El torero más valiente. Tragedia española
A José Bergamín, a cuyo ingenio debo más
El torero más valiente
Personajes
GABRIELA.
PASTORA.
JOSÉ.
PINTURAS.
FLORES.
SOLEDAD.
NIÑAS y GALANES, gente del pueblo.
EL CIEGO.
CUATRO ENFERMEROS.
EL DOCTOR ZUTANO.
HOMBRE.
RONDA DE NIÑAS.
RAMÓN.
BERGAMÍN.
CRÍTICO.
GANADERO.
VARIOS TERTULIANOS.
EL PROPIETARIO.
Acto I
Una estancia con rejas abastecidas de sol de la tarde con aspecto de día de toros; un fanal dentro de cuya capacidad cristalina de atmósfera serena reluce una imagen de la Virgen; carteles prometiendo aún corridas que ya fueron cumplidas, anunciando vivamente a toreros ya muertos; una cabeza de toro que pone brava la pared; algo más...
Escena I
GABRIELA y PASTORA.
PASTORA:
¡Qué clamor! ¡Qué monumento
de gritos! ¿Escuchas?
GABRIELA:
Sí.
¿Qué escándalo trae aquí
revolucionado el viento?
PASTORA:
El que mi hermano provoca
de grada en grada amarilla
en cuanto su zapatilla
la plaza de toros toca.
No se acalla el vocerío
en toda la tarde. Suena
ahora un pasodoble...
GABRIELA:
En pena
estoy por el hijo mío.
No viviré hasta la hora
en que traspasar le vea
ese umbral. ¿Por qué torea?,
¿por qué torea, Pastora?
PASTORA:
¿Lo ignoras, madre?
GABRIELA:
¡Ay! No ignoro
que para tener camisa
nosotras siempre, precisa
que él se me dedique al toro.
Bien que lo sabe mi vida,
que ha de vivir del valor
de mi hijo; pero a mi amor
casi siempre se le olvida.
Teme que esa puerta un día
se abra en sigilo o en vano
para dar paso a tu hermano
blanco de la enfermería.
¡Ay, no lo quiero pensar!
PASTORA:
¡Jesús, madre!
GABRIELA:
Dios no quiera
dármelo de esa manera
de la cera y del azahar.
PASTORA:
Es tontería ese miedo,
madre: no tienes de qué
tenerlo. Dijo José
que él no morirá en el ruedo.
Que el cuerno a él no le alcanza
jamás, aunque el cuerno fuera
no navaja cabritera,
sino picadora lanza.
Y tan seguro lo dijo
en su torero arrebato,
que tenemos para rato
un hermano yo, tú un hijo.
GABRIELA:
En esa seguridad
suya creyera mi pecho
si su cuerpo hubiera hecho
de mármol de calidad.
Pero de cera bendita
lo saqué, de vidrio tierno...,
¿cómo no temer que el cuerno
o lo quiebre o lo derrita?
PASTORA:
Jesús, madre, déjese
los agüeros: basta ya.
GABRIELA:
¿Cuándo, cuándo dejará
de ser torero José?
PASTORA:
Cuando en su casa se acabe
¡para siempre! la pobreza
en que ha vivido: ya empieza
su acabamiento.
GABRIELA:
¡Quién sabe!
La miseria, a veces, crea
artes: este arte levanta
la vida, el valor, la planta
del artista que lo sea.
Con la vocación, el brío
y la voluntad severos
van quitando a los toreros
todo contrario albedrío.
Haciendo un constante abuso
de afición, de obstinación,
consigue su corazón
más de lo que se propuso.
Y cuando harto de ser tanto
a nada quiere volver,
nada ya no puede ser
el que fue tanto más cuanto.
Es un perfecto ejemplar
del ave aprendiz del vuelo:
una vez probado el cielo,
ya no lo puede dejar.
(Emocionada.)
¿Te acuerdas cómo empezó
José su pronta carrera?
PASTORA:
¡Qué corrida!
GABRIELA:
La primera
y última que he visto yo.
Se toreaba reales
de los miura, esa raza
que le ha dado a cada plaza
un horror y dos puñales.
Los palcos estaban llenos
de unos morenos abriles,
de bravura los toriles,
la bravura de venenos,
los balcones de primor
demostrado en seda buena
y esperando la faena
los toreros de valor.
Salió el toro, desenfreno
de negror. ¿Viste al instante
qué paso tan elegante
de aquel picador moreno?
Entró el toro; nunca entrara
al caballo. ¡Con qué tino!
lo detuvo en el camino
la oposición de la vara,
avara de un solo grano
de arena de su lugar;
y así de este porfiar
de una furia y una mano
salió la furia valiente,
la pica sangrienta, el acto
plástico, el caballo intacto
y el picador sonriente.
Luego, unos cuantos peones
desembocaron al ruedo
para alternar capa y miedo:
mandaban las ocasiones
y el toro... Salió el torero,
plomo en el andar, finura
de la manera: postura
de hombre entero y verdadero.
Desplegó un cielo de otero
en la capa, y de esta suerte,
fue al encuentro de la muerte
cara a cara, paso a paso.
Acero del carmesí
imán, corrió el cuerno enhiesto,
el toro, diciendo: esto
que llevo yo es para ti.
Y el diestro, dando despacio
curso a la capa y gobierno
al toro, le dijo: ¿el cuerno?
¡Aliméntalo de espacio!
De sangre tuya, debió
decir por lo bajo el bruto:
revolvió de pronto el luto
de su enorme rabia. Yo
adiviné horrorizada
una tragedia, ¡ay, había
entre rabia y valentía,
entre torero y cornada
una distancia tan breve!
Y de pronto me quedé
viendo saltar a José
con el corazón de nieve.
Era cierta la cornada,
pedía la punta dura
de la intención del mïura
tragedia, carne matada.
Era inminente la herida.
Y vi como de repente
no era la herida inminente,
la muerte sí de mi vida.
De rodillas vi llegar
a José en trance tan fuerte,
como implorando la muerte
que al otro querían dar.
Dio seis pases, un papel
en la mano, en el valor
un león, y mi temor
y toda mi vida en él.
PASTORA:
Se hundía la plaza cuando
se hizo el diestro con la fiera
que, sentado en la barrera,
aún José estaba invitando.
¡Qué trueno de aclamaciones!
Ya lo comían a abrazos
mientras se hacían pedazos
las manos a bofetones.
GABRIELA:
Y yo, con qué sufrimiento
no miraba y me decía:
¿torero de un solo día?...,
torero ya para ciento.
Y así ha sido. Aquel suceso
fatalmente sucedido
para mí, me lo ha traído
ya enamorado del hueso.
Escena II
Dichos. PINTURAS, que entra como quien viene de la calle con cara de precipitación.
PINTURAS:
¡Gabriela! ¡Niña Pastora!
PASTORA:
¿Y mi hermano?
GABRIELA:
¿Y mi José?
¿Qué le ha sucedido?
PINTURAS:
¿Qué?
Déjeme un poco, señora,
beber el aliento al viento,
que porque se lo bebí
desde la plaza hasta aquí
me ha dejado sin aliento.
PASTORA:
¡Dinos!...
GABRIELA:
¡Dime!, ¿dónde está?
¿Ha sufrido alguna herida?
PINTURAS:
No se arrebaten la vida,
que voy a decirlo ya.
GABRIELA:
Cuánta paciencia la tuya
cuando estoy yo de impaciente
que me muero mortalmente.
PINTURAS:
Espérense a que concluya
de beber un trago más.
(Aspira con la boca redonda el viento.)
PASTORA:
Pero, Pinturas, por Dios,
¿vamos a sufrir las dos
hasta que tú quieras?
PINTURAS:
Vas
a callarte tú al momento
o no paro de beber.
PASTORA:
Mira que vas a coger
una indigestión de viento.
GABRIELA:
Cómo se conoce que
no eres madre.
PINTURAS:
¡Qué verdad
ha dicho!
PASTORA:
¡Qué calamidad
eres!
GABRIELA:
¿Dónde está José?
PINTURAS:
Como a santo de una impar
procesión o rogativa
lo lleva entre ¡viva! y ¡viva!
el aplauso popular.
¡Ha hecho en la plaza tanto
esta tarde, que la gente
le ha dado fervientemente
categoría de santo!
Por esas calles camina
como un Sanjosé buenmozo
en un tronco de alborozo
y en otro de seda fina.
GABRIELA:
¿Qué ha hecho en la plaza?
PASTORA:
¿Qué ha hecho?
PINTURAS:
Total: nada singular
poner con qué gracia un par
de nudos a cada pecho.
Casi emborrachar sin vino,
casi matar sin espada
la voz que de grada en grada
alababa a su asesino.
Casi dejarse matar
por aquel toro berrendo
y casi quedar muriendo
perpetuamente ejemplar.
Casi esperar la cornada
casi casi ir a su encuentro
y casi tenerla dentro:
¡casi nada, casi nada!
PASTORA:
¿Casi nada?
GABRIELA:
¡De qué modo
se expondría mi José!
PINTURAS:
Tanto se expuso, que fue
casi nada, ¡casi todo!
¡Qué primorosa lección
de bien torear ha dado!
¡A cuántos habrá enseñado
con esta sola actuación!
A los marfiles siniestros
siempre abocado, inminente
decía calladamente:
¡aprended de mí, maestros!
Fue en su segundo la hora
de la apoteosis suya.
Escuchadme, que concluya
en menos que un niño llora.
Estaba José en su oro
y el público en su ansiedad
cuando dio la oscuridad
la revelación del toro.
¡Qué viva fotografía!
¡Qué articulada escultura
de virilidad mïura
dio la cámara sombría!
Berrendo en negror, lucero,
salió, cornilargo espanto,
bragado, pero no tanto,
no tanto como el torero.
Debió quedar el toril
triste, apagado, vacío,
como sin caudal un río
después del parto cerril.
En la holgura luminosa
de la luz, el cuerpo esbelto
buscaba qué hacer, resuelto
a deshacer toda cosa
que en su camino encontrara.
Vino un peón, lo embistió,
pero pronto aquel le dio...
la cruz, volviendo la cara.
Y a la terrible amenaza
de matarlo de la fiera
él le opuso la barrera
salvavidas de la plaza.
Cantó el clarín su verdad
de gallo de Dios y plata
y para dar curso en nata
de brío y alacridad,
vinieron los picadores
sobre caballos cegados,
por amor, de aquellos lados
por que han de ver sus dolores,
por que han de morir adrede.
Y allí, bruto y bravo en lidia,
vi que la vara es envidia
que ni se quiebra ni cede.
Luego los banderilleros
fueron dejando uno a uno
sobre el lomo rojo y bruno
sus acerados punteros,
después de una invitación
en que la mano segura
aumentaba la bravura
a las normas de los ases,
y la desesperación
del toro que de un soplido
huracanado que dio
casi desapresuró
a todos los del tendido.
GABRIELA:
¿Cuándo acabas?
PINTURAS:
Enseguida.
PASTORA:
Me desesperan tus ronces.
PINTURAS:
Y entonces vimos, entonces,
lo mejor de la corrida.
Lento, muy lento, muy lento
con el trapo colorado
como corazón planchado
entró José en su elemento.
Monumento de oro fino
era sol, y a su fulgor
seguían su alrededor
satélites femeninos.
Pisó gracia, y con un gesto
suicida al rival indujo,
terció un natural de lujo
donde envidó el juego expuesto.
Avanzó el alto testuz
de aquella noche lunera
casi escarbando la vera,
casi el centro de la luz.
Lento, muy lento, muy fiel
perpetuizaba los pases
perpetuizándose él.
Sin alterar la postura
sobre el mármol de su pie
más que torear José
toreaba una escultura.
Solo giraban sus manos
ante aquella muerte fuerte
cuyos intentos de muerte
siempre resultaban vanos.
¡Qué manera de mandar!
El toro obediente, fijo
lo mismo que a un padre un hijo
no cesaba de pasar.
Y tras de tanta obediencia
seguida de qué manera
vi hacer, ¡quién me lo dijera!,
luego al valor penitencia.
Clavó la rodilla en tierra
y provocó su actitud
dentro de la multitud
fotográfica una guerra.
Si en aquel preciso instante
le da entrada a algún deseo
de palco...
PASTORA:
¡Qué devaneo!
GABRIELA:
¡Y qué trágico desplante!
PINTURAS:
Como si de caracoles
fuera tocó al toro un cuerno
y dije en mi fuero interno:
¡Ay José, no te atortoles!
Tanta bella situación
concurrió entre hombre y bruto
de valor en un minuto
que indujeron al peón
hasta la temeridad
y entre música pedida
a viva voz, muerte y vida
se hallaron en la mitad
de aquel tamboril luciente
y el toro coger quería
lo que le sobresalía
al torero de valiente.
Parece que el drama bate
en el parche inmenso ya;
pero no, que el toro está
deseando que él lo mate.
Por ser fiel a su destino:
por eso quedó parado
cuando un fulgor acerado
de muerte a la muerte vino.
Fue una grandiosa estocada:
se quedó José tan junto,
que si no se muere al punto
le da el toro una cornada.
¡Qué emoción más grande! Tanta
que, con poderes tiranos,
reventaba por las manos
sin poder por la garganta.
Hubo orejas, vuelta al ruedo:
el acabose; la plaza,
más que un toro malarraza,
daba pavor, daba miedo.
Duros, niños de pañales,
algún seno artificial,
puros con sortija, igual
que dedos episcopales,
todo lo echaba la gente
a la redonda alcancía
del ruedo y ¡Viva -decían-
el torero más valiente!
GABRIELA:
¡Hijo mío!
PASTORA:
Noche, ven
ya de una vez.
PINTURAS:
Otra fiesta
como la corrida esta
hace la fortuna mía.
Llevo entre forro y cartera
más billetes que da un Banco
y más puros que un estanco
o que una tabacalera.
(Se oye un rumor entusiasmado en la calle.)
GABRIELA:
¡Ese rumor que se siente!
PINTURAS:
(A las rejas.)
