LIBRO I
Aprendí
de mi abuelo Vero el ser de honestas costumbres y no enojarme con
facilidad. De la buena fama y loable memoria de mi padre, el portarme
con modestia y varonilmente.
De mi madre, la religión
para con Dios; la liberalidad para con todos; el abstenerme, no sólo
de ejecutar acción mala, sino también de cebarme en el pensamiento
de ella, y, además, el ser frugal en la comida y estar lejos de
hacer una vida opulenta.
De mi bisabuelo, el no desdeñarme
de frecuentar las escuelas públicas, y en casa echar mano de los
mejores maestros, bien persuadido que en este particular no se debe
perdonar gasto alguno.
Del ayo aprendí el no tomar
partido en los juegos públicos, no siendo del bando de los prasinos
ni venecianos, ni inclinándome a los parmularios o scutarios.
Enseñóme también la tolerancia en el trabajo, el contentarme con
poco, el servirme a mí mismo, el no implicarme en los negocios
ajenos, y no ser fácil en dar oídos a los chismosos.
Habiendo
aprendido de Diogneto el desprecio de ciertas artes inútiles y
vanas, me mantuve en no dar crédito a nada de cuanto dicen los
encantadores y magos cerca de sus hechizos y arte de espantar los
demonios y otras supercherías de esta clase. Jamás me entretuve en
la que llaman pelea de codornices, ni me dejé embaucar de semejantes
bagatelas. El mismo me habituó a saber llevar la zumba en las
conversaciones, el familiarizarme con la filosofía, dándome por
maestros, primero a Bacchio, después a "Tandasis y a Marciano,
que, de niño, me ejercitase en componer diálogos morales; que, en
vez de asiento blando, usase de unas duras tablas cubiertas con una
piel; que, en fin, pusiese por obra cuanto lleva consigo la profesión
de filósofo griego.
Consejo fue de Rhustico que yo me
pusiese a pensar, que tenía necesidad de corregir y componer mis
costumbres, y que corría por mi cuenta el cuidar de ellas, evitando
todo género de hinchazón sofistica, sin publicar nuevas
instrucciones y métodos de vivir, sin recitar exhortacioncillas a la
virtud, no queriendo sorprender al público con una profesión
ostentosa de hombre bien ocupado en la meditación y ejercicio de la
filosofía, no procurando pasar plaza ni de orador, ni de poeta, ni
de astrólogo; no usando en casa vestido grave y de ceremonia, ni
dando otras iguales pruebas de aparente severidad. El mismo Rhustico
me persuadió que aun en las cartas siguiese un estilo natural y
sencillo, semejante al que se deja ver en aquélla que él mismo,
desde Sinuesa, escribió a mi madre; que de tal manera dispusiese mi
ánimo para con aquéllos que, faltando a su deber, me diesen algo
que sentir, que al punto que quisiesen volver a mi amistad, yo, con
toda facilidad y buena gracia, me reconciliase con ellos. Del mismo
aprendí a leer con mucha reflexión, no contentándome con una
noticia superficial y pasajera de los escritos, a no dar fácil
asenso a aquéllos que, sobre todo, hablan de ligero; débole también
el favor de haber leído los escritos de Epícteto, habiéndome
enviado el ejemplar que en su casa tenía.
Debo a
Apollonio el saber obrar con libertad de espíritu, desembarazado de
vanos respetos, el fijarme en mis resoluciones sin perplejidad, el no
gobernarme por otros principios que por los de una buena razón, aun
en las cosas mínimas; el ser siempre el mismo en los dolores agudos,
en la pérdida de los hijos, en las largas enfermedades; y en el
mismo, como en vivo ejemplar, vi claramente que cabe muy bien el que
uno propio, según la cosa lo llevare, sea, ya muy eficaz, ya remiso;
vi que no debe un maestro, en sus lecciones, mostrarse desabrido e
impaciente; vi un hombre que no hacía alarde de su destreza en saber
proponer y acomodar las instrucciones a la capacidad de los oyentes;
un hombre, por fin, que sabía cómo se deben recibir, de parte de
los amigos, los que se llaman beneficios, sin que por ellos quede uno
hecho como esclavo del otro, y sin que, por no contar con los favores
recibidos, se muestre desconocido.
Enseñóme Sexto un
afecto cordial para con todos: me dio en su familia el modelo de una
casa, gobernada antes con amor de padre que con severidad de amo; me
dio la idea de una vida, conforme a la razón natural, y de una
gravedad sin afectación; me avisó del cuidado que se debe tener de
acertar con el gusto de los amigos, y de sobrellevar las groserías
de los ignorantes y atolondrados; en suma, el arte de acomodarse uno
a todos, de modo que en su trato familiar se note más atractivo que
suele experimentarse en toda adulación, y al propio tiempo se
adquiera entre aquéllos mismos la mayor veneración y respeto
debido; otra instrucción suya fue el método claro y camino seguro
de inventar y ordenar las máximas necesarias para una vida ajustada,
y que no se trasluzca señal de ira u otra pasión; antes bien, por
el contrario, libre de estos afectos, al mismo tiempo sea muy
entrañable e inclinado a honrar, sin darlo a entender, así como muy
instruido, sin ostentar la erudición.
Alejandro el
gramático hizo con su ejemplo que yo no fuese amigo de reprender ni
de zaherir a aquellos que se les fuese o un barbarismo o un solecismo
o una viciosa pronunciación de una sílaba; antes bien procurase con
maña sustituir aquello sólo que se debía haber proferido, o bien
como quien pregunta, o bien como quien confirma, o como quien
examina, no la palabra misma, sino la cosa dicha, o por fin, como
quien amonesta con disimulo de alguna otra semejante manera cortés y
agradable.
Frontón me hizo comprender perfectamente cuál
suele ser la envidia, la astucia y la hipocresía propia de un
tirano, y al mismo tiempo observar que en general estos que entre
nosotros llevan el nombre de patricios son en cierto modo insensibles
a aquel amor que la naturaleza inspira para con las personas
allegadas.
Debo a Alejandro el platónico el consejo, no
sólo de no decir frecuentemente a nadie, ni de escribir, sin que sea
absolutamente necesario, que estoy muy ocupado, pero aun de no
rehusar jamás, con el pretexto de los negocios presentes, el
cumplimiento de ninguna de aquellas obligaciones que los varios
respetos de la sociedad piden de justicia.
De Cátulo
entendí no deberse despreciar las quejas de los amigos, aun cuando
aconteciere que se quejen sin razón; sino que, al contrario, es bien
satisfacerles y procurar reducirles a la buena armonía acostumbrada:
ser cosa muy loable el que los discípulos con gusto y buena voluntad
alaben a sus maestros, como es fama que lo hacían Domicio y
Atenodoto; por fin, que la naturaleza exige de los padres un afecto
verdadero para con los hijos.
En mi hermano Severo tuve
ejemplo de ser amante de la familia, de la verdad y de la justicia;
debíle el favor de haber conocido por su medio a Traseas, Helbidio,
Catón, Dión y Bruto; me dio igualmente una idea cabal de un
gobierno republicano, en que rija un derecho igual y común libertad
en dar su voto, como de un reino que se proponga por objeto principal
el conservar la libertad de sus vasallos; ni menos obligado me
reconozco al mismo por haber aprendido de su trato el saber vivir sin
zozobra, con aprecio y aplicación constante a la Filosofía; el ser
amigo de favorecer a otros, ejercitando con empeño la beneficencia;
el esperar siempre bien y vivir persuadido de la buena fe y
correspondencia de los amigos; el no disimular por esto la poca
satisfacción que de alguno de ellos tal cual vez se tuviese; el no
esperar que los amigos, conjeturando, le adivinen a uno con su gusto
o inclinación, sino procediendo francamente con ellos.
En
Máximo advertí que debe uno ser dueño de sí mismo, sin dejarse
jamás arrastrar de las ocasiones; que así en otras cualesquiera
circunstancias, como en las mismas enfermedades, ha de estar uno de
buen ánimo; que debe generalmente tener bien templadas y moderadas
las costumbres, parte suaves y apacibles, parte graves y majestuosas;
que sin quejas ni murmuraciones debe uno cumplir con las obligaciones
que le están a cargo; observé que todos creían de él, que así
sentía como decía, y que cuanto obraba, todo lo hacía de buena fe
y sin fin torcido.
Noté en el mismo un no admirarse
jamás, no pasmarse de nada, no andar jamás apresurado, jamás
perezoso, jamás perplejo, jamás en lo interior acongojado ni en lo
exterior fingidamente risueño, jamás de nuevo enojado, jamás,
finalmente, poseído de sospecha. A más de esto, vi en él una gran
inclinación a hacer bien, a perdonar fácilmente, a decir siempre la
verdad, dando antes pruebas de no poder ser jamás pervertido que de
necesitar alguna vez ser corregido; y lo que me pareció cosa bien
rara, que nadie tuvo jamás motivo para pensar que Máximo le
despreciaba, ni que Máximo se tenía por mejor que él; por fin, que
no quería ser reputado por un hombre sobradamente urbano y discreto,
ni que se pagaba de cortesías.
Mi padre! me dio un
ejemplar de todas las virtudes; de clemencia y mansedumbre; de
constancia inalterable en las resoluciones tomadas con madurez; de
indiferencia respecto a la gloria popular, mostrando hacer poco caso
de las que se tienen por honras; de aplicación a los negocios con
gusto y sin cesar, prestándose a oír a los que quisiesen proponerle
algún proyecto de pública utilidad.
Este mismo me
presentó a la vista el modelo de un príncipe tan amante de la
justicia que era inaccesible a toda sugestión que le estorbase el
dar a cada cual su merecido; hábil en sostener sus resoluciones y en
desistir de ellas cuando convenía; ajeno de familiaridad con los
mancebos; con todos jovial y humano; dejando en plena libertad a sus
amigos para que no asistiesen a sus convites, ni obligándoles a que
le acompañasen en sus largos viajes; sin que por esto, los que por
alguna precisión se hubiesen quedado, dejasen de hallarle siempre el
mismo.
Me acuerdo de su aplicación exacta y constante en
sus consejos y deliberaciones, no alzando mano de ellas sin una cabal
averiguación, ni dándose por satisfecho con una información pronta
y superficial; de su cuidado en conservar la correspondencia con sus
amigos, no fastidiándose de unos ni apasionándose de otros con
exceso; de su fácil resignación en todo acontecimiento, y estar
siempre risueño; de lo próvido que solía ser, previniendo sin
ruido ni alboroto, y muy de antemano, aun las cosas de menor
consideración; de cuán amigo era de reprimir el aplauso y todo
género de lisonja hacia su persona; cómo con suma atención miraba
por las necesidades del imperio, dispensando con cuenta y razón los
tesoros públicos del erario, y despreciando las murmuraciones de
cuantos en este particular le tachasen de poco espléndido y liberal;
cómo también procuraba no ser supersticioso en el culto de los
dioses, ni menos intentaba granjearse el aplauso popular por medio de
agasajos o lisonjas; antes bien, era en todo muy moderado y
constante, sin que jamás faltase a su decoro ni fuese amigo de
novedades.
Por lo que mira a los bienes que sirven de
regalo a la vida, de los cuales la fortuna es la que da la
abundancia, me gobierno por el régimen que tenía mi padre,
aprovechándose de ellos, aunque sin fausto, con plena libertad; de
suerte que cuando los tenía, sin rebozo los gozaba, y cuando carecía
de ellos, ni aun daba señales de echarlos menos: en cuanto a su
manera de discurrir, jamás ninguno dijo que fuese sofista, ni un
bufón criado en palacio, ni un bachiller o escolástico sombrío;
antes bien, era de todos tenido por un hombre maduro, de un saber
consumado, enemigo de ser lisonjeado, capaz de gobernar no sólo sus
propios negocios, sino también los ajenos. Siendo inclinado a honrar
a aquellos que de veras se daban a la virtud y ejercicio de la
Filosofía, no por eso solía dar en cara a aquellos otros que se
vendían por filósofos sin serlo; en la conversación y trato
familiar era afable y de un chiste moderadamente gracioso y sin
fastidio ni ofensa de nadie; yo le veía diligente en el cuidado y
compostura de su propio cuerpo, pero con tal moderación, que no
pareciese un hombre demasiado amante de la vida, ni dado a un adorno
afectado, ni, por el contrario, enemigo de todo aseo, sino de modo
que procuraba con diligencia mantenerse en un estado en que no
necesitase de remedios interiores ni exteriores de la medicina. Y lo
que más es, yo le veía ceder, sin dar señal de envidia, a los
hombres excelentes en alguna facultad, por ejemplo, en la Oratoria,
en la Jurisprudencia, en la Ética o cualquiera otra semejante,
dándoles la mano para que cada uno en su profesión consiguiese una
suma aceptación y aplauso. Siendo en realidad observante de la
disciplina antigua y de las leyes de su patria, no por esto afectaba
ser tenido por tal. Tampoco gustaba de andar a menudo mudando de
lugares y ocupaciones; antes bien tenía mucho gusto en morar en unos
mismos sitios y ocuparse en los mismos ejercicios; tanto que así que
le cesaban los agudos dolores de cabeza, de que solía verse
molestado, al punto con nuevo empeño y vigor volvía a sus
acostumbradas fatigas.
Era un príncipe que rarísima vez
y en poquísimas cosas hacía misterios, y nunca sobre otros negocios
que en los que eran propios del Estado. Como no se gobernaba sino por
las reglas sólidas de su deber, sin dejarse llevar del aura popular,
guardaba una prudente moderación en lo que mira a dar espectáculos
y regocijos públicos, a levantar fábricas y monumentos magníficos,
a regalar al pueblo con donativos y distribuciones, y en otras cosas
de esta naturaleza. No usaba a deshora del baño; no tenía pasión
por edificar; mo se cuidaba de manjares delicados en la comida, de
nuevas modas y exquisitos colores en el vestido; no solicitaba tener
entre sus pajes la flor de la más bella juventud.
La toga
que en el lugar de Lorio llevaba había sido trabajada en una aldea
vecina, algo más abajo: comúnmente en Lanubio iba con sola la
túnica, y en el Tusculano usaba la Pénula, si bien solía
disculparse de la libertad que en esto se tomaba.
Y ésta
era habitualmente su manera de vivir; de suerte que no se conocía en
su conducta rastro alguno ni de aspereza, ni de altanería, ni de
exceso tan vehemente y precipitado, que tuviese en ello lugar lo que
vulgarmente se dice: No más, basta ya, que apunta el sudor”; antes
bien se veían todas sus cosas meditadas con madurez, despacio y sin
turbación, con orden, vigor y perfecta correspondencia entre sí
mismas, y así, se le podía aplicar con razón lo que de Sócrates
suele decirse: que sabía y podía igualmente abstenerse y gozar de
aquellos bienes, de los cuales generalmente ni pueden los hombres
privarse por su delicadeza, ni disfrutarlos moderadamente por su
destemplanza. Y, en realidad de verdad, es prueba de un hombre
perfectamente sabio y superior a las pasiones el saber, en lo uno,
ser sufrido, y en lo otro templado. Por fin, en mi padre admiré
mucho el modo con que se portó en la enfermedad de Máximo.
Debo
a los dioses así el haber tenido buenos abuelos, buenos padres, una
buena hermana, buenos maestros, buena familia, parientes, amigos, y,
por decirlo en breve, todo género de bienes; como el no haber
faltado en nada a mi deber con ninguno de ellos, tanto más, teniendo
yo en mí mismo tal disposición, que, en fuerza de ella, si me
hubiese ofrecido la ocasión, habría sin duda cometido alguna falta
en este particular; pero, gracias a los dioses, que con su favor
nunca hubo tal concurrencia de cosas que en ella se descubriese mi
ruin disposición.
A los mismos agradezco, ya el no haber
sido por largo tiempo educado en casa de la dama de mi abuelo, ya
también el no haber marchitado con ninguna infamia la flor de mi
juventud, y el que no hubiese consentido en contraer matrimonio antes
de sazón, sino haber dejado que pasase primero algún tiempo. Los
mismos dispusieron que yo viviese bajo la dirección de un Príncipe,
y juntamente padre, de quien no ignoraban que me había de quitar
todo género de orgullo, haciéndome entrar en la idea que se puede
componer fácilmente el que uno viva en palacio, sin que necesite de
guardias ni use vestidos suntuosos, ni que le precedan en el público
lámparas, o sean hachas encendidas, no teniendo en los salones
aquella larga serie de estatuas, ni gastando semejante pompa y
aparato; antes, por el contrario, cabe muy bien que uno en palacio se
reduzca a imitar muy de cerca la vida privada de un ciudadano
particular, sin que por esto pierda un punto de su grandeza y fuerza,
para ejercer con toda la autoridad de superior las funciones públicas
del Imperio.
Beneficio fue de los dioses el haberme cabido
en suerte un hermano tal, que, por una parte, me obligase con sus
costumbres a cuidar mucho de mi misma conducta, y por otra, con el
respeto y amor que me tenía, me sirviese de grande consuelo;
beneficio, el haberme dado unos hijos no faltos de talento y no
contrahechos; beneficio, el que yo no hiciese grandes progresos en la
retórica, ni en la poesía, ni en otros estudios, porque tal vez en
éstos me hubiera estancado, sin pasar a otra cosa, si en ellos me
hubiera visto muy adelantado. Me reconozco obligado a los mismos por
haber yo promovido a los que corrieron con mi educación,
concediéndoles los honores que a mi parecer deseaban, y no dilatando
sus esperanzas con las buenas razones de que todavía eran jóvenes y
que con el tiempo les premiaría. Tengo por singular favor de la
Providencia divina el haber yo conocido a Apollonio, Rhustico y
Máximo, como también el que, muy a menudo y con mucha claridad, se
me representase el sistema de una vida conforme a la naturaleza.
De
modo, que por lo que mira a los dioses, a los toques y movimientos
interiores, a los auxilios e inspiraciones que de parte de ellos
recibí, me hallo en estado de vivir acorde con la naturaleza, si yo,
por mi culpa, o por no querer seguir y observar los avisos, y no sé
si diga las lecciones que ellos mismos me dan, no me quedare atrás.
¡Qué diré de que mi cuerpo haya podido por tanto tiempo resistir
al trabajo en este género de vida! ¡De que yo no llegase a tener un
trato poco decente, ni con Benedicta ni con Teodoto, sino que, con el
tiempo, me viese libre de aquellos afectos poco castos a que antes
había dado lugar! ¡De que, enojado muchas veces contra Rhustico, no
por eso jamás me propasé a alguna resolución, de que después
tuviese que arrepentirme!
No vivo menos reconocido a la
misma Providencia, habiéndole debido el que mi madre, aunque hubiese
de morir joven, con todo, tuviese el consuelo de pasar en mi compañía
los últimos años de su vida; el que yo, cuantas veces quise
socorrer a algún pobre, o bien a otro cualquiera que tuviese
necesidad de mí para distinto fin, jamás me oyese decir que no
tenía por entonces dinero con que poder hacerlo, y que ni tampoco me
viese yo en igual necesidad de socorro ajeno.
El que yo,
por mi buena suerte, tuviese una consorte? de unas prendas tan
bellas, tan inclinada a complacerme, tan apasionada por mí, de una
condición tan llana y sencilla; el poder echar mano de tantos y tan
hábiles maestros para mis hijos; el proponerme, entre sueños,
aquellos remedios, de que yo necesitaba, y, entre otros, los que me
habían de servir contra el esputo de sangre y los vahídos de
cabeza, lo que me aconteció en Gaeta. El que, habiendo yo concebido
mucha pasión por la filosofía, ni tuviese la desgracia de dar con
algún sofista, ni de perder malamente el tiempo en revolver
escritores, o en resolver silogismos, o en discurrir de meteoros,
porque, sin duda, es así: que cuanto acabo de referir, no me pudo
acontecer, sin el socorro de los dioses y favor de la fortuna.
Esto
se escribió entre los Quados, cerca de Granea.
LIBRO II
Por la mañana
no dejes de hacerte esta cuenta diciendo: tropezaré hoy con algún
curioso, con algún ingrato, con algún provocativo, con otro doloso,
con otro envidioso, con otro intratable; todos estos vicios les
vienen a ellos de la ignorancia del bien y del mal. Pero yo, que por
una parte tengo bien visto y meditado, que la naturaleza del bien
totalmente consiste en lo honesto; la del mal en lo torpe, y que por
otra conozco a fondo ser tal la condición del que peca, que no deja
de ser mi pariente, no por un vínculo común de una misma sangre o
prosapia, sino porque participamos de una misma mente y partícula, o
porción divina; bien sé que ninguno de estos puede perjudicarme
(puesto que ningún otro, no queriendo yo, puede complicarme en su
infamia); ni debo enojarme contra quien es mi pariente, ni concebir
odio contra su persona. Porque los hombres hemos nacido para
ayudarnos mutuamente como lo hacen los pies, las manos, los párpados,
los dos órdenes de dientes, el superior e inferior; por tanto, es
cosa contra la naturaleza, que unos a otros nos ofendamos, como sin
duda lo hace el que se estomaga con otros y les es contrario.
Todo
mi ser consiste en una porción de carne, espíritu y mente que es la
parte principal. Déjate ya, pues, de libros; no te distraigas por
más tiempo. ¿No tienes en tu mano hacer cuanto te digo? Tú, como
quien en breve ha de morir, desprecia tu cuerpezuelo, que no es otro
que una crasa sangre, unos huesecillos y un tejidillo de nervios, de
pequeñas venas y de arterias. Mira qué cosa viene a ser tu
espíritu; viento es, ni siempre un mismo viento, antes bien de un
instante a otro renovado; entrando y saliendo. Quédate, pues, en
tercer lugar la mente, parte principal. Hazte así la cuenta, viejo
eres, no permitas más que el alma, de suyo señora, se esclavice, ni
que sea agitada a manera de títere con el ímpetu de las pasiones
contrarias a la sociedad; no te desazonen las presentes disposiciones
del hado, ni las futuras te asusten.
Las obras de los
dioses se dejan ver llenas de providencia; las de la fortuna, o
tienen su origen en la misma naturaleza o no suceden sin concierto y
conexión con aquellos efectos, a los cuales rige y preside la
providencia, de la cual todo dimana. Demás de que así la necesidad,
como la utilidad del universo del cual tú eres una parte, pide de
suyo que las cosas tengan este curso que vemos. Y podemos decir que
es bien de cada una de las partes de la naturaleza aquello mismo, que
la condición del universo lleva consigo; y aquello también, que de
suyo se ordena a la conservación del mismo.
Ahora, pues,
¿quién no ve que igualmente la mutación de los elementos y de los
mixtos conservan en su ser al mundo? Esto te baste; éstos sean para
ti tus dogmas perpetuos; echa, pues, de ti esa sed insaciable de leer
para que no mueras con repugnancia, antes bien con resignación
verdadera y agradecido de corazón a los diosos, por más que no
hayas podido leer tanto libro como deseabas.
Acuérdate
cuánto tiempo hace ya que dilatas la ejecución de estas máximas y
cuántas veces habiéndote los dioses concedido aquel plazo que te
habías prefijado, con todo no te has aprovechado de él. Es
menester, pues, que ahora por fin conozcas de cuál mundo eres una
parte y de cuál gobernador del mundo has salido como un destello;
que medites, que tienes predefinido el término de tu vida en un
tiempo acotado, del cual si no te aprovechares, serenando tus
apetitos y pasiones, él se te pasará y tú pasarás con él y otra
vez no volverá.
Cuida a todas horas
de obrar valerosamente, como corresponde a un romano, y a un hombre
de gran vigor ejecutando aquello que tuvieres entre manos, con una
gravedad perfecta y natural, con mucha humanidad, con franqueza, con
entereza y justicia; poniendo en calma tu corazón, desembarazado de
cualquiera otro cuidado y pensamiento. Y podrás ciertamente ponerlo
en calma, si hicieres cada acción en particular, como si ella fuere
la última de tu vida, libre de toda temeridad, libre de todo afecto
contrario a los dictámenes de la razón, libre de ficción de amor
propio y de displicencia en las disposiciones del hado. ¿No ves,
cuán pocas máximas son aquellas, que bien practicadas bastan para
norte de una feliz navegación en el mundo y entable de una vida casi
divina? Porque los dioses se darán por satisfechos y bien servidos
de aquel que estas cosas observare.
Tú, oh alma mía, te
deshonras a ti misma; te lo vuelvo a decir, te deshonras a ti misma;
ni te haces cuenta, que no tendrás más tiempo de adquirirte aquel
honor que a ti misma te debes, porque ninguno tiene más que una
vida, y ésta se te pasó casi toda, sin contar con el respeto debido
a tu misma dignidad, antes poniendo toda tu felicidad en hacerte
honor para con los otros.
Mira, no te distraigan los
negocios exteriores que te sobrevinieren; antes bien, procura
desocuparte para aprender algo más de bueno, y déjate de andar
girando de acá para allá como una devanadera. Porque ve aquí otro
engaño y error de que conviene guardarte, y es, que muchos en una
vida muy ocupada y laboriosa emplean su trabajo en cosas frívolas,
sin proponerse blanco alguno, al cual absolutamente dirijan todas sus
miradas y afectos.
No es fácil que le vaya mal a alguno
por no entrometerse en lo que ocurre en el ánimo de otro; pero es
imposible, el que deje de ir mal a quien no escudriña lo que pasa en
el suyo.
Es menester tener siempre presentes estas pocas
ideas: primera, cuál es la naturaleza del universo; segunda, cuál
es mi misma naturaleza; tercera, cuál es el orden y respecto que
ésta tiene para con aquélla; cuarta, cuál parte viene ésta a ser,
y de qué todo viene a ser la tal parte; quinta, que ninguno puede
impedir que tú hagas siempre y digas aquello que sea conforme con
aquella naturaleza, de quien eres una parte.
Verdaderamente
habló como filósofo "Theofrasto cuando en aquella comparación
que hacía de los pecados entre sí (según que uno, vulgarmente
hablando, puede comparar cosas entre sí iguales), dijo: que los
pecados cometidos por deleite son más graves que los que por ira se
suelen cometer; porque se ve que un hombre enojado se aparta de la
razón con cierta pena interior y angustia de corazón; pero el que
por satisfacer su gusto peca, vencido del deleite, muestras da de ser
un hombre más destemplado y en cierto modo muelle y afeminado en sus
pasiones. Dijo, pues, bien y conforme a las máximas de la Filosofía,
que un desorden cometido por gusto era mayor delito que otro hecho
con dolor. Lo que no se puede dudar es que el uno se parece más a un
hombre que provocado con la injuria recibida se ve forzado a
irritarse por la pena que en sí siente; pero que el otro de suyo
embiste, siendo el primero en hacer una sinrazón, movido a obrar por
capricho y antojo.
Es necesario que en todas tus acciones
y pensamientos te portes como quien puede en el mismo punto salir de
esta vida, si bien esto de salir de entre los hombres, si hay dioses,
nada quiere decir, puesto que ellos ningún mal podrán hacerte; pero
si no los hay, o si por más que los haya no cuidan ellos de las
cosas humanas, ¿para qué quiero yo vivir en un mundo falto de
dioses y sin providencia? Pero la verdad es que los hay, y que miran
por las cosas humanas, dejando en nuestra mano el que no vengamos a
incurrir en los que son verdaderamente males. Y la verdad es, por
último, que si alguna de las otras cosas que se reputan por males
fuese un verdadero mal, también habrían los dioses tomado sus
medidas, a fin de que fuese libre a cada uno no caer en él.
Pues
en este sistema de cosas ¿cómo podrá lo que no hace peor al hombre
en sí mismo empeorar la vida del hombre? Ello es cierto que la
naturaleza del universo, ni por ignorancia habría dejado de proveer
de remedio para este mal, ni de propósito lo habría despreciado
(como sin arbitrio para precaverlo o corregirlo, según algunos
falsamente opinan), ni, en suma, habría cometido un descuido tan
grande, o por falta de poder, o por falta de saber, como sería el
que con suma confusión los bienes y los males verdaderos fuesen
igualmente comunes a buenos y malos. Nosotros ahora sin duda vemos
que la muerte y la vida, el honor y la infamia, la molestia y el
deleite, la riqueza y la pobreza, no siendo cosas de suyo honestas ni
torpes, sin diferencia acontecen a buenos y malos; luego ellas en
rigor ni son bienes ni son males.
Es asunto digno de toda
la atención de nuestra facultad intelecttiva reflexionar con cuánta
velocidad se pasa todo; cuán presto en el mundo desaparecen los
cuerpos; cuán en breve, hasta la memoria de ellos, se borra en la
posteridad; entender que ésta es la condición de todos los objetos
sensibles, y, con particularidad, de aquéllos que blandamente nos
halagan, o con molestia nos apartan de sí, o con su vanísimo
aparato nos encantan; sacar por consecuencia cuán viles son estas
cosas, cuán dignas de desprecio, cuán sórdidas, cuán caducas y
perecederas. Ni conviene meditar menos quiénes son aquéllos de cuyo
modo de pensar y hablar depende la gloria y la fama. Pero, sobre
todo, es necesario tener bien entendido qué cosa sea morir; porque,
si uno lo considera, como ello es en sí, procurando con una
precisión exacta en sus ideas separar de la muerte los horrores y
espantos que abulta la imaginación, verá claramente que el morir no
viene a ser otra cosa que. un efecto propio de la naturaleza, y claro
está que es cosa pueril, si alguno teme los efectos de la
naturaleza. Lo más es que, no sólo el morir es efecto de la
naturaleza, pero aun conveniencia de la misma. Por fin, debe un sabio
meditar de qué manera se une un hombre con Dios y por medio de cuál
parte, y cómo se hallará esta misma partecita cuando hubiere
llegado a esta unión.
No puede darse cosa más infeliz
que un hombre que, girando de acá para allá, y corriéndolo todo;
averiguando hasta lo que está bajo tierra, como dijo el otro, e
indagando por conjeturas los pensamientos y secretos de su prójimo,
no acaba de entender que le basta el saber conversar con sola aquella
mente que dentro de sí tiene, haciendo con ella los oficios que la
son debidos. Y los oficios que se deben hacer con ésta consisten en
conservarla libre de pasiones, de temeridad, de disgusto y
repugnancia en aquellas cosas que, de parte de los dioses y de los
hombres, acontecieron. Porque las cosas de los dioses son dignas de
toda veneración, por ser obras virtuosas, y las de los hombres,
siendo éstos nuestros prójimos, deben sernos gratas y bien
aceptadas, si bien alguna vez las mismas, en cierto modo, nos deben
ser objeto de compasión, atendida la ignorancia del bien y del mal,
de la cual proceden, siendo así que no es menor defecto este género
de ceguedad en el ánimo que aquélla que nos priva de poder
discernir lo blanco de lo negro.
Por más que tú hubieses
de vivir tres mil años, y, si quieres, aun treinta mil, con todo,
haz por acordarte que ninguno pierde otra vida, al morir, que ésta
con que vive, ni vive con otra que con ésta que pierde; así que, lo
más largo y lo más breve de la vida, viene, al cabo, a reducirse a
lo mismo; porque, para todos es igual aquel momento presente en que
se vive: será, pues, igual a todos lo que se pierde de vida, y de
este modo, lo que se pierde, viene a ser un indivisible. Y la razón
de todo es porque ninguno puede perder, ni aquel tiempo, que ya se le
pasó, ni tampoco el que aún está por venir; porque, ¿cómo se
puede quitar a uno lo que uno no tiene? Conviene, pues, tener siempre
en la mente estas dos máximas: la una es que, puesto que todas las
cosas, desde una eternidad, se presentaron con el mismo semblante, y
siguieron el mismo curso y giro, el contemplarlas ciento, doscientos
años, o un tiempo ilimitado, en realidad, no se diferencia en nada.
La otra es que, el que hubiere de vivir una vida muy larga, y el que
hubiere de morir muy pronto, igual momento de vida pierden; porque,
únicamente podían ser privados del tiempo presente que sólo
gozaban, visto que nadie pierde lo que no posee.
Que todo
sea una vanidad, fundada en sola opinión, lo declara Mónimo el
Cínico en sus escritos, cuya utilidad claramente verá aquel que
supiese valerse del chiste que en ellos reina, sin pasar más allá
de lo que permite la verdad.
El alma del hombre se infama
a sí misma, con particularidad cuando viene a hacerse, por lo que a
sí toca, como un divieso o como un tumor extraordinario en el cuerpo
político del mundo, porque el no conformarse con alguno de los
acontecimientos que ocurren, viene a ser cierto absceso de la
naturaleza universal en que todas las demás cosas, cada una por su
parte, ocupan su lugar respectivo. ¡Y acaso no la sucede esto mismo
siempre que se muestra adversa O hace oposición a alguno de los
otros hombres con el fin de hacerle mal, como suelen practicarlo las
almas que se hallan poseídas de ira! Lo tercero, a sí misma se
deshonra el alma racional cuando cede y se da por vencida del deleite
o de la pena. Lo cuarto, cuando a manera de hipócrita hace, o dice
algo fingida y falsamente. Lo quinto, cuando no proponiéndose blanco
alguno en sus acciones ni en sus apetitos, obra temerariamente y sin
saber lo que se pretende, siendo así que aun las más mínimas
acciones deben hacerse con el debido orden y respeto a su fin, el
cual fin en las racionales no es otro que el obedecer a la razón, y
sujetarse al derecho de la naturaleza, que es, por decirlo así, la
más noble y más antigua ciudad y gobierno.
El tiempo de
la vida humana no es más que un punto; la materia de que se compone
el hombre, padece sin cesar una continua disipación, sus sentidos
torpes y obscurecidos, toda la constitución del cuerpo se inclina
fácilmente a la corrupción; el alma inconstante y en continua
agitación, la fortuna incierta y difícil de atinar, la fama muy
dudosa e indefinible; para decirlo en breve, todas las cosas propias
del cuerpo son a manera de un río, que siempre corre; las del alma
vienen a ser un sueño y un poco de humo; la vida, una guerra
perpetua y la corta detención de un peregrino; la fama de la
posteridad, un olvido. ¿Qué cosa, pues, hay que nos pueda llevar a
salvamento? Una sola y ésta es la filosofía; digo, aquella
filosofía que se empeña en conservar sin ignominia ni lesión el
espíritu o mente interior, en mantenerlo superior al deleite y al
dolor, lejos de obrar sin reflexión, lejos de toda falsedad y
ficción, contento consigo mismo y sin necesitar de que otro haga o
no haga la tal o tal cosa, conforme con todo lo que viniere, y
satisfecho además de esto con la parte que le tocare en los varios
sucesos, ya que todos vienen de la misma mano de donde él salió, y
sobre todo capaz de ver venir la muerte con un ánimo plácido y
sosegado, persuadiéndose que ella no es otra cosa que la separación
de aquellas partes de que todo viviente animado se compone. Y en
efecto, si a los mismos elementos no les viene mal alguno de que los
unos de continuo se muden y conviertan en otros, ¿por qué temerá
uno y mirará con horror la mutación y resolución de todas las
otras cosas? ¿No es ella conforme a la naturaleza? ¿Puede acaso una
cosa, conforme, a la naturaleza, ser mala?
Esto se
escribió en Carnuto.
