La casa que me habita

Melba Guariglia


Poesía, Uruguay


Editado por Fernando Guzmán 2025. Se realizó una revisión ortotipográfica del texto, limitada a la puntuación y al uso de mayúsculas/minúsculas.Creative Commons BY-SA 4.0 Internacional
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A mis habitantes de aquí y de allá, y de mas allá
México, 1985 / Montevideo, 2015



Mi casa es la escritura... con la única compañía que no falla, las palabras
Cristina Péri Rossi
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Me amparo, efímera,  en un cuarto diferente.  
La bahía de sal queda atrás,  borrosa en la imagen del mapamundi.  
La sospecha invade, con miedo,  mi armadura.  
¿Dónde derrumbarme?  
Otros muros transforman laderas  en alojos;  
palabras inquietas  buscan raíces.
México 1979
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Las casas jóvenes  acuden al llamado,  
Andan sin norte  por la madrugada,  
Suben hacia el nuevo pasado,  se dispensan.  

Un paseo por la añoranza  al cielo triste de la piel,  las calles se alejan.  

Ahora queda solo  el duende que me habita,  el aire de la niebla,  una escalera que sube,  pasos infinitos.  

Hogares perdidos  en el sur del viento.  

Montevideo, 1987
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Ese haberme llamado Melba,  nombre agridulce  donde persisten heridas,  
poemas silenciosos  desde un abril de otoño.  
Palabra grave  investida de otro nombre Mabel,  
hermana solitaria  dormida en sueño incierto.  
Respuesta tímida  oculta en seudónimos,  espejos pequeños  que no me empañan.  
Ropaje eterno  sobre mi cuerpo frágil,  reconocida sin límites  aunque no sepan quién soy.  
Casa de letras  imposible de reemplazo,  dos sílabas apenas  para ocultarme sin más grandilocuencia  que una be,  
largo corredor celeste  donde aprendí a escribirla  con crayones.
Ese no querer oírlo,  o llamarme María,  
abrir los ojos  y encontrarme porfiadamente Melba,  
huésped de un crédito habitable,  refugio de anónimos  nombrados en cualquier grito.--------------------------------------------

Casa perdida
I
Entonces,  
Bastaba una casa de papel  donde asomar el invierno apenas nacido,  
Una ventana sin rejas  cuando pegaba fuerte  el asalto feroz de la penumbra.  
Un mutismo acotado  habitándome,  
Allí,  donde salir era hallazgo de cantos  simulados en rincones,  
Cantar burbujas  resbalando vapores  sin contratiempos ni desentonos.  
Frases grabadas / hojas clandestinas  revueltas en cada trance,  y bastaba la casa  para llorar mis muertos.  

II
Mi madre ovilla su destino  en manos de la morada,  
Disimula cansancios  tendidos en la azotea,  
Habla sola  en sol sostenido,  
Y la luna  es un péndulo fijo  en el ángulo de la claraboya.  

III
La casa enjuga sus relatos  a la entrada,  
Y sube un peldaño  trazo adentro.  
Corren lágrimas  por las paredes  hasta llegar al traspatio,  
Sumergida vejez apurada  por la historia  de sus habitantes.  

IV
Ese lugar  cuya sola presencia me contiene,  
Albergó muros de piel áspera,  marcas de vuelo.  
La pintura cubría siluetas / letras cifradas,  el suceso inexplicable  de mi ausencia.


Casa orilla

I
En la ribera  los árboles mecen ramas doradas,  tiernas como el pan.  
Encima del tejado  piedras aseguran cobijo,  alerta de próximo viento.  
Por el canto del paisaje  crece el coro de cigarras.  
La arena es manta de conchillas,  cuna de cangrejos,  el riomar arrodillado  desliza su lengua por la arena,  salpica plantas crecidas  en tierra blanca.  
El rancho solo,  elevado en la orilla,  única gaviota de madera,  
resiste tempestades.  

II
La niña zurcía letras  en punto de cruz.  
Tarde a tarde  volaban tijeras por el monte,  alfabeto recortado de revistas,  citas talladas en troncos.  
En el borde del agua  mensajes en botellas  arriban incansables  desde el otro lado.  