José viene, ¡asómense!,
¡mírenlo!
VOZ POPULAR:
(En la calle.)
¡Viva José!,
el torero más valiente.
(Pasa ante las rejas una multitud que lleva sobre sí todo el peso glorioso del héroe de esa tarde, JOSÉ, y se oye cómo se detiene ante la puerta de la casa.)
Escena III
Dichos y JOSÉ dentro.
JOSÉ:
(Aún dentro.)
Amor como santidad
soledad y tiempo quiere.
Dejadme ya hasta mañana
con la vida medio muerta,
me aguardan tras de la puerta
una madre y una hermana
que están deseando ver
mi cuerpo en su luz ileso
y están tirando ya un beso
que tengo yo que coger.
Por el fervor que os indujo
a traerme en alto acá
desde todo el pueblo, ¡ahí va
mi capotillo de lujo!
UNA VOZ:
Que tu tela reluciente
nos tenga siempre en tu fe.
LA VOZ POPULAR:
¡Viva! Que viva José,
el torero más valiente.
(Desfila tumultuoso de entusiasmo el pueblo ante las rejas. Entra JOSÉ, luminoso y sonoro.)
GABRIELA:
(Besándolo como a un recienacido.)
¡Hijo mío!
PASTORA:
¡Josillo!
PINTURAS:
¿Josillo? ¡Josazo!
GABRIELA:
Dame un abrazo.
PASTORA:
Un abrazo.
GABRIELA:
¡Tienes el gesto amarillo!
¿Te han pegado algún puntazo?
JOSÉ:
No, madre: es de la emoción
del trance de la corrida.
GABRIELA:
(A PINTURAS y PASTORA.)
Es cera descolorida.
PINTURAS:
No, señora, que es limón.
PASTORA:
La emoción quita la vida.
JOSÉ:
Y es, además, de otro trance
en que metido me veo
por primera vez.
GABRIELA:
Lo creo
y no lo creo...
JOSÉ:
Un percance
de amor...
GABRIELA:
Y no deseo.
JOSÉ:
Deseo de amor.
PASTORA:
Explica.
JOSÉ:
No sé dar explicación...
PINTURAS:
¡Total nada! Su aguijón
que le ha clavado una pica
de amor en el corazón.
JOSÉ:
Eso es: pica de amor
siento por dedentro ahora.
Es una pica traidora...
GABRIELA:
¿Acaso de un picador?
PINTURAS:
¡A que es de una picadora!
PASTORA:
Di, José.
JOSÉ:
Si sé decir
(que no sabré me parece).
Salí de la plaza en alto
con mi traje de oro y verde
aclamado y levantado
hasta el cielo triunfalmente.
Los cuatro que me llevaban
sobre sus hombros potentes
iban con tanto respeto
que yo, pensando a lo hereje,
pensé que ellos se pensaban
que llevaban no un valiente,
sino la custodia de Arfe
que a Dios regaló el orfebre.
Ya era la luz cornicorta,
ya era el sol barbiponiente.
Ya el atardecer, lucero
berrendo en negros corceles,
salía a pastar estrellas
por las dehesas del Este.
Solo quedaba en el ruedo
una sucesión creciente
de grada en grada hacia arriba
de círculos permanentes
de palcos desalojados,
de azulados ajimeces
y el cuerpo del postrer toro
cuando su cuerpo ya inerte
la gallardía perdía
como él, varonil, solemne,
le apuntaba en los silencios
una cornada de muerte.
Entretanto yo llevaba
una ebullición de gente,
una tronada de aplausos
y una multitud alegre
de ojos que me seguían.
Y miraba a los balcones,
donde salían a verme
la flor de las hermosuras
y la flor de los claveles,
locas dando las barandas
senos, corales, caireles
como suicidas dispuestos
a lanzarse sonrientes.
¡Cuánta sonrisa se abría
solo por que yo advirtiese
una provisión de perlas
en dos barandas de dientes!
¡Cuántas manos se batían,
esgrima y honor, de suerte
que yo les reconocía
que eran sus espadas nieve!
¡Cuánta flor sobre los pechos
prendían con alfileres
para que al mirar la flor
el trono de la flor viese!
¡Cuántas mantillas hacían
un altar de lo que fuesen
desplegándose en la peina
que encima de un morterete
de cabello se elevaba
de las mujeres más breves,
haciendo con su carey
inacabables mujeres,
inacabables promesas
inacabables deleites!
Yo las miraba y veía
en sus bellezas corteses
atenciones de momento,
deseos de hoy, quereres
del resplandor de mi nombre,
no del hombre en que iba este,
afición de mariposa
que ve la luz y la quiere
no por la luz, sino porque
le alumbra y le desvanece.
De pronto (¿podré decirlo?)
vi sentada en un balcón
una mujer, que, solemne
pilata de su belleza,
decía calladamente
ajusticiando sus gracias:
¡He aquí lo que tú quieres!
No hacía más que ser hermosa;
me vio y, contraria a la gente,
al verme se retiró
y me dio al mirarme muerte.
Con una alegría íntima
de verla tan diferente
de las demás, pesaroso
al mismo compás, echele
mi diamante (el que me había
regalado un concurrente
en la plaza), que quedó
solo en el balcón luciente
probando a encender la sombra
que ella hizo, cuando, leve,
desapareció y detrás
la tarde como un cohete
que en persecución del cielo
esplendoroso muriese.
GABRIELA:
¿Quién será?
PASTORA:
¿Quién será ella?
PINTURAS:
No me cabe en el caletre
más que ella; debe de ser,
¿sabéis quién?
JOSÉ:
¿Quién?
PINTURAS:
Quien ser debe.
PASTORA:
Al tonto del cuento aquel,
Pinturas, tú te pareces.
Habían robado el templo
un día, y daba en quién fuese
el autor del robo. En esto
llegó el tonto ante los jueces,
el obispo y el alcalde
diciendo: ¿Quieren ustedes
saber quién cometió el robo?
Expectación y un banquete
en honor del idiota
para que el caso dijese.
Ya que lo hartaron a vino,
suculencias y entremeses
le dijo al obispo: hermano,
ante todos los presentes
diga quién cometió el triste
sacrilegio. Y él, con fuerte
voz, para que se enteraran
todos, contestó: no pueden
ser otros que los ladrones.
Los ladrones, sí, creedme.
A risa, a burlas y a palos
mataron al inocente.
JOSÉ:
¡Qué estocada tan certera
me ha dado toreramente!
Hasta el fin siento que, hundida,
en el alma se remueve.
Madre, quítame esta ropa
de luz que la vista enciende,
que me han encendido el alma
con un fulgor de septiembre
sereno y quiero saber
quién es quien el alba es
que me eclipsa el exterior
cuando el interior me prende.
GABRIELA:
Ven, hijo.
PINTURAS:
Voy yo a saber
quién es inmediatamente.
¿Qué calle habita esa dama
(digo ese toro, esa peste)?
JOSÉ:
La calle de la Fortuna.
PINTURAS:
Mala te la dio la suerte.
(Se van: JOSÉ y GABRIELA por un lado, hacia lo interior imaginario de la casa; y, por otro, PINTURAS hacia la calle.)
Escena IV
PASTORA y en seguida FLORES, desde la calle, a la reja.
FLORES:
Pastora, ¿quieres guardar
un rebaño de quereres
que están balando por ti
con unos balidos (be-bee)
que me parten (be-bee) el alma?
PASTORA:
Flores, ¿y qué es lo que beben?
FLORES:
Lo que tú les quieras dar.
PASTORA:
Un arroyo de desdenes:
no está bien.
FLORES:
Ni regular...
Pastora, eso no es corriente.
PASTORA:
Pero es sonante.
FLORES:
Otra cosa.
PASTORA:
Un remanso de alfileres
para que beban con sed
y en cuanto beban revienten.
FLORES:
Otra cosa.
PASTORA:
Un pozo de
silencio, ¿qué te parece?
FLORES:
Quiero una balsa de amor
donde mis ojos se abreven;
quiero una noria de plata,
la de tu lengua de mieles,
que no se canse de dar
en su cangilón perenne
lo que al pasar le recoge
a la entraña de la fuente
yendo desde el fondo arriba
y desde arriba a mis redes.
Pastora, sin pastoreo,
¿pastora de qué lo eres?
Ponte al cuidado de mí,
vigila todas las reses
de mi cariño y, pastora,
déjame que en tus vergeles
paste: el margen de tu boca,
¡oh, qué pastura de siempre!,
y el follaje de tu pelo
junto al prado de tu frente.
PASTORA:
¡Me estás resultando tú
muy borrego!...
FLORES:
¿Así me ofendes?
PASTORA:
¿Cómo quieres que al rival
mayor en los redondeles
de mi hermano le dé amor
para que después se precie,
si le di un poco, de que
le di un sinfín, y me deje?
Sería echarme yo misma
tierra entre los ojos: ¡vete!
No quiero ver a quien sigue,
fantasma de los carteles,
a mi hermano, cada vez
que torea, competente.
¡Debes tenerle una envidia!
FLORES:
Yerras, niña, si tal crees.
Ni envidio a tu hermano ni
lo sigo como pretendes.
Ni uno ni otro: somos ambos
toreros tan diferentes.
Esta tarde no he salido
al ruedo, fingiendo haberme
puesto enfermo de cuidado
casi repentinamente.
Y ha sido por evitar
la competencia en que quieren
meternos los empresarios
y, más aún que esto, la gente
que tiene sus preferencias,
sus simpatías, sus héroes;
la gente, que al que aplaudía
ayer alocadamente,
alocadamente hoy
le rompe un vidrio en las sienes.
Quiéreme, Pastora mía,
no puede ser que me dejes
de querer. ¡Ay!, yo te juro
por mi madre (que en paz duerme)
que solo me he de preciar
de que tú no me desprecies.
Amartélate, Pastora.
¿Quieres?
PASTORA:
Ya voy a quererte.
(Se acerca a la reja atortolada, convencida con aquella poca política amorosa.)
Escena V
PASTORA, FLORES y JOSÉ, que sale ya eclipsada su luz por un vestir corriente.
JOSÉ:
Pastora..., ¡con ese hombre!
(A FLORES.)
¿Tienes vocación de sombra,
Flores, que me vas siguiendo
hasta ante mi casa propia?
FLORES:
Tengo vocación de luz,
José: tu luz me aficiona
¿y qué culpa tengo yo
de parecer mariposa?
El resplandor de tu hermana
me dio en los ojos, perdona
si te hiero, que me hirió
tu hermana a mí antes de ahora.
A la sombra de tu luz
déjame estar, es mi gloria,
que no podré ya estar
solo a la luz de mi sombra.
JOSÉ:
Espera, que te diré...
(éntrate dentro, Pastora).
(Se va PASTORA.)
Cuando se es rival en plaza,
se es en casa, se es en todas
partes... ¿O tú solo guardas
de una manera graciosa
el odio para entre el pueblo
y la amistad para a solas?
Cuando humillar se pretende
no debe ser solo a la hora
en que nos están mirando,
debe ser a todas horas,
y no humillar entre unas
para humillarse entre otras.
O se es altivo por siempre
o se es humilde por toda
la vida; no vale ser
de altivez en las victorias
y de humildad en el trance
terrible de las derrotas.
Tanto que te agrada a ti
mostrar siempre que te sobran
redaños para que rabie
y valor para que corras
ante los toros, ¿por qué
no eres consecuente ahora
con aquella chulería
que es tu divisa notoria?
¿Por qué tan humilde, Flores?
FLORES:
Te equivocas, te equivocas;
no es humildad: es amor.
JOSÉ:
¿Amor a quién?
FLORES:
A Pastora.
JOSÉ:
No mientas tan a las claras.
¡Ah! Ya comprendo la historia.
Tú pretendes a mi hermana
como un triunfo, y si la logras
lo agregarás a la cuenta
de los que frente a mí forjas.
Pero no será eso así.
FLORES:
Te equivocas... Te equivocas.
JOSÉ:
Pues para no estar en duda
de si me equivoco, borra
del marco de esta ventana
el cuadro de tu persona
y no vuelvas más ahí
nunca, Flores, porque estorbas
la entrada al viento, quitas
sol y presencia a las rosas
y serenidad al ojo
y a mi pensamiento forma.
FLORES:
Me voy, pero no desisto.
(Se va yendo.)
JOSÉ:
Me quedo, pero no a solas,
que me hace compaña siempre
el cuidado de mi honra.
Escena VI
JOSÉ; FLORES, retraído en la reja; y SOLEDAD por la puerta.
JOSÉ:
(Al verla.)
¿Cómo?
FLORES:
¿Es posible? ¡Ella aquí!
He de saber para qué.
(Se pone a la observación.)
SOLEDAD:
Oíd, torero José.
JOSÉ:
¿Os sabéis mi nombre?
SOLEDAD:
Sí...
¿Es extraño? Lo aprendí
de vuestra fama: no es poca
esa fama que coloca
hasta en el cielo su grito
y como a un niño bonito
os lleva de boca en boca.
Héroe sin igual del coso
vuestro nombre os viene estrecho:
debéis estar satisfecho,
José, de ser tan famoso.
Sin descanso, sin reposo
en todos los paladares
taurinos y populares
sonáis y en todas las yemas,
tema de todos los temas
y de todos los lugares.
Sois cuestión de todo punto:
tertulias, corros, reuniones;
sin vos, las conversaciones
mueren a falta de asunto;
las damas hermosas junto
a vuestro retrato van;
todas las plumas os dan
la categoría suma;
y, en fin, vais de pluma en pluma
igual que gallo galán.
Para describir al vivo
vuestro arte he visto yo
que todo el mundo agotó
las fuentes del adjetivo...
Más de un corazón, cautivo
en el recuerdo sabroso
de vos, dentro del reposo
de un aposento cerrado,
traidoramente, habrá dado
quehacer de amor a su esposo,
pues sois la mejor compaña
de los ausentes, y el mozo
que da, si más alborozo,
más quehacer a toda España,
¡José! gritan y acompaña
un largo ¡viva! este grito
de fervor... Os felicito
yo, José, en este momento,
debéis estar muy contento.