LIBRO III
No se debe
contentar uno con hacerse sólo la cuenta que, acortándosele de día
en día el tiempo de la vida, la parte que le queda, por instantes se
le va haciendo menor, sino que mucho más debe reflexionar, que si
más tiempo viviere, estará siempre incierto si una igual
disposición de mente en que se halla le acompañará en adelante
pronta para la inteligencia de las cosas ocurrentes y para aquella
meditación que de suyo conduce al verdadero conocimiento de las
cosas divinas y humanas. Porque si una vez la razón empezare a
flaquear, por más que no le falte a uno, ni la transpiración, ni la
nutrición, ni la fuerza de imaginar y de apetecer, ni de otras
facultades semejantes, con todo, se le apagará el vigor para poder
usar de sí mismo, para cumplir a la perfección con su deber, para
ordenar y arreglar bien sus pensamientos y para resolver con madurez.
si ya es tiempo de darse la muerte; finalmente, para ejecutar todas
aquellas cosas que piden una razón ejercitada y vigorosa. Conviene,
pues, darse prisa, no sólo porque por momentos se va uno acercando
más a la muerte, sino porque de antemano le va desamparando también
el conocimiento y reflexión en los negocios ocurrentes.
Ni
deja de ser cosa digna de consideración que todo aquello que es como
sobrepuesto a alguna obra principal de las que hace la naturaleza,
lleva un no sé qué de gracia y atractivo particular. Lo mismo vemos
que sucede al pan que en el horno se abre, y no obstante eso, aunque
aquellas hendiduras son de algún modo fuera de la intención del
panadero, con todo, le dan hermosura y excitan muy particularmente la
gana de comerle. Asimismo los higos, cuando están muy sazonados,
suelen abrirse, y en las aceitunas reventadas de maduras, el mismo
distar poco de la corrupción, añade al fruto una estima y aprecio
singular. Y si uno se pusiese a considerar despacio, y en particular
la naturaleza, hallaría, que el inclinarse hacia abajo las espigas;
que la melena del león; que la espuma en la boca del jabalí; y, por
abreviar, otras mil cosas más, aunque por sí mismas ninguna
hermosura ofrezcan a la vista, no obstante, por ser añadiduras que
de suyo van con las demás obras de la naturaleza, a un mismo tiempo
las hermosean y causan admiración: de modo que si uno tuviese un
ánimo atento y fijase altamente la consideración en las cosas que
se hacen en el mundo, estoy por decir, que aun en estas como
consecuencias y adiciones naturales, nada se le presentaría que no
le pareciese en cierta manera más agradable, y así también aquella
abertura de boca, vista en las fieras, a quienes es natural, no le
deleitaría menos de lo que suele deleitar, cuando los pintores y
estatuarios la remedan e imitan al vivo, y esto mismo podría, con
ojos castos mirar igualmente la amable belleza de los niños que
aquella madurez y gracia ya pasada que muestran en su semblante las
personas de mucha edad. Y, por último, otras muchas cosas de este
jaez se le pondrían delante, las cuales no pueden ser del gusto de
todos, sino sólo de aquel que se ha hecho familiar la naturaleza y
tiene ejercitada la mente en la verdadera contemplación de sus
obras.
Hipócrates, habiendo curado a muchos de grandes
males, enfermando él mismo, al cabo murió. A muchos predijeron la
muerte los caldeos, y no por eso dejó de llegarles su día y destino
fatal. Alejandro, Pompeyo y Cayo Cesar, habiendo tantas veces
destruido desde los cimientos muchas ciudades, y habiendo degollado
en campo de batalla muchísimas millaradas de infantes y caballos, al
fin también fallecieron ellos mismos. Murió Heráclito de
enfermedad de hidropesía y cubierto de estiércol vacuno, sin que le
preservase una prolija disertación sobre el último incendio del
universo. Demócrito murió comido de piojos; y piojos, bien que de
otra casta, quitaron la vida a Sócrates. ¿Pero a qué viene todo
esto? A qué ha de venir: te embarcaste, hiciste tu viaje, llegaste
al puerto: desembárcate, que si es para vivir otra vida; ni aun allá
echarás de menos a los dioses, pero si es para quedarte del todo sin
sentido, acabarás ya de verte agobiado de penas y privado de gustos,
no sirviendo ya a ese vaso inmundo de tu cuerpo, que es de condición
tan inferior, y que de suyo debiera servir como esclavo, puesto que
en el hombre la una parte consiste en la mente y espíritu, la otra
no es más que tierra y podre.
No malogres el tiempo de
vida que te queda en averiguar vidas ajenas, a no ser que lo hagas
con la mira de servir al público; quiero decir, que no revuelvas en
tu imaginación qué hace fulano y por qué lo hace; qué dice, qué
piensa, qué maquina y otras cosas a este modo, porque la curiosidad
de los hechos ajenos distrae a uno del cultivo y cuidado de su mismo
espíritu. Es menester, pues, guardarse mucho que en la serie y
discurso de tus pensamientos nada se entrometa de temerario y
superfluo, y con más especialidad, nada de curioso y maligno, y
también acostumbrarse a meditar solamente en aquello sobre lo cual
de repente reconvenido, ¿en qué piensas ahora? pudieses al punto
con toda franqueza responder: yo, ahora, en esto o en aquello
pensaba; de suerte que por la tal respuesta al momento se dejase ver
un ánimo en todo sincero y bondadoso, propio de quien ama la
sociedad, de quien desprecia los placeres y de una vez echa de sí
las ideas de una vida muelle y afeminada, de quien ni tiene tema, ni
envidia, ni sospecha contra nadie, ni otro afecto alguno desordenado,
por el cual te sea preciso avergonzarte al decir claramente que
aquello era lo que en la mente tenías. Porque un hombre de esta
clase, debiendo sin más pruebas ser reputado por un varón perfecto,
viene a ser como un sacerdote y ministro de los dioses que se sirve,
como es razón, de aquel numen que tiene en su pecho
consagrado.
Esto mismo hace en un hombre tal, que no se
contamine con los deleites; que sea invencible en todo trabajo,
exento de toda especie de injuria, ni le haga impresión alguna la
maldad ajena; que sea un atleta glorioso en el más bello certamen,
nunca vencido ni arrastrado de pasión alguna, empapado en la
justicia y virtud, abrazando con toda el alma cuanto acontece y
dispensan los hados, entretenido rara vez, y nunca sin grande
necesidad y utilidad pública, en pensar lo que otros dicen, hacen o
maquinan; únicamente para sus mientes en perfeccionar sus acciones y
está atento continuamente a la parte que le cabe en el repartimiento
de los hados consiguientes en el universo, y así en lo uno cumple
con su deber y en lo otro se persuade que las disposiciones son
santas, puesto que la suerte que a cada uno en particular se le ha
destinado, sobre cuadrarle muy bien, al mismo tiempo se ve serle muy
útil. Él mismo tiene bien presente, que logrando todo lo que
participa de razón, un común parentesco también es conforme a la
naturaleza humana el cuidar e interesarse en las cosas pertenecientes
a su prójimo, pero no de modo que busque el aplauso y aprobación de
todos, sino solamente de aquellos que sin disputa alguna viven
conforme a las leyes de la naturaleza, porque respecto de los que no
viven en esta forma, no se olvida jamás de como estos tales se
portan en casa y fuera de ella, de día y de noche, y como gustan de
revolcarse en un mismo lodo con otros sus iguales; por consiguiente
tampoco cuenta con las alabanzas de aquellos que de sí mismos no
están satisfechos.
No hagas cosa alguna de mala gana ni
hagas tus cosas sin respeto al bien común; nada harás sin
examinarlo de antemano, ni lo harás arrastrado de alguna pasión. No
busques un adorno afectado de palabras para explicar tus
pensamientos; no seas amigo de hablar demasiado ni hombre de muchos
negocios. Antes bien, procura que ese tu dios, o tu espíritu, sea el
conductor y como el ángel custodio de un varón grave, de un
anciano, de un ciudadano amante del público, de un romano, de un
príncipe; a partirse de esta vida sobre la marcha, al mismo punto
que oyere la señal de la retirada. Nunca necesites de juramento ni
de testigo alguno para ser creído. A más de esto, mantén un
semblante placentero, indicio de un ánimo, que no necesita de
ministerio exterior, ni de que otros le procuren su tranquilidad
interior; es necesario, pues, que te mantengas sobre ti, no
necesitando de otro apoyo.
Si en el discurso de
la vida hallares algo más recomendable que la justicia, la verdad,
la moderación, la fortaleza, y, para decirlo de una vez, de mayor
aprecio que aquella disposición de ánimo, en fuerza de la cual uno
se conforma gustoso con la recta razón en la práctica de sus
acciones, y se contenta con las disposiciones del hado, que no
dependen de su elección; si algo, digo, hubieres visto de mejor
condición, abrazándolo con toda tu alma, goza enhorabuena de ese
mayor bien. Pero, si nada se te presentare más excelente que ese tu
espíritu o numen en tu pecho consagrado, que es el que tiene a raya
sus propios apetitos; que examina los pensamientos que se ofrecen a
la fantasía; que se desprende de los halagos de los sentidos, como
Sócrates solía decir; que se sujeta asimismo a los dioses, y que
tiene cuenta con el bien del prójimo; si hallares, pues, que toda
otra cosa es mucho menor y de menos valor que ese tu espíritu, no
quieras dar cabida a otro bien alguno, al cual, si una vez te
rindieres, ya no podrás después, sin mucha repugnancia y
contradicción, dar el primer lugar a aquel otro, que es propiamente
tu bien.
Y, en realidad de verdad, no es conforme a
justicia y razón que ningún otro género de bien, como es el
aplauso popular, el mando, la riqueza, el deleite, se atreva a
disputar cara “a cara el primer lugar contra el bien honesto,
propio de la razón y sociedad; bien entendido, que si uno juzgare
deber condescender en algo, por poco que sea, con cualquiera de estos
bienes, ellos, de repente, enseñoreados de su corazón, lo
arrastrarán tras sí. Digo, pues, que, escogiendo tú, de buena fe y
generosamente, lo mejor, te afirmes en ello. Y, sin duda, lo mejor es
lo más útil, y en que deberás mantenerte, si te conduce como a
racional, y huir, si como a dominado del apetito; y, sobre todo,
procura conservar un juicio recto y libre de preocupaciones, para
que, con toda seguridad, puedas hacer un examen verdadero.
Jamás
califiques de útil para ti mismo lo que, tal vez, puede empeñarte
en faltar a tu palabra; en desestimar la modestia; en aborrecer a
otro; en tenerle por sospechoso; en abominar de él; en mostrarte
doble; finalmente, en apasionarte por alguna cosa de las que no
pueden hacerse sino a puertas cerradas y tiradas las cortinas. Pues
quien a todo lo demás antepusiere su mente y alma, no habiendo para
él cosa más sagrada que el culto, y, por decirlo así, que las
religiosas ceremonias de la virtud, este tal no dará escena, no se
entregará al llanto, no temerá la soledad ni el concurso, y lo que
es más, no vivirá buscando la muerte ni huyendo de ella, persuadido
que nada le va en que, por más o menos tiempo, viva unida su alma
con su cuerpo. Porque, si al mismo punto le fuese necesario partirse
del mundo, tan expedito y desembarazado se marcharía, como si
hubiese de ir a practicar con decoro y buen modo cualquiera otra
función de la vida, siempre acostumbrado a precaverse tan sólo de
que su mente, alguna vez, rehúse los oficios propios de hombre
racional y sociable.
En el espíritu de un hombre muy
moderado y cándido nada hallarás corrompido, contaminado ni
ocultamente lisiado. Ni menos podrá la parca arrebatarle la vida en
tal estado que no haya llegado ya al término de su perfección, al
modo que podría alguno decir de una persona de teatro, que se salía
de él antes de dar fin a la acción trágica que representaba. A más
de esto; en el mismo jamás verás cosa alguna servil, ni afectada,
ni postiza, ni sectaria o sediciosa, ni que se resista al examen, ni
que pretenda quedar oculta.
Ten gran cuenta con la
facultad opinativa, porque todo depende de ahí, para que jamás se
introduzca en tu espíritu alguna opinión repugnante a la naturaleza
y condición de un viviente que participa de razón. Y lo que la tal
condición requiere es reserva en el juzgar, familiaridad para con
los hombres y obediencia a los dioses.
Echando, pues, de
ti todo otro cuidado, pon sólo la atención en estas
consideraciones, y al mismo tiempo acuérdate que cada uno no vive
más de lo que es el tiempo presente en que vive, que es un punto
indivisible, y que todo el resto de su vida, o ya lo acabó de vivir,
o es incierto si lo vivirá. Es, pues, un nada lo que uno vive, un
nada el rincón de la tierra en donde pasa su vida, un nada la más
extendida fama de la posteridad, fama propagada por la sucesión de
unos hombrecillos que muy en breve se morirán, y que no conociéndose
bien a sí mismos, están muy lejos de poder juzgar de los que tanto
antes murieron.
A los avisos que llevo dichos debe
añadirse uno más, y es, que siempre se haga la definición o la
descripción de aquello que nos presentare la imaginación, de modo
que distintamente contemple uno cuál es su naturaleza, tomada de por
sí precisamente, y mirada según todas sus partes; y que también
diga para consigo mismo: «Tal es el nombre propio y peculiar de la
tal cosa, tales los nombres de las partes de que se compuso y en las
que se resolverá.» Porque verdaderamente nada contribuye tanto a la
grandeza de ánimo como el saber examinar con método y exactitud
cada una de las cosas que suelen acontecernos, y poder escudriñar
siempre las mismas en tal conformidad que venga en conocimiento de
cuál uso sirve la tal cosa, y para cuál mundo tiene su uso, qué
estimación se merece comparada con el universo, y qué aprecio
comparada con el hombre, siendo éste, como es, un ciudadano de
aquella suprema ciudad, de la cual estas ciudades de acá vienen a
ser otras tantas casas y familias; de qué condición es, de qué
principios se compuso, por cuánto tiempo deberá naturalmente durar
este objeto que ahora me configura la imaginación; de qué virtud
convendrá echarse mano para podérmelas haber con él; por ejemplo,
si de mansedumbre, de fortaleza, de verdad, de confianza, de candor,
de frugalidad o de otras semejantes.
Conviene por lo mismo
decir en cada acontecimiento particular: «Esto en verdad me viene de
la mano de Dios; esotro sucede en fuerza de la coligación de las
cosas y del hilo fatal de las parcas, por esta complicación de
sucesos y por el acaso de la fortuna; aquello nace de parte del tal,
que es hombre de mi misma patria, de mi mismo linaje y mi amigo, pero
que al mismo tiempo ignora lo que le corresponde según los derechos
de la naturaleza, los cuales sé yo muy bien; por esto me portaré
con él con benevolencia y con justicia, conforme lo pide y exige la
ley natural de la sociedad, si bien en estas cosas comunes de la vida
no perderé de vista que debo tratarle correspondientemente a su
mérito.»
Si tú, siguiendo la recta razón, hicieses lo
que tienes entre manos con estudio, con empeño y buena voluntad, sin
poner la mira en ninguna otra conveniencia ni diversión, antes bien,
conservases tu espíritu por entonces tan puro como si ya lo hubieses
de restituir a quien te lo ha dado; si, vuelvo a decir, llevares
adelante tu obra no buscando otro bien ni huyendo de otro mal, sino
dándote por satisfecho con hacer el presente trabajo conforme a la
naturaleza, y con hablar con suma entereza lo que hubieres de decir,
vivirás feliz y dichoso; además de que no hay persona alguna que
pueda impedírtelo.
Al modo que los cirujanos tienen
siempre a la mano los instrumentos y hierros de su profesión para
las curas repentinas, así deberás tú tener prontos tus dogmas, ya
para entender las cosas divinas y humanas, ya para hacerlo todo, aun
lo mínimo, en tal conformidad como quien tiene presente la mutua
relación que unas y otras cosas tienen entre sí; por lo que ningún
oficio podrás hacer debidamente para con los hombres sin el tal
respeto a las cosas divinas, ni tampoco al contrario.
No
te extravíes más, supuesto que no has de tener tiempo para acabar
de leer tus comentarios, ni las proezas de los antiguos romanos y
griegos, ni los apuntamientos que entresacas de los libros y reservas
para el tiempo de tu vejez. Date, pues, prisa en llegar al fin, y
dejadas las vanas esperanzas, si tienes cuenta contigo mismo, procura
mirar por tu bien.
Porque esto aun pueden hacerlo los que
no saben cuántos significados tienen los verbos de robar, de
sembrar, de comprar, de descansar, de ver lo que se debe hacer; lo
cual no se ve con los ojos corporales, sino con otra cierta vista
interior.
Tenemos cuerpo, alma y espíritu: del cuerpo son
los sentidos, del alma los apetitos, del espíritu los dogmas. Ello
es así, que el formar la fantasía las ideas de los objetos, es cosa
común a los brutos; el ser impetuosamente agitado, como lo es un
títere, conviene también a las fieras, a los hombres afeminados, a
un Falaris y un Nerón, a aquellos que no creen en los dioses, a los
enemigos y traidores a su patria, a aquellos, finalmente, que de nada
tienen empacho después que cerraron la puerta. Ahora, pues, si todas
las otras cosas son comunes a estos de quienes acabamos de hablar,
resta que sea propio del hombre virtuoso tener a su espíritu por
guía en aquellas cosas que le parecieren ser de su obligación, y
abrazar con amor las disposiciones que los hados le hubieren
decretado y urdido; el no manchar su espíritu, que a manera de un
numen divino lo tiene consagrado en su pecho, ni perturbarlo con un
tropel de imaginaciones, antes bien, conservarlo plácido y propicio,
obedeciéndole con el mayor respeto y siguiéndole como a un Dios;
por fin, el que no diga cosa que sea contra la verdad, ni haga acción
alguna contraria a los derechos de la justicia. Y si uno no fuere del
agrado y satisfacción de los hombres, porque siga este género de
vida sencilla, modesta y plácida, no por eso deberá enojarse contra
nadie, ni desviarse de aquel camino que conduce y lleva al término
de la vida, al cual es necesario que uno llegue puro y tranquilo,
desembarazado y sin la menor repugnancia con la propia suerte que le
cupiere.
LIBRO IV
El espíritu que en
el hombre domina, cuando va bien concertado con la naturaleza, se
halla en tal estado respecto a los acontecimientos, que siempre puede
aplicarse con facilidad a lo que en el lance se le permite y propone
como practicable; porque no se ata ni prefiere a materia alguna en
particular, sino que de suyo se propone lo mejor, aunque siempre con
la debida excepción, si se pudiere; y así cualquier estorbo que le
sobreviniere hace de él y lo mira como materia y ejercicio de
virtud. No de otra manera que cuando un vehemente fuego se apodera de
la materia que encuentra o le arrojan, capaz de apagar otra pequeña
luz, al instante se la convierte en sí mismo, y resuelve, y con esto
mismo se propaga y crece.
Ninguna obra se ha de ejecutar
en vano, ni de otro modo que con una exacta atención y conformidad
con las reglas del arte.
Muchos para su retiro buscan las
casas de campo las orillas del mar, los montes; cosas que tú mismo
solías desear con anhelo; pero todo esto es una vulgaridad, teniendo
uno en su mano el recogerse en su interior y retirarse dentro de sí
en la hora que le diere la gana; porque en ninguna parte tiene el
hombre un retiro más quieto ni más desocupado que dentro de su
mismo espíritu, especialmente aquel que dentro de sí tiene tal
provisión de documentos que al punto, dándoles una ojeada, se halla
en suma tranquilidad. La que yo ahora llamo tranquilidad no es otra
cosa que un ánimo bien dispuesto y ordenado. Date, pues, de continuo
a este retiro, y rehazte de nuevo en él. Tendrás para esto ciertos
recuerdos breves, como primeros principios o elementos, los cuales,
prontamente reducidos a la memoria, serán eficaces para borrar y
quitarte toda pesadumbre, y para restituirte libre de enfado a
aquellas. funciones a las cuales hubieres de volver. Porque ¿qué
cosa es la que no puedes sufrir con paciencia? ¿es la ruindad de los
hombres? Sin embargo, haciendo tú sobre estas máximas la reflexión
que los hombres nacieron para ayudarse unos a otros, y que de
justicia deben sufrirse mutuamente, y que pecan forzados y contra su
intento, haciendo también memoria de cuántos son los que hasta aquí
dados a la enemistad, al odio, a las sospechas, a las pendencias y
contiendas, al cabo murieron y fueron reducidos a cenizas; créeme,
podrás ya con estas reflexiones dejar de enojarte contra
nadie.
¿Pero quizá llevas pesadamente las disposiciones
y sucesos del universo? mira, dejarás de disgustarte renovando en tu
memoria aquel dilema: una de dos, o la providencia o los átomos lo
llevan así, o teniendo presentes aquellas razones con las cuales se
demuestre que el mundo es como una ciudad o estado, cuyo bien público
debes anteponer al tuyo propio. ¿Pero acaso te dan pena estas cosas
corpóreas y sensibles de acá? sin embargo, dejarás de afligirte
reflexionando que la mente, si una vez se recogiere dentro de sí y
conociere su propia virtud, no se mezcla ni toma partido en las
conmociones suaves ni ásperas que en el cuerpo siente, y
recapacitando también todo cuanto hayas oído y aprobado cerca de la
molestia y del placer. ¿Pero por ventura te arrastra la
ambicioncilla y deseo de aplauso? No obstante, dejarás de andar
solicito en este punto echando los ojos hacia la prontitud con que
viene el olvido de todas las cosas; hacia aquel caos de la eternidad,
por una y otra parte interminable; hacia la vanidad del aplauso
ruidoso; hacia la inconstancia y falta de juicio en aquellos que al
parecer nos favorecen con su aplauso, y finalmente, hacia la
estrechez del lugar en que la fama se encierra. Porque además de que
toda la tierra es un punto, dime, ¿cuán reducido es aquel
rinconcito que en ella se habita? y en ésta, ¿cuántos son y cuáles
al cabo los que te han de alabar? Réstate, pues, el que te acuerdes
de retirarte dentro de aquella partecita en donde mora tu mismo
espíritu, y sobre todo, que no te distraigas ni tomes sobrado empeño
por cosa alguna; antes bien, muéstrate superior a todas ellas, y
míralas como varón fuerte, como hombre grave, como buen ciudadano,
como quien vive para morir. Pero con especialidad, entre las otras
máximas de que muy a menudo sueles echar mano, debes tener a punto
estas dos: la una, que las mismas cosas no llegando al alma, sino
quedándose inmobles a la parte de afuera, todas tus inquietudes
provienen sólo del modo que interiormente tienes de opinar; la otra,
que todas estas cosas que ves, no bien habrás vuelto los ojos cuando
se habrán ya mudado para no permanecer más. Y tú mismo puedes
frecuentemente reflexionar cuántas mutaciones has alcanzado ya en
ellas: el mundo es una continua mutación y una imaginación la
vida.
Si es verdad que todos los hombres tenemos un mismo
principio de entender, también lo es que todos tenemos una misma
razón, con la que somos racionales; y si esto es así, igualmente
estamos dotados de una razón práctica de lo que se debe hacer o no;
si esto es cierto, a todos nos comprende una misma ley; y si nos
comprende, todos somos conciudadanos; y si lo somos, todos
participamos de alguna parte de la policía común; y si todo es
verdad, viene a ser el mundo un estado universal. Pues si no, que
diga alguno, ¿de qué otro estado común podrá participar todo el
linaje humano? Sin duda que de aquí, de esta común ciudad del
universo nos viene a nosotros la facultad de entender y de usar de
razón, como también de poder obrar según ley; y si no, ¿de dónde
nos proviene? Porque así como la parte térrea que tengo en mí la
tengo tomada del elemento de la tierra, la húmeda tomada de algún
otro elemento, la aérea tomada de cierto origen, y la cálida e
ígnea tomada de su origen particular (supuesto que nada viene de la
nada, al modo que nada va a parar a la nada), así también de alguna
parte nos viene el principio de entender.
La muerte y la
generación, cosas entre sí muy parecidas, son un misterio de la
Naturaleza: ésta es una condensación de aquellos mismos elementos
de que aquélla es una disolución: en suma, nada hay en aquéllas de
que deba uno avergonzarse, no hallándose en ellas cosa que no sea
conforme a un viviente animado e intelectivo, ni que repugne a su
estado y condición.
Siendo tales los hombres, tales deben
ser natural y necesariamente sus acciones: y quien no quisiere esto,
querrá que no tenga leche la higuera. Absolutamente será bueno que
te acuerdes que dentro de brevísimo tiempo, tanto tú como esotro
enemigo moriréis, y que poco después ni aun de vuestro nombre
quedará memoria.
Echa de ti esa mal entendida opinión, y
con eso no se incurre en la queja importuna de decir, he sido
infamado, precávete de esto también y así se evita todo
daño.
Todo aquello que no hace que un hombre sea en sí
peor de lo que antes era; esto no empeora su vida ni le acarrea
mengua alguna ni exterior, ni interiormente.
Por su propio
interés y provecho se vio obligada la naturaleza a producir esto que
vemos.
Advierte bien, que todo cuanto sucede hay razón
para que acontezca; porque si tú lo pensares atentamente hallarás,
no digo sólo, que todo viene en fuerza del orden y enlace de los
hados; pero aun también, que todo se hace con justicia y razón y
como dispensado por una mano que reparte a cada cual según su
merecido. Lleva, pues, adelante esta observación como has empezado,
y todo cuanto hicieres, hazlo como corresponde; que lo haga uno que
sea hombre de bien tomando con toda propiedad la palabra de hombre
bueno, y esto obsérvalo bien en todas tus acciones.
No
mires las injurias por el lado que las ve quien te injuria, o por el
lado que éste pretende que las veas, sino míralas como son
realmente en sí mismas.
Conviene siempre tener muy
prontas estas dos reflexiones: la una para hacer sólo aquello que en
pro del público te dictare la razón cuyo es mandar y dar la ley; la
otra, para mudar de resolución, siempre que se presentare quien te
corrija y apee de alguna opinión; pero bien entendido, que esta
mutación de sentencia sólo deba estribar siempre en alguna razón
probable, de que sea justo o que se haga por la utilidad pública o
por otro bien semejante, y nunca por tu capricho o vana ambición.
Dime, ¿te hallas
dotado de razón? Me hallo, responderás sin duda; ¿luego por qué
no usas de ella? pues haciendo ella su deber, ¿qué otra cosa
pretendes y quieres?
Subsistes ahora como parte del
universo, vendrá tiempo en que desaparecerás resuelto en el
principio que te engendró, o para decirlo con más propiedad, por
medio de una mutación serás reasumido en aquella mente, que es el
principio y la fuente de donde saliste.
Vemos sobre un
mismo altar que arden muchos grumos de incienso, de los cuales los
unos caen antes y los otros después, pero cayendo todos al cabo,
nada importa el orden con que caen.
No bien habrán pasado
diez días, cuando ya te reputarán por un dios aquellos mismos que
ahora te tienen por una bestia y por una mona, si de veras te dieres
a seguir y tener por sacrosantas las leyes de la razón.
Tú
no cuentes como quien ha de vivir millares de años; tienes ya la
muerte encima de ti; mientras tienes vida, mientras te lo permite la
ocasión, procura hacerte bueno.
¡Cuánto tiempo libre y
desocupado logra el que no se cuida de lo que dijo, hizo o pensó su
vecino, sino que sólo tiene cuenta con lo que él mismo hace, para
que todo esto sea una cosa justa y santa! O como dice Agathón, para
que no seas de negras costumbres: conviene, pues, que lleves adelante
tu camino, sin mirar acá ni allá, y sin desviarte a parte
alguna.
El que anda alucinado con la pasión de dejar
grande nombre y memoria de sí, no se imagina que cada uno de los que
se acordaren de él en breve morirá y él también, y después por
su orden cualquiera que les sucediere hasta que se borre toda su
memoria continuada por la sucesión de los que le hubieren admirado y
después también hubieren fenecido. Pero demos, que los que de ti se
acordaren hayan de ser inmortales, y que lo haya de ser también tu
memoria, dime: ¿qué parte, pues, tendrás tú en ella? no digo
después que hubieres muerto; pero aun ahora viviendo, ¿de qué te
sirven las alabanzas si en éstas no tienes la mira a algún otro
bien y provecho? lo que sucede es que deja uno intempestivamente de
cumplir con lo que le encargó la naturaleza, entre tanto que está
colgado de lo que otros dirán de él.
Todo lo honesto, de
cualquiera modo que sea, es por sí mismo honesto y en sí encierra
su bondad, sin que en ello tenga parte la alabanza: y así, el que
sea alabado, no lo hace mejor ni peor. Esto mismo digo de lo que
vulgarmente se llaman bienes: por ejemplo, de los efectos por
naturaleza materiales y de las obras del arte. Lo que fuere, pues,
realmente bueno, de nada más tendrá necesidad como no la tiene la
ley, la verdad, la benevolencia y la modestia. Pregunto: ¿cuál de
estas últimas cosas es buena por ser alabada o por ser vituperada se
vicia? ¿Es de peor condición la esmeralda porque no la alaben? ¿Se
hace por eso menos apreciable el oro, el marfil, la púrpura, el
puñal, la florecilla, el arbolito?
A esta pregunta, si
las almas duran por tanto tiempo, ¿cómo desde una eternidad caben
ellas en el aire? puede satisfacerse con otra: ¿cómo después de
una eternidad los cuerpos sepultados en la tierra pueden caber en
ella? La razón de uno y otro es, porque como aquí la breve duración
y disolución de los cuerpos, que después de alguna mutación
sucede, hace lugar a otros, del mismo modo allí las almas
traspasadas a la región del aire, después que por algún tiempo
hubieren permanecido, se mudan, se disipan, se vuelven a inflamar,
recibidas otra vez dentro de aquella mente, principio y fuente
originaria del universo; y de esa manera las primeras hacen lugar a
las que van viniendo después.
Esto, digo, podrá uno
responder en la hipótesis de que las almas por largo tiempo
permanezcan fuera del cuerpo. Pues por lo que toca a los cuerpos, se
debe considerar, no sólo la muchedumbre de aquellos que son en esta
forma sepultados, sino también la de aquellos animales que son
diariamente comidos, tanto por nosotros como por otros vivientes. Y a
la verdad, ¡cuán grande es el número que de ellos se consume, y
que en cierto modo se sepulta en las entrañas de los que con éstos
se alimentan y viven! y sin embargo, vemos que hay lugar para todos
ellos; parte, porque se convierten en sangre; parte, porque se mudan,
adquiriendo la forma de aire o de fuego.
Más esta doctrina,
¿qué fundamento tiene de verdad? estriba en aquella común división
que de todo se hace en causa material y eficiente.
Mira,
no te arrastren tras sí las pasiones; sin embargo, de cualquiera
ímpetu que sintieres, da a cada cosa lo que de justicia la toca, y
no obstante la viveza y aprensión de la fantasía, conserva un
juicio recto.
Dígote con toda verdad, ¡oh naturaleza del
mundo!, que todo lo que a ti te acomoda, me avengo yo bien con ello;
nada es para mí temprano, nada tardío, si a ti te parece sazonado,
es para mí una fruta regalada todo aquello que tus estaciones
llevan, ¡oh naturaleza! de ti viene todo; en ti subsiste todo; en ti
va a resolverse todo. Si el otro dijo, hablando con Atenas: ¡Oh
querida ciudad de Cécrope!, no dirás tú, hablando con el mundo:
¡Oh querida ciudad de Jove!
No te cargues con muchos
negocios, dice el otro”, si quieres vivir quieto; pero mira, si
fuera mejor el haberlo dicho así: carga con los negocios necesarios
y con cuantas ocupaciones la razón dicta a un viviente por su
naturaleza político y sociable, y procura cumplir con ellas como la
misma razón lo sugiere, porque el hacerlo así, no sólo acarrea
aquella quietud que nace del obrar rectamente, sino también aquel
sosiego que lleva consigo el no tener mucho que hacer. Porque si uno
supiese cercenar las más de aquellas cosas que los hombres decimos y
hacemos no siendo necesarias, se hallaría más desocupado y con
menor perturbación; de aquí se colige que es muy del caso
reflexionar en cada una de las cosas, si alguna de ellas será o no
una de las necesarias. Además de que no sólo conviene cercenar las
acciones no necesarias, pero aun los pensamientos ociosos, porque de
esa suerte no serán superfluas las acciones que
sobrevinieren.
Examina contigo mismo cómo te va en la
profesión que haces de hombre sabio y virtuoso; de hombre, digo, que
se propone el conformarse con las disposiciones de la providencia, y
el contentarse con un modo de obrar justo y con una disposición de
ánimo lleno de bondad.
¿Has entendido esto? atiende,
pues, a esto otro: no te perturbes; dilata tu corazón: ¿ves que
peca alguno? sobre su cuenta peca o para si hace; ¿te ha sucedido
algo bueno? desde el principio los hados te tenían dispuesto y
ordenado todo lo que te acontece. En suma, siendo la vida breve,
conviene aprovechar el tiempo presente empleándolo con discreción y
justicia, y reduciéndote a ser moderado en las recreaciones.
Es
preciso que el mundo, o sea un sistema bien ordenado o un montón de
cosas mezcladas, las cuales, por más perturbadas y revueltas que
estén, con todo, no perjudican a la formación del mundo. ¿Será
posible que en ti subsista un buen orden y que en este todo del
universo reine el desorden? Especialmente hallándose en él las
cosas así repartidas en sus respectivos lugares y esparcidas de tal
modo que se dan la mano y conspiran a la simpatía y formación de un
todo.
Las negras y depravadas costumbres, consisten en ser
el hombre afeminado, testarudo, fiero y bestial; pueril, estólido,
fingido, truhán, pérfido y tirano.
Si es peregrino en el
mundo quien ignora lo que hay en él, no menos será peregrino quien
no sabe lo que en él pasa; será fugitivo el que huye de seguir y
acomodarse a la razón política; pasará por ciego el que tiene
cerrados los ojos de la razón; por mendigo el que necesita de otro y
que en sí mismo no tiene todo cuanto es útil para la vida;
reputárase como un apóstata y corrupción del mundo el que se
separa y retira de lo que prescribe la razón de esta naturaleza
común, disgustándose con los sucesos acaecidos, siendo así que los
produce aquella misma causa que te produjo a ti. Por fin, es como
miembro cortado de este cuerpo y ciudad común el que, por decirlo
así, arranca y separa su alma de la de los otros racionales, siendo
una misma en todos ellos.
Hace éste profesión de
filósofo sin llevar túnica, aquél sin tener libros y el otro
igualmente, estando medio desnudo: no tengo, dice uno, pan que comer,
y sin embargo, insisto en la Filosofía; yo, dice otro, no tengo el
salario correspondiente al ejercicio de mi enseñanza, y con todo, me
doy constantemente a la Filosofía.
Estima y vive
satisfecho con el arte que aprendiste, y lo que te restare de vida,
pásalo de manera que, con toda tu alma, poniendo todas tus cosas en
las manos de los dioses, a ninguno de los hombres tiranices y a ti
nadie te esclavice.
Ponte a pensar en los tiempos pasados,
por ejemplo, en los de Vespasiano, verás que sucedía lo propio que
hoy día: se casaban los hombres, educaban la prole, enfermaban y
morían; guerreaban, hacían sus fiestas, ejercían la mercancía y
labraban; adulaban, estaban llenos de presunción y arrogancia;
vivían con sospechas y armándose asechanzas; había quien deseaba a
otros la muerte; quien murmuraba del estado de las cosas presentes;
quien andaba enamorado; quien atesoraba; quien deseaba el consulado y
el imperio. Acabóseles, pues, así la vida, sin que ahora quede
rastro alguno de ella. Pasa en segundo lugar a los tiempos de
Trajano, hallarás de nuevo que todo era lo mismo: murieron también
los que entonces vivían. De la misma suerte reflexiona sobre las
otras épocas de los tiempos y determinadas edades de todas las
naciones, y repara bien cuántos después de haberse afanado, muy en
breve: murieron y se resolvieron en sus elementos.
