La Crisis del Patriotismo

Miguel de Unamuno


Ensayo


Ahora que con ocasión de la desdichada guerra de Cuba, en que se está malgastando el tesoro espiritual del pobre pueblo español y abusando de su paciencia, se ha dado suelta por la Prensa de la mentira a la patriotería hipócrita, ahora es la verdadera oportunidad de hablar aquí del sentimiento patriótico y de la crisis por que está pasando en los espíritus todos progresivos, los abiertos a las iniciaciones del futuro; ahora, que es cuando lo creen más inoportuno los prudentes, según el mundo viejo. Para estos tales es no ya inoportuna, sino hasta criminal la injerencia de la idea en el campo de la fuerza cuando está ésta a su negocio; después es ya otra cosa. En triunfando, tienen razón, que es lo propio del bruto. Lo del hombre es tener verdad, no razón precisamente.

Lo cierto es que apena de veras el oír a uno y otro en tertulias y reuniones privadas manifestar la verdad de lo que sienten sobre esa desdicha y observar luego que por ninguna parte cuaja y se muestra al público esa verdad de sentimiento.

La Historia, la condenada Historia, nos oprime y ahoga, impidiendo que nos bañemos en las aguas vivas de la Humanidad eterna, la que palpita en hechos permanentes bajo los mudables sucesos históricos. Y en este caso concreto, la Historia nos oprime con esa pobre honra nacional, cuya fórmula dio en nuestro siglo llamado de oro el conde Lozano, de Las mocedades del Cid, diciendo:


Procure siempre acertarla
el honrado y principal;
pero si la acierta mal
defenderla y no enmendarla.
 

Frente a esta honra, que es en este caso la razón, hay que mostrar la verdad, y aquí la verdad arranca del verdadero estado íntimo del sentimiento patriótico hoy.

Hace ya tiempo que viene cumpliéndose en los sentimientos sociales, por lo que a la patria respecta, un curioso fenómeno que cabe llamar de polarización, consistente en que van creciendo paralelos el sentimiento cosmopolita de Humanidad y el apego a la pequeña región nativa. El regionalismo se acrecienta de par con el cosmopolitismo, a expensas del sentimiento patriótico nacional, mal forjado por la literatura erudita y la historia externa. A medida que se ensancha la gran Patria humana, se reconcentra lo que aquí se llama patria chica o de campanario. Parece como que se busca en el apego al terruño natal un contrapeso a la difusión excesiva del sentimiento de solidaridad humana.

Este fenómeno significa desde luego escisión polarizada entre el elemento sensitivo y el intelectivo, entre el concreto y el abstracto. Se concentra la intuición sensible de patria a medida que se abstrae el concepto de ella, lo cual quiere decir que no están en perfecta compenetración y armonía. Y no lo están seguramente merced a la presión coercitiva y bárbara que se ha empeñado en casarlas en la Historia según intereses de clases. Y esta escisión de los elementos constitutivos del patriotismo se cumplen a expensas de las patrias nacionales, oficiales, las de bandera, y se cumple para bien, por ser el necesario antecedente de una integración futura, en que volverán a concertarse y fecundarse el elemento sensible e intuitivo y el ideal y de concepto. Es un deber esperar que un día, rota toda presión impositiva y autoritaria, concuerden las patrias chicas todas en la gran Patria humana, la Humanidad misma, asiento del amor fraternal, como nuestras patrias de bandera lo son de odios de guerra y competencia.

El animal es en gran parte, y sin llegar a la paradoja podrá sostenerse que en totalidad, producto del ámbito físico en que vive. Depende directamente del ámbito y es pequeño su poder de modificarlo. Vive casi por completo fuera de sí, en el ambiente que le rodea, sin apenas distinguirse del mundo exterior, su placenta psíquica, careciendo de verdadera conciencia refleja. Su patriotismo es el apego a los lugares de que vive y que apenas distingue en su conciencia de sí mismo. Es un hijo de la tierra, unido a ella como la ostra a sus valvas. El gato, fuera de la casa conocida, se esconde aterrado.