JOSÉ:
No es la vanidad mi rito.
Decidme, hermosa, ¿por qué
no me habéis dicho en seguida
la causa de esta venida
deliciosa, que aún no sé?
Supongo que no es José
el torero más valiente
el que os trajo diligente
a elogiarme sin cesar
cuando se os nota al hablar
lo que vuestra boca miente.
Para alabar la excelencia,
hermosa, de una criatura
casi siempre se procura
su ausencia, no su presencia.
¿Tan grande es vuestra inocencia,
si por tal se os perdona,
que se enardece y encona
y sale fuera de sí
solo para hablar de mí
delante de mi persona?
SOLEDAD:
Perdonadme.
JOSÉ:
No es preciso
pedirlo.
SOLEDAD:
Gracias.
JOSÉ:
Graciosa,
una dama, y si es hermosa
mejor aún, tiene permiso,
¡tanto encanto!, ¡tanto viso!,
para pedir un favor:
hacérselo lo mejor
posible para después
a solicitar sus pies
agradecido de amor...
SOLEDAD:
José, sois vos, a la vez
que yo inocente y errado
incurriendo en el pecado
de que os erigisteis juez.
Me estáis haciendo honra y prez
de las damas, con exceso
galante.
JOSÉ:
Alabo exprofeso
su mucha hermosura yo,
que si los varones no,
las damas son para eso:
para la alabanza.
SOLEDAD:
Bien.
¿Sabéis a lo que he venido?
A esto.
(Le da un diamante a JOSÉ.)
JOSÉ:
(Amargo.)
¿Cómo habéis traído
vos tan precioso desdén?
SOLEDAD:
Quiero que sus brillos den
en la mano de su dueño:
lo hallé, radiante y pequeño,
sobre mi balcón de bruces,
donde provocaba luces
en la sombra, como un sueño.
JOSÉ:
¡Tan de diamante venís!
SOLEDAD:
Sí, señor: tan de diamante.
JOSÉ:
¡Qué dura sois!
SOLEDAD:
Y qué amante,
José, fuiste en un tris.
JOSÉ:
Rayo es el amor, ¿oís?
Rayo es el amor sin trueno:
arroja en un cielo lleno
de oscuridades su saña,
parece que nada daña
y no deja nada bueno.
Cohete es amor que está
quieto y cuando se propaga
su lumbre aquel que lo haga
contenerse llorará.
Vertido en los altos ya,
¡qué derroche de esplendor
y energía!, ¡qué furor!,
de seguir astros le espera
hasta que el trueno que lleva
lo mata de amor, amor.
Amor es toro ejemplar
que sus propios campos pace
y, sin cuernos aún, ya nace
con intención de topar.
Cuando el amor le va a dar
la gran cornada al rubí
del corazón, nadie allí
ni te salva ni te asiste.
El toro de amor me embiste:
deja que te lo eche a ti.
Corre al quite con el rojo
capotillo de tu boca,
hazlo de cristal de roca
con el parón de tu ojo.
Muestra decisión y arrojo
en el pase natural:
empápalo en el percal
de tu mano sonrosada
y suéltate una estocada
que te deje a ti inmortal.
Junto a mi boca, a mi lado
llevo un hueco de mujer
que aunque lo quise proveer
nadie lo había logrado.
Hasta el colmo lo has llenado
y no está el lado vacío.
Te he visto, y todo mi brío
te pide de un modo seco:
¿Quieres decir de ese hueco,
«José, este hueco es el mío»?
SOLEDAD:
¿Cómo así, tan de repente,
llenar esa poca nada
y convertirme en la amada
del torero más valiente?
No me parece prudente
obrar yo tan de carrera.
Amarte de esa manera
sería amar tan ligero
como no; y yo no quiero
amores a la torera.
A mí el amor me amartela
en una forma ordinaria,
luciendo en su indumentaria
ni alamar ni lentejuela.
Porque, ¿qué amor no recela
de su enemigo amador
si está siempre su valor
gastándolo en otra parte,
que lo que le da en su arte
se lo sustrae a su amor?
JOSÉ:
Lo que doy yo al toro fiero
no es lo que al toro le doy.
¿Y sabes, niña, que soy
antes hombre que torero?
Al toro doy lo que quiero
dar cuando está en la corrida,
aunque su egoísmo pida
toda la arena del ruedo.
Y a ti, mi niña, no puedo
menos que darte la vida.
SOLEDAD:
También se la das a él
medio en serio, medio en broma,
y si algún día la toma
de la mano de un cairel,
¡qué drama en el redondel!
¿Cómo escaparás ileso
si el hueso del cuerno avieso
te encuentra el bulto algún día
y deja tu valentía
metida en el puro hueso?
JOSÉ:
No hará tal, yo te lo digo,
su bien armado testuz,
niña, ¿para qué soy luz
sino para huir lo umbrío?
A la muerte desafío
burlándola ante los cielos.
SOLEDAD:
Pues yo no quiero desvelos
con mi amor, que ha de ser fuerte,
y si mi amor va a la muerte,
de la muerte tengo celos.
JOSÉ:
Ese es amor iracundo
que no ve su amante afán,
que a la muerte todos van
por el ruedo o por el mundo.
SOLEDAD:
Pero mi razón la fundo
en que el torero se entrega
a la muerte, a muerte juega
y siempre pierde en el lance,
y el mundo llega a ese trance,
pero cuando el trance llega.
JOSÉ:
¡Así burlarlo no sabe
y muere sin remisión!
SOLEDAD:
¿Es ir hacia la ocasión,
José, acaso menos grave?
JOSÉ:
¡Qué duda, mi niña, cabe!
¿Por qué ha de rehuirse el cuerno
que, si rehúyes, el tierno
corazón va a desgarrarte,
y si lo burlas con arte
te deja un poquito eterno?
Niña mía, acéptame
esta pasión, esta vida,
antes que por una herida
a los toros se la dé.
SOLEDAD:
¡Que a cada instante, José,
dadivoso hayas de estar!
JOSÉ:
¿Qué tiene de singular
que te dé lo que no quieres?
Si recibir de mujeres,
es condición de hombres dar.
No me des, niña, achares
que no es tu condición esa,
y si es tu boca marquesa,
son tus ojos populares.
No parezcas a los mares
dando a mi gusto amargor,
que con tu dulce fulgor
mi triste cielo despejes.
Por Dios, niña, no me dejes
en esta angustia de amor.
SOLEDAD:
¿Angustia de amor? Os hallo
la cara en verdad muy mustia.
Como una rosa, la angustia
del amor, os pone en el tallo.
A aquel Joselito el Gallo
parecéis de esa manera
cuando la capa torera,
ciñéndole de oro el pecho,
le vi en una feria hecho
de virginidad de cera.
JOSÉ:
Haz que la temperatura
del sol tuyo me derrita.
SOLEDAD:
¿Ya eres cera? ¿Qué te incita
a serlo?
JOSÉ:
¿Qué? Tu hermosura.
SOLEDAD:
Admites la dictadura
de mi sol y de mi cielo.
JOSÉ:
Sí, mi niña, que recelo
que sin tu tibio calor
de frío, frío de amor,
me voy a quedar de hielo.
SOLEDAD:
Espera.
JOSÉ:
Di, ¿qué alma tiene
calor si impaciente espera?
SOLEDAD:
El alma que alma es de veras.
JOSÉ:
Su esperanza me mantiene.
(Entra FLORES, pasando de la reja donde se hallaba a la puerta, que salva.)
SOLEDAD:
(Viéndolo.)
¿Mi hermano está aquí?
JOSÉ:
(Viéndolo también.)
¿A qué viene
entrar tú, Flores, aquí?
FLORES:
A lo que me importa a mí
y a ti no. Ven, Soledad.
JOSÉ:
Pero ¿puede ser verdad
que te vayas con él?
SOLEDAD:
Sí,
porque es mi hermano.
FLORES:
Es mi hermana,
¿no lo sabías, José?,
y no te amará porque
a mí no me viene en gana.
La misma razón liviana
que me has dado, te doy, loco;
¿me provocas?, te provoco
a la misma lucha vana:
¿tú no me das a tu hermana?
Y yo a mi hermana tampoco.
(A SOLEDAD.)
Vamos, Soledad.
(Salen.)
SOLEDAD:
José,
adiós.
Escena final
JOSÉ, y cuando lo indique el verso, GABRIELA y PASTORA por un lado y PINTURAS por el otro.
JOSÉ:
Se fue mi alegría
y mi casa está vacía
y llena de un no sé qué.
¿Por qué Soledad se fue
dejándome en soledad?
En verdad, digo, en verdad
que toda el alma clavada
me siento de una cornada
mortal de necesidad.
Solo me podrá curar
la cornada quien me ha herido.
Nunca supe que estuviera
la cura en la enfermedad.
GABRIELA:
¡José!
PINTURAS:
¡José!
PASTORA:
¡Josillo!
JOSÉ:
¡Madre!
GABRIELA:
Pero ¿qué ha pasado
que está tu color mudado
como nunca de amarillo?
JOSÉ:
Yo qué sé... Tal vez el brillo
que me da de aquella vela.
(Por la que tiene ante el fanal la Virgen.)
PINTURAS:
Sé quién es quien te amartela.
JOSÉ:
Yo también.
PASTORA:
¡Dinos en fin!,
¿por qué tienes en jazmín
convertida tu canela?
GABRIELA:
Dime, José, qué ha ocurrido
o de angustia moriré.
PASTORA:
Dinos, José.
PINTURAS:
Di, José.
GABRIELA:
Parece que estás herido.
JOSÉ:
Herido estoy, madre, ha sido
un torillo eral, violento
como ninguno; un momento
en que me ha visto en descuido
me ha dejado malherido
en cornamenta de viento.
GABRIELA:
¿Por qué lo has tenido oculto
hasta este instante, hijo mío?
JOSÉ:
Aquel torillo bravío
me ha dejado intacto el bulto.
No promoverá un tumulto
en tu corazón.
GABRIELA:
Me apenas
doblemente: de azucenas
pareces talmente hecho,
¿y no están sobre tu pecho
desangrándose tus venas?
PASTORA:
¿Cómo es eso?
PINTURAS:
¿Cómo es eso?
GABRIELA:
¿Qué toro es ese traidor
que te hiere el interior
dejándote afuera ileso?
Voy por el doctor.
JOSÉ:
Un beso
de los pasados furores
del torillo, con amores,
puesto de mi boca en medio
diera a mi herida remedio
más que todos los doctores.
PINTURAS:
Jamás oí que estuviera
en la enfermedad dañina
la cura y la medicina.
GABRIELA:
Voy por el doctor.
PASTORA:
Espera,
madre: es mejor curandera
que no doctor.
(A JOSÉ.)
Yo no ignoro
(porque sabes tú que adoro)
qué toro te hirió al revés.
GABRIELA:
¿Qué toro?
PINTURAS:
¿Qué toro es?
PASTORA:
El toro de amor.
GABRIELA y PINTURAS:
¡Qué toro!
Acto II
Fase anterior
El mismo lugar en casa de JOSÉ.
Escena I
JOSÉ, SOLEDAD, PASTORA, FLORES, ellos, vestidos de luces; PASTORA, de novia recién casada; SOLEDAD, de por casar.
PASTORA:
Madre, qué presentimiento
tan negro.
SOLEDAD:
¿Dejas tu oficio
de enamorarme?
JOSÉ:
Lo siento.
PASTORA:
No me des este tormento,
Flores.
FLORES:
Es un beneficio
pedido por el Gobierno
para el obrero parado.
PASTORA:
Vaya el Gobierno al infierno
y tú no vayas al cuerno
hoy que eres recién casado.
SOLEDAD:
No vayas, o no me quieres.
JOSÉ:
Voy y te quiero.
SOLEDAD:
Lo dudo.
PASTORA:
Es como ciertas mujeres,
y en cuanto sepa lo que eres
te querrá el cuerno cornudo.
FLORES:
No te me pongas fatal,
Pastora.
SOLEDAD:
Ve la fiereza
de la muerte allí.
JOSÉ:
Total,
todos a vida mortal,
como a muerte, por cabeza
tocamos, y a tierra, a cielo,
a purgatorio y a gloria.
PASTORA:
Y aún es mayor mi recelo
porque toreáis en duelo
los dos, y querréis victoria
ambos, y expondréis la vida.
FLORES:
Si es por eso, esté tranquilo
tu pecho, prenda querida.
SOLEDAD:
Mientras dure la corrida
estaré, el alma en un hilo,
preguntándome azorada...
JOSÉ:
Sabes que es un mano a mano
familiar lo que en pasada
pendencia juré.
SOLEDAD:
¡Qué cornada
dará en mi amor o en mi hermano!
FLORES:
Vendré igual que voy del ruedo.
PASTORA:
¡Ay, Flores de mi alma, tente!
SOLEDAD:
Dejar de temer no puedo,
que si te quise con miedo
te amo valerosamente.
JOSÉ:
Así fui torero, así
como tú fuiste mi amor:
yo me hice, yo no nací
torero, y torero fui
cuando lo quiso el temor.
Nací para ver el drama
escondido en la barrera
y aclamar al que se aclama,
nací para dar la fama,
no para que se me diera.
Yo era nadie entre el clamor
de los demás y el artista.
Y en un momento, el temor:
nací para espectador
y me hizo protagonista.
Vi un hombre que de amaranto
ornado iba a ser despojo
del toro y el temor; cuanto
que en los otros se hizo espanto,
se hizo en mí valor y arrojo.
El temor me llevó fuera
de la nada de la gente
al todo de la barrera,
un temor de que muriera
sin Dios, si era un buen creyente,
un temor que era una pena
de verlo desamparado
en medio de tanta arena,
estando la plaza llena,
a la furia del cornado.
Temor de ver su agonía
teniendo la salvación
en cada mano. Y la mía
se decidió. ¿Por qué había
de morir sin confesión?
