Paredes, un Campesino Extremeño

Novela

Patricio Chamizo


Novela



I

Mi pueblo está situado en un rincón perdido de la provincia de Badajoz, a no mucha distancia de las Vegas Altas del Guadiana, pero lo suficiente lejos para no haberse beneficiado de sus planes de regadíos. Son tierras de secano, de olivos, viñedos y frutales, aparte de varios cortijos que hay a sus alrededores, pero apenas eran utilizados por ovejas y cerdos con muy poca tierra dedicada al cultivo agrícola, por lo que daban poco trabajo a los jornaleros del pueblo. Eran, más bien, fincas de recreo y cotos de caza. Un pueblo rico, pero, como todos los pueblos, rico para los ricos, pero pobre para los pobres.

Casi todas las casas estaban hechas de adobe y tapias de tierra apisonada. Excepto las del centro, que eran de piedra. Las calles donde estaban situadas las casas de piedra estaban empedradas; las otras eran de tierra. Digo yo que esto sería para que hicieran juego las calles con las casas. La iluminación de las calles de piedra era buena; la de las otras, infame. Las casas de adobe, a falta de sólidos cimientos, tenían humedad todo el año, por lo que el reuma era fiel compañero de sus inquilinos.

Cuando yo vivía allí no había aguas corrientes ni, por tanto, cuartos de baño. En el corral había un hoyo donde iban a parar toda la basura y en un rincón, sobre él, un pequeño cuarto que servía de retrete. Pero el agua de fregar se tiraba al centro de la calle donde a modo de albañal, el agua corría hacia abajo, como un arroyo. En verano se hacían charcos de agua fétida y corrompida donde las moscas veraneaban. En invierno toda la calle era un barrizal, en el cual se quedaban atrapadas las alpargatas, a poco que el viandante se descuidase. Para evitar esos percances, los vecinos, cada uno por su cuenta, ponía piedras, por las cuales, mediante un ejercicio acrobático, íbamos pisando para no quedar hundidos en el lodazal.

Por la plaza y los aledaños un barrendero se encargaba de mantener limpias las calles, pero en el resto del pueblo eran las mujeres las que se encargaban de hacerlo, cada una en la parte correspondiente a su casa.

En las casas de adobe y tapias de tierra vivíamos Rafael Paredes y un servidor. Éramos gente de alpargata, como se decía. Y era verdad, pues en la gente de mi clase, solo nos poníamos zapatos el día de la boda, y ese calzado duraba toda la vida, pues en raras ocasiones se utilizaba. Lo mismo que el traje. Nos hacíamos uno a medida para la boda y ese sólo nos lo poníamos para ir a una boda o al médico, si teníamos que ir a Badajoz.

Rafael y yo vivíamos en la misma calle. Allí nacimos y fuimos amigos desde la infancia. Sin embargo, a pesar de ser los dos iguales de pobres, incluso él más pobre que yo, pues era huérfano de padre, nuestra infancia fue bastante diferente. Él era hijo único de su viuda madre, la cual se ganaba la vida de lavandera y de asistenta por horas en varias casas. La ropa se lavaba en el río, pues en las casas no había agua corriente. Ella cargaba con un cesto grande lleno de ropa sucia de la gente rica, se iba al río, la lavaba, y por la tarde volvía con la ropa limpia y seca.

Yo, en cambio, tenía a mi padre que trabajaba como jornalero, a mi madre y una hermana, mayor que yo, que aprendía a coser en casa de una modista, y algo ganaba de vez en cuando en alguna cosa que le daban para coser, zurcir, o remendar en casa. Visto así, mi posición era mejor que la de Rafael. Sin embargo, ¡qué distinta fue nuestra niñez! Él iba a la escuela todos los días; a la escuela nacional, que no costaba nada más que el material escolar, que era muy elemental. Con la enciclopedia del hijo mayor estudiaban todos los hermanos menores años después. Su madre se encargaba de que no hiciese novillos y le obligaba a hacer deberes en casa y a repasar las lecciones.

Yo iba a la escuela cuando no tenía faena. Mi padre se encargaba de buscarme trabajo de pastor, de porquero, de recadero, y en múltiples actividades. Y cuando no tenía tajo, pues a la escuela.

Pero en la escuela se empieza por hacer palotes, luego letras, más tarde a juntar las letras en sílabas, y después, las sílabas en palabras, y las palabras en frases y oraciones. Es decir, en un orden sistemático. Pero yo aprendí a hacer palotes; cuando iba por la a, me sacaban para ir a trabajar; cuando volvía, mis compañeros iban ya por las sílabas y yo tenía que continuar donde lo dejé.

Esto no solo me pasaba a mí. A la mayoría de los muchachos de mi edad y de mi condición les pasaba igual. Había que trabajar cuando se pudiera para ayudar a la casa.

Aunque hoy veo mal aquello, entonces, no. A todos mis amiguetes les gustaba más ir a trabajar que asistir a la escuela. Y cuando no había trabajo, la mayor parte de las veces hacíamos novillos y nos íbamos a coger nidos de pájaros, o a jugar.

De esta forma pasó mi niñez en la escuela, pues por hache o por be, siempre faltaba muchas temporadas y claro, no aprendí ni jota y solo llegué a la zeta de zoquete, que es lo que he sido toda mi vida. En cambio, Rafael no faltó un solo día y era un alumno aventajado, pues era muy inteligente.

Él, a pesar de su edad, comprendió mi problema, cosa que mi padre nunca se planteó, y me daba clases particulares sin que yo se lo hubiese pedido. Pero a mí no me entraban en la mollera todas las cosas que me explicaba.

Después de estar todo el día trabajando, lo que me apetecía era jugar, cosa que pocas veces podía hacer. Pero Rafael no se daba por vencido e insistía en enseñarme.

Ya de mayor, como dependíamos del jornal que nos cayera cada día, íbamos a la plaza cada mañana a la espera de que alguien nos cogiera para trabajar. Allí, a la puerta del único bar que por entonces había, estábamos todos los jornaleros esperando. Muchos entraban a tomar la copa de aguardiente y una cosa caliente y oscura a la que llamaban café. Aquello lo hacían con los posos del café de las tardes. No era muy bueno, pero calentaba el cuerpo. El café de por las tardes no era de cafetera, pues no existía esa máquina en el pueblo. Encima de un vaso colocaban una especie de cazo colador. Allí ponían el café, echaban agua caliente y la infusión caía en el vaso. Pero ese café sólo lo tomaban los pudientes.

Los jornaleros charlábamos en pequeños grupos y corros. Si entrábamos a tomar el café y la copa, enseguida salíamos a la puerta para ser vistos por los labradores, los capataces, o manigeros. Eso era de vital importancia, pues podían coger a otros y nosotros quedarnos parados. Por eso era normal oír el rumor de las conversaciones y de pronto hacerse un silencio mirando disimuladamente a los ricos que se acercaban. Estábamos allí como las mulas en la feria. Los ricos pasaban mirando a los grupos, observando a todos. Sólo les faltaba abrirnos la boca y mirarnos los dientes, como a las caballerías. Era penoso estar allí por las mañanas esperando un jornal, tragando saliva cada vez que la mirada de un potentado se fijaba en nosotros. Por aquellos tiempos, sólo la mitad, o bastante menos, encontraban trabajo, a no ser en tiempo de siega, vendimia o escarda, cosa esta que ya no se hace, o se hace poco.

Pasada la hora, después de irse todos los contratados, el resto nos teníamos que volver cabizbajos pensando en lo que podíamos hacer ese día para llevar a casa un cacho de pan para comer. Porque en casa de los pobres no había despensa, no había reservas. Lo que se necesitaba para comer había que comprarlo en el mismo día.

Los que tenían suerte de tener tajo volvían a casa rápidamente a cambiarse de ropa y desayunar (eso si había), una sopa de ajos, un puñado de higos, un tomate con sal, o lo que hubiera, según la estación del año que fuera. Pero esa costumbre civilizaba de hacer desayuno, almuerzo, merienda y cena para nosotros no existía. Comíamos una vez al día, y gracias el día que podíamos comer, pues no era para los pobres un ejercicio cotidiano el mover las mandíbulas.

La vuelta de los hombres a casa por las mañanas coincidía con la limpieza de la calle que hacían las mujeres, barriendo cada una el trozo de calle que correspondía a la fachada de su casa, hasta el arroyo. Así llamaban al centro de la calle por donde, como ya digo, discurrían las aguas sucias, que a falta de cloacas se tiraban allí, produciendo a veces, cuando no corría, un olor fétido y repugnante.

Cuando las mujeres veían caminar a sus maridos calle abajo, ya sabían la suerte que les había correspondido. La manera de andar de unos y otros era inconfundible; aparte, claro está, que el que había encontrado trabajo volvía un poco antes.

La que veía llegar a su marido con paso rápido y decidido, soltaba la escoba, y ante la envidiosa mirada de las vecinas que no habían tenido tal suerte, se metían en casa a preparar el desayuno. Luego cogían la cesta, presurosas, para comprar la merienda (el almuerzo, como dicen por aquí) del marido. En casa, ya digo, no había provisiones y sólo ante la perspectiva de un jornal iban a la tienda a pedir fiado hasta que el amo pagara. Las vecinas cuyos maridos no habían encontrado tajo, la contemplaban con envidia y amargura.

* * *

Las faenas a las que los hombres recurríamos a falta de trabajo eran muy variadas, según la estación del año que fuera. En verano, después de la siega iban las mujeres y los niños a espigar. En esto existía la picaresca del segador. Sabía que detrás de él irían las espigadoras, que por lo general, eran familiares o amigas, y no se esmeraba mucho en recoger bien las espigas. Claro, que el amo, o su manigero, que se las sabía todas, iba inspeccionando los rastrojos y llamaba la atención, o despedía, al que se dejara muchas espigas detrás.

Era fácil identificar al infractor, aunque no le vieran. Normalmente la siega se hacía en cuadrillas de varios hombres situados en fila, a una distancia de dos varas (metro y medio, aproximadamente). Se empezaba en sentido longitudinal en una punta hasta llegar a la otra, y después volvían en sentido inverso, hasta que se segaba toda la superficie en cinco, diez o veinte vueltas. Cada uno, pues, ocupaba durante todo el día el mismo lugar en la formación, por lo cual era fácil saber quién se había dejado atrás muchas espigas.

En la cuadrilla iba el manigero, o el capataz, o un hombre de confianza del amo, que solía ser el mozo de mulas que trabajaba fijo todo el año. Éste se situaba en un extremo de la fila y, como un zapador, iba marcando el ritmo. Los demás tenían que seguirle a su misma altura, pues el que se quedara atrás, aparte de ser ridiculizado por los demás, no volvía a trabajar.

Al principio del tajo, donde estaban los hatos con la merienda de los segadores, el amo solía llevar vino en una garrafa de arroba, media arroba, o de cuarto, según la cantidad de hombres que hubiera. Aquella aparente generosidad, no era tal. Se echaba un trago al principio, se emprendía la marcha, y el manigero estimulaba a los hombres diciendo: «¡Vamos, deprisa, que tengo la boca seca y hay que echar un trago!» E incitados por el deseo de beber vino, los segadores trabajaban como si fueran a destajo. Los amos presumían de buenos por darles vino; pero bien que lo sacaban del sudor de los trabajadores. En cambio, si el trabajo era ajustado en una cantidad, el vino sólo estaba allí si lo llevaban los propios segadores.

De todos los trabajos del campo, el más penoso era el de la siega, por el sol abrasando las espaldas, los pinchazos de los rastrojos por la carencia de un buen calzado, y con la postura de ir todo el día con el cuerpo encorvado acababa uno derrengado, desriñonado. Eso si no te ocurría algún percance, como cortarte un dedo (el meñique izquierdo) con la hoz, pues en ese caso te quedabas parado y sin ningún seguro que te cubriera el riesgo, tanto del jornal, como del médico. Y, sin embargo, era el trabajo más codiciado por todos.

Esta paradójica incongruencia tenía su sentido. El jornal de la siega era muy bueno, comparado con los jornales de otro tipo de trabajo. Sólo en el trabajo de la siega nuestras tarteras iban bien atestadas de chuletas, chorizo, queso y jamón. En ninguna otra época del año podíamos saborear semejantes exquisiteces. También los tenderos, los carniceros y los pescaderos hacían su agosto, no solo por lo que vendían, sino, además, por lo que cobraban de meses anteriores que habían ido dando fiado.

Después de la siega, con las espigas que habían conseguido las mujeres y niños espigando, nos dedicábamos en el ejido (el lejío, que así se dice por allá), a desmenuzar las y quedar limpios de polvo y paja el grano.

Más adelante, después de la recolección del grano de las eras, íbamos en busca de hormigueros. Para apoderarnos del grano que las hormigas habían almacenado durante todo el verano, echábamos un chorro de agua en cada agujero. Esperábamos, y al cabo de un buen rato las hormigas sacaban a la superficie todo el trigo encerrado.

Las hormigas, por instinto natural, saben cuándo va a llover y ya se encargan ellas de tapar todas las entradas de sus galerías haciendo sobre ellas pequeños montones de tierra, con el fin de que el agua resbale por la pendiente. Pero lo que no podían adivinar era cuándo les iba a llegar la inundación que nosotros provocábamos.

La razón de sacar sus viandas rápidamente a la superficie era porque el grano, al mojarse, hincha, y si no lo sacaran morirían aprisionadas por el volumen. Y también porque la humedad los pudre y germinan, por lo que el problema aún era mayor con los tallos y, en definitiva, se quedarían sin comida para todo el invierno. Una vez pasado el imprevisto temporal dejaban que el grano se secara, volviera a su estado natural y de nuevo, una vez seco, lo volvían a almacenar.

Pero nosotros éramos más rápidos y nos lo llevábamos antes. Con el grano obtenido se daba de comer a las gallinas, o si la necesidad era extrema se molía con el almirez y se hacía una torta de pan.

En el otoño poníamos las costillas, una trampa para cazar pájaros. Se ocultaba con tierra bien desmenuzada formando una montaña en miniatura, como los hormigueros, quedando a la vista sólo un grano de trigo, que era el cebo para los gorriones. Si se daba bien, en un día podíamos cazar dos o tres docenas, los cuales se comían, o se vendían para obtener otros alimentos, no tan exquisitos, pero en mayor cantidad.

Más avanzado el otoño, casi en el invierno, venía la aguanieves, o aguzanieves, un ave migratoria. Este pájaro de pico largo, se alimenta de lombrices que ellas mismas se procuran hincando el pico en la tierra blanda. Por eso, el cebo más idóneo era la lombriz, que nosotros nos encargábamos de buscar en la tierra cavando con una azada.

La trampa era un anzuelo, como para los peces. Como no había dinero para comprar sedal, éste se sustituía con las cerdas de la crin y cola de los caballos. En un extremo, el anzuelo, y en el otro una estaquilla clavada en la tierra.

Si el otoño venía seco se cazaban con más facilidad, pues la tierra estaba dura y a los animalitos les costaba más trabajo perforar el suelo. Al estar hambrientas picaban enseguida. La aguanieves era un pájaro mayor que los gorriones y su carne más exquisita.

En invierno íbamos por cardillos lechales, es decir, cardos pequeños. Este era el más penoso de los trabajos no retribuidos por un jornal, por el frío, la escarcha o la lluvia. El cardillo es una planta cuyo tallo, incrustado en la tierra, tiene aletas, como una estrella de mar, pero cada una de ellas cubiertas de espinas. Se cogían utilizando una azadilla pequeña o, incluso, con un cuchillo viejo. Cuando teníamos el saco lleno íbamos a lavarlos a un charco para quitarles la tierra. Después, en casa, los limpiábamos de espinas rascando de dentro afuera. Esta operación era molesta, porque si no se tenía cuidado se llenaban las manos de espinas. Pero la pericia adquirida durante años y las callosas manos evitaban los pinchazos. Las mujeres iban por las casas a venderlos, pues era una verdura muy rica como aditamento del cocido u otras legumbres, incluso solos. Los que no se vendían, nos lo comíamos nosotros y el resto se les echaba al cerdo. Casi todos los jornaleros teníamos un cerdo en casa, que comprábamos de lechón, y le íbamos engordando para la matanza. Pero en casa de los pobres no había matanza. El cerdo, ya cebado, lo vendíamos, porque hacía falta el dinero para otras cosas.

En invierno, también, pero de noche y furtivamente, íbamos por bellotas. En esa operación no llevábamos el burro, sino andando con el saco al hombro durante cuatro o cinco kilómetros. Las bellotas se robaban, claro. Si en el camino advertíamos la presencia de la Guardia Civil, tirábamos el saco y ¡pies, para qué os quiero! Si nos cogían los guardias, la paliza era segura. O, aunque no nos cogieran, si nos identificaban en la huida, nos llamaban al cuartel para explicarnos que aquello no se podía hacer.

Pero, como se seguía haciendo, más elocuente que las palabras eran las hostias, los vergajazos, y los puñetazos en el estómago. Una paliza que nos tenía magullado el cuerpo durante un mes. Pero, no solo los civiles pegaban palizas; también algunos guardas de las fincas apaleaban a los belloteros. Y no podías denunciarlo a la Guardia Civil, porque te podían pegar otra paliza encima.

Otros muchos recursos había para poder comer cuando no había trabajo: los espárragos, las setas, las criadillas, un tubérculo parecido a la patata, pero muy exquisito, y la pesca con garlito o trasmallo. El garlito lo hacíamos nosotros mismos con juncias; pero el trasmallo era un arte de pesca que pocos teníamos. Además, estaban prohibidos. Para nosotros no existía la veda; había que cazar, pescar, o ir a bellotas cuando el hambre nos obligaba. Mas el precio resultaba muy caro si éramos descubiertos por los civiles. Entonces los jueces, que los habría, digo yo, tenían poco trabajo con nosotros. Los civiles se encargaban de aliviarles la faena.

Cerca de mi pueblo había varios cortijos donde los guardas nos dejaban cortar una carga de leña, o hacer un saco de picón, o coger espárragos, o setas. Pero había uno, llamado Zarzarromero, el mejor de todos aquellos contornos, en el que no se podía ni pisar. Era normal que los trabajadores tuvieran un burro; mejor dicho, una burra, que paría un burranco, lo criaba y cuando era grande se vendía y se sacaba un dinerillo. El borriquillo iba detrás de la madre, suelto, retozando. Pues si por el camino que atravesaba Zarzarromero, el borriquito en su trotería se salía del camino y pisaba la finca, si lo veía el guarda lo denunciaba a los civiles. Aquel guarda tenía más cuernos que la ganadería de Miura, pues a su mujer, que estaba muy buena, se la follaba el amo. Eso era evidente, pues toda su prole tenían la misma cara del señorito. Aquel guarda, con mucha chulería solía decir:

—¡En la finca de mi amo no pisan ni las águilas!

En mi pueblo existe desde siempre una solidaridad muy grande en caso de incendio. Hay una campana en el ayuntamiento que repica cuando se detecta alguno. La gente conoce su peculiar tañido y al oírlo, todo el mundo sale a la calle provisto de cubos, palas y demás utensilios para apagarlo.

Era hermoso ver una enorme fila de hombres haciendo una cadena pasándose los cubos llenos de agua desde el pozo más cercano, o apagar el fuego en el campo con las palas volteando la tierra, o con ramaje aplastando las llamas. Eso se hacía incluso en los cortijos.

En el cortijo de Zarzarromero, un mes de junio, un poco antes de la siega, se produjo un incendio en la sementera, tal vez intencionado por algún resentido con el guarda. Había un viento solano muy fuerte que amenazaba pasar a la arboleda y destruirlo todo. La campana del ayuntamiento repicó y todo el mundo salió a la calle, como siempre, provistos de utensilios.

Pero cuando los jornaleros nos enteramos en dónde estaba el fuego, nos volvimos y soltamos los bártulos diciendo casi a coro:

—¡Que lo apague el guarda con los cuernos!

La Guardia Civil llegó a la plaza con camiones ordenando a todos los hombres que montaran para ir a apagar el fuego. Pero el que podía, se hacía el remolón y no subía; y si le obligaban, cuando llegaba al cortijo hacía lo menos posible. El ir a apagar un incendio era un gesto natural, espontáneo de toda la gente, pero era, además, una obligación, pues así lo decía la ley municipal. Pero en Zarzarromero nosotros nos acogimos a otra ley: a la ley del mínimo esfuerzo.

Otro recurso que utilizábamos cuando no había trabajo era el picón o la leña que, como ya he dicho, en algunos montes nos dejaban cortarla.

En fin, había muchas formas de ganarse la vida, pero éramos tantos, que para coger un manojo de espárragos, unas criadillas o un puñado de setas había que andar mucho. Y contento cuando cogías algo, pues había veces que después de andar todo el día, reventados los pies y muerto de cansancio, veníamos sin nada que poder llevar a la boca. En esos casos, el cacho de pan que la mujer echaba para comer, se traía en la talega para que los hijos pudieran comer algo.

El bar al que íbamos por las mañanas registraba por la noche la misma concurrencia, o más, si cabe. Sin embargo, a pesar de ser los mismos que acudíamos por las mañanas, el ambiente era muy distinto. Por las mañanas se iba a buscar trabajo; por la noche, a alternar con los amigos. Por las mañanas todo el pensamiento estaba puesto en el jornal del día; por las noches, el pensamiento no estaba abrumado por aquella situación y se charlaba o se echaba la partida al tute, a las cuatrolas o al dominó.

Hasta entonces, hablo del año 48 o sus alrededores, obreros y patronos habíamos estado mezclados en los bares del pueblo. Por aquella fecha los ricos se hicieron una casa en la misma plaza y en ella construyeron un bar lujoso, un casino, pues así era como se le llamaba, aunque le pusieron un rótulo que decía CÍRCULO RECREATIVO DE LABRADORES, GANADEROS Y ARTESANOS.

«¡Y a los obreros, que nos den por culo!...» —pensé yo.

En aquel casino no podían entrar nada más que los que fueran socios. Y no podía serlo quien quisiera, no. Había que solicitarlo y presentar el aval de dos socios, y para confirmar su entrada, lo tenía que aprobar la asamblea general. No era fácil pertenecer al casino. Obreros, claro, no había ninguno; pero sí había artesanos, funcionarios del Ayuntamiento y dependientes de comercio. Muchos de estos últimos eran de familias obreras que habían logrado colocarse e iban siempre con corbata y fijador en el pelo. Les gustaba codearse con los ricos allí y en la iglesia.

Los obreros no entraban ninguno en la iglesia, a no ser por boda, bautizo o funeral. A mí, la iglesia me daba respeto. No entraba en ella porque nadie de los de mi clase entraban. A mí me parecía que en la iglesia no enseñarían nada malo, pero me daba vergüenza ir. Aparte de eso, es que yo no creía y me parecía una tontería ir sin estar convencido.

El casino era distinto. No entraba porque no era socio, pero de respeto, nada, ni pum. Cuántas veces al pasar por la puerta dije para mis adentros: ¡Lástima de bomba que no cayera encima!

II

Un año, debió ser por el 50 o 51, o tal vez antes, llegó al pueblo una norma legal para empresarios y obreros. A éstos últimos nos dieron en la Hermandad Sindical una cartilla. La cartilla estaba en blanco, sólo con cuadritos, como un álbum al que se le pegan cromos. Parece ser que en ella había que pegar unos sellos que nos tenían que dar los labradores, uno por cada día que trabajásemos. La cartilla tenía capacidad para 90 sellos y cada patrón tenía que pagar tres pesetas por él. Pero de pagar, nada. Ninguno lo quería dar.

Aquello del sello era un misterio para nosotros, porque nadie sabía para qué servía aquello. Las ideas sobre el tema eran confusas; pero por alguna información que habíamos sonsacado en la Hermandad Sindical de Labradores y Ganaderos (así se llamaba), sabíamos que tenía que ver algo con la Seguridad Social. Pero esto no se informaba a las claras, sino a hurtadillas y en secreto, pues el funcionario temía dar información por miedo a represalias. Así, unos decían que ese sello era como una iguala con el médico; otros, que era para pagar medicinas. Pero lo único claro es que ningún patrón quería pagar el sello. Y como nadie sabía para qué valía, pues nadie se molestaba en reclamarlo.

Rafael escribió no sé a adónde; el caso es que recibió una información clara. Era de la Mutualidad Laboral Agraria, o algún organismo por el estilo, no recuerdo bien. La cartilla era para los seguros sociales: enfermedad, accidentes, subsidio de paro, jubilación, etc. Aunque para estas dos últimas cosas, era necesario tener cierta cantidad de sellos.

Aquello era una cosa muy importante para nosotros, porque estábamos totalmente desprotegidos de todo. Teníamos que pagar una iguala con el médico para que nos atendiera; nos teníamos que pagar todas las medicinas; si no trabajábamos, no cobrábamos ni un céntimo, y cuando llegaba la vejez, nada de nada. A pedir por Dios lo que buenamente alguien nos quisiera dar.

Cuando Rafael recibió aquella información se indignó por la conspiración de silencio que habían hecho para que aquello no se supiera; pero al mismo tiempo se llevó una gran alegría. Por fin se iba a solucionar en parte nuestra precaria situación. Informó a todos los obreros de ello con entusiasmo, pero todos recibieron aquella noticia con escepticismo, con indiferencia y desinterés. Rafael se sintió decepcionado, pero no por eso dejaba de insistir en que había que reclamar el sello cada día que se trabajase. Pero nadie se atrevía a exigirlo por miedo a quedarse sin trabajar. Miedo, miedo, siempre miedo de todo; miedo a los ricos; miedo a los labradores; miedo a la Guardia Civil; miedo a decir una palabra sobre política o sindicatos. Esa era nuestra situación. Parecía como si estuviéramos en un campo de concentración. Y los ricos estaban a sus anchas porque no había nadie que les tosiera, y protegidos por una inmunidad permanente que les daba el Régimen. Sin embargo, Rafael no se resignaba y volvía cada día a insistir en que todos nos pusiéramos de acuerdo para defender nuestros derechos.

Yo conocía bien el ambiente del pueblo y sabía de sobra que aquel afán de «desfacer entuertos» no iba a traer más que dolores de cabeza. Los obreros, yo entre ellos, no le hacíamos caso. Y los caciques empezaron a mirarle con recelo, pues aquella actitud les perjudicaba a ellos. Rafael tenía unos antecedentes muy malos, debido a que su padre había sido anarquista y aunque nunca antes noté nada extraño contra él, empecé a ver malos gestos en los ricos. Y temí que si seguía por ese camino le iban a hacer la vida imposible. Por eso le paré en seco antes de que el problema fuera a más:

—Tú deja las cosas como están; no revuelvas el charco y deja que cada uno pesque lo que pueda.

—¿Pero no te das cuenta de lo que están haciendo con nosotros? ¡Es una injusticia!

—Yo, de lo que me doy cuenta es de que aquí nadie se preocupa por nadie. Tú, a lo tuyo, y cada cual se las arregle como pueda. Si sacas la cara por los demás serás tú el que reciba las bofetadas, como los payasos.

—Sebastián —dijo mirándome a los ojos con una mirada penetrante y sobrecogedora—. ¡Tienes espíritu de borrego!

Su increpación no me hizo el menor efecto; le conocía bien y sabía cuáles eran sus reacciones cuando me oponía a sus ideas. Tranquilamente le respondí:

—Soy realista, Rafael. ¿Qué crees que vas a conseguir con eso? Cuando los ricos se enteren de lo que quieres hacer, que ya lo están venteando, te aseguro que no vas a encontrar trabajo ni en cien leguas a la redonda. Tú estás casado y tienes un niño. No te puedes jugar el pan tan alegremente.

—¿Pero no te das cuenta de que si no luchamos por nuestros derechos, nadie nos lo va a dar?

—La ley esa la ha hecho el Gobierno, ¿no? Pues deja que sea el Gobierno quien se encargue de que se cumpla. Para eso está la Hermandad.

—¿Y qué han hecho esos chupatintas? Ocultarlo a todos. Somos nosotros los que tenemos que exigir que se haga justicia.

—La justicia son los ricos. Ellos son los que mandan y los que gobiernan el pueblo. Anda, rompe ese papel y olvídate del asunto. Lo que sí puedes hacer es escribir otra vez al mismo sitio y decir que manden para acá a un inspector, y que se encargue él de arreglar este asunto. Y así, todos contentos. Bueno, todos, no. A los ricos se les va a poner una leche, que no veas. Aunque ni así creo que pase nada, porque al inspector ese le meten un jamón bajo el brazo y se va echando leches, tan tranquilo.

Por más que le dije, no hubo manera. Seguía hablando diciendo que había que plantarse todos y exigir el sello. Todos decían que sí, que tenía razón; pero nadie se atrevía a pedirlo. Hasta que decidió pedirlo él en solitario. Los caciques le miraban de arriba abajo y con una sonrisa sarcástica le decían: «¡Sellero, que eres un sellero!».

Y ocurrió lo que ya le había advertido yo: Le fueron dando de lado y muy pocos le cogían para trabajar. Pero eso no era lo peor. Yo, que jamás me atreví a pedir el dichoso sello de los demonios, como era amigo suyo y estaba siempre a su lado, sin comerlo ni beberlo, tampoco me cogía casi nadie.

Ahí empezaron sus problemas con su mujer, que le había dicho lo mismo que yo, sin que nos hiciese caso. Rafael era implacable; no hacía caso a nadie, ni a los más íntimos. La situación llegó a ser angustiosa. Ya era mala de por sí estando las cosas normales, pero entonces se hizo ya insoportable. Yo estaba soltero y mal que mal, un plato caliente no me faltaba en casa; pero Rafael estaba casado y tenía que mantener a su mujer y a un niño pequeño.

Y así empezaron las peloteras: Rafael, con su mujer; yo, con mi padre, mi madre y, sobre todo, con la fiera de mi hermana, que a toda costa querían que me alejara de Rafael. Pero mi amistad con Rafael era muy profunda desde que éramos niños; yo le quería; era mi único amigo; le admiraba por su forma de ser, pero odiaba su forma de pensar y su manía de meterse en todos los charcos. ¿Por qué se metería en el maldito lío de los sellos? Aquello estaba bien, si todos lo hubieran exigido. Pero meterse él solo a enmendar cosas eran ganas de liarla. No me gustaba la forma de ser en ese aspecto de Rafael. Sin embargo, yo le quería, era para mí, más que un amigo, un hermano. En realidad era el único ser con quien me sentía a gusto. Le adoraba. Pero esa maldita manía de meterse en líos me fastidiaba. Yo se lo decía; pero su contestación era siempre la misma: «¡Tienes espíritu de borrego!».

* * *

Un día corrió por el pueblo la voz de que Encarnita, la hija del tío Ambrosio, estaba mala por un bulto que le había salido en la cabeza.

La tal Encarnita era una chavala de quince años, hermosa y más bonita que un San Luis. Su padre era un jornalero, como nosotros. La alarma surgió porque el médico, después de dos o tres meses de haberle puesto fomentos calientes, diciendo que si así no se le quitaba, le pegaría un tajo y se lo extirparía, al pasar el tiempo y ver que aquel bulto, en vez de quitarse, aumentaba, decidió enviarla al hospital. Pero para enviarla al hospital sin que a la familia le costara nada, el Ayuntamiento le tenía que hacer un certificado diciendo que era pobre de solemnidad. El Ayuntamiento se lo hizo, y se fueron a Badajoz. En el hospital le hicieron análisis, radiografías y todas esas historias. Le preguntaron al tío Ambrosio por qué no habían ido antes, y él le dijo que el médico del pueblo no le había dado importancia hasta entonces. Resultado de todo eso fue que el bulto era un quiste... no sé qué, en avanzado estado, pero que aún era posible curarla haciéndola una operación muy delicada. Mas esa operación no la podían hacer en Badajoz, porque allí no había esas especialidades, ni técnicas sanitarias adecuadas. Se la tenían que hacer en Madrid, en la Seguridad Social. Pero como el tío Ambrosio no estaba dado de alta, ni tenía cartilla, ni nada, no podían operarla. Ese mismo equipo médico de la Seguridad Social tenía una clínica particular, pero aquella operación costaba mucho más que lo que el tío Ambrosio había ganado en toda su vida.

Entonces recurrió a los patronos con los que había trabajado recordándoles lo del sello. ¡A buenas horas! Ninguno quería saber nada. Recurrió al alcalde, al médico y al cura. Éste fue el que abrió una colecta para recaudar fondos. Aquello fue muy comentado porque, según decían los que iban a la iglesia, echaba lumbre por su boca pidiendo apoyo para la causa de Encarnita. El cura, don Anselmo, un anciano a punto de que le jubilaran, logró reunir una buena cantidad de dinero, pero aún no era suficiente y la colecta seguía. Y todo el mundo tan contento por aquella solidaridad.

Pero de nada sirvió. Antes de salir para Madrid el corazón de Encarnita había dejado de latir.

Uno de los más importantes actos sociales de mi pueblo lo constituían los entierros. A un entierro asistía todo el mundo.

Al cementerio iban todos los hombres; las mujeres asistían sólo a la casa a dar el pésame a la familia y acompañarla durante unas horas. Sólo en el caso de que la difunta fuera una mujer que hubiese pertenecido a una congregación de alguna virgen de esas que se le hacen novenas y tal, sólo en ese caso, digo, iban las mujeres cofrades hasta el cementerio como en procesión, con el distintivo colgado al cuello. He dicho antes de que nadie de mi clase iba a misa; pero tengo que matizar esa cuestión: No iban los hombres, pero sí muchas mujeres e hijas de obreros.

A los entierros en mi pueblo se asistía por cumplir, pero, principalmente, por ser visto, no solo por la familia sino por todo el mundo. Aquella persona que iba a todos los entierros se aseguraba que al suyo o al de un familiar, fuera todo el pueblo; de no ser así, pocos eran los que iban a dar el pésame a la familia. Era una toma y daca.

En el entierro de Encarnita concurrieron todas estas circunstancias. Su padre no se perdía un entierro; era, además, un hombre muy apreciado por su talante risueño y servicial; todo el mundo estuvo pendiente de la enfermedad de su hija y contribuyó para que fuera operada, por lo que el fatal desenlace impresionó a todos. Y ella era cofrade de una congregación de esas, por lo que su entierro fue multitudinario y muy espectacular.

Normalmente era un carpintero del pueblo quien solía hacer la caja para los muertos de los pobres; las llamaban así, cajas, porque no otra cosa eran: cuatro tablas clavadas y teñidas con una mano de pintura, blanca para los niños y negra para los adultos, y ¡santas pascuas! Pero lo de Encarnita era un ataúd como el de los ricos, de madera noble barnizada y con molduras. Flores se reunieron a montones de las que había en los corrales de las casas.

El cortejo fúnebre iba precedido de las mujeres en fila a ambos lados del camino cantando cánticos religiosos. Delante del féretro iba el cura y los monaguillos, también cantando el gorigori de los funerales, y detrás del ataúd, el tío Ambrosio, pálido, lloroso, como idiotizado, mirando fijamente la caja donde su hija iba camino del pudridero. Detrás de él, todo el pueblo.

Cuando terminaron las exequias, todos volvíamos al pueblo detrás del tío Ambrosio y el cura. De pronto, Rafael se encaramó en un montón de piedras. Sólo se oía el trinar de los pájaros. Y en medio de aquel silencio sonó una voz atronadora.

—¡Un momento!

Los ricos, sus amigotes y sus monigotes se volvieron a mirar, pero al ver quien era el que hablaba, se fueron deprisa. Los obreros nos quedamos. Algunos, sin embargo, estaban indecisos, presintiendo que algo malo iba a suceder. Rafael arengó a los oyentes:

—¡Es que nos vamos a ir de aquí como si no hubiera pasado nada!

Todos se miraban entre sí. Recordaban la lata que les había dado con el sello de marras y sabían que por allí venían los tiros. Cuando Rafael insistía en pedir el sello, ninguno le hicimos caso; ahora, el drama del tío Ambrosio estaba latente en la mente de todos, pues se daban cuenta del desamparo ante el infortunio.

—¡Esa muchacha está ahí porque nuestra cobardía la ha matado! ¡Porque no hemos tenido cojones para luchar por nuestros derechos! ¡Porque somos una partida de maricones, de gallinas, de cobardes!

Aunque ya se había embalado, hizo una pausa mirando a todos y prosiguió con más furia:

—¡Cuántas veces os habéis reído de mí cuando os decía que exigiéramos el sello! ¡Reíros ahora! ¡Vamos, reíros! —insistía mirando fijamente a cada uno—. ¡Claro! ¡Cómo os vais a reír ahora, si sabéis que vosotros y vuestras mujeres y vuestros hijos acabaréis así porque un puñado de hijos de putas se niegan a pagar tres pesetas! ¡Hasta cuándo! ¡Qué necesitáis para tomar una decisión!

Rafael estaba en su salsa. Recordé a su padre cuando en la República daba mítines en el pueblo, pues el mismo vigor y fuerza daba a sus palabras. Nos miramos todos sin saber qué responder. Esperábamos, deseábamos, y al mismo tiempo temíamos, que Rafael diera una consigna, que propusiera una solución.

—¿Qué propones tú? —dijo uno.

—Dar un escarmiento. Ir todos a la huelga y negarnos a trabajar si no nos dan nuestros derechos.

—A lo mejor, con esto de Encarnita, nos lo dan. ¿No es mejor esperar un poco?

—¿Esperar? ¿Después de tanto tiempo de espera, después de haber muerto esa niña, aún tenemos que seguir esperando? ¿Es que crees que van a darnos nada por las buenas?

—La huelga está prohibida —dijo otro.

—¡Claro! ¡Y robar bellotas del monte, también! ¡Y pescar y cazar! ¡No te jode! ¿No está prohibido negar los sellos, porque es ir contra la ley? Pues nosotros vamos a bellotas, cazamos y pescamos, y ellos se limpian el culo con la ley. ¡Estamos todos acojonados! ¡Ya es hora de que levantemos la cabeza y nos sacudamos el miedo! La clase obrera todo lo ha conseguido a base de luchar. Nada nos han dado gratuitamente. La huelga es necesaria, porque es la única fuerza que tenemos. Y ya no es sólo por conseguir el sello, sino por hacernos respetar.

—Yo no estoy de acuerdo —dijo otro—. Si hacemos eso, nos machacarán vivos. Tu padre era un huelguista, como tú. ¿Y qué consiguió?

—Rafael sintió como un escalofrío que le estremeció. ¡Le habían nombrado a su padre! ¡Le habían ofendido en lo más íntimo de su ser! Se bajó del montón de piedras y se fue hacia el que había hablado. Le miro a los ojos, de frente.

—Tú eres un cobarde, un baboso, un lameculos, un esquirol. Aquí están todos éstos que saben de sobra lo rastrero y lo pelotillero que eres. Por eso nunca te falta trabajo. Tienes miedo a enfrentarte a los ricos. Eres un egoísta. Te importa más perder unos privilegios conseguidos con tu servilismo, que ganar una causa justa que nos beneficia a todos, incluso a ti, y por la falta de solidaridad lo podemos perder. Anda, vete a tu casa y ponte unas enaguas de tu mujer, en vez de los pantalones que llevas. ¡Vete antes de que te hinche los morros! ¡Vete!

El otro miró a todos, avergonzado, y temiendo que Rafael le diera un puñetazo, se fue. Rafael siguió dirigiéndose a todos con el mismo ardor:

—Ahora mismo tenemos que tomar todos una decisión: O seguir como estamos, o plantarnos. Los que sean como ese que se ha ido; los traidores a la solidaridad obrera; los que quieran que nos sigan dando por culo, sin rechistar, que levanten la mano.

Por supuesto, nadie la levanto. ¡Cualquiera la levantaba después de ver y oír lo que había dicho y hecho al otro!

Pues entonces, mañana por la mañana nos veremos en la plaza. Se van a enterar esos de quiénes somos.

Y todos volvimos al pueblo a dar el pésame a la familia de Encarnita.

III

Al día siguiente por la mañana la plaza estaba llena, como todos los días; pero el aspecto de la gente era bien distinto. No se tenía el gesto sumiso y expectante de siempre, propio de los que esperan con angustia un jornal. Estábamos allí igual que por las noches, cuando no se esperaba nada. La mirada a los labradores ya no era de reojo, sino que se les miraba de frente, como si nos importara un pito que nos diera trabajo, o no. Para quien estaba habituado a aquel clima, el cambio se notó ostensiblemente. Los ricos se dieron cuenta inmediatamente, pues habituados a que los trabajadores les miráramos con la cabeza baja, aquello les parecía una actitud arrogante e insolente. Entraron en el bar y hablaron entre ellos. ¿Qué estarían tramando? Nadie se acercó a ofrecer trabajo a ninguno. Sólo el manigero de uno de ellos salió del bar y preguntó a Rafael:

—¿Quieres trabajar?

—Sí. Pero con el sello.

—Yo de eso no sé nada; es cosa del patrón. Ven a trabajar y esta noche, cuando cobres, se lo pides.

—No. Lo pido ahora.

—Pues yo no te lo puedo prometer, porque eso no es cosa mía, sino del amo.

Se dirigió a dos o tres más y todos le dijeron lo mismo. Se volvió al bar y estuvo hablando con su jefe y los amigos de él. Le dijeron no sé qué, y el manigero se fue sin decir nada. Poco después salieron los caciques. Uno de ellos, llamado «El Colorado», debido al aspecto de su cara y su pelo, se adelantó y preguntó a todos.

—Decís que queréis el sello. Pues vale; al que quiera el sello se lo daremos, pero se lo descontaremos del jornal. Ese sello vale tres pesetas y nosotros no podemos pagarlo.

—Ese sello lo tienen que pagar ustedes —dijo Paredes. Así lo dice la ley.

—Tú eres un sellero, un revuelve charcos, como tu padre. Eres tú quien tiene a todos los trabajadores levantados en contra nuestra. Pero eso te va a costar muy caro.

—¡A mi padre no lo nombre! ¡Mi padre era un hombre honrado que sólo luchaba por la justicia!

—¿Por la justicia? ¡Por el desorden y el caos! ¡Tu padre fue el fundador del anarquismo en este pueblo pacífico que nunca se metió en política, y tú quieres seguir sus pasos! ¡Pero eso no lo vamos a tolerar! —hizo una pausa mirando a todos—. ¿Qué decís todos los demás?

Hubo un silencio. Nadie respondió, pero en ninguno se notó miedo, sino más bien una leve sonrisa.

—¿Es que estáis mudos? ¿O es que le tenéis miedo a éste?

—Si no dan el sello no iremos ninguno —dijo una voz surgida desde dentro del grupo.

—¿Quién ha dicho eso? Que salga y de la cara.

—He sido yo —dijo uno, adelantándose.

—He sido yo —dijo otro.

—¡Y yo! ¡Y yo! ¡Y yo!...

Las voces se hicieron unánimes. Era un clamor general. Los ricos se miraron inquietos. El primer asalto de aquel combate lo habíamos ganado. Nos sentimos todos más fuertes, más seguros, con más autoestima, con dignidad, cosa que habíamos perdido. Noté en la cara de todos una transfiguración, alegría y firmeza. El bastión de los caciques se resquebrajaba; ya no era inexpugnable.

—Está bien —dijo El Colorado—. Os habéis puesto en plan gallito. Ni siquiera nos habéis sugerido una negociación serena, sino que os queréis imponer por cojones. Pues bien; mañana vendremos y daremos trabajo como siempre al que quiera trabajar. Pero sin condiciones. Os damos veinticuatro horas para que reflexionéis. Si persistís en vuestra actitud, ateneos a las consecuencias. No lo vamos a repetir más.

Y se fueron deprisa. Nos quedamos mirándolos, y cuando desaparecieron, comentamos todos el incidente. Estábamos alegres. Rodeamos a Rafael esperando un comentario suyo. Este no se hizo esperar.

—Hay que resistir. Es nuestro mejor momento. La siega está ya para empezar y hacen falta hombres. No tendrán más remedio que aceptar, si no quieren que las cosechas se pasen de sazón y las espigas se desgranen en los rastrojos. ¡El triunfo es seguro, compañeros! No os preocupéis y resistamos.

Tomamos una copa todos juntos y, muy alegres, nos fuimos todos a casa. Pero aquel día ninguno salió a las faenas de cuando no teníamos trabajo. La gente se sentía bien. Había un ambiente de amistad, de solidaridad. Las mujeres también nos apoyaban y su estado anímico era exactamente igual que el de los hombres. También entre ellas comentaban y se solidarizaban. Todo el mundo hablaba bien de Rafael; todos le admiraban y le querían.

Al día siguiente fuimos a la plaza, como todas las mañanas. Los terratenientes tardaban en llegar. Seguro que habían mandado alguno de sus esbirros para tantear el ambiente. Un manigero llegó y preguntó cómo estaban los ánimos. Él no entraba ni salía en el tema. Simplemente preguntaba. Se acercó al que la tarde del entierro se había enfrentado con Rafael. Le preguntó que si él estaba también con nosotros. Se encogió de hombros e hizo un gesto de resignación. No se atrevía a ser esquirol por temor a los demás. Y eso mismo ocurría con otros como él. Pero ninguno se atrevía a romper la huelga. Rafael, esto no lo veía como yo. Él creía que todos eran solidarios por naturaleza; pero yo, no. Conocía bien a todos y sabía que había muchos que sólo se arrimaban al sol que más calentaba en cada momento. Se lo comenté así a Rafael, pero él me contestó:

—La condición humana verdadera de todos es la que en este momento estamos mostrando. La otra, la habitual, es producida por la humillación que el hambre impone a los hombres. Cuando todos descubran la grandeza de su dignidad, cosa que ya empiezan a saborear, cambiará su autoestima. Y esa es mi obligación, Sebastián, y la tuya, y la de todos. Ahora que hemos empezado a perder el miedo, hay que mantener, nutrir, fortalecer los espíritus.

Yo me callé; pero no me convenció, tal vez porque yo era de los que harían cualquier cosa en beneficio propio sin tener en cuenta a nadie. Paredes estaba muy seguro de lo que decía, pero yo no. No tenía fe en lo que hacíamos. Estaba seguro que no lograríamos nada. Llegaron, por fin, los ricos, muy amables.

