Tomás Gordeief

Máximo Gorki


Novela



I

Hace unos sesenta años, cuando los comerciantes que traficaban por el Volga realizaban tan rápidamente fortunas considerables, trabajaba a bordo de uno de los barcos pertenecientes al rico Zaef un muchacho, Ignat Gordeief, simple grumete maniobrista, encargado de sacar el agua de la cala.

De una estatura colosal, bello, inteligente, era uno de esos hombres que no emprenden nada sin éxito, no por laboriosidad y dotes especiales, sino porque en su marcha hacia el fin señalado van empujados por tan poderosa energía, que no saben ni pueden detenerse para deliberar sobre los medios que deben emplearse.

A veces, esos hombres hablan con terror de su conciencia y se sienten atormentados por escrúpulos sincerísimos, pero la conciencia es una fuerza que no doma sino a los débiles. Los fuertes se hacen pronto dueños de ella y la esclavizan a sus deseos. Instintivamente comprenden que, dejándole libertad y espacio a la conciencia, malograrían sus vidas.

Así la sacrifican algunos días, mas si llega por instantes a dominar su alma, no logra nunca humillarlos bajo su yugo; su vida queda tan fuerte, tan sana, tan intacta como antes.

A los cuarenta años, Ignat Gordeief poseía ya tres barcos de vapor y una docena de lanchones.

Gozaba, en el Volga, de gran consideración, debido a su inteligencia tanto como a su riqueza; a pesar de lo cual, le llamaban el «Chiflado», pues su vida no tenía el curso uniforme y regular de la de otros hombres; a veces se sentía rebelde y se lanzaba fuera del camino trazado, despreciando la ganancia, único objeto de la existencia de aquel hombre.

Había como tres Gordeief, o mejor, había como tres almas en él.

Una de ellas, la más potente, sólo era más ávida. Cuando Ignat, vivía sometido a sus aspiraciones, era simplemente un hombre poseído de una pasión ardorosa por el trabajo.

Esta pasión le dominaba día y noche y le llenaba por completo. Recogía entonces cientos y miles de rublos y parecía que no podía saciarse de billetes y de oro.

Ignat corría sin tregua ni reposo, de un extremo a otro del Volga, disponiendo sus redes de pescar oro; acaparaba el trigo de las aldeas, lo transportaba a Ribinsk en sus lanchas; traficaba, engaitaba, unas veces sin notarlo siquiera, otras conscientemente; en este último caso se burlaba a menudo de sus víctimas, y llegaba entonces a lo sublime en esa locura de la ganancia.

Con todo y darse en cuerpo y alma a la caza del rublo, no era avaro en el sentido estrecho del vocablo. Mostraba a menudo un desinterés incomprensible, pero muy sincero.

Estaba un día en la orilla del río, y miraba su nueva lancha de cuarenta y cinco varas, rota por los hielos, que la apretaban contra la ribera escarpada.

—¡Bien hecho! ¡Vamos! Aprieta más… aplasta… ¡vamos! ¡Otra vez…! —murmuraba entre dientes.

—Bueno, Ignat —le preguntó su camarada Maiakín, aproximándose—, son algunos miles de rublos que te saca el hielo del bolsillo.

—Eso es nada; volveremos a ganar cien mil. Mira cómo se estremece el Volga, ¿eh? ¡Es soberbio! Nuestro padre, el río, puede recortar la tierra, como un queso con un cuchillo… ¡Mira, mira! Ve mi «Boyarinia»… No ha navegado más que una sola vez… ¡Mejor, le diremos una misa de despedida!

El barco fue reducido a migajas.

Ignat y su compañero, sentados en una taberna, bebían aguardiente, mirando por la ventana los restos de la «Boyarinia», que el río llevaba entre los hielos.

—¿Lamentas tu barquilla, Ignat? —le preguntó Maiakín.

—¿Por qué lamentarlo? El Volga lo dio, el Volga le quitó… No es un brazo lo que me han arrancado…

—¡Sin embargo…!

—¡Eh! ¿Cómo sin embargo…? Estoy contento de haber visto cómo ha ocurrido. Es una lección para el porvenir…

—Entonces, ¿no lo has sentido, de veras?

—¿El barco…? El barco… Lo he sentido, en efecto… Pero, en el fondo, el pesar no es sino una tontería. ¿Qué sentido tiene eso? Llorad si queréis. Las lágrimas no apagan el incendio. ¡Qué importa! ¡Los barcos pueden quemarse! ¡Y que todo se queme! ¡Me burlo de todo! Con tal que el alma guarde el fuego sagrado del trabajo… todo será edificado de nuevo. ¿No es cierto?

—Si —respondió Maiakín, sonriendo—, tienes grandes pensamientos… Quien habla así, puede ser despojado hasta de su camisa y ser siempre rico.

Bien que arrostrara con filosofía la pérdida de su dinero, Ignat sabía el valor de cada kopek.

Hacía limosna rara vez y no daba más que a los absolutamente incapaces de trabajar. Si un mendigo todavía con alguna fuerza le pedía, decíale severamente:

—¡Sigue tu camino! Puedes aún trabajar. ¡Mira! ahí está mi jardinero. Ayúdale a recoger la basura y te daré dos kopeks…

En esos períodos de pasión por el trabajo, era rudo e implacable en sus relaciones con los hombres, y no se daba punto de reposo en la persecución del rublo.

Después, de repente, y esto sucedía generalmente en la primavera, cuando un encanto de belleza transfigura la tierra, y que del cielo ruso parecen descender acariciantes insinuaciones, Ignat tenía el sentimiento de no ser ya dueño de sus asuntos, sino su vil esclavo.

Se volvía pensativo; bajo sus espesas cejas fruncidas lanzaba miradas escrutadoras a su rededor, pasaba días enteros, perezoso y huraño, como si algún deseo secreto le atormentase, sin que osara expresarlo abiertamente. Otra alma se despertaba en él, el alma lujuriosa y lasciva de la bestia, exasperada por la privación. Insolente con todo el mundo, cínico, bebía, llevaba una vida desarreglada, embriagaba a sus compañeros; era el delirio. Como si un volcán de lodo hubiese hecho erupción en él, parecía que, impotente para romper las cadenas que llevaba, y que se había remachado él mismo, trataba de romperlas.

Despeinado, sucio, con las facciones abotargadas por el insomnio y la borrachera, los ojos saltones, enormes, aullando con voz ronca, iba a la ciudad, de suburbio en suburbio, tiraba el dinero sin contarlo, lloraba escuchando los ritmos melancólicos de los aires populares, bailaba, golpeaba, sin saber a quién, sin que nada sirviese a calmarle.

Un día que se encontraba en compañía de otros borrachos, un pope sin escrúpulos vino a pegarse a ellos, como una pelota de barro se pega al calzado.

Era un hombrecillo grueso, calvo, vestido con una sotana agujereada. Ser impersonal, grotesco y feo, que servía de bufón: le ponían mostaza en su cráneo desnudo; le hacían andar a gatas, le obligaban a beber una mezcla de diferentes clases de aguardientes, a bailar danzas obscenas. Todo esto lo ejecutaba en silencio, con una sonrisa idiota en los labios; e invariablemente tendía la palma de la mano, diciendo: «Dadme un rublo…»

Estallaban en risas; algunas veces le daban 20 kopeks; otra le echaban diez rublos y aún más; otras no le daban nada.

—Eres una basura. ¡Vamos! Dinos lo que eres.

El cura, asustado de este apóstrofe, se callaba, saludando en silencio a Ignat.

—¡Vamos, dinos lo que eres! —aullaba Ignat.

—Soy aquél a quien se injuriaba —respondía el sacerdote.

Y toda la banda soltaba la carcajada.

—¡Eres un miserable! —dijo Ignat, con aire amenazador.

—Soy un miserable… por necesidad, por debilidad de alma.

—Ven aquí —repuso Ignat—, ven, ven, siéntate cerca de mí…

Temblando de terror, el paso vacilante, el cura se aproximó al comerciante borracho y se detuvo delante de él.

—Siéntate a mi lado —continuaba Ignat.

Y, cogiéndole de la mano, le obligó a sentarse.

—Tú y yo tenemos algo parecido… Yo también soy un miserable. Tú lo eres por necesidad; yo por depravación… ¡Yo soy un miserable por aburrimiento…! ¿Has comprendido?

—Comprendido —dijo dulcemente el cura.

Entonces hubo una alegría general.

—¿Sabes ahora quién soy?

—Sé.

—Bueno, repítelo: «¡Usted, Ignat, es un miserable!»

Pero el cura no podía.

Miraba con espanto la enorme estatura de Ignat y movía negativamente la cabeza.

Un reír loco, parecido al zumbido del trueno, salió de la concurrencia. Ignat no insistió en hacerse injuriar por el pope.

Entonces le preguntó:

—¿Debo darte dinero?

—¡Dadme! —dijo el cura, levantándose.

—¿Qué harás de él?

No respondió.

Entonces Ignat, cogiéndole por el cuello, le sacudió e hizo escapar de su boca inmunda estas palabras, pronunciadas con terror, dulcemente, casi tartamudeando:

—Tengo una hija, una hija… dieciséis años… en un establecimiento religioso. Para ella… amontono… pues cuando salga… no tendrá ni con que ocultar su desnudez…

—¡Ah…! —exclamó Ignat.

Y le soltó.

Quedó largo tiempo pensativo, sombrío, observando al cura.

Después, con ojos alegres, repuso:

—¿Mientes, verdad, borracho?

El cura, silenciosamente, hizo la señal de la cruz y dejó caer la cabeza sobre su pecho.

—Es verdad; tiene una hija —afirmó uno de la banda.

—¿Tiene una hija? ¡Está bien! —gritó Ignat.

Y, dando un puñetazo en la mesa, se volvió hacia el cura:

—Escucha… Véndeme tu hija… ¿Cuánto me pides?

Un estremecimiento agitó al desdichado, que sacudió la cabeza.

—¡Mil rublos!

Todos reían, viendo temblar al cura, como bajo una ducha de agua fría.

—¡Dos mil! —aullaba Ignat, con los ojos chispeantes…

—¿Qué le pasa a usted…? ¿Cómo puede ser eso…? —balbuceaba el cura, tendiendo sus dos manos hacia Ignat.

—¡Tres mil!

—¡Ignat Matveitch! —exclamó con voz vibrante—: ¡En nombre de Dios, nuestro señor…! ¡En nombre de Cristo! Ya basta… ¡Yo la vendería por ella misma! ¡Yo la vendería!

Había como una amenaza en estos gritos dolorosamente agudos, y sus ojos apagados, insignificantes hasta entonces, brillaron, como un tizón en la noche.

El corro de borrachos reía locamente.

—¡Silencio! —gritó con rabia Ignat.

Irguió su alta estatura y frunció el ceño:

—¡No comprendéis, grandísimos tunos, de lo que se trata! ¡Se debe llorar y reír…!

Se aproximó al cura, se arrodilló ante él y le dijo con firmeza:

—¡Cura! Ahora acabas de ver lo miserable que soy; pues bien, escúpeme en la cara.

Pasó entonces algo repugnante y ridículo: el cura se arrojó a su vez a los pies de Ignat, y como una enorme tortuga, se arrastraba a su alrededor, besando sus rodillas, balbuceando palabras incomprensibles, sollozando.

Ignat, inclinado sobre él, le levantó del suelo y le gritó, en tono imperioso y suplicante:

—¡Anda! ¡Escupe…! Apunta bien a mis innobles ojos.

En un momento, toda aquella banda había quedado estupefacta por el grito severo de Ignat, pero volvió a reír de nuevo, y de tal modo, que los cristales de la taberna temblaron.

—¡Te doy cien rublos…, escupe!

Pero el cura se arrastraba por el suelo llorando de miedo o de dicha, viendo a aquel hombre exigir así de él su propia humillación.

Por último Ignat se levantó.

Con el pie rechazó al cura y le arrojó al rostro un fajo de billetes, diciendo con tono sombrío y una leve sonrisa:

—¡Granuja…! ¿Acaso un hombre puede hacer penitencia delante de tales gentes? Los unos temen oír la confesión, los otros se burlan del pecador… ¡Y yo, que era tan sincero! Estaba conmovido hasta las entrañas. ¡Vamos a ver! —me decía yo. Y realmente no pensaba en nada…— ¡Así es…! ¡Vete pronto, desaparece! Y que no te vuelva a ver, ¿entiendes?

—¡Oh, qué original…! —decían sus compañeros enternecidos.

* * *

En la ciudad corrían leyendas a causa de sus orgias; todo el mundo las condenaba severamente; pero jamás hubo nadie que rehusase participar de ellas.

Llevaba esta existencia durante semanas enteras y después volvía a su casa, impregnado del olor de los tugurios, abatido y triste. Los ojos bajos humildemente, apagados por la vergüenza, escuchaba en silencio los regaños de su mujer; tranquilo y estúpido, como un cordero, entraba en su cuarto y se encerraba. Permanecía durante varias horas arrodillado ante las imágenes santas, la cabeza inclinada sobre el pecho, los brazos colgando, inertes, la espalda encorvada y se callaba, como si no osase rezar. De puntillas su mujer se aproximaba a la puerta y escuchaba. Profundos suspiros partían de la habitación, como el resoplido de un caballo fatigado.

—¡Señor! Tú ves… —balbuceaba sordamente Ignat, golpeando con fuerza su ancho pecho con la palma de su manaza.

Durante estos días de penitencia, no bebía más que agua y no comía más que pan de centeno. Por la mañana su mujer ponía a la puerta una libra de pan y sal; lo cogía él mismo y se volvía a encerrar.

Por nada del mundo se hubieran atrevido a molestarle durante estos encierros.

Al cabo de algunos días aparecía en la Bolsa, bromeaba y contrataba grandes cantidades de trigo, con la misma penetrante mirada de ave de rapiña y la misma práctica de los negocios.

Pero, en las fases diversas de su vida, un solo deseo apasionado le perseguía, el de tener un hijo: y cuanto más envejecía, más le desesperaba este deseo.

La misma conversación se sostenía a menudo entre su mujer y él. Por la mañana tomando el té, o bien al mediodía, durante la comida, miraba sombríamente a su mujer, criatura delicada, con semblante de rosa y ojos soñadores, y le preguntaba:

—¿Qué tal…? ¿No sientes nada…?

Ella sabía perfectamente lo que él quería decir, pero respondía invariablemente:

—¿Cómo no he de sentir? Mira tus puños; son como mazas…

—¡Hablo de tu vientre, imbécil!

—Después de recibir estos golpes, ¿es posible quedar encinta?

—No son los golpes lo que impide estar encinta, sino el comer demasiado. Llenas tu vientre de toda clase de alimentos; un niño no tiene ya sitio para germinar.

—Se diría que no te he dado nunca nada…

—¡Pse! ¡Niñas! —replicaba Ignat, con despecho—. Me hace falta un hijo, ¿comprendes?, un hijo, un heredero a quien pase mi capital, después de mi muerte. ¿Quién rezará por mis pecados? ¿Lo he de dar todo a los conventos? ¡Ya han recibido bastante, ya basta! ¿Dejártelo todo a ti? ¡Ah! ¡Tú eres una pobre devota…! Aún en la iglesia no piensas más que en guisos, y si yo me muero, te volverás a casar… y mi dinero pasará a algún imbécil. ¿Para eso he de trabajar? ¡Dime!

Y una gran tristeza le invadía, pues sentía que, sin un hijo para suceder le, su vida no tenía objeto.

En nueve años de matrimonio su mujer había dado a luz cuatro niñas, pero todas murieron. Ignat, que esperaba su nacimiento temblando, lloraba apenas su muerte; le eran inútiles.

Desde el segundo año de su matrimonio, pegaba a su mujer. Y al principio sólo le pegaba cuando estaba borracho, sin cólera, sencillamente para adaptarse al reirán popular: «Ama a tu mujer como a ti mismo y sacúdela como a un peral».

Después de cada alumbramiento inútil, un odio invencible se elevaba en su alma y entonces le pegaba con delicia, vengándose de que no le hubiese dado un hijo.

* * *

Se encontraba en el gobierno de Samara, cuando recibió un telegrama de sus parientes, anunciándole la muerte de su mujer. Hizo la señal de la cruz, meditó y escribió a su compañero Maiakín:

«—Enterradla sin mi presencia; vigilad mis intereses».

Fue en seguida a la iglesia, hizo decir una misa, y después de haber rezado por el eterno descanso del alma de su difunta Aquilina, juzgó que lo más indispensable para él era casarse de nuevo lo más pronto posible.

En esta época tenía cuarenta y tres años. Buen mozo, ancho de espaldas, hablaba con voz de sochantre; bajo sus cejas negras las miradas de sus grandes ojos eran inteligentes y resueltas; en su cara curtida, cubierta, en parte por una espesa barba negra, y en toda su persona potente, había una gran belleza, puramente del país, sana y ruda. Sus movimientos, su paso altivo y lento confirmaban sus fuerzas y una sólida confianza en sí mismo.

Agradaba a las mujeres y no las rehuía. No había pasado un año aún desde la muerte de su mujer, cuando pedía la mano de la hija de un hombre con quien le ligaban relaciones comerciales, un cosaco del Don, de la secta de los Morlacainos. Fue bien recibido a pesar del apodo de «Chiflado», con el que se le conocía hasta en el Ural. Llevó a su mujer con él por otoño. Se llamaba Natalia, una moza de grandes ojos y una gran mata de pelo rubio; era todo lo que convenía al bello Ignat. Él unía a su amor, al mismo tiempo que la altivez, la ternura apasionada del ser robusto y superior en fuerzas.

Sin embargo, al cabo de poco tiempo empezó a observarla con atención.

Apenas si aparecía ya la sonrisa en el rostro oval, de gestos regulares y severos, de la joven. Constantemente parecía absorta en vagos pensamientos, extraños a las cosas mundanas; sus grandes ojos azules, siempre fríos y tranquilos, estaban a veces sombríos y hostiles. Cuando no la ocupaban los menesteres del hogar, se sentaba en la mayor habitación de la casa, cerca de la ventana, y allí se estaba, inmóvil, silenciosa, dos o tres horas seguidas.

Su rostro estaba vuelto a la calle, pero su mirada, profundamente abstraída, era indiferente a la vida y al movimiento del mundo exterior; parecía que miraba adentro de sí misma.

Sus pasos también eran raros. Natalia iba y venía por las vastas habitaciones de la casa, lentamente y con precaución, como si algo invisible impidiera la libertad de sus movimientos.

La casa estaba amueblaba con lujo abigarrado y tosco; todo brillaba y denotaba una gran fortuna. La cosaca pasaba por entre las porcelanas y las vitrinas llenas de figuras de plata, de puntillas, como si temiera que estos objetos la apresaran y estrangulasen.

La vida tumultuosa de una gran ciudad comercial no parecía interesar a esta mujer grave y taciturna y cuando a veces salía en coche con su marido, sus ojos se fijaban constantemente en la espalda del cochero. En la sociedad, que frecuentaba a instancias de Ignat, conservaba la misma figura extraña. Cuando iban a su casa invitados ponía todo su esmero en recibirles convenientemente; pero no ponía ningún cuidado en la conversación ni marcaba preferencia por ninguno. Sólo el compañero de su marido, Maiakín, inteligente y jovial, hacía a veces salir a su rostro una sonrisa indecisa como una sombra.

Decía Maiakín hablando de ella:

—Es un leño… No es una mujer. Pero la vida es como un brasero incandescente; todos arderemos. Esta molacaina arderá a su vez, esperad, démosle tiempo. Entonces veremos cuál es la flor que la hará desvanecer.

—¡Eh, pequeñita! —decía Ignat—. ¿En qué piensas? ¿Es que guardas la nostalgia de tu aldea cosaca? Es necesario vivir más alegremente.

Ella callaba y les miraba con aire plácido.

—Vas demasiado a menudo a la iglesia. ¡Espera un poco! Tienes mucho tiempo para hacerte perdonar tus pecados… Primeramente comételos. Tú sabes perfectamente que, cuando no se peca, no se hace penitencia, no se es dichoso… Deberías pecar ahora que eres joven. ¿Vamos a paseo…?

—No tengo ganas.

Se sentaba a su lado, la enlazaba entre sus brazos; pero ella permanecía inerte y respondía fríamente. Él buscaba entonces sus miradas y le preguntaba:

—Natalia, ¿por qué estás triste? ¿Te aburres conmigo?

—No —respondía ella brevemente.

—¿Qué tienes, pues? ¿Tienes ganas de volver a los tuyos?

—No, eso pasará…

—¿En qué piensas?

—No pienso.

—¿Entonces qué es?

—Soy así…

Una vez pudo obtener una respuesta más amplia:

—Tengo algo, aquí, en el corazón… algo… vago… y en los ojos también… Me parece que nada de todo esto es de verdad…

Hizo un vago ademán, para indicar todo lo que la rodeaba; los muebles, las paredes, todo. Ignat no dio importancia a sus palabras, pero le respondió riendo:

—¡Qué locura! Todo es de verdad… Todos los objetos son caros y sólidos. Pero si tú lo deseases, los quemaría, los vendería, y compraría otros. Vamos a ver, ¿quieres?

—¡Para qué! —respondió tranquilamente.

Ignat no comprendía cómo esta mujer tan joven, tan fresca, viviese así como entontecida, no deseando nada, no yendo a ninguna parte, salvo a la iglesia, y evitando a todo el mundo. Y empezaba a consolarla.

—¡Espera un poco…! Tendrás un hijo y tu vida cambiará completamente. Es porque tienes muy pocos cuidados, por lo que estás tan aburrida; pero él te dará demasiados… ¿Verdad que tendrás un hijo?

—Como Dios quiera… —decía ella bajando la cabeza.

Pero bien pronto empezó su humor a reflejarse en su semblante.

—¡Vamos! Molacaina, ¿por qué pones esa cara? Parece que andas sobre agujas… y cuando miras diríase que has cometido un crimen. Eres una mujer sin gustos.

Un día Ignat venía medio borracho y se puso a acosarla con sus caricias. Como ella las rehusase, irritado, exclamó:

—¡Natalia, no seas imbécil, ten cuidado!

Ella se volvió hacia él y le preguntó con calma:

—¿Y qué sucedería?

A estas palabras y ante la mirada resuelta de su mujer, Ignat se puso furioso.

—¡Cómo! —exclamó avanzando hacia ella.

—¿Es que te atreverías a pegarme quizás? —respondió ella, sin moverse de su sitio y sin bajar la vista.

Ignat, acostumbrado a que todo temblase ante su cólera, encontró humillante su calma.

—Espera… —gritó levantando el puño.

Sin aceleración, pero con ligereza, esquivó el golpe, y después, cogiéndole por el brazo le rechazó y sin alzar la voz, le dijo:

—¡Si me tocas, no me tendrás jamás! No lo soportaré.

Sus grandes ojos se achicaron, y su brillo penetrante y agudo devolvió a Ignat su sangre fría. Comprendió en la expresión de su rostro que ella también era un animal vigoroso, y que, si tal era su voluntad, no retrocedería.

—¡Fu! ¡Fu! ¡Arisca! —murmuró él.

Yse fue.

Acababa de ceder, pero no quería que se repitiese; no podía concebir que una mujer, y sobre todo la suya, no se doblegase ante él: esto le había humillado. Se dio cuenta inmediatamente de que su mujer no cedería ya en nada y que entre ellos se iba a entablar una lucha testaruda por la supremacía.

«¡Está bien! Vamos a ver quién será el más fuerte», se decía al día siguiente, echando una ojeada a su mujer con una curiosidad sombría; y en su alma se encendía ya un violento deseo de emprender la lucha para gozar más pronto del triunfo. Pero cuatro días después de esta escena, Natalia anunció a su marido que estaba encinta.

Ignat tembló de alegría, la apretó con fuerza entre sus brazos y le dijo con voz sorda:

—¡Bravo, Natalia… si fuese un hijo! Si es un hijo lo que das a luz, te cubriré de oro. ¿Qué digo? Seré tu esclavo. Lo juro ante Dios. Me arrastraré a tus pies y harás de mí lo que te plazca.

—No está eso en nuestra mano, sino en la de Dios —dijo ella con voz persuasiva y dulcemente.

—¡Sí, Dios! —exclamó Ignat con amargura.

Ybajó tristemente la cabeza.

A partir de este momento, cuidó a su mujer como a un niño.

—¿Por qué te sientas cerca de la ventana? Ten cuidado no vayas a coger una pulmonía —le decía él con mezcla de severidad y ternura—. ¿Por qué corres por las escaleras? Puedes dar un mal paso… Come por dos, para que tenga bastante…

El embarazo puso a Natalia más inaccesible y más silenciosa que de costumbre. Parecía enteramente entregada a sí misma, como absorta por la palpitación de una nueva vida bajo su corazón. Pero la sonrisa de sus labios se hizo más significativa y en sus ojos brillaba a veces un resplandor nuevo, indeciso y tímido, tal como la primera claridad del alba.

Cuando llegó por fin el momento del parto, era la mañana de un día de otoño, al primer grito que escapó a su mujer, Ignat palideció y quiso decir algo; pero hizo sólo un ademán y salió de la alcoba, en la cual su mujer se retorcía presa de los dolores. Bajó a una pequeña habitación en el piso inferior, que había servido de capilla a su madre. Allí pidió aguardiente y se sentó con aire sombrío ante la mesa y empezó a beber, prestando oído incesantemente al ruido que agitaba la casa y a las quejas que venían de arriba.

En un rincón del cuarto, débilmente iluminado por la luz parpadeante de una lamparilla, se distinguían las efigies de santos indiferentes y negros. Y arriba el ruido de pasos, que cruzaban el cuarto, el de muebles que se varían de su sitio, choque de vajillas, mientras que por las escaleras los criados corrían desenfrenados… Todo se hacía deprisa, y el tiempo pasaba lentamente. El oído de Ignat percibía voces ahogadas.

—Parece que no saldrá del paso sin ayuda… Será necesario enviar a la iglesia y hacer abrir las puertas del tabernáculo.

En la habitación inmediata a la que se encontraba Ignat, entró de repente Vasuchka, una mujer que él albergaba por caridad y se puso a rezar siseando, pero aún bastante alto:

—¡Dios grande…! Tú que te dignaste bajar del cielo sobre la tierra y nacer de la santa Virgen… Tú que conoces la miseria de nuestro ser… ten piedad de tu sierva…

Y de repente, por encima de los demás ruidos, oyóse un gemido, que no tenía nada de humano y que llegaba al alma seguido de un grito prolongado, que atravesaba lentamente las habitaciones de la casa, perdiéndose en los rincones en los que las sombras crepusculares se esfumaban alegremente.

Ignat arrojaba desfallecidas miradas a las sagradas imágenes, suspiraba trabajosamente y pensaba:

«¿Es posible que sea otra niña, aún?»

A veces se levantaba, quedaba inmóvil en medio del cuarto y hacia silenciosamente la señal de la cruz, inclinándose extraordinariamente ante las imágenes; después volvía a sentarse cerca de la mesa y bebía aguardiente, que en estos momentos no le emborrachaba y sólo le hacía dormitar. Pasó así toda la tarde, y toda la noche y también la mañana del siguiente hasta el mediodía. Por último vino a verle la comadrona y con voz chillona y alegre le gritó desde lejos:

—Te felicito, Ignat Matveitch. Es un niño.

—Mientes —dijo él sordamente.

Aspirando entonces el aire con toda la fuerza de sus pulmones, Ignat cayó de rodillas pesadamente y con voz temblorosa, balbuceó, las manos apretadas contra el pecho:

—¡Alabado sea Dios! No has querido que mi raza se extinguiese. Mis pecados no quedarán sin sufragio ante ti… ¡Gracias, Dios mío!

Y levantándose acto seguido, se puso a dar órdenes en alta voz:

—¡Andando! Que vayan inmediatamente a San Nicolás a buscar al sacerdote. De parte de Ignat Matveitch que envía por él. «Venid, le diréis, a hacer la plegaria por la parida».

En este momento apareció el ama de gobierno con aire inquieto.

—Ignat Matveitch —dijo—, la señora le llama a usted, se siente mal…

—¿Cómo mal? ¡Eso se pasará! —murmuró alegremente, con los ojos encendidos—. Decidle que voy en seguida. Decidle que es una gran mujer. Decidle: «Va en seguida, va en busca del regalo y vuelve». Espera. Preparad de comer para el pope… Id en busca de Maiakín.

Su gran estatura parecía aún haber crecido; ebrio de alegría iba de un lado a otro del cuarto como loco; sonreía, se frotaba las manos y echando miradas cariñosas a los santos, hacía mil veces la señal de la cruz con movimientos desmesurados… Por último pensó ir a ver a su mujer.

Allí, lo que primero atrajo sus miradas, fue un bultito rojo que la comadrona lavaba.

Percibiéndole, Ignat púsose de rodillas y con las manos atrás se aproximó, andando con la mayor precaución, los labios contraídos en una mueca tierna y ridícula. El pequeño gemía y manoteaba en el agua, desnudo, endeble, interesante y digno de lástima.

—¡Eh! Tú… no le aprietes tan fuerte. Ya sabes que todavía no tiene huesos —dijo Ignat, en tono bajo a la comadrona.

Ésta se echó a reír, abriendo una boca desdentada y haciendo pasar diestramente al pequeñuelo de una mano a otra.

Se volvió dócilmente hacia la cama y preguntó:

—¿Cómo vas, Natalia?

Después aproximándose, echó a un lado los cortinajes, que hacían sombra.

—No sobreviviré… —gritó una voz enronquecida.

Ignat se callaba, mirando ligeramente el rostro de su mujer, enterrado entre la blancura de las almohadas, en las cuales, parecidas a serpientes muertas, se deslizaban los mechones de sus cabellos.

Amarillo, lívido con manchas negras alrededor de los ojos, inmensamente abiertos, aquel semblante estaba desconocido.

Un presentimiento fatal le sobrecogió y paró los alegres latidos de su corazón.

—Eso no es nada; es siempre así —dijo dulcemente, inclinándose para besar a su mujer.

Pero ésta continuaba su gemido:

—No sobreviviré…

Sus labios estaban cenicientos, fríos y, cuando él aproximó los suyos, comprendió que la muerte se apoderaba de ella.

—¡Gran Dios! —murmuró aterrado, sintiendo que el espanto le apretaba la garganta y le impedía respirar—. ¡Natalia…! ¿Qué va a ser de él? ¡Pero le hace falta el pecho! ¿Qué haces?

Faltó poco para revolverse contra ella. Alrededor de él iba y venía la comadrona: agitaba en el aire al niño que lloraba y le hablaba con voz acariciadora; pero Ignat no oía nada y no podía apartar sus ojos de la faz espantosa de su mujer. Sus labios tartamudeaban palabras débiles y lentas, cuyo sentido era imposible percibir. Sentado en el borde de la cama, decía con voz sorda y tímida:

—Piensa que no puede pasarse sin ti. Es un niñito. Debes animarte, dejar estos pensamientos… no pienses más…

Hablaba, aunque comprendía que sus palabras eran inútiles. Las lágrimas se apoderaron de él y sintió en su pecho algo pesado como una piedra y frío como un témpano.

—Perdóname… adiós… cuídale… ten cuidado… no bebas… —murmuraba Natalia en un suspiro.

Llegó el sacerdote y cubriéndole el rostro con un velo bendito, empezó a recitar suspirando las palabras dulces y suplicantes:

«—Señor Todopoderoso, tú que curas todos los males a esta pobre mujer que acaba de parir, a tu sierva Natalia, envía el remedio y levántala del lecho de dolor, en que reposa. Según la frase de David: “Concebidos en el pecado”, somos todos impuros ante ti».

Calló la voz del anciano. Su flaco semblante era severo y sus hábitos olían a incienso.

«—Preserva al niño, nacido de ella, de todo infierno, de toda desgracia, de toda tempestad… de los espíritus malignos, día y noche…»

Ignat escuchaba la plegaria y lloraba sin ruido: sus gruesas y ardientes lágrimas caían en el brazo desnudo de su mujer. Pero probablemente este brazo ya no sentía nada, pues la epidermis ya no experimentaba el más ligero temblor.

Concluida la plegaria, Natalia perdió el conocimiento y el segundo día murió sin decir nada a nadie; murió con el mismo silencio en que viviera.

* * *

Después de haber hecho grandes funerales a su mujer, Ignat bautizó a su hijo y le puso de nombre Tomás. Con el corazón afectado se resignó a darlo a la familia de su padrino. Maiakín, cuya mujer acababa igualmente de dar a luz. En la barba oscura y espesa de Ignat, la muerte de su mujer sembró varios hilos blancos y en la mirada sombría de sus ojos apareció una nueva expresión tierna, tímida y acariciadora.

II

Maiakín habitaba un caserón de dos pisos, con un gran jardín, donde viejos y robustos tilos extendían orgullosamente su ramaje. Espesas ramas cubrían con su encaje compacto y sombrío las ventanas de la casa y el sol no atravesaba sino muy difícilmente por este cortinaje, con sus rayos oblicuos y vacilantes. En las habitaciones, pequeñas, llenas de toda clase de muebles, reinaba siempre una oscuridad triste y severa.

La familia era muy piadosa: un olor a incienso, a cera y a aceite de las lamparillas llenaba toda la casa. Suspiros de penitentes, rumores de plegarias flotaban en el ambiente. Los ritos se cumplían con una puntualidad rigurosa, con delicia; en ellos se encontraba la fuerza del alma de la casa. En esta atmósfera oscura y sofocante se movían sin ruido bultos de mujeres vestidas de negro, calzadas con fieltro, teniendo siempre en la cara una expresión contristada. La familia de Jacob Tarasovitch Maiakín se componía de él, su mujer, su hija y cinco parientas, de las que la menor tendría treinta y cuatro años. Todas eran igualmente piadosas, sin voluntad y sumisas a Antonia Ivanovna, la dueña de la casa, una mujer alta, delgada, de rostro sombrío y ojos grises, severos, donde brillaba una mirada imperiosa e inteligente.

Maiakín tenía también un hijo, Taras; pero su nombre no era nunca pronunciado en la familia. Los íntimos sabían que a la edad de diecinueve años Taras había ido a Moscou a hacer sus estudios, que contra el gusto de su padre se había casado tres años más tarde y que Jacob le había repudiado. Después Taras desapareció por completo; se decía que había sido enviado a Siberia por un delito cualquiera.

Jacob Maiakín ofrecía un aspecto poco común. Era pequeño, delgado, muy vivo, de barba corta, de un rojo fuego, recortada en punta y ojillos verdosos, que parecían decir: «No os inquietéis; aunque os comprendo perfectamente y me dejáis en paz, consiento en no delataros». Su cabeza, desmesuradamente grande, tenía una forma cónica. Su frente surcada de arrugas en todos los sentidos se confundía con su cráneo calvo, y hubiérase dicho que este hombre poseía dos caras: la primera que todo el mundo podía ver, era sagaz y llena de inteligencia, con un enorme cartílago sirviéndole de nariz; la otra misteriosa, sin ojos y sin boca, compuesta únicamente de arrugas detrás de las que Maiakín parecía ocultar otra boca y otros ojos. Los ocultaba de pronto, pero se presentía que aquella boca y aquellos ojos en un momento dado aparecerían y le darían una faz eternamente nueva.

Maiakín tenía una fábrica de cuerdas y una tienda en la ciudad, próxima al puerto. En esta tiendecita, llena hasta el techo de cuerdas y cables, cáñamo y estopa, tenía una trastienda con una puerta de cristales que giraba. El mueblaje de la trastienda se componía de una grande y fea mesa, de un inmenso sillón de cuero, en el que Maiakín pasaba los días enteros, bebía el té y leía siempre el mismo periódico: «Las Novedades de Moscou», al que siempre estaba abonado. Gozaba entre los comerciantes de una gran consideración y pasaba por hombre de buena cabeza. Se complacía en hacer conocer el abolengo de su familia, diciendo con voz velada: «Nosotros, los Maiakín, éramos comerciantes en tiempos de nuestra reina, la gran Catalina… ¡Así es que yo soy un hombre de sangre pura…!»

En esta familia es donde el hijo de Ignat Gordeief vivió hasta la edad de seis años. En su año séptimo Tomás tenía una cabeza muy grande y un pecho muy robusto: parecía de más edad, tanto por su talla como por la expresión de sus ojos, que eran muy grandes. Dulce, silencioso y obstinado en sus voluntades infantiles, se entretenía todo el día con los juguetes de la hija de Maiakín, Liubova, bajo la muda vigilancia de una de sus parientas, una vieja solterona gruesa y torpe que se llamaba sin ningún motivo Busia. Esta mujer parecía un ser silencioso y parecía siempre estar asustada; con los mismos niños hablaba a media voz y por monosílabos; sabía muchas oraciones, pero no contaba a Tomás ningún cuento de hadas.

Tomás vivía en buena inteligencia con la chiquilla; pero cuando se enfadaba con ella o le contradecía, sus ojos se abrían desmesuradamente y le pegaba con furor. Ella lloraba y se lo contaba a su madre; pero Antonia quería a Tomás y prestaba poca atención a las quejas de su hija, lo que fortificaba la amistad de los dos chicos.

Los días para Tomás eran largos y monótonos. Después de levantarse y de lavarse, se postraba ante los iconos. Busia pronunciaba, gesticulando, interminables oraciones, que el niño repetía como mejor podía. Después venía la hora del té, y con el té se servían muchos bollitos y pasteles. Durante la estación florida, los niños bajaban a un jardín espacioso y ameno, que terminaba en un estanque siempre oscuro. Tenía algo de lúgubre y de él venía un aire frío y húmedo. Como se prohibía a los muchachos aproximarse a este sitio, habían concebido de él un gran terror. En invierno, entre el té y el almuerzo, los niños jugaban en la casa, cuando helaba fuera, o bien iban al patio y allí se divertían en patinar.

Al mediodía se comía «a la rusa», como decía Maiakín. Se ponía primeramente en la mesa una gran sopera, llena de sopa de coles, con mucha substancia, donde flotaban pedazos de pan de centeno. Se servía después la misma sopa con la carne, cortada en pedacitos. En seguida venía el asado, lechoncillo, ternera, o bien cerdo ya hecho, o carne partida en pedacitos y bien asada. Se continuaba con sopa de hígado de volatería o fideos y la comida se terminaba por algún entremés o algún pastel. Se bebía kwas. Antonia Ivanovna sabía cocinar. Todos comían en silencio exhalando de cuando en cuando suspiros de fatiga; los dos niños comían en un plato, los mayores en otro. Dejaban la mesa atontados de tanta comida: todos iban a acostarse y durante dos o tres horas no se oía en la casa de Maiakín más que los ronquidos y la respiración trabajosa de los que duermen.

Al despertar, se tomaba té; después, de sobremesa, se hablaba de las noticias de la ciudad: de los que se casan, de la conducta de éste o de aquél, de lo que habían dicho o hecho el pope, los chantres o tal amigo…

Después del té, Maiakín decía a su mujer: «Vamos madre, dame la Biblia». De ordinario Jacob Tarasovitch leía el libro de Job. En su gran nariz cabalgaban unos anteojos con cerco de plata, y echaba una ojeada circular a su auditorio, para ver si cada uno estaba en su sitio. Todos estaban sentados donde tenía costumbre de verlos y sus rostros expresaban ese sentimiento, que conocía tan bien, de una piedad ilimitada, y temerosa.

«Hubo un hombre que habitaba el país de Hus…», empezaba Maiakín con voz chillona.

Y Tomás, que estaba sentado cerca de Liubova, en un rincón del cuarto, en el canapé, sabía ya en seguida que su padrino iba a callarse y pasarse la mano por la calva. Escuchaba y se formaba una idea del hombre del país de Hus. Éste era grande y desnudo, sus ojos eran inmensos, como los de Cristo y las imágenes, y su voz resonaba como una trompeta, de las que usan los soldados en los campamentos. Este hombre se crecía y ascendía; cuando llegaba al cielo, introducía sus manos sombrías en las nubes y las desgarraba, gritando con voz terrible: «¿Por qué se ha dado la luz al hombre, estando cegado el camino y haciéndolo Dios rodeado de tinieblas?» El miedo empezaba a apoderarse de Tomás, y éste temblaba; el sueño le abandonaba completamente y oía la voz de su padrino, que decía con sonrisa imperceptible y tirándose de la perilla:

—¡Ya veis, qué valiente!

Tomás sabía que estas palabras aludían al hombre de Hus y la sonrisa del padrino calmaba al niño. —¡No desgarrará el cielo y le hará trizas este hombre con sus terribles manos…!—. Y Tomás vuelve a ver al hombre —está sentado en tierra, su cuerpo está cubierto de lepra, su piel supura… Ahora es pequeño y digno de lástima; ya no es más que un mendigo como los que se ponen en los atrios de las iglesias. He aquí que dice: «¿Qué puede el hombre nacido de la mujer, para ser puro y justo?»

—¡Es a Dios a quien habla! —explicaba sugestivamente Maiakín—. «¿Cómo —dijo él—, puede ser justo siendo carne?» ¿Eh?

Y el lector miraba con aire triunfante e interrogativo a las mujeres que le escuchaban.

—Ha sido juzgado digno… el santo… —responden ellas suspirando.

Jacob Maiakín toma un aire burlón y dice:

—¡Está bien! Más vale que vayáis a acostar a los niños…

Ignat iba todos los días a esta casa. Llevaba juguetes a su hijo, le aupaba y le estrechaba entre sus brazos; pero a veces le decía con inquietud y descontento mal disimulado:

—¿Qué tienes para estar tan cabizbajo? ¡Uh, uh! ¿Por qué te ríes tan poco?

Y se quejaba a su antiguo amigo.

—¡Tengo miedo de que Tomás siga las huellas de su madre…! Sus ojos tampoco son alegres…

—Es demasiado pronto para que te atormentes así —decía sonriendo Maiakín.

Él también quería a su ahijado, y un día que Ignat le anunció que iba a llevarse a Tomás, Maiakín se afligió sinceramente.

—Déjale —exclamó—, mírale… El chico se ha acostumbrado a nosotros y llora…

—Ya se consolará…, no es para ti para quien tuve un hijo. En vuestra casa el aire es pesado, es triste; aquí cualquiera se creería en una ermita de la secta de los antiguos creyentes. Es malsano para un niño, y yo tampoco me siento alegre sin él. Cuando regreso a mi casa… está vacía. Querría no ver nada. Empero, yo no puedo vivir en vuestra casa, a causa de él. No estoy para él… es él quien está para mí. Eso es. Además, tengo mi hermana ahora; Antheísa ha llegado: no faltará quien le cuide.

Y el pequeño fue llevado a la casa paterna. Allí fue recibido por una vieja rara, de larga nariz curva y una boca grande desdentada. Alta, encorvada, vestida con un traje gris, los cabellos grises cubiertos con una cofia de seda negra, no agradó al chiquillo a la primera vista y aun le asustó. Pero cuando la hubo examinado bien, distinguió en su rostro arrugado, unos ojos negros que le sonreían afectuosamente y se arrojó acto seguido en sus rodillas, con confianza infantil.

—¡Pobre huérfano! —decía ella, con voz velada, que resonaba para él como una dulce música.

Y le pasaba tiernamente la mano por el rostro.

—Miren cómo se hace una pelota mi querido niñito.

Había algo de particularmente dulce y tierno en sus caricias, algo completamente nuevo para Tomás, que miraba los ojos de la vieja con atenta curiosidad. Esta anciana le introdujo en un mundo que le había sido desconocido hasta entonces. Desde la primera noche, después de haberse acostado… se sentó a su lado e inclinándose sobre el niño, le preguntó:

—¿Te cuento un cuento, querido Tomás?

Y desde ese día Tomás se dormía cada noche, arrullado por la voz armoniosa de la vieja, que le pintaba un mundo de hadas. Héroes que confundían monstruos, princesitas rubias, pobres de espíritu, que resultaban ser las más sensatas, toda una falange de nuevos y maravillosos personajes pasaban ante la imaginación del muchacho y su alma se impregnaba con avidez en la sana belleza de las creaciones populares.

Los tesoros de memoria y fantasía de esta anciana eran inagotables y se le aparecía a menudo al principio del sueño, ya como cualquier hada del cuento, buena hada siempre, ya parecida a la bella Basilisa, la sabia. Abriendo sus grandes ojos, conteniendo la respiración, el pequeño miraba la oscuridad de la noche, que invadía el cuarto y temblaba al resplandor de la lamparilla, encendida ante las santas imágenes. Tomás poblaba la noche de cuadros maravillosos de la vida fantástica. Silenciosas y vivas sombras corrían a lo largo de las paredes y del techo: el muchacho tenía miedo y, sin embargo, le gustaba seguir la existencia de esas quimeras, que sabía destruir instantáneamente.

Algo nuevo apareció en sus ojos, más infantil, más inocente y menos serio. La soledad y la oscuridad habíanle hecho concebir temerosas preocupaciones. Vivía en espera de algo misterioso y este sentimiento le agitaba y tenía a su curiosidad en acecho. Esta curiosidad le impulsaba a ir a los rincones más oscuros, ver lo que se ocultaba tras el velo espeso de las tinieblas. Iba, no encontraba nada, pero no perdía la fe ni la esperanza de encontrar.

Temía a su padre y le respetaba. La estatura de Ignat, su voz de trombón, su faz barbuda, el espeso bosque de su cabellera gris, sus manazas y el brillo de sus ojos, todo daba a Ignat un parecido con los personajes malos de los cuentos de hadas. Tomás temblaba, cuando oía su voz o sus pasos pesados y rítmicos, pero cuando su padre le tomaba en sus rodillas, le sonreía con aire acariciador, cuando su voz sonora le decía alguna terneza o cuando le lanzaba en el aire para recibirle siempre en sus manazas, el miedo del muchacho desaparecía.

Un día, tenía ocho años, preguntó a su padre que volvía de un largo viaje:

—¿Padre mío, de dónde vienes?

—He estado en el Volga…

—¿Has pirateado? —le preguntó dulcemente Tomás.

—¿Cómo? —exclamó con sorpresa Ignat.

Y sus cejas se arquearon.

—Tú eres un bandido, padre. Lo sé muy bien —decía Tomás guiñando un ojo maliciosamente, encantado de haber penetrado tan fácilmente la vida de su padre, para él tan misteriosa.

—Yo soy un comerciante —replicó severamente Ignat.

Pero, después de reflexionar, sonrió dulcemente y agregó:

—Y tú eres un tontuelo. Yo vendo trigo, trabajo con los barcos… ¿Has visto el «Ermak»? Pues bien, es mi barco y también el tuyo…

—Es demasiado grande… —dijo Tomás suspirando.

—Entonces, voy a comprarte uno pequeño, para mientras seas pequeñito, ¿quieres?

—¡Muy bien! —exclamó el niño.

Y después de haber reflexionado un instante en silencio, continuó lentamente y como contrariado.

—Y yo que creía que tú también eras un malandrín o un gigante.

—Soy un comerciante, te digo —repitió Ignat con tono persuasivo.

Y en la mirada que echó sobre el rostro desencantado de su hijo, se leía una expresión de descontento y casi de temor.

—¿Cómo el padre Teodoro, el que vende pasteles? —preguntó Tomás después de un momento de reflexión.

—Eso es… sólo que más rico; yo tengo más dinero que Teodoro.

—¿Mucho dinero?

—¡Bah! Más se puede tener.

—¿Cuántos toneles tienes?

—¿De qué?

—¡De dinero!

—¡Tontito! ¿Se cuenta el dinero por toneles?

—¿Pues cómo? —explicó Tomás con viveza.

Y, mirando a su padre, se puso a contarle:

—En un pueblo, sucedió que el bandido Maximkraet quitó a un hombre muy rico doce toneles de dinero de toda especie de moneda… Después saqueó una iglesia, partió a un hombre en dos con su sable y lo arrojó desde el campanario, pero este hombre se puso a tocar a rebato…

—¿Es la tía la que te ha contado todo eso? —le preguntó Ignat admirando la animación de su hijo.

—Ella ha sido, ¿por qué?

—Por nada —dijo riendo Ignat—. He ahí por qué has tomado a tu padre por un bandido…

—¿No puede ser que lo hayas sido en otro tiempo? —replicó Tomás, volviendo a su tema favorito.

Y se podía ver en su expresión que ardía en deseos de recibir una respuesta afirmativa.

—Nunca lo he sido… No pienses más en eso.

—¿No lo has sido?

—Te digo que no. ¡Qué rareza…! ¿Es bonito acaso ser un bandido? Los bandidos son grandes pecadores. No creen en Dios, saquean las iglesias, todo el mundo los maldice; mira, en las iglesias… Sí, pero no es eso todo, niño mío, es tiempo de trabajar. Pronto vas a tener nueve años… Vamos a empezar con la ayuda de Dios. En el invierno estudiarás y en la primavera te llevaré conmigo a hacer un viaje por el Volga.

—¿Iré al colegio? —preguntó tímidamente Tomás.

—Empezarás por estudiar con la tía en casa.

Y poco después el niño se instalaba, desde por la mañana, ante la mesa de estudio, y el dedo sobre el alfabeto eslavo, repetía con su tía: «A. B. V.». Cuando llegó a las sílabas: «Bra, Vra, Cra, Dra», el niño no podía reprimir la risa pronunciándolas. Tomás hacía todo esto sin dificultad, casi sin esfuerzo y pronto pudo leer de corrido.

—Eso, eso, niño mío, está muy bien, Tomasito —le decía con voz emocionada su tía, maravillada de ver sus progresos.

—¡Bravo, Tomás! —decía seriamente Ignat cuando se le hablaba de los progresos de su hijo—. Esta primavera vamos a ir a Astrakán a buscar pescado y en otoño entrarás en el colegio.

La vida del muchacho, proseguía así, regular y sin accidente. La tía, sirviéndole de profesora, era una compañera para él en las horas de juego. Liubova Maiakín iba de cuando en cuando. En su compañía la vieja se transformaba y volvía a la alegría de la infancia. Jugaban infantilmente. Los niños se alborotaban gozosamente, cuando veían a Antheísa con los ojos vendados, los brazos extendidos, avanzar por el cuarto, con mil precauciones, dándose, a pesar de todo, con sillas y mesas. El mismo alboroto era cuando estaban en los rincones escondidos:

—¡Ah, los pillos…! ¿Dónde se habrán metido?

Y el sol alumbraba con sus rayos alegres y amigos aquel viejo cuerpo gastado que había sabido conservar un alma joven; sonreía a esta vieja vida, que embellecía a medida de sus fuerzas y sus medios el camino por donde se adelantaban dos juventudes…

Ignat iba muy de mañana a la Bolsa y no regresaba hasta tarde. Iba entonces al Ayuntamiento, hacía visitas u otros encargos. Pero llegaba borracho.

Al principio, Tomás le huía, cuando le veía en este estado, y se ocultaba; después se habituó y concluyó por encontrar asimismo que su padre, borracho, era más bueno y más acariciador.

Cuando su padre llegaba así por la noche, el niño se despertaba siempre por el ruido de una viva discusión.

—Antheísa, hermana mía, ¡dejame besar a mi hijo, a mi heredero! ¡Déjame besarle!

Y la tía trataba de calmarle, con su voz cargada de reproches y de lágrimas.

—¡Anda! ¡Anda! ¡Acuéstate, so bruto! ¿Está bien emborracharse así? Ya tienes canas…

—Antheisa, ¿no me es posible ver a mi hijo? ¿Aunque no sea más que con un ojo?

—Ojalá que tus borracheras te arrancasen los dos…

Tomás sabía bien que su tía no dejaría a su padre entrar en su habitación y se volvía a dormir al rumor de las voces.

Pero cuando Ignat llegaba borracho durante el día, con sus manazas cogía a su hijo y con una risa nerviosa lo llevaba a través de todos los cuartos, preguntándole:

—Tomás, ¿qué deseas? Habla… ¿Bombones? ¿Juguetes? Es menester que sepas que no hay nada en el mundo que yo no te pueda comprar… Tengo un millón de rublos. ¡Ja, ja, ja! Y tendré mucho más. ¿Has comprendido? Todo es tuyo. ¡Ja, ja, ja!

Y, bruscamente, su alegría se apagaba como una bujía que una racha de viento sopla. Su rostro de borracho temblaba, sus ojos enrojecidos se llenaban de lágrimas y sus labios dibujaban una sonrisa temerosa y abatida.

—¡Antheisa…! Si muriese… ¡Qué sería de mí, entonces!

Y a este pensamiento, montaba en cólera.

—¡Todo ardería! —gritaba con los ojos inyectados, mirando hacia algún rincón oscuro de la habitación—. ¡Todo lo destruiría! ¡Todo estallaría!

—¡Basta, gran animal! Vas a asustar al pobre chico; ¿tienes acaso ganas de que caiga enfermo? —le decía Antheisa.

Y eso bastaba para que Ignat desapareciese, murmurando:

—¡Vaya, vaya, vaya! ¡Me voy, me voy, me voy! No hace falta gritar; no le asustes…

Si por casualidad Tomás estaba malo, su padre dejaba todos los negocios y no se movía de la casa, cansando a su hermana y a su hijo con preguntas y consejos estúpidos. Sombrío, los ojos llenos de terror, la cabeza perdida, iba y venía por la casa, que llenaba de gemidos.

—¡Tú ofendes a Dios! —decía Antheísa—. Ten cuidado, tus murmuraciones llegarán al Señor y te castigará por tus quejas.

—¡Ah, hermana mía! —suspiraba Ignat—. Debes comprender que si le ocurre algo, mi vida no me pertenecería. ¿Para qué habría vivido?

Tales escenas y los bruscos cambios de humor de su padre habían asustado al muchacho al principio; pero no tardó mucho en habituarse, y, cuando por la ventana veía a su padre salir trabajosamente del trineo, decía con indiferencia:

—Tía, ahí viene padre borracho otra vez.

* * *

La primavera llegó, e Ignat cumplió su promesa. Llevó al muchacho con él a bordo de uno de sus barcos y entonces empezó para Tomás una vida diferente, rica en sensaciones nuevas.

El «Ermak», bello y potente, baja rápidamente el río; ante el remolcador del traficante Gordeief, las dos riberas del Volga, imponente y soberbio, parecen avanzar lentamente a su encuentro.

La orilla izquierda, inundada de sol, se extiende en lontananza, parecida a una inmensa alfombra verde; mientras que la de la derecha eleva hasta el cielo sus cumbres cubiertas de inmensas selvas, inmóviles en una calma austera.

Entre ellas serpentea majestuosamente el ancho río; arrastra en silencio solemne y sin prisa sus aguas inconsciente, con sus fuerzas irresistibles. Por un lado los bordes escarpados se reflejan en sombríos cuadros, mientras que brilla en el otro, como un maravilloso tapiz, el oro de las playas de arena y el terciopelo de las verdes praderas.

Aquí y allá, en la montaña y en el valle, se ven casitas. Bajo los ardientes rayos del sol, los cristales de las casas y las techumbres de paja proyectan tonos vivísimos en la verdura de los árboles y las cruces de las iglesias relucen, mientras que giran perezosamente sus grises alas los molinos, y a lo lejos una chimenea de fábrica dibuja en el aire tranquilo espirales negras de humo espeso. Un grupo abigarrado de niños, vestidos con blusas blancas, rojas o azules, siguen a lo largo de la orilla y acompañan la marcha del buque. Éste turba la quietud del río con sus potentes ruedas, y las ondas alegres van hasta la orilla, muriendo a los pies de los chiquillos.

Otros chicos van sobre una frágil embarcación y se apresuran a fuerza de remos hacia el centro de la corriente, para ser arrastrados en el surco del remolcador. A veces se percibe en los sitios inundados las copas de los árboles sumergidos en el agua, parecidas a islotes. Una canción plañidera llega de lo lejos como un largo suspiro.

El barco deja atrás y enloda con el timón una porción de tablas, que navegan por el río. Los marineros, con camisas azules, titubean, miran al barco riendo y gritan algo incomprensible. El soberbio «Erttaak» navega a lo largo del río; su carga que consiste en tablas de sierra, brilla como el oro al sol y se refleja vagamente en las aguas turbadas por los deshielos primaverales.

Ahora es un barco de pasajeros con el que se cruza. El barco silba y el eco estridente de la sirena se pierde en la selva. En medio del río los dos remolinos se encuentran, se deshacen; después besan los costados de los barcos y éstos oscilan dulcemente. En las vertientes se ven ya los verdes tapices de las siembras de otoño, la tierra sin labrar y los surcos negros de las tierras dispuestos a recibir el trigo. En el aire, los pájaros se arremolinan como puntitos negros y se destacan, de un modo neto, del azul puro del cielo. Allá a lo lejos se percibe un rebaño minúsculo, parecido a un juguete, y la silueta del pastor, apoyado en su cayado y mirando al río.

Por todas partes el reflejo de las aguas, el espacio y la libertad, el aspecto encantador de las verdes praderas y la pureza de un cielo azul y acariciador. En los remolinos del agua se adivina una fuerza oculta. El sol lo alumbra todo con sus rayos generosos, el aire está saturado del olor penetrante de los pinares y las ramas jóvenes. Y las orillas siguen siempre delante del «Ermak», descubriendo sin cesar cuadros nuevos, cuya belleza es una caricia para los ojos y para el alma. Todo aquí lleva un sello de quietud: toda la naturaleza y los hombres viven perezosamente, pero esta misma pereza tiene una gracia original y diríase que oculta una fuerza intensa, una fuerza invencible, pero inconsciente que no se ha creado de deseos bien claros ni de un fin definido. Y esta somnolencia de la vida arroja una sombra de tristeza en estos espacios grandiosos. Una paciencia resignada, la espera silenciosa de algún acontecimiento nuevo y vivificante se adivina en todo, así como en el grito del cuclillo que el viento traslada desde la ribera al centro del río. Las canciones tristes parecen implorar auxilio… y por momentos se siente allí vibrar la energía de la desesperación… A estas canciones, el río responde con profundos suspiros y las copas de los árboles se balancean melancólicamente.

Tomás se inmovilizaba días enteros sobre el puente, al lado de su padre. Sin hablar una palabra, los ojos desmesuradamente abiertos, miraba el panorama de las riberas y le parecía que iba por un ancho sendero de plata, en uno de esos maravillosos reinos que habitaban las hadas y los gigantes de sus fantásticos cuentos. A veces preguntaba a su padre sobre lo que había visto. Ignat le respondía con gusto y muy detalladamente, pero sus respuestas no satisfacían al niño: no encontraba nada interesante, ni que fuese de su gusto; sobre todo no encontraba lo que buscaba.

Un día dijo suspirando:

—La tía Antheísa sabe más que tú.

—¿Qué es lo que sabe más? —preguntó Ignat.

—¡Todo…! —le replicó el muchachito con tono convencido.

Los países encantados no se presentaban. En cambio se veían a menudo, a lo largo del río, poblaciones parecidas a la que habitaba Tomás. Unas eran más grandes, otras más pequeñas, pero los hombres, las casas, las iglesias, todo era parecido a lo que él había visto en su pueblo natal. Tomás las visitaba en compañía de su padre y quedaba descontento; regresaba al barco fatigado y abatido.

—¡Mañana llegaremos a Astrakan! —dijo un día Ignat.

—¿Se parece a las otras poblaciones?

—¿Claro, y cómo habría de ser?

—¿Y qué hay luego?

—El mar… eso se llama el mar Caspio.

—¿Y qué hay dentro?

—¡Peces, preguntón! ¿Qué otra cosa puede haber en el agua?

—¿Y Kitej?

—¡La ciudad de Kitej, tú lo sabes bien, está construida debajo del agua!

—¡Eso… es otra cosa…! Es Kitej. No está habitada más que por justos.

—No los hay —dijo Ignat.

Ydespués de un momento de silencio, añadió:

—El agua de mar es salada: no se puede beber…

—Y debajo del mar, ¿hay tierra?

—Ya lo creo; el mar tiene sus orillas. Es como una cubeta…

—¿Y ciudades…?

—Ya lo creo, ciudades… ¿qué crees? Sólo que ya no es nuestra tierra, es la tierra persa… ¡Tú has visto ya persas en la feria! Ya te acordarás de aquella mujer que gritaba: «¡Piñones, bombones…!»

—Sí, la he visto… —respondió Tomás.

Yse puso pensativo.

Otro día, preguntó a su padre:

—¿Existe más lejos mucha tierra?

—¡Oh, mucha! Si se fuese a pie, no se daría la vuelta en diez años.

Ylargo tiempo Ignat habló a su hijo de las dimensiones de la Tierra. Por último, dijo:

—A pesar de todo, aun no se conoce toda, hay países desconocidos.

—¿Y toda es parecida?

—¿Qué quieres decir?

—Las ciudades y todo, en fin…

—¡Ya lo creo! Las ciudades son siempre ciudades; hay casas, calles… todo lo que es necesario.

Después de varias conversaciones de este género, el muchacho cesó de mirar a lo lejos con esa mirada tan fija y tan escrutadora de sus ojos negros.

Era muy querido a bordo y él quería a todas aquellas gentes, tostadas por el sol y el viento, que jugaban tan alegremente con él. Le confeccionaban toda clase de instrumentos de pesca, hacían barcos con cortezas de árboles, se divertían con él, le paseaban en barca durante las escalas, cuando Ignat iba a las ciudades para sus negocios. El pequeño oía a menudo recriminar a su padre, pero no se fijaba y nunca le decía nada de lo que oía. Pero una vez en Astrakán, mientras cargaban leña para quemar, Tomás oyó la voz de Petrovitch, el maquinista.

—¿Ha dado la orden de cargar toda esta madera?

¡Diablo de hombre! ¡Insensato! Carga su barco hasta el puente y en seguida grita que se estropea la máquina… que se echa mucho aceite…

La voz del viejo timonero, cascada, respondió:

—Todo proviene de su extrema avaricia: la leña es más barata aquí, ¡por eso se apresura…! Es avariento. ¡Como Satanás!

—¡Oh, sí, que es avaro…!

Esta palabra, repetida varias veces, se grabó en la memoria del muchacho, y por la noche, cenando, preguntó a quemarropa a su padre:

—¿Padre?

—¿Qué?

—¿Tú eres avaro?

Interrogado por su padre, le repitió la conversación entre el timonero y el maquinista.

El rostro de Ignat se oscureció y sus ojos lanzaron destellos.

—¡Ah! Es así… —pronunció sacudiendo la cabeza—. Bueno, sabes, no los escuches. Tú eres su amo, ellos son tus servidores, recuerda eso. No son buena sociedad para ti. Sepárate de ellos. Si nos da la gana a los dos, podemos echar a todos, hasta el último, en la primera ribera que se presente… ¡No valen gran cosa! Y se encuentran en todas partes como si fuesen perros. ¿Has comprendido? Pueden decir mucho mal de mí… Lo hacen porque soy su amo soberano. Ahí está el negocio; tengo suerte y soy rico y el rico tiene siempre enemigos: el que es dichoso tiene enemigos en todo el mundo…

Dos días después, se vio a bordo un nuevo maquinista y un nuevo timonel.

—¿Dónde está Jacob? —preguntó el chico.

—¡Lo he echado!

—¡Ah! ¿Por aquello? —adivinó Tomás.

—Justamente.

—¿Y a Petrovitch también?

—También.

Tomás admiróse, viendo que tan pronto se pudiese renovar el personal del barco.

Sonrió a su padre y bajando al puente se aproximó a un marinero, ocupado, sentado en el suelo, en destorcer un cabo de amarre.

—El timonel es nuevo —dijo Tomás.

—Lo sabemos… Buenos días, Tomás Ignatich. ¿Has dormido bien?

—El maquinista es nuevo también…

—¡El maquinista también…! ¿Echas de menos a Petrovitch?

—No…

—¡Vamos! Era tan bueno para ti…

—¿Y por qué decía mal de papá?

—¡Ah! ¿Decía algo?

—Ya lo creo; yo mismo lo oí.

—¡Bah! ¿Tu padre lo habrá oído también?

—No, he sido yo quien se lo ha dicho.

—¡Tú…! Eso es —murmuró el marinero.

Y se calló volviendo a su trabajo.

—Y papá me ha dicho: «Tú eres el amo aquí; puedes echarlos a todos, si quieres».

—¡Eso es…! ¡Valiente cosa! —dijo el marinero, mirando con el rabo del ojo al muchacho, que se animaba hablando de su autoridad.

* * *

Desde este día Tomás pudo observar que los hombres que componían la tripulación le trataban bien diferentemente. Los unos eran más amables y aun obsequiosos y los otros no le dirigían ya la palabra y, cuando le hablaban, era brusca y desagradablemente.

A Tomás le agradaba ver lavar el puente: con los pantalones subidos hasta las rodillas y a veces quitados, los marineros corrían, diestramente armados de cepillos y de escobas, echando cubos de agua, salpicándose los unos a los otros, riendo, gritando, cayendo; el agua se deslizaba por todas partes y el tumulto alegre de hombres se mezclaba a este rumor.

Su presencia no incomodaba a los marineros en este trabajo fácil y divertido, y él mismo tomaba parte activa, inundándose de agua y echando a correr ante las amenazas de mojarle. Desde la despedida de Jacob y Petrovitch comprendió que incomodaba a todos; nadie quería jugar con él y cuando le veían venir era sin gusto.

Admirado y entristecido, dejó el puente y subió a la pasarela. Se sentó y se puso a mirar el azul del horizonte y la línea oscura de la selva que se destacaba al final. Abajo, en el puente, continuaban echando agua y riendo…

Tenía un vivo deseo de mezclarse entre ellos, pero un sentimiento confuso le detenía. Se acordaba de las palabras de su padre: «Evítalos, tú eres su amo».

Entonces vínole el deseo de gritarles algo violento, como amo, como hacía su padre en fin. Reflexionó mucho tiempo lo que podría decirles, pero no encontró nada…

Dos o tres días pasaron aún y concluyó por comprender que la tripulación no le quería.

A partir de aquel momento; empezó a aburrirse en el barco y la imagen de la buena y tierna Antheísa, con sus cuentos y su risa sonora y franca, que le llegaba al alma, se destacó de la bruma de sus nuevas impresiones. Vivía aún en el mundo de las hadas, pero la mano terrible y celosa del Destino, rasgada ya la tela fina a través de la cual el niño veía todo lo que le rodeaba…

El asunto del maquinista atrajo su atención sobre lo que le rodeaba. Sus ojos fueron más penetrantes, su conciencia se despertó y en las preguntas que hacía a su padre se adivinaba el deseo de saber qué son los hilos y los resortes que hacen moverse a los hombres.

Un día fue testigo de la escena siguiente: varios marineros cargaban leña; uno de ellos, llamado Efim, muchacho alegre y fuerte, atravesando el puente, dijo en voz alta e irritada:

—¡Esto es vergonzoso! Yo no me he contratado para cargar leña. Soy un marinero, está claro… ¿pero llevar leña? No, gracias. Eso se llama arrebatarme el pellejo que no he vendido. ¡No hay quien le iguale en querer chupar la sangre a los pobres!

El niño escuchaba estas palabras y sabía que se hablaba de su padre; pero veía también que Efim, blasfemando y todo, llevaba una carga más pesada que la de los demás y que hacía más viajes. Nadie respondía a sus murmuraciones y aun sus compañeros de trabajo se callaban protestando sólo del celo con que Efim cargaba su leña.

—¡Ya basta! —masculló—. No soy un mulo.

—¡Cállate, estás atado, no debes hablar! Y aun cuando te hagan una sangría suelta, debes callarte… ¡Cállate!

Ignat apareció bruscamente ante ellos y les dijo con rudeza:

—¿De qué habláis?

—Digo lo que sé —respondió Efim con voz vacilante—. No está prohibido hablar…

—¿Y de qué hablas tú, pues, que se os chupaba la sangre? —preguntó Ignat al mismo tiempo que se acariciaba la barba.

El marinero comprendió que estaba cogido. Y viendo que no había medio de escapar, arrojó al suelo la leña que sostenía, limpió sus manos en el pantalón y miró a Ignat en los ojos fijamente.

—¿No es verdad? ¿No nos chupas nuestra sangre?

—¡Yo!

—¡Sí, tú!

Tomás vio a su padre levantar la mano… Después se oyó un rumor sordo y el marinero rodó pesadamente sobre los haces de leña. Se levantó en seguida y volvió silenciosamente a su trabajo. Gotas de sangre caían de su rostro cadavérico sobre la corteza de los abedules. Se limpió la sangre con el revés de su manga, la miró y suspiró sin decir una palabra. Cuando pasó ante Tomás, dos gruesas lágrimas se contenían con trabajo en sus párpados y el niño las vio…

Comiendo, Tomás, estaba preocupado y dirigía a su padre miradas temerosas.

—¿Por qué tienes esa cara? —le preguntó Ignat.

—Por nada…

—¿Estás malo?

—No.

—¡Bueno…! ¡Ya sabes que si no estás bien, es necesario decirlo!

—Eres muy fuerte… —pronunció el niño.

—¿Yo? Sí…, bastante. El buen Dios me hizo fuerte.

—¡Qué golpe le has dado! —exclamó el pequeño, bajando la cabeza.

Ignat llevaba la cuchara a la boca; se paró, sorprendido por la exclamación de su hijo, miró atentamente su cabecita inclinada y le preguntó:

—¿Hablas de Efim?

—Sí… hasta hacerle sangre; he llorado después… —continuó el chiquillo en voz baja.

—¡Bah! —murmuró Ignat—. ¿Lo entiendes?

—¡Me da mucha pena! —dijo Tomás con lágrimas en la voz.

—¡Ah! ¿Le da a usted por ahí? —le dijo Ignat.

