Primera Parte
I
En la sesión extraordinaria de la Academia Francesa, celebrada el 27 de marzo de 1967, fueron designados con el nombre de zootauros.
Nadie hubiese podido decir por qué los monstruos fueron bautizados con un nombre semejante y no con otro cualquiera. El propio autor de la designación, el eminente académico Mauricio Lemercier, célebre por sus trabajos científicos sobre los mosquitos pantanosos de la Patagonia, se habría visto en un apuro para explicarla con su lucidez habitual.
La sesión de la Academia, por otra parte, se desarrolló en una atmósfera de extrema angustia, casi de pánico; es decir, en condiciones poco favorables para poder deliberar con calma. Los "inmortales" parecían hombres sorprendidos por la tempestad en plena mar y seguros de su pérdida inevitable. Pálidos, con los ojos desencajados, se frotaban las manos como para ahuyentar el frío, a pesar de la calefacción que habia en la sala. Hablaban en voz baja, casi en susurro, cual si tuvieran miedo de ser oídos por un ser invisible escondido allí cerca.
—¿Los ha visto usted?
—Yo, no. ¿Y usted?
—Tampoco. Pero mi ayudante sí los vió.
—Y ¿qué dice?
—Su sorpresa y su horror fueron tales, que cayó al suelo sin sentido, y no se acuerda de otra cosa.
—Y ¿dónde se encontraba en aquel momento?
—En la calle, cerca del Panteón. Volvía de una reunión científica que se había prolongado más tiempo que de costumbre. La noche era oscura y el cielo estaba cubierto de espesas nubes, que no traspasaba la luz de una sola estrella. Mi ayudante se acuerda perfectamente de haber mirado el reloj dos o tres minutos antes de la catástrofe: era la una y treinta y cinco minutos de la mañana.
En resumen: ninguno de los asistentes a la sesión había visto los zootauros, como se dice, con sus propios ojos. Pero todos habían sentido, en mayor o menor grado, el choque de su irrupción, y, cuando menos, se habian despertado.
—¿Sus señorías opinan entonces que proceden de Marte? preguntó, dirigiéndose a los inmortales, el presidente de la Academia, Marcelo Duvernoy, personaje parecido a un saco de cuero lleno de huesos.
—Si... Todo induce a creerlo... De otro modo, el hecho sería inconcebible...—dijeron algunos.
—Esa no es una manera científica de tratar la cuestión—dijo el presidente con voz seca, como si los huesos sonaran en el saco—. Bajo esta cúpula tenemos el hábito de trabajar tan sólo sobre hechos precisos, positivos. ¿Sobre qué base digna de este nombre fundan sus señorías semejante... suposición? Porque no tenemos siquiera el derecho de darle el nombre de hipótesis.
Por toda respuesta se hizó el silencio. Un silencio pesado, angustioso.
—¡Señor secretario! ¿Qué noticias ha podido recoger su señoría sobre el asunto que se debate?
El secretario se restregó las manos, sacó del bolsillo un papel doblado en cuatro, lo desdobló cuidadosamente y, después de un golpe de tos, dijo:
—Un triste deber me obliga, ante todo, a comunicar a la ilustre asamblea los informes sobre los accidentes de que han sido víctimas un número considerable de miembros de nuestra Academia. Por desgracia, la lista es bastante larga. Con la venia...
—¡Lea su señoria!—dijo el presidente con voz imperativa.
El secretario empezó la lectura. Alto, flaco, enjuto, vestido con una larga levita negra, se asemejaba por el aspecto y el tono a un cura rezando ante un cadáver. A medida que iba leyendo, parecía que la luz de la enorme lámpara eléctrica suspendida sobre la mesa, se iba haciendo más débil. Los presentes inclinaban, cada vez más, la cabeza, y el frío se hacía a cada momento más vivo en los corazones.
He aquí lo que comunicó el secretario:
El célebre astrónomo Pablo Olivier, que hacía tan sólo quince días, el 13 de marzo precisamente, había celebrado el sexagésimo aniversario de su vida científica, se encontraba la noche fatal en su observatorio, absorto en la contemplación del cometa de Halley. A su lado trabajaba también Javier Montero, discípulo predilecto del maestro, una de las lumbreras de la juventud científica, hombre al cual aguardaba el más brillante porvenir. Un ruido infernal interrumpió el discurso del profesor Olivier mientras éste hacía en alta voz interesantes consideraciones de orden científico. Al propio tiempo se apagó la luz y la más negra oscuridad lo envolvió todo. "Se diría que mil planetas habían caído juntos y de improviso sobre la Tierra." Con estas palabras trataba de dar una idea de lo ocurrido Montero, el cual, al acaecer el hecho, precipitóse inmediatamente hacia el lugar donde se hallaba su maestro, encontrándole en el suelo inanimado junto al telescopio, con los ojos sin luz, pero desmesuradamente abiertos por la impresión de horror recibida. Para Montero no cabía duda de que su maestro, en el momento fatal, tuvo la idea de que el cometa Halley se había precipitado sobre la tierra.
Emilio Croisel, el físico no menos célebre, fué sorprendido por la irrupción de los zootauros en su gabinete de trabajo, mientras procedía a un experimento con el aparato inventado por él mismo para la intensificación de la energía térmica. Una descarga eléctrica le arrebató la vida. Su cadáver estaba carbonizado, y al caer se había roto el cráneo contra el borde de su aparato.
El botánico Juan-Pedro Leconte, orgullo de la ciencia francesa, murió de un ataque al corazón, producido por la sacudida que ante la irrupción de los zootauros recibiera; la misma trágica suerte corrieron el geólogo Guido Forestier, el entomólogo Espinas y el matemático Claudio Ferrier.
Algunos "inmortales" sufrieron ataques de parálisis. En general, la ciencia francesa había tenido durante aquella noche pérdidas numerosas y sensibles. Y no tan sólo la ciencia francesa. Según las informaciones recibidas—todas incompletas y de fuente dudosa—, la invasión de los zootauros había tenido fatales consecuencias en Londres, en Berlín, en Roma, en Madrid y en San Petersburgo.
—¿No podría su señoría comunicarnos sobre este punto datos más precisos?—preguntó el presidente.
—Por desgracia, es todavía imposible—contestó el secretario. Las relaciones con los centros científicos del mundo están en gran parte suspendidas. Es de suponer que a consecuencia de la irrupción de los zootauros, tanto las estaciones radiotelegráficas, como los cables, han sido en muchos lugares destruídos. Hasta ahora han podido conseguirse tan sólo informes fragmentarios, de los cuales puede deducirse que los zootauros han sido vistos a un mismo tiempo en Inglaterra, en toda la Europa central y meridional y en los Estados Unidos.
—Y bien—dijo el presidente en tono de reproche casi amenazador, ¿también en esos países los hombres de ciencia emiten la... suposición de que los zootauros proceden de Marte?
—Así parece—replicó el secretario. Cuando menos, es lo que se desprende de las comunicaciones que hemos recibido de Berlín, Roma, Greenwich, Nueva York y Pulkow.
—¡Es curiosísimo! No comprendo cómo los sabios pueden... Porque no se trata de una hipótesis siquiera. Una hipótesis, al fin y al cabo, supone siempre una base científica, por débil que sea. Mientras que ahora nos encontramos tan sólo ante un supuesto nacido de la imaginación de gentes profanas aterrorizadas.
El ilustre presidente de la Academia hizo un gesto que expresaba toda la indignación de un hombre cuya vida entera había sido dedicada al culto y ejercicio de las ciencias exactas.
II
Hasta cierto punto el presidente de la Academia tenía razón. Los informes que se recibían de distintos puntos de Francia y de otros países llevaban las trazas visibles de la alucinación y del miedo, y mal podían ofrecer, por lo tanto, una garantía científica. Eran, además, vagos en extremo, contradictorios y, a veces, completamente fantásticos. Tan sólo en un punto era general la coincidencia: la irrupción de los zootauros había tenido lugar durante la noche del 26 al 27 de marzo, hacia la una y media de la madrugada, y había durado hasta el amanecer. A partir de este punto, cada uno de los testigos oculares dejaba libre curso a su fantasia.
Unos aseguraban que los zootauros procedian del Norte, de la parte de Bretaña. Otros testigos, no menos respetables, afirmaban que habían llegado del Sur, de las costas del Mediterráneo. Informaciones recibidas de provincias indicaban que unos pescadores pretendían haber visto, materialmente, cómo los zootauros emergian del fondo del mar y se elevaban por el aire en masa monstruosa que cubría el cielo por completo.
Sobre el aspecto exterior de los zootauros eran, asimismo, confusos y contradictorios los informes. Un panadero parisién, Jaime Renault, que en el momento de la irrupción se encontraba junto a su horno amasando el pan que los parisienses habían de comer, tierno y caliente, por la mañana, juraba que los monstruos semejaban bueyes gigantescos, con alas parecidas en su forma a la cola de los peces. El obeso Moineau, propietario de un cabaret de noche en Montmartre, afirmaba, por su parte, que eran más bien comparables a elefantes alados, pero elefantes de tamaño descomunal, al lado de los cuales habrían de parecer moscas los paquidermos del Jardín de Plantas.
—¿Habéis visto alguna vez una tortuga gigantesca?— preguntaba Poireau, el farmacéutico, después de haber dicho que había visto a los zootauros al volver a la una y media de pasar la noche en compañía de unos amigos—. Pues bien—añadía, multiplicad esa tortuga por trescientos, por quinientos, por mil, y tendréis la copia exacta de los zootauros.
Pero un vecino del farmacéutico, joyero de oficio, y llamado Petitbeaujean, combatia enérgicamente esa aseveración, y después de asegurar que los zootauros no se parecían en nada a las tortugas, atribuía las visiones del farmacéutico a los efectos, siempre desconcertantes, del alcohol. Si hay que hacer una comparación—decía, y las comparaciones siempre son odiosias—, sería más justo comparar esos monstruos a las ballenas. Imaginad una ballena de varios centenares de metros, y con alas, por supuesto (pues de otro modo no podría volar), y tendréis la imagen del zootauro. Uno de esos monstruos lo he tenido yo a mi lado, tan cerca como estoy ahora de vosotros.
—¡Tonterías! —exclamó irritado el encuadernador Cordier.
Por haber tenido en sus manos durante su vida infinidad de libros, Cordier se creia hombre de ciencia. Las palabras sabias ejercían sobre su espíritu una irresistible atracción.
—¿Queréis saber lo que es el zootauro? Pues yo os lo voy a decir. El zootauro es un fenomeno.
—¿Un feno qué? —preguntó alguien que no había comprendido.
—Es evidente que vosotros no sabéis lo que es un zootauro. Yo, tampoco. Los sabios más sabios, tampoco. Pues bien: lo que nadie comprende se llama en ciencia fenomeno.
¿Estamos? Todo esto dicho en pocas palabras y en voz baja, como si los zootauros pudiesen oírlo. El miedo que los monstruos inspiraban a las gentes era indescriptible. Todo el mundo iba por las calles con el aire abatido del que tiene un muerto en casa. Y, en realidad, el número de muertos era aquel día en París considerable. La irrupción de los zootauros habia costado la vida a miles de personas. Como si una epidemia mortífera acabara de hacer en la ciudad su cosecha nefasta, los fabricantes de ataúdes y sepultureros trabajaban sin descanso. Una bandada de zootauros había descendido hasta rozar la techumbre de las casas, hundiendo los pisos superiores de varias de ellas y causando la muerte a numerosas personas. Otras muchas, sobre todo mujeres, niños y ancianos, murieron de ataques cardíacos, principalmente en aquellos puntos de la ciudad donde los zootauros pasaron más cerca.
Nadie había conseguido ver bien los zootauros, pero todo el mundo había podido oírlos. A su paso, la tierra retumbó con un ruido infernal que sólo los muertos hubiesen podido dejar de oír. Al principio creyeron algunos que se trataba de un ataque nocturno llevado a cabo con las gigantescas aeronaves de que se habla en las crónicas de principios de siglo. Pero Esteban Legrand, que acababa de cumplir los ochenta, y aprovechaba cualquier oportunidad para demostrar que se acordaba de la gran guerra con toda suerte de pelos y señales, declaró categóricamente que entre la irrupción de los zootauros y los ataques de las aeronaves no existía la menor semejanza.
—¿Por qué?—le preguntaron a coro los representantes de tres generaciones; es decir, sus hijos, sus nietos y sus biznietos.
El anciano movía repetidamente sus labios exangües, como queriendo definir el gusto de algo que tuviera en su boca desdentada, y movía, con la persistencia de un oso mecánico, su cabeza calva como una rodilla. Por fin dijo:
—Todo lo que yo vi entonces... Todos esos Gothas, Zeppelines, Berthas..., no es nada en comparación con lo de esta noche... Es como el piar de un polluelo, y... y...
De nuevo volvió el viejo a remover los labios mientras buscaba, sin encontrarla, la palabra justa que expresara su pensamiento. Uno de sus numerosos nietos vino a sacarle del apuro:
—¿Y el rugido del león? —preguntó.
—Eso es... Como el piar de un polluelo y... el rugido de un león.
Al día siguiente de la irrupción llegaron a París, presa del pánico, millares y millares de provincianos. Unos, los que pudieron, en ferrocarril; oíros, en caballerías, y todos llevando consigo cuanto podían. Abatidos y sin saber qué hacer ni dónde ir a parar, se amontonaban alrededor de las estaciones y en las calles vecinas, contribuyendo a aumentar todavía el desconcierto que reinaba en la capital. Era inútil preguntarles nada sobre lo ocurrido la noche antes: tanto era el miedo de que estaban sobrecogidos. Lo único que podían decir era que en sus aldeas y lugares los destrozos habían sido grandes, muchos los muertos y heridos y no pocas las casas en ruina. Se decía que la ciudad de Blois, atacada por varios zootauros a la vez, había sido completamente destruída, y que más de la mitad de la población había perecido entre los escombros. Los que por milagro pudieron salvar la vida, huyeron aterrorizados. Por los caminos desfilaban los fugitivos, a pie casi todos ellos, porque la estación y la línea de ferrocarril habían sido destruídas y muertas casi todas las bestias de carga.
Un cura bretón, sucio y harapiento, que apenas se distinguía por su aspecto de los campesinos con los cuales había venido a París, se dirigía a la muchedumbre, y con voz ronca, como salida de una tumba, proclamaba, levantando las manos al cielo, que aquello era el castigo de Dios, que la paciencia del Todopoderoso había terminado, que había llegado la hora del Juicio Final.
—¡Haced penitencia, miserables pecadores!—exclamaba, amenazando a la multitud con su dedo sucio y tortuoso—. No sólo vuestros días: vuestras horas están contadas. Esos que vosotros, en vuestra ceguera, creéis monstruos venidos de Marte, son, en verdad, los mensajeros de Dios, llegados al mundo pecador para cumplir su santa voluntad.
La muchedumbre parecía hipnotizada por el dedo amenazador; escuchaba las palabras airadas del cura, se encogía bajo la influencia de su mirada fúlgida de fanático, y de entre ella surgían suspiros adoloridos. Muchos rezaban en voz baja y hacían la señal de la cruz. Las mujeres se enjugaban los ojos y los niños que llevaban en brazos envueltos en las faldas, escuchaban con espanto las palabras incomprensibles de aquel hombre negro y terrible, y pedían a gritos que los llevaran a casa.
Esos predicadores improvisados se hacían cada vez más numerosos. En diversos sitios de la capital reunían a la multitud, le hablaban del castigo de Dios y la exhortaban a la penitencia.
Las iglesias estaban llenas de día y de noche, sobre todo, en los barrios extremos habitados por gente pobre. Se diría que las gentes consideraban la casa de Dios como el único abrigo seguro en esas horas fatales. También en las iglesias se sucedían sin interrupción los sermones sobre el próximo advenimiento del Juicio Final y la necesidad de prepararse para acudir a él como buenos cristianos.
La congoja crecía por momentos. A medida que el Sol se inclinaba hacia el horizonte, las gentes seguían su curso con la mirada triste como si en el residiera la única protección contra el gran peligro. Se forjaban la ilusión de que mientras el Sol brillara en el cielo, nada malo podía ocurrir. Pero la proximidad de la noche, abrigo de crímenes y fechorías, inspiraba un miedo invencible.
—¡Dios mío! ¿Qué pasará esta noche?—suspiraban los desgraciados.
Algunos optimistas—gente de buen apetito y digestión normal—aseguraban que los zootauros no volverían a presentarse.
—Nuestra casa no les ha gustado—decían—. Vinieron para dar un vistazo, y ante el escaso interés que nuestro mundo ofrece, levantaron el vuelo hacia otro planeta...: Mercurio, Saturno o Júpiter. En el Universo no faltan los sitios agradables, al lado de los cuales nuestro menguado planeta no tiene ningún atractivo.
Esas manifestaciones de los optimistas eran acogidas con gran esceptismo por los que sufrían del hígado o del estómago.
—No hay que pensar en que los monstruos se hayan marchado—replicaban con tristeza—. Su reaparición es cosa segura. Probablemente no pueden soportar la luz del Sol, como las lechuzas, y esperan tan sólo a que cierre la noche.
Al desaparecer el Sol, después de inundar el Occidente con un mar de fuego (triste presagio para los supersticiosos), empezaron a circular los rumores de mal augurio y a transmitirse, de barrio en barrio, por toda la ciudad.
—¡Ya llegan! ¡Ya llegan!
—¿Por dónde?
—No se sabe todavía. Pero en Montmartre se acaba de oír el zumbido de su vuelo.
Rumores análogos llegaban de los alrededores de la capital: de Clamart, Meudon, Fontenay-aux-Roses, Saint-Denis. En todas partes se oian—o se pretendía haber oído—un ruido misterioso de alas no menos misteriosas, y de todas partes corrían las gentes hacia París, como si las grandes masas de piedra de la capital ofrecieran una mejor defensa contra el amenazador peligro.
Como la pólvora circuló el rumor de que en los alrededores de París un campesino acababa de ver pasar sobre el bosque vecino un zootauro que volaba en dirección noroeste hacia Lamanche.
Por fin, hacia las diez de la noche se oyó un ruido extraño, como si un motor gigantesco volara sobre la capital. Un minuto después, tan pronto oculto entre las nubes que acababan de cubrir el cielo como claramente visible, apareció un zootauro de dimensiones monstruosas.
La capital fué presa de un pánico rayano en la locura. Como bandada de gallinas que ven acercarse la imagen temida de un buitre, corrían las gentes despavoridas en todas direcciones.
—¡A los sótanos! ¡A los sótanos!—exclamaron algunos.
—No, no gritaban otros—. Si la casa se hunde, quedaremos enterrados en vida.
—¡A la iglesia! Que por lo menos la muerte nos sorprenda en la casa de Dios.
Unos minutos más tarde, las calles estaban desiertas, barridas, como por gigantescas escobas, por el miedo aterrador que cegaba y ensordecía, paralizaba los miembros y helaba la sangre en las venas.
El ronquido del motor monstruoso se hacía sentir sobre la ciudad cada vez con más furia. Pronto se unió al primer motor, otro, y después, otro, y otro, y otro...
Así comenzó el nuevo ataque de los zootauros.
III
Esta noche los incidentes trágicos fueron todavia mas abundantes y de mayores proporciones que la noche anterior.
A las víctimas que fallecieron de ataques del corazón o de parálisis, o encontraron la muerte entre los escombros de las casas en ruinas, había que añadir los desaparecidos, que en París tan sólo se cifraban por millares. Los zootauros descendieron a ras del suelo, y después de destruir los edificios donde las gentes se hallaban escondidas, se remontaron de nuevo con rumbo desconocido, llevándose consigo, como en gavillas, a centenares de personas. Estas escenas de rapto produjeron un terror sin límites, hasta el punto de que muchos testigos de ellas, aun sin ser víctimas directas de los zootauros, perdieron la vida o la razón a causa del espanto.
Tanta fué la confusión, que al día siguiente casi nadie pudo hacer una relación fiel de lo ocurrido; nadie podía decir cómo y cuándo habían llegado los zootauros, en qué forma habían podido raptar a sus víctimas ni cuál era su aspecto exterior.
Uno de los pocos testigos presenciales de la catástrofe que habían conseguido conservar la vida y una cierta lucidez de juicio, el reportero Pelletier, contó lo que había visto en los siguientes términos:
"Todos los inquilinos de la casa se habían reunido en un piso del entresuelo, encima mismo del sótano. Eramos aproximadamente unos sesenta. No quisimos bajar al sótano a causa de la humedad y del frío, y porque, además, el peligro era mayor todavía. Apretujados como un rebayo presa del miedo, nos mirábamos tristemente unos a otros sin pronunciar palabra. La congoja había puesto palidez en los rostros y escalofríos en los cuerpos de todos. Se habían bajado cuidadosamente las persianas para que no se filtrara la luz hacia el exterior, y el cuarto quedó alumbrado solamente por una débil lámpara eléctrica, que más tarde fué apagada, también por precaución. La oscuridad era absoluta. Sobre nuestras cabezas el ruido era infernal, como si centenares de casas vecinas se derrumbaran a un tiempo... Como una media hora después sobrevino súbitamente un formidable estrépito. Alguien o algo extraordinario se había precipitado sobre nuestra casa, hundiendo la techumbre, derribando las paredes y reduciéndolo todo a añicos, como si se tratara de un juguete. Inmediatamente empezaron los gritos y los sollozos. Muchas mujeres cayeron al suelo desmayadas. Sobre nuestras cabezas empezaron a caer trozos de ladrillo, cantos de yeso y vigas rotas. Muchos fueron los muertos y los heridos. De golpe la habitación quedó alumbrada por un haz de luz vivisima..."
Pelletier interrumpió un momento su narración para secar el sudor que le corría abundantemente por el rostro y el cuello.
"Era un zootauro—prosiguió después de haber tomado aliento—. El terror impuso silencio, y los gritos cesaron de súbito. Amontonados todos en un rincón, cada uno procuraba empequeñecerse tanto como podía. Para guarecerse contra la luz era preciso taparse la cara con las manos. Después... ¡cualquiera sabe cómo ocurrió la cosa! De lo alto, por el boquete abierto en el techo, descendió una garra de dimensiones monstruosas, negra, reluciente, semejante por su forma a la de un lagarto, con las uñas curvas como hoces. A tientas fué recorriendo el recinto, y al dar con nuestro grupo, arrastró consigo un puñado de hombres. De nuevo comenzaron entonces los gritos agudos, casi inhumanos. Todavía me parece oír el chillido desgarrador de mi mujer, cogida con todas sus fuerzas a mi ropa, en forma que durante unos segundos ambos quedamos suspendidos en el aire. Al poco rato sus manos cedieron, y es de suponer que perdió el conocimiento. Yo tengo también la sensación de haberlo perdido. Al recobrar el sentido el cuadro que se ofreció a mis ojos era para helar la sangre en las venas. Entre los montones de escombros yacían cerca de treinta cuerpos humanos. Algunos de estos infelices vivían aún. pero de sus heridas manaba la sangre en abundancia. Mi amigo Granier, el pintor, tenía la cabeza aplastada y el cuerpo mutilado horriblemente. Se oía el sordo gemir de las víctimas, que todavía alentaban. Yo escapé con ligeras heridas en la cabeza y en el hombro derecho, causadas por alguna piedra o astilla. Pero también es posible que haya sido rozado por la garra del zootauro."
A tal extremo esta relación impresionó a los que la escuchaban, que durante largo rato ninguno de ellos se atrevió a despegar los labios.. Por fin Gaspar, el tendero, dijo:
—No hay duda... Son los famosos habitantes de Marte. No puede decirse que durante los últimos años no nos hayamos ocupado de ellos abundantemente. Los señores astrónomos cambiaban con esos señores signos cabalísticos. Se ha hablado de ondas eléctricas de una fuerza extraordinaria destinadas a servir de telégrafo entre nosotros y los martenses, y se pretendía, inclusive, haber recibido de Marte señales misteriosas. Se nos aseguraba que los habitantes de Marte gozaban de una cultura adelantadísima, y se esperaba poder establecer con ellos relaciones regulares. ¿No llegó hasta fundarse con este objeto una Compañía poderosísima, con un inmenso capital? Por fin han venido a la Tierra para tener el gusto de conocernos personalmente. Nuestros sabios han conseguido desarrollar un poder de atracción suficiente. Pueden venir cuando gusten, se les ha dicho durante mucho tiempo. Y los martenses han venido, han probado la carne humana y, por lo visto, no les parece del todo mal...
En resumen: las pérdidas de esta segunda noche, según datos oficiales recogidos más tarde. han sido muy importantes: más de catorce mil muertos y ciento ochenta y dos casas destruídas. Casi una tercera parte de las víctimas fueron raptadas por los zootauros. El resto pereció entre los escombros o a causa de ataques del corazón. En las calles y en los campos han sido encontrados centenares de cadáveres, cuerpos humanos convertidos en piltrafas: es de suponer que los infelices habían sido raptados por los zootauros y lanzados después sobre la Tierra desde gran altura.
El número de víctimas había sido mayor que en parte alguna en las estaciones, sobre todo en la estación del Norte, donde habían ido a buscar refugio millares de gentes aterrorizadas. Según ha podido averiguarse por las relaciones confusas de testigos oculares, dicha estación fué atacada por una bandada de zootauros. Algunos de estos testigos aseguraban que los monstruos habían sido por lo menos diez; otros, en cambio, afirmaban que no habían pasado de tres o cuatro. Los zootauros habían destruído por completo la enorme estación y todas sus dependencias, hecho añicos centenares de vagones y destrozado más de un kilómetro de vía, dejándola inutilizada.
Los desperfectos fueron también importantísimos en las estaciones de Lyon y del Este, donde habían buscado albergue millares de refugiados procedentes de las diversas provincias, empujados por el miedo hacia París. Acostumbrados a esperar siempre el socorro de la capital en los casos de angustia, creían de buena fe los provincianos que en París se habría ya decubierto un medio de protección contra ese nuevo e inesperado infortunio. Del mismo modo que en la Edad Media, cuando las guerras feudales, la población buscaba abrigo en la ciudad en las horas de peligro, ahora las provincias se precipitaban en desorden hacia París, campamento gigantesco en el camino de la Humanidad vagabunda, marchando hacia horizontes desconocidos.
Pero París era también impotente, por desgracia, y no podía ocuparse de esos millares de fugitivos que, como una invasión de lava, corrian, cada vez en mayor número, por sus calles. Destruída la ciudad a medias, y abatida por el pánico, no podia ofrecer abrigo ni alimento a los recién llegados. La vida se hacía cada vez más difícil: la mayor parte de las empresas estaban paralizadas, los almacenes cerraban uno tras otro sus puertas, y las panaderías, privadas de una buena parte de su personal, producian cada día menos pan.
Mientras tanto, era cada vez mayor y más intranquilizadora la corriente incesante de los refugiados. Las provincias se presentaban a las puertas de Paris, amenazando con arrasarle. Lentamente, obstinados y silenciosos, inclinados bajo el peso de los sacos que llevaban a cuestas, adelantaban taciturnos los campesinos, implacables como el Destino. No había fuerza en el Mundo capaz de detenerlos. Llamaban a las puertas de las casas y de las posadas. Se instalaban con sus mujeres, su prole y su impedimenta en las aceras, en los pórticos de los edificios públicos, entre los escombros de las casas destruídas. Se mantenían en actitud pacífica y silenciosa, sin exhalar una queja ni pedir nada. Pero había en ese silencio mismo algo de terriblemente amenazador. Se veia claramente que, una vez sintieran el espolón del hambre, esa masa gris, aún tranquila, se pondría en marcha sin decir palabra, y con la misma impasibilidad en los rostros embrutecidos, avanzarían arrollándolo todo. Llegado este momento, París, el París espiritual y refinado, orgulloso de su cultura, sufriría el más espantoso de los desastres: el saqueo bárbaro y arrasador.
Hacia mediodía hubo ya, aquí y allá, numerosos asaltos a las panaderías, las carnicerías y los depósitos municipales de víveres. Es cierto que en tales desmanes los campesinos llegados de provincias tuvieron una intervención escasa, casi nula. No eran ellos, en todo caso, los instigadores. Estos procedian de los bajos fondos del propio París. Uno de los edificios destruídos por los zootauros durante la noche había sido precisamente la cárcel central. Muchos de los reclusos habían perecido, pero otros consiguieron evadirse, y, hambrientos, movidos por el odio a la sociedad que les había rechazado de su seno, merodeaban por las calles, hurgaban los escombros en busca de botín, o se presentaban, con el mismo objeto, en las casas que habían salido indemnes del ataque de los zootauros.
Las autoridades perdieron el tino. Sin cesar aparecían llamamientos a la población, exhortándola a que conservara la calma y velara por el mantenimiento del orden. Al propio tiempo se amenazaba a los delincuentes con las penas más severas. Pero el Gobierno se daba cuenta de que estas amenazas no asustaban a nadie y de que, en el fondo, carecían de fuerza para mantener el orden.
Rápidamente se procedió a constituir un consejo de guerra, que en juicio sumarísimo condenó a muerte una docena de malhechores. La ejecución de los condenados tuvo lugar el mismo día en la plaza de la Concordia. Pero con esta medida no se consiguió producir efecto alguno. Nadie acudió a presenciar las ejecuciones. Los reos y los ejecutores formaban en el centro de la vasta plaza un grupo minúsculo. El espectáculo aparecía como una farsa grotesca y estúpida, para la cual el público no había querido molestarse. Los jueces, los soldados llamados a representar el papel de verdugos, y aun los mismos condenados, se sentian molestos por la inutilidad y lo absurdo de la comedia que habían venido a representar en esa plaza desierta. Eran como actores condenados a interpretar una obra mala en un teatro vacío.
Uno de los condenados a muerte, evadido de la cárcel la noche última, jefe célebre de una partida de ladrones organizados, Feliciano Lacage, más conocido por el mote de Lord, unos minutos antes de ser fusilado y mientras el secretario del tribunal leía la sentencia en alta voz, estiró descaradamente los brazos con gesto de pereza, bostezó, y con la sonrisa satisfecha del hombre que va a hacer una buena siesta, dijo:
—No vale la pena de que se canse el señor secretario. Sabemos de sobra lo que va a leer, y yo por mi parte deseo estar listo cuanto antes porque tengo sueño...
Confundido, cesó el secretario la lectura. El Lord, después de escupir con garbo y arte, añadió dirigiéndose a los jueces:
—Les aconsejo, señores, que se coloquen a mi lado. Los soldados encontrarán también un poco de plomo para usías. Es preferible, me parece, morir de un balazo que devorado por los zootauros. Si no quieren, peor para usías. Es un consejo de amigo... Tirad soldados. Ya es hora de que pueda dormir.
Hacia la noche los actos de pillaje se repetían sin cesar. Los malhechores entraron primero a saco en los depósitos municipales; pero pronto llegó el turno de los almacenes particulares. Los asaltos tenían lugar abiertamente, ante las barbas de la Policía, que nada podía hacer. Los campesinos, venidos de las aldeas, formaban sus propios grupos. Se entregaban al saqueo y al pillaje, sin decir palabra y como sin ganas, obedeciendo a una fuerza misteriosa. Y cuando los soldados abrían el fuego contra ellos continuaban avanzando imperturbables en masas compactas y grises, pisando con indiferencia los cadáveres de sus propios compañeros.
Hacia las ocho de la noche fué posible reparar la estación radiotelegráfica, medio destruída durante la noche anterior, y ponerse en comunicación con Londres, Berlín y otros centros importantes. Pero la confusión y las grandes lagunas que en las respuestas se notaban hacían suponer que también en dichas ciudades el funcionamiento de la telegrafía sin hilos había sido perturbado.
Londres, por ejemplo, contestaba: "Muertos.. más de 40.000... Westminster... los puentes... aislados... hambre..."
La respuesta de Berlín no era tampoco alentadora: "Escombros... 23.127 hombres... 21.964 mujeres... niños... Cartillas de aprovisionamiento... hambre... epidemias..."
A juzgar por un radio recibido a fragmentos y en desorden, la situación era en Nueva York todavía más desesperada. El despacho decia; "Brooklin destruído... La Casa Blanca... El Presidente... Numerosos buques de vapor... Más de 150.000 (es de suponer víctimas)... Incendios... Millares de negros... Ley de Lynch..."
De San Petersburgo, Roma, Madrid, Estocolmo, Copenhague, Calcuta, Sidney, San Francisco, Buenos Aires, se habían recibido comunicaciones análogas.
Tan sólo de Tokío llegó un despacho extraño, que causó general sorpresa: "No comprendemos vuestro radio—decía—. ¿Qué pasa? ¿Qué zootauros son ésos? Aquí todo sigue igual. Esperamos detalles."
IV
En el curso de la tercera noche sobrevino un acontecimiento propio para provocar la estupefacción aun en los tiempos en que el espanto era el estado de ánimo normal de las gentes. Lo sucedido no se supo hasta el día siguiente, cuando la población, después de haber pasado una noche horrible, se decidió a salir a la calle para darse cuenta del alcance de las devastaciones. Entonces un rumor sensacional, que se diría escondido durante la noche, empezó a propagarse de casa en casa, de calle en calle, hasta alcanzar los más insospechados rincones.
—¡Un zootauro muerto!—se oía aquí y allá. El grito sordo parecía proferido con esfuerzo, y apenas acertaba a pasar por las gargantas anudadas y los labios secos.
—¡Imposible! ¿Dónde?
—En la plaza de Notre-Dame. La catedral no es más que un montón de escombros.
—¡Santo cielo! Pero ¿cómo ha podido ser eso?
—No se sabe. Todo el mundo corre hacia allí. De todas partes, de los barrios más alejados de la capital, millares de personas empujadas por la curiosidad y la emoción, se precipitaban hacia la plaza de Notre-Dame, haciendo sobre el hecho los más apasionados comentarios.
Por doquier se oía la misma exclamación:
—¡Un zootauro muerto! ¡Un zootauro muerto!
Hubiérase dicho que el oír y repetir la combinación de esas palabras producía en las gentes un placer indecible. Había en ellas algo de estimulante y consolador. Si los zootauros eran mortales como los demás seres vivientes, era posible la lucha contra ellos. No se trataba, por lo visto, de seres sobrenaturales contra los cuales habrían de ser impotentes las leyes mismas de la Naturaleza.
Y los comentarios, los rumores más fantásticos, seguían su curso.
—Ha sido muerto por una descarga eléctrica de energía extraordinaria, lanzada contra él desde la fortaleza de Vincennes.
—¡Absurdo! Ha sido muerto por una bomba cargada de bacilos del cólera y de la peste.
—Nada de eso. Lo ocurrido es, sencillamente, que se rompió el espinazo al chocar contra la catedral. El choque contra una masa semejante en pleno vuelo no lo resisten ni los mismísimos zootauros.
A medida que la multitud se acercaba a la plaza de Notre-Dame, esta última versión era la más aceptada.
—¡Romperse el espinazo contra la catedral!
—Pero ¿cómo no la vió?
—¿No lleva un reflector?
—Lo llevaría apagado.
—Dicen que de la catedral sólo queda un montón de piedras.
—¡No es extraño!
—Después de mil años de resistir todos los embates y peligros. ¡Dios mío! Lo que son las cosas.
—Pero al zootauro le ha costado también la vida, y eso es lo esencial.
Todas las calles y puentes de las inmediaciones de Notre-Dame estaban guardados por una triple linea de soldados y policía a pie y a caballo. La muchedumbre afluía sin cesar, y la corriente humana se hacía cada vez más densa y agitada. Contenerla resultaba a cada momento más difícil. En varios puntos fué rota la cadena de soldados y policías, y la multitud, como caudal que rompe la presa, desembocó en la plaza tumultuosamente. Repletas estaban las casas, ventanas, balcones y tejados de los alrededores.
Los que no pudieron romper el cordón hacian esfuerzos sobrehumanos para vislumbrar algo de lo que ocurría. Se encaramaban a los árboles, subían a las espaldas de sus vecinos, estiraban el cuello denodadamente, ejercitaban los más difíciles y arriesgados ejercicios gimnásticos, y con todo nada conseguían ver. Tan sólo los que por suerte o por la fuerza consiguieron traspasar la barrera y llegar donde estaban reunidas las autoridades, los concejales y diputados, la Prensa y el Cuerpo diplomático, consiguieron darse cuenta de lo acaecido.
La plaza ofrecía un aspecto insólito.
La torre derecha de la catedral se veía arrasada por completo, y la izquierda había sufrido graves desperfectos. Menos había sufrido la nave misma de la catedral. Pero la techumbre quedó arrancada casi toda, y en la fachada aparecian las máculas y desgarrones de monstruosas heridas.
Las negras piedras milenarias de la torre en ruinas se amontonaban informemente desde la puerta central hasta poco menos de la mitad de la plaza. Entre las piedras, cubierto en parte por ellas, yacía el zootauro.
Pasó largo tiempo sin que nadie osara acercarse al monstruo. El terror supersticioso que inspiraba hacía poner en duda que fuese real su muerte. Se esperaba que de un momento a otro aquella masa gigantesca iba a revivir, a agitarse, a levantar la cabeza, y esa idea ponia la piel de gallina a todos, a los más timoratos como a los más audaces.
Amedrentado, se mantenía el público a honesta distancia. Para examinarlo con más comodidad y certidumbre, algunos, desde lejos, se servían de gemelos. Los reporteros hacían maniobrar con presteza las cámaras fotográficas y anotaban febrilmente todos los detalles, pero tampoco se decidian a acercarse.
De vez en cuando surgía una exclamación alterada:
—¡Cuidado! ¡Parece que se mueve!
—No es cierto. El miedo hace ver visiones.
—¡Que sí, hombre, que sí! Vea cómo la piel se levanta ligeramente... Hacia la derecha, a unos veinte metros de la cabeza.
Nadie lo creía; pero los que estaban en primer término retrocedían instintivamente y procuraban perderse entre la muchedumbre.
—Para mayor seguridad, convendría electrocutarlo—dijo uno de los diputados más conocidos. Yo, por mi parte, no tengo miedo ninguno; pero hay que pensar en lo que ocurriría si el monstruo resucitara.
—Muy justo dijo un concejal que se encontraba a su lado—. Se le podría también dar una inyección, a distancia desde luego, de algún veneno fulminante.
—¡Eso de ningún modo!—protestó el presidente de la Academia, Marcel Duvernoy, que había oído la conversación. No podemos admitirlo, porque sería perjudicial desde el punto de vista científico. Una descarga eléctrica o el empleo de venenos fulminantes, de los cuales por otra parte sería necesario emplear más de una tonelada, pueden introducir en el cadáver perturbaciones importantes que hagan difícil el examen. Además, el monstruo está muerto, muerto por completo, sin ningún género de duda. Ningún peligro de que resucite.
En este momento se hizo sentir un ruido que provenía de las filas más próximas al zootauro muerto.
—¡Perdón, señora! No se acerque usted demasiado—decía un comisario de Policía a una señora ya olvidada de la juventud, alta y flaca, que llevaba colgando a un lado una cámara fotográfica y al otro unos gemelos de campaña.
—¡Cómo! ¿Vame usted a lo prohibir...?—dijo, triturando al francés de un modo espantoso.
—Señora, cumplo con mi deber.
—Yo también estoy aquí para cumplir con mi deber.
—¿Con quién tengo el honor de hablar?
—Miss Dasy Norton, enviada especial del trust de periódicos norteamericanos, doscientos setenta y ocho diarios de Nueva York, noventa y seis de Chicago, treinta y uno de Washington, etcétera, etcétera.
—Tanto gusto. Pero...
—Es preciso que mande hoy mismo a mi trust un radio de cinco mil palabras.
—Admiro su energía, señora; pero tengo órdenes estrictas de no dejar que nadie se acerque al zootauro a menos de diez metros.
—¿Por qué diez precisamente y no cinco o veinte? —preguntó la señora—. Me gustaria saber en qué se fundan las autoridades. Tendrán, seguramente, razones de peso.
—Señora...
Este diálogo empezaba a llamar la atención, y el comisario de Policía lanzaba miradas inquietas hacia el grupo numeroso que se adelantaba para saber lo que ocurría.
—Todo eso es muy extraordinario—decía en alta voz miss Dasy Norton. Una de dos: o el zootauro está muerto...
—De eso se trata precisamente: que no estamos todavía muy seguros...
—Pero si es la cosa más fácil averiguarlo. Con su permiso, señor comisario.
Y sin esperar la contestación, ni darle tiempo de nada, la representante del trust periodístico de la América del Norte se acercó al zootauro y, sin cumplidos, empezó a darle de puntapiés y a hurgarle la piel con la punta del paraguas.
Se oyeron gritos de estupor, y la multitud retrocedió ligeramente, temiendo que el zootauro se reincorporara. Pero al darse cuenta de que la enorme masa permanecía inmóvil, las gentes recobraron el valor. Algunos de los curiosos, siguiendo el ejemplo de miss Norton, rompieron la consigna y se acercaron al monstruo, atreviéndose a tocarlo con la punta del pie o del bastón.
En este momento resonó un grito de angustia:
—¡Respira, respira! ¡Despliega las alas!...
Un pánico loco se apoderó de la muchedumbre. Unos y otros empezaron a correr a la desbandada. La gente de las primeras filas se precipitaba sobre los que estaban detrás. Cada uno procuraba abrirse paso a empujones, estrujones y puñetazos. El aire era desgarrado por agudos chillidos. Los que se encontraban lejos y desconocían las causas de esta alarma, creyeron que el zootauro acababa de abalanzarse sobre la multitud y buscaron refugio en las casas, en los patios y bajo los puentes vecinos.
En menos de cinco minutos la plaza de Notre-Dame quedó completamente desierta. Cerca del zootauro quedaban tan sólo una docena de personas, que, colocadas en primera fila, pudieron darse cuenta de que se trataba de una falsa alarma.
—¡Alto, alto! ¡No correr!—gritaba con toda la fuerza de sus pulmones miss Norton—. Si está muerto, completamente muerto.
Y sacando del bolsillo su carnet de notas empezó a escribir, sin precipitarse, un radio de cinco mil palabras para su trust.
V
Al deliberar sobre la redacción del informe que le había sido encargado, la Comisión especial de zoólogos daba pruebas de una nerviosidad y agitación poco corrientes entre los representantes de la Ciencia.
El más viejo de entre ellos, Mauricio Lemercier, parecía el más agitado. Ese sabio ilustre, conocido en los círculos científicos del mundo entero, miembro honorario y correspondiente de innumerables academias, era precisamente el padrino, por así decirlo, del zootauro. El había bautizado al monstruo con ese nombre.
Insistía Mauricio Lemercier a fin de que el zootauro fuese clasificado según las reglas y tradiciones de la Zoología.
—Ante todo—decia—hay que determinar a qué especie, a qué clase, a qué categoría de animales pertenece, si a los mamíferos, a los vertebrados, a los reptiles...
—¡Perdón, maestro!—replicaban sus colegas. Se trata de un caso extraordinario, único, sin precedentes en la Ciencia, y no puede adoptarse, por lo tanto, la clasificación corriente. No hay que olvidar que el zootauro no pertenece a la fauna de nuestro planeta.
—¡Peor para él!—exclamó encolerizado Lemercier—. La Ciencia no pudo sometérsele. Sería hacerle un honor demasiado grande...
—Pero, maestro...
—Nada, nada. En esta cuestión no cedo. Generaciones de sabios han contribuído a edificar, piedra sobre piedra, el templo glorioso de la Ciencia, y ahora un zootauro cualquiera, un intruso, un parvenu, sí, señores, un parvenu... Porque en realidad no sabemos de dónde viene ni su genealogía... ¡Imposible, imposible! Sería romper la tradición, comprometer todos los principios de la Ciencia. Sería, en una palabra, la anarquía, y yo...
El respetable zoólogo no podía continuar ahogado por la cólera.
—¡Calma, calma, maestro!—decían sus colegas para tranquilizarlo. Hay que reservar las fuerzas para la Ciencia. Al fin y al cabo no vale la pena de ponerse fuera de sí por el primer zootauro.
—Es cierto, es cierto—respondió el maestro con una sonrisa forzada—. Además, no me siento bien y prefiero retirarme. Para hacer el informe no es necesaria mi presencia.
Lemercier fué conducido a su casa. y la Comisión reanudó después sus trabajos. Del informe de la Comisión, que llenaba diez y siete grandes páginas, reproducimos a continuación los pasajes esenciales.
* * *
Ante todo declaraba la Comisión que su informe, hecho a base de un detenido estudio del zootauro muerto, no podía tener un carácter rigurosamente científico: "El objeto de nuestros estudios difiere hasta tal punto de todas las categorías de la fauna conocidas, que no es posible aplicarle los métodos hasta ahora adoptados en la Zoología."
A continuación sigue la descripción detallada del zootauro:
"El ejemplar por nosotros examinado tiene 104,67 metros de largo. Su anchura es de 17,7 metros en la parte media, 8,45 metros cerca de la cabeza y 4,95 metros junto a la cola. Según cálculos aproximados, el peso del monstruo oscila entre 800 y 900 toneladas.
"En el centro del cuerpo se encuentran dos alas de una substancia desconocida, de color gris, formando un tejido romboidal excesivamente compacto, duro y como empapado de alquitrán, muy elástica, al mismo tiempo, como para poder plegarse y desplegarse con gran facilidad. Estas alas están provistas en sus extremos de unos apéndices estructurados en tal forma que pueden servirle al zootauro de aletas para nadar cuando se encuentra en el agua y de patas para andar en tierra firme. En general, la construcción y configuración de esas alas (que desplegadas tienen 85,23 metros de largo por 27,2 de ancho, ocupando, por lo tanto, un espacio de más de 2.818 metros cuadrados cada una) son complicadísimas y totalmente desconocidas en la fauna de nuestro planeta. En la punta tienen las alas siete garras, asimismo compuestas de una substancia desconocida, parecida a la mica, pero de una resistencia todavía mayor. Esas garras, que el zootauro puede esconder a voluntad como el gato, tienen 1,50 metros de largo, 60 centímetros de ancho y la forma de una espada de Damasco.
"El cuerpo está totalmente cubierto de un caparazón duro en extremo, que opuso una resistencia invencible a todas las pruebas e instrumentos que se hallaban a nuestra disposición. En la parte baja de ambos costados tiene, por encima de las alas, una serie de excrecencias afectando la forma de un huevo: catorce a cada lado. Al ser sometida una de ellas a rigurosa disección dejó escapar una substancia gaseosa desconocida. Es permitido creer que estas excrecencias constituyen una suerte de balones llenos del aire especial que el zootauro necesita al atravesar los espacios interplanetarios. Esta suposición parece tanto más verosímil cuanto que dichos balones, herméticamente cerrados en su exterior, comunican interiormente por una especie de canales con los órganos de respiración del zootauro. Cada uno de esos balones tiene una capacidad de 3,7 metros cúbicos, y, por lo tanto, puede contener una cantidad bastante considerable de aire comprimido.
"La cabeza del zootauro afecta la forma casi regular de un cilindro, y tiene 6,4 metros de longitud y 9,85 metros de circunferencia; está unida al cuerpo por un cuello muy corto, totalmente desprovista de pelo, y reluce como la de un hipopótamo. Forma la boca una ancha hendidura que va de parte a parte de la cabeza, provista en el interior de dos enormes encías extremadamente afiladas. El zootauro no tiene nariz ni orejas, y a lo que parece sus ojos llenan las funciones del oído y del olfato al propio tiempo que las de la vista. Uno de los ojos se encuentra situado en la frente, o parte anterior de la cabeza, y el otro en la nuca. Su estructura complicadísima es de un estudio extremadamente difícil, sobre todo en un cuerpo muerto.
"De lo que la Comisión ha podido inferir se desprende que los ojos del zootauro son como reflectores, con potencia para lanzar sus haces de luz a varios kilómetros de distancia. El brillo de esta luz ha de ser tal que a su lado la luz Drummond tiene que parecer pálida. Los zootauros pueden aumentar o reducir a voluntad el alcance de la luz, o extinguirla, si quieren, por completo. Es lícito asimismo suponer que esta luz posee propiedades destructivas, gracias a las cuales el zootauro, como por medio de una corriente eléctrica, puede ejercer una acción mortífera a gran distancia. Es también posible que la luz se extinga a veces por sí misma y contra la voluntad del zootauro, y puede suponerse que así haya ocurrido con el ejemplar que ha sido objeto de estudio. Con la luz apagada y sin poder divisar los obstáculos, el zootauro se precipitó a una marcha vertiginosa contra la torre de la basílica, tal como un proyectil de gran fuerza choca contra los muros de una fortaleza.
"Según parece, los ojos son el único órgano vulnerable del zootauro. Todo induce a creer que son inadaptables a la luz diurna de nuestro planeta, y esto explica, segun nuestro entender, que sus ataques se produzcan siempre de noche.
"Los zootauros pueden servirse de sus reflectores, no tan sólo en el aire, sino también debajo del agua. Pueden con ellos iluminar el fondo del mar y descubrir sus presas a gran distancia.
"En torno al ojo frontal se encuentran dispuestos, en círculo regular, catorce discos convexos, de diferentes colores, parecidos a inmensos ojos de pez. Esta variedad de colores ha podido tan sólo ser comprobada en el zootauro muerto por medio de la pigmentación; pero no puede caber duda de que en los ejemplares vivos estos discos han de ser de colores vivísimos. Uno de los miembros de la Comisión ha emitido la suposición, a la vez ingeniosa y verosimil, de que dichos discos son el órgano de expresión de los zootauros; en lugar de palabras emplean éstos, por lo tanto, un sistema de señales. Por el número infinito de combinaciones que con el número de discos de que disponen son posibles, cabe suponer que la facultad de expresión de los zootauros sea mucho mayor que la del hombre sirviéndose de la palabra.
"La plausibilidad de esta suposición se encuentra reforzada por el hecho de que no han sido descubiertos en el zootauro órganos parecidos o equivalentes a la lengua y las cuerdas vocales de que se vale el hombre para emitir sonidos."
La última parte del informe de la Comisión estaba consagrada a las consideraciones de carácter general.
"En suma: es preciso reconocer—decía el informe a modo de conclusion—que los zootauros son mucho más perfectos que todos los representantes conocidos de la fauna de nuestro planeta, incluso el hombre. Están dotados por la Naturaleza de posibilidades casi ilimitadas. Viven con igual facilidad sobre la Tierra, en el agua y en el aire, y, por si esto fuera poco, pueden además vivir, privados de aire, en los espacios interplanetarios, cosa que no es dada a ninguno de los animales terrestres. La prueba de esta última aseveración reside en el hecho mismo de que para llegar a la Tierra han tenido que atravesar los inmensos espacios sin aire que median entre el nuestro y los demás planetas. Y desde el momento que han podido llegar a la Tierra cabe suponer que con igual facilidad podrán alcanzar cualquiera de los demás planetas de nuestro sistema solar.
"El hecho se encuentra, es cierto, en contradicción con las leyes de la gravedad; pero en realidad la llegada de los zootauros a la Tierra plantea el problema de la revisión de las leyes de la Naturaleza establecidas por la ciencia humana. La existencia de seres vivos que pueden libremente moverse en los espacios interplanetarios es un hecho que por sí mismo revoluciona nuestras concepciones científicas.
"No ha dejado la Comisión de preocuparse, como es de suponer, del que podríamos llamar problema del nivel de inteligencia de los zootauros. ¿Se trata de seres superiores o inferiores a la especie "Homo sapiens"? ¿Son capaces de crear valores de cultura? ¿Conocen de la Literatura, la Música, la Poesía, la Arquitectura, la Pintura? ¿Tienen la preocupación de los grandes ideales y aspiraciones dignas de un ser superior?
"La Comisión se ha visto, desgraciadamente, en el caso de tener que renunciar a dar una respuesta a estas preguntas. Ha visto que su impotencia era en este campo absoluta. Ha comprendido que era estúpida la pretensión de querer aplicar a esos seres misteriosos, venidos de otros mundos, las normas y escalas de valorización humanas. ¿Con qué derecho creemos que las llamadas por nosotros Ciencia, Arte, Literatura son manifestaciones de superioridad conducentes a la perfección? Esta idea es creación nuestra, nacida en nuestro pobre cerebro humano, entre los hombres y para los hombres, seres débiles, imperfectos, infinitamente alejados de la suma sabiduría, impotentes y míseros a pesar de creerse reyes de la Naturaleza.
"En todo caso, nosotros, adheridos a nuestro pobre planeta, perdido como un grano de polvo entre los cuerpos celestes innumerables; nosotros, que con nuestros aparatos aéreos podemos apenas desprendernos de la corteza terrestre, debemos considerarnos inferiores a los zootauros, por el solo hecho de que éstos pueden vivir en los espacios interplanetarios.
"La Comisión ha procurado también esclarecer la cuestión importantísima de averiguar dónde se refugian los zootauros durante el día entre dos ataques nocturnos. A esta interrogante no es posible, por desgracia, dar una contestación precisa. Hay que recurrir a las hipótesis ante la carencia absoluta de datos positivos.
"Estas hipótesis pueden ser tres:
"Primera: Los zootauros, después de un ataque nocturno, se hunden en las profundidades del mar, y allí esperan la noche siguiente. En apoyo de esta suposición abundan los testimonios de numerosos habitantes de la costa que juran haber visto salir del agua a los monstruos a la caída de la tarde y volver a sumergirse unas horas más tarde, después de haber llevado a cabo un ataque.
"Apoya, asimismo, esta tesis el ilustre astrónomo español José Benavente, el cual, desde su observatorio de la isla de Mallorca, ha escrutado durante varias noches el espacio, tratando de averiguar los movimientos de los zootauros. Al rayar el alba ha podido observar el sabio español cómo los zootauros se sumergian en el mar para reaparecer de nuevo en la superficie después de la puesta de Sol. En el curso de una sola noche ha podido observar cómo diez zootauros distintos practicaban la misma maniobra. Sumergidos antes del amanecer, hacia las cuatro menos cuarto de la mañana, no reaparecieron hasta las nueve de la noche; es decir, casi diez y siete horas después.
"Con todo el profundo respeto que el sabio español merece, la Comisión no puede compartir el convencimiento de que los zootauros pasan el día en las profundidades del Océano. Los hechos que conocemos son insuficientes para poder asegurarlo categóricamente, tanto más cuanto que, como veremos en seguida, existen testimonios que contradicen por completo este supuesto. Además, es posible que los zootauros, vistos al sumergirse en el agua, hayan vuelto a salir una nora, o tan sólo unos minutos, después en las costas de América o de Asia, y, al contrario, ¿quién sabe si lo zootauros vistos al abandonar el mar no procedían del Pacífico o de otro cualquiera de los más lejanos mares?
"Segunda hipótesis: Entre ataque y ataque los zootauros viven en la cúspide de las montañas más altas, como Everets, Hinruxuh, Mont-Blanc, etcétera. A este respecto, posee la Comisión, igualmente, algunos testimonios de pastores montañeses la mayor parte. Casi todos ellos son confusos y evidentemente inspirados por el miedo. Ni uno solo de esos "testigos oculares" ha podido afirmar categóricamente que los zootauros habían pasado la noche en tal o cual montaña: tan sólo les han visto—según dicen—al subir a las cimas o al bajar de ellas. Al ser interrogado con insistencia uno de los testigos para que declarara si, en efecto, había visto un zootauro, hubo de reconocer que no podía jurarlo, y que tal vez había creído ser un zootauro lo que era tan sólo una nube empenachada en lo alto de la montaña.
"Por otra parte contribuye a aumentar el carácter dudoso de esta hipótesis, a juicio de la Comisión, el hecho de que ninguno de los observatorios o estaciones meteorológicas construídos en algunas montañas a una altura considerable haya hecho observaciones que coincidan con las declaraciones de los pastores. Es posible que los zootauros pasen a veces por las montañas, pero nada autoriza a creer que en ellas residan durante un tiempo más o menos largo.
"La Comisión se permite someter a la Academia una tercera hipótesis, que parecerá sin duda a muchos en extremo arriesgada. Nada dice que los zootauros no vaguen por los espacios interplanetarios durante el tiempo que dejan transcurrir entre sus ataques. En efecto: según nuestras humanas concepciones, todo ser viviente tiene necesidad, para restaurar sus fuerzas, de un reposo absoluto; es decir, del sueño. Pero hasta tal punto difiere la naturaleza del zootauro de la de los demás seres vivientes, que sería temerario querer aplicarle nuestras concepciones. Es posible, por lo tanto, que los zootauros no necesiten del sueño para reponer sus fuerzas y puedan permanecer en el aire indefinidamente. Y es posible, asimismo, que puedan entregarse en pleno vuelo al sueño y a otras funciones fisiológicas de nosotros desconocidas.
"Uno de los miembros de la Comisión ha llegado a suponer que los zootauros vuelan hacia la Luna durante los intervalos entre los ataques. No es esta afirmación tan paradójica como puede parecer a primera vista. La Luna se encuentra a 365.000 kilómetros de distancia de la Tierra, y esta distancia puede franquearla el zootauro en un espacio de tiempo relativamente corto. Aun cuando hasta ahora no ha sido posible determinar con exactitud la rapidez de su vuelo, todo induce a creer que ésta es vertiginosa, y va mucho más allá de las nociones hasta ahora corrientes. En estas condiciones, nada tiene de paradójico que en el curso de las diez y ocho horas que acostumbran a transcurrir entre los ataques, el zootauro pueda hacer una excursión a la Luna y regresar a la Tierra.
Cabe preguntarse, desde luego, qué atractivos puede presentar para los zootauros un planeta como la Luna, que, según ha podido comprobarse hace ya largo tiempo, carece en absoluto de vida orgánica. A esta pregunta no encuentra la Comisión una respuesta satisfactoria. No considera que valga siquiera la pena de buscarla. Tan limitados son los conocimientos humanos, tan terriblemente estrecho es nuestro horizonte, tan reducido es nuestro mundo, que a cada paso tropezamos, al querer descubrir la verdad, con barreras infranqueables. Nada tiene, pues, de sorprendente, que ante un fenómeno que traspasa los límites señalados por la Naturaleza, nos veamos totalmente impotentes. En todo caso es preciso reconocer que lo que nosotros llamamos leyes de la Naturaleza, ante las cuales nos inclinamos con religioso respeto, no son más que leyes de la naturaleza humana, en modo alguno obligatorias para los originarios de otros planetas.
