Ciudad y Campo

De mis impresiones de Madrid

Miguel de Unamuno


Ensayo


Cada una de mis estancias —nunca largas— en Madrid, restaura y como que alimenta mis reservas de tristeza y melancolía. Me evoca la impresión que me causó mi primera entrada en la corte, el año 80, teniendo yo dieciséis; una impresión deprimente y tristísima, bien lo recuerdo. Al subir, en las primeras horas de la mañana, por la cuesta de San Vicente, parecíame trascender todo a despojos y barreduras; fue la impresión penosa que produce un salón en que ha habido baile público, cuando por la mañana siguiente se abren las ventanas para que se oree, y se empieza a barrerlo. A primeras horas de la mañana apenas se topa en Madrid más que con rostros macilentos, espejos de miseria, ojos de cansancio y esclavos de espórtula. Parece aquello un enorme búho que se prepara a dormir; aquellas auroras parecen crepúsculos vespertinos. Fui a parar a la casa de Astrarena, donde viví el primer curso, allá, en sus alturas, y recuerdo el desánimo que me invadió al asomarme a uno de los menguados balconcillos, contiguos al tejado, que dan a la calle de Hortaleza y contemplar desde allí arriba el hormigueo de los transeúntes por la Red de San Luis, calle de la Montera y de Hortaleza. Estas emociones reviven en mí cada vez que entro en Madrid.

Líbreme Dios de caer en las vulgares e injustas declamaciones regionalistas en contra de la corte, pues sé bien que es ésta la primera y más sufrida víctima del centralismo. Tomo aquí a Madrid como tipo de grandes ciudades, por ser la única en que he vivido algún tiempo —no mucho, pues sumando las distintas temporadas no llegará a cuarenta y ocho meses— y que conozco algo. No me propongo presentar al lector datos objetivos respecto a la vida madrileña, comparados con los de la vida en las pequeñas villas y en el campo: he de limitarme a consignar mis personales y propias impresiones de vida de la ciudad, noticias de peculiar experiencia, comentándolas con el auxilio de consideraciones de orden muy general y acaso sobrado especulativo.

Serán estas líneas, más que contribución estrictamente científica al punto sociológico de la influencia de los condensados centros de población sobre el espíritu de los pueblos y su proceso de cultura, observaciones en que presento el fruto de mi experiencia en uno de esos centros, interpretada por la filosofía que he ido adquiriendo de mis lecturas y mis reflexiones sobre ellas y sobre mi propia vida.

Por lo que hace a la cuestión concreta de la influencia de un centro de población como Madrid sobre el pueblo de que su vecindario se extrae ordinariamente, sólo puede esperarse aclaraciones de un estudio estrictamente científico y objetivo emprendido en laboratorios de psicología experimental. Sólo se estará en camino de hacer luz en el problema cuando se compare el modo de reaccionar a las excitaciones del ambiente los sentidos de un organismo humano formado en la gran ciudad y los de otro organismo formado en el campo. Mucho más que las vaguedades de la espontánea experiencia personal —como son, después de todo, lo que aquí he de exponer— valdrían para acercarnos a una solución los resultados de una experimentación sistemática que nos dijese, verbigracia, si el madrileño distingue más o menos matices de color que un lugareño, o si tiene mejor o peor olfato, o en cuánto discrepa su tiempo de reacción del de éste, o si es capaz de más o menos prolongada atención, etc., etc.

Con estas prevenciones me curo en salud respecto a lo que pudiera objetárseme acerca del valor de cuanto voy a decir, pues mi propósito es dar sugestiones más que instrucciones y volver a llamar la atención, sobre todo hacia ciertos problemas. Y entro en materia.