El hombre es animal también hijo del ambiente que le rodea; pero obra sobre él, lo modifica y cambia, y así se crea un ámbito interior, lo mismo que en su conciencia se opone al mundo. El hombre no sólo se adapta al ámbito, sino que se lo adapta, y va así haciendo suya la tierra, primero con la fuerza, con la inteligencia después. El hombre, poseído por la tierra, empieza a poseerla, y no sólo con su trabajo, sino con su comprensión además. Comprendiendo al mundo, reduciéndolo a viva representación ideal, no sólo se crea un mundo en sí mismo, reflejo del exterior, sino que con aquél domina a éste. La ciencia a la fuerza, vieja verdad que nunca será bastante meditada.

La tierra es en gran parte obra del hombre, obra éste a su vez de la tierra. Y así, posesionándose de veras de su matriz, es como el hombre se hace dueño de sí mismo.

Toda la historia humana es la labor del hombre sobre el ambiente en que vive. Los esfuerzos de generaciones, acumulados y multiplicados con interés compuesto, van civilizando el ámbito, en que hombres nuevos beben nueva y más alta vida. Es el ámbito social, más que el individuo, lo que progresa.

Toda la historia humana es la labor del hombre forjándose habitación humana, toda la civilización tiende a desasir al Hombre de la Tierra, a libertarle del terruño, a que sea él quien posea a ella, y no ésta a él. Desasido de la tierra, la querrá el hombre, porque el labriego que de ella vive, le tiene apego, no amor. Amor le cobra el artista que la siente, el sabio que la comprende.

El apego al rincón natal, al valle o llano que nos vio nacer, al terruño que sudaron nuestros padres y a la aldea en que viven los camaradas de nuestra infancia, es el sentimiento de aquel que labra su propia tierra, del capitalista obrero, del que produce realmente con medios productivos suyos, del que produce para consumir sobre todo, puesta en el consumo la intención casi siempre.

El nacionalismo, el patriotismo de las grandes agrupaciones históricas, cuando no es hijo de la fantasía literaria de los grandes centros urbanos, suele ser producto impuesto a la larga por la cultura coercitiva de los grandes terratenientes, de los landlords, de los señores feudales, de los explotadores de los latifundios.

El proceso económico-social moderno, mercantil e industrial, arrancando del libre cambio, trae el verdadero cosmopolitismo, la gran patria del espíritu, que del cambio se nutre, la gran Patria humana.

La polarización señalada más arriba significa, pues, de una parte un despertar de los sentimientos primitivos que tienen su base histórica en la primitiva comunidad de tierras, una vuelta espiritual a los tiempos en que el comunismo agrario era una verdad histórica, poseyendo el trabajador la materia y el instrumento de trabajo, y significa aquella polarización; de otra parte un anhelo a la gran Patria, creada por el libre cambio entre las naciones. Cúmplese la escisión esa a expensas del nacionalismo estrecho de la burguesía, explotadora del llamado suelo patrio, para mantener el monopolio del cual se han llevado a cabo las más sangrientas guerras y se han teñido de sangre de hermanos las banderas todas.

No se sabe bien lo que de sí puede dar la conjunción espontánea y libre de elementos honda y puramente históricos con elementos conceptuales. En el orden teórico el socialismo colectivista surgió en cuanto doctrina científica de la aplicación hecha por Carlos Marx del sentido histórico alemán, cuya más elevada fórmula ideal se halla en la filosofía hegeliana, y que brotó en un país dividido en patrias regionales, a la economía mercantil inglesa, formulada con su mayor hondura por Ricardo, en el mercado de los pueblos. El solo sentido histórico va a dar en la pobreza de un Roscher, y el solo sentido abstracto, en los jacobinos del individualismo manchesteriano. En cuanto Marx, ayudado por predecesores y continuadores, aplicó a la doctrina estática del economismo inglés el sentido evolutivo histórico, investigando los orígenes del proceso y el proceso mismo en cuanto tal proceso, surgió por sí el socialismo.

Esperemos el surgir del verdadero patriotismo de la conjunción del hondo sentido histórico popular, refugiado hoy, ante las brutalidades del capital, en la región y el campanario, y el alto sentido ideal, que se refugia en el cosmopolitismo más o menos vago del libre cambio.

