Texto: El Alfiler de Oro

Marcel Schwob


Cuento


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El Alfiler de Oro

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Edición física


Fragmento de El Alfiler de Oro

Nunca le había visto antes. Pero era bastante astuta para saber que los viciosos se dejan cautivar por las apariencias de cotidianidad. Y el hombre del collar de perro tenía algún vicio, seguro. Pero no se adivinaba en la mirada vacía que le dirigió, en el velo de indiferencia y de olvido que cubría sus pupilas. Sus piernas parecían muertas bajo la mesa. «Excelente asunto —pensó Cuello-de-Terciopelo— Ya soltará por lo menos veinte piezas de oro si logro adivinarlo». Así que se puso a buscar mientras pegaba traguitos a su punch. ¿Los pies?… bah… ni siquiera se los había mirado. ¿Cuerdas?… hubiera elegido una mujer de mirada dura. Tal vez el collar… Mientras pensaba, se pinchaba distraídamente los dedos con la aguja de su broche de filigrana dorada.

De repente, los ojos del hombre enrojecieron. Los bordes de los párpados inferiores se puntearon de sangre. Las pupilas relampaguearon, brillantes de vida. Su mustio rostro cogió relieve. Los pies golpearon el suelo. Pagó al garçon y, tomando con brío el abrigo, se llevó a Cuello-de-Terciopelo: «¡Buena juerga! —les deseó Nini-la-Maquillada— Madame es un as en la cama». Cuello-de-Terciopelo miró hacia atrás y vio cómo se reían Julie-la-Cantarina y Cinco-Minutos-en-mi-Cama. Las buenas lenguas acusaban a la pobre de hacerse a todos los vicios sin tener realmente ninguno. Pero el hombre de los brazaletes no parecía haber oído nada. Su paso era entrecortado y, por momentos, sus rodillas parecían ceder. Cuando por fin habló, su voz se arrastraba en palabras intermitentes. Propuso a Cuello-de-Terciopelo ir a su casa.


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5 págs. / 8 minutos / 19 visitas.
Publicado el 28 de marzo de 2017 por Edu Robsy.