Pero
muy especialmente convendrá que hagas memoria de aquellos a los que
tú mismo conociste ocupados y distraídos en estas cosas vanas,
omitiendo el hacer lo correspondiente a su propio estado y el
entregarse con constancia al cumplimiento de su obligación, con sólo
lo cual debían contentarse. Es necesario, del mismo modo, que te
acuerdes que la aplicación y esmero en cada acción en particular
debe corresponder al mérito y proporción de la misma, porque así
no llegarás a fastidiarte si no te has entretenido en cosas de poca
consideración más de lo que convenía.
Las voces
antiguamente trilladas son ahora tan oscuras, que necesitan de glosa
y explicación; asimismo, pues, los nombres de los héroes, en otro
tiempo muy celebrados, en cierto modo al presente ya no se entienden
sin interpretación: tales son por ejemplo Camilo, Cesón, Voleso,
Leonnato: tales serán dentro de poco tiempo Escipión y Catón: tal
será después Augusto, y en lo sucesivo Adriano y Antonino. Porque
todas las cosas son caducas y presto vienen a hacerse fabulosas, y es
que un pronto y total olvido las cubre y sepulta. Y esto digo aun de
aquellos que en cierto modo resplandecieron con admiración de los
hombres, porque los otros, al punto que expiraron, quedaron
desconocidos y no se volvió a hablar más de ellos. ¿Pero qué
viene a ser en substancia una fama inmortal? Absolutamente una pura
vanidad. ¿Qué cosa, pues, es aquello a que conviene dedicarse con
empeño y conato? Una sola cosa, y es, que el pensar sea justo, las
acciones llenas de bondad respecto al bien público, las palabras
incapaces de engañar a nadie, la disposición de ánimo conforme y
resignada, abrazando todo lo que acaeciere como que es necesario,
como que es cosa sabida, como que proviene de aquella fuente y
principio universal.
Entrégate de todo tu corazón al
hado, estando pronto a que te destine a los fines que quisiere. Todo
se reduce a la breve duración de un día, el que alaba y el que es
alabado.
Considera de continuo que todas las cosas se
hacen por mutación, y acostumbrate a pensar que la naturaleza del
universo nada apetece tanto como el mudar las cosas existentes y
hacer otras nuevas semejantes a las primeras, porque todo esto es en
cierto modo la semilla de otro que de él ha de renacer. Pero tú te
imaginas que solas las semillas son las que se echan en la tierra o
en la matriz; imaginación demasiadamente vulgar.
Ya
dentro de poco habrás de morir; ¡y que aun no acabes de ser sincero
e imperturbable, libre del error y sospecha de que lo que está fuera
de ti pueda dañarte, benévolo para con todos y persuadido que no
hay otro saber que el bien obrar!
Mira con atención el
corazón humano, sus cuidados y aficiones; de qué cosas huyen los
hombres y cuáles desean alcanzar.
Tu mal no proviene de
otro espíritu que esté fuera de ti, ni consiste en alguna mutación
y alteración de ese tu cuerpo que te rodea. ¿De dónde pende, pues?
De aquella fuerza aprensiva de los males que en ti mismo tienes; haz,
pues, que ella no se imagine ni tenga por mal lo que no es, y todas
las cosas te irán bien; y así, por más que éste tu cuerpezuelo,
el vecino más allegado a tu alma,
sea sajado, quemado,
corrompido, podrido, con todo, aquella tu parte, cuyo es el juzgar
sobre estas cosas, persevere tranquila, esto es, persuádase que
aquello de suyo no es bueno ni malo que, sin diferencia, puede
sobrevenir a hombres buenos y malos; pues lo que igualmente acontece
al que vive conforme, y al vive contra la naturaleza, esto, sin duda,
no la es a ella conforme ni contrario.
Conviene tener
siempre en la mente que el mundo es como un viviente animado, que
tiene una materia y un alma, y pensar cómo a su noticia, que en él
es un sentido, llega todo, y como con un ímpetu o acción común,
haga todas las cosas y concurra con las demás causas particulares a
todos los efectos que se producen, y, por último, considerar cuál
es la dependencia y enlace de todas las cosas entre sí.
Tú,
alma mía, según decía Epícteto, no haces más que llevar sobre ti
un muerto.
Ningún mal viene a las cosas por que se hallen
en actual mutación, como tampoco les viene algún bien, porque
después de mudadas subsistan en su nuevo estado.
El
tiempo es como un río, y aun como un rápido torrente, que arrastra
cuanto hay en el mundo; porque lo mismo es dejarse ver cada una de
las cosas, que desaparecer precipitadamente, y sucederle otra, y
también ser arrebatada con igual prontitud.
Todo lo que
en el mundo sucede es una cosa tan usada y trivial como las rosas en
la primavera y las frutas en el verano; tal es la enfermedad, la
muerte, la calumnia, las traiciones, y cuantas cosas alegran o
entristecen a los fatuos e ignorantes.
En la naturaleza
los sucesos posteriores siempre van consiguientes a los anteriores,
con correspondencia y buen orden, no porque su curso venga ser como
una enumeración de cosas sueltas y desordenadas, las cuales sola la
fuerza haga que por necesidad concurran; antes bien, es una serie
encadenada por justo motivo y razón fundada. De suerte que, como los
entes están en el mundo ordenados con la debida proporción y
armonía, del mismo modo los efectos no demuestran una mera sucesión
de los unos a los otros, sino una admirable conveniencia entre sí
mismos.
Acuérdate de tener siempre presente esta
sentencia de Heráclito: que la muerte de la tierra es convertirse en
agua, la del agua es trasmutarse en aire, la del aire hacerse fuego,
y al contrario. Es necesario también acordarte de aquél que se
olvidó del camino por dónde debía ir, y cómo los más en nada
siguen aquella razón, con quien especialmente conversan con más
frecuencia, y con la que la naturaleza todo lo rige y gobierna, a los
cuales les parecen extrañas y peregrinas aquellas mismas cosas que
cada día ocurren. También conviene conservar en la memoria que no
es conducente el decir ni hacer nuestras cosas como quien sueña;
porque, a la verdad, entonces, cuando soñamos, nos parece que mucho
decimos y hacemos; tampoco te olvides cuán acertado será no imitar
la conducta de aquellos que, como muchachos, siguen a ciegas las
pisadas de sus padres y mayores, gobernados por una mera
tradición.
Así como tú, si alguno de los dioses te
hubiese dicho que mañana, o, a lo más, después de mañana, habías
de morir, tendrías en nada el morir después de mañana, antes que
mañana mismo, sino es que fueses en extremo vil y cobarde; porque,
¿qué viene a ser el espacio de un día que había de mediar? Del
mismo modo piensa que no debe reputarse por cosa grande el que mueras
al cabo de muchísimos años o mañana mismo.
Es muy del
caso pensar continuamente cuántos médicos murieron después de
haber encogido muchas veces las cejas sobre los enfermos, en señal
de que los desahuciaban; cuántos matemáticos, después que
predijeron la muerte a otros, pareciéndoles hacer en ello una cosa
grande, murieron también; cuántos filósofos, habiendo dicho mil
divinidades acerca de la muerte e inmortalidad, no obstante
perecieron; cuántos bravos y excelentes soldados, habiendo dado la
muerte a otros muchos, también tuvieron el mismo fin; cuántos
tiranos, abusando de su poder sobre las vidas ajenas con gran fiereza
y crueldad, como si ellos fuesen inmortales, del mismo modo
fallecieron. Y cuántas ciudades, por decirlo así, murieron: Helice,
Pompeya, Herculano y otras innumerables. Sigue también considerando
sucesivamente a cuántos tú mismo has visto, y observa que uno de
ellos, después de haber sepultado a otro, se murió, y fue sepultado
por un tercero, y éste por otro, acaeciendo todo en breve tiempo.
Por tanto, es conducente que siempre tengas a la vista cómo todas
las cosas humanas vienen a ser cosa de un día, y no más; cosas
absolutamente viles; siendo así que los que ayer eran un poco de
humor asqueroso, mañana serán un cadáver embalsamado o reducido a
cenizas. Procura, pues, pasar este punto indivisible de tiempo
conformándote con la naturaleza y muriendo consolado, al modo que
cuando la aceituna, estando ya madura, de suyo suele caerse, como que
bendice a la Naturaleza que la crió, y que da las gracias al árbol
que la produjo.
Haz por ser semejante a un promontorio
contra quien las olas de la mar se estrellan de continuo y él se
mantiene inmóvil, mientras que ellas hinchadas caen y se adormecen
alrededor. «¡Infeliz de mí, dice uno, porque tal cosa me
aconteció!» En verdad no tiene razón: diría mejor: «Dichoso yo,
que en medio de lo que me sucedió, quedé sin recibir pena alguna;
ni me quebranta lo presente, ni me espanta lo venidero; porque una
semejante desgracia a todos pudo acontecer; pero no todos sin pena la
hubieran podido llevar.» ¿Por qué, pues, la adversidad ha de ser
antes una desgracia que la paciencia en tolerarla una ventura? ¿Pero
acaso tú absolutamente llamas desgracia del hombre aquello que no es
un desvío del intento de la naturaleza del hombre? ¿o por ventura
te parece que aquello es un desvío del intento de la naturaleza del
hombre, lo que no es contrario a la voluntad de su misma naturaleza?
¿Y cuál es esa su voluntad? Ya lo sabes bien, ni es menester
decirlo aquí. Lo que yo pregunto es si este acaso puede impedirte el
que seas un hombre justo, magnánimo, templado, prudente, cuerdo,
mirado e incapaz de engañar ni ser engañado, modesto, libre de
respetos vanos, y por abreviar, el que tú no poseas las otras
virtudes, con las cuales, cuando la naturaleza del hombre las tiene
en sí, queda ella del todo satisfecha y bien galardonada. Acuérdate
en adelante que en todo acontecimiento capaz de contristarte puedes
echar mano de este aviso: que la adversidad no es una desgracia;
antes bien al contrario, el sufrirla con grandeza de ánimo es una
dicha.
Ciertamente es un remedio vulgar, pero, sin
embargo, muy eficaz para el desprecio de la muerte, la frecuente
memoria de aquellos que por un largo tiempo vivieron con mucho apego
a su vida. ¿Qué ventaja lograron éstos sobre aquellos otros que
murieron antes de sazón? Yacen sin duda tendidos en algún sepulcro
Ceciliano, Fabio, Juliano, Lépido, y si algún otro hubo semejante a
ellos, los cuales, después que habían llevado muchos al sepulcro,
también fueron llevados allá. Verdaderamente fue cortísima la
diferencia de tiempo en la vida; y ésta ¿con cuántas molestias,
con qué hombres y en cuál cuerpezuelo se toleró? No tengas, pues,
eso por gran negocio. Porque mira bien la inmensidad de tiempo que ya
pasó y la infinidad que aun queda por venir; y puesto en medio de
este abismo, dime, ¿qué diferencia hallas en que uno muera al día
tercero o al tercer siglo después que nació?
Camina
siempre por el atajo; y el verdadero atajo es que vivas arreglado a
la Naturaleza, de manera que hagas y digas todas las cosas con la
entereza posible; porque un tal propósito te librará de trabajos y
campañas, de toda disimulación y ostentación vana.
LIBRO V
Por
la mañana, cuando sintieses pereza al levantarte, ten luego a mano
esta reflexión: «Yo me levanto para cumplir con los oficios propios
de un hombre», ¿y qué aunque sea yo moroso, si voy a ejecutar
aquello para que nací y para lo que vine al mundo? ¿o por ventura
he sido yo formado para que arrellanado en cama y envuelto entre
cobertores me esté aquí calentando y solazando? Pero me dirás que
esto es un placer. ¿Pues qué, has nacido tú para deleitarte y no
ocuparte ni trabajar nada? ¿No ves cómo esos arbolitos, esos
pajarillos, las hormigas, las arañas, las abejas, cada cual por su
parte se esmeran en perfeccionar su labor? ¿y tú no querrás hacer
los oficios propios de un hombre, ni te darás prisa en poner por
obra lo que es conforme a tu naturaleza?
Me responderás,
así es; pero también es necesario descansar. Conviene sin duda, y
la naturaleza prescribió en esto su regla, como la ha escrito en el
comer y beber, y tú, con todo, en esto último pasas más allá de
lo que es regular y suficiente; y en lo que toca a tu deber, no lo
haces así sino que te quedas mucho más atrás de lo que pueden tus
fuerzas. La razón es porque de veras no te amas a ti mismo, que si
en realidad te amases, amarías también tu naturaleza y abrazarías
sus dictámenes, visto que otros, teniendo pasión por sus artes, se
consumen en el ejercicio de sus obras y descuidan de su aliño y aun
de su sustento; más tú cuentas menos con tu naturaleza que un
tornero con el arte de tornear; que un cómico con el teatro; que un
avariento con la plata; que un ambicioso con la gloria; y éstos, una
vez poseídos de semejante pasión, ni el dormir, ni el comer estiman
más que adelantar aquellas cosas a que se inclinan y de que se dejan
arrastrar. ¿Y a ti los oficios debidos a la sociedad te han de
parecer muy despreciables y dignos de menor atención?
¡Cuán
fácil cosa es el que uno sacuda y borre de su fantasía toda
representación turbulenta e impetuosa y que al punto se quede en
suma paz y toda tranquilidad!
Juzga por decoroso a tu
persona, el decir y hacer todo aquello que no desdice a la
naturaleza, ni te haga desmayar la reprensión o vituperación que de
algunos hombres pueda originársete: antes por el contrario, si la
cosa dicha o hecha fuese honesta, no te desdeñes de ella porque
aquellos tienen su propio espíritu y modo de pensar y se dejan
llevar de su propio ímpetu y pasión, más tú no quieras atender a
ellos, si no acaba el camino emprendido con rectitud siguiendo la
dirección de tu propia naturaleza y de la común del universo,
puesto que ambas a dos guían por un mismo camino.
Voy
siguiendo las huellas de la naturaleza sin parar hasta tanto que
descanse en la muerte, volviendo mi espíritu a aquel mismo principio
por el cual vivo cada día, y convirtiéndome en aquel elemento, del
cual mi padre recogió la materia, con que me engendró; mi madre la
sangre, con que me nutrió; mi ama la leche, con que me alimentó: en
aquel elemento, digo, del cual por tantos años diariamente recibí
la comida y bebida, sufriendo que yo le pise y abuse de él para
tantos usos de la vida.
¿No estás dotado de un ingenio
tan agudo que excite la admiración? Sea así; pero otras muchas
cosas hay respecto de las cuales no puedes alegar la disculpa de que
por naturaleza no eres apto para ellas. Pon, pues, por obra aquellas
cosas que totalmente penden de tu arbitrio, como es la integridad y
gravedad; el ser tolerado en el trabajo y abstenido en el deleite,
conforme con tu suerte, contento con poco, manso, independiente,
enemigo del lujo, serio y espléndido; porque no ves que pudiendo tú
hacer muchas cosas, en las cuales no tiene lugar ese tu pretexto de
falta de ingenio y habilidad natural, con todo te has quedado muy
atrás por tu bello gusto. ¿Pues qué, acaso por la cortedad natural
de tu talento te hallas en la necesidad de murmurar, de ser
miserable, de adular, de echar la culpa de todo a la fragilidad de tu
cuerpo, de ser muy condescendiente, de ser jactancioso e insolente y
de tener el alma siempre agitada de tantas pasiones? ¡Por Dios, que
no! Antes bien podías, tiempo ha, verte libre de tales vicios. Si tú
eres notado de ser un poco tardo y no tan capaz, lo que sólo debías
hacer, era corregir con diligencia y aplicación ese tu vicio, y no
tenerlo en poco ni estar bien hallado con esa falta de
talento.
Suele hallarse alguno que, cuando ha hecho algún
beneficio a otro, no sosiega hasta echarle en cara la tal merced, y
publicarla; otro hay, que no siendo tan temerario e imprudente, con
todo, a sus solas reputa por su deudor al favorecido y no se olvida
del bien que le ha dispensado; no falta otro que en cierto modo no
sabe ni se acuerda del favor que hizo, sino que es muy semejante a la
vid que produjo la uva, y dado ya una vez su fruto no pretende otra
cosa; al modo que el caballo habiendo hecho su carrera, el perro
seguido su caza, y la abeja trabajado la miel, así el hombre, que
hizo bien a otro, no debe andar publicándolo, sino pensar solamente
cómo podrá servirle otra vez, imitando en esto a la vid, que a su
tiempo vuelve a llevar la uva. Según eso, «¿conviene que yo sea
uno de aquellos que en algún modo hacen bien sin mirar a quien?»
Sin duda.
Pero me dirás que es necesario conocer lo que
uno hace, porque el oficio propio de un hombre sociable de suyo, pide
que se advierta que se obra conforme a las leyes de la sociedad, y
¡por Dios! que también debe pretender que su compañero en la
sociedad lo llegue a conocer. Es mucha verdad lo que dices, pero si
no te haces cargo de lo que poco ha dije, vendrás por esto a ser uno
de aquellos bienhechores jactanciosos de quienes hice mención en
primer lugar, porque también esos se engañan con cierta apariencia
de verdad. No obstante, si tú quisieses entender bien cuán
interesante es la prevención insinuada, no tendrás que temer que
por esto faltes en algo de lo que debes a la sociedad. La oración de
los atenienses era en esta forma: «Envía, oh amado Júpiter, envía
la lluvia sobre la tierra de labor y los prados de los atenienses.»
Y en verdad que, o no se debe orar, o con esta sencillez y franca
ingenuidad se ha de hacer la oración.
Al modo que suele
decirse que el dios Esculapio ordenó al tal enfermo que haga
ejercicio a caballo, que tome un baño de agua fría, o que vaya
descalzo, así se ha de entender estotro, cuando se dice que la
Naturaleza universal ordenó al tal la enfermedad, la mutilación, o
alguna pérdida, u otro trabajo de esta clase; porque allí la
palabra ordenó quiere decir esto: que Esculapio dejó dispuesto el
tal remedio para el tal enfermo, como conducente a la sanidad; y aquí
sólo significa que lo acaecido a cada uno se dispuso en cierto modo
y se dirigió a lo mismo que era oportuno al hado; pues así debemos
decir que estos respectivos sucesos nos cuadran y vienen bien, como
suelen explicarse los artífices que las piedras cuadradas ajustan y
vienen perfectamente a las murallas o pirámides, armando entre sí
por su especial composición y estructura; supuesto que absolutamente
es una la armonía y sistema de todas las cosas.
Y a la
manera que el mundo es un cierto cuerpo perfecto, que se compone de
todos los otros cuerpos particulares, así el hado viene a ser una
cierta causa general, que consta y se perfecciona con todas las otras
causas singulares. Esto que digo lo entienden aun aquellos que son
sumamente rudos e idiotas, porque dicen: «Esto lo llevaba el hado
para ese tal.» Según eso, la tal cosa la llevaba el hado para la
tal persona, y para esta misma había sido ordenada con especial
destino; y así, debemos entender estas cosas que miran al hado como
aquellas cuando se dice: «Esculapio se lo ordenó»; pues aunque en
estas recetas de Esculapio suele haber muchos tragos amargos, sin
embargo, con la esperanza de sanar, apechugamos con ellos
gustosamente.
Tal debes imaginarte la ejecución y fin de
cuanto pareciere bien a la común naturaleza, cual es lo que pasa
tocante a tu salud; y con esta reflexión haz por abrazar todo lo que
sucediere, por más áspero que te parezca, con la mira de que
aquello conduce a la salud del mundo, y también a la prosperidad y
felicidad de Júpiter. Y sin duda que si esto no fuese adaptado al
buen orden del universo, no lo hubiera Júpiter ordenado así; porque
ni una sola de estas naturalezas vulgares lleva cosa alguna que no
tenga relación y sea proporcionada a aquel mundo entero al cual
gobierna la Naturaleza universal. Por dos razones, pues, conviene
contentarse con aquello que acaeciere: la una, porque esto para ti se
hizo, para ti se ordenó, y a tu medida en cierto modo se acomodó,
disponiendo antes causas muy principales; la otra, porque esto
contribuye a la prosperidad, a la perfección, y aun me atrevo a
jurar por el mismo Júpiter, a la permanencia de aquel mismo que todo
lo gobierna; y en verdad que este mundo, en sí perfecto y entero,
vendría a quedar manco y mutilado si uno cortase y desconcertase,
por poco que fuese, la conexión y contigúidad tanto de sus partes
cuanto de sus causas particulares; y con todo, tú, cuanto es de tu
parte, lo quisieras cortar y desunir, y aun en cierta manera lo haces
cuando te disgustas con lo que en el mundo acaece.
Si no
se te compusiere siempre el que cada una de tus acciones sea hecha
conforme a las máximas rectas de la Filosofía, no por eso debes
cobrarla hastío, caer de ánimo ni impacientarte; antes bien,
rechazado, vuelve a embestir de nuevo, dándote por satisfecho con
tal que el mayor número de tus acciones sea conforme con la
obligación de un hombre, y abrazando de veras la resolución que te
mueve a insistir, no volviendo a la Filosofía y ejercicio de la
virtud como vuelve el niño al pedagogo, sino como los que padecen
mal de ojos suelen volver a sus remedios, al pincel y a la clara del
huevo, o como el otro recurre a la cataplasma, y el otro al baño;
porque haciéndolo así nada echarás menos, a fin de dejarte
persuardir de la razón; antes con placer adherirás a lo que ella te
dictare.
Ten asimismo presente que la Filosofía quiere
solamente aquellas cosas que tu naturaleza quiere; ¿y tú querrás
otra cosa que no sea conforme con la Naturaleza? ¿Pues qué cosa
puede darse más gustosa que éstas? ¿No es verdad que por este cebo
del gusto te engaña el deleite? Pero repara y mira con atención si
te será más placentera la magnanimidad, la liberalidad, la
ingenuidad, la igualdad de ánimo, la pureza y santidad de
costumbres. ¿Y qué cosa podrás hallar más agradable que la
prudencia, cuando pensares que tienes en ti una facultad adornada de
ciencia e inteligencia, la cual nunca tropiece y que en todo corra
con prosperidad y acierto?
Las cosas a la verdad de tal
suerte están escondidas y ocultas, que a no pocos filósofos, y
éstos nada vulgares, les parecieron que absolutamente eran
incomprensibles; aun los mismos estoicos fueron de dictamen, que eran
muy difíciles de comprender; y es que todo nuestro juicio y asenso
está sujeto y expuesto a errar; porque ¿en dónde hallarás uno que
pueda vanagloriarse de ser infalible e inmutable? Da un paso ya hacia
los mismos objetos, y hallarás de cuán poca duración y qué viles
son, pudiendo pasar al dominio de un joven obsceno, de una ramera y
de un ladrón; adelántate un poco más y mira de cerca las
costumbres de aquellos con quienes vives, entre los cuales con
dificultad podrá uno sufrir aun al más cortés y urbano, por no
decir que apenas habrá uno que pueda tolerarse a sí mismo. Por lo
que yo no veo qué cosa pueda darse que absolutamente sea digna de
aprecio y atención en medio de tal obscuridad y de tal basura, de
tal flujo, ya de la materia, ya del tiempo, ya del movimiento y de
las cosas movidas; antes bien, soy de opinión que debe uno
consolarse a sí mismo con esperar su natural ruina y disolución, y
no llevar a mal el que ésta se dilate, sino que debe aquietarse con
estas dos solas consideraciones: la una, que nada me sucederá que no
sea conforme a la Naturaleza del universo; la otra, que tengo yo en
mi mano el no hacer cosa alguna contraria a mi Dios y a mi numen o
genio; puesto que nadie hay que pueda precisarme o ofender mi propia
divinidad.
En cada una de tus acciones particulares
deberías preguntarte, ¿en qué empleo ahora mi alma? y también
examinarte de este modo; al presente ¿qué cosa tengo en esta mi
parte, que se llama la parte principal? ¿en qué estado tengo
presentemente mi alma? ¿acaso en el de niño? ¿de un mancebo? ¿o
de una mujercilla? ¿por ventura en el de un tirano? ¿de un jumento?
¿o de una fiera?
Cuáles sean aquéllas cosas, que en el
concepto del vulgo pasan por bienes, podrás colegirlo de esto que
diré ahora: si uno llegase a formar en su mente la idea de los que
realmente son bienes verdaderos, cual es la prudencia, la templanza,
la justicia, la fortaleza, este tal no podría oír, habiendo hecho
de antemano el debido concepto de estas virtudes, el que se les
juntase cosa alguna, que no se conformase con aquella idea del bien
verdadero. Por el contrario, si uno hubiese primero formado la idea
de los bienes, que el vulgo reputa por tales, este tal oiría con
indiferencia, y fácilmente aprobaría, lo que dijo el Cómico como
cosa bien aplicada. De este modo los más de los hombres se imaginan
la diferencia de bienes a bienes; porque a no ser así, el dicho del
Cómico no chocaría tanto, ni disonaría aplicado a aquellos bienes;
mirándose, como traído con propiedad, y muy al caso respecto de la
riqueza y de la abundancia de cosas conducentes al deleite y a la
pompa. Anda, pues, y pregunta si deberán ser dignas de aprecio y
contadas entre los bienes verdaderos aquellas cosas, a las cuales, de
antemano concebidas en la mente, se les pueda propiamente aplicar:
que poseyendo tantas con opulencia, no tiene en donde colocarlas, no
verificándose esto, haciendo relación a las virtudes
mencionadas.
Yo he sido compuesto de materia y forma; pero
ninguno de estos dos principios se aniquilará, como ni tampoco han
venido de la nada. Cualquiera, pues, de estas mis partes pasará
mediante la mutación a ser alguna parte del mundo; y esta pasará
segunda vez a ser otra parte del universo, continuándose después
esta sucesión hasta al infinito. Ni sólo yo vine al mundo por esta
vía de la mutación, vinieron también los que me engendraron, y por
su orden otros retrocediendo hacia atrás al infinito. Ni hay motivo
alguno para que esto no parezca verdad, por más que el universo se
rehaga y ordene de nuevo, según sus períodos determinados.
La
razón y el arte de vivir según ella, son ciertas facultades, que
contentas y abastecidas por sí mismas, no necesitan para sus
acciones de socorro extraño: de ahí es, que no sólo empiezan éstas
a obrar por un principio propio, sino que también por sí se
encaminan hacia el fin que se han propuesto. Por lo cual este género
de acciones se llama cathortoseis, o sea obras rectas, significando
con el nombre lo recto y derecho del camino que siguen.
Ninguna
de estas cosas se debe decir propia del hombre, la cual no le
convenga por razón de tal; ni se pueden exigir del hombre por
obligación; ni su naturaleza se las promete; ni ellas perfeccionan
la naturaleza humana. De aquí es que en ninguna de éstas tiene el
hombre puesto su fin, y en ninguna se halla tal bondad que complete y
perfeccione el mismo fin. Además de que si alguna de las cosas
dichas perteneciese al hombre, por cierto que no le estaría bien al
mismo el que la despreciase, ni fuese contra ella: y así este mismo
no sería digno de alabanza, dando señales de que no necesitaba de
ellas, ni mucho menos sería tenido por hombre bueno el que en alguna
de éstas se fuese a la mano; si es que existiesen, y fuesen dables
tales bienes. Pero ahora vemos que cuanto más uno se despoja de
éstas y otras cosas semejantes, o con cuanta mayor paciencia lleva
el que se las quiten, tanto más crédito adquiere de hombre sabio y
bueno.
Tu alma, o sea mente, será tal, ni más ni menos,
cuales fueren las cosas en que frecuentemente pensares; porque el
alma queda imbuida y como penetrada de sus ideas y pensamientos;
imbúyela, pues, con frecuencia de los pensamientos de esta clase:
por ejemplo, en donde quiera que se pueda vivir, allí mismo se puede
vivir bien; es así que en el palacio se puede vivir, luego en el
palacio también es posible vivir bien, y también con éste: que
cada cosa ha sido hecha para excitarse en busca de su fin, y de suyo
se inclina al tal ejercicio; ni el fin consiste en otro, que en
ajustarse a la tal inclinación; además de que en el fin está
cifrado todo el bien y provecho de cada uno; y así se concluye que
el bien propio de un viviente racional es la sociedad, supuesto que
ya se ha mostrado que para ésta nacimos. Pues qué, ¿no es evidente
que las cosas inferiores fueron hechas por causa de las superiores, y
que éstas se hicieron con correspondencia entre sí? ¿Y quién no
vé que las cosas animadas son de mejor condición que las
inanimadas; y que entre las animadas son más excelentes las
racionales?
El ir tras de imposibles es propio de un loco
furioso, y es verdaderamente un imposible el que los malos no hagan
alguna cosa tal.
A nadie acontece cosa alguna que no pueda
él mismo soportar naturalmente. Lo mismo que te sucedió a ti suele
acaecer a otro; el cual, o bien ignorando lo que le pasó, o bien
haciendo alarde de un ánimo valeroso se está firme y queda sin
lesión. Sería, pues, cosa fuerte que pudiesen más la ignorancia y
deseo de complacer a otro de lo que puede la prudencia.
Las cosas por sí
mismas de ningún modo tocan al alma, ni se les permite entrada en
ella; ni pueden hacer que vuelva atrás, ni que sea movida; ella sola
es la que se muda e impele a sí misma, y cuales fueron las
dictámenes que ella admitiere, tales hará que sean para sí los
objetos que se la ofrecieren.
El hombre es para nosotros
una cosa muy allegada, atendida esta razón, porque debo hacerle bien
y sufrirle con paciencia, pero mirando a esta otra que hay algunos
hombres que se nos oponen en el cumplimiento de nuestras
obligaciones, ya el hombre viene a ser para mí una de las cosas
indiferentes y extrañas, no menos que lo son el sol, el viento y una
bestia, porque a la verdad pueden también estas cosas impedirme la
ejecución de la obra, bien que no sean de impedimento contra mi
conato y mi disposición por motivo de la excepción hecha
tácitamente, y por razón de la facilidad en convertir mi ánimo a
lo que se me presentare, siendo así que la mente convierte todos los
impedimentos de la acción y los transfiere a otra obra más
aventajada; de manera que le sirve de medio para obrar mejor el mismo
impedimento de obrar bien, y le facilita el camino ese mismo estorbo
de caminar.
Honra y ten en gran estimación lo que en el
mundo es lo mejor y más excelente; esto es, aquello que se sirve de
todas las cosas y que gobierna las mismas. En esta conformidad honra
también, y ten en mucho aprecio lo que en ti es lo más
sobresaliente y aventajado, porque esto es en un todo homogéneo con
aquello mismo que el mundo domina, y porque también en tu vida es
regida y gobernada por aquel que usa de las otras cosas que tú
tienes.
Lo que no es nocivo a la ciudad, tampoco daña al
ciudadano. Esta verdad sírvate de regla general, siempre que te
venga la sospecha o temor de que alguno intenta hacerte mal. Si la
ciudad no recibe daño por esto, ni yo tampoco, y dado caso que al
público se le hiciese mal tercio, no por eso debes enojarte contra
el que se lo hizo, sino que sólo convendrá darle a entender su
error.
Piensa muy a menudo en la brevedad y presteza con
que se nos arrebatan y quitan delante de los ojos las cosas
existentes y las que se van haciendo. Porque a la verdad la
naturaleza a manera de un río está en un curso continuo; las
acciones consisten en una perpetua mutación; las causas se ven en
mil vueltas y revueltas, y que casi no hay cosa firme ni estable.
Piensa también en la inmensidad del tiempo pasado y en lo
interminable del venturoso en donde desaparecen todas las cosas:
siendo esto cierto, ¿cÓmo, pues, no se reputará por insensato el
que con éstas se engría o se aflija, o el que en alguna adversidad
molestándole por tan corto espacio se lamente como si fuese por más
tiempo?
No te olvides de la común naturaleza, de la cual
participas una muy pequeña parte, ni pierdas de vista el todo de una
eternidad, en la cual te ha cabido un breve e indivisible intervalo:
¿y del hado universal, qué parte eres tú?
Peca alguno;
¿qué se me da a mí? Él se lo verá que tiene su modo de pensar y
propia manera de obrar. Yo tengo ahora lo que la común naturaleza
quiere que tenga al presente, y hago lo que mi propia naturaleza
apetece que por ahora ponga en ejecución.
La parte
principal y dominante en tu alma manténgase firme e inmóvil contra
los movimientos lenes o ásperos, excitados en el cuerpo, ni se
mezcle o tome parte en ellos, antes bien prescríbale sus límites y
reprima en los miembros aquellas sugestiones y afectos. Y cuando por
aquella simpatía que resulta de la unión del alma con el cuerpo se
entrometiesen en la parte principal, entonces no se ha de intentar la
resistencia contra la sensación siendo ella natural, pero el
espíritu que suspenda su dictamen no formando juicio de que tales
afectos sean buenos o malos.
Conviene vivir con los
dioses, y lo hace así el que frecuentemente les presenta su misma
alma resignada y satisfecha con el repartimiento de los hados; y
pronta a hacer cuanto sea del agrado de su numen interior, que es una
partecita desprendida de la divinidad, la cual el mismo Júpiter dio
a cada uno por ayo y conductor, y ésta es la mente y razón que cada
cual en sí tiene.
¿Por ventura te irritas con el que
huele a sobaquina? ¿acaso te encolerizas contra quien le huele mal
el aliento? ¿qué quieres que haga? el uno tiene así la boca, y el
otro de tal suerte los sobacos, que es preciso salga de ellos
semejante exhalación. Pero el hombre, dices, está dotado de razón,
y puede, haciendo reflexión, conocer la falta en que incurre: ¡sea
enhorabuena! Por lo mismo, pues, tú, que participas de razón,
muévele con tu facultad persuasiva a que haga semejante discurso;
persuádeselo, recuérdaselo, porque si quiere oírte conseguirás el
remedio y no estarás expuesto a montar en cólera: mira, no seas
rompe esquinas ni ramera.
Ahora mismo puedes llevar aquel
género de vida que haces cuenta observar al tiempo de morir, y si no
te dejan en libertad de hacerlo, entonces exímete de vivir, y en tal
conformidad, como quien no padece mal alguno, y como me aparto yo de
la chimenea si hace humo. ¿Por qué reputas esto por negocio de gran
momento? Yo, mientras que ninguna cosa tal me saque de este mundo,
quedo libre y nadie me impedirá hacer lo que quiera, y lo que yo
quiero es portarme según lo pida la naturaleza de un viviente
racional y sociable.
El alma del universo es amante de la
unión y sociedad y por eso hizo las cosas de baja esfera con
respecto a las de superior calidad, y con mucha armonía concilió
entre sí las más aventajadas, y así ves como las subordinó, las
coordinó y distribuyó a cada una según su estado y condición, y
redujo a una recíproca concordia las que eran entre todas más
excelentes.
Examina contigo mismo cómo te has portado
hasta ahora con los dioses, con tus padres, hermanos, mujer, hijos,
maestros, ayos, amigos, familiares, criados, si contra todos ellos
habrás acaso hecho hasta este punto o dicho algo opuesto a la piedad
y a la religión. Haz memoria también cuántos negocios han pasado
por tu mano y a cuántas fatigas has podido resistir, y advierte que
la historia de tu vida ya la has completado y desempeñado tu
ministerio; acuérdate igualmente cuántas bellas cosas has visto;
cuántos disgustos has padecido; cuántas cosas llenas de gloria has
despreciado, y con cuántos desconocidos e ingratos te has portado
con benevolencia.