"Tales son las hipótesis—terminaba el informe—que la Comisión tiene el honor de someter a esa ilustre Academia. Podremos ser acusados de haber tratado el problema con espíritu poco científico, pero esperamos que la Academia, teniendo en cuenta las dificultades de nuestra tarea, no nos juzgue con rigor excesivo. En todo caso la Comisión puede decir: Feci quod potui, faciant meliora potentes."
VI
Pocos días más tarde ocurrió un hecho que permitió ampliar considerablemente el círculo de los conocimientos sobre la naturaleza de los zootauros.
El 4 de abril, a las nueve y cuarto de la noche, uno de los zootauros descendió sobre el Jardin de Plantas de París.
Un miedo insuperable se apoderó de todos los animales y pájaros del Jardín. Dándose cuenta instintivamente de que llegaba un enemigo peligroso, empezaron a agitarse; chillaban, gritaban, hacían esfuerzos para romper sus jaulas. Asustadas por la agudeza de los gritos, que eran oidos aun en barrios muy apartados del lugar, las gentes supersticiosas estimaban aquello como cosa de mal augurio, y creían que se acercaba el fin del Mundo. Un cura con la cabeza desnuda, y llevando en alto una cruz, recorría las calles desiertas y oscuras, gritando:
—¡Hermanos! Haced penitencia en Cristo. ¡Ha sonado la hora suprema!
Y al caer sobre él, de lo alto, un haz de luz deslumbradora lanzado por un zootauro, se desplomó, como espiga segada por la hoz, dobló las rodillas, levantó en alto los ojos brillantes de fiebre, y expiró, mientras en voz baja exclamaba: "Señor, heme aquí pronto."
Mientras tanto, el zootauro que acaba de atacar el Jardín de Plantas proseguía su obra de destrucción. Destruía las jaulas y se llevaba toda suerte de animales para dejarlos caer en seguida, las más de las veces, en busca de una mejor presa. Por fin apoderóse de Tony, el mayor de los elefantes, y, llevándoselo consigo, desapareció, satisfecho de su presa, en dirección hacia Levante.
Esto ocurría a las nueve y diez y siete minutos. El director del Jardín de Plantas, Luciano Brancard, hombre de gran valor personal, conocido por su intrepidez en la caza de tigres y leones, observó cuanto sucedía desde la ventana de su casa, situada a la entrada misma del Jardín. Y cuando el zootauro hizo presa sobre Tony, su favorito Tony, que él mismo había llevado consigo del Africa Central y que con tanto orgullo enseñaba a sus amigos, Luciano Brancard no pudo reprimir un suspiro de dolor, e instintivamente dirigió una mirada al reloj como para fijar la hora y el minuto exactos en que perdía a un ser querido.
Eran, como ya hemos dicho, las veintiuna y diez y siete minutos: las nueve y diez y siete de la noche, según el viejo horario.
El día siguiente, por la mañana, se recibió del director del observatorio de Pulkow un radio concebido en estos términos:
"Esta noche, a las veintiuna horas, veinte minutos y cincuenta y cinco segundos (hora de París), un zootauro, después de volar aquí casi por encima del observatorio, dejó caer, a una altura relativamente pequeña, un elefante. La caida ha sido mortal para el paquidermo. A pesar de los desgarrones causados por las garras del monstruo, puede distinguirse claramente en la piel el nombre Tony. Creo que se trata del mismo Tony que, al visitar París, tuve ocasión de admirar en el Jardín de Plantas."
Este radio produjo en los circulos científicos una sensación enorme.
El anciano, pero infatigable Marcel Duvernoy, presidente de la Academia, convocó a sus colegas a una sesión extraordinaria.
Once fueron tan sólo los académicos presentes a esta reunión. Los veintinueve "inmortales" restantes habían muerto durante los ataques de los zootauros, o se habían quedado en cama. El propio padrino de los zootauros, el ilustre Mauricio Lemercier, había, al parecer, perdido la razón. Se contaba que durante el día no hacia otra cosa que recorrer su despacho en todas direcciones. exclamando a menudo: "Intruso! ¡Parvenu! ¡Ni siquiera se sabe su origen!"
Al abrir la sesión, el presidente de la Academia pronunció algunas palabras dedicadas a Lemercier, afirmando que su desgracia era un mal incalculable para la Ciencia, no tan sólo francesa, sino del Mundo entero. Los presentes se asociaron a las palabras del presidente, poniéndose de pie como si Lemercier hubiese muerto. Luego se pasó a discutir el radio recibido del director del observatorio de Pulkow.
—Nos encontramos, señores, ante un hecho de importancia capital—comenzó diciendo el presidente—. Según parece, el zootauro de que se trata recorrió la distancia entre París y Pulkow; es decir, más de dos mil kilómetros, si no me engaño...
—Dos mil doscientos kilómetros en línea recta—dijo interrumpiendo Gustave Peirault, hombre pequeño, flaco y modesto, reputado como uno de los primeros geógrafos del Mundo.
—Gracias—contestó distraídamente el presidente—. Así, pues, el zootauro hizo dos mil doscientos kilómetros en tres minutos cincuenta y cinco segundos. Esto nos da una velocidad de...
El presidente tomó un lápiz y empezó a calcular. Berger, el célebre matemático, vino en su ayuda.
—Una velocidad de nueve kilómetros treinta y seis metros por segundo, precisando hasta dos decimales—dijo—. En otras palabras, la velocidad del zootauro es nueve veces mayor que la del sonido.
—En efecto..., nueve kilómetros treinta y seis metros por segundo, hacen por minuto...
—Quinientos sesenta y un kilómetros seis metros, o, lo que es lo mismo, treinta y tres mil seiscientos noventa y seis kilómetros por hora.
—Ya lo ven sus señorías—dijo el presidente con el tono del hombre que durante toda su vida ha sostenido que los zootauros llevaban una carrera loca—. ¡Más de treinta y tres mil kilómetros por hora! Una velocidad para nosotros inconcebible. Nuestras aeronaves más veloces no alcanzan a hacer ochocientos kilómetros por hora.
—El Urania, construido recientemente en los astilleros Ellis, Davison & Co., desarrolla una velocidad de ochocientos sesenta y cuatro kilómetros por hora.
—Bien. Aunque así sea. Esto no es nada comparado con la velocidad de los zootauros. ¡Treinta y tres mil kilómetros por hora! ¡Es fantástico!
El ponente de la Comisión encargada de estudiar el zootauro muerto añadió:
—Esta velocidad hace verosímil la hipótesis calificada de suposición por nuestro presidente, de que los zootauros procedian de Marte. Como es sabido, este planeta, en su fase de máxima proximidad a la Tierra, dista tan sólo de nosotros cincuenta y cinco millones de kilómetros. Para nosotros es una distancia monstrua, ante la cual se detiene, impotente, nuestra imaginación. Pero los zootauros pueden franquearla fácilmente. En efecto, a razón de treinta y tres mil kilómetros por hora, los zootauros pueden salvar la distancia entre Marte y la Tierra en...
—Un momento—dijo el matemático.
Y después de trazar rápidamente en una hoja de papel unas cuantas cifras, añadió:
—En mil seiscientas sesenta y seis horas; es decir, en sesenta y nueve días, diez horas y veinticuatro minutos exactamente.
—En diez semanas, poco más o menos—dijo el presidente a manera de conclusión—. No es exageradamente largo. Hace un siglo los viajes de esta duración eran cosa corriente. Recuerdo haber leído en cierto libro de Historia que un embajador chino necesitó trece semanas para ir de Pekín a París. Además, es muy posible que fuera de nuestro planeta la concepción del tiempo sea distinta de la nuestra, en forma que nuestros meses y años aparezcan cortos como segundos. En estas condiciones, la travesía de Marte a la Tierra debe ser para los zootauros un viaje de recreo...
—Tiene, además, este problema un lado en extremo interesante—dijo, levantándose, el más oven de los académicos, Oscar Serradel, hombre de unos cuarenta años, célebre, tanto por sus trabajos de Astronomía, como por las genialidades de su temperamento poco académico.
El presidente le dirigió una mirada inquieta. De los discursos de "ese joven sin freno", como acostumbraba a llamarle, no esperaba nunca cosa buena.
—¿Pretende su señoría hacer algunas observaciones?—le preguntó.
—Con permiso. Tengo para mí que se abren ante nosotros las más brillantes perspectivas...
Estupefactos, los académicos se preguntaban unos a otros, con miradas de inteligencia, si su colega no se había vuelto loco.
—Escuchamos—dijo el presidente—. Desde luego su señoría quiere referirse a los zootauros.
—¡Naturalmente!
—¿Y su señoría cree que su llegada abre ante nosotros las más brillantes perspectivas?
—En efecto, así lo creo.
—¡Es curioso! Su señoría explicará en detalle su punto de vista. Ello es tanto más interesante, cuanto que la mayoría de nuestros colegas tienen un concepto muy distinto de las perspectivas que ante nosotros se abren.
Oscar Serradel sorbió de un solo trago un vaso de agua azucarada, y empezó a tamborilear con los dedos sobre el pupitre (incurriendo por centésima vez en el disgusto del presidente y de otros varios académicos); limpió sonoramente la garganta, y empezó diciendo:
—Señores: El mundo planetario es para la Humanidad, desde hace miles y miles de años, un misterio impenetrable. Es cierto que la Astronomía ha realizado grandes progresos, y que tenemos un conocimiento bastante exacto de nuestro mundo solar. Pero se trata de un conocimiento a distancia, y somos impotentes para penetrar en otro cualquiera de los planetas. Estamos como clavados a la corteza del nuestro, y todos nuestros esfuerzos para desprendernos de ella han dado hasta ahora resultados muy mediocres. Nuestra aviación, de la cual tan orgullosos estamos, no es otra cosa que una tentativa abortada para despegarnos del suelo miserable y poder forjarnos una tenue ilusión de libertad que engañe nuestros sentidos. Damos en el aire saltos de pulga, y nos figuramos por ello ser titanes...
El presidente se encogió de hombros, cambió una mirada con los demás "inmortales", y dijo:
—Pido perdón a su señoría. Pero nuestra impaciencia es grande por conocer esas perspectivas de que nos hablaba hace un momento.
—A ello voy, señor presidente. Decía que en nuestras relaciones con los demás planetas nos hallamos en estado de completa impotencia. Hacemos hipótesis, más o menos atrevidas, sobre su estructura, su fauna y su flora. Hemos llegado a imaginar que con el tiempo nos sería posible establecer con Marte relaciones más o menos regulares. Pero todo ello no eran otra cosa que pia desideria. No poseíamos siquiera la más leve prueba de que los demás planetas fuesen habitables. Ahora, por lo menos, tenemos una...
Algunos de los presentes lanzaron un suspiro.—Y tenemos ante nosotros—continuó Serradel—un ser vivo capaz de atravesar los espacios interplanetarios.
—Pero ¿y las perspectivas? ¿Dónde están las perspectivas?—interrumpió de nuevo el presidente.
—Pero, señor, ¡si no puede estar más claro! Desde el momento que hay seres vivos capaces de volar de Marte a la Tierra, ha de admitirse también la posibilidad de que los hombres...
Los "inmortales" lanzaron al orador una mirada de espanto.
—Comprendan sus señorías. Quiero referirme tan sólo al porvenir. Es cosa que exigirá mucho tiempo, sin duda alguna, y nosotros moriremos antes de que llegue esa época gloriosa. Pero ¿por qué no admitir que los hombres, sirviéndose de los zootauros...?
Esta insinuación provocó exclamaciones indignadas.
—¿Engancharemos los zootauros para ir a Marte?—preguntó con ironía el presidente.
—Y ¿por qué no?—dijo Serradel, aceptando el reto—. No hay nada que a ello se oponga en principio. Los hombres han sabido domesticar leones, tigres y serpientes. Con los zootauros, naturalmente, la cosa no será tan fácil; pero repito que, en principio, la empresa es factible. Aparte de que los zootauros podrían ser utilizados también para las comunicaciones dentro de nuestro planeta, lo cual constituiría un ahorro considerable de tiempo y contribuiría en alto grado a la aproximación de los pueblos, dando, de paso, un gran impulso al fomento de la cultura, hay que pensar en las perspectivas que a la Humanidad se abren en el campo de las comunicaciones interplanetarias...
—Señores: ¡he de protestar enérgicamente contra un lenguaje parecido!—dijo de pronto el presidente, perdida por completo la paciencia—. Muy a propósito para un salón cualquiera esta disertación brillante. Pero aquí nos encontramos (y su señoría no debe olvidarlo) en la Academia de Ciencias. ¡De Cien-cias!
Otros "inmortales" expresaban asimismo su indignación en términos poco académicos.
—¡Increíble!
—¡Así no podemos trabajar!
—Bonito sistema para comunicar con Marte!
—¡En el vientre del zootauro!
—¡Buen modo de viajar! ¡Todos haremos el viaje!
En este momento entró un ujier en la sala y, respetuosamente, entregó un telegrama a la Presidencia.
El presidente lo recorrió con precipitación, y palideció terriblemente. Inquietos, se precipitaron hacia él los "inmortales".
—¿Qué pasa?
—Nos dicen que durante la noche última Marsella y varias otras ciudades del Mediterráneo han sido visitadas por un ejército de zootauros. Ha perecido más de la mitad de la población, y el resto se encuentra sin pan y sin abrigo. Es de temer que esta noche esos zootauros visiten París...
Y después de lanzar a Serradel una mirada enemiga:
—Ahí tiene su señoría—dijo—una excelente ocasión de domesticar los zootauros y dar a cuestas de uno un paseo hasta Marte...
VII
Los zootauros invadían poco a poco la Tierra entera. No quedaba en la totalidad del globo terrestre un solo rincón que no hubiese sufrido las consecuencias de un ataque. A París afluían sin cesar las noticias de las devastaciones realizadas en diversos lugares.
El Japón, que en un principio no había sido molestado por los monstruos, fué pronto objeto de un ataque violentísimo que redujo a polvo, sobre todo en la isla Nipón, la mayor parte de las ciudades y aldeas, como si en todo el país se hubiese hecho sentir un fuerte terremoto. El Mikado y toda la familia imperial habían perecido entre los escombros de su palacio de Tokio, y junto a ellos perecieron millares de "samorai" que habían jurado defender al emperador hasta derramar la última gota de sangre. En el curso de los días siguientes, que fueron declarados de duelo nacional, más de diez mil japoneses se habían suicidado, recurriendo al "hara-quiri", como protesta contra la prueba cruel que los dioses imponían al pueblo.
Las noticias de China eran vagas, y procedían tan sólo de los grandes centros. Los destrozos habían sido allí mayores todavía que en el Japón. La población, enloquecida por un terror místico, huía a la desbandada, se aglomeraba en ciertos puntos y provocaba, con sus vaivenes, epidemias que costaban al país, ya muy debilitado por las guerras civiles, verdaderas hecatombes. En la provincia de Si-jun-cham se había formado una secta religiosa de admiradores de los zootauros, que habían proclamado a éstos de origen divino, y los creían venidos a la Tierra para implantar en ella el Reino de los Cielos. El número de adeptos de esta secta aumentaba de día en día en toda China, y numerosos mandarines, sabios y nobles se hacían sacerdotes y predicadores de ella. Las estatuas de Buda, Confucio y otras divinidades eran en todas partes derribadas y rotas. Muchedumbres fanatizadas por el entusiasmo religioso esperaban con ansia la noche que había de traer la llegada de los zootauros. Al divisar el haz de luz deslumbradora que el zootauro proyectaba, las gentes, presa de un frenesí sin límites, se echaban al suelo, reclinaban la cabeza como esperando el hachazo del verdugo y esperaban la felicidad suprema de ser arrebatados por el monstruo y llevados a las alturas.
No tardó esta secta en extenderse hacia la India. Se esparció el rumor de que un fakir llamado Rabaputra, que habia permanecido inmóvil durante setecientos setenta y siete días, habia profetizado, desde hacia tiempo, la venida de los nuevos dioses. Y la noche misma en que apareció el zootauro, Rabaputra se despegó del suelo, y, siguiendo la columna de luz que del zootauro descendía, se elevó a su encuentro.
Este hecho había sido visto por millares de personas, y centenares de miles empezaron a adorar los nuevos dioses. En ayunos rigurosos y rezos constantes, sometiéndose voluntariamente a suplicios sangrientos, esperaban hasta las altas horas de la noche, como un bien supremo, que el dios alado les recogiera con sus garras curvadas como alfanjes. Este favor no les fué dispensado largo tiempo. Los habitantes de la India, débiles y agotados por las epidemias crónicas de hambre que azotaban al país, dejaron pronto de ejercer la menor atracción sobre los zootauros. La mayor parte de los hindou, arrebatados durante los primeros ataques, cayeron abandonados por los monstruos. Al poco tiempo, los ataques cesaron por completo.
Fatales habían sido, asimismo, las consecuencias de la invasión de los zootauros en Turquía. Desde el primer momento quedaron desiertos los talleres y las tiendas. Por millares abandonaban el trabajo obreros y empleados. La vida se paralizó, y el hambre hacia estragos entre la población. Las gentes morían bajo el cielo abierto, en los patios, a la puerta de las mezquitas. La invasión de perros hambrientos aumentaba todavía el horror de la vida en las ciudades. En Constantinopla los perros fueron pronto los dueños de la ciudad. Nadie tenía voluntad ni fuerzas para luchar contra ellos, y su agresividad era cada vez mayor. Invadían las calles y los patios; penetraban en las casas y atacaban a la gente. Al principio devoraban tan sólo los cadáveres; pero pronto se atrevieron con los enfermos, que, sin fuerzas, yacían en el suelo, a las puertas de las mezquitas. Estos cadáveres vivientes eran lentamente devorados por los perros, que, una vez ahitos, se apartaban hacia un rincón cualquiera donde tenderse y hacer la digestión. De noche el lúgubre rumor de sus ladridos era oído a gran distancia de la ciudad.
En Méjico, desesperada la población ante la invasión de los monstruos alados, se entregaba a una serie continua de revoluciones, como si en ellas esperara encontrar algún alivio. Con la esperanza de que una autoridad enérgica podría devolverles la libertad, los mejicanos colocaban al frente del Gobierno al primer general que encontraban a mano; en la mayoría de los casos era este general un ex artista de circo, un contrabandista o un buscador de oro, conocido por sus aventuras. Conformándose a una vieja tradición, el nuevo dictador tomaba, ante todo, la iniciativa de fusilar al precedente y a sus partidarios, con lo cual la situación, en lugar de mejorar, empeoraba, dando lugar a un nuevo golpe de Estado y al nombramiento de un nuevo dictador, que, a su vez, fusilaba al precedente y a sus acólitos. Mientras tanto, los zootauros continuaban sembrando la muerte, la desolación y el terror entre los hombres como entre las bestias.
En California, en el Brasil, en Chile, Perú, Uruguay y Paraguay, la invasión de los zootauros desencadenó asimismo las fuerzas de desorden. Bandas de aventureros, bien organizadas y bien armadas, entraban a saco en las ciudades, se apoderaban de las minas de oro, raptaban las mujeres y el ganado y perpetraban en masa los más horrendos crimenes. La anarquía más completa y salvaje reinaba en todos estos países.
También se habían recibido noticias del Africa Central, aunque vagas en extremo. Un misionero que consiguió escaparse del Congo explicó que los indígenas atribuían la invasión de los zootauros a los conjuros religiosos de los blancos, a consecuencia de lo cual eran éstos perseguidos y exterminados sin piedad. De la costa de Occidente a la de Oriente, el territorio estaba encendido por la guerra santa contra europeos y americanos. Las plantaciones eran arrasadas; los propietarios, asesinados, y la mayor parte de los misioneros habian caido en poder de los antropófagos. Para escapar de los zootauros, los habitantes se reunían de noche en lo alto de las montañas y colinas, y promovian un infernal ruido, valiéndose de toda suerte de instrumentos y profiriendo gritos ensordecedores, profundamente convencidos de que con ello habrían de asustar a los monstruos.
En algunos lugares los indígenas trataban de conquistar la clemencia de los nuevos dioses sacrificándoles sus hijos y las doncellas más agraciadas, aquellas que con su belleza habían de poder vencer la furia de las divinidades más iracundas. El jefe de la tribu de los Samúes sacrificó con este objeto la mitad de sus seiscientas sesenta y seis mujeres, célebres por su belleza en todo el territorio que desde la desembocadura del gran río se extiende hasta la costa Marfil. El sacrificio fué consumado durante siete noches sin Luna por el gran sacerdote Pao-Tao, que, con sus propias manos, degolló a las víctimas una a una ante un altar levantado en honor de los nuevos dioses. Pero esta horrible hecatombe fué consumada en vano: en el curso de la octava noche la tribu de los Samúes fué invadida por los zootauros, que a su paso sembraron la desolación y la ruina, arrastrando además consigo a millares de hombres, mujeres y niños. En vista de lo cual, el sabio Pao-Tao exigió nuevos sacrificios.
VIII
Perdida la razón, las gentes, para salvarse, huian en todas direcciones. Se daban perfecta cuenta de que los zootauros podían alcanzarles en cualquier lugar, puesto que toda la Tierra estaba invadida por ellos. Pero nadie podía permanecer inmóvil. El instinto de conservación empujaba a las gentes a la acción. Era preciso hacer cualquier cosa, intentar lo que fuera. Todo, todo, menos contemplar pasivamente los acontecimientos.
Sin saber cómo, se había propagado el rumor de que los zootauros no atacaban a los buques en alta mar. Se decía que numerosos multimillonarios yanquis, refugiados en sus yachts, cruzaban el Océano entre Europa y América sin temor alguno. Un periódico de París publicó una información anunciando haberse fundado una Sociedad internacional para la construcción de edificios flotantes, en los cuales podría instalarse toda la población de los continentes. La noticia provocó una emoción inmensa. En la información publicada podían leerse, entre otras cosas, las siguientes:
"Es sabido que la superficie de agua de nuestro planeta es tres veces mayor que la de tierra. Con los medios de que dispone la técnica moderna, es perfectamente posible construir casas flotantes de diez, veinte y aun cincuenta pisos, con todas las comodidades imaginables: ascensores, terrazas, pistas para jugar al tennis, jardines, piscinas; y, además, perfectamente protegidas contra la humedad. Con ello la Humanidad saldría ganando. La Tierra se hace demasiado pequeña para sus moradores. El Océano, en cambio, con sus vastos espacios, abre al hombre nuevos horizontes. Ha llegado la hora de renunciar a la rutina, al temor de lo nuevo y atrevido. Es preciso desprendernos de la Tierra miserable, a la cual parecemos incrustados como el marisco a las rocas costeñas. De ahora en adelante el lema de la Humanidad ha de ser: ¡Hacia el Océano! ¡Viva la nueva vida libre en los espacios infinitos!"
Semejantes absurdos servían para aumentar la nerviosidad de las gentes, ya de por sí bastante sobreexcitadas. Al pasar de una boca a otra, estas noticias fantásticas se agigantaban sin cesar. Aseguraban algunos que la población entera de Nueva York se encontraba ya instalada en casas flotantes, de suerte que la capital de los Estados Unidos no era otra cosa que un desierto, una cáscara vacía.
—Esos yanquis son gente práctica—decían, con envidia, los parisinos—. Han construído "rascacielos" en plena mar, y en las nuevas ciudades acuáticas nada falta: ni grandes almacenes, ni bancos, ni telégrafo, ni teléfono, ni teatros. ¡Los zootauros pueden irles a la zaga!
En vano trataban las gentes razonables de demostrar la insensatez de estos rumores, Las noticias más recientes indicaban, al contrario, que en América los destrozos causados por los zootauros durante las últimas visitas habían sido considerables. Por otra parte, las casas flotantes, y sobre todo los "rascacielos", no podían construirse en un día. Finalmente, un radio recientísimo indicaba que el gigantesco transatlántico Ambos Mundos, durante la travesía de Hamburgo a Nueva York, había sido victima de un ataque, del cual no se había escapado ni uno solo de los pasajeros y tripulantes, ahogados unos, y los demás, arrebatados por los monstruos. Pero todos esos llamamientos a la razón eran en vano. En las épocas de confusión y de inquietud la voz de la razón es ahogada por la estupidez triunfante.
No faltaban gentes para afirmar que la campaña contra las casas flotantes estaba subvencionada por la Cámara de la Propiedad francesa, ante la perspectiva de ruina que para los propietarios representaba el traslado de la población a los edificios flotantes.
—¿Qué valdrían, entonces, las casas? Nada—afirmaban los que creían en la veracidad de esos rumores sensacionales—. Es natural, por lo tanto, que los propietarios se defiendan y sobornen a los periodistas para que éstos hagan fracasar la construcción de los edificios flotantes.
Uno de los periódicos más vocingleros y de menos importancia, deseando por este procedimiento conquistar la popularidad que le faltaba, hacia una campaña para que la construcción de edificios flotantes comenzara también en Francia sin tardar. "En estas horas de angustia—escribía, ante la magnitud del peligro, tratemos, cuando menos, de imitar el ejemplo de valor y el espíritu de iniciativa que nos dan los yanquis."
Claro está que nadie pensaba seriamente en la construcción de estos edificios flotantes. Pero, en cambio, llegaban a Marsella, Burdeos, Ruan, Brest, El Havre y otros puertos muchedumbres inmensas con la esperanza de poder embarcarse en un vapor cualquiera. Era una carrera loca. Las carreteras se veían casi interceptadas por la aglomeración inmensa de vehículos de todas clases. Algunos trataban de ganar los puertos por medio de aeroplanos y aeronaves.
Los puertos parecían campamentos en desorden, atiborrados de la inmensa multitud llegada de todos los rincones de Francia. No solamente las casas estaban llenas hasta desbordar: asimismo los cobertizos de las estaciones, los vestíbulos y los vagones de reserva. Por los pasajes en los buques se pagaban precios inconcebibles, y hasta tal punto salían cargados, que era grande el peligro que corrían de irse a pique repletos de viajeros. Se daba el caso de gentes que, no habiendo podido conseguir pasaje, se echaban al agua al zarpar el vapor, con la esperanza de que la tripulación los recogiera.
Las luchas más enconadas se libraban para obtener pasaje en los vapores que zarpaban con rumbo a América. Por nada ni por nadie dejaba de creer la multitud que los yanquis, con su sentido práctico, no habrían encontrado ya el medio para luchar eficazmente contra los zootauros.
Pronto empezó a circular el rumor de que en América se prohibiría la entrada de los extranjeros, a fin de impedir que se acumulara allí una población excesiva. Con ello pareció que las gentes hubiesen perdido el último resto de sangre fría. El éxodo hacia los puertos era incesante; en los muelles, junto a los transatlánticos, se libraban verdaderas batallas. En algunos casos la muchedumbre tomó por asalto un buque, echó por la borda al capitán y a los tripulantes, y se hizo a la mar el navío con un capitán elegido entre los invasores.
Por fortuna, esta carrera loca hacia el mar tocó pronto a su fin. Empezaron a llegar noticias ciertas de que los buques eran atacados por los zootauros en alta mar. En algunos casos los monstruos acometían desde el fondo del agua, sin salir a la superficie. Tan rápido y eficaz era casi siempre el ataque, que ni siquiera tenía tiempo la tripulación de lanzar un radio pidiendo auxilio; mucho menos todavía de arriar los botes. La caza a los buques por parte de los monstruos alados fué más activa durante el tiempo en que mayor fué la atracción ejercida por el mar sobre las muchedumbres y más grande era, por lo tanto, el número de navíos grandes y pequeños que surcaban el Océano con rumbo a América. Por otra parte, la leyenda de las casas flotantes construídas en América se iba desvaneciendo de día en día. El propio Gobierno de los Estados Unidos se creyó obligado a desmentir la noticia, a fin de contener de este modo la invasión de inmigrantes. La desautorización oficial del Gobierno americano fué publicada en todos los periódicos de París, y tan grande fué la indignación popular al conocerla, que la Redacción del primer periódico que propagó la patraña de los edificios flotantes fué tomada por asalto, y el director, juzgado sumariamente a la americana, según la ley de Lynch, por el pueblo amotinado, fué colgado de un farol ante la puerta de su propia casa.
Las muchedumbres se alejaron de los puertos. Nadie se atrevía ya a hacerse a la mar, y los buques permanecían ahora inmóviles, amarrados a los muelles. Las acciones navieras, que en poco tiempo habían experimentado un alza fabulosa, bajaron tan vertiginosamente como habían subido, y en poco tiempo llegaron a peder todo valor. El transporte de mercancías y viajeros entre continentes fué suprimido. Como en la época primitiva, cuando el hombre desconocía el motor y la vela, el Océano era un vasto desierto de agua, y nada turbaba ya su calma majestuosa. Los zootauros habían expulsado de su seno a los pobres insectos que se creían reyes de la creación.
Perdida la esperanza de encontrar la salvación en el agua, creyeron las gentes que quizás podrían encontrarla en el aire. El instinto de conservación, despierto siempre, no les dejaba permanecer inactivos un instante.
Empezó a propagarse la especie de que existían países donde ni siquiera el nombre de los monstruos era conocido. ¿Dónde? Tan pronto se decía que en Nueva Guinea como en California, en el Ural como en Túnez. Los que tal cosa pretendían juraban que sus informes eran de fuente segurisima. Uno había leído en un periódico inglés que la Nueva Guinea se encontraba libre por completo de zootauros. Otro había recibido una carta de un primo suyo, que decía lo mismo de California. El de más allá, gracias a sus amistades en el mundo politico, sabía a ciencia cierta que el Gobierno preparaba un proyecto de emigración en masa a Túnez, proyecto que, naturalmente, mantenia secreto por miedo al perjuicio que pudiese resultar de las indiscreciones. Y, como siempre, los norteamericaros estaban a la orden del día.
—¿Ha visto usted? El Gobierno americano acaba de adquirir por seiscientos millones de dólares toda la Nueva Guinea, y está empezando ya a colonizarla. En el curso de la última semana más de dos millones de yanquis se han dirigido a dicho país por la vía aérea. Esto es un pueblo práctico... ¡Si pudiera decirse lo mismo de nosotros!...
La Prensa populachera hacía campañas violentas incitando al Gobierno a tomar medidas para organizar la emigración hacia países más afortunados: "¿Por qué no habremos de ser capaces de imitar a los norteamericanos, aunque sea en pequeña escala? Los tiempos actuales imponen la necesidad de realizar esfuerzos supremos. Si persistimos en la inercia, los americanos acabarán por apoderarse de Túnez, a pesar de encontrarse este país a las puertas de Francia."
Millares de personas se precipitaban hacia los aerodromos. Los aeromotores y aerobuses capaces para más de cuatrocientos viajeros, creación reciente de los talleres Ellis, Davison & Co., partían atestados; pero la afluencia de gente era, a pesar de todo, cada vez mayor. En las inmediaciones de los aerodromos estallaban refriegas sangrientas. Para contener el río humano desbordado, la Policía era impotente en absoluto. Vanos eran los esfuerzos para hacer entrar en razón a la multitud, para hacerla comprender, cuando menos, que la carga desmesurada de las aeronaves podía provocar infinitas desgracias. Nadie escuchaba. Con la energía de la desesperación, como si se encontraran en una casa presa del fuego, las gentes se precipitaban hacia la puerta, que creían ser la puerta de salvación.
La tripulación de las aeronaves contenía a los asaltantes revólver en mano, y se veía obligada a veces a hacer uso de las armas. Pero, a pesar de las víctimas y de la sangre vertida, la muchedumbre no deponía su actitud: avanzaba sin cesar, se estrujaba en torno a los aparatos, y éstos, al partir, dejaban tras de si cadáveres y mutilados.
Las catástrofes aéreas eran cada vez más numerosas. Bajo el peso de una carga desmedida, las aeronaves se desplomaban contra el suelo.
No tardaron los zootauros en dirigir asimismo sus ataques contra las aeronaves, y esto dió lugar a nuevos horrores hasta entonces insospechados. En un principio las agresiones se producían tan sólo después de la puesta de Sol, pero al poco tiempo los monstruos demostraron que no les era imposible operar en pleno día. Un zootauro, casi siempre solo, se precipitaba de lo alto con rapidez vertiginosa contra la aeronave, arrojándola en el vacío presa de las llamas y carbonizando a los infelices que en ella iban en busca del sosiego y de la paz. Desde tierra, las gentes, aterrorizadas, frío el corazón, seguían las peripecias de estos combates catastróficos.
A veces, en lugar de embestir la aeronave directamente, el zootauro lanzaba contra ella desde gran distancia la luz mortífera de sus reflectores, que para los hombres de ciencia continuaba siendo un enigma. Desde tierra se veía tan sólo cómo el avión, alcanzado por una columna de luz cuya parte superior quedaba perdida entre las nubes, se convertía súbitamente en una brasa que, descompuesta al poco rato en partículas inflamadas, se derramaba sobre la tierra cual macabro fuego de artificio.
Los zootauros parecían decididos a evitar que los hombres siguieran remontándose por los aires, y no tardaron en conseguirlo plenamente. Pronto fué imposible encontrar una sola persona capaz de afrontar los peligros de un viaje aéreo. La Nueva Guinea, Túnez y el Ural perdieron de pronto todos sus encantos. Aerodromos, hangares, parques de aviación, quedaron desiertos, y las pocas aeronaves que no habían sido destruídas se balanceaban tristemente a poca distancia del suelo, cual aves gigantescas con las alas rotas, sin fuerza para remontarse hacia la cúpula azul.
Antes de vivir esos días trágicos, el hombre había imaginado que el cielo acabaria por revelarle un día sus grandes misterios. Cada nuevo éxito de la aviación le inspiraba nuevas esperanzas. Con orgullo dirigía su mirada mucho más allá de lo que ésta podía alcanzar. El rey del Mundo—pues tal creía ser—se preparaba a la conquista de nuevos imperios y a ceñir su cabeza con una nueva corona. Pero bastó la aparición de los zootauros para que esos sueños orgullosos se desvanecieran como el humo. Los monstruos cerraron al hombre las rutas del mar y del aire. Despreciando su arrogancia, habían destronado al rey de la Naturaleza, convirtiéndolo en esclavo impotente, misero y débil. Clavado de nuevo a la Tierra, avasallado por el miedo, no osaba siquiera levantar hacia el cielo los ojos.
IX
Por iniciativa del presidente de los Estados Unidos de Europa, fué convocado en París un Congreso internacional para deliberar sobre la situación.
Era entonces presidente de los Estados Unidos de Europa Victor Stephen, presidente a la vez de la Asociación Europea de Ingenieros. Nacido en Francia, de padre inglés y de madre alemana, su candidatura resultó aceptable tanto en Francia como en Inglaterra y en Alemania. Por sus venas corrían además algunas gotas de sangre italiana, y uno de sus abuelos había vivido largo tiempo en la corte del emperador de Rusia Alejandro I, circunstancia que contribuyó también a facilitar su elección a la presidencia de los Estados Unidos de Europa. No hay que olvidar tampoco el gran prestigio de que gozaba Victor Stephen entre los ingenieros, los cuales disponían entonces de una fuerza sin límites y, por consiguiente, ejercian una influencia preponderante en los destinos políticos del mundo entero.
En virtud de la Constitución, el presidente de los Estados Unidos de Europa estaba obligado a vivir alternativamente en las principales capitales europeas; pero su residencia principal era París.
El primer ataque de los zootauros sorprendió a Víctor Stephen en Londres. Los franceses, alarmadísimos, reclamaron inmediatamente su regreso a París. A ello se opusieron en un principio los ingleses; pero viendo que todo conflicto habría de resultar nocivo en tales circunstancias, acabaron por ceder a la demanda de los franceses, y el presidente regresó en aeromotor a su residencia principal, soberbio palacio edificado en el Bosque de Bolonia por los mejores arquitectos de Europa.
A pesar de su volumen poco corriente (Víctor Stephen pesaba 115 kilos), el presidente demostró poseer en aquellos días terribles una energía extraordinaria. Deliberando con las autoridades sobre el trágico problema pasaba días y noches en blanco. Presidia numerosas comisiones; visitaba los lugares más afectados por los ataques de los monstruos, dando pruebas de gran valor y de una despreocupación absoluta en cuanto a la seguridad de su persona. Entre los parisinos era estimadísimo, y pronto empezaron las gentes a llamarle "nuestro zootauro", mote en el cual había que buscar un sentimiento de afecto más que una intención de burla.
En la personalidad de Stephen se habían fundado grandes esperanzas. De esto se daba cuenta el presidente, y la consciencia de no poder corresponder a ellas aumentaba en su espíritu la amargura. Muchas veces, después de una ruda jornada de trabajo, no le era posible conciliar el sueño, y pasaba horas y horas torturándose el cerebro, tratando de encontrar un medio de salvación. En vista de que la amenaza de la catástrofe se extendía sobre el Mundo entero, Stephen concibió la idea de convocar un congreso mundial que estudiara los medios de combatirla.
A pesar de los esfuerzos de sus iniciadores, la concurrencia a este congreso no fué muy nutrida. Paralizadas ya entonces casi por completo las comunicaciones por mar y por aire, muchos países no pudieron mandar representantes a París. Faltaban en el congreso las representaciones de Australia, Africa, Canadá y América del Sur. Tampoco pudieron llegar los delegados de las naciones asiáticas, del Japón, China, Persia y la India. La desorganización, cuando no la interrupción completa de los ferrocarriles, daban al viaje entre estos países y Europa las dificultades de una excursión al polo Norte.
En suma, el congreso, más que mundial, fué casi exclusivamente europeo. Tan sólo el delegado del Gobierno norteamericano, el ingeniero Cresby Harrison, célebre por la construcción del gran túnel bajo los Andes, se arriesgó a intentar la travesía del Atlántico en aeromotor, a pesar de los enormes peligros de la empresa, y consiguió llegar a Europa sano y salvo. Nacido en América, Harrison se consideraba, sin embargo, francés: en París había pasado su infancia y su juventud hasta terminar los estudios.
—La sangre americana que corría en mis venas—solía decir—se transformó hace ya tiempo en el inmenso laboratorio de París.
Asistía también al congreso un representante chileno, hombre de humor agresivo, gestos desacompasados, mirada torva y muecas incesantes, cuyos poderes, por otra parte, distaban mucho de estar bien claros. Se sospechaba que en realidad su Gobierno no le había encargado misión ninguna, y alguien, que al parecer le conocía, garantizaba su idoneidad para ostentar la representación de los cabarets nocturnos de Montmartre con más legitima autoridad que la de la República chilena.
Las sesiones del congreso se celebraban en el palacio del presidente Stephen. A pesar de ser los delegados personas de gran valor, de ciencia y habilidad reconocidas, el congreso daba una impresión de confuso desconcierto, de impotencia absoluta. Era extrema la nerviosidad de los delegados, y el carácter de algunos de los discursos era propicio para engendrar dudas sobre el estado mental del orador.
Tal era, por ejemplo, el caso del célebre profesor de Derecho de la Universidad de Koenisberg, Otto Lucius, consejero íntimo. Su vasta erudición, unida a cierta arruga casi petrificada del entrecejo, que contribuía a fortalecer su aspecto exterior de juez inflexible, inspiraba un respeto universal. ¿Cuál no sería, pues, la sorpresa de los delegados al oír la extraña proposición de su grave e ilustre colega? El profesor Otto Lucius, consejero íntimo, proponía sencillamente que una Comisión especial de juristas de autoridad mundial redactara una protesta enérgica contra las bárbaras incursiones de los zootauros, y que esta protesta enérgica, debidamente firmada por los escritores, hombres de ciencia y políticos mas ilustres, fuese lanzada por medio de ondas luminosas a los espacios interplanetarios.
—Es posible que sucumbamos todos—dijo el profesor Otto Lucius, consejero íntimo, al defender su proposición—. Esto no tiene importancia...
Estas palabras fueron acogidas con ligeros murmullos de protesta.
—A mí me parece, al contrario, que esto tiene una importancia capital—dijo, interrumpiéndole desde su asiento el presidente de la Sociedad Francesa de Metalurgia, Juan Letellier, hombre alto y bien cebado, amante de la buena cocina y del buen vino sobre todas las cosas, y enamorado de la vida, según su expresión, como un colegial de su novia.
—Quería solamente hacer comprender—replicó el profesor Lucius—que desde el punto de vista cosmológico nuestra muerte no tiene, por así decirlo, una importancia desmesurada. Pero por encima del Universo, de todos los mundos y sistemas solares, existe—de ello estoy profundamente convencido—una justicia superior, algo que constituye la base moral de toda la creación. Y a esta justicia superior, a ese derecho interplanetario—permitidme la expresión—debemos apelar. La pérdida de nuestra tierra, de toda nuestra cultura varias veces milenaria, no debe pasar inadvertida, y por esta razón propongo que se dirija una protesta enérgica a todos los planetas susceptibles de ser alcanzados.
—¡Propongo que de esa protesta se mande copia a los señores zootauros!—dijo una voz irónica.
Otto Lucius apretó con mayor fuerza todavía de costumbre sus labios secos y exangües, y lanzó en torno suyo una mirada que expresaba inconfundiblemente el desprecio que a él, Otto Lucius, profesor y consejero íntimo, jurista de mundial renombre, le inspiraban los presentes.
Al poco tiempo se supo que el profesor era, simplemente, un desequilibrado. El primer ataque de los zootauros le había perturbado la razón. A pesar de ello, la proposición encontró un cierto apoyo por parte del delegado italiano, el célebre periodista Giuseppe Giovanni.
—Bien está la ironía, señores—dijo—. Pero quizás no fuera del todo inútil buscar un medio de entenderse con los zootauros. La idea no es tan absurda como puede parecerlo de primer intento. Hay que considerar sin duda alguna a los zootauros como seres superiores. Todo induce a suponer que en la escala de la creación ocupan un lugar más elevado que el nuestro. Por lo tanto, no pueden serles desconocidas las nociones de Derecho y de Justicia.
—¡Ya lo han demostrado!—exclamó otra vez la voz irónica.
—¡No han demostrado nada!—replicó el italiano—. A pesar de nuestro nivel de cultura consideramos nosotros lícita la caza y el sacrificio de animales para nuestra alimentación, precisamente porque les consideramos seres inferiores. Pero si los zootauros hubiesen podido convencerse de que nosotros somos la élite de nuestro planeta, los creadores de una admirable civilización, los descubridores, los...
Las interrupciones y las chanzas ahogaron la voz del orador:
—¡Vaya su señoría a convencerles!
—¿Y en qué lengua les va a hablar, si puede saberse?
—Propongo que el autor de la proposición sea el encargado de comenzar las negociaciones.
Con grandes esfuerzos consiguió el presidente calmar las pasiones y restablecer el orden.
Tan sólo a partir de la tercera sesión entraron los debates en una fase seria.
Un grupo de delegados, con el general francés Beaulieu a la cabeza, presentó un proyecto detallado de lucha armada contra los zootauros.
Los autores de este proyecto proponían la organización internacional y escalonada de destacamentos de combate, en los cuales participarían especialistas militares, químicos y técnicos de todas las disciplinas. Estos destacamentos habrían de tener a su disposición todos los recursos de la técnica. Su misión consistiría en atacar a los zootauros por medio de cañones eléctricos de gran alcance, de proyectiles cargados con bacilos del cólera y de la peste, de gases asfixiantes, de cuanto, en fin, pudiera utilizarse o inventarse de eficaz.
—Es lícito creer—declaraba el general Beaulieu al defender su proyecto—que estas medidas pueden ser utilizadas con eficaces resultados siempre que su aplicación se haga con el máximo de fuerza posible en nuestros días. Disponemos de medios extremadamente poderosos. Baste recordar que en la última guerra entre los Estados Unidos y el Japón las ondas eléctricas lanzadas desde la costa occidental norteamericana aniquilaron por completo a la enorme escuadra japonesa, que se encontraba a más de seiscientas millas de distancia. Hay que contar desde luego con la posibilidad de que nuestras corrientes eléctricas y nuestros bacilos no produzcan en los zootauros el menor efecto. Todos nuestros planes pueden resultar vanos y estériles contra esos monstruos misteriosos cuya naturaleza desconocemos casi en absoluto. Pero nada perdemos con intentar la realización de nuestro plan. Si de todos modos estamos destinados a morir, más vale morir con las armas en la mano que dejarse devorar por los monstruos sin lucha ni resistencia.
Después de largos y apasionados debates, el proyecto fué aprobado en principio. Para estudiar los medios de llevarlo a la práctica se nombró una Comisión especial, presidida por el general Beaulieu. Esta Comisión empezó inmediatamente sus trabajos.
La aparición en la tribuna de Cresby Harrison, delegado de los Estados Unidos, fué el momento culminante del congreso.
—Señores: mientras continuemos permaneciendo en la superficie de la Tierra—comenzó diciendo—, nada, ni las murallas de mayor espesor y resistencia, podrá protegernos contra los zootauros. Tales son, por desgracia, las enseñanzas de la experiencia. Tampoco podemos encontrar salvación en el aire ni en el mar. Por lo tanto, no nos queda otro recurso que buscar refugio bajo tierra.
Estas palabras provocaron general sorpresa, reflejada en múltiples exclamaciones:
—¡Su señoría se propone enterrarnos vivos!
—¡Hacer vida de topos!
—¡Vivir atrincherados!
—Como sus señorias quieran—continuó tranquilamente Harrison—. Desde luego no se trata de abrir trincheras como las construídas en las guerras del pasado, y que apenas pudieron resistir a los misérrimos proyectiles y medios ofensivos de aquellos tiempos. Desde entonces, a Dios gracias, hemos progresado algo. Recuerden sus señorías que al realizar los trabajos para la construcción del túnel bajo los Andes...
Una ovación unánime, imponente, estalló en la sala. Todos los delegados, puestos de pie, rindieron homenaje con sus aplausos calurosos al constructor de aquella obra magnifica de ingeniería.
—Vuestra bondad me conmueve profundamente, señores—dijo Harrison, sin poder apenas dominar su emoción—, y mi felicidad no tendría límites si el proyecto que me propongo someteros alcanzara tan sólo una parte del éxito que coronó la construcción del túnel... Ahora bien: en la construcción del túnel bajo los Andes se emplearon perforadoras eléctricas de una gran fuerza. En la actualidad la máquina extractora, inventada recientemente por mi compatriota Crebs, permite en una hora, y casi sin intervención de la fuerza humana, abrir zanjas y fosos para los cimientos de los más altos rascacielos. Lo repito: disponemos de medios técnicos de una gran potencia, y seria incomprensible no utilizarlos. Aun a riesgo de ver cómo en vuestros rostros se dibujan irónicas sonrisas, he de permitirme declarar que los acontecimientos obligarán quizás a la Humanidad a inaugurar una nueva era, que yo me atreveré a calificar de subterránea.
Nadie sonrió. Era demasiado alto el prestigio del orador para que sus palabras pudieran ser acogidas irónicamente. Pero la mayoría de los delegados cambiaron entre sí miradas de sorpresa.
—Veo, señores, que no me había equivocado del todo—dijo Harrison con benevolencia—. Ya que no con ironía, mis palabras han sido acogidas con sorpresa. No obstante, tengo que insistir: la Humanidad se verá obligada a inaugurar una nueva era de su existencia, a empezar una vida subterránea. Esta será, probablemente, nuestra única tabla de salvación. De haberse planteado este problema, no digo en la Edad Media, tan sólo hace cincuenta años, la Humanidad estaría irremediablemente perdida. Ahora nuestra suerte es menos aciaga: la técnica contemporánea nos permite el lujo de poder vivir en el subsuelo. No pretendo, ni mucho menos, hacer profecías. Pero la construcción en breve plazo de ciudades subterráneas con casas de varios pisos, donde se pueda vivir con toda comodidad, me parece cosa fácilmente realizable. Incluso será posible en estas ciudades la construcción de rascacielos...
—O mejor dicho, de rascatierras—rectificó con una sonrisa el presidente Stephen.
—En efecto, señor presidente—asintió, sonriente también, Harrison—. Digamos, pues, de rascatierras. En todo caso nuestros arquitectos sabrán hacer todo lo posible para que ninguna de las comodidades modernas falte en las nuevas ciudades. Por las calles circularán tranvías, y entre ciudad y ciudad se tenderán vías férreas. Quizás sea posible formar ríos y lagos artificiales. Tanta es la pericia de nuestros ingenieros y arquitectos, que la posibilidad de que esto ocurra no está excluida, ni mucho menos. Preciso será emplear en gran escala el ventilador eléctrico inventado por nuestro querido compañero Ford. Al construir el túnel de los Andes, este maravilloso aparato rindió admirables servicios, y estoy seguro de que su utilidad será todavía mayor en los subterráneos. Además, será posible, sin duda, perfeccionarlo aún. Todo cabe esperarlo del genio humano, y por mi parte, tengo la convicción absoluta de que no habrá de presentarse dificultad que no pueda ser vencida.
Harrison era escuchado con atención siempre creciente por la asamblea.
—¿A qué profundidad será preciso construir las ciudades que proyecta su señoría?—preguntó uno de los delegados.
—A trescientos o cuatrocientos metros, quizás un poco más—contestó Harrison—. Todo depende de las condiciones locales, de la solidez del suelo, de la proximidad del agua en tal o cual lugar.
—¿Y la agricultura?—preguntó Stephen—. ¿Qué será de la agricultura en esas ciudades subterráneas? ¿Será posible rodearlas de campos, jardines y praderas? Y si no, ¿cómo evitar que la Humanidad perezca por el hambre?
Estas preguntas provocaron entre los delegados una gran excitación. Todas las miradas se dirigieron hacia Harrison. En la sala reinó un minuto de profundo silencio.
—Tiene razón su señoría, señor presidente—dijo por fin el autor de la proposición—. La pregunta que su señoría acaba de formular tiene una enorme importancia, y tengo que confesar que no parece nada fácil dar a ella una contestación satisfactoria. Si se tratara de buscar bajo tierra un abrigo para algunas semanas, o si se quiere algunos meses, el problema del abastecimiento en víveres podría resolverse sin dificultad: las existencias en víveres de que se dispone actualmente en el Mundo son considerables. Pero es probable que la Humanidad tenga que atrincherarse—dichas las cosas en términos militares—durante mucho tiempo, años quizás...
—¡O para siempre!—interrumpió un escéptico—. Y una vez que los zootauros han encontrado el camino de la Tierra, es de suponer que no lo olviden. Y luego quizás recibamos otras visitas semejantes: los habitantes de Mercurio, de Saturno, de Neptuno... ¿Quién sabe? Todo es posible.
—Sí. ¡Todo es posible!—suspiró Harrison. Y precisamente porque todo es posible, será necesario dar a la vida subterránea una organización sólida y duradera. El problema de la agricultura plantea dificultades enormes. Pero no hay que olvidar, señores, que nos hallamos ante una cuestión de vida o muerte para la Humanidad entera. Una de dos: o saldrá triunfante de la prueba, o el musgo humano de que, según la expresión de un filósofo, se había cubierto nuestro planeta en sus viejos días será barrido, sin que de él queden restos siquiera, por la tempestad abatida sobre nosotros. El hombre se encuentra, por asi decirlo, sometido a un rudísimo examen. Ha de demostrar que no en vano lleva el titulo de homo sapiens. Debe manifestar su firme voluntad de vivir; ha de explotar hasta sus últimos límites el instinto de conservación. Si en la prueba fracasa será para él un testimonium paupertatis.
—¡Sí; pero es imposible crear bajo tierra, a una profundidad de centenares de metros, millones de hectáreas de campos, prados y jardines!—exclamó el delegado italiano.
—Millones, no; pero millares, sin duda, y quizás con ello baste. Será preciso intensificar el cultivo de la tierra hasta sus más extremos límites. Son ya grandes los progresos realizados en este sentido, y nuestro colega el delegado de la Gran Bretaña podría darnos sobre el particular datos interesantísimos. En la provincia de Lancashire, por ejemplo, cuyos habitantes habían sufrido intensamente por la falta de tierra cultivable, el rendimiento actual de una hectárea es equivalente al de treinta hectáreas hace tan sólo veinte años. En el mundo subterráneo será necesario aumentar la producción cien, quinientas, mil veces a fin de que el producto de un millar de hectáreas baste para sostener a una ciudad entera. Una vez más he de repetirlo: cuando está en juego la vida de la Humanidad todo es posible, todo debe ser posible—exclamó Harrison.
—¿Y con qué reemplaza su señoría la luz del Sol?—preguntó un delegado.
—Haremos soles artificiales. Sobre cada una de las ciudades subterráneas habrá suspendido uno de esos soles, cuya luz en nada podrá distinguirse de la verdadera luz solar. Los trabajos, recientemente publicados, de nuestro gran físico Harry Bennet abren en este sentido las más brillantes perspectivas.
—¿Y la lluvia? ¿Y la niebla, tan necesaria para muchas plantas? ¿Cree su señoría que será también posible reemplazarlas?
—¡Naturalmente! Eso no son más que detalles. Por otra parte, yo no pretendo presentar a esa ilustre Asamblea un proyecto completo, donde estén previstas y resueltas todas las dificultades secundarias. Indico tan sólo el principio, las grandes líneas, las posibilidades. Si la Asamblea cree que la idea merece ser tomada en consideración, una Comisión especial debería encargarse de elaborar un plan y de llevarlo a la práctica.
Al dar Harrison por terminado su discurso y dirigirse a su asiento resonó en la sala una tempestad de aplausos. El presidente le estrechó con efusión la mano, y su ejemplo fué seguido por numerosos delegados.
La sesión fué suspendida, y entre los grupos no se comentaba otra cosa que el proyecto de Harrison.
—¡Los más perjudicados serán los poetas!—dijo el voluminoso Juan Letellier—. Sin el cielo son gente al agua.
—¿Y los alpinistas?—preguntó a su vez el delegado italiano Giuseppe Giovanni—. Será preciso construirles Montblancs y Jungfraus subterráneos.
—Para los novios suspenderemos sobre las ciudades subterráneas Lunas artificiales—dijo en tono de chanza un delegado.
—Y estrellas, y nubes con franjas doradas, y puestas de Sol melancólicas—añadió otro—. Sin esto habría huelga de enamorados.
—Todo eso está muy bien—decia en un grupo de delegados el general Beaulieu—. Pero es también posible que en esas ciudades subterráneas que se proyectan consigan penetrar los zootauros. De ellos puede esperarse todo, y nada tendrá de extraño que se revelen capaces de alcanzarnos a cualquier profundidad. Además, que no ha de ser posible encerrarnos herméticamente. Será preciso construir respiraderos o cosa que les valga. Por lo tanto, los zootauros, para atacarnos y penetrar en nuestra nueva casa, podrán servirse de esas brechas abiertas, por así decirlo, en la fortaleza subterránea. No olvidemos, señores, que se trata de un enemigo cuyas fuerzas nos son completamente desconocidas.
Harrison, que acababa de acercarse al grupo y había oído las últimas palabras del general Beaulieu, iba a contestarle; pero en el mismo instante se hizo oir desde lo alto el rumor siniestro, el rugido del motor gigantesco. Los grandes ventanales venecianos del salón presidencial comenzaron a temblar.
—¡Un nuevo ataque!—osaron apenas exclamar, pálido el rostro y la voz entrecortada, algunos delegados.
Otros se lanzaron instintivamente hacia la puerta de salida.
—¡Señores!—gritó Víctor Stephen, que había conservado toda su sangre fría—. Es preferible no salir. Al aire libre el peligro es mayor todavía.
X
El Congreso terminó sus trabajos y se disolvió precipitadamente. Era imposible continuar con calma las deliberaciones. Además, entre las nuevas víctimas de los zootauros figuraban algunos delegados. El representante de Italia, Giuseppe Giovanni, había desaparecido, y a pesar de todas las pesquisas y averiguaciones llevadas a cabo por orden del propio presidente Stephen, no se consiguió dar con el más leve rastro de su cuerpo. El delegado noruego, Amundsen, encontró la muerte durante el ataque de un zootauro entre los escombros de la Embajada noruega. El delegado ruso, Basilio Gaidaroff, fué arrebatado por un zootauro mientras atravesaba la plaza de la República. Muchos otros delegados, entre ellos el profesor Otto Lucius, consejero íntimo, fueron más o menos gravemente heridos por los escombros de las casas destruidas.
En el curso de la última sesión, el Congreso nombró, a toda prisa y en una atmósfera de extrema excitación, dos Comisiones: una militar, presidida por el general Beaulieu, y otra técnica, al frente de la cual figuraba Cresby Harrison. Esta última, en seguida bautizada con el sobrenombre de Comisión subterránea, recibió el encargo de preparar un plan detallado para la construcción de las ciudades subterráneas y de estudiar los medios más adecuados y eficaces para realizarlo. Para tal objeto disponía de plenos poderes y créditos cuantiosos.
Entre ambas Comisiones surgió inmediatamente una cierta rivalidad.
—No hay que precipitarse en la construcción de las ciudades subterráneas—le decía a Harrison el general Beaulieu—. Tengo la esperanza de que triunfaremos de los zootauros manu militari. En este caso podremos quedarnos donde estamos, sin necesidad de tener que bajar a las bodegas poco confortables de nuestro planeta.
Pero Harrison movía la cabeza con escepticismo.
—Mi general—contestaba—, yo no dudo de su talento militar. Fácil le hubiera sido a usted triunfar contra todos los ejércitos enemigos, aunque estuvieran formados de diablos. Pero los zootauros son peores que los diablos, y nuestra estrategia humana es impotente para luchar contra ellos.
Componían la Comisión militar unos veinte especialistas de todos los países, ingenieros militares en su mayor parte. De la Comisión formaban parte, al lado del general Beaulieu, varias celebridades mundiales de la milicia: el gobernador militar de París, general Pardou, soldado a la manera clásica, con bigote de medio metro y la agilidad de un muchacho de veinte años, a pesar de haber pasado ya de los sesenta; el ingeniero militar inglés Glansbury, figura alta y adelgazada, matemático empedernido, manejador formidable de cifras, cuya concepción del Mundo se resumía en una serie de fórmulas algebraicas; Albrecht Edelstein, profesor de la Academia militar de Potsdam, artillero ilustre, entusiasta apasionado de su carrera: de él decían sus colegas que ni en sueños cesaba de bombardear imaginarias posiciones enemigas; finalmente, el general español González Diego, hombre de infinita amabilidad y exquisita cortesía, siempre afable y sonriente, lo que no le había impedido demostrar una energía rayana en la crueldad al reprimir los recientes disturbios en Barcelona.
