuando no había bebido aguardiente o acababa de recibir dinero, jugaba con él y le daba pedacitos de pan en la boca. A falta de hijo, el cordero era un lazo de unión en ese desgraciado matrimonio.

Cuando Evaristo, ya por entregar sus obras, comprar sus materiales o, lo que era más frecuente, por sus disipaciones con los amigos y comadres, hacía largas ausencias que a veces duraban días y noches enteras, Tules respiraba, descansaba, parecía que la torre de Catedral se le quitaba de encima. Entonces era Juan, era el cordero, era un viejo zentzontle que había sido de su madrina lo que formaba su familia, y limpiaba la cabeza de Juan, escarmenaba los sedosos vellones del cordero, se dejaba picar el dedo por el irascible zentzontle, que apenas cantaba un poco de noche, y haciendo un sabroso almuerzo, olvidaba todas sus penas y martirios, se hacía la ilusión de que Evaristo se había marchado y no volvería, de que su madrina le daría siempre dinero, de que Juan era como su hijo, y de que un día u otro le daría a conocer a su verdadera madre, que lo sacaría de manos del verdugo a quien la viejecita lo había entregado. Tules entonces se consideraba feliz. Era la única, la fugitiva luz que de vez en cuando entraba en el cuarto sombrío de su vida.

Tules, después de no dormir el domingo pensando en Juan, en su madrina y en la condesa, formó la suprema resolución de aprovechar la primera ausencia de Evaristo, ir a la Calle de Don Juan Manuel y contar los secretos que ya no cabían en su corazón.

XIX. San lunes

Glorioso, magnífico, espléndido para los artesanos de México, no tienen durante la semana otra idea, otro pensamiento, otra ilusión. Desde el martes, los días de la semana le parecen una eternidad; y sin embargo, trabajan y trabajan, velan y se fatigan, y se cortan las manos con los instrumentos y hacen los más grandes esfuerzos para entregar la obra el sábado o domingo, y todos estos sacrificios, todos estos afanes son porque de llegar tiene el glorioso, el suspirado San Lunes. ¡Quién piensa en el porvenir! ¡A quién le ocurre echar en una alcancía un poco, una mínima parte del jornal para que tengan siquiera que comer durante tres o cuatro días! ¿Comprar unas enaguas a la mujer buena y fiel que vela por el marido, que le lleva de comer cuando está preso, que sube y baja llorosa, con su rebozo en los ojos, las escaleras de la Diputación para conseguir, si no hay otro modo, a costa de un momento de olvido la libertad del marido? Ni pensarlo, mucho menos. Los hijos andan sin zapatos, no pueden ir a la escuela porque no hay cuartilla para comprarles en casa de Abadiano un silabario y una tabla de cuentas; el casero toca la puerta, y no hay para pagarle la renta; la accesoria sin una silla; todo dado al diablo; pero ¡cómo ha de ser de otra manera! Es viernes ya ¡gracias a Dios! San Lunes está cerca, es necesario sacrificarlo todo por este día sagrado que los artesanos mexicanos observan con más exactitud que los musulmanes el Ramadán. Sólo que entre los asiáticos es el ayuno, y entre los americanos la hartura, la indigestión y la crápula.

El domingo suele el artesano que no ha concluido la obra, trabajar medio día para entregarla a las doce y cobrar su precio o percibir el resto de su raya. Algunos se quedan en su casa, se tiran en su petate cansados y fatigados del trabajo, se estiran, se revuelcan para hacerse ellos mismos una especie de masaje, que vuelve a las coyunturas cansadas su elasticidad, y concluyen por dormirse. Otros, los más arreglados y hombres de bien, ayudan a la mujer a peinar a los muchachos y salen muy planchados y limpios a la misa de doce en la parroquia; regresan, sacan sus sillas al patio de la casa de vecindad y se sientan al sol, a platicar con los vecinos. A la tarde, como buenos padres de familia, van a la maroma de la calle de Arsinas o a los títeres o entremeses del teatro de Alconedo; pero siempre hay algo secreto y reservado entre ellos y la familia, y es el San Lunes. Guardan lo que pueden de dinero, se marchan de la casa a escondidas, porque las mujeres o las queridas se oponen generalmente a las festividades de San Lunes, y regresan las más de las veces heridos o contusos, sin un ochavo en la bolsa, si no es que van a pasar la noche a la Diputación.

No hubo modo de impedirlo. Evaristo se fue a la barbería, lo desmelenó un poco el maestro, lo rasuró, le arregló ya unas crecidas y revueltas patillas negras, y de regreso a su casa se vistió sus calzoneras de paño azul con botonaduras de plata, que a todo trance conservaba, lo mismo que el jorongo de Saltillo, y calando su sombrero jarano lleno de toquillas y chapetas de plata con remates de oro, se dispuso poco antes de las doce del día a salir de la casa.

No hubo modo de impedirlo.

—Mira, Evaristo —le dijo Tules con una voz que hubiera ablandado a cualquiera que no fuese el tornero—, no vayas por esos barrios a tirar tu dinero con amigos que no hacen más que gastarte lo poco que tienes. Mejor sería que nos fuésemos a pasear a la Villa de Guadalupe; tomaremos un coche de sitio, almorzaremos allí bien, y en la tarde, con la fresca, nos volveremos poco a poco a nuestra casa, muy quietos y en paz de Dios.

—Tú no tienes más diversión que la Villa de Guadalupe para meterte en la iglesia y no salir hasta que te echa el sacristán, y luego ¡qué almuerzo!, un mole aguado con la manteca cruda por encima. Ya sabes, a mí me gustan las enchiladas picantes y la sangre de conejo.

—Eso es lo que precisamente me da miedo, la sangre de conejo. Ya sabes que ese pulque es muy traicionero, se sube a la cabeza, y el hombre que se emborracha es un loco, no sabe lo que hace; además, lo poco que me has dado en la semana se me acabó ya y esta noche no tendremos qué cenar. Tú no quieres que yo vea a doña Agustina; ella me daría o me prestaría de seguro dinero y se lo iríamos pagando poco a poco.

—Siempre me sacas a esa maldita vieja de doña Agustina, que me repatea y se me sienta en la boca del estómago.

—Yo no te saco nada; te digo tan sólo que de veras, con tres cuartillas que me quedan, no puedo hacer la cena. Tampoco quieres que empeñe nada.

—¿Me pides cuentas? No faltaba más; yo trabajo lo que me da la gana, y tiraré mi dinero también en lo que se me dé la gana, y no me muelas con la Virgen de Guadalupe, ni con doña Agustina, porque ya sabes que tengo malas pulgas y no aguanto ni al alma de mi madre.

Buenas pruebas tenía Tules de que no aguantaba pulgas el tornero, pues tenía sus blancos y gordos brazos llenos de cardenales morados; pero sin hacer caso de sus repostadas y amenazas, con una vocecilla suplicante, le dijo:

—Mira, Evaristo, no quiero que te enojes, y ya veré cómo me compongo con la cena. Lo que quiero es que no salgas a hacer San Lunes. Te vuelvo a rogar; el corazón me dice que algo va a suceder; no vayas.

—¿Sucederme algo? Si no hay quien me complete a mí, y ya se me iban quitando las ganas de salir, pero sólo porque tú no quieres he de salir y saldré y tres más, y haré mi santa voluntad y tiraré el dinero, que para eso trabajo, y cena tú o no cenes, lo mismo me da.

Y Evaristo al decir esto, miraba malamente a Tules y sonaba en sus bolsillos los pesos y la moneda menuda que tenía.

—Te lo ruego por Dios, Evaristo —volvió a insistir Tules.

No hubo medio. Evaristo se abrochó las calzoneras, se enredó una banda de burato encarnada en la cintura, se caló el pesado sombrero jarano lleno de adornos de plata, se puso el jorongo en el hombro izquierdo y salió de la tornería sin dirigir la vista a Tules que quedó anonadada, y lenta y silenciosamente continuó lavando el tinajero y arreglando unos cuantos vasos y cubitos dorados de cristal.

Al desembocar una calle apartada del centro de la ciudad, llena de hoyos y de piedras, y por donde corre un caño de aguas negras y espumosas, formada de uno y otro lado de casas de vecindad, las unas de color de rosa, otras amarillo, otras morado y renegrido, imitación detestable de mármol, pero todo ello viejo, deslavado, cayendo en costras como dejando descubierta su fea epidermis de adobe, o de pedruscos sueltos y mal encadenados, asomando en los zaguanes chicuelos medio desnudos, con las greñas enredadas en fragmentos de pambazo y con bigotes de champurrado o de mole del día anterior, se divisa un gran cobertizo o jacalón con un techo de tejamanil, que el tiempo, las aguas y el sol se han encargado de ennegrecer y de imprimirle un aspecto siniestro. Este techo torcido e irregular donde penetran las lluvias, descansa en vigas mal trabadas y en unos trozos de árbol mal pulidos, enterrados en un pesado zócalo de piedra que sirve también de asiento y descanso. El pavimento es de tierra negra, y los cuatro vientos entran y salen, arrojando, cuando son impetuosos, el polvo, las basuras, los desechos de los almuerzos y fandangos populares.

Pero el fondo de ese extraño edificio, que más bien parecía olvidado allí desde los tiempos anteriores a la Conquista, tenía algo de claro y de alegre que contrastaba con la triste desnudez del resto. En el centro de una pared blanca que lo cerraba enteramente por ese lado, estaba colocado un gran marco con la imagen de un San José muy mal pintado al óleo, adornado con flores coloradas y blancas de papel, industria muy conocida de los comerciantes del Portal de las Flores. Todo el ancho de la pared, ocupado con grandes tinas llenas de pulque espumoso, pintadas de amarillo, de colorado y de verde, con grandes letreros que sabían de memoria las criadas y mozos del barrio, aunque no supieran leer: La Valiente, La Chillona, La Bailadora, La Petenera. Cada cuba tenía su nombre propio y retumbante, que no dejaba de indicar también la calidad del pulque. Algunos barriles a los costados, una mesa pequeña de palo blanco y varias sillas de tule. El suelo estaba parejo, limpio y regado, y esparcidas hojas de rosa. El domingo era día clásico. El lunes lo era más, se podía decir de gala.

Tal era la antigua y afamada pulquería de los «Pelos».

Afamada por sus pulques, que eran los mejores y más exquisitos de los Llanos de Ápam; afamada por la mucha concurrencia diaria, mayor el domingo y en toda su plenitud el lunes; y afamada, en fin, por los muchos pleitos, heridos, asesinatos y tumultos.

El tornero, arrogante y erguido, entró por el extremo opuesto; atravesó todo el espacio hasta llegar al tinacal.

—Qué solo está esto, don Jesús, y ya es tarde. ¡Qué diablos habrá sucedido con la gente! ¿Algún sermón del padre Pinzón los habrá acobardado? —dijo Evaristo al jefe o encargado del tinacal.

Don Jesús era un hombre alto, fuerte, muy gordo, con las narices rematando en una media bola de color de fuego, donde se veía uno tentado de encender un cigarrillo; patillas muy negras, espesas y cerdosas, cortadas al estilo de los toreros andaluces, cejas juntas y ojos chicos y maliciosos; estaba en pechos de camisa, con un calzón ancho de pana azul; y entre la banda negra que le daba dos vueltas a la cintura, atravesado un ancho belduque con su vaina de cuero amarillo. Cerca de él saltaba, haciendo muecas y farsas, el jicarero, que era un muchacho como de veinte años, de la raza indígena, que le llamaban Garrapata, y dos chicuelos más para hacer los mandados que se les ofrecían a los parroquianos.

—Ya irán viniendo, don Evaristo —contestó el pulquero sacudiéndole la mano— en cuanto lleguen los músicos y las almuerceras ya me lo dirá usted.

—Es que vengo dispuesto a rifarme con los guapos.

—Mejor haría usted, don Evaristo, con darme la mitad de su dinero y guardarse la otra mitad, porque no hay lunes en que no pierda lo que trae en la bolsa. No sé qué clase de mano tiene usted que hace milagros en el torno, pero nunca puede echar la teja en medio de la rueda.

—Ya nos veremos hoy.

—Es que tendrá que habérselas con algunos muy listos. No dejarán de venir hoy el tuerto Cirilo, Vicente La Chinche y mi tocayo Chucho El Garrote. Llegaron de tierra adentro la semana pasada, y vienen muy habilitados.

—¿Y cómo?

—Allá lo saben ellos. Ya me conoce, don Evaristo; no me gusta saber vidas ajenas. El día que me metiera a chismoso no duraba dos días en este sitio, y de veras acababa la pulquería de los «Pelos».

Estando en esta conversación se presentaron tres ciegos conducidos por un muchacho. El uno con un gran guitarrón y los otros con sus bandolones. Las almuerceras llegaron al mismo tiempo, establecieron sus anafes y una indita tortillera comenzó a moler y a echar tortillas calientes.

Una hora después los bandolones rasgaban un estrepitoso jarabe, las frituras de longaniza y carnitas saltaban en las cazuelas, y el maíz molido, el chile y el pulque producían una mezcla de aromas indefinibles, embriagadores para los concurrentes, pero repugnantes y nauseabundos para los que no estaban acostumbrados. La concurrencia fue aumentando de hora en hora, y al mediodía el espaciosos jacalón estaba completamente lleno. Artesanos con sus camisas muy limpias y encarrujadas, sus pantalones de coleta amarilla o de pana, sus sombreros nuevos, más o menos adornados. Los unos con chaqueta, otros en pechos de camisa; alegres, listos, con sus fisonomías trigueñas, sus ojos, barba y pelo negro, y en lo general inteligentes y simpáticos. No dejaba de estar matizado este cuadro con el aspecto de limosneros andrajosos y de indios pobres, tristes y enredados en una sucia sabanita de jerguilla, recargados como si fuesen unas estatuas, contra los toscos pilares del jacalón.

No tardaron mucho en reunirse los grupos de conocidos. Unos se sentaron en la tierra húmeda, junto a las almuerceras, y comenzaron con un placer que les salía por los poros del cuerpo a mascar los tacos de chorizos y camitas; otros a sopear el mole verde con las quesadillas acabadas de freír; otros establecieron sus partidas de rayuela. Cerca de las tinas, ocho o diez mujeres de zapato de raso, pierna pelada y enaguas anchas y almidonadas, cantaban y zapateaban un jarabe, alternando con versos picarescos, y los bandolones y el guitarrón, al acabar el estribillo, se hacían casi pedazos; risas, aplausos, cocheradas, palmoteos, gritos, cuantas formas de ruido se pueden hacer con las manos, tantas así salían del grupo difícil de penetrar que rodeaba a las bailadoras.

Don Jesús, con su largo belduque en la cintura, daba vueltas, recorría su gran jacalón, como imponiendo miedo y orden con sólo su presencia. Dos aguilitas almorzaban muy tranquilos, sentados junto a un pilaron, con su larga espada entre las piernas.

Repentinamente el tornero separó con manos y codos a los que le estorbaban el paso, y cayó como del tejado en medio del círculo; encarándose con una bailarina, muchachona de no malos bigotes, se puso las manos tras la cintura y comenzó a pespuntear un jarabe que le valió los aplausos de la rueda, que se propagaron por toda la pulquería. Evaristo había comido una quesadilla y bebido medio tecomate de pulque. Estaba alegre y nada más.

Cuando los dos que formaban la pareja de jarabe, cansados y goteándoles por la figura el sudor, apenas podían mover los pies, la música cesó y los ciegos voltearon sus instrumentos, los colocaron junto a sus sillas y pidieron a Garrapata una jícara de pulque. Los ciegos, en los fandangos populares de México, son los bastoneros, y cuando se fastidian de tanto rascar los bandolones cesan, y no hay modo de volverlos al orden hasta que no han bebido o comido algo.

Evaristo se limpió el sudor con la manga de la chaqueta, sin más ceremonia echó el brazo al cuello de su compañera, y haciendo a un lado con el codo y con el pie a la multitud compacta que lo rodeaba, atravesó triunfante hasta el otro extremo de la pulquería, donde había una almuercera que tenía ya a punto las chalupitas de chile verde y un rimero de tortillas blancas y delgadas que despedían el oloroso vapor del maíz.

—Almorzaremos, chula, y bien, que para eso tengo las bolsas llenas de dinero, y con algo se ha de pagar ese zapateado que en mi vida lo he visto bailar mejor.

—Como quiera —le contestó la compañera—, pero déjeme que busque a Chucho y también lo convidará. ¿No hay obstáculo?

—Ninguno; que vengan los que quieran, que hay para pagar hasta que se me arranque.

La muchacha se separó y deslizándose como una culebra y haciendo zig zags entre la turba, buscó a Chucho hasta que dio con él.

—Don Evaristo nos convida a la pulcata ¿vienes?

—Y no andes, Pancha, refregándote mucho con don Evaristo, ya te vi; pero vamos, y cuidado, no tengamos a la noche una pelotera.

—Y que la tengamos, ya sabes que no me dejo; pero no te me vuelvas el exquisito; jala por delante —y la muchacha le dio una suave cachetada en la mejilla, lo miró bien, como quien dice «no tengas cuidado», y lo empujó.

Los dos llegaron a donde los esperaba Evaristo. La almuercera había ya colocado en la tierra refrescada con el riego unos petates, unas servilletas bordadas de lomillo, una cazuelita en medio, con sal y chilitos verdes, unos platos de loza poblana y sus correspondientes vasos verdes, largos, profundos y torneados en forma de espiral, servicio de vidrio muy popular debido a la industria típica de Puebla, establecida y estacionada seguramente hace más de cien años.

—Don Evaristo, aquí tiene a mi marido Chucho —dijo Pancha.

—Ya me lo había dicho don Jesús —contestó Evaristo tendiendo la mano a Chucho, que éste apretó.

—Conque compas y a almorzar —respondió Evaristo— que las chalupitas se ponen tiesas si se enfrían. —Al mismo tiempo tendió su jorongo en el suelo e hizo seña a Pancha para que se sentara—. Y los demás amigotes que vengan, llámelos —le dijo a Chucho.

Sin hacerse del rogar, Chucho, que ya se había sentado, se levantó y volvió a poco acompañado del tuerto Cirilo, de Vicente La Chinche y de otras dos o tres mujeres más. Se sentaron, formaron rueda; la almuercera no tenía ya ni tiempo para freír enchiladas y chalupitas, ni para servir los platos; la sartén de los frijoles refritos humeaba, la tortillera no cesaba su monótono ruido con las palmas de las manos y echaba las tortillas por entre la cabeza de los concurrentes; los tecomates, encarnados como la laca del Japón, llenos de blanco e hirviente Tlamapa, alternaban con la sangre de conejo, rebosando y goteando en las servilletas, en las camisas blancas y en las almidonadas enaguas de muselina. Los almorzadores circulaban los tecomates sin cesar, mordían los tacos con aguacate y chilitos verdes con un verdadero placer; reían franca, ingenuamente; se pellizcaban hombres y mujeres; se decían sus requiebros a su modo; gozaban como ningún día de la semana; tenían más hambre, más fuerzas, más deseos; veían la vida por el lado alegre, sin cuidarse ni de sus esposas ni de sus hijos; gastaban el dinero sin pensar lo que comerían el martes. ¡Quiá! Se empeñaría el jorongo y la chaqueta; la mujer pediría prestado a las vecinas; el artesano, algo adelantado al patrón; en último caso, una tortilla y un poco de pulque; y para las criaturas un poco de atole y un pambacito blanco. Era lunes, el San Lunes; el glorioso San Lunes, en el que pensaban la semana entera. Evaristo el primero, desde que olvidando el trabajo y las costumbres sencillas y monótonas de la hacienda, y siéndole ya pesada la pobre Tules, no pensaba más que en Casilda; y mientras la encontraba, a divertirse y a tirar el dinero en las pulquerías y en los trucos de billar. Glorioso San Lunes. Evaristo bebía, bebía; pero su cabeza era fuerte. Estaba algo más que alegre, pero no borracho. El grupo de almorzadores estaba rodeado de gente curiosa y algunos indios callados, con su mirada triste, inmóviles y envueltos en sus viejas frazadas.

De cuando en cuando Pancha les pasaba un tecomate con restos de pulque blanco y de sangre de conejo. Los indios devolvían la vasija vacía, y besando la mano de Pancha, le decían:

—Dios se lo pague, madrecita.

Y Pancha les daba un rollo de tortillas.

—Pa tus hijos —les decía.

—¡Las mujeres siempre son buenas!

Uno que otro decente asomaba la cabeza para ver la gran festividad del San Lunes. Era un empleado o el hijo de algún escribano, o un portero de oficina que se retiraba a comer; se les hacía agua la boca, y al llegar a su casa mandaban a la criada por un real de quesadillas y chalupitas para añadirlas a su almuerzo.

Tiempo tendremos de hacer conocimiento con los demás personajes del San Lunes, por ahora lo haremos con Pancha, que tenía por sobrenombre la «Ronca», porque a consecuencia de una fiebre le quedó la voz velada. Era mujer legítima de Chucho, que tenía el apodo de Garrote porque siempre traía en la mano un bastón grueso, cuyo puño representaba una cabeza de conejo que le había tallado Evaristo; y por lo pronto era todo el conocimiento que tenía, y el haberse una que otra vez encontrado en las vinaterías y pulquerías. Chucho era chaparro, de cuello grueso, espaldas anchas y piernas zambas, siempre muy limpio y rasurado; vestía una especie de blusa de lona y calzón de pana color café. Mucho tiempo fue cargador de la aduana; pero un día, jugando en el patio, dio de chanza un trompón en la sien a otro cargador y lo dejó muerto en el sitio. Como había muchos testigos que declararon que no había habido malicia en la muerte, estuvo solamente tres años en la cárcel, como olvidado y sin que se siguiera su causa.

Un día el alcaide, que concluyó por ser muy su amigo, lo puso en libertad, pero perdió su destino. Chucho era hombre de bien; pero a poco que salió de la cárcel y que continuó aparentemente siendo cargador de la esquina, vestía bien, ganaba dinero, se robó a Pancha de una casa de vecindad, después se casó con ella, y los dos gastaban, triunfaban y hacían San Lunes, y nadie sabía cómo. El único que todo lo sabía o lo maliciaba, era su tocayo el pulquero; pero no decía ni a su sombra una palabra.

Volvamos a nuestros felices y alegres convidados. Prolongóse a más de dos horas el convite, y entrada la tarde convinieron en que mientras las mujeres bailaban con quien les diera la gana, jugarían unas partidas de rayuela. Evaristo pagó, y bien, a la almuercera; pero aún le quedaba bastante dinero en el bolsillo, que no cesaba de hacer sonar y remover con las manos, con asombro de los inditos, que lo miraban azorados como si fuera el mismo Dios del oro.

Comenzaron por apostar una botella de mistela de naranja. La mistela entonces, y tal vez ahora también, con otro nombre más retumbante europeo, era un compuesto de chinguirito reforzado con alumbre y cáscara de naranja en infusión. Un verdadero veneno, capaz de trastornar la cabeza más fuerte. Se trajeron de la vinatería vecina, no una, sino media docena de botellas. Evaristo perdió y las pagó. La rayuela continuó, y Juan el genovés, en lugar de las tejas de plomo sacó un par de onzas de oro. Evaristo hizo lo mismo, y siguieron jugando y bebiendo mistela.

En media hora, todo el dinero de Evaristo había pasado al bolsillo de Chucho El Garrote. Evaristo estaba medio borracho; la echó de generoso, disimuló y fue a la rueda del baile. Separó con la mano al que hacía frente a Pancha y continuó bailando y taconeando, pero ya como queriendo caer. Se hizo el fuerte, se quitó el sombrero y lo tiró a los pies de Pancha. Ella lo aceptó, y entusiasmada con lo que había bebido, pespunteaba de lo lindo, se acercaba provocante a Evaristo, levantando sus enaguas hasta media pierna y logrando los palmoteos y dichos picantes de la rueda.

En esta vez Chucho, que menos bebido observaba a su mujer, no aguantó más; con una mano cogió de las trenzas a Pancha y la apartó lejos, y con la otra dio un revés en la cara a Evaristo, no muy fuerte, porque lo habría matado como al cargador su compañero.

—Si es hombre —le dijo— véngase conmigo.

Evaristo, aturdido, de pronto se quedó sin saber qué hacer.

—Véngase —le repitió.

Evaristo buscó en la cintura su puñal, que nunca abandonaba en el día sagrado de San Lunes. Ya tenía experiencia, y se le fue encima a Chucho. Los curiosos se apartaron de un lado y otro.

—Cobarde, montonero ¿no ve que no tengo arma? Pero no le hace.

Evaristo, frenético, seguía a Chucho tirándole puñaladas, que el otro se quitaba diestramente con el sombrero, que jugaba admirablemente como si fuese un escudo.

Así salieron de la pulquería a la plazoleta polvorosa y a la calle cercana mal empedrada. Pancha y las demás mujeres les seguían gritando quién sabe qué cosas. Los partidarios de Evaristo, que eran carpinteros y torneros, tomaron parte en favor de él. Los léperos del barrio en favor de Chucho, y en breve se hizo el combate general, silbando las piedras en todas direcciones.

Don Jesús, el dueño de la pulquería, sereno e impasible, se limitó a sacar su belduque y se puso al frente de su tinacal en compañía de Garrapata, que reía y no cesaba de hacer gestos y piruetas.

Los dos míseros aguilitas quisieron intervenir, pero nada: a uno de ellos tocó una pedrada en una taba, y se fue a refugiar a un zaguán; el otro, con la espada desnuda, corrió a pedir auxilio al cuartel de infantería de San Pablo.

Entre tanto, sin saber él mismo cómo, Evaristo había sido desarmado y estaba tendido en un charco de lodo, y Chucho encima de él.

—No lo mates —le dijo Pancha— no seas bruto; al fin pagó y nada ha de haber entre nosotros.

Los soldados llegaron corriendo, con la bayoneta calada y repartiendo cañonazos a diestro y siniestro; hubo descalabrados y contusos; la multitud se dispersó como por encanto; la tropa se retiró al cuartel, y el aguilita, con su compañero cojeando, se dirigieron a la Diputación. Don Jesús y Garrapata permanecieron inmóviles delante de sus tinas coloradas, verdes y amarillas. Las sombras invadieron el viejo jacalón; el barrio quedó solo y silencioso, y gruesas gotas de agua, que se desprendían de un cielo negro, borraron en breve la sangre de conejo y la sangre humana que manchaba la famosa pulquería donde los artesanos celebraban el glorioso San Lunes.

La inquietud de la pobre Tules había sido grande. El aprendiz salió a dar un paseo, y ella lavó tinajero, trastos, vigas y cuanto encontró, sin que pudiera calmarse un instante. El borrego, amarrado en el patio, también había estado inquieto, saltando, balando y queriendo reventar el cordel. Tules lo metió al cuarto, lo acarició, le dio unos cuantos pedazos de pan, y en esto regresó Juan de su paseo.

—Es ya muy tarde y Evaristo no ha venido, quizá tendré tiempo para hacerle algo de cenar. Si quisieras quitarte tu chaqueta y llevarla a la vinatería, con lo que te den, compra pan, queso y manteca, y aquí tengo dos chiles y unos pocos de frijoles de ayer. Haré un poco de chile con queso y refreiré los frijoles. No compres pulque en el bodegón, porque bastante habrá bebido Evaristo.

Juan, sin decir una palabra, salió y no dilató en volver con lo que le había encargado. Echó carbón en la hornilla. Tules para hacerse quizá ruido y creyendo que también halagaría a su marido cuando llegase, colocó la limpia mesa en medio del cuarto, puso una servilleta limpia y bordada, una tinajita de Guadalajara con agua fresca, un cubierto y fue al brasero donde ya gritaba la manteca caliente.

Se escuchó un ruido de pasos. Un vuelco dio el corazón de Tules y soltó una cazuela que tenía en la mano.

Evaristo, envuelto en su jorongo, con el sombrero machucado, sin la toquilla, las patillas greñudas y en la cara verdugones sanguíneos, entró vacilando; con algún trabajo pasó el umbral, y sombrío, temible, sin hablar una palabra, se dejó caer en un sillón de terciopelo carmesí que olía a incienso y a iglesia y que le había dado a componer el abad de Guadalupe. Juan se refugió en un rincón y Tules se quedó como estatua delante del brasero. La manteca se quemó e hizo una llamarada; el líquido rebasó la cazuela y apagó la lumbre. La cena preparada con tanto trabajo, estaba perdida; nueva congoja de Tules. ¿Qué daría a su marido si la pedía? Pero no hubo necesidad. Evaristo, vuelto de esa especie de insomnio producido por el alcoholismo, recobró al parecer un vigor extraño. Tiró el jorongo y el sombrero, se limpió la cara con las manos y se compuso las patillas.

Evaristo venía humillado de su derrota, pero rabioso, no sabiendo con quién saciar su venganza.

—¡La cena! —gritó con voz enloquecida por la mistela y el pulque.

Tules tembló, pero echó en un plato los restos quemados del guisado, y no tuvo más remedio que servirlos a su marido.

—Los frijoles estarán mejor, voy a refreirlos. Espera, espera un momento, Evaristo, no te enojes.

Apenas Evaristo vio delante la especie de pasta negra y grasosa, cuando cogió el plato y lo lanzó a la cabeza de su mujer, que se agachó y evitó el golpe.

—Eso te lo comes tú y la vieja puerca de doña Agustina. —Tiró al mismo tiempo de la servilleta, y trastes y tinaja de agua fueron al suelo.

—¡Evaristo, por la sangre de Cristo que te calmes! ¡Espérate, haré en un momento otra cena! ¡Lo que tienes es que has bebido un poquito, te lo decía al salir, que ese pulque colorado…!

—No me andes con sermones, ya quisieras parecerte a Casilda y a Pancha; ésas sí que son mujeres, no tú, que bastante te he aguantado no sé cuántos años; pero esta noche hemos de acabar tú, el aprendiz, el borrego y mi alma condenada también. Me han pegado, me ha tirado en el suelo ese bruto de Chucho El Garrote, pero lo he de matar; por ti, por ti, que no eres más que una…

El tornero, vacilando, cayendo, levantándose por el cuarto, blandiendo los puños, buscaba un arma, un instrumento; y bastantes había para herir, para exterminar a todo el mundo. El delirio del alcoholismo había llegado a su colmo.

Tules huía por un lado, Juan el aprendiz por otro.

—¡Maestro, maestro! —gritaba el aprendiz.

—¡Por Dios, Evaristo, no me mates, me iré, mañana no me tendrás aquí! ¿Qué te he hecho?

Evaristo tropezó con el sillón que olía a incienso y a iglesia y se hizo una herida en la frente, pero se levantó más furioso y encontró un formón.

—¡No me mates, Evaristo, de rodillas te lo pido!, ¡por Dios!

Evaristo se lanzó con el formón levantado.

—¡Eso no, maestro; eso no! —gritó Juan, y tomando un serrote, acertó un golpe a la cabeza de Evaristo, el que, aturdido un poco se detuvo.

Juan se refugió detrás de la silla del abad; Evaristo la hizo pedazos a golpes, y creyendo que había matado al muchacho, volvió sobre la pobre Tules, que de rodillas como una santa, con las manos enclavijadas, suplicantes, decía:

—¡No me mates, no me mates!… ¡Dios mío, ten misericordia de…!

Evaristo loco, delirante, hundió varias veces el formón en el pecho de Tules, que no tuvo aliento más que para decir:

—¡Jesús, Jesús me ampare! —y cayó bañada en su sangre.

Evaristo con los ojos saltándosele, chorreándole sangre por la cara; permaneció un momento con el brazo levantado, con el formón sangriento hasta el mango, y después como una torre, se desplomó junto a Tules, deponiendo, arrojando por ojos, boca y narices la sangre de conejo, la mistela y la sangre que su pobre mujer había derramado inicuamente.

¡Glorioso San Lunes, magnífico San Lunes el de los artesanos de México!

XX. Delirio

Una vela de sebo que había quedado sobre el brasero, alumbró tristemente el resto de la noche el cuadro de desolación y de horror que presentaba el taller. Evaristo, por una extraña alucinación producida por la mezcla del pulque con los licores reforzados con alumbre y otras sustancias venenosas, al herir a Tules hundiéndole el instrumento en diversas partes de su cuerpo, pensaba destruir una cosa, para poseer otra: quería aniquilar a Tules para que inmediatamente la reemplazase Casilda, a la que en verdad no había vuelto a encontrar; así al vomitar su boca alcohólica y sangrienta atroces injurias contra su mujer, mezclaba el nombre de Casilda y refería las escenas secretas y escandalosas que tanto se habían repetido mientras estuvieron unidos en su casucha en San Ángel. Creía tener a las dos mujeres delante de él; y así como arrojó a la calle a Casilda dándole una paliza, para casarse con Tules, en esos momentos trataba de acabar con Tules para volver a echar el brazo al cuello de Casilda; y entre él y estas visiones se interponía Juan el aprendiz levantando sobre su cabeza una larga y afilada sierra; así, loco, frenético, profería palabras incoherentes, buscaba instrumentos, trozos de madera, martillos para destruir, para herir, para triunfar de estas visiones amenazadoras, para hacer desaparecer el sillón de terciopelo rojo oliendo a incienso y a iglesia, y que como escudo había libertado al muchacho de ser asesinado.

Evaristo, al caer beodo y herido por el golpe que le asestó Juan y agotados los últimos esfuerzos de sus nervios excitados por la bebida, tendió los brazos al aire, creyendo estrechar a Casilda y dio sobre Tules, y la boca impura y sucia del bandido quedó pegada a los labios fríos y descoloridos de la pobre muerta, de donde acababan de salir dolorosas palabras pidiendo misericordia al asesino y encomendando su alma a Dios.

Quién sabe cuántas horas permanecieron al parecer confundidos y estrechados en supremo abrazo el asesino y su víctima. La triste vela de cebo arrojó sus últimas e indecisas luces, y quedó en la oscuridad y en el silencio esa lúgubre escena, como si Dios, horrorizado de la depravación del hombre que hizo a su imagen y semejanza, hubiese querido, aunque fuese por un momento, echar un velo sobre ese negro crimen. A poco, los rayos primeros de un sol espléndido entraban por dos anchos círculos que, para darle ventilación y luz, había en lo alto de las puertas del taller.

Juan, envuelto en las astillas, en los trozos de madera tallados, en los modelos de cartón que servían al hábil tornero para sus esculturas, había permanecido inmóvil y como muerto detrás del milagroso sillón, que olía a incienso y a iglesia, y que estaba resquebrajado y hecho trizas por los golpes furiosos de Evaristo. Al tratar de guarecerse detrás del sillón, y ésa fue quizá su fortuna, cayó y dio su cabeza contra el banco, y la emoción y el golpe lo privaron del sentido. Repuesto ya, se incorporó, se limpió los ojos muchas veces, sin cesar de mirar hacia donde estaba el grupo sangriento, y con los cabellos erizados y las manos crispadas, mientras más miraba creía que era presa de una horrible pesadilla. Juan se había acostumbrado a la miseria y a la accesoria ahumada y mefítica de la atolería del Callejón de la Condesa; pero la mansedumbre de la vieja Nastasita y la bondad de las indias rústicas que molían y trabajan todo el día, enseñando con sus naturales risas las hileras de sus blancos dientes, le habían en otro tiempo proporcionado, en medio de su orfandad, una cierta felicidad; pero una escena de sangre, de violencia y de frenesí como la que tenía delante de sus ojos, le producía sensaciones encontradas de terror y de tedio que él mismo estaba en la imposibilidad de clasificar. Por fin, sin darse él mismo cuenta, sino que por el solo impulso de sus nervios, se levantó resueltamente, cogió un hacha que tenía junto y se acercó al grupo espantoso. Evaristo roncaba como si estuviese ahogándose; a ocasiones se revolvía, haciendo un esfuerzo para ponerse en pie, abría grandes sus ojos y giraba su mirada al derredor del cuarto, después caía de nuevo como anonadado y agotadas sus fuerzas sobre el cadáver de Tules.

El primer impulso de Juan fue levantar el hacha y hacer mil pedazos la cabeza de su maestro. Era el momento, no de la venganza, sino de la justicia. Allí pagaría los golpes, las humillaciones, el hambre que le había hecho padecer sin enseñarle en compensación ni aun los primeros rudimentos del oficio, empleándolo sólo, como si fuese una bestia bruta, en dar vueltas al torno; pero esto no era nada; su maestra, su pobre maestra que lo había querido como a un hijo, que por defenderlo se echaba encima a cada día las iras del marido; su maestra tan buena, tan joven, tan bonita, estaba tendida nadando en su sangre, que aún brotaba de los muchos agujeros que Evaristo le había hecho con el formón. E la hora y la oportunidad propicia para el castigo; pero en esos momentos Juan deseaba que el tornero se levantase y lo reconociese, que tomase otra hacha y entonces entablar una lucha a muerte hasta hacerse pedazos, hasta formar una especie de escultura con sus carnes, como se formaban en los trozos de madera. Juan removía fuertemente a Evaristo con el pie y se inclinaba tomándole los brazos para ayudarlo a levantar y que comenzara la pelea… pero nada; Evaristo volvía a caer como un cuerpo muerto y azotaba sus dos brazos contra el enmaderado del cuarto. Repentinamente vino a Juan una idea. Si yo mato al maestro, de seguro que un día u otro que me cojan, todas las vecinas atestiguarán que yo he matado también a la maestra, y aunque lo niegue, nadie me lo creerá, y eso sí que sería para mí peor que la muerte…

Juan cesó de remover y de incitar a la lucha a Evaristo, dejó caer el hacha de sus manos, miró la cara pálida de su maestra, donde aún se reconocía la mansedumbre y la bondad, y comenzó a derramar silenciosas lágrimas.

Después de un rato se limpió los ojos con la manga de su camisa, tomó un jarro del brasero, abrió con cuidado la puerta, la cerró tras de sí de la misma manera, diciendo: «¡Mi pobre maestra, mi pobre maestra!», y atravesó el patio como lo tenía de costumbre todos los días, con su traste en la mano para buscar la leche que servía para el desayuno.

El sol había salido ya, la casera barría el frente de la calle, las vecinas entreabrían las puertas de sus cuartos, salían a hacer su compra o regaban el patio con el agua del pozo; todo estaba en la mayor calma; el día claro y despejado, la mañana, fresca. Nada anunciaba que en esa casa tan tranquila hubiese pasado pocas horas antes un horroroso drama.

¿Evaristo, con cierta conciencia de lo que pasaba, vio al aprendiz con el hacha levantada, tuvo miedo y continuó fingiendo que aún estaba borracho? ¿O lo estaba efectivamente todavía, hasta que llegó el momento en que, disipada la influencia del pulque, volvió en sí de su sangriento delirio? Eso es lo que quizá no podría explicarlo él mismo; pero el caso fue que poco a poco se sentó, después se puso en pie, se agachó y tomó el instrumento que el muchacho había dejado abandonado.

—¿Se iría ya? ¿Estará escondido acechándome para matarme? ¿No lo vi delante de mí con el fierro levantado para matarme, cuando estaba yo tirado e indefenso? ¡Canallas! Canallas todos éstos, como decía el conde; si lo hubiese yo medio matado a palos antes, no habría ahora un testigo contra mí, para perderme.

Evaristo se acercó con cierto miedo y el arma levantada, al sillón del abad que olía a incienso y a iglesia, y lo removió. El sillón dorado de terciopelo rojo, hecho ya trizas, cayó con cierto estrépito como si hubiese sido también una víctima inmolada al furor alcohólico del artesano… de Juan nada… Evaristo removió astillas, tablas, trozos de madero… nada… el aprendiz se había largado… iba a denunciarlo, no tardaría en volver con el alcalde y con los soldados del cuartel cercano… no había tiempo que perder. ¿Qué hacer, cómo salir cubierto de sangre por el patio de la casa y por las calles? ¿Adónde iría? Al monte de Río Frío. No le quedaba otra salida. ¿Pero la manera de hacerlo?

Evaristo pensó en el carnero, en el Consentido, como le llamaba Tules y las vecinas, que lo querían mucho, y cuando estaba amarrado en el patio le hacían caricias y le daban pedacitos de pan en la boca. Matarlo, no había más remedio; así podría salir al patio con las manos y la camisa manchadas de sangre, presentarse ante las vecinas y convidarlas un trozo para hacer una fritanga. Se le ofrecía otra dificultad. ¿Y el cadáver de Tules? ¡Oh! eso era fácil; enterrarla debajo de las vigas. Un día o dos podían pasar así las cosas y mientras él ganaría el monte de Río Frío. Llegado allí, estaría salvado; encontraría sin duda otros criminales como él, y el monte era inexpugnable. Los soldados se contentaban con pasear por las orillas del camino real y jamás habían penetrado en su espesa arboleda; ¿pero si el aprendiz venía antes con el alcalde? Entonces era hombre perdido… De todas maneras, matar al Consentido era cosa resuelta; él tenía que salir a sacar agua del pozo para lavarse, y esto no lo podía hacer sin pretexto… Después de matar a la mujer buena y honrada, tenía que sacrificar al inofensivo cordero.

No sé si a algunos animales les está concedido el alivio de las lágrimas; pero de lo que estoy seguro, por una serie de observaciones, es que el carnero es un animal que parece que sabe el destino que tiene de ser inmolado diariamente para el alimento del animal voraz que se llama hombre; que tiene un horror muy marcado por la sangre, y que, cuando está seguro de su muerte, sus grandes ojos oscuros tienen una mirada tan suplicatoria, tan triste, que seguramente cualquier persona de corazón delicado preferiría comer otra cosa que personalmente matar a tan inocente criatura de Dios.

El Consentido estaba, como quien dice, acostumbrado a las escenas que pasaban en la tornería; lo mismo que las vecinas, que ya no hacían caso y se limitaban a compadecer a Tules. Voces, gritos, bancos tirados unos sobre otros; instrumentos de acero chocándose entre sí, todo esto era común y diario, ya porque el maestro disputaba con un tapicero, ya porque reñía a Tules, ya porque castigaba al aprendiz. El borrego se limitaba a agachar la cabeza, pues ya le habían dado de rechazo algunos zoquetes de madera en la frente; o si estaba suelto, salía como disimuladamente al patio, hasta que, aplacada la tormenta, Tules lo llamaba para darle de comer.

En la noche de la catástrofe, el carnero seguramente notó algo extraordinario. Cuando Evaristo con sus fuertes pasos, con sus juramentos y tirando muebles y maderas hizo casi temblar el taller, el carnero agachó la cabeza y la ocultó en el hueco del banco en que estaba amarrado; después que volvió todo al silencio, la sacó poco a poco y clavó la vista en su ama tirada en el suelo en el lago de sangre. ¿Es que el animal tenía idea de que la que le daba de comer, lo peinaba, le daba besos en su hocico limpio y untuoso estaba muerta? ¿Quién sabe lo que pasa a los animales que del estado natural y salvaje vienen a vivir en la sociedad de los hombres? Creo que se opera en ellos, aun en los menos avisados, una transformación completa. Entienden el idioma, tienen quizá aunque sea una idea de lo que pasa en las casas; se alarman con los ruidos, se animan con la música y la alegría; vienen a formar parte de la familia.

El cordero, el tímido cordero, querido y consentido de Tules, toda la noche estuvo temblando y no despegó sus grandes ojos negros, profundamente tristes, del grupo sangriento que estaba junto a él.

Evaristo, sombrío y terrible, desató al borrego, buscó un arma aguda; pero el animal, aterrorizado, dio un salto y fue a caer sobre el cadáver de su ama. El golpe que Evaristo le había tirado hirió sólo el aire…

—Hasta el borrego se resiste —gritó furioso—; su lana está manchada con sangre y será una prueba; no puedo dejarlo vivo… el maldito aprendiz no tardará en venir.

Y tiró otra puñalada al borrego, tan inútil como las otras. Entonces se entabló una especie de lucha. Los golpes se amortiguaban en la esponjada lana… ya era mucho; el aprendiz estaría quizá en la puerta con el alcalde… Evaristo quiso salir de esta situación; tomó una pesada garlopa y acertó un golpe tremendo que partió la frente del carnero, el que cayó medio muerto sobre el cuerpo de Tules.

—Bien —dijo Evaristo por ese lado he concluido; pero no hay que descansar—. Como mejor pudo se limpió la sangre de la cara y barbas, mudó la camisa y las calzoneras del San Lunes por otras viejas que usaba para trabajar, entreabrió con precaución la puerta, y salió al patio arrastrando al carnero moribundo y que aún entreabría sus tristes ojos, y lo acabó de matar en el patio.

—¿Pero se ha vuelto usted loco, don Evaristo? —le dijeron las vecinas que ocupaban un cuarto frente al suyo—. ¿Qué ha hecho usted… matar al Consentido que tanto quería doña Tulitas? ¿Cómo lo ha permitido?

—Más dolor tengo yo que ella, que se fue muy temprano para no presenciar la ejecución —contestó el tornero con una tranquilidad aparente—; pero ¿qué quería usted que hiciera? Anoche, y tal vez oyeron ustedes el ruido, se le enredó el mecate, tiró del banco de encino, se lo echó encima, y se le quebraron las dos manos; no había más remedio que matarlo para que no padeciera.

—¡Qué desgracia! —dijeron otras vecinas que habían oído el cuento, y salieron al patio a la curiosidad—. ¡Tan manso, tan gordo y limpio como lo tenía doña Tules! Pero la verdad ha hecho usted muy bien, maestro.

—Ya les convidaremos, y comeremos unas tripitas y una barbacoa —les contestó continuando su trabajo de asesino y sacando los intestinos y dentros de la víctima.

Las vecinas no pusieron ya más atención y continuaron sus quehaceres, agradeciendo mucho que les participase de la carne y ofreciendo ayudar a doña Tules a guisar el pecho, las piernas y las tripas.

Evaristo dejó la zalea y los trozos del cordero en el patio, entró, cerró la puerta y procedió al entierro de la muerta. Despejó el suelo, levantó con facilidad las vigas y arrastró dentro del zócalo el cuerpo, lo cubrió con el aserrín y los palos sangrientos, aplanó todo con los pies, volvió a poner en un mediano orden el taller y disimuló como pudo las manchas de sangre que había aquí y allá; y lavándose y limpiándose cuidadosamente, hasta cerciorarse de que no tenía manchas visibles, se puso el sombrero, el jorongo, un puñal en la cintura y el dinero que tenía en el baúl; salió del taller y al pasar por el cuarto de la casera le dijo:

—Óigame, doña Miguelita, si el aprendiz, que se fue de madrugada por la leche, vuelve, dígale que me espere en el patio. Voy un momento a casa de mi compadre; mientras le dejo a usted la llave. No se la dé usted más que a Tules, que volverá muy pronto.

XXI. En el mercado

Haciendo Juan un esfuerzo para disimular, salió del taller tranquilo, pacíficamente, como lo hacía todos los días, tirando por alto su jarro vacío y recibiéndolo en la mano. Una de las vecinas que andaba por el patio tendiendo la ropa, le encargó la compra de su leche, y al darle el traste y el dinero, le dijo:

—¿Qué te ha sucedido que tienes la cara manchada de sangre?

Juan se puso pálido como un muerto; dirigió la vista hacia donde la vecina indicaba la mancha, notó unas escoriaduras y cortadas en su mano, y tuvo la viveza de responder:

—Me corté con los fierros, trabajando.

—Sería tu maestro quien te cortó. Anoche hubo ruido, y ya pensamos que ni tú, ni doña Tules saldrían bien librados. El hombre vino ayer tan borracho, que no se podía tener. Ve, no te dilates, y cuando vuelvas te guardaré un pambazo, pues parece que te matan de hambre.

Juan, en efecto, poseído de una especie de locura, corría, corría tanto como se lo permitía su edad y la fuerza de sus piernas. Lo que quería era alejarse del taller fatal, y los esfuerzos que hacía le parecían pocos. Se le figuraba que Tules desnuda, sangrienta, enseñando sus abiertas llagas lo seguía y detrás el maestro, con el formón levantado; y esta fantástica procesión terminaba con el sillón de terciopelo rojo que olía a incienso y a iglesia y que rechinaba y caía a pedazos por los golpes que con las garlopas y los martillos le daba el furioso maestro Evaristo. En un momento de locura espantosa, las calles le parecían cortas y estrechas, y escogía las más anchas y rectas, queriendo llegar… ¿adónde? No lo sabía. Su única idea era huir y alejarse del taller. Ya no le ocurriría ni remotamente la idea de buscar al alcalde ni a los soldados como lo temía Evaristo, porque era bastante avisado y pensaba que él y su maestro irían a la cárcel mientras se averiguaba la verdad. ¿Y quién era capaz de hacer la revelación de lo que había pasado?

Por fin, fatigado, sin aliento, vino casi a caer a una de las puertas del mercado del Volador. Entró, se rebujo en un rincón y ¡lo que son los pocos años y la exuberancia de la vida! A poco se quedó profundamente dormido, con su mano herida, desgarrada, sobre su pecho. Nadie podía ya tener duda del origen de las manchas de sangre que se dejaban ver de una manera notable en su camisa. Llegada la noche y la hora de cerrar las rejas de fierro, uno de los guardas le dio un puntapié.

—Levántate y vete —le dijo— que bastante has dormido y se van a cerrar las puertas. ¡Lárgate pronto!

Juan se levantó, y sin decir una palabra salió y se echó a vagar por las calles. Su primera idea fue dirigirse a la atolería, donde hacía tiempo que no iba porque Evaristo le había prohibido expresamente que volviera a ver a Nastasita.

—¿Qué dirán las gentes —gritaba Evaristo— de que tenga yo por aprendiz en mi taller, donde vienen señores y señoras de coche, al hijo de una indecente trapera? El día que sepa que vas a la atolería te daré una paliza.

Juan, sin embargo, se había dado sus escapadas para visitar a su bienhechora; pero en esta ocasión, sin saber por qué, tenía repugnancia. Pasó la noche en el quicio de las alacenas del Portal de las Flores, pero tenía que mudar de lugar cada vez que el sereno hacía su ronda. Amaneciendo Dios, ofrecióse para hacer mandados a los que fueron de nuevo a la plaza del mercado a comprar fruta o legumbres; pero no hubo quien lo ocupara, porque le faltaban unos canastos, cuerda y ayates, que son indispensables a los muchachos que ganan así su vida. ¿Cómo comprarlos?… Imposible; no tenía ni un tlaco; había salido con lo puesto de la casa del maestro; además su mano lastimada y su camisa con sangre daban asco. El día, pues, lo pasó vagando en la plaza, comiendo hojas de lechuga, troncos de col y cáscaras de fruta. Cuatro o cinco días pudo vivir así, pero no era posible continuar; la indigestión y el hambre lo habían hasta desfigurado, y no sólo no podía ya correr, sino que trabajo le costaba andar. En vano se dirigía a las fruteras y recauderas, que en vez de ocuparlo lo rechazaban en cuanto se acercaba al puesto, porque otros muchachos, temiendo la competencia le habían señalado como vago y ladronzuelo. La única frutera a quien no se había acercado era una a quien llamaban Cecilia. Era una mujerona grande, hermosota, de buenos colores, nariz chata, y resuelta; ojo negro y maligno y grandes y abultados pechos que, como si estuviesen inquietos para salir a la calle, se movían dentro de una camisa de tela fina bordada de colores, donde apenas se podía observar una que otra pequeña mancha del jugo de las frutas. Su cuello era un verdadero aparador: sartas de corales, rosarios de perlas y de plata, listones rojos con medallones de oro y unas grandes arracadas de piedras finas en las orejas… Sentada sobre su cobertizo como una reina de las frutas, entre montones de naranjas, de limas de limones, de plátanos, de mameyes y de otras especies de las azucaradas producciones de la tierra caliente, no descansaba, porque eran tantos los marchantes que manos le faltaban para despachar y recibir las monedas, no obstante que la auxiliaban dos muchachas de no malos bigotes.

El aspecto imponente de Cecilia y la mucha gente que la rodeaba habían retraído a Juan y no se atrevía a aproximarse a ella; pero urgido por la necesidad, se decidió, y aprovechando las horas en que concurren pocos compradores al mercado, se acercó a hablarle. De pronto la reina de las frutas lo recibió mal; pero así que Juan le refirió que era huérfano, que su protectora estaba casi muriendo de debilidad y de vejez, y que él se mantenía hacía una semana con legumbres podridas y cáscaras de fruta, se compadeció de él y de pronto le dio un par de tacos de tortilla y unas manzanas.

—¿Qué necesitas, en qué quieres ocuparte? —le preguntó.

—Necesito una canasta grande, cuatro o seis tompeatitos y dos ayates. Quiero ocuparme en llevar la fruta y el recaudo a las casas. Pagaré con mi trabajo lo que usted preste.

—¡Vaya! Parece que tienes cara de listo y de hombre de bien. ¿Dónde vives?

—En ninguna parte.

—¿Pues dónde has estado?

—He pasado las noches en las calles, arrimándome a las puertas y huyendo de los serenos.

—Cuidado si te portas mal. ¿Cómo te llamas?

—Marcos —respondió resueltamente el muchacho, que reflexionó que debía ocultar sus antecedentes. El único miedo que tenía era que lo encontrase alguna de las vecinas de la casa, pues suponía que el crimen se había descubierto, aunque él nada había oído decir en la plaza.

—Bueno —le dijo Cecilia— te daré lo que necesitas y dormirás debajo del tejado; se lo avisaré al administrador. Me abonarás cada semana la mitad de lo que ganes y con la otra mitad te compraras una frazada, una camisa y unos calzones, porque ya viene el frío. Esta noche te daré otra camisa para que te quites esa mugre, y párate junto al puesto, que yo echaré la fruta en tus canastos y los marchantes te ocuparán, quieran o no.

En efecto, el siguiente día Juan estaba un poco limpio, había comido las sobras del almuerzo de Cecilia y estaba listo. Ese día y los siguientes fueron de trabajo y de ganancia para Juan, conduciendo la fruta a la casa de diputados, de senadores y de ministros de la Corte de Justicia, que eran marchantes, porque el puesto de Cecilia era el mejor y más acreditado de la plaza del Volador. Vendía caro, pero la mejor fruta se encontraba allí. Antes de un mes, Juan pagó los canastos y su ropa y tenía sobrantes algunos reales y cobre en las bolsas. Un día, a la hora en que no había trabajo y aprovechando la ocasión de un mandado que le encargó su nueva protectora, Juan se dirigió en busca de la viejecita trapera.

El tiempo transcurrido, y no era poco, en nada había variado el aspecto del rumbo en que vivió. Los míseros coches de alquiler, sucios y medio quebrados en la Plaza de Guardiola; los mismos borrachos y cargadores en tertulia permanente en la vinatería de la esquina de Santa Isabel; el mismo caño verde arrojado sus burbujas mortíferas y llenando el Callejón de la Condesa. Sólo en la atolería había algún cambio.

Comodina, casi ciega, flaca y cayéndosele el pelo de su antes fina y lustrosa piel amarilla, estaba echada en la puerta, lamiéndose una mano lastimada; sus hijos, como la mayor parte de los hijos de las perras, la habían abandonado, andaban vagando o habían muerto. Al acercarse el muchacho la perra cesó de lamerse, lo miró y dudó, pero fue solamente un instante; se levantó y quiso dar un brinco como para darle la bienvenida, como para abrazarlo después de tanto tiempo que no se veían, pero imposible; ni su mano manca, ni sus años (pues tenía más de los que suelen asignarse de la vida a la raza canina) se lo permitieron, y volvió a caer al suelo, sin dejar de manifestar su contento y su cariño con el movimiento de su cola.

—No, no puedes ya moverte, pobre Comodina; estás muy vieja y lastimada de tu mano —le dijo Juan—, pero no importa, yo soy muchacho y fuerte, a pesar de haberme tratado la suerte peor que a ti, y tú has sido mejor que mi madre, que me tiró al muladar; a mí me toca hacerte cariños.

Y Juan diciendo así, se sentó en el umbral de la puerta, cogió la cabeza grande y todavía temible del animal, y comenzó a acariciarla y a pasar sus manos por el cuerpo flaco, donde se dibujaban las costillas.

—¡Pobre, pobre perra! Desde hoy te cuidaré; cada vez que haga un mandado vendré a verte y tendrás carne, y pan, y cuanto puedas comer. —Y acariciaba a Comodina, la que sacaba su lengua floja y descolorida y la pasaba por las manos callosas de Juan, el que al fin se levantó y se resolvió a penetrar en la oscuridad y el humo de la accesoria. Eran las últimas horas de una tarde nublada, raras en México; la luz de los leños que ardían en el brasero para cocer el atole que se vendía de noche para los enfermos, alumbraba a veces vivamente y a veces de una manera indecisa la accesoria, que tenía ya más hollín, más polvo y telarañas en las paredes y vigas. La cuna en que se meció Juan estaba allí todavía y había servido para arrullar sucesivamente a otros muchachos hijos de las diversas molenderas que se habían sucedido; y las arañas, astutas, trabajadoras y juguetonas, probablemente nietas o biznietas de las que divertían a Juan, se deslizaban cautelosamente por las cuerdas que sostenían tan primitivo aparato. La dueña de la atolería había engordado hasta un extremos mostruoso; y su redonda y ahumada faz y sus ojos encarnados daban miedo; parecía uno de esos deformes ídolos de los aztecas, incrustado en la negra y ruinosa pared.

Nastasita, por el contrario, era una bolsa arrugada y apergaminada donde no existían más que los huesos. ¡Milagro que hubiese vivido tantos años! Acostada en su mismo rincón y quizá en los mismos petates, y tapada con una frazada, asomaba una cabeza escasa ya de pelo y cana; pero en su fisonomía flaca y cadavérica estaba impresa la bondad y la resignación. Lo mismo que Comodina, luego que reconoció a Juan quiso incorporarse y abrazarlo, pero imposible; apenas logró sacar un brazo descarnado, que Juan, inclinándose, se encargó de colocar él mismo sobre su cuello.

—Quieta; estáte así, Nastasita; yo me sentaré junto a ti; tú no puedes. ¿Qué tienes?

Nastasita, con una voz débil que parece que salía de debajo de la tierra, le contestó:

—¿Qué he de tener, Juan? Los años. ¿Qué más quieres? Pero pedí a Dios que no me quitase la vida hasta que te volviese a ver para echarte la bendición. Pues que no tienes madre, a mi me toca bendecirte, hijo. —Y Nastasita, haciendo un esfuerzo supremo, quitó el brazo del cuello de Juan, se incorporó un poco y extendiendo sus dedos descarnados, bendijo al huérfano, cayó en su dura y sucia almohada y dio un suspiro que fue el último que salió de su pecho. Sin esfuerzo, sin dolor, su alma sencilla había volado a través del humo espeso del cuarto y de la luz vacilante de los leños a las misteriosas regiones de la eternidad.

Juan habló mil cosas, se disculpó como pudo de su larga ausencia, alegando que el maestro Evaristo no lo dejaba salir; le contó cómo estaba ya ocupado y ganando su vida, pero todo en vano. Nastasita no le oía. ¡Estaba muerta! Juan, así que reflexionó destapó a la viejecita, la tentó… rígida, fría. Dirigióse a la dueña de la atolería para contarle lo que pasaba; no logró tampoco que le respondiera, y no sólo la tentó, sino que la movió fuertemente… nada: muerta también. La sangre le había subido a la cabeza y, sentada en la misma postura que tenía una semana antes, había concluido sus ochenta años de una inconsciente peregrinación sobre la tierra.

Juan se retiró pensativo. Sin que cerrase los ojos, iba delante de él Tules, robusta, blanca, echando borbotones de sangre por sus heridas, y el esqueleto enjuto de Nastasita; y en medio de estas dos figuras siniestras, Comodina andando con trabajo, con los ojos entrecerrados, su costillar dibujado en su piel, sucia y sin poder apoyar en el suelo su mano lastimada. A veces Juan se limpiaba los ojos con la manga de la camisa; en su corazón, que le dolía, no podía distinguir cuál le preocupaba más de los tres seres que por distintos caminos se habían asociado a su existencia. Así llegó al mercado; el guarda, que ya lo conocía, le abrió la reja, y desolado, triste, se echó en su duro lecho debajo del cobertizo. Cecilia, después de arreglar su puesto y dejarlo en orden, se había marchado a su casa en compañía de sus dos sirvientas.

Al día siguiente Juan refirió a Cecilia la muerte de su vieja protectora, y con su licencia se fue muy temprano al Callejón de la Condesa. La gran fábrica de atole y tortillas, como se diría si fuese francesa, había disminuido su trabajo. Un solo brasero estaba encendido y una molendera trabajaba; las otras dos, con el cabello alborotado, la cabeza baja, lloraban delante de las dos muertas tendidas en sus petates frente a la calle, con cuatro velas de cera ardiendo cada una. La india molendera más antigua fue la albacea de la mostruosa propietaria. Tres o cuatro días antes le había enseñado, en el rincón, un agujero practicado entre la pared y las vigas del pavimento; y en ese agujero se encontraban trapitos hechos nudos y en cada uno de ellos más o menos cantidad de moneda menuda de plata, cuartillas y algunos pesos. Con este dinero se dirigió al mercado, compró dos petates nuevos y, en cuanto llegó Juan, le encargó que trajese dos cajones de muerto del Callejón de Tabaqueros y fuese a la parroquia a pagar los derechos, y traer a la caída de la tarde la cruz y los ciriales. Juan, que estaba ya ejercitado en mandados y comisiones, y de suyo era listo, volvió a poco con los cajones y el notario de la parroquia, que temiendo fuese una burla o cualquier otro engaño, vino personalmente, hizo preguntas a las atoleras, recogió sus siete pesos y medio de derechos parroquiales por cadáver, y en la tarde, cosa de las cinco, el vicario, con una capa vieja negra con galones de plata, cinco monigotes con sus sobrepellices sucios y la cruz y los ciriales de hojadelata, se presentaron en la puerta, cantaron un responso, rociaron la casa con agua bendita; después los cargadores de la esquina, que acudieron sin que nadie los llamara, acomodaron en los ataúdes a las muertas, sin más cal, ni cloruro, ni otra cosa; clavaron muy bien los ataúdes y cargaron con ellos. El padre y los monigotes echaron a trotar delante por la Calle de Santa Isabel. Los cargadores los seguían trotando también; y Juan, cansado, y la pobre perra Comodina cojeando, apenas podían alcanzar este entierro de pobre.

Llegando al cementerio de Santa María, se hicieron dos agujeros profundos hasta que brotó el agua; el vicario cantó otro responso; regó los negros ataúdes y las tristes sepulturas con agua bendita, y Juan vio hundirse en la profunda tierra los restos de aquellas mujeres que habían sido el consuelo y el abrigo de sus primeros años. El muchacho y la perra, cabizbajos y temblando de frío, regresaron a la ciudad al terminar la nublada tarde de uno de los días destemplados y melancólicos del invierno.

XXII. Cecilia

Juan, sin haber aprendido religión alguna, sin tener nociones de la moral ni más enseñanza que los rezos que oía murmurar a Nastasita y las ceremonias de la misa, a la que rara vez iba, creía en la Providencia y sentía en su interior alguna cosa neta y fuerte que le hacía distinguir las buenas de las malas acciones, que es lo que se ha convenido en llamar conciencia. Aparte del cariño que lo ligó a Tules, el asesinato injusto y brutal que perpetró Evaristo lo había horrorizado, y las aventuras y extrañas mudanzas de su vida le habían dado una cierta experiencia. Si se le acababa un apoyo, venía indispensablemente otro a sustituirlo. Esto le hacía pensar que algún ser desconocido y misterioso velaba por su vida. No era un cuento que le habían contado como cuentan a todos los niños. A él, huérfano, amamantado por la caridad inconsciente de una india, nada le habían referido, en ningún regazo maternal había descansado. Era la verdad neta y palpable que había pasado por su vida. Sin darse él mismo cuenta de estos sentimientos, más tranquilo, pues que no había encontrado a ninguna de las vecinas y nadie lo perseguía, llegó con cierta confianza al puesto de fruta, y al día siguiente, tan pronto como el mercado estuvo solo, contó a Cecilia lo ocurrido.

—Desde que te eché el ojo —le contestó ésta— me latió que eras un buen muchacho; siéntante y come. —Y le pasó algunas cazuelas con comida que Juan devoró con avidez, pues desde la víspera no había probado bocado. Los huesos y los pedazos de tortilla los tiraba a la perra Comodina, que estaba echada a sus pies.

—¡Calla!… ya tienes un perro. ¿Dónde se te ha pegado?

Juan no quiso en aquel momento contar su historia a Cecilia, y le respondió simplemente que había pertenecido a la viejecita y que él lo había recogido para que no se muriese de hambre.

—Vaya; te quedarás en el puesto —continuó Cecilia— y desde hoy no te faltará trabajo ni qué comer a ti ni a tu animal. Has hecho bien en traerlo, habría sido una contracaridad dejarlo en la calle; no tienes mal corazón. Recoge tus trastes y ve y déjalos a la casa. Toma la llave; te traes un canasto de naranjas, que ya se están acabando las que hay aquí y los franceses compran para las comidas que hacen de noche en sus fondas. Cuando salgas cierras bien la puerta. La llave tiene dos vueltas.

Juan, contentísimo, voló a desempeñar la comisión. Entretanto diremos algo de Cecilia a la que volveremos a encontrar en el transcurso de esta narración.

Era hija de una trajinera, y esta palabra necesita una especial explicación. Las lagunas del valle de México y los canales de Chalco, de la Viga y otros, son surcados por embarcaciones, todavía en el estado que tenía cuando Hernán Cortés peleó con sus bergantines en estos sitios pintorescos y memorables. Las chalupas, angostas y largas, pueden apenas contener una persona sentada o de pie, remando, pero con la condición de guardar perfecto equilibrio, pues el menor movimiento hace volcar la ligerísima embarcación, que parece más bien hecha para regatas. La canoa común es de dos popas planas, de modo que corta el agua y gobierna con dificultad. Sus dimensiones son comunes y sirve para conducir carga. Las trajineras son ya otra cosa, como si dijéramos los navíos de tres puentes de esta primitiva marina. Son muy grandes y anchas. En el centro, y cubiertos con unos toldos de petate, están los camarotes para los pasajeros que, para dormir con más comodidad, llevan su colchón y su ropa de cama, y salvo los mosquitos, y en unas temporadas el calor y otras el frío, pueden pasar una noche tan cómoda como en su propia alcoba, atravesar durante la noche el canal y despertar en el muelle; es decir, cerca de la plaza principal de la ciudad de Chalco. La popa y proa de las trajineras vienen cargadas de pilones de azúcar, tercios de panocha y piloncillo, de millares de naranjas y limas y de racimos de plátanos. Como esas producciones son de la tierra caliente, suelen estar acompañadas de alacranes, de mestizos, del fabuloso escorpión y algunas que otras culebras que, buscando calor o leche, si alguna pasajera va amamantando algún chiquillo, le hace compañía toda la noche.

Cecilia no era precisamente hija de una de estas embarcaciones genuinamente aztecas. Esto no era posible, ni lo pensará ningún lector. Una viuda rica, establecida años atrás en Chalco, tenía una armada completa de canoas y chalupas de toda especie y tamaño. Pasaba por rica, y lo era efectivamente; se le conocía con el nombre de «La Trajinera», y pocos sabían cuál era su nombre cristiano y la manera como había hecho su fortuna. Tenía seis hijos varones y con Cecilia eran siete. A su muerte, los licenciados del pueblo se comieron la mitad del capital; pero al cabo de años se repartió lo restante entre los herederos. A Cecilia le tocaron dos trajineras y doscientos pesos en dinero. Como durante la vida de la madre aprendió el oficio, es decir, intervenía en la carga y descarga de las canoas, cobraba los fletes, ajustaba y pagaba a los remeros y hacía frecuentes viajes a México, cuando se encontró sola y huérfana, pues cada cual de sus hermanos tomó su derrotero, se halló en disposición de manejar sus escasos bienes y de mantenerse por sí sola. Vendió una de las trajineras y se quedó con la otra para su servicio; hacía sus viajes a Chalco y las lagunas cuando era necesario y arrendó un buen local en la plaza del Volador. Construyó un buen tejado, que podía cerrarse de noche, y que dedicó al comercio de frutas.

En vez de disminuir, su capital aumentaba cada día, y mes por mes compraba perlas, diamantes, anillos y rosarios de oro en el Montepío y cambiaba por onzas de oro su plata sobrante; vestía de tela fina, rebozos de Tenancingo de a cien pesos y comía al estilo del pueblo mexicano, pero de lo más sabroso, como que ella misma preparaba su cocina y escogía lo mejor del mercado. También giraba sus negocios y hacía sus cuentas exactamente con los dedos de las manos y con el auxilio de frijoles de diversos colores. Cada frijol negro valía un real; los blancos, una peseta; los palotes o colorados, un peso; con esto, unos tecomates en que se separaba esta nueva moneda que ella había creado y unos popotes gordos, no se equivocaba ni en un tlaco en sus cuentas corrientes, y cuidado que tenía muchas: con los remeros, con los fruteros de Cuautla y Cuernavaca y con diversos comerciantes de la plaza y marchantes que le pagaban por semanas la fruta y algunas legumbres finas que también vendía. Tenía sirvientas originarias de Chalco, y a Juan, a lo que por lástima y simpatía tomó bajo su protección. Vivía en una casa propia de la orilla del canal, que tenía un desvío por el que entraba el agua hasta el patio. Era un viejo edificio medio arruinado, con dos patios, un corral y muchos cuartos con cuarteaduras y techos medio podridos donde encerraba fruta, remos, trastos y palos viejos y cuanto le estorbaba. Ella y sus sirvientas habitaban la parte que daba a la calle, que presentaba mejor aspecto que el interior; pero los muebles no correspondían al lujo de sus vestidos y a las muchas alhajas, que ya valían buena cantidad. Las que no llevaba en el cuello y en las manos, las escondía cuidadosamente por miedo de los ladrones, mudándolas de lugar los más días para que, aunque echaran la casa abajo, nadie las pudiese encontrar. Cecilia, en tales condiciones de riqueza relativa y de buen parecer, y no vieja, pues no llegaba a los treinta y cinco años, no dejó de tener sus pretendientes, ya maiceros, ya dueños de tendejón o de canoas, ya comerciantes ambulantes de la tierra caliente; pero persuadida de que la solicitaban o por la mala, o por su dinero, con ninguno quiso tener tratos más que de puro comercio, y cuando se propasaban, sabía darles una buena cachetada y echarlos del puesto, pues en su casa no recibía más que a los arrieros, remeros y gente que le iba a pagar o a comprar por mayor. Además de los instrumentos necesarios para cortar los troncos de fruta, Cecilia tenía un buen puñal, largo, con filo de los dos lados, puño de plata incrustado de oro y vaina de terciopelo, y nunca se separaba de él, colocándolo en su cintura de modo que estuviera listo sin que se le viese. En la plaza no se dejaba ni de los marchantes imprudentes que le tentaban y echaban a perder la fruta sin comprar al fin nada, ni de las placeras sus compañeras, y así había adquirido una especie de superioridad. Su puesto, que ya ocupaba algunos metros cuadrados, había formado una especie de potencia, donde acudían los débiles y los que estaban en discordia para que ella dirigiese sus cuestiones y diese la razón a quien la tenía. Aparte este carácter varonil y enérgico, era compasiva y ejercía sin ostentación la caridad; cada sábado repartía un tecomate de tlacos a los limosneros, y cuando iban entre semana, nunca les dejaba de dar una pieza de fruta y el pan, tortillas y lo que le sobraba de su comida; vendía su fruta más cara que cualquiera otra de sus compañeras, pero era exquisita, y cuando ella conocía que estaba verde o dañada por dentro, se lo advertía al comprador, pues no quería que su puesto se desacreditase. En el fondo y en verdad, era una buena mujer, de gruesas palabras y de risotadas ingenuas, que no se dejaba atropellar de nadie, pero que tampoco les hacía mal ni a las moscas. El puñal lo cargaba únicamente para hacerse respetar, porque la gente que trataba y con la que comerciaba, era dura y altanera y con ella no había que andarse con cuentos. Regalaba su dinero cuando así le daba la gana; pero no perdonaba medio a ninguno de sus deudores. Respecto de Juan, era exigente; lo hacía trabajar todo el día; los mandados los había de hacer corriendo; la fruta debía tratarla con cuidado y colocarla metódicamente en unas canastas y tompeates. Cecilia tenía entre otros, por marchantes, a muchos de los empleados que ganaban más de mil pesos anuales de sueldo, que invariablemente acudían al puesto al salir de sus oficinas y dirigirse a comer a sus casas. Les surtía su pañuelo de lo que más les gustaba, les daba como regalo o ganancia un par de buenos chabacanos o un puñado de capulines para los niños, les ataba su pañuelo por las cuatro puntas y los despedía con palabras zalameras, recomendándoles que no la olvidaran ni se fueran a surtir a otra parte de fruta. Los excelentes maridos y padres de familia salían contentísimos del mercado y marchaban orgullosos por la Plaza Mayor y calles de Plateros, moviendo sus brazos a compás, el uno con el bastón con puño de oro, y el otro de donde pendía un gran pañuelo de madrás lleno de fruta.

Juan estaba destinado para llevar la fruta a las fondas, a los colegios (al menos para el rector) y a los hombres de mayores proporciones que compraban mucho, y entre otras cosas, melones y sandías, que no podían caber en los pañuelos. Entre los más asiduos marchantes de Cecilia se contaban un diputado, que llamaba la atención por su gran corpulencia y gordura y por su benévola fisonomía, y un abogado de esos que eran un pozo de ciencia y de sabiduría y un tipo de honradez.

El uno se llamaba don Mariano y el otro don Pedro Martín de Olañeta. La compra que hacía el diputado importaba de tres a cuatro pesos diarios. Juan era el que les llevaba la fruta y cobraba el sábado de cada semana; nunca dejaban de darle en la casa una peseta por el mandado. Aparte esto, apenas habría la boca Cecilia, cuando el muchacho le adivinaba los pensamientos, corría por esas calles atropellando gente y volvía en minutos con los cigarrillos, con el pulque de piña, con lo vuelto de un peso, con lo que se le encargaba. Esta vida activa, este trabajo constante cuyos resultados veía en pesetas, en reales y en cuartillas de que llenaba sus bolsas, esta existencia segura y cómoda, lo hacía feliz y se iban borrando poco a poco de su memoria los largos y terribles días del taller, la imagen sangrienta de Tules y el triste y desecado esqueleto de la viejecita; no pensaba más que en el día presente, no tenía otra ambición ni otro porvenir sino el de continuar ganando su vida. Sus afecciones estaban concentradas en Cecilia y en la perra Comodina, a la que había hecho con hojas secas y tablas una buena habitación, que desbarataba en la mañana por orden del guarda cuando barría el puesto, pero que volvía a construir en la noche. La perra, con trabajo, y hasta en orden natural por su vejez, iba tirando como quien dice; se había conquistado por su mansedumbre el afecto de los guardas y de las placeras; pero conservaba su fiereza respecto de los perros callejeros, que no dejaba acercar al puesto, lo cual agradaba también a Cecilia, que no gustaba de que le olieran ni la fruta ni los bocaditos que tenía siempre que añadir a su almuerzo.

Las cosas no podían ir mejor, pero ya tenemos dicho que no hay felicidad cumplida en este mundo, y nada lo prueba más que los cuidados y contratiempos de don Espiridión y de doña Pascuala, de cuyos personajes pronto nos volveremos a ocupar.

El administrador propietario del mercado se enfermó de un reumatismo, y como su curación no era de pocos días, el regidor nombró provisionalmente a un ahijado suyo, un joven, mejor dicho un hombre (porque tenía más de treinta y cinco años), perdulario y capaz sólo de hacer su negocio. Sus méritos eran ser portero de una logia yorkina, y los masones, por burla, le llamaban San Justo.