Suelo experimentar en Madrid un cansancio especial; al que llamaré cansancio de la corte. Cuando en esta tranquila ciudad de Salamanca salgo de paseo, carretera de Zamora adelante, se me cansan las piernas, seguramente, pero descansa y se refresca mi sistema nervioso. El camino está franco y despejado, no encuentro en él detención alguna, nada me distrae, mi paso es igual, sin que haya de menester variarlo, y mi vista reposa en la contemplación, ya de la lejana y ahora nevada sierra, que parece un esmalte del cielo, ya en la vasta llanura de la Armuña, en que se tienden algunos pueblecillos, ya, a mi regreso, en la vista de la ciudad, dominada por las altas torres de su Catedral y su Clerecía. Luego a casa, me siento a trabajar, y a la vez que mis piernas descansan, actívase mi cerebro refrescado por el paseo. Pero si en Madrid bajo por la calle de Alcalá y paseo de Recoletos «sobre las viejas losas que se han sacado de las canteras para preparar a los pies del hombre una superficie seca y estéril» (Obermann, carta IX) o recorro calles, he de variar constantemente de marcha; una pareja que está en la acera charlando y me obliga a ladearla, el transeúnte de delante que va más despacio que yo, un coche que se me cruza cuando voy a atravesar una calle, éste que me saluda, aquél que me llama la atención, el otro que parece mirarme como a persona conocida, a cada momento rostros nuevos, conocidos y desconocidos, todo ello exige una serie de pequeñas adaptaciones, que convierte mi marcha en un acto mucho menos automático. Cada una de estas ligeras y casi insignificantes variaciones parece no tener importancia; pero la serie de ellas es como una descarga continua que acaba por llevarme a cierto estado de fatiga sobreexcitación, casi de irritabilidad. Y llego luego a casa, y en vez del silencio y la quietud grandes que como en cariñoso regazo recogen nuestro sueño en el campo o en las tranquilas villas de reposado vivir, es ya un coche, ya rumor de gente que sale de un teatro, ya cualquier otro ruido que nos perturba el sueño. Me parece difícil que sea verdaderamente reparador el sueño en una casa que a cada momento vibra al pasar un coche por la calle.

Yo no sé si eso que llaman neurastenia será una enfermedad especialmente ciudadana; pero si no lo es, merecía serlo. Lo que sí creo que pueda afirmarse es que las grandes ciudades produzcan lo que podemos llamar cerebralismo.

Ha de haber, sin duda, cierto equilibrio entre la vida de nutrición y la de relación; el mundo que nos rodea entra en nosotros por los alimentos y por las excitaciones sensoriales, por el estómago y los pulmones de una parte, y por los sentidos de otra. Son los dos elementos del ambiente.

De ese equilibrio, constantemente roto y reproducido, arranca el ritmo de la vida. Y en las ciudades me parece que la serie de las excitaciones sensoriales, que las variadas excitantes que por los sentidos nos entran, menudea tanto y es tan compleja, que apenas nos deja lugar a reponernos de ella lo debido. Es lo que se dice cuando se afirma que en las ciudades se vive demasiado aprisa.

Muchas veces me he parado a reflexionar en lo terrible que es para la vida del espíritu la profesión del periodista, obligado a componer su artículo diario, y ese nefasto culto a la actualidad que del periodismo ha surgido. El informador a diario no tiene tiempo de digerir los informes mismos que proporciona. Me imagino la labor mental de un hombre que vive en reconfortante reposo, «lejos de la enloquecedora muchedumbre», far from the madding crowd, que dijo Gray, estudiando con calma y produciendo con calma también, en lento ritmo. Observo en mí mismo que paso temporadas de verdadero anabolismo espiritual, períodos de asimilación, en que leo, estudio, reflexiono y veo surgir en mi mente nuevos núcleos de ideas o empezar a reducirse a sistemas de ellas verdaderas nebulosas ideales, y otros períodos de catabolismo espiritual, en que me doy a escribir, a las veces desordenadamente, para expulsar ideas. El nulla dies sine linea de Zola me ha parecido siempre lema de un fabricante de novelas, a 3,50 el tomo. Y ahora, para amenizar esto un poco, voy a permitirme representar esta periodicidad cuando se cumpla en condiciones de normal tranquilidad, sin el apremio de la producción a jornal ni el espectro repulsivo del ídolo Actualidad, con esta curva:

