Tragedia escrita por Miguel Hernández en 1934, influenciada por el teatro clásico español y dedicada a José Bergamín. La obra, que presenta una visión intensa y poética de la tauromaquia, fue elogiada por García Lorca, aunque no llegó a estrenarse en su época.
Se trata de un drama poético que retrata la virilidad y el riesgo inminente en la plaza de toros, centrando la acción en un torero llamado José. Toma inspiración en la estructura dramática del Siglo de Oro, buscando un tono trágico y elevado.
Aunque valorada positivamente por figuras como García Lorca y Niní Montián, las gestiones para su representación en Madrid en 1935 no tuvieron éxito. Se publicaron escenas en la revista "El Gallo Crisis" y posteriormente se ha incluido en antologías del teatro de Hernández.
JOSÉ:
Eso es: pica de amor
siento por dedentro ahora.
Es una pica traidora...
GABRIELA:
¿Acaso de un picador?
PINTURAS:
¡A que es de una picadora!
PASTORA:
Di, José.
JOSÉ:
Si sé decir
(que no sabré me parece).
Salí de la plaza en alto
con mi traje de oro y verde
aclamado y levantado
hasta el cielo triunfalmente.
Los cuatro que me llevaban
sobre sus hombros potentes
iban con tanto respeto
que yo, pensando a lo hereje,
pensé que ellos se pensaban
que llevaban no un valiente,
sino la custodia de Arfe
que a Dios regaló el orfebre.
Ya era la luz cornicorta,
ya era el sol barbiponiente.
Ya el atardecer, lucero
berrendo en negros corceles,
salía a pastar estrellas
por las dehesas del Este.
Solo quedaba en el ruedo
una sucesión creciente
de grada en grada hacia arriba
de círculos permanentes
de palcos desalojados,
de azulados ajimeces
y el cuerpo del postrer toro
cuando su cuerpo ya inerte
la gallardía perdía
como él, varonil, solemne,
le apuntaba en los silencios
una cornada de muerte.
Entretanto yo llevaba
una ebullición de gente,
una tronada de aplausos
y una multitud alegre
de ojos que me seguían.
Y miraba a los balcones,
donde salían a verme
la flor de las hermosuras
y la flor de los claveles,
locas dando las barandas
senos, corales, caireles
como suicidas dispuestos
a lanzarse sonrientes.
¡Cuánta sonrisa se abría
solo por que yo advirtiese
una provisión de perlas
en dos barandas de dientes!
¡Cuántas manos se batían,
esgrima y honor, de suerte
que yo les reconocía
que eran sus espadas nieve!
¡Cuánta flor sobre los pechos
prendían con alfileres
para que al mirar la flor
el trono de la flor viese!
¡Cuántas mantillas hacían
un altar de lo que fuesen
desplegándose en la peina
que encima de un morterete
de cabello se elevaba
de las mujeres más breves,
haciendo con su carey
inacabables mujeres,
inacabables promesas
inacabables deleites!
Yo las miraba y veía
en sus bellezas corteses
atenciones de momento,
deseos de hoy, quereres
del resplandor de mi nombre,
no del hombre en que iba este,
afición de mariposa
que ve la luz y la quiere
no por la luz, sino porque
le alumbra y le desvanece.
De pronto (¿podré decirlo?)
vi sentada en un balcón
una mujer, que, solemne
pilata de su belleza,
decía calladamente
ajusticiando sus gracias:
¡He aquí lo que tú quieres!
No hacía más que ser hermosa;
me vio y, contraria a la gente,
al verme se retiró
y me dio al mirarme muerte.
Con una alegría íntima
de verla tan diferente
de las demás, pesaroso
al mismo compás, echele
mi diamante (el que me había
regalado un concurrente
en la plaza), que quedó
solo en el balcón luciente
probando a encender la sombra
que ella hizo, cuando, leve,
desapareció y detrás
la tarde como un cohete
que en persecución del cielo
esplendoroso muriese.
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Publicado el 31 de enero de 2026 por Edu Robsy.
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