—Lo
llevaré, señor —respondí—. Déme a los doce hombres del
calabozo. Me las arreglaré. ¿A dónde debo llevarlo, señor?
—De
vuelta a Sídney. Descargue a los hombres en la oficina del cónsul y
síganos a Shanghái. Puede que llegue antes que nosotros.
Así,
los doce reos, ya sobrios, fueron reunidos en cubierta y alineados.
Todos estaban dispuestos a ir; todos prometieron
trabajar
y obedecer órdenes tan fielmente como si hubiesen firmado
reglamentariamente; y todos se alegraban de salir de la marina. Se
les entregaron sus sacos, y a mí una lista con sus nombres. Los fui
anotando conforme bajaban por la escala: Kenyon, Kellar, Macintosh,
Wilson, O’Hara, Thompson, Devlin, Taylor, Mulligan, Brown, Miller y
Gall. El último era un gigante de hombre, digno de ser retenido en
la marina; pero las circunstancias exigían su liberación.
Fuimos
remolcados hasta el barco abandonado y, una vez a bordo, el bote
regresó; y quedé yo solo con mi tarea. La primera parte consistía
en deshacernos de los cuerpos, lo cual hicimos sin servicio de
oración alguno; pues no había ni tiempo ni sentimiento para ello.
Pero el gran Gall y algunos otros dejaron escapar
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