Ambas Comisiones, la militar y la subterránea, trabajaban en París. La primera estaba instalada en la fortaleza de Vincennes, y la segunda, en la nueva Academia de Arquitectura, cuyo palacio se alzaba en los jardines del Luxemburgo.
El interés de la población estaba, sobre todo, concentrado en los trabajos de la Comisión militar. Constantemente aparecían en los periódicos informaciones sensacionales sobre el curso de los trabajos, y la curiosidad y excitación del público alcanzaban el más alto grado de exacerbamiento. Los más fantásticos rumores circulaban por París y por todo el territorio de Francia, que no estaba todavía aislado de la capital.
—Por orden de la Comisión se están fabricando diez mil bombas de gran potencia, cargadas con bacilos del cólera y de la peste—afirmaba con gran energía un señor, de pie ante el mostrador de un bar, dirigiéndose al dueño y a los parroquianos.
—Estas bombas no me inspiran gran confianza—replicaba uno de los clientes entre dos sorbos—. Los zootauros tienen la piel dura y no se preocupan gran cosa de los bacilos. El único medio para aniquilarlos son las corrientes eléctricas de alta tensión. Me consta que la Comisión ha decidido bombardearlos con corrientes de cinco millones de voltios.
—Me parecen muchos millones de voltios—repuso con sorna un espectador.
—Pues así es. Cinco millones de voltios: ni uno más, ni uno menos. Al propio secretario de la Comisión se lo oí decir ayer en su casa, donde estuve limpiando las chimeneas.
—Pero hasta ahora los periódicos no han dicho de esto una palabra—insistían los escépticos.
Al oir esta observación, el deshollinador se sonrrió con malicia.
—Y eso, ¿qué tiene de extraño?—dijo—. La Comisión no deja que se le acerquen los periodistas ni a tiro de cañón. Los periodistas deforman siempre la verdad y no hacen otra cosa que excitar al público con sus patrañas. Si lo que digo lo viera en un periódico, yo sería el primero en no creer una palabra.
La impaciencia de la multitud iba sin cesar en aumento. A cada nuevo ataque de los zootauros crecía la desesperación, y las gentes acogían con credulidad los rumores más estúpidos. Millares de personas habían abandonado su trabajo habitual y vagaban todo el santo día en torno a la fortaleza de Vincennes, consumidos por el deseo de saber algo nuevo, una noticia, un indicio cualquiera, que justificara la esperanza en el triunfo contra los monstruos misteriosos.
Movida por la inquietud, febrilmente excitada, la muchedumbre se entregaba a veces a manifestaciones tumultuosas ante el edificio donde estaba reunida la Comisión militar.
—¡El general Beaulieu! ¡Que salga! ¡Queremos hablarle! ¡Abajo la Comisión! ¡Es un engaño—gritaban los manifestantes.
Pero al aparecer en el balcón el general Beaulieu, la indignación se trocaba súbitamente en entusiasmo y los denuestos en aclamaciones:
—¡Viva el general Beaulieu!
El general hizo un signo con la mano, y se apagaron en seguida los rumores. En el silencio profundo resonaba su voz fuerte de hombre acostumbrado a mandar:
—¡Amigos míos! Los trabajos de la Comisión tocan a su fin. Vuestro deber consiste en no perturbarlos. Ninguna necesidad tenemos, podéis creerlo, de que se nos estimule ni se nos aliente. Lo único que con ello se consigue es retrasar nuestro trabajo. Volved, por lo tanto, a vuestras casas, con la seguridad de que haremos cuanto de nosotros dependa.
—¿Y los resultados? ¿Cuándo tocaremos los resultados?
—Si continuáis perturbando nuestra labor, tendréis que esperar todavía mucho tiempo.
La manifestación se dispersaba por fin; pero al día siguiente llegaban a Vincennes nuevos cortejos de gentes abatidas, extenuadas por los horrores de que habían sido testigos, y sus imprecaciones y lamentos resonaban de nuevo en los muros de la fortaleza:
—¡El general Beaulieu! ¡Queremos hablar con el general Beaulieu!
Por fin, quince días después de haber iniciado sus trabajos la Comisión, empezó a correr el rumor un día, a primeras horas de la mañana, de que todos los preparativos para la lucha contra los zootauros estaban terminados, y de que aquella noche iba a procederse a un ataque decisivo.
Estos rumores fueron pronto confirmados por un comunicado oficial de la Comisión, firmado por el general Beaulieu y publicado en todos los periódicos. Este comunicado estaba concebido en forma de llamamiento a la población:
"¡Parisinos!—decía—: La Comisión militar, nombrada para estudiar los medios de combate más eficaces contra los zootauros, ha terminado sus trabajos. Contra los monstruos serán empleados todos los medios militares y técnicos de que disponemos. La Comisión espera que el resultado de la lucha sea favorable; pero ninguna garantía existe contra el fracaso, dado que la naturaleza de los zootauros continúa siendo para nosotros un misterio.
"El experimento se realizará en el curso del próximo ataque de los zootauros, probablemente, pues, esta misma noche, simultáneamente en París, Londres, Berlín, Roma y Madrid. En París, el ataque contra los monstruos será dirigido desde los fuertes de Vincennes, Chatillon, Montrouge y Saint-Denis, y también desde la Torre Eiffel y el Observatorio.
Además de las descargas eléctricas, los zootauros serán atacados con proyectiles especiales cargados de gases mortíferos. Los proyectiles eléctricos son inofensivos para la población; pero la Comisión no puede ofrecer la misma garantía en cuanto a los gases. Aun cuando, según todas las probabilidades, los gases se mantendrán en las regiones superiores de la atmósfera, hay que precaverse contra la posibilidad de un descenso. La Comisión se ha preocupado, por consiguiente, de preparar un número suficiente de máscaras de protección que serán distribuidas hoy a los habitantes de la ciudad en el Ayuntamiento, en las Delegaciones de Policía y en las Oficinas de Correos.
"La aparición de los zootauros será anunciada por el disparo de cañonazos desde el fuerte de Vincennes. Inmediatamente deberán los habitantes buscar refugio en locales cerrados, y, sobre todo, no permanecer en la calle, a fin de evitar las terribles consecuencias que de la caída de los zootauros podrán derivarse en el caso de que consigamos derribar alguno de los monstruos.
"La Comisión espera que los habitantes de la gloriosa villa de París sabrán dar, en estos momentos trágicos y decisivos, nuevas pruebas de su prudencia y sangre fría."
Pero los habitantes de la gloriosa villa de París mostraron escasa prudencia y menos sangre fría. El llamamiento de la Comisión tuvo la virtud de hacer subir al colmo la excitación de la capital, convirtiendo, por así decirlo, en un manojo de nervios un organismo, cuyo estado de irritación parecía ya insuperable, removiendo hasta lo más profundo los sentimientos y esperanzas de aquel mar humano en estado de permanente tempestad. Por la calle, en los cafés, se oían los comentarios más inverosímiles. Los que pretendían estar secretamente informados, gente misteriosa que surge como por encanto en los momentos de perturbación y de crisis, hacian afirmaciones absurdas con la suficiencia del que ha descubierto todos los misterios del Universo.
—Los zootauros serán tan sólo atacados en París—afirmaba rotundamente uno de esos personajes.
—Pero ¿cómo?—le replicaba alguien con sorpresa. Si la Comisión dice en su comunicado oficial que el ataque se efectuará al mismo tiempo en Berlín, Londres, Roma y Madrid.
—A mí me consta positivamente que la Comisión ha mentido. Se están mofando de nosotros. Ningún Gobierno más que el nuestro ha querido autorizar un experimento tan lleno de peligros. En el seno de la Comisión los escándalos han sido formidables. El general Beaulieu amenazó con presentar la dimisión. Los ingleses, según su costumbre, se esconden detrás de nuestras espaldas. "¡Pasen ustedes primero, señores franceses!" Nosotros sacaremos las castañas del fuego, y si les parecen a punto, nos ayudarán a comerlas. Así van las cosas, y mientras tanto el ataque contra los zootauros, que, lo repito, nosotros solos llevaremos a cabo, nos costará un ojo de la cara.
—¡Así como así, no nos queda nada que perder—dijo uno de los presentes.
—No lo diga usted tan pronto, amigo—replicó el señor Lo-sé-todo—. ¿Cree usted que los zootauros son imbéciles?
—Parece más bien todo lo contrario.
—Así lo creo yo también. Los zootauros son excesivamente inteligentes, y no dejarán de observar que nosotros somos los únicos que los han atacado. Apareceremos a sus ojos como un pueblo batallador al que es preciso dar una lección. Ingleses, alemanes y tutti quanti contemplarán el espectáculo desde la barrera. Si la cosa sale bien, tanto mejor. Si sale mal, Francia pagará ella sola los platos rotos.
—¿Han notado ustedes, señores—decía uno de estos oradores improvisados, dirigiéndose a otro grupo que el comunicado de la Comisión no dice ni palabra de las bombas cargadas de bacilos? ¿No es esto misterioso? ¿Por qué no habrá de emplearse contra un enemigo tan temible un remedio de tanta eficacia como ése?
—Quizás por temor a que los bacilos propagaran epidemias entre la población—insinuó con timidez uno del grupo.
—Sin duda que éste es el motivo. ¿Pero sabe usted quiénes hubiesen sido los más expuestos al peligro?
Y, hecha la pregunta, dejaba transcurrir una larga pausa para excitar más y más la curiosidad.
—A ver. ¿Quién?
—Los ingleses, los alemanes y otros vecinos nuestros.
Nadie parecía comprender esta interpretación.
—Sí, señores. Los ingleses, los alemanes, los italianos, los suizos, los españoles, han de temer la propagación de los bacilos en sus paises, puesto que, empleando este medio de combate, los zootauros alcanzados por los proyectiles irian probablemente a caer en uno cualquiera de los países vecinos. No se olvide que los monstruos pueden salvar la distancia entre París y Londres en menos de un minuto. Está claro ahora por qué los miembros extranjeros de la Comisión han protestado con tanta energía contra el empleo de bombas cargadas de bacilos.
Esta y otras especies semejantes contribuyeron a formar rápidamente en la capital una atmósfera de hostilidad contra los extranjeros, especialmente los ingleses. Hacia las seis de la tarde, un grupo de manifestantes, en actitud hostil, se presentó ante la Embajada de la Gran Bretaña.
—¡Abajo los ingleses!—gritaba la multitud.
—¡Que se vayan! ¡Que se vayan!
De los gritos se pasó a las pedradas. Los cristales de una ventana saltaron a pedazos. La situación empeoraba por momentos, y la Embajada llamó por teléfono a la Policía, sin el menor resultado. La norma de la Policía en aquellos días agitados consistía en mantenerse al margen de todos los conflictos.
Cuando el populacho, alentado por la impunidad, se aprestaba a tomar por asalto el edificio de la Embajada, tuvo el portero de ésta una idea ingeniosa para salvar la situación. Se quitó la librea, salió a la calle por la puerta trasera, se mezcló al grupo de los manifestantes y, con toda la fuerza de sus pulmones, empezó a gritar:
—¡Los zootauros! ¡Los zootauros!
La manifestación se dispersó en un abrir y cerrar de ojos. Un minuto más tarde, la plaza, ante la Embajada británica, aparecia limpia, como barrida por una escoba gigantesca.
Media hora más tarde, el presidente Stephen informado de los incidentes ocurridos ante la Embajada británica, preguntaba con ansiedad por teléfono al director de Orden público noticias sobre lo ocurrido. El director contestó:
—Todo marcha bien, señor presidente. Gracias a las medidas enérgicas tomadas por la Policía, ha sido disuelta la manifestación y restablecido el orden.
XI
A las nueve y treinta y siete minutos de la noche partieron tres cañonazos del fuerte de Vincennes. Su estampido fué para la población como el ruido de los truenos que anuncian la tempestad. Una angustia sin límites oprimió todos los corazones. Flaqueaban las rodillas, y las bocas se secaban de una sed insaciable.
Por tres veces retumbó, casi sin intervalo, la voz del viejo cañón, testigo de tantos y tantos acontecimientos. El eco devolvió el lúgubre toque de alarma lanzado en la oscuridad de la noche, y millones de corazones saltaron en los pechos como pájaros asustados, prisioneros en una jaula. Una sola palabra, repetida en todos los rincones, formaba como un rumor sordo:
—¡Los zootauros!
París, el hormiguero humano de París, estaba más excitado aún de lo que ya era costumbre cuando se anunciaba un nuevo ataque de los monstruos. Esta vez se esperaba el combate decisivo entre los hombres y los seres misteriosos, cuya naturaleza se encontraba más allá de los límites accesibles a los mortales. La noche iba a ser quizás decisiva para los destinos de la Humanidad entera. En caso de victoria, el hombre continuará siendo soberano de la Tierra; pero si, a pesar de haber puesto en tensión todas sus fuerzas materiales e intelectuales, fracasaba en la empresa, la soberanía humana había tocado a su fin, y los hombres serían barridos de la superficie de la tierra como el viento barre el polvo de los caminos o la espuma del mar.
Las calles, animadas y sonoras hacía un momento, quedaron desiertas. Las gentes se metían en su casa o buscaban refugio en los portales más próximos, en las estaciones del Metropolitano. La mayor parte llevaban consigo las máscaras contra los gases, pero casi nadie hacía uso de ellas. Los que pretendían saberlo todo afirmaban que las máscaras no servían de nada ni podían proteger a nadie contra la asfixia.
A los pocos momentos de haberse oído los cañonazos resonó en el espacio el rumor característico del gigantesco motor que los parisinos conocían ya demasiado. Los zootauros hacían su aparición.
Con la respiración suspendida y los nervios tirantes como cuerdas, millones de gentes esperaban algo grande, decisivo. Algunos, movidos por la impaciencia, entreabrían las puertas y ventanas, tratando de escudriñar con una rápida mirada si algo sucedía. El impulso de curiosidad aguda, que hace que el soldado se acerque a los lugares de mayor peligro aun a riesgo de morir atravesado por una bala enemiga, era más fuerte que el miedo, y parecía paralizar el instinto de conservación. Todavía unos minutos más tarde, centenares de miles de personas se amontonaban en las aceras, en los dinteles de las puertas y en las cercanías de las estaciones. Como obedeciendo a una orden, todas las cabezas estaban levantadas, con los ojos fijos en la bóveda oscura. Se diría que una multitud pagana se había congregado para cumplir algún extraño rito religioso.
El cielo estaba cubierto de nubes, sin Luna ni estrellas, sin colores ni destellos, como si un misterioso director de escena se hubiese preocupado de preparar una decoración sombría para la representación del drama que se estaba preparando.
París retenía el aliento. Parecía un campamento gigantesco, embrujado por un mago.
Tan sólo de lo alto llegaba a los oídos un ruido amortiguado por la distancia. Poco a poco iba haciéndose más fuerte, y pronto pudieron distinguirse las enormes masas grises de los monstruos, que volaban sobre la ciudad lentamente, ávidamente, como tratando de descubrir su presa.
—¿Por qué no empieza todavía el ataque contra los zootauros?—exclamaban voces impacientes.
—Quizás haya empezado ya—replicaba otra voz—. Estas cosas se hacen sin ruido.
Y, como para desmentir esta afirmación, se oyó en el mismo instante, a gran altura, un silbido estridente, como causado por un enorme cohete o un bloque de hierro candente que acabaran de echar al agua. Inmediatamente, un relámpago prolongado desgarró en zigzag las nubes grises, y volvió a apagarse en seguida, como chispa aparecida sobre un montón de cenizas.
—¡Ya está! ¡Ya empieza! ¡Es del fuerte de Vincennes!
Las exclamaciones surgían de los pechos como suspiros largamente contenidos.
Sobre la ciudad continuaban vagando las masas grises como si nada hubiese sucedido.
Al primer relámpago sucedió otro—esta vez del lado de Chatillon—, y después, un tercero y un cuarto, siempre acompañados del mismo silbido estridente. Deslumbradores, finos como espadas de Damasco, los relámpagos, con turbulencia casi alegre, se sucedían unos a otros, se cruzaban y entrechocaban, iluminando los nubarrones con tétricos resplandores. Se hubiera dicho que en lo alto descargaba una tempestad de fuerza todavía desconocida para los habitantes de la Tierra.
—Es del fuerte de Montrouge—decían unos.
—¡No, de Saint-Denis!—replicaban otros.
—¡De la Torre Eiffel!
—¡Mirad! ¡Mirad! ¡Un zootauro ha sido tocado!
—¡Todavía otro! En efecto: los monstruos eran alcanzados por un gran número de los rayos lanzados contra ellos; pero inmediatamente después se apagaban los relámpagos, como se apaga una chispa al tocar el agua. Los zootauros continuaban volando tranquilamente sobre la capital, como divirtiéndose con este juego inventado por los hombres.
Cada vez que uno de los rayos daba en el blanco, las gentes se hacían atrás con precipitación.
—¡Cuidado, que va a caer!—gritaban con ansiedad.
Pero los zootauros no caían, y los murmullos de desencanto se hacían cada vez más persistentes.
—¡Nuestras descargas eléctricas les tiene sin cuidado!—decían algunos.
De golpe cruzó el aire un gran proyectil de forma cilíndrica, seguido al poco tiempo de otros proyectiles iguales.
—Son los proyectiles cargados de gases asfixiantes.
—¿Será posible que esto tampoco les haga daño alguno?
—¡Pero si se burlan de toda nuestra técnica militar!
—¡Las máscaras! ¡Pronto! ¡Ponerse las máscaras!
Los que llevaban máscaras consigo empezaron a ponérselas a tientas y con las manos temblorosas. Otros se precipitaban hacia las puertas vecinas. Los había también que, con desprecio filosófico del peligro, permanecían inmóviles, sin volver la cara, como lanzando un reto a las fuerzas hostiles. Una mujer vieja y pobremente vestida fué de súbito sobrecogida por una alegría delirante. Con el pelo deshecho y gesticulaciones desordenadas, iba de grupo en grupo gritando con voz chillona y desfalleciente:
—¡Ya están aquí! ¡Ya están aquí! ¡Vienen para salvar al mundo!
Un cura, con larga sotana negra, la cabeza desnuda y la cabellera gris en desorden, llevando en la mano un gran crucifijo, recorría sin miedo los grupos, y con voz enronquecida gritaba:
—¡Locos! ¡Llevados por vuestra arrogancia, habíais creído que era posible combatirlos con vuestras estúpidas invenciones humanas! ¡Os habéis atrevido, en vuestra ceguera, a levantar la mano contra los mensajeros de Dios, venidos a la Tierra para que se cumpla su santa voluntad!
De pronto se hicieron oír gritos aterradores:
—¡Sálvese quien pueda! ¡Los proyectiles vuelven a caer sobre nuestras cabezas!
En efecto: algunos de los cilindros cargados de gases asfixiantes, después de dar en el blanco y chocar con fuerza violenta contra uno cualquiera de los zootauros, rebotaban como proyectiles rechazados por una espesa coraza, y unos segundos después, caían con estrépito contra el suelo, envenenando la atmósfera hasta gran distancia.
Centenares de personas que se encontraban en la calle, sobre todo de las que carecían de máscaras para protegerse, agonizaban, retorciéndose desesperadamente sobre el piso de las calles y las aceras. Otras, se agarraban a los faroles, a los árboles, a las rejas de las casas, para mantenerse de pie y poder alcanzar un refugio. La pobre loca, que unos minutos antes andaba gritando que los zootauros venían a salvar al Mundo, yacía muerta en tierra con la cabeza aplastada contra un mojón de hierro. El anciano sacerdote, que apostrofaba a la multitud por su ceguera, agonizaba en el dintel de una puerta, apretando el crucifijo con su mano crispada.
No habían transcurrido todavía dos minutos desde que la primera descarga eléctrica fué lanzada contra los zootauros; pero en estos dos minutos, que fueron para las gentes largos como una vida entera, el resultado de la lucha se habia manifestado con una claridad que no dejaba lugar a dudas.
El general Beaulieu, que dirigía personalmente el ataque desde el fuerte de Vincennes, presenciaba los acontecimientos de pie, pálido, rigido, los dientes apretados por el despecho impotente, abatido y envejecido por aquellas horas terribles.
—¡Todo ha terminado!—exclamó con un gemido sordo al ver que uno de los cilindros con gases, lanzado desde el fuerte del Oeste, volvía a caer con estrépito junto al fuerte de Vincennes—. Somos impotentes. Son más fuertes ellos que nosotros, y se mofan del pretendido genio humano y de toda nuestra técnica y estrategia.
Se dejó caer sobre una silla, y, tomando la cabeza entre las manos, comenzó a balancearla con el movimiento característico del hombre que sufre un horrible dolor de muelas.
—¡Son más fuertes! ¡Son más fuertes!—repetía sin cesar. Van a exterminar la Humanidad. Van a exterminarla con todo lo que el hombre ha creado: la Cultura, la Ciencia, los grandes problemas...
De pronto prorrumpió en una gran carcajada.
—¡Ja, ja, ja!... Aristóteles, Newton, Shakespeare, Tolstoi... Siglos, millares de años de esfuerzos, de luchas, de sueños orgullosos, de audaces investigaciones... ¡Ja, ja, ja!...
Los que se encontraban junto a él comenzaron a inquietarse.
—Pero ¿qué le pasa? ¡Cálmese, mi general!
Con un gesto severo e imperioso, hizo que se alejaran, e, irguiéndose ante ellos tan alto como era, exclamó:
—¡Pero no lo permitiré! ¡Yo salvaré a la Humanidad! ¡Solo, declararé la guerra a esos monstruos, y veremos quién gana la partida! ¡Ja, ja! ¿Se imaginaban que podrían exterminarnos sin más ni más? Pues se han lucido. ¡Tendrán que entendérselas conmigo! ¡Dejadme hacer! La lección que voy a darles no la olvidarán en sus días. ¡Pero dejadme ya, os digo! ¿Por qué me sujetáis? ¿Es que por acaso estáis de su parte?
Y volviendo bruscamente hacia sus compañeros que le sujetaban con fuerza los brazos, los miró largo tiempo de hito en hito, uno a uno, con mirada escrutadora, y, desesperado, con voz llorosa, exclamó:
—Ahora ya lo veo. ¡Todo está claro! Sois unos traidores, unos vendidos, unos Judas. Por treinta dineros habéis hecho traición a vuestros semejantes, a la Humanidad entera. ¡Ah, miserables! ¡Dios mío! ¡Dios mío!...
Y, lleno de dolor y desesperación, se puso a sollozar, con lágrimas de impotencia y vergüenza para sus semejantes.
A duras penas se consiguió calmarle. Dos oficiales quedaron encargados de su custodia.
Mientras tanto, la lucha contra los zootauros, en vista de su ineficacia absoluta, fué suspendida en todos los fuertes.
Pocos minutos más tarde se distinguieron a gran altura unas lucecillas móviles, y casi al mismo tiempo empezó a hacerse oir de lo alto un ruido de detonaciones.
—¡Es nuestra escuadra aérea!—exclamaron los miembros de la Comisión militar que escrutaban el cielo con sus catalejos.
—¡Qué locura! ¡Van a morir todos!
—¡Y todo será inútil!
Era, en efecto, la escuadra aérea de París. Pocos días antes de que llegara la noche fatal, una delegación de la escuadra se había presentado a la Comisión militar pidiendo la autorización de efectuar, por su cuenta y riesgo, un ataque contra los zootauros por medio de bombas lanzadas desde las aeronaves.
El general Beaulieu, en nombre de la Comisión, se esforzó para convencer a esos valientes de que su tentativa estaba de antemano condenada al fracaso.
—Arriesgaréis la vida todos sin resultado alguno—les dijo—. Uno de dos: o es posible derribar a los zootauros, y entonces triunfaremos sin necesidad de vuestra ayuda, o todos nuestros medios técnicos y estratégicos son ineficaces contra ellos, y entonces vuestras bombas serán también inútiles.
—Es posible—replicó la delegación—que un ataque contra los zootauros, dirigido desde lo alto, resulte más eficaz que un bombardeo de abajo arriba. ¡Hay que probarlo todo!
—¿Sabéis seguramente que los monstruos pueden causar la muerte a gran distancia?—preguntó el general.
—Sí, mi general.
—¿Y que con sus dardos diabólicos pueden carbonizar a distancia centenares de aparatos volantes?
—Sí, mi general.
—Y, a pesar de todo, ¿queréis medir vuestras fuerzas con las suyas?
—Si se nos permite, sí, mi general.
El general Beaulieu encogió los hombros.
—Como ustedes quieran, señores. La Comisión les dejará hacer.
Y al despedirlos les estrechó la mano como sólo se estrecha la de las personas destinadas a una muerte segura.
Llegada la noche fatal, unos cincuenta de esos hombres decididos, la mayor parte jóvenes, se lanzaron con sus aeroplanos en el espacio.
Sobre París se alumbraron docenas de fuegos fatuos, que desde lo bajo parecían estar a la misma altura que las estrellas.
Unas a otras iban sucediéndose las detonaciones de las bombas lanzadas contra los zootauros desde los aeroplanos, y cada estampido llegaba a la Tierra en múltiples ecos. Algunas de las bombas estallaban sobre el lomo mismo de los zootauros, y entonces aparecian los monstruos como empenachados con el fulgor de la explosión.
Pero los zootauros no parecían preocuparse de lo que ocurría, e, indiferentes, continuaban con lentitud volando sobre la ciudad. Hasta que, por fin, como cansados de tanto juego infantil, decidieron acabar con todo. Valiéndose de sus dardos luminosos, empezaron a escrutar el espacio en busca de los aeroplanos, frágiles juguetes con que los hombres se habian atrevido a lanzarse al ataque.
Un instante después, uno de los aeroplanos se había convertido en una antorcha llameante, y en seguida otro, un tercero y un cuarto. Una tras otra, esas antorchas gigantescas se precipitaban hacia el abismo en rápida caída. El firmamento entero parecia abrasarse en un resplandor siniestro, y en medio del mar de fuego, los zootauros continuaban impávidos, sin apenas moverse, como suspendidos en el aire.
Los bravos tripulantes de la escuadra aérea murieron todos de una muerte atroz.
Con tanta rapidez se habían sucedido los hechos, que las gentes apenas habían podido darse cuenta de lo que ocurría. Y mientras levantaban todavía los ojos horrorizados para ver caer las antorchas siniestras, los zootauros, en enormes masas grises, se precipitaron sobre la ciudad vencida, abatida, aplastada por la desesperación.
Este ataque fué más cruel que todos los anteriores. Con malvada celeridad, los monstruos se complacian en la destrucción de los más sólidos y elevados edificios. Los refugios que el hombre había creído más seguros caían en ruinas, y al desplomarse sembraban la muerte en derredor.
Al día siguiente, por la mañana, Paris, la ciudad majestuosa, la creación de tantas generaciones, aparecía desfigurada, afeada por montones de escombros, como si durante toda la noche hubiese estado sometida al más atroz bombardeo. El Louvre había sufrido graves desperfectos; la Torre Eiffel, completamente derrumbada, aparecia como una inmensa y monstruosa telaraña de hierro; el majestuoso Pantheon no era más que una ruina, y la magnifica Casa de la Villa, testigo de tantos acontecimientos gloriosos, de tantas conmociones y solemnidades, llevaba las marcas y mutilaciones de cien embates furiosos.
Paris moría, perdia sus últimas fuerzas. La sangre manaba por sus incontables heridas. Pero la ciudad gigante, en cuyas venas bullia la sangre de todos los pueblos del Mundo, febrilmente apegada a la vida, no quería capitular aún. Los que de la catástrofe habían escapado con vida vagaban entre el desorden de las ruinas en busca de los muertos, socorriendo a los heridos y dejando germinar en sus cerebros nuevos proyectos, nuevas esperanzas. Así, en las ruinas, entre piedra y piedra, por las estrechas rendijas cubiertas de musgo, crece poco a poco la hierba, dejándose acariciar por el aire tibio y el sol bienhechor.
XII
Por la mañana el presidente Stephen convocó una reunión extraordinaria en su palacio.
En el majestuoso salón, con sus columnas macizas y sus blancas paredes incrustadas de oro, se sentía la presencia invisible del ángel de la muerte. Triste era el aspecto de la asamblea; baja la cabeza y severo el rostro, los presentes a la reunión daban, sin quererlo, a las frases más corrientes un acento trágico. En el enorme salón, casi vacio, los delegados, reunidos en torno a una mesa cubierta con paño azul, aparecían pequeños, insignificantes. Los bustos de grandes hombres, en mármol blanco, que decoraban el salón lanzaban una mirada severa, reproche irónico y silencioso contra los representantes de la Humanidad viviente, incapaces de impedir que las conquistas gloriosas de la civilización, conseguidas por esfuerzos seculares, fuesen reducidas a la nada.
Pálido y hasta tal punto enflaquecido que la levita colgaba de sus hombros como un saco, Stephen dirigió la palabra a los presentes.
—Señores—dijo—: muchos de los nuestros han perecido. Han desaparecido de entre nosotros los mejores. Acabo de recibir la noticia de que el general Beaulieu, presidente de la Comisión militar, ha expirado después de atroces sufrimientos. ¡Que la tierra le sea leve!
Se levantaron todos, y permanecieron un minuto de pie, con los ojos cerrados, como atemorizados ante el espectro del muerto.
—Asimismo encontraron la muerte, entre los escombros del fuerte de Chatillon, el gobernador militar de París, general Pardoux, y su ayudante de campo, el capitán Lemonnier.
De nuevo se pusieron de pie los presentes, en señal de duelo.
—Es de suponer que muchos otros de nuestros colegas hayan muerto o sufrido heridas graves. Faltan todavía datos precisos. En todo caso, nuestras pérdidas han sido muchas y graves. Los aquí reunidos somos, por así decirlo, los últimos mohicanos. Quizás suene pronto también nuestra hora; pero, mientras haya un latido en nuestros corazones, debemos sacrificarlo todo para tratar de salvar a la Humanidad del terrible peligro que la amenaza. El fracaso de la lucha armada contra los zootauros ha sido trágico. Ha servido para demostrarnos que nuestra técnica militar, a pesar de todos sus adelantos, era completamente inútil contra la naturaleza misteriosa de estos monstruos. Emplearla contra ellos es como servirse de un sable de cartón para atacar a un gigante con coraza de acero. Hemos de reconocer, de una vez para siempre, que carecemos de fuerzas para medirnos con los monstruos. No nos queda más recurso que abandonar el campo de batalla, marcharnos. Pero ¿adónde? A esta pregunta contestó hace algún tiempo nuestro estimado compañero y querido amigo mío Cresby Harrison. A él y a la Comisión que por él tiene el honor de ser presidida concedo ahora la palabra. En nombre de la Asamblea, ruego a mi amigo Harrison que nos dé cuenta del estado de los trabajos de la Comisión.
Cresby Harrison se levantó, sorbió de un trago un vaso de agua, y, con voz velada por la emoción, comenzó diciendo:
—Sí, señores. Estamos obligados a abandonar el campo de batalla, es decir, abandonar la Tierra, habitada durante tantos miles de años por el hombre, regada con el sudor de su frente; la Tierra de nuestros antepasados, de nuestros abuelos, de nuestros padres, que nosotros pensábamos legar a nuestros hijos y descendientes más rica y floreciente que nunca. ¡Abandonar la Tierra!... Todos los mortales han tenido que abandonarla un día u otro; pero de su posesión continuaba gozando el género humano, y cada generación la recibía en herencia de la precedente. Ahora se trata de que la Humanidad entera renuncie a sus derechos, y ésta es la gran tragedia sin precedentes en la Historia. Se nos echa, como si la Tierra hubiese sido hasta ahora un campamento provisional, un refugio escogido por azar al borde del camino. Y este campamento de existencia milenaria tiene que abandonarlo el género humano, y, cual vagabundo sin abrigo, tomar su cayado y emprender la ruta en busca de otro.
La emoción cortaba la voz de Harrison, el cual, para dominarse, bebió de un sorbo otro vaso de agua.
—Pido perdón, señores, por estas lamentaciones, que quizás estén fuera de lugar. Nuestra naturaleza se rebela contra la monstruosa injusticia de que somos víctimas. Y nuestros antepasados, la serie incalculable de las generaciones humanas, de las cuales habíamos recibido la herencia de una cultura multimilenaria, protestan también. Los bellos edificios, las torres majestuosas que se yerguen orgullosamente, los puentes magníficos tendidos sobre los ríos, los campos, los parques, cuanto, en fin, era expresión del genio humano, habremos de abandonarlo para escondernos como topos debajo de la corteza terrestre...
Harrison hizo una pequeña pausa para dominarse, y, una vez dueño de sí, continuó diciendo:
—Pero hay que deliberar con calma sobre la situación presente. No nos resta otro recurso, es cierto, que escondernos bajo tierra. Es el único refugio que nos queda. Ahora bien: ante nosotros se plantea un nuevo problema. El problema de arreglar del mejor modo posible ese nuevo campamento para la Humanidad. La Comisión que tengo el honor de presidir ha trabajado durante estos últimos días con toda energía, y sus trabajos están ya bastante adelantados. Hemos elaborado un proyecto para la construcción de ciudades subterráneas. Hemos hecho, con toda la exactitud posible, los cálculos necesarios; hemos pesado detenidamente todos los elementos del problema, y no nos forjamos ilusiones de ningún género. Nos damos perfecta cuenta de que en el curso de nuestro trabajo tropezaremos con enormes e imprevistas dificultades: tan difícil y complicada es nuestra empresa. A modo de experiencia, hemos decidido construir inmediatamente una ciudad subterránea debajo de París. Disponemos ya de potentes máquinas Crebs para la extracción de la tierra, de ventiladores perfeccionados y de bombas eléctricas. Nuestras necesidades pecuniarias serán enormes; pero cuando se trata de una cuestión de vida o muerte, no hay derecho a detenerse ante ningún sacrificio. Debemos inmolar nuestros bienes, nuestras fuerzas y nuestras energías.
—¿Qué cantidad, poco más o menos, hace falta para ese experimento?—preguntó uno de los presentes.
—Para empezar, hemos decidido limitarnos a la construcción de una pequeña ciudad subterránea de dos calles paralelas, largas de un kilómetro y medio y con quinientas casas de seis pisos cada una. Según nuestros cálculos, esto bastará para ciento cincuenta mil habitantes. Será necesario, desde luego, contraerse un poco. Ninguna familia tendrá derecho a más de dos habitaciones, por lo menos al principio. Si el experimento da buenos resultados, podrá empezarse inmediatamente la construcción de otras calles. Ahora bien: hemos calculado que los trabajos para abrir esta pequeña ciudad subterránea y construir en ella las mil casas de seis pisos según los últimos adelantos de la Arquitectura y con todas las comodidades modernas, costará unos cinco mil millones de francos. Los gastos para la continuación de los trabajos subterráneos serán después menos considerables. En suma, y según cálculos aproximados, para construir bajo tierra una copia, por así decirlo, de París, una ciudad donde pudieran albergarse los siete millones de parisinos, sería preciso construir cuarenta mil casas de seis pisos o veinticinco mil casas de diez pisos, lo cual exigirá un gasto de noventa o cien mil millones de francos aproximadamente. Cierto es que, a consecuencia de los ataques de los zootauros, la población se encuentra algo reducida, y que antes de que podamos descender a los refugios subterráneos el número de víctimas habrá aumentado todavía. Según datos oficiales incompletos, el número de víctimas, tan sólo en París, es de seis mil diarias...
Se oyeron algunos suspiros.
—En todo caso—prosiguió Harrison, será preciso construir bajo tierra refugios sólidos para millones de hombres; tanto más, cuanto que la población de París se acrecienta, por otra parte, con los emigrados, que cada día llegan de las provincias. Tampoco hay que olvidar que París no es Francia entera. Si los primeros experimentos dan resultados satisfactorios, será preciso construir otras ciudades subterráneas: debajo de Lyon, de Marsella, de Nantes, de Lilla, de Burdeos. Esto exigirá una tensión extrema de todas las fuerzas materiales del país. Como quiera que el Estado no puede hacer frente a tan elevados gastos, será preciso recurrir a la fortuna particular, y si hay capitalistas que por demencia se niegan a facilitar el dinero para esta empresa, será necesario hacerles entender la razón por la fuerza. En un momento trágico como el que atravesamos no debe haber ricos ni pobres. Los zootauros nos han reducido a todos al mismo nivel.
—¡Muy bien!—exclamaron los presentes—. Exacto. Tiene su señoría toda la razón.
—Bajo tierra—continuó Harrison, elevando la voz—surgirá, sin duda, de nuevo el problema social; de nuevo comenzará la lucha de clases, la guerra eterna entre los oprimidos y los opresores, con sus golpes de Estado, revoluciones y dictaduras. Pero todos hemos de bajar a nuestros nuevos refugios iguales, sin distinciones sociales de ninguna especie, como hombres primitivos, como si acabara de tener lugar nuestra aparición sobre la Tierra.
—Es decir, bajo tierra—interrumpió con una sonrisa Stephen.
—Así es: bajo tierra—rectificó asintiendo Harrison—. El problema social, en torno al cual se han sostenido tan encarnizadas luchas, debe ser resuelto de una manera automática, por así decirlo. La situación lo exige imperiosamente. Toda la riqueza particular, así como las existencias de materiales de construcción, de víveres, de trigo, etcétera, deben ser inmediatamente nacionalizadas y declaradas propiedad del pueblo. La población empieza a sufrir del hambre, y seria estúpido mostrar consideraciones especiales hacia los ricos, que nadan en la abundancia. Todas las Empresas privadas deben, de ahora en adelante, trabajar para satisfacer las necesidades de la comunidad, bajo la intervención rigurosa del Estado. Las reservas disponibles deben ser distribuídas entre todos según la medida de las necesidades. Me diréis que esto es el socialismo. Es posible. No hay que dejarse amedrentar por las palabras. Seamos socialistas, colectivistas, comunistas, cuanto queráis, si es preciso. Se trata de la salvación del género humano. Para realizar nuestra gran obra será necesario exigir a todos grandes sacrificios. Donde no hay igualdad ni justicia, no hay colaboración fructífera posible. Habrá que proclamar la movilización general del trabajo, porque para la construcción de las ciudades subterráneas harán falta centenares de miles, millones de obreros. Cada uno debe contribuir a esta gran obra a medida de sus fuerzas y capacidades. "Todo para todos" debe ser de ahora en adelante nuestra divisa. ¡Todo para la salvación de la Humanidad!
Estas palabras hicieron estallar aplausos entusiastas. Los rostros se animaron, y en los ojos brilló la voluntad de actuar.
—Lo tenemos todo a punto para empezar los primeros trabajos—dijo Harrison, después de una corta pausa—. Los medios pecuniarios que hasta ahora han sido puestos a nuestra disposición, y que no pasan de tres mil millones de francos, son, es cierto, muy reducidos. Pero bastan para comenzar. A fin de que los trabajos no tengan que interrumpirse, pido, en nombre de la Comisión, que se apliquen medidas enérgicas a fin de encontrar los medios que hacen falta. De Nueva York acabo de recibir una noticia interesante. También allí han decidido seguir nuestro ejemplo; es decir, han acordado construir una ciudad subterránea. Los trabajos corren a cargo de una Comisión de ingenieros, al frente de la cual figura mi amigo William Grant. La suscripción nacional abierta ha dado en pocos días más de mil quinientos millones de dólares; pero como esta suma es insuficiente, se ha decidido requisar el setenta y cinco por ciento de los capitales particulares. La mayor parte de las fábricas y talleres han sido ya nacionalizados. Ha sido proclamada la movilización general del trabajo, y los que quieran substraerse a ella serán rigurosamente castigados.
—¿Cuándo podrá empezar sus trabajos la Comisión?—preguntó Stephen.
—Estarían ya empezados desde largo tiempo, pero quisimos antes esperar los resultados de las experiencias que iba a intentar la Comisión militar. Ahora nada nos detiene ya, y creo que podríamos empezar mañana.
—Según los cálculos realizados, ¿cuánto tiempo cree su señoría que podrían durar los trabajos?
—Si se proclama la movilización general del trabajo, es decir, si la Comisión dispone de cuanta mano de obra necesita, los trabajos preliminares para la construcción de dos calles de un kilómetro y medio cada una quedarán terminados dentro de dos o tres semanas. La construcción de las casas empezará tan pronto se haya excavado una parte de galería suficiente, de forma que los trabajos de excavación y de construcción avanzarán casi al mismo tiempo. Todo depende de la cantidad suficiente de mano de obra.
—Perfectamente—dijo Stephen—. La mano de obra no faltará. Hoy mismo reuniré al Consejo de ministros, y mañana los parisinos podrán leer en bandos y en los periódicos el decreto sobre la movilización general del trabajo.
—Muy bien—respondió Harrison—. Yo, por mi parte, convocaré inmediatamente a la Comisión y a los arquitectos que nos ofrecieron sus servicios, para repartirnos el trabajo y organizar el transporte de la maquinaria a los lugares requeridos. Mucho tendremos que hacer, pero disponemos de casi todo el día y de la noche entera.
Por la primera vez durante estos días dolorosos, los reunidos se separaron con un rayo de esperanza y de fe en el porvenir.
XIII
En el curso de aquella noche tuvo lugar un nuevo ataque feroz de los zootauros, del cual sufrió especialmente la parte de la ciudad situada a la orilla izquierda del Sena.
El Consejo de ministros y la Comisión subterránea trabajaron durante la noche, anonadados casi por el ruido incesante de las casas que se derrumbaban. Precipitadamente fué impreso en la Imprenta Nacional el decreto sobre la movilización general del trabajo.
Según los términos de este decreto, estaban obligados a presentarse, ante todo, las personas faltas de trabajo o de ocupación fija, y, después, los obreros ocupados en las empresas para la fabricación de artículos de lujo, los empleados de los almacenes de modas, de los teatros, circos, cinematógrafos, cafés-conciertos, cabarets, dancings y otros establecimientos análogos. Sólo quedaron exceptuados de la movilización los obreros y empleados en las fábricas de artículos de primera necesidad y una décima parte de la guarnición militar de la capital, reservada para el mantenimiento del orden.
Todos los hombres afectados por el decreto tenían la obligación de presentarse antes del mediodía a las tenencias de alcaldía correspondientes, donde serian distribuídos los instrumentos y vestidos de trabajo a aquellos que no los poseyeran. Los que faltaran al llamamiento sin razón plausible eran amenazados con la confiscación de todos sus bienes y la prisión mientras duraran los trabajos subterráneos.
Casi al mismo tiempo fué publicado otro decreto, en virtud del cual, los capitales particulares quedaban sujetos a un impuesto progresivo del 30 al 80 por 100.
Ambos decretos produjeron en la capital una enorme sensación. En las esquinas y otros lugares donde se habían fijado los bandos, numerosos grupos de gente excitada los comentaban apasionadamente.
Los pobres tenían el aire triunfador.
—¡Por fin!—decían—. Los zootauros han venido a establecer la igualdad general. ¡Ya era hora!
Un grupo de anarquistas trató de aprovechar la coyuntura, que les pareció favorable, para la propaganda de sus ideas.
—¡Camaradas obreros!—gritaba en la plaza de la República un propagandista, subido al zócalo del monumento a la Libertad—. El poder está desorganizado, y la burguesía pierde la cabeza, hasta el punto de estar dispuesta a rendir todas las posiciones. Un momento como el actual no se presenta todos los días, y, por lo tanto, hay que aprovecharlo. Hay que barrer de la faz de la Tierra los últimos restos del poder burgués y levantar sobre sus ruinas nuestro estandarte, nuestra bandera, de verdadera libertad, igualdad y fraternidad. Con nuestras manos callosas levantaremos las barricadas, y empezaremos la lucha decisiva contra nuestros opresores seculares...
Pero ni aun en este barrio obrero encontraban las palabras del orador el más débil eco, y las manos callosas de los que rodeaban al orador permanecían quietas en los bolsillos de los pantalones.
—¿Qué barricadas son éstas?—preguntaban, con sonrisa irónica y bonachona, los obreros—. Para que los zootauros las derriben al poco rato, no vale la pena de construirlas. Y si se trata de clavar una bandera sobre un montón de ruinas, la cosa es fácil. En París las ruinas abundan. No hay más que escoger.
Si los pobres parecían estar satisfechos de los decretos, los caballeros de levita y guante blanco estaban furiosos y daban curso a su indignación.
—¡Eso es terrible! ¡Es peor que el socialismo! ¡Es hacer el juego de los más rojos revolucionarios!
La Asociación de Amigos del Orden convocó inmediatamente a sus miembros para protestar contra los decretos. En la reunión, compuesta casi exclusivamente de fabricantes, banqueros y ricos rentistas, se puso de manifiesto una extrema nerviosidad.
—¡Es una cosa indecente!—exclamaba, ahogado casi por la rabia, el célebre Rey del Acero, Adolfo Pruneau, hombre gordo, con el cuello gordo del apoplético, los ojos cubiertos de una red de filamentos rojos, como los de un cangrejo—. ¡Hemos de protestar con toda la energia! Esos señores del Gobierno no deben ignorar que nosotros constituimos la base misma de la vida industrial del país. Hoy nos quitan ochenta céntimos de cada franco, y mañana quizás nos quitarán el resto. Esto aparte de que muchos de los miembros de nuestra Asociación tendrán que ponerse la blusa e ir a cavar la tierra al lado de todos los golfos de la capital.
Después de apasionados debates, se designó una delegación para que tratara de entrevistarse el mismo día con el presidente Stephen y comunicarle la protesta razonada de la Asociación de Amigos del Orden.
Stephen recibió a los delegados muy fríamente, y se negó de un modo terminante a leer la protesta.
—No tengo tiempo que perder—dijo a los delegados—. Tengo los minutos contados. Díganme en pocas palabras de qué se trata.
—Pero, señor presidente...
—¡Nada de peros! Han venido ustedes para solicitar la derogación de los decretos publicados o, por lo menos, para que se atenúe su rigor; ¿no es eso? Pues digan ustedes a los que les han delegado que los decretos permanecerán en vigor y serán aplicados implacablemente. Es posible, además, que mañana o pasado mañana sean confiscados en favor del Estado todos los capitales particulares hasta el último céntimo. Si en momentos de tanta gravedad como los presentes no saben sobreponerse a un egoísmo estrecho y mezquino, peor para ustedes.
—Pero, señor presidente, esos decretos...
—¡Basta! interrumpió Stephen, sin contemplaciones—. Unicamente he de comunicarles que a la menor tentativa para escapar al cumplimiento de estos decretos o dar cifras falsas sobre los capitales, los culpables serán encarcelados y sometidos al mismo régimen que los ladrones y los asesinos. Yo me encargo de que así vayan las cosas. Adiós, señores.
Y se fué, volviendo la espalda a la delegación.
Desde primeras horas de la mañana las tenencias de alcaldía estaban materialmente asediadas por la muchedumbre. Millares y millares de hombres se apresuraban a responder al llamamiento para la movilización del trabajo.
Predominaban los obreros, los soldados, los pequeños artesanos. La mayoría tenia un aspecto abatido; pero los había también que reían y cambiaban entre sí chanzas y ocurrencias.
—La gente no va a faltar. Con los que somos ya, podríamos abrir una zanja que llegara hasta América.
—Nosotros empezaríamos por un lado, y los americanos por otro, hasta que un día nos encontraríamos en el centro de la Tierra.
—¡Para los topos esto va a ser una lata!
—Nos haremos amigos. Dentro de poco nosotros seremos como los topos.
Entre la muchedumbre se distinguían los rentistas, fabricantes y banqueros, también movilizados. Iban cabizbajos y silenciosos. La gente de humilde condición hacía a su costa bromas inofensivas.
—¡Vamos! ¿Conque a usted también le obligan a trabajar? No es tan terrible como parece. Al contrario, es hasta bueno para la salud.
—Es como hacer gimnasia.
—Abre el apetito.
—Están ustedes demasiado gordos, y con el trabajo perderán grasa. Es mejor para el corazón.
—Dicen que en América los millonarios se dedican desde hace algún tiempo a toda suerte de tareas pesadas: cortan leña, machacan piedra y abren zanjas. Todo por miedo a que no les dé un ataque de apoplejía.
Un obrero, agotado, flaco, con el pecho hundido y los ojos brillantes de fiebre, empezó a refunfuñar, encolerizado contra los burgueses.
—Bien está—decía, entrecortando sus palabras con golpes de tos que le ahogaban—. Que vivan un poco como nosotros. Demasiado tiempo han vivido de nuestra sangre y de nuestro sudor.
—¡Déjalos ya!—interrumpió otro obrero—.Ahora somos todos iguales, y peor es su suerte que la nuestra. Después de los bailes y las buenas comidas, con las bebidas correspondientes, ponerse a cavar la tierra no es cosa fácil. Tú mismo, si te dieran ahora orden de empezar a comer pavo trufado y a beber champaña todos los días, te encontrarías algo cohibido. Esos pobres ricos merecen más compasión que otra cosa.
Aunque el decreto de movilización del trabajo sólo alcanzaba a los hombres hasta cincuenta y cinco años de edad, otros mucho más viejos venían también a inscribirse.
—Abuelo—decían a veces los muchachos—: ¿tú también quieres declarar la guerra a los zootauros?
—¿Y por qué no?—contestaba bonachonamente alguno de los viejos—. Es una gran causa, la causa de Dios, y es necesario que todos hagamos algo; no tan sólo los jóvenes. Además, como pronto necesitaré una tumba, tomo la precaución de abrirla yo mismo desde ahora.
Los escritores, pintores y artistas célebres, que habían respondido al decreto de movilización, llamaban principalmente la atención de la muchedumbre. Entre ellos se distinguia Leganière, el célebre actor cómico de la Comedia Francesa y figura popularísima. Alto, ancho de espaldas, expresivo y como aniñado el rostro, iba de un grupo a otro, dando las manos a los obreros, como si se tratara de antiguos camaradas, conversaba animadamente con todos y divertía a la gente contando anécdotas y recitando monólogos, que provocaban la risa general.
—Ante todo—decía en voz alta—construiremos bajo tierra un buen teatro. Para poder trabajar hay que divertirse. O si no, mirad la cara de ese infeliz—decía señalando a un hombre gordo, de cara triste—. Se diria que asiste a sus propios funerales.
Y Leganière dió a su rostro una expresión hasta tal punto tragicómica, que todo el mundo se echó a reír a carcajadas.
El poeta popular Delancre, conocidísimo en todos los cafés cantantes de Montmartre y de la Bastilla, vestido con su blusa de obrero, se encaramó a un farol y desde esa tribuna improvisada recitó una poesía, que él llamaba heroica, especialmente alusiva a la aparición de los zootauros.
Delancre tenía un competidor peligroso en la persona de Barreau, cantante que gozaba también en Paris de una inmensa popularidad. Era éste un hombre pequeño, con una cabellera enorme y la voz cascada por el uso constante del alcohol. Subido sobre las espaldas de uno cualquiera de sus amigos, cantaba cuplés cómicos que, según él decía, acababa de componer en "honor de los zootauros". Estas canciones terminaban siempre con el estribillo de un cuplé de moda, en el cual se contaban las penas y sinsabores de una modistilla llamada Marieta.
Barrean cantaba, gesticulaba, y con los gestos de un director de orquesta dirigía el canto del estribillo.
—¡A ver, amigos!—exclamaba con su voz cada vez más engolada—. ¡Todos a coro ¡A la una, a las dos, a las tres!...
Pronto centenares de personas, bajo la dirección de Barreau, aprendieron el estribillo y lo cantaban a voz en cuello:
Los zootauros, tauros, tauros,Nos tienen fastidiaos.
Los zootauros. tauros, tauros
Se nos han atravesao.
Los zootauros, tauros, tauros..
Y así sucesivamente, sin parar nunca.
Los muchachos, esos reyes de la calle, eran felices. Se entremetían por todas partes, entre la gente, felices, alborotados, radiantes, como si se tratara de una fiesta largo tiempo esperada. Corrían de aquí para allá; saltaban sin motivo; daban chillidos y silbidos estridentes, y parecian como locos de contento. Algunos de ellos contribuían a aumentar el alboroto con acordeones, silbatos, panderetas y otros instrumentos infantiles.
Ante todos los edificios públicos de Paris se apiñaba, compacta y ruidosa, la muchedumbre. Era como una inmensa feria, en la cual sólo faltaban los barracones, los tíovivos, los puestos de tiro al blanco y los organillos. El pueblo—el buen pueblo de París—, como olvidado de la prueba terrible a que estaba sometido, cantaba a grito limpio el estribillo de Barreau, que iba siendo cada vez más propiedad intelectual de la calle:
Los zootauros, tauros, tauros,Nos tienen fastidiaos.
Los zootauros, tauros, tauros, etc.
XIV
Los trabajos subterráneos proseguían con inusitada actividad. Un ejército obrero de unos 300.000 hombres, dividido en grupos y equipos, trabajaba incesantemente desde el alba a puesta de Sol en diversos lugares de París. La ciudad se había transformado en un inmenso campamento de trabajo.
Aquí y allá, al lado de las ruinas causadas por los zootauros, se veían enormes grúas eléctricas, máquinas excavadoras, todo el material imponente necesario para la apertura de las galerías. París se hacía cada vez más feo, más deforme, como si acabara de ser víctima de un formidable terremoto que hubiera conmovido la ciudad hasta sus entrañas. Herida, agobiada, casi agonizante, la ciudad se resistía, sin embargo, a morir. Como la bestia alcanzada por el cazador, buscaba en las entrañas de la Tierra una guarida donde esconderse.
Las máquinas excavadoras trabajaban sin tregua. Hurgaban y avanzaban paso a paso cual topos monstruosos, conquistando a duras penas cada pulgada de terreno, abriéndose el camino con sus potentes garras de acero. Millares y millares de vagonetas movidas eléctricamente subían a la superficie la tierra extraída, y por vías de ferrocarril especialmente construídas era transportada a las afueras de París. Poco a poco se elevaban en los alrededores de la capital colinas artificiales, que andando el tiempo se convertían en verdaderas montañas.
Junto a las puertas de entrada que daban acceso al subterráneo, el hormigueo humano durante el día era incesante. Por los boquetes abiertos el flujo y reflujo humano se entrechocaban en formidables remolinos. Los silbidos de las locomotoras y el chirriar de las máquinas y grúas eléctricas desgarraban el aire con un estrépito ensordecedor. Eran como gritos de guerra que la Humanidad lanzaba al cielo, manteniendo en alto la esperanza. Era la enorme, la majestuosa y orgullosa sinfonía del trabajo, el canto del género humano seguro de su victoria y despreciando a todas las fuerzas enemigas. Las voces humanas, al resonar a veces entre los rugidos de los monstruos mecánicos, se perdían en la universal algarabía, como un arroyo en el mar inmenso. Las gentes recobraban la fe en la virtud del trabajo y en la pujanza del genio humano, que una vez más iba a triunfar, como tantas otras antes, de los obstáculos que se atravesaban en su camino. La esperanza renacía en los corazones, y en los ojos brillaba una llama de confianza indestructible en el porvenir.
Mientras tanto, triste y silenciosa, la gente proseguía el trabajo. Laboraba como abatida por las bóvedas y los muros de tierra de que por todas partes estaba rodeada. Parecía como si detrás de los bloques imponentes se escondieran espectros hostiles y amenazadores. Un miedo extraño ahogaba en la garganta las palabras y las canciones. Nunca habían los hombres penetrado tan profundamente en las entrañas de la Tierra, y tenían la sensación de que esta procaz tentativa no había de quedar sin castigo. Al terminar la jornada los obreros y salir de nuevo a la superficie, un suspiro de satisfacción se escapaba de sus pechos, como si salidos de una tumba volvieran a encontrarse bajo la luz del Sol.
Cresby Harrison mandaba este enorme ejército del trabajo, y su infatigable energía le había conquistado entre la población unánimes y calurosas simpatías.
Se diría que era omnipresente. Iba de aquí para allá en su minúsculo aeroplano, casi a ras del suelo, dando órdenes, animando a los obreros, haciendo observaciones a sus colaboradores si no daban muestras de la energía necesaria. Vestido como un obrero, con blusa y botas altas de cazador, el rostro cubierto de polvo, aparecía ora en un punto, ora en otro de las obras subterráneas, y su presencia, infundía por doquier el optimismo y la confianza: los rostros se iluminaban, los abatidos recobraban la energía, el ritmo del trabajo se aceleraba. Stephen, considerablemente enflaquecido en el curso de los últimos meses, no cesaba de trabajar ni un instante. Ya no se le llamaba el Zootauro; pero los obreros seguían queriéndole, y su presencia era siempre acogida con una sonrisa de satisfacción.
—¿Qué tal? ¿Cómo va eso?—le preguntaba a cualquier obrero mientras estrechaba su mano callosa y polvorienta.
—Gracias, señor presidente. Poco a poco se va adelantando. Si usted viniera a vernos más a menudo todavía se adelantaría más.
—Yo bien lo quisiera, amigos. Pero la cosa es imposible. Tengo mucho que hacer. Las reuniones, las Comisiones, me ocupan todo el día. Es preciso atender a todo. Hay que encontrar víveres y dinero. Cada uno ha de cuidarse de lo que le corresponde. Unos, bajo tierra, y otros, en la superficie.
El trabajo que tanto sobre Stephen como sobre los demás miembros del Gobierno pesaba era, en efecto, enorme. Las obras engullían, uno tras otro, los millones, como si éstos cayeran en un abismo sin fondo. Los ricos se servían de todas las estratagemas para no pagar los impuestos. Muchos fueron procesados y encarcelados, y algunos de ellos fueron maltratados por el pueblo al ser conducidos a la cárcel. Pero no por esto la situación mejoraba.
La Asociación de Amigos del Orden hacia de un modo encubierto una campaña violenta contra el Gobierno, y en particular contra Stephen. Contra Cresby Harrison iban también dirigidos una buena parte de los ataques. La Prensa venal, subvencionada por la Asociación, lanzaba cada día contra estos dos las mayores injurias, atribuyéndoles móviles puramente interesados, y dando a entender que de las sumas destinadas a las obras subterráneas una buena parte había ido a parar a sus bolsillos particulares.
El pueblo no daba crédito a esta campaña y la condenaba severamente: el prestigio de Stephen y de Harrison en los barrios populares era inmenso. Indignada ante la vileza de la campaña, la muchedumbre llegó al extremo de asaltar y destrozar la Redacción de uno de los periódicos, apaleando brutalmente al director.