Y después de un momento de silencio, se sirvió un vaso de aguardiente y añadió severamente:

—No merece que te cause lástima. Gritaba por nada y no ha llevado lo que merecía… Ya le conozco; es un bravo muchacho, trabajador, vigoroso y no tonto. Pero no hay réplicas que hacer, yo soy el amo y yo sólo puedo hablar. No es tan sencillo ser patrón… Y además, no se morirá; con eso será más inteligente… ¡Ea…! Tú no eres más que un niño y no comprendes nada… pero ya es tiempo de que yo te enseñe a vivir… Yo no viviré mucho…

Ignat se calló, bebió aún otro vasito y continuó con tono de dulce persuasión:

—Se debe tener lástima y tú haces bien… Sólo que, mira, es bueno tener lástima, pero con discernimiento… Estudia bien al hombre, ve su utilidad. Y si percibes que es fuerte, capaz, ayúdale, sé bueno para él. Pero al que sea endeble, incapaz de trabajar, vuélvele la espalda y sigue tu camino. Retén esto para el porvenir; aquel que se queja de todo, gime, llora, no merece ni aún tú lástima, porque no vale nada y no le harás un servicio intercediendo por él… Esas gentes son aún más holgazanes cuando se les tiene compasión… En casa de tu padrino es donde tú has visto toda esta clase de personas, caminantes, parásitos, desdichados de todas clases… todo eso es la escoria… Olvídalos, ésos no son hombres… son conchas vacías, que no sirven para nada. Es una variedad de piojos, chinches, sarna… Y esas gentes no viven en el temor de Dios, no tienen Dios. Blasfeman cuando invocan el nombre de Dios; no lo hacen más que para enternecer a los imbéciles y para que esta compasión les sirva para llenar el estómago. Además, no viven más que para ellos. No saben hacer nada que no sea beber, comer, dormir y gemir… haciéndonos inclinar a la molicie y entorpeciendo nuestro camino. Un hombre entre ellos es una manzana sana entre manzanas podridas: puede echarse a perder sin ninguna utilidad. Pero tú eres demasiado joven… no puedes comprender mis palabras… Acude en ayuda del que lucha y resiste. Puede ocurrir que no pida auxilio: pero a ti te toca adivinarlo y prestárselo espontáneamente. Si es altivo y tu ayuda le ofendiese, arréglate de modo que no lo note. Así es como se debe de obrar. Pongamos un ejemplo: supón que dos tablas han caído en el barro: una está podrida, la otra está sana y sólida. ¿Qué harías? Ninguna necesidad tienes de la podrida, déjala en el lodo, aún puede servir para no ensuciarse los pies. Pero toma la sólida, ponía al sol y si no te sirve a ti, le servirá a otro. ¡Así es, hijo mío! Trata de comprender bien lo que te digo. ¡Sí…! Tú no tienes que compadecer a Efim… es un buen muchacho, serio; conoce que vale… y esto no se le quitará fácilmente. Voy a observarle una semana y le ascenderé a timonero. Y cuando sea capitán, no le vendrá grande y haré de él un buen capitán. Así es como se hace un hombre. Yo he pasado por ahí, sabes, amigo mío. Y me había mamado más de una bofetada a su edad… La vida, niño mío, no es una madre tierna y dulce… es nuestra ama común y exige que le rindamos cuentas exactísimas.

Durante dos horas, Ignat habló así con su hijo. Le habló de su juventud, de sus trabajos, de los hombres y de su formidable fuerza, así como también de sus debilidades. Le decía los recursos que tenían algunos de fingirse débiles para vivir sobre los otros y después volvió a hablar de sí mismo, contando cómo, de simple grumete, había llegado a ser patrón y dueño de una gran empresa.

El niño le escuchaba, le miraba y a medida que su padre hablaba, se sentía más próximo a él. No encontraba en los relatos de su padre nada de lo que le encantaba en los cuentos de su tía Antheína, pero en cambio descubría algo nuevo, más claro, más fácil de comprender y no menos interesante… En su pequeño corazón se despertó un sentimiento nuevo. Dejó bruscamente su asiento, le cogió en sus brazos y le estrechó con fuerza contra su pecho. Tomás rodeó el cuello de su padre con sus bracitos y juntando su mejilla contra la suya quedó, silencioso y oprimido.

—¡Niño mío —decía Ignat con voz sorda—, querido… mi alegría… aprende, mientras que yo viva en el mundo! ¡Ah! ¡La vida no es fácil!

El corazón del chiquillo vibró, apretó los dientes y lágrimas ardientes se escaparon de sus ojos.

Hasta ese día Ignat no había despertado en él ningún sentimiento especial. El niño se había habituado a su padre, se había familiarizado con su estatura gigantesca y le temía un poco, pero también sabía que veía realizados hasta sus más minuciosos deseos. Llegaba Ignat a ausentarse un día o dos, una semana, a veces un verano. Tomás parecía ignorar su ausencia, teniendo todas sus afecciones para su tía… Cuando Ignat regresaba, el niño se alegraba; pero hubiese sido difícil saber por qué. ¿Era por la vuelta de su padre o por los juguetes que éste la traía…? Últimamente, Tomás corría a abrazarle, le apretaba la mano, reía, charlaba con él y se aburría cuando pasaban varias horas sin verle. Su padre le interesaba, y al mismo tiempo que su curiosidad, aumentaba su cariño y su respeto por él. Todos los días, cuando se veían, Tomás le preguntaba:

—Padre, háblame de ti…

* * *

El «Ermak» remontaba ahora el Volga. En una noche pesada del mes de julio, bajo un cielo cubierto de nubes sombrías y mientras una inmovilidad amenazadora reinaba en el río, llegó a Kazán y echó a andar detrás de toda una fila de barcos.

El rumor de las cadenas y los gritos del capitán despertaron a Tomás. Miró por la claraboya y percibió en la oscuridad lucecitas que parpadeaban. El agua era negra y espesa como aceite y no se veía otra cosa. Su corazón se oprimió y se puso a escuchar atentamente. Una canción monótona y lastimera, como un lamento, llegaba hasta él; a bordo de los navíos, los contramaestres hacían llamada, se oía el silbido del vapor que se escapaba de las calderas… y el agua negra del río acariciaba, triste y dulce, las quillas de los buques. Fijando sus ojos dilatados en la oscuridad, el niño concluyó por distinguir sin gran trabajo masas negras, encima de las que se veían vacilar pequeñas luces. Sabía bien que eran otros barcos, pero esta certidumbre no le bastaba. Su corazón latía hasta romperse y en su imaginación exaltada pasaban imágenes sombrías y terroríficas. De repente un grito prolongado. «¡Ho…! ¡Ho…!», retumbó a lo lejos y pareció terminar en un sollozo.

—¡Ho…! ¡Ho…!

El mismo grito resonó de nuevo, pero mucho más cerca.

—¡Efimka! —llamaba alguno a media voz en el puente—. ¡Efimka!

—¿Qué hay?

—Vamos, levántate, coge los garfios…

—¡Ho…! ¡Ho…! —seguían los gemidos, muy cerca esta vez.

Y Tomás temblando, se separó bruscamente de la claraboya.

El sonido extraño se aproximaba y aumentaba, sollozo lúgubre, que se movía en la oscuridad profunda de la noche. En el puente se oían cuchicheos inquietos:

—Vamos, Efim, levántate… Es una visita que nos llega…

Después fue el ruido de pies desnudos que corrían por el puente, un tumulto inusitado y ante los ojos de Tomás se deslizaron de arriba abajo dos pértigas que se hundieron en el agua viscosa…

—Una visita —sollozaban muy cerca.

Yse elevó del agua como un rumor sordo, pero muy extraño.

El muchachito temblaba de espanto, en tanto que sus manos estaban pegadas a la claraboya, y sus ojos miraban el agua.

—Enciende una linterna, no se ve nada.

—En seguida…

Yentonces se dibujó en el agua una mancha clara. Tomás vio moverse ésta dulcemente, y en las ondulaciones vacilantes de las ondas, parecía sufrir y agitarse de dolor.

—¡Mira, mira! —cuchicheaban en el puente voces aterradas.

En este momento, en el círculo luminoso que la linterna proyectaba, apareció una figura humana, inmensa, espantosa, descubriendo una fila de dientes blanquísimos, y que flotaba y se balanceaba en el agua.

Sus dientes parecían fijos sobre Tomás y la cara parecía decirle en una sonrisa macabra:

—¡Eh, pequeño, hace frío… adiós…!

La pértigas se levantaron en el aire para caer en el agua y empujar con precaución algo vago.

—¡Condúcele…! Ten mucho cuidado…, échale, que va a engancharse en la rueda.

—Empújale tú mismo…

Las pértigas se deslizaban a lo largo de la quilla y su roce se parecía al rechinar de dientes…

Tomás estaba fascinado y no podía apartar los ojos de cuanto veía.

Pero el rumor de pasos sobre su cabeza fue alejándose poco a poco en dirección del timón y entonces oyó de nuevo resonar aquel grito lastimero, parecido a un canto de muerte:

—Un visitador, visitador…

—¡Papá! —gritó Tomás con voz estridente.

Su padre saltó de la cama y corrió hacia él:

—¿Qué es? ¿Qué hacen ahí abajo? —gritaba Tomás.

Ignat dio un gruñido de fiera y de dos brincos se lanzó fuera del camarote.

Tomás, titubeando y echando miradas asustadas alrededor de él, no había tenido tiempo de meterse en la cama de su padre, cuando ya regresaba éste.

—Te han asustado… ¡Bah, no es nada! —decía Ignat cogiéndole en los brazos—. Ven a acostarte conmigo.

—Pero ¿qué era eso? —insistía Tomás.

—No es nada, hijo mío, nada absolutamente… Era un ahogado, un hombre que se ha ahogado y que baja con la corriente, eso es todo. Pero no temas nada, ya está bien lejos.

—¿Por qué lo echan? —preguntó el chiquillo, estrechándose contra su padre y cerrando los ojos impresionados aún de la terrorífica visión.

—Es necesario… Si viniera a cogerse a la rueda… en la nuestra, como es consiguiente, la policía lo sabría mañana… se tendrían disgustos, líos… se nos detendría aquí… Así es que se le echa más allá… ¿Qué puede importarle? Está muerto… eso no es hacerle daño, mientras que los vivos tendrían disgustos por su causa… Vaya, duerme, pequeño mío…

—¿Y seguirá siempre así?

—Sí… más adelante le sacarán y lo enterrarán.

—¿Y si se lo come un pez?

—Los peces no comen carne humana… Los pulpos comen… les gusta esto…

El calor que se desprendía del cuerpo del padre calmó los nervios excitados de Tomás, pero ante su vista pasaba siempre el rostro espantoso que le enseñaba los dientes y que el agua sustentaba.

—¿Y quién es?

—¡Quién sabe! Di más bien: «Dios mío, tened piedad de su alma…»

—¡Señor, tened piedad de su alma! —repitió Tomás en un murmullo.

—¡Eso es…! Y ahora duerme tranquilo, no temas nada. Está muy lejos en estos momentos, flota tranquilamente. No te aproximes nunca demasiado al borde de la borda, podrías caerte al agua. Que Dios te preserve y…

—¿Se ha caído también él?

—Seguramente que se ha caído… estaba quizás borracho y le ha llegado el fin. ¡Pero quizás se ha arrojado él mismo! Los hay que se arrojan voluntariamente… La idea se apodera de ellos, se tiran y se ahogan. Así es la vida; la muerte es una fiesta para ciertas personas y a veces una dicha para todos.

—¿Papá?

—Duerme, niño querido…

III

Desde el primer día, Tomás, completamente aturdido aún por el ruido, la animación y la alegría del colegio distinguió, entre el enjambre de chiquillos, dos muchachos que le parecieron más interesantes que los demás.

Uno de ellos estaba sentado delante de Tomás y éste podía, sin levantar la cabeza, ver su ancha espalda, su grueso y corto cuello sembrado de manchas rosadas, sus grandes orejas y su nuca con cabellos rojos, cortados al rape.

Cuando el profesor, un buen hombre de cabeza calva y labio caído, llamó: ¡Smolín, Africán! El pequeño se levantó sin apresurarse, se aproximó al maestro, le miró con descaro y se puso a trazar en la pizarra grandes cifras redondas.

—¡Está bien, basta! —dijo el profesor—. ¡Ejof, Nicolás! Continúa…

Uno de los compañeros de Tomás, un chiquillo travieso, de ojos negros y vivos como los de un ratón, salió de su sitio y pasó entre los bancos, enredándose y volviendo la cabeza en todas direcciones.

Llegado, ante la pizarra, cogió la tiza y poniéndose de puntillas se puso a trazar signos ininteligibles, atormentando la tiza y desmenuzándola.

—¡Despacio! —dijo el maestro, cuyo rostro pálido, de ojos fatigados, se contrajo dolorosamente, mientras Ejof hablaba con volubilidad y voz sonora:

—Hallo que el primer comerciante ha obtenido diecisiete kopeks de beneficio…

—¡Basta…! ¡Gordeief! Veamos, dígame qué es necesario hacer para encontrar el beneficio del segundo comerciante.

Absorto ante la apostura tan diferente de los dos muchachos, la pregunta le cogió desprevenido y Tomás no supo qué contestar.

—¿No sabes? ¡Hum…! Explícaselo, Smolín.

Smolín, que se limpiaba cuidadosamente los dedos sucios de tiza, dejó el trapo y sin mirar a Tomás terminó el problema y volvió a limpiarse los dedos, mientras sonriente y saltando, Ejof volvía a su sitio.

—¡Eh, tú! —murmuró, instalándose en su sitio, al lado de Tomás y dándole un papirotazo—. ¿Qué tiene de difícil? ¿Cuál era el beneficio total? Eran 30 kopeks y dos comerciantes, a uno de los que corresponde 17. ¿Cuánto le corresponderá al otro?

—¡Si ya lo sé! —respondió Tomás en voz baja confundido y examinando el rostro de Smolín, que volvía tranquilamente a su sitio.

Este rostro no le agradó.

Era redondo, lleno de manchas de escarlatina, con ojos azules hundidos en sus anchas mejillas.

Durante este tiempo, Ejof le pellizcaba fuertemente la pantorrilla y le preguntaba:

—¿De quién eres hijo? ¿Del «Chiflado»?

—Sí.

—¡Ganso! ¿Quieres que te apunte, en adelante?

—Bueno.

—¿Y qué me vas a dar en cambio?

Tomás reflexionó y dijo:

—Pero y tú ¿sabes algo?

—¡Yo! Soy el primero… Tú lo verás…

—¡Eh! Ejof, aun charláis —exclamó el maestro con voz débil y velada.

Ejof se levantó de su sitio y dijo vivamente:

—No soy yo, señor, es Gordeief.

—Son los dos —declaró Smolín sin moverse.

El maestro hizo un gesto, y con un rumor muy extraño de su labio caído, les gruñó a los tres, lo que no impidió a Ejof seguir inmediatamente:

—¡Bueno, Smolin! ¡Me las pagarás!

—¿Y por qué echas la culpa al nuevo? —replicó Smolín dulcemente y sin volver la cabeza hacia aquél.

—¡Está bien, está bien! —murmuraba entre dientes Ejof.

Tomás se callaba y echaba miradas furtivas del lado de su vecino. Este bullicioso muchacho le inspiraba simpatía y al mismo tiempo un sentimiento de vaga repulsión.

Durante el recreo, Ejof le contó que Smolín era también un rico, el hijo de un curtidor, y que el padre de él, Ejof, era portero del Tribunal de Cuentas, y muy pobre.

Esta condición se adivinaba, sin gran trabajo, en el vestido del niño, hecho de algodón gris, con remiendos en las rodillas y en los codos; en su rostro pálido, famélico y en toda su persona entera y angulosa.

Este niño tenía una voz de barítono, metálica; acompañaba sus exclamaciones de gestos y guiños, y a menudo empleaba palabras cuya significación sólo de él era conocida.

—Seremos camaradas —declaró a Tomás.

—¿Por qué me has acusado hace un rato? —replicó Tomás, arrojándole una mirada de desconfianza.

—¡Vaya! ¿Y qué te importa a ti eso? Eres un nuevo y un rico… el maestro no es exigente para con los ricos… Mientras que yo, pobre y desvalido, a mí no me quiere… Soy una mala cabeza y no le traigo regalos. Si no estudiase, hace tiempo que me habría expulsado. Sabes, saliendo de aquí, iré al Liceo… Cuando haya terminado el segundo, me voy. Un estudiante me prepara ya para el segundo curso. Y a fe mía, allí, voy a calentarme bien los cascos, ya verás. ¿Cuántos caballos tienes?

—Tres… ¿Para qué quieres tú trabajar tanto…? —preguntó Tomás.

—Porque soy pobre. Los pobres deben estudiar mucho, eso les permite llegar a ser ricos, en seguida, siendo médicos, empleados del Estado, oficiales… Yo también arrastraré sable… espuelas en las botas, drin, drin… ¿Y tú, qué vas a ser?

—No sé —respondió Tomás, con aire soñador, y examinando a su camarada.

—Tú no tienes necesidad de ser nada… ¿Te gustan las palomas?

—Sí.

—¿Cuántas tienes?

—Ninguna.

—¡Bah! ¡Eres rico y no tienes palomas…! Yo mismo tengo tres… una paloma y dos tortolillas… Si mi padre fuese rico… habría comprado un centenar y las habría hecho volar todo el día. Smolín tiene también palomas y muy bonitas. Catorce… él es quien me ha dado una de las tórtolas… Y sin embargo… es avaro… todos los ricos lo son… Y tú, ¿eres avaro?

—No lo sé —dijo Tomás vacilando.

—Ven a casa de Smolín, nos entretendremos los tres en hacerlas volar.

—¡Bueno…! Si me lo permiten.

—¿Pues no te quiere tu padre…?

—Sí, me quiere.

—Entonces te dejará venir… Sólo que no digas que yo voy también, quizás conmigo no querría. Dile: «Permíteme ir a caca de Smolín…» ¡Smolín!

En este momento el grueso muchacho se aproximó y Ejof le recibió meneando la cabeza en señal de reproche:

—¡Eh, tú, soplón, cangrejo! ¡No vale la pena de ser amigo tuyo, que pareces un saco de harina!

—¿Por qué te enfadas? —preguntó tranquilamente Smolín, considerando al mismo tiempo a Tomás con sus ojos inmóviles.

—No me enfado, digo la verdad —rectificó Ejof, moviéndose en una agitación extraordinaria—. Escucha: El domingo, después de la misa, iré a tu casa con él…

—¿Vendrás…? —dijo Smolín.

—Iremos… La campana va a sonar, corro a vender mi canario —declaró Ejof sacando al mismo tiempo de sus pantaloncillos un paquetito envuelto en un papel donde se palpaba algo vivo.

Ydesapareció en el patio del colegio como una anguila.

—¡Qué raro es! —dijo Tomás admirado de la extrema vivacidad de Ejof.

Yarrojando a Smolín una mirada interrogativa:

—¿Está siempre así…?

—Es muy listo —explicó el grueso muchacho.

—Y muy alegre —dijo Tomás.

—Muy alegre también —repitió Smolín.

Después se callaron y se examinaron uno a otro.

—Vendrás con él —preguntó el rojo.

—Iré…

—Ven…, se está bien en mi casa…

Tomás no respondió nada.

Entonces Smolín le preguntó:

—¿Tienes muchos amigos?

—Ninguno.

—Yo tampoco tenía ninguno antes de venir a la escuela, como no fuesen mis primos… Ahora tendrás dos de un golpe.

—Sí —dijo Tomás.

—¿Estás contento?

—Ya lo creo…

—Cuando se tienen amigos, se está alegre. También es más fácil aprender: se apunta…

—¿Tú aprendes bien?

—Muy bien… Yo lo hago todo muy bien —dijo Smolín con calma.

La campana sonó, como asustada y precisada de correr lejos su sonido.

Sentado en un banco, Tomás se sintió más libre y pudo comparar sus dos amigos con los otros niños. Al cabo de un momento observó que eran los sobresalientes de la clase y quedaban por encima de todos como aquellas dos cifras que se habían olvidado de borrar y que se destacaban en la pizarra. Y esta averiguación le llenó de orgullo.

Saliendo de la escuela se fueron juntos. Ejof volvió bien pronto por una callejuela oscura, mientras que Smolín acompañó a Tomás hasta su casa diciéndole al separarse:

—¿Ves? Tenemos el mismo camino.

En su casa, Tomás, fue recibido solemnemente. Su padre le regaló una cuchara de plata maciza con una cifra complicada, su tía una bufanda hecha por ella.

Le esperaban para comer y habían preparado sus platos favoritos.

Cuando se hubo despojado del abrigo, se puso a la mesa y fue asaltado a preguntas.

—¿Cómo te va la escuela? —preguntaba Ignat mirando con amor el rostro animado y rosado de su hijo.

—Muy bien —respondió Tomás.

—¡Querido hijo! —suspiraba la tía enternecida—. Ten cuidado, no cedas nunca a tus compañeros… Tan pronto como te molesten, ve a quejarte al maestro…

—No la escuches —dijo sonriendo Ignat—, guárdate de hacerlo. Siempre has de valerte solo y aplicar la corrección por tu mano, y no con la de otro… ¿Hay algún muchacho simpático?

—Ya he encontrado dos —dijo Tomás, y sonreía pensando en Ejof. Uno de ellos es extraordinariamente vivo, es terrible.

—¿De quién es?

—Hijo de un portero…

—¡Bah…! ¡Vivo dices!

—Terriblemente.

—Tanto peor. ¿Y el otro?

—El otro es completamente rojo… Smolín…

—¡Ah! Es probablemente el hijo de Mitri Ivanitch. Atente a ése, es de buena familia para ti. Mitri es un campesino inteligente, y si su hijo se le parece, será perfecto… En cuanto al otro, ¿sabes, Tomás?, invítale los domingos. Compraré fiambres, tú se los regalarás… Veremos lo que son…

—Es que para el domingo Smolín me ha invitado a su casa —declaró Tomás, echando a su padre una mirada escrutadora.

—¡Mire, mire! Bueno, pues ve, ve. Es necesario que aprendas a conocer a los hombres… No podrás pasar la vida solo sin amigos. Así, tu padrino y yo hace más de veinte años que lo somos… y a menudo me he aprovechado de su inteligencia. Tú también búscate relaciones con los que son mejores y más inteligentes que tú. Es menester rozarse con los hombres de bien… una pieza de cobre entre varias de plata se puede tomar fácilmente por de plata.

Y, riendo de su comparación, Ignat agregó formalmente:

—Es una broma. Trata de ser de metal puro y no de imitación… más vale una corta inteligencia. ¿Tienes mucho que estudiar?

—¡Mucho! —suspiró el niño.

Y a su suspiro respondió como un eco el de su tía.

—¡Pues bien! Estudia. No debes ser más ignorante que los demás. Pero debo decirte eso. Aunque hubiese veinticinco clases no te enseñarían otra cosa que leer, escribir y calcular. Es cierto que también se aprende a leer muchas tonterías, pero que Dios te guarde. ¡Si lo advirtiese te daría un recorrido! Si fumas, te cortaré los labios…

—¡No te olvides de Dios, Tomasito! —dijo la tía—, ¡no te olvides de nuestro Señor…!

—¡Eso es muy justo! ¡Honra a Dios y a tu padre! Pero lo que te sigo diciendo es que los libros de estudio no lo son todo. Son necesarios como los útiles al albañil. Son el instrumento, pero el instrumento no enseña el arte de servirse de él. ¿Has comprendido? Supón que se da un hacha a un carpintero y debe podar un árbol. Un hacha y manos no bastan, es necesario saber dar en el árbol y no estropearse el pie. Del mismo modo se enseña a leer y a escribir y es preciso con eso arreglar la vida… Se ve, pues, que los libros no bastan para este problema; es necesario aún saber servirse de ellos, y es justamente lo que es más difícil que todos los libros juntos y lo que en ninguno de ellos encontrarás. En la vida misma es donde se aprende. El libro es un cadáver. Puedes darle vueltas, romperle, deshojarle: no gritará… Mientras que en la vida, por poco que te descuides, encontrarás mil veces que te injuriarán y aún te despedazarán…

Mientras que Ignat hablaba con fuerza, su hijo, apoyando su codo en la mesa, le escuchaba atentamente y ya tenía ante su vista al carpintero trabajando su madera, ya se veía él mismo en un terreno movedizo, aproximándosele algo inmenso y vivo que trataba de atraparle…

—El hombre debe procurar por su obra y debe estar absolutamente seguro de su camino para realizarla… El hombre es parecido al piloto a bordo del navío. Cuando se es joven, se está como en momento de alta marea, no hay más que ir derecho delante de sí… El camino está libre por todas partes… pero es menester conocer el momento preciso en que se debe maniobrar el limón… El agua baja, y descubre un banco de arena por aquí, un arrecife o un islote por allá: de todo eso hay que apartarse a tiempo si se quiere llegar a buen puerto…

—¡Yo llegaré! —dijo el niño mirando a su padre con un continente altivo y seguro.

—¡Vaya! ¡Con mucha bravura dices eso! —dijo Ignat riendo y la tía también se echó a reír.

Desde su viaje por el Volga, Tomás charlaba más en casa con su padre, su tía y Maiakín. Pero en la calle o en cualquier sitio que no le fuese familiar, con extraños, se enfurruñaba y echaba miradas desconfiadas e inquietas, como si hubiese sentido en todas partes una fuerza misteriosa, enemiga y oculta, que le acechaba, dispuesta a cogerle. Por la noche se despertaba bruscamente y durante largas horas, prestaba oído al silencio que le rodeaba y con sus pupilas dilatadas trataba de penetrar las tinieblas.

En tales momentos los relatos de su padre tomaban una forma tangible. Los mezclaba confusamente a pesar suyo con los cuentos de su tía y creaba así un caos de acontecimientos en donde la realidad venía a confundirse con fantásticas quimeras. Resultaba, pues, un cuadro colosal y confuso. El niño cerraba los ojos y trataba de alejar todas estas visiones y detener el rápido curso de su imaginación loca, que le espantaba. Pero en vano buscaba al niño, el cuarto se llenaba más y más de sombras silenciosas. Entonces decidióse a despertar a su tía:

—¡Tía, tía!

—¿Qué tienes? Dios te guarde…

—Voy contigo —murmuró Tomás.

—¿Para qué? Duerme, querido, duerme…

—Tengo miedo —confesaba el niño.

—Debes rezar y se te quitará…

Tomás cerró los ojos y recitó su plegaria. El silencio de la noche tomó el aspecto de una superficie sin límites, toda llena de un agua negra e inmóvil. Esta agua lo llena todo, está como coagulada, ningún movimiento en su superficie, ni una vibración, ni una sombra. Es el vacío de la nada y es un mar de profundidades desconocidas. El niño, aterrado, se sintió solo en este océano muerto. Pero, he aquí que la llamada del sereno suena en la noche y bolas luminosas corren como fuegos fatuos en la superficie del agua que ahora está ligeramente ondulada. Después, el enorme alarido de una campana que levanta la masa entera con movimiento formidable, y los fuegos fatuos se confunden todos en una mancha de luz inmensa. La masa entera oscila entonces lentamente en ondas concéntricas luminosas, cuyos movimientos y brillo disminuyen gradualmente y concluyen por perderse en la oscuridad de un horizonte lejano, y de nuevo empieza el agonizante y pesado silencio en otra noche desierta…

—¡Tía! —murmuró Tomás, con voz suplicante.

—¿Qué tienes?

—Voy a tu cama.

—Vaya, ven, pues, ven, anda, amor mío.

Una vez en la cama de su tía se estrechó contra ella y le suplicó:

—Cuéntame algo…

—¡Por la noche…! —protestó la tía con voz soñolienta.

—¡Te lo suplico!

No tuvo necesidad de suplicar mucho tiempo. La voz soñolienta, los ojos cerrados, siseando, la vieja se puso a contar lentamente:

—En una ocasión había un reino, y en este reino un marido y una mujer que eran pobres, muy pobres. Era tanta su miseria, que no tenían nada que comer. Andaban con el saco en la espalda, y cuando les daban un pedazo de pan seco se alimentaban con él todo el día. Y de pronto tienen un niño… El niño nacido es menester bautizarlo, pero como son muy pobres, no tienen con qué regalar al padrino ni a los invitados, y nadie quiere bautizar al chico. Van de un lado a otro; nadie. Entonces se ponen a suplicar a Dios: «¡Señor…!»

Tomás conocía este cuento espantoso del ahijado de Dios. Ya lo ha oído más de una vez y ya se representa al ahijado caminando en un caballo blanco para hacer una visita a su padrino y a su madrina; atraviesa una noche negra, un desierto y ve todos los suplicios espantosos que están reservados a los pecadores y oye sus quejas y sus plegarias.

—¡Eh, eh! ¡Hombre, pregunta a Dios si debemos sufrir largo tiempo así…!

El niño se imagina entonces que es hacia él a quien suben estas quejas y estos ruegos. Su corazón se oprime y le hiela el pecho, y las lágrimas se escapan de sus ojos que cierra por miedo. Se agita nervioso en su cama.

—¡Duerme, niño mío! ¡El Señor te guarde! —dijo la vieja interrumpiendo el relato de los suplicios infligidos a los humanos por sus pecados.

Por la mañana, después de una noche tan terrible, Tomás se levantaba alegre y dispuesto se lavaba prestamente, tomaba de prisa una taza de té y corría a la escuela provisto de una buena merienda. El pobre Ejof, siempre hambriento, le esperaba con impaciencia y se arrojaba sobre las vituallas debidas a la munificencia de su camarada.

—¿Traes de comer? —decía, desde que veía a Tomás, olfateándole—. Dame en seguida, pues yo he salido sin haber tomado nada… He dormido mucho tiempo, ¡qué diablo…! ¡He estudiado hasta las dos de la madrugada…! ¿Has hecho problemas?

—No.

—¡Calabacín! Vamos, voy a hacértelos en un abrir y cerrar de ojos.

Y al mismo tiempo que hundía sus dientes diminutos en la torta, roncaba como un gato joven, palmoteaba la suela de su pie izquierdo y resolvía los problemas, dirigiendo a Tomás frases cortas:

—¿Has comprendido? En una hora, han resultado ocho cubos; y ¿cuántas horas ha corrido el agua? ¡Seis…! ¡Oh, vaya si se come bien en vuestra casa…! Seis: pues bien, es necesario multiplicar por seis… ¿Te gustan las tortas con cebolla cruda? ¡Yo las adoro…! Bueno; han salido cuarenta y ocho cubos del primer grifo… se han vertido noventa en junto… ¿Comprendes la solución?

Ejof agradaba a Tomás mucho más que Smolín, pero disputaba menos con este último. La listeza del primero, su facilidad de trabajo le admiraba. Se daba cuenta de que Ejof era más inteligente y valía más que él: le envidiaba y le quería por sus cualidades, pero al mismo tiempo le tenía lástima, la lástima del que ha comido bien por el que tiene hambre. Quizá esta misma lástima impedía darle la preferencia al muchacho tan divertido sobre el aburrido Smolín. Ejof que se complacía en irritar a aquellos de sus camaradas que comían en demasía, les decía:

—¡Eh, vosotros, tragones!

Estas bromas irritaban a Tomás, y un día que se sintió más picado que de costumbre, respondió con cólera y desprecio:

—¡Y tú, mendigo!

El rostro pálido de Ejof se cubrió de manchas rojas y articuló lentamente:

—Vaya, bueno, está bien… pero no te apuntaré más y serás un borrico.

Y durante dos o tres días no se hablaron, con gran disgusto del profesor que se veía forzado a poner ceros al hijo del respetable Ignat Matveitch.

Ejof estaba al corriente de todo: contaba en la escuela que en la casa del procurador general la criada estaba de parto, y que para vengarse la mujer del procurador había regado a éste con café hirviendo; podía decir cuando sería necesario pescar gobio; sabía hacer jaulas y trampas para los pájaros, contaba con grandes detalles por qué y cómo un soldado se había ahorcado en un granero, en el cuartel, quiénes eran los padres de los alumnos que habían hecho un regalo al maestro y en qué consistía el tal regalo.

El círculo de conocimientos y de curiosidad de Smolín se limitaba a lo comercial. Sobre todo él se complacía en comparar las fortunas, estimar el valor de las casas, de los barcos de las cuadras que cada uno poseía. Todo eso lo conocía al dedillo y hablaba de ello con entusiasmo.

En su amistad con Ejof, tenía la misma piedad indulgente que Tomás pero era más afectuoso y de un humor más igual. Todas las veces que Gordeief se querellaba con Ejof, él trataba de intervenir y un día que iban juntos a la escuela, dijo a Tomás:

—¿Por qué regañas constantemente con Ejof?

—Porque estudia mucho —respondió Tomás furioso.

—Tú entiendes poco y él te ayuda, es muy inteligente… y si es pobre ¿es acaso culpa suya? Podrá aprender lo que le dé la gana y ser rico un día… —repuso Smolín.

—Me hace el efecto del mosquito —dijo Tomás con un destello de sus pupilas—, zumba horas y horas en los oídos y después da una picadura.

Y en la vida de esos muchachos había horas en que estaban bien unidos y en que perdían toda noción de la diferencia de posiciones sociales y de caracteres. El domingo, los tres se reunían en casa de Smolín, y encaramados en el tejado de un granero convertido en palomar se entretenían en soltar palomas. Éstas se elevaban unas detrás de otras, sacudiendo sus plumas blancas como la nieve y se colocaban en fila sobre el caballete del tejado arrullándose a la luz brillante del sol.

—¡Anda, pronto! ¡Espántalas! —decía Ejof temblando de impaciencia.

Smolín agitaba entonces por encima de sus cabezas un palo con algunos trapos y se ponía a silbar.

Las palomas asustadas se lanzaban al espacio con gran ruido de alas… Y elevándose lentamente describían amplios círculos. Se elevan en el azul profundo del cielo, se ciernen y suben siempre más arriba, brillantes, con su vestido plateado y de una blancura de nieve. Unas se esfuerzan en querer tocar la bóveda de los cielos en un vuelo majestuoso de águila. Extienden sus alas y parecen inmóviles. Otras se divierten, voltean y se dejan caer parecidas a copos de nieve. Después se paran y vuelven a lanzarse como flechas hacia las alturas etéreas y entonces parecen no tener movimiento en el desierto celeste. Van disminuyendo hasta confundirse en el azul. La cabeza hacia atrás los niños no pierden el vuelo de las palomas. Las admiran en un silencioso recogimiento. Sus ojos están fatigados, pero brillan con una alegría pura, alegría mezclada de envidia por estos seres alados que con tanta facilidad dejan la superficie terrestre y se agitan en el dominio puro y sereno todo lleno de la luz brillante del sol. El grupito no es ya más que un punto apenas visible a simple vista, mancha minúscula que lleva en pos de ella la imaginación de los chicos a través de la inmensidad azul. Ejof expresó bien su pensamiento a los demás cuando dijo, dulcemente, encantado:

—¡Oh si nosotros pudiéramos volar así, amigos míos!

Tomás sabía que el alma humana toma a menudo la forma de una paloma cuando deja su envoltura terrenal, y su corazón se oprimía en una sensación indefinible, violenta y dolorosa. Unidos en un mismo éxtasis, silenciosos y absortos, los niños esperaban la vuelta de las palomas. Estrechamente apiñados, estaban tan alejados de las miserias de la vida como las palomas lo estaban de la tierra. En este momento no eran más que niños, sin envidias ni odios. Extraños a todo lo demás se sentían tan próximos unos de otros, y sin decirse una palabra, en el brillo sólo de sus pupilas, adivinaban el sentimiento que los agitaba, el de una dicha igual a la de los pájaros en el cielo.

Pero he aquí a las palomas que un tanto fatigadas vienen a reposar en el caballete de donde han partido. Las hacen entrar en el palomar.

—¿Amigos, vamos a robar manzanas? —propuso Ejof, instigador de todos los juegos y escapatorias.

Su voz rompió el encanto de esta paz exquisita de que los niños estaban penetrados hasta el fondo de su alma y he aquí que se meten por la empalizada en el jardín del vecino, llevando mil precauciones, con un paso de felinos y dotados también del instinto de las fieras, atentos al menor ruido. Dos sentimientos les mueven: el miedo de ser cogidos y la esperanza de robar impunemente. El robo es también un trabajo, lleno de peligros… ¡Todo parece tan dulce, cuando ha costado trabajo! ¡Y tanto más dulce parece, cuando más trabajo cuesta! Los niños atravesaron la valla con precauciones. Se agachaban, casi se arrastraban para llegar a los manzanos, presto el oído y ojo avizor. Al menor ruido su corazón late y se detiene. Tanto temen ser cogidos, como ser reconocidos; pero si no son más que vagamente percibidos y oyen gritos, entonces es su mayor aventura. Al primer grito se dispersan como gorriones; después se reúnen, y con los ojos chispeantes de alegría y de audacia, se cuentan riendo lo que han experimentado al oír el ruido de voces, y cómo se han salvado a través del jardín, tan pronto como si la tierra ardiese bajo sus pies.

En estas correrías poco gloriosas, Tomás ponía todo su aliento, mucho más que en cualquier otro juego. Su conducta en estas invasiones era de una temeridad tal que dejaba estupefactos a sus amigos y les irritaba. Apenas entraba en un jardín extraño, era voluntariamente imprudente. Hablaba en alta voz, rompía con estruendo las ramas de los manzanos y tiraba las manzanas podridas en dirección de la casa del propietario. El peligro de ser cogido, lejos de asustarle, no hacía más que excitarle; en sus ojos había un resplandor sombrío, apretaba los dientes y la expresión de su rostro era orgullosa y mala.

Smolín le decía entonces, torciendo la boca con sonrisa desdeñosa;

—Tú haces el fanfarrón.

—¡Bah! Lo cierto es que no soy cobarde —replicaba Tomás.

—Sé que no eres cobarde, pero sólo los imbéciles se jactan de ello. Se pueden hacer las cosas tan bien sin hacerse notar.

Ejof también le criticaba, pero desde otro punto de vista.

—¡Si te gusta tanto dejarte coger, te vas al diablo…! ¡Nosotros no somos ya amigos…! Y si te cogen y te conducen a casa de tu padre, no te dirán nada, mientras que a mí me pegarían hasta romperme una costilla…

—¡Cobarde! —repetía Tomás.

Pero un día Tomás fue cogido in fraganti, por el capitán Tchumakof, un hombrecillo viejo y débil. A paso de lobo, llegóse al muchacho mientras llenaba su blusa de manzanas robadas y cogiéndole por detrás con rabia:

—¡Ah! ¡Ya te cogí, bribón!

Tomás tenía cerca de quince años y escapó listamente de manos del viejo. Pero no tomó la fuga; fruncido el ceño y apretados los puños, se limitó a decir con tono amenazador:

—¡Atrévete a tocarme!

—¡No te tocaré…, te llevaré a casa del comisario de policía! ¿Quién eres tú?

Tomás no esperaba esto, y de repente su valor y su ira se desvanecieron. Esta ida a la policía le pareció como una cosa que su padre no le perdonaría nunca… Tembló, y dijo todo confuso:

—Gordeief.

—¿El hijo de Ignat… Matveitch?

—Sí.

A estas palabras el capitán se turbó a su vez. Se enderezó, arqueó el pecho y tosió enérgicamente. Después, su espalda volvió a inclinarse y dirigió al joven las palabras siguientes, con tono paternal y sentido:

—¡Esto es vergonzoso, chiquillo! El heredero de un personaje ilustre y respetable, y ved que de repente… eso no es digno de su gran posición… Puede usted retirarse… Pero si vuelve a ocurrir, ¡hum!, me veré forzado a avisar a su padre… al cual le ruego presente mis saludos…

Tomás observaba la fisonomía del viejo, y comprendió que temía a su padre. Parecido a un lobezno, miraba a Tchumakof, mientras que éste con una gravedad cómica, retorcía su bigote gris y se agitaba impacientemente ante el muchacho, que no se iba, a pesar de la autorización dada.

—Puede usted retirarse —repitió el viejo con un gesto que le indicaba el camino que conducía a la casa.

—¿Y la policía? —preguntó Tomás con aire sombrío.

Y se asustó en el momento de las consecuencias posibles de su audacia.

—Era una broma para asustarle —respondió sonriendo el viejo militar…

—¡Usted es quien tiene miedo a mi padre! —dijo Tomás.

Yvolviendo la espalda al viejo, se perdió en la espesura del jardín.

—¡Yo miedo, yo! ¡Ah! ¡Es así! —le gritó Tchumakof.

Yen el tono de su voz, Tomás comprendió que te había ofendido. Se sintió avergonzado y anduvo rondando solo hasta la noche.

Cuando entró en su casa, vio a su padre que con rostro severo le dijo:

—¿Tomás, has ido al jardín de Tchumakof?

—Sí, he ido —respondió con aire tranquilo el muchacho fijando sus ojos en los de su padre.

Esta respuesta no era evidentemente la que esperaba Ignat, pues quedó mudo unos cuantos segundos acariciando la barba.

—¡Imbécil! ¿Por qué lo has hecho? ¿No tienes tú bastantes manzanas?

Tomás bajó los ojos y no dijo nada.

—¡Lo ves, te da vergüenza! ¡Apuesto a que es ese píllete de Ejof quien te ha impulsado! ¡Espera! Yo le enseñaré cuando le vea… haré que no os juntéis más…

—He sido yo mismo —dijo Tomás con firmeza.

—¡Ah! ¡Eso me gusta más! —exclamó Ignat—. ¿Qué necesidad tenías tú…?

—¡Porque me agradó!

—¡Porque me agradó! —repitió irónicamente su padre—. Deberías por lo menos dar una razón de peso, cuando haces tonterías. ¡Ven aquí!

Tomás se aproximó a su padre que estaba sentado en una silla y le colocó en sus rodillas: le puso las manos en la espalda y le miró en los ojos sonriendo:

—¿Te da vergüenza?

—Sí —suspiró Tomás.

—Lo ves, tontito. Tú nos deshonras a los dos.

Yoprimiendo la cabeza de su hijo contra su pecho, le puso la mano por los cabellos, y le preguntó de nuevo:

—¿Por qué esa idea de robar las manzanas de los demás?

—¡No sé! —dijo Tomás todo confuso—. Quizás por no aburrirme. Siempre jugamos, y siempre a lo mismo… eso aburre, mientras que en aquello existe el peligro…

—¿Eso te enardece?

—Sí…

—¡Bah! Es posible… Pero ten entendido, Tomás, deja ese juego, pues otra vez seré muy severo.

—No lo haré nunca más —dijo Tomás.

—En lo que has hecho bien es en echarte la responsabilidad. ¡Dios sabe lo que más tarde serás, pero en fin, por el momento está bien! Un hombre que responde de sus actos, sin miedo a perder el pellejo, no es una cosa vulgar… Otro, en tu lugar, habría echado la culpa a sus amigos. Tú dices: «Soy yo». Así es como se debe obrar, Tomás… Todo pecado lleva su castigo… Tchumakof… ¿no te ha pegado, por casualidad? —preguntó Ignat con vacilación.

—¡Eso es lo que yo habría querido! —replicó Tomás tranquilamente.

—¡Eh…! —murmuró entre dientes su padre, con aire chocarrero.

—Le he dicho que tenía miedo de ti… Por eso es por lo que ha venido a quejarse… porque estaba dispuesto antes a no hacerlo…

—¡Vamos!

—¡Te lo juro…! «Presente mis saludos a su señor padre…»

—¿Él te ha dicho eso?

—Sí…

—¡Oh! ¡Vil anciano! ¡Qué singular ralea los hombres! Uno a quien roban y saluda: «Os saludo respetuosamente». ¡Ja, ja, ja! ¡Bien es verdad que le han robado por valor de cinco céntimos, pero esa pieza de cobre es para él como un rublo para mí…! Además, no se trata de dinero, sino que esa moneda es mía y nadie osaría tocarla, a menos que yo no la tirase… ¡Vamos, no pensemos más en ello! ¡Cuéntame de dónde vienes y lo que has visto…!

El niño se sentó al lado de su padre y le hizo el relato completo de sus impresiones del día. Ignat escuchaba atentamente, examinando la expresión animada del rostro de su hijo, y el ceño del hombre se fruncía.

—Tú no nadas más que en la superficie… eres un niño… ¡Eh, eh!

—Hemos visto un búho en un barranco —contaba el rapaz—; ¡qué cosa más rara…! Trataba de volar y se daba contra un árbol, ¡pam! y dio un grito, un alarido tan plañidero… Después, como lo espantábamos, ha volado de nuevo y siempre lo mismo; se elevaba, volaba un poco y tropezaba con algo: sus plumas caían… Después de haberse hecho daño con todos los picos del barranco ha concluido por ocultarse… Ya no lo buscamos, nos daba lástima, estaba destrozado. ¿Es que son ciegos por el día?

—Completamente —dijo Ignat—. El hombre hace a veces en la vida como el búho en la luz. Busca una posición, se agita, revolotea, tropieza y llega así a perder sus plumas. Destrozado, herido, enfermo, desplumado, se arroja, en fin, en el primer rincón que ve para encontrar el reposo después de tantas fatigas. ¡Desgraciados esos hombres, hijo mío, desgraciados!

—¡Eso deberá hacerles mucho daño! —dijo Tomás dulcemente.

—Exactamente, como a tu búho.

—Pero ¿por qué…?

—¿Por qué? Muy difícil de explicar es eso… Uno tiene la vista oscurecida por el orgullo… quiere demasiado y no tiene fuerzas… otros el idiotismo… Existen muchas razones. No puedes comprender…

—Venid a tomar el té —anunció la tía Antheísa.

Largo tiempo hacía que estaba bajo el dintel de la puerta, contemplando enternecida la alta talla de su hermano inclinada amorosamente hacia Tomás; así como la postura meditabunda del muchacho, la mejilla apoyada contra el hombro de su padre.

Así se desarrollaba, día tras día, la vida de Tomás. Una vida, después de todo, poco accidentada, apacible y dulce. A veces unas sensaciones más fuertes que otras y que agitaban una hora o un día el corazón del niño se destacaban del fondo firme de esta vida monótona, pero se borraban casi inmediatamente. Su alma era todavía un lago tranquilo, al abrigo de las tempestades de la vida y todo lo que por casualidad chocaba en su superficie bajaba del fondo, después de haber turbado por corto instante sus aguas adormecidas.

Al cabo de cinco años Tomás dejó la escuela, habiendo pasado regularmente los exámenes de la cuarta clase. Era un bello muchacho, airoso, moreno, rostro bronceado, cejas espesas y un ligero bozo sobre el labio. Sus grandes ojos negros tenían una mirada soñadora y franca y sus labios se entreabrían como los de un niño. Pero a la menor contrariedad, su boca se torcía, sus pupilas se dilataban y su rostro en general tomaba una expresión de rudeza y de voluntad inquebrantables. Su padrino decía hablando de él, con una sonrisa escéptica en los labios:

—Por lo que respecta a mujeres, Tomás, les sabrás más dulce que la miel; pero lo que es en intenciones aun no te he notado…

Estas palabras arrancaban un suspiro a Ignat.

—Beberías empezar a iniciar un poco a tu hijo en el asunto, amigo mío…

—Espera aún…

—¿Esperar, a qué? Dos o tres veranos en el Volga y en seguida se le casa… Fíjate en mi Liubova; qué linda muchacha…

En esta época, Liubova Maiakín acababa sus estudios en un colegio y estaba en la quinta. Tomás la encontraba a menudo en la calle y ella le hacía con la cabeza pequeños saludos llenos de condescendencia, siempre cuidadosamente peinada, y una toca en sus bellos cabellos rojos.

Gustaba mucho a Tomás, pero ni sus mejillas sonrosadas ni sus labios rojos, ni la alegre y picaresca mirada de sus ojos oscuros bastaba a borrar la impresión humillante de sus saludos. Conocía a varios compañeros de colegio de Tomás, entre ellos a Ejof, pero aquél no se sentía atraído por esta sociedad que le disgustaba más bien. Le parecía que todos sacaban partido de su saber y se burlaban de su ignorancia.

Reunidos en casa de Liubova, leían, y cuando Tomás los sorprendía en medio de una discusión acalorada o bien ocupados en la lectura, se callaban apenas aparecía. Eso le alejaba de ellos.

Sin embargo, un día que se encontraba de visita en casa de Maiakín, Liubova le llevó al jardín, y allí, haciéndole sentar al lado de ella, le preguntó con una pequeña mueca:

—¿Por qué eres tan poco comunicativo? Nunca dices nada.

—¿De qué hablaré yo, sino sé nada? —respondió Tomás con sencillez.

—Estudia… Lee…

—No tengo ganas…

—Los que estudian lo saben todo y pueden hablar de todo… Ejof, por ejemplo…

—Conozco a Ejof… un charlatán…

—Estás celoso de él, sencillamente. Tiene mucho talento… sí… va a concluir sus clases e irá a la Universidad de Moscú.

—¿Y después…? —replicó Tomás sin emocionarse.

—Mientras que tú, serás siempre un ignorante.

—¡Tanto peor!

—¡Qué bien está eso! —exclamó Liubova con ironía.

—No tengo necesidad de toda esa ciencia para guardar mi posición —dijo Tomás, burlón—; está bien para los muertos de hambre estudiar… a mí no me hace falta.

—¡Bah! ¡Eres un gran idiota! ¡Malo, feo! —dijo la muchacha con desprecio.

Y le dejó. Tomás quedóse solo en el jardín. La vio alejarse, frunció el ceño, y con la cabeza baja llegó al fondo del jardín.

Era sensible al encanto de la soledad y al veneno enervante y dulce de los sueños. Las tardes de verano, a la hora del crepúsculo, su imaginación se exaltaba ante esos matices suntuosos de las puestas de sol que parecen abrazar toda la tierra, y sentía que le sobrecogía una vaga lasitud, como el deseo de una cosa que le era desconocida.

Acurrucado en un rincón oscuro del jardín o bien echado en una cama, evocaba la imagen de princesas de hechicería… Tomaban la forma de Liubova o la de otras muchachas que conocía, pasaban ligeras en la oscuridad de la noche y le miraban con ojos llenos de misterio. Estas visiones despertaban a veces su energía y le embriagaban. Se levantaba entonces, erguía su alta talla y aspiraba a plenos pulmones el aire cargado de perfumes. Otras veces, estas primeras visiones le entristecían y le daban ganas de llorar, pero se avergonzaba de sus lágrimas, se contenía, y a pesar de ello concluía por llorar.

A veces en un arrebato de gratitud infinita, se dirigía a Dios y se prosternaba ante su imagen; trozos de plegaria se despertaban en su memoria; fijos los ojos en el cielo, los repetía largo tiempo, los unos después de los otros, y su corazón encontraba el reposo en estos actos de fe donde se expansionaban los rebosantes sentimientos que le agitaban.

El padre de Tomás le introdujo en el círculo de sus relaciones comerciales con precaución y paciencia.

Le llevaba a la Bolsa, le instruía en las compras y beneficios que le dejaban; le hablaba de sus amigos, de sus cualidades, de cómo habían «subido» y cuál era su actual fortuna.

Tomás se puso muy pronto al corriente de los negocios, a los que prestaba seriedad y reflexión. Maiakín se burlaba de él, y guiñando un ojo le decía:

—¡Venga, he aquí que nuestro polluelo se transforma en gallo!

Y, sin embargo, el rostro de_ Tomás guardaba todavía, a los diecinueve años, una expresión infantil y un tanto inocente que le distinguía de los jóvenes de su edad. Éstos se burlaban de él y le consideraban como muy corto de inteligencia. Él, por su parte, los evitaba, picado del concepto en que le tenían. Su carácter indeciso inquietaba seriamente a su padre y también a Maiakín, cuya solicitud era incansable.

—No lo comprendo —decía Ignat desolado—. No bebe, no hace la corte a las mujeres, es respetuoso contigo y conmigo, obediente; diríase que es una joven y no un muchacho. Y a pesar de todo no tiene aire de idiota.

—No, nada de eso —respondía Maiakín.

—Pues bien, diríase que espera algo… Parece que tiene un velo ante sus ojos… Su difunta madre era igual, caminaba a ciegas en la vida… Fíjate, African Smolín no le lleva más de dos años ¡pero qué diferencia! No se sabe quién de los dos maneja el timón de la casa, si el padre o el hijo. Quiere partir, estudiar aún en una fábrica y le dice al viejo: «No me habéis instruido bastante, padre». Sí. ¿Y el mío? No se decide a nada… ¡Dios mío!

—Lo que tienes que hacer —aconsejaba Maiakín—, es probarle sin vacilar en algún tráfico. Por el fuego es como se prueba el oro… Dejándole en libertad veremos sus aptitudes… Envíale solo al Kama…

—¿Luego tú me aconsejas que tiente un ensayo?

—¡Claro! Si hace tonterías, perderás algunas monedas sin duda, pero al menos sabremos lo que guarda dentro.

—Perfectamente. Voy a enviarle —replicó Ignat, con tono resuelto.

* * *

Tan pronto como fue primavera, Ignat envió a su hijo al Kama con dos barcazas llenas de trigo. El vapor de Gordeief, «El Laborioso», era el que las remolcaba. El capitán era el antiguo conocido de Tomás, era Efim, ahora Efim Ilitch, un hombre de treinta años, cuadrado, con ojos de garduña, razonable y severo.

Se marchaba deprisa y alegremente, porque todo el mundo estaba contento. Tomás se sentía orgulloso de la primera responsabilidad que pesaba sobre él. Efim contento por la presencia del joven amo, que no le objetaba en las pequeñeces y nunca le sacaba los colores al rostro. El buen humor de los principales personajes del barco, se reflejaba en el resto de la tripulación.

Salido en abril, el convoy llegó a su destino en los primeros días de mayo. Las barcazas anclaron y el vapor a su lado. Tomás tenía orden de dar salida al trigo tan pronto como fuese posible, cobrar el dinero y marchar inmediatamente a Perm, donde le esperaba un cargamento de hierro que Ignat se había comprometido a entregar para la feria.

Las barcazas habían anclado frente a una gran aldea, cerca de un bosque de abetos y situada a una dos «verstas» de la orilla. Desde el día siguiente por la mañana vióse llegar, unos a pie, otros a caballo, una muchedumbre enorme y bulliciosa de campesinos y campesinas. Todo este bullicio se dispersó sobre el puente de las barcazas con gritos y cantares y se puso al trabajo con ardor.

Las mujeres que estaban en las bodegas llenaban los sacos; los hombres se encargaban de subirlos, franqueaban corriendo las pasarelas que ponían en comunicación al buque con el muelle y lentamente se veía partir, en dirección al pueblo, una larga fila de carretas, pesadamente cargadas de aquel trigo aguardado con tanta impaciencia. Las mujeres cantaban, los hombres bromeaban, los grumetes vigilaban y alguna que otra vez los activaban al trabajo. Las pasarelas ligeras se combaban bajo el peso de los hombres y casi tocaban en el agua, mientras que de la ribera llegaba un rumor vago, donde se percibía el relinchar de caballos, el crujir de la arena bajo la rueda de los carros.

Apenas había salido el sol, el aire tenía una frescura vivificante enteramente saturado del aroma de los abetos. El agua tranquila del río reflejaba un cielo puro y venía a chocar con dulce murmullo contra las quillas de las embarcaciones y las cadenas de las anclas.

El vocerío alegre de los trabajadores, el encanto intenso que se desprendía de la naturaleza respiraban una fuerza, un poco brutal, pero bienhechora y joven que se reflejaba en el alma de Tomás y despertaba en él sentimientos confusos y nuevos, y vagos deseos. Instalado bajo una tienda de campaña, colocada en el puente, tomaba té en compañía de Efim y del empleado encargado de recibir el trigo por cuenta del Ayuntamiento, un hombre colorado, miope, con lentes y la espalda encorvada por una enfermedad nerviosa. Éste contaba el hambre que habían sufrido los campesinos, pero Tomás le escuchaba distraídamente mirando ya a los trabajadores de cubierta, ya a la orilla de enfrente, muy alta, amarilla, que terminaba por un bosque de pinos. Estaba desierta y silenciosa.

«Sería necesario ir allá», pensaba Tomás mientras que sonaba en sus oídos la voz del comisario municipal que parecía venir de lejos, desagradable y chillona:

—No acertaríais a creer en las atrocidades a que se ha llegado… Miren, un ejemplo: en la ciudad de Osse, un propietario recibe un día la visita de un campesino que le lleva a una joven de dieciséis años. «¿Qué quieres?» «¡Pero lo veis! —dijo el campesino—. ¡Excelencia, os traigo a mi hija!» «¿Para qué?» «¡Tomadla; vos estáis soltero, señor!» «Pero bueno, ¿qué quieres? ¿Qué significa esto?» «Pues que la he paseado por toda la población para encontrarle una colocación de criada, y como nadie la quiere, ¡hacedla por lo menos vuestra querida!» ¿Comprendéis? ¡Iba a ofrecerle a su hija como querida! ¡Su hija! ¡Qué cosa más espantosa! ¿Eh? El otro naturalmente, muy indignado, saltó sobre el campesino, le injurió, le amenazó… pero el campesino añadió, no sin razón: «¿Excelencia, de qué me sirve esta hija en los tiempos que corren? Completamente inútil… mientras que tres hijos que tengo… son futuros obreros… es necesario conservarlos… deme diez rublos por mi hija, yo me las arreglaré con los muchachos…» ¿Qué decís de eso? ¡Un horror!

—¡Eso no está bien! —suspiró Efim—. ¡Se tiene razón cuando se dice que el hambre no es una madre…! Y el vientre tiene sus leyes propias.

Este relato despertó en Tomás un interés inexplicable, palpitante, por la suerte de la niña, y se puso a preguntar ansiosamente al empleado:

—¿Bueno, por último, la compró o no?

—¡Naturalmente que no! —exclamó el empleado con tono de reproche.

—¿Y qué ha sido de ella?

—Ha habido gente bastante buena que la ha recibido en su casa…

—¡Ah, ah! —exclamó lentamente Tomás.

Yañadió acto seguido con firmeza y cólera:

—¡Yo sí que habría arreglado a ese campesino! ¡Le habría roto la cara!

Yextendía hacia el comisario su puño formidable.

—¿Y por qué? —exclamó con aire compasivo aquél, quitándose vivamente los lentes—. ¿No habéis comprendido las causas…?

—Ya lo creo que las comprendo —dijo Tomás con testarudez.

—¿Qué iba a hacer? Le vino la idea…

—¿Y es que se puede vender un ser humano…?

—¡Ah! Es un acto salvaje, cierto…

—Y una joven… Ya le habría yo dado diez rublos, ¡por vida de…!

El comisario hizo un gesto y se calló. Este gesto turbó a Tomás; se levantó de la mesa, se aproximó al velamen y miró el puente de una de las barcazas, donde hormigueaba una muchedumbre atareada. El rumor le enervaba y lo vago de su alma se precisó en un violento deseo de trabajar como aquellas gentes. Deseó tener una fuerza hercúlea y poder cargar en sus potentes espaldas una centena de sacos con gran admiración de todos.

—¡Vamos, que anden más deprisa! —dijo con voz fuerte.

Varias cabezas se volvieron hacia él. Distinguió varios rostros, y uno de ellos, el de una mujer de ojos negros, le sonreía dulcemente. Esta sonrisa encendió una llama en su pecho, y como una onda de fuego, un flujo de sangre hirviente recorrió sus venas. Dejó la escalerilla y volvióse a la mesa, con el rostro encendido.

—¡Oiga! —le dijo el comisionado—. Enviad un parte a vuestro padre para que se separe un poco de trigo para cubrir pérdidas. Mire cuánto se pierde, allí, cada libra es preciosa. Y eso es necesario comprenderlo. ¡Pero tenéis un padre! —terminó con un gesto.

—¿Cuánto trigo querríais? —preguntó Tomás con desprecio y altivez—. ¿Cuatrocientas libras? ¿Ochocientas?

—¡Ochocientas! ¡Ah! ¡Gracias! —exclamó el comisario confuso y alegre—. ¡Si podéis hacerlo!

—Soy el amo —dijo Tomás con aplomo—, pero os prohíbo hablar así de mi padre y hacer esos ademanes.

—Dispensad… y… no dudo de vuestros plenos poderes; os estoy reconocido, así como a vuestro señor padre… en nombre de todas estas gentes, ¡en nombre del pueblo!

Efim, completamente desorientado, miraba a su joven amo y sus labios se movían temblorosamente, mientras que Tomás escuchaba encantado el discurso que el comisario soltaba con volubilidad al mismo tiempo que le estrechaba la mano.

—¡Ochocientas libras! ¡Eso es ser buen ruso, joven! Voy a anunciar en seguida a los campesinos el don que les hacéis. Vais a ver cómo os dan las gracias.

Ygritó muy fuerte, con el cuerpo inclinado hacia adelante:

—¡Amigos míos! El patrón os da ochocientas libras…

—¡Mil! —interrumpo Tomás.

—¡Mil libras! ¡Oh, gracias! ¡Mil libras de trigo, amigos míos!

El efecto fue mediocre.

Los campesinos levantaron la cabeza para bajarla de nuevo; después sin pronunciar una palabra, se pusieron a la tarea. Algunas voces se hicieron oír con cierta vacilación y como con disgusto:

—Te lo agradecemos… Que Dios te lo pague… Muchas gracias.

Una voz se oyó alegremente y con desenfado:

—¿Y qué es eso? Si nos dieses un vaso de aguardiente, sería la verdadera merced, mientras que el trigo no es para nosotros, sino para el distrito…

—¡Bah! ¡No comprenden! —exclamó el comisario confuso—. Voy allá a explicárselo.

Ydesapareció.

Pero no era el sentimiento de los campesinos sobre todo ello lo que interesaba a Tomás. Veía los ojos negros de la mujer que le miraban de un modo extraño y agradable. Estos ojos se mostraban agradecidos, le atraían y le fascinaban. Esta mujer no iba vestida como una campesina; llevaba zapatos, blusa de percal y una toca de seda en sus soberbios cabellos negros.

Menuda y ligera, sentada en una pila de tablas, anotaba los sacos, y subiendo a cada momento las mangas, dejaba su brazo desnudo hasta el codo y seguía sonriendo a Tomás.

—Tomás Ignatitch —dejó oír la voz de Efim cargada de reproches—. ¡Verdaderamente que has estado demasiado generoso…! Doscientas libras, como máximum, es lo que habías debido dar… ¡Temo mucho que esto resulte un mal negocio para nosotros!

—¡Déjame en paz! —dijo Tomás.

—¿Qué me importa? Pero como aún eres joven y tengo orden de velar por ti, me expongo a recibir unos cachetes, por falta de vigilancia.

—Ya le diré a mi padre… ¡Cállate! —dijo Tomás.

—Hágase tu gusto, y Dios te guarde; tú eres aquí el amo…

—¡Pues entonces…!

—Si te hablo, Tomás Ignatitch, comprenderás que no es sino por interés tuyo. Eres joven e inocente…

—¡Vaya! Déjame tranquilo, Efim…

Efim suspiró y se calló. Tomás miraba aún a la mujer y pensaba:

—¡Si me trajesen una como ésa para comprar…!

Su corazón latía con violencia. Virgen de cuerpo sólo conocía de relaciones íntimas entre el hombre y la mujer lo que había podido oír en conversaciones. Las conocía bajo nombres vulgares y groseros que excitaban en él una curiosidad intensa y malsana mezclada de rubor; su imaginación trabajaba obstinadamente pero no llegaba a hacerse una idea precisa.

En el fondo, no podía creer que tales relaciones fuesen verdaderamente tan groseras como se le decía. Y cuando le aseguraban, burlándose de él, que eran realmente tales y no podían ser otras, tenía una sonrisa de duda y seguía convencido de que las relaciones con una mujer no tomaban forzosamente esta forma brutal.

Debía haber allí seguramente algo más puro, menos vulgar y también menos humillante para el hombre.

Y así, en el mismo momento, y mientras que admiraba a la linda obrera, Tomás sentía despertarse en él un deseo sensual; tenía vergüenza y miedo.

Efim a su lado le exhortaba sabiamente.

—Estás embobado ante una mujer… yo no puedo callarme. No la conoces, pero como te sonríe eres muy capaz, con tu juventud y tu carácter, de hacernos ver lo blanco negro…

—¿Qué te hace falta? —dijo Tomás volviéndose bruscamente con la frente roja.

—A mí nada… Pero debes escucharme. Porque lo que es en cuanto a mujeres, puedo, con toda seguridad, ser tu maestro… Es necesario, con una mujer, obrar muy sencillamente: ofrecerle de comer y de beber, en seguida regarla con dos botellas de cerveza y por último hacerle el regalo de una pieza de veinte kopeks. Por este precio, ella te dará lo que existe mejor en su amor.

—Mientes abominablemente —dijo con dulzura Tomás.

—¿Que yo miento? ¿Y cómo y por qué he de mentir, yo, que más de cien veces lo he hecho? Encárgame de tu comisión. Te haré entrar en relaciones en pocos minutos.

—¡Bah! —dijo Tomás, cuya garganta se apretaba y cuya respiración era trabajosa.

—Entendido, te la traeré esta noche…

Y Efim le dejó, no sin dedicarle una sonrisa de aprobación.

* * *

Hasta la noche Tomás vivió como en un sueño, sin notar las miradas obsequiosas y los saludos respetuosos de los campesinos, instruidos por el comisario.

Estaba conmovido y se sentía en pecado. A todos los que le dirigían la palabra, respondía con la humildad de un hombre que tiene algo que hacerse perdonar.

Entrada la noche, una parte de los obreros dejaron las barcas, otros se instalaron alrededor de una hoguera que llameaba alegremente y se pusieron a preparar su comida.

En el silencio de la noche llegaban rumores de conversación. El resplandor del fuego caía sobre el río y simulaba manchas amarillas y rojas que, formando espejuelos en las aguas apacibles, se reflejaban en las ventanas de Tomás. Acurrucado en un rincón del sofá de cuero, esperaba. Ante él se veía una mesa servida: cerveza, aguardiente, pasteles y entremeses. Había echado las cortinas y nada había sucedido. La reverberación pálida del fuego penetraba a través de las cortinas; disminuyendo, después creciendo de nuevo, danzaban sobre la mesa las manchas caprichosas, en las botellas y en la pared del camarote. Todo estaba en silencio en el remolcador y las barcazas, sólo de la tierra llegaban voces inciertas y apenas se oía el ligero choque del agua contra los costados del buque… Tomás creía sentir cerca de él a alguno, oculto en la oscuridad que le espiaba…

Pero he aquí que resuenan pasos en el puente de las barcazas… pasos pesados y precipitados, la pasarela choca en el agua con tono seco y desagradable… Tomás percibe la risa ahogada del capitán y su voz velada… Efim está en su puerta y habla con calma pero imperiosamente, como si diese una consigna…

—¡Es inútil! —iba a gritar Tomás.

Yya había salido de su rincón, cuando en el mismo momento, la puerta del camarote se abrió y la alta silueta de una mujer se dibujó en el umbral. Ella volvió a cerrar la puerta sin ruido y dijo dulcemente:

—¡Dios mío! ¡Qué oscuro es esto…! ¿Hay alguien?

—Sí —respondió Tomás, muy quedo.

—Buenas noches, entonces…

Yla mujer avanzó ligera.

—Voy a encender —dijo Tomás con voz entrecortada.

Pero volvió a caer en el canapé y se cobijó en el rincón.

—A fe mía, que también se está bien así… la vista se acostumbra y se ve en la misma oscuridad.

—Siéntese —dijo Tomás.

—Gracias…

Se sentó al otro extremo del diván. Tomás podía distinguir el brillo de sus ojos grandes, la sonrisa de sus labios carnosos y que no le partió la misma sonrisa de antes; ahora era triste. Pero esta sonrisa le devolvió el valor. Respiraba más libremente mirando sus ojos, que se bajaban al encuentro de los suyos… No encontraba nada que decirla y se pasaron dos minutos en un silencio pesado y embarazoso. Ella lo rompió la primera:

—¿Debe usted aburrirse solo?

—Si —respondió Tomás.

—¿Le gusta este país? —prosiguió la mujer a media voz.

—Es hermoso. Los bosques son grandiosos.

Después un nuevo silencio.

—El río es quizás aún más hermoso que el Volga —dijo Tomás con esfuerzo.

—Yo he estado en el Volga.

—¿Dónde?

—En Simbirsk.

—Simbirsk —repitió Tomás como un eco, sintiendo de nuevo que no podía articular una palabra más.

Pero ella comprendió sin duda con quien tenía que habérselas, pues le preguntó bruscamente con tono burlón:

—Bueno, ¿no me ofreces nada?

—¡Claro que sí! —dijo Tomás febrilmente—. Soy un tonto. Sentémonos a la mesa.

Hacía chocar todo en la oscuridad, tomaba las botellas unas por otras, las volvía a dejar y reía con aire inocente y confuso. Ella se había aproximado a él y miraba sonriendo su rostro y el temblor de sus manos.

—¿Te da vergüenza? —murmuró ella de repente rozando con su boca la mejilla de Tomás.

Y él respondió, muy quedo:

—Sí.

Entonces ella colocóle ambas manos en sus hombros y atrayéndole dulcemente hacia ella, se puso a murmurarle palabras ardientes:

—¡No tengas pudor… no es posible evitarlo, amor mío… lindo mío… me haces sufrir…!

Las lágrimas le ahogaban. Al son de esta voz su corazón se extasiaba en una deliciosa languidez. La cabeza apoyada en el seno de su compañera, la estrechaba en sus brazos y dejaba escapar palabras incoherentes cuyo sentido ignoraba él mismo.

* * *

Algunos días más tarde, en el momento en que estaban las barcazas vueltas a cargar y el remolcador dispuesto a partir para Perm, Efim subió al puente, vio con gran asombro y desesperación venir una carreta con un baúl y muchos bultos encima de los cuales montaba la bella Pelagia.

—Manda a un grumete por esos bultos —ordenó Tomás haciendo con la cabeza una señal en dirección de la ribera.

Efim obedeció refunfuñando y preguntó en seguida, en voz baja:

—Pero ¿viene con nosotros?

—Conmigo —dijo secamente Tomás.

—Pues, claro… no con todos… ¡Oh, Dios mío!

—¿A qué vienen esos suspiros?

—Pero… ¡Tomás Ignatich! ¡Que vamos a una gran ciudad! ¿No encontrarías allí de sobra chicas como ésa?

—¡Silencio! ¿Entiendes?

—¡Ah! Puedo callarme, pero eso no está en el orden.

—¿De qué orden?

—Es escandaloso. Nuestro barco es decente, bien mirado… y de repente una mujer. ¡Y qué mujer! Pero no, ella no tiene más que un nombre: es una ramera.

La frente de Tomás se plegó y dirigiéndose al capitán con tono iracundo y voz penetrante e imperiosa, recalcando cada palabra:

—Ten presente, Efim —dijo—, tú y los demás; si alguna vez oigo una palabra injuriosa que se dirija a ella, os abro la cabeza con mi hacha.

—¡Qué horror! —murmuró Efim incrédulo, mirando cuidadosamente el rostro de Tomás.

Pero al mismo instante dio un paso atrás. El hijo de Ignat mostraba los dientes como un lobo, sus pupilas se dilataron y rugió:

—¡Que te vea yo reír! ¡Ya te enseñaré…!

Asustado Efim, le replicó a pesar de ello con dignidad:

—Aunque sea usted el amo, Tomás Ignatich, su padre, me ha dicho: «¡Vigila, Efim!» Y lo que es a bordo, yo soy el capitán…

—¡Capitán! —vociferó Tomás, temblando de cólera y pálido cual la muerte—. Y yo ¿qué soy? Por consiguiente… no hay que gritar por tal fruslería… ¡Por una mujer!

Grandes manchas rojas cubrieron el rostro pálido de Tomás. Apretó los puños convulsivamente, se metió las manos en los bolsillos, y después repuso con voz ronca:

—¡Eres el capitán! Pues bien, una palabra más y te irás al diablo. ¡A tierra! Sólo con el piloto soy bastante capaz de valerme… ¿Has comprendido? No tengo que recibir órdenes de ti… ¿Y qué?

