Anacleto se Divorcia

Pedro Muñoz Seca


Teatro, Comedia



Personajes

Baldomera

Anacleto

D. Felipe

Juncosa

Luis

Manolita

Gracia

Carlos

Sara

Rosa

Dupont

ACTO PRIMERO

Limpísima habitación de la conserjería de una gran fábrica en Sevilla. A la derecha del actor, la puerta de entrada a la izquierda, otra puerta al interior de la vivienda, y en el foro, una gran ventana apaisada, con amplia reja, sobre la que se lee, al revés, claro: «Conserje», y por la que se ve el hermoso y soleado patio andaluz de la fábrica, con sus puertas de talleres, oficinas, etc., etc. En la escena todo está limpio y fregoteado: en el suelo se pueden comer migas, las paredes relumbran de puro blancas, los palitroques de blanco pino de las sillas de enea van adelgazando a fuerza de asperón y estropajo, y el gracioso aparadorcito, la mesa que está en el centro, el tablero del llavero, las llaves mismas y cuanto cuadro y cachivache pueda haber, gritan que allí el jabón y el restregón están a la orden del día. Es por la mañana, en abril, ¡y en Sevilla!

Baldomera, Anacleto y Carlos están en escena al levantarse el telón. Anacleto, el conserje de la fábrica, es un cincuentón que usa un desaliñado bigote, y que es un pobre hombre, como se verá en el transcurso de la farsa. Baldomera, su mujer, una hembra de rejo, aún guapota, desenvuelta y enérgica, casi viril y limpia como una patena. Carlos, hijo del matrimonio, es un simpático obrero mecánico que viste su chaquetilla azul con el mismo aire y buen porte que cualquier señorito su americana más elegante. Carlos, sentado a la mesa y con un libro por delante, estudia. Baldomera, con una toalla en una mano y jabón en la otra, ora empapa la toalla en el agua de una palangana que tiene sobre la mesa, ora se lía con su marido y restrega y escamonda el cogote, como si fuera un crío. Anacleto protesta indignado contra la «faenita» de su mujer, y así empieza la comedia.

ANACLETO:

¡Por los ojos de tu cara, Baldomera, ya está bien! ¿Pero es que quieres quitarme er pellejo?

BALDOMERA:

Er pellejo, er contrapellejo y tó lo que esté susio.

ANACLETO:

¡Socorro!

BALDOMERA:

¡So guarro! ¡Y dale gracias a Dió de que no te retuerso y te estrujo como si fueras una sábana! ¡Agacha la cabesa! (Liándose con él nuevamente). ¡Brillo te ví a sacá!

ANACLETO:

(Compungido). ¿Pero tú t’has creío que un hombre es un perol? (Sacando fuerzas de flaqueza). ¡Ea, esto s’ha acabao!

BALDOMERA:

(Dejando de restregarlo y encarándose con él,) ¿Cómo? ¿Qué? ¿Qué has dicho?

ANACLETO:

(Más enérgico). ¡Que esto s’ha acabao! (Cogiendo otra toalla y secándose.) Yo aquí soy er cabesa de familia y hase treinta años que está tú pero que mu equivocaíta conmigo. (Subiéndose los pantalones.) ¡S’acabó! ¡Desde hoy, la mugre que vaya criando, pa mí pa siempre! ¡Jaramagos me van a salí en las orejas! Llévate esa palangana de hí, que la ví a da una patá que va a está lloviendo porcelana cuatro días.

BALDOMERA:

Tú le das una patá a la palangana y yo te cojo de un perní y me hago contigo una revolera. Ya sabes que te puedo.

ANACLETO:

Mira que en España han cambiao mucho las cosas y te estás buscando una perdisión.

BALDOMERA:

¡Ya salió lo del divorsio!

ANACLETO:

Por eso lo digo. Tú no quieres creé que ya se ha implantao el divorsio, y que yo me puedo desapartá de ti y casarme con otra.

BALDOMERA:

¡Y yo con otro!

ANACLETO:

Sí, señora. ¡Y tú con otro! ¡Como en Fransia! ¡Viva la libertá! Ya no hay más que dí ar jué y desirle: «Oiga usté, amigo: sepáreme usté de esta señora, que me he equivocao.» ¡Y le dan a uno una sédula de sortero que lo dejan a uno como nuevo otra ve!

BALDOMERA:

Bueno, ¿y qué? ¡Iguarmente! Porque yo puedo hasé lo mismo.

ANACLETO:

¿Tú? ¡Quiá!… Tú vas a tené que buscá un marío nuevo ca dos días, y te vas a ver negra. Porque en cuanto empieses a fregar maríos como si fueran las perillas de una cama, vas a acabá con tós los repuestos de hombres que haya en er mundo. Y si no, ar tiempo.

BALDOMERA:

¡Ah!, ¿sí?

ANACLETO:

¡Pues claro! Yo es que no he tenío más remedio que aguantá mecha, porque hasta ahora er que s’ha casao s’ha esclavisao pero eso s’ha acabao, y en la esquina está er Jusgao.

BALDOMERA:

(Dándole un empujón que lo sienta en la silla.) ¡Vamos, siéntate ahí! ¡Er peine!

ANACLETO:

¡Bardomera!

BALDOMERA:

¡El agua de oló!

CARLOS:

(Dándole un frasquito.) Tome usté.

BALDOMERA:

(A Anacleto.) ¡Agacha er coco! (Le echa líquido del frasco en la cabeza.)

ANACLETO:

¡Bardomera, perfume, no, que luego estoy to er día oliendo a francesa!

BALDOMERA:

(Friccionándole fuertemente.) ¡Pues viva Fransia!… ¿No dises tú que viva Fransia? ¡Pues viva Fransia!… ¿Pero a qué huele esto? ¡Ay, que m’has dao la bencina pa las manchas! (Como loca). ¡Agua, jabón, estropajo, asperón pa este hombre! (Medio mutis.)

ANACLETO:

(Aterrado.) ¡No, Bardomera! (A Carlos.) ¡Cógela ahí, hombre!

CARLOS:

(Deteniéndola.) Vamos, madre…, déjelo usté… que se airee la cabeza… no es pa tanto. Después de tó la bencina huele a limpio.

BALDOMERA:

(Recogiendo palangana, toallas, jabón, esponja, etcétera, etc). Y a limpio tiene que olé to en mi casa. ¡Bien lo sabéis tú y él, y él y tú, y to er mundo! (A Anacleto.) ¡Airéate la chola que luego te peinaré! ¡Vuelvo! Vase por la izquierda.

ANACLETO:

(Sentándose, compungido.) ¿Has visto, hombre? ¡Y es que esa cabesa no rige! Te digo que está oca. ¡Dios te libre, hijo mío, de una mujé limpia! ¡Eso es lo peó que hay!

CARLOS:

Vamos, padre…

ANACLETO:

Te lo digo yo. Tú no te acuerdas de cuando eras niño. Tú has sío el único chiquillo der barrio que no ha tenío nunca la narí con lo que es naturá de la narí. ¡Tú, hijo mío, tú, que has mudao er pellejo más que un lagarto! ¡Verduga! ¡Si cuando te dio er sarampión quiso tu madre quitártelo con papé de lija!

CARLOS:

Vamos, no exagere usté. Aparte de tó, ¿no le da a usté gloria er no vé nunca una manchita ni una mota de porvo en la casa?

ANACLETO:

Es mu aburrío eso, hombre. No hay contraste. ¿Qué grasia tiene un vaso limpio de agua limpia si no ve uno un vaso susio con agua susia? ¡Si hasta Dio ha hecho la noche pa que lusca más er día!

CARLOS:

(Acariciándolo.) ¡Ole mi padre!

ANACLETO:

Grasias, niño. Huéleme. ¿Se me pasa?

CARLOS:

(Oliéndole la cabeza.) No. Yo creo que debe usté irse a da un paseo y volvé.

ANACLETO:

¿A da un paseo adónde?

CARLOS:

Hasta la Puerta Osario…

ANACLETO:

¿Na má? Yo tengo gasolina pa dí a Madrí…, ¡y me voy a dí! Estoy ya mu jartito. Eso del divorsio que le he dicho a tu madre no es ninguna chufla. ¡Ya verás tú ésa, cuando yo venga un día con un cabo de munisipales y…! «Haga usté er favó, señora: mi baú. Ni ná, ni ná: mi baú, que me ví a casá, según la ley, con una mujé que ve un jabón y pregunta si es masapán.»

CARLOS:

No me haga usté reír.

ANACLETO:

¿Pero es que tú te piensas que está bien lo que ha hecho hoy? Hoy se ha levantao a las tres de la mañana, ha echao abajo tós las cacharros de la cocina pa limpiarlos y ha armao un jasban con ellos que no m’ha dejao dormí.

CARLOS:

Ni a mí. Ya la he oído.

ANACLETO:

¿Quieres hasé er favó de preguntarle tú, como cosa tuya, qué pasa en casa, hombre?

BALDOMERA:

(Saliendo por la izquierda.) ¿Pero es que no lo sabéis? ¡Qué hoy es tu cumpleaños!

ANACLETO:

¿Y no has tenío otra hora pa repicá, mardita sea tu cara?

BALDOMERA:

¡Anacleto, que te puedo! Es que hoy vienen a comé con nosotros don Felipe y su hija.

CARLOS:

¿Eh?

BALDOMERA:

Y tú verás si no he de tené yo la casa sartando de limpia en un caso así.

ANACLETO:

Pero, güeno, ¿yo estoy sonámbulo? ¿Que come con nosotros don Felipe?

CARLOS:

¿Y Grasia?

ANACLETO:

A ver, a ver…

BALDOMERA:

Na, hombre cosas de la niña de don Felipe, que se llama Grasia y la tiene. Que estaba yo trasantié vorcando er puchero, cuando entraron ella y su padre, se pararon en la ventana, y va y me dise ella: «Si como güele sabe…» «Señorita —le dije yo—, si en la casa de un pobre no hay gusto y maña pa que los guisos sepan a lo que no tienen, mar fin tenga la pobresa.» Y va y me dise Don Felipe «Mujé, dame una cucharaíta de garbansos, por lo que sea.» Y fuí yo y le digo: «Don Felipe, ¿usté? ¿El amo de la fábrica deseando la comía del conserje?» Y va y me dise: «Es que vamos pa arriba a comé las fritangas y sarsotes que nos hase er cocinero franchute que tenemos, ¡malas puñalás le den!, y ahora mismo cambiaba yo tós los budines y los flambines por un buen cosido de coles.» «Pues pasen ustedes», les dije yo. Y va y sarta la niña: «Convíanos pa otro día.» «Ya está. ¿Pa er jueves?» «Pa er jueves.» Y va y dise Don Felipe «¡Por las niñas de tus ojos, Bardomera, ponnos un guiso de corvina con guisantes! ¡Y asitunas aliñás! ¡Y rábanos! ¡Y pimientos picantes aliñaos! ¡Y… (parese que lo estoy viendo agarrao a los jierros de la ventana, con los ojos que se le querían salí de la cara) por tus muertos, Bardomera, y un gaspacho!»

ANACLETO:

(Entusiasmado.) ¡Es un típico hombre!

CARLOS:

(Idem.) ¡Que sí que lo es!

ANACLETO:

Y la niña…, ¡de oro es la niña!

CARLOS:

¡De oro fino!

BALDOMERA:

Totá: que queamos conveníos y hoy comen con nosotros corvina con guisantes, asitunas, rábanos, pimientos y gaspacho… Quitarse de ahí que voy a poné er manté. (Baldomera saca del aparador, y extiende sobre la mesa, un mantel que es un copo de nieve.) No siento más que una cosa: que también vendrá a comé nuestro güespe: er susio repuerco de Juncosa, que va a descomponerlo tó. Ahora que como ése viene siempre «antes y con antes», en cuanto llegue, lo friego. ¡Por mi salú!

ANACLETO:

(Aterrado). ¿También a Juncosa?

BALDOMERA:

¡Y al padre de Juncosa! ¡O se deja fregá, o no come hoy aquí, aunque perdamos er duro diario que nos da por la comía!

ANACLETO:

(Convencidísimo.) ¡Lo perdemos! ¡Lo perdemos!

CARLOS:

(Entre dientes.) ¡Y que tenga yo hoy!… ¡Maldit…!

BALDOMERA:

¿Qué te pasa a ti?

CARLOS:

No, ná que tengo que irme.

BALDOMERA:

¿Pero no comes con nosotros?

CARLOS:

¡Ojalá pudiera!… Pero hay exámenes parsiales y ¡cualquiera falta! Sabe Dios a qué hora voy a comer hoy. En fin, si acabo pronto…

LUIS:

(Apareciendo en la puerta de la derecha. Es un señorito.) Hola, Carlillos.

CARLOS:

¿Ya? (Presentando.) Un compañero de curso. Mis padres…

LUIS:

Servidó de ustedes. (A Carlos.) Anda, aligera, que tenemos sinco minutos pa llegá.

CARLOS:

Espera, voy a… (Hace mutis por la izquierda.)

LUIS:

¡Vaya una alhaja que tenéis!

BALDOMERA:

¿Qué?

LUIS:

¡Que vaya una alhaja de hijo! Más miedo que de examinarme, tengo yo de que se examine él. Sería una lástima que tuviera un tropieso y no sacara er número uno, porque se lo merese. Somos muy amigos.

ANACLETO:

Vale er mosito, ¿eh?

LUIS:

Vale mucho. Y no es que yo lo diga: lo desimos tós los compañeros, y somos más de sincuenta. ¡Vale! ¡Vale!

ANACLETO:

¡Sale a mí!

BALDOMERA:

¿A ti? ¿En qué?

ANACLETO:

¿No es mi retrato?

BALDOMERA:

Güeno saldrá a ti, pero (Muy orgullosa.) ¡¡ha salió de mí!! ¿O es que no te acuerdas?

(Manolita pizpireta y uniformada doncella, aparece en la puerta de la derecha con un lindo cajoncito de caoba, lleno de cubiertos de plata.)

MANOLITA:

Aquí estoy yo. La señorita Grasia que me manda con los cubiertos, según quedaron ustedes.

BALDOMERA:

(Cogiendo la caja.) ¿Vienen limpios?

MANOLITA:

¡Mujé!…

BALDOMERA:

Eso lo veremos.

CARLOS:

(Saliendo por la izquierda poniéndose una americana.) Listo el bote.

BALDOMERA:

(Dejando la caja de los cubiertos sobre la mesa.) Espera, que no quiero yo que se te ponga una mosca ensima. Voy por el sepillo. (Vase, corriendo, por la izquierda.)

ANACLETO:

¡Como que te ibas tú a librá! ¡Sí, sí!…

LUIS:

(Que desde ha entrado Manolita no ha dejado de mirarla.) Con permiso de los presentes, que yo no me puedo aguantá. Acercándose a Manolita, muy castigador. ¿Quiere usté hasé er favó, mi vida, de parpadearme aquí, pa que se me vaya er porvo de la solapa?

ANACLETO:

¡Caballero!

CARLOS:

¡Hombre, Luis!…

LUIS:

No, si ya está es que no puedo ve a una mujé bonita sin desirle arguna tontería. Luego ya me queo tan tranquilo.

MANOLITA:

¡Mira que grasia!

LUIS:

¿Es que no le gustan a usté los requiebros?

MANOLITA:

(Mirando a Carlos.) ¡Ay, según de quién!

ANACLETO:

(Componiéndose el tipo.) ¡Según de quién! ¡Bien dicho!

MANOLITA:

(Sin dejar de mirar a Carlos.) Lo malo es que anda una esperando que sea uno er que se lo diga a una, y ¡que si quiere una!

ANACLETO:

(Aparte, a Manolita.) ¡No me tires indirectas, que está er niño delante!

MANOLITA:

Si es pa disimulá.

ANACLETO:

No si ya sé.

MANOLITA:

¿Se va usté, Carlos?

CARLOS:

A examinarme.

MANOLITA:

(En un suspiro.) ¡Siempre estudiando!… ¡Er tiempo que está usté perdiendo!

CARLOS:

¿Tú crees? ¡Ja, ja, ja!…

ANACLETO:

(A Manolita.) ¡Pero oye, tú! (Queda hablando con ella en segundo término.)

BALDOMERA:

(Sale por la izquierda armada de cepillo, coge a traición a Carlos y le quita la chaqueta.) Trae aquí. Se lía a cepillarla.

LUIS:

(Acercándose a Carlos.) ¿Llevas miedo?

CARLOS:

Llevo mal humor. Figúrate: hoy que tenía proporción de hablar con ella…

LUIS:

¿Con Grasia?

CARLOS:

Con Grasia. Ya te contaré. ¡Si tengo una pata!…

LUIS:

Lo que tú tienes son unas ganas de luchá contra los imposibles… ¡Mira que te lo tengo dicho! ¿Dónde vas tú con una mujé de tantísimo dinero y tan loca? Porque está de remate. ¡Fama tiene en Sevilla!

CARLOS:

Ya hablaremos de eso.

BALDOMERA:

(Dándole la chaqueta.) Ya está.

CARLOS:

Pues hasta luego. A vé si puedo llegá antes de que acabéis de comer.

LUIS:

Salú, señores.

MANOLITA:

Vayan ustedes con Dió.

BALDOMERA:

Que tengas suerte, hijo.

CARLOS:

¡Suerte! Esa no se ha hecho pa mí. Yo lo que no consiga por mí mismo… (Se va por la derecha con Luís.)

BALDOMERA:

Bueno, yo voy a darle un ojo a estos cubiertos.

MANOLITA:

¡Pero si vienen limpios!

BALDOMERA:

No me fío. (Coge la caja de los cubiertos y se va por la izquierda.)

ANACLETO:

(Reteniendo a Manolita, que quiere irse por la derecha.) No tengas prisa, mujé. Te noto yo estos días un poco así como desilusioná conmigo.

MANOLITA:

(En chunga.) ¿Yo, tormento?

ANACLETO:

(Alegrándosele las pajarillas.) ¡Huy, tormento me dise! ¡Martirio te digo yo a ti, que eres mi martirio! ¿Sueñas conmigo, corasón?

MANOLITA:

Toditas las noches, sin faltar una, verdugo.

ANACLETO:

¿Qué soñaste anoche, suplisio?

MANOLITA:

Pues anoche… Anoche fué un sueño muy malo, s’entrañas.

ANACLETO:

(Colado. Cuéntamelo)…, ¡carselera mía!

MANOLITA:

Pues que íbamos los dos por una calle mu estrecha, mu estrecha, y vino un automóvil: taca, taca, taca, taca…, y lo pilló a usté debajo.

ANACLETO:

¿Sufriste mucho?

MANOLITA:

Una congoja me entró que me moría.

ANACLETO:

(Abrazándola.) Lo comprendo.

MANOLITA:

(Dejándose abrazar.) Y pa que vea usté lo que son los sueños. ¿Qué tiene usté hoy que no me puedo quitar der pensamiento que es verdá lo que he soñao? Porque usté me güele a automóvi.

ANACLETO:

(Aparte.) (La gasolina.) ¡Ay, que te quiero, salero!

MANOLITA:

Lo sé, y ésa es mi vanagloria ¡er gustarle a tó er mundo! A tó er mundo, menos a su niño de usté por lo visto.

ANACLETO:

Mi niño tiene la misma guasa que su madre, que todavía no me ha dicho a mí: «Hombre, me gusta ese luná.» ¡Este! ¡De nasimiento es! Pues todavía se cree ella que es un churrete y anda a vé si me lo quita. Como que tengo que dormí tapándomelo con la mano, porque ya me ha despertao una jartá de veses hurgándomelo con una horquilla. Eso no es una mujé eso es un abanto. ¡Hombre, tengo que leé un libro que he visto, que debe hablá de ella, porque se llama La ilustre fregona! En cambio, tú…, tú me gustas a mí por tu tipo, por tu cara…, y, sobre todo, por esa manchita que llevas ahí hase dos meses. ¡Lo que me ilusiona a mí esa manchita!

MANOLITA:

Pos manchita va a habé hasta que usté diga.

ANACLETO:

Como que tú eres la que me conviene a mí. ¡Ven tú p’acá!

MANOLITA:

(Mirando hacia la derecha.) ¡Cuidado, que ya está ahí Juncosa!

ANACLETO:

Tan intempestivo como siempre. ¡Muera Juncosa!

MANOLITA:

(Riendo.) Déjelo usté, hombre, que si lo que le ilusionan a usté son las manchas, el tío viene que es un ilusionista.

ANACLETO:

No m’enseles con él, por lo que más quieras, que sufro mucho.

MANOLITA:

(Riendo.) Descuida, tormento.

(Aparece Juncosa en la puerta de la derecha. Es un cincuentón feo y birrioso, que viste americana negra, deshilachada y un claro pantalón de lanilla, lleno de lámparas.)

JUNCOSA:

Santas y buenas.

ANACLETO:

Y pringosas, Juncosa. ¡Camará cómo viene usté compadre!