Al contrario, los banqueros y rentistas daban oídos a todas las insinuaciones, y calificaban a los miembros del Gobierno y de la Comisión subterránea de revolucionarios peligrosos. Toda nueva medida del Gobierno era para ellos motivo y objeto de censura.
Estas tendencias eran enérgicamente apoyadas por el ala derecha del Parlamento. Los reaccionarios de todos los matices, entre los cuales se distinguían los Amigos del Orden, habían formado un bloque para luchar contra los "rojos"; es decir, contra Stephen, Harrison y sus amigos. Desde la tribuna del Parlamento pronunciaban discursos envenenados por el odio y encaminados a sembrar la duda sobre el éxito de la empresa comenzada.
Esto contrariaba, irritaba, impedía trabajar con la calma debida. En los círculos directores se hablaba de dictadura y se designaba como dictador al propio Stephen.
—Los momentos que atravesamos reclaman un poder fuerte—le decían sus amigos—. Hay que cerrar con doble llave el Parlamento, esta reunión de charlatanes insoportables. Hay que amordazar a la Prensa y perseguir implacablemente todo cuanto tienda a excitar al pueblo. Y esto tan sólo se consigue con un régimen de dictadura.
Pero Stephen se oponía a estos planes resueltamente.
—La dictadura no es indispensable—replicaba. Aparte de que ya vivimos bajo una dictadura: la de los zootauros. Que hablen los parlamentarios cuanto quieran. La cosa no me parece tan grave. Son los últimos ejercicios de oratoria que pueden hacer sobre la superficie terrestre.
Y cuando le enseñaban los sueltos calumniosos de los periódicos y las caricaturas que lo representaban con una bandera roja en la mano o encadenado a un carro con la inscripción "Capital americano", reía de buena gana y decía:
—Pues no está nada mal escrito. Este muchacho tiene estilo y temperamento.
O también:
—Es una excelente caricatura. El parecido sobre todo es extraordinario.
Mientras tanto, los zootauros continuaban sembrando la desolación y la muerte. Se diría que, habían husmeado los planes de los hombres para esquivar sus ataques y trataban de aprovechar el tiempo. Cada noche aparecían los monstruos alados detrás de las nubes, alumbrando la ruta con sus reflectores, y en masas enormes caían sobre París, extenuado. La ciudad, sin luces, con las ventanas cerradas y las celosías bajas, parecía retener el aliento.
—¡Señor! ¡Cuándo estará lista por fin la ciudad subterránea!—suspiraban las gentes, abatidas por el terror.
A pesar de que los diarios de Paris, a causa de la supresión casi absoluta del tráfico en los ferrocarriles, muy raramente llegaban a provincias, los rumores de que se estaba construyendo una ciudad subterránea llegaron pronto a los rincones más apartados de Francia, y de todas las partes afluían a la capital nuevas oleadas de fugitivos. La situación se hacía a cada momento más amenazadora. Parecía como si la Francia entera, con sus 50 millones de habitantes, fuese a instalarse en París. La población de la capital iba sin cesar en aumento. Los millares de muertos a consecuencia de los ataques eran reemplazados inmediatamente por decenas de millares de nuevos inmigrantes. La ciudad se hinchaba, se ahogaba, como se ahoga un organismo al cual la sangre afluye con excesiva abundancia. Los fugitivos, que no encontraban en la ciudad abrigo ni víveres, se instalaban en cualquier parte y vivían como hordas nómadas.
El Gobierno, asustado por este nuevo peligro, se esforzaba en vano para proteger París contra la invasión. Era en vano que se dictaban órdenes severas a las autoridades provinciales a fin de que impidieran a toda costa la emigración hacia París. Las medidas más enérgicas no servían de nada. Cerca de Orleáns, la muchedumbre de los fugitivos que se dirigían hacia Paris, al encontrar la ruta cerrada por las tropas, entabló con éstas una batalla furiosa, de la que resultaron numerosos muertos y heridos por ambas partes. En Limoges, la multitud, excitada al ver que se le quería cerrar el paso hacia París, asesinó bárbaramente al prefecto y a varios oficiales de Policía. En El Havre, los amotinados prendieron fuego a la Prefectura, la Casa de la Villa y algunos otros edificios públicos.
—¡La gente de Paris siempre tan lista!—decían los de provincias—. Para ellos construyen ciudades subterráneas, y a nosotros nos dejan los zootauros.
Excitados y con la decisión de los que nada tienen que perder, se dirigían los provincianos en filas interminables hacia París, imán hacia el cual se sentía atraído en aquellos días el mundo entero. Pero llena de angustia ante su propia fuerza de atracción, la capital hacía esfuerzos para rechazar a los cuerpos extraños que trataban de adherirse a ella. Todas las puertas de la ciudad estaban cerradas por destacamentos a pie y a caballo. A cada momento tenían lugar sangrientas colisiones, donde encontraban la muerte muchos de los inmigrantes; pero millares de ellos conseguían de todos modos abrirse paso e invadían la capital como los bárbaros de la Edad Media. Los que no conseguían forzar las defensas acampaban en la capital a la manera de los gitanos, expuestos a la lluvia y a la intemperie, muriendo en masa de inanición y de toda suerte de enfermedades. Espoleados por el hambre, se dedicaban al robo y al pillaje en las pequeñas localidades de los alrededores, y cuando no quedaba nada por robar se dedicaban a la caza de los ratones de campo; comian hierba, raíces y las cortezas de los árboles.
Poco a poco, París se fué pareciendo a una isla atacada de todas partes por las olas turbulentas del mar de fugitivos. Con el corazón acongojado, los parisinos lanzaban miradas de miedo hacia los alrededores, donde les parecía oír el hondo respirar de la bestia multicéfala.
Era una bestia temible, pronta en todo momento a lanzarse sobre la capital y aplastarla con su masa. Francia estaba en lucha contra París, y era ella la más fuerte. París lo sentía, y la inquietud de la ciudad crecía por momentos.
XV
Se había entrado ya en el mes de mayo.
La primavera estaba en todo su esplendor. Con un vivo impulso de creación, la Naturaleza vistió de verdura los árboles de los bulevares parisinos y de los grandes parques y jardines de la ciudad; alfombró la Tierra de ricos y variados colores, y ofrecía a los hombres el espectáculo de auroras triunfantes y ocasos maravillosos. El cielo, claro y azul, era más alto que en invierno, y, sin embargo, parecía más próximo y acariciante que el cielo invernal, bajo, triste, cubierto de nubes frías y grises.
El deseo de vivir se hizo más intenso, como si la primavera derramara en las venas sangre nueva, más cálida y turbulenta. La Humanidad entera cayó de nuevo en un perdido enamoramiento de la vida. Se sentía el anhelo irresistible de embriagarse con el aire primaveral, dulce como el néctar, de admirar sin descanso las maravillas de la Naturaleza, de absorber con los ojos, por los oídos, con los pulmones, la belleza de la vida renaciente.
Pero la muerte, y no la vida, acechaba a las gentes a cada paso. Su cosecha era copiosa. Cruel, implacable, sin piedad, se cernia sobre la bella ciudad de París, y las gentes creían percibir el frote siniestro de sus alas negras, ver la mirada mortífera de sus ojos y sentir el contacto de sus manos huesudas.
Ella, la Muerte, estaba en todas partes. Arriba, los zootauros, y en torno a la capital las hordas de fugitivos, cada día más amenazadoras, formaban como un cinturón de hierro, cada vez más estrecho. En calles y plazas resonaban los gritos de dolor y de desesperación. El miedo, las privaciones, la amenaza constante de la muerte, engendraba muchos casos de locura.
—¡Señor, Señor! ¿Cuándo podremos descender a la ciudad subterránea?—exclamaban unos y otros. Los trabajos empezaron ya hace tres semanas...
Tres semanas parecían a los desgraciados interminables como la eternidad. Los horrores de una hora, de un minuto, hubieran bastado para llenar años y años.
Pronto empezaron a circular rumores de que los trabajos subterráneos eran retrasados intencionadamente por los directores. Se insinuó que en el retraso estaban interesados algunos de ellos.
—¿Qué tiene de extraño?—decían los que lo saben todo—. Estos señores se han untado cuanto han podido y ahora necesitan tiempo para que el rastro del aceite desaparezca. Saben muy bien que tan pronto como terminen los trabajos habrán de rendir cuentas del dinero gastado, y no tienen prisa.
En vano las gentes más razonables afirmaban que todo ello no eran otra cosa que calumnias odiosas. En vano también que el Gobierno dirigiera continuos llamamientos a la población exhortándola a que esperara con calma el fin de los trabajos: la agitación popular era cada vez mayor. Las incitaciones de personajes de moralidad dudosa, la repugnante campaña de insinuaciones llevada a cabo por la Prensa del bulevar con las subvenciones de la Asociación de Amigos del Orden, no tardaron en dar sus frutos, y el pueblo comenzó a manifestar su descontento en alta voz y a acusar al Gobierno como culpable de cuanto sucedía. Ante los edificios públicos se formaban manifestaciones de gentes que reclamaban a gritos la aceleración de los trabajos y el castigo de los culpables del retraso.
—¡Hay que ir con cuidado!—decían a Stephen y a Harrison sus amigos—. No hay nada más salvaje e injusto que una multitud que sufre. Vuestra popularidad es enorme, y en una época como ésta la popularidad es una cosa incómoda.
Pero ni Stephen ni Harrison hacían caso alguno de esas advertencias. Resueltamente se negaban a aceptar los servicios de los guardias de corps voluntarios que se les ofrecían, y continuaban presentándose solos en todas partes donde se realizaban los trabajos.
Un día fueron ambos objeto de un atentado. El hecho se produjo en la plaza de la Magdalena y en pleno día. Al disponerse a bajar al subterráneo, un grupo compuesto de unos centenares de personas les cerró el paso.
—Buenos días, señor presidente. Buenos días, señor Harrison—dijo al saludar, con tono poco amable, un individuo alto y con facha de bandido, que parecia ser el cabecilla del grupo—. Tengan la bondad de aguardar un poco. Quisiéramos hablar con ustedes.
—Amigo mío, el momento no es el más a propósito—contestó Stephen—. Tenemos mucho que hacer. ¿De qué se trata?
—Se trata de que los trabajos subterráneos están dirigidos por una partida de ladrones. Sí, señor, de ladrones y de estafadores. Por esta razón van los trabajos a paso de tortuga. Conocemos el fruco.
Desconcertado, estupefacto, Stephen se pasó el pañuelo por la frente para secar el sudor que súbitamente le había invadido.
—Pero ¿qué dices, amigo?—exclamó.
—¡No lo digo yo solo!—replicó brutalmente su interlocutor—. Todo el mundo sabe que los trabajos están dirigidos por ladrones.
Y después de una corta pausa, destacando las palabras una a una, como si en ello encontrara gusto, dijo, fijando sus miradas, ora en Stephen, ora en Harrison:
—Ustedes mismos no habrán dejado pasar la ocasión de arrimar con lo que hayan podido...
Stephen miró al matón con los ojos abiertos de par en par, y como fuera a llevarse de nuevo el pañuelo a la frente, quedó con la mano en el aire como suspendida.
Al propio tiempo, Harrison, pálido de rabia, se lanzó contra el ofensor, sujetándolo por la garganta.
—¡Canalla!—exclamó— Voy a estrangularte como a una vibora.
Y después de zarandearlo repetidamente, lo derribó al suelo de un vigoroso empujón.
El grupo retrocedió unos pasos, y el matón, con el rostro contraído por la cólera, se reincorporó de un salto, y en sus manos brilló la hoja de un cuchillo. Pero sin darle tiempo de erguirse del todo, Harrison sacó del bolsillo su revólver. Sonó un disparo, y el cuerpo del matón se desplomó inanimado.
Otra vez retrocedió el grupo. Algunos se dieron a la fuga.
—¡Cuantos se nos atraviesen en el camino correrán la misma suerte!—dijo Harrison, metiéndose tranquilamente el revólver en el bolsillo―. Esos canallas sólo sirven para entorpecer el trabajo.
—Volved a vuestras ocupaciones, y no prestéis oídos a las calumnias—dijo a su vez Stephen, dirigiéndose a los que continuaban todavía allí—. Os cuentan las mayores estupideces, y vosotros les dais crédito. Yo, el viejo Stephen, os digo que todos estos rumores no son más que bajas y repugnantes calumnias. Los trabajos prosiguen con la mayor energía posible. Está ya abierta una de las calles subterráneas, y uno de estos dias empezará la construcción de casas. Una obra gigantesca como ésta no se activa en tres días. Esto deberíais comprenderlo vosotros mismos en lugar de insultar a hombres como mi amigo Harrison, que con el mayor desinterés trabaja día y noche por el bien común.
En el ánimo de la multitud se produjo un cambio brusco.
—¡No somos nosotros, señor presidente!—dijeron algunas voces confusas—. Se hace todo lo posible; ya lo vemos...
Y cuando unos minutos después Stephen y Harrison se encontraban sobre la plataforma para descender al subterráneo, empezaron las aclamaciones:
—¡Viva Stephen!
—¡Viva Harrison!
El incidente había terminado felizmente, pero la pesadez de la atmósfera continuaba.
Pronto empezó a correr el rumor de que en primer lugar serían instalados en la ciudad subterránea los miembros del Gobierno, los diputados, los altos empleados y las personas de posición bastante para satisfacer un alquiler elevado.
Y estos rumores provocaron una nueva nerviosidad entre el pueblo.
—¡No está mal la combinación que han encontrado estos señores! Resulta que habremos trabajado en provecho de los demás. Los señorones vivirán tranquilos en la ciudad subterránea, y nosotros seguiremos a la disposición de los zootauros.
Se afirmaba que los cuartos de la ciudad subterránea estaban de antemano repartidos, y algunos aseguraban haber visto las listas con sus propios ojos.
—Estos señores se esconderán bajo tierra y ya no habrá modo de alcanzarlos. Cerrarán por dentro las puertas de la ciudad subterránea, y lo que a nosotros nos ocurra les importará maldita la cosa.
—Pero nosotros somos más numerosos—decían otros y tomaremos la ciudad por asalto.
—¡En seguida! replicaban los alarmistas—. ¡Como si no lo tuvieran todo calculado! Colocarán a la entrada lanzagases y artillería gruesa, y nos bombardearán sin piedad. Unos morirán así, y los demás, devorados por los zootauros.
El estado de espíritu de la población se hacia amenazador y eran de temer graves complicaciones.
En una sesión extraordinaria del Consejo de ministros, que duró toda la noche, se insistió de nuevo en proclamar la dictadura de Stephen, a fin de que éste tuviera una cierta libertad de acción. Pero tampoco esta vez quiso aceptar el presidente.
Se llegó a una fórmula, que consistió en nombrar un Comité de Defensa, compuesto de Stephen, del ministro de la Guerra y del ministro del Interior. Quedaron como adjuntos al Comité, con carácter consultivo, Cresby Harrison y varios de los directores principales de los trabajos subterráneos.
El Comité de Defensa decretó inmediatamente la disolución provisional del Congreso de los Diputados. Fueron suprimidos varios periódicos por excitar a la población con falsas noticias. La mayor parte de estos periódicos estaban subvencionados por la Asociación de Amigos del Orden. Asimismo se decidió prohibir toda clase de manifestaciones al aire libre.
Stephen, que no aprobaba estas medidas, dió su consentimiento a pesar suyo.
—Es la dictadura, con tres dictadores en vez de uno. El mismo mal, multiplicado por tres.
—Nada de eso —replicaban sus colegas—. La situación es gravísima y reclama medidas enérgicas. Si nos mostramos débiles, tendremos pronto en París la guerra civil con todos sus horrores, y, como consecuencia, la paralización de los trabajos. Además, la cosa no tiene tanta importancia como parece. La misma izquierda se ha abstenido de protestar contra la disolución provisional del Parlamento. Unicamente la Asociación de Amigos del Orden promueve una agitación violenta contra esta medida; pero los miembros de esta Asociación, más que preocuparse de ellos, merecerían ser encarcelados juntos con los directores de los periódicos que subvencionan.
El mismo día lanzó el Comité de Defensa un llamamiento enérgico a la población. En el documento se desmentía el rumor de que los privilegiados de la fortuna se aprestaran a apoderarse de la ciudad subterránea.
"Se trata de una calumnia innoble, puesta en circulación por unos cuantos canallas y vendidos—decía el llamamiento—. La ciudad subterránea se construye con el dinero de todo el pueblo, y éste será su dueño. Los miembros del Gobierno y los altos funcionarios serán los últimos en bajar a ella. No se tolerarán favores ni privilegios. Paris será dividido en varios sectores, y se procederá a un sorteo para decidir el orden del descenso. El sorteo se verificará en el ministerio del Interior, con intervención de una Comisión elegida por todos los habitantes de la capital. Oportunamente se harán públicos la fecha y los detalles del sorteo.
"¡Ciudadanos!: ¡No prestéis atención a las calumnias! La situación actual reclama la máxima tensión de todas nuestras fuerzas, y este resultado sólo es posible conseguirlo con la unión estrecha de todos los ciudadanos. Es imposible trabajar en una atmósfera de sospechas y desconfianza continua. Tened confianza en nosotros. Ayudaduos hasta el límite de vuestro poder, y nosotros llevaremos a buen término la obra comenzada. No olvidéis que del éxito de esta obra depende la suerte de París, de Francia y quizás de la Humanidad entera."
El llamamiento produjo una impresión favorable. Varios individuos, que trataban de continuar la campaña de insidias contra el Gobierno, fueron maltratados por la multitud aquel mismo día. La política tuyo que intervenir para defender a los culpables y arrancarlos de manos del pueblo indignado.
A pesar de estar prohibidas las manifestaciones, los gritos resonaron constantemente en las calles de París:
—¡Viva Stephen!
—¡Viva el Comité de Defensa!
—¡Abajo la Asociación de Amigos del Orden!
—¡Mueran los calumniadores!
XVI
Algunos días más tarde, el 16 de mayo, ocurrieron acontecimientos que contribuyeron a agravar la situación, y tuvieron trágicas consecuencias.
Fué por la noche. Se había puesto el Sol. Una mano invisible acababa de barrer del cielo la púrpura con que el astro del día lo había teñido antes de abandonarlo. Soplaba un vientecillo fresco y ligero. El cielo se oscurecia por momentos, y la noche, enemiga de sonrisas y de colores, apagaba con su manto negro los últimos destellos de luz. A Oriente, la Luna dibujaba vagamente sus contornos. En el cielo centelleaban las primeras estrellas, vanguardia del ejército celeste. La Tierra, corriendo con velocidad vertiginosa por la ruta que le había sido trazada, estaba a punto de entrar en el inmenso túnel de la noche, y encendía sus faroles para alumbrar con luz misérrima las tinieblas.
—Para los zootauros es todavía muy temprano decían las gentes de París mirando al cielo.
Pero esta vez los monstruos alados aparecieron antes de la hora habitual. Muchas eran las estrellas cuya luz no brillaba todavía en el cielo; pálida y vaga era todavía la Luna; pero las masas grises de los zootauros, cual nubes de aspecto siniestro, se cernían ya sobre Paris. Cual inmensas naves aéreas, volaban sobre la ciudad, describiendo anchos círculos, como tratando de descubrir la presa antes de lanzarse sobre ella.
El número de los zootauros aumentaba sin cesar. Se hubiese dicho que iban a cubrir pronto el cielo por completo. Casi siempre atacaban en pequeños grupos. Tan sólo una noche llegaron a ser diez. Pero esta vez, el 16 de mayo, eran más de cuarenta.
¡Cuarenta zootauros! Cuarenta monstruos, cada uno de los cuales hubiera podido destruír todo un barrio, matar y mutilar a millares de gentes, sumir en luto y en dolor a la ciudad entera....
La congoja más cruel, los presentimientos más dolorosos, se adueñaban de los corazones. Las gentes trataban, sin conseguirlo, de encontrar un abrigo más seguro. Las mujeres se lamentaban, desesperadas, como llorando de antemano los muertos, y los pequeñuelos se deshacían en lágrimas.
Por todas partes se oyó de pronto el mismo grito:
—¡A la ciudad subterránea! ¡A refugiarse todos en la ciudad subterránea!
Estos gritos corrían, cada vez más enérgicos, más insistentes, de calle en calle, de barrio en barrio.
Y de todas partes, millares de personas se precipitaban hacia las aberturas que conducían al subterráneo. Grupos de hombres, mujeres y niños corrían hasta perder el aliento, sin hacer caso de los obstáculos, como si los zootauros les persiguiesen de cerca.
—¡Aprisa! ¡Aprisa! ¡A la ciudad subterránea! A medida que se acercaba a las entradas, la multitud aumentaba, se hinchaba, se convertía en una corriente que barría cuanto encontraba a su paso.
Los cuerpos de los caídos eran pisoteados y aplastados sin piedad. Las gentes chocaban contra los postes, las farolas, los muros y los kioscos.
—¡Aprisa! ¡Aprisa! ¡Sálvese quien pueda!
Al enterarse de lo que ocurría, los miembros del Comité de Defensa quedaron aterrorizados.
—¡Señor! ¡Señor!—exclamaba Stephen—. ¡Va a perderse todo!
—¡Hay que detener a esos locos, cueste lo que cueste!—añadía Harrison—. ¡Es preciso cerrarles el paso!
Las autoridades militares recibieron orden de apostar inmediatamente destacamentos de tropa en las entradas de la ciudad subterránea y de no dejar penetrar en ella a nadie.
—Si el pueblo se obstina y no cede, se recurrirá a las armas—dijo el ministro de la Guerra—. Hay que ser cruel, despiadado si es necesario. Hay que rechazar a la gente a cañonazos, si es preciso; pero nadie debe penetrar en el subterráneo.
El Comité de Defensa salió precipitadamente a la calle para organizar las medidas preventivas. Stephen y Harrison, con la cabeza desnuda, empezaron a correr con todas sus fuerzas hacia los puntos de peligro. Al llegar al primer cruce de calles tropezaron con una masa compacta, semejante a un rebaño de ovejas ahuyentado y perseguido por un animal salvaje.
—¡Alto! ¡Locos!—gritó Stephen—. Vais a morir vosotros y ponéis en peligro todo lo hecho.
Pero su voz y la de Harrison fueron ahogadas por los pasos y el rumor de la multitud. La corriente humana siguió avanzando, y poco faltó para que los aplastara.
Como el oleaje del mar embravecido, la muchedumbre se desbordaba por todas las calles y plazas que Stephen y Harrison atravesaban.
Mientras tanto, los zootauros se lanzaban en grupos, unos después de otros, sobre la capital.
El estrépito de las casas que se derrumbaban llenaba el espacio. Se hubiera dicho que centenares, millares de monstruos, habían caido sobre París con el propósito de no dejar en él piedra sobre piedra: hasta tal punto fué rápido y terrible el ataque de aquella noche.
Los reflectores alumbraban con un reflejo siniestro el cuadro de la destrucción. A cada momento cambiaban de dirección: se entrecruzaban y apoyaban en altas columnas luminosas contra el cielo o caían de punta contra el piso, los tejados de las casas o los flancos de las torres.
De vez en cuando una de las columnas luminosas caía sobre la multitud, iluminándola como en un incendio, y entonces la excitación de las gentes rayaba en la locura, como si la luz llevara el germen de mil muertes en cada uno de sus átomos. Sentían un deseo imperioso, irresistible, de desaparecer bajo tierra, a fin de no sentirse envueltos en esta luz siniestra que les infundía un místico espanto.
A veces, después de haber lanzado sobre la muchedumbre la luz de su reflector, un zootauro se lanzaba sobre ella, cual buitre que cae sobre un gallinero. Dejaba caer su masa sobre el haz humano, derribando a las gentes, aplastando mortalmente a centenares de ellas y recogiendo a otras tantas para levantarse después con su presa hacia las estrellas.
Muchos eran los que, sin haber sido tocados por los monstruos, morían de espanto en el acto, víctimas de un terror que paralizaba el corazón y helaba la sangre en las venas.
Junto a las entradas de la ciudad subterránea tenían lugar al mismo tiempo sangrientas y dolorosas escenas. Las tropas eran impotentes para dominar el oleaje humano.
—¡Alto! ¡Atrás! ¡Si no, haremos fuego!—gritaban con todas sus fuerzas los oficiales.
La tristeza se reflejaba en los rostros pálidos de los soldados, presa ellos mismos de un miedo mortal, deseosos también de huír hacia donde fuera, pero obligados por el deber a permanecer en su sitio, tratando de dominar al pueblo, cuyos sentimientos comprendían y compartían. La disciplina de hierro, el hábito de obedecer las órdenes, eran más fuertes que el miedo.
La afluencia de la multitud era, sobre todo, imponente en la plaza de la República, donde se encontraba una de las entradas más importantes de la ciudad subterránea. La enorme plaza estaba materialmente atestada de gente, que continuaba llegando sin cesar por todas las calles de este barrio, tan densamente poblado. El gentío era todavia mayor, porque un cuarto de hora antes dos zootauros habian atacado la vecina plaza de la Bastilla, poniendo en fuga a la gente que estaba allí congregada.
Cada nueva oleada humana que entraba en la plaza hacía avanzar a los que se encontraban en primera fila hacia el cordón de soldados que guardaban la entrada del subterráneo. La situación se hacía cada vez más amenazadora. Las autoridades perdían la cabeza. Los oficiales y soldados tenían la sensación de encontrarse ante un ejército enemigo, pronto a lanzarse contra ellos.
—¡Atrás, se os dice!—gritaban continuamente los oficiales con la voz ya enronquecida—. Tenemos orden de impedir que baje nadie, y, si es preciso, de hacer uso de las armas. ¡Atrás!
Pero sólo aquellos que se encontraban en las primeras filas podían oírlos. Sus advertencias no llegaban a los que se encontraban más lejos. Estos continuaban ejerciendo presión y estrechando el cerco de los soldados. Entre éstos y la multitud pronto mediaron tan sólo algunos pasos.
—¡Alto ya!—gritaban los oficiales. ¡O vamos a disparar!
En aquel momento se oyeron voces:
—¡El presidente Stephen! ¡Paso al presidente!
Abriendo en sí misma un surco, la muchedumbre dejó pasar al presidente Stephen hasta el cordón de tropa. Stephen estaba acalorado, respiraba con dificultad; tenía el rostro cubierto de sudor y manchado de sangre, y llevaba el pelo, blanco, en desorden, y la levita, rota.
—¿Qué tiene vuecencia, señor presidente?—preguntó con inquietud, acercándosele, el comandante de las tropas.
Stephen hizo un gesto con la mano, indicando que no valía la pena en aquel momento de preocuparse de pequeños detalles. Y encaramándose, con la habilidad de un muchacho, a una balaustrada que se encontraba allí cerca, se dirigió con voz tonante al pueblo:
—¡Ciudadanos! El presidente en persona ha venido para exhortaros a que volváis a la razón. Esta loca tentativa para penetrar en la ciudad subterránea puede costar millares de existencias. Las galerías no están todavía terminadas y no pueden servir de abrigo. Si os lanzáis al asalto en desorden, los primeros morirán aplastados por los que vengan detrás. Y, aparte de las victimas, vuestra imprudencia puede provocar desprendimientos de tierra que inutilicen por completo los trabajos realizados en el subterráneo. ¡Ciudadanos! En nombre de Paris y de Francia entera, en nombre de vuestra propia salvación, os pido que seáis razonables. Por otra parte, he de advertiros que no retrocederemos ante las medidas más rigurosas, a fin de contener todo exceso. No obliguéis, por lo tanto, a los soldados a emplear las armas y practicar una sangría en el pueblo. Tened piedad de ellos, y no les obliguéis a derramar la sangre de sus hermanos. Tened piedad de vosotros mismos. Os lo pido yo, viejo..."
No pudo terminar: una gigantesca columna de luz, venida de lo alto, cayó sobre la muchedumbre como un puente luminoso y móvil suspendido entre el cielo y la Tierra. Entre los rayos cambiantes de luz se destacaba, tan pronto la figura de Stephen, con su cabellera blanca y desordenada y los brazos extendidos, tan pronto el destacamento de los soldados severos y cabizbajos, tan pronto un grupo cualquiera de manifestantes.
El temible enemigo parecía estudiar el campo de batalla.
—¡Ciudadanos!—gritó todavía Stephen—. ¡No perdáis la sangre fría!
Pero nadie le escuchaba ya. El miedo bestial fué más fuerte que todos los llamamientos a la razón. La gente se volvió de súbito sorda, ciega, delirante. En el primer momento la multitud quiso huir; pero, cediendo a la presión de los que se encontraban detrás, trató en seguida de abrirse paso hacia adelante. Los soldados retrocedieron aún algunos pasos.
—¡Atrás! ¡Vamos a disparar!—gritaron los oficiales, tratando de hacer retroceder con sus propias manos a los más próximos.
Un minuto después, el cornetín lanzaba el primer toque de atención. Con voz estridente y provocativa anunciaba que la sangre iba a correr pronto, cálida, abundante, roja. Pasó otro minuto, y sonó el segundo toque de atención.
—¡Por favor! ¡Atrás! ¡Si no retrocedéis, va a darse la orden de fuego!
Pero la marcha adelante continuaba. Algunos hombres consiguieron romper el cordón y mezclarse con los soldados. Como el agua a través de un dique roto, la corriente humana se precipitó entre las tropas.
En uno de los extremos de la plaza, lejos de la entrada al subterráneo, sonó por tercera vez el cornetin de alarma, seguido, casi inmediatamente, de varios disparos de fusil. Y las descargas se sucedieron, a partir de este instante, sin cesar. La sangre, que esperaba el momento de salir de las venas a la luz, empezó a derramarse en hilos rojos.
El zootauro, a poca altura sobre la plaza, continuaba meciéndose tranquilo, como si el espectáculo de horror y de espanto le divirtiera. Hubiérase dicho que antes de lanzarse sobre la muchedumbre esperaba que las gentes agotaran hasta las heces la copa del horror, que los corazones se helaran de espanto. Y cuando la escena hubo alcanzado el máximo nivel de horror y el espanto había hundido sus garras en los corazones, el monstruo descendió.
El pánico se apoderó entonces de la muchedumbre. Los soldados tiraron los fusiles y se mezclaron a los paisanos, formando una sola masa, que se agitaba y retorcia como una serniente mortalmente herida. El suelo quedó cubierto de cuerpos humanos, que eran pisoteados sin piedad. y el cruiir de los huesos se mezclaba a los gemidos de dolor. El zootauro penetraba cada vez con más fuerza en la masa humana, derribándola con el empuje de un arriete irresistible, matando o mutilando a cuantos se interponían en su camino. Detrás de sí dejaba un amplio surco de cuerpos ensangrentados que recordaba la imagen de un campo de trigo abatido por el granizo.
Millares de personas llegaron a la entrada de la ciudad subterránea. La guardia no estaba ya allí. En un abrir y cerrar de ojos fué derribada la balaustrada de piedra, y la puerta de hierro macizo cedió al impulso de la lava humana, Las gentes, libres de obstáculos, se lanzaron por la amplia escalinata de piedra que conducía a la ciudad subterránea.
Precipitadamente, desordenadamente, comenzó el descenso.
Como ciegos acuciados por el temor de ser aplastados por los que detrás venían, las gentes iban saltando los escalones que conducían al negro precipicio. Los que no tenían fuerzas para correr, caian, y, al cabo de un minuto, quedaban convertidos por el pisoteo incesante en montones informes de carne humana. Rendidos por la fatiga, muchos de los que iban a la cabeza cayeron sin sentido, y, empujados hacia abajo por su propio peso y el impetu de los que seguian, los cuerpos, horriblemente mutilados, saltaban de peldaño en peldaño, dejando en cada uno manchas o regueros de sangre. Y a medida que el río humano descendía, la sangre hacía más resbaladizas las piedras de los peldaños, y los pies tropezaban más a menudo con los cuerpos de los caídos.
La escalera parecía interminable. El descenso se hacía cada vez más difícil a causa de los cuerpos humanos acumulados. El empuje de la corriente era siempre mayor, porque de lo alto brotaba a borbotones la masa humana como lava salida del cráter de un volcán. Haciendo esfuerzos desesperados, las gentes procuraban avanzar a toda costa. El hálito de la sangre hacia la atmósfera irrespirable: los infelices se ahogaban, gritaban, gemian, se abrían paso a fuerza de golpes, agotaban el resto de sus energías, y al tropezar con un montón de cuerpos aplastados, caían y morían, a su vez, entre atroces sufrimientos.
Crecía el amontonamiento de los cadáveres. A veces alcanzaban éstos lo alto de la bóveda. Los había en todos los rincones, y no tardó en formarse una especie de tapón monstruoso, espeso e impenetrable. No había modo de seguir adelante.
Y entonces los que se encontraban en las primeras filas trataron de abrirse paso hacia atrás en busca de la salida a la superficie. Era preciso salir de aquel infierno a cualquier precio. Fuera seguían los zootauros sembrando la muerte, pero esta muerte era menos terrible que el perecer en el sepulcro espantoso de aquella galería, entre los montones de cuerpos mutilados.
—¡Atrás! ¡Atrás! ¡Dios santo! ¡No se puede adelantar un paso!—gritaban desesperados unos y otros.
Pero los que se encontraban arriba no sabían lo que más abajo ocurría, y trataban con obstinación de seguir bajando, empujados, a su vez, por los que venían detrás. Aun queriendo, no hubieran podido retroceder, y seguían el descenso, corriendo al encuentro de una muerte cierta.
—¡Atrás! ¡Atrás, o moriremos todos!—gritaban los de abajo.
—¡Aprisa! ¡Adelante!—gritaban los de arriba.
Un cuarto de hora después la galería de descenso a la ciudad subterránea, de una profundidad de 470 metros, estaba llena de cadáveres. Sólo pudieron salvarse aquellas personas que se encontraban junto a la puerta de salida.
La muchedumbre, horrorizada, se retiró, dispersándose en busca de otros refugios.
Análogos acaecimientos tuvieron lugar en otros puntos de la ciudad, junto a las demás entradas de la ciudad subterránea. Por todas partes la muchedumbre, alucinada, hostigada por el horror sobrehumano, corría inconscientemente hacia una muerte por ella misma buscada y poco menos que inevitable. Cerca de la Opera y de la Cámara de Diputados, en el bulevar de los Italianos y en la plaza de la Concordia, en el barrio Latino y en Montmartre, decenas de millares de hombres cayeron bajo las balas o fueron muertos o mutilados por los zootauros. Pero mayor era todavía el número de víctimas que habían encontrado la muerte en las escaleras de la ciudad subterránea, que esta vez reservó a los parisinos, en lugar de la salvación que de ella esperaban, la muerte en la más espantosa de las catástrofes.
Durante toda la noche, hasta el alba, los zootauros fueron dueños de la ciudad, acumulando en las calles y plazas nuevas ruinas. Y hasta que rayó la luz del día, los lamentos de heridos y moribundos turbaron la calma de aquella noche de mayo.
Al aparecer el Sol en el horizonte, alumbró con sus rayos un cuadro siniestro de monstruosa desolación. París parecía un campo de batalla sometido durante la noche entera al fuego de centenares de cañones.
Y con los primeros rayos del Sol, los fugitivos instalados en las inmediaciones irrumpieron en la capital en turbas desordenadas: en el curso de la espantosa noche, los soldados que guardaban las puertas de Paris habían muerto o abandonado sus puestos, y la ciudad se encontraba sin defensa, abierta de par en par.
Cabizbajos, enflaquecidos, harapientos, perdida casi su semejanza humana, ihan entrando los fugitivos en corriente continua. Llevando a cuestas toda suerte de sacos, cubiertos de guiñapos y a veces, casi desnudos, apoyados en grandes bastones, parecían seres primitivos, hijos de la edad de piedra.
Una vez en la ciudad, y convencidos de que ésta se hallaba casi moribunda, sin fuerzas de resistencia, se dedicaron, ante todo, a la busca de víveres. Como bestias hambrientas atacaban las panaderías, los restaurants y tabernas, los almacenes y depósitos; forzaban las puertas y escaparates, y se dedicaban al pillaje, apoderándose de cuanto encontraban a mano. Y cuando habían comido y bebido a saciedad, y cubierto el cuerpo con nuevas ropas, se tendían en el suelo, entregándose al sueño pesado de las bestias ahítas.
Alarmados por el ruido, los parisinos contemplaban tímidamente, por las ventanas entreabiertas, el espectáculo de aquellas hordas. Algunos se persignaban y rezaban en voz baja.
—¡Dios mio! murmuraban con espanto —. ¡Esto sólo nos faltaba!
Los fugitivos invadían las calles, se hacían casi los dueños de la capital, se instalaban en ella como en país conquistado. Era como una nueva invasión de los bárbaros.
XVII
A mediodía fué proclamado en París el estado de sitio.
Inmediatamente empezaron a funcionar los Consejos de guerra, y aquel mismo día fueron fusiladas centenares de personas, convictas de actos de pillaje.
La mayor parte eran refugiados, que se dejaban condenar y fusilar sin protesta alguna, casi con indiferencia. Diríase que el instinto de conservación no ejercía ya sobre ellos la menor influencia. No trataban de defenderse; no pedían clemencia a los jueces. Con paso tranquilo franqueaban el dintel que separa la vida de la muerte, como si se tratara de algo ordinario, desprovisto en absoluto de importancia.
Los acusados despertaban en los jueces un movimiento de curiosidad. ¿Cómo era posible que aquellos hombres no delataran el menor miedo? ¿Cómo era posible que el espectro de la muerte no hiciera brotar en sus almas un destello de horror? Pero aquellos rostros permanecían estúpidamente impasibles, como máscaras de cartón, sin espíritu, sin pasión, sin alma.
—¿Es que la muerte no te asusta?—preguntó el presidente de uno de los Consejos de guerra a un condenado a muerte.
—¿Qué?—contestó el infeliz, después de mirar al presidente con ojos atontados.
—Te pregunto si es posible que no tengas miedo ante la muerte.
—¿Por qué he de tener miedo?
Y sacándose del bolsillo un pedazo de salchichón que le había valido la condena a muerte, empezó a tirar de él a mordiscos como si tal cosa.
Los soldados designados para los fusilamientos mostraban en un principio cierta nerviosidad; pero a medida que observaban esta indiferencia absoluta hacia la muerte, se volvían indiferentes ellos mismos, como si los reos, en lugar de hombres, fuesen seres inferiores.
—¡Anda! ¡Ponte allí, junto al muro!—le decía un soldado a uno de los condenados—. Te vamos a fusilar.
Y, siempre con la misma indiferencia, el aludido se colocaba dócilmente en el lugar indicado.
Pronto empezó la recogida de los cadáveres.
La mayor parte de los sepultureros eran refugiados, a los cuales se había obligado a ejecutar este trabajo. Iban conducidos por soldados, y eran tratados por éstos de mal modo: a golpes y culatazos. Si desobedecían, eran ejecutados en el acto, sin que ello despertara las protestas de nadie. En su propia ciudad, cuna de los Derechos del Hombre, los parisinos se mostraban indiferentes ante el bárbaro tratamiento que se infligía a los refugiados. Diríase que el Mundo había vuelto a los tiempos de la esclavitud, cuando los patricios, a pesar de su refinamiento, maltrataban y mataban a los esclavos con la misma facilidad que aplastaban un gusano en el camino.
No era fácil la tarea de los sepultureros, obligados muchas veces a tener que extraer los cadáveres de entre las ruinas. En grupos, iban de aqui para allá como destacamentos sanitarios en un campo de batalla después de cesar la lucha sangrienta.
Si, obedeciendo al signo de una mano misteriosa, París hubiese podido guardar silencio tan sólo por un minuto; si el rumoreo de la ciudad mutilada hubiese cesado un instante, los parisinos habrían podido oír los gemidos y gritos de dolor de millares de pechos de heridos sepultados en las ruinas. Pero estas voces de dolor y desconsuelo eran ahogadas por el zumbido de la enorme colmena humana, que continuaba el curso de su vida. Muchas de las víctimas no consiguieron ser extraídas de las ruinas, y perecieron en ellas de una muerte atroz.
Los hospitales, clínicas y sanatorios estaban llenos de bote en bote de heridos y mutilados. Numerosos edificios públicos y casas particulares fueron transformados también en hospitales; pero a pesar de esto eran muchos los heridos que no encontraban sitio, y había que dejarlos en los patios, en los jardines y aun en las mismas calles. Médicos, enfermeras, hermanas de la Caridad agotaban sus fuerzas en el trabajo incesante. Faltaban medicinas y material sanitario a causa, sobre todo, de haber sido destruídos muchas farmacias, y depósitos.
Pero este espectáculo era tan sólo un pálido reflejo de lo que ocurría en los descensos a la ciudad subterránea. Las galerías estaban materialmente llenas de cadáveres, que era preciso extraer cuanto antes, a fin de que la población de París no pereciera envenenada por las emanaciones fétidas que empezaban a desprenderse. Por otra parte, los trabajos subterráneos se habían paralizado: los muertos cerraban el paso a los vivos en la ruta de la salvación.
El Comité de Defensa y los demás miembros del Gobierno dirigían en persona los trabajos de despojo en las entradas de la ciudad subterránea.
Los primeros centenares de cadáveres que se encontraban junto a la superficie fueron extraídos con relativa facilidad. Pero a medida que se iba descendiendo aumentaban las dificultades. El olor se hacía cada vez más insoportable. Los muertos parecían rechazar a los vivos con la única arma de que disponían. Cuanto más se descendía, más difícil resultaba respirar. A causa del olor asfixiante, caían los obreros a menudo sin sentido.
Los laboratorios municipales, universitarios y particulares no cesaban un momento en la fabricación de desinfectantes. A toneladas eran éstos arrojados en las galerías, y los que en ellas trabajaban iban provistos de máscaras especiales y compresas de líquidos antisépticos. Por este procedimiento el trabajo resultaba más factible; pero nadie podía resistirlo más allá de media hora seguida.
Fué necesario organizar el trabajo por equipos, que se relevaban a muy cortos intervalos. Eran muchos, sin embargo, los que ni así podían resistir el esfuerzo, y el espectáculo de los obreros que salían desvanecidos de las galerías no era muy a propósito para alentar a los que esperaban su turno. Frecuentemente los soldados de guardia tenían que impedir por la fuerza las deserciones.
Se trató de practicar la extracción de los cadáveres por medio de máquinas especiales provistas de poderosas bombas hidráulicas. Pero su rendimiento fué escaso, y, además, sólo podían operar a una profundidad pequeña. La sustitución de la mano de obra resultaba imposible. Hacía falta un ejército de obreros. Fué necesario ampliar la movilización del trabajo y extenderla a los funcionarios del Gobierno y del Municipio. La gente procuraba substraerse a este nuevo deber, y se escondía en las bodegas y donde podía. Destacamentos militares llevaban por la fuerza a los recalcitrantes a las cloacas pestilentes.
A medida que iban siendo extraídos, se quemaba una parte de los cadáveres, y otra era llevada fuera de la ciudad, donde millares de obreros abrían enormes fosas comunes. A centenares caían en esas fosas los cadáveres, sobre los cuales se arrojaba materias desinfectantes antes de cubrirlos de tierra. A veces los sepultureros reconocían entre la masa a un pariente o un amigo; pero no se oían lamentaciones ni se derramaba una lágrima. El lúgubre trabajo proseguia en silencio. Se diría que los horrores sufridos habían cambiado la naturaleza humana y aniquilado los sentimientos mas elementales. La muerte se había convertido en aigo banal.
Mientras tanto, el aire se enrarecia, y el hedor se infiltraba por todas partes, invadia las calles y penetraba en las casas. Los muertos parecían querer vengarse de los vivos, y desde el fondo de sus tumbas mandaban un siniestro y amenazador memento mori. Vengativos y rencorosos, querían ahogar con su aliento fétido la ciudad, ese París tan bello poco antes, y ahora horriblemente mutilado, medio muerto.
En las casas vecinas a las entradas del subterráneo, sobre todo, se hacía la atmósfera irrespirable. De ellas huía la gente como de focos apestados. Pero el hedor les perseguía, como un enemigo maligno e infatigable, hasta los puntos más remotos de la ciudad. De nada valía refugiarse en las casas, cerrar herméticamente puertas y ventanas. El hedor invisible, casi inmaterial, encontraba siempre una rendija por donde infiltrarse, y el triunfo era finalmente suyo.
En los laboratorios se trabajaba día y noche febrilmente, fabricando los desinfectantes a toneladas para combatir el nuevo azote abatido sobre la ciudad. Un ejército de químicos y farmacéuticos libró la batalla contra ese enemigo; tanto más peligroso, por cuanto que era invisible e impalpable. Era preciso ir aprisa, porque cada hora de retraso hubiese podido ser fatal para París. Era indispensable, costara lo que costara, limpiar las galerías de descenso y enterrar los cadáveres.
Estos trabajos, de urgencia suma, avanzaban con una lentitud desesperante. Vanas resultaban las enérgicas medidas, las órdenes severas y las amonestaciones de las autoridades. Inútilmente trataban los directores de los trabajos, con Stephen y Harrison a la cabeza, de infundir valor a las masas predicando con el ejemplo, bajando ellos mismos a las cloacas infectadas y ayudando en la extracción de los cadáveres: las gentes trabajaban sin un átomo de estimulo, como presidiarios.
La orden del Comité de Defensa, disponiendo que los trabajos siguieran día y noche sin interrupción, provocó una serie de protestas violentas.
—¿Y los zootauros?—preguntaban las gentes—. Moriremos todos devorados.
—¡Por lo menos, de noche que nos dejen tranquilos!—exclamaban otros.
—Pero se trata de vuestro interés como del de todos—decía Stephen, que iba infatigable de grupo en grupo y trataba de convencer a los recalcitrantes—. Cada hora, cada minuto perdido, permite que la infección se extienda, y puede costar a París millares de víctimas.
La eficacia de estos argumentos era casi nula. Agotadas por la fatiga, los sufrimientos y las privaciones, las gentes sólo deseaban una cosa: huir lo más pronto y lo más lejos posible de aquellos lugares malditos.
Y muchos huían a pesar del rigor de las medidas adoptadas. Huían hacia los campos vecinos, y allí se instalaban al raso, en campamentos fantásticos, gozando del placer de respirar a plenos pulmones, lejos del enemigo horrible y fétido que había convertido la ciudad de Paris en una cloaca.
Pero en esta cloaca permanecían millones de desgraciados, sufriendo, ahogándose, trabajando obstinadamente para purificar la atmósfera. Por las noches era mayor todavía, si cabe, la tristeza; estas bellas noches de primavera, de cielo azul y quieta Luna llena, con las estrellas fulgurantes cual faros lejanos en el mar de la eternidad. Cuando el Sol, cada día más cálido y acariciante, desaparecía en el ocaso, y la Tierra encendía sus luces para entrar en el largo túnel de la noche, millares de hombres proseguían en Paris la triste tarea, la lucha encarnizada contra los muertos, que querían estrangular la ciudad con sus brazos infectados.
La noche extendía su manto estrellado sobre la capital. Pero con ella no llegaban el olvido y el descanso, sino nuevas penas e inquietudes. En el cielo azul, entre las nubes blancas con franja de oro que parecían juguetear con la Luna, los zootauros, uno tras otro, iban apareciendo lentamente.
XVIII
El 18 de mayo la epidemia tomó proporciones alarmantes. Se presentaba en forma de una enfermedad hasta entonces desconocida, y que los médicos no acertaban a definir. Los atacados eran presa de náuseas y vértigos con tal fuerza, que en pocos instantes quedaban en estado de completo agotamiento. Los ojos se inyectaban de sangre, y parecían querer saltar de las órbitas; el rostro y el cuerpo entero se cubría de manchas de un color pardo. Las víctimas de esta enfermedad se retorcían en atroces sufrimientos: tenían la sensación de que les quemaban los intestinos con un hierro candente y no tardaban en morir.
El contagio se extendía con rapidez asombrosa. Morían de la epidemia familias enteras, y a veces entre todos los inquilinos de una casa no quedaba uno solo que no estuviese atacado por la enfermedad. Muy a menudo los enfermos quedaban sin asistencia.
Raros eran los enfermos que tenían la suerte de conservar la vida: la infección implacable sólo aflojaba las garras cuando las victimas atenazadas rendían el último suspiro.
Los estragos eran, sobre todo, grandes en los barrios pobres, y de un modo especial entre los refugiados de provincias, que vivían en barracones, cobertizos y muchas veces entre las ruinas de las casas derrumbadas.
Sin cesar iban surgiendo nuevos cementerios improvisados. Las fosas comunes formaban en torno a la capital un cerco cada día más estrecho. Alrededor de la ciudad de los vivos se formaba con el enorme desgaste de ésta la ciudad de los muertos. En la enorme Necrópolis, que se prolongaba durante kilómetros y kilómetros, millares de parisinos encontraban un abrigo seguro y el olvido de todas las pesadumbres.
La epidemia contribuía a retrasar los trabajos de extracción y limpieza de las galerías, porque eran muchos los obreros que caían victimas de ella. El 19 de mayo, después de cubrir los cadáveres todavía abandonados con una capa de substancias desinfectantes, las puertas de la ciudad subterránea fueron cerradas, en espera del momento en que fuera posible reanudar los trabajos.
Los muertos fueron encerrados en su enorme sepulcro, a fin de proteger a los vivos.
El 20 de mayo se desencadenó una tempestad primaveral de fuerza extraordinaria. En el cielo de París se entrecruzaban incesantes las descargas eléctricas. Era como si ejércitos de guerreros de fuego atravesaran el firmamento en carros inflamados, atacándose unos a otros con flechas ígneas. Esta lucha titánica hacía temblar la Tierra y desgarraba el cielo hasta sus profundidades más misteriosas. Las flechas de fuego, al chocar contra las corazas de los ígneos guerreros, producían el estrépito de descargas de artillería.
Después empezó a caer la lluvia. Una lluvia incesante, abundante, obstinada. Se diría que el cielo lloraba las desgracias de la Tierra, y la Tierra sintió el consuelo de las lágrimas celestes: el aire se purificó, y, por primera vez después de tantos días, podían las gentes respirar con toda la fuerza de sus pulmones. Y el hecho de poder ahora respirar fácilmente, libremente, les parecía una felicidad tan grande, que bebían el aire con la avidez del hombre que por primera vez experimenta un placer desconocido.
La lluvia cayó, casi sin intervalo, durante cuatro horas seguidas. El cielo parecia decidido a limpiar la Tierra de una vez. Después, al cabo de algunas horas, estalló otra tempestad impetuosa, turbulenta, como dominada por el frenesí del triunfo.
—¿Es que esta noche van a venir también los zootauros?—se preguntaban los parisinos, escrutando con mirada inquieta el cielo, oscuro y cubierto de nubes.
Detrás de esas nubes se presentían, escondidos, los monstruos, esperando el momento propicio de arrojarse sobre París. A veces, una de las nubes, modelada por el viento, adquiría la forma de un zootauro, y su imagen estremecía los corazones de los que en aquel momento tenían la vista fija en el cielo.
—¡Un zootauro!—exclamaban con espanto los más asustadizos.
—¡Una nube! ¡Nada más que una nube!—replicaban los más serenos.
—¡Que no! ¡Que es un zootauro! ¿No lo veis cómo se mueve?
No tardaron mucho los verdaderos zootauros en hacer su aparición. Escondidos entre las nubes, no era posible todavía distinguirlos; pero la luz de sus potentes reflectores atravesaba el denso cielo nublado. Columnas oscilantes de deslumbradora luz recorrían la ciudad, deteniéndose en los tejados de las casas o en las torres de las iglesias, en busca de un punto de apoyo. Los rayos que resgaban el firmamento alcanzaban de vez en cuando a los monstruos, pero se extinguia inmediatamente después de haberlos tocado.
La luz deslumbradora cegaba los ojos. La claridad era mayor que en pleno día, y no había un solo rincón de la ciudad donde no llegara aquel resplandor siniestro.
Unos minutos más tarde, los zootauros, como después de haber mandado a las gentes un anuncio de su llegada, se lanzaron sobre París entre el estruendo de los truenos y el relampagueo incesante de las centellas.
XIX
En conseguir retirar los cadáveres de las galerías se tardó todavía una semana. Después se dedicaron dos días enteros a trabajos de ventilación. Para intensificar la circulación del aire en la ciudad subterránea, se abrieron numerosos nuevos boquetes y se instalaron enormes ventiladores eléctricos, de tal fuerza, que los obreros que junto a ellos trabajaban apenas podían mantenerse de pie.
Según datos aproximados, el número de víctimas causadas en el curso de los últimos días por los ataques de los zootauros, la catástrofe en las galerías de descenso y las epidemias, llegaba a 300.000. Un enorme trozo de carne viva había sido arrancado a la capital, y parecía imposible que ésta pudiera llegar jamás a cicatrizar la horrible herida.
Pero la vida acaba por triunfar siempre. Los muertos fueron enterrados, y dormían en paz en el vasto cementerio que se extendía en torno a París. La espesa capa de tierra que separaba a los muertos de los vivos se cubría poco a poco de una hierba fina, que era como un símbolo del triunfo de la vida sobre la muerte. París se restablecía poco a poco de sus heridas, olvidaba los muertos, y, con animal egoísmo, pensaba tan sólo en escapar de cualquier modo al peligro formidable que le amenazaba.
Los trabajos subterráneos recomenzaron con nueva energía, y avanzaban rápidamente. Millares de hombres hurgaban en las entrañas de la Tierra, oscuras y misteriosas, y trataban de vencer la resistencia hostil de su virginidad. El rechinar de las perforadoras y otras máquinas resonaba lúgubremente entre los muros milenarios: el hombre, expulsado de su morada, llamaba a las puertas del mundo subterráneo con la infatigable obstinación del viajero que no tiene otro refugio.
Extenuados por los horrores de los últimos días, los parisinos veían el único camino de salvación en la ciudad subterránea, y se entregaban al trabajo con energía indomable. Tres equipos de obreros aseguraban el trabajo sin interrupción día y noche.
Mucho tiempo vaciló el Comité de Defensa antes de decretar el trabajo nocturno: se temía que, en caso de no estar cerradas las puertas de acceso, la multitud tratara de precipitarse de nuevo por ellas, como la última vez, en caso de un nuevo ataque de los zootauros, repitiéndose la catástrofe del 16 de mayo.
Stephen no compartía esos temores.
—La lección que los parisinos recibieron fué demasiado dura—decía—. En adelante serán más prudentes.
—La multitud es siempre la misma—le replicaban sus colegas más pesimistas—. Cuando está presa del pánico, sus centros de coordinación no funcionan.
Sin embargo, se decidió intentar la experiencia. Para mayor seguridad, fueron instaladas junto a las puertas de acceso bombas de agua, para utilizarlas contra la muchedumbre si intentaba penetrar en las galerías.
El Comité de Defensa dirigió a la población un llamamiento.
"¡Ciudadanos!—decía—. París acaba de pagar cara la imprudencia cometida. Estamos convencidos de que la lección no resultará perdida. Sólo la calma y la serenidad pueden salvarnos. Los equipos nocturnos contribuyen eficazmente a acelerar los trabajos; pero si la población, para salvarse de los ataques de los zootauros, se precipita de noche en las puertas de descenso abiertas, ocurrirá una nueva catástrofe, y la construcción de la ciudad subterránea se verá de nuevo retrasada.
"¡Ciudadanos! De vosotros depende la salvación de París. Que cada uno de vosotros ejerza una influencia moderadora sobre aquellos de vuestros conciudadanos más impacientes. No prestéis oídos a los calumniadores que afirman que las galerías subterráneas sirven durante la noche de abrigo a los privilegiados. Todos los ciudadanos son iguales. Salvo los obreros y los directores de las obras, nadie podrá bajar a las galerías, por elevada que sea su posición. El Gobierno, los altos funcionarios y sus familias permanecerán en la superficie y compartirán los riesgos y peligros del resto de la población.
Stephen tuvo razón. Al día siguiente, a pesar de un ataque violentísimo de los zootauros, nadie trató de buscar refugio en la ciudad subterránea. La población de París dió prueba esta vez de mayor prudencia.
Inmediatamente después de publicado este llamamiento, fueron numerosos los parisinos que, sin estar todavía movilizados, acudieron a inscribirse en las listas de obreros. Por este procedimiento esperaban figurar, algunas noches cuando menos, en los equipos nocturnos, y estar así al abrigo de los zootauros.
Entre los solicitantes se veían ancianos, muchachos jóvenes, casi niños aún; mujeres. A pesar de estar prohibidas las manifestaciones públicas, la Unión de Mujeres Francesas organizó un cortejo imponente. En apretadas filas se dirigieron las mujeres al ministerio del Interior, donde estaba instalado entonces el Comité de Defensa. En las banderas que figuraban en la manifestación habían inscripto sus reivindicaciones: "¡Queremos participar en la obra de salvación general! ¡Viva la movilización del trabajo femenino!"
El Comité de Defensa recibió una delegación de manifestantes. Su presidenta, la célebre agitadora feminista Margarita Ducrot, pronunció un discurso sobre el egoísmo de los hombres, que dejan siempre relegadas en segundo término a las mujeres, afirmando con elocuencia los derechos sagrados de estas últimas.
—No se trata ahora de derechos, señora—le replicó el presidente Stephen—, sino de deberes, y de muy tristes deberes. Por lo que a los derechos se refiere, las mujeres no pueden quejarse: tienen los mismos que los hombres, y además se otorgan a sí mismas derechos suplementarios de que los hombres no gozamos.
—¿Qué derechos son éstos?—preguntó con viveza la señora Ducrot, pronta a entablar la batalla.
—El derecho de no respetar las leyes.
—¿Y por qué, señor presidente?
—Porque han infringido ustedes el decreto que prohibe la celebración de manifestaciones al aire libre. Pueden ustedes creer, señoras, que los hombres que tal hubieran hecho serían severamente castigados. En estos dias terribles es indispensable una disciplina de hierro. Pero las mujeres especulan sobre nuestro espíritu de caballerosidad.
—¡Señor presidente!—interrumpió la señora Ducrot.—¡Esto es una ofensa!
—No hablemos más de ello. Pero repito, señora, que, más que de derechos, se trata del penoso deber que hasta ahora el Gobierno no ha querido imponer a las mujeres. El trabajo bajo tierra exige un durísimo esfuerzo. Pero si ustedes insisten... El Comité deliberará, y es posible que acceda a lo que piden.