¿Por qué razón las almas rudas y sin
arte ni habilidad han de perturbar a la que se halle adornada de
instrucción y sabiduría? ¿Cuál, pues, es el alma instruida y
sabia, dirás tú? es la que conoce el principio y fin de las cosas,
y también a aquella mente extendida por el universo, que desde toda
una eternidad lo dispone y lo gobierna todo, siguiendo ciertos plazos
y períodos determinados.
En un abrir y cerrar de ojos
vendrás a ser un poco de ceniza o un esqueleto, y a lo más quedará
solamente tu nombre o ni menos el nombre, siendo éste a la verdad un
puro sonido y el eco de la voz. Las cosas de mayor aprecio en la vida
son vanas, pútridas y de ningún valor, y como otros tantos
perrillos que se muerden mutuamente u otros tantos niños que,
riñendo entre sí, tan pronto lloran como se ríen. Pues la buena fe
y el pudor natural; la justicia y la verdad, huyendo de la espaciosa
y ancha tierra, de un vuelo se subieron al Olimpo. ¿Qué cosa, pues,
hay que aun te detenga aquí y embelese? Porque verdaderamente las
cosas sensibles son muy expuestas a la mutación y nada consistentes,
los sentidos ciegos y fácilmente reciben trastornadas las
impresiones; el alma es una exhalación de la sangre, y el que seas
celebrado entre estas gentes es una pura vanidad. ¿Por qué luego no
esperas con un ánimo plácido o bien tu extinción o bien tu
traslación? Mas entretanto que llega el tiempo oportuno para ella,
¿qué cosa bastará que yo haga? ¿Qué otra cosa ha de bastar, sino
el que veneres y alabes a los dioses, el que hagas bien a los
hombres, el que sepas sufrirlos y abstenerte de su trato en ciertas
ocasiones, el que te acuerdes que cuanto está fuera de los límites
de este tu cuerpo y espíritu no es cosa tuya ni depende de tu
voluntad?
Siempre podrás salir con felicidad en tus
empresas si sabes proceder con rectitud y si quieres pensar y obrar
con método y razón. Estas dos cosas son comunes así al alma de
Dios como a la del hombre y de todo viviente racional; la una, el no
poder ser impedido por otro alguno; la otra, el tener puesto todo su
bien en una disposición santa y acción justificada, dando con esto
fin a tu deseo.
Si esto que sucede no es maldad mía ni
efecto nacido de mi vicio, ni daña al común del universo, ¿por qué
me agito pensando sobre ello? ¿qué cosa puede ser nociva a esta
universidad del mundo?
No te dejes sorprender temerariamente de la primera impresión de un objeto, antes bien debes procurar socorrer a los necesitados según tus posibles y su estado, y aunque veas que padezcan mengua en estas cosas medias e inferentes, no por eso debes imaginarte que en esto haya daño, supuesto que no es mal verdadero, sino que harás como aquel viejo que, no ignorando cuán pueril cosa era una peonza, se la pedía al chiquillo al despedirse; a este modo, pues, debes portarte en las cosas del prójimo. Y cuando tú te hallas en la tribuna perorando y gritando, dime, hombre, ¿tienes olvidado qué cosa sea esto? «No por cierto, pero me hago la cuenta que en tales cosas ponen los hombres la mayor atención y les agradan mucho.» ¿Y por esto tú también has de ser loco como ellos? Yo alguna vez fui dichoso. ¡Hombre! mira bien que en cualquiera parte podrás ser feliz si tú mismo te labrares la fortuna, la cual no consiste en otro que en tener costumbres loables, buenos afectos y acciones laudables.
LIBRO VI
La materia del
universo se rinde y se dispone con facilidad; la mente, que la rige y
modera, de ningún modo es en sí maléfica, puesto que no es maligna
ni propensa a dañar a otro, ni capaz de recibir agravio de nadie. En
el mundo se ejecuta todo y se lleva, al cabo, como ella lo
ordena.
Lo mismo se es el que tu cumplas con tu deber
yerto de frío o bien abrigado, falto de sueño o harto de dormir,
murmurado o alabado, muriendo o haciendo otra cualquiera cosa, porque
también es una de las acciones del vivir la que ejecutamos muriendo,
pues basta que cerca de ésta dispongamos bien lo que entonces
tuviéremos entre manos.
Observa interiormente, y procura
que en ninguna cosa se te pase por alto su cualidad ni su
mérito.
Todas las cosas subsistentes se mudarán bien
presto y se unirán al todo; o bien exhaladas (si es que sea
compaginada la substancia universal), o bien disipadas se
derramarán.
La mente gobernadora del universo sabe muy
bien en qué estado se halla ella misma, y lo que hace, y en cual
materia lo ejecuta.
El mejor modo de vengar la injuria es
que no imites al que te la hizo.
En esto sólo ten tu
gusto y pon tu recreo en que, acabada una acción en pro de la
sociedad, pases luego a emprender otra semejante, acordándote
siempre de Dios.
Es la mente la que se excita a sí misma
y convierte a los objetos; la que se finge tal cual ella quiere; la
que hace que todos los acontecimientos la parezcan tales cuales ella
los desea.
Cada una de las cosas se perfecciona y lleva al
cabo, conforme apetece la naturaleza y alma del universo, porque no
están regidas por alguna otra fuerza natural que exteriormente
contenga y abrace el mundo, o esté dentro de él contenida, o se
halle fuera de él separada.
O el mundo es un conjunto de
diferentes cosas, ya complicadas entre sí, ya nuevamente disipadas,
o un complejo bien unido y ordenado con método, al cual rige la
Providencia. Si es, pues, lo primero, ¿por qué yo anhelo detenerme
y vivir en medio de tan temerario desorden e igual confusión? ¿Por
qué yo pienso en otra cosa alguna que en buscar el modo cómo
convertirme en tierra? ¿Por qué me perturbo? Pues, por más que yo
haga vendrá sobre mí la disolución y separación de partes. Pero,
si es verdad lo segundo, debo venerar a Dios, ser constante en la
virtud, y confiar firmemente en el árbitro y gobernador del
universo.
Cuando por la concurrencia de las circunstancias
te vieres como necesitado a perder tu tranquilidad, vuelve al punto
sobre ti, y no te propases, sin necesidad, fuera de lo debido y
justo, porque así te sentirás más esforzado para conservar la
buena armonía en tus acciones, recuperándola frecuentemente.
Si
a un mismo tiempo tuvieses madrastra y madre, procurarías obsequiar
a aquélla, y, sin embargo, hacer continuas visitas a tu madre;
imagínate, pues, ahora que éstas son para ti la corte y la
filosofía: vuelve muchas veces a ésta, y con ella descansa, con
cuya asistencia te parecerán soportables los negocios ocurrentes en
la corte, y los hombres te podrán tolerar a ti.
Al modo
que conviene sobre las viandas y otros comestibles semejantes hacer
la reflexión, que éste es el cadáver de un pez, esotro el cadáver
de un ave o de un lechón; y también advertir que el falerno es el
zumo de la uva; que la púrpura es el pelo de la oveja, mojado en la
sangre de la concha; y por lo respectivo a la generación considerar,
que ella no es otro que un mero contacto y cierta excreción de
humor, junta con una especie de convulsión (siendo realmente estas
consideraciones muy eficaces, para que penetrando lo más interior de
las mismas cosas, y apartándolas el velo, se vea con mayor claridad,
lo que son al fin): de esta suerte también importa mucho el que se
haga la reflexión sobre todo lo ocurrente en el discurso de la vida;
y cuando las cosas se nos presentan demasiadamente autorizadas, y
acreedoras a nuestro aprecio, convendrá despojarlas y ver a las
claras su vileza, poniendo a un lado la relación de elogios con que
aparentan su fingida gravedad: porque el fausto es un fuerte
impostor, y entonces nos encanta más, cuando especialmente
deliberamos sobre cosas al parecer dignas de mayor aprecio. Mira,
pues, con atención, lo que Crates dijo hablando de Jenócrates.
Las
más de las cosas, de que se admira el vulgo, pueden reducirse a
ciertas clases o géneros universales; conteniéndose las unas en la
clase de sustancias dotadas o de sola forma y figura inerte o de
naturaleza y fuerza dinámica; cuales son ya las piedras y los
maderos, ya las higueras, vides y olivos; perteneciendo otras, que
aprecian las gentes de mediana esfera, a la clase de las que tienen
alma sensitiva; tales son, por ejemplo, los rebaños de ganado mayor
y menor; comprendiéndose otras a que se inclinan los hombres de más
honor, en la clase de las que tienen alma racional, no en cuanto es
alma universal del mundo, sino en cuanto se mire como cultura de las
artes, o de otro modo industriosa y diligente, o en cuanto
simplemente se considere como racional; tal es, por ejemplo, el ser
dueño de un crecido número de esclavos. Mas aquél que honra
debidamente a su alma racional, en cuanto es universal y amante de la
sociedad, dejando aparte cualquiera otro cuidado procura ante todas
cosas, que su alma se conserve en tal estado, en el cual se porte
racional y sociablemente; y que también coopere a que otros de su
naturaleza hagan esto mismo.
Unas cosas se apresuran para
recibir su ser, otras se dan prisa en perderlo, y aun una misma cosa
al momento de hacerse ya en parte se extingue, y así las
disoluciones y alteraciones renuevan continuamente el mundo; al modo
que la incesante sucesión del tiempo representa la eternidad siempre
nueva. En esta precipitada corriente, en donde no es posible fijarse,
¿quién podrá apreciar cosa alguna de estas así pasajeras Sería
lo mismo que si uno empezara a enamorarse de una de las aves, que,
volando por el aire, al instante desaparecieron de la vista. A un
modo semejante viene a ser la vida de cada uno, que es como una
exhalación de la sangre o como la respiración y atracción del
aire; pues cuál es el respirar una vez y atraer el aire, lo que
todos hacemos cada momento, tal es en verdad, el volver a dar toda la
fuerza de respirar a aquel principio, de donde la habías tomado
antes y adquirido, naciendo ayer o antes de ayer.
No es
cosa digna de mucha estimación, ni el transpirar como las plantas,
ni el respirar como las bestias, ni el estamparse en la fantasía las
ideas, ni el agitarse el apetito con los afectos, ni el vivir
congregados, ni el nutrirse con el alimento, porque esto es una cosa
semejante a la que sucede en el expeler las superfluidades de la
comida. ¿Qué cosa, pues, merecerá nuestro aprecio? ¿el ser
aplaudido con palmoteo? Ni esto tampoco: luego ni menos lo será el
ser aclamado con los gritos de viva y más viva; porque las alabanzas
del pueblo no son otro, que un estrépito y sonido de la lengua.
Dejada, pues, también la gloria del aplauso popular, ¿qué restará
digno de estima? Esto es, según yo juzgo, el portarse conforme a su
propio estado, y atarearse a lo que los cuidados y las artes nos
mueven e incitan. Porque toda arte tiene su mira, en que lo dispuesto
y preparado sea muy a propósito para aquella obra, para la cual se
había ordenado y destinado: esto pretende el labrador cuidando de la
vid; el picador domando el potro y el cazador amaestrando el perro.
¿Y la educación y disciplina de la juventud a qué otra cosa aspira
con su afán y diligencia?
Luego en esto consiste lo
apreciable; y si esto te saliere bien, no será necesario que
procures adquirir para ti otra cosa más. ¿Es posible que ni aun por
eso dejarás de apreciar otras muchas cosas? Pues, haciéndolo así,
ni te verás libre de cuidados, ni estarás contento con tu suerte,
ni vivirás sin pasiones; por necesidad serás envidioso, y
competidor; tendrás por sospechosos a los que pueden privarte de lo
que gozas; armarás asechanzas a los poseedores, de lo que tienes en
tanta estima: y así es absolutamente necesario, que, hallándote
necesitado y privado de alguna cosa apreciable por ti, te perturbes e
inquietes, y aun te quejes muchas veces de los dioses. Al contrario,
la veneración y estima hecha de tu propia alma, hará que vivas
contento y pagado de ti mismo; que te avengas y acomodes con los
demás hombres; que te conformes y resignes con los dioses: esto es,
alabándoles y aprobando cuanto ellos dispensan y determinan.
El
movimiento de los elementos es hacia arriba, hacia abajo, alrededor;
pero el curso de la virtud no está sujeto a ninguna de estas
variaciones, sino que tiene un no sé qué de divino, de modo que,
caminando por una vía oculta e incomprensible, hace felizmente su
jornada.
¡Qué tal es el desatino que cometen los
hombres! No quieren hablar bien de sus contemporáneos y compañeros,
y los mismos tienen en gran estima ser alabados por los venideros, a
quienes no han visto, ni verán jamás. Esto es casi lo mismo que si
se contristasen porque los antepasados no hubiesen hecho honorífica
mención de ellos.
No debes suponer que si a ti te parece
difícil de practicar alguna cosa, sea esto un imposible a todo
hombre; antes bien, te has de persuadir que si es posible y
correspondiente a un hombre, también es asequible por ti.
En
los ejercicios de la lucha, aun dado que alguno nos arañase y que,
arremetiendo con la cabeza, nos hiciese alguna herida, sin embargo,
no damos señal de enojo, ni nos enfadamos, ni le calificamos en lo
sucesivo de traidor; y si bien nos guardamos de él, pero no como de
un enemigo, ni por sospecha o desconfianza, sino que con buen modo y
ánimo benévolo le huimos el cuerpo. A este modo debemos hacer en el
resto de la vida, no parando mientes en muchas de las cosas que hacen
los hombres, mirándolos como si fuesen nuestros antagonistas o
competidores; porque, como yo decía, es permitido huirles el cuerpo
sin tenerlos por sospechosos ni odiarlos.
Si alguno
pudiese convencerme y hacerme patente que yo no pienso con rectitud u
otro bien, con mucho gusto mudaría de dictamen y de conducta; porque
yo busco la verdad, la cual jamás dañó a ninguno, siendo así que
quien se obstina en su error e ignorancia queda malamente
burlado.
Yo hago y cumplo con mi deber; las demás cosas
no me llevan la atención; porque, o son inanimadas, o irracionales,
o van fuera de razón e ignoran el camino verdadero.
Como
hombre dotado de razón, usa con magnanimidad y libremente de los
animales, y en general de las cosas y sustancias que carecen de
razón; empero a los hombres, como participantes de racionalidad,
trátalos sociablemente; y en todo pide a los dioses su favor y
amparo; ni te interesa saber en cuánto tiempo podrás hacer tus
cosas, porque el solo espacio de tres horas bien empleado te basta y
sobra.
Alejandro el de Macedonia y su mozo de mulas,
habiendo muerto, vinieron a parar en una misma cosa; porque, o bien
fueron reasumidos en los mismos principios y razones seminales del
universo, o fueron igualmente dispersos y reducidos a sus
átomos.
Considera para contigo qué de cosas pasan a cada
uno de nosotros en un mismo punto de tiempo indivisible, tanto por
parte del cuerpo cuanto respecto del alma, y de este modo no te
maravillarás si muchas cosas más, o por decirlo mejor, si
absolutamente todas las cosas hechas en este singular universo que
llamamos mundo se producen al mismo tiempo.
Si alguno te
preguntase cómo se escribe el nombre de Antonino, ¿por ventura
proferirías cada una de las letras levantando la voz? ¿Pues qué;
dado caso que se irritasen, te enfadarías tú también? ¿No sería
mejor que tú, pasando adelante, pronunciases con quietud cada una de
las letras? A este modo, pues, hazte ahora la cuenta que toda
obligación consta de ciertos puntos, los cuales conviene observar,
llevando al cabo con buen orden lo que estés haciendo, y no
alborotándote ni disgustándote de los que se indignasen contra
ti.
Viene en cierto modo a ser una crueldad el que no se
permita a los hombres dejarse llevar de las cosas que a los mismos
les parecen propias y conducentes. Y cierto que tú de alguna manera
no permites que ellos lo hagan así, cuando te irritas porque pecan,
puesto que entonces se dejan absolutamente tirar como de cosas
propias y convenientes a los mismos. Pero no es así: díselo, pues,
a ellos, y muéstraselo sin enojarte.
La muerte es el fin
y descanso de las impresiones de los sentidos, de la agitación del
apetito, del discurso de la mente, de la servidumbre y cuidado cerca
del cuerpo.
Muy mal parecido es que el alma afloje y
desmaye en el deber de la vida antes que en el cuerpo se pierda y
disminuya el vigor para las funciones humanas.
Mira bien
no te transformes en César de pies a cabeza, ni te revistas de este
carácter de soberanía y majestad, como suele suceder: consérvate,
pues, en un aire de simplicidad, de bondad, de entereza, de gravedad,
de seriedad; prosigue siendo amante de lo justo, religioso, benévolo,
sincero en tu afecto, constante y esforzado en el cumplimiento de tus
obligaciones. Pretende con empeño que te mantengas tal cual quiso
hacerte la Filosofía: venera a los dioses; protege a los hombres. La
vida es breve, uno el consuelo y fruto de vivir sobre la tierra, que
todo consiste en una disposición de ánimo piadoso, junto con el
ejercicio de acciones benéficas.
Procura en todo portarte
como discípulo de Antonino: imita su tenor constante en obrar según
razón; su conducta en todo uniforme; la piedad y apacibilidad del
semblante; la afabilidad y desprecio de la vana gloria; el estudio y
empeño en hacerse bien cargo de los negocios, y en tal conformidad,
que nada dejaba absolutamente por hacer, mirándolo antes con
atención y madurez, y reflexionando con prudencia y sabiduría:
observa cómo también sufría a los que sin razón le vituperaban,
no quejándose contra ellos; cómo en ningún negocio se apresuraba;
cómo no admitía fácilmente las delaciones; cómo era exacto y
mirado en sus costumbres y hechos; no injuriador, no medroso, no
suspicaz, no sofista.
Nota su parsimonia, contentándose
con poco, por lo que mira a la habitación, cama, vestido, comida,
familia; siendo amante del trabajo y sufrido; pudiendo perseverar en
un mismo sitio desde la mañana hasta la noche, efecto de su vida
frugal y parca; no teniendo precisión de hacer sus necesidades
corporales fuera de su hora acostumbrada; permaneciendo constante y
siempre el mismo en las amistades; admira también que llevase con
paciencia a los que con libertad se oponían a su dictamen, y que se
alegraba si alguno sugería mejor pensamiento, y cómo era pío y
religioso, sin escrúpulo ni superstición. Imítale, pues, en todo
esto, para que la última hora de la muerte te coja con tan buena
conciencia como a él le cogió.
Recupérate y
recapacítate un poco, y después de bien vuelto sobre ti y
considerando que era una ilusión lo que te perturbaba, mira bien
despierto y con atención segunda vez estas cosas de acá como habías
mirado aquellas.
Yo consto de cuerpo y de alma: al
cuerpecito, pues todo le es indiferente, porque no puede discenir
nada; al alma también es indiferente todo aquello que no sea acción
suya peculiar, pero penden de su arbitrio todas sus obras
particulares, aunque entre éstas sólo se deben contar las que
presentemente estuviere haciendo, puesto que los hechos pasados y los
que podrán sobrevenirla, también la son del mismo modo
indiferentes.
Mientras que la mano haga lo que es propio
de la mano, y el pie lo que asimismo es peculiar del pie, ni la mano
ni el pie tienen un trabajo que no sea natural; del mismo modo, pues,
en tanto que el hombre haga lo que es privativo del hombre, su
trabajo no es superior a sus fuerzas naturales; de consiguiente,
tampoco es para él mal alguno no siendo fuera de lo natural, su
fatiga.
¡Cuántos deleites suelen percibir y gozar los
ladrones, prostituidos, parricidas y tiranos!
¿No ves
cómo los artífices mecánicos, aunque suelen condescender algún
tanto con los idiotas e ignorantes de su arte, no por eso dejan de
alegar contra ellos sus razones e insisten en no separarse de ellas?
Ahora bien: ¿no sería mal visto que un arquitecto o un médico
hiciese más aprecio de lo que prescribe su arte, que un hombre hace
de lo que le dicta la razón, la cual es común al mismo hombre y a
los dioses?
El Asia, la Europa,
son unos rincones o ángulos del universo; el mar entero es una
menudísima parte de agua del universo; el monte Athos es un
pequeñito terrón del mundo; todo tiempo presente es un punto de la
eternidad; todas las cosas son de poco momento, caducas, perecederas,
vanas; todas vienen de allá, de aquella mente común o ya de
propósito pensadas y dispuestas o bien naturalmente consiguientes;
así pues, la grande abertura de la boca del león, el maleficio y
cuanto es nocivo como las espigas y el lodo, vienen a ser como unas
adiciones o apéndices naturales de los demás vistosos y hermosos
efectos de la naturaleza, ni por eso te imagines que tales cosas sean
indignas o ajenas de aquella mente universal a quien veneras; antes
bien, contempla y reconoce por ellas el origen de todo lo
existente.
Quien ha visto lo presente ya lo vio todo, no
sólo cuanto sucedió desde la eternidad, sino también cuanto
acaecerá por toda una infinidad de tiempo, puesto que todas las
cosas son de una misma naturaleza y uniformes entre sí.
Considera
muchas veces la mutua conexión que tienen entre sí todas las cosas
del universo y la relación de las unas con las otras; pues en cierto
modo están entre sí enlazadas, y por este respecto se comunican
amigablemente, y así las unas son consiguientes a las otras, ya por
el movimiento local, ya por la conspiración y simpatía, ya por la
unión de la materia.
Ajústate y acomodate a lo que el
hado te ha destinado, y ama a los hombres con quienes te cupo en
suerte el vivir, pero que sea de veras.
La máquina, el
instrumento, todo preparativo, si sirve para lo que fue dispuesto,
tiene su aprecio aun estando lejos de allí el que lo dispuso. Mas en
los efectos que produce y contiene en sí la Naturaleza, siempre se
queda dentro y reside en ellos la virtud y principio que los había
hecho; según lo cual convenía que uno venerase más a la Naturaleza
y que se persuadiese, que si él mismo viviese y perseverase conforme
con lo que ella quiere, le sucedería todo a medida de su deseo y del
mismo modo que al universo le salen todas sus cosas como apetece.
Si
supieses que algo de aquello que no está en tu mano, sea lo que se
fuere, es para ti bueno o malo, sería necesario que en la incursión
en el tal mal y en la separación de semejante bien formases tus
quejas contra los dioses y concibieses odio contra los hombres,
reputándolos por autores o sospechando que podrían serlo de tu
caída en el mal o pérdida del bien. Y en efecto, sucede que muchas
veces obramos contra justicia y razón por la discordia de opinión
cerca de estas cosas. Pero si nosotros juzgásemos por bienes o
males, los que solamente penden de nuestro arbitrio, no nos quedaría
motivo alguno, ni de culpar a Dios, ni de hacer la guerra a hombre
alguno.
Todos cooperamos a un mismo fin: los unos sabiendo
y comprendiendo bien lo que hacen; los otros sin entenderlo, del
mismo modo que Heráclito dice, si no me engaño, que también los
dormidos son operarios, que por su parte coadyuvan a lo que en el
mundo se está haciendo. Bien es verdad que otro contribuye de
distinto modo, excediéndose el que se queja, el que intenta hacer
resistencia y el que pretende destruir lo hecho, porque aun de este
tal se aprovecha y sirve el universo, y así mira al cabo. y
reflexiona con quiénes te querrás alistar; supuesto que
absolutamente hará buen uso de ti, el que todo lo rige; y te
recibirá en alguna de las clases de los operarios que mutuamente se
ayudan en su trabajo. Pero guardate bien de que no hagas en el mundo
un papel semejante al que hace en el drama aquel verso vil y ridículo
del cual hace mención Crisippo.
¿Por ventura el sol
anhela hacer lo que es propio de la lluvia? ¿Acaso Esculapio
pretende hacer lo que es privativo de la tierra? ¿Qué diré de cada
astro en particular? ¿No es verdad que siendo ellos diferentes entre
sí, conspiran todos mutuamente a un mismo efecto?
Si es,
pues, cierto que los dioses hubieren acordado ya sobre mí y lo que
me debe acontecer bien resuelto estará; porque no es fácil formarse
la idea de un Dios inconsiderado y sin reflexión: ¿pues con qué
motivo se habían ellos de mover a la resolución de hacerme mal?
¿qué provecho resultaría de aquí a los mismos o al común del
universo, de quien ellos tuviesen especial providencia? Pero si es
que no hubieren determinado sobre mí en particular, por lo menos
habrán decretado en general cerca de las cosas del mundo, con las
cuales también tienen enlace mis cosas particulares que debo abrazar
con gusto y darme por contento con ellas. Y dado que los dioses. de
nada tuviesen providencia (que es una impiedad creerlo), entonces de
ningún modo sacrificaríamos, oraríamos, juraríamos, ni haríamos
otras cosas que en particular hacemos, como para con unos dioses
entre nosotros existentes y que viven en nuestra compañía. Mas si
los dioses no deliberasen sobre ninguna de nuestras cosas, sin
embargo, me sería lícito mirar por mí, estando en mi mano la
inspección de lo que es conducente y cierto que a cada uno conviene,
lo que dice bien con su condición y naturaleza. Por último, mi
naturaleza es racional y sociable: mi patria y ciudad en cuanto
Antonino es Roma, pero en cuanto hombre es el mundo: y así lo que a
estas ciudades Roma y Mundo fuere útil, esto será mi único
bien.
Cuanto sucede a cada individuo, todo conduce al
universo y esto debería bastar: pero aun hay otra cosa, como verás,
haciendo la observación en general, que lo conducente a un
particular también conduce a los otros hombres: bien entendido, que
ahora se debe tomar la palabra conducente en sentido común, aplicada
a las cosas medias e indiferentes.
A la manera que suelen
ofenderte los espectáculos representados en el teatro y en otros
lugares semejantes, porque el ver siempre lo mismo y sin mudanza de
aspecto, causa tedio a la vista: del mismo modo podrá sucederte en
todo el curso de tu vida; porque todas las cosas superiores e
inferiores son siempre las mismas y provienen de los mismos
principios. ¿Y hasta cuándo durará esto?
Medita sin
cesar qué de hombres de todas condiciones, de todas profesiones, de
todas naciones murieron ya; de suerte que desciendas de este modo,
hasta dar con Filistión, con Febo y Origanión: entonces pasa con la
consideración a otras clases de gente; pues es preciso que nosotros
hagamos el mismo camino que hicieron tantos oradores elocuentes,
tantos filósofos venerables, un Heráclito, un Pitágoras, un
Sócrates; tantos héroes primero, tantos generales y tiranos
después: además de estos, un Eudoxo, un Hiparco, un Arquímedes y
otros de agudo ingenio, de corazón magnánimo, de industria
singular, de suma astucia y de mucha arrogancia: hasta los mismos
motejadores satíricos de esta vida caduca y casi momentánea, cual
fue Menipo y otros tales. Y cerca de todos estos, haz la reflexión
que mucho hace fueron sepultados: si bien, ¿qué mal les vino por
eso a ellos? ¿Qué daño a otros muchos, de quienes absolutamente ni
queda el nombre? Así que una sola cosa hay en este mundo, de que
debemos hacer mucho aprecio, que es el saber vivir entre hombres
falsos e injustos y tratarlos con benevolencia, siguiendo la verdad y
la justicia.
Cuando quieras darte un rato de contento,
ponte a considerar la ventaja de los que viven contigo: por ejemplo,
de éste lo industrioso, de aquél lo modesto; de uno lo liberal y de
otro cualquiera Otra prerrogativa: porque ninguna cosa nos deleita
tanto, como el contemplar las imágenes de las virtudes que
resplandecen en las costumbres de los que viven con nosotros; y que
de tropel, por decirlo así, se nos entran por los ojos: por lo cual
conviene tener a mano esta consideración.
¿Por ventura
llevas a mal el que seas de peso de esas tantas libras, y que no
llegues al de trescientas? No te inquietes según eso, porque hayas
de vivir hasta un determinado número de años y no puedas pasar más
adelante; pues al modo que conviene contentarse con el tamaño de la
estatura, así también con la cantidad del tiempo
prefijado.
Insistamos en persuadir a nuestros prójimos,
lo que sea justo y razonable, ni dejemos de hacerlo, bien que se
resistan cuando así lo pida el derecho de justicia; mas si alguno,
usando de violencia se te opusiese, vuélvete a tu ánimo plácido y
tranquilo y aprovéchate de la resistencia para ejercitar otra
virtud; y acuérdate que con la debida excepción emprendías el
asunto y que no pretendías imposibles. ¿Qué cosa, pues, era la que
deseabas? Era este mismo conato: el cual consigues, aunque no tenga
efecto aquello a que habías puesto la mira.
El que es
ambicioso juzga por bien propio la acción ajena; el que es dado a
los deleites cree que su bien consiste en el goce de sus pasiones;
pero el que tiene juicio conoce que en su proceder estriba toda su
felicidad.
Puede uno muy bien
no formar juicio cerca de esta u otra cosa, y no inquietarse en su
interior; pues las cosas no tienen por sí tanta fuerza, que nos
precisen a calificarlas de buenas o malas.
Acostumbrate a
estar con atención a lo que dice el otro, y en cuanto te sea posible
intérnate dentro del alma del que hablare contigo.
Lo que
no es bueno para el enjambre, tampoco es conducente para la
abeja.
Si los marineros tratasen malamente al piloto, o
los enfermos injuriasen de palabra al médico, ¿a qué otro podrían
apelar? ¿O cómo sería posible, que los unos ejecutasen lo que
conduce a la conservación y seguridad de los navegantes; y los
otros, lo que sirve para la sanidad y cura de los enfermos?
¡Cuántos
de aquellos con quienes entré en el mundo, ya salieron de él!
A
los ictiriciados les parece amarga la miel; a los mordidos de un
perro rabioso el agua les es una cosa formidable; a los niños la
pelota les parece una bella cosa: ¿pues a qué viene el enojarte?
¿Acaso te parece a ti que ha de poder menos el engaño de la mente,
que un poco de cólera en el enfermo de ictericia y el veneno en uno
que padece mal de rabia?
Nadie te impedirá el que vivas,
según dicta la luz de tu razón, y orden de la naturaleza
común.
Piensa bien cuáles son aquéllos a quienes
deseamos agradar, con qué miras, y esperanzas los queremos
complacer; por qué especie de servicios los queremos ganar y verás
como en breve sepultará el tiempo todas estas cosas y cuántas ha
sepultado ya.
LIBRO VII
¿Qué viene a
ser la perversidad? Es lo que has visto muchas veces: y así en todo
acontecimiento ten a la mano esta reflexión, esto es lo que viste en
varias ocasiones. Absolutamente desde el principio al fin hallarás
los mismos sucesos, de los cuales están llenas las historias
antiguas, las posteriores y las de nuestros días, de los cuales, al
presente abundan las ciudades y familias particulares, nada
encontrarás de nuevo, todo es cosa trillada y de breve
duración.
¿De qué otro modo se te pueden borrar las
máximas de la Filosofía, a no ser que se amortigien las ideas que
son correspondientes a los mismos preceptos filosóficos? De ti pende
el avivarlas de continuo. Yo puedo formar sobre este y el otro punto
el debido juicio; y si puedo, ¿por qué me turbo? nada absolutamente
tiene que ver con mi mente lo que está fuera de ella, Mantente en
esta disposición y todo te irá bien. Tienes en tu mano el revivir,
volviendo sobre ti; mira otra vez las cosas con los mismos ojos con
que antes las viste, porque en esto consiste el revivir y recuperarse
un hombre.
La vana afición y cuidado en todo género de
pompa; las representaciones del teatro; los rebaños de ganado mayor
y menor; las justas o ejercicios militares, pueden compararse al
entretenimiento de echar huesos a los perros y migajas a los peces en
los estanques; al afán y acarreo de las hormigas; a las corridas de
los amedrentados ratoncillos; a las figurillas de los titiriteros.
Conviene, pues, que en estas diversiones se pase un rato con gusto,
pero sin hacer ostentación de semejantes bagatelas; antes bien,
entendiendo que cada uno se hace de tanto mayor mérito, cuanto sean
más importantes las cosas en que pusiere su estudio.
En
la narración conviene atender a las palabras que se vayan diciendo,
igualmente que a cada uno de los movimientos e impulsos de lo que se
esté haciendo; y a la verdad, en esto importa mirar luego a qué fin
se dirige su intento, pero en lo otro deberá reparar bien qué es lo
que se quiere significar.
¿Me basta mi talento y
habilidad para el tal negocio o no? Si me es suficiente, me valgo de
ella para el efecto como de un instrumento dado por la común
naturaleza; si no es proporcionada o cedo el asunto a otro que pueda
darle mejor y más feliz éxito, salvo que por otro lado no sea esto
de mi obligación personal, o lo hago como puedo tomándome un
compañero, el cual, con la ayuda de mi mente, pueda hacer aquello
que entonces sea oportuno y útil a la sociedad; visto que cuanto yo
hiciere por mí mismo o con la asistencia y favor de otro, solamente
se debe encaminar al bien y provecho del público.
¡Cuántos
se hallan ya sepultados en el olvido habiendo sido antes muy
aplaudidos! ¡Y cuántos de los que celebraron a éstos, fueron
asimismo borrados tanto ha de la memoria de los hombres!
No
te corras de ser ayudado de otro; lo que a ti te incumbe, es cumplir
con tu deber, del mismo modo que al soldado le toca el dar el asalto
a la fortaleza; ¿pues qué importa el que tú, estando cojo, no
puedas subir a las almenas por ti solo si te es posible con el amparo
de otro?
No te perturbe lo que vendrá después, porque si
fuere necesario, tú le saldrás al encuentro armado de la misma
razón de que ahora te vales para las cosas presentes.
Todas
las cosas están trabadas y encadenadas entre sí, y su enlace es tan
sagrado, que casi no se halla una que sea extraña y ajena respecto
de la otra, porque todo se ve coordinado y contribuye esto al adorno
del mismo universo. Y es, que el mundo viene a ser un compuesto de
todas estas cosas y un dios en todas ellas, una substancia, una ley,
una razón común a todos los animales intelectivos; finalmente, una
verdad: puesto que es una misma la perfección de los vivientes, que
son de un género y participan de una misma razón.
Todo
lo material muy en breve se desaparece en la substancia común del
universo, y toda causa prontamente se reasume en la razón o mente
universal; finalmente, la memoria de todas las cosas queda presto
sepultada en lo inmenso de la eternidad.
Para un viviente
racional, es una misma la acción, conforme con la naturaleza y la
que es según razón.
Conviene ser justo, o si no,
amonestado y corregido.
A la manera que los miembros de un
cuerpo dependen entre sí en sus compuestos, a ese modo las criaturas
racionales, aunque separadas, tienen entre sí igual relación,
habiendo sido producidas para cooperar a un mismo fin. Esta
consideración se te imprimirá más altamente si muchas veces
dijeres para contigo mismo: Yo soy un miembro de este sistema, que
consta de naturalezas racionales. Pero caso que tú digas, usando de
la letra ro, que eres una mera parte”, aun no amas de corazón a
los hombres, todavía no recibes la debida complacencia en eso mismo
de hacerles bien; además, de que sólo haces esto por puro decoro,
no como si a ti te hicieses bien.
Acaezca exteriomente lo
que se quiera a los miembros de mi cuerpo, que están sujetos a
padecer por un acaso semejante, quéjense ellos si quieren, que son
los mortificados; pues yo, mientras no opine que hay algún mal en lo
acaecido, no recibo daño, y más estando en mí mismo el no
imaginármelo.