Salté ante la muerte. Un grito
unánime hinchió la anchura
de aquel terreno aerolito:
con un temor infinito
di una prueba de bravura.
Y aunque el enorme fervor
con que me pagó la gente
creyera que fue el valor,
el temor, ¡solo el temor!,
el temor me hizo valiente.
Al toro se fue derecho
el valor premeditado
que era el temor de mi pecho.
El temor, niña, me ha hecho
torero y enamorado.
SOLEDAD:
Conozco un temor de amor...
JOSÉ:
Ese temor, Soledad,
es el mío: ese temor
que de una angustia interior
hace una temeridad.
SOLEDAD:
Con un temor de quererte
te quise para marido,
con un temor de perderte,
de que viniera mi muerte,
¡ay!, sin haberte querido.
JOSÉ:
Con un temor de mirarte
quiso Dios, quiso mi suerte
que tuviera por mi parte
con un temor de encontrarte
que era una gana de verte.
PASTORA:
Sin el corazón allí
te dejará un cornalón.
FLORES:
De tanto dártelo a ti
para el pobre yo de mí
no me queda corazón.
¿Y piensas que me lo quite
el toro de una embestida?
PASTORA:
Será tan grande el embite
que sin que nadie lo evite
si no el corazón, la vida
te quitará.
SOLEDAD:
¿Para qué
te juegas, di, de esa suerte
la vida al toro, José?
JOSÉ:
¿No lo sabes?
SOLEDAD:
No lo sé.
JOSÉ:
Para ganarme la muerte.
SOLEDAD:
¡Siempre en el riesgo! Ese juego
en el que tanta arrogancia
pones será, o ahora o luego,
tu perdición.
JOSÉ:
A él me entrego
solo para la ganancia.
SOLEDAD:
¿Ganancia? No la entiendes.
¿Qué ganas?, ¿la muerte?
JOSÉ:
¿Es nada?
SOLEDAD:
Nada.
JOSÉ:
Pero ¿no comprendes
que aunque tú al juego no atiendes
tu vida está en la jugada
de cada instante y perdida
has de verla y has de verte?
Yo me agrego a la partida,
y sé ganarme la vida
cuando me gano la muerte.
Escena II
Dichos y PINTURAS.
PINTURAS:
¿Qué hacéis aquí aún?
FLORES:
¿No ves?
PINTURAS:
¡Dándole quehacer al niño!
PASTORA:
¿Qué haces tú?
PINTURAS:
Yo hago al revés:
no darle nada; no es
de mi costal el cariño.
Y no puedo negar que
cierta vez amé a una prima,
pero tan poco la amé
que no fue nada, pues fue
solo por encima, encima.
Fueron aquellos amores
una leve llamarada
de repentinos ardores.
La cosa no fue a mayores
y todo se quedó en nada.
Y es que a mí no hay quien me oprima
la voluntad. Solo y mondo
mi cuerpo triunfa y estima
solo por encima, encima.
JOSÉ:
Nunca llegarás al fondo.
Yo en toros, como en amor,
¡qué fiera seré más fiera!
PINTURAS:
Soy un simple espectador.
Los toros se ven mejor,
y el amor, tras la barrera.
Flores, ¿digo el estribillo
de amor con el que te enciendes
y te pones amarillo?
SOLEDAD:
Dirás, como el monaguillo,
un idioma que no entiendes.
PINTURAS:
Pero lo sé de memoria,
y haré lo que la mujer
que dice «mi luz», «mi gloria»
y es el mono de la historia
que hacía lo que vio hacer.
En fin: en la puerta está
esperando la calesa
que ha de llevarnos allá:
dejad para luego ya
la dulce locura esa.
(A FLORES.)
Vente, si tienes sobradas
noches para amar tus bodas.
(A JOSÉ.)
¿Dejarás ya las miradas
y las sillas? Ocho espadas
traigo. ¿Las usarás todas?
JOSÉ:
No creo.
PASTORA:
¡Flores!
SOLEDAD:
¡José!
PASTORA:
¡José!
SOLEDAD:
¡Flores!
(Primero se abrazan y besan FLORES y PASTORA, JOSÉ y SOLEDAD; segundo, SOLEDAD y FLORES y PASTORA y JOSÉ.)
PASTORA:
(A FLORES.)
¡Ya me dejas!
SOLEDAD:
(A JOSÉ.)
¿Tornarás?
JOSÉ:
Sí.
PINTURAS:
Ya no sé,
tanto almíbar uno ve,
si son personas o abejas.
«¡Flores!» aquí, «¡José!» allá,
¡cuánto liban en los dos!
Bueno, qué, ¿nos vamos?
FLORES:
Ya.
SOLEDAD:
¡Se va, Pastora!
PASTORA:
Se va,
Soledad.
JOSÉ:
Adiós.
FLORES:
Adiós.
(Salen JOSÉ, FLORES y PINTURAS; las mujeres los miran irse desde las rejas. Se apartan de ellas cuando se pierde el júbilo de los cascabeles del coche.)
Escena III
SOLEDAD, PASTORA, y GABRIELA por un lado del interior de la casa.
GABRIELA:
¿Se fue mi hijo? ¿Se fue Flores?
PASTORA y SOLEDAD:
¡Se fueron!
GABRIELA:
No pude
salir. Lloraba y...
(Vuelve al llanto.)
PASTORA:
¡No llores!
GABRIELA:
¡Ay!, me dan muchos temores
y mucha duda me acude.
Venid, vamos a rezar
a nuestra Madre y Señora.
(Se acerca al fanal.)
Pero ¿qué llego a mirar?
¡Si de verme a mí llorar
está la Virgen que llora!
SOLEDAD:
¿Es posible?
PASTORA:
Es un encanto
de mi madre, que no para
de vagar en su quebranto:
llora ella y ve su llanto
sobre la divina cara.
GABRIELA:
No es mío, que un manantial
de cristalino baladre
brota en su ojo celestial
¡y está sangrando el fanal!
(Rezan.)
Dios te salve, Reina y Madre.
(Se hace interior lo siguiente de la oración hasta que se exteriora de nuevo, como una fuente que al nacer se hiciera subterránea y al morir saliera a la luz.)
Amén.
SOLEDAD:
Amén.
GABRIELA:
Amén.
Escena IV
Dichos, y gente alegre de boda con panderos, guitarras y castañuelas.
TODOS:
¡Vivan!
¡Vivan la novia y el novio!
PASTORA:
Pasad, pasad, que no quede
nadie fuera del jolgorio.
Soledad, madre, traedme
los dulces y los bizcochos
en seguida...
(Ante un gesto triste de su madre y otro sorprendido de SOLEDAD, con una alegría que quiere serlo y no llega a tanto.)
No olvidemos
que hoy fueron mis desposorios.
Traed de paso el vino ese
de entre septiembre y agosto,
que cuando cae en la boca
parece un salto de oro.
Traed sillas, flores, regalos:
traedlo todo, traedlo todo,
que estoy casada, y estoy
que me reviento de gozo.
(Estruja un gemido.)
¿Quién baila? ¿Quién canta? Vamos.
¿Quién toca? ¿Quién hace el tono?
Venga, cada uno a lo suyo
(y yo a callar mis sollozos).
(Cantan, bailan, tocan, hacen palmas; SOLEDAD y GABRIELA van sacando dulces, sillas, flores, vino, y beben y comen mientras otros siguen el baile, entran en él, etc.)
UNA NIÑA y SU GALÁN:
(Cantan mientras bailan.)
Me casé con un torero,
madre, que adoro,
y antes de que lo probara
lo corrió el toro.
Me casé con un torero,
madre del alma,
si yo lo supiera antes
no me casara.
OTRA NIÑA y SU GALÁN:
(Cantan mientras bailan.)
Adiós, nieve de la sierra,
azahar del naranjo,
os habéis perdido miserablemente,
que os habéis casado.
Una con el río bajo,
con la naranja la flor.
¿Dónde está vuestra pureza?
Adiós, nieve. Flor, adiós.
OTRA NIÑA con SU GALÁN:
(Cantan mientras bailan.)
La niña de Juan el Tuerto
estaba malmaridada.
La gente lo comprendía
y ella lo disimulaba.
Le ha salido variable
el hombre como una luna.
Hija mía de mi alma,
no te malmarides nunca.
TODOS:
No te malmarides nunca,
no, nononó.
No te malmarides, niña,
si no es con yo.
No, nononó.
OTRA NIÑA y SU GALÁN:
(Cantan mientras bailan.)
Este es el cuadro
de Mariquita:
yo lo-coloco
y ella lo-quita.
A la Mancha va a segar
mi amor porque es jornalero.
A la Mancha va a segar
y por la Mancha me muero.
A la Mancha va a segar
y me da en el corazón
que no he de verlo ya más.
TODOS:
¡No-nononó!
Este es el cuadro
de Mariquita:
yo lo-coloco
y ella lo-quita.
OTRA NIÑA y SU GALÁN:
(Cantan mientras bailan.)
Reciencasadita soy,
reciencasadita, cielos,
y mi amor, que antes quería,
no quiere ya lo que quiero.
Me ha salido emprendedor,
desgraciada a quien tal sale,
que encerradita me deja en casa
y él se me lleva la llave.
OTRA NIÑA y SU GALÁN:
(Cantan mientras bailan.)
Como los guardiaciviles,
va de dos en dos
el amor que manda Dios.
Haz tú mi pareja, niña,
haz mi parejá.
Quiere como quiere Dios,
como Dios mandá.
TODOS:
Como Dios mandá.
Como Dios mandá.
Que si no obedeces, niña,
te condenarás.
GABRIELA:
A ver, ¿quién quiere este dulce?
SOLEDAD:
¿A quién le doy otro sorbo?
PASTORA:
¡Venga baile, venga bulla,
venga palmas, venga coros!
Que voy a cantar (si puedo)
de lo poco que sé un poco.
(Canta.)
Apenas soy esposa,
me dejas solá.
Apenas soy casada,
parezco viudá.
¿Para qué te casas, dime,
para qué te casarás,
si el lado de tu marido
hueco y frío está?
Picador que hacia la plaza
sobre tu caballo vas,
dile a mi amor que se venga
aquí de privá.
Aliviador de caballos
de la blusa de coral,
dile, aliviador, que venga,
que él me aliviará.
TODOS:
Apenas es esposa
la dejan solá.
Apenas es casada,
parece viudá.
UNA NIÑA:
Que diga un romance el Ciego.
TODOS:
¡Que lo diga!
EL CIEGO:
No soy sordo,
señores, niñas, galanes,
muy respetable auditorio.
¿Qué romance me pedís?
¿El de «La Niña del ojo
encandilado»? ¿«El galán»?
¿«La vida de San Crisóstomo»?
¿«El milagro de la Virgen»
o la «Leyenda de Oro»?
Pedid: mi guitarra está
esperándome en el ocio
de las cuerdas, mi guitarra
que tiene los ojos mondos
como yo, y que como yo
lagrimear sabe solo
abrazada a mí, temblando
como una hoja de chopo.
(A la guitarra.)
Vamos a llorar, cariño,
tú y yo los dos: ya te toco.
(Inicia una musiquilla popular sobre la madera armoniosa.)
¡Vamos! ¿Qué queréis que diga?
ALGUNA NIÑA:
¡Lo que quieras!
EL CIEGO:
El piropo
de la muerte de Gallito
el torero más famoso
de todos los tiempos.
CASI TODOS:
¡Ea!,
Ciego, que comience pronto.
EL CIEGO:
Bello, moro y español
como la Torre del Oro,
catedral de luz cristiana
con el bulto transitorio
iba Joselito el Gallo
de punto en punto redondo.
Como Dios, por todas partes
estaba: por los periódicos,
por los muros, por las bocas,
por las almas, por los cosos...,
todo lo multiplicaba
y lo enaltecían todos.
Estaba el lugar de España
tan enamorado, loco,
la mitad de su valor
y la mitad de su rostro.
¡Talavera de la Reina!
Calavera yo te pongo
por mal nombre, mala sombra,
mala tarde y malos toros.
Calavera, Calavera,
sitio del drama más hondo.
Allí salió a Joselito
un toro de malos modos,
malintencionados cuernos,
malintencionados ojos.
Bailador lleva por nombre,
miren qué nombre tan propio.
¿Qué muerte no es bailadora
ante una vida de plomo?
La hechura mejor de Dios,
la nata de lo gracioso,
el rey de la torería,
allí se quedó sin trono,
allí se quedó sin forma,
allí perdió su cogollo
con el toril de las venas
medio abierto a sus arroyos.
España, que estaba entonces
pajiza en el abandono
de su sol y de su campo,
se hizo un borrón. Solo lloros
y ayes por todos los pueblos
se oían y terremotos.
Toda la tierra temblaba
de sentimiento y asombro.
Aumentó el Guadalquivir
su volumen caudaloso
con el limón que esgrimían
las sevillanas sin novio.
A mares lloraban todas
cuando el entierro lujoso
pasó y él embalsamado
iba hacia Dios y hacia el foso.
La capa de atorear,
frágil defensa y adorno
airoso de su existencia,
hecha de su muerte apoyo
por cabecera llevaba
para el último reposo.
¡Cuánta corona pusieron
sobre su ataúd precioso!
Hasta el rey rindió la suya
al que era real en todo.
Ante su cuerpo tirados
los claveles luminosos,
se abrían las venas sobre
alamares de sus hombros,
pura transfusión de sangre
pretendiendo generosos,
por ver si lo levantaban
de su lecho mortuorio.
Allá, por el polo norte
del candor, ¡qué puro polo!,
un deshielo de jazmines
le caía silencioso
y las rosas, boquiabiertas,
expiraban como elogios,
como presencias de besos
de muchos labios hermosos
que, no pudiendo sus besos
de verdad dar, por esposos
o galanes le mandaban
sus ejemplos a manojos.
¡Adiós, Joselito el Gallo!
¡Adiós, torero sin otro!