Efim estaba consternado. Miraba al patrón, parpadeando, turbado, sin encontrar qué contestar.

—¿Has comprendido?, te pregunto.

—¡Comprendo, comprendo, perfectamente! —concluyó por decir—. Pero ¿para qué tanto escándalo, después de todo? Por una…

—¡Silencio!

La expresión salvaje que cruzó por los ojos de Tomás, que la cólera desfiguraba, haciéndole otro, sugirió al capitán la buena idea de largarse lo más pronto posible. Dio media vuelta y se esquivó.

—¡Uf! ¡Me ha dejado helado! El fruto no cae lejos del árbol —murmuraba a regañadientes mientras atravesaba el puente.

Estaba furioso contra Tomás y se consideraba ofendido sin razón; pero tampoco dejaba de ser cierto que había sentido caer sobre él una mano de amo firme y segura. Él, que desde hacía muchos años había estado acostumbrado a la sumisión, se complacía en sentir esta potencia sobre él y cuando entró en el camarote del piloto, con cierta satisfacción, contó la escena que acababa de pasar.

—¿Has visto? —dijo concluyendo su relato—. ¡De tal árbol tal astilla…! Sin embargo, al verlo, cualquiera diría que era un idiota. Vaya, bueno, es menester que se divierta… Esto no tendrá consecuencias con su carácter. ¡Pero qué gritos me daba! Un trueno. Se erigió en amo, pero cómo, de golpe… Exactamente igual que si hubiese apurado el poder y un rigor inflexible en alguna copa misteriosa…

* * *

Y Efim tenía razón: un cambio radical había sobrevenido, en aquellos pocos días, en el carácter de Tomás. La pasión que repentinamente se había encendido en él le había hecho dueño de una mujer en cuerpo y alma, y ahora saboreaba con una voluptuosidad ardiente las delicias de la posesión.

Esta pasión lo había pulimentado. Desterrando todo lo que era primitivo, haciéndole parecer tonto y tardo, y habiendo destruido todo, le había infiltrado en el corazón un orgullo varonil, la conciencia de su personalidad humana. El amor de una mujer, sea como sea, es siempre fecundo para el hombre, aun cuando no aporte sino sufrimientos, pues éstos son también preciosos. Si el amor es un veneno violento para las almas enfermas, para las sanas es fuego que cambia al hierro en acero.

La pasión de Tomás por esta mujer que tenía treinta años y que en los brazos del joven festejaba el reverdecimiento de su juventud, no le hacía descuidar los negocios. Acudía al trabajo y al amor, dándose por entero a ambos. El amor de esta mujer, como un vino generoso, excitaba todas sus energías, y ella por su parte, bajo la caricia de sus besos juveniles, sentía volver a sus mocedades.

En Perm, Tomás recibió una carta. Su padrino le anunciaba que, aburrido, Ignat se había dado a la bebida, cosa muy peligrosa a su edad. También le aconsejaba arreglar los negocios lo más pronto posible y volver a casa. Este consejo inquietó a Tomás y entristeció la dicha en que su alma se explayaba; pero las caricias de Pelagia y los negocios disiparon bien pronto estas sombras. Su vida se deslizaba entonces rápida como un torrente y cada día le ofrecía impresiones nuevas, haciendo despuntar en su ser nuevas ideas. Ella mostraba toda la fogosidad de una querida apasionada, con esa violencia de sentimiento particular a las mujeres cuya juventud se acaba y que beben las heces en la copa dorada de la vida.

Pero a veces, y esto intrigaba más a Tomás, dejaba vislumbrar otro sentimiento, igualmente violento, pero diferente: éste era cierto cariño material, deseo de preservar al niño querido de toda falta, de enseñarle el arte tan difícil de vivir. A menudo, por la noche, en el puente, cuando él la tenía estrechamente oprimida entre sus brazos, ella le decía, triste y dulce:

—Obedéceme como a una hermana mayor… Yo he vivido, conozco a los hombres… ¡He visto mucho en mi vida! Escoge tus amigos con prudencia, pues hay hombres contagiosos como enfermos. Nada te retiene en el primer instante; es un amigo como los demás y tú lo imitas sin desconfianza: después, es demasiado tarde cuando adviertes que su mal te ha contagiado. Todo lo perdí por una amiga… Tenía un marido… dos hijos… vivíamos bien… mi marido era oficial en la escribanía.

Se calló y miró largo tiempo por encima del empalletado la estela del navío, y después suspiró y continuó:

—¡Sobre todo con tus iguales! ¡Que la santa Virgen te proteja! Sé prudente. Eres muy tierno todavía; tu amor no está bastante traqueteado… Las mujeres son golosinas para hombres como tú, fuertes, hermosos, ricos… Desconfía sobre todo de las vírgenes a medias; son como los vampiros, caen sobre un hombre y le dejan sin sangre… continuando tan cariñosas y tan delicadas. Te chuparían hasta el último céntimo, pero sabrán ponerse a cubierto, te despedazarían el corazón y nada más… Busca más bien las que se muestran abiertamente, como yo. Ésas son desinteresadas…

Ella era, en efecto, desinteresada. En Perm, Tomás le compró algunos objetos de tocador. Estaba contentísima, pero, examinándolo todo, le dijo con interés:

—No tires así el dinero… Tu padre se enfadará… Yo te quiero, ya lo sabes, sin regalos…

Desde hacía tiempo estaba convencido de que no pasaría de Kazán, donde tenía una hermana casada. Tomás no podía hacerse a esta separación. Y cuando la víspera de la llegada a Kazán, ella le repitió su decisión, se puso sombrío y le suplicó que no le dejase.

—No tengas penas antes de tiempo —dijo ella—; tenemos aún una noche entera por nuestra. Cuando venga el momento del adiós, tú me dirás… si eso te apena…

Pero él insistía, a pesar de todo, en que no partiese, y declaró por fin, como era de suponer, su intención de casarse con ella.

—Sí, no estaría mal —dijo ella riendo francamente—; pero ¿podría casarme contigo, a pesar de mi marido? Te quiero mucho, amor mío, y sería demasiada comedia. ¿De modo que quieres casarte conmigo? Pero luego tendrás más de una querida… Cuando lo hayas visto todo, cásate… Yo he visto mucho: un hombre vigoroso no debe casarse temprano, por su propio reposo. Una sola mujer no le basta, corre tras otras… Si quieres ser dichoso, no tomes esposa sino cuando comprendas que una sola te basta.

Pero, cuanto más hablaba, más insistía Tomás en su voluntad obstinada de no separarse de ella.

—Escucha bien esto —decía la mujer con calma—. Tienes una bujía encendida en la mano; cuando luzca… tírala al agua, y se apagará sin hacer humo ni quemarte los dedos…

—No comprendo lo que quieres decir.

—Debes comprenderlo. Tú no me has hecho ningún mal y yo no te lo deseo… Por eso te dejo…

Es difícil saber cómo se hubiera terminado esta querella si la casualidad no se hubiese puesto de por medio.

En Kazán, Tomás encontró un parte de su padre que decía lacónicamente: «Vente en seguida en el barco de pasajeros». El corazón de Tomás se oprimió dolorosamente y algunas horas después, de pie en el puente, miraba, los ojos secos, los dientes apretados, pálido y descompuesto, el rostro de su bien amada que se alejaba poco a poco en la ribera.

Pelagia agitaba su pañuelo y sonreía siempre, pero él sabía que lloraba lágrimas amargas y ardientes. Sus lágrimas habían empapado la pechera de la camisa de Tomás y a él le parecía que un peso grandísimo y helado hubiese caído con ellas en su corazón torturado por la inquietud. La silueta de la joven disminuía gradualmente, confundiéndose con la bruma, pero Tomás no podía apartar de ella su mirada. A la agonía que experimentaba por su padre, al sentimiento de dejar aquella mujer, se mezclaba en su alma un sentimiento nuevo, violento y amargo. No podía definirlo, pero le parecía que alguien le había ofendido.

La muchedumbre que estaba allá abajo, en el muelle, no formaba más que una mancha oscura, informe, muerta, sin rostro ni movimiento… Tomás se separó de la plataforma y se puso a pasear a grandes pasos por el puente con aire lúgubre.

Los pasajeros charlaban con animación, instalándose para tomar el té, mientras que los criados se daban prisa a colocar el servicio. Abajo, en las terceras, un niño reía, confundiendo su voz clara con las notas roncas de un armonium y con el choque de la vajilla de la cocina. Y durante este tiempo la enorme masa del buque avanzaba rápidamente en contra de la corriente, partiendo la cresta espumosa de las olas con un ronquido terrible y sacudido por el esfuerzo potente de su máquina.

Tomás miraba las burbujas que hacía el agua herida por la proa del barco, y las ondas que se lanzaban furiosas a babor y estribor. Él también se sentía poseído del deseo de herir algo, de presentar su pecho desnudo a la corriente, su pecho y sus hombros como una proa viviente que cortaría el agua…

—¡El Destino! —dijo a su mismo lado una voz enronquecida.

Esta palabra le era familiar. Su tía Antheísa la ponía como solución a muchas de las preguntas que él le hacía, y esta palabra tan corta evocaba en su alma la imagen de la fuerza, de una fuerza igual a la de Dios. Miró a los que charlaban: uno era un viejo canoso, de rostro venerable, y el otro, más joven, de grandes ojos fatigados y perilla. Contemplando su larga nariz y sus mejillas pálidas y demacradas, Tomás pensó involuntariamente en su padrino.

—¡El Destino! —repitió el viejo, recalcando la exclamación de su interlocutor, y sonrió—. El Destino en la vida representa lo que el pescador en el agua: lanza en el torbellino humano un anzuelo bien apetitoso y en el acto el hombre cae sobre él, la boca abierta, ávido: hele cogido… Ya puede revolverse y darse contra las piedras; nada adelanta. Cuando se va a mirar, se ve que su corazón está despedazado. ¡Así es, señor!

Tomás cerró los ojos como cegado de repente por un rayo de sol, y dijo en voz alta:

—Exactamente. ¡Eso es!

Los dos que conversaban le miraron atentamente. El viejo con una leve e inteligente sonrisa, el otro con animosidad y como se suele decir gráficamente por encima del hombro. Turbado, Tomás se alejó reflexionando siempre en el Destino y presa de una gran perplejidad: ¿para qué haberle colmado, haciéndole don de una mujer, si era para volvérsela a quitar, momentos después, brutalmente? Y entonces comprendió el sentimiento de ofensa cruel que por ello sufría, comprendió el rencor que sentía centra el Destino que se burlaba de él. Era demasiado niño y consentido para soportar sin dolor esta primera gota de veneno caída en su copa aún llena.

Pasó el resto del viaje sin dormir, mecido por la tristeza. Esta tristeza aumentaba de día en día y se transformaba no en un recuerdo doloroso, sino en una manifestación odiosa.

Tomás encontró a Maiakín que le esperaba en el muelle. Mientras se instalaban en el coche, a las preguntas inquietas de su ahijado respondió haciendo brillar sus verdes ojos:

—¡Tu padre ha perdido la cabeza…!

—¿Bebe?

—¡Aún peor…! ¡Está loco!

—¡Oh, Dios mío! Pero hablad.

—¿Comprendes? Una mujer le ha calentado los cascos…

—¿Y qué…? —dijo Tomás recordando a Pelagia y experimentando una alegría inexplicable.

—Se ha liado con él, y le chupa la sangre.

—¿Decente?

—¡Decente! Si es una mujer sin principios, un incendio, que le ha comido ya setenta y cinco mil rublos como nada.

—¡Bah! ¿Y quién es?

—Sofía Medinskaia, la mujer del arquitecto…

—¡Dios mío! Ella… ¿Acaso mi padre…? ¿Debe ser su querida? —preguntó Tomás dulcemente, desvanecido.

Su padrino se alejó unos pasos, abrió los ojos y le dijo con tono persuasivo, mientras que su rostro tomaba un aire cómico:

—¡Pero estás loco, tú también… a fe mía! ¡Vuelve en ti! A los sesenta y tres años, es que aún se tienen queridas y a ese precio. ¿Qué tienes? Ya le contaré a Ignat…

A estas palabras Maiakín soltó una carcajada que sonó como un sollozo, y su perilla tembló desagradablemente. Sólo a fuerza de dificultades es como Tomás pudo saber algo. El viejo, que comúnmente hablaba con moderación, estaba nervioso y excitado. Contaba sus frases por monosílabos y escupitinas. Por último Tomás llegó a comprender que Sofía Pavlova Medinskaia, la mujer de un rico arquitecto, conocida en toda la ciudad por su celo infatigable en la organización de obras de beneficencia, había obtenido de Ignat setenta y cinco mil rublos para la fundación de un asilo de noche y de una biblioteca popular. Ignat habíase desprendido del dinero y los periódicos se deshacían en elogios a su generosidad.

Tomás habíase encontrado más de una vez a esta mujer en la calle. Era pequeña y él sabía que pasaba por una de las más lindas de la población, pero que se murmuraba mucho sobre su conducta.

—¿Y eso es todo? —dijo él cuando su padrino hubo terminado—. Yo pensaba Dios sabe cuántas cosas…

—¿Tú? Tú te imaginabas… —dijo Maiakín incomodándose de repente—. ¡Tú no te imaginabas nada, gran hobo!

—Pero ¿por qué gritáis? —dijo Tomás sorprendido.

—Vamos a ver, di: ¿setenta y cinco mil rublos es ama buena cantidad, según tú?

—Sí —dijo Tomás después de haber reflexionado.

—¿Entonces?

—Sí, pero mi padre es muy rico… ¿qué decís a eso?

Maiakín tembló, arrojó una mirada de desprecio al joven y dijo con voz débil:

—¿Eres tú, quien habla?

—¡Ya lo creo! ¿Quién queréis que sea?

—Mientes. ¡Es tu tonta juventud quien habla! Sí. Mientras que mi vieja experiencia, que la vida ha puesto a prueba más de un millón de veces, te dice: «¡No eres más que un perrito joven y no es aún hora de alzar el gallo!»

El modo figurado de hablar de su padrino tenía el don de exasperar a Tomás. Maiakín se había siempre mostrado más rudo que su padre; pero en este momento se sintió realmente ofendido por el viejo y le replicó con tono firme, aunque comedido:

—No deberíais vociferar para nada. Yo no soy ya un niño.

—¿Es posible? —exclamó Maiakín, elevando las cejas y considerándole con socarronería.

A estas palabras Tomás se conmovió. Le miró en los ojos y pronunció recalcando:

—Os digo que no quiero oír más vuestras injurias, que no merezco. Y ya basta.

—¡Hum! ¿Es así…? ¡Entonces, perdón!

Jacob Tarasovitch movió los labios, se volvió hacia su ahijado y no dijo nada durante algunos segundos.

El coche entró en una callejuela estrecha y dando vista a la casa paterna. Tomás hizo involuntariamente un movimiento en aquella dirección. Al mismo tiempo, su padrino le preguntó con una sonrisa maliciosa y tierna:

—¡Thomka! ¡Dime ahora quién ha afilado tus dientes! ¿Eh?

—¿Son puntiagudos? —preguntó Tomás encantado de la nueva fase en que entraba la conversación.

—No mucho… ¡Pero está bien, amigo mío, está muy bien! Temíamos tu padre y yo que salieses un mandria… ¿Has aprendido también a beber aguardiente?

—Ya lo creo…

—¡Temprano…! ¿Mucho?

—¿Por qué, mucho?

—¿Está bueno?

—No gran cosa.

—¡Bien…! Todo eso no es malo… Solamente, eres demasiado franco… dispuesto a confesar tus pecados todos y a cada momento hay cosas que se deben callar: se satisface a los hombres y no se comete pecado… Sí. Nuestra lengua es muy raramente discreta. Pero hemos llegado. Ten cuidado, tu padre no sabe nada de tu regreso.

* * *

Allí estaba: por las ventanas abiertas de par en par se escapaban sus risotadas, algo veladas. El rumor del coche ante la puerta atrajo a Ignat hacia la ventana y exclamó gozoso, a la vista de su hijo:

—¡Ah! ¡Aquí está!

Un instante después, estrechaba a Tomás contra su pecho. La mano puesta en su frente, le echaba la cabeza un poco para atrás para mejor verle y sus ojos brillaban de satisfacción.

—¡Oh…! ¡Muy bien…! ¡Bravo! Ved, señora. ¿Es hermoso mi hijo?

—No es feo… —respondió una voz dulce y clara.

Tomás miró por encima del hombro de su padre y percibió, sentada en un rincón de la habitación, de codos sobre la mesa, una mujercita con lindos cabellos rubios. En su rostro pálido se destacaban grandes ojos negros, cejas bien modeladas y labios carnosos y rojos. Detrás de la butaca, una planta extendía sus anchas hojas por encima de esta cabeza menuda, guarnecida de oro.

—¡Felicidades, Sofía Pavlovna! —decía Maiakín humildemente, aproximándose a ella con la mano extendida—. Nos hacéis siempre pagar contribuciones a nosotros, pobres diablos.

Tomás la saludó silenciosamente, sin prestar la menor atención ni a su respuesta ni a las palabras de su padre. Sin embargo, ella le miraba fijamente con sonrisa afectuosa y franca. Su cuerpo ligero e infantil, envuelto en un tejido de color oscuro, se confundía casi con el terciopelo de la butaca, y su rostro pálido aureolado de cabellos de oro se destacaba como mancha luminosa en aquel fondo sombrío. Colocada así en el rincón bajo la planta verde, se parecía en conjunto a una flor y a una imagen santa.

Los ojos de la Medinskaia se entornaron, sus mejillas enrojecieron ligeramente y su risa vibró como una campanilla de plata. Se levantó y dijo:

—No quiero incomodaros, ¡hasta la vista!

Cuando pasó delante Tomás, de sus pasos menuditos dejó un rastro perfumado y notó que sus ojos eran de un azul oscuro y sus cejas negras.

—¡Ya se fue la carpa! —dijo a media voz Maiakín, acompañándola con su mirada de odio.

—¡Vaya, cuéntanos tu viaje! ¿Has gastado mucho dinero? —decía Ignat, conduciendo a su hijo a la butaca que acababa de dejar la Medinskaia.

Tomás miró con desprecio esta butaca y tomó otra.

—¿Es linda la pieza, eh? —decía irónicamente Maiakín, mirando a Tomás con sus ojos penetrantes—. Abre la boca en su presencia, y te engullirá de un golpe.

Tomás se sobresaltó y sin responderle se puso a contar a su padre los pormenores del viaje. Pero Ignat le interrumpió bien pronto.

—Espera que te sirvan coñac.

—Tú no haces más que beber, según dicen —replicó Tomás en tono de reproche.

—¿Es que se habla así a un padre?

Tomás, confuso, bajó la cabeza.

Maiakín los miró a los dos, suspiró, se despidió y los invitó aquella misma noche a tomar el té en su jardín.

—¿Dónde está la tía Antheísa? —preguntó Tomás sintiéndose de repente inquieto frente a frente de su padre.

—Se ha ido al convento… Vamos, cuenta… yo voy a beber…

En pocas palabras Tomás puso a su padre al corriente de los negocios y terminó por la franca confesión de sus gastos.

—He gastado mucho dinero en mi…

—¿Cuánto?

—Seiscientos rublos… poco más o menos.

—¡En un mes y medio es mucho, en efecto! Veo que me sales caro como viajante. ¿En qué lo has invertido?

—He regalado mil libras de trigo…

—¿A quién…? ¿Cómo…?

Tomás contó lo del donativo.

—¡Hum! ¡No está mal eso! —aprobó el padre—. Es obrar con largueza… El asunto es claro… El honor de tu padre, el honor de la casa. Esto no es una pérdida… puesto que da fama y eso, mira, es el mejor reclamo en el comercio. ¿Y además?

—No sé… se ha ido el dinero…

—Habla francamente… no te pido el dinero, quiero saber sólo cómo te has portado —insistía Ignat, tratando de ver el interior de su pensamiento, con aire severo.

Pero Tomás, la cabeza baja, no sabía qué decir:

—He bebido… He comido…

—¿Has bebido? ¿Aguardiente?

—También…

—¡Ah! ¿No es, quizás, demasiado pronto?

—Puedes preguntar a Efim si me he emborrachado.

—¿Para qué hay que preguntar a Efim? Debes de decírmelo tú todo. Así ¿bebes? No me gusta eso…

—Puedo también dejar de beber…

—¿Qué tomas? ¿Quieres coñac?

Tomás miró a su padre y le sonrió alegremente. Ignat le respondió también con una sonrisa amigable.

—¡Qué diablo! Bebe, pero no descuides los negocios… El borracho traga vino y se despierta en seguida, mientras que el imbécil duerme como un ceporro. Y, dime, ¿tuviste alguna mujer? Vamos habla francamente… no te pegaría ¿eh?

—Tuve una… en el barco… La he traído desde Perm hasta Kazán.

—¡Hombre…!

Ignat exhaló un suspiro y dijo sombrío:

—¡Bien, joven, te has echado a perder…!

—Tengo veinte años… Y tú me has contado que, en tus tiempos, se casaba a los muchachos a los quince años.

—Se les casaba, es verdad. Pero dejemos eso. Te has divertido con una mujer ¿cómo evitarlo? Las mujeres son como el sarampión; no hay medio de escapar. No quiero ser hipócrita, yo buscaba las mujeres mucho antes que tú… Pero sé prudente con ellas…

Ignat quedó pensativo e inmóvil, con la cabeza inclinada.

—Mira, Tomás —repuso al cabo de un momento con tono rudo y firme—, voy a morir muy pronto… soy viejo… Me siento oprimido, la respiración me falta… voy a morir… Todo el cuidado de los asuntos caerá sobre ti… Al principio, tu padrino te ayudará: ¡obedécele! Has empezado bien, todo lo has hecho perfectamente, has tenido las riendas con mano firme… y aunque te has divertido demasiado, se ve que no perdías la cabeza: ¡quiera Dios que siempre sea así! Pero acuérdate de esto: el trabajo es como un animal vigoroso e inquieto, es necesario saber conducirle, tenerle bien del bocado; sin esto te ganará por la mano. Esfuérzate en colocarte por encima del negocio… para tenerlo todo a tus pies, bien a la vista, para poder distinguir el menor clavito…

Tomás miraba el ancho pecho de su padre, escuchaba su voz de trueno y se decía:

«¡No morirá tan pronto!»

Este pensamiento le era dulce y reavivaba la ternura que experimentaba por él.

—Apóyate en tu padrino… Su cabeza posee el talento para toda una ciudad… No le falta más que el valor, sin lo que habría llegado muy lejos. Sí… te lo digo yo; ya no duro mucho tiempo. Debería quizás yo mismo prepararme para la muerte, dejarlo todo, cumplir mis devociones, para que los hombres se acordasen de mí, como bueno…

—¡Ya lo creo que así lo harán! —dijo Tomás con seguridad.

—¡No hay de qué!

—¿Y el asilo de noche…?

Ignat miró a su hijo y se echó a reír…

—No ha perdido el tiempo Jacob. ¿Te ha contado…? ¡Viejo esqueleto…! ¿Te ha hablado mal de mí…?

—Un poco —dijo sonriendo Tomás.

—¡Lo creo! Le conozco bastante.

—¡Hablaba de ello como si se tratase de su dinero…!

Ignat se recostó en su butaca y siguió riendo.

—¡Ah! ¡Cuervo viejo! Es muy justo lo que dices… Para él su dinero y el mío es todo uno… así él tiembla… Tiene un proyecto el viejo… ¿Acierta cuál?

—No sé…

—Eres tonto… Él quiere reunir el dinero.

—¿Cómo?

—¡Vamos a ver, adivina!

Tomás miró a su padre y comprendió.

Su rostro se oscureció, dejó la butaca donde estaba sentado y dijo:

—No, no quiero… no me casaré con ella…

—¡Oh! ¿Y por qué? Una niña sana, no es tonta, y es hija única…

—¿Y Taras? ¿El desterrado? Pero es igual, no quiero de ningún modo.

—Taras se fue, perdido; no vale la pena de ocuparse de él… Jacob ha hecho un testamento, amigo, en el que dice:

«Dejo toda mi fortuna mobiliaria e inmobiliaria a mi hija Liubova». Es cierto que existe el parentesco, pero ya arreglaríamos eso.

—¡No importa —declaró Tomás con tono decidido—, no me casaré con ella!

—Es demasiado pronto para discutir eso… Pero ¿por qué no te agrada, en el fondo?

—No me gusta esa clase de mujeres.

—¡Vaya…! Diga entonces el señor, ¿cuál es la clase que os gusta?

—Aquellas que son sencillas… Ella está siempre entre estudiantes y libros; es demasiado sabia para mí… Se burlaría de mí —decía Tomás meditando.

—Eso es verdad. Está demasiado emancipada… Pero esto no es grave… mano firme y cuestión de tiempo… Tu padrino es un viejo inteligente. Ha llevado una existencia sedentaria, tranquila, ha tenido mucho tiempo para meditar, merece ser escuchado, ve en seguida el pro y el contra de los negocios… Es nuestro aristócrata, su familia data de nuestra madre la gran reina Catalina… ¡Ja, ja…! Tiene una alta opinión de sí mismo, y como su sangre desaparece con Taras, ha decidido ponerte en su lugar. ¿Comprendes?

—¡Gracias! Me gusta más escoger por mí mismo mi lugar —respondió Tomás testarudo.

—¡Aún sigues hecho un tonto! —replicó Ignat, sonriendo a estas palabras.

La conversación fue interrumpida por la llegada de la tía Antheísa.

Al otro lado de la puerta se oía su voz alegre:

—¡Tomás, hijo mío, ya de vuelta!

Tomás fue a su encuentro con una sonrisa afectuosa.

* * *

Y su vida siguió de nuevo su curso regular monótono como en el pasado. De nuevo la Bolsa y las lecciones de su padre. Pero, aunque conservaba en las conversaciones con su hijo un tono de bondad burlona, Ignat le trataba con más severidad. Era exigente aun en lo más insignificante y le recordaba constantemente que le había educado en plena libertad, sin contrariarle, ni pegarle.

—Otros padres pegan con palo mientras que yo no te he tocado ni con la punta del dedo…

—¡Hace falta creer que no teníais razones para hacerlo! —repuso un día Tomás muy tranquilo.

Estas palabras y el tono con que fueron dichas pusieron a Ignat colérico.

—¡Tiene que ver! —gruñó—. Eres atrevido… Respondes a todo… ¡Ten cuidado! Mi mano es muy dulce, pero puede apretar y hacerte brotar lágrimas de los talones… Has crecido mucho… Como una seta venenosa, apenas salido de tierra, ya hueles mal…

—¿Por qué te enfadas conmigo? —le preguntó Tomás un día que estaba de buen humor.

—No puedes sufrir que tu padre te gruña, replicas en seguida…

—¡Porque es humillante…! No soy peor que antes… y veo la conducta de los jóvenes a mi edad…

—No te morirás, ¿verdad? si te digo algunas tonterías de cuando en cuando… Y si gruño es porque veo en ti algo que no tienes de mí… lo que es, no lo puedo precisar, pero lo veo y también que te ocasionará disgustos.

Estas palabras sepultaron a Tomás en una profunda meditación. Él se daba cuenta de que algo especial le diferenciaba de sus camaradas, pero tampoco podía precisar lo que era. Y se observaba con desconfianza.

Le gustaba ir a la Bolsa y mezclarse entre la muchedumbre bulliciosa y agitada de aquellas gentes severas que tramaban negocios por millones. El respeto con que trataban a Tomás Gordeief, el hijo del millonario, gentes de menor importancia, halagaba su amor propio. Se sentía orgulloso y dichoso, cuando habiendo tomado la iniciativa de una decisión cualquiera en un negocio de su padre, obtenía una sonrisa de aprobación. Muy ambicioso y deseando aparecer un hombre maduro y serio, continuaba viviendo en la soledad, ni más ni menos que antes de su viaje a Perm, y no experimentaba ninguna necesidad de crearse amigos, aunque a menudo encontrase a los hijos de otros traficantes, jóvenes de su edad. Ellos le invitaban con frecuencia a sus diversiones, pero él rehusaba siempre brutal y desdeñosamente y les decía, sonriendo:

—¡Tengo miedo…! Vuestros padres sabrían vuestra conducta, os pegarían y yo podría también atrapar algunos golpes.

Lo que le desagradaba, era ver que se divertían y hacían orgías a hurtadillas, con dinero quitado de la caja paterna o bien prestado contra letras a largo plazo y a un interés usuario.

Ellos no le querían tampoco, a causa de su frialdad desdeñosa, donde veían un orgullo que les rebajaba. Y él, no osaba hablar con sus amigos porque temía le tomasen por tonto y poco entendido en los negocios.

La imagen de Pelagia se le representaba a menudo, y en tales momentos, su corazón se oprimía dolorosamente. Pero poco a poco el tiempo pasaba sobre esta imagen y borraba sus frescos colores; insensiblemente su lugar vino a ser ocupado por la figura menuda y angélica de la Mediskaia. Todos los domingos iba a casa de Ignat, so pretexto de diversas obras de caridad, pero, en realidad, únicamente con el fin de activar la construcción de su asilo. En su presencia Tomás se sentía torpe y pesado. Eso le contrariaba, y bajo la mirada afectuosa de Sofía Pavlovna, su rostro se cubría de un tinte rojizo. Él había notado que cada vez que ella le miraba, sus ojos se ponían más sombríos y el labio superior subía, dejando al descubierto una fila de pequeñitos dientes blancos. Esto le aterraba. Su padre un día sorprendió las miradas con que acechaba a la Medinskaia y le dijo:

—No la mires tanto. ¡Ten cuidado! Es parecida al carbón de abedul; es negro, pulimentado, inofensivo al exterior, y si vas a cogerlo, te quemarás.

La Medinskaia no despertaba en él ningún sentimiento sensual; no se parecía en nada a Pelagia y no tenía nada de común con las otras mujeres. Conocía las historias escandalosas que sobre ella circulaban y no creía una palabra. Modificó, sin embargo, su manera de ser el día que la encontró en coche al lado de un grueso señor, con un sombrero gris y largas melenas.

El rostro de aquél era rojo y abotagado como una vejiga; no tenía barba ni bigote y parecía una mujer disfrazada… Tomás supo que era su marido… Aquel encuentro hizo germinar en él sentimientos oscuros y contradictorios; hubiese querido insultar al arquitecto y al mismo tiempo experimentaba por él un respeto mezcla de envidia. A partir de aquel momento la Medinskaia le pareció menos seductora, pero más accesible; la compadecía y se decía con fatuidad:

«Debe estar descorazonada, cuando él la bese…» Pero todo esto no era más que superficial. En el fondo de su ser, sentía un vacío inmenso y abrumador que nada podía rellenar, ni las impresiones del día ni los recuerdos del pasado. La Bolsa, los negocios, los sueños de la Medinskaia, todo se perdía en aquel abismo. Se inquietaba: en las oscuras profundidades del abismo que llevaba en sí, sospechaba una fuerza invencible y hostil, informe todavía, pero que tendía ya con obstinación y prudencia a tomar cuerpo.

* * *

Ignat cambiaba poco exteriormente; sólo que cada día estaba más agitado, más gruñón y se quejaba de sus infortunios.

—He perdido el sueño, yo, que antes dormía tan bien que me habrían despellejado sin despertarme; ahora me vuelvo y me revuelvo toda la noche y apenas si me duermo cuando amanece. Después me despierto a cada instante… mi corazón late irregularmente, ya como el de una bestia perseguida: toe, toe, toe… Ya se detiene… diríase que se suelta y que va a caer en algún abismo insondable de mi ser. ¡Perdóname, Señor, en tu gran misericordia!

Ysuspiraba entristecido, levantando al cielo los ojos turbados en que la vida y el brillo estaban ya apagados.

—La muerte me acecha, está muy próxima —decía entre sombrío y resignado.

Tenía razón, pues bien pronto echó por tierra su cuerpo potente de atleta.

Esto tuvo lugar un día del mes de agosto, muy de mañana. Tomás dorada profundamente, cuando se sintió sacudido por el hombro y una voz ronca murmuró a su oído.

—Levántate…

Abrió los ojos y percibió a su padre, sentado en una silla al pie de la cama, que repetía con voz sorda:

—Levántate, levántate…

Los primeros rayos del sol penetraban en el cuarto y esparcía por todas partes, sobre la blancura de las sábanas, sobre la camisa de Tomás, su tinte aún sonrosado.

—¡Es muy temprano! —dijo Tomás estirándose.

—Bueno, ya dormirás más…

Tomás se envolvió perezosamente en las sábanas y preguntó:

—¿Quieres algo?

—¡Levántate, hijo mío, te lo suplico! —exclamó Ignat.

Yañadió con desaliento:

—Es urgente, puesto que te despierto…

Examinando a su padre, Tomás percibió su tinte terroso y fatigado.

—¿No estás bien?

—No.

—¿Quieres el médico…?

—¡Déjale! —exclamó Ignat con un gesto—. Ya no soy joven… Yo mismo sé…

—¿Qué?

—¡Yo sé, te digo! —exclamó el viejo misteriosamente.

Y miró alrededor de él vagamente. Tomás se vestía. Su padre, con la cabeza baja, decía lentamente:

—Tengo miedo de respirar… Tengo la idea de que, si aspiro, en ese momento mi corazón estallará… Es domingo hoy. Después de la primera misa, haz buscar al sacerdote…

—¿Qué tienes, papá? —preguntó Tomás ensayando sonreír.

—Nada. Lávate y baja al jardín. He hecho llevar allí la tetera… Tomaremos el té de la mañana. Anda deprisa…

El viejo se levantó penosamente de su asiento, y encorvado, dejó la habitación, con los pies desnudos, andando con paso incierto. Tomás le seguía con la mirada y un terror helado le oprimió el corazón. Se echó deprisa agua por el rostro y bajó precipitadamente al jardín.

Allí encontró a su padre sentado en una butaca, bajo un frondoso manzano. La luz del sol se filtraba por entre las hojas del árbol y alumbraba la forma blanca del viejo, vestido con su camisa de dormir. El silencio del jardín era tan completo, que el rumor ligero de una rama muerta, que cayó al lado de Tomás, le pareció un gran ruido y le sobresaltó. Colocada en una mesa ante su padre, la tetera roncaba como un gato viejo y enviaba al aire una columnita de vapor. En medio de la paz y fresca verdura del jardín, que una lluvia abundante había lavado la víspera, la mancha brillante y descarada de aquel cobre radiante le pareció inútil, fuera de su sitio; no se armonizaba ni con el medio ni con la hora ni con el sentimiento que acababa de nacer en él a la vista del viejo encorvado, enfermo, completamente blanco, sentado, solitario bajo el dosel sombrío y luciente del follaje inmóvil, donde se ocultaban las rojas manzanas.

—Siéntate —dijo Ignat.

—¿Y si enviase a buscar al médico…? —le propuso su hijo indeciso, tomando una silla frente a él.

—No sé, no sé —murmuró.

—¿Qué? Concluiremos el té, después enviarás a alguno a buscar al cura y al padrino…

—Yo preferiría en seguida…

—Van a tocar a misa ahora, el sacerdote no está allí… y además no urge aún…

Y aproximó la taza a sus labios y empezó a beber su té.

—Tendría necesidad aún de vivir un año o dos… Tú eres aún joven, y tengo mucho miedo por ti… Vive honesta y firmemente… no envidies el bien del prójimo y conserva el tuyo…

Hablaba con dificultad, se detuvo y se frotó el pecho con la mano.

—¡No cuentes con los hombres…! ¡No esperes mucho…! Todos vivimos para tomar, no para dar… ¡Oh, Dios mío, perdóname, pecador de mí!

A lo lejos la primera campanada cayó en el silencio de la mañana. Ignat y su hijo se santiguaren tres veces…

Esta primera llamada fue seguida de una segunda, después de una tercera y en seguida el aire se llenó de sonidos de campanas, que llegaban de todas partes, sonidos lentos, iguales, invitando con instancia a los fieles al oficio.

—Ahora tocan a misa —dijo Ignat siguiendo atentamente el sonido del bronce—. ¿Distingues las campanas por sus voces?

—No —le respondió Tomás.

—Escucha bien… Esa que tañe tan profundamente, es de San Nicolás… un don de Pedro Mitritch Viagine… Ésta es de Praskeve Piat Nitza…

Las ondas sonoras llenaban de vibraciones el aire que estaba saturado e iban a perderse dulcemente en el azul del cielo. Tomás contemplaba con mirada desolada el rostro de su padre, y vio sus ojos animarse y perder su expresión angustiada…

—Es inútil… El aire me reconforta… Voy a beber un poco de té; así me mejoraré mucho…

E Ignat se puso a servir el té en los vasos. Tomás veía que la tetera temblaba en sus manos.

—Bebe…

Tomás cogió su vaso, e inclinado, soplando para hacer caer la nata esparcida en la superficie del té, escuchaba con el corazón oprimido, la respiración entrecortada y vacilante de su padre.

De repente algo cayó sobre la mesa con tal ruido, que toda la vajilla tembló.

Tomás, sobresaltado, levantó la cabeza y halló la mirada asustada, casi aterrada de su padre. Ignat miraba a su hijo y murmuró en un espasmo:

—¡Una manzana ha caído del árbol! Diríase que era un tiro, ¿eh?

—¿Y si pusieras un poquito de coñac en tu té? —propuso Tomás al notar su temblor.

—Está bien así…

Se callaron. Una bandada de gorriones pasó por encima, llenando el aire de gritos alegres. Y la paz solemne de la naturaleza en plena vida envolvió de nuevo al jardín. El espanto se veía más en los ojos de Ignat.

—¡Jesús! —decía a media voz santiguándose con fervor—. ¡Sí, llegó la última hora de mi vida…!

Pero de repente la faz del anciano tomó un tinte rojo violáceo, sus pupilas se dilataron y salieron de sus órbitas los ojos, se abrió su boca y se escapó un sonido especial, un silbido ronco:

—Pff… chchch…

Después la cabeza rodó sobre uno de sus hombros y todo su cuerpo pesado se deslizó lentamente a tierra, como si la tierra lo hubiese atraído misteriosamente a sí. Durante algunos segundos Tomás quedó en silencio e inmóvil, con la vista llena de espanto y terror, fija en su padre, y después se precipitó sobre el cuerpo, levantó la cabeza de Ignat y miró su rostro. Este rostro estaba sombrío, inmóvil, y los ojos grandes y abiertos no expresaban nada, ni terror, ni sufrimiento, ni alegría… Tomás miró a su alrededor… Sus manos temblaron, y la cabeza de su padre cayó a tierra con un ruido sordo…

Un hilillo de sangre negra y viscosa salió de la boca abierta y corrió a lo largo de la mejilla…

Tomás se golpeó violentamente el pecho, y arrodillado ante el cadáver, exhaló un grito salvaje y desgarrador. Sacudido por el espanto, sus ojos huraños buscaban algo en el desierto jardín.

IV

La muerte de su padre abismó a Tomás en un estado de estupor. Gran número de conocidos se agitaban a su alrededor. No lloraba, no se desconsolaba, no pensaba en nada.

Maiakín se ocupó del entierro.

Maiakín instaba a Tomás que llorase, como un alivio del alma, pero esto no despertaba ningún eco en el cerebro o en el corazón de Tomás.

El día del entierro volvió en sí de su abstracción. El cielo estaba cubierto y el día gris.

Detrás del ataúd se movía, como una larga cinta, una muchedumbre inmensa, y en medio de la nube de polvo que levantaron, brillaba el oro de los hábitos sacerdotales. Tomás era empujado por todos lados. Andaba sin ver nada, excepto la cabeza blanca de su padre. Maiakín presidía, le hablaba al oído.

—Mira cuánta gente… el gobernador, el alcalde, todo el Ayuntamiento, y detrás de ti, mira, Sofía Pavlovna… La villa entera ha querido honrar a tu padre…

Tomás, que no prestaba atención, oyendo el nombre de Sofía se volvió, involuntariamente y su mirada fijóse en el gobernador. Una ligera satisfacción, como una gota de rocío, dilató su corazón ante este personaje tan importante…

Tomás volvióse de nuevo y sus ojos se encontraron con los de la Medinskaia. Su mirada acariciadora le arrancó un suspiro y se sintió aliviado…

Cuando en la iglesia oyó la llamada conmovedora: «Vamos, hermanos míos, daos el último beso»; de su pecho se escapó un sollozo parecido a un rugido y la muchedumbre fue sacudida por este grito terrible…

Vaciló y habría caído si su padrino, cogiéndole por un brazo, no le hubiese empujado hacia el féretro, cantando bastante alto y con cólera: «Besad en la frente a aquel que fue con nosotros… besa, Tomás, besa, está en ese ataúd… Parte para la eternidad…»

Tomás tocó con sus labios la frente de su padre y se echó atrás con horror.

—¡Cuidado! Te ha faltado poco para caer… —dijo a media voz Maiakín. Y aquellas palabras tan naturales sostuvieron a Tomás mejor que lo hiciera su padrino.

—«Cuando me veáis reposar inmóvil y mudo, lloradme, hermanos y amigos míos…» —suplicaba Ignat por voz de la iglesia.

Pero su hijo no lloraba. El rostro negro y abotagado de su padre dábale espanto.

Pronto los amigos rodeáronle compadeciéndole. Su padrino le deslizó al oído:

—Nota como todos te adulan… Los gatos huelen, el jamón.

Estas palabras desagradaban a Tomás, pero eran saludables porque le hacían cambiar de pensamiento.

Una nueva crisis de lágrimas le sacudió en el cementerio. Su padrino le hacía ver que él no lloraba y que no debía demostrar tanta debilidad de alma. Una vez en su casa, se le llevó a la mesa, cubierta de entremeses, forzándole a tomar algo. La sala estaba radiante de luces. Tomás bebió un vaso de aguardiente, y otro y otro… A su alrededor se oía el choque del cristal y de mandíbulas… Maiakín le recomendaba que fuese obsequioso, y Tomás en una ocasión gritó:

—¿Acaso están aquí como en el café cantante?

Las palabras de Tomás fueron oídas y el silencio reinó. Unos dejaron la mesa y todos miraron a Tomás con disgusto. Él no bajaba la vista y contemplaba fríamente a aquellos individuos.

Tomás, por fin, no pudiendo contenerse, ganó la puerta y se dirigió al jardín. Allí, los ojos dulces de la Medinskaia, su pequeña silueta elegante… y las palabras de su padre «no cuentes con los hombres… no esperes nada» flotaban ante su vista y resonaban en sus oídos.

«—¿Cómo voy a vivir yo, ahora? Solo…», pensaba.

* * *

Cuarenta días después de la muerte de Ignat, debía asistir a poner la primera piedra del Asilo de noche. Se había vestido con esmero y sentía el corazón ligero. La víspera había recibido una carta de la Medinskaia anunciándole que se le había nombrado del Comité de vigilancia para la construcción del edificio y miembro honorario de la Sociedad que presidía ella. Esto le halagó, y el papel que estaba llamado a desempeñar ese día le agitaba en extremo. No se cansaba de pensar en lo que le sucedería y en lo que debía de hacer para no dar pasto a la crítica.

—¡Eh! ¡Para…!

Se volvió y percibió en la acera, avanzando hacia él, a Maiakín, vestido con tina levita que le llegaba a los talones, y con sombrero alto y un inmenso paraguas en la mano.

—Llévame —dijo el viejo, saltando adentro del coche con la agilidad de un mono—. Te acechaba… me decía: «Es la hora, va a pasar».

—¿Vais? —preguntó Tomás.

—¡Cómo no! Necesito ver cómo se entierra el dinero de mi amigo. Y a propósito, he leído en los periódicos que te nombraron miembro del Comité y durante la ceremonia ten presente esto: muestra altivez, ponte en evidencia, que todo el mundo te vea. Si no te dijera esto serías capaz de esconderte detrás de alguien.

Cuando llegaron encontraron los personajes más importantes de la ciudad ya reunidos y una muchedumbre inmensa alrededor del andamiaje y de los montones de tierra y de ladrillo. El arcipreste, el gobernador, los notables de la villa y de la administración formaban, con las señoras vestidas de verano, un grupo claro y miraban dos albañiles que se agitaban alrededor de un montón de ladrillos. Maiakín se aproximó al grupo en compañía de su ahijado y murmuró a su oído:

—No te dejes intimidar… No es oro todo lo que reluce.

Después, inclinándose con respeto ante el gobernador primero, y ante el prelado en seguida:

—¡Buenos días, Excelencia! ¡Vuestra bendición, Monseñor! —dijo él cortésmente.

—¡Buenos días, Jacob Tarasovitch! —exclamó el gobernador amigablemente, apretando con fuerza la mano de Maiakín y sacudiéndola mientras éste besaba la mano del sacerdote—. ¿Cómo vais, inmortal?

—¡Mis respetos, Sofía Pavlovna! —decía Maiakín con volubilidad.

Yen un minuto saludó al presidente de la Audiencia, al procurador, al alcalde, a todos los que juzgaba útil saludar primero.

Tomás, inmóvil detrás de él, examinaba de reojo a aquellos individuos cubiertos de bordados de oro. De pronto su padrino dijo:

—Os presento a mi ahijado, Excelencia: Tomás, hijo único del difunto Ignat.

—¡Ah…! —articuló el gobernador—. Compadezco y tomo parte en vuestro dolor.

Yestrechando la mano de Tomás, se calló; después añadió:

—¡La muerte de su padre es una… gran desgracia!

Al cabo de un segundo, no obteniendo respuesta de Tomás, se volvió hacia Maiakín y se pusieron a conversar de política local, del discurso que éste había pronunciado en el Ayuntamiento.

El diácono de la catedral dejó oír su voz gruesa, principiando el servicio divino.

Sofía Pavlovna se aproximó a Tomás, dándole los buenos días con modulaciones en su voz triste y velada.

—Os miraba el día de los funerales y mi corazón se oprimía… ¡Dios mío!, pensaba yo, ¡lo que debe sufrir! Y vuestros gritos me conmovieron hasta el fondo de mi corazón, ¡pobre niño! Puedo hablaros así, porque ya soy vieja…

—¡Vos! —exclamó dulcemente Tomás.

—¿No os parece? —articuló ella, mirándole con sencillez—. ¿No me creéis cuando os digo que soy una vieja?

—Os creo, es decir… creo todo lo que digáis… sólo que esto no es verdad.

—¿Qué, no es verdad? ¿Qué, no me creéis?

—No, eso no… sino que… ¡dispensad! ¡No sé hablar! —exclamó por último Tomás desesperado y rojo de emoción—. No tengo instrucción…

—Eso no debe afligiros —dijo la Medinskaia con aire protector—, sois aún joven, la instrucción está al alcance de todos… Pero creo que teniendo el corazón puro que tenéis, instruiros sería echaros a perder…

—¡Gracias!

No podía responder otra cosa, y vio en el acto un relámpago burlón que cruzó por los ojos de la Medinskaia. Se sintió ridículo y tonto, se irritó contra sí mismo y repuso con voz sorda:

—Sí, así me han hecho, no sé adular, y si tengo ganas de reír, lo hago abiertamente. ¡Soy un ser estúpido!

—¿Por qué hablar así? —dijo la joven en tono de reproche—. ¿Vendréis a la comida?

—Sí…

—¿Y mañana, a mi casa, al consejo?

—¡Ya lo creo!

—Algún día vendréis a verme sin ceremonia ¿verdad?

—¡Os lo agradezco! ¡Iré!

—Soy yo quien os agradece esa promesa.

Se callaron, escuchando la plegaria del sacerdote, que continuaba:

—«¡Al fundador de esta casa concede, Señor, un recuerdo eterno!»

Aquella comida fue una verdadera tortura para Tomás. Por primera vez asistía a una comida de ceremonia y veía que todos comían, bebían, hablaban, y que una barrera infranqueable le separaba de la Medinskaia. Tenía por vecino al secretario de la Sociedad, un joven empleado en el Ministerio de Justicia que se llamaba Uchtitchef. Regordete, con cara de niño, era locuaz y alegre, hablaba con voz de tenor.

—Lo que tenemos de más valor en nuestra Sociedad es nuestra dama la patrona: lo más importante es hacer la corte a nuestra dama la patrona; lo más difícil es devolverle el cumplimiento del que se sienta satisfecha; pero lo más inteligente es admirarla en silencio y sin esperanza.

Tomás le escuchaba al mismo tiempo que miraba a la Medinskaia hablar al prefecto de policía con aire inquieto. Deseaba que todo aquello concluyese en seguida, se sentía ridículo, hecho para inspirar lástima, estaba convencido de que todos le miraban, le espiaban y le criticaban. A sus oídos resonó de nuevo la voz de tenor del secretario.

—El sacerdote se levanta, almacena aire en sus pulmones y en seguida entonará el «¡Recuerdo eterno!» por Ignat Matveitch.

—¿No podría retirarme? —preguntó dulcemente Tomás.

—¿Por qué no? Todo el mundo lo comprenderá.

La voz sonora del diácono se elevó y sobrepasó todos los rumores de la sala. La aristocracia del comercio reunida en la sala está en expectación ante su boca grande, abierta, de donde salen, lanzadas con maestría, todas las notas de la octava. Tomás aprovechó aquel momento para esquivarse, sintiéndose humillado al no poder hablar tan bien como los demás, y se acordó de las burlas que sobre esto le asestaba Liubova.

* * *

Tomás no amaba a la hija de Maiakín. Siempre evitaba las ocasiones de encontrarla. En una ocasión Liubova le dijo:

—¡Bah! Cuanto más te miro, más advierto que no te pareces a un traficante.

—¡Tú tampoco te pareces a una «comercianta»! —le respondió Tomás descontento.

—¡Gracias!

—¿Por qué te causa placer? —preguntó Tomás viendo la alegría de la joven.

—Porque no nos parecemos a nuestros padres.

Tomás la miró sorprendido, pero no dijo nada.

—Confiésame francamente —continuó ella bajando la voz—; ¿tú no quieres a mi padre? ¿No te es simpático?

—¡Pues bien…! No mucho.

—A mí nada absolutamente.

—¿Por qué?

—Cuando seas inteligente lo comprenderás… Tu padre era mejor.

—¡Ya lo creo! —exclamó Tomás con importancia.

Aunque desde este instante se estableció entre ambos una corriente de simpatía, resultaban aburridos al cabo de conversaciones que no eran nunca de su interés respectivo… Ella se complacía en hablar de su hermano Taras, a quien no conocía, pero de quien contaba historias que le hacían semejante a los grandes y nobles forajidos de la tía Antheísa.

V

El modo grosero con que obró Tomás el día del entierro de su padre, no lo olvidaban los comerciantes y le había valido una detestable reputación. En la Bolsa notaba miradas atravesadas y burlonas; se le hablaba de un modo afectado y especial. Maiakín confió a su ahijado estas observaciones que hicieron efecto, y Tomás sintió germinar la ambición por vez primera y hasta empezaba a arraigar, pero sus relaciones con la Medinskaia tomaron fatalmente los vuelos que debían tomar. Aquella mujer le atraía, quería verla a todas horas, y en su presencia no osaba parpadear, se ponía torpe e idiota, lo sabía y sufría horriblemente. Iba a menudo a su casa, pero nunca la encontraba sola, un enjambre de jóvenes elegantes la rodeaban constantemente. La hablaban en francés, cantaban, reían, mientras que él, sentado en un rincón, se callaba y los miraba lleno de hiel y envidia.

A decir verdad, cuando estaba a solas con ella, se sentía tan torpe, o más. Ella le recibía con una sonrisa encantadora, se instalaba con él en uno de los rincones íntimos de su salón, y empezaba generalmente la conversación quejándose de todo el mundo.

—¡Qué dichosa soy al verle! No se lo puede figurar.

Perfumada, con movimientos felinos, se inclinaba hacia él y le miraba en los ojos, con una mirada donde relucía un resplandor extraño. Y al cabo de una conversación de retruécanos y juegos de palabras, él concluía por decirle con ardor:

—La amo a usted… ¡La amo! ¿Es posible no amarla? Pero ¿para qué?

—¡Sí, usted lo ha dicho! —suspiraba Medinskaia satisfecha.

Y se alejaba un poco.

—Me gusta tanto oírselo decir, ¡lo dice tan bien! Es usted joven… ¿Quiere besar mi mano?

Él cogía su manecita blanca y fina y se inclinaba respetuosamente para depositar en ella largos y ardientes besos.

La Medinskaia retiraba vivamente la mano, sonriente y graciosa, pero sin ninguna emoción. Después con vaga mirada examinaba a Tomás como algo raro y curioso y decía:

—Es una piedra preciosa a la que sólo le falta estar bien pulida… ¡Ah! Entonces, sí que…

Se complacía en enloquecerle de tentaciones que domaba en el acto por sólo efecto de su mirada y se gozaba en este juego, segura de su omnipotencia. Una vez él, le preguntó tímidamente:

—Sofía Pavlovna… ¿ha tenido hijos?

—No.

—¡Estaba seguro! —exclamó contentísimo.

—¿Por qué me lo pregunta?

Tomás enrojeció, bajó la cabeza y sus palabras salían sordas y vacilantes lo mismo que si cada una de ellas pesase cien kilos.

—Es que… una mujer cuando ha estado encinta no… tiene… los ojos igual que antes…

—¡Sí! ¿Cómo son?

—¡Desvergonzados! —profirió Tomás.

Medinskaia se echó a reír, con su risa clara, y su alegría ganó a Tomás.

—Perdonadme —dijo al fin—, me he expresado mal quizás… poco conveniente…

—¡Oh! ¡No! ¡No! No podéis decir inconveniencias, porque sois un niño puro y bueno… ¿Mis ojos son desvergonzados?

—¡Los suyos! Son de ángel —declaró Tomás radiante mirándola con entusiasmo.

Ella le miró a su vez, como aún no lo había hecho, con mirada de madre, triste mirada de amor, mezclada de temor por el bien amado.

—Vaya… vaya usted amigo mío… Estoy fatigada y tengo necesidad de reposar…

Y se levantó diciendo estas palabras.

La abandonó, dócilmente. Su manera de ser se modificó en poco tiempo. Se mostró más correcta y más leal como si le hubiese tenido lástima; pero poco tardóse en que sus relaciones fuesen lo que habían sido, y el gato empezó a jugar con el ratón.

Estas relaciones continuadas de Tomás con la Medinskaia no podían escapar a la sagacidad de su padrino, que le dijo un día con una sonrisa melosa:

—¡Ten cuidado, Tomás, con perder la cabeza! No me parece muy sólida.

—¿Por qué me decís eso? —preguntó Tomás.

—A propósito de Sofía… ¡Me parece que vas muy a menudo a su casa!

—¿Y qué os puede importar eso? —replicó Tomás groseramente—, ¿y por qué la llamáis Sofía?

—A mí no me importa, si… te despluman, no perderé nada yo… En cuanto a llamarla Sofía… todo el mundo está enterado de eso… y hasta que saca las sardinas del fuego con mano ajena.

—Es inteligente —declaró Tomás firmemente—. Instruida… también…

—¡Inteligente, ya lo creo! El otro día, cuando ha dado una fiesta, se ha portado diestramente: dos mil cuatrocientos rublos percibidos, mil novecientos de gastos… y aún creo que ni llegaron a mil rublos, pues lo tiene todo y de todo el mundo gratis… Instruida. Te instruirá… Y sobre todo los tipos que la rodean.

—¡Ésos no son tipos, sino gente de talento! —respondió Tomás furioso, diciendo lo contrario de lo que pensaba—. Me aprovecho de su sociedad. Yo no sé una palabra: ¿qué me han enseñado? Allí se habla de todo y cada uno dice lo suyo. No impidáis que llegue a ser un hombre como los demás.

—¡Dios mío! ¡Qué locuaz te has vuelto! Ya vendrá la hora en que sepas distinguir al mundo… a Sofía, por ejemplo. ¿Qué representa ella? Un bonito insecto, adorno de la naturaleza, pero nada más.

Alterado hasta el fondo de su alma, Tomás hundió aún más las manos en sus bolsillos, apretó los dientes y abandonó a Maiakín.

En otra ocasión Maiakín le preguntó:

—¿Le has hecho muchos regalos?

—¿Qué regalos? ¿Para qué? —replicó Tomás sorprendido.

—¿No le has regalado nada? ¡Qué pretensiones…! ¿Es posible que sea tu querida por amor únicamente?

Tomás dio un salto, se volvió bruscamente hacia el viejo y le dijo indignado:

—¡Oh! Un hombre anciano como vos, hablar así… ¡Qué vergüenza…! ¿Creerla culpable de semejante villanía?

Maiakín apretó los labios y murmuró con voz plañidera:

—¡Qué imbécil!

Después de repente, exclamó:

—Una acequia donde beben todos los animales, donde no queda más que cieno. Y el idiota que se cree un dios, es el desperdicio de los demás… ¡Qué diablo! Vete a su lado y dile sencillamente: «Deseo ser tu amante, soy un hombre joven; no me lleves muy caro».

—¡Padrino! —dijo Tomás con violencia contenida—. ¡No quiero oír más! Si otro se hubiese permitido decirme eso…

El viejo estaba alterado. El despecho, la cólera y las lágrimas temblaban en su voz. Jamás le había Tomás visto en aquel estado, y a pesar suyo se callaba, contemplándole. Sentía la verdad en las palabras del viejo. Estaba oprimido, su boca se ponía seca y amarga.

—¡Está bien! Papá… ¡Basta! —suplicó dulcemente, apartando de Maiakín su mirada de crucificado.

—¡Ah! ¡Ya es hora de que trates de casarte! —exclamó el viejo alarmado.

—¡Callaos en nombre del cielo! —articuló su ahijado con voz sorda.

Maiakín echó una ojeada a Tomás, y se calló. El rostro del joven se había estirado, invadido por una palidez terrosa. Alrededor de su boca entreabierta surcaba una arruga sombría y en la mirada de sus ojos apagados se leía una sorpresa dolorosa: la amargura de una tristeza profunda.

Por ambos lados de la carretera donde paseaban, se extendían campos que guardaban aún jirones de sus pompas invernales.

El agua salpicaba bajo los patines del trineo y hacía volar por el aire pedazos de barro y nieve.

—¡Qué estúpida es la juventud! —exclamó Maiakín a media voz.

Tomás no le miró.

—Se ve un tronco de árbol, se le toma por un espectro… y produce el mayor espanto.

—Hablad con claridad —dijo Tomás con Voz sorda.

—Todo está dicho: y es bien claro; los jóvenes son la crema, las mujeres la leche; pero las mujeres están cerca y los jóvenes están lejos… Ve a casa de Sofía, puesto que no te puedes pasar sin ella, pero dile francamente: «Esto quiero…» ¡Tonto! Debes comprender perfectamente que siendo pecadora, es más accesible. ¿Por qué te disgustas y por qué pones esa cara?

—No comprendéis —dijo con dulzura Tomás.

—¿Qué es lo que no comprendo? Yo lo comprendo todo.

—¡El hombre tiene un corazón, un corazón! —repitió el joven con un profundo suspiro.

—Es porque, entonces, carece de talento —le respondió Maiakín.

VI

Sentimientos de odio, de venganza y de cólera se disputaban el corazón de Tomás, cuando entró en la ciudad. Un deseo salvaje de insultar a la Medinskaia, de humillarla se había apoderado de él.

Con los dientes apretados y las manos tendidas en los bolsillos, dio vueltas en las habitaciones de su casa, durante varias horas, irguiendo siempre su elevada talla. Su corazón lleno de hiel no le cabía en el pecho. Sus pasos pesados golpeaban el suelo con cadencia, como si éste tuviese la culpa de su cólera.

—¡Oh! ¡La vil criatura…! ¡Con su aspecto de ángel! Su memoria le representaba fielmente la imagen de Pelagia y murmuraba con amarga alegría:

—¡Una mujer perdida…! ¡Pero cuánto mejor…! Aquélla no disimulaba nada. Descubría a la vez su cuerpo y su alma. Debía tener el corazón tan blanco y tan firme como su seno…

Con voz tímida, la esperanza murmuraba a su oído: «¡Ya ves: han mentido…!»

Pero recordaba el discurso violento y convencido de su padrino, y aquella esperanza se desvanecía. Rechinaba de nuevo los dientes y ensanchaba su ancho pecho. Pensamientos malos cercaban su corazón como espinas que entrasen en la carne y su corazón sangraba y se retorcía en un sufrimiento agudo.

Cubriendo de lodo a la Medinskaia, Maiakín había roto el encanto y destruido en su ahijado el temor respetuoso que aquella mujer le inspiraba.

* * *

La primavera recrudeció el trabajo y cuidados de toda índole absorbieron a Tomás. Aquello fue una diversión saludable y que procuró un poco de calma a su corazón ulcerado. El dolor que le causara la pérdida de un ser venerado, había animado su cólera contra la mujer, y este pensamiento, al que ella no era inaccesible, se le representaba aún más agradable. Insensiblemente comprendió y se decidió bruscamente a ir a casa de Sofía Pavlovna, y decirle sin rodeos lo que deseaba de ella. Experimentó una gran alegría de su resolución y partió con paso ligero, no pensando otra cosa en el camino, que el modo más diestro y más conveniente de expresarle su deseo. Los criados acostumbrados a su asiduidad le anunciaron seguidamente que la señora estaba sola en el salón.

Se turbó… pero un espejo le reflejó su imagen elegante, oprimido por la levita, su rostro moreno orlado de una barba sedosa y fina y sus grandes ojos negros serios y dulces. Se irguió, y atravesó la sala con paso seguro.

Entonces a medida que avanzaba, percibía más netamente los sonidos de un instrumento de cuerda, sones bizantinos que conmovían el alma y parecían ya reír con risa triste y silenciosa, ya gemir en una queja lamentable y desesperada. Tomás no amaba la música pero le impresionaba profundamente. En estos momentos, cuando el organillo callejero tocaba en la taberna aires melancólicos, sufría físicamente y se veía forzado a mandar parar la música o alejarse. No podía permanecer insensible a aquellos discursos sin palabras, pero llenos de lágrimas y de gemidos.

Llegado al umbral del salón se detuvo involuntariamente. Uno de esos cortinajes japoneses en que las perlas multicolores representan plantas extrañas, ocultaba la entrada; los largos hilos de perlas se movían al menor soplo y las sombras ligeras de las plantas parecían temblar en el aire. Aquella barrera transparente no ocultaba a los ojos de Tomás el interior del salón. Pudo ver a Medinskaia sentada en su rincón favorito en la dormilona y tocando la mandolina. Un amplio quitasol japonés aplicado a la pared reflejaba sus tintes caprichosos sobre la mujer menudita vestida de oscuro. Una lámpara muy alta con gasa roja, proyectaba sobre ella un resplandor de puesta de sol.

Los sones armoniosos de las cuerdas vibraban en la semioscuridad de la habitación. De pronto dejó caer el instrumento en sus rodillas y mientras que sus dedos continuaban recorriendo las cuerdas mudas, su mirada fija pareció ver algo ante ella.

Tomás exhaló un suspiro.

En el aire la melodía se moría y el rostro de Sofía cambiaba sin cesar, como si las sombras que la envolvían no hubiesen hecho más que rozarla suavemente hundiéndose en el acto bajo el brillo ardiente de sus pupilas.

Tomás la miraba y notaba que, vista así, no era tan linda como cuando ella se mostraba en sociedad. Su rostro más grave, parecía envejecido; sus ojos no tenían la dulzura y la caricia que estaba acostumbrado a ver en ellos: no expresaban sino la fatiga y el aburrimiento. Su postura acusaba una laxitud infinita como si hubiese sido incapaz de todo movimiento. Tomás se apercibió de que todo deseo se desvanecía para dar lugar en su corazón a otro sentimiento. Hizo un movimiento y tosió.

—¿Quién es? —dijo la joven con sobresalto.

—Spy yo —respondió Tomás apartando con las manos las perlas del cortinaje.

—¡Ah! ¡Sois vos…! Entráis tan callandito. Soy muy dichosa al veros. Pero sentaos. ¿Por qué habéis estado tanto tiempo sin venir?

Le tendió una mano y con la otra, le indicó una butaca baja, a su lado. Sus ojos sonreían dichosos.

—He ido al puerto a visitar mis barcos —respondió Tomás, con tono suelto y acercando su butaca a la dormilona.

—¿Hay mucha nieve ahora en los campos?

—¡Bastante! Pero se empieza a fundir; los caminos impracticables están cubiertos de agua.

La miraba y sonreía. La libertad de sus ademanes y la expresión nueva de su sonrisa debieron chocar a la Medinskaia, pues se envolvió en su bata y se separó un poco de él. Sus ojos se encontraron y ella bajó la cabeza.

—¡Ah! ¡La nieve se funde! —articuló con languidez.

Yexaminó con detención la sortija que llevaba en su dedo meñique.

—Sí, hay arroyos en todas partes —replicó Tomás absorto en la contemplación de sus zapatos de charol.

—¡Qué alegría…! Llega la primavera.

—No tardará.

—La primavera está cercana… —murmuró la Medinskaia.

Ypareció escuchar su propia voz.

—La estación de los enamorados —dijo burlonamente Tomás frotándose enérgicamente las manos.

—¿Os enamoraríais por casualidad? —le preguntó ella secamente.

—No es de mí de quien se trata… yo estoy hace mucho tiempo enamorado… de la vida…

Y diciendo aquellas palabras, Tomás se volvió a aproximar a ella, con sonrisa triste y confusa en los labios.

Ella le arrojó una mirada distraída, después se puso a pellizcar las cuerdas de la mandolina y dijo:

—La primavera… ¡Qué dichoso sois de estar en la aurora de la vida! Vuestro corazón se desborda de fuerza… y nada le oscurece…

—¡Sofía Pavlovna! —exclamó Tomás dulcemente.

—¡Escuchadme, amigo! Algo tengo que deciros hoy no menos bueno… Sabed que los que han vivido mucho tienen también momentos en que hallan en un rincón de su corazón cosas olvidadas desde largo tiempo… pero no habían perdido el perfume de la juventud y cuando el recuerdo las despierta, exhalan un dulce aroma de primavera… una frescura vivificante de aurora… Esto es magnífico, aunque bastante triste…

Las cuerdas temblaban y lloraban entre sus dedos, y esta armonía, mezclada con la voz de la joven acariciaba dulcemente el corazón de Tomás. Pero, inquebrantable en su resolución, no comprendía el sentido de las palabras que ella le dirigía y se decía:

—¡Sigue! No creo ya ni una palabra de lo que cuentas…

Este pensamiento le enervaba… Sentía no poder escucharla ya con la misma atención.

—¿Habéis reflexionado alguna vez en el modo como se debe vivir? —le preguntó ella.

—A veces… Después se olvida… ¡No tengo tiempo! —dijo Tomás sonriendo—. Por lo demás, ¿para qué pensar en ello? Los demás viven, lo más sencillo es imitarlos…

—¡Oh…! ¡No hagáis eso! ¡Tened piedad, por vos mismo! ¡Sois tan bueno! Poseéis algo de excepcional ¿que, qué es? No lo sé. Pero lo siento… Y tengo miedo de que la vida no os sea atrozmente dura de vivir… Estoy convencida de que seguiréis la senda trazada, y no seguiréis a la gente de vuestra esfera, no. Una vida únicamente dedicada a la ganancia, a la caza de los rublos, al comercio ¡oh, no! Lo sé, deseáis otra cosa; ¿no es verdad?

Ella hablaba deprisa, con agitación.

Tomás pensaba, mirándola:

—¿A dónde irá a parar?

Respondió lentamente:

—Lo que desearía, lo deseo ya quizás…

Ella se había aproximado a él, juntaba su rostro con el suyo y le decía en tono de súplica:

—Escuchad, no viváis como todo el mundo. Organizad de otro modo vuestra existencia… Sois fuerte, joven ¡y tan bueno!

—¡Pero suponiendo que soy bueno todo debe sonreírme! —exclamó Tomás, embargado por la emoción y sintiendo su corazón latir con violencia.

—¡No sucede siempre así! ¡Y en este mundo los buenos son menos dichosos que los malos! —replicó tristemente la señora Medinskaia.

«¡Ayudadme Dios mío!», decía en su interior Tomás. Después, empezó a hablar en voz baja con el corazón oprimido:

—¡Sofía Pavlovna! ¡Basta ya! Es necesario que hable… He venido expresamente para deciros esto: llegó la hora de concluir… es necesario obrar lealmente… francamente… Primero me habéis atraído, ahora me desdeñáis. Vuestras frases no son siempre claras… mi inteligencia es lenta… pero siento… siento que queréis ocultar algo, y lo veo, ¡comprendéis muy bien el por qué he venido…!

Sus ojos llameaban, su voz vibraba y tomaba más amplitud a medida que hablaba.

Ella hizo un movimiento, y dijo con espanto:

—Basta…

—¡No, debo hablar…!

—Sé lo que queréis decir…

—¡No lo sabéis todo! —dijo Tomás levantándose bruscamente, con aire amenazador—. ¡Yo sé todo lo que os conviene, todo!

Se levantó como para irse, pero se volvió a sentar al cabo de un momento.

Su rostro estaba severo, sus labios apretados, bajaba los ojos y Tomás no adivinaba su expresión.

Él se había imaginado que cuando le dijese: «Lo sé todo», ella quedaría aterrada, vergonzosa y confusa, le pediría perdón de haberse burlado de él. Entonces la cogería entre sus brazos, la besaría.

Pero nada de esto había ocurrido: era él, él quien se turbaba ante su calma: la miraba, buscaba palabras y no las encontraba.

—¡Tanto mejor! —repitió con tono firme y seco—. ¿Lo habéis sabido todo, decís? Y me habéis condenado como una cosa justa… Comprendo… Soy culpable para usted… Pero no…, no puedo justificarme…

Se calló de repente, con gesto nervioso llevó la mano a su cabeza y arregló sus cabellos.

Tomás exhaló un hondo suspiro.

Las palabras de la señora Medinskaia le habían devuelto una última esperanza y replicó con tono amargo:

—La miraba a veces y me decía: «¡Qué hermosa es, qué buena y dulce es mi paloma!», y he ahí que usted también se dice culpable. ¡Ay de mí!

Su voz se apagó.

Ella se puso a reír dulcemente.

—Es usted un excelente muchacho, pero raro. ¡Y qué lástima es que no pueda usted comprender todo esto…!

El joven la miraba sintiéndose desarmado por sus palabras afectuosas y su triste sonrisa.

Todo cuanto en su corazón existía de dureza contra ella se deshacía al cálido mirar de sus pupilas.

Se le representaba muy pequeñita, indefensa, parecida a una niña.

Le hablaba con voz llena de caricias y de súplicas, le sonreía, pero Tomás no la quería escuchar.

—He venido —replicó él, cortándole la palabra, y viendo que no tenía lástima… pensaba: «Se lo diré todo»—. Pero no he dicho nada… ni tengo ganas… ¡Ah! ¿Para qué la he visto? No es usted nadie para mí. Es necesario que me vaya.

