Primera mañana de mayo
Ocurre que los hombres, el día una vez terminado, suelen despedirse de parientes y amigos y, aislándose en grandes cubos ad-hoc, después de hacer las tinieblas se desnudan, se estiran sobre sus propias espaldas, se cubren con mantas de colores y se quedan ahí sin pensamiento, inmóviles, ciegos, sordos y mudos. Ocurre también generalmente que estos mismos hombres, transcurrido ya cierto tiempo, de improviso se sienten vueltos a la vida y comienzan a moverse y a ver y a oír como desde lejos. Ya cerca, un mínimo número de esos mismos hombres introducen sus pellejos en agua, bufan, tiritan y silban. Luego ocultan todo su cuerpo en telas especiales, dejando fuera sólo sus aparatos más indispensables para ponerse en relación con sus vecinos y abandonan esos grandes cubos, con los párpados hinchados y amarillos.
Ahora bien: en este momento yo he despertado. Fue así de improviso, como hacer luz, como apagar la luz. Estiro la pierna, amigo mío, y veo en donde he despertado. Este es un cubo parecido a aquél en que todos los hombres despiertan. Se puede ver aquí medianamente, ya es de día. Ya es la hora de ayer, compañero. Está todo en su sitio.
Pero los párpados vuelven a cerrárseme, pero ya es la hora de ayer.
—Andrés —silba una voz bajita.
Me incorporo de un salto. Escucho. ¿Quién me ha llamado? Aquí no puede haber otra voz que la mía. Retengo el aliento. Me levanto de puntillas, todos los sentidos abiertos. Es preciso observar, que en este cubo hay algo peligroso.
Venid, entrad, señoras y señores burgueses, señoras y señores proletarios. Entrad vosotros los expulsados de todo refugio y los descontentos de todos ellos. Entrad todos vosotros, compatriotas de este chiquito país. Vos, compatriota obeso; vos, compatriota esmirriado; vos, compatriota de la nariz de salchicha; vos, compatriota empolvado; vos, compatriota romántico; vos, compatriota aburrido; vos, vos, vos.
No habed miedo de no tener sitio. Más bien venid a admirar la capacidad de este cubo de grandes muros lisos y desnudos, en donde todo lo que entra se alarga o se achica, se hincha o se estrecha, para adaptarse y colocarse en su justo sitio como obra de goma. Mirad al obeso compadre Tixi como ha perdido su enorme barriga para dar sitio a sus alegres y bondadosas comadres, y mirad a estas bondadosas comadres como han perfilado y achatado sus alegres rostros por no ser una molestia para las voluminosas rabadillas de aquel inteligente estirado como una tripa. Y mirad al venerable burgués Heliodoro como está de aplastado que parece un pobre dibujo en el piso. Aquí en este cubo hay sitio para todo el mundo.
Pero venid, entrad a ver cosas y cosas.
¿No queréis oír? ¿Sois sordos? ¿Vaciláis? ¿No os infundo confianza?
Bien, no importa.
Yo os traeré aquí a mi manera y os encerraré en este cubo que tiene un sitio para cada hombre y para cada cosa.
Quería explicaros que soy un proletario pequeño-burgués que ha encontrado manera de vivir con los burgueses, con los buenos y estimables burgueses.
He aquí un producto de las oscuras contradicciones capitalistas que está en la mitad de los mundos antiguo y nuevo, en esa suspensión del aliento, en ese vacío que hay entre lo estable y el desbarajuste de lo mismo. Tú también estás ahí, pero tienes un gran miedo de confesarlo porque uno de estos días deberás dar el salto y no sabes si vas a caer de este o del otro lado del remolino. Mas aquí mismo estás enseñando las orejas, amigo mío, tú, enemigo del burgués, que ignoras el lado en donde caerás después del salto.
Pero ya me lo aclaras todo: Estoy viviendo la transición del mundo. Aquí, delante de mí, está la volcadura de campana, del otro lado de la justicia, y aquí mismo, dentro de mí, están todos los siglos congelados, envejecidos y grávidos. Yo tengo un amor en estos siglos; yo tengo un amor en esta volcadura.
Mi padre y mi madre están allá sin comprenderme. Mi padre y mi madre son mis enemigos primeros. No les llegó la voz a tiempo y el tiempo de llegar la voz ha puesto un siglo entre uno y otro. Y he aquí que estamos para con ellos tan próximos como lejanos en el mismo momento.
¿Eh? Anda, levántate, enciende algo, que estás retardando el equilibrio definitivo del mundo. Después verás lo que haces ante los ojos húmedos de la madre. Pero eso al fin qué importa. Toda traba es burguesa.
Lo que sucede es que tienes pena de tu vaca y de tu cochino. Estás enamorado de tu vaca y de tu cochino y en lo sucesivo no se te van a permitir esas pasiones bestiales.
Mira, vamos a hacer una nueva vida. Una nueva vida maravillosa. Vamos a suprimir la corbata y el cuello. Vamos a permitir que todos los hombres se dirijan la palabra con el sombrero puesto. Vamos a prohibir las genuflexiones y las reverencias. Todos podremos vernos cara a cara. ¿Qué más quieres? ¿Qué es lo que vas a perder con eso?
¡Abajo, abajo la burguesía!
Pero cálmate, estás haciéndote un loco, amigo mío. Tírale un puntapié a la lora y escucha este sermoncito que he garrapateado para molestarte las orejas.
«A ti, camarada burgués:
»Te ruego hagas por dar contestación a las preguntas contenidas en el pequeño pliego que voy a leerte y aguces el oído para las otras cosas que en él se dice».
Ejem. Ejem. Cúju, cúju.
«Camarada:
»Cuando estás delante del poderoso, ¿por qué tiemblas? Todo poder viene de ti. ¿Por qué no le escupes? ¿Por qué no le envileces con su misma pequeñez? ¿Por qué no le abofeteas?
»¿Sabes que él esté hecho de otro barro que no sea una poca cosilla de miserias y vergüenzas? ¿Por qué te humillas? ¿Por qué?
»Espera que la piara se dé cuenta de que la sordera del todopoderoso no tiene edad y verás cómo se viene —hambrienta e inflamada— y aprieta el cuello de los usurpadores. Y verás como les hace saltar los ojos, igual que a esos enanitos de celuloide. Y verás cómo goza la piara y se estira y se conforta.
»Luego los grandes devorarán a los chicos y entonces tendrás que ponerte a temblar ante el nuevo poderoso, porque estás hecho de carne de esclavo.
»Ya ves cómo los otros gobiernan en nombre del pueblo y usufructúan tus lágrimas. Ya ves cómo han hecho a tu mujer y a tu hija ricos presentes, y ya sabes cómo gozarán con ellas a costa de tu propia amargura.
»Un día los imbéciles no pudieron vivir solos y se volvieron impotentes para reclamar su calidad de hombres. Entonces sus padres les vapulearon y no abandonaban los foetes para que ellos no abandonaran la azada. Y cuando murieron sus padres, fueron sus hermanos los que les vapuleaban. Entonces los tiranos cobraron renta por dar azotes y hoy te los dan hasta cocerte las rabadillas.
»Y no llegará el día en que te hayas reconquistado. No eres tan fuerte como para deshacerte del yugo.
»Mira el día pasado y el de hoy y mira así todos los días de tu vida. Estás hecho de esclavo como tu voz está hecha de sonido. Así totalmente y sin esperanza.
»He dicho, camarada».
—¡Bravo! ¡Bravo el compañero Andrés!
—¿Has oído todo? ¿Has oído?
—¡Qué bien!
—¡Pero si dice las verdades el camarada Andrés!
—¿Has oído? ¿Has oído?
—¿Has oído?
A eso aconteció que se hizo el silencio en el cubo.
Entonces todos pusimos nuestros ojos en el panadero Alejandro. Algo nuevo y grande iba a suceder ¡Pongamos todos nuestras miradas en el compatriota Alejandro!
Ha cerrado los ojos beatíficamente como un santo dormido. Ha cruzado los dedos sobre su hermoso vientre abombado.
Luego goza mucho y se ventosea largo, largo como un gemido. Todos vemos ¡todos lo vemos! como se le desinfla el vientre ¡aquí en el cubo!
¡Deteneos! ¡Deteneos, señores burgueses y señores proletarios! ¡Una sola palabra más! ¡Deteneos compatriotas de este chiquito país; compatriotas obesos, compatriotas esmirriados, compatriotas, compatriotas! ¡Deteneos!
… Pero ya nadie quiere oírme, ay, pobre de mí.
2
Ana, primer instante de la mañana más amarilla.
Ana, piel de piel de durazno.
Ana, ¿le gusta a usted la bicicleta?
Ay, Ana, señorita, dígamelo y estafo.
Ahora me pongo a decir mi hermosa oración matinal.
Oración matinal
Mi Señor y mi Dios, Tú que todo lo puedes: con el mayor respeto y consideración vengo a pedirte me hagas el señalado servicio de no darme una mujer que gaste paladar de caucho.
Hambre
El Gobierno de la República ha mandado insertar en los grandes rotativos del mundo esta convocatoria escrita en concurso por sus más bellos poetas:
¡Atención! ¡Subasta pública!
Atención, capitalistas del mundo:
El Chimborazo está en pública subasta. Lo daremos al mejor postor y se admiten ofertas en metálico o en tierra plana como permuta. Vamos a deshacernos de esta joya porque tenemos necesidades urgentes: nuestros súbditos están con hambre, por más que tengan promontorios a la ventana. Hoy es el Chimborazo, mañana será el Carihuairazo y el Corazón; después el Altar, el Illiniza, el Pichincha. ¡Queremos tierra plana para sembrar caña de azúcar y cacao! ¡Queremos tierra para pintarle caminos!
Atención, capitalistas del mundo:
¡Los más hermosos volcanes están en pública subasta!
Perro perdido
«Buena gratificación se dará a la persona que encuentre y devuelva a su dueño un perro perdido en el parque municipal, el día de ayer entre las cinco de la tarde. Faldero, color café, con collar, responde al nombre de Peter.-Villa Margarita.-Avenida de las Acacias.-Tel. 45C.»
Y asimismo la vieja Anatolia —lo puedo ver desde mi ventana— ha cogido a su pequeño hijastro, poniéndole los cueros al aire, y mientras le chicotea el fundillo le está gritando:
—Ay, perro perdido, te fuiste a la maroma sin pedirme permiso. ¡Toma, perro perdido. Toma, perro perdido!
Ji, ji. Ji, ji. Huy, huy, huy. Ji, ji.
5 Odio
Quiero entenebrecer la alegría de alguien.
Quiero turbar la paz del que esté tranquilo.
Quiero deslizarme calladamente en lo tuyo para que no tengas sosiego; justamente como el parásito que ha tenido el acierto de localizarse en tu cerebro y que te congestionará uno de estos días, sin anuncio ni remordimiento.
Entraron al cubo cautelosamente, de puntillas, como ladrones asustados. Anhelaban. Qué angustia en el pecho, qué palpitar cardíaco, qué desasosiego y qué espanto. Entraron y se revolcaron.
Luego vino la queja y el reproche y el insulto. ¡Una razón! ¡Sólo una!
