Los Pergaminos

Pedro Muñoz Seca


Teatro, Comedia



Personajes

ELVIRA
MISS PLAIN
URRACA
BERENGUELA
CHICHARITA
BERNARDA
RAFAELA
CONCHA
MANOLITA
RAFAELINA
EMILITA
RAFAELITA.
MELITÓN
GONZALO
NUÑO
LAÍN
JAIME
ANTÚNEZ
RAFAELÓN
DON COSME
DOMINGO
FAELILLO
RAFAEL
FAELITO
REVENGA
PEPITO

Acto primero

Hall de la linda casa de campo que habitan los condes de Pola del Clavijo en su hacienda de "Los Algarrobos". En chaflán a la derecha, la puerta que conduce a la carretera. En el foro un gran mirador de cristalería. En el lateral izquierda una puerta y el arranque de una escalera que se pierde en el lateral. El hall estará ricamente amueblado, no con muebles modernos, sino del más serio estilo español. Una gran araña de madera y en las paredes algún escudo de armas y alguna panoplia con gumías y espingardas.

Es un día de Mayo, a las cuatro de la tarde. “Los Algarrobos” están en Almodóvar, pueblo cercano a Córdoba. Corre el año 1918.

Están en escena Miss Plain, Rafaela, Rafaelón, Rafaelita y Rafael. Miss Plain es una inglesa como de treinta y cinco años, de aspecto varonil. Viste con cierta elegancia masculina y habla con acento británico. Rafaela es una hortelana de cuarenta y cinco años; Rafaelón, su marido, ha cumplido ya los cuarenta y nueve, y Rafaelita y Rafael, hijos de ambos, frisan en los dieciséis y los veinte abriles, respectivamente. Los cuatro visten con el traje de faena y se expresan con un marcado acento cordobés. Al levantarse el telón, Rafael, de pie y apoyado en cualquier mueble, está ensimismado, preocupadísimo. Los demás, bajo la dirección de Miss Plain, adornan el hall colocando aquí y allá unas cuantas macetas que hay en un carro de mano colocado en el centro.

MISS PLAIN: (A Rafaelita.)
Ese rosal, allí, sobre aquella salomónica.

RAFAELITA: (Con la maceta en la mano.)
¿La salo… qué?

MISS PLAIN:
Sobre aquel pedestal.

RAFAELITA: (Como antes.)
¿Er pede… cuá?

MISS PLAIN: (Indicándole el sitio.)
Aquí, aquí… no se enteran nunca de las cosas.

RAFAELITA:
¡Ah! ¡Sobre la colurna!… Sí, señora. (Coloca la maceta.)

RAFAELÓN: (Bajo a Rafaela.)
Tú, pregúntale que aonde ponemos este clavé.

RAFAELA: (A miss Plain.)
Ascuchusté, doña Miss, ¿aonde se pone este macetón?

MISS PLAIN:
¿Ese?… Sí: a la entrada del hall, y los otros cuatro en el “bogüindo”. Voy por más flores. (Medio mutis.)

RAFAEL:
¿Cómo ha dicho usted?

MISS PLAIN:
Las cuatro macetas en el bogüindo y ese grande a la entrada del hall. (Vase por la puerta del chaflán. Rafaelón, Rafaela y Rafaelita se miran.)

RAFAELA:
¿Qué ha dicho, Rafaelón?

RAFAELÓN:
Yo qué sé.

RAFAELA:
¿Tú l'has entendío, Rafaelita?

RAFAELITA:
Yo que vi a entendé.

RAFAELA:
¿Qué hacemos?

RAFAELÓN:
Mira, pon er masetón ahí ar lao e la puerta, y las cuatro masetas en er sierro e cristales. Y si los quiere en otro sitio que hable más claro.

RAFAELA: (A Rafaelita.)
Ayúdame. (Colocan las macetas.)

RAFAELÓN: (A Rafael.)
Tú, arma mía, ¿pero es que vas a pasarte la tarde cavilando?

RAFAEL:
Déjeme usté, padre, que estoy que echo jumo.

RAFAELÓN:
¿Qué te pasa, saborío?

RAFAEL:
Que ya lo he pensao bien y yo no me pongo eso.

RAFAELÓN:
¿Er qué?

RAFAEL:
El espoquín.

RAFAELÓN:
Tú te pones el espoquin o agarro yo una estaca y te plancho la ropa. ¡Pos estaría güeno, hombre! ¿No soy yo Rafaelón Montoya, er jefe de los socialistas d'acá y vi a vestirme de libreda?

RAFAEL:
Pero es que…

RAFAELÓN:
¡A callá! Mosotros habemos vivío siempre a cara e los Condes y hay que jasé lo que ellos disen. Esta tarde vienen a pedí la mano de la señorita esos marqueses que es gente de tronío y los amos quién tené acá serviumbre vestía como en Madrí y tú te pones el espoquin y yo la libreda y éstas las escofias y tó lo que sea menesté.

RAFAELA:
Claro que sí.

RAFAEL:
No, si después de tó, lo del espoquin es lo de menos, pero es que… er baberito ese, mar tiro le den.

RAFAELÓN:
¿Cómo er babero?

RAFAEL:
Sí, señó: una cosa así como un babero plancheao, con una tirilla en pie que parese que va uno asomao a un brocá. ¡Mardita sea! Y eso, padre, eso se me va a mí a clavá.

RAFAELÓN:
Anque se te clave en los sentíos, Rafaé. Quien manda, manda y no hay más que hablá.

RAFAELITA:
T’arvierto que Faelito el de Morón y Faelillo el más bruto se van a vestí tamién de libreda pa serví el te.

RAFAEL:
Pero…

RAFAELITA: (Viendo entrar a Miss Plain con unas flores.)
Cállate.

MISS PLAIN:
¿Han puesto las macetas donde dije?…

RAFAELÓN:
Mos caímos.

MISS PLAIN:
Está muy bien. (A Rafaelón.) Puede llevarse el carro y diga a esos gañanes que vengan. Tienen ustedes que vestirse.

RAFAELÓN:
Sí, señora. (Vase con el carrillo de mano.)

MISS PLAIN:
Coloquen estas flores en esos cacharros.

RAFAELA:
Sí, señorita… (Lo hacen.)

ELVIRA: (Por la escalera. Es una elegantísima y guapísima muchacha como de veinticinco años.)
¡Oh! Muy bien, Miss Plain. Está el hall lindísimo.

MISS PLAIN:
Muy amable, señorita.

ELVIRA:
¡Ah! Rafaela, y tú, Rafaelita, id a vestiros, que son ya más de las cuatro. Yo acabaré de arreglar ese centro.

RAFAELA:
Sí, señorita. Anda, niña. (Se van por la izquierda.)

MISS PLAIN:
Ahora irán los otros también.

ELVIRA:
Sí; que papá desea aleccionarlos un poco, no vayan a meter la pata.

MISS PLAIN:
Yo los tengo bastante bien instruidos.

ELVIRA:
¡Oh! Entonces…

RAFAELÓN: (Por la derecha con Faelito y Faelillo, dos gañanes.)
Entrar.

FAELITO:
Guas tardes…

FAELILLO:
Mu guas tardes.

MISS PLAIN:
¿Eh? ¿Es ese el saludo que os tengo enseñado? (Los dos gañanes bajan la cabeza sin saber qué decir.) ¡A ver!

FAELITO:
¿Cuál quié usté: el hablao o el sin habla?

MISS PLAIN:
El sin hablar; los servidores no hablan nunca.

FAELITO: (A Faelillo.)
Ya sabes; se jinca la barba en er pecho y s’arquea er lomo. (Hacen los dos una cómica reverencia.)

MISS PLAIN:
Bien. Vengan los cuatro conmigo; daré a cada uno su ropa. Vamos. (Mutis por la izquierda.)

