Así estuve sentado, envuelto en cavilaciones, hasta que un
policía que, es probable, llevara mucho tiempo observándome,
preguntándose si yo sería un personaje sospechoso, gritó:
«¡Cuidado con las piernas, joven!»; y me puse en pie de un salto
mientras el barco de vuelta entraba en su muelle, derivando y
golpeando con estruendo contra el extremo del puente donde mis
piernas habían estado colgando.
Esperé hasta que, entre los no muy numerosos pasajeros, percibí
a James pasando deprisa, momento en el que deslicé mi mano en su
brazo con calma, diciendo:
—Vaya carrera me ha hecho dar... ¿qué demonios ha ido a hacer
a Brooklyn?
Dio un brinco al oír mi voz y sentir mi contacto; luego se
enfadó, como suele hacer la gente cuando se sobresalta o se asusta,
una vez pasado el choque.
—¿Qué le importa eso a usted, señor? ¿Cómo se atreve a
seguirme? Si ha asumido el cargo de espía, hágamelo saber.
—Le pido perdón —respondí, retirándome de su brazo—,
caminé hasta la oficina del H—— para encontrarme con usted y le
vi alejarse en esta dirección. No tenía ningún objetivo particular
al seguirle, y tal vez no debí hacerlo.
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