El Médico a Palos

Molière


Teatro, Comedia



Advertencia

Escribió Moratín la traducción libre de la comedia de Molière, titulada Le Médecin malgré lui, para que la representase en un día destinado a su beneficio el gracioso de la compañía cómica de Barcelona, Felipe Blanco, a quien debía particulares atenciones de amistad. Siguió en la versión de esta pieza los mismos principios que le había dirigido en las precedente. Simplificó la acción, despojándola de cuanto le pareció inútil en ella. Suprimió tres personajes, MM. Robert, Thibaut y Perrin, y por consiguiente dejo perder la graciosa escena segunda del primer acto y la segunda del tercero, para no interrumpir la fábula con distracciones meramente episódicas, sujetándola a la estrecha economía que pide el arte, sin la cual, a fuerza de ornatos viciosos, se entorpece la progresión dramática y se debilita el interés. Redujo a tres las cinco palizas que hallo en la pieza original. Paso en silencio la existencia inútil de un amante que no aparece en la escena, y esta omisión le facilito el medio de dar a la resistencia obstinada de Don Jerónimo un motivo más cómico, y más naturalidad al desenlace.

Omitió igualmente las lozanías y expresiones demasiado alegres del supuesto medico, que no se hubieran tolerado en ningún teatro de España, y se hallan en la escena primera del primer acto, en las cuarta, quinta y séptima del segundo y en la tercera del tercero de la obra francesa; y persuadido de que las imágenes asquerosas, ni son donaires cómicos, ni deben presentarse jamás a un auditorio decente, omitió lo que hay de este genero en la escena sexta, acto segundo, y en la quinta, acto tercero, del original. Si Moliere viviese, haría en ésta y en otras piezas suyas las mismas correcciones con más severidad y mayor acierto.

En las ediciones francesas se advierte que la escena es en el campo; pero si por esto se entendiese unidad de lugar, seria equivocarse mucho. El primer acto de la comedia de El Médico a palos debe representarse en un monte; los dos siguientes, en una sala de la casa de Don Jerónimo. Si Molière (que no es creíble) imaginó que la escena fuese constantemente la misma, no dispuso su fábula en términos de que pudiera verificarse; y si en el teatro se hiciese la prueba de no mudar la decoración según se ha indicado, resultarían impropiedades demasiado absurdas. Esta comedia no admite unidad de lugar. Nada resta que decir acerca de la traducción, sino que Moratín supo darla todo el aire de originalidad que necesitaba para hacerla más agradable al publico español que había de oírla; y, en efecto, representada en el teatro de Barcelona el DÍA 5 de diciembre de 1814, el concurso, reconociendo la fuerza cómica de que abunda en la acción y el dialogo, unió a los elogios del poeta francés los que le pareció que merecían las frecuentes infidelidades de su traductor.

Felipe Blanco dio mucha gracia y naturalidad al papel de Bartolo. Vicente Alfonso obtuvo general aceptación en el de Don Jerónimo, y Barbara Fort, para quien era muy genial el de Martina, le desempeño con inteligencia.

Personajes

DON JERÓNIMO
BARTOLO
DOÑA PAULA
MARTINA
LEANDRO
GINÉS
ANDREA
LUCAS

La escena representa en el primer acto un bosque, y en los dos siguientes una sala de casa particular, con puerta en el foro y otras dos en los lados.

La acción comienza a las once de la mañana, y se acaba a las cuatro de la tarde.

Acto primero

Escena I

BARTOLO, MARTINA

BARTOLO.— ¡Válgale Dios, y que duro está este tronco! El hacha se mella toda, y él no se parte…

(Corta leña de un árbol inmediato al foro; deja después el hacha arrimada al tronco, se adelanta hacia el proscenio, siéntase en un peñasco, saca piedra y eslabón, enciende un cigarro y se pone a fumar).

¡Mucho trabajo es éste!… Y como hoy aprieta el calor, me fatigo y me rindo y no puedo más… Dejémoslo y será lo mejor, que ahí se quedara para cuando vuelva. Ahora vendrá bien un rato de descanso y un cigarrillo, que esta triste vida otro la ha de heredar… Ahí viene mi mujer. ¿Qué traerá de bueno?

MARTINA.— (Sale por el lado derecho del teatro). Holgazán, ¿qué haces ahí sentado, fumando sin trabajar? ¿Sabes que tienes que acabar de partir esa leña y llevarla al lugar, y ya es cerca de mediodía?

BARTOLO.— Anda, que si no es hoy será mañana.

MARTINA.— Mira que respuesta.

BARTOLO.— Perdóname, mujer. Estoy cansado, y me senté un rato a fumar un cigarro.

MARTINA.— ¡Y que yo aguante a un marido tan poltrón y desidioso! Levántate y trababa.

BARTOLO.— Poco a poco, mujer; si acabo de sentarme. MARTINA. Levántate.

BARTOLO.— Ahora no quiero, dulce esposa.

MARTINA.— ¡Hombre sin vergüenza, sin atender a sus obligaciones! ¡Desdichada de mi!

BARTOLO.— ¡Ay, que trabajo es tener mujer! Bien dice Séneca, que la mejor es peor que un demonio.

MARTINA.— Miren que hombre tan hábil, para traer autoridades de Séneca.

BARTOLO.— ¿Si soy hábil? A ver, a ver, búscame un leñador que sepa lo que yo, ni que haya servido seis años a un medico latino, ni que haya estudiado el quis vel qui, quae, quod vel quid, y más adelante, como yo lo estudie.

MARTINA.— Mal haya la hora en que me case contigo.

BARTOLO.— Y maldito sea el pícaro escribano que anduvo en ello.

MARTINA.— Haragán, borracho.

BARTOLO.— Esposa, vamos, poco a poco.

MARTINA.— Yo te haré cumplir con tu obligación.

BARTOLO.— Mira, mujer, que me vas enfadando.

(Se levanta desperezándose, encaminase hacia el foro, coge un palo del suelo y vuelve).

MARTINA.— Y ¿qué cuidado me da a mi, insolente?

BARTOLO.— Mira que te he de cascar, Martina.

MARTINA.— Cuba de vino.

BARTOLO.— Mira que te he de solfear las espaldas. MARTINA. Infame.

BARTOLO.— Mira que te he de romper la cabeza.

MARTINA.— ¿A mi? Bribón, tunante, canalla. ¿A mi?

BARTOLO.— (Dando de palos a Martina). ¿Sí? Pues toma.

MARTINA.— ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!

BARTOLO.— Éste es el único medio de que calles… Vaya, hagamos la paz. Dame esa mano.

MARTINA.— ¿Después de haberme puesto así?

BARTOLO.— ¿No quieres? Si eso no ha sido nada. Vamos.

MARTINA.— No quiero.

BARTOLO.— Vamos, hijita.

MARTINA.— No quiero, no.

BARTOLO.— Mal hayan mis manos, que han sido causa de enfadar a mi esposa… Vaya, ven, dame un abrazo.

(Tira el palo a un lado y la abraza).

MARTINA.— ¡Si reventaras!

BARTOLO.— Vaya, si se muere por mí la pobrecita… Perdóname, hija mía. Entre dos que se quieren, diez o doce garrotazos más o menos no valen nada… Voy hacia el barranquitero, que ya tengo allí una porción de raíces; haré una carguilla y mañana, con la burra, la llevaremos a Miraflores.

(Hace que se va y vuelve).

Oyes, y dentro de poco hay feria en Buitrago; si voy allá, y tengo dinero, y me acuerdo, y me quieres mucho, te he de comprar una peineta de concha con sus piedras azules.

(Toma el hacha y unas alforjas, y se va por el monte adelante. Martina se queda retirada a un lado, hablando entre sí).

MARTINA.— Anda, que tú me las pagaras… Verdad es que una mujer siempre tiene en su mano el modo de vengarse de su marido; pero es un castigo muy delicado para este bribón, y yo quisiera otro que él sintiera más, aunque a mi no me agradase tanto.

Escena II

MARTINA, GINÉS, LUCAS

(Salen por la izquierda).

LUCAS.— Vaya…, que los dos hemos tornado una buena comisión… Yo no se todavía que regalo tendremos por este trabajo.

GINÉS.— ¿Qué quieres, amigo Lucas? Es fuerza obedecer a nuestro amo; además que la salud de su hija a todos nos interesa… Es una señorita tan afable, tan alegre, tan guapa… Vaya, todo se lo merece.