—No se trata de un deseo, sino de una reivindicación—replicó la presidenta de la Unión de Mujeres Francesas, lanzando al presidente Stephen una mirada de reto.
Con curiosidad examinó Stephen a esa mujer, pequeña, enjuta, casi vieja, en cuyo pecho latía el corazón de una luchadora infatigable, y sonrió con la sonrisa de una persona mayor al escuchar las amenazas de un niño.
—Digamos una reclamación—asintió el presidente. Solamente me permitiré hacer observar que esta reclamación hubieran podido formularia hace algunas semanas, cuando los trabajos subterráneos iban a comenzar.
—¿Qué quiere decir con esto el señor presidente?
—Nada. Que cuando la necesidad de mano de obra era perentoria, ustedes no se dieron por aludidas, y ahora..., ahora hasta los viejos quieren inscribirse en las listas...
La señora Ducrot se irguió cuanto le permitía su pequeña estatura, mientras sus ojos llameaban de cólera. Stephen se sintió súbitamente presa de una gran piedad hacia esa pequeña mujercita, fanática de su causa, y se apresuró a calmarla.
—Perdone mi brusquedad—le dijo. Todos tenemos los nervios enfermos. Los días que vivimos son demasiado graves... Váyanse tranquilas y convencidas de que procuraré que las mujeres sean admitidas a trabajar.
El presidente cumplió su promesa. Al día siguiente quedaron inscriptas en las listas miles y miles de mujeres.
XX
Una semana más tarde quedaban casi terminadas en la ciudad subterránea dos calles de un kilómetro y medio cada una. La construcción de casas estaba asimismo muy adelantada. Gracias a un procedimiento inventado por el arquitecto Bercin, los armazones de las casas, hechos de cemento armado, se construían en la superficie, y eran después descendidos a la ciudad subterránea y montados sobre basamentos preparados de antemano. Faltaba tan sólo colocar después las puertas y ventanas para dejar lista una casa de seis pisos, capaz de albergar doscientas y aun trescientas personas. Para el montaje de una de estas casas, un centenar de obreros necesitaban tan sólo de treinta a cuarenta horas. A los albañiles seguian inmediatamente los mecánicos y electricistas, que instalaban los ascensores, el teléfono y toda suerte de aparatos eléctricos. Por fin, venían las mujeres, encargadas de la limpieza y de hacer en general la casa habitable.
Una tras otra iban surgiendo las casas de seis pisos, construidas de cemento armado, hierro y vidrio, provistas de todas las comodidades modernas, capaces de satisfacer los gustos más refinados. Los bajos estaban destinados a cocinas comunes, panaderías, talleres y almacenes cooperativos de todas clases. En los últimos pisos se encontraban los lavaderos comunes. En las terrazas se instalaron jardines de invierno, pistas de tennis, etc. Las casas estaban separadas por pequeños patios y rodeadas de jardincillos.
Había asimismo grandes jardines de 1.000 metros cuadrados, uno para cada diez casas, en los cuales fueron transplantados los árboles frutales de los alrededores de París. Estos jardines servían a la vez de huertas, y se calculaba que cada una de estas huertas, cultivada intensivamente bajo la dirección de buenos peritos agricolas, podría producir frutas y legumbres bastantes para la población de diez casas, es decir, dos mil o tres mil personas.
Las grandes Empresas industriales, con sus grandes fábricas, talleres, estaciones de energía eléctrica, etc., estaban alojadas en edificios especiales.
A lo largo de las calles estaban ya tendidas las vias férreas, de un solo rail, para los giróscopos, cuyos coches nuevos y elegantes relucian recién pintados. En el centro se construyó una estación aerostática. Sobre una plataforma especial de unos 30 metros de altura se mecía un enorme aerobús en forma de cigarro, en el cual podian viajar un centenar de personas.
Un canal de 25 metros de ancho y seis metros de profundidad atravesaba la ciudad de parte a parte. Los muros de contención y los muelles eran de granito, y elegantes puentes servían para la comunicación entre ambas orillas.
El 5 de junio, cuando el sector de ciudad subterránea proyectado hubo quedado listo, Cresby Harrison invitó a una visita de inspección al Comité de Defensa y a los miembros más distinguidos del Parlamento, del Municipio y de la Academia.
A la luz de linternas eléctricas, los visitantes examinaban con el mayor interés las casas, las fábricas y talleres, los depósitos municipales, el canal y las vías férreas.
La estación aerostática atraía principalmente la curiosidad de todos.
—¡Cómo! ¿Habrá también aviación?—preguntó el académico Oscar Serradel.
—En muy reducidas proporciones, por desgracia —contestó Harrison—. Bajo estas bóvedas de cemento, el impetu de los aviadores tendrá que ser a la fuerza escaso. Las grandes velocidades y los espacios infinitos hay que cederlos a los zootauros. Y quizás más valga así.
—¿Por qué?
—Porque así no será preciso seguir gastando una locura en la flota aérea, Bajo tierra ésta será imposible, y hay que esperar que inútil. Tampoco tendremos la obligación de sostener una costosa marina. Bastará con los vaporcillos y barcas que circularán por el canal. Los palacios y fortalezas flotantes son aquí imposibles, y con ello la Humanidad habrá de salir ganando.
—¿Y la radiotelegrafía?—preguntó de pronto con ansiedad el célebre físico Julio Dubois, miembro de la Academia y director de la Estación radiotelegráfica central.
Algunos de los presentes no pudieron reprimir una sonrisa.
—Por desgracia, querido maestro, tendrá usted que renunciar durante algún tiempo a los trabajos que tanta admiración han despertado entre todos nosotros. Bajo tierra la radiotelegrafia sería un lujo imposible. No hay que olvidar que, en lugar del cielo, tendremos sobre nuestras cabezas una capa de tierra de más de cuatrocientos metros de espesor.
—Pero, entonces, ¿será necesario renunciar a las comunicaciones inalámbricas?—preguntó, asustado, Julio Dubois.
—El peligro no es tan grave como parece—replicó Harrison, con ánimo de tranquilizarle—. Bastará con recurrir a los medios antiguos, archivados hace ya tiempo, y dar un paso atrás de casi un siglo.
—¿El telégrafo Morse, por ventura?
—¿Y qué remedio va a quedar? Será tan triste como se quiera, pero es muy probable que veamos reaparecer en nuestras calles los postes y alambres del telégrafo.
—¡Es casi el retorno a la época bárbara!—exclamó el historiador de la civilización Etienne Delaroche.
—No queda otro recurso—repuso Harrison—. En todo caso, si el Destino nos obliga a transformarnos en topos, procuraremos, por lo menos, ser topos civilizados.
—¿Y la luz? preguntó Serradel—. Parece que estaremos obligados a servirnos de lámparas eléctricas día y noche.
—Al contrario. No harán falta las lámparas eléctricas para nada—respondió Harrison—. Van a convencerse ahora mismo. Un poco de paciencia, señores.
Harrison dijo en voz baja algunas palabras a uno de los mecánicos. Este se alejó inmediatamente. Pocos minutos después las luces eléctricas se apagaron, y el subterráneo quedó sumido en una oscuridad absoluta. Transcurrió otro minuto en las tinieblas, y la ciudad subterránea quedó inundada de una luz tan clara, que en nada se distinguía de la del Sol.
Los presentes prorrumpieron en exclamaciones de entusiasmo.
—Pero ¡si es un verdadero sol!
—¡Se diría que lo ha descolgado usted del cielo!
—No tanto. El Sol celeste está muy bien colgado—dijo Harrison sonriendo, y seria difícil descolgarlo. Por esto hemos tenido que contentarnos con una imitación. ¿Les parece a ustedes que no está del todo mal?
Todos levantaron la cabeza. Bajo la bóveda, a una altura de unos treinta metros sobre las casas, se encontraba suspendido un globo de vidrio que esparcía una luz regular, casi tan clara como la del Sol.
—Pero ¿qué es eso?—preguntaron todos.
—Es la luz Gamper —replicó Harrison—. El nombre es debido a su inventor, el americano Gamper. En realidad, se trata de la luz Drummond, que Gamper hace pasar por transformadores especiales inventados por él. Nuestro sol funcionará día y noche, de suerte que el empleo de la electricidad quedará reducido a las necesidades del menaje y de la industria. Esta pequeña linterna suspendida que ahora vemos, es completamente suficiente para iluminar la totalidad del Paris subterráneo. A medida que los trabajos de excavación adelanten, no tendremos más que ir desplazando el sol artificial en forma que quede siempre suspendido en el centro.
Los visitantes avanzaban lentamente por una larga calle, pavimentada de briquetas de un color mate y sombreada por copudos árboles. Con viva curiosidad iban descubriendo y admirando las maravillas de la ciudad subterránea.
—Esta calle lleva el nombre de bulevar de los Italianos—dijo Harrison—. La otra, paralela a ésta, la hemos bautizado avenida Richelieu. Hemos decidido dar, en general, a las calles nombres con los cuales los parisinos estén familiarizados, a fin de que sea menor la nostalgia de su ciudad querida. Pronto llegaremos a la plaza de la Concordia, que es la única que por ahora tenemos. Más tarde tendremos la plaza de la Bastilla, de la República, de la Estrella, etcétera.
Al poco rato llegaba, en efecto, el grupo a la plaza de la Concordia. No tenía, claro está, las vastas dimensiones de su prototipo. Reinaba en ella un trabajo febril: la construcción de las casas no estaba terminada todavía, y por todas partes se elevaban enormes montones de materiales de construcción de todo género. Las grúas eléctricas no cesaban de rechinar un momento.
—Este será uno de los puntos centrales del París subterráneo—dijo Harrison—. Aquí se levantará el palacio de nuestro estimado presidente Stephen...
—Que supongo será igual que otra casa cualquiera—dijo Stephen interrumpiéndole.
—Con la sola diferencia de que en ella vivirá uno de los hombres más nobles y eminentes de nuestros días—continuó diciendo Harrison. Y sin dejar tiempo a Stephen para contradecirle, añadió:—Esta casa sin concluír, en el lado izquierdo de la plaza, está destinada a los ministerios del Interior, de Hacienda y de Obras públicas.
—Y el ministerio de la Guerra, ¿dónde estará?—preguntó uno de los presentes, que vestía uniforme militar.
—Quedará suprimido por completo —declaró Stephen, lo mismo que el de la Marina y el de la Flota Aérea. Bajo tierra las guerras serán, gracias a Dios, imposibles. Naturalmente, que será preciso mantener algunos soldados sobre las armas; pero su tarea se reducirá al mantenimiento del orden interior. De momento quedará también suprimido el ministerio de Negocios Extranjeros; no creo que por ahora, cuando menos, sea posible mantener relaciones subterráneas con los otros Estados... Pero sigamos la visita y escuchemos lo que tenga que decirnos nuestro querido Harrison.
—Aquí tendremos nuestro teatro—dijo señalando un edificio de fachada curva con una imponente columnata.
—¿Uno solo para todo París?
—De momento será preciso contentarse con uno solo. Pero los parisinos no habrán de sufrir por falta de espectáculos. Todas las casas del París subterráneo estarán enlazadas con el teatro por medio de un sistema fonoscópico. Gracias al fonoscopo, los parisinos podrán asistir al espectáculo sin moverse de sus casas. Aunque el fonoscopo existía ya en París y funcionaba en gran escala, los parisinos preferian ir al teatro para hacerse ver y ver a los demás. Pero aquí habrá que sacrificarse: la construcción de docenas de teatros y el mantener a tantos actores y empleados sería para nosotros un lujo excesivo. A medida que se vayan construyendo otras ciudades subterráneas, las enlazaremos también con nuestro teatro, de manera que éste tendrá, por así decirlo, el monopolio de la escena. En el lado opuesto, y un poco más allá se levantará una catedral, a la cual se dará el nombre de Notre-Dame. Gracias al fonoscopo, todo Paris subterráneo, y más tarde toda Francia, podrán oír los sermones de nuestros mejores predicadores y asistir a la misa sin necesidad de estar presentes.
—¿Y el Parlamento?—preguntó con inquietud visible un diputado.
—No pase usted cuidado—contestó Harrison—. Tendremos una Cámara imponente. Estará situada en la plaza de la República.
—Permítame asimismo una pregunta respecto a la Academia de Ciencias—intervino el presidente de ésta, Marcel Duvernoy—. Espero que no van ustedes a suprimirla.
—¡Dios nos libre!—dijo Harrison en tono de protesta—. De ningún modo. La Ciencia es el nervio central de la vida contemporánea. Y el glorioso Instituto de Francia es, por así decirlo, el cerebro de nuestro país; de modo que suprimirlo equivaldría a una especie de suicidio. Tanto las Academias, como la Universidad, todas las Escuelas Superiores y el Instituto Pasteur, tendrán en la ciudad subterránea un lugar de honor... Y ahora, señores, vamos a pedir al profesor Lenoir, al cual debiera concederse en justicia el título de ministro de la Agricultura de nuestro futuro reino subterráneo, que nos enseñe los campos cultivados bajo su experta dirección.
El profesor Lenoir, director del Jardín de Aclimatación de París, hombre pequeño con unos enormes anteojos, saludó de un modo torpe.
—Si quieren ustedes seguirme, señores—dijo—, estoy a su disposición.
En animada charla los visitantes siguieron al profesor. Después de haber atravesado el bulevar de los Italianos, torció a derecha, y una vez andados todavía un centenar de pasos, se detuvo:
—Estamos ya ahora fuera de la ciudad—dijo comenzando su papel de cicerone—. ¿Ven ustedes estos campos?
—No solamente los vemos—repuso Stephen—: los sentimos. Se respira aquí un verdadero aire campestre.
Y, en efecto, allí junto se extendían, como alfombras de diversos colores, los campos de trigo, de cebada y de maíz. Las espigas llegaban ya hasta la cintura, y los campos aparecían esmaltados de margaritas, amapolas y otras flores campestres.
—Dentro de quince días podremos recoger la cosecha—dijo el profesor Lenoir, examinando en la palma de la mano los granos de una espiga.
—¿Tan pronto? Pero, entonces, ¿cuándo hicieron ustedes la siembra?
—Hace justamente dos semanas. El abono que empleamos, la excretina, obra verdaderos milagros. Contiene casi todo cuanto requieren los cereales y substituye casi por completo a la tierra y el agua. Quizás no pase mucho tiempo antes de que con la excretina podamos cultivar el trigo sobre piedras desnudas o poco menos. En todo caso, gracias a ese abono maravilloso podremos recoger doce cosechas al año.
—Pero ¿cómo puede ser eso?
——Del modo más sencillo. Aquí, bajo tierra, la temperatura siempre es la misma y no hay que temer los continuos cambios meteorológicos. Al contrario, nosotros mismos procuraremos, por medio de caloríferos y frigoríferos especiales, provocar los cambios de temperatura que nos convengan. La acción de estos aparatos podrá extenderse a todo el terreno de cultivo o, si se quiere, tan sólo a una parte del mismo. Por otra parte, el sistema de irrigación que empleamos, inventado recientemente por el profesor de la Universidad de Milán, Crocci, nos permite regar los campos durante el tiempo que haga falta con una lluvia artificial, que en nada difiere de la verdadera lluvia.
El profesor señaló a continuación a su auditorio una enorme máquina en torno a la cual aparecían suspendidos unos anchos tubos de caucho.
—Es nuestro nebulador—dijo. Ha sido inventado por un sencillo mecánico de París. Puesta en movimiento, esta máquina despide un vapor especial, análogo, por su composición química, a la niebla, que se esparce y permanece extendido sobre los campos durante unas cuantas horas.
Los visitantes, visiblemente impresionados, cambiaban miradas de extrañeza y admiración.
—¿Trabajan aquí muchos obreros?
—¿En los campos? Poquísimos. Unos trescientos, de los cuales la mitad se ocupan de atender al funcionamiento de las máquinas. Esos son los valientes que han de trabajar sin descanso—dijo el profesor Lenoir señalando las máquinas alineadas como en una exposición—. Son obreros que merecen todos los elogios. Fíjense ustedes, por ejemplo, en ese arado eléctrico: en una hora puede laborar cinco hectáreas de tierra casi sin aplicación de la mano de obra. Además, va combinada con una sembradora, en forma que los campos quedan al mismo tiempo arados y sembrados. Nuestras segadoras y trilladoras combinadas nos permiten asimismo realizar grandes economías de tiempo. Una vez trillado el trigo, pasa el grano a nuestros molinos eléctricos, y de allí a las panaderías municipales.
—¿Y cuál será el rendimiento de las cosechas?
—Cuarenta o cincuenta veces mayor que en la superficie. Por una parte tendremos doce cosechas por año, y por otra, gracias a la excretina y a otros procedimientos por nosotros perfeccionados, obtendremos espigas extraordinariamente ricas y reduciremos de un modo notable la cantidad de paja.
—¿Y se estima que este trigo será suficiente para toda la población de Paris?—preguntó, escéptico, el físico Julio Dubois.
—¡De ningún modo! Según nuestros cálculos, la producción de trigo bastará sólo para medio millón de hombres. Esto no basta, es cierto. Pero hay que tener en cuenta que a medida que vaya extendiéndose nuestra ciudad subterránea aumentará también el área de tierra cultivable. Además, los parisinos podrán recibir trigo de las ciudades y pueblos vecinos que un día veremos surgir sin duda en los alrededores de nuestro nuevo París.
—Dicho de otro modo, los parisinos continuarán viviendo como parásitos, a costa de las provincias, como hacían ya en la superficie —objetó en tono jovial el presidente Stephen.
—Es fatal que así suceda, señor presidente—asintió el profesor Lenoir—. Si nosotros quitamos a las provincias bienes materiales, ellas, en cambio, nos quitan los productos de nuestra inteligencia y de nuestro espíritu. Es la ley social que domina en la sociedad humana.
—Hasta bajo tierra, a cientos de metros de profundidad, en la nueva vida que para la Humanidad comienza, las leyes que dirigen la sociedad continúan siendo inmutables—dijo Harrison.
—¡Es triste que así sea!—repuso Stephen lanzando un suspiro—. ¡Sería tan bello renacer por completo, comenzar bajo tierra una vida nueva, más sana, más pura, más digna!...
—Estos deseos van demasiado lejos, querido presidente —replicó Harrison—. Yo soy menos exigente, y creo que deberemos darnos por muy felices si bajo tierra la Humanidad no acaba degenerando por completo. Conseguir que esto no ocurra será ya una gran victoria para el genio humano.
Segunda Parte
I
El 27 de julio la ciudad subterránea estaba lista.
Era un París en miniatura, sin sus amplias perspectivas, sin su imponente y majestuosa belleza, sin sus vivos colores y reflejos, sin los mil matices cambiantes y caprichosos, y, sobre todo, sin el cielo, tan pronto sonriente y sereno como fruncido y amenazador, pero siempre bello y ensoñador para los hombres.
Paris subterráneo, era una pálida copia de su prototipo, el reflejo en el agua de un castillo majestuoso. En apariencia las mismas formas y las mismas líneas, pero con los contornos borrosos y sin algo que es el alma misma del edificio.
En líneas regulares e irreprochables se extendían las largas calles rectas, ligadas entre sí por vastas plazas circulares, que eran como los nudos de la red urbana. Las casas, semejantes una a otra, hasta tal punto que sin los números hubiese sido imposible distinguirlas, se alineaban asimismo en filas rígidas y regulares, como soldados en una revista.
Tan sólo los edificios públicos, muy poco numerosos, ofrecían alguna particularidad de estilo; pero de su misma belleza y distinción parecía desprenderse una pesadez enojosa, y la mirada se apartaba de ellos con desilusión en busca de algo que no encontraba: el cielo, siempre bello y fascinador. Más bello ahora todavía cuando las gentes se veian obligadas a separarse de él por largo tiempo, ¡quién sabe si no para siempre!
Los que por primera vez descendían a la ciudad subterránea, después de lanzar una rápida mirada a las calles regulares con sus maravillas arquitectónicas, al levantar los ojos en alto y tropezar con la pesada bóveda que servía de cielo lanzaban involuntariamente un suspiro.
—¡Pero el cielo! ¡No se ve el cielo!—exclamaban.
Y esta exclamación era como una severa condena de la admirable creación del hombre, que en tan poco tiempo y a una profundidad de centenares de metros, en las tinieblas de las entrañas de la Tierra, supo crear y dar vida a una ciudad enorme, con sus calles y plazas, sus palacios, sus fábricas, sus casas y canales. Una sola cosa no había podido crear el genio humano: el cielo y el sol bienhechor.
Verdad era que la ciudad subterránea estaba alumbrada por un sol artificial, cuya potente luz apenas se distinguía de la del verdadero sol. Pero la claridad de esta falsificación del astrorey no se velaba ni obscurecía nunca. Pálida imitación del natural, el astro de la ciudad subterránea no sabía esconderse entre las nubes, ni cambiar de humor, ni presentar sus rayos y reflejos en mil matices caprichosos. Sin vida, igual por la mañana que por la noche, igual hoy que ayer, cual un mercenario celoso, su luz uniforme no infundía en nadie la alegría ni el deseo de sonreír.
Pero era preciso resignarse a esta falta de cielo y de sol.como se resigna uno a la ausencia de seres queridos. Era preciso instalarse en la nueva morada, instalarse sólidamente, por largo tiempo.
Casi todo Paris subterráneo era ya poblado. A medida que avanzaba la construcción, los parisinos iban descendiendo por sorteo, barrio a barrio. Llevaban consigo sus muebles, su vajilla, sus cuadros y libros, toda clase de utensilios. Las familias ricas, poseedoras de grandes mobiliarios, que no cabían en los reducidos alojamientos subterráneos, tuvieron que depositar el sobrante en los depósitos municipales.
No faltaba más que poblar la última parte de la ciudad subterránea, construída debajo del bulevar Arago y calles vecinas.
Los futuros habitantes de este barrio esperaban el momento de bajar al subterráneo con tanta más impaciencia cuanto que se habían quedado solos en la ciudad desierta, y vivían como entre las ruinas de un incendio.
París, el viejo París, ofrecía un aspecto triste, y la vida no tenía en él nada de agradable. Cada noche se veía sometido al ataque de los zootauros, que acumulaban ruinas sobre ruinas. Diríase que querían vengarse de la huida de la población, y con furia insaciable destruían las casas abandonadas.
Por fin, hacia mediodia del 27 de julio, comenzaron a descender los últimos habitantes de París.
Eran unos 50.000, aproximadamente.
Los vastos ascensores funcionaban sin interrupción.
Junto a ellos se agitaba con febril impaciencia la muchedumbre, y la Policía podía a duras penas mantener el orden. Las gentes daban muestras de una nerviosidad sin límites, y hacían esfuerzos desesperados para penetrar en los ascensores los primeros, como si temieran quedarse solos en ese Paris desierto, agonizante.
Ante todo bajaban los enfermos y heridos, que eran numerosísimos. Algunas mujeres querían a toda costa llevar consigo los cadáveres de sus hijos muertos la noche anterior durante el ataque de los zootauros. Una de ellas apretaba contra el pecho el cadáver de su pequeñuelo, envuelto en una sábana, y con furiosa obstinación se resistia a separarse de él.
—¡Nunca! ¡Jamás! ¡Por nada del mundol—gritaba la infeliz—. ¿Cómo podéis pedirme que lo deje abandonado? ¡Esos malditos zootauros matarían a mi Luisito!
Y cuando se le hubo arrancado el cadáver a la fuerza prorrumpió en sollozos histéricos, se postró de rodillas a los pies de los que la rodeaban, suplicó, amenazó, lanzando maldiciones furiosas y mordiendo las manos de los que querían detenerla.
—¡Se ha vuelto loca!——decían las gentes.
No era la única que habia perdido la razón. Entre los habitantes de Paris se contaban los locos a millares. Algunos, los más dóciles, se dejaban conducir a los ascensores sin comprender adónde iban ni nada de lo que sucedía. Pero había locos delirantes que oponían una resistencia desesperada, no querían avanzar y se defendían furiosamente. A veces conseguían romper las ligaduras que los sujetaban y escapar corriendo, para ir a esconderse entre los escombros de las casas destruídas, como bestias que huyen de la persecución del cazador. A muchos de ellos no hubo modo de volver a encontrarlos, y quedaron solos en lo alto, moradores fantasmas del París abandonado.
No faltaron tampoco entre los parisinos unos cuantea hombres que, sin ser locos, se negaron a descender a la ciudad subterránea. Eran la mayor parte curas y frailes, que consideraban la invasión de los zootauros como un castigo de Dios, y creían, por lo tanto, que era cometer un pecado querer evitarlo. Tampoco quisieron bajar al subterráneo algunos miembros del grupo de los llamados "Hombres primitivos", los cuales manifestaban su desprecio por la civilización contemporánea vistiéndose de pieles, durmiendo en el suelo en invierno y verano, comiendo tan sólo hierbas y frutas, y negándose a tocar dinero.
—¡Bajo tierra esa maldita civilización va a ahogarnos por completo!—replicaban a todas las invitaciones para descender en el Paris subterráneo.
Entre ellos se distinguía el viejo filósofo Croisel, célebre por sus extravagancias, enteramente cubierto por el cabello, que dejaba crecer sin cortarlo ni cuidarlo. Croisel no se había lavado desde hacía muchos años, y pasaba el tiempo combinando y escribiendo proyectos para la perfecta organización de la sociedad.
Eran los últimos mohicanos dejados en lo alto por los parisinos como para montar la guardia en el campamento abandonado. Vivian en barrios distintos de la ciudad, no se trataban unos con otros y, cuando por azar se encontraban, huían como huye el hombre que habita una isla desierta ante un peligro desconocido. Días enteros andaron rodando a través de las calles en busca de los restos de comida abandonados por los parisinos, y cuando tenían la suerte de encontrar algo aprovechable, se escondían en un rincón cualquiera como bestias con su presa.
No tardaron en volverse completamente salvajes.
II
La inauguración solemne del París subterráneo fué fijada para el primero de agosto.
Los invitados se reunieron en los vastos salones del palacio de las instituciones gubernamentales, decorados con plantas, flores y banderas nacionales, ricamente bordadas.
La plaza de la Concordia, donde estaba situado el palacio, se encontraba desde las primeras horas de la mañana llena de una compacta muchedumbre. Centenares de banderas flotaban al aire. Del amplio balcón del palacio pendia un enorme gallardete con la inscripción "¡Honor al genio humano!"
Hacia las diez de la mañana era ya tan grande la afluencia de gente, que la circulación de tranvías en los alrededores de la plaza de la Concordia quedó por completo suspendida. De los aerobuses, que volando a unos 50 metros de altura atravesaban París de parte a parte, descendían a cada momento nuevos grupos de curiosos. Muchos eran los parisinos que llegaban con sus aeromotores liliput y que a duras penas encontraban un rincón libre donde poder aterrizar. La multitud acogia a los aerobuses y aeromotores con bromas inofensivas.
—¡Un zootauro!—decía una voz—. ¡Miradle cómo se prepara para atacarnos!
—¡Por poco choca con el Sol!
—¡A ver si los verdaderos zootauros asistirán a la inauguración!
—Habría que mandarles invitaciones. Es una cuestión de cortesía...
En espera de que comenzara la solemnidad, la multitud se divertia como podía. Aquí y allá resonaban las canciones de moda, sobre todo el cuplé de Barreau, convertido en propiedad intelectual de la calle. Centenares y millares de voees coreaban el alegre estribillo:
«Los zootauros, tauros, tauros, etc.Los vendedores de periódicos llenaban el aire con sus voces:
—¡El primer número de Paris Subterráneo! ¡Paris Subterráneo con la información del último ataque de los zootauros!
Los vendedores ambulantes conseguían apenas abrirse paso entre la gente. Llevando en alto las bandejas, hacían a voces el reclamo de su mercancía:
—¡Pasteles! ¡Pasteles recién hechos en la primera panadería subterránea! ¡Mucho mejores que los de arriba! ¿Quién los quiere?
Los muchachos, con sus silbatos y trompetas de cartón, provocaban un infernal ruido.
Un hombre joven, con una cabellera enorme, subido sobre la espalda de sus vecinos, gesticulaba de un modo desesperado, y agitando cual una bandera su sombrero de anchas alas, gritaba con todas sus fuerzas:
—¡Ciudadanos! ¡Un minuto de atención!
—¡Atención! ¡Escuchad al orador!—se oía de todas partes. Pero estos gritos servían tan sólo para aumentar todavía el ruido, y el orador tuvo que abandonar su tribuna improvisada.
A mediodía en punto, del lado del palacio presidencial, que se encontraba en la misma plaza, resonaron las notas del himno nacional: era la banda del Municipio saludando a Stephen, que había aparecido en la calle y se dirigía al palacio de las instituciones gubernamentales.
La multitud, agitada como un campo que el viento azota, empezó a dar gritos:
—¡Viva el presidente!
—¡Paso al presidente!
Y se apartaba respetuosamente, dejando camino al presidente, para volver a cerrarse en seguida. Sombreros y pañuelos se agitaban al aire, y los vivas resonaban sin cesar. Stephen, enflaquecido, con el pelo casi blanco por completo, encorvado, iba saludando a derecha e izquierda, y estrechaba las manos que de todas partes se tendían hacia él.
—¡Viva el presidente! ¡Viva Stephen!—lanzaban al aire con entusiasmo millares de voces.
De pronto rasgó el aire un silbido estridente, y un instante después, por encima de la multitud, resonó un grito como un latigazo:
—¡Abajo el Gobierno! ¡Viva la revolución social!
Varias voces respondieron a este grito como un eco, pero fueron ahogadas en seguida por nuevas salvas de aplausos y ovaciones dirigidas al presidente.
Por el rostro de Stephen pasó una nube de tristeza.
—¡Ya empezamos!—dijo a Harrison, que marchaba a su lado. Ni bajo tierra es posible evadir la cuestión social.
—Afortunadamente—contestó Harrison—, es un indicio de que la vida triunfa siempre, en todas partes y bajo todas las condiciones.
Algunos minutos después, Stephen, rodeado de los miembros del Gobierno y de la Comisión subterránea, apareció en el balcón del palacio de las instituciones gubernamentales, bajo el magnifico gallardete, donde figuraba la inscripción ¡Honor al genio humano!" La orquesta municipal entonó de nuevo el himno, y otra vez volvieron a agitarse en el aire sombreros y pañuelos. El rumor de los vivas y aclamaciones ahogaba casi por completo los acordes de la música.
Cuando se apagaron las notas del himno, Stephen levantó la mano, haciendo signos de que quería hablar.
—¡Silencio!—exclamaron varias voces—. ¡Va a hablar el presidente!
Se hizo un profundo silencio. La multitud de millares de cabezas parecía retener el aliento. Las mismas casas, que rodeaban la plaza en apretado círculo, parecían estar atentas a la palabra del presidente:
—¡Ciudadanos!—comenzó diciendo Stephen con voz fuerte y vibrante de emoción—. Este día quedará como una fecha decisiva en la historia de Francia y de la Humanidad. Inaugura una nueva era en la vida de nuestro planeta. Echados de la faz del planeta por fuerzas enemigas desconocidas, hemos bajado a las profundidades de la Tierra para empezar aquí una nueva vida. Es cierto que hemos sido vencidos, que nos hemos visto obligados a huir ante un enemigo terrible contra el cual no somos bastante fuertes para luchar. Pero nuestrą misma huida, el hecho de que hayamos sido capaces de construirnos un refugio a varios centenares de metros de profundidad, en las entrañas mismas de la tierra, es ya un triunfo para el espiritu humano.
—¡Ciudadanos! Tengo la convicción absoluta de que aqui, bajo tierra, seremos mejores, más puros, más inteligentes. Ante nosotros se abren nuevas perspectivas, nuevas posibilidades. Ya antes de descender a este recinto han sido derribados en gran parte los muros que separaban a las clases sociales unas de otras. Han desaparecido en gran parte las distinciones y privilegios, las diferencias entre ricos y pobres. Sigamos también en el porvenir por el mismo camino, el único que conduce al bienestar general.
Entre la muchedumbre estallaron con la fuerza de un trueno los aplausos y los vítores que las bóvedas devolvían en eco sonoro.
—¡Ciudadanos!—continuó diciendo Stephen después de restablecer el silencio con un gesto—. En lo alto, en la morada que acabamos de abandonar, la justa solución del problema social tropezaba con obstáculos casi imposibles de vencer. El ídolo del militarismo reclamaba nuevas víctimas sin cesar. Ha sido necesario gastar miles y miles de millones para el mantenimiento de los ejércitos, escuadras y flotas aéreas. Nada de esto es necesario ahora. Ninguna necesidad tenemos de mantener ejércitos costosos, ni acorazados del mar o del aire, ni submarinos. Ha llegado el día en que podemos convertir las espadas en arados. Nuestras antiguas, colosales fábricas de armas van a poder trabajar ahora para las necesidades de la paz. Millones de hombres, que hasta ahora se habían preocupado de exterminar al prójimo, o de preparar la hora del exterminio, podrán de ahora en adelante dedicarse a un trabajo productivo y aumentar así el bienestar general. Y plenamente convencido de que inauguramos una era nueva, lleno de ardiente fe en el porvenir, exclamo: "¡Abajo las armas! ¡Viva el trabajo pacífico para la felicidad humana!"
Entre la multitud se produjo una explosión turbulenta de entusiasmo. Un grupo lanzó al aire las primeras notas del Himno de la Paz, cuya popularidad era entonces grande, y al momento, en toda la plaza de la Concordia resonaron los acordes vigorosos del canto de fraternidad y de esperanza.
Al apagarse la última estrofa, un viejo, subido sobre las espaldas de sus vecinos, ordenó con voz enérgica:
—¡Ciudadanos! ¡Todos a la una!: "¡Abajo las armas! ¡Viva la Paz!" A la una, a las dos....
Y la multitud, obediente, agitó los sombreros, repitió por tres veces, como un solo hombre, el grito unánime e imponente:
—¡Abajo las armas! ¡Viva la paz eterna!
En el mismo instante empezó la orquesta a tocar el Himno de la Paz, que fué escuchado con religioso silencio.
Fué una manifestación imponente contra el dios cruel de la guerra, que, durante largo tiempo, había torturado a la Humanidad. Los rostros aparecían iluminados por la fe en días mejores, y una suprema esperanza brillaba en las miradas. Las gentes se estrechaban las manos y cambiaban entre sí felicitaciones como en las grandes festividades. Diríase que entonces, en las profundidades de la Tierra se estaba sellando solemnemente el pacto de la paz eterna.
Cuando la emoción se hubo calmado un poco, Stephen, después de restablecer el silencio, continuó:
—¡Ciudadanos! ¡Ojalá que estos minutos se graben para siempre en vuestros corazones! Son momentos históricos. En la vida de la Humanidad significan un viraje decisivo. Por primera vez en el curso de su historia milenaria inaugura una nueva era, la era subterránea, y todo nos permite creer que empieza una nueva vida, libre de los prejuicios seculares, de las llagas y calamidades que sobre nosotros habían pesado en la superficie de nuestro planeta. Y permitidme ahora, ciudadanos de París, que os felicite por nuestra nueva ciudad. Es la obra de vuestras manos, de vuestra energía, de vuestro genio colectivo. Son muchas las cosas que faltan todavía. La capital de Francia, y me atrevo a decir, del Mundo entero, no se construye en algunas semanas. No obstante, se ha conseguido realizar milagros. Estos milagros, ciudadanos, los debemos a nuestra gloriosa Comisión y a su jefe, mi querido amigo Harrison.
—¡Bravo! ¡Viva la Comisión! ¡Viva Harrison! La multitud no cesó en sus vivas y aplausos hasta que Harrison y sus colaboradores se hubieron acercado, para saludar, a la balaustrada del balcón.
De nuevo entonó la orquesta el himno nacional, y la parte oficial de la fiesta se dió por terminada.
Luego, uno de los organizadores, después de grandes esfuerzos para retener la atención del público, anunció que estaba preparada una gran sorpresa.
—Para ello—dijo—será necesario apagar el sol durante algún tiempo. Durante algunos minutos permaneceremos en la más absoluta oscuridad.
—¡Bravo! ¡Bravo!—respondió la multitud con buen humor—. Estaremos encantados de volver a ver la noche.
Cinco minutos más tarde, el sol, en efecto, se apagó de golpe. Se hizo una oscuridad tan profunda, que las gentes no podían distinguir su propia mano.
—¡Viva la noche!—se gritaba de todas partes.
Los muchachos, dando muestras de un contento loco, llenaron el aire con sus silbidos y el sonido de sus trompetas de cartón. Nunca habian visto las gentes una noche tan negra. Era algo nuevo, desconocido, que daba una emoción profunda, hecha de curiosidad y de ligera angustia.
—¡Vaya una noche!—se oía decir en la oscuridad.
—¡Es como una tumba!
—Una tumba será un poco más clara, me parece.
De pronto un rayo prolongado, semejante a una pica de fuego, cruzó de abajo arriba el espacio con un silbido estridente, descomponiéndose bajo la bóveda en centenares de pequeñas estrellas. Al primer rayo siguieron, en igual forma, otros muchos. Las estrellas, en vez de apagarse, quedaban como suspendidas de la bóveda. Poco a poco se fué formando un cielo estrellado, en el cual era fácil reconocer, por su posición y brillo, las estrellas familiares.
—¡Júpiter! ¡Allí!—decían unas voces.
—¡Y allí, Venus!—replicaban otras. Se diría descolgada del cielo.
—¡Y Sirio! ¡Y Marte! ¡Y Saturno!
La aparición de cada una de las estrellas conocidas era acogida con aplausos y gritos de júbilo. Pero el entusiasmo de la gente se desbordó cuando, del lado de Oriente, apareció en el horizonte la Luna, alumbrando con su luz pálida y amarillenta la plaza y la multitud, que la llenaba de bote en bote.
Cuando los aplausos hubieron cesado, salió del balcón una voz imperiosa:
—¡Apagad la Luna!—ordenó.
Un minuto después, la Luna, como antes el sol artificial, se apagaba de una vez, sin dejar tras de sí el más leve resplandor siquiera. Las estrellas se hicieron más claras, y de pronto, como jugueteando, empezaron a moverse y a cambiar de lugar unas con otras, reuniéndose, ora en grupos compactos, alineándose después como para un ataque, dispersándose, finalmente, en todas direcciones.
El espectáculo duró un par de minutos. Por fin, bajo la bóveda empezaron a distinguirse los contornos de varias letras formadas de estrellas. A medida que iban apareciendo, el público las pronunciaba en alta voz, como millares de párvulos que, a la voz de mando del maestro, deletrearan el alfabeto.
Por fin se formó bajo la bóveda la inscripción luminosa "¡Viva París subterráneo!"
Y de nuevo volvió a estallar la tempestad de aplausos y gritos entusiastas.
La fiesta había terminado. La inscripción luminosa, semejante a un reto lanzado por el hombre a las fuerzas hostiles, se oscureció poco a poco, hasta quedar totalmente extinguida. La muchedumbre, que, como una lava negra, se desparramaba por las calles vecinas, continuaba conmovida por la impresión de lo que acababa de ver, y de vez en cuando resonaban todavía, algo veladas por la emoción, las aclamaciones:
—¡Viva París subterráneo!
III
Mucho antes de que estuvieran terminados los trabajos de construcción de Paris subterráneo, tan pronto como pudo verse que la empresa era técnicamente realizable, comenzó en diversos puntos de Francia la construcción de otras ciudades subterráneas.
Los primeros en seguir el ejempo de París fueron los grandes centros: Lyón, Marsella, Burdeos, Lilla. Siguieron después otras muchas ciudades. Diversas delegaciones municipales llegaron a Paris para estudiar el aspecto técnico de la empresa.
Siguiendo el ejemplo de París, las demás ciudades establecieron impuestos rigurosos contra la fortuna particular. Lyón, que gozaba fama de ser una ciudad roja, y cuyo Ayuntamiento estaba dominado por los socialistas, proclamó la nacionalización de todos los capitales y Empresas industriales de propiedad privada. Los expropiados organizaron manifestaciones de protesta, pero tuvieron que resignarse, sobre todo al ver que muchos de los suyos eran maltratados por el pueblo o encarcelados por las autoridades.
En todas partes se trabajaba febrilmente. Azotados por los ataques de los zootauros, dominados por un pánico cada vez mayor, millones y millones de franceses se apresuraban a esconderse bajo tierra. París era el alma de esta grandiosa empresa, sin igual en la historia de la Humanidad, el centro de donde salían las indicaciones, las normas y los proyectos. La Comisión subterránea, presidida por Cresby Harrison, enviaba a todas partes delegados para la dirección de los trabajos.
Estos delegados eran a veces acogidos, sobre todo al principio, con manifestaciones de hostilidad.
—Estamos ya hartos de la hegemonía de Paris murmuraban los provincianos—. Por fortuna ahora vamos a poder prescindir de vuestra tutela.
En algunas ciudades, especialmente en Burdeos, Tolosa, Montpellier y Tarascón, se pusieron de manifiesto tendencias separatistas. Los fogosos meridionales, que nunca habían cesado de sentir hacia el Norte una cierta hostilidad, creyeron llegado el momento propicio para proclamar la completa autonomía del Sur.
La multitud, agitada, llenaba las calles, y no cesaba en sus gritos de "¡Abajo el Norte!", "¡Viva la autonomía del Sur!" En Burdeos se organizó una poderosa "Unión para la lucha por la autonomía", cuya actividad no consiguió dar resultados apreciables, porque hubo de consumir todas sus energías en la lucha con una "Unión" análoga fundada en Tolosa.
El foco principal de la intransigencia fué Tarascón. No quiso deponer las armas ante el Norte; es decir, ante París, e ir a Canosa, como hicieron otras ciudades.
—¡Lucharemos hasta derramar la última gota de sangre, pero no nos someteremos!—juraban solemnemente los valientes tarasconeses—. Las ciudades subterráneas no nos hacen ninguna falta.
El Pequeño Tarasconés, periódico local, cambió de nombre y se llamó El Tarasconés Intransigente. Sus campañas ponían el patriotismo de los ciudadanos de Tarascón al rojo vivo. Cada uno de sus artículos era un reto y una amenaza dirigidos contra el Norte. Pero el Norte, o, mejor dicho, París, pues éste era, en verdad, el blanco de las iras de Tarascón, acogía con una indiferencia perfecta estos rayos y centellas. Irritados por estas muestras de desprecio, los valientes tarasconeses estaban fuera de sí: se colocaban en actitudes más belicosas, lanzaban hacia el Norte miradas fulminantes, y juraban, con más energía que nunca, morir por la libertad, si no del Mediodía entero, por lo menos de Tarascón.
La pequeña ciudad iba tomando el aire de un campamento militar. Los tarasconeses paseaban por las calles armados hasta los dientes. Sentados en tabernas, ante mesas manchadas con buen vino de la tierra, ponían en fuga las legiones de enemigos imaginarios. Junto a las entradas de la ciudad fueron emplazados varios cañones anacrónicos que habian servido en la guerra de 1914-1918. Fué proclamada la movilización general, y la población entera respondió con entusiasmo al llamamiento a las armas. Llegó a formarse un batallón femenino. El capitán aviador Lemourier, que desde hacía tiempo figuraba en la reserva, al decir de sus compatriotas, por intrigas de la gente del Norte, y al cual bautizaron con el nombre de León del Aire, organizó una escuadra aérea con dos aviones de tipo anticuado. En todas las plazas se celebraban sin cesar maniobras y ejercicios militares.
Pero el enemigo no aparecía por ninguna parte.
—¡No es extraño!—decían los tarasconeses—.Estos señores del Norte son menos tontos de lo que parece. Saben perfectamente lo que les espera, y prefieren quedarse en casa.
—Quizás no se hayan enterado siquiera de lo que aquí ocurre—se aventuraban a decir algunos, con aire de duda.
—¡Nada de eso, hombre!—replicaban otros—.
El Norte tiene los ojos fijos en nosotros. Además, leen nuestro periódico.
—¡O no lo leen! Tienen ya bastantes periódicos suyos...
Para mayor seguridad, El Tarasconés Intransigente fué mandado desde entonces, bajo sobre, a Stephen, a los demás miembros del Gobierno, a los diputados más conocidos y a las Redacciones de los periódicos.
Los dias pasaban. Tarascón estaba desde hacía tiempo preparado para la resistencia; pero las gentes del Norte no aparecían. Temían acercarse al "nido de águilas"; por lo menos, así lo decía El Tarasconés Intransigente. Finalmente, el periódico, haciéndose eco fiel de los sentimientos de la población, publicó un artículo de fondo lleno de sarcasmos contra París y sus habitantes, a los cuales calificaba de "cobardes y miserables". Ya nadie esperaba su ataque. Llegó a hablarse de desmovilización.
—¡Es inútil! ¡No vienen!—decía la gente.
Era un error. Los hombres del Norte venían. Por lo menos, un día, Lemourier, el jefe de la escuadra aérea de Tarascón, recibió de un amigo un telegrama que, sin ser demasiado claro, causó en la ciudad una extraordinaria emoción. El telegrama decía:
"Los del Norte terminaron con Lyón; van a Tarascón. Tomad medidas."
Pasaron horas y horas de ansiedad febril. Desde la mañana hasta por la noche tuvieron lugar repetidos ensayos generales de la batalla. Se pasaban en revista los fuertes, se limpiaban las armas, se colocaban centinelas en todos los puntos estratégicos. El Estado Mayor pasó en vela la noche entera elaborando el plan de campaña.
Los tarasconeses estaban prontos.
Al día siguiente, por la mañana, se presentaron, en efecto, los del Norte.
Su aparición dejó a los tarasconeses atónitos, boquiabiertos. Pasado el primer momento de estupefacción, dieron rienda suelta a su cólera, desgranando hasta el infinito los juramentos y maldiciones: en lugar de las legiones esperadas, llegaban tan sólo del Norte dos emisarios de la Comisión subterránea de París.
La acogida que se les hizo fué glacial. Pero los emisarios del Norte, lejos de mostrarse desconcertados, presentaron sus credenciales y declararon ser portadores de instrucciones especiales para la ejecución de los trabajos subterráneos.
El alcalde de Tarascón replicó dignamente, en nombre de la ciudad, que los tarasconeses no tenían necesidad ninguna de las indicaciones de París.
—Tengan la bondad de decir a su Gobierno—dijo, apoyando sobre el su—que Tarascón se separa de Francia y se convierte en república autónoma. Si su Gobierno quiere entrar en relaciones diplomáticas con el nuestro, estamos a su disposición.
Detrás del alcalde se encontraban varios tarasconeses armados hasta los dientes, cuyo belicoso aspecto indicaba claramente que estaban dispuestos a verter la última gota de sangre en defensa de los derechos de Tarascón autónoma.
Los emisarios trataron de hacerles comprender que su posición no era razonable y que el separatismo ofrecía gravísimos peligros. Pero el alcalde, con más dignidad que nunca, puso punto final a la conversación.
—¡Señores!—dijo—. Tan sólo estamos dispuestos a negociar con los delegados del Gobierno francés designados especialmente al efecto. De modo que hasta la vista. Si quieren ustedes marcharse hoy mismo, no han de encontrar obstáculos de ninguna clase.
Y, con la cabeza erguida, se retiró, seguido de su escolta de honor, que enarbolaba las armas en actitud poco tranquilizadora.
Los emisarios se encogieron de hombros y se miraron uno a otro sin saber qué hacer.
—Espero que, por lo menos, nos den de comer y nos dejen dormir un poco—dijo uno de ellos.
—Por mi parte, empiezo a dudarlo—repuso el otro.
Y no se equivocaba. Por todas partes se les hacia el boicot, silenciosa, pero obstinadamente. Los hoteles estaban, al parecer, atestados; los restaurantes se habían convertido en clubs particulares, que sólo permitían la entrada a los socios; en las tiendas de comestibles no se encontraba ni por milagro un pedazo de queso o de salchichón siquiera, y los panaderos tenían el aire de gentes que del pan no conocían ni el nombre.
Los pobres emisarios no tuvieron más remedio que batirse en retirada, perseguidos por las miradas hostiles de los tarasconeses.
En Tarascón se respiraba un aire de triunfo.
—La misma acogida está reservada a cuantos se atrevan a atentar contra nuestros sagrados derechos!—dijo el alcalde, con el tono de un hombre que acaba de conseguir una gran victoria.
Al ser conocido el incidente en París, dió lugar a jocosos comentarios.
—Esos buenos tarasconeses van a resultar más peligrosos que los mismos zootauros—dijo Stephen—. Acabarán por declararnos la guerra en toda regla.
El ministro del Interior propuso enviar a Tarascón un destacamento militar, que hiciera entrar a los tarasconeses en razón; pero la proposición no fué aceptada.
—¡Que se diviertan con su autonomía!—dijo Stephen—. Bastante tenemos que hacer sin ellos.
Y se acordó dejar en paz a los tarasconeses. En vano esperaron éstos la llegada de los plenipotenciarios del Gobierno francés. En vano afirmaba todos los días El Tarasconés Intransigente que los delegados serían recibidos con todos los honores. París no se preocupaba de Tarascón: parecía ignorar su existencia.
—Los del Norte preparan contra nosotros un golpe diabólico—repetian sin cesar los tarasconeses.
Pero los del Norte permanecían silenciosos, y este silencio producía más espanto que todos los planes diabólicos.
Mientras tanto, los zootauros continuaban visitando la ciudad y haciendo en ella verdaderos estragos. No era posible permanecer en la pasividad. Los más pusilánimes empezaron a hablar, con timidez primero, de la necesidad de entrar en relaciones, ya que no con París, por lo menos con Lyón y otras ciudades vecinas. Poco a poco iban cobrando bríos, y expresaban esta opinión con más firmeza. Pero eran estigmatizados por la mayoría como traidores a la sagrada causa de la independencia tarasconense. Las autoridades se mantenían inflexibles y declinaban toda transacción.
—¡Antes morir bajo los escombros que ir a Canosa!—decían los más intransigentes.
Finalmente, una parte de los habitantes se decidió a abandonar la ciudad, y se dirigió hacia Marsella, Lyón o Tolosa, desafiando las iras y el desprecio de sus conciudadanos.
El número de estos fugitivos era mayor cada día. La ciudad quedaba desierta. Muchas casas y tiendas cerraban sus puertas. El número de lectores de El Tarasconés Intransigente era cada día menor. Los últimos mohicanos iban de una parte a otra, tristes y abatidos, pero decididos siempre a vencer o a morir.
Cuando quedaban tan sólo trescientos hombres, el jefe de la escuadra aérea, Lemourier, con el alcalde y otros representantes de la Autoridad, fijaron en la plaza Central una enorme lápida de mármol, y en ella grabaron la inscripción siguiente:
"Anuncie al Mundo el que pasare que aquí murieron los trescientos fieles a la causa de la independencia de Tarascón."
IV
A fin de que la Francia subterránea no quedara reducida a una serie de grandes centros aislados unos de otros, fué necesario construir centenares de ciudades y millares de pueblos subterráneos, unidos unos a otros por túneles bastante anchos y altos para permitir la circulación de trenes y aerobuses.
De Marsella al Havre y de la frontera alemana a las costas de la Mancha, se trabajaba con energía incansable. Centenares y millares de hormigueros humanos construían sus moradas bajo tierra. Continuamente llegaban a París noticias sobre la marcha de los trabajos, que eran comentadas con tanto interés como si se tratara de comunicados de guerra.
Mientras quedó en la superficie una parte de la población de París, fué posible mantener con las provincias relaciones más o menos regulares. Pero a partir del día que París subterráneo hubo engullido la población toda del otro París, la ciudad se encontró casi completamente incomunicada con el resto de Francia. La cabeza del pais quedó como separada del tronco. Graves, decisivos acontecimientos hubieran podido ocurrir en provincias, sin que la capital pudiese intervenir ni, en muchos casos, enterarse de ellos siquiera.
—¡De este modo, todos los Ruan, Lilla, Burdeos, etcétera, van a proclamar la independencia, como Tarascón!—dijo Stephen, mitad en broma, mitad en serio.
—Y entonces, ¡adiós Francia!—replicó Harrison en el mismo tono—. Hay que tomar medidas. Hay que establecer un contacto contínuo con la estación radiotelegráfica de la superficie. Es cierto que los zootauros la han destruído casi por completo, pero el mal es reparable.
Se hizo un llamamiento, al que respondieron el mismo día centenares de voluntarios, la mayor parte alumnos de las escuelas técnicas superiores.
La estación radiotelegráfica fué reparada, y en ella se instaló un servicio de noche y de día. Dos veces por día, mañana y tarde, se hacía el relevo.
Permanecer en la torre durante la noche, escuchando encima el ruido de los zootauros y debajo el estrépito de las casas que se derrumbaban, nada tenia de agradable. Los que aceptaron esta misión eran como centinelas aislados en las avanzadas de más peligro, casi en contacto directo con el enemigo.
No tardó uno de los equipos en sucumbir casi enteramente a un ataque de los zootauros, que dejó, además, destruída casi por completo la estación radiotelegráfica. Se hizo un nuevo llamamiento, se reparó otra vez la estación, y así, a costa de rudos sacrificios, se conseguía mantener las comunicaciones con el resto del país. Claro está que estas relaciones dejaban mucho que desear; tanto más, cuanto que en muchos sitios las estaciones habían sido también destruidas o funcionaban imperfectamente. Pero, sea como fuere, se mantenía el contacto con el resto del Mundo. El diario París Subterráneo y los demás órganos de la Prensa conservaban las secciones tradicionales "Noticias de todo el mundo", "En Francia y en el Extranjero", "Crónica mundial", etcétera.
Como es de suponer, estas secciones iban siendo cada vez más escuálidas. Los pocos radiogramas que se recibían eran muy a menudo ininteligibles. Muchas de las noticias publicadas adquirían así un carácter absurdo.
Un día, por la mañana, por ejemplo, apareció en las columnas de París Subterráneo un despacho anunciando que la China acababa de declarar la guerra a los Estados Unidos de América. Un considerable ejército chino se había apoderado en Washington de la Casa Blanca y demás edificios del Gobierno, y la situación era en extremo grave. La raza amarilla parecía, según el periódico, decidida a aplastar a la raza blanca.
Este radio causó una emoción vivísima, y ante la Redacción de París Subterráneo se aglomeró una compacta multitud, ávida de conocer detalles sobre el conflicto chinoamericano. Los comentarios que se hacían eran animadísimos.
—¡Estos chinos van a devastarlo todo! ¡Son capaces de llegar hasta Francia!
—Ahora, bajo tierra, nada tenemos que temer.
—Sí; pero es de esperar que algún día volvamos a salir, y entonces...
A los amigos de noticias sensacionales les estaba, sin embargo, reservada una gran decepción. En vista de que los despachos siguientes no decían una palabra sobre el conflicto chinoamericano, el Comité de Defensa pidió noticias complementarias al Gobierno de Washington. Al poco tiempo recibió un radiograma de contestación diciendo: "Después de vencer enormes dificultades, una Misión china ha conseguido llegar a Washington, y ha sido recibida en la Casa Blanca." A esto quedaba reducido el grave conflicto entre las dos razas.
Algunos días más tarde se recibió de Petersburgo un radio concebido en los siguientes términos: "Tres zootauros... Comisión especial... negociaciones... experimentos satisfactorios..." Estas frases truncadas bastaron para excitar la fantasía desbordante de los redactores de París Subterráneo. "Nos llega de Petersburgo—decía el periódico en sus comentarios—una noticia extraordinariamente interesante. Por lo que se desprende del radio en cuestión, los rusos han conseguido, por mediación de una Comisión especial compuesta de las más altas autoridades de la Ciencia, entablar negociaciones regulares con los zootauros. Según parece, el curso de estas negociaciones es en extremo favorable, puesto que el despacho habla de experimentos satisfactorios. Sin comprometer nuestra responsabilidad, nos permitimos expresar la convicción de que esta noticia está basada sobre un hecho real y de que, en efecto, se ha llegado a establecer el contacto con los zootauros. Tantas son las pruebas que la raza eslava tiene dadas de su genio extraordinario, que en nada nos extrañaría que de las frías estepas de Rusia hubiese salido la solución del trágico problema planteado a la Humanidad. Queremos creer que, una vez más, serán confirmadas las proféticas palabras Ex Oriente lux!"
Durante una semana entera no se habló más que de Rusia y del genio eslavo. La multitud daba con cualquier pretexto gritos entusiastas de "¡Viva Rusia!"
A fin de satisfacer la curiosidad popular, los periódicos rivalizaban entre sí, y daban todos notícias a cual más absurda. La Era Nueva, por ejemplo, afirmaba que, en vista del acuerdo concluído con los zootauros, se habían suspendido en Rusia los trabajos subterráneos, y las gentes continuaban haciendo vida normal en la superficie. El pueblo daba crédito a todas las fantasías. Frente al palacio de las instituciones de gobierno se aglomeró una muchedumbre de millares de personas reclamando el envío inmediato de una delegación a Petersburgo.
La misma noche fué detenida toda la Redacción de La Era Nueva y suspendido el periódico. En las esquinas fué fijado un bando del Gobierno declarando categóricamente que la noticia era una invención desprovista de todo fundamento.
Entonces en el estado de espíritu de la multitud se operó un cambio brusco. Un grupo de manifestantes asaltó la Redacción del periódico, destrozándolo todo y maltratando a un infeliz redactor, que por azar se encontraba en la casa, y al portero.
Los periódicos adoptaron una actitud más prudente. Se contentaban con reproducir los radiogramas que iban llegando, cada vez más confusos y fragmentarios, acompañándolos de tímidos comentarios. La sección de informaciones del Extranjero se hizo cada vez más reducida, hasta llegar a desaparecer por completo. Durante algún tiempo siguieron apareciendo, para ilustración de los lectores, artículos sobre "Las nuevas tendencias de la política inglesa", sobre "El imperialismo nipón", sobre "El peligro amarillo" o "La lucha de los partidos en Italia"; pero los autores se sentían hasta tal punto avergonzados al escribirlos, que no tardaron en deponer las armas.
