Santiago Maya
Aquel pobre señor de provincia, Santiago Maya, andaba siempre en chancleta y fumaba largos y renegridos puros… Pobre de dinero, no: cinco mil barras, como dicen, hacen en los pueblos una fortuna bastante respetable. Da para echar vientre; ponerse la gorra o el sombrero de paja a media testa; hundir las manos en los bolsillos, sonando las llaves y alguna que otra moneda; arrastrar grave y concienzudamente las zapatillas, y hablar de política y mujeres.
Santiago Maya tuviera más, mucho más, si no habría sido por la maldita hernia, que le obligaba a tener prendido a la carne, como un apéndice, el insoportable braguero.
Cuando mozo fuera ayudante de su padre en un molino, que a la cabecera del pueblo metía la bulla del siglo: las grandes piedras remordiéndose ruidosamente para triturar el grano; los remiendos de las bandas azotando como foetes los volantes durante las vueltas interminables. Santiago llevaba de uno a otro lado los ventrudos costales de trigo y los hondos cajones de harina. Se hizo fuerte como un toro. Una mañana, en unión de algunos jornaleros, vacilaba ante una pesada carga:
—A que no alzan ustedes este saco.
—Ni usted lo alza, patrón.
Lo que menos le gustaba era las charlas. Al grano, al grano, y en verdad que al grano había que ir. Y que «lo alzo», que «no lo alza»… Santiago levantó el saco poniéndose muy rojo; luego emplasteció un poquillo, y no hubo más.
A los pocos días, durante el baño, reparó en una pequeña bolita junto al bajo vientre, que después fue hinchándose poco a poco. Las amigos le dieron bromas, pero él se puso serio y un sí es no es asustado. Decaían sus fuerzas, y en esa ocasión, lleno de vergüenza, casi no pudo atravesar el río a nado.
Avisó al padre; se alborotó la casa; vino una vieja encorvadita y arrugada, la célebre «mano de Dios», ante quien tuvo que descubrir, todo ruboroso, algunos espantables secretos… Y ella, después de examinar largo, poniendo cara de cuaresma, exclamó, con los ojos en blanco:
—La reventazón, Dios mío, la reventazón; se ha quebrao el chico. ¡Cuánta fuerza haría el angelito!
Era entonces un angelito de treinta años.
La vieja recetó emplastos de cerdas y se fue para regresar porque la enfermedad era de cuidado.
Por este tiempo murió el padre, y cuando muere un padre de familia, una reventazón es para decidir de la vida de un hombre, como la de Santiago decidió de la suya.
Un amigo ilustrado le recomendó el braguero: usó braguero. ¡Pero era tan incómodo! ¡Había que ver la cara que tenía el reventao! No parecía sino que estaba con tiricia o algo peor, y que Dios me perdone.
… Vino por el pueblo un dotor en gira profesional, examinó a Santiago, puso cara muy seria y pronosticó:
—Usted se va, señor mío; se va si no hace un viajecito por la capital. Hay que operarlo en seguida.
—No, no tenga miedo —añadió al ver que aquél se ponía pálido—; es cosa muy sencilla. Ni ha de sentirlo siquiera… ¡Ah… los últimos adelantos de la ciencia… Usted queda bueno, perfectamente bueno, como si usted no hubiera tenido nunca nada!… Usted…
Santiago quedó como embobado. Eso de quedar bueno, perfectamente bueno…
Fue cosa resuelta: Santiago se iba… y se fue, a pesar de toda la baraúnda que se armó en el pueblo. Eso de ir a la capital nada de bueno tenía. Los gastos que había que hacer, los peligros… como si fuera nada aventurarse cinco días a lomo de mula por esos caminos desamparados; navegar un día entero entre cielo y agua, ¡el mar!, y meterse en un monstruo enorme e incomprensible que se tragaba los espacios, ¡el tren!… Pero no hubo qué hacer. Lo que se le metía a ese Santiago entre ceja y ceja, fueran ustedes a sacárselo, que iba para largo. ¡Hombre testarudo! No lo consiguieron ni el Teniente Político, ni el Juez, ni el Cura, ni doña «mano de Dios» que ponía el grito en el cielo y quedó exclamando a la orilla del camino, toda pesarosa y despechada:
—Pero, si los emplastos de cerda… Vea, don Santiago, acordaráse de mí; los emplastos de cerda y nada más.