III
Pasado el temporal,  
los niños velan la playa en calma,  recogen desechos  de barcos hundidos,  
rocas mordidas por las olas,  colecciones de caracoles  visibles  
en el velamen del rancho.  
Abuelo vigila la costa,  avizora horizontes  desde el portal,  salvando en la mirada  todas las distancias.

IV
Picotean tierra fértil  las gallinas,  
Cantan al compás de la leña inmolada  del hachazo necesario  al despunte diario.  
Abuela asoma al cuadro que despierta,  imagina un palacio,  el lugar donde vive,  en pago a su desvelo  el monte azul, los hijos.  
Un premio:  el nido donde nacen  huevos tibios  en su delantal.  

V
Se agita el alero  y el manzano,  
Caen hojas marchitas  de almanaques,  
El camino aprieta los bolsillos  y anda.  
Los vientos ondean otra vez.  
A lo lejos  la ciudad es asombro,  una casa con flores,  la escuela.  
Un largo transitar  las esperanzas.




Casa invadida
I
Abrieron umbrales con los dientes,  las baldosas resistían  pesadas botas  en designada batalla.  
Temblaban cimientos.  
Los libres deshacían  páginas completas,  confusión dividida  entre cólera y miedo.
II
Ellos esperan  amurallados en pretiles.  
Hora tras hora  acechan signos de fatiga,  hurgan alfombras  en busca de huellas / nombres,  
pistas de un amor universal,  poderoso / invisible.  

III
La casa toda  estremeció ladrillos  
cuando el enemigo invadió el crepúsculo.  Era el dictado sórdido,  el arma traidora  de la infamia.  
Pocos supieron.  
La siniestra ronda / los destrozos,  la oscuridad pesada  de la máscara,  
el puñetazo oculto  tras la trampa.


Casa vieja
I
Picaflores aletean  al frente de la casona.  
Liban corolas  donde un ala abre sin juicio,  
el postigo del balcón.  
En el jardín nacen besos desvelados,  nocturnos jugando  el juego de la ternura  sin disfraz.  

II
Fila de piezas  es sendero generoso,  
Galería a marcha de quimeras,  macetas coloridas  cuyas plantas respiran  
el sueño mayor  de los habitantes.  

III
Ritmo tenaz  recorre semanas  
cuando las máquinas  se aprestan a coser  entelados ajenos,  
oficio de mujeres  encorvadas de tanto vestir muñecas,  con milenaria carga  de paciencia.  

IV
Asoman charcos,  goteras  
en cada despertar  de esa casa.  
Son señas de partida,  gestos desamparados,  agobio de los habitantes  perseguidos sin tregua  por las grietas del siglo.  

V
Tú,  casa,  
querías habitar  el aljibe, la glicina,  
subir el barandal  hasta el durazno,  
caer despacio en surcos  de la huerta sin dueños,  en paz,  
como mueren  los viejos.

Casa oculta
I
Pequeña celda abierta  detrás de los cristales,  respiras un patio ventilado,  pradera de mis juegos fantásticos  en tardes cálidas.  
El único ciruelo  te perfuma de blanco en primavera,  la parra desciende  su lumbre de racimos.  
El corredor, renglón a doble línea,  encuentra tu humilde semblante  de vivienda,  
impreso allá en el fondo.  

II
Una de tus alcobas  recibió mi sollozo una mañana.  
En el cielo de tu techo  incorporé mis hambres,  mirada intrusa  en busca de respuestas.  
Era abril, como siempre,  la lluvia,  tú cobijo  a mi primera soledad.  

III
Hogar oculto,  
me veías crecer  asaltando países,  comiendo libros como panes.  
Disparaba volantes  sobre azoteas de fábricas cercanas,  leía en voz alta tu miseria,  descubriéndote.  

IV
Esa casa no era engaño,  vivía con nosotros un destierro,  aislada de la calle alicaída,  
como pájaro de exilio.  