LUCAS.— Pero, hombre, fuerte cosa es que los médicos que han venido a visitarla no hayan descubierto su enfermedad.

GINÉS.— Su enfermedad bien a la vista está; el remedio es el que necesitamos.

MARTINA.— Aparte: ¡Que yo no pueda imaginar alguna invención para vengarme!

LUCAS.— Veremos si ese medico de Miraflores acierta con ello… Como no hayamos equivocado la senda…

MARTINA.— Aparte (hasta que repara en los dos y les hace cortesía): Pues ello es precise, que los golpes que acaba de darme los tengo en el corazón. No puedo olvidarlos….

Pero, señores, perdonen ustedes, que no los había visto porque estaba distraída.

LUCAS.— ¿Vamos bien por aquí a Miraflores?

MARTINA.— Si, señor (Señalando adentro por el lado derecho). ¿Ve usted aquellas tapias caídas junto aquel noguerón? Pues todo derecho.

GINÉS.— ¿No hay allí un famoso medico que ha sido medico de una vizcondesita, y catedrático, y examinador, y es académico, y todas las enfermedades las cura en griego?

MARTINA.— ¡Ay!, si, señor. Curaba en griego; pero hace dos días que se ha muerto en español, y ya está el pobrecito debajo la tierra.

GINÉS.— ¿Qué dice usted?

MARTINA.— Lo que usted oye. ¿Y para quién le iban ustedes a buscar?

LUCAS.— Para una señorita que vive ahí cerca, en esa casa de campo junto al rió.

MARTINA.— ¡Ah!, si. La hija de don Jerónimo. ¡Válgate Dios! ¿Pues que tiene?

LUCAS.— ¿Que se yo? Un mal que nadie le entiende, del cual ha venido a perder el habla.

MARTINA.— ¡Qué lastima! Pues…

Aparte (con expresión de complacencia): ¡Ay, que idea se me ocurre!

Pues, mire usted, aquí tenemos al hombre más sabio del mundo, que hace prodigios en esos males desesperados.

GINÉS.— ¿De veras?

MARTINA.— Si, señor.

LUCAS.— Y ¿en dónde le podemos encontrar?

MARTINA.— Cortando leña en ese monte.

GINÉS.— Estará entreteniéndose en buscar algunas hierbas salutíferas.

MARTINA.— No, señor, Es un hombre extravagante y lunático, va vestido como un pobre patán, hace empeño en parecer ignorante y rústico, y no quiere manifestar el talento maravilloso que Dios le dio.

GINÉS.— Cierto que es cosa admirable, que todos los grandes hombres hayan de tener siempre algún ramo de locura mezclada con su ciencia.

MARTINA.— La manía de ese hombre es la más particular que se ha visto. No confesará su capacidad a menos que no le muelan el cuerpo a palos; y así les aviso a ustedes que si no lo hacen no conseguirán su intento. Si le ven que está obstinado en negar, tome cada uno un buen garrote y zurra, que él confesará. Nosotros, cuando lo necesitamos, nos valemos de esta industria, y siempre nos ha salido bien.

GINÉS.— ¡Qué extraña locura!

LUCAS.— ¿Habráse visto hombre más original?

GINÉS.— Y ¿cómo se llama?

MARTINA.— Don Bartolo. Fácilmente le conocerán ustedes. Él es un hombre de corta estatura, morenillo, de mediana edad, ojos azules, nariz larga, vestido de paño burdo con un sombrerillo redondo.

LUCAS.— No se me despintará, no.

GINÉS.— Y ¿ese hombre hace unas curas tan difíciles?

MARTINA.— ¿Curas dice usted? Milagros se pueden llamar. Habrá dos meses que murió en Lozoya una pobre mujer; ya iban a enterrarla y quiso Dios que este hombre estuviese por casualidad en una calle por donde pasaba el entierro. Se acercó, examinó a la difunta, sacó una redomita del bolsillo, la echó en la boca una gota de yo no sé qué y la muerta se levantó tan alegre cantando el frondoso.

GINÉS.— ¿Es posible?

MARTINA.— Como que yo le vi. Mire usted, aún no hace tres semanas que un chico de unos doce años se cayó de la torre de Miraflores, se le troncharon las piernas, y la cabeza se le quedó hecha una plasta. Pues, señor, llamaron a don Bartolo; él no quería ir allá, pero mediante una buena paliza lograron que fuese. Sacó un cierto ungüento que llevaba en un pucherete, y con una pluma le fue untando al pobre muchacho, hasta que al cabo de un rato se puso en pie y se fue corriendo a jugar a la rayuela con los otros chicos.

LUCAS.— Pues ese hombre es el que necesitamos nosotros. Vamos a buscarle.

MARTINA.— Pero, sobre todo, acuérdense ustedes de la advertencia de los garrotazos.

GINÉS.— Ya, ya estamos en eso.

MARTINA.— Allí, debajo de aquel árbol, hallarán ustedes cuantas estacas necesiten.

LUCAS.— ¿Sí? Voy por un par de ellas.

(Coge el palo que dejó en el suelo Bartolo, va hacia el foro y coge otro, vuelve y se le da a Ginés).

GINÉS.— ¡Fuerte cosa es que haya de ser preciso valerse de este medio!

MARTINA.— Y si no, todo será inútil. (Hace que se va y vuelve). ¡Ah!, otra cosa. Cuiden ustedes de que no se les escape, porque corre como un gamo; y si les coge a ustedes la delantera no le vuelven a ver en su vida.

(Mirando hacia adentro, a la parte del foro).

Pero me parece que viene. Sí, aquél es. Yo me voy, háblenle ustedes, y si no quiere hacer la bondad, menudito en él. Adiós, señores.

Escena III

GINÉS, LUCAS

LUCAS.— Fortuna ha sido haber hallado a esta mujer. Pero ¿no ves que traza de medico aquélla?

(Los dos miran hacia el foro).

GINÉS.— Ya lo veo… Mira, retirémonos uno a un lado y otro a otro para que no se nos pueda escapar. Hemos de tratarle con la mayor cortesía del mundo. ¿Lo entiendes?

LUCAS.— Si.

GINÉS.— Y solo en el caso de que absolutamente sea precise…

LUCAS.— Bien…, entonces me haces una sena y le ponemos como nuevo.

GINÉS.— Pues apartémonos, que ya Lega.

(Ocúltanse a los dos lados del teatro).

Escena IV

GINÉS, LUCAS; BARTOLO

(BARTOLO sale del monte con el hacha y las alforjas al hombro, cantando; siéntase en el suelo en medio del teatro y saca de las alforjas una bota).

BARTOLO.—

En el alcázar de Venus,
junto al dios de los planetas,
en la gran Constantinopla,
allá en la casa de Meca,
donde el gran sultán baja,
imperio de tantas fuerzas,
aquel Alcoran que todos
le pagan tributo en perlas;
rey de setenta y tres reyes,
de siete imperios… (Bebe).
De siete imperios cabeza;
este tal tiene una hija
que es del imperio heredera.

(Vuelve a beber, va a poner la bota al lado por donde sale Lucas, el cual le hace con el sombrero en la mano una cortesía. Bartolo, sospechando que es para quitarle la bota, va a ponerla al otro lado a tiempo que sale Ginés haciendo lo mismo que Lucas. Bartolo pone la bota entre las piernas, y la tapa con las alforjas).

Arre allá, diablo. ¿Qué buscara este animal? Lo primero esconderé la bota… ¡Calle! Otro zángano. ¿Que demonios es esto? En todo caso la guardaremos y la arroparemos; porque no tienen cara de hacer cosa buena.

GINÉS.— ¿Es usted un caballero que se llama el señor don Bartolo?

BARTOLO.— ¿Y que?

GINÉS.— ¿Que si se llama usted don Bartolo?

BARTOLO.— No y si, conforme lo que ustedes quieran.

GINÉS.— Queremos hacerle a usted cuantos obsequies sean posibles.

BARTOLO.— Si es así, yo me llamo don Bartolo.

(Quitase el sombrero y le deja a un lado).