Dejas el ruedo eclipsado
su círculo misterioso
con la soledad del sol
y la soledad del toro.
A todos les viene ancho
aquel anillo sin fondo
que a tu vida se ajustaba
cabal y preciso, como
hecho de encargo por Dios
para tu arte y tu tronco.
UNA NIÑA:
¡Qué romance más bonito!
¿Me lo copias?
EL CIEGO:
Te lo copio,
digo, te lo dicto, y tú
lo trasladas.
UNA NIÑA:
¿Cuándo?
EL CIEGO:
Hermoso
cielo, mañana.
OTRA NIÑA:
Tú dices
que es hermoso cielo, ¿cómo
lo puedes asegurar,
si no lo has visto?
EL CIEGO:
Tampoco
he visto la tierra y creo
que es algo maravilloso:
para ver solo nos basta
creer y yo creo rojo
lo que me dicen que es
y lo que yo me supongo
que puede ser: tengo fe
para ver y veo un poco...
PASTORA:
El ciego con su romance
nos ha puesto melancólicos:
que vuelva el baile y el cante
a su curso y yo a mi gozo.
TODOS:
Que vuelva el baile y el cante.
GABRIELA:
¡Ea, comed!
SOLEDAD:
Bebed, niños.
UN GALÁN:
Lo mismo que dijo Cristo
antes del martirilogio.
(Se vuelve a encender el ascua de entusiasmo que apagó el CIEGO con su guitarra, su voz y su asunto triste.)
UNA NIÑA y SU GALÁN:
(Cantan mientras bailan.)
Una, dos, tres, cuatro, cinco,
una decena, un millar.
Cuentas las estrellas, niña de mi alma,
y siempre las cuentas mal.
Una, dos, tres, cuatro, cinco,
un mil, un millón.
Por más que las cuentes, niña de mis ojos,
siempre serán dos.
UNA NIÑA y SU GALÁN:
(Cantan mientras bailan.)
Quiero que me entierren, niña,
cuando a Dios le dé mi alma,
en un hoyo, en un hoyo:
en un hoyo de tu cara.
En un hoyo de tu cara
para que luego me eches
los dos puñaditos de harina molida
de tus dos manos,
de tus dos nieves.
Escena V
Dichos y JOSÉ, PINTURAS, gente de acompañar todas las desgracias, cuatro enfermeros que traen a FLORES en medio de unos lienzos que asustan de blancos, y el DOCTOR ZUTANO. Se suspende la alegría al verlos entrar y empieza el espanto.
PASTORA:
Ay, mi esposo, lo han matado.
SOLEDAD:
Ay, mi hermano, lo han herido.
GABRIELA:
¿Qué ha sido, José? ¿Qué ha sido?
LA GENTE DE LA BODA A LA DE LA DESGRACIA:
¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado?
EL DOCTOR ZUTANO:
¡Silencio!
(A PASTORA.)
Y hagan un lado
para llegar en seguida
a su habitación.
(A JOSÉ, que le indica adónde han de llevar al postrado.)
Impida
que entren en la habitación,
pues la menor emoción
puede costarle la vida.
(Pasan los cuatro enfermeros y el DOCTOR ZUTANO a lo interior de la casa. JOSÉ se queda en la puerta impidiendo el paso a PASTORA y SOLEDAD, que porfían por entrar, angustiadas; los demás cumplen su misión de mirar el espectáculo como siempre, tontamente emocionados.)
Fase posterior
El mismo sitio anterior.
Escena I
PINTURAS y GABRIELA.
Ella, de riguroso luto, y él, con un brazalete negro en la manga.
PINTURAS:
Iban tras la caja
todos los toreros,
los ojos oscuros
y los trajes negros.
Los niños del barrio
llorando y gimiendo
echaban crespones
sobre sus cabellos.
Cuatro picadores
llevaban el féretro
y con largas cañas
de cirios morenos
como banderillas
sagradas de fuego
quemaban sus manos
los banderilleros.
Un peón de brega
iba por los suelos
como Madalena
llamando al maestro.
Sus bocas de piedra
abrían los ruedos
con las redondeces
de un largo bostezo.
Se le marchitaban
al toro los cuernos
dentro de los patios
y de los chiqueros
como si estuviesen
formados de sebo
y no de marfiles
duros y funestos.
Iba su capote
sin gracia, sin viento,
sin la bizarría
de águila de un tiempo,
sin inflar su lona
de barco velero
manchando de rojos
celestes su cuerpo,
más blanco que el frío,
más frío que enero.
GABRIELA:
¡Ay, Dios, qué desgracia!
PINTURAS:
Maldigan los cielos
al que el botellazo
le dio traicionero.
El brazo que usó
se le quede seco
y el ojo que tuvo
sobre él transpuesto
para disparar
pierda por lo menos
para que le digan
este insulto: tuerto.
GABRIELA:
Cuéntame otra vez
cómo fue el suceso.
PINTURAS:
Fue en el tercer toro:
salió de su encierro
un toro zaíno
en manso berrendo.
Flores no podía
hacer nada bueno
con aquel vacote,
pero los del pueblo
querían por fuerza
que hiciera portentos:
¡Hijo de la gran...!
¡Gandul! ¡Agrio! ¡Puerco!
¡Arrímate más,
que te come el miedo
y no el toro, anda!
¡Acércate al pecho
el pitón, que es donde
mamas los dineros!
¡Granuja! ¡Cochino!
¡Todo era improperios!
Pero no: de pronto
brilló algo en el viento
que le dejó el cráneo
a Flores abierto.
Tal fue el botellazo
que cayó al momento
Flores desmayado.
Y sin que pudiéramos
evitarlo, el toro
lo cogió ligero
y tras cornearlo
no sé si una o ciento
de veces, a lo alto
lo mandó de vuelo
como inobediente
a la ley del peso
que manda que no
vuele sino aquello
de condición leve
como el jilguero.
GABRIELA:
¿Verdad que es mentira
(no puedo creerlo)
que mi José pudo
salvar a mi yerno
y no quiso?
PINTURAS:
Mira,
Gabriela, de eso
no hablemos: me irrito.
Cada vez que pienso
que dice la gente
tan gran vilipendio
de José. La cosa
no tuvo remedio...
Es verdad que estaba
José cerca, es cierto...
Hizo lo que pudo
cuanto antes, viendo
lo que sucedía,
cuando ya era un hecho
la desgracia que
provocó el perro
que lanzó el cristal.
La mano escondida:
ese fue el culpable.
GABRIELA:
Así yo lo creo.
PINTURAS:
Y así todo el mundo
tiene que creerlo,
porque así es verdad.
GABRIELA:
Ay, Pinturas, pienso
que no... Soledad
y Pastora al menos
no lo creen, lo sé,
aunque en su silencio
doloroso nada
digan nunca... Pero
el desvío con que
a mi José veo
mirar a la novia,
la rabia que dentro
de los ojos de
mi Pastora advierto
me hacen presumir
que creen que, en efecto,
José es el culpable,
de que él haya muerto.
EL CIEGO:
(En la calle.)
Oídme la letrilla
que ayer he compuesto
a la muerte de
Flores el torero.
PINTURAS:
Calle, a ver por dónde
amanece el ciego.
(Se acercan a la reja y miran hacia la calle.)
EL CIEGO:
(Canta acompañado de su guitarra, tarabilla musical.)
No me mató el toro,
¡ay, triste de mí!
Me mató la envidia
negra y carmesí:
me vio entre los cuernos
y no quiso ir
a salvar mi vida
de aquel frenesí
porque ejecutaba
yo mejor que él
la suerte más bella,
la del volapié.
¿Hay, señores míos,
quien quiere saber
cómo se apellida
la envidia? ¡José!
PINTURAS:
Vete de aquí pronto,
ciego romancero.
GABRIELA:
¡Ay, Señor Dios mío,
lo que va diciendo!
PINTURAS:
Vete, si no quieres
que salga a tu encuentro
y te rompa dientes,
narices y pliegos.
Calle ese romance
que has sacado nuevo.
Calla esa mentira...
o no me contengo
y desde ese punto
vas al cementerio.
EL CIEGO:
(Asustado, se va.)
Adiós, no sabía
que estabais oyendo.
GABRIELA:
¡Cuántos rejalgares,
cuántos sufrimientos!
(Pasa por la calle un hombre cantando por lo hondo.)
HOMBRE:
Su mismo cuñado fue
quien permitió su desgracia;
se cree sol, y no quería
que otro mayor lo eclipsara.
PINTURAS:
¡Mentira!, ¡mentira!
HOMBRE:
(Deteniéndose.)
¿Es mentira? ¡Bueno!
(Vase.)
GABRIELA:
Ay, Pinturas, todos
lo que no creemos
ni tú ni yo afirman
cantando y riendo.
UNA RONDA DE NIÑAS EN LA CALLE:
Reciencasadito
se fue a la plaza,
pin, pon, fuera,
se fue a la plaza.
Allí cayó herido
de muerte mortal,
pin, pon, fuera,
de muerte mortal.
¿Quién tuvo la culpa?
me preguntarán,
pin, pon, fuera,
me preguntarán.
Su cuñado, niña,
que estaba cercá,
pin, pon, fuera,
que estaba cercá.
PINTURAS:
Niñas, a otro lado,
que en este hay enfermos.
(Se van las niñas gritando y burlándose de PINTURAS.)
GABRIELA:
Hasta los chiquillos
cantan en sus juegos
la desgracia aquella.
PINTURAS:
Y hasta los pequeños
mienten cuando cantan.
GABRIELA:
¡Ay, qué sentimiento!
¿Sabrá mi José
lo que van diciendo
falso todos de él?
Escena II
Los mismos y JOSÉ, que entra y oye la pregunta de su madre.
JOSÉ:
Oigo, callo y peno.
GABRIELA:
¡Hijo de mi alma!
JOSÉ:
Madre, ¡qué tormento!
de vida, ¡qué vida
de morirme llevo!
¿Cómo puede nadie
creer en mí tan negros
instintos, tan duro
corazón, tan fiero
que a mi mismo hermano
mirara contento
cuando lo pasaban
los cuernos aviesos?
¿Qué tigre soy yo?
¿Qué león hambriento?
¿Qué gato sin madre
criado en el seno
de la sierra brava
con cardo y romero?
¿Tan piedra me hacen?
¿Tan duro parezco?
Hice lo que pude
en aquel sangriento
drama... Fui al quite
valiente y sereno,
pero el toro estaba
cebado en su cuerpo
y ya no se iba
comunista obrero
al partido rojo
que de manifiesto
le puse mil veces
delante del belfo.
Veía lo que era
mentira y lo cierto,
veía la burla
y lo verdadero,
aquel toro manso
tenía pensamiento,
razonaba mucho
más que los maestros
y hasta que no vio
a Flores ya quieto
no acudió a la capa
ni al requerimiento.
¿Por qué, no me explico,
por qué el rumoreo
triste de que yo
tuve culpa en esto?
Todo son corrillos,
alusiones, gestos,
al suceso que
no tuvo remedio.
En mi misma casa,
sí, madre, aquí dentro
todo son desvíos,
todo son desprecios
de mi hermana y de
la mujer que quiero.
No puede seguir
esto así: no puedo
vivir de este modo
tan triste y estrecho.
Me ahoga esta vida
que es casi el infierno.
PINTURAS:
Ten valor, José.
GABRIELA:
Nosotros haremos
que tu hermana y ella
caigan de su yerro.
Ven al patio, anda.
PINTURAS:
¿Vienes?
JOSÉ:
No. Me quedo.
Dejadme aquí solo
con mis pensamientos.
(Se van GABRIELA y PINTURAS. JOSÉ queda como un alma en pena, mustio y cabizbajo.)
Escena III
JOSÉ, y SOLEDAD y GABRIELA de luto y con mantilla por todo el rostro. Los negros recamados filtran sus ojos con una luz de melancolía.
JOSÉ:
¡Soledad! ¡Pastora! ¡Hermana!
¡Niña! ¿De dónde venís?
PASTORA:
De la iglesia de San Luis
de orar.
JOSÉ:
¿Tan por la mañana
os fuisteis?
PASTORA:
Sí, con la aurora
apenas saliendo.
JOSÉ:
¡Digo!
¿Y no contasteis conmigo
para ir yo también, Pastora?
PASTORA:
¿Tú a orar?
JOSÉ:
Sí.
PASTORA:
¿Pero es cierto?
¿Te me has vuelto tan devoto?
JOSÉ:
Sí, tengo en el alma un roto
y orar me alivia.
PASTORA:
Era al muerto
al que tenías que orar
si ibas con nosotras.
JOSÉ:
Ora
por tu marido, Pastora,
mi pecho siempre.
SOLEDAD:
Ejemplar
manera de obrar.
JOSÉ:
¿Qué quieres
decir, Soledad?
SOLEDAD:
¿Yo? Nada.
Hablar por hablar; forzada
condición de las mujeres.
JOSÉ:
No, déjate la ironía
para mejor ocasión,
mujer, que esa condición
ni lo es tuya, ni lo es mía.
Decidme las cosas claras
de una vez; me atormenta
ver que cada día aumenta
el rencor en vuestras caras
y quiero saber si va
eso contra mí.
(A SOLEDAD.)
¿Por qué
rehúyes a tu José
en cuanto a tu vera está?
¿No sabes que es mi destino
como el del toro a la capa
ir a ti?
SOLEDAD:
Pues si te atrapa
no salgas a su camino.
PASTORA:
Ponte, que puede cogerte,
al lado de la barrera.
JOSÉ:
(A SOLEDAD.)
Si junto a ti me cogiera,
Soledad, ¡qué dulce muerte!
SOLEDAD:
No te echaría una mano
que evitara el trance yo.
PASTORA:
Ni yo tampoco.
JOSÉ:
¿Que no?
SOLEDAD:
Quien no se la echó a mi hermano
dando de cobarde indicio,
pudiendo salvar su vida,
¿merece de mí acogida
si yo no sé de su oficio?
JOSÉ:
Es por lo de aquel suceso
todo el rencor, ¿no es verdad?