La entrada de este funcionario produjo una revolución en el mercado. Cada una de las placeras le había de dar diariamente una contribución. Una las lechugas y rábanos, otra las alcachofas, otra los tomates, la de más allá un manojo de cebollas, y así todas. A Cecilia le designó un par de aguacates y algunos plátanos guineos, y los domingos un surtido completo de fruta, sin contar que a los indios que venían de Toluca a vender a la plaza, los llenaba de insultos, y cuando los veía ya acobardados, les quitaba una mantequilla, un queso o una sarta de chorizos. Gran reunión y gritería al caer la tarde alrededor del puesto de Cecilia. Por sus indicaciones se formó una comisión que, vociferando y resuelta a todo, se encaminó a la Diputación a acusar ante el gobernador las demasías del nuevo administrador. La comisión de las alegres comadres esperó dos horas, al cabo de las cuales el gobernador salió de su despacho seguido de su ayudante y no les hizo caso, sino que despejó con las manos el camino que le cerraban las placeras quejosas, que se habían juntado con otros muchos quejosos también, que por diversos motivos esperaban en el tránsito y escaleras ser escuchados por la primera autoridad del Distrito.

Regresaron desconsolados, pero siempre hablando y rabiando a dar cuenta a Cecilia de su derrota. Al día siguiente, el administrador, orgulloso de su triunfo, se presentó al mercado y delante del puesto de Cecilia dijo en voz alta:

—De orden del regidor, tendrán que pagar cada una de las que armaron ayer el motín, doce reales de multa u ocho días de cárcel. A doña Cecilia, que fue la que promovió el alboroto, cinco pesos o quince días de cárcel.

Cecilia gritó, juró y dijo que primero se quedaría sin camisa que pagar la multa; pero don Pedro Martín de Olañeta, que llegó a comprar su fruta como de costumbre, impuesto del caso, les dijo:

—Hijas mías, les aconsejo que paguen su multa y no hablen ya más, porque en último caso las llevarían a la cárcel y esto es peor. Dicen que la autoridad siempre tiene razón.

—¡Pobres gentes! —continuó diciendo entre dientes al escoger un par de peras gamboas y una chirimoya que escurría ya su balsámica azúcar—; así están gobernados desde la conquista hasta hoy, nada han ganado, nunca tienen razón, y como han tratado de no dejarse robar por el administrador, era lógico: las han castigado con una multa.

Por de pronto las cosas terminaron así. Las placeras pagaron y el funcionario siguió abasteciendo su despensa y comiendo como un príncipe. Lo sostenían los masones, protegían a San Justo y no se necesitaba más.

Cecilia, voluntariosa y acostumbrada a dominar en el mercado, resistía constantemente y no había día en que por un motivo o por otro no tuviese un altercado con el funcionario, que no daba trazas de abandonar el destino, pues la enfermedad del propietario había sido declarada crónica por los mismos doctores de la Universidad que no pudieron resolver el grave caso de doña Pascuala y que asombró, como se ha dicho, a las gentes que tenían amistad y relaciones con la familia del rancho de Santa María de la Ladrillera.

Una guerra sorda se estableció entre Cecilia y el administrador, el cual, aparte de las economías y dádivas, quería además, tener una mujer que, lejos de costarle, favoreciera por lo menos sus tendencias gastronómicas. Estaba, en una palabra, enamorado de la cara fresca y francota de Cecilia, de las perlas que colgaban en su carnudo cuello; no podía ver con indiferencia rebullirse debajo de la camisa de tela un par de esferas sólidas, se le hacía agua la boca cuando se acercaba al puesto y veía el apetito y contento con que Cecilia, sus sirvientas y Juan comían los guisados nacionales, realzados con el apio, los aguacates, los rábanos y cuanto tenía el puesto de fruta de Cecilia, que parecía cortado de los árboles del paraíso.

El honrado y celoso San Justo, pues al decir de los patriotas regidores, nunca había estado el Volador mejor gobernado, cambió de táctica. Nada de multas, nada de regaños, nada de gritos, nada de exigencias. Las placeras volvieron a sus hábitos de suciedad, llenando los tránsitos y arroyuelos de rabos de cebolla y fruta podrida, lavando en la fuente sus trastos sucios y los pies y las piernas con el sobrante de la taza que se desbordaba; y esta tolerancia del administrador era porque creía complacer con ella a Cecilia. Juan participaba de esta felicidad; era el consentido y lo ocupaba en sus mandados particulares y, en ratos de ocio y para tener motivo de acercarse a Cecilia, les enseñaba a leer y a contar, de lo que los dos no dejaron de aprovecharse. Pasaron así meses; el enfermo crónico no sanaba. San Justo cada día era más querido del regidor de mercados, al que surtía los sábados con parte de las mantequillas y quesos quitados por fuerza a los indios. Don Pedro Martín de Olañeta preguntaba de vez en cuando cómo iban las cosas, Cecilia sonreía maliciosamente, y el sabio abogado salía de la plaza seguido de Juan con sus canastas llenas de fruta, diciendo siempre entre dientes:

—¡Pobres gentes! Las roban y las tratan mal desde la conquista hasta hoy, y no tienen más arbitrio que aguantar.

Tal estado de cosas debía tener un desenlace. El administrador se resolvió a decir a Cecilia su atrevido pensamiento. Una tarde, sola ya la plaza, San Justo entró familiarmente al puesto, se sentó en la tarima y echó el brazo al cuello de Cecilia.

—¿Para qué hemos de andar con rodeos ni con tapujos doña Cecilia? Yo la quiero a usted y bastante lo ha de haber conocido; ya me canso de hacer el papel de enamorado, venga esa cara tan fresca y esos labios que parecen dos jitomates —y diciendo y haciendo todo fue uno; le tronó un beso en la boca, que resonó en toda la plaza.

—Vaya de llanezas —dijo Cecilia, limpiándose los labios con una mano, y quitando bruscamente y tirando al otro lado el brazo que rodeaba su cuello—; usted tiene la fuerza y es protegido del regidor y del gobernador, y nos tiene el pie encima, y esto es todo; pero dejarme de otro modo, eso no; quizá no sabe usted todavía quién soy; ¡retírese!

Cecilia pasó al otro lado del puesto e interpuso entre ella y su fogoso amante un montón de olorosas naranjas que comenzó a colocar en equilibrio unas sobre otras para el expendio al día siguiente; gritó a Juan, que estaba ocupado debajo del cobertizo en curar con hojas de col fresca la mano de Comodina, y ya con la presencia del muchacho no pudo San Justo decir ni hacer más, y se retiró lleno de despecho a meditar una venganza por el desaire que él, portero de una logia de masones, había recibido de una ordinaria frutera.

Como Juan era el predilecto de Cecilia, no pudiendo de pronto atacarla directamente, se propuso comenzar por él, y nada le era más fácil. Los muchachos de diversas edades, que hacían en el mercado los mismos oficios, le eran contrarios por envidia, pues le fiaban dinero, tenía más ocupación que ellos, ganaba más y don Pedro Martín de Olañeta lo protegía, pues no quería que nadie le llevase la fruta a su casa. Esto era bastante; el administrador supo fomentar estas ruines pasiones, y no había día en que Juan no tuviese un altercado con alguno de ellos. Frecuentemente salían de la plaza y se agarraban en la calle a los pescozones, pero aunque fuesen tres o cuatro los que lo atacasen como montoneros y cobardes, salía vencedor, porque era más ágil, más fuerte y de más edad. Como último recurso, se iban a quejar con Cecilia, que los echaba a pasear, y con el administrador, que llamaba a Juan, lo llenaba de desvergüenzas y lo multaba en dos o tres reales, sisándole así la mitad de lo que ganaba diariamente. Cecilia conocía de dónde venía esto, pero no por eso se mostraba más dispuesta a acceder a las pretensiones amorosas de San Justo.

Un día Juan iba cargando en su cabeza una gran canasta llena de fruta, y de la mano que le quedaba libre colgaba otro canasto con uvas y ciruelas de España, que eran raras y exquisitas; don Pedro Martín de Olañeta iba delante. Fatigado Juan, pidió auxilio a uno de los muchachos sus compañeros, que le seguían, instando al abogado para que les diera cuartilla o medio, lo que hacía frecuentemente para quitárselos de encima. En un descuido ocultaron un melón sin que Juan lo advirtiese sino cuando llegó a la casa. El abogado, que deliraba por los buenos melones, regañó a Juan duramente.

De vuelta al mercado, Juan agarró a los trompones al muchacho que sospechaba se lo había robado, y esto originó gran tumulto en la plaza. Cecilia tomó parte en favor de su protegido, las otras placeras, por el ladronzuelo; voces, injurias, y poco faltó para que las mujeres viniesen a las manos y se arrancaran los cabellos. La bola toda vociferando, arrebatándose las palabras, fue a dar al despacho del administrador. Juan fue acusado de ladrón. El muchacho que le había escamoteado el melón lo acusaba también de haberle robado de la bolsa cuatro reales y medio y cuartilla. Juan protestó, lloró, pateó e imploró el testimonio de Cecilia y de cuantos le conocían; pero no hubo remedio, la fatalidad, que perseguía a Juan, no lo dejó en esta vez. El administrador mandó que lo registrasen, y resultó que tenía en el bolsillo cuatro reales y medio y cuartilla. No había duda; la acusación resultaba comprobada. Juan era un ladrón.

XXIII. Ladrón ratero

Cuando sacaron del bolsillo los cuatro reales y medio y cuartilla, él mismo dudó un momento de su honradez y pensó que tal vez había robado o que lo abandonaba la Providencia que había forjado en su primitiva, en su ruda conciencia. Cecilia misma dudó también, y se lo quedó mirando con una especie de lástima. Lo que impresionó a Juan de una manera horrible, fue la idea de que Cecilia lo creyese culpable. Instintivamente conocía que era su único apoyo en el mundo y que, si lo perdía, no tendría a quién acudir en lo humano. Se le llenaron los ojos de lágrimas, y limpiándose con el revés de la mano y haciendo después la señal de la cruz se volvió a Cecilia, y con un acento de verdad y de firmeza que impresionó momentáneamente al mismo San Justo, le dijo:

—Doña Cecilia, por esta Santa Cruz le juro que yo no he robado nada; el dinero que estaba en mi bolsa era mío, lo gané ayer; el licenciado me dio una peseta; el otro señor que es del palacio, otra peseta, y medio y cuartilla la cocinera de la Calle de San Bernardo, a la que llevé los quesos y la mantequilla como cada semana.

Cecilia comprendió en el acto la verdad, y volviendo de la duda que por un momento había tenido, le respondió:

—Sí, Marcos, te creo, no hay necesidad de que lo jures, eres hombre de bien; y no tienen estos señores más que ir a las casas y preguntar si es verdad lo que dices. Es una casualidad que tuvieras en la bolsa la misma cantidad.

—Buenos estábamos para andar ahora averiguando y metiéndonos en cosas ajenas por un pillastre como éste —contestó San Justo— ya mandó llamar al regidor y él determinará.

El regidor, que era nada menos que nuestro amigo el licenciado Lamparilla, llegó en efecto a pocos momentos, le contaron el caso agravándolo cuanto pudieron. Cecilia defendió al muchacho, juró, se exaltó; pero los demás testigos declararon en contra.

—¡Eh! ¡Silencio! —dijo el licenciado Lamparilla—. Yo no permito que nadie me falte. Usted, por insolente —le dijo a Cecilia— debería ir ocho días a la cárcel, pero no quiero perjudicarla; pagará solamente cinco pesos de multa; y este bribón, además de ser un ladrón, es también malcriado y enredador. Que vaya al hospicio, y muy recomendado para que lo traten como merece.

¡Qué lejos estaba Lamparilla de pensar que acababa de sentenciar al muchacho que se robó la bruja para obtener la curación de doña Pascuala! Satisfecho con ese acto de energía, dio la vuelta para marcharse, y en voz baja dijo al administrador:

—No se olviden los quesos y las mantequillas, y mande usted alguna buena fruta del puesto de Cecilia. Ya sabe usted que en punto de las tres se come en casa.

—La plaza toda mandaría a usted por haberme quitado ese pillastre que me tenía la gente revuelta, y multado a esa Cecilia, que cada día está más sobre sí, quizá porque tiene perlas y corales en el cuello.

—Hombre, tenga usted mundo —le dijo Lamparilla— todos tenemos nuestros defectos. Sobrellévela usted, dispénsele la multa de mi orden, con tal que nos mande la mejor fruta. Si algo se ofrece, a las dos de la tarde saldré del cabildo. Tenemos asunto grave hoy: se quiere quitar esta plaza de aquí y trasladarla al puente de la Leña. Esto se convertirá en un salón de cristal para bailes y conciertos. Es negocio que puede producir. Ya haremos que en el nuevo mercado sea usted administrador, porque al propietario se le ha subido el reumatismo al corazón, es un endo-pericarditis; usted no entiende de eso, pero es igual, ruéguele usted a Dios que se acabe de morir, que al fin todos somos mortales.

—Así lo haré aunque malo, señor licenciado.

Lamparilla se deslizó entre la multitud de indios, de cocineras y de mozos que llenaban el mercado, los guardas despejaron la gente que se había reunido y que se retiraba diciendo:

—Nada… cualquier cosa, lo de todos los días; un muchacho ladrón que han agarrado.

Cecilia se retiró a su puesto colérica y apesadumbrada, y Marcos, o mejor dicho nuestro pobre Juan, fue sacado de una oreja por un aguilita y conducido a puntapiés al hospicio, no sin ser seguido de algunos muchachos que se burlaban, y de cocineras y criadas que decían:

—¡Qué lástima, tan joven, no mal parecido, tan fuerte que podía trabajar y ya ladrón! ¿Dónde vamos a dar? El señor del Buen Despacho nos favorezca; ya no se puede andar en la calle; ¡ni el rebozo está seguro!

Mal que bien, cayendo y levantando por los empellones que le daban, pues su sangre hervía y la injusticia que con él se cometía lo sublevaba y de consiguiente resistía y quería como escaparse, Juan llegó hasta un gran edificio y fue introducido a un cuarto bajo pintado de cal, donde había unas cuantas sillas desfondadas, un estante, una mesa sucia con un juego de tintero y marmajera de plomo, llena de papeles de todos tamaños en desorden. Allí despachaba un viejo con calva, canas, y gafas verdes, que era el director, el encargado, el dictador absoluto de este antiguo establecimiento de caridad.

—¿Otro tenemos? —dijo quitándose las gafas y limpiándolas luego que vio entrar al policía, que no soltaba la oreja de Juan—. Pues si así vamos, no habrá ya en los últimos días del mes modo de dar de comer a toda esta canalla de muchachos. Las semillas han encarecido, el Ayuntamiento no quiere dar dinero y van dos semanas que no se piden pobres del hospicio para los entierros. ¿Veamos cuántos?

Estas quejas las dirigía a su escribiente, sentado en la cabecera de la mesa, con su pluma en la oreja y temblando de frío, pues le entraba un chiflón a sus espaldas, que cubrían una ligera y vieja chaqueta de lienzo.

—Plutarco López —contestó el escribiente leyendo un apunte que tenía en la carpeta.

—¿Y por qué? —preguntó el director.

—Porque tiró a su madre el jarro de atole en la cabeza. Cutberto…

—Cut qué…

—Cutberto Melquiades, por vago y mal entretenido; Sotero García, porque al ayudar la misa se robó las vinajeras en el curato de la Soledad de Santa Cruz. Homobono Pajarito, porque bolseaba en el portal y sacaba relojes y pañuelos; Eustaquio Buitrón, porque le tiró un cohete a su padrastro y le quemó las nalgas.

—¡Caramba! —interrumpió el director—. ¿Cuántos en la semana?

—Veintidós —respondió el escribiente—, mandados unos por el señor Gobernador, otros por los regidores y uno por el cura de la Soledad.

—¡Pero el cura no manda en el hospicio!

—Mandó decir que era amigo de usted, y un recado y una canastita con unas brevas que escurren miel y que son de las higueras del curato.

—¡Ah, vaya! No me acordaba. Es un santo hombre, y muy amigo mío, en efecto.

—¿Y tú como te llamas? —continuó volviéndose donde estaba Juan y el policía, que habían permanecido en pie larga media hora en un rincón del cuarto.

—Marcos —respondió el muchacho.

—¿Marcos qué?…

—Marcos nada… —volvió a decir.

—¿No tienes apellido; naciste de las yerbas?

—Peor que eso —murmuró Juan bajando la cabeza.

—¿Por qué traen a este bigardón aquí? —gruñó el funcionario—. Con tantos lomos para trabajar, mejor estaría de soldado.

—Lo envía su señoría el licenciado Lamparilla, regidor de mercados, por ladrón de la plaza; nadie estaba seguro, a todas las cocineras las bolseaba, y se robaba hasta las sandías y los melones.

—¡Mentira! ¡Mentira! —gritó Juan colérico.

—Calle el deslenguado —le dijo el escribiente.

—Ya, ya le bajaremos esos humos. Échenlo en el patio, y a la tarde que se le encierre en el cuarto oscuro. A los ocho días estará como una sedita. Apunte usted todo en el libro, y acábeme las cuentas, que tenemos tres meses de atraso y el día menos pensado, nos cae la visita del licenciado Lamparilla.

—Si nunca viene —le respondió el escribiente— y cuando viene sólo se ocupa de las muchachas, y ya hay algunas que de veras se van poniendo bonitas.

—La juventud, la juventud, y ya no es muy joven Lamparilla, ya los viejos no pensamos en eso —dijo el director levantándose y volviendo a limpiar sus gafas—. Me voy a ver a mi compadre el administrador del mercado, que dicen lo han desahuciado los médicos. Que encierren de una vez a este pilluelo, que nos está mirando con unos ojos… Ya verás cómo en esta casa de caridad en menos de tres meses te vuelves todo un hombre de bien.

El administrador salió, el escribiente llamó a dos de los muchachos más grandes que habían estado escuchando en la puerta, y les dijo:

—Lleven al cuarto oscuro a este zaragate, cierren la puerta, traen la llave y la cuelgan en el clavo.

En el despacho de que hemos hablado había en efecto, clavados en la pared, percheros para los sombreros y llaveros con llaves y candados de todos tamaños, un calendario tendido y una antigua copia de varios artículos del reglamento del hospicio.

Juan fue llevado a una especie de pasadizo o de callejuela que estaba al extremo opuesto del patio. Abrieron una puerta pesada de cedro, y de un empujón lo introdujeron en un antro oscuro. Tanto había pasado a Juan puede decirse en pocas horas, y tan rápido fue el cambio de su vida, que quedó anonadado, estúpido en aquella oscuridad completa, en el lugar donde materialmente lo habían tirado como se tira un palo podrido o un mueble inservible. Poco a poco sus ojos se acostumbraron a la oscuridad y pudo reconocer su prisión. El suelo estaba sembrado de apestosas basuras; el moho y el salitre subían hasta la mitad de las paredes; el techo, de buenas y gruesas vigas de cedro, cubierto de telarañas; los ratones se paseaban confiados o asomaban sus cabecitas pulidas e inteligentes por los agujeros. En un rincón unos petates viejos y una frazada sucia olvidada por alguno de los que le habían precedido en el cuarto oscuro, eran el mullido lecho.

Juan, al fin, se tapó con la frazada, porque la atmósfera húmeda y pegajosa le había entumecido el cuerpo, y se recostó en los petates. Al cabo de algunas horas, la oscuridad más densa y el silencio de los patios le hicieron reconocer que era ya de noche. Nadie que se acercase a la puerta; nadie que le llevase de comer; estaba completamente olvidado y sepultado en vida.

Fue hasta la tarde del día siguiente cuando el director, que le hacía diversas preguntas a su escribiente, trató de indagar lo que había sucedido con Juan, si resistió al castigo o entró dócilmente, y se fijó en la llave muy grande y mohosa colgada y con una larga correa que la distinguía de las demás.

—¿Qué dice el nuevo ladronzuelo? —preguntó dirigiéndose al escribiente.

—¡Canario! —interrumpió éste, dando un salto en su silla y dirigiéndose a coger la llave—. La verdad, se me había olvidado el muchacho ése, como la primera camisa.

—¿Y no le han dado nada de comer?

El escribiente titubeó.

—Tal vez se habrá muerto, va a hacer dos días que entró. ¡Qué sería de mí si se supiera que se había muerto de hambre! Es un olvido imperdonable que puede costarle a usted el destino.

—No haya cuidado, el muchacho estaba gordo y fuerte.

—Vamos, vamos —repuso el director, y descolgando la dichosa llave del clavo, se dirigieron los dos al cuarto oscuro.

Juan, desesperado de hambre, había gritado, golpeado la puerta con tanta fuerza como pudo; pero todo en vano. Los muchachos que lo oían se reían de él, le hacían burla y a su vez tocaban por fuera de la puerta. Estaban acostumbrados a oír los llantos, lamentaciones y ruido de los castigados y habían concluido por echarlo a broma.

Cuando el director y su escribiente entraron, encendiendo un cerillo, encontraron a Juan envuelto en la frazada desmayado.

—¡Se murió, se murió, no hay remedio! —dijo el administrador—. Es necesario fraguar una mentira, decir algo.

—No, no, está caliente, respira; una taza de caldo y una copa de licor lo hará volver en sí; lo que tiene es hambre y nada más. Voy yo mismo.

En efecto, a poco volvió con una taza de hojadelata con un caldo grasoso y aguado, y con una copa de mistela de anís que tomó de una botella que tenía encerrada en el estante (uso particular), y de la cual echaba buenos lapos cuando el director estaba ausente, que era lo más del día. Entre los dos abrieron la boca al muchacho, le hicieron beber el caldo y el licor, a medida que su estómago recibía el alimento, sus ojos se abrían y se reclinaba en uno de sus brazos.

—Vaya, duerme por ahora —le dijeron—. De aquí a poco te traerán tu comida, y mañana saldrás del cuarto oscuro; pero ya te acordarás de este cuarto y no volverás a robar en tu vida.

A las once llevaron a Juan un arroz aguado y sin sal, y un pedazo de carne de cerdo y unos frijoles parraleños parados y duros, y esta detestable comida la devoró con delirio y le supo mejor que los sabrosos almuerzos de Cecilia. Se acostó después y durmió hasta las seis, en que el escribiente mismo le abrió la puerta. Silencioso, macilento y triste, salió lentamente del antro infecto y se sentó, como quien ha perdido el interés por la vida, debajo de uno de los frondosos fresnos del patio principal.

XXIV. El hospicio de pobres

En los siglos de la dominación española en el Nuevo Mundo no había ni remotas ideas de caminos de fierro, de puentes colgantes, de telégrafos, de teléfonos y de tantos otros maravillosos descubrimientos, que creemos, porque no podemos negarnos a la evidencia; pero que en esas edades habrían pasado por brujerías y los sabios, de seguro, habrían tenido necesidad de hacer pacto con el diablo y, conducidos ante el temible tribunal de la Inquisición, hubiesen encontrado la corona de su talento en los martirios y en las hogueras. Las tendencias y las luchas de esos tiempos eran la religión. Protestantes y católicos disidentes, y apostólicos romanos intransigentes, he aquí los personajes y las ideas dominantes.

Prohibida en la Nueva España la entrada de personas y de libros extranjeros, dominada la sociedad por la influencia eclesiástica, las doctrinas católico-romanas se conservaron años y años, no sólo puras y genuinas como nacieron en Jerusalén, sino acompañadas del cortejo de milagros, tradiciones y apariciones que se consideraban como artículo de fe. Como es evidente que cualesquiera que sean los defectos e inverosimilitudes que se saquen a luz por los librepensadores y enemigos del catolicismo, la religión de Jesús tiene por base la caridad, así los habitantes de la colonia hispanomexicana la ejercían según sus medios, y de aquí la construcción de templos magníficos y de establecimientos de beneficiencia que aún subsisten y se ven en la ciudad de México, como comprobantes de la historia de esos siglos. Si hubiesen entonces llegado las ciencias al estado en que hoy se encuentran, es casi cierto que la Nueva España habría sido dotada antes que la metrópoli misma de cuanto hoy ha mejorado las comodidades de la vida, la facilidad del comercio y las relaciones mutuas de los pueblos de la tierra.

Entre las fundaciones benéficas de la capital se encuentra el Hospicio de Pobres.

No queremos hacer perder a los lectores con serios y pretenciosos renglones el poco o mucho interés que hayan concebido por los personajes que, al natural tales y cuales son, les vamos presentando. Así, enviaremos a los que quieran saber la historia del hospicio, a la biblioteca, donde encontrarán para su edificación diversas obras que les darán cuantas noticias quieran sobre los conventos, colegios y establecimientos de beneficencia que hubo y hay todavía en la gran Tenochtitlán.

Juan, que sufrió una agonía de hambre, que durante dos días estuvo en la oscuridad y respirando una atmósfera húmeda y viciada, sintió que el aire sano y libre que circulaba en el espacioso patio le volvía la fuerza y la vida. A la copa de los frondosos fresnos que hay en cada ángulo, venían bandadas de tordos y de gorriones, que hacían sus evoluciones volando a las cornisas de las azoteas o bajando rápidos al patio a recoger los insectos y partículas pequeñas, y volvían a descansar entre las ramas. Cosa de ochenta o cien muchachos, jugando unos, platicando otros, corriendo aquí y allá, animaban el cuadro que iluminaba un sol espléndido.

La fisonomía resignada y sangrienta de Tules, la cara descarnada de Nastasita y las mejillas coloradas y el ancho pecho lleno de perlas de Cecilia, se presentaron a la imaginación de Juan, y le parecía que esos fantasmas salían de debajo de los fresnos, atravesaban la turba de muchachos que, con sus vestidos sombríos, parecían una clase singular de animales poblando el patio, que le parecía inmenso, pero por donde quiera veía el estrecho callejón y el cuarto oscuro. Esta visión lo tenía inmóvil y pensativo, como si su alma hubiese ido a otra parte dejando a su cuerpo inerte, abandonado y frío en el lugar donde se había sentado.

Uno de los mozos o dependientes encargados de cuidar el orden y gobernar a los muchachos, lo sacó de esta extraña contemplación dándole un fuerte apretón en el brazo.

—Ven a dejar ese vestido y a ponerte la ropa de la casa.

Juan tenía un pantalón de lona o algo parecido, su camisa de algodón, una especie de blusa, un sarape chico al hombro, y en la mano todavía sus ayates y pedazos de cotence que no había abandonado. La ropería ocupaba una galería oscura y clavados al derredor de la pared había percheros de donde pendían piezas diversas de ropa de color indefinible, viejas y remendadas unas, y otras en mejor estado de uso, que servían para vestir a los que se alquilaban para asistir a los entierros. Juan regresó al patio con el uniforme de la casa y se mezcló con la bulliciosa turba de los muchachos, mugrientos, con los cabellos espesos y enmarañados, rascándose la cabeza y el cuerpo y matando a veces entre las uñas al asqueroso insecto que vive de la sangre del hombre, único en su especie en su clasificación natural. Trataron de indagar su vida y milagros; le hicieron mil preguntas. Juan se limitó a negar el delito de robo de que era acusado y no les dijo más. Al toque de una campana la banda dispersa se reunió y se precipitó en tropel a la puerta del comedor, empujándose y atropellándose. El dependiente les gritaba que entrasen en orden y les distribuía cuartazos con una correa de cuero. Tomaron asiento en unos bancos delante de una mesa larguísima y angosta, llena de manchas de grasa y de cortaduras. Una escudilla de metal casi negra, con caldo aguado en cuyo fondo había algún arroz y garbanzos, un pedazo de carne y un troncho de col; después un plato de hojadelata con frijoles y una torta de pan, no sólo frío sino hasta duro, y unos vasos o jarros con agua barrosa y tibia, y acabó la comida en menos de un cuarto de hora. La cena a las siete no era mejor; hasta las ocho y media, en el patio; a las nueve al dormitorio, en unos catres de fierro, quebrándose, un jergón de hojas de maíz y unas sábanas de algodón, más negras que blancas. ¡Cuánto extrañaba Juan su cobertizo del mercado y los almuerzos de Cecilia!

El primer mes, como Juan fue recomendado, es decir, con la orden de Lamparilla para que se le castigase, lo dejaron al acarreo de piedras de cantería y de tezontle para surtir a los albañiles que reparaban una pared que se había desplomado en los departamentos interiores; después ya no se le hizo caso y entró al trabajo y ocupaciones de los demás. Rehusó absolutamente dedicarse a la carpintería, pues recordaba a su maestro Evaristo; pero se aficionó a la escuela y a la cocina, y pronto supo leer mal, escribir en grueso y ayudar a lavar los trastos y guisar las detestables sopas, el mole de pecho y los frijoles, que eran los platos favoritos, variándose los jueves y los domingos en que, según afirmaba el director, era un verdadero banquete, porque a la frugal comida se le añadía una manzana o una naranja y una poca de miel.

Uno de los domingos, Cecilia dejó a sus dos sirvientas en el puesto y dio un brinco al hospicio. Llevó a Juan ropa blanca, fruta, pan y dulces. Nada le agradó tanto como ver a la misma Cecilia; le tomó las manos y se las besó y no se cansaba de mirarla. La buena mujer aseguró al escribiente y a cuantos la quisieron oír, que Juan era honrado y víctima de la saña del administrador del mercado, motivada únicamente porque ella, mujer honrada que se mantenía de su trabajo y que no necesitaba de nadie, no le había querido corresponder. Cecilia contaba el cuento a todo el mundo y hablaba pestes de San Justo, que no dejaba de tenerle su pedazo de miedo. Estos informes, la protección de la frutera y la afición del maestro de escuela por su aplicación y buena conducta, mejoraron mucho su posición y llegó a tener cierto mando y ser persona importante en el hospicio; no se trataba sino de encontrar un empeño cerca de Lamparilla para que saliese libre a trabajar. Cecilia ofreció ocuparse de ello, y el maestro de escuela prometió hablar a un primo del escribiente del licenciado; pero el caso fue que acabó el año y nuestro licenciado, no habiendo sido reelecto, salió del Ayuntamiento y Juan continuó en el hospicio; pero contento porque había podido, con los auxilios de Cecilia, mejorar las condiciones de su vida. La fatalidad que lo perseguía hizo cambiar de aspecto las cosas.

Entre las comisiones que el escribiente le daba unas veces y el director personalmente otras, tenía la de ir cada mes a traer de la tienda las semillas para abastecer la despensa. Muchas veces, como era alto y fuerte, traía cargado un tercio de habas o de garbanzos. El día primero de un mes, el director lo llamó y, quitándose, poniéndose y limpiando las gafas verdes, como tenía de costumbre, le dio una larga lista y una carta y lo despachó a la acreditada tienda La Flor de Bilbao, situada en la calle de la Merced. Un montañés con cara de Pascua, chaparro, casi cuadrado, con gruesos dedos que parecían plátanos guineos, oliendo a azafrán y a cominos, lo recibió, tomó la lista, abrió la carta y la leyó.

—Dile a tu patrón que ya nos deben cerca de mil pesos, que no le puedo fiar más y éste será el último mes que mande las menestras. ¡Eh, holgazanes! A despachar pronto esta memoria, y ya saben cómo.

El montañés se metió a la trastienda a hacer sus apuntes, y dos montañeses rollizos empezaron a remover la tienda.

—Arroz, un tercio; no de ése, que es escogido para la casa del conde de Santiago; del quebrado que está en la bodega.

El cargador de la tienda, que estaba en la puerta y que acudió a una señal de uno de los dependientes, volvió con un tercio de arroz amarillento, quebrado y mezclado con partículas negras, desecho innegable del estómago de los ratones.

—Frijol, otro tercio.

—Oye —le dijo al cargador— ya sabes tú también; en el rincón, junto a la puerta, está el frijol que en mala hora lo compramos a un arriero de Pachuca. Las cocineras dicen que no se puede cocer. Tráete dos tercios.

—Azúcar, seis arrobas.

—De la más prieta; de ésa, de ésa.

El cargador trajo dos tercios de frijol y bajó del tapanco seis pilones de azúcar, la mitad enteramente negros y todos cubiertos de suciedades de moscas.

—Aceite, vinagre, chilitos con aceitunas, sal, cominos, azafrán…

El cargador, con un cucharón de madera sacaba de un barril donde estaba en infusión de vinagre, chiles verdes y aceitunas negras y llenaba una olla que Juan sujetaba con las manos para que no se cayese. En una de tantas veces, el cucharón salió con dos ratones ahogados envueltos en las aceitunas. El cargador los cogió por la cola y los tiró a la calle y siguió llenando la vasija.

—Pero esto no puede ser —se atrevió a decir Juan a uno de los muchachos.

—Qué te metes a decir aquí, ni qué te importa, ya sabes que es pa el hospicio, que nunca paga, y se le da lo mejor.

—¿Qué dice ese tunante? —gritó el principal desde la trastienda.

—¿Qui ha de decir? que reclama por dos ratones que estaban con los chilitos.

—¿No es más que eso? Ya habrá algunos más en el barril y ningún marchante se queja, pero escúchame —continuó diciendo al salir de la trastienda— el día que te metas en lo que no te importa, te daré una buena merecida; no volverás a poner un pie en la tienda, y se lo avisaré al administrador. Toma, y come algo mientras los cargadores acaban. Le tiró una peseta en el mostrador, una rebanada de queso añejo y una rueda de salchichón duro.

Juan se acordó del cuarto oscuro, tomó la peseta y se comió con apetito el queso y el salchichón. Uno de los dependientes le presentó un vasito con anisado.

Los cargadores al arreglar y amarrar los costales separaron en sus mantas y ayates puñados de arroz, de frijoles, de habas, de todo lo que iban a conducir.

—Ya tragaste con buen apetito —continuó el dueño o jefe de La Flor de Bilbao— no te vayas a acercar a tus amos, porque te olerán a aguardiente y tendrás cuando menos algunos cuartazos; oye bien lo que te voy a decir. Esta adobera de queso la llevas a la casa del director y la entregas a la señora, y lo demás a la casa del secretario. Un cargador te acompañará y los otros irán despacio y te esperarán en la puerta para que hagas la entrega. Toma tu lista.

El convoy, compuesto de cinco cargadores, se puso en camino, los unos para el hospicio, y Juan, con el último, que iba cargado de tompeates y botellas y de cuanto es necesario para surtir bien una despensa, se encaminó a las casas indicadas; hizo bien su comisión y entró por fin al gran patio del hospicio, seguido de sus cargadores, que los muchachos veían con placer indecible, pues llevaban nada menos que el material para la subsistencia. Antes de guardarse en el lugar donde debían quedar para el consumo diario, la que fungía de despensera separó buenas proporciones de las semillas y sus correspondientes chilitos en infusión de ratones; la cocinera hizo lo mismo, y las galopinas otro tanto. En resumen, la compra, antes de destinarse a los pobres del hospicio, había menguado en más de una tercera parte. Juan abría tantos ojos, pero callaba acordándose del cuarto oscuro.

Otro día, porque faltó a la hora de costumbre la carne por enfermedad de la mula vieja que la conducía, enviaron a Juan a una tabla de carnicería de la Calle del Rastro.

—No se te olvide echar cuantos huesos puedas —le dijo el carnicero a su partidor— y dale a este muchacho el medio carnero que se está apestando, al fin es para el hospicio. Esos muchachos que la mayor parte son ladrones y maletas, comen hasta petates de muerto.

El carnicero tiró a Juan una peseta y le dijo:

—Cuidado con decir nada. Si hablas, le diré al director que me querías robar un costillar. ¡Cuidado!

Juan se acordó del cuarto oscuro y no chistó una palabra. La carne llegó al establecimiento de caridad, dañada y con la mitad de su peso. A los dos días, más de veinte muchachos se quejaban de retortijones en el estómago. El médico dijo que era por el cambio de estación y les mandó un sudorífico; al otro día amanecieron peor. Dos murieron a los ocho días, y el médico dijo que habían sido intermitentes ocasionadas por un charco de agua hedionda y por la humedad de los fresnos que, hemos ya dicho, alegraban el espacioso patio, esparcían su benéfico oxígeno, daban sombra a los muchachos y servían de descanso y mansión a las parleras bandadas de tordos y de gorriones. Hubo serios proyectos para convertir los frondosos árboles en leña. Quedaron en pie, porque el cabildo hasta al cabo de dos años no comenzó a ocuparse del negocio.

Nada irritaba tanto a Juan como que le llamaran ladrón; por un sentimiento interno de que no podía darse cuenta odiaba a todo el que por cualquier título se apropiaba algo, y a los tenderos, carniceros, cocineras y dependientes que vendían lo peor y de eso se tomaban una parte ocasionándose por esto la mala y escasa comida que se daba a los pobres muchachos, los consideraba como verdaderos ladrones. Esta buena cualidad era sin duda una herencia de su abuelo. El conde del Sauz, calavera, déspota, esquivo y poco amoroso de su familia, era, sin embargo, de una honradez hasta exagerada. Pagaba a sus criados y sirvientes lo justo, su palabra equivalía a una escritura y en los pleitos judiciales que tenía con motivo de las negociaciones de minas, prefería perder el dinero cuando creía, no obstante el consejo de sus abogados, que perjudicaba a la parte contraria.

Una mañana, a la hora del juego, por cualquier cosa Juan disputó con dos o tres de sus compañeros; llegaron a las manos y, como era fuerte y diestro, los castigó a su sabor. Ellos, en desquite, le gritaron ladrón.

—Ladrón, tú nos puedes porque tienes fuerzas de ladrón.

—Los ladrones son los que les roban a ustedes y a mí los garbanzos, las habas y la carne. Callen la boca, porque ahora no ha sido más que un juego, pero si me insultan será de veras.

Esta cuestión, que sin los antecedentes que se han referido no hubiera tenido consecuencias, llegó exagerada a los oídos del escribiente y de don Epifanio, que así se llamaba el director, y el domingo, en vez de dar a Juan licencia para salir a la calle o subir a la azotea, lo encerraron otra vez en el cuarto oscuro, y aunque le dieron de comer, no salió sino el lunes, que compareció ante el temible tribunal formado por el director, el escribiente y la cocinera.

—¿Conque te has dejado decir, bribón —dijo don Epifanio con voz que procuró tuviese un tono terrible— que todos somos ladrones y que quitamos el sustento a los pobres muchachos? ¿Has dicho esto?

Juan, aterrado y pensando que lo podían condenar a morir de hambre en el cuarto oscuro, quiso arrodillarse ante don Epifanio y cogiéndole una mano le dijo:

—Es mentira, yo no he dicho nada, pero máteme usted mejor que condenarme a morir en ese cuarto oscuro. Yo no volveré a entrar en él, me defenderé, me matarán antes que entrar otra vez… Yo he visto cosas que le podré contar si me quedo solo con usted.

—Es peligroso que este pícaro se quede solo con usted, señor director —se apresuró a decir el escribiente.

—¡Bah! No faltaba más, sino que un militar retirado que ha hecho la guerra de la independencia le tuviese miedo a un muchacho —respondió el director, limpiando sus gafas verdes—. Váyanse y dejen que hable con él.

—Es que no es un muchacho, sino un hombrón fuerte —insistió el escribiente.

—No importa.

El escribiente, un ayudante, unos mozos y los muchachos que escuchaban en la puerta se retiraron, y Juan quedó solo con el jefe del célebre establecimiento de caridad.

—Vamos, pronto, que tengo mucho que hacer y visitar a mi compadre, que está todavía muy malo. ¿Qué tienes que decir? Habla, pero la pura verdad aunque sea en mi contra; no tengas miedo, te prometo que no se te volverá a encerrar en el cuarto oscuro.

Juan, tranquilo con el buen modo con que le hablaba el director, le contó minuciosamente cuanto pasaba en la tienda, en la cocina, en la despensa, en la carnicería, y cómo también le mandaban al escribiente un surtido de lo mejor para su despensa.

Don Epifanio se quedó con la boca abierta, y en vez de limpiar las gafas verdes las dejó caer en el suelo, Juan se apresuró a levantarlas y se las dio.

—¿Conque es cierto cuanto has dicho, no has mentido por salvarte, por disculparte?

—No, señor, es la verdad y lo juro por el alma de doña Tules.

—¿Quién es doña Tules? ¿Qué tiene que ver en esto doña Tules?

Juan se puso descolorido y tembló de que se le hubiese escapado una palabra imprudente, pero se repuso inmediatamente.

—Es la verdad, sin quitar ni poner nada —contestó—: doña Tules era una buena ama que tuve antes de ir de mozo al mercado.

—Bien ¿y serías capaz de decir ante cualquier persona lo que me acabas de contar? Reflexiónalo bien. Ya sabes que a los calumniadores se les castiga severamente.

—Si usted me ayuda y me defiende, sí lo diré adelante de todo el mundo. Eso fue lo que grité en el patio: que otros eran los ladrones y no yo.

Don Epifanio, el administrador o director del hospicio, como le hemos llamado para no confundirlo con el de la plaza del mercado, era un antiguo militar que asistió a las peripecias y combates de la guerra de independencia en la primera época, perfectamente honrado, de pocos alcances, pero, en una palabra, buen hombre. Como le pagaban con retraso su pensión de retirado, encontró medio de que sus compañeros de armas, que ya eran generales mientras él se había quedado de coronel, se interesaran, y por su recomendación lo colocase el Ayuntamiento de administrador del Hospicio de Pobres. Poco entendía de cosas administrativas, no tenía energía para hacer entrar en orden a la turba de muchachos malcriados y viciosos que, no pudiendo sufrirlos en sus casas ni siendo buenos para maldita la cosa, ingresaban ya por un motivo, ya por otro, al establecimiento; jamás veía papeles ni cuentas, se entregaba a la dirección del escribiente, y en cuanta podía se marchaba a la casa de su compadre el administrador del mercado, con quien jugaba malilla o platicaba de sus campañas. La revelación que le hizo Juan lo dejó estupefacto. Dos años hacía que desempeñaba el empleo e ignoraba lo que pasaba. Aseguró a Juan que ningún mal se le ocasionaría, y lo despachó al patio. Su primer movimiento fue tomar su sombrero y dirigirse a la municipalidad a denunciar los desmanes y robos; pero reflexionó que el primer destituido sería él, como responsable que no podría disculpar su falta de cuidado. Llamó al escribiente y, sin decirle cómo había adquirido datos ciertos y seguros de los abusos que se cometían, le habló claro, pero con templanza. El escribiente, que era una liebre corrida, tenía de antemano tomadas las avenidas para cualquier evento.

—Lo que ha contado usted es exagerado, pero en el fondo es verdad; los tenderos, las cocineras y los criados siempre han sido ladrones; pero eso no se puede remediar, los echaremos y vendrán otros peores; pero usted, que es el que manda, determinará; en cuanto a mí, es verdad que me mandan cada mes de la tienda mi memoria para surtir mi despensa; pero se las pago y no les debo ni medio partido por la mitad.

El escribiente abrió el estante, revolvió algunos papeles y concluyó por presentar las cuentas de la tienda saldadas en toda regla. Se supone que nunca había dado el dinero, pero don Epifanio no tuvo observaciones que hacer; recomendó que en nada se molestase a Juan, tomó su sombrero, ya más tranquilo pudo limpiar sus gafas verdes y caminó de prisa para la casa de su compadre a contarle lo ocurrido.

—Si yo me pongo mal con el tendero, que es muy honrado, y lo que pasa es obra de los dependientes, lo primero que hará será cosa de cobrarme quinientos pesos que le debe el hospicio; si doy parte y se arma un escándalo, el escribiente, que tiene sus dares y tomares con los masones, triunfará de mí que soy cristiano y me he rehusado a entrar en las logias; si echo a la cocinera y galopinas, mientras se encuentran otras ¿quién les da de comer a tanta turba como mantiene la casa? Lo mejor es no hacer nada y echarle tierra al negocio. Lo que sí haré es no admitir ya la adobera de queso; no me vaya a buscar un chisme por tan poca cosa.

—Muy bien hecho, compadre; hace usted santamente; si nos quitan el empleo ya tendríamos otro. Lo mismo hago yo. Entre mi escribiente y Cecilia la frutera gobiernan el mercado. Parece que el pillastre que han puesto para que me supla mientras estoy enfermo no hace otro tanto. Allá se las avenga; no conoce sin duda a Cecilia. Si entra en pleito con ella, ha de salir mal. Es mujer que no se deja, y es cumplida a carta cabal; primero dejaría de salir el sol que… y su fruta, compadre, es la mejor; ya le he mandado a usted algunos buenos mameyes y melones.

Las cosas del hospicio continuaron como antes y en cuanto a las del mercado, ya veremos más adelante cómo siguieron.

No obstante las recomendaciones del director a Juan se le quitaron las comisiones de confianza que antes desempeñaba y se le destinó a cargar tezontle y piedras pesadas, pues los albañiles no tenían trazas de acabar la obra. Por la falta más insignificante, los inspectores aplicaban a Juan latigazos al entrar o salir del comedor o en los patios, y cuando sus compañeros se cercioraron de que había perdido su prestigio, se burlaban de él y lo atormentaban de cuantas maneras les era posible. La vida se le iba haciendo insoportable. En sus noches de vela pensaba seriamente en fugarse y poner leguas de por medio entre él y la célebre casa de caridad de la ciudad de México.

XXV. Pepe Carrascosa

—¡Bendito sea Dios, que se ha muerto una persona de dinero y de gusto! A la gente ordinaria le importa muy poco que la entierren en cualquier parte. A las personas bien nacidas les gusta, cuando se mueren, que las metan en un cajón forrado de terciopelo, y después en un sepulcro con su losa de mármol; que vayan detrás muchos coches particulares o aunque sea de alquiler; muchos dolientes y, sobre todo, muchos pobres del hospicio con sus hachones de cera. Yo no sé qué le ha sucedido a México de un año a esta parte; o no se mueren más que los pobres; o si son de algunas proporciones se me figura que van en pelo, en un cajón de madera de pino, sin un responso, sin pobres del hospicio, como unos herejes, sin nada; y esto lo debemos a los masones, que van esparciendo doctrinas y máximas y acabarán con la religión y con el hospicio. Ya me mandó avisar Zurradurregui que era el último mes que me fiaba las semillas. Dios hará que esto se componga; por ahora tenemos ya treinta pobres del hospicio para el entierro de don José María Carrascosa, y ya es algo. Hombre raro, original, según me ha contado mi compadre; pero la verdad, lo entendía, si es cierto, como dicen, que ha dejado un recuerdo para los pobres del hospicio. Si no se cogen los licenciados el legado y el resto de la testamentaría, tendremos con qué pagar a Zurrandurregui sin necesidad de pedir nada al Ayuntamiento. Que no se olvide mandar a Marcos, y que sea uno de los que carguen al muerto. Es muchacho fuerte; en la calle me contaron que en el último entierro él solo cogió el cajón y lo colocó en el nicho y que pesaba, porque el difunto era gordito.

Este edificante discurso lo pronunciaba don Epifanio delante de su escribiente-secretario, que lo escuchaba con mucha atención.

—La limosna ha sido buena —contestó el secretario, observando que su director se colocaba definitivamente las gafas en las narices y se había quedado con la boca abierta como queriendo hablar.

—¿De cuánto ha sido la limosna? —continuó el director.

—De ciento veinte pesos, a razón de cuatro pesos cada pobre.

—¡Bendito sea Dios que se murió don José! Ya se le tendrá en cuenta el beneficio que ha hecho al hospicio —volvió a decir el director—. En cuanto entre el dinero, se lo lleva usted a Zurrandurregui y hace usted que nos prometa darnos las semillas; se está concluyendo el mes, y ni un peso ha vuelto a dar el Ayuntamiento.

Estaba en esta conversación cuando entró como de rondón en el despacho un joven vestido con la elegancia de la época; sofocado, sin poder hablar y mirando a todas partes, dijo:

—¿El administrador del hospicio?

—Servidor —se apresuró a decir don Epifanio, inclinando la cabeza.

—¿Los pobres están listos?

—Dijeron que para las cinco de la tarde —respondió el escribiente sacando su reloj— y apenas van a dar las…

—Se necesitan para las cuatro; para esas horas están convidados los coches.

Es de advertir que en México, cuando se trata de un entierro solemne, se convida más bien a los coches que a las personas. Todas las que tienen carruajes reciben una esquela firmada por uno de los parientes del difunto, suplicando que envíen su coche a tal parte y a tal hora.

—Estarán listos para las cuatro —afirmó el secretario.

—¿Cuántos? —preguntó el joven.

—Treinta.

—¿Treinta solamente? —exclamó el petimetre—. Eso no es nada, no es digno de mi tío don José María; que se alisten todos los que haya en el hospicio. También ustedes quedan convidados; se les mandará un coche a las tres y media.

—Será usted servido, y gracias por la invitación; asistiremos, y con mucho gusto, al entierro de un hombre tan benéfico —le contestó don Epifanio, saludándole atentamente.

El joven se tocó el ala del sombrero, que había conservado puesto en su cabeza, y salió precipitadamente.

Grande conmoción en el establecimiento de caridad. El director, su secretario y los demás dependientes se dirigieron a la galería oscura y polvosa donde estaba la ropería.

—¿De cuántos vestidos podemos disponer? —preguntó el director.

—De muchos —le contestó el secretario—; vea usted los percheros, están llenos; hay vestidos chicos, medianos, grandes y de todos tamaños.

Los dependientes comenzaron a descolgar vestidos de paño de Querétaro, de color pardo e indeciso, y a hacer paquetes para sacudirlos y repartirlos entre los muchachos, según sus edades y estaturas.

—Pero esos muchachos no pueden ir así, con esas greñas que parecen zaleas de borrego prieto —exclamó el director un poco colérico—. ¿Por qué no los han tusado? Lo tengo prevenido, pero a mí no se me hace caso; lo mismo sucede con las semillas, que vienen llenas de basura y de suciedades de moscas y de ratones.

—El barbero no ha querido venir; como no se le paga hace tres meses, se hace de rogar —respondió el secretario.

—Que lo llamen en el acto.

—Imposible; no tenemos tiempo.

Juan fue el encargado por don Epifanio de arreglar un poco las cabezas de sus compañeros. En cuanto a él, quizá era el único aseado y presentable para cualquier entierro.

Metiéndose las manos para suplir el peine, mojándose en los charcos que había en el patio, y cortándose otros con unas malas tijeras trozos de cabello ya pegados sólidamente por el sudor y la mugre, las cabezas hirsutas de esa juventud, esperanza de la patria, presentaron un conjunto menos aterrador. Entraron en seguida a la ropería para vestirse más bien de puerco que de limpio y salir ya con el uniforme de la casa.

Las prendas de ropa, que a primera vista parecían nuevas, estaban en el más deplorable estado. Al sacudirlas caían a pedazos, devoradas como estaban por la palomilla; otras tenían agujeros y rasgaduras, y las más, remiendos mal zurcidos y visibles a larga distancia. Se desecharon las inservibles, y con las que quedaron se comenzaron a vestir los muchachos. Chaqueta larga, chaleco, pantalón, todo de color parduzco, como se ha dicho. Sombrero negro de copa alta; vamos, un lujo escandaloso.

A los pantalones que venían largos a los muchachos, se les hacía un doblez; se les enrollaba para dentro de las piernas y se les sujetaba en la cintura lo sobrante del fondillo; los gordos reventaban la espalda de la chaqueta, y a los flacos se les daba una vuelta sujetándola con alfileres con puntadas gordas; a los sombreros se les pasaba un cepillo grueso de botas para alisarlos y quitarles la grasa del ala; en fin, ya muy guapos, algunos con zapatos nuevos que les doblaban los dedos como a los chinos, y otros con los dedos de fuera o con la cubierta sola, sin suela; formaron de dos en fondo en el patio, porque don Epifanio, en los ratos que no jugaba malilla con su compadre, les había enseñado algo de soldados, y a las tres y media marcharon precedidos por el secretario, elegantemente vestido de riguroso luto, por esas calles de Dios, hasta la casa de donde había de salir el duelo.

Don Epifanio, vestido con su honroso uniforme militar, con gasa negra en el brazo derecho, se presentó también en la casa mortuoria, que ciertamente no correspondía a la pompa y lujo con que se habían dispuesto los funerales.

Era una casa de vecindad en buen estado, pintada de color de cantería con las obligadas mochetas imitando mármol. En el centro del zaguán, tapizado de cortinas negras con galón de plata, estaba colocada una tumba con dos gradas, y en la última una caja forrada de terciopelo para colocar dentro de ella, cubriéndole la cara con un pedazo de crespón blanco, al que en vida había sido don José María Carrascosa.

Las vecinas de las habitaciones bajas y altas estaban en el interior del patio, aglomeradas, mirando azoradas y haciéndose cruces, y no pudiendo adivinar por qué al que ellas llamaban simplemente don Pepe y que se mantenía a duras penas con las rentas de la pequeña casa de vecindad, se le hacía un entierro tan suntuoso.

Cerca del cadáver estaban los parientes de don José María, muy contristados y con las caras que trataban de hacer largas y compungidas, y muchas otras personas de importancia y buena posición social. Las calles anchas donde desembocaba el callejón estaban llenas de carruajes particulares de una cierta elegancia, y después, cuantos coches de alquiler se encontraban en los sitios y carrocerías. Los pobres del hospicio, con el elegante traje que hemos descrito, llegaron en número de sesenta, y se les distribuyeron gruesos hachones de cera.

Entre tanto se organiza el fúnebre convoy, lo que no costó poco trabajo a los parientes que dirigían la ceremonia, platicaremos algo con nuestros lectores del ilustre difunto, bien que tengan poco interés por un hombre que dentro de pocos momentos sería para siempre encerrado en el nicho que ya tenía preparado en el cementerio.

La existencia de don José María Carrascosa fue un misterio en México aun para los más curiosos e indagadores de vidas ajenas. Nadie sabía de fijo dónde había nacido; los unos lo daban por originario de Michoacán, otros afirmaban que era de Puebla de los Ángeles, y los más acertaban tal vez afirmando que había nacido en la misma ciudad de México, en una casa de la calle de la Puerta Falsa de Santo Domingo. Él nunca dijo nada, ni se le pudo sacar ninguna palabra acerca de su nacimiento, de su familia, de sus relaciones y amigos. Apenas decía que tenía parientes muy lejanos a quienes no veía ni trataba, y que quizá no habitaban en México. Frecuentaba únicamente el escritorio de un personaje muy rico, que ése sí sabía su vida y decía que era su pariente; pero ese personaje nunca dijo nada, o tal vez no hubo quien se lo preguntara, y el público curioso concluyó por cansarse y no hacer más indagaciones.

Carrascosa era delgado, de mediana estatura, de poco más de cuarenta años de edad. Su fisonomía era común, más bien afable; arrugaba un poco los ojos y movía con una especie de convulsión sus labios, y esto era todo. Vestía invariablemente de color mezclilla, claro, un sombrero tendido de seda, blanco, y una esclavina de paño azul, en la que andaba envuelto tanto en invierno como en verano. Vestido, sombrero y esclavina, muy viejos y lustrosos por la grasa; pero eso sí, muy rasurado, sin bigote ni perilla, el cuello de la camisa muy limpio, lo mismo que sus manos, que eran blancas, bien formadas y hasta aristocráticas. Su modo de vivir era singular. Habitaba una vivienda en la pequeña casita de vecindad de que hemos hablado, en el Callejón de la Polilla, casi en un barrio, que en el tiempo a que nos referimos presentaba el más triste aspecto. La calle desempedrada, las casas de pobre aspecto y con fachadas sombrías, sin vidrieras en los balcones, y los zaguanes con el común detrás de la puerta, el caño enzolvado y oliendo a todo, menos a esencia de rosa. La vivienda de Carrascosa tenía tres piezas, pero estaban sin un mueble; sólo allá, en la recámara, que alumbraba escasamente una ventana con pliegos de papel en el marco en vez de cristales, se veía un banco de cama pintado de verde, una mesa de madera de pino, algunas sillas ordinarias y dos grandes baúles de madera, claveteados con tachuelas doradas. La ropa de la cama seguramente se mudaba cada seis meses, y la mesa llena de planchas redondas del sebo que chorreaba de noche de las velas que, en candeleros ordinarios de barro, alumbraban esa estancia a las horas en que Carrascosa iba a recogerse.

Se levantaba a las ocho de la mañana y se dirigía invariablemente a una barbería de la Calle del Puente Quebrado, donde se rasuraba y peinaba sus cabellos, que ya iban siendo ralos y escasos; de la barbería pasaba a la Catedral a oír su misa, y a cosa de las diez tomaba el rumbo de la Alcaicería, y en uno de los bodegones en cuyas puertas se ven las mesas con los cazuelones con moles y chiles rellenos, almorzaba de a real y medio, y se entretenía allí el más tiempo posible. Daba vueltas por la Alameda, por los portales, visitaba a ese pariente rico, y a las cuatro volvía al figón, donde comía de a real y medio. En la tarde otra vez a la Alameda; cuando anochecía, al Café del Cazador, donde por un real tomaba, a las ocho, su chocolate con rosca de manteca y jugaba al dominó sin apostar nada; a las nueve se apoderaba de una alacena del portal y se estaba sentado, con las piernas colgando, hasta las diez, en que se retiraba a su casa. Tertulianos de café se arrimaban a la alacena y platicaban de política, de sandeces, de vidas ajenas. La casera, que barría cada semana la casa, lo esperaba con una vela de sebo. Carrascosa subía, cerraba sus puertas, se acostaba en su sucia cama y dormía como un bienaventurado. Él conocía a todo el mundo en México, y todo el mundo lo conocía a él, y le llamaba familiarmente Pepe Carrascosa.

Durante años pasó así su vida, muy contento y feliz. Los que le conocían aseguraban que la esclavina azul tenía veinte años; el sombrero, pasado de moda, como diez. Cuando le urgía mucho y lo fatigaban con cuestiones, decía que a él le gustaba vivir independiente y no ser esclavo de muebles ni de pinturas, ni de ropa, ni lidiar con criados y cocineras, ni pedir prestado, ni deber a nadie, ni escribir cartas, ni cuidar bienes, ni estar obligado a trabajar y a visitar y a que lo visitaran; que por eso vivía así y se mantenía con las rentas de la casita del Callejón de la Polilla; que eso era lo único que tenía, pero que le bastaba y no quería más; que no pedía prestado a nadie; pero que tampoco podía prestar ni un peso, porque se quedaría sin comer. Con eso se quitaba las puntas de encima y saciaba la curiosidad de los que lo molestaban.

Carrascosa no era hombre ni tonto ni ignorante; sabía un poco de francés y tenía algunos libros guardados en el baúl. Había estado en París, en Roma, en Madrid, y eso en tiempos en que eran difíciles y costosos los viajes, y no dejaba de ser agudo y divertido en su conversación; por eso nunca le faltaba compañía en las noches en la alacena del Portal de Mercaderes. Tenía, además, la manía de las curiosidades, de las antigüedades y de las alhajas; acudía a las casas de empeño, donde lo conocían mucho, y al Montepío a las almonedas mensuales y a las testamentarías, y nunca dejaba de comprar un libro, una alhaja vieja, un Cristo de marfil; en fin, toda especie de bibelots, como se diría hoy; pero hacía estos empleos con las mayores precauciones; siempre decía que eran encargos, que él no tenía un peso, y que lo obligaban a esas compras suponiéndole inteligente. Llevaba debajo de su capa las chucherías, sin mostrarlas a nadie, las encerraba en uno de los baúles, y no se volvía a acordar de ellas.

Los parientes lejanos sospechaban que tenía mucho dinero, aunque no había podido averiguar, por más diligencias y pasos diversos, a cuánto ascendía el capital y dónde lo tenía; sí estaban cerciorados de que no tenía hijos naturales, ni relación alguna con mujer, pues las detestaba a todas sin distinción; así, con la esperanza de heredarlo, o por lo menos de que les dejara alguna cosa, no lo perdían de vista; una o dos veces por semana, ya el uno ya el otro, se aparecían como por casualidad en la alacena del Portal, le hacían la corte, le daban conversación, le contaban mil historias, y cuando él lo permitía le acompañaban a la puerta de su casa. Como de pronto nada le pedían ni lo molestaban de otra manera, los toleraba y aun chanceaba a veces con ellos; soltaba alguna que otra palabra que les hacía entrever que serían sus herederos, con lo que se ponían muy contentos y a excusas iban a platicar con la casera de la Calle de la Polilla para recomendarle que cuidara mucho a su pariente, y que si se enfermaba o algo le sucedía fuese inmediatamente a avisarles.

Una mañana sonaron en los relojes de las iglesias las ocho, y la casera, como de costumbre, subió con una taza de hojas de naranjo, que era su desayuno; encontró la puerta cerrada y respetó su sueño, tal vez había pasado mala noche. Las nueve, las diez, las once… nada. La casera, alarmada, espió por el agujero de la llave; silencio completo. Tocó primero suavemente; después hasta con una piedra; lo mismo: silencio absoluto. Alarmada corrió a la casa de los parientes, que no vivían lejos, y que precisamente acababan de almorzar y estaban en charla diciendo horrores de Pepe, criticando su avaricia y echándole en cara su egoísmo, pues jamás les había dado ni un pañuelo, ni un puro, ni un cigarro; tan miserable el hombre, que solía fumar cuando le ofrecían un cigarrillo.

—¡Cómo! ¿Qué pasa? —le preguntaron en coro y como sorprendidos.

—Que el señor don José no responde. He tocado con una piedra, le he llamado a gritos, pero de modo que no lo oigan las vecinas; no sé lo que le ha sucedido.

—¡Que se ha muerto, que se ha muerto sin duda! —exclamaron en coro, llenos de alegría—. Nos alegramos…

—¡Qué iniquidad! —interrumpió la casera—. El pobre señor don José era tan bueno; verdad que no era muy liberal y que trabajo le costaba el darme cuatro reales cada mes.

—¿Para qué sirve un hombre así en el mundo, mujer? —le contestaron los parientes—. Pero no hay tiempo que perder; vamos, quizá estará durmiendo; ¡ni lo quiera Dios! Para la vida de mendigo que lleva, vale más que no se vuelva a levantar.

Los parientes eran tres hombres y cuatro mujeres de diversas edades, desde veinticinco a cincuenta y cinco años. Las mujeres, que son siempre piadosas, se quedaron rezando ya por el alma de Pepe Carrascosa, a quien le llamaban tío, y los sobrinos varones, en un brinco, como quien dice, estaban ya en la puerta misteriosa de la habitación.

—Señor don José —decía la casera aplicando sus labios al ojo de la llave— aquí están sus sobrinos de usted. ¡Quizá esté usted malo; pero haga un esfuerzo y ábranos la puerta!…

—¡Tío Pepe! ¡Tío Pepe!… ¿Qué tiene usted? Responda usted. ¿Se ha muerto usted?

Tío Pepe callado… Silencio profundo.

La casera fue a llamar a un cerrajero y al alcalde del cuartel; la puerta cedió y toda la comitiva se hallaba delante de la cama de Pepe Carrascosa, que boca arriba, con los ojos y la boca cerrados, parecía que dormía tranquilamente.

—¡Si no está muerto! —dijo uno de los parientes—. ¡Qué chasco nos hemos llevado! En fin, pobre tío Pepe; llamaremos al médico, corra usted.

La casera corrió a buscar al primer médico que encontrase en la calle o en una botica; el otro pariente examinó con mucho cuidado a su tío, le puso un espejo rajado en la boca, que estaba cerca de la ventana, le tentó las narices y lo removió.

—Perfectamente muerto: las narices frías, tieso, no resuella; vamos, el médico será inútil. ¡Pobrecito, Dios lo haya perdonado! Y usted, señor alcalde, si necesario fuese, dará certificado; por ahora puede usted retirarse. ¡Ya ve usted, cuando se sufre un golpe tan terrible como éste para nosotros, es necesario dejar sentir y llorar a las gentes!

—¡Pobre don Pepe; yo también lo he sentido mucho! —dijo el alcalde—. Era tan buen sujeto; pero lástima que se diera tan mala vida siendo dueño de casa y de casi la manzana; yo le servía mucho para cobrar a los inquilinos drogueros, y me hacía mis buenos regalos; no tengo de qué quejarme.

El alcalde saludó y se retiró.

Los tres parientes abrieron tanto los ojos.

—¿Conque dueño de toda la manzana? —dijo uno de ellos.

—¡No se los había dicho! Y ha de tener más todavía; era muy rico, pero muy marrullero. D. G… es el único que sabrá lo que tenía.

—Veamos si se puede encontrar algún indicio —dijo el que tenía más confianza con el cadáver y le había tentado las narices; y ejecutando su intento, lo removió, levantándole la cabeza, y tropezaron sus dedos con algo que parecía un papel—. Aquí está; aquí está el busilis.

Mientras uno tenía la cabeza de Pepe, el otro registraba debajo de las sábanas y de la sucia almohada.

—Aquí está todo —exclamó con un placer que no pudo disimular. Era un paquete cerrado, con un letrero que decía: «Mi testamento», las dos llaves de los baúles y un papelito mugroso.

—Veamos lo que dice ese papel.

Desdoblaron con trabajo, y decía:


Si me enfermo o muero repentinamente que llamen al doctor Codorniú, que le entreguen mi testamento, que coloco siempre en mi cabecera; que le entreguen las dos llaves. En el baúl negro hay dos mil pesos en oro, y con este dinero se me hará un entierro decente; que no claven el cajón sino al tiempo de colocarme en el nicho; que mi testamento lo abra el mismo doctor y lo lea antes de que me lleven al cementerio, y que se manden decir dos mil misas de a peso por mi alma.

José María Carrascosa.
 

Los parientes se miraron azorados.

—¿Cuánto nos habrá dejado?

—Algo, quizá todo; pronto, pronto a disponer el entierro, con eso salimos de la duda.

En esto llegó la casera con un mediquín que hacía seis meses se había recibido en la Escuela de Medicina, y ya tenía cuatro o seis visitas de a peseta en las casas de vecindad de su barrio.

—¿Qué se ofrece? Esta señora me encontró en la calle y no hubo medio de excusarme; precisamente iba yo a hacer la operación de cortarle las dos piernas a un carretero a quien le pasó el vehículo; pero tratándose de don Pepe, a quien conocí y estimé mucho, y de ustedes…

—¿No habrá esperanza? —le preguntó con tono compungido uno de los sobrinos.

—Veremos… —respondió el doctor, y se acercó al difunto, le tentó también las narices, le puso el espejito rajado, le apretó el estómago, y con tono magistral se volvió a los circundantes:

—Todas las boticas de México y el Protomedicato junto, serían inútiles. Está muerto, perfectamente muerto; ha sido un derrame al cerebro gastrointestinal, complicado con una meningitis muy avanzada, provenida de la vida sumamente económica que lleva don Pepe. Estos casos no tienen remedio; se quedan los que están atacados de estos síntomas como unos pajaritos; parece que están durmiendo… conque…

Los parientes llevaron las manos a sus bolsillos, dieron las gracias al novel doctor y pusieron en su mano cosa de ocho pesos, con lo que se retiró muy contento.

La casera, ayudada de unas vecinas, se ocupó de vestir a Pepe con su misma ropa vieja y sucia, con excepción de una camisa muy almidonada y limpia que encontraron sobre una silla. Uno de los parientes quedó acompañando al muerto, con el testamento en el bolsillo; otro fue a buscar al doctor Codorniú, y el tercero a correr las diligencias del entierro, en otras, la de pedir, como hemos visto, la asistencia de cuantos muchachos tuviese el hospicio.

Poco después de las cuatro, la Calle del Puente Quebrado estaba llena de coches particulares, con buenas mulas, y cocheros y lacayos de luto, pues los ricos de México, que sabían que Carrascosa era avaro, miserable y maniático, pero rico, enviaron sus carruajes y muchos iban como asistentes dentro, y otros se presentaron en la puerta de la casa mortuoria. El doctor Codorniú llegó en su coche, acompañado del pariente; subió a la oscura y fétida recámara, se enteró de lo ocurrido, tomó el pliego, que era un testamento cerrado, y conforme a las reglas del derecho lo abrió y lo leyó para cumplir la voluntad del difunto.

Fue un momento solemne. Después de las fórmulas de estilo de declarar el testador que había vivido y moría en el seno de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, decía:


En el nombre de Dios Todopoderoso, etc., etc.:

Mis bienes raíces consisten en veintiocho casas, situadas diez en una manzana donde habito, números tales y tales, y las restantes, en las calles del Puente Quebrado, Damas, Alfaro y San Felipe Neri, y en objetos de plata, marfil y china, que están en los dos baúles.

Tengo además, doscientos mil pesos en el Banco Real de Inglaterra y ciento cuarenta mil en el Banco Real de Francia. Los documentos y lo demás necesario están en poder de D. G… Él y el doctor Codorniú son los únicos hombres honrados que he conocido en mi vida, y de los que he podido fiarme, sin que jamás hayan revelado a nadie mis secretos. Les dejo como memoria solamente (porque los dos son ricos), cuarenta mil pesos a cada uno. En mi baúl negro hay dos mil pesos en oro. Que eso y lo demás que sea necesario se gaste en un suntuoso entierro y en comprarme un nicho a perpetuidad en el panteón.

Declaro no tener hijos ni legítimos ni naturales, porque he detestado a las mujeres desde que tuve una que me hizo gastar en Guanajuato veinte mil pesos y se fugó con un barretero de la mina de Rayas. Todas son por el estilo. En cuanto a los hombres, todo el que puede le pega una banderilla al que tiene dinero, y yo he vivido en la miseria para evitar que otros tiren mi dinero y tener la vida vendida.

Dejo todos mis bienes al Hospicio de Pobres; no perdono a los que me deben (en total doscientos pesos), y los conjuro a que paguen a mi albacea lo más pronto posible.

A mis parientes (que no creo que sean, y si tal son, tal vez vendrá el parentesco por nuestro padre Adán), no les dejo ni medio partido por la mitad.
 

Seguían otras cláusulas poco importantes.

A los parientes al oír la última cláusula se les aflojaron las rodillas y por poco caen desmayados. Tuvieron que disimular y hablaron en voz baja entre sí, dos de ellos se marcharon con cualquier pretexto, a buscar un licenciado para tratar de que inmediatamente se pidiese la anulación del testamento. El otro quedó haciendo de tripas corazón por el qué dirán. El doctor Codorniú guardó el documento en la bolsa, se acercó al cadáver, lo reconoció y meneó la cabeza con una especie de duda, pero dio las disposiciones para que se efectuase el entierro. Metieron a Pepe Carrascosa en su cajón y lo bajaron a la tumba, donde lo encontraron ya el director y los numerosos pobres del hospicio.

Cuatro de los muchachos más grandes y robustos fueron designados para cargar el ataúd. Juan era más alto que los tres compañeros e hizo esa observación; pero obligado por una orden del secretario, puso el hombro y pronto el convoy fúnebre se puso en marcha pasando por las principales calles, precedido de padres con capas de terciopelo negro, acólitos con cruz y pesados ciriales de plata maciza y seguido de los pobres del hospicio con gruesos hachones de cera, de dolientes vestidos de luto y de unos ochenta coches entre particulares y de alquiler. Las gentes salían a los balcones y más de doscientos curiosos siguieron la fúnebre procesión.

Juan marchaba cargando el ataúd en una posición incómoda, teniendo que hacerse pequeño, que cojear, que mal andar; en fin, ya no podía más. Al llegar a la puerta del cementerio metió el pie entre dos losas mal colocadas, se le atoró el tacón, los tres compañeros marchaban siempre, Juan hizo un esfuerzo, perdió el equilibrio y ¡paf! cayó al suelo por un lado, y casi sobre su cabeza el cajón que contenía los restos mortales de Pepe Carrascosa. Confusión general, voces, lo primero que hizo el secretario fue buscar a Juan para darle de golpes como culpable… Y mayor confusión y un susto que hizo caer gritando misericordia a muchas mujeres que estaban cerca y que dejó fríos y como estatuas a los demás espectadores.

Pepe Carrascosa había salido de debajo del ataúd, se incorporó, se puso en pie, sano y fuerte cual si nunca hubiese tenido nada, y con una voz terrible, como si se oyera de la otra vida dijo:

—¡Son mis parientes, mis parientes los que me han querido enterrar vivo! ¡Todo lo que han dicho lo he oído! ¡Quiero que venga, que me busquen al muchacho que me dejó caer!

Juan que vio, que oyó esto, se llenó de terror; pero las últimas palabras le dieron valor para huir, se le figuró que el muerto que acababa de resucitar pedía su castigo y que irremisiblemente sería condenado a morir de hambre en el cuarto oscuro. La multitud se apiñaba, el doctor Codorniú, que desde que reconoció a Carrascosa sospechó que no estaba muerto, acudió en su auxilio, se oían voces, lloros de niños, la mayor parte de los pobres del hospicio tiraron las hachas de cera y corrieron presos del miedo; unas escenas imposibles de describir. Juan pudo esquivarse y, sin ser visto ni detenido, en pocos minutos se hallaba lejos de aquel Camposanto donde reinaba el asombro y el horror.

XXVI. El amigo del licenciado Lamparilla

El periódico que años antes había publicado el alarmante párrafo en que se daba noticia del caso rarísimo y nunca visto, cuyo desenlace conocen ya en parte nuestros lectores, había sufrido mil contratiempos; ya disminuyendo de tamaño, ya dejando de publicarse semanas enteras y apareciendo después con otro título y siendo víctima de la tiranía de un gobierno audaz que trataba de poner a la prensa una mordaza, hasta que al fin, cansados de la lucha y habiendo sus redactores adquirido una buena dosis de esa sana filosofía que nos hace ver con desprecio las cosas de esta vida, transando con un gobierno, después con otro y otros, y conservando siempre la apariencia de un diario de oposición, se formaron una buena renta con la larga subvención de la Tesorería; pudieron darle vuelo a su ingenio y adquirir visible influjo, imponiendo miedo por su audacia, aun a los mismos magnates que les pagaban con dinero del Erario. Ya no era el periódico semanal, sino diario, de pliego doble, impresión elegante y la gacetilla y la parte literaria llenas de interés, pues no pasaba día sin que sus columnas tuviesen una o más noticias de sensación, que infundían la desconfianza y el espanto en la capital y en la nación entera.

Ese mismo periódico, pues, que tenía por nombre El Eco del Otro Mundo, dio a luz el siguiente párrafo:


Horrorosa tragedia.—Allá en el fondo oscuro de una casa de vecindad de mala fama, situada en uno de los barrios más sucios y peligrosos de la ciudad, se ha cometido un crimen que nosotros mismos no creeríamos si no tuviésemos los más verídicos y exactos informes. En un cuarto de esa casa vivía un matrimonio compuesto de tres personas (no de dos hombres y una mujer, ni de dos mujeres y un hombre, porque de esos matrimonios se ven todos los días), sino del padre, la madre y un hijo ya crecido, de cosa de 11 a 12 años. El padre era, según se nos ha asegurado, un artesano muy hábil y protegido por un alto personaje, tal vez un marqués, cuyo nombre callamos por respeto a la vida privada. La mujer (no la del marqués, sino la del matrimonio de que hablamos), era dizque muy bonita, y más que bonita ojialegre. Al marqués, porque al fin los marqueses son hombres de carne y hueso como nosotros, le gustó la muchacha y se atrevió, ¿y por qué no se había de atrever?… Lo demás lo callamos por el respeto que debemos a la moral; pero nuestros ilustrados suscriptores, a quienes consagramos nuestras tareas, lo adivinarán: sigamos esta dolorosa narración. El marido celoso se calló la boca (como lo hacen muchos) y se manifestó muy amable con su mujer, pero una noche cerró la puerta por dentro con llave, tendió a su mujer en un banco, la amarró de pies y manos de modo que no se pudiese mover, le rellenó la boca de aserrín para que no gritase y comenzó con sus instrumentos a trabajar sobre el cuerpo de su víctima como si fuese un trozo de madera. Primero con una sierra le cortó una pierna después un brazo hasta que no dejó más que el tronco, y la mujer vivía a pesar de esta mutilación, pues era muy robusta y no quería morirse. Lo más grave del caso es que el hijo, ayudaba al despiadado padre en esta operación. ¡¡¡Horror, horror, horror!!!

Interpelamos al periódico oficial para que nos diga si ya se han tomado las medidas enérgicas que reclama la vindicta pública, para aprehender a los culpables e imponerles el condigno castigo.
 

El periódico oficial, que jamás perdía su calma, contestó al día siguiente dos líneas.