Entonces ella le puso la voz temblorosa en la oreja, deshilvanando el cuento.
—… Y una mañana, aprendiendo a montar en bicicleta…
10
Al fin los chiquillos de la Universidad tuvieron una idea genial.
Antes de ir a clase hicieron, una mañana azul, abundante provisión de pistolas, de tal manera que para cada chiquillo había una pistola. Y cada chiquillo se guardó su pistola.
Entonces se abrió la clase y todos tomaron el sitio de cada día. Sobre su sillón de cuero, el Profesor sabio hacía gestos y hablaba, hablaba y hacía gestos; pero sus palabras, apenas salidas de los labios, se le caían en la punta de los zapatos: era que no podían avanzar porque la clase estaba llena con el coraje de los chiquillos, cuyos corazoncitos hacían bum, bum; bum, bum.
Y ya cuando el Profesor sabio había acabado por ponerse majadero, el chiquillo de los bigotes delgaditos púsose en pie y dijo:
—¡Señor Profesor! ¡Usted no es nada más que un majadero!
Y el Profesor sacó los ojos el tanto de un jeme y los metió y los sacó.
Entonces el de los bigotes delgaditos dijo también:
—Todos los chiquillos de la clase hemos decidido suicidarnos en masa porque usted es un majadero.
—Hemos resuelto suicidarnos en masa porque usted es un majadero —dijeron en coro.
Y todos los chiquillos sacaron sus máquinas y cada uno se puso la suya en el hueco de una oreja. El compañero de los bigotes gritó:
—¡Uno!… ¡Dos!… y… ¡Tres!
¡Pum!
Cayeron heroicamente, como deben caer los hombres. Y el Profesor sabio, dejando de hacer gestos, se puso a buscar a gatas por la clase las palabras inútilmente perdidas.
Reencarnaciones
Después de su muerte, el poeta Armando, que en vida había sido el príncipe de las delicadezas, reencarnó su espíritu exquisito en el equipo basto de un alazán de pocos ánimos. Y el animal del dueño, a horcajadas sobre la nueva envoltura del poeta Armando, para que cobrara esprit le espoleaba hundiéndole en los ijares grandes rodajas afiladas; le espoleaba, le espoleaba.
¡Ay, ay, ay! ¡Ay, ay, ay!
Y el gran boxeador filipino pasó a ser florecilla del campo para honesto goce de los pobres poetas, para adorno de la naturaleza, para perfume humilde de la hondonada. Pero el canalla cuanto estremecido colibrí una vez por día aplicaba su largo pico al riñón del filipino, haciéndole succionadoras gracias.
¡Ay, ay, ay! ¡Ay, ay, ay!
—¿Ana? No existe.
Grito familiar
Si uno de estos días vienen a decirte: Tu madre viuda, o tu hermana querida, o tu tía, o tu hija, o tu abuela, ha tomado estado con el hombre que echa los bacines o con el que lava los cubículos de porcelana, ten mucho cuidado de no agitarte, de no congestionarte. ¡O tú, amigo mío!
Toma tu respuesta, pollo: has hecho bien, madrecita. Tu ternura, tus pasiones, tus actos, son tuyos ¡Ay del que quiera limitarte el dominio de lo único que tienes!
¡Ay!
Oración vespertina
Y ya que esta mujer que me has dado, Señor mío, es tan esbelta y buena, y goza de miembros ágiles, sírvete darle protección, guiando sus pasos con el acierto que Tú sólo posees.
No vaya a ser que en media vía pierda su serenidad y se le eche encima uno de esos vehículos jadeantes.
¡Mujer mía!
Pensar que alguna vez tenga que consultarme con el cirujano para sustituir una por lo menos de sus hermosas y ágiles piernas con otra de palo gris.
30
¡Eh! ¿Quién dice ahí que crea?
El problema del arte es un problema de traslados. Descomposición y ordenación de formas, de sonidos y de pensamientos. Las cosas y las ideas se van volviendo viejas. Te queda sólo el poder de babosearlas. ¡Eh! ¿Quién dice ahí que crea?
Revolución
Pesas, pesas tanto.
Pues salta sobre un platillo de la balanza para ver si nos das el gusto de elevar a los monigotes del otro platillo. Les placería volar.
Ya ves como hablan, como bracean, como juran, como se hurgan las narices.
Hombre con pulgas
Auténticamente he sabido yo de un camarada, Bienatendino Traumanó, que tenía la cara cuadrada, la nariz cuadrada, las manos cuadradas y la facha, en fin, cuadrada.
Y que este camarada Bienatendino tenía una mujer cuya cara también era cuadrada, cuya nariz también era cuadrada, y cuya facha en fin, era también cuadrada.
Y que Bienatendino Traumanó vivía en paz, con gusto para las salchichas, para los potajes porcinos, para las fiestas en el campo y para los hermosos gestos de amor de Bienatendina.
Entonces yo sé que el diablo le bisbiseó una noche: «Mañana te das un paseíto largo, Bienatendino» y Bienatendino al día siguiente tomó pasaje largo en automóvil.
Rueda y rueda por la carretera, Bienatendino vio al hombre con el hacha. Estaba yendo a dar el golpe, pero al ver el automóvil la detuvo y se quedó así en su actitud de cortar mirando, mientras pasaba, a Bienatendino, quien se estremeció y dijo:
—¡Ay, el hombre con el hacha!
Y no vio otra cosa Bienatendino hasta que se detuvo el automóvil, ya cerca de la noche.
—Cebadas, Cebadas.
—¡Ah!, ¡ya! Era el pueblo de Cebadas.
Y vino la noche. Y como todas las noches, Bienatendino se estiró de espaldas en alguna parte, envolvió su cuadrado en unas mantas y se puso a llamar en voz bajita al sueño.
—Sueño, sueño, sueño…
Pero antes de venir el sueño alguien le dio un pinchazo en el muslo, y en el pecho otro, y en el cuello otro, y en la espalda otro, y otro allá, y otro aquí, y otro y otro.
Ay, las pulgas. Ay, las pulgas.
Bienatendino comenzó a agitarse. Ay, ay. Cómo caminaban de un lado a otro; cómo le hacían un surquito de estremecimientos sobre la piel granulada. Ay, ay.
Entonces Bienatendino ya estaba completamente agitado y echó sus mantas lejos. Se puso en pie.
Ay, aquí —rascándose con las manos hechas garras.
Ay, acá.
Ay, allá.
Bienatendino hacía flexiones. Bienatendino hacía gimnasia en la noche.
Ay, arriba.
Ay, abajo.
Ay, las corvas.
Ay, la espalda.
Ay, la pantorrilla.
Ay, la nuca.
¡Jesús! Jesús! La existencia de las pulgas es denigrante para el hombre.
Ay, arriba.
Ay, abajo.
Ay, me mato.
¡A-y, e-l h-o-m b r e c-o-n p-u-l-g-a-s!
Junio 25
¿Qué hora es?
Mira la belleza del cadáver en manos del disecador inexperto. Dócil, flexible, la piel lisa pegada al hueso, en las posiciones más inverosímiles de su repertorio. Se puede hacer de él lo que en vida no pudo hacer de sí mismo. Torturando su quietud para arrancarle aquella pequeña fibra escondida. A la derecha, a la izquierda, tan pronto arriba el pecho como la espalda. ¡Nathanael! ¡Agripina! Si tus parientes pudieran meter las narices por la rendija echaran sin vacilar una lagrimita. ¡Agripina! ¡Agripina! Mira su belleza descuidada y donosa. Ten cuidado de «esos magníficos huesos de las caderas que tienen la forma de una bacinilla». Ahí está sin pasión, sin odio, como nunca logró estarlo. Sin vergüenza, sin respeto.
Déjalo en reposo por un momento, que tome la posición de su vida. No hagas caso de ello; ya no tiene sexo. Antes no podías hablarle sin temor porque te conturbaba aquella lamparita de vida que se ha apagado. Hoy, sólo tú la tienes: eso es una cosa. ¡Agripina! ¡Agripina!
La van a dejar sin piel como a una cabra en el despostadero, y ella no tendrá vergüenza de quedar como una cabra despellejada porque la vergüenza la tuvimos en la piel. ¡Ya no tiene sexo!
Ya no tiene odio. Ya no ama. Ya deja que todo se estire sobre el hueso. Ya no le importan sus líneas angulosas y perfiladas.
Se le han teñido las orejas como después de la lujuria. La post-lujuria es una muerte pequeña. Así es ello como quedarse quieto, sin pensamiento y sin sentimiento.
Ahora está con los brazos atrás y el pecho alzado y las piernas rígidas. ¡Qué hermosa la línea del cuello combado! El cabello opaco se riega como una llama. En esa posición muerta está santificando la actitud espasmódica del mundo.
Ahora le han desgarrado el vientre. Ahí hubo un sitio para un hombre, para un nuevo sentimiento; este sitio de él se encuentra vacío para no ocuparse nunca.
Ahora levantan sus brazos y le arquean el cuerpo, cabeza y todo, para que el cabello opaco caiga hacia adelante.
¡Qué pobre guiñapo y qué hediondo!
Esa cosa no fue pariente de nadie. Viniera papá y papá se taparía las narices.
Te quiere, pero hiedes.
Estando muerto como estás deberías preguntar a tu familia, como un cierto Felipe de España, por qué tardan tanto en amortajarte.
29
Cualquiera que lo desee puede asesinar impunemente a un hombre. Ved como:
Escoged cautelosamente a la víctima, que debe ser más o menos bien parecida. Rodeadla de atenciones y cuidados, de tal manera que le infundáis confianza. Decidle con frecuencia:
—Oh, que difícil es encontraros.
—¿Por qué no venís por casa?
—No sé por qué sois tan huraño.
Luego procurad que os visite y presentadle a vuestra hermosa señora.
Querida mía: he aquí a mi mejor amigo. Quiero que seáis como hermanos el uno para el otro.
Y hacedlos que se tiendan las manos un momento. Entonces poneos en guardia, atisbándoles, acariciándoles, mirándoles con sigilo a través de las cerraduras. Y cuando vuestro tiempo haya llegado, abrid violentamente una puerta cualquiera, haced irrupción brusca en la cámara, gritad:
«Canallas, cobardes»
Y disparad vuestro revólver acto continuo hasta vaciar toda la carga.
En seguida despeinaos.
En seguida congestionaos.
En seguida desorbitaos y desgarraos las vestiduras.
En seguida volad a la Comisaría de turno y alzando los brazos en la misma forma en que los sapos tienen las patas, confesad:
«Señor Comisario, acabo de matar a mi mujer y a un hombre».
30 Elementos de la angustia
El señor Alcalde echó a trotar por la callecita empedrada, satisfecho, pequeñito, con las manos a la espalda y la barriguita redonda bajo la cadena de oro del reloj.
Y trotó y trotó hasta el fin de la callecita.
Y cuando hubo llegado dejó de trotar, se rascó una oreja, se levantó el sombrero hasta media testa y echó a mirar la callecita por donde había trotado.