V
Mi padre arma castillos  en tres escalones,  
suma protestas de la radio,  un overol abre brazos en su ausencia,  en el cordel de la madrugada.  
Espera huelgas  para romper a golpes  el silencio.  

VI
Tu portón rechinaba  harto de vaivenes,  
como madre aburrida  de cargar bolsas a la espalda,  
y abrir monederos vacíos  en el aire pródigo  del barrio.
XII
Es más,  casa,  
luces pensamientos en macetas  
cuando mi hermana seca su pelo  ante el sol del domingo,  
porque ella guarda  un manojo de amapolas,  
tibio resplandor  entre las plantas.  

VIII
Ayer o anteayer  dibujaste tajos en los vidrios,  surgiste como luna creciente  en el zaguán.  
Padre y madre  diciendo adiós.  
No sé si los gatos  arañaron tu retrato,  o si las alas  huyeron de su jaula.  
Tal vez tu zócalo  confundía reflejos,  y el olor a salitre  empujaba hacia el mar.



Casa residencia
I
Doble cerrojo ahuyentaba amenazas,  sin más verdad que el pánico  de perder el artificio  ajeno a mi origen.  
Un espacio prestado  donde defenderse del engaño,  sin residir la vida de nadie.  
Soledad trepando  escaleras limpias,  antes de prenderse en tus huesos,  adherirse al tapiz incoloro  y enfriarse en el piso  como una afrenta  a la belleza.  

II
Sequé tu piso  con trapo asombrado,  
el ventanal lloraba sin remedio,  tocaba el punto de partida  otra vez.  
En su rostro de habitante  la casa tendía cicatrices  para siempre,  
ni pizca de altura ya  en su cuerpo devastado.  
Solo su mirada de agua,  perdida en condominio  de imposibles.



Casa hogar
I
Un solo puño,  
dieciocho caras ganadas al abismo,  niños caídos como piedras pequeñas  al hogar,  
cuando el viento acosa  y los besos huérfanos  se pierden calle abajo.  

II
Inocente bandada,  
corne desarraigados horizontes  por resquicios del empedrado.  
Piden hueso y no le dan,  desafían  
hasta llegar a un nido  donde acurrucar el hambre.  

III
Quisimos inventarte  como madre hogar,  
territorio nuevo,  ínsula donde tender puentes,  
iniciar recorridos,  tejer redes  con las manos pequeñas  de tus habitantes.  
Asistir cada eco  agazapado en tus entrañas,  el sonrojo de tu chimenea,  las múltiples voces por nacer  revueltas en el aire de los cuartos  como gorriones.  

IV
La casa habité en los niños  una vez y otra.  
Recelosos abrieron balcones,  unieron paredes  con dedos de asfalto.  
Cargaron escombros  del tamaño de su espanto,  hasta construir una ronda,  un patio de juegos,  
el rincón preferido  de su desconcierto.  

V
Hartos de comer pájaros,  los cómplices acometen.  
Dividen penumbras en fragmentos,  espían rendijas,  sellan a hierro  todos los sueños.  
El estampido es portazo final,  clausura.  
El hogar se rinde ante el peligro,  caen trozos de mundo  mientras la casa  arrincona memoria.  

VI
Aspas quebradas,  el molino trastabilla indolente,  
seguido de ausencia  a su alrededor semillas.  
El pan amasado de futuro,  sin embargo,  
permanece  en los vientos.


Casa huésped
I
Enigma a un paso  solo del adentro.  
Los malicios reflejan  llamadas a destiempo,  equívocos sonidos forasteros.  
Una alfombra cobija  pies descalzos,  juegos de infancia,  alguna mágica razón.  
Los primeros temblores  sacuden el polvo,  lámparas oscilan  sobre suelo extraño.  
La sala cabizbaja  reduce andares  en deambular de música.  
La perra dormita  en el sillón redondo  como naranja.  
Vuela el sobresalto  en las cortinas  cuando toca la puerta  el llamado imperioso  del afuera.  