LUCAS.— Pues con toda cortesía…

GINÉS.— Y con la mayor reverencia…

LUCAS.— Con todo cariño, suavidad y dulzura…

GINÉS.— Y con todo respeto y con la veneración más humilde…

BARTOLO.— Aparte: Parecen arlequines, que todo se les vuelve cortesías y movimientos.

GINÉS.— Pues, señor, venimos a implorar su auxilio de usted para una cosa muy importante. BARTOLO. ¿Y que pretenden ustedes? Vamos, que si es cosa que dependa de mi, haré lo que pueda…

GINÉS.— Favor que usted nos hace… Pero cúbrase usted, que el sol le incomodara.

LUCAS.— Vaya, señor, cúbrase usted.

BARTOLO.— Vaya, señores, ya estoy cubierto… (Pónese el sombrero, y los otros también). ¿Y ahora?

GINÉS.— No extrañe usted que vengamos en su busca. Los hombres eminentes siempre son buscados y solicitados, y como nosotros nos hallamos noticiosos del sobresaliente talento de usted, y de su…

BARTOLO.— Es verdad, como que soy el hombre que se conoce para cortar leña.

LUCAS.— Señor…

BARTOLO.— Si ha de ser de encina, no la daré menos de a dos reales la carga.

GINÉS.— Ahora no tratamos de eso.

BARTOLO.— La de pino la daré más barata. La de raíces, mire usted…

GINÉS.— ¡Oh!, señor, eso es burlarse.

LUCAS.— Suplico a usted que hable de otro modo.

BARTOLO.— Hombre, yo no se otra manera de hablar. Pues me parece que bien claro me explico.

GINÉS.— ¡Un sujeto como usted ha de ocuparse en ejercicios tan groseros! Un hombre tan sabio, tan insigne medico, ¿no ha de comunicar al mundo los talentos de que le ha dotado la naturaleza?

BARTOLO.— ¿Quien, yo?

GINÉS.— Usted, no hay que negarlo.

BARTOLO.— Usted será el medico y toda su generación, que yo en mi vida lo he sido.

Aparte: Borrachos están.

LUCAS.— ¿Para que es excusarse? Nosotros lo sabemos y se acabo.

BARTOLO.— Pero, en suma, ¿quien soy yo?

GINÉS.— ¿Quien? Un gran medico.

BARTOLO.— ¡Que disparate!

Aparte: ¿No digo que están bebidos?

GINÉS.— Conque vamos, no hay que negarlo, que no venimos de chanza.

BARTOLO.— Vengan ustedes como vengan, yo no soy medico ni lo he pensado jamás.

LUCAS.— Al cabo me parece que será necesario… (Mirando a Ginés).

GINÉS.— Yo creo que si.

LUCAS.— En fin, amigo don Bartolo, no es ya tiempo de disimular.

GINÉS.— Mire usted que se lo decimos por su bien.

LUCAS.— Confiese usted con mil demonios que es medico, y acabemos.

BARTOLO.— (Impaciente). ¡Yo rabio!

GINÉS.— ¿Para que es fingir si todo el mundo lo sabe?

BARTOLO.— Pues digo a ustedes que no soy medico.

(Se levanta, quiere irse, ellos lo estorban y se le acercan disponiéndose para apalearle).

GINÉS.— ¿No?

BARTOLO.— No, señor.

LUCAS.— ¿Conque no?

BARTOLO.— El diablo me lleve si entiendo palabra de medicina.

GINÉS.— Pues, amigo, con su buena licencia de usted, tendremos que valernos del remedio consabido… Lucas.

LUCAS.— Ya, ya.

BARTOLO.— ¿Y que remedio dice usted?

LUCAS.— Éste.

(Danle de palos, cogiéndole siempre las vueltas para que no se escape).

BARTOLO.— ¡Ay!, ¡ay!, ¡ay!…

(Quitándose el sombrero).

Basta, que yo soy medico, y todo lo que ustedes quieran.

GINÉS.— Pues bien, ¿para que nos obliga usted a esta violencia?

LUCAS.— ¿Para que es darnos el trabajo de derrengarle a garrotazos?

BARTOLO.— El trabajo es para mí, que los llevo… Pero, señores, vamos claros: ¿qué es esto?; ¿es una humorada, o están ustedes locos?

LUCAS.— ¿Aún no confiesa usted que es doctor en medicina?

BARTOLO.— No señor, no lo soy; ya está dicho.

GINÉS.— ¿Conque no es usted médico?… Lucas.

LUCAS.— ¿Con que no, eh?

(Vuelven a darle de palos).

BARTOLO.— ¡Ay!, ¡ay! ¡Pobre de mí!

(Pónese de rodillas; juntando las manos en ademán de súplica).

Sí que soy médico. Sí señor.

LUCAS.— ¿De veras?

BARTOLO.— Sí, señor, y cirujano de estuche, y saludador, y albéitar, y sepulturero, y todo cuanto hay que ser.

GINÉS.— Me alegro de verle a usted tan razonable.

(Levántanle cariñosamente entre los dos).

LUCAS.— Ahora sí que parece usted hombre de juicio.

BARTOLO.— Aparte: ¡Maldita sea vuestra alma!…

¿Si seré yo médico, y no habré reparado en ello?

GINÉS.— No hay que arrepentirse. A usted se le pagará muy bien su asistencia y quedará contento.

BARTOLO.— Pero, hablando ahora en paz. ¿Es cierto que soy médico?

GINÉS.— Certísimo.

BARTOLO.— ¿Seguro?

GINÉS.— Sin duda ninguna.

BARTOLO.— Pues lléveme el diablo si yo sabía tal cosa.

GINÉS.— ¿Pues como?, ¡siendo él profesor más sobresaliente que se conoce!

BARTOLO.— (Riéndose). ¡Ah!, ¡ah!, ¡ah!

GINÉS.— Un médico que ha curado no sé cuántas enfermedades mortales.

BARTOLO.— (Con ironía). ¡Válgame Dios!

LUCAS.— Una mujer que estaba ya enterrada…

GINÉS.— Un muchacho que cayó de una torre, y se hizo la cabeza una tortilla…

BARTOLO.— ¿También le curé?

LUCAS.— También.

GINÉS.— Conque buen ánimo, señor doctor. Se trata de asistir a una señorita muy rica que vive en esa quinta cerca del molino. Usted estará allí, comido y bebido, y regalado como cuerpo de rey, y le traerán en palmitas.

BARTOLO.— ¿Me traerán en palmitas?

LUCAS.— Si señor, y acabada la curación le darán a usted qué sé yo cuánto dinero.

BARTOLO.— Pues, señor, vamos allá. ¿En palmitas, y qué sé yo cuánto dinero?… Vamos allá.

GINÉS.— Recógele todos esos muebles, y vamos.

BARTOLO.— No: poco a poco.

(Lucas recoge las alforjas y el hacha. Bartolo le quita la bota y se la guarda debajo del brazo).

La bota conmigo.

GINÉS.— Pero, señor, ¡un doctor en medicina con bota!

BARTOLO.— No importa; venga… Me darán bien de comer y de beber… (Apartándose a un lado, medita y habla entre sí. Después con ellos). La pulsaré, la recetaré algo… La mato seguramente… Si no quiero ser médico me volverán a sacudir el bulto; y si lo soy, me le sacudirán también…, Pero, díganme ustedes: ¿les parece que este traje rústico será propio de un hombre tan sapientísimo como yo?

GINÉS.— No hay que afligirse. Antes de presentarle a usted, le vestiremos con mucha decencia.

BARTOLO.— Aparte: Si a lo menos pudiese acordarme de aquellos textos, de aquellas palabrotas que les decía mi amo a los enfermos… Saldría del apuro.

GINÉS.— Mira que se quiere escapar.

LUCAS.— Señor D. Bartolo, ¿qué hacemos?

BARTOLO.— Aparte: Aquel libro de sermo sermonis que llevaba el chico a el aula. ¡Aquél sí que era bueno!

GINÉS.— Vaya, basta de meditación.

LUCAS.— ¿Será cosa de que otra vez…?

(En ademán de volver a dar).

BARTOLO.— ¡Qué!, no señor. Sino que estaba pensando en el plan curativo… ¡Pobrecito Bartolo! Vamos.

(Los dos le cogen en medio, y se van con él por la izquierda del teatro).

Acto segundo

Escena I

DON JERÓNIMO, LUCAS, GINÉS, ANDREA

D. JERÓNIMO.— ¿Conque decís que es tan hábil?

LUCAS.— Cuantos hemos visto hasta ahora no sirven para descalzarle.