El gobierno ninguna noticia tiene del crimen a que se refieren en su párrafo de ayer los ilustrados redactores de El Eco del Otro Mundo, pero ya se piden a quien corresponda los informes necesarios. En todo caso y aun suponiendo que se hubiese cometido tal crimen, nos parece que hay exageración en los pormenores. Esperamos de la imparcialidad del patriota colega del Callejón del Ratón que hará las rectificaciones correspondientes para calmar la alarma que ha causado en la ciudad su párrafo relativo al supuesto crimen.

Los redactores de El Eco del Otro Mundo, se indignaron con el cinismo del periódico gobiernista, que casi negaba un hecho que ya era público, resolvieron de una manera enérgica y acordaron el siguiente párrafo:

El periódico oficial en vez de ser franco y explícito, se ha salido por la tangente. Tenemos preparados ya dos o tres editoriales, pero los reservamos hasta saber la contestación de nuestro apreciable colega de Palacio.

El sesudo colega de Palacio respondió al día siguiente sin perder su aplomo:

Mucho gusto tendríamos en satisfacer de la manera más explícita a los ilustrados y patriotas redactores de El Eco del Otro Mundo, pero estando ya el negocio en manos de la justicia tenemos que guardar el más absoluto silencio hasta que la ley pronuncie su supremo fallo.

Los redactores de El Eco, a quienes el Ministro de Hacienda les había mandado hacer una advertencia amistosa, se apresuraron a terminar la polémica y dijeron en su número del domingo:

Estando sujeto el negocio al fallo de los tribunales, somos los primeros en acatar la ley y damos por terminada la polémica; pero excitamos al señor juez de la causa a que inmediatamente imponga a los reos el más condigno castigo.

Los periódicos de todas clases, de todos tamaños y de todas opiniones que se publicaban en la capital y en los Departamentos reprodujeron el primer párrafo alarmante, y desgraciadamente algunas tiras de ellas fueron remitidas a Europa por casas extranjeras establecidas en México y que querían tener a sus amigos y corresponsales de Ultramar al tanto de los sucesos, de cualquiera naturaleza que fuesen. Los comerciantes nunca escriben ni de política, ni de religión, ni de escándalos, ni de ninguna otra cosa, más que de sus negocios, pero entre las facturas y cuentas corrientes suelen incluir una que otra noticia de América que alarma los mercados de Europa, ocasiona una baja en la bolsa y a veces ocupa seriamente a los soberanos y a su consejo de ministros.

Un periódico también de sensación, que circulaba abundantemente en París y que se llamaba El Gorro de dormir de Dantón, se apoderó del párrafo, mal que bien lo tradujo y lo publicó en el lugar más visible, titulándolo Salvajería mexicana, y añadiéndole interesantes comentarios. «Nuestro corresponsal nos da sobre este crimen, detalles que omite sin duda maliciosamente la hoja mexicana».


El bárbaro esposo y el desnaturalizado hijo, después de haber descuartizado a la infeliz mujer, cortaron los pedazos más gordos de sus pantorrillas, hicieron un guisado con esa sustancia venenosa que llaman chile, que en el idioma bárbaro de los metis (mestizos) quiere decir Salsa del Diablo, y se sentaron tranquilamente a cenar ese horrible manjar, digno de esa raza degradada española que puebla el rico continente de Colón. Hechos como éste, propios de los caníbales, no deben quedar sin castigo.

La Francia, que marcha siempre a la cabeza de la civilización y que conquistó en 93 la libertad del mundo, no debe dejar sin escarmiento esta barbarie y apresurarse a enviar buques de guerra con sus compañías de marina de desembarco, y si encuentra resistencia, bombardear para escarmiento las poblaciones situadas en la mesa central de los Andes y reducirlas a cenizas, que en ello ganará la humanidad. De esta manera Francia se hará amar y extenderá en esos lejanos países los beneficios de la civilización. Lo que pasó a esa desgraciada mujer puede repetirse con nuestros compatriotas aislados en esas regiones salvajes, donde sólo en pomadas y perfumes tienen comprometidos más de 500 millones de francos. Nuestros buques de guerra serán una garantía para nuestros compatriotas, y el honor nacional quedará vengado.
 

Este párrafo fue reproducido en toda Europa, en inglés, en alemán, en dinamarqués, en checo, en griego, en italiano, en todos los idiomas conocidos y desconocidos y en todos los periódicos, y copiado y vuelto a copiar por la ilustrada prensa norteamericana, que lo adornó con grabados en madera.

Los fondos mexicanos bajaron en Londres 15 por 100 y los tenedores de bonos se prepararon a formular una reclamación.

Hemos anticipado estas noticias que no dejan de tener interés para la nación y que se relacionaron con la historia de nuestro hábil tornero, para seguirla en lo posible, pues en los anteriores capítulos no habíamos podido decir acerca de él una palabra.

Cuando la sirvienta entró con el desayuno del juez de turno, que sentado todavía en su cama, no obstante ser las diez de la mañana, fumaba tranquilamente un detestable purito del estanco, le entregó al mismo tiempo un paquete de impresos. Cuando acabó de tomar lo que él llamaba un picoslabis, que se componía de una taza de champurrado y de cuatro o seis tamales, deshizo el paquete, comenzó a revisar los periódicos y a hacer comentarios sobre lo que leía, como si alguien lo escuchase, y ya daba fin a su lectura y se disponía a salir de entre las sábanas, cuando llamó su atención un párrafo rayado en el margen con lápiz azul, que leyó y volvió a leer varias veces, y era precisamente la horrorosa noticia que, comentada, escandalizó más tarde a la Europa entera, como acabamos de manifestar.

—¡Cáspita! —dijo—. Esto es muy grave y se me cae la sopa en la miel, pues se me proporciona la ocasión de acreditarme. Breve, mis botas, mi camisa limpia, mis pantalones nuevos —gritó a la criada, la que a poco entró con lo que le pedía el señor licenciado.

—¿Agua caliente para rasurarse? —preguntó la criada.

—No, nada, tengo un catarro de dos mil diablos y no me lavo ni me afeito.

El licenciado se puso una camisa muy almidonada que le hacía un enorme buche por delante que no podía sujetar el chaleco ni la levita; sus pantalones, que le venían muy holgados y tenían una pierna más corta que la otra, y una levita que le lastimaba por debajo de los brazos; y pasando sus dedos por la cabeza, en lugar de peine, formándose así un copete con su abundante pelo entrecano, salió a la calle con dirección a la Acordada, donde estaban los juzgados de lo criminal.

No es de mucha importancia en las novelas históricas dar señas minuciosas de todos los personajes y entretenerse en describir sus narices, el tamaño de su pie y el color de sus ojos, pero como este insigne licenciado y juez de lo criminal de la ciudad de México tendrá que figurar más de una vez en esta colección de historias y formar parte de nuestros cuadros de costumbres, no será malo que los lectores lo conozcan un poco y sepan sus antecedentes.

Su padre, don Justo Bedolla, era un antiguo y honradísimo barbero del pueblo de la Encarnación en el Estado de…, amigo del cura, del presidente del Ayuntamiento y de los comerciantes. Hacía la barba los sábados y domingos a los administradores y amos de los ranchos cercanos, y era por su buen carácter y por lo bien que manejaba la navaja, querido de los del pueblo. El nacimiento de Crisanto costó la vida a la madre, una humilde ranchera nacida de padres indígenas de la hacienda de La Labor; así el retoño o presunto heredero de la barbería fue criado no como Rómulo, por una loba, pero sí por una burrita de que era dueño el barbero, lo que ahorró el gasto de una nodriza. Dicen que las inclinaciones de las gentes son según la leche que maman, y quizá por eso los fundadores de Roma y los que les siguieron fueron tan temibles y feroces, como amamantados por fieras; y en cuanto a nuestro personaje, sacó de la burra lo tenaz y lo tonto, pero no lo sufrido y humilde, porque desde chico se notó, aun por su mismo padre, que era engreído y pretensioso; no era capaz de haber inventado la pólvora, pero tampoco tan negado y estúpido como los naturalistas han creído que era la humilde y sufrida raza a que pertenecía su cuadrúpeda nodriza. Era lo que en los pueblos llaman ladino.

El pobre barbero puso sus cinco sentidos en la educación de su hijo único, en el cual había reconcentrado su cariño y sus esperanzas. Permaneció Crisanto en la escuela sin que lograse ni leer con puntuación ni escribir con ortografía una mala letra; su firma, con una complicada rúbrica formando labores y rabos por todos lados, era imposible de entenderse, y unos leían en vez de Crisanto Bedolla, Espanto Pesadilla, otros Volando la Regilla, y sus condiscípulos se burlaban de él y daban interpretaciones algo más que coloradas a las malas letras capitales con que comenzaba su nombre y apellido. Más tarde, como era ladino, llegó a saber que los hombres más célebres del mundo han tenido tan mala letra que sólo los muy sabios y versados paleógrafos han podido descifrar sus firmas. Luego que Crisanto acabó sus estudios en la escuela, el cura le enseñó a ayudar a misa, a recitar la letanía en latín y poca cosa más, y con estos conocimientos pasó al Instituto Literario de la capital del Departamento a continuar sus estudios para recibirse de licenciado. Incansable el barbero en su solicitud por su hijo, y deseando que no sólo fuese licenciado sino un prodigio, reunió cuantos recursos pudo y lo mandó a la gran ciudad de México para que continuara su carrera en uno de los antiguos colegios donde se estudiaban cánones y leyes, sobre todo cánones, porque sonaba en los oídos del barbero la palabra canonista de una manera tal, que le parecía que un canonista podía, sin indigestarse, comerse al mundo entero. Crisanto cursó, pues, filosofía, leyes y cánones en el más antiguo colegio de San Ramón, donde conoció a su tocayo Lamparilla, que era de más edad que él y terminaba sus estudios; pero como Lamparilla y él eran ladinos, trabaron amistad y simpatizaron de tal manera, que fueron en el curso del tiempo muy buenos amigos como podrá juzgarse más adelante por la serie de acontecimientos que se verán en esta verídica historia.

Terminó, pues, Crisanto sus estudios y sacó en los exámenes buenas calificaciones, porque los catedráticos, como hombres de experiencia, no quieren malquitarse con nadie, ni menos con muchachos del interior que suelen, a poco andar, volver de diputados a proponer nuevos planes de estudios en que se suprimen las cátedras de sus maestros.

Con todo y las excelentes calificaciones, Crisanto no se atrevió a presentarse en examen; pero ayudado de Lamparilla, que ya se había recibido y estaba de pasante con uno de los primeros abogados de México, nuestro amigo fue a un departamento donde se hacían abogados de oficio por la buena voluntad del gobernador; logró un título pomposo que le autorizaba para pelar al prójimo y regresó lleno de satisfacción a su pueblo, dando un día de gloria a su buen padre, que por sus años apenas podía sostener en sus manos la navaja que en otros tiempos había pasado con tanta delicadeza y suavidad por los carrillos del cura y del alcalde.

Los primeros días fueron de plácemes; visitas y almuerzos en el pueblo, y hasta las muchachas más montaraces y escogidas entreabrían un poco las puertas de las ventanas para ver pasar al nuevo licenciado, como si nunca lo hubieron conocido; los administradores de las haciendas a quienes durante años había rasurado su padre, lo convidaron a almorzar un día y otro, y hubo propietario de los muy pocos que residían en su finca que le mandase un recado, con lo cual su fatuidad creció y ya no cabía en los pantalones; pero pasaban semanas y permanecía con los brazos cruzados sin que nadie lo ocupase y, por consiguiente, sin ganar un peso, sin que los pocos recursos que le quedaban al viejecito bastasen para la vida costosa que se quería dar, pues compró dos caballos y tomó un mozo para que lo acompañase en las excursiones que frecuentemente hacía por los campos para darse el aire de hombre importante, y porque en realidad cuando no dormía o comía o discutía con el cura materias canónicas (que ninguno de los dos entendían), no sabía qué hacer de su persona.

No habiendo pleitos en el pueblo, estando los asuntos en corriente y todo el mundo en paz de Dios, Crisanto discurrió que era necesario que el progreso y la civilización penetrasen en el pueblo, que estaba poco más o menos salvaje, y que lo primero que debía hacerse era deslindar la propiedad y contener la codicia de los hacendados, que hoy se cogían un terreno, mañana otro y así, sin sentirlo, iban despojando a los indios.

Sus caballos le sirvieron precisamente para esto y sus paseos tuvieron un objetivo importante y patriótico. Vagaba hoy por un pueblo, mañana por otro, platicaba con los indígenas de importancia y prestigio, que nunca deja de haber aun en los pueblos más rabones; les infundía desconfianza y les decía, encargándoles el secreto, que debían reclamar sus tierras, arreglar sus linderos y no dejarse dominar y, sobre todo, robar de los ricos propietarios; que la tierra era de ellos y nada más de ellos, y que no había gobierno legítimo más que el de Moctezuma. Quizá en sus conversaciones con Lamparilla había adquirido esa suma de ideas legitimistas, y confiaba en que algún día vendría a mandar el país Moctezuma III, el pariente y protegido de doña Pascuala, que en la fecha en que hablamos tenía seguramente la edad necesaria para empuñar el cetro de sus antepasados.

Los indios reflexionaron algunas semanas, como acostumbraban, callados, sin decirse mutuamente ni una palabra; pero cuando hubieron madurado bien su plan, todos se movieron y poco a poco fueron a su vez invadiendo el terreno de la hacienda, al grado que el administrador, en una de sus correrías por los potreros, se encontró con un pueblo ya edificado donde meses antes no había más que un bosque de mezquites. Aquí se armó la gorda y comenzaron los pleitos. Nuestro licenciado fue llamado a la hacienda para consultarle el caso y pedirle su opinión, que fue contraria a los indios, mientras que a ellos les dijo que tomaría la defensa de los hacendados para hacerles el bien de que otro abogado, al encargarse de ella, no los aniquilase, echándolos hasta de su propio suelo, que poseían desde los tiempos remotos de la conquista. El administrador el sábado siguiente apartó algo de su raya y mandó al licenciado un regalo de dinero, y el pueblo de indios, por su parte, llevó a la casa del barbero gallinas, huevos y mazorcas de maíz. El padre estaba ufano con el talento del hijo, y el hijo, ya con un bufete establecido, considerado y expensado por las dos partes contendientes.

Así, de pueblo en pueblo y de hacienda en hacienda, logró Crisanto sembrar la desconfianza y la discordia y producir una verdadera alarma en la prefectura. Los indios pretendían despojar a los hacendados hasta de las casas y trojes; y los hacendados movían el mundo para echar a los indios usurpadores de los pueblos y apropiarse hasta las capillas y las casas de los curas. El prefecto, que cerró los ojos durante algunos meses, tuvo al fin que abrirlos, porque ya aparecían amagos serios de una y otra parte y se decía a las claras que estaba próxima a estallar una guerra de castas. Escribió al gobernador, el gobernador le contestó, y como sin saber por qué los dos tenían miedo a Crisanto, que era ya apoderado de varios pueblos y patrono de varios hacendados, en vez de procesarlo y ponerlo en la cárcel por revoltoso, resolvieron mandarlo a la capital de México con buenas cartas de recomendación, para que buscara su vida y dejase a la prefectura en paz. Quizá fue una buena política; pero mala o buena, Crisanto ganó en ella.


El señor Lic. D. Crisanto Bedolla —decía la carta del gobernador— que ha hecho en los colegios de esa capital una brillante carrera y obtenido las mejores calificaciones, presentará a V. E. esta carta. El talento de este joven abogado (y no era ya muy joven) necesita una esfera de acción que no encuentra en el pueblo que tuvo la dicha de verlo nacer. Lo recomiendo a V. E. de la manera más eficaz y me atrevo a darle desde luego las gracias, porque estoy seguro que en la primera oportunidad mi recomendado obtendrá en la magistratura el lugar que merece.

El asunto de las elecciones se presenta un tanto complicado, pues la oposición trabaja con una actividad sorprendente. Por el próximo correo escribiré a V. E., en lo confidencial, y el Gobierno Supremo haría muy bien (salva la opinión de V. E.) de no permanecer con los brazos cruzados. El amigo Crisanto tiene el encargo de hablar a V. E. de tan importante asunto.
 

Crisanto, con lo que había ya ganado revolviendo los pueblos de indios y con los últimos ahorros del viejecito barbero, emprendió el viaje a la gran capital, que en los tiempos a que nos referimos era difícil, largo y costoso; pero con todo ello, a los veinte días de salido de su pueblo entraba por la garita de Vallejo, seguido de dos mozos y un caballo de mano, y se echaba por esas calles en busca de una posada que fuese un poco más decente que los ruinosos mesones del barrio de Santa Ana. Pensaba en esto y cansado además de la jornada, que había sido larga, dejaba que su montura fuese al paso cuando divisó una persona que en un buen caballo brioso venía en sentido puesto. Quiso reconocer en el caballero un antiguo amigo, pero en la duda si era o no, creyó que no haría mal en hacerle algunas preguntas sobre las fondas y posadas que tal vez se hubiesen establecido después que él había salido del colegio. Detuvo cortésmente al caballero, y su instinto no lo engañó, pues se encontró en los brazos de su querido tocayo Lamparilla, que se dirigía al rancho de Santa María de la Ladrillera a dar noticias muy agradables a doña Pascuala, relativas a la herencia de Moctezuma III.

Lamparilla, a instancias de su condiscípulo, dejó el viaje al rancho para otra vez, lo acompañó al centro de la ciudad y lo instaló en la calle de Cordobanes, en la casa de unas buenas señoras, doncellas de más de cincuenta años que cuidaban hombres solos. Los caballos y mozos se enviaron al mesón. Los dos antiguos condiscípulos del más antiguo colegio de comendadores juristas, de San Ramón, departieron largamente. Crisanto contó a Lamparilla lo que le convenía, ponderándole el prestigio de que gozaba en su pueblo, y Lamparilla le refirió lo que también le convenía, exagerando los productos de su bufete y el influjo que ejercía en los personajes que gobernaban, especialmente con el Ministro de Hacienda, con el que tenía pendiente un negocio de millones: nada menos que la restitución de los bienes de Moctezuma II, que correspondían a Moctezuma III, de quien era abogado. Con tan francas y explícitas declaraciones, pronto se entendieron. Lamparilla pensó in pectore que podía muy bien su amigo hacerlo diputado de la próxima legislatura; y Crisanto, a las claras manifestó que contaba con su influencia para ser prontamente colocado, pues sus recursos eran limitados. Desde ese momento, además de la amistad de colegio, los dos personajes quedaron ligados por el interés.

La primera cosa que hizo Lamparilla, prescindiendo por algunos días del viaje al rancho de Santa María de la Ladrillera, fue vestir y civilizar a Crisanto. Lo llevó a un establecimiento donde había 200… mil piezas (serían 200 cuando más) de ropa hecha; a una zapatería; a una peluquería francesa y a un baño. La transformación fue completa, y así, con ese aire de superioridad de los rancheros ladinos, no obstante que la levita tuviese pliegues y arrugas en las espaldas, y el pantalón con el lustre del paño como si tuviese barniz, un pañuelo blanco muy grande y muy almidonado y un sombrero algo pasado de moda, Crisanto fue presentado por Lamparilla, la siguiente semana, al Ministro de Justicia y Negocios Eclesiásticos, al que entregó la carta de recomendación del gobernador. Hablaron más de una hora de política, de elecciones, de guerra de castas, de adelantos en la instrucción primaria, de mil cosas a cual más importantes.

El ministro quedó prendado de la soltura y despejo de su recomendado, y le prometió que en la primera oportunidad sería colocado en un alto puesto.

—Estos rancheros —dijo el ministro a su oficial mayor cuando la puerta del gabinete se cerró tras el pretendiente— se presentan mal vestidos. ¿No observó usted qué corte de levita tan extravagante? Pero tiene más agallas… y talento, no se puede negar; todos los mexicanos tenemos talento, y este recomendado nos puede servir mucho para las elecciones en su pueblo, y sobre todo para aplacar esa guerra de castas que se nos viene encima, pues goza de mucho influjo entre los indios, creo que habla azteca y se entiende con ellos. Lamparilla ya me lo había contado todo. Además, no es posible desairar a un gobernador.

—Precisamente hay una vacante o, mejor dicho, la habrá si usted quiere —le contestó el oficial mayor—. El licenciado don Pedro Martín de Olañeta insiste en su renuncia, dice que está muy enfermo y que le es imposible continuar despachando el juzgado; además tiene otras quejas que no dejan de ser graves, pues…

—No me diga usted más —le interrumpió el ministro— conozco esas quejas y no es posible poner remedio. Don Pedro es uno de esos abogados testarudos y sabios, de los tiempos del virreinato, y que no cuadran ya bien con nuestras instituciones liberales ni con el progreso del siglo; eso sí, honrado y enérgico como el primero, reo que cae en sus manos, no para hasta la horca. Es sanguinario, y yo profeso cerradas doctrinas contra la pena de muerte no sólo en los delitos políticos sino en los de fuero común. La sociedad no tiene derecho de matar. Entonces volveremos a los tiempos del feudalismo. Señores de horca y cuchillo. El fiscal es todavía más asesino que don Pedro. El día que hay ahorcado almuerza chiles rellenos y mole de guajolote.

—¡Qué horror! —exclamó el oficial mayor.

—Como se lo digo a usted; a mí me convidó un día, y no acepté, por supuesto. Era un banquete de caníbales… Conque acordado, se le admite la renuncia a don Pedro Martín y se nombra a don Crisanto Bedolla; por más que lo haya usted visto con su cabello alborotado por donde no ha puesto el peine, es hombre de importancia y tiene mucho influjo con los indios. En menos de un mes sería capaz de levantar veinte mil hombres… ya ve usted… Queda nombrado Juez Primero de lo Criminal, y el presidente ha de quedar muy contento de ese nombramiento, pues don Pedro Martín me cargaba con su lenguaje autoritario y sentencioso. Ya esos hombres pasaron; se necesita gente nueva, juventud entusiasta; en fin, otra generación.

Como consecuencia de esta conversación, Crisanto no cumplía un mes de residencia en la metrópoli cuando recibió el nombramiento de Juez Primero de lo Criminal, empleo de grande responsabilidad e importancia. La seguridad pública, la vida de los ciudadanos, la honra de las familias, quedó a cargo del insigne licenciado del pueblo de la Encarnación.

Tomó posesión de su empleo con toda solemnidad; pasó a la Cárcel de Corte a hacer una visita de presos; se informó de las causas que había pendientes; tomó lenguas del escribano, que era un hombre vivaracho y familiarizado con los autos criminales; visitó a sus compañeros y a los abogados de más fama, sin omitir a su antecesor don Pedro Martín de Olañeta; en una palabra: entró ya en un círculo de jueces, magistrados y abogados, y ayudado y dirigido por Lamparilla montó una casa al fiado y con abonos de 20 pesos cada mes a un mueblero de la Calle de la Canoa; tuvo cuanto era necesario para aparecer como un personaje en cierto círculo de la sociedad mexicana, que se ocupaba de él y que lo consideraba como una de las notabilidades del interior. Los que lo habían conocido y sabían la manera como había hecho su carrera, pensaban de otro modo; pero Lamparilla acallaba esas murmuraciones y aseguraba que su condiscípulo repentinamente había desplegado un talento y sobre todo una perspicacia en los negocios, que él mismo negaría si no hubiese tenido muchas y patentes pruebas.

Sea de esto lo que fuere, el viejecito barbero, al recibir la noticia de la rápida elevación de su hijo, se enfermó del susto y estuvo a punto de perder la vida; el cura dijo una misa para que el Espíritu Santo iluminara al nuevo juez y le diese acierto en sus sentencias; sólo el prefecto, al acostarse, le dijo a su mujer:

—Gracias a Dios, hija mía, que nos han quitado para siempre esta víbora, que habría concluido por revolver toda la prefectura, comprometerme quién sabe hasta qué punto y hacerme perder mi empleo. Dios y el gobierno se lo tengan muchos años por allá, y que lo hagan hasta arzobispo, que mucho me alegraré con tal que no vuelva.

XXVII. Un juez terrible

Más de dos meses llevaba Crisanto de despachar en su nuevo juzgado, sin que hubiese ocurrido nada de notable. Matrimonios desavenidos que se rompían de noche la cabeza e iban a presentarse al día siguiente al juez, cada uno con su queja; la mujer pidiendo que a su marido lo pusieran de soldado, y el marido alegando que su mujer lo había engañado yéndose con su compadre el carnicero, y que por eso la había golpeado; heridos en riñas en las pulquerías, con las tripas de fuera y todavía queriendo pelear con su enemigo; ladrones rateros, que le consignaba el Gobernador del Distrito; en fin, lo de todos los días; nada importante ni complicado. El escribano, realmente, despachaba el juzgado y hacía con los reos lo que le daba la gana, y se entendía perfectamente con los pillastres de los barrios y con las mujeres de mala vida, que le hacían regalitos. El párrafo del periódico causó una reacción en el ánimo de Crisanto y lo entusiasmó sobremanera. Era un caso horroroso, que había llamado la atención pública y que debía tener muchas ramificaciones y cómplices; el descubrimiento de la funesta historia y la aprehensión del reo o reos y su castigo en la horca, deberían proporcionar al nuevo juez la ocasión de acreditarse y de obtener, en consecuencia, un lugar en la Corte Suprema de su Departamento, y quizá después… Ministro de Justicia, y tal vez… Presidente de la República. ¿Y por qué no?… La ambición de un fuereño ladino no conoce límites.

—¡Ya sabrá usted el terrible acontecimiento! —dijo Crisanto a su escribano, luego que llegó al juzgado.

—Los envié al hospital, porque los dos estaban moribundos, pero eso no es nuevo y ya lo verá frecuentemente —contestó el escribano, componiendo la carpeta del juez y arreglándole el sillón para que se sentara.

—¡Cómo! ¿De qué habla usted?

—Pues de los dos zapateros que se pelearon por una horma que cada uno decía que era suya, y se hicieron picadillo a tranchetazos. Acababa usted de salir ayer del juzgado, cuando la guardia del Principal los trajo; aquí tiene usted para la firma las primeras diligencias, con otras comunicaciones del caso; fuera de esto, nada ha ocurrido.

—Pues lea, y horrorícese usted.

El escribano, que ya de nada se horrorizaba, leyó el párrafo que le indicó el juez y puso tranquilamente el periódico en la mesa.

—¿No ha venido ningún parte, ninguna denuncia al juzgado?

—Nada —contestó el escribano— y todo ello no deben ser más que cuentos y exageraciones. Conozco bastante este periódico, que lo que trata es de ganar dinero por todos lados. Si el hecho es cierto, habrá ya dado parte la casera al Gobernador o a otro juzgado; pero aquí no han venido consignados más que los dos zapateros, que probablemente habrán muerto antes de llegar al hospital.

—Los crímenes deben perseguirse de oficio, y si han dado parte y otra autoridad conoce del negocio, ya lo veremos. ¿No cree usted que es la ocasión de que este juzgado se acredite por su energía y actividad?

—¡Y cómo que lo creo! —respondió el escribano—. Un crimen así hace la reputación no sólo del criminal, sino también del juez que lo descubre y lo condena a muerte.

—Pues a descubrirlo y a perseguir sin descanso a los cómplices, a prender a medio México, que de los muchos que caigan alguno ha de ser el asesino y el miedo de la cárcel los hará confesar.

—¡Es que la ley, las fórmulas, y los procedimientos requieren que…!

—¡Qué fórmulas ni qué calabazas! México es un país de hechos, y parece que ahora comienza usted a vivir. Lo primero que debemos hacer es llamar al director de El Eco del Otro Mundo para averiguar quién es ese marqués o conde que está complicado en el delito. ¡Qué golpe si lográramos que fuese al palo un marqués!

El escribano no pudo menos que reír.

—¡No se ría usted! Lo que se necesita en este país es atrevimiento, y lo demás lo da la fortuna. Vea usted: en vez de oficios y citas que nos harían perder el tiempo, lo mejor es que usted mismo vaya a la redacción, y con cuantas caravanas y atenciones sean posibles, se traiga usted aquí al director o a alguno de los redactores. En caso necesario, use usted de la autoridad, y nada tendrán que decir, puesto que ellos mismos excitan a la justicia a que sea inflexible y obre con energía.

—Pero sería menester que usted firmase…

—No hay pero que valga; en esta vez déjeme usted obrar y no me haga observaciones, que después en los autos se arreglarán las cosas como deben ser. Cuento con la amistad del Ministro de Justicia y con la opinión pública, y ya es bastante, conque…

El escribano tomó su sombrero y salió en busca de los periodistas, y el juez cerró la puerta y comenzó a pasearse de uno a otro extremo de la pieza, con el dedo en la boca, meditando dar un golpe que hiciese ruido en la ciudad.

El escribano no se hizo esperar y volvió acompañado del director del periódico, de cuyas señas y gestos quizá nos ocuparemos otra vez.

—Amigo y señor —le dijo el juez luego que vio al periodista, tendiéndole la mano, sentándolo en su propio sillón—; nos va usted a hacer un gran servicio o, mejor dicho, un servicio a la sociedad.

—Mi persona, mi periódico, los redactores, la imprenta, todo está a disposición del señor juez. ¿En qué puedo servirlo?

—Me va usted a revelar —le contestó el juez, mostrándole el párrafo del periódico— el nombre del personaje que fue causa del crimen, o mejor dicho que es cómplice y debe ser castigado.

—¡Imposible, señor juez! Es un secreto que no puedo descubrir; perdería mi reputación, mi crédito, hasta mi vida, si divulgara lo que se comunica a la redacción en el seno de la confianza.

—Es que —le interrumpió el juez— el secreto quedará guardado, y aunque yo lo sepa de boca de usted y tenga que obrar en consecuencia, ni constará el nombre de usted en la causa, ni yo, ni el escribano, bajo la fe de funcionarios públicos, diremos jamás una palabra; puede usted estar seguro de ello.

En ese caso, confiando en la palabra de usted y por hacerle un servicio, le referiré lo que ha llegado a mi noticia, y por cierto que buenos pasos y dinero me ha costado. Lo que yo deseo, como usted puede bien figurarse, es que mi periódico sea no sólo el mejor periódico de México, sino del mundo entero.

—Lo comprendo muy bien, y ya ve usted que el juzgado, que es el primero en acatar la opinión pública y que considera a la prensa como un cuarto poder, va a proceder con tal actividad y con tal energía, que le aseguro a usted que antes de cuatro semanas serán ahorcados en medio de la plaza los principales reos y sus cómplices. Espero que el diario de usted apoyará las providencias del juzgado. Conque vamos: ¿quién es el famoso marqués?…

El director miró a todas partes, se aseguró que la puerta estaba cerrada y acercándose al oído del juez, le dijo:

—El personaje aludido en mi diario, es nada menos que el rico y poderoso conde del Sauz.

—¿Es posible? —dijeron a una voz el escribano y el juez.

—Ni duda cabe en ello —continuó en voz baja—; y si ustedes supiesen qué casta de persona es el conde, no se asombrarían. Malas lenguas dicen que, como Otelo, ahogó a su esposa entre las almohadas; a una hija única que tiene le da un trato cruelísimo y le impidió que se casara con un guapo y valiente oficial que abandonó su carrera y se perdió para toda la vida. Por el rumbo de la Cruz Verde mantiene una querida; por la Calle de Cocheras mantiene otra; por la de la Tlaxpana otra, y siempre anda a cuchilladas con los jugadores y canallas con quienes se junta; vaya, es el mismo diablo en persona. El coronel Baninelli sabe bien esas historias, y un día se dieron buenas estocadas él y el conde, precisamente por el asunto del oficial y de la hija.

El juez, que como hemos dicho era fuereño y que no sabía esas viejas historias escandalosas de México, estaba asombrado; y al escribano mismo, que trataba con gente de otro círculo, no dejaba de interesarle la conversación del director de El Eco del Otro Mundo.

—Como el señor juez podrá fácilmente adivinar —continuó el periodista— el Conde protegía al carpintero para gozar de su mujer, porque así son los ricos; nada hacen de balde. El carpintero aguantaba o no aguantaba la carga; pero el caso fue que se cansó, y un día, celoso y frenético, hizo picadillo a su mujer. Las vecinas deben ser cómplices, porque ocultaban unas veces al conde en sus cuartos, otras entretenían al carpintero mientras la mujer se componía las ropas y aparecía como lavando trastos; ya usted me comprende… Manejos que tienen la mayor parte de las mujeres para disimular sus maldades; ahí tiene usted, señor juez, averiguado el crimen y la causa de él y todo cuanto usted desea; pero ¡por Dios! la mayor reserva. Mi vida va de por medio, y si el Conde llegase a saber algún día que yo… me daría más estocadas que pelos tengo en la cabeza.

—Pierda usted cuidado; empeñamos solemnemente nuestra palabra de guardar el secreto —volvió a decirle el juez estrechándole afectuosamente la mano y acompañándolo hasta la puerta del juzgado.

—Tenemos el hilo —dijo el juez sentándose en su sitial y restregándose las manos.

—Creo que sí, contestó el escribano.

—Pues a proceder y no haya misericordia con nadie; ejecute usted lo que yo mande.

En consecuencia de esta determinación, cuatro hombres y un cabo de infantería que estaban de guardia en la Acordada, precedidos de un agente del juzgado se dirigieron a la casa de vecindad donde se perpetró el crimen, y otros cuatro hombres y un cabo a la Calle de Don Juan Manuel.

Mientras que los soldados, con sus mal ajustados uniformes y mordiendo a excusas del cabo un trozo de pambazo caminaban a su destino, diremos cómo la casualidad hizo que El Eco del Otro Mundo tuviese noticia del suceso antes que el periódico oficial, que el licenciado don Crisanto y que el mismo Gobernador del Distrito.

Entre los muchos vecinos de la casa había una familia que tenía dos hijos aprendices en una imprenta donde se publicaba El Eco, y uno de ellos, el más listo y vivaracho, era el encargado de llevar las pruebas al director, el cual, al devolvérselas preguntaba si había algo de nuevo en la imprenta o en la calle. El muchacho ya le contaba de un ladrón ratero que vio correr llevándose un rebozo; ya de dos criadas que se desmechaban en una esquina; ya de un perro rabioso que perseguían los serenos.

El entendido director se aprovechaba de estas y de cuantas noticias adquirían por cualquier lado; las desfiguraba, las aumentaba, las acompañaba de alarmantes comentarios y llenaba así en parte su variada gacetilla. Un día, antes de las ocho de la mañana entró el pilluelo sofocado, sin poder articular bien palabra y su fisonomía todavía demudada, con un rollo de pruebas en la mano, que había guardado en su casa por habérsele hecho tarde en la noche.

—Tú tienes algo —le dijo el director quitándole las pruebas de la mano—. ¿Te han reñido en tu casa, te han maltratado en la imprenta, te has peleado con alguno en la calle? Tienes todavía los cabellos erizados como si hubieses visto a un difunto.

—¡A una muerta! —le contestó el aprendiz con voz asustada y limpiándose los ojos como si la viera delante.

—Siéntate, tómate ese trago de vino, coge la copa, no la vayas a tirar, y cuéntame lo que has visto para que salga inmediatamente en el periódico —el director alargó la copa al muchacho con un sobrante de vino Jerez, gritó al portero y lo mandó a la imprenta para que no saliese el periódico hasta que él fuese personalmente. El aprendiz, más repuesto de la carrera y del susto, le contó lo que sabía antes, lo que había oído y lo que había visto al salir de su casa para traerle las pruebas.

Lo que oyó y lo que vio lo tenemos también que referir. Según recordarán nuestros lectores, Evaristo salió de la casa dejando la llave a la casera y encargándole la entregase a Tules cuando volviese, y prometiendo regresar pronto.

La casera ninguna importancia dio a este encargo, que no era el primero; menos pudo sospechar nada; colgó la llave en un clavo y continuó sus habituales ocupaciones.

A las doce del día, ni Juan había vuelto con la leche, ni Tules ni Evaristo habían regresado. Un tanto alarmada salió al zaguán a espiar un rato por si los viese venir.

Las moscas cubrían los restos del carnero, y algunos perros asomaban el hocico por el zaguán.

Dieron las tres de la tarde y la casera volvió a descolgar la llave y a salir al zaguán… Ni sombra de los vecinos.

La ausencia de Juan era lo que más ponía en cuidado a la casera. Llegó la noche y con ella las sospechas, los comentarios y pláticas de las vecinas, que resolvieron esperar hasta el siguiente día, dejando los trozos del carnero en el mismo sitio. Pensaron que una borrachera de Evaristo lo habría detenido en unión de Tules y del aprendiz en una casa de la Viga, donde habían averiguado que solía tener fandangos. Al día siguiente la cosa era grave; la casera atarantada, no sabiendo a qué atenerse, pues las opiniones de las vecinas eran contradictorias, se decidió por el voto de la mayoría y triunfó la curiosidad propia de las mujeres. Descolgó por cuarta vez la llave del clavo, se asomó al zaguán para ver si divisaba a alguien y perdiendo ya la esperanza del regreso de los ausentes, entró resueltamente al patio y abrió la puerta del taller. Ella y las vecinas se precipitaron, pero un olor acre de sangre y de muerto las dejó estupefactas y clavadas en un lugar.

A pesar del cuidado que todo criminal tiene para hacer desaparecer las huellas de su delito, el cuarto presentaba a primera vista un aspecto singular, que denunciaba el crimen, que no había podido ni siquiera paliar el sacrificio del borrego.

Sillas rotas, instrumentos regados y en desorden, tablones de madera torcidos, retazos de enaguas y de mascadas hechos trizas y manchas de sangre en el suelo, en las paredes, en todas partes. Las vecinas, en cuanto pudieron hablar y decirse algo, reconstruyeron la escena sangrienta como si la hubiesen visto. La muerte del carnero no había sido más que un pretexto. Tules asesinada por su marido briago y furioso, debía estar allí, o entre los tablones y aserrín, o enterrada debajo de las vigas; el aprendiz lo había visto todo y, escapado como por milagro del furor del salvaje, había corrido lejos, quién sabe a dónde, para no volver más; ni sospechas de que el pobre muchacho, que sabían las vecinas amaba a Tules como su único apoyo, hubiese tenido parte; mientras el tornero estaría ya lejos, quizá en Río Frío, refugiado con los bandidos; la justicia no lo cogería nunca, imposible. Y sobre todo esto discurrieron y trajeron a colación la vida pasada de Tules y de Evaristo, la visita del conde, los golpes que recibía Juan, y cada una dio su opinión. El muchacho de la imprenta que vio y oyó todo esto, corrió con el rollo de pruebas a la casa del director (su hermano se había marchado antes), y el padre y la madre reflexionando que la cosa era complicada, cerraron su puerta y salieron inmediatamente a buscar otra casa en que mudarse. La casera reconoció que había cometido una grave falta al abrir por sí y ante sí la puerta de una casa ajena sin dar parte a la justicia, y las vecinas asustadas a nada se decidían; ni querían ir a buscar al alcalde, ni declarar, ni mezclarse con la justicia, que cuando menos les haría perder su tiempo llamándolas todos los días a la Acordada a dar declaraciones. En esto estaban y discutían el modo de evitar tales peligros cuando haciendo ruido con las armas hizo una repentina irrupción en el zaguán el piquete de soldados, precedido del agente del juzgado.

—Silencio, y dense presos de orden del juez —dijo con voz imperiosa—. Todo el mundo aquí.

Las vecinas vociferaron a un tiempo, protestando su inocencia y reclamando la arbitrariedad que se cometía prendiéndolas sin escucharlas y antes de saber lo que había pasado, que ellas mismas, si lo habían adivinado, no lo sabían en realidad. Las más avisadas, aprovechando el primer momento de confusión, se esquivaron y se marcharon a la calle; las más bachilleras y resueltas rodearon al agente y continuaron vociferando, intentando también sollozar y derramar lágrimas para ablandarlo.

—¡Silencio! Que nadie salga, y a cerrar la puerta, y lo que tengan ustedes que alegar lo harán ante el juez, que mi deber es averiguar en dónde está el cadáver y llevar a todo el mundo a la cárcel.

El cabo retiró de la puerta a algunos curiosos que ya asomaban las narices, colocó un centinela y con el resto de su escasa fuerza hizo un cerco para que las vecinas no intentasen entrar a sus cuartos.

—Venga aquí la casera y algunos que ayuden a lo que se va hacer.

La casera, pálida y tartamudeando, hizo como pudo una relación de lo que sabía, confesó de liso en llano que por curiosidad había abierto la puerta del taller.

El agente comenzó por registrar cuarto por cuarto, y en dos de ellos encontró un hombre que o de veras estaba dormido o lo fingía, por no mezclarse para nada en el suceso; otro afectaba la mayor indiferencia, cosiendo tranquilamente un pantalón, pues era oficial de sastrería.

—Éstos deben saber lo que ha pasado o ser cómplices —dijo el corchete fijándoles la vista.

Por lo demás, no encontró ni armas, ni manchas de sangre ni indicio alguno; recogió, sin embargo, tijeras grandes, tenazas y cuanto encontró de acero o fierro. A los hombres les intimó que quedaban presos y con ellos se fue al taller y los obligó a que comenzaran a despejarlo.

—Hubiera sido mejor que el señor Juez hubiese venido en persona —pensó el agente, fijándose en las manchas de sangre, en los destrozos del carnero, en la confusión y revoltura del cuarto y en los fragmentos del sillón de terciopelo y oro que aún conservaba su olor de iglesia y de incienso. Registrados minuciosamente pavimento, rincones, astillas y tablones, nada se encontró. Entonces por indicación de la casera, se levantaron las vigas del cuarto y de entre el aserrín ensangrentado y húmedo, sacaron el cuerpo casi desnudo de Tules.

Un soldado salió a la calle y volvió con dos cargadores. En la escalera que servía para encender el opaco farolillo de la casa, se colocó el cadáver, los cargadores con sus cuerdas lo ataron a los barrotes y se lo echaron al hombro. Seis u ocho mujeres, el oficial de sastre y el fingido dormilón, fueron incorporados, y la comitiva así, en cuerpo de patrulla, salió de la funesta casa de vecindad y se encaminó a la Acordada. Con el trote de los cargadores las cuerdas se aflojaron, y ya colgaba una pierna desnuda de Tules por un lado, ya por el otro se columpiaba un brazo que rozaba la cara del cargador que iba delante. Varias veces, antes de llegar a la cárcel, descansaron, para atar mejor a la muerta y componerle sus desgarradas ropas. En el tránsito la gente curiosa iba delante y detrás de la comitiva y aumentaba en cada calle, de manera que cuando llegó a la Acordada era un verdadero tumulto, de donde brotaba un ruido de voces, chiflidos, gemidos y recriminaciones. Las vecinas inocentes, llevadas en cuerpo de patrulla, gemían y contaban su aventura a conocidos y desconocidos; éstos maldecían a los cuicos, nombre con que el pueblo designa generalmente a los agentes de policía, y los soldados rechazaban la gente, se abrían paso y trataban de impedir estas conversaciones. Así llegó esta fúnebre procesión. Tules, amarrada en su escalera, fue colocada en la puerta de la cárcel a la expectación de los curiosos, quedando de facción los cuatro hombres y el cabo y los supuestos cómplices subieron al juzgado, donde nuestro enérgico juez esperaba con impaciencia.

El juez, grave, majestuosamente sentado en su sillón, y el escribano con media resma de papel de actuaciones delante, comenzaron el interrogatorio.

Las vecinas callaron, algunas limpiaron las lágrimas que por el despecho o la cólera se les salían de los ojos, y el solemne interrogatorio comenzó.

Como sucede entre mujeres, y mujeres que aunque inocentes tenían mucho miedo a la cárcel y al juez, tartamudearon, se pusieron descoloridas y coloradas, y cada una hizo a su modo la relación de lo sucedido, procurando más bien salvarse que no decir la verdad, de modo que resultaron contradictorias sus declaraciones.

—No cabe duda —dijo el juez— están convictas y confesas; son cómplices por lo menos, y han ayudado a ese horrible festín en que poco faltó para que se comieran a esa pobre mujer. En cuanto a los hombres, ya les interrogaremos esta tarde. Que se los lleven a la cárcel lo mismo que a las mujeres, y que todos queden incomunicados.

—Pero, señor juez —dijo una vecina, la de más edad quizá que las otras y que se expresaba con energía— está usted cometiendo una injusticia; la casera, las vecinas y esos hombres somos inocentes. Conque porque un borracho mata a su mujer, todos los que vivimos en una misma casa hemos de ser también asesinos y nos han de poner en la cárcel, quitamos la honra y hacemos perjuicios, dejándonos sin modo de ganar nuestra vida. Sí, señor juez, comete usted una injusticia muy grande. Por lo que toca a mí, soy una mujer honrada, todo el mundo me conoce, y principalmente en la Calle de Don Juan Manuel, donde entrego dulces hace muchos años, pues de eso me mantengo. Bastante he sentido a Tules y estoy como con una pesadilla; haga usted lo que quiera de mí, que no diré una palabra más. Dios me hará justicia y me sacará de este apuro.

—¿Qué sabe usted de justicia ni de nada? —le contestó el juez—. Y sea más respetuosa con el juzgado. En castigo va usted a quedar encargada de la casa, pues la casera no podrá volver por ahora; pero cuidado con esconderse, porque la encontraré a usted aunque sea debajo de la tierra.

La vecina vio el cielo abierto y se retiró, jurando antes al magistrado que no se movería de su cuarto, que tendría cuidado de la casa y que estaría a su disposición para cuando la quisiese llamar. Los demás suplicaron, alegaron y protestaron de nuevo; pero el juez les impuso silencio y fueron llevados a la prisión. Los hombres a la Chinche y las mujeres a las Recogidas.

El cadáver ensangrentado y medio desnudo de Tules fue tendido boca arriba en un banco de piedra lleno de lodo, costras y regueros de sangre seca, en un inmundo salón situado en el piso bajo el edificio, frente a una puerta con reja de hierro que comunica con la calle. Al lado derecho colocaron a un cohetero que ardió la noche anterior con todos sus artificios, y del otro un ahogado que retiraron los serenos en una acequia del paseo. La cara negra, achicharronada del cohetero, y la faz abotagada y tachonada de yerbas acuáticas, formaban un contraste con la fisonomía pálida, dulce y bella de Tules, que parece había respetado la muerte.

En la tarde los elegantes carruajes que van al paseo de Bucareli se sucedían unos tras otros. Las muchachas alegres, felices, contentas, que esperaban ver a sus galanes en briosos caballos, volvían la cabeza al otro lado al pasar el coche frente a la reja. Otras, cuya curiosidad era invencible y que ya sabían los sucesos, sacaban la cabeza, detenían a su cochero, miraban y decían tapándose los ojos:

—¡Qué horror! ¡Y qué hermosa era la pobre muchacha!

XXVIII. Mariana y su hijo

El palacio feudal de la Calle de Don Juan Manuel, desde que se construyó con sus paredes pesadas y gruesas como las de un castillo, sus ventanas interiores con rejas de hierro y sus recámaras espaciosas y oscuras, era triste y severo como la mayor parte de los edificios que bajo un plan morisco se construyeron en México por los ricos descendientes de los conquistadores; pero el tiempo y quizá el modo de vivir de la noble familia que lo habitaba, y los pesares secretos que pesaban sobre ella, contribuyeron a darle todavía un tinte más siniestro y sombrío.

Los grifos y los horrendos mascarones que se asomaban al pie de las almenas en la ancha cornisa de la azotea, continuaron arrojando cada año con desesperante monotonía por sus bocas abiertas torrentes de agua, que en la estación de las lluvias inundaban el patio; continuaron mirando con una especie de enojo, con sus redondas pupilas de piedra, a las pocas personas que se aventuraban a penetrar en el zaguán y subir las altísimas escaleras; el viento rudo y frío invadía cada diciembre los corredores y pasadizos solitarios y hacía crujir y se llevaba astillas de los ya viejos bastidores; el polvo amarillento y sofocante que en la estación del calor venía de los suburbios sucios y abandonados de la ciudad, reposaba y formaba capas en los ricos jarrones de porcelana y en los dorados tibores del Japón, sin que una mano cuidadosa se atreviese a limpiar ni a reparar las averías y daños ocasionados por el tiempo; parecía que siglos enteros habían transcurrido, que los habitantes se habían quedado dormidos durante muchos años en sus recámaras, y el sol mismo, tan espléndido y radiante en México la mayor parte del año, no era bastante para calentar y desterrar el frío de esa señorial mansión. ¿Por qué pasaban así las cosas? Vamos a explicarlo. El conde, entre sus excentricidades que cambiaban de giro a cada momento, había ordenado que cuando él estuviese ausente, nada de la casa se cambiase de lugar, ni se tocase, ni se hiciera aseo ninguno en los corredores y habitaciones reservadas para la familia; y como en el tiempo corrido había venido tres o cuatro veces y regresado a las haciendas, pasando en México corto tiempo, nadie se había atrevido a desobedecerlo. Por otra parte, faltaba Tules, que había sido una especie de maga cuidadosa y solícita, pues todo lo que estaba a su cargo relucía por la limpieza, orden y propiedad, y hacía resaltar las curiosidades y objetos de arte que formaban como el complemento de la grandeza de la antigua casa solariega, que recibió durante años los más exquisitos objetos de China, de España y de Flandes.

¿Y Agustina? ¿No era en realidad el ama de la casa, la que dominaba al conde, tenía la caja de cedro con el dinero y disponía a su voluntad de cuanto había en ella? Verdad era esto, pero la pobre ama de casa grande, que parecía muy feliz y envidiada de los criados de los condes de Valle Alegre y de los marqueses del Valle, tenía más bien una existencia moral que prolongaba valientemente con una rara energía, que no una existencia material y física. El polvo, el desaliño, el abandono completo de lo que existía en el palacio de Don Juan Manuel, estaba de acuerdo con sus tristes ideas, más tristes aún que los acontecimientos que siguieron a la fatal aventura del Chapitel de Santa Catarina que dejamos pendiente, y que tenemos necesidad de recordar y reanudar aquí.

Tan pronto como descendió Juan Robreño de la vacilante escalera del sereno, llevando envuelto en su capote militar el fruto de su amor, se dirigió a la casa de su tía y lo confió a su cuidado, haciéndole cuantas recomendaciones puede hacer un padre por su hijo, y un hijo de una mujer adorada, que quedaba realmente sin el amparo de sus padres por las raras circunstancias en que le había tocado venir a este mundo.

Advertidas Mariana y Agustina, sobreponiéndose al miedo que tenían al conde, no omitieron nada para proporcionar al recién nacido cuantas comodidades pueden imaginarse. Excelente nodriza, pañales muy finos, cómoda habitación en el campo, dinero para todo esto sin tasa ni economía. Secundadas la madre y la ama de llaves por la buena tía de Juan Robreño, disfrutaron algunos meses de una dicha que Mariana comparaba a la que disfrutaría en la gloria. En una corta ausencia del conde, Mariana, acompañada de Agustina, se aventuró a hacer una excursión hasta la casa de campo. Entró temblando, presa de una emoción tal, que era necesario que Agustina la levantase y la ayudase a pasar el umbral de la sencilla y modesta casa de la tía. Le pareció de pronto la peregrinación a un santuario donde la madre inocente iba a ver por primera vez al hijo de sus entrañas, a contemplar en esa animada y débil miniatura como en un espejo, sus propios ojos, su propia boca, todas sus facciones, lo mismo que todas las facciones del amante, porque debía parecerse a los dos. ¿Y por qué no? Se habían amado, no… mentira, se habían idolatrado, y en las verdes y solitarias sabanas de la hacienda, acaso inocentemente, sin pretenderlo aún, sin preverlo, en un supremo y ardiente beso había conocido los misterios y los éxtasis del primer amor; pero al dar un paso más, un negro pensamiento vino a su mente, como esos siniestros murciélagos que atraviesan repentinamente la mesa de un festín campestre a las horas del crepúsculo. No, no era la esposa respetada ni la madre legítima la que iba a visitar a su hijo y cerciorarse que el aire sano de los campos daba color a sus mejillas y fuerza y desarrollo a sus pequeños y débiles miembros, sino la hija criminal y culpable que, presa de la zozobra y del remordimiento, iba a excusas a mirar sólo por un instante a un ser condenado tal vez, como ella, a la eterna desgracia y al oprobio.

Mariana, asustada, como si viese venir a su padre, y avergonzada porque en ese momento reconocía la gravedad de su falta, retrocedió, queriendo regresar por donde había venido; pero Agustina la detuvo.

—Ánimo, señora condesa, ánimo, un poco de valor, y entremos. ¿Cómo es posible que nos volvamos después de correr el peligro de ser descubiertas por el conde, sin que esa criatura inocente sea conocida y arrullada siquiera una vez más en el seno de la madre que le dio el ser?

—Es verdad, Agustina, tienes razón, debo avergonzarme de haber sido débil; pero no supe lo que hice, no lo sé en este momento; quería tanto a Juan, lo quiero tanto todavía, que nada podría negarle. Entremos.

Y en efecto, animada y ligera penetró en el salón buscando únicamente con los ojos la cuna, la cama, el lugar, la persona que podría tener a su hijo.

La excelente señora, que tenía aviso de la visita, se presentó muy aseada y vestida, haciendo las debidas reverencias y cumplimientos a la hija del amo y señor a quien su hermano servía hacía tantos años; pero Mariana no vio los muebles ni las criadas que salieron presurosas a ordenar las sillas para que se sentase, ni la persona que la recibía y la saludaba, nada; sus ojos errantes, buscaban una sola cosa… ¿Dónde está, dónde está?… Y presa de la emoción se dejó caer en un sillón que oportunamente le había presentado una sirvienta.

—Ya lo verá usted, y pronto —contestó dulcemente la tía de Juan— pero repose usted cinco minutos, cálmese usted… Comprendo su emoción y sus sentimientos. No he sido casada, y por consiguiente tampoco he tenido la desgracia o la fortuna de tener hijos; pero por el cariño que yo tengo a mi hermano y, sobre todo a mi sobrino y a este angelito que me ha confiado, comprendo lo que debe sentir una madre que ve por primera vez a su hijo después de seis meses de haberlo dado a luz… Voy a traerlo, pero cálmese usted, señora Condesita, y con esa condición lo verá dentro de breves instantes.

Mariana hizo un esfuerzo, se recobró un poco, tomó la mano de Agustina y la puso sobre su corazón.

—Tienta cómo late, se me quiere salir del pecho… no sé si de placer, o de dolor o de susto… Creo que me voy a morir; este corazón que me parecía tan duro e insensible como el de mi padre, me quiere ahogar.

La tía entró a las piezas interiores intencionalmente, dilató unos diez minutos, y al fin salió, teniendo en sus brazos un rollizo bebé. La nodriza y las criadas, por orden de la tía, se habían retirado para dejar a Mariana toda la libertad, y porque aunque fieles y de confianza, no convenía que se impusieran más de lo necesario de los secretos de la familia.

Mariana tomó en sus brazos al niño, y sus preocupaciones, su miedo, sus negros pensamientos, volaron en el acto; una santa sonrisa de madre amorosa vagó en sus labios, sus ojos brillaron con fuego divino como en el momento mismo que conoció el amor, y se quedó contemplando con delicioso éxtasis la faz tranquila e inocente del niño, que miraba con fijeza y atención esa nueva figura que no había antes conocido; quiso llorar y como esquivarse pero como esa nueva figura era hermosa, concluyó por habituarse a ella en pocos minutos, y pareciendo que con una sonrisa la adoptó, la reconoció como a su madre.

—¡Ah —exclamó Mariana llena de alegría—, iba a llorar! Le asustaba yo; no me había visto; pero ya se sonrió, ya me reconoció… Sí, soy tu madre, tu madre, hijo mío; delante de todo el mundo lo diría; a mi padre mismo, aunque me matara; y si te viera tan hermoso, tan inocente, me perdonaría.

Y Mariana estrechaba a la criatura en sus brazos y le cubría de besos ojos, carrillos, las manecitas, los brazos, lo quería volver a su seno y guardarlo allí. Agustina y la tía retiraron discretamente, aunque con dificultad, el niño de los brazos de la madre, porque continuando su entusiasmo amoroso hasta lo podía haber ahogado, y lo entregaron a la nodriza.

Siguió después una conversación animada que degeneró en una discusión de proyectos a cual más atrevidos. Mariana, por nada del mundo quería separarse de su hijo. Se lo llevaría al palacio de la calle de Don Juan Manuel, y se diría que era un huérfano que se había encontrado al abrir el zaguán en la mañana. Eso era quimérico. El conde no lo creería, y si lo creía, enviaría al huérfano directamente a la cuna.

Mariana no quería regresar ya a casa sin su hijo. Como tenía dinero de qué disponer, ella y Agustina se marcharían en secreto a un lugar ignorado por el rumbo de Puebla o Veracruz, y allí vivirían como campesinas, como propietarias de un rancho que comprarían expresamente… ¡Quimera también! Agustina dijo que todo era una locura, y que ella primero moriría que robar la caja del conde y fugarse con su hija; que aun cuando se resolvieran a hacerlo, no tardarían en ser descubiertas y castigadas, y que así Mariana quedaría eternamente separada de su hijo.

Pensó Mariana, y pensaba mil proyectos encontrados, confesarlo a su padre, pedirle perdón de rodillas y presentarle a su hijo. Su corazón duro tendría necesariamente que ablandarse, si las manecillas rosadas de un ángel acariciaban su negro y retorcido bigote.

—Yo no comprendo ni menos puedo entender ahora esto que se llama nobleza —decía Mariana con una entera convicción—. Mi padre es noble y mi madre era también noble; se casaron, y fueron muy desgraciados. Si yo me hubiese enamorado de un indio o de algún ranchero de las haciendas, tal vez mi padre tendría razón; pero Juan es blanco como mi padre, gallardo, tal vez más gallardo que él; hermoso, porque Juan tiene cuanto puede tener un hombre para cautivar a una mujer, y su ocupación, como lo ha sido la de mi padre, es la honrosa carrera de las armas. ¿Por qué no dejarme casar con él, que hubiese sido un buen hijo y el apoyo y sostén de la casa? ¿El dinero? Yo no necesito dinero para vivir con Juan. En un rancho, en un pueblo, en cualquier parte estaría bien, con tal que lo tuviese a él y a mi hijo; y si el dinero sirve para hacer a las familias y a los nobles desgraciados, valía más no haber nacido.

—Ni qué pensar tampoco en esto, señora condesa —le dijo Agustina—. Conozco, como si fuese mi hijo, el carácter del conde. No tendrá piedad ni de usted ni del niño. Capaz de quitárselo a usted de los brazos y estrellarlo contra la pared.

—¿Cuál es el parecer de usted, señora Robreño? —interrogó a la tía de Juan.

—Salvo lo que Dios dispusiera —respondió la tía— y por lo que desde hace años he oído decir del conde, me parece que primero se dejaría ahorcar que casar a la señora condesa con el hijo de su administrador. Si Juan, con el tiempo fuera coronel o general, tal vez…

—Ni aun así —le interrumpió Agustina—. El señor conde tiene en mucho a su nobleza y a sus antepasados, que dice estuvieron en la guerra de Flandes… y qué sé yo… En sus pocos ratos de buen humor, y cuando necesita dinero y me lo pide, aunque al fin es suyo, me ha solido platicar cosas de sus abuelos, cosas que sería largo contar; pero lo que sí se me ha quedado grabado, es que siempre ha dicho que primero querría ver a su hija muerta que casada con uno que no fuera igual en sangre y en nobleza.

—Bien, si es así —dijo Mariana— no me queda más extremos sino abandonar para siempre mi casa, y fugarme con Juan; pasado un año, dos años, se habrá disminuido el enojo de mi padre, y entonces quiera que no, tendrá que perdonarnos.

Por de pronto —le respondió Agustina— también es eso imposible, porque en realidad no sabemos dónde se halla Juan. Hace un mes andaba por las cercanías de la hacienda del Sauz, y así me lo escribió don Remigio, pero hoy no sabemos dónde se encontrará, y desde luego algo le impide venir a México, y la señora condesa sabe esto más que yo, pues que ha recibido sus cartas.

—Es verdad, Agustina —dijo tristemente Mariana—, no puede venir, sería fusilado, pues que desertó delante del enemigo. Todo lo ha perdido, posición, dinero, honor. Jamás hombre alguno en el mundo habrá hecho tanto por una mujer como Juan por mí… No, no hay otro remedio; invocaré la ley, arrostraré la cólera de mi padre, confesaré ante todo el mundo mi debilidad, reclamaré la herencia que me dejó mi madre, y me uniré eternamente con el que es ante Dios mi legítimo esposo, y no me separaré más de mi hijo.

—¿Pero Juan podrá hacer lo mismo? ¿No está juzgado por desertor y sentenciado a ser pasado por las armas donde quiera que se le coja?

—Es verdad —contestó Mariana—, lo acababa de decir, y lo había olvidado, y formaba ya ilusiones de dicha y libertad, y soñaba con una vida de familia; pero por Dios crucificado, yo no puedo vivir así, algo he de hacer, y un día, cuando Agustina menos piense, abandonaré el fúnebre palacio, que todo él me parece una tumba, y marcharé, no sé cómo, hasta encontrar y reunirme con el proscrito. Es mi deber; pues que todo lo ha perdido por mí, yo debo perderlo todo por él.

Mariana, al acabar de decir con decisión estas palabras, se levantó del canapé donde estaba sentada, comenzó a pasearse con agitación de uno a otro extremo de la sala y a mirar a intervalos, de una manera extraña, a la tía de Juan y a doña Agustina, las que, alarmadas y temiendo que la pobre madre perdiese el juicio, procuraron calmarla con las más dulces palabras, prometiéndole que pensarían más adelante en un proyecto que tuviese menos riesgos e inconvenientes y que le diera el resultado de reunirse con Juan, al que iban a escribir por conducto de don Remigio, que pidiera un indulto al Presidente o al Congreso. Mariana movía la cabeza con un aire de duda y de desconsuelo, y aunque hacía esfuerzos no le era dable dominar la agitación nerviosa que le había acometido, cuando pensó detenidamente, quizá por la primera vez, en las dificultades de su vida y en la eterna soledad a que estaba condenada, no obstante tener dos seres queridos a quienes amaba de todo corazón.

Agustina entró a la recámara, trajo al niño en brazos y se lo presentó.

—Por él, todo por él, señora condesa. Valor y confianza en Dios. Nuestra Señora de las Angustias, esa Virgen dolorosa que hizo un milagro en el Chapitel de Santa Catarina, cuando no teníamos ya esperanza alguna, hará otro mayor el día que menos lo pensemos.

—Sí, por él, todo por él, dices muy bien, Agustina —respondió la condesa, se quedó contemplando largo rato a la pequeña criatura, le dio un amoroso beso, y dos hilos de silenciosas lágrimas se desprendieron de sus grandes ojos negros.

La crisis había pasado. Las dos buenas gentes aprovecharon este momento favorable, condujeron a Mariana al coche que la esperaba en la puerta, y antes de dos horas subían ama y criada, mudas y tristes, las grandes escaleras del palacio de la Calle de Don Juan Manuel.

El conde, una semana después de esta escena, regresó de Pachuca, donde había ido por negocios de minas, y pocos días después dispuso continuar el viaje para la hacienda del Sauz. Mariana tuvo que seguir a su padre y Agustina quedó encargada, como siempre, de la casa. Durante muchos meses ni criados, ni cartas de la hacienda. El conde vendía sus esquilmos allá, y de vez en cuando tocaban el gran aldabón del zaguán de la casa de Don Juan Manuel y se presentaba algún dependiente español a entregar a Agustina mil o dos mil pesos, de los que daba recibo y guardaba en la caja, que a poco más o menos estaba llena. Cuando terminaba la fiel ama de llaves sus pocos quehaceres, salía a dar sus paseos a la calle, que se reducían a una visita a su casita del Chapitel de Santa Catarina, donde rezaba fervorosamente delante de la magnífica y milagrosa imagen de Nuestra Señora de las Angustias, pidiéndole sacase a la condesa y a su amante o esposo de la terrible situación en que se hallaban, y que le diese a ella vida y fuerza para ayudarlos en todo. Consolada y llena de esperanzas, seguía su paseo, que tenía por objeto hacer algunas indagaciones sobre la situación y vida de Tules, y las más veces tomaba un coche y terminaba la excursión en la casa de campo, donde colmaba de caricias al bebé y nunca dejaba de llevarle algún juguete propio de su edad, volviendo, si no contenta, al menos resignada a la triste mansión.

Un día que fue a la casa de campo, la tía de Juan le dijo que la nodriza había ido con el niño a los Remedios, donde tenía su casa. No le pareció bien a Agustina; pero no dijo nada y se marchó. A la semana siguiente hizo otra visita, tampoco estaba el niño; una conocida que lo quería mucho, lo había llevado a su casa, y la nodriza había ido precisamente a buscarlo. Agustina no esperó porque era tarde, y nada sospechó.

Al mes siguiente, nueva visita, tampoco estaban ni el niño ni la señora. Agustina sospechó que alguna cosa pasaba y volvió a los dos o tres días resuelta a aclarar el misterio.

—Espero, señora Robreño, que en esta vez veré al niño; han pasado ya dos meses y cuantas ocasiones he venido no lo he encontrado. Ahora de por fuerza lo tengo que ver; no me marcharé de aquí, dormiré en este canapé si es preciso.

La tía no hallaba qué responder, enclavijadas las manos, quería levantarse, echarse a los pies de Agustina, llorar, gritar, nada… la vergüenza, el pesar… el remordimiento, cuantas sensaciones punzantes puede tener un alma honrada que ha cometido una falta aunque sea involuntaria, tantas así se retrataban en la fisonomía martirizada y casi moribunda de la infeliz mujer, hasta tal grado que Agustina misma tuvo que ocurrir en su ayuda.

—Serénese usted un poco, señora, y refiérame con verdad lo que ha pasado con esa desgraciada criatura. ¿Ha muerto? Grandisísimo pesar para la condesa, pero quizá sería mejor que…

—No, no, señora; no ha muerto, porque en el acto lo habría avisado a usted, y como dice, habría sido un beneficio que Dios habría hecho a mi sobrino y a la señora condesa. Lo habría sentido, porque lo amaba como mi hijo, pero estaría tranquila y resignada…

—Entonces… me asusta usted. Diga, por Dios, y acabaremos las dos por sufrir este nuevo martirio.

—Verá usted —continuó la señora Robreño con una voz todavía tan trabajosa y aterrorizada como si acabara de suceder lo que iba a referir mi costumbre ha sido, desde hace muchos años, el ir a la Villa de Guadalupe el día doce de diciembre y pasar todo el día en la catedral, en el cerro y en la capilla del Pocito. Tomé un coche por todo el día y llevé a la nodriza con el niño, no queriendo dejarlo, y en el curso del día no me despegué de él, y donde yo iba allí también iba la nodriza y el niño; había mucha gente, y yo no quería que lo fuesen a lastimar a la salida y la entrada de los templos. Ya en la tarde, salimos a tomar el fresco y a buscar el coche, que no tardamos en encontrar; se acercó e íbamos a montar en él… la desgracia… la fatalidad… la voluntad de Dios… y no sé… me vuelvo loca al recordar lo que pasó… Quería que el niño tuviese una medalla de plata de la Virgen de Guadalupe… Mira, Josefa, le dije a la nodriza, en un momento voy a comprar una medalla, pronto vuelvo y nos iremos, mucho cuidado con el niño… Ya sabes, aquel coche amarillo que está junto al Portal es el nuestro, si me dilato, ve y monta en él, porque la tarde está fría y será mejor que no le dé el aire al niño. Entré en la iglesia a comprar la medalla, me dilaté en verdad, porque había mucha gente comprando medidas y medallas… cuando volví, no encontré a la nodriza, que dejé cerca del Convento de las Capuchinas. Me dirigí al coche: nada… interrogué al cochero, y la había visto pasar corriendo sin el niño… No caí muerta… porque Dios es grande y porque creo que me ha dejado la vida para que pague mi descuido, mi crimen, doña Agustina, pues que es un crimen no haber cuidado como debía a la prenda más preciosa que me entregó mi sobrino.

—¿Y qué…?

—Entré en la iglesia —le interrumpió la señora— registré hasta los últimos rincones, pregunté a todo el mundo, encargué al sacristán, a las vendedoras de tortillas, a los cocheros, a todo el mundo que me buscasen a la nodriza, ofreciéndoles dinero, mucho dinero; vagué y corrí como una loca por toda la villa, subí el cerro, entré y salí a las capillas no sé cuántas veces y exánime y sin fuerzas subí al coche y cerca de las diez de la noche regresé a esta casa, donde conservaba una remota esperanza de encontrar a la nodriza… ¡Nada! En la tarde se me presentó bañada en lágrimas… «¿El niño, el niño?», le pregunté apenas la vi. «¿Dónde está, qué has hecho de él, lo tienes, no es verdad?» La pobre mujer, sí, pobre, porque no fue más que un descuido como el que yo tuve, no hizo más sino arrojarse a mis pies y sollozar hasta sofocarse. «Fue un instante —me dijo cuando pudo hablar— y lo juro por la sangre del Señor, fue un instante el que dejé al niño entretenido y gateando y me puse a hablar con mi marido, al que hacía más de dos meses que no veía… Cuando volví la cara, el niño había desaparecido… Toda la noche, todo el día de hoy lo he buscado. Máteme usted, mándeme a la cárcel, a todo estoy dispuesta.» ¿Qué había yo de hacer, si yo era más culpable que ella?…

Agustina y la señora Robreño se pusieron sus pañuelos en los ojos y media hora lloraron silenciosamente.

Matiana, inspirada, según ella creía, por la Virgen de Guadalupe, aprovechó el momento en que la nodriza, entusiasmada por las caricias del marido, se apartó a un rincón del convento; se apoderó del chicuelo, y trotando, trotando en la fría tarde de diciembre, atravesó el solitario llano de Zacoalco.

Ya el lector sabe la suerte de Juan: oprimido como en un molino entre las supersticiones religiosas y las supersticiones nobiliarias.

Ya que hemos echado una mirada retrospectiva antes de volver al juzgado de lo criminal, diremos que los proyectos de Mariana cayeron y acabaron ante la severidad del conde su padre. Iba y venía a México. Unas veces dejaba a su hija en la hacienda, bajo la estrecha vigilancia de don Remigio; otras en cambio, la traía a la capital, hacía que se vistiera con el mayor lujo, que se adornase con las mejores alhajas de su difunta madre, y la presentaba y la llevaba a visita en casa de sus parientes y de toda la nobleza. Una noche le dio la humorada y la llevó al teatro al palco del marqués de Rivas Cacho. Pocos de los concurrentes oyeron con atención la ópera hoy olvidada Elizabeta, Reina de Inglaterra. Mariana llamó la atención por su hermosura y por sus joyas que relucían en su pecho, en su cabeza, en su corpiño. Los nobles y no nobles, muchos de los cuales tocaban en la ruina, formaron diversos combinados proyectos; mujer bonita, noble y con dinero: ¡qué ganga! El conde del Sauz, no obstante la aversión que tenía a los marqueses de Valle Alegre, como Mariana se iba haciendo grande, no pudiendo hacer cosa mejor, formó el proyecto de casarla con el primogénito, con el mayorazgo. No estaba bien de intereses, tenía muchas deudas, las haciendas estaban hipotecadas, pero esto no importaba mucho; al fin era noble.

El conde, al llegar a la casa de vuelta del teatro, anunció a su hija la resolución de casarla con el heredero de la casa de Valle Alegre.

Mariana no respondió ni una palabra. La noticia la dejó fría como una estatua de mármol. ¿Tendría que sufrir nuevos martirios, nuevas contrariedades? ¡Quién sabe lo que sucedería! No pudo menos de levantar los ojos y echar a su padre una mirada de desdén, casi de desafío.

El conde se la correspondió y tuvo movimientos nerviosos, quién sabe lo que querría hacer; pero se dominó y entró a su recámara, dando con la puerta en la cara a Agustina que, como de costumbre, salía de la alcoba, después de haber puesto la luz y arreglado la cama.

La aparición de Mariana en el teatro fue como una de esas luminosas lluvias de luceros que caen del cielo en el mes de diciembre. El conde y su hija marcharon a la hacienda, y los proyectistas que esperaban muchacha bonita, noble y con dinero, quedaron cruzados de brazos.

Ausente Mariana, la señora Robreño y Agustina convinieron en ocultar el suceso, y dar al niño por vivo, robusto y creciendo cada vez más gracioso y bello; y al echarse sobre la conciencia esta mentira, prometieron también seguirlo buscando por todos los medios posibles. No podían ocurrir al gobernador ni a las autoridades de la ciudad y de los pueblos, ni poner avisos en los periódicos, porque eso hubiera sido lo mismo que publicar la deshonra de Mariana y de la noble y antigua casa del Sauz. Si Juan o Mariana volvían a México, ya pensarían lo que debía decírseles, o quizá para entonces se habría encontrado el perdido niño.

Pero pasaron días y días, el niño no pareció, y este pesar añadido al que tenía diariamente con las noticias de la miserable vida de Tules, influyeron en el ánimo de Agustina y la redujeron al precario y lastimoso estado que hemos procurado describir al principio de este capítulo.

Volveremos, y ya es tiempo, por el rumbo de la Acordada.

Cuando los dos piquetes de tropa salieron cada uno para el lugar que se les había designado para prestar mano fuerte en caso necesario para la aprehensión del asesino de Tules y sus cómplices, el licenciado Crisanto tuvo un momento lúcido y una oportuna reflexión le vino a la cabeza con la velocidad de un relámpago, salió de la oficina y le ordenó al portero que corriese tras del piquete que se dirigía a la casa de Don Juan Manuel y lo hiciese regresar al cuartel.

—¡Qué barbaridad iba yo a hacer! Un escándalo sin resultado y un golpe en vago tal vez; y luego el Conde, a quien no conozco pero del cual tengo las peores noticias, no se quedaría callado, y un día u otro se me vendría encima personalmente a las estocadas y no le faltaría ni razón ni pretexto. Además, su influjo con las personas del gobierno es seguramente mayor que el que yo tengo… ¡Borrico, si no soy más que un borrico, y si así sigo en mi carrera, en vez de Ministro de Justicia, ni alcalde de mi pueblo seré!… Pero vamos, a tiempo enmendé el disparate… ya estoy tranquilo, y… —y concluyó su monólogo porque oyó ruido de armas y con sus propios ojos vio que el piquete de tropas había entrado al cuerpo de guardia. Continuó paseándose y meditando hasta que, como hemos visto, se le presentaron los supuestos cómplices.

—Es menester reponer las actuaciones —dijo Crisanto al escribano luego que quedaron solos—; íbamos a cometer una torpeza. Poner en la cárcel a cuatro o seis mujeres, criadas o lavanderas, o dulceras, y a otros tantos hombres vagos y mal entretenidos, como hay en México, nada tiene de extraño ni hay responsabilidad alguna; pero atacar a mano armada la casa de un particular rico, de un conde, eso ya es grave. Mandé retirar el piquete de tropa a tiempo.

—Ésa era mi opinión privada, señor juez, y no se canse usted, las leyes no se han hecho para los ricos ni la justicia habla con los poderosos. Llevo muchos años de experiencia, he servido al lado de jueces muy severos, y jamás se ha logrado el castigo de un rico o de una persona de alta significación política. Repondremos las actuaciones —y el notario tomó papel limpio y comenzó a escribir.

—Lo que debemos hacer —continuó el juez—, es que usted mismo vaya mañana a la casa del Conde, con una orden del juzgado y un soldado con su bayoneta, por lo que pueda suceder. Si el Conde está en su casa, lo trata usted con el mayor miramiento y cortesía, y le asegura que el juzgado, sólo por cumplir con su deber, manda registrar la casa donde, según declaraciones y denuncia, debe haberse escondido el asesino (sin que él tal vez lo sepa) y que… en fin, usted es práctico en estos asuntos y sabrá pendolear las cosas de modo que podamos tener siquiera indicios de la culpabilidad del conde, y entonces ya será otra cosa. En cuanto a esas gentes, ya irán diciendo la verdad; entre tanto, en la cárcel están muy bien.