«Je, je. ¡Con el campo a tres pasitos de la ciudad! Je, je»
El señor Alcalde se metió las manos en los bolsillos y ensayó una pequeña marcha con las piernas tiesas, contoneándose satisfecho. Entonces tomó asiento a orillas del río, sobre una piedra azul, y se puso a mirar como corría el agua hacia el mar. Y ahí se estaba mirando, hasta que de improviso el corazón le golpeó el pecho con tanta impaciencia que el señor Alcalde se puso todo serio y demudado, y paró el aliento para escuchar…
La niña rubia se arrojó de bruces sobre el mueble rojo. La niña estaba vestida de amarillo.
¿Y por qué soy yo tan desgraciada?, pensaba la niña.
Mas como tenía una pequeña amargura, tuvo que dejarse de pensamientos y doblando las piernas por las corvas se puso a agitarlas en el aire, y arrugaba con las manos los almohadones de raso, y ocultaba la cara en donde más podía, y estaba toda ella convulsionada.
Se le llenaba el pecho de un sentimiento indefinido y grande.
Ya iba a estallar, como una bomba llena de aire.
Ya estalla…
«¡Ay, que desgraciada soy! ¡Qué desgraciada soy!»
Y otra vez va a llenarse, para estallar de nuevo…
«Je, je. Con el campo a tres pasitos de la ciudad»
Aquel muchacho no ha llorado. Sólo se le pusieron los ojos como de vidrio.
Después se le subió el corazón a la garganta y ahí permaneció se diría anudado. Fijo, persistente.
¡Lo que tiene que ver la garganta con la angustia!
Yo estaba en ausencia. Estaba ahí y no estaba. Esperaba algo y no esperaba nada. Una pasión crecía en mí y yo luchaba por cegarla. Soy mi enemigo.
Pero ¿qué pasa aquí?, ¿qué pasa?
Recuerda:
«Cielo arriba, cielo abajo, éter arriba, éter abajo. Todo eso arriba, todo eso abajo, tómalo y alégrate»
Nada.
Agosto,
Setiembre,
Octubre.
Románticas
Hoy he encontrado los hermosos labios de Ana junto a los míos. La tomo por la cintura, la estrecho contra mí, la beso. Veo desmayar sus párpados y advierto su visión lánguida. Ana está sola conmigo y aquí, en lo mío.
¿Pero cómo ha sucedido esto? Ana, Ana…
¡Sí! Estaba con su amiga, la mujer esbelta, sólo ella y yo. Entonces vino sin anunciarse Ana.
—¿Se puede pasar?
Sí, se podía. Me puse en pie y ella, sorprendida, se quedó mirándome, con su cara de muchachita inocente.
Luego fue donde su amiga y, abrazándola, rompió a llorar.
¡Ana, primer instante de la mañana más amarilla!
Me acerqué a ella, puse su mano derecha en las mías y, azorado, sólo le decía: «Ana, Ana».
Pero al fin terminó de llorar y se puso a decir cosas, atropellándonos con una historia de accidentes, o en la que había una madre desesperada y un caballo desbocado. Hoy sé que no he oído aquella historia.
Su amiga se había escapado sin que usted se diera cuenta.
Se me vino un pensamiento:
«Esta Ana es una buena muchacha»
Entonces ella me miró de improviso, taladrándome.
—¿Cree usted que yo no sé lo que piensa ahora?
—Sí. Usted no sabe lo que pienso.
—Yo lo sé todo. Yo lo sé todo. ¡Uds.!
Se acercaba tanto a mí que ya conocía todas las líneas de su cuerpecito. «¿Qué es lo que sabe ésta? ¿Qué es lo que sabe esta chiquilla?». Una llamarada le enrojecía el rostro.
Un nuevo pensamiento:
«¿En dónde he visto yo estos ojos?»
Me turbaba este pensamiento. Yo había visto alguna vez estos ojos sorprendentes. Cerré los míos: ahora veía adentro sólo sus ojos; luego desaparecieron y veía sólo sus labios. Sus ojos, sus labios, sus ojos.
Me llevé la mano a la frente y aspiré su perfume. ¡Sus cabellos estaban tan cerca de mí!
«Alguna otra vez he aspirado este perfume»
Punzante y vivo se había detenido; luego fue desplazándose, alejándose lentamente, en una línea que podía yo trazarla. Sus ojos, sus labios, su perfume.
Cuando abrí los ojos, Ana ya no estaba.
La amiga en su lugar.
—Lo ha visto.
—No lo ha visto.
—Sí lo ha visto. Sólo yo puedo saberlo.
Guardé silencio. ¿Qué era esa angustia velada, qué era esa inquietud, qué era esa pesadumbre? Esa presencia mía dolorosa.
Entonces la comisura izquierda de mi boca empezó a temblar nerviosamente con la premura desazonada del tic. Hice algo por reír y comencé a hacerlo con la media cara, mientras la otra se estremecía. Ella lo vio y apuntó hacia mí:
—Allí está tu media risa.
Y tuvo después una gran alegría que la hizo llorar.
No veo a Ana por mucho tiempo y la olvido. Ana es una buena muchacha, pero nada tiene que ver conmigo. Soy un hombre: como, bebo y duermo. Al despertar cada día estoy naciendo nuevamente.
Una mañana, en el Parque Municipal, alguien me llama quedo. Me detengo y busco; no ha sido nada, las hojas. Las hojas han pronunciado mi nombre.
Continúo. Yo soy un hombre bueno que come, bebe, pasea y duerme.
De pronto aquí está Ana. Pero no, no es ella. ¡Vaya cómo me he equivocado! ¿Y la otra? ¿Y la otra? ¿Y la otra? Sí, aquí está ella. Bien lo sabía yo que estaba aquí.
Tengo miedo. Ana cuchichea algo al oído de sus amigas que la cercan y luego todas me miran, sonriéndose.
Extiende el brazo y me dirige una llamadita con el índice, arqueándolo hacia arriba; yo no contesto, como si no me hubiera percibido. Pues cambia de posición la mano y vuelve a llamarme, arqueando el índice hacia abajo. Entonces tengo que acercarme.
—Usted, Andrés —me dice—, va a respondernos a una pregunta. Verán cómo sí lo sabe.
La miro, esperando. Chiquilla, pero si te has leído un almanaque.
—Diga, Andrés —pregunta—, ¿en qué se parece un buque a un soldado alemán y su familia?
Todas me miran gozosas. Yo pienso y pienso.
Ella anticipa la respuesta.
—En que el buque y el soldado tienen casco.
Me parece demasiado fácil y sonrío.
—Bien ¿y qué es de la familia?
—La familia está bien; muchas gracias —responde Ana.
Se oye un coro de risas. Están burlándose de mí, pero yo también río de buena gana.
Entonces se repite el coro con mayor alegría. Se miran a los ojos y vuelven a reírse.
—No te lo dije —dice Ana, llorando, a la muchacha de ojos azules.
Ella le hace un guiño y me mira, sin poder contener su risa.
Le pregunto:
—¿Qué le ha dicho? Cuéntemelo.
—Nada, nada —y ríe más.
Me acerco:
—Va a decírmelo. ¿Por qué no?
—No se lo digas, Fanny; no se lo digas —suplica Ana—. Cuidado.
Entonces esta Fanny se excita. Me acerco más.
Dice Fanny en alta voz:
—Me ha dicho que usted ríe como un potrillo tierno.
En este momento se hace una algarabía y las chicas se cogen las barriguitas. Yo estoy amoscado. No puedo reír; solamente sonrío, con un leve estremecimiento en la mejilla izquierda.
Estas mujercitas están burlándose de mí.
Bueno ¿y qué pasa? ¿Qué son todas esas payasadas? ¿Y se va a pasar la gente en eso todo el tiempo? Diga, diga. Diga usted qué pasa.
De pronto una de ellas, la más alegre, lanza una exclamación, hace un movimiento extraño con las rodillas, se pone roja y da las espaldas al grupo.
Chiquilla, no déis las espaldas al caballero.
—Ay, la pobrecita se va a resfriar por su culpa —dice una voz.
Por mi culpa. Debiera aprovechar el incidente y tomar la revancha; pero no puedo eso. Me acecha un dolor moral agudo. Soy un hombre de respeto y las chiquillas están perdiendo el tiempo.
Ana. Ana quisiera humillarte; quisiera azotarte sin compasión. ¿Por qué, por qué a un hombre de respeto? Debo irme. Nada tengo que hacer aquí. Pero no; si me voy, ellas quedarán riendo de mí libremente… ¿Y esto qué me importa? ¿Qué me importan estas mujercitas? Decido irme. Digo algo… no sé lo que he dicho… Extiendo la mano.
Y levantan un coro las mujercitas.
—No. Que no se vaya. Que no se vaya, Ana.
Ana. ¿Y por qué Ana? Ella también me lo pide.
—Bueno, bueno. Vamos a ser unas muchachas serias.
Y Ana estira la cara. Reímos y mi risa vuelve a excitarlas.
Al fin me quedo y guardo mi rencor.
Las vigilo de reojo y veo que empiezan a olvidarme.
¡Pero diga usted qué pasa!
Ya se ponen a charlar entre ellas sobre sus cosillas.
Luego me llevan a una casa que tiene muchos salones, y muchas alfombras y espejos, y yo logro tranquilizarme a cubierto.
Transcurre algún tiempo.
Ana no es Ana. Ana es sus amigas: aquélla del lunar en la barbilla, aquella de los ojos azules, aquella de los labios carnosos, y la delgada y la rubia. Ana es su madre, y sus hermanas y sus hermanos. «Ana, no digas eso», «Ana, la falda», «Ana, esa uña», «Ana, las manos»
Estoy empequeñecido, triste y con los zapatos empolvados. Ahora se han inventado un juego en el que me obligan a tomar parte y para el cual se necesita mucho ingenio. Pero yo no tengo ingenio y soy un hombre huraño.
El tiempo se va, sin que pueda apreciarlo. No estoy aquí.
Pero Ana se acerca y entonces me siento crecer, reconfortado. Quiere hacerme ver unos cachivaches, unos tiestos antiguos, alguna cosa. Me encorvo, bajo mucho la cabeza para mirar bien y agradecerle así su pequeña atención. Ella también hace lo mismo. ¡Y he aquí que tengo su aliento junto al mío, y sus cabellos llegan a tomar contacto conmigo, y vuelvo a aspirar ese perfume que tenía yo en mi recuerdo! Me estremezco.
Pienso así encorvado, sin moverme: «Su madre, sus hermanas, sus hermanos, las mujercitas, ¿qué es lo que van a decir?»
Pero Ana tampoco se mueve, y no pronuncio una sola palabra porque tengo miedo de que esto sea como de vidrio y quiero estar así, engrandecido, todo el tiempo que se va sin que pueda yo apreciarlo.
He olvidado decir que en casa de Ana encontré a un Mr. John Smith, made in U. S. A., y que este Mr. John Smith es un caballero de Ohio y muy simpático.
Apenas me vio se vino hacia mí lleno de júbilo y me dirigió la palabra:
—Oiga usted, gentleman: ¿puede usted hacerme la bondad de decirme en qué se parece un buque de los Estados Unidos de Norte América con un soldado alemán y con su familia?