GINÉS.— Hace curas maravillosas.

LUCAS.— Resucita muertos.

GINÉS.— Solo que es algo estrambótico y lunático y amigo de burlarse de todo el mundo.

DON JERÓNIMO.— Me dejáis aturdido con esa relación. Ya tengo impaciencia de verle. Ve por él, Ginés.

LUCAS.— Vistiéndose quedaba. Toma la llave, y no te apartes de él.

(Le da una llave a Ginés, el cual se va por la puerta del lado derecho).

DON JERÓNIMO.— Que venga, que venga presto.

Escena II

DON JERÓNIMO, ANDREA, LUCAS

ANDREA.— ¡Ay, señor amo! Que aunque el medico sea un pozo de ciencia, me parece a mi que no haremos nada.

D. JERÓNIMO.— ¿Por qué?

ANDREA.— Porque doña Paulita no ha menester médicos, sino marido, marido: eso la conviene, lo demás es andarse por las ramas. ¿Le parece a usted que ha de curarse con ruibarbo, y jalapa, y tinturas, y cocimientos, y potingues, y porquerías, que no se como no ha perdido ya el estomago? No, señor, con un buen marido sanara perfectamente.

LUCAS.— Vamos, calla, no hables tonterías.

D. JERÓNIMO.— La chica no piensa en eso. Es todavía muy niña.

ANDREA.— ¡Niña! Si, cásela usted y vera si es niña.

D. JERÓNIMO.— Más adelante no digo que…

ANDREA.— Boda, boda, y aflojar el dote, y…

D. JERÓNIMO.— ¿Quieres callar, habladora?

ANDREA.— Aparte: Allí le duele

Y despedir médicos y boticarios, y tirar todas esas pócimas y brebajes por la ventana, y llamar al novio, que ése la pondrá buena.

D. JERÓNIMO.— ¿A que novio, bachillera impertinente? ¿En dónde está ese novio?

ANDREA.— ¡Qué presto se le olvidan a usted las cosas! Pues que, ¿no sabe usted que Leandro la quiere, que la adora y ella le corresponde?

D. JERÓNIMO.— La fortuna del tal Leandro está en que no le conozco, porque desde que tenía ocho o diez años no le he vuelto a ver… Y ya se que anda por aquí acechando y rondándome la casa; pero como yo le llegue a pillar… Bien que lo mejor será escribir a su tío para que le recoja y se le lleve a Buitrago y allí se le tenga. ¡Leandro! ¡Buen matrimonio, por cierto! ¡Con un mancebito que acaba de salir de la universidad, muy atestada de vinios la cabeza y sin un cuarto en el bolsillo!

ANDREA.— Su tío, que es muy rico, que es muy amigo de usted, que quiere mucho a su sobrino y que no tiene otro heredero suplirá esa falta. Con el dote que usted dará a su hija y con lo que…

D. JERÓNIMO.— Vete al instante de aquí, lengua de demonio.

ANDREA.— Aparte: Allí le duele.

D. JERÓNIMO.— Vete.

ANDREA.— Ya me iré, señor.

D. JERÓNIMO.— Vete, que no te puedo sufrir.

LUCAS.— ¡Que siempre has de dar en eso, Andrea! Calla y no desazones al amo, mujer; calla, que el amo no necesita tus consejos para hacer lo que quiera. No te metas nunca en cuidados ajenos, que al fin y al cabo el señor es el padre de su hija, y su hija es su hija, y su padre es el señor; no tiene remedio.

D. JERÓNIMO.— Dice bien tu marido, que eres muy entremetida.

LUCAS.— El medico viene.

Escena III

BARTOLO, GINÉS; DON JERÓNIMO, LUCAS, ANDREA

(Salen por la derecha GINÉS y Bartolo, este vestido con casaca antigua, sombrero de tres picos y bastón).

GINÉS.— Aquí tiene usted, señor don Jerónimo, al estupendo medico, al doctor infalible, al pasmo del mundo.

D. JERÓNIMO.— Me alegro mucho de ver a usted y de conocerle, céfiro doctor.

(Se hacen cortesía uno a otro con el sombrero en la mano).

BARTOLO.— Hipócrates dice que los dos nos cubramos.

D. JERÓNIMO.— ¿Hipócrates lo dice?

BARTOLO.— Si, señor.

D. JERÓNIMO.— ¿Y en que capitulo?

BARTOLO.— En el capitulo de los sombreros.

D. JERÓNIMO.— Pues si lo dice Hipócrates, será precise obedecer.

(Los dos se ponen el sombrero).

BARTOLO.— Pues como digo, señor medico, habiendo sabido… D. JERÓNIMO. ¿Con quién habla usted?

BARTOLO.— Con usted.

D. JERÓNIMO.— ¿Conmigo? Yo no soy medico.

BARTOLO.— ¿No?

D. JERÓNIMO.— No, señor.

BARTOLO.— ¿No? Pues ahora veras lo que te pasa.

(Arremete hacia el con el bastón levantado en ademán de darle de polos. Huye Don Jerónimo, los criados se ponen de por medio y detienen a Bartolo).

D. JERÓNIMO.— ¿Qué hace usted, hombre?

BARTOLO.— Yo te haré que seas medico a palos, que así se gradúan en esta tierra.

D. JERÓNIMO.— Detenedle vosotros. ¿Qué loco me habéis traído aquí?

GINÉS.— ¿No le dije a usted que era muy chancero?

D. JERÓNIMO.— Si, pero que vaya a los infiernos con esas chanzas.

LUCAS.— No le de a usted cuidado. Si lo hace por reír.

GINÉS.— Mire usted, señor facultativo, este caballero que está presente es nuestro amo y padre de la señorita que usted ha de curar.

BARTOLO.— ¿El señor es su padre? ¡Oh!, perdone usted, señor padre, esta libertad que…

D. JERÓNIMO.— Soy de usted.

BARTOLO.— Yo siento…

D. JERÓNIMO.— No, no ha sido nada…

Aparte: ¡/Maldita sea tu casta!

Pues, señor, vamos al asunto.

(Saca la caja, se la presenta a Bartolo y él toma un polvo con afectada gravedad).

Yo tengo una hija muy mala…

BARTOLO.— Muchos padres se quejan de lo mismo.

D. JERÓNIMO.— Quiero decir que está enferma.

BARTOLO.— Ya, enferma.

D. JERÓNIMO.— Si, señor.

BARTOLO.— Me alegro mucho.

D. JERÓNIMO.— ¿Cómo?

BARTOLO.— Digo que me alegro de que su hija de usted necesite de mi ciencia, y ojalá que usted y toda su familia estuviesen a las puertas de la muerte, para emplearme en su asistencia y alivio.

D. JERÓNIMO.— Viva usted mil años, que yo le estimo su buen deseo.

BARTOLO.— Hablo ingenuamente.

D. JERÓNIMO.— Ya lo conozco.

BARTOLO.— ¿Y como se llama su niña de usted?

D. JERÓNIMO.— Paulita.

BARTOLO.— ¡Paulita! ¡Lindo nombre para curarse!… Y esta doncella, ¿quien es?

D. JERÓNIMO.— Esta doncella es mujer de aquél. (Señalando a Lucas).

BARTOLO.— ¡Oiga!

D. JERÓNIMO.— Si, señor… Voy a hacer que salga aquí la chica para que usted la vea.

ANDREA.— Durmiendo quedaba.

D. JERÓNIMO.— No importa, la despertaremos. Ven, Ginés.

GINÉS.— Allá voy.

(Vanse los dos por la izquierda).

Escena IV

BARTOLO, ANDREA, LUCAS

BARTOLO.— (Acercándose a Andrea con ademanes y gestos expresivos). ¿Conque usted es mujer de ese mocito?

ANDREA.— Para servir a usted.

BARTOLO.— ¡Y que frescota es! ¡Y que…! Regocijo da el verla… ¡Hermosa boca tiene!… ¡Ay, que dientes tan blancos, tan iguales, y que risa tan graciosa!… ¡Pues los ojos! En mi vida he visto un par de ojos más habladores ni más traviesos.