Y el señor Maya estuvo para quedarse; vacilaba al pensar que el resultado podría ser nulo. Pero se hizo de tripas corazón e hincó las espuelas en los ijares de la mula. ¡El maldito braguero! ¿Quién iba a aguantarse con ese cinturón enojoso que le oprimía la carne y aquellos dolores agudos que le hacían retorcer el cuerpo y le obligaban a comprimirse largamente el vientre con las manos, por cinco, diez minutos…?
—¡Eh! ¡Quién dijo miedo!
Desapareció, al trote largo de la mula. Sobre las ancas de la bestia repicaron los botes de hojalata; la jaula de canarios para el médico; la damajuana de aguardiente para alentarse en los fríos de la cordillera. Entre las grandes alforjas temblaron los paquetes de cartas: las había para todo el mundo.
El Cura, el Político, el Juez, los jornaleros y sus perros, quedaron consternados…
Santiago de Maya
¿No lo dijeron en el pueblo? Algo grave debía suceder.
Cuentan que «el perro de Écija» se secó mirando la luna, creyéndola manteca. ¡Qué gratos y lánguidos paladeos serían los del animalito!
El hijo del molinero se habría secado también contemplando a Adriana, rubia mocetona de la Capital, de no haberla alcanzado. Santiago, después de la operación, que como salir salió buena, hizo amistades: descubrió parientes ilustres que le añadieron al nombre la partícula «de» —así: Santiago de Maya—; se enamoró como un burro de una muchacha de precedentes dudosos; se casó; regresó al pueblo; vendió el molino y las tierras de labor; instaló una lencería; vistió americana y echó vientre: Santiago Maya fue Santiago de Maya.
El cabello tupido y negro; la frente pequeña; los ojos pardos; la nariz algo acaballada; la boca sumida, casi sin labios, como una línea recta; la papada colgante y fofa; las espaldas anchas; obeso y de piernas cortas, era persona merecidamente respetable.
La lencería del señor de Maya daba a la plaza, frente a la iglesia. Las casas no tenían portales; pero, en cambio, la plaza tenía una cruz, lo que es mejor, mucho mejor, a menos que dispongan otra cosa los impíos.
Lencería era por haberle dado ese nombre su dueño, mas, en honor del señor de Maya, hombre acaudalado —ya dije que tenía cinco mil barras— he de declarar que no fallaban los cazos, las cribas, algo de fierros, especias, azúcar de primera calidad; cajones vacíos, por mayor y menor; unas onzas de quinina, bicarbonato; lápices; papel; medallas y estampas de santos y otros chismes.
A la entrada, en el dintel de la puerta, un letrero decía:
LENCERÍA
de
don Santiago de Maya
Dentro había otro:
HOY NO FÍO, MAÑANA SÍ
En medio de la tienda: un mostrador. Sobre el mostrador: una balanza, una vara de medir, una pieza de tela. Tras el mostrador: don Santiago de Maya. Delante del mostrador: los amigos de don Santiago de Maya.
—¿Y qué le parece, don Santiago, lo de las nuevas? Usted que conoce lo de allá… dizque tenemos revolución…
El antiguo «hijo del molinero» se ponía las manos en el pecho, hundiendo los dedos pulgares en los sobacos; balanceaba el cuerpo adelante y atrás… Y al cabo de meditarlo bien, exclamaba lentamente:
—Depende, depende, mi querido; yo no sé lo que pasa… En fin de fines…
Los amigos abrían la boca. ¡Qué cordura la de don Santiago! ¡Y cómo juzgaba de los hombres y de las cosas!
En el umbral aparecía un mocoso:
—Manda a decir mamita que… que si tiene… que si tiene… hilo marca Cadena.
