La fuerza poética de este libro de Melba Guariglia nos asalta desde el título.
El desplazamiento o proyección de las vivencias del yo al objeto deseado y perdido
es el recurso que confiere a «La casa que me habita» esa fuerza de emoción contenida,
rasgo de estilo que se irá acendrando y afirmando en sus trabajos posteriores.
En este libro, que se reedita actualizado después de 30 años,
la casa —o las casas— habitan el tono lírico
y son también metáfora del cuerpo,
único alojo o refugio en tiempos oscuros de exilio y muerte
(los de las dictaduras latinoamericanas de los años 70,
de los que el libro da testimonio).
La memoria de las casas —la de la infancia, la de tiempos felices,
la del nombre que nos da identidad a medias—
va surgiendo a partir de imágenes evocadas
para sostener una historia personal
que se desdibuja en la soledad de países lejanos,
donde se hace necesario construir de nuevo la existencia desde la palabra.
La tarea es ardua, como una escalera que sube / pasos infinitos /
hogares perdidos en el sur del viento.
Por eso, *La casa que me habita* cobra en el presente nuevos significados.
Puede ser la voz de tantos seres sin voz,
de porvenir incierto,
que huyen de sus tierras expulsados por la guerra y la muerte hoy,
en la segunda década del siglo XXI.
Encima del tejado piedras aseguran cobijo, alerta de próximo viento. Por el canto del paisaje crece el coro de cigarras. La arena es manta de conchillas, cuna de cangrejos, el riomar arrodillado desliza su lengua por la arena, salpica plantas crecidas en tierra blanca. El rancho solo, elevado en la orilla, única gaviota de madera, resiste tempestades.
II La niña zurcía letras en punto de cruz. Tarde a tarde volaban tijeras por el monte, alfabeto recortado de revistas, citas talladas en troncos. En el borde del agua mensajes en botellas arriban incansables desde el otro lado.
III Pasado el temporal, los niños velan la playa en calma, recogen desechos de barcos hundidos,
12 págs. / 21 minutos.
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Publicado el 13 de enero de 2026 por Fernando Guzmán.
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