LUCAS.— Aparte: ¡Habrá demonio de hombre! ¡Pues no la está requebrando el maldito!…

Vaya, señor doctor, mude usted de conversación, porque no me gustan esas flores. ¿Delante de mí se pone usted a decir arrumacos a mi mujer? Yo no se como no cojo un garrote y le… (Mirando por el teatro si hay algún palo. Bartolo se detiene).

BARTOLO.— Hombre, por Dios, ten caridad. ¿Cuantas veces me han de examinar de medico?

LUCAS.— Pues cuenta con ella.

ANDREA.— Yo reviento de risa.

(Encaminándose a recibir a Doña Paula, que sale por la puerta de la izquierda con Don Jerónimo y Ginés).

Escena V

DON JERÓNIMO, DOÑA PAULA, GINÉS, LUCAS, BARTOLO, ANDREA

D. JERÓNIMO.— Anímate, hija mía, que yo confío en la sabiduría portentosa de este señor, que brevemente recobraras tu salud. Ésta es la niña, señor doctor. Hola, arrimad sillas.

(Traen sillas los criados. Doña Paula se sienta en una poltrona entre Bartolo y su padre. Los criados detrás, de pie).

BARTOLO.— ¿Conque ésta es su hija de usted?

D. JERÓNIMO.— No tengo otra, y si se me llegara a morir me volvería loco.

BARTOLO.— Ya se guardara muy bien. ¿Pues que, no hay más que morirse sin licencia del medico? No, señor, no se morirá… Vean ustedes aquí una enferma que tiene un semblante capaz de hacer perder la chaveta al hombre más tétrico del mundo. Yo, con todos mis aforismos, le aseguro a usted… ¡Bonita cara tiene!

Doña PAULA.— ¡Ah!, ¡ah!, ¡ah!

D. JERÓNIMO.— Vaya, gracias a Dios que ríe la pobrecita.

BARTOLO.— ¡Bueno! ¡Gran serial! ¡Gran serial! Cuando el medico hace reír a las enfermas es linda cosa… Y bien, ¿qué le duele a usted?

Doña PAULA.— Ba, ba, ba.

BARTOLO.— ¿Eh? ¿Qué dice usted?

Doña PAULA.— Ba, ba, ba.

BARTOLO.— Ba, ba, ba, ba. ¿Qué diantre de lengua es ésa? Yo no entiendo palabra.

D. JERÓNIMO.— Pues ése es su mal. Ha venido a quedarse muda sin que se pueda saber la causa. Vea usted que desconsuelo para mí.

BARTOLO.— ¡Qué bobería! Al contrario, una mujer que no habla es un tesoro. La mía no padece esta enfermedad, y si la tuviese, yo me guardaría muy bien de curarla.

D. JERÓNIMO.— A pesar de eso yo le suplico a usted que aplique todo su esmero a fin de aliviarla y quitarla ese impedimento.

BARTOLO.— Se la aliviara, se le quitara; pierda usted cuidado. Pero es curación que no se hace así como quiera. ¿Come bien?

D. JERÓNIMO.— Si, señor, con bastante apetito.

BARTOLO.— ¡Malo!… ¿Duerme?

ANDREA.— Si, señor; unas ocho o nueve horas suele dormir regularmente.

BARTOLO.— ¡Malo!… ¿Y la cabeza, la duele?

D. JERÓNIMO.— Ya se lo hemos preguntado varias veces; dice que no.

BARTOLO.— ¿No? ¡Malo!… Venga el pulso… Pues, amigo, este pulso indica… ¡Claro!, está claro.

D. JERÓNIMO.— ¿Qué indica?

BARTOLO.— Que su hija de usted tiene secuestrada la facultad de hablar.

D. JERÓNIMO.— ¿Secuestrada?

BARTOLO.— Si, por cierto; pero buen animo, ya lo he dicho: curara.

D. JERÓNIMO.— Pero ¿de que ha podido proceder este accidente?

BARTOLO.— Este accidente ha podido proceder y precede (según la más recibida opinión de los autores), de habérsela interrumpido a mi señora Doña Paulita el uso expedito de la lengua.

D. JERÓNIMO.— Este hombre es un prodigio.

LUCAS.— ¿No se lo dijimos a usted?

ANDREA.— Pues a mi me parece un macho.

LUCAS.— Calla.

D. JERÓNIMO.— Y en fin, ¿qué piensa usted que se puede hacer?

BARTOLO.— Se puede y se debe hacer… El pulso… (Tomando el pulso a Doña Paulita). Aristóteles en sus protocolos, hablo de este caso con mucho acierto.

D. JERÓNIMO.— ¿Y que dijo?

BARTOLO.— Cosas divinas… La otra…

(Le toma el pulso en la otra mano, y le observa la lengua).

A ver la lenguecita… ¡Ay, que monería!… Dijo… ¿Entiende usted el latín?

D. JERÓNIMO.— No, señor, ni una palabra:

BARTOLO.— No importa. Dijo: Bonus bona bonum, uncias duas, mascula sunt maribus, honora medicum, acinax acinacis, est modus in rebus; amarylida silvas. Que quiere decir que esta falta de coagulación en la lengua la causan ciertos humores que nosotros llamamos humores… acres, proclives, espontáneos y corrumpentes. Porque como los vapores que se elevan de la región… ¿Están ustedes?

ANDREA.— Si, señor, aquí estamos todos.

BARTOLO.— De la región lumbar, pasando desde el lado izquierdo, donde está el hígado, al derecho, en que está el corazón, ocupan todo el duodeno y parte del cráneo: de aquí es, según la doctrina de Ausias March y de Calepino (aunque yo llevo la contraria), que la malignidad de dichos vapores… ¿Me explico?

D. JERÓNIMO.— Si, señor, perfectamente.

BARTOLO.— Pues, como digo, supeditando dichos vapores las carúnculas y el epidermis, necesariamente impiden que el tímpano comunique al metacarpo los sucos gástricos. Doceo, doces, docere, docui, doctum, ars tonga, vita brevis; templum, templi; augusta vindelicorum et reliquia. ¿Qué tal? ¿He dicho algo?

D. JERÓNIMO.— Cuanto hay que decir.

GINÉS.— Es mucho hombre éste.

D. JERÓNIMO.— Solo he notado una equivocación en lo que…

BARTOLO.— ¿Equivocación? No puede ser. Yo nunca me equivoco.

D. JERÓNIMO.— Creo que dijo usted que el corazón está al lado derecho y el hígado al izquierdo; y en verdad que es todo lo contrario.

BARTOLO.— ¡Hombre ignorantísimo sobre toda la ignorancia de los ignorantes! ¿Ahora me sale usted con esas vejeces? Si, señor, antiguamente así sucedía, pero ya lo hemos arreglado de otra manera.

D. JERÓNIMO.— Perdone usted, si en esto he podido ofenderle.

BARTOLO.— Ya está usted perdonado. Usted no sabe latín, y por consiguiente está dispensado de tener sentido común.

D. JERÓNIMO.— ¿Y que le parece a usted que deberemos hacer con la enferma?

BARTOLO.— Primeramente harán ustedes que se acueste, luego se le darán unas buenas friegas…, bien que eso yo mismo lo haré…, y después tomara de media en media hora una gran sopa en vino.

ANDREA.— ¡Que disparate!

D. JERÓNIMO.— ¿Y para que es buena la sopa en vino?

BARTOLO.— ¡Ay, amigo, y que falta le hace a usted un poco de ortografía! La sopa en vino es buena para hacerla hablar. Porque en el pan y en el vino, empapado el uno en el otro, hay una virtud simpática, que simpatiza y absorbe el tejido celular y la pia mater, y hace hablar a los mudos.

D. JERÓNIMO.— Pues no lo sabía.

BARTOLO.— Si usted no sabe nada.

D. JERÓNIMO.— Es verdad que no he estudiado, ni…

BARTOLO.— ¿Pues no ha visto usted, pobre hombre, no ha visto usted como a los loros los atracan de pan mojado en vino?

D. JERÓNIMO.— Si, señor.

BARTOLO.— ¿Y no hablan los loros? Pues para que hablen se les da, y para que hable se lo daremos también a doña Paulita, y dentro de poco hablara más que siete papagayos.

D. JERÓNIMO.— Algún ángel le ha traído a usted a mi casa, señor doctor… Vamos, hijita, que ya querrás descansar… Al instante vuelvo, señor don… ¿Cómo es su gracia de usted?