Al día siguiente, antes de mediodía, el aldabón de la casa de Don Juan Manuel resonó de una manera imponente y lúgubre contra el mascarón de bronce. El escribano entró, y el soldado con su bayoneta quedó paseando con disimulo por la calle. El Conde y Mariana estaban en la hacienda. Agustina en su cuarto, leyendo sus libros devotos y rezando sus oraciones. Triste, abatida, enferma, porque sus esfuerzos habían sido inútiles. Pasos, dinero gastado, mozos y correos por los pueblos, mujeres que no tenían más oficio que preguntar e indagar sobre niños huérfanos o abandonados; muchas veces fue interrogada Jipila en su puesto de herbolaria o en la esquina de Santa Clara, pero no dijo nada; ¡ni cómo había de decir! Así, todo fue inútil, y el pesar y el remordimiento acababan también con la vida de la tía de Juan Robreño. Éste había escrito que estaba decidido a arrostrar la muerte y a presentarse a la autoridad militar en la capital; que quería ver a su hijo; casarse con Mariana para salvar su honor y morir fusilado con el valor que mueren los soldados mexicanos. ¡Era una locura! Pero de todo era muy capaz Juan Robreño y, cuando resonó el aldabón, dio un vuelco el corazón de Agustina, que temblorosa y demudada, se asomó por entre las macetas marchitas y empolvadas del corredor.

En vez de Juan Robreño, a quien esperaba de un momento a otro, se encontró frente a frente con una persona desconocida, que sin saber por qué le inspiró más miedo que el fugitivo a quien aguardaba.

—Un asunto muy grave me ha obligado a venir a esta casa, y enviado por el juez, deseo hablar un momento con el señor Conde.

—El señor Conde hace meses que está en la hacienda —le contestó Agustina ya un poco tranquila, pues estaba acostumbrada, con motivo de los asuntos de la casa, a recibir las visitas de curiales y notificaciones de los jueces.

—Si me engaña usted, sepa que incurre en una grave responsabilidad y perjudica a los mismos intereses del Conde.

—Digo la verdad, y si de asuntos se trata, puede usted entenderse con su abogado, que es el licenciado Olañeta. Todo el mundo lo conoce.

—Y como que sí —respondió el escribano—, pero se trata de un asunto personal, y una vez que el señor Conde está ausente, me permitirá usted que registre la casa, sin que haya necesidad de usar la fuerza. En la calle está un soldado, y a una señal mía vendrán del cuartel los que se necesiten.

—Ni que Dios lo permita. ¿Para qué traer soldados a la casa del señor Conde? —repuso Agustina—. La noticia, aunque yo no se la diera, le iría a la hacienda, y estoy segura que vendría a matar al que le hubiera hecho la ofensa de introducir tropa en su casa. ¿Pero qué quiere usted? ¿Qué busca? ¿Por qué registra así una casa noble y honrada?

—Aquí tiene usted la orden del señor juez —le contestó el escribano, enseñándole un papel—. Dígame si obedece o no, que es lo que necesito saber.

—¿Y qué quiere usted que haga? Pase por todas las piezas de la casa.

Agustina, seguida de las criadas que habían asomado la cabeza al oír la voz desconocida, sirvió de guía al escribano, que registró cuidadosamente hasta los rincones, admirando más los muebles antiguos, las preciosidades artísticas, las armas, las ricas sobrecamas de China, la vajilla de plata maciza colocada en los aparadores, los espejos y lámparas de Venecia, que no buscando a un reo, a quien sabía que no había de encontrar allí.

—Ya ve usted, señora —dijo el escribano, después de haber dado vuelta a la casa y salir por la parte opuesta por donde había entrado— que conforme con las instrucciones del señor juez me he portado con toda moderación, y así espero que usted escriba al señor Conde; nada se ha tocado, nada se ha quitado de su lugar y sólo por fórmula o más bien por admirar la sobrecama china, la he levantado un poco y mirado debajo de la cama…

—Es mucha la verdad —le contestó Agustina— y así lo diré al señor Conde, que acaso vendrá pronto; pero ya que usted ha registrado la casa ¿me podría decir el motivo?

—Creía haberlo referido al enseñarle la orden del juez; pero es verdad, con tantas cosas que tengo en la cabeza, se me había olvidado. He venido en busca de un reo, que, según denuncia que recibió el juzgado, debía hallarse oculto aquí seguro de que no sería buscado en una casa, como ésta; es decir, que había tomado iglesia, como sabrá usted que se hacía en otros tiempos. Un asesino que lograba entrar en un templo se consideraba a poco más o menos salvado, pero hoy ya se acabó eso y todos somos iguales ante la ley.

—¿Pero qué clase de reo podría encontrar asilo en esta casa, y con mi consentimiento? ¿Se figura usted acaso…?

—Nada me figuro, señora. Ese reo que busco es nada menos que autor de un asesinato, y se quedaría usted horrorizada si supiese los pormenores.

—¡Cómo! Señor juez, señor escribano, no sé lo que es usted, pero explíquese por Dios. ¿Por qué venía a buscar a ese hombre aquí?

—Porque su mujer ha sido criada y educada en esta casa, y de aquí salió para casarse; después de casada marchó con su marido a la hacienda, y después… el juzgado tiene ya todos los hilos, y nada pierdo en decirle a usted esto, porque de una manera o de otra nos ha de ayudar usted a descubrirlo.

—Y después ¿qué? ¿Después que? ¡Acábemelo de decir, por Dios! —le interrumpió Agustina con creciente agitación.

—Creo habérselo dicho a usted ya desde que entré… La asesinó.

—¿A quién asesinó? Por Dios, ¿a quién?

—Pues a su mujer, ¿no comprende usted?

—¿Y esa mujer?

—Se llamaba Tules, así consta en las diligencias.

—¡Pero eso no es verdad!

—¡Ojalá y no lo fuera! En la Acordada está su cadáver hecho pedazos.

—¡Jesús Sacramentado! ¡Tules asesinada! ¡Mi pobre Tules! ¡Mi hija!… Y yo… ¡yo que la casé con ese malvado, y, yo he tenido la culpa, yo la he matado!

Agustina, sofocándose, no pudo decir más y habría caído en el suelo a no ser por los brazos de las criadas que la recibieron y la llevaron casi exánime a su alcoba.

El escribano, no obstante su carácter frío y lo acostumbrado que estaba a esas escenas semejantes, no pudo menos que compadecer a la camarista, y se retiró convencido de que no podría estar allí oculto el reo, y de que el Conde poca o ninguna parte había tenido en tan trágico suceso. Salió de la casa, ganó para el juzgado y dio cuenta al juez de las diligencias que había practicado y la impresión que la noticia hizo en el ama de llaves.

A los dos días de estos sucesos El Eco del Otro Mundo publicó un suelto:

Las activas providencias dictadas por el integérrimo juez don Crisanto, han dado por resultado el descubrimiento de los autores y cómplices del horroroso asesinato cometido en la casa de vecindad de la Estampa de Regina. La causa se sigue con actividad, y pronto será satisfecha la vindicta pública con la muerte de los culpables. Debemos añadir que estábamos mal informados, y que ningún marqués ni conde tiene que ver ni está mezclado, ni de cerca ni de lejos, en este horroroso crimen.

Como había en la ciudad cuatro, seis o más marqueses, se alarmaron, tuvieron una junta y resolvieron pedir explicaciones a la redacción, quedando encargado de sostener el lance el marqués de Valle Alegre, que había tomado lecciones de esgrima con El Chino. No llegaron las cosas a mayores, y el redactor, que hizo reflexiones análogas a las que había hecho el juez, no tuvo dificultad en hacer cuantas aclaraciones se le exigieron.

Agustina perdió el habla y el conocimiento. Las criadas, fieles y solícitas, se dividieron en el trabajo; unas fueron por el médico, otras quedaron atendiendo a la camarista y las que más querían a Tules corrieron a la Diputación y a la Acordada para reclamar su cadáver y enterrarla decentemente; pero pena perdida: en ese momento era tirado en un carretón, y encima de sus blancas y frías carnes iban el borracho abotargado y el cohetero carbonizado y hecho un chicharrón.

XXIX. El puerto de San Lázaro

Imposible de creer que en una ciudad como la capital de la República Mexicana, situada en la mesa central de la altísima cordillera de la Sierra Madre, pueda haber un puerto. Pues lo hay muy importante y concurrido. Es el puerto de los lagos del Valle, lagos que, si en la estación de las lluvias amenazan derramarse sobre la ciudad por falta de las obras hidráulicas necesarias para contenerlas y darles salida, contribuyen, como lo dijo el barón de Humboldt, a que el clima de México sea uno de los más suaves y benignos del globo. Tendidos en el Valle, como inmensos espejos donde se retratan las altas montañas, saturan la atmósfera de la humedad necesaria, aumentan la belleza del paisaje, proporcionan trabajo y alimento a la clase indígena, y medios fáciles de comunicación con las poblaciones situadas en un radio de diez o doce leguas. Quietos y tranquilos en el invierno, en el verano las tempestades y trombas de las montañas vienen a descargar en ellos el horroroso estrépito de rayos, granizo y viento, y sus aguas, aumentadas considerablemente de volumen, levantan olas como las de la mar, que no pocas veces han hecho naufragar escuadras enteras de canoas cargadas con los granos y productos valiosos de las haciendas de Chapingo y Tepetitlán.

El lago de Texcoco es de agua salada y el más histórico y célebre de todos porque era una especie de mar interior que separaba a los imperios de México y de Texcoco. Los aztecas, en tiempos remotos y después de una peregrinación más larga que la de los israelitas a la tierra de promisión, llegaron al lago de Texcoco, vieron el águila parada sobre un nopal, teniendo en sus garras una culebra (que es el emblema de las armas mexicanas) y se detuvieron por orden de su dios, fundaron una ciudad y más adelante, por medio de atrevidas expediciones y conquistas, aumentaron el territorio y lograron que el imperio fuese célebre realmente hasta el día de hoy, pues los historiadores más eruditos y los hombres más eminentes en las letras, se han ocupado de esta extraña historia, que no tiene igual en el mundo y que aún está llena de misterios que no ha sido posible descubrir. Los aztecas tuvieron que sostener guerras terribles con la República de Tlaxcala, que quería conquistar no la nación, sino la sal de que carecían sus habitantes. Los lagos varían de nivel, derraman los unos sobre los otros y se comunican por canales construidos desde el tiempo de los aztecas. Sus orillas están como salpicadas de pueblecillos de indígenas, con sus jacales de tule o de piedra suelta, techados con las fuertes hojas del maguey y forman un pintoresco y variado escenario desde las alturas; pero examinados de cerca, se encuentra la tristeza y la miseria. En los tiempos de la grandeza y preponderancia del imperio mexicano que, como Alemania hoy, logró establecer la hegemonía entre las repúblicas y monarquías que lo rodeaban, en esas poblaciones ribereñas reinaba la vida, la abundancia y el movimiento. Tenían veinte veces más habitantes que hoy; se dedicaban a la pesca, a la agricultura y al comercio, y sus embarcaciones navegaban día y noche e iban a atracar cerca de los palacios de los emperadores. Nada era también comparable al esplendor, riqueza e industria del Reino de Texcoco en los tiempos del filósofo rey Netzahualcóyotl. A pesar de la conquista, de las guerras civiles, de las enfermedades, pestes y todo género de calamidades que durante siglos han caído sobre esos pueblos, conservan restos de su actividad, y bajo una apariencia de desolación y ruina existe un comercio activo entre la gran ciudad y aldeas, y las aguas de los lagos y de los canales están surcadas por multitud de embarcaciones. En ciertas épocas del año, en la Semana de Dolores, por ejemplo, el comercio sólo de las flores, parece increíble, pero importa miles de pesos, y el extranjero que visite el país con algún interés histórico o con la fatuidad, ignorancia y malevolencia de algunos viajeros franceses, encontrará mucho que le dé una idea de los tiempos anteriores a la conquista. Las indias aseadas, con su liso cabello negro, sus blancos dientes que enseñan con franca y sencilla risa, vestidas con huipiles y enaguas de telas de lana o de algodón de colores fuertes, y conduciendo hábilmente sus ligeras chalupas llenas de legumbres o de flores, presentan un aspecto pintoresco y un tipo agradable que no se puede encontrar en ninguna parte de Europa, y que no es tampoco el de los isleños, flacos, demacrados, desnudos, de un color pardo negro, que forman a la vez la delicia y el desprecio de los navegantes de largo curso y que en todas posiciones y con cualquier motivo vemos continuamente reproducidos hasta el fastidio en los grabados de madera de los periódicos pintorescos.

El canal de la Viga, surcado por más de cien chalupas y canoas cargadas de flores, con sus casas ruinosas por un lado, que se asemejan a las de los canales interiores de Venecia y que fueron una cierta época residencias suntuosas de los ricos, y por el otro las anchas calzadas con arboledas, llenas de carruajes lujosos y de caballeros con el pintoresco traje nacional, tiene un aspecto de novedad y de interés histórico, pues se puede a la vez y en el mismo cuadro observar la raza antigua indígena con sus trajes y costumbres primitivas, y la gente criolla de origen español, con las pretensiones aristocráticas del lujo parisiense.

Pero el verdadero puerto no es ni la garita, ni el canal de la Viga, sino San Lázaro, barrio desaseado (como desgraciadamente lo son la mayor parte de los barrios de la ciudad), árido, porque faltan el agua, los jardines y las arboledas, y lejano del centro de los negocios.

A pesar de las malas condiciones del terreno, el tráfico y el comercio lo animan. Por ese puerto recibe México los granos y semillas de las haciendas situadas en las márgenes del lago de Texcoco, los azúcares y frutos de la Tierra Caliente que conducen los arrieros hasta Chalco, que es como si dijéramos la boca de Tierra Caliente, o más bien una especie de puerto de depósito, el carbón, leña y madera que se labra en las montañas, y otra multitud de producciones que sería largo mencionar. Este tráfico se hace por medio de chalupas y de canoas trajineras de que ya tiene una idea el lector y que en gran número entran y salen diariamente o permanecen días enteros fondeadas, esperando la carga y los pasajeros.

Tenemos que suplicar al lector que nos acompañe, aunque sea por un momento, a la garita de San Lázaro, sin obligarlo a entrar en ese asquerosísimo hospital donde tantos infelices van acabando su vida atacados de un mal que no tiene remedio y que tan poco han estudiado hasta ahora nuestros sabios doctores de la justamente célebre Escuela de Medicina de México, muy distinta de la Universidad donde hicieron sus estudios los famosos Codorniú, Huapilla, Villa y quizá tal vez el nunca olvidado don Pedro Escobedo.

Son las ocho de la mañana, el sol, con su ancha cara, mira alegre a los habitantes de México desde un cielo azul, que apenas está bordado en el horizonte con algunas leves nubecillas blancas con una franja de oro brillante, metódica y graciosamente ondulada, como hecha por esa madre naturaleza tan hábil, tan artista, tan inteligente y, sobre todo, tan benigna para los que habitan los países tropicales. Las canoas trajineras que la noche anterior han salido del Puerto de Depósito de Chalco, comienzan a divisarse a lo largo del canal, y las aguas, ya por esas cercanías cenagosas con los desechos de la ciudad, comienzan a removerse por los remos manejados con vigor por los indios desnudos hasta la cintura, chorreándoles el sudor y respirando (¡pobre gente!) con dificultad por una fatiga de seis u ocho horas. Llega por fin una trajinera, después otra, y otra; en fin, una fila interminable, porque una balsa inmensa formada de vigas procedentes de los montes de Zoquiapan, obstruye una parte del canal. Los guardas detienen y ocupan las canoas para registrar la carga y cobrar los derechos de consumo, y los dependientes de las casas de comercio comienzan también a llegar, ya a pie, ya a caballo, ya en ligeros carruajes.

Es la hora del movimiento, de la animación, y el barrio, triste y monótono, parece que revive y se alegra por unas cuantas horas.

—¿No ha llegado la Voladora? —preguntó el teniente de la garita a uno de los guardas que se ocupaba del despacho aduanal de las canoas.

—No ha llegado todavía; ya sabe usted que siempre amarra en el toldo doña Cecilia su asta con su bandera roja; es la única que lo hace, y los Trujanos le hacen burla. Toda la fila de canoas que ve usted allá, son de los Trujanos, que han comprado la cosecha de cebada de la hacienda de Chapingo. ¿Por qué preguntaba, mi teniente, por la Voladora?

—Porque he tenido denuncia de que debajo de las arcinas de paja que debe traer como única carga, encontraremos un contrabando de aguardiente. Mucho cuidado, y avíseme cuando llegue esa canoa.

El teniente de la garita acababa de decir estas palabras, cuando fue detenido por una persona que se apeaba de su caballo, dejándolo al cuidado de un criado que le seguía.

—¡Señor licenciado! ¿Qué vientos lo traen a usted por aquí? —dijo el teniente, tendiéndole la mano.

—En efecto, hace como dos meses que pasé por la garita, pero no le encontré a usted —le contestó el caballero, estrechándole la mano—. Ya sabe usted que siempre entro al despacho a saludarlo y a molestarlo también; pero ¿qué quiere usted? ¡Para eso son los amigos!

—A su disposición y como siempre, señor licenciado. ¿Qué se le ofrecía a usted hoy?

—Quisiera que me prestara uno de sus guardas para que acompañase a mi criado a Chalco con los caballos; podrán ir poco a poco y esperarme mañana allá en el embarcadero; estarán frescos, y sin fatigarlos podré llegar a la tardecita a Ameca.

—Lo que usted quiera, y acabado el despacho de las canoas estará listo Pedro Contreras, a quien ya conoce usted y puede darle sus instrucciones; pero, seré curioso; supongo que es el mismo asunto el que obliga a hacer a usted tantos viajes a Chalco y Ameca.

—El mismo, amigo mío, el mismo. Dice el refrán que quien porfía mata venado. Verdad es que yo no he matado en años, pero a porfiado nadie me gana, y tarde o temprano he de matar este venado, que es grande y gordo. Creo que antes de dos meses estaré en posesión de muchas haciendas y de todo ese volcán que vemos desde aquí, si no es que entra también en el negocio el Ixtaccíhuatl.

—¿Tanto así? —preguntó el teniente asombrado.

—Y mucho más. Ya le he dicho a usted otras veces que hemos platicado, que mi ahijado, sí, porque es mi verdadero ahijado, es el único y absoluto heredero del emperador Moctezuma II, y figúrese usted si ese monarca no sería dueño de los volcanes y de las haciendas que están en su falda. Carlos V y Felipe II lo reconocieron así, y buenos pesos ha costado sacar del archivo general las copias de las Reales Cédulas. Si perdemos este negocio, nuestra ruina será completa, pues que el rancho de Santa María de la Ladrillera está hipotecado en más de lo que vale.

—¡Ah! Usted es muy vivo, señor licenciado, y estoy seguro que ganará y tres más.

—Vivo, no; bastante tonto soy; lo que sí tengo es activo, activo y mucho, y el que se mueve en este país, siempre gana a los que se duermen. Ahora tengo en mi favor la circunstancia de que el gobierno ha declarado una pensión en favor de un duque o de una duquesa de España, que se dice desciende del emperador Moctezuma III que vive y está muy gordo, robusto y sano en el rancho de Santa María de la Ladrillera, que usted conoce lo mismo que yo. No he protestado contra esa injusticia, que echa una carga encima a la nación, que bastante pobre está, porque me sirve de apoyo para probar ante las Cámaras, si es necesario, que la nación reconoce a los herederos de ese gran monarca azteca y está en la obligación de pagarles lo que les debe y ponerlos en posesión de sus antiguos dominios. Lo que yo necesito ahora es ganar al juez y al Ayuntamiento de Ameca, para que no se me vayan a poner en contra. ¿Usted no conoce a alguno de por allá que nos pueda ser útil, aunque sea necesario gastar algún dinerillo? No será en balde la ayuda de usted; ya lo convidaremos a buenos días de campo cuando estemos en posesión de las haciendas.

—Sin necesidad de esto, señor licenciado. A usted le debo, en parte, el empleo que tengo y en el cual estoy muy contento, por más que este rumbo de San Lázaro sea feo, solitario por demás y un tanto peligroso, pues ya han querido los ladrones asaltar la garita.

—Lo decía de chanza —se apresuró a contestar el licenciado—. Sé que usted es buen amigo, y nada hice en recomendarlo al Ministro de Hacienda y abandonar su honradez. Vamos ¿no recuerda usted si tiene en Ameca un conocido?

—Tengo varios, pero no creo que puedan servirle de mucho. Quizá don Celso Tijerina, que es tío segundo de mi mujer y tiene un rancho por ese rumbo.

—Justamente hemos dado en el clavo. Don Celso Tijerina es hoy presidente del Ayuntamiento.

—No lo sabía.

—Y es el todo; hace lo que quiere del municipio. ¡Qué fortuna! A escribirle; pero bien, con calor; lo que se llama una verdadera recomendación.

—Usted pondrá la carta como quiera, señor licenciado, y yo la firmaré.

—Convenido y a ello; no hay que perder tiempo.

Los dos personajes entraron al despacho. El licenciado escribió la carta y el teniente de la garita la firmó.

—Otra molestia —dijo el licenciado poniendo la recomendación en su bolsillo.

—Lo que usted quiera.

—Deseo que tome usted un lugar para el viaje de esta noche; pero entre todas las trajineras escójame usted la mejor, la más segura y que llegue más pronto. El último que hice fue pésimo, sin colchón, los petates húmedos y la canoa apestaba a dos mil demonios.

—Así están todas ellas; no hay una canoa regular donde pueda caminar una gente decente, más que la Voladora; tiene buenos colchones, muy limpia, con remeros robustos, avisando con tiempo a la patrona, se puede aun cenar, y bien; pero es el caso que no ha venido todavía, y es la primera que llega.

—Pues en la Voladora y no hay que vacilar; es necesario prevenir a la patrona que disponga una buena cena; quizá no dilatará esa famosa embarcación.

—Mi teniente —dijo un guarda asomando la cabeza en la puerta del despacho— hemos prohibido a la patrona que salte a tierra, está furiosa, nos ha dicho muchas injurias, y quiere hablar con usted.

—Un momento y vuelvo, señor licenciado, voy a arreglar esto.

El teniente y el guarda se dirigieron al embarcadero, y nuestro licenciado Lamparilla, a quien habrán reconocido nuestros lectores desde que habló de Moctezuma III, quedó fumando y hojeando los papeles y libros del despacho.

Muy poco tardaron; regresaron acompañados de una mujer alta, de opulento pecho, vestida con unas enaguas, a media pierna, de castor encarnado, un sombrero ancho de paja en la cabeza y su fino rebozo de hilo de bolita en las espaldas.

—Aquí tiene usted la mejor trajinera del canal —le dijo el teniente—; un poco contrabandista, eso sí; y ya nos ha pasado buenas partidas de aguardiente; pero hoy todo lo trae en regla: el azúcar de la hacienda de los padres dominicos y nada más…

—¡Cecilia! —exclamó Lamparilla—. Debía haberte reconocido en el garbo, en esas buenas piernas y en ese modo de menear las caderas que Dios te ha dado. ¿Qué haces? ¿Por qué has abandonado tu puesto en el mercado? Desde que no estás ahí, la fruta no vale nada: o verde o podrida. No he vuelto a comer un melón bueno hace meses. Te he buscado, he preguntado por ti, y las muchachas que cuidan el puesto me han dicho que siempre estabas en Chalco, donde te he buscado también sin lograr verte.

—¿Qué quiere usted que haga una pobre mujer sola —le respondió Cecilia con indiferencia— cuando es perseguida sólo porque es honrada?… Me he cansado de darle fruta a ese dicho San Justo, que se debía llamar Pecador por lo malo que es; pero él quiere otra fruta y ésa nunca la comerá; y lo que peor es que me decía que todo lo que yo le daba era para usted.

—¡El pícaro —le interrumpió Lamparilla— ni una manzana me ha mandado desde que no soy regidor! Ya le ajustaré las cuentas en cuanto pueda, y entonces volverás a tu trono de frutas y flores; y si tú has oído hablar de la diosa Ceres, sábete que eres la Ceres de la Plaza del Volador; hasta el Presidente te miraba desde el balcón de Palacio.

—No he oído hablar de esa frutera Ceres, señor licenciado; pero seguro que si va a la plaza y sufre lo que yo, muy buen genio ha de tener si no le rompe las muelas de una bofetada a ese San Justo.

—Dices muy bien, Cecilia —dijo el licenciado, riendo de la poca instrucción que tenía Cecilia en la mitología griega—. Te repito que no tengas cuidado, y entre yo y esa frutera Ceres, que no es más guapa que tú hemos de quitar a San Justo de la plaza para que puedas volver tranquila a un puesto que desempeñas mejor que muchos que tienen cuatro mil pesos de sueldo.

—Es el Evangelio lo que dice usted, señor licenciado —añadió el teniente de garita— y conozco muchos que podría citar con su nombre y apellido. ¿Pero quién es esa Ceres? ¿Se podría saber, señor licenciado? —continuó diciendo el teniente, acercándose al oído de Lamparilla.

—Ya le contaré a usted eso —le respondió el licenciado riendo y observando que el empleado del gobierno no estaba más avanzado en el saber que la frutera—. Lo que ahora necesitamos es arreglarnos con la canoa de Cecilia.

—Precisamente la traje delante de usted para eso mismo.

—¿Conque tienes canoas trajineras, Cecilia? —le dijo Lamparilla—. Nunca me lo habían dicho…

—La única que me ha quedado, y nunca se ha ofrecido hablar de esto ni nada le había platicado, pues creía que usted era amigo de San Justo y que estaba arreglado con él para arruinarme.

—¡Jamás, Cecilia! Jamás he estado en contra de una buena moza como tú…

—La Voladora está a disposición de usted.

—Convenidos; colchón, buena cena y…

—Todo lo que esté en orden y en razón lo tendrá usted, y quedará contento como todos los que viajan en la Voladora.

—Ya lo creo. ¿Y a qué hora es la salida?

—Al oscurecer.

—¿Y llegaremos a Chalco?

—Mañana a las siete, si Dios quiere.

—Convenidos; hasta la noche, Cecilia.

—Hasta la noche, en el embarcadero, señor licenciado.

—Mejor que lo que yo me pensaba —dijo Lamparilla dirigiéndose al teniente—; carta de recomendación, guarda que acompañe a mi mozo, una buena cena y una guapa moza por capitana de la embarcación. Estoy de fortuna. ¡Qué días nos pasaremos en las haciendas del Volcán, Temoaya, Tomacoco, Buena Vista, qué sé yo!, un imperio entero más grande que la Francia; y yo, como quien dice, dueño de todo esto. Conque, convenidos; regreso a casa y mando en seguida al mozo con los caballos. Hasta la tarde, amigo mío.

—El guarda estará ya listo cuando el mozo regrese. Hasta la noche, señor licenciado.

Lamparilla montó en su caballo, el teniente entró al despacho y Cecilia se dirigió al embarcadero a descargar su canoa y entregar el azúcar al dependiente de los padres dominicos, que hacía una hora esperaba en el sol, renegando de los guardas y de la trajinera.

A cosa de las doce la canoa estaba descargada, barrida y limpia, y Cecilia se disponía a almorzar cuando la detuvo un hombre.

—Señora trajinera —le dijo— ¿tendría usted un lugar en su canoa para Chalco?

—De tener lugar sí lo tengo; pero vale caro. Por doce reales lo encontrará usted en cualquier canoa; pero así son ellas de puercas y apestosas. En la Voladora vale cinco pesos; pero para usted serán cuatro, pues tiene facha de buen sujeto.

—Estoy conforme y prefiero pagar más con tal de ir cómodo. ¿Tendré colchón y un toldo separado para mí solo?

—Tendrá usted colchón y toldo para usted solo; pero serán cinco pesos.

—¿Ni medio menos?

—Ni medio menos.

El hombre sacó de su bolsa cinco pesos y los puso en la mano que le presentó Cecilia.

—¿A qué hora sale la canoa?

—Al oscurecer; en todo caso antes de las ocho, hora en que cierran la garita de la Viga.

—Estaré aquí.

El hombre se fue y Cecilia se metió a su departamento en la canoa, a saborear el almuerzo que le preparó y le sirvió una criada; los remeros se fueron al barrio a dar un paseo y a tomar su chinguirito a la vinatería cercana.

El nuevo pasajero de la Voladora, que había parecido tan buen sujeto a Cecilia, era nada menos que Evaristo el Tornero.

Cuando Evaristo salió del zaguán de la casa, después de haber entregado la llave de su taller a la casera, se detuvo un momento a reflexionar; después, lo mismo que Juan, trató de alejarse del lugar del crimen; pero no lo hizo como el aprendiz, corriendo desatentadamente, sino despacio, con tranquilidad, mirando, como tenía costumbre, a todas las mujeres, por si acaso pudiese entre ellas encontrar a Casilda. Pensaba siempre que el aprendiz podría haber ido a buscar a la patrulla; pero aun en ese caso, tenía más de veinticuatro horas de qué disponer sin temor de ser buscado por la policía. Después, en tomar declaraciones a las vecinas, descubrir el cadáver, conducirlo a la Acordada o a la Diputación, darían las cinco de la tarde, y a esas horas el juez se iría a su casa y el juzgado no volvería a abrirse sino al día siguiente a las diez. Cavilando y calculando así, después de dar vueltas por esta calle y por la otra, se encontró en los bajos de la Gran Sociedad, donde estaba la famosa tapicería de Compagnon. Le debían una cuenta, y le vino que ni de molde el cobrarla. Entró con la mayor frescura, propaló la hechura de un ajuar conforme a unas estampas de París; rogó a Compagnon que le cambiase la plata por oro, y aumentó con siete onzas el pequeño capital que tenía ya en el bolsillo. Su pensamiento favorito era marcharse a Río Frío, refugio tradicional y seguro de los bandidos y proscritos; pero ¿cómo hacerlo solo, sin armas, sin ninguna recomendación para los ladrones, que estarían en las madrigueras del espeso monte? En vez de encontrar refugio y modo de robar, sería él robado y asesinado. Más adelante, y con otro género de combinaciones, sería posible, y en ese punto su resolución era firme. No tenía más remedio que ser bandido. Permanecer algunos días en la ciudad, tampoco; era muy conocido y sería indudablemente descubierto y ahorcado si caía en manos del fiscal Casasola, que no perdonaba a nadie. Irse al interior a pie, o comprar caballo, montura y armas para hacer el viaje, tampoco era cosa que podía hacer sin exponerse mucho. Decidió, pues, tomar pasaje en una canoa trajinera e ir a Chalco, donde podría tener tiempo de pensar y, en último caso, comprar allí armas, caballo y ganar el monte, que no estaba lejos; pero lo urgente era disfrazarse. Encaminó sus pasos por la Calle de los Sepulcros de Santo Domingo, por donde no era conocido ni vivía tampoco ninguno de los parroquianos que lo ocupaban, y dio poco a poco, como si la fortuna se lo hubiese indicado, con una barbería. Recordaremos que Evaristo tenía un negro y abundante pelo, bigote y grandes patillas.

—Me cortará usted el pelo, maestro, y me rasurará completamente; y mucho cuidado con la herida que tengo en la cabeza, que no está cicatrizada. Unos pillos ladrones me asaltaron al entrar en mi casa; me defendí, los hice correr; pero me hirieron. El médico me va a hacer una operación, y me ordenó que me cortara el pelo y la barba.

El barbero se quedó mirando a Evaristo, no dio crédito al cuento, y pensó que más bien tenía delante a uno de esos temibles bandidos, quizá cómplice o el mismo asesino de Tules, pues ya había leído en los periódicos el suceso; pero tuvo miedo; hizo sentar al cliente en la silla, le ató una toalla en el cuello y comenzó a cortar aquellas greñas espesas, pegadas con la sangre que había brotado de la herida que le hizo Juan con el serrote. Después lo rasuró y le presentó un espejito. Evaristo mismo no se reconocía. Una sonrisa de satisfacción vagó por sus labios, pero disimuló; pagó una peseta al barbero, salió, y por callejones extraviados llegó al embarcadero de San Lázaro, donde lo hemos visto ajustar su pasaje en la trajinera de nuestra antigua conocida Cecilia.

XXX. En el canal de Chalco

Al oscurecer, las canoas de los Trujanos, vacías unas, cargadas otras, iban surcando trabajosamente las aguas cenagosas del canal; la balsa de vigas acababa de atracar y la trajinera de Cecilia estaba ya cargada con tercios de mantas de la fábrica de los Antuñanos de Puebla, que remitían a los comerciantes de Chalco y de Ameca; preferían la canoa de Cecilia porque navegaba con más velocidad, y los arrieros no tenían que detenerse mucho para esperar la carga; además, la propietaria de la embarcación era muy cuidadosa; cubría la carga con petates y cueros de res y la entregaba sin averías.

El licenciado Lamparilla no se hizo esperar; llegó en un simón, en traje de viaje. Sus calzoneras de paño, su sombrero jarano, un par de pistolas fulminantes y una pequeña maleta en la mano, que contenía una muda de ropa para presentarse ante el Ayuntamiento de Ameca y prevenirlo en favor de los intereses de Moctezuma III. El teniente de la garita lo recibió cordialmente, y ambos se dirigieron al embarcadero, donde los esperaba Cecilia. El hombre que tomó en la mañana pasaje, estaba ya sentado en un banco de piedra junto a un tendejón situado en la orilla del canal.

—Todo está listo, señor licenciado —le dijo Cecilia luego que lo vio llegar—. La canoa está cargada y la cena no le disgustará a usted; tengo, como siempre, carbón y un anafre para calentarla.

—¿Sabes, Cecilia, que se me ocurre una idea?

—Lo que usted quiera, señor licenciado.

—Dejaremos —continuó Lamparilla— que se alejen las canoas de los Trujanos, y que se vayan las otras que están aquí, porque luego se emparejan en el canal y molestan con los cantos de los pasajeros, que a veces llevan guitarras y se emborrachan. Ya me ha sucedido esto en algún viaje, sin contar los tropezones que de intento se dan los remeros.

—Dice usted bien, señor licenciado; con tal que lleguemos a la garita de la villa antes de las ocho.

—Tenemos tiempo —respondió Lamparilla, sonando en el oído su reloj de repetición—: son las siete, y además el teniente nos ayudará.

El teniente, con voz decisiva, ordenó a las canoas que apresuraran su partida, y una a una fueron dejando el embarcadero; la larga fila de la flota de Trujano fue desapareciendo entre la oscuridad, y al fin no quedaron más que algunas chalupas y la trajinera de Cecilia.

—Hasta la vuelta.

—Hasta la vuelta, señor licenciado —le contestó el teniente, dando la mano a Lamparilla para que entrara en la canoa.

El pasajero, silencioso, saltó en seguida a bordo.

—¿Quién es este hombre? —preguntó el licenciado a Cecilia.

—Un pasajero. Desde que usted manifestó —contestó Cecilia— que quería hacer el viaje en mi canoa, no quise admitir a ningún pasajero; a éste le pedí cinco pesos, me los dio y no hubo más remedio; pero parece buen hombre, humilde y callado. Se meterá en su toldo, se dormirá y no molestará al señor licenciado.

Lamparilla pareció muy contrariado. Desde que en la mañana vio a Cecilia tan fresca, tan guapa, con su vestido tan limpio y su opulento pecho lleno de corales y de perlas, formó proyectos a cual más atrevidos y halagüeños para hacer agradable la navegación y pasar una noche buena a pesar de no ser todavía Navidad. A Evaristo, en medio de su situación, se le pasearon también por la cabeza quién sabe cuántas cosas. En la soledad del canal y de las lagunas, debajo de los toldos de una canoa, y una mujer bonita como capitana ¡qué ganga! También Evaristo vio con disgusto que sus proyectos se venían abajo con la presencia de otro pasajero que parecía muy familiar con los guardas y con la capitana, y que podía acaso conocerlo, no obstante que ni él mismo se conoció cuando se miró en el espejito del barbero.

La canoa tenía cinco toldos o divisiones, que llamaremos camarotes, cubiertos con encerado y divididos por dentro con una cortina de gruesa lona. Éste era un lujo; las demás trajineras no usaban más que petates, al través de los cuales se filtraba la lluvia y permanecían húmedos y goteando durante todo el viaje. Cecilia ponía, como quien dice, sus cinco sentidos en su embarcación, y no tenía más cuidado ni ocupación desde que, a causa de las miserias y persecución del masón San Justo, había tenido que entregar su puesto de fruta a las sirvientas. Llamábase la canoa La Voladora, nombre que con grandes letras rojas estaba más bien tallado en relieve que no pintado en la ancha popa. Era un recuerdo de sus buenos tiempos de la Plaza del Volador, cuando ella mandaba y disponía a su voluntad de los muchachos cargadores, de sus compañeras las verduleras, de los inditos que traían el queso y mantequilla de Toluca; de todo, en fin, porque la dulce y paternal administración del compadre del director del hospicio, si bien mantenía el mercado en un estado de suciedad y abandono difíciles de describir, estaba muy lejos de las exigencias, contribuciones directas de fruta, verdura y chorizos, y el modo despótico con que San Justo trataba a las fruteras. Cecilia, como los capitanes de largo curso, estaba siempre a bordo, hacía los viajes de ida y vuelta, vigilaba la carga descarga de las mercancías, traía y llevaba encargos de las damas de Chalco, hacía de vez en cuando sus contrabandillos, contando con el buen carácter y benevolencia del teniente de la garita de San Lázaro, al que no dejaba nunca de traerle calabaza en tacha y batidillos de las haciendas de Tierra Caliente; vamos, era un paquebot en toda regla. Sus viajes eran rápidos y regulares; las damas y gente principal de Chalco no venía a México el dieciséis de septiembre y a las festividades de Semana Santa, si no encontraban pasaje a bordo de La Voladora. Las demás canoas de las diversas flotas del canal y de las lagunas, descuidadas, haciendo agua y sucias, eran por el mismo estilo, y además en cada camarote acomodaban cuatro personas, aunque no se conociesen y fueran de distinto sexo; de manera que, teniendo en la noche, por la estrechez del local, que acostarse pies con cabeza, como si fuesen sardinas en lata, resultaban inconvenientes fáciles de prever; y si algunas madres cerraban los ojos y se dormían, otras cristianas y celosas no permitían que sus hijas durmieran casi pegadas con los pasajeros desconocidos. Para lances y aventuras amorosas no había más que hacer viajes en las trajineras. A veces los compañeros y compañeras del toldo o camarote, eran tenderos de los pueblos, varilleros, regatonas, viejas que iban a rescatar fruta o comprar maíz a Chalco; y lo que pasaba en esa noche con los ronquidos, con los olores de los yerbajos de la acequia y otros peores, con la humedad y el viento que se colaba por los petates, no era para contarlo ni menos para escribirlo, por más que sea de moda el contrabandismo, hasta los últimos extremos; pero otras veces, a pesar de las malísimas condiciones de la canoa, la escena era de otro género. Un colchón medianamente limpio llenaba el pavimento del camarote. En un rincón, una figurita sentada y cubierta con un rebozo, dejaba ver un poco su frente, la punta de su nariz, sus ojos, a veces uno solo; pero de ese solo o de los dos, se desprendían chispas; en otro rincón, una figura semejante; en el tercero, una indita de esas de Ameca, primitivas, inocentes, limpias, lisas y lustrosas, como si su cuerpo hubiese sido hecho de escayola. En el cuarto rincón, sentado con las piernas dobladas en dos partes, su sombrero a la ceja y sus manos expeditas y lisas, el licenciado Lamparilla, sí, el licenciado Lamparilla, porque ese picarón y veterano de cuenta, que hemos visto quejarse amargamente de las trajineras, hacía frecuentes travesías en ellas con motivo de sus negocios, y en busca de lances que había más de una vez logrado; cuando no tenía buena fortuna, se conformaba con una mala noche. El cuadro que hemos procurado trazar al principio, era sombrío, negro completamente en el fondo, como los de Rembrandt, y para observarlo bien y conocer el mérito de las muchachas acurrucadas en los rincones era necesario encender un cerillo diversas veces con el pretexto de fumar; Lamparilla tenía siempre abundante provisión de mixtos en sus bolsillos. Las figuritas de que hemos hablado permanecían inmóviles como si fuesen de piedra. La canoa comenzaba a andar; al oído se decían palabritas y contenían la risa, aceptaban un cigarrillo que les ofrecía Lamparilla, se destapaban el rostro al encenderlo, y con preguntas indiscretas que no contestaban, y con las medias palabras sin orden ni concierto, y sin consecuencia alguna, se pasaban el tiempo; pero después de la medianoche venía el sueño; los ojos se cerraban, y las bocas se abrían para bostezar; el relente frío y el ruido acompasado del agua al entrar y salir los remos, parece que incitaban a abrigarse bien, a buscar una postura más cómoda, a pasar, en fin, el resto de la noche en medio de ese entorpecimiento repentino de los sentidos, que si no es un sueño macizo, como cuando uno está acostado cómodamente en su casa y en su cama, es quizá más agradable para el que busca algo desconocido, algo que venga como de improviso a interrumpir la monotonía de un viaje. Dos horas más, y los pasajeros y las pasajeras, no pudiendo resistir esa imperiosa necesidad de la naturaleza que exige el reposo, el silencio y la postura horizontal… se iban acostando y abrigándose unos contra otros. A la madrugada, el picarón del licenciado se encontraba durmiendo en el camarote más cómodo que en su propia alcoba, y como si estuviese rodeado de su íntima familia. A muchos de los benévolos lectores se le hará agua la boca, y estoy seguro de que si pudieran irían a buscar a nuestro amigo Lamparilla, lo acompañarían en uno de esos viajes, y aun le ayudarían a conquistar el patrimonio de Moctezuma III; pero esos amores volantes y esas delicias populares han desaparecido; los tiempos han cambiado completamente, y tendrán que contentarse hoy con el ferrocarril subvencionado, que tiene más atractivo para los hábiles industriales que se embolsan el dinero, que para los viajeros, que son tratados lo mismo que tercios de manta o costales de harina, si no es que son precipitados en una barranca.

Pero es necesario hacer una aclaración. En la canoa de Cecilia jamás pasaban esas cosas. Rígida como la abadesa de un convento, no arrendaba los toldos sino a una sola persona o familiar, y jamás permitía esa mescolanza de sexos y ese encuentro accidental en un lugar estrecho, de personas que no se conocían, que tenían que pasar la noche juntas, y que son irremediablemente vencidas por el sueño. «En su casa y en la calle, decía, cada quien puede hacer lo que quiera; pero en mi canoa tienen que portarse como señores decentes y como niñas honradas.» Y por esta causa las más distinguidas familias de Chalco, como hemos dicho, preferían a La Voladora y pagaban con mucho gusto el doble precio por el pasaje. En el viaje a que nos referimos, aunque Lamparilla buscaba y creía tener segura la fruta apetecida, mientras Cecilia hablaba con sus remeros y daba sus últimas disposiciones para la navegación, se deslizó por los camarotes. El de popa era el de Cecilia, y sin exageración podía decirse que presentaba un aspecto lujoso. Un pedazo de alfombra usada cubría el pavimento; además del toldo de encerado, una especie de cortina blanca, limpia aunque usada, disimulaba los palos, armazones y bordos de la canoa; el colchón mullido, ropas de cama finas, un espejo con su marco negro-dorado a causa de la humedad, un anafre en una tarima de madera, y platos, vasos, cucharas, botellas y cubiertos, metódicamente colocados a la entrada en una especie de pequeño escaparate; una caja de forma larga en que llevaba los encargos, servía de banqueta para sentarse, completando el adorno de este pequeño salón, que no estaba estorboso; y agachándose y haciéndose tres dobleces, cualquiera, por exigente que fuese, concluía por encontrar comodidad. Los demás no ofrecían nada de particular. En uno se habían ya acomodado y acostado dos mujeres vendedoras de pájaros, que llevaban jaulas vacías para llenarlas con aves de la Tierra Caliente y regresar a México.

La cámara de proa, casi obstruida en su entrada con la carga, estaba ocupada por petates, ollas y cazuelas de barro, huacales vacíos, maíz, palomas, y allí era la habitación de una muchacha indita muy lista e inteligente que servía de criada, de cocinera y de todo a Cecilia, y se le podía clasificar como una tenienta del navío.

—Nada, nada hay de extraordinario en la canoa esta noche; tanto mejor, estaré solo con la capitana —se dijo para sí Lamparilla; pero al salir del camarote de proa tropezó su vista con la figura de Evaristo, que se había encaramado sobre los tercios de manta sin haber elegido ni tomado posesión del toldo en que debía pasar la noche—. ¡Diablo de espantajo! —continuó en voz baja—. ¿Cómo se le ocurrió tomar pasaje en esta canoa? Si pudiera yo persuadirlo a que no hiciera el viaje, o a que lo hiciese en otra canoa, pero… No era posible, las de Trujano se habían ya adelantado y él mismo lo había querido así. Por el bordo exterior de la canoa fue a la popa y persuadió a Cecilia a que hablase con el viajero.

—Por los cinco pesos que ha pagado —dijo Cecilia al licenciado— no me importa, se los devolveré; pero no ha de querer a estas horas quedarse en tierra. No importa, le hablaré.

Como había cerrado la noche, Cecilia encendió la linterna que siempre llevaba en la popa y se dirigió con ella hacia donde estaba el pasajero.

—Oiga, Don —le dijo con embarazo y poniéndose el farolillo cerca de la cara— ¿querría usted volverse a México? Aquí están sus cinco pesos y uno más por la dejación.

—¿Es decir, que usted me echa fuera?

—De echarlo, no; pues que recibí los cinco pesos y aunque soy mujer tengo palabra, sino a la buena, por favor.

—Por favor es otra cosa —le dijo Evaristo, clavando su mirada en Cecilia— hasta la vida daría por usted, pero también por favor le pido que me deje hacer el viaje, se me haría mucha dejación en quedarme. Soy forastero, tengo algún dinero en el bolsillo para ganar mi vida, y podrían robarme y matarme al atravesar el barrio a estas horas.

Hizo tanta impresión a Cecilia la mirada de los ojos negros, grandes y centelleantes de Evaristo, que por poco suelta el farol. En aquel momento no supo si era miedo, amor o desconfianza lo que le inspiraba ese hombre, y sin darse cuenta de la razón, le pareció que algo les iba a suceder y hubiera dado no cinco, sino veinte pesos porque hubiese Evaristo consentido en marcharse a la ciudad. No insistió más y se retiró triste y pensativa a dar cuenta a Lamparilla del resultado.

—Pues que no quiere a la buena como tú dices, hija mía, no hay medio de echarlo; ha pagado su dinero y tiene derecho de ir en su toldo; además, yo no quiero cuestiones. Esta noche estoy alegre y creo que la hemos de pasar bien; en tu compañía, guapa Cecilia ¿quién no pasará bien una noche?

—A según, señor licenciado, y ya verá usted cómo antes de las once está usted roncando y muy descansado en el buen colchón y con los sarapes que he destinado a usted para que no tenga frío en la madrugada.

Lamparilla, cuando dijo Cecilia frío, le echó una mirada significativa, como quien dice: «¿Para qué necesito sarapes, ni mantas, ni sobrecamas?». Pero Cecilia se hizo desentendida y le contestó secamente:

—¿A qué hora quiere usted la cena?

—A la hora que tú quieras.

—Si le parece a usted, en cuanto pasemos la compuerta.

—Siempre están ustedes con la compuerta, y no pensarán más que en la compuerta.

—Pues a fuerza hemos de hablar de la compuerta. ¿No ve usted que es donde se juntan las aguas y unas corren para un lado y otras para el otro y es necesario que los remeros sean muy fuertes y anden listos? Se conoce que usted no es dueño de canoas. Yo, al contrario, no me acuesto hasta que no he pasado la compuerta; pero vámonos que se hace de noche.

—Cuando tú quieras, Cecilia. Tú eres la capitana y tú mandas.

Cecilia habló en azteca con los remeros. La canoa se puso en movimiento y, pasada la garita de la Viga, donde Lamparilla saludó y charló cinco minutos con los guardas, la embarcación continuó, pero haciendo zig zags que llamaron la atención de Cecilia, quien reprendió duramente a los remeros que, habiendo bebido más de lo regular, estaban completamente borrachos.

—No hay ningún cuidado —dijo Cecilia a Lamparilla— están un poco tomados, pero así irán bien, borrachos o durmiendo conocen el canal. Sentémonos a tomar el aire que precisamente nos viene a la frente.

Efectivamente, la noche estaba hermosa; del cielo limpio brotaba esa multitud de estrellas que no se ven más que en las regiones tropicales, y la luna iba elevándose del horizonte. La canoa bogaba ya por un canal ancho, de claras aguas y bordeado en sus orillas de elevados sauces babilónicos que mojaban sus verdes cabelleras en las leves ondas que levantaba la embarcación. El silencio profundo sólo era turbado por el golpe de los remos de alguna que otra chalupa que pasaba rápida y desaparecía a poco entre los canales que conducen a los pueblecitos situados en la margen de los lagos.

—¿No te parece sublime el espectáculo de esta naturaleza, no te encanta esta soledad, no sientes algo al pasar por esta bóveda oscura que forman los árboles?

—¡Qué quiere usted, señor licenciado! Ustedes tienen la cabeza para pensar en esto y nosotros los pobres nacimos para trabajar. Cada cual piensa según su modo; además, veo esto un día sí y otro día también; me parece bonito y me agrada mucho pasar por aquí en este tiempo; pero en el de aguas, ya quisiera yo ver a usted en estos parajes. Caen unas gotas que parecen chorros; rayos, que es el juicio; y los relámpagos hacen que aquí donde vamos parezca la boca del infierno. Y luego las canoas se dan encontrones unas con otras hasta hacerse pedazos, y se llenan de agua: ¡qué penas y qué trabajo para la pobre gente! Le aseguro a usted, señor licenciado, que de veras se gana el dinero con el sudor de la frente.

—Sí, tienes razón, pobre Cecilia —le contestó Lamparilla pasando su mano por el grueso cuello de la capitana, tratando de acariciar las mechas locas, suaves y negras que alborotaba el viento de la noche.

Cecilia se esquivó, y con dulce voz para demostrar que no estaba del todo enfadada, le dijo:

—Si le parece a usted, iré preparando la cena para que esté lista luego que pasemos la compuerta; ya vamos a salir del canal y entraremos en la acequia de Mexicaltzingo.

—Ya te he dicho que como quieras. Tú mandas y yo obedezco. Soy tu pasajero y espero que cuando hayamos pasado la compuerta, y cenado, me tratarás mejor.

—Siendo como Dios manda, lo trataré a usted bien, señor licenciado; pero hemos ya entrado en las lagunas, y digo las lagunas, porque aquí ya se juntan diversas acequias y se confunden, y esta noche particularmente, pues sin duda ha llovido mucho en el monte y las aguas han crecido.

En efecto: la canoa había salido ya de ese bello y silencioso canal techado de verdura, y bogaba en una ancha superficie de agua cuyos bordes se veían a lo lejos, salpicados a distancia de casuchas oscuras unas, alumbradas otras con la luz vacilante de rajas de ocote; los remeros, torpes con la bebida, manejaban mal la canoa, que no iba recta, y al descender por la proa después de hundir más de la mitad del largo remo, trastrabillaba, y uno de ellos cayó, pero se levantó en el acto y continuó su rudo trabajo. El anafre colocado en la popa estaba ya bien encendido y chispeante, y Cecilia había ya puesto una servilleta, platos y vasos, destapado una botella de vino carlón, que había comprado expresamente para el señor licenciado y calentaba un gordo pollo asado con sus cebollas, rábanos picados y aceitunas sevillanas.

Lamparilla miraba entusiasmado a la capitana que, no obstante que el viento de la noche comenzaba a enfriar, se había quitado su rebozo y su sombrero de palma, y en los diversos movimientos quitando y poniendo trastos, dejaba a descubierto ya sus gordos y redondos brazos, ya sus pantorrillas macizas, ya sus senos redondos y opulentos.

—¿Sabes Cecilia —le dijo Lamparilla dándole una cariñosa palmadita en la espalda— que será el último viaje que haga yo en tu canoa?

—¿Tiene miedo el señor licenciado de que se quede en el charco? —le contestó Cecilia.

—No es por eso; sino porque eres tan… tan… no sé cómo decirte; mil veces te he visto en la plaza sin fijarme en que eres una mujer peligrosa.

—¡Peligrosa! Y ¿por qué? Nunca me he comido a las gentes. La verdad es que sé sostenerme en lo que tengo razón, pero de ahí no paso.

—Tampoco es eso, y bien sabes lo que te quiero decir. Es necesario que me prometas… en fin, ya me entiendes.

—Le diré al señor licenciado que, si quiere que lo entienda, tiene que portarse como ya le he dicho. Los señores decentes, con nosotras quieren, como los arrieros dicen, llegando y haciendo lumbre; y ya ve usted, muchos se equivocan, porque entre las pobres las hay muy honradas. Quizá será usted casado, señor licenciado; pero aunque no lo fuera no se había de casar conmigo. ¿Qué diría la gente de que un licenciado se casara con una frutera o con una trajinera, que es casi lo mismo?

—Yo no soy casado, Cecilia; pero me parece que no se necesita ser casado para quererse. Para qué hemos de andar con cuentos; yo te quiero y ¡qué le vamos a hacer! El hombre que quiere a una mujer y le gusta…

—De la garita acá es el amor ¿no es verdad, señor licenciado? ¡Qué pronto se prendan los hombres de las mujeres!

Cecilia, oyendo y respondiendo a Lamparilla, había acabado sus preparativos y lo entusiasmó más cuando tomó con naturalidad con las manos, sus rojas enaguas, las enrolló entre sus piernas y dejó adivinar a nuestro amigo formas y tesoros que ya había sospechado con el instinto y práctica de hombre corrido. Cecilia cogió una escoba corta, barrió la popa echando al agua los rabos de las cebollas, las hojas verdes de la lechuga y las basuras que no pudo quitar en la garita y, concluida esta faena, arrancó con las manos un alón al pollo, lo envolvió en media torta de pan, y poniéndose en pie gritó a Evaristo, que había permanecido callado y casi inmóvil sobre los tercios de manta estibados en la proa:

—¡Oiga Don! Pase si puede por el bordo, agárrese bien, no se vaya a caer y tenga ese bocadito. La noche es larga y se ahila el estómago quedándose así, sin comer algo.

Evaristo, asiéndose en efecto de los arcos de los toldos, dio dos pasos por el bordo, alargó la mano y tomó la torta de pan.

—Se lo agradezco, señora capitana: de veras que hace ya su fresquecito, y con su permiso no tardaré en entrar a acostarme.

—Cómo le parezca, Don, y buenas noches —le contestó Cecilia, y dejando ya libres sus enaguas, se sentó frente al licenciado lanzando un ruidoso suspiro, como si lo hubiese tenido atravesado en el pecho.

—¿Por qué diablos eres tan obsequiosa con este hombre? —le dijo Lamparilla—. ¿A qué fin darle esa torta de pan con casi un cuarto de pollo?

—Para que se acueste y nos deje en paz —contestó Cecilia—, pues de otra manera, por política, porque los pobres también sabemos tener política, hubiera tenido que convidarlo a cenar.

La canoa bogaba mal, haciendo curvas inútiles y ya de un lado, ya de otro; ninguna orilla ni árbol se distinguía, y sólo a lo lejos se veían unas cuantas luces pequeñas como la chispa de un cigarro. La luna estaba en medio del cielo limpio y despejado. Las Siete Cabrillas parece que miraban atentamente a la trajinera y a su robusta y guapa capitana, y la Vía Láctea, retratándose en las aguas tranquilas de los lagos, trazaba desde sus incomprensibles alturas el camino de esta microscópica embarcación perdida en este mundo.

Un remero se volvió a resbalar, y el otro, pretendiendo auxiliarlo, cayó también. Cecilia ya no pudo aguantar, se puso en pie, marchó con ligereza por el borde y ayudó a levantar a los caídos; pero a pescozones, acudiendo a coger un remo que se llevaba el agua.

—Canallas, no les vuelvo a prestar dinero cuando volvamos a México; todo se lo han bebido de aguardiente y ahora se necesitaba más que estuviera en su juicio. ¿No ven, hijos de mil demonios, que las lagunas están crecidas y que nos lleva la corriente?

Los indios remeros se levantaron, y humildemente, sin responder una palabra, volvieron a su trabajo, al parecer más derechos y animados, pues su borrachera se había disipado un poco.

—¡Qué canalla! Señor licenciado, si se muriese uno de las cóleras, yo ya me habría muerto. Ahora sí corremos peligro y es cuando más necesitamos de los remeros, porque la corriente es tan fuerte como no la he visto nunca, y si Dios no nos saca con bien, no sé lo que va a suceder. Recemos la letanía y usted me acompañará.

—¿Quién ha introducido esa costumbre de rezar la letanía antes de pasar la compuerta?

—No lo sé, pero yo siempre la rezo y me figuro que es para pedir a Dios que nos libre de todo peligro, en especial del de la compuerta, que de veras es muy arriesgada.

Lamparilla, que no había fijado mucho su atención desde que recitó a Cecilia su trozo poético, se puso en pie y miró a su derredor, y sea por miedo o por un efecto de su educación cristiana, se prestó para acompañarla en su rezo y los dos, de rodillas dentro del toldo, comenzaron a recitarla con tal fervor que parecía que estaban en un templo. Bien valía la pena, porque se hallaban en una completa soledad y aislamiento en el gran templo de la naturaleza, y así como el inmenso paquete de vapor, con sus dos altas chimeneas arrojando humo, rugiendo sus máquinas como monstruos fabulosos, sus pesadas anclas y altos palos, y su velamen y su poderosa hélice revolviéndose y luchando con las olas, no es más que un punto pequeñísimo en medio del océano, así la canoa trajinera, con sus frágiles toldos de estera, su bordo rozando las aguas y sin más tripulación que los dos remeros y su guapa y valiente capitana, no era también más que una basurilla despreciable del valle de México en medio de las lagunas, atravesando las corrientes de las canoas en el difícil y peligroso paso de la compuerta.

El cielo, iluminado con la dulce claridad de la luna en cenit, se retrataba en la superficie de ese inmenso espejo que parece colocado de intento en el centro de las elevadas montañas y de las ásperas sierras, y los rayos de la casta diosa y del lucero de la mañana, reflejándose, quebrándose y dividiéndose a lo infinito, formaban una especie de moiré plateado y brillante que cambiaba y seguía las ondulaciones rizadas que formaba en las aguas el viento fresco y perfumado que venía de los bosques inmediatos.

Un fuerte sacudimiento interrumpió su plegaria; seguramente algún madero desprendido de la balsa habría tropezado con la embarcación, y al mismo tiempo el ruido de un cuerpo que caía al agua los llenó de terror.

—De seguro que uno de los remeros se ha caído.

Y en efecto, no había acabado de decirlo, cuando lo vieron, queriendo asirse, sin poderlo conseguir, del borde de la canoa.

—Haz por nadar grandísimo… —le gritó Cecilia, cuyo terror repentino había sido reemplazado por la cólera—. Agárrate, agárrate… bruto. ¿No que sabes nadar como un juil?… Así… ahora… no te sueltes, desgraciado… te vas a ahogar.

En efecto, el indio hacía por nadar, tendía sus manos crispadas al bordo de la canoa; pero imposible, el estado de embriaguez en que estaba no se lo permitía y dos veces apareció como una esfinge su enorme cabeza en la superficie; pero el agua lo hizo un remolino y el indio descendió al fondo fangoso y no apareció más.

—¡Cecilia, nos hundimos, la canoa hace agua, se está llenando! ¿Qué hacemos? —le gritó desesperadamente Lamparilla.

En efecto, la canoa, sin el impulso y el equilibrio de los dos remeros, iba a través; el agua entraba por todas partes y mojaba los pies del licenciado Lamparilla, precisamente en el lugar mismo donde se encuentran las impetuosas corrientes de lo que se llama la compuerta.

—¡Es San Justo, ese maldito masón de San Justo, el que ha agujereado mi canoa!; ya me lo habían dicho. Vino ayer a la hora que yo no estaba aquí.

—¡Cecilia… nos hundimos! ¡Sálvame, sálvame tú que sabes nadar! Ahogarme aquí en un charco… Nunca había querido ir a París por no embarcarme —decía Lamparilla lastimosamente.

El agua entraba a borbotones, la canoa se hundía, una línea sola de su borde estaba fuera del agua; el remero único que había quedado, hacía esfuerzos para salir de la corriente; pero imposible.

Cecilia instintivamente se despojaba de su ropa; era buena nadadora; se disponía a luchar a brazo partido con la muerte; pero imposible tampoco, las aguas se confundían con el horizonte. Allá a lo lejos, muy lejos, se divisaba el cerro del Peñón, los cerros de Guadalupe. ¿Cómo nadar cuatro leguas?

—¡Cecilia, Cecilia! —gritaba el licenciado, y aunque la capitana estaba ya casi desnuda, el frío y el miedo habían apagado la hoguera de su amor.

La canoa rebosó y se fue hundiendo, hundiendo. Primero desaparecieron las piernas de Lamparilla con sus calzoneras negras, con su botonadura de plata, y las piernas rollizas de Cecilia; después la cintura, después apenas la cabeza tenían fuera del agua.

¡Pobre Juan! Perdía en ese momento a su única protectora en la tierra. ¡Pobre Moctezuma III! El incansable abogado, que lo iba a poner en posesión de su reino, perecía ahogado, no en el grande océano, sino en un miserable charco de agua. El tornero que, sin saberse la causa, tenía aún medio cuerpo fuera del agua, iba a recibir el merecido castigo de su horrendo crimen.

Mientras más esfuerzos hacían Lamparilla y Cecilia para salvarse más se hundían en el fondo barroso de la laguna. Los rieles temblorosos de plata que la luna formaba en la superficie de las aguas tranquilas, pasaba ya por la boca de los desgraciados, y las Siete Cabrillas miraban atentamente a los náufragos desde las profundidades azules del firmamento; y desde allí sólo Dios podía salvarlos.

XXXI. Cocinera y criado

—Las manos quietas, Juan, ya te lo he dicho mil veces; yo no aguanto llanezas de nadie, y si te portas así cada vez que estamos solos, tendré que decírselo a las amas, con que va por última.

—Ya le he dicho a usted también muchas veces cuáles son mis intenciones, y no tiene usted por qué decirme que gasto llanezas ni amenazarme con las amas.

—Y yo te he contestado que lo que tú quieres es una locura y nada más. Piensa que tengo más edad que tú; tal vez podría ser tu madre, y buenos estaríamos para casarnos; nos harían burla.

—No sé por qué —contestó Juan— tiene usted tanto empeño en echarse encima los años, y echarla de vieja. Representa usted veinte años y no diga más. ¿Diga usted qué edad tiene?

—¿Y qué te importa la edad? ¡Ojalá tuviese veinte años! Tendría más tiempo para trabajar y juntar un poquito de dinero para poner un trato o siquiera una mesa de dulces en el portal. Y vamos a ver ¿qué edad tienes tú?

—Yo sí que ignoro la edad que tengo. Ni supe, ni sé hasta ahora cuándo ni cómo nací, y quién fue mi madre. Una persona que yo quería mucho me dijo una vez que yo era hijo de una señora marquesa o condesa pero no pudo aclararme el misterio, porque…

—¡Qué tarea! Te repito que tengas quietas las manos o me voy de aquí, o te echo al zaguán. Cuatro acomodos he perdido ya y no quiero perder el quinto y andar mudando casas todos los días. En una fue el cochero el que dizque se enamoró de mí y me perseguía día y noche, y también se quería casar conmigo. En otra, los niños de la casa, figúrate, cuatro a un tiempo: el mayor era como tú, y los otros poco más o menos; no se mordían el dedo; en la última era el mismo señor de la casa, que me ofrecía dinero y me regalaba anillos y aretes. Parece que la señora tuvo malicia y puso remedio muy a tiempo. Tuve que decir que estaba enferma; no queriendo ya servir, con lo poco que había juntado compré una ancheta surtida de agujas, alfileres, bolitas de hilo y anillos, cuentas de colores y gargantillas, y me fui rumbo a Tenancingo a venderla entre los indios y a comprar rebozos de bolita, y aquí los realicé bien; pero por desgracia no puedo andar en la calle, por no encontrarme con un malvado hombre que ha hecho mi desgracia.

Juan, instintivamente, acaso sin malicia, se empeñaba en acariciar y jugar con las dos gruesas trenzas de pelo de la muchacha y pasarle suavemente la mano por el cuello; pero dócil a las reprimendas, se apartó un poco de su compañera para no caer en la tentación, y continuó platicando tranquilamente.

—Si habla usted de desgracia, doña Casilda, hago parejas con usted, y quién sabe, si nos contáramos nuestra vida, cuál de los dos… pero antes quiero que me imponga usted el modo como debo manejarme con los amos, el genio que tienen, sus manías; quiero decir, la manera de servirlos bien y de que estén contentos, porque entienda usted, doña Casilda, que el día que yo salga de esta casa no sé dónde iré.

—¿Pues cómo viniste aquí? ¿Quién te dio papel de conocimiento, o te indilgó?

—Ya se lo diré a usted; pero impóngame primero del modo que gastan las personas de la casa.

—Pues el amo, que es el señor don Pedro Martín de Olañeta, es muy serio, da hasta miedo verle su cara; pero muy bueno, al menos conmigo; ni un sí, ni un no. A las cinco de la mañana se le ha de hacer su chocolate, espeso y muy caliente, con un estribo o rosca. Se le lleva a la cama, lo toma, fuma su cigarrillo y se vuelve a dormir. A las diez en punto su almuerzo: arroz blanco, un lomito de carnero asado, un molito, sus frijoles refritos y su vaso de pulque; a las tres y media la comida: caldo con su limón y sus chilitos verdes, sopas de fideos y de pan, que mezcla en un plato; el puchero con su calabacita de Castilla, albóndigas, torta de zanahoria o cualquier guisado; su fruta, que él mismo compra en la plaza; su postre de leche y un vaso grande de agua destilada. A las seis de la tarde su chocolate, a las once la cena, que se le lleva a la cama. Fuma un cigarro, reza sus oraciones, se limpia los dientes con unos palitos que es necesario ponerle en una mesita junto a su cama, con una escupidera muy limpia y un vaso de agua. Las dos amas son sus hermanas. La una se llama doña Coleta y la otra doña Prudencia. A las cinco de la mañana se levantan, toman su taza de leche caliente, se van a la iglesia y no vuelven hasta las ocho. Almuerzan y comen con el señor licenciado, y como él, cenan en su cama. Cada ocho días confiesan y comulgan; a las ocho el rosario, la estación y la novena. Doña Coleta corre con lo de la cocina; me da el gasto, dispone lo que se ha de servir en el día, y a veces ella misma hace algún guisado extraordinario para el amo, o una cocada o ate de mamey, que les gusta mucho. Doña Prudencia tiene a su cargo lo de la recámara; se entiende con la lavandera y recamarera; repasa la ropa, compra lo necesario cuando falta, y cada ocho días se barre y se limpia la casa de arriba a abajo. El amo seguramente es rico, pues aunque doña Coleta pesa la carne y da con su medida el arroz, la sal, los frijoles y los garbanzos, y no quiere que se gaste en la cocina el aceite fino, el dinero nunca falta. Por lo que has visto y por lo que te cuento, ya sabes lo que pasa y cómo te debes manejar. Por mi parte, estoy tan contenta, que sólo que me echaran a empujones me iría de esta casa. Te confesaré que aunque amo a Dios y tengo miedo al infierno, no soy muy devota; pero he tenido que condescender en confesarme y comulgar cada ocho días, con tal de darles gusto; y en cuanto a no salir, mucho mejor para mí; siempre estoy teniendo miedo de encontrarme con ese hombre. Ya sabes lo que deseabas; ahora cuéntame lo que haces.

—Poco, muy poco, y quisiera hacer más, porque no me gusta estar ocioso —contestó Juan— y porque cuando estoy junto a usted, doña Casilda, me dan tentaciones de hacerle cariños siquiera a esas trenzas tan gordas que Dios le ha dado. No he visto mujer que tenga un cabello tan abundante, tan liso y tan lustroso como usted… sí, ya recuerdo, otra persona que yo quería mucho, se parecía a usted en el pelo y en los dientes tan blancos y tan parejos.

—Deja los cabellos y esas cosas, y no pienses más en ellas; responde a lo que te pregunto.

—Pues está a mi cargo la recámara del señor licenciado. Limpio su ropa, sacudo y barro su despacho, arreglo y pongo en orden los libros de su biblioteca y le sirvo la cena, pues el desayuno parece que está empeñado en que se lo lleve usted, aunque podía corresponderme a mí o a la recamarera.

Casilda se puso un poco encarnada y desvió la conversación del rumbo donde inocentemente la encaminaba Juan.

—Y lo demás del tiempo ¿qué haces?

—Pues aprender la doctrina cristiana y la gramática. El señor licenciado me da y me toma la lección, y lo demás del tiempo, con usted y no más que con usted, pues aunque se enoje, no sé cuánto siento de bueno cuando estoy aquí platicando. Y digo lo mismo: solamente que me echaran a empujones, me iría de esta casa; pero ya lo verá usted, poco me ha de durar porque, como he oído decir a los señores, hay mala estrella y buena estrella, y yo tengo de la muy mala.

—Pues cuéntame tu vida; pero con verdad, como si te estuvieras confesando. Te quiero así… no sé cómo… No para mi marido, que eso sería una locura de vieja, sino porque eres como yo: solo en el mundo y no tienes más que tu trabajo y tu edad; y no eres feo, particularmente desde que el señor licenciado te quitó ese vestido viejo y horroroso que apestaba a muerto.

Esta escena pasaba en la cocina de la casa del viejo y célebre licenciado don Pedro Martín de Olañeta, que renunció el importante empleo de juez para que lo ocupara el más célebre licenciado don Crisanto Bedolla. La casa de Olañeta estaba situada en la calle de Montealegre, que con todo y su nombre, es una de las más tristes y menos transitadas de la ciudad. De estilo antiguo, cómoda, si se quiere, pero irregular, con puertas chicas y grandes, ventanas por todas partes, rejas de fierro, pasadizos, una biblioteca y un salón espacioso. Estaba muy lejos del aspecto severo y grandioso aunque tristísimo, del palacio de la calle de Don Juan Manuel; pero se le parecía mucho aun en los muebles antiguos, que eran menos ricos, raros y costosos; pero que, sin embargo, serían pagados hoy en París a precio de oro. La cocina era amplia, muy aseada, provista de cuanto es necesario para el servicio de una familia; pero nada tenía de particular más que un torno que la comunicaba con el comedor, por medio del cual se servían las comidas.

Los actores eran nuestra antigua conocida Casilda y Juan, el mismo Juan que, sin querer y por causa del tacón que se le atoró en las baldosas, dejó caer el ataúd de don José María Carrascosa.

El tiempo transcurrido parece que no había hecho otra cosa, sino dedicarse de intento a hacer más perfectos y visibles los atractivos de Casilda.

Las hermanas Prudencia y Coleta habían exigido que Casilda vistiese la enagua más larga y de color modesto, y el calzado de cuero de codorniz en vez de seda; que se peinase con dos trenzas y subiese hasta cerca del cuello la bata de la camisa; pero no le habían podido quitar ese fuego que brotaba de sus ojos húmedos, ni la claridad de esa boca, de donde salía luz, iluminando una lengua pequeña, encarnada y suave y dos hileras de blanquísimos y parejos dientes; ni la gracia de sus naricillas; ni la suavidad de sus apiñonadas mejillas; y luego una voz tan insinuante, un modo tan agradable para contestar, unos movimientos naturales que, sin estudio ni pretensión, eran graciosos, quizá provocativos. Cuando la conocimos viviendo de tal manera con el desalmado bandido que le dio una paliza, era simplemente bonitilla; en casa del licenciado Olañeta podía pasar por una de esas maravillas de hermosura que no son comunes, pero que sí suelen encontrarse entre la gente de nuestro pueblo.

Juan, aseado, vestido como las gentes de pobre esfera, pero con limpieza, con la ropa que le compró el licenciado, tranquilo, bien nutrido y contento, se podía asegurar que era un guapo y simpático muchacho, que tenía tanto de la Condesita como de su padre, el teniente coronel Robredo, que en la frontera, donde la generalidad de la gente es blanca, bien formada y gallarda, pasaba como uno de los oficiales más bien plantados.

Casilda se levantó del banco de madera donde estaba sentada y comenzó a hacer sus faenas de cocina.

—Ya podías ayudarme en algo —le dijo a Juan—. La recamarera no dilatará en llegar con el mandado, y las amas de la iglesia. Quiero que cuando doña Coleta entre a la cocina ya encuentre el almuerzo dispuesto. Puedes comenzar a contarme tu vida mientras repasas los cuchillos y cubiertos de plata, que quiere el señor licenciado que siempre estén lustroso como si acabasen de salir de la platería. Toma la gamuza y los polvos blancos.

Juan comenzó a limpiar los cubiertos y los cuchillos y a contar con ingenuidad lo que sabía y recordaba de su vida.

Casilda escuchaba con interés a Juan, y solía interrumpir con exclamaciones de admiración o de lástima; pero cuando llegó a la época de su aprendizaje en la casa de Evaristo, inmediatamente reconoció en el personaje a su antiguo amante; no pudo disimular ni contenerse, dejó en la mesa de servicio las zanahorias, las cebollas y el cuchillo, abrió sus brillantes y negros ojos, los clavó en Juan y, con la boca entreabierta y agitada y un poco temblorosa, no perdía palabra.

—¿Conque así trataba ese bandido a su pobre mujer? —le interrumpió cuando comenzaba la narración de la noche del San Lunes.

—Como se lo estoy diciendo a usted doña Casilda.

—¿Por qué no agarraba esa tonta mujer un fierro cualquiera del obrador y mataba a ese bruto?

—¿Qué quiere usted, doña Casilda? Mi pobre maestra era más humilde que el cordero que tenía, como le he dicho a usted, y no sé qué habrá sido de él.

—Acaba, por Dios, Juan; acábame de contar en qué pararon estas cosas. ¿Doña Tules se habrá huido de la casa y refugiado en la de su madrina?

Juan se limpió los ojos y contó, con la viveza de su edad, la impresión terrible que no se le borraba de la escena última en que acabó con la vida de su maestra.

—¡Jesús y Dios mío, qué horror! —dijo Casilda tapándose la cara con las manos—. ¿Y por qué no mataste a ese bruto? Dios me quiere mucho y me libró a tiempo de las garras de ese demonio. ¡Qué casualidad encontrarme aquí con este muchacho!

—Ganas tenía, no de matarlo, sino de hacerlo mil pedazos; pero en el mismo momento pensé que si yo lo mataba encontrarían a los dos muertos en el mismo cuarto, y yo tendría que cargar también con la muerte de mi maestra. ¿Pero qué ha tenido usted que ver con don Evaristo?

—Ya te contaré; pero acaba, porque estoy hasta asustada; parece increíble que a la edad que tienes te hayan pasado tantas cosas.

Juan continuó su historia hasta el lance en que dejó caer el ataúd de don José María Carrascosa.

—¿Y qué hiciste, desgraciado muchacho? —le preguntó Casilda viendo que Juan callaba como si hubiese ya terminado.

—Era tal la confusión y el miedo de la mucha gente que había en el entierro cuando el que estaba muerto se levantó y se puso a hablar y a gritar no sé qué cosas, que yo pude escaparme sin ser detenido por el secretario, que me había cogido ya de la chaqueta, y de pronto hice lo mismo que la mañana en que salí del taller: alejarme y andar calles y calles, pero no corriendo por no hacerme sospechoso. Me ocurrió ir a la plaza a buscar a mi ama doña Cecilia: pero de seguro con el vestido del hospicio, don Justo, el masón, me habría conocido y mandado otra vez con un aguilita; y yo, ni por los huesos de mi madre habría vuelto, porque me daba en el corazón que el secretario, el día menos pensado, me encerraba y me dejaba morir de hambre en el cuarto oscuro; y le aseguro a usted que de todo quiero morir, menos de hambre. ¡Si usted supiera como yo lo que se siente, y qué cosas tan horribles se van pensando cuando se pierde la esperanza de que le den a uno un jarro de agua o un pedazo de pan…!