Es una de las concepciones más erróneas la de estimar como los más legítimos productos históricos las grandes nacionalidades, bajo un rey y una bandera. Debajo de esa historia de sucesos fugaces, historia bullanguera, hay otra profunda historia de hechos permanentes, historia silenciosa, la de los pobres labriegos que un día y otro, sin descanso, se levantan antes que el sol a labrar sus tierras y un día y otro son víctimas de las exacciones autoritarias. Se les saquea el fruto de su trabajo y se les lleva los hijos a matar a quienes ningún daño les han hecho, ni en nada les dificultan su perfeccionamiento. Los cuatro bulleses que meten ruido en la historia de los sucesos, no dejan oír el silencio de la historia de los hechos. Es seguro que si pudiésemos volver a la época de las grandes batallas de los pueblos y vivir en el campo de las conquistas, se nos aparecerían éstas muy otras de como nos las muestran los libros. Hay en el Océano islas asentadas sobre una inmensa vegetación de madréporas, que hunden sus raíces en lo profundo de los abismos invisibles. Una tormenta puede devastar la isla, hasta hacerla desaparecer, pero volverá a surgir gracias a su basamento. Así en la vida social se asienta la Historia sobre la labor silenciosa y lenta de las oscuras madréporas sociales enterradas en los abismos.

Podrá ser estrecho, pobre, raquítico el concepto de patria que tenga el aldeano que nunca ha visto más allá del horizonte de su aldea, pero es, sin duda alguna, un concepto profundamente histórico, un hecho histórico, no un suceso más o menos durable. En él se conservan las raíces vivas, sensitivas y concretas del patriotismo. Es, históricamente, más hecho ese sentimiento que arranca de la primitiva comunidad agraria que la patriotería del gran propietario de tierras, que las explota con administrador, que acaso no las ha visto nunca y que es incapaz de distinguir la cebada del centeno.

Hay dos regionalismos: el de esos propietarios que luchan contra los efectos del libre cambio y el de los que, llevados por éste, buscan por el camino de la diferenciación la integración suprema. Hay un regionalismo retrógrado, proteccionista, del terruño, el mezquino y pobre que forma juntas de defensa para evitar el traslado de una capitanía general, el que pide cruceros, guarniciones, limosna de la que mancha y empobrece, y hay un regionalismo que pide que se deje a cada pueblo desarrollarse según él es. El uno, atizando los odios entre las regiones sirve a los que las explotan; el otro pide la separación de los elementos antitéticos violentamente unidos para que se comprendan y se unan al cabo, en coordinación santa y libre, no en subordinación maldita y autoritaria. Y téngase en cuenta que dos términos pueden estar entre sí subordinados cada uno de ellos al otro, según el respeto. Hay quien dice: subordínense ellos a nosotros en lo económico, y nosotros nos subordinaremos a ellos en lo político. Y de aquí nace la muerte de ambos.

El libre cambio es, si bien se mira, un precepto de moral, una derivación rigurosa del «ama a tu prójimo como a ti mismo».

Libertad, libertad ante todo, verdadera libertad. Que cada cual se desarrolle como él es, y todos nos entenderemos. La unión fecunda es la unión espontánea, la del libre agrupamiento de los pueblos.

El regionalismo proteccionista y retrógrado arranca y termina en la propiedad acaparada; el librecambista y progresivo, en el individuo libre; el uno quiere remachar las cadenas que sujetan al hombre al terruño; libertarle de éste, para que lo posea, el otro.

Cuanto más se diferencien los pueblos, más se irán asemejando, aunque esto parezca forzada paradoja, porque más irán descubriendo la Humanidad en sí mismos. El pueblo es en todas partes lo más análogo. Tratan de separarlo para vencerlo mejor, los que en todas partes lo explotan.

Cuando los romanos se trasladaban de domicilio, solían coger un puñado de la tierra en que en aquél reposaban las cenizas de sus antepasados, y echándolo allí donde de nuevo se estableciesen, reanudaban religiosamente el hilo de la tradición y la perpetuidad familiar basada en el culto a los muertos antepasados. No nos hace falta coger ese puñado de tierra a nosotros los hombres de hoy, porque sabemos que lo es nuestro corazón. Nosotros mismos somos carne de la carne de nuestros padres, sangre de su sangre; nuestro cuerpo se amasó con la tierra de que se nutrieron ellos, y nuestro espíritu se formó del espíritu de nuestro pueblo. Allá donde voy yo, va conmigo mi patria, y lo que conmigo no llevo, suele ser lo que, bajo el nombre de ella, explotan los hijos de los conquistadores, los bárbaros de todos los tiempos.