Di, Pastora, Soledad.
PASTORA:
¡Sí, por eso!
SOLEDAD:
¡Sí, por eso!
PASTORA:
Tú me has dejado viuda
apenas era casada.
SOLEDAD:
Tú me has hecho desgraciada,
¡tú!
JOSÉ:
¿Yo he sido?
PASTORA:
¿Quién lo duda?
SOLEDAD:
Tú me has desgarrado el pecho.
PASTORA:
Tú el alma me has destrozado.
SOLEDAD:
Tú has cometido el pecado.
PASTORA:
¡Tú lo has hecho!
SOLEDAD:
Tú lo has hecho.
PASTORA:
Vete de aquí, que eres peste
de mi casa.
SOLEDAD:
Oíd, señores:
este acabó mis amores.
PASTORA:
Este ha sido.
SOLEDAD:
Este. Este.
Tú has sembrado el desconcierto
en mi vida: tú, tú has sido.
PASTORA:
Tú me has robado un marido.
SOLEDAD:
Tú lo has muerto.
PASTORA:
Tú lo has muerto.
SOLEDAD:
¡Caín!
PASTORA:
¡Granuja!
SOLEDAD:
¡Serpiente!
PASTORA:
¡De rabia mi pecho arde!
SOLEDAD:
Tú, ¿el torero más cobarde,
el torero más valiente?
Ja, ja, ja. ¡Qué risa de ira!
¿En dónde está tu valor?
¡Ay mi hermano!
PASTORA:
¡Ay mi amor!
SOLEDAD:
¿Que eres valiente? Mentira.
PASTORA:
Vete de aquí, si no quieres
que te corramos las dos.
Escena IV
Dichos y GABRIELA y PINTURAS, que salen al alboroto.
GABRIELA:
Hijo mío, no, por Dios.
¿Qué estáis diciendo, mujeres?
Mentís si le habéis culpado
creyendo aquel desatino.
José no es un asesino,
mi José es un desgraciado.
Acto III
Fase anterior
En la antigua botillería y café de Pombo: el lugar de la tertulia ramoniana.
Escena I
RAMÓN, BERGAMÍN, un CRÍTICO, un GANADERO, varios TERTULIANOS.
RAMÓN:
Yo pondría al torero
corona y no coleta: es sacerdote
que oficia para Dios; le ayuda un fiero
monago y el creyente
con manípulo rojo del capote.
GANADERO:
Y, digan ¿qué torero es más valiente
de todos los toreros de hoy en día?
CRÍTICO:
Creo indudablemente
que el que más es Ortega
en la actual torería.
UN TERTULIANO:
Nadie como él se pega
a los toros.
OTRO TERTULIANO:
No diga, que Lalanda
sabe jugarse el todo en cada brega
y además templar tanto; guía y manda
con la izquierda, la mano
del puro natural.
UN TERTULIANO:
El toledano
hace todo eso y además remata
la artística faena
de un modo tan certero
que el toro se derriba con la plata
dañina de su acero
matado de una vez sobre la arena.
BERGAMÍN:
Yo creo que el torero
más valiente en el coso...
GANADERO:
¿Quién es? ¿Un Bienvenida?
BERGAMÍN:
Quien es en su interior más temeroso
y el temor disimula en la corrida.
Quien expone la vida
sabiendo que la expone. Es el toreo
un arte muy cristiano,
muy católico hispano
arte de burlas y de veras. Creo
que al trágico recreo
más que reino, credo yo dijera,
toda España debiera
ir a aprender desde la gradería,
puesta en práctica alegre la teoría
de una palpable y ejemplar manera,
un curso de sagrada teología.
El torero mejor, de más valía,
es el de más valor; y el más valiente
es aquel que trabaja
mirando al cielo, a Dios, y no a la gente
y piensa en él después de su mortaja;
es el que tiene miedo y va a la fiera,
al peligro mortal que le amenaza,
temiendo por dedentro y por defuera,
llenando de valor toda la plaza,
de un valor que es la esencia
de los demás valores,
compuesto de cuidado y de prudencia,
de arrojos y temores.
Es un valor que crea
en el juego divino de los ruedos
la inminencia de sangre en la pelea
con la materia misma de los miedos.
José es el exponente,
el ejemplo mayor de lo que digo.
GANADERO:
¿José es el más valiente?
BERGAMÍN:
Sí, en el sentido en que lo entiendo, amigo.
Valiente verdadero
es, más que quien lo es, quien lo parece:
quien teme y va al peligro
con serena quietud
que por dedentro se estremece.
Cuando José, en la plaza que se llena
del silencio de muerte más augusto
contempla abrir la luz, la plena sombra
cerrada del portón del susto,
se dice con temor, y no retrata
el temor en su rostro más ligero,
no como otro torero:
«A ver si el toro hoy me coge y mata»;
que él dice: «A ver si hoy, Dios, me toca y muero».
Y en la playa de Dios, clara y serena,
rascada por el toro a lo iracundo,
sale José de luces que dan pena
temiendo valeroso en la faena
y viéndose acechado en su profundo
temor por tres potencias corporales:
demonio, carne y mundo.
El temor no es temor, y este torero
gracioso, lento, leve
quieto como la nieve
que está temblando en su interior de enero
a la verdad con la mentira juega
y con la capa, que todo lo tapa
menos el toro, hace que en el mapa
taurino de la brega
vaya quien lo destapa
haciendo honores rojos a su vida
ya de capa caída.
Miradlo: qué ceñida
a la del toro pone su existencia
como eje de la muerte,
Dios alrededor, circunferencia.
Miradlo: cómo pisa recio, fuerte,
los dominios fatales, los terrenos
de la muerte, de mármol elegante,
para salir, los cuernos de aire llenos
y la vida con vida a cada instante.
Forman unos conjuntos
la vida con la muerte de arte fino
sobre un sangriento lodo
y logra humanamente en todos puntos,
cada conjunto, un todo
de Dios bello y divino.
La gracia está en funciones,
en gracia y en activo el movimiento:
en qué comprometidas situaciones
la ve en cada momento
la ventruda y callada concurrencia.
..........................................................
BERGAMÍN:
Pero, torero, dime: si no expones
la vida, ¿quién sabrá de tu existencia?
Si vives de milagro, solo de eso
vive todo, por más que no lo quiera
con la pura verdad del puro hueso
y al fin, de pura realidad, se muera.
O atropellas al toro con tu vida
o él a ti en su embestida, aunque lo esquives,
con su cabeza umbría te atropella.
Una de dos: o matas o no vives,
y se eterniza ella.
RAMÓN:
Hay que estar siempre en vilo
como el torero, ¿no?, lleva colgada
siempre el alma en un hilo
a punto de matar de una estocada
a la muerte bravía
o morir de una trágica cornada
con Dios delante y a su lado el día.
BERGAMÍN:
¿Qué mejor agonía?
CRÍTICO:
A propósito: creo
habéis sabido de alguien que se aleja
José por siempre de los redondeles.
RAMÓN:
Perderá su aire místico el toreo,
se quedará la luz un poco vieja
y un mucho deslucidos los carteles.
Esa luz española,
que se pone más brava que un miura
al pie de los toriles,
astilarga, bragada, fuerte y sola,
cuyo calor procura
derretir las cerriles
defensas de los toros en el viento,
expresión asesina de su intento
de promesa de males,
mustíadas como dos cirios pascuales
las navajas taurinas.
CRÍTICO:
Yo, la verdad, lo siento.
José huyó las rutinas
de los demás toreros en la plaza.
Con su figura y sus maneras finas
y un rostro de aceituna con canela
era el torero clásico de raza
que al par creaba un arte y una escuela.
RAMÓN:
José, con su estatura
de chopo abierto por el cielo y seco,
es la articulación de la pintura
de Dominico Greco.
CRÍTICO:
La nata de mi pluma criticona
a él se la concedí desde la prensa.
UN TERTULIANO:
¿Es cierto?
OTRO:
¿Pero es cierto que abandona
José los ruedos?
OTRO:
Cierto.
UN TERTULIANO:
¿Y a qué piensa
dedicarse el torero que ha causado
la emoción a mi vida más intensa?
RAMÓN:
Tal vez, tal vez a fraile o a casado.
GANADERO:
¿Será posible que haya abandonado
su gloriosa campaña
y caiga de tan triste y pobre suerte
en monje o en marido?
BERGAMÍN:
Así es España:
o amor o religión; o vida o muerte.
GANADERO:
Huyendo de los cuernos, si se casa
dará en ellos. Y no os cause sorpresa
si un día lo veis como una res no escasa
de cuerna pasturando en mi dehesa.
CRÍTICO:
Desde la muerte del torero Flores,
su cuñado de un día
no ha vuelto a torear.
UN TERTULIANO:
Según rumores,
está comido de melancolía,
devorado de amores:
lo culpan de la muerte del cuñado
la esposa y una hermana
por la que está perdido enamorado.
OTRO:
Y la gente también: esta mañana
he oído yo unos cantos populares
alusivos al caso, y tristemente
he visto que lo llenan de pesares,
malparando su fama de valiente.
BERGAMÍN:
La gente no es el pueblo. Y este sabe
que José hubiera dado
su vida en aquel trance triste y grave
por la de su cuñado.
La gente fue, y la mano de la gente,
que no de Dios, del pueblo el justo brazo,
la que arrojó a la frente
del torero el tremendo botellazo.
Y la copla que nace venenosa
de un suceso tan claro y tan sencillo
no puede ser, amigos, otra cosa
que un falso testimonio de organillo.
Escena II
Dichos y PINTURAS, que oye emocionado las últimas palabras de BERGAMÍN.
PINTURAS:
Tienes razón.
UN TERTULIANO:
Que es lo mismo
que estar chalado.
RAMÓN:
¡Hombre, hombre!
¡Aquí está Júpiter!
PINTURAS:
¿Qué
insulto me da por mote?
No me ponga usté, Ramón,
nombres que no entiendo, nombres
que son líos, que los líos
no son buenos para un pobre
como yo; son para ricos
y para procuradores.
Llámeme sencillamente
Pinturas, mozo de estoques
de José.
RAMÓN:
Pues del oficio
te he sacado el sobrenombre
jupiterino.
PINTURAS:
¿Cómo?
RAMÓN:
Como el mayor de los dioses
vibras rayos.
PINTURAS:
Son espadas
solamente.
RAMÓN:
No le estorbas
el curso a imagen: llevas
la muerte en tu seno...
PINTURAS:
¿Dónde?
RAMÓN:
... la muerte para la muerte.
PINTURAS:
¿No es para los matadores?
RAMÓN:
¿Por qué no has sido torero
tú, Pinturas?
PINTURAS:
Porque..., porque
yo no nací para echar
mentiras con el capote
a los inocentes toros:
yo soy demasiado noble.
Me faltaba vocación,
facha, valentía, porte,
genio y figura. Mi padre
un bruto de los mayores
(y que perdone el piropo,
que aún le favorece enorme).
Quería hacerme por fuerza
torero: a palos y a golpes.
Si el cuerpo lo hiciera Dios
como el de los caracoles,
de carne de acordeón,
que apenas apunta el brote
directo al sol, si lo tocas,
el muy sensible se esconde,
sería torero yo
de los de rásgate y rómpete.
Cada vez que había corrida
allá por mis aragones
tenía que echarme al ruedo
yo tan miedoso y tan joven
si no quería después,
cuando llegara la noche,
que mi cara resonara
como un tamboril de azotes.
Siendo mis ancas el parche
y una estaca los redobles.
Qué gozo el de aquel tío burro
(que en paz y en gloria repose)
cuando iba un guardia a mi casa
a cobrar un buen escote
de multa por arrojarme
ante los cuernos feroces
o a llevarme a hacer compaña
a la sombra y los ratones
del calabozo. Me echaba
las manos sobre el cogote,
me besaba, me abrazaba
y me hacía mil visiones
alegres, diciendo a todos
los vecinos y amigotes:
«¡Ya tengo un hijo torero
que vale por cien leones!».
Pero era pedir al olmo
manzanas y albaricoques
pedirme mi padre a mí
el valor y los riñones
que a él le habían faltado
para tomar mis funciones.
Era razonar por pies
querer meterme a empujones,
al ruedo que él contemplaba
entre los espectadores.
Si el padre no da el ejemplo
y solo palos y voces,
no es padre, que es un tirano
muy digno, sí, del garrote.
Él me empujaba mientras huía
del sitio donde me pone.
-Siempre estás entre las tablas,
me decía entre otras flores.
Para usarlas son... -Mas no
con tanta frecuencia, torpe.
-¿Qué gano con exponerme?
y ¿por qué tú no te expones?
Luce tú tu valentía
mientras yo mis temores.
No pudo conmigo; nadie
puede con nadie, aunque obre
crudamente, si antes no hace nadie
lo que a nadie impone.
Me quedé en nadie por fin
entre nadies de peones,
nadies de arrear caballos
y nadies de picadores.
Soy cero a la izquierda: nada
y aún serán mis actuaciones
más de nadie, si José,
como parece, no coge
el capote más.
GANADERO:
¿Es cierto
que se nos va a meter monje?
PINTURAS:
No sé, pero me parece
que si hábito no se pone,
traje de luces tampoco.
RAMÓN:
Nos va a parecer de noche
José, sin el mediodía
de su taurino uniforme
que un bello caimán lo hacía
de rizos y resplandores
o un lagarto vertical
todo lleno de faroles...
Pero aquí llega José.
Escena III
Dichos y JOSÉ.
CRÍTICO:
¿Es cierto que deja, diga,
los toros?
(Afirma JOSÉ.)
GANADERO:
¿Por qué?
JOSÉ:
Fatiga...
Desgana... Yo no sé qué...
TERTULIANO:
¿No será miedo?
(A otro.)
CRÍTICO:
¿Podrá
anunciar mi pobre prosa
su decisión dolorosa
para el que adora el toreo?