RAFAELÓN: (Cachazudamente, haciendo mutis tras ella.)
¡Quien manda, manda!

FAELITO: (Ídem.)
¡Qué se le va a jasé!

FAELILLO: (Ídem.)
¡Pasensia!

RAFAEL: (Ídem.)
¡Mardita sea la caló! (Mutis los cuatro.)

ELVIRA:
¡Pobrecillos!… Van a pasar un rato…

GONZALO: (Asomando por la puerta del chaflán.)
¿Estás sola? (Este Gonzalo es un muchacho como de treinta años muy elegante, y muy simpático.)

ELVIRA: (Gratamente sorprendida.)
¿Tú aquí? ¡Pero criatura! ¿No pensaban tus padres recogerte al pasar por el pueblo?

GONZALO:
Volveré antes que ellos pasen. Yo llego a Almodóvar en cinco minutos.

ELVIRA:
Sí. pero me parece una imprudencia…

GONZALO:
¿Vas a reñirme porque no puedo estar un minuto sin ti?

ELVIRA:
¡Tonto!… Cualquiera diría que a mí no me pasa lo mismo.

GONZALO:
¿Y tus padres?

ELVIRA:
Vistiéndose para el solemne acto de la petición de mano.

GONZALO:
¡Cuántos trabajos para llegar al término de nuestra jornada! Pero por fin hemos llegado. Dentro de una hora serás oficialmente mi prometida. Qué alegría, ¿verdad?

ELVIRA:
¡Qué alegría y qué pena! Nosotros no podemos, como todos los novios del mundo, disfrutar tranquilamente de nuestra felicidad. Hasta el día que nos echen la bendición, hemos de ver la amenaza por mil peligros.

GONZALO:
Dices bien. ¡Y qué triste es tener que estar siempre fingiendo, siempre engañando…! Pero es la única manera de que lleguemos a ser venturosos. Si tus padres supieran que los míos están completamente arruinados o si supieran mis padres que a los tuyos no les resta una sola peseta, no habría boda posible, es decir, habría boda, pero tendríamos que rebelarnos, y eso es tan doloroso…

ELVIRA:
Sí, sí; disimulemos, mintamos… Un poco de amargura hay en el fondo de la farsa cuando se ha llegado a la total ruina. En esta casa donde tus padres creen que se apalea el oro, estamos en una situación insostenible.

GONZALO:
Seguramente no más insostenible que en la mía, donde no queda nada, nada…

ELVIRA:
Estamos en las mismas circunstancias, somos pobres de solemnidad.

GONZALO:
¿A ti te importa?

ELVIRA:
A mí muy poco.

GONZALO:
Pues a mí nada. No soy cobarde, trabajaré; y eso que hasta el trabajar ha de ser para mí una dificultad de familia, porque nuestros padres considerarán como una especie de deshonor, que yo, el llamado a llevar los títulos de Marqués del Valle de don Favila y de Conde de Pola del Clavijo, instale una consulta y me gane la vida tomando el pulso y mirando la lengua a la gente.

ELVIRA:
¿Tú crees?

GONZALO:
Para ellos no hay más que la nobleza, los pergaminos, el esplendor del nombre. No viven en esta época. Hasta sus nombres respiran antigüedad. Yo no sé lo que me da cuando pienso que los autores de mis días se llaman don Laín y doña Berenguela y que tus padres se llaman don Nuño y doña Urraca.

ELVIRA:
El doña Urraca tira de espaldas.

GONZALO:
Tira de espaldas y desnuca.

ELVIRA:
¡Ah! Se me olvidaba; ya está resuelto lo del regalo. He dicho a mis padres que en tu familia es costumbre el regalar en vez de pulsera de pedida, un anillo de hierro con las armas de la casa.

GONZALO:
¿Y les ha parecido bien?

ELVIRA:
Han visto el cielo abierto, porque los pobres, en vista de ello, van a regalarte no sé qué maritata, diciendo también que es tradición de familia.

MANOLITA:
Buenas tardes. (Trae unos envoltorios de papel.) ¿El ama de llave, está?

ELVIRA:
¿El ama de llaves?

MANOLITA:
Una mu dergaíta que es francesa.

ELVIRA:
¡Ah! Miss Plain… No es ama de llaves.

MANOLITA:
Ya.

ELVIRA:
Ni francesa.

MANOLITA:
Ya.

ELVIRA:
¿Qué traes?

MANOLITA:
Estas biscotelas que encargó ayé.

ELVIRA:
Bien, dame.

MANOLITA:
Sí, señora. (Lo hace.) M’ha dicho mi padre que le diga que lo de los borrachos no ha podío sé; que no hay borrachos más que los domingos, pero que si quiere pitisuses o merengues, que sí hay.

ELVIRA:
¿Eres hija del confitero?

MANOLITA:
La más chica, pa serví a Dios y a usté.

ELVIRA:
Y venden mucho, ¿verdad?

MANOLITA:
¡Ahora, anda!… Dende que se casó mi hermana la segunda con er médico se vende muchísimo, porque como mi cuñao es tan listo, pos no reseta ná más que porvos amargos y hase que la gente los tome aentro d’un merengue, de manera que lo que toca los merengues s’arrematan tos los días.

GONZALO:
No está mal, no señor.

ELVIRA:
Bueno, si hacen falta los… pitisuses, ya se mandarán por ellos.

MANOLITA:
Está mu bien. Quedarse con Dios. (Medio mutis.)

ELVIRA:
Adiós, mujer, adiós.

MANOLITA: (Desde la puerta.)
Manolita Sánchez y Muñoz, pa serví a Dios y a los dos. Condiós. (Vase.)

ELVIRA:
Tiene gracia.

GONZALO: (Por los paquetes.)
Para el te, ¿no?

ELVIRA:
Para el te.

GONZALO:
Ya sé que tratáis de deslumbrarnos hasta con criados de librea. Por cierto que ayer me preguntaron los Rafaeles que cómo se sujetaban bien los guantes a las manos, y yo les dije que mojando la mano en goma muy espesa.

ELVIRA:
Son capaces de hacerlo. Habrás visto que el hall está adornadísimo.

GONZALO:
También nosotros llevamos no sé cuántos días de preparativos, mi madre arreglando unas galas y mi padre pensando en el medio más digno de locomoción. Ha optado por el automóvil; escribió a un amigo de Jaén suplicándole que le prestara uno de sus autos, y en él vendrán. Diremos, si te parece, que lo han comprado hace tres días.

ELVIRA:
Calla, ellos. (Pausadamente entran en escena, bajando la escalera, don Nuño y doña Urraca. Parecen arrancados de un cuadro de época. Él de levita y ella con traje de soirée. Son viejos, muy recompuestos y muy señores.)

NUÑO:
¡Oh! Si está aquí Gonzalo.

URRACA:
Pero, ¿cómo es eso? ¿Usted aquí?…

GONZALO:
He venido a saber cómo seguía Elvira de su ataquillo de neuralgia y me marcho en seguida. ¡Señora!… ¿Qué tal Conde?…

NUÑO:
Nada más que regular, amigo mío. La gota me ha dado la noche y esto del ojo derecho me está dando el día. Y que no hay que darle vueltas, querido Gonzalo; es catarata.

GONZALO:
¡Bah! Aprensiones de usted.

NUÑO:
No, señor; es catarata. Menos mal que como baza mayor quita menor, desde que sé que tengo una catarata no le doy importancia a la gota.

GONZALO:
Ni a la catarata tampoco. No hay que ser pesimista, querido Conde. Y me voy, porque quiero estar en Almodóvar cuando lleguen mis padres.

URRACA:
¿Vienen en auto por fin?

GONZALO:
Sí, señora; creo que estrenan un treinta y cinco que han comprado recientemente.