Diga o haga el otro lo que le diere la
gana, a mí me conviene ser bueno; no de otra suerte que si el oro o
la esmeralda o la púrpura igualmente dijese siempre: por más que
haga o diga cualquiera, conviene que yo sea esmeralda y que retenga
mi propio color.
¿No es la mente la que se alborota y
perturba a sí misma? quiero decir, ¿no es la que se amedrenta a sí
misma? ¿la que de suyo se aflige? ¿la que excita en sí las
pasiones? Y caso que algún otro pueda intimidarla o entristecerla,
hágalo; pues pende de su voluntad el que no se mueva a semejantes
afectos opinando que hay algún mal. El cuerpezuelo, si puede, cuide
de sí para que no le venga algún trabajo; y si padece alguna
molestia, en todo lance quéjese y levante el grito. Pero el alma,
que teme, que se aflige, que absolutamente hace su juicio cerca de
estos afectos, nada tendría que sufrir si no incurriese en la falta
de formar un tal dictamen; puesto que la mente de suyo de nada
necesita, si a sí misma no se acarrea la necesidad, y no está
sujeta a perturbaciones y embarazos, a no ser que ella se perturbe y
embarace a sí misma.
Consiste la felicidad de un hombre
en tener buen numen interior, o buena alma y buena conciencia. Pues
en vista de esto, ¿qué haces acá, oh imaginación mía? Vuélvete,
te lo pido por los dioses, como has venido; para nada te necesito; tú
has venido según la antigua costumbre; no me irrito contra ti, sólo
te suplico que te vayas.
¿Por qué teme alguno la
mutación? ¿pues qué cosa se puede hacer sin que ella intervenga?
¿y qué otra cosa se hallará más agradable que ésta, o más
familiar a la naturaleza del universo? ¿Por ventura podrás usar del
baño caliente sin que la leña se mude y convierta en fuego? ¿Te
podrás nutrir sin que la comida se mude en tu alimento? ¿Acaso
puede llevarse al cabo alguna otra cosa a no ser que sea por vía da
mutación? Ahora pues, ¿no ves tú que viene a ser una cosa
semejante tu mutación, e igualmente necesaria a la naturaleza del
universo?
Todos los cuerpos, a manera de un torrente, van
pasando a la sustancia del universo, con el cual tienen un mismo ser
y conspiran a una misma obra, no de otro modo que los miembros de
nuestro cuerpo van a una entre sí mismos. Y en efecto, ¡cuántos
Crisippos, cuántos Sócrates y cuántos Epíctetos se absorbió ya
el tiempo! Haz, pues, que esto mismo te ocurra a la memoria respecto
de cualquiera hombre o cosa en particular.
Una sola cosa
me hace andar fuera de mí mismo, y es que acaso haré yo lo que no
sea conforme a la condición del hombre, o de modo que no sea
correspondiente a su estado, o lo que atendidas las presentes
circunstancias no es debido.
Ya está cerca el tiempo en
que a todos los echarás en olvido y todos se olvidarán de ti.
Es
propio del hombre el amar aun a los que le ofendan: esto se hará si
al mismo tiempo se te ofreciere que también son de tu misma
naturaleza y que pecan por ignorancia y como forzados; además de que
así tú como ellos moriréis dentro de poco tiempo, y sobre todo que
ellos no te hicieron daño, puesto que no han hecho que tu alma fuese
peor de lo que antes era.
La naturaleza del universo forma
de la sustancia común, como de una cera, ahora un potro; luego
después, deshaciendo éste o fundiéndole, se sirve de la materia
para producir un árbol; más adelante, para la formación de un
hombre; finalmente, para la producción de cualquier otra cosa,
subsistiendo cada una de éstas por un tiempo muy limitado; pero
jamás es penoso a la arquilla el que la deshagan, como no lo fue el
haberla fabricado.
El aspecto desagradable en el semblante
es muy contrario a la naturaleza, y cuando se afecta con frecuencia,
hace desaparecer la hermosura y gracia natural, o al cabo la echa a
perder, de manera que después no es posible recuperarla del todo: de
esto mismo podrás colegir que también es contrario a la razón.
Porque si uno cogiese tal hábito que llegase a perder todo el
remordimiento de su conciencia en el obrar mal, ¿a qué fin había
de prolongar sus días?
La naturaleza, que todo lo rige y
ordena, muy en breve transformará todo cuanto ves en el mundo,
haciendo que de su materia nazca otra cosa, y de la materia de esta
misma se produzca después otra, para que el mundo vaya siempre
renovándose.
Cuando alguno delinquiere en algo contra ti,
luego procura discurrir qué juicio habrá hecho del bien o del mal
cuando pecó. Porque examinando esto le compadecerás y no te
admirarás ni te moverás a indignación, visto que tú también
sueles formar dictamen que aquello mismo u otra cosa semejante es un
gran bien, y así es razonable que le perdones. Y dado que no
convengas con él teniendo por buenas o malas las mismas cosas, aun
por esto mismo con mayor facilidad deberás estar de buen ánimo para
con quien pecó por ignorancia.
No conviene pensar tanto
en los bienes que nos faltan, cuanto en los que presentemente
tenemos; aunque entre éstos deberás parar la consideración sobre
los más aventajados, y con este motivo reflexionar con cuánta
solicitud los buscarías si no los tuvieses: sin embargo, guárdate
al mismo tiempo de que por esta complacencia en poseerlos no te
acostumbres a tenerlos en tanta estima, de modo que si alguna vez no
los tuvieres, su falta te haya de perturbar e inquietar.
Recógete
dentro de ti mismo, supuesto que la mente racional es tal por
naturaleza, que vivirá contenta consigo misma, obrando con justicia
y logrando, además de eso mismo, la tranquilidad más
apetecible.
Borra esas ideas de tu fantasía; reprime los
ímpetus desordenados del apetito; cíñete al tiempo presente;
penetra bien cuanto a ti o a otro acontezca; distingue y divide todo
objeto en causa eficiente y material; piensa en la última hora de tu
vida; la falta cometida por otro, déjala allí adonde subsiste el
pecado.
Conviene extenderse en la contemplación de lo que
se hable, y penetrar con la consideración lo que se haga y quien lo
esté haciendo.
Adórnate con la simplicidad, la modestia
y la indiferencia e igualdad de ánimo cerca de las cosas de suyo
medias entre la virtud y el vicio; ama al linaje humano; sigue a
Dios, porque, como dice aquel poeta, «Todo de arriba viene así
ordenado.» Pero caso que solos los elementos sean de arriba.
dirigidos, te debe bastar el acordarte que todas las cosas, o por lo
menos las más de ellas, son gobernadas y están sujetas a cierta ley
superior.
Por lo que mira a la
muerte, ahora sea ella una mera dispersión de las partes, ahora una
resolución en átomos o una pura aniquilación, al cabo viene ella a
reducirse, o a una total extinción, o a una mutación
solamente.
Por lo que toca al dolor, claro está que si es
insoportable, en breve mata, y que si da largas, es tolerable:
entretanto, la mente podrá, con su modo de pensar, mantener su paz
sin que quede deteriorada en algo la parte principal. Pero los
miembros maltratados con el dolor, explíquense contra él, si
pueden, y den su queja como les parezca.
Respecto a la
fama, considera los ánimos de los ambiciosos, cuáles sean en sí,
cuáles las cosas que rehúsan y cuáles las que apetecen; y
reflexiona también, que como los montones de arena acumulados unos
sobre otros, quedan ocultos los primeros, así en la vida humana
acontece que los sucesos anteriores se ven presto sepultados en el
olvido, con los que ocurren después.
Nota este dicho de
Platón: «¿Por ventura juzgas que aquel que tenga un entendimiento
elevado, con una justa idea de toda la eternidad y de toda la
naturaleza, le parecerá ser una gran cosa la vida humana?—No es
posible, dijo. —¿Luego este tal no reputará la muerte por una
cosa terrible?—Nada menos que eso, respondió.»
Ve aquí
la bella sentencia de Antístenes: «Es cosa regia hacer mercedes,
recibiendo en pago murmuraciones.»
No es puesto en razón
el que la mente tenga a su mando el semblante para fingirlo y
ajustarlo a su gusto, y que ella no sepa acomodarse y componerse a sí
misma como es debido.
Dice muy bien Eurípides: «El enojo
volver contra las cosas / No es razón, pues de enojos no se
cuidan.»
El otro Épico escribe: «A los dioses y a mí
da regocijo.»
Eurípides en otro lugar dice así: «Se
debe, a guisa de madura espiga, / Una vida cortar, y dejar
otra.»
Escribía el otro Trágico: «No sin causa o
motivo los dioses / Desestiman a mí y a mi linaje.» Con mucho
fundamento dijo el Cómico: «La razón y justicia a mí se
inclinan.» No debes lamentarte con los afligidos ni mostrarte
conmovido.
Estas son palabras de Platón: «Yo a este tal
le opondría la siguiente y justa razón: No piensas rectamente, oh
buen hombre, si eres de parecer que un varón, aun siendo de poca
suposición, debe contar mucho con el riesgo de perder o no perder la
vida, ni que sólo debe considerar, cuando obra, si lo que él hace
es justo o injusto, y si su acción es propia de un hombre bueno o de
un malhechor.»
Del mismo es el presente lugar: «En
realidad es así, oh varones atenienses, que en donde quiera que
alguno se colocare, juzgando aquel puesto por el mejor o que fuere
destinado por el magistrado, debe perseverar en él, según mi
dictamen, aunque corra peligro, no reputando en nada ni el perder la
vida ni otra cualquier cosa, a trueque de evitar la infamia.»
Del
mismo es lo que se sigue: «Pero, oh hombre feliz, mira si el ser
generoso y bueno sea otra cosa que el conservarse a sí y salvar a
otros. Ni a la verdad, un hombre que sea verdaderamente bueno debe
desear con ansia esto de vivir por tanto tiempo, ni conviene amar
sobrado su vida, sino que sólo debe pensar en adelante de qué modo
podrá vivir, lo mejor que quepa, todo aquel tiempo que hubiere de
gozar de la vida, dejando a Dios esos otros cuidados y dando crédito
al dicho de las mujeres, que ninguno puede evadirse del
hado.»
Conduce mirar alrededor el curso de los astros,
como quien gira con ellos, y contemplar también frecuentemente las
mutuas conversiones de los elementos, porque las consideraciones de
estas cosas purifican a uno de las manchas de esta vida
terrestre.
Es bello aquel lugar de Platón en donde dice:
«Importa mucho a quien raciocine cerca de los
hombres que
contemple también, como desde una atalaya, lo que pasa en la
redondez de la tierra, cada cosa en su género, los ejércitos, las
labranzas, los matrimonios, las treguas o pactos, los nacimientos y
las muertes, el tumulto de los tribunales, los países desiertos, las
diferentes naciones de gente bárbara, las fiestas, los funerales,
las ferias, una total confusión, y por fin el universo, que se
compone de cosas entre sí contrarias.»
Hace muy al caso
el que uno considere los sucesos pasados y tantas conversiones de
dominios, pudiendo con esto prever lo venidero; porque sin duda lo.
que vendrá después tendrá absolutamente el mismo aspecto, no
siendo posible que salga de aquel orden con que se hace lo presente.
De aquí es que viene a ser lo mismo el que uno observe por cuarenta
años lo que pasa en la vida del hombre, que si lo observara por
miles de años, ¿pues qué más habría de ver?
Observa
lo que dice Eurípides: «Lo nacido de tierra, en tierra cae; /
Vuelve al cielo lo que de él provino.» Siendo esto o una desunión
del enlace que tienen entre sí los átomos, o una igual dispersión
de los elementos insensibles por naturaleza.
También
conviene notar estotro que escribe el mismo: «De mortal vida
entretener queremos / El curso, con comer y divertimos; / Pero al fin
no sin llantos laboriosos / Por fuerza tras del aire nos iremos /
Suscitado por Dios.»
Sufre en hora buena que alguno sea
más hábil luchador que tú; pero guárdate que ninguno sea más
liberal, ni más modesto, ni más bien dispuesto a lo que acontezca,
ni más humano y benigno respecto de los defectos del prójimo.
En
donde quiera que se pueda perfeccionar alguna obra según lo pide la
razón, que es común a los dioses y a los hombres, no es posible que
allí haya mal grave, puesto que no hay por qué sospechar algún
daño en aquello en que se pueda lograr la ventaja y utilidad de que
su operación salga con prosperidad y tenga el éxito conforme a la
condición humana.
En todo y por todo pende de tu
arbitrio, ya el complacerte religiosamente en la presente disposición
de la providencia, ya el tratar según justicia y razón con tus
contemporáneos, ya el usar con artificio de la presente idea, para
que ni lo más recóndito. se te pase por alto.
No gustes
de escudriñar el espíritu de otro; antes bien, mira de hito en hito
hacia aquel término al cual te conduce la naturaleza, ya sea ésta
la universal, mediante las cosas que te acontezcan, O la tuya propia
por razón de los oficios que debes practicar, teniendo cada uno la
obligación de hacer lo que es correspondiente a su estado, pues el
resto de las criaturas fue dispuesto para servir a las racionales, al
modo que en toda otra cosa lo inferior se hace por respecto de lo
superior, pero las racionales han sido hechas para ayudarse
mutuamente; y así lo que tiene el primer lugar en la condición
humana es lo que mira a la común sociedad, y el segundo, el no
rendirse a los halagos de los sentidos, porque es propio de la
facultad racional e intelectiva el reducirse a ciertos límites y no
vencerse jamás de los movimientos sensuales e impulsos del apetito,
por ser ambos brutales. Además de que la virtud intelectiva pretende
conservar su superioridad y no permitirá dejarse subyugar de ellos,
y con muchísima razón, puesto que por naturaleza le pertenece
servirse de todos ellos. Finalmente, tiene el tercer lugar en la
naturaleza racional el no incurrir en algún error, ni el dejarse
seducir. El alma, pues, que adhiera a las máximas insinuadas,
prosiga su camino derecho y habrá conseguido lo que la es
propio.
El resto que te quedare de vida conviene pasarlo
según dicta la naturaleza, como muerto ya al mundo y como quien sólo
hubiese vivido hasta el tiempo presente.
Sólo debes tener
afición a lo que te acontezca y venga destinado de la providencia,
¿pues qué otra cosa te podrá ser más adaptada y oportuna?
En
todo evento haz por tener a la vista aquellos hombres a los cuales ha
sucedido lo mismo que a ti, y después lo llevaban con repugnancia,
lo extrañaban y se quejaban amargamente; y al cabo, ¿adónde se
hallan ahora esos tales? En ninguna parte ya. ¿Pues por qué deseas
imitarles? ¿No sería mejor dejar esos extraños sentimientos a
quienes los conmueve y se inmuta con ellos, dedicándose en un todo a
pensar cómo podrás aprovecharte de los acontecimientos humanos?
Porque si hicieres buen uso de éstos, también te servirán de
materia en que ejercites la virtud: mira sólo por ti, y en cuanto
hicieres intenta dar a conocer tu bondad, acordándote que en
cualesquiera de los sucesos también hay diversidad de materia sobre
la cual pueda recaer una acción virtuosa.
Reconoce tu
interior: dentro de ti está la fuente del bien, que puede manar de
continuo si la profundizas siempre.
También conviene que
el cuerpo persevere en un aire tal que no denote violencia en el
movimiento ni en el ademán, porque se debe exigir de todo el cuerpo
lo mismo que hace el alma con el semblante, conservándolo apacible y
modesto; pero bien entendido que todo esto debe observarse sin
afectación.
El arte de vivir bien tiene más semejanza
con la palestra que con la orquesta, por cuanto debe uno estar sobre
sí e inmoble contra los repentinos e improvisos accidentes.
Debes
reconocer con frecuencia cuáles son esos tales por quienes deseas
ser alabado, y qué modo tienen de pensar; porque de esta suerte no
los vituperarás, incurriendo involuntariamente en alguna falta, ni
echarás menos sus aprobaciones, y más si mirares el origen y causa
de sus juicios y pasiones del apetito.
Toda alma, según
dice Platón, está privada de la verdad, sin su consentimiento; lo
mismo, pues, la sucederá también respecto de la justicia, de la
prudencia, de la benevolencia y de toda otra virtud semejante. Es de
suma importancia el que, a menudo, te acuerdes de esto, porque así
serás más afable y benigno para con todos.
En todo
trabajo ten luego a mano esta reflexión: que aquéllo no es
indecoroso ni deteriora la mente, dueña de las acciones, pues no la
vicia en cuanto es material ni en cuanto es sociable; y así, en las
más de tus cuitas, válete del dicho de Epicuro, que el dolor no
será insufrible ni eterno si te acordares que tiene sus límites
naturales, y no lo aprendieres por más de lo que es en sí. Pero
advierte también que muchas cosas nos son bien molestas sin que las
echemos de ver, siendo, en realidad, cierta especie de dolor: tal es
el dormitarse intempestivamente, el abrasarse de calor y el sentirse
con inapetencia; Cuando, pues, te veas desabrido por alguna de estas
cosas, dí para contigo: —¡Hombre, mira que te dejas vencer del
dolor!
Mira bien, no sea que alguna vez te portes de tal
suerte con los hombres inhumanos, cual suelen éstos tratar a los
hombres.
¿De dónde nos consta si Sócrates haya sido
mejor y de índole más excelente que la de un Telauges? Porque no
basta saber que Sócrates murió con mucha gloria y grande valor; que
disputaba ingeniosamente con los sofistas; que con gran paciencia
sabía pasar toda una noche sobre el hielo; que habiéndole mandado
prender a un ciudadano Salaminio, le pareció más justo el
resistirse con bizarría, y que por las calles públicas andaba con
fausto y arrogancia, aunque acerca de esto con razón puede uno dudar
si fue verdad. Además, conviene considerar en qué disposición
tenía Sócrates su ánimo, y si era Capaz de contentarse con sólo
el ser justo para con los hombres y religioso para con los dioses, no
indignándose en vano contra el defecto de otro ni fomentando la
imprudencia de alguno; no recibiendo, como cosa extraña, o llevando
como insoportable cualquiera disposición de la Providencia; no
permitiendo, finalmente, que la mente consintiese en las pasiones del
cuerpezuelo.
En la formación humana, la naturaleza no
unió tu espíritu con el cuerpo de tal modo que no te fuese libre el
contenerte dentro de ciertos límites y pendiese de ti el cumplir con
tus obligaciones, por lo cual cabe muy bien que uno, cultivando su
espíritu, se haga un hombre en sí divino y que sea desconocido de
todos: acuérdate siempre de esto, y, además, no te olvides que son
menester muy pocas cosas para pasar felizmente la vida. Y no porque
uno desconfíe de poder salir un gran dialéctico y físico, por eso
debe perder las esperanzas de llegar a verse libre de pasiones, a ser
modesto, a ser amigo de la sociedad y a ser rendido y obediente a
Dios.
Pende de tu voluntad el que pases la vida con el
mayor júbilo, por más que todos den las voces que quieran contra
ti, y aunque las fieras despedacen los miembros de esa mole de tu
cuerpo, o sea masa de barro que te circunda. Pues ¿quién impide al
alma que, en medio de todos esos infortunios, no se conserve en su
tranquilidad, no mantenga un juicio verdadero acerca de los sucesos
que la rodean, no persevere pronta en hacer el uso de los accidentes
que tiene a la vista? De modo que el Juicio dé a entender a lo que
ocurra: «Tú, en realidad, eres esto, aunque en la apariencia
muestres ser otro.» Y el Uso diga a lo que se presente: «Yo a ti te
buscaba, porque lo que se me pone delante siempre me sirve de materia
para ejercitar las virtudes propias de la razón y sociedad; y, en
una palabra, para dedicarme al ejercicio del arte peculiar de un
hombre o de un dios, supuesto que cuanto acontece es correspondiente
al hombre o a Dios, no cosa nueva ni difícil de manejar, sino cosa
muy sabida y de fácil ejecución.»
La perfección de las
costumbres lleva consigo el que se viva cada día como si aquel fuese
el último de la vida, sin apresurarse ni caerse de ánimo ni obrar
con ficción.
Los dioses, siendo inmortales, no se irritan
al ver que por tan largo tiempo absolutamente convendrá que ellos
siempre sufran con paciencia a los malos, siendo éstos tales y
tantos en número, sino que, además, también cuidan en un todo de
los mismos. ¿Y es posible que tú, que en un abrir y cerrar de ojos
dejarás de ser, te canses de tolerarlos, y más siendo uno de los
malos?
Es cosa digna de risa que no procures separarte de
tu propio vicio, pudiendo ciertamente hacerlo, y que intentes huir de
la maldad de otros, lo que es imposible.
Con mucha razón
la facultad intelectiva y sociable tiene por cosa de menos valer todo
aquello que hallare no conducir ni para la sabiduría ni para la
sociedad.
Cuando tú hubieres hecho un favor, y otro lo
hubiere recibido, ¿por qué todavía buscas, a más de esto, un
medio término, para parecer bien hechor o lograr otra recompensa,
como suelen hacerlo los necios?
Ninguno se cansa de
recibir beneficios: es así que la beneficencia es una acción
conforme con la naturaleza; luego no debes tampoco cansarte en hacer
bien a otro, teniendo tú en esto mucha utilidad.
La
naturaleza del universo primeramente emprendió la fábrica del
mundo; pero ahora, o todo lo que se hace sucede por una consecuencia
necesaria, o las criaturas racionales son el principal objeto en el
cual la mente gobernadora pone especial esmero. Haciendo este
recuerdo, te hallarás muy tranquilo en las más de las cosas.
LIBRO VIII
Sirve
también para que no tengas vanidad el que en adelante no te puedes
lisonjear de haber pasado filosóficamente toda la vida, o por lo
menos la que medió desde tu juventud hasta ahora; antes bien, has
estado muy lejos de la Filosofía, como no ignoran otros muchos y a
ti te es bien claro. Viviste, pues, distraído, de modo que en lo
porvenir no te será fácil adquirir la gloria de filósofo, a lo
cual también se opone tu manera de vivir. Ahora bien, si es que
verdaderamente has conocido en qué consiste la vida filosófica,
despreciando toda apariencia, conténtate con que vivas todo el
tiempo que te queda, sea el que se fuere, según te dicte tu
naturaleza; y así, piensa atentamente en lo que ella quiere, y no te
distraiga otra cosa alguna; porque en cuantas cosas anduviste
divertido, la experiencia te ha enseñado que en ninguna hallaste la
felicidad de la vida; no en hacer silogismos, no en la posesión de
riquezas, no en los aplausos, no en las delicias, por último, ni en
parte alguna. ¿Pues en qué consiste? En hacer lo que exige la
naturaleza humana. ¿Y esto cómo lo ejecutará uno? Después que
tuvieres los dogmas por los cuales se regulan los deseos y las obras.
¿Y cuáles son esos dogmas? Los que deciden del bien y del mal, de
modo que no se repute por bien del hombre lo que no le hace justo,
templado, fuerte y liberal; ni por mal lo que no cause los efectos
contrarios a lo que acabamos de decir.
En cada una de tus
acciones hazte la pregunta: ¿Cómo me va en esto? ¿Acaso me
arrepentiré de ello después? Dentro de poco también yo habré
muerto y todo se acabó para mí; ¿luego qué más puedo pretender
que el que la presente obra sea propia de un viviente racional y
sociable, dirigido por las mismas leyes con que se gobierna
Dios?
¿Alejandro, César y Pompeyo qué tienen que ver,
comparados con Diógenes, Heráclito y Sócrates? Porque estos
filósofos eran de un espíritu tal y tan excelente, que penetraban
bien las cosas, sus formas y materias; pero aquellos Príncipes, de
todo esto ignorantes, ¿a cuántos cuidados se vieron sujetos y a
cuánta servidumbre obligados?
Ten bien entendido que los
hombres, aunque te revientes, sin embargo harán siempre lo
mismo.
En cualquier acaso lo principal es que no te
turbes, porque todo acontece según lo lleva la naturaleza del
universo, y muy en breve perecerás, no dejando rastro de ti en parte
alguna, como sucedió con Adriano y Augusto. Después, contemplando
con atención la cosa, indaga lo que es en sí misma, y reflexionando
que te conviene ser hombre virtuoso, ejecuta constantemente lo que
exige de ti la naturaleza humana, y dí siempre lo que te parezca más
justo, con intención sana y la mayor modestia, sin que haya
doblez.
La ocupación ordinaria de la naturaleza universal
se reduce a transportar lo que se halla en este lugar a otro,
convertirlo en otra cosa y quitarlo de acá y llevarlo allá. Todo es
una continua mutación; de modo que no se puede. temer que suceda
algo de nuevo, siendo todo cosa sabida, además de que las
disposiciones son siempre iguales.
Toda naturaleza queda
contenta haciendo su carrera prósperamente; empero la naturaleza
racional sólo camina con felicidad no asintiendo a ninguna idea
falsa ni obscura, encaminando únicamente sus intentos a hacer obras
en beneficio del público, ocupando solamente sus deseos y aversiones
en lo que penda de su arbitrio, y aceptando con resignación todo lo
que la común naturaleza le dispensare, por ser una parte de ésta,
como la naturaleza de una hoja es parte de la naturaleza del árbol,
sólo con la diferencia que en el árbol la naturaleza de una hoja es
parte de una naturaleza insensible, irracional y expuesta a ser
estorbada en sus operaciones; pero la naturaleza del hombre es parte
de una naturaleza intelectiva, justa y libre en todos sus designios,
la cual sin duda hace una igual distribución de tiempo, forma,
materia, fuerza y accidentes, dando a cada uno según su mérito; mas
advierte que absolutamente no comprenderás la igualdad si
considerares separadamente una cosa, pero sí haciendo el cotejo de
las partes de un todo con las de otro distinto.
Por tu
ignorancia no puedes leer un libro, pero bien puedes reprimir tu
insolencia; puedes superar el deleite y el dolor; puedes despreciar
la vana gloria; puedes no irritarte contra los necios e ingratos,
antes bien, mirar por sus mismos intereses.
En adelante
ninguno te oiga quejarte de la vida de Palacio ni de la tuya
propia.
El arrepentimiento es cierta vindicación o
displicencia de sí mismo por haber omitido hacer alguna cosa
interesante, en el supuesto de que es necesario que todo bien sea una
cosa útil y acreedora a que un hombre bueno y honrado cuide de ella;
pues ningún hombre bien reputado y sincero se arrepintió jamás por
haber dejado pasar algún deleite; luego el placer ni es cosa útil
ni bien alguno.
Examina qué viene a ser esto en sí mismo
según su propia condición, cuál es su sustancia O materia, cuál
su forma, para qué sirve o qué hace en el mundo, cuánto tiempo
suele durar.
Cuando sintieres repugnancia en levantarte de
dormir, acuérdate que es correspondiente a tu estado y a la
naturaleza humana el ejecutar acciones útiles al bien de la
sociedad; pues el dormir también es común a las bestias, además de
que lo que es conforme con la naturaleza de cada uno, esto le es más
propio y connatural, y sin duda alguna más. gustoso y agradable.
En
cuanto te sea posible, procura siempre examinaren cualquiera idea que
te viniere a la imaginación cual sea la naturaleza de su objeto,
discurriendo sobre los afectos que causa, y discerniendo lo verdadero
de lo falso.
Con cualquiera que te encontrares, al
instante dí para contigo mismo: ¿Este tal, qué máximas o qué
modo tiene de pensar, por lo que mira al bien y al mal? Pues el que
tuviere máximas de esa clase acerca del deleite y dolor y de las
causas de donde procede uno y otro, acerca de la gloria e ignominia,
de la muerte y la vida, no me parecerá extraordinario ni extraño si
hiciese tales acciones; antes bien, me acordaré que el infeliz está
necesitado a obrar de ese modo.
Ten presente que al modo
que es una extravagancia el admirarse si la higuera produce higos,
asimismo lo es el que uno extrañe si el mundo da de sí lo que lleva
de suyo, como sin duda sería también indecoroso al médico el
maravillarse de que él mismo tuviese calentura, o al piloto de que
le hiciese viento contrario.
Acuérdate que igualmente te
es libre el mudar de parecer y el seguir el aviso de quien te
corrija, porque tuya es la obra, procediendo conforme a tu intención
y resolución, además de que se lleva al cabo según tu
beneplácito.
Si esto depende de tu arbitrio, ¿por qué
lo haces? Y si de otro, ¿contra quién las has? ¿contra los átomos
o contra los dioses? Uno y otro es locura, no debiendo enojarte
contra nadie; porque si puedes, enmienda la cosa; pero si no fuere
posible, ¿qué utilidad sacas de irritarte, y más no debiendo hacer
nada en vano?
De todo cuanto muere o perece nada sale
fuera del mundo; pues si permanece aquí y se trasmuta, igualmente se
disuelve aquí mismo en los propios principios, que son los elementos
del mundo y también los suyos, los cuales no murmuran sin embargo de
que padecen su mutación.
Cada cosa nació con algún
destino, por ejemplo, el caballo, la vid. ¿En esto de que te
admiras? Pues también el sol y los otros dioses nacieron destinados
para algún ministerio: según eso, ¿tú para qué naciste? ¿acaso
para vivir entre placeres? Reflexiona un poco si esto lo sufre la
buena razón o común inteligencia.
La Naturaleza tiene
su mira y designio en cada cosa, no menos por lo que toca al fin y
paradero de la misma, que por lo que pertenece a su principio y
duración; como el que arrojando la pelota, pone su cuidado en la
buena jugada ¿Pues qué bien o utilidad resulta a la pelota
echándola alto, o qué pérdida sacándola bajo y aun cayendo en
tierra? Mas ¿qué interés percibe la ampolla permaneciendo hinchada
sobre el agua, o qué daño recibe deshaciéndose? Lo mismo puede
decirse del candelero, que nada gana encendido o pierde apagado.
Da
una vuelta al cuerpo, y contempla cuál es de suyo, cuál será
cuando haya envejecido, enfermado y muerto, estando también en la
inteligencia de que es corta la vida de quien elogia y del que es
celebrado, de quien honra y del que es memorable; además de que esto
se hace y queda en el rincón de este clima, en donde no todos
concuerdan en los elogios, ni aun uno suele ir acorde consigo mismo.
Por último, toda la tierra se reputa por un punto.
Pon
toda tu atención en lo que tuvieres entre manos, ahora sea un dogma,
ahora una acción o una palabra. Con razón llevas tu merecido,
porque quieres más el dilatar hasta mañana el ser bueno que serlo
desde hoy mismo
¿Hago alguna cosa? La ejecuto
refiriéndola al bien de los hombres. ¿Me sucede algún trabajo? Lo
recibo consagrándolo a los dioses y atribuyendo a la fuente común
de la cual trae su origen cuanto se hace en el universo.
¿Qué
juicio formas del baño y qué te presenta a la vista? Aceite, sudor,
asquerosidad, agua y viscosidad; todo causa hastío. Una cosa tal
viene a ser cualquiera parte de la vida y todo cuanto al presente
percibimos por los sentidos.
Lucila dio sepultura a Vero,
y después fue sepultada Lucila; Segunda la dio a Máximo, y después
no faltó quien la diese a Segunda; Epitíncano vio morir a Diótimo,
y después murió Epitíncano; Antonino hizo las exequias a Faustina,
otro se las hizo a Antonino; Céler sobrevivió a Adriano, y después
falleció Céler; así sucede con todas las cosas. ¿Y en donde paran
ahora aquellos ingenios agudos, aquellos astrólogos judiciarios,
aquellos hombres engreídos? Digo ingenios agudos, por ejemplo, un
Xierace, un Demetrio el Platónico, un Eudemón, y si algún otro
hubo de esta clase, todos fueron de breve duración y tuvieron su fin
tiempo ha, no quedando memoria de los unos dentro de poco, pasando
los otros a ser una fábula, y algunos ya no se cuentan entre las
fábulas. Convendrá, pues, acordarte de esto, porque será forzoso,
o que venga a desunirse ese tu compuesto, o que se extinga el
espíritu, o si no, que mude de habitación y vaya a situarse en otra
parte.
La verdadera complacencia de un hombre consiste en
hacer lo que es propio del hombre, y más siendo privativo de éste
la benevolencia para con los que son de su mismo linaje, el desprecio
de los movimientos sensuales, el discernimiento de las ideas
probables, la contemplación de la naturaleza del universo y de lo
que se hace conforme a la misma.
Cada Cual tiene en sí
tres géneros de dependencia y correlación: una para con la causa
que nos circunda, o sea el cuerpo; otra para con la causa divina, de
donde todo viene al universo, y la tercera para nuestros
contemporáneos.
El dolor, o es pernicioso al cuerpo, y en
ese caso que él mismo lo demuestre y se queje de él, o puede ser
infausto al alma, pero ésta tiene en su mano el conservar su quietud
y serenidad y no opinar que el dolor sea mal, porque todo juicio,
afecto, apetito y aversión está en el interior del alma, adonde no
llega mal alguno.
Borra esos desvaríos de tu fantasía
diciéndote de continuo a ti mismo: Al presente pende de mí el que
en mi alma no haya vicio alguno, ni mal deseo, ni absolutamente
alguna perturbación; antes bien, mirándolo todo como es en sí,
puedo usar de cada cosa según su mérito lo pidiere. No te olvides
de esta facultad con que te regaló la Naturaleza.
Así en público
senado, como privadamente con cualquiera otro individuo, conviene
hablar con modestia y compostura, sin andarse en rodeos, debiendo uno
usar del razonamiento más sano y natural.
La corte de
Augusto, su mujer, su hija, sus nietos y entenados, la hermana
Agrippa, los parientes y domésticos, los amigos Ario, Mecenas, sus
médicos, sus arúspices, en fin, toda la corte murió. Pásate
después a otros, no considerando la muerte de cada hombre en
particular, sino una descendencia entera, cual es la de los Pompeyos,
ni olvidándote de lo que suele escribirse sobre los sepulcros: El
último de su linaje. Y luego piensa para contigo con cuánto cuidado
y solicitud habrán vivido sus antepasados por ver si podían dejar
un sucesor, como si al cabo no fuese preciso que alguno haya de ser
el último. En fin, reflexiona inmediatamente sobre el exterminio de
toda una nación.
Es necesario arreglar la vida en cada
una de las acciones, y darse por satisfecho si cada cual tiene la
perfección que la corresponde y es posible; en la inteligencia de
que ninguno puede impedirte el que tu acción reciba el grado de
bondad que la es debida. ¿Mas si lo inhibiese alguna causa exterior?
No sería tal para obrar con justicia, prudencia y juicio. ¿Y si
acaso se opusiese alguna otra cosa a la facultad operativa? Pero con
la resignación en el mismo obstáculo, y con la prudente adhesión a
lo que se presentare, al instante se sustituirá otra acción, la
cual sea conforme al buen orden de vida de que hablamos ahora.
No
te engrías por los bienes recibidos, ni muestres repugnancia en
desprenderte de ellos.
Si has visto alguna vez una mano
arrancada, o un pie, o la cabeza cortada y puesta en algún lugar
aparte de lo demás del cuerpo, del mismo modo hace consigo, cuanto
es de suyo, cualquiera que no se conforma con lo acaecido y se separa
a sí mismo o ejecuta algo no conducente a la sociedad. Y tú, en
cierta manera, te excluiste de aquella unión característica de la
Naturaleza, porque habías nacido miembro de ella y ahora te
dividiste a ti mismo: sin embargo, de tal suerte se dispuso eso, que
puedes reunirte otra vez con ella, siendo así que Dios a ninguna
otra parte dio esta facultad, de que cortada y separada, se
incorporase de nuevo con su todo. Por tanto, considera la bondad con
que Dios honró al hombre, habiéndole puesto en su mano el que no se
separase de todo punto del universo, y que segregado, fuese árbitro
de restituirse nuevamente y coadunarse, como también de recuperar el
puesto y orden que había tenido siendo parte.