El tendero lo meditaba bien:
—Sí, sí hay; anda dile, hijito, que sí hay.
El muchacho desaparecía y después de un momento tornaba acezando:
—Y dice que… cuánto vale.
Don Santiago contestaba al punto:
—Por ahora, cuatro reales.
Volvía a desaparecer el muchacho…
Al caer la tarde el señor de Maya cerraba la puerta de su tienda con doble cerrojo y salía a dar una vuelta por la plaza, chancleteando, con la gorra echada hacia atrás, y las manos en los bolsillos. Después de un momento se entraba en su casa silbando.
—¡Adriana… Adrianita…!
Una mujer sonrosada, de carnes purísimas y abundantes: una madama Quenu que engordara plácidamente en uno de nuestros pueblos silenciosos, sacaba la cabeza por una ventanuca:
—¿Qué quieres, hombre?
Él entraba sonriente; la palmeaba en las carnudas espaldas, riendo como un bendito:
—¡Ah! Mi mujercita… mi mujercita…
Luego se sentaba a su lado y callaba enternecido, mirándola de pies a cabeza, suspirando cuando ella suspiraba, sonriendo a los gratos recuerdos de ella, ruborizándose al acariciar sus manos llenas de hoyuelos, como un buen esposo, de esos que sólo se encuentran en algún callado rincón de nuestros pueblos.
Los Gagones
¿Conoce usted a los gagones? No, seguramente que no. —Me refiero a los hombres a la derniére—. Pero, acaso oyó alguna vez hablar de ellos. Pertenecen a la familia perruna; son pequeñitos y graciosos; representan a los que viven mal (usted ya lo comprende), vagan durante las noches, sólo durante las noches, por las plazuelas calladas, por las callejas dormidas.
Y cuidado que son peligrosos: si a usted le vieron y le tienen mala voluntad, le hincan los dientes en la rodilla y no le sueltan hasta que raya el día.
Algunas señoras dan cabal razón de los gagones.
¿No le ha pasado a usted encontrarse con una de esas señoras encorvadillas y recelosas que hablan aún, como si todavía existiera, de la diligencia?
Quizá preguntó uno, por tener de qué hablar:
—¿Y qué ha sido, señora, de fulanito?
Y ella suspiró:
—¡Ay, señor! No sé que habrá sido del pobre… Estaba tan enfermo que no debía de irse… Yo sí se lo dije… y él, nada… De la cama a la diligencia…
Si se lo dijo así o en otra forma, no importa: esa señora conoció a los gagones, seguramente. Yo no sé por que; pero, para mí, la diligencia y los gagones tienen una misteriosa relación.
En las ciudades los conocen sólo esas señoras, por que los vieron cuando niñas. Actualmente, el bullicio que existe en aquellas a todas horas, ha asustado a los pobres animalitos que han tenido que refundirse en los más apartados lugares, o tal vez, inteligentes como son, en los rincones de las mismas casas.
Lo que es en los pueblos casi todos hablan de los gagones, y de seguro que los vieron porque allí no tienen recelo de retozar en las plazas.
Don Santiago mismo los conocía, en público: los había encontrado varias veces; pero en privado, honradamente, sólo tuvo noticias de ellos. Mas, allá va a dar, pues se sabía de memoria sus costumbres y sus hechos célebres.
Si usted se encuentra alguna vez con dos gagoncitos y quiere saber quienes son el señor y la señora que están cometiendo un desliz, lo más sencillo. Se provee de un instrumento cortante y con un pequeño rasguño que les haga, en las manos o la cara se entiende, al otro día tiene usted a las víctimas con la misma señal, inevitablemente.
Esta es la razón por la que, en los pueblos, es imposible acometer una empresa de esa laya: en seguida dicen: ese con aquella… Y es que hay gente que se ocupa en exclusivo de esto.
Naturalmente, los casados no tienen representación gagonil porque… ¡vamos!, porque entre ellos no pecan, ¡y tampoco peco yo diciendo esto!
