Texto: San Manuel Bueno, Mártir

Miguel de Unamuno


Cuento


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San Manuel Bueno, Mártir

Una historia de creencias y actitudes

Ángela Carballino, hija de una mujer piadosa y muy creyente, narra en primera persona la vida en el pueblo de Valverde de Lucerna, lugar ficticio, y su relación con el párroco del lugar, Don Manuel, hombre generoso y entregado a ayudar a los demás, viva encarnación de la caridad. A la vuelta del hermano de ésta, Lázaro, un hombre que ha hecho fortuna en América y que desprecia todo lo religioso, surge un claro antagonismo con el párraco, que lentamente irá evolucionando hasta una sólida y duradera amistad, un sincero aprecio mutuo.

Convertidos Manuel y Lázaro en maestro y discípulo, la muerte sucesiva de ambos permitirá a Ángela revelar el secreto que atormentó durante años al párroco.

Una novela breve y con una trama en la que no suceden grandes eventos, pero que mantiene un ritmo dramático creciente en torno a la relación de los tres personajes.


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Fragmento de San Manuel Bueno, Mártir

Solía hacer también las pelotas para que jugaran los mozos y no pocos juguetes para los niños.

Solía acompañar al médico en su visita y recalcaba las prescripciones de este. Se interesaba sobre todo en los embarazos y en la crianza de los niños, y estimaba como una de las mayores blasfemias aquello de: «¡Teta y gloria!», y lo otro de: «Angelitos al cielo». Le conmovía profundamente la muerte de los niños. —Un niño que nace muerto o que se muere recién nacido y un suicidio —me dijo una vez— son para mí de los más terribles misterios: ¡un niño en cruz!

Y como una vez, por haberse quitado uno la vida, le preguntara el padre del suicida, un forastero, si le daría tierra sagrada, le contestó:

—Seguramente, pues en el último momento, en el segundo de la agonía, se arrepintió sin duda alguna.

Iba también a menudo a la escuela a ayudar al maestro, a enseñar con él, y no sólo el catecismo. Y es que huía de la ociosidad y de la soledad. De tal modo que por estar con el pueblo, y sobre todo con el mocerío y la chiquillería, solía ir al baile. Y más de una vez se puso en él a tocar el tamboril para que los mozos y las mozas bailasen, y esto, que en otro hubiera parecido grotesca profanación del sacerdocio, en él tomaba un sagrado carácter y como de rito religioso. Sonaba el Ángelus, dejaba el tamboril y el palillo, se descubría y todos con él, y rezaba: «El ángel del Señor anunció a María: Ave María…». Y luego: «Y ahora, a descansar para mañana».


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39 págs. / 1 hora, 9 minutos / 73 visitas.
Publicado el 23 de octubre de 2016 por Edu Robsy.