JUNCOSA:

Pos vengo de etiqueta. (Por la americana.) De esmokikin. Como hoy es su cumpleaños d’usté. (Por una botella de anís del Mono que trae en un bolsillo.) Y arrepare usté en la pórvora que traigo pa selebrá el día y que nos lo tomemos de vermú, mano a mano…, y aquí con la mosita, si se le apetese. ¡Compadre, qué mujé!

MANOLITA:

(Muy coqueta.) Muchas gracias.

JUNCOSA:

Esta es la que a usté le conviene.

ANACLETO:

Ya se lo he dicho a ella pero me está castigando, compadre.

JUNCOSA:

Vamos, mujé: atermínate. Si ya hay divorsio en España. Tú le dises ¡quiero!, él se safa der camión que le tocó en suerte, y a disfrutá de la vida.

ANACLETO:

Eso es.

BALDOMERA:

(Dentro, llamando.) ¡Anacleto!…

ANACLETO:

¡Voy! (A Juncosa.) Siga usté por ahí, compadre, a vé si la convense usté, que yo voy a vé qué quiere er camión. (Se va por la izquierda.)

JUNCOSA:

Está por ti de un majareta, que ése es capá de hasé lo que dise. Ese se divorsia y se casa contigo, y como tiene un buen suerdo y un buen pasá…

MANOLITA:

¡Y su mujé se iba a quedá quieta!

JUNCOSA:

¡A vé qué remedio le iba a quedá! Ya no es como antes. Ahora somos laicos.

MANOLITA:

¿Y eso qué es?

JUNCOSA:

Chiquilla, laicos: que antes se entraba en la iglesia y ahora se pasa por el lado na más: ¡laicos!

MANOLITA:

No entiendo.

JUNCOSA:

Porque eres mu bruta. Mira: antes se casaba uno, y pa los restos. Porque, claro, los curas, que son mu entrometíos, lo apuntaban a uno: «Er día ta, Fulano de ta se casó con Mengana de cuá.» Y tú firmabas, y ahí estaba lo malo, porque lo que se escribe siempre quea escrito. Pero ahora… Ahora se va uno ar Jusgao y le dise uno a un escribiente: «Oiga usté, amigo: que yo me quiero casá con ésta.» Y el escribiente lo más que dise es… (Encogiendo el hombro derecho.) «¡Por mí!…» Y ya estás casao. ¿Que te quieres desapartá? Pos güerves otros día, y lo mismo: «Oiga usté, que no hay na de lo dicho.» Y el escribiente, en vez de mové este hombro, que es el de los casamientos, mueve éste, que es el de los divorsios. (Encoge el hombro izquierdo.) ¡Y al avío! Hombre, lo naturá. ¿Qué tiene que meterse nadie en las cosas de nadie?…

MANOLITA:

Eso digo yo. ¿Qué tiene usté que meterse en las cosas de nadie? Deje usté a su compadre con su mujé, que están casaos como Dios manda, y no le busque usté tres pies al gato. Porque, por lo visto, es verdá lo que se suena.

JUNCOSA:

(Escamado.) ¿Qué se suena, tú?

MANOLITA:

(Bajando la voz.) Que a usté le gusta la mujé de su compadre y que anda usté a ve si los desaparta pa cuando ella se vea desampará, casarse con ella.

JUNCOSA:

(Miedoso.) ¡Calla la boca, chiquilla!… Es verdá: me tiene alusinao esa mujé desde hase mucho tiempo. Pero, por tu salú, Manolita, que de esto… ni hablá. Porque, aunque yo soy un hombre libre, y los derechos naturales del hombre libre, sívico y laico, son invurnerables, progresivos e ilimitaos…

MANOLITA:

Oiga, a mí no me largue usté un discurso de esos que largaba usté antes en la fábrica, en vez de trabajá, y que por esos le echaron a usté.

JUNCOSA:

A mí no me han echao nunca de ninguna parte. Lo que pasa es que don Felipe, tu amo, es un cavernícola, y pa que no le soliviante a la gente, me ha suplicao que no entre en la fábrica, y me pasa los tres duros der jorná, como si trabajara. Y gorviendo a lo nuestro, Manolita, ayúdame y te regalo diez duros. Dale coba a Anacleto pa que se divorsie y…

MANOLITA:

Si no pué sé, Juncosa. En chunga, lo que usté quiera, porque yo sé seguir una broma como la que más pero en serio no pué sé, porque ¿cómo voy yo a camelá en serio al padre si estoy por el hijo que me bebo los vientos?

JUNCOSA:

¿Pero tú estás por Carlos?

MANOLITA:

Estoy por él, que de pensá en su persona se me está cayendo el pelo. Si yo me dejo chicoleá por el padre es pa asercarme al niño pero el niño no se fija en mí por ná del mundo, y se va a fijá, porque me voy a plantá delante de él, como en el cine, y me voy a ir así, despasito, y mirándole así, y le voy a largá un beso que se va a oí en «Changay».

JUNCOSA:

¡Ole! Pues mira, si tú sigues dejándote chicoleá por el padre, yo te juro que antes de una semana se ha fijado en ti el niño.

MANOLITA:

¿Es de veras?

JUNCOSA:

¡Palabra! ¡Esta es mi mano!

MANOLITA:

¡Y esta es la mía! (Apretón de manos.)

ANACLETO:

(Entrando en escena por la izquierda.) ¡Camará, qué despedía tan fusiva!

MANOLITA:

No es despedía: es un pacto. Que le explique a usté su compadre que yo tengo que irme. Hasta luego.

ANACLETO:

Hasta luego, corasón.

MANOLITA:

Hasta luego, s’entrañas. Ahí se queda usté con Juncosa. Suspirando. ¡Ay! ¡La suerte que tiene Juncosa! (Se va.)

ANACLETO:

(Medio desvaneciéndose de gusto.) ¡Compadre de mi alma! ¿Ha visto usté?

JUNCOSA:

—He visto y he oído. ¡Casi nadie es usté! Vamos a bebé a la salú de los dos, porque antes de na las camisetas de usté y las blusas de ella se guardan en er mismo baú. Eso acaba de desirme. (Llena unos vasos que saca Anacleto del aparador.)

ANACLETO:

¿Que ha dicho eso? ¡Venga aguardiente, compadre, que voy a bebé, a repetí, a tripití y a quintipití! Bebiendo. ¡Por ella!

JUNCOSA:

(Idem.) ¡Por el divorsio!

ANACLETO:

Lo malo va a sé cuando yo le diga ar camión que me voy a descasá pa casarme con ese… Bugatti.

JUNCOSA:

¡Bah! La ley lo ampara a usté.

ANACLETO:

Pero primero que echo yo mano a la ley, si ella echa mano de lo primero que pille a mano, ve ma a da una mano… Se sienta.

JUNCOSA:

(Ofreciéndole otro vaso.) ¡Bah! Repita. Beben.

ANACLETO:

¡Si no pué sé! ¡Si es ya mucho aguantá el mío! Y, ademá, si se fuera a desí… ¡es joven! Pero tan gorda y con tantísima…

JUNCOSA:

Tripita.

ANACLETO:

(Molesto.) Eso, no, Juncosa.

JUNCOSA:

Digo que tripita usté.

ANACLETO:

¿Yo, y soy un junco?

JUNCOSA:

¡Que beba usté, hombre!

ANACLETO:

Le advierto a usté que don Felipe, aunque es viudo, es también partidario del divorsio y de tó lo moderno.

JUNCOSA:

Eso lo dise él porque es un chuflón mu grande.

ANACLETO:

En serio, Juncosa. He hablao yo con él de los escarseos que tengo con Bardomera y de los buenos consejos que usté me da, y hasta me tiene ya recomendao a los del Jusgao, que son amigos suyos, por si acaso.

JUNCOSA:

No se fíe usté de don Felipe, compadre, que don Felipe tiene más concha que un galápago, y yo creo que se está chungueando de usté. Beba usté.

ANACLETO:

¿Es que la vamos a pillá, compadre?

JUNCOSA:

Vamos a pillarla.

ANACLETO:

Pues vamos a pillarla.

(Don Felipe aparece tras la ventana. Es un cachazudo cincuentón, bien trajeado, sin llegar a lo elegante, porque «Aunque la mona se vista…», etc. De su carácter y maneras de «sus maneras» ya nos irá diciendo él mismo.)

DON FELIPE:

¡Señores!… Caramba, eso se avisa. Me llamo a la parte. Esperarse ahí. (Desaparece de la ventana.)

JUNCOSA:

(Extrañado.) ¡Compadre! Mentando al ruin de Roma…

ANACLETO:

Es que comen hoy con nosotros él y su niña.

JUNCOSA:

¿El amo alternando con los oprimidos? ¡Qué poquísima dirnidá hay en los patronos!

ANACLETO:

Compadre, con su permiso de usté, yo creo que eso es un acto de confraternidá…

DON FELIPE:

(En la puerta de la derecha.) ¿Se puede?

ANACLETO:

(Levantándose mareadillo.) ¿Pero va usté a pedí permiso? Usté viene a honrá mi humirde chosa, que es la suya, y yo mu honrao.

DON FELIPE:

El honrao soy yo.

JUNCOSA:

(¡Primera puya!)

DON FELIPE:

Buenas.

JUNCOSA:

Buenas.

DON FELIPE:

¿Pero es Juncosa? ¡No t’había conosío, hombre! Estaba yo pensando: ¿quién será este caballero tan elegante?…

JUNCOSA:

(¡Segunda puya!)

ANACLETO:

(Por Juncosa.) Es nuestro güespe diario. Nos da un tanto y nosotros le damos de comé.

DON FELIPE:

¡Vaya, hombre!… Pero sentarse, caballeros. Se sientan. Yo no soy aquí el amo de la fábrica. Yo soy ahora otro trabajadó como ustedes tan trabajadó como ustedes.

JUNCOSA:

(¡Tercera puya!)

DON FELIPE:

Venga mi copa.

ANACLETO:

Y oro molío que hubiera, don Felipe. (Le ofrece un vaso.)

DON FELIPE:

(Brindando.) Pa que Dioó nos dé salú y podamos los tres seguí trabajando como negros. (Bebe.)

JUNCOSA:

Ya está bien, hombre ya está bien. Toque usté a banderillas, que llevo cuatro picotasos en tó lo arto.

DON FELIPE:

¿Es que no se te puede hablá, Juncosa?

JUNCOSA:

Sí, señó pero sin ironías ni suspicasia.

DON FELIPE:

¡Lo que sabe tu cuerpo! ¡Si por algo te tengo yo retirao y bien subvensionao! Ahora que, como las cosas se están poniendo tan malas, me parese que te voy a tené que retirá la subvensión.

JUNCOSA:

¡Don Felipe!

DON FELIPE:

No pero te voy a proponé un negosio pa que no te mueras de hambre. Un negosio muy bueno: vendé sarvavidas en los casos de naufragio. Tú llenas un bote de sarvavidas, te vas a alta mar, esperas a que haya un naufragio, y en cuanto lo haiga, pregonas la mercansía y te hinchas. (Pregonando.) ¡Sarvavidas güenos!…

ANACLETO:

¡Ja, ja, ja!…

JUNCOSA:

Oiga usté, don Felipe, que de mí no se chunguea nadie.

DON FELIPE:

(Desafiándole.) ¡Yo!

JUNCOSA:

¿Cómo dise?

DON FELIPE:

¡¡Que yo, hombre!!

JUNCOSA:

(Achicadísimo.) Bueno usté, sí, porque es el que me paga. ¿Pero éste?… (Por Anacleto.) ¡Este se guardará mu bien!

ANACLETO:

¡Guardao, compadre! Yo le respeto a usté, por que usté es un hombre moderno…

DON FELIPE:

¡Y tan moderno! Ya sé que te aconseja el divorsio. Ahora, que yo tengo que haserte unas reflexiones, y pa eso he venío antes y con antes. ¿Tú sabes a lo que te expones? Porque tu mujé no es ningún costá de paja: tiene mu buenas condisiones, y si tú te casas con otra, ella se pué casá con otro a lo mejó con un amigo tuyo.

ANACLETO:

¿Con un amigo mío? (Dando un palmetazo en la mesa.) ¡Le parto la cara al que sea!

JUNCOSA:

¡Compadre!

ANACLETO:

(Levantándose dando traspiés.) ¡Que le parto la cara!

JUNCOSA:

Compadre, que está usté bebío. ¡Eso no es! El divorsiao se encuentra a su divorsiá con otro hombre, y tiene que darle la mano de amigo al otro hombre.

ANACLETO:

¿Pero cómo va a ser eso, compadre? Y el que vea a mi mujé con otro y vea que yo lo consiento porque saludo ar tá como si tá ¿no va a desí de mí que yo soy un tá? No, hombre, no lo menos que yo tengo que hasé es partirle la boca ar tá, porque el honó es el honó.

DON FELIPE:

Pero, hombre si ya no hay honó pa esas cosas.

ANACLETO:

¿Quééééé?… Güeno: ¿soy yo o seis ustedes lo que estáis borrachos? Que me veo yo regorviendo una esquina y encontrándomela der braso de otro gachó… ¿Y cómo quiere usté que yo pase por su lao sirbando? ¿De dónde me va a mí a salí er sirbío?

JUNCOSA:

Pero, compadre, piense usté en lo que tenemos hablao. Poniendo así las cosas tan a la antigua, también está mal que un hombre se case con otra. La ley tiene que ser igual, o no es ley.

DON FELIPE:

¡Claro!

ANACLETO:

(Reaccionando.) No, no sí, claro… No, si ya pasó. Ha sío un repente de los míos. ¡Que se case con er moro Musa! ¿A mí qué? ¡A mí, a moderno no me gana nadie!

DON FELIPE:

¿De modo que serás capaz de verla con su nuevo marío y pararte a saludarlos a los dos?

ANACLETO:

(Muy convencido.) ¡Cómo! ¡Quitarse de en medio! (Se levanta.) ¡A ver si es así! Ellos vienen calle abajo yo voy calle arriba, y de pronto, ¡sás!, cataplán, sás, arsa, que te vi, que nos damos de cara los tres. (Muy fino.) Hola, caramba, canastos, demonio, no había visto… ¿Qué tal, compañero?… Señora mía… ¡Oh, no! Pasen ustedes… ¿Yo primero? Ea, pos con Dio. ¡Salú pa disfrutarla, amigo!… (Se mete las manos en los bolsillos y hace mutis por la derecha, andando a saltos y silbando «A coger el trébole».)

DON FELIPE:

(Muerto de risa.) ¡Ja, ja, ja!…

JUNCOSA:

¡Ole mi compadre!

ANACLETO:

(Tornando por la derecha.) ¿Es así o no es así?

DON FELIPE:

Estás capasitao, Anacleto.

ANACLETO:

Pues no hay más que hablá. A la primera bronca, el Jusgao que está en la esquina. (Jurando.) ¡Por éstas! (Mirando hacia la derecha.) Cuidao, mi niño. ¡Ni palabra de esto!

CARLOS:

(Apareciendo, sofocado, en la puerta derecha.) ¡Uf! ¡Creí que no llegaba a tiempo! ¿Qué tal, don Felipe? (Efusivo apretón de manos.)

DON FELIPE:

¡Hola, muchacho!…

JUNCOSA:

Y a mí, ni las güenas tardes. Como a mí no me tiene que da coba…

DON FELIPE:

¿Coba de qué? ¿De qué tiene éste que da coba a mí ni a nadie? ¡Qué más hubiéramos querío tú y su padre y yo, cuando éramos de su edá, que habé valío lo que vale éste! Siéntate, chaval. ¿De examinarte, no? ¿Y qué? ¿Bien?

CARLOS:

Superió. He tenío suerte.

DON FELIPE:

Ya sabes que en cuanto te hagas perito te nombro directó de mi fábrica, y si llegas a haserte ingeniero, te hago mi sosio.

JUNCOSA:

¡Sí, sí! (Irónico.) Aquí te espero, comiendo un güevo. Ya habrá llovío pa entonse.

DON FELIPE:

Lloverá, y hará só, y gorverá a llové pero tó llega en este mundo. En mi espejo es donde se tiene éste que mirá.

CARLOS:

(Con profunda admiración.) ¡Ya lo creo!

DON FELIPE:

Porque, ¿yo qué era? En esta misma habitasión nasí. Mi agüelo tenía aquí una jerrería, y mi padre puso un torno mecánico. Estas paredes me han visto a mí andá a gatas y cresé y haserme un hombre y trabajá…, ¡lo que se dise trabajá! ¡Sin pamplinas! Y venga clientela y sabé cumplí con la gente y hoy un pabellón nuevo pa una pulimentaora, y venga subí a fuersa de tisne… ¡La tisne que yo m’he tenío que quitá, mardita sea la tisne!…, y mañana otro pabellón, y otro tallé… ¡Y muchas noches sin dormí por no sabé cómo se iba a pagá lo que se debía! Pero como er dinero de tó se asusta menos der que trabaja, ¡venga crédito y venga dinero pa mí! Porque er dinero, so lila, hay que perdírselo ar que lo tenga, así: «¡Démelo usté, que yo voy a trabajarlo ¡¡de veras!!, pa ganarme lo mío y devolverle lo suyo y tené tanto como usté, porque yo, que trabajo, vargo más que usté!» ¡Y ole ahí los hombres en er mundo —le disen a uno— ahí va er dinero!

JUNCOSA:

Eso era antes.

DON FELIPE:

Es que ahora habéis sacao la moda de pedirlo disiendo: «Démelo usté pero con la condisión de que yo no voy a poné más que sincuenta ladrillos por día, y…» «¡Hombre!… ¡Te diré, morena!»

CARLOS:

(Riendo.) Algo exageraíllo el chorro de la sangre, don Felipe.

DON FELIPE:

(Idem.) ¡Bah!… Er que no ersagera no se divierte. Contimás, que estoy contento porque, no lo querréis creé: mucho lujo tengo arriba en mi casa —postín del bueno—, mucho cosinero franchute, mucho moso de comedó y mucho requilorio en la mesa pero esto que se ha rodeao de comé con ustedes los guisos que a mí me gustan, esto no le pasa más que a mí, que soy un tío de suerte. ¡Desde que parmó mi santa mujé, ¡veinte años!, que no pruebo yo la corvina con guisantes!

ANACLETO:

Pos cuando usté quiera se saca er guiso. (A Carlos.) llama a tu madre.

DON FELIPE:

No, hay que esperá a mi niña, y sabe Dio dónde andará la niña. Como me ha salío esportiva… En algún clú náutico, girnástico o pamplínico, de esos con mucho pollo acuático o atlético. ¡La niña!… Como nadie le va a la mano ni hay quien la meta en carrí… Ya vendrá. No avisas a tu madre todavía y déjala a su aire, que argo bueno estará hasiendo.

ANACLETO:

¡Sí, sí!… ¡Dándole asperón a los cubiertos que usté ha mandao!

DON FELIPE:

¡Ja, ja, ja!… ¡Es un caso!

ANACLETO:

Usté se ríe porque no la sufre.

DON FELIPE:

¿Yo? ¡Qué más quisiera yo que tené una mujé así, de su genio, que metiera en sintura los desavíos de mi casa! (A Juncosa.) ¿Y tú, qué, comes con nosotros?

JUNCOSA:

Naturá.

DON FELIPE:

(Mirándolo de arriba abajo.) ¿Te ha visto ella?

JUNCOSA:

No.

DON FELIPE:

¡Ojú! (A Anacleto.) ¿Verdá, tú?

ANACLETO:

¡Ojú!

JUNCOSA:

(Mirándose y remedándoles.) ¡Ojú!… ¡Pos no es pa tanto!

DON FELIPE:

¡Ya verás, ya!… (e oyen, hacia la derecha, grandes risas.)

CARLOS:

Ya está ahí Grasia.

DON FELIPE:

Si. Y mírenla despidiéndose de so escorta.

CARLOS:

(Sin poderse contener.) ¿Pero qué clase de gente es esa gente?

DON FELIPE:

Pollos atléticos, hombre. Son de fiá, porque en ves de haser el amor, hasen músculos.

GRACIA:

(De espaldas, riéndose y como despidiéndose de sus acompañantes, entra por la derecha.) ¡Adió!… «Og vuá!»… «Baibai!»… ¡Ja, ja, ja!… (Se vuelve rápidamente, saluda a los de escena con un gracioso ademán.) ¡Hola, señores!… (Y se cuelga, saltando, de los hombros de su padre, al que estampa un sonoro beso en la mejilla.) ¡Oh, «may faider»!

DON FELIPE:

¡Niña!… ¡Pero, niña!…

ANACLETO:

Güeno pos voy a desirle a esa fiera que ya estamos tós. (Remedando a Gracia.) ¡Guay-guay!… (Vase por la izquierda.)

GRACIA:

(Mientras se quita el sombrerillo y los guantes.) ¿Qué? ¿Les hice esperar mucho? Es que estaba el club cañón. ¡Cuánta gente! Hoy se ha jugado la copa Velarde para saltadores con pértigas, y luego ¡qué risa!, luego, en el descanso, para el que dijera más tonterías seguidas, se ha jugado la copa del Ayuntamiento.

DON FELIPE:

Te la ganaste, como si lo viera.

GRACIA:

Pues no, señor. Pero he quedado «colocada».