—Bueno, muchachos —dijo muy sonriente el Colorado—. Ha llegado la siega. Ahora hay buenos jornales para todos. Vamos a trabajar, y pelillos a la mar.

—Nos dará el sello, ¿no? —dijo Rafael.

—¡No hablo contigo, sino con todos! Dije ayer que sin condiciones. Eso del sello lo estudiaremos despacio. Esa es una norma que grava nuestros intereses, y el campo no está para más cargas. Pero os prometo que lo estudiaremos más adelante. Ahora hay que trabajar como siempre. Los que quieran trabajar que entren al bar. Invitamos nosotros. Y se metieron en el bar. Pero ninguno de nosotros se movió. Minutos después salieron, ya con caras de pocos amigos.

—Así que con cojones, ¿eh? ¡Pues para cojones, los nuestros! ¡Se acabaron las contemplaciones! —dijo otro rico hacendado.

Y se fueron todos enfurecidos. Por un momento la gente la gente se miró recelosa, temiendo algo malo. Pero Rafael dijo:

—No os preocupéis. Ayer, la negación fue rotunda; hoy ya aceptan pensarlo. No quieren dar su brazo a torcer por soberbia, pero hemos avanzado un poco. Dicen que estudiarán el tema. Debemos seguir resistiendo, ya no por el sello en sí, sino para mostrarles que estamos unidos y que no se puede jugar con nosotros. Exigimos respeto a nuestra dignidad. Esa es la reivindicación más importante.

El día siguiente transcurrió sin que pasara absolutamente nada. Ni siquiera nos miraron. Pero al salir del bar cuchicheaban entre ellos y al pasar delante de nosotros se echaron a reír a carcajadas. Y así se fueron. La gente estaba mosqueada y supusimos que algo estaban tramando. Pero el ánimo de los huelguistas no decayó. Volvimos a tomar una copa y nos fuimos a casa.

Pasó otro día más en absoluto mutismo. Querían derrotarnos, sitiarnos, esperar nuestra rendición por el hambre y el agotamiento. Pero todos aguantábamos firmes.

Un día entraron en la plaza dos camiones llenos de gente que, por la pinta, dedujimos que eran obreros. Se bajaron de los camiones y los labradores ricos les dijeron que tomaran en el bar lo que quisieran. Aquello produjo gran desconcierto entre todos nosotros. Eran jornaleros de otro pueblo que los habían traído para trabajar. El nerviosismo y la indignación nos sublevó a todos. Rafael trató de calmarnos. Se acercó a un forastero y le inquirió para saber qué hacían allí. Ellos no sabían nada de nuestra huelga. Pero a pesar de que Paredes trataba de informarles y persuadirles de que se fueran, ninguno quería irse. Esto levantó nuestras iras nuestras y empezaron los insultos, las increpaciones y las agresiones.

La plaza quedó convertida en un campo de batalla. De nada le valió a Paredes tratar de poner paz, pues aquellos obreros no eran culpables de nada. Los guardias municipales intervinieron porra en ristre y en vez de poner paz, recrudecieron la pelea. Las porras les fueron arrebatadas y le tomaron con ellas las medidas de sus propias costillas. Poco después llegó la Guardia Civil con fusiles y, a culatazo limpio, acabaron por detener la lucha. El cabo habló con los potentados y ordenó que inmediatamente los forasteros montaran en los camiones y se fueran. A Rafael, a mí y a cinco más nos condujeron al cuartel.

A Rafael, nada más llegar, le cogió el cabo y sin mediar palabras le pegó dos hostias y después cuatro vergajazos, al tiempo que le decía:

—A ti voy a bajarte tus humos revolucionarios. Tú eres el responsable de todo. Te voy a mandar a presidio, que es donde debe estar la gente de tu calaña.

De nada le valió que yo le dijera que él era uno más entre todos. Al contrario: eso hizo que el cabo se fijara en mí y, sin decir ni una palabra, me pegó un tortazo en toda la cara, que casi me quedo sin sentido. Después se dirigió a todos y dijo:

—Mañana les quiero ver a todos trabajando. Y el que no quiera trabajar, que venga aquí. ¿Entendido? Ya se pueden marchar.

Tratamos de salir a toda prisa, pero el cabo dijo, dirigiéndose a Rafael y a mí:

—No, ustedes dos, quédense.

Los otros se fueron. A nosotros nos esposó y después de estar un buen rato así, nos condujo de tal guisa hasta la cárcel, por el medio de todo el pueblo. Todo el mundo nos miraba en silencio. Nos introdujeron en el calabozo a vergajazos y nos encerraron. El cabo nos dijo que al día siguiente nos llevaría ante el juez de instrucción.

Al día siguiente todos los trabajadores estaban en la plaza; pero no en la puerta del bar, sino en la del Ayuntamiento, que es donde estaba el calabozo. La unión era más fuerte. Nadie iría a trabajar si no nos soltaban. El cabo nos abrió la puerta y nos dijo que estábamos libres.

—Pueden ustedes dar las gracias a don Anselmo, el párroco, que ha convencido al alcalde y a todos los labradores de que no procedamos contra ustedes. Por esta vez, que pase; pero a la mínima intención de alterar el orden público no haré caso a nadie y les mandaré a prisión. ¡Así que ándense con ojo!

Al salir a la plaza fuimos aplaudidos por todos, incluso por las mujeres. Pero la expectación era de todo el pueblo, no solo de los jornaleros. Y toda la gente lo comentaba. Rafael se hizo famoso.

Durante días la cosa siguió igual. Los ricos no daban trabajo. Quien quisiera trabajar, nos dijeron algunos manigeros, tenían que ir a pedirlo personalmente a casa de sus amos.

En principio nadie fue; pero el hambre es mala consejera y, poco a poco, todos fueron a pedirlo y empezaron a trabajar, ya con el sello. Menos Rafael y yo.

Rafael no quiso ir a casa de nadie. Pero yo, presionado por mi familia, al fin, me sometí. Fui a casa del Colorado. Me abrió la criada, Teresa, una conocida mía, amiga de mi novia y de Antonia, la mujer de Rafael, y me dijo que pasara y esperara en el zaguán, porque el amo estaba hablando con otro.

El cacique estaba sentado en un sillón de mimbre de alto y ancho respaldo, tomando un vaso de vino. Frente a él había un hombre mayor que yo, con la gorra en la mano y la cabeza baja y callado. Por fin, el Colorado le dijo con tono brusco:

—¿Qué quieres?

—Pues yo... como mi mujer me ha dicho que usted le dijo que... que viniera, pues... aquí estoy. Usted dirá.

—¡Tu mujer es una jodida embustera! ¡Yo no le he dicho que vinieras! ¡Ella vino a pedir trabajo para ti, y yo le dije que el trabajo lo tienen que pedir los hombres!

—Bueno, pues ya estoy aquí. Usted dirá.

—¡El que tiene que decir eres tú! ¡Vamos, dime ya de una vez qué coños quieres!

—Yo... yo quiero... trabajar —dijo por fin, tímidamente.

—Conque quieres trabajar, ¿eh? ¿No te he ofrecido yo trabajo en la plaza y lo has rechazado? Ahora ya es tarde. La mies, si no es recolectada en su sazón, se estropea. Lo sabes, ¿no? Pues yo he perdido por vuestra culpa un dineral. Y esto lo vais a pagar caro.

—¡Tengo cuatro hijos, don José! —gritó angustiado y llorando el hombre—. Necesito trabajar. ¡Por favor!

El Colorado bebió un sorbo de vino, se levantó y dijo:

—Bien; te voy a dar trabajo. Pero, si me entero que te juntas con ese anarquista; si le hablas; si le dices adiós, simplemente; si le miras, no volverás a trabajar nunca más en este pueblo. ¿Entendido?

—Sí, sí señor.

—Pues ya te puedes marchar. Mañana, en la plaza, te dirán dónde tienes que ir.

El hombre salió. Al verme en el zaguán se detuvo, me miró con una mirada angustiada y llena de vergüenza, y se marchó con la cabeza baja. Yo me quedé desconcertado. La misma escena me esperaba. Tuve una lucha interior muy intensa, pues no me decidía a pasar ni a marcharme. Teresa me dijo que podía pasar. Ella también había oído la escena y advertí en su cara indignación; pero no me dijo nada. La miré desconcertado, pues me daba vergüenza. Bajé los ojos y le dije que no, que me iba. Noté que su mirada cambió y hasta me sonrió.

Esta escena que vi en casa del Colorado se hizo igual en casa de otros labradores ricos. De eso me enteré más tarde.

De nada nos sirvió acudir a la plaza cada día. Nadie nos cogió para trabajar. Yo, que desde el principio le dije a Rafael que se olvidara del sello porque no iba a traer más que follones, al final todos salieron ganando, menos él y yo. Mi única culpa era ser amigo de Rafael.

Al tío Ambrosio le cogió fijo El Colorado. Le tenía para limpiar las cuadras, ir por agua potable al pozo (pues en las casas no había aguas corrientes y aunque en casi todas había pozo, el agua era salobre), cuidar el ganado y algunas cosas domésticas más; pero no hacía trabajos en el campo. El tío Ambrosio ya era mayor y lo de su hija le quedó como si le hubiesen quitado veinte años de encima. Le cogieron más que por su utilidad, por caridad, no del Colorado, sino de su mujer, Mari Pepa, una hermosa hembra veinte años más joven que él, y por insistencia del cura, don Anselmo, que era muy amigo de ellos.

Una noche, cuando ya nos íbamos a casa, salió a nuestro encuentro un compañero. En la penumbra de la calle nos abordó:

—Los compañeros hemos acordado reunir entre todos el jornal vuestro —y nos dio un pequeño envoltorio—. Para nosotros un real no nos hace nada, pero para vosotros es una ayuda —y sin esperar respuesta, rápida y sigilosamente se perdió en la oscuridad.

Rafael quedó conmovido por el gesto de solidaridad y a mí se me saltaron las lágrimas. Rafael quiso darme la mitad, pero lo rechacé. Él estaba casado y tenía un hijo; yo estaba soltero y en casa no me faltaba un cacho de pan. Por otra parte no podía decir que los compañeros nos ayudaban, pues no hubiesen tardado en enterarse los ricos. Mi padre era un chivato; había odiado al padre de Rafael, más por envidia, que otra cosa, y no quería que yo me juntara con él. Yo sentía por Rafael un cariño muy grande desde la infancia; me repateaban sus ideas, pero nada ni nadie me separaría de él.

Mi padre, mi madre y mi hermana no paraban de calentarme la cabeza para que fuera a pedir trabajo; yo me negué. Las peloteras eran constantes por eso. También Antonia, la mujer de Rafael, insistía en lo mismo. Pero Rafael no pasaba por aquello. Yo sé que Antonia había hablado con el cura y algo le ayudaba por lo bajo. Mi hermana, que era amiga suya, me contaba que el cura quería ayudarle, que sólo tenía que ir a pedir trabajo, como lo habían hecho todos. Pero Rafael eso no lo hacía ni obligado por la Guardia Civil. ¡Menudo tío era!

IV

Dos meses después las cosas seguían igual. Estar en la plaza era insoportable porque no podíamos conversar con nadie. Pero estábamos seguros de la solidaridad de la mayor parte de ellos. La situación era angustiosa. Yo le decía a Rafael que nos fuéramos del pueblo, a Madrid, o adonde fuera; salir de aquella atmósfera asfixiante. Pero él decía que no. Antonia se lo decía también, pero nada.

—Ahora —nos decía— pagan el sello, la gente es más respetada. Si yo me voy, será el triunfo que ellos desean para volver a las andadas. Saben que ante cualquier injusticia los puedo levantar otra vez, porque no son idiotas y saben que los compañeros me quieren. Saben que los compañeros nos ayudan de vez en cuando, pero no les pueden coger in fraganti. Soy para ellos un peligro, una mosca cojonera. Pero esto, algún día, se arreglará. Sólo hay que tener paciencia y aguantar.

Un día, al volver de la plaza fuimos hablando qué íbamos a hacer aquel día para llevar un duro a casa. Decidimos ir al monte por una carga de leña. Aquel monte era de un cortijo situado a una legua. Los dueños tenían poco contacto con el pueblo, y el encargado, de vez en cuando, nos dejaba cortar leña o hacer un saco de picón. Sin embargo, no nos hacía gran favor. La leña era de raíces de árboles talados, y el picón, de las ramas que nacían pegadas a la base del tronco. Ambas cosas eran un beneficio para la finca.

Cuando entré en mi casa, Adela, mi hermana, estaba fregando el suelo de la habitación.

—Buenos días —la saludé, pues cuando yo me iba por las mañanas ella aún estaba en la cama. Pero no me contestó. Llegué a la cocina donde mi madre preparaba la merienda de mi padre.

—Buenos días, madre.

—Hola, hijo —me contestó dando un profundo suspiro. Mi padre entró procedente del corral, como si no me hubiese visto. Ni siquiera me miró. Cogió la tartera, la metió en las alforjas que llevaba al hombro, disponiéndose a salir con la misma actitud que había entrado. Para mí, aquella situación no era nueva. Desde que empezó el lío de los sellos se repetía a diario. Yo no soportaba ya tanta tirantez y tanta frialdad, y aquel día exploté.

—¡Bueno! ¡Pues estamos arreglados! ¡La niña no me habla, usted no hace más que suspirar y mi padre ni me mira! ¡Bonito cuadro!

—Hijo mío —dijo mi madre suplicante—. No busques más problemas, que ya tenemos bastante.

¡Pero, madre! —grité—. ¿Usted cree que se puede aguantar verles de morros todos los días?

—¡Tú tienes la culpa de que en esta casa no haya alegría! —gritó mi hermana—. El que mal anda, mal acaba. Eso te pasa a ti por juntarte con quien no debes.

—¡Ya estamos con el mismo son de todos los días! Tengo derecho a elegir mis amistades.

—Haces mal uso de ese derecho —intervino mi padre—. Sabes de sobra que ya desde niño no me gustaba que anduvieras con él.

—Rafael es bueno. Es mi amigo. ¡Mi único amigo!

—¡Pues buen amigo fuiste a elegir! —dijo mi hermana sarcásticamente—. ¡Es un loco, un chulo, un fanfarrón que le gusta sobresalir, ser el centro de todo!

—Ahora ya eras mayor de edad y sólo puedo aconsejarte —intervino mi padre—. Pero mira la situación que tienes y piensa un poco. Ese es un anarquista, como su padre. Por eso te prohibí que estuvieras con él.

—¡Qué anarquista ni qué narices! Es un hombre bueno, honrado y valiente. ¡Qué poco decía usted que era anarquista cuando nos sacó a todos las castañas del fuego!

—¡Eso fue una labor de conjunto, de todos en general! Entre todos lo logramos. Pero a él se apunta el triunfo, le gusta figurar, como a su padre.

—¿No fue él quien dio el primer paso cuando nadie se atrevía? ¡Que le gusta figurar! Lo que le gusta es hacer el bien a todo el mundo porque es un hombre bueno y de nobles sentimientos.

—Si de verdad tuviera buenos sentimientos —intervino Adela—, se compadecería de su mujer, de esa santa a la que va a matar a disgustos.

—¡Esa no es más que una ñoña y una beata, como tú!

—¡No insultes a tu hermana! —me reprendió mi padre.

—¡Pues que no insulte ella a Rafael! Si yo no tengo trabajo no es por culpa suya.

—¿No? ¿Entonces por qué todos trabajan menos tú?

—¡Porque en este pueblo no hay más que maricones! —exclamé furioso.

—¡Mira qué machote es él, hombre!

—¡Tú cállate y sigue fregando! —respondí.

—¡No me da la gana callarme!

—Bueno, bueno —apaciguó mi padre—. No chilléis, que se va a enterar toda la vecindad.

—¡El que chilla es él! ¿No ve usted que es otro gallito como su amiguito del alma? ¡Más te valiera que trabajaras y ganaras el jornal en vez de andar con ese!...

—Eso es lo único que os importa, que trabaje, que traiga dinero a casa. ¡Bastante os importaría mi amistad con Rafael si trajera todos los días dinero! ¡Maldito dinero! Estoy harto de este pueblo que se vende por dinero, que sólo piensa en el dinero.

—¡Mira qué rico! ¡Qué asco le da el dinero! ¿No te juegas todas las semanas tres pesetas en la quiniela soñando con hacerte millonario? ¿De dónde sacas ese dinero, si no lo ganas?

Aquella intervención de mi hermana me quedó paralizado. Era verdad que jugaba a las quinielas, que por aquellos años ya había salido, y el boleto costaba tres pesetas. No podía decirles de dónde sacaba el dinero porque hubiese delatado la solidaridad de los compañeros, que por otra parte disminuía cada semana.

—Sí; soy igual que todos. Pero si tengo ganas de dinero es para taparos la boca con dinero y que me dejéis vivir en paz. ¡Estoy harto de este pueblo, de esta casa, de vosotros!

—¡Pues la puerta la tienes abierta —replicó Adela— y la carretera, ahí al lado! No estarás muy harto cuando no te has ido ya. No tenías bastante con tu pierna, que aún necesitas más.

—¡Mi pierna me la rompí trabajando cuando sólo tenía siete años! ¡Siete años nada más!

—Mi madre intervino y reprendió a mi hermana.

—¡No vuelvas a decir eso que has dicho! ¿Me oyes? Él no tiene por qué marcharse de casa.

—¿Pero no lo ha oído usted? ¡Dice que está harto de nosotros! ¡Pero quién se ha creído que es éste mierda!

—¡Te digo que te calles! ¡Basta ya de discutir! Eso lo dice porque está disgustado. A él le duele más que nosotros no tener trabajo.

—¡Bueno! —resopló mi hermana. Y cogiendo el cubo salió a la calle a tirar el agua al arroyo. Mi padre tampoco quiso seguir discutiendo y se fue. Noté que había cambiado el gesto cuando hablé de mi pierna. Mi madre se me acercó y con gran ternura me dijo:

—No te pongas así, hijo mío, serénate. Ya se arreglarán las cosas poco a poco. Ya verás como don Anselmo nos ayuda.

Y me acarició las mejillas con ambas manos, arreglándome un mechón de pelos que me colgaba en la frente. El gesto cariñoso de mi madre me hizo abandonar mi estado irascible por la tensa situación. Aquel era un gesto que no tuvo conmigo nunca. Me quedé sin fuerzas, deprimido, y tuve que hacer fuerza para no llorar.

—Madre —susurré—. Ya no puedo más.

—Nosotros te queremos, hijo. Lo que te decimos es por tu bien. Ahora estás soltero y mientras yo viva no te faltará un trozo de pan. Pero algún día tienes que casarte. Rafael es fuerte y está sano. Tú tienes el defecto de tu pierna y eso te resta posibilidades para algunos trabajos. Tienes que tener cuidado y ser humilde. ¿Qué te cuesta ir a pedir trabajo? ¿No lo han hecho todos?

—A mi no me cuesta ir a pedir trabajo, pero lo que quieren es que me separe de Rafael. ¿Qué quiere usted? ¿Que le abandone yo también, para que se desespere y se pudra, o se tire a un pozo? No, madre. Yo le quiero como si fuera mi hermano. ¡Es mi amigo! El único amigo que he tenido en esta perra vida.

—En fin, hijo; no te digo nada más, ¿vas a salir a algún sitio hoy?

—Sí; voy a ir por una carga de leña.

—Te echaré un poco de merienda.

—Se fue suspirando a la cocina. Yo entré en mi cuarto para cambiarme de ropa. Ya, a solas, no pude aguantar más y me desahogué hartándome de llorar. Lo que más me humillaba era que me llamaran inválido. Estaba cojo, sí; pero trabajaba en todo como el primero, aunque me tuviera que esforzar más que los demás. Nadie me negó trabajo por eso nunca. ¿Por qué refregarme lo de mi cojera? Sólo era por la mala leche de mi hermana.

* * *

Un verano, después de la recolección de la cosecha en la era, yo trabajaba acarreando la paja al pajar del amo. Era un niño, sólo contaba siete años. Mi trabajo consistía en subirme al carro e ir extendiendo y tupiendo la paja que me echaban desde abajo. Al carro se le ponían cuatro palos, uno en cada esquina, de dos metros de altura, y en torno a ellos se colocaban unas redes que sobresalían por los cuatro costados. Yo tenía que repartir, tupir y remeter bien la paja entre las redes. Cuando el carro estaba lleno, yo me quedaba arriba para descargarlo al llegar a su destino, lo cual era más fácil, pues bastaba con desatar unas cuerdas y las redes se abrían, cayendo toda la paja de golpe; solo había que descargar la que quedaba en la caja del carro.

En uno de los viajes el carro cogió un bache y se inclinó de golpe hacia un costado. Yo, que iba arriba, salí despedido y caí. Me rompí la pierna derecha por encima de la rodilla. El médico me la escayoló. Pero a los diez días me entraron unos picores, cada vez más insoportables. Cogía un sarmiento y lo metía entre la escayola, me rascaba y así me aliviaba un poco.

Rafael frecuentaba poco mi casa, pero en aquella ocasión estaba conmigo todos los días para hacerme compañía. Me leía libros y me enseñó a leer y a hacer cuentas. Jamás olvidaré aquella prueba de amistad y de cariño. El único cariño que he tenido en mi perra vida. Una amistad que nada ni nadie fue capaz de destruir, por más que algunos lo intentaron. Sobre todo mi padre. El padre de Rafael era un activista y revolucionario. Hizo cosas muy buenas en el pueblo. Pero mi padre no le apreciaba.

Cuando los picores ya no me dejaban vivir, pues por las noches no podía dormir, ni dejaba dormir a nadie por los gritos que daba, le dije a mi madre que llamara al médico para que me quitaran aquello; pero no me hacían ni caso. Entonces cogí unas tijeras de podar de mi padre y me corté la escayola. Rafael me ayudó. Estaba totalmente negra por dentro de la cantidad de piojos que tenía, muchos de ellos muertos y pegados a la sangre seca de las heridas que me había hecho al rascarme con el sarmiento.

Llamé a mi madre a gritos y con zotal mataron todos los piojos. Mi padre y mi hermana se pusieron como fieras contra mí, y contra Rafael, por ayudarme. Mi madre me lavó la pierna y la vi llorar. Me abrazó y me dio un beso. Un rasgo de ternura que jamás volvió a repetir.

Muchos años después recordaba con nostalgia el día que mi madre me besó, y con gusto hubiera padecido los mismos sufrimientos a cambio de sus caricias. ¡Con lo poco que cuesta dar un poco de cariño y qué pobre he sido hasta en eso!

Me llevaron al médico para que me escayolara de nuevo, pero yo no quería ir ni a tiros. Les dije que ya tenía la pierna bien. Y para demostrarlo, me levanté y di unos pasos. En mala hora se me ocurrió tal osadía. La pierna se me quebró. Aunque me la escayolaron de nuevo, ya no quedó bien nunca. Tal vez si me hubiesen operado... Pero a pesar de ello, yo trabajaba en lo que fuera, con molestias, pero trabajaba.

Yo soy de los que piensan que cuando llegamos a la vida nos apuntan para un destino, como pasa en la mili. Yo estaba convencido que a mí me habían apuntado para pobre y desgraciado y por más que hiciera, nadie me iba a sacar de allí.

El trabajo del carro que he contado no fue el primero que hice. Ya, desde los seis años me ocupé de múltiples actividades. Pero una de las que más influyó en mi vida, o por lo menos, la que más tengo grabada en la memoria fue a los ocho años.

Yo trabajaba de pastor con un rebaño pequeño a las afueras del pueblo, en el ejido, o lejío, tierras comunales del Ayuntamiento cuyos pastos eran arrendados cada año por los carniceros que tenían rebaños de ovejas. Ya tenía el defecto de mi pierna. No sé si por ello me pagaban un sueldo, pues de eso era mi padre quien se encargaba. Pero me parece que sólo me daban la comida.

Por las mañanas sacaba el ganado y todo el día andaba con él, hasta anochecido. Me echaba el amo un mendrugo de pan y algo que les hubiera sobrado de la cena; pero poca cantidad. Para satisfacer mi siempre voraz apetito cazaba lagartos, los asaba en un poco de lumbre y me los comía.

Un día me descuidé un poco y el rebaño se fue a la orilla de un sembrado. En ese momento llegó el amo, y con una vara de olivo me molió a palos. Cuando pude liberarme de sus garras, salí corriendo, y llorando llegué a mi casa y se lo conté a mi padre, buscando protección y venganza. Pero mi padre se quitó el cinturón y me pegó una zurra tan grande como la que me dio el amo, por haber dejado que las ovejas se metieran en el sembrado y por abandonar después el trabajo. Me obligó a volver y a pedirle perdón al amo, prometiéndole que no me volvería a distraer. Ya nunca jamás miré a mi padre como padre. Por la lesión de mi pierna me libré de ir a la mili. También Rafael se libró por ser hijo de viuda.

V

Aquella mañana en que había tenido la trifulca en mi casa fuimos al monte por una carga de leña. En el camino, montados en los burros fuimos charlando. Rafael notó en mi cara que algo me pasaba. Fue directamente al grano.

—Has tenido disgustos en casa —yo me encogí de hombros como no dándole importancia; pero él insistió—. Tienes que plantearte la cuestión de una vez y para siempre, Sebastián. Estás sufriendo por algo que no has hecho, por algo que sólo yo he provocado. No es justo que tu pagues culpas que no te pertenecen.

—¿Y qué quieres que haga, que te abandone y te deje solo? No. Por encima de todas las cosas tú eres mi amigo. El problema de mi casa no es de ahora. Mi casa ha sido siempre un infierno para mí. Allí no hay hogar, no hay calor familiar; no hay afectividad. Por eso cuando niño estaba más tiempo en tu casa que en la mía. A tu padre yo le quería como si fuera mi padre. En tu casa se respiraba amor, alegría, felicidad. Yo creo que mi padre le envidiaba, le sentaba mal el que yo estuviera tanto tiempo allí.

Hubo una pausa mientras liábamos un cigarro caminando montados en los burros. De pronto le pregunté:

—¿Por qué no me has dicho nada de tus entrevistas con Senén?

Noté que aquella pregunta le sorprendió muchísimo. Me miró extrañado y un tanto desconcertado, pues aquello era un secreto muy bien guardado por él. Pero en mi pueblo no hay manera de hacer nada en secreto. No sé de qué forma, la gente se entera de todo y lo cotillea después.

—¿Cómo sabes que me he entrevistado con él?

—Lo sabe ya mucha gente. En este pueblo se sabe todo al instante.

—Sí; le he visto cinco o seis veces desde que llegó —hizo una pausa y prosiguió—: No quise decirte nada porque es un hombre muy marcado políticamente y no quería implicarte a ti. Bastante lo estás ya.

—¿Averiguaste algo de tu padre?

—No. Bueno, Senén no lo volvió a ver desde que salieron del pueblo. Pero ha iluminado una zona oscura que yo no conocía bien de mi padre. Recuerdo muchos de los jaleos que tuvo, de reuniones aquí y en otros pueblos; pero yo no tenía idea de lo que significaba todo aquello. Ahora tengo clara la figura íntegra de mi padre y conozco aspectos que yo ignoraba.

—¿Puedo saber yo todo eso, o me lo quieres ocultar?

Hizo una pausa; lo pensó; estuvo dudando. Al fin dijo:

—El saber eso no ha de perjudicarte. Por otro lado, tal vez me comprendas mejor a mí. Senén me ha dicho que soy una copia exacta de mi padre, pero después de lo que me contó, no lo creo. Mi padre era demasiado grande y yo no serviría ni para descalzarle.

—Ya estoy deseando que me cuentes esa faceta desconocida de tu padre. Lo que más grabado tengo en mi memoria era su faceta humana. ¡Era tan cariñoso conmigo!

Dos o tres meses antes de la muerte de Encarnita había llegado al pueblo un hombre llamado Senén. Yo tenía de él un vago recuerdo, pero se había borrado de mi memoria, hasta el día en que llegó. Pronto me enteré de que aquel hombre acababa de salir de prisión por motivos políticos. No era el primero ni el último en llegar de prisión por los mismos motivos. Rafael se interesaba por todos los que volvían. Les visitaba a todos con el mismo objetivo: preguntarles si habían visto a su padre o sabían algo de él. Nadie le había visto desde la guerra.

Senén influyó poderosamente en Paredes. Rafael fue el único que le visitó con frecuencia, aunque sus visitas las hacía de noche, a última hora. Parece ser que aquel hombre había sido compañero y amigo de su padre y era temido y odiado por los caciques, a pesar de que había cumplido su condena.

Yo nunca le pregunté nada a Rafael sobre aquellas visitas, pero sé que tuvieron sobre Rafael una poderosa influencia. Tal vez por eso se metió en el maldito embrollo de los sellos. Yo sentía curiosidad por conocer más a aquel hombre. Por eso insistí en preguntar a Rafael.

—¡Anda, cuéntame!

—Pues allá por el año 1930 un hombre que había sido desterrado por la dictadura de Primo de Rivera y expulsado de su tierra, fue confinado en este pueblo. Aquel hombre era aragonés, de un pueblo de Teruel. Le deportaron por causas políticas.

«Aquí, antes de llegar él, no existía nada político dentro de los obreros. Pasaba como ahora, que no se movía ni dios. Él iba a la plaza, se juntaba con todos y comentaba temas sociales de actualidad y hablaba de temas culturales en general. De política no hablaba nada al principio, pues la Guardia Civil estaba al acecho y cualquier chivatazo hubiese dado con él en el calabozo. Se tenía que presentar todos los días al cuartel.

»Los jornaleros se quedaban embobados escuchándole. Más tarde mi padre y Senén se reunían con él, muy en secreto, en la casa donde se alojaba y allí les hablaba de política en general y de anarquismo en particular. A éste hombre, de vez en cuando le visitaban forasteros y le traían periódicos, revistas y libros que los daba a leer a Senén y a mi padre.

»Así fue como el anarquismo se introdujo en el pueblo. La casa de aquel hombre era un ateneo para los trabajadores, que jamás habían ido a la escuela porque desde niños habían tenido que trabajar. Para mi padre fue una universidad, pues allí se formó y salió lo que después sería: un líder creativo en iniciativas sociales revolucionarias que asombraron, no solo en este pueblo, sino en toda la comarca donde se fueron difundiendo las ideas libertarias y el colectivismo agrario.

»Cuando aquel hombre se marchó al proclamarse la República, había quedado un fértil sedimento que dio abundantes frutos en la actividad social.

»En 1932 hubo una reunión en Medellín con gentes de varios pueblos con el fin de poner en práctica las ideas colectivistas que aquel hombre había traído. Entre los asistentes había obreros y muchos pequeños propietarios de tierras que no les daba para vivir y tenían que trabajar como jornaleros. Ante la idea de hacer una colectividad muchos se mostraron recelosos, pues no acababan de ver la utilidad de ponerlo todo en común, sino la inconveniencia de que iba a producir roces entre ellos. Pero en aquella reunión, los representantes de Guareña se decidieron a empezar. Se juntaron 450 trabajadores y pequeños propietarios y pusieron en explotación 650 hectáreas, algunas de ellas en arriendo y otras roturadas clandestinamente, sin el permiso de sus amos, por lo que la Guardia Civil iba y los echaban de la finca. Pero volvían de noche y seguían.

»Los resultados fueron tan espectaculares que al año siguiente la experiencia de Guareña se puso en práctica en Valdetorres, Mengabril, Medellín, Santa Amalia, Oliva de Mérida, San Pedro, Torre mejías, Zarza de Alanje, Villagonzalo, Almendralejos, y varios pueblos más, con excelentes resultados.

»Mi padre era el alma de todas aquellas comunidades, recababa información de otras regiones, como Aragón, Valencia, La Rioja, Navarra y Cataluña y de vez en cuando llegaban forasteros que inspeccionaban la marcha y estimulaban dando ánimos y transmitiendo experiencias similares en otros sitios.

»La reacción de la población era de lo más variada. Los ricos veían aquello, no como un sistema de trabajo y vida comunitaria, sino como una organización en la que se tramaban ideas revolucionarias para degollarlos. Esa tremebunda idea no era gratuita. Por entonces ya habían ocurrido hechos como los de Castilblanco, en el que la población mató a todos los guardias civiles del pueblo.

»El movimiento colectivista era pacífico. Pero los ricos no lo veían así. Estaban pendientes de las reuniones, de las concentraciones y las imaginaban como confabulaciones contra ellos. Y, claro, no paraban de criticar diciendo que los anarquistas eran los que ponían bombas, los que asesinaban; que eran terroristas, en una palabra. Y que si entonces se mostraban pacíficos era porque estaban tramando la revolución.

»Aquello, en efecto, era una revolución en sí misma, pues jamás se había visto un sistema igual, ni en España ni en el mundo. Allí no existía «lo mío y lo tuyo», sino lo de todos. Pero esa revolución pacífica no la vieron los ricos, ni siquiera el cura, que estaban obcecados en que aquellas organizaciones terminarían cortando el cuello a medio todos los ricos del pueblo.

»Los obreros y pequeños propietarios que no se habían incorporado a la comunidad, por el contrario, veían con envidia los resultados obtenidos y muchos se interesaban por saber qué hacía falta para entrar en las colectividades agrarias o para crear una nueva. Mi padre era el encargado de informar, de persuadir, de emocionar, de estimular a seguir el ejemplo de los libertarios. Y las colectividades agrarias se multiplicaban. Pero en el 34 empezó el bienio negro con el Gobierno de las derechas y todo eran dificultades, trabas y zancadillas. Aquello no solo produjo un freno para las comunidades agrarias, sino que algunos las abandonaron por miedo. Pero Senén y mi padre siguieron.

»Si la dictadura de Primo de Rivera quiso quitarse un problema desterrando a aquel hombre, les salió el tiro por la culata, pues gracias a eso entró el anarquismo en este pueblo.

»Los ricos de aquí odian a Senén, y le temen porque es un hombre con una grandísima cultura, que él mismo se ha ido haciendo. Es autodidacto».

—¡Arrea! ¿Y eso qué es? ¿Alguna enfermedad?

—No. Autodidacto significa hecho a sí mismo. Es decir, que no ha tenido maestros.

—¡Ah! Entonces, ¿yo soy un autodidacto también?

—Cuando estés hecho, cuando tengas cultura, cuando realices algo importante, sí.

—O sea, cuando sea un hombre hecho y derecho. Pues entonces, la jodimos, tía Paca. Porque hecho así, no lo voy a estar nunca, y lo que es derecho, con mi pata coja, ya ves.

—Pues todo eso es lo que me ha contado Senén.

—Parece un cuento maravilloso.

—Pero la guerra lo destruyó. Ten en cuenta, además, que la experiencia se puso en práctica en 1933 y al año siguiente vino el bienio negro, en que gobernaron las derechas. Por eso, aquellas comunidades no se pudieron desarrollar como las de Aragón, que habían empezado en 1931. Por eso, el anarquismo extremeño es menos conocido. Y por si fuera poco, esta gente quemó todos los documentos de las comunidades para borrarlas de la memoria histórica. Pero ahí está Senén para recordarlo. Por eso estos fascistas le odian y le temen. Está escribiendo sus memorias. Será una cosa buena, aunque nunca las podrá publicar, por la censura.

—Ahora no existe libertad. Ya ves, por pedir el sello, una cosa justa y legal, cómo nos tienen. Si intentaras hacer aquí algo de lo que hizo tu padre, o sólo predicar esas ideas en público, te fusilarían. Así, lo mejor es que te vean poco con él.

—No me verán mucho con Senén. Está enfermo, muy enfermo. El día menos pensado se nos va.

—¿Qué enfermedad tiene?

—Ni él mismo lo sabe. Creo que es la tuberculosis. Le han sacado de la cárcel para que se muera en su casa.

—¿Te ha dicho él eso?

—Sí.

—¡Qué pena de hombre!

Seguimos camino del monte. A mí, la historia del padre de Rafael me gustó, pero me llenó de zozobra e inquietud. Porque después de oírla estaba seguro de que los ricos la conocían bien, por haberla visto de cerca. Si Senén decía que Rafael era una copia exacta de su padre, cosa que yo no dudé nunca, lo mismo dirían los caciques.

Entonces fue cuando realmente calibré el problema en que estábamos metidos. Lo de los sellos fue el pretexto para hacernos un cerco asfixiante para que no tuviéramos otra salida que irnos del pueblo. Rafael no era un peligro, pues ya la Guardia Civil se encargaba de reprimir cualquier intento de subversión contra el orden establecido.

La presencia de Rafael en el pueblo era una afrenta para los ricos de siempre, y mucho más para los nuevos ricos, para los que se hicieron ricos en dos días a fuerza de robar, de rapiñar, de extorsionar obligando a que algunos les hicieran un contrato de venta de sus bienes bajo amenaza de muerte, y después de estar firmada la venta, pegarle un tiro, amparados en el poder político que el nuevo régimen les había otorgado. De los que se habían hecho ricos comprando pequeñas propiedades por una saca de harina o una arroba de aceite. De los que habían envilecido a muchas mujeres por sólo una comida. Y así, muchas otras tropelías. La presencia de Rafael, pareciéndose tanto a su padre, era para ellos un espejo donde se reflejaban todas sus miserias, todas sus bajezas, toda la indignidad de sus innobles corazones. Pensé que aquello iba para largo y se me esfumaron las esperanzas de que pasado algún tiempo volvería la normalidad.

Lo que no me explico es por qué no fueron más duros con Rafael al movilizar a la gente a una huelga. Por mucho menos que eso iba entonces un tío derecho a la cárcel, o deslomado de una paliza en el cuartel. Eso estaba muy castigado por el Régimen. Más tarde comprendí quién era nuestro escudo protector: El cura, don Anselmo. Él no había cometido las tropelías de los otros, pero no se opuso a ellas ni jamás lo denunció. Yo creo que se sentía culpable por omisión, y trataba por todos los medios de favorecer a Rafael, como si cada cosa que hiciera por él le sirviera para redimir sus culpas pasadas.

Pero Rafael no era amigo del cura, sino, más bien, lo contrario. Sin embargo, don Anselmo, en la sombra, le protegía y ayudaba en secreto a su mujer, Antonia, llevándole donativos en dinero o especias. Pero de todo esto Rafael no sabía nada. Ni yo, hasta que me enteré más tarde por el sindicato del cotilleo.

Pasamos toda la mañana cavando la tierra alrededor de un tronco talado para apoderarnos de la leña. Aquel trabajo costaba el doble del producto que obteníamos, por eso los dueños de la finca no pagaban jornales por arrancarlo y nos permitían hacerlo gratis, con lo cual se beneficiaba el terreno. Pero, al fin y al cabo, suponía un dinero que ganar, aunque penoso.

También nos dejaban hacer picón con las ramas que surgían pegadas en la cepa del tronco. Así les quedábamos limpias las encinas de ramas parásitas.

Al medio día paramos a merendar. Nos sentamos debajo de una encina y abrimos las tarteras. Rafael llevaba un puñado de aceitunas y un trozo de pan. La mía no era más suculenta.

Comimos lo que había, y de postre, como complemento, unas bellotas asadas en una lumbre que encendimos. A las bellotas les hacíamos un corte para que no explotaran al hincharse y romperse la cáscara. Las bellotas asadas, y sin asar, nos habían matando el hambre muchas veces. ¡El hambre! ¡Siempre con el hambre a cuesta! Recordé una cosa que no se la había contado a nadie; ni siquiera a Rafael.

Yo tendría 10 años o poco más. Estaba trabajando de peón con un albañil haciendo unas cuantas chapuzas en una casa en la parte de las cuadras. La casa era de un labrador. Tenían una zahúrda con cuatro cerdos que estaban cebando para la matanza. El maestro albañil me dijo:

—Sebastián, ¿tienes hambre?

—¿Que si tengo hambre? ¡Qué preguntas me hace usted! ¡Estoy desmayado siempre! ¡Nunca me he hartado de comer!

—¿Te gustaría hartarte de carne unos cuantos días?

—¡Claro que sí!

Yo puedo hacer que comas carne. Pero me tienes que guardar el secreto. Mira que si nos descubren, voy a la cárcel.

—¿Quiere usted robar?

—Sí, y no. Bueno, sí, pero no.

—Explíquese usted.

—¿Ves esos cuatro cerdos? Pues ese más chico amanecerá muerto mañana y me lo darán a mí para que lo entierre en secreto en el campo.

—¿Y por qué se va a morir?

—Ese es nuestro secreto.

Y, efectivamente, aquel cerdo se murió. El dueño estaba disgustado. Si se lo decía al veterinario era capaz de hacérselos matar todos inmediatamente por sospecha de epidemia de triquinosis. O por lo menos, hasta que lo averiguara, ponerlos en cuarentena y hacer cundir la alarma en el pueblo. El maestro le dijo que él se lo podía llevar y enterrarlo sin que nadie supiera nada. Y el dueño se lo pidió por favor. Aquella misma noche fuimos los dos y nos llevamos el cerdo metido en un saco. No era muy grande. No pesaría más de veinte kilos. Lo llevamos a su casa y allí lo descuartizó. A mí me dio un jamón y él se quedó con el resto. Pero antes de irme le pregunte:

—¿Se puede comer esta carne sin miedo?

—Con toda tranquilidad, pero con todo sigilo. Esto no lo debe saber lo nadie.

—¿Y no puedo saber yo por qué se ha muerto? Me da miedo comerla.

—No tengas ningún miedo. Este cochino lo he matado yo. ¿Recuerdas que ayer por la tarde cuando los echaron de comer te dije que me hicieras una gaveta de yeso? Pues era para mezclarla con la masa de harina de cebada. El yeso, al endurecerse taponó el estómago y los intestinos —y sacando las tripas del cerdo me las mostró: estaban duras como piedras—. Hice que se la comiera éste, pero que no la tocaran los demás. Después lavé el dornajo para hacer desaparecer los restos de yeso. Si se enteran de esto nos denunciarán y vamos derecho al cuartel.

Salí de casa del albañil con mi jamón envuelto en un saco de papel de los del yeso de la obra, sin saber qué hacer con él jamón. Me fui a un viñedo que estaba cerca del pueblo y, como la tierra estaba blanda, hice un hoyo. Si hacía lumbre para asar la carne me verían. Así que me la comí cruda. Tenía tanta hambre que me supo a gloria. Después enterré el resto.

La noche siguiente volví con un poco de sal y comí. Así durante varios días. Pero una noche, al ir a comer vi a un perro vagabundo y esquelético comiéndose la carne. Traté de ahuyentarlo, pero huía sin desprenderse de la pieza. A pedradas, corriendo tras él conseguí que la soltara. Se la había comido casi toda y apenas sí quedaba el hueso pelado.

Rebañé con los dientes lo que quedaba; pero ya olía y sabía mal porque estaba casi corrompida. Le entregué el hueso al perro, que me miraba con envidia, suplicante. Aunque le ofrecí el hueso, no se fiaba, pues antes le había apedreado. Lo dejé en el suelo y me fui. Y mis comilonas de carne se acabaron.

Abstraído en mis recuerdos no me había fijado en Rafael que estaba sentado a mi lado con la mirada triste y meditabunda, contemplando las llamas. Le noté demacrado, con ojeras. Era un hombre al que nunca le oí quejarse, pero yo sabía lo que estaba sufriendo.

—¿En qué piensas? —le dije.

—¡En tantas cosas!... —hizo una pausa y prosiguió—: Tú has leído el evangelio. Bueno, te lo he leído yo.

Aquello fue tan sorprendente como inesperado para mí, pues jamás pensé que a él le pudiera interesar el evangelio, aunque sí es cierto que me leyó algunas cosas cuando estaba con la pierna escayolada, hacía ya muchos años.

—Sí —le dije—. Los únicos libros que he leído me los has leído tú. Tengo uno que me dejaste y me es muy útil. Cuando estoy desvelado me pongo a leer y en la segunda página ya me quedo frito. Pero ese libro que dices, no lo recuerdo bien. Nunca he ido a misa; lo poco que sé leer y escribir me lo enseñaste tú.

—Yo tampoco he ido nunca a misa. Pero tengo uno que tenía mi padre. Uno de los pocos libros que, por temor, no quemó mi madre. Mi padre me dijo que era un libro muy interesante y que debía leerlo. Lo leí cuando chico, cuando iba a la escuela, pero lo había olvidado. Ahora Senén me lo ha recordado y he vuelto a leerlo. Jesucristo fue un gran hombre que luchó por la libertad del pueblo. Por eso le asesinaron.

—¿Senén cree en Dios?

— No. Él dice que Dios es una idea que la gente se inventó. Unos lo llaman Dios; otros, Alá; otros, Buda... Y en todos los casos sirve para adormecer la conciencia de los pueblos. La angustia de la criatura humana oprimida se refugia en algo superior del que espera protección. Y mientras más atrasados son los pueblos, más se refugian en la religión. Si de verdad existiera un Dios todopoderoso el mundo no estaría como está.

—Pues yo le he oído decir a mi hermana que Jesucristo y Dios eran la misma persona.

—Eso no es más que un cuento de los curas para mantener al pueblo amordazado con la resignación.

—Yo de eso no sé nada. Nunca me ha preocupado. Pero los pobres no vamos a misa; sólo van los ricos. Y los ricos siempre van donde hay negocio. La religión debe ser un negocio de cojones. ¿Tú no ves cómo viven los curas? A mí, porque me da vergüenza y no sé cómo entrar; pero me gustaría tener relación con don Anselmo. Los curas tienen mucha influencia.

—¡No seas borrego, Sebastián! Si pides algo a los curas o a los ricos tienes que estar siempre agradecido y eso te coarta la libertad para ser tú mismo.

—Pues yo creo que algo tiene que haber por encima de nosotros, se llame Dios, o el sol, o la luna, o lo que sea.

—Tú puedes creer lo que quieras. Pero para mí solo existe la Naturaleza y el hombre. Como me ha dicho Senén, la Naturaleza tiene sus leyes y los hombres, las suyas. Las ovejas nacen con lana y los pájaros con plumas; los niños de los pobres están desnudos y pasan frío. Los pájaros y los peces tienen cuanta comida necesitan; los pobres pasamos hambre. Los animales nacen con unas defensas para protegerse; la defensa del hombre es su inteligencia; los pobres no tenemos acceso a la cultura.