URRACA:
¿Otro? ¡Jesús! ¿Tú oyes esto, Nuño?

NUÑO:
Lo oigo y no me extraña, Urraca. A ellos les gusta y… Yo en cambio soy enemigo de toda clase de vehículos. A mí lo que me place es andar, andar, hacer ejercicio, porque andando se hace ejercicio y el ejercicio es el todo. En Madrid están mis coches muertos de risa, porque yo me dije, querido Conde…

ELVIRA: (Interrumpiéndole.)
Papá, que Gonzalo tiene que marcharse…

NUÑO:
¡Oh!

GONZALO:
Sí; quiero llegar al pueblo antes que mis padres…

NUÑO:
No faltaría más. Hasta luego, amigo mío.

URRACA:
Hasta después

ELVIRA:
Adiós.

GONZALO:
Hasta dentro de un rato. Adiós… (Vase por la derecha.)

URRACA: (A Nuño.)
Me parece una solemne tontería que digas a todas horas que a ti lo que te gusta es andar.

NUÑO:
¿Crees tú?…

URRACA:
Claro; no puedes dar un paso… Además, que diciendo eso no te van a ofrecer el coche jamás.

NUÑO:
Tienes razón: rectificaré.

ELVIRA: (Uniéndose a ellos.)
Han traído unas bizcotelas…

URRACA:
¡Ah! Sí. (Llamando.) ¡Rafaela!… ¡Rafaela!…

RAFAELA: (Por la izquierda, vestida de negro, cofia y delantal.)
Mandusté.

ELVIRA:
¡Jesús! ¡Qué guapa, Rafaela!…

RAFAELA:
Como que percha queda entavía, señorita; sólo que una, en su pobreza de una, parece una que no es una.

URRACA:
Tome, diga a la Miss que ponga estos dulces en la bandeja buena, en la de los medallones.

RAFAELA:
Está mu bien. (Vase por la izquierda llevándose los dulces.)

NUÑO: (A Urraca.)
Escucha; ¿ha ido alguien a esperar a Melitón?

URRACA:
Como no se sabe en qué tren viene…

ELVIRA:
¡Ah! ¿Pero va a venir don Melitón?

NUÑO:
Así me lo anuncia por telégrafo. Y nunca estuvo tan oportuno. Asistirá a la petición de mano y verá que, gracias a tu boda, vamos a pagarle cuanto le adeudamos.

ELVIRA:
¿Pagarle?

NUÑO:
Sí. Pienso hacerle entrega de esta finca, ya que no puedo devolverle el dinero que nos prestó sobre ella. Como gracias a ti no ha de faltarnos lo necesario para vivir con decoro…

ELVIRA:
¡Por Dios! Cuanto yo tenga será siempre de ustedes…

URRACA:
Qué ganas tengo de verte casada, hija mía; porque no estoy tranquila. Temo que los Marqueses averigüen nuestra verdadera situación…

ELVIRA:
No temas; Gonzalo y sus padres nos creen inmensamente ricos.

NUÑO:
Sí, sí… ¿Pero si esta tarde al pedir tu mano se habla de intereses? ¿Cómo voy yo, un Pola de Clavijo, a mentir, diciendo?…

ELVIRA:
No hay que ser pesimista, papá. ¡Ah! ¿Qué van ustedes a regalar a Gonzalo por fin?

URRACA:
La daga visigoda.

ELVIRA:
¡Mamá!

URRACA:
No hay otra cosa.

ELVIRA:
Pero…

NUÑO:
No te preocupes. Tu madre le ha forjado una leyenda, que si no es auténtica merecía serlo.

ELVIRA:
Hubiera sido mejor el alfiler con el escudo…

URRACA:
Sí, pero… Te lo habíamos ocultado para no apesadumbrarte. Menos la daga visigoda y esa bandeja atribuida a Benvenuto, todas nuestras joyas se han ido pignorando poco a poco.

ELVIRA:
¡Hemos llegado hasta eso!

NUÑO:
¡Hasta eso! ¡Un Pola de Clavijo! Si esta tarde no nos paga Rafaela Nendaro la Chicharita, esa que lleva en arrendamiento la casucha del río, el trimestre que nos adeuda, mañana no habrá un céntimo en casa. Así como suena, ni un céntimo.

URRACA:
¿La has mandado llamar?

NUÑO:
Sí. Ha dicho que vendrá luego con el dinero. No es mucho: sesenta y dos cincuenta, pero esas pesetas nos resuelven el más grave de los conflictos.

URRACA:
Ya comprenderás, hija mía, lo que tu boda supone para nosotros; es nuestra salvación.

NUÑO:
Nuestro porvenir.

ELVIRA:
Bueno. Confiemos en nuestra buena estrella. Voy a arreglarme un poco. Hasta luego.

URRACA:
Adiós, hija mía. (Vase Elvira por la escalera.) Ven, Nuño: veamos si Rafaelón ha regado el carril como le indiqué.

NUÑO:
No me lleves a sitio húmedo, Urraca; ya sabes que el agua aumenta la gota.

URRACA:
Son cuatro pasos. Vamos. (Se van por la derecha. Por la izquierda entran en escena Rafaelón, Faelito y Faelillo, vestidos de librea y con los guantes puestos. Vienen cabizbajos, tristes, silenciosos, avergonzados y quemadísimos.)

FAELITO:
¡Qué se le va a jasé!

FAELILLO:
¡Pasensia!

RAFAELÓN:
¡Quien manda, manda!

FAELITO:
Mos ponen a los tres en un sembrao y hay gorrión que llega juyendo a Lima.

FAELILLO:
¿Durará esto mucho, Rafaelón? Porque a mí me va a entrá calentura. Sobre tó en las manos. ¿Estos son guantes o mintones?

RAFAELÓN:
Guantes. ¿No ves que son blancos?

FAELITO: (A Faelillo.)
Ascucha, ¿se t'han pegao a ti ya?

FAELILLO:
Este sí, pero este otro entavía está mojao.

RAFAELÓN:
Pero, ¿qué habéis hecho?

FAELITO:
Lo que mos dijo don Gonzalo, mojá las manos en goma pa que no se mos caigan los guantes.

RAFAELÓN:
Chavó, pos cuando yo serví al Rey, no se hasía na de eso. (Por la izquierda entra en escena Rafael, vestido de smoking y calzón corto y una tirilla.)

RAFAEL:
¡Mardita sea!… ¿No le desía yo asté que éste se me iba a mí a clavá?

FAELITO:
¡Chavó!

FAELILLO:
¡Camará!

RAFAELÓN:
¡Pobresito mío, me lo van a ajogá!

RAFAEL:
Padre, que yo no pueo mira ar suelo, ni gorvé la cabeza pa los laos. ¡Mardita sea!…

FAELITO:
¡Qué se le va a jasé!

FAELILLO:
¡Pasensia!

RAFAELÓN:
¡Quien manda, manda!

FAELITO: (Mirando hacia la derecha.)
¡Los amos! (Entran Urraca y Nuño.)

URRACA:
¡Ah! ¿Ya?… Bien: están bien. (Por Faelito.) Un poco cortos los pantalones.

FAELITO: (Por Rafael.)
Ar lao de aquí…

NUÑO:
Bueno, ya sabe cada uno su obligación. Tú, Rafaelón, ahí fuera de portero. Tú, Rafael, en el pasillo, dispuesto a acudir cuando suene el timbre, y ustedes dos a las órdenes de Miss Plain para servir el te. Ea: cada uno a su puesto. Vamos.

RAFAELÓN:
Sí, señó. Quearse con Dió. (Se va por la derecha, chaflán.)

RAFAEL:
(¡Mardita sea er espoquin y er baberito!) (Mutis por la derecha.)

FAELITO: (A Faelillo, al hacer mutis.)
Chavó, tú.

