Fuerte como la Muerte

Pedro Mata y Domínguez


Cuento


De pie, con las manos en los bolsillos, frente a la luna del escaparate, estuvo largo rato mirando, vacilante y perplejo, sin acabar de decidirse. Se decidió por fin.

—A ver, ese collar… ¿Me hace usted el favor?

Un dependiente le sacó del escaparate y le extendió en el mostrador sobre un retal de terciopelo azul. El le examinó detenida y minuciosamente.

—Sí, está bien… es bonito. Me gusta; ¿qué vale?

—Para usted 1.200 pesetas.

—¿Precio fijo?

El dueño de la tienda intervino.

—A un cliente como usted, don Joaquín, no se le pide en esta casa más que lo justo. Es usted bastante inteligente para que haya necesidad de hacer el artículo. De todos modos, usted se le lleva, le manda tasar, y con arreglo a la tasación me da usted lo que guste.

—Es que, además, no las llevo encima.

—Usted se pasa por aquí cuando quiera. No hay prisa ninguna.

Salió muy contento, satisfechísimo de la compra. Llegó a casa, y en la misma puerta preguntó a la doncella que le salió a abrir:

—¿Cómo está la señorita?

—Bien; muy tranquila toda la tarde. Hace poco se quedó dormida.

Entró de puntillas en la alcoba y dilatando las pupilas para orientarse bien en la penumbra llegó pausadamente hasta la cama y se inclinó sobre la enferma. Al roce imperceptible de la ropa, Paulina abrió los ojos.

—Creí que dormías.

—No.

—¿Cómo estás?

—Parece que mejor. No tengo fatiga. He podido descansar un ratito.

—Naturalmente, mujer, y te pondrás muy pronto buena. Roldán me dijo ayer que estás en franca mejoría. Lo que hace falta es que no seas aprensiva, que te animes. Es necesario que pongas de tu parte un poquito de buena voluntad.

—¡Voluntad! ¡Ay, si con la voluntad se pudiera vivir!

—Vamos, no seas tonta; no quiero verte así.—Dió luz al globo de cristal que colgaba sobre la cabecera y se sentó en el borde de la cama.—Te he comprado una cosa, una sorpresa, ¿sabes? ¿Qué me das si te gusta?

—Pobrecita de mí, ¡qué quieres que te dé!

—Un poco de alegría. Yo con verte reir tengo bastante.—Sacó el estuche del bolsillo y la entregó el collar. Ella, al verle, dió un grito de contento y lo cogió con sus manos febriles.—¡Ay, qué lindo! ¡Qué bonito!… ¡Qué cosa más preciosa!—Mas en seguida, con una brusca transición, cambió de tono:—Pero, ¿por qué haces esto? ¿Por qué te gastas el dinero en esto? ¡Yo para qué lo quiero, si no lo he de lucir!

—¿Que no? En cuantito que te pongas buena.

Y como ella moviese la cabeza con ademán de desaliento, agregó vivamente, temblorosa la voz de amor y de ternura:—Tontina, si no creyese que le ibas a lucir, ¿te le compraría? Ven acá, te le voy a poner. Verás qué lindo.—Y, en efecto, él mismo se lo puso, cerró el broche y fué a buscar un espejo para que se mirase.—¡Eh! ¿Qué tal?

—Muy lindo.

Acodada sobre las almohadas, el espejo en la mano, se estuvo contemplando mucho tiempo. Separó con los dedos algunos bucles desrizados que le caían sobre la frente y se mordisqueó los labios exangües y descoloridos.

—¡Qué pálida estoy!

—Es la luz, nena.

—Por Dios, no digas… Estoy horrible. Parezco una muerta.—Dió un gran suspiro, tiró el espejo y se dejó caer sobre la almohada.—Estoy muy mala, Joaquín. Vosotros no me queréis creer, no me hacéis caso y yo estoy muy mala.

El, conmovido, la miró en silencio. Luego, de pronto:

—Oye, está una tarde magnífica; no hace nada de frío. ¿Quieres que abra un momento el balcón?

—Sí, abre un poquito, para que se ventile. Huele mal, ¿verdad?

—No, nenita, no es eso. No huele más que a etilo, y ya sabes que a mí este olor no me disgusta. Me sabe a plátanos y a ilang-ilang. Era para fumar un cigarro.

Para fumar un cigarro y para que ella no viese que las lágrimas le llenaban los ojos. Cruzó el gabinete, abrió el balcón y se acodó en la barandilla. Sobre la línea recta y dura de los tejados de la casa de enfrente, la tarde comenzaba a morir en un crepúsculo de color de malva de una diafanidad imponderable. A lo lejos, por el andén del bulevar, unas niñas venían cantando enlazadas del talle. Ennoblecida por la distancia, sonaba la canción melancólica y triste:


—¿Dónde vas, Alfonso doce,
dónde vas, triste de ti?
—Voy en busca de Mercedes,
que ayer tarde no la vi.


La canción infantil se metió como un puñal en su corazón dolorido. También él, dentro de poco, no vería más a su Paulina. ¡Qué horror!… ¡Qué pena! Morir en plena juventud, cuando con más ansia se ambiciona la vida… Morir a los treinta años, ¡tan bonita, tan buena, tan adorada, tan feliz!… Alzó los ojos, y turbios de llanto los clavó en la serenidad del crepúsculo.—¡Señor, Señor, qué te hemos hecho para que nos trates así! ¡Por qué no me eliges a mí y la salvas a ella! ¿Por qué te complaces en segar las vidas en flor?