II
Huésped fue mi destierro  en una casa,  
mi tragaluz equipaje  a sitio seguro,  la correspondencia  en el refugio del abrazo.  
Calor sofocado  en laberintos / ritos / lagunas,  la muerte vivida  antes de partir.  

III
Llega sonámbula  a abrigar espacios perdidos.  
Tiene cara  de haber permanecido meses,  rentada en años por venir,  dispuesta a hospedarse  lo que dure el insomnio.  
Trae un pórtico en la frente,  lápiz pegado al roble  del escritorio,  
un niño pálido  escribiendo manteles,  cargando un dios  en las pestañas.  

IV
Los días escurren  por la ducha,  acortan minutos.  
Caben en la tempestad  de tuberías,  huyen.  
Las llaves se marchan  con ellos,  fugaces como las horas,  pero no olvidan.


Casa secreta
I
Pequeña mansión  en tiempos de sospecha,  un recinto cualquiera  en ciudad sitiada  frente a una taza de té.  
Libretas albergan ideas,  miniaturas de celofán  quemadas a la intemperie,  sin más escape  que el peligro del horizonte.  

II
Fuiste amante clandestino,  posada de mansos corazones,  caricias en tardes nubladas,  nido tibio  
entre sábanas / galletas /  y balas perdidas.  

III
Cuánto imperio encubierto,  territorio propio  en la silla o el caballete,  en el brillo de los azulejos.  
Olor a invierno  en el vértigo  de la despedida.  

IV
Todos los verbos rescatados,  todas las prisas.  
Incógnita llegada  que no borra el riesgo cotidiano,  claves amigas,  el minuto exacto  de llegar a ti.  
El modo de pesar la pesadilla,  tu aroma de violetas.  
El edificio en la mira,  escucha pálido de sorpresa  la ficción imperfecta,  el precipitado abandono.


Casa sola
I
Buscaba un hogar que me habitara,  espacio reducido  a manchas de mil rostros siquiera.  
Habitación aldeana  donde ocupar mis temores,  el pan blanco de una hoja  junto al vino.  
Apenas una copa  donde callar la sed,  el lecho / versos repartidos  a puerta abierta.  

II
Los demonios atacan,  entran por la azotea desnuda  a secuestrar mis fantasmas.  
Me despiertan temprano,  se miran en las imágenes,  atan nudos en las sábanas,  apuestan impunes  a deshabitarme.  
Dan saltos a contrapelo,  pretenden clausurar  el altillo / la biblioteca,  apagar mi lucha,  mis hábitos.  
Son contrarios a mis nombres,  pero no me espantan.  

III
Ruedo rotunda  escaleras abajo,  la oscuridad  es un ojo impenetrable.  

IV
Al despertar,  
mi aposento se llenaba de pájaros,  y en la oscuridad  las velas consumían suspiros,  
ahí donde las goteras  aún arrecian  su ritmo certero.  

V
Trastocan su rostro  los extraños,  
aparecen sin previo aviso,  se instalan en los hoyos  más grises de la pieza.  
Hurgan mis secretos,  los incendian,  
pero no logran confundirme,  no tienen llama  que los habite.  

VI
Caigo desde el segundo piso,  una mariposa en la garganta.  
Entran y salen preguntas,  confesiones primarias,  me ahoga el destierro.  
No llamo / no grito,  sueño,  
un fantasma más  por el hueco  de la escalera.  

VII
Veía el sol  en los espejos.  
La madera de mis muebles  era asombro pulido  de rostros idénticos.  
Mis vidrios resbalaban lluvia,  serena por dentro,  
como si quisiera permanecer  en lo más hondo.  

VIII
Que me habite un árbol,  un tronco con raíces inmensas  donde sentar  los años de furia.  
Que me habite  una altísima encina  cuyas ramas conjuren  la impunidad del universo.  

IX
No huelo ya  ni el encierro ni el frío.  
Apagué mis dedos  en carbones.  
El escándalo no asoma  por los pasillos.  
Alguien camina  en el piso de arriba.  
(¿Será que espera la indiferencia  para abrir los balcones  del olvido?)  