El Caballero de Maya
—¡Caballero!
Al señor de Maya el corazón le dio un vuelco. Dio dos pasos adelante; se inclinó ceremoniosamente:
—Don Manuel… ¿En qué puedo servirlo?
Este vaciló: dudaba del buen éxito de su proposición. Al fin, aventurándose, dijo:
—Es que… quisiera que nos haga el favor de honrarnos con su presencia esta noche. Se trata del bautizo de mi hijo.
Y no hubo más que decir. ¡Caballero! ¿Iba don Santiago a negarse? Nada, que se fue. Hubiera querido, eso si, llevar a Adrianita; pero se encontraba indispuesta, según dijo.
Hubo juerga y el caballero la empinó un poquillo; un poquillo nada más; lo suficiente para poner a un hombre alegre y decidido. Y claro que llovieron las atenciones: el caballero fue el héroe de la fiesta, ¡y cómo estaban de alegres los «honrados»!
A la salida todos quisieron ir a dejarlo hasta la casa; pero él se opuso cuanto pudo. No faltaba otra cosa. Tal si fuera él una señorita o un chiquillo medio lento. Que se iba solo o, si no, se resentía.
Le dejaron ir, don Santiago salió trastabillando un poco y muy alegre…
La plaza estaba oscura y silenciosa; la atravesó sonriendo y precipitado; iba pensando en su mujercita, en sus carnes suaves, en sus brazos redondos, en sus amorosas caricias, ¡en qué cosas iba pensando don Santiago!
Pero al llegar a la puerta de su casa se detuvo admirado: dos animalitos pequeños y graciosos jugueteaban no lejos de él…
Se llenó de alegría: por fin estaban en sus manos. Buscó presurosamente en sus bolsillo: ¡nada!, ¡que desilusión!…
Tanteóse la solapa de la americana: sí, allí estaba, aunque sea con eso; era un alfiler menudito.
Acercóse de puntillas; se inclinó tan callado como pudo y… ¡sas!, ¡sas!
… Sólo en la alcoba se detuvo, anhelante; respiró grueso, a plenos pulmones.
—Adriana, Adrianita…
Ella bostezó, desperezándose.
Él se acercó algo tembloroso; levantó los cobertores; la aprisionó los brazos muelles con sus manos largas y velludas…
A la mañana siguiente, ella le hacía cosquillas, riendo con languidez.
—Ocioso, que ya es tarde.
Él se sentó en el lecho, restregóse los ojos para poder ver claro. Estiró los brazos, haciendo sonar los huesos encogidos. Luego se volvió a ella y la abrazó satisfecho.
E iba a besar su boca apetitosa cuando una gotita de sangre, al final de un largo rasguño que tenía en la mejilla, paralizó sus movimientos, dejándolo mudo de sorpresa.
Tras largo rato pudo hablar:
—¿Qué es es?, Adriana; dime, ¿qué es eso?
Ella, sorprendida también, se llevó la mano al rostro.
—¿Esto?… Nada… yo no sé…
A don Santiago le pareció que el mundo se le venía encima. ¡Ella, ella, su mujer, su mujercita!
Sin poder expresar todo el dolor que le torturaba, viendo ante él un caos inmenso de sentimientos, confusos para su cerebro sencillo de hombre de pueblo hecho célebre, exclamó, reprochándola:
—Adriana… Adriana…
Y rompió a llorar como un niño.
Apenas abrió la lencería, don Manuel llegó. Quería preguntarle como había amanecido.
—Caballero!
Pero el caballero no le dejó continuar: tenía que deshacerse de alguna manera del gran peso que llevaba encima y le espetó como una tromba estas frases amargas:
—Oiga, don Manuel: si usted encuentra alguna vez a los gagones no los señale nunca! Puede encontrarse con que su mujer, su hija, su… ¡o cualquier demonio de esos!
Aquí se detuvo, recapacitando.
Y el interpelado abrió la boca, lleno de admiración: ¡qué cerebro el de don Santiago!