Pudd’nhead Babbit.
Le dije bajito:
—Pues en que el buque y usted tienen cascos.
Entonces Mr. John Smith de Ohio me ha sonreído queriendo ponerme en complicidad, me ha dicho que yo lo sabía todo y ha ido luego a preguntar lo mismo a cada una de las mujercitas.
Yo tengo aquí dentro un rencor.
Un día he encontrado a Ana y he hecho como si no la hubiera visto. Otro día ha sido ella quien ha hecho como si no me hubiera visto. Pero, ella, ¿por qué ella? ¿Qué razón tiene ella?
Entonces esa misma noche —yo soy un hombre que come, bebe, pasea y duerme— voy por su casa. Camino de aquí para allá. Me detengo. Vuelvo a caminar. ¡Ah! Ahí está una luz. Me quedo mirando esta luz.
Mr. John Smith de Ohio, que es un caballero muy simpático, aparece en el extremo de la callecita. De uno de los jardines de la orilla arranca una flor y entra en la casa.
Yo no puedo entrar en esta casa, ni puedo entrar en otra. ¿Qué hace un hombre en una casa que no es la suya? Se pone a decir cosas estúpidas. Además, no puedo entrar.
Tras la ventana iluminada pasa alguien. Un momento. Vuelve a pasar en sentido contrario. Otro momento. La luz se apaga.
Tengo miedo de las tinieblas. ¿Cómo puede uno dejarse engullir y cegar por las tinieblas? Mira: yo cierta vez tuve una madre; pero esta madre se me perdió de vista sin anunciármelo. Entonces he tenido esta sensación: que en el lugar se habían hecho las tinieblas y que mi madre estaba allí, en lo negro, buscándome a tientas; pero no estaba, ¡calla!
Se va el tiempo sin que vuelva a iluminarse esa ventana.
Luego camino lentamente en busca de mi cubo. Lo encuentro hosco y solo.
No estoy aquí; he caído de nuevo en este hueco de la ausencia. ¡Cada vez la sensación de ausencia! Estoy como desintegrado: me parece que partes de mí mismo residen lejos de lo mío, en algún sitio desconocido y helado. Quedo mucho tiempo en tinieblas y empiezo a andar a tientas por todos los rincones del cubo, dominado por sus impulsos contradictorios: la esperanza y el terror de encontrar a alguien que también me busca.
Ana, te odio.
He particularizado esta sensación de esperanza y terror. Es a un ser vivo a quien busco aquí, en las tinieblas. La idea de encontrarlo me hace correr el frío de espanto y batir el corazón de alegría.
Su sitio está aquí. No ¡no está aquí!
Estás hecho un estúpido, Andrés. Es a Ana a quien buscas. ¿Por qué, si no, el día que hablas con ella se te prolonga dentro de la noche y ya no andas a tientas como un alucinado? ¿Y por qué cuando no hablas con ella haces el bobalicón dramático y el desesperado?
¡No! Yo no busco a Ana. Tengo vergüenza de buscarla.
Andrés, borriquillo.
Tiempo.
La tomo por la cintura, la estrecho contra mí, la beso. Veo desmayar sus párpados y advierto su visión lánguida. Ana está sola conmigo y aquí, en lo mío.
Ay, la corona de flores olorosas. Ay, niña, niña.
Conmigo… no, con otro. Yo no he estado ahí, con Ana. He sido un simple espectador. Lo he visto todo, aun yo mismo me he visto, y he reído a más no poder de todo, porque eso era tan deliciosamente cómico, amiguito.
Bueno, ¿y por qué me meto yo en estas gansadas?
¡Oh!
—Señor Jefe Político, a usted, carajo —como bien lo dice su señoría misma—, a usted, si, señor, ¡carajo!, lo tienen allí sólo para alcahuete.
Ahora estoy lleno; está llena mi alma de tu amor, señora mía.
Ya no tendremos que buscarnos otra vez porque ¿para qué, ya, encontrarse? Ya no te levantará llamaradas mi presencia, pues hoy somos nada más que compañeros.
¿Pero por qué te has colado en lo mío?, ¿por qué me vigilas?, ¿por qué observas mis actos?
Yo no soy yo. Soy lo que tú quieres. «Andrés, el sombrero», «Andrés, el humo», «Andrés, mi vida».
No importa, Ana: te perdono. Aquí está tu aliento y ya sabes que tu aliento lo llena todo.
Por eso yo también estoy lleno, con la tranquilidad del mueble fino que tiene todas sus superficies lisas y sus junturas cabales, justas y completas.
¿Ves, ves que yo me he comparado con un mueble fino?
Ana, te amo.
14
¡Protesto! Protesto violentamente contra la sospecha de que yo quiera cometer un asesinato. Esa es una sospecha vil.
Yo no digo que sea un hombre bueno: «no hay quien haga lo bueno, no hay ni aun uno» pero yo no soy un hombre malo. Yo no he querido el mal a nadie.
Doy limosna a los pobres y vivo en paz con el vecino. ¿Por qué, entonces, iba yo a cometer un asesinato? ¡Es de oírlo!
Se lo voy a decir a Ana este momento mismo.
—Ana, Anita…
Pero ¿por qué me mete usted en estas gansadas? ¿Cómo ibas a estar allí, Ana, tú, a quien amo?
30
Ahora la ciudad, después del campo, parece una cosa decente, limpia y clara. El campo era tierra en grande, con viento. Primero, tierra pelada y amarilla y pequeños arbustos tristes; segundo, tierra alfombrada y verde, verde y sólo verde; tercero, montañas azules y viento desatado.
Ana quiso salir de la ciudad. Ella no podía ver a sus amigas así tan pronto después de lo ocurrido. Las amigas de una señorita ocupan las tres cuartas partes del área total de la vida de esa señorita.
Bueno, para que sus amigas no la vean así tan pronto después de lo ocurrido tomamos el tren, ya a orillas de la mañana, y por un pedacito de ventanilla anotamos cómo esta cosa grande de negra se hace lechosa; de lechosa, amoratada; de amoratada, azul y de azul, gris: gris sucio, de gasa sucia. «Mira, mira». «Pero fíjate». «Ay, qué bonito». «Ahí, al otro lado» Después dos horas grises. Después un sol de papel.
Estamos cerca de los nevados y comenzamos a tiritar…
Ana está contenta de tiritar. Claro, esta es una cosa nueva.
En la ciudad casi nunca tiritamos; aquí, fácilmente estamos tiritando, aquí, sobre el gusano del tren. «Pero mira, mira». Este no es un frío vulgar; es el frío de la nieve que está cerca, a veinte pasos del tren. ¿Hueles? Esta nieve tiene un olor especial que no puede conseguírselo en la ciudad. ¿Sientes cómo corta el aire? Parece que tiene navajitas.
Después un poco de silencio. Sólo el tren hace talalac, talalac… Siempre hace lo mismo el tren en estas alturas y no le preocupan cosa alguna las navajitas.
Silencio. Silencio.
En esta cordillera interminable la tristeza le coge a uno por la garganta.
Empieza la garúa, finísima; las ventanillas se opacan de alientos; los pasajeros esconden la cabeza entre los hombros y se acurrucan como viejecitos. Talalac, talalac…
Tiempo.
¡Pero si estoy con Ana! ¡Cómo, si estoy con Ana! Busco refugio donde ella, aproximándome y oprimiéndola. Ya las sombras se echan a lo largo del campo, sobre la grama húmeda; ya el sol es una cosilla que entibia y alegra; ya se puede salir a dar una pequeña vuelta y admirar a lo lejos la nieve brillante. Ves, no estuviéramos así tan alegres si antes no hubiera hecho tanto frío.
Y si no hubiéramos resuelto salir de paseo al campo, ay, Ana.
Ahora estoy alegre. Quiero gritarlo a todos: ¡estoy alegre! Y que goce la mujercita de mi alegría.
Hemos cambiado de vehículos y estamos solos: el gusano, jadeante, se alejó con los hombres sobre sus espaldas hacia el sur. Nosotros corremos a todo motor por el Oriente, batiendo la carretera lisa con el sonido isócrono de las bandas en los molinos.
Adelante, adelante.
Respira aquí, que estás conociendo la tierra. Nadie la ha sospechado todavía. Se hincha, se aplana, se sube a alturas inverosímiles, hace quingos, se ahueca, llora, vomita piedras. Y después de todo da manzanas, uvas, caña de azúcar, trigo.
Tiempo. Adelante.
Un pueblecito.
Aquí también yace una cruz olvidada sobre la que han puesto gozosamente INRI.
Otro pueblecito.
Los Ejidos de estos pueblos, de un verde absoluto, los han tajeado con canales y a la orilla de los canales las lavanderas están pegando parches bien recortaditos y de todos los colores.
¡Oh!
Al fondo de este puente, el río. Mira, ¡qué negra la roca y qué profunda la cinta blanca y delgada del agua!
Hemos llegado.
¿Ahora, qué vamos a hacer aquí, Ana?
Aquí hay una piscina en donde nuestros cuerpos se han arrancado y han flotado y han luchado por ir el uno tras el otro. Aquí hemos hecho inverosímiles evoluciones de acróbatas, el uno en acecho del otro. Aquí te he besado y te he amado, Ana. ¿Recuerdas? En esta piscina, duplicadas nuestras imágenes, ¡cuántas veces hemos descendido en busca de ellas y cuántas veces hemos regresado descorazonados! ¿Dónde estaba entonces el mundo que nada de él llegaba a nosotros? Hemos podido aquí destruirlo y borrarlo, pero afuera estaba, persistente, esperándonos.
Ana, no te ilusiones. El campo sólo era tierra grande, con viento. Nosotros, americanos, no hemos podido conocerlo ni amarlo. ¿Recuerdas cómo era de noche esa cosa grande, callada, oscura e impenetrable? Tengo miedo del campo; el límite, el límite es lo mío. Sólo aquí dentro de estas cuatro paredes, somos tú Ana y yo Andrés: allá éramos unos gusanillos.
Diálogo y ventana
¿Qué es lo que veo, qué es lo que puedo ver desde esta ventanita?
—Veo un muro gris, un serio muro gris en el que el sol viene a pegarse como una estampilla la mitad del año, como una araña achatada, como una pasta amarilla que a la tarde se envuelve apergaminada hacia arriba. Veo también una pequeña ventana y en ella una cabeza enmarañada, sin peinarse y sin cuerpo, desnivelada al filo de una batiente abierta, con la mirada puesta lejos como hacia adentro.
—¿Y qué es lo que tiene esta cabeza?
—Nada.
—¿Qué más ves, qué más puedo ver desde esta ventanita?
—Veo alguna vez un hombre recóndito, alguna vez un hombre alegre, alguna vez un hombre simplemente.
—¿Qué es lo que quieren estos tres hombres?
—Nada.
—¿Y qué más, y qué más veo?
—Atrás, el atardecer…
—¡Calla! ¿Y qué más, y qué más?
—… Bueno…
—¿Y qué más, y qué más?
—¡Nada, pues, vaya!
Otro día
Alguien me pide el vaso de noche.
Pegados los ojos, hipnotizado, extiendo un brazo que no es mío y cojo las tinieblas.
