Texto: A la Sombra de las Muchachas en Flor

Marcel Proust


Novela


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A la Sombra de las Muchachas en Flor

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Fragmento de A la Sombra de las Muchachas en Flor

Seguía esperando, solo con Swann y a veces con Gilberta, que venía a hacernos compañía. La llegada de la señora de Swann, preparada por tantas majestuosas entradas, se me representaba con caracteres de cosa inmensa. Espiaba el menor crujido. Pero ocurre que una catedral, una ola de tempestad o un salto de bailarín no son luego tan altos como nos los figurábamos: después de todos aquellos lacayos en libreados, como esos comparsas que en el teatro, con su desfile, preparan, y por eso mismo deslustran, la aparición final de la reina, la señora de Swann entraba furtivamente, con su abrigo de nutria, con el velo del sombrero bajado y la nariz encarnada de frío; y aquella entrada no cumplía las promesas que la espera prodigó a mi imaginación.

Pero si no había salido de casa aquella mañana, llegaba a la salita vestida con un peinador de crespón de China color claro, que me parecía más elegante que ningún otro traje.

A veces los Swann se decidían a pasar en casa toda la tarde. Y entonces, como habíamos almorzado a hora muy avanzada, pronto veía yo cómo el sol iba declinando por la pared del jardincillo, el sol de aquel día, que me pareció diferente de los demás; y en vano acudían los criados con lámparas de todos tamaños y formas, que ardían cada cual en su altar consagrado, una consola, un velador, una rinconera o una mesita, como en celebración de un desconocido culto: de la conversación no brotaba nada extraordinario y yo me iba de allí desilusionado, como suele a uno pasarle desde niño con la Misa del Gallo.


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674 págs. / 19 horas, 40 minutos / 80 visitas.
Publicado el 6 de marzo de 2017 por Edu Robsy.