—Vaya, acaba y no pienses en el hambre, que aquí, por beneficio de Dios, nos sobra qué comer.

—En cuanto fue de noche, me fui a la casa de doña Cecilia, que está en un callejón cerca de la acequia, pero la encontré cerrada. Me senté en el quicio del zaguán a esperar a que llegaran ella o las muchachas; pero ni un alma. Pasé la noche en una canoa vacía; Dios, sin duda, me iluminó, y a riesgo de ser aprehendido como prófugo del hospicio, vine a esta casa que conocía yo mucho, pues los más días le traía la fruta al señor licenciado. También a las señoras las conocía, pero no sabía cómo se llamaban. Conté al señor licenciado lo que me había pasado, menos lo de la casa de mi maestro el tornero, porque eso sólo se lo he dicho a usted porque la quiero. El señor licenciado me regañó, me quiso echar, me llamó… me volvió a poner en la puerta: las señoras entraron a ese tiempo, que venían sin duda de la iglesia; habló con ellas un rato y al fin me recibió, y aquí me tiene usted de su criado, con la fortuna de haberla encontrado, doña Casilda; y cuando pienso de noche, al acostarme, que duermo en la misma casa que usted, que como en la cocina con usted, no sé lo que me quiere suceder; ni lo siento; olvido cuanto me ha pasado y no me cambio ni por el mismo señor licenciado.

—Calla, calla, y no vuelvas con esas cosas. Verás como, si seguimos así, perderemos el acomodo.

—¡Ni Dios lo permita! Le juro, por la memoria de mi maestra doña Tules, que no volveré a decir nada que la enfade; pero falta que usted me cuente lo que ha pasado, pues que ya lo hice yo.

—Lo que me pasó —respondió Casilda— fue un infierno al lado de ese hombre.

—¿Cómo? Explíquese usted, doña Casilda. ¿Fue usted casada con mi maestro?

—¡Eres inocente! ¿Cómo había de haber sido casada, puesto que se casó con esa desgraciada muchacha y por fortuna me tienes aquí todavía?

—Eso no le hace; capaz habría sido de casarse con cuatro o cinco mujeres… Pero doña Casilda —continuó Juan con tono entre lastimoso y colérico— ¿cómo es posible que usted hubiese ido a dar con semejante asesino?

—¡Qué quieres, hijo! Una no siempre es dueña de su voluntad, y además, él no era mal plantado y hábil y muy hipócrita; eso era lo principal. Lo ayudé en sus trabajos: lo mantuve muchas veces, lo curé cuando estaba enfermo, lo saqué de la cárcel… Su madre no hubiera hecho más por él… ¡Canalla, malvado, hijo de todos los diablos! Sin duda… el pago que me dio… y lo peor es que…

—¿Qué lo quiere usted todavía? —le preguntó Juan.

—De quererlo, no —respondió Casilda con vivacidad y picando su recaudo con cólera y precipitación—. Lo que tengo es miedo, y por eso no salgo a la calle, pues que a pesar del tiempo que ha pasado, creo verlo por todas partes; y eso que no sabía yo el horroroso asesinato.

—Sin duda que estaba usted por esos pueblos comprando sus rebozos; pero es raro, pues en México ya lo sabe todo el mundo; y yo, cuando oía hablar de esto a los muchachos y a los superiores del hospicio, me hacía el disimulado y me marchaba a otra parte, porque se me figuraba que en la cara me conocían el secreto.

—¿Y no tienes miedo de encontrarte con él? —le dijo Casilda.

—Muy lejos de aquí estará, o bien escondido. Los cuicos han cogido presos a los vecinos y a las vecinas, y maldito si en nada se metieron. Lo que pasó ya lo conté a usted; es la verdad, como si me estuviera confesando. El día que lo cojan ya verán en la cabeza la cicatriz que le ha de haber dejado el golpe que le di con el serrote. Se lo tiré con todas mis fuerzas, a matarlo, para impedir que matara a mi pobre maestra doña Tules.

La voz se anudó en la garganta de Juan; sus ojos se humedecieron y no pudo continuar.

—Llaman a la puerta, ve a abrir; debe ser la recamarera que llega con el mandado, y ya era tiempo, pues se acerca la hora del almuerzo y el amo regaña que da miedo.

Juan volvió con un periódico en la mano.

—Era el repartidor —dijo Juan— con El Eco del Otro Mundo.

Llévalo en seguida al amo; milagro es que no haya preguntado por él, y déjame guisar en paz, que ya es tarde. ¡Qué almuerzo voy a hacer para los amos! La boca me sabe a cobre y toda estoy temblando interiormente.

Juan, caminando para la biblioteca del licenciado, echó una ojeada al periódico, como lo hacía todos los días, especialmente desde que el licenciado Olañeta le hacía estudiar gramática y leer en carta.

—¡Doña Casilda, doña Casilda, oiga usted lo que dice este periódico! ¡Estamos perdidos; no sé lo que va a ser de nosotros!

Lee, lee, ¡con mil demonios! que todo me asusta hoy; hasta los pasos de un ratón; creo que me voy a morir… y este chile condenado que se ha quemado ya ¡uf! toda la mano me ha abrasado… Lee, Juan, lee… no hagas caso.

Juan en efecto no hizo caso de la quemada del chile y de los dedos de Casilda; clavó sus ojos azorados en el párrafo del periódico, y con trabajo, pues las líneas impresas le bailaban leyó:


El crimen de Regina.—A la sagacidad, vastos conocimientos y energía del señor juez de lo criminal, don Crisanto Bedolla, se debe que la causa se haya instruido con brevedad, que se hayan obtenido las pruebas necesarias y que los delincuentes estén casi convictos y confesos. De los dos cómplices, el uno será fusilado por haber sido soldado y haber obtenido en regla su licencia absoluta. Es justo premio a los servicios que prestó a la patria en la carrera de las armas. El otro será condenado a garrote vil en la plaza de Mixcalco. De las mujeres, una será sentenciada a muerte; las tres restantes, a diez años de trabajos forzados en las Recogidas; sólo una mujer, que se mantiene de hacer dulces y entregarlos a las casas principales de México, ha resultado inocente y se ha quedado como casera. La pluma se resiste a referir los horrores que han pasado en ese antro, donde no vivían más que ladrones y mujeres perdidas. Parece que anteriormente se habían cometido allí dos asesinatos, a cual más horrorosos.

El integérrimo juez sigue la pista y no tardará en descubrir al principal asesino y a los que anteriormente tenían espantado al barrio con sus crímenes, y que, por miedo a los bandidos que habitaban en esa finca, no se habían atrevido a denunciar. Están ya al caer, de un momento a otro, la antigua querida del tornero, la que por celos lo instigó para que entre él y los vecinos asesinaran a la mujer legítima. Esa indudablemente será sentenciada a muerte, lo mismo que el aprendiz, que es mayor de edad, y es el muchacho más pillo y malévolo que se conoce en México. Últimamente se fugó del hospicio, donde no se sabe cómo estaba, llevándose un vestido y unos zapatos nuevos de cuero inglés.
 

Al acabar Juan, el periódico se le cayó de la mano y miró a Casilda, que a su vez había dejado caer el cuchillo y el recaudo al suelo. Los dos estaban pálidos, y durante algunos minutos no pudieron articular palabra.

—¡Qué maldad! ¡Qué mentira, que clama a Dios! ¿Quién habrá podido decir esas cosas? ¿De dónde han sabido que yo tuve la desgracia de vivir con ese asesino?

—Si el señor licenciado averigua y sabe quiénes somos ¿qué hará por lo que dicen del hospicio? En cuanto lea el periódico me manda entregar a la justicia. ¿Qué hacemos Casilda?

—Huir, Juan, huir de aquí, si no, somos perdidos. No entregues el periódico; si te llama el amo, ten valor y no te turbes; dile que no lo han traído. Voy a sacar fuerzas de donde pueda, y a hacer el almuerzo, en cuanto venga esta recamarera condenada que hoy se ha tardado más que nunca. Mientras almuerzan, nos vamos… por ahí lejos. Pero la cárcel, la horca… ¡Jesús mío, qué horror y qué infamia!

Juan, aterrorizado, bajó las escaleras y dos lágrimas cayeron en el pantalón de paño que pocos días antes le había regalado su nuevo protector. Apenas había comenzado a disfrutar de una relativa dicha, cuando impensadamente, como un rayo, como una montaña que se derrumba, como una torre que cae sobre el que pasa, había venido la fatalidad terrible y cruel a oprimir a Juan.

—¿Qué dices, Juan, qué dices? ¿Qué hacemos? La lectura del periódico por el amo será nuestra sentencia de muerte. Huir; no nos queda otro remedio.

Juan se puso en pie, tomó entre sus manos las negras trenzas de Casilda, les imprimió un ardiente beso y dijo tristemente:

—Sí, huir juntos o matarnos; ¡la vida para mi no tiene más que horrores y martirios!

XXXII. Al toque del alba

Los criados, que desde que entran a una casa procuran averiguar cuanto pasa y la vida y milagros de sus amos, amigos y conocidos, nos han dado algunas noticias de la familia del licenciado don Pedro Martín de Olañeta; pero como este personaje tendrá que figurar en los acontecimientos que aún nos falta narrar, supliremos lo que acaso no pudieron decir ya, porque no lo sabían o por la justa alarma en que entraron con la lectura del párrafo del periódico.

Así como las casas feudales, o más bien dicho palacios del conde del Sauz, del marqués de Guardiola, de los condes de Santiago, del marqués de Moncada y otros, representaban el tipo de la arquitectura feudal española en los siglos XVII y XVIII así don Pedro Martín de Olañeta era la representación viva de los hombres que figuraron en la época de transición que convirtió repentinamente el virreinato en imperio y poco después en república federal. Olañeta rayaba en los sesenta; pero su vida arreglada y uniforme le había conservado el vigor y la salud. Alto, derecho, todavía en buenas carnes, con pocas canas y su dentadura, aunque descuidada, completa y fuerte, a primera vista no se le darían cincuenta años cumplidos. Ojos profundos, oscuros y pequeños, la ceja casi junta, la boca grande y franca, la nariz a la romana con algo de exageración, sin bigote y con unas patillas oscuras que terminaban cortadas a línea en el extremo de los carrillos, su fisonomía adusta y grave era poco simpática a primera vista. Era el tipo del colegial antiguo que, después de doce años de estudios, había llegado a la magistratura. Cursó filosofía, derecho romano y patrio y cánones en el Más Antiguo Colegio de Comendadores Juristas de San Ramón; después fue colegial de Santos, habitando el suntuoso edificio (que con sentimiento vio derribar después para convertirse en casas), disfrutó la beca con su pensión y los demás privilegios anexos; sirvió de asesor con el último virrey y estableció su bufete, que le proporcionó, en el curso de algunos años, una fortuna con qué vivir independiente; pero el deseo de ser útil a su patria y la costumbre de trabajar y ocuparse de leyes y de procesos, lo habían hecho admitir diversos cargos en la magistratura; su saber como abogado, su laboriosidad y su honradez acrisolada, lo hacían como necesario, y no había ministro, no obstante la frecuencia con que cambiaban, que no le rogase con algún empleo de importancia. Cuando en su conciencia, por un motivo o por otro, creía que no podía seguir desempeñando un puesto, renunciaba y no había razonamiento ni influjo para disuadirlo, y esto aconteció precisamente en los momentos que nuestro don Crisanto Bedolla llegó a México con sus cartas de recomendación.

Educado como quien dice a la antigua, era no sólo creyente, sino cristiano ortodoxo. No admitía dudas ni discusiones en materias religiosas, y defendía no sólo los artículos de fe, sino los milagros, apariciones y leyendas piadosas, y cuando se ofrecía en las conversaciones, sostenía y probaba con curiosos datos históricos la renovación del Señor de Santa Teresa, la leyenda del Señor de Chalma y del señor del Rebozo, las apariciones de la Virgen de Guadalupe y de los Remedios; era en resumen, un alma buena y tranquila donde no había penetrado la duda. Inclinado en política al partido monarquista, o cuando menos conservador, le habían dado tentaciones de recibirse de masón en el rito escocés, pero como no logró vencer sus escrúpulos de conciencia, había diferido semanas, meses y años su resolución. Allá en sus mocedades no tuvo amores, sino que pensó casarse con una doña Luisita, de buena familia, y aun logró pedirla tan luego como su bufete le produjo lo suficiente para sostener su casa; pero sin saberse por qué, de la noche a la mañana se metió la doña Luisita a un convento y profesó al año. La noticia de la profesión de su novia lo dejó muy tranquilo, y en vez de afligirse y llorar, dijo: «De buena he escapado», y se conservó solterón, viviendo con sus hermanas, apasionado platónicamente de la célebre bailarina Isabel Rendón, y guardando una conducta seria e irreprensible, pues si cometía, como todo hombre, sus pecadillos y se daba sus escapadas de noche envuelto en su capa, nadie lo sabía, y la verdad es que, lo que se llama amor, jamás había vuelto a su pecho desde que le pasó, como él decía, el chasco de doña Luisita.

Su biblioteca era quizá de las más notables de la capital, por el número de volúmenes aunque no por lo selecto de las obras. Una Patología completa, las Siete Partidas del Rey don Alfonso el Sabio, el Fuero Juzgo, Carleval, Solórzano, la Recopilación de Leyes de Indias, y por ese estilo, pergaminos infolio difíciles de leer y manejar. Como libros de literatura, los autos sacramentales y las comedias de don Pedro Calderón de la Barca; el Gil Blas, que sostenía a pie juntillas que era del Padre Isla, y Don Quijote de la Mancha, con las Novelas cortas de Cervantes.

Tenía tres hermanas; Coleta y Prudencia, doncellas viejas muy parecidas a él, dadas a la iglesia y dedicadas a las labores y gobierno de la casa. De jóvenes habían sido pasaderas; pero como rayaban en los cincuenta y cincuenta y dos, su aspecto era el de todas las mujeres ya de esa edad que no han sido hermosas. Aseadas, serias como el común de las gentes, pero afables con las pocas y escogidas amistades que desde hacía años tenían, su bello ideal era vivir cómoda y cristianamente; dar gusto al confesor y a su hermano, a quien querían mucho, diciendo a todos los que las querían oír, que no se había casado por no darles un disgusto y por no separarse de ellas. Además, había otra hermana de carácter y figura distintos como suele suceder en ciertas familias, en que unos hermanos son rubios y blancos y otros tan subidos de color, que se diría debían el ser a un negro.

Clara, que así se llamaba la otra hermana, era de alto y derecho cuerpo, como Coleta y Prudencia, rubia, hasta parecer inglesa, de ojos grandes y azules, y no hay para qué decir que tenía buena dentadura; sin embargo, parecía como anémica y como abatida, sin gracia ni atractivo en su conjunto de mujer. Era la menor de las hermanas, y con todo, pasaba de los treinta. Así como sus hermanos fueron refractarios al matrimonio, ella desde que entró en edad no pensó más que en casarse, y hacía frente a cuantos se le presentaban; pero el hermano mayor, como jefe de familia, le impidió más de una vez hacer una locura, hasta que por fin la casó con un licenciadito que había sido su pasante y a quien su padre al morir le dejó, como se dice vulgarmente, algunas proporciones. Le llamaban Chupita, porque era muy delgado y relamido, muy rasurado y vestido de limpio y muy aristócrata, pues no tenía amistad sino con marqueses y condes; en las ocasiones en que Olañeta desempeñaba algún cargo público, le recomendaba los asuntos de sus clientes, sea dicho de paso, asuntos de poca importancia, pues no tenía fe ni en su saber ni en su práctica en los negocios del foro. Su vida era un poco misteriosa; salía poco; a su cuñado apenas lo visitaba el día de su santo o cuando estaba enfermo, y recibía en su gabinete y con ciertas precauciones, aun ocultándose de su mujer, a personas que sus criados sin saber por qué, habían calificado de sospechosas. Clara de tarde en tarde veía a sus hermanos, y siempre con cierta ceremonia y cumplimiento muy ajenos al estrecho parentesco que los unía. Al principio se molestaron un poco; pero concluyeron por no hacer caso de Clara ni de su marido y visitarlos también muy de tarde en tarde y de cumplimiento.

Aparte de esto, la vida de la familia del licenciado Olañeta era uniforme, monótona, arreglada a reloj. Con el toque del alba se levantaban; sonando las diez almorzaban; y así todas sus operaciones diarias. Casilda y Juan, aunque llevaban pocos días de servir a la familia, lo han referido ya. En las noches, algún canónigo de la catedral o uno de esos viejos sabios abogados condiscípulos de Olañeta, venía a tomar el chocolate, jugaban su tresillo mientras Coleta y Prudencia tejían alguna sobrecama o leían el Año Cristiano, y entre las diez y las once la tertulia terminaba, cada cual iba a la cama a esperar la cena y con el último bocado y el último trago de pulque se persignaban, envueltos en sus calientes ropas, se acostaban y dormían hasta el alba de la siguiente mañana. Sólo hay que añadir que el licenciado Olañeta, además de la manía del rollo de palitos que todas las noches exigía que se le pusiese junto a la cama, había de hacer precisamente una hora diaria de ejercicio en la Alameda, en la tarde; en la noche, otra hora paseándose de un extremo a otro de su biblioteca, y media hora en el comedor en las mañanas, fumando cigarro tras cigarro y recibiendo el sol, que entraba por la alta ventana.

El día en que Juan y Casilda tuvieron en la cocina la conversación de que se ha dado cuenta en el capítulo anterior, Olañeta, como de costumbre, estaba sentado en su sillón, fumando y repasando en su cabeza un informe de estrados en un ruidoso pleito de los marqueses de Valle Alegre, amenazados del embargo de sus mejores haciendas, las que adeudaban al Juzgado de Capellanías doble dinero de lo que valían, sin que se hubiese conseguido que en años pagasen un solo medio de réditos. Los agujeros y rendijas del torno permitían oír en el comedor lo que los criados platicaban en la cocina, y Olañeta solía escuchar sus chismes y diálogos, pero jamás había fijado su atención, y cuando hablaban mucho y recio o la conversación podía degenerar en pleito, los regañaba y los mandaba callar. En esa ocasión al principio no hizo caso; pero cuando algunas palabras de sangre, asesinato y violencia hirieron sus oídos, tratándose de criados que hacía poco había recibido, arrimó con mucho tiento su silla y dirigió su oreja al torno para no perder una palabra.

Cuando notó Olañeta que Casilda y Juan guardaban silencio, y enterado de todo, pues mutuamente habían con entera ingenuidad referido las particularidades más insignificantes de su vida, se levantó y sin hacer ruido se dirigió a su biblioteca, sonó la campanilla, entró al momento Juan y le pidió el periódico.

—No lo han traído todavía —murmuró Juan con la voz un poco conmovida, pero disimulando lo más que pudo.

—¿Mis hermanas han llegado?

—No, señor.

—Bien, dile a Casilda que venga, quiero saber lo que ha dispuesto para el almuerzo.

Juan obedeció y en seguida se presentó Casilda, más muerta que viva.

—Todo lo he oído, muchacha —le dijo el licenciado con voz muy afable— tranquilízate, pide el periódico a Juan, y cuidado con salir ni tú ni él de la casa sin mi permiso. ¡Cuidado! ¿Me obedecerás?

—Sí, señor —contestó la criada, volviéndole el alma al cuerpo.

—Bien; no haya cuidado por ahora. Ya veremos lo que se hace.

Casilda fue a la cocina casi bailando de gusto. En la mirada y en la voz del amo había reconocido que ella y Juan estaban salvados. Juan llevó el diario al licenciado, y en esto la recamarera entró en la cocina con una canasta llena de legumbres y carnes de lo mejor y más fresco que había en la Plaza del Volador. Casilda en momentos preparó con presteza un almuerzo como nunca lo había tenido la arreglada familia.

Don Pedro Martín de Olañeta, aunque no era la hora designada por su metódica costumbre, recorrió el periódico, leyó dos veces el párrafo y comenzó a pasearse de uno al otro extremo de la biblioteca.

—¡Qué juicios los de Dios tan incomprensibles! ¡Y cómo por caminos desconocidos viene a salvar a los inocentes! —decía para sí, continuando su paseo, con la cabeza baja y un dedo en la boca—. ¡La casualidad de que yo conociese a este muchacho en el mercado y fuese él quien me trajese diariamente la fruta! ¡Y por cierto —decía haciendo un paréntesis a sus graves reflexiones— desde que esa frutera Cecilia ha abandonado su puesto en el mercado, no he vuelto a comer buena fruta! ¡La casualidad que ese muchacho fuese protegido por esa Cecilia y no por otra de tantas fruteras como hay en la plaza! ¡La casualidad de que ese muchacho se acordase en sus apuros de venir a pedirme hospitalidad! ¡La casualidad de que doña Dominga de Arratia viniese a recomendar a Casilda! ¡La casualidad de que la cocinera que teníamos se hubiese disgustado con mis hermanas porque gastaba mucha manteca, y de que a ellas, que son tan raras y tan difíciles para recibir criadas, les hubiese confrontado desde que la vieron! Cualquiera diría que era un cuento para divertir a un lector ocioso; pero yo digo que todo esto no es más que la obra de la Providencia, que me ha señalado a mí para que salve, no sólo a los que ya tengo en mi casa, sino a los que están en la cárcel condenados a muerte y a presidio por ese juez que me ha sustituido, y que probablemente no sabe una palabra de leyes, ni de criminalidad, ni de nada; es un bárbaro que va a enviar al otro mundo a gentes perfectamente inocentes… Ni duda; Casilda y Juan, que estaban muy lejos de creer que yo los escuchaba, han hablado como si se estuviesen confesando a la hora de su muerte. Pero ¿qué hacer? ¿Cómo proceder? Ya lo pensaremos bien.

Dejaremos al grave licenciado paseándose en su biblioteca con la cabeza baja y su dedo en la boca, pensando lo que debería hacer, para decir dos palabras acerca de doña Dominga de Arratia. Era una señora principal, rica y aristócrata. Tenía en el Valle de Temascaltepec varias haciendas, y en el pueblo figuraba en primer término. En los pueblos y ciudades de segundo orden de México, los dueños de haciendas son los potentados, los señores, y forman el núcleo de la aristocracia provinciana. El cura, los alcaldes, los ayuntamientos, todo el mundo les hace randibus, como dicen los rancheros. En una de las haciendas había dejado su padre al morir un muchacho blanco, robusto, fuerte, bien hecho, como es en lo general esa gente de la tierra fría. Desempeñaba el cargo de mayordomo. Doña Dominga, a poco tiempo de haber entrado al manejo de sus bienes, lo hizo administrador y a los dos años lo elevó al rango de su marido. Ella era la rica. Él, el cónyuge y socio industrial. Él estaba todavía joven y vigoroso. Ella no malota, como dicen los jóvenes veteranos; pero ya entrada en edad. Doña Dominga cuidaba al pensamiento de su marido y lo vigilaba día y noche sin dárselo a entender. Casilda, que anduvo de Herodes a Pilatos, comerciando, mudando casas, ya como cocinera, ya como recamarera y temiendo siempre encontrarse con Evaristo, después de su expedición como barillera, a su paso por el pueblo cercano a una de las haciendas de doña Dominga, fue recomendada a la señora, y a su vuelta a la capital vino a la casa, donde, en vista de sus muchos y buenos papeles de conocimiento que abonaban su conducta, fue recibida como cocinera. A los ocho días, el marido, con un pretexto o con otro, había dado sus vueltas por la cocina y la esposa lo había observado. A los quince días, ya había sorprendido ciertas ojeadas que más tarde serían correspondidas por la muchacha. «La ocasión hace al ladrón —dijo para sí como mujer prudente y que no quería reyertas con su marido—, separarlos a tiempo es lo mejor.» Y sin esperar más, se puso su saya de seda negra y relumbrante, la mantilla trapeada de punto de Barcelona y se fue a casa de Olañeta, que era su apoderado y su consejero y había, desde hacía años, girado sus negocios. Encontróse con las hermanas Coleta y Prudencia, les exageró lo bien que guisaba Casilda, lo honrada y hacendosa que era y, bajando la voz y acercándose a su oído les confió el secreto.

—Ni por todo el oro del mundo me desprendería de tan excelente criada; pero mi marido ha comenzado a guiñarle el ojo y a entrar en la cocina, donde nada tienen que hacer los hombres… Ya ustedes me entienden como personas de mundo y de experiencia.

—Si guisa bien, doña Dominga —dijeron las hermanas en coro—, que venga mañana mismo; aquí se paga a las cocineras como ni en las casas grandes: cinco pesos cada mes y cinco reales y medio de ración cada semana; por lo demás, no hay cuidado ninguno, porque Pedro es más casto que José; rara vez entra en la cocina y ni pone cuidado en las criadas: es tan serio y tiene tantos negocios, que noche hay que olvida rezar sus devociones a la hora de acostarse.

Quedó, pues, terminado el negocio.

Doña Dominga se retiró tranquila, y al día siguiente Casilda estaba en la cocina de la calle de Montealegre preparando el almuerzo para el viejo licenciado. Pocos días después fue el prófugo del hospicio a pedir el asilo que, como hemos visto, le fue concedido. Casualidades o Providencia de Dios, como decía el licenciado. En los primeros días, preocupado con el informe de estrados en el asunto del marqués de Valle Alegre, no fijó su atención en la nueva doméstica; el almuerzo le gustó mucho y las hermanas mismas encargaron a Casilda, que era la que más madrugaba, que se encargara de llevar a la cama el chocolate, al mismo tiempo, y sin discrepar un minuto, que en las iglesias cercanas oyera el toque del alba. Una de esas mañanitas en que la oscuridad entablaba su lucha con la luz que va gradualmente subiendo de las montañas, don Pedro Martín se sentó en su cama para recibir la bandeja de plata que Casilda le presentaba, con el pocillo de chocolate espumoso y caliente.

—¿Sabes, muchacha, que sería bueno que me abrieras de par en par la ventana? No tengo ganas de dormir, y quiero aprovechar el tiempo en leer unos apuntes (los del informe de estrados en el pleito de los marqueses de Valle Alegre).

—Como usted mande, señor licenciado —respondió Casilda, y colocando la bandeja en el regazo caliente, corrió al extremo de la pieza a descorrer las cortinas y a abrir las puertas del balcón. Lo quiso hacer con tanta presteza, que el fleco de su rebozo, con el que estaba bien cubierta, se atoró en el aldabón y precisamente al abrir la puerta cayó al suelo y dejó descubierto el busto palpitante y sorprendente de una Venus. Don Pedro se quedó estupefacto; un golpe más fuerte que el de una máquina eléctrica recorrió sus nervios desde la nuca hasta el dedo gordo de los pies; el pocillo y los vasos bailaron en la bandeja de plata y una exclamación rápida e involuntaria se escapó de sus labios; pero se repuso inmediatamente y Casilda, por su parte, no había tenido tiempo ni de mudarse su camisa, porque ya había dado el toque del alba en la catedral, recogió como pudo su rebozo y se cubrió el cuello, haciéndose también la disimulada, como si nada hubiese visto su amo.

Esa visión, que parecía del Elíseo de los griegos, vista repentina e impensadamente al través de la luz misteriosa de las primeras horas de la mañana, y como engastada a propósito entre dos cortinas de damasco rojo de China, se quedó impresa en el cerebro del viejo abogado como si la hubieran grabado con un buril de fuego. La antigua novia doña Luisita, Isabel Rendón, ciertas muchachas de la 2.ª calle de Santo Domingo a quienes solía visitar, todo se borró; un polvo espeso de años y de olvido sepultó para siempre esos comunes y prosaicos fantasmas. La visión celeste que se había aparecido entre las cortinas de damasco, era lo único que tenía delante y se le aparecía en los días siguientes entre las líneas cerradas de los apuntes del informe de estrados en el asunto de los marqueses de Valle Alegre.

Pero don Pedro Martín era hombre de sólida virtud, que sabía dominar sus pasiones. En las mañanas siguientes correspondía con amabilidad los buenos días que le daba Casilda y no se atrevía a mirarla; pero no podía dominar su imaginación, no mandaba en ella y siempre veía entre el cortinaje el cuadro seductor que se le presentó cuando mandó abrir las puertas del balcón.

¡Qué casualidad! ¿La Providencia de Dios? Eso no; la Providencia divina no podía disponer esas cosas que no tenían nada de santas. Las casualidades, sin embargo, que se habían sucedido unas a otras, se revolvían en la cabeza del abogado e interrumpieron la serena monotonía de su vida.

Dispuesto el almuerzo, don Pedro Martín se sentó como de costumbre en la cabecera de la mesa, platicó con sus hermanas como si nada hubiese pasado, de modo que éstas no tuvieron noticia ni de la impensada escena del rebozo ni de la conversación de Casilda y de Juan, y cuando vino doña Dominga de Arratia a saber cómo se portaba su recomendada, hicieron mil elogios de ella, confesando que, en efecto, jamás habían tenido criada tan bonita y tan aseada, repitieron tres o cuatro veces que el casto José era un libertino y un monstruo comparado con su hermano don Pedro Martín.

Cuando doña Dominga se marchó, el licenciado llamó a sus hermanas a la biblioteca, cerró con precaución la puerta y les dijo:

—Voy a hacerles a ustedes una recomendación. Por ningún motivo manden a la calle a Casilda, ni al muchacho Juan. Tengo mis razones para hacerles esta prevención y a su tiempo las diré si me conviene.

—Mañana es sábado, día de confesión. Irá con nosotras a la catedral.

—No; ni aun eso; se pasará la semana sin confesión ni la comunión del domingo, y en la entrante ya veremos.

Las hermanas no insistieron, pero se retiraron diciendo:

—¿Qué secreto será éste? ¿Por qué no querrá que salga a la calle Casilda?

XXXIII. La injusticia de la justicia

El licenciado don Pedro Martín no salió ese día de su casa. En la noche por fortuna, no hubo ningún tertuliano; su paseo a un lado y otro de la biblioteca duró dos horas en vez de una. ¡Pero qué paseo tan doloroso, un verdadero calvario para la austeridad y la rectitud de ese viejo jurisconsulto, educado en el cristianismo puro y en el Palacio de los virreyes españoles!

—¿Será amor el que tengo por esa tan seductora como desgraciada mujer?

Era la pregunta que se hacía en cada vuelta redonda que daba a su biblioteca, y después de diez, de veinte y de hacerse otras tantas veces la misma pregunta no podía responderse.

—¡Qué vergüenza! ¡Qué rubor! Un hombre de mi edad, un asesor del virreinato, un juez de letras de la República, el patrono de casi toda la nobleza de México, enamorado de una mujerzuela, de una fregonera, porque al fin esa muchacha no es más que una cocinera. No, eso no es posible, y aunque lo fuera no lo consentiría el doctor graduado en la Universidad don Pedro Martín de Olañeta. ¡Quién tuviera las creencias, el mundo y el desparpajo de don Florentino Conejo! Pero Dios no me hizo de ese barro. Fuera, fuera esas ideas y pensemos en salvar a esos desgraciados.

Y en vez de pensar en los desgraciados que estaban en la cárcel, la visión engastada en el cortinaje de damasco rojo de China se le presentaba viva, fresca, tentadora, como si en ese mismo momento se acabase de atorar el rebozo de Casilda en la aldaba del balcón. Coleta y Prudencia, extrañando que su hermano pasease en su biblioteca más del tiempo acostumbrado, entraron a verlo.

—Nada, nada tengo —les contestó— estoy repasando el informe de estrados en el complicado negocio del marqués de Valle Alegre. Déjenme en paz por ahora, y les vuelvo a encargar que no manden a la calle ni a Casilda ni al muchacho.

Las hermanas, que obedecían ciegamente al jefe de la casa, salieron del salón de libros viejos, algo desconcertadas pero creyendo que, en efecto, su hermano estaba preocupado con el negocio del marqués de Valle Alegre.

—¿Tendré amor? ¿Tendré amor?

Ése fue el tema invariable hasta las once de la noche. Las horas que transcurrieron hasta que sonaron las alegres campanas del alba le parecieron un siglo. Casilda abrió la mampara de la recámara y se presentó con la bandeja de plata y el chocolate…

La resolución que de pronto tomó don Pedro Martín al levantarse fue la de tener una discreta conferencia con su sucesor y compañero don Crisanto Bedolla.

Después de almorzar salió ligero y animado como un joven de 20 años y tomó el rumbo del juzgado.

—Compañero —dijo a Bedolla saludándolo afectuosamente— una indiscreción y tal vez un favor. Quisiera leer aquí la causa a varios supuestos reos por el asesinato de Regina.

Crisanto, que estaba ocupado con el asunto de un robo de baratijas en dos alacenas del Portal de Mercaderes, se levantó de su asiento luego que vio a su respetable compañero, le colmó de atenciones y lo sentó en su sillón.

—¿Creerá usted acaso, señor compañero, que la causa está mal formada o que la sentencia…?

—De ninguna suerte, y aunque lo creyera ya me guardaría bien de entrometerme en los asuntos de su juzgado. ¿Con qué carácter lo haría? Es una simple curiosidad de abogado, si hay inconveniente bien puedo prescindir de lo que puede llamarse verdadero capricho.

—Ningún inconveniente, y antes bien me hace usted un favor en esto. Soy un abogado novel y de ninguna manera criminalista, pues no he tenido tiempo de dedicarme a esos estudios, y si acepté este puesto fue por varias instancias del Presidente de la República y del señor Ministro de Justicia, a quien no podía desairar. Me comprometieron y no hubo más remedio; habría sido una ofensa a todo el Gobierno y a la misma Corte de justicia; acepté y tuve la fortuna o la desgracia de que a los pocos días ocurriese el crimen que ha llenado de horror a México y que la causa fuese instruida por mí. Ya verá usted; he interrogado a medio México, pero al fin he logrado descubrir a los culpables, ya verá usted.

Acabando de decir estas palabras, que hicieron sonreír al viejo al disimulo, Bedolla tocó la campanilla y un dependiente entró.

—Tráigame usted la causa del asesino de Regina y socios.

El empleado volvió a poco con tres voluminosos legajos de papel, cosa de 2,000 fojas.

—Imposible de examinar esto ni en un mes —dijo don Pedro Martín.

—Ya sabe usted, hay mucha paja. Cateos, declaraciones sin importancia, diligencias de estampillas, ya conoce usted mejor que yo este tramiteo tan inútil y tan complicado; pero usted acertará a encontrar únicamente la sustancia y lo que tenga usted curiosidad en saber. Tiene usted allí enfrente una mesa, una silla y un rincón donde no da el aire.

—Perfectamente, y mucho agradezco a usted esta deferencia, señor compañero, pero ha de ser con la condición de que usted, y como si yo no estuviese delante, continúe su trabajo.

—Convenido, señor compañero.

Bedolla instaló al viejo abogado en la mesa desocupada, le puso delante la voluminosa causa y continuó con el notario el despacho, consultando muchos libros que sacó del estante para que su compañero viese que era un magistrado de peso, que no dictaba un auto sin apoyarse en alguna ley o doctrina de los más célebres criminalistas.

Don Pedro Martín se sintió agobiado con sólo la vista de tan voluminosa causa, y tentaciones tuvo de prescindir de su lectura y marcharse a su casa a disfrutar del descanso de la vida metódica que tan bien cuadraban a su edad y a su posición; pero recordó, ¡desgraciado de él!, que se trataba de Casilda y de Juan. Se resignó y comenzó a hojear. Pero dieron las tres de la tarde. Bedolla guardó sus libros, el escribano sus actuaciones, y un quebradito entró con las llaves en la mano para cerrar el juzgado.

—No he registrado ni leído sino lo más esencial —dijo don Pedro Martín— y veo que antes de ocho días no habré podido formarme juicio.

—Ya verá usted que no ha faltado ni actividad ni suspicacia para interrogar a los testigos y a los reos y hacerlos caer en el garlito.

—Sí, en efecto, y por lo que he leído —contestó don Pedro Martín— parece usted más bien un juez que lleva años de despachar un juzgado, que no un novicio, como usted dice con una modestia que le honra.

—Favor de usted, señor compañero, favor y nada más. Lo que tengo es suerte para que las gentes me quieran. No tiene usted idea de lo que me quiere el Presidente. Apenas me anuncia el ayudante, cuando las puertas se abren y platica conmigo de sus campañas, de las batallas que ha ganado… No tiene usted idea… con motivo de esta causa he querido personalmente darle cuenta… y está muy empeñado en que los reos sean ahorcados. Pedirán el indulto y no se les concederá, estoy bien seguro de ello.

Platicando así, diciendo una u otra cosa y Bedolla exagerando, conviniera o no, el favor que gozaba con el jefe de la nación y con sus ministros, llegaron a la puerta de la casa de don Pedro Martín y se despidieron, quedando este último en concurrir a las once de la mañana del día siguiente para continuar la lectura.

Don Pedro Martín se sentó a la mesa y comió poco y en silencio. Su preocupación y su tristeza se revelaban sólo al mirarlo.

Sus dos hermanas le interrogaron. Les contestó que el informe en el asunto del marqués de Valle Alegre absorbía su atención.

Durante una semana no tuvo otra ocupación más que ir a la hora convenida al juzgado y leer las innumerables hojas de que se componía la causa, y con el mayor asombro se enteraba, a medida que avanzaba, de que el juez no había hecho más que aplicar a los reos las duras penas que establecían las leyes españolas y mexicanas, aplicables a falta de código criminal, que no existía. Las pobres mujeres y los hombres aprehendidos en la casa de vecindad, aterrorizados con la cárcel, confundidos con las amenazas del escribano y enteramente atarantados con las preguntas capciosas que les hacía el juez, había comenzado por negar, después por contradecirse y, finalmente, por echarse la culpa unos a otros, acusarse de cosas en que ni habían pensado, llenarse de improperios delante de los testigos a la hora de las declaraciones y enredar de tal manera el asunto, que el más hábil defensor no hubiera podido descifrar el verdadero logogrifo que contenía en sustancia tantas hojas de papel escritas. El defensor, por salir del paso, se había limitado en cuatro renglones a pedir indulgencia para los culpables, mientras el fiscal pedía para todos, en cuatro líneas, la aplicación de la última pena. Habían sido interrogados multitud de testigos del barrio de Regina, de San Ángel, del barrio de San Pablo, de todas partes. Los unos se habían negado a declarar, no queriendo comprometerse; otros, por malevolencia, habían declarado en contra y sostenido, aun delante de los acusados, sus falsas narraciones; otros, ignorantes y queriendo salir del paso y no ser molestados, habían contestado un a cuantas interrogaciones se les habían hecho, de modo que por una de esas casualidades fatales, en muchos puntos resultaron conformes las declaraciones de los testigos con los presuntos reos. Sólo la anciana enérgica que surtía de dulces a las casas del conde del Sauz, del marqués de Valle Alegre y de los condes de Santiago y continuaba, por orden del juez y con beneplácito del propietario de la finca, desempeñando de casera y había logrado arrendar las localidades vacías. Cada vez que el juez la llamaba, por más preguntas capciosas que le hacía, se limitaba a la misma respuesta:

—Señor Juez —decía— usted es muy sabio y muy bueno; pero está usted cometiendo una grande injusticia, y yo no tengo nada que responder ni qué alegar más que lo que dije al principio; que soy una mujer honrada, que vivo de mi trabajo haciendo dulces y entregándolos en casas muy ricas y muy honradas que pueden dar testimonio de mi conducta; pero no quiero ni abogados, ni defensores, ni chismes, pues que mi defensor es Dios. El día que el señor juez quiera enviarme a la horca, no tiene más que mandármelo avisar y vendré como siempre vengo cuando se me llama, aunque se me queme la conserva, como me sucedió el otro día, que por la prisa de venir al juzgado la dejé en la lumbre. Si me han de castigar y he de morir, será voluntad de su Divina Majestad y no tengo más que conformarme con sus altos juicios; conque, señor juez, si no tiene usted más que mandarme, con su permiso me retiro, porque tengo el almíbar en la lumbre y soy una pobre que no puede estar comprando azúcar todos los días.

El juez, que veía el aplomo y la seguridad con que hablaba esta buena mujer, la dejaba ir y la molestó lo menos posible en el curso del proceso.

Don Pedro Martín, con la práctica de un abogado cansado de estudiar e instruir causas mucho más complicadas que la que había tocado a Bedolla, se agarraba la cabeza cuando regresaba a su casa, y reconoció, sin que le quedara duda, que el juez novel, ignorante en derecho y con ninguna experiencia, tenía un cierto talento para el enredo y la intriga, y queriéndose lucir, como quien dice, y corresponder a las adulaciones de la prensa y las atenciones de Ministro de Justicia que lo creía hombre de grande importancia en su pueblo y quería valerse de él para las próximas elecciones, había unas veces intimidado a los presos dándoles a entender que si decían la verdad serían absueltos, pero haciéndoles al mismo tiempo una serie de preguntas tan capciosas que, al contestarlas, en vez de sincerarse se habían declarado actores de hechos que ni habían soñado pasar en la malhadada casa de vecindad. En el fondo, Bedolla había llegado a averiguar casi toda la vida de Evaristo, y estaba convencido de que los principales instigadores del asesinato habían sido Casilda y el aprendiz.

Cuando don Pedro Martín acabó la lectura de la causa e hizo su última visita al juzgado, quiso saber a qué atenerse, y bien se guardó de decir a su compañero Bedolla lo que realmente pensaba acerca de las actuaciones.

—¿Acabó usted, por fin, señor compañero? —le dijo el juez, observando que don Pedro Martín ponía en orden y ataba con una cinta los legajos.

—Acabé, y le aseguro a usted que es necesaria la suma de paciencia que debemos tener los abogados para echarse a cuestas una causa como ésta.

—¿Y qué le parece a usted? La opinión favorable de un hombre tan sabio me llenaría de orgullo.

Don Pedro Martín, inclinando la cabeza para darle las gracias por el elogio, le contestó:

—Lo que resulta de las actuaciones y lo que previenen nuestras leyes vigentes, dan materia para una sentencia; pero así de pronto, sin estudiar el punto, me parece que no habiendo sido aprehendido todavía el verdadero asesino y otros que se presumen cómplices, debían seguirse ciertos trámites sin los cuales no hay bastante fundamento…

—Sé lo que me va usted a decir, compañero… y tiene muchísima razón —le interrumpió Bedolla, acercándose al oído y hablándole en voz baja— pero qué quiere usted, la prensa se queja de falta de seguridad en los caminos, en las calles, aun en las casas mismas, y observo una cierta inclinación a que lo más pronto posible haya siquiera dos o tres ahorcados para satisfacer la vindicta pública; así comenzaremos por éstos; y sobre todo, una mujer ahorcada hará mucho efecto; me dicen que hace muchos años que no se ahorca a una mujer, y ya verán que Bedolla se sabe amarrar los calzones y manda a Mixcalco a una mujer lo mismo que a un hombre. En cuanto al asesino, casi lo tengo en la mano. Se ha refugiado en la hacienda del Sauz. Ya se ha encargado el juez de Durango su aprehensión y recomendado mucho al gobernador y al comandante general. En cuanto al muchacho aprendiz que ayudó a matar y a hacer pedazos a su maestra, se ha perdido la pista. Fue a dar al hospicio por un robo que cometió en la plaza del mercado. En el hospicio, donde sin saber lo maula que era le dispensaron su confianza, se puso de acuerdo con unos tenderos gachupines para robar cada mes la mitad de la menestra. Después, de intento, tiró el cajón donde estaba don José María Carrascosa, que si no murió de la enfermedad, por poco muere del golpe, pues estuvo más de un mes en cama. De allí, ojos que te vieron ir. A la que tengo como quien dice en el bolsillo, es a la antigua querida del asesino… La he seguido los pasos, como ella misma no se lo puede figurar. Es mujer peligrosa, señor compañero, muy linda, con unos ojos y un cabello negro tan abundante que podía servirle de vestido; muy zalamera y muy insinuante, pero eso no me importa, no soy de los que se dejan seducir ni por una diosa Venus. Últimamente estuvo sirviendo en una casa de una tal doña Dominga de Arratia, por Temascaltepec, pero hoy mismo me van a decir dónde vive y a qué horas se encuentra; será interrogada y sabremos dónde está esa mentada Casilda. Le aseguro a usted, compañero, que mientras más hermosa sea, con más rigor la he de tratar para que el público sepa quién es Bedolla; y ya que me han rogado con este maldito destino, cumpliré como bueno, como dicen los españoles.

Don Pedro Martín, que estaba ya de pie para marcharse, quiso responder algo pero se le turbó la vista, el almuerzo no bien digerido todavía se le subió a la garganta y una palidez mortal descompuso su rostro. Bedolla lo advirtió.

—Se pone usted malo, compañero; siéntese, un trago de vino le hará bien; el escribano, que almuerza en el juzgado, pues su casa está muy lejos, siempre tiene algo reservado.

Mientras, don Pedro Martín se dejó caer en el sillón; no podía menos, pues la pieza se le oscureció y no veía más que manchones negros y rojos. Bedolla volvió con una copa de Jerez. Bebió unos tragos, se repuso e hizo un fuerte ánimo para disimular.

—Los viejos no servimos para nada, compañero —dijo volviéndole la copa ya vacía, con mucha naturalidad—. La lectura de esta causa me ha fatigado. No era así hace diez años; me pasaba las noches estudiando, y bastaban tres o cuatro horas de sueño para que amaneciese fresco como una lechuga. Fue un desvanecimiento ya perdido, ya no es nada. Un poco de dieta me repondrá enteramente.

—Mandaré por un coche —le dijo Bedolla.

—Gracias, no es necesario.

Después de diez o quince minutos de atravesar palabras sin importancia sobre los vahídos y desvanecimientos, don Pedro salió del juzgado y se dirigió sin perder ni un minuto a la casa de doña Dominga de Arratia, la que, según tenía de costumbre, había salido a sus negocios y visitas, y no volvía hasta las seis de la tarde, pues había dado en almorzar y comer a la francesa.

Un siglo pareció a don Pedro Martín, y se le puso en la cabeza que tal vez en esos momentos había sido interrogada por algún agente secreto dé Bedolla y que el domicilio de Casilda se había ya descubierto. Se resolvió a esperar interrumpiendo su método, y entrada ya la noche fue llegando muy fatigada la buena de doña Dominga.

—Cumplimientos aparte —le dijo don Pedro, sin hacer caso de las palabras afectuosas de la dama y de sus disculpas por haber llegado tan tarde a su casa—, si aquí, o en la calle le preguntan a usted por la criada que tanto recomendó a mis hermanas y con la cual estamos muy contentos, dígales que le dio usted su papel de conocimiento como es de costumbre y como lo merecía por haberse portado bien; pero que ignora usted en qué casa se haya colocado y que más bien cree que se ha marchado a Tulancingo, donde tiene su comercio de rebozos. No hay que salir de eso, por más preguntas que le hagan. Aprenda usted bien la lección y repítala a su marido de usted por si a él le interrogasen. Cuidado con faltar, pues con una palabra indiscreta perjudicaría usted a una buena mujer. Si usted faltase a estas instrucciones tendría, con mucho sentimiento, que interrumpir las buenas relaciones que ha llevado con mi familia y no me encargaría más de sus negocios. Cuando sea tiempo impondré a usted de la causa que ha motivado que yo le haga esta recomendación.

Doña Dominga de Arratia que, además del sincero cariño que tenía por el licenciado, lo respetaba por su edad y su saber, le prometió que cumpliría como si se lo hubiese mandado su confesor, y lo mismo haría su marido. Don Pedro Martín se retiró y entró un tanto contento en su casa, donde sus hermanas lo esperaban con impaciencia.

En la noche, a la hora del paseo acostumbrado en su biblioteca, fue cuando tuvo el viejo abogado tiempo de reflexionar en la situación comprometida y horrible en que lo había colocado repentinamente y en muy pocos días la casualidad, el destino o la Providencia.

La conversación que escuchó en el comedor le había probado que los supuestos reos que estaban condenados a prisión o a la muerte, eran perfectamente inocentes, y un hombre como él, religioso y de conciencia, una vez que por obra de la Providencia había sabido la verdad, no podía permitir la muerte, la deshonra y el martirio de esos desgraciados; pero ¿cómo hacerlo? Era necesario que compareciesen ante la justicia Casilda y Juan, a quienes él había protegido y se guardaban en su casa. Juan y Casilda podían vindicarse, él mismo les proporcionaría un defensor hábil, y no probándoles nada, serían puestos en libertad; pero de pronto tendrían que ir a la cárcel y él hacía el papel de denunciante de los que él mismo había amparado, y tenía la certeza de que eran tanto o más inocentes que los vecinos. Suponiendo que se resolviese a presentar a sus prodigios ¿qué diría el público? ¿Qué comentarios no se harían? Siendo Casilda tan seductora ¿qué dirían los maldicientes y la misma prensa ligera, malévola muchas veces, siempre ávida de chismes, de consejas y de escándalos para mantener la curiosidad de los suscriptores y vender números sueltos? Pero aun en el caso que se resolviera a dar este paso ¿qué fuerza tendría el testimonio de un muchacho tachado, según informes y testigos, de malísimas costumbres, y de una mujer a quien casi habían visto robarse en compañía del querido la fruta de las huertas de San Ángel? Pepe Villar y el licenciado Bocanegra estaban furiosos todavía y no olvidaban que les hubiesen privado de sus mejores peras y de las ciruelas de España que con tanto trabajo habían logrado aclimatar en sus jardines. Y luego ¿cómo consentir él, que tenía delante esa Venus griega que se había aparecido a la hora del alba entre los cortinajes de su balcón, que fuese a la inmunda cárcel a declarar que había sido la querida de un asesino? Sólo él, que había escuchado desde el torno del comedor una especie de confesión general, podía atestiguar su inocencia, su buena conducta y, si se quiere, hasta su virtud, pues desde que fue arrojada por el desalmado Evaristo había vivido honestamente de su trabajo. ¿Cómo probar todo esto? ¿Cómo salvar también a ese infortunado muchacho perseguido por la suerte y contra el cual se habían amontonado calumnias y mentiras?

Coleta y Prudencia se habían dormido, y Casilda y Juan, en sus cuartos respectivos, llenos de dudas, pero confiados en la bondad de su protector, descansaban también; sólo el viejo licenciado estaba paseando de uno a otro lado de la biblioteca, y cuando notó que las velas se estaban acabando eran cerca de las tres de la mañana. Se metió precipitadamente en el lecho a esperar el chocolate que, al dar la primera campanada del alba, le llevaba a su recámara la bellísima y desgraciada Casilda.

XXXIV. El litigio de los marqueses de Valle Alegre

Imponente y magnífico era el salón de la Alta Corte de Justicia. En el fondo, un tablado que casi abrigaba un dosel de terciopelo carmesí con galones de oro, un gran bufete con una carpeta de brocado, un juego tintero y una campanilla de plata, y en el respaldo las armas y un manuscrito original en un marco dorado, del acto constitutivo de la República. Alrededor de la mesa, sentados, tres magistrados y el secretario, todos de edad madura, muy graves y serios, algunos ostentando en sus fracs negros la medalla de la primera época de la independencia. El tablado, de más de un metro de altura, separaba a los magistrados del público con un tosco barandal de caoba de estilo romano. Una escalerilla con alfombras de terciopelo proporcionaba el acceso a esta especie de trono. El resto del salón, artesonado de cuadros de verde y oro, estaba ocupado con bancos y sillones destinados al público; en las paredes, divididas en tableros separados por molduras talladas también de oro y verde, estaban pintadas al fresco, del tamaño natural, la Justicia, la Fe, la Caridad y la Fortaleza.

Cuando don Pedro Martín de Olañeta entró vestido correctamente de negro, con pasos majestuosos, erguido, satisfecho de sí mismo, inclinando la cabeza acompasadamente para saludar, hubo un murmullo en el público, pues el salón estaba lleno. Subió la escalinata, se inclinó ante el tribunal y tomó asiento en uno de los sillones colocados a la derecha.

A los diez minutos otro murmullo semejante al de un enjambre que se levanta de la copa de un arbusto de borraja, indicó la llegada de otro célebre abogado, don Juan Rodríguez de San Gabriel, vestido también con igual corrección, pero con menos elegancia, pues su frac le iba muy holgado y los pantalones formaban un torso visible al caer sobre sus botas de charol. Mucho más afable y comunicativo que don Pedro Martín, distribuyó algunas sonrisas, arrugó los ojos para cerciorarse si tropezaba al pasar con personas conocidas, saludó a unos, estrechó la mano a otros, y subiendo con presteza los seis escalones alfombrados tomó asiento junto a don Pedro Martín, inclinando apenas la cabeza ante su compañero, el que desvió la suya a otro lado para no corresponder a un saludo que casi era un insulto.

Se trataba en esta ocasión del famoso pleito entre los marqueses de Valle Alegre y el Juzgado de Capellanías. Como tal establecimiento acabó con las Leyes de Reforma y la desamortización eclesiástica, explicaremos en dos o tres renglones lo que era el Juzgado de Capellanías. Un banco que tenía un capital de 10 a 12 millones de pesos, que no emitía billetes, ni tenía cartera, ni cuentas corrientes, ni sucursales, ni nada de esas zarandajas a la moda, que repentinamente dan un traquido o un Panamá, que es lo peor, que ni Judas reventó tan estrepitosamente. Los ricos aristócratas tenían allí caja abierta; diez, veinte, treinta mil pesos era cosa fácil de conseguir con hipoteca de una hacienda, y al rédito de 6 o 5 por ciento anual. Tras esos treinta, otros diez y otros mil más, y así hasta que pedían y se les daba más dinero que lo que valía la hacienda o haciendas afectas al pago. Una vez adquiridas esas sumas se echaban a dormir y no volvían a pagar un solo peso de réditos, y cuando el cobrador les urgía mucho o eran amenazados con un juicio, con quinientos o mil pesos componían el negocio y obtenían esperas.

Coche a la puerta, criados de librea, buena mesa y a tragarse tiempo; ése era su único pensamiento y su mayor habilidad. El juzgado se veía al cabo de años y años obligado a proceder, y tenía si no diez, por lo menos veinte o treinta litigios, de los cuales comían y bebían la mayor parte de los abogados de la capital.

Los marqueses de Valle Alegre fueron mucho tiempo como quien dice los niños mimados de este banco Agrícola-Eclesiástico. Era familia que se trataba rumbosamente. Temporadas cada uno en una u otra de sus haciendas, donde concurrían sus padres y amigos, y días había que se sentaban a la mesa treinta o cuarenta personas. En la Pascua de San Agustín de las Cuevas desplegaban el mayor lujo en vestidos y carruajes, y no dejaban de perderse al juego sus doscientas o trescientas onzas de oro. Todos los días mesa abierta en su palacio, y cuando había ópera italiana, dos palcos en el teatro; y por no alargar el cuento no mencionamos seis u ocho mulas y otros tantos caballos para el servicio de los carruajes. Esta buena vida duró hasta que el Juzgado de Capellanías, en vez de prestarles más dinero, les reclamó con urgencia el pago y concluyó por demandarlos en juicio y promover el embargo y venta de las fincas hipotecadas. La familia se componía del jefe, que era el mayorazgo. Como una ley desvinculó los mayorazgos disponiendo que el primogénito gozara de la mitad de los bienes quedando la otra mitad para los demás hermanos, vivían y gastaban en común sin llevar cuentas ni cuidarse de si los bienes daban lo bastante para sostener el lujo y pagar las deudas; pero desde el momento en que se entabló el litigio, entró la discordia en la familia, se trató de exigir cuentas al hermano mayor, se hicieron economías y se dedicó la familia toda, según su posibilidad, y esfera de acción, a defender las haciendas, a embarazar de mil maneras el curso del litigio y aprovechar las oportunidades para vender ganados y esquilmos. Cuando un abogado iba perdiendo terreno lo dejaban y se valían de otro, y así recurriendo en años a todo el foro de la capital, y ya por recomendaciones o ya introduciendo en el proceso artículos tan absurdos que no se podía ni imaginar cómo los jueces no los desechaban, se tragaron tiempo y más tiempo; pero como no hay deuda que no se pague ni plazo que no se cumpla, llegó por fin el día terrible en que la Alta Corte de Justicia iba a decidir ya sin apelación de la suerte de los marqueses.

Entremos un momento al tribunal.

El presidente tocó la campañilla, y el secretario comenzó a dar lectura a los autos, que eran tan voluminosos como los de la causa del asesino y socios de la calle de Regina. Al cabo de una hora, los abogados, los notarios, los curiales, los pasantes y demás ociosos que por matar el tiempo asistían a los tribunales, dormían profundamente; algunos, habiéndose acomodado bien en los bancos y sillones, roncaban estrepitosamente, hasta el punto que dos o tres veces había tenido que tocar la campanilla el secretario para prevenir al portero que despertara a los dormilones o les recomendase que fuesen a dormir la siesta a su casa. Terminada al fin la lectura, que ninguno oyó, pues los magistrados y defensores también habían inclinado la cabeza y roncado de vez en cuando, el patrono del Juzgado de Capellanías se puso en pie y comenzó su alegato.

—Señores magistrados —dijo con voz segura y como persuadido del triunfo que iba a obtener— la lectura de los autos que acabáis de escuchar con tan marcada atención, basta por sí sola para que forméis un juicio exacto del negocio; y si he venido a informar ante un tribunal tan augusto, ha sido sólo por cumplir con los preceptos de la ley y porque la parte que defiendo quede plenamente convencida del celo con que la he patrocinado desde el momento en que me confió la defensa de sus derechos ultrajados de la manera más torpe y más indigna, y cualquiera diría que más que en una República que se dice liberal, y que llaman sus seudo defensores el modelo de los gobiernos, nos encontramos en un país de cafres o de…

—Al orden, señor licenciado —dijo el presidente con cierto malhumor y agitando la campanilla.

—Suplico a los respetables magistrados que me perdonen si en el calor de la improvisación se ha podido deslizar alguna frase, siendo sólo mi intención…

El presidente hizo un ligero movimiento de cabeza como para significar que está ya satisfecho, supuesta la buena intención del orador, y éste continuó:

—Vais a saber, señores magistrados, si no lo sabéis ya por los autos que se acaban de leer, que se trata del más grande escándalo que pueda registrarse en los anales del foro mexicano.

El presidente alargó la mano para tocar otra vez la campanilla, pero una significativa mirada del orador le dio a entender que no era necesario tal rigor.

—¡Once años, señores magistrados, van corridos desde que se decretó la providencia precautoria para asegurar los réditos y el capital que adeudan los señores marqueses de Valle Alegre, y no mentiría si dijese que el negocio está como el día en que comenzó! ¡Once años, señores magistrados, para un juicio ejecutivo y sin adelantar ni un paso! ¡Once años de chicanas! ¡Once años durante los cuales se han introducido artículos improcedentes y contra el tenor y espíritu de las leyes que marcan los procedimientos en los juicios ejecutorios! ¡Once años, señores magistrados, para lo que hubiesen bastado once días, a no ser por la mala fe que ha caracterizado a los diversos patrones de los marqueses de Valle Alegre!

—No permito a nadie que me acuse de mala fe —dijo don Pedro Martín poniéndose en pie.

—Al orden, señor San Gabriel —interrumpió el presidente agitando fuertemente la campanilla.

—Muy lejos estoy de aludir a mi apreciable compañero.

Don Pedro Martín inclinó la cabeza, manifestando que quedaba satisfecho, y Rodríguez de San Gabriel continuó:

—Jamás, respetable Sala, he querido que se me crea bajo mi palabra, por sencillas que sean las cuestiones. Mis procedimientos en materia civil son tan ajustadas a las leyes y a las doctrinas de los más célebres jurisconsultos, que no discrepan un ápice, y tienen por esa razón una fuerza contundente. Se me permitirá que lea algunos párrafos del Informe fiscal de la Habana, para probar con cuánta razón he llamado escandaloso un litigio que ha durado once años.

Nadie había advertido que en el costado de la Sala y detrás de los sillones estaba una especie de consola con un reloj de bronce dorado. Esa mesa contenía diez o doce volúmenes, que desde muy temprano había enviado y mandado colocar allí el licenciado Rodríguez de San Gabriel. Tomó el volumen titulado Informe fiscal, y comenzó a leer. A la media hora el público y los magistrados dormían otra vez, y en esta vez, aunque roncaron, no se agitó la campanilla del presidente. Rodríguez de San Gabriel se aprovechó de esta calma y de este silencio para leer capítulos enteros de los diversos libros que allí tenía. Por fin acabó con una elocuente peroración un tanto picante y no poco ofensiva aun para los mismos magistrados.

Rodríguez de San Gabriel se dejó caer a plomo en el sillón como satisfecho de sí mismo, y don Pedro Martín se levantó entonces erguido y soberbio, y con una voz de trueno que despertó al auditorio, dijo:

—Señores magistrados: Si los argumentos fútiles y las palabras vacías de sentido, que no en vano se dice que se las lleva el viento, fuesen una cosa material que pudiese reducirse a polvo, poco esfuerzo gastaría para reducir a polvo el largo discurso de mi respetable compañero, y tanto polvo resultaría, que la Sala y los magistrados y el orador quedarían enterrados, sin poder salir en lo que les queda de vida. ¡Qué audacia, qué aplomo para citar autores y leer doctrinas que son precisamente contradictorias a la parte que defiende y que vienen como de molde para apoyar y sostener la causa de los marqueses de Valle Alegre! Suplico al señor secretario que lea el párrafo 4o de la página 229 del Informe fiscal.

El secretario tomó el libro que con alguna repugnancia le alargó el licenciado Rodríguez de San Gabriel, y leyó:

—«Es práctica utilísima y provechosa en esta Isla (Habana), que cuando los bienes del deudor exceden, y con mucho para cubrir las hipotecas, se cita una junta para provocar un avenimiento, aun cuando el negocio se halle en última instancia».

—Ese párrafo, señores magistrados, lo pasó por alto mi respetable compañero, y dio lectura a los que no son aplicables a este negocio, desentendiéndose del que acaban de oír los magistrados. ¿Se ha pensado en citar una junta? ¿Se ha procurado averiguar siquiera si los marqueses pueden exhibir una cantidad respetable que casi cubriría los réditos vencidos? Nada de esto, señores magistrados. Lo que se ha tratado es de humillar, de ofender a una noble y antigua familia a la que debe la patria señalados servicios…

Don Pedro Martín siguió por este estilo defendiendo con energía la mala causa de los marqueses, pero en medio de su discurso vinieron repentinamente a su imaginación Casilda y Juan, pensó que tal vez en ese mismo momento, habiendo sido descubiertos, el juez mismo se había presentado en su casa para apoderarse de ellos y encerrarlos en la prisión. Se turbó, repitió argumentos, perdió el hilo de su discurso y acabó, en fin, de mala manera; de modo que los mismos magistrados y el público que lo conocía como orador elocuente, quedaron disgustados. Rodríguez de San Gabriel se despidió de él con más afabilidad, pero con una sonrisa burlona, como quien dice: «Está tu pleito perdido, has quedado mal». Harto lo conoció don Pedro Martín; el salón quedó casi solo cuando comenzó a decaer en su peroración, y únicamente los dependientes de los marqueses lo esperaban en la puerta para hacerle algunos elogios y darle un mediecito de oro.

Cuando ya bien tarde regresó a su casa, todo estaba en orden. Las hermanas, bostezando de hambre, lo esperaban para comer; Casilda, con la recamarera, platicando en la cocina de la carestía de la fruta y del recaudo, y Juan muy aplicado escribiendo y leyendo la gramática castellana en la biblioteca.

XXXV. Malos pensamientos y dificultades

Si cuando don Pedro Martín escuchó en el comedor la interesante conversación de Casilda y Juan, se fijó en las palabras que, calificaremos de amorosas, se le escaparon al muchacho, no lo sabremos decir, pero el caso es que pensaba hacía ya una semana en la manera de separarlos, sin que pareciera ese paso violento ni a sus hermanas, ni a la misma Casilda, y en su hora de ejercicio habitual en la biblioteca formulaba esta otra cuestión, que no acertaba a contestar: ¿tendré celos?

Un cuarto de hora dio un paseo tras otro; un poco desvanecido se detuvo y meditó:

—Sí, no cabe duda, los síntomas son muy marcados y no puedo equivocarme. Un poco de odio al muchacho; arrepentimiento de haberlo admitido en mi casa. Deseo vehemente de mirar a Casilda y decirle algo, cualquier cosa, aunque fuese una tontería. Deseo de que me responda también algo, y que se ría, porque no sé qué emoción me causa verla esa lengua tan colorada y tan fina saliendo entre dos hileras de dientes tan parejos, que ganas me han dado de tentárselos para cerciorarme de que no son postizos. Además, tengo cierto embarazo delante de mis hermanas cuando hablo de Casilda, y siento que me pongo colorado… No faltaba más… ¿Y qué tengo yo que guardar consideración a mis hermanas, ni qué demonio ni mando tienen sobre mi? Dos solteronas viejas, que por nada tienen que apurarse, pues yo les doy lo que necesitan, y más todavía de lo que necesitan para sus limosnas y sus antojos… Sí, soy dueño de mi voluntad, señor de mi casa, y si mis hermanas se molestan o se atreven a decirme la menor cosa que me ofenda, se mudarán de aquí y me quedaré sólo con Casilda.

Don Pedro Martín, después de este monólogo, continuó su paseo por la biblioteca, pero rápidamente, a grandes pasos, como si le hubieran dado cuerda y con una visible agitación; detúvose, por fin, delante de diez o doce volúmenes en pergamino que en desorden estaban en su bufete, y como dirigiéndose a ellos y consultándoles, decía:

—¿No es verdad que no son celos? ¿Celos yo de una mujercita de la calle, de una cualquiera, de una fregonera? ¡Imposible! No, no; será otro sentimiento cualquiera, pero celos no, y aunque así fuera ¡vive Dios! —continuó dando una fuerte palmada en uno de los pergaminos— que un hombre educado como yo, con vosotros, que ha pasado las noches enteras leyendo las sabias máximas que contienen vuestras amarillas hojas, no se ha de dejar dominar por un sentimiento pasajero sí, muy pasajero, y si no lo es, Pedro Martín de Olañeta, asesor del virreinato y que ha desempeñado los más elevados cargos de la República, no se dejará vencer por ruines pasiones. Si lo que tengo, en efecto, son celos, los dominaré; y si lo que tengo es amor, lo dominaré también e iré a la sepultura honrado y limpio como hasta aquí.

La carne, avara de goces y perecedera, abogaba por la causa de Casilda; pero el alma, fuerte e inmortal, rechazaba toda idea que pudiese manchar la vida ordenada y regular del magistrado.

Continuó meditabundo y fija la vista en sus polvorosos libros, cuando se abrió la puerta y de rondón se coló el marqués de Valle Alegre. Sin saludar y sin ninguna otra ceremonia se quitó el sombrero y lo tiró en un montón de papeles y periódicos en desorden, y se dejó caer en un sillón.

—Ya lo sabrá usted, licenciado —dijo, echando de los pulmones un gran resuello— estamos perdidos, arruinados completamente. La Corte de Justicia ha fallado por unanimidad en favor de ese beato hipócrita de Rodríguez de San Gabriel. Crea usted, licenciado, que no me doy un tiro en la chapa del alma porque soy cristiano y tengo un poco de miedo al infierno; pero de lo contrario, me puede creer, no hubiera puesto más un pie en la casa de usted y ahora estaría usted ayudando a mis parientes a disponer mi entierro, mandar hacer lutos, formar los inventarios, repartir las esquelas y todo ese trabajo que damos después de muertos los que tenemos título de Castilla, como si no fuera bastante la guerra que damos en el mundo cuando vivimos; pero no hay que darle vueltas, entre matarme y casarme, he escogido esto último, que quizá será peor, pero no tengo otro remedio. Sin embargo, vengo a tomar el consejo y la opinión de usted.

El licenciado que quiso, pero en vano, interrumpir tan larga peroración, lo dejó concluir y desahogarse, y él mismo tuvo también tiempo de apartar sus pensamientos del escabroso rumbo que seguían y preparar la conveniente respuesta que debía dar a su cliente.

—No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, señor marqués. Mis hermanas y muchas gentes dicen que los refranes españoles son evangelios chiquitos, y nada es más cierto. Me he cansado de decirle a usted que por más que yo hiciera con mi ciencia de abogado, que no es ninguna, un día u otro deberíamos llegar a este resultado si no decidía usted hacer una transacción con el Juzgado de Capellanías, que tuviera la base de pagar siquiera la mitad o la tercera parte de lo que debía usted de réditos; pero usted no ha querido, ni me ha escuchado.

—Sí he querido, licenciado, y cómo no había de querer ni de escuchar a usted que es mi Salomón; lo que sucede es que no he tenido, no he tenido, lo puede usted creer.

—No me gusta mezclarme en la vida doméstica, ni mucho menos en la de usted, señor marqués, a quien, además del respeto que tengo a su casa, estimo personalmente; pero no sé en qué habrá usted invertido el dinero que produjo la fabulosa cosecha de maíz que dieron las dos haciendas el año pasado; creo que debe haber excedido de ochenta o cien mil pesos, y con la mitad de esa suma que hubiera pagado, ya estaría hoy tranquilo y sin haber dado ocasión al señalado triunfo que ha obtenido Rodríguez de San Gabriel, a pesar de que me esforcé en la defensa; pero era causa perdida, señor marqués, perdida completamente: ni Papiniano, ni Justiniano, ni Ulpiano, vaya, ni el mismo Cicerón hubieran sacado a usted victorioso.

—Qué quiere usted, señor licenciado, calaveradas, cosas de la vida que no se pueden prever, compromisos que vienen repentinamente. Todo lo que usted habrá oído decir que gané en la última Pascua de San Agustín de las Cuevas, y algo más, mucho más, casi todo el valor de la cosecha, se fue en una noche. Me llevaron a cierta visita de mucho tono, de mucha importancia; yo no quería ir, pero me comprometieron, había muchachas o, mejor dicho, señoras muy respetables y comenzamos, y ya ve usted, delante de damas, no quise ser menos que los demás, ni empañar mis títulos, y todo se perdió en esa maldita noche; me quedé sin un peso, pero, como Francisco I, muy orgulloso de no haber dado mi brazo a torcer. Pero no hay que hablar ya de eso, pasó, y no tiene más remedio sino preparar el desquite.

—Eso será lo peor —contestó don Pedro Martín—; ya me figuraba que ésa sería la conclusión del cuento de tal desastre que, de verdad, no había yo sabido y siento en el alma.

—No hay miedo —contestó el marqués— mi situación es tal hoy que nada arriesgo, ya nada tengo que perder después de la sentencia. Pero lo que verdaderamente me ha indignado es la manera astuta y traidora con que compuso su discurso Rodríguez de San Gabriel, haciendo alusiones ofensivas al honor de mi casa y de mi familia. Crea usted, licenciado, que si no tuviese de por medio este asunto del casamiento, le hubiera ido a dar en su misma casa una de bofetadas a ese Rodríguez de San Gabriel, que ya hubiese tenido para un mes de cama.

—Pero ya dirían a usted —dijo don Pedro Martín— que no fue por la respuesta a Roma. Él ganó el pleito porque no había otro remedio. Jueces de palo que hubieran sido, habrían sentenciado en contra de usted, pero en cuanto a la defensa, tengo la vanidad de creer que lo hice materialmente pedazos.

—Es verdad, así me lo han contado y éste es un motivo para afirmar más y más nuestra antigua amistad. Usted es hoy el director de la antigua y noble casa de los marqueses de Valle Alegre, y lo seguirá siendo toda la vida. Es necesario confesar que si hemos llegado a esta fatal situación es por habernos separado de sus consejos.

Don Pedro Martín inclinó la cabeza de una manera respetuosa pero digna, para dar las gracias por el honor que le dispensaba el marqués de Valle Alegre, y éste continuó diciendo:

—Verdaderamente no sé dónde tengo la cabeza. El objeto principal de mi visita era hablar con usted de mi casamiento y arreglar previamente ciertas cosas indispensables: eso usted sólo lo puede hacer.

—¡Casamiento en la situación en que se encuentran sus negocios! Me parece una locura.

—Así parece a primera vista, pero es todo lo contrario. Es el único remedio posible que puedo encontrar, y además, hasta cierto punto un compromiso de honor. Ciertas palabras indiscretas que solté en otro tiempo, me obligan hoy, y no sé cómo salir bien si no me resuelvo a doblar la cerviz al yugo del matrimonio, ponerme en paz y reconciliarme con Dios y su Santa Iglesia.

—A todo esto ¿quién es la novia?

—La novia está lejos, un poco lejos de aquí, y tendré que andar muchas leguas antes de dar con ella; precisamente es una de las primeras cosas que tiene usted que arreglarme.

—¿Cómo? ¿Será posible que quiera usted, señor marqués, que le vaya yo a buscar a la novia, quién sabe a qué distancia?

—No, no es eso, señor licenciado. Lo que quiero es el avío, tal y como está y como lo han tenido toda su vida los marqueses de Valle Alegre; es decir, el uso de mulas tordillas, el uso de mulas prietas y el uso de mulas coloradas para el regreso. Veinte mozos bien montados y armados, con caballos de remuda, el hatajo de mulas con sus mejores aparejos, el coche de camino de la hacienda y las dos carretelas con sus troncos de remuda. Todo esto me lo tiene usted que salvar de las garras de Rodríguez de San Gabriel. Yo conozco mucho al Conde. Si no llego con este aparato, no habrá casamiento y adiós de esperanzas y de porvenir.

—Pero, señor marqués —le interrumpió don Pedro Martín— me está usted hablando en griego; no entiendo una palabra, y o usted ha perdido la cabeza o yo no la tengo muy en su lugar.

—Ya lo entenderá usted todo cuando lea esta carta, ella es la clave de lo que parece a usted un enigma.

El marqués sacó del bolsillo de su levita un grueso paquete de papeles, y después de registrarlos, entregó uno de ellos al licenciado.

—Lea usted en voz alta, licenciado —le dijo el marqués— necesitamos hablar y discutir, porque hay frases que no me gustan mucho y sería yo capaz de prescindir y de echarlo todo al diablo.

Don Pedro Martín, sacó del sobre la carta y leyó:

«Hacienda del Sauz, noviembre, etcétera.

Pariente:».

—¿No le parece a usted, licenciado, que es un poco llano, por no decir grosero, el principio? Se contenta con poner la fecha sin que proceda mi nombre y mis títulos, pero continúe usted.

El licenciado continuó:


He resuelto casar a Mariana. Un rico minero de Sombrerete me la ha pedido, y no le faltan papeles para probar que desciende de uno de los reyes godos; pero no obstante esto, preferiré que el nombre de mi casa se entronque por medio de un enlace con el de Valle Alegre. En otro tiempo me hizo usted una insinuación que no tomé en consideración porque Mariana era muy joven. Hoy está ya en edad de tomar estado y de ser cabeza de una noble familia.

Si usted da a esta carta otra interpretación, lo que no me atreveré a creer, será motivo de que crucemos las espadas; su brazo de usted es fuerte y su ánimo el de un noble, y por tales razones le anticipo que cualquiera diferencia que con este motivo se suscite entre nosotros, no podrá resolverse sino con las armas.

Dios le tenga en su santa guarda para bien de su familia y el buen nombre que le legaron sus abuelos. Su pariente,

El Conde de Sauz.
 

—Pero esta carta, más que otra cosa, es un desafío —dijo don Pedro Martín cuando la acabó de leer.

—Me alegro mucho de que usted la califique así. Eso mismo había yo pensado —le contestó el marqués.

—¡Qué hombre! —prosiguió el licenciado—. Natural y figura hasta la sepultura, como dice mi hermana Prudencia. Es lo más raro, lo más extravagante que se puede uno pensar. Yo he tenido con él la túnica de Cristo. Jamás una mala razón ni un gesto desagradable; le he servido en sus asuntos con lealtad, y él me ha pagado generosamente, pero dejemos eso a un lado. ¿Qué piensa usted hacer?