Lo entrego.
Pasa un siglo.
¡Agua! Aquí en mi oreja; un torrente que se desborda, precipitando sus espumas cálidas. ¡Socorro! ¡Me ahogo!
… Ay, Ana, ¿por qué me pides el vaso de noche? Verdad es que tú eres mi mujer y yo soy tu hombre; pero mira…
No, no pases por encima de mí. No me toques. ¿Qué derecho tienes para tocarme? Mi piel es mía. Somos extraños el uno al otro y de repente estás tú aquí, atisbándome, violando mi intimidad, turbándome.
Tus ojos los tengo en todas partes. Sobre mis espaldas, sobre mis manos, sobre mis cabellos, en mi pensamiento. ¿Qué quieres aquí? Ya sabes todo lo mío; conoces mis calzoncillos, Ana.
Pero no te alejes. Anda, acércate que me haces falta. ¿Por qué te enojas? Orgullosa, caprichosa, estúpida. ¡Acércate!
Voy a llorar, me has lastimado.
Sí, yo te amo, Ana. Yo te amo entrañablemente; pero no encuentro comodidad en este cubo: es muy estrecho de mi lado y muy ancho del otro, y también es demasiado ancho de mi lado y demasiado estrecho del otro, y está sucio, oscuro, podrido.
¡PO-DRII-DOO!
La rebelión del bosque
Aquí estoy colgado en el bosque, en uno de estos hermosos bosques de la ciudad, cercados, amurallados y enrejados como las cárceles. Mano geométrica del hombre, que tantas cosas buenas hace, con líneas tan bonitas y tan bien medidas. Hemos dicho aquí: hágase el verde, y el verde ha sido hecho y hemos trazado una línea para el verde; entonces hemos puesto el dedo en medio de lo creado y levantándolo bruscamente hemos dejado allí un árbol barbudo, lleno de hongos y de parásitos blanquecinos como escaras lavadas. Y más acá hemos hecho otro garabato, y más allá hemos puesto otro garabato.
Hombre, amor, geometría, árbol, garabato.
Hace frío, aquí colgado.
Corta el aire, aquí colgado.
Aquí estoy a la sombra, enrejado dentro de la ciudad como mono de circo. Aquí la línea, más allá la línea; sólo pudiera poner el pie dentro de esta veredita.
—¡A tierra! ¡Tenderse!
Echate, ciudadano; échate de bruces, como has oído solían hacerlo los hombres de guerra bajo el vuelo de las granadas. Que nadie te vea ni te oiga, pues me ha parecido escuchar en este momento que comienzan a levantarse las voces del bosque.
Silencio.
Ya viene creciendo una voz desde el murmullo.
CORO DE LOS ALTOS PINOS: Ay —patalean los altos pinos—, aquí nos tenéis de pie año tras año, hambrientos, octogenarios e inútiles, destinados a morir en este pobre jardinillo, cuando bien pudiéramos servir con ventaja en el transporte de mercaderías y en mil industrias útiles al progreso del siglo. ¡Protestamos en nombre de la libertad!
LA GRAMA A LOS ESCARABAJOS: ¿Lo han oído? Esto es un jardinillo, no un barranco.
CORO DE LOS CIPRESES RECORTADOS: Protestamos contra todas las mutilaciones y los prejuicios. El hombre nos echa encima su tristeza todos los días. Nosotros somos un palo alegre y nos gusta el fandango.
LAS MUCHACHAS A SUS NOVIOS: ¡Ay, el tango!
CORO DE LOS CEDROS LEPROSOS: Nosotros no somos monas pintadas de garçonniere ni fetiches de degenerados. Nosotros hemos hecho el Gran Templo de Salomón y otros templos. Este no es nuestro sitio: ¡rebelémonos!
LOS PINOS: Eso, eso; podemos servir para el transporte de velas.
CORO DE LAS MUSANSETAS ESTÉRILES: En vela estamos mucho tiempo ha en espera del hijo, ¿y contra quién hemos de rebelarnos?
LAS MUJERES A SUS AMANTES: ¡El hijo ha dicho! Levántense y vayan a buscarnos unas comadronas.
CORO DE LAS MAGNOLIAS MAMOIDES: ¿Eh? ¿Que contra quién? Pues, contra el hombre. Nos tiene bajo su dominio y para su servicio. Se ha levantado con el estanco de nuestra libertad. ¡Rebelémonos!
CORO DE LOS CEREZOS RELAMIDOS: ¿Contra el hombre? Propongo la revolución a sangre y fuego. Que no haya perdón para uno solo. Todos son mojigatos y felones. ¡A sangre y fuego!
LOS CIPRESES ENANOS: No tenemos armas, señores. Nos encontramos desgraciadamente desprevenidos.
LAS PALMERAS: Que callen, que callen los cobardes. ¡Viva la revolución a sangre y fuego! ¡Abajo el hombre!
EL BOSQUE: ¡Abajo!
LOS PINOS: Señores, un momento. Un momento, señores. ¿No es verdad que estáis desvirtuando el verdadero sentido del movimiento? Esta no es, no debe ser una revolución contra el hombre (murmullos del bosque); ¡esta es una revolución contra el árbol! (parálisis del bosque). ¿Qué sacaríamos, en efecto, de destruir al hombre, si no por eso vamos a destruir nuestra condición de esclavos? Es preciso visar y revisar los conceptos a fin de no caer en conclusiones equívocas. ¿En dónde está la raíz del mal? ¿Por qué estamos aquí? Estamos aquí en calidad de árboles. Destruid esta calidad y habréis renovado vuestra condición de seres libres. Nuestro tirano es el árbol. Duro con él, compañeros. Yo sirvo para el transporte económico de mercancías. ¡Abajo el árbol!
CORO DE LOS PARÁSITOS: No es verdad eso, compañeros: os están engañando miserablemente. Es el hombre vuestro enemigo. No les prestéis oído. ¡No les prestéis oído! ¡Abajo el hombre!
LOS PINOS: No tienen derecho para hablar los camaradas parásitos. Su palabra es sospechosa. ¡Tomadlo bien en cuenta y aplastad a los sinvergüenzas!
LAS PALMERAS: ¡Eso! Estos caballeros hablaron la verdad. Su concepción es profunda y llena de seso. ¡Ya lo vemos claro! Oírlo bien: el árbol es nuestro único enemigo. A quien debemos hacer la revolución a sangre y fuego, es al árbol. Lo demás, pamplinas. Acompañadnos, camaradas: ¡Abajo el árbol!
LOS PINOS, dueños de la situación: ¡Abajo la tiranía! ¡Abajo el árbol!
EL BOSQUE: ¡Abajoo!
El viento se retuerce entre los árboles. Todo el bosque eriza sus garrotes musgosos.
LA GRAMA, A UNA MARGARITA OCASIONAL Y DESCARRIADA: ¡Agáchate! ¡Escóndete aquí! Espera que la tormenta pase. Los elementos están locos.
Amor: universo
Bello, muy bello es el amor, amiguito.
La oreja, sensible como una lámina metálica, como nervio vivo y descubierto, como pecho de niño presto al llanto; aguda como un hilo en el aire; cercana a todo, como viento en el campo, aliento en la boca.
El ojo, ágil como relámpago, estrella fugitiva; tajante como el látigo; extenso, extenso, extenso.
El tacto, fino como la ruta del vuelo, doloroso como puntas de fuego, hormigueo del miedo.
Aquí, colgado en el bosque.
El mundo va haciendo el tiempo: su corteza se arruga como piel de elefante: sobre la piel, gusanillos y gusanillos.
Los gusanillos van haciendo el tiempo: es su espíritu el que se encoge como una uva que se seca.
Amor, odio, risa.
He perdido la medida: ya no soy un hombre: soy un muerto.
Viaje final
Junto a este cubo mío, el otro, sólo un delgado tabique de por medio. En ese cubo vivía mi amigo y éste era el más dulce amigo.
Todos los días nos decíamos.
—¿Cómo has amanecido? Buenos días.
—Hola, buenos días. ¿Cómo has amanecido?
Y nos dábamos palmaditas en las espaldas y sacábamos a los ojos nuestra alegría de camaradas que son dulces amigos.
Nos hemos comunicado nuestros grandes planes y el hambre a los dos juntos nos ha devorado. El mismo ojo agudo, la misma oreja fina.
Luego, ya entrada la noche como una vez amanecido:
—Hasta mañana, Bernardo. Pásalo bien.
—Sueña con los angelitos, Andrés; hasta mañana.
¿Por qué, entonces, ahora, Bernardo, dulce amigo mío, en vez de hacer la despedida de costumbre, has tenido la indiscreción de comunicarme tu próxima muerte y tu deseo de no ser interrumpido?
—Sí, Andrés, adiós. Voy a coger una pulmonía.
Adiós, Bernardo. Ya sabes que yo lo siento inmensamente.
Y has tomado sitio en tu pequeño cubo, asegurando tu soledad por dentro, estirándote de espaldas esperando.
Yo he pasado toda la noche en vela, la oreja pegada al tabique arrodillado de este otro lado de tu lecho.
Primero todo era tranquillo como en el más tranquilo sueño.
Después tosías, ¡cómo tosías, amigo Bernardo! Cúju, cúju. Cúju, cúju. Cúju, cúju.
Ahora te agitas, ahora cruje el lecho. Te levantas, ¿te levantas, amigo Bernardo?…
Agua, agua. Te pasa el agua a grandes golpes por la garganta, como la fuga atropellada de una represa a través de un tubo demasiado estrecho.
Luego te tranquilizas. Ya estás bien así.
Una hora, otra hora.
Me vence el sueño y caigo dormido por un minuto, sólo por un minuto, que yo he pasado toda la noche en vela.
Ahora viene el sobresalto.
Estás muriéndote, Bernardo. Oigo tus quejidos bajitos pero desgarradores. Tus gemidos…
Tus gemidos y tus gemidos, ay, ¿hasta cuándo?
Nosotros éramos los más dulces amigos ¡y yo de aquí no puedo moverme para auxiliarte o por lo menos para verte ahí cerca!
Bernardo, me has ayudado a matar el tiempo. ¿Qué hubiera sido de mí solo en las horas calladas? Bernardo, me siguen como la sombra tus ojos azules, en medio de lo negro, sin pestañear, dulces, cordero degollado.
Ya aparece, al lado del gemido, un ronquido como de fuelle que quiere aire.
«Ay… ggoro-gorr»… «Ay… ggoro-gorr»
Después ya no hay gemido. Sólo ese ansioso tirar del aire desesperadamente, cada vez más fuerte y más fuerte, llenando todo el cubo con el sonoro escándalo que levantas por no dejarlo. Lo odias y lo amas.
¿Lo amas, Bernardo?
«Ggoro-gorr… Ggoro gorr»
Se hincha el fuelle de tu garganta, ya no hablarás otra vez conmigo.
Ya el ronquido se debilita. Cada vez más bajo, más bajo, más bajo… Ya sólo es un aliento. Ya no es ni un aliento. Ya es nada.
Silencio.
¡Bernardo! ¡Bernardo!
Golpeo el tabique…
Silencio.