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p>Las oscilaciones pueden ser más y de menor amplitud cada una, y tal ocurre cuando esos dos períodos mentales, el de asimilación y el de producción, se suceden con mayor rapidez. Y así tendremos otra curva:

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cuyo desarrollo es igual al de la otra; es decir, que si tiramos de los dos extremos de ambos, las líneas resultarán iguales. Y si continuamos suponiendo que las oscilaciones sean cada vez más en número —dentro de un mismo espacio de tiempo— y más pequeñas, por lo tanto, tenderá la línea a la recta; es decir, a que el anabolismo y el catabolismo mental coincidan, destruyéndose así.

Tal sería un estado en que se asimilara y se produjera a la vez, en que el recibir y el dar un conocimiento fuera una misma cosa. A tal estado se acercan los desgraciados periodistas. Para un reporter, oír una noticia es darla; no reflexiona en ella. Se encuentra en la lamentable situación de un taquígrafo, que al levantarse la sesión de que tomó nota no sabe lo que en ella se trató. Por mi parte, conozco ese estado de ánimo, y lo conozco por la tarea de traducir a tanto el pliego. Si he querido enterarme de los más de los libros que he traducido, he tenido que leerlos después. El corrector de pruebas conoce bien esto mismo.

Ese triste estado en que el ritmo mental tiende a la recta, es decir, de hecho a la monotonía, es un estado, a mi parecer, predominantemente ciudadano. Aseguro que para mi gusto nada hay más monótono ni más fatigante que los chroniqueurs parisienses, y en general los escritores todos de la gran Ville Lumière, de ese insoportable París. Se lee una obra de una de esas reputaciones del boulevard o del barrio latino, y se han leído todas las suyas y además todas las de sus congéneres. Y nada digo del género chico de los teatros de Madrid, porque al fin y al cabo, su tremenda monotonía sirve a las mil maravillas para provocar el sueño de los infelices espectadores... No hay sino observar atentamente a la gente que de noche sale de los teatros madrileños, para caer en la cuenta de que, aunque no lo crean ellos, van sonámbulos. El teatro en Madrid tiene, ante todo y sobre todo, una función hipnótica; prepara para el sueño a los espíritus sobreexcitados por aquella descarga de menudencias callejeras de que hablé antes.

Sobre esto de la monotonía de las grandes ciudades, debe leerse lo que dice Sénancour en la carta LXXXVIII de su Obermann, al comentar su afirmación de que en aquéllas, las ocupaciones o las distracciones son siempre poco más o menos las mismas, adoptándose de grado una manera de ser uniforme, mientras que en una quebrada de los Alpes, los días de dieciocho horas se parecen poco a los de nueve. Pero es una uniformidad poco nutrida, no es la monotonía de vida exterior, que permite y aun favorece la mayor riqueza de vida interior. Como dice el mismo Obermann en su carta X, fechada en París, «no hay aquí medio entre la inquietud y la inacción; hay que aburrirse si no se tienen negocios o pasiones».

De aquí el que la superficialidad sea un padecimiento urbano. El principal centro productor de ramplonerías en España son los cafés de Madrid. Y encima, para agravar la cosa, viene el ingenio, ese condenado ingenio que es la mueca de la genialidad. «Hacer frases», ésta es la deplorable habilidad de la flor de ese cansadero, «hacer frases», excitaciones rápidas, breves y fugitivas para el espíritu. Glissez, n’appuyez pas: éste es el estúpido lema que ha brotado de esas conglomeraciones del homo urbanus. Ha inventado, además, la moda, es decir, la monotonía en el cambio.

Antes de ahora he dicho que mucho más pesada que un oso es una ardilla dando vueltas en una jaula. Es terrible eso del hombre que «consume, sin gozarla, una duración inquieta e irritable, semejante a esos insectos siempre movibles, que pierden sus esfuerzos en vanas oscilaciones, mientras otros tan débiles, pero más tranquilos, les dejan tras de sí en su marcha directa y siempre sostenida» (Obermann, carta VII).

