Relato de la Muy Sensible Desgracia Acaecida en la Persona del Joven Z

Pablo Palacio


Cuento


El joven Z se matriculó en el año de Patología el quince de octubre de mil novecientos veinticinco.

Puede afirmarse que, primordialmente, el desgraciado joven Z tuvo 3 amigos: A, B y C. C es el cuentista.

Mi nunca bien admirado amigo Z fue un mártir del análisis introspectivo y de su buena voluntad de paciente. Mi amigo Z pudo estudiar la materia íntegra sobre sí mismo, progresivamente, a medida que su ojo hecho de tragedia se comía las páginas del inocente Collet.

Aunque no era tuerto, digo «su ojo», porque es mejor decir «su ojo» que «sus ojos».

Siguiendo el sistema del segundo capítulo de mi RELATO, afirmo que para mi recordado amigo, muy justicieramente desde luego, la letra Z fue la más importante del alfabeto.

Y de conformidad con lo dicho en el tercer capítulo, para perpetua lamentación nuestra, acaecióle lo que en éstos se refiere:


REUMATISMO ARTICULAR AGUDO


En los primeros meses de estudio fue asaltado por el peligrosísimo reumatismo articular agudo; un insistente dolor en la muñeca derecha, que mantuvo en constante tensión de ánimo a sus amigos A, B y C.

Consecuencias autopronosticadas por el espíritu analítico de Z: peligrosísimas afecciones cardíacas. Etiología: la maldición de las habitaciones húmedas. Todas las habitaciones son húmedas. ¿Qué haría Z? Z era el joven más desgraciado del mundo. Las letras del alfabeto estaban óseamente atacadas de indiferentismo. Z podía morirse como un perro.


CAPÍTULO DE LECTURA PROHIBIDA


Atropellada, irrazonada, inexplicablemente, Z, mi inolvidable amigo, tomó vergonzosa infección uretral. ¡La compasión universal sobre Z! Pero todos tienen la compasión acorazada por durilones…

Etiología: conocida pero inefable. Consecuencias: la inminente estrechez uretral. ¿Qué hacer? ¡Oh! ¿Qué hacer?… En fin, tras los tres meses ir por las boticas en busca de ciertos tubillos para precaver… alguna amargura a los cuarenta años.


HEMORROIDES


Una pequeña dificultad y consulta empecinada de los textos. Z tuvo una enfermedad gravísima, tenaz, mortificante.

Esta enfermedad mortificante preséntase, según los textos, a partir de los 30 a 40 años, en la mayor parte de los casos. Dejando a un lado lo de «la mayor parte», para seguridad, Z llegó a dudar si estaría entre los 30 y los 40. «Artríticos, gross mangeurs (grandes comedores), sedentarios, constipados». Constipados, constipados… Me consta que mi inolvidable amigo se desconstipó con exquisito aceite; pero no me consta que se haya hecho «petit mangeur».


VÁRICES


Minúscula dilatación venosa en la cara ánteroexterna de la pierna derecha. Decididamente era Z el joven más desgraciado del mundo. ¡Las várices, las várices! Ulceras varicosas, elefantiasis varicosa.

«En habiendo dos causas promotoras de este terrible mal, las causas profesionales y las mecánicas, una de las dos, irremediablemente, debe haber operado sobre mi organismo. La prolongada posición vertical… mozos de hotel… ¿He dicho yo mozo de hotel? Pero debo sentarme: ¿por qué estoy parado? Las ligas… ¿por qué me pongo ligas?».


MOLLUSCUM PENDULUM


El Profesor ha enseñado a sus alumnos al pobre hombre que tiene mulluscum pendulum. Una gran bomba al final del raquis. Bomba colgante, badajeante.

En secreto me refirió mi amigo Z que todas las noches se llevaba la mano «al sitio», tembloroso, presintiendo encontrarse de improviso con la gran bomba que le vapulearía los muslos.


TAQUICARDIA PAROXÍSTICA ESENCIAL


Pero todo eso es nada. Z compró definitivamente la muerte, en la «Universal» y por el cómodo precio de veinticinco sucres, en forma de un aparatillo con tripas. Un aparatillo que lleva el corazón del paciente a las orejas del experimentador.

Son curiosas estas curvas prolongadoras, establecidas entre la víctima y un hombre cejijunto. Z fue víctima y hombre cejijunto, de manera empecinada.

Tenía un sillón cómodo. Y he aquí el proceso criminal del sillón, los libros y el fonendoscopio, operantes sobre la desgracia de mi amigo: al entrar, la peor de todas las apariencias, era el sillón quien se posesionaba de su cuerpo. La mano derecha a la muñeca izquierda para contar las pulsaciones de la arteria radial. Luego la misma mano al corazón: temblores, ansias; atropellado crujir de botones y el fonendoscopio sobre el sístole y el diástole, mientras la víscera llama al tabique pectoral con la misma llamada de una mano insistente sobre una puerta cerrada. Hay que comprender la rotación progresivamente acelerante del ritmo en la corriente establecida entre la caja Bianchi y el cerebro, por intermedio de las tripas y los conductos auditivos. Como un aro impulsado sistemáticamente hasta la pesadilla.

Hay que comprender las funciones del gran simpático y el neumogástrico, el paro forzoso. La vida en un punto.

Hay que comprender nuestra estupidez ante la visión de la nada.

Y como esto estaba muy bien meditado por Z, su corazón llamaba tan imperiosamente como el amo que se quedó en la calle, en noche lluviosa, a su puerta.

Siempre el fonendoscopio avizorando la muerte del neumogástrico.


tac,

  tac,

   tac


mientras Z enrojece, se le saltan los ojos, se le paran los pelos.

Hasta que el gran golpe definitivo rompió la pared toráxica y la punta cardíaca salió a mirar la caja Bianchi, atrayente por el hilo que tiraba desde el cerebro de la víctima cejijunta.

Una lágrima… (¿Una lágrima?… ¡Oh!, así lo ponen en las coronas fúnebres). Una lágrima sobre los huesos de mi amigo.


Publicado el 29 de febrero de 2024 por Edu Robsy.
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