¡Bernardo, el cuello era demasiado estrecho y vas a poner cara de ahorcado! ¡Quítatelo!
Silencio.
………
¡Ay, ya ha muerto mi amigo Bernardo, mi más dulce amigo!
Mentirosa traición
«Amarilis:
»Tú eres la única mujer a quien amo. Tú estás aquí dentro de mi pensamiento a toda hora. Tu recuerdo es un volumen que está constantemente deteniéndolo todo para ser lo único o es un perfume penetrante que tiene todas las afinidades y que se escurre y vuela y se introduce en los más escondidos reductos y anega cada uno de mis sentimientos.
»Amarilis, chiquita Amarilis, me dices que estás inquieta y nerviosa por… ¡Oh!, no te preocupes por lo otro. Ya sabes que yo no te he mentido nunca. De tan bonitos, ningún míster paletero, como tú dices, hubiera podido hacer iguales tus ojos, ni hay confite igual al de tus besos más pequeñitos, ni seda más suave y delicada que…
»Ya sabes, como de costumbre, ahí mismo.
»Perdóname, fue imposible el domingo.
»Tuyo,
Andrés»
Se me cae esta carta del bolsillo. Se me cae para Ana. La he de martirizar, porque me hace daño.
Esta Ana duerme mucho, come mucho, se mete en mi pellejo. Por donde me muevo están allí sus ojos abiertos. ¿Qué quiere aquí esta Ana?
Ya se sabe todo lo mío. Ya ha estirado las piernecitas hasta mi talla. Ya tiene mi nariz. Ya tiene mis pestañas ralas y mis manos gruesas. Ya somos iguales.
Puaf, Ana.
Un hombre recapacita
Ahora bien: ¿qué es lo que hago yo aquí?…
¡Eh! ¡Vecino de la derecha! ¡Vecino de la izquierda! ¡Vecino del frente! ¿Qué hacéis vosotros ahí?…
Os gusta comer, pasear y dormir. Tenéis muy buen gusto, compatriotas.
Os gusta el cinematógrafo y las historias con amor. Buen gusto tenéis, amables compatriotas.
Os gusta poneros a pujar hora tras hora como sobre bacines, de dos en dos, frente a un honesto tablero de ajedrez. Inapreciables compatriotas, vuestro gusto es incontestablemente exquisito.
También os gustan vuestros hermosos chicos emporcados y vuestra alegre señora de ojos de gato y vuestras vacaciones fuera de casa, con naranjas coloradas en el parque. Compatriotas involuntarios: no discordamos un solo punto cuando se trata de placeres domésticos.
¿Pero qué hacéis vosotros ahí?
Os place llenar vuestro estómago tres o cuatro veces al día. ¡Coméis tres o cuatro veces al día, compatriotas!
Os place también desocuparlo una vez al día. ¡Sólo una vez al día desocupáis vuestro estómago, amables compatriotas!
Os place tomaros un vinillo en la tarde del sábado para calentaros el magín y devolver algo más de la comida con que os habéis hastiado. ¡Pero os quedáis con mucha más comida, inapreciables compatriotas!
También os place echar sostenidos paliques sobre los negocios de Estado y sentaros por largas horas con unos papelitos mosqueados ante los ojos, para educar vuestra gran inteligencia. ¡Ay, cómo perdéis inútilmente el tiempo, lamentables compatriotas!
¿Pero qué hacéis vosotros ahí?
Estáis hipando sobre vuestra irremediable tristeza. ¡Levantad el ánimo, compatriotas!
Estáis insultando a la encantadora mamá de los chicos. ¡Sucia! ¡Cochina! ¡Estúpida! ¡Animal! ¡Suspended mis facultades auditivas, serenísimos compatriotas!
Estáis riéndoos como descosidos, compatriotas mojigatos…
¡Eso! ¡Eso! Yo soy, hermano vuestro, un muerto mojigato.
Sueños
Estoy en un gran teatro lleno de gente.
Al mismo tiempo estoy de pie sobre un pequeño muro, decorado de nopales carnudos, atormentados, babosos y espinosos.
Frente a este muro hay una casa humilde. De ahí vienen dos mujeres ataviadas para ir al teatro.
Entre el muro y la casa corre un pequeño arroyo sobre una superficie fangosa; para salvar este arroyo se debe pasar por un estrecho puente, de un solo tronco de madera groseramente cuadrado.
Esas mujeres tienen intenciones contradictorias. La más bella no quiere ir y la otra, su hermana, la incita secretamente. Para no ir debe emporcar su vestido en el arroyo.
Se odian un instante y yo lo sé todo sin que nadie hable porque soy un hombre que sueña.
Ya está la más bella sobre el estrecho puente.
«Me echo al fango», anuncia sin pronunciar una palabra.
«No te echas», responde en igual forma la otra.
Entonces la primera se encoge sobre el tronco, separa mucho las rodillas abriendo las piernas para tomar impulso, se me escapa el placer y se echa al fondo de cabeza.
Admirado, espero verla detenerse sobre el lodo del arroyo; pero no, esa mujer no se detiene. Rápidamente se hunde en el fango profundo y desaparece, y se hunde, y se hunde.
En el pecho se me apaga un rugido desesperado.
No puedo moverme del muro. Me paraliza el miedo. Yo tengo que salvar a esta mujer hundida; pero no puedo, miedo.
………
Y después me voy al teatro.
¡Ya está aquí mi hijo! ¡Ya está aquí mi hijo!
¡Gentes de este lado del mundo, sabed que me ha nacido un hijo! Ay, pobre Ana, tú no sabes que hemos tenido un hijo.
Ven acá, cosilla mía, cosilla mía gelatinosa y amoratada: ven acá, entre mis manos.
Alárgate, ínflate, crece como el viento en un solo instante. Ve a gritar la verdad en la oreja misma de los hombres, con el mugido de los toros embravecidos: esta verdad encerrada en ti. Ve a ensordecerlos, a encogerlos, a asombrarlos.
Ay, cosilla gelatinosa, no llores, no grites; pareces así un juguete de goma.
Voy a instruirte por un momento en las cosas de acá. En silencio, en voz baja. ¡Que no nos oigan, calla!
Mira, cosilla, aquí, bajo todos nosotros, está la Tierra, la única cosa que verdaderamente está. La Tierra es una gran pelota que tiene encima todos los cachivaches que mañana van a apasionarte y también es una bomba diminuta que continuamente está viajando en la nada. La nada es algo inmenso… no. La nada es nada que nunca termina… no. ¡No puedes entender lo que es la nada! No hay uno que la entienda. Ni falta hace.
Pero mira: sobre esa bombilla transeúnte vivimos momentáneamente millones y millones de seres movedizos y tenebrosos. Seres y pelotita toman el nombre de creación. El hombre es el rey de la creación.
Ser es lo que come, odia y ama. Millón es un invento de lo que come. Rey es lo que más come y más odia y más ama.
El rey no puede vivir solo; necesita para sustentarse de otros reyes. Y cantidades de estos reyes han pintado sobre la pelota de la tierra figuritas arbitrarias dentro de las cuales se agitan, se revuelcan y gozan como en lo suyo. Los que han nacido dentro de una figurita no son de igual calidad que los que nacieron en otra, porque cada cual tiene sus ataduras. Según en dónde, se llaman rusos, polacos, alemanes, suecos. Los unos tienen atado el hocico, los otros las garras, los otros la cola.
Si el rey de hocico atado pone la mano sobre el rey de cola atada, todos sus congéneres se levantan y destrozan los unos a los otros.
¡Oh, mira cómo se ha hecho de improviso la noche!
Los hombres, para ser verdaderos reyes, necesitan hacerse fuertes con fusiles y bayonetas. Aquéllos que continuamente están hechos fuertes toman el nombre de soldados.
Una vez los soldados marcharon para el Oriente, en medio de la selva. Y marcharon hasta encontrarse con un límite en donde había otros soldados de diversa atadura. Entonces los primeros saludaron a los segundos, que eran más numerosos, y en secreto se dijeron:
«El enemigo tiene galletas y nosotros no tenemos galletas»
Y después de meditarlo torvamente, se dirigieron de nuevo la palabra:
«¡Hay que quitárselas!»
Luego se echaron a tierra y se acercaron silenciosamente como gusanos. Y cuando estuvieron los otros a su alcance dispararon a una sus fusiles y aprovechando el desorden se trajeron en seguida las galletas.
Pero transcurrido cierto tiempo, los soldados enemigos tomaron cuenta de la pérdida y reaccionaron:
«¡Debemos rescatar las galletas!»
Regresaron, avanzando sobre sus barrigas.
De nuevo al alcance, rompieron fuego y gloriosamente obtuvieron el rescate.
Y aquí se echaron las cuentas: los primeros estaban en número de noventa y habían muerto sesenta. Morir es dejar de comer, de odiar y de amar. Un combate en el que se produce el treinta por ciento de bajas se llama ya un combate heroico y los que mueren en un combate así toman el nombre de héroes.
Entonces los congéneres de los soldados muertos enaltecieron su memoria y les llamaron patriotas heroicos. Patria es tierra con reyes.
Tú, cosilla mía, llegarás a ser un patriota heroico, o por lo menos ¡un patriota! Escucha, escucha: esto es lo fundamental. Serás un comerciante patriota, un juez patriota, un ladrón patriota, un artista patriota.
Tienes que odiar todas las demás ataduras.
Y esto es nada: aguarda…
¿Pero qué es eso? No entiendes una sola palabra, no has podido escucharme una sola. Lo único que sabes es llorar y gritar con esa angustia de animalucho abandonado. ¡Para qué voy a decirte otras cosas de acá, hijo mío!
Mas está bien así. Como nada entiendes, sólo pareces una cosa.
Je, je.
Ven acá entre mis manos, que voy a concederte una gracia. Más estrecho, más estrecho aún…
—Andrés…
—Andrés…
—¿Qué haces, Andrés…?
—¿Eh? Yo… Yo… ¿Eh?
¡Pero mirad, mirad, gentes, cómo se ha hecho bruscamente el día!
Canto a la esperanza
¡Oh, júbilo, ya sé lo que es la esperanza!
Hay que desatar al hombre. Hay que desapasionar al hombre. Que se extienda a todo lo ancho, como el relámpago.
He huido del cubo y he caminado sin rumbo lejos de la ciudad, por el campo abierto, hasta dejarme envolver por la noche negra.
Todo era la noche negra: el campo y el cielo, las dos cosas juntas, sin límites, sin rutas.
Yo he estado ahí, en medio de la noche, los ojos abiertos sin ver y el oído atento, oprimida mi alma. Yo he buscado ahí mi camino sin encontrarlo.
Pero no me he dejado coger por la impaciencia y al cabo se encendió la gran lámpara, de tal manera que estoy aquí de nuevo, hombre. Cáspita, cáspita.
¡Oh, júbilo, ya sé lo que es la esperanza!
Orden, disciplina, moralidad
Llaman usualmente a la puerta; usualmente, con los antiguos nudillos de la mano. Abro… Son los señores agentes del orden público.
Me quedo mirándolos, desorbitado.
Uno de ellos abre la boca:
—¿Usted es?