JOSÉ:
Hágalo. Pero no creo
tan importante la cosa
que se ponga la noticia
en la prensa. Justamente
lo sería por valiente
y por miedo la malicia
tomará mi gesto.
BERGAMÍN:
Oficia
por más tiempo en el altar
de la plaza, y si oficiar
no quieres ya para el suelo,
para Dios y para el cielo
no dejes de torear.
RAMÓN:
Sol de relumbres morenos,
si dejas cielos taurinos
mil planetas femeninos
cuánto te echarán de menos.
De tu resplandor ajenos
se morirán de desidia
tus cuadrilleros, envidia
de los toreros, atentos
a todos tus movimientos,
satélites de la lidia.
La plaza ya no se hará
eco de tu valentía:
la luz quedará vacía
sin tu concurrencia ya.
El pañuelo no oxeará
el aire con su guedeja
de nieve asible que deja
mocos en la luz, pidiendo
su blancura del berrendo
rabos para ti y oreja.
GANADERO:
No te vayas.
UN TERTULIANO:
No te vayas.
PINTURAS:
Los ayeres no le apenan.
RAMÓN:
¡Qué plenilunios de arenas
dejas muriendo en sus playas!
¡Cuántos círculos y rayas
de valles y graderío
van a quedar sin tu brío
que los colmaba de gozo
como la nube y el pozo
colmándose de vacío!
GANADERO:
Mira, José, que si de esa
resolución tuya un día
sabe mi ganadería
no saldrá de la dehesa,
y la punta rabitiesa
de su cuerpo inmarchitable
marchita ya sin que lo hable
pedirá solo postura,
ya que eres de su bravura
el único responsable.
CRÍTICO:
Si no vuelves más al coso,
tú el torero más torero,
se quedará mi tintero
rebosando un luto ocioso.
Mi pluma en paro forzoso
esperará a que tú abras
la capa con la que labras
tu gloria y la luz se pinta,
para chuparle a la tinta
la sangre de las palabras.
JOSÉ:
No quiero toros. No quiero
jugar y perder la vida.
No quiero burlar que pida
burlador y burladero.
No soy como fui torero:
por temor. Sabedlo, sí,
ni soy valiente; sufrí
ante el toro y en el ruedo,
la máscara de mi miedo
era el valor que fingí.
Yo salía al encuentro
a la despiadada fiera
casi inmóvil por defuera
y temblando por dedentro.
Yo me llevaba hasta el centro
de la plaza el cornalón
y puesto en la situación
de esperar una cornada
iba a matar con la espada
y a morir con la intención.
Yo pedía soledad
en la arena a los peones
mientras sus intervenciones
eran sin mi voluntad.
Yo era la temeridad
misma, gozoso y luciente,
y no veía la gente
debajo de mi reposo
un temor de ser miedoso
y un miedo de ser valiente.
Yo no medía el intento
del toro a mi inteligencia,
pero solo en la apariencia
aparecía en el viento
el propósito sangriento
de su sombra ante mi luz,
expresado en el testuz
con un gesto de marfil
daba la cara gentil
por que no viera la cruz.
Que lo sepa todo el mundo:
deja de acudir al coso
el valiente por miedoso.
BERGAMÍN:
¿Qué es valor? Miedo profundo
al ridículo. Yo fundo
tu valor que piensa y siente
sobre el valor inconsciente
que es brutalidad del ruedo;
has confesado tu miedo:
ya eres dos veces valiente.
.............................................
A pie plantado de estatua
con un desplante estatuario,
a pie, pura luz y espera,
hecho de miedo y de mármol.
Abierto el ruedo cerrado,
reina un silencio de muerte
dentro del chiquero largo
que es un rugido de vida
¡ay! con qué angustia escuchado.
Muerte de funestos huesos
que pecan de mondos y altos
y únicamente se nutren
de gallardías y espacios:
para cebarse en las nadas
y encarnizarse en los algos.
¿Quedará? en los puros huesos
el que a ellos se ha dedicado.
Canta fatal el clarín
su verdad de Dios y gallo.
Burlador donjuán del ruedo,
mira no quedes burlado.
-¡Que salga! el toro...
-¡Que sale!
Y dando ocasión al pasmo,
vida al estremecimiento
y a los corazones pánico,
sale el toro, muerte astada,
dispuesto a ser lo contrario.
¿Cómo te las compondrás
para salir de este paso?
Tu valor que no es valor,
que es más que valor de majo,
porque es un disfraz del miedo
y es un miedo temerario,
calladamente sereno
se anima, se va animando.
¡Anda! cancela la muerte,
enguízcala con la mano,
con la sangre, que la muerte
se va tras lo colorado
engañada, seducida,
con el cuerno aficionado
por la burla, y tú te quedas
mortalmente eternizado.
Ten el valor de tu miedo,
juega al pie, florea el paso,
bromea contigo y haz
burla de tu sobresalto.
No te apoques, no te apoques,
que se aprenderá tu espanto.
Cuando ella andare, tú quieto;
cuando ella quieta, tú andando.
Sangre fría, sangre fría
tienes tú que demostrarnos,
sangre de muerto por fuera,
y dentro el alma quemando.
Que no te atortole nada.
Mira que estás inundado
de ojos, de envidia, de sol
y sombra, de oro y pecados.
No te fijes en ninguno,
no hagas a ninguno caso.
La vanidad no ha de ser
tu espejo ni tu retrato.
Tras el aplauso, ¿qué hay?,
una injuria con agravios.
¿Y tras la injuria? y la palma:
la mano del botellazo.
Una distracción del todo
por una atención de un palco,
por un deseo, pudiera
costarte bastante y caro
y mirar turbio al tendido
y no ver el ruedo claro,
en donde está Dios, que, anillo
perfecto, te pondrá en salvo.
¿Te viene estrecha? la vida
en un anillo tan ancho...
Ay, no le distraigáis,
deseos, bandidos, falsos.
No le entretengáis la muerte
pesares, capas, obstáculos.
Dejad que lidien los dos
cara a cara, mano a mano.
En el ruedo: ahí se quedaron
invitada e invitado.
Y Dios con su salvavidas
alrededor, esperando...
El torero más valiente
no es el torero más bravo,
sino el que tiene más miedo
y sabe disimularlo.
Huir del toro no es huir
del toro, que es esquivarlo;
que es usar el burladero,
burla llevada al cuadrángulo,
la tabla de salvación
de lo divino y lo humano.
Fuera, fuera, aliviadores.
Picador, éntrate al patio
muy quijote en tu lanzón,
muy jinete en tu caballo.
El toro no te hace nada,
torero, polvo si acaso.
Es Dios, el que lo hace todo,
el que te hizo y te hará algo.
Fase interior
El lugar de siempre en casa de JOSÉ.
Escena I
GABRIELA, PASTORA; la una cose y la otra riega las macetas.
GABRIELA:
Tú lo has comprendido
y ella no, hija mía,
ella cree aún lo otro,
como el primer día.
Sigue ante José
de piedra bravía
y José se muere
de melancolía.
Si de aquí se fuera
mejor estaría:
ni él la viera a ella
ni ella lo vería
y ni una ni otro,
con la lejanía
de las dos personas
alimentaría,
él, ese amor ciego,
y ella esa ira impía;
él, esos pesares
que son mi agonía
y ella esos rencores
de hiena con cría.
PASTORA:
(Contestando triste mientras riega.)
La flor sin el agua
muere de sequía.
Así una casada
sin su amor moría.
La fruta sin polen
resulta baldía.
Así una casada
estéril gemía.
El surco sin grano,
¡ay!, ¿quién lo querría?
Así una casada
surco parecía
sin siembra de grano
de noche y de día.
Sin compaña, sola,
¿qué paloma cría?
Así una casada
con su vera fría.
Senda que no lleva
a aldea o masía,
¿con qué objeto sale
a la pradería?
Así una casada
sin hombre de hombría.
Pues flor y paloma,
surco, fruta y vía
necesitan todas
de una compañía,
de fuentes de grano,
de polen, de guía,
de pluma amorosa,
de amor que no hastía,
como la casada
de noche y de día.
GABRIELA:
No cantes, Pastora.
PASTORA:
Canto, madre mía,
por ver si acompaño
con la cantoría
esta pena, esta
soledad sombría
de mi alma y mi casa
sin amor vacía.
GABRIELA:
¡Válgame el Señor!
(¿Quién no lloraría?)
Escena II
Dichos y PINTURAS.
PINTURAS:
¿Está regando Pastora
las flores de su vergel,
orgullo de ella y de él
la más singular aurora?
PASTORA:
Mira, no me digas flores
ni mudos gestos me hagas,
que me remueves las llagas
de mis perdidos amores.
PINTURAS:
Mire usté, la triste amiga,
que porque perdió su amor
está regando una flor
sin querer que se la diga.
Otro amor vendrá, Pastora,
de un hato oscuro de penas,
y hará de luces serenas
las negras sombras de ahora.
Déjame entretanto a mí
que te diga en tu vergel
que está poniendo el clavel
con sus corales allí
al viento sangrientas bocas.
Y si hueles los claveles
bigotes cuando los hueles
de hermosura te colocas,
si puede a las hermosuras
agregarles aún más.
PASTORA:
Bueno, ¿cuándo callarás?
(Se va hacia dentro.)
PINTURAS:
Cuando tú hables.
GABRIELA:
¡Pinturas!
PINTURAS:
Si fueras al redondel,
Pastora de la hermosura,
engañabas a un miura
con lo rojo del clavel,
ese que luce sin par
entre una mata de trigo,
ya que, galante contigo,
se dejaría engañar.
GABRIELA:
¡Pinturas!
PINTURAS:
¿Me quieres?
GABRIELA:
Mudo.
PINTURAS:
No puedo.
GABRIELA:
Pues di.
PINTURAS:
Diré.
GABRIELA:
¿Es de verdad que José
vuelve a torear?
PINTURAS:
Lo dudo.
Más que dudar: no lo creo.
GABRIELA:
Y a mí me da el corazón
que sí.
PINTURAS:
Su resolución
de no volver al toreo
la anunció ayer ante un grupo
de amigos de mucho bombo
en la tertulia de Pombo
entre los que a mí me cupo
la suerte de hallarme. No;
José no vuelve; lo dijo
tan resuelto, que a su hijo
no doy un acero yo.
Tendrá que buscar quehacer
en otra parte... Me apena,
la verdad: no veo la arena
que siempre he querido ver
detrás de las vallas. Sí:
he de volver, yo no puedo
dejarlo, a pisar el ruedo...
cuando el toro no esté allí.
GABRIELA:
¿Y a qué se dedicará
ahora, si ya no es torero
mi José?
PINTURAS:
¿A qué? Pues a obrero
sin trabajo: a lo que está
dedicada media España.
GABRIELA:
¿Veré a José por el suelo,
pidiendo con un pañuelo
el pan diario?
PINTURAS:
¿Se extraña?
GABRIELA:
No es posible.
PINTURAS:
Es un negocio,
y yo se lo propondré.
GABRIELA:
Pinturas, mi hijo José
no sabe vivir del ocio:
volverá a ser lo que era
cuando cayó ante el toril.
PINTURAS:
¿Qué era entonces?
GABRIELA:
Albañil.
PINTURAS:
¡Penosa y alta carrera!
Para comer un bocado
ayer malo y hoy peor
y estar, gatito en amor,
siempre encima del tejado
expuesto no a una cornada,
muerte, al fin, bella y sin tacha,
sino a extraviar su facha
debajo de una fachada
para pasar a la historia
sin ruido como la arena...
GABRIELA:
Ahí se expone sin pena...
PINTURAS:
Porque se expone sin gloria.
GABRIELA:
Sé que peligra en lo alto,
pero no con tal exceso
como antes.
PINTURAS:
Total, un hueso
que se rompe en el asfalto
urbano en una caída:
una pierna.
GABRIELA:
Cállate.
¡Ay Dios! ¿Cuándo dejaré
de temer yo por su vida?
Escena III
Dichos y JOSÉ por la puerta de la calle.
JOSÉ:
Madre, ¿y Soledad? ¿No vino
aún?, ¿a dónde se fue?
GABRIELA:
A sus bordados, José.
Se pasa el día en el lino
poniendo flores sin cera,
sin olor, ni miel, ni peso.
JOSÉ:
(Solo le faltaba eso
para ser la Primavera.)
Entonces, déjame entrar
un momento...
PINTURAS:
Sí, hombre, sí.
JOSÉ:
Necesito hablar aquí
a solas con Soledad.
(Se van GABRIELA y PINTURAS.)
Escena IV
JOSÉ y en seguida SOLEDAD, que va a pasar sin mirar a JOSÉ al interior.
JOSÉ:
Soledad, espera.
SOLEDAD:
Estoy
desesperada, y no vengo
a esperar.
JOSÉ:
Soledad, tengo
que hablarte mucho y me voy
si tú esperarte no quieres,
a desesperar también.
Ten paciencia, niña, ten
paciencia y no desesperes.
SOLEDAD:
Si me mata tu presencia,
¿cómo pide tu pasión
a mi desesperación
lo que no tengo: paciencia?
Vete, y deja a mi amargura
vivir con tranquilidad.
JOSÉ:
¿Cómo podré, Soledad,
si me imanta tu hermosura?
Si hacia ti más me arremete
el brío de tu desdén,
como si dijeran: ven
tus labios en vez de: vete.
Si aunque me fuera, mi amor
que me puede y me atropella
se iría tras de tu huella
por el aire de tu olor.
SOLEDAD:
Ni a sol ni a sombra me dejas.
JOSÉ:
No olvides que fui torero...
y a sol y a sombra te quiero,
Soledad, ¿de qué te quejas?
SOLEDAD:
De que me sigas.
JOSÉ:
¿De qué?
SOLEDAD:
De que me mires.
JOSÉ:
¿Hay más?
SOLEDAD:
¡De que me ames!
JOSÉ:
¿Querrás
lo contrario?
SOLEDAD:
Sí, José.
JOSÉ:
¡No puedo hacer tanta cosa!:
pues ¿qué culpa tiene, di,
este pobre yo de mí
de que seas morena hermosa?