DON FELIPE:

¡Andá!… ¡Pues no hace tiempo que estás tú colocada! (Ríe.)

GRACIA:

(Cambiando bruscamente su expresión graciosa por otra hondamente triste.) ¡Qué mas quisiera yo que estar colocada entre esa gente!… Pero no, padre, no noto que no. No es que no les sea simpática, sino que… ¡como no me llamo más que Gómez Pérez!…

DON FELIPE:

Anda, tonta, peor es llamarse, como la de ahí enfrente, Quijada de León, que es un güeso, y es condesa.

JUNCOSA:

Contimás, que ya no hay títulos.

DON FELIPE:

¡Ahí está! Mañana te hago yo a ti unas tarjetas que digan: «Marquesa de Cuello-tieso», y a vé quién te lleva la contraria.

GRACIA:

(Volviendo a su alegría y palmoteando.) ¡Eso está bien! ¡Ole ahí! ¡Ya está! Pero otro título más bonito para un condado. Condesa de… de Campolirio, ¿eh?, o Valjazmines…, o Rivera…, ¿Rivera, qué?…, ¡Riveraazucenas!

CARLOS:

Eso es muy largo.

GRACIA:

A ver qué título se te ocurre a ti.

CARLOS:

«Mujerdesucasa».

DON FELIPE:

¡Ese es muy bueno! (Ríe.)

GRACIA:

(A Carlos.) ¡Idiota, que eres un idiota! ¿Pero es que te crees que yo soy la misma que jugaba contigo, cuando chavala, en ese patio? ¡No, hijo, no! ¡Pues hijo!… ¡Huy, qué cara pone!… ¡Ja, ja, ja!… Bueno, a comer, que tengo los minutos contados y toda la tarde ocupadísima. ¡Vamos!… ¡Vamos! (Se oye hacia la izquierda una gran bronca, que deja en suspenso a todos los de la escena. Bien la han armado Baldomera y Anacleto.)

BALDOMERA:

(Dentro, a grandes gritos.) ¡Ahora mismo, pues hombre, ahora mismo!

ANACLETO:

(Idem.) ¡Arpía! ¡Mula de encuarte!

BALDOMERA:

(Idem.) ¿A mí? Se oye algo que cae pesadamente al suelo y un grito de Anacleto, que aparece en la puerta de la izquierda con los pelos en pie.

ANACLETO:

¡Ay! (Se parapeta tras Juncosa.) ¡Sárverse er que pueda! ¡M’ha pegao!

BALDOMERA:

(Saliendo por la izquierda, muy remangada.) ¡Mardita sea la!… Buenas tardes, don Felipe buenas tardes, niña. (Volviendo a su tono brillante de bronca y encarándose con Anacleto.) ¿Pero no te dije, so tío lesna, que en cuanto llegara el guarro de Juncosa me avisases? ¿Te crees tú que se puede sentar a la mesa tal y como viene? (Indicándole a Juncosa, con un ademán enérgico, la puerta de la izquierda.) ¡Ande usté pa dentro que lo escamonde!

JUNCOSA:

(Ofendidísimo.) ¿A mí?

ANACLETO:

(Siempre parapetándose con él.) ¡Sacrifíquese usté, compadre!

JUNCOSA:

(Digno.) ¡Compadre!

DON FELIPE:

Déjalo, Bardomera, así está bien.

CARLOS:

Déjelo usté, madre.

BALDOMERA:

¡Que no, vaya! Que yo no consiento que se siente así a la mesa ese tío pringue que eso no es un hombre: eso es la guita de un choriso.

ANACLETO:

(Tomando una cómica actitud enérgica.) ¡No la aguanto más! ¡El divorsio! (Subiéndose y afianzándose los pantalones.) ¡Bardomera: mira lo que hago, que esto no lo he hecho nunca delante de ti!…

BALDOMERA:

¡Y a ti te tengo que da otra mano, porque ya te has restregao con él!

ANACLETO:

¡A mí no me güerves tú a poné un deíto ensima, porque desde este punto y ahora dejo de sé tu marío!

BALDOMERA:

¿Por qué?

ANACLETO:

¡Por malos tratos! ¡Ar Jusgao, don Felipe, cuando usté quiera!

DON FELIPE:

¡Ahora mismo!

BALDOMERA:

¡Ay, qué bien! ¡Pues ahora mismo! Voy por el mantón. (Mutis izquierda.)

CARLOS:

(Un poco apurado, a don Felipe, mientras Anacleto recibe la felicitación de Juncosa y Gracia ríe a todo reír.) ¿Pero esto qué es?

DON FELIPE:

Ya irás sabiendo. Cosas mías. Hay cosas que no se arreglan hasta que no se desarreglan der tó. Confía en mí.

CARLOS:

Sí, señor.

ANACLETO:

(Mirando hacia la izquierda y en un alarido que asusta a todos.) ¡Que viene! (Vuelve a parapetarse con Juncosa.)

BALDOMERA:

(Poniéndose aún el mantón.) Quiero yo probá a qué sabe el divorsiarse. Son sinco minutos, don Felipe. Aguárdeme usté…

DON FELIPE:

Yo voy con ustedes. Y aquí, Juncosa, también. Hasen farta dos testigos. (A Gracia.) Enseguía vorvemos.

BALDOMERA:

¡Andando!

ANACLETO:

Andando, nosotros tú, ar trote, mula, que eres una mula.

BALDOMERA:

(Abalanzándose a él.) ¡Mardita sea!

ANACLETO:

¡¡A mí los de asalto!! (Se van todos, menos Carlos y Gracia, que ríe a carcajadas.)

CARLOS:

Ya está bien de risa, ¿no?

GRACIA:

—Hombre, no he querido molestarte. Es que son dos tipos… (A un gesto de Carlos.) Perdona. No, y yo creo que si están siempre así, lo más conveniente es el divorsio.

CARLOS:

No diga usté eso. Bueno lo sierto es que se le está a usté poniendo muy difícil lo de la comida. ¿Quiere usté que yo le sirva?…

GRACIA:

¡Pero si van a tardar muy poco en volver!… Verás cómo antes de llegar a la esquina los pone mi padre de acuerdo.

CARLOS:

Claro, claro.

GRACIA:

¿Tienes hambre tú?

CARLOS:

No. Si yo no pensaba haber almorsao con ustedes… Yo estaba hoy de exámenes, pero tuve la suerte de que empesaran por mí, y en cuanto acabé, sin esperar la calificación ni ná, pesqué a corré y…

GRACIA:

¿De qué te examinabas?

CARLOS:

De mecánica, último curso. Este año acabo el peritaje. Quiero ocupar la vacante de jefe de talleres que dejó al morir don Estanislao, y luego ampliar mis estudios y haserme ingeniero.

GRACIA:

(Tras un largo silbido.) ¿No te parese eso muy difísil?

CARLOS:

¿Qué me ha de pareser? Dependiendo de mí, ¡no hay cuidao! Lo malo es cuando aspira uno a cosas que no dependen de uno, porque, entonces, aunque uno se parta el pecho, como si ná. Pero en lo que depende de uno, donde llega un hombre llega otro, y ese otro soy yo.

GRACIA:

Me gusta oírte así.

CARLOS:

¿Sabe usté quién tiene la culpa de que yo piense de esta manera? Su padre de usté. ¡Es mucho hombre! Yo lo miro como a un dió. Cada vez que le oigo desir que él no era nadie y que ha llegao adonde ha llegao, se me agranda el horisonte, y cuanto más miro, más veo y más veo… Como si la tierra no fuera redonda y pudiera uno ver en línea recta hasta el infinito.

GRACIA:

(Complacida.) ¡Caramba!… Hasía tanto tiempo que no hablaba contigo, que me sorprende ahora oírte expresarte tan bien.

CARLOS:

El gusto con que usté me oye.

GRACIA:

¡Hombre!…

CARLOS:

Sí, he dicho una tontería. Pero, volviendo a mi tema: ¿Usté no tiene a gala el que su padre haya llegao de la nada a donde ha llegao?

GRACIA:

(Indiferente y dudosa.) Sí, ya sé que es muy hermoso el ser creador de una estirpe y el fundador de una rasa pero a mí me hubiera gustado que mi padre hubiera sido… mi bisabuelo. Que lo que ha hecho mi padre lo hubiera hecho un abuelo suyo, y que él hubiera nasido ya en buena casa y en buenos pañales porque hay gente muy tonta que olvida lo de los bisabuelos, pero no perdona que el padre de una… Bueno, tú no entiendes de esto.

CARLOS:

Sí entiendo. ¿No voy a entender? Y a esa gente no hay que hacerle caso. ¡Orgullo debe usté sentí del padre que tiene! El otro día nos contaba la alegría que él tuvo cuando, en su primer aleteo, pudo quitar a una hermana suya de servir y desirle a su madre, que, por cierto, iba todavía a la fábrica de tabacos…

GRACIA:

(Fiera, rabiosa, despectiva.) ¿Pero es que quieres molestarme con esas tonterías?

CARLOS:

(Como si el mundo se le hubiera venido encima.) ¿Yo?… ¿Queré molestarla yo? Perdóneme usté, Grasia. De corasón le pido que me perdone.

GRACIA:

(Dulcificando el tono y el semblante.) ¡Bah!… No te advierto que si por algo me gustan estos tiempos es porque ya se acabaron los títulos y las monsergas, y ya no hay por qué una niña gótica la mire a una como a un ser inferior. ¿Verdad?

CARLOS:

Claro: lo de la comedia de anoche.

GRACIA:

¡Ah!, ¿estuviste anoche en el teatro? No te vi.

CARLOS:

¡Qué me iba usté a vé, si yo estaba en el paraíso! En los teatros, los de abajo no suelen mirar nunca p’arriba.

GRACIA:

En cambio, tú…

CARLOS:

Es que desde donde yo me siento siempre, se ve perfectamente su palco de usté. Anoche se reía usté mucho con la otra muchacha que iba con usté: con la de verde. Y luego con el rubito, el que entró con el bombín lleno de bombones… (Ríe Gracia.) Ese niño es tonto, ¿verdad?

GRACIA:

¡Tontísimo!

CARLOS:

Aquel señor gordo que entró y volvió luego fue porque se llevó un sombrero que no era el suyo, ¿no?

GRACIA:

Sí ¡qué plancha!…

CARLOS:

Ese pelmaso va a verla a usté siempre, con dos o tres más. ¡Lo satisfechas que se quedaron ustedes cuando se fueron todos! Por el movimiento de los labios, me paresió que le desía usté a la de verde: «¡Grasia a Dio!»

GRACIA:

¡Y sí lo dije, sí!

CARLOS:

El que me carga a mí es el del bigotito ese que se la da de guapo y que va a verla a usté a última hora. Ese hombre no es de fiar.

GRACIA:

¿Qué dises?

CARLOS:

Yo me entiendo.

GRACIA:

(Complacida.) ¿Entonces, tú, durante los entreactos, estás pendiente de mí?…

CARLOS:

(Desconcertado.) Sí no es que…

GRACIA:

¿Y te gustó la funsión de anoche? Yo no me fijé. Casi todo el segundo acto estuve de un sitio a otro, arreglando la excursión del domingo. El tersero sí lo vi, y no supe explicarme el por qué la muchacha se casaba con aquel birria.

CARLOS:

Toma, porque aquel birria era un hombre de verdad. ¡Qué tío! ¡Qué autor tan grande es ese autor! Tengo yo que ver en los carteles cómo se llama. ¡Qué manera de saber lo que es un hombre queriendo y de saber también de lo que es capaz un hombre de corasón! ¡Que eso no lo sabe todo el mundo!

GRACIA:

¿No?

CARLOS:

No, señora. Sobre todo, cuando lo que quiere uno no lo debe querer uno, porque no está al alcanse de uno. Pero ahí se ve el coraje de los hombres. Lo que desía el de la obra de anoche, que eso que desía él lo he dicho yo antes que él un millón de veses. ¿Qué hase falta pa conquistar a una mujer? ¿Dinero? ¡Pues se gana! ¿Altura? ¡Pues se consigue! ¿Fama? ¡Pues se logra! Lo que no se puede tener en este mundo es miedo, porque con miedo no se va a ninguna parte. ¡Eso es! (Se da dos tirones de la ropa y se saca la corbata del cuello, porque la corbata que usa es de esas que tienen como dos moñoncitos que se meten debajo del cuello.)

GRACIA:

(Asombrada.) Oye, tú ¿pero qué clase de corbata llevas?

CARLOS:

(Dándosela.) Esta.

GRACIA:

¡Ay, qué raro! Ya me pareció a mí que estaba demasiado apretadita y afiladita.

CARLOS:

Es que para esto de las corbatas soy una calamidad. No sé haserme er nudo.

GRACIA:

¿Es posible?

CARLOS:

Empieso a haserme er nudo y acabo haciéndome un lío. En cambio, ésta… (poniéndosela) pim-pam…, ¡y ya está!

GRACIA:

Pero, hombre, si es sensillísimo… ¡Dame una sinta!

CARLOS:

(Perplejo.) ¿Una sinta?

GRACIA:

(Por una gasa que tiene puesta.) Espera. (Se la quita.) Esto me va a servir. (Se la echa al cuello a Carlos.) Es para enseñarte. (Manipulando.) Verás. Se da una vuelta así… Mira.

CARLOS:

(Pálido, tembloroso, emocionado al verla tan cerca de sí.) Sí.

GRACIA:

Fíjate en mis manos, hombre.

CARLOS:

Sí, sí…

GRACIA:

Pero, mira, criatura, ¿qué te pasa?

CARLOS:

¿Vamo a dejá lo de la corbata?

GRACIA:

¿Eh? ¿Por qué?

CARLOS:

¡Grasia!

GRACIA:

¡Si todavía no está terminada, hombre!…

CARLOS:

(Que ya no puede más, sujetándole las manos.) ¡¡Grasia!!

GRACIA:

(Extrañadísima.) ¿Eh?

CARLOS:

(Besándole las manos nerviosa, locamente.) ¡Grasia, Grasia de mi alma, Grasia de mi vida!…

GRACIA:

(Estupefacta.) ¡Carlos!

CARLOS:

¡Yo la quiero a usté! ¡¡Yo la quiero a usté!! ¡¡¡Yo la quiero a usté!!!

GRACIA:

¿Pero te has vuelto loco?

CARLOS:

Yo la quiero a usté con locura, con rabia, con desesperasion, y para poder quererla estudio y trabajo, y seré lo que sea el hombre que más sea en el mundo.

GRACIA:

Bueno, pero…

CARLOS:

¡¡Yo la quiero a usté!!

GRACIA:

Sí, hombre, sí.

CARLOS:

¡Aunque usté no quiera, aunque se oponga el mundo!… ¡Y la querré a usté siempre!… ¡¡Siempre!! ¡Y a mí no me la quita a usté nadie!

GRACIA:

¡Criatura!

CARLOS:

Porque yo soy un hombre muy hombre, y yo la quiero a usté. Si hay que desirlo arrodillao, me hinco, y si hay que desirlo matando a alguien, lo mato porque a mí no me importa ná, ni se me pone delante ná, y yo me lo juego tó, porque ¡¡yo la quiero a usté!!

GRACIA:

¡Cálmate, hombre, cálmate!

CARLOS:

Perdóneme usté: comprendo que he hecho mal.

GRACIA:

¿Eh?

CARLOS:

(Abrumado.) Está usté en mi casa, está usté sola conmigo y… he hecho mal, pero no he podido remediarlo. La quiero a usté demasiado y… ¡perdóneme usté!

GRACIA:

Sí, hombre, sí perdonado.

CARLOS:

Grasias. (Queda apesadumbrado, con la vista baja, avergonzado.)

GRACIA:

Si después de todo… (Saca un pitillo y se dispone a encenderlo. Pausa. Mira a Carlos complacida, encontrándole muy de su gusto.) La verdad es que… (Enciende el pitillo.) Oye, Carlos.

CARLOS:

Mándeme usté.

GRACIA:

(Con coquetería y picardía.) Háblame de tú.

CARLOS:

(Perplejo.) ¿Eh?

GRACIA:

Que me hables de tú, hombre, como cuando éramos chavales.

CARLOS:

¿Pero?…

LUIS:

(Entrando por la derecha como una flecha.) Carlos. (Azorándose al ver a Gracia.) Perdón no había reparado. (Dando un paso atrás.) ¿Se puede?, digo, ¿qué tal? ¿Está usté buena?… Es desir, empesaremos por el principio: buenas tardes.

GRACIA:

(Muy divertida.) Buenas tardes.

LUIS:

Eso es y ahora: ¿está usté buena?

GRACIA:

Muy buena, ahora y antes.

LUIS:

Yo, muy bien, grasias. Siento haberles interrumpido, porque yo sé lo que supone para Carlos el estar con usté… (A un gesto de Carlos.) Vamos, quiero desir lo que él… Bueno, lo que… En fin, son cosas de él y mías.

GRACIA:

Bien, bien.

LUIS:

Pero siéntese por mí no esté en pie.

GRACIA:

(Riendo) No, si no…

CARLOS:

(Contrariado.) ¿Qué pasa? ¿A qué vienes?

LUIS:

Hombre, que te has venido sin firmar el ejersisio y es presiso que vayas a firmarlo para que te den la calificasión.

CARLOS:

Es verdad. Claro, con las prisas de…

LUIS:

(A Gracia.) ¡Qué bárbaro! ¡Vaya un examen que ha hecho! ¡Lo que se dise canela! ¡Todavía tengo yo frío en la espalda! ¡Qué tío más burro sabiendo!

CARLOS:

¡Bah!

LUIS:

Sabiendo y sabiendo desir lo que sabe, que ahí está el intríngulis. Porque otros sabemos, pero no sabemos decir lo que sabemos y nos atarugamos, que es lo que acaba de pasarme a mí, que me han dado un cate que si en ves de un cate es una finca, resuelvo el problema agrario. (Ríe Gracia.) ¡Señores, qué cate!

CARLOS:

¿Qué te ha pasado?

LUIS:

Estos nervios míos que me pierden. Salí al enserao, me tembló el pulso, le puse a un nueve un palito tan corto, que paresía una a, y en esa fórmula nueve erre erre sero dos, como el nueve paresía una a, empesó tó el mundo a leer «arros», y arros para arriba, arros para abajo, cundió el choteo y me dijo el catedrático: «Para ese arros le voy a dar a usté unas calabasas…» ¡Y me las ha dao! (Ríen Gracia y Carlos.) Bueno pero anda, tú, que te están esperando.

CARLOS:

(Contrariadísimo.) ¿Y cómo dejo sola a Grasia?…

GRACIA:

No, hombre, no me quedo sola, porque ahí viene Manolita. Mírala ahí hablando con Bernabé.

CARLOS:

Entonces, si a usté no le importa…

GRACIA:

(Rectificándole.) A ti, a ti.

CARLOS:

A ti perdona.

LUIS:

(Gratamente sorprendido.) ¡Atisa! ¡Tuteo y todo!

GRACIA:

¿Vas esta noche al teatro?

CARLOS:

Sí hay un estreno. ¿Tú vas?

GRACIA:

No no es día de abono. Me hubiera gustado ir, pero mandé y no había ya ni palcos ni butacas.

CARLOS:

Tres paraísos tengo yo. Quería haber convidado a los padres, pero no creo que estén para convites.

GRACIA:

Yo iré contigo.

CARLOS:

(De una pieza.) ¿Eh?

LUIS:

(Idem.) ¡Arró!

GRACIA:

Iremos la «madán», y tú y yo. (Alargándole la mano en son de despedida.) Recógeme a la hora de la funsión.

CARLOS:

(Perplejo.) ¿Yo?…

GRACIA:

Sí, tú, claro. ¿No vamos a ir juntos?

CARLOS:

(Estrechándole la mano y sin poder hablar de la emoción.) ¡Grasia!…

LUIS:

¡Dile algo bonito, hombre! Dile que esta noche sí que va a ser el paraíso, el paraíso. ¡Algo a tono, atontao!

CARLOS:

Es que una cosa es saber desir lo que se sabe y otra saber desir lo que se siente.

GRACIA:

Eso está muy bien.

CARLOS:

Hasta la noche, Grasia.

GRACIA:

Hasta la noche, Carlos.

LUIS:

(Picarescamente.) ¡Salú y democrasia, señorita!

GRACIA:

Salú y… ¡y arró!

LUIS:

(Haciendo mutis por la derecha, con Carlos.) ¡M’ha matao! (Se van.)

GRACIA:

(Muy satisfecha.) Halaga mucho que la quiera a una un hombre. ¡Lo que se dice un hombre!

MANOLITA:

(Entrando por la derecha, muy nerviosa, y dando la sensación de que sigue con la vista a los que se acaban de cruzar con ella.) ¡Qué hombre, señorita! (Deja sobre la mesa unas botellas que trae.) Er vino. ¡Qué hombre!

GRACIA:

¿Quién?

MANOLITA:

¡Listo, serio, desente, trabajaó!… ¡Una perla! Y de guapo no hablemos. ¡Qué hombre!

GRACIA:

¿Pero quién?