—¿Y para qué queremos la cultura los pobres? Para trabajar de jornalero no hace falta ir a Salamanca.

—¡Qué ignorante eres, Sebastián! En fin, te contaré otras cosas que me ha dicho Senén. En la Naturaleza no hay propiedad privada, lo que hay en la Naturaleza es para todos los seres que la componen, animales y vegetales; en las leyes de los hombres existe la propiedad privada, el acaparamiento, la acumulación, el acopio sin límites. Ahí radica el mal de la sociedad. Pero ese mal se puede destruir mediante la lucha de los trabajadores, de los pobres. Y esa lucha es un deber sagrado para nosotros, Sebastián, y para todo hombre que tenga un mínimo de honradez y decencia.

—No, si a mí eso de la lucha me parece bien; pero es que no nos dejan. ¡Ah si nos dejaran!

—¿Cómo quieres que nos dejen? Se sublevaron contra la República precisamente para atarnos y amordazarnos.

—Pues tienes razón, pero los ricos tienen la sartén en una mano y en la otra la Guardia Civil, que vela por sus intereses.

—¡Los ricos! He ahí el problema. Todo rico es un ladrón. Eso lo dice el evangelio. Y no veas la forma como Jesucristo los atacaba. Por eso se lo cargaron. Todos los seres humanos tienen derecho a vivir y a gozar de todos los bienes de la Naturaleza, pero unos cuantos se han apoderado de todo.

—Entonces, tú crees en Jesucristo, pero no crees en Dios. Sin embargo, mi hermana dice que Dios y Jesucristo son uno solo y los curas dicen que son tres. ¿Tú entiendes eso? ¡Esto es un lío!

—¡Claro que es un lío! Todo en la religión es misterio, y el misterio no deja paso a la razón. La religión es un insulto a la inteligencia. Los curas —como dice Senén—, sólo tienen cara dura y muchas contradicciones. Jesús vino a estar con los pobres; los curas están con los ricos y a los pobres no nos quieren ni ver. Bastante hacen con enterrarnos cuando morimos.

—Eso serán algunos. Don Anselmo es buena persona y hace muchas obras de caridad con los pobres. Visita a los enfermos y les lleva cosas para comer.

—Lo que hace es llevarles las migajas que los ricos le dan. ¡Eso es denigrante! Es acostumbrar a los pobres a someterse a la caridad de los ricos, en aceptar su condición de parias en vez de rebelarse. Eso es matar el espíritu de lucha, lo más noble que tiene el hombre, porque ese espíritu le lleva a superarse, a enaltecer su dignidad, a reclamar una sociedad en la que todos los hombres sean hermanos iguales y tengan el mismo derecho a disfrutar de los bienes de la Naturaleza y de la sociedad. Por eso hay que luchar.

—Eso está muy bien; pero mientras se lucha no viene mal que te den un pan o una manta. Yo lo único que sé es que los curas tienen mucha influencia. A mí me gustaría tener una recomendación suya para colocarme en Madrid.

—Sebastián —dijo mirándome de una forma especial, muy conocida por mí. Y como sabía lo que iba a decir, que era siempre lo mismo, yo me adelanté:

—¡Lo sé, lo sé! Tengo espíritu de borrego. Pero el estómago lo tengo de persona. Tenemos que pensar en nuestro porvenir, Rafael. Yo no quiero pasarme la vida arrancando raíces y pasándolas canutas. Aquí en el pueblo ya sabes lo que nos espera: puta miseria y vivir gracias a la confianza de los comerciantes que te dan fiado. ¿De qué me vale a mí el que Jesucristo fuera amigo de los pobres y que viniera a salvar al mundo, como dicen las beatas?

—No puedo responderte a eso. No lo sé. Ya te he dicho que ese libro lo leí en la niñez y lo conozco superficialmente. Pero recuerdo que mi padre me dijo antes de irse a la guerra que lo debía leer. También Senén me habla bien de ese libro. Algo bueno tendrá, pero yo no he descubierto el mensaje. Nadie predicó antes que él el amor a los pobres. Eso distingue a Jesucristo de los demás hombres de la Historia. Eso es lo que dice Senén.

—A mí, eso del mensaje me la trae floja. Yo lo que quiero es que el cura, que tiene mucha influencia, me dé una recomendación para colocarme. Lo demás me tiene sin cuidado.

—Ve tú, si quieres. Pídele al cura una recomendación. Mi porvenir está aquí, en el pueblo. Si me voy ahora, los compañeros lo verán como una derrota colectiva y un triunfo de los ricos. Ellos tienen trabajo, pero son más esclavos que nosotros. Quiero demostrarles mi libertad. Y seré libre mientras haya leña en el monte, peces en el río y pájaros en el aire. Ahora todos tienen miedo, están sometidos; pero también tenían miedo cuando pedimos los sellos, y lo superaron, y vencimos. Así, con lucha permanente conquistaremos lo que nos pertenece. Ese es mi porvenir, Sebastián: el porvenir de todos, no el mío sólo.

—Tú vives en las nubes. Eso que tú dices es algo que nunca se podrá lograr. Eso es muy duro para mí.

—También lo es para mí. No creas que no sufro. Sobre todo, y eso es lo que más me duele, por mi mujer. Ella no comprende este ideal que llevo dentro de mí.

—Tu mujer piensa de manera distinta a ti. ¿Es que ella no tiene derecho a pensar de otra forma? ¿Tú crees que tienes derecho a sacrificarla a ella por tu ideal?

—Sí.

—Eso es sacrificar a una persona en contra de su voluntad. ¿Por qué la tienes que obligar a ella a opinar y actuar como tú? Tú, que tanto amas la libertad...

—Sí, es cierto. Pero la libertad no puede ser individual, sino es, al mismo tiempo, colectiva, de todo el pueblo. Cuando un pueblo es libre, todos los ciudadanos lo son. Y ese es un esfuerzo exigible a todos, porque es el destino de todos. La gente que no tiene conciencia plena de su dignidad no tiene autoestima. Es por eso que descubrir la propia dignidad es como encender una luz en una oscuridad tenebrosa. Senén me lo ha dicho.

—¿Sabes la sensación que me da oírte hablar de Senén? Me parece que es como si tu padre hubiera resucitado. Sólo te faltaba a ti que apareciera el dichoso Senén para complicarnos la vida más de lo que la tenemos. Admiras demasiado a Senén.

—Es verdad. ¡Senén me recuerda tanto a mi padre! Es un gran hombre. No parece un ser humano normal y corriente. Tan delgado y tan pálido por la enfermedad, parece un espectro, un ser de otro mundo. Para mí es como un dios.

—Bueno, sigue con el rollo que ibas diciendo.

—El exigir libertad cuesta sacrificio y dolor. Pero a la gente le duele más el remedio que la enfermedad. Cuando un niño está enfermo y tiene anemia hay que pincharle hierro. Pero él, en su ignorancia, no conoce su enfermedad, no sabe lo que le pasa, y lo que le duele es el remedio, los pinchazos, que son los que le van a curar. Exactamente igual que el pueblo: no sabe lo que le pasa, no conoce su enfermedad, que es la alienación, y no teme a la enfermedad, sino a los pinchazos; es decir, a la toma de conciencia para luchar y conseguir la promoción colectiva; pero a enfrentarse con los que le explotan le temen más que a la salvación. La clase obrera necesita gente desinteresada y sacrificada dispuesta a luchar por una nueva sociedad. Mi padre era así. Senén es así.

Rafael había dado un salto cualitativo, una profunda transformación a raíz de la aparición de Senén. Le adoraba. Le quería tanto como a su padre. ¡Sólo le faltaba a Rafael que alguien como Senén le viniera a estimular en sus ideas!

Yo, que sólo había visto a Senén una o dos veces, y de lejos, estaba deseando conocerle más a fondo. Pero sólo por curiosidad, porque para mí todas esas historias de luchas, no digo que me dejaran frío, me producían dolor de cabeza y miedo.

—Pues yo, ¿qué quieres que te diga? A mí eso no me va. Tus ideas son bonitas; me gustan. Pero los tiempos de tu padre eran otros y sus ideas no cuajan hoy, entre otras razones, porque están muy perseguidas. Eso de la lucha está bien. ¿Tú no ves lo ricas que están las bellotas asadas? Son muy buen alimento y nos han quitado mucha hambre a veces. Pero sacarlas de la lumbre te producen quemaduras, o por lo menos, escozor. Pues el que quiera bellotas asadas que se las saque del fuego él. Mi abuelo me decía que a todos los hombres, cuando nacen los montan en un burro. Yo me tiré hace tiempo. ¿Por qué no te apeas tú también?

La filosofía de mi abuelo le hizo gracia a Rafael, y riendo nos levantamos para continuar la faena.

* * *

VI

Antonia, la mujer de Rafael, tenía cuatro años menos que él. Cuando era moza estaba muy bien, era guapilla y hermosota. Un poco simplona, eso sí; pero su simplismo le daba cierto encanto. A mí, particularmente, que siempre tuve que soportar a mi hermana, que para mí, venía para macho, pero en el camino se hizo hembra, me gustaba ese tipo de mujer modosita, calladita, humilde. Pero a mí, no sé por qué fatalidad del destino, siempre me ha tocado bailar con la más fea, cargar con cosas que no me han gustado y verme envuelto en líos que, no solo no deseé, sino que por todos los medios traté de evitar. Eso me ocurrió al elegir novia. Claro, que aquello estaba condicionado por varias cosas: por mi complejo de la pierna y mi amistad con Rafael. Éramos tan amigos, nos gustaba estar siempre tan juntos, que hasta en el noviazgo se buscó la forma de no separarnos. Antonia y mi novia eran amigas y siempre iban juntas. Él se arrimó a Antonia y yo le acompañaba poniéndome al lado de la otra, la que después fue mi novia, pero sin intenciones, entonces, de hacerme novio. Iba con ella por la costumbre.

La costumbre que había en mi pueblo para hacerse novios era un rollo de mucho cuidado. Desde el primer contacto de los jovencitos hasta el día de la boda, se sucedían una serie de acontecimientos, ritos y ceremonias que constituían todo un espectáculo. Un espectáculo idiota, pero espectáculo al fin, en el que de forma directa o indirecta participaba todo el pueblo, pues el cotilleo era el placer morboso que a todos apasionaba. Todo el mundo se enteraba al instante hasta del más leve suceso que le ocurriera a alguien. Y mucho más en los asuntos amorosos.

La elección de la novia se hacía en el paseo. El paseo era la plaza del pueblo y consistía en dar vueltas y más vueltas alrededor. Los mozos paseábamos en sentido inverso a las mozas. Esto permitía que a cada vuelta los futuros pretendientes se examinaran mutuamente con el rabillo del ojo, mientras que los que estaban ya a punto de dar el paso recibieran achuchones y ánimo de sus compañeros y amigos para que pasara al ataque, diciéndole: «¡Vamos, que ya te ha mirado!».

En el caso de que fueran dos o tres amigas juntas, se colocaban en los extremos aquellas que habían visto en el paseo a quien el decir de la gente, la quería, y las amigas le advertían que era mirada con pasión por él. Este «decir de la gente» era un punto importante y tenía su fundamento. Los rumores de que una pareja se quería corrían en torno a la insistente mirada a una muchacha por parte del pretendiente, o bien por un comentario de éste sobre ella. Pero la gente, antes de dar rienda suelta a sus cotilleos, analizaba la posición económica de los futuros amantes. Eso se miraba mucho, sobre todo en los labradores, funcionarios y artesanos, pues cada cual procuraba que su futuro consorte estuviera en mejor posición que él, y si lo conseguía, se decía que había dado un braguetazo él, o muy buena boda, ella.

Esto entre gente de mi clase no se miraba tanto, porque estábamos todos pelados. Pero también era comentado entre vecinos y amigos. Cuando la gente veía que el noviazgo era posible por ambas partes, ya que el uno no desmerecía económicamente del otro, los rumores pasaban a comentarios directos. Las amigas de ella le hablaban de él, de su forma de mirarla, de su arrogante figura, de sus virtudes como trabajador, de los comentarios de la gente acerca de lo bien que cuadraba la pareja.

Por su parte, los amigos de él le hablaban de ella, de lo buena que estaba, de su caída de ojos, de lo modosita que era, de su buena disposición como mujer de su casa y, sobre todo, de que nadie antes que él había gozado de la fragancia de sus primeros amores y, por fin, para que decidiera, de la convicción firme de que no le daría calabazas, rematando con aquello de que de ningún cobarde se ha escrito nada.

Con esta predisposición por ambas partes, sólo se esperaba la oportunidad, para lo cual ella facilitaba el camino poniéndose en un extremo del grupo, si es que iban más de dos, indicando con ello al ardiente donjuán que ya tenía libre el paso para el inicio formal de las relaciones amorosas.

Mas no bastaba con esto para que el mozo se decidiera. Uno de sus amigos debía acompañarle para que al otro extremo distrajera la atención de las otras, pues el sentirse observado y, sobre todo, oído por ellas, le producía un gran nerviosismo.

Por supuesto, a la amiga que le tocaba pasear con el otro se prestaba a ser acompañada por el furtivo galán, sin por eso considerarse pretendida por él. Era un requisito que también otro día ella iba a precisar para idéntico menester.

Por fin, después de aplazar una y otra vez para la próxima vuelta el arrancarse definitivamente, se acercaba a ella aturdido por los agitados golpeteos de su amante corazón. Él, que durante días había ensayado lo que tenía que decir para empezar la conversación con una frase original e ingeniosa, acababa, inexorablemente por decir una gansada, lo que contribuía a ponerle más nervioso aún. Sin embargo, dicha tontería, tenía la virtud de tranquilizarle a ella, que igualmente durante días había estado pensando la respuesta genial, que tampoco sabía dar. Es por eso por lo que la bobada de él —que por otra parte le gustaba, pero no por eso dejaba de reconocer que era una memez— la tranquilizaba a ella por no sentirse obligada a contestar con una frase que no encontraba.

A decir verdad, sólo esa noche y las que la habían precedido tenían interés y emoción. Pasado ese día, lo demás era aburrirse dando vueltas y vueltas a unas plantas que el Ayuntamiento se empeñaba en hacer pasar por jardín.

Sin embargo, todo eso no era más que el prólogo. Durante algún tiempo más o menos largo —eso dependía de la edad y de las prisas que tuvieran por casarse—, el contacto se reducía al ámbito de la plaza, y allí mismo, llegada la hora, se despedían.

Pasado algún tiempo ya él la acompañaba hasta la esquina más cercana a su casa. Más tarde se ponían ya en la puerta un buen rato pelando la pava. Pero sin entrar en casa aún.

Hasta aquí el noviazgo era sabido y consentido por las familias, pero no reconocido oficialmente. Para ese reconocimiento oficial se montaba todo un espectáculo. A esta ceremonia en mi pueblo se le llamaba «hacer la pregunta». Las familias se ponían de acuerdo y, en el día convenido, la familia del novio iba a casa de la novia. Se reunían todos los familiares: padres, hermanos, tíos, primos, etc. Y como iban todos juntos por la calle, parecía una procesión sin santo y sin cura. La gente se asomaba a cotillear. En la casa de la novia también se juntaba toda la familia de ella y se hacía un banquete. El banquete era por lo general, en gente de mi clase, unos pestiños borrachos y una botella de anís de garrafa. En la de los ricos hacían caldereta y bebían buenos vinos.

«Hacer la pregunta» consistía en preguntar a los padres de la novia si aceptaban las relaciones formales y si su hijo podía entrar en casa en lo sucesivo. Pero al final nadie preguntaba nada. La ceremonia en sí era la pregunta y la respuesta.

Cuando me tocó a mí hacer la pregunta lo pasé mal, me dio mucha vergüenza. Y daban ganas de salir corriendo, pero me abstuve de tan peregrino intento, pues el escándalo hubiese sido de aúpa. ¡Si yo en el fondo no quería a mi novia! Pero, por otra parte, ¿qué otra cosa podía hacer? No estaba enamorado. ¿Pero yo qué sabía lo que era el amor? Había que echarse novia; había que casarse; era ley de vida. Total, ya digo. La «pregunta» me resultó larguísima. Menos mal que era una pregunta —pensé para mí—. Si llega a ser un interrogatorio... ¡Y todo eso para hacerse novios!

Ahí ya estabas cogido en la trampa. Si después de hacerse novios formales el novio la dejaba, el follón que se armaba entre las familias era de aúpa. La cosa no era tan grave si era ella quien tomaba la decisión; pero si era de él, la muchacha ya tenía difícil volver a tener novio, pues nadie quería ser plato de segunda mesa. En tal caso, era un forastero el que cargaba con la compuesta y sin novio.

La última ceremonia antes de la boda era la de «llevar el dinero». Es decir, la pedida de la novia. Pero más que pedida, hubiesen debido llamarla venta de la novia, como hacen los moros. El rito en sí era igual que el de la pregunta, pero ese día, la familia del novio y los familiares llevaban la dote y el dinero para la boda.

Antes de pasar a comer, un familiar de la novia iba recogiendo el dinero que cada uno entregaba y lo iba cantando, como en el sorteo de la lotería. Al final se sumaba todo. Si la cantidad era del agrado de los padres de ella, éstos aplaudían y se pasaba al convite; pero si no era suficiente, según su criterio, exclamaban indignados que su hija valía mucho para tan poco dinero; que lo cogieran y se marcharan. De estos casos no es que se dieran a troche y moche, pero yo conocí dos, pero no de gente de mi clase, sino de clases acomodadas.

En fin, tanto lío para soportar durante toda la vida la pesada carga de un matrimonio mal avenido, como le ocurrió a mi menda lerenda.

Rafael estaba enamorado de su mujer, eso lo puedo asegurar. Pero el asunto de los sellos vino a ensombrecer su matrimonio. Ella insistía en que fuera a pedir trabajo, como lo habían hecho los demás, pero Rafael no pasaba por el aro. Y claro, en casa se pasaba hambre y todo eran discusiones por lo mismo. Exactamente lo que me ocurría a mí con mi familia.

Pero las riñas de Antonia con Rafael eran transitorias por la situación a que había llegado por el maldito embrollo de los sellos. Desde que se casaron todo fue paz y felicidad entre ellos. Y mucho más, cuando nació el niño. Era un matrimonio bien avenido y se querían. En cambio, en mi casa, el asunto de la huelga sólo fue una piedra caída de un edificio ruinoso. Jamás conocí el cariño, la ternura, el calor del hogar. Sólo mi madre, en muy contadas ocasiones me hizo alguna caricia.

VII

Cuando volvimos del monte aquella tarde que fuimos por leña, en el camino, cerca del pueblo, nos tropezamos con el cura. Don Anselmo era un hombre de setenta y tantos años. La gente le quería. Hacía muchas obras de caridad, visitaba a los enfermos, aunque fueran pobres. Yo nunca había tenido trato con él, nada más que decirle adiós, como a todo el mundo. Que yo sepa, jamás antes había tenido contacto con Rafael. Con su padre sí lo tuvo cuando la República, pero discusiones, no contactos afectivos. A mí me caía bien el cura. Nos vio llegar y, cerrando su breviario, nos saludó muy sonriente:

—Buenas tardes, muchachos. ¡Buena carguita de leña lleváis!

—No está mal, don Anselmo —le dije yo con la mejor de mis sonrisas—. A falta de otra cosa, algo hay que hacer para ganar los garbanzos.

—¡Hola, Rafael! —le dijo a mi amigo, pues éste no había contestado al saludo.

—Hola —dijo Rafael secamente.

—Te veo un poco triste.

—¡Qué raro! —contestó con cierta ironía—. Pues no tengo ningún motivo.

—Don Anselmo también captó su mordacidad, y acercándose a él le dio un golpecito en la espalda.

—¡Levanta el ánimo, hombre! Ya verás como todo se soluciona. Y antes de lo que te imaginas.

—Yo nunca pierdo la esperanza.

—¡Muy bien! ¡Así me gusta, muchacho! —miró los burros cargados y me preguntó—: ¿Tenéis ya vendida la leña?

—No señor, no —dije yo—. Ya buscaremos a alguien que nos la compre.

—Ya tenéis comprador. Llevadla a mi casa directamente.

Ni siquiera ajustamos el precio. A mí no me importaba, pues sabía que nos la pagaría muy bien.

—Pasaros esta noche por mi casa a cobrar. Además, tengo que hablar contigo, Rafael. Con los dos. Tengo cosas muy importantes que comunicaros; estoy seguro que os alegrará.

Yo me alegré por adelantado sin saber lo que nos iba a decir. En muchas ocasiones tuve la tentación de ir a pedirle una recomendación para irme a trabajar a Madrid, pero no me atrevía. Él mismo me facilitó el camino. ¡Menuda suerte!

—¿No me las puede decir aquí? —dijo Rafael, sin pizca de entusiasmo.

—Por poder, sí. Pero prefiero que charlemos tranquilos en casa, sin prisas. Nos tomaremos una botella de vino entre los tres.

—No sé si podré ir —se excusó Rafael.

—¡Sí que podremos! —dije yo con vehemencia, pues por nada del mundo quería perder aquella ocasión de hablar con don Anselmo—. ¡Esta noche no tenemos nada que hacer!

—Podéis ir anochecido, cuando yo termine de rezar el Rosario. Así estaréis libres después.

—¡Sí señor, sí! —le dije yo— ¡En cuanto termine usted el rosario, estamos en su casa! ¿Verdad que sí, Rafael?

—Está bien, iremos —dijo de mala gana—. Pero me gustaría saber para qué.

—Ya te lo he dicho antes. Tengo proyectos. Varios proyectos y posibilidades para vosotros.

—¡Estupendo! —dije yo frotándome las manos.

—El más urgente es para el domingo. Organizan una cacería en Zarzarromero y necesitan ojeadores. Ya hay varios que irán. Yo he conseguido que vayáis vosotros. Y Senén también. No es más que un día, pero esa gente paga bien.

—No cuente usted conmigo —le cortó Rafael—. No iré.

—¿Que no cuente contigo? —exclamó el cura sorprendido. A mí me ocurrió igual. No sabía por qué había dicho eso.

—¿Qué dices?

—He dicho que no cuente conmigo; no quiero ese tipo de trabajo. Yo no soy un espantapájaros para divertir a nadie.

—¡Deberías pensar más en tu mujer y tu hijo! —le increpó el cura—. ¡Te sientes humillado por ese trabajo, que otras veces has hecho, sólo por tu odio a los ricos! ¡Pero tu mujer y tu hijo están por encima de tus conceptos, porque son seres que necesitan comer y vivir!

«¡Muy bien!» —dije yo para mí.

—¡Yo hago trabajos de hombres: siego, vendimio, podo, aro, o subo material a los albañiles! ¡Pero no quiero ser un monigote para que esa gentuza se divierta pegando tiros! ¡Tengo mi dignidad!

—Eres tan anarquista como tu padre.

—¡Mi padre era un hombre honrado! —gritó.

—Yo no digo que no fuera honrado, pero...

—¿Qué tiene usted en contra de la pureza y la integridad de mi padre?

—Nada, nada. No quiero discutir.

—Usted no le apreciaba porque atacaba a la religión.

—Te equivocas. Yo siempre le aprecié, era él quien me atacaba diciendo que era defensor de los ricos y adormecedor de la conciencia de los pobres.

—¿Y no es verdad eso?

—¡No! ¡De ninguna de las maneras! ¡Rechazo esa acusación!

—Bueno; mejor será no seguir hablando.

—¡La iglesia es la casa de Dios y está abierta a todos los hombres de buena voluntad!

—¿Y éstos ricos del pueblo, que se sientan en las primeras filas, son hombres de buena voluntad?

—Todos tenemos defectos, hijo. Yo predico el amor y la paz entre los hombres.

—¡Bonito amor y bonita paz la de los hambrientos junto a los poderosos!

—Hoy nadie pasa hambre en este pueblo.

—¡Yo! ¡Yo paso hambre! ¡Y mi mujer, y mi hijo!

—La culpa es tuya. Si fueras de otra manera tendrías trabajo, a pesar de lo que pasó.

—¿Y cómo tendría que ser? ¿Un rastrero, un cobarde, un baboso que se humillara y pidiera clemencia? ¡No daré tal gustazo a ese hatajo de bandidos!

—Hay que olvidar, Rafael. También ellos tienen ese maldito orgullo de no dar su brazo a torcer. Pero no te odian tanto como tú te imaginas. Te darían trabajo con mucho gusto si fueras y les dijeras simplemente: «pelillos a la mar». Tú tenías razón al reclamar el sello. Ellos lo saben y lo reconocen. Era una mala acción, pero se ha corregido. ¿Por qué seguir odiando y guardando rencor?

—¿Yo guardo rencor? Son ellos los que me lo guardan a mí; ellos, los que tanto van a la iglesia, los que se dan golpes de pecho. Ellos. ¡Los ricos! ¡Los malditos por Jesucristo! ¡Los que han desplazado de la iglesia a los pobres, a los que Jesucristo amó hasta morir asesinado! ¡Pero la zorra se ha hecho guardiana del gallinero y así van las cosas!

Rafael estaba muy excitado y vi en don Anselmo una expresión de dolor, como si las palabras de Rafael fueran en realidad una puñalada. Pero se sobrepuso e hizo esfuerzo para esbozar una sonrisa amable.

—Serénate, hijo. Sé lo mucho que estás sufriendo. Yo estoy luchando para que la paz y la concordia vuelvan a este pueblo. Sé que todos los trabajadores están en tensión por verte sufrir; no dicen nada, pero se les nota en la cara, en los gestos; ellos tampoco tienen paz porque tienen el sentimiento de que tú estás pagando por todos. Y ese resentimiento puede explotar algún día. ¡Ya hemos pasado el horror de una guerra fratricida! ¡Que haya paz, Dios mío! ¡Por lo que más quieras! ¡Que haya paz! No faltéis esta noche. Os espero.

Y con su paso torpe y menudo se marchó meneando la cabeza con preocupación. Le vi sacar el pañuelo y limpiarse, no sé si la nariz o las lágrimas. A mí, sinceramente, no me gustó la forma como le habló Rafael. No me pareció respetuosa con un anciano que, además, era el cura. Y así se lo dije a Rafael.

—Si no te gusta, lo siento —respondió.

—Él te aprecia, Rafael. Y ese trabajo del domingo es estupendo. Mejor que arrancar sacar la leña de las raíces; mejor que segar o subir mortero a los andamios. Lo hemos hecho otras veces.

—Pues, ve tú. Yo no voy.

—Encima que el hombre ha venido a ofrecértelo con tanta ilusión.

—No quiero limosnas.

—¡Pero qué limosna ni qué coño! ¡Es un trabajo! Y, sobre todo, que es lo más grande, el cura te aprecia. ¿No has notado que te aprecia? Hoy la amistad con un cura es un chollo cojonudo. ¡Pues menudas influencias tienen los gachones! ¿No has oído que tiene planes para nosotros? Ya verás como es algo bueno.

—¡Tienes espíritu de borrego!

—¡Nos jodió mayo con las flores! ¡Ya estoy hasta los cojones de que me digas que tengo espíritu de borrego! ¿Te enteras?

—Bueno, perdona. No te enfades. Yo no confío tanto en las bondades del cura. No es más que un instrumento en manos de los ricos. ¿Acaso no sabía él, incluso antes que yo, que era obligatorio para los ricos dar los sellos? Si él quiere amor y paz, como dice, ¿por qué no utilizó sus influencias entonces? ¿Por qué no denunció aquella injusticia que se estaba cometiendo contra los pobres?

—Él es cura y su misión es decir misa, bautizar a los muchachos, casar a la gente y enterrar a los muertos.

—A Jesucristo no le asesinaron por hacer esas cosas. Reflexiona, Sebastián. La influencia que tienen los curas es el precio que han puesto a su silencio. ¿Tú sabes la fuerza que tiene sobre las conciencias el púlpito? ¡Es una tribuna! ¿Has pensado lo que podía suponer para la gente del pueblo si a esa tribuna se subiera Senén y pudiera hablar libremente de sus ideas, como hace el cura con las suyas? Pues supondría que los ricos saldrían huyendo y los pobres llenarían la iglesia. ¿No estaría eso más acorde con las ideas de Jesucristo?

—A mí, déjame y no me metas en más líos de los que tenemos.

—Está bien, Sebastián. Dejemos de hablar. Vale.

—Bueno, pues vale. Pero por ir esta noche a su casa no nos va a pasar nada. Digo yo.

—Está bien, iremos —proseguimos la marcha—. Tengo que cobrar y llevar el dinero a la mujer— hizo una pausa y musitó como para sí mismo —: Tengo más hambre que un león. ¡Me cagüen!...

Caminábamos detrás de los burros. Vi a Rafael arrugar el entrecejo y arquear las cejas. Sus ojos estaban empañados. A mí Rafael me producía a veces unos cabreos impresionantes. Ese fue uno de esos días. A veces me daban ganas de pegarle un porrazo. Pero por otra parte le admiraba y le quería.

Aquella escena me recordó otra parecida, pero con el cura y el padre de Rafael en tiempos de la República.

VIII

Del tiempo de la República sólo recuerdo algunos hechos vagos e imprecisos del padre de Rafael. Pero lo que se me quedó grabado fueron algunos enfrentamientos que tuvo con don Anselmo. No entendí nunca el fondo de aquellas discusiones. Algo así le pasó a Rafael, hasta que Senén le habló de él. La discusión de Rafael con el cura lo trajo a mi memoria.

El tema era casi siempre el mismo y por las mismas causas. Cada vez que ocurría algún suceso de levantamientos de obreros en cualquier provincia de España, o quemas de iglesias —y eso ocurría con frecuencia entonces—, el cura iba a hablar con él, ante el temor de que ocurriera lo mismo en nuestro pueblo. También le llamaban al cuartel de la Guardia Civil pidiéndole que controlara a sus gentes.

Una tarde, ya anochecido, estábamos esperando Rafael y yo a su padre en un camino de las afueras del pueblo. Don Anselmo solía pasear por las tardes por aquel y otros caminos; pero me sorprendió la hora en que le vi aquella tarde. Normalmente a esa hora estaba siempre en la iglesia rezando el rosario, y una vez terminado, si no había una misa de funeral, cerraba la iglesia y se iba a su casa. Estaba allí porque esperaba a Paredes. Cuando el padre de mi amigo llegó le dijo que quería hablar con él.

—Usted dirá.

—Sólo es para recordarte los sucesos acaecidos con los obreros de...— ahora no recuerdo de dónde. ¡Había tantos por entonces!

—¿Desde cuando se interesa usted por los obreros?

—Siempre me han interesado.

—No. Jamás le he oído gritar contra las injusticias antes de la República, porque entonces estaban ustedes en el poder.

—¡Yo no he estado nunca en el poder!

—Lo ha estado su clase.

—Yo no estoy con ninguna clase, sino con la Iglesia, al lado de la Verdad.

—¿De la verdad? No, don Anselmo, se equivoca usted. El hecho de que sea usted sacerdote no le da autoridad moral para considerarse en la verdad. Puede que el evangelio sea la Verdad. Pero la Verdad no es nada, si no está encarnada en quien dice seguirla.

—¿Qué te hace suponer que yo no esté encarnado en la Verdad? ¿Sabes tú acaso lo que es la Verdad? ¿Tú, que nunca has entrado en la iglesia?

—He leído el evangelio muchas veces. Se lo puedo recitar de memoria. Y lo que me hace decir que usted no está en la Verdad son sus propias contradicciones. Antes de nacer Jesucristo, su madre, la llamada virgen María, dijo en el Magníficat que Jesucristo venía a llenar de bienes a los pobres; nació en un pesebre; no tenía, según sus palabras, donde reclinar su cabeza; ensalzó a los pobres, a los humildes, a los que lloran, a los que tenían hambre y sed de justicia, a los perseguidos; a sus discípulos les dijo que no llevaran alforjas, que lo repartieran todo entre los pobres. Y a la clase dirigente la atacó con furia por lo que hacían con el pueblo. Usted, en cambio, vive en un acomodado bienestar, es amigo de los ricos, bendice sus mesas, y sus casas, y sus cortijos, donde tantos y tantos pobres son explotados desde que sale el sol hasta que se pone, con jornales miserables.

—A ti te gustaría que yo fuera clasista, como tú; que estuviera inmerso en la lucha de clases; que tomara opción por uno de los bandos en el litigio social.

—Jesucristo fue clasista al preferir a una clase: a los pobres.

—¡La postura de Jesús fue de naturaleza distinta a como tú la interpretas! ¡No blasfemes!

—Está bien; no soy docto en la materia. Le he dicho que usted bendice los cortijos; eso lo he visto yo. ¿Ha bendecido nuestra comunidad?

—No me habéis llamado.

—Ni le llamaremos. Pero sería bien recibido, como hombre, si usted se dignara ir a visitarnos, a interesarse por lo que hacemos y cómo lo hacemos. Y que proclamara en el púlpito el estilo de vida que allí llevamos.

—Esa comunidad vuestra es de naturaleza política.

—Sí; eso es cierto. Pero usted le da un sentido peyorativo a la palabra política.

—Se lo doy al anarquismo.

—Yo no soy anarquista. Soy libertario, ácrata. La palabra anarquismo la han hecho ustedes sinónimo de libertinaje, de terrorismo, de desorden y de caos. No; yo no soy ese tipo de anarquista. Pero ya que usted no se interesa por nuestros asuntos, nada más que cuando se cometen hechos luctuosos, quiero informarle de lo que hacemos, porque se entera usted muy pronto en dónde hay muerte, pero no dónde hay vida. Se entera usted del levantamiento de algunos campesinos desesperados por el hambre en cualquier parte de España, pero no se entera usted de las realizaciones comunitarias que se hacen en Aragón, en La Rioja, en Navarra, en Valencia, en Cataluña y aquí en Extremadura. Unas comunidades donde reina la libertad, la igualdad y la fraternidad. Donde no existe «lo mío y lo tuyo», sino lo de todos. ¿Es eso mala política? Pues esa política viene en el evangelio.

—¡No mezcles el evangelio con la política!

—No lo mezclo. La religión no me interesa. Ustedes han hecho de ella el opio del pueblo. Pero Jesucristo sí me gusta. Y gracias a su doctrina se llevaron a cabo comunidades como la nuestra.

—¡Eso es otra blasfemia! ¡Jesús no vino a determinar ningún sistema de organización social!

—¿No son del evangelio los Hechos de los Apóstoles? Pues en esos Hechos se dice que los primeros cristianos se organizaban en comunidades donde todo lo tenían en común. Esas comunidades las han hecho después los curas y los frailes, en órdenes religiosas, pero con la diferencia de que viven sólo para ellos, aislados de los demás, acumulando riquezas y más riquezas mientras el pueblo vive en la miseria. Son antisociales, parásitos.

—¡Es un dolor de cabeza hablar contigo! ¡Todo lo tergiversas a tu antojo! ¡Todo lo llevas a tu terreno! ¡No me extraña que envuelvas a la gente, que los líes y los embauques! No he venido para hablar contigo de religión, sino para impedir que en este pueblo ocurra lo de Castilblanco o lo de Casas Viejas. Tú eres el líder de los trabajadores y sólo a ti te hacen caso. Te ruego que no haya disturbios. ¡Por Dios, que haya paz!

—Está bien, don Anselmo. No quiere usted conflictos, ni disturbios. Quiere que todo siga igual que siempre: los ricos dominando y subyugando, y los pobres aguantando, soportando la miseria, desesperados por no poder dar de comer a sus familias; sufriendo por el dolor de ver que sus hijos nunca tendrán acceso a la cultura.

—Todas esas cosas podrán lograrse mejor con paz que con guerras.

—Si no gritar contra ese estado de cosas; si no rebelarse contra la injusticia de ver a hombres hundidos en la abyección; si ver mujeres envilecidas otorgando «favores» a cambio de trabajo para sus maridos; si contemplar todo eso con resignación bovina si ver todo eso y no sublevarse contra ello es ser hombre de paz, tiene usted razón: ¡Yo no soy hombre de paz!

—¡Eso es demagogia!

—Le he hablado del evangelio, pero parece que nadie más que usted está autorizado para interpretarlo. El evangelio no es propiedad de la iglesia, sino patrimonio de la Humanidad.

—¡Es imposible hablar contigo!

—Está bien, don Anselmo. Yo le garantizo que ni por mi parte, ni por los que están conmigo, en este pueblo habrá conflictos. Pero le aconsejo que, de la misma forma que viene a mí, vaya a hablar con los fascistas que nos están provocando, que no paran de decir que algún día fusilarán a todos los anarquistas, a los socialistas, a los comunistas y a todos los rojos. Y si algún día tomaran el poder, no dude que lo harán, como lo hizo durante la dictadura el miserable asesino Martínez Anido. Si es verdad eso que dicen ustedes de que Jesucristo es Dios, están cometiendo sacrilegios al bendecir a los que explotan. Jesucristo dijo que lo que hicieran con los pobres, a él se lo hacían.

—Eres injusto conmigo, Rafael. Te aprecio más de lo que te imaginas. Si no fuera así, no vendría a verte y a hablarte de mis temores. Sé lo que estáis haciendo; sé cómo es tu comunidad agraria; lo sé, y te felicito por ello. Jamás me oirás hablar una palabra contra ti, en contra de tus ideas y de tus actividades. Pero me preocupa la situación general de España, los levantamientos y revoluciones que hay por doquier, la cantidad de iglesias quemadas.

—¿No le parece a usted extraño que los obreros quemen iglesias en vez de quemar bancos, empresas y propiedades capitalistas? No creo que las iglesias las queme el pueblo, sino los fascistas para desprestigiar la República.

—Es mucho suponer eso. Esto no conducirá a otra cosa que a una guerra fratricida. Por eso te ruego a ti; por eso ruego a Dios todos los días y a todas las horas. Perdona si te he ofendido.

—Perdóneme usted a mí, don Anselmo. Tal vez he sido demasiado duro y arrogante con usted. Lo siento. No era esa mi intención. No es ese mi estilo. Yo también estoy preocupado, y tampoco me gusta cómo van las cosas. No me gusta esta República burguesa ni todos los burgueses que nos gobiernan. Yo también estoy preocupado. Pero, pase lo que pase, quiero asegurarle que siempre tendrá un amigo en mí. Aunque tengamos ideas distintas. Me gustaría que dejase de considerarme su enemigo.

—Te conozco desde siempre y sé cómo eres y cuáles son tus sentimientos. Pero esas ideas tuyas han producido y están produciendo mucho malestar.

—¡Ojalá todos los hombres tuvieran mis ideas! Por fortuna las comunidades agrarias se están implantando en todas las regiones. Pero los fascistas no dejan de conspirar contra nosotros. En fin, don Anselmo, vaya usted tranquilo. En lo que a mi organización respecta, nunca tendrá el pueblo problemas, sino todo lo contrario: nadie más que nosotros deseamos la paz. Estamos construyendo paz.

Se dieron la mano y se separaron. Íbamos todos hacia el pueblo, pero me dio la sensación de que ninguno de los dos quería que se les viese juntos.

La última vez que los vi discutir fue ya al declararse la guerra.

La noticia de la sublevación del ejército llenó de inquietud a todo el pueblo. A los señoritos se les veía ir juntos de un lado para otro; los trabajadores hacían lo mismo, se les veía discutir en grupos. Así pasó el primer día. Al día siguiente por la mañana la gente rodeó el cuartel de la Guardia Civil, pensando que los civiles eran insurrectos. Pero la sorpresa fue que allí no había nadie. Por la noche habían huido. Aquel cuartel representaba para los pobres un centro de tortura y represión en el que habían recibido palizas, sobre todo los belloteros. Los trabajadores los temían y los odiaban. Si hubiesen estado allí lo más seguro es que los hubiesen linchado, como ya ocurrió en Castilblanco cuatro años antes. Fueron a buscar a Paredes y le nombraron presidente del comité revolucionario y máxima autoridad del pueblo. La primera medida de Paredes fue detener a todos los sospechosos de subversión y los encerró en la iglesia. Allí fueron confinados todos los ricos, el alcalde, el boticario, el médico y el cura. Este quedó rezagado para hablar con Rafael Paredes.

—¿Qué vais a hacer con nosotros?

Los que estaban dentro de la iglesia gritaban aterrorizados: «¡Van a incendiar la iglesia! ¡Nos van a quemar vivos!»

—No quiero derramamiento de sangre en el pueblo. La gente está indignada y temo que alguno de ustedes pueda ser agredido. Les encierro para protegerlos de la multitud. Los sublevados no tardarán en ser aplastados y en cuarenta y ocho horas volverá la normalidad, como ocurrió con la sublevación de Sanjurjo. Toda esa gente odia la República y desde que se proclamó no han dejado de conspirar.

—Espero que todos los tuyos respeten tu cordura.

—La respetarán. Pero si triunfaran los fascistas nos fusilarían a todos, y usted, tal vez, iría a bendecir sus fusiles.

—¡Eso es un insulto! ¡Es una infamia!

—¡Ojalá lo fuera! ¡Ojalá me equivoque! Pero el tiempo será testigo.

Pasaron las cuarenta y ocho horas y la guerra seguía. En mi pueblo no se notaba nada, excepto el encierro de los ricos. Se escuchaban los partes del general Queipo de Llano que eran muy alarmantes.

Un mes y medio después llegaron hombres armados con escopetas. Venían huyendo del acoso de los «nacionales». Dijeron que había que fusilar a los recluidos en la iglesia, porque los otros lo iban haciendo con la gente del pueblo por todos los sitios por donde pasaban. Aquel intento de los forasteros fue impedido por Paredes.

Una semana más tarde el pueblo se vio invadido por una multitud de fugitivos. Recomendaban a todos los del pueblo huir porque los atacantes no daban cuartel y fusilaban a todo sospechoso de ser rojo, para lo cual, los falangistas locales los señalaban. Rafael abrió la puerta de la iglesia y llamó a don Anselmo. Éste salió muy asustado. Paredes, le tranquilizó.

—Nos vamos todos. Hombres mujeres y niños. Yo me voy también, pero dejo aquí a mi mujer y a mi hijo. Si a ellos les pasa algo, usted será responsable, ante mí, y ante su Dios. Veremos si mis predicciones se cumplen. Tenga usted la llave y cierre por dentro. No salgan, por lo menos en seis horas.

Paredes fue el último en salir. Su mujer y mi amigo querían ir con él, pero no quiso. Lo que más grabado se me quedó fue cuando se despidió de su hijo. Cogió a mi amigo y de cuclillas les sentó sobre sus rodillas. Mirándole de frente a los ojos con aquella mirada electrizante, le dijo con gran seriedad:

—Hijo mío: No sé si volveré a verte; pero, por si acaso, quiero que recuerdes algunas cosas. La lucha por la liberación del proletariado es un deber sagrado para todo obrero que se tenga por hombre. Esconde todos los libros que te dejo, menos uno que no es peligroso: El evangelio. Léelo. Es el código ético más hermoso de la Historia. Sigue sus consejos. Jesucristo fue el hombre más grandioso, más excelso y admirable que ha dado la Humanidad.

Su mujer, la madre de Rafael, estaba a su lado, llorosa.

—Deja que nos vayamos contigo. Tengo miedo.

—No. Yo voy al frente. Hay que parar a esa jauría. Cuida de nuestro hijo porque es el mayor bien que tenemos. Edúcale como lo he hecho yo. Que estudie. Que no falte a la escuela. Que sea, sobre todo, honrado.

—No quiero que te vayas, papá —dijo lloroso Rafael.

—Sí, hijo. Tengo que ir a defender España. Tengo que luchar para realizar la sociedad comunitaria que hemos empezado aquí. Muchas cosas te he enseñado y lo más seguro es que no las entiendas aún. Pero, guárdalas en tu corazón, que porque cuando te llegue la madurez las comprenderás. Dio un beso a su mujer y un fuerte abrazo a su hijo. A mí también me besó, cosa que jamás hizo mi padre. Por eso al padre de Paredes yo le tenía como padre mío también. La mayor parte de las cosas que hablaba con su hijo yo las oía también. La única diferencia fue que yo las eché en ese saco roto que es la memoria. Pero Rafael, como le dijo su padre, las guardó para siempre en su corazón y Senén vino a aclararle y explicarle todo el significado de aquellas palabras de su padre.

IX

Cuando volvimos de descargar la leña en casa del cura entré en la de Rafael. Yo había cogido una talega de bellotas y buscaba en el corral un cacharro para dejarle la mitad. Mientras estaba allí —¡en qué mala hora entré!— oí una discusión de Antonia con Rafael. Siempre me ha desagradado ver riñas entre marido y mujer. Pero no era cosa de mediar ni de salir corriendo.

La cosa empezó por lo de la cacería. Antonia le había dicho que don Anselmo había estado allí a buscarle.

—Ya me lo ha dicho a mí —contestó Rafael—. Pero no iré.

—¿Por qué? —preguntó Antonia, a quien la sonrisa del principio se le había helado en los labios.

—Porque no. Yo no sirvo para eso.

—¡Qué no vas a servir! —gritó airada.

—Sin voces, ¿eh? No soy sordo —dijo severamente.

Antonia hizo una pausa. Estaba desconcertada, sin saber qué decir. Después, dulcificando su tono dijo casi suplicante:

—Dan un sueldo estupendo, Rafael. Te dan, además, la comida y hasta puedes traerte algún conejo para casa.

—¿Pero no te das cuenta que es un trabajo para humillarme?

—Más humillante es pasar hambre —dijo acongojada—. Todos los hombres están deseando que les avisen para trabajar. Todos irían de cabeza donde fuera con tal de ganar el pan para su familia. Pero, tú, no. ¡Tú tienes tu dignidad! —esta última frase la dijo con sarcasmo en un tono hiriente.

—¡Basta ya! —gritó Rafael dando un puñetazo en la mesa.

