Texto: Recuerdos de Niñez y de Mocedad
de Miguel de Unamuno


Cuento, biografía, autobiografía


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Recuerdos de Niñez y de Mocedad

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Fragmento de Recuerdos de Niñez y de Mocedad

El maestro se encargó del escarmiento.

Me acuerdo de esto como si fuese cosa de ayer mañana. Se dio fin a las tareas un poco antes, se rezó el rosario a carga cerrada, porque todos barruntábamos desusada solemnidad, y muy pronto nos hallamos en la clase de los chiquitos y sentados en largos bancos. El maestro se sentó bajo las borlas ensartadas en varillas de alambre que sirven para aprender a contar. No se oía una mosca. Cuando llamó el maestro al delincuente teníamos todos el alma colgando de un hilo. Ene se adelantó hosco, pero sin derramar una lágrima, atravesando el flecheo de las miradas todas. El maestro nos lo mostró y pronunció, más que dijo, unas palabras que nos llegaron al corazón, porque en estos momentos solemnes de la vida de los hombres y de los pueblos las palabras se pronuncian, no se dicen. Ahí era nada, ¡faltar así a su madre! ¡Y a su propia madre! ¡Tirarle un plato! Algunos lloraban, con un nudo a la garganta; a otros, el nudo les impedía llorar. En seguida lo hizo inclinarse y reclinar la cabeza en su regazo, el del maestro; mandó traer una alpargata y nos ordenó que uno por uno fuéramos desfilando y dándole un alpargatazo en el trasero. Y fuimos desfilando los verdugos y cumpliendo el mandato. Algunos, ¡oh ligereza!, se reían; pero los más graves obraban como reclutas que se ven obligados a fusilar a un compañero. Era, al fin, un semejante, y todos sentíamos que, aunque se debe odiar el pecado, el pecador no merece sino compasión. Hubo amigo del condenado que, pretextando una necesidad urgente e ineludible, huyó a refugiarse, como en un asilo, en el excusado, por no llenar la cruel consigna, y hubo también un tal Ese que le dio el alpargatazo con toda su alma y cerrando bien la boca al dárselo. Y esto nos indignó, porque era una venganza, una cochina venganza, y es infame convertir en venganza el castigo. El supliciado se diría, de seguro, viéndolo por entre las piernas: «¡Ya caerás!». Y así fue, que bien lo pagó más tarde, pues no hay plazo que no llegue ni deuda que no se cumpla. Cuando el castigado levantó la cara, colorada de haber estado donde estuvo, exclamó el maestro, compungido: «¿Veis? ¡Ni una lágrima! ¡Ni una señal de pesar! Este chico es de estuco». Y Ene se fue como había venido, con los ojos secos.


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15 págs. / 27 minutos.
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Publicado el 12 de septiembre de 2018 por Edu Robsy.


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