—¡Espere, amigo mío! ¡No se vaya usted! —dijo ella rápidamente tendiéndole la mano—. ¿Por qué tan bruscamente? No me guarde usted rencor. ¿Pero qué puedo ser ya para usted? Le hace falta otra amiga, un alma también sencilla, sana como la de usted. Debe ser alegre y robusta. Yo soy una vieja… Me aburro a cada momento… ¡Mi vida es tan vacía y tan triste…! ¡Tan vacía! ¿Entiende usted…? Cuando el hombre se habitúa a llevar una vida alegre y que nada ya puede alegrarla de nuevo, es desgraciado. Querría ser alegre, reír… y ya no es él quien ríe, es la vida quien se ríe de él. Y el mundo… ¡Escúcheme usted! Le doy un consejo de madre; le ruego, le suplico que escuche usted a su corazón. Viva usted como él le ordene. Los hombres no saben nada, no pueden decir nada verdadero… no los escuche.

Trataba de hablarle simplemente para hacerse comprender, pero se agitaba y las palabras se seguían rápidas, incoherentes.

Una sonrisa amarga erraba en sus labios y su rostro había perdido toda su belleza.

Tomás hizo un gesto de cansancio y por toda respuesta dijo con voz triste:

—¡Adiós!

No le dio la mano y volviéndole la espalda se alejó.

Pero, apenas había dado dos pasos, se sintió lleno de piedad y volvió a medias.

Ella continuaba en el mismo sitio, inmóvil en el rincón del salón, los brazos colgando y la cabeza inclinada sobre el hombro.

Comprendió que no podía dejarla así; se turbó y dijo en voz baja, pero sin arrepentimiento:

—¡Si la he ofendido, perdóneme, porque la amo, a pesar de todo!

Y suspiró profundamente.

Ella tuvo una risa extraña y dulce.

—No me ha ofendido usted… ¡Dios le proteja!

—¡Entonces, adiós! —repitió Tomás más bajo.

—Adiós —respondió ella en el mismo tono.

Tomás apartó con la mano los hilos de perlas del cortinaje que se agitaron en un rumor ligero y le rozaron la mejilla.

Tembló al contacto frío, y salió, llevando sobre sí como un peso indefinible y doloroso.

En su pecho, su corazón latía con golpes desiguales.

* * *

Hacía una noche clara. El hielo había cubierto los charquitos de agua de finas láminas heladas que relucían como plata.

Tomás iba por la acera, y con la contera de su bastón, hería el hielo que se rompía con un rumor seco.

Las casas proyectaban en su camino sombras cuadradas y los árboles fantásticos dibujos; algunos parecían inmensas manos que trataban vanamente de abarcar el espacio.

—¿Qué hará en este momento? —pensaba Tomás representándose a la joven sola en su salón al lado del quitasol japonés, anegada en el rojo resplandor de la lámpara.

—Vale más olvidarla —decidió.

Pero el olvido no llegaba.

Ella y siempre ella ante sus ojos, excitando ya su piedad, ya su ira que se exasperaba hasta el furor.

Su imagen era tan clara y su recuerdo tan preciso, que le parecía llevar a aquella mujer dentro de sí, como un peso enorme, en el pecho.

Un coche avanzaba a su encuentro, llenando el silencio de la noche con el ruido de las ruedas que rechinaban sobre el hielo o resbalaban sobre el empedrado.

Cuando entraba en una parte alumbrada de la calle, el ruido aumentaba; en la sombra parecía más sordo y más lejano. El cochero y un viajero sentado a su lado, dando saltos en su asiento, se confundían con la grupa del caballo en una masa confusa e informe.

El suelo estaba sembrado de manchas de sombra y luz, pero a lo lejos la oscuridad era tan profunda que daba la ilusión de un verdadero muro interceptando la calle y subiendo hasta el cielo.

Tomás no comprendía que estas gentes supiesen a donde se dirigían… y él tampoco lo sabía… Se representaba a su casa: las seis grandes piezas que él sólo habitaba, la tía Antheísa en peregrinación para ver un convento y que quizás no volviese más a verla: moriría sin ninguna duda; Juan, el viejo guardián, medio sordo; Secletia, una vieja solterona, cocinera y ama de llaves, y un perro negro hirsuto, también muy viejo.

—Quizás deberia casarme, decididamente —pensó Tomás.

Pero esta idea le pareció irrealizable y le turbó. Era sin embargo una cosa bien fácil.

No tenía más que decirlo mañana a su padrino, que bien pronto le encontraría una novia y no se pasaría ni un mes sin que una mujer entrase en su morada.

Día y noche la tendría con él. No tendría más que decirle: «Salgamos», y saldría; «Vámonos a acostar», ella se acostaría.

Cuando quisiera abrazarle, ella podría hacerlo quisiera él o no. Si le dijese no y la echase, ella se ofendería.

¿Qué podría hablar con ella? ¿Y qué encontraría ella que decirle?

Todas las jóvenes conocidas desfilaban en su imaginación, todas hijas de comerciantes. Algunas eran lindas y ninguna habría querido nada mejor que casarse con él.

Pero ninguna le tentaba y a ninguna deseaba para esposa.

—¡Qué molesto y cuánta vergüenza debe costar, hacer de una linda muchacha, vuestra mujer…! ¿Y qué de interesante pueden decirse los novios jóvenes la noche de bodas, en la alcoba nupcial?

Tomás ensayóse, pensando en ello; buscó las palabras que diría en semejante situación y se puso a reír, confuso, no encontrando ninguna palabra conveniente.

Pensó entonces en Liubova Maiakín. Ella habría hablado seguramente la primera, con palabras de rutina cuyo sentido ella misma no habría comprendido…

Le parecía que empleaba siempre palabras que le eran extrañas y que no decía lo que una muchacha de su edad, de su aspecto y de su esfera habría debido decir…

Su pensamiento se trasladó entonces a los propósitos, a las quejas de Liubova. Apresuró el paso admirado de repente de esta coincidencia de que todos los que charlaban íntimamente con él le hablaban de la vida.

Su padre, su tía, su padrino, Liubova, Sofía Pavlovna, todos querían hacerle comprender la vida o bien se quejaban de ella.

Las frases sobre el Destino, pronunciadas por aquel viejo que había visto a bordo del barco, le acudieron a la memoria, así como muchas observaciones, reproches y quejas amargas contra la vida oídas en una y otra parte.

—¿Qué significa esto? —se decía—. ¿Qué es la vida si no son los hombres? Los hombres hablan de ello como si no fuesen ellos mismos, como si, aparte de: ellos, hubiese otra cosa, algo que les impidiese vivir… ¿Es quizás el diablo?

Con este pensamiento experimentó bruscamente una sensación de frío por todo el cuerpo.

Tembló y arrojó una rápida mirada en torno de él. Como ojos sin pupila, las ventanas negras de las casas se abrían en la oscuridad. Su sombra sola corría a lo largo de las casas y de las tapias.

—¡Cochero! —gritó apresurando el paso.

Su sombra le siguió muda y negra.

Creía sentir un aliento glacial detrás de él y una masa invisible, pero terrorífica que trataba de prenderle.

Enloquecido corrió hasta dar casi de bruces con un coche que salía con gran ruido de una calle oscura, y cuando se encontró confortablemente instalado en los almohadones, no osó mirar hacia atrás a pesar de las ganas que sentía.

VII

Una semana poco más o menos había transcurrido desde la conversación que Tomás, tuviera con la señora Medinskaia. Su imagen le perseguía día y noche, oprimiéndole el corazón.

Quería volver a ella, resistíase a este deseo y sufría de tal modo que, de estas luchas consigo mismo, salía destrozado, desfallecido. Callábase, pero conservaba su odio contra esta mujer, al mismo tiempo que se ocupaba activamente de sus asuntos. Sentía perfectamente, de un modo confuso quizás, que entre él y ella la cadena estaba rota, que ya no volvería a ver como ella misma, que su sonrisa afectuosa, su dulce mirada que cada vez despertaba en él tantos deseos, que todo eso ya no existía.

Y por temor a encontrarla cambiada, se violentaba y agonizaba.

Pero ni el trabajo, ni sus ocupaciones le impedían pensar en la vida.

No discutía este problema misterioso y temible: no sabía discutir, pero impresionábase con avidez y trataba de retener todo lo que pudiese referirse a este objeto cautivante.

Frases recogidas a derecha e izquierda sin explicarle nada, aumentaban su perplejidad y su desconfianza con respecto a los hombres.

Veía perfectamente que eran diestros, listos e inteligentes y que, en los negocios, era necesario andar prudentemente, pues en los casos graves ninguno decía su pensamiento.

Estas observaciones le inspiraban el pensamiento de que sus quejas no eran sinceras. Los observaba con ojo avizor y una arruga profunda surcaba su frente.

Una mañana, en la Bolsa, su padrino le dijo:

—Anani ha llegado… quiere verte… ve esta noche, pero cuidado con la lengua. Anani tratará de hacerte hablar de negocios… Es un pícaro, el viejo diablo… Un verdadero zorro… Mirando al cielo, te desliza la mano en el bolsillo y te atrapa la bolsa… Desconfía…

—¿Le debemos algo? —preguntó Tomás.

—Ciertamente, la barcaza no está pagada… y además se ha tomado madera… Si te pide el pago inmediato, rehúsa… El rublo es como la liga: cuanto más lo guardas en la mano, más kopeks vienen a pegarse.

—Pero ¿qué hacer para no pagarle, si reclama?

—Déjale llorar, suplicar y tú gime también y no des nada.

—Iré —dijo Tomás.

* * *

Anani Sawitch Tchurof era un rico comerciante en maderas, propietario de un inmenso aserradero, constructor de barcas y balsas.

Tomás le habia conocido en tiempo de su padre y este viejo hermoso, de barba blanca, derecho como una I, le inspiraba un profundo respeto aunque la pública murmuración le atribuyese una fortuna mal adquirida y le acusase de llevar una vida mala en su intimidad, allá en su lejana aldea, en medio del bosque. Ignat había contado a Tomás que Tchurof en sus primeros años era un pobre campesino. Había, un día, acogido en su granja a un presidiario evadido al que hacía fabricar moneda falsa. Éste fue el principio de su fortuna.

Su granja se incendió un día y se descubrió en las cenizas el cuerpo calcinado de un hombre que tenía el cráneo partido. El clamor público acusó a Tchurof de haberle asesinado y haber prendido fuego acto seguido.

Parecidos crímenes eran numerosos en la historia del viejo, pero tantas leyendas análogas corrían por cuenta de los ricos de la ciudad, que todos se habrían enriquecido robando, asesinando y sobre todo haciendo moneda falsa.

Tomás oía estas historias desde su más tierna infancia; nunca les había prestado atención ni tratado de comprobarlas.

Recordó también que Anani Tchurof había tenido dos mujeres, de las que una muriera la noche de sus bodas en los brazos de su marido.

Acto seguido había seducido a la mujer de su hijo, quien, de tristeza, se dio a la bebida y faltó poco para que muriera, pero finalmente curó y entró en un convento, en Irges.

Después, cuando su querida, su nuera, murió, tomó Anani, una niña muda, una mendiga, con la que vivía en la actualidad y que acababa de dar a luz un niño, muerto al nacer.

En el camino, dirigiéndose al hotel donde paraba Anani, Tomás recordó todo cuanto se decía acerca del viejo y sintió en aquel momento que Tchurof le interesaba extraordinariamente. Cuando entreabrió la puerta detúvose respetuosamente bajo el dintel.

Encontró al viejo sentado en la cama. Acababa de despertarse; con los ojos fijos en tierra estaba tan encorvado, que su gran barba blanca se posaba en sus rodillas; pero aun así parecía inmenso.

—¿Quién es? —preguntó sin levantar la vista.

—Soy yo. Buenos días, Anani Sawitch.

El viejo levantó la cabeza, cerró los ojos a medias y miró a Tomás.

—¿Eres tú, el hijo de Ignat?

—El mismo.

—Bien, ven aquí… siéntate cerca de la ventana, ¡vamos a ver si has cambiado…! ¿Quieres té?

—Con mucho gusto.

—¡Camarero! —gritó el viejo levantando la voz.

Después, acariciándose la barba, se puso a contemplar curiosamente a Tomás, sin decir una palabra.

Tomás, por su parte, también le examinaba.

La frente espaciosa del viejo, cuyo tinte se parecía al del cuero curtido, estaba surcada de arrugas. Cabellos grises, en bucles, cubrían sus sienes y sus orejas puntiagudas; ojos azules y serenos daban una expresión de sabiduría y casi de candor a la parte superior de su rostro.

Pero sus gruesas mejillas y labios espesos, lo echaban todo a perder. Su larga nariz aguileña se escondía en el blanco bigote y los labios del viejo se entreabrían constantemente, dejando entrever unos dientes pequeños, amarillos y afilados.

Tenía puesta una camisa roja de percal, ajustada al cuerpo por una cintura de seda, y anchos calzones negros, metidos en botas de montar.

Tomás miraba aquellos labios gruesos y se decía que era tal como se lo había figurado.

—Cuando tú eras un pequeñuelo, te parecías mucho a tu padre —dijo Tchurof de pronto.

Y suspiró.

—¿Te acuerdas de tu padre…? ¿Ruegas por él…? ¡Es necesario orar! —continuó él a una breve respuesta de Tomás—. Ignat era un gran pecador… Ha muerto súbitamente sin confesarse… ¡Un gran pecador!

—No más que otro cualquiera, probablemente —replicó Tomás herido en sus sentimientos de piedad filial.

—¿Qué quién, por ejemplo? —preguntó severamente Tchurof.

—¡No faltan pecadores!

—No hay más que un hombre en la tierra que sea más culpable que el difunto Ignat, y es ese maldito hipócrita, tu padrino, Taschka —dijo el viejo recalcando sus palabras.

—¿Está usted seguro? —preguntó Tomás con una sonrisa.

—¡Lo sé! —respondió Tchurof con tono convencido.

Y sus ojos se fruncieron.

—Yo también tengo cuentas que rendir a Dios… son pesadas… Llevaré un costal bien repleto a sus pies. Más de una vez he regocijado al diablo, pero creo en la misericordia del Señor, mientras que Taschka no cree en nada… Taschka no cree en Dios, lo sé y por esta falta de fe será castigado en la tierra misma.

—¿También lo sabéis? —preguntó Tomás.

—¡También! Además, comprendo que te parecerá risible el oírme hablar así… Tú te dices: «¡Qué ojo!» Pero hombre que ha pecado mucho… tiene que tener experiencia; el pecado instruye… Por esto Maiakín, Taschka es de una inteligencia poco común.

Oyendo la voz ronca y segura del viejo, Tomás se decía:

«Se siente cerca de su fin».

El camarero del hotel entró en aquel momento pálido y como extraviado: puso la tetera en la mesa y salióse a toda prisa.

Tchurof se había levantado, colocaba unos paquetes en el marco de la ventana y hablaba sin mirar a Tomás.

—Tú eres un insolente… y tu mirada es sombría… Antes se veía más gente con los ojos claros… es porque las almas eran puras… Todo era más sencillo en otro tiempo, los hombres y los pecados… ahora todo se ha complicado… ¡ay de mí!

Puso el té en infusión y se situó frente a Tomás:

—A tu edad, tu padre era trabajador a bordo de un barco enfrente de nuestra villa; a tu edad, Ignat, me parecía tan claro como el cristal… No había más que mirarle y se adivinaba en seguida la clase de hombre que era. En cambio, a ti no hago sino mirarte, y no te comprendo. ¿Quién eres? ¿Quién? Tú mismo, joven, no lo sabes… y es lo que te perderá. Todos los hombres de hoy están perdidos, porque no se conocen ellos mismos. La vida es una selva llena de árboles arrancados por la tempestad y es menester, a través de tanto obstáculo, encontrar el camino… ¿dónde? Todos yerran… el diablo se complace. ¿Eres casado?

—Todavía no —dijo Tomás.

—Aun no estás casado, y seguramente has trapicheado desde largo tiempo… ¿Trabajas mucho, a lo menos, en tus negocios?

—Bastante, Aun estoy con mi padrino…

—¿En qué trabajas ahora? —preguntó el viejo meneando la cabeza.

Sus ojos brillaban, se aclaraban y se ponían sombríos consecutivamente.

—No sabéis lo que es el trabajo. Antaño, un fabricante viajaba por su cuenta en coche, entre borrascas por la noche… Los bandidos le acechaban en el camino y le mataban… moría mártir, rescatando el olvido de sus pecados con su sangre… Ahora se viaja en vagón, se envían despachos… además, aun se ha inventado entenderse sin moverse del escritorio, y las gentes se enteran a leguas de distancia… ésta es una invención que no anda sin auxilio del diablo… El hombre está quieto, sin movimiento… Peca porque se aburre; no tiene nada que hacer: los mecanismos hacen sus necesidades. ¡No tiene ningún trabajo, y sin trabajo el hombre está perdido! Se ha rodeado de máquinas y se considera perfecto. No ve que estas máquinas son justamente un lazo que le tiende el diablo. ¡Así es como os atrapa…! Trabajando, el hombre no tiene tiempo para pecar, mientras que ahora tiene toda libertad. La libertad hará perecer al hombre, como el sol mata las lombrices, habitantes del seno de la tierra. ¡El hombre perecerá por la libertad!

El viejo Anani golpeó cinco veces la mesa con el dedo, pronunciando estas palabras lenta y reposadamente. Su rostro resplandecía con una alegría malsana, su pecho se inflaba, los pelos de su barba argentina se agitaban dulcemente. Sus palabras y su aspecto hicieron experimentar cierto malestar a Tomás, pues discernía una fe inquebrantable y la fuerza de esta fe le confundía. Olvidó por el momento los antecedentes del viejo, y lo que él creía como verdadero momentos antes.

—¡El que liberta a su cuerpo, pierde su alma! —decía Anani—. La expresión de sus ojos era tan extraña que parecía mirar a otra persona a través de Tomás, una persona cuyo sufrimiento y terror le regocijaban.

—Vosotros, gente nueva, pereceréis por la libertad… El diablo os ha apresado en sus redes… os ha apartado del trabajo dándoos máquinas, telégrafos y la libertad devora ya las almas humanas. ¿Dime, por qué los hijos son más malos que los padres? A causa de la libertad. Sí, por esto es, precisamente, por lo que se emborrachan y escandalizan sus mujeres… tienen menos salud teniendo menos trabajo… han perdido la alegría, puesto que las inquietudes son mayores… La alegría viene con el reposo, y hoy nadie se fatiga…

—Vaya —dijo Tomás por lo bajo—, creo que antiguamente se bebía y se escandalizaba con mujeres como ahora…

—¿Qué sabes tú? Cállate más bien —exclamó Anani con ojos llameantes—. Antaño, los hombres tenían más vigor… sus pecados se medían por sus fuerzas… Hoy las fuerzas han disminuido, pero los pecados han aumentado en proporción. Y éstos son más feos… En otro tiempo los hombres eran encinas… El juicio de Dios se hará según sus fuerzas… Sus cuerpos serán pesados y su sangre medida, y entonces se verá si el peso de sus pecados no es mayor que el de su cuerpo y el de su sangre… ¿Has comprendido? Dios no condenará al lobo que se haya comido un cordero; ¡pero si una rata vil ha vertido la sangre de un cordero… condenará a la rata!

—¿Cómo los hombres pueden saber del modo que Dios los juzgará? —preguntó Tomás meditabundo—. Es menester un juez visible…

—Para que los hombres lo comprendan…

—¿Y quién puede juzgarme que no sea Dios?

Tomás arrojó sobre el viejo una ojeada, se calló y bajó la cabeza. El forzado evadido, matado por Thurof, vínole a la memoria y de nuevo creyó que era verdad. Mujeres también, esposas y queridas habían perecido a causa del viejo, conducidas a la tumba por sus caricias pesadas. Las había aplastado con su pecho huesoso, había absorbido su sangre con sus gruesos labios, rojos aún, y como húmedos de la sangre de todas esas pobres mujeres, muertas bajo la opresión de sus largos brazos nervudos. Y él, allí, hacía balance de sus pecados, esperando la muerte oculta muy cerca de él. Juzgaba a los hombres y se juzgaba él también, probablemente… y decía:

—¿Quién puede juzgarme sino Dios?

—¿Tiene miedo, sí o no? —se preguntaba Tomás.

Y se quedó un momento pensativo contemplando al viejo.

—Así es, amigo mío. Reflexiona —decía Tchurof meneando la cabeza—; reflexiona como debes vivir… ve… tu corazón es débil y tiene gustos dispendiosos… ten cuidado no hagas bancarrota contigo mismo, ¡Ja, ja, ja!

—¡Lo que tengo en el corazón, no podéis saberlo! —replicó Tomás, herido por la risa del viejo.

—¡Lo veo! ¡Lo sé todo! Porque hace mucho tiempo que vivo… ¡Oh, sí! ¡Cuánto tiempo! ¡Árboles han sido plantados, han fructificado, los han cortado y con ellos han hecho casas…! Todo lo he visto y aún vivo… A veces traigo a mi memoria mi existencia y me digo: «¿Es posible, Dios, que un solo hombre haya hecho todo esto? ¿Tantos años he vivido?»

El viejo miró a Tomás severamente, movió la cabeza y se calló. Todo quedó en silencio. En el techo un estremecimiento se dejaba oír; el ruido de los coches y la vocería subía de la calle. La tetera hervía en el fuego. Tchurof miraba el fondo de un vaso, acariciaba su barba y un ronquido pesado salía de su pecho como si algo se hubiese movido en él.

—¿La vida debe parecerte dura sin tu padre?

—Me habitúo —respondió Tomás.

—Eres rico… Jacob morirá, tú serás más rico aun, te dejará todo…

—No tengo ninguna necesidad de tanto…

—¿Qué ha de hacer? No tiene más que una hija, tú deberías escogerla… Es tu hermana de leche, pero eso no tiene importancia. Todo se puede arreglar. Cásate… No es bueno vivir así. Apuesto a que andas de muchachas…

—No.

—¡Confiésalo! ¡Ja, ja! El traficante se muere… He oído decir por un guarda forestal, quizás mintiese, que los perros eran todos lobos al principio… que después han degenerado… Lo mismo en nuestra casta, al fin seremos también perros. Estamos rellenos de ciencia y nos ponemos sombreros a la moda; ¡bah! hacemos todo lo que podemos para perder nuestra individualidad. Pronto no se nos distinguirá del resto de los hombres. Todos envían sus hijos al Instituto. ¡Todo se nivela! Comerciantes, nobles y burgueses. Se les viste de gris y a todos se les enseña la misma ciencia… se quiere educar a los hombres como se cultivan los árboles. ¿Para qué? Ninguno lo sabe. Un árbol mismo se distingue de otro, aunque no sea más que por una rama ¡y se quiere que los hombres entren todos en un mismo molde! ¡Ciertamente, que para nosotros, los viejos, es ya tiempo de ocupar el ataúd, sí! Cincuenta años más y nadie se acordará de que yo he existido, yo, Anani, apellidado Tchurof. Y que yo, Anani, no temía a nadie excepto a Dios. Si en mi juventud no era sino un pobre campesino, poseyendo cortamente dos hectáreas de terreno, he amasado para mis últimos días once mil; llenas de árboles, y de dinero, dos millones poco más o menos.

—Siempre se habla de dinero —interrumpió Tomás mohíno—. ¿Ya pesar de todo, qué gozo encuentra el hombre en eso?

—¡Bah! —refunfuñó Tchurof—. Tú harás un mal comerciante si no comprendes el valor del dinero.

—¿Quién lo comprende? —preguntó Tomás.

—¡Yo! —le respondió Tchurof con fuerza—, y todo hombre inteligente… Jacob lo comprende también… ¿el dinero? ¡Ah! Amigo mío, es enorme. Póntele delante y reflexiona lo que representa. Entonces te darás cuenta: la fuerza humana, el talento humano. Millares de hombres han puesto su vida en tu dinero y millares aún la pondrán… Y tú puedes arrojar todo éste dinero en el fuego y verle quemar. En ese instante puedes creerte todopoderoso.

—Eso no hace…

—Porque los imbéciles no tienen dinero… Se invierte el dinero en los negocios… los hombres encuentran su vida alrededor de esos negocios… y tú, tú eres el dueño de toda esta gente. ¿Para qué ha creado Dios al hombre? Para que el hombre se incline ante él y le suplique… Él era solo y su soledad le pesaba… Quería ser poderoso… Y como sabes que el hombre ha sido creado a la imagen del Señor, el hombre también busca la dominación. ¿Y quién, pues, si no el dinero, da el poderío? Ahí ves… Vaya, ¿has traído el dinero?

—No —respondió Tomás, cuya cabeza empezaba a irse en fuerza de escuchar las largas disertaciones del viejo y que estaba encantado viendo que la conversación se encaminaba hacia el terreno de los negocios.

—¡Está mal! —dijo Tchurof severamente—. El vencimiento ha pasado, es menester pagar…

—Mañana tendréis la mitad…

—¿Por qué la mitad? Dame todo.

—Tenemos en este momento una necesidad extrema de fondos.

—¿Y no los tenéis? Pues el caso es que yo también tengo necesidad.

—Tened un poco de paciencia.

—No, amigo mío, no esperaré… Tú no eres como tu padre… Vosotros, inexpertos, no sois seguros… En un mes echaríais todo a rodar y yo sería quien lo sufriese… Tráeme mañana toda la suma o hago protestar las letras sin más consideración.

Tomás miraba a Tchurof con sorpresa. Éste ya no era el viejo que elocuentemente discurría un momento antes acerca del diablo. Su rostro y sus ojos habían cambiado de expresión; su mirada era dura, sus labios impertérritos y en sus mejillas, hacia la nariz, aparecían venitas negras en un visaje de codicia, Tomás comprendió que si Tchurof no recibía el dinero en la fecha convenida, obraría sin piedad y deshonraría la casa haciendo protestar las letras.

—No marchan los negocios, ¿eh? —preguntó Tchurof—. Dime francamente, ¿dónde has echado el dinero de tu padre?

Tomás quiso probar suerte y dijo:

—Los negocios no son excelentes… no hay pedidos.

—¡Vaya…! ¿Es necesario ayudarte?

—Sed lo bastante bueno… para aplazar el pago…

—¡Pse! Por la amistad de tu padre, quizás lo haría. Pero vamos a ver.

—¿Para cuándo lo aplazaríais? —preguntó Tomás.

—Seis meses.

—Os estoy reconocido.

—De nada… Me debes once mil seiscientos rublos. Vas a aceptar una nueva letra, por quince mil… Paga los intereses por adelantado y hago una hipoteca sobre los barcos.

Tomás se levantó de la silla y dijo sonriendo:

—Enviadme mañana las letras; las pagaré íntegramente.

Tchurof se levantó trabajosamente, y sin bajar la vista ante la mirada burlona de Tomás, dijo rascándose penosamente el pecho:

—¡Sea! Tampoco está mal eso…

—Gracias… por vuestra buena acogida…

—No hay de qué… No dejar hacer… a pesar de que habría sido muy bueno —dijo el viejo descubriendo sus dientes afilados.

—¡Ah! ¡Sí! ¡Cuando se cae en vuestras garras!

—¡Aprieto…!

—Y estranguláis, según se dice…

—¡Ea! ¡Basta ya! —dijo Tchurof enfadado—. Te creo fuerte, pero es algo pronto. Has jugado al ganapierde y estás orgulloso… Espera que en efecto me ganes algo, y en seguida podrás regocijarte. ¡Hasta la vista! Y trae el dinero mañana.

—No tengáis miedo. ¡Hasta mañana!

—¡Adiós!

Cuando iba a salir del cuarto, Tomás oyó un bostezo sonoro y después la voz del viejo que entonaba un salmo:

«¡Virgen Santa, ábreme las puertas de la clemencia celeste…!»

Tomás sacó de esta visita una doble impresión, la de que Tchurof le agradaba y le repugnaba al mismo tiempo.

Repasó una a una las palabras del viejo sobre el pecado, pensó en su fe ardiente, en la misericordia divina, y un sentimiento vecino del respeto nacía en él.

«Éste también habla de la vida… conoce sus pecados, pero no gime ni se queja de nada… He pecado, responderé de mis faltas». Sí… ¿Y el otro?

Y se acordó de la Medinskaia, y su corazón se oprimió de dolor.

La otra representa el arrepentimiento… no se la comprende… ¿Es para evitar que se la juzgue? ¿O bien es que en realidad su corazón sufre? «¿Quién tiene la misión de juzgarme sino Dios?», ha dicho él. Veamos esto…

Tomás creyó sentir que estaba celoso de Anani y al mismo tiempo recordó cómo éste había tratado de explotarlo. Este recuerdo le llenaba de disgusto por el viejo y no llegaba a conciliar los sentimientos opuestos que le inspiraba. Estaba perplejo y pensativo cuando llegó a casa de Maiakín.

—¡Vengo de casa de Tchurof! —dijo cogiendo una silla, ante la mesa donde estaba servido el té.

Maiakín tenía puesta una bata grasienta y un libro de cuentas en la mano. Removióse en su sillón de cuero y dijo con animación:

—¡Ponte té en seguida, Liubova…! Vamos, cuenta, Tomás. A las nueve debo estar en el Consejo, habla pronto.

Tomás contó con sarcasmo el ofrecimiento de Tchurof de renovar las letras.

—¡Bah! —suspiró Maiakín con sentimiento, moviendo la cabeza—. Has echado todo a perder. Si se puede ir así derecho. ¡Uf…! El diablo es quien me ha hecho enviarte a su casa. Yo mismo debiera haber ido. Le habría hecho ver lo blanco negro.

—Lo dudo. Dice: «Soy una encina…»

—¿Una encina…? Y yo una sierra. ¡Una encina! La encina es un árbol magnífico, pero sus frutos no sirven sino para alimentar puercos… Resultado: la encina no es más que una cosa.

—Pero puesto que es necesario pagar…

—¡Eso no corre nunca prisa… para la gente lista! Pero tú, irías corriendo de buena gana a llevarle el dinero… ¡Magnífico comerciante…!

Jacob Tarasovitch estaba realmente descontento de su ahijado. Hacía mohines y daba órdenes imperiosas a su hija, que asistía en silencio a este coloquio y servía el té.

—Acerca el azucarero… ya ves que no puedo cogerle…

El rostro de Luibova estaba pálido, sus ojos turbados y sus gestos lentos y vagos. Tomás la miró y pensó.

«¡Qué dulzura ante su padre!»

—Bueno, decidme, ¿de qué le habéis hablado? —le preguntó Maiakín.

—¡Del pecado…!

—¡Naturalmente! Cada uno aprecia su obra y él es fabricante de pecados. Bastante tiempo hace que deben gemir por él en el infierno y en el presidio… se aburren, le esperan con impaciencia.

—Habla muy bien —dijo Tomás al tiempo que deshacía el azúcar en el té.

—¿Ha hablado mal de mí? —preguntó Maiakín con tono medio rencoroso, medio sonriente.

—Un poco…

—¿Qué has respondido tú?

—He escuchado…

—¡Ah! ¿Y qué has oído?

—«Serán perdonados los fuertes, para los débiles no habrá perdón…»

—¡Qué ingenio! Hasta las pulgas saben eso.

Esta manera desdeñosa de tratar a Tchurof desagradóle sin saber precisamente por qué y mirando bien de frente a su padrino, le dijo:

—Ciertamente, no os quiere.

—A mí, amigo mío, nadie me quiere —declaró Maiakín con orgullo—. Por lo demás, ninguna razón existe para que se me quiera, puesto que no soy una muchacha… Pero en revancha se me estima… y no se estima sino a aquéllos a quienes se les teme…

El viejo guiñó maliciosamente un ojo mirando a su ahijado.

—Habla muy bien —repitió Tomás—, se queja, dice que la raza de los comerciantes degenera… A todo el mundo se le enseña la misma creencia, dice, para que todos sean iguales… todos cortados por el mismo patrón…

—¿Y él encuentra esto poco conveniente…?

—¡Ya lo creo!

—¡Imbécil! —exclamó Maiakín lleno de desprecio.

—¿Por qué, pues? —le preguntó Tomás incrédulo—. ¿Creéis que está bien?

—Lo que está bien lo ignoramos, pero lo que demuestra inteligencia lo vemos… En el momento en que se recogen gentes de todos los ámbitos para reunirles en un mismo sitio e inculcarles las mismas ideas, debemos admitir que es inteligente. Además, ¿qué es un hombre en la constitución del Estado? Nada más que una piedra y las piedras deben tener todas las mismas disposiciones. ¿Comprendes ahora? Si los hombres tienen todos el mismo peso y la misma talla, puedo agruparlos a capricho.

—¡Qué agradable es ser una piedra! —dijo sombríamente Tomás.

—No se trata del agrado, sino de la necesidad. Si estás constituido de metal duro no te pulirá… No es fácil borrar la fisonomía primera de todo hombre… pero algunos se transforman en oro puro a fuerza de martillo… Si la cabeza se parte en el yunque, tanto peor, es que se es endeble.

—Después ha hablado de trabajo… Las máquinas lo hacen todo, dice, por eso es por lo que los hombres se echan a perder…

—¡Más cuentos aún! —exclamó Maiakín con una nueva mueca de desprecio—. ¿Qué placer puedes experimentar en escuchar tales galimatías…? ¿Ya propósito de qué?

—¿Es también falso? —preguntó Tomás con sonrisa forzada.

—¿Qué puede decir en justicia? ¡Una máquina! ¡Alcornoque! ¿Ha pensado él siquiera de qué se componía una máquina? ¡De hierro! Por consiguiente, no debe inspirar lástima. Se la hace trabajar y fabricar rublos y sin ninguna reflexión, sin ninguna preocupación se la deja suelta, vuelve a hacerlos. Mientras que el hombre es nervioso y miserable… muchas veces es desdichado… Grita, gime, llora, suplica, se emborracha; ¡Ah, cuántas cosas superfluas veo en la humanidad! Mientras que en una máquina, lo mismo que en un metro, no se encuentra más de lo sucinto, todo tasado para que uno y otro llenen las funciones a que están destinados. Vaya, voy a vestirme… Es hora.

Se levantó y abandonó la habitación arrastrando sus zapatillas. Tomás le siguió con la vista, y frunciendo el ceño, murmuró:

—¡Al diablo si es posible comprender algo…! Uno dice blanco, el otro negro…

Después se despidió de Liubova y se dirigió a su círculo.

* * *

Venía la noche, el aire era fresco. Un viento frío y vivo barría la calle, levantando el polvo y cegando a los transeúntes.

Era ya de noche y siluetas fugitivas se deslizaban en la oscuridad. Tomás trataba de evitar el polvo cerrando los ojos y pensaba:

«Si encuentro una mujer, Sofía Pavlovna me acogerá cariñosamente, como antaño… Iré a verla mañana… Si es un hombre, no iré mañana… aguardaré aún…»

Encontró un perro y eso le puso furioso… De buena gana le habría roto el bastón en el lomo… Al entrar en el círculo la primera faz conocida que vio fue la del alegre Uchtitchef. Apoyado contra la puerta del bufete, hablaba con un hombre grueso, de bigote enorme; pero en cuanto percibió a Gordeief avanzó unos pasos y dijo:

—¡Buenas noches, modesto millonario!

Este joven agradaba a Tomás a causa de su carácter alegre y abierto y siempre le veía con gusto. Le tendió la mano cordialmente.

—¿Cómo sabéis que soy modesto? —le preguntó.

—Sois un hombre que lleváis una vida de ermitaño; no bebéis, no jugáis, no andáis de niñas… ¡A propósito! ¿Sabéis, Tomás, que nuestra incomparable patrona nos deja mañana para ir a pasar el verano al extranjero?

—¿Sofía Pavlovna? —preguntó lentamente Tomás.

—¡La misma! El sol de mi vida se oculta y quizás también el de la vuestra.

Uchtitchef hizo una mueca cómica y maliciosa mirando a Tomás descaradamente, que quedó inmóvil y sentía su cabeza caer sobre el pecho, a pesar del esfuerzo que hacía para mantenerse rígido.

—¡Sí, nuestra radiante aurora…!

—¿La Medinskaia se marcha? —articuló una voz gruesa—. ¡Muy bien! Me alegro…

—Dispense… ¿por qué? —exclamó Uchtitchef.

Tomás sonreía tontamente y miraba con aire distraído al hombre que estaba al lado de Uchtitchef. Éste, con gesto afectado, retorcía su bigote y dejaba escapar un turbión de palabras, groseras y pesadas, que parecían dichas para molestar a Tomás.

—Porque así la ciudad tendrá una «cocotte» menos.

—¡Eh, Martin Nikititch! —exclamó Uchtitchef frunciendo el ceño—. ¡Cuidado!

—¿En qué se fija usted para creerla coqueta? —preguntó Tomás, con calma, dirigiéndose hacia el compañero Uchtitchef.

Éste le miró con aire desdeñoso, y volviéndose a medias, recalcó estas palabras:

—No he dicho coqueta…

—En todo caso —declaró Uchtitchef concialiador—, no se debe hablar así de una mujer que…

Pero Tomás le interrumpió:

—¡Esperad! Deseo preguntar al señor lo que significa… la palabra que ha dicho.

Tomás pronunció estas palabras con voz firme y decidida. Metió las manos en los bolsillos del pantalón y sacó el pecho, lo que le dio un aire inquietante. El hombre del bigote grande le miró de arriba a abajo y sonrió:

—¡Señores…! —suplicaba Uchtitchef.

—He dicho: «cocotte» —replicó el hombre, frunciendo los labios como si paladease esta palabra—. Si no comprendéis, puedo explicarle…

—Sí, eso es —dijo Tomás con un profundo suspiro y sin apartar de él los ojos—, tenga la bondad de explicarse.

Uchtitchef levantó los ojos al cielo y se hizo a un lado.

—Una «cocotte», puesto que deseáis saberlo, es una mujer que se paga —continuó a media voz aproximando a Tomás su rostro abultado.

Tomás exhaló un gruñido sordo y antes que su interlocutor hubiese pensado en hacerse atrás, le cogió de un puñado por sus cabellos grises ensortijados.

Con movimiento convulsivo, se puso a sacudir aquella cabeza y aquel cuerpo enorme y macizo, acompañando sus movimientos con palabras cadenciosas.

—No insulte… en la espalda… insulte… en la cara… en la cara…

Experimentaba un goce áspero viendo agitarse en el aire los brazos y las piernas del hombre que sacudía, desbaratado, que cayó al suelo. Su reloj de oro se había deslizado de su bolsillo, prendido a una cadena y había venido a parar sobre su vientre prominente. Borracho de su fuerza y de la humillación infligida a tal individuo que se daba tantos aires de importancia, Tomás respiraba una alegría feroz y como asperezas de voluptuosidad. Contento de su venganza y continuando en arrastrar a su víctima por el suelo, exhalaba gruñidos sordos y furiosos en una especie de delirio salvaje. En este momento un sentimiento de una intensidad extrema le dominaba: le parecía que se había librado de un peso que desde largo tiempo le oprimía el pecho.

De repente sintió que le agarraban por detrás, por la cintura y los hombros; alguien le sujetaba por los brazos; le pisoteaban los pies. Sin embargo, insensible, los ojos inyectados en sangre, se encarnizaba en la masa negra que gemía horriblemente bajo su mano… Por último, llegóse a arrancarle su víctima; quedó inmovilizado bajo el peso de varios cuerpos y distinguió a través de una bruma roja, delante de él, en tierra a sus pies, al hombre que había golpeado. Despeinado, descompuesto, pataleaba en el suelo, tratando de levantarse; dos hombres vestidos de negro le sostenían por los sobacos, sus brazos colgaban lastimosamente, como alas rotas, y gritaba a Tomás con voz entrecortada por sollozos convulsivos:

—¡Cómo ha osado… pegarme! ¡Cómo ha osado! ¡Estoy condecorado…! ¡Miserable! Tengo hijos… todo el mundo me conoce… ¡Canalla, salvaje! ¡Oh! ¡Oh…! ¡Quiero un duelo!

Durante este tiempo Uchtitchef decía al oído a Tomás:

—Vámonos, querido amigo, ¡por el cielo!

—¡Espera, que le rompa los hocicos de una patada! —gritaba Tomás.

Le sacaron fuera de la sala. Sus orejas estaban rojas, su corazón palpitaba hasta destrozarse, pero se sentía alegre y bien dispuesto. En la escalera del círculo aspiró con satisfacción una bocanada de aire fresco y dijo a Uchtitchef con una sonrisa llena de bondad:

—Le he dado una buena paliza, ¿eh?

—Mira —exclamó el alegre secretario indignado—, dispénsame, pero es un acto salvaje. Que me muera si he visto nunca una cosa parecida.

—Amigo —dijo Tomás afectuosamente—. Vamos a ver, ¿no lo ha merecido? ¿No es un canalla? ¿Se pueden decir esas cosas a espaldas de una mujer? Se va a ella y se le dice en la cara…

—Bueno… ¡que el diablo te lleve! No es tampoco a causa de ella por lo que le has pegado.

—¿Cómo que no es a causa de ella? ¿Pues a causa de quién? —preguntó Tomás estupefacto.

—¿De quién? No sé… Pero es evidente que teníais cuentas pendientes. ¡Uf! ¡Dios mío, qué escena! No la olvidaré hasta el fin de mis días.

—¿Pero quién es, después de todo, ese buen hombre? —preguntó Tomás, soltando la carcajada—. ¡Qué modo de gritar tenía el imbécil…!

Uchtitchef miró atentamente a Tomás y le hizo esta pregunta:

—Di… ¿ignoras realmente a quién has pegado? ¿Y es únicamente a causa de Sofia Pavlovna?

—¡Te lo juro! —replicó Tomás.

—¡Pues que el diablo te lleve si tiene siquiera apariencia de buen sentido!

Se detuvo, encogióse de hombros y añadió:

—Pagarás eso muy caro, Tomás Ignatitch…

—¿Me llevará a los tribunales?

—Quiera Dios que no sea más que eso… Es hijo político del Vicegobernador.

—¡Vamos, anda! —exclamó Tomás cuyo rostro se contrajo.

—Sí, si a decir verdad es un miserable y un bribón… Y que la corrección le estaba merecida… pero si se toma en consideración que la dama por quien has tomado la defensa es también…

—¡Basta! —articuló Tomás interrumpiéndole con tono firme y poniéndole la mano sobre el hombro—. Sempre me has sido simpático… y estás a mi lado en este momento… comprendo y sé apreciar… Pero no digas mal de ella… Sea lo que quiera según tú… para mí… la quiero… y es lo mejor… Te lo digo francamente… puesto que has querido seguirme: no la toques… La creo perfecta: así, pues, es perfecta…

Uchtitchef le miró y le respondió asombrado:

—Eres una persona rara… es necesario confesarlo.

—Soy un hombre sencillo… salvaje. Le he dado una paliza y estoy contento… venga lo que venga.

—Mucho temo que lo que venga no tenga nada de bueno… Franqueza por franqueza. Tú me agradas también… por más que ¡hum! eres peligroso. Cuando te da un acceso caballeresco, se puede temer verdaderamente una terrible pateadura…

—¡Qué caramba! Es la primera vez… Todos los días no ha de ocurrir lo mismo —dijo Tomás, confuso.

Su interlocutor se echó a reír.

—¡Qué monstruo eres! Pero… escucha: entregarse a un pugilato semejante, es de salvaje… excúsame… Así, debo decirte que en el caso actual tu elección ha sido afortunada. Has dado con un juerguista, un cínico… un parásito… un hombre que habiendo despojado a sus sobrinos ha quedado impune…

—¡A Dios gracias —dijo Tomás con satisfacción—, así yo le he castigado un poco!

—¿Llamáis a eso un poco? Sea, pongamos que sea un poco… Sólo que, mirad, amigo mío, permitidme daros un consejo, soy un hombre de leyes… Este Kniazef es un miserable, ¡bueno! Pero no hay derecho a pegar, aunque sea a un miserable, pues es un ser social, bajo el amparo maternal de la ley. No se debe osar pegar mientras que no traspase los límites del código penal, y aun entonces, no sois vosotros, sino nosotros, los jueces quienes debemos aplicar el castigo. Y vosotros tened paciencia.

—¿Os caerá pronto entre las manos? —preguntó inocentemente Tomás.

—No lo sé. Como no es tonto, tiene la suerte de que jamás le suceda. Y vivirá el resto de sus días ante las leyes, como tú y como yo. ¡Oh, Dios mío! ¿Qué estoy diciendo…?

Y Uchtitchef suspiró con aire cómico.

—No hagas traición al secreto profesional… —dijo Tomás sonriendo.

—No es secreto… pero no debo aparecer ligero… ¡Diablo! Esta historia me ha excitado en verdad. Némésis sigue fiel a ella misma, aun cuando se encabrite simplemente como un caballo.

Tomás paróse de pronto como si hubiese encontrado un obstáculo en su camino. Uchtitchef continuaba charlando.

—Némesis es la diosa de la Justicia; pero ¿qué tenéis?

—Todo esto ha empezado por el anuncio de su partida —dijo Tomás con voz sorda, hablando lentamente, con esfuerzo.

—¿Qué partida?

—Sofía Pavlovna…

—Sí, se va… ¿Y qué?

Estaba enfrente de Tomás y le miraba sonriendo… Gordeief se callaba, la cabeza baja, rayando la tierra con el bastón.

—¡Andemos! —dijo Uchtitchef.

Tomás se puso en movimiento balbuceando con indiferencia:

—Bueno, que se vaya, y yo solo, sin ella…

Uchtitchef hacía molinetes con su bastón y silbaba echando a hurtadillas miradas a su compañero.

—¿Es que no puedo vivir sin ella? —articuló Tomás, lanzando una vaga mirada en torno suyo.

Ydespués de un corto silencio, respondióse con convicción.

—Admirablemente.

—¡Mira! —exclamó Uchtitchef—. Voy a darte un buen consejo… Un hombre debe ante todo ser él mismo. Sois un hombre épico, por así decirlo, el lirismo no os sienta bien. No es vuestro género…

—Mirad, querido señor, habladme de un modo más sencillo —dijo Tomás que le había escuchado con mucha atención.

—¿Más sencillo? ¡Bueno! Quiero deciros que obraríais mejor olvidando a esa dama… Ella para vos… es un veneno.

—Es precisamente lo que ella pretende —agregó Tomás.

—¿Os ha dicho eso? —articuló Uchtitchef admirado.

Yquedó pensativo.

—¡Hum! ¿Y si fuésemos a cenar?

—Con mucho gusto —respondió Tomás.

Yde repente, exhaló un gruñido salvaje, apretó los puños y los agitó en el aire:

—¡Vamos, vamos! ¡Qué cena voy a tener!

—¿Por qué, Dios mío? Cenaremos tranquilamente.

—No, espera —dijo Tomás con voz desgarradora de tristeza poniéndole la mano en el hombro—. Después de todo, ¡ya basta! ¿Soy acaso menos que los demás? Todo el mundo vive, se agita, se mueve, cada uno va derecho a un fin… Yo me aburro. Cada uno está satisfecho de sí mismo… y aquellos que se quejan, ¡mienten, los miserables! Lo hacen para disimular la verdad. Yo no tengo necesidad de fingir: soy un imbécil. Yo, amigo mío, no comprendo nada, pero, simplemente, quiero vivir. No sé pensar… estoy descorazonado, uno me dice una cosa… otro lo contrario. ¡Pch! ¿Y ella…? ¡Ah! Si tú supieras todo lo que esperaba de ella… esperaba… ¿qué esperaba? No sé… pero es lo mejor. Y yo creía en ella… estaba convencido de que ella me diría un día palabras cuyo secreto sólo a ella perteneciera… Sus ojos, amigo mío… ¡qué hermosos son! Me da vergüenza contemplarlos… Decía que yo pensaba oír de ella palabras… que me lo explicasen todo… No es sólo el amor, era un alma entera que yo le entregaba… Buscaba… creía que, puesto que ella era tan bella, yo sería a su lado un hombre como los demás.

Uchtitchef miraba a su interlocutor y escuchaba las palabras incoherentes y pesadas que se escapaban de sus labios. Veía temblar los músculos de su rostro bajo el esfuerzo del pensamiento que trataba de expresarse de un modo inteligible y sentía bajo estas palabras sin orden, un profundo y sincero sentimiento.

Aquel joven hercúleo, vigoroso y salvaje que andaba con paso largo y desigual por la acera, inspiraba, en su estado, una lástima profunda. Acaso Uchtitchef comprendía que era su misión consolarle y calmarle. Todo lo que Tomás había dicho y hecho aquella noche despertaba su simpatía: se sentía aún más halagado por la confianza que le atestiguaba el joven millonario. Pero estaba desconcertado por esta franqueza brutal y aunque poseyese ya, a pesar de su juventud frases apropiadas para las diferentes circunstancias de la vida, no las encontró en el momento.

—Todo es sombrío y reducido alrededor de mi —continuaba Gordeief—; siento un peso que me aplasta… ¿Qué es? No puedo comprenderlo. Me molesta… e impide mi libertad de acción. Cuando presto oídos, todos hablan de modo diferente. Ella sola habría podido decirme…

—¡Eh, amigo mío! —interrumpió Uchtitchef, cogiéndole del brazo amigablemente—, eso no puede ser así, apenas entráis en la vida ya hacéis filosofía. De ningún modo. La vida nos es dada para vivirla. Así, pues, vivid y haced vivir a los demás; he ahí la filosofía. En cuanto a esa mujer ¡bah! ¿Es el centro del universo…? Si lo deseáis, os haré conocer una hembra notable, un veneno que no dejará, al cabo de un momento, ni un átomo de filosofía en vuestra alma. Una mujer extraordinaria y que sabe gozar de la vida. Es también un ser épico. ¡Y hermosa…! Una verdadera Fryné, puedo asegurarlo. Haríais buena pareja, los dos. ¡Qué demonio! Verdaderamente es una idea magnífica… Os la haré conocer. Un clavo saca otro clavo.

—Tengo conciencia —dijo Tomás sombrío y triste—, de que mientras viva no podré tener otra mujer.

—¡Cómo! ¡Un muchacho vigoroso y fresco como vos! ¡Oh! —exclamó Uchtitchef.

Y se puso a convencer a Tomás de la necesidad de encontrar un derivativo a su humor negro corriéndola con mujeres alegres.

—Será soberbio e indispensable para vos, ¡creedme! ¡Vuestra conciencia… dispensad! Vuestra definición es algo inexacta… no es vuestra creencia quien os lo impide, sino vuestra timidez, supongo… Vivís apartado de la sociedad, sois tímido y apocado… y a este sentimiento es a lo que llamáis conciencia. Por el momento no puede tratarse de otra cosa… ¿Y qué tiene que ver la conciencia, si es completamente natural que el hombre se divierta, toda vez que es una necesidad y está dentro de sus derechos?

Tomás interceptaba el paso a su compañero y miraba la calle ante él, que entre dos filas de altos edificios se extendía, haciendo pensar en un canal lleno de tinieblas. Parecía no tener fin y que allá a lo lejos se arrastraba algo de sombrío e inexplicable que cortaba la respiración. La voz persuasiva y amiga de Uchtitchef resonaba en los oídos de Tomás monótona y aunque él no tratase de comprender sus palabras se le pegaban como liga y las retenía involuntariamente. A pesar de la presencia de su compañero se sentía perdido en la oscuridad. Este pensamiento le envolvía y le impulsaba en pos de Uchtitchef. Una gran laxitud se había apoderado de él y le quitaba todo deseo de resistencia a la voluntad de éste, y además, ¿para qué resistir?

—La discusión no es útil a todo el mundo —decía Uchtitchef, jugando con su bastón—. Si todos discutiesen ¿quién viviría? No se vive más que una vez. Y aun es cuerdo darse prisa, os lo juro ¿pero, a qué hablar? Autorizadme para reanimaros un poco. Vamos ahora a una casa muy alegre… donde viven dos hermanas… Ellas sí que saben reír. ¡Decidíos!

—¿Por qué no? Vamos —dijo Tomás con calma y bostezando—. ¿No es algo tarde? —preguntó examinando el cielo cargado de nubes.

—¡Para ellas nunca es tarde! —exclamó alegremente Uchtitchef.

VIII

Tres días después de los sucesos del círculo, Tomás se encontraba a siete leguas de la ciudad, en los talleres que servían para la explotación forestal del mercader Ivantzef, en compañía del hijo de éste, de Uchtitchef, un señor muy serio, con patillas, de cabeza calva y nariz roja, y cuatro mujeres…

El joven Ivantzef llevaba lentes, era pálido, delgado y cuando estaba de pie sus pantorrillas temblaban continuamente como si hubiesen sido indignas de soportar aquel cuerpo débil, vestido con un abrigo a grandes cuadros, con su capuchón, entre los dobleces del cual se movía, lamentable, una cabecita cubierta con una gorra de jockey. El señor de las patillas se llamaba Juan y pronunciaba este nombre como si hubiese estado atacado de catarro crónico. La compañera de Juan era una mujer alta y vigorosa. Su cabeza achatada de ambos lados, su frente baja, su nariz larga y puntiaguda le daban un parecido a un pájaro. Aquel rostro feo estaba impasible: sólo los ojos, pequeños y redondos, sonreían siempre, llenos de malicia y perspicacia. La de Uchtitchef se llamaba Vera. Era una mujer lista, pálida, con cabellos rojos; y de tal modo abundantes, que parecía llevar un casco que le llegase a las mejillas y al cuello, enmascarando su frente espaciosa que esclarecían sus ojos azules inmensos, tranquilos e indolentes.

El señor de las patillas estaba sentado al lado de una joven, muy fresca, que no cesaba de reír de las frases que aquél le deslizaba al oído.

En cuanto a la amiga de Tomás, era una morena esbelta, vestida de negro. Su color era mate, los cabellos ondulados y se mantenía muy erguida, de mirada altiva, llena de amabilidad para cuantos la rodeaban. Se consideraba como la persona más importante de la reunión.

Todos se habían instalado sobre una balsa, último anillo de una cadena larguísima que marchaba en el sentido de la corriente. Sobre la balsa se habían colocado varias tablas y en el centro del islote flotante se veía una mesa, alrededor de la cual se agrupaban botellas vacías, canastos de provisiones, pedazos de papel, cáscaras de naranja… En un rincón, sobre un montón de tierra, había una lumbre y un campesino, en cuclillas delante del fuego, se calentaba las manos, echando de cuando en cuando una mirada sobre los amos reunidos en torno de la mesa, que estaba llena de frutas y de vinos; pero los comensales, cansados de una fiesta que duraba dos días y de una comida copiosa que acababan de concluir, parecían indispuestos. Todos contemplaban el río y la conversación languidecía, cortada por grandes silencios.

Hacía un día de primavera, claro y vivificante; un cielo puro y frío se extendía majestuosamente encima de la inmensa sábana de agua turbia, inmóvil como el cielo y vasta como el mar, que el río había extendido profusamente sobre las praderas fecundas. A lo lejos, las frondosas montañas se esfumaban dulcemente en un humo azulado donde brillaban, semejantes a grandes estrellas, las cruces de las iglesias. En esta parte del horizonte, el río presentaba mucha animación. Barcos lo surcaban en todas direcciones y su rumor confuso llegaba como un gran suspiro hasta las balsas y hasta las praderas que el movimiento blando del agua embargaba con ruidos, vagos e indecisos. Enormes barcazas en larga fila subían en contra de la corriente y desgarraban como bestias monstruosas la superficie apacible del río.

Las chimeneas de los remolcadores vomitaban torrentes de humo negro, que se dispersaba lentamente en el aire fresco, lleno de la claridad deslumbradora del sol. Una sirena desgarraba el aire con su grito furioso de enorme bestia, exasperada por el esfuerzo. Sin embargo, alrededor de la balsa, en las praderas, reinaba silencio, una paz profunda. Algunos árboles inclinándose sobre el río se cubrían de verdes hierbas. La inundación hacía llegar el agua a sus copas, que se reflejaban en ella y tomaban el aspecto de esferas ligeras, no esperando más que un leve soplo de aire para ponerse a bogar, graciosas, sobre la sábana azogada del río…

La joven rubia miraba al horizonte soñadora y cantó con ritmo plañidero:


A lo largo del río Volga
pasea un barco ligero…
 

La morena frunció el ceño, cerró a medias sus grandes ojos severos y dijo con desprecio:

—¡Bastante nos aburrimos sin eso!

—¡Déjala cantar! —dijo Tomás, con bondad, inclinándose hacia su amiga.

Estaba pálida, sus ojos brillaban y una sonrisa perezosa vagaba en sus labios.

—¡Cantemos en coro! —propuso el señor de las patillas.

—¡No, mejor es que canten las dos! —exclamó Uchtitchef, muy animado—. Vera, canta aquello de: ¿sabes? «¡A la aurora, iré!»

—¿Cómo es? ¡Paulina, cántala tú, te lo suplico!

Paulina —era la que no cesaba un momento de reír— se volvió con deferencia hacia la morena y le preguntó:

—¿Se puede cantar, Sacha?

—Yo también cantaré… —dijo la amiga de Tomás, y volviéndose hacia la mujer de perfil de pájaro:

—Vassa, canta conmigo —exclamó en tono de mando.

Vassa interrumpió instantáneamente su conversación con Ivantzef, se pasó la mano por el cuello y fijó su mirada en la de su hermana. Ésta se levantó, se apoyó contra la mesa y con la cabeza orgullosamente echada atrás, empezó con voz fuerte, casi masculina:


Si quieres favorecerme
no me concedas tu amor;
ya que a tantos favoreces
 

Su hermana inclinó la cabeza y terminó con voz de contralto, plañidera y lenta:

¡quédate con el favor!

Con los ojos brillantes, Sacha continuó más bajo:


Yo me quedaré sólita
con la pena y el dolor.
 

Las dos voces se mezclaron y se balancearon sobre el agua en una armonía bella y cautivante, donde vibraba todo un mundo de sentimientos. La una echaba el sufrimiento intolerable de un alma torturada, quejas amargas, sollozos impotentes y desesperados.

Como un veneno sutil, destilaba su tristeza y trataba de ahogar en las lágrimas el fuego de sus tormentos. La otra más profunda y más varonil, respiraba odio: en un concierto de imprecaciones mortales, se elevaba imponente y alterada de venganza…

Los versos de la canción se destacaban, uno a uno, lentamente y la voz volaba libre, sonora y llena. Temblona bajo la injuria exasperada por el ultraje, ahora no se quejaba, clamaba sangre y cada palabra pedía venganza…

¡Yo te querré más que a Dios!

cantaba plañidera Vassa, con los ojos cerrados.

¡Y hay de ti si no me quieres!

continuaba Sacha con violencia, lanzando al aire notas vigorosas y llenas, parecidas a golpes… Después, cambiando de pronto de ritmo, en voz más alta, lentamente como su hermana, profirió amenazas, vibrantes de alegría lasciva:


Me besarás en la boca
con locura y con pasión;
el día que no me quieras
te partiré el corazón.
 

Dos codos en la mesa, con la cabeza inclinada y las cejas fruncidas, Tomás contemplaba el rostro de la cantora y sus bellos ojos negros a medio cerrar. Ella dejó vagar a lo lejos su mirada donde brillaba un fuego sombrío y feroz, y diríase que la voz velada que salía de su pecho, se iluminaba al resplandor misterioso de sus ojos perdidos en vagos horizontes…

Tomás recordó sus caricias y pensó:

«¿De dónde sale? Nos hace temblar».

Uchtitchef, abrazado con su amiga escuchaba la canción, con rostro místico y radiante de placer.

El señor de las patillas e Ivantzef bebían y cambiaban algunas palabras en voz baja, inclinando mutuamente sus oídos. La mujer roja examinaba, pensativa, la palma de la mano de Uchtitchef, que tenía entre las suyas y la joven, antes tan alegre, parecía entristecida; la cabeza baja, escuchaba la canción, sin hacer el más mínimo movimiento, como si estuviese encantada. El campesino se aproximó abandonando su fuego. Andaba con precaución sobre las tablas, alzándose sobre las puntas de los pies, las manos atrás y todo su ancho rostro barbudo transfigurado por una sonrisa de goce extático.

¡Adivina, si te enamoraste

suspiraba lánguidamente Vassa. Y su hermana irguiendo el busto, elevando su cabeza en un gesto soberbio, respondía con voz potente y triunfal por el verso

el dolor de mi amor despreciado!

La canción terminada, paseó a su alrededor una mirada altiva, y sentándose cerca de Tomás, le rodeó con un brazo, con ademán vigoroso.

—¿Es bonita mi canción?

—¡Soberbia! —suspiró Tomás con una sonrisa.

Aquella música le había emocionado. Su corazón vibraba de amor y palpitaba, lleno de melodía; sin embargo al movimiento acariciador de Sacha, delante de todos, se sintió confuso.

—¡Bravo! ¡Bravo! ¡Alejandra Savieliewna! —gritaba Uchtitchef, mientras que los demás aplaudían.

Pero Sacha no prestaba ninguna atención y oprimiendo a Tomás contra ella, le decía, con mimo:

—Has de hacerme un regalo bonito por esta canción…

—¡Bueno! Lo tendrás —dijo Tomás.

—¿Qué?

—¿Qué quieres, tú?

—Te lo diré cuando lleguemos… Y si me concedes lo que te pida… ¡oh! ¡Cómo voy a quererte!

—Será entonces por el regalo… Más valía que fuese desinteresadamente…

Ella le miró reposadamente, reflexionó un momento y replicó con seguridad:

—¡Desinteresadamente, es demasiado pronto…! Yo no sé mentir. ¿Para qué voy a engañarte? Te lo digo francamente, te amo por tu dinero, por tus presentes… pues aparte del dinero, los hombres no valen nada. No pueden ofrecer nada más precioso que el dinero… nada que equivalga… Estoy convencida… Pero también se puede amar sin interés… Sí… ten paciencia, también podría amarte por nada… quizás… Por el momento procura no aborrecerme, tengo necesidad de mucho dinero, es mi oficio…

Tomás la escuchaba y temblaba al contacto de su cuerpo joven, firme y voluptuoso.

La voz chillona, agria y malhumorada de Ivantzef se hizo oír:

—No me gusta, no puedo comprender la belleza de este famoso canto ruso… ¿Qué tiene? ¡Aullidos de lobo hambriento, algo de salvaje! Ninguna alegría… ningún «chic»… Quejas de perro, es bestial… ningún sonido bello y vivificante… ¡Oh! Si pudiese oír lo que canta y cómo canta el campesino francés, ¡ah!, o bien el italiano…

—Dispensad, Iván Nicolaevitch… —exclamaba Uchtitchef, indignado.

—Hay que convenir en que la canción rusa es monótona y aburrida… le falta ese brillo de la civilización… —decía con melancolía el señor de las patillas, bebiendo vino a pequeños sorbos.

—En desquite se encuentra siempre un corazón que sangra —observó la dama roja, mondando una naranja.

El día declinaba. Allá en el valle, el sol desaparecía en el horizonte tras una floresta lejana. Coloraba los árboles de un tinte rojizo y reflejaba en el agua negra manchas rosadas y doradas. Tomás contemplaba este cuadro y admiraba el juego de los rayos de luz; seguía sus cambiantes indecisos en la superficie tranquila y desierta de las aguas, mientras que a su oído llegaban trozos de conversación semejantes al vuelo de mariposas nocturnas. Con la cabeza apoyada en el hombro de su amante, Sacha murmuraba palabras que encendían su sangre joven, haciéndole enrojecer y apoderándose de él el deseo furioso de cogerla en sus brazos y besarla en plenos labios.

Ninguno de los circunstantes le interesaba, excepto ella… Ivantzef y su amigo le disgustaban indudablemente.

—¿Qué tienes tú que ver aquí? —resonó la voz de Uchtitchef.

Uchtitchef interpelaba al campesino. Éste se quitó la gorra y se golpeó en la rodilla. Respondió sonriendo:

—Me he aproximado para oír mejor a la señora.

—¿Canta bien?

—Eso no se pregunta siquiera —dijo el campesino, que fijó en Sacha su mirada llena de admiración.

—¡Eso es! —exclamó Uchtitchef.

—¡Las mujeres tienen una gran fuerza en el pecho! —dijo el campesino moviendo la cabeza.

Sus palabras hicieron reír a todas y provocaron frasecillas de doble sentido en los hombres.

Sacha escuchaba tranquilamente y sin dignarse responder, preguntó al campesino:

—¿Cantas tú?

—A nuestra manera.

—¿Qué canciones conoces?

—De todas clases… Me gusta cantar…

Sonrió con aire de hombre cogido en falta.

—Cantemos los dos.

—¿Cómo? Yo no soy vuestro igual.

—¡Vamos, da el tono!

—¿Puedo sentarme?

—Siéntate a la mesa… próxima…

—¡Qué cosa más divertida! —exclamó Ivantzef.

—Si se aburre usted, arrójese al río —replicó Sacha con una mala mirada.

—¡Gracias, está demasiado frío! —respondió Ivantzef, visiblemente incomodado.

—¡Como usted guste! —dijo ella encogiéndose de hombros—. El instante es buenísimo: el agua baja muy limpia y no la ensuciaría toda con esa podredumbre de cuerpo…

—¡Bah! ¡Qué broma de más mal gusto! —gruñó el joven volviéndola la espalda.

Y dijo con desprecio:

—En Rusia, hasta las «cocottes» son groseras…

Se dirigía a su vecino, pero no obtuvo por toda respuesta sino una sonrisa de bestia borracha. Uchtitchef estaba igualmente borracho. Miraba a su amiga con ojos turbados, tartamudeaba palabras ininteligibles y no comprendía nada.

La mujer de cabeza de pájaro picoteaba bombones, metiendo la nariz en la caja. Paulina estaba en el lado opuesto de la balsa y arrojaba cortezas de naranja al agua.

—Nunca tomé parte en un paseo tan estúpido y en semejante compañía —decía Ivantzef a su vecino.

Tomás le miraba con gesto burlón; estaba encantado de que este buen hombre melindroso y feo se aburriese y de que Sacha le hubiese molestado. Contemplaba a su amiga con ternura y satisfacción. Se complacía en verla hablar a todos tan sencillamente y mostrar la altivez de una gran dama.

El campesino se había instalado a los pies de Sacha. Las manos puestas en las rodillas, la escuchaba religiosamente.

—Tú subes la voz cuando yo la baje… ¿comprendes?

—¡Comprendo… sólo que, señora, deberíais ofrecerme una copa para darme valor!

—¡Tomás, dale de beber!

Cuando el campesino se hubo bebido un vaso de vino, hubo tosido y se hubo secado los labios, dijo:

—Ande, que ya estoy dispuesto…

Entonces Sacha ordenó frunciendo el ceño:

—Empieza…

El campesino torció la boca, elevó los ojos hacia ella y entonó con voz de tenor:


¡Ay de mí! Ya no puedo beber,
ya no puedo ni amar.
 

Sacudida por un temblor de la cabeza a los pies, la mujer sollozó y continuó con acento de tristeza aguda:

¡Qué negro es mi destino!

El campesino movió dulcemente la cabeza de derecha a izquierda; con los ojos medio cerrados, una sonrisa extática en los labios, lanzó toda una gama de notas altas.

¡Ay de mí! Llegó la hora de morir

Y la mujer lloró y gimió. Se retorció y respondió en un sollozo:


Maldigo mi suerte,
maldigo mi sino.
 

Y el campesino, en un tono más bajo, con un balanceo rítmico de todo el cuerpo, una fuerza de expresión extraordinaria, sorprendente de angustia, terminó:


¡Vale más la muerte
que tanto sufrir!
 

Cuando las dos voces, confundiendo sus lloros y sus gemidos, se elevaron en la paz y la frescura de la noche, todo pareció más bello y más dulce. Parecía que la naturaleza entera se hubiese impregnado de lástima y sonriese al dolor de aquel hombre que una fuerza fatal arrancaba del nido familiar para hacerle pasto de humillaciones y duras esclavitudes. No era ni la armonía del canto ni las palabras que vibraban en el aire, sino verdaderos sollozos, y aquellas lágrimas de un corazón humano, exasperado por el sufrimiento, caían sobre la tierra como un rocío misterioso y bienhechor.

Una angustia infinita, todos los dolores que puede ser capaz de soportar un ser humano en la lucha con las fuerzas implacables de la naturaleza, anonadado bajo el peso férreo de la necesidad, todo se encontraba en las palabras sencillas de la canción, en las notas infinitamente tristes que volaban al cielo, lejano e inmutable, sordo a toda emoción y que ningún reo llegará nunca a despertar.

Tomás se había alejado algo de los cantadores y los consideraba con un sentimiento vecino al terror. Su canción penetraba en su pecho como una lengua de fuego, y la desesperación sin límites de que estaba poseído le oprimía el corazón hasta el extremo de producirle un dolor físico. Los ojos se le llenaban de lágrimas, su garganta se contraía y una agitación nerviosa ponía en tensión los músculos de su rostro. Miraba los ojos negros de Sacha, inmóviles, animados de un brillo sombrío, y aquellos ojos desmesurados parecíanle agrandarse a cada momento. Le parecía también que no eran dos personas las que cantaban, sino que la naturaleza entera cantaba y sollozaba, vibraba y se retorcía en los espasmos del dolor, lanzándose a ciegas hacia un fin desconocido, esparciendo lágrimas ardientes y que todo cuanto hay de vivo se había unido en un estrecho abrazo común de desesperación. Y él también cantaba en este coro lamentable, cantaba con la humanidad entera, con el agua del río, con los bosques lejanos, de donde llegaban suspiros lejanos mezclando su vago murmullo al eco de la canción.

Pero he aquí que el campesino se arrodilla delante de Sacha. La mira y levanta los brazos. Ella está inclinada hacia él y su cabeza se balancea con movimiento cadencioso. Los dos cantan ahora sin hablar, y Tomás no puede creer que de aquellos pechos salgan los sonidos potentes, hechos de gemidos, que llenan el éter…

Cuando hubieron concluido de cantar, los contempló, temblando de emoción, el rostro bañado en lágrimas, una sonrisa errante en los labios.

—¿Te ha emocionado eso? —le preguntó Sacha.

Desfallecida, vacilante, estaba blanca y respiraba difícilmente. Tomás miró al campesino. Se secaba la frente y paseaba a su alrededor miradas inconscientes, como si no hubiese podido comprender lo que acababa de sucederle.

Alrededor de ellos todo era calma.

—¡Ay! ¡Dios mío! —suspiró Tomás levantándose bruscamente—. ¡Sacha! Campesino, ¿quién eres?

—Soy Esteban —respondió el campesino, con una sonrisa forzada, levantándose al mismo tiempo—; ya lo creo, soy Esteban.

—¡Qué bien cantas! —exclamó Tomás con admiración.

—¡Ah! ¡Excelencia! —suspiró el campesino.

Y añadió con tono convencido y muy quedo:

—La desgracia daría al buey una voz de ruiseñor… Pero ¿en qué consiste que esta señora canta así…? ¡Sólo Dios lo sabe…! Canta con toda su alma… es para morirse de tristeza. ¡Ah! ¡Qué señora!

