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Joseph Conrad


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  Joseph Conrad.
100 págs. / 2 horas, 55 minutos / 160 KB.
30 de agosto de 2018.


Fragmento de Falk, un Recuerdo

A mí todas aquellas cosas me agradaban porque estaba pasando momentos muy complicados en mi barco. Había sido designado oficialmente por el cónsul británico para llevar un carguero después de que el anterior capitán hubiese muerto de repente, dejando tras de sí unas sospechosas facturas sin recibo, el cálculo de algunos diques secos que daban a entender el pago de sobornos y una gran cantidad de recibos con los extravagantes gastos de los últimos tres años. Todas aquellas cosas estaban guardadas junto a la vieja y sucia funda de un violín forrada de terciopelo rubí que encontré detrás de un enorme libro de cuentas. Lo abrí esperanzado, pero para mi asombro lo encontré lleno de poemas: páginas y páginas de pésimos versos rimados en un tono entre alegre y grosero, escritos con la letra más pulcra que había visto en la vida. En la funda había también una fotografía de mi predecesor tomada hacía poco en Saigón, en la que se lo veía en primer plano frente a un jardín y acompañado de una mujer vestida de una extraña forma. Era un hombre bajo y robusto de aspecto severo, llevaba un traje desastrado de paño fino negro y el pelo peinado sobre las sienes con una forma que recordaba a los colmillos de un jabalí. No hace falta aclarar que del violín sólo quedaba a bordo la funda, su forma vacía, mientras que del pago de los últimos fletes que el barco había realizado no quedaba ni la menor evidencia. Imposible determinar adónde había ido a parar todo aquel dinero. A bordo no estaba, eso por descontado. Tampoco lo había enviado a Inglaterra porque, en una carta que había dejado sobre el escritorio, los dueños se quejaban de no haber recibido ni una línea del capitán en dieciocho meses. Prácticamente no había suministros a bordo, ni un centímetro de cuerda de repuesto, ni un metro de tela. El barco estaba desnudo y yo presentía que iba a tener innumerables dificultades antes de zarpar.