—¡Eso es! ¡Basta ya! Así lo arreglas todo. Tú ordenas y mandas y yo me tengo que callar y morirme de vergüenza cuando voy a la tienda y veo cómo las demás se llevan llena la cesta y me miran con lástima; y el tendero deja de sonreír cuando me ve entrar porque sabe que un día más le voy a pedir fiado. ¡Cuántas veces me han dado ganas de tirarle la cesta a la cabeza cuando me preguntaba con una sonrisita mirándome los pechos, con qué iba a pagarle! Pero me muerdo la lengua y lloro en silencio esas humillaciones escondida en la alcoba— se sentó, y hundiendo la cabeza en su propio regazo, dijo en tono desgarrado—: ¡Y nunca te he dicho que yo también tengo mi dignidad!

Rafael la contempló en silencio, compadecido. Se acercó a ella y, acariciando sus cabellos, le dijo con ternura:

—Yo te comprendo, Antonia; pero quiero que tú me comprendas a mí. Yo lucho para que los obreros seamos respetados y conquistemos los derechos que nos pertenecen.

—Eso me lo has repetido muchas veces; pero mientras tú luchas, los demás trabajan.

—Lo sé. Pero tengo que ser fiel a ese ideal. Ellos trabajan, es verdad; pero están sometidos a las condiciones que les imponen y no se atreven a chistar. Es necesario que aumenten su autoestima, que enaltezcan su dignidad, que descubran la grandeza de su condición de hombres; que se liberen de sus miedos y su cobardía. Yo les estoy dando ese ejemplo. Mi padre murió por ese ideal.

—¿Y de qué valió que tu padre muriera por eso? ¿Hemos dejado los pobres de ser pobres?

—No. Por eso, precisamente, hay que seguir luchando. Esta gentuza sube el precio de las cosas cuando les da la gana, pero nosotros, los trabajadores, para que nos suban una peseta el jornal tenemos que sudar sangre. Sólo la fuerza del proletariado unido puede acabar con este estado de cosas.

—Eso también me lo has repetido muchas veces. La única solución está en trabajar en lo que te quieran dar, o en marcharnos de este pueblo para siempre.

—No. ¡Eso es lo que ellos quisieran! Mi puesto está aquí. Aquí nací y aquí seguiré siendo fiel al ideal de mi padre.

—¡Tu padre, tu padre, tu padre! ¡Siempre tu padre! ¡Tu padre ya está muerto! ¡Es tu hijo el que vive y el que necesita comer! Los muertos no piden pan.

—Mi padre era un hombre honrado. Tenía talento para haberse situado bien en la sociedad, pero prefirió estar al lado de sus compañeros para lograr la promoción colectiva y no la individual.

—¿Y qué es ahora de muchos compañeros de tu padre? Unos están en Francia, otros en Méjico viviendo tan ricamente. Si tu padre hubiese vivido habría hecho igual.

—¡No te consiento que manches la memoria de mi padre! —gritó desaforadamente.

Pero Antonia no se arredró; se levanto de la silla, se acercó a él, y poniéndose de puntillas para mejor mirarle a los ojos, le dijo en el mismo tono en que le había hablado Rafael:

—¡Tú no eres más que un loco! ¡Un fanático lleno de rencor, y de resentimiento, y de soberbia! ¡Dices que luchas por los pobres y consientes que yo pase hambre y no tenga ni un cochino vestido decente que ponerme! ¡Consientes que tu hijo pase hambre! ¡Qué clase de hombre eres tú! ¡Loco! ¡Más que loco! ¡Me vas a matar a disgustos!

La discusión se recrudecía y ya no pude aguantar más. Sigilosamente me marché procurando pasar inadvertido.

* * *

Tan pronto como echamos el pienso a los burros, nos lavamos un poco y nos cambiamos de ropa, fuimos a cobrar a la casa de don Anselmo. Ya había anochecido.

La casa del cura estaba situada cerca de la iglesia, en una de las calles adyacentes. Por su aspecto y estructura debía ser muy antigua. La puerta de entrada y las ventanas laterales estaban guarnecidas por piedras de granito y con el umbral del mismo material. Las dos ventanas estaban protegidas por rejas de hierro forjado y llegaban hasta el suelo. El zaguán era ancho y comunicaba directamente, sin cristalera o pared intermedia, con el ancho pasillo que era la columna vertebral de la casa. Tenía tres gruesos pilares a cada lado en donde se apoyaban las bóvedas de los techos. El pasillo estaba artísticamente solado con pequeños guijarros haciendo dibujos, y entre pilar y pilar el pavimento lateral estaba solado con baldosas de cerámica. La casa tenía tres naves; la primera y la última, con habitaciones a cada lado del pasillo, con sus correspondientes puertas de cuarterones. La segunda era diáfana y lo constituía el salón comedor y cuarto de estar con una chimenea en el fondo. En un lateral partía desde el centro un tramo de escalera para acceso a la planta de arriba. Esta planta normalmente no era habitable en ninguna de las casas de los ricos sino que constituía lo que llamábamos el doblado, un desván, donde, aparte de trastos viejos, era utilizado para guardar grano. Pero no era silo, sino más bien hórreo donde quedaban protegidas de la humedad las semillas para la siembra. Y colgados de la empalizada del techo estaban los jamones, los lomos, los morcones, los chorizos, salchichones y tocinos de la matanza. En casa del cura esa planta no la vi, pero en otras casas parecidas en las que había trabajado, era así. Todas por el estilo. Las casas de los ricos, se entiende. Porque la de los pobres no tenían más que la planta baja y muchas de ellas, ni siquiera bóvedas, sino el tejado pelado. En aquel salón había muebles antiguos; sillones de madera con asientos de cuero; perchas de patas de ciervos; un armario con figuras de cabeza talladas y un bargueño, o arcón, y una mesa de nogal. Al lado de la chimenea, un sillón de orejas.

Una señora mayor, familiar de don Anselmo, nos abrió la puerta y nos condujo hasta el comedor. Allí nos esperaba sentado en el sillón al lado de la lumbre de la chimenea. Se levantó y nos invitó a sentarnos a la mesa. Él se sentó también junto a nosotros.

La mujer trajo un azafate lleno de queso y embutidos. Volvió y trajo un pan candeal redondo, como de un kilo de peso, y una jarra de vino con tres vasos. Ni aquel pan, ni los embutidos, ni el queso los había yo probado antes de entonces. La boca se me hacía agua. Sin embargo, aquello me hizo recordar toda el hambre que había pasado. Desde la comida que hicimos al mediodía en el monte no habíamos probado bocado. Yo estaba desmayado y el olor de aquellas viandas me hacía perder el sentido. Recordé a Rafael cuando en el camino musitó que tenía más hambre que un león; con el disgusto que tuvo en casa con Antonia no creo que hubiese comido nada. Le estuve observando y vi cómo la nuez bajaba y subía en su garganta tragando saliva. Recordé también la conversación del monte: Jesucristo había sido pobre, como nosotros, pero el cura no vivía como Jesucristo: vivía como Dios. Don Anselmo nos sirvió vino y nos dijo que tomáramos una tapa. ¡Pero, sí, sí, tapa! Nos liamos a comer y nos cargamos el azafate en un santiamén. A mí me dio vergüenza por lo que pensaría el cura de nosotros; pero la vergüenza se nos pasó al sacar otra canastilla con pan y más comida, lo cual, en vez de desaprobación, era invitación a comer más. Todo estaba riquísimo. Y el vino, mucho más. Era de pitarra. También se agotó y sacó otra botella. Yo no recuerdo haber comido nunca tanto ni con tanta voracidad.

Me vino a la memoria el año del hambre —que no sé por qué citaban el año del hambre en singular, si años de hambre fueron todos, hasta bien entrados los cincuenta.

En aquel año, creo que fue el cuarenta, en mi pueblo murió gente de hambre. Morían hinchados. Las estampas que ahora se ven de África con esos niños esqueléticos y barrigones, las vi yo allí. ¿Qué digo que las vi? Yo era uno de aquellos niños. Íbamos a comer al Auxilio Social.

Para entrar los primeros había empujones, insultos, bofetadas entre nosotros, y golpes con una vara de mimbre que daban los organizadores para imponer orden y que se respetara la fila. Entrábamos con prisas para coger buenos puestos. Una vez dentro permanecíamos firmes al lado de la mesa, hasta que una mujer tocaba un silbato, que era la señal de que podíamos sentarnos.

Durante la comida no se podía ni chistar, pues al que hablara le echaban a la calle y se quedaba sin comer. Nos servían la comida hirviendo, pero el hambre no nos permitía esperar a que se enfriara y sorbíamos en la cuchara para no abrasarnos vivos. En muchos se veían los ojos congestionados y lagrimosos por el ardor del gañote.

Yo pasaba bien las patatas con boniatos, incluso el arroz, que tenía gusanos, pero para no verlos, no miraba el plato. Dentro de la boca todo sabía a lo mismo. Las lentejas tenían cucos, unos bichitos negros que flotaban ya muertos en el caldo. El primer día que las comí me dio asco, casi vomité; al masticar la primera cucharada trituré a varios, que crujían en mi boca; pero había que optar por aquello o quedarse sin comer. Lo que ya no podía tragar eran las almortas; las guijas, al ser más gordas que las lentejas, los inquilinos que las habitaban eran, lógicamente, mayores; hacían honor a su nombre: dientes de muertos, que también así se llaman. Al masticarlos parecían garbanzos tostados o cacahuetes, y esa es la idea que nos hacíamos para comerlas sin echar el bofe con los vómitos. Al Auxilio Social le llamábamos el «auxilio granjal», pues las sobras se las echaban a los cerdos de algunos de los organizadores.

Por todo aquello, aquella noche me pareció mentira comer como comí. ¡Joder, cómo vivía el cura! Pensé que si «pasar a mejor vida» era mejor que aquello, no me importaba morirme. Quien no podía pasar a mejor vida era el cura. A Rafael y a mí nos bañaba la cara el sudor y estábamos colorados, un poco por la vergüenza y un mucho por la comida y, sobre todo, por el vino.

—¿Queréis un poquito más? —nos dijo don Anselmo con una amplia sonrisa de satisfacción.

—¡No, no! —dijimos nosotros. Aunque por mi parte me hubiese trincado otra jarra de vino. Pero eso ya me parecía demasiado morro y dije que no.

—¡Bueno, muchachos! —dijo frotándose las manos y sacando después su petaca y librillo de papel. Ahora un cigarro, mientras nos preparan un café. ¿Qué habéis decidido sobre lo de la cacería?

—Yo, por lo menos, sí voy —dije mirando a Rafael para oír su respuesta.

Rafael no dijo nada; lió el cigarro lentamente, mojó con la punta de la lengua la doma del papel y cogiendo una brasa con las tenazas lo encendió; dio una chupada larga y se deleitó contemplando el humo que expulsaba por la boca.

—De acuerdo —dijo, por fin.

—¡Me alegro mucho! —exclamó el cura. Y agregó—: Estoy contento porque he conseguido este trabajo para vosotros dos y para Senén. Él está enfermo, pero este trabajo al aire libre, respirando el aire del monte le vendrá bien. Él era amigo y compañero de tu padre en la comunidad agraria que habían formado. Senén era el número dos, aunque a él le repugna ese calificativo, porque dice que allí eran todos iguales y no había números uno ni dos. Ha salido de la cárcel hace poco y por sus antecedentes le avisan poco para trabajar. Sólo los particulares le avisan para sacar el estiércol de las casas y algún que otro trabajo de pequeños labradores. He intercedido mucho por él. Si algo hizo ese hombre ya lo ha pagado con muchos años de prisión.

—Senén es un gran hombre con una gran cultura.

—Sí. Una cultura autodidacta. De eso no me cabe la menor duda. Es igual que tu padre.

—Para mí es mi segundo padre. En el poco tiempo que hace que llegó de prisión me ha enseñado más que seis años de bachillerato.

—No, Rafael. El bachillerato es una enseñanza global que abarca todo. A ti ese hombre te ha enseñado lo que él es: un humanista. No estaría mal que en el bachillerato se enseñaran más humanidades y menos cosas inútiles, que poco tiempo después se olvidan para siempre. Ese hombre, igual que tu padre, da sopas con honda a muchos universitarios, incluso a sacerdotes. Pero no solo de humanidades se compone la cultura.

—Pero los pobres estamos condenados a no tener acceso a los bienes de la cultura. Sólo los ricos pueden estudiar. ¿Usted considera justo eso?

—¡Por Dios! ¿Cómo voy a considerarlo justo? No, Rafael, no. La Iglesia ha sido pionera en la enseñanza a través de la Historia. Antes de la encarnación de Cristo no había hospitales en Israel. Los enfermos eran considerados impuros, como un castigo de Dios. Fue la iglesia la que consideró a los enfermos como seres humanos a los que había que considerar como hijos de Dios. La iglesia abrió caminos nuevos para la Humanidad en todos los aspectos. Los países que rechazaron el cristianismo quedaron anclados, relegados en la Historia. Y hay montones de santos que se consagraron a llevar el mensaje de Cristo a esos pueblos, como San Francisco Javier, y a la enseñanza de los pobres. Santos que fueron y santos que son. Ahí están los misioneros.

—Sí, claro; en África. Allí hay mucha gente que bautizar y convertir al cristianismo. Aquí en España, como somos todos católicos, apostólicos y romanos, no hacen falta misioneros. Por eso el colegio de los curas de Villafranca de los Barros está sólo para los ricos de Extremadura.

—No quiero discutir contigo, Rafael. Dejémoslo estar. Hablemos de cosas más prácticas. Me imagino que estaréis impacientes por conocer los proyectos de los que os hablé esta tarde. Pues bien, tengo varias cosas. ¿Os gustaría un puesto de trabajo fijo en una fábrica?

—Me lo imaginaba —musitó Rafael.

—¡A mí, sí! —dije yo muy alegre—. ¡Ya lo creo que me gustaría! ¡Y mucho más si es en Madrid!

—Pues en Madrid es en donde tengo posibilidades de lograr algo para vosotros. Tengo un amigo en Cáritas que hará lo imposible por ayudarme. Le tengo que escribir explicándole lo que quiero y él tendrá que hacer gestiones; entre unas cosas y otras pasarán, por lo menos, un mes, o dos. Encontrar un puesto de trabajo en estos tiempos, no es cosa fácil.

—Tiene usted mucho interés en que nos vayamos de aquí.

—Sólo quiero favoreceros, hijo.

—¿No será que quieren echarnos del pueblo?

—No es esa mi intención, ni nadie me lo ha sugerido. Pero tenéis dificultades y esta situación es insufrible. He tratado de que ambas partes os reconciliéis, pero ninguno quiere dar su brazo a torcer. ¿Qué necesidad hay de que tu mujer y tu hijo soporten esta situación? Tú crees que marcharte supone una derrota. Pero derrota, ¿de qué y por qué? No tiene sentido nada de lo que está ocurriendo. El mundo es muy grande y hay sitio para todos. ¿Por qué empeñarse en mantener una situación hostil? ¿Te juegas algo con ello? Yo creo que es irracional seguir por ese camino. Es una contumacia por ambas partes; una obstinación que a nada positivo va a conducir.

Rafael no dijo nada; permaneció con la cabeza baja, y ante un silencio en el que sentía nuestras miradas clavadas en él, dijo por fin:

—Lo pensaré; de todas formas, se lo agradezco.

—Eso no hay que pensarlo, Rafael —le dije yo con ardor—. ¡Es la oportunidad que he estado esperando toda mi vida y no estoy dispuesto a desperdiciarla!

—He dicho que lo pensaré.

—Tengo otra cosa para ti, Rafael. Pero no quiero que te hagas ilusiones. No sé si será viable, porque algo has de poner tú de tu parte y ni aun así estoy seguro del resultado.

—Depende de lo que tenga que hacer.

—Tu situación la he expuesto en el púlpito muchos días. Nadie ha dicho nada. Pero esta mañana, después de misa, ha venido a verme Mari Pepa, la mujer del Colorado. Ella está interesada por ti. Ella fue la que abogó porque el tío Ambrosio trabajara en su casa, fijo, más que nada, por caridad.

—¿Y qué es lo que quiere?

—Te quiere dar trabajo.

—¿Sí? Bueno. ¿Y a qué espera? Yo estoy deseando trabajar.

—Ella... ¡Ejem!... Ella... Verás: Ella quiere que tú trabajes en su casa de mozo de mulas, o manigero, no sé... Quiere darte trabajo... Bueno, quien lo tiene que decidir es su marido; pero ella está dispuesta a convencerle, si tú quieres. Ella quiere estar convencida si tú estás dispuesto a aceptar. No es cosa de que ella haga una labor con su marido para que tú después no aceptes. ¿Qué te parece?

—Veo por su parte cierta generosidad. ¿Qué tengo que hacer?

—Ahí está el quid de la cuestión. Quiere que vayas a su casa ahora —y ante un gesto de rechazo de Rafael, dijo—: ¡Su marido no está! Ha salido de viaje y no volverá hasta el sábado.

—Eso se llama voluntad de mediar para negociar. Y puesto que ya hay un mediador, que es usted, ¿qué falta hace que yo vaya a su casa? Diga que sí, que estoy dispuesto a trabajar.

El cura hizo un gesto de impaciencia. Meneó la cabeza con desaprobación.

—Yo he mediado ya todo lo que he podido. Ella quiere que vayas a su casa, te aseguro que su marido no está. No hay trampa, si es eso lo que piensas; nadie te espera allí para humillarte. Ella quiere allanar el camino, preparar el terreno para que tu vuelta al trabajo sea normal para ti y para su marido. Eso es todo. Te vuelvo a repetir que su marido no está. Tampoco está la criada, porque Teresa se va a las siete y media. El único que podría estar sería el tío Ambrosio terminando de echar de comer al ganado. En fin, no puedo decirte más. ¡Si quieres, vas, y si no, no vayas!

Don Anselmo ya empezaba a cansarse de tanta insistencia y parecía molesto. Rafael lo notó igual que yo y, lo mismo que yo, se sintió incómodo. Se puso de pie resueltamente y dijo.

—Voy ahora mismo a su casa. Muchas gracias por todo, don Anselmo.

Y salimos a la calle. El fresco de la noche fue un gran alivio para nuestros sudores, y para la tensión que ya tenía yo por la indecisión de Rafael de aceptar la oferta del cura. No sabía si Rafael había dicho que iba para no enfadar al anciano sacerdote, o porque realmente estaba decidido a ir. Yo tenía mis dudas. Y como no estaba seguro de que fuera, quise cerciorarme yendo con él.

Para mí era muy importante, cualquiera que fuera el resultado, porque por lo menos don Anselmo vería buena voluntad por nuestra parte de querer arreglar las cosas. Si no iba Rafael, con el cariz que ya presentaba el final de la conversación, nos podíamos despedir para siempre de la ayuda del reverendo. ¡Y eso sí que no lo podía consentir yo! Ya que tenía al cura en la mano dispuesto a ayudarme, no le soltaba yo ni aunque me cortaran el brazo.

Esa recomendación, que durante tanto tiempo yo ansiaba, la tenía ya. ¿Iba yo a perder una oportunidad como esa? ¡De ninguna manera! ¡Ni por Rafael ni por San Pedro bendito! Así que me pegué a él dispuesto a que, de grado o por fuerza, fuera a casa de Mari Pepa. Aún estaba dubitativo, pero iniciamos el camino en aquella dirección. En una puerta falsa, o de entrada de carruajes, para entendernos, se paró. Le empujé para que siguiera, pero me dijo que estaba que reventaba ya. Y se puso a mear. Yo estaba igual que él y aproveché.

Ya cerca de casa del Colorado, vimos al tío Ambrosio. El hombre al ver a Rafael levantó los brazos alborozado con una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja.

—¡Hombre, Rafaé! ¡Dichosos los ojos! ¡Qué alegría me da verte, hijo! Es que como no voy más que de casa al trabajo y del trabajo a casa, no veo a casi naide.

—¿Qué tal, tío Ambrosio?

—Pues ya lo ves, hijo; tirando. Pos que hoy el ama m'ha despachao antes porque está sola y lo mesmo quié salí a arguna parte y quiere cerrá. Y como no es mu tarde pos me dije, digo; ¡coño, me viá a tomá un vaso vino paí arriba!

—¿Qué tal sigue su mujer?

—Iguá. La probecina no me levanta cabeza ni pa Dió dende que murió mi Encarnita.

—Bueno, por lo menos, el trabajo no le falta.

—Sí, eso sí. Dende que murió mi niña, el Colorao me cogió pa trabajá fijo. Lo han querío arreglá, pero lo mío ya no tiene arreglo. ¡Si, por lo menos, mi mujé estuviá güena, entavía se poía orviá argo! Pero, ¡quiá! Ella me lo recuerda a ca momento. Y sin queré, porque la probe es más güena quer pan; una malva, vamos. Pero dende que murió mi Encarnita está baldá y joía de los cascos. Y lo malo es que tamién me va gorvé loco a mí.

—¿Por qué no la lleva a que la vea un médico?

—¡Qué va! Eso quiso mi ama, la Mari Pepa; pero no. Pos ahí está la cosa: que ella está güena; güeno, no está güena; pero lo que sus quió icí es que en la salú no le pasa ná pa tené que dil a un hospitá. Lo que le pasa es que no me come ná, ni tié gana de ná, ni gusto pa ná y to el día se lo pasa jaciendo puchero como una muchachina chiquinina.

—Eso se le pasará con el tiempo.

—Eso creo yo tamién; pero como no se le pase pronto el que va a está joío de los cascos viá sé yo. ¿Y tú, que tal, Rafaé? ¿Entá vía no te dan trabajo?

—Todavía no. Ahora parece que empiezan a querer arreglarlo.

—Yo le hablo mucho a mi ama de ti. Al Colorao no le digo ná, porque no me habla mucho. No tengo confianza con él. Pero la Mari Pepa es güena, se preocupa siempre de tó el mundo. Es mu güena. Tié mu güen corazón. Como la probe ha sío probe, pos comprende a los probes. El Colorao, no. Es un tío mu jediondo. Como siempre ha estao podrío de dinero, pos claro. Ese tío sólo es güeno na má que con su mujé. La quié mucho. ¡Claro! ¿No la va a queré, si vale mil veces más que él? Una mujé guapa, y joven, y güena, y educá, y palrrando como se tié que hablá a to el mundo: con educación y buenas maneras, y no como el jediondo de su marío, que con tó su dinero no vale ni pa descalzala. Lo que pasa que la probe era probe y por eso se casó con un vejestorio, que si no ¡buah! Pos como te iba iciendo, ella me pregunta por ti. Que qué tal te va, que si ties trabajo, y así.

—¿Dice usted que le pregunta por mí? Si yo no he hablado nunca con ella.

—¿Lo ves? —dije yo—. Don Anselmo te ha dicho la verdad; así que no tengas miedo. Esto lo arregla ella, ya verás.

—Sí; de verdad —prosiguió el tío Ambrosio—. Te mienta muchos días. Yo le he dicho que lo que te pasa a ti es por curpa de tos los que habemos aquí, en el pueblo, empezando por mi, que soy un joío cagón y un cobarde.

—¡No diga usted eso, tío Ambrosio! Usted ya es viejo y no puede hacer otra cosa.

—¡Porque soy un cagón y un miedoso, Rafaé! ¡Que te lo igo yo! Si yo fuera otro, ya m'había cargao a unos pocos d'este pueblo, porque motivo no m'han fartao. ¿Pero que quiés que jaga? ¡Si jasta me dá mieo de mentá a mi niña en delante de la gente!

—Hay que olvidar, tío Ambrosio —dije yo.

—Yo no te orviaré nunca, Rafaé. Tú eres un tío mu cojonúo. ¡Cuánto me recordaste a tu padre el día del cementerio! Y eso que no te oí na má que ar prencipio, porque iba agilando pa casa con toa la trupe detrás de mí. Tu padre era un hombre güeno. Lo de la colectiviá esa, era una cosa mu bien maginá. Yo conocí mu bien aquello y a punto estuve de entrá, porque pa entrá no jacía farta ná, na má que los brazos. Allí to era de tos; to el mundo trabajaba y to el mundo vivía sin egoísmo ni ná. Tos se llevaban como hermanos. ¡Júy, que cosa má güena! Pero vino la guerra y se joió to. Bueno lo joíeron los tíos éstos. ¡Estos creminales! Tu padre jablaba mu bien y mu clarito. Pero hoy no se pué jablá asina. Es mu peligroso. ¡Estos tíos son mu malos, Rafaé! No tién concencia ni corazón. Ellos temían a tu padre, pero envidiaban su jorma de palrrá y su jarabe de pico. ¡Sin dil a la escuela ni ná! Que ellos sí que estaron en Villafranca de los Barros, en el colegio ese de los curas, pero gorvieron más burros que cuando se jueron. ¡Y menos má que estudiaron con los curas, que palrran cosa güenas y cosas de Dió! ¡Anda, que si llegan a estudiá en un colegio de los ateos esos, pa qué quiés má! ¡Son tíos mu malos, Rafaé! ¡No te fíes ni un pelo d'ellos!

—Bueno, hombre, me alegro de verle.

—¡No, Rafaé, no te vayas! ¡Espera un poco! Yo te quieo aconsejá una cosa: No estés más en este pueblo. Cójete la maleta y agila pa Madrí. Tú eres un hombre que vales pa abrilte camino por ande quiá que vayas. ¡Y anda que le den por culo a esta gentuza! Ayé mesmo se lo icía yo a la Mari Pepa. La ije, igo: Ese hombre es el tío con más cojones de este pueblo. Güeno, no le ije cojones, que yo tengo educación pa no icí palabrotas en delante de mujeres de respeto.

—Como debe ser, sí señor —dije yo mirando a Rafael, pues a él le venía bien eso de ser moderado al hablar.

—Los amigos del Colorao jablan mu mal de ti. Y sin embargo, sus mujeres, que vienen argunas veces por aquí, jablan mu bien. Pero son unas guarras, porque no icen que eres güeno, sino que estás mu güeno. ¡Serán guarras! Pos como te iba iciendo... No, eso no te lo he dicho. El Colorao está de viaje. Se jué esta mañana mesmo. ¿Y sabes ande s'ha ío? Pos s'ha ío a Madrí. Paece sé que el domingo va a organizá una cacería con gente gorda. Me paece que van a vení falangistas mu altos que tienen cargos mu importantes en no sé qué menisterio.

—No sé. Me han avisado a mí. No me gusta ese trabajo en este momento. Lo he hecho otras veces, pero ahora no me gusta.

—¡Ni a mí! ¿Que tú vas a dil a la cacería esa? ¡Ni jablá! ¡Ni te se ocurra! —dijo casi gritando—. ¡No vayas!

—¿Por qué?

—¡No sé; pero tengo el presentimiento de que argo malo te va a pasá! En esas cacerías, a veces, hay accidentes. Esos tíos cuando están en los puestos, ven conejos y perdices por tos sitios y pegan tiros a to lo que se menea. ¡No vayas, Rafaé, no vayas! ¡Jazme caso!

El temor del tío Ambrosio se me contagió a mí, pues, ciertamente, no era nada extraño que pudiese tener un «accidente» Rafael. ¡No debíamos ir!

—Bueno, tío Ambrosio; no se preocupe usted; no pasará nada. Mire, para tranquilizarle, ahora voy a casa del Colorado. Parece ser que ella está interesada en que trabaje en su casa.

—¡Hombre! ¡Eso sí que es güeno! A mí eso no me extraña ná, porque ya te he dicho que jabla mu bien de ti. Pero no me fío de que el Colorao pase por el aro. Claro, que si ella se empeña, si ella dice que entras a trabajá, es que entras, ¡eso, seguro! Y mejó trabajaó que tú no van a encontrá. Yo ya le he dicho que me quiero jobilá ya. Pa mi mujé y pa mí solos que semos ya tenemos pa viví. ¡Pues, hala, agila deprisa, no sea que se vaya de visita en cá una amiga!

— Dé usted recuerdos a su mujer.

—Gracias hijo. Se los daré y se alegrará tanto como yo. ¡Andá con Dió, hijos! ¡Andá con Dió!

Y con su paso menudo se fue calle arriba, hacia la plaza.

—¡Este tío Ambrosio! —comentó Rafael sonriente.

—Pues yo pienso lo mismo que él. ¡Y no vamos a la cacería, ea!

—¿Pero es que vas a hacer caso del tío Ambrosio? Es un hombre temeroso, acobardado.

—Pues yo también tengo miedo. Ni siquiera se me había ocurrido lo que a él. Puede ocurrir algo malo. Así que, lo he pensado mejor, y no vamos.

—¡Pues iremos! Y tú vendrás conmigo. Por nada del mundo me pierdo yo ahora esa cacería.

—¡Que me maten si te entiendo! Antes, para convencerte de que fueras nos ha costado un triunfo a don Anselmo, a tu mujer y a mí. Y ahora...

—Ahora es distinto.

—¿Por qué es distinto?

—No sé si lo vas a entender. Mi padre decía que no hay que tener miedo a nada ni a nadie. «Cuando tengas miedo a algo —me decía—, hazle frente inmediatamente, enfréntate con él, o ese miedo te perseguirá, te anulará, te hará huir hasta de tu sombra». Una vez en el campo vimos un cardo borriquero, esos que tienen unas alcachofas muy espinosas y que los burros se las comen muy bien. Me dijo que la cogiera con la mano; lo intenté, pero pinchaba mucho. «Es verdad —me dijo—; pero es más tu miedo que el peligro de pincharte. Agárrala con firmeza y rapidez». Después de dudarlo un poco, le hice caso: la cogí apretándola con energía y no sentí ni un pinchazo. «¿Ves? —me dijo—. El peligro está en tu miedo, no en el cardo borriquero. Pues así debes actuar con todo en la vida». Esa es la razón por la que no quiero irme del pueblo. Eso sería una huida que me arruinaría psicológicamente para siempre. Igual que, si por miedo, no voy a esa cacería. Vamos a casa del Colorado.

—¿Pues sabes lo que pienso? Que ahí hay gato encerrado. Que eso de que el Colorado se ha ido a Madrid es una trola.

—No seas cobarde. Me voy.

—¿Quieres que te acompañe?

—Si no me das más la lata, bueno.

X

Mari Pepa era una mujer de unos cuarenta años. Pertenecía a una familia venida a menos. En su casa, el hambre era fiel compañera; pero era una de aquellas mujeres para las cuales el vestir y calzar era lo más importante. Cuidaban con esmero su atuendo personal y sus exquisitos modales. Varias como ella eran del mismo talante. Su único defecto era ser pobres, pero eran personas cultas y muy educadas. Se codeaban con los ricos, por lo cual gastaban más de lo que tenían y estaban siempre a la cuarta pregunta. Parecían de esas mujeres destinadas a ser princesas y cuidaban toda su persona con una exhaustiva meticulosidad. Ellas no iban para princesas, pero el sueño de todas era hacer una buena boda con algún rico.

He dicho que se codeaban con los ricos, pero destacaban de ellos de forma notoria, en todos los aspectos. Eran pobres, ya digo; pero ninguno de mi clase se hubiese atrevido a pretenderlas.

Sin embargo, los mozos ricos alternaban con ellas, paseaban juntos, se reunían en casa de ellos con una amistad sincera. Pero de casarse, ¡nanay! Todos buscaban lo mismo: una tía con mucho dinero, a ser posible, más rica que ellos. ¿Que era más fea que un muerto y más basta que unas bragas de esparto? ¡Eso no importaba! Lo único que importaba es que estuviera podrida de dinero.

Muchos de esos matrimonios no se iniciaron en el paseo que ya cité antes, que aunque un poco tontorrón, tenía su encanto. La mayoría de esos matrimonios los apañaban las propias familias.

Y aquellas mozas elegantes, guapas, educadas, pero sin un duro, se quedaban para vestir santos. Algunas de ellas se casaron con mozos viejos ricos. Eso le ocurrió a Mari Pepa. Tenía treinta años cuando se casó con el Colorado, que ya rondaba los cincuenta. El verlos juntos de paseo los domingos hacía daño a la vista. Ella, toda una señora; él, un paleto al que si se le meneaba un poco caían bellotas. Ella, aparte de guapa y hermosa, era más alta que él. Y eso que no se ponía tacones.

El Colorado, que en su juventud no había encontrado ninguna mujer de su clase que le hiciera caso, menos la iba a encontrar ya de cincuentón. Así que se arrimó a Mari Pepa y se arreglaron dos vidas: Él, por tener una mujer de bandera; ella, por tener un confortable bienestar con el que sacaba a su familia de la miseria.

Llegamos a la puerta de su casa. Un llamador de bronce con figura de león colgaba en cada una de las dos hojas del enorme portalón. Yo agarré uno, di dos golpes y me puse detrás de Rafael. Cuando abrió la puerta la vi vestida con una gruesa bata de lana muy ceñida y con unas solapas que dejaban ver el principio de sus bien dotados pechos. Tenía una hermosa melena recogida hacia atrás. Sonrió al ver a Rafael con una sonrisa que dejaba ver una dentadura blanca y bien cuidada que contrastaba con sus labios rojos.

—Buenas noches —dijo tímidamente Rafael.

—¡Hola, Rafael! ¡Cuánto gusto verte por esta casa! ¡Pasa, hombre, pasa!

Rafael entró, y yo detrás de él; pero me quedé tieso en el umbral. Mari Pepa me miraba de arriba abajo, ya sin la sonrisa del principio. Se subió las solapas para taparse el escote.

Me quedé paralizado porque aquel gesto era una señal evidente de que yo no era bien recibido. Pero, a no ser que me echara, estaba dispuesto a entrar, más que nada, por cotillear.

—¡Ah! No vienes solo.

—Don Anselmo nos dijo que viniéramos los dos —dije yo, reivindicando mi derecho a estar presente.

—Bien; pasad.

Nos condujo al cuarto de estar, el cuarto donde un día vi, o mejor dicho, oí la desagradable escena del Colorado con aquel hombre que iba a pedir trabajo.

La casa, aunque con distinto mobiliario y pavimentos, era muy parecida en su estructura a la de don Anselmo. Las puertas de las habitaciones eran de dos hojas, muy anchas y altas. Encima de las puertas había un montante de cristal. Nos indicó unas sillas y nos sentamos. Ella estaba en un sillón en el centro de ambos y se colocó mirando a Rafael, por lo que yo la veía de perfil, casi de espaldas.

—¿Queréis tomar algo?

Y sin esperar respuesta sacó una botella de coñac envuelta en celofán y dos copas grandes. Se volvió a sentar. Yo eché coñac a Rafael y a mí; sólo media copa. Eché un trago, pero eran tan grandes que engañaban.

—Bueno, Rafael. ¿Qué tal te va? Te veo pasar casi todos los días a la plaza —me miró a mí de soslayo, con no muy buena cara. Era evidente que mi presencia le resultaba muy poco grata. Pues, don Anselmo me habló de ti. Está muy preocupado por tu situación. Nos pidió a todos terminar con este asunto de una vez por todas. Y por eso te he hecho venir.

—¿Su marido me dará trabajo?

—Eso es lo que intento. No va a ser tarea fácil; más que por él, por lo que dirán sus amigos. Pero espero poder convencerle. Ya sabes que tenemos al tío Ambrosio, pero le tenemos ocupado en las labores de la casa: ir por agua, por leña, cuidar del ganado, en fin. En esta casa necesitamos un hombre joven y fuerte, como tú. La tarea es mucha y mi marido ya no está para bregar con los obreros ni para tantas preocupaciones. Necesita un manigero.

—¿Y qué tengo que hacer para que me den trabajo?

—Ya sé por donde vas. No te preocupes, no tendrás que arrodillarte ante nadie. Mi propósito es que sea él el que te busque. Yo me encargaré de prepararle y le acompañaré a tu casa para que le resulte menos violento. Pero lo que no me perdonaría es que después de ir a buscarte, tú dijeras que no. Eso sería demasiado humillante para él.

—No haré eso, se lo aseguro.

—Me alegro. Sus amigos le criticarán; pero ya no es como al principio, cuando aquello de los sellos. Sé, por las mujeres de sus amigos, que ya no están en ese plan, pero ninguno quiere dar el primer paso. Al final todo saldrá bien y volverá la normalidad. Pero tú tienes un carácter muy especial. Si después de hacerle ir a tu casa, tú te negaras sería una tragedia.

—No se preocupe; no me negaré.

—Mira que para mí eso sería muy grave. Necesito plena seguridad en ti.

—Le doy mi palabra de que puede estar tranquila. Las condiciones las dirá él, claro.

—Sí, eso es cosa suya y tuya.

—Supongo que las condiciones serán razonablemente buenas.

—Sí. Eso te lo puedo asegurar. Pero, perdona que lo repita, yo no estoy tan segura de tu reacción.

—Le he dado mi palabra. No sabe usted cómo se lo agradezco. No sé cómo podré pagarle este gran favor.

—¡Bah, bah! No tiene importancia. Para mí es una verdadera satisfacción. Pero yo quería hablarte de otros detalles. Si tu amigo tiene prisa, puede irse.

—¡No, yo no tengo ninguna prisa! —dije yo arrellanándome en la silla. Eso me parecía demasiado morro, pero no quería irme.

—De todas formas lo que quiero decirte ha de ser en privado. Ven.

Y levantándose, se fueron los dos a una de las habitaciones. La verdad es que yo me tenía que haber marchado, pues insinuaciones no faltaron. Y me sentía incómodo. Me levanté dispuesto a marcharme y me dirigí a la habitación para despedirme. Pero no entré. Me asomé por el ojo de la cerradura. Pegué un bote por una enorme sensación de sorpresa; mi cerebro no daba crédito a lo que vieron mis ojos. Volví a mirar. ¡La vi a ella desnuda! Bueno, la bata no se la había quitado del todo, pero la tenía abierta y debajo no tenía nada. La vi todo. Y vi cómo le echó los brazos al cuello a Rafael.

—Mi marido no está. Estamos solos.

—Pero está ahí mi amigo.

—¡Pues sal y dile a ese pelmazo que se largue!

Yo pegué un salto y me senté donde estaba. Paredes se acercó a mí, pálido y nervioso, y me dijo que le esperara en el bar. Salí sin hacer ningún gesto ni comentario.

El frescor de la noche me alivió del calor del coñac y del sofocón de haber visto desnuda a Mari Pepa. Yo en aquel tiempo no había visto nunca una mujer empelote. A mi novia, claro, la tocaba las tetas y lo otro, pero por encima de la ropa. Me fui con paso rápido para el bar. Pero no había andado cincuenta metros cuando, de pronto, me paré. Me puse a pensar.

—«¡Claro! ¡Ahí está la trampa!" —me dije—. «Ahora llega el marido, o vienen los amigos, ella da gritos de que la quería violar, llaman a la Guardia Civil y me lo meten en prisión para toda la vida. ¡Canallas! —grité para mi fuero interno—. ¡Más que canallas! ¡Ah! ¡Pero no se saldrán con la suya! ¡Yo lo evitaré!

Me volví sobre mis pasos y me puse a vigilar cerca de la puerta. Si veía al marido o a alguien sospechoso, golpearía la puerta y le diría a Rafael que escapara de aquella miserable encerrona.

Reconstruí en mi mente toda la escena desde que llegamos. Cuando me vio a mi no pudo disimular su desagrado, porque eso no entraba en sus premeditados planes y podía echarlos por tierra.

Decir que me marchara, sin más, era demasiado. Tenía que buscar un medio para quedarse con él a solas. ¿Y qué mejor medio que el que empleó? Así no era ella quien me echaba, sino él mismo. Para obnubilarnos nos dio a beber coñac en unas copas enormes para emborracharnos antes. Así aturdía a los dos y nos podía manejar a su antojo. Con ese truco se deshacían de él para siempre. ¡Canallas! ¡Pero no se saldrían con la suya! ¡Allí estaba yo para impedirlo!

Y con estos y parecidos razonamientos me chupé media hora dando vueltas como un león enjaulado y mirando por todas partes por si alguien se acercaba.

Pero por allí no apareció el Colorado ¡ni la madre que lo parió!

De pronto oí ruido dentro y corrí a esconderme en el portal de más arriba. La puerta se abrió y por allí salió Rafael más fresco que una lechuga y hasta peinado. Al pasar por donde yo estaba me dieron ganas de saltar sobre él y estrangularle por el rato que me había hecho pasar.

—¡Será cabrón el tío!

Pero él me cogió por el brazo y me hizo andar rápido, casi en volandas. Tenía prisas en alejarse de allí.

—¡Calla y anda ligero!

—¿Que me calle, encima? ¡Me haces pasar el peor rato de mi vida creyendo que te iban a tender una trampa y me dices que me calle! ¡Te partiría la cabeza ahora mismo si no fuera por!... ¡Yo sufriendo como un gilipollas en la calle, mientras tú te estabas poniendo morado con la tía esa! ¡Soy el tío más tonto que ha parido madre! ¡Eso no le ocurre a nadie, más que a mí!

—Lo siento, Sebastián.

—¿Que lo sientes? ¡Eso no te lo crees ni tú! ¡Con el festín que se ha dado el tío y ahora dice que lo siente! ¡Tendrá cara!

—¿Qué quieres que hiciera? Ella me dijo que quería hablarme en privado. Lo normal es que tú te fueras.

—Si a mí me llega a decir alguien que ibas a hacer lo que has hecho, no me lo creo.

—Yo no tengo la culpa. Ella me dijo que fuera.

—Yo que te creía un hombre serio, un hombre íntegro, un hombre honrado. ¡Sí, sí!

—¿Qué habrías hecho tú?

—¡Toma! ¡Pues lo mismo que has hecho tú! Pero es que tú no eres yo. Tú eres tú.

—Serénate, Sebastián.

—¿Que me serene? ¿Después de lo que he visto? ¡Vamos hombre! ¡Que me serene, dice!

—Tampoco ha sido tanto el desprecio por dejarte solo. Tú tenías que haberte dado cuenta de que ella quería estar sola conmigo.

—¡Si no ha sido por eso! ¡Ha sido por lo que he visto!

—¿Y qué has visto para que estés tan alterado? ¿Has visto, acaso, al Colorado?

—¡No! ¡Al Colorado, no! ¡Al negro!

—¿A qué negro?

—¡Al negro de Mari Pepa! ¡Joder, qué chocho tiene la tía! ¡Qué tetas más enormes!

—¿Qué quieres decir? ¿A qué te refieres?

—¡Que os he visto por el ojo de la cerradura!

—¿Que nos has visto por el ojo de la cerradura? ¿Y tú te dedicas a mirar por el ojo de las cerraduras? ¿Qué has visto?

—La he visto desnuda, echándote los brazos al cuello.

—¡Eso es una guarrería, Sebastián!

—¡Sí, sí, guarrería! ¡Pues tú bien que te la has zampado! ¡Qué tía más hermosa y más bien hecha, madre mía! ¡Tienes tú una potra!

—Si lo has visto, más razón para que me comprendas. Una debilidad la tiene cualquiera.

—¡Hombre, a esa debilidad me apunto yo todos los días y hago horas extras, además!

—Pues yo, no. No volveré más a esa casa.

—¡Sí, eso lo dices ahora porque te has puesto como un chivo y estas harto! Ya veremos mañana.

—¡No volveré! ¡Te lo juro!

—Bueno, bueno; no vuelvas si no quieres. Pero, si no quieres volver, recomiéndame a mí. Claro, que lo que ella necesita no es un manigero, sino un semental. Y yo para eso estoy muy canijo.

—Esa mujer es muy desgraciada, Sebastián. Es una mujer infeliz en su matrimonio; infeliz e insatisfecha de sexo, de amor, de afectividad, de cariño. Me da pena de ella. Olvídate de esto.

—¿Que me olvide? ¡Pues no dices tú nada! ¿Pero tú crees que se puede olvidar un monumento como ese con el sofocón que me ha puesto en el cuerpo? ¡Qué tía más hermosa! Yo nunca creí que una mujer fuera tan bonita por dentro.

—Vamos a tomar un vaso de vino.

—¿Todavía tienes más gana de vino, con todo lo que hemos tomado ya? No. Yo me voy a buscar a la novia, que ya es tarde.

Y sin más, nos separamos. Él se fue hacia la plaza y yo me fui para abajo a buscar a la novia.

XI

Cuando llegué a casa de mi novia, ella me estaba esperando en la puerta, como de costumbre, pues yo no había hecho aún la famosa «pregunta». Estaba nerviosa porque a la hora que llegué era más tarde de lo habitual. Debía ser una hora más tarde. Aunque me recibió de morros, y a pesar de que mi novia no era nada del otro jueves, me pareció aquella noche guapísima, hermosísima.

—¡Hola, chata! —la saludé dándole un pellizco en la mejilla.

—¡Ya está bien! ¡Vaya horas de venir! —refunfuñó.

—Es que he estado en casa de don Anselmo y me ha entretenido más de la cuenta —le dije arrimándome mucho a ella.

—¿Tú en casa de don Anselmo? ¿Desde cuando vas tú a casa del cura? ¿A qué has ido tú allí?

—Le vimos esta tarde cuando veníamos del monte por leña, nos la compró y nos dijo que la lleváramos directamente a su casa y que fuéramos esta noche a cobrar. Pero lo más importante es que tiene cosas para nosotros.

—¡O sea, que has estado, como siempre con tu amiguito Rafael!

—Sí, claro. Íbamos los dos juntos.

—¡Claro! ¿Cómo no? ¡Ya me extrañaba que fueras tú solo, sin la compañía de Rafael!

—Olvida ahora a Rafael y pensemos en nosotros, chata mía —y me arrimé más a ella dándole un achuchón.

—¡Quien le tiene que olvidar eres tú! ¡Eso es lo que tienes que hacer, olvidarte para siempre de ese!...

Nada. Basta que yo tuviera ganas de fiesta, para que ella las tuviera de gresca.

—Ya está olvidado, hija; no empieces otra vez a quemarme la sangre con Rafael.

Me arrimé más a ella, la cogí por la cintura e intenté besarla en la boca, al tiempo que la decía con pasión:

—¡Hermosa!

Ella se zafó de mí, diciendo:

—¡Uf! ¡Hueles a vino que apestas! Conque en casa de don Anselmo, ¿eh? ¿Tú te has creído que soy tonta?

—¡Que sí! Se lo puedes preguntar a él, tú que vas a misa.

—De eso no te quepa la menor duda, porque no me lo creo. Has estado bebiendo vino con Rafael.