—¡Canta muy bien! —resonó la voz aguardentosa de Uchtitchef.

—¡No, que os lleve el diablo, esto es horrible! —exclamó Ivantzef, con voz ahogada por las lágrimas y levantándose bruscamente de la mesa—. He venido aquí para divertirme, quiero distraerme y me cantan canciones de cementerio. ¡Es inconcebible! No quiero más. Me voy.

—¡Juan! Yo también me voy… Me aburro —declaró el señor de las patillas.

—¡Vassa! —gritó Ivantzef llamando a su amiga—. Prepárate.

—Ya es hora de llegar —dijo flemáticamente la mujer roja de Uchtitchef—. Hace fresco y la noche viene…

—Esteban, recógelo todo —ordenó Vassa.

Tomás se agitaba, se pusieron a conversar. Tomás les miraba perplejo y temblando aún. Las gentes iban y venían sobre las balsas, vacilantes, pálidas, cansadas; cambiaban frases sin ilación, desnudas de sentido. Sacha los empujaba sin ceremonia, al ir recogiendo sus abrigos.

—¡Esteban! Haz avanzar los coches…

—Yo… tomaría aún un poco de coñac… ¿Quién quiere tomar coñac conmigo? —decía el señor de las patillas, con voz aguardentosa, teniendo una botella entre las manos.

Vassa envolvía el cuello de Ivantzef con una bufanda. Estaba de pie delante de ella, con semblante descontento, crispado y sus piernas temblaban. Su vista inspiró repugnancia a Tomás, que se alejó y pasó a otra balsa. Estaba estupefacto viendo que la canción no había producido efecto en aquellas gentes… Vibraba en su alma y despertaba un deseo inquieto de moverse y de hablar. Pero no encontraba a quien dirigirse.

El sol se había puesto y una bruma azul ocultaba el horizonte. Tomás no tenía el más mínimo deseo de entrar en la ciudad con aquellas gentes y menos de quedar en su compañía. Continuaban todos moviéndose en la balsa, arrastrando sus pasos indecisos y murmurando palabras incoherentes.

Las mujeres estaban menos borrachas que los hombres; sólo la roja no podía conseguir ponerse derecha; por fin se levantó y dijo:

—¡Dios mío! ¡Qué borracha estoy!

Tomás se sentó en un madero, recogió el hacha que había servido al campesino para cortar leña y se puso a jugar distraídamente con ella.

—¡Dios mío! ¡Qué insípido es todo esto! —resonó la voz agria de Ivantzef—. ¡Imbécil! —continuó al tiempo que, con la mano levantada, perseguía al campesino.

Tomás de un salto llegó a él y con la voz impregnada de amenazas:

—¡Eh, tú! ¡No le toques! —exclamó.

—¿Cómo? —gruñó Ivantzef volviéndose a él.

—¡Esteban, ven aquí! —dijo Tomás.

—¡Campesino! —dijo Ivantzef mirando de arriba abajo con desprecio, a Tomás.

Éste dio un paso hacia Ivantzef. De repente una idea atravesó por su imaginación. Sonrió maliciosamente y preguntó, muy quedo, a Esteban:

—¿La balsa estaba amarrada por tres sitios?

—Por tres, seguramente.

—Corta las amarras…

—¿Y la gente…?

—¡Calla! Corta…

—¡Pero…!

—Corta, te digo… y despacio, que no se aperciban.

El campesino armado del hacha se aproximó sin hacer ruido a donde las dos balsas estaban sujetas una a otra, dio varios hachazos y se volvió hacia Tomás.

—Vuestra Gracia sabe que no soy responsable.

—No temas nada…

—¡Ya se precipitan! —murmuró el campesino con terror, y se persignó a toda prisa.

Tomás miraba, reía muy bajo y experimentaba una sensación aguda, mezcla de terror y de voluptuosidad.

Los de la balsa continuaban moviéndose con lentitud. Se atropellaban los unos a los otros; los hombres ayudaban a las mujeres a ponerse sus abrigos; todos charlaban y reían, en tanto que la balsa se deslizaba en el agua.

—Si se inclinan hacia la fila de las barcazas —pensaba el campesino—, tropezarán en las cadenas y se destrozarán.

—Cállate…

—Se ahogarán seguramente.

—Tomarás una barca para pescarlos.

—¡A buena hora! ¡Me gusta…! Además, eso no está bien. Después de todo son hombres. Hay también que responder de ellos…

El campesino se dirigió apresuradamente hacia la orilla saltando de una en otra balsa.

Tomás seguía inmóvil y tenía deseos de gritar, de decir algo a sus compañeros, pero otro deseo le retenía, el de verles alejarse ante todo. Temía que pudiesen saltar sobre las balsas amarradas. Al ver el ligero esquife balancearse lentamente sobre el agua y alejarse de él a cada momento, experimentaba un sentimiento delicioso.

Aquellas gentes llevaban consigo el peso que le oprimiera a todas horas. Aspiraba con delicia el aire fresco de la noche y su cabeza se despejaba de los vapores que la aturdían. En el borde de la balsa que se deslizaba, vuelta de espaldas, iba Sacha; miraba su graciosa cintura y pensaba involuntariamente en la Medinskaia. La otra era más menuda. Este recuerdo le entró como una flecha en el corazón y gritó con voz fuerte y burlona:

—¡Eh! ¡Vosotros! ¡Adiós! ¡Ja, ja, ja!

Las siluetas oscuras se arremolinaron de repente y se volvieron con un movimiento uniforme.

Pero ya entre ellas y Tomás un espacio de más de dos metros de agua brillaba con reflejo metálico. Varios segundos transcurrieron en un silencio de muerte.

Después, repentinamente, fue como una tempestad de sonidos, donde las voces se desgañitaban, llenas de un terror animal, de quejas horrorosas. Más fina y más temblorosa que las demás la voz de Ivantzef se destacaba en este concierto desgarrando los oídos de Tomás.

—¡Socorro…!

Alguno, tal vez el señor de las patillas, gritaba con voz de bajo:

—¡Que nos ahogamos…! Auxilio… Aquí…

Los pasajeros de la balsa corrían en aquel momento de un lado a otro, enloquecidos de terror. Los movimientos que imprimían a la balsa aumentaba la velocidad; el agua rodeándola por todas partes chocaba contra las tablas. Los gritos desgarraban el aire; todos se arremolinaban, agitando sus brazos mientras Sacha permanecía inmóvil y en silencio.

—¡Saludad en mi nombre a los cangrejos! —les gritaba Tomás.

Se sentía cada vez más alegre y su corazón estaba más ligero a medida que la balsa se alejaba.

—¡Tomás Ignatitch! —gritó Uchtitchef, con voz segura, pues su borrachera había desaparecido—, tened cuidado; hay peligro.

—¡Eres un asesino! —gritó Ivantzef en un sollozo.

Pero en este momento un remolino de agua chocó con ruido sonoro, semejante a un grito de sorpresa y de espanto. Tomás tembló y se detuvo petrificado. Las mujeres exhalaron gritos salvajes y los hombres, enloquecidos, exclamaciones llenas de terror. Todas las siluetas de la balsa se inmovilizaron. Tomás, también con la mirada fija en el agua, se sentía incapaz de hacer un movimiento. En una embestida de pequeñas ondas avanzaba a nado un bulto negro…

Instintivamente, más que por un movimiento meditado, Tomás se echó a la larga sobre el suelo de la balsa y extendió los dos brazos, avanzando la cabeza por encima del agua. Algunos segundos pasaron que le parecieron horriblemente largos. Dos brazos helados y mojados se enlazaron alrededor de su cuello y entrevió el brillo de dos ojos negros… Entonces comprendió que era Sacha…

Al terror ciego que le había invadido, sucedió una alegría desbordante. Cogió a Sacha por la cintura, la arrancó así de la muerte y estrechándola contra sí, se puso a mirarla en los ojos, entontecido, sin encontrar una frase. Ella le sonreía con amor… Al cabo de un instante, experimentó una sacudida y dijo:

—¡Tengo frío…!

Al oír su voz, Tomás la levantó con facilidad y la tendió en la balsa. Ella estaba completamente calada y fría como un pescado, pero su aliento era cálido; quemaba la mejilla de Tomás y le embargaba el corazón de una alegría enloquecedora.

—Me has salvado —decía ella estrechándose contra él.

—¿Y los demás? ¿Siguen aullando? ¡Ja, ja, ja!

—¡Que el diablo se los Heve…! Si se ahogan, que se ahoguen —replicó Sacha, como si aquellas palabras hubiesen debido consolarle y darle bríos.

Se estremeció, y este estremecimiento de todo su cuerpo, transmitiéndose a Tomás, le hizo incorporarse.

El río les enviaba el eco de los gritos, de las quejas, de las plegarias. Allá abajo, en la oscuridad, el agua indiferente llevaba hacia el centro de la corriente y alejaba de la orilla un islote sobre el cual formas humanas se agitaban desesperadamente.

La noche las envolvía…

IX

Un domingo, por la tarde, Maiakín estaba en su jardín y tomaba el té conversando con su hija. Sentado a la sombra de un cerezo, desabrochado el cuello de la camisa y con una toalla liada alrededor del cuello, gesticulaba y charlaba sin cesar.

—¡El que se hace esclavo de su vientre es un imbécil y un miserable! ¿Es acaso que la vida no nos ofrece otra cosa mejor que comer y beber? ¿Y de qué puedes vanagloriarte si no de que eres algo más que un cerdo?

El viejo tenía los ojos brillantes de cólera y de emoción, sus labios se plegaban desdeñosamente y las arrugas de su rostro atezado se hacían más numerosas.

—Si Tomás fuese mi hijo, desde chiquito le hubiera corregido.

Liubova escuchaba en silencio/.jugando con una rama de acacia y la mirada fija con respeto en el rostro de su padre. A medida que avanzaba ςη edad, cambiaba insensiblemente sus maneras retraídas y desconfiadas con respecto al viejo. Encontraba en las palabras de su padre las ideas contenidas en sus libros, y esto la seducía, haciéndola preferir su conversación llena de imágenes a las frías doctrinas impresas.

Siempre negociando, siempre despierto e inteligente, seguía solo su ruta. Ella comprendía su soledad, sabía por experiencia cuán penosa era ésta y sus modales se suavizaban en consecuencia. A veces discutía con él recibiendo contestaciones acerbas e irónicas, pero, a pesar de ello, cada vez con un poco mayor abandono.

—¡Si el difunto Ignat hubiese leído este relato del periódico, donde vienen las locuras de su hijo, le habría dado una paliza a Tomás! —decía Maiakín dando un puñetazo formidable sobre la mesa—. ¡Qué vergüenza!

—No ha robado —dijo Liubova.

—¡Yo no digo que esto sea incierto! Le han reventado de mano maestra… Quisiera saber quién ha escrito este relato.

—¿Y qué puede importarnos eso? —preguntó la joven.

—¡Oh, por curiosidad…! Este animal se ha burlado lindamente de la conducta de Tomás… Se adivina fácilmente que era uno de la fiesta y que ha asistido a todas sus locuras…

—¡Pse! ¡No querrá comprometerse con Tomás! —declaró la joven.

Y en aquel momento enrojeció bajo la mirada escrutadora de su padre.

—¡Ja, ja! Tienes lindas relaciones Liubova —exclamó Maiakín con tono de mordaz ironía—. ¿Vamos a ver, quién lo ha escrito?

—¿Para qué quiere saberlo, papá?

—¡Dilo!

Hubiera preferido callarse, pero como su padre insistiese y su voz tomase un acento duro e iracundo ella preguntó inquieta:

—¿No le hará nada?

—¿Yo?… ¡Yo le… señalaría la cabeza! ¡Tonta! ¿Qué puedo hacerle? Estos escritores no son tontos tampoco y además tienen una fuerza… ¡una fuerza de los diablos! No soy el gobernador y tampoco el gobernador puede hacer cortar la mano ni arrancar la lengua… Son como los ratones, nos roen suavemente y para envenenarles es necesario servirse de rublos en vez de azufre. ¡Ea… vamos! ¿Quién es?

—¿Se acuerda de cuando yo iba a la escuela de un muchacho llamado Ejof que venía aquí… un chico moreno…?

—¡Hum…! ¡Ciertamente que le he visto! ¡Ya sé! ¿Es él?

—Él es.

—¡Maldito! Ya se veía que nada bueno saldría de semejante pillete… Debería haberme ocupado de él; hoy sería quizás un hombre…

—El que escribe en los periódicos ¿no es un hombre?

El viejo permaneció mucho rato sin responder, dando en la mesa con los nudillos, absorto y examinando su rostro que se reflejaba en la tetera de cobre brillante. Después levantó la cabeza, guiñó un ojo y replicó con énfasis:

—¡No son hombres, son pelmas! ¡La sangre de los hombres rusos se ha corrompido! Se ha corrompido y se ha echado a perder y esta mala sangre produce todas esas gentes de letras, periodistas, fariseos feroces… Son postemas que han surgido en todas partes… ¿De dónde proviene la corrupción de su sangre? De una circulación demasiado lenta… ¿Los mosquitos, por ejemplo, de dónde salen? De los lodazales… El agua estancada engendra toda clase de podredumbres y una vida mal organizada, igualmente…

—¡No se trata de eso, papá! —dijo Liubova dulcemente.

—¿Pues de qué, entonces?

—Los escritores son la gente más desinteresada, son personas decentes. ¡No quieren nada más que la justicia, que la verdad! No son mosquitos…

Liubova se afanaba, haciendo el elogio: sus mejillas estaban sonrosadas y sus ojos tan elocuentes, mirando a sil padre, que parecía querer imponerle así su convicción, sintiendo la impotencia de sus palabras.

—¡Ah, tú! —suspiró el viejo interrumpiéndola—, tú has leído demasiado, ¡te has envenenado! Dime más exactamente lo que son esas gentes. Nadie lo sabe. Ejof, por ejemplo, ¿quién es…? No buscan más que la verdad, dices… ¡qué modestia…! pero si la verdad es lo que hay más preciado en el mundo. Quizás por eso cada cual la busca en silencio. Créeme, el hombre no puede ser desinteresado… no dejará que lo aspen por el bien del prójimo, y si lo hace, es un imbécil… y nadie se aprovechará de ello. El hombre debe defender su fortuna, la fortuna suya… ¡La verdad! He aquí cuarenta años que leo el mismo periódico y veo muy bien… Mira, tu rostro reflejándose en la tetera, está completamente desfigurado. Y a pesar de todo, eres tú. Así son los periódicos. Presentan siempre el rostro de la tetera y no la verdad… Tú lo crees… Mientras que yo sé que mi rostro aparece deformado en la tetera. No se puede decir la verdadera verdad a nadie: el hombre tiene el entendimiento demasiado frágil para ello… y además, ¡aún no ha sido revelada a nadie esa verdad…!

—¡Padre mío! —exclamó Liubova—. Los libros y los periódicos defienden, sin embargo, intereses generales, los de todos los hombres.

—¿En qué periódico has leído tú que la vida te pesa y que es hora de casarte? Entonces no defienden tus intereses. ¡Ah! Tampoco los míos y además… ¿quién sabe lo que yo deseo? ¿Quién puede conocer mis negocios, excepto yo para defendérmelos?

Las palabras de su padre caían sobre Liubova como las mallas de una red; la envolvían, la estrechaban, y la joven no podía deshacerse de ellas, y escuchaba en silencio el discurso del viejo. Le contemplaba con una tensión en todo su ser, esperando encontrar en su pensamiento el apoyo que buscaba y recordaba ciertas analogías con lo que había leído en los libros.

Sólo la risa triunfal y mala de su padre le oprimía el corazón y aquellas arrugas movibles que surcaban su rostro, semejantes a culebras, le inspiraban una inquietud vaga. Sentía que apartaba los ojos de la inteligencia de algo que en sus meditaciones le apareciera sencillo y luminoso.

—¡Papá! —preguntó ella repentinamente cediendo a un brusco deseo—. ¡Papá! ¿Qué es… según vos, Taras?

Maiakín tembló. Sus cejas se unieron, amenazantes, fijó sus ojos irritados en su hija y replicó secamente:

—¿Qué significa esta pregunta?

—¿Me está prohibido hablar de él? —preguntó Liubova confusa.

—No quiero hablar de eso…

El viejo tuvo un gesto de amenaza, frunció de nuevo el entrecejo y bajó la cabeza.

Pero, diciendo que no quería hablar de su hijo, hizo traición a sus palabras, pues, al cabo de un instante de silencio, continuó con cólera:

—¡Taras es una postema también…! La vida esparce por todas partes su aliento, pero vosotros, inexpertos, no sabéis distinguir los verdaderos perfumes y aspiráis indistintamente toda clase de miasmas: por eso vuestras cabezas están tan turbadas… Por eso, es por lo que no sois capaces de nada bueno y sufrís esa impotencia… ¡Taras…! ¡Sí…! ¡Puede tener ahora cuarenta años! Un presidiario, ¿mi hijo? Gran bestia que no has querido seguir los consejos de tu padre… Ha caído…

—¿Qué ha hecho? —preguntó Liubova, que estaba suspensa de los labios de su padre.

—¿Acaso se sabe? Apuesto que a estas horas él mismo no lo sabe ya… si es inteligente… y debe serlo… no es hijo de un imbécil… y ha visto bastante… ¡Se mima mucho a los nihilistas! Que me los entregasen… ¡Pronto los pondría a buen recaudo! ¡La soledad! ¡Media vuelta y adelante hacia los países desiertos! Haced luz, señores intelectuales, sepamos cómo vais a organizar la vida a vuestra idea. ¡Vamos…! Y los habría puesto bajo la dependencia de robustos campesinos… ¡Bueno! señores, se os ha dado de comer y de beber, se os ha instruido, hacednos ahora conocer una muestra de vuestra sabiduría. Pagad vuestra deuda. ¡Sí! yo no habría desembolsado un céntimo por esas gentes, pero les habría hecho sudar sangre y agua… ¡pagad! Un hombre no es de desdeñar, si se le niete en prisión es demasiado poco… ¿Has violado la ley y te crees el dueño? ¡Ah! ¡No! Trabaja ahora. Un solo grano produce una espiga; es inadmisible que un hombre sea perdido para el universo. El albañil diestro sabe utilizar la menor tabla: del mismo modo cada hombre debe ser empleado para el interés general, utilizado hasta la última gota de su sangre. En la vida cada grano de arena tiene su sitio y el hombre no es una cantidad insignificante… Cuando la fuerza no está secundada por la inteligencia es un triste espectáculo; pero la inteligencia sin la fuerza no vale tampoco. Mira… ¿quién es aquél que viene por ahí? Ve a ver…

Liubova volvióse y percibió, avanzando hacia ella, con el sombrero en la mano, por una de las avenidas del jardín, a Efim, el capitán del «Ermak». Su continente era el de un hombre que se siente culpable y no espera ningún perdón. Parecía completamente alterado. Jacob Tarasovitch lo reconoció en seguida y exclamó inquieto:

—¿De dónde vienes? ¿Qué sucede?

—¡Vengo en vuestra busca! —dijo Efim con un profundo salado.

Y se detuvo cerca de la mesa.

—Pero ¿de qué se trata? ¿Dónde está el barco?

—¡El barco está allá abajo! —exclamó Efim extendiendo el brazo en sentido izquierdo.

—Pero ¿dónde? ¡Qué diablo! Habla más claramente. ¿Qué ha sucedido? —gritó el viejo fuera de sí.

—Voy a explicarme… una desgracia, Jacob…

—¿Se ha perdido?

—No. Dios nos ha salvado…

—¿Quemado entonces? ¡Vamos, habla pues!

Efim respiró con fuerza y dijo con lentitud:

—Se ha ido a pique la barcaza «núm. 9», está perdida… Un hombre tiene las caderas destrozadas… Otro falta a la lista, puede ocurrir que se haya ahogado… Cinco más están malheridos, pero, en fin, no mortalmente, aunque entre ellos alguno quedará completamente inútil…

—¡Bien! —exclamó Maiakín con los ojos locos de cólera y midiendo al capitán de la cabeza a los pies—. Pues yo, Efim, te arrancaré el pellejo…

—No soy yo… —replicó vivamente Efim.

—¡No eres tú! —exclamó el viejo tembloroso—. ¿Y quién entonces?

—El patrón mismo…

—¿Tomás? ¿Y tú, qué es lo que hacías?

—Yo estaba acostado en el entrepuente.

—¡Ah! ¡Tú estabas acostado!

—Atado…

—¿Cómo? —chilló el viejo con voz penetrante.

—Déjeme contar todo por orden… El patrón estaba borracho y exclamó: «¡Vete! ¡Voy a conducir el barco yo mismo!» Yo respondí: «¡No puedo! ¡Soy el capitán!» «¡Atadle!» Entonces se me maniató y se me bajó al entrepuente. Y, como estaba borracho, ha querido divertirse… Íbamos a chocar con seis barcazas vacías que remolcaba el «Thernogaretz». Tomás se había puesto al través para interceptarles la ruta. Han silbado… más de una vez, ¡es necesario decir la verdad!

—¿Y entonces?

—Entonces nosotros no hemos podido resistir. Las dos primeras barcazas han venido hacia nosotros, y cuando han abordado nuestro «núm. 9», nos hemos hundido… Ellos han sufrido también, pero nuestras averías han sido más grandes.

Maiakín se levantó y dejó escapar su risa sarcástica y cascada. Efim suspiraba y decía:

—Tiene un carácter demasiado enérgico… Cuando Tomás no ha bebido, no habla y está meditabundo; pero cuando se le ocurre echar aceite a los resortes, se precipita sin que se le pueda detener. En estos momentos no es dueño de sí mismo ni se ocupa de nada, pero es su peor enemigo… ¡Dispénseme! ¡Y yo quiero irme, Jacob Tarasvitch! No estoy acostumbrado a tener amó, no puedo vivir así…

—¡Silencio! —exclamó Maiakín con voz ruda—. ¿Dónde está Tomás?

—Allá… en el mismo sitio… Ha vuelto en sí en el momento del accidente y se ha enviado a buscar gente. Se va a tratar de poner a flote la barcaza, y hasta creo que ya han empezado a trabajar.

—¿Está él solo? —preguntó Maiakín bajando la cabeza.

—No —respondió Efim en voz baja, arrojando sobre Liubova miradas vacilantes.

—¿Con quién?

—Hay una dama… muy morena…

—¡Bueno…!

—Una mujer que no parecía estar muy cuerda —continuó Efim con un suspiro—. Canta a todas horas… canta muy bien… un encanto…

—¡No te pregunto detalles de ella! —le gritó Maiakín con furor.

Las arrugas de su frente se plegaron dolorosamente, y Liubova creyó un instante que su padre iba a llorar.

—Calmaos, papá —suplicó ella tiernamente—. La cosa no es tan importante.

—¿Importante? —gritó Jacob Tarasovitch furioso—. ¿Qué sabes tú de eso? Se ha destrozado un barco. ¿Entiendes? ¡Es el hombre quien está perdido! ¡Ése es el asunto! Y ese hombre me es útil, ¿lo entendéis, brutos sin cerebro?

El viejo sacudió la cabeza con furor y se fue a grandes pasos.

* * *

Mientras que esta escena pasaba en casa de Maiakín, Tomás se encontraba bastante lejos de su padrino, en una cabaña de campesinos a orillas del Volga. Acababa de despertarse acostado en una cama de avena fresca sobre el suelo, y seguía con mirada perezosa a través de las ventanas, los jirones de nubes grises y pesadas. El viento las amontonaba y las echaba del cielo. Pasaban espesas y negras, cargadas de pesadez, semejante a un rebaño de animales, corriendo unas más que otras, reuniéndose en una sola masa compacta, después se separaban de nuevo y bajaban hasta la tierra, deslizándose mudas para volver a subir al cielo, volverse a unir y soldarse en una masa compacta.

Con la cabeza pesada por los vapores del vino, Tomás quedó inmóvil largas horas, absorto en la contemplación de esta agitación incesante y le pareció al fin que estas nubes se infiltraban hasta lo más profundo de su ser en una bocanada fétida y helada. Su movimiento incierto hacía nacer una impresión de impotencia y de temor, los sentía espontáneamente en el fondo de su corazón; tuvo la visión neta de su vida durante estos últimos meses.

Le parecía haber caído en un torrente de agua turbia. Sombras vagas parecidas a las nubes le cogían y le hacían rodar en el espacio… en medio del éter y de la oscuridad, surgiendo siluetas confusas de individuos; nunca los mismos; los de hoy no son los de ayer… pero todos son igualmente innobles y entristecedores. Borrachos riendo a carcajadas, y ávidos, le rodeaban como hojas que el huracán levanta, burlándose de él, injuriándole, pegándole, gritando o llorando al mismo tiempo. Él también les pegaba. Se acuerda de haber pegado un día a alguno en el rostro, de haberle arrancado su levita y de haberle arrojado al agua, y cree aún sentir en sus labios fríos, viscosos, repugnantes como de rana… besándole las manos y suplicándole que no le mate. Su memoria evoca rostros, sonidos de voces… Una mujer desharrapada, con chambra amarilla, canta con voz fuerte que resuena como un sollozo:


¡Vivamos así, el mayor tiempo posible
y que después se hunda el universo!
 

… Todas aquellas gentes van, como él, arrolladas por la misma ola, arrastradas como pajuelas, enloquecidos y embrutecidos… y sin osar mirar adelante para ver a dónde les lleva la ola furiosa. Ahogan su terror en el vino, siguen la corriente, se empujan, gritan, se insultan, se hastían de orgía, sin llegar a encontrar la calma ni el placer. Y él había sido su compañero, había obrado así por temor a él mismo, para pasar vertiginosamente esta etapa de su vida, o quizás también para no pensar en el porvenir…

En este medio en que el apetito de orgía, las pasiones brutales y el escándalo cegaba, en que se buscaba ardientemente el olvido en el desorden, Sacha sola, permanecía siempre en calma e igual. Jamás se emborrachaba, hablaba siempre con el mismo diapasón firme y autoritario, y se mantenía aparte de esa agitación, guardando la misma medida en sus gestos, como si hubiese sido la instigadora de esta locura tumultuosa y que la hubiese gobernado a su gusto. Tomás la encontraba más inteligente que todos, pero también la más ávida de ruido. Ella dirigía todo, hablaba a todos del mismo modo, así a los cocheros, a los criados, a los marineros como a sus amigas o a Tomás. Era más bella y más hermosa que Pelagia, pero sus caricias eran frías. Pensaba que en el fondo de su corazón, esta mujer ocultaba cuidadosamente un secreto odioso y que jamás se abandonaría por completo a ella misma. La potencia cautivante de sus encantos era aún mayor, y una curiosidad ardiente e inquieta se unía al misterio de su alma fría y sombría cual sus ojos.

Y Tomás recordó haberla dicho un día:

—¡Cuánto dinero hemos tirado ambos!

Ella le miró vivamente y replicó:

—¿Para qué guardarlo?

—Verdaderamente… ¿para qué guardarlo? —se dijo Tomás, estupefacto de una respuesta tan lógica.

Otro día había querido preguntarle algo sobre ella.

—¿Quién eres?

—¿Has olvidado mi nombre?

—¡Bromista!

—¿Entonces?

—Es tu origen lo que me interesa…

—¡Ahí Pues bien… soy del departamento de Iaroslaw, de Uglitch, burguesa… arpista. ¿Soy más, para ti, ahora que sabes todo esto?

—¿Qué es lo que sé? —preguntó con sorna Tomás.

—¿No te basta…? Pues no sabrás más… ¿Para qué…? Todos hemos nacido del mismo modo… hombres y animales. Aparte de esto qué puede decirse de sí mismo… ¿y con qué objeto? Estas explicaciones son inútiles. Pensemos más bien cómo nos vamos a divertir hoy.

Aquel día habían dado un paseo en barco con una orquesta de músicos, bebido champán, y se habían emborrachado abominablemente.

Sacha les cantó una melodía extraña de punzante tristeza que hizo llorar a Tomás como un niño. En seguida bailaron la danza rusa, después de la cual, cansado y empapado de sudor, Tomás se arrojó al agua todo vestido. Faltó poco para que se hubiera ahogado.

Este recuerdo avergonzaba a Tomás, y concibió rencor contra Sacha. Mirando sus formas graciosas y ligeras, modeladas por el vestido, pensaba que aquella mujer no era indispensable a su vida y que no la amaba.

En su cabeza, aturdida aún por la borrachera de la víspera, pasaban ideas sombrías y sin hilación.

Su vida transcurrida, parecíale haber tomado la forma de una especie de masa espesa y viscosa que rodaba en su pecho y de donde partían hilos finos y grises que se enmarañaban.

—¿Qué me sucede? —se preguntaba—. Llevo una vida desordenada, ¿y por qué? No sé vivir… No me comprendo… ¿Quién soy?

Esta cuestión le interesó a tal extremo que reflexionó largo tiempo ensayando saber la razón por la que no podía llevar una existencia tranquila y regular como todo el mundo. Este pensamiento le agitó y le atormentó más aún; se revolvió en su lecho y dio un codazo a Sacha.

—iQué dulzura! —exclamó ella entre sueños.

—¡Bueno…! No eres ninguna gran señora.

—¿Qué tienes?

—Nada…

Ella le volvió la espalda, bostezó voluptuosamente y se puso a hablar con lentitud.

—Soñaba que me había vuelto otra vez arpista. Cantaba… Un perro enorme negro salpicado de lodo, sentado delante de mí, mostró los dientes y esperó que concluyese, el perro me devoraría… cantaba… cantaba y de repente la voz me faltó… ¡Oh, horror! El perro hizo rechinar sus dientes… ¡Santo Dios!, algún presagio…

Tomás, sombrío, la interrumpió:

—No charles tanto, dime más bien lo que sepas de mí.

—Sé, y eso es todo, que te has despertado —respondió ella sin volverse.

—¿Despertado? Exactamente… Me he despertado —replicó Tomás pensativo.

Después levantó los brazos por encima de su cabeza y continuó:

—Por eso te pregunto tu opinión: ¿qué clase de hombre soy yo?

—Apenas desembriagado —respondió Sacha bostezando.

—¡Alejandra! —suplicó Tomás—. No bromees; di en conciencia lo que piensas de mí…

—¡No pienso nada! —dijo ella secamente—. Me aburres con tus tonterías…

—¿Esto son tonterías? —exclamó Tomás desolado—. Pues, mira, es lo principal… lo demás ¿qué me importa?

Y exhaló un profundo suspiro y se calló.

* * *

… Ráfagas de viento pasaban por el río, levantando enormes ondas de tinte amarillento e irritado; se lanzaba a la tempestad, arrastrando sus aguas tumultuosas cubiertas de una espuma rabiosa. Las plantas acuáticas se inclinaban hacia la tierra como si buscasen un abrigo contra los golpes repetidos del elemento desencadenado. Los silbidos, el mugido cavernoso de la tempestad y un rumor intenso parecido a un gran lamento exhalado por millares de voces, llenaban la atmósfera.

—¡Ah…! ¡Hiss…! ¡Ah…! ¡Hiss…!

Llamada, a la vez breve cual una descarga de metralla y pesada cual la respiración de un pecho gigantesco vacilante bajo el esfuerzo, se extendía sobre el río, bajaba sobre las olas a las que excitaba en su lucha contra el viento, precipitándose exasperadas hacia las orillas.

Barcos vacíos, anclados, al lado de la escarpada orilla, se balanceaban lentamente y los altos mástiles trazaban con sus puntas inquietas invisibles dibujos en el cielo.

El puente del barco y el del otro inmediato, estaban llenos de andamiajes, de gruesos maderos oscuros, de poleas de las que colgaban cuerdas y cadenas que rechinaban débilmente.

Una fila de campesinos con camisas rojas y azules arrastraban un largo cable y gemían cadenciosamente:

—¡Ah…! ¡Hiss…! ¡Ah…! ¡Hiss…!

Por todas partes se veían grupos de hombres rojos o azules, agarrados a gruesos cables. El viento inflaba sus blusas y sus calzones les daban formas imprevistas, haciéndoles ya jorobados, ya redondos e hinchados como pellejos.

En los andamios y en los puentes, unos obreros aserraban, clavaban. Una multitud de brazos desnudos hasta el codo se agitaban, torbellinos de virutas saltaban por encima de ellos. De aquella actividad subía un rumor agitado y brutal. Los dientes de las sierras profundizaban hasta el corazón de la madera con una especie de rabia gozosa; crujían y se quejaban heridos por el hacha; las tablas gemían bajo los golpes que la cercenaban; una garlopa, con feo silbido placentero, quitaba al madero ráfagas de fibra viva. Y el viento, expulsando las nubes delante de sí, con aullidos, llevaba consigo los rumores de herramientas, el rechinar de las poleas, confundidos con el festín de las ondas y las diseminaba a lo lejos.

—¡Michkaia! Échame el resto —gritaba una voz sonora desde lo alto del andamiaje.

Un enorme campesino, echando atrás la cabeza para ver mejor, respondía:

—¿Qué-é?

El viento jugaba con su larga barba roja y se la plantaba en pleno rostro.

—¡Échame el resto!

Otra voz potente gritaba por el altavoz:

—¡Pedazo de bruto! ¿Cómo has atado las tablas? ¿Estabas ciego?

Tomás, ligero y hermoso, vestido con una chaqueta negra y con botas del país, estaba al pie de un mástil y con la mano distraída acariciaba su barba, admirando la actividad alegre de los campesinos.

Aquel ruido, rodeándole, le producía ganas de gritar, de mezclarse con aquellos hombres, de cortar maderas, de cargarse como ellos. Habría deseado atraer su atención y desplegar ante ellos su actividad, su manejo, su vigor; pero permanecía inmóvil, en silencio.

Un doble sentimiento de respeto humano y de timidez le retenía. Se retraía por su posición. ¡Era el amo! Aquellos hombres podrían no creer que en realidad fuese dichoso trabajando como ellos, y no quería que pudiesen sospechar que trataba de estimularles con el ejemplo. ¿Quién sabe si así sólo se reirían de él?

Un rapaz de pelo rojo y ensortijado, con el cuello de la camisa desabrochado, pasaba repetidas veces delante de él, ya cargado con una tabla, ya con un hacha. Saltaba como un cabrito, con risa inconsciente y alegre, daba bromas, soltaba palabrotas y trabajaba con ardor, ayudando a unos y a otros, corriendo con rapidez y destreza sobre el puente, todo lleno de maderos y herramientas. Tomás seguía con atención persistente a este muchacho que esparcía a su alrededor tal profusión de vida tan sana y de tan reconfortante animación. Le daba envidia.

«Éste debe ser un chico dichoso», se decía Gordeief.

Y tras este pensamiento se deslizó en un instinto de celos odiosos, con el deseo de humillar a aquel muchacho y de hacerle sufrir.

Sin embargo, las cadenas continuaban zumbando, las poleas rechinando y los martillazos retumbando por encima de la superficie líquida. Los dos barcos se balanceaban sobre las olas y Tomás veía en su movimiento continuo, el símbolo, la imagen de aquella inestabilidad de espíritu que le impedía fijar su decisión y tomar una decisión definitiva. ¡Qué triste destino era el suyo!

El capataz, un campesino pequeño, de barba pequeña y puntiaguda, de ojos encendidos, faz terrosa y rugosa, se aproximó a él y pronunció con voz límpida:

—Todo está dispuesto, Tomás Ignatitch, todo está en orden… Se puede comenzar con la ayuda de Dios.

—Empieza —le respondió Tomás dulcemente.

Y apartó su mirada de la penetrante del campesino.

—¡Con la ayuda de Dios! —dijo el capataz, irguiéndose y abotonando su blusa.

Acto seguido, inspeccionó minuciosamente los andamios erigidos en los dos barcos que estaban paralelos, a unos diez metros uno de otro, y gritó de repente:

—A vuestros sitios, hijos míos.

Los campesinos se pusieron en fila por grupos a lo largo de las bordas. Las conversaciones cesaron. Algunos se encaramaron con destreza a la cima de los mástiles, esperando órdenes sin rechistar.

—¡Oído, hijos míos! —resonó la voz del capataz, tranquila y clara—. ¿Está todo bien arreglado…? Cuando una mujer da a luz… no es ya hora de coser una camisa… ¡Ea! ¡Roguemos a Dios!

Tiró su gorra al suelo, levantó los ojos al cielo y empezó a santiguarse con fervor. Acto seguido, todos los campesinos, levantando la cabeza hacia el cielo cubierto de nubes, hicieron la señal de la cruz con amplios ademanes. Algunos rezaban en alta voz y un murmullo confuso mezclóse al batir de las ondas.

—¡Señor, bendecidnos…! ¡Virgen santa…! ¡San Nicolás!

Tomás escuchaba aquellas invocaciones que como piedras caían en su pecho. Todos se habían descubierto, él sólo habla olvidado quitarse la gorra; y el capataz le dijo, una vez terminada su plegaria con tono incisivo:

—Deberíais vos también rogar como nosotros al Señor…

—Ocúpate de tus asuntos… Tú no tienes que enseñarme a mí nada —le replicó Tomás, con una mirada terrible.

Cuanto más avanzaban las maniobras, más avergonzado estaba de sentirse inútil entre aquellas gentes tan seguras de sus fuerzas, dispuestas a levantar por si millones de kilogramos del fondo del río. Deseaba que todo fracasase para gozarse en su confusión y un pensamiento criminal atravesó su cerebro.

«Las cadenas se romperán, quizás».

—¡Atención, hijos míos! —gritaba el capataz—. Empezad todos a un mismo tiempo… ¡Que Dios nos bendiga!

Y dando una palmada exhaló un grito estridente:

—¡Vamos!

Los obreros oyeron el grito y lo repitieron a coro, con vigor:

—¡Vamos! ¡Adelante!

Las poleas gemían y rechinaban; las cadenas, tirantes por los pesos que levantaban, tenían crujidos sonoros y los obreros apoyando su pecho en las barras, gruñían y pisoteaban pesadamente en el puente. Las ondas, celosas por guardar su presa, se agitaban furiosas entre los dos barcos.

Tomás veía a su alrededor las cadenas, las cuerdas y los cables atirantarse y vibrar bajo el esfuerzo de su tensión; las cadenas se arrollaban a sus pies, a lo largo del barco, semejantes a inmensas serpientes grises, después se elevaban, eslabón por eslabón, y volvían a caer en seguida como un desprendimiento de bronce; pero los gritos ensordecedores de los obreros apagaban los demás ruidos.

—¡Adelante! ¡Adelante! ¡Adelante…! —cantaban a coro, con tono solemne.

Y en este tumulto confuso de voces, la palabra estridente y afilada del capataz se hundía, como un cuchillo en el pan.

—¡Hijos míos, todos a una!

Entonces un deseo extraño se apoderó de Tomás: el de asociarse íntimamente a todo aquel concierto, a aquel ruido de caos, a aquellos aullidos formidables, amplios y potentes como el río, al enervante rechinar, al gemir, al batir furioso de las ondas. La violencia de este deseo le hacía sudar. Se destacó bruscamente del mástil, y en unos cuantos saltos llegóse al cabrestante, pálido de emoción.

—¡Todos a un tiempo! —aulló con voz salvaje.

Dio de bruces contra la barra, sin percibirse de la rudeza del golpe y se puso a trabajar con los demás gritando y arqueándose con vigor sobre sus plantas. Sentía que una ola cálida y benéfica penetraba en su pecho y reparaba las fuerzas que dispendiaba. Su alegría sin límites se expresaba en gritos salvajes. No veía a nadie. Él sólo, hacía dar vueltas al torno y sus grandes fuerzas aumentaban más y más. Encorvado, la cabeza baja, se parecía a un toro, embestía a aquella resistencia que cedía ante él, lentamente, a cada uno de sus pasos, al mismo tiempo que le empujaba hacia atrás. Cada pie de terreno ganado, le excitaba más y más, cada esfuerzo se reconstituía por una nueva oleadla de orgullo indomable y febril. La cabeza le daba vueltas, sus ojos estaban inyectados en sangre, no veía nada y sólo sentía que un obstáculo formidable le interceptaba el camino, que le vencía, pero que iba a salir victorioso y que entonces podría respirar libremente a plenos pulmones, en un delirio de altivez dichosa.

Era la primera vez de su vida que experimentaba un sentimiento tan violento y, con su alma hambrienta y ávida, se deleitaba y exhalaba su alegría gritando al unísono con los demás.

—¡Ah…! ¡Hiss…! ¡Ah…! ¡Hiss…!

—¡Parad…! ¡Apretad! ¡Parad, hijos míos…!

Tomás recibió un choque en el pecho y fue despedido con violencia.

—Os felicito, Tomás Ignatitch, os felicito —dijo el capataz, radiante de alegría—. ¡Loado sea Dios! Debéis estar fatigado.

La brisa glacial soplaba en pleno rostro. Un jadeo alegre y adulador se elevaba alrededor de Tomás. Los obreros le rodeaban, con sonrisas afectuosas sobre sus rostros sudorosos, empujándose alegremente. Él los contemplaba sonriente e indeciso: su agitación no se había aún disipado y le impedía comprender lo que les ponía tan contentos.

—Cerca de tres millones y medio de kilogramos, que se han sacado del agua con la misma facilidad que un rábano —decía una voz—. El patrón debería convidamos a beber.

De pie sobre el montón de cuerdas, Tomás miraba por encima de todos. Entre los dos barcos se percibía ahora un tercero, negro, enlodado, destrozado, liado profusamente de cadenas. Estaba como encorvado, como atacado de atroz enfermedad y allí, suspendido entre sus dos compañeros, se veía deforme e impotente, apoyándose sobre ellos. En medio del puente se erguía tristemente un mástil roto, cubierto de manchas mohosas y a lo largo corrían delgados hilillos de agua rojiza, parecida a sangre. El puente estaba lleno de una confusión de hierros, de troncos de madera, picada, negros y viscosos, de cuerdas…

—¿Lo han sacado? —preguntó Tomás, no sabiendo qué decir en presencia de aquella masa informe y pesada y sintiéndose de nuevo ofendido al pensar que era para sacar a flor de agua aquel monstruo, sucio y desbaratado, para lo que su corazón había latido en su pecho y que había experimentado aquella explosión de alegría—. ¿Cómo está? —se informó vagamente, volviéndose hacia el capataz.

—No está mal —repuso éste. Y añadió como si hubiese querido consolarle—: Es menester descargarlo en seguida y poner una veintena de carpinteros y pronto tendrá otro aspecto.

El muchacho rubio se había aproximado a Tomás y le decía con franca sonrisa:

—¿Nos convidaréis a vodka? ¿Eh?

—¡Eso no corre prisa! —le dijo severamente el capataz.

—Ya ves que estamos cansados…

Entonces de todos lados partieron exclamaciones:

—¡Cómo que no estamos fatigados!

—¡Cómo que no es una pavesa!

—¡Cuando no se tiene la costumbre, bien seguro que se cansa uno!

—Yo no estoy cansado —declaró Tomás sombrío.

Y las observaciones siguieron en aumento, mientras los campesinos se le aproximaban.

—¡Ciertamente! Cuando el trabajo agrada, no es penoso de ningún modo…

—Es un juego…

—Esto no cansa más que el acariciar a una mujer…

El muchacho rubio era él sólo el que mantenía su idea. Imploraba, sonriente y suspirando:

—¡Excelencia! ¡Convídanos a vino…!

Tomás miró todos aquellos rostros barbudos, apiñados a su alrededor y experimentó el deseo de decirles algo insultante. Pero sus ideas estaban de tal modo confusas que no encontró nada y concluyó por gritar con cólera, sin darse cuenta de sus palabras:

—¡No pensáis más que en beber! Lo demás no os importa nada.

La estupefacción se pintó en todos los rostros. Aquellos seres barbudos, azules y rojos, suspiraron, se rascaron, perdiendo el equilibrio de sus cuerpos, apoyándose en uno y otro pie. Algunos arrojaron a Tomás miradas desconcertadoras y le volvieron la espalda.

—¡Sí —suspiró el capataz—, eso sería muy bueno! Quiero decir que es bueno saber el por qué y cómo cada cosa se hace…

El muchacho rubio, testarudo, hizo un ademán significativo y dijo con sonrisa dulce:

—Nosotros no tenemos tiempo de reflexionar en el trabajo. Cuando se quiere, se le da fin. Nuestro asunto es bien sencillo: un rublo ganado, ¡Dios sea loado! Somos capaces de hacerlo todo…

—¿Y sabes tú lo que debes hacer? —preguntó Tomás, a quien estas contradicciones exasperaban.

—Sí, todo… esto, aquello… El resultado es siempre el mismo para nosotros… El pan y las imposiciones, cuando se ha ganado… se vive. Si resultan algunas monedas de más, se bebe.

—¡Pero! ¡Oye! —exclamó Tomás lleno de desprecio—. ¿Para qué hablas? ¿Qué entiendes tú?

—¿Está en nosotros comprender? —dijo el muchacho rubio moviendo la cabeza.

Aquellas razones de Tomás empezaban a agriarle; creía que era para no darles de beber y se irritaba.

—¡Tú ves! —dijo Tomás con tono doctoral, encantado de que el chico cediese y sin notar las miradas burlonas y taimadas de los campesinos—. El que comprende se da cuenta de que debe trabajar en una obra eterna, para una obra de la que pueda decirse mil años transcurridos: «Los campesinos de Bagodorodsk lo hicieron». Sí.

El muchacho rubio miró admirado a Tomás y preguntó:

—¿Y si para trabajar nos hiciese falta beber todo el Volga? —Y soltó una carcajada, movió la cabeza y añadió—: ¡No podríamos, estallaríamos!

Estas palabras confundieron a Tomás. Miró a su alrededor; los campesinos sonreían desdeñosamente y con sorna… Y aquellas sonrisas le picaron como agujas…

Un campesino grave, con una gran barba gris que hasta entonces no había abierto la boca, se decidió a hablar. Se aproximó a Tomás y dijo lentamente:

—Aunque nos bebiésemos el Volga hasta la última gota y nos comiésemos aquella montaña, se olvidaría luego. ¡Excelencia! Todo se olvida… La vida es larga… No nos es dado a nosotros hacer tales trabajos… ¡Los andamiajes, sí, ése es nuestro cometido!

Y escupió a sus pies, alejándose con indiferencia y perdiéndose entre la muchedumbre. Sus palabras desconcertaron a Tomás; se sentía ridículo a los ojos de los campesinos. Entonces para salvar su prestigio de patrón y atraer de nuevo su atención, se irguió e hinchando cómicamente sus mejillas, declaró con énfasis:

—¡Os pago tres cubas de vodka!

Los discursos más cortos son siempre los más apreciados y producen las mayores sensaciones. En el acto los campesinos desfilaron respetuosamente ante Tomás, saludándole con alegres y reconocidas sonrisas y dándole las gracias por su generosidad.

—Conducidme a tierra —dijo Tomás, dándose cuenta de que la excitación ficticia que le sostenía no dura ría mucho.

* * *

Un gusano le roía el corazón; se sentía muy triste.

—¡Me aburro! —dijo, entrando en la cabaña donde Sacha, ataviada con un vestido de color de rosa, elegante, se movía alrededor de la mesa, disponiendo los vinos y los entremeses.

—¡Me aburro, Alejandra! ¿No puedes tú hacer nada por mí, eh?

Ella le miró atentamente, después se sentó a su lado y repuso:

—Si te aburres, es porque deseas algo… ¿qué te hace falta?

—¡No lo sé! —respondió moviendo la cabeza melancólicamente.

—Pero medita, busca…

—No sé pensar… Mis pensamientos no me conducen a nada…

—¡Ah! ¡Niño! —exclamó Sacha quedo y con tono lleno de desprecio.

Se alejó y añadió:

—No te sirve para nada la cabeza.

Tomás no vio con el tono que fueron dichas aquellas palabras y no notó su movimiento de repulsión. Con los brazos apoyados en el sillón en que se hallaba sentado y el cuerpo inclinado hacia adelante, miraba al suelo y hablaba balanceando el busto:

—Pienso a veces, pienso… y los pensamientos se posan agrupados en mi alma, como moscas en liga… Después bruscamente, todo se desvanece, desaparece como por encanto y el alma queda vacía, negra y glacial como una cueva… ¡Nada subsiste! Eso hace temblar… como si no se fuese hombre, sino un abismo sin fondo… ¿Qué me falta?

Se calló, pensativo. Sacha se levantó del sillón y dio la vuelta a la cabaña mordiéndose los labios. Después se detuvo delante de él, levantó las manos por encima de su cabeza y dijo:

—¿Entiendes? Voy a dejarte…

—¿Para ir a dónde? —preguntó Tomás sin levantar la cabeza.

—No sé, me es igual…

—¿Y para qué?

—Dices tonterías… Me aburro contigo… Me llenas de melancolía…

Tomás levantó la cabeza y la contempló con una sonrisa afligida:

—¡Vamos! ¿Pero es posible?

—Sí. Si me pongo a pensar, comprendería el sentido de tus palabras y su razón… Y perecería… Pero aún es demasiado pronto… No, aún quiero vivir… y después venga lo que venga.

—¿Y yo? ¿Debo perecer también? —preguntó Tomás indiferente y como fatigado.

—¡Ya lo creo! —respondió Sacha con calma y seguridad—. Gentes como tú perecen. ¿Cuál puede ser la vida de aquél cuyo carácter no se doblega y que no tiene talento? Éste es precisamente nuestro caso.

—Yo no tengo carácter —dijo Tomás estirándose. Y añadió después de algunos segundos de silencio—. Ni talento.

Algunos minutos transcurrieron, durante los cuales miráronse mutuamente; ninguno habló.

—¿Bueno, qué vamos a hacer? —preguntó Tomás.

—Es menester comer.

—No, pero en general. ¡Después!

—¿Después? No sé…

—Así es que tú me dejas… ¿Estás decidida?

—Te dejo… pero divirtámonos primero por última vez. Vamos a Kazán y organicemos allí una orgía como no se haya visto igual. Enterraremos nuestros amores.

—¡Es verdad! —respondió Tomás—. Y asimismo es lo mejor para despedimos… ¡Qué diablo! ¡Existencia alegre! Di, Sacha, se dice de vosotras, las cortesanas, que sois ávidas de dinero y que sois unas ladronas…

—Deja decir —replicó Sacha sin conmoverse.

—¿No te disgusta eso? —interrogó Tomás con curiosidad—. A pesar de ello, tú no eres avariciosa… tú sacarías más provecho quedándote conmigo… soy rico y me dejas… luego, no te importa el dinero…

—¿A mí? —Sacha reflexionó y añadió con gesto indiferente—. ¡Quizás! Pero ¿qué te importa? Aún no he caído tan baja… como las que llaman a los transeúntes en la calle… ¿Quién puede ofenderme? Todo se puede decir… Lo que el mundo cuenta tiene menos importancia que el mugido de una vaca… La honradez, la virtud humana, las conozco bien… ¡y tanto! ¡Si yo fuese juez; no absolvería más que a los muertos!

Y Sacha soltó una carcajada; después dijo bruscamente:

—Basta de tonterías… ¡Vamos a la mesa!

* * *

Al día siguiente por la mañana, Tomás y Sacha, se encontraban sobre el puente del barco en el momento en que daba vista a Ustié. Todas las miradas se dirigían a Sacha, cubierta con un enorme sombrero negro, levantado de un lado y guarnecido de plumas blancas. Tomás estaba muy contrariado y sentía mil miradas curiosas. El barco silbaba y se movía, colocándose a lo largo del muelle lleno de una muchedumbre abigarrada, vestida de claras ropas de verano. Parecíale a Tomás, que entre todos estos rostros tan varios, percibía uno que le era familiar pero que se disimulaba entre los otros, sin dejar de perseguirle con la mirada.

—Bajemos a nuestro camarote —dijo a su compañera, muy inquieto.

—¡Es muy feo ocultar los pecados! —dijo burlonamente Sacha—. ¿Has visto a alguno de tus amigos?

—¡Hum…! Sí… Alguien que me acecha…

—¿Una nodriza con un biberón? ¡Ja, ja…!

—¡Ah! He ahí que has errado ahora —le dijo Tomás echándole una mirada feroz—. ¿Crees que tengo miedo?

—¡No! Conozco tu valor…

—Tú verás… No temo a nadie —dijo Tomás con cólera.

Pero, examinando atentamente a la muchedumbre del muelle, cambió de fisonomía y añadió dulcemente:

—Es mi padrino.

Contra el parapeto, entre dos enormes mujeres, Jacob Tarasovitch agitaba su gorra con una cortesía pérfida y elevaba por encima su rostro de cuadro antiguo. Su barbilla temblaba, su frente calva relucía al sol y sus ojillos, como dos barrenas traspasaban a Tomás.

—¡Qué buitre! —murmuraba Tomás, devolviendo a su padrino el saludo y agitando su gorra en el aire.

Este saludo puso a Maiakín en el colmo de la alegría, y su rostro radiaba con sonrisa diabólica.

—¡El niño será castigado! —decía Sacha buscando excitar a Tomás.

Estas palabras, unidas a la sonrisa de su padrino, encendieron en el pecho de Tomás un fuego ardiente.

—Pues a ver lo que sucede —gruñó entre dientes.

Y quedóse de repente en calma de mal agüero.

El barco se detuvo. Los pasajeros se reunieron en el muelle y Tomás había perdido de vista a Maiakín algunos momentos, cuando éste surgió de repente entre la muchedumbre, frente a él, con una sonrisa burlona y triunfante. Tomás, con las cejas arqueadas, la mirada fija, se dirigió hacia él, franqueando lentamente la pasarela. Empujado, apretado y estrujado, lo que le ponía furioso, concluyó por encontrarse frente a frente con su padrino, que le recibió con un saludo afectuoso y le preguntó:

—¿A dónde os dirigís, Tomás Ignatitch?

—Voy a mis asuntos —le respondió Tomás muy tranquilo y sin devolverle apenas el saludo.

—¡Mi enhorabuena, señor! —replicó Jacob Tarasovitch radiante—. ¿Y esa señora tan emplumada se puede saber quién es?

—Es mi querida —repuso Tomás muy alto y sin bajar los ojos, bajo la mirada de su padrino.

Detrás de él, por encima de su hombro, Sacha examinaba sin emocionarse al pequeño viejo, cuya cabeza no llegaba a la barba de su amante. El público, al que la frase pronunciada por Tomás había atraído, les miraba, esperando un escándalo. Con el genio belicoso de su ahijado, Maiakín temió una asonada. Agitó sus arrugas, movió, los labios y dijo conciliador:

—Tengo que hablarte… Ven conmigo al hotel…

—Iré si no está muy lejos.

—¿No tienes tiempo? Adivino… Tienes prisa para volver a echar a pique otro barco —exclamó el viejo que no podía contenerse.

—¿Por qué no? ¡Bello espectáculo! —replicó Tomás picado en lo vivo y conservando siempre su sangre fría.

—¡Ya lo creo! Como no eres tú quien ha ganado el dinero, puedes quemarlo. Vamos ven… ¿Y no se podría… tirar a la dama al río durante unos minutos…? —agregó con dulzura.

—Vete al hotel —dijo Sacha, yo tomaré un cuarto en la «Fonda de Siberia».

—Pronto iré contigo —dijo Tomás.

Después, volviéndose hacia Maiakín, añadió con tono decidido:

—Estoy a vuestras órdenes… Partamos…

Los dos marcharon en silencio hacia el hotel.

Tomás veía que para no quedarse atrás, su padrino se veía obligado a correr y alargó más aún el paso. Con esta falta de miramiento, trataba de entretener y estimular el espíritu belicoso que se agitaba en él:

—¡Camarero! —llamó con voz dulce Maiakín entrando en el restaurante del hotel y dirigiéndose al rincón más alejado—. Traiga una botella de kwas.

—Y coñac para mí —ordenó Tomás.

—¡Eso es! Cuando se tiene un mal juego, se empieza siempre por lo más comprometido —exclamó Maiakín con sorna.

—Vos no conocéis mi juego —replicó Tomás sentándose ante la mesa.

—¡Vamos! Hay tantos que juegan así…

—¿Cómo?

—Como tú… con audacia, pero sin inteligencia.

—¡Juego mi juego de tal modo que mi cabeza o el muro se partirá! —exclamó Tomás fogosamente, dando un puñetazo sobre la mesa.

—¿Aún sigues borracho? —preguntó Maiakín sonriente.

Tomás se arrellanó en su silla y con el rostro alterado por la cólera, dijo:

—¡Padrino! Sois un hombre inteligente y admiro profundamente vuestro talento…

—Mil gracias, hijo —dijo Maiakín inclinándose y levantándose de su sitio, las dos manos apoyadas sobre la mesa.

—De nada… quiero decir que ya no tengo veinte años… Ya no soy un niño…

—Te creo… ¡Tienes ya una edad respetable! Mira, si un mosquito hubiese vivido tanto tiempo como tú, apuesto que sería más grande que una gallina…

—¡Basta de bromas! —dijo Tomás cortándole la palabra y pronunció estas palabras con tal calma, que Maiakín tembló y sus arrugas se pronunciaron con inquietud—. ¿Para qué habéis venido aquí?

—Has hecho tantas locuras, que vengo a ver lo que hay de verdad. Somos algo parientes y tú no tienes a nadie más que a mí…

—Habéis hecho mal en molestaros… ¿Sabéis, padrino…? Dejadme en completa libertad o bien encargaos de todos mis asuntos… ¡Cogedlo todo! ¡Hasta el último céntimo!

Esta proposición vino de un modo completamente inesperado, aun para Tomás mismo: nunca se le había ocurrido tal idea. Pero cuando acababa de pronunciar tales frases, comprendió de repente que en ello consistía su salud y que si su padrino consentía en despojarle de toda su fortuna, sería hombre libre, podría ir a donde bien le pareciera y hacer lo que quisiera. Hasta entonces había permanecido atosigado, pero no conocía sus trabas y no podía atacarlas ¡y he aquí que iban a caer solas y sin ninguna dificultad! Una esperanza inquieta y alegre se despertó en su alma. Era como un rayo de luz que entraba en su vida tan brumosa y le hacía ver un camino amplio y espacioso… Su cerebro creaba imágenes vagas y siguiéndolas en las diferentes fases de su aparición hasta el momento en que desaparecían. Tomás balbuceaba frases apenas comprensibles.

—Eso es lo que sería mejor… ¡Tomadlo todo y que se concluya todo esto! ¡Yo podría ir a mi antojo! No puedo vivir así… como si me hubiesen puesto pesos en los miembros… o atado con cuerdas. «No hagas esto, no vayas por ahí…» Quiero vivir libremente… ser mi solo dueño… Buscaré mi senda… ¿Qué soy ahora? Un prisionero… Os lo suplico… Tomad, tomad… Que todo se vaya al diablo. Libradme de ello, os lo suplico. ¿Qué traficante soy yo? No valgo para eso… mientras que si vos me escuchaseis… yo dejaría el mundo, todo… Encontraría algo… trabajo… ¡os lo juro! ¡Padrino! ¡Devolvedme mi libertad! Vedlo, bebo, estoy liado con una mujer…

Maiakín le miraba con atención, seguía sus palabras, pero su rostro permanecía frío y no demostraba ninguna emoción.

Algunos pasaban al lado de ellos y el ruido sordo del restaurante se elevaba en la atmósfera. Varios saludaban a Maiakín, pero él no los veía, los ojos fijos en el rostro de su ahijado. Tomás, sobreexcitado tenía una expresión de dicha, vaga y afligida al mismo tiempo. Su padrino le interrumpió con un profundo suspiro de tristeza y le dijo:

—¡Pobre muchacho! Veo que estás dispuesto a extraviarte por completo… Me dices cosas insensatas… ¿Aún haría falta discernir si es efecto del coñac o de tu idiotez?

—¡Padrino! —exclamó Tomás—. ¡Es posible! Otros lo han hecho antes que yo… Renunciaban a sus bienes y recobraban su bienestar.

—No en mi tiempo… ¡Ni ninguno de mis allegados! —pronunció Maiakín severamente—. ¡No lo habrían sufrido! —Algunos fueron santos cuando abandonaron sus bienes terrestres—.

—¡Hum…! ¡Pobres santos! Y si no, verás, el asunto es claro. ¿Conoces tú el juego de damas? Llegas a avanzar a cierto extremo donde no puedes ser «comido», y si no te dejas «comer», eres rey. Todos los caminos están abiertos; ¿has comprendido? ¡Pero qué diablo, yo hablo seriamente!

—¡Padrino! ¿Por qué no consiente usted? —exclamó Tomás con energía.

—¡Mira! ¡Si eres deshollinador, gatea por los tejados! ¡Bombero, siempre en tu puesto! ¡Cada uno tiene su puesto aquí abajo y debe permanecer en él fielmente! ¡La ternera no muge como el oso! ¡Tú tienes tu camino trazado; síguele! No murmures. Da a tu vida un impulso cualquiera, pero siempre el mismo.

Y de los labios delgados del viejo se escapó aquel torrente tumultuoso de palabras vivas y persuasivas, dichas con aquella voz chillona que Tomás conocía tan bien. Pero, absorto en su sueño de libertad que le parecía de una realización tan fácil, no escuchaba nada.

Estaba enteramente absorto en su idea.

En su pecho se afirmaba el deseo de concluir con aquella existencia insípida y vaga, de romper con su padrino, de abandonar sus barcos, sus barcazas, renunciar a sus orgías, separarse, en fin, de todo lo que le esclavizaba y le ahogaba haciéndole la vida imposible.

Las palabras del viejo, que parecían venir de lejos, se confundían con el ruido de la vajilla, los paseos del camarero y el son de una voz aguardentosa.

Cuatro traficantes, sentados a una mesa cerca de la suya, discutían en alta voz.

—¡Dos mil y puedes dar gracias a Dios!

—¡Vamos, dale tres mil!

—¡Eso no es! Es menester darlos. El barco es bueno y marcha deprisa.

—Amigos míos, no puedo. Dos mil…

Maiakín trataba de hacerle comprender la razón.

—Se te han metido estas locuras en la cabeza; pero ésas son ligerezas de la juventud.

Y acentuaba estas palabras a puñetazos sobre la mesa.

—¿Tus bravuconadas? Tontería. ¿Todos esos discursos que me diriges hace una hora? Locuras… ¿No querrás meterte en un convento o hacerte albañil?

Tomás escuchaba en silencio. Le parecía que el rumor sordo que le rodeaba, se alejaba; se hacía la cuenta de no estar ya en medio de una muchedumbre considerable. Había visto a las gentes agitarse sin motivo, sin razón, los ojos foscos, gritar, insultarse, caer los unos sobre los otros, pisoteándose. Se sentía tan desgraciado, porque no los comprendía, porque no tenía fe en ellos y se daba cuenta que ellos tampoco se comprendían y que no eran sinceros los unos para con los otros. Pero si hubiese podido sustraerse a su contacto, recobrar su libertad y alejarse de ellos, contemplar su agitación, todo se habría puesto en claro. Se habría explicado sus necesidades y habría podido ocupar su lugar entre ellos.

—Vamos, ¿consiente usted en darme la libertad? —preguntó Tomás a boca de jarro.

Y bajo su mirada de fuego, Maiakín volvió la cabeza.

—¡Padrino mío! ¡Sólo por algún tiempo! ¡Dejadme respirar! —suplicaba Tomás—. Yo observaré, me daré cuenta de la razón de las cosas, y entonces… Pero si sigue usted sordo a mis súplicas, ya lo ve bien, llegaré a hacerme un completo borracho.

—¡No digas tonterías! —gruñó Maiakín.

—¡Está bien! —replicó Tomás con sangre fría—. ¡Entendido! ¿No consiente usted? ¡Entonces no obtendrá usted nada! ¡Disiparé todo! Y por el momento no tenemos nada más que hablar… ¡Adiós! Pero oirá usted hablar de mí. De todo lo que tengo, no quedará ni para el hueco de una muela.

Tomás estaba tranquilo y hablaba con tono decidido. Él creía que una vez su resolución tomada, su padrino no podría ya oponer obstáculo.

Pero Maiakín se revolvió en su silla y le respondió con el mismo tono sencillo y tranquilo.

—¿Sabes qué medios puedo emplear contra ti?

—Todos los que quiera usted —respondió Tomás con un gesto de indiferencia.

—Pues bien, iré a la ciudad y daré los pasos para que te reconozcan por loco y te metan en un manicomio.

—¡No podrá usted hacer eso! —dijo Tomás incrédulo, pero un poco sobresaltado.

—En nuestro país, amigo mío, todo es posible…

—¡Verdaderamente…!

Tomás bajó la cabeza, y echando a su padrino una mirada a hurtadillas, tembló y se dijo:

«Lo hará… y sin piedad».

—Puesto que van de veras las locuras que dices, me veo precisado a recurrir a medidas rigurosas… Me comprometí, ante tu padre, a meterte en cintura… y lo haré… Sé que tus palabras son el resultado de tu última borrachera… Pero, en fin, si no te ordenas, si no paras los pies y si la fortuna adquirida por tu padre es tirada a los cuatro vientos por un galopín como tú, yo sabré ponerte a la sombra… te encerraré… Conmigo no se juega impunemente…

Maiakín hablaba con voz melosa; sus ojos guardaban una expresión de frío sarcasmo.

Las arrugas que surcaban su rostro subían a la frente, y las de la frente se habían reunido en un dibujo fantástico que se prolongaba hacia la coronilla de su calva.

Aquel rostro era inexorable y sin lástima y el alma de Tomás se heló y se llenó de tristeza.

—¿Entonces no hay otra salida para mí? —preguntó ofuscado—. ¿Quiere usted encarcelarme?

—La salida es que no tienes más que seguir adelante. Yo te guiaré… no tengas temor… no vacilarás y llegarás a buen puerto…

Tanta fatuidad y aquella inquebrantable vanagloria pusieron a Tomás fuera de sí.

Con las manos metidas en los bolsillos, para no pegar al viejo, Tomás irguió la cabeza, y con voz sorda, dijo entre dientes:

—¿De qué se vanagloria usted ahora? ¿Qué es lo que tú has hecho de glorioso? ¿Tu hijo, dónde está? ¿Y tu hija, qué es? ¡Tú! ¡Reglamentar la vida! ¡Eres un hombre superior…! Sabes todo… Vamos, dime, ¿por qué vives? ¿Para qué amasas tanto dinero? ¿Te crees inmortal? ¡Pues bien! Sea, soy tu prisionero… Te has apiadado de mí… Me has vencido… pero espera… ¡quizás pueda escapar…! ¡La última palabra no está dicha! ¡Eh! ¡Tú! ¿Qué has hecho en la vida? ¿Qué quedará después de ti? Mi padre al menos ha hecho construir una casa; ¿y tú, qué has hecho tú?

Las arrugas del rostro de Maiakín temblaron y se contrajeron, bajándose hacia sus labios, lo que dio a su rostro una expresión dolorosa como si fuese a llorar. Abrió la boca, pero no dijo nada, mirando a su ahijado sobrecogido y casi con temor.

—¿Qué dirías tú para justificarte ante el Señor? —preguntaba aún Tomás, sin apartar de él sus miradas.

—¡Silencio, perro pillo! —gruñó el viejo con voz baja.

Y miró con inquietud a su alrededor.

Pero Tomás se levantó de su silla, se encasquetó la gorra, y mirando al viejo con rencor:

—¡Todo queda dicho… me voy!

—¡Vete…! ¡Pero te volveré a ver! ¡Yo diré la última palabra! —le respondió Maiakín con voz entrecortada.

—¡Voy a divertirme, me arruinaré!

—Está bien… ¡Se verá!

—¡Adiós, héroe…! —dijo con sarcasmo Tomás.

—¡Hasta pronto! No me desdigo… es mi divisa… y te quiero a pesar de todo… aunque seas una bala perdida.

Maiakín hablaba en voz baja y ahogada.

—No tienes necesidad de quererme. ¡Enséñame sólo! Pero he ahí… la ciencia verdadera no la conoces tampoco —le dijo Tomás volviéndole la espalda.

Y se alejó del salón.

Jacobo Tarasovitch Maiakín quedó solo.

Apoyado sobre la mesa, trazaba, con el dedo mojado en vino, dibujos en el platillo. Su cabeza puntiaguda bajaba más y más, como si no pudiese distinguir lo que su dedo nervioso iba trazando. Gruesas gotas de sudor se escapaban de su frente. El restaurante estaba lleno de un rumor sonoro que hacía temblar los cristales de las ventanas.

Del Volga subían las sirenas estridentes de los barcos, los golpes sordos de las ruedas batiendo el agua y la llamada de los hombres que descargaban las barcazas. Era la vida que seguía su curso, sin un segundo de vacilación ni de fatiga. Maiakín hizo una seña al camarero, llamándole, y le dijo con voz imponente:

—¡La cuenta!

X

Antes de su disputa con Maiakín, Tomás, cansado ya de la vida, entregábase a la licencia más vergonzosa. A partir de este día, se abandonó a su destino con bríos de desesperado, el corazón henchido de un sentimiento de venganza rencorosa contra los hombres y de un desprecio insolente del que él mismo estaba asombrado.

Algunos días después de su llegada a Kazán, Sacha era la querida del hijo de un fabricante de alcoholes, que era uno de los camaradas de Tomás. Antes de partir con su nuevo amante para alguna villa lejana de la ribera, Sacha dijo a Tomás:

—Adiós, querido. Nos encontraremos quizás algún día… Nuestros destinos son los mismos. Te doy un consejo: no dejes en libertad a tu corazón. Diviértete sin tasa; después del vino bebido… la copa rota… ¡adiós!

Y sus labios se posaron, en un largo y profundo beso, sobre los de Tomás, que se sentía dichoso con esta partida, pues ya le aburría y le asustaba con su indiferencia glacial aquella mujer. Pero en el momento de separarse se conmovió; se volvió hacia ella y respondió dulcemente:

—No os entenderéis quizás… tú puedes volver siempre que quieras.

—¡Gracias! —respondió ella con risa extraña que se asemejaba a un aleteo.

* * *

Y la vida de Tomás continuó su curso, produciendo cada día las mismas distracciones, con los mismos individuos, incapaces de inspirar ningún sentimiento elevado.

A menudo, por la noche, a solas con sus pensamientos, los ojos cerrados, veía una inmensa muchedumbre toda negra, tan numerosa que le asustaba, amontonada en el fondo de un abismo, que rodeaban rocas áridas y que oscurecía una nube de polvo. Aquella muchedumbre, mugiente, se agitaba, parecida al trigo echado en la campana receptora del molino. Una rueda invisible los pulverizaba. En las profundidades de aquella masa viva, los hombres desaparecían, engullidos y como arrebatados por la piedra; otros, al contrario, eran despedidos a la superficie. Esta multitud de individuos tenía también el aspecto de innumerables cangrejos echados en un gran canasto; se movían con trabajo, enganchados los unos con los otros, buscando una salida, librándose asaltos furiosos, sin poderse escapar de su prisión.