La crónica nacional dejaba también mucho que desear. No se recibían apenas informaciones de provincias. La sección dedicada a "La Francia subterránea", que figuraba en todos los periódicos, estaba más llena de suposiciones que de hechos reales. En el periódico humorístico El Zootauro aparecían unos cuantos chistes y ocurrencias de actualidad. "Los pescadores de Ruan—escribía en uno de los números—han inventado una caña especial para la pesca de los zootauros. En el curso de la última semana fueron pescados nada menos que 9999 de estos monstruos, cuya carne, sabrosa en extremo, satisfizo el gusto de los paladares más delicados. Recomendamos a los parisinos que no piquen en el anzuelo inventado por los ruaneses." En otro número de El Zootauro se describía la lucha heroica de la aldea bretona de Palambek contra los zootauros y la derrota, con grandes pérdidas, sufrida por éstos. La semana siguiente relataba la cruzada formidable de los tarasconeses contra París y la emoción de Francia entera ante el paso de sus ejércitos.
Las gentes reían de buena gana al leer estas ocurrencias; pero con más gusto hubiesen leído todavía una información cierta y seria sobre los hechos. Era grandísimo el deseo de saber lo que pasaba en provincias y en el resto del Mundo. ¿Quizás en América se había inventado ya un remedio efectivo contra el gran peligro? ¿O acaso eran los alemanes quienes habían inventado un arma eficaz contra los zootauros? Los rusos, en fin, ¿no habrían encontrado tal vez un medio de salvación? ¡De esos eslavos podía esperarse todo!
Pero ni los americanos, ni los alemanes, ni los rusos daban señales de vida. Según los radiogramas, truncados y confusos, recibidos de Europa y de otras partes del Mundo, cabía suponer que en todas partes se estaba trabajando febrilmente en la construción de los refugios subterráneos. La Humanidad entera buscaba asilo en las entrañas de la Tierra, se cubría de un espeso caparazón, y se separaba del cielo, del sol y del azul infinito. Según la expresión del periódico humorístico El Zootauro, el nivel de cultura de la Humanidad había bajado de un solo golpe varios centenares de metros.
V
Aun cuando París subterráneo era bastante grande para dar cabida a todos los parisinos, los trabajos de excavación continuaban. Una parte del ejército del trabajo fué desmovilizada; pero fueron mantenidos en servicio más de cien mil obreros: era necesario abrir túneles hasta las ciudades y pueblos vecinos, tender vías férreas y establecer las comunicaciones telegráficas y telefónicas.
Simultáneamente proseguían los trabajos en dirección de Versalles, Fontainebleau, Blois, Meaux y Chartres.
La primera ciudad que los parisinos llegaron a alcanzar subterráneamente fué Versalles.
El hecho ocurrió hacia mediodía del 27 de agosto. Los obreros que se encontraban junto a las máquinas excavadoras percibieron de pronto un ruido extraño a través del muro de tierra levantado ante ellos.
—¡Son voces humanas!—exclamaron, después de haber prestado atención un momento.
—¡Los versalleses! ¡Son los versalleses!
Esta noticia corrió por todo Paris subterráneo con la rapidez de un rayo. Millares de gentes quisieron ir inmediatamente a Versalles.
—¡Vamos a Versalles! ¡El camino está libre! Junto a los tranvías y aerobuses se libraron enconados combates. Pronto no hubo modo de encontrar en ellos un solo sitio, y muchos fueron los que se decidieron a recorrer a pie el camino que separa París de Versalles.
Antes de que la mayor parte de los curiosos pudiera llegar al lugar del suceso, el muro de tierra que separaba Paris de Versalles quedó atravesado, y millares de versalleses se precipitaron por el boquete abierto. La acogida que se les dispensó fué entusiasta. Se cambiaban saludos, felicitaciones y apretones de manos. Las mujeres se abrazaban y lloraban de júbilo, como si, enterradas vivas, hubiesen salido de pronto a la luz del día.
Los versalleses declararon que ellos, por su parte, habían establecido comunicación subterránea por el Sur hasta Chartres, y por el Norte, hasta Beauvais.
—¡Bravo! exclamaron los parisinos—. Ya podemos pasearnos bajo tierra por cuatro departamentos distintos.
—Pronto será posible ir al Havre, a Marsella, a Nancy, a todas partes, sin salir a la superficie.
Por la noche, en el palacio de las instituciones de gobierno, tuvo lugar una recepción solemne en honor de los representantes de la población de Versalles.
Stephen, radiante de júbilo, les dirigió algunas palabras de bienvenida.
—Amigos—dijo, con voz emocionada y la copa en la mano—: sois los primeros hermanos de las provincias francesas que tenemos el placer de saludar en nuestro refugio subterráneo. Aquí, en las entrañas de la Tierra, que no habían visto jamás un hombre, os tendemos fraternalmente las manos, y os invitamos al trabajo común, a la lucha conjunta contra las fuerzas hostiles. Hoy hemos logrado, gracias a una ruda labor, abrirnos paso hasta vosotros. Mañana llegaremos á establecerlo con otros de nuestros hermanos. En toda Francia se trabaja con fiebre. Por todas partes los hombres hurgan en la tierra como topos, y se acerca el día en que Francia, nuestra gran Francia, será bajo tierra, como lo había sido siempre en lo alto, una e indivisible en la noble misión de mantener su civilización milenaria. Tengo el convencimiento de que muy pronto podremos recorrer bajo tierra la totalidad del país, como antes de la venida de los zootauros. Más tarde podremos establecer también relaciones subterráneas con otros países. Es cierto que esto exigirá esfuerzos largos y penosos; pero cuanto mayores sean estos esfuerzos, más gloriosa será la victoria, más radiante el triunfo del genio humano.
Y levantando en alto su copa, añadió con tono solemne:
—¡Ciudadanos! ¡Bebo a la salud de nuestra gran Francia, grande sobre la Tierra y bajo tierra! ¡Bebo en honor de nuestra civilización milenaria, que desprecia a todos los zootauros! ¡Bebo a la salud de París y de Versalles y de todas las ciudades y aldeas de nuestra patria!
Cuando hubieron cesado los aplausos, se levantó el alcalde de Versalles y popular diputado, Etienne Perier, anciano con cara de patriarca, orlada de una espesa cabellera blanca.
—¡Señor presidente! ¡Ciudadanos de París! Es posible que alguna vez nosotros, en provincias, nos hayamos sentido descontentos de París. Nos hemos quejado de la arrogancia de la capital, de su espíritu, excesivamente autoritario, y de otros crímenes análogos. Pero siempre ha sido, es todavía y seguirá siendo el cerebro de Francia. De aquí parten todos los grandes proyectos, todas las bellas iniciativas. Una vez más, durante las horas trágicas que acabamos de atravesar, París ha sabido señalar al Mundo el camino de salvación. ¡Bebo en honor de París, siempre grande, siempre joven y atrevido! ¡Que París siga siendo bajo tierra, como lo fué siempre, la antorcha inextinguible que ilumine el camino de Francia y del Mundo entero!
La fiesta se prolongó hasta horas avanzadas de la noche. Los cafés y tabernas estaban llenos de parisinos y versalleses. Con tanta largueza cumplieron los primeros los deberes de la hospitalidad, que unos y otros llegaron, en buena parte, a la noche sin estar muy seguros de sus pasos ni poder expresar con facilidad sus pensamientos.
—Ya ves, amigo; ya estás en nuestro París subterráneo le decía un parisino a un versallés, pasándole una mano por el cuello, mientras con la otra no cesaba de gesticular con gran energía—. Antes vivíamos un poco más arriba, y de golpe nos hemos hundido... Como en un agujero... ¡Mira esas casas!... ¡Palacios, verdaderos palacios!... Y almacenes, y fábricas, y tranvías, y todo. Hay de todo. Pero falta algo, falta algo que llegue al corazón. ¿Y sabes lo que es esto? Es el Sol. No tenemos Sol... Es decir, si, tenemos uno. Un sol artificial... Míralo....
Y levantando de pronto el puño cerrado contra el sol artificial que alumbraba la ciudad con su luz regular, empezó a gritar, lleno de cólera:
—¡Basta, basta, monstruo con cara de tortilla! ¡Que lo apaguen! ¡Que lo apaguen en seguida! ¡No quiero ver más a ese cochino sol!
Y continuó así algún tiempo, balbuceando imprecaciones contra el sol artificial, mientras éste continuaba derramando su luz fría sobre las calles uniformes de París subterráneo y sus masas grises de piedra. De las casas mismas parecía desprenderse, como surgiendo misteriosamente de entre las piedras, una pesadez insoportable. Se diría que ellas sentían también la nostalgia del Sol, de su risa y de sus juegos.
VI
Hacia fin de octubre, el Paris subterráneo estaba ya unido por anchos y altos túneles a los puntos más lejanos de Francia. Eran estos túneles como tentáculos que la capital extendía hacia todas las provincias para imponer en ellas su autoridad, y que poco a poco iban llegando a todas partes. A través de las ciudades, pueblos y aldeas, alcanzaban las fronteras y se prolongaban hasta el mar. Por ellos llegaban, como por canales, los decretos, las instrucciones, las órdenes. París parecía querer recobrar el tiempo perdido mientras no pudo ejercer su autoridad sobre el resto de Francia.
Y las provincias, como caballos que durante algún tiempo habían corrido libres, pero que sienten de nuevo la brida tirante en manos de un buen jinete, hubieron de someterse. De nuevo reconocieron la autoridad de Paris. Y algunas ciudades, especialmente del Mediodía y de Bretaña, que, en sus sueños de independencia, habían manifestado un cierto espíritu de rebeldía, recibieron de París, por los tubos tentaculares, tales amonestaciones, que inmediatamente volvieron a un estado de docilidad perfecta.
París volvía a desempeñar su papel tradicional. La gigantesca máquina administrativa, paralizada durante algún tiempo, volvió a funcionar de nuevo con redoblada energía, extendiendo su influencia a los cuatro puntos cardinales, interviniendo en los asuntos locales y haciendo sentir en todas partes su influencia. Muchos de los antiguos funcionarios del Estado en provincias fueron reemplazados por otros mandados de París.
Rápidamente adelantaba en los túneles la construcción de vías férreas, por las cuales circulaban ya los giróscopos. Decenas de millares de kilómetros de alambre telegráfico, formando como un sistema nervioso extremadamente sensible, del cual París era el centro, se extendían por todo el país. Entre París y El Havre, Lyón, Marsella, Lilla, Brest y otras grandes capitales circulaban regularmente líneas de aerobuses. Bajo las bóvedas de piedra de las ciudades y pueblos volaban millares de aeromotores liliput. El canal de parís se iba prolongando hasta unirse con los canales de otras ciudades, de suerte que pronto el país entero fué cruzado en todas direcciones por anchas vías de agua, animadas por el tráfico de las embarcaciones eléctricas, canoas y barquichuelas.
—No nos faltan más que acorazados submarinos—decían bromeando las gentes.
Al principio, el tráfico en los giroscopos, los aerobuses y las embarcaciones eléctricas fué tan intenso, que era preciso esperar semanas enteras antes de obtener un sitio. Nunca habían demostrado los franceses un tal apasionamiento por los viajes. Después de los seis meses pasados dentro de los muros de sus ciudades o de sus casas, sentían la necesidad irreprimible de viajar a través de la Francia subterránea para darse cuenta de las maravillas de la nueva instalación.
La afluencia de viajeros obligó a aumentar el número de coches, embarcaciones y aerobuses. El Gobierno se vió obligado a publicar un decreto organizando viajes económicos para obreros a través de Francia.
Casi no quedó habitante de Paris que en el curso de los primeros meses no visitara los centros principales de provincias. Estas correspondían de igual modo. Los habitantes de Lyón, Marsella, Nantes, Grenoble, Tolosa, Burdeos, Limoges y demás ciudades llegaban sin cesar a París, y paseaban por las calles dando muestras de asombro y de entusiasmo. Los parisinos se prestaban encantados al papel de cicerones; ponían para ellos en escena el cielo nocturno con la Luna y las estrellas, y les mostraban orgullosos las maravillas arquitectónicas de la capital.
La atracción de Paris era mayor que nunca, porque más que nunca estaban ahora concentradas en la capital las fuerzas artísticas del país. Tan pronto estuvieron restablecidas las comunicaciones marcharon a París la mayor parte de los artistas de provincias. Además, eran muchas las capitales de provincia que todavía no tenían construído un teatro en la ciudad subterránea.
No tardó en establecerse desde París una red fonoscópica que se extendía a toda la Francia subterránea. Terminada esta red, los habitantes de Bretaña y de la Alta Saboya podían ver y oír sin moverse de sus casas cuanto se representaba en el teatro central de París. Por el fonoscopo eran asimismo transmitidos a todos los rincones de Francia los discursos presidenciales, los sermones pronunciados en Nuestra Señora de Paris por los más célebres oradores sagrados y los cursos de conferencias de reputados profesores.
Paris subterráneo, en mayor grado todavia que el viejo París de la superficie, atraia hacia sí las mejores fuerzas, absorbia la sangre y el jugo de las provincias, devoraba cuanto de espiritual, vigoroso y productivo existía en el país. Despóticamente, imponía al resto de Francia su hegemonía intelectual. París lo era todo, y las provincias casi nada; todo lo más, un apéndice de la capital, un zócalo del monumento que la gran ciudad erigía a su propia gloria.
Varios grandes centros de provincias, viéndose amenazados de muerte espiritual, hacian cuanto podían para defenderse contra el centralismo absorbente y amenazador de París.
Lyón fué la primera ciudad en dar la señal de alarma. No en vano pretendia al título de segunda capital. En la Prensa lionesa aparecian diariamente artículos violentos contra París. "No somos separatistas, ni federalistas, ni anarquistas—decía un articulo del Lyón Subterráneo—. Nunca hemos compartido los estúpidos sueños separatistas de los tarasconeses, y ninguna idea está más lejos de nuestra cabeza que la de rebelarnos contra Francia, nuestra madre común. Lo único que queremos es que se reconozca nuestro derecho a la vida, a una existencia espiritual independiente. Lyón, con sus dos millones y medio de habitantes, es la capital de una vasta provincia, cuyos campos y viñedos habían mantenido—y en cierto modo siguen manteniendo—a la mitad de Francia; merece ciertamente que le sea reconocido este derecho. Mucho habíamos tenido que sufrir en lo alto a causa de la tiranía de París. Al empezar la nueva era de nuestra existencia teníamos el derecho de esperar que las cosas mejoraran. Pero, por desgracia, la situación se ha hecho más insoportable todavía. París salvaguarda celosamente todas sus prerrogativas y parece dispuesto a demostrar que bajo tierra su hegemonía subsiste, recurriendo a todos los medios para mantenerla y reforzarla."
Burdeos empezó también a manifestar su descontento. No podía olvidar que en 1914, al comenzar la guerra europea, fué elevada—aunque sólo por poco tiempo—al rango de capital de Francia. Se diría que la ciudad sentía aún su frente ceñida por aquella corona efímera, que a su juicio le sentaba mucho mejor que a Paris y que en realidad le hacía rodar la cabeza más que el propio vino de Burdeos.
La ciudad se mostraba ahora de mal humor: refunfuñaba, se indignaba. La Prensa lanzaba rayos y centellas contra la dictadura de París, y hacía comprender claramente al Gobierno central que estaba entregado a un juego peligroso. "No debe olvidarse en las cimas del Poder—escribía El Pequeño Bordelés—que, a pesar de nuestra perfecta lealtad, nuestra paciencia puede acabarse. Claro está que no hemos de meternos en aventuras ni pensamos levantarnos en armas como los tarasconeses. Pero contamos, si es preciso, con armas más eficaces que las de fuego: el boycott de Paris y de cuanto de allí venga. Ninguna amenaza puede obligarnos a que nos interesen la Prensa, la literatura y los artistas de París. Y si todas las provincias, o una parte de ellas, declaran una guerra semejante, la capital no habría de salir ganando. Estamos de ello profundamente convencidos."
Lilla, Ruan, Marsella y otras grandes ciudades hacian también tentativas para escapar a la dictadura de París. Por iniciativa de Lyón se decidió convocar un congreso provincial para deliberar sobre la situación.
En espera de la guerra general, las provincias empezaron a practicar una guerra de guerrillas. Lyón construyó un teatro y trató de atraerse a los mejores artistas ofreciéndoles elevados sueldos. Estableció además en el sur de Francia una red fonoscópica que alcanzaba a todas las ciudades del Mediodía. La Prensa lionesa defendía heroicamente los intereses de la ciudad, y mantenía el entusiasmo de los lectores a una temperatura muy elevada. "Hemos de hacer las cosas de tal modo que los parisinos acaben prefiriendo nuestro teatro al suyo —escribía el Lyón Subterráneo, y ¡así será!"
Burdeos, Lilla, Marsella y otras ciudades rivalizaban no tan sólo con París, sino entre sí. Los Municipios construían teatros magníficos, grandiosas catedrales, templos imponentes dedicados a la Ciencia. Todas ellas invitaban a los más célebres artistas, predicadores y profesores. Hasta tal punto de engreimiento llegaron las celebridades de toda especie, que se conducían como personajes de una corte medioeval, y los alcaldes y representantes de las ciudades tenían que hacer a veces horas y horas de antesala para llegar a hablar con un músico o un actor cualquiera.
Algunos artistas mostraron un delirio de grandezas que tomaba a veces caracteres agudos. El célebre tenor Francisco Lagrange, por ejemplo, antes de firmar la contrata para el teatro de Burdeos, puso las condiciones siguientes: 1) Que se le prepare un suntuoso piso en el Ayuntamiento. 2) Que ante el piso monte la guardia constantemente la Guardia municipal. 3) Que el alcalde de Burdeos pase personalmente a recogerle a su casa antes de la representación para conducirle a su casa.
—Como comprenderán ustedes, estas condiciones no las pongo por mi causa—dijo a los notables de Burdeos que fueron a visitarle en comisión y a los cuales ni siquiera les pidió que se sentaran—. Es por el Arte, por el Arte sacrosanto. Sus servidores estamos obligados a mantener el prestigio del Arte ante los profanos.
No tardó el pobre Lagrange en convertirse en una víctima del Arte: fué preciso internarlo en un manicomio.
VII
Desde la primera aparición de los zootauros, o poco menos, los Estados Unidos de Europa no eran otra cosa que un sonido vacío, una fórmula desprovista de contenido preciso. Los zootauros desmembraron a Europa, reduciendo a la nada la unión que tantos esfuerzos había costado realizar. Las comunicaciones regulares se hicieron imposibles. Cada país quedó abandonado a su propio destino, obligado a luchar por su cuenta y riesgo.
París se esforzaba en estar al corriente de lo que pasaba en otros países; pero los radiogramas que dirigía a Londres, Berlín, Roma, Madrid, Petersburgo, Estocolmo, etc., quedaban la mayor parte sin respuesta.
No quedaba otro recurso que tener paciencia hasta que los trabajos subterráneos hicieran posibles las comunicaciones con el resto de Europa.
Hacia mediados de octubre se recibió en Paris una noticia importante. En la frontera oriental de Francia, cerca de Offenburgo, se había abierto una galería hasta el límite del territorio alemán. Inmediatamente, Stephen, acompañado de varios ministros, remontó el vuelo, y en un aerobús de lujo especialmente preparado al efecto salió para Estrasburgo a saludar en persona a los alemanes.
Los emisarios fueron acogidos con entusiasmo. La ciudad, a la cual habían llegado numerosos alemanes, estaba decorada con arcos de flores y banderas de ambos países. Allí se supo que los trabajos de la Alemania subterránea estaban adelantadísimos, llegando, por el Este, hasta Polonia, y por el Norte, hasta Dinamarca y el mar del Norte.
Algunos días más tarde se recibieron noticias igualmente satisfactorias de Italia, y después, de Suiza, Bélgica y España.
En Francia, y especialmente en París, el entusiasmo fué desbordante. La noticia de que en otros países las gentes habían buscado también refugio bajo tierra era recibida con júbilo, tanto más cuanto que desde hacía algún tiempo circulaba con persistencia un rumor, cuyos efectos eran en alto grado desmoralizadores: se decía que en el Extranjero se había renunciado a la construcción de ciudades subterráneas y se había recurrido a otros medios en la lucha contra los zootauros. Esto inspiraba negros presentimien tos. Por todas partes se oían quejas:
—Ha sido un error ir con tanta prisa. Es posible que el Mundo entero se quede fuera y que los únicos que nos hayamos enterrado seamos nosotros.
Pero al ver que estos temores eran infundados, millones de franceses lanzaron un suspiro de satisfacción.
—¡Nos hemos enterrado juntos todos, y todos volveremos a resucitar al mismo tiempo!—exclamaban con júbilo.
Y de nuevo los giroscopos, los vaporcillos y autobuses se vieron asaltados por una multitud ávida de las aventuras del viaje. Todo el mundo ardia de impaciencia por hacer un viaje subterráneo al Extranjero y ver cómo se habían instalado los alemanes, los italianos, los españoles, los suizos.
Los franceses del Mediodía se dirigían de preferencia a Suiza, Italia y España.
La Suiza subterránea producía una impresión de desencanto. Privada de sus altas montañas, coronadas de penachos de nieve refulgente, sin sus lagos azules, majestuosamente encalmados, era imposible reconocerla. Las gentes vivían en ella tristes y cabizbajos, como acongojados por la pérdida de algo que no podian volver a encontrar. Con paso lento y arrastrando sobre el fino asfalto sus pesadas botas de montaña, que continuaban llevando por la fuerza de la costumbre, iban las gentes de aquí para allá, apoyados sobre altos bastones y encorvados como si ascendieran las cuestas de una montaña. Los pintorescos chalets, las cabañas de pastor con grandes piedras en la techumbre, habían desaparecido, y en su lugar se alineaban, grises y regulares, hileras infinitas de casas, que parecían impregnadas también de tristeza, de pesadumbre, de nostalgia de las bellezas perdidas.
Las esquilas del ganado resonaban con una melancolía infinita. El mugir de las vacas, el balar de las cabras y de las ovejas, llenaba el aire, y los animales levantaban sin cesar la cabeza hacia un cielo que no existía en busca de los viejos horizontes familiares desaparecidos. Enflaquecidos, con los huesos marcados en la piel, los ganados comían de mala gana la hierba cultivada en los prados subterráneos. Las vacas se frotaban el hocico unas con otras como preguntándose qué se hicieron los viejos y tiernos pastos. Sus miradas eran como preguntas silenciosas dirigidas a las gentes, y a veces se hubiera dicho que en sus ojos asomaban las lágrimas.
Los magníficos hoteles de Interlaken, Montreux, San Maritz, Zermatt y Lucerna, que radiantes a la luz del día parecían como atravesados por los rayos solares, yacían ahora en las alturas reducidos a un montón de escombros. Los hoteles construídos bajo tierra producían, a pesar de su instalación a todo lujo, una penosa impresión. Les faltaba, como a los hombres y a los animales, las blancas cimas de las montañas, los vastos horizontes, el juego de los rayos de sol en las nieves eternas. Desiertos, tristes, como aburridos de su inutilidad, permanecían esperando a los huéspedes. Pero éstos eran cada día más raros. Durante los primeros tiempos, inmediatamente después de haberse restablecido las comunicaciones entre los diversos países de Europa, los extranjeros afluyeron en masa hacia Suiza. Pero pronto esta afluencia cesó, y los que habían llegado a Suiza para pasar allí meses o semanas se marchaban en seguida, empujados por un aburrimiento irresistible.
Los viajeros se hacían cada día más raros, y pronto cesaron casi en absoluto. Los suizos se quedaron solos con su nostalgia del Sol, de los picachos cubiertos de nieve deslumbradora que se confunden con las nubes, de los majestuosos lagos azules poblados de bandadas de gaviotas.
La Italia subterránea tenía asimismo un aspecto triste. Sin sus monumentos del Arte, que parecían envueltos en poéticas leyendas de lejanos tiempos, había perdido lo que constituia la esencia de su espiritu y la razón de ser de su existencia. Roma, sin la basilica de San Pedro, sin el Coliseo, sin los pórticos y majestuosas columnatas, sobre los cuales parecían grabados los capitulos de una historia milenaria, tenía el aire de una ciudad desnuda, desprovista de todas las riquezas y ornamentos. En vano los habitantes se esforzaban en reproducir bajo tierra una parte cuando menos de los monumentos históricos; en vano realizaban sin cesar excavaciones en busca de restos de columnas, bajorrelieves, capiteles y cariátides. Pero con todo ello los arquitectos y arqueólogos no supieron hacer más que parodias, en las cuales parecía dibujarse la mueca irónica de los siglos ante la impotencia creadora de los hombres contemporáneos.
Roma subterránea, sin el Foro, sin las plazas inundadas de sol, sin los grupos pintorescos de los modelos, sin los pintores y turistas llegados de todos los puntos del Mundo, despedía un hálito de muerte, y a pesar de ser su población bastante numerosa, daba la impresión de un desierto. Milán, sin la catedral majestuosa, sin la actividad febril que antes reinara en sus calles, aparecía inundada de tristeza. Venecia, sin sus canales llenos de profunda poesía, ofrecía un cuadro desolador. Florencia, Nápoles, Génova, Turín, con sus avenidas alineadas con rectitud impecable, que en nada recordaban las viejas y estrechas callejuelas, en cuya atmósfera habían nacido tantas y tantas leyendas románticas, ofrecían bajo tierra el aspecto de miseros descendientes de orgullosos y arruinados aristócratas.
No se oÍan ya en la Italia subterránea las risas y las canciones que durante tantos siglos resonaron como cascadas en sus pueblos y ciudades bajo el cielo azul. Privados del Sol, los italianos vivian abatidos, buscaban en vano con los ojos el mar, su mar querido, lleno de sonrisas encantadoras, fuente inagotable de vida, de risa y de alegria. ¿Cómo estaría ahora el mar? ¿Azul y tranquilo, meciéndose bajo el Sol acariciador? ¿Furioso y encrespado bajo los azotes del viento? Nadie podía saberlo, nadie podía imaginar lo que sucedía sobre las bóvedas aplastantes.
Las gentes lanzaban suspiros de descorazonamiento. Sentían la nostalgia, no sólo del Sol, sino del viento, de las tempestades, de la intemperie; no sólo de las sonrisas, sino de los desmanes y arrebatos de la Naturaleza.
Tan pronto fué posible comunicar con España, los franceses se precipitaron hacia San Sebastián. Una amarga decepción les aguardaba. La ciudad que habían conocido radiante de belleza, reflejándose coquetamente en el mar, con sus blancos palacios, hoteles y casinos, con la playa y los paseos bullendo de animación, ofrecía ahora un aspecto de infinita tristeza, que inundaba también el corazón de los visitantes.
—¡No nos hemos equivocado? ¿Estamos en San Sebastián?—preguntaban a las gentes del país.
—Sí, sí; es San Sebastián—contestaban éstos apesadumbrados—. Nosotros tampoco lo reconocemos.
Con los ferrocarriles subterráneos, que ponían ya a San Sebastián en comunicación con el resto del país, los franceses llegaron hasta Madrid. También la capital de España estaba desfigurada. La célebre plaza que lleva el nombre orgulloso de Puerta del Sol, sobre la cual brillaba ahora el sol artificial, producía una impresión desoladora. El ruido ensordecedor de risas y voces que era antes una de las características del lugar, se había apagado por completo. Idéntico efecto de desolación causaban las pequeñas ciudades de los alrededores de Madrid, que antes habían sido lugares de peregrinación preferidos por los turistas del Mundo entero: el gigantesco monasterio del Escorial, envuelto todavía en la atmósfera de la época de Felipe II; Toledo, con su catedral milenaria, orgullo de España entera; Aranjuez, con sus jardines de legendaria belleza.
—¿Y Sevilla? ¿Y Granada? ¿Y la Alhambra? ¿Y Córdoba con su mezquita?—preguntaban los franceses.
Los españoles contestaban con gestos de desesperación.
En honor de los visitantes se organizó en Madrid una corrida de toros.
La plaza, enorme, capaz para 15.000 personas, estaba llena hasta el punto de parecer adoquinada con cabezas humanas. Pero la muchedumbre no parecía ser el mismo público dominado por el frenesí del entusiasmo que en el otro Madrid, el de lo alto, llenaba la Plaza de Toros. No se oían las risas, los denuestos, los clamores entusiastas de antaño; no se veían rostros excitados ni ojos llameantes. La gente miraba al redondel con aburrida indiferencia, y los toros, sin el estímulo del sol, sin el nervio que sólo dan los pastos andaluces, carecían por completo de bravura y de poder. Era en vano que los picadores trataran de castigarlos; en vano también el empleo de banderillas de fuego: los toros seguían mostrando la mansedumbre de bueyes de carreta y recibian con indolencia las estocadas de los matadores.
Cuando en el banquete con que fueron obsequiados los visitantes el célebre escritor francés Robert Laval brindó a la prosperidad de España subterránea, muchos de los presentes no pudieron reprimir un suspiro de desconsuelo.
VIII
—Pero, ¿y en Inglaterra? ¿Qué sucede en Inglaterra? se preguntaban franceses, alemanes, italianos y españoles.
Hacía tiempo, en efecto, que no se había recibido noticia alguna de los ingleses, como si la Gran Bretaña entera hubiese sido tragada por el mar. En la costa norte de Francia los trabajos fueron suspendidos a un kilómetro de distancia del mar, poco más o menos. Se temía que el agua entrara en el túnel abierto, causando estragos incalculables. De este modo, Inglaterra había quedado aislada del Continente.
El Consejo Federal de los Estados Unidos de Europa, reunido en París, bajo la presidencia de Stephen, hacia la mitad del mes de noviembre, con asistencia de representantes de casi todos los Estados europeos, se ocupó detenidamente del caso de Inglaterra.
—Será necesario organizar una expedición para ir a descubrirla, como un tiempo se hizo con América y el polo Norte—decían algunos delegados.
La empresa no tenía nada de fácil. Es cierto que no faltaban voluntarios para tomar parte en ella. Al contrario, se presentaron muchos más de los necesarios, y fué preciso rechazar un gran número de ofertas. La dificultad estribaba en la manera de alcanzar la costa de Inglaterra.
En El Havre, Brest, Calais y Boulogne había numerosos submarinos, entre ellos algunos acorazados de gran porte. Podían ser utilizados para atravesar el canal casi sin riesgo alguno; pero para llegar junto a ellos era preciso salir a la superficie e ir hasta la costa.
El sitio escogido como punto de salida para la expedición fué Boulogne.
Harrison se ofreció para dirigirla.
Dos días más tarde, acompañado de quince voluntarios, salió de Boulogne subterránea a la superficie.
Lo que fué Boulogne ofrecía ahora a los expedicionarios un cuadro desolador. Ni se veían por doquier más que ruinas, cubiertas de hierbas salvajes en muchas partes. En otras partes, sin embargo, los escombros humeaban todavía, signo evidente de que los estragos eran de fecha muy reciente.
Con un movimiento espontáneo, Harrison y sus compañeros se descubrieron, como ante la tumba de un muerto querido, y permanecieron durante un minuto ensimismados en hondas reflexiones. Después emprendieron el camino entre un silencio impresionante.
En una de las plazas descubieron a un hombre que se escondía entre las ruinas. Era un viejo con una larga barba blanca y vestido de harapos miserables. Al ver que un grupo de gentes se le acercaba se dió a la fuga precipitadamente.
—¡Alto!—gritó Harrison—. No se marche, abuelo, que no vamos a hacerle daño alguno.
Pero el fugitivo continuó su carrera y no tardó en desaparecer.
—Debe ser uno de esos maniáticos que prefirieron quedarse en lo alto—dijo uno de los miembros de la expedición, antiguo marinero de la escuadra de Boulogne—. Por aquí hubo como una docena que no quisieron bajar de ningún modo. La mayor parte deben haber muerto ya.
Media hora más tarde la expedición llegaba al puerto.
Estaba destruído casi por completo: muelles, depósitos, faros y estaciones de señales. La mayor parte de los buques y barcas fueron desamarrados y se hundieron en alta mar. Otros quedaron destrozados al chocar contra los muelles y las rocas, y sus despojos flotaban cerca de la costa, entre las algas y las medusas. Tan sólo algunos buques continuaban amarrados por cadenas enmohecidas, pero sus máquinas se habian llenado de agua y no podía pensarse en utilizarlos.
Por fin, después de largas exploraciones, la expedición consiguió descubrir un submarino, relativamente indemne.
—¿Cuánto tiempo hará falta para su reparación?—preguntó Harrison al mecánico principal.
—Por lo menos hasta la noche—respondió éste—. El manómetro y el periscopio están totalmente destrozados, y algunos acumuladores y cisternas exigen también reparaciones de importancia.
—¿De modo que tendremos que pasar la noche en Boulogne, expuestos a los ataques de los zootauros?
—O emprender el viaje submarino esta misma noche.
—El riesgo sería el mismo. La fuerza visual de los zootauros es diabólica, y pueden alcanzarnos bajo el agua con la misma facilidad que en la superficie—dijo Harrison.
—Pero también pueden descubrirnos bajo el agua durante el día —repuso el mecánico.
—Sí. Pero de todos modos la travesía nocturna es más peligrosa—dijo, interviniendo en la conversación, el marino de la escuadra de Boulogne—. Casi todos nuestros submarinos se perdieron de noche, y, en cambio, los que hacían la travesía de día salían las más de las veces indemnes.
Después de una corta deliberación se decidió pasar la noche en Boulogne y partir al día siguiente en submarino hacia Southampton.
Durante el día los miembros de la expedición, incluso Harrison, se ocuparon de reparar el submarino. Por la noche estaba todo listo.
Llegó la hora de buscar un refugio donde pasar la noche.
Se decidió que la expedición se dividiera en pequeños grupos de dos o tres hombres cada uno.
De este modo—hizo observar Harrison—, si los zootauros vienen a Boulogne esta noche, es más fácil que, por lo menos, algunos de nosotros salven la vida.
Tan pronto como el Sol desapareció, hundido en el mar, los grupos se separaron, marchando cada cual a escoger un sitio conveniente. El mecánico principal y sus dos ayudantes prefirieron pasar la noche a bordo del submarino.
—¡Tengan cuidado!—les dijo Harrison bromeando—. Y si los zootauros se presentan, échenlos sin contemplaciones.
—¡No tenga cuidado!—replicó el mecánico con el mismo tono—. Llevo un buen revólver, y el que se presente lo pasará mal.
Después de haber dado una vuelta por la ciudad, o, mejor dicho, entre las ruinas de la ciudad, Harrison, acompañado de un marinero y de otro vecino de Bolonia que había sido empleado del puerto, escogieron como guarida donde pasar la noche, una casa medio desmoronada en el extremo este de la ciudad. Los dos últimos pisos de la casa habían quedado por completo destruídos, pero el primero era todavía habitable.
—Sería tonto que los zootauros volvieran por aquí dijo Harrison—. Ya no les queda casi nada por destruir.
Con salchichón y queso, rociados de buen vino de Burdeos, se improvisó una buena comida. Después de un rato de charla, los tres expedicionarios se dispusieron a acostarse. Sus dos compañeros ofrecieron la única cama que había en la casa a Harrison, pero éste se negó a aceptarla, y se tendió en el suelo al lado de ellos.
Estaban todos hasta tal punto rendidos por la fatiga, que no tardaron en dormirse con el sueño tranquilo de hombres robustos después de una ruda jornada de trabajo.
Pronto fueron despertados por un terrible estrépito. Hubiérase dicho que el techo se desplomaba sobre sus cabezas.
De un salto se pusieron todos de pie.
—¡Los zootauros!—exclamó Harrison.
La Luna llena miraba por las ventanas, y la claridad era casi diurna. Harrison miró su reloj: eran las once menos diez minutos. Se acercó a la ventana y echó una ojeada en derredor.
Como a unos dos kilómetros de altura, un zootauro se movía lentamente. A veces el cuerpo del monstruo eclipsaba la Luna, y ésta quedaba escondida como detrás de una inmensa nube. El zootauro se cernía sobre el centro de la ciudad, muy hacia la izquierda de la casa ocupada por Harrison y sus compañeros. De pronto viró y se dirigió bruscamente hacia el Norte, del lado del puerto, y, después de describir varios círculos concéntricos, cada vez más reducidos, se dejó caer como una masa inerte.
Al mismo tiempo un ruido ensordecedor, semejante al disparo de un cañón gigantesco, pasó como un trueno por encima de la ciudad. Las ventanas temblaron y la casa entera sintió como un escalofrio de espanto.
—¡Se ha dejado caer sobre el mar!—dijo Harrison. Mucho me temo que de nuestro submarino no quede gran cosa y que a nuestros compañeros les haya costado la vida.
Sus dos compañeros, pálidos como muertos, guardaban silencio. El antiguo empleado del puerto tiritaba como de frío.
Harrison descorchó una botella de vino y llenó un vaso.
—¡Beba y cálmese!—le dijo, dándole el vaso lleno.
La noche transcurrió en una angustia incesante. Nadie podía dormir. Todos esperaban el alba con impaciencia.
Por fin comenzó el cielo a esclarecerse. Una niebla blanca apareció sobre el agua del mar. El aire se hizo más frío. La noche parecía querer aprovechar intensamente sus últimos instantes. Pero el Sol estaba cada vez más cerca, y ante su rival victorioso la noche palidecía de miedo y de despecho. Pronto apareció el horizonte cubierto de púrpura como pintado con un pincel invisible. De la superficie del mar empezaron a brotar destellos, y a los pocos minutos surgía el disco enorme, rojo y frío, del Sol naciente.
—¡Ya era hora! ¡En marcha!—ordenó Harrison.
A los diez minutos estaban ya los tres en el puerto, buscando ávidamente al submarino.
—¡Aquí está!—exclamó de pronto el marinero. ¡Sano y salvo!
En efecto, el submarino se balanceaba indemne. No tardaron en aparecer sobre cubierta el mecánico y sus dos ayudantes. Pálidos y nerviosos, con una sonrisa forzada en los labios, saludaron a sus compañeros.
Los demás miembros de la expedición fueron llegando también. Cada recién venido daba lugar a un cambio de impresiones sobre lo ocurrido durante aquella noche de angustia.
—Estábamos casi seguros de que habiais perecido juntos con el submarino—dijo Harrison.
—Esta vez, gracias a Dios, todavía no—. Pero hemos pasado ratos terribles.
Y explicó cómo, al precipitarse en el mar el zootauro, a unos dos kilómetros del lugar donde estaba anclado el submarino, las aguas se agitaron como azotadas por un furioso vendaval. La conmoción fué violentísima, y los tres tuvieron que aferrarse desesperadamente a la borda, a fin de no ser barridos por las olas. Al volver ellos en sí, el mar continuaba todavía encrespado, y su superficie aparecía cubierta de despojos: eran los restos de los buques que, rotas las amarras, fueron tragados por el torbellino y devueltos deshechos a la superficie.
—Durante toda la noche—dijo al terminar su narración—hemos estado con el corazón en un puño, temiendo que el zootauro reapareciera. Pero afortunadamente no ha sido así.
—Quizás esté bajo el agua acechando nuestro paso—dijo uno de los mecánicos, cuyo rostro no había perdido todavía la palidez.
Los demás cambiaron una mirada inquieta. Todos tenían el mismo temor, pero no se atrevían a decirlo.
—¡Ni pensarlo!—declaró Harrison con tono resuelto—. A estas horas estará paseando por el Atlántico o el Pacífico.
Se decidió zarpar sin perder un minuto.
Todos pusieron manos a la obra, y al poco rato el submarino se sumergía.
IX
Una hora más tarde la expedición desembarcaba en el puerto de Southampton.
La ciudad, totalmente arruinada, no ofrecia el más leve signo de vida. Pocas eran las casas que se mantenían de pie, y aun éstas eran como espectros en un vasto cementerio.
Harrison y sus compañeros empezaron a recorrer la ciudad, entrando de vez en cuando en alguna de las casas. No había en ellas alma viviente, y los muebles faltaban casi por completo. El interior de algunas, sin embargo, estaba intacto, como si sus inquilinos acabaran de dejarlas para volver a las pocas horas. Se veía que, obligados a huir precipitadamente, no habían tenido tiempo siquiera de llevar consigo lo más indispensable.
Después de largas pesquisas, la expedición pudo encontrar por fin, como a un kilómetro y medio del puerto, la entrada de la ciudad subterránea, cerrada por una puerta inmensa de hierro macizo.
Una hora entera pasaron los mecánicos en vanos esfuerzos para abrirla.
¡No hay modo!—dijo por fin el mecánico principal—. Ni con dinamita se conseguiria hacerla saltar.
—¡Pero nosotros no podemos volver a casa con las manos vacías!—replicó Harrison. Habrá que esperar hasta que salga alguien. De vez en cuando los habitantes de Southampton salen seguramente.
—Por este procedimiento podemos estar esperando un mes—dejó oírse una voz en tono descontento.
Uno de los miembros de la expedición quedó de guardia junto a la puerta, y los demás se dispersaron por la ciudad. Era preciso encontrar una habitación que pudiera servir por largo tiempo en caso necesario. Escogieron el primer piso de una casa aún intacta, y lo arreglaron con todas las comodidades.
—¡Un hotel de primer orden!—dijo Harrison—. No faltan más que los criados.
—Mientras de noche no vengan a servirnos los zootauros!—replicó uno de sus compañeros.
Pero no tuvieron necesidad de pasar la noche sobre tierra. Hacia mediodía llegó radiante el centinela que habían dejado de guardia a la puerta de entrada.
—¡Los ingleses!—exclamó con voz entrecortada.
El centinela iba, en efecto, seguido de tres ingleses, vestidos todos con chaqueta de piel y altas botas de caza.
Empezaron los saludos efusivos y las preguntas. Los ingleses, sin quitarse la pipa de la boca, contaron que los habitantes de Southampton habían descendido todos bajo tierra hacía unos dos meses, y que sólo de vez en cuando subían algunos a la superficie para tratar de ponerse en comunicación con el resto del Mundo por medio de la estación radiotelegráfica.
—Desgraciadamente—añadió uno de ellos—la estación radiotelegráfica fué destruída hace un mes casi por completo. Hemos tratado de repararla, pero funciona todavía mal.
—Quizás podamos ayudarlos—dijo a esto el mecánico principal—. Entre nosotros hay gente experta.
Los ingleses aceptaron con placer el ofrecimiento, y todos juntos se fueron a la estación radiotelegráfica. Todo el mundo se dió al trabajo con ahinco, de suerte que algunas horas más tarde Harrison pudo mandar ya a París un radio dando cuenta de cómo iban las cosas. Hacia el anochecer llegó la respuesta, firmada por el propio Stephen. Este felicitaba a los expedicionarios por el éxito de la empresa, y les rogaba transmitieran a los habitantes de Southampton, así como a todos los ingleses, el saludo del pueblo francés y el suyo personal.
—All right!—dijo uno de los ingleses, sin sacar la pipa de entre los dientes, una vez que Harrison hubo leído el radiograma en alta voz—. Stephen es un hombre simpático, y en Inglaterra se le quiere mucho. Tendría que hacernos una visita.
Y sacándose del bolsillo una botella de forma aplastada, llena de whisky, la levantó en alto, diciendo:
—¡A la salud de Stephen! ¡Viva Francia!
Después de lo cual, retiró sin apresurarse la pipa de los labios, bebió unos cuantos sorbos y pasó la botella a Harrison, el cual, a su vez, brindó por la prosperidad de Inglaterra. Por este procedimiento el frasco de whisky fué pasando de mano en mano y de boca en boca.
Antes de la puesta de Sol emprendieron todos el descenso hasta Southampton subterráneo.
La expedición fué recibida con todo el júbilo compatible con la tradicional reserva británica.
—All right!—decían las gentes de Southampton, dando fuertes apretones de manos a Harrison y a sus compañeros.
De vez en cuando se oían gritos, proferidos siempre con la debida reserva, de "¡Viva Francia!"
Lo primero que pudieron admirar los visitantes fueron los campos de foot-ball y pistas de tennis, admirablemente dispuestos y cuidados.
En conjunto, la pequeña ciudad no ofrecía grandes atractivos. Todo era en ella triste, regular y austero. Las pequeñas casas, de planta baja y dos pisos, parecidas unas a otras como gotas de agua, se alineaban con orden irreprochable en calles igualmente irreprochables. El Ayuntamiento, la iglesia, las escuelas y demás edificios municipales, recordaban los modelos que acompañan a los juegos de construcción. A lo largo del canal se alineaban asimismo barcas y canoas parecidas a juguetes.
Los habitantes de Southampton organizaron en honor de los franceces un gran programa de fiestas: partidos de foot-ball, con participación del célebre Tom Benson, que habia ganado el campeonato de Inglaterra cinco años seguidos; regatas en el canal con canoas de antiguo modelo, movidas a remos; lucha francesa por dos atletas, uno de ellos venido especialmente de Mánchester, y, finalmente, banquete de honor en el Ayuntamiento y función de gala en el teatro municipal.
En nombre propio y de sus compañeros, Harrison rehusó todas las invitaciones.
—Ya hemos perdido bastante tiempo—dijo. Hemos de estar hoy mismo en Londres para conferenciar con el Gobierno sobre cuestiones de gran importancia y regresar inmediatamente a París, donde nos espera mucho que hacer.
A pesar de todas las insistencias, los franceses se mantuvieron inflexibles. Una hora después la Comisión, acompañada de varias personalidades de Southampton, salía para Londres en aerobús.
Una enorme muchedumbre, advertida de la llegada de los franceses, se congregó en las inmediaciones de la estación aérea. Los balcones y ventanas de las casas estaban adornados con banderas de los dos países, y a la llegada de los expedicionarios la banda municipal ejecutó los himnos francés e inglés.
El Lord Mayor y otras personalidades hicieron a los visitantes los honores de la ciudad.
Igual que París, el Londres subterráneo era una cópia de la vieja ciudad. Con especial orgullo los londinenses mostraban a los visitantes la plaza de Trafalgar, en la cual estaban situados los mejores edificios: el Parlamento, que conservaba una remota semejanza con el palacio de Westminster; el Museo Británico, la Universidad, el Guildhall y la catedral de San Pablo. A lo largo del ancho canal, que la gente había bautizado con el nombre del Támesis, la animación era extraordinaria: millares de obreros y marineros masticando tabaco, escupiendo por el colmillo y jurando a diestro y siniestro, daban al lugar un sello extremadamente pintoresco.
Pero Londres subterráneo tenía una gran ventaja sobre París: los parques, que habían sido transplantados casi enteros de lo alto.
—Vamos en seguida a Hyde Park—dijo el Lord Mayor a Harrison—. ¿Lo conocia usted antes?
—¡Desde luego! Era uno de mis lugares favoritos.
—Verá usted cómo casi no ha cambiado en nada. Tan sólo es algo más pequeño: era preciso economizar espacio.
Hyde Park, en efecto, había cambiado muy poco. Las mismas puertas monumentales, dando a distintos barrios de la ciudad; las mismas anchas avenidas, con sus fuentes y blancas estatuas; las mismas grandes vías, para los automóviles y giroscopos. Aun cuando el otoño estaba ya muy adelantado, los árboles aparecían cubiertos de hojas, como en primavera.
Aquí y allá, en un claro entre los árboles, se veían grupos escuchando los discursos de oradores y predicadores. Un caballero con cara de actor de provincias, sombrero de copa y larga levita negra, de pie en un coche, predicaba una nueva religión, que él llamaba la "cosmosofía", y repartía entre el público folletos de propaganda. Algo más lejos, un grupo de hombres y mujeres, pertenecientes a la "Unión del Renacimiento Espiritual", todos con cinturones azules y cintas del mismo color en el sombrero, subían por turno a una especie de caja de madera, que servía al propio tiempo de tribuna y de biblioteca, y adjuraban a las gentes a que entraran en la Unión; después de cada discurso, una banda compuesta de tambores y cornetines promovía un ruidoso estrépito, y uno de los miembros repartía entre el público ejemplares minúsculos del nuevo Evangelio.
—Tiene usted razón—dijo con una sonrisa Harrison—. Hyde Park no ha cambiado. Ni los londinenses tampoco. Son siempre los mismos, con sus aspiraciones ardientes hacia la verdad superior, aspiraciones nebulosas, confusas, desordenadas a veces, pero siempre nobles.
—Creo que aquí, bajo tierra, no tardarán en curarse de este mal—dijo el Lord Mayor.
—¿Por qué?
—Porque falta la niebla, esa horrible niebla que tan opresoramente pesaba sobre nuestras cabezas. Era ella lo que hacía la Tierra tan poco atractiva para nosotros y nos empujaba a buscar algo más cautivador en las esferas de lo desconocido. De ella nació nuestro spleen nacional. Aquí, bajo tierra, sin la niebla, no tardará en desaparecer. Por lo menos, así lo espero.
—Pero temo—replicó Harrison—que vuestro spleen no ataque a los italianos y a los españoles. Parece que privados del Sol unos y otros encuentran la vida insoportable.
La misma noche, después de un banquete de gala en el Guildhall, se celebró una sesión solemne de la Comisión británica de construcción, a la cual fueron invitados Harrison y sus compañeros. El presidente, John Berns, después de explicar a grandes rasgos la labor ya realizada en Inglaterra, habló del proyecto de un túnel bajo la Mancha, entre Douvres y Calais.
—Sin este túnel—dijo, a manera de conclusión—estaríamos por completo aislados de Europa. Varias veces hemos intentado ponernos de acuerdo sobre esta cuestión con Francia, sin conseguirlo. Vuestra visita no puede, por lo tanto, ser más oportuna. He de añadir tan sólo que estamos ya de acuerdo con Irlanda, y que la construcción del túnel que ha de unir a las dos islas empezará muy pronto.
Las deliberaciones sobre la apertura de un túnel bajo la Mancha se prolongaron hasta muy entrada la noche.
Al despedirse de Harrison, junto a la puerta de las habitaciones que le habían sido reservadas, John Berns, en voz baja, como no atreviéndose a formular abiertamente su pensamiento, le preguntó su opinión sobre la posibilidad de abrir un túnel bajo el Atlántico.
—¿Entre Europa y América?—preguntó Harrison.
—Sí.
Harrison tardó en contestar algunos instantes.
—Es una gran utopía—dijo por fin—que desde hace tiempo preocupa a los hombres de espíritu más elevado. Por mi parte estoy convencido de que pronto entrará en el camino de la realización. Empiezo a creer que el porvenir de la Humanidad no está ni sobre la Tierra, ni sobre el agua, ni en el aire.
—¿Bajo tierra entonces?—preguntó con una sonrisa Berns.
—Sí, bajo tierra. ¡Y viva la Humanidad subterránea!
X
Al volver a Paris Harrison y sus compañeros se notaba en la ciudad una cierta excitación. Por todas partes se oía decir que los zootauros no aparecían ya en parte alguna. Los radiotelegrafistas que subían a la superficie afirmaban que los ataques de los monstruos habían cesado por completo.
—Hemos esperado a que vinieran toda la noche, hasta el alba—explicaba uno de ellos, pero no los hemos visto. No quieren volver, por lo visto. Habrán encontrado, con seguridad, un planeta más interesante que la Tierra.
De Alemania, Italia, España y Suiza llegaban informaciones análogas. En todos estos países se afirmaba también que los zootauros habían desaparecido. El que los miembros de la expedición habían visto en Boulogne era, según la opinión general, un retardatario, el último ejemplar de la banda.
—Era un extraviado que no sabía encontrar el camino decían en son de broma los parisinos—. Hacer el viaje de la Tierra a Marte o a Saturno no es, después de todo, lo mismo que hacer una excursión de París a Versalles.
Al principio todo se iba en chistes y ocurrencias; pero pronto se empezó a hablar seriamente del retorno a la superficie.
—¡Basta!—decían unos y otros. ¡Ahora ya sabemos lo que es la vida subterránea! Si los zootauros se han ido, es hora ya de que volvamos a casa.
En vano el Gobierno y los elementos más razonables de la población afirmaban que el retorno a la superficie sería, de momento, una operación en extremo peligrosa. La muchedumbre, presa de excitación, no quería escuchar nada. De nuevo volvieron a aparecer en escena los personajes enterados de todo, que criticaban sin piedad al Comité de Defensa y a la Comisión de Construcción, y afirmaban que el interés de estos organismos en mantener a la población bajo tierra obedecía a motivos inconfesables. El periódico La Era Nueva, que con tanto celo como en su era antigua se entregaba a la más desenfrenada propaganda demagógica, escribía, en estilo sibilino, que "era más fácil hacer negocios de dudosa limpieza a la luz del sol artificial que a la del verdadero sol".
Muchas gentes se inscribían como voluntarios para hacer la guardia en la estación radiotelegráfica, y, una vez conseguían salir a la superficie, no volvían a bajar. Hubo días en que no descendió uno solo de los radiotelegrafistas, y este desorden ejercía una influencia perturbadora en las comunicaciones con el resto del Mundo. Los que volvian a París subterráneo confirmaban que los zootauros no se dejaban ver.
—Arriba, el tiempo es hermosísimo—decian—. Esta noche ha helado un poco, y por la mañana todo estaba cubierto de escarcha.
—¿Cómo? ¿Todo blanco?—preguntaban las gentes con emoción.
—Sí. Al ir por la calle, los pasos sobre el piso desierto resuenan agradablemente. Ayer, hacia mediodía, llovió un poco. Una lluvia ligera que refrescó el aire. El cielo se cubrió de nubes, y era tan bajo, que parecía posible tocarlo con la mano. Al cabo de una hora el Sol volvia a brillar por entre las nubes...
Instintivamente, las gentes levantaban los ojos hacia la bóveda de piedra, hacia el sol artificial, y sus ojos se velaban de tristeza. ¡Cuánto tiempo hacía que no habían visto el cielo, el Sol, el horizonte azul! Quizás en aquellos momentos se desencadenaba una tempestad furiosa. Pero ¿qué importa? Todo, todo era preferible a esta temperatura siempre igual, a esta luz artificial que nunca cambia.
—En lo alto—decían los parisinos—el día sigue a la noche, el Sol se pone y se levanta, y los días se distinguen unos de otros. Mientras que aquí todo, ¡todo es igual! Hay que consultar el reloj hasta para saber si es de día o de noche.
Sin cesar aumentaba el número de los que querían abandonar París subterráneo y salir a la superficie. Circulaban rumores de que en algunas provincias, como Nantes, Limoges y Metz, los subterráneos habían sido abandonados. Los más crédulos marchaban. inmediatamente hacia esas ciudades con la esperanza de que desde alli podrían salir más fácilmente a la luz del Sol.
Hacia fines de diciembre, la agitación, cada vez mayor, dió lugar a una serie de manifestaciones hostiles al Gobierno. Los manifestantes recorrian las calles dando gritos de "¡Abajo el subterráneo! ¡Queremos subir! ¡Queremos ver el Sol!" En algunos sitios fué preciso recurrir al uso de la fuerza. En Marsella, los manifestantes eran la mayor parte antiguos marineros, pescadores y obreros del puerto, gente, en suma, que sentían la nostalgia del mar con fuerza inusitada. Su actitud levantisca dió lugar a una verdadera batalla en plena calle, que costó numerosas víctimas.
Fué ésta la primera vez que la sangre corrió bajo tierra. Era un signo de mal augurio. La noticia produjo un estado general de abatimiento, y las gentes daban crédito a los rumores más alarmistas. La noticia más insignificante llegada de provincias tomaba, al pasar de boca en boca, proporciones fantásticas.
Por la noche de Año Nuevo la excitación de los espíritus llegó a su colmo. La idea de encontrarse esta noche bajo las bóvedas, separados del cielo estrellado de invierno, resultaba para el pueblo de París insoportable. La luna y las estrellas artificiales, encendidas aquella noche en París subterráneo, no hacían otra cosa que irritar más aún a la muchedumbre.
Grupos en actitud de protesta recorrieron durante toda la noche las calles y plazas. Muchos millares de personas convergieron hacia la plaza de la Concordia. Aquí y allá se oían gritos:
—¡Stephen! ¡Queremos hablar a Stephen!
Y cuando éste apareció en el balcón para tratar de calmar los espiritus, su voz se perdió entre una tempestad de gritos amenazadores.
—¡Abajo el Gobierno! ¡Abajo la Comisión subterránea! ¡Queremos volver a salir!
El Comité de Defensa y la Comisión subterránea, reunidos en el palacio de Stephen, deliberaron sobre la situación en una atmósfera de inquietud extrema, mientras la multitud no cesaba en sus gritos y amenazas.
—La situación es grave—dijo Stephen—. Puede estallar una revolución...
—¡Que hay que sofocar sin piedad desde el primer momento!—interrumpió el ministro del Interior.
—¿Y cómo?
—Haciendo uso de las armas. La Historia nos enseña que las revoluciones estallan tan sólo cuando los Gobiernos se muestran débiles o indecisos.
Pero Stephen y la mayoría de los reunidos quisieron evitar todo derramamiento de sangre. Se acordó comunicar inmediatamente al pueblo que los que así lo desearan podrían subir de nuevo a la superficie.
—¡Ciudadanos!—dijo Stephen. El Gobierno está dispuesto a satisfacer vuestros deseos. Mañana por la mañana comenzarán a funcionar los ascensores; pero a fin de evitar los efectos desastrosos de una aglomeración excesiva, será preciso organizar el servicio de un modo perfecto. Los detalles técnicos de la salida serán estudiados esta noche misma. Por vuestro propio interés os ruego que no perdáis la serenidad, que conservéis la sangre fria.
Las últimas palabras del presidente fueron ahogadas por una ovación entusiasta.
Media hora después, la plaza estaba desierta. La multitud se había dispersado con grandes muestras de alegría. Cada uno se había dirigido a hacer los preparativos necesarios para la salida.
—¡Viva nuestro viejo y querido Paris!—gritaban los parisinos—. ¡Viva el Sol, la lluvia, las nubes y el frío! La decisión del Gobierno fué transmitida aquella misma noche a provincias, y en todas partes provocó un júbilo desbordante.
Pocos fueron los franceses que pudieron dormir durante la noche. La idea de que pronto iban a ver el verdadero Sol, la verdadera Luna y las estrellas, de que podrían abrazar con la mirada los lejanos horizontes y respirar a plenos pulmones el aire puro, no les dejaba cerrar los párpados.
XI
Lo mismo en París que en provincias, tan sólo una pequeña parte de la población aprovechó la posibilidad de salir a la superficie. Las dificultades de la empresa eran, por otra parte, grandes, y la salida se prolongó durante semanas enteras. Los inconvenientes eran tanto mayores por cuanto que la mayor parte de las casas estaban destruídas, muchos edificios públicos se encontraban en desastroso estado, las centrales eléctricas, las cañerías de agua y muchos otros servicios municipales no funcionaban.