—Ya se lo he dicho a usted: casarme con mi prima Mariana, y no porque le tenga miedo a su padre, pero me daría pena darle una estocada o matarlo. La calificación que ha hecho usted de la carta es exactísima. O me caso o tenemos un duelo; prefiero casarme, y esto, por otra parte, me salva de la ruina. El Conde está perfectamente en cuanto a intereses. Sus haciendas no están gravadas y se hallan muy bien administradas por ese viejo don Remigio, que las hace producir miles de pesos cada año. Tiene además el Conde la camarista antigua, doña Agustina, a quien usted conoce. Sin negarle dinero cuando se lo pide, tiene tal arte para ahorrar, que cuando él cree que ya no hay un solo peso en las cajas, doña Agustina tiene veinte o treinta mil. En lo único que ha perdido el Conde, es en los negocios de minas, pero precisamente una de las de Sombrerete, en que tiene cinco barras, está en una bonanza desecha. Ya ve usted que la herencia de Mariana por parte de la difunta condesa no debe bajar de cuatrocientos mil pesos. Ya es algo que llenará el agujero que nos ha hecho Rodríguez de San Gabriel.

—Tenga usted presente, marqués —le dijo el licenciado— que el casamiento es para toda la vida. El dinero va y viene, y usted además, no queda pobre ni está completamente arruinado como cree, mientras el matrimonio es un collar de fierro que no puede romper más que la muerte.

—Collar de fierro, ha dicho usted muy bien, señor don Pedro Martín; pero un collar de fierro con medio millón de pesos se puede aguantar muy bien. Verdad es que yo he oído no sé qué cosas respecto de mi prima Mariana, que no he querido creer; y luego ese asesinato de Tules, ahijada de Agustina, ha empañado un poco el blasón de la casa, porque todo el mundo ha dicho que ese bandido, así como otros varios que yo conozco, son protegidos del Conde, y cualquier cosa se puede esperar de un hombre tan estrafalario como él, pero a todo estoy resuelto y es necesario en el mundo cerrar un poco los ojos cuando conviene.

—Nada he oído decir hasta ahora, señor marqués, contra la conducta de la Condesita. La creo buena y virtuosa como su difunta madre. Un poco dura de carácter, eso es todo; pero en algo se había de parecer a su padre.

—¡Vaya si lo sé! —contestó el marqués—. Pero yo me encargaré de mejorar, hasta de hacer su genio dulce como la miel; el matrimonio cambia mucho a las mujeres. Al que temo es al Conde, no por miedo material, pues sé que en un duelo lo mataría seguramente; no puede competir conmigo en el manejo de la espada; pero lucidos quedábamos con que fuese yo a asesinar al padre de mi mujer. Esas cosas no son para hombres de mundo, están buenas para el teatro. Para evitar cualquiera contingencia, tengo mi plan formado. Cuando el Conde esté en México, yo me marcharé a las haciendas con mi prima, es decir, con mi mujer. Cuando el Conde vaya a las haciendas, vendremos a México y en todo caso no habitaré la casa de la Calle de Don Juan Manuel, a la que tengo una decidida aversión desde que murió la Condesa. Vamos al grano y a lo que importa, señor don Pedro, pues nos hemos divagado. Quiero que usted consiga con sus buenas relaciones con los canónigos, que me dejen el avío completo, tal como se lo he dicho a usted, y que pueda yo, si me conviene, habitar la casa de la hacienda durante un año, lo demás que se lo cojan todo, que lo vendan, con tal de que no aparezca yo como expulsado.

—Lo del avío no me parece difícil, señor marqués, y se puede hacer una combinación para rescatarlo; pero lo segundo es como imposible, pues el que compre las fincas querrá, con mucha razón, entrar en posesión de ellas; haremos lo posible, y además ya he dicho a usted que no queda tan tirado a la calle. Más tiene el rico cuando empobrece, que el pobre cuando enriquece, como dice doña Dominga de Arratia, y así le sucedió a ella. Veamos, a no ser que haya usted vendido o regalado algo sin que yo lo sepa.

—Nada, nada he hecho sin conocimiento de usted, señor licenciado.

—Pues entonces, señor marqués, le queda a usted la magnífica casa en que vive con la familia; el rancho de pulques de los Llanos de Ápam, que produce treinta pesos diarios; cuatro escrituras que producen de réditos siete mil pesos cada año; papeles diversos contra el gobierno que, aunque se calculan sólo a ocho por ciento, importan cerca de cincuenta mil pesos, y el rancho de Santa María de la Ladrillera, que casi es de usted por el dinero que por mi conducto se le ha prestado al licenciado Lamparilla para doña Pascuala.

—Es verdad, todo eso me queda libre, señor don Pedro, y las alhajas que están valuadas en ochenta mil pesos; pero una parte de ellas está en el montepío.

—Haremos, si a usted le parece, una combinación.

—La que usted quiera, con tal de que me arregle pronto mis negocios para que pueda ponerme en camino, llegar a la hacienda del Conde y casarme. Vea usted la contestación que tenía ya escrita. Si le parece bien, al salir la pondré en el correo.

El marqués volvió a sacar del bolsillo su paquete de papeles, y después de recorrerlos dos o tres veces, encontró la respuesta.

—Este paquete que usted ve que cargo en el bolsillo, vale como cinco mil pesos, es decir, para mis acreedores, pues son cartas y cuentas diversas, y es necesario que yo pague esto antes de salir de México; pero no perdamos tiempo, tenga usted mi contestación al Conde y léala.

«Pariente:»

—Ya ve usted, lo trato como él me trata; continúe usted.

Don Pedro Martín continuó:


Pariente:

En vez de darnos una estocada, pronto me tendrá usted en esa hacienda, para estrecharle la mano y postrarme a los pies de mi bella prima Mariana, cuya mano acepto con el mayor respeto y placer, y la casa de los marqueses de Valle Alegre señalará como un día de ventura su alianza con la heredera del noble conde de San Diego del Sauz. Entre tanto, os saluda vuestro pariente.

El Marqués de Valle Alegre.
 

—Excelente —le dijo don Pedro Martín devolviéndole la carta.

—Ya verá usted, cada uno según su carácter. El carácter duro y altanero del Conde se reconoce con sólo leer su carta. Mi genio franco y amable se revela inmediatamente al leer la mía.

—Es verdad —contestó el abogado—. No quisiera decir mal del Conde, es un poquillo áspero pero los dotes de la naturaleza no son iguales en todo; en cambio es esclavo de su palabra, puntilloso, delicado, caballero por los cuatros costados, un hidalgo de la Edad Media; pero esto no se hace al caso, ni sus buenas ni malas cualidades harán a usted ningún mal si sigue el plan de vida que me ha indicado; mas antes de que ponga usted la carta en el correo, vuelvo a aconsejar a usted que reflexione, una, dos y tres veces, así cumplo con la buena amistad que tengo con usted y con el Conde.

—Reflexionado está una, dos y tres veces, señor Pedro Martín —le respondió el marqués—. He examinado el negocio por sus dos aspectos, y de veras no tengo otra salida más que casarme. Conozco que le hago un gran favor a mi prima Mariana.

—¡Cómo favor! —no pudo menos que exclamar el abogado interrumpiendo al marqués.

—Sí, señor, favor, y mucho más, aunque no lo crea —prosiguió el marqués, muy entusiasmado y con el tono de la más perfecta convicción—. En primer lugar, mi prima ya estará jamona. No es una niña, que digamos; era bonita, pero no sabemos si se habrá descompuesto con tantos viajes y vueltas a la hacienda y con los regaños y brutalidades, sí, señor, brutalidades del Conde; en segundo, yo sé que ha tenido sus amores con un cierto capitán. Una conversación que oí sin querer al coronel Baninelli, en casa de unos amigos, me dio mucho en qué sospechar.

—¿Qué se atreverá usted a pensar, señor marqués, que la Condesita no se ha conducido como lo mandan su religión, el decoro y la noble cuna en que nació?…

—No, eso no; pero ya ve usted, una muchacha que ha tenido amores, ya no tiene el corazón virgen, y el marido viene ya en segundo lugar.

—Marqués, de verdad que creía yo a usted hombre de mundo. A los veinte años, toda joven, que más que menos, ha tenido sus amorcillos. Elija usted una niña de quince años, y educada en un convento, y entonces será usted su primer amor, y aún ¿quién sabe? Porque, como dicen mis hermanas, el corazón no se manda.

—Tiene usted razón, estamos discutiendo inútilmente el pro y contra. Pues que estoy resuelto a casarme, no hay que hablar de ello. Lo que deseo es que me arregle usted mi viaje, y se desengañe que con todo y el inventario que rápidamente hemos hecho no he quedado rico. Creo haberle dicho a usted que hemos vivido en familia tirando y gastando dinero y con el decoro que exige nuestro rango de la sociedad. Ahora que, como dirían las hermanas de usted, les vemos las orejas al lobo, hermanos y hermanas, y primos que tienen legados en el testamento de nuestro difunto padre, piden cuentas y no hemos dejado de tener nuestros disgustos. Créame usted y ayúdeme; con todo y que me sacrifico y le hago mucho favor a mi prima Mariana, no tengo más remedio que el casamiento o la bancarrota, el escándalo, y acabar con tragedias dándonos el Conde y yo de estocadas. Él es valiente y no retrocede, ni yo tampoco. Los dos sabemos bien una terrible estocada al ojo derecho, y el más ligero y de mejor puño quedará con vida.

Don Pedro Martín inclinó la cabeza afligido y disgustado de tener que intervenir en este asunto, que no veía muy claro ni muy leal de parte del marqués. Se casaba con Mariana únicamente por el interés, y esto no parecía bien a la conciencia recta y honrada del abogado. Después de un rato de meditación y como resignado, se levantó del sillón, dio unos pasos y volvió al bufete dirigiéndose al marqués.

—Bien —le dijo— en lo del casamiento, francamente, no es de mi opinión y me lavo las manos; en cuanto al material arregló de sus intereses, le ayudaré a usted, no quiero abandonarlo cuando, sea como fuere, usted ha perdido su pleito. Oiga usted mi plan: Tengo quien compre la escritura con un descuento moderado. Con ese dinero se desempeñarán las alhajas.

—Sí, cabal —interrumpió el marqués—, ¿y cómo no me había ocurrido? Usted me salva, señor don Pedro Martín. Desempeñando las alhajas puedo dar unas donas a mi prima Mariana como si fuese yo un rey. Esto, lo sé muy bien, ablandará a mi feroz pariente y no pasará la luna de miel sin que haya yo recibido la herencia de la difunta condesa…

Don Pedro Martín hizo un gesto e interrumpió al marqués.

—Si no me deja usted acabar… —le dijo algo enfadado.

—Tiene usted razón, ya escucho y callo.

—En vez de pedir favor a los canónigos o a Rodríguez de San Gabriel, retira usted su avío y lo paga al contado, rompe o guarda ese paquete de papeles que tiene en el bolsillo satisfaciendo sus deudas y le sobra todavía para el viaje y para vivir algunos meses cuando regrese, sin tocar los productos del rancho, que puede usted dejar a la familia entretanto se liquidan las cuentas.

—Lo decía, señor don Pedro Martín, usted me ha salvado. Conforme en todo, convenido. Comience usted a trabajar y dígame qué día puedo ponerme en camino.

—Dos semanas, a todo lo más.

—Convenido, estaré listo. En menos tiempo arreglaré yo mis pequeños negocios privados, ya sabe usted, historias comunes de solterones calaveras, pero no hablo a usted de nada de eso, que lo escandalizaría. El primer negocio es echar la carta al correo.

El marqués estrechó la mano de don Pedro y salió precipitadamente de la casa, muy contento, a echar su carta al correo, fue en seguida a su casa a participar a la familia que su casamiento quedaba arreglado, y que antes de dos semanas se pondría en camino para recibir la mano de su prima Mariana. Como les añadió que recibiría cuatrocientos mil pesos de herencia de la difunta Condesa, cesaron en el acto los disgustos, los semblantes se pusieron placenteros, poco faltó para que se abrazaran y se dieran de besos los hermanos y primos; el apetito vino con el contento, y en la espléndida mesa del marqués no se habló más que de las donas y de los preparativos del viaje.

Don Pedro Martín, luego que el marqués salió de la biblioteca, se levantó, y como de costumbre lo tenía, y parece ser la de los abogados viejos, se comenzó a pasear, olvidando por un momento los personales asuntos que pocas horas antes lo preocupaban.

—¡Qué mundo, qué mundo! ¡El dinero y siempre el dinero! La que va a ser sacrificada va a ser la desventurada Condesita; pero quizá mejorará de condición, porque al lado del Conde y enterrada en esa soledad de las haciendas, hasta el juicio puede perder. Esta única reflexión me ha hecho encargarme de los negocios del Marqués. Cuanto más pronto, mejor. Escribiré una carta al tocayo Jorrín, que desea comprar la escritura.

Juan abrió repentinamente la puerta y entró asustado.

—¿Por qué entras de rondón, bribonzuelo? —le dijo don Pedro Martín algo enfadado y dejando la pluma que había tomado para escribir la carta.

—Señor, un hombre tocó la puerta; no sé por qué me dio gana de abrir yo, antes que lo hiciera…

—Bien ¿y qué? —le interrumpió el abogado—. Habla pronto.

—Preguntó —continuó Juan— si en esta casa servía una mujer llamada Casilda.

—¡Cómo! ¡Cómo! ¿Es verdad esto? —volvió a interrumpir don Pedro Martín—. ¿Y qué has contestado? Pronto, di ¿qué has contestado?

—Que no conocía yo a ninguna Casilda, y que aquí no había más criado que yo y una cocinera muy vieja.

—Bien, bien contestado; nadie tiene que meterse en los interiores de mi casa —dijo don Pedro respirando, volviendo a tomar la pluma y disimulando su emoción—. Ve, Juan, a tus quehaceres —continuó—. Te has portado como un muchacho inteligente. Ya sabes, si tienen el atrevimiento de volver, la misma respuesta.

Juan se marchó a la cocina a contar a Casilda lo ocurrido. Don Pedro Martín concluyó de escribir, cerró la carta y se puso a pasear y a meditar.

—¡Qué maliciosos y qué astutos son estos provincianos! Vienen a México que parece que no saben quebrar un plato, y a los pocos años, qué digo años, a los pocos meses, nos dominan completamente. Este compañero Bedolla quiere subir al Ministerio de Justicia; sus escalones son los infelices a quienes tiene presos, y el último peldaño será Casilda. ¡Vive Dios que no se saldrá con su intento! Pero ¿qué hacer? Este hombre que ha venido a indagar es enviado por él. Es un lazo que el abogado joven se atreve a tender al abogado viejo. Pues que yo he ido a leer la causa, luego en mi casa se oculta Casilda. Es el silogismo del malicioso y del astuto. Pero ¿qué hacer? Me devano los sesos y no encuentro la manera de que Casilda quede fuera de su alcance.

Después de este monólogo quedó en silencio don Pedro Martín, se sentó en su sillón y se puso el dedo en el labio superior.

—Imposible, imposible, no encuentro parte segura. En mi casa ya no lo está; puede, sin peligro de ella y mío, permanecer un día más…

Repentinamente se dio una palmada en la frente.

—¡Qué animal! No sé para qué me han servido tantos estudios y tantos años de vida; pero ya di en el clavo. Casilda está ya salvada.

Don Pedro Martín entró a las recámaras a buscar a sus hermanas. Habían salido, pero a poco rato entraron y venían de la casa de doña Dominga de Arratia; un hombre sospechoso según decían había estado a preguntar si servía de criada una llamada Casilda.

Doña Dominga dio la misma respuesta que Juan.

—Mira, Coleta —le dijo a su hermana—, tú misma vas a tomar un coche al sitio, mientras yo escribo una carta al señor vicario de monjas. Te llevas a Casilda, subes con ella a la casa del canónigo, no la vayas a dejar sola en el coche. El canónigo te dará una orden para la superiora del convento de San Bernardo, donde entrará Casilda como niña.

—¿Cómo niña? —preguntó asombrada Coleta.

—Sí, como niña —contestó imperiosamente don Pedro—, yo pagaré su pensión.

—Bien, haré lo que tú dispongas, Pedro —le contestó Coleta.

—En el convento se llamará Rosalía Camacho, originaria de Valle del Maíz. La recomendarás de mi parte a la superiora, diciéndole que es mi voluntad que no baje a la portería por ningún motivo, a no ser que alguno de nosotros vaya a verla. Mientras tú vuelves daré mis consejos a Casilda.

Casilda, llena de miedo por lo que Juan le había contado, y temiendo caer o en manos del juez o en poder de Evaristo, entró descolorida y temblando.

—Estás salvada, muchacha; serénate y que te vuelvan los colores a la cara. Te has portado bien y sentimos que te separes de la casa.

Don Pedro Martín dijo con cierto acento de ternura y de abandono estas palabras, como el hombre que diría: «Voy a acabar con mi vida, voy a morir»; pero no se atrevió a mirar a la muchacha.

Casilda, llena de gratitud, miró al suelo con sus ojos húmedos.

Hubo un momento de silencio; pero el viejo licenciado se dominó y dio muy minuciosas instrucciones y muy saludables consejos a su protegida.

La hermana volvió y ella y la bella Casilda montaron en el coche, dirigiéndose a la casa del viejo vicario de monjas.

—En cuanto a Juan, es muy sencillo; ni lo buscan, ni lo conocen; pero es bueno quitarlo de aquí —dijo el abogado dirigiéndose a su hermana Prudencia, que se había quedado acompañándolo—. El jueves debe venir por aquí el compañero Lamparilla, y le voy a recomendar que se lo lleve al rancho de Santa María de la Ladrillera, donde será muy útil a doña Pascuala.

XXXVI. Salvados por milagro

De los dos pasajeros y tripulación de la trajinera, las dos mujeres, con sus jaulas de pájaros, habían pasado del sueño tranquilo que dormían al sueño eterno de la muerte, hundiéndose con la canoa. El más borracho de los remeros nadó, haciendo un esfuerzo supremo; pero en vez de tomar la derecha del canal, se dirigió a la izquierda y la corriente se lo llevó; el otro remero, con la muchacha sirvienta, sin saber cómo, ya tocando el fondo con los pies, unas veces, y otras dando brazadas con desesperación, fueron a dar a un tular cercano que formaba un islote. Cecilia, que era, además de esforzada, buena nadadora, habría podido llegar también al islote desde donde le gritaban ansiosamente el remero y su criada; pero generosa y buena, no quiso abandonar al licenciado Lamparilla. Los dos transidos de frío, mientras más esfuerzos hacían apoyando sus pies en el fondo fangoso, más se iban sumiendo, y línea a línea, minuto a minuto subía el agua a sus labios, de modo que tenían que cerrar fuertemente la boca y taparse con una mano las narices para no tragar las ondas suaves y plateadas que levantaba en el lago el viento de la montaña. Evaristo únicamente estaba en un cimiento sólido y con toda la cabeza fuera del agua; pero acobardado y aturdido porque, por un fenómeno que debe repetirse entre los criminales, en esos momentos veía flotando entre las corrientes el cadáver de Tules, que se le acercaba para hundirlo en las aguas. Desde el día del asesinato, era la primera vez que le había venido a la mente el recuerdo de su crimen.

Hacía nada más media hora que se había hundido la canoa, y parecía un siglo de agonía a los desventurados náufragos. Cecilia, con calambres en las piernas, apenas podía sostenerse, y estaba ya resignada y decidida a hundirse; pero, cosa extraña, en lances semejantes, hacía esfuerzos enérgicos más por sus compañeros de desastre que por ella misma. Mas esa peligrosa escena debía tener un fin; la corriente era cada vez más fuerte y el viento frío entumecía sus miembros.

Levantando cuanto pudo su cabeza Cecilia fuera del agua, le dijo a Lamparilla:

—¡Licenciado, encomiéndese usted a Dios, porque no hay ya remedio! Los calambres me van a volver, y no podré sostenerme ya en pie, y al sumirme en el agua se sumirá usted conmigo.

Lamparilla que desde al principio se había agarrado como una ancla de salvación a uno de los gordos brazos de Cecilia, no pudo responder una palabra; él mismo estaba acometido de calambres y a dos dedos de la muerte. No hizo más que abrazarse a Cecilia, decidido a salvarse o a morir con ella… No había remedio; cinco minutos más y todo acababa para la guapa frutera y el simpático Lamparilla.

El golpe de dos remos que batían acompasadamente el agua se escuchó. La vida llegaba en una frágil embarcación a esos desdichados.

En efecto, era una chalupa cargada de mazorcas de maíz y de berros la que se acercaba.

Cecilia tuvo la energía de dar un grito y la chalupa se acercó.

—¡Tira al agua tu carga y acércate más; pronto, pronto!

El patrón de la chalupa era uno de tantos propietarios de tierras y huertas de las orillas del canal, que hacía su comercio diario de berros para los caballos y de mazorcas para las eloteras, y en cada viaje redondo se ganaba cuatro o cinco pesos.

Se acercó, y con la claridad de la luna conoció a Cecilia.

—¡Patrona! ¡El Santo Cristo de Chalma nos valga! ¿Qué ha sido esto?

—Yo te pagaré cuanto quieras, Jacinto —le contestó Cecilia—, pero pronto, nos estamos ahogando. ¡Licenciado, agárrese del borde de la chalupa y déjeme libre; pero no se cargue porque se volteará la chalupa, y entonces no hay remedio!

Lamparilla con el instinto de conservar la vida, se agarró del bordo de la chalupa y pudo sacar un poco la cara del agua, mientras el patrón empezó a echar al lago los berros y las mazorcas; pero se presentaba una dificultad invencible. ¿Cómo Lamparilla y Cecilia podrían entrar en la chalupa, que era muy frágil, sin volcarla?

Cecilia pensó en esto, pero viéndose libre de la presión de las manos de Lamparilla y dejando a éste en menos peligrosa situación, hizo un esfuerzo y a nado abordó el islote de tule donde se refugiaron el remero y la sirvienta. Todo esto fue obra de instantes.

La posición de los náufragos había mejorado, pero estaban todavía muy lejos de creerse salvados. Jacinto acabó de echar su carga al agua, dio la mano al licenciado Lamparilla, formando contrapeso con su cuerpo para que no se volcase su frágil embarcación, y logró que tuviese el pecho fuera del agua.

Toda la religión y las creencias que enseñó su madre cuando niño al licenciado, le volvieron en aquel instante, y las escuadras y el ojo del Espíritu Santo y los mandamientos de las logias masónicas le parecieron figuras de Satanás, y exclamó con verdadera fe:

—¡Gracias, Dios mío, porque me has salvado la vida!

Un canto monótono se escuchó, que formaba una melancólica cadencia unido con el ruido soñoliento de las ondas y el golpe de los remos. Era una canoa grande de los Trujanos, que cargada de cebada se dirigía a México.

Ya estaban salvados.

Cecilia, desde el tular, gritó de una manera particular a los remeros, y éstos se acercaron inmediatamente.

—Saquen al licenciado, primero —dijo Cecilia a los remeros de la canoa— y después arrímense acá.

En un minuto los remeros atracaron al lado de la chalupa, tomaron a Lamparilla por debajo de los brazos y lo izaron, escurriendo agua, yerbas y pescaditos, y lo colocaron en el montón de cebada.

En seguida se dirigieron al islote de tule, y de un salto entraron a bordo el remero, la sirvienta y la capitana.

—Yo compro toda la cebada —les dijo Cecilia a los remeros— me entenderé con don Sabás; pero enderecemos a Chalco y a remar fuerte para que podamos llegar a la madrugada. ¿Cómo nos va a ver la gente así?

En efecto, el remero estaba completamente en cueros, lo mismo que la sirvienta, que se había desnudado para acostarse, poco antes del naufragio; en cuanto a Cecilia, había conservado su camisa, pero la tenía pegada al cuerpo, y era lo mismo que si no la tuviese. El licenciado tenía completo el vestido, pero en sus calzoneras de paño y en su chaqueta se habían pegado tantos animalillos del lago y tantas yerbas menudas, que era un mosaico.

Con todo y el frío, el susto y las terribles emociones del que ha estado a punto de perder la vida, no pudo menos el licenciado que echar una mirada y recorrer con ella en un segundo el hermoso cuerpo de Cecilia, y sin poderse contener la estrechó en sus brazos; pero de gratitud, de alegría, atacado de una especie de locura de verse seguro entre la cebada de la canoa, cuando un momento antes tenía ya el agua en la garganta.

—Jacinto —le dijo Cecilia al patrón de la chalupa— rema muy recio para que llegues a Chalco una hora antes que nosotros; te vas a mi casa y me traes una muda de ropa y otra para la Marica, y compras o pides prestado o haces lo que puedas, pero le traes también jorongos, sombreros y vestidos para el señor licenciado y para este pasajero; no es posible que las gentes de Chalco nos vean desnudos: se van a reír de nosotros.

El patrón de la chalupa empuñó sus remos y pronto desapareció en uno de los tornos del canal.

—¿Y los demás pasajeros y el remero? ¡Cristo Dios! ¡Se han ahogado!…

—Me tocó la suerte, doña Cecilia —dijo Evaristo— de estar sobre los tercios de mantas, y como ésos, por su mismo peso, se asentaron en el fondo, siempre conservé la cabeza fuera del agua.

Evaristo, mientras que sacaban al licenciado, se había brincado a la proa de la trajinera de Trujano y puesto en seguridad antes que Cecilia.

—¡Qué figuras, Dios de Dios! —continuó diciendo Cecilia, queriendo reír como si nada hubiese pasado, y mirando a Lamparilla y a Evaristo cubiertos de yerbitas y dando diente con diente—. No hay más que enterramos en la cebada, pues yo estoy como mi madre me echó al mundo. ¡Y no hay que ver mucho! —continuó algo enojada, observando que, a pesar del frío y del susto, los dos hombres no le quitaban la vista—. Bastante han visto, y más bien es hora de dar gracias a Dios que nos ha salvado por un milagro, que no pensar en otras cosas.

Y diciendo y haciendo, se enterró en la cebada, que formaba, como es la costumbre para cargar lo más posible, una especie de pequeña montaña, y sólo le quedó la cabeza fuera.

Lamparilla y Evaristo quisieron imitarla, retirándose cada uno a los dos extremos de la canoa, pero no pudieron y derramaron el agua, permaneciendo de pie y transidos de frío, hasta el punto de no poder hablar una palabra.

Los remeros desatracaron la canoa y haciendo esfuerzos que se conocían bien en el resoplido de sus pulmones, salieron en breve de aquella fuerte y peligrosa corriente y tomaron el centro del canal.

A poca distancia, con los reflejos de la luna, divisaron un bulto flotante, que tan pronto se hundía como volvía a reaparecer en la superficie.

Era el cuerpo del remero ahogado.

Alentados por Cecilia, que les ofreció una buena gratificación, trabajaron los remeros tan bien, que al amanecer llegaron a Chalco. El patrón de la chalupa ya esperaba a los náufragos. Para Cecilia trajo una muda completa de ropa, con que discreta y honestamente se vistió cubriéndose siempre con la cebada; para los dos náufragos pudo apenas conseguir unos calzoncillos blancos y sucios de otros remeros y unas frazadas viejas, y en ese pelaje desembarcaron en el atracadero de Chalco, sin que las pocas gentes que andaban en la calle fijaran su atención en ellos.

Cecilia los llevó a su casa, donde, aunque en una especie de revoltura y de descuido, menos en la pieza en que ella dormía, no faltaba nada para un lance como el que había ocurrido. Desayunaron con un apetito como si en ocho días no hubiesen comido. Lamparilla y Evaristo se enjugaron y limpiaron; después, uno en un buen colchón y el otro en unas hojas de maíz, se acostaron; abrigados con buenas frazadas y con una copa de aguardiente de Cuernavaca en el estómago, no tardaron en dormirse. Cecilia se encerró en su cuarto, se lavó de pies a cabeza, y en su buena y mullida cama no tardó tampoco en encontrar el descanso y el reposo que exigían las fuertes emociones de tan terrible noche.

Durante tres días la frutera prodigó a sus huéspedes las mayores atenciones, aunque con sus maneras naturales y bruscas, dándoles de comer y beber abundantemente, proporcionándoles el que adquiriesen ropa y lo demás que necesitaban y sirviéndoles en cuantas comisiones se les ofrecieron. Los huéspedes se mostraban muy contentos y no sabían cómo expresar su gratitud; pero no daban trazas de marcharse. Los dos tenían sus designios, pero los dos disimulaban lo más que podían y ninguno hallaba cómo despedirse ni ser el primero que saliese de aquella casa, que les había salido a su gusto y donde, además de pasarse una vida regalada, tenían esperanzas de mayor felicidad.

Lamparilla estaba celoso de Evaristo y revolvía en su cabeza todo género de proyectos no sólo para deshacerse de pronto de su rival, sino alejarlo para siempre de Chalco.

Evaristo, de pasiones brutales, alimentaba siniestros proyectos, hasta el grado de estar formando en su cabeza diversos planes para atacar en el camino al licenciado y matarlo; pero además de que no tenía de pronto elementos, le sobrecogía el miedo de ser descubierto.

Cecilia, fastidiada y asombrada de la calma de sus huéspedes, se decidió a cortar las dificultades en que se encontraban.

Aprovechando una corta ausencia del tornero, habló a Lamparilla.

—Oiga, señor licenciado —le dijo— mi casa y lo que tengo es de usted, sin que me quede nada dentro; y no lo hago por el dinero; pero yo no tengo en el pueblo más que mi pobre honra, y ya ve usted que no está bien que dos hombres estén viviendo en mi casa. Ya saben las gentes la desgracia que tuvimos y que di a ustedes un rinconcito; pero ya van tres días.

—Precisamente te quería hablar de esto, Cecilia; tienes razón. Espero que mi criado llegue de México con mis caballos, ropa y cartas de recomendación que se perdieron en el naufragio para marcharme a Ameca; pero ya que se trata de que nos separemos, te haré una pregunta, pero me contestas con verdad. ¿Ese hombre, que no sé por qué se me sienta en la boca del estómago, se va quedar aquí?

—Poco me conoce usted, señor licenciado; no soy muy fácil, y para entregarme a un hombre sería menester que lo quisiese mucho, y en caso de echarme por lo malo, lo haría mejor con usted, que al fin es una persona conocida y decente, que no con ese figurón que sepa Dios quién lo parió.

—No sabes cuánto te agradezco lo que me acabas de decir —le contestó muy entusiasmado Lamparilla—, te creo, pues ningún interés tendrías en engañarme, y es necesario que sepas que estoy loco por ti, lo que se llama loco, y si no te resuelves a quererme, seguro que a mi vuelta a México, en vez de ocuparme en mis negocios, me llevarán a San Hipólito.

—¡Ah qué señor licenciado tan chistoso! —dijo Cecilia echando una franca carcajada de risa—. ¿Conque loco por una frutera, por una trajinera? Si yo me resolví a no ahogarme fue por no abandonar a usted; eso nada tiene de particular, pues así debe uno obrar con el prójimo, y si consentí en que me tuviese abrazada toda la noche ¿qué había de hacer? Yo pensaba que si le quitaba a usted las manos de donde las tenía, se sumía, y no había modo de sacarlo; pero no vaya por eso a creer…

—Agradecido, y por toda la vida. Tú me has salvado de la muerte más terrible y más ridícula. ¡Ahogado, como quien dice, en un charco de agua y comido por las ranas, por los juiles y por los mesclapiques! Te aseguro que se me han quitado las ganas de volver a viajar por el canal, y mejor haré la jornada a caballo; pero dejemos esto, que es triste. ¿Te enfadarás si te doy un abrazo?

—Lo que es eso no, y ya puede…

Lamparilla no la dejó acabar, sino que se precipitó sobre Cecilia y le dio un abrazo tan apretado, que con todo y ser ella ancha y fuerte de pechos y espaldas, poco faltó para sofocarla. Al desprenderse le tronó un beso en medio de sus labios gruesos y húmedos.

Cecilia respiró, se sonrió y se limpió la boca con su brazo redondo y cubierto con una suave pelusilla negra.

—Lo que debía usted hacer, señor licenciado, antes que otra cosa —le dijo Cecilia, sin darse por recibida del ardiente beso— es mandar hacer dos milagritos de plata y un retablo para colocarlos en la capilla del Señor del Sacro Monte, pues a él me encomendé y él nos ha salvado enviándonos a Jacinto con su chalupa y después la canoa de don Sabás Trujano. Creía que ya el frío del agua me entraba a los huesos, con todo y que están cubiertos de buena carne —y Cecilia mostró al licenciado su otro brazo desnudo—. Un cuarto de hora más y usted y yo nos vamos al fondo abrazaditos como marido y mujer.

—Corre de mi cuenta. A mi vuelta a México mandaré pintar el cuadro en la Academia de San Carlos, y tú estarás allí retratada en miniatura; ya arreglaremos eso. Los milagritos representarán uno a ti y otro a mí, hincados de rodillas, implorando con las dos manos juntas el auxilio del Señor del Sacro Monte; así se usan y así los mandaré hacer al platero Martínez, y a ti te regalaré no sé qué, porque quiero darte hasta mi camisa.

—No se moleste ni piense en eso, señor licenciado —le contestó Cecilia— con el retablo y los milagritos quedo contenta. Gracias a Dios, no falta algún dinerito para reponer la trajinera y volver a trabajar. Si usted lograra echar de la plaza a ese San Justo, que es el que debe de haber hecho un agujero en la canoa, volvería yo a atender mi puesto allí y antes de seis meses ya estaría ganado lo que se perdió en esta vez.

Tan interesante conversación, al menos para Lamparilla, fue interrumpida con la llegada del criado que volvía de México con los caballos, la ropa y las nuevas cartas de recomendación del teniente de la garita de San Lázaro, el cual felicitaba al licenciado por la fortuna con que había escapado de la muerte. Al mismo tiempo Evaristo apareció en el patio, y como indeciso si entraba o no a la sala.

—Pase, Don, nada tenemos de secreto —le dijo Cecilia a Evaristo—. El señor licenciado se está despidiendo, pues ya le urge marcharse a sus quehaceres; esto es todo.

Evaristo entró como titubeando y con cierto embarazo, quitándose respetuosamente el sombrero nuevo, galoneado de plata, que había comprado en la tienda de la plaza. Lamparilla apenas agachó la cabeza con cierto desprecio, y salió a hablar con el mozo.

Durante los tres días, Evaristo había habitado un cuarto lejano e independiente, y Lamparilla una buena recámara en la misma habitación de Cecilia, y sólo a las horas de comer se cambiaban palabras insignificantes.

Esos dos hombres se odiaban mortalmente.

—Siéntese, Don —volvió a decirle Cecilia, arrimándole una silla.

—Me llamo Pedro Sánchez —le interrumpió el tornero con alguna altanería—. Soy de tierra adentro, vendí una casita y con algún dinerito vengo por acá a comerciar y a trabajar para ganar mi vida. Por fortuna o por la voluntad de Dios, tenía bien amarrados en la cintura mis ahorritos, y aquí los tiene usted.

Evaristo sacó de su bolsillo un puñado de monedas de oro, y sonándolas las mostró a Cecilia.

—Guarde su dinero, que cada cual es dueño de lo suyo, y no le voy a cobrar nada por haber estado tres días en esta casa, que al fin mi canoa fue la que tuvo la culpa. Lo que quería decirle es que como el licenciado se marcha a sus quehaceres… y no es que tenga miedo a los hombres, y un regimiento no me espanta; pero las gentes son habladoras y no quiero que nadie tenga que morderse los labios por mí. ¿Lo entiende usted, Don?

—Ya tengo un cuarto en el mesón —le contestó Evaristo— y no había necesidad de que me echara de su casa.

—¿Lo toma usted a la mala? —dijo Cecilia con cólera—. No me faltaba más que eso. Métase a ser completa con las gentes, y así sale una.

—No, nada de eso, doña Cecilia —le interrumpió Evaristo refrenándose y cambiando de tono—, y antes, para que vea que no hay malicia, me hará favor de tomar estas arracadas de coral que compré en la tienda cuando fui a buscar este sombrero.

Cecilia cambió también de tono y tomó en la mano los aretes que le presentó Evaristo.

—Muy bonitas —le dijo— y hacen juego con mis gargantillas, y las tomo; pero le he de dar lo que costaron, pues así no creerá que me quiero pagar de la comida y alojamiento de estos días.

Evaristo insistió en que las recibiera y Cecilia en rehusarlas, hasta que por fin convino en guardarlas; pero entró a su recámara y volvió a poco con dos chapetones de filigrana de plata.

—Para su sombrero, que le faltan —le dijo a Evaristo dándole las chapetas— y no averigüemos más.

Evaristo, lo mismo que el licenciado, tuvo los más vivos deseos de declarar su amor a Cecilia, pero se contuvo y lo dejó para mejor ocasión. Despidióse de Cecilia tendiéndole la mano, que ella rehusó, y salió del patio.

Lamparilla, que había arreglado su maleta, reconocido el cincho y las arciones y calzado las espuelas, montó en su caballo.

—Un último abrazo desde aquí, Cecilia, y hasta la vista Si de regreso te encuentro, bien; y si no volveré dentro de unos días con los milagritos de plata y un pintor de la Academia para que te retrate y se pueda hacer el retablo. Los dos iremos juntos a colocarlo a la capilla del Señor del Sacro Monte.

Cecilia se prestó de buena voluntad a que, inclinándose desde el caballo, le abrazara en el cuello.

Lamparilla, echándola de jinete, prendió las espuelas al caballo y de un salto estaba ya fuera de la puerta, a galope tendido atravesó las calles y enfiló la calzada con dirección al pueblo de Ameca.

XXXVII. Ameca

¡Lo que es la naturaleza humana! Tres días habían pasado únicamente desde la noche en que la luna llena, reflejando ondas de plata en la Compuerta, iba a terminar la existencia de Lamparilla, y ya todo lo había olvidado.

Caminando al sochi galope por la ancha calzada, envuelto en una nube de polvo calizo y goteando el sudor por entre el bordado sombrero jarano que le habían enviado de México, se reconcentraban sus pensamientos exclusivamente en Cecilia, y se proponía buscar al mejor artista, por ejemplo, a Tirso Lizariturri, para llevarlo a que hiciese un retrato en miniatura a fin de quedarse con él y colocarlo en su cuarto reservado, donde tenía estampas de colores y cuadros al óleo bastante buenos, pero que una niña doncella no hubiese podido contemplar sin peligro. Lamparilla estaba realmente preocupado, y arrimando un poco la espuela al rosillo que montaba, se tragaba terreno sin sentirlo y se divertía formándose castillos en el aire.

—Si no puedo conseguir esta mujer de otra manera ¿por qué no casarme con ella? ¿Quién me lo impedirá? Soy chino libre y no tengo a quién darle cuenta de mis acciones. Cecilia es riquilla, calculo que tendrá sus diez o doce mil pesos; es trabajadora; honrada, sí, muy honrada, y apostaría cualquier cosa a que todavía es doncella. No tengo más inconveniente que el ¿qué dirán?, pero digan lo que quieran. En materia de casamientos, el interesado es el único juez competente. Además, Cecilia es una especie de mujer fuerte de la Escritura. Una de esas señoritas delicadas que les da catarro con sólo el aire de una puerta abierta, se habría muerto de frío en el canal, y en todo caso me habría abandonado a mi suerte.

Lamparilla tiraba un poco la rienda de su caballo y lo dejaba ir al tranco para meditar con placer cómo había tenido más de una hora estrechada entre sus brazos en el canal a esa improvisada náyade, más seductora que todas las náyades de los poetas clásicos, y cómo su robustez y su calor (a pesar de estar hundida) le dieron fuerzas para sostenerse y escapar con vida.

Acabada esta piadosa meditación con los ojos cerrados para procurar ver entre el polvo y el sol reverberante la figura de Cecilia, volvía al sochi galope y seguía murmurando entre dientes sus proyectos y sus planes.

—Yo bien conozco esta sociedad mexicana que se traga bueyes y se escandaliza con un mosquito. Mis clientes me abandonarán, don Pedro Martín de Olañeta, que no conoce el amor ni le gustan las mujeres, me echará un sermón; pero ¿qué me importa esto? Voy a poner mis cinco sentidos y a no dedicarme a otra cosa que a concluir el negocio de Moctezuma III. Probablemente mis honorarios me los dará doña Pascuala en una hacienda de las muchas que vamos a rescatar, y yo la escogeré. Me caso con Cecilia, me meto en la hacienda a trabajar y me río del mundo. Lo único que me detiene es la falta de educación de Cecilia; tiene maneras bruscas y palabras ordinarias, como que no ha tratado más que con arrieros, remeros y gente del pueblo. Es menester confesarlo, su educación y la mía no son iguales, y en el matrimonio esto es causa de disgustos y aun de pleitos. ¿Qué cara pondré si convido a mis amigos a un almuerzo a la hacienda y suelta alguna palabra como pechar, jambar y otras por el estilo? Pero ¡qué tonto soy! Jamás, aunque no la haya tratado mucho, le he oído palabras semejantes, y por el contrario, se conoce que quiere imitar a la gente decente. ¡Qué niñerías! ¡Pararme en estos pelillos! Yo la educaré, la enseñaré hasta francés, aunque bien necesito volverme a dedicar con mi maestro Touseau a acabar de aprender esta lengua, que se va haciendo de moda. La cuestión grave es la del traje. En el momento que Cecilia se ponga túnica, tápalo y medias, pierde sus atractivos. Ese pie desnudo, gordo y pequeño, que parece un tamalito, calzado con un zapato de raso café o verde oscuro, y esas enaguas altas que dejan ver hasta la pantorrilla al tiempo de dar el paso… Vamos, eso es lo sabroso… Imposible de que pueda llevar la ropa con el aire y desembarazo que las hijas del comisario o las marquesas de Valle Alegre… No hay más remedio, viviremos en la hacienda el uno para el otro, y no cambiará de vestido. En fin, como gane yo el pleito de Moctezuma III y entremos en posesión de las haciendas que ya comienzo a divisar desde aquí, se allanarán las dificultades.

En estos coloquios, entró nuestro licenciado paso a paso y con un dolor de caballo que le acometió, al pintoresco pueblo de Ameca-meca, que más adelante describiremos a nuestros lectores. Apeóse en una especie de casa de huéspedes que le indicó una persona que pasaba cerca de él, y a la que preguntó dónde estaba el mesón o en qué parte podría alojarse con su mozo y caballos. La casa tenía tres o cuatro piezas, un extenso corral y una buena caballeriza techada de tejamanil. La propietaria, que era una señora viuda, de cierta edad, convino en recibirlo a él, a su mozo y caballos por un par de pesos diarios. Parecióle caro al licenciado, pero ya por las buenas maneras de la patrona, ya por no echarse por el pueblo en busca del mesón, decidió quedarse allí.

Quitóse las espuelas, sacudióse el polvo, encargó a la patrona una buena cena, y se dirigió a la casa del Presidente del Ayuntamiento o, como diríamos, al Alcalde Mayor. Encontróse con un hombre alto, fornido, quemado de rostro y de feo entrecejo, que no le cayó muy bien; pero no tenía otro remedio, era preciso tratar con él y después de los cumplidos de estilo, le entregó la carta de recomendación del teniente de la garita de San Lázaro.

Muchos agasajos hizo al principio el alcalde a Lamparilla, mas cuando acabó de leer la carta su fisonomía cambió notablemente, y con medias palabras forzadas dijo que no podía desairar la recomendación de un tan buen amigo, que se contara con él y que al día siguiente reuniría al Ayuntamiento.

—Se trata, señor alcalde —le dijo Lamparilla— de una cosa muy sencilla. Como ve usted por la carta, soy el patrono de Moctezuma III, heredero directo del gran emperador azteca Moctezuma II. En el archivo de este Ayuntamiento existe una real cédula del emperador Carlos V concediendo a Moctezuma II y sus sucesores y herederos, los terrenos, bosques y aguas de la falda del volcán que colinda con este pueblo, y además ocho haciendas situadas en esta jurisdicción y cuyos nombres constan en la misma real cédula y que, asomándose usted a la ventana, puede ver desde aquí. Obtenida, como deseo, copia certificada de estos papeles, con ellos y los demás que tengo quedarán claros los derechos de la parte que patrocino y se determinará que se nos dé posesión judicial.

—Nunca he oído en los años que llevo en el pueblo hablar de este asunto a los Melquiades, que hace años están en posesión de las fincas de San Baltasar, el Pitillo, La Chorrera, que se ven desde aquí, y Buena Vista, que está un poco arriba del monte.

Esos Melquiades no son más que detentadores; tendrán que entregar las haciendas y además el importe líquido de las cosechas de más de treinta años, que tanto así ha durado la usurpación. Antes esos bienes estaban bajo el amparo del gobierno, que los daba en arrendamiento entre tanto se deslindaban los derechos de ocho o diez personas que se decían herederos del emperador; pero unos han muerto, otros se han desistido y otros se han compuesto con el fisco, recibiendo dinero o casas de las llamadas temporalidades. Sólo queda, pues, Moctezuma III, a quien represento como único y legítimo heredero. Conque está usted impuesto, señor Alcalde, y le suplico haga saber esto al Ayuntamiento para que acuerde que se me permita registrar el archivo y darme copia en papel sellado y certificado de los documentos que yo señale.

El Alcalde prometió reunir al Ayuntamiento, y nuestro licenciado se retiró a cenar bien, pues era ya muy entrada la noche, y a descansar de las fatigas del camino y de las diversas emociones desde su salida de la capital, que no habían dejado de lastimar su sistema nervioso.

Despertó a la mañana siguiente con la cabeza pesada y como atontado, salió a la calle y quiso subir al Cerrito del Sacro Monte para escoger el lugar donde había de colocarse el retablo con su retrato y el de Cecilia; pero no le fue posible, se sintió con calosfrío, regresó a la posada y se metió en la cama. Una calentura hasta delirar, y hasta el cuarto día no pudo levantarse. Su primera visita fue al cura, que le había oficiosamente ido a visitar y le había curado, porque en su juventud había sido estudiante de medicina, y en seguida fuese a la casa del Alcalde. El Ayuntamiento no se había reunido por falta de número. Los regidores, unos andaban en el monte, otros en Chalco, otros en México. Prometió el Alcalde escribirles que viniesen, enviando propios que el licenciado ofreció pagar con generosidad si traían respuesta. El Alcalde dijo a Lamparilla que en el pueblo habían sabido el objeto de su llegada y que le advertía que el dueño del volcán, que cortaba la nieve para llevarla a México y a Cuautla, era un tal don Perfecto, que movía a los indios diciéndoles que les iba a quitar el trabajo.

—Pero entonces usted ha contado el cuento —le respondió Lamparilla— pues yo he estado en cama como a usted le consta, y con nadie he hablado.

—No lo niego, señor licenciado —le respondió el Alcalde—, pero como no es asunto reservado, a los que me han preguntado les he dicho quién es usted y a lo que viene.

—Tiene usted razón —dijo Lamparilla— demasiado público es el negocio y más público se hará cuando venga yo con el Juez de Distrito y fuerza armada a tomar posesión que no depende más que de las copias de que he hablado a usted; pero supongo que usted habrá ya tomado sus medidas, caso de que se trate de un desorden o se quiera cometer una tropelía.

—No tengo más que la veintena a mi disposición, pues en todo este rumbo no hay tropa, y la mitad de los hombres que la componen trabajan en las haciendas de Melquiades.

Lamparilla meneó la cabeza y no dijo nada; sólo se quedó mirando al Alcalde, y desde luego cayó en cuenta de que en vez de ayudarle era su enemigo.

En efecto, apenas se había marchado Lamparilla, después de la primera conferencia, cuando mandó llamar a don Margarito, que era el mayor de los seis hermanos Melquiades, y le impuso de cuanto había pasado. Melquiades montó a caballo, recorrió las haciendas que estaban a poca distancia del pueblo, y sublevó a los indios haciéndoles entender que un tal Lamparilla venía de orden del gobierno a apoderarse de las haciendas y que, cesando las siembras y las labores, se quedarían sin comer.

A los dos días, nueva visita de Lamparilla a la casa del Alcalde. Los propios despachados en busca de los regidores ausentes, habían regresado ya con buenas contestaciones, y el Ayuntamiento estaría completo en el resto de la semana. El lunes siguiente se reunió por fin. Lamparilla asistió a la sesión. El alcalde les dio cuenta transmitiéndoles fiel y metódicamente los razonamientos y alegatos de Lamparilla; ninguno tomó la palabra, pero, puesto a votación, por unanimidad fue reprobada la pretensión, añadiendo que se prohibiese expresamente al licenciado la entrada a los archivos.

No se dio por vencido, sino que volvió al día siguiente a la carga, proponiendo al Alcalde una fuerte gratificación si le proporcionaba las copias simples de lo que él señalase en el archivo; interesó también la amistad del cura, y nada fue bastante, pues se puede comprender bien que los que estaban en posesión de los bienes de Moctezuma III se defendían obstinadamente y habían ganado a su favor a la mayor parte de las gentes del pueblo, al grado que cuando salía a dar sus paseos por las calles y huertas, notaba que se le quedaban mirando con un aire siniestro y amenazante.

Convencido de que nada podría obtener, acababa de cenar y se disponía a componer su maleta y arreglar sus cuentas con la patrona, cuando escuchó un rumor lejano de confuso vocerío que se fue acercando y creciendo por momentos. Era una reunión de hombres, mujeres y muchachos, la mayor parte peones de las haciendas, capitaneados por dos o tres tinterillos armados con palos, instrumentos de labranza y cuatro o seis hachones de brea echando chispas a causa del viento que soplaba.

La patrona, alarmada, corrió a cerrar la puerta del zaguán y las ventanas que daban a la calle.

—Ya me lo temía yo, señor licenciado —le dijo a Lamparilla—. Este tumulto es contra usted, y lo menos que querrán es sacarlo de aquí y arrastrarlo por las calles con una cuerda al cuello. Yo no lo siento por usted, que al fin es licenciado, sino por mí, que me van a romper los vidrios y a entrar y robar la casa, pues estos indios, cuando hay quien los levante, son el mismo demonio; pero eso me tengo por compasiva. Lo debí echar a usted, que me lo advirtió el mismo alcalde.

—Por el amor de Dios, señora, no piense usted en eso; yo le pagaré los vidrios y los muebles y cuanto rompan; pero sálveme usted. Vamos de pronto a atrancar bien la puerta, que en cuanto a las ventanas, tienen buenas rejas de fierro.

Lamparilla y la patrona corrieron al zaguán, y aunque cerrado con un buen cerrojo añadieron dos gruesas trancas.

En ese momento el tumulto llegó y se detuvo enfrente de la casa, vociferando diabólicamente:

—¡Muera Lamparilla! —decía en voz alta el jefe de la conspiración.

—¡Muera! —gritaban en coro los acompañantes.

—¡Viva don Margarito Melquiades!

—¡Que viva! —repetían estrepitosamente agitando las hachas de brea y dando de palmadas.

—¡Que muera el gobierno!

—¡Qué muera! ¡Qué muera! —repetían furiosos.

—¡Qué viva el Alcalde!

—¡Qué viva!

—¡Que muera Lamparilla!

—¡Que muera! ¡Que muera! —y unos cuantos trozos de ladrillo se estrellaron contra las rejas de las ventanas.

—¡Que viva el Señor del Sacro Monte!

—¡Que viva!

—¡Que muera el licenciado!

—¡Que muera! ¡Que muera! —y las rejas recibieron otra descarga de ladrillos y terrones.

—¡Que viva el gobernador!

—¡Que viva! —y aquí hubo una de chiflidos y de gritos, y la descarga fue de piedras que pasaron la reja y fueron a romper en parte una vidriera.

—¡Que muera Lamparilla! ¡Que muera! —y los chiflidos y gritos fueron más fuertes y las descargas de piedras más frecuentes, y un grupo se echó sobre el zaguán, pero las puertas fuertes y bien atrancadas no se movieron.

Lamparilla, pálido sin saber qué partido tomar, espiaba por el agujero de una de las ventanas, mientras la patrona, retorciéndose las manos, discurría de uno a otro lado de la sala.

—¡Dios mío, qué va a ser de nosotros, el tumulto crece y estas gentes no se irán en toda la noche! El Señor del Sacro Monte nos saque de este trance.

Por un momento cesó la bulla y el jefe se llevó la turba a una tienda de la contraesquina, que de intento había mandado el alcalde que quedase abierta, a que refrescaran el gaznate con unos tragos de aguardiente.

—Señora —dijo Lamparilla— es necesario discurrir la manera de que yo salga de aquí ahora que parece que se han retirado un poco. ¿Sería posible sacar mis caballos por la puerta del corral?

—Imposible; no están lejos, y en cuanto oyeran las pisadas de los caballos caerían sobre usted y lo matarían. Lo que me ocurre es que se refugie usted en el curato, donde ni de chanza pretenderán entrar. Abriré muy quedo la puerta del corral; enviaré a la muchacha que dé un recado al señor cura para que abra a usted la puerta del cuadrante, que está muy cerca de aquí, y en un brinco está usted dentro y muy seguro, y yo también pues la misma muchacha, luego que esté en seguridad, les dirá que usted se marchó a México desde el principio de noche; se les abrirá la casa para que vean que no hay nadie y todo se acabará. Con ellos debe andar don Margarito Melquiades, que es mi compadre, y él apaciguará el tumulto, pues son peones y muchachos chicos de la escuela de la hacienda de Buena Vista. Lo que está pasando me lo contaron desde esta mañana, pero no lo quise creer y me dio mortificación decírselo a usted.

—Valía más señora; me habría marchado a Chalco, pero no hay que perder tiempo, la idea de usted me parece muy buena.

La patrona salió a despachar a la criada al curato, y Lamparilla entró a su recámara, reconoció sus dos pistolas, se las puso en la faja, aflojó un poco la espada y esperó resuelto, en último extremo, a defender su vida y llevarse a cuatro o cinco por delante.

La criada volvió con buenas noticias. El cura consentía en abrir la puerta del cuadrante y esperar allí al licenciado; pero en esto los sublevados, animados con el trago, volvieron a la carga con más hachas de brea encendidas y gritando ya uniformemente:

—¡Viva don Margarito Melquiades y muera el licenciado Lamparilla!

Una descarga de terrones acabó de romper la vidriera y comenzaron a golpear el zaguán con piedras y palos.

La patrona, que en medio de todo, tenía más sangre fría, entreabrió un poco la hoja de la otra ventana; precisamente estaba apoyado en la reja su compadre don Margarito Melquiades.

—Es la oportunidad —dijo a Lamparilla— están muy entretenidos por acá, y por la puerta del corral no hay nadie. Hágase el ánimo, señor licenciado, y váyase.

Lamparilla reflexionó que no había otro remedio de escapar, se ciñó la espada, preparó una pistola y acompañado de la criada atravesó el corral, con tiento entreabrió la puerta y se encontró en la calle. La criada le señaló al frente y a poca distancia la puerta del cuadrante.

La noche estaba oscura; por la fachada de la casa seguía el ruido, la vocería y las descargas de terrones. Lamparilla, a la mitad del camino, sintió un terronazo cerca de un ojo, que por poco lo hace caer al suelo; pero sacó fuerzas de flaqueza, apretó el paso y dos minutos después estaba ya dentro de la sacristía en compañía del cura.

La patrona, en cuanto calculó que ya Lamparilla estaba en salvo, abrió a medias la ventana y habló con su compadre don Margarito.

—Dios me trajo a usted, compadre. El pájaro que ustedes buscan se marchó al anochecer. ¿Pero a quién decírselo, pues esta indiada bruta no ha hecho más que romperme mis vidrieras y no me atrevía a salir por miedo de que me tocase un ladrillazo?

—¿Me da usted su palabra, comadre?

—Por mi nombre que se lo juro, compadre; entre usted a registrar la casa si quiere.

—La creo, comadre, ni para qué me había usted de engañar, y además sólo queríamos dar un susto a este licenciadito para que se largue del pueblo y no vuelva más. Nunca le hubiéramos hecho nada. Mande usted buscar temprano al hojalatero para que le reponga sus vidrios, yo le pagaré, y buenas noches, comadre, que me voy a llevar a esta gente para que se largue a dormir.

Don Margarito Melquiades habló a su gente algunas palabras, y gritando vivas al gobierno y mueras a Lamparilla, los amotinados salieron del pueblo con sus hachas encendidas rumbo al caserío de la hacienda más cercana.

XXXVIII. ¡Ira de Dios!

Ésta fue la primera palabra que con valor y corazón pronunció el licenciado Lamparilla luego que el cura cerró con llave y cerrojo la puerta del cuadrante y que se consideró en completa seguridad.

—¡Ira de Dios, señor cura! —volvió a repetir—. Si no ha sido por los ruegos de la patrona de la casa que se me hincó de rodillas, abro la puerta, mato con mis pistolas tres o cuatro de esos salvajes borrachos y arreo a los demás a cintarazos, comenzando por don Melquiades.

—Está usted demudado; voy a disponer que le den una taza de anís con un poco de aguardiente, que es eficaz para calmar las emociones.

—Sí, estaré demudado de la cólera, señor cura. ¿No le parece a usted una infamia que a un abogado, y abogado como yo, tan relacionado en México y con la mejor reputación en el foro, tan sólo porque viene a pedir unas copias se le forme una conspiración y se le trate de asesinar y de arrastrarlo por las calles? Y lo hubieran hecho si entran, como me lo dijo esa buena mujer; al fin eran muchos, pero ¡ira de Dios! señor cura, le aseguro a usted que me habría llevado tres o cuatro por delante.

—Qué quiere usted, señor don Crisanto, son cosas de los pueblos. Esta gente es ignorante y cualquiera los engaña.

—Ya me supongo que este tumulto fue provocado por el alcalde mismo, de acuerdo con don Margarito Melquiades, para impedir que se me dieran las copias, porque su deber era haber salido con la veintena a poner orden en la población y proteger mi vida amenazada.

El cura, que no quería entrar en materia ni decir nada malo en contra del alcalde y de don Margarito Melquiades, no contestó y fue a las otras piezas de la casa a preparar la bebida, más bien digestiva que calmante.

El licenciado se aprovechó de ese momento para abrir la ventana y mirar a la calle. Un silencio profundo reinaba; las gentes que habían abierto sus balcones para ver el tumulto, los habían vuelto a cerrar, y sólo se escuchaba a lo lejos el rumor de las pequeñas cascadas que se formaban con la nieve fundida y se deslizaban dando saltos por el declive escabroso de la gran montaña.

El cura no tardó en volver acompañado de una sirvienta india con tazas, botellas, vasos, café, agua de anís, té y cuanto pudo en aquel momento haber a la mano.

Lamparilla prefirió tomar una buena taza de café caliente y dos copas de Holanda fino, de la fábrica que los Noriegas tenían cerca del pueblo.

—Bien ¿y qué le parece a usted que haga ahora? —preguntó Lamparilla al cura cuando acabó de tomar el último trago.

—Me mortifica decírselo a usted, señor licenciado —le contestó el eclesiástico— porque no vaya a figurarse que lo echo de mi casa; pero mi opinión sería que se marchara aprovechando la calma y la oscuridad de la noche. Esa gente, que bebió bastante en la tienda, puede volver y ni el alcalde ni el mismo don Melquiades la podrían contener, porque sabe usted lo tenaces que son los borrachos. Nada le sucedería a usted estando en el curato, y yo, en último caso, lo escondería a usted donde no lo pudieran encontrar; pero vale más evitar un lance.

—Tiene usted mucha razón, señor cura, y lo que deseo es salir cuanto antes de este maldito pueblo. Hágame el favor de mandar por mis caballos y el mozo, y de pagar a la patrona el gasto que haya yo hecho y lo que cueste la reposición de los vidrios, que al llegar a México, le remitiré el dinero.

—Lo que usted quiera —le dijo el cura—. Se hará lo que usted desea y no tardarán los caballos en estar aquí. Me permitirá que lo deje solo un momento.

El cura salió, y Lamparilla, impaciente, pues se le figuraba que ya volvía el tumulto, se comenzó a pasear como una fiera en jaula, de uno a otro extremo de la sala.

El excelente cura no quiso fiar los preparativos del viaje a sus sirvientes, sino que él mismo fue a la casa, tranquilizó a la patrona comprometiéndose a pagar la cuenta del alojamiento y vidrios rotos, y buscó al mozo, que encontró profundamente dormido entre unas barcinas de paja. Allí se había refugiado durante la tormenta, y cuando se aplacó se acomodó bien, y al calorcito de la paja no tardó en dormirse sin cuidarse de su amo; éste, por su parte, tampoco se había acordado si tenía o no criado, siquiera para que le ayudase a defenderse, tanta así fue su sorpresa y atarantamiento.

Antes de media hora los caballos con el mozo estaban en la puerta del cuadrante. Lamparilla se despidió afectuosamente del cura, montó a caballo, y paso a paso, queriendo penetrar con sus miradas en la oscuridad profunda de la noche, enderezó a su cabalgadura hacia el camino real. Eran como las dos de la mañana.

Lamparilla revolvía en su cabeza proyectos de venganza. La sangre toda de la familia Melquiades y la del alcalde y miembros del Ayuntamiento de Ameca, le parecía poca. Su vida había sido fácil; sus negocios de abogado, aunque de poca importancia, le habían salido bien; el licenciado don Pedro Martín lo favorecía no sólo con sus consejos, sino dándole negocios, prestándole libros; su tocayo, el juez Bedolla, tenía tanta confianza en él que bastaba una recomendación para que saliera de la cárcel, ya una mujer, ya un hombre, ya muchos acusados con razón o sin ella, de escándalos, de heridas y aun de robillos de poca monta; en fin, era un personaje hasta cierto punto influyente y considerado en la sociedad de México, y no podía ni siquiera pensar en las ofensas que le habían hecho el alcalde de Ameca y los Melquiades, sin que la sangre se le subiera hasta las orejas, ya que le había pasado la impresión del susto, igual o mayor acaso que del naufragio en el canal. Allí, al menos moría abrazado de una guapa muchacha, mientras que en Ameca lo querían arrastrar con un cordel al cuello por las calles y matarlo a palos como a un perro rabioso. Su cólera iba a dar también en contra del teniente de garita, que quizá de mala fe le había dado la carta de recomendación. Forjaba mil planes en su cabeza y no se fijaba en ninguno. Luego que comenzó a salir la luz, prendió las espuelas a su caballo, y temprano estaba en Chalco, tocando la puerta del corral de la casa de Cecilia.

Pero Cecilia no estaba allí. Las criadas le dijeron que había ido a México para retirar definitivamente el puesto de la plaza del mercado, porque San Justo no cesaba de molestar a las muchachas encargadas de él y disponía de la mejor fruta que había sin pagar nada, y dizque debía un dineral.

Nueva contrariedad. Se le figuró a Lamparilla que Cecilia se había largado con el tornero, y los celos aumentaron su despecho y su rabia. Aceptó el alojamiento que le ofrecieron las criadas, se desayunó y salió a recorrer la ciudad y los mesones para ver si lograba saber algo de ese pasajero sospechoso, resuelto, si lo encontraba, a acusarlo de cualquier cosa y lograr que la autoridad lo enviase a México a disposición del juzgado de Bedolla como cómplice del asesinato de la calle de Regina. Lamparilla estaba muy lejos de sospechar que su siniestro compañero de naufragio era el único y verdadero culpable; pero le ocurría ese medio porque de seguro, tratándose de ese asunto, que era la preocupación única de su amigo el juez, lo metería en la cárcel, y ya se daría modo para que no saliese en muchos meses; pero sus pasos y sus indagaciones fueron infructuosos. Ni lo encontró en todo Chalco, ni en los mesones le pudieron dar razón de él. Confirmó sus sospechas; el bribón se había largado con Cecilia, la cual lo tendría escondido en la casa de la Calle de la Acequia para vivir con él a pierna suelta. Volvió a la casa descorazonado, colérico, celoso, enfermo, cansado, en fin, hasta el grado de no poderse tener en pie.

Comió mal y durmió peor. Sueños a cual más estrambóticos: Cecilia bailando jarabe con el pasajero y éste tirándole el sombrero jarano a los pies; a interrumpir ese baile entraba don Espiridión con espada en mano, tirando cuchilladas por todas partes. Pasaba aquello y entonces veía a Moctezuma III acostado, amarrado de pies y manos en una cueva muy Oscura de la cuesta de Barrientos; por último, oía ruido de espadas, y estruendo de piezas de artillería y gritos roncos y feroces: «¡Muera Lamparilla! ¡Muera el gobierno!». Despertaba, daba un salto en la cama, se tentaba el pecho y las piernas para cerciorarse de que no estaba herido, encendía la vela, fumaba un cigarro, se volvía a acostar y a dormir, y volvían los sueños y las pesadillas hasta que amaneció Dios; se levantó, metió la cabeza en una batea de agua fría para ver si así se le quitaban las visiones que aún despierto tenía delante.

Mandó ensillar sus caballos, se desayunó con un poco de café aguado, dio una buena gratificación a las muchachas y partió a galope con dirección a la capital. Lo primero que hizo en cuanto llegó, al caer de la tarde y se sacudió el polvo, sin tratar ni de comer un bocado, fue ir a la plaza. Las muchachas le informaron que Cecilia había efectivamente estado allí; pero que hacía más de una hora que se había marchado, sin duda a la casa de la Calle de la Acequia. Corrió hasta el retirado callejón. Un remero, único que la cuidaba, le dijo que la ama había ido al embarcadero de San Lázaro. Tomó un coche de sitio y llegó ya de noche a la garita, sin querer hablar con el teniente; pero por las señas que dio, y como Cecilia era muy conocida, supo que media hora antes se había embarcado en una trajinera rumbo a Chalco. Decididamente estaba de desgracia y todo le salía mal.

Al día siguiente, más tranquilo y con un buen sueño en su cómodo lecho, reflexionó con más aplomo, formó el plan de separar a San Justo del empleo interino de administrador del mercado; de hacer que el alcalde de Ameca, los concejales y los Melquiades fuesen reducidos a prisión y conducidos a México como conspiradores revolucionarios, y que el gobernador ordenase al nuevo Ayuntamiento sacase copia del oficio de los documentos que necesitaba. Reservando para sus adentros este vasto plan, se vistió y adornó hasta con una especie de coquetería, y se dirigió a la casa de su tocayo don Crisanto Bedolla para consultar con él sus proyectos y ponerlos con su ayuda lo más pronto posible en ejecución.

Bedolla lo recibió con el cariño de antiguos condiscípulos, le prometió ayudarle y los dos se pusieron a discutir la manera de llevar a efecto sus propósitos.

La posición social y política de Bedolla había mejorado de una manera notable durante el tiempo que Lamparilla, a causa de sus ocupaciones, lo había dejado de visitar.

La prisión de los vecinos de la casa de Regina y su condena a muerte y a presidio, había de pronto asustado a los raterillos y aun a los ladrones de más categoría. Ya no se oía en la ciudad nada de robos, y las diligencias de Puebla y del interior no habían sido atacadas. La ilustrada y benemérita población de la capital estaba tranquila, los periódicos reproducían hasta el fastidio elogios al integérrimo juez Crisanto Bedolla, y el gobierno estaba satisfecho y reconocía que el digno magistrado era el que había restablecido la confianza y la seguridad personal. El Presidente y el Ministro de Justicia querían que los reos fuesen ahorcados; pero no podían interrumpir el curso de la justicia, pues el defensor había apelado y la causa estaba en revisión. Don Pedro Martín de Olañeta había influido con los magistrados, y la causa, muy voluminosa de por sí, era necesario que fuese leída y examinada minuciosamente.

Bedolla sacaba partido de la más insignificante circunstancia. Oyó con marcada atención el relato de las desgracias de su tocayo y condiscípulo, y cuando cesó de hablar, le dijo:

—Este negocio lo tomo por mi cuenta, no haya cuidado alguno. Mañana muy temprano platicaremos en mi casa, y esa canalla sabrá para qué nació. El gran desiderátum —añadió— consiste en que ahorquemos a los reos de Regina y seré el todo del gobierno; pero los magistrados retienen los autos y no hay modo de que despachen ni en pro ni en contra. No obstante, me ha ocurrido una buena idea y la voy a poner en planta. Conque, hasta mañana.

Lamparilla se marchó, y el juez se quedó un poco pensativo; pero a los diez minutos tomó su sombrero, guardó sus papeles, dio al escribano sus instrucciones para el despacho del juzgado y salió precipitadamente de la oficina antes de que se le borrara la repentina y feliz idea que había concebido.

Es indispensable referir algunos antecedentes que explicarán el rápido progreso que, relativamente en poco tiempo, había hecho el hijo del honrado barbero del pueblo de la Encarnación en la carrera política, y la influencia decidida que ejercía aun en los asuntos y en las cosas que nada tenían que ver con el despacho del juzgado.

El periódico que ya conocemos, como si hubiésemos sido sus más constantes suscriptores, y que anunció el caso rarísimo y nunca visto del rancho de Santa María de la Ladrillera, había, en los años transcurridos, sufrido las más extrañas alternativas y los cambios más bruscos y repentinos. Tan pronto tenía suscriptores bastantes para pagar los gastos de impresión y administración, quedando un sobrante regular, como se veía abandonado por sus favorecedores y reducido a pedir fiado el papel necesario.

En una temporada cayó en manos de personas timoratas y casi en olor de santidad, y los artículos que publicaba en favor de la religión y de todos los santos del cielo le produjeron tantas suscripciones, que ya no cabían en dos costales los ejemplares que se remitían los miércoles y los sábados, días solemnes en que se despachaba el correo de la capital para el resto de la República; pero un día le ocurrió a uno escribir un artículo sobre la festividad del doce de diciembre, que tan fatal fue para Juan; puso en duda el articulista la aparición de la Virgen de Guadalupe, y de un golpe se borraron como tres mil curas. En vano quiso reparar el error, echar al hereje de la redacción y elogiar a los padres que predicaban en los desagravios de la parroquia de Santa Catarina y en los ejercicios de la Profesa; inútil trabajo. Los curas no creían ya en la buena fe de El Eco del Otro Mundo, y lo veían con horror. Despechado y ofendido por este desaire, se volvió al lado de los masones y comenzó a iniciar la grave cuestión de la tolerancia de cultos, y fue tan feliz la idea que volvió a levantarse y a renacer, como el fénix, de sus propias cenizas; pero un día también se deslizó un artículo, sin saberse cómo, que decía que las logias acabarían con la nación, que en ellas se disponían las elecciones y se repartían los destinos públicos (algún agraviado sin duda), y que era necesario hacerles la guerra decidida. En menos de dos semanas se borraron tres mil quinientos masones y se suscribieron nuevamente un canónigo y ocho curas. El periódico, agonizando, acudió al gobierno, logró un corto auxilio de los gastos secretos de Relaciones, y pudo ya medio vivir y tributar elogios a los distinguidos funcionarios que hacían el sacrificio de abandonar la tranquilidad del hogar doméstico para ocupar sillones ministeriales, llenos de espinas y de abrojos; pero un día un redactor que comenzaba sus campañas y que era medio pariente del Ministro de la Guerra, con cualquier motivo enjaretó un artículo sin que lo revisaran sus compañeros, diciendo que César no había sido más que un cabo de escuadra, que Alejandro el Grande apenas habría sido en México un coronel de cívicos y que Napoleón, comparado con su pariente, no había sido más que un sargentón afortunado. Como veinte militares se suscribieron inmediatamente; el tío ministro convidó a almorzar al pariente; pero el Secretario de Relaciones, que no podía ver ni pintado a su compañero el de Guerra, retiró el auxilio, y en esta vez por poco muere. Hubo discusiones, proyectos, pleito, en fin, en la redacción, de lo que resultó un periódico independiente con noticias de sensación; interesaron a cuanto muchacho ocioso andaba por la calle y de día y de noche gritaban desaforadamente en los portales y en las Cadenas, El Eco del Otro Mundo, con los robos y los asesinatos de los bandidos de Río Frío. Otro día cambiaba el tema y gritaban: «Relación de una cabra que nació con tres cabezas».

No probó mal este método, y entre prodigio y prodigio se mezclaban algunos elogios al gobierno y algunas sátiras embozadas al clero, a los masones, a los soldados, a los abogados y a todo bicho viviente. Cada uno por saber si algo malo o bueno se decía de él, tomaba una suscripción, y en breve tiempo el periódico volvió a levantarse y los redactores ya tenían una regular pitanza cada mes. Interesante como es la historia familiar y secreta de los periódicos, basta referir la terrible crisis que experimentó tan acreditado diario, y la que fue muy provechosa a nuestro amigo Bedolla.

El Eco del Otro Mundo se había entendido perfectamente con el Ministerio de Hacienda, como ya lo habrá maliciado el lector; pero como ese digno funcionario en ocho meses había podido dar una paga a los empleados y dos meses de dietas a los diputados y senadores, tuvo que abandonar la cartera, y otro, que era un prodigio de talento y una especie de brujo que sacaba, como Moisés, agua de una roca, le sucedió con beneplácito o, mejor dicho, con aclamación de tanta vieja viuda que ya había hasta olvidado cómo era la forma y tamaño de un peso duro. Este nuevo funcionario tenía una conciencia estricta, y una de sus máximas era que la prensa pagada extraviaba la opinión pública y corrompía a los mismos funcionarios que la pagaban, y que el único periódico que debía pagar para que elogiara y defendiera al gobierno, era la Gaceta Oficial y El Telégrafo, que era como un semioficial. Retiró, pues, la subvención a El Eco del Otro Mundo, y de la noche a la mañana dejó a los redactores en un petate.

Junta general y sesión borrascosa en la oficina de la redacción. Se resolvió continuar el periódico pagando a escote lo que faltara para el completo de los gastos, y además jugar el todo por el todo y hacer desde el día siguiente una oposición formidable al gobierno, comenzando por el Ministro de Hacienda, y juraron sobre los cañones (de las plumas) arrastrar con las multas, con la prisión, con el destierro, con la muerte misma, antes que doblar la cerviz; en una palabra, sacrificarse por la patria. Fortificados con tan enérgica resolución, al día siguiente comenzaron a echar fuego y llamas.

Un artículo titulado Bancarrota, hizo temblar en su sólido sillón al nuevo Ministro de Hacienda. Otro, que llamaron Precipicio, le quitó las ganas de comer al Ministro de Justicia. Otro, Hipocresía y religión, alarmó al arzobispo y al coro de la catedral; otro, Abajo caretas, obligó a las logias a convocar para tenidas extraordinarias; por último, el titulado Pueblo soberano, era un llamamiento a los barrios de San Sebastián, de la Palma, de Tepito y de la Soledad de Santa Cruz.

Los suscriptores en tropel se presentaban a la redacción, y los muchachos y billeteros vendían resmas enteras en un momento. El gobierno temblaba ya, y la sociedad elogiaba el arranque patriótico de los que así exponían su tranquilidad y hasta su vida por defender los santos principios… de cualquier cosa. Los redactores, entusiasmados con el buen resultado de las deliberaciones de la junta, seguían echando tajos y reveses a todo el mundo. Del Presidente de la República, lejos de decir una palabra disonante, lo alentaban de vez en cuando. Los mismos ministros llegaron a creer que el supremo magistrado pagaba el periódico para echarlos de sus sillones, y conferenciaron seriamente, decididos a presentar en masa su renuncia; pero tenían mucho cariño a sus puestos y dejaban siempre para mañana la resolución heroica que habían pensado.

Bedolla, que, al despertar sentado en su cama, y tomar su té a la inglesa, pues había ya abandonado el champurrado, por ordinario e indigesto, lo primero que hacía era leer su periódico favorito, había seguido con interés sus cambios y matices, se quedó reflexionando el día que se publicó el editorial que encabezaba el título de Pueblo soberano; ya había notado que únicamente al Presidente se trataba con respeto y consideración; levantóse sin tomar la tercera taza de té y se puso delante del tocador. Ya no era la levita con sus arrugas en la espalda, ni el pantalón hecho charamusca, ni el sombrero acepillado en sentido inverso, ni la cabeza hirsuta y alborotada, sino que O’Sullivan un sastre irlandés, lo vestía a la irlandesa o a la inglesa, el peluquero del teatro le cortaba el pelo, y sus camisas, luciendo botones y prendedores de oro y brillantes, eran obra de una camisería de París (o de Bayona) que acababa de llegar, y su sombrero a guaterpó estaba liso y perfectamente acepillado.