MANOLITA:

¡Y dale! ¿Quién va asé, sino er de aquí? ¡Qué tipo, y qué simpatía, y qué manera! Más de veinte chalás están por él, que salen a convursión diaria, y él, como si tal cosa. Parese que está irnotisao, sin fijarse en na de lo que tiene alderreó… Y es que debe está por arguien. A lo peó se ha enamorao hasta er tuétano de arguna pelandusca, que así permita Dió que a la tal se le caigan los dientes, las cejas, las pestañas, er pelo y las uñas.

GRACIA:

Oye, tú: no seas bestia.

MANOLITA:

¡Qué mala pata tengo, señorita! Ahora que er mejó día me ví a liá la manta a la cabesa, me ví a enterá en dónde vive la mu coqueta, estúpida, indesente ví a llegá: «Tras-tras.» «¿Quién es?» «Abra usté, que es una amiga», le ví a remangá la farda y le ví a poné er bombeo que van a está tres años los vestidos hasiéndole respingos por detrás.

GRACIA:

Pero… ¿te atreverías tú a eso? Porque yo sé de quién se ha enamorado ese hombre.

MANOLITA:

¿La conose usté?

GRACIA:

—Sí.

MANOLITA:

¡Ay, mardita sea su estampa, y así la parta un rayo! ¿Quién es, señorita?

GRACIA:

Yo.

MANOLITA:

(Palideciendo.) ¡No!

GRACIA:

Sí, yo, ¡¡yo!!

MANOLITA:

¡Ay, Jesú!

GRACIA:

¿Qué?

MANOLITA:

Que me dé usté la cuenta o me diga usté lo que tengo que hasé pa que resurte que no le he dicho a usté na de lo que le he dicho.

GRACIA:

¡Bah…, no te preocupes! Ya me hago cargo de que eres una de las veinte chalás.

MANOLITA:

Sí, señorita.

GRACIA:

Anda, vuelve a casa. Viene ahí mi padre con los padres de Carlos y no te necesito ahora.

MANOLITA:

Sí, señorita. (Haciendo mutis por la derecha.) ¡Ojú, qué manera de meté la pata! ¡La he metío a rosca! Vase.

GRACIA:

¡Ja, ja, ja!… ¡Pobresilla!… (Muy satisfecha.) No si el muchacho…

Entran en escena, contentísimos, Baldomera, Anacleto, don Felipe y Juncosa.

ANACLETO:

¿Estáis viendo? ¡Esto es un país! ¡Un país consiente! ¡Consiente! ¡Que lo consiente to!

GRACIA:

¿Qué ha pasado?

ANACLETO:

Nada ¿qué había de pasá? ¡Lo sivilisao! Tanto tiempo peleando ésta y yo, tantos años disiendo: ¿Pero cuándo querrá Dio que el progreso imponga sus normas? ¡Y ya está!

JUNCOSA:

¡Lo bonito que ha resurtao la cosa! ¡Viva España!

GRACIA:

(Impaciente.) Bueno, pero…

ANACLETO:

Nada, que le digan éstos…

DON FELIPE:

Llegamos el oficial de la escribanía, que es amigo mío, estaba en su despacho entré, le recomendé el asunto comparesieron ellos, dijeron que querían divorsciarse tiró er tío de pluma, firmaron los dos, firmamos nosotros como testigos, y… ¡descasaos!

ANACLETO:

¡Viva la sivilisasión!

JUNCOSA:

¡Ole en er mundo!

GRACIA:

¿Pero con tanta fasilidad?

DON FELIPE:

(Después de guiñarle y darle un codazo a Gracia.) Mujé, habiendo mutuo disenso se fasilita to. Con er mutuo disenso, er marío no tiene más que llegá y topá.

ANACLETO:

(Molesto.) Oiga, don Felipe.

BALDOMERA:

Bueno, se acabó, a Dió grasias. Que te aguante otra las ordinarieses, las groserías y los ronquíos.

ANACLETO:

¿Qué yo ronco? ¡Ay, qué grasia!

BALDOMERA:

¿Vas a desí que no, y arrancas los caliches de las paredes? ¡Si aquí se mueren las moscas de no podé dormí!

JUNCOSA:

¡Ole la grasia!

BALDOMERA:

Y, sobre to, menos conversasión, y a separá nuestros bienes, que pa eso estamos aquí.

ANACLETO:

¿Tus bienes? ¿Y cuáles son tus bienes, princesa?

BALDOMERA:

To lo que hay aquí es de los dos. Eso nos ha dicho er del Jusgao.

JUNCOSA:

Exacto: ganansiales.

ANACLETO:

Es que to esto lo he comprao yo de modo que la ganansiala es ésta na má.

JUNCOSA:

Aquí hay que partí lo que hay: la mitá pa ca uno, y ya está.

ANACLETO:

Pero de las cosas que no hay más que una, ¿cómo las vamos a partí? ¿Cómo vamos a partí la cómoda o el armario?

DON FELIPE:

A mí se me ocurre una cosa pa fasilitá.

ANACLETO:

Pues ya está. Siendo idea de usté, sea lo que sea, por mí, asertao.

BALDOMERA:

Y por mí.

DON FELIPE:

Digo yo que de to lo que hay en la casa, lo que sea femenino, pa la mujé, y lo que sea masculino, pa el marío.

ANACLETO:

Superió.

BALDOMERA:

Entonses, y es un poné, las sillas, que son femeninas, pa mí.

ANACLETO:

Y pa mí el sillón, que es masculino.

BALDOMERA:

Y pa ti el sillón. Bueno, pa mí la cama.

ANACLETO:

Perdona, que la cama no es femenino.

BALDOMERA:

¿Que no es femenino la cama?

ANACLETO:

No, porque es catre.

BALDOMERA:

Pues pa mí la cómoda.

ANACLETO:

Y pa mí el armario.

BALDOMERA:

Pa mí las tasas, pa ti los platos, pa mí las cucharas y pa ti los tenedores.

DON FELIPE:

(A Anacleto.) Oye, tú: er baño te toca a ti.

ANACLETO:

No, señó, que no es baño, que es bañera. Y pa ella las toallas y la jabonera con lo que tiene dentro.

GRACIA:

Que el jabón es masculino, Anacleto.

ANACLETO:

¿Masculina la pastilla? ¿Desde cuándo? (A Baldomera.) Y tú dirás dónde te mando las cosas, porque yo, como conserje, tengo que quedarme aquí. ¡Ah! Y me quedo con mi hijo, que es masculino.

BALDOMERA:

¡Perro, que eres un perro!

ANACLETO:

A propósito de perros: dame los cuarenta y sinco séntimos de antes y los seis duros de ayé.

BALDOMERA:

(Sacando un viejo monedero, y de él unas perras.) Los cuarenta y sinco séntimos, tómalos, porque son masculinos pero los seis duros son treinta beatas, y treinta beatas…

ANACLETO:

Treinta beatas es un convento. ¡Masculino! De modo que venga.

BALDOMERA:

(Vaciando el monedero y dándoselo.) Toma er convento: masculino es. Pero la comunidá es femenina, y pa mí. (Se guarda los duros.)

ANACLETO:

¡De plomo se te güervan! Bueno: dime dónde te mando tus cosas.

JUNCOSA:

A mi casa.

TODOS:

¿Eh?

JUNCOSA:

Bardomera sabe que mi casa es la suya, y está hasiendo allí muchísima farta.

ANACLETO:

¿A su casa? (Conteniéndose.) Bueno, hombre si a mí me da iguá. Aonde sea.

BALDOMERA:

Aonde sea, pero a casa de ése, no. ¡Más puercos, no!

DON FELIPE:

Bardomera debe estar serca de su hijo, porque eso es naturá, y Bardomera tiene desde ahora mismo un puesto en mi casa.

BALDOMERA:

Muchas grasias, don Felipe. ¡Andando!

JUNCOSA:

¡Estaba visto!

TODOS:

¿Eh?

JUNCOSA:

Que usté se la lleva a su casa porque a usté le gusta Bardomera, eso es. Y ella acepta porque… su mira llevará. ¡Tendría grasia que acabara el amo casándose con la viuda del conserje!

ANACLETO:

Oye, tú: viuda, no que estoy mu vivo.

JUNCOSA:

(A don Felipe.) No, si usté me gana la partía porque es rico, pero…

DON FELIPE:

¿Pero a ti te interesa Baldomera?

JUNCOSA:

Si, señó, y a usté también. No lo niegue.

DON FELIPE:

Bueno, ¿y qué?

JUNCOSA:

¡Mardita sea!

ANACLETO:

¡Lo que es la sivilisasión! Si hase dos meses se disputan a mi mujé, en mis propias narices, dos hombres, no quedan de los dos ni las hilachas. Pero ha llegao el progreso, y mirarme: «¡Ecuanánime!»

BALDOMERA:

Vámonos, don Felipe.

ANACLETO:

Adió, que te vaya bien.

DON FELIPE:

¡Vámonos, y deja aquí tó lo que hay, porque en mi casa no necesitas de ná! (Hace mutis por la izquierda.)

BALDOMERA:

Sí, señor. Tó pa él. (A Anacleto.) ¡Anda y que te sursan! ¡Tó pa ti! ¡Quéate con tó! ¡Con tó!

ANACLETO:

¡Quiá, hombre! ¡Lo que es la colonia, la ducha, la bañera, la jabonera y la… jabón, te la llevas!

BALDOMERA:

Me llevo otras cosas femeninas: la desensia, la dirnidá, la vergüenza…

DON FELIPE:

(Saliendo por la izquierda con una gran cazuela humeante.) ¡Y la corvina con guisantes! (Inicia el mutis por la derecha, precedido por Gracia y Baldomera.)

TELÓN

ACTO SEGUNDO

Una habitación de paso en la suntuosa casa de don Felipe. En el foro, la puerta de entrada, amplísima puerta que conduce a una galería de cristales. En el lateral izquierda, primer término, la iniciación de un corredor, y en el último término, el arranque de una escalera. En el lateral derecha, dos puertas: la primera, que conduce al despacho de don Felipe, y la segunda, a la alcoba de Baldomera. Es de día, en el mes de junio.

Al levantarse el telón, Baldomera, que viste un estridente y despampanante quimono de seda, entra por la izquierda. Trae una larga caña con un trapo blanco, hecho una bola, en la punta.

BALDOMERA:

(De muy mal talante.) ¡Bueno, es una gente que!… Ahora que a mí… ¡Vamos, hombre! (Pasa un dedo por un mueble y se lo mira a ver si ha recogido polvo.) ¡Nada! Pero… (Alza la caña y pasa el trapo por el techo o por el marco de un cuadro, según las posibilidades.) ¡Lo que yo no pesque con esta caña!… (Mirando el trapo.) ¡Tampoco! ¡Lo conseguí! ¡Una casa en la que antes había porvo hasta en los güevos fritos! De todas maneras… (Se dirige hacia el foro, gritando.) ¡María er Valle!… ¡María er Valle!…

VOZ::

(Criada entrando en escena.) ¡Mande ustééé!…

BALDOMERA:

(A gritos.) ¡Malhaya sea tu cara coge el aspiradó y una escalera, vete ar gabinete asú y no me dejes en er techo ni una motita de porvo, que lo hay, so guarra!

VOZ::

¿Qué lo hay?

BALDOMERA:

¡Que lo hay! Y hay una araña en la araña: ¿y tú sabes lo que es eso?

VOZ::

Una capícua.

BALDOMERA:

¡¡Una porquería!! ¡Largo! (Se va María gritando hacia la izquierda.) ¡Paco!… ¡Pacooo!…

VOZ::

(Dentro.) Señora.

BALDOMERA:

(Como antes.) ¡A darle cera ar comedó, so puerco!

VOZ::

Sí, señora ahora iba a di.

BALDOMERA:

¡Mentira! ¡Tú esperabas a que yo no me fijara, pero estás listo!

VOZ::

Sí, señora, que estoy listo. ¡Mardita sea!…

BALDOMERA:

(Al pie de la escalera y a gritos también.) ¡Manolita!… ¡Manolita!…

MANOLITA:

(Dentro.) Voy.

BALDOMERA:

(Gritando.) ¡Ni voy ni ná! ¡Ya estás aquí!

MANOLITA:

(Bajando por la escalera.) Ya estoy aquí. Pues sí que… ¡Joyín con tanto gritá! ¿Por qué no llama usté ar timbre?

BALDOMERA:

Porque me dan calambres, ¿te enteras? ¡Toma! Le da la caña. ¡Y porque no me da la gana! Además, que cuando suena el timbre, llama un timbre, y lo que yo quiero que sepáis cuando yo llamo es que llamo yo. ¡Largo!

MANOLITA:

¡Jesú, qué modos! ¡Vaya humos! ¿Qué queman hoy: retama? ¡Pues sí que!…

BALDOMERA:

A ti te voy yo a dá un gofetón. ¿Te enteras, niña?

MANOLITA:

¿Y yo me voy a está quieta?

BALDOMERA:

¡Ya lo creo! ¡Como que te voy a dejá sin sentío!

JUNCOSA:

(Entra por el foro, con una enorme levita azul celeste con botones y galones dorados.) Güenas tardes…

BALDOMERA:

(Revolviéndose contra él). Se puede, se dise, ¡so idiota! ¡Fuera de aquí y güerva usté a entrá pidiendo permiso!

JUNCOSA:

Sí, señora. (Desaparece, refunfuñando.)

BALDOMERA:

(A Manolita.) Y tú, dile ar cosinero nuevo y la pincha que vengan. ¡Hala!

MANOLITA:

Sí, señora. (Haciendo mutis por la izquierda) ¡Jesú, qué genio! Pa capitán generá no le farta más que er bigote. (Vase.)

JUNCOSA:

(Apareciendo de nuevo.) ¿Se puede?

BALDOMERA:

Adelante, joroba. ¿Qué pasa?

JUNCOSA:

Que vengo, como portero de la casa que soy, mardita sea mi sino…

BALDOMERA:

¿Pues qué quería usté? ¿Seguí chupando el suerdo sin hasé ná? No, hijo. Mientras yo esté aquí…

JUNCOSA:

Mientras usté está aquí, estaré yo también. Por que usté, carne de mis carnes…

BALDOMERA:

¡¡Más respeto!!

JUNCOSA:

Porque usté, doña Bardomera…

BALDOMERA:

¡Como me güerva usté a llamá doña Bardomera, va a habé botón que va a llegá a Larache!

JUNCOSA:

¡Pero, comadre!

BALDOMERA:

¡Ni comadre tampoco! ¡Ea! ¿Qué quiere usté? ¿A qué viene usté? ¡Vamos! ¡Pronto!

JUNCOSA:

Sí, señora. Que ahí en la puerta, y esperando ser resibido por el amo, está el conserje, su ex marío de usté.

BALDOMERA:

Pues que pase, si quiere se siente, si gusta, y espere a que sarga.

JUNCOSA:

Está mu bien. Y una cosa le quiero yo pedí en su nombre.

BALDOMERA:

¿Er qué?

JUNCOSA:

Que cuando venga se comporte usté con él como si no lo hubiera usté conosío en su vida.

BALDOMERA:

Sincuenta días llevo sin echármelo a la cara, y se m’han borrao ya hasta sus farsiones.

JUNCOSA:

Eso dise él que le pasa a él.

BALDOMERA:

Pos mejón pa él y pa mí.

JUNCOSA:

Y pa mí, Bardomera, que me tiene usté rodao.

BALDOMERA:

(De mal talante.) Fuera de aquí.

JUNCOSA:

Sí, señora.

BALDOMERA:

(Sin mirarle y pasea por la escena.)

JUNCOSA:

(Desde el fondo, contemplándola entusiasmado.) ¡Qué bamboleo de caderas! Y está en bata que ojalá fuera yo un deportao. (Mutis.)

MANOLITA:

(Por el corredor de la izquierda.) Ahí vienen ésos. (Se va por el foro.)

ROSA:

(Entra Rosa seguida de Dupont, cocinero francés, por la izquierda. Rosa es una muchacha tenue, fina, de voz atipladita y modales muy recatados.) ¿Da permiso la señora?

BALDOMERA:

Adelante. Esta se va a quebrá de fina er día menos pensao. Me carga a mí tanta finura. ¿Traes la libreta?

ROSA:

Sí, señora tome la señora. (Le da un cuaderno.)

BALDOMERA:

(Tomando asiento y arrellanándose en un cómodo sillón.) Pues oído al parche, que es de tripa.

JUNCOSA:

(En el foro.) ¿Se puede otra vé?

ANACLETO:

(Idem. Viene desastradísimo y sucio.) ¿Hay venia?

BALDOMERA:

Pasen ustedes. ¡Jesú, cómo viene!

ANACLETO:

(Mano al pecho y en una reverencia versallesca.) Señora mía.

BALDOMERA:

¡Señora mía! ¡Qué más quisiera usté!

ANACLETO:

(En otra reverencia igual.) Está usté equivocadísima. ¡Palabra!

BALDOMERA:

Güeno: menos música. Sentarse ahí. (Juncosa se sienta en un banco de estilo o en un diván que habrá en el foro pero al ir a hacerlo Anacleto, Baldomera de un grito feroz, al ver lo sucísimo que viene por detrás.) ¡Cuidao!

ANACLETO:

(Asustado.) ¿Qué pasa?

BALDOMERA:

Que no me manche usté el asiento. Ponga usté er pañuelo.

ANACLETO:

Pañuelo no traigo, y si es por los pantalones, que yo por detrás no me veo, yo me los quitaría, pero es que tampoco traigo…

JUNCOSA:

¡Qué desavío de hombre!… Tome usté, compadre. (Le da un pañuelo sucio y muy roto.)

ANACLETO:

Grasias. (Lo muestra extendido, lo pone en el asiento y se sienta sobre él.)

BALDOMERA:

(A Dupont.) ¿Qué piensa usté de ponernos hoy de sená?

DUPONT:

(Con voz casi femenina, a pesar de sus pobladísimos bigotes.) Vualà le menú, madam. (Le da una tarjeta.)

ANACLETO:

(A Juncosa.) ¡Las mujeres! Querrá ponerme los dientes largos con lo que come. ¡Sí, si!… El quirmono es el que me tiene a mí acharao.

JUNCOSA:

¡Cómo está, compadre! ¡Ay!

ANACLETO:

¡Compadre, que estoy yo aquí y le arrimo a usté un guantaso que lo desabrocho!

JUNCOSA:

¿Y usté es moderno? Usté es más antiguo que Ossorio y Gallardo.

BALDOMERA:

¡A callá! (Leyendo en el tarjetón tal y como está escrito.) Oiga usté, ¿y esto de oeufs brouvillies a la petite frivolité y el poulet avec sauce archevegue y el jambon…? ¿Dise jambon?

DUPONT:

Oui.

ANACLETO:

(A Juncosa.) ¡Ya está! ¡Jabón hasta en la comía! ¡Qué risa! ¡Ja, ja, ja!

BALDOMERA:

¿Qué pasa?

ANACLETO:

No, ná. (Contiene la risa.)

BALDOMERA:

¿Y el jambon, glase de melón et fruits de la saison, son los güevos fritos con tomate, el bacalao con papa y la ensalá que le dije?

DUPONT:

¡Oh, no, madam! Je ne fé pa sa! Je ne fé pa sa!

BALDOMERA:

(A Rosa.) ¿Qué dice?

ROSA:

—Que él no hace eso.

BALDOMERA:

¡Ah!, ¿no? (Rompiendo la tarjeta.) Mire usté, Dupont, cuando yo lo ajusté le pregunté si sabía hasé guisos caseros. Y usté me dijo que sabía, y como veo que no sabe, ya está usté cogiendo la puerta.

DUPONT:

Quesque vu dit?

BALDOMERA:

(A Rosa.) ¿Qué dice?

ROSA:

Que no la entiende a usted.

BALDOMERA:

Pues tú, que tienes costumbre de entenderlo, dile que se vaya.

ROSA:

Que le dan a usté la… (Acción de empujar y dar un puntapié.)

DUPONT:

¿Eh? ¿A muá?

BALDOMERA:

¡Güí!

DUPONT:

(Indignadísimo, quitándose la gorra y el mandil, arrojándolos a los pies de Baldomera y disponiéndose a hacer mutis por la izquierda.) Bian! Parfetmant! Parblé! Vualá madam!

ANACLETO:

(Amenazador.) ¡Ay, que le doy!

JUNCOSA:

(Obligándole a sentarse.) ¡Compadre!…

DUPONT:

Dan ce meson non’e mange que di gaspachó! Non’e mange que di saletés!

BALDOMERA:

Bueno, a la «porré».

DUPONT:

(Desde la puerta y en correcto castellano.) ¡Y te has caído!

TODOS:

(Extrañados.) ¿Eh?

DUPONT:

Porque de aquí me voy a los paritarios.

BALDOMERA:

¿Adónde?

DUPONT:

¡A los paritarios! (Mutis.)

BALDOMERA:

¡Pues llévese usté comadrona! ¡Ay, qué tío! ¡Menudo fransé de la Argaba! (A Rosa,) Y oye, tú.