Entre ellos, Tomás distinguía rostros conocidos; he aquí a su padre que avanza, se abre paso derribándolos a todos. Se estira de pies y manos riendo a carcajadas: con su pecho potente aparta todos los obstáculos y desaparece, abismándose en un agujero que se abre bajo su peso; a su padrino, saltando, retorciéndose cual una anguila; se alza sobre los hombros de sus vecinos o se desliza entre ellos ligero y nervioso. Liubova se desgañita siguiendo a su padre; sus movimientos son bruscos; pero débiles, y la muchedumbre los une y los separa con sonrisa angélica, la tía Antheísa avanza a pasos lentos, cediendo el paso a los demás y estando siempre a la mira. Su imagen tiene el resplandor indeciso de la pálida claridad de un cirio en la noche. Pelagia pasa rápidamente sin detenerse… Después Sofía Pavlovna Medinskaia, de pie, rígida, los brazos colgando como aquel día en su salón, la última vez que se habían visto… Sus ojos están dilatados por el terror. Sacha también está allí. Sin prestar atención a los que la empujan, entra indiferente en el seno de la muchedumbre y canta a plena voz.

Un estruendo de aullidos, de risas, de voces aguardentosas, de disputas feroces a causa de dinero, resuenan en los oídos de Tomás: canciones y lágrimas pasan por encima de este hormiguero de cuerpos humanos amontonados en aquel abismo, que saltan, caen, se arrastran a gatas, se estrujan, botan, suben sobre los hombros, unos sobre otros, se empujan como ciegos, encuentran siempre seres invariablemente semejantes a ellos, luchan, caen y desaparecen en el vacío. El roce de billetes de Banco asemeja al vuelo silbador de los murciélagos; los hombres elevan al aire sus manos ávidas. De este amontonamiento de vicios y de ignominias sale el sonido del oro y de la plata, de tapones que saltan y de una voz femenina que canta:


¡Vivamos así el mayor tiempo posible
y después que se hunda el universo!
 

Esta pesadilla le hacía delirar. Palabras incoherentes, desprovistas de sentido, se escapaban de sus labios; se despertaba anegado en sudor y destrozado por esta lucha.

A veces pensaba que el abuso del vino le hacía perder la razón y que era la verdadera causa de todos aquellos horrores que le asediaban el espíritu. Hacía entonces un violento esfuerzo para desterrar estas escenas y estos sueños; pero apenas se veía solo, si no estaba muy bebido, otra vez se apoderaba de él la pesadilla y sucumbía bajo esta fatalidad que pesaba sobre él.

* * *

Después de su cuestión con Tomás, Jacobo Tarasovitch volvió a su casa sombrío y abatido. Sus ojillos tenían un brillo seco; permanecía rígido como una cuerda tirante. Las arrugas de su semblante estaban dolorosamente plegadas, su tinte parecía más mate que de costumbre y Liubova pensó, viéndole, que era presa de una grave enfermedad contra la cual luchaba.

En silencio, el viejo medía a grandes pasos la habitación, respondiendo a las preguntas de su hija con frases cortas y duras. Por último, impaciente, exclamó:

—¡Déjame en paz! Ya ves que tengo algo en que pensar, más que en contestarte…

Ella tuvo lástima de él, cuando vio sus ojillos verdes tan tristes y desolados. Resolvió hacerle hablar, se aproximó a él bruscamente en el momento en que se sentaba a la mesa, le posó las dos manos en los hombros, e inclinándose hacia su rostro, le preguntó cariñosamente, inquieta:

—¡Papá! ¿Sufre usted, verdad?

Sus caricias eran raras; con ellas siempre conseguía enternecer al viejo. No respondía, pero en su interior gozaba. Esta vez, como de costumbre, rechazó su abrazo y le dijo:

—Ponte en tu lugar… Bien se ve que eres hija de Eva, anda.

Liubova no se alejó; con los ojos obstinadamente fijos en los de su padre, le preguntó, con voz ligeramente alterada por el desvío:

—¿Por qué toma usted ese tono para hablarme como si fuese una chiquilla o una tonta?

—Porque aunque eres mayor, no eres muy inteligente… En eso consiste… Anda a comer.

Le dejó y se puso a la mesa, mordiéndose los labios.

Contra su costumbre, Maiakín comía con lentitud, daba caza a los postres con las púas de su tenedor y los examinaba con obstinación.

—¡Ah! ¡Si tu cerebro de aire pudiese comprender los pensamientos de tu padre! —exclamó de repente, con profundo suspiro.

Liubova dejó su cuchara, y con lágrimas en la voz, le preguntó:

—¿Por qué trata usted siempre de molestarme, papá? ¡No ve que estoy sola! ¡Siempre sola! Debe comprender lo penosa que me es la vida… Nunca tiene para mí una palabra de ternura… ¡Nunca me decís nada! Y sin embargo, usted está solo también… Y esta soledad le pesa… Lo ve… La vida es dura… pero… usted el culpable… Usted sólo…

—¡Bah! ¡La burra tomando voz humana! —dijo irónico el viejo—. ¡Veamos! ¿Qué tienes que decirme?

—Es usted demasiado orgulloso, padre, su talento le extravía.

—Y además…

—Está mal… y eso me entristece… ¿Por qué me rechazáis? No tengo a nadie más que a usted…

Lágrimas subieron a sus ojos. Su padre las vio y su rostro se contrajo.

—¡Ah! ¡Si no fueses mujer! —exclamó—. O bien, si tuvieses el talento de Marta la Regente… ¡Ah, Liubova! Me burlaría de todos… y de Tomás. ¡Ea, no llores!

Ella limpió sus ojos y dijo:

—¿Qué ha sucedido a Tomás?

—Se rebela, ¡ja, ja, ja! Me propuso entregarme su fortuna a cambio de darle su libertad… Quiere buscar su salvación… en las tabernas… Eso es lo que ha pensado nuestro Tomás.

—¿Y qué? —dijo Liubova, indecisa.

Ella quiso dar a entender que el deseo de Tomás era noble y elevado, por miedo de irritar a su padre y levantó hasta él una mirada interrogadora.

—¿Y qué? —continuó Maiakín agitado de un temblor nervioso—, es el efecto del vino, a menos que Dios nos libre, esto no sea hereditario. ¿Su madre le habrá dotado de ideas de su secta… de antiguos creyentes? Si es esta levadura de devoción la que le mueve, tendremos tabarra para tiempo. Libraremos más de una batalla. Se ha puesto contra mí, con todas sus fuerzas… su insolencia ha sido bien grande… Es joven… no sabe fingir… dijo: «¡Voy a arruinarme, en la bebida, disiparé todo hasta el último céntimo! ¡Haré locuras!»

Maiakín levantó los brazos por encima de la cabeza, los puños cerrados, con gesto de amenaza furiosa.

—¿Cómo te atreves? ¿Quién ha ganado tu fortuna? ¿Quién la ha levantado? ¿Eres tú acaso? Es tu padre… Cuarenta años de trabajo, representa ¿y tú quieres destruirlo todo? Es un deber de todos sostenernos cuando es necesario, trabajar juntos, marchar adelante, marchar en fila compacta para dar a cada uno el sitio que le corresponde. Nosotros, traficantes o comerciantes, hemos llevado durante siglos a Rusia sobre nuestros hombros y aun lo hacemos… Pedro el Grande era un zar de una inteligencia sobrehumana… nos estimaba en nuestro valor… Nos sostenía. Se imprimieron libros especiales para nuestra educación. Yo poseo un libro editado bajo sus órdenes de Polidor Virgile Urbinsky, sobre descubrimientos científicos… data del año 1720… sí… ¡Es menester comprender esto… lo ha comprendido… y nos ha cedido la parte del león! Hoy estamos avisados… y nos damos cuenta de la importancia de nuestra situación. ¡Que se nos haga sitio! Hemos puesto los cimientos de la vida, nuestros cuerpos han servido de ladrillos, en nosotros está continuar el edificio… debemos tener libres las manos. He ahí el fin que debemos perseguir… He ahí el problema… Tomás no comprende ni gota… Pero es menester que comprenda y que continúe… Su fortuna es la de su padre… ¡Cuando yo expire, la mía se unirá a ella! ¡Trabaja, perro! ¡Y él hace extravagancias! ¡Ah, pero paciencia! ¡Yo te despertaré el espíritu, yo!

El viejo perdía la respiración, la emoción le ahogaba y sus ojos lanzaban llamas hacia su hija, como si hubiese sido Tomás quien hubiese estado en su lugar. Esta excitación espantaba a Liubova, pero no osaba interrumpirle y miraba en silencio su rostro severo.

—El camino está trazado por los padres, tú debes seguirlo. ¿De qué habrían servido mis cincuenta años de trabajo, si no es para que mis hijos continúen mi obra? ¡Mis hijos! ¿Dónde están mis hijos?

El viejo movió la cabeza tristemente, su voz se alteró y pronunció estas palabras, apenas comprensibles como si hablase con alguien oculto en el fondo de sí mismo.

—Uno… presidiario… perdido… otro… borracho… ¡triste esperanza! Mi hija… ¿A quién legaré yo mi obra? Si tuviese un yerno… Yo me decía: «¡Tomás perderá su corteza: es necesario que la juventud pase… te casaré con él y le daré toda mi fortuna, ten, toma!» Pero, lo veo, Tomás no vale para nada. No veo a nadie para reemplazarle… ¡qué hombres los de hoy! Eran de hierro los de antaño, ahora no son más que de goma. Todos se doblan sin ofrecer la menor resistencia… ¿De qué proviene eso?

El rostro del viejo expresaba una decepción amarga y un altivo desprecio. Se hizo atrás en su butaca ruidosamente, se levantó y se puso a recorrer el cuarto a pasos cortos, las manos a la espalda. Movía la cabeza y hablaba con voz donde silbaba la cólera contenida. Liubova, pálida de emoción, sintiéndose impotente ante él, escuchaba sus palabras y su corazón latía con violencia:

—Heme aquí, solo… solo… como Job… ¡Señor! ¿A dónde iré a parar? ¡Oh… solo! ¿No soy inteligente? ¿No soy hábil? Pero la vida me ha engañado… ¿A quién favorecerá? Castiga a los buenos y no perdona a los malos… Y nadie puede comprender su justicia…

La joven sentía en su corazón una lástima dolorosa por el viejo, un violento deseo de ir en su ayuda, de serle útil.

La seguía con ojos ansiosos y le dijo de pronto, muy dulcemente:

—¡Papá… querido! No se desespere… Taras vive aún… quizás él…

Maiakín se detuvo como clavado en el sitio y levantó lentamente la cabeza.

—El árbol se ha agostado siendo joven, ya no resistirá… Sin embargo, cuando uno se ahoga se recurre a una paja… Aunque no valga de ningún modo más que Tomás… Gordeief tiene carácter… tiene la audacia de su padre… Sus fuerzas son grandes. Pero Taras… has pensado en él a tiempo… ¡sí!

Y el viejo que un momento antes gemía lamentablemente, que corría extraviado a lo largo del cuarto como un ratón cogido en la ratonera, vino tranquilo y decidido cerca de la mesa, aproximó su butaca con cuidado y se instaló diciendo:

—Será menester probar a Taras… Habita en Usolée en donde he oído decir que fabrica vidrio… Tomaré los informes necesarios… Escribiré…

—Permitidme escribirle, papá —dijo Liubova toda temblorosa y roja de placer.

—¿Tú? —le preguntó Maiakín. Después reflexionó y contestó—: ¿Por qué no? Sí, es mejor… Le preguntarás si está casado… lo que hace… lo que piensa… Sí… Además, yo te daré instrucciones cuando llegue el momento.

—¡No tardéis demasiado, papá! —exclamó la joven.

—Lo que es necesario no diferir es el casarte. Tengo a la vista… un rubio… el muchacho no es tonto… aunque de fabricación extranjera.

—¿No es Smolín, papá? —preguntó Liubova con curiosidad inquieta.

—¿Y por qué no? —dijo Jacob Tarasovitch.

—Nada. No le conozco —respondió Liubova de un modo evasivo.

—No lo conocerás… Es tiempo, Liubova, es tiempo. No contemos ya con Tomás… aunque no lo abandono. En cuanto a él…

—Yo no he contado nunca con Tomás… ¿Qué me importa?

—Mal hecho… ¡Si hubieses tenido talento, no se vería él como se ve, quizás! Cuando os veía a los dos me decía a veces: Ella se atraerá al muchacho. Mi casa estará bien dirigida… Pero me he engañado… yo creía… que comprenderías tus intereses sin que fuese necesario ponerte los puntos sobre las íes. ¡Eso es, hija mía! —terminó con acento doctoral.

Estas palabras la dejaron pensativa.

Sana y fuerte, la idea del matrimonio, en estos últimos tiempos, la preocupaba muy a menudo. Era, en realidad, la sola manera de poner fin al abandono en que vivía. Sus antiguos proyectos de fuga, de trabajo, de independencia, habían formado en su alma, para segregarse en seguida como frutos secos, muchas más ideas y otros deseos violentos pero indecisos y sin persistencia.

En su corazón se despertaban también los tiernos instintos de la mujer y más de una vez la presencia de una joven madre, con un bebé en los brazos, la había llenado de tristeza y de humillación. Su espejo le reproducía un rostro redondo y fresco en el cual sus grandes ojos velados de una sombra violeta, la miraban con lástima; la vida la dejaba a un lado, parecía olvidarla.

En este momento mientras que con oído distraído escuchaba el discurso de su padre, ella trataba de recordar a Smolín. Se acordaba de cuando era colegial: en aquella época, tenía el rostro lleno de manchas rojas y nariz chata. Siempre muy limpio y muy pesado, bailaba mal, parecía muy torpe y su conversación insulsa… Años habían transcurrido. Había viajado en el extranjero, había hecho allí sus estudios, y debía estar muy cambiado. De Smolín su pensamiento saltaba a su hermano y se preguntaba con el corazón oprimido, lo que respondería a su carta. ¿Qué hacía? La imagen de su hermano, tal como ella se lo representaba, borró la de su padre y la de Smolín. La voz de su padre la sacó de su meditación.

—¡Eh! ¡Liubova! ¿En qué piensas?

—En todos los acontecimientos que se precipitan —exclamó sonriendo la joven.

—¿Qué acontecimientos?

—Hace ocho días no osabais hablar de Taras, mientras que hoy…

—La necesidad, hija mía. ¡La necesidad es una fuerza, dobla el acero y el acero es un metal resistente! ¡Taras… es necesario verlo! Es la resistencia del hombre lo que constituye su valor… la resistencia a la presión que sobre él ejerce la vida. Si sale victorioso de la lucha: ¡todos mis respetos! Permitidme estrechar vuestra mano y trabajemos juntos… ¡Bah, yo me hago viejo! La vida, sin embargo es más interesante cada año… ¡le toma uno el gusto! Se querría vivir siempre, siempre estar en acción…

El viejo se lamió los labios, se frotó las manos y sus ojillos brillaron ávidos…

—Vosotros no tenéis sangre en las venas. No esperáis vuestra madurez para poneros fofos como, rábanos viejos… Sois incapaces de apreciar las bellezas de la vida… Tengo sesenta y siete años y tengo un pie en la tumba; veo sin embargo que la tierra produce ahora más flores y flores más bellas… ¡Todo se embellece! ¡Qué edificios! ¡Qué nuevas herramientas! ¡Qué barcos! ¡Y qué esfuerzos de inteligencia se han debido de hacer! Se dice: ¡estos hombres son fuertes y hacen fácil la vida! ¡Todo está bien, todo es agradable, excepto vosotros, nuestros herederos, que estáis desprovistos de todo sentimiento, de todo sentimiento de vitalidad! No os importa que un impostor, no os importa que un burgués, sea más diestro que vosotros. Ten, por ejemplo a Ejof, ¿quién es? Él se toma el derecho de juzgaros a vos y a toda la vida… No le falta audacia, mientras que vosotros… ¡pch! vosotros vivís como mendigos… vuestras distracciones son bestiales; en el infortunio sois dignos de lástima. Seres podridos… Sería necesario verter fuego en vuestras carnes, entonces, os pondríais a saltar.

Jacob Tarasovitch, pequeño, aviejado, la boca guarnecida de ruinosos dientes negros, calvo y el color sombrío, como si la vida le hubiese calcinado y ahumado, vibraba bajo la exaltación de su palabra inflamada. Lanzaba a su hija, bella, fresca y joven, palabras despreciativas y crueles.

Ella le miraba y se sentía culpable, le sonreía confusa y en su ser nacía poco a poco un sentimiento de veneración religiosa por aquel viejo tan lleno de vida y tan tenaz en su voluntad implacable.

* * *

Tomás continuaba llevando una existencia extravagante, pasando días y noches en los cafés conciertos y en las tabernas. Sentimientos de odio y de desprecio hacia las gentes que le rodeaban, se arraigaban más y más profundamente en su corazón. Se hubiese considerado dichoso si en ellos hubiese encontrado una resistencia a sus malos instintos. Hubiese deseado encontrar un hombre con bastante valor, el alma bastante elevada para recriminarle, como él se merecía y para detenerle en la pendiente en que se sentía deslizar. Este deseo de ser socorrido por sus semejantes; se hacía más y más ardiente a medida que se enfangaba más en el vicio.

—¡Hermanos míos! —exclamó un día que estaba ante la mesa en un café cantante, en medio de un grupo de gentes de mal vivir—. ¡Hermanos míos! ¡Me aburro…, me descorazonáis! ¡Pegadme…, echadme! Sois unos canallas todos… pero entre vosotros existe al menos una solidaridad, mientras que yo siempre quedo abandonado de todos… ¿Por qué? Soy como vosotros… un borracho y un miserable, y sin embargo me tenéis aparte… Lo veo bien… no soy de los vuestros… Os aprovecháis de mí lo más posible y me escupís cuando he vuelto la espalda… Lo veo perfectamente, ¿por qué? ¿Decid…?

No podía ser de otro modo. En su fuero interno, cada uno se consideraba como igual a Tomás, pero él era rico y esto era una superioridad que apartaba toda idea de compañerismo. A más de sus discursos los insultaba siempre y mostraba escrúpulos de conciencia que los alejaba de él. Se conocían también sus fuerzas físicas y su carácter violento. Ninguno de ellos osaba abrir la boca en su presencia.

Y sin embargo, éste era precisamente el deseo ardiente de su alma enferma: encontrar un ser que tuviese el valor de tenérselas con él, un hombre cuya palabra enérgica fuese la palanca que le echara fuera del abismo, hacia el cual rodaba y todo aquel barro que le salpicaba el corazón, y que por sus propias fuerzas se sentía impotente de arrancar.

* * *

Por fin, Tomás encontró lo que buscaba. Un día en medio de una orgía, irritado por ciertas familiaridades, exclamó:

—¡Silencio, malditos bichos! ¿Quién os paga de beber y de comer? ¿Lo habéis olvidado? ¡Os refrescaré la memoria! ¡Os enseñaré a respetarme! ¡Bandidos! ¡Y cuando yo hable… que todos callen!

Se callaron en efecto, aterrados ante la idea de no aprovecharse más de sus prodigalidades y temiendo también despertar al león dormido.

Έ1 silencio duró algunos segundos. Ahogando su cólera, se inclinaron sobre sus platos en una actitud de humildad afectada y confusa.

Tomás los envolvió a todos en una mirada satisfecha, halagado por aquella obediencia servil y dijo con orgullo:

—Ea, ya estáis callados, perfectamente. Y que ninguno se menee, sabéis… ¡o si no, ojo!

—¡Estúpido! —pronunció una voz tranquila y fuerte.

—¡Cómo! —aulló Tomás, saltando de su asiento—. ¿Quién ha osado hablar?

Un hombre extraño, largo, vestido de levita, una gorra enorme sobre su cabeza no menos enorme, se levantó al otro extremo de la mesa. Mechas de cabellos crespos y rebeldes le cubrían todo el cráneo y en medio de su rostro amarillo e imberbe, se destacaba una larga nariz aguileña. Tomás le encontró parecido a aquellas viejas escobas de cuerdas, que sirven para lavar el puente de los barcos, y eso bastó para alegrar su furor naciente.

—¡Eres verdaderamente osado! —exclamó sonriendo—. Pero ¿por qué me injurias? ¿Sabes siquiera quién soy?

El hombre, con gesto trágico, tendió hacia Tomás una mano de afilados y ágiles dedos, semejante a los de un prestidigitador, y dijo con voz bronca:

—Eres una postema, resultado del vicio de tu padre, que, aunque ladrón, fue un hombre de bien si se le compara contigo…

Este apostrofe provocó en Tomás tal cólera y tal indignación, que su respiración se cortó en el acto. Sus ojos, desmesuradamente abiertos, se le salían de la cabeza y fue incapaz de articular una sola palabra.

El hombre, sin embargo, de pie frente a él, soplaba, moviendo sus furiosas pupilas furibundas, bajo los párpados exangües.

—Tú exiges respeto… ¡imbécil! ¿Lo has merecido? ¿Quién eres? Un borracho, en camino de comerse la fortuna de tu padre… ¡Salvaje! ¡Tú deberías estar orgulloso de que yo, artista célebre, servidor desinteresado y fiel del arte, se digne beber el mismo brebaje que tú! Este brebaje es un cocimiento de madera de sándalo y de melaza, mezclada con tabaco de rapé y que tú tomas por vino de Oporto. Esto basta ya para asegurar tus derechos a un premio de asnería y de estupidez.

—¡Ah! ¡Bandido! —aulló Tomás precipitándose sobre el artista.

Pero varias manos le agarraron y le sujetaron antes de que le hubiese tocado. Revolviéndose entre el círculo que le estrechaba por todas partes, se veía forzado a escuchar, sin poder responder, el discurso que fulguraba con voz ronca, aquel hombre que se asemejaba a una vieja.

—Arrojas a las pobres gentes cinco céntimos del rublo que has robado y te crees un héroe. Eres dos veces ladrón: has ocultado el rublo y robas el agradecimiento por el céntimo que das. Pero el mío no lo tendrás. Me he entregado a este oficio ingrato que desenmascara los vicios y aquí me ves decirte descaradamente: eres un tonto, un mendigo, porque tu fortuna es escandalosamente grande. Ésta es la última palabra de la sabiduría: ¡todos los ricos son pobres! Así es como el célebre cantante Rimski Cannibaiski sirve a la Verdad.

Inmóvil y en silencio, en medio de las gentes que le sujetaban, Tomás escuchaba con una atención apasionada las palabras que fulminaba el artista. Experimentaba una sensación muy agradable, parecida a la que da una fricción calmante durante un dolor de muelas. Los concurrentes se agitaban. Los unos trataban de calmar la elocuencia intempestiva del actor, otros trataban de llevarse a Tomás fuera de la sala. Él los rechazaba dulcemente ahora y escuchaba, absorto en el goce de su humillación pública. Se sentía acariciada el alma por el sufrimiento nacido del discurso de Rimski y continuaba mudo, mientras que éste experimentaba una viva alegría viendo su insolencia sin castigo.

—Te crees señor y dueño de la vida… ¡Tú no eres sino un vil esclavo del rublo!

Uno de los comensales tenía hipo, y muy descontento gruñía a cada espasmo. «¡Ah, dia-blo!»

Un personaje de barba inculta y de rostro grasiento enternecióse de la suerte de Tomás. Quizás también porque toda esta escena concluyó por enervarle. Se puso a implorar lamentablemente con ambos brazos:

—¡Señores! ¡Basta! Está eso muy mal. Cada uno de nosotros tiene sus pecados. Sin excepción, todos somos pecadores. Creedme.

—¡Habla! —balbuceaba Tomás—. Dilo todo. No te tocaré.

Grandes espejos colgados en la pared reflejaban esta escena de borrachera, y los individuos aparecían allí más feos, más odiosos que en la realidad.

—¡No quiero hablar más! —dijo el cantante—. No quiero tirar las perlas de la verdad y de mi furor ante un ser como tú…

Se levantó, y con la cabeza erguida, se dirigió majestuosamente hacia la puerta.

—¡Ah! ¡Lo que es eso no! —exclamó Tomás lanzándose en su persecución—. Tú me debes una explicación después del suplicio que acabas de infligirme…

Pero le rodearon de nuevo, le sujetaron, se esforzaron en calmarle, mientras que se revolvía, y empujaba a todo el mundo, tratando de abrirse camino.

Después de haberse sustraído a todos y una vez en la calle, se sintió más tranquilo. De pie en la acera, miró a derecha e izquierda y se dijo, avergonzado:

—¿Cómo he podido permitir a ese estropajo ridiculizarme así e insultar a mi padre?

A su alrededor todo estaba en calma. Hacía luna y un vientecillo fresco le acariciaba el rostro. Tomás se puso a caminar a grandes pasos, exponiendo su rostro acalorado a la bienhechora brisa.

Miraba de cuando en cuando hacia atrás para asegurarse de que ninguno de sus compañeros le seguía. Sentía cuán bajo había caído a los ojos de todas aquellas gentes. Andando, se decía que su fracaso era también completo, porque él, hijo de un traficante estimado y conocido, había permitido al primer llegado insultarle, sin hacerle pagar caro tal insolencia.

—¡No tengo más que lo que he merecido! —se decía con rabia concentrada—. ¡Está bien hecho! No tenías más que no haberte rebajado… ¿ves ahora…? Y a más tú lo has querido… lo has buscado… has provocado a todo el mundo… ¡Recoge eso, ahora!

Y su corazón se contrajo.

* * *

Abismado en estas tristes reflexiones y completamente despejado, Tomás andaba recto, buscando un punto de apoyo en su corazón… Pero en su corazón todo era oscuro, vago… un sentimiento de confusa impotencia le invadía… Llegó en tal estado de estupor a la orilla del río, se sentó en un montón de tablas y se puso a mirar el agua tranquila y negra que el viento fruncía de arruguitas. El río inmenso deslizaba en silencio sus aguas tranquilas que acarreaban pesos enormes. Estaba lleno de siluetas de barcos, cuyas luces, así como las estrellas, se reflejaban en la superficie; pequeñas ondas ligeras llegaban a bañar sus pies y se deshacían con dulzura de caricia. Una tristeza calinosa caía del cielo, y la soledad, como una piedra pesada, aplastaba el alma de Tomás.

—¡Jesús! —murmuró, levantando hacia el cielo una mirada distraída—. ¡Qué mal camino sigo! Dios no me ayuda… ¿Para qué valgo? ¡Jesús mío!

Estas palabras dirigidas a Jesús, casi instintivamente, le aliviaron en el acto; su aislamiento le fue menos amargo; suspiró profundamente y continuó;

—¡Divino Jesús! Hay más, muchos más que yo que no comprenden la vida, y creen saberlo todo, y la vida les es menos difícil… Pero yo no tengo apoyo… He aquí… la noche, y estoy solo, no sé dónde ir… No tengo nada que decir y nadie me escucharía… no quiero a nadie… No tengo más que el padrino… pero no tiene corazón… ¿Por qué no le castigas? Se imagina que sobre la tierra no hay nadie más inteligente ni mejor que él… y tú lo permites… Y yo también… Si me sucediese alguna desgracia… alguna enfermedad… Bebo, me revuelco en el fango… El cuerpo no sufre por ello, pero el alma sola languidece… ¡Oh! ¡Dios mío! ¿Para qué es esta vida?

Una a una se despertaban en su alma protestas tímidas y vacilantes. La noche se oscurecía y el silencio a su alrededor era cada vez más profundo. Una barca, atada cerca de la orilla, se balanceaba con un ligero ruido parecido a un gemido.

«¿Cómo librarme de esta vida? —se preguntaba Tomás mirando la barca—. ¿Cuál es mi papel aquí abajo? Todos trabajan…»

Y una idea completamente nueva se apoderó de él:

«Cuanto más duro es el trabajo, es menos remunerado. Algunos se matan para ganar un rublo, otros no tienen más que mover un dedo para conquistar millares…»

Esta idea le procuró una sobreexcitación muy agradable. Le pareció haber descubierto en la humanidad una nueva mentira, una duplicidad que añadir a todas las que oculta con tanto cuidado… Se acordó de uno de sus maquinistas, Ilia, que se encargaba, por diez kopeks, de reemplazar a un compañero en la máquina, permaneciendo ocho horas seguidas en un calor sofocante que le secaba los pulmones. Un día, que agotadas sus fuerzas, se arrastraba a la popa, Tomás se aproximó a él y le preguntó por qué hacía aquel oficio de perro. Ilia le respondió grosero y tosco:

—Pues porque un kopek me hace más que a ti cien rublos… ¡Por eso!

Y el viejo, con estas palabras, le había vuelto la espalda moviendo penosamente su pobre cuerpo, quemado de fiebre.

El pensamiento de Tomás fue, sin esfuerzo, del maquinista a todos aquellos trabajadores, hombres de fatiga, y otros miserables, que desempeñan trabajos rudos. Eso le pareció extraño. ¿Para qué viven? ¿Qué placer experimentan de vivir en este mundo? Hacer eternamente el mismo trabajo repugnante y duro, mal comer, apenas mal vestir… y beber… Algunos tienen ya sesenta años y trabajan como los jóvenes.

Su imaginación se los representó como un gran montón de gusanos royendo la tierra y buscando su alimento. Recordó fielmente sus relaciones con ellos, sus palabras y sus reflexiones sobre la vida… Todos empleaban poco más o menos el mismo lenguaje, ya embargado de una dolorosa ironía, ya de una sombría inteligencia… como sus canciones, llenas de melancolía y profundamente desesperadas. Con este recuerdo vio que Efim había dicho a un empleado, venido a la oficina a tomar órdenes:

—Encontrarás a los campesinos de Lapuchinsk, allá abajo. Buscan trabajo: no les ofrezcas más de diez rublos al mes. Este verano les ha sido malo, y hoy se encuentran en la miseria… Consentirán seguramente en trabajar por este salario.

Recostado sobre las tablas, Tomás se balanceaba lamentablemente de adelante atrás, como la péndola de un reloj, y en la oscuridad surgían ante él siluetas familiares; marineros, maquinistas, empleadillos, camareros de café, mujeres borrachas y pintadas, todos los contertulios del café cantante. Pasaban como sombras chinescas y exhalaban un olor enmohecido y como de cosa encerrada. Era una masa compacta, silenciosa, y que se movía lentamente como las nubes en un cielo de otoño. El choque del agua tenía sonidos lúgubres que helaban el alma de Tomás. Un fuego llameaba a lo lejos, al otro lado del río; anegada en la oscuridad, aparecía como una mancha rojiza y vaga que se extinguía por momentos. Este resplandor no duró más que un momento y la oscuridad se hizo de nuevo.

«¡Dios mío! ¡Dios mío! —pensaba Tomás profundamente afligido y sintiéndose más y más angustiado—. Soy parecido al fuego… completamente solo… como él… sólo que yo no doy ni calor ni luz, sino un humo acre y asfixiante. Yo quisiera encontrar a alguien inteligente… hablar a alguno… No puedo vivir así solo… No soy capaz de nada… Encontrarme con un hombre…»

En aquel momento, del medio de la corriente, en la noche, una masa enorme surgió, iluminada por dos grandes luces rojas, y encima, muy alto, por una tercera. Un rumor sordo llegaba a los oídos de Tomás, y la masa avanzó lentamente hacia él.

«Un barco que sube —se dijo—. Lleva más de cien personas… y ninguna de ellas se preocupa de mí… Todas saben a dónde van y lo que tienen qué hacer… Cada una de ellas comprende su destino. ¿Y a mí? ¿Quién me lo enseñará? ¿Dónde está el hombre que me guiará…?»

Las luces del barco se reflejaban temblorosas en la superficie; el agua iluminada se separaba con un sordo murmullo y el barco parecíase a un pez formidable con aletas de fuego.

* * *

Algunos días transcurrieron y Tomás se puso de nuevo a beber, pero esta vez fue a su pesar.

Había tomado sabias resoluciones y se dirigía hacia un restaurante donde contaba no encontrar a ninguno de los compañeros de costumbre que por lo general iban a sitios menos lujosos. Pero las circunstancias engañaron sus previsiones. Cayó sobre él su amigo el hijo del fabricante de alcoholes que se había llevado a Sacha. Éste se precipitó hacia Tomás, le abrazó y le dijo alegremente:

—¡Qué dichoso encuentro! ¡Yo, que desde hace tres días me amodorro en una soledad odiosa! Ni un hombre decente en toda la ciudad. Ayer me he reducido a hablar con mozos de cordel… Gentes muy alegres… aunque, al principio, hayan querido echárselas de aristócratas… pero al cabo los he dejado borrachos como alemanes… Hoy vamos a ofrecernos una segunda representación, lo juro por los capitales de mi padre. Voy a presentároslos. He encontrado también un periodista. ¡Aquél que os molestó tanto en un artículo! ¿Os acordáis? ¿Cómo se llama? ¡Un muchacho bien raro, a fe mía! Le daremos algunos rublos para que nos divierta. ¿Qué decís? También había traído conmigo a un camarero de café concierto. A fe mía, que estuvo muy bien y hubo momentos que me divirtió mucho. Le decía de cuando en cuando: «¡Rimski, una cancióncilla!» Y acto seguido empezaba, y os aseguro que sabe cantar… Desgraciadamente ha desaparecido… ¿Habéis comido?

—Todavía no… ¿Y Alejandra? —preguntó Tomás ligeramente abrumado por la exuberancia de aquel joven listo, rojo y vestido con excentricidad.

—¡Pse! —exclamó con una mueca—. Vuestra Alejandra es una mujer antipática. Siempre sombría. Es abrumadora, ¡que el diablo cargue con ella! Y fría como una rana. ¡Brrr! Voy a despedirla.

—Fría, eso es exacto —dijo Tomás pensativo.

—Cada uno debe cumplir con su empleo lo mejor que pueda —dijo el hijo del rico traficante de alcohol con tono doctoral—, y la que se hace «entretener» debe cumplir su deber escrupulosamente… si es una mujer de conciencia… ¡Vaya, un vaso de vodka!

Bebieron y naturalmente se emborracharon.

Por la noche una numerosa y estrepitosa pandilla se les agregó. Tomás borracho, pero triste y dulce, decía, con la boca llena:

—He aquí lo que comprendo: unos son gusanos… otros gorriones… Los gorriones son los que comercian… Se comen los gusanos… Es el destino… Están hechos para ellos… Son útiles… ¿Pero yo y vosotros en general, para qué servimos? No representamos nada y nuestra vida no tiene excusa… Es inútil… Nadie tiene necesidad de nosotros… ¿Además los otros para qué han nacido? He ahí lo que sería necesario saber… ¡amigos míos! ¡Pereceremos todos, os lo aseguro! ¿Y por qué pereceremos? Porque todo en nosotros es inútil, nuestras almas están vacías… y nuestra vida no sirve para nada… ¡Hermanos míos! Yo… ¿para qué valgo? Nadie tiene necesidad de mí. ¡Matadme… para que me muera…! Querría estar muerto…

Un hombrecillo negro, borracho también, se agarraba a él y trataba de abrazarle. Buscaba, evidentemente, algún recuerdo, dando golpes en la mesa con su cuchillo. Era el periodista.

—Verdaderamente. Callaos todos. Escuchadle. ¡Dejad hablar a los elefantes y a los mammuts! Éstas son las santas palabras que pronuncia la apática conciencia rusa. ¡Ruge, Gordeief! ¡Ruge contra todo!

Y acercándose a Tomás, se frotaba contra su pecho, elevando hacia su rostro una cabeza redonda, pelada, que se agitaba entre sus hombros.

Tomte no podía llegar a distinguir su rostro y le irritaba y le rechazaba gritando:

—¡Vete al demonio! ¿Dónde tienes los morros…?

Risas ensordecedoras embargaban la atmósfera. La voz del joven traficante de alcohol se ahogaba en su esfuerzo por dominar el ruido y gritaba a alguien, con lengua torpe:

—Ven a mi casa. Cien rublos por mes, la comida y habitación. Palabra de honor. Deja el periódico… yo te pagaré mejor.

Todo lo que estaba alrededor de Tomás oscilaba con movimientos amplios y suaves. La gente se acercaba a él y se retiraba; el techo bajaba y el suelo subía. Parecíale a Tomás que iba a morir aplastado. Después se veía precipitarse a lo largo de un inmenso río que le arrastraba en su rápida corriente. Espantado, titubeando, se puso a aullar:

—¿A dónde vamos? ¿Dónde está el capitán?

Una salva de risas y de exclamaciones aguardentosas respondieron a sus palabras.

La voz chillona y detestable del hombrecillo negro sobresalía de este jaleo:'

—¡Es la verdad! Todos bogamos, sin timón, en un buque desarbolado… ¿Dónde está el capitán? ¡Eh! ¡Ja, ja, ja!

* * *

Tomás recobró el sentido en una habitacioncita alumbrada por dos ventanas. La primera cosa que llamó su atención fue un árbol seco. Este árbol encontrábase frente a una de las ventanas y su tronco enorme, descortezado y de corazón podrido, interceptaba la luz del día. Sus ramas negras y nudosas, desprovistas de hojas, se extendían lamentablemente y gemían sacudidas por el viento. La lluvia se escurría a lo largo de los cristales y caía del tejado en cascada rumorosa. A este ruido, semejante a sollozos, se unía el chirrido de una pluma que corría veloz sobre el papel.

Tomás levantó su cabeza aturdida. Vio un hombrecillo negro sentado a una mesa, que garrapateaba rápidamente en una hoja de papel. Aquel hombre sacudía su cabeza redonda, con aire satisfecho; la movía sin cesar en todos sentidos, levantaba los hombros y todo su cuerpo, cubierto sólo con una camisa de dormir y unos calzoncillos, y saltaba sobre la silla como si hubiese estado sobre ascuas. Con su mano izquierda, fina y delgada, se rascaba la frente, haciendo en el aire ademanes raros. Sus pies desnudos se agitaban en el suelo; se distinguía el latido de una vena gruesa en su cuello y sus orejas también se movían sin cesar. Cuando se volvía hacia Tomás, éste podía ver unos labios delgados que balbuceaban algo y una larga nariz puntiaguda que le llegaba al bigote cuando abría la boca… El rostro era joven, enfático, arrugado y dos ojillos negros y vivos parecían no pertenecer a este rostro.

Cansado de contemplarle, Tomás volvió lentamente los ojos hacia el techo y las paredes.

Parecidos a remiendos, paquetes de periódicos suspendidos en grandes clavos cubrían las paredes. El techo había sido en otro tiempo tapizado de papel blanco; este papel, despegado por la humedad, colgaba en míseros jirones lamentables que en varios sitios se enrollaban; vestidos, calzado, pedazos de papel estaban revueltos por el suelo… Parecía que toda aquella habitación hubiese sido pasto de la desgracia.

El hombrecillo tiró de repente la pluma, se inclinó hacia adelante y se puso a teclear alegremente en el borde de la mesa y cantó con voz atiplada:


Coge el tambor marinero
y da a la marinera un beso de amor,
¡que es la única manera
de tocar el tambor!
 

Tomás exhaló un profundo suspiro y dijo:

—Si pudiese disponer de agua carbónica…

—¡Ah! —exclamó el hombrecillo, lanzándose desde su silla al canapé cubierto de hule en el que estaba echado Tomás—. ¡Buenos días, amigo! ¿Agua carbónica? ¿Con coñac o sin él?

—Con coñac será mejor —exclamó Tomás estrechándole la mano febril y seca que le tendía su interlocutor y examinándole atentamente.

—¡Ergorovna! —llamó este último abriendo la puerta. Y preguntó a Tomás—: ¿No me reconoces, Tomás Ignatich?

—Creo… haberte… visto otra vez.

—En efecto, nos hemos visto durante cuatro años… ¡Pero hace tanto tiempo…! ¡Ejof…!

—¡Dios santo! —exclamó Tomás, dando un salto en su canapé—. ¿Eres tú?

—¡Ay de mí! Amigo mío, yo bien quisiera no ser, pero la realidad es una cosa que rechaza las dudas como el hierro rechaza una bola de goma…

El rostro de Ejof se arrugó cómicamente y sus manos se crisparon sobre el pecho.

—Bien —pronunció Tomás lentamente—. Por cierto que has envejecido bonitamente… ¡Caramba! ¿Qué edad tienes?

—Treinta años.

—Cualquiera te echaría cincuenta… Estás seco, amarillo… La vida no ha sido cariñosa para contigo, ¿eh? ¡Y bebes…!

El corazón de Tomás se oprimió al reconocer a su camarada de infancia, en otro tiempo alegre y decidor, ahora tan lamentablemente estropeado, alojado en aquel cuartucho desmantelado cuyo aspecto evocaba la idea de una enfermedad, de un pobre cuerpo llagado de quemaduras…

Lleno de lástima contemplaba a Ejof. Veía el temblor que recorría su rostro, al mismo tiempo que sus ojillos se encendían con cólera. Disponiéndose a descorchar una botella de agua carbónica y entregado por completo a este trabajo, la botella sujeta sobre las rodillas, Ejof callaba, esforzándose en vano por extraer el tapón.

Su delgadez conmovió a Tomás.

—¡Hum! ¡Qué casa…! Y sin embargo, estudiaste… Diríase que, siendo sabio, el hombre es dichoso —profirió Gordeief pensativo.

—¡Bebe! —dijo Ejof, pálido por el esfuerzo.

Y le tendió el vaso.

Después se restregó la frente, se sentó al lado de Tomás en el canapé y se puso a hablar:

—Deja la ciencia tranquila… no blasfemes. La ciencia es el néctar de los dioses… pero está en estado de fermentación y no puede ser servida a todos, así como el vodka de uva que no está destilado no se puede beber. Para contribuir a la dicha humana no está aún suficientemente en condiciones, amigo mío, y los que hacen uso de ella no ganan más que dolores de cabeza, como tú y yo. ¡Bah! ¿Por qué bebes tanto?

—¿Yo? ¿Acaso puedo hacer otra cosa? —preguntó Tomás sonriendo.

Ejof le miró con interés y dijo:

—Esta pregunta, relacionada con todo lo que has dicho ayer noche, me hace creer, amigo mío, que no te diviertes con la alegría del corazón.

—¡Ah! —suspiró Tomás dejando bruscamente el canapé—. ¿Cuál es mi existencia? ¡Un verdadero contrasentido! Estoy solo, no comprendo nada… y sin embargo mi alma aspira a algo… enviar todo al demonio y andar por mi propio esfuerzo… Quisiera concluir con todo… ¡Ah! ¡Aburrimiento! ¡Aburrimiento!

—¡Es curioso! —exclamó Ejof frotándose las manos y agitándose extraordinariamente—. Es curioso si es verdadero y sincero, pues eso probaría que el santo desconocimiento de la vida ha penetrado así mismo en las alcobas de los traficantes, en esas almas muertas anegadas en ondas de sopas grasosas, en lagos de té y otros líquidos… Cuéntame todo eso detalladamente… Haré una novela…

—He oído decir que habías escrito un artículo contra mí —replicó Tomás, curioso, examinando con atención a su condiscípulo y preguntándose lo que podría producir ente tan haraposo.

—En efecto, lo escribí. ¿Lo has leído?

—No; no he tenido ocasión…

—¿Y qué te han dicho?

—Que me dabas un palo terrible…

—¡Hum…! ¿Y eso no te da ganas de leerte a ti mismo? —prosiguió Ejof, examinando con interés el rostro de Tomás.

—Lo leeré —afirmó Tomás, molesto, deseoso de consolar a Ejof, al cual su indiferencia habría podido parecer molesta.

Y añadió débilmente:

—Debe ser interesante, puesto que eres tú quien lo ha escrito.

Y sin embargo, no experimentaba ni la más mínima curiosidad; sus palabras eran únicamente dictadas por la lástima que le inspiraba Ejof. Su pensamiento no estaba allí; habría querido comprender qué clase de hombre era Ejof y qué le había estropeado así.

Este encuentro despertaba en él un sentimiento dulce y cariñoso, recordándole los días de su infancia que surgían ahora uno a uno en su memoria, como fuegos fatuos apenas visibles, en el pasado lejano.

Ejof se aproximó a la mesa, donde la tetera estaba ya preparada, vertió silenciosamente en dos vasos, té negro como la tinta, y dijo a Tomás:

—Ven a tomar té… y háblame de tu vida.

—No tengo nada que decirte… No he visto nada… ¡Mi vida está tan vacía! Cuéntame más bien la tuya… Tú tienes que contar más que yo…

Ejof se puso a reflexionar, sin cesar de mover la cabeza en todos sentidos y de moverse en su silla. Sólo su rostro se había inmovilizado; todas sus arrugas, en haz como rayos, alrededor de sus ojos, les hacían parecer aún más metidos en sus órbitas.

—Sí, amigo mío, he visto muchas cosas y he adquirido experiencia. Quizás sepa más de lo que me convenga, pues tan malo para un hombre es saber demasiado, como no saber bastante. ¿Quieres saber cómo he vivido? Voy a decírtelo, o más bien, voy a ensayar… Pues nunca he hablado de mí a nadie, porque nadie se ha interesado… y a propósito, es muy triste vivir sin inspirar interés a alguien, sea quien sea…

—¡Oh! Veo en tu semblante y en lo que te rodea que tu vida no ha sido bella —dijo Tomás, experimentando cierto placer en hacer ver a su amigo que no lo había pasado mejor que él.

Ejof bebió un sorbo de té y puso el vaso en el platillo. Puso sus pies en los travesados de la silla, rodeando sus rodillas con los brazos, en las que apoyó la barba.

Pequeño y flexible, como si hubiera sido de goma, empezó su relato:

—El estudiante Satchkof, mi antiguo maestro, que ahora es doctor en medicina, jugador y ayudante de otro doctor, me decía en tiempos, cuando yo había preparado bien mi lección: «¡Bravo, Nicolás! Tú eres un muchacho de capacidad. Nosotros aventureros, sencillos y pobres, que salimos de la clase baja de la sociedad, debemos estudiar, y estudiar tanto y tanto, que al fin llegamos a los primeros puestos… Rusia tiene necesidad de hombres de inteligencia y probos: trata de serlo y serás el dueño de tu destino y un miembro útil a la sociedad. En nosotros los plebeyos, reposan las más bellas esperanzas del país; nosotros somos quienes debemos buscar la luz, la verdad, etc., etc.» He creído en este bruto… Veinte años han transcurrido… Nosotros, los aventureros, hemos crecido, pero, intelectualmente, somos los mismos y no hemos hecho nada en la vida. Rusia sufre siempre su mal crónico, de una abundancia de canallas y nosotros, los plebeyos, engrosamos con fruición sus filas compactas. Mi profesor, lo repito, es ahora un criado, ser impersonal y mudo, al cual su amo da órdenes… y yo soy un bufón al servicio de la sociedad… En esta ciudad, amigo mío, la fama me persigue… Oigo en la calle a un cochero que dice a otro: «Mira a Ejof. Cuando se mete con alguien lo arregla, palabra de honor». ¡Y aun para llegar a esto, es difícil!

A estas palabras el rostro de Ejof se contrajo y sus labios se desplegaron en una risa silenciosa.

Tomás no comprendió nada de su discurso y dijo al azar, por responder algo:

—Es que aún no has llegado al fin que te propones…

—¡Ah! Sí, yo creía llegar más arriba… ¡Y habría llegado! ¡Te lo aseguro, habría llegado…!

Saltó de su silla y se puso a correr por el cuarto, gritando con volubilidad y cólera:

—Para guardarse en la vida, para ser hombre libre son menester fuerzas enormes. Las he tenido… Era ligero, era diestro… Todo lo he empleado en adquirir conocimientos que ahora me son inútiles. Me he gastado enteramente, para conservar algo en mí… ¡Ah, diablo! Yo mismo… y cuantos otros conmigo… nos hemos despojado voluntariamente a fin de poder armarnos para la vida… Calcula que con el deseo de ser más tarde un hombre de valor, he despreciado mi personalidad de mil maneras… Para estudiar y no morirme de hambre, he enseñado durante seis años el A B C a los párvulos… y soportado por parte de sus padres que me humillasen a su antojo, que me hicieran las más crueles ofensas… Ganando apenas bastante para el pan y el té, no tenía que comprar sino calzado y me veía reducido a dirigirme a la beneficencia pública, a escribir súplicas… para obtener socorros… que se dan a los indigentes. ¡Ah! ¡Si estas obras de caridad supiesen todo lo que matan en el hombre cuando le socorren materialmente! ¡Si supiesen que cada rublo que dan para comprar pan contiene noventa y nueve kopeks de veneno para el alma! ¡Si pudiesen matar por exceso de bondad y de orgullo, gastando en prácticas piadosas! ¡No hay hombre sobre la tierra más odioso y más vil que el que da limosna y nadie más desdichado que aquel que la recibe!

Ejof había llegado al paroxismo de la cólera. Titubeaba como un hombre borracho y los papeles caían esparcidos bajo sus pies desgarrados en jirones. Rechinaba los dientes, movía la cabeza, sus brazos se agitaban en el aire como dos alas mutiladas. Se habría dicho que hervía en una marmita en plena ebullición. Tomás se sentía animado de dos sentimientos contrarios. Ejof le inspiraba lástima y al mismo tiempo se sentía regocijado de verle sufrir. «No soy yo solo… no lo pasa mejor que yo…», se decía escuchándole hablar. De la garganta de Ejof se escapaban sonidos secos como de vidrio y chirridos semejantes a los de una rueda mal engrasada.

—Envenenado por la bondad humana he perecido víctima de esta fatalidad que lleva en sí cada uno de los pobres diablos que pretenden triunfar: la facultad de contentarse con poco, en la esperanza de obtener mucho… ¡Ah, si supieras! Mueren más hombres todos los años por no conocer su precio ni estimar su justo valor, que de la tuberculosis, y por esta razón es por la que se encuentran desempeñando empleos de guardias de seguridad.

—¡Que el diablo se lleve a los guardias de seguridad! —exclamó Tomás con un gesto de impaciencia—. Es de ti de quien se trata…

—¡De mí! ¡Pero si es justamente de mí, de quien se trata! —replicó Ejof parado en medio del cuarto y golpeándose el pecho—. He llegado al colmo de mis ambiciones… Soy un bufón propio para divertir al público e incapaz de otra cosa. ¡Oh! ¡Saber lo que se debe de hacer y no poder ejecutarlo, no tener la energía, la fuerza de cumplir la obra, esto es lo que se llama un suplicio!

—¡Ah, toma, espera un poco! —exclamó Tomás animándose—. Dime lo que es menester hacer para vivir tranquilo…, es decir, para estar uno contento de sí mismo.

—Para eso es menester llevar una vida agitada y evitar como un verdadero mal la probabilidad de una satisfacción personal.

Aquellas palabras sonaron huecas en el espíritu de Tomás y no despertaron ningún sentimiento en su corazón ni ninguna nueva idea en su cerebro.

—Es menester vivir en la busca apasionada de algo inaccesible… El hombre sólo crece esforzándose en llegar por encima de él…

Ahora que su persona estaba fuera de causa, Ejof hablaba con un tono más medido, más tranquilo. Su voz era firme y segura y la expresión de su rostro era severa. Estaba de pie en medio de la habitación, la mano extendida hacia Tomás y hablaba como si leyese:

—Los hombres son viles porque no buscan más que saciarse… El hombre harto es un animal… pues la saciedad es una satisfacción de la carae… Por lo demás, el orgullo del hombre demasiado satisfecho de su talento le lleva de igual modo al estado de bruto…

Un movimiento convulso agitó su cuerpo, como si sus venas y sus músculos se hubiesen atirantado hasta romperse y volvió a dar vueltas por la habitación.

El hombre siempre contento de sí mismo es un tumor en el seno de la sociedad… es mi enemigo jurado. Está relleno de verdades de a cuarto, mugre de sabiduría enmohecida; es como el desván donde una criada parsimoniosa amontona sin orden las cosas viejas en desuso, que no se sabe en qué emplear. Cuando se consulta a uno de estos hombres y abre las fuentes de su alma, se percibe un olor fétido. Estos desdichados se llaman hombres de principios, de convicciones, almas fuertes… y nadie quiere confesar que sus convicciones no son oropel que sirve sólo para ocultar la desnudez de su alma miserable. Las frentes estrechas de esta categoría de gentes, llevan siempre una deslumbradora etiqueta: calma y seguridad, ¡falso reclamo! Frota sus frentes con mano firme y harás aparecer la verdadera enseña: mediocridad e idiotismo…

Tomás seguía con la mirada a Ejof, que se agitaba en la habitación, y se decía con tristeza:

«¿Contra quién va? No se puede saber… Pero ha sido bien maltratado… Eso se ve en seguida…»

—¡Cuántos he encontrado así! —proseguía Ejof lleno de cólera—. ¡Cuántas expendedurías así se han abierto desde hace algunos años! Se encuentra de todo; tela para sudarios, untos de ruedas, bombones y bórax para destruir arañas; ¡pero no se descubre nada fresco, nada nuevo, nada sano! Estas gentes tienen el alma enferma, amortiguada, destrozada por la soledad, y viven con la esperanza de oír una palabra viviente. Os ofrecen reminiscencias que descorazonan, ideas robadas de los libros viejos, rancios por el tiempo. Estas ideas, por lo demás, encallecidas, son tan pobres que, para expresarlas, es fuerza emplear una cantidad de palabras sonoras y vacías. Cuando oigo hablar a uno de estos hombres, me digo siempre: he aquí un matalón bien alimentado, pero enfermo, adornado de cascabeles y que arrastra una carreta llena de basura, para arrojarla fuera de los muros de la villa, y la desgraciada bestia está contenta de su suerte.

—Ellos son también seres inútiles —exclamó Tomás.

Ejof se plantó delante de él y dijo con una sonrisa irónica:

—¡Oh, no! ¡Ésos no son inútiles! Sirven de modelos para lo que es necesario no ser. En realidad su puesto está en el museo de Anatomía patológica, donde se conservan toda clase de monstruos, ejemplos de enfermedades raras. Nada es inútil en la vida: asimismo yo soy necesario para algún designio oscuro. Sólo los hombres de alma bajamente servil que su corazón está muerto, reemplazado por una enorme postema de odioso egoísmo, sólo ésos son inútiles… y aún… sirven para algo, aunque no sea más que para recibir la expresión de mi odio…

Ejof continuó discurriendo así hasta la noche con la misma fogosidad. Vomitaba injurias contra los hombres a quienes aborrecía, y sus palabras, cuyo sentido quedaba, la mayor parte de las veces, oscuro para Tomás, despertaban en él su instinto de combate. A veces, experimentaba dudas acerca de la sinceridad de Ejof. Le preguntó en un momento dado, brutalmente:

—Está bien, ¿pero eres capaz de decirles todo eso en su cara?

—Siempre… y cada domingo en el periódico… ¿Quieres que te lo lea?

. Sin esperar respuesta de Tomás, arrancó de un gancho una serie de periódicos, que se puso a leer en alta voz, sin interrumpir sus paseos a través de la habitación. Enrojecía, reía, mostraba los dientes y parecía un perro rabioso, atado, que se esfuerza en vano por romper la cadena.

Tomás no percibía una sola idea en los escritos de su camarada, pero comprendía aquella mordaz ironía, aquella audaz protesta, el furor violento de las frases, y experimentaba una sensación deliciosa, una satisfacción casi física.

—¡Buena estocada! —exclamaba, cogiendo al vuelo una frase—. ¡Bien dicho!

Comerciantes a quienes conocía y muchos notables de la ciudad aparecían con sus nombres en los artículos de Ejof y sobre cada uno dirigía su dardo envenenado. Ya les denunciaba audaz a la indignación pública, ya con formas de respeto pérfidas les hería cruelmente.

Los ojos brillantes de Tomás y su aprobación, excitaban más aún a Ejof. Sus rugidos eran más y más fuertes y agotadas sus fuerzas caía sobre el diván para saltar después y proseguir…

—Vamos lee un poco de lo que has escrito acerca de mí —dijo Tomás, que había tomado gusto a esta literatura.

Ejof registró un montón de papelotes y retiró una hoja que desplegó, poniéndose de pie frente a Tomás, abierto de piernas. Tomás se acomodó en el sillón donde estaba sentado y sonriente prestó oído.

El artículo sobre Tomás contaba primeramente la historia de las balsas que tan poco había faltado para que concluyese trágicamente. Durante esta lectura Tomás se sintió molestado por ciertas expresiones que le hacían el efecto de picotazos de mosquitos. Se puso serio, bajó la cabeza y guardó silencio. Pero el número de mosquitos seguía aumentando.

—Te has ido un poco lejos —dijo al fin descontento y confuso—. Tú no ganarás el cielo únicamente por deshonrar a un hombre…

—¡Cállate! ¡Espera! —interrumpió Ejof, volviendo a la lectura.

Habiendo dicho en principio que el traficante ruso había pasado a maestro en cuestión de escándalos de todo género, y de fantasías burlescas e insensatas, Ejof se preguntaba: ¿de qué proviene eso? Y respondíase:

—«Me parece que estas disposiciones particulares a escándalos tan salvajes, descubren tanto la insuficiencia de educación como exceso de energía sin empleo. Está fuera de duda que nuestra clase traficante, es con más o menos excepciones, ¡la más sana, la más robusta y al mismo tiempo la menos trabajadora…!»

—¡Eso es ciertísimo, de una exactitud absoluta! —exclamó Tomás, acompañando sus palabras con un puñetazo formidable—. Tengo tantas fuerzas como un buey y no trabajo más que un gorrión…

—«¿Qué uso puede hacer el traficante de su energía? La Bolsa no pide mucha; la gasta en orgías, en los cafés cantantes, ignorando que sus fuerzas musculares tienen otro empleo más digno, más precioso. Es aún un animal y la vida es para ellos una jaula estrecha, estando dotados de buena salud y con tan amplias costumbres. Molesto por la civilización, se sacude de cuando en cuando y se lanza a la corrupción. La corrupción del traficante, es siempre la protesta de la bestia aprisionada. Es incontestablemente deplorable. Pero ¡ay de mí! aún será peor cuando la bestia haya adquirido un poco de talento y haya disciplinado sus fuerzas. Creedme, el traficante dará siempre algunos escándalos, pero entonces estos escándalos perderán las proporciones de acontecimientos históricos. ¡Que el cielo nos preserve de ello! Pues entonces el objetivo, será el deseo de subir al poder, su fin, el poderío de una sola clase y estad seguros de que el traficante no se detendrá en la elección de medios para llegar a conseguirlo…»

—¿Eh? ¿Qué piensas tú de esto? ¿Es verdad? —preguntó Ejof poniendo el periódico a un lado.

—No comprendo el final —respondió Tomás—. Todo lo que concierne a la fuerza está muy justo. ¿Para qué me sirve a mí la fuerza si no le encuentro empleo? Habría debido pegarme con la canalla… o ser canalla yo mismo… En general, hacer algo… grande… Pero no con la cabeza, con las manos y el pecho… No, estoy condenado a ir a la Bolsa para aplicarme a robar un rublo a mi vecino… ¿Tengo acaso necesidad de ello? Y más aún: ¿La vida está constituida sólo sobre esta base? ¿Qué vida es ésta en donde todo el mundo gime y está estrecho? La vida debería ser a gusto de cada cual… Si yo no tengo bastante sitio, estoy obligado a hacérmelo… para sentirme a gusto… ¿Pero cómo? ¡Ése es el problema! ¿Qué es necesario hacer para vivir libremente? No puedo comprenderlo y me hago siempre la misma pregunta…

—Sí —exclamó Ejof lentamente—. ¡Así te encuentras! ¡No es malo! ¿Si pudieses instruirte un poco? ¿Qué piensas de los libros? ¿Has leído alguno?

—No, no me gusta leer, no leo…

—No te gusta, porque nunca has leído.

—Tengo hasta miedo de leer… Conozco alguno… Es peor que beber vino. ¿Qué resultado da la lectura? Un hombre inventa una historia, los demás la leen… Si es por curiosidad… está muy bien. Pero si es menester aprender a vivir en los libros es grotesco. No es Dios quien escribe los libros, son los hombres. ¿Cuáles pueden ser los ejemplos y las leyes que puede dictar para su uso?

—¿Y el Evangelio? Ha sido escrito por los hombres.

—Eran los Apóstoles… No hay más ahora…

—¡La observación es justa! Es verdad, amigo, ya no existen más Apóstoles… Sólo se encuentran Judas, y aun esos muy degenerados.

Tomás estaba contento porque veía que Ejof le escuchaba atentamente y parecía pesar algunas de sus palabras. Por primera vez en Su vida encontraba semejantes disposiciones con respecto a él, y las aprovechaba para expresar libremente ante su camarada, todos sus pensamientos, sin buscar las palabras, seguro de ser comprendido.

—¡Eres un muchacho bien extraño! —le dijo por fin Ejof, dos días después de su encuentro—. No tienes palabra fácil… pero se adivina en ti un alma audaz. ¡Si tuvieses alguna práctica de la vida, habrías podido hablar alto y firme… sí!

—¡Ah!, las palabras no alivian en ningún modo y no nos purifican —suspiró Tomás tristemente—. Hablabas el otro día de las gentes que pasan por saberlo todo y poderlo todo… Yo conozco también algunos… Mi padrino es de ellos… Contra ellos, es contra quienes se debería empezar una campaña… sacarlos a la vergüenza… Son individuos nefastos…

—No puedo imaginarme, Tomás, cómo harás para vivir, si conservas, más tarde, lo que tienes en ti mismo —le dijo Ejof pensativo.

—Es duro… Me falta perseverancia… Yo habría quizás podido hacer algo, pero en el momento… Comprendo, por ejemplo, que todo el mundo sufre y se siente estrecho… y yo sé que mi padrino se da cuenta perfectamente… Pero él aprovecha este estado… Así vive a su gusto: entra donde quiere como una anguila… Mientras que yo soy un hombre corpulento y pesado… ¡Y me ahogo! ¡Yo vivo trabado…! Pero no tengo más que hacer un esfuerzo con todo el cuerpo y las ligaduras caerán…

—¿Y después? —preguntó Ejof.

—¿Después?

Tomás reflexionó un instante: luego movió la cabeza y dijo:

—No sé aún; ¡lo veremos!

—¡Veremos! —concluyó Ejof.

Este hombrecillo vegetaba en la vida. Su día empezaba así: por la mañana tomaba el té, recorría los periódicos y sacaba de los sucesos del día su crónica que hacía inmediatamente en un extremo de la mesa. Después de esto, pasaba presuroso a la redacción del periódico y recortaba noticias bajo el título de «Cuadros de provincia». El viernes preparaba el folletín del domingo. Todo este trabajo le valía ciento veinticinco rublos mensuales; trabajaba deprisa y consagraba sus horas libres a la «Revista de los establecimientos religiosos». Hasta media noche, andaba en compañía de Tomás, por los círculos, los cafés cantantes y los restaurantes, recogiendo en todas partes datos para artículos que titulaba: «Los cepillos de la conciencia pública». Llamaba al redactor jefe «el gerente de la propagación de la verdad y de la justicia del mundo», a su periódico «El entrometido, ocupado en poner al lector al corriente de ideas maléficas» y su trabajo «La tienda del alma al por menor» o también «Un ensayo de temeridad contra las instituciones de naturaleza divina».

Tomás no distinguía la mayor parte de las veces, si Ejof hablaba en serio o si bromeaba. Hablaba de todo fogosamente, lo denigraba todo, y eso agradaba a Tomás. Le sucedía también empezar un discurso con un ardor apasionado y contradecirse con el mismo ardor o concluir con alguna salida de tono. En estas ocasiones, Tomás se decía que no llevaba en sí ningún ideal, que para él no había nada sagrado, nada que le guiase. Sólo cuando hablaba de sí mismo, Ejof tomaba una voz diferente, y entonces cuanto más calor ponía en sus palabras, más terrible era y duro para los demás. En sus referencias a Tomás, este mismo contraste le animaba y le decía con voz vibrante:

—¡Ánimo! ¡Echa por tierra y niega lo que puedas! ¡Ábrete camino! Nada es más precioso que el hombre; acuérdate de eso… Grita con todas tus fuerzas: ¡Libertad! ¡Libertad!

Pero cuando Tomás, inflamado por estas palabras, pensaba en combates, en confundir a todos los que por interés personal rehusasen ensanchar los límites de la vida, Ejof le interrumpía a menudo:

—¡Deja! Tú no puedes nada. Los individuos como tú son innecesarios… Vuestra era, la era de la violencia, ha pasado, pero no la del talento. Llegas demasiado tarde… Tu puesto está ocupado.

—¿Ocupado? ¡Mientes! —gritaba Tomás, a quien la contradicción irritaba.

—Vamos a ver, ¿qué puedes tú hacer?

—¿Yo?

—¡Tú!

—Toma… puedo matarte —respondió Tomás apretando los puños con rabia.

—¡Oh, qué horror! —decía Ejof, encogiéndose de hombros con lástima—. ¿Tiene eso sentido? Ya estoy bastante deteriorado, estoy medio muerto…

Atento a cada una de sus palabras, observándole y compilando sus discursos, Tomás comprendía que Ejof era un hombre tan débil y tan sin guía como él. Y, sin embargo, notaba su influencia. Su lengua se enriquecía de expresiones nuevas y se apercibía a veces con alegre admiración del giro hábil y de la fuerza que había sabido dar a su palabra.

—Nos vamos a divertir hoy —dijo una mañana Ejof—. Nuestros cajistas se han reunido porque han aprendido su trabajo directamente de la imprenta… Con esta ocasión se organiza una fiestecita a la que estoy invitado… Soy yo quien se lo ha aconsejado… ¿Vienes? Les pagarás la bebida…

—Con mucho gusto —dijo Tomás, indiferente en los medios de matar el tiempo.

En la noche del mismo día, Tomás y Ejof se encontraban en el campo, en el lindero de un bosque, en compañía de compañeros impresores. Los tipógrafos eran doce; muy limpios, estaban con Ejof con cierta confianza que admiraba mucho a Tomás, pues a sus ojos Ejof era un maestro, su superior, y ellos no eran sino sus servidores.

La presencia de Gordeief pasó inadvertida, por más que, llegando Ejof, le hubiese presentado y que todos le hubiesen estrechado la mano y hecho una acogida amable. Se tendió bajo un nogal apartado, sintiéndose extraño en esta reunión al ver que Ejof que le invitaba no le hacía caso. Éste buscaba evidentemente la compañía de los tipógrafos. Se esforzaba en hacer lo que ellos; corría, se acercaba al fuego, descorchaba botellas de cerveza, juraba y reía a carcajadas. Vestía también con mayor sencillez que de costumbre.

—¡Amigos míos, qué bien me siento entre vosotros! ¡Mi origen y el vuestro son hermanos! ¡No soy más que el hijo de un portero, del sargento Mateo Ejof!

«¿Para qué contarles eso? —se preguntaba Tomás—. Cada uno es hijo de su padre… y la estimación no viene por los padres sino por los méritos personales…»

El sol se ponía y el cielo tenía el carácter de una inmensa hoguera que teñía las nubes de oro y sangre, y aquellos hombres que se agitaban ruidosamente, ofrecían un conmovedor contraste con la calma profunda de la selva. Uno de los obreros alto y delgado, con sombrero de país de ala ancha, tocaba una armónica. Otro de bigote negro, su gorra metida hasta la nuca, canturreaba a media voz. Otros ensayaban sus fuerzas en un árbol flexible. Varias siluetas se movían alrededor del canasto de las provisiones; un hombre gris echaba sarmientos al fuego. Sus ramas húmedas se retorcían y chisporroteaban, mientras que la armónica continuaba su aire alegre que acompañaba la voz de un cantor.

Cerca del fuego tres jóvenes conversaban echados en la hierba, y Ejof ante ellos, les hablaba en su tono penetrante.

—Sois los abanderados del estandarte sagrado del trabajo… y yo soy como vosotros, un simple soldado en las mismas filas, al servicio de Su Majestad la Prensa… Debemos continuar unidos en una fraternal y sólida amistad.

—Lo que decís, es cierto, Nicolás Matveich —articuló en voz baja—. Os suplicamos intercedáis por nosotros cerca del editor. ¡Usad de vuestra influencia! Es inadmisible poner al mismo nivel la enfermedad y la borrachera… Mientras que con su sistema he aquí lo que sucede: cuando algún compañero se emborracha, se le insulta; cuando cae malo… sufre el mismo castigo. Nosotros querríamos poder llevar un certificado del médico en caso de enfermedad… como prueba, y se le daría entonces la mitad de la paga. Esto es muy duro a veces… Sucede que tres caen enfermos al mismo tiempo.

—Sí… Es razonable —aprobó Ejof—. Pero, amigos míos; los principios de la cooperativa…

Tomás no prestó más atención a su conversación. La indiferencia de que se creía objeto le hería en su amor propio, al tiempo que le inspiraba estimación por aquellos individuos, en cuyos rostros el polvo del plomo había señalado su sello gris. Casi todos conversaban de cosas serias y empleaban expresiones justas. Ninguno le buscaba, no le importunaban con aquella bajeza servil que veía habitualmente en sus compañeros de recreo. Consideró esto lleno de satisfacción.

—«¡Ved ésos! —se decía—. Tienen su orgullo».

—Nicolás Matveitch —exclamó bruscamente una voz a su lado—, no se pueden juzgar las cosas por los libros. Es menester ir a los hechos… Se disputa una corteza de pan por la necesidad y no por haberlo leído en los libros. No existen reglas para esto.

—Dispensad, amigos míos. La experiencia de nuestros compañeros debe servirnos…

Tomás volvió la cabeza del lado en que Ejof peroraba, gesticulando con el sombrero que tenía en la mano.

Pero en este momento alguien dijo:

—¡Aproximaos, señor Gordeief!

Un muchacho rechoncho con blusa y botas altas, le sonreía amigablemente, pronunciando estas palabras. Su rostro, redondo y ancho, de gruesa nariz, agradó a Tomás y respondió sonriendo igualmente:

—Con mucho gusto… Pero ¿no es hora de aproximar también el coñac? He traído una docena de botellas por casualidad…

—¡Oh! ¡Bien! ¡Bien se ve que sois un comerciante serio! Voy a comunicar esta nota diplomática a los compañeros…

Y se echó a reír, encantado de su propia broma. Su risa contagiosa ganó a Tomás que se sintió alegre y dichoso, preguntándose si era la precocidad del muchacho o bien el rescoldo del hogar lo que le calentaba el corazón.

El crepúsculo palidecía. En el horizonte, en la puerta, una inmensa cortina de púrpura bajaba hacia tierra, descubriendo la profundidad infinita del cielo, donde brillaban las innumerables luces de las estrellas. A lo lejos aparecía, confusa ya, la masa compacta de la ciudad que una mano invisible bordaba de luces, mientras que acá la floresta majestuosa erguía al cielo su muralla negra. La luna no había aún aparecido y en los campos se extendía una semiclaridad gris…

Todos se aproximaron al fuego; Tomás se colocó al lado de Ejof, de espaldas a la llama, teniendo enfrente una fila violácea de rostros alegres e inocentes.