—Al tronco y no a las ramas —dijo en cuanto estuvo vestido y adornado de manera que ni el prefecto de su pueblo ni su mismo padre el barbero habrían podido reconocerlo, y contento, satisfecho y sonriendo de la travesura que había imaginado, bajó las escaleras y no paró sino hasta que estuvo al habla con el ayudante de guardia del Presidente, al que entregó un papelito muy pequeño y perfectamente doblado que decía:


Asunto urgente y muy reservado. Cinco minutos de audiencia y todo se arreglará.

Licenciado Bedolla.
 

Cinco minutos después el ayudante salió, introdujo a Bedolla hasta la sala azul, y lentamente, cojeando, ayudándose con un bastón, se presentó el Primer Magistrado de la Nación, y le tendió (gran favor) amistosamente la mano.

—Al levantarme, excelentísimo señor, y leer como acostumbro El Eco del Otro Mundo, me ocurrió una idea; no quise perder ni un minuto, y a riesgo de molestar a V. E., me he tomado la libertad de pedirle una corta audiencia.

—Siéntese usted, Bedolla, siéntese; supongo que viene a participarme que, concluida la causa, van por fin a pagar su crimen en el patíbulo…

—No, Señor Excelentísimo, no es eso; el proceso de los reos de Regina está en revisión, y nada se puede hacer hasta que no resuelva el tribunal. Por mi parte a V. E. consta que no tardé mucho en instruir la causa y condenarlos a la última pena; pero no se trata de eso, sino de El Eco del Otro Mundo.

El supremo magistrado, apenas oyó mencionar el periódico, cuando dio un salto, como si le hubiese picado un alacrán y se puso en pie.

—Ni me hable usted de semejante publicación, asquerosa, antipatriótica; se conoce que es un plan fraguado por los enemigos del gobierno, y que pollos gordos, que yo conozco, se cubren con el anónimo y escriben estos artículos que están conmoviendo a esta sociedad, combatida por los partidos que se quieren arrebatar el poder, gastada, cansada, moribunda, y a la cual he querido yo imprimir vida y movimiento. No, imposible; ni hablemos de eso, Bedolla.

—Notará o habrá notado V. E. —dijo con una voz muy amable el licenciado—, que los editores echan tajos y reveses contra todo el mundo; para ellos ni el arzobispo es sagrado. Sólo a V. E. respetan, sólo a V. E. le tienen consideración; ni al Papa, sólo a V. E. elogian; aquí traigo precisamente dos números que contienen cuatro párrafos diversos y no hay más que alabanzas, muy merecidas por cierto. Es necesario sacar partido del cariño personal que tienen a V. E. A eso venía yo, por eso me tomé la libertad de que el ayudante introdujese mi papelito.

El supremo magistrado cambió inmediatamente de humor, y se sentó.

—Mi plan es —continuó el licenciado sentándose respetuosamente y manteniéndose muy derecho sin recargarse en el sofá— que este periódico, en vez de hacer una oposición tan injusta, tan inconsiderada y tan nociva para la tranquilidad de la República, sea absolutamente del gobierno; V. E. ordene, se hará la oposición a quien V. E. mande y se elogiará a los que V. E. quiera favorecer.

—No conoce usted el mundo como yo, señor Bedolla. Detrás del periódico están esos personajes pérfidos del partido moderado, que no quieren venir al gobierno cuando se les llama, y critican y hacen la oposición a todo el que como yo se sacrifica por la patria.

—Ése es mi secreto, precisamente. Tengo un plan por el cual esos moderados quedarán excluidos del periódico, éste será dirigido por manos hábiles y por personas adictas a V. E. y una vez conseguido esto, tendremos un arma contra esos mismos moderados, contra los ministros si fuera necesario y si conviniese a V. E. y contra todo el mundo. En vez de ser atacados, atacaremos. Únicamente necesito la aprobación de V. E. y su apoyo eficaz.

—Si está usted seguro de salir airoso de esta empresa, que lo creo difícil, puede usted contar con que protegeré a usted, pero con la mayor reserva. Una persona que ha sido elevada, como yo, por el voto de la nación al rango de Primer Magistrado, debe ser superior a esas ruines pasiones y no ocuparse de pormenores.

—Perfectamente, V. E. tiene mucha razón, ni cómo me había de atrever a indicar que se ocupase V. E. de estas que son verdaderas miserias humanas. Yo me ocuparía de esto. Vendré todos los días temprano, o a la hora que V. E. disponga, y me indicará lo que se deba escribir, y nadie, ni mi sombra, sabrá este secreto. Pondremos redactores muy caracterizados y muy independientes, y ellos firmarán y saldrán al frente a las polémicas, a la crítica mordaz y aun a los desafíos y golpes si llegara el caso, porque la gente que yo tengo es de primera. Lo que se necesita para esto es patriotismo, abnegación y dinero.

Al escuchar el Primer Magistrado la palabra, dio otro salto como si lo hubiese picado un segundo alacrán, se puso en pie y dijo con cierto asombro:

—¡Dinero!

—Ya sabe V. E. —contestó el licenciado Bedolla en voz baja y con un tono muy amable— que el dinero es el alma del mundo. Sin dinero no es posible ni aun entrar a la gloria. Los santos que han tenido el candor de repartir sus bienes a los pobres, quién sabe los trabajos y dificultades que hayan tenido para entrar al cielo. No obstante, si a V. E. no le agrada… nada se hará y los moderados se bañarán en agua rosada.

Cayó muy en gracia al Primer Magistrado la ocurrencia de Bedolla, y volviéndose a sentar dijo con cierta tristeza, como hombre ya práctico y desengañado:

—Tiene usted razón, señor Bedolla; desgraciadamente nada se puede hacer sin el maldito dinero. Ya veremos, trabaje usted y vuelva a verme dentro de dos días a estas mismas horas. El ayudante recibirá la orden de permitirle la entrada.

El supremo magistrado pagó de pronto con un apretón de mano el patriotismo del licenciado, y éste salió muy erguido y ufano por en medio de una multitud de diputados, senadores, coroneles y agiotistas que llevaban dos horas de antesala, sin haber podido penetrar al sancta sanctorum.

De vuelta a su casa, Bedolla mandó buscar urgentemente al director y propietario de El Eco del Otro Mundo, el que no tardó en llegar.

—Va usted a comer conmigo hoy. Es su hora de usted y tenemos que hablar cosas muy graves.

—¿Van a ahorcar ya a esos bandidos? —preguntó el entendido periodista.

—No, no es eso; el tribunal anda con pasos de tortuga; pero dejemos por ahora a esos pobres diablos, que están muy seguros y contentos en la cárcel, con tal que no los saquen al palo. Se trata de otra cosa más seria: se trata de usted o, mejor dicho, de ustedes todos. Se va a dar orden de prender a la redacción, a los cajistas, al administrador de la imprenta, al portero, a todo el mundo y encerrarlos incomunicados en Santiago. Por una casualidad he sorprendido este secreto, y como usted y los distinguidos literatos que trabajan en el periódico se han portado como unos caballeros desde que llegué a esta capital, he debido, como hombre leal, prestarles este servicio; pero no me descubran, por Dios, porque seré hombre al agua: empleo, amistades, influencia, todo lo perderé si llega a saberse que yo he avisado a ustedes el peligro que corren. El Primer Magistrado está furioso; así, vean lo que hacen, escóndanse, váyanse de México, en fin, yo no sé qué aconsejarles.

—Pero eso es una infamia. La ley de imprenta dice en su artículo cuarenta y siete… No recuerdo bien… pero las garantías… ¿Qué sucederá a este desventurado país, si se entroniza la tiranía?

—Será lo que usted quiera, y los artículos de la ley de imprenta, que aún no he tenido tiempo de leer, ocupado con esta complicada causa de Regina, dirán lo que a usted le agrade; pero contra la fuerza no hay argumento que valga… Después ustedes echarán ternos, pero será en Nueva Orleáns o en Nueva York; aquí, Santiago y más Santiago, es lo que los aguarda; y, por supuesto, acabará mañana el periódico, que está acusado de sedición… Conque…

—¿No habrá modo —preguntó el director del periódico— de componer… de dilatar… de suspender…?

—Me parece que no hay escapatoria; sin embargo, consulte usted con sus compañeros, y si algo le ocurre, véngaseme a ver a la noche, ya saben que pueden contar conmigo aunque me cueste el empleo.

El director estrechó con efusión la mano de Bedolla.

—Tenemos seis horas de tiempo; tranquilícese usted y vamos a la mesa.

Sentáronse en una mesa muy regularmente surtida, más a la francesa que otra cosa, pues Bedolla ya no comía sino rara vez enchiladas, porque le parecía, como el champurrado, un manjar ordinario.

Comió de todo y con apetito. El desgraciado periodista apenas probó bocado, y sólo se cargó un poco la mano de un vino tapa larga, que Bedolla dijo le había enviado expresamente de regalo el cónsul mexicano en Burdeos. Acabóse la comida y quedaron de verse a las nueve de la noche para tomar una resolución definitiva. Ese día casualmente se publicaba un artículo furibundo contra el Gobernador del Distrito, que no fue posible retirar. El pánico de la redacción llegó al colmo cuando su director les comunicó las fatales noticias; pero cada uno procuró disimular, y se pronunciaron discursos llenos de fuego y de patriotismo, concluyendo por poner su suerte en manos de su jefe, prometiendo aprobar y sujetarse a lo que conviniese con Bedolla. Hubo, sin embargo, algunos disidentes que preferían ir presos a Santiago y que, previendo una defección, se separaron inmediatamente y se marcharon disgustados a su casa.

Muy puntual estuvo a la cita el director, y después de una larga conferencia quedó Bedolla facultado, por escrito, para arreglar el asunto, conviniendo en que durante tres o cuatro días los artículos de oposición serían muy razonados y en que no dejaría de hacerse algún elogio más o menos adulatorio al Primer Magistrado.

En la segunda conferencia con el jefe del Estado, Bedolla remachó el clavo. Puso a disposición del gobierno el temible periódico, que fue considerado muy secretamente semioficial, recibiendo recursos abundantes que pasaban por terceras manos, sin que apareciese ni remotamente el nombre del licenciado, el cual, a primera hora y por la puerta chica del Palacio, entraba a recibir las órdenes directas del Presidente.

La redacción se organizó. Unos continuaron con una buena dotación; los gacetilleros con una miseria; Bedolla, que no escribía ni había podido hilvanar nunca dos renglones seguidos, era el director oculto que daba la orden de tirarle a fulano, de sacar a mengano, de dar un piquetillo a un ministro, de ensalzar a un general o de menguar el mérito de un coronel.

El periódico era serio, grave, de oposición; pero independiente. No pertenecía a partido ninguno ni apoyaba facciones; predicaba la paz y el respeto a las autoridades; solía adular al clero y a los propietarios, y era amigo de la libertad, pero enemigo de los sansculottes; cuanta influencia tenía tan sesudo diario, tanta así tenía también Bedolla, de manera que en vez de que necesitase de la protección de Lamparilla como en los momentos de su llegada a la Gran Tenoxtitlán, él la dispensaba, no sólo a su condiscípulo, sino también a los mismos ministros, que habían sabido por los porteros y ayudantes que tenía frecuentes y largas conferencias con el Primer Magistrado de la Nación. Él mismo estaba asombrado de su posición; veía ya el juzgado con desdén; le parecía que rebajaba mucho su dignidad con ir diariamente a la Acordada a tratar con ladrones y asesinos. Cuando a la hora de ir a la cama pensaba en estas cosas, se restregaba las manos, reía francamente y decía: ¡Qué vivo soy: mi padre mismo no me reconocería! ¡Redactor en jefe sin escribir y ganando una talega de pesos cada mes! Y se metía debajo de las sábanas y dormía tranquilamente, soñando algunas noches que estaba ya sentado en un sillón ministerial.

Tal era la posición de nuestro buen amigo Bedolla, y era indispensable que el lector conociera los medios sencillos con que repentinamente se elevan en México insignificantes personajes cuando la fortuna se pone de su lado derecho.

Las aventuras de su tocayo Lamparilla le dieron nuevo motivo para aumentar su influjo y ganarse una confianza sin límites en las altas regiones. Como en la vez en que se trató del asunto de El Eco del Otro Mundo, que acabamos de referir, Bedolla, vestido correctamente como hemos dicho, perfumado y un tanto arrogante, se encaminó a Palacio sin esperar la hora de la conferencia diaria, pues el negocio no admitía demora, y así le daba más realce o importancia. Se echó en la bolsa un papelito que decía: Señor Presidente. Urgentísimo. Bedolla. Era la fórmula convenida ya, para cuando se ofreciese algo grave. En esos momentos había junta de ministros; pero el licenciado fue introducido al gabinete particular, donde esperó media hora.

—¿Qué ocurre, señor Bedolla? —le preguntó el supremo magistrado luego que, habiéndose desprendido de sus ministros, pudo entrar fatigadísimo al gabinete donde recibía a las personas de su intimidad.

—¡La revolución ha estallado; pero la podemos conjurar!

El supremo magistrado se levantó del sillón donde casi se había recostado como si un tercer alacrán lo hubiese picado.

—¡La podemos conjurar! —repitió magistralmente el licenciado Bedolla.

—¿Cómo es que nada sé? Explíquese usted.

—No es extraño. Ha ocurrido anoche, y no son los revolucionarios quienes han de dar parte al gobierno.

—¿Pero cómo, dónde? Explíquese usted.

—Precisamente un amigo mío, un hombre estimable y que creo ha tenido alguna vez la honra de presentarse a V. E., ha estado a punto de ser asesinado y arrastrado por las calles porque quiso contenerla.

Bedolla refirió entonces las desgracias de Lamparilla, pero desfigurando los acontecimientos, aumentándolos, suponiendo un fin político y asegurando que este movimiento estaba ramificado en la capital y en varios Departamentos.

A la hora en que Bedolla daba cuenta de los sucesos en Palacio, todo había concluido en Ameca: el pueblo había vuelto a su acostumbrada tranquilidad; los vidrios rotos de las ventanas de la patrona, repuestos por el hojalatero. Los Melquiades, contentos de haber espantado al licenciado, se paseaban muy satisfechos, vigilando el trabajo de los peones; y el alcalde por lo que pudiera suceder, había dirigido a su gobernador el siguiente parte:

Hanoche cosa de las dies unos piones briagos se pusieron a bailar y cantar en la plasa y mercaron en caza ñor Pioquinto unos hachones de brea y gritaban viva el Gobernador, mas como lloví que tiraron un ladrillaso a una ventana, salí con la veintena les intimé el orden y se fueron a sus casas con las luces apagadas y es todo lo ocurrido y no hay más que pongo en conocimiento de V. E. y todo esta quieto aquí, dios y Libertad.

En el Palacio Nacional se les dio a estos sucesos alguna más importancia, y el jefe del Estado no permitió que se fuese Bedolla hasta que no se dictaron las providencias que la gravedad del caso exigía.

Justamente Baninelli acababa de llegar de Guanajuato con su regimiento de ochocientas plazas perfectamente vestido, armado y disciplinado; daba gusto y orgullo ver marchar y hacer evoluciones por las calles a tan marciales y guapos muchachos.

El supremo magistrado no se fio de sus ministros; él mismo quiso disponer se sofocase esta tremenda revolución con una actividad sin ejemplo. Mandó que inmediatamente se le presentase Baninelli.

—En el acto, tome usted dos compañías de su regimiento y un escuadrón del octavo de caballería —le dijo cuando lo vio—. Sale usted al anochecer de aquí con mucho sigilo y, a marchas forzadas, procura usted caer al amanecer al pueblo rebelde. Amarre usted al Ayuntamiento y al alcalde que se han puesto a la cabeza del pronunciamiento, fusile a unos ciertos Melquiades, que son los cabecillas y, dejando una guarnición por lo que pueda suceder, regresa usted a esta capital, deja a los presos bien recomendados en Santiago, y se me presenta usted otra vez aquí a darme cuenta; los bate usted hasta rendirlos, y si la resistencia es obstinada y le matan a usted siquiera un soldado, me fusila a dos o tres de los alcaldes para que escarmienten y no vuelvan a turbar la tranquilidad. Ya recibirá usted mientras alista su tropa, las órdenes de la Secretaría de Guerra y también se le ordena al Gobernador del Departamento que tenga listas sus fuerzas por si usted las necesitase.

Baninelli, que era hombre de pocas palabras y que tenía siempre su tropa lista para cualquier evento, no tuvo ninguna observación que hacer, se retiró, y no sonaban las oraciones de la noche cuando salía a la cabeza de sus fuerzas por la garita de San Lázaro. Era una jornada muy larga, pero su infantería estaba acostumbrada a caminar dieciséis o dieciocho leguas por terrenos quebrados y de climas ardientes. Esta expedición era para él un juego de niños.

Bedolla al despedirse le indicó al jefe del Gobierno que creía que el teniente de la garita de San Lázaro, si no era cómplice, por lo menos simpatizaba con los sublevados, y que no era prudente que permaneciera al frente de una garita tan importante.

—Será destituido hoy mismo —le contestó.

Y en efecto, en el momento mismo en que veía salir la tropa de Baninelli y no podía conjeturar qué iría a hacer esa fuerza por ese rumbo que estaba tan sosegado y por donde ni aun ladrones había, recibió la orden para tener todo listo y entregar al día siguiente la garita. Una carta de recomendación dada con la mejor buena fe, le costaba el destino.

Lamparilla no se olvidó de la recomendación de Cecilia. Fue a visitar a sus amigos los masones, y en la primera tenida se retiró la protección a San Justo, no obstante sus ideas avanzadas fue separado de la portería y más adelante de la administración del mercado, entrando de nuevo a tan lucrativo y buen empleo el compadre del administrador del hospicio.

El influjo y crédito de Bedolla aumentó un cincuenta por ciento. Dos grandes servicios: desbaratar un complot secreto de los moderados y convertir a favor del gobierno un periódico que amenazaba acabar con el orden existente, y como si eso no bastara, sofocar una terrible revolución en su misma cuna.

El Primer Magistrado, al despedirse afectuosamente de Bedolla, le dijo:

—Amigo mío, en la primera crisis, quiera usted o no, tendrá que formar parte del Ministerio. Es menester sacrificarse por la patria.

Bedolla inclinó la cabeza respetuosamente, indicando que estaba dispuesto al sacrificio y que se resignaría a echar sobre sus débiles hombros la carga de un Ministerio.

—Hombres así necesita México para que figure con el tiempo en el catálogo de las naciones.

Bedolla se retiró del Palacio, y pronto él y Lamparilla departieron amistosamente en su casa, felicitándose del buen resultado de sus diligencias y elogiándose mutuamente. Lamparilla estaba positivamente asombrado de los progresos de su amigo. Él mismo, nacido y educado en México, vivaracho, con relaciones más o menos íntimas en las diversas clases de la sociedad, tenía entrada en los ministerios con algunas dificultades; al Presidente lo había visto una sola vez para hablarle de la herencia de Moctezuma III y no había obtenido más que esta simple respuesta: «Veremos», mientras el payo, el fuereño que no se había atrevido a examinar en la Universidad, era el hombre de más influjo en la capital. En fin, pues que lo veía, tenía que creerlo, y como buen veterano pensaba no despegarse de su tocayo y aprovecharse de su amistad e influjo. Discutieron detenidamente sobre el giro que debían dar al negocio, y de pronto resolvieron que debía decirse algo al público, y El Eco del Otro Mundo publicó el siguiente párrafo en los momentos mismos en que Baninelli entraba triunfante en Ameca.

Media docena de sicofantes se han atrevido a turbar el orden público en el pintoresco pueblo de Ameca; pero el gobierno, que tiene su ojo vigilante en todos los ámbitos de la República, descubrió muy a tiempo la conspiración y ha mandado fuerzas suficientes para restablecer la tranquilidad pública y castigar a los revoltosos.

Más adelante y con letra más pequeña, se leía este otro parrafillo:

La causa de los asesinos de Regina no da un paso. La energía y actividad del señor juez Bedolla ha sido inútil, pues altas influencias tratan de impedir que los reos sufran el condigno castigo y la vindicta pública los reclama.

Baninelli y su tropa anduvieron tan bien y tan recio que entre las seis y las siete de la mañana avistaron el pueblo de Ameca.

Uno de los Melquiades, que estaba en el campo a caballo dirigiendo el trabajo de las yuntas que daban labor al maíz, notó una polvareda, salió al camino y se reunió con el jefe militar que iba a la cabeza de la tropa.

—¿Qué hay de bueno por Ameca? —le dijo—. ¿Se atreverán a resistir los pronunciados?

Melquiades que, como Bedolla, era ladino, abrió tamaños ojos y con mucha calma y seguridad contestó:

—Mi coronel, creo que todos se han fugado ya, pero fue una borrachera y nada más.

—Borrachera o no, han gritado mueras al Gobierno y han atacado e intentado asesinar a un licenciado que los quiso contener y es amigo mío. Él mismo me ha contado lo que pasó. Ya verán si conmigo juegan y me tiran de pedradas.

—Yo nada sé, mi coronel, porque me acuesto a las siete de la noche y nada se observó en el rancho hasta la madrugada, que llegaron unos peones que viven en el pueblo y me contaron con su media lengua lo que habían visto.

—¿Me podría usted decir cuáles son las haciendas de los Melquiades?

—Y como que sí, mi coronel —y le señaló en el horizonte unas casas y torrecillas que aseguró ser las haciendas que buscaba y que distaban cosa de una media hora de camino.

Melquiades, bajo pretexto de ir a un potrero a buscar unas vacas que se le habían extraviado, se quitó el sombrero y se despidió cortésmente del coronel, el cual, no observando nada sospechoso en ese campesino, y ya había encontrado otros por el estilo en el camino, lo dejó ir, y al sordo se lo dijeron. Melquiades entró al potrero donde dijo iba a buscar las vacas, pero apenas había la tropa adelantado un poco cuando enderezó el caballo a la finca; llegó, avisó a sus hermanos, y no había entrado Baninelli a la plaza, cuando ellos estaban camino del monte, donde podían desafiar no a uno, sino a cuatro batallones.

Ni en el camino ni en el pueblo observó Baninelli nada que le indicara que existía una revolución. La calma y la quietud más completas. En las haciendas, los peones se dedicaban a sus labores, los indios entraban y salían con sus burros cargados de fruta, de recaudo o de paja, y Baninelli, que iba furioso creyendo que tendría que tener algunos balazos, entró en calma y creyó que efectivamente no se trataba más que de una borrachera.

Sin embargo, como militar viejo y precavido, dejó su guerrilla en la entrada, formó en columna en la plaza, mandó ocupar la torre del curato por un piquete y convocó al Ayuntamiento.

El alcalde, cuya conciencia no estaba muy tranquila, tuvo tiempo para esconderse, pero los demás concejales no pudieron hacer otro tanto y se reunieron en las casas consistoriales.

Baninelli mandó hacer una averiguación entre los vecinos, resultando de ella que en efecto había habido gritos, pedradas, borrachera y desórdenes y mueras al Gobierno y que Lamparilla hubiese sido víctima si no se refugia en el curato. Mandó amarrar codo con codo a toda la honorable corporación municipal y entre las filas la condujo hasta la fortaleza de Santiago, como se lo había mandado de oficio el Ministro de la Guerra.

Ameca, como en sentido político se dice, quedó acéfalo, pero nunca estuvo más contento el vecindario ni más tranquilo el pueblo, sino cuando dejó de tener gobierno. Los vecinos viejos, ricachos, sosegados y honrados decían:

—¡Bendito sea Dios, que se escondió el alcalde y se llevaron amarrados a los concejales! ¡Ojalá y no vuelvan!

Bedolla había ahogado en su cuna una espantosa revolución y no cabía en la ropa de orgulloso.

Lamparilla no estaba del todo satisfecho. San Justo destituido, Cecilia volvería a ser en medio de sus variadas frutas de vivísimos colores la diosa Ceres de la Plaza del Volador; el teniente de la garita recibió su castigo por haberle dado una falsa carta de recomendación, pero los Melquiades se habían fugado, y antes de arrancarles las haciendas de Moctezuma III le había de sudar el copete y salirle canas verdes.

—¡Ira de Dios! —Lamparilla revolvía en su cabeza miles de proyectos, a cual más osados, y no pudiéndose fijar en ninguno exclamaba a cada momento: «¡Ira de Dios!». Ese terrible juramento le había ocurrido como un arma terrible contra el miedo en el momento en que los Melquiades lo tenían sitiado en su alojamiento de Ameca.

XXXIX. La hacienda de Santa María de la Ladrillera

Qué años hace que ocupados con la menguada suerte de la rica familia del palacio de la Calle de Don Juan Manuel y con el fin trágico de la desventurada Tules, no damos un paseo por el ignorado y pacífico rancho de Santa María de la Ladrillera. Es necesario dar una vuelta y visitar a las personas con quienes primero hemos hecho conocimiento, pero acompañados, por supuesto, de nuestro amigo el licenciado Lamparilla.

Lo que los políticos, con gran entusiasmo y agarrándose de él para medrar, llaman progreso, es una cosa que efectivamente existe y que empuja unas veces a la gloria y otras al precipicio; pero no importa, empuja siempre, y no hay medio de evitarlo.

El rancho de Santa María de la Ladrillera no había podido resistir este empuje. La fachada de la casa que ya conocemos, retocada con mezcla revuelta con sangre de toro, presentaba un color morado renegrido, imponente cuando se le veía de lejos y tristísimo cuando se le veía de cerca; las ventanas ya tenían completos sus verdosos vidrios de la fábrica de Puebla, y las rejas pintadas de negro. En el frente se había plantado un jardín, cubierto de claveles, de anémonas, de alfombrilla, de ruda, de borraja y yerba de Santa María; el fresno, no obstante su edad y lo torcido de su tronco, echaba a relucir cada año su verde copa, y los sauces llorones habían sido reemplazados por sauces derechos, álamos blancos, ocotes y fresnos, y ya parecía aquello un pedacito del monte de las Cruces o de Río Frío; no se sabía si alegraba o aumentaba la tristeza de la sombría fachada, a la que se habían agregado seis almenas y un medio círculo sobre la puerta. La calzada se había recompuesto con arena y piedra suelta, y la era para trillar la cebada y el trigo estaba detrás de esa especie de castillo feudal. El ganado se había reproducido: los hijos de las vacas, de las borregas y de las cabras eran los que habitaban el corral, y los parientes habían encontrado digna sepultura en los estómagos de la familia, convertidos en chito y en cecina. Los hijos de los perros retozaban más gordos y alegres que sus padres, y las gallinas, gallos y guajolotes, mezclados con palomas, eran tan numerosos que se necesitaba espantarlas para andar, y taparse los oídos, pues tanto así era el cacareo y bullicio amoroso de esas aves, compañeras y víctimas del hombre. Es necesario no olvidar que los caballos de don Espiridión, ya viejos e inservibles, los había vendido ¡el ingrato! a don Javier Heras para que fuesen destripados en la plaza de toros de San Pablo. Un tordillo quemado y un retinto ocupaban el tejabán construido en un ángulo del corral y comían paja y buen grano en el pesebre. Las burras muy gordas, y los burritos retozones, bonitos y alegres. Todo había mejorado y era debido a la iniciativa y actividad de Moctezuma III. Se conocía que corría en sus venas la sangre del gran emperador azteca, que amaba la pompa y el lujo y no se podía pasar sin estas cosas. El muchacho, de divagado, ocioso y dormilón, se había convertido en activo y trabajador.

Don Espiridión engordó, engordó de tal manera que no se movía sino con mucho trabajo; el bigote cerdoso y tieso formaba una especie de tejado sobre sus labios que cada día estaban más gruesos y más morados; las cejas le caían también sobre sus párpados arrugados; los cachetes le colgaban, y el vientre era un medio globo inflado constantemente con gases inflamables y peligrosos; apenas discurría y sólo hablaba para pedir de comer, y comía que daba miedo. Lo levantaban a las ocho entre Pascuala y Moctezuma III, y andando, poco a poco, lograban sentarlo en la banca de piedra que estaba también descompuesta, y allí permanecía echando maíz y migajas de pan a las gallinas, hasta que lo quemaba el sol. Cuando tosía fuerte, era señal de que se quería marchar, y entonces doña Pascuala y Moctezuma lo conducían al rayador, donde comía y cenaba; de allí, casi dormido con su tlachique, que no cesaba de tomar con abundancia, lo conducían a la cama, y era un trabajo que hacía sudar a la pobre mujer arroparlo hasta que cerraba completamente los ojos. En todo esto no hablaba, sino que de cuando en cuando gruñía sin llegar a articulación ninguna; pero eso quería decir que algo necesitaba, y por señas se hacía entender: regularmente pedía sus cajillas de asquerosos puritos del estanco. Al levantarse y al acostarse lo único que decía con visible esfuerzo era «Pa… pa… pa… ascuala…» «Mo… mo… mo… tezuma ter… ter… cero», y levantaba una mano con los dedos gordos y renegridos de no lavarse y la pasaba por la cabeza de doña Pascuala.

Moctezuma había crecido y engordado también, pero no al grado de ponerse inútil y pesado; por el contrario, era ágil y expedito. Se apropió las calzoneras, la manga, la silla y la espada virgen de don Espiridión; montaba bien a caballo; lazaba y echaba manganas a yeguas y burros ajenos, pues su ganado, que estimaba como suyo, lo cuidaba mejor que don Espiridión. Todo lo más del día estaba en el campo o en el cerro plantando magueyes, echando chicotazos a los peones para que no flojearan, y cuando no, él mismo pintaba las puertas, rejas y ventanas, o guardapolvos de humo de ocote a las piezas de la casa. La cocina tenía un brasero que él mismo, ayudado de un peón albañil, había construido, agregando un horno tan grande que se podía asar un borrego entero. Por supuesto, sabía leer en carta, escribir letra gorda y sumar; hacer la difícil multiplicación que a cada momento se le ofrecía: ochenta arrobas de paja a real y medio y tres tlacos, o diez cargas de cebada a dos pesos, dos reales y tres cuartillas. Nunca se equivocaba, y podía desafiar a uno de los catedráticos de segundo curso de matemáticas a que hiciera de memoria esta operación como él solía hacerla. En una palabra, doña Pascuala decía que había criado a Moctezuma para rey y a su hijo para licenciado.

En efecto, el heredero que con tanto trabajo vino al mundo, por obra de milagro, estaba de pupilo en la escuela de Tlalnepantla, acabando de aprender a leer en carta y a escribir en falsa, para pasar al colegio de San Gregorio de México a estudiar gramática latina, filosofía y leyes, y recibirse, en fin, de licenciado, mientras que Moctezuma aprendía prácticamente a sembrar maíz y cebada, raspar los magueyes, vender la paja y estar así en aptitud de ponerse al frente de los vastos dominios que debía heredar de su real antecesor. Las notables mejoras que se habían hecho en el rancho se debían a su iniciativa. Él tuvo la idea de construir una caballeriza para que en tiempo de las lluvias y del frío se abrigasen los caballos; él compró unas dos burras de primera cría; él se empeñó en que se revocara y se pintase de almagre y sangre de toro la fachada de la casa. Era un gran reformador y no pasaba día sin que tuviese un nuevo proyecto en su cabeza, y tenía que entablar una lucha continuada con don Espiridión, que se oponía decididamente, moviendo la cabeza, revolviendo ferozmente sus ojos saltones y diciendo: «Nooo, nooo, no». Pero doña Pascuala intervenía y concluía por obtener un triunfo completo. Como todas estas mejoras requerían dinero, era Lamparilla quien lo suplía, hasta que pareciéndole exagerada la suma y sabiendo que don Pedro Martín de Olañeta tenía a veces dinero de sus clientes que colocar, le pidió tres mil pesos con hipoteca de la finca, y con esa suma se reembolsó sus adelantos, se aplicó una buena parte a cuenta de honorarios y, con el resto, Moctezuma III emprendió la construcción de una nueva troje, compró un pedazo más del cerro y aumentó los linderos del rancho, empeñándose en circundarlos de una muralla, cuya idea llevó a la práctica. Y ya con esto le parecía que podía darle el pomposo nombre de «Hacienda de Santa María de la Ladrillera».

Fue tanto el remordimiento y el pesar que aquejó a doña Pascuala después de su prodigioso parto, el cual preocupó tanto al doctor Codorniú y a los doctores de la Universidad, que no pudo criar a su hijo, sino que mandó buscar a los remedios una chiche, y ella, pensando siempre en la suerte del niño robado en Guadalupe por la bruja Matiana, no comía ni dormía, y se puso flaca como un esqueleto; pero el tiempo, que es buen amigo, fue borrando con su eficaz polvo el fastidioso recuerdo, y la salud y la buena comida ayudándole, le devolvieron su natural gordura, y con la gordura la tranquilidad, hasta el grado que con la mayor calma platicaba del suceso con Jipila, cuando ésta iba de tiempo en tiempo a recoger yerbas, lagartijas, gusanos de maguey y catarinas por el cerro. Tenía su dentadura blanca y completa; la cabeza sin una cana, y trabajaba desde el amanecer con Moctezuma en ordeñar las vacas, hacer cecina, sembrar el jardín, componer las jaulas de los pájaros y asear la casa, que estaba como un plato de China. La única cosa negra que se veía en este cuadro era el fantasma de don Espiridión.

El día menos pensado, y cuando doña Pascuala estaba en su buena cocina guisando su almuerzo, la sorprendió una nube de polvo, ruido de espadas y el galope de caballos; asomó la cabeza por la puerta y se encontró con el licenciado Lamparilla seguido de tres jinetes.

—Cartas y cartas, compadre —porque es necesario no olvidar que Lamparilla llevó a cristianar al chico y de común acuerdo se le puso el nombre de Guadalupe Espiridión— y nada de venir —le dijo doña Pascuala luego que lo reconoció—. Apéese usted y entre a la sala, que allí lo alcanzo, y almorzará con nosotros.

Lamparilla bajó del caballo, y al entrar a la sala tropezó con don Espiridión que, como de costumbre, estaba asoleándose sentado en una banca de piedra.

—Li… li… li… cen… li… li… —fue todo lo que pudo decirle; pero Lamparilla, que ya conocía su enfermedad o, mejor dicho, el estado de imbecilidad a que había llegado, no lo dejó concluir, lo calmó y le dio su par de palmadas un poco fuertes en el hombro.

—No hay que acobardarse, compadre —le dijo— cada vez lo encuentro a usted más sano, más contento, más gordo. Siga usted así; en la cara se le conoce que está vendiendo salud.

—Li… li… li… —tartamudeó don Espiridión hinchando su labio superior y presentando como defensa su bigote tieso.

—No, no hay que hablarme, ya sé lo que quiere usted decir, que tengo el ojo morado ¿no es verdad?

Don Espiridión inclinó la cabeza en señal de asentimiento, y Lamparilla, sin hacerle más caso, entró en la sala, donde pronto lo siguió doña Pascuala.

—¡Pero calle, compadre! ¿Qué tiene usted en el ojo, no lo había reparado cuando le saludé?

Percances del oficio, qué quiere usted. Esta herida que ve usted, la recibí en el servicio de Moctezuma III, y si me da un poquito más abajo, me cuesta la vida; un ladrillazo terrible que me tiró uno de los Melquiades; pero ya hablaremos después de almorzar, tengo un hambre devoradora. Mientras usted acaba, mándeme con la indita una poca de agua para lavarme siquiera las manos. ¡Puf!, he tragado polvo en esa calzada…

—Antes de un cuarto de hora estaremos en la mesa, que ya Espiridión está también gritándome y es señal de que ya no aguanta.

En efecto, don Espiridión gritaba: «¡Pa… pa… pas… pas… cuala!» y no cesaba, pero no se podía mover. La indita sirvienta, que tendría doce años y que había sustituido a la que encontramos cuando doña Pascuala salió de su cuidado, entró con un lebrillo de agua y una toalla al tiempo también que Moctezuma, que andaba recorriendo sus posesiones, se apeaba del caballo y estrechaba la mano de Lamparilla.

Ni diez minutos dilató doña Pascuala. El almuerzo listo, la mesa bien puesta, y ella, con sus manos ya lavadas, se presentó a invitar al licenciado a pasar al comedor, mientras Moctezuma fue a dar el abrazo a don Espiridión.

Pasó la comida sin incidente, colocaron otra vez a don Espiridión en su banco, y provistos de un par de tazas de hojas de naranjo y su botella de anisete, Lamparilla y doña Pascuala volvieron a la sala.

Comadre, no quería darle un disgusto antes de comer; pero estamos mal por todos lados.

—Por Dios, cuénteme lo de la pedrada, que tiene usted el ojo que da lástima y voy a hervir un poco de saúco para darle unos fomentos —dijo doña Pascuala.

—Ya le contaré a usted lo del ojo.

—Sí, sí, lo del ojo, compadre, es lo más importante, y mientras platicamos hervirá el agua.

Doña Pascuala fue a la cocina, puso el jarrito en la lumbre y regresó al instante.

—Comencemos por lo más importante, comadre —dijo el licenciado, limpiándose con su pañuelo el ojo, que le lloraba, pues se le había irritado con el polvo del camino—. Este rancho…

—Hacienda, compadre, ya sabe usted que Moctezuma lo ha vuelto hacienda.

—¡Tanto peor! —continuó Lamparilla—. Pues esta hacienda, va usted a quedarse sin ella, porque dentro de poco deberá ser vendida por usted misma y por mí, si no queremos quedarnos hasta sin camisa sosteniendo un pleito injusto y que al fin no se puede ganar.

—¿Pero cómo así? No es posible, compadre —interrumpió doña Pascuala asustada—. ¡Explíquese usted, por el amor de María!

—La explicación es muy sencilla. Debemos, con los réditos vencidos hasta hoy, seis mil ochocientos sesenta pesos al licenciado don Pedro Martín de Olañeta. Ya había dicho a usted que él me había ido proporcionando el dinero que Moctezuma ha gastado en volver hacienda el rancho de la Ladrillera; la escritura está hace un mes cumplida, y el dinero no es de don Pedro, sino del Marqués de Valle Alegre, que ha sido también embargado, que está en la ruina y que quiere recoger lo poco que le queda para irse al interior a casarse con la hija del Conde del Sauz, del que también le he hablado algunas veces. Es muchacha bonita y rica y el marqués reparará su fortuna; pero a nosotros nos arruina de pronto. Como don Pedro es persona muy respetable, y además nos ha servido y nos ha de servir mucho, como explicaré a usted después, no es posible demorar el pago del dinero, ni mucho menos intentar un pleito. No seré yo quien lo haga.

Doña Pascuala se puso descolorida y dejó caer los brazos con desconsuelo.

—Y la cosecha que está tan mala, el maíz perdido con la helada, la cebada no alcanza ni para el gasto de la casa y el pulque ha bajado de precio, y con todo, si no fuera por ese único recurso, no tendría ni con qué ir al tianguis de Cuautitlán…

—Pensaba yo —continuó Lamparilla— dar un golpe maestro en el negocio de Moctezuma III; pero me lo han dado a mí.

—Voy a traer, compadre, el cocimiento de saúco —dijo doña Pascuala—. ¿Qué haré yo en este trance si usted se me enferma, compadre?

La pobre doña Pascuala, dominando la emoción que las malas noticias le habían causado, fue a la cocina y volvió con el cocimiento de saúco y unos lienzos delgados y limpios y mientras cuidadosamente fomentaba el ojo de Lamparilla, éste le contaba minuciosamente su naufragio, el tumulto de Ameca, el peligro que corrió su vida, el ladrillazo y lo demás que sabe el lector. Doña Pascuala sufrió tantas y tan diversas emociones al escuchar el portentoso relato, que estuvo a punto varias veces de soltar el traste donde mojaba el trapo con que curaba a su compadre.

—No se canse usted, comadre; fue Melquiades el que me tiró el ladrillazo. Esos Melquiades son raza de víboras, como dice la Escritura, y es menester exterminarlos. A las víboras se les pisa la cabeza y no la cola, como dice ese gran don José María Tornel, que desgraciadamente no está en el poder en estos momentos, que me serviría de mucho, porque es hombre afecto a servir… pero creo que basta ya de fomentos; ya se me ha desinflamado el ojo, y sería mejor un defensivo; lo tendré puesto mientras esté aquí.

Doña Pascuala retiró sus aparatos y Lamparilla, enjuagándose bien los ojos con su pañuelo, continuó:

—Creía yo las cosas casi hechas, pero me he encontrado con unos verdaderos demonios; esos Melquiades quién sabe cuántos son, y quién sabe cuántos años hace que están en plena posesión de los bienes de Moctezuma III, y para quitárselos, además de obtener las órdenes necesarias del Gobierno, se necesita un batallón entero y hasta piezas de artillería. La hacienda y los ranchos que están en el monte en la falda del volcán, son unas verdaderas fortificaciones, según los informes que he tomado, y además, el bosque es tan espeso y tan lleno de barrancas, que al que lo conoce y se esconde allí, no lo puede sacar ni toda la policía junta. Además, malas lenguas dicen que estos Melquiades tienen relaciones con los bandidos de Río Frío, que atraviesan las veredas y vienen a refugiarse por Ameca cuando los persiguen por Chalco o por Puebla. Ya ve usted cuántas dificultades tenemos que vencer antes de entrar en posesión de los cuantiosos bienes de Moctezuma III.

—¡Pero compadre, por el amor de la Santísima Virgen de Guadalupe! ¿Será posible que me quede yo sin el rancho donde tantos años he vivido? ¿Qué haré yo con Espiridión, que está tan enfermo, qué dirá Moctezuma? Se largará desesperado a buscar su vida, y el día que se gane su herencia nada tendremos, ni tampoco él, pues sabe Dios dónde andará.

—Todo y más de lo que usted dice ha pasado por mi cabeza, y no sólo será el mal para la familia de ustedes, sino para mí. Van a decir que arruiné a usted, que por la mala dirección e ignorancia mía se han perdido los negocios. Imagine usted lo que hablarán esos tinterillos de Tlalnepantla y Cuautitlán… Por eso, malo como estoy del ojo, he venido a consultar con usted y a que tomemos una medida… Vamos ¿nada tiene usted guardado en la caja de madera, del producto de la cosecha del año pasado? La cebada se vendió bien, no dejó usted de coger sus cien cargas de trigo… Es preciso y, por mi parte, yo le ayudaré con lo que pueda.

—Se lo iba yo a decir a usted —contestó doña Pascuala, limpiándose los ojos, pues se le habían venido las lágrimas sólo de pensar que tenía que desprenderse de lo que había ahorrado—. Es triste cosa ir a dar a los usureros lo poquito que se ha podido juntar, y que tenía yo destinado para el entierro de Espiridión, para comprarle un caballo a mi hijo antes de que entre al colegio, para hacerle a usted un regalito de día de su santo y para otras cosas.

—Comadre, no diga usted desatinos; no hay usureros ni nada de por medio. Ya le he dicho que mi maestro, porque así llamo al licenciado don Pedro Martín, es el que ha prestado el dinero; por lo demás, ya veremos cómo se entierra a don Espiridión cuando se muera; y respecto a mi cuelga, me contentaré con uno de los caballos de Moctezuma… Vamos a ver, en primer lugar, cuánto tiene usted y cómo se paga ese dinero.

Doña Pascuala llevó a Lamparilla a su recámara, cerró las puertas con llave, abrió la consabida caja y comenzó por sacar la mancerina y diversas piezas de plata, cajitas con corales, perlas y relicarios de oro, un prendedor con una esmeralda del tamaño de una haba, propiedad de don Espiridión, y otras chucherías de valor.

—Vea usted, comadre, en vez de gastar dinero, con ese fistol que para nada sirve a don Espiridión, que está con un pie en el sepulcro, sale usted de su cuidado el día de mi Santo.

—Dice usted muy bien, compadre; yo haré que Espiridión mismo se lo dé a usted…

—Es una chanza, comadre —dijo Lamparilla, contento de ser ya como dueño de la monstruosa esmeralda—, guárdelo usted, y veamos lo que va encontrando de dinero.

Doña Pascuala registraba y hundía el brazo en la profundidad de la caja, retiraba un envoltorio o una cajita o una petaca de pita, y con un suspiro la ponía donde estaba el licenciado, muy atento y empeñado en esta busca.

Reunidos los bultitos, petacas y nudos de trapo, comenzaron a contar, y había poco más de cuatro mil pesos en escudos y onzas de oro. Eran las economías de doña Pascuala, menguadas en parte para pagar las tierras y el cerro que había comprado Moctezuma.

—Estamos salvados ¿no es verdad, compadre? Me quedo con unos cuantos medios nuevos, y es todo mi capital, no hay más en la caja.

—Se equivoca usted, comadre, no estamos salvados. Yo he prometido pagar dentro de ocho días la cantidad íntegra a don Pedro. Si le doy un peso menos, no lo admitirá; es hombre así: se llamará a engañado, perderé su amistad, procederá judicialmente, y antes de dos meses estará usted fuera del rancho.

—¿Qué hacer, compadre, qué hacer? —dijo doña Pascuala apretándose las manos—. Ya no queda nada en la caja; la voy a vaciar para que usted la vea. Empeñaremos las alhajitas y la plata.

—Puede ser un recurso, pero no completaremos. Yo le ayudaré a usted con quinientos o seiscientos pesos —le respondió Lamparilla—, es de lo que puedo disponer de pronto.

Doña Pascuala acabó de vaciar la caja, y enseñaba el fondo limpio al licenciado, cuando tocaron la puerta. Echó en la capa precipitadamente y con silencio el oro y la ropa que pudo, la cerró, fue a abrir y se encontró con Jipila.

Esta visita contrarió a la dueña del rancho en esos momentos que estaba tan apurada, y se vio tentada de regañar a la herbolaria, cerrar la puerta y decirle que se fuese a esperarla a la cocina; pero recordó que entre las dos había un terrible secreto, disimuló y correspondió con afabilidad el humilde saludo.

—Entra, Jipila, entra; pon tu huacal en el suelo, siéntate y descansa. ¿Qué te había sucedido? Hacía tiempo que no venías y hay mucho culantro verde en el cerro, que es lo que a ti te gusta.

Jipila estaba fuerte, sana, con su dentadura blanca, su cabello negro muy liso, su limpio e igual color cobrizo y sus ojos muy negros e inteligentes. Los años no habían pasado por ella; estaba lo mismo que el día en que, acompañada de Matiana, vino a curar con sus eficaces bebistrajos el mal incurable de doña Pascuala.

—Madrecita —le dijo Jipila— con perdón del señor licenciado, quería comunicarte una molestia.

—Vaya, Jipila, ni las buenas tardes me das. ¿Ya no te acuerdas de mí?

—Ni lo quiera Dios, señor licenciado. Los pobres no olvidamos a los señores ricos que nos hacen algún aprecio. Su merced sí se ha olvidado de mí. Lo veo pasar a usted los más días por la esquina de Santa Clara y en la plaza, hablando con las del puesto de fruta de doña Cecilia.

Lamparilla, al oír el nombre de Cecilia, de un salto se levantó de la cama y se le vinieron los colores a la cara, pero disimuló.

—¿Ya volvió Cecilia a su puesto? —le preguntó.

—Creo que ayer estuvo allí, riéndose y muy contenta, pues ya San Justo se fue del mercado y está otro señor dizque es muy bueno. De don Justo nada tengo que decir: le llevaba yo todos los días su manojo de hojas de naranjo a su casa y nunca me chistó ni una palabra.

—Vaya, me alegro de que estés como si fuera el día en que por primera vez te vi aquí. Si tienes algo que decir a doña Pascuala voy un momento afuera.

Salió Lamparilla e inevitablemente se encontró con don Espiridión, sentado como un ídolo de piedra en su banco, que le gritaba.

—Li… li… li… cencia… cencia… do Lam… pa… pa… pa… pa… rilla.

Tuvo que detenerse y llevarle la corriente al pobre enfermo, y explicarle que había estado tratando con doña Pascuala de traerle al doctor Codorniú y a los doctores de la Universidad para que lo curaran.

Don Espiridión, con la cabeza, le dijo que no, y animándose por un momento sus ojos y queriendo reír, se erizaron los pelos de su bigote y dijo muy contento:

—Ji… ji… ji… pi… pi… la.

Jipila, a la que dejamos con doña Pascuala, abriendo su boca y pelando sus dientes blancos, le tomó la mano y se la besó, entre humilde y cariñosa.

—Madrecita —le dijo— te tengo que pedir un gran favor, y la Nuestra Señora de Guadalupe te lo pagará.

—Di, Jipila, di, ya sabes que te quiero, que te estoy muy agradecida, pues hiciste de tu parte lo posible; Matiana tuvo sólo la culpa; pero ¿qué había de hacer la pobre si creyó que la Virgen se lo había mandado? Espero en ella y en Dios que a esa desgraciada criatura no se la comieron los perros, y que tendrá buena suerte o que su madre lo habrá encontrado.

Jipila suspiró y bajó los ojos.

—Siempre que te veo recuerdo esos días, que no tendré otros tan amargos en mi vida; pero, vamos, di qué se te ofrece antes de que vuelva a entrar el licenciado.

—Quiero, madrecita —dijo simplemente Jipila—, que me guardes mi dinero.

—¿No es más que eso? Pues te lo guardaré muy bien; estará en mi caja, que siempre está cerrada. Dámelo si lo traes.

—Es mucho, madrecita; te dejaré lo que traigo.

—¿Como cuánto? —le preguntó doña Pascuala.

—Mucho, madrecita; yo no sé contar más que con maíces; pero no he podido.

—Y ¿de dónde has cogido ese dinero, Jipila? le dijo doña Pascuala, alarmada y creyendo que se trataba de un robo.

—Tantos años de trabajo, madrecita. ¿Qué quieres que haga una pobre como yo con el dinero, más que comprar una velas y unos cohetes para la Virgen el día doce?

—Vamos, es otra cosa; ya lo iremos contando.

Jipila, de entre el tomillo, el laurel, el palo mulato, la zarzaparrilla y las muchas otras yerbas aromáticas de que estaba lleno el huacal que cargaba en las espaldas, sacó un bultito envuelto en un ayate y en frescas hojas de maíz, y lo puso en el suelo. Doña Pascuala contó trescientos pesos en menudo, pesos y algunas monedas de cobre.

—Todos los días traeré lo que pueda, madrecita; está enterrado en Zacoalco, debajo de unos adobes, cerca del jacal donde antes vivimos Matiana y yo, y es preciso que vaya antes que amanezca y lleguen las recuas del pulque que pasan muy cerca. Me robarían si me vieran, o lo desenterrarían. Desde que vivía Matiana hemos guardado allí lo que Dios nos ha dado por nuestro trabajo.

—¿No puedes calcular, poco más o menos, cuánto será?

—Sí, madrecita; serán como ocho tamalitos como éste.

Doña Pascuala al momento pensó que la suma que venía a confiarle Jipila pasaba de dos mil pesos, y vio el cielo abierto.

—La Virgen de Guadalupe te ha enviado al rancho, Jipila; no lo dudes, me quiere mucho su Divina Majestad. Me prestarás ese dinero; es decir, como tú no lo has de gastar ¿quieres que yo use de él mientras se levanta y se vende la cosecha? Por la Virgen te juro que te lo pagaré y te daré un logro, es muy justo; al fin tú trabajas sin descanso y debes ganar no sólo con vender yerbas sino con tu mismo dinero.

—Su merced hará lo que guste —contestó sencillamente Jipila—. Para antes del día doce de diciembre necesitaré veinte pesos para cohetes y velas, y diez pesos para mercarme una poca de manta y unas enaguas que quiero estrenar.

—No sabes el bien que me haces, Jipila. Tu dinero estará seguro, y más adelante, lo que será bueno es que con él compres un ranchito o una huerta o una casa en que vivas; ya hablaremos de eso. Ve a la cocina, ya te sigo, para que comas algo, pasa la noche en el rancho, pues no podrás llegar a tu casa antes de que se meta la luz. ¿Vives todavía en la Villa?

—En la Villa, como siempre —respondió Jipila cargando su huacal y dirigiéndose a la cocina.

Doña Pascuala se asomó a la puerta y quitó a Lamparilla, a quien don Espiridión había agarrado de una mano y no lo quería soltar, significándole que deseaba que Jipila le diese algún brebaje, porque repentinamente se le puso en la cabeza que Matiana lo había hechizado en una de las ocasiones que volvió a juntar culebras en el cerro, y desde entonces clavó el pico hasta ponerse en el estado en que lo hemos encontrado.

—Venga usted, compadre. ¿Qué hace usted con ese ventarrón que está soplando, y agarrado de la mano de este pesado de Espiridión, que cuando coge a uno no lo suelta, como si fuera el convidado de piedra? Para eso sí que tiene fuerzas. Venga usted, que nos hemos salvado, y bien se conoce que la Virgen de Guadalupe me quiere mucho.

—Voy, comadre, al instante —le contestó Lamparilla, haciendo un vigoroso esfuerzo para que le soltase la mano don Espiridión—. Quiere que le dé Jipila una infusión de yerbas para curarse del hechizo.

—Ya le daremos gusto, pero entre usted un momento.

Lamparilla y doña Pascuala volvieron a instalarse junto a la consabida caja de madera.

—¿Quién le parece a usted que nos ha sacado del apuro?

—Me lo acaba usted de decir: la Virgen de Guadalupe —le contestó Lamparilla sonriendo.

—No sea usted masón ni hereje, compadre; no diría usted eso cuando se estaba ahogando en la laguna; es verdad, nos ha salvado la Virgen por medio de Jipila.

—¿Cómo así comadre? Estoy azorado; cuénteme usted —dijo Lamparilla medio recostándose en la cama.

—¿Quién nos había de decir que esas indias, cuyo capital consiste en yerbas, pedacitos de raíces, lagartijas, gusanos y culebras, tuviesen más dinero que nosotros?

—Eso no es creíble…

—Como se lo cuento a usted, y aquí tiene la prueba —y doña Pascuala sacó de la caja el bulto que contenía la primera remesa de dinero que le había entregado la herbolaria—. Como este bulto dice que tiene muchos, y que los irá trayendo para que se los guarde. Creo que serán como cuatro mil pesos; de modo que con esto y lo que tenemos ya habrá para pagarle al marqués, y usted quedará bien con el licenciado.

Lamparilla no creía, pero tuvo que convencerse tomando el peso al bulto de dinero que le puso en la mano doña Pascuala.

—Pero bien, supongo que Jipila va a traer ocho o diez envoltorios como éste ¿y qué?

—¿Y qué? Ya tengo su consentimiento para usar de ese dinero que me traía a guardar, porque lo ha tenido enterrado en Zacoalco y tiene miedo de que se lo roben.

—Entonces, dice usted bien, nos hemos salvado —dijo Lamparilla muy alegre, levantándose de la cama y sonando las manos—. Dice usted bien y creo lo que usted dice; que es la Virgen de Guadalupe la que ha venido en nuestro socorro. Apostaría cien pesos a que Jipila antes de venir aquí ha ido a consultar a la Virgen, como lo hizo cuando ella y la bruja vinieron a curar a usted; pero sea como fuere, estoy ya tranquilo. Y a propósito… qué cabeza… vine al asunto de dinero y a otra cosa… y me había olvidado, como de la primera camisa que me puse… ¡Qué cabeza la mía! Desde el naufragio y el ladrillazo de los Melquiades me voy poniendo como don Espiridión. Le traigo a usted un muchacho guapo, poco más grande que mi ahijado.

—¿Pero cómo o para qué me trae usted ese muchacho?

—Es precisamente un recomendado de don Pedro Martín de Olañeta, que nos acaba de prestar un servicio interesante, que también venía a contar a usted, y ya lo olvidaba. ¡Qué cabeza la mía! Si no pienso más que en Cecilia.

—¡Cómo, compadre! ¿Qué tiene que ver en nuestros negocios Cecilia?

—Nada, comadre; pero acabo de referir a usted que le debo la vida, y ¿qué quiere usted? No la puedo olvidar. ¿Cree usted que no tiene mérito una mujer que pudiéndose haber refugiado en el tular, prefirió estar sumida hasta el cuello en el agua y teniéndome abrazado como a un chiquillo para que no fuese a sumirme?

—Tiene usted razón, compadre; pero no se distraiga y acábeme de decir lo del huérfano que me trae.

—Es un huérfano del licenciado don Pedro. Por razones que ni a usted ni a mí nos importan, no lo puede tener en su casa, y desea que permanezca al lado de usted en el rancho.

—En la hacienda, compadre —interrumpió doña Pascuala.

—Pues bien, que permanezca en esta hacienda —continuó Lamparilla— para que aprenda los ejercicios del campo y más adelante pueda proporcionarle entre sus muchas relaciones un destino de mayordomo o administrador.

—Con mucho gusto, compadre, basta que usted lo trajera. Esta hacienda siempre ha sido de usted, y más ahora que me está ayudando a salvarla.

—Gracias, comadre, gracias; pero volvamos a Juan, que así se llama. (Juan había vuelto a tomar su nombre, pues nada había ocultado al licenciado.) Es necesario que lo trate usted como si fuese su hijo y al igual de Moctezuma; que monte a caballo, que conozca bien el cerro y los caminos, que sepa poner las yuntas y las yeguas de trilla, raspar los magueyes, sembrar el maíz, darle su escarda, vender la paja y los demás esquilmos; en una palabra: sacarlo un buen ranchero para entregarlo al licenciado don Pedro Martín sabiendo sus obligaciones y en disposición de administrar una finca.

—¡Qué lástima que Espiridión, que era tan buen agricultor —interrumpió doña Pascuala, dando un suspiro— esté ya tan incapaz!; que él, antes de un año… Pero no tenga usted cuidado, yo sé un poquito de todo y además le diremos a Moctezuma que lo tome a su cargo.

—Cabal —dijo el licenciado— le viene como anillo al dedo; sabe leer bien, escribir y gramática y ortografía que el mismo don Pedro Martín le ha enseñado. De modo que podrá enseñar a Moctezuma estas cosas, pues no lo creo muy adelantado, a la vez que Moctezuma lo adiestrará en las faenas del campo y podrá llevar los apuntes de las ventas del pulque; en fin, un libro de cuentas, porque ya lo necesita esta hacienda.

—Como usted lo dice, compadre, todo se hará así; yo, además, tendré una compañía y quien me haga mis mandados a Tlalnepantla y Cuautitlán…

—No, todo menos eso. Expresamente me encargó el licenciado que no fuese Juan a los pueblos, y que no pasase de los campos de la hacienda. Tendrá sus razones y es menester darle gusto, y voy a decir a usted el servicio que nos ha prestado, además de la consideración y esperas en el asunto del dinero del marqués. Necesitaba yo aclarar una duda importante que tenía el Ministro de Hacienda antes de resolver definitivamente que Moctezuma III entrase en posesión de sus bienes, y esta duda era sobre la descendencia de ese verdadero rey, que tiene usted como su hijo en este rancho.

—Hacienda, compadre.

—Hacienda, comadre, no lo olvidaré, y tiene mucho por el pedazo de cerro que ha comprado, y que si no ha sido por Jipila, todo se lo lleva el diablo.

—Por la Virgen de Guadalupe, usted lo ha confesado. No sea usted incrédulo ni desagradecido, compadre.

—No acabaremos en toda la tarde, y ya es hora de marcharme —dijo Lamparilla con muestras de impaciencia—. Los caminos no están muy seguros, los Melquiades pueden ponerme una emboscada y por eso ando por todas partes con un par de mozos de mi confianza, armados hasta los dientes.

—Tiene usted mucha razón, compadre. Soy una necia y no le volveré a interrumpir.

—Pues al grano, y aunque a usted no le importen personalmente estas cosas, es fuerza que las sepa, pues es, como quien dice, la madre de nuestro legítimo emperador, una vez que al pobre de Iturbide le dieron en Padilla una fusiladota como una casa. Moctezuma II tuvo varios hijos de ambos sexos que sobrevivieron a las matanzas y a los horrores que hicieron los conquistadores. De pronto se confiscaron todos los bienes que pertenecían al emperador, y como soberano déspota y absoluto que era, figúrese usted si no tendría tierras a Dios dar; los cerros de Ameca, los volcanes, el monte, la nieve; el azufre del Popocatépetl sólo es un tesoro; sobraría para hacer pólvora para todos los ejércitos del mundo entero; pero después, el mismo conquistador don Hernán Cortés y el emperador Carlos V les otorgaron mercedes a manos llenas concediéndoles tierras, aguas, montes, vasallos y pensiones sobre el tesoro, y por eso hemos dado buenas mordidas nosotros a cuenta de mayor cantidad. Fuéronse sucediendo los herederos en línea directa hasta don José Cayetano Vidal Moctezuma, que fue, óigalo usted bien, comadre, Cristóbal de la Mota Portugal Moctezuma; y de éste desciende nuestro Moctezuma III, que Dios guarde, como dicen los gachupines. ¿Me entiende usted ahora, comadre?

—Clarito, compadre, una burra del corral lo entendería —contestó muy alegre doña Pascuala—. Ni duda, hasta parientes de obispo.

—Pues bien, esa historia la debo al licenciado don Pedro Martín de Olañeta, y con sus indicaciones y protegido por mi tío el archivero, he sacado copias de las reales cédulas, y no me faltaba más que una copia muy esencial que debe estar en Ameca, para presentar una nueva solicitud al Ministerio de Hacienda y probar hasta la evidencia que es a Moctezuma III a quien pertenecen los volcanes y las tierras de Ameca y no a los condes y duques de España, muy buenos para considerar a los indios como animales, que el Papa dijo que eran gentes racionales, pero muy listos para cobrar las pensiones y pretenderse descendientes directos del emperador Moctezuma II. Creo que me he explicado ¿no es verdad comadre?

—Como un predicador.

—Ya pensará usted cuánto empeño debemos tener para que Juan esté contento y de esa manera pagar a don Pedro sus favores, que no han de ser los últimos; pero le dije que se iba haciendo tarde y es fuerza que acabemos hoy, que no tardaré en volver a recoger el dinero. Acuérdese usted que tenemos nada más ocho días.

—Antes de ocho días ya habrá traído Jipila los ayatitos llenos de pesos que vaya desenterrando de Zacoalco; pero no hay que decir ni una palabra a nadie.

—¿Me tiene usted por un chiquillo, comadre? Ni a mi sombra; voy por Juan para presentarlo a usted.

Lamparilla, en efecto, estaba tan aturdido con sus aventuras, con el pago del dinero, con su ojo inflamado a causa del ladrillazo de Melquiades y, sobre todo, con la memoria de Cecilia, que al apearse del caballo dejó a Juan y a los mozos en el sol y no se volvió a acordar de ellos; pero uno de sus criados, que era camastrón, el mismo que se durmió en la paja en Ameca mientras la vida de su amo estaba amenazada, así que vio que nada se disponía, entró al corral con los caballos, les echó un buen pisto de paja y en seguida se dirigió a la cocina en compañía del otro criado y de Juan, se arregló con la molendera y, mientras su amo comía con doña Pascuala, ellos se hacían servir gordas calientes untadas con salsa de chile, carnitas fritas y sus jarros de tlachique.

Don Espiridión quiso detener a Lamparilla, insistiendo en que le diera el brebaje; pero no le hizo caso y volvió acompañado de Juan y lo presentó con nuevas recomendaciones a doña Pascuala. En esto volvió Moctezuma de su excursión al cerro, donde estaba plantando unos magueyes; se le instruyó de lo que convenía saber y se le presentó también a Juan, el que fue bien recibido; les simpatizó desde luego, y no les faltaba razón. El muchacho, en el tiempo aunque corto que había estado en casa de don Pedro, se había mejorado con la vida arreglada y regular, con la compañía de Casilda, que lo tenía encantado, y con la tranquilidad completa, que no se turbó sino hasta el día en que leyó el párrafo del periódico; así pues, sus facciones iban tomando una regularidad varonil, y sobre todo sus grandes ojos negros, que había heredado de Mariana, lo hacían interesante, a lo que contribuía su vestido nuevo de buen paño y bien hecho.

Como don Espiridión se iba poniendo furioso, fue necesario que al fin le hiciesen una infusión de muicle, y se le dijo que eran yerbas misteriosas que había traído Jipila; que con eso se aliviarían sus males y desaparecería el hechizo de la bruja Matiana; pero fue necesario que la misma Jipila, doña Pascuala y Lamparilla le dieran la bebida y le llevasen en seguida a la recámara. Hecho esto, Lamparilla se despidió de su comadre, dio unos cuantos consejos a Juan y, montando a caballo, ya entrada la noche, seguido de sus dos valientes criados, emprendió a galope el viaje para la capital.

Después que se marchó Lamparilla, doña Pascuala impuso a Moctezuma del estado de sus negocios, y trastornando la relación que había oído, le hizo saber que era hijo legítimo de un obispo, y ese obispo hijo directo de Moctezuma II, con lo cual quedó muy ancho y contento el muchacho; y como sabía que el Juez de Tlanepantla tenía secretario, y que también había secretario en el ayuntamiento, la llegada de Juan le vino como de molde; él mismo fue al rayador a disponer una cama para Juan, lo sentaron a la mesa a cenar y cuando estuvieron solos dijo su idea a doña Pascuala, la que convino en ella. En consecuencia, el primer acto de este monarca ignorado de todo el mundo fue nombrar su secretario particular, con doce reales de sueldo semanarios, al hijo de Juan Robreño y nieto del muy poderoso señor don Diego, Melchor, Gaspar y Baltasar de todos los Santos, Marqués de las Planas y Conde de San Diego del Sauz.

XL. Dentro de casa

Cecilia no era cualquier cosa; era una rica propietaria: tenía dos casas, una en México y otra en Chalco; de la de México hemos dado apenas una ligera idea; pero haremos, cuando sea necesario, una descripción minuciosa. De la de Chalco tenemos que ocuparnos en este momento. Chalco no es tampoco un pueblo rabón. En tiempos de los aztecas era un reino, y los chalcas vinieron, como otras muchas tribus, de tan lejanas y tan ignoradas tierras que hasta ahora, por más que han cavilado los anticuarios mexicanos y extranjeros, lo único que han podido saber es que vinieron por el norte, lo cual es casi lo mismo que la respuesta del negro cuando reunió a todo un cabildo para decirles quién se había robado la lámpara de la catedral. Durante la dominación española se le llamaba la providencia de Chalco, y la República le dio el título de ciudad. Sea por la inmediación a las lagunas, sea por la disposición de las montañas o por cualquiera otra causa que los observatorios meteorológicos no indagarán, es muy airoso y sólo le gana en esto, en la tristeza habitual y en el polvo, Tenango del Aire; pero los jueves de cada semana cambia un poco de aspecto con la feria de maíz. Allá van los hacendados pobres y que sin embargo quieren arrastrar a toda costa coche en México, no sólo a vender el grano, sino la cosecha en berza; allí van los administradores ladrones a jugar onzas de oro como testimonio de la buena dirección de las fincas de campo de su amo; allí van los jugadores ambulantes de ruleta y baraja, y allí van también no pocos ladrones a ver lo que se pescan y a indagar quién tiene dinero y quién no tiene, quién viaja o se queda en su casa, para salirle al encuentro o asaltarlo. Además de la plaza y Calle Real, que es lo más animado, hay en las orillas cercanas al canal cierto movimiento diario con la entrada y salida de las trajineras y con la llegada de los arrieros de la Tierra Caliente.

Por ese rumbo estaban las importantes posesiones de Cecilia. Era una gran casa vieja; pero un francés le hubiera dado el nombre de palacio. En efecto, debió haber pertenecido en otro tiempo a alguno de esos españoles ricos que querían tener su casa cerca de sus haciendas para poder vigilarlas sin estar sujetos al aislamiento absoluto y a los peligros consiguientes en épocas revueltas, en que se formaban partidas de ladrones que se ocultaban en Río Frío y caían de improviso en cualquier hacienda indefensa. Un alto y ancho zaguán, coronado con un tímpano romano, y encima añadida posteriormente una pesada cornisa de ladrillo, y sobre esa cornisa un santo de piedra de una sola pieza, toscamente labrado, cuyo nombre se había perdido, pues mientras unos decían que era San Dimas, otros aseguraban que era San José, a lo que otros contestaban que para ser San Dimas le faltaba la cruz, y para ser San José la vara y el Niño Dios. La verdad era que, en los títulos viejos, se llamaba la casa de San Fernando; y en efecto, aquel busto de piedra tenía una corona en la cabeza. A cada lado de la puerta, cuatro altas ventanas con sus medias muestras y sus tímpanos sobre las cenizas; pesadas rejas de fierro, bastidores sin vidrios y puertas de cedro, talladas en cuadrados entrantes y salientes. Abriéndose el zaguán, se penetraba a un gran patio con corredores de cuatro varas de ancho, sosteniendo sus techos columnas de piedras de una sola pieza (o monolitos, para echar al descuido alguna erudición). De una ancha cornisa, también de piedra, y sobre el tosco capitel (de ningún orden) de cada columna se desprendía, como escapada de dentro de la cornisa, o una culebra o una lagartija o algún otro animal mostruoso de granito, y eran las canales por donde desaguaban las azoteas de todo el edificio. Estas esculturas de piedra eran fragmentos de antigüedades aztecas, preciosos para un museo, y que el rico propietario que construyó o habitó la casa había limpiado, taladrado y acomodado como a fuerza, y sustituido a los simples tubos de barro. La casa era lo que llamamos en México entresolada; así, al entrar, dos escaleras de ocho peldaños, de piedras también aztecas con relieves extraños, daban acceso a los corredores; y en éstos, distribuidas sin mucho orden ni simetría, las entradas a las habitaciones, con toscas puertas de cedro labradas ya en cuadrilongos, ya en trapecios, ya en cualquiera otra figura geométrica que, examinadas bien, daban una curiosa muestra de la carpintería antigua. Al frente, dos salones espaciosos; en el fondo, un gran corredor capaz de contener cien convidados; y en los costados, viviendas, recámaras, gabinetes, retretes, cocinas, una confusión de cuartos de doble fondo, al punto que el que no conocía el local, se aturdía y se extraviaba fácilmente. Los techos, todos de cedro labrado con sus ménsulas terminando en caras de leones o de perros. Las paredes estaban pintadas simplemente de cal; pero en los salones y piezas de honor se reconocía una buena pintura al fresco en los frisos, con sátiros, ninfas, cornucopias, jarrones de flores y cariátides; pero todo viejo, polvoriento, con cuarteaduras muy tapadas y con remiendos hechos por un pintor de ollita. Añádase a esto la falta de muebles y de habitantes, y resultaba el caserón un tanto pavoroso.

Después del fallecimiento de la rica trajinera madre de Cecilia, el caserón de San Fernando se puso en venta; pero a pretexto de que se necesitaba mucho dinero para repararlo, y era verdad, no hubo quien ofreciera más de dos mil pesos; no queriendo casi regalarlo, los herederos convinieron en quedarse con él, y sucesivamente vivieron los hermanos y parientes; pero Cecilia poco a poco les fue prestando hoy veinte pesos, mañana treinta, hasta que un día liquidaron amigablemente, y Cecilia quedó dueña absoluta y se estableció allí cuando su parentela había abandonado definitivamente la casa y el pueblo.

Los salones los tenía ocupados con paja, maíz y cebada arrumbada en los rincones, con aparejos de burros, con jarcia, con remos y pedazos de chalupas y con otros mil trebejos; las ventanas se abrían una media hora de tiempo en tiempo para dar ventilación; los demás cuartos —y eran catorce o quince— vacíos y sin muebles, menos el departamento que ella se había reservado, que consistía en la cocina, que tenía muy limpia; en una especie de sala y dos recámaras; piezas todas amplias, de techos muy altos que comunicaban con la azotehuela, con el corral y caballerías, y con la huerta, que estaba abandonada y que, rodeada de una alta cerca de adobe, tenía una ancha puerta a la espalda de la casa por donde entraban y salían, cuando era necesario, los carretones. Del costado de la huerta a la laguna había una corta distancia; Cecilia poco a poco, sin pedir permiso a nadie y sin que nadie tampoco se lo estorbara fue cavando un canal hasta que logró llegar a la orilla del agua, y con trabajo y arrastrando con cuerdas las canoas logró que entrasen hasta dentro de su casa; de modo que, en la estación de las lluvias, en que abundaba el agua en los lagos y canales, podía salir embarcada en su trajinera desde su palacio de Chalco, y entrar en el muelle de piedra de sus almacenes de la Calle de la Acequia. En el tiempo de secas esta navegación era difícil y tenía que suspenderla algunos meses, limitándose a embarcarse en Chalco como todo el mundo y venir a la garita de San Lázaro, de México.

En la sala que habitaba Cecilia había en el centro una mesa sola antigua, con la tabla de cedro de una pieza, muy gruesa y de más de media vara de ancho, lo que daba testimonio de los frondosos y colosales cedros que debieron encontrarse en los montes cercanos en tiempos remotos; dos canapés de caoba con pies de leones, uno con tabla y otro acojinado con indiana, unas cuantas sillas de caoba que estaban como de respeto, y más de una docena de sillas ordinarias de tule, de distintos tamaños y colores. Un petate de Puebla con tejidos rojos servía de tapete al estrado. Ni un espejo, ni un cuadro, ni una estampa de santos; las paredes lisas y limpias, con los restos extraños de los frescos retocados con colores fuertes y, por consiguiente, echados a perder. El techo era un verdadero artesón de cedro digno de un palacio.

La primera recámara servía de muchas cosas; en primer lugar, de guardarropa. De uno a otro extremo había cuatro cuerdas gruesas fijadas en la pared con unas alcayatas. La primera y segunda cuerda estaban destinadas para las camisas y enaguas blancas; las otras dos, para las enaguas de encima y para los rebozos. Las camisas y enaguas, con pocas excepciones, estaban bordadas, cosidas con randas y terminadas en encajes finos. Las enaguas de encima presentaban una variedad infinita. Seis u ocho de castor, variando los encarnados, con cinturas de tafetán, salpicadas de lentejuelas de plata y oro o sin ellas; las demás, azules, verdes y de muchos colores, de las indianas más caprichosas que se fabrican en Inglaterra y Francia, expresamente para las Américas. Los rebozos de seda, de otate, de bolita, de hilo común, hechos en Temascaltepec, en Tenancingo, en San Miguel el Grande, en todas partes donde los tejían mejor; en resumen, el guardarropa era tan variado, tan surtido y tan lujoso como el de una comedianta de primer rango; pero además, tan limpio, tan oloroso, tan atractivo y tan curiosamente colocado, que debajo de aquellas camisas blancas y de las enaguas de vivos colores, huecas y esponjadas con el almidón, el hombre de menos imaginación, San Luis Gonzaga mismo, que hubiese podido levantar los ojos, habría creído ver moverse dentro los brazos, el pecho, las piernas frescas y redondas de otras tantas mujeres, vestidas de chinas y tapatías, como se veía en las calles de México, de Puebla y de Guadalajara. En un rincón de este cuarto estaba un montón de colchones de diversos tamaños, frazadas y sábanas finas y ordinarias, que casi llegaban a las vigas; en otro, petates ordinarios por docenas, y en el tercero, en una especie de armario de palo blanco sin puertas, filas de zapatos bajos de seda verde, azul oscuro, blancos, negros, carmelitas; uno que otro par amarillo canario o azul claro; pero todos, lo mismo que la ropa, limpios, olorosos, provocantes, pues era la pieza más limpia y perfumada con sahumerios de exquisitas plantas, con el aroma de unas cuantas macetas que cultivaba Cecilia en la azotehuela y que colocaba algunas horas allí para evitar que se tostaran con el sol y dejaran al mismo tiempo sus aromas. Junto a ese escaparate había una tina grande de madera, otra de hojadelata, una calentadera y varios cubos de bateas pequeñas.