FAELILLO:
¿Qué?

FAELITO:
Que se me están queando las manos tiesas.

FAELILLO:
Y a mí. (Mutis por la izquierda.)

MISS PLAIN: (Por la escalera, muy contenta.)
¡Señor Conde!… ¡Don Melitón!

NUÑO:
¿Eh?

MISS PLAIN:
Ahí viene: le he visto desde la ventana.

URRACA: (Acercándose a la puerta de la derecha.)
¡En efecto!

NUÑO: (Ídem.)
¡Caramba!… ¡El gran Melitón! ¡Eh!…

MELITÓN: (Entrando.)
¡Urraca!… ¡Nuño!… ¡Ah!… ¡Miss Plain!…… (Saluda a los tres efusivamente. Don Melitón es un señor como de cincuenta y ocho años; un gran señor, pero un señor rarísimo. Viste con gran elegancia. Tiene nariz de alcohólico, es decir, roja como un pimiento; las orejas muy dobladas hacia adelante y la cabeza con una calva de bola de billar. Casi no tiene cejas ni pestañas. Usa monóculo.) ¿Recibieron ustedes mi telegrama?

NUÑO:
Sí, y figúrate nuestro asombro; te suponíamos camino de Suiza.

MELITÓN:
He querido daros una sorpresa.

URRACA:
Precisamente nosotros pensábamos haberle escrito hoy mismo dándole otra y no pequeña.

MELITÓN:
Ya lo sé; que se casa Elvira.

NUÑO:
¿Eh? ¿Cómo has podido enterarte?…

MELITÓN:
Me lo ha dicho el muchacho que me ha traído hasta aquí. Sé que hoy os piden su mano; que habéis puesto de librea a no sé cuántos Rafaeles y que habéis comprado biscotelas en la confitería del pueblo. (Ríen.)

MISS PLAIN:
¡Oh, qué gente!…

MELITÓN:
Bueno, ¿y quién es él? ¿A qué familia pertenece?

NUÑO:
A una familia que tú aprecias muchísimo.

URRACA:
No se lo digas; que se sorprenda cuando los vea entrar.

MELITÓN:
Perfectamente; respetaré el misterio, pero buena boda, ¿eh?

NUÑO:
¡Oh! Inmejorable. Ya verás, ya verás. Un muchacho riquísimo y de los nuestros. Ya comprenderás que no íbamos a dar a nuestra hija a quien no llevase en sus venas una sangre digna de mezclarse a la suya.

MELITÓN:
Hombre, yo a eso de la sangre no le doy tanta importancia como tú.

NUÑO:
Porque no piensas en los deberes que impone ser un Pola de Clavijo, el llevar en nuestro escudo el estribo de Santiago…

MELITÓN:
Siempre estás pensando en ese cuento…

NUÑO:
¿Cómo cuento? Realidad histórica comprobada. Cuando el rey Ramiro…

URRACA:
Perdona; el rey Orduño.

NUÑO:
Es que hay dos batallas de Clavijo, Urraca; la verdadera y la falsa. Tú hablas de la falsa.

URRACA:
De la verdadera.

MELITÓN:
Bueno, no os peleéis. Siempre que sale a relucir el famoso estribo, perdéis los vuestros. Además, que a mí no volvéis a colocarme la historia del primer Pola de Clavijo, porque no os lo tolero. Hablemos de otra cosa. ¡Ah! Me ha sucedido una cosa trágica.

TODOS:
¿Eh?

MELITÓN:
He perdido un sobre de tarjeta en el que había metido el talón del equipaje y otro talón de unas chucherías que os había facturado.

NUÑO:
¡Pero hombre!

MELITÓN:
Ha debido de ser en Alcázar. Bajé a comprar unos periódicos, el tren se puso en movimiento, yo salí corriendo nerviosísimo, y sin duda al correr perdí los talones.

MISS PLAIN:
No se preocupe; el jefe de la estación es amigo nuestro. Ahora nos llegaremos y le entregará el equipaje.

MELITÓN:
Gracias, Miss Plain.

NUÑO:
Bueno, y de tus asuntos, ¿hay alguna novedad?

MELITÓN:
Chico, que esta vez me salgo con la mía; me caso.

NUÑO:
¿Tú?…

URRACA:
¿Usted?…

MISS PLAIN: (Muy seria.)
¡Señor Jiménez!…

MELITÓN:
¿Eh? ¿Qué hay en ello de extraño? ¿No sabéis de sobra que la ilusión de toda mi existencia ha sido formar un hogar, una familia?…

NUÑO:
Yo creí que habías renunciado a ese deseo.

MELITÓN:
¿Por qué?

NUÑO:
Por tu edad.

MELITÓN:
No es tanta… Tenemos la misma tú y yo: cincuenta y cinco…

NUÑO:
Perdona, sesenta y uno.

MELITÓN:
Bueno, pues razón de más para que me dé prisa a tomar estado. No quiero morirme sin realizar mi aspiración de tener un hijo siquiera.

URRACA:
¿Piensa usted en eso todavía?

MELITÓN:
Más que nunca. Yo he sido un hombre muy desgraciado, Condesa, porque no habiendo tenido más que una vocación verdadera: la de casarme con una mujer que me quisiera, no he podido satisfacer mi deseo. Y cuidado que he estado veces a punto de lograrlo, pero siempre se ha deshecho la boda, siempre.

NUÑO:
¿Y no pasará ahora lo mismo?

MELITÓN:
No; ahora va de veras. Y como las cosas van al vuelo, porque nos casaremos el mes que viene, vengo a hablar contigo de una cosa prosaica, pero muy urgente; de negocios.

NUÑO:
Bien, pues te escuchamos, querido Melitón.

MELITÓN:
Querido Nuño; tú sabes que mi bolsillo ha estado siempre a tu disposición, porque más que un amigo eres para mí un hermano; el hermano Melitón, como tú me dices.

URRACA:
Usted ha sido siempre nuestra providencia.

NUÑO:
Es verdad.

MELITÓN:
Por amistad te he facilitado siempre cuantas cantidades te han hecho falta… lo cual no ha sido obstáculo para que la gente que sospecha que te he prestado dinero, me tenga por una especie de Matatías.

NUÑO:
¿A ti?

MISS PLAIN:
¿A usted?

MELITÓN:
A mí, sí, señores. Yo soy uno de los hombres más calumniados que existen. Jamás he bebido, y cuantos ven el color rojizo de mi nariz, me tienen por borracho. He sido siempre morigerado en mis costumbres y, el haberme pasado la vida en busca de la media naranja, me ha hecho adquirir fama de don Juan. Me arruino ayudando desinteresadamente a los amigos, y me toman por usurero.

URRACA:
¡Pobre Melitón! Es usted un santo.

MELITÓN:
En fin, dejémonos de lamentaciones y vamos a lo que importa. Todas nuestras deudas antiguas se reunieron en la hipoteca, que te hice sobre esta finca y cuyo plazo ha vencido con exceso. Nunca te he apremiado, Nuño; bien lo sabes, pero ahora me veo en el caso de apremiarte; me hace falta cobrar.

NUÑO:
Tranquilízate, Melitón; cobrarás. Nuestra situación va a cambiar muy pronto, puesto que nuestra hija va a ser millonaria. Mañana mismo te haremos cesión de esta finca.

MELITÓN:
Eso: Os lo agradeceré muchísimo, porque, chico, es que no tengo un cuarto.

NUÑO:
Me cuesta trabajo creerte, Melitón. ¿Cómo es posible que toda tu fortuna se reduzca a lo que nos has prestado a nosotros?

MELITÓN:
Otro tanto me queda.

NUÑO:
Entonces…

MELITÓN:
Es que esa parte… también se la tengo prestada a otro amigo.

NUÑO:
¿Eh?