—Sí, he estado bebiendo vino, pero...

—¡Y no le da vergüenza a ese chulo estar bebiendo vino, teniendo a su mujer muerta de hambre!

—¡Que no, muchacha! ¡Que el vino nos lo ha dado don Anselmo!

—¡Bueno, está bien! ¿Para qué caldearme si tú no haces caso de nadie? ¿Para qué discutir?

—¡Ahora lo has dicho! ¿Para qué discutir? ¡Quiero verte alegre, con esa cara tan requetebonita y esa boquita de piñón! —y de nuevo volví al ataque abrazándola más fuerte e intentando besarla. Pero, de nuevo se desprendió de mí.

—¡Estás borracho! ¡Apestas a vino! ¿Se puede saber qué te ha pasado para que estés tan fogoso esta noche?

—Lo que me pasa es que te quiero, que estoy loco por ti, que me gustas mucho, que te voy a comer...

—Eso me lo dices cuando estés sereno.

—¡Y dale! ¡Que no estoy borracho!

—Borracho, no; pero un poco caliente sí que lo estás.

¡Y tan caliente! Ella lo decía por el vino; pero si hubiese sabido el origen de mi calentura...

—¿Y qué importa eso? Lo que importa es que te quiero, que me tienes loco, que te voy a comer esa boquita...

—¡Tú, qué vas a estar loco por mí! ¡Lo que pasa es que estás como una cuba! ¡Déjame! ¿No ves que puede venir alguien y vernos así?

—Pues vámonos a dar una vuelta.

—¿Una vuelta a estas horas?

—¡No es tan tarde!

—¡No tengo ganas de dar vueltas! Y lo que tú necesitas es irte a la cama a dormir la mona.

—¡Y vuelta a lo mismo! ¡Que no estoy borracho te digo!

—Pues entonces no sé qué te pasa para que estés tan así.

—¿Qué tan así?

—¡Tan meloso, tan pegajoso!

—Porque te quiero mucho. ¿No soy tu novio?

Eso me lo dices cuando estés sereno. El cariño hay que demostrarlo de otra manera.

—¿De qué manera te lo voy a demostrar?

—De sobra lo sabes. Te lo he repetido mil veces.

Y es cierto que lo sabía. Ella no tragaba a Rafael y lo que quería, igual que mi familia, era que me apartara de él, que no le hablara, siquiera. Pero yo en aquel momento no estaba para disgustarme, sino para desahogarme, no discutiendo, claro, sino de otra manera, porque el fuego que me había encendido Mari Pepa estaba en todo su apogeo. Insistí de nuevo y la abracé intentando besarla.

—¡No digas tonterías, chata mía! Te quiero más de lo que tú crees.

—¡No es verdad! —me rechazó de nuevo empujándome y di un traspié, que por poco me tira—. ¡Y no digo tonterías, porque te estoy hablando muy en serio!

Ya me empecé a cabrear; me acerqué a ella en plan de mandarla a tomar vientos, porque el fuego ya se estaba apagando; encendí un pitillo y la dije como escupiendo por un colmillo.

—Está bien; hablemos en serio. ¡A ver: qué coño te pasa!

—¡De sobras lo sabes!

—¡Pues quiero que me lo repitas! —dije yo hecho todo un chulo.

—Lo que quiero es que sepas, de una vez y para siempre, que yo no tengo madera de mártir, como Antonia.

—Bueno. ¿Y qué?

—Pues que no estoy dispuesta a pasarme la vida como ella, con esa angustia y esa agonía.

—¿Y quién te ha dicho que vas a vivir como ella?

—El refrán.

—¿Qué refrán?

—Dime con quien andas...

—¡Ya! —dije apretando los dientes y tirando con fuerza el cigarrillo contra el suelo—. Mira, ¡so payasa! ¡Ni tú ni yo juntos valemos ni la mitad de lo que vale Rafael!

—¡A mí no me insultes!

—¡Calla, y métete bien en la mollera lo que te voy a decir! Rafael es más que un hermano para mí. ¡Es mi amigo! Le quiero con toda mi alma, y mucho más ahora que todos le aíslan y le desprecian. Ahora es cuando he visto lo grande que es, porque una situación como la suya no hay tío que la resista. Si crees que porque me pongas más morros que una vaca; si crees que porque me calientes la cabeza todos los días con la misma murga, vas a conseguir que deje su amistad, estás muy equivocada. ¡Pero muy equivocada!

Mi novia nunca me había visto caliente en ningún aspecto, pero esa noche se enteró. Me miró como si no me hubiese visto nunca, porque a ese Sebastián ella no le conocía. Yo continué:

—Mujeres las hay a patadas, pero amigos verdaderos, muy pocos. Si no estás conforme de mi amistad con Rafael, ahora mismo rompemos, y se acabó. ¡Me voy, y ahí te quedas!

Estaba que echaba fuego por la boca. Ella me cogió las manos y rodeó su cintura con ellas. Me abrazó después, restregando su tetamen contra mi pecho, y me dio un beso en la mejilla, dulcificando su tono al decir:

—No te pongas así, Sebastián. Perdona si te he herido. Yo te quiero mucho, ¿sabes, tontín? Yo también te quiero mucho porque eres muy hombre —y me besó de nuevo.

—¡Bueno! —dije yo con frialdad, porque el fuego lo tenía en la cabeza—. ¡Déjate de sobeos y zalamerías!

—Pero, chatito —me susurró al oído muy melosa abrazándome con más fuerza—. ¿Con lo cariñoso que venías y ahora no quieres que te acaricie?

—¿No decías que venía caliente? ¡Bueno, pues ya me he enfriado! ¡Ya no quiero sobeos, ni besuqueos, ni achuchones!

—¡Qué tontito eres! Yo te quiero mucho, ¿sabes?

Y continuó restregando su pecho contra mi pecho y mordiscando una de mis orejas. Me apretó más fuerte contra ella, me acarició la nuca y buscó mi boca con la suya.

Las aguas volvieron a su cauce: Es decir, el fuego, a instalarse en el mismo sitio que estaba cuando llegué.

XII

La cacería proyectada para el domingo se hizo, por fin, y allí me vi con Rafael, aunque bien a mi pesar.

Durante todo el camino hasta que llegamos a Zarzarromero no dejé de darle vueltas y más vueltas a la cabeza. Pensé, para tranquilizarme, que ese trabajo nos lo había facilitado don Anselmo y él no iba a colaborar en una trampa. Me tranquilicé, pero sólo por un momento. Una nueva duda me vino a la cabeza: ¿Ese trabajo lo buscó él, o se lo ofrecieron? Porque si era lo segundo, la cosa cambiaba mucho. Rechacé aquella idea y pensé adrede que la iniciativa había partido del cura. Pero ni eso me tranquilizó. Porque también fue él quien nos mandó a casa de Mari Pepa, y no creo que se hubiese imaginado lo que iba a hacer la buena señora. Me vino a la memoria lo que aquella tarde de la leña me había dicho Rafael: que don Anselmo era un instrumento en la mano de los ricos. También reflexioné mucho acerca de lo que me había dicho sobre el temor. Me hice el fuerte y me sacudí todos los pensamientos negativos.

Sin embargo, la mosca la seguía teniendo detrás de la oreja. Y todo por lo que había dicho el tío Ambrosio aquella noche que nos topamos con él. ¿No sería yo, como él, un miedoso? Sí; de eso no me cabía la menor duda. Toda mi vida he sido un miedoso. Realmente estaba muy preocupado y confuso y tenía la cabeza como un bombo, me daba vueltas y sentí que me iba a estallar. Así, que decidí liarme la manta a la cabeza y no pensar más en aquel asunto. Lo que estuviera por pasar, que pasara. Que fuera lo que Dios quisiera.

Llegamos a la finca al amanecer. Aunque aún no habían llegado todos los ricos, ya estaban allí la mayoría. Los obreros estábamos todos, incluso el señor Senén. Como le vieron integrado al trabajo, los compañeros pensarían que ya se había roto el cerco y podían hablarle con toda libertad. Fue celebrada por todos su presencia, y le preguntaban por su estado de ánimo y le felicitaban. Estaban todos contentos de tenerle con ellos. También lo estaban de ver a Senén.

Yo le había visto dos o tres veces por la calle, pero nunca hablé con él, como ya dije antes. Era un hombre alto, enjuto, serio, con apariencia de humildad. Pero no me había parecido ni fu ni fa. Hasta que Rafael me habló de él. A partir del día que estuvimos en el monte sentía ganas de verle más de cerca. Y la ocasión se presentó con la cacería. Pero si era un hombre que estaba enfermo, que, además, había estado en prisión, ¿cómo es que los ricos le daban trabajo?

Pero esa pregunta casi valía para Paredes. ¿Cómo le daban trabajo con la que lió con la huelga? La respuesta la encontré analizando las circunstancias de Rafael. Si Senén y el padre de Paredes habían sido compañeros, lo más seguro es que hubiera tenido los mismos enfrentamientos con el cura, aunque yo no los hubiera presenciado. Yo estoy casi seguro que el cura y Senén se vieron y hablaron cuando éste volvió al pueblo. Pero, en fin, eso no me importaba mucho en aquel momento.

Formábamos un grupo todos los ojeadores apartados de los señoritos. Llegaron, por fin, los que faltaban. Había bastantes forasteros. Casi todos eran altos, bien plantados y hasta guapos, con sus cazadoras, y sus cananas a la cintura, y sus escopetas dobladas y abiertas colgadas en el brazo. Uno de ellos dio una voz dirigiéndose a nosotros.

—¡Eh! ¡Ustedes! ¡Vengan a tomar una copa!

Nos acercamos sorprendidos, pues no era normal aquello, al menos en las cacerías a las que yo había asistido antes. Claro, que entonces eran todos del pueblo. Pero aquellos eran señores finos, educados, alegres y agradables.

Tenían allí botellas para parar un tren y nos dijeron que nos sirviéramos lo que quisiéramos. Yo vi una botella de güisqui y me lancé a ella. En mi vida había bebido yo aquello, pero cuando los ricos lo bebían sería porque era bueno. Me eché en un vaso y lo bebí, como la copa que por las mañanas tomábamos en el bar, de un trago. Sentí que me quemaba todo el gañote y por un momento quedé congestionado. Pero pasó, y al rato me sentía muy bien. Los del pueblo no nos dijeron nada; al contrario, nos miraban como si estuviéramos cometiendo un crimen. Sobre todo, el Colorado.

Al cabo de un rato de hablar entre ellos decidieron empezar con el sorteo de los puestos. Yo puse todos mis cincos sentidos para ver cual le tocaba a cada uno. Había uno de la finca, que debía ser el mayoral encargado de organizarnos a nosotros. Cuando averigüé el puesto que les había tocado a cada uno, yo le pedí al mayoral que nos pusiera a Rafael y a mí en la zona que estaban los forasteros, que casualmente les había tocado a todos en el mejor sitio. A mí me pareció aquello demasiada casualidad, pues a nuestro lado estaba Senén, también. Pero deseché la idea negativa que empezaba a invadirme otra vez. Pensé que era una deferencia de los ricos del pueblo con los forasteros, que al parecer, eran peces gordos y los estaban haciendo la pelota para tenerlos contentos.

Aquel trabajo de espantapájaros, como decía Rafael, a mí me gustaba. Consistía, claro, en espantar la caza. Pero no ser un monigote en medio de un sembrado. Quienes se lo pasaban de rechupete eran los ricos apostados en sus parapetos, con su botella de licor y su puro en la boca. Pero a mí me gustaba. ¡Qué bonito era ver saltar a los conejos y el revolotear de las perdices! Las liebres salían corriendo delante, pero los conejos saltaban para atrás y teníamos que obligarles a pasar por donde estaban los cazadores. Se nos escurrían entre las piernas. Tan cerca de nuestros pies pasaban que daba la tentación de tirarse a ellos y atraparlos con las manos.

También las perdices corrían que se las pelaban hasta que nuestro acoso las hacían levantar el vuelo. El vuelo de la perdiz era corto, pero caían abatidas pronto por los tiros. Era un espectáculo precioso pasear por el monte —pues no era otra cosa que pasear—, dando palos a las jaras y las chaparreras para hacer saltar a las piezas.

Aunque la mañana estaba bastante fría, yo me había pegado tres lingotazos de güisqui, ante la mirada asesina de uno de los ricos del pueblo, que parecía como si le doliera que un pobre bebiera güisqui. Y eso que la bebida la habían traído los forasteros porque, ellos, aunque estaban podridos de dinero, eran unos mugrientos.

¡Qué olor más rico había en el monte! Aquello era disfrutar de la Naturaleza y no cuando íbamos a arrancar raíces. Nunca me pareció el monte tan bonito como aquella mañana. Yo estaba disfrutando de lo lindo. Hasta que sonó el primer disparo; a partir de ese momento ya se me jodió la fiesta para casi todo el día. Otra vez empezó a darme vueltas la cabeza y me di en pensar que quizá había hecho mal eligiendo aquella zona. Rafael estaba a unos diez metros de mí y no le perdía de vista. Pero él no disfrutó como yo lo había hecho. Iba con una rama en la mano golpeando, como un autómata, los matorrales y las chaparreras.

«¡Soy más tonto que Pilote!» —pensé, acusándome de imbécil. Porque si hubiese elegido por la zona norte, los del pueblo, aunque odiaban a Rafael, y a Senén, no se atreverían a hacerles daño, pues la gente les acusaría de asesinos, aunque hubiese sido realmente un accidente. Pero la gente que teníamos delante eran todos forasteros, no nos conocían de nada, y si algo le pasaba a Rafael, o a Senén, se consideraría un accidente de verdad.

«¡Yo mismo se lo he puesto en bandeja!» —continué diciéndome con rabia—. «Así, sus amigos forasteros se encargarán de hacer lo que ellos no se atreven. Por eso no pusieron la menor objeción cuando yo, voluntariamente, elegí la zona que ellos deseaban. ¡Cómo iban a ponerlas, si yo les facilitaba el camino!»

Lo pasé bastante mal, a pesar de lo bonito del monte, de aquel olor tan rico a jara, a romero y a tomillo; de la belleza de las perdices y conejos saltando a nuestros pies.

Pero cada vez que sonaba un tiro me entraban escalofríos y miraba a Rafael con temor de verle caer.

A mediodía hicieron una caldereta que sólo con olerla tiraba de espaldas. También sacaron un vino de la tierra, pero mucho mejor que el que tomamos en casa de don Anselmo. Debía ser de una solera de antes de la guerra.

Yo creí que nosotros íbamos a comer aparte, como era normal. Pero mi alegría fue grande cuando uno de los forasteros, que parecía el más importante del grupo, nos dijo que nos acercáramos. Yo me puse junto a él por aquello de que «a quien buen árbol se arrima»... Los forasteros eran gente educada, amable, nos trataban como si fuéramos compañeros. Distribuyeron la caldereta en dos calderos y en torno a ellos se hicieron dos corros. Se pinchaba una presa y se daba un paso atrás para que todos tuviéramos libre acceso a la comida.

¡Me puse de comer como el tío Quico! ¡Y de beber buen vino, también! Algunos lo tomaban en vaso, pero yo prefería la bota. Mientras bebía el fino chorro observaba a los ricos del pueblo, que me miraban con ojos asesinos; pero yo, para más recochineo, cerraba media boca y por la comisura de la otra media recogía el chorrillo. Yo sabía que aquello les cabreaba, por eso lo hacía cuando me miraban. Les daba coraje que un pobre bebiera aquel vino que ellos reservaban para las grandes ocasiones.

Después de comer tomamos café y copa. Yo me aficioné al güisqui. ¡Sabe Dios cuando volvería a probarlo! Por la mañana, la primera copa me supo muy mal, pero harto de comer, me supo a gloria bendita.

«¡Vaya vidorra que se pegan éstos tíos!» —pensé—. «Esto es vida, y no la que nosotros tenemos en el pueblo.

Y la idea de irme a Madrid se hacía cada vez más vehemente. Me obsesionaba la idea de irme de aquel pueblo para siempre. Yo tenía la certeza de que en Madrid iba a encontrar algo bueno. Y mucho más conociendo ya a aquellos señores; ya me las apañaría yo para averiguar sus señas.

Rafael no comió casi nada y se retiró del grupo. Se sentó en una piedra y allí estaba meditabundo. Pero su aspecto no era normal. Algo le atormentaba. Pensé que quizá fuera porque él no quería haber ido a la cacería.

El señor importante de Madrid, del que yo no me despegaba, le vio y me dijo:

—¿Qué le pasa a ese hombre?

—Está un poquino triste —le contesté—. Es mi amigo, ¿sabe usted?

—¡Vaya por Dios! —exclamó el caballero—. ¡Triste en un día tan hermoso! Eso no se puede consentir. ¿Cómo se llama?

—Paredes. Rafael Paredes.

—¿Rafael Paredes? —dijo pensativo—. ¿No será hijo de Rafael Paredes?

—¡Sí, señor: el mismo! —dije yo, muy alegre.

—¿De Rafael Paredes, el anarquista?

«¡Ay mi madre!» —exclamé yo para mí—. «¡Ya he metido la pata, ya la he liado!»

Senén también se sintió interesado al oír a aquel señor.

—Sí, sí, señor —le dije—. Pero él es una bellísima persona. Es un hombre honrado, con un corazón así de grande y se esfuerza en hacer el bien por los demás. Lo que pasa es que tiene mala fama, precisamente por eso. Pero usted no se crea lo que le digan de él.

—Entonces, ya no me cabe la menor duda: es él.

Yo me eché a temblar. Aquellos cabrones del pueblo ya le habrían informado y le habrían puesto tibio. Sobre todo el Colorado, que fue quien fue a buscarlos a Madrid. El caballero se acercó a Rafael y le tocó en el hombro, muy correctamente. Rafael volvió la cabeza y al verle, se levantó. Ambos se miraron. Rafael, extrañado; el señor, mirándole asombrado de arriba abajo.

—¡Claro! —exclamó muy sonriente—. Es usted clavado a él: la misma estatura, la misma complexión, la misma cara de su padre.

El Colorado se acercó a ellos, con mucha curiosidad. Lo mismo hicieron los otros y Senén. Los compañeros nuestros quedaron alejados, pero atentos.

—¿Usted conoció a mi padre? —dijo Rafael, vivamente interesado.

—¡Sí! ¡Ya le conocí! Gracias a él puedo estar hoy aquí. Le conocí en la guerra. Él era capitán del ejército rojo; yo estaba al mando de una compañía de nuestro Glorioso Ejército Nacional. Nos vencieron en una batalla, cerca de Talavera de la Reina, y toda mi compañía quedó prisionera. Los rojos nos querían fusilar, pero él lo impidió; incluso advirtió a sus soldados que no nos hicieran el menor daño. A mí me trató con todos los honores y deferencia a mi graduación. Me podía haber humillado, ultrajado, incluso fusilado; pero no hizo nada de eso. Se presentó y me dijo que se llamaba Rafael Paredes. Era extremeño. Me lo dijo él. Pero ignoraba de qué pueblo. La Divina Providencia me ha puesto frente a usted. Me habló de la —para él— maldita guerra, que tantas cosas buenas había destrozado.

—¿Qué pasó después? ¿Qué fue de mi padre? —preguntó, vivamente interesado, Rafael.

No menos interés advertí en el rostro descolorido de Senén, que al oír aquello se le tensaron todos sus músculos, en cuyas fláccidas carnes se veían.

—Nuestras tropas, que iban avanzando hacia Toledo para liberar el Alcázar sitiado, les tendieron una emboscada al atardecer del día siguiente de nuestra derrota. Fue una matanza horrible. Al amanecer estuve recorriendo todo el campo de batalla buscando, entre los cadáveres, a su padre. Afortunadamente, no lo encontré. Había logrado escapar. Me hubiese gustado encontrarlo con vida para devolverle el trato de favor, con la hidalguía conque me trató a mí.

—Yo también celebro haberle conocido a usted. Desde que se fue del pueblo nunca tuve noticias de él. Hablaron de muchas cosas, por lo que se ve.

—Sí. Me habló de las comunidades agrarias, de su ideal de libertad, de igualdad y de fraternidad. Una utopía, claro, como la de todos los anarquistas.

Senén intervino y le preguntó al señor:

—¿No fusiló a nadie?

—¡Oh! ¡No, no! ¿Por qué lo pregunta usted?

—Simplemente por curiosidad.

—Yo, sinceramente, no le hubiese dado cuartel, porque era una lucha a vida o a muerte. En la guerra se dilucidaba estar bajo la tiranía del comunismo, o en la civilización de los nuestros valores eternos de nuestro Imperio Español. Era matar o morir, sin paliativos ni atenuantes. Su padre creía que acabarían pronto con nosotros. Y no le faltaban datos para creerlo. Ellos lo tenían todo, menos la razón —como dijo nuestro Generalísimo, Francisco Franco—. La República era un barullo desconcertante, inquietante, peligroso. Había muchas clases de partidos republicanos que concebían la República de dieciocho formas diferentes; exactamente como ocurrió en la I República: cuatro presidentes en sólo dos años, y cuatro modelos distintos de República. Y aparte de ellos, estaban los comunistas, que andaban a la greña con los troskistas; los socialistas, unos como U.G.T. y otros como PSOE, que tenían conceptos diferentes de organización social, como Largo Caballero y Besteiro; los anarquistas de la C.N.T. y los de la F.A.I, etc. ¿Cómo era posible hacer un Estado sólido, estable y equilibrado con aquel galimatías? Nosotros, en cambio, sólo teníamos un ideal: el de José Antonio y una sola autoridad: del Generalísimo. ¡Un solo jefe, un solo partido, un solo ideal! Así se lo expliqué a su padre de usted en aquella conversación que tuvo la delicadeza de concederme. Y se lo dije con ardor, con amor, con la admiración que sentía por él. Con el mismo ardor que él puso hablándome de sus quiméricas ideas. Se limitó a pronunciar un discurso, como el pesado de Don Quijote les dedicó a los cabreros. Traté de convencerle, de que se pasara a nuestro lado, pues con sus valores hubiera llegado a puestos muy altos. Pero, desdichadamente él era un fanático del anarquismo. Y eso le perdió.

—Perdón, señor —intervino Senén—. En el anarquismo, mejor dicho, en el Movimiento Libertario no había fanáticos. No mezcle usted a Angiolillo, o a «Seisdedos», por ejemplo, con las realizaciones que los ácratas hicieron en muchos sitios de España. Las comunidades agrarias e industriales no eran un cooperativismo convencional, en que solamente se implica la economía, sino un sistema que abarcaba a la totalidad del hombre y la sociedad, basado en la cultura popular.

Yo me acerqué a Rafael y entre dientes, le dije: «¡Cállate, Rafael, que la cagamos! Este Senén nos va a joder el chollo».

—¡Cállate, coño! —exclamó por toda respuesta, por lo bajo.

Y mientras yo estaba temblando, Rafael estaba embobado escuchando al Senén de los cojones, que nos iba a aguar la fiesta con sus ideas.

—¿Cultura popular? ¿Qué clase de cultura podían tener los cientos de analfabetos que componían esas comunidades?

—Una cultura distinta a la que ustedes imparten. A ustedes les enseñan cosas que tienen que aprenderse de memoria. Al terminar sus estudios tienen un bagaje, un instrumento útil para la vida. Pero esa cultura no es más que eso: un conjunto de conocimientos. La cultura popular de los analfabetos —como usted dice—, no consistía en aprender de memoria cosas; no era algo que les venía de fuera, sino que se sacaba de la profundidad del corazón del individuo. La cultura era CULTIVO de sus sentimientos y aptitudes, cultivo del hombre integral, no solo de su memoria. Al hombre se le enseñaba a preguntarse a sí mismo, a hacerse preguntas constantemente, a reflexionar. El hombre no percibía la verdad fuera de él, sino dentro de sí mismo, profundizando en su corazón, como ya decían los griegos: "Conócete a ti mismo y conocerás el mundo". La cultura no era una enseñanza, sino un descubrimiento personal de eso que usted llama «valores eternos». La cultura, por tanto, no era una cosa adquirida, ni quedaba fuera del hombre, como un objeto, como un adorno, sino que formaba parte de su naturaleza, de lo más profundo de su ser, que acababa transformándole en un ser nuevo que, a su vez, transformaba su ámbito existencial creando un mundo nuevo, fecundo, exuberante: como añadidura, también se les enseñaba ciencias y técnicas, por supuesto; pero la ciencia y la técnica emanada de aquellos hombres, eran humanas, es decir, se ponían al servicio del hombre y de la comunidad, no al servicio del dinero, de la economía, o del poder. Pero la cultura que hacen los sistemas totalitarios no consiste en que el hombre se pregunte, sino en darle respuestas previamente elaboradas. Y eso lo hace el fascismo y el comunismo, ideológicamente tan distantes entre sí.

—En el espíritu individualista, independiente del español es imposible hacer una comunidad paradisíaca, cenobítica o monacal, como usted lo pinta. Al indómito espíritu del español sólo puede dominarle el orden y la disciplina; no la anarquía. Eso es lo que enseñamos en nuestro Frente de Juventudes.

—La disciplina que usted dice, es militarización de la sociedad civil; domesticación y sumisión; hacer títeres, robots que se mueven al toque de un silbato o un cornetín. No se enseña a ser solidarios, sino rivales. Se enseña a competir con el otro, a ser el mejor; pero lo mejor es siempre enemigo de lo bueno porque descalifica a los demás. Creen que cultivan su inteligencia, pero se olvidan de su corazón. Así han conseguido que el hombre sea un lobo para el hombre. En aquellas comunidades existía disciplina, pero sólo como austeridad y templanza. Todos sus componentes eran libres, iguales y con espíritu de hermandad. No había un pensamiento único, rígido y uniforme, sino libre, abierto, rico en ideas e iniciativas nuevas.

—¡Se les enseñaba a ser revolucionarios!

—Sí, por supuesto. Pero no a revolucionarios convencionales. El comunismo, el socialismo, el republicanismo, el franquismo, persiguieron la toma del Poder para desde allí hacer su revolución. Una revolución que, al final no es más que una dictadura. ¿Qué más da una dictadura comunista que una dictadura fascista? Los anarquistas hicimos en España una revolución, un cambio total, sin necesidad de Estado, ni de Ejército, ni de Gobiernos, ni de patronos, ni de diputados, ni de alcaldes. Ustedes sólo hablan del comunismo como el feroz enemigo. Los anarquistas eran más peligrosos. Fueron los auténticos revolucionarios, porque hicieron una revolución jamás conocida, pero siempre soñada por la utopía de los más ilustres pensadores de la Historia de la Humanidad.

El hombre aquel observó detenidamente a Senén, en una pausa que a mí me pareció eterna. Su respiración se alteró, sus fosas nasales se abrieron en su totalidad. Su frente quedó estirada y tersa. Yo pensé que iba a montar en cólera, que desde allí nos iba a mandar directamente al cuartel, por culpa de Senén. Pero se contuvo. Se volvió lentamente hacia los amigos suyos y dirigiéndose a los del pueblo, que escuchaban atónitos a Senén, les dijo:

—Este hombre es muy peligroso.

—No es necesario que usted les advierta eso —dijo Senén muy tranquilo—. Ellos ya lo saben. Pero no se preocupe usted, me quedan pocos días de vida. Me han dado la libertad para que muera en casa. El delito de ser anarquista me llevó a prisión, donde me destrozaron físicamente, hasta hacer de mí una piltrafa humana.

—¡No sería por ese delito! ¡Usted combatió en la guerra!

—Sí, señor; defendiendo la legitimidad de la República; por patriotismo.

—¡Lo de usted no es patriotismo, sino por fanatismo, por defender una causa que llevaba a España al abismo! ¡Nosotros somos los patriotas, quienes hemos hecho de España una, grande, y libre! Una España donde el obrero está protegido por nuestro Sindicalismo Vertical, por el Fuero del Trabajo, principio fundamental de nuestro Glorioso Movimiento Nacional.

—Con la condición de que permanezca con la boca cerrada.

—¡No! En nuestro sindicato vertical están integradas todas las fuerzas sociales: patronos, obreros, profesionales. Unidos en el diálogo, en la negociación, y no en el enfrentamiento. La justicia social está garantizada.

—Pues debe ser en Madrid, porque aquí la justicia social brilla por su ausencia.

—¡Usted es un demagogo! ¿Qué quiere usted decir?

—Eso se lo puede contar a usted Rafael, el hijo de Paredes.

—¿Qué me dice usted? —preguntó a Rafael aquel caballero.

«¡Nada, que la lía!» —pensaba yo para mí—. «¡Que de aquí vamos a salir como el gallo de Morón!» «Rafael, por tu padre, cállate, no digas nada que vamos a estropear las cosas más de lo que están». Pero sí, sí. ¡Se iba a estar callado!

—Que le digan ellos lo que han hecho conmigo, porque si se lo digo yo, dirá usted que soy demagogo, revolucionario o anarquista.

—¡Bueno, vamos a ver qué ha pasado! ¡Quiero enterarme! A ver, ¿quién de ustedes va a contar eso que dice este señor?

Pero allí no piaba ni Dios; todos se hacían los remolones. Y yo, tragando saliva y con los ojos saltones, expectante. El hombre, ya escamado, se dirigió a Rafael:

—Por favor, señor Paredes, le ruego que me diga usted toda la verdad, sin miedo. ¿Qué es lo que ha pasado aquí?

—Bien, ya que ninguno quiere hablar, se lo diré yo. Hace algún tiempo que existe la norma legal de que el patrón pague al trabajador un sello por cada día de trabajo para que lo pegue a la cartilla, y así tenga derecho a todos los seguros sociales. Pero ellos no lo pagaron nunca. Yo escribí a la Mutualidad Agraria de Madrid para recabar información. Y como me asistía ese derecho, lo reclamé exigiendo el sello; pero se reían de mí. Una chica necesitó ser operada en la Seguridad Social en Madrid de un tumor, pero como no había cotizado nunca, no la pudieron operar, y murió. Yo hice un llamamiento a todos los trabajadores para no ir a trabajar si no nos daban el sello. Al final hicimos una huelga —porque ellos se negaban a dar el sello, a pesar de lo que pasó—, y triunfamos. Pero a mí me negaron el trabajo y a mis compañeros les prohibieron que se acercaran a mí, que se juntaran conmigo, que ni siquiera me miraran, bajo amenaza de negarles el trabajo. Así, durante meses, vivo en la más absoluta indigencia, recurriendo a penosas actividades para no morir de hambre. Y si hoy estoy aquí, es por el cura que, no sé por qué medios, ha logrado que me admitieran a mí y a Senén.

—¿Es verdad todo eso que está diciendo éste hombre? —preguntó mirando severamente a los ricos del pueblo.

Nadie respondió. Se hizo un silencio sepulcral. El hombre miraba inquisitivamente a todos.

—¡Es verdad lo que ha dicho éste hombre! —gritó frenético y como fuera de sí, mirando al Colorado.

—Pues, sí —dijo el Colorado, más colorado que su nombre y muy nervioso—. Es que sublevó contra nosotros a los trabajadores. Hicieron una huelga, y eso está prohibido en nuestro ordenamiento jurídico. Intervino la Guardia Civil y quisieron llevarle detenido, pero don Anselmo, el párroco, se metió en medio y al atestado no se le dio el trámite reglamentario.

— La huelga, en efecto, es un delito de sedición. Pero él ha denunciado cosas muy graves. Yo quiero que ustedes confiesen el porqué se llegó a aquel estado de cosas.

—Pues verá usted —dijo el Colorado—: El campo está muy mal y todo son cargas, impuestos, contribuciones. Aquella nueva ley del sello era onerosa para nosotros. Lo discutimos, pensamos en dar los sellos; pero más adelante, cuando el campo se pusiera en mejores condiciones.

—¡Luego ustedes infringieron un Decreto Ley del Ministerio de Trabajo! ¡Pensaron que era gravoso para ustedes, pero no pensaron en que era un derecho de los trabajadores! ¡Han atentado ustedes contra el Fuero de los Españoles! ¡Contra los Principios Fundamentales de nuestro Glorioso Movimiento Nacional! ¡Esto es una vergüenza! ¡Una deshonra! ¡Y una humillación, por enterarme en presencia de ese hombre! —lo dijo por Senén—. ¡Me han quedado ustedes en ridículo! ¡Está bien! La semana que viene mandaré aquí un inspector para que levante acta. Y si éste caballero no está trabajando como los demás; si, por el contrario, me entero de que sufre cualquier tipo de represalia por lo ocurrido hoy aquí, pensaré que se burlan ustedes de mí. Y si usted, don Rafael Paredes, observa la menor injusticia, por pequeña que sea, le ruego que me lo transmita; pero, por favor, no haga usted huelgas. Confíe usted en que nuestro ordenamiento social, el Fuero de los Españoles y nuestro Nacional Sindicalismo están para defender a todos los trabajadores. Si así no fuera, no ostentase yo el cargo que desempeño en el Ministerio, y dimitiría. He tenido el verdadero placer de conocer al hijo de aquel gran hombre equivocado por un ideal utópico. Quiero demostrarle que en nuestro Régimen existe el preclaro y excelso ideal de José Antonio, y que el honor es nuestra divisa. Considero que es usted tan honesto y tan noble como su padre y quiero rendirle tributo de agradecimiento en homenaje al hombre que me salvó la vida.

Y muy ceremoniosamente se cuadró ante Rafael, inclinó la cabeza y le estrechó la mano.

«¡Ole tus cojones!» «¡Este tío nos va a solucionar el porvenir!» —me dije alborozado—. Pero a mí no se había dirigido en ningún momento y quise reivindicar mi parte en el conflicto de los sellos y sus posteriores consecuencias. Así que se lo solté sin más:

—¡Oiga, jefe: que a mí me han tratado igual que a Rafael! Yo tampoco tengo curro. ¿Qué va a pasar conmigo?

—Usted tendrá las mismas prerrogativas que él.

Yo no sabía que cosa eran las «prerrogativas», pero algo bueno debía ser. Sacó su cartera del bolsillo y de ella una tarjeta de visita. Se la iba a dar a Rafael, pero yo me adelanté y se la arrebaté de la mano. La contemplé como si fuera un tesoro. Me miró con curiosidad, y sonriendo sacó otra y se la dio a Rafael. Miró a Senén, muy serio, le midió con la mirada de arriba abajo y le dijo:

—En cuanto a usted, le advierto que sus ideas son muy peligrosas y dañinas. Es usted libre para tenerlas, pero de no de propagarlas. Con sus antecedentes, volvería inmediatamente a la cárcel. Nos ha costado tres largos años de guerra desterrar la anarquía de España. Le he escuchado con benevolencia, con educación, con paciencia y generosidad. No voy a hacer nada contra usted. Pero ándese con cuidado —y dirigiéndose a todos sus amigos les dijo muy correcto, pero con firmeza—: Señores, la fiesta ha terminado. Les estoy muy agradecido por su invitación. Buenas tardes.

Y recogiendo sus cosas se fueron rápidamente hacia los coches. El Colorado y los demás también se fueron. Allí se quedaron todas las piezas sin que ninguno reparara en ellas. Cuando nos quedamos solos los trabajadores, le dimos un fuerte aplauso y vítores a Rafael y a Senén. El mayoral repartió varias piezas entre nosotros. Una sorpresa inusitada, pues los gestores de aquel cortijo, desde el cornudo del guarda, hasta el mayoral, siempre habían mostrado ante nosotros una actitud hierática, distante, mayestática, como si fueran los reyes. Tal vez, el rapapolvo de aquel señor de Madrid le había impactado también al mayoral.

Había sido un triunfo en el tiempo y lugar más insólito.

XIII

Volvimos al pueblo todos agrupados, excepto dos que se fueron delante desgajándose del grupo. Era temprano. La cacería terminó tres o cuatro horas antes de lo previsto. Todos estábamos impacientes por oír hablar a Senén. Nadie preguntaba nada, pero todos le miraban expectante. Él se percató de ello. Antes de que se decidiera a hablar, yo le hice una pregunta:

—Señor Senén...

—Te prohíbo que me llames señor y me hables de usted. Somos compañeros y debemos tutearnos. ¿Qué ibas a decir?

—Es que no he entendido eso que ha dicho de la cultura, eso de que lo bueno está dentro del hombre y lo que le viene de fuera no vale. Yo, por ejemplo, soy un analfabeto. Dentro de mí no tengo más que ignorancia. Yo creo que lo importante es saber cosas y tener cultura. Y todo eso viene de fuera.

—Yo no he dicho que lo que viene de fuera sea malo. Lo que llega de fuera es necesario: son los medios, por los que hay que luchar para que todos tengan acceso a ellos. El agua, el estiércol, el abono, son necesarios para lograr una buena cosecha. Pero la espiga no puede nacer del agua, ni del abono, ni de la fertilidad de la tierra: nace sólo del grano. El grano de trigo, la semilla, encierra dentro de sí el potencial necesario para reproducirse y multiplicarse. Por eso todo lo bueno reside dentro de ella. Está claro que para que dé frutos sean necesarios esos medios, el cuidado de la tierra donde se ha de sembrar. Todo eso es bueno para su desarrollo. Pero el sujeto es la semilla y el objeto, todo lo demás.

—¡Joder! ¡Pues no es eso complicado! —dije yo—. Mis entendederas no dan para tanto.

—Quiero deciros, en definitiva, que lo más importante no reside en los medios, sino en el interior del hombre, porque dentro de él está el verdadero tesoro. El hombre autodidacto no ha tenido profesores, ni colegios, ni universidades para realizarse a sí mismo. Es igual que las plantas y las flores del campo que nacen y se desarrollan sin que nadie se ocupe de cultivarlas. La cultura verdadera debe ser antropocéntrica, homo cultura, cultivo del hombre en toda su integridad. Son necesarios los medios y por ellos hemos de luchar; pero no podemos estar ociosos mientras esperamos que lleguen. Tenemos que ponernos de pie, elevarnos sobre nosotros mismos, tener una alta estima de nuestra naturaleza humana para no degradarnos y envilecernos, sino buscar lo bueno, amar a los demás, desarrollar el espíritu de solidaridad, de fraternidad, pues así es como alcanzaremos la igualdad de todos los hombres y la libertad.

—No entiendo cómo tú —dijo uno—, que tantos años te has pasado en prisión, hables del amor a los demás y no estés lleno de odio y rencor. ¿Tanto dolor no te ha llevado a renunciar y abandonar tus ideas?

—No. Me han llevado, por el contrario, a reforzarlas, a profundizar en ellas. A replanteármelo todo desde otra perspectiva.

—Tú eres anarquista y estás contra el Estado. ¿No te lleva eso a odiar a los que nos gobiernan?

—Yo no lucho contra los hombres, sino contra las instituciones represoras de la libertad. El mayor enemigo de la sociedad es el Estado y toda la estructura social que comporta, que oprime a los ciudadanos en vez de servirlos. El Estado siempre favorece a los ricos en detrimento de los pobres, de los débiles.

—Pero, si no hubiera Estado, esto sería el disloque —dijo otro—. El Estado es necesario.

—¿Por qué? El Estado es una forma de organización social. Pero las formas de organización social son infinitas. Desistir de la búsqueda de otros modos y otros medios es renunciar a la rica imaginación creadora del ser humano, que es la que puede transformar el mundo. Pero eso no interesa al Poder. De ahí la opresión política, por un lado, y la alineación cultural, para que la gente no piense, para que no se desarrolle su intelecto y su inteligencia.

—¡Jopé! —dije yo—. ¿Es que el Estado no existía antes?

—No. El Estado es un instrumento, a través del cual, el capitalismo chupa la sangre del pueblo. El capital puede ganar dinero, cuanto más, mejor y el Estado no le pone topes, sino que le ayuda. Una empresa puede ganar un veinte o un treinta por ciento, el doble que el año anterior, pero al trabajador se le controla el aumento del salario. Así las diferencias económicas son mayores cada vez. Por eso hay que atacar al Estado.

—¡Sí, sí! —dije yo—. Con el Ejército que le guarda, cualquiera.

—Como poder del Estado hay que atacarle también. El pueblo no necesita militares. ¡Qué hubiese hecho el Ejército en la guerra de la Independencia sin la colaboración del pueblo! El Ejército es el puntal que sostiene al Estado y no está tanto para proteger de las agresiones de fuera, sino de la rebelión desde dentro.

—Eso se hace con la lucha de clases, ¿no? —dijo Rafael.

—¡No, no! La lucha de clases no es un método de lucha ni de combate, como el fascismo y el capitalismo os ha hecho creer, sino el producto o fruto de las diferencias económicas, las cuales originan la marginación social, caldo de cultivo de la explotación laboral. Cuando los marginados y explotados claman por la justicia entra en juego la opresión política para sofocar cualquier intento de subvertir ese orden establecido.

—Y contra eso no hay quien pueda —dije yo—. Por eso aquí no se mueve ni Dios.

—La opresión política, no solo produce un desgaste en quien la ejerce, sino, además, cada vez es peor vista por la democracia de los países desarrollados. ¿Cómo, pues, dar libertad sin que peligre el orden instituido? Sencillamente, con la alienación cultural.

—La revolución de Rusia es la esperanza del proletariado. ¿No te parece bien esa revolución? —preguntó uno.

—No. Y eso ya quedó claro en la Primera Internacional, celebrada en Londres medio siglo antes de que se estableciera el comunismo en Rusia. En aquella Internacional no había trabajadores redimiendo a la Humanidad, como advirtió Anselmo Lorenzo, que asistió a ella, sino burgueses disputándose el liderazgo del Movimiento Obrero, no su liberación.

—Pero en Rusia estudian los obreros —dijo el mismo de antes—, y hay muchos que llegan a los más altos puestos, como ingenieros, arquitectos, científicos. ¿No es esa, acaso, la mayor revolución social que han conocido los siglos?

—Sí, en efecto. Es un paso gigantesco en la Historia. Pero no por eso es el más plausible, puesto que existe una férrea dictadura.

—Si no fuera así, los ricos ya la hubiesen aplastado.

—No. Un pueblo de hombres libres organizados en la base es una gran potencia. El pensamiento de todo un pueblo es más rico y fecundo que el de un comité central. Ya en la Primera Internacional surgió ese tema, porque ante la lucha de clases había dos posturas distintas: las de Marx y Engels, y la de Bakunin.

—¿En qué se diferenciaban? —preguntó Rafael.

—Los primeros decían que suprimiendo las diferencias económicas se acabaría con la marginación social, con la explotación laboral, con la opresión política y con la alienación cultural. Y nada de eso ha desaparecido en Rusia, sólo ha cambiado de signo. Ahora es el Estado el que margina a los que no comulgan con sus ideas, el que explota, el que oprime políticamente y el que obliga a todo el pueblo a tener un pensamiento único. Exactamente, como hace el fascismo. ¿En qué se diferencia eso de la dictadura franquista? Tal vez, en el color, en que unos son rojos y los otros azules.

—Lo siento, Senén —volvió a repetir el mismo que ya había hablado antes—. No estoy de acuerdo contigo. ¿Cómo entonces se puede acabar con la lucha de clases y lograr la paz, la justicia y la fraternidad?

—Sencillamente, invirtiendo el orden. Empezando primero a luchar contra la alienación para que el hombre esté integrado en sí mismo, y no alterado, fuera de sí, vacío, embobado por imbecilidades para que nunca desarrolle el potencial que como criatura humana lleva dentro de sí. Cuando un hombre tiene plena conciencia de su dignidad no se deja avasallar, y lucha con uñas y dientes por su libertad, por su autonomía, aunque en ello le vaya la vida.

Todos miraron a Rafael de soslayo, pues eso que dijo Senén era como un retrato de Paredes.

—Cuando un hombre tiene plena conciencia de su dignidad no se doblega ante ninguna opresión política y lucha contra la explotación para que no haya marginados y la riqueza y los bienes sociales lleguen a todos los hombres. La voluntad implícita en el corazón del hombre, aunque no se vea explícitamente, por estar emborronada por la alineación y no se tenga clara conciencia de ello, es la libertad, la igualdad y la fraternidad.

—Sin embargo, esta gente dice que tú eres malo porque incitas a la lucha de clases —dije yo, pues eso lo había oído en más de una ocasión.

—Sí; es cierto. Cuando yo despierto vuestras conciencias, naturalmente, os incito a luchar por la promoción colectiva, que se enfrenta a los intereses de los poderosos.

—Pero es lucha de clases —insistí—. Y eso está muy perseguido. Te pueden meter en la cárcel.

—Claro. Eso supone enfrentarse con la opresión política del Estado y su Ejército, con esa valla protectora de los ricos. Eso, naturalmente, es estar metidos en la lucha de clases. Pero, también ellos cuando defienden el orden que han implantado están inmersos en la misma lucha de clases que yo. De nada sirve que se acepte o se rechace la lucha de clases. Esa es una realidad que está ahí y, se quiera o no, todos estamos metidos dentro de ella, ricos y pobres.

—Yo no estoy metido en la lucha de clases porque nunca me he metido en política —dije yo—. Yo soy neutral.

—En la sociedad, nadie es neutral. El que cree serlo, se equivoca, o miente descaradamente. Si ante una situación permanente de injusticia, no gritas y protestas, estás al lado de los que cometen las injusticias, eres cómplice de ellos.

A mí eso no me convenció, pero me callé. Sin embargo, Senén percibió mi falta de convencimiento.

—Sí, Sebastián. En la sociedad nadie es neutral. O estás al lado de los explotados o en contra de ellos, si no luchas por la libertad, la igualdad y la fraternidad.

—Todo eso que tú dices —intervino otro— es pura teoría. Eso es de la Revolución francesa.

—No. Las voces de Libertad, Igualdad y Fraternidad no nacieron con la Revolución Francesa. Ese sueño ha estado en el corazón de la criatura humana oprimida desde la noche de los tiempos, desde mucho antes de la rebelión de Espartaco contra la esclavitud de los romanos, y los más ilustres pensadores de la Historia, desde Platón a Tomás Moro, pasando por los idealistas que dieron forma al sentir de los pueblos, como Cervantes, como Fray Luis de León —el gran místico que la Iglesia no santificó por su ideal de una sociedad sin clases—, o como el poeta alemán, Schiller, acariciaron esa utopía. Pues ese sueño eterno de la Humanidad, que nosotros hicimos realidad en nuestras comunidades agrarias, sigue ahí latente en los corazones de todos los hombres oprimidos. No, compañero; no es una teoría. Es un sueño, un anhelo, un deseo.

