Texto: Fastos

Ovidio


Almanaque


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Fastos

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Fragmento de Fastos

Había una llanura cuyo último confín cerraban unas colinas y una selva apropiada para ocultar a las alimañas del monte. En el centro dejaron a unos pocos y unas cuantas reses diseminadas, y el resto del batallón se ocultó escondiéndose entre las ramas. He aquí que, como el torrente que, acrecido con las aguas de la lluvia, o con la nieve que fluye derretida por el tibio Céfiro, corre por los sembrados y por los caminos y no recoge las aguas, como solía hacer antes, encerrándolas en el margen de la ribera, repasan el valle los Fabios con amplias descubiertas, aniquilando lo que ven, sin temer un segundo peligro. ¿Adónde os precipitáis, casa linajuda? Erróneamente os fiáis del enemigo: ¡nobleza sin doblez, ponte a salvo de disparos de traidores!

El valor sucumbe por obra del engaño. Los enemigos saltaron por todas partes a campo abierto, copando todos los frentes. ¿Qué pueden hacer unos pocos valientes contra tantos miles? ¿Qué salida les queda en tal situación desgraciada? Igual que el jabalí perseguido largo tiempo por las selvas laurentinas se deshace fulminantemente de los galgos con el hocico, para más tarde morir él también, ellos no morían sin vengarse, hiriendo y recibiendo heridas alternativamente. Un solo día había enviado a la guerra a todos los Fabios; enviados a la guerra, un solo día los exterminó. Creíble es, empero, que los propios dioses velaron por que la simiente de la raza hercúlea sobreviviese, pues quedó un muchacho, todavía adolescente y sin servicio de armas, uno solo de la raza fabia, claro está que para que tú pudieses nacer algún día, Máximo, por cuyo procedimiento de dilación pudo recuperarse el imperio.


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164 págs. / 4 horas, 47 minutos / 46 visitas.
Publicado el 21 de febrero de 2017 por Edu Robsy.