Libro gratis: Tartufo
de Molière


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Teatro


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Tartufo

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Fragmento de Tartufo

ORGON: Sin duda sois vos un doctor venerando, a quien ha sido otorgado todo el saber del mundo. Vos sois el único sabio y el único ilustrado, un oráculo y Catón de nuestro siglo, y a vuestro lado los hombres todos son necios.

CLEANTO: No soy, hermano, un doctor venerando, ni me ha sido otorgado todo el saber del mundo; mas, al cabo, tengo por toda ciencia saber diferenciar lo falso de lo verdadero, y como no veo género de héroes más admirables que los devotos perfectos, ni cosa más noble y hermosa en el mundo que cl santo fervor de un verdadero celo, tampoco veo nada. Más odioso que el exterior blanqueado de un celo espacioso. Hablo de esos charlatanes sueltos, de esos devotos de plazuela cuya farsa sacrílega y engañadora abusa impunemente y se burla a su grado de cuanto más sacrosanto tienen los mortales. Pues son gentes aquellas que, con alma sometida al interés, hacen de la devoción oficio y granjerias, queriendo comprar créditos y dignidades a costa de mucho bajar de ojos y mucho afectado fervor. Refiérome a esas personas que con descomunal ardor corren por el camino del Cielo hacia su fortuna, pidiendo cosas a diario, implorantes y acalorados; predicando el retirarse, mas a la corte, ajustando su celo con sus vicios; mostrándose prontos, vindicativos, de mala fe, artificiosos; cubriendo insolentemente con el interés del Cielo su fiero resentimiento cuando quieren perder a alguien; siendo tanto más peligrosos en su áspera cólera cuanto que usan contra nosotros armas que reverenciamos, y en su pasión quieren asesinarnos con un hierro sagrado. De carácter tan falso, vense aparecer hartos hombres; mas los devotos de corazón son fáciles de conocer. Nuestro siglo, hermano, expone a nuestros ojos quienes pueden servirnos de gloriosos ejemplos. Mirad a Periandro y Ariston, a Orente, Alcidamas, Polidoro y Clitandro. A estos nadie les discute sus títulos; no son fanfarrones de la virtud; no se ve en ellos una vanidad insoportable, y su devoción es humana y natural. Porque no censuran todos nuestros actos, hallando exceso de orgullo en tales represiones, y dejan a otros las palabras duras, reprendiendo nuestras acciones con las suyas propias. Dan poco apoyo a las apariencias del mal y su alma se inclina a juzgar bien al prójimo. No hay en ellos cábalas ni intrigas, ocúpanse con cuidado en vivir bién, jamás se encarnizan contra el pecador y dirigen su odio tan sólo al pecado. Nunca, con exceso de celo, quieren tomar los intereses del Cielo con más empeño que el Cielo mismo.


51 págs. / 1 hora, 30 minutos.
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Publicado el 7 de abril de 2018 por Edu Robsy.


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