MELITÓN:
Sí. Otra ruina; otra hipoteca como la vuestra. En la vuestra perderé unos doce mil duros y en la de Omega acaso pierda algo más.

NUÑO:
¿En la de Omega?

URRACA:
¿Se llama Omega ese señor?…

MELITÓN:
Yo, al menos, le llamo así. Ya comprenderás que no digo a nadie su nombre, como a nadie digo el tuyo. Por eso, para distinguiros sin delataros, a él le llamo Omega, como a ti te llamo Alfa.

NUÑO:
Esa delicadeza te honra, Melitón.

MISS PLAIN:
¡Oh!

MELITÓN:
Hasta en mis libros figuráis con esos nombres.

URRACA:
Y ¿por qué no recurre usted por el pronto a Omega?

NUÑO:
Por aquello de que los últimos serán los primeros…

MELITÓN:
Ya lo he hecho y él me dice que recurra a Alfa.

NUÑO:
¿Pero así está también?

MELITÓN:
Así está él y… así estoy yo; entre alfa y omega renegando del alfabeto griego todo el día.

NUÑO:
Mañana mismo entrarás en posesión de esta finca, querido Melitón. Ahora bien, te suplico la más absoluta reserva. Nuestra salvación estriba en la boda de Elvirita y, si la familia del novio conociera nuestra ruina…

MELITÓN:
¡Por Dios, Nuño! Ya me conoces.

NUÑO:
Acompáñame, Urraca. Tú vas a llegarte a la estación, ¿no?

MELITÓN:
Estoy a las órdenes de Miss Plain.

NUÑO:
Nosotros vamos entretanto a buscar la titulación del inmueble y la escritura de la hipoteca para enviarla a casa del notario.

MELITÓN:
No es puñalada de pícaro, Nuño.

NUÑO:
El llanto sobre el cadáver, querido Melitón. Vamos.

URRACA:
Vamos. (Mutis por la izquierda.)

MELITÓN:
Créame usted, Miss Plain, que he tenido que hacerme una verdadera violencia para decirles… pero no he tenido más remedio. Voy a casarme y…

MISS PLAIN:
Pero ¿es verdad que se casa usted, don Melitón?

MELITÓN:
Sí, Miss Plain, sí. Con la viuda de Perea. Esta vez puede usted felicitarme.

MISS PLAIN:
No haré yo eso.

MELITÓN:
¿Eh? ¿No se alegra usted?

MISS PLAIN:
No, señor.

MELITÓN:
Yo creía que era usted una buena amiga.

MISS PLAIN:
Porque lo soy… Ya sabe usted que los ingleses decimos siempre la verdad. Esa mujer le engaña a usted.

MELITÓN:
¿Que me engaña?… Si usted no la conoce…

MISS PLAIN:
Le conozco a usted y es lo mismo. Usted no puede inspirar pasiones, don Melitón. Una mujer que le hubiera querido antes, podría tal vez conservarle el cariño, pero enamorarse de usted ahora, a su edad y con ese… físico…

MELITÓN:
Es usted cruel con mis ilusiones.

MISS PLAIN:
Le hablo lealmente. Usted no ha sido casado porque no ha querido, porque no ha buscado la mujer que le conviene; una mujer cuyo atractivo estuviese donde está el que usted tiene, en el alma.

MELITÓN:
Gracias, Miss Plain; usted me comprende.

MISS PLAIN:
Le conozco hace mucho tiempo; por esto le estimo.

MELITÓN:
Como yo a usted. Siempre hemos congeniado, a pesar de lo opuesto de nuestros caracteres. Usted tiene mucho de enérgico, de varonil, raza anglosajona, mientras que yo soy un meridional, tengo un alma tierna, esencialmente afectiva… Esa es la razón de que yo no la mire como a una mujer, sino como a un amigo, como a un camarada.

MISS PLAIN:
Bien, bien. Y dígame: ¿cómo ha podido esa viuda enamorarle?…

MELITÓN:
De una manera muy sencillísima.

MISS PLAIN:
¿Cómo?

MELITÓN:
Verá usted. Bueno. Usted sabe que yo soy un hombre… casto.

MISS PLAIN:
Lo sé.

MELITÓN:
Odio la pornografía; las desnudeces me repugnan…

MISS PLAIN:
Lo comprendo.

MELITÓN:
Pero, por lo mismo que me repugnan las desnudeces, las cosas que están púdicamente veladas me seducen, me entusiasman, me…

MISS PLAIN:
¿A dónde va usted a parar?

MELITÓN:
A decirle que para mí no hay nada como un brazo bien hecho. Yo adoro los brazos torneados, sedosos, suaves…

MISS PLAIN:
¡Por Dios, señor Jiménez!

MELITÓN:
Es una confidencia que hago al amigo.

MISS PLAIN: (Molestísima.)
(¡Al amigo!…) ¡hon terrible!

MELITÓN:
Verá usted; mi viudita, el día que la conocí, llevaba una blusa de una tela fina, vaporosa, que dejaba transparentar un brazo adorable, blanco como el armiño, fino como el raso, que exhalaba un perfume cálido y suave; un perfume especial como de… carne fresca.

MISS PLAIN:
¡Carne!… ¡Qué palabrota! ¡Shocking!… ¡Shocking!…

MELITÓN:
Pero si…

MISS PLAIN:
¡Oh! No me gusta… Enamorarse… de eso. A su edad fijarse en un brazo desnudo…

MELITÓN:
No, si no iba desnudo del todo; iba velado. Era yo quien admiraba bajo aquella gasa…

MISS PLAIN:
Peor; tanto peor. ¡¡Shocking!!… Le suplico no hablemos más de ese asunto.

MELITÓN:
Sentiría haberla molestado…

MISS PLAIN:
¡Basta! ¿Quiere usted que vayamos a la estación?

MELITÓN:
Estoy a sus órdenes.

MISS PLAIN:
Hace mucho sol; voy por una sombrilla. (Se va por la izquierda.)

MELITÓN:
Pediré entretanto un vaso de agua, porque estoy seco. (Timbre.)

RAFAEL: (Por la derecha.)
¿Ha sío er timbre?

MELITÓN:
¡Caramba! ¡De smokin! Este Nuño es fantástico. Oiga: haga el favor de un vaso de agua.

RAFAEL: (Escamado.)
¿Y usté quién es?

MELITÓN:
¡Hombre! Pues ya usted lo ve: uno que desea un vaso de agua. ¡Tiene gracia! (Se pasea.)

RAFAEL: (Llamando.)
¡Pare!

MELITÓN: (Deteniéndose.)
¿Eh? ¿Por qué?

RAFAEL: (Como antes.)
¡Pare!

MELITÓN: (Comprendiendo.)
¡Ah!

RAFAELÓN: (Entrando.)
¿Qué pasa, niño?

RAFAEL:
Aquí, er tío éste que s'ha colao y dise que quié agua.

MELITÓN:
¡Oiga usted!…

RAFAELÓN:
Pos anda por ella, saborío. ¿No estás viendo que es un amigo de los amos?

RAFAEL:
¡Como estaba aquí solo!

RAFAELÓN:
¡Hala, niño!… (Vase Rafael por la izquierda.) Hombre, disimúlelo usté, porque es una criatura; como entavía no ha servío al Rey, no sabe distinguí ni arterná. A mí me pasaba lo propio, ¿sabe usté? Pero, chavó, fui ar servisio, me sepillaron y gorví… güeno; gorví que ponía yo cátedra de educasión. (Se sienta tranquilamente.)

MELITÓN:
Se ve, se ve.

RAFAELÓN:
Y es que en el servisio resibe uno mucha istrusión. (Entra Rafael con el vaso de agua; trae el vaso muy inclinado, derramándole.) Pero ¿qué hases, arma mía? Pon ese vaso derecho, guasón.