Por fuerza, de tus serenos
rayos seré girasol,
que, como soy español,
tengo los gustos morenos.
¿Quieres que no llegue a verte?
Déjame ciego. Mas, noto,
que aun ciego, ciego remoto
te vería hasta la muerte.
¿Cómo no amar con excesos
la sangre que late en ti
si desde que yo nací
mi carne está por tus huesos?
Te seguiré: es mi destino
seguirte aun fuera del mapa
como la furia a la capa
y como el paso al camino.
Igual que el pez al anzuelo
y la corriente al remanso.
¿Por qué no tendré descanso
a la sombra de tu pelo?
Te miraré, te querré
mientras la sangre me enrede,
mientras a la tierra quede
un poquito de José.
SOLEDAD:
Pues mientras me queden venas
he de oponer a tu amor
resistencias de rencor
alimentado con penas.
JOSÉ:
Soy raíz que el tallo guía
el amor de la humedad,
Soledad.
SOLEDAD:
Soy Soledad
que no admite compañía.
JOSÉ:
¡Ay mi Soledad de rosas
y jazmines... y crueldades...,
si todas las soledades
fueran como tú de hermosas!
Soledad, deja esa saña
por este cariño que
no me deja solo: sé
soledad con mi compaña.
Para que te habite un hombre:
yo, soledad española,
te hizo Dios. ¿No ves que sola
estás dentro de tu nombre?
Soledad, haz mi fortuna
deponiendo tu crueldad.
Deja que mi soledad
a tu soledad se una.
SOLEDAD:
No quiero.
JOSÉ:
Es que junto a ti
soy un hombre puro y neto,
me siento el varón completo
que hasta que te hallé no fui.
Te necesito, mujer,
soy ciego y quiero cayada,
corriente quiero beber.
Y frutal en absoluto
lleno soy, que sufre y suda
porque le pongas la ayuda
en donde apoyar su fruto.
SOLEDAD:
Camina, apóyate, bebe
lejos de mi corazón.
JOSÉ:
¿Es el polo tu nación?
¿Es tu ascendencia la nieve?
SOLEDAD:
¿Eso parezco?
JOSÉ:
Al anhelo
del amante pecho mío,
pareces novia del frío
en tu obstinación de hielo.
Y mis imaginaciones,
de tus frías apariencias
les buscan las procedencias
a heladas generaciones
allá en celestes alturas;
donde todas la mañanas
amanecen soberanas
frialdad, reses, blancuras.
Dame algo, aunque sea poco,
mujer, que cuando no hay nada
ni lo mucho desagrada
ni lo poquito tampoco.
Yo te digo.
SOLEDAD:
No me digas.
JOSÉ:
No te alejes...
SOLEDAD:
No me llames.
JOSÉ:
No me odies...
SOLEDAD:
No me ames.
JOSÉ:
No me huyas.
SOLEDAD:
No me sigas.
JOSÉ:
¿Me desprecias?
SOLEDAD:
Te desprecio:
te maldigo.
JOSÉ:
Yo te adoro.
SOLEDAD:
Yo te odio.
JOSÉ:
Yo te lloro.
SOLEDAD:
¡Soy tan fiera!
JOSÉ:
¡Soy tan necio!
SOLEDAD:
Calla, que me vuelve loca
oír de tu amor. ¡Calla!
JOSÉ:
Vida,
ponle a mi boca en seguida
la mordaza de tu boca.
SOLEDAD:
¡Vete!
JOSÉ:
¿Cómo, Soledad,
si tengo en todas mis venas
injertadas las cadenas
que echaste a mi voluntad?
Mi voluntad que está a punto
de no hacer nada, mujer,
si tú no le das quehacer
de amor.
SOLEDAD:
Lo tengo difunto
encima del corazón.
JOSÉ:
Entonces, permíteme,
que a tu lado siempre esté
hasta su resurrección.
SOLEDAD:
¿Su resurrección?... ¡Jamás!
¡Adiós! ¡Jamás ha de ser!
(Se entra dentro.)
JOSÉ:
¡Adiós, Soledad, mujer!
¡Adiós, mujer, si te vas!
Yo también... Seremos dos
los idos en esta ida:
tú a la vida de tu vida,
y yo ¿adónde?... A Dios. A Dios.
Escena final
JOSÉ y PINTURAS.
PINTURAS:
¿Dónde vas con esa traza
seria, José?
JOSÉ:
Voy en pos
de nada... y a ver a Dios,
que me lo dejé en la plaza.
Fase posterior
El interior de una barraca de feria: tres fases de la cogida de JOSÉ, un busto; y el cadáver del mismo en cera en un ataúd de vidrio. Por las paredes varias fotografías eternizan momentos emocionantes de torero y toro en tardes y soles transcurridos. Al margen de cada figura hay un cartel que dice, terminante y severo: «Prohibido tocar las imágenes». Se oye un rumor de bulla popular: gritos, organillos, campanas de espectáculos, piropos...
Escena I
EL PROPIETARIO:
Pasen adentro, señores,
pasen, pasen y verán
tres momentos de la muerte
de una gloria nacional:
José, el milagroso, héroe
del arte de torear,
el torero más valiente
que pisó el ruedo jamás.
Pasen, verán su cogida
tan solo por un real:
un busto y su cuerpo yerto
en su ataúd de cristal
tan clavado y verdadero
que parece de verdad.
Pasen, que al verle los cuernos
al miura se creerán
que realizándose el drama
a cada momento está.
Pasen, que todo está hecho
de tamaño natural
y más de dos corazones
de verlo se pararán.
(Comienza a entrar pueblo que contempla silencioso las figuras y se marcha, algunas mujeres enjugando llanto. Entran RAMÓN y BERGAMÍN.)
RAMÓN:
¡Qué trágica y verdadera
está aquí reproducida
aquella fatal cogida
de la vida más torera!
¡Qué magnífica es la cera
para expresar un suceso
tan humano!
BERGAMÍN:
Y tan por eso,
por tan humano, celeste.
RAMÓN:
Bergamín, el cuerpo este,
¿podrá resistir un beso?
¡Adónde has ido a parar,
José!, a tema de escultura.
Ya han hecho de tu criatura
una estatua popular.
No te han querido dejar
de piedra; es más bello ser
cera; así, si una mujer
llora por tu muerte aquí
y el llanto cae sobre ti
aún te podrás conmover.
Con el calor manantial
palpitarás, que el calor
es de la cera el amor
como el frío de la sal.
De humana cera mortal
y de pintura bermeja
inmortalizada deja
tu vida en su transición
devota la admiración
que pidió ayuda a la abeja.
EL PROPIETARIO:
Quien no pase al interior
no verá mis maravillas.
Pasen, señores, chiquillas,
pasad, hacedme el favor:
vean al rey del valor...
BERGAMÍN:
El rey del valor cristiano
qué temeroso, qué humano
a la muerte toreó,
pidiéndole a Dios que no
le dejara de su mano.
RAMÓN:
Como Dios no desoyera
su petición, allá fue
con Dios, y aquí hace a José
la imaginación de cera.
Para cuando yo me muera
una figuración leve
de mí, de cera o de nieve,
quisiera en mi pedestal:
el mármol es tan brutal
que ni el llanto lo conmueve.
Quiero, si sobre mi bulto
de después de mí un chiquillo
me humedece de amarillo,
notar el caliente insulto.
Quiero, si con mal resulto
que sepan que me incomodo
si de los guijos y el lodo
soy víctima, y de la hiedra,
y no como los de piedra
que, duros, lo aguantan todo.
(Entra el CIEGO y llora este romance.)
CIEGO:
«En la plaza de Madrí
mi amor el toro cogió:
allí se rompió el espejo
donde me miraba yo.
Burladero, burladero,
¿de qué te burlas tú, di,
si no es de mi amor torero
de la triste yo de mí?
Dame pronto, hermana mía,
el pañuelo de llorar.
Con todos sus allegados
a mi amor voy a enterrar.
Así gritaba en su casa
la novia del matador.
En la plaza de Madrí
¡qué bonito daba el sol!
-No llores más, lagrimosa,
le iba la gente a decir.
-Allí fueron mis quebrantos,
en la plaza de Madrid.
-Deja esa monomanía
de llorar. No llores, no.
-Ay, ya no tengo quien haga
pequeñita mi voz.
Así gemía en su casa
la novia del toreador.
En la plaza de Madrí
¡qué bonito daba el sol!».
¿Quién me compra estos lamentos
que al torero más gentil
por dedicación expresa
de su novia yo escribí?
(RAMÓN, BERGAMÍN y algunos de los que siguen mirando las figuras de cera toman de manos del CIEGO papeles de colores. Entra PINTURAS.)
PINTURAS:
Amigo Ramón, amigo.
BERGAMÍN:
(A la figura de cera del ataúd.)
Adiós, maestro.
RAMÓN:
No te pongas siniestro,
Pinturas.
PINTURAS:
(A la figura.)
José, contigo
quisiera haber muerto yo
al dejarte tú matar.
BERGAMÍN:
Yo creo que fue el azar
y no él mismo...
PINTURAS:
Pues yo no.
BERGAMÍN:
José no ha sido un suicida.
PINTURAS:
Yo tampoco digo eso:
digo que le hacía peso
la vida, y tiró la vida.
Le estorbaba y ¿para qué
llevarla a cuestas en vano?
BERGAMÍN:
¿Pudo hacer eso un cristiano
tan cierto como José?
No; fue la casualidad
la que lo echó sobre el cuerno,
que siempre quiere lo eterno
parar en la eternidad.
Por eso la negra fiera,
afirmando la cornada
en la parte retrasada
para obrar la delantera,
con más vigor, hacia el viento
lo mandó. Quedó sin vida
el cuerpo, y el alma subida
a la gloria, su elemento.
RAMÓN:
Puede, Bergamín, que tarde
en creer eso la gente.
BERGAMÍN:
El torero más valiente
hubiera sido un cobarde,
el mayor, al acudir
a la muerte. Es incierto:
José, señores, ha muerto
porque tuvo que morir.
(Entran SOLEDAD, GABRIELA y PASTORA.)
CIEGO:
En la plaza de Madrí
mi amor el toro cogió:
allí se rompió el espejo
donde me miraba yo.
PROPIETARIO:
Pasen adentro, señores.
PINTURAS:
¡Soledad! ¡Gabriela! ¿A qué
venís, Pastora?
PASTORA:
(Ay, José.)
GABRIELA:
(Ay, mi hijo.)
SOLEDAD:
(Ay, mis amores.)
CIEGO:
Burladero, burladero,
de qué te burlas tú, di,
si no es del amor torero
de la triste yo de mí.
(Las tres mujeres rodean el ataúd en cristal y contemplan la estatua blanda con un llanto interior.)
RAMÓN:
Pinturas, ¿cuál de las tres
mujeres es el amor
del ya muerto matador?
PINTURAS:
La de los lunares es.
CIEGO:
Dame pronto, hermana mía,
el pañuelo de llorar.
Con todos sus allegados
a mi amor voy a enterrar.
(Repentinamente, SOLEDAD, GABRIELA y PASTORA, inobedientes al mandato de los carteles «Prohibido tocar las figuras», se arrojan sobre la máscara de JOSÉ entre sollozos y lo besan y zarandean amorosamente. Todos los presentes contemplan admirados y el DUEÑO, que ve cómo deshacen su mejor figura, penosamente. Suena la música alusiva de un pasodoble torero.)
SOLEDAD:
¡Yo he sido quien te mató!
GABRIELA:
Yo, José, quien te ha perdido.
PASTORA:
Yo a mi hermano.
SOLEDAD:
Sí, yo he sido.
¡Yo, señores, yo!
GABRIELA:
¡Yo!
PASTORA:
¡Yo!
SOLEDAD:
Yo lo metí en la corrida.
GABRIELA:
Yo consentí que toreara.
PASTORA:
Yo le entristecí la cara.
SOLEDAD:
Y yo le quité la vida.
Por mí se entregó a la fiera.
GABRIELA:
Por mí volvió triste y roto.
PASTORA:
Por mí parece un exvoto
de altar, un bulto de cera.
SOLEDAD:
Ay, mi José, yo te adoro.
GABRIELA:
Ay, mi José, yo no quiero
vivir.
PASTORA:
Ay, madre, yo muero.
SOLEDAD:
Malhaya, malhaya el toro
que dos vidas me quitó
de una vez con un embite.
DUEÑO:
Señores, que se derrite
mi José.
SOLEDAD:
Malhaya yo.
(Les arranca la figura de entre las manos y ellas no lo advierten, sonámbulas de dolor.)
DUEÑO:
Tendrían que pagar lo hecho
con mi figura de cera.
Lo han besado de manera
que le han blandeado el pecho;
la boca le han deslucido
y han deformado su hechura.
¿De qué sirve esta figura
ya de mi José querido?
RAMÓN:
Deme usted, no se lamente,
que yo se la pagaré.
(Le toma la figura cérea y le da unos dineros. Entre cuatro suben sobre sus hombros al torero impasible y lo pasean como después de un triunfo por todo el teatro.)
VOZ POPULAR:
¡Viva!
VOCES POPULARES:
¡Que viva José,
el torero más valiente!
(Termina la tragedia yéndose todos tras los que llevan el cirio pascual taurino, menos SOLEDAD, GABRIELA y PASTORA, que se quedan formando un solo bulto de desconsuelo, y el CIEGO, que sigue paseando disimuladamente el corazón por encima de su guitarrón y balando sus versos.)
CIEGO:
Así gritaba en su casa
la novia del matador.
En la plaza de Madrid,
¡qué bonito daba el sol!
FIN
Notas
Los manuscritos tienen como personajes a Gabriela y Bergamín. En carta a Federico García Lorca a quien ha enviado una copia de la obra desde Orihuela, en diciembre de 1934, le dice que «si sacas alguna copia» cambie los nombres de «Birlador» donde decía Bergamín, y de Carmela donde indicaba Gabriela.