Y ahora me acuerdo de aquella triste novela de Wells, When the Sleeper Wakes (Cuando el durmiente se despierte), y de esa visión aterradora de las grandes ciudades del porvenir; y me acuerdo del noble Ruskin y de los ensueños de Loria respecto a nuestra futura civilización y del apocalipsis de Enrique George. Acaso la civilización va demasiado de prisa y no podemos seguirla; nuestra obra nos supera. Nuestros artefactos, inventos y producciones de todas clases, exceden en complejidad y extensión a lo que nuestro espíritu haya podido complejizarse y extenderse. Las máquinas van más de prisa que nuestro organismo, y hoy las hay que exigen para manejarlas un esfuerzo de atención, para el que no está tal vez preparado el actual sistema nervioso humano. Es lo que pasa con los automóviles, que andan haciendo estragos por esas carreteras, porque nuestros arrieros tienen la costumbre de echar la siesta sobre sus carros, y las mulas no están habituadas a ese ruidoso artefacto y se espantan. Se nos está indigestando en gran parte la civilización.

De aquí el que muchos juzguen próximo uno de aquellos riccorsi del buen Vico; el desequilibrio aumentará; irá el hombre acumulando medios, inventos, obras y no poniendo su propio espíritu al nivel de ese progreso, y vendrán unos nuevos y salvadores bárbaros, que es de esperar salgan de los anarquistas, a restablecer cierto equilibrio relativo. Entonces se quemarán todos los libros que para nada sirven, corrigiendo esa funesta manía de almacenarlos en bibliotecas, y se destruirá buen número de ferrocarriles.

Se destruirá acaso buena parte de la civilización; pero ha de ser, si así es, para salvar la cultura. Además, cierta selección se impone, pues si damos en convertir al mundo en un museo y en conservar todas las reliquias del pasado, no va a quedar sitio para lo nuevo. Hay escritores, verbigracia, que en beneficio de su nombre, deben pasar con una o dos composiciones a una antología. Y en general cabe decir que conviene antologizarlo todo.

Debo aquí declarar que tengo horror al telégrafo y que casi nunca acudo a él. Me parece un síntoma de grave enfermedad social, de urbanismo, eso de telegrafiar en un estilo disparatado y con el menor número posible de palabras, lo que no hace maldita la falta que llegue en una o en veinticuatro horas. El telegrafismo ha tenido una funesta influencia en la prensa, contribuyendo a crear —por paradójico que parezca— eso que llaman estilo brillante, y que es el más torpe disfraz de la monotonía de pensamiento. Y ahora a Madrid me vuelvo.

Cuando alguien quiere decidirme a que pida mi traslado a Madrid —lo cual podrá llegar a serme dolorosa necesidad, sobre todo por causa de mis hijos, algún día— me dice que hay allí más medios de estudio. Y es precisamente en la superabundancia de esos medios donde veo peligro para mis fines. Les tengo miedo a las revistas que se reciben en el Ateneo, temblando de acabar en lector de catálogos. Aquí, en Salamanca, atenido a los pocos libros modernos que me puedo procurar con mis escasos recursos pecuniarios, y a los no muchos que las bibliotecas y los amigos pueden ofrecerme, lo que leo, lo leo con calma y hasta apurarlo; pero allí, en Madrid, llego al Ateneo, empiezo a revisar revistas y dejo la una y tomo la otra y nada saco de provecho. Mientras estoy leyendo un artículo, me está bailando en la retentiva el título de otro. Y así empezando por leer libros, se pasa a leer revistas y luego revistas de revistas y catálogos al cabo. Se enreda uno en el exceso de material. Hay aquí, en Salamanca, una hermosa Concepción de Ribera, y tantas veces la he visto, y con tanta calma cada vez, que me la sé de memoria y la he sacado casi todo el fruto que pudiera, y en cambio recuerdo mi paso a la carga por una de las más ricas pinacotecas de Italia, de la que no conservo imagen alguna precisa y clara.