ROSA:

(Recogiendo el mandil y el gorro de Dupont.) Diga la señora.

BALDOMERA:

(Irónica.) Pos la señora dise que eres tú mu fina hablando, pero hasiendo la cuenta eres más fina todavía. Er bacalao a cuatro ochenta y sinco no puede sé, hija mía. Cuesta a tres. ¡Ojo!

ROSA:

Es que el que yo traigo es de Irlanda.

BALDOMERA:

Pues no lo traigas de tan lejo, corasón. ¡Ah! Y esto de las judías, como tú pones tan finamente, que aquí siempre s’han llamao chícharos, es otra estafa.

ROSA:

¡Señora!

BALDOMERA:

A ti te dan chícharos de Lebrija y me pones aquí judías del Barco. ¡Y eso no, hija! ¡Vas tú a hablarme a mí del Barco!

JUNCOSA:

¡Menuda almirante!

BALDOMERA:

Las del Barco las conosco yo mejón que nadie, porque en ese Barco llevo yo toa mi vida navegando. ¿Tú te enteras?

ROSA:

Si, señora.

BALDOMERA:

Pues, hala.

ROSA:

Sí, señora.

BALDOMERA:

Y en la cosina, más formalidá, ¿estamos? Menos bromas con Paco y con el chófe y con el otro, no sargas tú también pa los paritarios. ¡Arsa!

ROSA:

(Haciendo mutis por izquierda.) Es una señora de Xaudaró… (Mutis.)

ANACLETO:

¡Es mucha mujé, compadre! Y eso que dise usté de que s’ha casao con don Felipe, ¿será verdá?

JUNCOSA:

Por ahí se suena.

ANACLETO:

Hombre, se lo ví a preguntá. (Ceremonioso.) Muy señora que fue mía: una pregunta vana. Aquí, el compadre, que influyó mucho en nuestro divorsio, porque llevaba su mira, lo mismo que don Felipe, que también llevaba la suya, porque yo ahora miro y veo las miras…

BALDOMERA:

Al grano, y menos música.

ANACLETO:

Pues que aquí, el compadre, me dise que s’ha casao usté con don Felipe, y un servidó quiere sabé si sí o si no, porque si no, pa felicitá ar compadre, que, en uso de su derecho, quiere casarse con usté, y si sí, pa desirle que no se desanime, que la que hase un sesto puede hasé una canasta, y una señora tan versati como usté, que se orvida tan farsimente de su primer marío y tan guillá, que se viste de copletista pa tomá la cuenta de la plasa, a lo mejó le gusta uno de librea, y viva Jeré, que me divorsio otra vé.

BALDOMERA:

¡Mardita sea! ¿Y usté, que fue mi marío, es capá de hablarme a mí con esa tranquilidá de los demás hombres? ¿Pero por dónde se le ha ido a usté la poca vergüensa que tenía?

ANACLETO:

Por el mismo sitio que a usté, señora. Ademá, que usté no es ya ná mío, y tanto derecho tiene éste, que nos desapartó, como el otro…, ¡mardita sea la cara de los dos!, pa casarse con usté. Como yo pa casarme con otra, y allá usté, y allá cá cuá, que lo que toca por usté, mire usté yo. (Rompe a silbar «A coger el trébole», y le vuelve la espalda.)

BALDOMERA:

(A Juncosa.) ¿Y a usté quién l’ha dicho lo de mi casamiento?

JUNCOSA:

(Levantándose de un salto.) ¿Pero es verdá?

ANACLETO:

(Volviéndose rápidamente.) ¿Es de veras?

BALDOMERA:

(Regodeándose.) ¡Ah, qué grasia! ¿No acaba usté de desí que no le importa?

ANACLETO:

(Furioso.) ¡Y no me importa! (A Juncosa, tristemente.) ¡Compadre! Sí que me importa.

JUNCOSA:

(Idem.) ¡Siertos son los toros!

ANACLETO:

(Amenazador.) Eso de los toros se los va usté a tragá ahora mismo.

JUNCOSA:

¡Compadre, que es un desí! Si no había más que verlo. Er señorío, er mando, la ropa, la sortura y… ¡lo otro!

BALDOMERA:

¿Qué es lo otro?

JUNCOSA:

Lo que está usté maquinando pa que er niño de ustés pesque a la señorita Grasia con toas las talegas de duros que tiene su padre.

BALDOMERA:

¿Cómo? ¿Que yo?…

JUNCOSA:

¡Que usté! ¡Que usté! Que usté es la que empuja a la señorita Grasia pa que toas las noches —que yo lo veo— pele la pava con su hijo de usté por la ventana que da ar callejón sin salía, sin que se entere don Felipe.

BALDOMERA:

¡¡Eso es mentira!! Yo no sabía ná de eso, y ahora que lo sé lo va a sabé don Felipe, pa que él diga si eso pué sé o no pué sé.

ANACLETO:

No pué sé. ¡Menudo barullo familiá! (A Juncosa.) Lo que usté me desía antes, compadre.

BALDOMERA:

¿Barullo?

ANACLETO:

Claro. Porque éste me desía, y tiene rasón, que usté es mi mujé porque se casó conmigo por la Iglesia y aunque yo no soy ya su marío por la ley laica, grasias a Dió…, er niño es de los dos. Pero si usté s’ha casao con don Felipe, mi hijo es hijastro de don Felipe y como yo y usté estamos casaos por lo canónigo, la niña de don Felipe es también hijastra mía, por lo canónigo, y si la niña tiene un niño, er niño va a resurtá primo por lo canónigo…, no por lo canónigo es cuñao… ¡Tampoco! Es…

JUNCOSA:

Compadre, es que ha metío usté en la familia un canónigo que no viene a qué. (A Baldomera.) Lo que pasa es que si usté tiene un niño con don Felipe, es cuando se arma er lío, porque…

ANACLETO:

(A Baldomera.) ¡Claro porque como su hijo de usté es hermano de mi niño, er niño de mi hijo es su tío de usté. Y entonse, por parte de mi nieto, mi padre es don Felipe…, y yo tengo que heredá a don Felipe. ¡Ay, que me conviene! ¡Que se casen!

JUNCOSA:

¡Quiá, hombre! ¿Y yo? Si yo me caso con su mujé de usté, que es ahora de don Felipe, las ganansiales son pa su mujé, y siendo su mujé la mía, lo de mi mujé es mío, y er que hereda soy yo. ¡Eso sí que no hay quien lo mueva!

ANACLETO:

¡Oiga usté, compadre!

JUNCOSA:

Ni compadre ni na. Aquí lo que hay que sé…

ANACLETO:

¡Aquí lo que hay que sé es abogado, porque con esto del divorsio se va a armá en las familias ca barullo… ¡Ojú! Yo lo que digo es…

BALDOMERA:

(Enérgica.) ¡Vaya! ¡Aquí quien dise soy yo! ¡Ya hemos hablao bastante! (A Juncosa.) ¡Hala: usté, a la portería! (A Anacleto.) Y tú, digo usté: puede usté esperá a que sarga don Felipe o dirse a da un paseo o gorvé. ¡Listo! ¡Se acabó la conversasión!

MANOLITA:

(Por el foro.) Señora: ahí está la modista.

BALDOMERA:

Bueno.

MANOLITA:

Y ahí están también unas señoritas preguntando por la señorita Grasia, pa llevársela a da un paseo en motora por el río.

BALDOMERA:

¡Quiá! (En capitán general. A Juncosa.) A la modista, que pase a esas señoritas, que esperen. (A Manolita.) A Grasia, que baje. ¡Vamos!

MANOLITA:

Sí, señora.

BALDOMERA:

(Enérgica.) ¡Pero, vamos! ¡¡Vamos!! (Manolita se va por la escalera.)

JUNCOSA:

(Haciendo mutis por el foro.) (¡Mardita sea! ¡Tan bonito que estoy ahora, y que no le importe yo ni un botón!) (Vase.)

BALDOMERA:

(De espaldas a Anacleto, entreteniéndose en alisar el asiento de un sillón.) Bueno, a este… indiferente le tengo yo que quemá la sangre. (Canturrea un fandanguillo.)

SARA:

(Por el foro entra Sara, joven, simpática y guapa modista, con una gran caja.) Buenas tardes.

BALDOMERA:

Buenas.

SARA:

(Sacando un traje de calle, en tono oscuro y muy elegante.) ¡Cuidao con lo que es la gente! Loca m’habían puesto a mí la cabeza con que si usté y si ella y si el otro.

ANACLETO:

¿Quién es el otro?

SARA:

Don Felipe.

ANACLETO:

¡Ah!

SARA:

Que desían que habían ustedes estrenao el divorsio en Sevilla.

ANACLETO:

Como si el divorsio fuera una astracanada.

SARA:

Bien mirao… ¿Probaremos en la arcoba o aquí?

BALDOMERA:

Aquí qué más da. (Quedándose en «combinación», como dicen las señoras. Pero eche usté combinación detonante: de seda, verde claro o celeste, con pintas rojas o roja con bordados verdes. Algo bueno, rico, pero estrafalario.)

ANACLETO:

(Deslumbrado, encandilado.) ¡¡Ojú!!

BALDOMERA:

(Satisfecha de su éxito.) ¡Toma divorsio!

ANACLETO:

¡Pero qué poca lacha!… (Se muerde el labio, eleva los ojos y lanza un grito sordo y gutural.) ¡¡Hum!!… (Luego, arrepentido, se sienta y se vuelve para no mirar.)

BALDOMERA:

(Con el traje que le da Sara, en la mano.) La tela es bonita.

JUNCOSA:

(Entrando por el foro.) ¿Se puede?

BALDOMERA:

(En un grito.) ¡¡No!!…

ANACLETO:

(Idem.) ¡¡No!!…

JUNCOSA:

(Deslumbrado.) ¡¡Madre de mis ojos!!

ANACLETO:

(Como loco.) ¡Fuera!… (Amenazador.) ¡¡Fuera!!… (Desaparece Juncosa.) ¡No ha visto nada! ¡No ha visto nada! (Dominándose.) Y aunque hubiera visto. ¿A mí?… (Encoge el hombro.) ¿Pero dónde tenía yo los ojos que no había visto lo que estoy viendo?

BALDOMERA:

(Provocativa.) ¿Decía usted algo?

ANACLETO:

¿Quién, yo? ¡Quiá!

BALDOMERA:

¡Ah!

ANACLETO:

Anacleto, que te pierdes. ¡No la güervo a mirá! ¡Yo soy un hombre! (Y le vuelve la espalda, pero durante esta escena Baldomera hace tantas monerías, que Anacleto, muy a su pesar, mira de reojo repetidas veces.)

BALDOMERA:

¡Lo bien que me sienta!

SARA:

Vamos a ve ahora otra cosa. (Por la chaquetilla del vestido.) Quítese usté eso.

BALDOMERA:

Sí, señora. (Se quita la chaquetilla y queda con los brazos al aire.)

SARA:

—Muy bien.

BALDOMERA:

Jesús así, con todo al aire, está una…

ANACLETO:

(Sin volver la cara.) ¿Eh? ¿Pero s´ha quitao también la combinación? ¡Hombre!… ¡Hasta ahí podían llegá las cosas!

SARA:

(Sacando de la caja una especie de chal negro) Tiene usted unas carnes de un blanco sonrosao de lo que se ve muy poco.

ANACLETO:

(Sin volver la cara) ¡Chavó, que está en cuero!

SARA:

(Poniéndola sobre los hombros el chal y viendo el buen efecto que produce.) ¡Ole, y viva lo negro!

ANACLETO:

(Volviendo la cara, inconsciente y rápido.) ¿Cómo? ¿Qué? ¡Ah! ¡Ya! (Tornando a su displicente actitud.) ¡Creí!

GRACIA:

(Por la escalera.) ¡Viva el rumbo, Baldomera!

BALDOMERA:

¿Has visto?

GRACIA:

¿Me llamabas?

BALDOMERA:

Sí. (A una pregunta muda que la hace Gracia, mirando a Anacleto, que está abismado en sus dolorosos pensamientos y lleno de hipos llorosos.) Está esperando a tu padre… Pues, sí, te llamaba, porque… Espera. (A Sara.) Bueno Sarita: dile a la maestra que a ve si antes der domingo me tiene los otros dos trajes. (Anacleto se golpea una rodilla.) Y los abrigos de entre tiempo. (Nuevo golpe de Anacleto.) Que nos vamos de viaje. Adió, guapa.

SARA:

Queden ustedes con Dió. Buenas tardes. Y que sea enhorabuena. (Mutis por el foro.)

BALDOMERA:

(A Gracia.) Pues te llamaba porque ahí abajo están esperándote unas amiguitas tuyas pa llevarte a da un paseo en canao artomóvil por el río y es menesté que les digas que no puedes ir.

GRACIA:

¿Eh? ¿Cómo que no? ¿Quién ha dicho que no?

BALDOMERA:

Tu padre. Antié me dijo a mí que eso le daba a él miedo y que estaba prohibído y está prohibído. Baja y diles que no.

GRACIA:

¡Yo, no! No quedo yo mal ahí porque sí con las de Sambrano.

BALDOMERA:

Se lo diré yo, que a mí no me importan las de Sambrano ni las de San Bruno. (Con muy buen aire se dirige hacia el foro.)

ANACLETO:

¡Es er generá Prim, por la gloria de mi madre!

BALDOMERA:

(Volviendo grupas.) Oye: y otra cosa. Acabo de enterarme de que todas las noches pelas la pava con mi niño por la ventana der callejón, ¿eso es verdá?

GRACIA:

Es verdad.

BALDOMERA:

¿Y lo sabe tu padre?

GRACIA:

No, señora.

BALDOMERA:

Pues eso tiene que saberlo ahora mismo.

GRACIA:

¿Queeeé?…

BALDOMERA:

Que aquí no se hase na a espardas suyas, y si él lo consiente, bueno está pero si dise que s’ha acabao, s’ha acabao.

GRACIA:

(Apurada.) ¡Pero Baldomera!

BALDOMERA:

(Conmovida.) No sé la pena que a ti te dará pero más que a mí, no, porque se trata de mi hijo. Que lo sepa tu padre y que él disponga.

GRACIA:

¡Por Dios, Baldomera!

BALDOMERA:

Voy a despedí a las de la lancha y güervo. Y que voy…, ¡pobresillas! pero con arguien me tengo yo que desahogá. (Mutis por el foro.)

GRACIA:

—Pero, mujer, escucha, oye, mira… (Se va tras Baldomera.)

ANACLETO:

¡Está visto que es el ama! Y ahí está er peligro porque si ella es el ama y don Felipe es el amo, ¿yo qué soy? ¡La birria! ¡Mardita sea! ¿Y pa eso han votao el divorsio? ¿Pa poné a un hombre sano en redículo?

DON FELIPE:

(Por el corredor de la izquierda, muy enfadado y hablando solo.) ¡Mardita sea la fábrica, que la voy a serrá! ¡A mí no me torea la C. P. T., ni la O. C. A., ni la N. P. U. ni la erreipe. (Al ver a Anacleto.) ¿Eh? ¿Vendrá también este a pedí un aumento? ¡Pues era lo que fartaba! (Se dirige a él, que está mirando hacia el foro, y le pone la mano sobre el hombro.) ¡Hola, tú!

ANACLETO:

(Al volverse, sorprendido, se resbala, arrastrando los pies hacia atrás.) ¡Don Felip… ¡Ay, que me resbalo con los ladrillos éstos! La poca costumbre.

DON FELIPE:

Sí, hombre como que parese mentira pero tienes todavía el pelo de la dehesa.

ANACLETO:

(Molesto.) ¡Don Felipe!

DON FELIPE:

¿Y cómo tú por aquí, que no vienes nunca? ¿También tú t’has desmandao?

ANACLETO:

¡¡Don Felipe!!

DON FELIPE:

—Es un desí. Es que estoy de un humó que se me hasen los dedos guéspedes. Figúrate: cuatro o sinco maestros de talleres que me quieren ver pa pedirme no sé qué aumento de jornales, y yo los he sitao uno a uno, ¡malhaya sea!, y estoy arrepentío. A lo mejó se me acaba la pasiensia y me lío a gofetones con los úrtimos, porque to tiene su límite. Con que si vienes a lo mismo, venga de ahí, que me coges de refresco. Tienes la suerte de sé er primero de la tarde.

ANACLETO:

¡Don Felipe!

DON FELIPE:

Ahora que me alegraría que vinieras en nombre de tos, porque no es lo mismo lidiá con sinco que lidiá con uno.

ANACLETO:

Don Felipe.

DON FELIPE:

¡Hala, hala sarte a los medios y arráncate!

ANACLETO:

¡¡Don Felipe, joyín!!

DON FELIPE:

¿Qué pasa?

ANACLETO:

¡Que pone usté unas comparaciones muy escamantes, caramba!

DON FELIPE:

Güeno: menos música y vamos a la faena, que de ti no me da cuidao. Sé que eres noble…

ANACLETO:

¡Y dale! ¡No, si me va a cortá la oreja!

DON FELIPE:

¿Qué quieres tú?

ANACLETO:

¡Si yo no quiero ná, joroba! Yo vengo a desirle a usté que la gente toa s’ha reunío, y en lugá de subí esos maestros que usté esperaba, va a subí mi niño ná más en nombre de tós, si es que usté lo aserta.

DON FELIPE:

Con que tu niño. ¡M’alegro, hombre! Nos vamos a entendé. Dile que suba.

ANACLETO:

(Sí, señó.) (Se dirige al foro y se detiene al ver entrar a Baldomera y a Gracia.)

BALDOMERA:

¡Listo el bote! (Al ver a don Felipe.) Mujé, y mira qué ocasión.

GRACIA:

¡No, Baldomera!

DON FELIPE:

¿Qué pasa?

BALDOMERA:

Pasa que aquí la niña y mi niño…

GRACIA:

¡No, no es verdad!

ANACLETO:

(Suplicante.) ¡Bardomera!

BALDOMERA:

(Enérgica.) ¡Pasa que aquí la niña y mi niño!…

DON FELIPE:

Sí. Lo de la reja por las noches. Lo sabía.

TODOS:

¿Eh?

DON FELIPE:

(A Anacleto.) Y ya que se tersia, vamos a hablá de eso. Mu poquito. Pero vamos a hablá. ¡Eso no pué sé!

GRACIA:

¡Padre!…

DON FELIPE:

¡No pué sé! ¡Ya está tó hablao! ¿Más poco?… Y es más, que aunque pudiera sé, no sería. Aprovecharé lo del disgusto de la gente y lo de la petisión de aumento de jornales pa despedí a ese mosito.

ANACLETO:

¿Despedí a mi hijo?

DON FELIPE:

¿No está claro lo de despedirle? ¡Pues echarlo, que es más claro! Primero, porque ¿de dónde se ha creído ése que te puede mirá a ti cara a cara? Segundo, porque en el negosio no se porta bien conmigo. Se ha puesto al lao de los obreros, y esa ingratitú no la aguanto yo. ¡Aunque se junda la fábrica, ése va a la calle!

ANACLETO:

(Heroico.) ¡Y yo con él!

DON FELIPE:

Y tú con él, puesto que lo quieres. Súbeme las llaves.

ANACLETO:

¿Me va usté a cogé la palabra, don Felipe?

DON FELIPE:

Si no a retiras…

ANACLETO:

(Altivo.) ¡No la retiro!

DON FELIPE:

¡Pues a la calle tú y tu niño!

BALDOMERA:

(Aparte, a don Felipe suplicante.) ¡Don Felipe, por Dios!

DON FELIPE:

(Idem, a Baldomera.) Déjame tú, que yo sé lo que hago. Ten confianza.

ANACLETO:

(Por Baldomera, muy engallado.) ¡Esa mujé se va también con nosotros!

DON FELIPE:

¿Bardomera? ¡Vamos, hombre! ¿Qué te toca a ti Bardomera?

ANACLETO:

¿Y a usté sí? ¿Es que es verdá que s’ha casao usté con ella?

GRACIA:

(Asombrada.) ¿Cómo?…

BALDOMERA:

(Idem.) ¿Qué?…

DON FELIPE:

Tú no eres quién pa preguntarme a mí de eso ni de ná. ¡Hala! Tráeme er llavero.

ANACLETO:

¡Mardita sea!…

JUNCOSA:

(Por el foro.) ¿Se puede?

DON FELIPE:

¿Qué pasa?

JUNCOSA:

Que está ahí Carlos preguntando por su padre.

DON FELIPE:

¿Tanta prisa le corre? Dile que suba si quiere.

JUNCOSA:

Sí, señó. (Mutis.)

DON FELIPE:

Ea fuera tó er mundo. Dejarme con él.

GRACIA:

Yo te suplico, papá…

DON FELIPE:

¡Fuera tó er mundo, digo! Y tú la primera.

GRACIA:

(Haciendo mutis por la escalera.) No he de sejar, aunque me maten. (Se va.)

BALDOMERA:

(Haciendo mutis por la izquierda.) ¿Qué tenga confianza? ¿Qué irá a hasé? (Vase.)

DON FELIPE:

(A Anacleto, que se hace el remolón.) ¡Las llaves de seguía!