Al modo que
cada uno de los racionales participó casi todas sus facultades de la
naturaleza universal, así también recibimos de la misma esta otra;
pues de la manera que aquélla convierte en su uso todo lo que se la
opone y resiste, colocándolo en el orden de su destino y haciéndolo
su parte, de la misma suerte el hombre puede hacer que todo el
obstáculo le sea materia de virtud, y valerse del mismo para lo que
más le acomodare.
No te conturbe la imaginación
representándote de un golpe los sucesos de toda tu vida, ni
consideres a un tiempo cuáles y cuántos infortunios es verosímil
que te sobrevengan; antes bien pregúntate a ti mismo, en cada uno de
los presentes acontecimientos, ¿qué mal hay en esto que no sea
tolerable ni llevadero? pues sin duda te correrías de juzgarlo por
insoportable. Además de esto, haz de nuevo memoria que ni lo
venidero ni lo pasado te es gravoso, sino lo que siempre está
presente, y aun esto se disminuirá si tú, ciñéndolo dentro de sus
propios límites, dieres en cara a tu alma, caso que no pueda hacer
frente a cosa tan leve.
¿Por ventura Pantea o Pérgamo
subsisten todavía asidos al sepulcro de Vero? ¿Acaso Xabrias o
Diótimo permanecen aún junto al de Adriano? Cierto sería una
ridiculez. Pues qué, si éstos estuviesen allí fijos, ¿lo habían
de advertir los otros? Y puesto que lo advirtiesen, ¿se habían de
consolar? Y dado caso que se consolasen, ¿habían éstos de ser
inmortales? Pues qué, ¿a éstos no les estaba decretado primero la
vejez, para que al cabo se hiciesen viejos, y después muriesen? Y
luego que esos hubiesen muerto, ¿qué habían de hacer aquellos
después? y más convirtiéndose todo eso en hediondez y reduciéndose
a un costal lleno de asquerosidad.
Si puedes ver con
perspicacia, observa lo que dice muy sabio Critón: «En la
constitución de una Naturaleza racional no contemplo virtud alguna
que se oponga a la justicia, pero veo bien que la virtud de la
continencia se opone al deleite.»
Si depusieres esa tu
sospecha acerca de lo que al parecer te causa sentimiento, al punto
tú mismo te pondrás a cubierto de toda molestia. ¿Quién es ese tú
mismo? La mente. Pero yo no sólo soy mente. Está muy bien: la
mente, pues, que no se aflija a sí misma ni se tome cuidado; y si
alguna otra cosa te diere pena, que piense lo mismo acerca de
ella.
El obstáculo que impide el sentimiento es un mal de
la Naturaleza sensitiva; y si no deja obrar al apetito, igualmente es
un mal de la misma; del mismo modo es impeditivo cualquiera otro que
se opone, y es mal de la Naturaleza vegetativa; y así, será mal de
la Naturaleza intelectiva lo que no dejare obrar al espíritu: todo
esto aplícatelo a ti mismo. ¿Te asalta el dolor o te incita el
deleite? El sentido se estará a la mira. ¿Te sobrevino algún
embarazo al emprender la acción? Si tú la emprendías sin ninguna
excepción, ya en esto mismo estaba el daño de tu naturaleza
racional; pero si comprendías la reserva ordinaria, no por eso has
recibido mal ni has sido impedido, siendo cierto que ninguna otra
cosa acostumbra impedir las acciones propias del espíritu; porque a
éste no le llega ni el fuego, ni el hierro, ni el tirano, ni la
infamia, ni otra cosa alguna, cuando él se hubiere hecho a manera de
una esfera y quedare bien redondeado.
No tengo por justo
el darme a mí mismo que sentir, puesto que yo jamás he dado
adredemente que sentir a otro.
Unos reciben complacencia
de ciertas cosas, otros de otras; pero yo me deleito si tengo el
espíritu sano, sin aversión a hombre nacido y sin repugnancia en
cosa alguna que acontezca a los hombres; antes bien, mirándolo todo
con buenos ojos, recibiéndolo y haciendo uso de cada cosa según
fuere su mérito.
Mira que todo ese tiempo se te ha
concedido gratuitamente. Los que intentan con eficacia conseguir la
gloria póstuma no se hacen cargo que ellos han de ser otros tales
cuales son esos a quienes llevan con impaciencia, siendo unos y otros
mortales. En suma, ¿qué se te daría a ti el que ellos te hiciesen
odioso con semejantes dichos, o formasen de ti igual
concepto?
Cógeme y échame donde quieras, porque allí
tendré mi genio plácido, o sea deidad propicia; esto es, quedará
mi espíritu satisfecho con tal que tenga y haga lo que es
correspondiente a su estado. Pues qué, ¿eso de ser llevado a otra
parte se merece la pena de que por ello mi alma lo pase mal y se haga
de peor condición, abatiéndose y entregándose a sus deseos,
confundiéndose y llenándose de consternación? ¿Y qué hallarás
tú que te ponga en esa precisión?
A ningún hombre puede
sucederle cosa que no sea un acontecimiento humano; nada al buey que
no sea peculiar al buey; nada a la vid que no corresponda a la vid;
nada a la piedra que no sea propio de la piedra. Ahora pues, si a
cada uno acontece lo que es costumbre y natural, ¿por qué te
enfadas? Puesto que la común Naturaleza no te cargaría con peso que
te fuese insoportable.
Si te contristas por alguna cosa
exterior, no es ella la que te conturba, sino el propio juicio
formado acerca de la misma, si bien tienes en tu mano el abolirlo al
instante. Mas si te da cuidado lo que pende de la disposición de tu
espíritu, ¿quién te impide el que rectifiques esa tu opinión? No
obstante, si te afliges a causa de que no haces esto o el otro,
pareciéndote recto, ¿por qué no eliges antes hacerlo que
afligirte? Pero dices: «Me lo estorba un impedimento superior»:
luego no te mortifiques, supuesto que no tienes la culpa de que no se
haga la cosa. Pero replicas: «No soy yo acreedor a vivir no haciendo
la tal cosa.» Según eso, salte de la vida con tranquilidad, como se
saldría el que hubiese hecho su gusto, permaneciendo al mismo tiempo
de buen ánimo para con los que se oponían a tus intentos.
No
te olvides que la parte principal del alma se hace inexpugnable
cuando recogida dentro de
sí se contenta consigo misma,
no haciendo lo que no es de su gusto, aunque se oponga sin motivo o
por mero capricho. ¿Pues qué será cuando gobernada por la razón
resolviere con prudencia acerca de alguna cosa? Por esto el alma
libre de pasiones es como un alcázar; y realmente el hombre no tiene
lugar más seguro en el cual, una vez refugiado, no pueda en adelante
ser cogido. Quien, pues, no ha visto este presidio, es un ignorante;
y quien habiéndolo visto no se ampara en él, es un
desdichado.
Cuenta solamente con lo que las primeras ideas
te representan a ti mismo. ¿Te dieron la noticia que fulano habla
mal de ti? Participósete esto, pero no dijeron que habías recibido
agravio. ¿Veo que enferma el niño? Mírolo, mas no contemplo que
peligre su vida. Detente, pues, siempre de esta suerte en las
primeras representaciones, sin que añadas otra cosa en tu interior,
y no te sucederá cosa sensible, o antes bien añade alguna reflexión
como quien conoce a fondo la naturaleza de cuanto acaece en el
mundo.
El pepino es amargo, déjalo; hay zarzas en el
camino, desvíate, y basta. No prosigas diciendo, ¿a qué fin se
hicieron estas cosas en el mundo? De otra suerte serás la irrisión
de un hombre perito en la física, como sin duda serías despreciado
de un carpintero y de un zapatero culpándoles porque ves en sus
oficinas las aserraduras y retazos de lo que trabajan, sin embargo de
que tienen a donde arrojarlos, dando por supuesto que la naturaleza
del universo nada tiene fuera de sí; pero lo más primoroso de su
arte consiste en que ella, no saliendo de sus límites, convierte en
sí misma cuanto se corrompe dentro de sí, se envejece, y al parecer
es casi inútil, y en que de esto mismo después fabrica otras cosas
nuevas sin que se valga de una materia extraña ni necesite de sitio
a donde eche lo corrompido; por eso se halla satisfecha con su propio
lugar, con su misma materia y propia facultad.
No debe uno
ser lento en sus acciones, ni en las conversaciones entrometido; no
andar vagando con la imaginación, ni en un todo estrechar el ánimo
violentamente o alegrarse con exceso, ni en el curso de la vida
enredarse con muchos negocios. Ya te maten, hagan tajadas y provoquen
con maldiciones, ¿qué impide eso el conservar tu alma pura, sabia,
prudente y justa? Porque si alguno, estando junto a una fuente
cristalina y dulce, la maldijese, no por eso ella cesaría de manar
una bebida saludable, y aunque le echase cieno y estiércol, al
momento lo separaría y de ningún modo se ensuciaría. ¿Pues cómo
podrás tener un perenne manantial y no un pozo? Si con el continuo
uso te hicieres natural la libertad con la igualdad de ánimo,
simplicidad y modestia.
El que no sabe que hay un mundo,
ignora dónde se halla él mismo; el que no conoce para qué fin
nació, éste no advierte quién es él mismo ni qué cosa es el
mundo; el que carece de una de esas noticias, tampoco podrá decir
con que motivo vino al mundo. Ahora, pues, ¿cuál te parece será el
que huye los vituperios o pretende los vanos aplausos de los hombres,
los cuales no tienen noticia en dónde se están ni quiénes
son?
¿Quieres tú ser alabado de un hombre que tres veces
cada hora se maldice a sí mismo? ¿Deseas agradar a un hombre el
cual no se satisface a sí mismo? ¿Y acaso se complace a sí mismo
el que casi se arrepiente de todo cuanto hace?
En adelante
no cuides sólo de ir a una con el aire que te rodea y sostiene, sino
que también debes conformarte con la mente universal que lo abraza y
conserva todo, porque esta virtud intelectiva no menos se difundió
por todas partes, e introdujo en quien puede atraerla, que lo aéreo
en quien es capaz de respirarlo.
La maldad en general nada
daña al común del universo, y en particular ningún mal hace a otro
alguno, siendo solamente nociva a quien fue libre eximirse de ella,
siempre que él antes lo hubiese querido así.
La
voluntaria resolución de mi prójimo es igualmente indiferente a mi
libre determinación, como lo es su espíritu y cuerpo; y aunque en
realidad los unos hemos nacido principalmente por causa de los otros,
no obstante, cada uno de nuestros espíritus tiene su propio
albedrío; que a no ser así, la maldad de mi prójimo vendría a ser
mía también, lo cual no fue de la aprobación de Dios, para que no
estuviese en mano de otro el que yo fuese un infeliz.
El sol parece que
está difundido, y en realidad se halla extendido por todas partes,
sin que pierda nada de su luz, porque esta su difusión es una
extensión solamente, y así sus luces se llaman rayos, trayendo su
origen del griego ecteinein, extenderse. Verías sin duda cuál es un
rayo si observases la luz del sol que por algún estrecho agujero
entra en una casa obscura, porque va derechamente y de la manera que
reverbera en cualquiera cuerpo opaco que se le oponga, quitándole la
comunicación del aire contiguo, se para allí mismo sin haber
deslizado ni caído. Tal, pues, conviene que sea la soltura y
dilatación del pensamiento, y de ningún modo una distracción, sino
una extensión con que no haga una violenta y precipitada impresión
contra los impedimentos que ocurran, ni menos debe la mente
desbarrar, sino pararse y aclarar cuanto hubiere percibido. Y en
verdad que se privará a sí mismo de esta luz el que no quisiere
admitirla.
El que tiene miedo a la muerte, o teme la
insensibilidad, u otro género de sentimiento. Pero si quedare
absolutamente sin sentido, no percibirá mal alguno, y si hubiese
adquirido otra especie de sensibilidad, se trasformará en otro
animal y no cesará de vivir.
Los hombres han sido hechos
los unos por causa de los otros. Tú, pues, enséñales o
súfreles.
De un modo se dirige la saeta, de otro se
conduce la mente; ésta en realidad, ya cuando huye con motivo justo,
ya cuando se convierte a la contemplación, no menos camina
derechamente que si fuere a dar en el blanco que se había
propuesto.
Procura entrarte en la mente de cada uno, y
permite a otro cualquiera que se introduzca en la tuya propia.
LIBRO IX
Quien peca contra
justicia comete una impiedad; porque habiendo la Naturaleza del
universo hecho a los hombres con la mira de que se diesen un socorro
mutuo, de suerte que ayudándose los unos a los otros según su
mérito no se hiciesen entre sí mal alguno, sin duda el que traspasa
esta voluntad obra impíamente contra la más principal de las
deidades, puesto que la Naturaleza universal es naturaleza de lo
existente, y lo que realmente subsiste tiene una estrecha correlación
con todo lo que es más principal. A más de esto, la misma
Naturaleza se llama también verdad, y es la primera causa de todo lo
que es verdadero. De aquí es que quien miente por su bello gusto
peca contra piedad, en cuanto hace una injusticia engañando a otro,
y que quien mal de su grado miente, también es impío, en cuanto no
se conforma con la Naturaleza universal y en cuanto no cumple con su
deber oponiéndose a la Naturaleza del mundo, porque va siguiendo,
cuanto es de su parte, el partido contrario a la verdad; pues
habiendo despreciado los auxilios que antes había recibido de la
Naturaleza, no le es posible ahora discernir lo falso de lo
verdadero. Igualmente es falto de piedad el que va en pos del deleite
como de un verdadero bien, y huye del dolor como de un mal verdadero;
porque será necesario que este tal frecuentemente impropere a la
Naturaleza común como que sin justicia ha distribuido alguna cosa
entre malos y buenos, a causa de que muchas veces los malos abundan
de placeres y tienen medios que se los pueden facilitar, y al
contrario, los buenos se ven rodeados de disgustos y suelen
encontrarse con motivos que son causa de lo mismo. Además de eso, el
que teme los disgustos alguna vez tendrá miedo a lo que acaecerá en
el mundo, lo cual ya es una impiedad; y el que busca los placeres no
se irá a la mano en hacer alguna injuria, lo que evidentemente
también es impiedad.
Respecto de aquellas cosas acerca de
las cuales se muestra indiferente la Naturaleza común (pues no
hubiera producido las unas ni las otras si no se manifestara uniforme
acerca de ambas), es necesario que estén con igualdad de ánimo los
que quisieren seguir a la Naturaleza, manteniéndose conformes. De
donde se ve claramente cómo es reo de impiedad cualquiera que de por
sí no se mostrare indiferente cerca de los disgustos y placeres, o
de la muerte y la vida, o de la gloria e infamia, de las cuales no
hace distinción la Naturaleza universal. Y entiendo que la
Naturaleza común use indistintamente de éstas, por eso mismo que
suceden con proporción y según la serie de lo que se está
produciendo y va sucediendo atento aquel primer impulso de la
Providencia, con el cual desde el principio se propuso la Naturaleza
y emprendió la perfección de este presente sistema, habiendo antes
concebido en su mente cierta idea de lo futuro y discernido las
virtudes productivas de las existencias, mutaciones y de las
sucesiones de esta clase.
Sin duda sería cosa de un varón
muy perfecto el salirse de entre los hombres, sin haber tenido
complacencia en la falacia ni en todo género de ficción, en el lujo
ni en la soberbia. Sería, pues, el segundo grado de felicidad el que
estando harto de estas cosas quisiese antes morir que elegir el vivir
de asiento en el seno de la maldad. ¿Y es posible que ni aun la
experiencia te persuada el que huyas de la peste? Pues la corrupción
del espíritu es peste ciertamente más nociva que la destemplanza e
infección del aire a nuestro alrededor esparcido; porque ésta es
peste de los vivientes, en cuanto son animales, pero aquélla lo es
de los hombres, en cuanto son racionales.
No desprecies la
muerte; antes bien, recíbela con gusto, como que ésta es una de
aquellas cosas que quería la Naturaleza. Porque es tal y tan natural
el separarse el alma del cuerpo, cual es el ser uno joven y el
envejecerse, el crecer y estar en la flor de la edad, el salir los
dientes, la barba, las canas, el engendrar, el estar en cinta, el
parir y otros efectos naturales que las varias edades de la vida
llevan de suyo. Según esto, es propio de un hombre dotado de razón
no desearse la muerte temerariamente, ni correr con ímpetu hacia
ella, ni despreciarla con orgullo, sino esperarla como una de las
otras consecuencias naturales; y a la manera que tú ahora aguardas a
que el embrión salga del vientre de tu mujer, a ese modo debes
esperar aquella hora en la cual tu alma saltará de la cáscara del
cuerpo. Pero si quieres un remedio vulgar y corroborativo de tu
corazón, te servirá principalmente, para estar de buen ánimo
tocante a la muerte, la consideración hecha acerca de los objetos de
los cuales te habrás de ausentar, y el que no tendrá ya tu alma que
mezclarse más ni lidiar con tales costumbres. Porque si bien es
verdad que de ningún modo conviene chocar ni ofenderse de los que
las tienen, sino mirarlos con amor y llevarlos con paciencia, con
todo, conducirá mucho el acordarte que muriéndote te verás libre
de unos hombres que no concuerdan contigo en las máximas. Pues sólo
esto, si acaso fuese dable, contendría a uno y mantendría en la
vida, si se le concediese el vivir en compañía de hombres que
siguiesen unos mismos dogmas. Pero tú bien ves ahora cuánta
molestia se origina de la discordia de opiniones entre aquellos con
quienes se vive; de suerte que se halla uno precisado a decir: ¡Oh
muerte, ven cuanto antes, no sea que yo me olvide de mí mismo!
El
que peca se engaña a sí mismo; el que obra injustamente a sí
propio se perjudica haciéndose a sí mismo malo.
Muchas
veces no sólo peca contra justicia el que nada hace, sino también
el que hace algo.
Bástale a uno el que presentemente
tenga un juicio comprensivo de su deber el que haga la acción que
tenga entre manos en bien de la sociedad, y el que su presente
disposición de ánimo sea tal, que se contente con todo aquello que
proviene de la primera causa del universo.
Purifica tu
fantasía, reprime tu apetito, apaga ese deseo, conduciendo todo para
mantener tu espíritu libre.
Una es el alma sensitiva que
está distribuida entre los animales que carecen de razón, una es el
alma intelectiva que está repartida entre las sustancias racionales,
al modo que también es una la tierra de todas las sustancias
terrenas, y vemos con una luz y respiramos un mismo aire todos
cuantos tenemos vista y estamos animados.
Cuanto participa
de alguna razón común, se apresura a unirse con lo que es de su
género: todo lo terreno se inclina hacia la tierra; todo lo húmedo
corre hacia lo que fluye; lo aéreo va a unirse igualmente con el
aire, tanto que es menester poner algo de por medio que con violencia
los separe. Se sube arriba el fuego por estar en lo alto el fuego
elemental, hallándose de tal suerte pronto para pegarse acá con
cualquiera otro fuego, que toda materia, por muy poco seca que esté,
se encuentra bien dispuesta a concebir la llama, por estar menos
mezclada con lo que pueda impedir su incendio. Y así todo lo que
participa de una misma Naturaleza intelectual del mismo modo o con
más aceleración se da prisa para llegar a lo que es de su género,
porque cuanto es más aventajado que las otras cosas, se halla tanto
más dispuesto a incorporarse y adunarse con su igual. Examinándolo,
pues, con recto orden, entre los irracionales se encuentran
enjambres, rebaños, crías de pollos y unos como amores, porque
desde luego se ve en éstos una misma alma y en lo más noble existe
con más extensión aquella fuerza unitiva, cual no la tienen las
plantas, ni las piedras, ni los leños.
Entre los
racionales se hallan poliarquías, amistades, familias y comunidades,
y en tiempo de guerra confederaciones y suspensión de armas. Entre
aquellas sustancias que son más perfectas, aunque en algún modo
disten entre sí, subsiste cierta unión, cual es la de los astros;
de suerte que el mayor grado de bondad sobre lo perfecto pudo
conciliar entre ellos mismos por separados que se hallen esta gran
simpatía. Ve, pues, ahora lo que pasa: que solas las sustancias
intelectivas no reconocen al presente esta mutua afición y recíproco
asenso; en ellas solas no se ve esta conspiración de voluntades; mas
sin embargo de que pretendan huir, se verán coger por todas partes,
porque siempre vence la Naturaleza. Y tú comprenderás ser así,
observando lo que yo digo.
En efecto, más
fácilmente uno hallaría algún cuerpo terreno sin tocar en nada de
lo que es tierra que un hombre segregado enteramente de todo otro
hombre.
Lleva su fruto el hombre, lleva el suyo Dios y el
mundo, y cada uno de ellos lo da a su tiempo y sazón. Y aunque el
uso común de hablar ha contraído principalmente esta locución a la
vid y otras plantas semejantes, esto no hace contra lo que decimos.
La razón lleva también su fruto, que, siendo común a todos, al
mismo tiempo es peculiar de ella, y de la misma nacen otros frutos
tales, cual es la razón que los produce.
Si tú puedes,
enseña de nuevo al que peca; si no te es posible, acuérdate que a
este fin se te dio la clemencia, y que aun los mismos dioses se
muestran benignos con tales personas, y en ciertas cosas también les
dan la mano ayudándoles en lo que mira a la salud, a la riqueza y a
la gloria: tan buenos son como todo eso: tú puedes hacer otro tanto,
y si no, dime: ¿quién te lo impide?
Sufre el trabajo, no
creyendo que por esto seas un infeliz, ni pretendiendo de esta suerte
que te compadezcan o te admiren; antes bien, apetece una sola cosa,
que es tomar la fatiga y desistir de ella como y cuando lo exige la
razón de estado y bien público.
Hoy me eximí de toda
molestia, o por mejor decir, sacudí de mí todo enfado, visto que el
mal no estaba fuera, sino en mi interior modo de Opinar.
Todas
las cosas son siempre unas mismas por la experiencia sabidas, de
breve duración en el tiempo, y en la materia asquerosas; tales ahora
todas, cuales eran en tiempo de aquellos que hemos sepultado.
Las
cosas están para nosotros como de puertas afuera, metidas dentro de
sí mismas, sin que sepan nada de sí ni declaren a nadie lo que son:
luego ¿quién da noticia de ellas? La mente, o sea la parte
principal.
El bien y el mal de un viviente racional y
sociable no consiste en los afectos que percibe, sino en las acciones
que ejecuta, así como su virtud y vicio no está en lo que padece,
sino en lo que hace.
A la piedra arrojada a lo alto no le
perjudica el caer hacia abajo, ni le favorece el subir hacia
arriba.
Recorre por adentro las almas de los hombres, y
verás qué jueces temes y cuales jueces sean de sí mismos.
Todas
las cosas están siempre de muda; tú mismo te hallas también en una
continua alteración y corrupción de alguna de tus partes, y todo el
mundo pasa por lo mismo.
No conviene propalar el pecado
que otro comete.
No es mal alguno la intermisión de una
obra, ni la suspensión del deseo u opinión, aunque sean en cierto
modo una muerte. Repasa ahora las edades de tu vida, por ejemplo, la
niñez, la puericia, juventud y vejez, porque también la mutación
de todas éstas es una especie de muerte. ¿Y en eso qué daño hay?
Vuelve al mismo tiempo a dar una vista a la vida que pasaste bajo el
poder de tu abuelo, después bajo el de la madre y luego bajo el del
padre, y encontrándote con otras muchas diversidades, mutaciones e
interrupciones, pregúntate a ti mismo: ¿qué mal hubo en todas
ellas? Pues de este modo podrás inferir que el fin, el término y la
entera mutación de toda tu vida no es mal alguno.
Da una
vuelta por tu misma mente, por la del universo y de tu prójimo: por
la tuya, para que la puedas hacer justa; por la del universo, para
que reflexiones de quién eres parte; por la del prójimo, para que
sepas si peca por ignorancia o por malicia, y al mismo tiempo te
hagas cargo que no por eso deja de ser tu pariente.
En la
conformidad que tú mismo debes llenar tu lugar en el estado político
del mundo, así también conviene que todas tus acciones ocupen el
suyo en la vida civil y sociable; pues cualquiera de tus hechos que o
de cerca o de lejos no tenga la relación debida al fin común, de
suyo trastorna la vida y no permite que sea uniforme, siendo antes
bien causa de alboroto, como lo es en el pueblo el que separa de la
común armonía a los que son de su facción.
Contiendas y
juegos de niños son lo que pasa entre los hombres; y éstos son
ciertas almas pequeñitas que sobre sus hombros llevan unos muertos;
de suerte que así puede representársenos con mayor viveza lo de la
Necia de Homero.
Acércate a ver la cualidad de la forma,
y separándola de la materia, contémplala atentamente; después
ponte a determinar el tiempo que a todo más podrá naturalmente
subsistir la sustancia así formada y dispuesta.
Has
tenido mil cosas que sufrir a causa de no hallarte satisfecho de tu
alma, haciendo ella lo que correspondía a su natural estado. Pero
baste ya, no incurras más en esa falta.
Cuando otros te
vituperaren, o te aborrecieren o profirieren contra ti cosas de esta
clase, éntrate por el alma de esos tales, penetra su interior y mira
quiénes son al cabo; verás que no conviene angustiarte por lo que
ellos piensen y digan de ti; antes bien, es razón tenerles buena
ley, siendo realmente tus amigos por naturaleza. A más de que
también los dioses les favorecen de todos modos, ya por medio de
sueños, ya por medio de oráculos aun en aquellas cosas por las
cuales ellos van desatinados.
Las cosas del mundo son
siempre las mismas en sus vueltas orbiculares de arriba abajo, de
siglo en siglo. Esto supuesto, o la mente del universo da su impulso
respectivo a cada uno de los efectos, en cuyo caso acepta tú lo
promovido por ella, o de una vez dio el ímpetu general a la
Naturaleza, al cual por consecuencia natural se sigue todo lo demás,
viniendo al cabo a formar un sistema, o sea una serie encadenada de
sucesos, o si no, se habrá de recurrir a los átomos o cuerpos
indivisibles como a principios del universo. Por último, si hay
algún dios, todo va bien; si sucede todo fortuitamente, no debes tú
obrar con temeridad habiendo de cubrimos dentro de poco la tierra, la
cual después se convertirá en otra cosa, y ésta, procediendo al
infinito se mudará en otra, y aquella segunda vez en otra, sin
acabar jamás. A la verdad el que considerare el flujo y reflujo de
estas mudanzas y alteraciones, junto con su rapidez, fácilmente
despreciará todo lo perecedero y mortal.
La causa y
Naturaleza universal lo arrastra todo a manera de un torrente
impetuoso. ¡Pero cuán despreciables son estos políticos y
hombrecillos, que según su parecer obran filosóficamente, estando
llenos de presunción! Haz tú alguna vez, oh buen hombre, lo que
ahora exige de ti la Naturaleza, y déjalos. Manos a la obra,
mientras hay lugar para ello, y no mires alrededor si habrá quien lo
sepa. No esperes ver establecida la república de Platón; antes
bien, conténtate con tal que se promueva un poquito la utilidad
pública, ni pienses ser poco fruto de tu trabajo este pequeño
progreso. ¿Quién, pues, es capaz de hacer mudar a estos hombres de
opinión y modo de pensar? o sin que ellos muden. de máximas, ¿qué
otra cosa te puedes prometer que una servidumbre de quien gime y
aparenta obedecer? Ve ahora y tráeme por modelo a un Alejandro, a un
Filipo y a un Demetrio Falereo; ellos se lo verán si han sabido lo
que la común naturaleza quería, y si se gobernaron por su
dirección, porque si fueron unos meros representantes ninguno me
obliga a imitarles. La profesión de la filosofía es sencilla y
digna de veneración, no entienda alguno que yo me pago de la vana
soberbia.
Haz por contemplar como desde lo alto la
infinidad de rebaños, las innumerables ceremonias en los
sacrificios, todo género de navegaciones, ya en tiempo de borrasca,
ya en tranquilidad, y la diversidad de cosas pasadas, presentes y que
acaban de suceder. Considera también la vida que antiguamente se
pasó bajo el imperio de otros, la que se observará después del
tuyo y la que al presente se hace entre las naciones bárbaras.
Reflexiona igualmente cuántos hay que ni menos tienen noticia de tu
nombre, cuántos te olvidarán muy presto, cuántos quizá de los que
presentemente te alaban muy en breve te vituperarán, y verás cómo
ni la memoria, ni la fama, ni generalmente otra cosa alguna es digna
de alabanza ni estimación.
En lo que proviene
de causa exterior, es necesaria la serenidad de ánimo; y en lo que
nace de un principio interior, es muy del caso la justicia: es decir,
que la intención y la acción tengan sólo por único objeto hacer
bien a la sociedad humana; como que esto es conforme a tu deber
natural.
Muchas cosas superfluas que turban tu paz
interior podrás cercenarlas, consistiendo todas en tu modo de
opinar; y desde luego conseguirás un campo más ancho al desahogo de
tu espíritu con abarcar en tu mente todo este mundo, con traer a la
memoria el siglo en que vives, con meditar la pronta mutación de
cada cosa en particular, reflexionando cuán breve espacio media
desde su principio hasta su ruina, cuan inmenso fue el tiempo que
pasó antes de su generación, y cuán infinita igualmente será la
eternidad que sucederá después. de su disolución.
Todo
cuanto ves perecerá brevemente, y los que lo ven fenecer, también
perecerán muy presto: entonces quedará igual el que fallece al
último de su vejez, con quien muere en agraz.
Considera
las pequeñas almas de los hombres desnudamente; cuál es su
espíritu; en qué cosas han puesto su afición, y por qué motivos
se irritan contra otros, o los honran; cuánta es la vana estimación
de sí mismos cuando determinan perjudicar a alguno vituperándole, o
favorecerle haciéndose lenguas de él.
Cualquiera pérdida
no es otra cosa que una mutación: en esto tiene sus delicias la
Naturaleza universal, que todo lo hace perfectamente. Del mismo modo
ha sido siempre, y eternamente sucederá otro tanto. ¿Pues por qué
dices que desde el principio se hizo todo malamente, y que también
irá mal todo en lo sucesivo? ¿Acaso entre tantos dioses no se halló
jamás fuerza alguna que corrigiese este desorden sino que el mundo
se ha visto condenado a estar en vuelto en males
interminables?
Observa que la pútrida materia que en cada
cosa sirve de basa, viene a ser agua, polvo, huesecillos y sordidez;
si no repara de nuevo que los mármoles son unos callos de la tierra;
el oro y la plata, heces de la misma; el vestido no es más que un
tejidillo de pelos; la púrpura no es otro que un poco de sangre de
cierta especie de concha, y en esta forma todo lo demás: también el
alma del universo es otra tal, que gusta de andar mudándose de unos
cuerpos en otros.
Basta ya de vida llena de calamidades,
lamentos. y fingidas adulaciones. ¿Por qué te turbas? ¿qué cosa
de éstas te llega de nuevo? ¿qué te saca de juicio? ¿Acaso la
forma? Vela ahí; mírala bien. ¿Por ventura la materia? Aquí está,
examínala a fondo: fuera de esto nada más hay. Pero ya es tiempo
que alguna vez seas más sincero y de mejor correspondencia con los
dioses; siendo lo mismo el haber inquirido semejantes cosas por cien
años o por tres.
Si es que alguno ha delinquido, en eso
está su mal; pero quizá no pecó: y así suspende el juicio.
O
todo cuanto dimana de un principio intelectivo se comunica después
al mundo como a un cuerpo, y en esta suposición no debe parte alguna
quejarse de lo hecho en utilidad del universo; o bien los átomos son
la causa principal, y entonces no será el mundo otro que una
conmixtión y mera dispersión. ¿Pues por qué te aturdes? ¿Acaso
dices a tu alma. que está muerta y corrompida, que dice uno y hace
otro, que vive y se alimenta brutalmente, y convierte en fiera?
O
los dioses no pueden nada, o pueden algo: pues si no pueden, ¿a qué
fin les ruegas? y si pueden, ¿por qué no les suplicas más bien que
te concedan el no tener algunos de éstos que se llaman males, el no
desear alguno de éstos, que se reputan por bienes, el no sentir pena
en alguna de esas que se tienen por adversidades, antes que pedirles
que no suceda o suceda alguna de estas cosas? Porque si tienen poder
absoluto para favorecer a los hombres, también en esto pueden
ayudarles. Pero acaso dirás, que los dioses pusieron esto en tu
mano. Pues qué, ¿no será mejor que te aproveches con entera
libertad de lo que tienes a tu mando, antes que con servidumbre y
vileza de ánimo irte tras lo que no está a tu disposición? ¿Y
quién te dijo que los dioses no nos dan ayuda en lo que depende de
nuestra libertad? Comienza, pues, a suplicarles acerca de estas
cosas, y lo verás. Éste les pide: ¿cómo conoceré la tal persona?
Suplícales tú: ¿cómo haré para no desear el trato con ella? El
otro encamina sus ruegos para que le den manera como verse libre de
la tal cosa; pídeles tú, ¿de qué medio me valdré para que no sea
necesario el libertarme de ella? El de más allá hace sus súplicas
para que no se le muera su hijito; pídeles tú: ¿cómo haré para
no temer el perderlo? En suma, haz en esta forma tus oraciones y
dirígelas a ese fin, y observarás cuánta utilidad te
redunda.
Dice Epicuro: «Yo, en mis enfermedades, no
empleaba mis discursos sobre aquellos males que padecía en mi
cuerpo; ni introducía tales pláticas, afirma él mismo, con los que
me visitaban, sino que lo pasaba examinando físicamente las causas
que habían antecedido a mis indisposiciones, dedicándome también
más particularmente a ver cómo mi alma, participando de los
movimientos y dolores del cuerpo permaneciese imperturbable,
conservando su propio bien. Ni tampoco me sujetaba, dice, a
prevenirme de médicos, como quienes pueden algo; antes bien sin este
recurso la vida se alargaba fácil y felizmente.» Haz, pues, lo
mismo que aquél en su enfermedad, caso que enfermares y te vieres en
cualquier otro estado de aflicción. Porque el no abandonar las
máximas filosóficas en cualquiera suceso posible, ni el hacer
argumentos fútiles a un idiota e ignorante de la naturaleza, es
dogma común a toda secta, para estar sólo atento a lo que
presentemente se hiciere, y valerse del instrumento con que lo
ejecutare.
Cuando te vieres ofendido con la insolencia de
alguno, pregúntate al instante: Pues qué, ¿es posible que en el
mundo deje de haber desvergonzados? No pueden faltar; según eso, no
pretendas imposibles, porque ese tal es uno de aquellos insolentes
que forzosamente se encuentran en el mundo; y esta reflexión tenla a
la mano, por lo que mira a un tramposo, a un fementido, y a
cualquiera hombre perverso y malo. Porque lo mismo será acordarte
que no puede faltar en el mundo esta maligna raza de hombres, que
empezar a estar de mejor ánimo para con cada uno en particular.
