Texto: El Holocausto del Mundo

Nathaniel Hawthorne


Cuento


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El Holocausto del Mundo

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Fragmento de El Holocausto del Mundo

—El olor de las vestimentas chamuscadas es intolerable aquí —observó mi nuevo conocido al envolvernos la brisa con el humo de una guardarropía real—. Coloquémonos a favor del viento y veamos lo que están haciendo al otro lado de la hoguera.

Así que dimos la vuelta, justo a tiempo de ser testigos de la llegada de una larga procesión de washingtonianos —como se auto-denominan los partidarios de la templanza hoy en día—, acompañados de millares de discípulos irlandeses del padre Mathew, con aquel gran apóstol en cabeza. Traían una rica contribución para la hoguera: nada menos que todos los toneles y barriles de licor del mundo, que hacían rodar delante de ellos a través de la pradera.

—Ahora, hijos míos —gritó el padre Mathew cuando alcanzaban ya el borde de la hoguera—, un empujón más y la labor está hecha. Y ya, apartémonos para ver a Satanás ocuparse de su propio licor.

Así, después de colocar sus recipientes de madera al alcance de las llamas, la procesión se apartó a una prudente distancia y pronto pudieron verlos arder en una llamarada que llegaba hasta las nubes y amenazaba prenderle fuego al mismo cielo. Y bien que podía, porque aquí se encontraban todas las existencias de licores espiritosos del mundo, las cuales, en lugar de poner una llamita de locura en los ojos de determinados borrachines, como antaño, se remontaban hacia lo alto con un desconcertante resplandor que espantaba a toda la humanidad. Era el conglomerado añadido a aquel voraz incendio lo que, de no haber sido así, hubiera abrasado el corazón de millones de seres. Mientras tanto, innumerables botellas de precioso vino eran arrojadas a las llamas, que bebían con avidez su contenido como si les encantase, y se volvían, al igual que otros borrachos, más alegres y más violentas cuanto más bebían. Nunca más la insaciable sed del demonio del fuego volverá a ser tan bien servida. Aquí se hallaban los tesoros de afamados «bon vivants» —licores que se habían mecido en el océano y madurado al sol y atesorado durante mucho tiempo en las entrañas de la tierra—, el pálido, el dorado, el rojizo jugo de las viñas más delicadas, la cosecha entera de Tokay, mezclándose todo en un mismo caudal con los fluidos viles de la taberna vulgar y contribuyendo a acrecentar las mismas llamas. Y mientras éstas se elevaban en una gigantesca espiral que parecía ondear contra la bóveda del firmamento y se fundía con la luz de las estrellas, la multitud prorrumpió en un griterío como si la inmensa tierra se regocijara exultante por haberse liberado de la maldición de los tiempos.


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25 págs. / 44 minutos / 329 visitas.
Publicado el 19 de mayo de 2017 por Edu Robsy.