Manuel, el hijo del molinero, tuvo que ir a la ciudad por una grave dolencia. Volvió al pueblo curado y casado, vendió el molino y se hizo comerciante, para llevar así una vida apacible y respetables. O eso pensaba él.
—Usted se va, señor mío; se va si no hace un viajecito por la capital. Hay que operarlo en seguida.
—No, no tenga miedo —añadió al ver que aquél se ponía pálido—; es cosa muy sencilla. Ni ha de sentirlo siquiera… ¡Ah… los últimos adelantos de la ciencia… Usted queda bueno, perfectamente bueno, como si usted no hubiera tenido nunca nada!… Usted…
Santiago quedó como embobado. Eso de quedar bueno, perfectamente bueno…
Fue cosa resuelta: Santiago se iba… y se fue, a pesar de toda la baraúnda que se armó en el pueblo. Eso de ir a la capital nada de bueno tenía. Los gastos que había que hacer, los peligros… como si fuera nada aventurarse cinco días a lomo de mula por esos caminos desamparados; navegar un día entero entre cielo y agua, ¡el mar!, y meterse en un monstruo enorme e incomprensible que se tragaba los espacios, ¡el tren!… Pero no hubo qué hacer. Lo que se le metía a ese Santiago entre ceja y ceja, fueran ustedes a sacárselo, que iba para largo. ¡Hombre testarudo! No lo consiguieron ni el Teniente Político, ni el Juez, ni el Cura, ni doña «mano de Dios» que ponía el grito en el cielo y quedó exclamando a la orilla del camino, toda pesarosa y despechada:
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Publicado el 10 de mayo de 2026 por Edu Robsy.
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