Desde que se dió cuenta de la gravedad de su mujer, todos los días, en sus oraciones, elevaba a Dios la misma súplica. Mas Dios no la atendía. El, a pesar de sus cincuenta años, de su vida de luchador, ajetreada y dura, cada vez estaba más fuerte, más robusto, más lleno de salud; y, en cambio ella, la pobre nena, rodeada de lujos y de comodidades, mimada y consentida, tenía en el pecho un corazón que no servía para nada, un corazón inútil que se iría a romper cualquier momento como una figurita de biscuit. Los médicos se lo habían dicho leal y rudamente. Todo es inútil. No se puede hacer nada. No queda más que resignarse y esperar.

Y así llevaba esperando dos años, viéndola vivir artificialmente a fuerza de tónicos y cordiales; asistiendo impotente a los tremendos ataques de disnea; contemplando con horror cómo aumentaba la hinchazón del cuerpo, cómo se embotaba la sensibilidad, cómo se abría la piel en llagas espantosas. Así llevaba dos años, rodeándola de cuidado y de mimo, concretado exclusivamente a ella, siempre vigilante y atento para hacerle las horas agradables, el ambiente propicio, para apartar de la tristeza de la alcoba todo lo que pudiera ser emoción violenta y sensación desagradable, y, sobre todo, para infiltrar en su alma, día tras día, con tenacidad piadosa, el engaño sutil de una mentira que ella se negaba a aceptar.—No, Joaquín, no; yo estoy muy mala. Estoy mucho más mala de lo que creéis.

Unas voces argentinas que sonaban en la alcoba le trajeron a la realidad. Eran los nenes, que habían vuelto del colegio y entraban a besar a su madre. Joaquín cerró el balcón y fué a verlos. Joaquinito, el pequeño, se había encaramado y trepaba gateando por la colcha arriba. Luisita, la mayor, jugaba con las cuentas del collar.

—¡Qué bonito! Dí, mamá, ¿te le ha traído papá?

—Sí, ángel mío.

—¿Y a mí no me ha traído ninguno?

Paulina alzó la mano y sus dedos hinchados y torpes acariciaron los cabellos dorados de la niña.

—No te ha traído ninguno porque éste es para ti. Para ti, ángel mío. Tú le llevarás cuando yo me muera.

—Bueno; pero como tú no te vas a morir…

Ella no contestó. Un gesto doloroso crispó toda su cara, y se le llenaron de lágrimas los ojos. Joaquín cogió a los niños y los puso dulcemente en el pasillo.

—Id a la cocina y decid a Juana que os dé de merendar.

Luego, al ver que Paulina seguía sollozando:

—Pero, nena, por Dios, no seas así… no te pongas así… ¿No comprendes que te perjudicas? Te excitas, te emocionas, viene la fatiga y…

Paulina seguía llorando. Se inclinó sobre ella y la besó en los ojos con caricias de inefable ternura.

—Mi nenita… ¡mi nena!… Vamos, ¿lo ves?… ¿Lo ves?… ¡Si ya lo sabía yo!

Fue tremendo el ataque; tan violento que, a pesar de estar él acostumbrado a presenciarlos, hubo un instante en que perdió la serenidad y se asustó, creyendo que era el último. Afortunadamente, la digital y el cloruro de etilo surtieron sus efectos, y el ataque pasó; aclaróse la vidriosidad de las pupilas; cesaron las violentas sacudidas crispantes, los saltos descompasados del corazón y el ronco silbar de la garganta. Quedóse de cara a la pared, bañada en sudor, aniquilada, destrozada, rendida. El, conmovido, la miraba en silencio. Luego, al cabo de un rato:

—¿Quieres que te quite el collar? Te molesta, ¿verdad?

Pasó dulcemente una mano por debajo del cuello y desabrochó el cierre. Al ir a retirarla, sus dedos tropezaron debajo de la almohada con una hoja de papel. La cogió inconscientemente, sin darse cuenta. Ella no se movió. Fué al gabinete a dejar el collar y, por curiosidad, miró el papel: medio pliego de cartas escrito con lápiz.

«Mi alma:

Una convulsión nerviosa le cerró los ojos.

Los volvió a abrir.

«Mi alma: Te escribo estas dos líneas aprovechando un momento en que me dejan sola. Estoy muy mala. Sé que nunca más me volverás a ver. Esta es la única pena que tengo: morirme sin…»

No decía más.

Se llevó una mano a los ojos y con la otra se apoyó en una silla, porque todo su cuerpo vacilaba. Así estuvo mucho tiempo, mucho. Luego, lentamente, volvió a la alcoba. A medida que avanzaba hacia el lecho, se le aceraban las pupilas y las manos se le crispaban como garras de presa; tremolaron un segundo sobre la cabeza de Paulina y en seguida se estrujaron, enlazadas con ademán de desesperación y de impotencia. Ella no se había movido. Dormía dulcemente, reposadamente.

De pie junto a la cama, la miró largo rato. Al suave resplandor del globo azul colgado de la cabecera estuvo contemplando los bucles desrizados y marchitos, los párpados translúcidos, las ojeras amoratadas y profundas, los labios secos, incoloros y exangües; las manchas cárdenas de la piel, lustrosas aun de sudor. Una carcajada infantil resonó en el pasillo, y pasaron los niños retozando.

Abrió muy despacio la puerta y, con ademán imperioso, les impuso silencio:

—¡Chisss…! Mamá está dormida. No hagáis ruido.


Publicado el 12 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.
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