Inmediatamente se procedió a las reparaciones necesarias, de suerte que a principios de febrero París, el viejo París, volvió a ser, hasta cierto punto, habitable. Sin embargo, muchos millones de hombres y mujeres prefirieron continuar bajo tierra, tener paciencia hasta ver cómo iban y cómo terminaban las cosas.
Los que habían subido y se habían instalado en lo alto, descendían de vez en cuando para visitar a sus amigos. Estaban contentísimos y trataban de persuadir a los demás para que imitaran su ejemplo.
—Pero ¿cómo podéis vivir en esta bodega?—exclamaban—. Arriba hace un tiempo delicioso. Esta mañana estaba todo helado, y brillaba el Sol. ¡Era magnífico!
—Y los zootauros, ¿ya no molestan?
—Pero ¿quién piensa en los zootauros? Hace ya mucho tiempo que se han largado.
Animada la gente por estas noticias, el número de los que querían subir a la superficie iba en aumento.
De pronto, el 20 de febrero, por la mañana, cuando muchos parisinos con sus equipajes iban a emprender la subida, empezaron a bajar plataformas atestadas. Los que en ellas iban llevaban impresa en el rostro la huella de un terror sin límites.
—¡Los zootauros!—exclamaban con voz entrecortada por la emoción.
—¿Otra vez?
—Sí. Hemos pasado una noche espantosa... Hay millares de víctimas... Muchas casas destrozadas... El Ayuntamiento, que acababa de ser reconstruido, se ha venido al suelo...
Los que tales cosas contaban y los que las escuchaban estaban igualmente pálidos, y miraban con ansiedad hacia lo alto, como temiendo que los monstruos alados se precipitaran sobre ellos.
Las plataformas subían y bajaban sin cesar, depositando por toda la ciudad subterránea millares y millares de fugitivos, abatidos como si hubiesen estado ya entre las garras de los zootauros.
Tan grande era la afluencia, que fué preciso tomar rigurosas medidas para regularizar de algún modo el descenso y evitar una catástrofe. A pesar de esto, varios centenares de personas murieron aplastadas.
A partir de entonces, los ataques de los zootauros se repitieron cada noche, y como el descenso de todos los habitantes que habían vuelto a la superficie exigió una semana entera, el número de victimas iba cada día en aumento.
Por fin, el 28 de febrero descendieron los últimos parisinos que quedaban.
En casi toda Francia habían ocurrido análogos incidentes trágicos. Los zootauros habian sembrado por doquier la muerte y la devastación. Y en todas partes las gentes, como perseguidas por las furias, habían buscado de nuevo refugio en los subterráneos.
Iba todo el mundo por las calles con la cabeza baja, la mirada triste, abatido y hablando en voz queda. Las iglesias estaban llenas como nunca. Los fieles iban a orar por el reposo del alma de las víctimas y por su propia salvación.
París subterráneo parecía estar de luto. La risa, el buen humor, habían desaparecido. La gente, que antes conservaba la ilusión de poder salir de aquellas cavernas en día quizás no lejano, había perdido ahora toda esperanza. Las bóvedas de piedra les parecían ahora la losa de una tumba que nunca podrían levantar.
—¡Todo ha terminado!—exclamaban unos y otros. Bajo tierra acabaremos nuestros dias.
En vano se esforzaba el Gobierno para disipar las nubes que sobre el París subterráneo se cernian. En vano se organizaban fiestas y diversiones públicas. Los parisinos asistían a ellas como a un entierro, y el sonido de las orquestas repercutía en los corazones como una interminable marcha fúnebre.
El trabajo se hacía de mala gana. Los obreros se ofendían e irritaban por cualquier motivo, y formulaban sin cesar extravagantes reclamaciones. Sin motivo serio alguno, estallaban constantemente huelgas, ora en un oficio, ora en otro. Los huelguistas mismos no sabían muchas veces lo que querían, y después de haber obtenido lo que reclamaban, buscaban otro pretexto para declararse en huelga nuevamente.
—¡Decid de una vez lo que queréis!—exclamaban, indignados, los directores.
Pero los obreros no sabían ellos mismos lo que querían. En realidad, les faltaba lo de siempre: el cielo, el Sol, los vastos horizontes.
Pasaban los días y semanas, y crecían la tristeza y el abatimiento. El rendimiento del trabajo era cada vez menor. Los precios aumentaban. Cada día era menor la cantidad de víveres que llegaba a París, y este niño mimado, acostumbrado a vivir desde hacia siglos a costa de las provincias, empezaba a sentir un hueco en el estómago. La crisis económica que atravesaban las provincias no les permitía seguir abasteciendo a París.
El coste de la vida y el descontento aumentaban paralelamente. Los partidos revolucionarios extremos levantaban cabeza. Los anarquistas hacían una campaña encarnizada contra el orden social, ya de por sí muy quebrantado, y circulaban hojas clandestinas con llamamientos encendidos a la lucha violenta e implacable contra el Estado.
Ese estado de espíritu de la capital contagiaba a las provincias. No se oian más que quejas. La situación empeoraba, contribuyendo al éxito de la propaganda revolucionaria. Las provincias creían llegado el momento de poder vengarse de la tiranía de la capital.
Las órdenes del Gobierno central eran a veces desobedecidas. El tono de la Prensa era belicoso y agresivo. Lyón Subterráneo publicaba articulos violentos exhortando al pueblo a derribar el Gobierno por la fuerza. "Si Paris—decía el periódico—persiste en sostener en el Poder a esa banda de imbéciles y de cobardes, que en un momento de tanta gravedad como el actual muestran una incapacidad absoluta para elevarse por encima de sus intereses particulares, peor para él. Lyón (y es de esperar que el país entero) no le seguirá por este camino. París sin Francia no es nada. Ese parásito, que vive a costa del país, pedirá socorro tan pronto como el país se niegue a seguir nutriéndolo."
La Prensa de otros grandes centros no era menos belicosa, y la campaña contra París y el Gobierno central tomaba formas cada vez más violentas.
La gente más razonable veia el peligro de las tendencias separatistas. Pero, ante el estado de excitación de la masa, no se atrevían a ir contra la corriente. Un periódico de Marsella, por haber publicado un articulo defendiendo al Gobierno contra los ataques injustos y haciendo un llamamiento al trabajo común para el bien de Francia entera, estuvo a punto de ser asaltado por el populacho, y tuvo al poco tiempo que suspender su publicación por falta de lectores.
XII
El Gobierno se daba perfecta cuenta de la gravedad de la situación.
Los llamamientos de Stephen a la población se sucedían sin cesar. Cada día más flaco, despreciando tranquilamente el peligro, aparecía a menudo entre la muchedumbre excitada; suplicaba a los unos, trataba de persuadir a los otros, predicaba a todos la serenidad y la calma.
Un día apareció de pronto, completamente solo, en un mitin organizado por los anarquistas. Al entrar él en la sala, llena de bote en bote, los que estaban junto a la puerta no pudieron reprimir un grito de sorpresa.
—¡El presidente! ¡Está aquí el presidente!—exclamaban.
En la sala se produjo un cierto revuelo. Todas las miradas se dirigieron hacia la entrada. El orador que ocupaba la tribuna se dió cuenta de que Stephen, con su sola presencia y la gran popularidad que entre el pueblo tenía, podia destruir todo el efecto de su discurso.
—¡Ciudadanos!—exclamó. Tenemos aquí a un nuevo oyente: ¡el jefe del Gobierno en persona! No tengo la menor duda de que para precaverse contra toda sorpresa desagradable habrá tomado la precaución de rodearse de un destacamento de espías disfrazados...
—¡No es verdad!—gritaron algunas voces indignadas—. Stephen no es un cobarde. ¡Lo ha demostrado muchas veces!
—Es posible que tengáis razón—replicó el orador, con una sonrisa forzada—. La cosa no tiene gran importancia. Lo esencial es que el jefe del Gobierno se encuentra aquí, sentado, por así decirlo, en el banquillo, ante el tribunal de la conciencia del pueblo...
—Si estoy sentado en el bánquillo de los acusados—interrumpió Stephen con voz tranquila—, tengo el derecho de exigir que se me escuche.
—¡Sí, sí! ¡Que hable! ¡A la tribuna!—gritaron varias voces.
Y Stephen, por entre la multitud, que se apartaba a su paso, se dirigió, en medio de una gran expectación, a la tribuna.
—¡Ciudadanos!—comenzó diciendo. He venido aqui para deliberar, junto con vosotros, sobre la situación. Atravesamos dias difíciles. La crisis de las subsistencias es cada día más grave. La producción disminuye sin cesar. ¿Por qué? ¿Quién tiene la culpa de ello? Aquí se acusa al Gobierno. Pero ¿con qué motivo? ¿Puede el Gobierno traer víveres de provincias sobre sus espaldas? El Gobierno no puede por sí solo poner en movimiento las fábricas paralizadas por huelgas incesantes. No es justo, ciudadanos, que se nos haga responsables de todas las desgracias. El pueblo está descontento: siente la nostalgia del Sol, de la vida al aire libre, y ha perdido la energía para el trabajo. Esta es la causa del mal, y no la mala voluntad del Gobierno. El Gobierno ha dado repetidas pruebas de que no tiene otra preocupación que el bien del país. No se ha detenido ante una medida tan radical como la confiscación de los capitales y la nacionalización de las Empresas particulares. El odio que nos profesa la Asociación de Amigos del Orden es nuestra mejor ejecutoria...
—¡Es verdad! ¡Es muy cierto!—dijeron, asintiendo, algunas voces.
—El Gobierno está dispuesto a introducir las reformas más radicales—continuó diciendo Stephen.
—¡La mejor reforma sería que empezara marchándose!
—¡Con mucho gusto!—replicó Stephen, aceptando el reto—. Podéis creer que nuestra ruta no es un lecho de rosas, y que de buena gana dejaríamos el sitio a otros. El Poder debe apoyarse sobre la voluntad popular y merecer la confianza del pueblo. Si vemos que esta confianza nos falta, no continuaremos en el Poder ni un minuto. De ello os doy mi palabra de honor, en nombre propio y en el de mis compañeros. Diré más aún: nos retiraremos del Poder de buen grado, pues nada tiene de agradable estar sentado constantemente en el banquillo, ni servir de chivo emisario para todas las faltas y todos los males. Recibimos cartas con amenazas, se nos cubre de oprobio, se nos trata de ladrones...
—¡Y quizás no del todo sin motivo!—interrumpió una voz burlona desde el fondo de la sala.
Entre el público se produjo un rumor de indignación. La gente parecia dispuesta a lanzarse contra el autor de la injuria.
—¡Es una infamia! ¡Nuestro presidente no merece que se le insulte! ¡Fuera!—gritaban unos y otros.
—¡Tranquilizaos, amigos!—dijo Stephen, interviniendo—. Si tuviera que preocuparme por estas pequeñeces, estaría desde hace tiempo en el otro mundo, y si me hubiese tomado la molestia de recoger las piedras que se me han arrojado, muchas veces a traición, tendría a estas horas un palacio suntuoso.
En la sala estalló una carcajada. Las simpatias de la reunión se inclinaban hacia Stephen,
—Pero volvamos a hablar en serio—dijo Stephen, continuando su discurso—. Sí; estamos dispuestos a marcharnos, y yo el primero. Pero la situación es peligrosa. Hay en París y en toda Francia muchas gentes que esperan el momento propicio para pescar en agua turbia. Esos son los que necesitan la anarquía y empujan el pueblo hacia ella.
Stephen bebió un sorbo de agua, y exclamó con gran energía:
—¡Ciudadanos! La anarquía y la guerra civil son cosas horribles sobre la Tierra; pero mucho más espantosas todavía debajo de ella. Cuando pienso en las posibles consecuencias de una guerra civil en los subterráneos, se me hiela la sangre. ¡Ciudadanos! Si no queremos que nuestra civilización se hunda, estamos obligados a defender la paz interior y el orden. En lugar de mejorar nuestra situación, la sangre servirá sólo para hacernos más pobres y desgraciados. Donde no queda nada, la revolución pierde sus derechos. Sé perfectamente que nuestro sistema social no es perfecto y que exige grandes reformas. Para realizarlas, os invito a colaborar con nosotros. Lo que no hayamos podido realizar aquí bajo tierra, lo llevaremos a cabo en lo alto, pues tengo le absoluta convicción de que, tarde o temprano, hemos de volver a nuestra antigua vivienda. Mientras tanto, debemos tener una sola divisa: "¡Abajo la anarquía! ¡Abajo la guerra civil!"
Estalló una tempestad de aplausos, a los cuales se mezclaban no pocos silbidos y gritos de "¡Abajo el Gobierno! ¡Viva la revolución!"
Cuando el orador que había cedido el turno a Stephen subió de nuevo a la tribuna y trató de disipar la impresión del discurso del presidente, la gente no quiso escucharle siquiera.
A partir de este dia, Stephen aparecía en muchas reuniones, y trataba con su palabra de llevar las gentes a la razón; pero la situación empeoraba por instantes, la crisis de las subsistencias se hacía cada día más aguda, y el descontento crecía. La muchedumbre mostraba una agitación sin limites, y acogía fríamente a los que le aconsejaban moderación y prudencia. En una de las innumerables reuniones, Stephen fué acogido con gritos de "¡Fuera! ¡Ya sabemos lo que ha de decirnos! ¡Estamos ya hartos de tener paciencia!" Bajo la lluvia de injurias y de amenazas, tuvo que abandonar la tribuna con el corazón henchido de amargura.
A la salida fué detenido por un obrero.
—Si el señor presidente me permitiera darle un consejo...—dijo respetuosamente.
—Diga lo que quiera, amigo.
—No vaya más a las reuniones. El señor presidente tiene muchos amigos, pero tiene también muchos enemigos, y....
—¡Qué! ¿Que arriesgo mi vida?
—¿Quién sabe?
—Pues bien: si triunfan los locos y estalla la guerra civil, prefiero morir que ser testigo de sus horrores.
Y continuaba presentándose en las reuniones más tumultuosas, solo, sin armas, como lanzando un reto a la tormenta de pasiones desencadenadas.
El Parlamento, reunido después de un largo interregno, reflejaba con violencia el estado turbulento del país. La extrema derecha, formada en su mayor parte por miembros de la Asociación de Amigos del Orden, atacaba al Gobierno con virulencia. Entre los enemigos más acérrimos del Gabinete se distinguía, sobre todo, el "Rey del Acero", el obeso y acaudalado Pruneau, que no había podido digerir todavía la mala acogida de Stephen unos meses antes.
—¡El país necesita ahora hombres de una voluntad de hierro!—gritaba desde la tribuna del Parlamento, rojo de cólera. Su cuello corto, su nuca bovina y su cabeza calva parecían una vejiga llena de sangre.—¡Necesitamos hombres capaces de conducirnos a través de las pruebas durísimas de nuestros días!
—¡Y, sobre todo, que dejen en paz nuestros capitales!—interrumpió un miembro de la extrema izquierda, provocando la hilaridad general.
Se aseguraba que el "Rey del Acero" y sus compañeros de la Asociación de Amigos del Orden daban pingües subvenciones a los periódicos anarquistas, y, en general, no reparaban en gastos para conseguir que el pueblo se sublevara contra el Gobierno.
Su conducta era severamente criticada en el Parlamento y en la Prensa. Se les advertia que, en el caso de estallar una revolución, ellos serian las primeras víctimas. Pero ellos, por su parte, sin hacer caso de advertencias, continuaban con la ayuda de gente dudosa que se había puesto a su servicio a minar la autoridad del Gobierno.
XIII
Desde por la mañana del dia 15 de marzo la emoción fué grande en París, a causa de las noticias llegadas a la capital sobre las revueltas que estallaban en todas partes de Francia.
Las calles estaban llenas de gente, que comentaba los telegramas. Estos afluían sin cesar. Ante las oficinas de París Subterráneo, La Era Nueva y varios otros periódicos, la aglomeración era, sobre todo, extraordinaria, atraída la gente por los transparentes en los cuales se reproducían las últimas noticias. Miles de miradas seguían ávidamente su aparición, y miles de voces las iban leyendo, palabra por palabra, a medida que aparecían.
"En Lyón el poder acaba de pasar a manos de los revolucionarios. Los altos funcionarios y miembros del Consejo municipal han sido, en parte, muertos, y, en parte, encarcelados. Tan sólo un pequeño número consiguieron ponerse a salvo."
"En Marsella, durante toda la noche, la lucha ha sido violenta en las barricadas. Hacia la madrugada los rebeldes consiguieron apoderarse de la Casa de la Villa, sobre la cual ondea a estas horas la bandera roja."
"En Lilla la guarnición se ha unido al pueblo, y los revolucionarios han triunfado casi sin disparar un tiro."
"Por las calles de El Havre sigue la lucha encarnizada entre los soldados y los revolucionarios. La multitud armada se ha apoderado de los depósitos municipales y ha pegado fuego a la Prefectura."
"Están rotas las comunicaciones telegráficas y telefónicas con Burdeos. Según cuentan algunos bordeleses que han conseguido escaparse, la situación es allí grave en extremo. Es posible que a estas horas la ciudad se encuentre totalmente en manos de los revolucionarios."
Hacia mediodía fueron repartidas por París millares de hojas excitando a la población a la revuelta. Estas hojas eran asimismo pegadas a las paredes de las casas, a los postes telegráficos, colgaban en los kioscos y caían de los aeroplanos que volaban sobre la capital. Como mensajeras de la tempestad, revoloteaban en el aire por millares las hojas blancas, y en su caída lenta y silenciosa sobre la ciudad había algo de siniestro.
Una hora más tarde, Paris tembló bajo el golpe de una detonación ensordecedora: un aeromotor había dejado caer sobre el palacio del Gobierno una bomba cargada de gases explosivos. El ala derecha del palacio quedó totalmente destruída, encontrando la muerte entre las ruinas un gran número de víctimas, en su mayor parte pequeños empleados y visitantes. Ante la fachada principal quedó abierto un profundo boquete.
Tal fué la fuerza de la explosión, que sus consecuencias se hicieron sentir en casi todas las casas de la plaza de la Concordia. Varios coches del giroscopo municipal, que acertaban a pasar por la plaza en aquel momento, fueron derribados, y se encontraban ahora inmóviles en el suelo, como caballos con las piernas rotas. Los cristales quedaron rotos en un radio de medio kilómetro.
Era ésta la primera herida causada a París por la guerra civil. Habían sido derramadas las primeras gotas de sangre. Parecía como si, a partir de aquel momento, la sangre, falta de sitio en las venas, aspirara a la libertad y quisiera salir a borbotones.
Las detonaciones se sucedían sin cesar. Eran como las campanadas anunciadoras del incendio revolucionario. Retumbaban por toda la ciudad con eco siniestro, golpeaban los nervios como con mil martillos, y despertaban por doquier una mortal congoja. Los unos, presa del miedo, huían hacia sus casas, buscando protección tras de las murallas de piedra y las rejas de hierro. Otros, al contrario, movidos por la curiosidad, se precipitaban hacia el centro de la urbe, sobre la cual, entre nubes de fuego y humo, se cernía ya el ángel de la muerte.
Las fábricas y talleres, como obedeciendo a una señal misteriosa, suspendieron el trabajo, y los obreros se dirigieron en grupos hacia el centro.
—¡Ya empieza!—exclamaban todos, unos con júbilo y otros con temor.
En ciertos sitios, destacamentos de soldados y policías cerraban el paso a la muchedumbre. La corriente humana chocaba contra esos obstáculos vivos, como el oleaje contra las rocas, y después de retirarse, volvía de nuevo a embestir con mayor fuerza.
Hacia las dos de la tarde fué proclamado en París el estado de sitio. En las paredes fué fijado a toda prisa un bando amenazando con penas rigurosas a los perturbadores del orden. Las palabras de este bando parecían duras y cortantes como el acero: eran como un llamamiento a la sangre que de un momento a otro iba a regar las calles.
Las tropas empujaban a la multitud del centro hacia la periferia. Al principio, tanto los soldados como el pueblo conservaban una cierta sangre fría; pero pronto empezaron a brillar en los ojos las malas intenciones, los ceños se fruncieron, y se apretaron los labios: era la bestia, que despertaba, cruel, implacable, ávida de sangre, impaciente por romper la cadena y sacar fuera sus garras. Esperaba tan sólo el momento propicio.
Y el momento había llegado.
Bajo las bóvedas, encima mismo de la plaza de la Concordia, apareció un aeromotor. Describió lentamente varios círculos, como estudiando la posición que había de adoptar, y se mantuvo por fin inmóvil durante unos segundos en el aire. Tres detonaciones ensordecedoras se hicieron oír, una tras otra, casi sin intervalo. El aeromotor habia dejado caer tres bombas sobre la masa de los soldados.
Al disiparse el humo, aparecieron entre charcas de sangre los cuerpos mutilados, las cabezas separadas del tronco, las piernas y brazos sueltos, los jirones de ropa ensangrentados. Los soldados que escaparon con vida se dieron de momento a la fuga, pero pronto volvieron a formar en la plaza. Centenares de fusiles cargados de gases explosivos apuntaron hacia la bóveda. Pero la aeronave hapia desaparecido ya.
Aprovechando el desorden introducido por la explosión de las bombas entre los soldados, una multitud imponente rompió la consigna e invadió la plaza. Contra ella se abatió la furia de los soldados. Sin esperar la orden de los oficiales, empezaron a disparar contra la gente, casi a quemarropa. Gemidos y juramentos se hicieron oir, y la multitud retrocedió, abandonando nuevos muertos y heridos. Muchos de los heridos trataban de incorporarse o de huir arrastrándose a cuatro manos, a fin de apartarse lo más posible del circulo fatal donde reinaba la muerte; pero casi siempre les faltaban las fuerzas, y volvían a caer de nuevo. Se inició un "¡sálvese quien pueda!" general. Los fugitivos buscaban refugio en las calles vecinas, en las puertas-cocheras de las casas, detrás de la verja de los jardines, pisoteándose y estrujándose unos contra otros.
El Comité de Defensa, al cual se habían unido el prefecto de Policía y el jefe de la Guardia Nacional, estaba reunido permanentemente en el palacio de Stephen, y dirigía por teléfono la acción de las fuerzas militares y policíacas. Las noticias que hasta el Comité llegaban, también por teléfono, eran cada vez peores.
Hacia las tres de la tarde se recibieron informes de que en varios lugares, especialmente en las plazas de la República y de la Bastilla, en las calles de Montmartre y de Saint-Antoine, la multitud había conseguido construir barricadas, volcando con tal objeto varios camiones y coches del giroscopo municipal y sirviéndose de cuanto encontró a mano: postes, planchas, piedras y objetos de toda suerte.
—Hay que destruir estas barricadas, cueste lo que cueste—ordenó, en nombre del Comité de Defensa, el prefecto de Policía.
Media hora más tarde, la mayor parte de las barricadas habían sido destruídas por medio de la artillería ligera. Retrocedieron los amotinados, después de haber sufrido serias pérdidas. Pero pronto aparecieron bajo las bóvedas una decena de aeromotores, que empezaron a bombardear a las fuerzas de la Policía con efectos mortíferos. Varias bombas cayeron sobre las casas vecinas, abriendo en ellas grandes boquetes, que iban del techo hasta el sótano. A derecha e izquierda estallaban los incendios provocados por las explosiones, y a las detonaciones y gritos de espanto se unía el chisporroteo de las hogueras y el estrépito de las casas que se derrumbaban.
—¡Que salga la escuadra aérea!—ordenó el Comité de Defensa por teléfono.
Inmediatamente se alzaron unos veinte aeromotores blindados de combate. La lucha fué transportada de abajo arriba.
De entre la multitud surgian gritos:
—¡Sálvese quien pueda! ¡Esto es la muerte!
Las gentes empezaron a correr en todas direcciones, sin aliento casi, aplastándose unas a otras, sin parar mientes en nada ni en nadie, pensando tan sólo en una cosa: salir lo antes posible del círculo de llamas y de humo. Pero este circulo se extendía cada vez más. Por fin llegó a alcanzar todo el París subterráneo, y pronto no quedó un solo rincón donde refugiarse con seguridad siquiera relativa.
Millares de fugitivos, después de haber alcanzado los puntos extremos de la ciudad, continuaban huyendo en dirección a Clamart, Ivry y Saint-Denis. Otros se escondían en las bodegas. En un cuarto de hora las calles quedaron desiertas. Tan sólo se veían en ellas muertos y heridos. París parecía una ciudad muerta, cuya calma de cementerio era tan sólo turbada por el ruido de los incendios.
Mientras tanto, en el aire, decenas de aeromotores se preparaban a dar la batalla decisiva. Durante algunos minutos, como obedeciendo a un acuerdo tácito, parecían no decidirse a abrir las hostilidades. Pero pronto el eco de la bóveda repitió una y otra vez el sonido de una detonación formidable. Al mismo tiempo, junto a uno de los aeromotores pertenecientes a los rebeldes, estalló como una nubecilla de humo blanco, que se mantuvo en el aire largo tiempo, desvaneciéndose poco a poco: el aparato fué presa del fuego, y, después de describir, cual un pájaro herido, varias vueltas irregulares, cayó pesadamente al suelo. Las bombas que llevaba a bordo estallaron una tras otra, y al chocar contra el suelo, el aparato no era más que una inmensa brasa.
La batalla se enardecía. Algunos minutos más tarde, los rebeldes consiguieron, por su parte, derribar un avión enemigo, que al caer pegó fuego a una casa.
Cada vez eran más numerosas las nubecillas de humo blanco bajo la bóveda, y mayor el estrépito. Uno tras otro, los aeromotores caían al suelo o sobre los tejados de las casas. Uno de ellos fué a caer en el canal en una masa llameante que flotó largo tiempo sobre el agua, al lado de los cadáveres carbonizados de los aviadores.
Pronto se vió claro que la victoria se inclinaba del lado de la escuadra gubernamental, la cual tenía todavía más de una docena de aeromotores intactos, mientras los rebeldes disponían de cinco solamente. Continuar la lucha en estas condiciones hubiese sido una locura, y los rebeldes se rindieron. Uno tras otro, sus aparatos izaron bandera blanca, y, escoltados por la escuadra aérea, aterrizaron todos en la plaza de la Concordia, casi desierta. Los pilotos fueron conducidos a la cárcel.
—No será por mucho tiempo—dijo con ironía provocativa, a los soldados que le acompañaban, Alberto Grammont, uno de los instigadores principales del movimiento revolucionario.
XIV
Grammont no se habia equivocado.
Apenas había terminado la batalla aérea, el Comité de Defensa se enteró de que los rebeldes se habían aprovechado de la perturbación general y de la ausencia de guardia en los edificios públicos, para apoderarse del Arsenal, que se encontraba en la plaza de la República.
—¡Es preciso desalojarlo, cueste lo que cueste!—ordenó por teléfono el prefecto de Policía.
—¡Imposible!—contestó el comandante de París, con el cual se encontraba en comunicación—. La multitud ha tenido tiempo bastante para armarse. Disponen los rebeldes de cinco baterías eléctricas potentísimas, con las cuales pueden volar casi la mitad de la ciudad. Si el Comité de Defensa insiste, conduciré las tropas al asalto; pero entiendo que es mi deber advertir de antemano que las pérdidas serán, por ambos bandos, enormes, y, según mi modo de ver, inútiles.
Stephen, desesperado, con la cabeza entre las manos, iba nerviosamente de un lado a otro de su gabinete.
—¡Es horrible! ¡Horrible!—repetía sin cesar. Estos locos van a perder París y Francia entera. Es preciso ponerles en cintura, aunque sea a costa de una sangría terrible. Que se pongan en movimiento todas las fuerzas disponibles. La situación puede salvarse tan sólo con firmeza.
Al poco tiempo se libraba en la plaza de la República una batalla encarnizada entre las fuerzas insurrectas y las gubernamentales. Descargas eléctricas de una fuerza formidable sembraban la muerte en ambos campos, causando millares de víctimas. De la plaza de la Bastilla y del barrio de San Antonio llegaban constantemente a los rebeldes refuerzos numerosos.
Media hora más tarde, las principales arterias del Parií subterráneo estaban convertidas en un campo de batalla.
Uno de los proyectiles lanzados por los rebeldes cayó sobre el palacio de Stephen, y por el techo, a mitad hundido, empezaron a surgir altas lenguas de fuego.
—¡Esos canallas van a quemarnos aquí vivos—exclamó Harrison—. Es preciso huir.
El Comité de Defensa se trasladó a una casa particular vecina de la plaza de la Concordia.
Bajo, casi encima de las casas, estaba suspendido en el aire un espeso velo de humo, que hacía la respiración cada vez más difícil. El crujido de las hogueras y el estrépito de las casas que se derrumbaban ahogaban el fragor de la lucha, los lamentos de los heridos y los gritos de espanto de las gentes que, en busca de un rincón seguro, corrían de casa en casa y de calle en calle.
Las noticias que a cada instante recibía el Comité de Defensa iban siendo de vez en vez más alarmantes. Stephen parecia un capitán de buque, rodeado sobre el puente de sus oficiales, que se da cuenta de la imposibilidad del salvamento y ve la pérdida inevitable. A cada momento cogía el teléfono, y volvía a dejarlo a los pocos instantes como si el receptor quemara sus manos.
Los incendios se hacían cada vez más numerosos, aunque, afortunadamente, el cemento y el hierro de que estaban construídas las casas eran malos combustibles. Después de haber devorado el mobiliario y cuanto de madera había en las casas, el fuego, cual bestia hambrienta, lamía con sus lenguas rojas las paredes y vigas de hierro. Pero éstas no cedían, y el fuego crispado agonizaba y acababa por extinguirse. Media hora después de haber empezado el incendio, las casas parecían enormes braseros que acababan de apagarse.
La batalla proseguia entre los escombros humeantes. Después de haber sido rechazados hasta los barrios extremos de la ciudad, los rebeldes consiguieron abrirse paso de nuevo hasta el centro de la misma. Se apoderaban de las casas, se fortificaban en ellas, acogían con fuertes descargas eléctricas al enemigo, y, combatiendo de esta suerte, avanzaban sin cesar. Hacia las cinco de la tarde consiguieron apoderarse de la plaza de la Concordia, nudo central de Paris subterráneo, donde se encontraban la mayor parte de los edificios públicos. El Comité de Defensa, que se hallaba reunido allí cerca, corría el peligro de caer en manos de los rebeldes.
—Es preciso que abandonemos París!—dijo el prefecto de Policia.
—¿Y dónde quiere usted que vayamos?—preguntó Harrison.
—A Versalles, a Saint-Cloud, a Juvisy, a cualquier parte. Permanecer aquí sería una locura.
—Entonces, ¿todo está perdido?—preguntó Stephen.
—Sí. Es una avalancha que va a sumergirlo todo, y, sea como fuere, aquí somos impotentes. La única cosa que podemos hacer es marcharnos.
Pero huir no era empresa fácil. Todas las comunicaciones habían sido cortadas, destruidas las vías y arrancados los raíles.
—Hay que encontrar un aeromotor—dijo Harrison—. Y no sólo uno, sino dos, por lo menos.
—Está dicho pronto —replicó el prefecto de Policía—. Pero la cosa no es tan fácil. La escuadra aérea debe estar toda en manos de los rebeldes.
—Hay que probar—insistió Harrison—. Si el Comité me lo permite, voy a tratar de ver si la cosa es posible.
—Tan pronto salga será usted hombre muerto.
—Quizás no. Es cuestión de suerte.
Salió, y al cuarto de hora reapareció en aeromotor. Inmediatamente, otro aeromotor, pilotado por uno de los ayudantes de Harrison, el ingeniero Garnier, aterrizaba a la puerta de la casa.
Pero en el momento mismo que los miembros del Comité de Defensa se aprestaban a subir al aparato, la ciudad quedó sumida en las más negras tinieblas. Durante la lucha el sol artificial había quedado descompuesto.
De todos los pechos salió un grito de horror. Mientras París estuvo iluminado, la muerte que se cernía sobre la ciudad parecía menos terrible. Era un enemigo más o menos visible, contra el cual, en cierto modo, se podía luchar. Pero ahora, invadida la ciudad por oleadas de sombras impenetrables, era como si la muerte acechara a las víctimas a cada paso, envolviéndolas en su atmósfera y triunfando fácilmente de ellas con malvado refinamiento.
—¡Luz! ¡Luz! ¡Que alumbren la electricidad!—se oían gritos de todas partes.
Pero la central eléctrica sufrió también graves averías en el curso de la batalla, y París continuaba agitándose en las tinieblas. Tan sólo aquí y allá las llamas lanzaban en derredor sus lúgubres reflejos, alumbrando tan sólo un pequeño espacio. En torno a la luz de las llamas las tinieblas parecían más negras todavía. Para encontrar el camino, las gentes alumbraban pequeñas lámparas eléctricas de bolsillo. Débiles e impotentes contra la terrible noche, millares de lucecillas se encendían y apagaban alternativamente por las calles y en las ventanas de las casas.
—Hay que reparar la central eléctrica—dijo Harrison—. Si no, todo está perdido.
Y alumbrando el camino con su lámpara de bolsillo, corrió a lo alto en busca del teléfono.
—Póngame inmediatamente en comunicación con la central eléctrica... Soy Harrison, Cresby Harrison... ¿Qué? ¿Cómo?... ¿Que no se ve nada? Pues alumbren ustedes una lámpara de bolsillo, como todo el mundo. ¡Se trata de salvar París!
Diez minutos tardó Harrison en obtener la comunicación, durante los cuales parecía loco de impaciencia.
—¿Con quién hablo?... ¿El jefe de mecánicos?... ¿Y el director?... ¡Cómo! ¿Muerto?... Sí, si... ¿Y el ingeniero Caro?... ¿Muerto también?... ¡Buena la hemos hecho!... Es indispensable, cueste lo que cueste, reparar la central... ¿Cómo que imposible? Eso son tonterías. Es indispensable, y lo exijo en nombre del Comité de Defensa... ¡Cómo! ¿No hay en toda la central más que tres hombres vivos?... Hay que reclutar gente en la calle, sea quien sea, revólver en mano... Yo voy allá en seguida.
Tiró el receptor y bajó inmediatamente.
—¿Quién viene conmigo a reparar la central eléctrica?—dijo, agitando su lámpara por encima de la cabeza.
—¡Yo! Yo! ¡Y yo!—se oyeron voces en las tinieblas.
Los miembros del Comité de Defensa querían también ir todos; pero, a instancias de Harrison, Stephen, el ministro del Interior y el prefecto de Policía permanecieron junto al teléfono.
La central eléctrica se encontraba a algunos centenares de pasos, en la calle de Rivoli. Los voluntarios reclutados por Harrison, que eran unos veinte, avanzaban con lentitud, con sus linternas de bolsillo en la mano, precedidos por Harrison. A cada momento tropezaban con cadáveres o con escombros de las casas vecinas derrumbadas. Cuando el pequeño destacamento llegó a la calle de Rivoli estalló una detonación ensordecedora sobre sus cabezas, al propio tiempo que un prolongado relámpago, al parecer, desgarraba el aire.
—¡Un obús!
Instintivamente se acercaron unos a otros, formando un haz compacto.
Al primer obús siguió otro, y después un tercero y un cuarto. Se oyó el ruido característico de las casas que se venían abajo.
—¡Adelante!—gritó Harrison—. Es preciso iluminar cuanto antes la ciudad para que no se convierta en nuestra tumba.
Unos quedaron escondidos en las puertas-cocheras de las casas vecinas, y otros siguieron a Harrison.
Muy pronto el destacamento, mucho menos numeroso ahora, tropezó con un grupo de hombres que pareciín ocupados en la puerta de una casa vecina. Harrison proyectó su linterna sobre el grupo, y los hombres que lo componían retrocedieron unos pasos.
—¿Quién sois? ¿Qué hacéis aquí?—preguntó Harrison.
—¿Y tú quién eres para hablar con ese tono?—preguntó uno de los del grupo, proyectando a su vez su linterna sobre Harrison—. ¡Ah! ¡Se trata del señor Harrison en persona! ¿Del hombre que nos hizo bajar a ese agujero del diablo?
Mientras tanto, Harrison tuvo tiempo de echar una ojeada sobre la banda. Todos iban provistos de paquetes, y algunos llevaban debajo del brazo líos de ropas. No había duda de que se trataba de bandidos que habían salido aprovechando la ocasión propicia.
—¿Os dedicáis a robar, según parece?—dijo Harrison con tono severo.
—Sí. ¿Y qué?—preguntó con tono retador la misma voz. No querrás que te pidamos antes permiso...
—¡Canallas!—gritó Harrison—. Mientras por todas partes no hay más que muerte y ruinas, vosotros...
No pudo terminar. En la mano del jefe de la banda brilló un revólver. Pero Harrison, al descubrir su gesto, se le adelantó y, sacando del bolsillo el revólver, tiró a quemarropa contra el jefe de la banda, dejándole en el sitio.
Sonaron otros varios disparos de revólver, y se entabló una escaramuza.
A los pocos minutos, Harrison cayó al suelo herido. Sentía agudos dolores en el hombro derecho, y al llevar a él la mano se dió cuenta de que la herida sangraba en abundancia. Pero, a pesar de la pérdida de sangre, no tardó mucho en levantarse de nuevo, y a la luz de su lámpara pudo ver, tendidos en el suelo, varios muertos y heridos. De los pechos de los agonizantes se escapaban sordos gemidos.
—¿Hay todavía alguno vivo?—preguntó.
Varias voces le contestaron. Entre ellas reconoció la de Morel, director de Obras públicas, y algunos otros voluntarios.
—¿Qué le pasa? ¿Está usted herido?—preguntaban todos a Harrison.
—No es nada. Una bala que me habrá alcanzado el hombro. ¡Adelante! Esos canallas nos han hecho perder demasiado tiempo. Nuestro destacamento se ha reducido mucho.
No quedamos más que seis.
—Con eso basta. Pero hay que darse prisa.
Y arrancando de un tirón la manga de su camisa, vendó de cualquier modo la herida y se puso en marcha.
A cada paso tropezaba el grupo con bandas de malhechores que, a la luz de lámparas de bolsillo, forzaban las puertas de las casas. Pero no había tiempo que perder con tales desalmados.
—¡Hay que darse prisa!—gritaba Harrison sin cesar—. Adelante! ¡Adelante!
XV
Durante veinte horas estuvo París subterráneo envuelto en tinieblas impenetrables. Millares de corazones sentían la opresión de una mortal congoja, como si las gentes estuviesen enterradas vivas.
Los malhechores se entregaban con celo a su trabajo. Bandas de criminales, en su mayor parte escapados de las cárceles destruídas o abandonadas por los carceleros, hacían irrupción en las casas y llevaban consigo cuanto encontraban a mano. Si se les oponía resistencia recurrían a los cuchillos y revólveres. Las más de las veces, los habitantes de las casas, apelotonados por el miedo en un rincón cualquiera, dejaban a los ladrones en completa libertad. Al proyectar los bandidos sobre esos grupos sus lámparas de bolsillo, las víctimas trataban de hacerse menos visibles, más insignificantes en su rincón. Se tapaban la cara para evitar los rayos de una luz que era mensajera de la muerte. Los niños sollozaban, y las personas mayores se encontraban muchas veces faltas de voz para poder gritar de espanto.
A los horrores que sufrían los habitantes iba unida la ignorancia absoluta de cuanto sucedía en la ciudad. La gente no sabía el porqué de aquella oscuridad ni lo que sucedía fuera de sus casas. Las suposiciones más absurdas nacían en los cerebros calenturientos, y el ruido de las casas, al derrumbarse, hacía nacer en las imaginaciones la duda horrible de si los zootauros acababan de penetrar en el subterráneo.
Y cuando sobrevenía un intervalo de silencio era todavía mayor el terror de las gentes. Se abrían los ojos desmesuradamente para escrutar las tinieblas circundantes, y espiaban el silencio, en cuyo seno misterioso parecía albergarse algo de siniestro y amenazador.
Las horas, y aun los minutos, parecían inacabables. Muchas personas jóvenes aun emblanquecieron durante aquella noche, y otras perdieron la razón. Sobre todo, entre las mujeres y los viejos abundaron las muertes por parálisis del corazón.
La central eléctrica quedó reparada tan sólo hacia el mediodía del día siguiente. Inmediatamente se alumbraron los focos en diversos lugares de la ciudad.
De millares de pechos surgió un grito de alegría. Diríase que se había levantado la losa de la tumba y que los enterrados en vida veían de nuevo la luz del día.
Sorprendidos por la luz imprevista, los bandidos pusieron pies en polvorosa, abandonando en su fuga el botín de sus pillajes. En las plazas y calles, hasta entonces completamente desiertas, aparecieron patrullas de soldados y policías. Se abrían las puertas y las ventanas, y millares de gentes, movidas por la curiosidad, se lanzaban a la calle para averiguar lo que durante aquella noche inolvidable había sucedido.
Y apenas las miradas se hubieron reconciliado con la luz, se reanudó la lucha entre ambos campos con igual furia. Los rebeldes concentraban a toda prisa sus fuerzas en las plazas de la República y de la Bastilla, el Faubourg Saint—Antoine y las calles vecinas. Las tropas ocupaban la plaza de la Concordia y sus alrededores.
A los pocos minutos se entabló la batalla. Después de una noche de horrores vino el dia con otras mil amenazas de muerte.
Harrison y sus camaradas salieron de la central eléctrica, y atravesando la plaza de la Concordia se dirigieron hacia la casa donde estaba reunido el Comité de Defensa. Pálido, a causa de la pérdida de sangre y de una noche de insomnio y de trabajo, con los vestidos desgarrados y la cara manchada de aceite, Harrison estaba desconocido. Cualquiera de sus amigos que mejor le conocieran habría podido tomarle por un golfo cualquiera.
El aspecto de sus camaradas era igualmente miserable.
Llovían los obuses, que cortaban el aire con silbidos semejantes al de un hierro candente metido en el agua. Las casas se venían abajo, temblaban las ventanas, se hacían añicos los cristales, y las hojas se desprendían de los árboles.
—¡Esos locos quieren destruirlo todo!—murmuró Harrison.
Cada vez que en lo alto se oía el silbido característico, Harrison y sus camaradas seguían la trayectoria del obús para tratar de averiguar el punto de caída. Cuando el obús amenazaba con caer muy cerca, atravesaban corriendo la calle o pasaban a una de las calles vecinas.
De pronto, cuando se encontraban ya a un centenar de metros de la casa donde estaba reunido el Comité de Defensa, estalló un obús en el lado opuesto de la calle. Nada pudo verse durante un minuto a través de la nube de polvo y de escombros. Cuando la nube se disipó pudo verse cómo, entre charcos de sangre, se arrastraban en el suelo varios hombres.
Entre ellos se encontraba Harrison, mortalmente herido en la cabeza y el costado izquierdo.
La triste noticia circuló de calle en calle y de barrio en barrio con la rapidez de una centella.
—¡Harrison muerto! ¡Ha sido muerto Harrison—exclamaban las gentes con voz entrecortada.
Y de todas partes corría la multitud hacia el lugar de la desgracia.
Stephen acudió también. Se abalanzó sobre su amigo, e inclinándose y conteniendo apenas los sollozos, le preguntó:
—¿Qué le pasa? ¿Está usted herido?
—Muero, mu... ero—balbuceó Harrison de un modo apenas perceptible—. Decid al pueblo... de Paris que...
—¿Qué? ¿Qué?—preguntó Stephen, inclinandose todavía más.
Pero los ojos de Harrison se cubrían ya con el velo de la muerte, y de sus labios empezó a brotar la espuma.
Exhaló un último suspiro: el suspiro de adiós a la Tierra, a la vida, a los hombres, a cuanto estaba cerca de su corazón.
Stephen dejó caer con cuidado la cabeza de su amigo, como temiendo hacerle daño aún, le cerró los ojos, se levantó y con la cabeza desnuda hizo la señal de la cruz.
Durante algunos minutos reinó en la ciudad un silencio profundo. Hubiérase dicho que Paris subterráneo quería honrar con un silencio religioso al que había sido su padre espiritual y.uno de sus principales forjadores.
Pero en los días de ansiedad y de incertidumbre los vivos no gustan de detenerse largo tiempo ante los caídos. Pronto fué desgarrado el aire por el silbido de un obús que anunciaba la muerte y la devastación.
XVI
La batalla en las calles cesó tan sólo dos días más tarde.
París parecía un campo de batalla sobre el cual se hubiese cernido largo tiempo la muerte triunfante, cosechadora de un rico botín de sangre.
En ambos campos eran a millares los muertos y los heridos. Los cadáveres eran recogidos aprisa de las calles y plazas. Millares de obreros, dirigidos por técnicos de las diversas especialidades, reparaban lo que había sido destruído en la furia ciega de la guerra civil.
Los rebeldes experimentaron un serio fracaso. Una parte de ellos consiguió huir de París. Otros fueron detenidos y encerrados en prisiones provisionales. Todas las cárceles de París habían sido destruídas durante la revuelta.
Los funerales de las víctimas tuvieron un carácter de triste solemnidad. Lúgubremente resonaba bajo las bóvedas el tañido fúnebre de las campanas de Notre-Dame de París. Las notas de la marcha funeral resonaban con profunda melancolía. En el cortejo figuraban numerosas banderas con lazos y corbatas de luto, y los ataúdes negros llevados en hombros semejaban barcas misteriosas derivando hacia el océano de la Eternidad.
Como el buque-almirante de esta escuadra negra, iba ante todos el ataúd de Harrison, adornado con numerosas coronas y cintas de luto. Con la misma seguridad guiaba ahora Harrison el cortejo de los muertos hacia el océano de la Eternidad, que en vida supo guiar a las multitudes por el océano de la Vida.
En el cementerio, ante el crematorio, Stephen, después de consagrar a las víctimas un emocionante discurso, pronunció algunas palabras en honor de Harrison. La multitud escuchó a Stephen, las cabezas bajas y descubiertas.
—¡Ciudadanos!—dijo—. De todas las pérdidas que acabamos de sufrir es ésta quizás la más grave. Damos el último adiós a un ciudadano cuya patria fué el Mundo entero. Ha muerto; pero su obra no podrá considerarse muerta mientras continúe latiendo un solo corazón humano. El nos indicó la vía de salvación y puso la primera piedra del París subterráneo. A su genio y a su energía deben la vida millones y millones de seres humanos. Su noble corazón era como una antorcha llameante. ¡Gloria y honor al luchador infatigable por el bien de la Humanidad! Inscribió su nombre con letras de oro en el libro de la Historia, y este nombre será pronunciado con respeto por nuestros más remotos descendientes. Que la Tierra, sobre la cual dejó tantas huellas profundas de su genio creador, le sea ligera. En la medida de nuestras fuerzas, nosotros continuaremos su obra. Sobre su tumba vamos a prestar juramento de olvidar cuanto nos había separado, y todos juntos, reuniendo nuestras fuerzas, ponernos a trabajar para reparar las ruinas y curar las heridas. Este será el mejor medio de honrar la memoria de Cresby Harrison, el gran amigo de la Humanidad...
* * *
Una vez quemados los cuerpos de los muertos, los vivos pusieron manos a la obra.
Con el mismo celo puesto ayer en la destrucción de sus hogares, las gentes se aplicaban hoy a reconstituirlos. Reparaban las casas, las vías; volvían a su sitio los raíles arrancados. París había recibido heridas sangrientas que exigían una curación urgente y rápida.
Algunos días más tarde, el sol artificial, puesto de nuevo en orden, volvió a alumbrar París con su luz fría e impasible. Esta luz no inspiraba a las gentes la menor alegría. Muchos lo miraban con ojos tristes y acusadores.
La vida se reanudaba poco a poco. El trabajo renacía en las fábricas y talleres. Fué declarada una guerra sin cuartel al ocio y a la pereza. Cuantos eran capaces de trabajar fueron puestos al pie de las máquinas. El Comité de Defensa asumió el control de la producción, y, junto con los delegados de las asociaciones obreras, reglamentaba las condiciones de trabajo, intervenía en el reparto de los beneficios entre los obreros y empleados de las Empresas, y se ocupaba de resolver los conflictos. Fueron prohibidas las huelgas y castigadas severamente las maniobras encaminadas a provocar la paralización del trabajo.
—No es éste el momento de hacer huelga—decía Stephen en sus visitas a las fábricas—. Los obreros son dueños casi absolutos de las Empresas, los capitalistas ocupan un lugar secundario, y no pueden emprender ninguna iniciativa sin el consentimiento de los Comités de Fábrica. En estas condiciones las huelgas son un crimen, y el Gobierno no las tolerará, por lo menos mientras duren circunstancias como las presentes, que reclaman la tensión de todas las fuerzas.
Los propietarios y empleados de fábricas y talleres quedaron, en efecto, reducidos al papel de simples empleados de sus Empresas. Si alguno de ellos se negaba a someterse a ese estado de cosas era sencillamente eliminado por el Comité de Defensa, y éste, de acuerdo con la Comisión obrera, designaba a un nuevo gerente.
Por medio de la Prensa a sus órdenes, la Asociación de Amigos del Orden hacía una campaña encarnizada contra el Gobierno. No tardó la Policía en descubrir una conspiración tramada por esos señores, cuya primera víctima designada era el propio Stephen. Los principales conspiradores, a la cabeza de los cuales figuraba Pruneau, el "Rey del Acero", fueron detenidos.
Al ser conducido a la cárcel, Pruneau tuvo un ataque de apoplejía y falleció aquella misma noche.
La Asociación de Amigos del Orden quiso hacer del entierro de Pruneau una manifestación contra el Gobierno. "Estamos seguros—decía uno de los periódicos subvencionados por dicha Asociación—que el pueblo acudirá en masa a rendir un último homenaje al hombre que tanto había contribuído a la prosperidad de la industria nacional." Pero estas esperanzas no se confirmaron. Casi nadie acudió al entierro, y el "Rey del Acero" se fué al otro mundo acompañado tan sólo de algunos amigos.
En las provincias la revuelta fué asimismo sofocada en casi todas partes. Las ciudades, donde el Poder había pasado a manos de los rebeldes, fueron reducidas a la obediencia. En algunos sitios la represión fué sangrienta; pero en la mayor parte bastó que se presentara un destacamento militar de París para que los rebeldes se rindieran y se dieran a la fuga precipitada. Convencidas de que una vez restablecido de la crisis de los últimos dias París disponía de fuerzas suficientes, las provincias volvieron a someterse a su hegemonía.
Por otra parte, las sublevaciones locales habían servido casi siempre para entronizar en el Poder a la escoria de la población, paralizando la vida económica y provocando una crisis de la alimentación que servia para hacer aumentar todavía el descontento. La población, al ver sus esperanzas fallidas, volvía la espalda a los nuevos detentadores del Poder, y siguiendo una secular costumbre, volvía sus ojos hacia París. Grupos diversos se disputaban el Poder, la guerra civil hacía estragos, la anarquía iba en aumento, el pillaje no cesaba, la vida se hacía cada vez más insoportable, y la población soñaba tan sólo con el restablecimiento de un Poder fuerte. Esto facilitaba en alto grado la tarea del Gobierno central.
Tan sólo Lyón y Lilla opusieron una resistencia embravecida.
En Lyón, los rebeldes, anarquistas la mayor parte, disponían de fuerzas considerables y se negaban resueltamente a deponer las armas. A las exigencias del Gobierno central replicaban con burlas y amenazas. La ciudad quedó transformada en un campamento militar. Bajo amenaza de sangrientas represalias fueron movilizados todos los hombres capaces de llevar armas. A fin de impedir la llegada de tropas de la capital, la línea del ferrocarril fué destruída hasta varias decenas de kilómetros en derredor.
—Tendrán que rendirse por hambre—decia Stephen, a quien horrorizaba sobre todas las cosas la idea del derramamiento de sangre.
Un Gobierno que no puede dar pan a la población es un Gobierno condenado. Los estómagos vacíos son sordos a todos los lemas revolucionarios. Y al acercarse a Lyón una división de Infantería enviada de París, millares y millares de lioneses se apresuraron a salir a su encuentro, acogiendo con júbilo a los soldados y haciendo lo posible para facilitarles su entrada en la ciudad.
Dándose cuenta de que la situación se ponía seria, el Directorio se dió a la fuga. Inmediatamente después fué izada en la Casa de la Villa la bandera nacional, tan odiada de los rebeldes.
La victoria sobre los insurrectos de Lille exigió asimismo prolongados esfuerzos. El Consejo de Elegidos del Pueblo disponía de decenas de millares de obreros tejedores, bien armados y bien disciplinados. La guarnición local hizo causa común con los rebeldes. Durante veinticuatro horas, casi sin interrupción, las calles de Lille fueron teatro de la batalla entre los rebeldes y las tropas de París.
Pero como era inevitable, París resultó vencedor.
XVII
La Francia subterránea volvió a su vida apagada y gris como el hombre joven que después de correr aventuras vuelve a la vida seria.
Los días transcurrían monótonos, sin alegria, sin la salida y el ocaso del Sol, y en nada se distinguían de las noches.
Las gentes trataban de adaptarse a las condiciones de la existencia subterránea; ahogaban en sus corazones la nostalgia del cielo, del Sol, de los azules espacios infinitos, y se volvían ellas mismas grises, sin color, como si la tierra entre la cual vivían lanzara sobre las existencias humanas su reflejo.
Y al propio tiempo que los colores, se empañaban las facultades de la inteligencia, se apagaban una a una las chispas de genio desparramadas entre los hombres por la Naturaleza, como las chispas de fuego se apagan al caer sobre un campo de nieve. Bajo las pesadas bóvedas, entre las masas de tierra gris, parecía faltar espacio para que las fuerzas intelectuales del hombre se desenvolvieran, y las chispas del genio humano carecían de aire para poder convertirse en una llama potente. La tierra lo aplastaba todo, lo nivelaba todo, borraba los trazos de la individualidad.
Faltaba a los poetas inspiración para componer versos, y las rimas que alguna vez salían de su pluma eran tristes y pesadas como las bóvedas suspendidas sobre sus cabezas. En los versos no había luz del Sol, claro de Luna ni azul del cielo. No eran en nadie un estímulo para aspiraciones nobles y orgullosas, una invitación a la lucha por el ideal, un arrullo para delicadas y deliciosas ensoñaciones.
El célebre poeta Delancre, después de largos y vanos esfuerzos para resucitar las bellas imágenes que antes bajo el cielo abierto surgían potentes en su imaginación y transformarlas en estrofas sonoras, rompió la pluma indignado y buscó en el vino el olvido de su desgracia. Mal vestido y peor peinado, rodaba por las calles, reuniendo a veces en torno suyo la muchedumbre de los curiosos y desocupados, y recitando con voz enronquecida por el alcohol y golpeándose con énfasis el pecho, los versos compuestos tiempo ha bajo la bóveda infinita:
El Sol, como un dios de fuego,surca en su carro el océano celeste...
comenzaba con tono solemne.
Después interrumpía su declamación, fruncía el ceño, se golpeaba la frente a puñetazos como para despertar la memoria dormida, y con voz sollozante exclamaba:
—¡No me acuerdo! ¡No me acuerdo de mis propios versos! ¡Dios mío, qué horror! ¡Olvidar sus propios versos! Si pudiera tan sólo recordar... Probemos otra vez...
Y adoptaba una actitud de actor trágico, la mano extendida con gesto ampuloso para comenzar de nuevo:
El Sol, como un dios de fuego,surca en su carro el océano celeste...
el océano celeste...
celeste...
—¡Imposible! ¡No puedo acordarme! Y tan sonoras y brillantes eran las estrofas que cuando las recitaba allá, en lo alto, yo mismo creía ser un Dios. ¡Esas malditas bóvedas! ¿Cómo va a ser posible cantar aquí el cielo y el Sol? ¡Malditas sean esas bóvedas abominables, que no nos dejan ver el Sol! ¡Yo, el poeta Delancre, os maldigo por los siglos de los siglos! Amén.
Furiosamente levantaba los brazos en alto con el puño cerrado. Pero pasado el paroxismo de la cólera, rompía a llorar amargamente.
Barreau, el cantador popular, autor del cuplé de los zootauros, siempre tan alegre y chispeante como el champaña de su país natal, se convirtió en un hombre taciturno y triste. En su espíritu se habían apagado las fuentes de la alegría y de la risa. En las tabernas, que habían sido siempre su tribuna, su escenario y, por así decirlo, su segunda casa, hacía ahora vanos esfuerzos para divertir al público con los cuplés, canciones y chistes, que tantos éxitos le habían valido. Pero los mismos que antes habían reído sus ocurrencias hasta desternillarse le escuchaban ahora con aire de aburrimiento, como si se tratara de una conferencia de economía política. Dándose cuenta de que era hombre perdido, Barreau bebía sin parar copa tras copa, y una vez borracho se dedicaba a promover escándalos y a insultar al público.
—¡Paso, imbéciles!—gritaba levantando la cabeza, arqueando el pecho provocativamente y levantándose sobre las puntas de los pies, a fin de dar un poco de realce a su pequeña estatura—. Tenéis ante vosotros al propio Feliciano Barreau! ¡Me llamaban mago y brujo! Los más grandes escritores y artistas venían a las sucias tabernas donde yo cantaba y aplaudían hasta romperse las manos. Cuando cantaba Mimí, el barrio entero rugía de entusiasmo y entonaba el estribillo. ¡Sí, señores: digan ustedes lo que quieran, yo soy siempre, cuando menos, Barreau! Mientras que ustedes, ¿quiénes son? ¿Para qué existen? Antes apestabais el cielo con vuestro aliento, y ahora apestáis estas bóvedas. ¡Enanos, miserables pigmeos, almas pobres, que ignoráis lo que es la llama y el impulso de la inspiración! ¡Oidlo bien! ¡Yo, Feliciano Barreau, os desprecio con toda mi alma y os veo desde mi cúspide como pequeños escarabajos!...
Tan pequeño era el pobre Barreau, que para mirar las gentes de arriba abajo pasaba los grandes apuros, y procuraba todavía más enderezarse sobre las puntas de los pies y echar el pecho fuera. Estas escenas terminaban siempre de una manera triste para el pobre Barreau: el tabernero lo echaba de la taberna con malos modos. El infeliz llamaba entonces largo rato a la puerta como un desesperado.
Los pintores trataban de pintar de memoria el cielo, las puestas de Sol, las nubes, las montañas, el mar. Pero todos sus esfuerzos resultaban vanos, y desesperados, furiosos, acababan desgarrando sus telas.