También conduce mucho el que al punto pienses con qué género de
virtud dotó la Naturaleza al hombre, para evitar el tal desorden,
porque dio la mansedumbre como antídoto contra el hombre tonto, y
contra otro defecto otra cierta virtud. En suma, tienes en tu mano el
dirigir al prójimo que vivió extraviado; en el supuesto de que todo
el que peca, yerra el blanco propuesto y anda perdido. Y qué, ¿por
eso te hizo daño? Pues no hallarás que alguno de estos contra
quienes te irritas haya hecho cosa tal con que tu espíritu se
pudiese empeorar; luego sólo consiste tu mal y agravio en ese juicio
errado. ¿Mas qué mal o qué cosa extraña es si un ignorante hace
lo que es propio de un necio? Mira tú no sea que con mucha más
razón merezcas ser reprehendido, por no haberte hecho la cuenta que
un hombre tal podía haber faltado en la tal cosa, y más que tenías
motivos bien fundados, para sospechar que era probable el que ese
mismo hubiese cometido un delito semejante, y sin embargo de que te
has olvidado de eso, te maravillas si el otro delinquió. Lo más
principal consiste en que cuando acuses a uno de infiel e ingrato, te
reconvengas a ti mismo, puesto que evidentemente es tuya la culpa, o
bien porque creíste de quien tenía tal disposición que te
guardaría fidelidad, o bien porque haciéndole tú una gracia, no se
la hiciste puramente con el fin de hacerle bien, ni de manera que en
sola la acción de favorecerle ya dieses por percibido todo el fruto
y logrado todo tu interés. ¿Y qué más quieres beneficiando al
hombre? ¿No te basta esto sólo? ¿No has obrado conforme a tu
naturaleza? ¿Y aun de esto mismo pretendes la paga? Esto viene a ser
lo propio que si los ojos pidiesen recompensa porque ven, o los pies
porque caminan; pues así como estos miembros fueron hechos con el
fin único de que ejerciendo sus funciones respectivas tuviesen en
eso solo su premio, del mismo modo el hombre, habiendo nacido para
hacer bien, cuando lo hubiere practicado o de otra suerte hubiere
cooperado a la utilidad pública, en esto cumplió con aquello para
que fue naturalmente criado y en ello mismo ya recibió su galardón.
LIBRO X
¿Si llegarás
alguna vez, oh alma mía, a ser buena, sencilla, uniforme, sin rebozo
y más patente a los ojos de todos que ese cuerpo de que estás
vestida? ¿Si al cabo empezarás a tener gusto en la benevolencia y
sincero amor para con todos? ¿Si algún día te hallarás satisfecha
y sin necesidad de nada, no deseando ni codiciando cosa alguna, ni
animada, ni menos inanimada, para el goce de tus delicias, no
apeteciendo tiempo en que pudieses disfrutarlas más a la larga, no
suspirando por país, región, cielo benigno, ni compañía de
hombres más adaptada a tu genio? ¿Si vivieras contenta con tu
presente situación, tendrás placer en el estado actual de las cosas
y te persuadirás a ti misma que nada te falta, todo te va bien y que
viene de la mano de los dioses: que cuanto a éstos pluguiere será
bueno, que cuanto dispensaren conducirá a la salud y prosperidad de
este mundo animado, de este viviente intelectivo, perfecto, bueno,
justo, hermoso; principio que produce todas las cosas, las contiene,
abraza y recoge para hacer de las mismas, después que se disuelvan,
otras semejantes? ¿Si, por último, vendrás a ser tal, que hagas
una vida tan conforme con los dioses y los hombres que no tengas
motivo alguno para quejarte de ellos, ni des causa para que ellos te
condenen?
Observa lo que tu naturaleza exige de ti, en
cuanto es dirigida por sólo la naturaleza vegetativa, y después
hazlo y no lo rechaces, a no ser que se haya de empeorar tu misma
naturaleza en cuanto ella es sensitiva. Con igual orden debes
observar lo que pretende de ti la Naturaleza considerada como
sensitiva, no rehusando nada de esto, si es que no se ha de seguir
menoscabo a tu naturaleza en cuanto es racional; y claro está que lo
racional también es sociable. Valiéndote, pues, de estas reglas, no
te dé cuidado lo demás.
Todo lo que acontece, o sucede
en tal conformidad que hayas nacido para llevarlo, o de tal suerte
que no seas hombre para tolerarlo. Ahora bien; si acaece de tal modo
que puedas sufrirlo naturalmente, no te enfades, antes bien,
sopórtalo según alcancen tus fuerzas naturales; pero si sucede de
tal manera que no seas capaz de aguantarlo naturalmente, no te
molestes por eso, porque después que te haya consumido, también
acabará consigo. Con todo, ten bien presente que estás dotado de
una virtud natural para llevar todo aquello que en tu modo de opinar
consiste el hacerlo soportable, aunque sea insufrible, juzgando, o
que te conduce o que es de tu obligación el que así lo hagas.
Si
tu prójimo deslizase, procura amonestarlo amigablemente y hacerle
ver la fragilidad en que ha incurrido. Pero si no te es posible el
reducirlo, échate a ti mismo la culpa de tu poca habilidad, o quizá
ni aun a ti mismo tendrás por qué echarte culpa alguna.
Todo
lo que te va aconteciendo, eso mismo se te había dispuesto desde la
eternidad; y es, que la encadenada serie de causas fatales desde el
principio entretejió con tu existencia aquellos acontecimientos.
O
bien dominen los átomos, o la Naturaleza gobierne todas las cosas,
dese por asentado: primeramente, que yo soy una parte del universo
dirigido. por la Naturaleza; en segundo lugar, que yo tengo un cierto
vínculo y parentesco con las otras partes que son de mi mismo
género. Porque yo, acordándome de esto, en cuanto me considerare
como una parte, no me avendré mal con cosa alguna de las dispensadas
por el universo; puesto que no es nocivo a la parte aquello que
conduce al todo, ni tampoco el todo tiene cosa que a él mismo no le
sea útil. Siendo esto común a todas las naturalezas particulares,
las excede la del universo en no verse precisada por causa alguna
exterior a producir cosa que sea perjudicial a sí misma. Según eso,
con traer a la memoria que soy una parte de un tal universo, abrazaré
gustosamente todo lo que suceda, y en cuanto me reputo con cierta
estrecha correlación con las otras partes, que son de mi mismo
linaje, no ejecutaré nada contra el derecho público; antes bien,
miraré por los de mi especie, y dirigiré todos mis intentos hacia
lo conduncente a la utilidad común, y me retraeré de todo lo que
sea contrario a este fin. Ejecutando esto así, es necesario que la
vida sea feliz y del modo mismo que si te imaginases la próspera
vida de un ciudadano el cual llevase por delante el poner por obra
las acciones convenientes a sus conciudadanos y aceptase con placer
el encargo a que le destinare la ciudad.
Es necesario que
se corrompan y perezcan las partes del universo, aquellas digo que se
contienen en el ámbito del mundo; pero esto podrá decirse con más
propiedad de su alteración y mutación. Digo yo ahora: si esto
siendo también necesario, fuese al mismo tiempo un mal para aquellas
partes, no le iría muy bien al universo, cuyas partes estuviesen
siempre de muda y de mil modos dispuestas a su ruina y perdición.
¿Acaso la Naturaleza intentó tratar tan malamente a sus mismas
partes, haciéndolas tales, que no sólo estuviesen expuestas a
incurrir en el mal, sino que por necesidad hubiesen de caer en él o
le salieren hechas así, sin que lo echase de ver? Uno y otro es
inverosímil Pero si alguno, no tomando en boca el nombre de
naturaleza, nos quisiese explicar el enigma con decir que esa es la
esencia y condición de las partes, ¿no sería una cosa
verdaderamente ridícula que al mismo tiempo que nos dijese ser de
esencia de las partes el mudarse, juntamente se maravillase y llevase
a mal la mutación, como cosa acaecida contra el orden de la
Naturaleza? Especialmente siendo también el fin de la disolución
que se vuelvan a los mismos principios de que cada uno
constaba.
Porque en esto de perecer las cosas, o sólo
interviene una dispersión de aquellos elementos de los cuales se
habían compuesto, o una conversión de la parte sólida en tierra y
de la espiritosa en aire de manera que las cosas sean otra vez
restituidas a las razones seminales y principios del universo; ahora
sea verdad que éste, después de un cierto período y revolución de
años, haya de perecer por un incendio, ahora que deba ser renovado
con una perpetua serie de sucesiones. Mas no te imagines que lo
sólido y espiritoso de que hablamos haya durado en cada cosa desde
su generación, porque todo esto es cosa de ayer o antes de ayer;
cosa, que por medio del alimento y respiración del aire ha
conseguido incorporarse con los vivientes: así que sólo se muda
aquello que se advirtió después, no lo que la madre dio a luz. Y
aun dado por supuesto que aquello te una en sumo grado a su peculiar
cualidad, sin embargo juzgo que no obstará a lo que acabo de
decir.
Después que tú mismo hubieres adquirido los
nombres de bueno, modesto y verídico, de prudente, condescendiente y
magnánimo, mira bien no mudes jamás de nombre; y si por tu culpa
perdieres los dichos dictados, vuelve a recobrarlos con prontitud.
Pero debes tener presente que el nombre de prudente quería
significarte que procurases una exacta inteligencia y continua
atención en cada cosa; el de condescendiente te exhortaba a una
voluntaria admisión de todos los sucesos que fueren dispensados por
la Naturaleza universal; el de magnánimo te movía a una elevación
de ánimo sobre los movimientos suaves o ásperos del apetito
sensitivo, sobre la vana gloria, la muerte y cuanto fuere de este
jaez. Pues si te conservares en la justa posesión de estos títulos,
no anhelando que otros te llamen con ellos, serás otro hombre y
pasarás a otro género de vida. Porque en realidad el querer aún
ser tal cual has sido hasta aquí, y permanecer lacerado y
contaminado en una vida de esta clase, es propio de un hombre
demasiadamente insensato y con exceso amante de su vida, y muy
parecido a los toreros o bestiarios medio comidos de las fieras; los
cuales estando llenos de heridas y de sangre, con todo piden con
mucha instancia que los reserven vivos hasta el día siguiente, para
ser otra vez echados a las mismas garras y presas.
Procura,
pues, poner todo tu gusto en la adquisición de, estos pocos nombres;
y caso que puedas mantenerte en la posesión de ellos mismos,
permanece constante, como quien ha sido llevado y colocado en las
Islas Fortunadas. Mas si conocieres que te va faltando el ánimo y
que no te es posible salir con la empresa, vete con valor y retírate
con denuedo a algún rincón, en donde podrás hacer algo; o lo mejor
será que te salgas de una vez de la vida, no con cólera o despecho,
sino como quien tal no hace: con desembarazo y buen modo, ejecutando
siquiera esta sola proeza en tu vida, con salir en tal conformidad
del mundo. No obstante, para recuerdo de los nombres mencionados te
servirá mucho la frecuente memoria de los dioses, y que éstos no
quieren ser adulados, sino que todos los racionales se les hagan
semejantes en el proceder; no olvidándote que haciendo la higuera lo
que es propio de la higuera, el perro lo lo que es peculiar al perro,
la abeja lo que es privativo de la abeja, estará el hombre
igualmente obligado a cumplir con el deber de hombre.
La
comedia, la guerra, la consternación, el estupor, la servidumbre, de
día en día irán borrando en ti aquellos dogmas sagrados que tú,
siendo dado al estudio de la Naturaleza, ibas concibiendo y
depositando en tu mente; por cuya razón conviene que en todo
premedites y obres de manera que al mismo tiempo que se perfeccione
la vida activa, juntamente se ejercite la contemplativa; y la propia
satisfacción, nacida de ver que todo lo entiendes, se conserve,
disfrazándola con modestia, no ocultándola con misterio; pues
entonces hallarás gusto en la simplicidad, entonces tendrás
fruición en la gravedad, entonces te complacerás en el conocimiento
de cada cosa particular; entendiendo cuál es según su esencia, qué
región habita en el mundo, cuánto tiempo podrá naturalmente
subsistir; de qué partes. está compuesta, a quién puede caber en
suerte, quiénes por fin son dueños de darla y quitarla.
La
araña queda muy ufana, habiendo cazado una mosca; también el otro
está muy hueco, habiendo seguido una liebre; el otro, que pescó en
la red un arenque; el otro, que cogió unos jabalíes; el otro, unos
osos; el otro, por fin, que cautivó algunos sármatas. ¿Acaso no
reputarás a éstos por unos ladrones, si examinares atentamente sus
máximas?
Procura adquirir el método de contemplar cómo
todas las cosas se van mudando las unas en las otras: dedicate
siempre a esto, y ejercítate con frecuencia en semejante punto de
meditación, puesto que nada conduce tanto al logro de la
magnanimidad. Y, en efecto, el que hiciere la reflexión de que
cuanto antes será forzoso desamparar todas las cosas, dejando la
compañía de los hombres, abandonará su cuerpo, entregándose todo
a la justicia en cuanto debe ejecutar por sí, y dejándose gobernar
por la Naturaleza universal en los demás acontecimientos, ni menos
le vendrá al pensamiento qué dirá el otro, qué sospechará, o qué
hará contra él, viviendo satisfecho con estas dos cosas: con obrar
con rectitud lo que hubiere de hacer por entonces, y abrazar con
resignación lo que al presente le tocare en suerte. Finalmente,
separándose de todas las otras ocupaciones y cuidados, no apetecerá
otra cosa más que ir derechamente en pos de la ley y seguir a Dios;
que siempre guía por un camino recto.
¿A qué viene la
desconfianza y sospecha, teniendo a mano el averiguar bien lo que
debes hacer? Pues caso que lo descubrieres claramente sigue por ese
camino de buen ánimo y con constancia; mas si no llegares a
conocerlo, haz alto allí, y válete de los más hábiles consejeros;
y si aun te ocurrieren otras dudas, procura, según las
circunstancias presentes, llevar adelante con prudencia tus
determinaciones, sin desviarte jamás de lo que te pareciere justo;
porque no hay cosa mejor que conseguir lo que es conforme a justicia.
Además de que al hombre a quien no le saliesen bien sus intentos
siguiendo en todo la razón, le sería fácil juntar con la quietud
la pronta expedición en el obrar, y con la vida alegre la moderación
en sus costumbres.
Al punto que te despertares pregúntate
a ti mismo: ¿por ventura te interesará si otro ejecuta acciones
justas y buenas? No me resultará utilidad. ¿Acaso te has olvidado
de que esos mismos se ensoberbecen con las alabanzas de otros y se
aterran con los vituperios? ¿Qué tales son en sus lechos, qué
tales a sus mesas? ¿Qué cosas hacen, de cuáles huyen, cuáles
pretenden? ¿De qué manera roban, de qué modo arrebatan, no sólo
con las manos y los pies, sino con lo que es más respetable en ellos
mismos, a cuyo cargo está siempre que quisiere el guardar la fe, la
modestia, la verdad, la ley y la bondad de su conciencia?
El hombre bien
educado y de moderación dice a la Naturaleza, que todo lo dispensa y
todo lo recupera: Dame lo que gustares y vuelve a tomarte lo que
quisieres. Ni esto lo diría con altanería, antes bien con ánimo
rendido y benévolo hacia la misma.
El tiempo que te resta
de vida es poco; vívelo como si te hallares en una montaña; porque
lo mismo es vivir allí que vivir aquí, con tal que en cualquier
lugar viva uno en el mundo como en su ciudad. Vean los hombres y
reconozcan en mí un hombre que lo es de veras, viviendo según la
Naturaleza si no me pueden sufrir, que me maten, puesto que vale más
morir que vivir como ellos quieren.
De hoy más, déjate
absolutamente de disputar cuál conviene que sea un hombre bueno,
sino procura ser tal en realidad.
Piensa con frecuencia en
el todo de una eternidad y de la Naturaleza universal: reflexiona
también que todas estas cosas, particulares por lo respectivo a su
ser, no montan un comino; por lo tocante a su duración, son un abrir
y cerrar de ojos.
Parando la consideración en cada cosa
que se te presente, podrás comprender que ella misma se va ya
disolviendo y mudando; como que también la es propio el pudrirse y
disiparse, o que de algún modo casi el morir la es natural.
Observa
qué vienen a ser los hombres cuando comen, duermen, tienen acceso,
hacen deposición y ejecutan otras funciones de esta clase. Mira
después cuáles son mandando a otros, engriéndose, enfureciéndose
y reprendiéndolos con superioridad. Reflexiona a cuántos
obsequiaban poco antes, y con qué miras tan viles los servían; por
último, en qué vendrán a parar poco después.
A cada
uno es útil aquello que la Naturaleza del universo le dispensa, y
entonces le es conducente cuando aquélla se lo da.
La
tierra árida desea la lluvia; el aire recio apetece lo mismo;
también el mundo anhela poner por obra lo que se ha de hacer. Digo,
pues, hablando con el mundo: yo amo lo que tú amas. ¿ Acaso eso no
es así, y no se dice vulgarmente que esto o aquello ama ser
hecho?
O bien que hayas siempre de vivir aquí, y entonces
ya estás hecho a esta vida, o bien que te salgas fuera, y esto ya lo
deseabas, o bien que te mueras, y con eso has cumplido con tu
ministerio. Fuera de esto nada más hay: con que así, prosigue de
buen ánimo.
Ten siempre por cosa cierta y averiguada que
lo mismo es el campo que cualquiera otro lugar, y que las mismas
conveniencias logra el que vive aquí, que el otro que pasa la vida
en la cumbre de un monte o en la orilla del mar o en donde más le
diere la gana. Sin disputa alguna hallarás ser verdad lo que decía
Platón: «Que un sabio del mismo modo está encerrado dentro los
muros de una ciudad que lo está un pastor dentro del redil de su
majada.»
Mi alma ¿qué viene a ser para mí, y cuál me
la finjo yo al presente? Y al cabo, ¿qué uso hago de ella ahora?
¿Acaso está falta de entendimiento? ¿Por ventura se ve separada y
arrancada de la común sociedad? Y en suma, ¿se halla tan
íntimamente unida y mezclada con la vil carne, de modo que vaya a
una con ella y la siga?
El que huye de su señor es un
desertor; es así que la ley es la señora, luego también será
desertor el que la traspasa. Igualmente quebranta la ley el que se
queja, o se irrita, o teme, porque no quisiera hubiese sido hecho, se
hiciese o hubiese de hacerse algo de lo ordenado por aquel que
gobierna todas las cosas; el cual es la misma ley, que reparte con
justicia lo que corresponde a cada uno: luego el que vive con temor,
el que se aflige y el que se enoja, ése es un desertor, o sea un
fugitivo.
Habiéndose ausentado el que dejó el semen en
la matriz, y tomándolo después otra causa, fabrica de ello el feto
y lo lleva a su perfección. ¡Qué bello efecto de causa tan vil! Al
embrión ya formado da la madre el alimento que pasa por el esófago,
y después recibiéndolo otra causa, produce en ese mismo el sentido
y movimiento; en suma, la vida, fuerzas y lo demás. ¡Cuántas y
cuán admirables cosas! Son, pues, dignos de contemplar estos arcanos
que tan en secreto obra la naturaleza, y observar en igual
conformidad su virtud productiva; así como miramos la fuerza, que
lleva abajo o arriba las cosas materiales, no con los ojos del
cuerpo, pero no por eso con menor evidencia y claridad.
Con
la frecuente reflexión de que todas las cosas en cierto modo han
sido tales antes de ahora cuales existen al presente, podrás también
formar juicio de las futuras, y ponerte a la vista los dramas enteros
y las escenas uniformes, teniendo conocimiento de cuanto has
adquirido por la experiencia y aprendido de la historia antigua: por
ejemplo, toda la corte de Adriano, la corte entera de Antonino, toda
la corte de Filipo y de Creso; porque todas ellas eran muy
semejantes, diferenciándose solamente por los distintos personajes
que entonces representaban.
Imaginate que todo aquel que
se aflige y disgusta por cualquiera suceso, se asemeja a un cerdo
que, llevado al matadero, cocea y gruñe mucho: semejante al mismo es
también aquel que a sus solas, echado sobre un escaño, llora su
desdicha. Considera también esa cadena fatal a que estamos atados y
que sólo a los racionales se les dio la facultad de acomodarse
voluntariamente a los acontecimientos, siendo así que es necesario a
todos el seguirla absolutamente.
Parando la consideración
en cada cosa particular de las que intentas, examínate a ti mismo si
te sería muy sensible la muerte porque te privase de
ejecutarla.
Cuando te chocare la falta de alguno, al
punto, vuelto sobre ti, reflexiona si tú cometes algún error
semejante; por ejemplo, juzgando que la plata, que el deleite, que la
gloria mundana y otras cosas de esta especie sean un bien verdadero;
porque añadiéndose a esto que el otro, habiendo incurrido en igual
ignorancia, obra por fuerza, al instante echarás en el olvido tu
enojo. ¿Pues qué otra cosa podría hacer? a no ser que tú
procurases libertarlo de la violencia, si te fuese posible.
Viendo
a Satirón el Socrático, imagínate ver a Eutiques o a Himeno; visto
a Eufrates, idéate ver a Eutiquión o a Silvano; cuando veas a
Alcifrón, representate que ves a Tropeoforo; habiendo visto a
Jenofonte forma la idea de que ves a Critón o a Severo, y cuando
vuelvas sobre ti los ojos, represéntate en la imaginación alguno de
los Césares: finalmente, imaginándote en cada uno otro semejante,
luego te ocurrirá al pensamiento: ¿en dónde paran esos ahora? En
ninguna parte del mundo, ¿o qué sé yo adónde están? Porque de
esta manera verás de continuo que las cosas humanas son un poco de
humo y un nada; particularmente si te hicieres la reflexión que lo
una vez pasado no volverá ya por toda una eternidad. Tú, pues,
¿cuánto tiempo vivirás? Bien poco. Pero ¿por qué no te contentas
con vivir ese poco tiempo con la perfección que corresponde? ¡Oh!
¡cuán bella y oportuna ocasión te dejas perder! ¿Pues qué otra
cosa más son todos estos sucesos humanos que un ejercicio de la
razón, que ha visto ya con toda exactitud y contemplado sobre la
naturaleza de las vicisitudes de la vida? Según eso, persiste en
estas reflexiones hasta que te las hagas familiares, como un estómago
robusto abraza todo género de comida, o como un grande fuego reduce
a llama y resplandor todo cuanto le arrojares.
Cuida que
ninguno pueda decir con verdad de ti que no eres un hombre ingenuo o
que no eres hombre de bondad; antes bien, engáñese o mienta
cualquiera que acerca de ti pensare o dijere alguna de estas dos
cosas. Todo esto pende de ti. Porque ¿quién te impide el ser bueno
y sincero? Forma únicamente el juicio de que no te conviene vivir a
no ser tal, puesto que la razón no dicta que, siendo otro, debas
vivir.
¿Qué es lo que con más acierto se puede hacer o
decir en este negocio particular? A la verdad, sea eso lo que se
fuere, tienes en tu mano el hacerlo o decirlo; y no pretextes que te
lo impiden. Ni dejarás antes de gemir, hasta tanto que puedas verte
en tal disposición de ánimo, que en cualquier caso y circunstancia
ocurrente te sea igualmente gustoso el cumplimiento de los oficios
propios de la condición humana, cual lo es la vida muelle a quien se
entrega a los deleites; porque debe servirte de complacencia el
ejecutar todo aquello que te es posible según tu propia naturaleza,
en la inteligencia de que en todo tiempo y lugar te es permitido.
Pues al cilindro no se le da la propiedad de tener su movimiento en
cualquier sitio, ni al agua, ni al fuego, ni a otra cosa alguna, la
cual sea gobernada por su propia naturaleza o por una alma
irracional, siendo en realidad muchos los obstáculos que las
contienen y se oponen. Pero el alma racional puede pasar por sobre
todo impedimento, y en tal modo hacer libremente su carrera, como
exige su naturaleza y como ella quiere. Poniéndote delante de los
ojos esta facilidad, con la cual el alma podrá vencer y pasar por
encima de todo óbice, así como el fuego sube hacia arriba, como la
piedra desciende hacia abajo y como el cilindro rueda por un terreno
declive, no inquieras ya Otra cosa más.
Porque los demás
obstáculos, o son respectivos a tu cuerpo, a ese cadáver animado; o
son de suyo tales, que sin una falsa persuasión y sin un asenso
libre de la razón, ni lastiman ni hacen otro mal alguno; y a no ser
así, al momento se haría malo el que los padeciese, visto que en
las otras obras naturales o artificiosas cualquiera daño que
sobrevenga a alguna de ellas, por eso empeora a quien lo recibe. Mas
entonces, si se pudiese decir así, se mejora el hombre, y es más
digno de loor haciendo buen uso de las adversidades acaecidas. En
suma, acuérdate que aquello que no perjudica a la ciudad no hace
daño a su ciudadano natural, y que no daña a la ciudad aquello que
no es nocivo ni contrario a la ley, ni alguno de estos que llaman
infortunios perjudica ni es contra la ley; luego aquello que no causa
detrimento a la ley ni a la ciudad ni al ciudadano podrá
dañarles.
A un hombre bien imbuido en las máximas
verdaderas de la filosofía, le basta la menor palabra y la más
vulgar para recordarle y exhortarle a la permanencia de un ánimo
libre de toda inquietud y temor, por ejemplo, las siguientes palabras
de Homero: «Unas hojas al árbol quita el viento / Y otras le
restituyen primavera. / Nacen unos por turno y otros mueren.»
Y
en realidad hojas vienen a ser tus hijuelos; igualmente son hojas
esos hombrecillos que, teniéndose por hombres de crédito, celebran
y divulgan la fama de otros; o por el contrario, los llenan de
improperios o los vituperan en secreto y motejan; del mismo modo son
hojas los que han de ser tus panegiristas en la posteridad; porque
todo ello son hojas que lleva la primavera y que después el viento
echa por tierra; en cuyo lugar la selva produce después otras,
siendo común a todas una duración momentánea. Pero tú huyes o
pretendes todas las cosas como si hubieran de ser eternas, habiendo
también de cerrársete presto los ojos y que por fin otro llorará
la muerte de aquel que te hubiese llevado al sepulcro.
El
ojo sano debe ver todo lo visible y no decir: Yo sólo quiero ver lo
verde; porque esto es propio del que es pitarroso: también es
necesario que el oído y el olfato estén prontos a percibir
cualquier sonido y olor; y el estómago robusto no menos debe estar
dispuesto a todo género de comida que lo está la muela hecha con el
fin de moler cuanto la echaren. Así también conviene que el alma
sana se halle preparada a recibir todo lo que la suceda; pues la que
dijere: Yo quisiera la salud de los hijos y que todos alabaran cuanto
hiciese, será muy parecido al ojo que solamente busca lo verde, o a
los dientes. que únicamente quieren cosas tiernas y
delicadas.
Ningún hombre hay tan afortunado que al morir
no tenga a su lado quien se alegre del mal que le sucede. Y aunque
haya sido hombre bueno y sabio, ¿dejará acaso de haber al cabo
quien contra el mismo diga: Finalmente, podremos ya respirar libres
de este pedagogo: en realidad, con ninguno de nosotros era rígido;
antes bien, noté que nos reprendía con ánimo plácido? Esto, pues,
se suele decir de un hombre bueno; pero por lo que mira a nosotros,
¡cuán otros son los motivos por los cuales no pocos desean verse
libres de nuestra compañía! Pues si estando para morir pensases
sobre esto, te partirías también con un ánimo más plácido,
haciendo el discurso siguiente: Yo me aparto de una vida de tales
circunstancias, que desean que me salga de ella aun aquellos mismos
que vivían conmigo, por quienes yo tanto me afané, hice promesas
por su salud, me desvelé por su bien, esperando ellos con mi muerte
recibir quizá algún alivio. Luego, ¿porqué uno ha de apetecer el
mantenerse por más largo tiempo entre estos tales? Con todo, no por
eso te portas menos propicio para con ellos; antes bien, observando
tu costumbre, muéstrate amigo, benévolo y apacible, y que de
ninguna manera parezca que te arrancan de su compañía, sino que
debe ser de tal suerte la separación como cuando en una buena muerte
el alma se desprende con facilidad del cuerpo. Porque la misma
Naturaleza que te enlazó y unió con ellos, también te suelta
ahora. En fin, me separo de ellos como de mis domésticos, no sacado
con violencia, sino despedido voluntariamente, puesto que esta es
también una de las cosas subsiguientes en la Naturaleza.
En
todo aquello que otro hiciere, acostumbrate, en cuanto te fuere
posible, a examinar para contigo mismo: Este ¿qué fin lleva en eso?
Mas procura empezar por ti mismo, y escudríñate en primer
lugar.
No te olvides que lo que te agita y mueve a manera
de un títere, es una cierta fuerza dentro de ti oculta y
reconcentrada: esta fuerza, que pende del resorte de las propias
pasiones y aficiones, es para nosotros la elocuencia que persuade, es
la vida que nos tira, es, si se puede decir así, todo el hombre.
Jamás quieras juntar con esta idea del hombre la idea del cuerpo,
vaso que contiene dentro de sí el alma; ni la idea de los miembros,
instrumentos alrededor del alma fabricados; porque son muy parecidos
a la azuela y sólo diferentes en cuanto ellos nacieron con nosotros
a nuestro lado. Siendo así que todos estos miembros sin el alma,
causa que los mueve y da vigor, no tendrían otro uso del que tiene
la lanzadera para la tejedora, la pluma para el escribano y el látigo
para el cochero.
LIBRO XI
Las propiedades del
alma racional son: que ella se vea a sí misma, que se componga a sí
propia y haga cual ella quiere; que coja el fruto que ella misma
lleva (siendo así que otros recogen el fruto de las plantas y lo que
hace veces de fruto en los animales); que ella, por fin, en
cualquiera parte que acabare la carrera de su vida, llegue siempre a
su término. Pues no se debe discurrir del alma como de la danza, de
la representación y otras cosas semejantes, en las cuales quedaría
de suyo imperfecta toda la acción si se cortase e interrumpiese en
algo, sino que en todas partes y en cualquier lugar que la
sorprendiere la muerte, puede plena y perfectamente cumplir con el
encargo que se le había cometido, de modo que siempre podrá decir:
a mí nada me falta de lo que me pertenece. A más de esto, el alma
corre y da vuelta a todo el universo; contempla el estado vacío o
imaginario que le rodea; ve la figura del mundo; extiende su
consideración hasta lo infinito de la eternidad; comprende la
generación periódica, o sea palingenesia de todas las cosas del
universo, y la considera; entiende con toda claridad que ni los
venideros verán cosa nueva, ni los antepasados vieron más que
nosotros ahora, porque en cierto modo el que haya vivido cuarenta
años, por poco entendimiento que hubiese tenido y meditado en los
sucesos, pudo haber formado concepto de todo lo pasado y lo venidero,
según que es la uniformidad de lo uno con lo otro. Finalmente, es
propio del alma racional la caridad para con el prójimo, la verdad,
la modestia, no anteponer nada a sí misma, lo cual también es
peculiar de la ley: de ahí se colige que la recta razón del alma en
rigor no se diferencia de la razón legítima de la
justicia.
Menospreciarás la cantinela más deleitable al
oído, el baile, el pancracio o juego de la palestra, si en la voz
sonora hicieres la división de sus tonos particulares, y en cada uno
te preguntares a ti mismo: ¿Acaso es esto lo que me encanta y lleva
tras sí? Pues sin duda te avergonzarías confesarlo. Si por lo que
mira al baile hicieres otro tanto en cada movimiento y gesto
particular del cuerpo; y lo mismo a proporción por lo que toca al
juego de la palestra. Así que en todo, menos en la virtud y en las
acciones virtuosas, acuérdate volver con la consideración a las
partes tomadas por sí, y con la división de ellas podrás llegar a
conseguir su desprecio. Finalmente, haz la traslación de esto mismo
a toda tu vida.
¿Cuál es aquella alma que se hallará
pronta a desprenderse del cuerpo, si al momento la fuere necesario, o
bien sea para extinguirse, o bien para disiparse, o bien para
subsistir después? Pero esta prontitud debe ser tal, que provenga de
la cordura del propio juicio, no de una mera obstinación, como se ve
en los cristianos; antes bien, de una reflexión madura y gravedad
respetable, de modo que sin ostentación pueda también persuadir lo
mismo a otro.
¿Hice algún beneficio en pro de la
sociedad? Pues ya con eso estoy premiado. Procura siempre tener a
mano esta consideración, y no dejes de ejercitarte en ella.
¿Qué
arte profesas? El de bien vivir. Pero ésta ¿de qué otra suerte se
puede ejecutar mejor, que gobernándose por los preceptos, que parte
miran a la Naturaleza del universo, parte a la constitución propia
del hombre?
Inventóse en primer lugar la tragedia,
instructora de los acontecimientos humanos, con la mira de que los
hombres estuviésemos advertidos de que éstos naturalmente suceden
así, y para que en este gran teatro del mundo no llevásemos
pesadamente aquello mismo que nos serviría de diversión
representado en las tablas: porque sabemos por la experiencia que
todo necesariamente tendrá este paradero, y que toleran eso mismo
aun aquellos que hayan exclamado: ¡Oh Citerón!” Y en realidad los
autores del drama dicen algunas cosas muy útiles, cual es
principalmente aquello: «No sin causa ni razón los dioses /
Desestiman a mí y a mi linaje.» Y en segundo lugar estotro: «El
enojo volver contra las cosas / No es razón, pues de enojos no se
cuidan.» Y esto también: «Se debe a guisa de madura espiga / Una
vida cortar y dejar otra.» Y otras muchas cosas de esta
clase.
Después de la Tragedia se introdujo la Comedia
antigua, la cual tenía una libertad y censura magistral, que sin
rodeo ni rebozo amonestaba no sin provecho a que se evitase la
insolencia y fausto en la vida, para cuyo fin también Diógenes se
solía servir de algunos pasajes de ella. Pasa después a considerar
cuál haya sido la Comedia que llamaron Media, y a qué fin más
adelante sucedió a ésta la Comedia Nueva, la cual poco a poco vino
a parar en la pantomima artificiosa. Ninguno ignora que realmente en
estas representaciones se diga algo que pueda ser útil, por cuya
razón debemos reflexionar cuál sea el alma de este género de
poesía, y cuál es el objeto a que pudo mirar el arte del
drama.
¿Cómo sabes con evidencia que ningún otro género
de vida es tan a propósito para la profesión de la filosofía como
el presente en que te hallas ahora?
Un ramo cortado de
otro ramo con el cual estuviese unido, no puede menos de quedar
cortado del árbol entero: a este modo, pues, también el hombre
separado de otro hombre, no puede dejar de quedar separado de toda la
sociedad. Además de que es otro el que divide el ramo; pero el
hombre se aparta a sí propio de su prójimo aborreciéndole y
siéndole contrario, sin hacerse cargo que al mismo tiempo queda
separado de todo el cuerpo de la sociedad. No obstante, tiene a su
favor aquel gran privilegio concedido por Júpiter, autor de la
sociedad, para que podamos incorporarnos otra vez con quien habíamos
estado unidos y llenar de nuevo aquel lugar que nos había cabido en
el universo; bien que el repetir a menudo esta separación, hace que
sea bien difícil y mala de soldar la reunión en lo porvenir. Y
sobre todo, finalmente, el pimpollo que desde el principio brotó y
fue creciendo naturalmente con el árbol, se diferencia del vástago
que después de cortado se ha vuelto a ingerir en otro árbol: que es
lo que los arbolistas suelen decir que el injerto puede al mismo
tiempo dar su fruto con el árbol, pero no tendrá la misma figura
con el tronco, y serán distintas las ramas.