Todos estaban ya un poco excitados por el vino, pero ninguno estaba aún ebrio. Bromeaban, reían, empezaban canciones y bebían comiendo pepinos, pan blanco y salchichón. Todas estas cosas tenían aquel día un gusto particularmente agradable para Tomás. Se sentía a gusto en aquel medio ambiente franco y sencillo. Habría querido encontrar palabras cordiales que decir y despertar en estas gentes simpatías por él. Ejof, sentado a su lado, murmuraba palabras ininteligibles, se agitaba sin cesar, le daba con el codo, movía la cabeza…

—Vaya, amigos míos —propuso el rechoncho muchacho—, cantemos la canción de los estudiantes… ¡Vamos! Una…, dos…


Nuestros dias van corriendo
rápidos como las olas…
 

Empezó con voz de contralto.

—¡Camaradas! —dijo Ejof, levantándose, con su vaso en la mano.

Apenas si se tenía en pie y con su mano libre se apoyaba en la cabeza de Tomás. El cantor se detuvo y todas las miradas se volvían hacia Ejof.

—¡Trabajadores! Permitidme dirigiros algunas palabras… salidas del fondo del corazón… Me siento feliz entre vosotros. ¡Me siento libre…! Es porque sois hombres de trabajo, hombres cuyo derecho a la felicidad es incontestable, aunque desconocido… En vuestro sano y noble seno de gente honrada, el alma ulcerada de un pobre hombre, que la vida ha destrozado, se siente libre y sin trabas.

La voz de Ejof vibró y fue sacudida por un temblor.

Tomás sintió que una gota caliente le caía en la mano. Levantó los ojos hacia Ejof, quien, con el rostro convulso continuaba su discurso, temblando como una hoja.

—No soy solo… somos legión, a quienes un destino madrastra ha perseguido inhumanamente, maltratado, aprisionado. Somos más desgraciados que vosotros, porque no tenemos ni vuestra fuerza moral ni vuestra resistencia física; pero más fuertes que vosotros también porque estamos armados de todos los conocimientos que podemos utilizar… Nos consideramos dichosos procurándoos nuestra ayuda… ¡Qué otra cosa podemos hacer…! Sin vosotros, nos vemos privados del suelo y vosotros sin nosotros de la luz. ¡Camaradas! El destino nos ha creado para completarnos los unos a los otros…

«¿Qué querrá de ellos?», se preguntaba Tomás indignado.

Examinó los rostros de los tipógrafos y vio que todos expresaban la fatiga, la perplejidad o el aburrimiento.

—El porvenir es nuestro… ¡amigos míos! —prosiguió Ejof, moviendo la cabeza con tristeza como si hubiese temido este porvenir arrepentido de cederle a los tipógrafos—. El porvenir pertenece a los hombres laboriosos y probos… ¡Tenéis una gran obra que llevar a cabo! De vosotros depende crear una civilización… ¡de libertad, de vida y de luz! Y yo que soy de los vuestros, en cuerpo y alma, yo, hijo de un soldado, os dedico este brindis: bebamos por vuestro porvenir. ¡Hurra!

Ejof vació su vaso y se sentó pesadamente en tierra. Los obreros exhalaron varios hurras, con entusiasmo, y en el aire subía un largo grito que hizo temblar el follaje de los árboles.

—¡Ahora una canción! —propuso de nuevo el muchacho regordete.

—¡Sí, sí! —abogaron dos o tres voces.

Y una viva disputa se entabló a causa de la elección de la canción. Ejof escuchaba volviendo la cabeza a derecha e izquierda, examinando los rostros.

—¡Amigos míos! —exclamó de repente—. Respondedme… respondedme algunas palabras a los deseos que he formulado por vosotros.

Un nuevo silencio se restableció entre los obreros. Algunos le miraban con curiosidad, otros reprimían una sonrisa, otros estaban visiblemente descontentos. Se levantó y empezó a hablar muy excitado:

—Aquí estamos dos que la vida ha rechazado… Soy yo y aquel hombre. Tenemos los dos las mismas aspiraciones… Querríamos tener la fortuna de sentimos útiles a la humanidad… ¡Camaradas! Este gran bestia…

—Nicolás Matveitch, no debe usted injuriar a nuestro huésped —dijo una voz gruesa irritada.

—Sí, eso es enteramente inútil —afirmó el muchacho regordete que había invitado a Tomás a unirse a ellos—. ¿Para qué palabras que hieran?

Una tercera voz articuló claramente:

—Nos hemos reunido para divertimos, para descansar…

—¡Tontos! —articuló débilmente Ejof—. ¡Buenos tontos estáis! ¿Tenéis lástima de él? ¿Pero sabéis siquiera quién es? ¡Es uno de los que chupan vuestra sangre!

—¡Basta, Nicolás Matveitch! —exclamaron a coro.

Y se pusieron a hablar todos a la vez, sin preocuparse más de Ejof. Su aspecto dio tanta pena a Tomás, que ni siquiera pensó en ofenderse por sus palabras. Veía que todos aquellos individuos que habían tan calmosamente tomado su partido contra Ejof, se habían unido y no le concedían la menor atención. Comprendía que si el periodista se apercibía de ello, sufriría horriblemente. Para distraer a su amigo y evitarle aquella humillación, le tocó con el codo y le dijo con una sonrisa:

—¡Ea, gruñón…! ¡Bebamos! A menos que prefieras retirarte.

—Retirarme. ¿Dónde está la casa de aquél que carece de puesto entre los hombres? —preguntó Ejof.

Y exclamó de nuevo:

—¡Camaradas!

Su llamada confundióse en la conversación general y no tuvo eco. Bajó la cabeza y dijo a Tomás.

—¡Vámonos!

—Vámonos. A pesar de que me hubiera quedado de buena gana. Es curiosísimo… Se porta muy bien esta gente… Te lo juro…

—Yo no puedo más… me ahogo… tengo frío…

Tomás se levantó, se quitó la gorra y saludó a los obreros con voz alegre y fuerte:

—Muchas gracias, señores, por vuestra buena acogida. ¡Adiós!

Le rodearon, trataron de contenerle y voces persuasivas decían:

—¡Esperad! ¿Dónde vais? Cantaremos juntos, ¿eh?

—Imposible, me veo precisados a dejaros… mi camarada está solo… no puedo abandonarle… debo acompañarle. ¡Divertirse!

—¡Bah! Bien podías aguardaros un poco —exclamó el muchacho grueso. Y murmuró quedo—: Él puede acompañarse… solo.

Otro añadió en el mismo tono:

—Quedaos… Luego le acompañaremos hasta la ciudad. Tomará un coche y concluido.

Tomás tenía grandes deseos de quedarse, pero se veía comprometido.

Ejof se había levantado, se agarraba a su manga y balbuceaba:

—Vámonos… ¡Que se los lleve el demonio!

—Hasta la vista, señores. Me voy —dijo Tomás. Y se alejó.

—¡Ja, ja, ja! —exclamaba Ejof, andando—. Manifiestan sentimiento, pero en el fondo están encantados de verme partir… Les molestaba, les impedía transformarse en brutos…

—Verdaderamente, tú les molestabas —replicó Tomás—. Pero ¿a qué tanto discurso? Esta gente se ha reunido para divertirse un rato… ¿Qué es lo que pretendías?… Los aburrías…

—¡Cállate! ¡No sabes nada! —le gritó Ejof—, ¡Te imaginas que estoy borracho! Mi cuerpo quizás esté ebrio, pero mi alma está lúcida y puede comprenderlo todo… ¡Oh, qué odiosa es la vida! ¡Qué de fealdades, de miserias, de atrocidades se encuentran! ¡Y la humanidad… esta estúpida y lamentable humanidad…!

Ejof se detuvo. Se cogió la cabeza con las manos y permaneció así durante varios segundos.

—Sí —articuló lentamente Tomás—, los hombres difieren unos de otros… Ésos, por ejemplo… son corteses… Diríase hombres de mundo… Tienen razonamientos llenos de sentido… ideas… Y no son, sin embargo, más que obreros.

Una canción cantada a coro llegó hasta ellos en aquel momento. Las voces, primero inciertas, se afirmaron más y más y formaron pronto un conjunto armonioso que se extendió como una onda amplia y llena en el aire fresco de la noche por encima de la soledad y de la paz de los campos.

—¡Oh, Dios mío! —dijo dulcemente Ejof con un doloroso suspiro—. ¿Cómo vivir? El alma tiene necesidad de alimento… ¿Cómo satisfacer sus necesidades de amistad, de fraternidad, de amor, de trabajo puro y santo…?

—Esas gentes son sencillas —prosiguió Tomás en su idea sin escuchar las palabras de su camarada, cuando se les ve de cerca, están bien, verdaderamente; pero muy bien… Es curioso… campesinos… obreros tomados individualmente… son bestias en suma. Sufren, soplan…

—Llevan nuestra vida sobre sus hombros —exclamó Ejof, mohíno—. Le sobrellevan, como caballos, resignados y estúpidos… y esta resignación es la que constituye precisamente nuestra desgracia.

Tomás daba vueltas a su idea y continuaba:

—Trabajan, se fatigan toda su vida diciendo tonterías… Después, de repente, sacan a relucir una idea, como no se encontraría en un siglo de reflexión… Lo que prueba que sienten algo… ¡Hum! ¡Ya lo creo, son bien curiosos…!

Ejof andaba tambaleándose y silencioso. De pronto se puso a hablar con voz cavernosa, vacilante, que parecía salir del fondo de sus entrañas. Recitaba versos acompañando sus palabras de ademanes en el vacío:


La vida cruel que traicionas y perturbas
el sino triste del rebaño humano…
 

—Amigo mío, estos versos son míos —dijo deteniéndose e inclinando tristemente la cabeza—. Veamos cómo sigue. Ya los he olvidado… Era cuestión de ilusiones, de deseos puros y santos… pero todo ha sido ahogado en mi alma por esta vida de miseria… ¡Ah…!


¡Las ilusiones perdidas
no renacerán jamás…!
 

—¡Amigo…! Tú eres más dichoso que yo, porque tú eres un bestia. Mientras que yo…

—¡Ea, basta! —dijo Tomás impacientado—. Mira, escucha otra canción…

—No quiero oír canciones de nadie —replicó Ejof moviendo la cabeza—. Tengo la mía… La canción de un alma, que la vida ha destrozado…

Exhaló un grito salvaje:


¡Las ilusiones perdidas
no renacerán jamás…!
¡Nunca, jamás, jamás!
 

—Había cultivado con amor un parterre de bellas esperanzas y de sueños… Todo está ajado… La muerte ha entrado en mi corazón… Los cadáveres de mis ilusiones acaban de enterrarse. ¡Oh…! ¡Oh…!

Ejof se puso a llorar, sollozando como una mujer.

Tomás le compadecía, pero se sentía ya enervado. Le sacudió por el hombro impaciente y dijo:

—Concluye. Ven… ¡Qué débil eres…! ¡Amigo mío…!

Ejof se irguió y continuó con voz salvaje y plañidera su melopea:


Las ilusiones perdidas
ya no podrán renacer,
las rosas de los rosales
todas han de perecer.
 

—¡Oh! ¡Señor! —exclamó Tomás desesperado—. Basta ya, te digo… en el nombre del cielo. Esto es espantoso, palabra…

El coro se oía aún… Alguien acompañaba chillando, y aquel chillido penetrante se adelantaba a la onda profunda de las voces.

Tomás miró en dirección de donde provenía el canto. Se veía siempre el bosque que se elevaba como una alta muralla negra y el fuego que llameaba alegremente, iluminando las formas humanas que se agitaban. La masa profunda de los árboles parecía un ancho pecho que la llama sangrienta de la hoguera agujereaba cual una enorme herida. La sombra espesa agrupada alrededor de esa mancha de luz hacía resaltar con nitidez las siluetas de los hombres que se movían alrededor de la hoguera, iluminados y como mezclados en el resplandor rojo de las llamas. Parecían todos pequeños, parecidos a niños, y se agitaban levantando los brazos y lanzando en el espacio su canto vigoroso.

Ejof, en pie al lado de Tomás, le decía, alterado:

—¡Tú eres un bruto insensible! ¿Por qué me rechazas? Debes escuchar la queja de un alma agonizante… y llorar… ¡Pero vete! ¡Aléjate de mí! ¿Crees que estoy ebrio? Estoy envenenado… ¡Vete!

Tomás se alejó algunos pasos sin dejar de mirar el bosque y el fuego que formaban un cuadro conmovedor en la oscuridad que los rodeaba. Dijo dulcemente:

—No seas tonto… ¿Por qué gritas?

—Quiero quedarme solo… y concluir mi canción…

Y dio algunos pasos tambaleándose y vociferó con voz desgarradora:


Las rosas de los rosales
todas han de perecer,
yo también he de morir
y no volveré a nacer.
 

Aquellos aullidos llenaron de espanto el alma de Tomás. Corrió a su camarada, pero antes de que llegase a él, Ejof exhaló un grito estridente y cayó pesadamente a tierra, con los brazos en cruz. Sollozaba y exhalaba quejas, y después lloró en silencio como un niño.

—¡Nicolás! —decía Tomás, cogiéndole por los brazos—. Vamos, anda… ¿Qué significa esto? ¡Dios mío! ¡Nicolás! Basta… ¿No te da vergüenza?

Pero Ejof no experimentaba ninguna vergüenza. Se escabullía como un pescado que acaba de salir del agua, y desde que Tomás pudo ponerle en pie, se le pegó abrazándose a él y apretándose contra su pecho, siempre llorando.

—¡Vaya, vaya! —gruñía Tomás entre dientes—. Cálmate, amigo mío…

Lleno de lástima y compasión por aquel hombre que la vida hollaba tan despiadadamente, con el alma llena de hiel y de rabia, Tomás se volvió hacia la ciudad, brillante de luz, y gritó con voz fuerte y llena:

—¡Anatema! ¡Malditos seáis! Paciencia… Vuestras tornas llegaron. ¡Malditos seáis!

XI

¡Liubova! —dijo un día Maiakín volviendo de la Bolsa—. Prepárate esta noche a recibir un pretendiente. Haznos una buena cena. Pon en la mesa la vajilla de familia… las copas para los licores. Es necesario que nuestro servicio salte a la vista… Quiero que se sepa que aquí no tenemos sino objetos de valor. Liubova repasaba los calcetines de su padre sentada cerca de la ventana, la cabeza inclinada sobre el trabajo.

—¿Para qué tantas historias, papá? —preguntó con voz descontenta.

—Es la salsa… obligatoria… Es la costumbre también… una hija no es como un caballo, no se deshace uno de ella sin haberla adornado antes…

Liubova, roja, levantó la cabeza vivamente; puso a un lado su trabajo y miró a su padre… después volvió a coger los calcetines y se puso a trabajar con ardor. El viejo se paseaba por la estancia, tirándose de los pelos de la barba; su mirada era dirigida sobre algo invisible y lejano y su actitud denunciaba una grave preocupación. La joven comprendió que no estaría dispuesto a escucharle y que no comprendería toda la humillación que le inflingieran. Sus sueños románticos de un marido instruido que hubiese sido su compañero, con el cual hubiese podido continuar sus lecturas elevadas, fuente de claridad para sus pensamientos y sus deseos, eran ahogados por la voluntad implacable de su padre que le imponía este casamiento con Smolín. Una amargura y una gran tristeza invadieron su corazón.

Se había habituado a considerarse superior a las jóvenes de su medio, hijas de comerciantes, frívolas y tontas, preocupadas únicamente de sus tocados, que se casaban por cálculo y no por amor.

Y he ahí que le llegaba su tumo, iba a casarse porque era tiempo y su padre buscaba un yerno y un heredero. Y aquel padre se decía que ella era insuficiente para atraer la atención de un hombre y que a más hacía falta el atractivo de la vajilla de familia.

Alterada, trabajaba nerviosamente, se pinchaba los dedos, rompía las agujas, pero se callaba, sabiendo por experiencia que el corazón de su padre permanecía sordo a todas sus palabras.

El viejo continuaba su paseo a través del cuarto, ya canturreando salmos, ya ordenando la conducta que ella debía seguir con Smolín. Hacía al mismo tiempo cálculos con los dedos, sonreía, o fruncía las cejas…

—¡Hum…! ¡Así es! Juzgadme Señor y preservadla de un hombre pillo y falso… Sí… Ponte las esmeraldas de tu madre, Liubova.

—¡Basta, papá! —exclamó la joven desesperada—. Dejad eso…

—No repliques… Trata más bien de escuchar los consejos que se te dan…

Se abismó de nuevo en sus cálculos, entornando los ojos y moviendo los dedos.

—Treinta y cinco por ciento… ¡Hum…! Este muchacho es un bribón… ¡Consérvanos, Señor, la luz y la verdad!

—¿Papá? —interrumpió Liubova con voz temerosa y abatida.

—¿Eh?

—¿Os agrada… quizás?

—¿Quién?

—Smolín.

—¿Smolín? Sí, en verdad, es un muchacho seriote, un excelente comerciante.

* * *

Liubova abandonó su trabajo y se apoyó en el respaldo de la silla, cerrados los ojos. Había puesto sus manos en sus rodillas y apretaba con tal fuerza una contra otra que hacía crujir los huesos. Cruelmente humillada en su amor propio y aterrorizada ante un porvenir desconocido, dirigía mentalmente a Dios esta plegaria:

—«¡Dios mío! ¡Si pudiese ser un hombre bien educado! ¡Haz, Dios mío, que sea un hombre de corazón! ¡Un hombre de bien! ¡Oh, Dios mío! ¡Un hombre cualquiera viene, mira… y te alquila para largos años… si le agradas! ¡Qué vergüenza! ¡Qué horror! ¡Dios mío! ¡Dios mío! Si pudiese huir… ¡Si encontrase a alguien que me aconsejara! ¿Qué hacer? ¿Quién es él? ¿Cómo hacer para conocerle? ¡No puedo nada! ¡Y sin embargo, cuánto he meditado! He leído… ¿de qué me sirven las lecturas? Y para qué el saber que hay otro medio… puesto que no puedo… quizás si no hubiese leído tanto… la vida me sería más fácil… ¡qué suplicio…! ¡Qué desgraciada soy…! ¡Miserable! ¡Sola…! ¡Si al menos estuviese Taras…!»

El recuerdo de Taras, avivó su tristeza y aumentó la lástima que se inspiraba ella misma. Había escrito a Taras una larga carta, exaltada, llena de cariño y de esperanzas que en él ponía. Suplicaba a Taras que viniese en seguida a ver a su padre. Formaba planes para su vida común, afirmaba a Taras que su padre era de una inteligencia superior y era capaz de comprenderlo todo, y asimilarlo. Le contaba la tristeza de su soledad, admiraba la vitalidad sorprendente del viejo y se quejaba al mismo tiempo del modo que la trataba.

Durante quince días, esperó temblando la respuesta tan deseada y cuando por fin llegó ésta y Liubova la hubo devorado, anegóse en lágrimas, lágrimas de alegría y de decepción. La respuesta era corta y seca. Taras decía que dentro de un mes iría para negocios en el Volga y no dejaría de visitar a su padre si en realidad el viejo no veía inconveniente en ello.

Aquella carta era glacial. La leyó varias veces, llorando la estrujó; ¿no podía hacerla más afectuosa? El papel amarillento cubierto de una escritura firme y gruesa que tenía entre sus dedos, evocaba en su imaginación un rostro arrugado, huesoso, sombrío, mirada sospechosa, el retrato de su padre.

Contraria fue la impresión que esta carta produjo a Jacob Tarasovitch… Sabiendo que su hijo había escrito, el anciano se emocionó, se animó y dijo a su hija con su sonrisa peculiar:

—¡Vamos, dámela! Déjame ver… que pueda juzgar lo que escribe la gente de talento… ¿Dónde están mis gafas…? ¡Hum! «¡Mi querida hermana!» Sí…

El viejo se calló; leyó la carta de su hijo y la puso sobre la mesa. Sus cejas se elevaron y dio algunos pasos a través del cuarto, abismado en sus meditaciones. Después releyó la carta; dio con los dedos en la mesa, tecleando y declaró:

—Está bien… es una carta sensata… no tiene nada de más… Pues bien, este muchacho se ha corregido quizás en las regiones polares… Los fríos allá son terribles… que venga… Siento curiosidad por verle… Sí… Hay también en los salmos de David, sobre los misterios del hijo, un versículo muy justo, pero no lo recuerdo de memoria. En fin, conversaremos despacio.

El viejo ensayaba hablar con calma y una sonrisa desdeñosa erraba en sus labios; pero sus arrugas temblaban y sus ojos resplandecían con brillo particularmente vivo.

—Escríbele otra vez Liubova; dile que venga… ¡qué venga resueltamente!

Liubova había escrito una segunda carta a Taras, pero aquella vez una carta tranquila y reposada, y esperaba la respuesta de un día a otro, esforzándose por representarse a aquel camarada misterioso. Siempre había soñado con él, lleno el corazón de ese piadoso respeto que los creyentes sienten por los santos y los ascetas. Ahora, veía su posición, adquirida a precio de sufrimientos, de su juventud perdida en un destierro alejado, obtenía el derecho de juzgar a los hombres y la vida… Va a llegar y le preguntará:

—«¿Te casas libremente y por amor?»

¿Qué le responderá ella? ¿Le perdonará su cobardía? ¿Por qué se casa? ¿Ha hecho realmente todo lo que estaba en su poder para cambiar el curso de su vida?

Pensamientos melancólicos surgían uno a uno en el cerebro sobreexcitado de la joven, atormentándola y turbándola en su impotencia, de oponerles una voluntad firme, un deseo bien definido.

En este estado nervioso, vecino de la desesperación, costándole trabajo retener las lágrimas, hizo maquinal, pero estrictamente, lo que su padre le ordenara. Dispuso la mesa, colocó la vajilla antigua y cristales preciosos, vistióse una bata de seda gris y colgó de sus orejas enormes esmeraldas, alhajas de familia de los príncipes Grusinski, en manos de su padre, a título de garantía, con otras numerosas curiosidades. Al mismo tiempo que se miraba en el espejo, vio que sus labios carnosos parecían más rojos aún sobre la palidez de su rostro alterado por la emoción. Su busto, de formas repletas, ondeando por la seda gris le daba cierto aire majestuoso que le sugería la idea de ser digna de atraer la atención de un hombre.

Pero el brillo de las piedras verdes, suspendidas de sus orejas, la hirió como un adorno superfluo y le pareció que su reflejo esparcía un tinte amarillento en sus mejillas. Las retiró y las reemplazó por rubís pequeñitos, sin cesar de pensar en Smolín. Se preguntaba: «¿Qué hombre es éste? ¿Cuál es su carácter? ¿Cuáles son sus aspiraciones? ¿Es amante de las letras?»

Notó que tenía ojeras negras alrededor de los ojos y se puso a cubrirlas de polvos, diciéndose que era una desgracia ser mujer, y dirigiéndose amargos reproches por su debilidad de carácter. Cuando el color oscuro hubo desaparecido bajo la capa de blanco de polvos de arroz, Liubova vio que sus ojos perdían su brillo y quitóse los polvos… Una última ojeada en el espejo le dejó agradable impresión de una bella persona. Este sentimiento la calmó y entró en el comedor con paso seguro de rica heredera que conoce lo que vale.

Su padre y Smolín estaban ya allí.

Liubova se detuvo en el dintel, los ojos ligeramente cerrados y los labios apretados. Smolín se levantó, avanzó hacia ella y se inclinó respetuosamente. Apreció la cortesía de este saludo y el corte elegante de la levita que oprimía sin hacer una arruga la ligera cintu ra de Smolín… Había cambiado poco, seguía tan rojo, los cabellos cortados al rape, el rostro cubierto de manchas escarlatas; pero al presente tenía un hermoso bigote sedoso y largo y sus ojos parecían más grandes.

—Qué tal te parece, ¿eh? —dijo Maiakín a su hija presentándoselo.

Smolín estrechó la mano que ella le tendía y dijo sonriendo:

—¿Espero que no habréis olvidado completamente a un antiguo camarada?

—¡Está bien! Hablaréis más tarde —dijo el viejo, tratando de adivinar el pensamiento de su hija—. Concluye de arreglarlo todo, Liubova, mientras que nosotros terminamos nuestra conversación. ¡Vamos! Africán Mitrich, explícate…

—¿Dispensad, Liubova Lacovlevna? —preguntó amigablemente Smolín.

«Cortés y listo», se dijo ella.

Y yendo y viniendo del aparador a la mesa, escuchaba con atención las palabras de Smolín. Hablaba con seguridad, tratando de ponerse al nivel de su interlocutor.

—He estudiado cerca de cinco años la situación de los cueros rusos en los mercados extranjeros. ¡Mala y triste situación! Hace treinta años, nuestro cuero era considerado como inmejorable, mientras que hoy los pedidos bajan y los precios también, por supuesto. Además, es natural, pues todos estos pequeños productores a quienes taita capital y conocimientos técnicos, son incapaces de levantar su industria, bajando los precios. Su cuero es detestable y ridículamente caro. Todos positivamente son culpables ante Rusia, pues han perdido la reputación que este país había adquirido como productor de los mejores cueros. Por regla general, el fabricante al detalle sin conocimientos especiales y sin medios, colocado por consiguiente en la imposibilidad absoluta de mejorar su industria y de ponerla al nivel del progreso técnico realizado, es la desgracia de un país, la ruina del comercio… una planta parásita…

—¡Hum! —gruñó el viejo, que con un ojo seguía todos los movimientos de su hija y con el otro miraba a su invitado—. Entonces, su intención hoy es crear una fábrica gigantesca que será, para los demás, el féretro y el panteón.

—¡Oh, no! —exclamó Smolín con gesto negativo—. ¿Para qué hacer daño a los demás? ¿Con qué derecho? Mi proyecto es levantar la reputación y el precio de los cueros rusos en el extranjero, y armado de conocimientos especiales y profundos del asunto, quiero montar una máquina modelo y no vender sino géneros perfectos. El honor comercial del país…

—¿Qué capital piensas consagrar a ello? —preguntó el viejo pensativo.

—Trescientos mil rublos aproximadamente.

«Mi padre no me dará semejante dote», pensó Liubova.

—Mi fábrica pondrá en venta cueros, bajo forma de maletas, de calzado, de correas, de arneses, etc., etc.

—¿Y qué interés imaginas sacar tú del dinero?

—No me imagino nada, calculo con toda la precisión necesaria y posible en nuestro país —dijo Smolín reposadamente—. El industrial debe estar lleno de sangre fría como el mecánico que crea una máquina. Puedo daros una nota que he redactado, según mis estudios personales, sobre la cría del ganado y el consumo de la carne en Rusia…

—¡Hombre! —dijo sonriendo Maiakín—. Tráeme esa nota, ¡es curioso! Veo que no has perdido el tiempo en tus viajes a través de la Europa occidental. Ahora, según costumbre rusa, comamos algo.

—¿Qué tal va, Liubova? —preguntó Smolín cogiendo su cuchillo y su tenedor.

—Lleva una existencia bien triste —se apresuró a responder Maiakín—. Es mi ama de llaves; toda la casa está a su cargo… No le queda tiempo para diversiones…

—Ni la ocasión hay que añadir —dijo Liubova—. Las reuniones y los bailes de los comerciantes no me gustan ni chispa…

—¿Y el teatro? —preguntó Smolín.

—Voy muy raramente. No tengo a nadie que me acompañe.

—¡El teatro! —exclamó el viejo—. Di, ¿por qué la absurda costumbre de representar al comerciante como un imbécil y un salvaje? Es incomprensible porque no es cierto. ¿Soy un imbécil yo, que soy el amo en todo, así en el ayuntamiento como en el comercio y asimismo del teatro que por cierto es mío? Veo al comerciante en escena y no es conforme con la realidad. Es cierto que piezas como: «La vida por el Zar», con canto, música y danza o bien: «Hamlet» o aún «La Maga Basilisa», no tienen necesidad de ser verdaderas, puesto que es el pasado que no nos importa… Que sea verdad o mentira poco importa siempre que esté bien. Pero si es una comedia de actualidad, la mentira debe ser prohibida. Se debe representar al hombre tal cual es…

Smolín escuchaba al viejo, con sonrisa cortés en los labios y echaba miradas a Liubova a hurtadillas como si la azuzase a replicar.

—Sin embargo, es menester convenir, papá, que la mayor parte de nuestros comerciantes son gente sin educación, salvajes…

—Sí —apoyó Smolín con sentimiento—, es una verdad triste.

—Tomás por ejemplo… —prosiguió la joven.

—¿No pertenecéis a ninguna sociedad? —preguntó Smolín a Liubova—. Aquí hay varias…

—Verdaderamente —suspiró Liubova— vivo alejada de todo…

—¡Los cuidados de la casa! —dijo el padre—. Ved qué cantidad de porcelana tenemos… Todo debe estar en orden, cuidadosamente puesto.

Echó una mirada satisfecha a la mesa resplandeciente de cristales y de argentería, a las vitrinas llenas de objetos preciosos y que parecían a un escaparate de almacén, Smolín examinó también todo lo que le rodeaba y una sonrisa irónica plegó sus labios. Después se trasladó su mirada a Liubova con expresión amigable y compasiva. Un ligero rubor se extendió por sus mejillas y se dijo con tímida alegría: «¡Gracias, Dios mío!».

La pareció que la luz de la gran lámpara de bronce, proyectaba un brillo más vivo: el cuarto apareció más claro y en las facetas de los cristales la luz bailó alegremente.

—Me gusta nuestra vieja ciudad —decía Smolín, sonriendo amigablemente a la joven—, es tan hermosa… tan animada, se respira un aire reconfortante, vivificador, que predispone al trabajo… Su situación pintoresca contribuye a ello… Se desea vivir una vida amplia y sana… trabajar mucho y seriamente… Sin contar que es un centro intelectual… Miren qué periódico más excelente se publica ahora. A propósito, queremos comprarlo…

—¿Quién, nosotros? —preguntó Maiakín.

—Yo, y Urvantzef Tchuzine…

—¡Está muy bien! —exclamó el viejo dando un golpe sobre la mesa—. ¡Perfectamente! ¡Tiempo es de taparles la boca! ¡Ya lo creo que es tiempo! Sobre todo a ese pillo de Ejof… A ese debéis rematarle y seriamente.

Smolín echó aún una mirada sonriente a Liubova cuyo corazón palpitó de nuevo. Muy ruborizada se volvió hacia su padre, dirigiéndose en realidad al joven.

—Tanto como me es posible juzgar a Africán Dmitrievitch, afirmo que no tiene de ningún modo la intención de rematar, como decís…

—Pero ¿para qué sirve un periódico? —preguntó el viejo encogiéndose de hombros—. Palabras en el aire y agitación, movimiento estéril… Es cierto que si gente seria lo dirigiese, si el traficante mismo se pusiese a escribir…

—La publicación de un periódico —interrumpió Smolín con tono doctoral—, examinada bajo el punto de vista comercial, puede ser un buen negocio. Pero el periódico tiene también otro fin, más importante: la defensa de los derechos del ciudadano y de los intereses industriales y comerciales…

—Es precisamente lo que yo digo: si el traficante le dirigiese él mismo, el periódico sería útil.

—Permítame papá —dijo Liubova.

Experimentaba el deseo de expresar sus ideas ante Smolín. Quería hacerle comprender que sentía el valor de sus palabras, que no era la hija vulgar de un traficante, frívola, ocupada de lujos y de danzas. Smolín le agradaba. Encontraba por primera vez un traficante que había vivido largo tiempo en el extranjero, que razonaba bien, vestía elegante y que usaba aquel tono de condescendencia que tienen las personas mayores cuando se dirigen a los niños.

«Después del casamiento le pediré que me lleve al extranjero», pensó de repente; y esta idea la alteró a tal punto que perdió el hilo de sus pensamientos y no supo lo que quería decir a su padre. Se calló durante algunos segundos, y, toda confusa, se decía que su silencio iba a ser desfavorablemente interpretado por Smolín.

—Olvida dar vino a nuestro huésped, papá —concluyó por decir.

—Es asunto tuyo, eres tú la dueña de la casa —replicó el viejo.

—No se molesten —exclamó vivamente Smolín—. No tomo nunca.

—¡Vamos! —bromeó Maiakín.

—¡Os lo aseguro! Un vasito o dos por casualidad, si me encuentro indispuesto; pero no comprendo cómo se puede beber vino por placer. Existen tantas distracciones diferentes para un hombre civilizado…

—Las mujeres, ¿eh? —dijo el viejo, guiñando un ojo de un modo significativo.

Las mejillas y el cuello de Smolín se enrojecieron, y miró a Liubova como pidiendo perdón.

—El teatro, los libros, la música —replicó secamente.

Liubova se puso radiante a estas palabras mientras que el viejo deslizaba hacia el joven virtuoso una mirada baja y decía con sonrisa sardónica:

—¡Eh! ¿La vida sin mujeres bonitas? ¡Antes los perros se contentaban con una corteza; hoy la crema no les parece bastante buena! Dispensad la vulgaridad del proverbio; no es para vosotros especialmente, es una observación general y es verdaderamente circunstancial.

Liubova palideció, y avergonzada, miró a Smolín.

Éste examinaba con calma imperturbable un salero esmaltado, de forma antigua, retorcía su bigote y parecía no haber oído las palabras del viejo… Sus ojos sólo se habían oscurecido y sus labios apretados acentuaban el dibujo firme de su barba.

—¿De modo, señor industrial —repuso Maiakín—, que con trescientos mil rublos vuestro negocio marcharía a las mil maravillas?

—Y en dieciocho meses, podré soltar el cargamento de géneros que se venderá como pasteles —añadió Smolín con una convicción inquebrantable, sus ojos fríos, fijos en los del viejo.

—Entonces, razón social: Smolín y Maiakín y ¿nada más? ¡Bueno…! Sólo que… ¿no es demasiado tarde a mi edad para emprender un nuevo negocio? Creo que mi ataúd me espera desde hace tiempo… ¿Qué dices tú a eso?

Smolín por toda respuesta, soltó una carcajada sonora, pero indiferente y concluyó:

—¡Qué broma!

El viejo tembló oyendo aquella risa y tuvo un movimiento hacia atrás involuntario. Los tres permanecieron en silencio durante algunos instantes.

—Sí —dijo Maiakín sin levantar la cabeza caída sobre el pecho—. Es menester pensar, reflexionar…

Después posó en su hija y en su futuro yerno una mirada profunda y dejando su asiento, dijo brutalmente:

—Voy a mi escritorio un momento… No os aburriréis, así lo espero.

Y salió, arrastrando los pies, encorvada la espalda y la cabeza baja…

* * *

Solos, los jóvenes cambiaron algunas frases banales, después se callaron, sintiendo que aquellas palabras les alejaban uno de otro. Se estableció un silencio molesto y pesado. Liubova cogió una naranja y se puso a mondarla con una atención exagerada.

Smolín bajó los ojos para mirarse el bigote y lo acarició con su mano siniestra. Después se puso a jugar con el cuchillo y dijo en voz muy baja:

—¡Soy muy indiscreto, excusadme! Pero diré primero que vuestra existencia es muy penosa. Liubova… al lado de vuestro padre… Pertenece a otros tiempos y me parece muy severo…

Liubova tembló y levantó sus ojos reconocidos hacia Smolín.

—No tiene muy buen carácter, es verdad, pero ya estoy acostumbrada… Tiene sus cualidades buenas, y…

—¡Oh, es incontestable! Pero sois tan joven, tan bella, tan instruida, con vuestras ideas… pues he oído hablar mucho de vos…

¡La sonrisa de Smolín era tan buena, tan compasiva, su voz se hacía tan tierna…! Un soplo tibio pasó en el aire y calentó sus corazones. La joven sintió germinar en el fondo de su alma, la esperanza tímida de la dicha y de la próxima libertad…

XII

Al día siguiente, por la mañana, Tomás, de vuelta de su viaje al Volga, se encontraba en el cuartito de Ejof. Sentado ante la mesa llena de periódicos, Ejof le contaba lo que había ocurrido en la ciudad durante su ausencia:

—La elección de los comerciantes ha empezado: quieren nombrar alcalde a tu padrino ¡el viejo diablo! Como Satanás, es inmortal… Tiene más de ciento cincuenta años. Entrega a su hija a Smolín… ¿Le recuerdas? ¡Aquel de pelo rojo! Se preocupan mucho de él… ¡Pero en los tiempos que corremos, se alaba a un hombre, cuando es un pillo redomado, puesto que ya no existen hombres honrados! Africán es hoy un hombre culto; ha penetrado en la sociedad intelectual, ha hecho donaciones y a fe mía se ha creado una buena situación… En cuanto a mí, le tengo por un perfecto granuja; pero irá lejos, pues tiene el sentido del cálculo… Sí, amigo mío, Africán es liberal… y un comerciante liberal es una mezcla de lobo y de cerdo, entreverado de sapo y de víbora.

—¡Bah! ¡Me río de todo eso! —dijo Tomás con indiferencia—. ¿Qué me importa a mí? Y tú ¿sigues bebiendo?

—Ya lo creo; ¿por qué no?

A medio vestir, despeinado, Ejof se parecía a un gallo desplumado que sale de un combate y aún no ha vuelto en sí.

—Bebo, porque me hace falta de cuando en cuando apagar los ardores de mi corazón ulcerado. Y tú, leño húmedo, ¿te consumes aún poco a poco?

—¡Debo ir a casa del viejo! —dijo Tomás sin contestar, con una mueca.

—¡Ten valor!

—No tengo prisa de ir… Va a empezar sus sermones…

—Entonces no vayas…

—¡Es preciso!

—Entonces ve.

—¡Déjate de chanzas! —dijo Tomás descontento—. Cualquiera diría que realmente estás muy alegre…

—¡Y te juro que es así! —exclamó Ejof, saltando de la mesa al suelo—. ¡Qué repaso le he dado ayer en el periódico a cierto individuo! Y además he oído una historia muy instructiva. Algunas personas reunidas al borde del mar hablan de filosofía a propósito de la vida. Entre ellos un israelita dice: «Señores, ¿para qué tantas palabras inútiles? Voy a deciros todo esto brevemente: nuestra vida no vale los dos sueldos que podríamos tirar al agua…»

—Vamos, ¡déjame en paz! Adiós… Me voy.

—¡Te marchas! Hoy me hallo en los tonos mayores y no puedo gemir contigo… tanto más cuanto que tú no gimes… gruñes…

Tomás dejó a Ejof, que cantaba a grito pelado: «Coge el tambor marinero…»

—«¡Tambor! ¡Buen tambor eres tú!» —pensó Tomás irritado, atravesando lentamente la calle.

* * *

Liubova le recibía en casa de los Maiakín. Conmovida y muy animada, fue a su encuentro y dijo vivamente:

—¡Tú! ¡Dios mío, qué pálido estás, y qué delgado…! ¡Debes llevar una linda vida!

Después su rostro reveló viva ansiedad.

—¡Ah. Tomás! ¡Es verdad, tú no lo sabes! ¿Oyes? Llaman… Quizás sea él…

Y la joven se lanzó fuera de la habitación, con un crujir de sedas delicioso, dejando a Tomás absorto y no dándole tiempo siquiera para preguntar por Maiakín.

En aquel momento presentóse Jacob Tarasovitch. Llegó vestido de levita muy larga y cubierto de condecoraciones; se detuvo en el umbral, apoyadas ambas manos en el montante de la puerta. Sus ojillos verdes examinaban a Tomás que sintiendo como el peso de aquella mirada, concluyó por levantar la cabeza…

—¡Buenos días, gentil caballero! —dijo el viejo moviendo la cabeza con aire burlón—. ¿De dónde viene? ¿Quién le ha reducido a ese estado de delgadez? ¡Ay de mí! La trucha busca el remanso, pero Tomás busca el cieno, el mal…

—¿No tiene usted mejores palabras para mí? —replicó Tomás, sombrío, fijando sus ojos en los del viejo.

A estas palabras, el rostro de Jacob cambió de color, sus piernas flaquearon; un violento temblor le sacudió y se agarró a la puerta. Tomás hizo un movimiento para prestarle auxilio, creyendo que se ponía malo. Pero el viejo le detuvo con el gesto y con voz sorda que dejaba entrever su furor:

—Vete —le dijo.

Y su rostro recobró su expresión habitual.

Tomás dio un paso atrás y se encontró al lado de un individuo de mediana estatura, rechoncho, que saludó a Maiakín y pronunció con voz ronca:

—¡Buenos días, papá!

—¡Buenos días, Taras Jacoblitch, buenos días! —repuso el viejo sin quitar las manos de la puerta, sonriendo con aire estúpido.

Tomás, incomodado se alejó un poco, y se arrellanó en una butaca considerando con curiosidad extraña el encuentro del padre con el hijo.

En el umbral de la puerta, Jacob Tarasovitch temblaba de pies a cabeza ; con la frente doblada a un lado, los ojos medio cerrados, miraba a su hijo en silencio. Taras, frente a él, con la cabeza erguida, envejecido, fruncido el ceño, posaba en su padre sus grandes ojos oscuros.

Una barbita negra, puntiaguda y varios pelos del bigote diseminados temblaban en su rostro huesoso, de larga nariz, parecido al de su padre. El sombrero temblaba en sus manos. Por encima del hombro del viejo, Taras podía percibir el rostro pálido, asustado y dichoso de Liubova. Ésta miraba a su padre con gesto suplicante y parecía pronta a hablar.

Durante algunos momentos, los tres permanecían en silencio, inmóviles, aplastados por la violencia de sus sentimientos. Jacob rompió al fin el silencio diciendo con voz sorda y temblona:

—¡Qué viejo te has hecho, Taras!

El hijo sonrió y examinó a su padre de arriba abajo. Éste dejó la puerta, dio un paso hacia adelante y se detuvo arrugando el ceño. Entonces Taras Maiakín, de un salto, se colocó frente al viejo y le tendió la mano.

—Abracémonos —propuso el padre dulcemente.

Se arrojaron uno en brazos del otro y con movimiento brusco se estrecharon convulsivamente.

En este momento las arrugas del viejo temblaban, mientras que el rostro huesoso del joven guardaba su inmovilidad altiva.

Su abrazo no cambió en manera alguna el aspecto exterior de aquella escena de familia. Liubova sollozaba de alegría y Tomás pudo al fin respirar ruidosa y libremente.

—¡Ah, hijos míos, sois las llagas del corazón y no sus alegrías! —pronunció Maiakín con voz vibrante.

Debió poner toda su alma en esta queja, pues su rostro se iluminó; pero pronto se sobrepuso y dijo a su hija con gesto de enfado:

—¡Ea! Ya estás atontada por la alegría… Danos algo, té, etc… ¿No debemos festejar la vuelta del hijo pródigo? Tú, viejecillo, ¿no te acuerdas ya de cómo es tu padre?

Con sus grandes ojos meditabundos, Taras Maiakín examinaba a su padre y sonreía. Se callaba, y su vestido negro hacía resaltar más las canas que sembraban aquí y allá su barba y sus cabellos.

—¡Vamos, siéntate! Habla, cuenta tu vida, todo lo que has hecho. ¿Qué miras? ¡Ah! Es mi ahijado… el hijo de Ignat Gordeief, Tomás… ¿Te acuerdas de Ignat?

—Me acuerdo de todo —respondió Taras lacónicamente.

—¡Oh! Está bien. ¿Estás casado?

—Viudo…

—¿Tienes hijos?

—No.

—Es lástima… ¡Habría tenido nietos!

—¿Puedo fumar? —preguntó Taras.

—¡Ya lo creo! ¡Bah! ¿Fumas cigarros?

—¿Le desagrada?

—¿A mí? Me es igual… no, digo eso porque un cigarro… es de gran señor.

—¿Y por qué tratarnos peor que ellos? —dijo Taras sonriendo.

—Pero ¿acaso he dicho yo eso? —exclamó el viejo—. He hecho una simple observación… porque me parece eso muy raro. Un viejo serio, con la barba cortada a la europea y un cigarro en la boca… ¿Qué es? ¡Hijo mío! ¡Ja, ja, ja!

El viejo empujó a Taras por el hombro y retrocedió asustado, preguntándose si su alegría no era prematura y si era así como debía recibir a aquel hombre encanecido. Con mirada curiosa se puso a examinar el rostro de su hijo, sus grandes ojos sobre todo, rodeados de un círculo oscuro y ligeramente hinchado.

Taras le envió una sonrisa afectuosa y le dijo pensativo:

—Así es como yo le recuerdo; siempre alegre y vivo. Los años no pasan por usted… no cambia…

El viejo se irguió, lleno de orgullo, y dijo golpeándose el pecho:

—¡No cambiaré jamás! La vida no vence al hombre que conoce su propio valer. ¿Verdad?

—¡Oh, qué soberbia…!

—¡Imito a mi hijo, ya se ve! —exclamó el padre con maliciosa sonrisa—. Tengo un hijo, amigo mío, que por orgullo ha permanecido en silencio durante diecisiete años.

—Es que su padre no quería oírle —replicó Taras.

—¡Bueno! Ya pasó… Dios sólo puede juzgar cuál de los dos tuvo la culpa. Él es justo. Él te lo hace ver, ten paciencia… No es tampoco hora de hablar. Dime más bien lo que te has hecho durante estos largos años. ¿Cómo estás en aquella fábrica? ¿Cómo has hecho tu carrera?

—¡Es largo de contar! —dijo Taras suspirando.

Lanzó al techo una bocanada de humo y repuso:

—Desde que pude trabajar libremente, entré como empleado en casa del gerente de las minas de oro que pertenecen a los Remezof…

—Los conozco… Gente muy rica. Tres hermanos; los conozco a los tres. El uno es deforme, el otro tonto y el otro avaro… Continúa…

—He trabajado allí durante dos años… y me casé con la hija —continuó Taras con voz aguda.

—¿La hija del gerente? Eso no está mal.

Taras se calló pensativo… El viejo notó su expresión dolorosa y adivinó la causa.

—Veo que has sido dichoso en tu matrimonio… ¿Qué hacer? El paraíso es para los muertos y los vivos deben continuar sus negocios… Por otra parte, no eres viejo… ¿Hace mucho tiempo que enviudaste?

—Tres años…

—¡Ah! Bueno… ¿Y cómo has entrado en la fábrica?

—Es la fábrica de mi suegro.

—Muy bien, ¿cuánto ganas?

—Unos cinco mil rublos…

—¡Hum…! ¡Buen pellizco! Sí. ¡No está mal para un presidiario!

Taras dirigió a su padre una mirada fiera y preguntó secamente:

—A propósito, ¿de dónde ha sacado usted que yo he estado en presidio?

El viejo contempló a su hijo con estupefacción que pronto tornóse en loca alegría.

—¡Ah! Pero ¿no has estado en presidio? ¡Oh, qué bien! Pero entonces ¿cómo es eso…? No te ofendas… ¡Es tan difícil a veces contenerse! Dijeron: ¡En Siberia! ¡Y allí está el presidio!

—Para concluir de una vez con todas esas leyendas —dijo Taras muy contrariado—, voy a contaros inmediatamente cómo urdieron la farsa. He sido deportado a Siberia durante seis años, y he vivido todo ese tiempo en el gobierno minero de Lensk… He estado nueve meses en la cárcel de Moscú… ¡Eso es todo!

—¡Bah! ¿Cómo ha podido ser? —balbuceaba Jacob, alegre y confuso.

—Circuló ese rumor estúpido…

—Verdaderamente estúpido —repitió el viejo.

—Que ya me ha sido una vez perjudicial…

—¿Es posible?

—Sí… había emprendido un negocio por mi propia cuenta y he perdido mi crédito gracias a…

—¡Oh! —exclamó Jacob Maiakín con cólera—. ¡Demonio! ¿Habráse visto?

Tomás no se movía en su rincón, guiñaba un ojo mirando al recién llegado y seguía atentamente la conversación.

Todo lo que Liubova le contara a propósito de su hermano le había entusiasmado y le creía de fisonomía distinta a la de los demás hombres. Pensaba que Taras debía hablar, vestirse de un modo particular y en general que no podía ser semejante a todo el mundo y he aquí que se encontraba frente a un hombre burdo, serio, correctamente vestido, con ojos severos y muy parecido a Maiakín, de quien no se diferenciaba más que por el corte de la barba y el cigarro. Su lenguaje era claro y breve; hablaba de cosas corrientes. ¿En qué veía Liubova lo extraordinario?

¡Ni siquiera ha estado en presidio! ¡Liubova ha mentido! Y Tomás se representó con placer la conversación que tendría con ella a este propósito.

Liubova se mostró varias veces en la puerta mientras los dos hombres hablaban. Su rostro estaba radiante y sus ojos, resplandecientes de entusiasmo, se posaron en su hermano, vestido con levita de numerosos bolsillos y enormes botones. Andaba de puntillas y extendía el cuello en dirección de Taras. Tomás le echaba miradas interrogadoras, pero ella no las veía, yendo y viniendo ante la puerta, con las manos cargadas de platos y botellas. Se encontraba precisamente en el umbral cuando Taras habló del presidio. Se detuvo como petrificada, con una fuente en la mano, y escuchó religiosamente lo que su hermano contó del castigo que había soportado. Después se fue sin notar la mirada burlona que le dirigió Tomás.

Absorto en sus reflexiones, un poco mohíno por pasar inadvertido, aun para el mismo Taras que ni se dignó siquiera mirarle desde que le había estrechado la mano, Tomás olvidaba a los dos Maiakín y su conversación, cuando sintió bruscamente que una mano se había posado en su hombro. Tembló y se puso en pie de un salto, con tal vivacidad, que faltó poco para tirar al padrino, que de pie delante de él, con el rostro animado, le decía:

—Mira, ¡he aquí un hombre! ¡Éste es un Maiakín! Se le ha hecho hervir en siete aguas, se le ha prensado como manteca, y vive. ¡Y es rico! ¿Comprendes? Solo, sin apoyo, sin ayuda, ha hecho su camino, y está orgulloso de ello. ¡Lo que es un Maiakín! Maiakín significa un hombre que tiene el destino en sus mimos… ¿Has comprendido? Mírale. No encontrarás otro parecido entre ciento. Y hasta te desafío a encontrarlo entre mil. ¿Qué? Acuérdate: un Maiakín es un hombre; no se hará de él ni un ángel ni un demonio.

Confundido por aquella salida vehemente, Tomás no encontraba nada que responder y sus ojos se dirigían a Taras.

Éste fumaba tranquilamente su cigarro, mirando a su padre, mientras una sonrisa vagaba por sus labios; su rostro tenía una expresión de satisfacción benévola y en su mirada se reflejaba un gran orgullo. Parecía contento de ver la alegría del viejo. Sin embargo, Jacob señalaba a Tomás con el dedo y continuaba:

—No conozco a este hijo único… No le he abierto mi corazón… Es posible que estemos separados por un abismo que no pueda franquear el vuelo del águila, ni atravesar el diablo… Su sangre quizás ha cambiado, y no le resta nada de la sangre paterna… pero es un Maiakín. Y lo siento de pronto. Lo siento y digo: ¡Te dignas, Señor, perdonar tus pecados a tu humilde servidor…!

El viejo temblaba de pies a cabeza y parecía bailar de alegría.

—Vamos, calmaos, padre —dijo Taras abandonando lentamente su asiento y aproximándose a su padre—. ¿Para qué alterar a este joven? Sentémonos.

Sonrió bondadosamente a Tomás y cogiendo a su padre por el brazo le llevó hacia la mesa.

—Creo en la voz de la sangre —decía Jacob Tarasovitch—. ¡La herencia es una fuerza! Mi padre, aún lo recuerdo, me decía: «Yaschka, tú eres de mi sangre… La sangre de los Maiakín es una sangre espesa… Pasa de padres a hijos y ninguna mujer la corromperá». ¡Vaya! ¿Tomamos champagne? ¡Bebamos! Y continúa hablándome de ti… de la Siberia…

Y el viejo miró de nuevo a su hijo con mirada extraviada, como si acabase de ser arrancado de un sueño por algo súbito. Pero el lenguaje claro y preciso de Taras provocó en él una nueva explosión de alegría muy viva. Tomás no se movía de su rincón y lo observaba todo en silencio.

—La explotación minera es una industria interesante —decía Taras tranquilamente—, pero al mismo tiempo arriesgada y que necesita de un gran capital… La tierra no dice a nadie lo que guarda… Es al contrario muy ventajoso traficar con los indígenas. Este comercio, organizado sin método, da grandes beneficios. Es una empresa de absoluto reposo… pero enojosa, hay que confesarlo. No pide más que un poco de inteligencia y un hombre de grandes miras no encuentra allí donde emplear sus facultades.

En este momento Liubova entró e invitó a todos a pasar al comedor.

Cuando los dos Maiakín se dirigieron hacia la puerta, Tomás tiró dulcemente de la manga a Liubova y la joven se detuvo, preguntándole con apresuramiento:

—¿Qué tienes?

—Nada —dijo Tomás sonriendo—; quería sólo saber si estabas contenta.

—¡Naturalmente! —exclamó Liubova.

—¿De qué?

—¿Qué quieres decir?

—Nada… Te pregunto por qué estás contenta…

—¡Qué rarezas tienes! —dijo Liubova sorprendida—. ¿No lo ves?

—¿Qué?

—Pero ¿qué tienes? —exclamó ella, mirándole con inquietud.

—¡Oh, oh! —pronunció Tomás desdeñoso—. Tu padre y ese burgués de Tara ¿pueden producirte alguna sensación de alegría? Los cardos no pueden dar frutos. Mentías odiosamente cuando me decías: Taras por aquí, Taras por allá. ¿Qué ves de particular en él? Un comerciante como los demás. Hasta tiene vientre como nuestros comerciantes… ¡Ja, ja, ja!

Estaba encantado del efecto que producían sus palabras en la joven, que, alterada, cambiaba de color y se mordía los labios.

—Eres… eres… Tomás… —trató de responder con la garganta apretada.

Después golpeó con su pie el suelo y exclamó:

—¡Te prohíbo que me hables!

Bajó el umbral, se volvió y le dijo a media voz:

—¡Oh! ¡Feo, más que feo!

Tomás se echó a reír. No tenía deseos de seguir al comedor a aquellos tres seres tan dichosos, cuya conversación animada llegaba a él. Oía el sonido de sus voces, risas alegres, ruido de vajilla y se daba cuenta perfectamente de que su sitio no estaba allí. Su sitio no estaba en ninguna parte. Si todo el mundo le aborrecía como Liubova en aquel momento, se sentiría aún más a gusto. Se decía:

«¡Oh, entonces me conduciría como es debido y encontraría con quien hablar, mientras que ahora no comprendo si es lástima o desprecio lo que excito con mi aspecto de un hombre sin talento, que no sirve para nada…!»

Después de algunos momentos de reflexión, en medio del cuarto, Tomás dejó aquella casa, en la que todo el mundo era dichoso.

* * *

En la calle se sintió irritado contra los Maiakín, sus únicos parientes. Se representó el rostro de su padrino, sus arrugas temblorosas de placer, sus ojillos verdes en los cuales la alegría había iluminado con resplandor fosforescente. «En la oscuridad todo es brillante», se dijo con coraje.

Después su pensamiento se trasladó al rostro tranquilo de Taras y al de Liubova que se inclinaba ansiosa sobre su padre. Experimentaba celos y una gran tristeza.

«¿Quién tendrá para mí esa doctrina? Ni un alma… nadie».

Y volvió a la vida real cerca de los barcos en el muelle, despertado por el ruido del trabajo.

Llevaban, arrastraban mercancías y bultos en todas direcciones. Todos circulaban atareados, deprisa, fustigando los caballos, irritándose y gritando, llenaban la calle de agitación y de ruido ensordecedor. Barcos enormes esperaban ya amarrados al muelle y lanzaban espesos torbellinos de humo.

—¡Excelencia —exclamó una voz aguardentosa al mismo oído de Tomás—, dignaos socorrer a un pobre borracho!

Tomás miró al mendigo con indiferencia: era un pillete enorme, barbudo, la camisa en jirones, el rostro abotagado y cubierto de contusiones.

—¡Lárgate! —articuló Tomás dando media vuelta.

—¡Traficante asqueroso, morirás y no te llevarás el dinero contigo! Dame para beber un vasito. ¿Te da pereza de meter la mano en el bolsillo?

Tomás le miró de nuevo y vio que estaba cubierto de barro, hecho jirones, medio borracho. Esperaba inmóvil, obstinado, los ojos hinchados e inyectados en sangre.

—¿Es ese modo de pedir? —le dijo Tomás.

—¿Qué quieres… que me ponga de rodillas ante ti por diez kopeks…? —respondió el pobre audazmente.

—Toma —dijo Tomás poniéndole una moneda en la mano.

—¡Gracias! ¡Quince kopeks…! ¡Gracias! Si me das otro tanto iré a cuatro patas hasta la taberna de enfrente, ¿quieres?

—¡Vaya, lárgate! —replicó Tomás rechazándole.

—Os lo propongo —dijo el mendigo—; pero si no lo aceptáis todo es beneficio para mí.

Tomás le siguió con la mirada y se dijo:

«He aquí un perdido, y sin embargo, ¡qué audacia! Pide limosna como si reclamase una deuda. ¿De dónde sacan tanta desvergüenza?»

Y se respondió con un gran suspiro:

«¡La sacan de su libertad…! äste no tiene amo… ¿qué tiene que temer? Y yo, ¿qué tengo que temer? ¿Y qué puedo yo sentir?»

Estas dos últimas preguntas abismaron a Tomás en una gran perplejidad. Seguía admirando la actividad del puerto, diciéndose sin cesar: «¿Qué puedo yo lamentar? ¿Qué tengo que temer? Debo creer que abandonado a mi sola iniciativa, soy absolutamente incapaz de afirmar mi personalidad… No sería nunca más que un imbécil en la sociedad de los demás… la burla y el empacho de todos… ¡Ah! Si pudiesen aborrecerme, rechazarme, entonces… ¡oh! entonces… sería libre como el aire… Me vería forzado a huir de todo el mundo…»

Sobre uno de los puentes resonaba desde hacía tiempo el canto alegre de los marineros. Los cargadores se dedicaban a un trabajo que exigía movimientos rítmicos que les acompañaban con el estribillo de una canción, cuyo acorde era muy vivo:


Los negociantes en la taberna
beben licores de los más caros…
 

cantaba el solo de la «troupe».

Después el coro seguía. Voces graves cantaban:

¡De los más caros, de los más caros!

Voces más altas respondían:

¡De los más caros, de los más caros!

Tomás prestó oído y se aproximó a los cantores. Vio que los cargadores, puestos en dos filas, descargaban enormes barricas de salazón que sacaban de la cala del buque, con ayuda de cuerdas.

Sucios, con las rojas camisas desbotonadas, los brazos remangados hasta el codo, el color subido por el trabajo, tiraban alegremente de las cuerdas, acompañando al canto rítmico:


Y los pobres campesinos
no tienen bastante vino…
 

Y el coro repetía con armonía perfecta:

no tienen bastante vino…

Tomás contemplaba este cuadro con una mezcla de placer y de envidia. Las caras mal afeitadas de los cargadores resplandecían de contento. El trabajo no era pesado y se hacía con gusto. El jefe del coro tenía buena voz. Tomás se dijo que sería dulce trabajar así con buenos camaradas al son de una alegre canción, y después, cansado, tomar un vaso de aguardiente, comer un buen plato de sopa de coles, con bastante grasa, preparada por la gruesa cantinera de los obreros.

—¡Más aprisa, amigos míos, más aprisa! —gritó de pronto una voz desagradable.

Tomás se volvió.

Un hombre grueso, barrigudo, golpeaba el suelo con su bastón. Sus ojillos estaban fijos en los cargadores y decía:

—Gritad menos, y trabajad más deprisa…

Tenía el rostro y el cuello reluciente de sudor. Se limpiaba sin cesar con la mano izquierda y soplaba como si acabase de subir una cuesta.

Tomás le miró con odio y se dijo:

«Los otros trabajan y él suda… Pero yo soy peor aún… Soy la mosca de la cocina… No sirvo para nada…»

Cada nueva impresión daba por resultado recordarle su inutilidad. Todo lo que llamaba su atención contenía algo de ofensivo para su amor propio.

A su lado estaban dos marineros. Uno de ellos, muchacho regordete, de cara roja, decía a su camarada:

—¡Y de pronto se echan sobre mí! ¡Ah, amigo mío! ¡Eran cuatro contra uno solo! ¡Pero me he resistido…! ¡Creí que me destrozaban! ¡Un carnero se pone rabioso, si se le arranca la piel! Me arrojé hacia adelante con todas mis fuerzas y han rodado por el suelo…

—¡A pesar de ello, tú has recibido una buena paliza! —exclamó el otro marinero.

—Ya lo creo, que me he ganado más de un golpe… Pero ¿qué importa? No me han matado… y les doy las gracias.

—Ciertamente…

—¡Allá atrás, os digo, demonios! —gritó con voz terrible el hambriento barrigudo, a dos cargadores que rodaban sobre el puente una barrica de salazón.

—¿Por qué gritas así? —le preguntó Tomás con rudeza, pues aquel grito le había sobresaltado.

—No os importa —respondió el hombre mirándole de arriba abajo.

—¿Ya lo creo… Esa gente trabaja y tú sólo sudas… y te imaginas que tienes el derecho de insultarlos? —exclamó Tomás, ya furioso, aproximándose a él.

—Mire… Cuídese de su persona…

El individuo abandonó bruscamente su puesto y entró en el escritorio. Tomás le siguió con la vista y abandonó el muelle a su vez, deseoso de buscar querella con alguien, de hacer algo que cambiase sus pensamientos.

«Aquel marinero los rechazó y quedó sano y salvo… Fue un valiente, pero yo…»

* * *

Aquella misma noche volvió a casa de los Maiakín. El viejo había salido. Encontró a los hermanos en el comedor, tomando el té.

Cerca de la puerta Tomás reconoció la voz ronca de Taras.

—¿Por qué papá se preocupa tanto de él?

Se calló, viendo a Tomás y posó en él su mirada seria y profunda. El rostro de Liubova expresaba a la vez confusión y descontento; sin embargo, se dirigió a Tomás con el deseo evidente de excusarse y le dijo:

—¡Toma, eres tú!

«Se trataba de mí», se dijo Tomás sentándose a la mesa.

Taras bajó los ojos y se abismó en su butaca.

Un silencio embarazoso reinó en la habitación. Tomás estaba encantado de comprender que les incomodaba.

—¿Vas tú a la comida? —preguntó por fin Liubova.

—¿Qué comida?

—¿No sabes nada? Kononof hace bendecir un nuevo barco… Habrá un Te-Deum y además pasearán por el Volga…

—No estoy invitado —dijo Tomás.

—Nadie está invitado… Ha dicho sencillamente en la Bolsa, «¡que vengan los que quieran honrarme con su presencia!»

—¡Yo no quiero!

—¡De veras! Habrá un festín monstruo —insinuó Liubova, echándole una ojeada.

—Puedo emborracharme a mi costa… si tengo ganas.

—Lo sé —dijo Liubova con gesto expresivo.

Taras los miraba de reojo y jugaba con la cucharilla del té, dándole vuelta entre sus dedos.

—¿Dónde está mi padrino? —preguntó Tomás.

—Está en el Banco… Hay reunión del Consejo, hoy… Se debe nombrar Presidente…

—¿Le elegirán?

—Naturalmente.

Por segunda vez la conversación se extinguió.

Liubova limpiaba las tazas del té: su rostro tenía una expresión grave y sus movimientos eran lentos. Taras se había levantado y se paseaba a lo largo de la sala. Se detenía ante los cuadros, examinaba la vajilla, silbaba, tecleaba con los dedos en los cristales, los ojos ligeramente entornados. La péndola aparecía y desaparecía tras la ranura en los cristales del reloj, semejante a una faz alegre y cortaba el silencio con golpes sordos, monótonos. En ciertas miradas interrogadoras y mal veladas que Liubova le asestaba, Tomás comprendió que esperaba impacientemente que se retirase.

—Esta noche, duermo en vuestra casa —dijo él sonriendo—. Tengo que hablar con mi padrino. Además, me aburro mucho en mi casa…

—Entonces ve a decir a Marta que te prepare el cuarto del rincón —replicó vivamente Liubova.

—Eso es.

Yse levantó, pero apenas había salido de la habitación, oyó una pregunta dirigida en voz baja por Taras a su hermana.

«¡Hablan de mí!», pensó.

Una mala idea atravesó su mente:

«Si escuchase… lo que dicen de mí las gentes de talento…»

Ytuvo una risa apagada y de puntillas entró en el cuarto vecino. No estaba alumbrado, pero la luz se filtraba a través de la puerta entrecerrada y dibujaba en el suelo una raya blanca. Tomás se deslizó con precaución hacia la puerta, latiéndole el corazón de malsana alegría… Allí quedóse inmóvil…

—Un hombre bien débil —decía Taras.

Liubova respondió deprisa y en voz baja:

—¡Siempre está de juerga! Una conducta vergonzosa… Le ha dado de repente… Ha empezado por pegar al yerno del vicegobernador, en el círculo. Papá se ha movido bien para ahogar este escándalo, y dichosamente, resultó que el señor no era de gran influencia… Era un hombre que vivía del juego… un personaje bastante despreciable. A pesar de ello, papá ha tenido que desembolsar más de dos mil rublos. Y mientras que él se ocupaba de arreglar este asunto, Tomás se excedió y faltóle poco para ahogar a toda una reunión en el Volga…

—¡Ja, ja, ja! ¡Qué monstruo! Y un hombre así se preocupa de la razón del sentido de la vida…

—En otra ocasión se paseaba en barco con gentes de su calaña. Se divertían, se bebía, cuando de repente gritó él: «¡Encomendaos a Dios! ¡Os echo a todos al agua!» Está dotado de unas fuerzas espantosas. Aquellos individuos gritaban, naturalmente… pero él les respondía: «¡Quiero servir a mi patria, quiero desembarazar a la tierra de un puñado de miserables…!»

—¡Ah…! Es verdaderamente original.

—¡Un hombre terrible! ¡Cuántas extravagancias de bruto no ha hecho estos últimos años…! ¡Cuánto dinero tirado!

—Y dime ¿es mi padre quién se ocupa de sus negocios? ¿En qué condiciones?

—No sé. Tiene una preocupación general. ¿Por qué preguntas eso?

—Por nada… Es un negocio hermoso. Es cierto que se ha montado a la rusa, es decir, abominablemente mal. A pesar de eso, es un negocio de primer orden. Si se tomase como se debe, sería una mina inagotable…

—Tomás no hace nada… Todo está en manos de mi padre.

—¡Sí…! Entonces perfectamente…

—Sabes, me parece a veces, que esas disposiciones de espíritu, esos discursos de Tomás son razonables y que él vale más de lo que se cree; pero no puedo conciliar su conducta escandalosa con sus palabras y sus razonamientos… No puedo…

—Es completamente inútil que te des ese trabajo… Es un perezoso y un ignorante que busca una excusa para su ociosidad.

—No, a veces es cándido como un niño… Antes de todas estas historias es cuando le ocurría eso.

—Es lo que te digo. No vale la pena de atormentarse por un ignorante y un salvaje, que no quiere salir de la ignorancia y del estado inculto, que no le importa hacer público.

—Eres demasiado severo…

—Sí, soy severo. Se debe de serlo. Nosotros los rusos somos todos de una negligencia desesperante. Dichosamente la vida nos fuerza, quieras o no, a tener continencias… A los jóvenes, sueños e ilusiones; a los hombres maduros, ocupaciones serias.

—A veces tengo lástima de Tomás… ¿Qué será de él?

—Eso me importa poco… Es un muchacho absurdo… que corre a su ruina… ¿Qué más quieres? Tanto peor para él. Sus semejantes son raros… Hoy el traficante comprende el valor de la instrucción… pero él, tu hermano de leche, sucumbirá…

—¡Es verdad, señor! —dijo Tomás apareciendo en el umbral de la puerta.

Pálido, las cejas fruncidas, la boca torcida en un mohín doloroso, estaba allí, la vista fija en Taras y repitió sordamente:

—¡Tienes razón! ¡Sucumbiré y ojalá sea pronto!

Liubova dio un salto asustada y corrió a su hermano que estaba en medio de la habitación, tranquilo, con las dos manos en los bolsillos.

—¡Tomás! ¡Oh, qué vergüenza! ¡Has escuchado tras la puerta! ¡Oh, Tomás! —exclamó ella, avergonzada.

—Cállate, pobre cordero —le dijo Tomás.

—¡Hum! No está bonito escuchar tras las puertas… —dijo lentamente Taras, sin quitar los ojos de Tomás.

—¡Sea! —articuló Tomás con un gesto de indiferencia—. ¿Tengo yo la culpa si no puedo conocer la verdad más que por sorpresa?

—¡Vete, Tomás! ¡Te lo suplico! —decía Liubova estrechándose contra su hermano.

—¿Tenéis algo que decirme? —le preguntó Taras con calma.

—¿Yo? —exclamó Tomás—. ¿Qué es lo que puedo deciros? Nada absolutamente. Sois vos… Sois vos quien podéis… Espero…

—Por consiguiente, ¿no deseáis hablar más conmigo? —preguntó de nuevo Taras.

—¡No!

—Me alegro mucho.

Volvió la espalda a Tomás y preguntó a Liubova:

—¿Crees que padre vendrá pronto?

Tomás le miró y experimentó cierto respeto.

* * *

Fuese muy quedo. No experimentaba deseos de meterse en su casa, en aquel caserón donde cada paso despertaba un eco sonoro y seguía la calle, bañada en el crepúsculo gris y frío de un día de fin de otoño. Pensaba en Taras Maiakín. «¡Qué firmeza…! Conserva de su padre… pero tiene menos agitación… ¡cuánta malicia debe tener…! ¡Y Liubova que le tomaba por un santo…! ¡Tonta! ¡Cómo me ha tratado! Un verdadero juez… ¡Ella… es buena para mí…!»

Todos estos pensamientos no despertaban en él ningún sentimiento, ni de odio contra Taras ni de simpatía por Liubova.

Llevaba en su alma como un peso enorme que no podía definir. Este peso se hacía cada vez mayor y le parecía que su corazón estaba inflado y le hacía padecer, como una úlcera que madura. Sentía aquel dolor agudo y lacerante, notaba el progreso que hacía cada día, y no sabiendo cómo calmarlo, esperaba con apatía lo que le sucediere.

De pronto pasó el coche de su padrino. Tomás distinguió la menuda silueta de Jacob Maiakín, pero sin experimentar ninguna impresión particular. Un farolero le adelantó corriendo, aplicó su escalera a una farola y se deslizó en el asfalto. El hombre se agarró con ambas manos al poste y lanzó unos ternos. Una joven que lleva una caja de cartón, da con ella a Tomás y se excusa:

—¡Oh, dispense!