—¿Qué opinas tú de los curas y del tinglado de la Iglesia? —preguntó Rafael.

—¡Ah! Tu padre, en eso era un especialista, tenía las cosas muy claras. Bueno, la Iglesia y los curas son un instrumento de alienación, de opresión y represión al servicio del Estado. Pero Jesucristo era otra cosa. Los curas han falseado el evangelio y han hecho opaco para los pobres el luminoso mensaje de Jesús. Y si volviera a nacer, le volverían a matar.

¿Y qué diferencia hay entre Jesucristo y la iglesia? —preguntó vivamente interesado Rafael.

—Mucha. Jesucristo es el arquetipo de hombre honesto, heroico, generoso, preclaro, puro, perfecto, amigo de los pobres El hombre más excelso que ha dado la Humanidad.

—En cambio —dijo Rafael—, los curas y la iglesia son amigos de los ricos, se pegan a ellos como lapas y con eso del cielo y del infierno, logran que les donen sus fincas y su dinero antes de morir. Así engordan y son cada vez más ricos, pero sin ningún provecho para la sociedad.

—La iglesia —continuó Senén— ha hecho de Jesucristo una cuestión cultual, le han hecho Dios y sólo se han dedicado a rendirle culto. Pero el mensaje de Jesucristo está sin estrenar.

—Me resulta curioso —dijo uno— que tú, siendo anarquista, hables tan bien de Jesucristo. ¿Dónde aprendiste esas cosas?

—Paredes era un entusiasta de Jesucristo y tenía un evangelio que compró. A mí, entonces, no me interesaba ese tema ni aquel personaje. Fue en la prisión donde lo leí. Era uno de los pocos libros que nos dejaban leer. Yo, no solo lo leí, sino que lo analice palabra por palabra. En la prisión hay tiempo para todo.

—Jesucristo era pobre, como nosotros, ¿verdad? —dijo otro.

—Sí. Decía que hasta las zorras tenían su madriguera, pero él no tenía donde reclinar la cabeza.

—Él, que multiplicaba los panes y los peces y convertía el agua en vino, si pasaba hambre es que estaba tonto —dije yo—. Eso no lo entiendo.

—Predicaba con el ejemplo. Es curioso que la palabra pobre o relativa a la pobreza, es la más repetida en el evangelio. Tuve curiosidad de contarlas: Más de veinte veces. Hay otra cosa que el evangelio repite con insistencia: los milagros. Pero la mayoría de los milagros eran para curar a los enfermos y lisiados. Según la creencia judía, la enfermedad era castigo de Dios por pecados del enfermo o de los padres, por lo que eran considerados impuros y, por ello, marginados de la sociedad y, por lo tanto, pobres. Si añadimos esto, las citas de los pobres llegan a cien.

—Eso está muy bien —dije yo—. Pero los curas, cuya carrera es de las más largas, han estudiado más que tú el evangelio. Sin embargo, ninguno es pobre. Yo no creo que Jesucristo viniera por los pobres, como dices.

—Sí, Sebastián. La respuesta que Jesús dio a los enviados del Bautista preguntando si era él el que tenía que venir, o tenían que esperar a otro, fue: los ciegos ven, los sordos, oyen, los cojos andan, los enfermos son curados y se anuncia el evangelio a los pobres. Por eso la palabra pobre es la que más se repite en el libro que os digo. ¿Es eso una casualidad, o tiene alguna finalidad?

¿No vino él a hacer la revolución? —preguntó Rafael.

—Sí, pero no como tú te lo imaginas. Él dejó muy claras sus ideas. En el discurso más bello que se ha hecho en toda la historia de la Humanidad, el llamado sermón de la montaña, habló de los pobres como bienaventurados.

—¿No es burla llamar bienaventurado a los pobres? —dije yo.

—No. Él era un hombre serio. En un momento de su vida dio gracias a Dios porque todo eso que predicaba se lo había mostrado a los pobres y se lo había ocultado a los poderosos. A sus seguidores les dio la consigna de que debían predicar por todo el mundo aquella buena nueva, pero sin llevar alforjas, ni dinero; desprenderse de todo y dárselo a los demás. Y para los que tenían miedo a la pobreza, les ponía de ejemplo a los pájaros y a los lirios para que no se afanaran en acaparar. Los más fieles seguidores suyos, lo hicieron así. Ahí está Francisco de Asís, que sólo servía, por mandato de Jesús, a su dama, la pobreza. Y es ahí, en la pobreza, donde está el grandioso misterio del mensaje de Jesús. Un misterio que sólo unos cuantos privilegiados lo entendieron y lo pusieron en práctica. Pero los curas, las monjas y los frailes hicieron lo contrario: sociedades capitalistas, ricas, burguesas y opulentas.

—Yo no entiendo nada del evangelio —le dije—. Pero eso que dices tú me parece que no... —no me atreví a decir que era mentira, pero él lo percibió.

—¿Por qué no?

—Porque eso no es lo que todos nosotros creemos. Yo soy pobre y he pasado mucha hambre y soy un tarugo que no sé hacer la o ni con un canuto. La pobreza es lo peor que hay en la vida; es la peor lacra que padece el mundo. Eso lo sabemos bien los pobres. Pero, según tú, parece que Jesucristo lo que quería era una sociedad de pobres, de indigentes y de mendigos.

—No, Sebastián —me dijo con una dulce sonrisa, pero tal vez un poco molesto por oponerme tanto a sus palabras—: Jesucristo no quería una sociedad de pobres, sino todo lo contrario.

—Pues los curas —insistí yo—, que saben mejor que nadie lo que dice el evangelio, viven muy bien. De pobres, nada. A mí eso de la pobreza no me convence.

—La pobreza tiene muchos aspectos, según por donde se la mire. Está la pobreza de situación, que es a la que tú te refieres. De la misma forma te sientes pobre tú, que no tiene para vivir con la dignidad que te corresponde como ser humano, como aquel, que sin faltarle lo más necesario, carece de las comodidades que son corrientes y habituales en el medio donde vive.

—Esa pobreza es horrible. A mí eso de la pobreza no me convence, que no, vaya.

—Esa pobreza de situación siempre es relativa, porque siempre hay uno más pobre detrás. Pero nos han enseñado, no a mirar hacia atrás, sino adelante, al que más tiene, a ser codiciosos, egoístas, insolidarios. Y, claro, cuando esa pobreza no se ha elegido voluntariamente, constituye, lógicamente, un malestar físico y un deterioro moral, como puede ser la envidia, el rencor, la tentación de robar, incluso la pereza, la indolencia, el fatalismo y la desesperación.

—Todo eso es lo que me pasa a mí —dije.

—Y a todos nosotros —dijeron varios más.

—Existe otra clase de pobreza, como virtud humana. Es aquella que no faltando lo necesario para vivir como es debido, se renuncia a cosas superfluas y se lleva una vida austera y sencilla, por creerlo más conforme a la libertad de espíritu.

—Pero eso no es pobreza —insistí yo—. Los ricos de este pueblo están podridos de dinero, no se ven hartos nunca, pero algunos son mugrientos y se gastan menos que Tarzán en alpargatas. Pero a veces, eso es verdad, dan dinero al cura para obras de caridad a los pobres y para los chinitos.

—Dan limosnas a los pobres, no tanto por amor a los pobres ni a Dios, sino como confortable autocomplacencia.

—Para ir al cielo. Después de vivir como Dios en la tierra se quieren asegurar el cielo cuando se mueran.

—Puede que sea por eso. Por otra parte está la pobreza que Jesús predicó, y la que sus más distinguidos seguidores practicaron, renunciando a todo y entregándose al servicio desinteresado de los demás.

—Pero si uno trabaja duro en la vida para juntar unas perras —dije—, si se lo das a los demás, ¿qué te queda a ti? ¿Para qué trabajar y afanarse? Claro, así, los que se benefician son los que no dan ni golpe. Pues si todos hicieran igual...

—Y esa pobreza —intervino Paredes—, que puede servir para santificarse el que la practica, ¿tiene alguna utilidad para la sociedad en general?

—Mucha. Esa pobreza es la antítesis del egoísmo, de la codicia, de la avaricia, que es el origen del acaparamiento de unos y de la miseria de otros, y factor primero y fundamental de la lucha de clases: las diferencias económicas. Observad la Naturaleza. Todos los seres y todas las plantas toman de la tierra lo que necesitan para su desarrollo, pero no más. Así hay un equilibrio perfecto, una armonía universal. A ninguna criatura le falta nada de lo que necesita para su desarrollo y todos aportan a la vida los frutos de su esencia. Esa es la pobreza que digo, no la miseria y el hambre. Ese es el mundo perfecto, que nosotros hicimos realidad en nuestras comunidades: cada uno aportaba según su capacidad y obtenía según su necesidad. Esa pobreza consiste en renunciar a lo pequeño propio para poseer la grandeza de todos. Jesucristo predicó esa pobreza, y los primeros cristianos lo entendieron así crearon comunidades en la que todo lo tenían en común. Muchos santos, después, lo hicieron también para que su ejemplo se extendiera a toda la sociedad. Pero los frailes traicionaron el espíritu de los fundadores, viviendo sólo para ellos y prostituyeron el mensaje de Jesús.

—Y después de lo que ha pasado en la guerra —dijo Rafael—, después de pasarte media vida en prisión, ¿aún crees que eso se podrá arreglar algún día? ¿Esa sociedad que mi padre y tú pretendíais, crees que se podrá conseguir algún día? ¿No es eso una utopía?

—Sí, claro que es una utopía. Pero las realidades de hoy son las utopías de ayer. La gente tiene una idea peyorativa de la utopía, como si fuera algo malo por ser irreal. La realidad no es fantasía, es algo palpable, tangible, objetivable, y eso es en lo único que cree aquel que no ve más allá de sus narices, y aconseja a los demás que sean realistas —no sé, pero me pareció que me miraba a mí—. La realidad no es fantasía, está claro; pero la fantasía sí es realidad.

—¿Cómo va a ser realidad una fantasía? —dijo uno rascándose la cabeza y mirando a Senén con cara de pensar que lo que oía no era más que una trola.

—Cuando alguien piensa que algo que aún no existe puede ser posible, ya es una realidad; mejor dicho, es el principio, el germen de una nueva realidad en vibración, en movimiento. Todo lo creado ha sido antes deseado, imaginado, soñado.

—Si tú lo dices, será verdad —dije yo, incrédulo. Durante toda mi vida yo había soñado e imaginado la forma de hacerme rico; pero ni deseando, ni imaginando, ni soñando pude salir nunca de pobre. Para mí Senén era un fantasioso, un chalado que se había vuelto tarumba en la prisión.

—El sueño que el poeta Shiller escribió para la novena sinfonía de Beethoven —continuó dando el coñazo—, de un mundo en el que todos los hombres algún día volverán a ser hermanos, es una realidad en embrión, en evolución, en convulsión. Un sueño que está en lo más profundo de los corazones de los hombres honestos, de los limpios de corazón. Y esa fantasía es una realidad en movimiento, que poco a poco va fertilizando y transformando la mentalidad de los que, por ignorancia, por pereza, por indolencia, por fatalismo, permanecen alienados. Pero un día vendrá en que los hombres luchen por la felicidad de sus semejantes sin ningún interés, sólo por el generoso altruismo de hacer bien a los demás.

—¡Yo no entiendo nada, lo siento, soy un zoquete! —dije yo, que cada vez entendía menos lo que Senén nos explicaba—. Pero todo eso que tú dices es muy difícil, creo que imposible de que se pueda realizar algún día. Cada día hay más egoísmo.

—Hay que sacudirse el pesimismo y el fatalismo, Sebastián. Hay que levantar la cabeza y el corazón, con brío, y con espíritu entusiasta, elevar la moral, tener fe en el hombre, transmitir a los demás el optimismo, la alegría, la esperanza de que la utopía no es sueño, sino vida que constantemente está fecundando los corazones de los hombres para hacerlos mejores, más generosos, más íntegros, más solidarios y más valientes. Hermandad, amor, fraternidad. Eso es lo que debemos de ir construyendo entre nosotros. Si nuestras camas tienen chinches, las matamos sin esperar a que nadie lo haga; si está sucia, la limpiamos. Cuando nos hacemos un traje, el de la boda, que es el único que nosotros nos hemos hecho, nos lo hacemos a nuestra medida. Sin embargo, el destino de nuestras vidas nos lo dan hecho de serie, y siendo lo más importante, lo aceptamos con resignación bovina por culpa de la alienación. El hombre debe tener la fortaleza y la valentía para hacerse a sí mismo, sin esperar a que nada ni nadie programe y planifique su vida.

—Pero si eso no nos lo permite el Sistema que tenemos —volví a insistir yo—, si nos lo prohíben ¿qué podemos hacer?

—¡Pues hacerlo sin permiso, coño! —me increpó Rafael—. ¡Siempre estás con miedo, siempre tirando para atrás! Si fuera por ti nos asfixiaría la mierda, nos comerían las chinches, se nos caería la casa.

—¿Y qué partido es el que nos propones? —le dije yo, algo cabreado, esperando que de una puta vez dejara de cacarear y pusiera el huevo—. Porque hablando de Jesucristo, a lo mejor no te hacen nada. Incluso con eso se puede sacar tajada.

—No os estoy proponiendo hacer un partido político. Ni siquiera el anarquismo, que jamás fue un partido. No. Los partidos tienen todos los mismos defectos y contradicciones. Dicen que luchan por la democracia, pero no la toleran dentro de sus organizaciones. Todo partido político es una dictadura en sí mismo. Sólo manda el comité central y en éste, el secretario general o el presidente. Algún día desaparecerán los partidos, pues después de más de dos siglos de lucha siguen con los mismos defectos de siempre. Entreteniendo a la gente con el mito de la izquierda y la derecha, cuando con cualquiera de ellos en el poder, quien manda y ordena es el gran capital monopolista. La política será en el futuro una profesión, como la medicina o la abogacía y sólo estarán en ella los que de ella vivan directamente. Pero los militantes generosos, desinteresados, sacrificados, entregados a la lucha por una sociedad mejor, abandonarán esas corporaciones y buscarán otros cauces, otros caminos donde ejercer su ansia de libertad, de igualdad y fraternidad para todo el mundo. Y esos cauces diversos no se enfrentarán entre sí, como lo hacen los partidos. Serán, como los arroyos, riachuelos y grandes ríos, que por diversas y opuestas vertientes se funden en el mismo mar: el mar de la solidaridad y de la felicidad de la Humanidad. Y eso no solo lo harán los generosos militantes de base de los partidos políticos; lo harán también lo profesionales. Los ingenieros, que demolerán muros, alambradas que separan a los pueblos y construirán caminos sin fronteras, para que los hombres se encuentren y se abracen; los maestros llevarán, no la puerca cultura que el capitalismo ha elaborado para alienar y enfrentar a los pueblos, sino la cultura de la solidaridad para la suprema salud espiritual; y tras ellos irán los médicos para restablecer la salud de sus cuerpos; y con ellos, los farmacéuticos, como apoyo logístico; y los poetas dejarán de decir sandeces sobre la primavera y su atardecer y cantarán las delicias del alba de la nueva civilización, como ya lo dijo el gran poeta Shiller, al que Beethoven puso la más hermosa música jamás oída. Ya no harán falta cañones para destruir al capitalismo. Caerá solo, podrido por tanta molicie acumulada.

Nada, nada. Senén era para mí Antoñita la fantástica y cada vez me convencía menos lo que decía.

El capitalismo, como dijo Marx —continuó—, sólo caerá por sus propias contradicciones. El capitalismo se frota las manos con los partidos políticos. La mejor gestora de los asuntos del capitalismo es la socialdemocracia. La perversidad del sistema capitalista alienta el enfrentamiento entre partidos, y éstos, a su vez, siguen dócilmente esa perversa enseñanza y hace que los hombres sean enemigos entre sí. Eso es lo que le interesa al capitalismo y lo promueve. Pero hay que gritar contra eso. ¡No, el hombre no es enemigo del hombre! ¡El hombre es hermano del hombre! Y esa contradicción de los partidos acabará con ellos, porque los hombres buscarán, no el odio y el enfrentamiento, sino el amor y la solidaridad. Socorrer y ayudar a aquellos hermanos que no tuvieron suerte en la vida, eliminando las fronteras que los separan.

—Eso ya es demasiada utopía, Senén —dijo uno.

—Esto no es más que las reflexiones de un hombre que ha luchado por una sociedad libre, sin clases, igualitaria en los medios que cada hombre necesita, solidaria, y que por eso ha sufrido la tortura de sus semejantes, que han hecho de mí un anciano prematuro, un enfermo al borde de la sepultura.

—¿Y después de pasar todo eso, todavía tienes ganas de seguir armándola? —de seguir jodiendo la marrana, quise decirle mejor; pero le dije—. ¡Sólo con pensar lo que tú has pasado se me ponen las carnes de gallina!

—A pesar de todo eso, no han matado mi esperanza de que este mundo algún día será un mundo donde todos los hombres volverán a ser hermanos. Entonces, el mensaje de Jesús, el líder más grande que jamás tuvo la humanidad, el amigo de los pobres, de los bienaventurados, se habrá hecho realidad, porque el espíritu de ese líder va delante, al frente de ese ejército de voluntarios que llevan la paz y la fraternidad. Pero los encargados de proclamar esa verdad, callan.

Hizo una pausa para respirar, pues noté como si se asfixiara.

—Y ese convencimiento —continuó— me inunda de esperanza y alegría. Una esperanza que os quiero transmitir con emoción. ¿Acaso ese deseo no está latente en vuestros corazones? ¿Acaso ese anhelo de libertad, de igualdad y de fraternidad no lo tenéis vosotros, los pobres, los que sufrís, los que lloráis, los que tenéis hambre y sed de justicia? Jesús dijo que eran bienaventurados todos los que padecían eso. Sin embargo, la última bienaventuranza, la principal, la que es el colofón y coronamiento de todas ellas, es para los que sufren persecución por la justicia. ¿Pero quienes son los perseguidos? ¿Los que callan y se humillan? ¿Los cobardes y miedosos? ¿Los egoístas e insolidarios? ¿O los que luchan contra la iniquidad y el despotismo por una sociedad mejor, más equitativa? Jesucristo ya se lo anunció a sus seguidores: «Os perseguirán» ¿Persiguen a los curas en la sociedad capitalista, que sólo ignominia e injusticia siembra por doquier? Hay que luchar, aunque nos parezca que nuestra lucha no vale para nada. Cada vez que en cualquier parte del mundo, por remota y aislada que se encuentre, un hombre o un pueblo lucha por la libertad, está luchando por mi libertad, por la libertad de toda la Humanidad, pues con su lucha está elevando el listón de la dignidad humana. Y, por el contrario, cuando un hombre se deja humillar y envilecer está retrasando el progreso con su cobardía, ¿no es eso motivo para aumentar nuestra fe y nuestra esperanza de que el mundo será algún día el edén donde todos los hombres serán iguales, felices y hermanos?

Se había acalorado tanto en su discurso que le produjo un golpe de tos. Sacó un pañuelo del bolsillo y se lo puso en la boca tratando de sofocarlo. Cuando lo retiró, vi que estaba manchado de sangre.

—Hay que ponerse en pie, elevar nuestra auto estima, tener fe en el hombre, en el otro, cosa que no hace el Estado, ni los partidos, ni los ricos, ni los curas.

Volvió a toser y vi su pañuelo más empapado de sangre.

Rafael se acercó a él y le dio su pañuelo, pues el de Senén ya estaba saturado de sangre.

—No hables más, Senén. Calla y vámonos para el pueblo.

—Hay que gritar —continuó casi congestionado— contra los que nos ponen una mordaza para que callemos.

—Calla, Senén. No te sofoques —dijo Rafael.

—Jesús gritó contra los fariseos, y Santiago gritó contra los ricos que defraudaban el jornal de los que segaban sus campos. Pero los curas callan. ¿Quién proclamará el mensaje de Jesús a los pobres?

—Ya nos lo explicarás otro día. Estás muy mal, Senén.

—No. Sé que la muerte me está esperando cerca. Sin embargo, Rafael, este es el día más feliz de mi vida por poder comunicaros todo esto que llevo dentro de mi corazón. Gracias, compañeros, por haberme escuchado. Yo me voy ya de este mundo; vosotros seguiréis. Sólo os pido que recordéis mis palabras.

Todo ese brío y entusiasmo se reflejaba en su rostro macilento. Pero a mí no me entusiasmaba ni me convencía. Por mucho que dijera Senén, para mí todo eso no era más que fantasía monda y lironda. Pero eso que dijo, que los bienaventurados son los que luchan y por eso son perseguidos, me molestó. Eso lo decía por Rafael y por mí. Rafael le alababa y a mí me tenía por cobarde.

Y para no liarla, me callé y no hablé más.

¡La pobreza! ¿A mí me iba a convencer de que la pobreza es buena? ¡Vamos, que eso de la pobreza no se lo cree ni el Papa! Si eso lo dijo Jesucristo, me jodió la poca fe que yo tenía en ese hombre. Porque Rafael me lo pintaba como un tío muy bueno que había venido a defender a los pobres. ¿Y Jesucristo decía a los pobres que tenían que ser más pobres todavía para ser buenos? ¡Vamos, anda!

El hambre es la consecuencia más directa de la pobreza. Mucha gente habla del hambre. En esas campañas que se hacen contra el hambre, con esas fotos de niños desnutridos, los que las hacen, no tienen ni puta idea de lo que es el hambre. Los únicos que sabemos lo que es el hambre somos los que la hemos pasado un día y otro día; un año y otro año. Esos que hacen esas campañas sabrán mucho de teoría sobre el hambre, pero nada más. Nadie mejor que un dentista conoce las causas de un dolor de muelas y las consecuencias que de ello se pueden derivar; pero, a pesar de toda su sapiencia odontológica, jamás sabrá lo que es un dolor de muelas hasta que lo padezca en sus propias encías.

Pero, claro, no iba yo a discutir con Senén, porque él era muy culto y yo, sólo un destripaterrones. Por otra parte, Paredes, y casi todos los demás, estaban embobados con su discurso. A mí, eso de que la pobreza es buena no me lo hacen tragar ni con sonda. El hambre es criminal, asesina. Todos los que hemos pasado hambre de niños tenemos las células de nuestro cerebro debilitadas, disminuidas, por lo que nuestro cociente intelectual es muy bajo. Por eso son raros los pobres que llegamos a ser algo en la vida; en cambio, los ricos, los que han comido bien en la niñez, los que han tenido perras para estudiar y todo eso, son altos, listos, con carrera, y hasta guapos son los cabrones. En cambio yo, siempre he sido canijo, debilucho, feo, y más bodoque que el burro de Buridán.

Sin embargo, a pesar de eso, me gustaba oír a Senén. El tío se explicoteaba de maravillas. Era un hombre serio, humilde, sencillo, debilitado por la enfermedad, con aspecto cadavérico; pero cuando cogía la palabra parecía otro. Su cara se transfiguraba. No me extraña que en su tiempo convenciera y arrastrara a la gente. Era un hombre que tenía el arte de persuadir y entusiasmar.

Pero en el año 50, con la represión que había, que por menos de un pitillo te pegaban dos hostias los civiles, cualquiera se metía en berenjenales políticos. Además, que a mí la política no me ha gustado nunca. Todos los que se meten en política es para chupar. Todos los que se meten a curas, a chupar.

A mí, lo único que me preocupaba era yo, mi vida, mi situación. ¿Que para eso me tenía que arrimar a los curas y a los políticos? Pues claro; ¿cómo si no iba a solucionar mi vida? Senén hablaba mucho de preocuparse por los demás, cosa que no lo veo del todo mal. Y para eso ponía ejemplos de la Naturaleza. Pues yo veo que los pájaros se preocupan de sus polluelos con un esmero que da gusto verlos. ¿Pero a que ninguno se preocupa de dar de comer a las crías ajenas? ¿Eh? ¿A que no? Pues eso: en esta vida cada uno va a lo suyo.

Pero si yo le digo esto a Senén, me revuelca dialécticamente. Por eso me dije: ¡Chitón, y punto en boca! A disimular, a aplaudir, a decir a todo amén y a nadar en todas las aguas.

Yo no estaba de acuerdo con nada de lo que dijo Senén, como tampoco estaba de acuerdo con todo lo que hacía y decía Rafael, que sólo palos y amargura nos traía. Bonito panorama el que nos presentaba. Sin embargo, yo sentía por Senén un gran afecto. ¡Y no digamos por Rafael! Y eso es lo que yo me he dicho siempre y nunca he logrado entender. Si Paredes era tan distinto a mí y yo tan contrario a sus ideas, ¿por qué le quería yo tanto, que no era capaz de separarme de él?

La tarde estaba alegre; entre el vino que nos dieron y el discurso de Senén, los ánimos estaban calientes, todos disfrutaban. No iba a ser yo el aguafiestas.

Senén se puso ya imposible y casi estaba moribundo. Entre Rafael y yo le cogimos colocando sus brazos sobre nuestros hombros y así fuimos al pueblo, relevándonos en la carga. Carga para mí, porque los demás estaban todos deseando llevarle en sus brazos.

Aquel discurso de Senén no me produjo la menor impresión. Pero a Rafael sí le afectó bastante. Y noté un cambio en su carácter y en su actitud. Muchos de los consejos de Senén eran contrarios a la actitud que Rafael había tenido hasta entonces. Paredes odiaba a los ricos caciques y este sentimiento le consumía.

XIV

Llegamos al pueblo todos agrupados, y llevamos a su casa a Senén. Fuimos después a una taberna donde todos los obreros iban en cuadrilla al volver de trabajos como la escarda, la siega, la corta de leña en el monte para los carboneros y piconeros; en fin, en épocas de bonanza, al volver del trabajo, por la tarde, en vez de ir directamente a casa, parábamos en aquella taberna. Nos sentábamos en torno a una mesa, o simplemente en corro, y con una botella de vino con una caña, bebíamos todos. Se cantaba flamenco. Había tres o cuatro buenos cantaores y dos que bailaban muy bien; había otro que recitaba poesías que ponían los pelos de punta. Mientras se cantaba y bailaba, otros clientes, obreros también, bebían en la barra sin reparar en nosotros. Pero, cuando recitaba aquel hombre una poesía, en el bar no se oía una mosca. Eran poesías que emocionaban, que llegaban a lo más hondo de los sentimientos.

Era normal que en el corro en torno a la mesa estuvieran sólo la cuadrilla que había estado trabajando junta ese día. Pero aquella tarde fue muy especial. La voz de lo ocurrido en Zarzarromero corrió de boca en boca. La taberna se hizo demasiado pequeña para acoger a tantos compañeros que querían sumarse a nuestra alegría. También preguntaban todos por Senén, pues se habían enterado del rapapolvo que le dio a aquel señor de Madrid.

Pero el pobre Senén estaba muy grave. Para él, sin duda, fue un gran día, pues nunca tuvo ocasión para explayarse como lo hizo aquella tarde mostrando sus ideas. Para todos los jornaleros fue un día gozoso en verdad. Y aquellas ideas se comentaron al día siguiente en la plaza y en los tajos para todo el pueblo. Para la gente de mi edad, Senén era un desconocido en el pueblo. A partir de aquel día todo el mundo le alababa y le miraba con simpatía y respeto. El padre de Paredes era igual que él. Pero aquella era una casta de hombres totalmente distintos a los de hoy, una casta que quedó sepultada en los cementerios, podridos en las cárceles o exiliados lejos de España.

Volvimos a casa más tarde de lo normal de aquellas francachelas después del trabajo. Había anochecido y nadie tenía prisa en marcharse. Como Rafael había estado tan atareado recibiendo los abrazos de los compañeros, yo cargué con las piezas que nos dio el mayoral. Pasé a su casa para dejarle la mitad. Antonia nos recibió alegre y gozosa. Se había arreglado un poco y sonreía. La diferencia de aquella tarde, a la que volvimos del monte con la leña, era como la del día y la noche. No me extrañó su actitud, pues ya estaría enterada, como todo el pueblo, de lo ocurrido. Pero eran más poderosas sus razones:

—Esta tarde han venido don Daniel y su señora —dijo toda alborozada.

—¿Don Daniel y su señora? ¿Y quienes son esas gentes?

—El Colorado y su señora, Mari Pepa.

—¡Ah! —dijo Rafael sin el menor entusiasmo.

Antonia le miraba esperando verle saltar de alegría. Pero Rafael no se inmutó, sino más bien lo contrario. Le vi palidecer.

—¿No te interesa saber a qué han venido? —dijo muy extrañada, Antonia.

—¡Oh! Sí, claro que sí. ¿A qué han venido?

—¡No te lo vas a creer! —exclamó, radiante de alegría—. ¡Han venido a buscarte para trabajar! ¡Pero no para un día ni dos, no, sino para todo el año, fijo, como manigero!

La noticia no era nueva para nosotros. Ya lo esperábamos por parte de Mari Pepa. Pero Antonia no lo sabía. Contempló a Rafael, que no había reaccionado como ella hubiese esperado.

—Ya sé lo que te pasa —continuó Antonia con el mismo gozo—. Te ha cogido tan de sorpresa como a mí. ¡Yo no podía creerlo, me parecía mentira! ¡Qué alegría, Dios mío! ¡Qué alegría! ¿No te alegras tú también?

—Sí, claro que me alegro.

—Pues lo dices con una cara, como si te molestara. ¡Con lo feliz que estoy yo! ¡Esta es nuestra salvación, Rafael! ¿No lo comprendes? Pero, claro, estás impresionado por la noticia, como me pasó a mí. Cuando se fueron, todas las vecinas salieron a la calle a felicitarme. Dicen que ha ocurrido una cosa, no sé qué, con un señor muy importante que ha venido de Madrid. Yo pensé de pronto que la habías liado otra vez, pero enseguida me dijeron que no, que quien la había liado era el señor Senén. Todas están muy contentas, pero con mucha envidia. Tú tienes ahora un trabajo fijo, mientras que sus maridos, sólo lo que les caiga cada día.

Hizo una pausa para secarse las lágrimas con el mandil, pero sonreía. De pronto todas las perspectivas se habían tornado en color de rosa. Las lágrimas amargas, tantas veces derramadas, ahora eran dulces, de consuelo y de felicidad. No parecía la misma mujer adusta y agresiva de la etapa anterior. Para ella, aquel trabajo en casa del Colorado era un premio que Dios le había concedido por todos sus sufrimientos anteriores. Recordé aquello de «bienaventurados los que lloran». Ella ya había sido consolada. ¿Cuándo me llegaría el turno a mí, cuándo me llegaría a mi una racha de suerte? ¡Pero de mí no se acordaba ni Dios!

—Estoy deseando que pase por lo menos una semana —continuó Antonia—. Voy a ir al tendero con la cabeza muy alta, le pagaré todo lo que le debo y le voy a decir unas cuantas cosas muy bien dichas que le tengo guardadas desde hace tiempo. Ya me veo saliendo de la tienda con la cesta llena y la cabeza muy alta, y a las vecinas contemplándome con envidia. ¡Poco ancha que voy a ir por la calle!

—Bueno, tranquilízate.

—¿Tranquilizarme? ¡Estoy contenta! Y, sobre todo, cuando doña María Josefa me dé la ropa que me ha dicho que me dará. Me la tendré que arreglar, porque con lo rellenita que está la señora, me estará muy ancha. ¡Y anda que no son buenos los vestidos que gasta la señora! ¡Menudo género es! Y en cuanto ahorre un poco de dinero te hago a ti un traje a medida que se van a morir de envidia todas las vecinas. Porque don Daniel también nos podría dar sus trajes usados, pero con lo chiquinino que es a tu lado, no te valdrán. ¡Yo te haré uno a la medida! De momento tienes el de la boda, que está nuevo, porque sólo te lo pusiste cuando fuimos al médico a Badajoz. También te compraré camisas, y corbatas, y hasta un par de zapatos. ¡Sí, sí, zapatos y unas botas de cuero! Ya es hora de que puedas ir bien calzado y no con esas alpargatas rotas.

—¿Cuándo tengo que empezar? —preguntó Rafael con la misma cara que podía decir: «¿cuándo me llevan al patíbulo?».

—Me ha dicho don Daniel que cuando vinieras, te pasaras por su casa para ajustar el jornal y el día que has de empezar. A mí no me quiso hablar del jornal, porque dijo que eso era cosa de vosotros dos. Pero, como yo insistí, me dijo que aparte del jornal, nos dará una arroba de aceite, una saca de harina, tres arrobas de vino, dos costales de cebada para cebar a un guarro para la matanza. ¡Matanza, Rafael! ¡Vamos ha tener matanza y todo! Bueno, no sé cuántas cosas más me dijo que te daría. Pero todo eso para todo el año, no te creas. Yo he pensado que como la burra ya no te va a hacer falta, la podíamos vender. Con eso te puedo comprar, no solo el traje, sino mudas, porque de ropa interior estamos muy mal. Y con lo que nos sobre de la venta de la burra podemos arreglar un poco el tejado, porque hay muchas goteras en invierno. Y la fachada hay que enjalbegarla; pero de eso me encargo yo sola. Con media arroba de cal y un cacho de pellejo de oveja me basta.

—Bueno, mañana iré.

—¡Mañana, no! ¡Tienes que ir esta noche!

—Estoy cansado, Antonia. Mañana tengo tiempo.

—¡Si no vas esta noche, lo mismo mañana se echan otras cuentas y se arrepienten!

—¿Cómo se van a echar otras cuentas? Si han venido a buscarme será porque les interesa, ¿no?

—¿Y cuánto vas a tardar en ir a su casa? Además, allí vas a estar sentado. ¡Anda, lávate en la palangana y cámbiate de ropa para que te vean bien presentado! Ya te he puesto encima de la cama el traje, la camisa y la corbata.

—¿Ahora me voy a poner el traje de la boda? ¡Tú estás loca!

—¡Claro, qué mejor ocasión! Además, te tienes que ir acostumbrando al traje, porque no voy a ir yo bien vestida con los vestidos de doña María Josefa, y tú, a mi lado, hecho un pingajo. ¡De eso, ni hablar!

—¡Yo no me pongo el traje!

—¡Qué cabezota es este hombre, Dios mío! —dijo llevándose las manos a la cabeza, desesperada—. ¿No ves que es una visita muy importante?

—Sí; pero lo que quieren es un manigero y no un mayordomo. Además, a mí me da vergüenza ir vestido así. En un día de boda o de bautizo, o para ir al médico, bueno, pero para ir a casa del Colorado a que me den trabajo, no.

—¡Pues no hay vergüenza que valga! Ahora mismo te pones el traje. ¿Te enteras?

—Te he dicho que no.

—¡No, si como tú te empeñes en meter la cabeza por un sitio, te la romperás, pero la metes! Ahora que tú te pones ese traje esta noche, o la vamos a tener gorda.

—¡Pues estamos arreglados!

—¡Chitón! Y cuando estés allí, habla lo menos posible, ¿me oyes? Porque tú eres capaz de soltar alguna de las tuyas. Y a ver si te vas a venir sin darles las gracias. Cuando termines allí, te pasas por casa de don Anselmo y le das las gracias también. Le dices que la semana que viene le llevaré un pollo a él y una vela a la virgen. A mí me gustaría que vinieras conmigo a la iglesia, pero como tú no crees... ¡Con lo bueno que es Dios con nosotros!

Rafael salió al corral y se lavó la cara. Mientras se secaba, Antonia siguió hablando con la misma energía.

—Nuestro porvenir está ya resuelto, Rafael. No volveremos a pasar hambre ni a enfadarnos entre nosotros. Después de estar tanto tiempo disgustados, esta noche va a ser como nuestra noche de bodas. ¡Pobrecito mío, qué abandonado te he tenido! Pero ya pasó todo y te haré muy feliz, amor mío. ¡Te haré muy feliz!

Yo me marché. Lo había oído todo desde el corral. Al salir vi a Antonia, que tenía toda la cara bañada en lágrimas, pero sonriente.

Media hora después, cuando pasé a buscarle para irnos hacia arriba, él a casa del Colorado y yo a buscar a la novia, le vi con el traje hecho un dandy. Pero nada más salir de casa se quitó la corbata y se la metió en el bolsillo. Como Rafael tenía muy buena planta, el traje le sentaba muy bien. Parecía un señorito. Sin embargo, yo le notaba a disgusto. Se quitó la chaqueta, se la echó por los hombros, se remangó la camisa y se desabrochó los tres primeros botones. Exceptuando el traje, volvía a estar como de costumbre y no parecía que lo llevaba puesto.

Cuando habíamos andado unos doscientos metros desde su casa me agarró por el brazo y me dijo:

—Vamos a casa del cura.

—¿A casa del cura? —exclamé yo con extrañeza—. ¿Y qué vamos a hacer en la casa del cura?

—Calla y sígueme.

—¿Pero, no vas a ir a casa del Colorado?

—Sí; después. Pero antes tengo que ir a ver a don Anselmo.

—¿Y no me puedes decir qué se te ha perdido en casa de don Anselmo para ir a estas horas?

—Ya lo sabrás después. Ahora calla y déjame pensar.

—Está bien, hombre está bien.

Y en silencio nos encaminamos a donde quería. Cogimos al cura en la puerta de su casa; se disponía a salir. Se sorprendió mucho al vernos.

—¡Hola muchachos! ¿Qué tal la cacería? ¿Lo habéis pasado bien?

—Sí, muy bien. Le dijimos.

—Anda, Rafael, que buena la has armado. Está todo el pueblo revuelto: unos por la alegría y otros por el enfado. Yo me alegro. Por fin, vuelve la paz. Ya me he enterado de que el Colorado ha ido a buscarte a tu casa. Muy fuerte son sus razones para que el humillador sea ahora el humillado. Supongo que irás a trabajar con él.

—Sí.

—Ahora debes tener cuidado y ser prudente. Parece ser que las razones proceden del señor que ha venido de Madrid. Sin embargo, creo que Mari Pepa ha jugado también un papel fundamental. Debes andar con pies de plomo, pues para él la situación va a ser muy tensa, aunque su esposa tratará de suavizarla. Debes ser humilde —ante un gesto de Rafael, él añadió enseguida—: ¡No, no! No quiero que me interpretes mal. Nada tiene que ver el orgullo con la soberbia. Nada tiene que ver la humildad con la humillación. La primera es virtud, la otra es abyección.

—No se preocupe usted. Sé cómo debo comportarme. Yo venía a tratar con usted lo que hablamos la otra noche aquí, en su casa, sobre el trabajo en Madrid.

—¡Ah! Sí. Escribí a mi amigo. Le urgí tanto la necesidad de proporcionaros un trabajo, que ahora se va a sorprender cuando le escriba diciendo que...

—De eso quería hablarle. No le escriba usted. Quiero irme a Madrid tan pronto como pueda.

Tanto para don Anselmo como para mí aquello fue una sorpresa increíble. El anciano sacerdote parecía no haber oído bien. Se quitó las gafas, las limpio. Se sacudió la cabeza como para expulsar una pesadilla.

—¡Caracoles! ¿Es que se ha arrepentido el Colorado?

—No. Voy ahora a su casa para ajustar las condiciones.

—Entonces no entiendo por qué te quieres ir ahora que tienes trabajo. Antes de tenerlo, no te querías marchar.

—¡Que me maten si te entiendo! —exclamé yo, igualmente confundido.

—Es que soy así de raro. Quiero irme tan pronto como pueda.

—De modo, que rechazas el trabajo en casa del Colorado.

—No. No lo puedo rechazar. Por eso quiero irme del pueblo.

—Te da vergüenza trabajar con él. ¿No es eso?

—No. No es esa la razón.

—Está bien, hijo. Está bien. No logro entenderte, pero haré lo que me pides. ¿Qué dice Antoñita de esto? ¿Cómo lo ve ella?

—Ella aún no sabe nada de lo que le estoy diciendo a usted.

—¡Pero, muchacho! —gritó— ¿Tú estás loco, o qué? ¿Es que no has pensado en el trauma que puede suponer para Antoñita esta decisión?

—Sí. Llevo pensándolo varios días. Le aseguro que me da vueltas la cabeza.

—No me extraña, con semejante locura. ¡Porque es una locura, qué caramba! Y si a ti no te importa el sufrimiento de tu mujer, a mí sí. Y desde ahora mismo te digo que no quiero participar en ese desatino. Antes, que nadie te daba trabajo, no te querías ir ni a tiros, y ahora que lo tienes, quieres salir de estampida. Tú no estás bien de la cabeza. ¡Tú estás loco!

—No; es una decisión muy meditada.

—Pues explícate para que, al menos, yo comprenda esas razones. Porque no entiendo nada tu actitud.

—Lo siento. No se lo puedo explicar.

—¡Claro! ¡Como que tamaña locura no tiene explicación!

—¡Bueno, está bien! Ya sé que mi mujer ha sufrido y que le tocará sufrir. Yo también he sufrido, estoy sufriendo y me tocará sufrir más. Pero a nadie le han importado jamás mis sufrimientos. ¡Todos me trataban de loco! ¡Todos: mi mujer, Sebastián, usted!... Nadie se ha parado a pensar que soy un ser humano, que tengo un corazón y unos sentimientos. ¿Qué hace falta para que se apiaden de uno? ¿Ir lloriqueando como una plañidera? He sufrido como nadie se imagina por el cerco que me han hecho sus ejemplares feligreses. He sufrido, pero me he mordido el corazón para poder resistirlo, para no caer derrotado, para mantenerme erguido, firme, como un hombre ante la adversidad, contra la injusticia y la tiranía. Pero nadie ha reparado en eso. Todos decían lo mismo: ¡Loco, loco, loco! —hizo una pausa bajando la cabeza—. Sólo yo sé lo que me cuesta tomar esta decisión. ¿Qué le importa a nadie si sufro y me pudro?

Estaba excitadísimo. Don Anselmo, tan asombrado como yo, no supo articular palabra. Su gesto era grave. Hubo un silencio impresionante debido a la tensa situación. Don Anselmo se acercó con mucho cariño a Rafael y, como mucha dulzura, le dijo.

—Escúchame, Rafael, hijo mío: yo sé que tú no crees en la iglesia, ni en los santos sacramentos, ni en el ministerio sacerdotal que desempeño. Pero puedo escucharte en confesión y nadie sabrá, más que Dios y tú, los secretos que torturan tu alma. Te puedo ayudar, hijo. Te liberarás de esa carga que te agobia.

—No se lo puedo decir.

—¿No confías en mí, ni siquiera como amigo?

—No es que no confíe en usted, don Anselmo. Pero no se lo puedo decir.

—Como quieras —hizo una pausa larga, se paseó pensativo y, por fin, continuó—: Tan pronto como tenga noticias de mi amigo, te lo comunicaré.

—Gracias, don Anselmo.

Salimos a la calle. A mí me pasaba lo que al cura, que no me explicaba aquella súbita determinación de Rafael, aunque algo barruntaba.

—Bueno, pues ya la has liado otra vez.

Él no me decía nada. Caminaba en silencio como un sonámbulo. Me recordó aquella mañana durante la cacería. Entonces ya le noté raro, pero lo achaqué a que aquel trabajo de levantar la caza no le gustaba. Ahora me daba cuenta que no era aquella la razón, que era otra muy distinta.

—A mí me viene de perillas irme para siempre del pueblo —continué—. Ya sabes tú que la idea de irme de este asqueroso pueblo la tengo metida en la cabeza desde hace mucho tiempo. Pero, ya has visto a tu mujer; la pobre está tan entusiasmada con tu trabajo, que cuando se entere de que quieres irte le va a dar un patatús. ¿No me quieres decir lo que te pasa?

Él seguía sin escucharme, sin hacerme caso.

—¿Quieres que te lo diga yo? —insistí. Él persistía en su actitud—. Yo sé por qué te quieres ir.

Pero, nada; él seguía sin hablar y ya me estaba hartando tanto mutismo. Le cogí del brazo y le obligué a detenerse.

—¿Qué te pasa? —me dijo como si le hubiera despertado, mirándome extrañado.

—Eso es lo que quiero saber yo hace un rato: saber lo que te pasa. Pero no me haces ni puto caso.

—Déjame, Sebastián. Mañana hablaremos con calma. Ahora estoy aturdido. Déjame.

—No te dejaré. Y te voy a decir unas cuantas cosas. A mí, la idea de irme a Madrid me entusiasma, ya lo sabes tú. Pero quiero recordarte tus propias palabras del otro día. Tienes miedo. Te asusta tu nueva situación. Te vas porque tienes miedo. Huyes de alguien, ¿no es cierto?

—Sí; pero este miedo es distinto.

—¿Por qué es distinto? Todos los miedos producen los mismos efectos: la huida. Y eso es lo que vas a hacer tú ahora, huir. Y eso es una cobardía por tu parte.

—No huyo de nada ni de nadie. Nunca he tenido miedo. Ahora es distinto. Huyo de mí mismo.

—¡Qué tontería! ¿Cómo puedes huir de ti? Huyes de Mari Pepa. Te asusta lo que puede ocurrir si os descubren algún día. Lo que tienes que hacer es ignorarla. Y no te preocupes, porque entonces no necesitarás huir, será ella la que te echará. Entonces ya tendrás un motivo y una excusa para irte a Madrid. Hazme caso, Rafael. Tú mismo me decías la otra noche que esa mujer está hambrienta de hombre y que puede perder a cualquiera. Esa tía es insaciable, es una golfa.

—¡Cállate!

—¡No me callo! ¡Porque no me da la gana de que a estas alturas, huyas de una puta!

—¡Cállate! —gritó cogiéndome por la solapa y mirándome con fiereza. Me asusté de verle así.

—¿Pero, puede saberse qué es lo que te pasa?

—¡No quiero que llames golfa a esa mujer, me oyes! No es una golfa. Es una mujer buena, pero muy desgraciada. Lo malo no está en ella, sino en mí. Siento por ella una gran atracción, una inmensa estimación.

—¡No me digas que te has enamorado!