Al modo que
no te podrán hacer desistir de una buena obra los que se te
opusieren, cuando siguieres la recta razón; así tampoco deberán
apartar de ti la benevolencia para con los mismos; por cuya razón
procura observar con igual constancia ambos a dos propósitos, de no
sólo mantenerte firme en la resolución de llevar adelante lo
comenzado, sino también en la de conservar la apacibilidad con los
que intentaren impedirte la acción o de otra manera te fueren
molestos. Porque igual debilidad de ánimo es el enojarse contra
ellos, que consternándose retirarse de la empresa y darse por
vencido, siendo a la verdad no menos desertor de su puesto y
profesión el que atemorizado dejó de cumplir con su deber, que
quien separándose se mostró ajeno con el que es su pariente y amigo
por derecho de Naturaleza.
Ninguna Naturaleza es de
condición más inferior que el arte, puesto que las artes imitan a
la Naturaleza: si esto es así, lo será también que la Naturaleza
es la más perfecta, y que abrazando en sí todo lo demás, no la
cederá en habilidad y destreza a otro algún artífice. Siendo,
pues, cierto que todas las artes hacen lo menos perfecto con relación
a lo más sobresaliente, es consiguiente que también lo hace así la
Naturaleza común. Y en realidad de aquí mismo se colige el origen
de la justicia, de la cual proceden las demás virtudes. Porque no se
podrá observar lo justo y equitativo, si anduviésemos afanados y
perdidos en busca de las cosas medias e indiferentes, no contando con
las honestas, o si temerarios e inconstantes en nuestros juicios,
fuéremos fáciles en dejarnos engañar, no dando a cada cosa su
justo valor.
Si las cosas cuyo deseo o aversión te causa
inquietud o te turba la paz no te vienen a buscar a ti, sino que tú
en cierto modo las vas a buscar, manteniéndose ellas inmobles; por
lo mismo debe el juicio dejar de hacerlas la guerra, y con eso no las
apetecerás más, ni las huirás en adelante.
La esfera es una
viva imagen del alma, cuando ésta no se extiende a lo que está
fuera de sí, ni consiente interiormente, ni se hace una con la idea
que se la presenta, sino que se deja iluminar con aquella luz con la
cual ve la verdad de todas las cosas y la de lo que encierra dentro
de sí misma.
¿Me despreciará alguno? Él se verá el
motivo: yo por mi parte me prevendré bien para que no sea cogido
haciendo o diciendo cosa digna de menosprecio. ¿Me aborrecerá el
otro? Él se lo sabrá. Sin embargo, yo por lo que a mí toca
proseguiré siendo afable y benévolo con todo el mundo, aun para con
ese mismo, estando pronto a manifestarle su error, no
contumeliosamente, ni como que deseo hacer alarde de mi sufrimiento;
antes bien, ingenua y amigablemente, al modo que lo hizo aquel
Foción, si es que en su proceder no disimulaba el rencor, porque
conviene que estas acciones sean tales interiormente, y que los
dioses puedan ver que eres un hombre que nada lleva a mal, ni recibe
pena de cosa alguna. Y en efecto, ¿qué mal te podrá venir, si tú
haces lo que corresponde a tu naturaleza? ¿Pues tú no has de saber
abrazar aquello que ahora parece oportuno a la Naturaleza universal,
siendo hombre, por naturaleza encargado de hacer de todos modos
cuanto sea conducente a la sociedad?
Aquellos hombres que
ahora se desprecian mutuamente, después se lisonjean los unos a los
otros; y los que al presente quieren recíprocamente disputarse la
preeminencia, esos mismos se humillan los unos a los otros en lo
venidero.
¡Qué intención tan dañada y ánimo fingido
tiene quien dice: «Yo quisiera hablarte con ingenuidad!» ¿Qué
haces, buen hombre? No es necesario usar de este preámbulo; la cosa
por sí misma lo dirá; las palabras deben al instante leerse
escritas en tu frente, y al punto manifestarse en los ojos cuál sea
tu interior, al modo que un amante al momento lo conoce todo en los
ojos de la persona amada. En suma, conviene que el hombre sincero y
bueno sea tal cual es el que huele mal, para que al mismo tiempo de
acercarse a él conozca y eche de ver, quiera o no quiera, su candor,
pues la ingenuidad afectada es de persona doble, y nada hay más
abominable que la amistad de lobo. Huye de este vicio con más
particularidad que de los demás. Un hombre de veras bueno, sencillo
y benévolo manifiesta esto propio en los ojos, sin que pueda
ocultarlo.
El alma tiene en su mano el poder vivir una
vida felicísima, si mira sin distinción lo que es indiferente; pero
se portará con indiferencia si a cada cosa la considerare ya por
partes, ya en general, y se acordare que ninguna nos obliga a formar
juicio sobre ellas, ni menos nos sale al encuentro, sino que se está
muy quieta, siendo en realidad nosotros los que hacemos nuestros
juicios acerca de ellas, y como que los esculpimos en nuestra alma,
pudiendo no sólo no grabarlos, pero aun borrarlos al punto, si por
descuido se nos hubiese impreso alguno. Pero ¿qué dificultad hay en
que esto se haga bien, reflexionando que semejante cautela durará
por poco tiempo, y que al cabo se terminará la vida? Pues si ello es
conforme con la Naturaleza, alégrate con eso mismo, y luego se te
hará bien fácil de llevar; pero si es contra la Naturaleza, examina
lo que te corresponde según tu propia naturaleza, y al punto corre
tras ello, aunque no sea cosa de mucho honor; porque se debe
disimular con cualquiera que busca su bien propio.
Examina
de dónde ha salido cada cosa, de qué está compuesta, en qué otra
cosa se mudará, cuál será después de mudada, cómo por fin ningún
mal la sucederá por la mutación.
Pero es digno de mayor
examen lo siguiente: en primer lugar, cuál sea la conexión que yo
tengo con los mismos hombres, ya porque hemos nacido para ayudarnos
recíprocamente, ya porque yo por otro título especial les estoy
obligado, habiendo sido encargado de conducirlos, como el morueco
guía el rebaño y el toro la vacada. Luego después remonta más
alto la consideración, que si los átomos no reinan, todo por
consiguiente lo gobierna la Naturaleza: si esto es así, lo inferior
se hizo por causa de lo superior, y las cosas sobresalientes las unas
por razón de las otras.
En segundo lugar, qué tales son
a sus mesas, en sus camas y lo demás. Pero reflexiona con
particularidad en qué necesidad tan dura les ha puesto su mismo modo
de pensar, y con cuánta ostentación y pagados de su dictamen
prosiguen en sus errores.
En tercer lugar, que
si éstos ejecutan eso con la rectitud debida, no es razón que nos
indignemos contra ellos; pero si no obran rectamente, ya se ve que lo
hacen sin plena libertad y por su ignorancia. Pues todo hombre, del
mismo modo que mal de su grado carece de la verdad, así también se
halla falto del conocimiento con que debe portarse con cada uno según
lo merece; por eso llevan con impaciencia el oírse llamar injustos,
ingratos, avaros, y, en una palabra, faltos de caridad para con el
prójimo.
En cuarto lugar, que tú también cometes muchos
yerros y eres otro tal como ellos; y aunque te abstienes de caer en
ciertas faltas, con todo, tienes en tu interior una tácita
disposición para hacerlas, bien que por cobardía, o por el qué
dirán, o por otro fin siniestro dejes de incurrir en semejantes
delitos.
En quinto lugar, que tú no estás bien cierto y
seguro si ellos pecan o no, porque muchas cosas se ejecutan por vía
de providencia, o sea razón de economía, y sin duda es necesario
enterarse primero de muchas particularidades para que uno pueda echar
el fallo sobre una acción ajena.
En sexto lugar, que
cuando te indignares sobremanera o recibieres algún pesar, debes
acordarte que la vida de los hombres es momentánea, y que dentro de
poco todos desapareceremos.
En séptimo lugar, persuádete
que no son las acciones ajenas las que nos inquietan, puesto que
ellas se quedan allá dentro del alma del otro, sino que realmente
son nuestros modos de opinar; depónlos, pues, de tu imaginación, y
resuélvete a echar de ti ese juicio formado como si hubiera sido
acerca de una cosa en la realidad grave, y con eso sobre la marcha se
te habrá ido la cólera.Pero ¿cómo me lo quitaré de la cabeza?
Haciéndote la cuenta que aquello no te causó infamia; porque si no
fuese verdad que lo infame sólo es mal a quien lo comete, sería
necesario que tú sin culpa tuya pecases en infinitas cosas; que
fueses un ladrón y un malhechor rematado.
Lo octavo, que
la ira y el dolor concebido por la culpa ajena, nos acarrean más
grave daño del que nos podrían causar aquellas mismas faltas por
las cuales nos irritamos y resentimos.
Lo nono, que la
muchedumbre, si fuere natural, sin afectación ni fingimiento será
invencible. Porque ¿qué te podrá hacer el hombre más insolente si
tú perseverares siéndole benévolo y si lo permitieren las
circunstancias lo exhortares con mansedumbre, y en aquella misma
ocasión en que intentare hacerte mal, lo amonestares con mucha paz
dándole el desengaño siguiente? ¡No, hijo mío, no; para otro fin
hemos nacido; tú a mí no me acarreas mal alguno; a ti sí que te
perjudicas, hijo mío! Haciéndole también ver con discreción y en
general, que ni las abejas suelen proceder así, ni otra especie de
animales, por naturaleza sociables, se porta de esta manera;
conviene, pues, hacerlo sin ironía ni improperio, antes bien, con un
amor muy sincero y un ánimo nada exasperado, ni menos como maestro
que reprende en pública escuela, ni con el fin de causar admiración
a quien estuviere a su lado, sino como si le hablases a solas, por
más que algunos otros se hallen presentes.
Ten presente
en tu memoria estos nueve capítulos como otros tantos dones
recibidos de las Musas, y empieza alguna vez, mientras te dura la
vida, a ser de veras hombre; pero igualmente debes guardarte de
enojarte contra los hombres que de adularlos, pues ambas cosas violan
el derecho de sociedad y causan infinito daño al público. Mas
contra la ira debes tener pronta la reflexión de que no es propio de
un hombre el enojarse; antes bien, así como es más humano, también
es más varonil el ser manso y sosegado, participando éste de gran
vigor, resistencia y fortaleza, no aquel que se impacienta y da por
ofendido, porque cuanto más uno se acerque a la inmunidad y exención
de pasiones, serán tanto mayores sus fuerzas. Y a la verdad, al modo
que la tristeza es propia de un ánimo débil, así también lo es la
ira, pues uno y otro son heridos y se dan por vencidos de semejantes
pasiones.
Pero si quieres, puedes también recibir del
presidente de las Musas el décimo regalo, a saber: que es propio de
un maniático el pretender que no pequen los malos, porque esto es
desear un imposible; pero el consentir que ellos sean tales como los
demás, y al mismo tiempo querer que no te perjudiquen a ti en cosa
alguna, esa es una pretensión inicua y tirana.
Debes principalmente
estar observando de continuo cuatro inclinaciones del espíritu, y
después que dieres con ellas, procurarás echarlas de tu
imaginación, hablando así con cada una en particular: con la
sospecha, no viene al caso ese juicio vano; con la murmuración, esa
de suyo es destructiva de la sociedad; con la ficción, eso que vas a
decir no es conforme a lo que sientes; debes, pues, reputar por una
de las cosas más absurdas el hablar contra tu propio sentir; queda,
finalmente, en cuarto lugar la intemperancia, con la cual te afrentas
a ti mismo, porque con ella se da por vencido el espíritu, parte la
más divina, y se pone bajo los pies de tu cuerpo, parte la más vil
y perecedera, haciéndolo esclavo de sus brutales placeres.
Todo
lo aéreo e ígneo que se te ha infundido, por más que naturalmente
se incline a subirse a lo alto, con todo, obediente a la disposición
de la Naturaleza universal, se detiene aquí abajo en esa masa del
cuerpo. También cuanto hay en ti de térreo y húmedo, aunque por sí
se incline hacia abajo, sin embargo, es elevado y ocupa un puesto que
naturalmente no le corresponde. Y es de advertir, que a este modo,
los elementos obedecen también a la Naturaleza del universo, puesto
que permanecen en donde fueron colocados con violencia, hasta que
allí mismo se les haya dado de nuevo la señal de la disolución.
¿Pues no es una enormidad que sola tu parte intelectiva sea
desobediente y que no se halle contenta en su destino? Y más, que a
ésta no se la encarga cosa alguna violenta, sino sólo lo que es
conforme con su naturaleza; pero ni aun por eso se contiene, antes
bien, sigue el partido contrario, porque ese movimiento que la
inclina a la injusticia, al lujo, a la tristeza y al miedo, no es
otro que una separación del camino recto de la Naturaleza. Y en
realidad el espíritu, cuando lleva a mal alguno de los sucesos,
entonces también desampara su puesto, ya porque él no menos ha sido
hecho para mantener la conformidad y piedad que para guardar la
justicia, ya porque también esas virtudes contribuyen al buen orden
y conservación de la sociedad, además de ser más antiguas y de
mayor mérito que los oficios de la misma justicia.
Aquel
que no se propone siempre un mismo blanco en el vivir, no puede ser
uno mismo en todo el curso de su vida, y a no añadir también cuál
deba ser ese blanco, tampoco basta lo dicho. Porque así como no es
una misma la opinión acerca de todas aquellas cosas que general y
vulgarmente parecen buenas, por más que sea muy semejante la idea
formada respecto de algunas otras, a saber, de las que se refieren al
común de los hombres; a este modo también conviene que uno se
proponga un blanco conducente al bien público y útil. a la
sociedad, pues el que dirija a este fin todos sus intentos y conatos,
guardará uniformidad en todas sus acciones, y con eso será siempre
uno mismo. Reflexiona sobre la fábula de los dos ratones, el uno
silvestre, y el otro doméstico; y observa el temor e inquietad de
éste.
A las opiniones del vulgo solía Sócrates
llamarlas cuentos de brujas y espantajos de niños.
Los
Lacedemonios en sus espectáculos solían poner a la sombra asientos
para los extranjeros; mas ellos se sentaban donde quiera que se les
proporcionaba.
Sócrates reconvenido por Perdicas, por qué
no le iba a visitar: «Por no tener, dijo, un fin el más
desgraciado; esto es, por no verme en la dura necesidad de no poder
corresponder al beneficio que hubiere recibido.»
En los
escritos de Epicuro se hallaba este aviso: que debe uno de continuo
llevar presente en la memoria alguno de aquellos hombres antiguos que
se dedicaron con esmero al ejercicio de la virtud.
Los
Pitagóricos encargaban que bien de mañana mirásemos al cielo, para
que, haciendo memoria de aquellas sustancias que siempre siguen un
mismo curso y concluyen de una misma manera su obra, nos acordásemos
de su orden, pureza y desnudez; porque los astros no tienen velo
alguno con que cubrirse.
Imagínate cuál estaría
Sócrates medio envuelto con una piel, cuando su mujer Xantipa,
tomándole sus vestidos, se salió de casa con ellos; y acuérdate de
lo que Sócrates dijo a sus compañeros, corridos y resueltos a
retirarse cuando le vieron en semejante traje.
No podrás ser
maestro en el arte de leer y escribir sin que primero hayas sido buen
discípulo: esto con mucha mayor razón se deberá aplicar al arte de
vivir.
Tú naciste siervo; no debes hablar. Se alegró
interiormente mi corazón. Ala virtud insultan con denuestos.
Es
propio de un loco buscar higos en el invierno: cerca le va aquel que
clama por el hijo perdido, cuando ya no se lo restituirán
jamás.
Epícteto persuadía a un padre que estaba besando
a un hijo chiquitito, para que dijese dentro de sí: tal vez morirá
mañana.—¡Ah, que eso es un mal agúero! —Nada de cuanto
significa un efecto natural, respondió Epícteto, puede ser cosa
infausta, si no es que tengas por mal agiiero el que las espigas
hayan sido segadas.
La uva verde, la madura y la pasa,
todas son mutaciones, no en la nada, sino en lo que entonces no
existe aún.
Es sentencia de Epícteto que la voluntad no
está expuesta a ladrones.
Decía el mismo Epícteto que
debía uno aprender el arte de dar su consentimiento. Y por lo que
toca a los ímpetus de las pasiones, convenía poner mucha atención
para obrar con la reserva debida, con el fin de que las acciones
miren al bien público y para que tengan por objeto el mérito
correspondiente a cada cosa; y así es igualmente necesario
abstenerse en un todo del deseo como de la aversión a nada de cuanto
no penda de nuestro arbitrio.
Luego no son nuestras
porfías, aseguraba el mismo, sobre cosas de poco más o menos; sino
sobre si somos o no somos locos.
Sócrates hacía el
siguiente argumento: ¿Qué apetecéis? ¿Deseáis tener almas de
racionales o de irracionales?—Las queremos de racionales.—¿De
qué racionales, de los buenos o de los malos? —De los
buenos.—¿Pues por qué no las buscáis?—-Porque las tenemos
ya.—Luego ¿por qué andáis riñendo y porfiando?
LIBRO XII
Ya puedes, si no te
envidias a ti mismo, alcanzar todo aquello a que deseas llegar por
rodeos. Sin duda sucederá esto, si dieres de mano a todo lo pasado,
dejares también a la providencia lo venidero y sólo encaminares lo
presente a un fin piadoso y justo. A la virtud de la piedad pertenece
que abraces cuanto te fuere dispensado, puesto que la Naturaleza te
lo envió y tú has nacido para ello: a la virtud de la justicia
corresponde que digas al mismo tiempo lo que es conforme a la ley y
según lo pida el mérito de la cosa. Por lo mismo, no te sirva de
impedimento ni la maldad ajena, ni el concepto que formarán de ti,
ni los discursos que harán sobre tu conducta, ni mucho menos la
pasión de la carne que te estimula, porque allá se lo verá el
paciente. Ahora pues, ya que casi estás al fin de la carrera, si tú,
separándote de todos los otros cuidados, respetases solamente a tu
espíritu y honrases esa divinidad que en ti tienes, ni temieses al
mismo tiempo el morir alguna vez, sino el no haber empezado jamás a
vivir conforme lo manda la Naturaleza, vendrías a ser un hombre
digno de ese mundo, o sea de ese Dios que te produjo, dejarías de
ser huésped en tu misma patria, no admirarías como cosa inesperada
lo que sucede cada día, y por último, no estarías pendiente de la
tal y tal cosa.
Dios ve todos los espíritus desnudos de
esos vasos materiales, de esas cortezas y basuras del cuerpo; porque
con sola su mente, o sea virtud intelectiva, llega a conocer todas
aquellas cosas que de él mismo dimanan y traen su origen. Y si tú
te acostumbrases a hacer esto mismo, cercenarías muchas de tus
distracciones; pues aquel que no pusiere la mira en la carne de que
está rodeado, ni mucho menos pensare en el vestido, en la casa, en
la fama, ni en todo este aparato y pompa exterior, tendrá una vida
tranquila.
Tres son las cosas de las cuales has sido
formado: cuerpo, alma y mente: las dos primeras en tanto son tuyas,
en cuanto es menester que las cuides; sólo la tercera es tuya en
propiedad. Por lo cual, si tú apartares de ti, esto es, de tu mente,
cuanto otros hacen o dicen; lo que hiciste o dijiste; lo que
imaginado como futuro te perturba; lo que, ahora toque al cuerpo que
te circunda, ahora al alma nacida con el cuerpo, no depende de tu
arbitrio; en fin, todo aquello que ese torbellino exterior de la
Naturaleza de continuo envuelve en sí, de modo que tu mente, o sea
facultad intelectiva, puesta en salvo contra los sucesos del hado,
pura y libre de pasiones, viva contenta consigo misma, haciendo lo
que es justo, conformándose con lo que suceda y hablando siempre
verdad; si tú, vuelvo a decir, apartares de tu mismo espíritu
aquellos afectos a que dio lugar por una pasión vehemente, y, no
acordándote de lo pasado ni pensando en lo venidero, te hicieres a
ti mismo, cual Empédocles describe el mundo, una como «Redonda
esfera que gira sin cesar»; y sólo dirigieres tus cuidados a vivir
bien lo que vives, a saber el tiempo presente; sin duda podrás pasar
el resto de tu vida hasta la muerte con toda tranquilidad, con
generosidad de ánimo y perfecta armonía con tu misma deidad, o sea
parte principal.
Muchas veces me he maravillado cómo es
imaginable que amándose cada uno a sí mismo más que a todos, sin
embargo estime en menos el concepto propio formado de sí, en
comparación del que se merece de otros. Así sucede que si Dios o un
prudente maestro, estando presidiéndonos, mandase a uno de nosotros
que nada imaginase dentro de sí, ni discurriera sin que al mismo
punto de pensarlo lo profiriese, no habría quien pudiera aguantarlo
un solo día: en esa conformidad respetamos más al prójimo, cuando
opina algo cerca de nosotros, que a nosotros mismos.
¡Cómo puede ser
que los dioses, habiendo dispuesto tan bellamente todas las cosas y
con tanto amor hacia el género humano, hayan descuidado de sola
ésta, a saber, que algunos de los hombres que hubieren sido del todo
buenos, tenido las más de las veces casi correspondencia interesante
con Dios, habiéndosele hecho muy familiares y amigos por sus obras
santas y funciones sagradas, después que una vez hubieren muerto, no
hayan de volver a vivir jamás, antes bien hayan de quedar
extinguidos para siempre! Dado caso que eso sea así, ten por cierto
que los dioses lo hubieran hecho de otra manera, si hubiera sido del
caso hacerlo de otro modo; porque si era justo, también era posible,
y si conforme con la Naturaleza, esta misma lo hubiera puesto por
obra. De aquí es, que sólo porque no sucede de esta suerte, si es
que así no suceda, puedes dar por indubitable que no era conveniente
que se hiciese en esa conformidad. Y en realidad, bien ves tú mismo
que proponiendo esta cuestión, entras a disputar en justicia tus
derechos con Dios; los cuales ciertamente no disputaríamos de este
modo con los dioses, si ellos no fuesen muy buenos y muy justos; a
más de que, si son tales, sin duda no han omitido injustamente, ni
sin razón dejado de atender a cosa alguna perteneciente al buen
régimen del universo.
Debes acostumbrarte a ejercitarte
aun en aquello con lo cual desconfías el poder salir; porque la mano
izquierda, no siendo a propósito para otras acciones por falta de
uso, con todo, mantiene las riendas más fuertemente que la derecha,
por cuanto se acostumbró a ello.
Piensa en qué estado de
cuerpo y alma conviene que te coja la muerte; reflexiona sobre la
brevedad de la vida, la inmensidad del tiempo pasado y lo
interminable del venturo, como también en la poca consistencia de
todo lo que es material.
Mira las formas o naturalezas de
cada cosa desnudas de sus cortezas; atiende al fin de las acciones;
considera qué viene a ser el dolor, qué el deleite, qué la muerte,
qué la gloria, cuál es la causa de hallarte implicado en negocios,
cómo ninguno puede ser impedido por otro; finalmente, que todo
depende del modo de opinar.
En la práctica de los dogmas
filosóficos debe uno antes parecerse a un luchador que a un
gladiador; porque éste, después que deja de la mano la espada con
la cual se valía, allí mismo queda muerto; pero aquél siempre
conserva su brazo, ni es menester más que manejarlo con
destreza.
Es muy del caso examinar lo que son estas cosas
en sí mismas, haciendo la división de su materia, forma y fin.
El
hombre tiene tanta facultad, que pende de su arbitrio el no hacer
sino aquello que ha de ser del agrado de Dios, y admitir con gusto
todo lo demás que el mismo Dios le enviare.
En lo que es
subsiguiente y conforme a la Naturaleza no debe uno quejarse contra
los dioses, porque ni voluntaria ni involuntariamente faltan en cosa
alguna, ni contra los hombres, porque en nada yerran espontáneamente,
de modo que no se debe culpar a nadie.
¡Cuán ridículo y
extravagante es aquel que se admira de cosa alguna de cuantas pasan
en esta vida!
O domina una fatal necesidad e inviolable
orden, o una aplacable providencia, o una temeraria confusión, sin
superior que dirija. Ahora bien, si reina una necesidad insuperable,
¿a qué viene la resistencia? Si gobierna una providencia capaz de
dejarse aplacar, procura hacerte digno del socorro divino. Pero si
todo está sujeto a una ciega confusión, sin que presida algún
numen, conténtate con que tienes en ti mismo la mente para que te
sirva de conductor y piloto en medio de tan deshecha tempestad. Y
caso que las enfurecidas olas te arrollen, procura que solamente
lleven tras sí el cuerpo, el espíritu vital y las otras cosas
exteriores; pero guardate bien de que no arrebaten al mismo tiempo el
alma.
¿Es posible que la luz de un velón no deje de
alumbrar ni cese de despedir de sí su resplandor hasta tanto que la
apaguen, y con todo, la verdad, la justicia y la prudencia se han de
extinguir en ti antes de morir?
Para desechar el
pensamiento que te representa con vehemencia el que alguno haya
pecado, di para contigo: ¿Qué sé yo si eso ha sido pecado? Y si es
que pecó: ¿Cómo me consta si se ha echado a sí mismo la culpa?
Pues de ese modo se parecería al que se arañase el rostro de puro
dolor. Por lo mismo reflexiona que quien pretende que el malo no
peque se asemeja al que no quiere que la higuera lleve leche en los
higos, que lloren los niños recién nacidos, que relinche el
caballo, ni que sucedan otras cosas naturalmente necesarias. ¿Pues
qué podría hacer quien se hallase con tan mal hábito? Por eso si
te tienes por capaz y estás expedito, remedia ese mal y cúrale.
En
realidad todo tu deseo debería encaminarse a que no hicieses cosa a
no ser que fuese decorosa, ni dijeses palabra a no ser que fuese
verdadera.
En todo y por todo conviene siempre considerar
qué es lo que excita esa idea en tu imaginación; como que está a
tu cuidado poner en claro eso mismo, haciendo la división en forma,
materia, fin y tiempo dentro del cual ha de terminar.
Acaba
de reconocer alguna vez que en ti mismo tienes alguna cosa más
excelente y divina que aquello que excita en ti los afectos y te
agita enteramente a manera de un títere. Y entonces pregúntate:
¿Cuál es ahora mi pensamiento? ¿Acaso el miedo? ¿La sospecha? ¿La
lascivia? ¿Por ventura ha sido algún otro ímpetu de esta
clase?
Procura en primer lugar no hacer cosa alguna
temerariamente y sin designio, en segundo lugar, que tus acciones no
hagan relación a otra cosa alguna que a un fin útil al bien
público.
Hazte la cuenta que dentro de poco ni tú mismo,
ni cosa alguna de cuantas ahora ves, ni otro alguno de los que al
presente viven, estaréis en parte alguna, porque todas las cosas de
suyo nacen expuestas a la mutación, conversión y corrupción, para
que de sus ruinas se hagan después otras cosas nuevas
sucesivamente.
Persuádete que todo es una aprensión y
que ésta pende de ti. Borra, pues, esa imaginación cuando quieras,
y en esa conformidad en todo serás firme, así como el que dobló un
cabo tiene suma tranquilidad y logra un puerto adonde no llegan las
olas.
Una, y cualquiera acción que se termina a su
tiempo, nada desmerece por haberse terminado, ni menos recibió
menoscabo alguno quien la puso en ejecución, sólo por eso de
haberla concluido: luego del mismo modo el conjunto de todas las
acciones en que consiste la vida, si a su tiempo cesare, sólo por
eso de haber cesado no recibirá algún daño, ni será malamente
vejado el que con oportunidad hubiere dado fin a la serie de sus
acciones. Pero es de advertir que la Naturaleza mide el tiempo y
señala el fin de la vida, aunque alguna vez lo hace también la
naturaleza particular de cada uno, como sucede al que muere en la
vejez, si bien la Naturaleza universal generalmente es la autora,
procediendo de ella el que, mudando y renovando las partes, se
mantenga siempre todo el mundo como recién hecho y muy vigoroso.
Además de que todo lo conducente al universo siempre es bueno y
tempestivo: luego el fin de la vida realmente no es mal para ningún
particular no siendo disforme, supuesto que no pende de nuestra
elección, ni tampoco se opone al orden natural; antes bien, es
bueno, visto que es oportuno, congruente y adaptado. Y a la verdad de
esta manera. sería dirigido por un Numen el que se conformase en
todo con Dios y se encaminase con fina voluntad al mismo
fin.
Conviene tener muy presentes estas tres cosas:
Primera, que cuanto pusieres por obra no lo hagas temerariamente ni
de otro modo que como lo haría la misma justicia; pero en lo que
mira a los acontecimientos exteriores, persuádete, o bien sucedan
ellos por acaso, o por providencia, que no por eso debes quejarte de
la fortuna, ni menos echar la culpa a la Providencia. La segunda, el
que reflexiones cuál es cada uno desde su concepción hasta el
tiempo de animarse y desde la animación hasta restituir el alma;
como también de qué partes se compuso y en cuáles se disuelve. La
tercera, que si levantado en alto y con espíritu elevado
considerases atentamente las cosas humanas y comprendieses cuánta es
su diversidad, observando al mismo tiempo cuánto es también lo
habitado por todas partes de vivientes aéreos y etéreos, verías al
fin, por más veces que te remontases, que son de un mismo aspecto y
de breve duración aquellas cosas sobre que fundas tu vanidad.
Echa fuera de ti esa
aprensión, y con eso te preservarás de todo mal; pues ¿quién
podrá impedir el que te sacudas de ella?
Siempre que te
resintieres de algo, será señal de tener olvidado el que todo
sucede conforme con la naturaleza del universo y que la falta
cometida por otro no te perjudica. A más de esto, también te has
olvidado de que todo lo sucedido siempre aconteció en esa
conformidad, y acaecerá en lo porvenir como ahora se hace, ni te
acuerdas cuánto sea el parentesco de un hombre con todo el linaje
humano, no siendo a la verdad por enlace de carne y sangre, sino por
la participación común de una misma mente. Por último, también
pusiste en olvido que la mente de cada uno es un dios, y que provino
de la Divinidad; que nadie tiene cosa alguna propia, antes bien,
hijos, cuerpo y aun la misma alma nos vino de Dios; que todo es una
mera opinión; que sólo vive cada uno el tiempo presente, y que eso
mismo pierde solamente al morir.
Conviene hacer de
continuo un recuerdo de aquellos hombres que se indignaron
excesivamente con algún motivo, de los que vivieron con grandes
honores o sumas calamidades, de los que han tenido ruidosas
enemistades o han florecido en cualquiera género de fortuna; después
deberás preguntar: ¿Adónde están ahora todos aquellos? Se
convirtieron en humo y ceniza, y pasan por fábula, o ni menos se
tienen por fábula. Por fin conduce también el que te ocurra al
pensamiento todo lo de esta clase; por ejemplo, cuál fue Fabio
Catulino en su granja; Lusio Lupo y Stertinio en Bayas; Tiberio en
Caprea, y Velio Rufo, y en suma, la gran diferencia en todo, junto
con una vana presunción de sí mismos. Y no se te pase por alto cuán
vil era todo aquello que los traía fuera de sí, y cuánto más
conforme es con la filosofía el que uno mismo, según se le ofrezca,
se muestre justo, prudente, siguiendo a los dioses a cara descubierta
y con sencillez, porque nada hay tan insufrible como la presunción
insolente, disfrazada con capa de humildad.
A los que te
preguntaren; ¿en dónde viste a los dioses o por dónde sabes de
cierto que existen para darles ese culto? respóndeles, en primer
lugar, que también son perceptibles a nuestra vista, además de que,
aunque yo no haya visto a mi propia alma, sin embargo la respeto
también: a un modo, pues, semejante, sé con certidumbre que hay
dioses, y los venero por las mismas razones de que experimento en
todas partes los efectos de su poder.
La conservación de
una vida feliz y ajustada estriba en que uno en todo y por todo
discierna cuál es cada cosa de por sí, cuál su materia, cuál su
forma; que ese mismo haga con toda su alma lo que es justo, y que
siempre trate verdad. ¿Y qué más le falta ya, sino disfrutar el
tiempo de su vida encadenando una obra buena con otra mejor, de
suerte que no deje el más mínimo intervalo entre las acciones
buenas?
Una misma es la luz del sol, por más que se vea
impedida con murallas, montes y otras infinitas cosas; una es la
materia común, aunque se halle dividida en infinitos cuerpos de
distintas cualidades; una es el alma universal, por más que esté
encerrada en infinitas naturalezas y en sus respectivos distritos;
una el alma racional, aunque parezca estar separada. Y a la verdad,
las otras partes de las cosas insinuadas, esto es, sus formas y
materias, carecen de sentido, ni tienen vínculo alguno que
mutuamente las una; pero esas mismas las junta la mente universal y
el peso que las inclina a un mismo lugar. Finalmente, el alma
racional se aficiona con particularidad a lo que es de su mismo
género, y se une, sin que este afecto de comunicación ceda a los
impedimentos.
¿Cuál es tú anhelo? ¿acaso tu propia
conservación? ¿por ventura el sentir? ¿el moverte? ¿el crecer?
¿el cesar después de crecer? ¿el hablar? ¿el pensar? ¿Cuál de
estas cosas te parece acreedora a tu deseo? Pero si cada una en
particular la tienes por vil y despreciable, inclínate a este último
partido, que es el de seguir la razón y obedecer a Dios, aunque se
opone a esta resolución el llevar a mal que por la muerte nos
hayamos de privar de alguna de aquellas cosas.
¡Cuán
pequeña es la parte de tiempo infinito e inmenso que se ha
distribuido y señalado a cada uno! porque realmente desaparece muy
pronto en el abismo de la eternidad. ¡Cuán pequeña porción tiene
uno de la materia universal! ¡Cuán pequeña igualmente te cupo del
alma universal! ¡En cuán pequeña gleba de toda la tierra andas
arrastrando! Habiendo considerado todo esto, nada te imagines por
cosa grande, sino el hacerlo todo como tu propia naturaleza te
dirige, y recibirlo como lo envía la naturaleza común.
El
espíritu en cierto modo, hace uso de sí mismo, y a la verdad, en
esto estriba todo, pues lo demás, o bien sea voluntario o
indeliberado, es cosa caduca y se reputa por humo.
El
mayor desengaño para el desprecio de la muerte, es la consideración
de que aun la menospreciaron también aquellos que juzgaban el
deleite por bueno y el trabajo por malo.
De ningún modo
es temible la muerte a quien sólo tiene por bueno lo que es
oportuno; a quien lo mismo se le da el poder ejecutar muchas acciones
conforme con la recta razón, que el practicar muy pocas; finalmente,
a quien mira con indiferencia el contemplar por más o menos tiempo
el mundo o sus cosas.
¿Has hecho tú, buen hombre, una
vida interesante al público en esta gran ciudad del mundo? luego
¿qué te importa el haber sólo vivido cinco años? Porque es igual
a cada uno lo que se conforma con las leyes. ¿Pues qué mal hay en
que te destierre de esa ciudad, no digo un tirano ni un juez inicuo,
sino la misma Naturaleza que te había introducido? Esto es lo mismo
que si el pretor despidiese del teatro el representante que él mismo
había recibido. «Pero yo, dirás, aun no he representado cinco
actos, sino sólo tres.» Has dicho bellamente; aunque en la vida
tres actos solos componen un drama entero, porque determina el fin y
cumplimiento de la vida aquel que antes fue causa de tu composición
y lo es ahora de tu disolución, sin que tú seas autor de ninguna de
las dos cosas. Vete, pues, con ánimo alegre, supuesto que quien te
despide es benigno y te será propicio.
Nota legal
Traducción realizada por Jacinto Díaz Miranda en 1785 bajo el título “Los doce libros el emperador Marco Aurelio, y revisada posteriormente en 1888 por la Editorial Librería de Hernando. Actualmente esta edición se encuentra en dominio público.