X
Sin casas ni árboles,  
los colores de la búsqueda  ya no son peras ni uvas  en el frutero.  
El caracol sigue su marcha,  
los oídos cerraron las persianas,  nada me contiene.  
Un vacío se derrama  por mis paredes húmedas  como almohadas.


Casa isla
I
La casa donde habito  me aparta de ruidosas avenidas,  luce un deseo colgado en la cornisa,  curiosidad de árbol  
cuando lentamente  me desviste el otoño.  
Tiene orejas tapiadas a las fieras,  mosaicos ajados  
donde los pasos  se pierden sin saberlo.  
Recibe jinetes temerarios  en su alcoba,  
piedras robadas a cangrejos,  niños ávidos de diluvio,  
mujeres frágiles  que aguardan barcos  encallados en altamar.  

II
Este apartamento  no tiene terrazas ni azucenas.  
No alberga extinguidores de ternura,  duerme con el pecho descubierto  como un gato reclinado  en mi falda.  

III
Habitaste mi historia  al encontrarte casa prometida,  
vaso muchas veces derramado.  
Una manta me abrigaba  cuando el frío lastimaba amaneceres,  y mis manos escondían abandono.  
Compartimos la pausa del fuego,  notas rebanadas en la cocina,  naturaleza renacida  una y otra vez,  inútilmente.  

IV
Sillones vulnerados  arriesgan respaldo de palabras.  
En el piso,  amores barridos  atraen todavía  reflejos de ceniza.  
En el techo,  una paloma  echa a volar  un rayo de luz.  

V
Abro el refugio mansamente,  no quiero estropear su espacio  con mis suelas.  
Entro descalza,  
dejo mis insectos en la vereda,  las cortinas saludan mi arribo,  esperan que les desvele  nuevo día.  

VI
No me importa morada,  
caminar con hormigas  el exilio,  
ni escribir sobre el polvo  de los muebles,  
versos provisorios.  
He deshecho mis maletas,  las he guardado  en el armario de tu cuerpo,  
y encubro la memoria  para quedarme contigo.

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Cotidiana extemporánea,  me pego a mi mesa de pin,  derrumbo palabras como castillos  sobre hojas pálidas.  
Me ato a visiones  para construir poemas.  
Las casas navegan,  permanecen sin hundirse,  se alejan infatigables  conmigo dentro.  
México

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No dejo rastros del adiós,  
guardo el semblante de las almas  merodeando altillos por mis huesos,  en los rincones más agudos  cómplices de mis casas.  
Los objetos resignan transparencia:  un caracol excluido de su morada,  una morada excluida  de sus habitantes.  
Una carta,  un poema,  
víctimas  de feroz torbellino.  
Montevideo
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La fuerza poética de este libro de Melba Guariglia nos asalta desde el título.  El desplazamiento o proyección de las vivencias del yo al objeto deseado y perdido  es el recurso que confiere a «La casa que me habita» esa fuerza de emoción contenida,  rasgo de estilo que se irá acendrando y afirmando en sus trabajos posteriores.  
En este libro, que se reedita actualizado después de 30 años,  la casa —o las casas— habitan el tono lírico  y son también metáfora del cuerpo,  único alojo o refugio en tiempos oscuros de exilio y muerte  (los de las dictaduras latinoamericanas de los años 70,  de los que el libro da testimonio).  
La memoria de las casas —la de la infancia, la de tiempos felices,  la del nombre que nos da identidad a medias—  va surgiendo a partir de imágenes evocadas  para sostener una historia personal  que se desdibuja en la soledad de países lejanos,  donde se hace necesario construir de nuevo la existencia desde la palabra.  La tarea es ardua, como una escalera que sube / pasos infinitos /  hogares perdidos en el sur del viento.  
Por eso, *La casa que me habita* cobra en el presente nuevos significados.  Puede ser la voz de tantos seres sin voz,  de porvenir incierto,  que huyen de sus tierras expulsados por la guerra y la muerte hoy,  en la segunda década del siglo XXI.  
Silvia Prida

Publicado el 13 de enero de 2026 por Fernando Guzmán.
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