«¡Es que en Madrid se hace la vida que se quiere!», dicen, y esto no es verdad. De mí sé decir que en la corte no sé defenderme de mí mismo. Y hay, además, que defenderse de los enemigos del alma. Cada noche me retiro en Madrid a mi alojamiento, proponiéndome no volver a tal o cual círculo a oír estas o las otras simplezas o ingeniosidades —las de siempre, las que se sabe ya uno de memoria— y, sin embargo, al día siguiente, salgo y me llevan allá las piernas, o mejor dicho, me lleva allá la solicitación del ámbito... Y doy indefectiblemente en flanear por la carrera de San Jerónimo a la caída de la tarde, o en «dar vuelta a la manzana». Madrid pulula en vagabundos y atrae al estéril vagabundaje callejero. La mejor defensa es huir, huir al desierto, a encontrarse uno consigo mismo en él. Madrid es el vasto campamento de un pueblo de instintos nómadas, del pueblo del picarismo, y Salillas, que tan hondo se metió en la psicología del pueblo castellano en su libro Hampa, debiera estudiar el callejeo ese de los Lazarillos y los Guzmanes de la actual villa y corte.

Y hay otra cosa que me repugna en ese conglomerado de hombres, en ese vasto avispero, y es el vaho de afroditismo que exhala, aunque no tan marcado y fuerte como el de París. Nada me es más repulsivo que el afroditismo de las grandes ciudades. Diríase que cada vez que pasa una pecadora por la calle y un más o menos sátiro le dirige una mirada concupiscente, queda en la atmósfera moral como un hilo invisible de la mirada, como el rastro de una babosa, y esos hilos se cruzan y entrecruzan de tal modo que llegan a formar una malla, un tejido en que se sofoca el alma aleteando en vano. El exceso de la vida nutritiva tiene, sin duda, una gran relación con el desarrollo de la vida de reproducción, por no ser ésta más que una consecuencia de aquélla; el amor es el hambre de la especie, se ha dicho; pero este es el amor sano y natural, en que se va derecho a su objeto. Mas también el exceso de la vida de relación provoca los instintos sexuales, pero los provoca en el sentido de toda clase de perturbaciones y anormalidades; en la ciudad es donde tiene su asiento la voluptuosidad cerebral y el erotismo morboso que se reflejan en buena parte de esa insoportable literatura parisiense.

Podrá tener razón Ihering al acentuar aquello de que la civilización empezó en las ciudades, y ser muy duro el juicio de la leyenda judía, que nos dice que fue Caín el agricultor fratricida, el que mató a Abel el pastor, que fue el malo quien edificó la primera ciudad (Génesis, VI, 17), mientras los buenos seguían plantando y levantando sus tiendas junto a los pastos de sus ganados; podrá ser de ello lo que quiera, pero mientras el organismo humano no se haya adaptado a la vida de ciudad y no haya salido del homo rusticus, que es nuestra base, el homo urbanus, que hoy por hoy es pura cáscara, la ciudad causará estragos en los hombres.

Mil veces se ha descrito esa continua circulación de hombres desde los campos a las ciudades, y mil veces se ha propuesto la cuestión de lo que serían al cabo de algunas generaciones los habitantes de una gran ciudad si se reprodujeran entre sí, sin recibir sangre campesina. Mil veces se ha hecho la observación —Taine la acentuó— de que los más sustanciosos genios humanos han sido, o aldeanos ellos mismos, o hijos de aldeanos, y mil veces se han preguntado las gentes si las ciudades descaracterizan. Ahora me acude a la memoria el terrible ejemplo del pobre Roberto Burns, devorado por la vida ciudadana, y junto a su recuerdo el de la serena tranquilidad de los lakistas, y sobre todo de aquel dulcísimo y nobilísimo Wordsworth, que, lejos del tráfago ciudadano, vivió en santa comunión con la naturaleza, gozado de «elegantes goces, que son puros como lo es la naturaleza, demasiado puros para ser refinados».


And elegant enjoyments, that are pure
As nature is—; too pure to be refined
.