ANACLETO:

Sí, señó. (Haciendo mutis por el foro.) ¡Mardita sea el divorsio! Ví a hasé una bomba con un bombín y va a habé teja que va a llegá a la luna. (Jura besándose la mano, pero al ver que don Felipe le mira, disimula limpiándose la boca, y se va.)

DON FELIPE:

Vamos con tiento y cuidao, que en los grandes temporales hay que ponerse al pairo mientras sale er só, y ya sardrá er só para tó er mundo.

CARLOS:

(En el foro.) ¿Se puede?

DON FELIPE:

Pasa, hombre.

CARLOS:

Buenas tardes.

DON FELIPE:

Buenas tardes. Siéntate.

CARLOS:

No, señó, deje usté.

DON FELIPE:

Siéntate, hombre.

CARLOS:

(Sentándose.) Grasias.

DON FELIPE:

(Después de sentarse también.) Bueno tú dirás.

CARLOS:

—Ya usté sabe que la gente quería presentarle a usté un pliego con unas petisiones…

DON FELIPE:

Y sé que hablaban de í a la huelga si yo no arsedía a ellas, y eso no, Carlos. ¡A mí, amenazas, no!

CARLOS:

Nadie ha pedido nada todavía, ni nadie ha amenazado con nada tampoco, don Felipe. A mí me vinieron con el pliego para que yo lo firmara pero yo lo rompí.

DON FELIPE:

(Asombrado.) ¿Que lo has roto?…

CARLOS:

Lo he roto y me he comprometido a conseguí lo que piden sin pliegos ni pamplinas.

DON FELIPE:

Mucho fías en tu influensia.

CARLOS:

En mi influensia, nada. En er talento de usté, mucho.

DON FELIPE:

¿Va a prinsipiá la coba?… ¡Hay que vé! ¡Pedí más dinero y menos horas! Yo no pedí nunca más dinero y menos trabajo, sino más trabajo pa ganá más dinero, porque en mis tiempos el que más trabajaba más cobraba. Pero ahora se quiere que tó er mundo cobre lo mismo pa que no se distinga el vago del que no lo es, y eso…

CARLOS:

Eso es curpa de las sircunstansias. ¿Hubieran los obreros conseguido ná por las buenas? ¡Nunca! Hay mucho egoísmo en los de arriba. Pero, en fin, como usté es de los que se hasen cargo, a usté no hay que amenasarlo.

DON FELIPE:

¡Y vuerta a la coba! Mis obreros están muy bien pagaos, porque en mis tiempos…

CARLOS:

En sus tiempos de usté un duro era un duro, y hoy son nueve reales, don Felipe. Hay que procurá que la gente viva mejó, que se suda aquí mucho y se coge muchísima tisne.

DON FELIPE:

¿Qué me vas tú a contá? ¡La de veses que la tengo yo quitá en el río! Pero, en fin, menos historia: ésos quieren dos pesetas más, ¿no?

CARLOS:

Seis reales na más.

DON FELIPE:

¿Eh?

CARLOS:

Y lo que dan por la cuota del Sindicato.

DON FELIPE:

(Saltando.) ¿Qué?

CARLOS:

Van a asosiarse tós, y yo lo veo bien.

DON FELIPE:

¡Yo no estuve asosiao nunca, Carlos!

CARLOS:

Usté nasió león, don Felipe, y los leones caminan siempre solos y no en manadas. Pero no todo el mundo nase con la misma condisión. Hoy un obrero sin asosiá es una oveja entre lobos. Déjelos usté que se asosien y que se defiendan.

DON FELIPE:

¿Pero si yo les doy lo que piden, pa qué asosiarse ni dá cuotas si no tienen que defenderse de ná?

CARLOS:

Con lo que ellos den se defenderán otros que no tengan la suerte de tené un patrono como usté.

DON FELIPE:

¡Y dale con la coba!

CARLOS:

(Molesto.) Es ya mucho hablá de la coba, don Felipe, y yo no le doy coba a usté ni a nadie. Yo lo que digo, lo digo porque lo siento y ná más. Yo procuro su bien de usté y quiero que cuando entre usté en la fábrica entre como ha entrao hasta ahora, con el cariño de todo el mundo. Porque a usté lo quiere abajo todo el mundo. Tiene usté el aquel de presentarse, no disiendo como otros, con orgullo: «Mirá adónde he llegao», sino disiendo, con simpatías: «Mirá adónde tós podéis llegá.»

DON FELIPE:

(Halagadísimo.) Está bien, hombre. Sabes ganar a la gente.

CARLOS:

Con que usté dirá qué digo abajo.

DON FELIPE:

¿Qué vas a desí? ¿Puede uno, hoy día, desí que no? Margen tengo pa arsedé, pero si no lo tuviera sería iguá: arsedería a la trágala pa que no me saliera peó la cuenta. Diles que está bien y que conforme.

CARLOS:

(Levantándose.) Muchas grasias, don Felipe.

DON FELIPE:

—En cuanto a ti, en partícula… Sé lo tuyo con mi niña, y… aunque me la ví a llevá de Sevilla pa quitarla de tu vera…

CARLOS:

(Atajándole.) De eso no tiene usté que desirme ná, porque sé lo que tengo que hasé.

DON FELIPE:

Has abusao de la confiansa con que yo te he tratao siempre, Carlos.

CARLOS:

Sí, señó.

DON FELIPE:

Selebro que lo reconoscas. Comprenderás que…

CARLOS:

Hoy mismo diré a Sebastián que se haga cargo de mi taller y mañana no estaré en la fábrica. No ha de faltarme dónde trabajá.

DON FELIPE:

Tú, en mi pellejo, harías conmigo lo que yo hago contigo.

CARLOS:

Y usté en el mío haría lo que yo pienso hasé.

DON FELIPE:

¿Qué quieres desí?

CARLOS:

Que yo también hubiera echao de mi casa a quien no valiendo ná hubiera puesto sus ojos en lo que tanto vale pero usté hubiera hecho también lo que voy a haser yo: no sejar. Y se hubiera usté considerao tan hombre como el que más para aspirá a lo que pudiera aspirá el más hombre. Porque en éste (Por el corazón) no se manda.

DON FELIPE:

¿Pero adónde vas tú?…

CARLOS:

¿No puedo yo llegá adonde han llegao otros? Yo tengo la noblesa de advertírselo a usté.

DON FELIPE:

¿Llamas noblesa a declararte mi enemigo? Bastante hemos hablao ya, Carlos. Mejor dicho: Hemos hablao por última vé. Como si no nos conociéramos. Donde me veas no te tienes que molestá ni en saludarme.

CARLOS:

Eso sí que no, don Felipe. Los enemigos nobles se saludan hasta cuando se van a matá. Usté tendrá siempre mi respeto, mi agradesimiento y mi considerasión. No me prive usté del gusto de saludarlo donde lo vea, ni me prive usté tampoco de la honra de verme saludao por usté.

DON FELIPE:

(Complacido.) Está bien, hombre. Tienes rasón. Un saludo no se le niega a nadie. Esta es mi mano.

CARLOS:

(Estrechando efusivamente la mano que don Felipe le tiende.) ¡Grasias! Buenas tardes. ¡Con lo que yo quiero a este hombre…! (Vase.)

DON FELIPE:

(Viéndole ir.) (¡Qué muchacho! ¡Ole y bendita sea la madre que lo parió!) (Mutis por la derecha, primer término.)

GRACIA:

(Entrando en escena por la izquierda.) ¡No, no es posible! (Corre hacia el foro y llama.) ¡Carlos!… ¡Carlos!…

CARLOS:

(Apareciendo de nuevo.) ¿Eh?…

GRACIA:

(Amorosamente.) ¡Carlos!…

CARLOS:

¿Has oído?

GRACIA:

Sí pero no temas.

CARLOS:

Sí temo. ¿Cómo no he de temer? Te temo a ti. Vamos a separarnos vas a irte de viaje sabe Dios cuánto tiempo. Yo no soy ningún iluso y sé que podrán mirarte con buenos ojos muchos que valgan más que yo, y sin estar yo a tu vera estoy perdido, Grasia. Porque estando yo a la vera tuya podría desirte: «Ese valdrá más que yo, pero que te quiera más que yo, ni ése ni nadie en el mundo.»

GRACIA:

¿Pero vas a hacerte ahora de menos, tú, que tienes el mérito de tu propio orgullo? Yo te juro, Carlos, que para mí no hay ni habrá nunca más hombre que tú. ¡Créeme! No, no soy ya como era: tu cariño me ha cambiado de medio a medio. ¿Qué puedo haser para demostrártelo y quitarte esa cara de tristesa? ¿Abrasarte? Pues te abraso. (Lo hace.) ¿Besarte? ¡Pues te beso! (Lo besa rápida y graciosamente.) ¡Así!

CARLOS:

¡Grasia!

GRACIA:

(Poniendo el alma en cuanto dice.) ¿Crees tú que quien te ha besado con este cariño puede ya besar a otro hombre? (Llorosa.) Ya ves que no te he besado despacio, como hasen los del sine, que eso no es de verdad. Te he besado así. (Vuelve a besarlo como antes, y se echa a llorar.)

CARLOS:

(Conmovido.) ¡Grasia de mi alma!… (Se limpia los ojos.)

GRACIA:

(Advirtiéndolo.) ¿Eh? ¿Tú también? ¡¡No!! ¡Tú con lágrimas, no!

CARLOS:

(Abrazándola.) ¡Chiquilla loca!… (Lloran los dos, abrazados.)

BALDOMERA:

(Por la izquierda.) ¿Eh? ¿Qué es esto? ¿Qué hasen ustedes?

GRACIA:

(Separándose de Carlos.) Ya lo ves: llorando como dos tontos. Mi padre ha cumplido lo que dijo y ha echado a Carlos de la fábrica. (Llora.)

BALDOMERA:

(Bajando la escalera.) ¡Malhaya sea!… No es esto lo que yo quería encontrarme. Yo quería encontrarme con un hombre desidío y con una mujé voluntariosa y reberde pa desí a gritos que aquí no hay más que aguantá y obedesé, pero contra dos desgrasiaos que lloran yo no puedo, no puedo. (Llora berreando.) ¡Y me voy también de esta casa!

CARLOS:

(Abrazándola.) ¡Madre!

GRACIA:

No, Baldomera eso, nunca.

BALDOMERA:

Que sí, Grasia. Comiendo yo el pan de esta casa no debo de sé una traidora, y tendría que serlo, porque tire por donde tire, pa mí lo primero der mundo es mi hijo. Y si él te quiere, como te quiere, se casa contigo aunque tenga yo que retorsé el cuello a tu padre y al padre de tu padre. Ea: vámonos, hijo mío. Donde no puedes estar tú no puede estar tampoco tu madre. Y de vigilante de tu novia, mucho menos. (Se oye hablar a don Felipe.) ¡Don Felipe! Dejarme con él.

GRACIA:

¿Qué le vas a desir?

BALDOMERA:

La verdá. Que en este asunto de ustedes yo no soy de fiá, y que antes que traisionarle me voy. ¡Juí, que viene!

GRACIA:

(Tirando de Carlos.) ¡Vamos!

CARLOS:

(A Baldomera.) ¡Abajo te espero! (Mutis de Gracia y Carlos por el foro.)

BALDOMERA:

(Secándose las lágrimas.) ¡Pobresito mío! ¡Lo que le queda que sufrí!

DON FELIPE:

(Entrando en escena.) ¿Secándote tú los ojos? ¿Qué joroba te pasa, Bardomera?

BALDOMERA:

(Resueltamente.) M’alegro que me lo pregunte usté, porque asín puedo desírselo más pronto. Mirusté, DON FELIPE: usté ha echao hase un momento a mi difunto marío mu bien echado, porque s’ha puesto tonto y es además un susio mu grande. Pero ha cumplío usté lo que prometió y ha echao también a mi hijo por haber puesto los ojos en su hija de usté. Y si eso le parese a usté mal, a mí me parese bien, ¡qué joroba! De modo que por la misma puerta que han salío mi difunto y mi niño ví a salí yo ahora mismito.

DON FELIPE:

(Bajando la voz y con cierto misterio.) ¡Cállate ya la boca! ¿Qué te vas tú a í ni qué pamplina? A tu hijo lo he echao yo porque lo que mucho vale mucho cuesta, que no se ganó Samora en una hora. Déjalo que luche y que se bandee por su cuenta, que pa llegá a argo es mu bueno resibí los bandasos de la vida. Más confidencial aún. Esto que estoy yo hasiendo los va a meté en er saco a los dos pa los restos, que es lo que yo voy buscando.

BALDOMERA:

(Asombrada.) ¿Qué está usté disiendo, don Felipe?

DON FELIPE:

Tú déjame a mí. Ella se va a emperrá, que ya verás tú, y él, bien encarrilao va ya, porque él va más derecho que una vela. ¡Qué muchacho, Bardomera! ¡Un tesoro! Pero más derecho va í toavía.

BALDOMERA:

Entonse quiere desí, don Felipe…

DON FELIPE:

Que nosotros nos vamos de viaje, y ya está. Si durante el viaje se acaba la cosa, ¿qué le vamos a hasé? ¡Estaría de Dio! Pero si ellos siguen empestillaos y saben esperá, que es lo que yo quiero, pues a la vuelta…, ¿tú me entiendes? A la vuelta lo venden tinto y con asahá.

BALDOMERA:

(Conmovida.) ¡Don Felipe!

DON FELIPE:

Ea, ahora nosotros al Cairo. ¿Qué será el Cairo? Sin sueño me tiene a mí eso del Cairo. Bueno, anda llama ahí pa que venga Manolita, que la tengo que dá un recao.

BALDOMERA:

Sí, señó. (Hace sonar un timbre.) Y con la vida no le pagaré a usté, don Felipe.

DON FELIPE:

¡A callá! ¡Ah! Toma estas mil pesetas. No quiero yo que tu difunto, como tú dises, y tu niño pasen apuros mientras no encuentran… (Le da un billete.)

BALDOMERA:

(Conmovida.) ¡Don Felipe!… (Le abraza.)

MANOLITA:

(Por las escaleras.) ¡Atisa! (¡Ején! ¡Ején!)

DON FELIPE:

(Al ver a Manolita, que entra en escena.) ¡Cuidao! (Se separan.)

MANOLITA:

¡Atisa! ¿Han llamao?

DON FELIPE:

Sí aguarda. (Busca en su cartera unos papeles.)

BALDOMERA:

(Que está acharadísima.) ¿Dónde está la señorita?…

MANOLITA:

(Al ver a Gracia, que entra por el foro.) Aquí la tiene usté.

GRACIA:

¿Me querían para algo?

DON FELIPE:

Sí. Hasé el favó de vestirse las dos, que vamos a í a retratarnos pa lo del pasaporte. Ponerse como vayáis a í, pa que luegoo no tengamos líos en la frontera. (A Baldomera.) Si tú vas a í de sombrero, retrátate con sombrero pa que vean que eres la misma. Andando.

GRACIA:

(Subiendo la escalera con Baldomera.) ¿Vamos entonces los tres? ¡Cuánto me alegro! Porque eso será señal de que…

BALDOMERA:

(Atajándola.) De que lo he pensao mejó. ¿Qué hago yo aquí sin marío y con el hijo sin colocación?…

GRACIA:

(Despectiva.) ¿Y era usté la que tanto quería a su hijo?… ¡A Carlos no lo quiere nadie más que yo! (Mutis de ambas.)

DON FELIPE:

(Muy satisfecho, dándole a Manolita unos papeles que ha estado ordenando.) Llévale esto a Gonsáles y dile que se llegue a la agensia de viaje por el presupuesto que cargué… y que se entere bien.

MANOLITA:

Sí, señó.

DON FELIPE:

Voy yo también a prepararme… (Mutis por la derecha.)

MANOLITA:

¡Hay que vé! Porque se estaban abrasando, que yo lo he visto.

ANACLETO:

(Por el foro, con un manojo de llaves.) ¿Se puede?

MANOLITA:

Pase usté… si cabe.

ANACLETO:

Hola, Manolita.

MANOLITA:

¿Qué es eso, Anacleto?

ANACLETO:

Que aquí vengo a entregá las llaves como Bobadil.

GRACIA:

¿Bobadil?

ANACLETO:

—Bobadil, el hijo de Bobadilla.

MANOLITA:

¿Pero qué ha pasao, Anacleto?

ANACLETO:

Que m’ham echao a la calle. Y a mi niño también.

MANOLITA:

(Muy contenta.) ¿Es de veras?

ANACLETO:

Es de veras.

MANOLITA:

¿Por lo de las relasiones?

ANACLETO:

Por lo de las relasiones.

MANOLITA:

¡Ole!

ANACLETO:

Y mi… ex mujé, según acaba de desirme mi niño, se va a echá ella solita. Vamos, que se va a despedí, porque s’ha puesto contra don Felipe que ¡pa qué te ví a hablá!

MANOLITA:

Está usté fresco.

ANACLETO:

¿Qué?

MANOLITA:

—Que no, hombre. A su mujé…

ANACLETO:

Ex mujé.

MANOLITA:

Ex mujé, que es mujé de mucho cuidao, la acabo yo de vé aquí mismo abrasá a don Felipe.

ANACLETO:

¿No sería despidiéndose?

MANOLITA:

¿Despidiéndose y ahora mismo van a salí los tres a retratarse pa el pasaporte?

ANACLETO:

¿Pero se va con ellos de viaje?

MANOLITA:

Sí, señó. Yo creía que eso de que se habían casao era una invensión de Juncosa pero después de vé lo que he visto, yo creo que este viaje es el viaje de luna de mié.

ANACLETO:

¡De luna de mié! ¡Cómo saben disimulá!… Porque ellos, delante de la gente…, ¿verdad?

MANOLITA:

Como si tal cosa. Y en su alcoba de ella no hay más que cosas de ella… (Por la segunda puerta de la derecha.) Esa es su arcoba.

ANACLETO:

(Mirando, encandilado.) ¡Su arcoba! ¿Qué es aquello que hay allí corgao?

¿Aquello es de hombre?

MANOLITA:

Es el pijama de ella.

ANACLETO:

¿Eh? ¿Cómo? ¿Er pijama de ella? ¿Pero usa pijama pa dormí? (Rompiendo a reír nerviosamente.) ¡Ja, ja, ja!… ¡Ay, que me destroso!… ¡Bardomera en pijama!… (Encandilado, como antes.) ¡Bardomera en pijama! (Escamadísimo.) Claro, a mí que no me digan: eso del pijama indica claramente que… Porque si ella no esperara que entrase nadie, no… (Se estremece y se pega.) ¡Mardita sea!… ¡Manolita!

MANOLITA:

(Que está asustada.) ¡Anacleto, por Dio!…

ANACLETO:

(Con voz sepulcral.) ¡Por tu difunta madre, desídete de una vé y vamos a casarnos de seguía!

MANOLITA:

¡Criatura!

ANACLETO:

¡Que te lo pido con mucha necesidá! ¿No s’ha casao ella? Pos yo también. ¡Y me ví a comprá un pijama asú, que ví a paresé un armirante!

MANOLITA:

¿Pero adónde voy yo con usté, Anacleto?

ANACLETO:

Donde tú quieras.

MANOLITA:

No, señó. (Se zafa de él.)

ANACLETO:

(Lloriqueando.) No, si tú te casarás con otro en cuanti quieras, porque estás mu bien y mu llenita, Manolita. ¿Pero dónde voy yo?… Yo ya no soy ná, ni vargo pa ná. ¡Soy un pelele, un desgrasiao, un Juan de las Viñas, un… divorsiao, mardita sea! ¿Y para esto han votado el divorsio? Ví a í a Madrí con tres piedras, y no va a quedá un jabalí con colmillos.

MANOLITA:

(Oyendo que alguien habla dentro.) ¡Ojo! Voy a lo que m’han mandao. (Se va por el foro.)

GRACIA:

(Por la escalera, poniéndose los guantes.) ¿No está aquí mi padre?

ANACLETO:

Esperándole estoy pa entregarle el llavero.

GRACIA:

¿Pero es que lo de usted no se va a arreglar? Se arregló lo de Caparrota…

ANACLETO:

Lo de Caparrota, puede lo mío, no, porque a mi dirnidá no hay quien la sursa.

DON FELIPE:

(Entrando, poniéndose el sombrero.) ¿Qué pasa?

ANACLETO:

(Digno.) Aquí tiene usté las llaves. Se las entrega un hombre moderno, que sabe sobreponerse, porque si yo fuera un cavernícola, con estas llaves se iban a abrí aquí dos cabesas, y los sesos de arguno iban a sarpicá los pijamas. Pero yo soy ecanánime, y sonriyéndome, entriego y me voy. (Dándole las llaves.) Ahí van.

DON FELIPE:

(Tomándolas.) Está bien, hombre. Que te liquiden en la ofisina.

ANACLETO:

Sí, señó. Buenas tardes. (Se vuelve para marcharse y ve a Baldomera de sombrero hongo y hecha un brazo de mar, en lo alto de la escalera.) ¡Bardomera con güito!