BARTOLO.— Don Bartolo.

D. JERÓNIMO.— Pues así que la deje acostada seré con usted, señor don Bartolo… (Se levantan los tres). Ayuda aquí, Andrea… Despacito.

BARTOLO.— Taparla bien, no se resfrié. Adiós, señorita.

Doña PAULA.— Ba, ba, ba, ba.

D. JERÓNIMO.— (Hace que se va acompañando a Doña Paula, y vuelve a hablar aparte con Lucas). Lucas, ve al instante y adereza el cuarto del señor; bien limpio todo, una buena cama, la colcha verde, la jarra con agua, la aljofaina, la toalla, en fin, que no falte cosa alguna… ¿Éstas?

LUCAS.— (Marchándose por la puerta de la derecha). Si, señor.

D. JERÓNIMO.— Vamos, hija mía

(Vanse Don Jerónimo, Doña Paula, Andrea y Ginés por la puerta de la izquierda).

BARTOLO.— Yo sudo… En mi vida me he visto más apurado… ¡si es imposible que esto pare en bien, imposible! Veré si ahora que todos andan por allá dentro puedo… Y si no mal estamos… En las espaldas siento una desazón que no me deja… Y no es por los palos recibidos, sino por los que aún me falta que recibir.

(Vase por la parte del lado derecho).

Acto tercero

Escena I

BARTOLO, DON JERÓNIMO

(Bartolo sale sin sombrero ni bastón por la derecha).

BARTOLO.— Pues, señor, ya está visto. Esto de escabullirse es negocio desesperado… ¡El maldito, con achaque de la compostura del cuarto, no se mueve de allí!… ¡Ay, pobre Bartolo!… (Paseándose inquieto por el teatro). Vamos, pecho al agua, y suceda lo que Dios quiera.

D. JERÓNIMO.— (Sale por la izquierda). No ha habido forma de poderla reducir a que se acueste. Ya la están preparando la sopa en vino que usted mando. Veremos lo que resulta.

BARTOLO.— No hay que dudar; el resultado será felicísimo.

D. JERÓNIMO.— (Sacando la bolsa y tomando de ella algunos escuditos). Usted, amiga don Bartolo, estará en mi casa obsequiado y servido como un príncipe, y entretanto, quiero que tenga la bondad de recibir estos escuditos.

BARTOLO.— No se hable de eso.

D. JERÓNIMO.— Hágame usted este favor.

BARTOLO.— No hay que tratar de la materia.

D. JERÓNIMO.— Vamos, que es precise.

BARTOLO.— Yo no hago por el dinero.

D. JERÓNIMO.— Lo creo muy bien, pero sin embargo…

BARTOLO.— ¿Y son de los nuevos?

D. JERÓNIMO.— Si, señor.

BARTOLO.— Vaya, una vez que son de los nuevos, los tomaré. (Los toma y se los guarda).

D. JERÓNIMO.— Ahora, bien, quede usted con Dios, que voy a ver si hay novedad, y volveré… Me tiene con tal inquietud esta chica, que no se parar en ninguna parte.

Escena II

LEANDRO, BARTOLO

(Leandro sale por la puerta de la derecha recatándose).

LEANDRO.— Señor doctor, yo vengo a implorar su auxilio de usted, y espero que…

BARTOLO.— Veamos el pulso… (Tomando el pulso con gestos de displicencia). Pues no me gusta nada… ¿Y que siente usted?

LEANDRO.— Pero si yo no vengo a que usted me cure; si yo no padezco ningún achaque.

BARTOLO.— (Con despego). Pues ¿a que diablos viene usted?

LEANDRO.— A decirle a usted en dos palabras que yo soy Leandro.

BARTOLO.— ¿Y que se me da a mi que usted se llame Leandro o Juan de las Viñas? (Alzando la voz. Leandro le habla en tono bajo y misterioso).

LEANDRO.— Diré a usted. Yo estoy enamorado de doña Paulita; ella me quiere, pero su padre no me permite que la vea… Estoy desesperado, y vengo a suplicarle a usted que me proporcione una ocasión, un pretexto para hablarla y…

BARTOLO.— Que es decir en castellano que yo haga de alcahuete. (Irritado y alzando más la voz). ¡Un medico! ¡Un hombre como yo!… Quítese usted de ahí.

LEANDRO.— ¡Señor!

BARTOLO.— ¡Es mucha insolencia, caballerito!

LEANDRO.— Calle usted, señor; no grite usted.

BARTOLO.— Quiero gritar… ¡Es usted un temerario!

LEANDRO.— ¡Por Dios, señor doctor!

BARTOLO.— ¿Yo alcahuete? Agradezca usted que…

(Se pasea inquieto).

LEANDRO.— ¡Válgame Dios, que hombre!… Probemos a ver si…

(Saca un bolsillo, y al volverse Bartolo se le pone en la mano; él lo toma lo guarda y bajando la voz habla confidencialmente con Leandro).

BARTOLO.— ¡Desvergüenza como ella!

LEANDRO.— Tome usted… Y le pido perdón de mi atrevimiento.

BARTOLO.— Vamos, que no ha sido nada.

LEANDRO.— Confieso que erre y que anduve un poco…

BARTOLO.— ¿Qué, errar? ¡Un sujeto como usted! ¡Que disparate! Vaya; conque…

LEANDRO.— Pues, señor, esa niña vive infeliz. Su padre no quiere casarla por no soltar la dote. Se ha fingido enferma; han venido varios médicos a visitarla, la han recetado cuantas pócimas hay en la botica; ella no toma ninguna, como es fácil de presumir; y, por ultimo, hostigada de sus visitas, de sus consultas y de sus preguntas impertinentes, se ha hecho la muda, pero no lo ésta.

BARTOLO.— ¿Conque todo ello es una farándula?

LEANDRO.— Si, señor.

BARTOLO.— ¿El padre le conoce a usted?

LEANDRO.— No, señor; personalmente no me conoce.

BARTOLO.— ¿Y ella le quiere a usted? ¿Es cosa segura?

LEANDRO.— ¡Oh!', de eso estoy muy persuadido.

BARTOLO.— ¿Y los criados?

LEANDRO.— GINÉS no me conoce, porque hace muy poco tiempo que entro en la casa; Andrea está en el secreto; su marido, si no lo sabe, a lo menos lo sospecha y calla, y puedo contar con uno y con otro.

BARTOLO.— Pues bien, yo haré que hoy quede usted casado con doña Paulita.

LEANDRO.— ¿De veras?

BARTOLO.— Cuando yo lo digo…

LEANDRO.— ¿Seria posible?

BARTOLO.— ¿No le he dicho a usted que si? Le casaré a usted con ella, con su padre y con toda su parentela… Yo diré que usted es… boticario.

LEANDRO.— Pero si yo no entiendo palabra de esa facultad.

BARTOLO.— No le de a usted cuidado, que lo mismo me sucede a mi. Tanta medicina se yo como un perro de aguas.

LEANDRO.— ¿Conque no es usted medico?

BARTOLO.— No, por cierto. Ellos me han examinado de un modo particular; pero con examen y todo. La verdad es que no soy como dicen. Ahora lo que importa es que usted éste por ahí inmediato, que yo le llamaré a su tiempo.

LEANDRO.— Bien ésta, y espero que usted…

(Vase por la puerta de la derecha).

BARTOLO.— Vaya usted con Dios.

Escena III

ANDREA, BARTOLO, LUCAS

(Andrea sale por la izquierda).

ANDREA.— Señor medico, me parece que la enferma le quiere dejar a usted desairado, porque…

BARTOLO.— Como no me desaires tú, niña de mis ojos, lo demás importa seis maravedíes, y como yo te cure a ti, mas que se muera todo el genero humano.

(Sale por la derecha Lucas; va acercándose detrás de Bartolo y escucha).

ANDREA.— Yo no tengo nada que curar.

BARTOLO.— Pues, mira, lo mejor será curar a tu marido… ¡Qué bruto es, y que celoso tan impertinente!

ANDREA.— ¿Qué quiere usted? Cada uno cuida de su hacienda.

BARTOLO.— ¿Y por qué ha de ser hacienda de aquel gaznápiro este cuerpecito gracioso?