To the spade of a friend»)
 

La literatura ciudadana me parece algo en el fondo incoloro, que no es en rigor de ningún país ni de ningún tiempo, algo obtenido per via remotionis, por alquimia literaria, literatura cerebral, en fin.

Habrá visto el lector que atribuyo cierto mal sentido a lo de cerebral y cerebralismo, y voy a explicarme a tal respecto, y mi explicación empieza declarando que veo grandísimos peligros en la supremacía que quiere por muchos concederse al principio de la diferenciación (mejor que división) del trabajo y a esos himnos que en loor de la especialización de funciones se entonan de ordinario. Así como no se justifica una diferenciación sino en vista de una integración suprema y a ésta enderezada, tampoco cabe que semejante diferenciación sea sana y fructuosa si no arranca de cierta comunidad o indiferenciación y la contiene y retiene en su seno. Un especialista sin base de cultura general, es más bien perjudicial que útil. Y esto que pasa en la sociedad, pasa en nuestro organismo y en nuestro espíritu, que son también sociedades.

Lo hacemos, en rigor, todo con todo el cuerpo y toda el alma, y puede afirmarse que entra todo nuestro organismo en cada una de sus funciones, de un modo o de otro. El sistema general nervioso interviene en la digestión y en la respiración y mucho más aún en la locomoción. La neurastenia, que tanto influye en la vida del espíritu, parece ser que es un trastorno nutritivo del sistema nervioso. Con todo lo cual quiero decir que pensamos, sentimos y queremos con nuestro total compuesto humano (sirviéndome de la terminología escolástica), aunque pensemos por ministerio del cerebro, así como respiramos con todo el organismo, aunque por ministerio de los pulmones. Y por lo que hace a la vida de las emociones, sabido es el juego que en ellas representan las vísceras y el sistema vaso-motor, hasta tal punto que algunos psicólogos, como Guillermo James y Carlos Lange, han llegado a sostener que la emoción no es otra cosa que el sentimiento que tenemos de las alteraciones fisiológicas de nuestras entrañas, y del sistema vaso-motor sobre todo. Es decir que, como dice James, «nos sentimos incomodados porque gritamos, irritados porque pegamos, con miedo porque temblamos y no que gritemos, peguemos o temblemos por estar incomodados, irritados o con miedo, respectivamente». Y en este orden de consideraciones y teniendo en cuenta que uno de los órganos más sensibles a las alteraciones emocionales es la vejiga, hasta el punto de que, como dice Goodell «una vejiga nerviosa es uno de los principales síntomas de un cerebro nervioso» (a nervous bladder is one of the earliest symptoms of a nervous brain) puede llegarse a aquella tan gráfica como graciosa expresión de Born, que llama a la vejiga «el espejo del alma». El que no se mea de miedo poco miedo tiene. Claro está que la doctrina de James, Lange y co-opinantes es, por lo menos en opinión de los más sesudos psicólogos, paradójica, pero tiene la grandísima ventaja de todas las paradojas, y es que pone de relieve una verdad de ordinario inadvertida. Y no se crea que esto lo traigo aquí para justificarme del dictado de escritor paradójico, dictado que se me ha aplicado y que acepto, pues de querer justificarme de él sacaría el Cristo, quiero decir que me contentaría con presentar el ejemplo de Jesús de Nazaret, que se sirvió de la parábola y de la paradoja. Paradójicas son las bienaventuranzas, paradójico lo de la dificultad de entrar el rico en el reino de los cielos, paradójico el versillo 35 del cap. VIII de San Marcos, paradójico lo del «no juzguéis», paradójico... tanto y tanto más. (Sobre el paradojismo evangélico véase Oscar Holtzmann, Leben Jesu, pág. 187). Y ahora vuelvo a mi paradoja del cerebralismo.