RAFAEL:
Si no veo, señó; si no pueo mirá p’abajo porque se me clava esto ca vé má.

RAFAELÓN:
Tome usté, hombre, tome usté. (Coge el vaso abarcándolo por el borde y se lo da a don Melitón.)

MELITÓN:
No, con azucarillo no. Ahora en la estación tomaré una gaseosa.

RAFAEL:
¿Y pa eso he dao yo er viaje?

RAFAELÓN:
No s’ha perdió der tó, hombre. (Se bebe el vaso de agua.)

MELITÓN:
(¡Señores, qué servidumbre!)

MISS PLAIN: (Por la izquierda.)
Cuando usted guste. Me he puesto algo fresca, porque a estas horas hace un calor… (En efecto, Miss Plain se ha quitado la chaqueta hombruna que llevaba y se ha puesto una blusa coquetísima con las mangas excesivamente transparentes. Don Melitón no se fija en este detalle.)

MELITÓN:
Siento muchísimo que se moleste por mí…

MISS PLAIN:
No; si yendo… ligera de ropa, el calor no me molesta. Y más ligera… (Le mete el brazo por las narices, pero don Melitón sigue sin fijarse.) Y esto, que con usted hay que tener cuidado, porque como le ilusionan tanto las transparencias…

MELITÓN:
Usted sabe, Misa Plain, que para mí es usted… una hermana; lo que le decía antes, un amigo. ¿Vamos?

MISS PLAIN: (Tristemente, desilusionadamente.)
Vamos. (Se van.)

RAFAELÓN: (A Rafael.)
Hala, llévate er vaso y a tu sitio.

RAFAEL:
Sí, señó.

RAFAELÓN:
¿Y los otros?

RAFAEL:
¿Los otros? Ya verá usté la que van a armá los otros.

RAFAELÓN:
¿Por qué, tú?

RAFAEL:
Porque no puén serrá las manos. A la cuenta s’han untao mucho pegamento pa eso de los guantes y ahora se les ha secao er pegamento, y cuando quieren hasé asín… (Cierra una mano.) Se les rompe er pellejo y se les arrancan estos pelitos d'aquí ensima y ven las estrellas.

RAFAELÓN:
¡Atiza!

RAFAEL:
Han dío a desírselo a la señora. (Nuño y Urraca dan grandes voces dentro.) ¡Josú!

RAFAELÓN:
¡Ya se armó!

RAFAEL:
Juya usté, padre.

RAFAELÓN:
¡Hala! (Se van Rafaelón segunda derecha y Rafael primera.)

URRACA: (Dentro, sulfuradísima.)
Nada, nada. Pueden desnudarse y marcharse…

NUÑO: (Ídem.)
¡Imbéciles! ¡Largo!…

ELVIRA: (Bajando la escalera. Trae un lindo traje.)
¿Qué sucede, Dios mío? (Urraca por la izquierda, seguida de Nuño.)

NUÑO:
Esos bestias que se han pegado los guantes…

ELVIRA:
(¡Dios mío!)

NUÑO:
Y es claro, como apenas pueden mover los dedos, han roto ya media vajilla.

URRACA:
¡Vayan enhoramala! No nos hacen falta ninguna. Entre las Rafaelas y los Rafaeles de acá pueden servir el te.

ELVIRA: (Desde la puerta de la derecha.)
¡Mamá!… Acaba de pasar un auto ante la verja de la carretera. ¿Serán ellos?

URRACA: (Mirando.)
Sí. ¡Ya, Nuño!

NUÑO:
¿Qué hacemos, Urraca? ¿Salimos a su encuentro?…

URRACA:
No es correcto. Nosotros debemos de estar en nuestras habitaciones y ser avisados.

NUÑO:
Tienes razón. (A Elvira.) Vé tú, corre. (Vase Elvira por la derecha.) Quiera Dios, Urraca, que salgamos airosamente de esta visita.

URRACA: (Haciendo sonar un timbre.)
Dios lo quiera, Nuño.

RAFAEL: (Por la primera derecha.)
¿Es a mí?

URRACA:
¿Dónde está Miss Plain?

RAFAEL:
Ha salío con un señó.

URRACA:
¡Ah! Sí. Nada entonces.

NUÑO: (Mirando hacia la derecha.)
Son ellos, ¿verdad?

URRACA:
Sí. Veo a Gonzalo.

NUÑO:
Tengo miedo, Urraca.

URRACA:
Valor. Anda, ven. Prepara el puñal.

NUÑO:
Es verdad; no me acordaba. No podemos bajar sin el puñal. Vamos.

URRACA:
Vamos. (Mutis de los dos por la escalera.)

RAFAEL: (Asombrado.)
¡Chavó! Por lo visto es gente de cuidao. No; pos yo navaja no tengo, pero de una guantá tumbo yo a uno. Le diré a mi padre que se ande con ojo. (Se va por la segunda derecha. Dentro se oye hablar a Gonzalo, a Elvira y a los marqueses. Tras una breve pausa entran en escena Elvira, Gonzalo, Laín y Berenguela. Don Laín es un señor algo quijotesco, de melena blanca respetabilísima y de bigote y mosca casi negros; es lo único que se tiñe. Habla acentuando enormemente las V y convirtiendo en V las B. Doña Berenguela es señora que pone los ojos en blanco por cualquier cosa.)

BERENGUELA:
¡Oh! ¡Y es que están esas carreteras!…

LAÍN:
Entre los "vaches" y la "grava"…

ELVIRA:
Un momento: quiero yo misma avisar a mis padres. (Vase.)

BERENGUELA:
Por Dios, Laín, que te temo. Cuidado con lo que dices. Mira que de esta boda depende nuestro porvenir.

LAÍN:
Y dale, "Verenguela"; ni que fuese yo un idiota.

BERENGUELA:
Es que te conozco, y por lo mismo que no debes hablar de intereses vas a hablar de intereses.

GONZALO:
Por Dios, mamá, ¿a santo de qué?…

BERENGUELA:
Acuérdate de cuando quería montar en bicicleta: en cuanto veía un árbol, aunque estuviese a un kilómetro, iba derecho a estrellarse contra él. Y así es en todo.

LAÍN:
Vueno; calla y no me atosigues. ¿Te has fijado? Hasta en el campo tienen criados vestidos. Aquí se apalea el oro, Verenguela.

BERENGUELA:
Dios quiera que no metas la pata.

LAÍN:
¡Vamos! ¡Cómo les caerá lo del anillo!

GONZALO:
Silencio. (Entran en escena por la escalera Elvira, Urraca y Nuño.) ¿Condes?… (Presentando.) Mis padres…

NUÑO: (Besando la mano a Berenguela.)
¡Marquesa!…

LAÍN: (Ídem a Urraca.)
Señora…

NUÑO:
Marqués… (Saluda a Laín.)

BERENGUELA: (Saludando a Urraca.)
Condesa…

URRACA:
Tenemos la mayor de las satisfacciones… Siéntense. (Se sientan.)

GONZALO:
Como ustedes tendrán que decir muchas cosas malas de nosotros, no está bien que las oigamos, y…

ELVIRA:
Aguardaremos paseando por el jardín.

LAÍN: (Levantándose.)
Antes, señorita, permítame que ajuste a su dedo anular esta preciada joya, tan antigua como nuestra estirpe y que ha sido llevada por todas las que luego han sido Marquesas del Valle de don Favila. (Saca de un estuche un anillo de hierro con un escudo.)

ELVIRA:
¡Oh! ¡El anillo de hierro!… (Se lo pone.)

LAÍN:
Con arreglo a la tradición de nuestra casa, solamente este regalo "devemos" hacer en el día de hoy.