(Se encamina a ella con los brazos abiertos en ademán de abrazarla. Lucas, agachándose, pasa por debajo del brazo derecho de Bartolo, vuelvése de cara hacia él y quedan abrazados los dos. Andrea se va riendo por la puerta del lado izquierdo).

LUCAS.— ¿No le he dicho a usted, señor doctor, que no quiero estas chanzas?… ¿No se lo he dicho a usted?

BARTOLO.— Pero, hombre, si aquí no hay malicia ni…

LUCAS.— Vete tú de ahí… Con malicia o sin ella le he de abrir a usted la cabeza de un trancazo si vuelve a alzar los ojos para mirarla. ¿Lo entiende usted?

BARTOLO.— Pues ya se ve que lo entiendo.

LUCAS.— Cuidado conmigo…

(Le da un envión al tiempo de desasirse de él).

¡Se habrá visto mico más enredador!

Escena IV

DON JERÓNIMO, BARTOLO, LUCAS, LEANDRO

(Don Jerónimo sale por la izquierda).

D. JERÓNIMO.— ¡Ay, amigo don Bartolo!, que aquella pobre muchacha no se alivia. No ha querido acostarse. Desde que ha tornado la sopa en vino está mucho peor.

BARTOLO.— ¡Bueno!, eso es bueno. Serial de que el remedio va obrando. No hay que afligirse. Aunque la vea usted agonizando no hay que afligirse, que aquí estoy yo…

(Llama, encarándose a la puerta del lado derecho).

Digo, ¡don Casimiro!, ¡don Casimiro!

LEANDRO.— (Desde adentro). ¡Señor!

BARTOLO.— ¡Don Casimiro!

LEANDRO.— (Saliendo). ¿Qué manda usted?

D. JERÓNIMO.— ¿Y quién es este hombre?

BARTOLO.— Un excelente didascálico…, boticario que llaman ustedes…, eminente profesor… Le he mandado venir para que disponga una cataplasma de todas flores, emolientes, astringentes, dialécticas, pirotécnicas y narcóticas que será precise aplicar a la enferma.

D. JERÓNIMO.— Mire que decaída ésta.

BARTOLO.— No importa, va a sanar muy pronto.

Escena V

DOÑA PAULA, ANDREA, GINÉS, DON JERÓNIMO, BARTOLO, LEANDRO, LUCAS.

(Salen los tres primeros por la puerta de la izquierda).

BARTOLO.— Don Casimiro, púlsela usted, obsérvela bien, y luego hablaremos.

D. JERÓNIMO.— ¿Conque en efecto es mozo de habilidad, eh?

(Va Leandro y habla en secreto con Doña Paula, haciendo que la pulsa. Andrea tercia en la conversación. Quedan distantes a un lado Bartolo y Don Jerónimo, y a otro Ginés y Lucas).

BARTOLO.— No se ha conocido otro igual para emplastos, ungüentos, rosolís de perfecto amor y de leche vieja, ceratos y julepes. ¿Por qué le parece a usted que le he hecho venir?

D. JERÓNIMO.— Ya lo supongo. Cuando usted se vale de él, no, no será rana.

BARTOLO.— ¿Qué ha de ser rana? No señor, si es un hombre que se pierde de vista.

Doña PAULA.— Siempre, siempre seré tuya, Leandro.

D. JERÓNIMO.— ¿Qué? (Volviéndose hacia donde está su hija). ¿Si será ilusión mía?… ¿Ha hablado, Andrea?

ANDREA.— Si, señor, tres o cuatro palabras ha dicho.

D. JERÓNIMO.— ¡Bendito sea Dios! ¡Hija mía!

(Abraza a Doña Paula y vuelve con de alegría hacia Bartolo, el cual se pasea lleno de satisfacción).

¡Medico admirable!

BARTOLO.— ¡Y que trabajo me ha costado curar la dichosa enfermedad! Aquí hubiera yo querido ver a toda la veterinaria junta y entera, a ver que hacia.

D. JERÓNIMO.— Conque, Paulita, ya puedes hablar, ¿es verdad?

(Vuelve a hablar con su hija y la trae de la mana).

Vaya, di alguna cosa.

GINÉS.— Aparte (a Lucas): Aquí me parece que hay gato encerrado

LUCAS.— Tu calla y déjalo estar.

Doña PAULA.— Si, padre mío, he recobrado el habla para decirle a usted que amo a Leandro y que quiero casarme con él.

D. JERÓNIMO.— Pero si…

Doña PAULA.— Nada puede cambiar mi resolución.

D. JERÓNIMO.— Es que…

Doña PAULA.— De nada servirá cuanto usted me diga. Yo quiero casarme con un hombre que me idolatra. Si usted me quiere bien, concédame su permiso sin excusas ni dilaciones.

D. JERÓNIMO.— Pero, hija mía, el tal Leandro es un pobretón…

Doña PAULA.— Dentro de poco será muy rico. Bien lo sabe usted. Y sobre todo, sama con gusto no pica.

D. JERÓNIMO.— Pero ¡qué borbotón de palabras la ha venido de repente a la boca!… Pues, hija mía, no hay que cansarse. No será.

Doña PAULA.— Pues cuente usted con que ya no tiene hija, porque me moriré de la desesperación.

D. JERÓNIMO.— ¡Qué es lo que me pasa!

(Moviéndose de un lado a otro, agitado y colérico. Doña Paula se retira hacia el foro y habla con Leandro y Andrea).

Señor doctor, hágame usted el gusto de volvérmela a poner muda.

BARTOLO.— Eso no puede ser. Lo que yo haré, solamente por servicio a usted, será ponerle sordo para que no la oiga.

D. JERÓNIMO.— Lo estimo infinito… Pero ¿piensas tú, hija inobediente, que…?

(Encaminándose hacia Doña Paula; Bartolo le contiene).

BARTOLO.— No hay que irritarse, que todo se echara a perder. Lo que importa es distraerla y divertirla. Déjela usted que vaya a coger un rato el aire por el jardín, y vera usted como a poco se le olvida ese demonio de Leandro… Vaya usted a acompañarla, don Casimiro, y cuide usted no pise alguna mala hierba.

LEANDRO.— Como usted mande, señor doctor. Vamos, señorita.

Doña PAULA.— Vamos enhorabuena.

D. JERÓNIMO.— Id vosotros también.

(A Lucas y Ginés, los cuales, con Doña Paula, Leandro y Andrea, se van por la puerta del foro).

Escena VI

DON JERÓNIMO, BARTOLO

D. JERÓNIMO.— ¡Vaya, vaya, que no he visto semejante insolencia!

BARTOLO.— Ésa es resulta necesaria del mal que ha estado padeciendo hasta ahora. La ultima idea que ella ha tenido cuando enmudeció fue sin duda la de su casamiento con ese tunante de Alejandro, o Leandro, o como se llama. Cogiole el accidente, quedaronse trasconejadas una gran porción de palabras, y hasta que todas las vacíe y se desahogue, no hay que esperar que se tranquilice ni hable con juicio.

D. JERÓNIMO.— ¿Qué dice usted? Pues me convence esa reflexión.

(Saca la caja Don Jerónimo, y él y Bartolo toman tabaco).

BARTOLO.— ¡Oh!, y si usted supiera un poco de numismática, lo entendería un poco mejor… Venga un polvo.

D. JERÓNIMO.— ¿Conque luego que haya desocupado…?

BARTOLO.— No lo dude usted… Es una evacuación que nosotros llamamos tricolos tetrasforos.

Escena VII

LUCAS, ANDREA, GINÉS, DON JERÓNIMO, BARTOLO

(Lucas, Andrea y Ginés van saliendo todos tres por la puerta del foro).

GINÉS.— ¡Señor amo!

LUCAS.— ¡Señor don Jerónimo!… ¡Ay, que desdicha!

ANDREA.— ¡Ay, amo de mi alma, que se la llevan!

D. JERÓNIMO.— Pero ¿qué se llevan?

LUCAS.— El boticario no es boticario.

GINÉS.— Ni se llama don Casimiro.

ANDREA.— El boticario es Leandro, en propia persona, y se lleva robada a la señorita. D. JERÓNIMO. ¿Qué dices? ¡Pobre de mí! Y vosotros, brutos, ¿habéis dejado que un hombre solo os burle de esa manera?

LUCAS.— No, no estaba solo, que estaba con una pistola. El demonio que se acercase.