—Sí, señor agente. Soy yo.
—¡Ahá! Por disposición de la autoridad competente, usted señor, está detenido. —¿Detenido?… Muy… muy bien, señor agente. A su mandar.
Y sigo a los señores agentes del orden. Un ciudadano patriota debe ser obediente y respetuoso. ¡Disciplina, disciplina, amables compatriotas! Disciplina es la base de la prosperidad.
Fuera hay muchos grupos de ciudadanos que discuten de cuerpo entero. Cuando aparezco en la calle, todos me miran y se quedan en silencio. Después estos grupos van exaltándose, a medida que paso frente a cada uno de ellos y se vienen caminando en procesión, en el mismo sentido que nosotros.
Los señores agentes y yo entramos en un carro cerrado, sin vidrios.
Oigo gritos:
—¡A pie!
—¡A pie!
Parte el carro.
Transcurre algún tiempo y bajamos. Una gran puerta se abre y se cierra luego tras nosotros. Atravesamos un largo corredor oscuro. Ahora a mis espaldas se cierra otra puerta.
¡Orden, disciplina, moralidad! Pero nada veo aquí, entusiastas compatriotas.
Este es un hueco negro, hediondo a tierra. Avanzo, con los brazos extendidos hacia adelante, hasta encontrar un muro, y recorro los límites de este hueco, palpando la tierra.
Un jergón. Me estiro sobre él, de espaldas.
Arriba, muy arriba, a una distancia inconmensurable parece haber una ventanilla. Miro fijamente en esa dirección, hasta llorar, en busca de ella.
… Días, días, muchos días…
Sí, había una ventanilla. El sol la ha encontrado y regularmente viene a colarse a través de ella en el hueco.
Fue así de repente como supe que en este hueco había algo extraordinario. Salté en pie para verlo. Arriba, en medio de lo negro, estaba pintada una línea clara y brillante. Ay, qué bonita, qué bonita esta línea clara.
Después la línea fue ensanchándose, abriéndose, ¡perfumándose!, hasta hacerse una hermosa figura de geometría, un trapecio simétrico. Luego el trapecio fue descendiendo lentamente a lo largo de unas dos horas, tomó la forma de un cuadrado perfecto, descendió más y más, casi hasta la altura de mi cabeza y, por último, allí fijo, empezó a achicarse muy despacio hasta ser de nuevo una línea y después nada.
Transcurre mucho tiempo negro y otra vez sucede lo mismo. Otra y otra vez, de arriba a abajo, en las mismas horas lentas.
Ya conozco de memoria aquella ruta clara. Baja cavando las tinieblas y mi espíritu. Estoy mirándola, mirándola fijamente, cuando está y cuando no está.
… Días, días, muchos días…
¡Orden y disciplina, compatriotas, inestimables compatriotas!
Audiencia
El gran murmullo de la muchedumbre me oprime, me envuelve y me acosa, mientras los señores agentes del orden tienen la gentileza de abrirme camino a codazos. Por ahí paso como una persona de nota, agradeciendo el porte cumplido de estos caballeros inexplicables.
¡Andrés, como te miran!
Del cerco humano ha salido una uña y me ha rasgado violentamente la epidermis del cuello: una mano ha tirado de mis vestidos, entre el gran murmullo. Me he detenido, he mirado hacia el cerco, desafiante, y todos los hombres han retrocedido miedosos, dejando un vacío cóncavo.
Luego continúo erguido, caminando entre las barreras.
Entramos, los señores agentes y yo, en un vasto local atestado de ciudadanos ansiosos, que alargan los cuellos hacia mí, produciendo un zumbido de abejas. Ciudadanos aplastados, ciudadanos estirados, ciudadanos abombados y amontonados como sardinas.
Allá, al fondo, se sientan a una mesa larga cinco grandes hombres. Ante ellos, como en cuclillas, a una mesa baja y pequeña, un hombre que no se ve que sea un grande hombre. A la derecha, otro hombre; a la izquierda, otro. Atrás, más hombres; en ruedo, más hombres. Hombres y hombres.
Yo avanzo hasta el centro de todo. Me hacen sentar ahí.
Bueno, ¿y qué es lo que les pasa a estos estúpidos?
El hombre del medio de la mesa larga da un campanillazo y declara al cielo, con una voz de harmonio:
—Señores: queda instalada la audiencia.
—Queda instalada —repite el que no se ve que sea un grande hombre.
Después, el de la derecha jura no sé qué, haciendo unas figuritas con los dedos. Después el de la izquierda se pone en pie, carraspea y dice a los de la mesa larga:
—Señor Presidente del Tribunal, señores jueces… —Y a la muchedumbre también le dice:
—Señores…
La muchedumbre bambolea. Tiene misteriosos escozores; se rasca en masa, se agita. Tose. Mira fijamente con sus 8458 ojos congelados.
Hola, hola, ¿estás ahí, compañero Tixi? ¿Eres tú, compatriota Alejandro? Hola, Honorables Instituciones, ¡todas vosotras aquí representadas! «Universidad», «Tenderos», «Prestamistas», «Amantes», «Trabajadores sin pan» y más, y más. Oh, ¿pero es que se trata de una fiesta deportiva que habéis traído aquí vuestras banderitas? Tal vez vais a batirlas como en los campeonatos de las Universidades Inglesas. Vaya, ¡qué cosa más interesante! Hola, hola, ¡tú aquí, mi dulce amigo Bernardo! ¡Bienatendino, Bienatendina! ¡Usted, señorita de los nopales!
—Atención, señores —truena la voz del caballero del centro de la mesa larga. Agita su campanilla.
El zumbido de la masa se apaga, como una onda perdida del radio.
—Señores —repite a gritos el hombre en pie—: No creo que los Anales del Crimen de este pacífico y progresista país registren un caso de delincuencia igual al que nos tiene aquí congregados en demanda de justicia. La sociedad escandalizada, como un solo hombre ha venido a pedir castigo ejemplarizador contra el culpable. Tiembla la palabra en los labios y la lengua humana se resiste a pronunciar su nombre y a narrar el hecho nefando que lo retiene ahí, en el banquillo de los acusados, frente a la muda conmovedora protesta de todo un pueblo honrado, cuyas fibras más íntimas han venido a estremecerse con el desarrollo de los sucesos por todos los aquí presentes conocidos…
—¡Bravoo!
Hola, hola, este hombrecillo va a exaltarse.
—Aquí lo tenéis: sí, señores, aquí lo tenéis. Con la cabeza en alto, sonriente, como si nada tuviera que ver con sus horrendos desmanes, demostrando una vez más la frialdad de su corazón de hiena… Peor que hiena, señores, porque habéis de saber que este animal terrible no abriga en su pecho siquiera el amor por sus tiernos hijos. Este monstruo, no. Sí, aquí lo tenéis: Farinango, Andrés Farinango, ¡el filicida!
Los señores agentes del orden me obligan a tomar asiento. Me dan un palo en el espinazo.
La muchedumbre levanta su voz de oleaje; se va contra las paredes, contra el techo; se abate; vuelve a levantarse; azota a la misma muchedumbre, que agita sus manos de ahogado. Se viene hacia mí y me envuelve y arrastra.
¿Pero qué pasa aquí? ¿Yo soy yo, Andrés? ¿Estoy aquí yo, Andrés? ¿Es una muchedumbre esta muchedumbre? ¿Y es un hombre este hombrecillo? ¿Eh?
Ahora las palabras están lejanas, entrecortadas por rugidos y zumbidos. El hombrecillo habla y habla como una máquina. Me llega algo a intervalos.
—… su confesión explícita… la aterradora reconstrucción… pruebas… folio 345… folio 348… folio 420… folio 800… folio 1001, 1002… folio… folio… Y sus antecedentes que por sí solos… una mujer santa… amigo de la infancia… sin compasión… máximo de la pena…
Una gritería formidable me sacude. Puedo incorporarme y ver… Ya está callado ahí, riéndose con sus vecinos. Les da la mano, ¿eh? ¡Ah, canalla!
—Atención, señores. Silencioo: va a hablar el abogado defensor.
El hombrecillo de la derecha se pone en pie. Está amarillo.
—Señor Presidente del Honorable Tribunal, señores jueces… —Al populacho:
—Señores: En el caso que nos ocupa, serenísimos jueces, es necesario que no nos dejemos arrastrar por la pasión desmedida y que, en primer lugar… analicemos las características del delincuente… que en el presente caso se trata de una comprobación indiscutida… irresponsable a todas luces según las disposiciones del Código Penal… Sabios Jurisconsultos y distinguidos estudiantes de la Universidad aquí presentes convendrán conmigo en que, como se ha demostrado ya plenamente, sólo existe delito en cuanto concurran los tres elementos que el genial Carrara fijó con tanta precisión y sabiduría. Ya sabemos que en este caso nos falta el más importante de ellos, el discernimiento, y que por tanto no hay delito en manera alguna… El acusado debe ser absuelto…
Le interrumpe la muchedumbre:
—¡Que se calle! ¡Que se calle!
—¡Que calle el vendido!
—¡No vale!
—¡Que calle el brutoo!
—¡Pagado! ¡Pagado!
—¡Que calle!
El hombre del medio de la mesa da un campanillazo.
—Silencio, señores; va a interrumpirse la audiencia si continúa esto así.
Una voz:
—El pueblo tiene derecho.
Un coro:
—Si, sí; el pueblo tiene derecho. Nadie puede impedírnoslo.
Los señores agentes del orden se agitan y alzan sus palos; pero, en realidad, no pueden impedirlo.
—La Justicia es nuestra: ustedes son simples administradores. El pueblo ha venido aquí para hablar: ¡Que se conceda la palabra al pueblo!
—¡Queremos hablar! ¡Queremos hablar! ¡Que se nos conceda la palabra!
—Señores: esto no es posible. Esto es desusado en los Tribunales. Aquí sólo tienen derecho a hablar los abogados y los jueces.
—¡Es un abuso! ¡Es un fraude!
—¡El pueblo tiene derecho! ¡Quiere defender su justicia!
—¡EL PUEBLO! ¡EL PUEBLO!
—¡Abajo el Tribunal!
—Un momento, señores: un momento.
El señor Presidente echa a hablar en voz baja con sus acompañantes de la mesa larga. Unos curiosos, situados atrás, alargan el cuello e introducen su oreja en la conversación. Después todos se ponen contentos y sueltan unas carcajaditas.
El Presidente, agitando la campanilla:
—Bien. Tiene la palabra el pueblo.
—¡Bravo! ¡Bravo!
Aplausos.
El abogado defensor:
—¡Protesto, señor, en nombre de la ley! ¡Esto es una batahola!
Una voz:
—Oye, mamarracho: ¿y de quién es la ley? ¿Es tuya la ley?
El abogado se pone más amarillo y de todas partes se levanta una risa estruendosa. Oleajes, gritos, estremecimientos. Caras congestionadas.
El Presidente:
—Atención, señores. ¡Silencio!