El célebre paisajista Pascal Lacroix mandó un día invitaciones a sus amigos para que visitaran su taller. La impresión que sus cuadros produjeron fué deplorable. Las telas no eran más que un abigarramiento de colores, y el dibujo era como de un niño de cinco años.
—¡Señores!—dijo Lacroix dirigiéndose con solemnidad a los presentes—. Os he invitado para asistir a los funerales del célebre pintor Pascal Lacroix. Sin lágrimas, ni coronas, ni discursos. Lacroix quiere bajar a la tumba sin pompa ni boato. Pero antes contemplad esas telas. ¿No es verdad que son obras maestras?
Los invitados guardaban un silencio penoso.
—Pero ¿por qué ese silencio?—insistía Lacroix con buen humor—. Fijense en esta puesta de Sol. O en ese mar, dormido a la luz de la Luna. ¿Han visto ustedes nunca algo semejante?
Y diciendo esto cogió un gran cuchillo y empezó a apuñalar las telas en todos sentidos. Cuando estuvieron completamente destrozadas se desplomó, agotado, sobre una silla y estalló en una risa histérica:
—¡Ja, ja! ¡Pascal Lacroix ha muerto! ¡Los zootauros lo han devorado! ¡Que la tierra le sea leve! Propongo levantar la sesión en señal de duelo.
A la mañana siguiente los periódicos daban la triste noticia de que el pintor Pascal Lacroix se había vuelto loco.
Era un loco tranquilo. Instalaba su caballete en una esquina y se sentaba ante él con el pincel en una mano y en otra la paleta. Levantaba a cada momento los ojos en alto, como contemplando algo que sólo él podía descubrir, y con gran aplicación iba depositando sobre la tela manchas de color. Cuando le preguntaban qué estaba pintando, contestaba:
—Una puesta de Sol. ¿No lo ven ustedes? Por esas nubes se filtran los últimos rayos de luz. ¿No es verdad que el efecto es admirable?
Los amantes tampoco podían soportar la falta del Sol. De sus caricias había desaparecido el encanto, y las declaraciones de amor eran frías e indiferentes.
—¡Sol de mi alma!—murmuraba un muchacho acariciando a su novia.
Pero al levantar los ojos en alto, hacia las bóvedas grises y frías, sentía que las palabras de amor se helaban en sus labios.
—¿Por qué te callas, amor mío? ¿En qué piensas?—le preguntaba ella.
—Pienso en lo felices que seríamos si el Sol, el verdadero Sol, alumbrara nuestro amor.
—Es cierto—contestaba la muchacha—. ¡Ya casi no me acuerdo del Sol!... Aquel último paseo por el Luxemburgo al atardecer con los rayos filtrándose por entre el follaje... La tierra era tan cálida que casi quemaba los pies...
Hasta los niños habían perdido el don de la risa. Sin sus juegos y gritos las calles tenían una tristeza infinita. Sus mejillas iban perdiendo el color. Los que habian bajado al subterráneo de pequeñuelos y no se acordaban del Sol, preguntaban a sus madres:
—¿Es que el Sol de arriba no es como el nuestro?
—No, hijo mío. Es muy distinto.
—Pero, entonces, ¿cómo es?
La madre quedaba unos instantes perpleja, como tratando de resucitar en su memoria la imagen del verdadero Sol.
—El verdadero Sol es grande, muy grande. Y su luz calienta hasta volver las mejillas rojas, como cuando se está cerca de una chimenea encendida...
—¿Es que yo no lo veré nunca?—preguntaba el niño.
—Sí, hijo mío. Muy pronto. ¡Muy pronto lo verás!...
Y la madre besaba con ternura las mejillas de su hijo, como para infundirle con sus cálidas caricias el calor del Sol que le faltaba.
XVIII
A principios del mes de diciembre de 1968 terminaron los trabajos para la apertura de un túnel bajo el canal de la Mancha, entre Calais y Douvres. El 1 de enero tuvo lugar la inauguración solemne.
Douvres, Calais, Londres y Paris estaban de fiesta. Las músicas, los himnos nacionales, los discursos y los brindis, el despliegue de banderas, los fuegos artificiales y otros festejos, señalaron el comienzo de la era nueva. Pero todos los esfuerzos para conseguir que el pueblo participara con júbilo en las manifestaciones oficiales resultaron vanos. Ni los propios parisinos, antes siempre dispuestos a la alegría y al bullicio, salieron de su abatimiento. La multitud escuchaba, silenciosa y triste, a los oradores, como si en lugar de hacer el panegírico del genio humano pronunciaran oraciones fúnebres sobre la tumba de la Humanidad.
Por todas partes reinaba una profunda apatía. Muchas gentes abandonaron por completo sus ocupaciones, y durante días enteros iban de una parte a otra o se quedaban en sus casas sin saber qué hacer, indiferentes hacia cuanto sucediera en torno suyo. Todos los medios resultaban ineficaces para luchar contra esa apatía. Los mejores actores representaban ante salas vacías; los oradores más elocuentes no conseguían hacerse escuchar. Los obreros descuidaban el trabajo; los empleados abandonaban sus puestos. La vida social entera estaba amenazada de parálisis.
El número de enfermedades nerviosas aumentaba cada día, y los manicomios estaban atestados. Reinaba como una epidemia psíquica que desconcertaba a los psiquiatras más famosos. A pesar de los cuidados y de una buena alimentación, los enfermos perdían peso, enflaquecían, y su palidez era cada vez mayor. No se quejaban, no parecían tener deseos, y si no se les obligaba a comer, podían pasar semanas enteras sin alimento. Inmóviles, como petrificados, pasaban de la mañana a la noche, con los ojos fijos en un punto, como idiotizados. Sus ojos parecían no ver y sus oídos no oír. Ni los ruidos más fuertes conseguían llamar su atención. Se diría que, vivos todavía, iban pasando poco a poco al reino de las sombras, completamente extraños ya a cuanto sucedía en la vida.
Eran muchos también los tuberculosos, que, privados de la luz y del calor del verdadero Sol, sin el aire del mar y de las montañas, morían por no poder resistir las condiciones de existencia subterránea. Se construyeron lejos de las ciudades sanatorios con lagos artificiales, con parques y bosques de pinos. Pero todo fué en vano, y la extensión de la tuberculosis se convirtió en una verdadera plaga.
La mortalidad tomaba proporciones aterradoras, sobre todo entre los niños, que nacían pálidos, lívidos y raquíticos.
Los suicidios eran cosa corriente. Jóvenes, viejos y hasta niños ponían fin a sus días. Perdida toda esperanza de felicidad bajo las bóvedas siniestras, muchas parejas de amantes cortaban, de común acuerdo, el hilo de la existencia. A veces se suicidaban familias enteras.
Por las calles iban los entierros en procesión. Los cementerios se extendían sin cesar: las ciudades de los muertos amenazaban con absorber y dejar desiertas las ciudades de los vivos.
París se desangraba. Y no tan sólo París: la muerte recogía una óptima cosecha en toda Francia, en Inglaterra, en Alemania, en Italia, en España, por todas partes donde los hombres habían buscado refugio bajo tierra. Donde habían permanecido en la superficie, como en China, la India, el África y diversas partes de la América del Sur, la población era diezmada por los zootauros.
La Humanidad perecía. Fracasó la tentativa de encontrar bajo tierra la salvación: las entrañas de la tierra estaban acostumbradas a recibir sólo los muertos, y acogían con una hostilidad implacable a los seres vivientes que pretendían perturbar su eterno reposo. Parecían haber organizado una conspiración silenciosa contra los intrusos impertinentes para ahogarlos con su masa, para diezmarlos a fuerza de enfermedades y epidemias, para envenenarlos con miasmas desconocidos sobre la Tierra. Decididamente bajo tierra no había lugar para el hombre.
Era preciso marcharse. Pero ¿adónde? Sobre la Tierra, en el aire, en el agua, acechaban al hombre los terribles monstruos alados, implacables como las fuerzas ciegas de la Naturaleza, como el huracán, el terremoto, la muerte misma. Los zootauros no habían abandonado aún la Tierra. De diversos lugares llegaban noticias sobre sus ataques. En Europa y en los Estados Unidos, donde apenas quedaba nadie en la superficie, sus apariciones eran muy raras; pero era indudable que tan pronto como los hombres volvieran a sus viviendas abandonadas, los zootauros reaparecerían. Cada vez, en efecto, que, movidos por la desesperación, los hombros volvían a la superficie, millares de victimas encontraban la muerte entre las garras de los monstruos o bajo los escombros de las casas derrumbadas.
XIX
En estos días de infinita angustia, cuando el último rayo de esperanza parecía apagado en los corazones, tuvo lugar un acontecimiento destinado a ejercer una influencia decisiva sobre los destinos de la Humanidad.
Era el 10 de marzo de 1968.
Acababan de dar las once de la noche.
Stephen, que había asistido a una larga reunión del Comité de Defensa, estaba trabajando en su despacho, cuando vió entrar a uno de sus secretarios.
—Señor presidente: un caballero pide con gran insistencia que se le reciba.
Stephen hizo un gesto de impaciencia.
—Dígale que no puedo recibirle a estas horas. Que vuelva mañana, a la hora de visita.
—Se lo he dicho ya. Pero me ha contestado que se trataba de una cuestión importantísima, que no admite aplazamientos. Le he preguntado qué pretende, pero se ha negado a contestarme.
—¿Probablemente un loco?...
—No lo parece. Tiene más bien el aspecto de un sabio...
—¿Cómo se llama?
—Grandidier. Juan Grandidier. Aquí está su tarjeta. Jamás había oido este nombre.
Stephen pasó la vista por la tarjeta, dió un suspiro y, restregándose los ojos con un gesto de supremo cansancio, dijo:
—¡Qué se le va a hacer! ¡Que pase!
Un minuto más tarde el secretario introducía en el despacho un hombre pequeño y mal vestido, con el pelo largo y caído sobre los hombros. Su larga levita, abrochada hasta el cuello, y los lentes, grandes y redondos, bajo las cejas espesas, le daban un aspecto de pastor protestante o de profesor alemán.
El secretario salió.
—¿En qué puedo servirle a usted?—preguntó Stephen, después de estrechar la mano al visitante y rogarle se sentara.
—En muchas cosas, señor presidente—contestó el visitante—. Aun a riesgo de pasar por loco, he de decir que el asunto que me ha llevado a visitarle puede tener una importancia decisiva para la Humanidad.
Stephen examinó al vejete que tenía ante sí, pensando que, en efecto, se trataría de un demente o, por lo menos, de un infeliz, víctima de la manía de grandezas.
—Sí, señor presidente. Se trata del porvenir de la Humanidad. Yo no soy ningún maniático, ni tampoco un megalómano. Es verdad que no he dicho todavía quién soy. Soy un ex catedrático de Física de la Universidad de París... Juan Grandidier... Un hombre desconocido por completo, ¿no es verdad? No es extraño. Estoy retirado desde hace diez años y vivo un poco apartado de los círculos científicos. He escrito algunas obras de Fisica. Entre ellas una sobre magnetismo, que al publicarse hace unos veinte añosdió lugar a muchas polémicas, y fué traducida a todas las lenguas europeas.
Stephen, algo perplejo, se frotó la frente.
—Pero espere... ¡Si creo que me acuerdo!... Algo sobre la influencia que ejercen las oscilaciones magnéticas sobre el espectro solar, ¿no es eso? Si no ando equivocado, ese trabajo fué apasionadamente discutido en la Academia británica...
—En efecto: la Academia británica me concedió un premio que me permitió ampliar considerablemente mi gabinete de Fisica.
—¿Y la Academia francesa?
Grandidier sonrió con dulce ironia.
—Primero rechazó mi trabajo. Después no quiso perdonarme que me hubiese dirigido a la Academia británica, y se vengó hasta el punto de hacer como si mi existencia le fuera desconocida. El presidente, Marcel Duvernoy, y algunos de sus colegas, están muy al corriente... Pero pasemos a la cuestión.
Stephen, cada vez más interesado, acercó algo más su sillón a la mesa.
—Le escucho con el mayor interés—dijo—. ¿Fuma usted? ¡Haga el favor!
Grandidier tomó con gesto torpe un cigarro, lo encendió con gran trabajo y empezó:
—El objeto de mi visita es muy grave y, a la vez, muy sencillo: acabo de elaborar un proyecto de lucha contra los zootauros, que tengo el profundo convencimiento de que ha de dar resultados positivos. Si se consigue realizar este proyecto, el problema trágico ante el cual se encuentra la Humanidad, quedará resuelto. Pero su realización exige considerables medios técnicos y pecuniarios.
—Si no es más que eso...—dijo Stephen.
—Nunca he dudado de que aquí encontraría apoyo y estímulo para mi empresa. Por esto he venido. Sería, desde luego, más lógico que tratara, ante todo, de obtener el parecer de una corporación científica competente. La Academia, por ejemplo. Pero...
—Comprendido. Ha hecho usted muy bien en venir a verme directamente. Le estoy muy agradecido, y esté usted seguro de que conseguiré que su proyecto se estudie con la atención debida. ¿Quiere usted tener la amabilidad de exponérmelo en líneas generales?
—Con mucho gusto. Tengo aquí todos los planos y cálculos. Con permiso...
Grandidier iba a sacar de una abultada cartera un gran fajo de papeles, pero Stephen le contuvo con un ademán.
—No, no. Se fatigaría usted en exceso e inútilmente. Los detalles del proyecto podrá usted exponerlos ante la Academia, que se reunirá mañana mismo en sesión extraodinaria...: desde luego si usted no ve en ello inconveniente. Mientras tanto, dígame sólo en pocas palabras de qué se trata.
—Es muy sencillo. Parto del principio de que el ojo es el único punto vulnerable del zootauro. Todas las armas son ineficaces contra él. Pero, en cambio, es posible cegarlo; es decir, colocarlo en situación que tenga que perder la vista.
—Y ¿cómo es esto posible?
—Por medio de un sistema especial de ondas magnéticas que haya de encontrar a su paso. Los progresos realizados durante estos últimos tiempos en el estudio de las fuerzas magnéticas han sido enormes. Hace tres años, el profesor de la Universidad de Berlín, Carlos Schlutke, realizó sobre la intensificación de las ondas magnéticas experimentos que pueden calificarse de definitivos. Por medio de cambios excesivamente rápidos en las cargas y descargas electromagnéticas, y gracias a una ingeniosa combinación de transformadores, llegó a obtener una fuerza magnética cuya potencia permite quebrar las moléculas. Por mi parte, seguí con el mayor interés los experimentos de Schlutke, los he repetido en mi laboratorio, a pesar de los escasos medios técnicos de que dispongo, y he llegado a la conclusión de que es posible establecer campos magnéticos ante cuya fuerza destructora todo ser vivo habría de ser impotente.
—¿Aun los mismos zootauros?
—Sí. He estudiado detenidamente la estructura del ojo del ejemplar que se mató al chocar contra Notre-Dame. Y he podido darme cuenta de que la retina es extremadamente sensible a los rayos magnéticos. Tan sensible, por lo menos, como la de cualquier otro animal.
—Por lo tanto, ¿lo que usted se propone es combatir a los zootauros por medio de campos magnéticos especiales?
—En efecto. Y estoy convencido de que el resultado sería excelente si se me da la posibilidad de realizar mi proyecto...
—Esto corre de mi cuenta—dijo Stephen, dando un fuerte apretón de manos a Grandidier—. Es una idea interesante y atrevida. Hoy no voy a cansarle más pidiéndole detalles. Pero mañana supongo que podemos disponer de usted.
—Estoy a sus órdenes.
—Entonces voy a ponerme en comunicación ahora mismo con Duvernoy, y mañana, por la mañana, podrá usted exponer su proyecto a la Academia.
Grandidier se marchó cuando era ya más de media noche.
Una vez solo, Stephen se puso al teléfono:
—¡Tres mil cuatrocientos cincuenta y siete! Deseo hablar con el presidente de la Academia... ¿Cómo?... ¿Que está ya en cama?... Dígale que se trata de un asunto urgentísimo... Soy el presidente Stephen.
Al cabo de un minuto, Marcel Duvernoy se ponía al aparato.
—Le pido mil perdones, ante todo por molestarle a estas horas—comenzó diciendo Stephen—. Pero se trata quizás del porvenir de la Humanidad...
Y con voz velada por la emoción expuso en cuatro palabras el proyecto de Grandidier, sin decir el nombre del autor.
—El proyecto es sin duda original—dijo Duvernoy—. Hay que esperar, desde luego, el juicio de las personas competentes. Inmediatamente convocaré una sesión extraordinaria de la Academia... Y, a propósito, ¿quién es el autor del proyecto?
—Juan Grandidier.
—¿El ex catedrático de Fisica?
—El mismo.
Si Stephen hubiese podido ver a su interlocutor habría podido notar en el rostro apergaminado de Duvernoy una mueca de contrariedad.
—¿Le conoce usted acaso?—preguntó Stephen con fingida candidez.
—Sí... Es decir, le conoci; pero hace ya mucho que no le veo. Francamente, el nombre no me inspira mucha confianza.
—¿Por qué?
—Ese Grandidier no me parece capaz de gran cosa. Es un espíritu mal disciplinado... Un anarquista de la Ciencia, por así decirlo... No creo que valga la pena siquiera de convocar la Academia. Grandidier puede exponer su proyecto por escrito. Lo examinaremos, y si parece interesante...
Pero Stephen le interrumpió con viveza:
—¡De ningún modo! Le ruego con el mayor interés que convoque una sesión plenaria para esta mañana misma. Se trata, tal vez, de la salvación de la Humanidad, y eso no admite espera...
—Grandidier salvando a la Humanidad, suena un poco raro. Pero, en fin, estoy a sus órdenes. Mañana, a las diez, la Academia estará reunida.
—Muy bien. Y si no hay inconveniente, asistiré a la sesión.
—Será para nosotros un gran honor.
—Supongo que podrán venir también algunos miembros de la Comisión de Construcción y del Comité de Defensa. Su presencia podrá sernos útil.
—Desde luego.
—Muchas gracias, y hasta mañana.
XX
Por la mañana del día siguiente, a las diez y cuarto, Marcel Duvernoy abrió la sesión de la Academia.
En el gran salón, austero, en torno a una mesa cubierta con un tapete azul, estaban sentados los "inmortales", la mayor parte de ellos gente nueva, elegidos para llenar los huecos que los últimos acontecimientos trágicos causaron.
Stephen y sus principales colaboradores tenían reservada una mesa especial.
En el estrado, junto al presidente, Marcelo Duvernoy, alto, flaco y majestuoso, Juan Grandidier, pequeño, modesto, con su larga levita negra abrochada hasta el cuello, apenas si conseguía destacarse. A no ser por sus cabellos blancos, hubiera podido creerse que se trataba de un alumno a punto de examinarse ante un severo tribunal.
Después de pronunciar un corto discurso de circunstancias, el presidente concedió la palabra a Grandidier.
Este se levantó, limpió lentamente con el pañuelo sus grandes lentes, tomó un gran cuaderno que había dejado sobre la mesa, y se puso a leer su contenido. Su voz era tan débil, que para oirle los académicos que estaban un poco lejos del estrado, tenían que llevar la mano al oído.
Al principio, apenas conseguía hacerse escuchar. En muchos rostros había, al contrario, como un reflejo de desconfianza: al convocar a sus colegas, el presidente les había hablado de Grandidier y de su proyecto con una cierta ironía. Mientras Grandidier hablaba, los "inmortales" cambiaban a veces miradas irónicas, y algunos de ellos parecían más absorbidos por la confección de pajaritas de papel que por el proyecto de Grandidier.
Pero a medida que Grandidier iba desarrollando su plan, las sonrisas irónicas desaparecian, las miradas se concentraban más y más en él, las sillas se adelantaban más y más hacia el estrado.
Pronto, los cincuenta hombres reunidos en el vasto salón austero escuchaban con atención extremada, inmóviles, conteniendo casi la respiración.
He aquí, en substancia, lo que expuso Grandidier:
Sobre París, así como sobre los demás grandes centros del Mundo, deben disponerse, a una altura aproximada de cien metros, y por medio de un sistema especial de vibradores, campos magnéticos de gran potencia, que constituirán como una red invisible para la caza de los zootauros. Cuanto más vastas sean estas redes, más fácil será la empresa. Sobre París, por ejemplo, el campo magnético habrá de tener por lo menos veinte kilómetros cuadrados.
La saturación magnética de estos campos deberá ser tal, que los zootauros no puedan cruzarlos sin quedar inmediatamente ciegos y, por consiguiente, reducidos a la impotencia absoluta. Perdida la capacidad de orientación, estarían condenados a morir irremediablemente, uno tras otro, a medida que se presentaran, hasta que, dándose cuenta del peligro que les amenaza, renunciaran a las incursiones en nuestro planeta.
La realización de este proyecto exige poderosos medios técnicos y pecuniarios. A fin de no arriesgar vidas humanas, los trabajos han de realizarse desde los subterráneos; es decir, a una profundidad de varios centenares de metros. Según los detalles elaborados por Grandidier—que éste expuso en la pizarra por medio de cifras y diagramas—, será preciso abrir, desde las bóvedas del subterráneo hasta la superficie, siete pozos de mina, uno central y seis dispuestos en círculo a una distancia unos de otros de dos a tres kilómetros. Estos pozos, que tendrían unos quinientos metros de altura y ocho o diez de circunferencia, serían prolongados, una vez alcanzada la superficie, por torres de un centenar de metros de altura. Por el centro de los pozos y de las torres pasarían unas barras de hierro cubiertas de varios hilos de cobre, que constituirían enormes electromagnetos, las cuales, a su vez, deberían estar aisladas por enormes tuberías de cemento armado. Para proveer estas electromagnetos con la corriente necesaria sería preciso instalar en los subterráneos siete motores eléctricos potentísimos. Las electromagnetos estarían provistas de refrigeradores especiales para mantener, tanto en los pozos como en las torres, la temperatura normal.
Dispuestas de esta forma, las electromagnetos irradiarán corrientes magnéticas de una tensión enorme, y constituirán, como ya se ha dicho, redes invisibles, mortales para los zootauros que se encuentren en su radio de acción.
Antes de terminar, Grandidier expuso los cálculos concretos, basados en un minucioso estudio, para la instalación de un campo magnético sobre París.
—No pretendo, claro está, que en mis cálculos no pueda haber algún elemento erróneo—dijo—. Puede suceder que, como muchas veces ocurre al realizar el proyecto, se encuentren desmentidos algunos supuestos teóricos. Pero tengo la casi seguridad de que, en lo esencial, mis cálculos habrán de ser confirmados por la experiencia. Según ellos, la instalación de un campo magnético sobre París, de una extensión de veinte kilómetros cuadrados, exigirá el trabajo de cincuenta mil obreros durante un mes. Si no es posible reunir tantos obreros, las obras habrán de durar más tiempo. En todo caso habrá de procurarse reducir al mínimo la mano de obra con el empleo de perforadoras y excavadoras eléctricas perfeccionadas. Pero prefiero que mis cálculos pequen más bien por exceso que por defecto. En el supuesto, claro está, de que merezca vuestra aprobación, el interés de todos exige que los trabajos estén terminados cuanto antes. Para ello serán necesarios cincuenta mil obreros, a los cuales será preciso ofrecer un jornal algo más elevado que el corriente. Suponiendo que este jornal sea de treinta francos, harán falta un millón y medio de francos diarios, o sean cuarenta y cinco millones al mes. Los sueldos de los ingenieros, los gastos de administración, la compra y reparaciones de maquinaria exigirán otros diez millones. Pero no he de cansaros con más cifras: si mi proyecto es aprobado, habrá que designar, sin duda, una Comisión especial, a la cual someteré todos mis cálculos. Por ahora añadiré solamente que la realización de mi proyecto exigirá varios millares de toneladas de hierro, cobre y otros materiales, de un valor global de unos cuarenta y cinco millones de francos. De modo que los gastos totales se elevarían a unos cien millones de francos.
—¿Nada más?—exclamó Stephen.
—Sí. Es poco y, al mismo tiempo, puede ser mucho. Depende del resultado—replicó Grandidier.
Y sin añadir una palabra más, sin una sola nota de elocuencia ni de rebuscado efectismo, como un colegial que se retira una vez terminado el examen, aquel hombre pequeño y frágil se sentó y empezó a limpiar tranquilamente sus anteojos.
Entre los asistentes hubo como unos segundos de malestar.
—¿Ha terminado usted ya?—preguntó Marcel Duvernoy,
—Sí. Me parece que he dicho todo lo necesario. Pero desde luego estoy a la disposición de la Academia para dar cuantas explicaciones complementarias se me pidan...
Duvernoy se encogió de hombros con un movimiento casi imperceptible, como queriendo decir: "¡Vaya un tipo raro!" Continuaba el silencio. Por fin, Stephen se levantó, se acercó al estrado y, con visible emoción, dió un fuerte apretón de manos a Grandidier.
Se había roto el hielo. Un aplauso unánime resonó en la sala. La mayor parte de los presentes, imitando el ejemplo de Stephen, se levantaron, y, rodeando a Grandidier, eclipsaban casi su pequeña figura. Las felicitaciones, los abrazos, los elogios entusiastas no acababan.
—¡Señores! ¡Sírvanse ocupar sus puestos!—exclamó el presidente—. La sesión prosigue. La Academia no ha manifestado todavía oficialmente su parecer sobre el proyecto del señor Grandidier.
Dos horas después, al despedirse de Grandidier, Stephen, radiante de satisfacción y torturando las manos del viejo profesor a fuerza de apretones, le decía:
—¿Ve usted, hombre? Estaba seguro de que su proyecto sería aprobado. La oposición ha servido tan sólo para hacer más brillante el triunfo. Ahora todo irá bien. Dentro de un par de semanas tendrá usted un campo magnético como para satisfacer a los zootauros más exigentes... Y ahora, a descansar... Por la noche se reune en mi casa la Comisión, y le ruego que venga usted también para asesorarnos... Mi satisfacción es inmensa... Como si de golpe me hubiesen quitado diez años de encima... Cuando pienso que... Pero lo que hago es hablar demasiado... ¡Adiós, querido amigo! ¡Hasta muy pronto!
XXI
Aquel mismo día, la noticia de la experiencia que iba a intentarse en París con los campos magnéticos se extendió por la capital y luego por telégrafo por toda Francia, a Europa entera, a América y a todos los puntos del Globo con los cuales existían comunicaciones.
La noticia provocó una emoción sin limites. Los periódicos del Mundo entero publicaban la biografía de Juan Grandidier, las más de las veces con detalles y pormenores fantásticos. Un periódico, por ejemplo, afirmaba que hasta la edad de treinta años Grandidier había sido obrero del puerto de Marsella. Otro aseguraba que hacía algunos años había sido recogido en la calle medio muerto de hambre y llevando en los bolsillos los planos de un invento genial. Su fotografía aparecía en millones de ejemplares de periódicos de todas las lenguas. Ese hombre pequeño y bondadoso llegó a ser más popular que un par de años antes el boxeador inglés Tom Bredford, cuyos trompazos enloquecían a millones de hombres de ambos hemisferios. Algunos periódicos llegaron a publicar el retrato de la familia de Grandidier, a pesar de no haber estado éste casado nunca. La Semana Ilustrada, de Nueva York, fué todavía más adelante por este camino: publicó el retrato de una respetable familia de nueve personas con este título de bajo: "Grandidier, rodeado de su descendencia."
Desde la mañana hasta la noche, su modesta casa se veía asaltada por un ejército de reporteros, fotógrafos, operadores de cine y simples curiosos. Numerosos eran también los provincianos y extranjeros que llegaban a París únicamente para ver a Grandidier. No podía salir de casa el gran inventor sin ir seguido de una multitud de manifestantes. Stephen había dado orden a la Policía de que velara por la tranquilidad del anciano, pero contra el ejército de reporteros y fotógrafos, todas las precauciones resultaban inútiles.
Desde que se empezó a hablar de los campos magnéticos, la esperanza renació en muchos corazones. Cuantos no estaban incurablemente atacados del tedium vitae, la nueva enfermedad que tantos estragos hacía, sentían aligerarse la pesadumbre sobre sus cabezas, y veían el porvenir en tonos menos sombríos.
La gente puso mano a la obra con entusiasmo. Ante las oficinas abiertas el 11 de marzo por la Comisión de Construcción para la contrata de obreros, se aglomeró día y noche una compacta multitud: todo el mundo quería contribuir a la gran obra en la medida de sus fuerzas. Los Sindicatos obreros solicitaron el honor de facilitar por su propia cuenta un cierto número de trabajadores. El trust metalúrgico ofreció a bajo precio el hierro y el acero necesarios para las obras. Los Bancos y las grandes Sociedades anónimas ofrecían importantes sumas de dinero. Un día después, el 12 de marzo, el Gobierno había recibido ya donativos por más de cincuenta millones de francos. Centenares de ingenieros se ofrecían a trabajar por una retribución modestísima o renunciaban por completo al sueldo.
Pronto estuvieron los trabajos en plena actividad. Nunca hasta entonces habían trabajado los hombres con tantas ganas y tanto entusiasmo. Así deben trabajar los que quedan sepultados en una mina y tratan de salir de nuevo a la luz del Sol.
En siete lugares distintos de la ciudad subterránea, a unos dos kilómetros y medio de distancia unos de otros, docenas y docenas de millares de obreros, divididos en tres equipos, trabajaban día y noche en la construcción de los pozos de mina. No necesitaban estimulo alguno para el trabajo. Se excedían por su propia voluntad y parecían infatigables.
—¡Aprisa! ¡No perdamos tiempo!—decian, alentándose unos a otros.
Millares de vagones acarreaban los materiales de construcción. Se iban acumulando masas imponentes de cemento, de barras de hierro y de hilo de cobre.
El día 13 de marzo empezaron ya a construirse los sostenes de los pozos, formados por tres enormes soportes de sillería, asentados sobre plataformas de cemento armado, que se elevaban hasta los orificios de entrada de los pozos abiertos en la bóveda.
El 15 de marzo, a las seis de la tarde, la construcción de uno de los pozos, el de la plaza de la República, estaba terminado. Según los cálculos más optimistas de la Comisión, este trabajo había de durar cuatro días, por lo menos.
—¡Bravo, amigo!—dijo Stephen, entusiasmado, a Grandidier—. Si esto sigue así, dentro de quince días tendremos sobre París un magnífico campo magnético. ¡Hay que ver cómo trabaja esa buena gente!
Al día siguiente quedaron terminados los cimientos de los seis pozos restantes. Millares de obreros empezaron a perforar la bóveda y a elevarse por entre la Tierra como gusanos.
Una nube de polvo envolvía los lugares donde se llevaban a cabo los trabajos. Silbaban las locomotoras, chirriaban los elevadores gigantescos, y el estrépito de las perforadoras y martinetes apenas dejaba oír la voz de los hombres. La gran sinfonia del trabajo se elevaba hacia las bóvedas, y parecía querer atravesarlas para conquistar la libertad, los espacios ilimitados.
Hacia mediodía del 23 de marzo ocurrió una terrible desgracia: en el pozo de la calle de Rivoli, un desprendimiento de tierras ocasionó la muerte a más de trescientos obreros, y heridas más o menos graves a otros varios centenares.
La catástrofe produjo una penosa impresión en París y en toda Francia. Pero nadie se abandonó a la desesperación. Todo el mundo supo darse cuenta de que en la gran lucha emprendida las víctimas eran inevitables. No había tiempo para la tristeza y el luto. El espectáculo de algunos centenares de muertos no perturbó la serenidad ni amortiguó las energías. Con mayor ahinco que nunca continuaron los hombres trabajando para abrir la salida de su tumba hacia el cielo y el Sol.
XXII
El 30 de abril las obras estaban terminadas.
Aquella misma noche tuvo lugar en la ciudad subterránea una fiesta grandiosa. En la plaza de la República, en torno al pozo central, se levantaron varias tribunas decoradas con banderas. En una de ellas, más alta que las demás, construída en forma de pagoda india, se encontraban los miembros del Gobierno y de la Comisión de Construcción, así como los representantes del ejército obrero que había realizado la grandiosa empresa. Hacia esta tribuna convergían todas las miradas de la muchedumbre.
Al acercarse Stephen, llevando del brazo y poco menos que arrastrando a Grandidier, cuyo cuerpo minúsculo desaparecía casi al lado de la majestuosa figura del presidente, resonó una aclamación entusiasta:
—¡Viva Grandidier! ¡Viva el salvador de la Humanidad!
El pueblo pidió con insistencia que Grandidier le dirigiera la palabra; pero la multitud inspiraba al sabio un miedo irresistible. Grandidier, como un niño, procuraba esconderse detrás de las anchas espaldas de Stephen.
—Dos palabras—le decían los que estaban en torno a él, tratando de persuadirle—. Dos palabras nada más, y el pueblo estará contento...
Pero Grandidier, con las piernas temblorosas y la frente cubierta de sudor, se hacía cada vez más pequeño, y sentía deseos de que la Tierra se lo tragara.
Viendo que era imposible convencerle, Stephen, dirigiéndose al pueblo, dijo:
—¡Ciudadanos! Nuestro gran amigo Juan Grandidier se encuentra ligeramente indispuesto. Durante las últimas semanas ha tenido que trabajar sin descanso, entre emociones y temores sin cuento. No aumentemos nosotros sus fatigas. Tenemos, al contrario, el deber de velar por su reposo, de apartar de su lado todas las preocupaciones y cuidados inútiles. Cuando, gracias a su invento genial, volvamos por fin a nuestra vida normal y a nuestros antiguos hogares, nosotros todos, París y Francia entera, sabremos rodearle de atenciones maternales, y no pasará día sin que sepamos demostrarle nuestro agradecimiento. ¡Viva Juan Grandidier, ciudadano benemérito de Francia y del Mundo entero!
La muchedumbre repitió esta aclamación con entusiasmo. Obedeciendo a una señal convenida, resonaron los acordes del himno nacional, ejecutado por más de cien orquestas. Los fotógrafos enfocaron sus aparatos para conservar la imagen de aquel momento histórico; pero Grandidier no aparecía por ninguna parte. Había desaparecido. Los periódicos y cinematógrafos tuvieron que obsequiar al público con fotografias y películas donde figuraban personajes completamente desconocidos, pero donde faltaba el personaje principal: la figura minúscula de Juan Grandidier.
Como un año y medio antes, al inaugurarse la ciudad subterránea, por la noche fué apagado el sol artificial, y bajo la bóveda aparecieron inscripciones luminosas compuestas de estrellas. La mayor de estas inscripciones decía: "¡Viva Grandidier!"
La fiesta se prolongó hasta muy entrada la noche. Por calles y plazas circulaban grupos animados, alegres y ruidosos. El aire estaba lleno de músicas, de risas, de bullicio y buen humor.
Por fin, hacia las dos de la madrugada, Stephen se dirigió a la multitud desde la tribuna principal.
—¡Ciudadanos!—dijo—. Es preciso que moderéis vuestro entusiasmo. Grandidier duerme.
Al oír estas palabras, la multitud innumerable pareció retener el aliento.
—¡Silencio! Grandidier duerme—se decían las gentes en voz baja.
Y al pasar estas palabras de boca en boca y correr de calle en calle, parecían apagar en todas partes el ruido. Pronto la ciudad entera quedó dormida como en un silencio de encantamiento.
XXIII
París, Francia, el Mundo entero, esperaban con febril impaciencia los resultados de la lucha grandiosa que iba a intentarse contra los zootauros. Los periódicos no hablaban de otra cosa. En todo el mundo subterráneo reinaba una agitación sin límites. En Inglaterra y en América se apostaban sobre el éxito o el fracaso del experimento sumas cuantiosas. El World, de Nueva York, abrió un concurso entre sus lectores, ofreciendo un premio de 200.000 dólares al que acertara con más precisión el día y la hora de la muerte del primer zootauro. París Subterráneo volvió a aparecer con su antiguo titulo, Le Petit Parisien. Por su parte, La Era Nueva anunció que el día de la muerte del primer zootauro publicaría y repartiría gratuitamente un gran extraordinario ilustrado.
En las paredes y kioscos abundaban los anuncios de diferentes Casas anunciando su próximo traslado a la superficie. El trust de la construcción anunciaba en llamativos carteles que aceptaba encargos para construir en dos semanas casas enteramente nuevas o reconstruir las derrumbadas. La dirección del gran restaurante Términus publicaba en la Prensa los menús que pensaba ofrecer a su clientela, en su antiguo local de la superficie, a partir de los primeros días de mayo. La compañía de ópera Boisseau anunció una representación de Aida en los jardines del Luxemburgo, y, a pesar de ser los precios elevadísimos, en pocas horas se agotaron los billetes, y sus poseedores los exhibían como trofeos.
Hacia fines de abril, cuando los trabajos no estaban todavía terminados, París se vió ya invadido por una gran afluencia de provincianos y extranjeros. A medida que el gran día se acercaba, la afluencia se convertía en un asalto: todo el mundo quería estar lo más cerca posible del lugar del histórico acontecimiento.
Los ricos de todos los paises reservaban por telégrafo sus cuartos en hoteles de gran lujo, y los precios subían vertiginosamente. Para detener esa avalancha de telegramas, el Municipio de París hizo publicar en los principales periódicos de todo el Mundo la noticia de que no quedaba en París ni un cuarto ni tan siquiera una cama libre. Pero al día siguiente, como burlándose del anuncio, los telegramas fueron más numerosos que nunca. La gente ofrecia por las habitaciones precios fantásticos. El conocido multimillonario londinense Henry Smith mandó a todos los principales hoteles de Paris el mismo telegrama: "Preparen para mí y familia tres, dos o, en último caso, una habitación, al precio de 200.000 francos diarios."
La prueba del campo magnético fué fijada para el 2 de mayo.
El mecanismo era puesto en acción desde abajo, por medio de una palanca establecida cerca del pozo de mina central de la plaza de la República. La construcción de esta palanca fué dirigida por Grandidier en persona, ayudado por el célebre profesor de Física Julio Dubois y un grupo de ingenieros escogidos. No necesitaba Grandidier hacer otra cosa que apretar con el dedo un botón eléctrico para que sobre Paris quedara extendido un campo magnético.
Existía el temor de que los zootauros no se hicieran esperar demasiado. Se sabía que sus apariciones sobre París, desierto, y, por lo tanto, sin interés para ellos, eran ahora muy raras. Por primera vez, deseaban ahora los parisinos la llegada de los monstruos, y los esperaban con impaciencia.
—¿Y si no vienen?—se preguntaban las gentes, con la impaciencia de dueños de casa que han hecho costosos preparativos para recibir a sus invitados.
Se decidió hacer todos los esfuerzos posibles para atraer a los zootauros. Para ello era necesario poblar, aun cuando sólo fuera débilmente, los restos de París que quedaban en la superficie. Conseguirlo no fué difícil. Millares de parisinos y de forasteros deseaban subir a la superficie para presenciar los resultados de la experiencia. La curiosidad era más fuerte que el miedo. Por otra parte, muchos reporteros y fotógrafos consideraban como un deber profesional encontrarse en el lugar donde había de desenvolverse la lucha suprema entre el hombre y los monstruos alados. Un cierto número de periodistas fueron, en efecto, autorizados por el Gobierno para subir a la superficie desde el primer momento, en compañía de sus secretarios y del personal técnico que los acompañaba.
El día 30 de abril la mayor parte de ellos empezaron ya a instalarse entre las ruinas del viejo París. Se instalaban como mejor les parecía, sin mostrar un respeto exagerado por el derecho de propiedad. El corresponsal del Times, con su media docena de secretarios y taquígrafos, se aposentó en uno de los salones del Ayuntamiento, y colocó en la ventana un enorme gallardete con el nombre de su periódico. El corresponsal del World, de Nueva York, se instaló en el primer piso de la Torre Eiffel, medio destruído también, e hizo instalar por su cuenta un hilo telefónico especial con la estación radiotelegráfica.
Siguieron a los representantes de la Prensa los amigos de emociones fuertes, muchos miembros de Sociedades esportivas y, finalmente, no pocos curiosos. Durante el último día de abril y el primero de mayo, las plataformas no pararon de funcionar un momento. Después de un periodo de letargo, el viejo París recobraba la vida. Algunos propietarios de cafés y restaurantes abrieron despachos de comidas y bebidas, instalados de cualquier modo entre los escombros, y a pesar de los precios exorbitantes, hacían excelentes negocios. La compañía de la Opera, con Boisseau a la cabeza, trabajaba febrilmente para poner en escena en el Luxemburgo el espectáculo anunciado.
Durante toda la noche del 30 de abril al 1 de mayo, los que habían subido a la superficie esperaron en vano la aparición de los zootauros. Tampoco aparecieron éstos la noche siguiente. Por todas partes se alumbraban, a fin de llamar su atención, grandes fogatas, que de nada servían. Hasta el alba esperaron inútilmente los periodistas, fotógrafos y señaladores, cuya misión consistía en avisar la presencia de los zootauros al París subterráneo por medio de un hilo especial que pasaba por el pozo de mina central. Millares de curiosos escrutaban con lentes y anteojos el horizonte desde los tejados de las casas más o menos intactas. Pero en el cielo nocturno, tachonado de grandes y claras estrellas, no dejaron ver los zootauros ni su sombra. De vez en cuando una nubecilla blanca aparecía en el firmamento. Pero ni con la mayor buena voluntad era posible confundirla con los monstruos impacientemente esperados.
Al llegar el alba, cansada, rendida de agotamiento, temblando de frío, la gente abandonaba sus atalayas y se acostaba.
En el París subterráneo las gentes velaban también durante toda la noche, y esperaban con impaciencia la señal que había de venir de lo alto. Por las calles no se podía dar un paso. En la plaza de la República, junto a la base del pozo-mina central, estaba instalada una cómoda cabina para Grandidier y sus ayudantes. Aquí la aglomeración era mayor que en parte alguna. Los cafés y los bares estaban abiertos y atestados. A sus puertas se amontonaba el gentío. Los parisinos no podían ni querían dormir durante esas noches decisivas.
XXIV
La noche del 1 al 2 de mayo fué radiante. Ya la puesta de Sol había sido de una belleza desacostumbrada. El horizonte parecia un mar de púrpura y de oro liquido. Se hubiera dicho que más allá de las regiones accesibles a la vista humana un incendio formidable lo abrasaba todo, inundando el espacio con sus magnificos resplandores. Pero a los pocos minutos el incendio empezó a apagarse; sus reflejos fueron cada vez más pálidos, y la noche entró, por fin, en sus dominios, encendiendo en el cielo, uno tras otro, sus fuegos de guardia.
Las gentes que se encontraban en la superficie volvían a sus puestos de observación. Los periodistas y fotógrafos se apercibían al trabajo.
—Esta noche es seguro que vienen—decían todos.
Para llamar la atención de los zootauros, se encendieron en Montmartre, Belleville e Ivry grandes fogatas. Las gentes consultaban a cada momento sus relojes, cada vez más impacientes, como si alguien les hubiese citado y les hiciera esperar inútilmente. De todos los labios salian quejas y recriminaciones:
—¡Es escandaloso! ¡Son ya casi las diez, y ni siquiera piensan en venir!
—¡A ver si esta noche tampoco va a suceder nada! Al parecer, los zootauros nos toman el pelo.
Dieron las diez, dieron las once, y nada. Extenuadas por dos noches de insomnio, muchas gentes se dormian apoyando la cabeza en cualquier parte.
Hacia las once y cuarto se recibió un radiograma de Cristiania anunciando que desde la costa este del mar del Norte acababa de ser visto un zootauro. Esta noticia causó una sensación enorme, tanto entre los que esperaban en lo alto, como en la ciudad subterránea.
—¡Dentro de poco lo tenemos aquí!—decían todos, sin poder contener la alegría.
El sueño, el cansancio, habían desaparecido. Las miradas se fijaban en el cielo con ansia escrutadora. En el subterráneo, las gentes dirigían también los ojos a lo alto, como queriendo atravesar las bóvedas con la mirada.
A las once y veinticinco minutos resonaron gritos entrecortados por la emoción:
—¡Ya están aquí!
—¿Dónde? ¿Por dónde vienen?
—¡Detrás de Notre-Dame!... ¡Un poco a la izquierda!
Al cabo de un minuto, podía distinguirse el zootauro a simple vista. En el silencio profundo que había sucedido a la agitación de los primeros momentos resonaba el ronquido del motor gigantesco.
Cuando la noticia de la presencia del zootauro llegó al París subterráneo, millones de corazones empezaron a latir violentamente, en espera del momento decisivo. La cuestión que iba a decidirse era de vida o muerte.
A las once y veintisiete minutos, Juan Grandidier, pálido de emoción, casi desfallecido, oprimió el botón eléctrico.
Mientras tanto, en lo alto, la gente, con los nervios en máxima tensión, seguía todas las evoluciones del zootauro.
El monstruo parecía no tener prisa. Lentamente, como encantado de tomar un baño de aire tibio en aquella hermosa noche de primavera, se mecía majestuoso a unos dos kilómetros de altura, moviéndose tan pronto a derecha como a izquierda. En la claridad lunar el haz de luz que lanzaba el zootauro era apenas visible.
Siempre sin apresurarse, describiendo largos círculos concéntricos, el zootauro comenzó después a descender. A medida que se acercaba crecía la emoción de los que observaban sus movimientos. La inquietud hacía un nudo en las gargantas, y las voces se oían apenas:
—¡Ya ha entrado en la zona magnética!
—¡Todavía no!
—¡Ahora! ¡Ahora!
El zootauro, cuyos movimientos habían sido hasta entonces lentos y ordenados, comenzó a agitarse, a dar saltos convulsivos como bajo el estímulo de potentes picaduras. Parecía querer desasirse de un enemigo invisible. Su reflector se apagó. En sus convulsiones fué a caer pesadamente sobre una casa de la plaza de la Bastilla, en la cual, por fortuna, no había nadie, destrozándola por completo, e inmediatamente volvió a remontarse en el aire. Un minuto más tarde desaparecia en dirección noroeste.
Por todas partes resonó el mismo grito de entusiasmo:
—¡Se ha marchado! ¡Se ha marchado!
Media hora más tarde se recibió un radio de Liverpool anunciando que un zootauro acababa de caer en los alrededores de la ciudad y que continuaba extendido inerte y probablemente agonizante.
Tanto en la ciudad subterránea como en la superficie, esta noticia hizo desbordar el entusiasmo.
Stephen quiso ser el primero en felicitar a Grandidier por la gran victoria. Pero al penetrar impetuosamente en la cabina encontró junto al conmutador el cuerpo inánime del viejo sabio. Su corazón no había tenido fuerzas para resistir la emoción del triunfo.
XXV
A la noche siguiente otros dos zootauros fueron cogidos en la red invisible extendida sobre Paris. Algunas horas más tarde fueron encontrados agonizantes, uno en las costas de Noruega y otro en las inmediaciones de Lanjarón, pequeña ciudad del sur de España.
Durante una semana, los zootauros continuaron viniendo a París todas las noches; pero cuantos atravesaban el campo magnético acababan pereciendo. Por fin, cuando se hubieron dado cuenta del peligro que les amenazaba, dejaron a la capital de Francia en paz.
Los resultados de la experiencia habían sido decisivos. La Humanidad había encontrado por fin un medio seguro de lucha contra el temible enemigo. París, Francia, el Mundo entero, fueron transportados de entusiasmo. Los periódicos iban llenos de detalles sobre la pérdida de los zoofauros.
Por acuerdo internacional fué decidido proclamar fiesta mundial el día 2 de mayo, y el día 3 de mayo como día de luto en conmemoración de la muerte de Juan Grandidier.
Los periódicos rivalizaban en la propuesta de medios para honrar su memoria. The World, de Nueva York, propuso que cada año, al dar una señal convenida, la hora de la muerte de Grandidier fuese solemnizada en el Mundo entero por dos minutos de silencio absoluto. Durante estos dos minutos habían de suspenderse las conversaciones, las músicas, las representaciones teatrales, el ruido de los coches y ferrocarriles. Esta proposición fué más tarde aceptada por la Comisión internacional de homenaje a la memoria de Grandidier.
Muchos periódicos abrieron suscripciones para erigir en diversos puntos del Globo monumentos al "salvador de la Humanidad".
Los parisinos comenzaron mientras tanto a instalarse de nuevo en sus antiguos hogares. La reparación de las ruinas proseguia con un impetu desacostumbrado. Quince dias más tarde no quedaba casi nadie en la ciudad subterránea. Las calles, desiertas, alumbradas todavía por el sol artificial, frío, triste e inútil ahora, ofrecían un aspecto de melancólica desolación.
A fin de economizar tiempo, trabajo y materiales de construcción, las casas de Paris subterráneo fueron desmontadas y llevadas a la superficie. Los hombres destruían ahora el refugio subterráneo construído a costa de tantos esfuerzos.
Se decidió dejar intactas la plaza de la Concordia y dos calles vecinas como recuerdo eterno de la gran prueba que acababa de pasar la Humanidad. El palacio de Stephen fué transformado en un museo que contenía cuanto de cerca o de lejos guardaba relación con los zootauros: los informes de Harrison y Grandidier, los planos de las ciudades subterráneas, los dibujos y reproducciones fotográficas de los momentos más dramáticos, etc.
Se tomó el acuerdo de erigir en la plaza de la Concordia de Paris subterráneo dos monumentos: uno a Harrison, que había conducido a la Humanidad bajo tierra, y otro a Grandidier, que le había dado la posibilidad de salir de nuevo a la superficie.
Después de cesar los ataques contra París, los zootauros continuaban, sin embargo, atacando otros lugares del planeta. En Francia mismo ciertas ciudades recibían de vez en cuando la desagradable visita. Fuera de París muchos millones de franceses continuaban viviendo bajo tierra.
Al poco tiempo se decidió la construcción de campos magnéticos sobre Lyón, Lilla, Estrasburgo y Brest. Si los zootauros, a pesar de ello, continuaban sus ataques, la construcción se extendería a otras ciudades.
A principios de junio, los trabajos para la construcción de campos magnéticos empezaron también en Inglaterra, Alemania, Italia, España, Suiza, América del Norte y muchos otros países. Por todas partes se extendían las redes invisibles y fatales para los monstruos alados. Las suscripciones abiertas en todos los países alcanzaban sumas enormes. Cada día llegaban radiogramas de diversos países anunciando la construcción de campos magnéticos, y de todas partes se anunciaba que todos los zootauros cogidos en las redes magnéticas estaban irremediablemente perdidos.
Entre los diversos países, y aun entre las ciudades, se establecía una especie de competencia para la construcción más rápida y racional de campos magnéticos. Los americanos sobre todo hacían esfuerzos extraordinarios y querían sobrepasar a los europeos a toda costa. En un solo día la suscripción ascendió en Nueva York a más de 300.000 dólares, suma suficiente para la construcción de diez campos magnéticos de una potencia formidable. El campo construído sobre Nueva York era de 100 kilómetros cuadrados. Una vez más pudo afirmar la Prensa norteamericana que en esto, como en todo, los Estados Unidos batían el record mundial.
A principios del mes de julio centenares de millones de hombres habían abandonado ya los refugios subterráneos y vuelto a la superficie. Los zootauros iban desapareciendo poco a poco. Tan sólo en China, en la India, en Persia, en el Africa Central y, en general, en los países atrasados, donde los habitantes no se atrevían a declarar la guerra abierta a los zootauros, tomándolos por seres divinos, los monstruos seguían apareciendo de vez en cuando.
En el Congreso internacional, celebrado a fines de julio en Londres con el objeto de restablecer las relaciones internacionales, interrumpidas casi por completo, se acordó la construcción de una serie de campos magnéticos en los países que estaban todavía sin medios de defensa contra los zootauros. Los Gobiernos representados en dicho Congreso contribuyeron generosamente a la realización de esta empresa grandiosa. Por otra parte, la suscripción abierta con el mismo fin en Europa y América produjo en pocos días sumas tan considerables que, según la expresión de un periódico, hubieran bastado para construir un puente de oro sobre el Canal de la Mancha. El trust metalúrgico de los Estados Unidos de América se suscribió por 50 millones de dólares; pero al enterarse de que su rival, el trust metalúrgico angloalemán, se había suscrito por una suma igual, añadió inmediatamente otros 25 millones de dólares.
Pronto se organizaron poderosas sociedades anónimas para la construcción de campos magnéticos en Asia, Africa y Australia. Un ejército de ingenieros y técnicos de todas clases se precipitó hacia Pekin, Calcuta, Teherán, la costa de Marfil y la desembocadura del Nilo; los campos magnéticos, justificando su nombre, ejercían una poderosa fuerza de atracción sobre las gentes deseosas de ganar dinero.
En muchos países incultos la construcción de electromagnetos provocaba entre la población una resistencia desesperada. Hambrientos, agotados, caídos en la más negra miseria, los indígenas manifestaban ante los zootauros un fatalismo sin límites; tenían por los monstruos un culto religioso, y en algunos lugares llegaban a dedicarles templos, que los propios zootauros se encargaban de destruir. En la construcción de campos magnéticos, que eran para ellos incomprensibles, veían un reto sacrílego lanzado a los nuevos dioses, y llenos de cólera hacían cuanto podían para entorpecer los trabajos. A pesar de los salarios elevados que se les ofrecían no querían muchas veces trabajar en las obras, y era preciso hacer venir de los países civilizados equipos de millares de obreros. En diversos lugares, especialmente en Bombay, Sanghai y en el Tíber ocurrieron sangrientas colisiones entre los indígenas y los obreros.
Pero la resistencia de los indígenas acabó por ser vencida, y a fines de 1968 se habían construído varios campos magnéticos en Asia, Africa y Oceanía.
"Al entrar en el año de 1969—escribía en su número del 1 de enero The Times, de Londres—podemos celebrar y glorificar con legítima satisfacción la gran victoria del genio humano; gracias a la tensión de todas nuestras fuerzas hemos conseguido ahuyentar de nuestro planeta a los zootauros, esa temible amenaza para la Humanidad y para su civilización milenaria. Al echar una ojeada retrospectiva sobre las duras pruebas que la Humanidad acaba de atravesar, podemos exclamar con orgullo: "¡Gloria a la Ciencia, que como una antorcha llameante alumbra los caminos del hombre! ¡Gloria al genio humano!"
XXVI
El 2 de mayo de 1969 el Mundo entero celebró solemnemente el primer aniversario de su gran victoria.
París, Londres, Nueva York, Berlín, San Petersburgo, Roma, Madrid, Berna, Estocolmo, Cristiania, Copenhague, Pekín, Tokío, Constantinopla, Buenos Aires, Calcuta, Sidney y millares de otras ciudades, grandes y pequeñas, aparecieron empavesadas desde la mañana con flores y banderas. Las fábricas y talleres, los Bancos, las oficinas, los almacenes, así como las escuelas y los edificios públicos, permanecieron cerrados. Fueron distribuidos entre los niños libros con la descripción de la lucha contra los zootauros. Por millares de pantallas cinematográficas desfilaron los episodios más dramáticos de esta lucha. En todas partes reinaba la animación y la alegria. La Humanidad entera estaba de fiesta.
Muchas fueron las ciudades que el mismo día inauguraron un monumento a Juan Grandidier. Estas inauguraciones, según un programa elaborado de antemano, habían de tener lugar en todo el Mundo al mismo tiempo, obedeciendo a la señal de un radiograma de París.
En la erección de los monumentos trabajaron los mejores escultores del Mundo. Países y ciudades rivalizaban entre sí. Era como una especie de concurso universal. Los periódicos de ambos hemisferios discutian con apasionamiento cuál de los monumentos sería más digno del "salvador de la Humanidad". Entre Inglaterra y América se cruzaban formidables apuestas. Los periódicos de Nueva York aseguraban que su ciudad batiría un nuevo record mundial, y describían con entusiasmo el monumento que se estaba construyendo al borde de la bahía de Hudson; representaba una gigantesca roca, de granito, sobre la cual se levantaba la figura de Grandidier en oro puro. "Comparada con este monumento grandioso—escribía The World—, nuestra famosa estatua de la Libertad parece un juguete."
Los ingleses no querían ceder la prioridad a los americanos. En la plaza de Trafalgar levantaron una columna de mármol de Carrara de 90 metros, rematada con una monumental estatua de Grandidier fundida en plata. De noche, la luz que se desprendía de lo alto de la columna era tan potente que no sólo iluminaba la ciudad, sino que podía servir de faro a los buques en el canal de la Mancha.
El monumento de Berlín, levantado en la plaza del Reichstag, era también de proporciones imponentes. Sobre un gigantesco zócalo de bronce, ornado de bajorrelieves simbólicos, se alzaba una enorme figura de Grandidier, en cuyo interior estaba instalado un museo, dedicado a la época de la invasión de los zootauros.
Tan sólo la Prensa francesa guardaba un silencio absoluto sobre el monumento que se estaba erigiendo en París; el Comité de Construcción había conseguido que los periódicos no dijeran una palabra hasta el día de la inauguración.
El día 2 de mayo, desde primeras horas de la mañana, los parisinos empezaron a acudir a la plaza de la Bastilla. En ella estaba emplazado el monumento a Juan Grandidier, por ser éste el sitio donde había caído magnetizado el primer zootauro. A mediodía, la masa humana había inundado la inmensa plaza.
Las ventanas, balcones y tejados próximos a la plaza estaban atestados.
Sobre la capital resonó un cañonazo tirado desde la fortaleza de Vincennes. Era la señal convenida. Un segundo después la Torre Eiffel lanzaba un radiograma al Mundo entero para que en todas partes se procediera a la inauguración de los monumentos.
Inmediatamente cayeron las telas que cubrían el monumento levantado por el pueblo de París a Grandidier, y la plaza de la Bastilla fué como sacudida por las aclamaciones y los aplausos.
El monumento representaba un enorme zootauro en bronce, sobre el cual se elevaba una figura colosal de Grandidier levantando en la mano la antorcha luminosa de la Ciencia. En el zócalo, un grandioso bajorrelieve representaba, con sorprendente precisión, la imagen de París destruído por los zootauros y el pánico de las multitudes huyendo ante el peligro. Pero sobre este cuadro de muerte y de desolación se levantaba ya el sol bienhechor de la esperanza.
Al pie del monumento se destacaba en letras de oro sobre fondo negro esta inscripción: "A Juan Grandidier, el más grande de los vencedores."
Pocos minutos más tarde, según estaba convenido, París lanzó otro radiograma, y miles de orquestas en todo el Mundo entonaron un himno solemne al genio humano.