Llamo cerebralismo a aquel estado que proviene de una excesiva especialización de funciones del cerebro, de modo que entre lo menos posible en nuestro pensar el resto del organismo. El cerebral apenas discurre más que con la cabeza, y lo que es peor, apenas siente tampoco más que con ella, si es que eso es sentir. En el orden del espíritu produce intelectualismo, enfermedad o degeneración —porque lo es— predominantemente urbana. De aquí cierta impasibilidad de buen tono y el perfecto dominio que de sí mismo tiene el hombre de mundo; es decir, el hombre de ciudad, muy diferente del reposo y de la ecuanimidad del hidalgo campesino. El aplomo de Jorge Brumel no es el de García del Castañar.

Acabo de leer en el Adam Bede, de Jorge Eliot, que hablando de un «viejo hidalgo» (old Squire), dice que era siempre cortés; pero «los aldeanos habían notado, tras larga confusión, que esa cortesanía era uno de los signos de dureza» (that this polish was one of the signs of hardness). Siempre me ha parecido eso que llaman urbanidad el disfraz de la indiferencia egoísta, y siempre que veo gentes que se pasan de finas y corteses me acuerdo del incendio del Bazar de la Caridad, de París.

La literatura urbana es discreta, se sonríe, pero no suelta la carcajada; su campo es la ironía. Yo no la puedo resistir, porque aborrezco lo fino y me cargan las relucientes pecheras del traje de frac.

Y no se crea que al decir esto aludo a Madrid, que maldito lo que tiene de fino, empecherado y enguantado de blanco, siendo más bien un gran villorrio en que se acortesana algo de la castiza llaneza del castellano viejo de Larra, la morada del pueblo de la Pradera, del Canal, de las Ventas y de las bellotas de El Pardo. No hay que calumniarle suponiéndolo exquisito, refinado, bizantino, sensual, complicado, perverso y otros piropos por el estilo, que los suramericanos suelen dirigir al París de sus ensueños y sus ansias, ya que no al París popular y verdadero, que debe ser otro villorrio también.

Ferrero aseguraba hace algún tiempo —y digo que lo aseguraba porque es Ferrero de los que viven y, por consiguiente, se rectifican— Ferrero aseguraba que lo mejor para el mejor desarrollo de una individualidad y de la cultura de un pueblo, son las pequeñas ciudades, las villas de 20 a 40.000 habitantes, como las de las Universidades alemanas, y tanto mejor cuanto de más profunda naturaleza estén rodeadas. Las individualidades potentes suelen ahogarse en los lugarejos y en las grandes ciudades; en aquéllos por sobra de vida nutritiva y falta de vida de relación, y en éstas por la inversa. Y no es que yo crea que en una gran ciudad no pueda comerse bien y respirarse aire puro (me parece que se exagera en eso de la impureza del aire de los grandes centros), sino que creo que el sistema nervioso, cansado de la descarga de excitaciones no rige bien, en cuanto le compete regirlas, las funciones nutritivas y respiratorias.

He nacido y me he criado en una villa de no mucho vecindario, y cuando yo era mozo de mucha menos población que hoy, en Bilbao, y puedo asegurar que en la incubación de mi espíritu, tanto o más que cuanto allí pude leer o aprender del trato y conversación con mis amigos, entraron mis frecuentes paseos por aquellos contornos, mis subidas a Archanda o al Pagazarri o aquellos internamientos en la espesura de Buya, entre las robustas y sosegadas hayas. En Madrid hay espléndidas puestas de sol, magnificadoras del que las contemple, y casi nadie mira al cielo, ni siquiera al de la calle.

«Es agradable y saludable ver la aurora; pero, ¿qué se va a hacer después de haberla visto entre los tejados, después de haber oído a dos jilgueros colgados de una buharda saludar al sol naciente? Un cielo hermoso, una dulce temperatura, una noche alumbrada por la luna, en nada cambian tu manera de ser, y acabas por decirte: ¿para qué sirve?» (Obermann, carta LXXXVIII). Por mi parte, cuando en estas mañanas de primavera salgo al balcón, me gusta mirar las uvas de gato que penden del canalón del tejado de la casa frontera, esa pobre planta, de hojas carnosas y humildes flores, que me recuerda, aun así y todo, el campo.