Se suspende el escándalo. En el fondo se incorpora un hombre, tose, escupe en el pañuelo y abre la boca:
—Señor Presidente, señores jueces, señores —para sus vecinos—: Muy inmerecidamente me ha correspondido el honor de representar en este acto trascendental a mis queridos compañeros de la Universidad. La Universidad, alma mater de la conciencia nacional; la Universidad, crisol purísimo en donde se funden los anhelos y las aspiraciones jóvenes; la Universidad, reducto vigoroso del pensamiento y reservorio efectivo de fuerzas espirituales que afluirán a la corriente abrumadora del progreso; la Universidad, luz que alumbra las tinieblas tenebrosas de la ignorancia; la Universidad…
—¡Apure! ¡Apure!
—… la Universidad, digo, no podía permanecer indiferente y aislada en momentos como este de reacción en favor del orden y la paz; en momentos de purificación e higienización de los estratos sociales, que desgraciadamente, por ley ineluctable de la vida, abrigan en sus entrañas parásitos venenosos que tienden a propagar su ponzoña, con perjuicio de la armónica estabilidad social y del verdadero progreso. La Universidad…
—¡Apure! ¡Apure!
—La Universidad, ejem… La Universidad ha traído aquí su voz acusadora contra el hombre que sólo por afortunada coincidencia debe ser calificado de parricida, de asesino de su propio hijo; pero que guarda en su repertorio de crímenes hechos monstruosos y cobardes que escapan a la clasificación legal y que en justicia debieran valerle su eliminación social. Crueldad, impavidez, cinismo, antisociabilidad, desviación instintiva de los pocos tesoros anímicos del hombre, atrevimiento y tantos y tantos abusos que aquí mismo serán detallados, le colocan al margen de la bondad y del respeto que debemos a nuestros semejantes. Atrevimiento, señores, atrevimiento desmedido… ¿y quién es él? Yo quisiera saber quién es él… ¡Que se nos lo diga!
Coro:
—Sí, sí. ¡Que se nos diga! ¡Que diga quién es él!
—¡Que diga! ¡Que diga!
Pausa.
El Presidente:
—Acusado: el pueblo quiere que se responda a esta pregunta: ¿quién es usted?
—¿Y para qué lo quiere?
—¡Que responda! ¡Que responda!
—Diga usted, acusado: ¿Quién es usted?
—… ¿Yo?… Pues bien: yo soy un ahorcado.
—¡Ja, ja ja! ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja!
Una voz:
—¿Lo han oído? ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Es un a-hor-ca-do! Entonces debiéramos ahorcarlo nuevamente. Claro, ya está ahorcado, ¿y qué? ¡Que se lo ahorque! ¡Propongo que se lo ahorque!
Coro:
—Sí, sí. ¡Que se lo ahorque!
—¡Que se lo ahorque!
El abogado defensor:
—Señor Presidente: Esto es una pantomima ¿o qué es? ¿Quién puede entender esta audiencia ridícula?
El Presidente:
—Llamo al orden al señor defensor. Debe saber que se encuentra ante el Tribunal del Crimen en Audiencia. ¡Esta es la verdad! Por lo demás: ¿hay tal vez una objeción de su parte?
El defensor:
—Pero, señores del Tribunal, ¿cómo es posible que legalmente pueda darse oídos a una proposición de esa naturaleza? ¿Existe acaso la pena de la horca entre nosotros? Pido que se lean las disposiciones del Código. No existe: esto es un abuso.
—¡No importa!
—¡Lo pide el pueblo!
—¡Sí, no importa! ¡El acusado está fuera de la ley!
—Esto es. Pido la palabra, señor Presidente.
—La tiene, señor Delegado de la Universidad.
—Señor Presidente: Inútilmente, el distinguido abogado de la defensa pretende tomar amparo en disposiciones legales que no pueden aplicarse al caso que molesta la atención del Tribunal. En efecto, aun los neófitos de las ciencias públicas y sociales saben ya que el mecanismo político descansa sólidamente en un sistema de mutuas contraprestaciones, en el que el ciudadano es un elemento respetuoso y afecto al organismo total y la sociedad, en cambio, un supraelemento de garantía que mantiene el correcto desenvolverse de las actividades individuales, sin rozamiento y en orden perfecto. Pero suprimamos por un momento la prestación lógica de respeto y adhesión por parte del ciudadano al organismo, coloquémoslo en un punto antagónico al fin social, y este ciudadano habrá perdido todo derecho al reclamo de garantía, se habrá colocado fuera de la ley. La sociedad sólo protege a los suyos.
En el presente caso, debemos pues concluir, sin vacilaciones, que la ley no protege al ciudadano Andrés Farinango y que en consecuencia, el Juez, interpretando la voluntad del pueblo, debe aplicar el más eficaz y ejemplarizador método de supresión y defensa.
—¡Sublime! ¡Sublime!
—Pocas palabras más, señor Presidente. Quiero desvirtuar en su totalidad la especie vertida por el distinguido abogado de la defensa, quien, al comenzar su exposición, que afortunadamente fue interrumpida, aseguró que no se trataba en este caso de un verdadero delito, pues, según el ilustre Carrara, para que aquel exista es necesario la concurrencia de tres elementos, uno de los cuales, el discernimiento, ha estado ausente de Farinango en el momento del hecho… ¿Pero en qué época estamos, señor Presidente? La Ciencia Penal ha cambiado fundamentalmente desde los años en que el inteligentísimo abogado defensor hizo sus brillantes cursos en la Universidad. No nos guiamos ya, señor Presidente, por el criterio absurdo de la responsabilidad, a la cual el señor abogado quiere referirse; ahora existe un nuevo y maravilloso guía del penalista moderno, y éste, a todos títulos infalible, es la temibilidad. ¡Cuidado con el hombre temible, aunque nunca haya puesto sus manos en el vecino! Echadle pronto el guante. Esto es clarísimo, lógico, lo sabe todo el mundo, no necesita explicación. La sociedad debe defenderse. ¿En qué quedamos, pues, señor Presidente?
—¡Sublime! ¡Perfecto!
—¡Viva! ¡Viva!
Aplausos frenéticos.
—Muchas gracias, señores.
El abogado defensor:
—Pero, señor Presidente: en este país no hemos reformado el Código. Rigen todavía las leyes de 1875.
—¡Miente! ¡Nos acusa! ¡Abajo! ¡Hemos reformado el Código!
—¡Abajoo!
El abogado defensor cae anonadado. Suda.
La muchedumbre da alaridos. ¿Ya ha caído, por fin ha caído? ¡Era un monigote!
¿Pero qué le pasa en realidad a este monigote?
—¡Señor!… ¡Señor!
—¡Un momento! Tiene la palabra el acusado.
Silencio completo. Una mosca viene a posarse en mi nariz. La echo. Regresa.
—Señor… Quería manifestar solamente al Honorable Tribunal que se trata de una lamentable equivocación. La respetable sociedad se ha dejado impresionar muy fácilmente… Eso del asesinato ha sido sólo un sueño… y, verdaderamente, no hay más Código que el de 1875.
—¡Ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja, ja!
—¡Qué gracioso es!
—¡Qué cínico es!
—¿Lo han oído? ¡Un sueño!
—¡Ja, ja, ja, ja!
—¡Que se lo ahorque!
—¡Que se lo ahorque!
Los representantes de los burgueses:
—¡Es un bolchevique!
Los trabajadores sin pan:
—¡Protestamos! Es un burgués, y de la peor clase. Es el último burgués. Ya va a descomponerse. Está irremisiblemente perdido. El bolchevique es un hombre alegre y sabe amar la vida porque la toma como ella es, jubilosamente. Es un burgués, ¡que se lo ahorque!
Los representantes de los burgueses:
—¡Que se lo ahorque!, pero es un bolchevique. No ha amado a su patria y ha conspirado secretamente contra el orden. Ha insultado a la Autoridad y no ha respetado sus mandatos. Ha hecho mofa de nuestro arte.
Los trabajadores:
—Están en babia los señores burgueses.
Los amantes:
—Bueno, al fin ¿qué importa eso? Un bolchevique o un burgués, ¡psch! Ante todo ha sido un ente despreciable. Tenía un concepto errado de la vida. Más bien, no tenía un concepto de la vida. ¡Era un imbécil!
La señorita de los nopales:
—Y un cobarde esencial.
Mi amigo Bernardo, Bienatendino, Bienatendina: —Y un impostor cruel.
Coro:
—¡Que se lo ahorque!
—¡Que se lo ahorque!
—Basta, basta, señores —dice el hombre del centro de la mesa larga, dando campanillazos desesperados—. Vamos a dar por terminada la audiencia. El Tribunal se retirará para sentencia.
—¡Muy bien! ¡Muy bien!
Los cinco hombres se retiran en hilera. Les abren camino los ciudadanos al paso. Después todos se quedan riendo y estirando los puños hacia el centro del local.
Estoy ausente. ¡No estoy aquí! ¡No estoy aquí!
Una corta pausa y aparecen de nuevo los cinco hombres. Toman asiento en sus sillas. El hombrecillo que no se ve que sea un grande hombre tiene un papel entre las manos. Silencio absoluto: se oyen los alientos, se oyen las miradas ansiosas.
Lee con voz de lego; lee y lee…
«… en nombre de la República y por Autoridad de la Ley, se condena…»
¡Eh, oído mío!
La muchedumbre gira, se arremolina, da alaridos de placer. Los gritos, grandes tapones de algodón, me llenan las orejas.
Todo se nubla y oscurece.
Una espesa muselina negra está deslizándose sobre los grandes tablados, como si la noche se echara a poseer este paisaje humano de ojos y uñas.
Yo voy a pensarlo detenidamente.
Ahorcado, señor intendente
Comenzó a sabérselo en la tarde, apenas pasada la hora de la siesta.
—Se ha suicidado un hombre.
—Han asesinado a un hombre.
—Han encontrado a un hombre ahorcado.
—¿Ahorcado?
—¡Ahorcado! ¡Qué bruto!
—Ahorcado con un cordel.
—Ahorcado con una corbata.
—Ahorcado con un alambre.
—¡Un ahorcado!
—¡Un ahorcado!
Entonces llegó a saberlo también la Oficina de Seguridad y envió al Jefe de Demarcación, acompañado por detectives y hombres de armas.
—Aquí es.
—Sí, aquí es.
Las culatas de los rifles castigaron la puerta cerrada y luego la descerrajaron apresuradamente.
En realidad, ahí estaba el hombre ahorcado. Ahorcado con un alambre, en el centro de su viejo cubo, colgante como una lámpara.
Y su excelencia el Jefe de Demarcación redactó para el señor Intendente, acto continuo, el siguiente comunicado:
«Señor Intendente:
»De conformidad con las órdenes recibidas de usted, el día de hoy, a las cuatro de la tarde, me constituí en el sitio de costumbre, con veinte hombres de mi mando, para averiguar el resultado del asunto que de algún tiempo acá ha venido preocupando a esta Dependencia. Como nadie diera respuesta a nuestras llamadas, abrimos la puerta a golpes. El hombre estaba ahorcado».
Ahora bien:
Esta historia pasa de aquí a su comienzo, en la primera mañana de mayo; sigue a través de estas mismas páginas, y cuando llega de nuevo aquí, de nuevo empieza allá…
Tal era su iluminado alucinamiento.