Cuenta el viejo Herodoto que, vituperados unos soldados egipcios por haber pasado a servir a otro pueblo e invocándoles el nombre de patria, contestaron señalando sus partes genitales: «Donde va esto, va la patria». El supremo producto histórico es el hombre, es el gran hecho de la Historia. Y la gloria del hombre es el ideal, y en éste, el ideal patriótico, la gran patria humana, bajo el cielo común a todos, a la mirada del Sol común, padre de la vida, en el seno de la Tierra común, madre de ella hecha verdadera posesión humana.

Una de las circunstancias que más retardan el progreso es la disparidad que se ha creado entre el adelanto industrial y mercantil y el agrícola, la lentitud con que la agricultura camina, si se la compara con otras ramas de la producción. A medida que vaya corrigiéndose este desequilibrio dinámico (y más que económico, de cultura), a medida que vaya armonizándose el proceso agrario con el fabril y mercantil, irá armonizándose el patriotismo de campanario con el de humanidad. Borrada la funesta propiedad capitalista actual, convertida la agricultura en vasta explotación industrial, en libre aprovechamiento, aliviado el labrador por la máquina, que le permita mirar más al cielo que une que a la tierra que separa, ¿qué se hará del apego al terruño? Convertido en amor de artista a su obra, servirá de material al ideal cosmopolita, será la base sentimental e histórica de un sentimiento conceptual y filosófico, si cabe así decirlo; el hombre amará a la tierra, que ha hecho, y este amor servirá de núcleo a la fraternidad universal. Entonces se verá patente e intuitivamente que la Tierra ha sido humanizada por el hombre, entonces se vivificará el sentimiento patriótico por la fusión de sus dos factores: el que arranca del primitivo comunismo de tribu y el que tiende al final comunismo universal. «Todo lo hemos hecho entre todos», se dirá entonces.

Y mientras llega este día, es necesario paso el de esta polarización; es, empleando un tecnicismo fuera de moda, la antítesis de la vieja tesis patriótica doctrinaria, antítesis que precede a la síntesis final; es la diferenciación que prepara la integración suprema.

A la vez, sin embargo, de este proceso polarizante que se observa en el concepto y el sentimiento patrióticos, parece notarse una recrudescencia de la patriotería nacionalista burguesa, grandes alianzas, pugilatos colosales, paz armada. Es la táctica del que resiste, es la formación de los grandes trusts, de los sindicatos gigantescos, frente a la unión de los que sufren. De aquí que la burguesía atice a unos obreros en contra de otros, extranjeros, y aproveche el movimiento regionalista para falsearlo. Comprende que van enterándose los pueblos de que las guerras son una arma económica en que, conciente o inconcientemente, pelean los capitalistas de uno y otro bando contra los asalariados de las dos partes combatientes, un negocio más en que, por lo menos, se distraen entusiasmos cándidos y se destruye capital para salvar el resto de la baja del dividendo. La paz armada es un vasto sindicato internacional de los explotadores de suelos patrios, de los grandes patriotas.

Hace ya más de veinticinco años, un jefe de una nación, un emperador, entregaba la suerte de ella a su hermano; así le llamaba, al entregársela, el jefe político de otra nación, otro emperador. Y aquellos hermanos creaban odios y miserias y vergüenzas después de una guerra incivil, estúpida, brutalizadora, degradante. Al cabo de los años el pueblo, el verdadero pueblo de la nación entonces vencedora, ha enviado un abrazo al pueblo, al verdadero pueblo de la nación entonces vencida, protestando de las viles fiestas con que se ha festejado aquella barbarie. Y el emperador actual ha llamado a esos nobles protestantes los sin patria. Sin esa patria, como ellos, debe ser todo hombre honrado con honra humana.


Publicado el 13 de septiembre de 2018 por Edu Robsy.
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