DON FELIPE:

(A Gracia.) Mira a vé si está el coche.

GRACIA:

Sí. (Mutis por el foro.)

DON FELIPE:

(Ofreciendo la mano a Baldomera y ayudándola a bajar el último escalón.) ¡Vivan los monumentos góticos!

BALDOMERA:

(Dengosa.) Mérsi.

ANACLETO:

¡En inglé!

DON FELIPE:

(Aparte, a Baldomera.) Aprovecha y dale ahora… (En alto.) Voy a vé si González tiene ya los papeles… Espérame en el coche. (Desde la puerta del foro, recreándose y guiñándole a Anacleto, que está lívido y tragando quina.) ¡La «Pompadú»!

(Mutis.)

ANACLETO:

(Secándose el sudor.) ¡Me voy a Madrí con dos cargas de piedras!

BALDOMERA:

(Misteriosamente.) Anacleto… Ahora que nadie nos ve ni nos oye… (Poniéndole en la mano disimuladamente el billete que le dio antes don Felipe.) Toma estas mil pesetas y arréglate.

ANACLETO:

(Asombrado.) ¿Qué? ¿Una mujé que no es mi mujé y que me da a mí dinero para que viva?… ¡¡Bardormera!!

BALDOMERA:

¿Eh?

ANACLETO:

¡Yo seré un pelele, un don nadie, un inferí!… ¡Pero un chulo, nunca!

BALDOMERA:

(Extrañadísima.) ¡¡Anacleto!!

ANACLETO:

(Tirándola el billete, que ella recoge.) ¡¡Un chulo, jamás!!

BALDOMERA:

¿Pero te has vuelto loco?

ANACLETO:

(Dirigiéndose al corredor de la izquierda.) ¡Muy buenas tardes!

DON FELIPE:

(Dentro, llamando.) ¡Bardomera!

BALDOMERA:

(Contestando hacia el foro.) ¡Voy!

ANACLETO:

(Deteniéndose.) ¡Cómo la llama!…

BALDOMERA:

(Haciendo mutis.) Tanta dirnidá con tantísimo lamparón… ¡Voy! (Vase.)

ANACLETO:

(Viéndola ir.) ¡Pórfida!… ¡Políglota!… ¡Si yo fuera un hombre, los ahogaría a los dos! ¡¡A los dos!! Pero no puedo. ¡No puedo! ¿Y habrá en su arcoba argo que me indique?… (Atraviesa la escena y desaparece por la segunda puerta de la derecha. Al mismo tiempo y con todo género de precauciones, asoma Baldomera la cabeza por el foro. Cuando ve que Anacleto sale de la alcoba, se oculta y procura no ser vista por él. Anacleto entra en escena con un pijama rosa entre las manos. Viene borracho de dolor y desesperación.) ¡No! ¡Esto del pijama, no! ¡Me lo llevo! Se lo quito para hacerlo trizas, para… (Se lo acerca a la cara, lo estruja contra sí y se deja caer en una silla, llorando. Baldomera sonríe satisfecha, se seca también los ojos y desaparece.)

TELÓN

ACTO TERCERO

La misma decoración del acto anterior. Es de día.

Están en escena Manolita y Rosa.

ROSA:

Hasta luego, tú.

MANOLITA:

¿Dónde vas con eso?

ROSA:

Es la túnica de mi sobrinillo, que como hoy es el Domingo de Ramos, se viste de nasareno, un nasareno de cuatro años, que no levanta una parma der suelo. Monísimo va a está.

MANOLITA:

¿Le has hecho tú la túnica?

ROSA:

Claro: de niños no las hay hechas. Los hombres no tienen más que ir, apuntarse, dar un duro y le prestan una túnica, porque las túnicas son de la Hermandá, y las hay de todas las talla. Pero de este tamaño, figúrate. Güeno, adiós, que es tarde. (Levantándose.)

MANOLITA:

(Levantándose también y riendo.) ¿Tarde? Pero, mujé, si la iglesia está ahí enfrente, tu sobrino ar lao, la cofradía no sale hasta las sinco, y son las dié de la mañana.

ROSA:

Pues por eso.

MANOLITA:

Adió, mujé. (Se va Rosa por el corredor de la izquierda, al mismo tiempo que entra por el foro Juncosa. ¡Y viene bueno Juncosa! El flamante uniforme del acto anterior es la birria de las birrias. Eche usted manchas y zurcidos, descosidos y rotos. La gorra, también sucísima, es un higo.)

JUNCOSA:

(Muy apurado.) Manolita, mujé, por tus difuntos, ¿tienes ahí sepillo, bensina, un trapo, una aguja y una mijita de hilo verde? Repara qué desgarrón.

MANOLITA:

¡…, María y José!… Pos aguja no tengo, pero bensina y trapo, sí, que he estao yo quitando una mancha. Espere usté. (Toma de un mueble un tarro y un paño.)

JUNCOSA:

Pos líate conmigo, mujé empiesa por donde quieras.

MANOLITA:

Venga usté aquí. (Comienza a quitarle manchas.) ¡Josú, Josú, Josú ¡… Pero si hay aquí faena hasta el Sábado de Gloria.

JUNCOSA:

Tú quítame lo más gordo, antes de que sargan y me vean. ¿Están todavía durmiendo?

MANOLITA:

Están desayunando.

JUNCOSA:

Date prisa, por lo que más quieras. Las carnes tengo abiertas de pensá que me vea Bardomera de esta jechura.

MANOLITA:

¿No lo vio a usté anoche cuando llegaron?

JUNCOSA:

No. Me quité de en medio. ¡Mira que vení sin avisá! ¿Tú sabes argo? ¿A qué es debío?

MANOLITA:

(Sin dejar de restregarle.) Poco hablaron anoche pero, según disen, vienen ahora de la tierra del bacalao: de la Escosia. Resurta que en estos dies meses han recorrío medio mundo. Han visto Venesia y lo que no es Venesia, el Cairo, el Egisto, esto… ¡dónde er pan!, Viena, «Norruega», Londres, Mallorca y Guipúscoa y tó.

JUNCOSA:

¡Turismo!

MANOLITA:

El vení ahora ha sío porque la señorita Grasia se fijó en un armanaque del hoté donde estaban, y va y dise: «¡Calla: pos si el vierne que viene es Vierne de Dolore!… Digo: ¡y el otro vierne, Vierne Santo!» Lo cual que lo oyó don Felipe y dijo: «¿Qué estás disiendo? ¿Semana Santa ya? ¿El Cachorro por las calles de Sevilla y nosotros aquí, pasando frío, entre judíos y protestantes? ¡¡Pa Sevilla, pero que ya, que esto es un pecado de los gordos!!» Y ya están aquí pa vé toas las Cofradías, que disen que este año no se van a perdé ni una.

JUNCOSA:

En eso han hecho bien. Yo soy laico pero la Semana Santa es aparte. A mí que no me hablen de religión porque yo no creo en Dio ni ná pero donde se ponga la Virgen de la Macarena —¡Viva su madre!—, a eso del amanesé por la calle Arcásares, con ese pasito de vaivén que le dan los que la llevan, me pego con mi padre que me diga que no hay Dio, porque la Macarena es la Madre de Dio, la Macarena es sevillana, Dio nasió en Sevilla, y yo soy paisano de Dio. Pero del de aquí: ¡er nuestro!, no del que hay que desirle las cosas en latín pa que las entienda: ¡ná, ná er nuestro!, el hijo de la Macarena, a la que se le habla como nosotros hablamos, y le disen y le cantan:

«Virgen de la Macarena,

la del coló bronseao

eres gitana morena

por tós los cuatro costaos.»

¡Viva Dio! Aligera, que va a salí Bardomera. ¿Farta mucho?

MANOLITA:

¡Pero si en la vida se han visto tantas manchas juntas!

JUNCOSA:

Dies meses con la misma levita, tú carcula uno tiene que comé, ar comé se pringa uno los deos, y los deos hay que limpiárselos en arguna parte. ¡Digo yo!

MANOLITA:

¡Dios mío! ¿Y estos corcusíos, Juncosa? ¿Quién le rompe a usté la levita de esta manera?

JUNCOSA:

(Sordamente.) Mi compadre.

MANOLITA:

¿Anacleto?

JUNCOSA:

¡Anacleto! ¿No sabes que la tié tomá conmigo? Desde que lo echaron de aquí y se fué su mujé de viaje con don Felipe, no sé lo que le pasa, que en donde me ve ¡me arrea con unas ganas!

MANOLITA:

¿Y usté no se defiende, cristiano?

JUNCOSA:

¡Si no puedo! Me asecha por las esquinas, y en cuanti me ve se le agrandan los ojos, se le ponen los pelos de punta, me pilla y no me deja hasta que se reúne gente y lo separan. Bardao me tiene. Y sin desirme ná, mujé me atisa sin hablarme, que es lo que más m’achara.

MANOLITA:

¡Pues sí que está usté listo!

JUNCOSA:

¡No lo sabes bien! Ayé me dijeron que lo han visto de noche, sonámbulo y con un faró encendío, buscándome por tos los rincones de su casa.

MANOLITA:

¡Qué barbaridá!

JUNCOSA:

Ná que hasta dormío me busca, Manolita. ¡Carcúlate tú, dispierto! Menos mal que Carlos, su niño, no lo pierde de vista, y en cuati llega a su casa y no lo ve allí, sale a buscarle. Pero, así y todo, hase dies días que no sargo, y lo que es solo no güervo a salí, porque mira la esquela que m’han mandao. (Le da un papelito arrugado.)

MANOLITA:

¿A vé? (Leyendo.) «Hola, compadre.»

JUNCOSA:

No pero fíjate lo primero que pone: una crú.

MANOLITA:

Es verdá. ¿Qué querrá desí esta crú?

JUNCOSA:

¿Qué va a queré desí? ¡Por ésta que te lo juro! Lee, lee.

MANOLITA:

(Leyendo.) «Hola, compadre: ¿Dónde se mete usté que no lo veo? Es peó pa usté, ¿sabe usté? Es peó pa usté, porque como no lo veo, no gasto fuerzas, y como voy juntando fuerzas, er día que lo vea es peó pa usté. Suyo que lo es, Anacleto»

JUNCOSA:

Lee, lee la posdata.

MANOLITA:

(Leyendo.) Posdata: Es peó pa usté.

JUNCOSA:

(Recogiendo el papel.) Tú dirás si no hago bien en no salí de aquí. ¡A mí no me…! Vamos, que no me… ¡Que no me, me, me!

ANACLETO:

(Más sucio y más desastroso que nunca, aparece y queda en el foro, haciendo una salida a lo gran trágico. Viene lívido, desencajado, los pelos en desorden, los ojos como los de un león frente a su presa, y exclama con voz ronca.) ¡¡Es peó pa usté!!

JUNCOSA:

¡Mi madre! (Se parapeta tras un sillón.)

MANOLITA:

(Asustada.) ¡Ay!… (Se va corriendo, por el corredor de la izquierda.)

JUNCOSA:

(Que no es Juncosa, que es un flan.) ¿Pooor… dónde ha entrao usté?

ANACLETO:

¡Por una ventana que estaba abierta! (Con voz lúgubre y bronca.) ¡Abiertaaa!… ¡Como le voy a dejá a usté er cajón de los garbansos!…

JUNCOSA:

Pero, compadre, ¿me va usté a dá una puñalá?

ANACLETO:

¡Noooo!… Me basta y me sobra con estas manos (Se las escupe y frota.) para retorcerle a usté er pescueso como a una gallina, sacarle a usté la enjundia, ¡plaf!, y plantarla en la paré.

JUNCOSA:

¡¡Aaaaanacleto!!…

ANACLETO:

¡Sarga usté de ahí, que es peó pa usté!

JUNCOSA:

(Agitando un pañuelo casi blanco.) ¡Compadre, óigame usté!

ANACLETO:

¿Eh? ¿Pero qué hase usté con ese pañuelo? ¿Es arguna alusión?

JUNCOSA:

Que pido parlamento, compadre. Por lo menos que se entere uno de por qué le sacuden. ¡Digo yo!

ANACLETO:

Pos sarga usté.

JUNCOSA:

Deme usté un sarvoconducto.

ANACLETO:

¡Mi palabra!

JUNCOSA:

Está bien. (Sale de su parapeto.) A vé, hombre. ¿Por qué me endiña usté, compadre?

ANACLETO:

(Sorda, rabiosamente.) Porque no vivo, porque no como, porque no duermo, porque soy un fantasma del otro mundo desde er punto y hora que me divorsié de mi Bardomera. (Golpeándose el lado izquierdo.) Porque la tengo aquí, que no me la pueo arrancá, y, sin embargo, es otro er que la tiene y estoy en «videncia» por curpa de usté.

JUNCOSA:

¿Por mi curpa, compadre?

ANACLETO:

¿No fué usté er que me imbuyó la idea del divorsio?

JUNCOSA:

Es que yo, compadre… ¿Me deja usté hablá?

ANACLETO:

Sí, pero antes tengo que darle a usté dos gofetones. (Se los da.)

JUNCOSA:

Compadre, acuérdese usté de que m’ha dao un sarvoconducto.

ANACLETO:

Es que le estoy poniendo los sellos.

JUNCOSA:

(Huyendo.) ¡Joyín!

ANACLETO:

(Atrapándolo.) ¡No se vaya usté, que es peó pa usté!

JUNCOSA:

¡Compadre!

ANACLETO:

Usté m’ha empujao ar prisipisio del redículo.

JUNCOSA:

¡Pero, compadre!

ANACLETO:

¡Del redículo y de la locura! ¡Porque yo estoy chalao! Le pega otra torta.

JUNCOSA:

¡¡Pero, compadre!!

ANACLETO:

(Tiernamente.) ¡Si es que no puedo viví sin ella!… ¡¡No puedo!!… ¡Si, a farta de ella, duermo con un pijama de ella, porque se lo ha puesto ella!… (Sordamente.) ¡Cómo se ría usté, le parto la boca!

JUNCOSA:

¡No, hombre, no!

ANACLETO:

Sí que se ha reío usté. (Le pega otra torta.) Esto del divorsio está bien pa los señoritos tanguistas, o pa los que se casan por dinero, porque se separan, y como tienen güita, la mujé se puede bandeá dirna y sola por la vía pero pa nosotros los pobres, los que sabemos que cuando le pedimos el sí a una mujé no nos puede dá más que er sí y la ayuda de sus brazos y er mimo de sus caricias…, er divorsiarse de ella es una sinvergonsonería, y usté, el sinvergonsón más grande del mundo. ¡¡Y venga mi mujer, o lo degüello a usté ahora mismo!!

JUNCOSA:

(Huyendo y tirando muebles.) ¡Ay!… ¡Socorro!… ¡Auxilio!… ¡Que me matan!

CARLOS:

(Apareciendo en el foro.) ¡Padre!… ¡Pero, padre!…

ANACLETO:

(Cayendo en sus brazos, sollozante.) ¡Hijo mío!

CARLOS:

¡Que tenga yo que estar siempre detrás de usté! Me dijeron que había usté entrado aquí, y… ¿quién le ha dicho a usté que han vuelto?

ANACLETO:

(Estremeciéndose.) ¿Eh? ¿Pero? ¡¡Carlos!!

MANOLITA:

(Apareciendo también por la izquierda, con cierto miedo.) ¡Dios mío! ¿Pero qué pasa? ¿Qué ruidos son esos? ¡Que se van a enterá los señores!

ANACLETO:

¿Pero están ahí?

MANOLITA:

Llegaron anoche.

ANACLETO:

(Avanzando como un poseído hacia Manolita. Es el fantasma ése de la película ésa.) ¡¡Manolita!!

MANOLITA:

(Retrocediendo y chillando.) ¡¡Ay!!

ANACLETO:

¡No! No me juyas, que es peó pa ti. Tienes sarvoconducto.

JUNCOSA:

¡Ojú! (A Manolita.) ¡Cuidao con los sellos!

ANACLETO:

¿Han venío los dos?

MANOLITA:

Los tres.

ANACLETO:

¿Los tres? ¿Es que traen argún niño?… ¡Claro, en dies meses hay tiempo! ¡Ay! ¡Un niño mío que no es mío! ¡Ya está er lío! Güeno, con niño o sin niño, o como sea, m’alegro. (Enérgico.) ¡Dile a mi mujé que sarga!

MANOLITA:

(Calmándole.) ¡Anacleto!…

CARLOS:

(Idem.) ¡Padre!

JUNCOSA:

(Idem.) ¡Compadre!

ANACLETO:

(Echando mano a una silla.) ¡Que sarga mi mujé, o mato a uno!

MANOLITA:

Sí, señó sí, señó. (Pilla escaleras arriba, asustada.)

JUNCOSA:

¿Pero se va usté a presentá a ella de esa conformidá? (Se detiene Manolita.)

ANACLETO:

¿Cómo? ¿Qué? (Mirándose.) ¿Vengo susio?

MANOLITA:

Susísimo.

ANACLETO:

(A Manolita.) ¡Quieta, entonses! Baja Manolita. (A Carlos.) Dame un duro, niño.

CARLOS:

¡Padre!

ANACLETO:

Ni padre, ni ná. A un padre no se le niega un duro.

CARLOS:

(Dándoselo.) Tome usté.

ANACLETO:

(Besando la moneda.) ¡Mi sarvasión! ¡Güervo!

JUNCOSA:

¿Va usté ar tinte?

ANACLETO:

Voy adonde a usté no le importa. Dies minutos tiene usté de vía si pa cuando y güerva no ha descasao usté a mi mujé, no ha matao usté ar niño, no ha tirao usté a don Felipe por el balcón o no ha puesto usté un petardo y ha volao la casa con tós los que hay dentro. Cuarquié cosilla de esas que me dé a mí pie pa entrá en conversasión con Bardomera.

JUNCOSA:

Joyín, compadre, yo…

ANACLETO:

Aproveche usté er respiro que le doy o… (Ronca sordamente.) ¡¡O la muerte!! ¡Güervo! (Mutis por el foro.)

JUNCOSA:

(Haciendo mutis tras él). Pero, compadre… ¡Oiga usté, compadre, que a mí no me…! Vamos, que no me… ¡¡Que no me, me, me!! (Mutis.)

MANOLITA:

¡Cómo está, Virgen Santísima! (Intencionadamente.) ¡No, si cuando se quiere de verdá se hacen unas cosas!… ¡Ay!…

CARLOS:

¿Están arriba?

MANOLITA:

Ellas dos, sí, señó: están desayunándose. Don Felipe es el que no ha salío todavía de sus habitasiones.

CARLOS:

Voy a subir a ver a mi madre…

MANOLITA:

¿No sería mejó que yo la avise?

CARLOS:

¿Por qué?

MANOLITA:

(Maliciosamente.) Porque como está allí… la otra, y entre ustedes hubo lo que hubo, no le va a gustá a ella encontrarse con usté.

CARLOS:

(Sonriendo.) ¿Tú crees?…

MANOLITA:

Tengo la seguridad, porque es que anoche dijo… ¿Me va usté a guardá el secreto?

CARLOS:

Sí.

MANOLITA:

Pues parese, ¿sabe usté?, parese que ha sacao novio en Fransia.

CARLOS:

¡Ah!, ¿sí?

MANOLITA:

Sí. Antes de acostarse estuvo hablando de eso. Un muchacho que conosió en Parí. Gente de mucha aristocrasia. Estaba ar lao de ella en el sine, y lo que pasa, él le dio con el pie, luego la cogió una mano…, ¡lo naturá! Que si usté no es de aquí que de dónde es usté que yo soy de allá, y cuando se quedó a oscuras otra vez, le dio un beso. ¡Lo corriente! Total, que congeniaron.

CARLOS:

¡Caramba!

MANOLITA:

Menudo telegrama le puso anoche. Yo misma lo llevé.

CARLOS:

¿Y qué le desía?… ¿Tú recuerdas?

MANOLITA:

Lo naturá también. (Como si lo estuviera leyendo.) Llegué muy bien tristísimo. Procura está aquí Vierne Santo, que sale Santo Entierro.

CARLOS:

¿Y telegrafió a Parí?

MANOLITA:

A Parí.

CARLOS:

¡Ya le costaría caro el telegrama!

MANOLITA:

¡Uf!

CARLOS:

(Echando sus cuentas.) Porque son… Llegué muy bien tristísimo… Procura… Sí, trese palabras y la diresión… Unas siento cuarenta pesetas.

MANOLITA:

(Muy decidida.) Siento cuarenta y una con veinticinco.

CARLOS:

(Riendo a carcajadas.) ¡Ja, ja, ja!…

MANOLITA:

(Desconcertada.) ¿Eh?

CARLOS:

¿Pero a qué vienen tantísimos embustes, Manolita?

MANOLITA:

(Más desconcertada cada vez.) ¿Va usté a negá que la señorita tiene novio?