El ideal sería, sin duda, que el espíritu de la ciudad y el del campo se compenetraran, que aprendiéramos a ver en la sociedad naturaleza y en la naturaleza sociedad, pero el ideal está siempre muy lejano. Entretanto el campesino o lugareño resulta en la corte un isidro, y el cortesano resulta en el lugar un misinguín, como por aquí dicen los charros, o un señoritín, si he de decirlo más claro.

Claro está, y el lector no habrá dejado de barruntarlo, que con todo esto que de Madrid, como único tipo de gran ciudad de que tengo experiencia personal directa, claro está que con todo esto que de Madrid digo, no dejo de guardar afecto a ese gran patio de vecindad en que las comadres y los compadres hablan del perro Paco, del Bombita, del Garibaldi, o del crimen de la calle de Fuencarral, de ese buen cotarro abierto a todo el que llega y nada merecedor de las torpes e injustificadas censuras que le dirigen los petulantes y los despechados. De todo podrá tacharse a la intelectualidad madrileña —llamando así al conjunto de hombres de ciencia, literatos y artistas que en Madrid residen— de todo podrá tachársele menos de petulancia, de desdén hacia los demás y de falta de atención y de llaneza. No son de los que se creen cara a Europa por abrir los libros publicados en París cuando todavía huelen a tinta y repetir, mejor o peor, la lección aprendida en una revista extranjera o en un tomo de la biblioteca Alcan. Los celos y rivalidades entre las grandes ciudades, me parecen soberanamente ridículos, porque nadie me quita de la cabeza que todas son iguales, y que un rincón de aldea de mi país vasco, otro de Cataluña, otro de Galicia, otro castellano y otro andaluz, se diferencian más entre sí que sendas calles de Madrid, de Barcelona, de París, de Berlín o de Londres puedan entre sí diferenciarse. Concretando el caso me atrevo a suponer —y atrevimiento es— que entre manchego y catalán hay mucha más diferencia que entre un madrileño y un barcelonés; en cuanto el manchego y el catalán entran en sus respectivas capitales, Madrid y Barcelona asimílanse entre sí dentro del tipo común del homo urbanus. Las obras literarias producidas en grandes centros, en poblaciones de medio millón de almas en adelante, no pueden ser regionales, y sólo logran una mixtificación cuando sus autores intentan hacerlas tales. Creo con otros muchos que también lo creen, que entre la ciudad y el campo hay más distancia espiritual que entre los más distantes climas, y que antes debe indagarse de un escritor, verbigracia, si se crio y formó en una gran población o en un lugarejo, que no si se crio y formó en el ecuador o en la zona templada, y creo también que hay mucha más diferencia de un gaucho a un mujik, o de un tío de la Mancha a un farmer del Middlesex, que de un bonaerense a un petersburguense o de un madrileño a un londinense. Acaso me equivoque en esto; pero me consuela lo de que «de hombres es errar», pues aspiro a ser y continuar siendo hombre. Si deificándome acertara en todo y me viese así privado del deleite de corregirme, rectificarme e ir descubriendo poco a poco mi verdad, creo que, como Calipso, je me trouverai malheureux d’être immortel. Voto en esto con Lessing.

Sólo me queda rogar a aquellos de mis lectores que vivan en el tráfago de una gran ciudad que no reflexionen sobre lo que llevo aquí escrito, si es que me hacen el obsequio de reflexionar en ello, sino cuando habiendo salido por una temporadita al campo empiecen a sentir en éste el dulce aburrimiento con que invade al fin y al cabo a los ciudadanos. Y para esto, para gozar de ese aburrimiento precursor de nuevos y extraños estados de conciencia, no salgan al campo con escopeta y perros, pues es cosa probada que el que necesita de la caza para ir de campo es porque el campo mismo no le gusta, diga él lo que quiera. El que de veras ama la Naturaleza no ve las perdices en ella.


Julio de 1902.


Publicado el 30 de septiembre de 2019 por Edu Robsy.
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