D. JERÓNIMO.— ¿Y este pícaro de medico?

BARTOLO.— Aparte (lleno de miedo): Me parece que ya no puede tardar la tercera paliza.

D. JERÓNIMO.— Este bribón que ha sido su alcahuete… Al instante buscadme una cuerda.

ANDREA.— Ahí había una larga de tender la ropa.

LUCAS.— Si, si, ya se donde ésta. Voy por ella.

(Vase por la izquierda y vuelve al instante con una soga muy larga).

Don Jerónimo. Me las ha de pagar… Pero ¿hacia dónde fueron? ¡Válgame Dios!

ANDREA.— Yo creo que se habrán ido por la puerta del jardín que sale al campo.

LUCAS.— Aquí está la soga.

D. JERÓNIMO.— Pues inmediatamente atadme bien de pies y manos al doctor aquí en esta silla…

(Bartolo quiere huir, y Lucas y Ginés le detienen).

Pero me le habéis de ensogar bien fuerte.

GINÉS.— Pierda usted cuidado… Vamos, señor don Bartolo.

(Le hacen sentar en la silla poltrona y le atan a ella dando muchas vueltas a la soga).

D. JERÓNIMO.— Voy a buscar aquella bribona… Voy a hacer que avisen a la justicia, y mañana, sin falta alguna, este pícaro medico ha de morir ahorcado… Andrea, corre, hija, asómate a la ventana del comedor, y mira si los descubres por el campo. Yo veré si los del molino me dan alguna razón. Y vosotros no perdáis de vista a ese perro.

(Se va Don Jerónimo por la derecha y Andrea por la izquierda. Lucas y Ginés siguen atando a Bartolo).

Escena VIII

BARTOLO, LUCAS, GINÉS, MARTINA.

GINÉS.— Echa otra vuelta por ahí.

LUCAS.— ¿Y no sabes que el amiguillo este había dado en la gracia de decir chicoleos a mi mujer?

GINÉS.— Anda, que ya las vas a pagar todas juntas.

BARTOLO.— ¿Estoy ya bien así?

GINÉS.— Perfectamente.

MARTINA.— (Saliendo por la puerta derecha). Dios guarde a ustedes, señores.

LUCAS.— ¡Calle, que está usted por acá! Pues ¿qué buen aire la trae a usted por esta casa?

MARTINA.— El deseo de saber de mi pobre marido. ¿Qué han hecho ustedes de él?

BARTOLO.— Aquí está tu marido, Martina; mírale, aquí le tienes.

MARTINA.— (Abrazándose con Bartolo). ¡Ay, hijo de mi alma!

LUCAS.— ¡Oiga! ¿Conque ésta es la medica?

GINÉS.— Aun por eso nos ponderaba todas las habilidades del doctor.

LUCAS.— Pues por muchas que tenga no escapara de la horca.

MARTINA.— ¿Qué está usted ahí diciendo?

BARTOLO.— Si, hija mía, mañana me ahorcan sin remedio.

MARTINA.— ¿Y no te ha de dar vergüenza morir delante de tanta gente?

BARTOLO.— ¿Y que se ha de hacer, paloma? Yo bien lo quisiera excusar, pero se han en penado en ello.

MARTINA.— Pero ¿por qué te ahorcan, pobrecito, por qué?

BARTOLO.— Eso es cuento largo. Porque acabo de hacer una curación asombrosa, y en vez de hacerme protomedico han resuelto colgarme.

Escena IX

DON JERÓNIMO, ANDREA, BARTOLO, LUCAS, GINÉS, MARTINA.

(Sale Don Jerónimo por la puerta de la derecha y Andrea por la de la izquierda).

D. JERÓNIMO.— Vamos, chicos, buen ánimo. Ya he enviado un propio a Miraflores; esta noche sin falta vendrá la justicia y cargara con este bribón… Y tú, ¿qué has hecho?, ¿los has visto?

ANDREA.— No, señor, no los he descubierto por ninguna parte.

D. JERÓNIMO.— Ni yo tampoco… He preguntado, y nadie me sabe dar razón… Yo he de volverme loco…

(Dando vueltas por el teatro, lleno de inquietud).

¿Adónde habrán ido?… ¿Que estarán haciendo?

Escena X

DOÑA PAULA, LEANDRO, DON JERÓNIMO, BARTOLO

(Doña Paula y Leandro salen por la puerta del lado derecho).

LEANDRO.— ¡Señor don Jerónimo!

Doña PAULA.— ¡Querido padre!

D. JERÓNIMO.— ¿Qué es esto? ¡Picarones, infames!

LEANDRO.— (Se arrodilla con Doña Paula a los pies de Don Jerónimo). Esto es enmendar un desacierto. Habíamos pensado irnos a Buitrago y desposarnos allí, con la seguridad que tengo de que mi tío no desaprueba este matrimonio; pero lo hemos reflexionado mejor. No quiero que se diga que yo me he llevado robada a su hija de usted, que esto no seria decoroso ni a su honor ni al mío. Quiero que usted me la conceda con libre voluntad, quiero recibirla de su mano. Aquí la tiene usted, dispuesta a hacer lo que usted la mande; pero le advierto que si no la casa conmigo, su sentimiento será bastante a quitarla la vida; y si usted nos otorga la merced que ambos le pedimos, no hay que hablar de dote.

D. JERÓNIMO.— Amigo, yo estoy muy atrasado y no puedo…

LEANDRO.— Ya he dicho que no se trate de intereses.

Doña PAULA.— Me quiere mucho Leandro para no pensar con la generosidad que debe. Su amor es a mi, no a su dinero de usted.

D. JERÓNIMO.— (Alterándose). ¡Su dinero de usted!, ¡su dinero de usted! ¿Qué dinero tengo yo, parlera? ¿No he dicho ya que estoy muy atrasado? No puedo dar nada, no hay que cansarse.

LEANDRO.— Pero bien, señor, si por eso mismo se le dice a usted que no le pediremos nada.

D. JERÓNIMO.— Ni un maravedí.

Doña PAULA.— Ni medio.

D. JERÓNIMO.— Y bien, si digo que si, ¿quien os ha de mantener, badulaques?

LEANDRO.— Mi tío. ¿Pues no ha oído usted que aprueba este casamiento? ¿Qué más he de decirle?

D. JERÓNIMO.— ¿Y se sabe si tiene hecha alguna disposición?

LEANDRO.— Si, señor; yo soy su heredero.

D. JERÓNIMO.— ¿Y que tal, está fuertecillo?

LEANDRO.— ¡Ay!, no, señor, muy achacoso. Aquel humor de las piernas le molesta mucho, y nos tememos que de un día a otro…

D. JERÓNIMO.— Vaya, vamos, ¿qué le hemos de hacer? Conque…

(Hace que se levanta y los abraza. Uno y otro le besan la mano).

Vaya, concedido, y venga un par de abrazos.

LEANDRO.— Siempre tendrá en mí un hijo obediente.

Doña PAULA.— Usted nos hace completamente felices.

BARTOLO.— Y a mí, ¿quien me hace feliz? ¿No hay un cristiano que me desate?

D. JERÓNIMO.— Soltadle.

LEANDRO.— Pues ¿quien le ha puesto a usted así, medico insigne?

(Desatan los criados a Bartolo).

BARTOLO.— Sus pecados de usted, que los míos no merecen tanto.

Doña PAULA.— Vamos, que todo se acabo, y nosotros sabremos agradecerle a usted el favor que nos ha hecho.

MARTINA.— ¡Marido mío! (Se abrazan Bartolo y Martina). Sea enhorabuena, que ya no te ahorcan. Mira, trátame bien, que a mi me debes la borla de doctor que te dieron en el monte.

BARTOLO.— ¿A ti? Pues me alegro de saberlo.

MARTINA.— Si, por cierto, Yo dije que eras un prodigio en la medicina.

GINÉS.— Y yo, porque ella lo dijo, lo creí.

LUCAS.— Y yo lo creí porque lo dijo ella.

D. JERÓNIMO.— Y yo porque éstos lo dijeron lo creí también, y admiraba cuanto decía como si fuese un oráculo.

LEANDRO.— Así va el mundo. Muchos adquieren opinión de doctos, no por lo que efectivamente saben, sino por el concepto que forma de ellos la ignorancia de los demás.


Publicado el 8 de abril de 2018 por Edu Robsy.
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