CARLOS:

¿Cómo lo voy a negá, si el novio sigo siendo yo? Ni un día hemos dejao de sabé el uno del otro. Cuando no era una carta, era una postal, o un telegrama, o… hablá, porque hemos hablao la má de veses: ella en las «quimbambas» y yo en Sevilla. (Sacando un telefonema.) Su última notisia. (Lo lee,) «Llegamos esta noche.» ¡Por fin!… Y anoche la vi llegá. ¡Qué bonita viene!… Y ahora voy a lo naturá, que esto sí que es naturá: ¡a darle un abraso y un beso, sin sines ni pamplinas! ¡A las claras del día! Cuéntaselo a don Felipe, si él fue quien te aconsejó que me dijeras santísimas mentiras. ¡Estoy muy contento! (Mutis por la escalera.)

MANOLITA:

(Limpiándose los ojos.) Hay que pensá en otra cosa, Manolita. En Pepe er sillero, en Juanito el del estanco, en Serafín el del puesto o… en er polletón, joroba, que tampoco hay nesesidá de casarse, que a lo mejón le toca a una un comunista con gafas. ¡Qué mala pata tengo!… (Vuelve a secarse los ojos.)

DON FELIPE:

(Entra Don Felipe por la derecha, primera puerta.) ¿Qué es eso, Manolita? ¿Qué te pasa?

MANOLITA:

Que soy más tonta que usté, que ya es desí.

DON FELIPE:

(Asombrado.) ¿Eh? ¿Qué dises, chiquilla?

MANOLITA:

—Porque, vamos, yo seré tonta esperando años y años con los brasos crusaos, pero usté ha hecho el primo bien. Porque hay que vé lo que es estarse dies meses comiendo de fonda pa desapartá a la niña del novio, y la niña y er novio dándose besos por teléfono, por carta y por tarjeta.

DON FELIPE:

(Como antes.) ¿Pero qué t’ha dao, Manolita?

MANOLITA:

Unas ganas mu grandes de irme de la casa. (Se dirige a la izquierda.)

DON FELIPE:

Pero escucha, mujé, óyeme. ¿Adónde vas?

MANOLITA:

¡Ar polletón! (Mutis por el corredor de la izquierda.)

DON FELIPE:

¡Chavó, qué venate!…

JUNCOSA:

(Por el foro.) De primera, Manolita. Ya está serrao y atrancao vamos a vé por dónde entra ahora ese verdugo…

DON FELIPE:

¿Eh?

JUNCOSA:

(Azorándose.) ¡Ojú! ¡Hola, güenas!

DON FELIPE:

Hola, hombre. ¿Qué te pasó anoche, que no se te vio er pelo?

JUNCOSA:

¡Ah, sí! La… la sorpresa de verlos a ustede de llegá… me emosioné y la alegría, la impresión…, la… ¿la familia güena?

DON FELIPE:

Güena. ¿Y tú?

JUNCOSA:

Güeno.

DON FELIPE:

Más vale así. Ya veo que la levitilla…, ¿eh?

JUNCOSA:

Sí, señó, y eso es lo malo, porque va a habé guasa en cuanti que guipe la señora.

DON FELIPE:

¿Qué señora?

JUNCOSA:

La señora de usté.

DON FELIPE:

¿La…? (Cayendo en la cuenta.) ¡Ah, ya! Riendo. Sí que está como pa tirarla al río, contigo dentro porque si esa es la fachá de tu casa, habrá que verte el cuarto oscuro.

JUNCOSA:

Yo creo que mandándola teñí de negro…

DON FELIPE:

Déjala como está, porque me parese que se t’ha acabao la vida birlonga. Y lo siento por ti, pero vamos a tené tós que arrimá el hombro al trabajo, porque la fábrica cojea una mijita y hay que enderesarla.

JUNCOSA:

¡Ah!, ¿s’ha enterao usté?…

DON FELIPE:

Comprenderás que por ahí he resibío cartas de la ofisina y sé que esto no anda como antes, porque Francisquito, er que dejé en er puesto de Carlos, ha resurtao un güeso.

JUNCOSA:

Un güesarrancón. ¡Diferensia va del uno al otro! Ahí cambió usté oro fino por metá, don Felipe. En eso se coló usté.

DON FELIPE:

Si me colé o no me colé, fué cosa mía, y a vé si hay una mijita de respeto. Oye, ¿y qué es de Carlos?

JUNCOSA:

Como la espuma va. Es consosio de don Lusio, el de la fábrica der Pumarejo.

DON FELIPE:

Sí, sí lo sabía.

JUNCOSA:

¿También lo sabe usté?

DON FELIPE:

También. Ahora que no me explico… Porque es mucho subí en dies meses de obrero a… ¿No habrá ahí argo que…?

JUNCOSA:

Enjuagues, don Felipe.

DON FELIPE:

¿Ah, sí? Cuenta, cuenta.

JUNCOSA:

No sé qué de sosio industriá: que don Lusio es er que pone er dinero y él no pone más que er talento. ¡Así, cuarquiera!

DON FELIPE:

¡Ah! ya también lo sabía.

JUNCOSA:

¡Pero usté lo sabe to!

DON FELIPE:

Güeno bastante hemos hablao. Vete a lo que tengas que hasé, que desde mañana te incorporarás ar tallé de pulimento. Digo: si no se te ha orvidao el ofisio.

JUNCOSA:

No, señó.

DON FELIPE:

Pues a trabajá.

JUNCOSA:

Como los güenos.

DON FELIPE:

¿Cómo los güenos tú? ¿Es que t’has arrepentío?

JUNCOSA:

Sí, señó han pasao muchas cosas, y yo he cambiao mucho. Usté lo va a ve cómo no sargo de la fábrica.

DON FELIPE:

¿Qué?

JUNCOSA:

Mi corchón me ví a llevá ar pie del torno pa no tené ni que salí a la calle cuando se dé de mano.

DON FELIPE:

(Escamado.) ¡Huy, huy, huy!… Ar pan, pan, Juncosa a ve, a ve… A ti te pasa argo raro.

JUNCOSA:

Sí, señó, y esto sí que no lo sabe usté.

DON FELIPE:

Difisilillo es que yo no lo sepa.

JUNCOSA:

Que no lo sabe usté, hombre. Que Anacleto está chiflao.

DON FELIPE:

¡Bah!

JUNCOSA:

No, no ¡chiflao de verdá! De esos que dan brincos por las calles y se sartan a los guardias.

DON FELIPE:

¿Eh?…

JUNCOSA:

¡Temperamentos débiles! Que así como hay personas que resisten los medicamentos fuertes y otras no, él no ha podío resistir la ley del divorsio, y está loco de selos. Como es un cavernícola y un antiguo…, ¿sabe usté? ¡Ahora que sacude de un modo!…

DON FELIPE:

¡Ja, ja, ja!

JUNCOSA:

Mire usté que ha estao aquí no hase na. (Mostrándole la cara.) Que toavía se me nota.

DON FELIPE:

Escucha, pues sí es verdá.

JUNCOSA:

¡Toma, que si es verdá! ¡Y ha quedao en gorvé pa llevarse a su Bardomera!

DON FELIPE:

¿Pa llevarse a Bardomera? Bueno, pues cuando venga ese loco…

JUNCOSA:

Ese loco está loco, pero ¡loco! Na de loco, loco, como er que dise loco, sino ¡loco! Vamos, ¡¡loco!! ¿Qué quiere desí loco? ¿Loco? ¡¡¡Pues loco!!!

DON FELIPE:

(Harto ya y un poco mosca.) ¡Sí, hombre, sí joyín no recarques tanto!

JUNCOSA:

—Y tiene una fuersa… Una ve, en er callejón de Regina, me cogió a traisión por los fondillos, me levantó en arto, y así me llevó, como si yo fuera un plato de durse, hasta er pilón de la Encarnasión, donde, ¡pon!, ¡el remojón! ¡Su padre!

DON FELIPE:

(Asustado de verdad.) Caramba, pues eso es que…

JUNCOSA:

(Como antes.) Eso es que está loco. Pero na de loco, loco, sino…

DON FELIPE:

(Limpiándose el sudor.) ¡Que sí, hombre que te calles!

JUNCOSA:

Con desirle a usté que su hijo no lo pierde de vista, por si acaso… Aquí vino er niño, siguiéndolo.

DON FELIPE:

¿Que ha estao aquí Carlos?

JUNCOSA:

Y salí no ha salío. Como no haya subío a ve a su madre…

DON FELIPE:

¿Eh? ¿Y no me he enterao yo de…?

JUNCOSA:

¡Hombre, no lo iba usté a sabé to!

DON FELIPE:

Pues vi a subí… (Iniciando el mutis por la escalera.) Y tú…, yo no es que me asuste, pero si güerve ése va a habé guasa, y… ¡baja a serrá!

JUNCOSA:

Ya está serrao.

DON FELIPE:

¿Y la puerta farsa? (Indicando el lateral izquierda.)

JUNCOSA:

Ahora voy.

DON FELIPE:

Pues hala. Por cierto que, mira: si viene er permaso de Ramíre, er de la tienda, que pase. Vendrá de nasareno, como tos los domingos de Ramos. Ya sabes su costumbre de almorsá con nosotros y ayudarme luego a poné la túnica y el capirote pa salí conmigo de pareja en la cofradía.

JUNCOSA:

(Iniciando el mutis por el corredor.) Sí, señor. Y que ya está aquí. (Aparece por el corredor un nazareno con túnica blanca.)

DON FELIPE:

(Ya desde la escalera.) Hola, hombre.

JUNCOSA:

(Pasando por delante del encapuchado y haciendo mutis por el corredor.) Con permiso, caballero. (Vase.)

DON FELIPE:

Un momento, Ramíre ahora bajo. Siéntate por ahí. (Anacleto, que no es otro el nazareno, hace signos negativos.) Sí, hombre, y quítate el capirote. (Nuevos signos negativos de Anacleto.) ¿Eh? (Muy mosca, bajando la escalera.) ¿Pero… no eres Ramíre?

ANACLETO:

(Plantándole una mano en el hombro.) ¡Te pillé!

DON FELIPE:

¿Anacleto?

ANACLETO:

(Descubriéndose.) Sí, señó y aquí vengo por lo mío.

DON FELIPE:

¿Y qué es lo tuyo?

ANACLETO:

Mi mujé. Y como la nieve vengo pa que no tenga que ponerme ni una farta.

DON FELIPE:

Hay que hasé argo más, ¡so tonto! Tápate la cara y siéntate que voy a llamarla. Si lo que ella diga de ti delante de ti te conviene, ¡pa ti para siempre! Si no te conviene…, ¡a otra cosa, mariposa!

ANACLETO:

¿Cómo?

DON FELIPE:

¡A otra cosa! Queré que lo quieran a uno a la fuerza no es de hombres.

ANACLETO:

Sí, señó. ¡No es de hombres!

DON FELIPE:

¡Y tú eres un hombre!

ANACLETO:

¡Soy un hombre!

DON FELIPE:

¡Pues basta! Siéntate…, y ¡ojo! Oigas lo que oigas y veas lo que veas, de ahí no te mueves, porque si argo fueras ganando con lo que oyeras, que no es probable, por mi vida te juro que como te dés a conosé lo pierdes to. Tú verás lo que te conviene. Voy por ella. Pero aquí viene. Mejó.

ANACLETO:

Mejó. (Se tapa la cara.)

DON FELIPE:

¡Quieto!

ANACLETO:

¡Quieto!

BALDOMERA:

(Muy apurada y llorosa.) Güenas. ¿Puedo hablá delante de este caballero?

DON FELIPE:

Puedes hablá lo que quieras delante de este caballero, porque este caballero es un amigo.

BALDOMERA:

(A Anacleto.) Servidora de usté.

DON FELIPE:

(A Baldomera.) ¿Qué te pasa?

BALDOMERA:

(Soltando el trapo y llorando a lágrima viva.) Mi marío, don Felipe mi marío de mi arma, que, ¡ay!, don Felipe…

ANACLETO:

¿Eh?

BALDOMERA:

¡Que está ahí mi niño que m’ha contao lo que le pasa a ese sinvergonsón, que no me lo puedo quitá der pensamiento, y le pasa lo mismo que a mí! ¡La misma locura mía es la suya las mismas noches sin dormí las mismas angustias que yo tengo!… ¡Y no puedo más, don Felipe usté lo sabe, no puedo viví sin él!

DON FELIPE:

(Consolándola.) Vamos, vamos, Bardomera… (A Anacleto.) Usté perdone, amigo. (La abraza como amparándola.) ¡Pobresita! ¡Es una santa!

ANACLETO:

(Se enternece tanto, que empieza a hacer pucheros, y a través del antifaz, que a impulso de lo que sopla se mueve, se adivina la congoja y se oyen sus hipidos.) ¡Hip!… ¡Hip!… ¡Hip!… (Se limpia las lágrimas por encima del antifaz.)

BALDOMERA:

(Siempre amparada por los brazos de don Felipe.) ¡Se lo vengo a usté disiendo, don Felipe! ¡Mucho queré que yo me divirtiera, mucho ve nasiones raras, muchas pirámides y muchas catedrales negrusias pero en toas las torres que he subío he escrito er nombre de mi marío! «¡Pobresito mío, loco por mi curpa qué pena me da!»

ANACLETO:

(Cayendo vencido en un sillón, presa de mortal congoja.) ¡Hip!… ¡Hip!…

BALDOMERA:

¡Bien lo sabe Dio que estás escrito, Anacleto de mi arma, en las pirámides de Roma, en la torre inclinó de Egipto, en la torre Infié de Pisa y en las góndolas de Mislán!

DON FELIPE:

¡Lo que ilustran los viajes!

BALDOMERA:

¡Y pensá que él se piensa que estamos casaos!… ¿será idiota?

ANACLETO:

(Con un movimiento instintivo quiere levantarse el antifaz.) ¡¡Bardom…!! (Pero aparecen en la escalera Gracia y Carlos, y se contiene.) ¿¿Eh??…

CARLOS:

(Bajando la escalera, seguido de Gracia.) Aquí lo tienes. Buenos días.

DON FELIPE:

(Con retintín socarrón, que no abandona hasta el final de la escena.) Buenos días, hombre. Ya sabía yo que estabas arriba.

CARLOS:

Sí, señó arriba estaba. Me alegro de verlo a usté bueno.

DON FELIPE:

Igualmente.

CARLOS:

A los demás los veo sin novedá…

DON FELIPE:

Grasias a Dió. Ya sé que tu padre anda na ma que regulá…

CARLOS:

Regulá na má sí, señó.

DON FELIPE:

Lo siento hombre.

CARLOS:

Muchas grasias.

DON FELIPE:

No hay de qué darlas.

BALDOMERA:

(Desesperada.) ¿Pero queréis acabá de una ve de saludarse y hablá claro, joroba?

GRACIA:

(Decidida.) Sí, señora.

CARLOS:

Tú, no, Grasia. Una hija no debe nunca enfrentarse con su padre. Yo, que no le toco na, debo ser quien hable. Si a mí me da una repostá sabré aguantársela, porque de un hombre como tu padre lo aguanto yo to.

GRACIA:

Por lo mismo, Carlos. Yo sé todo lo que tú le respetas y lo admiras…

CARLOS:

Lo que él se merese.

GRACIA:

Y sería un dolor que te dijera algo desagradable. Yo le hablaré, porque yo, que lo quiero más que a las niñas de mis ojos…

CARLOS:

De eso de quererlo había que hablá, porque yo…

DON FELIPE:

¡Güeno: a ve cuándo vais a dejá la coba!

CARLOS:

(A Gracia.) Habla tú.

GRACIA:

Mira, papá cuando salimos de Sevilla fue pa separarme de él.

DON FELIPE:

¡Naturalmente! ¡Pues claro!

GRACIA:

Y me dijiste que no querías verme por ahí ni una mala cara.

DON FELIPE:

Es verdá.

GRACIA:

Y así ha sido. Siempre me viste alegre más cada día.

DON FELIPE:

Eso es.

GRACIA:

Pero era porque cada día que pasaba más se acortaba la distancia que me separaba de él y más se asercaba el día de volver a verlo.

CARLOS:

(Amorosamente, cogiéndole una mano.) ¡Grasia!…

DON FELIPE:

(Parándole los pies.) ¡Sé!… ¡¡Sééé!! ¡Hombre!…

GRACIA:

Y él me ha esperado como tenía que esperarme: trabajando y abriéndose camino. Entre junio y septiembre ha aprobado dos años de ingeniero industriá ahora, en junio, lleva el tersero y dise que…

DON FELIPE:

¡Dise que!… ¡Dise que!… Tó lo dises tú. ¡Que lo diga él! ¡Y menos arrodeos, que se me acaba el aguante!

CARLOS:

(Decidido.) Pues yo le desía a Grasia, era una broma, que si usté nos dejaba, pues… como no me fartan más que dos años pa sé ingeniero, yo podía sé ingeniero al mismo tiempo que nos nasiera…

DON FELIPE:

El primer hijo.

CARLOS:

El segundo.

DON FELIPE:

¡Joroba!

BALDOMERA:

(Intercediendo.) ¡Don Felipe!

DON FELIPE:

¡Don Felipe no puede más! ¡Es desí, que yo me he gastao los cuartos pa quitarla de la querensia y distraerla por ahí, y ustede, a espardas mías, han seguío en sus trese y yo he hecho er primo por esos países extranjeros! ¿Verdá? Está bien, hombre. (A Baldomera.) Tu madre puede decirte lo que yo le dije aquí mismo, antes de salí de aquí, y yo no tengo má que una palabra. ¡Si he leío toas las cartas y tós los telegramas que l’has mandao a ésta!… ¡Si lo que yo quería era vé si eras oro de ley! ¡Y lo eres! ¡Esta es mi mano, muchacho! (Le da la mano.)

CARLOS:

¿Pa besarla?

DON FELIPE:

Pa lo que tú quieras.

CARLOS:

(Estrechándole la mano, conmovidísimo.) ¡Don Felipe! (Va a besarle la mano, pero don Felipe tira de él y lo abraza.)

DON FELIPE:

¡Ven acá, cacho e tonto, que eres un cacho e tonto!

GRACIA:

(Llorosa.) ¡Padre!… (Hipa Anacleto como antes.)

BALDOMERA:

(Llorando como un berraco.) ¡Anacleto! ¿Dónde está mi Anacleto?

ANACLETO:

(Levantándose el antifaz.) ¡Bardomera!

BALDOMERA:

¡¡Anacleto!! (Cada uno da un salto y caen abrazados.)

ANACLETO:

¡¡Bardomerilla!!

BALDOMERA:

¡Tú! ¡¡Y tan limpio!!

ANACLETO:

¡Como la nieve ná má! ¡Pa que veas lo que he cambiao! Fíjate por arriba, por abajo, por delante y por detrás. Se da una graciosa vueltecita y un paseo.

JUNCOSA:

(Entrando por el corredor de la izquierda, muy preocupado y dirigiéndose a don Felipe.) Oiga usté: que ese nasareno no es Ramíre, porque Ramíre está abajo esperándolo a usté. (A Anacleto.) ¿Quiere usté hasé el favó de desirme?…

ANACLETO:

(Lúgubremente.) Sí, seño pero es peó pa usté.

JUNCOSA:

(Aterrado y haciendo mutis.) ¡Mi madre!

BALDOMERA:

(A Anacleto.) Quítate esa túnica, por Dio, que me parese que vas amortajao.

ANACLETO:

Mira que va a sé peó pa ti.

BALDOMERA:

¡¡Quítatela!!

ANACLETO:

(Empezando quitársela.) ¡A las tres!

MANOLITA:

(Saliendo, llorosa, con un lío al brazo.) ¡Hasta má ver, señores!

TODOS:

¿Eh?

MANOLITA:

Que aquí hay mucha mié pa mí, y me voy.

DON FELIPE:

¿Pero adónde vas, chiquilla?

MANOLITA:

¡Ar polletón! ¡A vestí santos!

ANACLETO:

(Arrojándole la túnica que acaba de quitarse.) Hombre: pos mira qué casolidá. Toma y llévate este hábito, por si te sirve.

BALDOMERA:

(Al ver lo sucísimo que está Anacleto.) ¡Ay!

ANACLETO:

¡¡Ya!!

BALDOMERA:

(Como loca, gritando.) ¡Agua! ¡Jabón! ¡Estropajo! ¡Asperón! ¡Una toalla!… (Manolita, asustada, hace mutis por el foro, enredándose en la túnica, que se lleva.)

ANACLETO:

(Cayendo de rodillas, implorando.) ¡Bardomera!

BALDOMERA:

¡Puerco, guarro, cochino, sinvergüensa!…

ANACLETO:

¡Mira, Bardomera, que ya hay divorsio en España!

BALDOMERA:

(Arrodillándose también frente a Anacleto.) ¡No, Anacleto! ¡El divorsio, no! (Allí mismo, arrodillados, se abrazan y besan.)

DON FELIPE:

¡Ja, ja, ja!… ¡Bueno ha quedao el divorsio por esta vez! (A Carlos y Gracia.)

¡Y abrasarse también ustede, cacho e tontos, que seis unos cachos e tontos!… (Obedecen.)

¡Así, jinojo, así! (Viendo a ambas parejas unidas.) ¡Lo logré, hombre lo logré!

TELÓN


Publicado el 2 de enero de 2017 por Edu Robsy.
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