Y le miró sin decir nada… Gotitas pequeñas de bruma condensadas en una lluvia finísima, interponían un velo gris ante los escaparates de las tiendas y las luces de los faroles. El aire era irrespirable.

«¿Habrá que ir a dormir a casa de Ejof? ¿Beber con él?», se dijo Tomás; y se dirigió hacia el cuarto del periodista sin tener el menor deseo de verle ni de beber.

Encontró a Ejof en compañía de un joven hirsuto de blusa y de pantalón gris. Aquel hombre tenía un rostro moreno, como ahumado; grandes ojos inmóviles e irritados. Un gran bigote de sargento ocultaba su boca completamente. Estaba replegado en el canapé cogiéndose las rodillas con sus brazos. Ejof estaba sentado al través del sillón, con las piernas pendientes de uno de sus brazos. En medio de los papeles y de los libros esparcidos se veía una botella de vodka y en el cuarto flotaba un olor de embutidos.

—¡Hola! —exclamó Ejof percibiendo a Tomás.

Después, designando con un movimiento de cabeza al individuo sentado en el canapé:

—Gordeief —dijo.

El desconocido arrojó una ojeada hacia Tomás y pronunció con voz chillona:

—Krasnotchckof…

Tomás se sentó en un extremo del canapé y dijo a Ejof:

—Voy a pasar la noche aquí.

—¡Muy bien!, continúa, Basilio…

Éste miró a Tomás de reojo y dijo:

—A mi modo de ver, sois injustos con los tontos… Masaniello era un imbécil y sin embargo ha cumplido su deber a las mil maravillas. Un Winkelrid cualquiera era seguramente un imbécil también… y sin embargo, si no se hubiese ofrecido para recibir a pecho descubierto las picas imperiales, habrían destrozado a los amigos. ¡Y hay tantos idiotas por ese estilo! Pero son héroes a pesar de todo… Mientras que los grandes talentos son unos cobardes. En lugar de combatir el obstáculo con todas sus fuerzas, el hombre inteligente da cien vueltas y se pregunta lo que podrá ocurrir. Para no perecer inútilmente, quédase a la expectativa, en lugar de obrar… ¡El imbécil sí que es valiente! ¡Baja la cabeza y da contra el muro! ¿Que se rompe la cabeza? ¡Tanto peor! Las cabezas de ganado no son caras… pero si hace una brecha en el muro… las gentes de talento la hacen mayor y pasan con todos los honores. ¡Ah, ciertamente, Nicolás Matveitch, la valentía es una hermosa virtud, pero es una virtud de idiota!

—Basilio, tú cuentas tonterías —dijo Ejof tendiéndole la mano.

—¡Dispensad! —replicó Basilio—. No soy un lince… pero tampoco soy ciego. Y veo que, con mucha inteligencia, se llega a tocar pocos resultados. Mientras que las personas de talento, deliberan, los imbéciles les manejan con el dedo meñique… Y con esto… me voy…

—Espera —dijo Ejof.

—¡Imposible! Estoy de servicio esta noche… Apostaría a que ya estoy retrasado… Pasaré mañana… ¿No te molestaré?

—¡De ningún modo! ¡Te convertiré!

—Ése es tu oficio.

Basilio se estiró lentamente; se levantó, estrechó con su negra manaza la mano pequeña, pálida y seca de Ejof y apretó con fuerza.

—¡Adiós!

Hizo una inclinación de cabeza a Tomás y salió casi sin volverse.

—¿Has visto? —preguntó Ejof a Tomás señalando hacia la puerta, detrás de la que resonaban aún pasos pesados.

—¿Quién es?

—El perito mecánico Basilio Krasnotchckof. Toma ejemplo de él: empezó a los quince años a aprender el alfabeto y a los veintiocho he leído a Dios, sabe muchos libros instructivos, ha aprendido dos lenguas a la perfección… Se va al extranjero…

—¿Para qué? —preguntó Tomás.

—Para estudiar… Para ver cómo viven los demás y tú te enmoheces aquí; ¿con qué objeto?

—Lo que dijo sobre los imbéciles estaba lleno de buen sentido —dijo Tomás pensativo.

—Yo no sé, puesto que no soy un…

—Muy razonable… Un hombre oscuro debe obrar bruscamente, caer como una balumba y quitar el obstáculo.

—Ya estás con tus ideas —exclamó Ejof—. Dime más bien si es verdad que Maiakín ha recibido a su hijo…

—Sí, es exacto.

—¡Ah!

—Bueno ¿y qué?

—¡Nada!

—¿Pero qué? En tu cara veo que tienes una segunda intención.

—Lo conocemos a ese hijo… Hemos oído hablar…

—¡Y yo le he visto!

—¡Ah! ¿Y qué tal es?

—¿Y yo qué sé? No me importa.

—¿Se parece a su padre?

—Es más grueso… más redondo… más grave… Es muy frío.

—Eso equivale a decir: «¡Aún peor que Tashka!» ¡Ah, amigo mío, ten cuidado: te van a robar como en despoblado…!

—Tanto mejor…

—Te despojarán de todo, te verás reducido a mendigar… Ese Taras ha arreglado bien a su suegro en Ekaterinburg…

—Que me arregle del mismo modo si quiere, le daré las gracias.

—Vuelves a la misma canción…

—Ya lo creo…

—¿Para tener libertad…?

—Bueno.

—¡Déjate! ¿De qué te servirá la libertad? ¿Qué harás? No vales para nada, apenas si sabes leer y escribir… y apostaría a que ni cortar madera sabes.

Ejof se puso de pie, frente a Tomás y empezó a hablar a grandes voces como si declamase versos.

—¡Habría reunido los pedazos de mi alma destrozada y los habría mezclado con la sangre de mi corazón, para vomitarlos en el rostro de nuestros intelectuales que el diablo se lleve! Les habría dicho: «¡Microbios! ¡Sois la savia más preciosa de mi país! ¡Vuestra existencia ha sido pagada con la sangre y las lágrimas de varias decenas de generaciones del pueblo ruso! ¡Oh, vergüenza! ¿Cuánto costáis a vuestro país, y qué hacéis por él? ¿Habéis transformado en perlas las lágrimas de antaño…? ¿Qué habéis dado a la vida? ¿Qué habéis producido? Os habéis dejado vencer. ¿Qué hacéis? ¡Sois sólo objeto de escarnio!»

En un acceso de rabia, con los dientes apretados, miraba a Tomás con fuego y odio, que hacía pensar en la cólera de una fiera.

—Les habría dicho: ¡Discutís mucho, pero sois poco inteligentes, débiles y cobardes! Tenéis el corazón empachado de moral y de buenas intenciones, pero es fofo y tibio como el algodón. El espíritu de creación duerme un sueño apacible y profundo, y vuestro corazón no late, sino oscila dulcemente como una cuna. Habría mojado el dedo en la sangre de mi corazón y los habría señalado en la frente con el sello de mi indignación, y ellos, pobres de espíritu, mezquinos en sus deseos, habrían aguantado… ¡Oh, pero cuándo! ¡Mi látigo es fuerte y mi mano firme! ¡Y amo demasiado para tener lástima! ¡Habrían sufrido! ¡Pero ahora no sufren, pues hablan mucho, muy a menudo y muy alto de sus sufrimientos! ¡Mienten! ¡El verdadero dolor es mudo y la verdadera pasión no conoce obstáculos!

¡Ah, las pasiones, las pasiones! ¿Cuándo nacerán en el corazón de los hombres? Todos sufrimos por esta falta de pasiones…

Se ahogaba en un acceso de tos. Tosió mucho, encorvándose en el centro de la habitación, con grandes aspavientos, como si estuviese loco. Después se sentó frente a Tomás, pálido, los ojos inyectados en sangre. Su respiración era difícil y sus labios temblaban, descubriendo los dientes pequeños y agudos. Con su media melena, cayéndole sobre el rostro, parecía un pescado recién sacado del agua… No es la primera vez que Tomás le veía en aquel estado y su exaltación era cada vez mayor. Escuchaba la palabra vehemente del hombrecillo en silencio, sin tratar de penetrar el sentido, sin saber a ciencia cierta, contra quién era dirigida, entusiasmándose sólo con su fuerza. Las palabras de Ejof eran como salpicaduras de agua hirviente que le caldeaba el alma.

—Les diría a esos miserables ociosos: ¡atención! ¡La vida marcha y os abandona!

—¡Bien dicho! —exclamó Tomás entusiasmado, volviéndose en su canapé—. Eres un héroe, Nicolás. ¡Oh, oh! ¡Pégales! ¡No tengas compasión!

Ejof no tenía necesidad de ser arengado; parecía más bien que ni siquiera había oído la exclamación de Tomás. Continuaba:

—Conozco la medida de mis fuerzas, sé que se tratará de imponerme silencio. Me dirán: ¡Chist! Lo dirán razonablemente, reposadamente, se burlarán de mí con altivo desdén… Sé bien que no soy más que un pequeño pajarito, ¡oh, no soy un ruiseñor! Soy un ignorante en comparación de ellos, no soy más que un miserable periodista, cuando más bueno para divertir al público… Pero yo los dejaría gritar… ¡Su hálito no pasaría de mis mejillas y mi corazón no cesaría de latir! Y les respondería: ¡Sí, soy un ignorante! Y mi primera superioridad sobre vosotros, consiste en no saber ninguna verdad impresa, que valga el valor de un hombre. ¡El hombre, para sí mismo, es el universo entero y vive el ser que lleva en sí al mundo!

«Y vosotros, les diría, vosotros, por una palabra de la que a veces desconocéis hasta el sentido, os hacéis los unos a los otros heridas mortales. Escupís hiel y violáis almas… ¡Ah, creedme, la vida os pedirá cuentas severas! Caerá sobre vosotros como el huracán y os barrerá de la superficie de la tierra como la lluvia y el viento barren el polvo de los árboles. La lengua humana no posee más que una sola palabra cuyo sentido sea igualmente precioso y claro para el mundo, y esta palabra es: ¡libertad!»

—¡Destrúyelos! —aulló Tomás, lanzándose de su asiento y cogiendo a Ejof por los brazos.

Con la pupila brillante le miraba al rostro y exclamó en un gemido doloroso:

—¡Ah, Nicolás! ¡Amigo mío, cómo te compadezco! ¡Ah, te compadezco más que tú te lo puedes figurar!

—Pero ¿qué hay? ¿Qué tienes? —exclamó Ejof rechazándole, sorprendido por las palabras extrañas de Tomás y perdiendo el hilo de su discurso.

—¡Ah, amigo mío! —continuaba Tomás bajando la voz, lo que daba a sus palabras una fuerza persuasiva, ¡eres un alma que vive y perecerás!

—¿Por qué? ¿Quién? ¿Yo? ¿Yo pereceré? ¡Mientes!

—Querido, ¡jamás encontrarás a nadie! A nadie te podrás dirigir. ¿Quién te escucharía? Yo soy el solo…

—¡Vete al diablo! —le gritó Ejof furioso, echándose a un lado, como si lo hubiese escaldado.

Pero Tomás avanzaba hacia él y continuaba con una tristeza y una convicción profundas:

—¡Habla! ¡Háblame! Llevaré tus palabras donde sea necesario… ¡Las comprendo! ¡Ah! ¡Dios! ¡Cómo afrentaría yo a los hombres! ¡Espérate! ¡A mí también me llegará la hora…!

—¡Vete! —gimió con voz histérica Ejof, refugiado en el último rincón del cuarto, apoyado contra la pared. Estaba destrozado, espumeante de rabia y evitaba el abrazo afectuoso de Tomás.

Entonces la puerta se abrió y una mujer enlutada apareció en el dintel. Tenía una expresión de maldad e indignación.

Levantó la cabeza, extendió la mano en dirección de Ejof y dijo con voz silbante:

—Nicolás Matveitch, dispensad, pero es espantoso. ¡Todos los días son de Dios! ¡No, no puedo tolerarlo más! Yo también tengo nervios… Tened a bien abandonar la habitación mañana mismo… No gritáis en un desierto… ¡Estáis rodeados de seres humanos! ¡Y eso se llama tener instrucción! ¡Un escritor tiene también necesidad de reposo…! A mí me duelen las muelas… mañana mismo, os lo suplico. Mañana pondré el «se alquila» y enviaré mi denuncia a la policía.

Hablaba deprisa y la mayor parte de las palabras se perdían en una especie de silbido; no se distinguían más que las que acentuaba con voz penetrante e irritada.

A la vista de aquella figura grotesca y sobreexcitada, Tomás se replegó hacia el canapé, en tanto que Ejof, en el mismo sitio, se pasaba la mano por la frente y escuchaba con atención.

—¡Queda dicho! —gritaba aún la voz en la escalera—. ¡Desde mañana! ¡Fuera de aquí!

—¡Diablo! —murmuró Ejof mirando a la puerta con aire embrutecido.

—¡Sí! ¡Qué severidad! —añadió Tomás estupefacto.

Y se sentó de nuevo en el canapé.

Ejof se encogió de hombros, aproximóse a la mesa y llenó la mitad de su vaso grande de vodka que se bebió de un trago. Después se volvió a sentar frente a la mesa y bajó la cabeza. Durante un minuto, ambos permanecieron en silencio.

Tomás dijo al fin tímidamente:

—Pero ¿cómo ha sucedido? No ha habido tiempo ni de decir «Jesús», y mire qué desenlace más inesperado.

—¡Tú! —le gritó Ejof irguiendo la cabeza y fijando en Tomás una mirada furiosa—. ¡Tú! ¡Tú! ¡Vete al diablo! Acuéstate… y duerme ¡monstruo!

Le enseñó el puño y se echó más vodka.

Unos instantes después, Tomás, completamente desnudo, echado en el canapé y a través de sus párpados medio cerrados, vigilaba a Ejof. Éste continuaba inmóvil en su silla, en una postura lamentable. Tenía los ojos fijos en el suelo y sus labios se movían débilmente. Tomás no podía explicarse la cólera de Ejof. ¿Era contra él? Por la despedida del cuarto no podía ser. Él sólo tenía la culpa por gritar tanto.

—¡Por vida de Satanás! —balbuceaba Ejof rechinando los dientes.

Tomás levantó con precaución la cabeza del almohadón. Ejof exhaló un profundo suspiro y tendió de nuevo la mano hacia la botella. Tomás propuso entonces con suavidad:

—Vamos al restaurante… No es muy tarde.

Ejof le miró y soltó una carcajada extraña. Después, levantándose, dijo a Tomás:

—Vístete entonces.

Ante los movimientos lentos y poco hábiles de Tomás, se irritó impaciente y enojado:

—¡Muérete! ¡Tonto de capirote! ¡Bruto simbólico!

—¡Déjate de injurias! —le respondió Tomás con sonrisa conciliadora—. ¿Merece eso una mujer que no te ha dicho más que tonterías?

Ejof le miró, escupió y se echó a reír con risa estridente…

XIII

¿Estamos todos? —preguntaba Elia Efimovitch Konozof, de pie en la proa de su nuevo barco, mirando con los ojos radiantes de alegría a la muchedumbre de invitados—. ¡Creo que todos han llegado!

Volvió hacia el capitán su enorme cara roja, radiante de satisfacción, y dijo:

—¡Partamos, Pedro!

El capitán quitóse la gorra, descubrió su abultado cráneo calvo, se santiguó; después examinó el cielo, acarició su hermosa barba negra y ordenó:

—¡Atrás!

Todos los invitados, atentos a los gestos del capitán, habían hecho varias veces la señal de la cruz, quitándose los sombreros, lo que produjo el efecto de un vuelo de aves negras pasando por el puente.

—¡Vamos, con la ayuda de Dios! —exclamó Konozof lleno de emoción.

—¡Babor, avante! —ordenó el capitán.

El inmenso barco «Ilia Murometz», exhaló una gran bocanada de humo blanco, y sin esfuerzo, majestuoso como un cisne, se puso a remontar la corriente.

—¡Qué arranque! —dijo uno de los invitados con admiración.

Era Lobo Grigorievitch Reznikof, un hombre alto, delgado, de aspecto respetable, consejero de la Cámara de comercio.

—¡Ni la más mínima sacudida! Es como una señorita que baila.

—¡Éste no es un barco… es un sueño! —suspiró piadosamente Efim Zubof, el macero de la catedral, primer usurero de la ciudad, hombre encorvado y desfigurado por la viruela.

El día estaba pesado. El cielo cubierto de nubes grises, se reflejaba en el río y le daba un tinte metálico. Airoso, reluciente, el barco bogaba sobre la larguísima sábana donde el reflejo de sus colores frescos proyectaba una mancha clara y alegre. Lanzaba hacia el cielo una columna de humo negro que no se disipaba y formaba poco a poco, por encima de él, como una nube sombría. Enteramente pintado de azul, con una chimenea roja y las ruedas también de rojo vivo, avanzaba con facilidad, partiendo el agua y rechazándola hacia las orillas. Los cristales de los tragaluces relucían como espejos y parecían sonreír alegremente…

—¡Señores! —exclamó Kononof, sombrero en mano—. Ahora que dimos a Dios lo que era debido, demos al César lo que es del César. ¡Músicos!

Y sin esperar respuesta, sirviéndose de su mano como de un portavoz, gritó:

—¡Adelante la música! Tocad «La Gloria».

La orquesta militar, que estaba en la proa, dejó oír las primeras notas de la marcha.

Macario Bobrof, el director fundador del Banco del Comercio del pueblo, tarareaba con agradable voz de barítono, marcando el compás sobre su enorme vientre:

—Gloria, gloria a nuestro Zar de Rusia, ¡ta-ra-ta! ¡Bum!

—¡Señores a la mesa! ¡Sírvanse pasar! ¡A comer! ¡Ja, ja! ¡Hacedme el favor!

Eran una treintena; la flor de la sociedad comercial de la población, todos gente de posición. Los más ancianos, calvos o canos, llevaban levitas anticuadas, gorra y botas altas. Pero éstos eran poco numerosos. Los sombreros de copa, los botines y los trajes a la moda formaban la mayoría. Todos estaban en la proa del barco, y sólo a su pesar cedían a las invitaciones reiteradas de Kononof.

En la popa, bajo una tienda de campaña, estaba puesta una larga mesa, cubierta de entremeses. Lobo Reznikof avanzaba de bracero con Maiakín. Inclinado hacia él, le decía algo al oído y Maiakín escuchaba con una leve sonrisa.

Tomás, que a ruegos de su padrino tomaba parte en esta solemnidad, no veía ningún amigo entre todos aquellos individuos que le eran antipáticos, y estaba alejado, triste y pálido. Días antes se había emborrachado de un modo abominable en compañía de Ejof y estaba indispuesto. Se sentía a disgusto entre estos individuos de buen porte y excelente humor; el sonido de las voces, el rumor de la música, el estrépito de las ruedas, todo le molestaba.

Sentía la imperiosa necesidad de beber un poco para reponerse, y el deseo de saber por qué su padrino se mostraba tan amable con él, llevándole a aquella reunión de los más ricos comerciantes, le llenaba de curiosidad. ¿Por qué había insistido tanto por decidirle, llegando hasta suplicarle que asistiera a esta comida y al «Te Deum» de Kononoí? Tomás recordaba toda la conversación con su padrino.

—¡Vamos, no seas tonto, ven! ¿Por qué eres tan huraño? El carácter cada cual lo recibe de la naturaleza, y en cuanto a la riqueza, hay pocos que puedan rivalizar contigo… ¡Ven!

—¿Para cuándo la discusión seria, papá? ¿Cuándo hablaremos de negocios? —preguntaba Tomás, siguiendo, en el rostro de Maiakín, el juego de sus ojos verdes.

—¿Hablas de tu libertad? ¡Ja, ja, ja! Hablaremos amigo. ¡Eres original! ¡De modo que te meterás monje, después de haber abandonado tus bienes, a ejemplo de los santos y los ermitaños! ¿Eh? Y luego prosiguió:

—¡Bueno! ¡Por de pronto, partamos! Prepárate pronto. Lávate esa cara con un trapo mojado: ¡está abotagada! Y coge en el tocador de Liubova un poco de agua de Colonia porque hueles a taberna. ¡Es horrible!

Habiendo llegado al barco cuando empezaba el servicio divino, Tomás estaba en una de las bandas. No había quitado ojo de los comerciantes durante la misa. Todos guardaban un silencio religioso; sus semblantes expresaban el recogimiento y la piedad; oraban con fervor, suspiraban inclinándose hasta el suelo y elevaban al cielo dulces miradas. Tomás miraba ya al uno, ya al otro, y se acordaba de las historias que corrían acerca de cada uno de ellos.

Lobo Reznikof: éste empezó como gerente de una mancebía y se ha enriquecido súbitamente. Se dice que había estrangulado a uno de sus clientes, rico propietario de Siberia… Lubof se ocupaba en los primeros años en comprar cáñamo a los campesinos; había quebrado dos veces… Kononof había sido perseguido, veinte años antes, por incendio voluntario y estaba procesado por corrupción de menores. En esta acusación estaba también implicado Zachar Robustof, rico comerciante regordete, de cara redonda y de alegres ojos azules. Era la segunda vez que le acusaban por tan feo motivo… Entre estos individuos, Tomás no veía ninguno sobre cuya conciencia no pesase algo. Y sabía que todos tenían envidia a Kononof, que, cada año, aumentaba el número de sus barcos. Sabía también que varios estaban a matar con él, que no se tenían lástima en el terreno del negocio y que ninguno de ellos ignoraba las acciones malas y deshonrosas de los demás… Pero en este momento todos estaban al lado de Kononof y parecían fundidos en una sola masa compacta que vivía y respiraba como un solo hombre. Silenciosos y graves estaban todos allí, rodeados de algo invisible, pero impenetrable, que parecía rechazar a Tomás e intimidarle al mismo tiempo.

«¡Bellacos!», pensaba él para darse valor.

Sin embargo, ellos tosían levemente, suspiraban y se santiguaban, se inclinaban y rodeaban al clérigo como un muro viviente, inmutables y firmes, parecidos a enormes piedras negras. «¡Mienten!», se decía Tomás en tanto que a su lado el jorobado y tuerto Pavlín Gutchín, que acababa de despojar a los hijos de su hermano loco, murmuraba con aire contrito, elevando al cielo su ojo único:

—«¡Apiadáos de mí, Dios santo, en vuestra misericordia infinita!»

—«¡Dios, Señor nuestro! Tú, que ordenaste construir el Arca, salvando al mundo de la destrucción, protege a este barco…», salmodiaba con voz fuerte el sacerdote, elevando al mismo tiempo sus miradas al cielo. «Dios todopoderoso, dale por escolta tus ángeles, que le proporcionarán la paz y la seguridad y dígnate extender tu protección sobre todos los que lleva…»

Los traficantes se persignaban a un mismo tiempo con noble ademán y sus rostros expresaban un sentimiento idéntico: el de la eficacia de la plegaria.

Todas aquellas imágenes se habían grabado en el cerebro de Tomás y había excitado su atención hasta el último grado. Se preguntaba cómo aquellos hombres, animados de tan hermosa confianza en la misericordia divina, podían ser tan despiadados hacia sus semejantes. Les vigilaba con atención, deseoso de sorprenderles en flagrante delito de mentira y de hipocresía.

Se sentía irritado de ver aquélla su complicidad y la seguridad unánime en sus fuerzas; irritado de ver sus rostros triunfantes y oír sus conversaciones estrepitosas, sus risotadas.

Todos acababan de sentarse a la mesa y miraban con avidez los entremeses que la cubrían y el inmenso esturión de dos metros de largo colocado en el centro, adornado de verdura y de gruesos cangrejos. Trofim Zubof anudada su servilleta alrededor del cuello y miraba el pez monstruo con ojos atónitos, diciendo a su vecino el molinero lona Iuchkof:

—¡Iona Nikiforovitch! Mira… una ballena. Te podría muy bien servir de estuche… ¿Eh? ¡Ja, ja, ja! Te vendría como un guante, ¿eh? ¡Ja, ja, ja!

Iona, un hombrecillo redondo, tendía la mano con mil precauciones hacia un cubo de plata lleno de caviar fresco, se limpiaba los labios y echaba miradas ansiosas hacia las botellas alineadas delante, que temía derribar.

Una media barrica de viejo vodka, traído a todo coste de Polonia, estaba colocado frente a Kononof sobre un trípode. Una cubeta gigantesca, con aros de plata, contenía las ostras y por encima de todo se elevaba un enorme pastel en forma de torre.

—¡Señores! ¡Sírvanse, se lo ruego! Cada cual lo que guste —decía Kononof—. Lo he mandado poner todo sobre la mesa; cada cual escogerá… Platos rusos, nacionales y también extranjeros, ¡todo a un tiempo! ¡Así es mejor! ¿Qué desean? ¿Quién quiere caracoles o mariscos? Se asegura que vienen de la India…

Zubof decía a su vecino Maiakín:

—La plegaria para la bendición del barco no se aplica enteramente a un barco de comerciantes o a un remolcador, o bien se aplica, pero resulta insuficiente… Un barco que hace el servicio de un río constituye la morada habitual del capitán y de los marineros, y por esto debe ser considerada como una casa… Sería necesario, por consiguiente, hacer la plegaria que se dice al colocar la primera piedra de un edificio, más bien que la plegaria para la bendición de un barco… ¿Qué bebes?

—No tengo costumbre de beber vino, sírveme en cambio una copita de eckauer —respondió Maiakín.

Tomás se había sentado al extremo de la mesa, en medio de individuos desconocidos, modestos y tímidos, y sentía fija en él la mirada penetrante de su padrino.

«Tiene miedo de que yo cometa algún desaguisado», se decía.

—¡Amigos míos! —atronaba la voz del enorme armador Iatchurof—. ¡No puedo dejar indiferente los arenques! Debo empezar por los arenques… Es una necesidad del cuerpo…

—¡Vamos, adelante la música! ¡Tocad la «Marcha Persa»!

—Espera. Es mejor «La Gloria del Señor».

—¡Venga «La Gloria»!

El ronquido de la máquina y el estrépito de las ruedas se mezclaban a los acordes de la música formando un conjunto que recordaba el mugido del viento en una nevasca.

El silbido de la flauta, el canto gangoso de los clarinetes, las gruesas voces de los bajos, el redoble del tambor, se confundían con el rumor sordo y monótono de las ruedas que golpeaban el agua, flotando en el aire, cubrían las voces humanas y seguían al barco, como un huracán, obligando a las personas a gritar con todas sus fuerzas.

A veces la máquina hacía oír su silbido furioso, que ponía en el caos de los gritos, gruñidos y rumores, una nota irritada y despreciativa…

—¡Lo que nunca te perdonaré es haber rehusado descontar mi letra! —gritaba alguien con voz ronca.

—¡Basta! ¿Es acaso el momento de hablar de cuentas? —suspiró con voz de bajo Yubof.

—¡Amigos míos…! ¡Es necesario pronunciar algún discurso!

—¡Silencio la música!

—Ven a mi banca, te explicaré por qué no te la desconté…

—¡El discurso…! ¡Un poco de silencio…!

—¡Que pare la música!

—Tocad el vals de…

—No, no, «Madame Angot».

—Que no, es inútil. Jacob Tarasovitch, todos te suplicamos…

—Eso sí que se llama un pastel de Strasburgo…

—¡Te lo ruego, te lo ruego!

—¿Un pastel? No se parece pero… voy a probar un poco.

—¡Jarassitch, decídete!

—¡Amigos míos…! Se divierte uno, palabra de honor…

—¡Y en la «Bella Elena», amigo, aparece casi desnuda…! —chilló la voz aguda de Robustof.

—¡Espera! ¿Jacob hizo o no hizo traición a Esaú? ¿Eh…?

—No puedo, mi lengua no es un molino y ya no soy joven.

—¡Yasha! ¡Todos te lo pedimos!

—¡Concedednos este honor!

—¡Te nombraremos alcalde!

—¡Tarasovitch! ¡No te hagas de rogar!

—¡Silencio! ¡Jacob Tarasovitch va a decirnos unas palabras!

—¡Chist!

En el silencio que se estableció en aquel momento, se oyó distintamente lo que sigue:

—Si supieses amigo, lo que pica esa bribona…

—¿En qué sitio? —preguntó Bobrof con su voz atronadora.

Una carcajada general acogió aquellas palabras, pero todos se callaron, pues Jacob Tarasovitch acababa de levantarse, había tosido, se había pasado la mano por su cráneo calvo y reclamaba visiblemente la atención de los convidados.

—¡Amigos, seamos todo oídos! —anunció Komonof con satisfacción.

—¡Señores negociantes! —empezó Maiakín sonriendo—. Los instruidos y los sabios han introducido una palabra nueva en nuestra lengua, ésta es «cultura». Sobre esta palabra quiero disertar con toda sencillez.

—¡Miras altas! —exclamó con satisfacción alguno.

—¡Chist! ¡Silencio…!

—¡Señores! —continuó Maiakín con voz más fuerte—. Los periódicos no perdonan ocasión de decir que nosotros los industriales somos refractarios a la cultura, que no comprendemos y ni siquiera la deseamos. Nos tratan de salvajes y de hombres incultos… ¿Qué es pues la cultura? Tales frases me han parecido inconvenientes a mí que soy viejo y me he puesto a estudiar esta palabra. ¿Qué quiere decir en realidad?

Maiakín lanzó una mirada circular comprendiendo a todos los invitados y continuó, recalcando las palabras, y con una sonrisa de triunfo:

—Según mis averiguaciones, esta palabra, que se deriva de culto, sólo significa adoración, es decir amor elevado, por el trabajo y el buen orden de la vida. ¡Bueno!, me he dicho. ¡Comprendido! Y puesto que es así, el hombre culto es el que ama el trabajo y el orden… que quiere de un modo general, organizar la vida, que ama la vida misma, conoce su propio valor y su precio… ¡Perfectamente!

Jacob Tarasovitch tembló; las arrugas de su fisonomía hicieron un surco desde sus ojos sonrientes hasta la boca y toda su calva tomó el aspecto de una estrella opaca.

Los comerciantes estaban suspensos de sus labios. Silenciosos e inmóviles, permanecían como clavados en sus asientos donde les había sorprendido las primeras palabras del discurso de Maiakín.

—Y puesto que es así y es precisamente así como esta palabra debe ser interpretada, los hombres que nos tratan de incultos y de salvajes nos calumnian y nos injurian. Pues ellos no gustan más que de la forma y no del sentido, mientras que nosotros somos los fervientes de esta palabra en su verdadera acepción, gustamos de lo que constituye la esencia, amamos el trabajo. Somos nosotros precisamente los que poseemos el verdadero culto de la vida, y no ellos. Ellos se dan a la discusión y nosotros a la acción… y he aquí, señores negociantes, un ejemplo: el Volga. ¡Mirad, ese río, nuestro querido padre, que nos alimenta! Cada gota de sus aguas es un testimonio en nuestro honor y protesta contra el insulto que se nos dirige… No han pasado más que cien años, señores, desde que el zar Pedro el Grande botó en nuestro río barcos y pontones, y hoy millares de barcos lo surcan en todos sentidos… ¿Quién, pues, los ha construido? El campesino ruso es un hombre sin instrucción. Todos esos vapores, esas barcas, ¿a quién pertenecen? ¡A nosotros! ¿Quién las concibió? ¡Nosotros! Todo nos pertenece, es fruto de nuestra inteligencia, de nuestro ingenio y del gran amor que tenemos al trabajo.

»¡Nadie nos ha ayudado! Con nuestros recursos propios hemos equipado milicias para destruir el bandidaje del Volga. Y después hemos lanzado millares de barcos y vapores a lo largo del río. ¿Cuál es la ciudad más hermosa del Volga? Es aquélla en la que los traficantes están en mayor número… ¿A quién pertenecen las mejores casas de la población? Al traficante. Reúne céntimo a céntimo y hace donaciones que se cifran por centenas de millares de rublos… ¿Quién ha construido las iglesias? ¿Quién contribuye más al Estado? ¡Siempre los traficantes señores! Sólo nosotros amamos el trabajo por él mismo, por amor a la organización de la vida en general. ¡Nosotros solos amamos el orden y la vida! ¡Dejemos, pues, hablar a los que dicen mal de nosotros! ¡Tanto peor! El viento sopla, el sauce gime, ¡el viento cae, el sauce queda perenne! No se hacen de él ni escobas, ni varales; es un árbol sin utilidad. De ahí su agitación… y ellos, nuestros jueces ¿qué hacen para embellecer la vida? Nadie lo sabe. Nosotros, al menos tenemos nuestras obras que hablan por nosotros. ¡Señores negociantes!, saludo en vosotros a los hombres, que, en la vida, tienen el primer puesto, los hombres más laboriosos que practican su trabajo con amor y que lo han hecho todo y pueden hacerlo todo. Con todo mi corazón lleno de estimación y de afecto por vosotros, levanto mi vaso y bebo por el valiente, grande, y laborioso cuerpo de traficantes rusos. ¡Que Dios prolongue vuestros días! ¡Vivid para mayor gloria de nuestra madre Rusia! ¡Hurra…! ¡Ah…!

A este último grito, lanzado por la voz temblorosa de Maiakín, la asamblea experimentó un entusiasmo indescriptible y se produjo un estrépito ensordecedor. De todos los pechos de aquellos hombres corpulentos y gruesos, excitados por el vino y los brindis del viejo, partió al unísono un grito tan formidable que todo se conmovió y tembló en el vapor.

—¡Jacob Tarasovitch, trompeta del Señor! —gritaba Zubof tendiendo su vaso hacia Maiakín.

Sin fijarse en las sillas que derribaban ni en las botellas o la vajilla que caía cuando empujaban la mesa, los comerciantes se apretaban alrededor de Maiakín, vaso en mano, radiantes de alegría, algunos con lágrimas en los ojos.

—Eh, ¿qué tal? —preguntaba Kononof a Robustof sacudiéndole por el brazo—. ¡Trata de comprender! ¡Son grandes palabras las que acaban de ser pronunciadas!

—¡Jacob Tarasovitch, deja que te abrace!

—¡Llevemos a Maiakín en triunfo!

—¡Venga la música!

—«¡La marcha… de las Antorchas…!»

—Nada de música… ¡Al diablo la música!

—¡Nuestra música está ahí! ¡Eh! ¡Qué cerebro el de Jacob!

—¡No tiene gran estatura, pero sí gran talento!

—¡Mienten, Trofim!

—¡Jacob! ¡Pronto vas a morir…! ¡Qué desgracia!

—¡Cuánto dolor dejarás! ¡No te lo puedes imaginar!

—¡Qué funerales se le harán!

—¡Señores! ¡Fundemos algo que lleve el nombre de Maiakín! ¡Yo doy mil rublos!

—¡Silencio! ¡Esperad!

—¡Señores! —repuso Maiakín más excitado—. Lo que aún nos coloca en las primeras filas de la vida y nos da la preponderancia en nuestro país es que somos… campesinos.

—¡Justo!

—¡Está bien! ¡Bravo, viejo!

—Nosotros somos verdaderos rusos y todo lo que proviene de nosotros es puramente ruso. En su consecuencia es lo que hay más útil, más justo.

—¡Dos y dos son cuatro!

—¡Claro!

—¡Tiene la sabiduría de la serpiente!

—Y la dulzura…

—Del buitre… ¡Ja, ja, ja!

Los burgueses se habían agrupado alrededor del orador en un círculo estrecho. Le miraban con ojos emocionados y no podían oírle hablar sin enternecerse. El rumor de las voces unido al ronquido de la máquina y al golpear de las ruedas en el agua, producía un estrépito que cubría la voz chillona del viejo. La excitación de los traficantes iba en aumento, sus rostros resplandecían de alegría y todos llevaban sus vasos hacia Maiakín; le golpeaban en el hombro, le empujaban, le abrazaban, le contemplaban con éxtasis. Alguno, en el paroxismo del regocijo, gruñía:

«¡La Kamarinskaya!» ¡La danza rusa!

—Nosotros somos los que lo hemos hecho todo —gritaba Jacob Tarasovitch, indicando el río con un movimiento de su diestra—. ¡Todo nos pertenece! ¡Hemos sido aquí los promotores, los creadores, los organizadores de la vida!

En aquel instante una voz fuerte, dominando todos los ruidos, resonó en medio del tumulto:

—¡Ah! ¡Sois vosotros!

A tales palabras siguieron insultos groseros pronunciados con voz sorda y con acento de fría rabia. Todo el mundo las oyó y el silencio reinó de pronto. Todos buscaban con la mirada a quien les había insultado. Durante algunos segundos no se oyeron más que los suspiros de la máquina y el chirrido de las cadenas del timón.

—¿Quién nos insulta aquí? —preguntó Kononof frunciendo las cejas.

—¡Ay de mí! ¡No podemos portarnos bien! —suspiró Reznikof afligido.

—¿Qué significan todas estas injurias extemporáneas y sin razón? ¿Quién ha hablado?

Los rostros de los comerciantes expresaban inquietud, curiosidad, irritación y todos se agitaban torpemente en sus sitios. Sólo Jacob Tarasovitch estaba tranquilo y aun parecía satisfecho de lo que acababa de ocurrir. De puntillas, el cuello extendido hacia adelante miraba el extremo de la mesa y sus ojos relucían como si hubiesen visto algo especialmente agradable.

—Gordeief… —dijo en voz baja lona Iuchkof.

Todos se volvieron en la dirección que seguía la mirada de Maiakín.

Tomás se mantenía de pie, ambas manos apoyadas sobre la mesa, la fisonomía descompuesta por la cólera, los dientes apretados, mirando cara a cara en silencio a los traficantes, con sus ojos ardientes, de pupilas dilatadas. Su mandíbula temblaba, sus hombros eran sacudidos por un temblor nervioso y sus dedos crispados sobre el borde de la mesa se clavaban en el mantel en un movimiento nervioso.

Ante aquella actitud irritada y aquella expresión de fiera, el silencio se estableció de nuevo entre los comerciantes.

—¿Qué ocurre, por qué arrugáis así el entrecejo? —preguntó Tomás, siguiendo a esta pregunta infinidad de injurias.

—¡Está ebrio! —dijo Bobrof, moviendo la cabeza.

—¿Para qué lo habéis invitado? —murmuró levemente Reznikof.

—¡Tomás Ignatitch! —dijo Kononof reposadamente—. Es necesario tener educación… Si por casualidad… se te va la cabeza… vete y acuéstate, amigo mío. Acuéstate, querido, y…

—¡Cállate! —rugió Tomás devorándole con la vista—. ¡Te prohíbo hablarme! ¡No estoy borracho, soy el único que tiene firme su razón, aquí! ¿Has comprendido?

—¡Espera un poco! ¿Quién te invitó? —le preguntó Kononof palideciendo bajo la afrenta.

—Yo le he traído —dijo Maiakín.

—¡Ah! ¡Oh! Entonces… es diferente… Dispénsame Tomás Ignatitch… Pero puesto que eres tú quien lo has traído, Jacob, tú eres el encargado de calmarle… De otro modo es imposible…

Tomás se callaba y sonreía. Los comerciantes no decían nada tampoco.

—¡Eh, Tomás! —exclamó Maiakín—. Deshonras una vez más mis canas…

—Padrino —dijo Tomás mostrándole los dientes—. No he hecho nada, aun no es hora de sermonear… No estoy borracho, no he bebido nada, no hago más que escuchar… Señores comerciantes, ¿queréis permitirme algunas palabras? Mi muy estimado padrino ha hablado… escuchad ahora a su ahijado…

—¿Para qué más discursos? —dijo Reznikof—. ¿Para qué hablar más? Nos hemos reunido para divertirnos…

—Déjate de eso, Tomás Ignatitch…

—Bebe más…

—¡Bebamos…! ¡Ah, Tomás! ¡Eres hijo de un padre admirable…!

Echándose atrás e irguiendo su alta estatura, Tomás escuchaba, sonriente, aquellas palabras conciliadoras. Era el más hermoso y el más joven de todos los hombres allí reunidos. Su cintura elegante ajustada por la levita, se destacaba de la masa de cuerpos obesos y barrigudos. Su rostro moreno, sus grandes ojos, sus rasgos regulares, todo su aspecto vigoroso y sano contrastaba con los rostros colorados y ajados que tenía delante y en los que se leía en aquel momento la ansiedad y la perplejidad.

Sacó el pecho, apretó los dientes, desabotonó su levita y hundiendo ambas manos en sus bolsillos:

—Ya no es hora de cerrarme la boca con halagos y cumplimientos —dijo, decidido y amenazador—. Escuchadme o no escuchéis pero yo seguiré hablando a pesar… No se me puede expulsar de aquí…

Hizo una señal con la cabeza, levantó los hombros y declaró tranquilamente:

—Pero si alguno intenta tocarme con la punta del dedo, lo mato. ¡Lo juro por cuanto más sagrado existe… mataré a todos los que pueda…!

Un temblor comunicóse a los oyentes como una ráfaga de viento que pasa por un bosque. Murmullos de inquietud se dejaron oír.

El rostro de Tomás se oscureció, sus ojos se agrandaron.

—Aquí se ha tratado de la vida que habéis pretendido organizar, y se ha dicho que vuestra obra es justa y buena…

Tomás exhaló un profundo suspiro y paseó sobre los auditores una mirada de odio.

Todos tenían rostros extrañamente descontentos, como inflados.

Los traficantes se callaban y se unían más aun los unos contra los otros. En las últimas filas alguno murmuraba:

—¿Con qué objeto dice eso? ¿Eh…? ¿Acaso comenta las Sagradas Escrituras o bien va a hablar por desbarrar?

—¡Ah, miserables! —exclamó Gordeief moviendo la cabeza—. ¿Qué habéis hecho? No habéis organizado la vida, habéis hecho de ella una prisión… No es el orden el que habéis creado, son cadenas que habéis remachado en las manos de los hombres. En vuestro medio no se respira, no hay movimiento, no se puede un hombre revolver. ¡Ahí se perece! No sois más que asesinos… ¡Tenéis que comprender que si existís aún, es sólo debido a la misericordia de los hombres…!

—¿Qué significa eso? —exclamó Reznikof indignado—. ¿Ilia Efimovitch, qué es eso? Yo no quiero oír tales palabras.

—¡Gordeief! —gritó Bobrof—. ¡Ten cuidado! Lo que dices está fuera de tino…

—¡Pagarás caro esos discursos! —dijo Zubof severamente.

—¡Silencio! —rugió Tomás y sus ojos se inyectaron en sangre—. ¿Acaso los cerdos tienen derecho a gruñir?

—¡Señores! —dijo Maiakín y su voz tranquila y odiosa sonaba desagradablemente como una lima que raspa hierro—. No le toquéis… os lo suplico… no le contrariéis… dejadle gritar… eso le alivia… Sus palabras no os insultarán así.

—¡Oh! ¡No! ¡Gracias! —exclamó Iuchtof.

Smolín que se encontraba al lado de Tomás le murmuraba al oído:

—¡Cállese, amigo mío! ¿Ha perdido usted la cabeza? Van a…

—¡Déjame! —respondió Tomás con firmeza echándole una mirada furiosa—. ¡Vete al lado de Maiakín, lámele las manos, y ganarás sin duda algunos rublos…!

Smolín se puso a resoplar entre sus dientes apretados y se alejó. Todos los traficantes empezaban a dispersarse por el barco. Tomás sintió el golpe: habría preferido clavarles en sus sitios con sus palabras y no las encontraba bastante fuertes…

—¡Decís que habéis organizado la vida! —gritaba—. Pero ¿quién sois? Una porción de bribones, de ladrones…

Varios se volvían como si se les hubiese llamado por sus nombres.

—¿Kononof, te van a juzgar pronto a causa de la niña? ¡Te verás condenado a trabajos forzados! ¡Adiós, Ilia! Es bien inútil construir tan hermosos barcos… Te llevarán a Siberia por cuenta del Estado…

Kononof desplomóse como una masa sobre la primera silla que encontró. Su rostro se puso violáceo y no tuvo más que la fuerza de amenazar a Tomás con el puño.

Articuló con voz ahogada:

—Bueno… Bueno… No lo olvidaré…

Cuando Tomás vio aquella cara descompuesta y aquellos labios temblorosos, comprendió en seguida de qué arma se debía valer para atacar a aquella gente con golpe certero.

—¡Ja. ja, ja! ¡Organizadores de la vida! ¿Gontchin, sigues dando limosna a tus sobrinos? Dales un céntimo por día… ya que les has pellizcado una buena porción, sesenta mil rublos, es una linda suma… ¡Bobrof! ¿Por qué has acusado a tu querida de haberte robado y por qué la has hecho encarcelar? Si ya tenías bastante, haberla pasado a tu hijo… Se habría encargado de ella, él, que ahora es el amante de tu nueva querida… ¿Cómo, no lo sabías? ¡Eh, gran cerdo…! ¡Ja, ja, ja…! Y tú Lobo, abre de nuevo una casa de prostitución y saquea a tus clientes cómodamente; más tarde el diablo se encargará de saquearte a ti, ¡ja, ja, ja! ¡Con esa cara de devoto es muy cómodo ser un granuja! ¿A quién asesinaste antaño, Lobo…?

Tomás recalcaba sus improperios con malévola sonrisa, y veía que ahora cada palabra daba en el blanco. Después de oírle largo tiempo, se habían apartado de él, con sus miradas despreciativas o furiosas. Había podido ver antes en sus sonrisas, adivinar en cada uno de sus gestos el desdén que les inspiraba, y se había dado cuenta de que, aunque molestándoles, sus palabras no llegaban a tocar el punto sensible. Había sentido con amargura que su ataque fallaba y su cólera caía poco a poco. Pero apenas les hubo afrentado individualmente, la situación cambió de tono.

Cuando Kononof se había dejado caer sobre una silla bajo el apóstrofe de Tomás, éste había percibido un resplandor de alegría maligna en los ojos de los demás. Había oído un murmullo de aprobación y de sorpresa:

—¡Buena puntería!

Aquella exclamación duplicó las fuerzas de Tomás: con una seguridad apasionada se puso a lanzar sus acusaciones, sus burlas a la faz de todos los que encontraba su mirada.

Enrojecía de alegría ante el efecto producido por sus palabras. Se le escuchaba en silencio y aun con recogimiento. Varias personas se le aproximaron. Débiles protestas, formuladas en voz baja, ensayaron alzarse, pero desde que Tomás apostrofaba a alguno por su nombre venía el silencio y todos dirigían miradas satisfechas sobre aquel que se encontraba interpelado en aquel momento. Bobrof se reía de un modo macabro y sus ojillos llenos de rabia se hundían como puñales en los de Tomás. Reznikof agitaba los brazos, y repetía con voz ahogada:

—Todos sois testigos… ¿Qué significa todo esto? No, no quiero tolerar cosas semejantes. Esto es difamar por difamar… ¿Qué quiere decir todo eso?

Y exclamó de repente, con voz penetrante, ambos brazos tendidos hacia Tomás:

—¡Es un loco de atar!

Tomás se reía a carcajadas.

—¡No llegarás a ahogar la verdad! ¡Si consigues atarme, no conseguirás que me calle!

—¡Ved ahí, señores! —decía Maiakín con voz metálica—. Todos podéis juzgarle en su propio valor.

Los burgueses se enardecían y se aproximaron a Tomás. Sus rostros expresaban la cólera, la admiración, una alegría maligna mezclada de temor.

Entre los individuos sin importancia y modestos que se encontraban en la mesa al lado de Tomás, alguno murmuró:

—¡Está muy bien hecho! ¡Dios se lo premie! No llevan lo que se merecen… Allá arriba os lo dirán…

—¡Robustof! —gritaba Tomás—. ¿De qué te ríes? ¿De dónde proviene tu alegría? No te librarás tampoco de ir a presidio…

—¡Tirémosle al suelo, saquémosle del barco y arrojémosle en la orilla! —gritó Robustof irguiendo su cuerpo.

Kononof daba ya la orden al capitán de volver atrás para ir derechamente en busca del gobernador.

Alguno declaró con convicción y con voz que la emoción hacía temblar que aquello era cosa premeditada.

—Ya lo creo, ¡esto es el principio de una protesta!

—¡Es menester atarle, eso es, atarle de pies y manos!

Tomás cogió una botella de champán y la blandió por encima de su cabeza.

—¡Probad, pues! ¡Ah, me oiréis hasta el final!

Y volvió a empezar de nuevo a cubrirles de injurias descubriendo sus infamias, llamándoles por sus nombres, experimentando una especie de voluptuosidad feroz al verles descompuestos, con espumarajos de rabia, al escuchar sus improperios. El ruido cesó.

Las personas que Tomás no conocía le miraban con ávida curiosidad. Parecían aprobar y algunos tenían en el rostro una expresión de alegre admiración. Un vejete de mejillas escarlata y ojos de ratón, se dirigió de pronto a los traficantes y les dijo, casi cantando, con voz melosa:

—Éstas son palabras que vienen de la conciencia. ¡Esto es bueno! Es necesario saber soportarlas… Es como la acusación del profeta… Hay que confesarlo, lo que está diciendo es la verdad, nosotros somos grandes pecadores.

Se le silbó. Zubof le cogió por un brazo y le sacudió. Él hizo un profundo saludo y se perdió entre la muchedumbre.

—Zubof —repuso Tomás—, ¿sabes el número de los que has arruinado? ¿Ves tú a veces en tus sueños a Juan Pedro Miakinikof que se ahorcó por causa tuya? ¿Es cierto que todos los domingos robas diez rublos en la iglesia del cepillo de los pobres?

Zubof no esperaba el ataque y se detuvo como petrificado, el brazo levantado. Después chilló con voz aguda y dando un salto cómico:

—¿Te metes conmigo? ¿Conmigo también?

E inflando sus mejillas con aire de dignidad, extendió el puño hacia Tomás y exclamó:

—¡Eres un insensato! ¡En su locura afirma que Dios no existe! Voy a ir a casa del obispo… ¡Miserable! ¡Mereces el presidio!

El tumulto aumentaba. En vista de aquellos rostros odiosos, corajudos, humillados, Tomás producía el efecto de un gigante destruyendo monstruos. Todos se agitaban, gesticulaban, hablaban a la vez, los unos rojos de cólera, los otros amarillentos, pero igualmente impotentes para detener el raudal de sus improperios.

—¡Haz venir a los marineros! —gritaba Reznikof tirando a Kononof de la manga—. ¿Qué haces, Ilia? ¡Eh! Nos has invitado para dejarnos insultar.

Alrededor de Jacob Tarasovitch una muchedumbre silenciosa escuchaba y aprobaba con inclinaciones de cabeza.

—¡Vaya, a ver tú, Jacob! —decía Robustof—. Todos seremos testigos en caso de necesidad… ¡Decídete!

Y la voz vengativa se elevaba despiadada, dominando el tumulto y los gritos.

—¡No habéis organizado la vida, la habéis convertido en un pozo de inmundicias! ¿Tenéis siquiera conciencia? ¿Pensáis en Dios alguna vez? ¡El becerro de oro, ése es vuestro Dios! Habéis tirado la conciencia… ¿Qué habéis hecho de ella? ¡Asesinos! Vivís del esfuerzo de los demás… Aprovecháis la fatiga y el esfuerzo de vuestro prójimo… Pero ya lo expiaréis… ¡Cuando os muráis, todo os será contado! Todo, hasta la más minima lágrima… y numerosos son los que han llorado gotas de sangre sobre vuestros corazones cínicos… ¡Ah, miserables! El infierno mismo es demasiado bueno para vosotros. No os quemaréis por el fuego, sino que herviréis en el fango… Siglos de tortura no os purificarán… El diablo os arrojará mezclados en tinas y echará sobre vosotros ¡ja, ja, ja!, verterá ¡ja, ja, ja!, señores, honrados comerciantes… organizadores de la vida… ¡Demonios…!

Tomás se apretaba la cintura, la cabeza echada atrás. Reía convulsivamente.

En aquel momento varios hombres juntos se arrojaron sobre él y le derribaron con su peso. Una lucha se entabló…

—Ya le tenemos —dijo una voz ahogada.

—¡Ah! ¡De esta manera! —resollaba Tomás.

Durante varios segundos un montón de cuerpos negros voceaban; exclamaciones sordas se escapaban:

—¡Tírale al suelo completamente!

—¡Sostenle la mano…! ¡La mano! ¡Oh!

—¡Ah! ¡Me tiras de la barba!

—Traed servilletas pronto… Vamos a atarle con servilletas…

—¡Muerde…!

—¡Toma! ¡Ésta es para ti…!

—¡No peguéis! ¡Te prohíbo pegar…!

—Ya está…

—¡Es fuerte!

—Transportémosle aquí… hacia las bordas…

—Al fresco… ¡Ja, ja, ja!

Arrastraron a Tomás por el puente y le dejaron tendido a lo largo del camarote del capitán.

Los burgueses se alejaron, limpiándose el sudor del rostro y poniendo en orden sus trajes.

Allí yacía Tomás, destrozado por la lucha y la humillación de la derrota, silencioso, la ropa desgarrada, sucia, los brazos y las piernas sólidamente atados con servilletas. Sus ojos inyectados en sangre, eran en aquel momento redondos. Fijaba en el cielo una mirada atontada y sin expresión, como la de un idiota. Su pecho se levantaba por intervalos desiguales, con respiración trabajosa.

Los fabricantes iban a tomar la revancha. Zubof fue quien empezó. Se aproximó a Tomás, le dio con el pie y dijo con dulzura, regocijado de poder tomar venganza:

—¡Veamos, gran profeta! ¿Aprecias ahora las dulzuras de la cautividad? ¡Ja, ja, ja!

—No te precipites demasiado… —replicó Tomás con voz ahogada y sin mirarle—. Espera… déjame respirar… No podéis atarme la lengua…

Pero Tomás comprendía que no podía hacer nada. Y esto, no porque estuviese atado, sino porque el fuego que ardía en él estaba apagado y su alma rota, negra como una tumba.

Reznikof se unió a Zubof. Después Bobrof, Komonof y otros se retiraron a la popa con Maiakín; hablaban con animación, pero muy quedo.

ΕΓ barco se dirigía a todo vapor en dirección de la ciudad. La trepidación de la máquina hacía sonar los vasos y las botellas y el choque del cristal era lo que Tomás percibía distintamente. A su alrededor un grupo hostil le propinaba injurias y sarcasmos. Tomás no distinguía ninguna fisonomía y lo veía todo como a través de una bruma. Las palabras que le dirigían no le hacían mella. Un sentimiento nuevo, de amargura y de dolor, un sentimiento vago, que había invadido todo su ser y no daba lugar a ninguna otra impresión. Tomás seguía el progreso del estrago que tenía lugar en su alma y aun cuando fuese incapaz de definirlo, experimentaba una angustia dolorosa y un disgusto inmenso.

—¡Reflexiona un poco, charlatán… en lo que tú has ganado! —decía Beznikof—. ¿Qué existencia será la tuya ahora? Ninguno de nosotros se dignará ahora ni escupirte a la cara.

—¿Qué he hecho pues? —se preguntaba Tomás perplejo.

Los burgueses le rodeaban.

—Vamos, Tomás —decía Iatchurof—, estás aviado.

—Nosotros te…

—¡Soltadme! —dijo Tomás.

—¡No! Estás mejor así…

—Llamad a mi padrino…

Pero en aquel momento apareció Jacob Tarasovitch en persona. Se aproximó a Tomás, examinó con mirada severa su larga silueta tendida en el puente y exhaló un profundo suspiro.

—¿Qué te pasa, Tomás? —pronunció.

—Di que me desaten —dijo Tomás con voz dulce.

—¡Vas a continuar tus barbaridades! No, permanece así.

—Os juro no abrir más la boca. ¡Desatadme, me da vergüenza! ¡En el nombre del cielo! ¡Si no estoy borracho! Podéis, si queréis, dejarme atadas las manos…

—¡Jura no volver a empezar! —dijo Maiakín.

—¡Oh, Dios mío! No… no… —gimió Tomás.

Le quitaron sólo la atadura de las piernas. Cuando se pudo levantar, los miró a todos y dijo con triste sonrisa:

—Me habéis vencido…

—Y te venceremos siempre… —respondió su padrino con altivez.

Completamente encorvado, las manos atadas atrás, Tomás se aproximó a la mesa sin levantar los ojos ni pronunciar una sola palabra. Parecía más delgado y más pequeño. Mechones de cabellos le caían por la frente y las sienes. La pechera desgarrada de su camisa salía por encima del chaleco; el cuello le subía a la boca. Trataba en vano de ponerle en su sitio moviendo la cabeza. Un viejo se le aproximó, puso en orden sus ropas, le miró con sonrisa bondadosa y dijo:

—Hay que saber llevar la cruz…

En presencia de Maiakín, todos los que se habían burlado de Tomás guardaban un silencio interrogador y esperaban con curiosidad que el viejo se decidiese a hablar.

Maiakín estaba tranquilo, pero sus ojos relucían con brillo extraño, poco en armonía con los acontecimientos; la expresión era más bien satisfecha.

—Dadme aguardiente —articuló Tomás sentándose ante la mesa y apoyando encima su pecho.

Su cuerpo encorvado inspiraba lástima en su impotencia. Se hablaba a media voz ante él y se andaba con precaución. Todas las miradas se dirigían ya a Tomás, ya a Maiakín, que había cogido una silla y se había sentado enfrente de él. El viejo no accedió en seguida al deseo de su ahijado. Le miró primero fijamente, después llenó sin darse prisa un vasito de aguardiente que llevó sin hablar palabra a la boca de Tomás. Éste vació el vaso hasta la última gota y pidió de nuevo vodka.

—¡Es bastante! —respondió Maiakín.

Un silencio pesado embargaba a la concurrencia.

Los que se aproximaban a la mesa iban de puntillas y alargaban el cuello para ver a Tomás.

—Medita, Tomás, ¿has comprendido lo que has hecho? —preguntó Maiakín.

Hablaba con lentitud, cada uno pudo oír la pregunta.

Tomás hizo una señal incierta con la cabeza y no pronunció una palabra.

—¡No esperes perdón, no! —prosiguió Maiakín en alta voz—. Aunque todos seamos cristianos, no te perdonaremos, puedes estar seguro.

Tomás levantó la cabeza y dijo pensativo:

—Os había olvidado, padrino… No os dije nada…

—¡Vedle! —exclamó con tono amargo Maiakín señalando a su ahijado—. ¡Ya lo veis!

Un murmullo de protesta se elevó entre la concurrencia…

—¡Pero, bah! —continuó Tomás con un profundo suspiro—. ¿Qué importa eso? ¡No ha resultado nada de todo eso! ¡Ay de mí!

—¿Qué querías? —le preguntó su padrino con frialdad.

—¿Que qué quería? —Tomás levantó la cabeza y miró a su alrededor sonriendo—. Quería…

—¡Borracho! ¡Miserable!

—¡No estoy borracho! —replicó Tomás con voz pausada—. No he tomado antes más que dos copas… Tenía mis sentidos cabales…

—Entonces, ¿eres tú quien dice la verdad? ¡Jacob Tarasovitch no tiene razón! —dijo Bobrof—. ¿Quién dice la verdad?

—¡Yo! —exclamó Tomás.

Nadie se preocupó más de él.

Reznikof, Zubof y Bobrof se inclinaron hacia Maiakín y le hablaron en voz baja. Tomás oyó la palabra «tutela».

—Tengo la cabeza despejada —dijo él, apoyándose en el respaldo de la silla y fijando sobre los burgueses una mirada vaga. Sabía perfectamente lo que quería… Quería decir la verdad… Quería denunciaros…

Su exaltación renacía y trataba de soltarse las manos.

—¡Eh, ten cuidado! —exclamó Bobrof, cogiéndole por los hombros—. ¡Sujetadle!

—¡Sí, sujetadme! —dijo Tomás con amargura—. ¡Cogedme…! ¿Para qué valgo…?

—¡Vaya, tranquilízate! —le ordenó su padrino.

Tomás se calló. Entonces comprendió que todo cuanto había hecho era inútil, que sus palabras no habían conmovido el alma endurecida de los traficantes. Formaban a su alrededor un muro espeso a través del cual no podía ver nada. Allí estaban, tranquilos, firmes, tratándole de borracho, de loco, preparándose sin duda alguna mala pasada. Se sentía mísero, aniquilado, aplastado; aplastado por el número y la potencia de aquella masa de seres inteligentes, fuertes en su posición social. El momento en que los había insultado le parecía ya tan lejano, que no comprendía lo que había hecho ni el por qué. Le parecía que era extraño a sí mismo y empezó a experimentar una sensación penosa, avergonzándose de su conducta. Su garganta se oprimía al par que su pecho, como si una capa de polvo o de ceniza hubiese cubierto su corazón. Los latidos eran irregulares y violentos.

Y entonces murmuró lentamente, pensativo, como hablándose a sí mismo y para justificarse a sus propios ojos:

—Yo quería decir la verdad… ¿Acaso esto es vivir?

—¡Imbécil! —dijo Maiakín con desprecio—. ¿Qué verdad puedes tú decir? ¿Qué cosas comprendes?

—Tengo el corazón ulcerado… por eso comprendo. ¿Cuál es sino vuestra justificación ante Dios? ¿Para qué vivís? Yo… sentía la verdad.

—¡Se acusa a sí mismo! —dijo con mofa Bobrof.

Alguien añadió:

—Esas palabras demuestran su enajenación mental.

—No es dado a todo el mundo decir la verdad —declaró Maiakín con tono sentencioso—. La verdad fue aprendida con el espíritu y no con el cuerpo… ¿Comprendes lo que quiero decir? ¡Si no has hecho más que sentir, es locura! ¡La vaca siente también cuando se le tira de la cola! Es menester comprender. ¡Comprenderlo todo! ¡Comprender hasta el enemigo! ¡Adivinar lo que se sueña por las noches y no obrar sino sobre seguro!

Arrastrado por su mania de consejos filosóficos, Maiakín iba a meterse en una larga disertación, pero recordó a tiempo que no se enseña el arte de combatir al que está prisionero y calló. Tomás le miraba entontecido y meneando la cabeza.

—¡Eres un tarambana! —exclamó Maiakín.

—Dejadme tranquilo —gimió Tomás—. Todo os pertenece. ¿Qué más queréis? Estoy medio muerto, destrozado… ¡Me está bien empleado! ¿Quién soy? ¡Oh, Dios mío…!

Todos le escuchaban, pero con intención aviesa.

—Yo vivía —decía Tomás con voz débil—, observaba… reflexionaba. Mis pensamientos han formado un depósito más en mi corazón. La postema ha madurado y he aquí que reventó… ¡Ahora ya me quedé sin fuerzas! Me parece que toda la sangre de mi cuerpo ha salido por esta herida. Hasta hoy, he vivido con la esperanza de deciros la verdad… La he dicho…

Hablaba con voz monótona y su lenguaje se asemejaba al delirio.

—He gritado y en mi alma se ha hecho luego un vacío atroz… Ése es el resultado que he obtenido. De mis palabras no queda ninguna traza… Nada ha cambiado a mi alrededor… Pero en mí todo ha pasado, y todo está saqueado, quemado, devastado… ¿Qué puedo esperar? Nada. Todo permanece inmutable.

Jacob Tarasovitch tuvo una risa sardónica.

—¿Pues qué creías, levantar una montaña con tu lengua? Te has armado mal para atacar al oso. ¿No es esto? ¡Desgraciado! ¡Si tu padre te viese!

Un resplandor de inteligencia iluminó los ojos de Tomás y exclamó de nuevo con acento firme y convencido:

—Sois vos quien tenéis la culpa. Sois vosotros quien habéis hecho odiosa la existencia. Todo lo habéis oprimido… no dejáis al mundo respirar. Y por débil que sea la verdad que os opongo, es la verdad sin embargo. ¡Miserables! ¡Malditos seáis…!

Se agitaba en su asiento, se esforzaba por recobrar la libertad de sus manos y gritaba loco de rabia:

—¡Desatadme!

El círculo formado a su alrededor se apretó de nuevo; los rostros de los burgueses tomaron una expresión más severa y Reznikof le dijo:

—No muevas tanto ruido, cálmate. Llegamos a la ciudad… Sostente de forma que no nos avergüences… No es posible meterte directamente en una casa de locos…

—¡Eso es! —exclamó Tomás—. ¿Queréis encerrarme en una casa de locos?

Nadie le respondió. Los miró a todos y bajó la cabeza.

—Pórtate convenientemente. Te desataremos las manos.

—Es inútil —dijo Tomás ahora con dulzura—. Me es igual… Ya no me importa… No he de hacer nada…

Y de nuevo se puso a soltar palabras sin ilación.

—Estoy perdido, lo sé. Pero es mi debilidad y no vuestra fuerza la causa. Vosotros no sois más que gusanos ante Dios. ¡Esperad! Ya pereceréis también… Yo he perecido por ceguedad… Mis ojos se han apagado de pronto y estoy ciego… como el búho… Siendo niño, me acuerdo de haber un día dado caza a un buho en un barranco… Se elevaba, pero siempre tropezaba con algo… La luz del sol le deslumbraba… Se hirió y se mató… Mi padre me dijo entonces: «Lo mismo le ocurre al hombre: algunos se lanzan adelante, tropiezan a derecha y a izquierda, buscan su camino y por fin, desvanecidos, se echan en un rincón, ávidos de reposo y de olvido…» ¡Oh, desatadme las manos…!

Su rostro tornóse lívido, sus ojos se cerraron y un temblor sacudió su cuerpo. Con el traje sucio y hecho jirones, se balanceaba en su silla, dando con el pecho contra la mesa y balbuceando palabras incoherentes.

Los comerciantes cambiaban miradas significativas; algunos se daban con el codo y se mostraban a Tomás con una señal de cabeza. Jacob Maiakín seguía impenetrable.

—Se le podría desatar —murmuró Bobrof.

—Más tarde, cuando estemos cerca de la ciudad…

—No, es inútil —articuló Maiakín a media voz—. Dejémosle ahí; buscaremos un coche para conducirle directamente al manicomio…

—¿Dónde encontraré un refugio? —clamaba Tomás—. ¿Dónde ir?

Y se abismó en una sombría meditación, la espalda encorvada, medio desvanecido, una expresión de sufrimiento esparcida en sus gestos.

Maiakín se dirigió hacia la proa no sin haber recomendado a los que quedaban cerca de Tomás que estuviesen al cuidado, por miedo de que se arrojase al agua.

—Este muchacho me da lástima… —dijo Bobrof al mismo tiempo que veía alejarse del grupo a Jacob.

—Nadie es culpable de su locura —replicó secamente Reznikof.

—¿Y Jacob? —murmuró Zubof indicando con una señal la dirección que aquél seguía.

—Bueno, ¿y qué? ¿Jacob? Nada ha perdido…

—¡Hum! Ahora, ya veremos… ¡Ja, ja, ja…!

—Se encargará de la tutela, seguramente…

Las risas y las reflexiones que cambiaban en voz baja se mezclaban al rumor de la máquina y no llegaban hasta Tomás. Su mirada estaba fija en las ondas; sólo las comisuras de sus labios temblaban ligeramente.

—Su hijo ha llegado —murmuraba Bobrof.

—Conozco al hijo —respondió Iatchurof—. Lo he encontrado en Perm.

—¿Qué tal muchacho es?

—Inteligente… serio…

—¿Y además?

—Tiene una fábrica muy importante en Ussolié.

—Entonces Jacob ya no necesita a su ahijado… He aquí la solución del enigma.

—Ved, llora.

—¡Oh!

Tomás se había apoyado en el respaldo de la silla con la cabeza sobre el hombro. Tenía los ojos cerrados y gruesas lágrimas filtraban una a una bajo sus párpados cerrados. Se deslizaban por sus mejillas a lo largo del bigote y se perdían en su cuello. No se movía ni dejaba escapar una sola queja. Su pecho se levantaba por intervalos desiguales y su respiración era trabajosa.

Los burgueses miraban aquel rostro de mártir, pálido, deshecho, con las mejillas inundadas de lágrimas, la boca dolorosamente torcida, y uno a uno se alejaron de él en un profundo silencio.

Tomás se quedó solo, con las manos atadas a la espalda, ante una mesa cubierta de vajilla, de botellas y restos del festín. Levantaba de vez en cuando sus párpados hinchados; sus miradas oscurecidas por las lágrimas no veían más que aquella mesa donde todo estaba sucio, revuelto, destruido…

* * *

Tres aSos habían transcurrido. Jacob Tarasovitch Maiakín había muerto hacía cerca de un año.

En su lecho de muerte, sin perder el conocimiento, siguió fiel a sí mismo, y dijo a su hijo, a su hija y a su yerno, reunidos a su alrededor:

—Vamos, hijos míos, vivid en la opulencia. Cuando se ha aprovechado la vida como yo lo he hecho, se debe ceder el sitio a los jóvenes. Ya lo veis, me muero, pero no muero pobre. Dios me lo tendrá en cuenta. He importunado quizás al Señor con tonterías, pero jamás con mis lágrimas ni con mis quejas. ¡Oh, Señor! ¡Te doy las gracias por haberme enseñado el arte de vivir dichoso! ¡Adiós, hijos míos! Continuad unidos y tratad de no ser demasiado malos. Acordaos de que no es nadie santo por vivir tranquilo y al abrigo de toda tentación… El temor del pecado no es un mérito, y a eso es a lo que alude la parábola de los diez talentos… El hombre de acción cuya vida es una lucha incesante, no debe apartarse de su propósito por temor al pecado… Dios ha dejado al hombre libre para arreglar la vida a su gusto… pero no le ha dado una inteligencia bastante grande; así es que no puede ser Dios tampoco demasiado exigente… Es grande y misericordioso.

Y murió tras una corta, pero penosa agonía.

* * *

Poco después de la cuestión del barco, Ejof acabó porque le expulsaron de la población.

Una nueva casa de comercio muy importante se creó bajo la razón social: «Taras Maiakín y Africán Smolín».

Durante aquellos tres años no se oyó hablar de Tomás. Corría el rumor que a su salida del manicomio, Maiakín le había enviado a reunirse con los parientes de su madre en el Ural…

Pero hace algún tiempo Tomás ha reaparecido en las calles de la ciudad. Está envejecido y medio loco. Casi continuamente borracho, se le ve ya sombrío, el ceño fruncido y la cabeza baja, ya sonriente con la sonrisa lamentable y triste de los alienados. De vez en cuando mueve alguna algazara, pero esto es raro. Habita en casa de su tía, en una buhardilla.

Los burgueses y los transeúntes que lo conocen hacen de él objeto de burla. Cuando pasa le interpelan frecuentemente:

—¡Eh, tú! ¡Profeta! ¡Ven aquí!

Pocas veces se aparta Tomás de su camino: huye de los hombres y no habla voluntariamente. Cuando por casualidad les atiende, les oye decir:

—Vamos, explícanos el juicio final, y a ver cómo arreglas el mundo. ¡Ja, ja, ja!


Publicado el 5 de abril de 2018 por Edu Robsy.
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