—No sé si esto es amor, o qué será. Pero me asusta la idea de volverla a ver. Durante todos estos días ha sido para mí una terrible pesadilla. No sé qué hacer. Me atormenta esta situación. Esto tiene que tener un desenlace y no encuentro más salida que irme del pueblo. ¿Pero cómo justificar esto? Ese es mi dilema.

—Pues lo tienes crudo, macho. Pero hay que pensar con más frialdad. Ya verás como encontramos una solución. Mira, yo soy capaz de hacer una trastada. Como ahora vas a ser el manigero y tienes que coger a alguien para las faenas, me llamas a mí. Déjame pensar y ya verás como organizo una para que nos echen del pueblo a los dos; pero que aparezca yo como único culpable.

—Algo hay que hacer, y no sé el qué. Pero no quiero implicarte a ti. Bastantes problemas te he causado ya. Anda, vete, que estamos llegando a casa del Colorado.

—Bueno, pero tú tranquilo, ¿eh? En esta vida hay soluciones para todo. Déjame pensar.

Nos despedimos. Durante el trayecto a casa de mi novia le fui dando vueltas a la mollera. Mi sesera no era una lumbrera, como la de Rafael o la de Senén, pero en cuanto a pillería y picardía, ellos, a mi lado eran unos pardillos. Ya se me ocurriría algo. De momento me preocupaba la situación anímica de Rafael.

Habían sido unos meses muy duros, y más aún en los últimos días; las discusiones con el cura y con su mujer. No entendí, así de pronto, el afecto que sentía por Mari Pepa. No me extrañaba nada que le gustara como mujer, pues la tía estaba como un tren, y desnuda como la vi yo, era para resucitar a un muerto. Pero de eso a sentir amor, no me cabía en la cabeza. Que eso me hubiese ocurrido a mí, aún tenía explicación. Yo estaba soltero y no tenía la experiencia de poseer a una mujer, y mucho menos de las proporciones de una mujer como Mari Pepa, pues para encontrar una hembra como aquella había que organizar un concurso.

Pero Rafael estaba casado y quería a su mujer; de eso no me cabía la menor duda, a pesar de las trifulcas que tuvieron; tenía experiencia sexual, y un incidente como aquel no era para que se quedara atrapado. ¿Entonces por qué? No, no lograba entenderlo.

Sin embargo, volvieron a mi mente algunos recuerdos. Recordé sus palabras de hacía un rato en casa de don Anselmo. Todos estábamos contra él; contra su actitud, mejor dicho. Se sintió acorralado por todos sin que nadie, ni yo mismo, aunque le quería, como ya es sabido, le diera un poco de afectividad, una prueba de cariño. Y eso es, a mi entender, lo que encontró en Mari Pepa. Ella había sido como el buen samaritano, del que una vez me habló Rafael; la única persona que había curado sus sangrantes heridas; la única que puso en su espíritu un bálsamo de afecto, de cariño, de ternura. Sobre eso tenía yo mucha experiencia, precisamente con Rafael, pues en múltiples ocasiones había sido mi buen samaritano. Y yo sé el hondo sentimiento que se produce hacia las personas en esas circunstancias.

Una mujer casada que se ofrece a un hombre de esa forma tan descarada, no merecía más que un calificativo. Pero sólo pensar en lo que había hecho por mi amigo, de darle amor entre tanto desprecio e incomprensiones, me cayó muy simpática. ¡Muy simpática!

XV

Rafael empezó a trabajar en casa del Colorado, y al tío Ambrosio, más achacoso que viejo, le jubilaron. Aunque por la época que era no había trabajo excesivo en las tareas del campo, de cuando en cuando necesitaban algún jornalero para ayudar a Rafael y, como es natural, me avisaba a mí.

Así pasó casi un mes. Yo no me atrevía a preguntar nada a Rafael sobre el asunto de Mari Pepa, y como él tampoco me decía nada, pues estaba a dos velas.

Durante el tiempo que trabajé con él, yo les observaba a los dos con mucho disimulo; más por las tardes, al volver del campo, pues a la hora que salíamos, ella debía estar acostada.

La primera vez que la vi, después de aquel asunto con Rafael, la encontré totalmente distinta. No tenía maquillaje ni los labios pintados, como aquella noche. La encontré, no sé si por eso, pálida, la cara un poco más delgada y unas leves ojeras. No estaba provocativa como entonces y, sin embargo, la encontré más bonita; en su cara se reflejaba un aura de nobleza.

En esos momentos, aunque fugaces, observé que ella se lo comía con los ojos. Él, no; era más discreto, pero, de vez en cuando observaba en él algún gesto que me confirmaba que la cosa iba para adelante.

Lo que no sé es si durante ese tiempo mantuvieron relaciones sexuales. Pero me parece a mí que, con lo fogosa que estaba ella y lo enamorado que estaba él, como antes no se hubiesen provisto de cinturones de castidad... Yo de historia sé poco, no estoy muy ducho, pero me parece que por aquellos tiempos ya no existían tales adminículos.

Mas tal asunto no me preocupaba. Quien me preocupaba era la criada: Teresa. Para esas cuestiones, las mujeres tienen un olfato especial. Eso de enterarse de las andanzas amorosas ajenas es algo irresistible en ellas. Teresa estaba en casa todo el día, tenía acceso a su alcoba para hacer la cama y podía cotillear en la mesilla de noche, o donde quisiera. La tenía delante todo el día, veía sus estados de ánimo, sus reacciones ante la presencia de Rafael o del marido. En fin, yo estaba seguro de que ella sabía algo. No sé por qué, pero lo barruntaba. Y no era eso lo que me preocupaba, sino que se fuera de la lengua e hiciera cualquier comentario. Sólo con eso bastaba para que en el pueblo ya no se hablara de otra cosa. Pero lo que más me temía es que se chivara y se lo dijera a Antonia, de la que era amiga, o lo había sido, al menos, en la juventud.

Todo eso me preocupaba por las terribles consecuencias que podía acarrear. Supongo que Rafael también lo pensaría. Mari Pepa, una mujer con fama de honestidad, muy cristiana, con mucho prestigio en el pueblo, verse de pronto metida en un escándalo de adulterio... No quería darle vueltas al asunto, pues mi imaginación se ponía calenturienta y ya oía tiros y veía sangre.

Antonia ya había empezado a realizar sus ambiciosos proyectos. Era una mujer nueva, distinta, con unas energías impropias de su carácter tímido y apocado. La vi un día encalando la fachada de su casa. En el extremo de una gruesa caña había colocado un trozo de pellejo de oveja, como si fuera una brocha, pero resultaba más útil para alguien que no fuera profesional en la pintura. Con aquel artilugio llegaba a lo más alto sin necesitar escaleras. Era la forma habitual que tenían las mujeres de enjalbegar las paredes, pues esa era una labor femenina, habitualmente. Estaba cantando alegre.

Su actitud con Rafael había cambiado. Cuando llegaba del trabajo le recibía con cariño, le mimaba. Me dio pena de Rafael, porque durante los meses anteriores todo había sido rencillas en su casa, por lo que era fácil imaginar que durante aquel tiempo ambos hubieran permanecido en una casta abstinencia.

Pero con la alegría debieron llegar las relaciones amorosas. Le compadecí. ¿Cómo se las apañaría para satisfacer y dar el correspondiente suministro a dos mujeres a la vez? Claro, que él era fuerte, no como yo, que soy un canijo.

En mi casa ya no me decían nada por juntarme con Rafael. Tampoco mi novia me daba la lata con el mismo tema, pues gracias a él ganaba el jornal muchos días. Pero en mi casa notaba que la envidia se los comía, y yo disfrutaba con aquello. Para mí era una gozosa venganza, aunque no discutiera ni les torturara, como ellos habían hecho conmigo.

También había cambiado la actitud de los compañeros, que ya le hablaban con la misma libertad que lo hacían antes del conflicto de los sellos, pero con más simpatía y respeto. Todos le admiraban y le querían. Menos los pelotilleros de siempre.

Aunque los cuatro o cinco labradores más importantes del pueblo permanecían en su actitud soberbia con Rafael, lo cierto es que el Colorado fue felicitado por muchos labradores, y don Anselmo había dicho en las misas, según me dijo mi novia, que la suya era una actitud cristiana y ejemplar. También los obreros le miraban con simpatía. Así que el pobre cornudo estaba más ancho que largo y más contento que un chiquillo con juguete nuevo. Aquella imagen que yo conservaba en mi memoria cuando los hombres se vieron obligados a ir a pedir trabajo, me parecía mentira. O quizá no era la escena en sí, sino el Colorado. Yo noté durante los días que trabajé en su casa que miraba a Rafael con simpatía. ¡Y me daba una pena el pobre hombre! Mi novia me dijo que las beatas ricas habían elegido a Mari Pepa como presidenta de las damas de la caridad, a lo que ella se negó y declinó aquel honor en otra. Aquella prueba de humildad fue muy comentada en el pueblo, viendo en ella un bello ejemplo de humildad, sencillez y santidad.

En mi pueblo, la gente es así. Como le den por criticar y fastidiar a alguien, son implacables; pero si le dan por alabarle, le ponen por las nubes. No hay término medio. Y es que como mi pueblo era aburridísimo, en algo se tenía que entretener la gente; creo yo que debía ser por eso. Allí nunca pasaba nada, y cuando algo ocurría era recordado, comentado, traído y llevado durante años.

Como yo caí en mi pueblo en el grupo de los criticados y fastidiados, el recuerdo que conservo de él, no puede ser más nefasto.

Uno de los días que no trabajé con Rafael en casa del Colorado fui al monte para hacer un saco de picón y coger algunos espárragos. Volví a media tarde, y después de lavarme y cambiarme de ropa me fui a la plaza a echar una partida en el bar con los compañeros, hasta que llegara la hora de ir a buscar a la novia. Al pasar por la iglesia vi a don Anselmo que estaba cerrando la puerta. Al verme, me llamó. Yo me acerqué.

—Ya me han contestado de Madrid —me dijo.

—¿Sí? —exclamé yo muy alegre por aquella, para mí, venturosa noticia—. ¿Y qué? ¡Cuénteme!

—No son muy alentadoras, que digamos. Me dice que en fábricas es muy difícil. Para eso hay que estar allí, presentarse, echar la solicitud y esperar. Al principio puede facilitaros algo en la construcción. Lo malo es la vivienda. En eso sí que no puede hacer nada.

—¡Bueno! —dije sin amilanarme por eso—. Lo importante es estar en Madrid y tener algo para empezar. Lo demás no me importa. Al principio nos meteremos en una pensión. Y, si no, debajo de un puente. Yo por estar en Madrid soy capaz de lo que sea. ¡Muchas gracias, don Anselmo!

—¿Y qué hay de Rafael? ¿Se le ha pasado ya la idea de irse?

—¡Qué va! —dije yo; pero, inmediatamente me arrepentí y traté de arreglar mi metedura de pata—. Bueno, yo no sé. Lo único que sé es que mi menda se va. A mí, el pueblo no me gusta; tengo aspiraciones muy altas, que aquí jamás lograré alcanzar. Quiero estudiar un poco de cultura general y trataré de colocarme en algún sitio menos duro que la construcción.

—Tú tienes mucha amistad con Rafael. Tú sabes lo que va a decidir. Debes procurar quitarle esa idea de la cabeza. Ahora son felices, tiene trabajo y el pueblo le quiere.

—Yo en eso no me meto. Allá él. Que haga lo que mejor le parezca.

—Me preocupa mucho éste muchacho. Es tan impulsivo y apasionado que temo que haga las cosas a la ligera.

—¿Y cuándo nos podemos marchar?

—Cuando quieras. Lo único que me queda por hacer es escribir una carta para que se la entreguéis en mano a mi amigo.

—¡Pues ya puede ir escribiéndola, porque me marcho ya!

—Así lo haré. Voy a casa de Senén. Está muy enfermo. Le busqué el trabajo de la caza creyendo que el aire puro del monte le sentaría bien a sus pulmones. Pero me he enterado del enfrentamiento dialéctico que tuvo con ese señor de Madrid y del discurso que os dio después a vosotros. Eso es lo que le ha emocionado. En estos últimos días ha dado un bajón enorme. Temo que esta recaída sea ya irreversible. No sé si Rafael lo sabe. Díselo tú.

Me afectó un poco la noticia sobre la salud de Senén, pero más me afectó la que me dio el cura sobre el trabajo en Madrid. Y más alegre que unas pascuas me marché hacia el bar. Tomé un vaso de vino. Unos amigos me invitaron a echar la partida; ¡pero para partidas estaba yo! La noticia del cura me había puesto nervioso. No hacía más que darle vueltas a la cabeza. ¡Madrid, Madrid! ¡Mi sueño adorado, la esperanza de toda mi vida! Una serie de planes y de proyectos se amontonaban en mi cabeza. Cuando pudiera iría a una escuela para aprender algo y colocarme de oficinista o de listero, o de lo que fuera. El caso era tener un trabajo que no me exigiera mucho esfuerzo físico, dada la lesión de mi pierna. Pero para eso necesitaba cultura, pues era casi un analfabeto. Y casi lo sigo siendo. Y es que el que nace lechón, muere cochino y no vale darle vueltas. Para mí, los libros eran el aburrimiento más grande. Cogía uno cualquiera y se me caía de las manos. Si todos fueran como yo, los escritores iban a comer alfalfa.

Tomé dos o tres chatos y me fumé seis o siete cigarros, uno detrás de otro, sin parar. Miré el reloj de la iglesia. Estaba anocheciendo. Rafael ya debía estar en casa del Colorado echando el pienso a las bestias. Me fui hacia allí. Antes de llegar vi a Teresa, la criada de Mari Pepa. Le pregunté si estaba Rafael. Ella me miró con una sonrisita especial y me dijo:

—Sí; ahí están —y se fue dejándome confundido. Me dijo, ahí están, como si yo le hubiese preguntado por los dos y no solo por Rafael. Estaba convencido de que ella estaba enterada de todo, de que tenían relaciones y se veían en secreto.

La duda que yo tenía desde el principio de que ella sabría algo del lío de los dos, se me despejó. ¡Menuda cotilla era! Pero mientras no se fuera de la lengua no había problemas. Lo malo es que se lo encasquetara a su amiga Antonia. Pero era igual. Ya nos íbamos a ir y el asunto me importaba poco.

La puerta falsa estaba entornada. Esta puerta, por la que entraba el carro y las mulas, era contigua a la casa y conducía directamente al corral, donde se comunicaba con la casa a través de un patio, en el que había una parra que lo cubría en su totalidad, formando en verano un dosel que daba sombra. Todo el patio estaba atestado en sus laterales de macetas; en la pared frontal a la puerta de la casa había tres escalones, todos llenos de macetas. En el ángulo que dada a la entrada desde el corral había un pozo; el agua era salobre y no se utilizaba para beber, sino para regar, para fregar el suelo y para dar de beber al ganado. Todo el pavimento del patio estaba solado con baldosas de cerámica, y las paredes, hasta metro y medio de altura, estaban alicatadas con mosaicos arabescos, rematados con una tira azul. Todo el corral estaba empedrado. Al fondo estaban las cuadras y el pajar, cuyas puertas confluían en el centro. A la derecha del pajar, había una bodega con tres conos, dos tinajas y dos cubas de roble. En los conos se guardaba el vino de la última cosecha, el cual lo vendían por arrobas a la gente del pueblo. Las tinajas conservaban los de cosechas anteriores, y los barriles, el vino de solera de sabe Dios de cuántos años.

En el rincón que formaba la cuadra con la pared medianera estaba el hoyo del estiércol, donde iba a parar toda la basura y los excrementos de las bestias. En otoño se sacaba todo y era un abono muy bueno para las tierras. Sobre el hoyo del estiércol había una empalizada, a modo de techumbre, sobre la cual se ponían los sarmientos en pequeñas gavillas, que se utilizaban para encender la lumbre. Y arrimado a la pared del estiércol, una pila de leña de encina para la chimenea.

Cuando llegué al corral oí ruido en la cuadra y deduje que Rafael ya estaba allí. Pero le oí hablar en forma no habitual en él, es decir, con el tono de voz muy bajo, como si temiera ser oído fuera de aquel recinto.

Sospeché que hablaba con otra persona y estas sospechas se confirmaron enseguida al oír la voz de Mari Pepa en el mismo tono susurrante.

Ya estaba casi en la puerta de la cuadra y no me atreví a interrumpirlos; sabe Dios lo que estarían haciendo. Pero de pronto un temor me invadió. ¿Y si salía de pronto Mari Pepa y me veía allí? Lo mismo pensaría que estaba espiándoles.

Intenté volver sobre mis pasos y marcharme. Pero si me veían salir sin decir nada Mari Pepa podía pensar que había entrado a robar. O por lo menos, que tenía mucho morro y muy poca vergüenza. Porque esa puerta falsa estaba abierta durante todo el día y por allí entraba todo el mundo, pues iban por el vino. La puerta principal sólo se abría de noche, cuando la otra se cerraba. Al entrar en las casas, como la puerta estaba abierta, se solía dar una voz diciendo: «¿quién vive?», o «¿se puede?», o algo por el estilo. Yo no había dicho nada, por cuya causa me hubiesen podido llamar la atención, con toda la razón del mundo.

Entonces decidí marcharme. Pero si en ese momento salía Mari Pepa y me veía se pondría grave la cosa. Estaba hecho un verdadero lío y no me decidía a tomar una decisión. Sin pensarlo más, me metí en el pajar. Este se comunicaba por el interior con la cuadra. Estaba oscuro, pero yo conocía bien todos sus rincones con los ojos cerrados pues había entrado en el muchas veces por el pienso y la paja para las mulas. Me escondí tras unas alpacas de alfalfa que estaban al lado de la paja. Cuando ella se fuera, yo saldría y entraría en la cuadra por la puerta del corral, como si acabara de llegar de la calle.

Pero un temor grande me vino entonces. Porque ¿y si entraban en el pajar? Si querían hacer el amor, el pajar era un lugar más idóneo que la cuadra. ¿Cómo justificar mi presencia? Entonces sí que Mari Pepa hubiese pensado que estaba escondido para espiarlos. Aquello me llenó de vergüenza. Me gustaría ser como esos hombres aplomados, seguros de sí mismos, que no dudan ni vacilan. Me quedé acurrucado allí, diciéndome: «Que sea lo que Dios quiera, pero de esta no me salva ni la caridad. ¡Anda, que si me llegan a dar ganas de estornudar, menuda es la que lío!»

Contuve todo lo que pude la respiración, procurando no hacer ni el más leve ruido. Mira que si se me llena ahora el cuerpo de pulgas —pensé aterrorizado.

Ellos seguían hablando, pero yo, con mis angustias y preocupaciones, sólo pude escuchar el final de la conversación:

—No puedes abandonarme, Rafael. No podré resistirlo —decía sollozante, Mari Pepa.

—Es necesario, Mari. No podemos continuar así. Algún día nos descubrirán. Para mí es muy violenta esta situación. Me da vergüenza. No sé cómo explicarlo.

—Tendremos precaución. Sólo nos veremos una vez a la semana, o al mes, si tú quieres; pero perderte para siempre, no. Tú eres el primer amor de mi vida. Desde el primer día que hiciste la huelga me prendé de ti, por tu hombría de enfrentarte con ellos.

—¡Maldita huelga y la madre que la parió! —profirió.

«Te jodes —dije para mis adentros—, por no haberme hecho caso a mí. Ya te lo advertí yo».

—Todas mis amigas hablaban de ti. Todas se sentían atraídas por ti, por tu virilidad. Yo, también. Y sentía celos cuando ellas hablaban de ti. Me tenía que arriesgar, si quería conquistarte. Por eso me mostré ante ti de aquella forma. ¿Cómo abogar ante mi marido para que te contratara, si después tú me rechazabas? No me atrevía a sufrir las consecuencias que eso hubiera producido. Necesitaba estar segura. Y me jugué el todo por el todo —hizo una pausa en la que oí unos sollozos y sonarse la nariz—.Tú eres el primer amor de mi vida; pero no es el amor de la adolescencia, ni el de la juventud; es el amor de la madurez. El más tremendo, el más hermoso, el más irrefrenable. Sólo a tu lado he descubierto la razón de ser mujer, el orgullo y las ansias de vivir. ¿Cómo puedo renunciar a todo eso?

—Yo también te quiero, o por lo menos siento por ti un enorme afecto. Eres el único ser que me dio cariño en el momento que más lo necesitaba. Pero esto hay que cortarlo.

—Espera un poco.

—No. He resistido todos los ataques; he aguantado firme el infame acoso que me hicieron; he demostrado con dolor, pero con orgullo, a mis compañeros una actitud, valiente, combativa contra toda injusticia y un afán decidido de enaltecer su dignidad. ¿Qué sería de toda esa lucha si descubren lo nuestro? Quedaría como un cerdo. Y tú... ¡Ni lo quiero imaginar! Si mi padre levantara la cabeza se avergonzaría de mí. Si Senén lo supiera, me escupiría a la cara. Me tengo que ir del pueblo. No me queda otra salida. Lo que no pudieron todos los caciques, ni la Guardia Civil, ni los políticos fascistas, lo has podido tú. Pero no te acuso por ello. Conservaré siempre un bellísimo recuerdo de una mujer que, a pesar de poner los cuernos a su marido, la considero una mujer buena y honesta.

—Yo también conservaré el dulce recuerdo de tu amor. No me siento culpable por haberme entregado a ti, porque lo he hecho por amor. De lo que realmente me siento culpable es de haberme casado con mi marido sin quererle, sólo por su dinero. Muchas veces he meditado en mis oraciones en qué me diferencio de una pobre prostituta que vende su cuerpo por dinero, si yo me entregué por su dinero a ese hombre. Y es en esos momentos cuando me sentía sucia, envilecida. Y mucho más lo sentí cuando encontré el verdadero amor. ¿No es un sarcasmo que este amor verdadero, este amor con el que me siento realizada como mujer y sublimada, sea un pecado? ¿Acaso no es más pecado el otro, por su falsedad? Siempre me dio asco dormir con él. Ahora cierro los ojos y sueño contigo, y le noto más feliz que nunca.

—Yo no puedo decirte lo mismo. Quiero a mi mujer. Es la compañera que ha compartido a mi lado las penas y las alegrías. Me siento culpable, y no sabes el remordimiento que tengo cuando me acuesto con ella. Pero también te quiero a ti, de forma distinta. Me volveré loco amando a dos mujeres a la vez.

—No, Rafael, no. Tú tienes un corazón capaz de amar a toda la Humanidad —hubo una pausa en la que oí unos sollozos—. ¿Qué le vas a decir a tu mujer para justificar tu marcha?

—Aún no lo sé. ¡Si supieras lo que sufro pensando en eso! No solo he de justificarlo ante ella, sino ante los compañeros. No hago más que pensar en ello y aún no he encontrado la forma.

—¿Por qué te torturas tanto?

No sé si me mujer me perdonará, con lo feliz que es ahora. Es posible que no lo asuma de momento, pero con el tiempo lo comprenderá. Lo que nunca me perdonaría sería si descubriera lo nuestro. Tampoco sé si tú me podrás perdonar. Si podrá perdonarme mi amigo por todo lo que ha sufrido por mi culpa.

Dijo mi amigo. Aquella palabra me llenó de emoción y sentí que una lágrima empañaba mis ojos. Porque aquel «amigo» no era otro más que yo.

—Yo no tengo que perdonarte nada, amor mío, sino todo lo contrario —hubo otra pausa entre gemidos—. Sabía que este momento llegaría algún día. Te agradezco que seas tú el que lo cortes, porque yo no sería capaz. Y te lo agradezco más porque sé que me amas, aunque tú te resistas a pronunciar esa palabra por respeto a tu mujer. Un hombre puede no estar seguro del amor de su mujer; una mujer siempre sabe con absoluta certeza si es amada de verdad. Y yo estoy segura de tu amor. ¿Te das cuenta del maravilloso recuerdo que conservaré siempre de ti? ¡Que Dios te bendiga, amor mío! ¡Que Dios te bendiga!

Y la oí salir precipitadamente, atravesar el corral y entrar en la casa por el patio.

«Y ahora, ¿qué hago?» —me dije. Porque el diálogo que escuché era tan íntimo, que salir en ese momento me parecía una profanación. Esperé un rato, pero con un miedo terrible de que entrara por pienso para las mulas. Así que salí del pajar, me fui hasta el centro del corral y allí di las voces de rigor, las que debía haber dado al principio, cuando entré. Él salió y, al verme, me invitó a pasar a la cuadra. Colgado de un clavo había un farol con una vela dentro casi consumida, que daba una pálida luz al recinto.

—¿Qué te trae por aquí?

—Pues nada, que pasaba por ahí, vi la puerta abierta y he entrado a verte.

No me atreví a darle la noticia de don Anselmo en aquellos momentos. Luego pensé que quizá hubiera sido el más propicio; pero no se lo dije, me dio pena. Claro, que a él quizá le hubiese dado alegría. ¡Yo qué sé!

Lo que sí le dije fue lo de Senén. Que según me dijo don Anselmo, estaba grave. Terminó de echar de comer al ganado y salimos a la calle.

Fuimos directamente a la casa de Senén. Era como la nuestra, pero más abandonada. Su mujer había muerto estando él en prisión. No tuvo hijos. Dos hermanos que tenía, uno fue fusilado, el otro se fue al exilio y nunca más se supo de él. Vivía en la más absoluta soledad e indigencia, pues aunque de vez en cuando le daban trabajo, no era suficiente para llevar una vida digna. La gente le llevaba comida y ropa, pero él no quería nada. Sin embargo, don Anselmo le ayudaba. Eso lo sabíamos todos, incluso los ricos, que veían muy mal las frecuentes visitas del cura al anarquista Senén. A pesar de lo que nos dijo en el monte sobre los curas, se hizo muy amigo de don Anselmo. Pero esa amistad estuvo más impulsada y cultivada por el anciano sacerdote que por él. En el fondo eran como dos niños que regañaban, pero se querían. Yo me enteré que muchas tardes, después del rosario, el cura iba a su casa y le llevaba algo para comerlo entre los dos, porque si no era así, Senén no aceptaba limosnas de nadie. Pero no era por orgullo, no. Senén era un asceta, místico ateo. Don Anselmo llevaba entre la sotana una botella de vino y algún chorizo y comía, para que Senén comiera. Esto cabreaba a los ricos, porque Senén era un rojo.

Cuando entramos en la casa, don Anselmo le estaba cerrando los ojos y echándole la bendición. Miró a Rafael con una mirada profunda y se echó a llorar, como un chiquillo, y le abrazó, como dándole el pésame. El cura sabía lo mucho que Paredes quería a Senén, pues era para él su segundo padre.

* * *

La muerte de Senén fue un acontecimiento. No como el de Encarnita, sino totalmente distinto.

Apenas había muerto cuando la casa se llenó de gente. De jornaleros, claro, porque de los ricos no apareció ni uno. Le velamos toda la noche y al día siguiente por la tarde nos dispusimos a enterrarle.

Don Anselmo llegó a la casa mortuoria, como era costumbre, vestido con los aparejos que usan los curas en esos casos y con los trastos de echar el agua bendita. La caja —no se le podía llamar ataúd, pues eran cuatro tablas mal clavadas, como todas las cajas de los pobres—, estaba en el zaguán esperando a que el cura le cantara el gorigori. Cuando terminó el paternóster ese que le dicen a los muertos, Rafael y otros tres hombres más se echaron la caja a hombros y salieron a la calle, que estaba llena de gente. Y así, el cura delante y todos detrás de la caja, encarrilamos calle arriba, hasta la plaza. El cura se dirigió a la iglesia y todos detrás de él.

En la puerta de la iglesia estaban todos los caciques, lo cual no nos sorprendió, pues a los entierros acudía todo el pueblo. Pero no estaban todos los ricos con los que siempre habíamos estado enfrentados. No estaba el Colorado. Quienes estaban allí eran los políticos, aunque todos los ricos también lo fueran, claro. Me refiero a los falangistas. Estos eran más jóvenes, algunos de ellos hijos de los ricos, pero otros, no. Estos se habían hecho falangistas para vivir a la sombra del Régimen en enchufes y empleos, tanto en la Hermandad, como en el Ayuntamiento. Con éstos falangistas no tuvimos nunca problemas los jornaleros. Eran unos tipos arrogantes, altaneros, engreídos, presuntuosos y fachendosos, pero la mayoría, señoritos de quiero y no puedo. Llegamos a la iglesia, y los caciques y los citados señoritingos estaban en la puerta, como una muralla. El cura iba a entrar, pero se lo impidieron.

—¿Adónde va usted? —le dijo uno que era el jefecillo de todos ellos.

—Al funeral de córpore insepulto —contestó.

—¿Un funeral en la iglesia a un ateo, a un enemigo de Cristo? ¿Una misa a quien tuvo encerrados prisioneros en la Iglesia a los cristianos en la guerra? ¡Usted está loco!

—A este hombre le he dado yo la extremaunción y ha muerto con todos los auxilios espirituales.

—Todo lo que usted quiera. Pero ese no pasa por esta puerta.

—¡Pero, hombre, esto es un atropello y un sacrilegio! —exclamó desconcertado don Anselmo. —¡No podéis hacer esto!

—¡Sacrilegio es lo que usted pretende hacer! —dijo otro.

—¡Y de esto se va a enterar el obispo esta noche mismo! ¡Es una falta de respeto que se le diga una misa a un anarquista!

—¡Pues no faltaba más! ¡Un rojo! ¡Un enemigo de Dios!

—Un funeral de córpore insepulto sólo se le hace a grandes personalidades y a quien puede pagarlo. Y ese, ni es una personalidad ni tenía dinero para pagarlo.

El cura se volvió y miró a la multitud, desconcertado, sin saber qué hacer. Rafael, que llevaba la caja, se la cedió a un compañero. Se fue a donde estaba el cura y le dijo, muy alto, para que todos le oyeran.

—Don Anselmo, nosotros pagaremos entre todos lo que cueste eso. En la iglesia manda usted. Decida qué hacemos. Si usted quiere que entremos, éstos chulos no nos lo impedirán. ¡Se pongan como se pongan!

—¡Esto te va a costar caro, anarquista! —dijo el jefecillo a Rafael—. ¡Hemos tenido contigo demasiada condescendencia y te has hecho muy gallito! —y dirigiéndose a don Anselmo—: En cuanto a usted, esta misma noche llamaré al obispo. Daré parte de usted a la autoridad provincial, porque esto es intolerable.

—¡Por Dios, no quiero riñas ni peleas! —dijo el cura temeroso y sorprendido de que uno de sus más fieles feligreses le hablara así.

—¡Usted es el culpable! —dijo otro politiquillo—. ¡Meter a ese rojo en la iglesia es un insulto a los cristianos! ¡Un sacrilegio!

—Ese hombre ha muerto en olor de santidad. Yo le di la extremaunción. Era un santo.

—¡Eso es una blasfemia contra Cristo Rey! —dijo un falangista santiguándose.

—Que vaya uno a avisar a la Guardia Civil —dijo el jefe—, pues capaz serán de enterrarle en el cementerio cristiano. Que intervengan ellos para poner orden.

—¡Qué orden ni qué coños! —surgió una voz de entre los jornaleros—. ¡Ese hombre se tiene que enterrar como se entierra a todo el mundo! ¡Como Dios manda!

—¡Fuera esos chulos! —dijo otra voz.

—¡Fuera, fuera! —gritaron a coro todos los jornaleros.

Y de pronto una marea humana nos empujó sobre la puerta. Pero los caciques no cedían y, claro, se armó la de Dios es Cristo. Algunos cayeron al suelo por la fuerza de la masa, y el ataúd, rodando por encima de las cabezas, iba dando vueltas, hasta que cayó al suelo. La frágil caja de madera de chopo se reventó y el cadáver quedó en el suelo.

Empezaron a llover puñetazos. A mí, como siempre, por estar en medio, me tocó la mejor tajada; me dieron una hostia que me quedó mareado. Luego, una patada en las espinillas. Yo estaba deseando de salir de allí, pero era casi imposible. Seguí recibiendo tortazos, hasta que me pude zafar. Por fin me sentí libre de aquella lluvia de golpes y respiré aliviado. Pero vi a la Guardia Civil, que venía a toda prisa, y casi me cagué de miedo. Como siempre, vendrían dispuestos a repartir leña. Me fui a la parte de atrás para ocultarme a su vista. Contemplé a Senén en el suelo, con la boca semiabierta y los ojos en blanco. Yo estaba aterrado, pues a mí los muertos me han dado siempre mucho miedo. Sin embargo, por un momento, le envidié. Él ya descansaba en paz sin miedo y sin temores.

La contienda cesó a la vista de los civiles. Don Anselmo fue hacia los guardias seguido por el jefe fascista y su pandilla, que hablaban atropelladamente. El cabo ordenó silencio y dijo al cura que hablara. Pero no se oía desde allí.

Entre unos pocos arreglaron la caja y metieron en ella al pobre Senén. Los guardias despejaron la puerta y el ataúd entró en la iglesia con el cura delante. Y detrás toda la gente, menos los falangistas que se oponían a que Senén entrara en el templo muerto, cuando nunca entró estando vivo. Colocaron la caja en el pasillo central, y dos guardias se pusieron al lado mirando a la puerta y de espaldas al altar. Los otros guardias se quedaron en la calle con los políticos Éstos seguían protestando dando voces y gritos de arriba España, viva Franco y viva Cristo Rey.

Yo había entrado pocas veces en la iglesia. En algún bautizo o boda que me invitaban entraba, sólo por curiosidad, pero me salía enseguida y esperaba en la plaza. A mis compañeros les ocurría igual, que ninguno entraba nunca. Pero aquella noche entraron todos y se sentaron los que pudieron, pues no había asientos para tanta gente.

Don Anselmo subió al altar y empezó el rito habitual. Pero el pobre anciano estaba temblando, nervioso, me parece que no daba pié con bolo en lo que hacía y decía porque tan pronto se iba a un lado del altar como al otro, murmurando; pero como lo decía en latín, nadie sabía si lo que decía estaba bien o mal.

Hasta que se fue haciendo con los mandos y se fue serenando. Todo esto lo hacía de espaldas a nosotros. Cuando terminó de leer se volvió a nosotros. Se quedó mirando a los que abarrotábamos la iglesia. Una clientela como aquella nunca la había visto en su parroquia. Estuvo un rato predicando cosas del evangelio y después dijo que Senén era un hijo pródigo al que el padre le acogía con alegría y emoción, que era un bienaventurado, pues todas las bienaventuranzas confluían en él; que ahora estaba junto a Jesucristo, al que tanto admiraba, y que los ángeles cantaban con alegría. Fue muy bonito el sermón y a todos nos gustó mucho, porque lo había dicho todo con mucho sentimiento.

Cuando terminó el funeral nos dispusimos a llevar a Senén al cementerio. Don Anselmo rogó a los guardias que nos acompañaran. Yo esperaba una salida más tumultuosa que la entrada. Todavía tenía la cara ardiendo por los tortazos que me dieron y me dolía mucho la espinilla por las patadas.

Pero no pasó nada. La Guardia Civil estaba allí expectante. Y con todo orden y tranquilidad llegamos al cementerio. Allí estaba el sepulturero al lado de la fosa abierta en la tierra. Entonces, los pobres se enterraban en la tierra. Sólo la gente acomodada tenía nichos para enterrar a sus muertos.

Los jornaleros cogían terrones, los besaban y los tiraban sobre la caja. Eso era costumbre generalizada, pero sólo lo hacían los cuatro que estaban en primera fila.

Pero en el caso de Senén todos querían echar un puñado de tierra sobre él, como si fuera un ramo de flores. Era el sentimiento de todos los pobres, que con un beso querían que quedara impreso en la caja el cariño, el respeto y la admiración que todos sentían hacia él. Por eso, el rellenar la tumba tardó más de lo normal.

Era costumbre, después del entierro, volver a casa de los deudos a darles la condolencia. Pero Senén no tenía familia, al menos familia cercana, y nadie se puso en la puerta de su casa a recibir el pésame de los vecinos.

Así acabó aquel idealista, aquel anarquista, aquel ateo que no creía en Dios, pero que Jesucristo era su modelo y su guía, como dijo don Anselmo en el sermón.

XVI

Varios días después del entierro, cuando volví a casa después del trabajo, fui a buscar a Rafael para irnos un rato al bar de la plaza a tomarnos un vaso de vino. Necesitaba hablar con él para anunciarle lo del viaje. Por más vueltas que le daba a la cabeza no lograba imaginar las razones que pondría para justificar aquella marcha repentina. ¿Qué le iba a decir a Antonia si no tenía razones convincentes? ¿Y cómo iba a reaccionar Antonia cuando se lo dijera? Ella tenía lo que siempre había deseado, un trabajo fijo para su marido, un trabajo privilegiado, porque lloviera o tronara, el jornal lo tenía asegurado. Mientras más vueltas le daba al asunto más preocupado estaba. Estaba convencido de que su salida del pueblo iba a resultar tumultuosa para él.

Tan pronto como salimos de su casa, le abordé impaciente:

—¿Sigues pensando irte a Madrid?

—Sí.

—¿Has pensado bien lo que vas a hacer?

—Sí.

—¿Le has dicho algo a tu mujer? ¿Le has sugerido algo para que no le coja por sorpresa?

—No. Lo sabrá en el momento oportuno.

—Pues ese momento ha llegado ya. Don Anselmo ha recibido carta de su amigo. Me lo dijo el otro día.

Y le expliqué las condiciones en que tendríamos que ir. Le noté que la noticia le afectó; le vi palidecer y el tono de su voz adquirió gravedad.

—¿Por qué no me lo has dicho antes?

No supe responder de momento.

—Porque con la muerte y el entierro de Senén no me acordé.

Me miró incrédulo y traté de salir del paso lo mejor que pude.

—Bueno, sí me acordé, pero es que no sabía cómo decírtelo. Como estás colocado, pues...

Vi que mi excusa no le convenció; yo sabía que quería irse porque se lo oí decirlo en la cuadra a Mari Pepa, pero yo no podía darme por enterado. Me daba miedo su decisión de irse. Estaba seguro de que el famoso «dos de mayo» iba a resultar un juego de niños comparado con la que se iba a liar. Pero no sabía lo que iba a hacer ni a decir. Si al menos yo lo supiera, sólo por tratar de evitar o suavizar ese momento. Pero Rafael era una tumba.

—Pues si quieres ir a Madrid —me dijo con gravedad—, ya puedes ir haciendo la maleta.

—Entonces, tú te quedas, ¿no?

—No. Nos iremos juntos.

—Pero, ¿y Antonia?

—De momento la dejaré aquí, hasta que encontremos una vivienda en Madrid.

—No, si eso es lo de menos. Lo que te pregunto es qué le vas a decir para explicarle por qué te vas dejando un trabajo tan bueno.

—No hará falta decirle nada.

—¿No pensarás irte sin despedirte?

—¿Cómo no me voy a despedir?

—Pero algo le tendrás que decir.

—No será necesario.

—¿Es que ella sabe ya lo de Mari Pepa?

—¡Entre Mari Pepa y yo no hay nada! ¿Te enteras? —dijo gritando y mirándome como una fiera—. ¡Nada!

—Bueno, hombre. No hace falta que te pongas así. Si tú dices que entre Mari Pepa y tú no hay nada, yo me lo creo.

Hubo un silencio mientras caminábamos despacio.

—Entonces, no comprendo por qué dices que no será necesario explicarle tu marcha.

—No será necesario, porque cuando me vaya ella sabrá la razón por la que me tengo que ir.

—Entonces es que piensas decírselo, ¿no?

—¿Decirle, qué?

—Pues lo de Mari Pepa... ¡Ay! Perdona, ya sé que de eso no hay nada de nada.

Seguimos andando en silencio y yo, venga a darle vueltas a la cabeza, sin entender nada. Ya, cabreado por tanto misterio, exclamé:

—¿Pero se puede saber cómo se va a enterar ella de las razones si tú no se lo dices?

—Porque ella las sabrá sin necesidad de que se lo diga yo.

—¿Pero qué es lo que va a saber ella?

—Las razones por las que me tengo que marchar.

No había forma de sacarle nada. Yo estaba ya casi frenético cuando le dije:

—¿Y qué razones son esas, si es que las puedo saber? ¿O es que yo no puedo saberlas?

—Tú también las sabrás a su debido tiempo.

—¡Bueno! —exploté—. ¡Si don Anselmo tiene razón!

—Razón, ¿en qué?

—¡En decir que estás loco! ¡Y tiene toda la razón, sí, porque cada vez te entiendo menos! ¡Tanto misterio y tanta intriga! ¿Por qué y para qué? ¡Sólo hay una explicación: que estás loco!

—Tienes razón —dijo suavemente, con tristeza.

—¡La razón se le da a los locos para que se callen!

Y seguimos andando en silencio. De pronto, le dije:

—¡Ah! Luego piensas que el loco soy yo, ¿no es así?

—No te he dicho eso. Te digo que tienes razón porque si no estoy loco, acabaré loco de verdad.

—¡Y lo malo no es eso! —le grité—. ¡Lo malo es que tú vuelves loco a todo el que está a tu lado!

—¡Pues si te vuelvo loco, vete a la mierda y déjame en paz!

Aquellas palabras me hirieron en lo más profundo, porque jamás pensé que me iba a hablar así. Nunca me habló de aquella manera. Yo estaba muy acalorado y le contesté de la misma forma.

—¡A la mierda te vas tú! ¡No te digo, el hurraco éste, con lo que sale ahora!

—¡Vete! ¡No quiero nada contigo! ¡Vete y no me vuelvas a hablar más!

—Conque esas tenemos, ¿eh? ¡Pues claro que me voy y no volveré a hablarte nunca! ¡Y a Madrid me voy yo solo! ¡Si tú quieres ir, vete con Rita la cantadora!

—¡Te he dicho que me dejes en paz! ¡No quiero verte nunca más! ¿Me oyes? ¡Nunca más!

—¡Claro! ¡Como ahora tienes un buen trabajo no quieres nada con los pobres! ¡Vergüenza debía darte! ¡Mal amigo! ¡Desgraciado!

—¡Vete, o no respondo de mí! ¡Vete, te he dicho!

Y allí mismo nos separamos. Él se fue calle arriba, hacia la plaza, y yo desconcertado no sabía dónde ir en ese momento. Le estuve observando hasta que le perdí de vista. Me quedé allí un rato maldiciendo la hora en que me hice amigo suyo. Algunas mujeres de las casas ricas se asomaron a la puerta por las voces que habíamos dado y que ya daba yo solo; me miraban como si fuera un bicho raro. Me dispuse a marchar sin rumbo, aún. Había una que no dejaba de mirarme con cara de desprecio. Me dio rabia que me mirara con tanto descaro; cuando pasé a su lado, le dije de pronto:

—¡Uuuuh! ¡Beata! ¡Lechuza!

Ella dio un grito, sorprendida y asustada. Ya había pasado cuando la oí reaccionar:

—¡Sinvergüenza!

Las demás vecinas corrieron a su lado formando un grupo. Ya estaba lejos, pero aún las oí gritar:

—¡Tío fresco, sinvergüenza! ¡Os tenían que dar una buena lección a los dos!

—¡Lechuzas! ¡Cotorras!

Doblé una esquina y las perdí de vista. Con un ánimo de perros llegué a casa de mi novia. Estaba ya en la puerta esperándome.

—¡Ya está bien! ¡Vaya horas de venir!

—¡No me chilles, porque estoy harto!

—¿Encima? ¿Qué te he hecho yo ahora?

—¡Nada! ¡Estoy harto de Rafael!

Mi novia se quedó con la boca abierta y noté en sus ojos un brillo de satisfacción.

—¡Por fin! —dijo juntando las manos como dando gracias a Dios—. ¡Ya te lo decía yo, pero nunca me hiciste caso! ¡Es un desgraciado, un muerto de hambre que no se ha visto nunca harto de pan, y como ahora tiene trabajo a ti te da de lado! ¡Antes no trabajabas por culpa suya! ¿Y ahora, qué? Eso te pasa por idiota. ¡Mira que te lo decía, pero tú, como si nada! ¡Has estado ciego!

—¡Cállate! ¡Pues sólo me faltaba que ahora me calentaras tú la cabeza más de lo que la tengo!

—¡No, si al niño no se le puede decir nada!

—¡Que te calles, te he dicho!

—Bueno, bueno. Espera que termine de arreglarme. Ahora salgo. Tarde y regruñendo, como siempre.

Se metió en casa. Encendí un cigarro y me puse a pensar. Jamás, ni por lo más remoto, pensé que Rafael hiciera una cosa así conmigo, su más fiel amigo desde la infancia. Empecé a pasear dando largas zancadas. Me vinieron a la memoria todos los recuerdos de mis andanzas con él. En aquellos momentos, sólo recordaba los hechos con que yo le había favorecido, olvidando todo lo que él había hecho por mí, como queriendo acumular razones para despreciarle. Así estuve un buen rato. Recordé la noche última que estuvimos con don Anselmo, antes de ir a casa del Colorado. Recordé la escena que tuvimos en la calle poco después. Recordé la escena que escuché desde el pajar aquella tarde. Estaba decidido a irse, pero no sabía qué hacer para justificar su marcha. Estaba desesperado por eso. ¿Lo habría decidido ya? ¿Qué haría?

De pronto me invadió un terrible presentimiento y, como loco, salí corriendo hacia la plaza con todas las fuerzas que me permitía mi pata coja. Llegué al bar donde nos reuníamos los obreros, pero allí no había nadie. ¡Qué raro! Entonces miré hacia el casino de los ricos. La puerta estaba llena de todos los jornaleros observando el interior. ¿Por qué aquella expectación? Corrí hacia allí. Me abrí paso entre ellos y vi dentro a Rafael de pie frente a los caciques que le observaban temerosos. Me sorprendió ver a un socio, un dependiente de comercio, que hablaba por teléfono, mientras que los demás estaban fijos mirando a Rafael.