La tercera pieza, que era la que Cecilia había destinado para su recámara y la única en que habitaba, pues las demás estaban cerradas con llave, era quizá la mejor de la casa. Amplia, casi cuadrada, con dos grandes ventanas al costado derecho de la finca, una puerta al frente, desde donde se veían las montañas y la llanura inmensa de agua y, lo mismo que la sala, con un curioso artesonado de cedro como si lo acabaran de reponer; los frescos de las paredes, aunque desmejorados, sin toques ni pintarrajos, parecían una imitación o copia de esas complicadas grecas, cenefas y adornos de los pergaminos antiguos; el suelo, de buenas y nuevas soleras enlazadas en cada cuadro con azulejos; las ventanas y la puerta con sus vidrieras y cortinas de lienzo transparente blanco, bien plegadas; la cama, muy limpia, pintada de verde, con su cabecera y rodapié con miniaturas y flores; tres colchones cubiertos con sábanas bordadas y finos sarapes de San Miguel y las almohadas un primor de calados, randas, bordados y relieves de seda de colores, obra de manos de la misma Cecilia, que había estado de pupila en México, en su niñez, en la amiga de las manitas, en la calle de Medinas, y por inclinación se dedicó a la costura, al bordado y muy poco a la lectura y a la escritura. Una mesa, unos sillones, unas sillas, un ropero de caoba, dos grandes pantallas, única cosa que adornaba las paredes; eran los muebles verdaderas antiguallas rotas, desdoradas, que había tenido cuidado de mandar restaurar. En un rincón una regular escultura del Señor del Sacro Monte, con un vaso delante lleno de flores. Los obligados y conocidos petatitos de Puebla servían de alfombras. Cuando ocurrió el naufragio, Cecilia misma, a pesar del susto y de la fatiga, ayudada de la hija de un remero dispuso una de las mejores piezas para el licenciado Lamparilla, poniéndole un banco de cama que encontró entre los trebejos de los salones, su par de colchones, buenas sábanas y cobertores, y sillas y sillones más decentes, sin faltar candeleros y demás cosas indispensables en una recámara, que abundaban también, aunque no de lo más escogido y fino, mientras que a Evaristo lo colocó al otro extremo de la casa, dándole por cama tres o cuatro petates ordinarios, un poco de paja seca y un par de frazadas. Para un desconocido era mucho, y demasiado buena fue con albergarlo y mantenerlo por tres días.

Cuando residía Cecilia en lo que llamaremos su castillo de Chalco, dejaba cerrado el puesto de la Plaza del Volador, y los almacenes de la Calle del Puente de la Leña a cargo de un remero ya medio instruido y civilizado, que había elevado al rango de mayordomo, y un velador en la calle, y se llevaba a sus dos doncellas que, como la mayor parte de las indias, tenía el nombre de la Virgen; pero para distinguirlas a una le llamaba María Pantaleona y a la otra María Pánfila. Las había traído de Ameca casi niñas y las acostumbró a su modo y trabajo que tenían que hacer; eran labraditas, limpias, afables, medio civilizadas con el trato de los marchantes, de una sencillez y candor que, como se dice, no habían perdido la gracia del bautismo; y las desvergüenzas y malas palabras que oían a los cargadores, cocheros y verduleras, las solían repetir con la mayor naturalidad, como los niños, y sin comprender su significado. En la sangre tenían la honradez y jamás les había dado la tentación de enconarse ni con un tlaco. La venta de la fruta entraba íntegra en los cajoncitos que tenía Cecilia dedicados a guardar el duro, el menudo y el cobre; fieles y apegadas a su ama, la servían al pensamiento: en el puesto, vendiendo fruta; en la cocina, en el aseo de las cosas, en el cobro de deudas y mandados, desde que había desaparecido Juan; en una palabra, eran sus esclavas; pero en compensación comían y vestían bien, y además recibían un buen salario, que Cecilia les guardaba, o les compraba sus hilitos de perlas, sus arracadas y sus medallas de plata. Estaban las dos Marías tan contentas, que oro molido que les hubieran ofrecido en otra parte lo hubiesen rehusado por no abandonar a su ama. Aparte de los disgustos en la plaza con los marchantes que manoseaban la fruta sin comprarla, las borracheras de los indios remeros, lo cual era realmente insignificante y pasajero, esta familia de tres mujeres del pueblo, solas y aisladas en Chalco, pasaba la vida bien entre el trabajo, la buena comida y el mejor sueldo; y eran más felices que los que entre seda, plata y oro habitan el palacio de la Calle de Don Juan Manuel. La criada o segunda capitana, que acompañaba a Cecilia en sus viajes en la trajinera, era alquilada por viaje redondo y variaba cada mes o cada dos meses; pero las Marías nunca se le despegaban. Lo único grave era la guerra sorda, pero sin tregua, que le hacía San Justo; mas el percance del naufragio le había ocasionado el grandísimo bien de que Lamparilla le quitase este enemigo, y tal servicio lo agradeció tanto que no hallaba cómo pagárselo; se sentía como enamorada y dispuesta a corresponderle, pero desechó esa idea como una cosa imposible y pensó en hacerle un espléndido regalo. Un caballo del Jaral, un reloj de oro, un anillo de brillantes, una prenda, en fin, que llamara la atención.

Con estas ideas, con la de comprar o mandar construir en el astillero de Zoquiapan una buena canoa más grande y mejor que la que había naufragado, y con la de encargar a Tierra Caliente que continuaran los envíos regulares de plátano, de naranja, de chicozapote, de granadas y otras frutas sabrosas de esas tierras, de que hacían gran consumo don Pedro Martín, los ministros de la Corte y la casa de los marqueses de Valle Alegre, Cecilia resolvió pasar un par de semanas en Chalco, y ya se verá que tenía necesidad de ello.

XLI. Dentro del baño

Un sábado muy temprano Cecilia metía una pesada llave en la cerradura de la puerta de la casa de Chalco que hemos dado a conocer, y entraba seguida de las dos Marías, que cargaban unos envoltorios y canastas con quesos, mantequillas, chorizos y cuantas otras cosas son necesarias para una buena cocina.

—¡Dios nos asista! —dijo Cecilia luego que cerró tras sí la maciza y pesada puerta—. ¡Qué polvo, qué basura!, y estas condenadas golondrinas que me tienen los corredores hechos un asco; en cada solera tienen un nido —continuó diciendo, levantando la vista y recorriendo los techos—. Estoy decidida a que vengan los remeros con unas escaleras y las echen de aquí a otra parte, que no hay escobeta que baste para tener limpia la casa.

Las golondrinas, como si hubiesen oído su sentencia de expulsión y tratasen de defender su causa, vinieron en bandadas del cielo azul cantando muy alegres y trayendo en el pico ya un grano, ya un gusanillo para sus hijos que, en efecto, sacaban las cabecitas calvas de los nidos; les daban de comer y regresaban al éter puro, y volvían y pasaban cerca de Cecilia como queriendo saludarla y darle la bienvenida, y luego se colocaban en fila en los lagartos y monstruos aztecas que servían de canales, hasta que se atrevieron al fin a pararse tres o cuatro en los hombros de Cecilia, la que se apoderó por sorpresa de una de ellas mientras las otras saltaron asustadas a la cornisa. La golondrina prisionera se defendía y trataba de escapar, hasta que al fin cerró el pico y miró con sus brillantes ojillos a su carcelera.

—Parece que me conocen —le dijo Cecilia— y que han venido a pedirme que no les mate a sus hijos. Al fin, lo mismo que nosotros, son hijas de Dios —dijo soltándola—. Y luego, dicen las gentes que la casa donde anidan las golondrinas es feliz; al menos a mí, desde que me mudé aquí, ni me han robado, ni me he enfermado, ni me ha sucedido nada. Mira, María Pantaleona, no sólo vas a quitar ese polvo y tanta basura, sino a echar unos cubos de agua donde han ensuciado las golondrinas; y si no estás muy cansada coge las escobetas y deja los corredores limpios como un plato de China.

—Lo que usted quiera; pero mañana estarán lo mismo mientras estén llenos de nidos los techos.

—Dices bien; aunque me pese, es necesario desterrar a estos animales, que son bien cocijosos, destruir los nidos y sahumar con pólvora y azufre para que no vuelvan; y si son tenaces tirarles unos balazos con esa escopeta vieja que está arrinconada en la sala y que para algo ha de servir.

Y entretanto, las gozosas golondrinas, cantando y formando un concierto que aturdía, iban y venían de los campos verdes y del cielo azul a revolotear las alas delante de sus polluelos y a dejarles en el pico los mosquitos y palomitas de San Juan que habían cazado en el aire.

Cecilia se dirigía a uno de los salones en busca de unos cartuchos y de la escopeta vieja, pero se detuvo a contemplar la alegría, la felicidad y la confianza de las aves, que pasaban junto a ella como queriendo otra vez posarse en su hombro.

—¡Qué animales! —dijo—. Parece que me han entendido y que ya consideran ésta como su casa. Lo dicho: que se queden, no he de ser yo quien sea su verdugo y el de sus hijos. ¡Pobrecitas golondrinas! ¡Tan vivas, tan alegres!… ¡Me echaría la sal encima!…

Y con esta resolución, en vez de entrar en el salón, se encaminó a sus piezas, que las muchachas habían abierto de par en par.

—¡Calle! —continuó—. Mi ropa, mis zapatos, todo tirado y revuelto en el suelo como si alguno hubiese entrado para hacer un quimil con ello y llevárselo.

Un ventarrón, que comenzaba a soplar en ese momento había entrado por las ventanas y tirado y revuelto el bien abastecido guardarropa.

Cecilia volvió a colocarlo en el mejor orden, aseó, sacudió su habitación y gritó a Pantaleona que, descalza y con las enaguas entre las piernas, echaba cubos de agua en los corredores y en el patio.

—Escucha, muchacha: mientras dispongo mi ropa y acabo la limpieza, me calientas agua para el baño; pero, espera, ya sabes lo que tienes que hacer, y voy a darte el canastillo.

Cecilia abrió su ropero y entregó a la criada un canasto lleno de raíces, de yerbas secas y de pedacitos de palo de diversos tamaños y colores. Todo ello provenía de Jipila y eran yerbas aromáticas y medicinales que servían para apretar la cintura, para suavizar el pelo, para dar lustre a la piel, para aromatizar el agua, para mantener la dureza de los pechos. La herbolaria tenía sus tratos con Cecilia; le escogía de lo mejor y se lo vendía a buen precio, recibiendo además sus regalos de fruta y de recaudo. Las dos se entendían muy bien, y Cecilia, por experiencia, sabía que eran mejores los remedios mágicos de Jipila que las drogas de las boticas y las pomadas y perfumes de la peluquería.

En un momento estuvieron en las hornillas del brasero cuatro o seis ollas grandes llenas de agua. A la una le echó puñados de flor de romero, a las otras los palillos, hojas secas y raíces que escogió de la canastilla, y en seguida, y vaciando con un cubo la tina de madera llena de agua, que estaba, como hemos dicho, en el guardarropa, con lo cual acabó de lavar los corredores, dispuso lo necesario para el baño. Entretanto María Pánfila molía el maíz y disponía el almuerzo, Cecilia sacudía uno a uno sus muchos pares de calzado de seda y acababa de poner orden en sus cosas.

El ventarrón cesó; el sol, que había estado en las primeras horas de la mañana velado a intervalos por nubes que se llevó el viento con dirección a la capital, entraba dorado y espléndido por las amplias ventanas; el ramo de rosas silvestres colocado delante del Señor del Sacro Monte despedía vivos olores, y la extremada limpieza de los muebles, y especialmente del lecho, daban a esta amplia recámara con su alto artesón, un aspecto no sólo de alegría, sino de algo que no se podría explicar; quizá también completaba el atractivo la presencia de la dueña y señora de ese castillo, entre rústico y grandioso y en la frontera de lo naturalista y de lo fantástico. Acababa de trafaquear, se había quitado su pañuelo de seda de cuadros rojos y azules que cubría su cuello; aflojada la jareta de su camisa, uno a uno desabrochaba los rosarios e hilos de corales y de perlas, los quitaba de su garganta y, lo mismo que las arracadas de oro de sus orejas, los depositaba en la mesa. Después dejó caer sus enaguas de encima, quedó con las interiores a media pierna, y se descubrieron sus pies calzados con unos zapatos de raso café, arreglados a manera de pantuflas, dejando descubierto un talón redondo color de rosa.

—¡Muchachas! —gritó—. Estoy lista: traigan ya las aguas.

Las dos muchachas entraron corriendo tan luego como oyeron a Cecilia.

—Van a empaparse —les dijo—. Cierren bien las puertas del corral y de la calle para que nadie entre y pónganse su vestido de indias para que no echen a perder su ropa más de lo que está, pues no les he de comprar otra hasta el Jueves Santo.

Las muchachas, saltando contentísimas como unas chicuelas, fueron a cerrar las puertas y volvieron descalzas y enredadas con unas mantas azules de lana con rayas encarnadas, que les cubrían medio cuerpo. Una de ellas con una olla grande de agua hirviendo con la flor de romero, y otra con un jarro más pequeño con diversa infusión de las plantas de Jipila, las vertieron en la tina y la recámara se nubló con un vapor delicioso y aromático. Cecilia con una mano sacó por la cabeza su camisa, con la otra aflojó la cinta de sus enaguas, que cayeron en el suelo; entró en la tina y se sumergió en el agua perfumada.

—¡Ah! —dijo sacando el cuello y limpiándose los ojos con las manos—. Jipila no me ha engañado, el olor de sus yerbas es más fuerte que el del romero, huelan —y sacó un brazo redondo que chorreaba gotitas de agua cristalina, y dio a oler a las muchachas un poco de la que había recogido en el hueco de su mano.

—Cabal —contestaron—, el olor del romero se perdió ya, y esto huele como a azucena, como a clavel, quién sabe a qué, pero para eso le pagó usted catorce reales por el manojito que ya se acabó.

—Y si vieran que también pone el agua como suave, como no sé qué tan bonito que no me dan ganas de salir del baño. No se les olvide, aun cuando no esté yo en la plaza, de pedirle media docena de manojitos; pero vamos a lo que importa más, que es limpiarme el cuerpo, pues con todo y el romero y las yerbas de Jipila, todavía huelo yo misma a los pescaditos y a los yerbajos de la acequia… Ya les he contado lo que nos pasó y ¿creerán que porque no se ahogara ese licenciado que temblaba… vaya, que daba lástima, ni se me ocurrió encomendarme a Dios? De seguro sin confesión me habría llevado el diablo.

Y diciendo se puso en pie, y en un momento la enjabonaron las dos muchachas y cubrieron su cuerpo de blanca espuma.

—¡Ah! Así, serio; no haya cuidado que no se me caerá el pellejo, con tal de que se me quite este mal olor… Qué preocupación… Huelan…

Las muchachas acercaron sus narices a las espaldas y a las piernas de Cecilia.

—Nada, doña Cecilia, nada, pura aprensión de usted; al contrario huele su carne a clavel y a azucenas que tanto le gustan al señor licenciado.

—Ahora el agua que Jipila dice que es buena para la cintura. Yo no estoy mala de la cintura, pero ella dice que echándose esa agua nunca me enfermaré, y vale más, pues para trabajar, y para ir y venir, y para ganar con qué comprarles ropas, y a mí también, que nunca me basta con la que tengo, lo primero que se necesita es estar buena y sana… Pero… aprisa, que ya comienzo a tener frío.

María Pánfila templó con agua fría la otra olla del cocimiento aromático de Jipila y la vertió suave y pausadamente sobre la cabeza de Cecilia. Corrientes pequeñas de un líquido color de vino jerez pálido resbalaban por el pecho, los brazos y el torso de Cecilia, y la despojaban del vestido espumoso de jabón; sus cabellos negros y abundantes cayeron sobre sus espaldas hasta más abajo de la cintura; su bello cuerpo apareció en aquella atmósfera luminosa de la recámara como una visión del paraíso; las gotitas de agua reposaban en los nidos de amor de sus brazos y de sus rodillas, y parecían diamantes de intento colocados para realzar la delicadeza de su piel suave y húmeda.

—Es bastante muchachas, y guarden un poco para ustedes, que se pueden bañar esta tarde y bien lo necesitan, aunque no se hayan caído como yo en la laguna.

Las muchachas la ayudaron a salir de la tina, la enjugaron con la sábana, la sentaron junto a su cama en uno de los viejos sillones y le acercaron un pequeño espejo, escobetas, peines y tijeras. En momentos vaciaron la tina, retiraron las esteras, limpiaron perfectamente el suelo, se quitaron sus trajes de india, revistieron sus ropas y se fueron a continuar sus ocupaciones.

Cecilia comenzó por secar y peinar su negro y largo cabello lustroso, delgado, fuerte, lleno de savia y de vida; casi se movía y se recogía en onditas envidiables, en la nuca y en la frente. Se hizo de pronto dos gruesas trenzas, las recogió con unos listones rojos en su cabeza formándose un voluptuoso peinado, y siguió con los pies, que era lo que más cuidaba y en lo que tenía y con razón verdadera vanidad. Si se quiere, era el pie de Cecilia defectuoso de puro pequeño, en relación con su cuerpo alto y opulentamente modelado. El dedo gordo, que por lo común tiene, aun en las mujeres más bien hechas, una forma arqueada que, entrando sobre los otros dedos, forma el feo defecto que se llama juanete, era de la más acabada perfección: redondo, con un color rosado encendido, describiendo una suave curva, se juntaba con los otros dedos, sin dejar tampoco ese espacio que se nota en algunas esculturas romanas; el dedo chiquito, también por lo común defectuoso en todas las gentes y como sumido o doblegado debajo de los otros, resaltaba por lo regular y bien proporcionado, por su natural colocación y por su encarnación, en armonía con el color de piñón del empeine alto y que subía suave y gradualmente a formar una torneada pantorrilla. Las uñas, lisas y transparentes; la planta rosada y blanda, y todo el pie sin la más pequeña imperfección.

Cuando acabó Cecilia, se calzó unos zapatos de seda color aceituna, que sin esfuerzo le venían bien y por la pala corta rebosaba la gordura del empeine; apenas se miró en el espejo, pero sí se puso en pie, y un momento se estuvo recreando con sus pies y sus pequeños zapatos de seda.

—Vaya —dijo, como si alguien la oyese— me vienen bien; no me lastiman y no me hacen feo pie. Le mandaré hacer al Santito otros dos pares.

Satisfecha con esta revista, dio dos suaves patadas en el suelo para cerciorarse de que no le lastimaban, y tirando la sábana se pasó por la cabeza una blanca y bordada camisa.

XLII. Poesías del licenciado Lamparilla

Apenas tuvo tiempo Cecilia de echarse las enaguas de seda amarilla y castor rojo, que tenía cerca, y cubrirse el seno con su rebozo, cuando asomó la cabeza por la puerta de la recámara el licenciado Lamparilla.

Siempre que convenía a sus miras e intereses, buscaba y encontraba un pretexto para aparecerse en casa de sus clientes y conocidos el día que menos lo esperaban, ya fuese en casa de doña Pascuala, ya en la del licenciado Bedolla, ya en la de Cecilia; y procuraba caer a las horas de almorzar o de comer, seguro de que lo habían de tratar a cuerpo de rey; y así sucedía efectivamente. En esta vez el motivo de su visita era para él muy importante.

Luego que María Pantaleona le abrió la puerta, se precipitó materialmente al patio, se quitó las espuelas y una blusa de dril trigueño, que usaba para no empolvar su chaqueta y sus calzoneras de camino.

—¿Está tu ama en casa, María? —le dijo, haciéndole un cariño en la mejilla.

—Se acaba de bañar, y está…

Sin esperar más y pensando que encontraría a Cecilia a medio vestir, no escuchó lo que seguía diciendo Pantaleona, y como sabía las entradas y salidas se coló de rondón hasta la misma recámara.

Cecilia salía ya a encontrar la visita, y le latió que no podía ser más que el licenciado, pues los arrieros de la Tierra Caliente no debían llegar sino a mediados de la semana.

—¡Cecilia!… ¡Qué guapa estás! Dios te bendiga, salvadora de mi vida, dame esa mano.

—Con mucho gusto, señor licenciado; pase usted a sentarse, que vendrá cansado del camino. Anoche precisamente pensaba yo en usted.

—¿Pensar tú en mi, y de noche? Buena señal.

—Pero no como usted piensa… Los hombres todo lo llevan al mal, y de veras, particularmente las pobres como yo, no saben ni cómo hablar delante de los señores.

—Déjate de pobres y de señores, que siempre andas con esa cantinela; ya quisieran muchas de las copetonas de México ser tan ricas y, sobre todo, tan hermosas como tú… Te acabas de bañar… qué olor… ¿Dónde compras tus perfumes?… Vamos, es cosa de trastornarse y perder el juicio… ¡Qué limpieza, qué cama…! Vaya, esto no estaba así cuando me trajiste después del naufragio, ni había visto esa ropa con que tropezó mi sombrero… Tienes el equipaje de una marquesa. Las de Valle Alegre no tendrán tanta ropa blanca como tú.

El licenciado tiró el sombrero en la cama, se dejó caer en el sillón que Cecilia acababa de ofrecerle y se quedó mudo y embriagado con el aroma y el vapor que aún despedía el cuarto, y como fascinado por Cecilia, que se sentó enfrente de él, dejando, sin pretensión, medio descubiertos sus pequeños y gorditos pies.

—Algo le ha sucedido a usted —le dijo Cecilia, después de un rato de silencio—, porque ni habla y tiene los ojos fijos en el suelo. Dígame usted el asunto, que las mujeres somos muy curiosas —y al mismo tiempo la maliciosa frutera se acomodó bien en su asiento y escondió entre los blancos encajes de sus enaguas sus desnudos pies, que no tuvo tiempo ni de calzar bien.

—¡Qué coquetas y qué malas son todas las mujeres! Bien sabías que lo que yo miraba eran tus pies y no el suelo —pensó Lamparilla, y luego dirigiéndose a Cecilia concluyó su pensamiento—. Cualquiera cosa apostaría —le dijo— a que tú sabes bien que nada tengo, y que lo que miraba no era el suelo.

—De veras que no creo que pudiera usted mirar otra cosa, pues no hay nada nuevo aquí y todo está lo mismo que cuando vino usted; solamente que he sacudido y hay más limpieza, y mi ropa en su lugar. El cuarto lo cerré cuando tuvimos la desgracia, porque no quería que mirase el pasajero lo que yo tenía o dejaba de tener, que a nadie le importa.

—Y a propósito, y ya que mientas al pasajero. ¿Qué ha sucedido con ese pájaro, que me parece un solapado pícaro? ¿No lo has vuelto a ver?

—Ni a su sombra —respondió Cecilia.

—¿De veras?

—¿Tengo cara de embustera? —le contestó sonriendo.

—Basta, y vamos a platicar de lo que nos interesa.

Cecilia se acomodó en su asiento, sacó la punta del pie, y apenas con el dedo gordo sostenía su calzado.

—En primer lugar, te he quitado una molestia de encima —continuó Lamparilla.

—Es usted tan buen amigo, señor licenciado, que no hallo con qué pagarle; con haberme libertado del yugo de ese maldito San Justo me ha dado usted diez años más de vida, y en eso pensaba yo anoche…

—Ya verás, hasta en verso he puesto el terrible lance, y ése es el segundo asunto; pero vamos a lo primero. Antuñano, el de la fábrica de hilados, pretendía que tú le pagaras los tercios de manta que se sumieron en el agua con nosotros.

—Ésa era una sinrazón —contestó Cecilia sacando ya naturalmente todo el pie, con lo que bailaron de gusto los ojos del licenciado—. ¿Fui yo quien tuvo la culpa? ¿Quién nos hubiera pagado a usted y a mí si nos hubiéramos ahogado?

—Eso es verdad, Cecilia; pero con todo, no se te hubiera quitado de encima el cocijo, como ustedes dicen, de que anduviese tras de ti el dependiente y de que te citaran a conciliación delante del juez si no pagabas; en fin… yo compuse el negocio manifestando al encargado de la casa que a tu canoa le hicieron un boquete debajo de la proa, y que íbamos a ser víctimas, y en vez de cobrarte, me ha dado la comisión de que me encargue a su costa de que saquen si se puede, los tercios de debajo del agua, y se regalen a los niños de la cuna.

—Vaya, mejor así —contestó Cecilia cambiando de postura, cruzando una pierna sobre la otra, y dejando ver sus dos pies y algo de la caña de las piernas, como le nombran a las pantorrillas los que la echan de conocedores y veteranos.

—Todo lo mereces, y yo soy el que no tengo modo de pagarte el favor tan grande que te debo… Ya verás… Tú que entiendes de estas cosas, te encargarás de que saquen del canal los tercios de manta, y mojados y todo los mandas a la cuna, a la Calle de la Merced, que te den un recibo y punto concluido; de paso podrás quizá sacar la canoa y las mujeres que se ahogaron seguramente. ¡Qué cabeza! ¿Creerás que hasta este momento me acuerdo de las pobres vendedoras de pájaros?

—En cuanto a la canoa, ni pensarlo —le respondió Cecilia—. Mas me costaría sacarla de donde está, que una nueva que he contratado con don Antero, el de la hacienda de Zoquiapan; y de las mujeres, las he encomendado a Dios, pero ni chistar de esto, señor licenciado; nadie sabe si iban gentes en la canoa o no; el cuerpo del remero que por borracho se ahogó ya se habrá deshecho o quién sabe donde estará; no sea que el Gobernador de México o el prefecto de aquí nos metan en averiguaciones.

—Dices bien, y vale más no platicar de estas cosas, que son siempre tristes. ¡Qué quieres que te diga! Estaba yo tan contento junto a ti dentro del agua, que si no hubiera tenido frío y miedo de ahogarme, semanas y meses me habrían parecido un instante.

—¡Qué gustos tan raros, señor licenciado! Ni de chanza diga usted tales cosas —le interrumpió Cecilia.

Y Lamparilla, sin hacerle caso, continuó:

—Desde esa noche de luna, que recordaré toda mi vida y que no sé si llamar feliz o desgraciada, no pienso más que en ti, Cecilia, y nada más que en ti.

Cecilia soltó una franca carcajada de risa.

—Puedes reírte y hacerme burla hasta que te canses; pero es la verdad.

—Ni lo imagine usted, señor licenciado. ¿Hacer yo burla de una persona a quien debo tantos beneficios? Ni lo he pensado —le interrumpió Cecilia—. Lo que sucede es que no creo que usted, con tanto quehacer y tantas muchachas bonitas y decentes que hay en México, pueda estar pensando en una pobre frutera.

—Te empeñas tú en rebajarte y en estarte llamando pobre, frutera y trajinera; se conoce que no te has visto en un espejo de cuerpo entero.

—Ni Dios que lo permita. ¿Y para qué había yo de verme? Una tarasca gorda y prieta; para medio peinarme, tengo bastante con mi espejito… Los pies es lo único que Dios me ha dado regular, y ¡qué quiere usted!, las mujeres de México, aunque seamos así… de la clase que soy yo, tenemos vanidad en nuestros pies; yo conozco una señora que quién sabe de dónde es, pues habla español peor que yo, y que dice que es de una tierra que se nombra Alimaña, y que me compra y me paga muy bien la fruta…

—Alemania será, que alimañas son animales ponzoñosos.

—Eso es, y que está muy lejos y se necesita pasar un charco más grande que la laguna, y ¡qué pies, señor licenciado! ¡Si sus zapatos de cuero muy gordo y de dos suelas parecen chalupas, y por Dios que no le miento a usted!

—Lo creo como si la viese, pero no me barajes la conversación, y pues que tú misma dices que tus pies son bonitos, no tienes por qué esconderlos.

—Limpios y nada más; menos los días en que llueve y hay lodo en la plaza, porque siempre ando con zapato de raso. Me quedaría sin comer con tal de comprar un buen par de color; desde chica he tenido esa maña, y mi madre hasta me pegaba, pero nunca consiguió, desde que salí de la amiga, que me pusiera, como quería, zapatos de gamuza negra.

Cecilia sacó sus dos pies, y en el mismo momento los cubrió con su ropa y arregló bien su rebozo.

El licenciado Lamparilla vio una especie de relámpago, una visión deslumbradora, más que si hubiese contemplado a Venus saliendo de las ondas, y sin saber lo que hacía quiso levantar un poco la ropa de Cecilia.

—Así no seremos buenos amigos —le dijo Cecilia con seriedad y desviando su silla. No sé qué cosa tan mala siento, sin saber por qué, cuando el señor licenciado quiere estas cosas… ¡Quién sabe!… Se me figura que me trata como a las que andan de noche en la calle… y como soy una tonta, no puedo ni decir por qué lo quiero de otro modo.

—Dices bien, Cecilia, dices bien; y tú, pobre y frutera, como dices a cada momento, me enseñas cómo se debe tratar a las mujeres que se quieren bien, como yo te quiero a ti… Ven, acércate como estabas, pues me da mucho sentimiento el que tuvieses desconfianza de mí. Ya todo pasó, ¿qué quieres? Tú misma reconoces que tus pies… vaya… somos de carne y hueso y hay ocasiones en que es imposible contenerse… Continuemos nuestra conversación y déjame contarte que es tan cierto que nada más pienso en ti, que hasta te he hecho unos versos.

—¿Seguidillas, peteneras o de jarabe, señor licenciado? —le preguntó Cecilia con ingenuidad.

—Nada de eso; versos para ti, de lo que nos pasó a los dos, y de la traición de ese lépero de San Justo.

—Eso sí que estará bueno —dijo Cecilia con mucha alegría, arrimando su silla y acercando su cara junto a Lamparilla que sacaba de su bolsillo un papel.

—Figúrate que en mi vida he podido hacer un verso, ni de muchacho cuando estaba en el colegio; casi todos los muchachos hacen versos y se vuelven poetas en vez de médicos o de abogados; pero yo ni por ese ejemplo; sólo un condiscípulo mío, el juez Bedolla, era más bruto que yo. Como te iba diciendo, quería hacerte un verso; pero como no podía, me fui a ver a un amigo, que es un poeta que se llama Rodríguez, para que me hiciera un verso dándole el asunto; pero, además de que su tío Galván, que no tiene más gracia que publicar el calendario que le hacen cada año, me recibió con una cara de herrero mal pagado, estaba ocupado con su comedia de Muñoz.

—¿De Muñoz? —dijo Cecilia—. Seguramente ha de ser don Rito, el de la tienda, que le pediría versos para mí, pues el año pasado me mandó uno que lo buscaré y lo enseñaré a usted.

—No, mujer; ese Muñoz era un Visitador que hace muchos años vino a México, y no don Rito; así que esté la comedia acabada e impresa la compraré y te la leeré.

—Como que me muero por el teatro. Cuando tengo lugar los domingos en la tarde, me voy a la cazuela.

—Pues como te decía, Rodríguez no me quiso hacer el verso, entonces busqué a Guillermo; ya lo conoces tú; te suele comprar fruta y te ha de haber echado tus requiebros, pues es zalamero y muy enamorado hasta no más. Si entrara en la pieza donde tienes colgada tu ropa, de seguro que se volvía loco y le hacía versos a cada una de tus enaguas, figurándose que estabas dentro de ellas. Ya te lo traeré de visita uno de estos días, y ya verás que te saca, como tres y dos son cinco, en su Musa callejera.

—¿Musa qué?

—Sí, mujer; así llaman a los versos chulísimos en que describen bailecitos de los barrios y chinas, y muchachonas guapas como tú; pero sigo con mi cuento, porque nunca acabaremos.

—Y el almuerzo debe estar ya hecho, y usted tendría hambre con el ejercicio del camino, y yo la tengo por el baño.

—Santa palabra, Cecilia; tú eres mujer que adivinas los pensamientos: eres una presea. De verdad que voy a devorar tu almuerzo.

—Para todos hay, bendito sea Dios, señor licenciado, y para eso trabajan estos brazos.

Al decir esto, Cecilia mostró a Lamparilla sus dos brazos robustos, con un par de primorosos hoyitos en los codos.

—Sí, antes de almorzar quiero leerte mis versos; pero te acabaré por contar. Guillermo, que es como mi hermano y nos tratamos de hermanos, es el más guapo muchacho que yo conozco, y cuando es amigo lo es completo. Ya sabía algo del naufragio, pero se lo acabé de contar; lo oyó con mucha atención y me dijo que iba a hacer un romance y que, sin decir nuestros nombres verdaderos, nos sacaría a ti y a mi. Ya verás… ha de ser chistoso o terrible, quién sabe cómo tomará el lance; pero al asunto. En cuanto le dije que quería un verso para ti, encendió su cigarro, se metió a su escritorio y no habían pasado quince minutos cuando salió con un papel con un verso escrito. Me lo dio y me dijo: «Vete, hermano, y sé muy feliz con tu trajinera, que me has pintado más hermosa que la Malinche; que yo, pobre de mí, no tengo esas fortunas de naufragar en agua dulce abrazado de una muchacha. Agachado sobre los libros, estudiando economía política, ya me salen canas verdes». ¡Qué Guillermo tan guapo! Corrí a mi casa, abrí el papel y leí:


Yo la vi, yo la vi a mi adorada
la vi hecha presa de letal tormento.
Pero ¿cómo expresar mi sentimiento
hermosura inocente y desgraciada?
 

—¡Caramba! —dije—, esto no comienza mal; pero luego seguí y eran unos versos para una muchacha a quien le daba un horroroso mal de nervios. Guillermo se equivocó, y como tiene tan revuelta su mesa, me dio esos versos en lugar de los que le rogué que me hiciera. Volví a buscarlo; anda vete, ni su luz; se fue a encerrar en el Molino del Rey y no le volví a dar palmada. No tuvo remedio; me resolví yo mismo a hacerte los versos; me he desvelado dos noches enteras y aquí los tienes; tendrán más mérito hechos por mí y me lo agradecerás más.

—Léalos, léalos usted, señor licenciado, que me muero de ganas de oírlos, y de veras se los agradezco más que si los hubiera hecho el que trabaja en la comedia de don Rito Muñoz.

—Ya te he dicho que ese Muñoz es otro y no don Rito el tendero. Ese Muñoz fue Visitador de México, y murió hace años.

—Pues Dios lo haya perdonado, y lo que importa es que lea usted los versos, que quizá se podrán acomodar a alguna canción y cantarlos con la guitarra.

—¡Qué idea! —contestó Lamparilla muy contento—. Si te gustan, veré a un amigo, a Ocadis, que les componga una música, y la canción se llamará La Cecilia. Escucha:


El negro y torpe engaño
hicieron que tu nave
en agua mansa y suave
viniese a naufragar.

Y en la serena noche
de luna refulgente
nos vimos de repente
cercanos a morir.

¡Qué susto, Dios Eterno!
Hundidos hasta el cuello,
yo no tenía resuello,
¡ay!… infeliz de mí.

Mas tú, valiente reina,
la ninfa de los lagos,
gocé de tus halagos…
Yo no quería morir.

Y el agua ya me ahogaba,
visiones mil veía,
ya pronto me sumía…
¡y sin poder salir!…

Mas tus amantes brazos,
Cecilia muy querida,
salváronme la vida
cuando debí morir.

Mujer encantadora,
pudiste tú escaparte,
mas preferiste ahogarte
unida junto a mí.

Tu muerte preparaba
un pícaro malvado,
su crimen ya ha pagado.
¿Estas contenta? Di.

Mi corazón es tuyo,
mi dinero, mi vida.
Cecilia mía, querida,
¿estás contenta? Di.
 

—Muy bonitos señor licenciado —dijo Cecilia cuando Lamparilla acabó de leer su poesía y muy satisfecho doblaba el papel para guardarlo en su bolsillo.

—¿Conque de veras te han gustado? —le dijo mirándola fijamente, para cerciorarse por la expresión de su fisonomía.

—Son preciosos; y sería bueno dárselos al cieguito Cayetano para que los cantara con el bandolón; voy a decirle también alguna cosa si me los lee usted otra vez.

—¿Y por qué no? Veinte veces si te agrada, te los volveré a leer; allá va:


El negro y torpe engaño,
hicieron que tu nave
 

—Vea usted, señor licenciado —le interrumpió Cecilia—, mi canoa, no como usted dice.

—Es lo mismo, mujer, y se puede decir nave a cualquier mueble que sirve para andar en el agua, y trajinera era difícil para mí el colocarla en un verso.

—Bien; sabe usted más que yo.

Lamparilla siguió con la segunda estrofa.

—Eso sí es verdad —dijo Cecilia— y nadita faltó para que nos quedásemos allí.

Lamparilla leyó la tercera estrofa.

—Y mucho que sí —dijo Cecilia—. ¡Qué susto! Ya me figuro el que tendría usted cuando yo, que sé nadar y estoy acostumbrada a vivir en el agua, no hacía más que encomendarme al Señor del Sacro Monte y me iba faltando también el resuello, lo mismo que a usted. Este verso está muy bonito y dice la pura verdad.

Lamparilla siguió con la lectura de la cuarta estrofa.

—Ésta también está bonita, señor licenciado; pero no se puede cantar, porque, los que me conozcan dirán que estando ya casi ahogándome me entretenía yo en hacerle cariños, y por eso no se quería morir. Lo que trataba yo era de soliviarlo cuando notaba que iba sumergiéndose; además, soy un poco más alta que usted y tenía más esperanzas de que el agua no me cubriera la cabeza, y en último caso habría nadado para el tular y lo habría cogido de los cabellos para que escapara. Eso pensaba, pero hasta ahora que se ofrece no se lo digo a usted.

Lamparilla concluyó la lectura de las siguientes estrofas, y no hizo Cecilia observación sino a la última.

—Sí, estoy contenta, y muy contenta, señor licenciado, pues al fin usted me favorece mucho y se interesa por mí. En cuanto a dinero, lo vamos pasando con el trabajo; y ya verá usted cómo, ya que San Justo no está de administrador de la plaza, pongo mi puesto de fruta mejor que antes, comienza mi nueva trajinera a hacer sus viajes y en poco tiempo se gana más de lo que se ha perdido. Yo estaría enteramente contenta si encontrara a un pobre muchacho que me servía, porque al pensamiento cuidaba todas mis cosas como si fueran suyas, y lo quería como si fuese mi hijo.

—¿Cómo se llama?

—Marcos…

—¡Ah! Entonces no es ése; pero trataremos de encontrarlo —dijo entre dientes.

Lamparilla no quedó muy contento con el éxito de sus versos ni con las observaciones que le hizo Cecilia; pero mucho menos con que se fijara para completar su felicidad en buscar al muchacho que le sirvió de mozo; así es que no tomó empeño ninguno y trató de reanudar la conversación y saber la impresión que había hecho en Cecilia la última estrofa; pero María Pantaleona los interrumpió diciendo que el almuerzo estaba en la mesa y si las quesadillas con rajas de chile se enfriaban, se pondrían tiesas.

Con esto, Cecilia se atrevió a tomar del brazo a Lamparilla y lo condujo al amplio comedor donde había una sencilla pero limpia mesa, y las lustrosas sartenes de barro despidiendo el aromático vapor de los sabrosos guisos.

—Hemos venido al comedor, señor licenciado, del brazo, como dizque lo hacen las personas decentes. Yo sé de todo, y mentira le parecerá a usted lo que se aprende en la plaza. Por los mozos y criadas se sabe la vida de todo México.

Sentóse Lamparilla en la cabecera de la mesa y Cecilia a su derecha. Estaba tan fresca con el baño de aromas, tan contenta del buen estado de sus negocios, tan limpia con su traje nacional que dejaba traslucir por la finura de la tela el color rosado de su piel, tan animada y amable, que Lamparilla se hallaba materialmente absorto y recorría con una mirada ávida los cabellos lustrosos, el cuello bien hecho y redondo, los encantos que a cada momento, por la ausencia del rebozo, se descubrían para ocultarse en seguida. No obstante que era goloso y que los manjares ya servidos en la mesa, por sus adornos y olor podían despertar el apetito de un muerto, en lo menos que pensaba era en comer, hasta que Cecilia llamó su atención.

—Algo tiene el señor licenciado que está tan distraído, y aunque las muchachas se han esmerado en la cocina, parece que nada de lo que está en la mesa le gusta. Vamos, deje usted los cuidados para otro día y comencemos por este guiso, que me figuro le agradará.

Cecilia sirvió al licenciado un buen plato de huevos con longaniza fresca de Toluca, rajas de chile verde, chícharos tiernos, tomate y rebanadas de aguacate. La molendera envió unas tortillas pequeñas y delgadas, humeando y despidiendo el incitante olor del buen maíz de Chalco.

Lamparilla desvió por un momento los ojos de Cecilia y los llevó al plato, cuyo vapor lo dejó sin vista.

—Vaya, Cecilia, te has portado como lo sabes hacer. Este plato, que un francés llamaría horrible revoltijo de salvajes, es de lo mejor que se puede pedir, y si tienes pulque curado, no hay ni qué desear. Tengo apetito y mucho, y aun cuando no lo tuviese, sólo el aroma que esto exhala resucitaría a un muerto. Por lo demás, te haces desentendida; bien sabes que ni estoy distraído ni tengo más asunto, ni otra preocupación que recrearme con tu hermosura. Porque te ha hecho Dios tan… así, así… como Su Majestad no ha querido hacer a otras mujeres. Parece que se esmeró y dijo: «Allá va el tipo mejor que el árabe, y que el georgiano, y que el italiano, y que el inglés, para que no se diga que en México sólo hay indias feas y sucias, apestando a sudor y a mugre». Que venga cualquiera de Europa y que te vea, y si no se le cae la baba como a mí, quiero que me ahorquen.

—Favor que usted me hace, señor licenciado, y aunque me tome la mano en decirlo, no me cambio por las francesas que van a la plaza a comprar ellas mismas su fruta y su recaudo. Es verdad que tienen su gorro, sus zapatos de dos suelas y que están más limpias que nosotras, pero eso no le hace.

—Lo que yo no puedo comprender —le interrumpió Lamparilla tronando la lengua y saboreando el guisado de huevos y un buen trago de pulque de piña, espumoso, con su polvo de canela— es cómo no te has casado, cómo no te has enamorado de alguno, cómo no han intentado robarte, no el dinero, sino a ti misma, que vales más que todas las canoas trajineras que navegan en el canal de Chalco; cómo, en fin, estás libre, quieta y dedicada a ganar la vida con tu trabajo.

—Ya verá usted; así es la suerte de las pobres, y no me han faltado proporciones, pero no me he inclinado al casamiento. Así que acabemos de almorzar le enseñaré las cartas que tengo, y que guardo para atestiguar con ellas cuando alguna mala lengua quiera hablar de mí; pero por ahora déjese de amores y almuerce a su satisfacción.

El segundo plato que presentó Pantaleona fue un extraño guisado de huesos.

Huesos de manitas de carnero, de manitas de toro, de manitas de puerco, de pies y de alones de pollo; pero cada hueso tenía adherida una porción de carne. Estaba condimentado con cilantro, habas verdes, aguacate y tornachiles. El aroma bastaba para alimentar, y los pedacitos de carne que contenía cada huesito eran lo más tierno y sabroso.

—Este guisote, lo usan mucho los pulqueros de México que saben comer bien; pero para nada sirven el tenedor ni el cuchillo, y es necesario echarse a pie. Conque fuera cumplimientos, y comencemos.

Cecilia tomó con sus dedos afilados y limpios un huesito, una pequeña rebanada de aguacate, y lo depositó en la boca de Lamparilla. Fue tal su sorpresa y su placer, que poco faltó para que se le atorase el hueso y concluyese su historia.

—Es la primera vez que como este guisado —le dijo—, y servido de la manera que tú lo has hecho, ni en las cocinas del cielo hacen otro mejor.

Lamparilla, animado con este rasgo de confianza, arrimó su pie y su rodilla contra la rodilla de Cecilia; pero ésta retiró al momento y con disimulo su silla.

—Déjeme hacerle finezas a mi modo y sin malicia, señor licenciado, y estaremos mejor.

Lamparilla retiró algo mortificado sus piernas y continuó el almuerzo, sirviendo las cocineras plato tras plato, todos tan sabrosos, tan bien dispuestos, que era imposible dejar de comerlos; Cecilia, fina a su modo, como ella decía, ya daba sopitas en la boca al licenciado, ya le servía pulque, ya le daba la mitad del taco de sus calientes tortillas. En el momento que Lamparilla buscaba más intimidad, Cecilia se retiraba y lo miraba con un aire entre enojado y burlón, y concluía por reír francamente y comer con apetito, como si no estuviera Lamparilla junto a ella.

Lamparilla estaba enfrente de una ventana y tan entusiasmado, que nada había podido llamar su atención. Sin embargo, al soslayo creyó ver una cabeza hirsuta que por momentos se levantaba al filo del bastidor y desaparecía después.

—La ventana de enfrente da a la calle ¿no es verdad, Cecilia?

—Da al callejón que se ha formado hace poco con la cerca del corral de enfrente, que estaba caída y ha reedificado hace un mes don Antero para guardar sus zontles de leña.

—Pues alguno nos espía.

—¿Quién se ha de acordar de nosotros?

—Te digo que nos están espiando.

Lamparilla se levantó de la mesa, abrió la vidriera con tiento y se asomó a la reja. Un hombre, en efecto, daba vuelta en ese momento por la esquina opuesta del callejón de don Antero, que así le habían puesto en el pueblo.

—Te decía bien, nos habían espiado.

Lamparilla salió precipitadamente a la calle, dio vuelta al callejón y siguió la dirección del espía; nada encontró: todo aquel rumbo estaba desierto, y aun a mucha distancia no se veía ni un alma, pues ya se ha dicho que la casa guardaba una posición aislada.

—Es imposible que haya sido una ilusión —dijo Lamparilla volviéndose a sentar a la mesa—. Juraría que hasta los ojos vi mover al que estaba al borde de la ventana; pero nada, ni rastro; una indita allá a lo lejos, y nada más.

—Yo nada vi —dijo Cecilia. Pero si alguno estaba y usted no lo encontró, debe haberse ocultado en el corral de don Antero, pues como no hay todavía nada que se puedan robar, la puerta, en ocasiones, la deja abierta el peón cuando va a buscar su comida.

—¿Quieres que demos una mirada al corral? —le contestó Lamparilla.

—¿Y para qué dejar nuestro almuerzo por esta friolera? Si alguno nos espiaba, nada malo vio, porque no es ningún delito el almorzar.

—Es verdad, pero la curiosidad; y luego se me pasa por la cabeza que ese hombre que vino con nosotros en la canoa se ha propuesto perseguirte.

—No deja de echar sus tiempos —le contestó Cecilia—. Ya sabe usted, señor licenciado, que las mujeres tenemos mucho de aquello para conocer luego quién nos enamora; pero aun así, no puede ser él, pues me han dicho en el pueblo que tiene un ranchito arrendado que pertenece a la Hacienda Blanca y linda con el monte de Río Frío, y apenas se le ve por aquí. Baja a comprar lo que necesita en un mal caballo flaco, se sube después al monte, y nadie lo vuelve a ver.

—En fin —la interrumpió Lamparilla—, si era él u otro, debe haberse marchado del corral mientras nosotros hemos perdido el tiempo platicando. Acabaremos de almorzar tranquilamente y después iremos por ese mentado corral de don Antero.

A los platos que ya se han mencionado, siguieron otros igualmente apetitosos y excitantes, concluyendo con una ensalada de calabacitas con granos rojos de granada, y unos frijoles y chicharrón, realzados por encima con su polvo de queso añejo, sus rabanitos y las hojas frescas y amarillentas del centro de la lechuga.

Cecilia se levantó y ella misma quiso servir el café, que por cierto no era muy bueno. El té y el café los usaban únicamente como remedio para el dolor flatoso.

—Mientras usted fuma su puro, voy a dar una vuelta a la cocina, y me dispensará —le dijo Cecilia echándole en un pozuelo de China el líquido, más claro que lo que se acostumbra.

—Vé, hija mía, vé, y haz tus quehaceres como si yo no estuviese aquí.

Cecilia tomó el jarrito de Cuautitlán en que había hecho el café, echó una mirada cariñosa al licenciado, dejando ver, al dar una airosa vuelta, sus rosadas piernas desnudas y sus pies pequeños rebosando sobre el calzado de seda.

—Este café no está de lo mejor —dijo en voz muy baja Lamparilla dando un sorbo y fumando en seguida un buen tabaco—, pero tengo que tomármelo todo, porque sería un desaire a Cecilia. No es de su cuerda el café ni los misteses y rosbises, como le dicen a la carne condimentada a la moda inglesa; pero en cambio ¡qué comida, qué guisos tan sabrosos! Yo creo que si San Pablo tiene gustos, no comerá en el cielo más que a la mexicana.

Lamparilla acabó su jícara de café y continuó discurriendo:

—¡La sociedad! ¡La sociedad! ¿Qué es la sociedad? ¿Las gentes con quienes tenemos negocios, el Gobierno o la ciudad entera? Todo junto es la sociedad, efectivamente, y ésta nos impone deberes a los que por fuerza tenemos que sujetarnos.

»La sociedad dice que el chile, las tortillas, los chiles rellenos, las quesadillas son una comida ordinaria, y nos obliga a comer un pedazo de toro duro, porque tiene un nombre inglés.

»La sociedad califica de ordinaria también a la que no se pone medias, ni viste traje con un corpiño hasta el cogote, cuando mejor es un pecho opulento que se trasluce por entre la camisa de lino, y unas piernas desnudas, de piel más fina que la mejor media francesa. No hay más que ver a Cecilia, y que venga Dios y lo diga.

»La sociedad quiere que los casamientos sean iguales. ¿Iguales en qué? ¿Cómo nací yo; cómo me educaron; en qué cuna de oro y de marfil pasé los primeros días de mi vida? ¿Dónde está mi tío el conde, o mi primo el marqués? Nada: pobreza y miseria; y sin embargo, yo no soy igual a Cecilia, no me puedo casar con ella, porque al día siguiente mis condiscípulos del Colegio, que ya son jueces, que ya tienen su bufete acreditado, viven en casa sola y mantienen su coche, se burlarían de mí; y Cecilia, aunque la vistiese yo de reina, no sería recibida por esas viejas pretenciosas que los nobles tienen por tías, por madres y por esposas. Si me casara, acabarían mis relaciones, mis amigos, mi carrera, mi fortuna y tendría yo que renunciar a ser regidor, diputado, juez de lo civil, magistrado, senador, y todo. Si me casara, me perdería para siempre ante la sociedad. ¡Ira de Dios! Pues aunque la sociedad no quiera, me casaré y tres más con Cecilia, con esta Cecilia que no tiene igual en México. Por otra parte, ganando, como creo ganar, el negocio de Moctezuma III, ¿qué me importan los demás clientes, ni para qué diablo quiero ser diputado ni senador? Tendré bastante dinero para tapar la enorme boca de la sociedad entera. Sí, me casaré, aunque el infierno entero se oponga. Me casaré y tres más».

Y tan entusiasmado estaba Lamparilla al recitar este admirable monólogo contra la sociedad, que ya hablaba en voz alta, y dio una tan fuerte palmada en la mesa, que hizo estremecer los restos de la vajilla que había quedado.

Cecilia salió alarmada.

—Creí —le dijo al licenciado— que alguna persona estaba aquí y se estaba peleando y amenazando a usted.

—Nada, hija mía, nada; discursos que tengo la manía de estudiar en voz alta y me suelo entusiasmar; en este momento tú eres la causa de ese entusiasmo, a solas hablaba yo de ti y hacía el propósito de casarme contigo aunque me llevase una legión de demonios.

Y Lamparilla se acercó con la intención visible de abrazar a la frutera; pero ésta levantó el brazo como para impedirlo, y sonriendo cariñosamente, le dijo:

—¡Qué cosas tiene el señor licenciado! Voy ya creyendo que se puede volver loco, y que va a parar a San Hipólito. Deje para otra esas ideas y, si gusta, iremos a dar una vuelta por el corral.

—Cabal; dices bien, y te lo iba yo a recordar.

Lamparilla, como todos los hombres cuando tienen una idea, piensan que cualquier incidente, por insignificante que sea, es favorable a sus designios.

—Tal vez —dijo entre sí—, Cecilia rehúsa mis caricias dentro de la casa por miedo que la vean sus sirvientas y ha escogido el corral. Bien, en cuanto entremos, cerraré la puerta con disimulo, le pondré la tranca, y allí los dos solos, encerrados, muy valiente deberá ser si se resiste.

Cecilia salió por delante, con su rebozo a medio embozar y mirando siempre al licenciado con una expresión que él interpretaba como el primer acto de la deliciosa comedia que se iba a representar en el solitario corral de don Antero. El suculento almuerzo y el pulque de piña habían trastornado completamente el cerebro de nuestro buen amigo.

Cecilia, en una mirada sagaz de mujer, registró el semblante de Lamparilla y adivinó lo que pasaba en el fondo de su alma. Tomó la delantera, salió del patio de la casa, siguió el callejón y entró resueltamente al corral, cuya puerta estaba efectivamente entreabierta.

Lamparilla la siguió, entró detrás de ella y, como se había propuesto, cerró con disimulo la puerta. Cecilia fingió no advertirlo, continuó andando; pero repentinamente, se volvió, se dirigió a la puerta, la abrió de par en par, y comenzó a gritar con una voz aguda que podía oírse a cien varas de distancia:

—¡Pantaleona, Pantaleona, tráete una barreta y una pala para hacer un hoyo y enterrar al señor licenciado!

Lamparilla, al oír esto, se le paseó, como un relámpago, una idea: ¿Si esta mujer querrá cometer algún crimen?

—¿Qué dices mujer? —le preguntó, sin dejar traslucir su sospecha, que pasó rápidamente.

—Lo que oye usted, señor licenciado —le contestó Cecilia riendo—. Haremos el agujero para enterrar un cabrito, hacerlo en barbacoa y comerlo el domingo próximo; desde ahora está usted convidado; el almuerzo, se lo prometo, será mucho mejor que el de hoy.

Lamparilla, a pesar de su viveza, quedó como avergonzado y corrido. En dos minutos, Cecilia había destruido los perversos planes de su enamorado huésped.

No tardó, efectivamente, en venir Pantaleona con una barreta y una pala; y escogido el lugar, hizo en menos de diez minutos el agujero para la barbacoa del domingo siguiente.

—Este pedazo de tierra le dijo Cecilia es muy seco. Lo demás de este rumbo muy húmedo y la carne se echa a perder. Ya verá usted que no quedaré mal si usted da la vuelta por acá; pero vamos, antes de retirarnos, al corral, a registrar por dónde pudo escapar el espía que vio usted.

Las dos mujeres caminaron delante; Lamparilla detrás de ellas, examinaba el terreno y los adobes de la cerca.

—¿Ha descubierto usted algo? —le preguntó Cecilia.

—Nada, absolutamente nada.

—Pues yo sí, y está claro.

—¿Cómo?

—Vea usted las pisadas que vienen derechitas desde la puerta hasta la esquina opuesta. En algunos trechos están borradas adrede, pero vuelven a aparecer; y aquí tiene usted una piedra grande donde debió subir el espía, y al trepar rompió los ladrillos con que remata la cerca: vea usted los pedazos y el polvo de caliche en el suelo.

En efecto, las observaciones de Cecilia eran exactas, y concluyeron por convencerse todos de que por allí debía haberse escapado el misterioso personaje, añadiendo que no era la primera vez, pues a pocos pasos habían aglomerado un montón de tierra para poder alcanzar el bordo, y ladrillos y adobes destrozados. Añadió además Cecilia, que ese personaje, cualquiera que fuese, apoyado en la cerca debería haberla visto bañar, pues dominaba la ventana de su recámara.

Lamparilla se puso furioso con sólo la idea de que otro que no fuese él hubiese podido ver desnuda a Cecilia; pero ésta lo tranquilizó diciéndole que las más veces o entrecerraba la ventana o corría las cortinas:

—Además —añadió—, nada ha ganado ese bobo con mirar lo que nunca ha de ser suyo.

—No importa —contestó Lamparilla—. Te lo juro que yo he de espiar a ese hombre; que sabré quién es, y que pobre de él, porque le pondré una asechanza de que no escapará.

En estas conversaciones y paso a paso, salieron del corral, cuya puerta cerró Pantaleona, y entraron en la habitación.

—Me decías, Cecilia que no te han faltado ocasiones y has tenido tus pretendientes.

—Y de todos tamaños y edades, y aquí tengo las cartas que prueban que no soy mentirosa —y al mismo tiempo le entregó un paquete de papeles de diversos tamaños y con un perfume de tierra, de cominos y de tocinería.

—¡Qué horror! ¿Y qué clase de gente es esa con quien tú tratas?

—Yo con nadie trato; ellos son los que han querido tratar conmigo; pero se han quedado como el que chifló en la loma.

Lamparilla desdobló un papel, plegado en cuatro, y leyó: Tocinería del Enano, de la gran ciudad de Chalco. Bueno y barato. Manteca, tocino fresco, jamón para toda clase de personas. Este letrero o encabezamiento estaba impreso en un papel teñido de amarillo. Después estaba escrito con letra gorda y torcida:

Te vide ayer tan chula que me dieron ganas de escribirte para decirte que tengo ya tres pesos semanarios con el patrón y la mitad de lo que se gane en la manteca, que no sé lo que abordaré a fin del año quentra; pero me quisiera ya casar contigo y no te lo había dicho por vergüenza, pero ya ves que cuando mandas a Pantaleona por lo que se te ofrece se lo doy a la mitá de lo que lo vende el Patrón. Conque contéstame un papelito o dale un recado pamí a Pantaleona, y el domingo que matamos puerco te daré el chicharrón sin que me pagues nada. Adiós tú, no te olvides de tu marido Crispín.

—¡Qué bruto! —exclamó Lamparilla, tirando el papel—. ¿Y qué le contestaste?

—Pues nada. ¿Para qué le había de escribir? Le mandé decir con Pantaleona que para nada me servía su chicharrón, y que si me volvía a escribir o se desmandaba en algo que no se descuidara si le daba un manazo para que escarmentara y no fuera atrevido.

—Bien hecho, eso merecía ese animal —dijo el licenciado, y continuó el registro del paquete de cartas.

—Aquí encuentro otra que no está tan apestosa como la del tocinero.

—¡Ah! —contestó Cecilia—, ésa será la del Perfecto.

—Dirás del Prefecto.

—De ese mismo; afortunadamente se fue de general repentino, pues yo sabía que no era más que coronel; pero dizque hizo servicios en el pueblo persiguiendo a los ladrones de Río Frío y le dieron la banda. Léala usted, señor licenciado.

El licenciado desdobló una carta escrita en un papel satinado, que tenía en el extremo un horrible cupidito tirando furiosamente flechazos a un corazón muy gordo. Eran las primeras muestras del papel propio para correspondencias amorosas que venían de París, hasta a cuatro reales el plieguito con su sobre correspondiente.

—¡Qué cupido tan deforme; parece más bien un muchacho de la calle! —dijo Lamparilla—. Veamos qué dice este otro criminal:


Cecilia, te amo con furor, ni de día ni de noche descanso. En el día, los negocios y la persecución tenaz que hago a los ladrones; pero en la noche sólo pienso en ti: no duermo ni ceno bien, y cuando ceno de adrede mucho, me vienen pesadillas horrorosas en las que tú apareces como queriéndome matar. ¿Qué será esto? Desde que vine a este condenado pueblo y por casualidad te vi, ya no tuve sosiego.

Quería yo mucho a mi mujer, que es bonita, pero no más que tú; y ahora, te lo confesaré, ya no la quiero tanto, y tú tienes la culpa; y Dios te ha de castigar si no me correspondes, porque tú tendrás la culpa de que se descomponga mi matrimonio. Contéstame, pues ya sé que sabes escribir, y si no quieres espérame el domingo cuando salga de misa de la parroquia, y te vas a un rincón de por donde nadie pasa, y allí hablaremos. Guarda el mayor secreto, porque si dices algo y me desprecias te irá mal, pues ya conoces el poder que tienen en los pueblos los Prefectos, que pueden hacer diablura y media, y con estar bien con el gobernador nada les hacen. Cuento contigo y con tu reserva.

Quien tú sabes.
 

—¿Y qué contestaste a esta carta? —le preguntó Lamparilla.

—Pues nada respondí, sino que fui el domingo al rincón de la parroquia, donde me había citado el Perfecto.

—¡Eso no es posible! Tú me engañas y no te creo tan mala.

—Espere usted, señor licenciado, y no se anticipe de malos pensamientos.

—Habla, habla, que no me vuelve el alma al cuerpo hasta que no me des una explicación.

—«Señor Perfecto —le dije— usted es un hombre casado, y yo una pobre mujer aunque honrada, y no he de desbaratar un matrimonio ni dar qué sentir a una señora tan bonita, mejor que yo, que me parece lo quiere a usted, y me parece, también, por lo que se ve, que pronto le va a dar un hijo. Si me amenaza usted, mejor. Yo nada diré; pero si sigue usted persiguiéndome a todas partes, donde quiera que voy, y parece mi sombra, me resolveré a contar el caso al señor cura y a la señora, y después hará usted lo que quiera, que yo más vivo en México, cuidando mi puesto, que aquí. Conque adiós.» Y me desprendí, y lo dejé abriendo tamaños ojos y como quien ve visiones.

—Bien, muy bien, Cecilia; no esperaba otra cosa de ti —exclamó Lamparilla bailándole los ojos de gusto.

—¿Qué otra cosa había de hacer? Luego, si hubiera usted conocido al Perfecto, habría soltado una carcajada. La nariz torcida, arrugada, con una cicatriz muy fea en un cachete; calvo y pintado de negro el poco cabello que le quedaba; medio cojo y con voz ronca, que ríase usted de los becerros. ¡Y luego amenazarme: no faltaba más! No me volvió a escribir, ni a ver, y a poco se fue a México de general, como ya dije a usted.

Lamparilla respiró y tomó otra carta del paquete de la correspondencia amorosa.

—Esa carta —le dijo Cecilia antes de que Lamparilla la abriera— es ya otra cosa; es de don Muñoz, del mismo que me ha dicho usted que lo han sacado en comedias, o por lo menos será su primo o su tío.

—Ya te he dicho, mujer —le interrumpió Lamparilla—, que ese Muñoz Visitador de México, que tan bien ha caracterizado en su drama mi amigo Rodríguez Galván, vino hace como trescientos años a México, y era otra clase muy distinta de la de tu novio el tendero.

—Pues debe haber ese Muñoz dejado parientes, y yo insisto en que son de una misma familia —respondió Cecilia, echando una maliciosa mirada a Lamparilla, como para burlarse de su erudición.

—Ya no disputo, y supongamos que el tendero sea pariente del Visitador de México. ¿Qué tratos has tenido con él?

—Yo, ninguno. Lea usted y se convencerá.

El licenciado desdobló la carta y leyó:

Querida Cecilia: Desde la primera vez hace como cuatro años, que entraste a la tienda con Pantaleona a comprar tu menestra, me caíste muy en gracia por tu modo de hablar y tus maneras francas. Me pareciste una mujer honrada y he procurado indagar tu vida, y nada malo sé de ti. Yo era casado, como tú sabes, y como soy hombre muy sensible y honrado nada te quise decir de amor. ¡Dios me ampare! Pero cuando se murió mi mujer pensé en ti, y hoy que he cumplido el año de viudo he resuelto declararme, y creo que nadie del pueblo tendrá que decir nada de mí. Ya sabes que soy rico; mi tienda va cada vez mejor y me auxilio además con el contrabando del aguardiente. Me casaré contigo. Tú manejarás la tienda y yo me dedicaré al contrabando del aguardiente, para lo que cuento con tu trajinera, y arreglaríamos eso con los guardas de San Lázaro. Además, tú serás la madre de mis siete hijos que han quedado huérfanos los pobrecitos, y dispondrás de todo lo que yo tengo; reunido con lo que tú tienes, ya será un bonito capital, con lo que nos pasaremos buena vida. A los muchachos chicos los pondremos en la escuela, y a los grandes los iremos mandando a México, al colegio de San Gregorio, para lo que cuento con mi compadre Rodríguez Puebla. Conque es cosa formal. Si quieres casarte conmigo piénsalo bien y me lo dices. ¿Qué haces sola? Una mujer sola corre riesgo. El día menos pensado te enamorarás de un pillo, que acabe con lo que tienes. No seas tonta. Cuando quieras platicaremos de esto en la trastienda.

—¿Y qué le contestaste?

—Pues yo, nada por escrito, porque además de que mi letra no es muy clara se me ha olvidado la ortografía que me enseñaron en la amiga y no sé con qué letra poner algunas palabras; pero le confieso a usted, señor licenciado, que me dieron tentaciones de decir que sí a don Muñoz. Es muy rico, honrado y no feo, y no tan viejo. Creo que no tendrá todavía cincuenta años, pero representa treinta; mas los siete hijos me dieron miedo. Yo tengo mal carácter, y por los siete hijos, que son muy voluntariosos y malcriados, no hubiéramos dejado de tener muchos pleitos. Fui a la trastienda, platicamos largo, le dije que no me inclinaba todavía al casamiento, que me diera dos años para pensarlo; y él todavía tiene esperanzas, y no deja de recordarme el negocio siempre que voy a la tienda.

Lamparilla no quedó muy contento con esta explicación, y con cierto malhumor tiró el paquete de cartas sobre la mesa.

—No, no quiero leer más. Todas estas cartas son de unos verdaderos ordinarios y brutos que no te merecen. ¿Para qué mortificarme más? Además, se va haciendo tarde y el camino es largo.

Entre el paquete que en desorden cayó en la mesa, había una carta en papel fino y perfumado de almizcle.

—Esa carta es de don Pioquinto, el hijo del dueño de la hacienda de Nextlalpa, que está por Texcoco, y de otra que está a media legua de aquí.

Lamparilla abrió apresuradamente la carta de Pioquinto.

—Para qué lo he de negar. Yo no soy hipócrita y digo lo que siento. Ése sí me gustaba. ¡Si viera usted qué ojos, señor licenciado; qué fresco y encarnado de cara; qué bien hecho todo su cuerpo, y como de veinticuatro años! Ya ve usted, buena edad. Los hombres de esa edad, cuando no son enteramente feos y de buenas prendas, la verdad es que nos interesan a las mujeres, y no me extraña que haya muchachas que se vayan con ellos.

—Bueno —dijo Lamparilla con un visible despecho— puesto que te gustaba y lo querías ¿por qué no te casaste o te fuiste con él?

—Eso es diferente; de que me gustaba, sí; pero de irme con él, eso no. Lea usted la carta.

Lamparilla leyó:

Tengo ya mi plan muy combinado, Cecilia, y la última vez que te hablé te dije que iba a ser algo de bueno y de provecho.

—¿Conque platicabas con él? ¿Y dónde? —preguntó Lamparilla con despecho.

—Y mucho, y era todos los días, en el puesto de frutas y aquí en Chalco. Creo que don Pioquinto no hacía más que levantarse, persignarse, seguirme y hacerse encontradizo donde menos lo pensaba yo. Creo que, al fin y al cabo, me quería algo.

Lamparilla continuó:

Por ti, Cecilia resolví engañar a mi padre, y lo he conseguido. Me creía un perdido porque entraba a las dos y tres de la mañana a mi casa; los domingos me los pasaba en Chalco, como tú sabes, espiándote, aunque nunca logré que la cortina de tu recámara estuviese recogida, para verte en ese baño de yerbas olorosas que acostumbras darte. Picarona ¿y por qué no dejabas tantito descubierto? Pero vamos al asunto. A misa todos los días con mi madre. Los domingos al sermón de la Merced, y alumbrando siempre muy devoto en todas las procesiones; nada de teatros ni bailecitos. A las nueve en mi casa y a diez en la cama. Mi padre y mi madre, encantados, adorándome, y se resolvieron a echar al administrador de la hacienda, que jugaba lo suyo y lo nuestro, y me ha mandado para que me haga cargo de ella. Todo lo he hecho por ti. Créelo.

—Maldito Pioquinto —dijo el licenciado queriendo estrujar la carta—. Con razón estabas inclinada a él con semejantes hipocresías.

—La verdad es que si la carta hubiese acabado ahí o continúa de otro modo, quién sabe lo que hubiera hecho, porque el diablo pone las tentaciones y luego Dios no le da a uno fuerzas para quitárselas de encima; pero siga usted leyendo, y verá usted que él mismo se cortó la cabeza.

Lamparilla ya no quería leer. Estaba molesto; pero la curiosidad fue superior a su malhumor, y siguió leyendo.

El plan es éste, Cecilia: sé, porque te he visto almorzar algunas veces, que guisas muy bien. Te vendrás a la hacienda en clase de cocinera, para evitar el escándalo; me guisarás, me lavarás la ropa y me asistirás, y te daré seis pesos cada mes y cinco y medio reales de ración cada semana. Ya sabes que las cocineras por aquí no ganan más que tres pesos; pero eso no es todo, sino que tú podrás hacer tus ahorros y me haré el desentendido, y con eso te puede salir el mes por veinticinco o treinta pesos, sin que mi padre pueda decir nada, pues sabe que me gusta comer en grande. Convenido. La semana entrante estaré en la hacienda. Date una escapadita y arreglaremos lo que tú quieras, y viviremos juntos eternamente, y para mayor seguridad, haré que el capellán diga misa todos los días en la capilla, que asistan los peones y los criados, y la oiremos juntos de rodillas. Adiós, te espero sin falta.

—Éste sí que es más bruto y más ordinario que los otros —dijo Lamparilla muy alegre—. La primera parte de la carta no indicaba que sería tan miserable y tan ordinaria la segunda. O éste es un tonto o un loco orgulloso.

—Eso, señor licenciado. Estos niños ricos de casas que se dicen nobles porque tienen cuatro tlacos, se figuran que pueden disponer de los pobres con sólo guiñarles el ojo. No tiene usted idea de lo que sentí, señor licenciado, al leer la carta, y la verdad no me la esperaba, pues había sido fino conmigo como nadie. Toda la sangre se me subió a la cabeza, y si lo hubiera tenido delante, créame usted, le habría apretado el pescuezo.

—¿Qué hiciste al fin?

—A ese novio sí le contesté lo que verá usted copiado a la vuelta de la carta.

Lamparilla leyó la contestación:

Don Pioquintito: Si tiene usted hambre puede venirse de mozo a acarrear fruta a la plaza, y le daré a usted ocho pesos cada mes, un real diario de ración, y le pagaré, además, la comida en los Agachados.

—¿Te contestó algo?

—Ni una palabra; yo estaba decidida a armar un escándalo, y para ese caso me hubiera sido muy favorable San Justo, pues no lo podía ver. Un domingo tuvo el atrevimiento de tocar la puerta de la casa de Chalco, y Pantaleona le dio con el portón en el hocico. Jamás me ha vuelto a ver.

Lamparilla escuchó con interés y con júbilo el fin de estos amores; mas como se iba haciendo tarde y sus caballos estaban listos, dejó para otra vez la lectura de las otras muchas cartas y se despidió de Cecilia, dándole su palabra de que sin falta estaría el domingo siguiente, antes de las once, a comer la barbacoa.

Las puertas del viejo caserón de Cecilia se abrieron con rechinidos y trabajo, y el licenciado, hinchado como una lechuga y seguido de sus criados armados hasta los dientes, salió majestuosamente, echando una amorosa mirada a la bella y honrada Cecilia. Picó las espuelas al caballo, que dio un fuerte salto, demostrando así a su Dulcinea que era tan buen jinete como esforzado campeón, que desafiaba a todas las cuadrillas de bandidos de Río Frío aventurándose a regresar a México a una hora tan avanzada de la tarde.

XLIII. Una noche en el rancho de los Coyotes

Fácil es suponer que la cabeza que observó el señor Lamparilla desde el lugar donde estaba almorzando, no era otra sino la de Evaristo, y que las huellas que reconoció Cecilia eran también las del fugitivo, a quien no le convenía de ninguna manera ser descubierto; al efecto, para un caso semejante, tenía tomadas de antemano sus medidas y su escondite preparado detrás, o mejor dicho, en el centro de unas sacas de carbón aglomeradas constantemente cerca del embarcadero por los Trujanos, y en las cuales Cecilia no había fijado su atención.

La vida del tornero, desde que llegó a Chalco después del naufragio, había tomado diversas fases. En los principios vivió retirado en su cuarto del mesón. Salía a la hora del mercado, tendía sus montones de maíz, almorzaba sus frituras y tortillas en el mismo puesto y pasaba horas debajo de una sombra de petate, o platicando con los indios y criadas que le compraban el maíz, y tratando mañosamente de saber la vida y milagros de todos los vecinos de la ciudad, y especialmente la de Cecilia. A la tarde se retiraba, y nadie lo volvía a ver hasta el día siguiente. En poco tiempo se formó una buena clientela de marchantes, porque era muy complaciente con ellos, y aunque no podía disminuir el precio corriente del maíz porque eso le habría acarreado la envidia de los demás vendedores y despertado sospechas, si echaba colmos con liberalidad, y con esto acudían de preferencia a él y gozaba de la mejor opinión. Un día de cada semana montaba en su caballo flaco y flojo y en una vieja y remendada silla, y recorría los pueblecillos y ranchos cercanos para rescatar maíz, que pagaba al contado, y aun hacía sus préstamos y anticipaciones para obtenerlo más barato.

Ésta era la vida aparente para lo que se llama el público; pero la positiva que llevaba era muy distinta. Evaristo tenía dos ideas fijas. Cecilia y dinero.

No podremos decir que Evaristo estuviese enamorado de la trajinera. La pasión verdadera que se llama amor no puede alojarse en corazones duros y rebeldes a todo buen sentimiento. El que había apaleado a su querida y matado a su mujer, no podía tener sino todo negro en su alma. Lo que acosaba a Evaristo era no sólo un capricho, sino un furor malsano por Cecilia, y había decidido en su interior que sería de él o de ninguno, y en caso de que no pudiese obtener sus favores y correspondencia, no sólo la mataría, sino que la haría sufrir antes cuantos horrores y martirios pudiese. En cuanto al licenciado Lamparilla, estaba irremisiblemente condenado a muerte. No faltaba más que la ocasión; Evaristo la buscaba, pero de modo que el atentado recayera en otra persona, y para combinar este crimen se devanaba los sesos y formaba planes diversos.

En las noches, especialmente las oscuras y tempestuosas, en que ni los gatos ni los perros asomaban las narices, Evaristo rondaba por la casa de Cecilia, trazando planos topográficos como el más consumado ingeniero. Fabricó una fuerte escala de cuerda y, fijándola en una de las canales exteriores, penetraba en la casa durante las ausencias de Cecilia y de las dos Marías, ocupadas en México en el puesto de fruta. Hábil como era, para el dibujo y las artes, aunque sin educación ni cultura, llegó a formar un plano exacto de todas las piezas y sus entradas y salidas; calculó la altura de las azoteas, los lugares donde podía ocultarse en caso de una sorpresa, o de evadirse una vez sorprendido, y tuvo la fortuna de que, en una de sus excursiones, encontrase abiertas las puertas de la habitación de Cecilia que ya conocen los lectores, y fue para él una noche de delicias. Pasó revista al guardarropa y se consideró, formándose ilusiones, como en el cielo de Mahoma entre las enaguas limpias y olorosas, entre los deslumbrantes castores y finos rebozos y la primorosa colección de calzado de seda. Todo esto lo abrazó, lo besó, lo miró veinte veces y concluyó por arreglarlo todo en el mismo orden en que estaba. Después entró a la recámara, quiso acostarse aunque fuese cinco minutos en la cama; pero reflexionó que no era posible dejarla en el mismo estado, y Cecilia, naturalmente, haría un escándalo. Encontró sobre la mesa y por un lado y otro sartas de corales, hilos de perlas, arracadas, anillos y algunas monedas de oro y plata. Todo lo dejó en su lugar. Era raro este descuido en la frutera; pero un día tuvo tanto que hacer, recibiendo a los arrieros de Tierra Caliente, y luego le mandaron decir de México que San Justo volvía a la administración de la plaza, que alarmada con tan grave noticia todo lo dejó en desorden, y en vez de embarcarse alquiló una vieja carretela que solía hacer viajes, y regresó a la capital. En cuanto a Evaristo, no era tiempo todavía de robar a