Libro gratis: El Frío
de Pablo Palacio


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Cuento


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El Frío

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Fragmento de «El Frío»

Ambos tornan a salir corriendo. Rosario y Daniel los llaman hasta desgañitarse. Ellos no hacen caso. Los amantes se miran, y en la dulzura de los ojos berilianos de él y en el encanto endrino de los de ella hay un brillar de pasión, un fulgurar intenso de sus almas, en las que se maridan el encanto muriente del día, cubierto de luz y vestido de aromas de azahares, de claveles y de rosas chafadas por los latigazos vivos del sol de otoño, y la sencillez inefable de aquellas vidas infantiles, que sólo saben reír. Todo es alegría: Ellos —Rosario y Daniel— se abrazan y se besan; aquéllos —los niños— encantan el jardín con el murmullar de su voz rosa. Sólo de cuando en cuando las carcajadas de un loco ponen la nota amarga de la vida real en el hogar feliz. Él es sencillo como los niños y es aterrante como el destino. Ríe, ríe, ríe porque ha nacido para reír.

Llaman a la puerta.

—Mariquita, abre —ruega la madre. La niña queda temblando junto al dintel y mira a Rosario con ojos azorados. En el vano de la puerta se perfila la figura vergonzosa de una estantigua. Es alta, seca y grave. Es la abavia, la Tante Dide de una generación de crimen: llena de roseolas sangrientas, ha paseado su cuerpo corrompido por todos los lupanares públicos, ha escanciado todos los placeres y llevado inusitado lujo. Es la momia secular de la pasión: la cara aguileña aceitunada y rugosa; el cabello nevado; ancha, grande y perversa la frente; los ojos medianos y sin pupilas, que parecen un lago infecto y verdoso, se mueven acompasadamente y orgullosos: tienen la transparencia del piélago; la nariz adunca y larga; la boca de labios finos llena de pliegues en forma de rayos; y sobre todo aquellas roseolas, ¡oh!, las roseolas, besos sangrientos de algún demoníaco maldiciente, que pasó como los días sobre la vieja haraposa, que antaño había escanciado todos los placeres!


4 págs. / 7 minutos.
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Publicado el 17 de mayo de 2024 por Edu Robsy.


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