—Sí. Esa es toda la verdad —decía Rafael—. Sois un hatajo de criminales, que matasteis a gente inocente; que violasteis a mujeres por un pedazo de pan; que os hicisteis ricos con robos y extorsiones; que hozáis en el lodazal de la marginación para engordar explotándonos a los jornaleros. Y si no fuera por el Régimen que os ampara, estaríais todos en prisión. Esto soy yo el único en el pueblo que tiene cojones para decirlo porque habéis sembrado el miedo y el terror. Pero eso lo saben todos. ¡Hatajo de mafiosos! Pero llegará el día en que pagaréis juntas todas vuestras maldades.

De pronto se oyeron rumores en el grupo de los jornaleros, que observaban atónitos a Rafael; miraban hacia atrás. Eran los civiles que llegaban. Todos se apartaron temerosos, pues venían con caras de pocos amigos y vergajos en la mano.

Yo entré corriendo en el casino para coger a Rafael y salir huyendo por otra puerta. Los caciques, al ver a los civiles se envalentonaron y se lanzaron contra Rafael. El primer puñetazo que se perdió me lo encontré yo en toda la cara y me derribó. Los civiles se liaron a palos, vergajazo va y vergajazo viene; más bien viene que va, pues todos vinieron a parar en las costillas de Rafael y las mías.

La paliza fue terrorífica. Oí fuera silbidos e insultos. Eran los compañeros que protestaban por lo que nos estaban haciendo. De pronto, los cristales de las ventanas saltaron hechos pedazos por las pedradas que tiraban desde fuera. Los gritos y silbidos se oían más firmes. Los civiles salieron a atacar a los jornaleros, pero estos huyeron sin dejar de abuchearlos y de tirarles piedras. Los civiles volvieron al casino a terminar la tarea conmigo, hasta que perdí el conocimiento.

Cuando volví en mí, estaba tirado en el suelo, pero no veía ni oía nada. Todo estaba oscuro y en silencio. De pronto oí un gemido a mi lado. Era Rafael y estábamos en el calabozo.

—¡Rafael! —dije sobresaltado— Rafael, ¿estás bien?

—¿Por qué viniste? —dijo con palabras entrecortadas por el dolor—. ¿No te dije que no quería verte más? ¿No te dije que te fueras? ¿Por qué tuviste que meterte en esto?

—¿Estás bien? —dije arrastrándome hacia él, pues me dolía todo el cuerpo—. ¿Te encuentras bien?

—Sí. ¿Y tú? —dijo al tiempo que me palpaba la cabeza, los brazos, las piernas y todo el cuerpo—. ¡Canallas! ¡Te han pegado a ti también! ¿Puedes levantarte?

—Creo que sí —lo intenté y, no sin dificultades, me puse en pie—. Levántate tú.

Le ayude a levantarse y le palpé todo el cuerpo, como él había hecho conmigo. No teníamos fracturas, sólo magullamiento general. Rafael no cesaba de repetirme una y otra vez:

—¿Por qué viniste? ¿No te dije que no quería hablarte más?

Todo esto me lo decía abrazado a mí, acariciándome la cara y los cabellos, y besándome.

—No hables ahora. Tranquilízate.

Y me harté de llorar, no por el dolor de los palos, sino por la ternura de las caricias de Rafael.

Yo estaba seguro de que su partida iba a suponer un «Dos de mayo». Lo que nunca pude sospechar es que yo iba a ser el protagonista. Con razón me decía que no sería necesario explicarle nada a su mujer. Yo esperaba lo peor. Íbamos a salir del pueblo; pero esposados y conducidos a prisión.

Al día siguiente por la mañana nos sacaron del calabozo. En el patio estaban los civiles, el alcalde, el cura, el Colorado, que la noche anterior no estaba en el casino, y el médico. Este nos reconoció a los dos. Mientras lo hacía, el alcalde, que era un labrador de los ricos, le dijo a Rafael que era un perro rabioso. Que gracias al Colorado y a don Anselmo no nos harían nada. Pero que en cuarenta y ocho horas no nos quería ver ni en cien leguas a la redonda.

Cuando el médico terminó su labor, salimos a la plaza. Estaba atestada de gente. Algunos jornaleros se acercaron a nosotros mostrando su solidaridad y sus simpatías. Nos pasaron al bar y nos dieron unas copas de coñac, con las cuales se aliviaron un poco los dolores. Yo me fui para mi casa. Pero nada más ver la cara a mi padre y a mi hermana, me volví para atrás. Me miraban con asco y desprecio. Esperaba mitigar mi dolor en el amor de la familia; pensaba en mi madre como la imagen de la Piedad, acogiéndome en sus brazos. ¡Pero, menuda cara me pusieron! Me fui a casa de Rafael.

Antes de llegar vi salir a Teresa de la casa de Paredes. ¿A qué habría ido allí? ¿Tal vez a llevarle algo por encargo de Mari Pepa, o a decirle a Antonia la verdad? Pensaba entrar en la casa, pero Teresa, sin dejar de andar calle arriba, me miró y me indicó con un gesto que la siguiera. La seguí y ya bastante alejado de la casa, me dijo rápidamente:

—Me ha dicho Mari Pepa que vayas esta noche a su casa a las ocho en punto. No faltes. Pero tienes que ir tú solo. ¿Entendido?

—Sí, sí. Iré a las ocho en punto.

Y se fue calle arriba. Yo me quedé allí y anduve sin rumbo fijo calle arriba. La gente me miraba en silencio. No me había mirado al espejo y no sabía cómo tenía la cara. Dos dientes se me movían y notaba hinchazón en la boca. El cuerpo lo tenía molido.

Andaba como un gilipollas, sin saber qué hacer ni adónde ir. Menos mal que se presentó Rafael pues se había entretenido con el Colorado, primero, y con los compañeros, después. Me abrazó, me acarició.

—¿Cómo estás? —me dijo.

—Poco más o menos que tú.

Y juntos entramos en su casa. Antonia estaba muy seria y con unos morros que se los pisaba. «Aquí se prepara la tormenta —pensé—, y yo, como siempre, en medio de ella». Rafael no le dio importancia a la actitud de Antonia y, como si nada hubiera pasado, dijo:

—Hola Antonia. ¿Y el niño?

—¡En la escuela! —contestó con sequedad.

—Cuando me voy por las mañanas, está durmiendo. Y cuando vuelvo por las noches, también. Así todos los días. Desde que empecé a trabajar en esa casa no le he visto despierto nada más que una vez. Algún día nos vamos a cruzar en la calle y no nos vamos a conocer. Quiero hablar contigo, Antonia.

—¡Ah! ¿Sí? —dijo con la misma acritud.

—Sí. Hemos estado varios meses en que sólo nos hablábamos cuando teníamos algo desagradable que decirnos. He reflexionado mucho durante este tiempo y me he dado cuenta de los muchos errores que he cometido. Sobre todo, contigo.

—¡Menos mal que lo reconoces!

Rafael se percató de su tono e inquirió:

—¿Qué té pasa? ¿Te ocurre algo malo?

—¡No, qué va! ¡A mí no me ocurre nada!

«¡Ay, ay, ay!» —exclamé yo para mis adentros—. «¡Ya está liada! ¡Tengo que salir echando leches de aquí!»

Pero estaba en la puerta del corral y para salir tenía que pasar por en medio de los dos. Preferí hacer mutis por el foro y salí al corral. Aproveché para lavarme la cara en un cubo de agua.

Rafael se acercó a ella, cariñoso, pero ella le repudió, hecha una fiera:

—¡A mí no me toques, ni te acerques, siquiera!

—¿Quieres hablar de una vez? Ya sé que ha estado mal lo que he hecho.

—¿Lo que has hecho? ¡Sé de sobra lo que has hecho! ¡No pongas esa cara de mosquita muerta!

—¡A mí no me hables así! ¿Me oyes? Si tienes algo que decirme, dilo con respeto.

—¿Con respeto? ¿Qué respeto has tenido tú conmigo?

—Ya sé que ha estado mal lo que he hecho. De eso precisamente quería hablarte.

—¡A buenas horas! ¡Durante meses he estado aguantando sin protestar demasiado, pasando hambre y humillaciones! ¡Pero no tenías bastante con eso! ¡Necesitabas hacerme más daño todavía! ¡Humillarme más y más!

—Sí; ya te he dicho que te he hecho daño y quería pedirte perdón por lo sucedido.

—¡No seas hipócrita! ¡No me refiero al escándalo que has armado en el casino! ¿Dónde tienes esa dignidad de la que tanto presumías? ¡No tienes vergüenza! ¡Me das asco! ¡No vuelvas a tocarme! ¡Vete con esa puta asquerosa!

—¿Quién te lo ha dicho? —dijo Rafael, abatido.

—¿Qué te importa a ti? ¡Es lo más bajo que podías hacerme! ¡Te juro por lo más sagrado que nunca esperé eso de ti!

—Escúchame, Antonia.

—¡Antes, la gente volvía la cabeza por no mirarme, por pena! Pero a pesar de mis padecimientos, yo, en el fondo, estaba orgullosa porque mi marido era un hombre honrado y valiente y los demás, unos cobardes. ¡Pero ahora me mirarán con una sonrisa sarcástica al ver que voy presumiendo con los vestidos de esa asquerosa! ¡Dios mío, qué vergüenza! ¡Ahí tienes ese saco con toda la ropa de esa golfa! ¡Yo seré pobre, pero honrada! ¡Llévaselo tú, porque si voy yo, la dejo calva!

—¡Escúchame! ¡Déjame que te explique!

—¡No me digas nada! ¡No quiero nada contigo! ¡No quiero verte nunca más! ¡Vete a Madrid, o donde te dé la gana, porque para mí has terminado!

—Tienes que escucharme, Antonia. Fue un momento de debilidad. ¡Te juro que eso me ha torturado desde aquel día! Quiero pedirte perdón.

—¡No quiero que me pidas perdón ni que me digas nada! ¡Vete con esa golfa, vete con ella!

—¡Me quieres escuchar! —gritó Rafael pegando un puñetazo en la mesa.

—¡No! ¡No me asustan tus puñetazos, ni tus voces! ¡Has perdido todo lo que representabas para mí! ¡Ya no eres nada para mí! ¡Te odio!

—¿Que me odias? ¡He sufrido, como nadie puede imaginar, por el implacable acoso que me hicieron esos bandidos! ¡Los compañeros no me hablaban; el cura me acusaba de rebelde y orgulloso; mi amigo Sebastián se pasaba todo el tiempo regañando a mi lado, recordándome mi fracaso; contigo no podía hablar serenamente porque me rehuías, o te revolvías contra mí; no tenía a nadie que me dijera una palabra de aliento, que comprendiera, al menos, mi actitud! ¡Tú eras la única que podías haber hecho eso, pero me atacabas con saña, por lo que estar en casa era más terrible que estar ahí fuera con todos contra mí!

La escena adquiría cada vez más virulencia. Rafael estaba con toda la cara marcada por la paliza y eso le daba un aspecto más sobrecogedor a sus palabras.

—¡Cuántas noches, mientras tú dormías, me tenía que beber las lágrimas y revolcarme de dolor, resistiendo para no salir corriendo y pedir perdón a esos hijos de puta, como hicieron todos! Todo aquel dolor, toda esa tortura la sufría, me la comía yo solo, porque no tenía a nadie con quien poder compartirla. Y para una vez que dentro de esa angustia alguien me sonríe, me acaricia y me trata con cariño, ¡cosa que no supiste hacer tú!, me tratas como a un cerdo y me repudias por el solo hecho de que esa afectividad me la dio una mujer. ¿Cuántas caricias me hiciste tú desde que me negaron el trabajo? Ni caricias, ni palabras de consuelo. Sin embargo, te volcaste cuando encontré trabajo. Yo entonces pensé muchas cosas de ti, pero me las callé. Por no herirte, para que no lloraras, no quise decirte que habías prostituido el amor, porque solamente lo dabas cuando había dinero por medio.

Aquello era demasiado fuerte. Antonia, horrorizada, se refugió en la habitación. Yo salí indignado también, dispuesto a marcharme. Pero Rafael me paralizó al verme, con una voz desgarrada y potente:

—¡Sebastián! ¿A qué hora pasan mañana los autobuses para la estación del tren?

—Pues... creo... creo —balbucí— que a las ocho de la mañana.

—¡Pues vete haciendo la maleta! ¡Mañana a las ocho nos vamos! —inicié el camino para mi casa, pero de nuevo me detuvo—. ¡Espera! Tengo ahí un litro de vino que me dio el Colorado. Ven. Quiero beber. ¡Necesito emborracharme!

Y por primera vez en mi vida le vi llorar. Cogió la botella y, sin utilizar vaso ninguno, se la llevó a la boca. Yo no sabía qué hacer, si quitarle la botella o dejarle que se emborrachara. ¡Qué inútil he sido siempre, que en los momentos más críticos nunca supe cómo actuar! Se trincó media botella de un golpe. Hizo una pausa para respirar, pero yo se la quité de las manos. ¡El que necesitaba emborracharse era yo! Él fue a la mesa, se sentó y ocultó la cabeza entre sus manos. Acabé con la bebida. Vi a Antonia salir lentamente secándose los ojos. Miró a Rafael. Se acercó a él, le puso una mano en el hombro, y con mucha dulzura le dijo:

—No puedes irte así. Perdóname. Estaba histérica y no sabía lo que decía. Nos iremos los dos juntos con el niño.

—No. Debes esperar. No sé siquiera dónde caeré. Si no encuentro trabajo en Madrid, me iré a Barcelona, o a Valencia, o a Bilbao. No quiero que paséis calamidades. En peor situación mi padre no quiso que fuéramos con él.

—No quiero que te vayas con el recuerdo de la riña que hemos tenido. Me has dicho que he prostituido el amor, y eso no es verdad, Rafael.

—Olvídalo. No sabía lo que decía. ¿Quién te ha dicho lo de Mari Pepa?

—Teresa. Ha venido hace un rato. Y lo ha hecho por defender nuestro matrimonio. Si tenía en cuenta sólo lo que hiciste anoche, te tendría como un loco y jamás te hubiese perdonado la destrucción de tu trabajo y de nuestro hogar. Vino a explicarme las razones porque lo hiciste. Pero los celos crisparon todo mi ser. Tenía que elegir entre los dos males y ella eligió el más leve, el que menos daño me hiciera.

—Si mi padre levantara la cabeza se avergonzaría de mí.

—Perdóname tú también.

—Yo he tenido la culpa de todo. Mi padre nos hacía participar a mi madre y a mí de todas sus actividades. Había comunicación y diálogo entre nosotros. A mi madre la llamaba compañera. Yo, en cambio, no he sabido hacerlo contigo. Te he relegado a la casa y a la cama. No he sabido hacerte mi compañera.

—No pienses más en eso; tranquilízate. No es verdad lo que te he dicho antes. Te quiero y estoy orgullosa de ti.

—No he sabido hacer nada como lo hacía mi padre. Él fomentaba la colaboración entre los compañeros. Aunque las decisiones fueran suyas, todos las ejecutaban convencidos de que era iniciativa de todos. Él formaba a la gente con la acción, pero las acciones nunca las decidía él, sino que hacía que los demás descubrieran esa necesidad. Yo, en cambio, he sido un franco tirador y por eso mi lucha no ha servido para nada. Ni en el tajo con los compañeros, ni en mi casa, con mi mujer y mi hijo.

—¡No digas eso! ¡Tus compañeros te quieren y te respetan, aunque no lo digan, porque son cortos de palabra. Tu lucha ha servido de mucho, aunque no veas el resultado. Has sembrado mucho y eso dará fruto algún día. Aunque no lo creas, yo he aprendido mucho de ti; muchas cosas que antes no entendía, ahora las comprendo, porque fui guardándolas en mi corazón. Yo quiero que mi hijo tenga una vida mejor que la que nos ha tocado vivir a nosotros. Estoy convencida de que eso no se podrá lograr sin lucha. Y también he comprendido que la lucha obrera no es sólo cosa de hombres. Estás cansado y desmoralizado; pero de aquí en adelante no será así, porque yo seré tu compañera; tu compañera del alma. Tu compañera.

Rafael estaba sentado y ella lo abrazaba por detrás, besaba sus cabellos y lo regaba con sus lágrimas.

Yo salí del corral y, de puntillas, para no hacer ruido, me fui. Comprendí que en aquel momento debían estar solos para desahogarse, para reconciliarse de una vez por todas. Sentí vergüenza por haber estado allí, por estar siempre metiendo las narices donde no debía, escuchando conversaciones íntimas.

Me fui al bar. No tenía otro sitio donde ir. Los compañeros me rodearon con simpatía y me invitaron a beber vino. Me preguntaban por mi estado físico y emocional. Jamás había sentido tan de cerca el afecto de los compañeros. Porque cuando nos metieron en el calabozo por lo de la huelga y la noche anterior, por lo del bar de los señoritos ellos estaban allí, solidarizándose con nosotros, pero todas las atenciones, todas las palabras de afecto, todas las simpatías eran para Rafael. Yo era un cero a la izquierda. Pero entonces estaba solo, no estaba Paredes para hacerme sombra y robarme el afecto de los compañeros. ¡Con la de veces que había estado junto a ellos y jamás había sentido esa sensación tan confortable! Me sentí un hombre nuevo, mi autoestima subió muchos grados, pues siempre estaba bajo cero. Me sentí importante. Las espaldas, la cara y la boca que lo tenía todo ardiendo y con escozor ya no lo sentía. Me desapareció el dolor. Bebí rodeado por todos, que se deshacían en elogios y ánimos. ¡Qué feliz me sentí en aquellos momentos! ¡Y cuanto cariño sentí entonces por todos ellos!

Yo no tenía ninguna prisa por irme. ¿Adónde iba a ir si mi casa era un infierno para mí? Pero los demás, poco a poco, se fueron, hasta que me quedé solo. Aquella soledad me llenó de congoja. Salí a la calle sin saber adónde dirigirme. ¿Otra vez a casa de Rafael? ¡Ya estaba bien de ser un pelmazo!

Pasé al lado de la iglesia y me topé con don Anselmo. Me miró a la cara con gesto de horror debido a la hinchazón que tenía.

—¿Cómo estás, Sebastián? ¿Te duele mucho?

—No, señor. Ya se me ha pasado. Mañana estaré bien del todo. Por la mañana nos iremos a Madrid. Eso me quita las penas. Estoy deseando que pase esta noche.

—Voy a ir a casa de Rafael. Tengo que decirle unas cuantas cosas antes de que se vaya.

¡La jodimos! —dije yo para mí. Ya tenemos otra bronca a la vista.

—Yo le acompaño, si quiere.

—Sí. Te lo agradezco. Sé que vive en una calle de ahí abajo, pero no recuerdo bien. Iba a preguntar, pero si tú me acompañas, mejor.

Y enfilamos calle abajo camino de la casa de Rafael. No hablamos nada durante el camino. Don Anselmo iba con la cabeza baja, ensimismado, preocupado. Y yo no sabía qué decirle para iniciar una conversación. La gente que se cruzaba con nosotros le saludaban con afecto. Era un hombre querido y respetado por todos. Los jornaleros nunca tuvimos contacto con él, pero desde el entierro de Senén, don Anselmo se ganó el afecto y simpatías de todos. Y eso lo notó él ostensiblemente, pues antes, los jornaleros casi no le saludaban, incluso se iban por la acera contraria para no rozarse con él. Pero a partir de aquel día de la misa por Senén, todos le daban los buenos días sonrientes. Aquel cambio de los jornaleros respecto a él, tuvo la contrapartida de los fachas, que le retiraron el saludo y se iban al pueblo de al lado los domingos para oír misa. Pero eso sólo lo hacían los politiquillos. Los ricos seguían yendo a misa como si nada.

El cura había discutido con Rafael cuando volvimos del monte con la leña; había desaprobado su odio y resentimiento con los ricos. Con la que armó la noche anterior, era de suponer que le iba a poner de vuelta y media.

Pero, no. El hombre se presentó de lo más humilde y pacífico. Antonia le abrió la puerta, muy emocionada de ver al cura en su casa. Rafael estaba al fondo mirando incrédulo la visita. Le invitó a pasar hasta la cocina. El cura se sentó junto a Rafael, y sacando su petaca y el librillo de papel, se echó una porción de tabaco en la mano y le ofreció la petaca a él.

Yo me senté en una silla baja junto al fuego. Antonia se disculpó diciendo que iba a la tienda y que volvería enseguida. La dije que iba yo, con el fin de que ella se quedara; pero no quiso. Cogió una cesta y se fue. Hubo un silencio prolongado. Miré a hurtadillas. Estaban los dos liando el cigarro con parsimonia. Yo, que estaba impaciente por saber lo que iba a decir el cura, nada, ni mú. Parece como si hubiesen hecho una apuesta para ver quién tardaba más en liarlo. Noté que el cura quería hablar. Él debía saber las verdaderas causas de la actitud de Rafael. Mari Pepa solía ir a misa todos los días y, lógicamente, debió confesarse y contárselo todo.

—Rafael —dijo después de encender el cigarro—: En una ocasión te dije que me quitabas el sueño con tus problemas, pero no era totalmente cierto. Me preocupabas, sí, pero no hasta ese extremo. A veces nos preocupamos por cosas de poca monta. Eso lo descubrimos cuando realmente llega una causa importante de verdad.

—¿Qué quiere usted decir?

—Lo que quiero decir, lo sé. Pero no sé por dónde empezar.

—Si lo hace por no herirme, no se preocupe, estoy acostumbrado. Dígame todo lo que quiera, todo lo que se le ocurra, porque tendrá toda la razón y no se lo voy a discutir.

—Siento mucho que pienses que he venido a decirte algo desagradable e hiriente, porque es todo lo contrario.

—¿Entonces ve usted bien lo que he hecho?

—No he venido a hablarte de lo de anoche. Desde aquella tarde que nos vimos en el camino, yo tenía ganas de hablar contigo. Pero mucho más desde que enterramos a Senén.

—Es posible que ya no nos volvamos a ver nunca. Usted dirá.

—Claro, que de paso he venido a unirme al dolor de un hombre que sufre.

—¿Quién es ese hombre? ¿Hay algún enfermo en esta calle?

—¡Quién demonios va a ser! Tú.

—¿Yo? Yo no sufro.

—¡Cómo no vas a sufrir, cabezota! Lo que pasa es que te gusta presumir de hombre fuerte.

—Bueno, si usted lo dice, sufro. Le agradezco en el alma que haya venido. Ya sé que es usted el consuelo de los pobres y desamparados.

—Tu ironía me hace daño, Rafael. Desde aquel día que te he dicho, he pensado mucho en los dos.

—¿En los dos? —dijo Rafael poniéndose lívido.

—Sí, en los dos. Me preocupas mucho, y ahora puedo decirte de verdad que me quita el sueño.

—Me lo imagino.

—No te lo imaginas. Mi preocupación es de otro tipo.

—Lo siento. Ya me voy, y sus preocupaciones cesarán. Todo quedará cortado para siempre.

—No es tan fácil como crees, hijo. Hay cosas que no se pueden cortar.

—Pues yo las he cortado. No es cierto lo que le dije antes, usted tenía razón: sufro mucho, como nadie se lo puede imaginar. Pero, hay cosas que se deben cortar de raíz, antes de que produzcan males mayores. Cortarlas, aunque para ello tenga que morderme el corazón.

—Yo no te he dicho que lo tengas que cortar de raíz. Tú, siempre tan tajante: por aquí corto y por allí rajo. Debes ser prudente, cauteloso, eso sí, pero de ningún modo cortarlo de raíz.

—¡Ah! ¿No? ¿Y es usted, precisamente, el que me aconseja eso? —exclamó asombrado Rafael.

—Pues claro que sí, ¡qué caramba! ¡Y con toda mi alma, además!

—Pues, no lo entiendo.

—Ya sé que no lo entiendes. Yo tampoco lo entendía. Desde aquel día que te he dicho hay muchas cosas que han cambiado dentro de mi conciencia.

—¿Hasta el punto de ver bien mi actitud?

—Bien del todo, no. Pero hay mucho de positivo en ese amor que llevas dentro de ti. Ese amor y esa pasión es lo que jamás debes cortar.

Rafael, y yo también, estaba confundido y hecho un lío.

—¿De qué amor y de qué pasión me habla usted?

—De tu amor por la justicia, de tu...

Rafael, y yo también, dimos un resoplido de alivio. Habíamos creído que se refería al asunto de Mari Pepa. Sin embargo, no hizo la menor referencia a la riña de la noche anterior.

—Eso no lo podré cortar mientras viva. Sería una traición a la clase obrera, a mi padre.

—Eso es, precisamente, lo que me gustaría que modificaras. Ya sé que amas a tu padre con toda tus fuerzas, con todas tus ansias, con toda tu alma. Lo has convertido en tu Dios.

—Para mí, lo es.

—Haces mal. Eso te incapacita para encontrar la Verdad. Lo mismo que le pasó a Senén.

—¿Qué verdad?

—La única Verdad, con mayúscula.

—Y esa verdad con mayúscula es la de usted, ¿no?

—Mía, no. La verdad es patrimonio del mundo, de todos los hombres. Pero la Verdad está fragmentada y cada uno coge el trozo que más le conviene. Senén cogió una parte, los ricos del pueblo tienen otra. Cada cual lee el evangelio y saca conclusiones personales. Cuando todos los hombres acepten la Verdad entera, Cristo, que es al Camino, la Verdad y la Vida, reinará en los corazones.

—Eso no se conseguirá nunca.

—Y, sin embargo, crees que tus ideas sí se podrán realizar.

—Sí.

—Hay algo que siempre he admirado en ti: tu enorme capacidad de entusiasmo. Y es una pena.

—¿Una pena? ¿No dice que la admira?

—Escucha, hijo. El hombre ha sido creado para tener ideales grandes, dignos y nobles. Pero es una pena que tanta capacidad la utilices para una cosa tan pequeña. A nadie le sorprende que un escarabajo haga una pelotilla; lo sorprendente sería que eso lo hiciera la abeja, pudiendo hacer tan rica miel.

—Es una forma muy diplomática, digna de usted, de decir que el ideal que llevo dentro es una mierda.

—Yo no he querido decir eso exactamente.

—Pero lo ha dicho. Y ahora, ya que estamos en este plan, le voy a decir una cosa que también yo quería decirle desde hace mucho tiempo. Esa «Verdad», con mayúscula que usted dice, no se podrá realizar jamás; pero la mía sí. ¿Y sabe usted por qué? Porque los hombres de mis ideas, como mi padre, como Senén, como tantos otros, son luchadores valientes, con espíritu de sacrificio, desinteresados, entregados generosamente a los demás. Mientras que los que dicen estar en la «Verdad», son gentes egoístas, explotadoras, codiciosas, indolentes, comodonas, embusteras e inmorales, porque dicen creer en una verdad con la que no son consecuentes. Todas sus creencias son falsas. Todo es mentira.

—Eso es lo que me preocupa, Rafael. Tú me dijiste el otro día que los pobres han sido desplazados de la Iglesia y que los ricos están allí como zorras guardianas del gallinero. ¡Si supieras, hijo mío, lo que esas palabras me han hecho reflexionar! Sobre todo el día que enterramos a Senén. También tu padre me dijo muchas cosas, pero ninguna me ha impactado tanto como las tuyas. A tu padre siempre lo consideré un peligro para la Iglesia. Eran tiempos difíciles. También yo era más joven y con menos experiencia de la vida. Después de irse él vi muchas cosas horrorosas. Cosas que jamás me atreví a denunciar. Fue a partir de entonces cuando comprendí que el peligroso no era tu padre; pero ya era tarde.

—Le agradezco que me lo diga.

—El obispo me ha citado para mañana. Tal vez me trasladen o me jubilen. Pero eso no me preocupa. Hice lo que Jesús manda: ir por la oveja perdida. Senén no creía en Dios. Sólo admiraba al Jesucristo como hombre histórico. Sin embargo, Dios, sin que él lo supiera estaba metido dentro de su corazón.

—No lo creo. Senén no creía en Dios.

—Eso no importa. La creencia no es más que un aserto intelectual. «Nadie viene a mí si el Padre no le envía», dice Cristo. Quiero decirte otra cosa que no sabes. Tu padre me hizo tutor tuyo y de tu madre. Gracias a mí no la fusilaron, como hicieron con tantos inocentes. No mantuve mucho contacto con ella, pues noté que no me apreciaba. Pero en la sombra la favorecí cuanto pude procurando que no le faltara trabajo. Lo mismo me pasó contigo. Me preocupé de que no faltaras al colegio, pero nada más. Cuando creciste y te hiciste hombre ya perdí tu pista. Yo había cumplido la misión que me había encomendado tu padre y olvidé el asunto. Pero el problema de los sellos hizo que me fijara de nuevo en ti. No tuve contacto contigo antes, pues sabía que tú tampoco me apreciabas.

—Yo no le he despreciado nunca.

—El menosprecio es el mayor de los desprecios. El primer contacto que tuve contigo fue la tarde que nos vimos cuando venías del monte. Aquella tarde me dijiste cosas muy fuertes y fueron como un trallazo en toda la cara.

—Lo siento y le pido perdón por ello. He sido demasiado radical en mis ideas y actitudes. Recuerdo bien aquella tarde. Me porté mal con usted. Lo siento.

—No, no. Tus palabras fueron muy fuertes, pero fue la misma fuerza que derribó a Pablo del caballo, camino de Damasco. Dios no vino a escoger a los sabios, a los poderosos, a los hombres de estudios para anunciar su mensaje, sino que se lo anunció a los pobres, a los débiles, a los analfabetos, a los marginados de la sociedad. Pero nosotros hemos cerrado la puerta a los pobres, sólo les permitimos que estén en la puerta pidiendo limosnas. Hemos montado un tinglado para evangelizar a los pobres, cuando son ellos, los pobres, quienes nos tienen que evangelizar a nosotros.

Ya noté que don Anselmo cuando íbamos andando a casa de Paredes iba con la cabeza baja, ensimismado. Yo creí que estaba preocupado, pensando. Entonces comprendí que lo que le pasaba es que estaba borracho como una cuba.

—¿Los pobres vamos a evangelizar a los curas? ¿Sabe usted lo que está diciendo?

—Sí, Rafael. Es ahí donde Jesucristo quiso estar. Esa es la locura de los designios de Dios que nos dice San Pablo. Pero nosotros hemos despreciado ese camino y hemos elegido el que Cristo no quiso tomar, el de los sabios, el de los poderosos. Y Jesucristo dijo que hasta las prostitutas entrarían antes que nosotros en el reino de los cielos. ¿Qué es esto, Dios mío? ¿Qué locura estamos cometiendo? Tu padre me dijo que si de verdad existía Dios, yo estaba cometiendo sacrilegios al bendecir a los que explotan a los pobres y a los marginados. Y es verdad. El capítulo XXIII de San Mateo está dedicado a los fariseos, a los hipócritas que se daban golpes de pecho a los falsos. Los comparaba con los sepulcros, que por fuera están blanqueados (ahora diría lápidas de finos mármoles), pero dentro de ellos no hay más que podredumbre. Eso lo he comprendido ahora, a mi vejez, al borde ya de la tumba, y me lo ha enseñado Senén, cuando apenas me queda tiempo de corregirme. Pero tengo fe; me fío de la palabra de Dios cuando dice que Él no ha venido por los justos, sino por los pecadores, y que hay más alegría en el cielo por un pecador arrepentido que por noventa y nueve justos. Ahora comprendo, en toda la profundidad de su lirismo y de su belleza, el entusiasmo de Jesús en aquella oración: «Gracias te doy, Padre, porque todo esto se lo has ocultado a los ricos, a los sabios y poderosos y se lo has mostrado a los pobres».

Se había emocionado, sacó el pañuelo y se secó los ojos. Rafael le contempló en un respetuoso silencio.

— No sé qué decirle, don Anselmo. Lo único que sé es que me agradan sus palabras.

—Yo te ruego, hijo mío, que no juzgues a la Iglesia por el testimonio de éste pobre pecador que te habla. ¡La Iglesia, Rafael, es santa! Tú has leído el evangelio, lo sé. Tu padre presumía de conocerlo mejor que yo. Senén me dio lecciones que nunca sospeché en un ateo como él. Tú sabes quien fue Pedro y Santiago, y Tomás...

—Sí. Unos cobardes traidores que abandonaron a Jesucristo cuando más los necesitaba. Y al más cobarde de todos, al que tres veces negó conocerle, a ese le hizo jefe de la iglesia. Esa actitud de Jesucristo es incomprensible; me resisto a creerlo. Eso lo tienen que haber amañado los curas.

—No he venido a discutir contigo, Rafael. He venido a arrodillarme, a confesar mis debilidades y mis pecados. La Iglesia está necesitada de hombres con ese espíritu que tú dices: luchadores valientes y generosos con espíritu de sacrificio; apóstoles que lleven en el ejemplo de sus vidas el mensaje eterno de Jesús; de apóstoles surgidos del medio en que Cristo los eligió: obreros, pescadores, gentes del pueblo humildes y sencillos. Ese mundo de los trabajadores, ese mundo de los pobres tiene que conocer a Cristo, han de conocer ese mensaje de amor, de justicia, de fraternidad, pues sólo en Cristo es posible realizar ese sueño eterno de la Humanidad, como me decía Senén. ¡Sin Cristo es imposible! Ellos, los pobres, los obreros, los trabajadores han de aportar a la Iglesia, atiborrada de dogmas, de misterios y de teologías, una nueva savia, un nuevo dinamismo, pero con la sencillez del evangelio, lejos de teólogos enrevesados que ni los curas entendemos; con lo sencillo que hizo Jesús su mensaje, que hasta los más incultos lo entendían, y lo complicado que lo hemos hecho nosotros. La iglesia necesita descubrir sus verdaderas raíces, la de los santos padres de la iglesia primitiva, la del Santo de Asís, para que sea lo que fue: una Iglesia militante y no la Iglesia descansante y acomodaticia en que la hemos convertido los cristianos.

Hizo una pausa para encender el cigarro, que se le había apagado. Pero estaba ya en la colilla y muy mojado. Miró buscando un cenicero. Yo lo advertí y me acerqué a él con un badil en la mano para que echara la colilla. Me lo agradeció con una sonrisa. Sacó la petaca y volvió a liar un nuevo cigarro.

—Todo esto es lo que quería decirte —continuó— antes de que te vayas para siempre. La misericordia de Dios ha venido a iluminar mi vejez con el radiante destello de su Verdad. Cuando estés en Madrid olvídate de este pueblo y de mí, para que nuestros malos ejemplos como cristianos no te sirvan de prejuicios contra la Iglesia.

Terminó de liar el cigarro y lo encendió. Hubo un silencio profundo. Don Anselmo bajó la cabeza. El pobre anciano se había emocionado. Se sonó la nariz con el pañuelo y, disimuladamente, se secó los ojos. Paredes le contempló en silencio, conmovido, igual que yo.

—Es usted un hombre bueno, don Anselmo —dijo al fin.

—Tú sí que eres bueno, Rafael. Aquí en el pueblo las cosas seguirán igual durante años, incluso durante siglos. Pero ahora vas a Madrid, a un mundo efervescente, dinámico, rico en posibilidades para un hombre de tus características. Allí, en la zona periférica donde tendrás que vivir, o en el tajo, encontrarás sacerdotes jóvenes, sacerdotes obreros, sacerdotes encarnados en el medio en que Cristo se encarnó, en el mundo de los pobres y de los marginados. Sólo te pido que observes sin prejuicios a los hombres que allí luchan por un mundo mejor, por una Iglesia mejor. Y después tomas la decisión que consideres más correcta. No quiero entretenerte más. Vete tranquilo, pues igual que cuidé de tu madre cuando tu padre se fue, cuidaré de Antoñita y de tu hijo.

Se levantó y tendió su mano a Rafael. Pero en ese momento entró Antonia sofocada con la cesta. Traía una botella de vino y pequeños envoltorios de embutidos. Los puso sobre la mesa y con una sonrisa le dijo a don Anselmo:

—Siéntese usted, padre; vamos a merendar un poco.

Don Anselmo la miró, vio las cosas que trajo, igual que cuando él nos invitó aquella tarde en su casa, claro, que en miniatura. Pero el cura, un hombre inteligente y perspicaz supo valorar el sacrificio de Antonia para agasajarle. Se sentó y yo me acerqué a la mesa. El cura observaba a Antonia como queriendo adivinar su estado de ánimo; pero ella estaba tranquila, como si nada hubiera pasado. Y los cuatro comimos entre sonrisas, con alegría.

Al final, se levantó y me tendió la mano. Miré aquella mano tendida hacia mí con extrañeza, incrédulo de que el hombre más importante del pueblo me diera la mano a mí, a un destripaterrones. Me limpié las manos en el pantalón por temor a mancharle y la estreché con mis dos manos, emocionado. Las quise besar, pero él hizo fuerza para evitarlo. Después acarició las mejillas de Antonia, sonriente, con un guiño de tranquilidad. Dio la mano a Rafael, pero éste la rechazó y le dio un abrazo fuerte, prolongado.

Adiós, Rafael. Que Dios te bendiga.

XVII

A las ocho de la tarde fui a la casa de Mari Pepa, como me había dicho Teresa. ¡Qué guapa estaba la tía! Me pasó al cuarto de los sillones, donde ya estuve en la última ocasión. Tenía puesta la misma bata que entonces, pero abrochada hasta el cuello, recatada. No estaba maquillada, como entonces. Su rostro mostraba una palidez intensa y sus ojos tenían unas profundas ojeras. Pero, todo ello, en vez de restarle encanto, se lo daba.

—Quiero pedirte un favor —me dijo tan pronto como me senté, y sin rodeos.

—Usted dirá —dije yo comiéndomela con los ojos.

—Rafael es un hombre bueno y trabajador. Mi marido y yo le habíamos cogido mucho afecto. Me imagino lo que va a padecer por esos mundos de Dios. Tengo unos ahorrillos y he pensado que nadie más que él los va a necesitar. Pero quiero que me prometas una cosa. Usa este dinero para hacerle la vida un poco más amable, pero no le digas jamás que yo te lo di, pues lo rechazaría.

Me dio un pequeño envoltorio de papel atado con un cordón de seda rojo y me lo guardé en el bolsillo.

—Está bien; prometido. ¿Desea usted algo más de mí?

—Sí. Me gustaría pedirte otro favor.

—Todos lo que usted quiera.

—Él te quiere mucho. He comprobado en el tiempo que has trabajado en esta casa, que eres un hermano para él.

—También él lo es para mí.

—Entonces, no te costará mucho lo que voy a pedirte.

Me miro fijamente a los ojos y sentí un escalofrío en todo mi cuerpo. Tenía los ojos empañados por una lágrima que quería contener, y eso la hizo más bonita todavía.

—No le dejes nunca, Sebastián; no le abandones nunca. Es un hombre bueno, pero está desesperado. Tiene un ideal que nunca podrá realizarse. Un ideal grande y noble, como es él. Pero, precisamente, por serlo, puede llevarle a la frustración, a la desesperación y tal vez a cosas peores. Y eso va a depender mucho de ti. Por eso te pido que no le abandones jamás. ¿Me lo prometes?

—Eso no es necesario que se lo prometa. Sólo él me ha querido en la vida. En él me refugio y él es mi salvación. Si no fuera por él ya me hubiese ahorcado. Sólo él ha dado sentido a mi vida. ¿Cómo cree usted que le voy a abandonar? El miedo que yo tengo es que me abandone él a mí.

—Es tan hombre, que casi parece un niño, ¿verdad? ¡Un niño grande! Este mundo es demasiado pequeño para un corazón tan grande. Por eso necesitará a su lado siempre a un amigo fiel, un amigo leal, un hermano, un ángel de la guarda que le proteja y le bendiga —y de pronto se echó a llorar. Se había estado conteniendo, por si eso delataba sus sentimientos. Se levanto precipitadamente y me dijo:

—Vete, Sebastián. Que Dios os bendiga.

Salí a la calle. Cuando entré aquella noche en su casa me pareció guapa, me encandilaba su belleza, pero he de confesar que lo que vi no era su cara, sino el recuerdo del ojo de una cerradura. Me avergoncé de pensar aquello cuando salí. Me maldije por ello. Aquella noche vi una mujer totalmente distinta. ¡Con cuánta ternura debió amar a Rafael! ¡Qué hermoso hubiese sido encontrar una mujer que me hubiese querido como ella quiso a Rafael!

Pero a mí me tocó la china, como siempre. Por culpa de ella quedó embarazada mi novia y meses después se me presentó en Madrid con el paquete, y me tuve que casar por el sindicato de las prisas. ¡Vaya ganga de mujer que me tocó! Y es que yo soy el tío más desgraciado que ha parido madre.

* * *

A la mañana siguiente iniciamos el camino hacia el destierro. Antonia se había quedado en casa con el niño. Rafael no quiso que saliera a despedirle a la parada. Se dieron un fuerte abrazo largo y prolongado. Antonia lloraba, pero sin gemidos. Luego besó al niño. Era demasiado pequeño para hablarle como su padre lo había hecho con él. Me dio mucha envidia ver aquella escena; mucha envidia y mucha pena. Mi familia me despidió con una frialdad que me dolió más que la paliza que me habían dado en el casino. Mi novia hizo poco más o menos. Claro, que yo tenía una cara como un mapa; más bien como una berenjena: toda amoratada. Tal vez, por eso no encontró un sitio sano para darme un beso. Todo lo que hizo fue tocar mi mejilla con la suya, fría como un témpano.

A las ocho de la mañana estábamos en la parada del autobús que nos llevaría hasta otro pueblo, por donde pasaba el tren. Todos los compañeros, que a esa hora deberían estar en la plaza esperando el jornal, estaban allí en la parada. Fue una despedida silenciosa, sin gritos, sin abrazos ni nada. Todos nos miraban en un silencio respetuoso y con cara de tristeza. Cuando el autobús arrancó, todos se quitaron la boina, como si fuera un entierro. En el fondo, el pueblo, para ellos era eso: un sepulcro donde se pudrían sus esperanzas. Nos envidiaban. Ellos seguirían allí, yendo cada mañana a la plaza a esperar un jornal; o irían por leña, o picón, o a hormigueros, o por cardillos, o por bellotas; todas aquellas penosas actividades que había que hacer para mal comer. Habían tenido una experiencia de lucha por los sellos y un líder que los condujo. Ahora quedaban a merced de las arbitrariedades de los caciques, que imponían su ley.

Una hora después estábamos subidos en un vagón de tercera. Rafael estaba en el pasillo mirando por la ventanilla. Yo me senté en mi asiento. Al meterme la mano en el bolsillo noté algo extraño. Lo saqué. Era el envoltorio que la noche anterior me había dado Mari Pepa. Yo sabía que era dinero, porque ella me lo había dicho, pero no lo había abierto. Desaté el nudo y quité el cordón. En el cordón iba sujeto un escapulario. Abrí el papel y vi el dinero: ¡Eran cinco mil pesetas!

Miré a mi alrededor, por si alguien me observaba, y me lo metí todo de nuevo en el bolsillo precipitadamente.

¡Cinco mil pesetas! Aquello equivalía, teniendo en cuenta que los jornales de entonces eran de veinte pesetas, a diez meses de trabajo. Desde la noche anterior lo había llevado en el bolsillo, tan tranquilo. Pero cuando vi la cantidad que era me entró un nerviosismo y un miedo espantoso a perderlo o a que me lo robaran.

Me lo metí de nuevo en el bolsillo, pero sin soltarlo de la mano, mirando con recelo a los que compartían los asientos de madera cercanos. Me saqué la mano y me lo metí en el bolsillo interior de la chaqueta. Al rato lo volví a sacar de allí y lo metí en otro bolsillo. Pero ningún sitio me parecía seguro. De buena gana se lo hubiese dado a Rafael y cargarle a él con el soponcio. Pero habría hecho demasiadas preguntas acerca de su procedencia, y si le decía la verdad, capaz hubiese sido de tirarlo. Así, que desistí.

De pronto se me vino una idea. Me levanté con sigilo mirando a mi alrededor y me metí en el retrete. Me aseguré que la puerta estuviera bien cerrada. Saqué el dinero, deshice el nudo del cordón, que llevaba un escapulario. Puse el dinero pegado al colgante y lo até firmemente. Volví a hacer un nudo con los dos cabos y me lo colgué al cuello ocultándolo bien bajo la camisa.

Volví del aseo más tranquilo y me reuní con Rafael. Tenía la mirada fija en el exterior, pero no miraba el paisaje porque sus ojos estaban fijos, perdidos. Quise hablarle, decirle algo, conversar. Mas estaba tan ensimismado en sus pensamientos que no quise distraerle. Su perfil desencajado y viril parecía una estatua: no pestañeaba siquiera.

Me quedé mirando, como él, hacia fuera. Yo tampoco veía el paisaje, sólo las imágenes de mi perra vida desde niño, comiendo la carne enterrada cruda y casi putrefacta, recibiendo palizas de mi padre, de los amos, mi caída del carro cuando trabajaba siendo niño que me quedó un traumatismo para toda la vida. Y de mi agitada y desventurada vida al lado de Rafael, como si fuera su perro fiel, su lazarillo. A mí nunca me odiaron con la saña conque le odiaron a él, aunque por estar a su lado recibí más palos que una estera. A mí nadie me odió nunca; me trataron mucho peor: con indiferencia.

Rafael fue muy odiado, pero también fue muy amado: su padre y su madre; Antonia; Senén, el cura; el tío Ambrosio, Mari Pepa; los compañeros, en fin. Vi muy de cerca el amor, el cariño, la ternura, pero de nada de eso gocé lo más mínimo. Estaba sediento y el agua la tenía cerca de mí, pero nunca la pude beber. Sólo palos, desprecios y humillaciones.

Estaba contento de ir a Madrid, de abandonar el pueblo para siempre; iba camino de mi meta soñada y eso era suficiente motivo para estar alegre. Sin embargo, aún no sé por qué, me eché a llorar.

Apoyé la frente en el borde de la ventanilla, sobre mis brazos cruzados sobre ella. La amargura y el desconsuelo de mi llanto pronto cambiaron a unas lágrimas serenas de felicidad.

Rafael, en silencio, acariciaba suavemente mis cabellos.

SE ACABÓ


Publicado el 7 de abril de 2019 por Edu Robsy.
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