NUÑO: (Levantándose.)
También nosotros, fieles a la leyenda de los Pola de Clavijo, regalaremos al futuro guardador del honor de la familia este puñal, emblema de nuestra raza. (Se lo da.)

URRACA:
¡Oh! Es el puñal de Orduño el Generoso.

NUÑO:
Como la vuestra, tenemos también nuestra tradición; por eso al anillo de hierro contestamos con el puñal del godo.

BERENGUELA:
¡Oh!…

GONZALO: (Guardando el puñal.)
Este puñal, conde, es más preciado para mí que todas las joyas del mundo. Gracias. (A Elvira.) ¿Vamos?

ELVIRA:
Vamos. (Haciendo mutis con Gonzalo por la derecha.) (Quiera Dios que nadie meta la pata.) (Vanse.)

BERENGUELA:
Es una pareja ideal. Han nacido el uno para el otro.

URRACA:
Con gran satisfacción por nuestra parte.

LAÍN:
Y con orgullo por la nuestra, señora.

URRACA:
Muy amable, Marqués.

LAÍN:
Nuestro unigénito, al pretender unir su vida a una dama de su clase, se honra y nos honra. Para nosotros los intereses materiales carecen de importancia al lado del respeto que devemos a nuestro linaje.

NUÑO:
Así pensamos nosotros, marqués; y la pureza y antigüedad del vuestro es para nosotros lo más importante. Vuestra casa data del siglo nono, ¿no?

LAÍN:
Del octavo: año setecientos treinta y siete. El primer marqués del Valle de don Favila fue don Lupo Vernáldez de Varahona, valeroso guerrero, que dio muerte de una sola estocada al oso asturiano que desgarró a su rey don Favila. Por eso en nuestro escudo figura en un cuartel el oso muerto, y en el otro cuartel un solo soldado.

URRACA:
¡Oh!

LAÍN:
No puede darse una nobleza de más puro origen.

NUÑO:
La nuestra, marqués.

LAÍN:
¿Eh?

NUÑO:
Y perdóneme; pero en lo que respecta a linaje no transijo.

LAÍN:
Esa actitud le honra, conde; pero yo me permito discutir con usted…

NUÑO:
Usted ignora, sin duda, que mi título es de origen divino.

LAÍN:
¿Cómo?

NUÑO:
Verá usted: uno de mis gloriosos ascendientes, don Mendo San de la Fresneda, barón del Tajo, después que sostuvo el estribo del rey don Ramiro cuando éste montó a caballo para ir a los campos de Clavijo, oyó que un caballero desconocido le dijo imperativamente: “Tenme a mí el estribo también”. “¡Nunca! —contestó don Mendo—. Un San no sirve más que al Rey; por servirle me hizo barón”. Entonces repuso el desconocido: “¡San, por tihago! ¡San ti hago, Conde!” Era el mismo Apóstol, señores, y fue un antecesor nuestro el que le ayudó a montar en su caballo blanco para lanzarse sobre la morisma.

BERENGUELA:
¡Oh! ¡Lindísimo!…

NUÑO:
Por eso en nuestro escudo figura el estribo de Santiago acompañado de esta inscripción: “Después de Dios Padre y de Dios Hijo, la casa de los Pola de Clavijo”.

LAÍN:
Me enorgullece que la sangre de nuestro don Lupo se mezcle con la de vuestro don Mendo. No es posible imaginar una “voda” más igual y henchido de satisfacción me cumple pedir para el heredero de la casa de los Valle de Don Favila la mano de la heredera de los Pola de Clavijo.

NUÑO:
Y yo, gozoso y henchido también de satisfacción, la otorgo gustosísimo.

LAÍN:
Gracias por el honor, Conde.

NUÑO:
Somos nosotros los honrados, Marqués. (Dentro se oye discutir.)

URRACA:
¿Eh? ¿Qué importuno?

NUÑO: (Levantándose.)
No sé… ¡Ah! Es una de nuestras arrendatarias, la Chicharita… Bueno, se llama Rafaela Mendaro, pero como en esta provincia de Córdoba todos los nombres son Rafaeles y todas las mujeres Rafaelas, hay que distinguirlas por los sobrenombres. (Hablando hacia el lateral.) Rafael, o tú, Rafaelón, que espere esa mujer.

LAÍN:
Por nosotros puede usted “recivirla”.

NUÑO:
Tiempo queda.

URRACA: (Aparte.)
Debe venir a pagarte.

NUÑO: (Ídem.)
Por eso no quiero que entre ahora… (Entran en escena la Chicharita y Rafaelina. La Chicharita es una mujer de pueblo muy despejada y Rafaelina una chicuela como de quince años.) (¡Se coló!… ¡Me ha partido!…)

CHICHARITA:
Alabado sea Dios.

NUÑO:
Pase usted, Rafaela, pase usted.

CHICHARITA:
Celebro de verles. ¿Y ustedes?

NUÑO:
Bien, muchas gracias, Rafaela.

CHICHARITA:
¿Y usté, señora condesa?

URRACA:
¿Esa es la hermanita?

CHICHARITA:
La hermanita. (Dándole un codazo.) Niña.

RAFAELINA:
¿Y usté?

URRACA:
Bien, bien.

CHICHARITA:
Bueno, pos aquí vengo yo ar tanto de… eso; del arquilé de la casa der río.

NUÑO:
Dejemos eso para luego.

CHICHARITA:
No, señó; las cuentas son cuentas. Yo vengo a pagarle…

NUÑO:
¡Ah! ¿Viene usted a pagarme?

CHICHARITA:
Sí, señó; es desí, no, señó. Bueno, ni que sí ni que no. Vengo a pedirle un favó, señó Conde.

NUÑO: (Contrariado.)
Diga, diga.

CHICHARITA:
Aguarde usté, porque como usté hase las cuentas por pesetas, er médico por reales y una servidora por duros, pos a lo mejó se hase una un lío. Por eso me he traído a ésta que es mu lista pa los números.

URRACA: (A Berenguela.)
Es famosa.

CHICHARITA:
Verá usté: yo le debo a usté por el alquilé de la casa sesenta y dos pesetas y media, por su cuenta de usté, que son doce duros y medio por la mía.

RAFAELINA:
Eso é.

CHICHARITA:
Y como yo a don Merengue, bueno, ar médico, le debo por la iguala del año nueve duros y una peseta por mi cuenta, que son…

RAFAELINA:
Ciento ochenta y cuatro reales por la suya.

CHICHARITA:
Eso es, ciento ochenta y cuatro reales por la suya, y yo por tó capital tengo trese duros y medio, pos resurta que si le pago a usté sus sesenta y dos pesetas y media, pues no puedo pagarle a don Merengue más que medio duro por mi cuenta, que son diez reales por la suya.

RAFAELINA:
Eso é.

CHICHARITA:
Y si le pago a él sus ciento ochenta y cuatro reales, sólo puedo darle a usté cuatro duros y seis reales por mi cuenta, que son…

RAFAELINA: (Muy deprisa.)
Veintiuna pesetas…

CHICHARITA:
Veintiuna pesetas por su cuenta de usté y le dejo a deber cuarenta y una peseta por su cuenta de usté, que son ocho duros y cuatro reales por la mía; eso é.

RAFAELINA:
Eso é.

LAÍN: (Riendo.)
Muy donosa.

BERENGUELA:
Graciosísima.

NUÑO: (Procurando reír sin que le salga.)
Sí, muy graciosa. De manera que usted quiere que le rebaje…

CHICHARITA:
No, señó; verá usted. Como yo tengo que pagarle al médico, porque si no le paga una está una expuesta a cualquier cosa, pues, vamos, yo quisiera que me perdonara usted la cuenta de este año. Pa usté dose duros y medio no son nada, y en cambio a mí me sacan de apuro.

