Serie 592

Miguel Hernández Sánchez-Rebato


Zenda #historiasdeviajes


     - ¿No hay otra opción?

     - Si usted necesita llegar hoy, no. Lo siento, caballero.

     - ¿Y si…?

     - El tren sale en 8 minutos –interrumpió la taquillera-. Si quiere llegar a cogerlo, tiene que decidir ya.

     - Al menos tendrá enchufe, ¿no? -protestó él mientras sacaba la tarjeta de crédito de la cartera.

     - Confórmese con llegar a la hora.

     El asiento era duro y la tela azul desteñida sugería años de viajes intensivos. Sin embargo, en el vagón no había nadie más. Una mirada asomándose por el pasillo al siguiente confirmó que también iba vacío. El giro le provocó una náusea que le recordó por que había perdido el vuelo aquella mañana. Mientras maldecía susurrando, cerró los ojos y reposó la cabeza para evitar pasar las próximas 6 horas y 42 minutos en un vagón con aroma a ginebra y kebab.

 

     - Perdone, señor.

     Un ronquido profundo hizo mella en la ya de por si poca paciencia del revisor. 

     - Perdone -repitió elevando la voz y acompañando sus palabras de un zarandeo por el hombro.

     - Eh mmm ¿qué? -musitó él entre el sueño, la queja y la sorpresa de ver a aquel hombre de uniforme que le había despertado.

     - El billete, si es tan amable.

     - Si ya lo validé en la estación para pasar el torno, ¿por qué me despierta ahora? -contestó aun desperezándose mientras lo ofrecía.

     - Es el procedimiento habitual, tengo que comprobar que todos los viajeros tengan billete.

     Después de apuntar en una libreta, el revisor se dirigió al siguiente vagón.

     - No todas las estaciones son Madrid ni todos los trenes son el AVE, muchacho.

     - ¿Cómo?

    El comentario le había pillado por sorpresa. Ni siquiera se había dado cuenta de que había alguien más. Un hombre con pantalón de pana, camisa a cuadros y gorra del Albacete Balompié -recordaba aún el escudo de las colecciones de cromos- le miraba fijamente desde el asiento de delante mientras sonreía.

     - Que no en todos los sitios hay una máquina de esas que leen el billete y te abren la puerta. 

    - Pues debería -espetó mientras todavía intentaba abrir los dos ojos a la vez, sin éxito-. Y deberían también cambiar este tren por un AVE, que son cuatro horas menos y teniendo ya una línea directa…

     - ¿Cuatro horas menos de dónde a dónde? -respondió el hombre de la gorra.

     - De Madrid a Valencia.

     El tren paró y el hombre cogió su mochila del asiento de al lado y se levantó.

     - ¡Gran ciudad !: ¡Gran demontre !: ¡Gran puñeta !: ¡y su desequilibrio en bicicleta! -declamó antes de girarse y dirigirse a la puerta por el pasillo del vagón riéndose con sorna mientras negaba moviendo la cabeza con resignación.

    Quedó él en su asiento algo confuso mientras observaba por la ventana al hombre salir del tren. Tras la estación se adivinaban no más de una docena de casas y una iglesia.  

 

    Sacó un libro de su mochila y se dispuso a leer hasta que el sueño le atrapase de nuevo. Unos minutos después de reanudar la marcha, un repentino movimiento del tren anunció un continuo traqueteo que hacía bailar las páginas, convirtiendo en un reto seguir el diálogo que se desarrollaba en la taberna de Mauricio. Tuvo el impulso de mirar el móvil, recordando que lo había apagado para guardar batería al principio del viaje. Se había quedado solo de nuevo en el vagón. No sabía en que lugar del trayecto se encontraba. No sabía que hora era, aunque intuía que le quedaban aún unas cuantas para llegar a su destino. Transcurrido un tiempo, que pudieron ser minutos u horas, se descubrió disfrutando del viaje en tren y de una sensación de placentero aislamiento que hacía mucho que no experimentaba.

 

     - ¡Me pido mirando hacia atrás!

     - No, hacia atrás no, que luego te mareas, Jorge.

     - ¡Yo quiero tumbarme! ¿Estos asientos se tumban, mama?

     - No, sentados todos.

     - ¡Playa!

     - ¿Cuánto tardamos en llegar?

     La paz terminó cuando dos mujeres con un total de cinco niños y dos maletas entraron en el vagón. 

    - Cada uno en su asiento y sin montar barullo, que no estáis solos y molestáis -riñó una de ellas a los niños, moviendo las cejas e inclinando ligeramente la cabeza hacia él, que había retomado la lectura.

     El sutil gesto para evitar señalar directamente fue inútil cuando los cincos niños fijaron su mirada curiosa.

     - No se preocupen, no pasa nada, no me molestan -dijo él por cortesía asomándose brevemente por encima del asiento de delante. 

     - ¿Jose cuando viene? 

     - Pues iba a venir el miércoles. Cuenta con tres días libres por las horas extras del mes pasado, pero no sabe aún si se los dan.  

     - A Manu se los dieron, pero no puede elegir cuando cogerlos.

     - Este el año pasado se quedó sin ellos.

     - ¿Y se los pagaron?

     - Que va. Y reclámalos… 

     Intentó centrarse en continuar su libro -no esperaba lo de Luci y aún seguía impactado-, pero le fue imposible dejar de fisgonear el resto del viaje. Además de las cuestiones laborales de Jose y Manu, se entretuvo escuchando los últimos cotilleos del colegio de los niños, el final de un par de series que no había visto, los problemas para encontrar residencia para la abuela, las novedades del club de lectura y los resultados de las últimas elecciones de un pueblo que no conocía.

 

     Llegando a Valencia, el tren se fue llenando de gente de los pueblos cercanos. Al llegar a su estación, encendió de nuevo su móvil y recibió una cascada de mensajes y un par de llamadas perdidas, recordó que tenía que darse prisa o cerraría la recepción de su hotel y fue de nuevo consciente de que no había terminado la presentación que al día siguiente tenía que defender a las 8 de la mañana en la universidad. Las 6 horas y 42 minutos ahora no parecían demasiadas, ni siquiera suficientes. 


Publicado el 12 de julio de 2019 por Miguel Hernandez.
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