BERENGUELA:
¡Pobrecilla!…

LAÍN:
¡Claro!…

NUÑO: (Después de tragar saliva.)
Lo que usted quiera, Rafaela; no faltaría más. Perdonada. ¿No te parece, Urraca?

URRACA:
Por mí, figúrate.

LAÍN:
(Apalean el oro.)

CHICHARITA:
Grasias, señor Conde… ¡Muchísimas grasias!… (Se limpia una lágrima.) Crea usted que hase conmigo una buena obra, que… (Llora.)

URRACA:
Vaya, vaya, Rafaela…

NUÑO:
(Yo sí que lloraría de buena gana.)

BERENGUELA: (Aparte a Laín.)
Dale esos cinco duros que traes.

LAÍN: (Aparte a Berenguela.)
Que son los últimos, Verenguela.

BERENGUELA: (Ídem.)
No importa.

CHICHARITA:
¡No olvidaré nunca este favó, señora Condesa!

URRACA:
No hay que hablar más del asunto, Rafaela; no vale la pena. Márchese, márchese.

LAÍN: (Tirando de cartera y sacando un billete de veinticinco plumas.)
Es muy mona la chica… Toma, pequeña, para que compres unos dulces.

RAFAELINA:
¿Eh?… ¡Un billete, Rafaela!

CHICHARITA:
¡Pero!

NUÑO:
(¡Es un Rostchil!)

CHICHARITA:
¡Señorito!…

BERENGUELA:
Nada, mujer. Márchese, márchese.

LAÍN:
Sí… (Como no se vaya, se lo quito.)

CHICHARITA:
¡Josú, Dios mío!… ¿Pero qué se dise, niña?

RAFAELINA:
Grasias.

CHICHARITA:
¿Grasias nada más? Grasias y que Dios los bendiga y se lo aumente y les dé muchísima salud y cien años de vida y que yo lo vea… (En la puerta de la derecha se detienen Elvira y Gonzalo.) ¡Josú, Josú! Vamos, niña.

RAFAELINA:
Cinco duros, veinticinco pesetas, cien reales, dos mil perras chicas, cinco mil perras gordas…

CHICHARITA: (A Elvira.)
¡Ay, qué loca voy, señorita! ¡Ay, qué loquísima voy!… ¡Josú, Josú!… (Desde la puerta.) ¡Josú, Josú!… ¡Josú, Josú!.. (Vanse.)

LAÍN: (Secándose una lágrima.)
(¡Mis cinco duros de mi alma!)

NUÑO: (Ídem.)
(¡Me ha matado esa mujer!)

ELVIRA:
¿Por qué va tan contenta?

URRACA:
Porque tu padre le ha perdonado la renta de este año.

ELVIRA:
(¡Dios mío!)

URRACA:
Y el Marqués le ha regalado cinco duros.

GONZALO:
(¡Aprieta!)

ELVIRA:
Bueno, ¿pero no tomamos una taza de te?

URRACA:
Es verdad. (Hace sonar un timbre.) Con unas cosas y con otras…

RAFAEL: (Con Rafaelón por la derecha.)
Entrusté conmigo por si acaso. ¿Trae usté la piedra?

RAFAELÓN:
Sí. (Cada uno trae una piedra grande oculta para defenderse.)

URRACA:
Decid a las Rafaelas que vamos a tomar el te y ayuden ustedes a servirlo…

RAFAELÓN:
Sí, señora. (Saludan demostrando un gran miedo y se van por la izquierda.)

ELVIRA:
Me figuro que habrán ustedes hablado cuanto tenían que hablar, ¿no?

NUÑO:
Sí, hijita, sí. Eres ya oficialmente la prometida de Gonzalo.

BERENGUELA:
Puedes besarme, hija mía.

ELVIRA:
¡Oh! ¡Señora!… (Se besan.)

NUÑO: (A Gonzalo.)
Un abrazo… (Se abrazan.En este efusivo momento entran en escena por la derecha Melitón y Miss Plain.)

MELITÓN: (Gratamente sorprendido.)
¿Eh? ¿Cómo? ¡Laín!… ¡Berenguela!…

LAÍN:
¡Melitón!…

BERENGUELA:
¡Usted aquí!…

MELITÓN: (Saludándoles.)
¡Qué agradable sorpresa!… ¡Oh! ¡Elvirita!… ¡Querido Gonzalo!… (Les saluda.) ¿Pero cómo ustedes en esta casa? Yo ignoraba que se conocieran ustedes…

LAÍN:
Hoy hemos tenido ese honor, Melitón.

MELITÓN:
¿Eh?

LAÍN:
Hemos venido a pedir la mano de Elvirita para nuestro hijo Gonzalo.

MELITÓN: (Boquiabierto.)
¿Eh?… ¿Qué?… ¿Y éste era ese enlace decantado? ¿Los Alfa con los Omega?…

NUÑO: (Dando un paso atrás.)
¿Eh?

LAÍN: (Ídem.)
¿Cómo?

MELITÓN:
¡Mi ruina!

NUÑO: (Por Laín.)
Pero… ¿es Omega?

LAÍN: (Por Nuño.)
¿De modo que es Alfa?…

URRACA:
Es decir que…

BERENGUELA:
De manera que están…

MISS PLAIN:
(¡Válgame Dios!) (Quedan todos aterrados. Pausa.)

ELVIRA: (A Gonzalo, muy apurada.)
¡Gonzalo de mi alma!…

GONZALO:
Valor, Elvira; confía en mí.

NUÑO: (A Laín.)
Veo que saben ustedes lo que significa la letra Alfa, como nosotros sabemos lo que quiere decir Omega.

LAÍN:
Desgraciadamente sabemos unos y otros…

NUÑO:
Y es dolorosísimo encontrarnos ante esta amarga realidad.

LAÍN:
Muy amarga.

BERENGUELA:
Amarguísima.

URRACA:
Ciertamente.

BERENGUELA:
Claro que los bienes de fortuna no son todo en el mundo…

URRACA:
Desde luego. Hay otras cosas que deben pasar por delante…

NUÑO:
Pero cuando se trata del decoro de nombres ilustres…

LAÍN:
Y aun del "provlema" material de la vida…

URRACA:
Cuando se va a cometer una locura…

BERENGUELA:
Cuando se trata de la felicidad de los hijos…

MELITÓN: (Apurado.)
Señores, yo deploro…

LAÍN:
No digas eso, Melitón.

NUÑO:
¿Quieres callar? Nos has prestado un gran servicio.

URRACA:
Un señaladísimo servicio.

LAÍN:
Es verdad. Porque aún estamos a tiempo de impedir… (A Nuño.) ¿No piensa usted lo mismo?

NUÑO:
Eso iba a decir precisamente.

URRACA:
¡Claro!

LAÍN: (Mirando a Berenguela.)
¿Eh, "Verenguela"?

BERENGUELA:
Naturalmente.

NUÑO:
De modo, Marqués…

LAÍN:
¿Eh?

NUÑO:
Que… vamos, ¿podemos dar por no celebrada esta entrevista?

LAÍN:
Creo que es lo mejor.

GONZALO: (Enérgico.)
Eso no, padre; eso no. (Asombro en todos.)

LAÍN:
¿Qué dices, Gonzalo?

GONZALO:
Digo que tú no puedes recelar de la veneración y el cariño que yo te profeso, como los padres de Elvira tampoco pueden poner en duda el amor y el respeto de su hija; pero todos debéis comprender que ella y yo no podemos sacrificar nuestra felicidad a vuestro capricho.

LAÍN:
¿A nuestro capricho?

GONZALO:
No me atrevo a decir a vuestra vanidad.

LAÍN:
¡Gonzalo!

GONZALO:
Hace un momento os parecía excelente nuestra boda. ¿Qué ha pasado para que ahora os parezca imposible? ¿Que entonces os hacíais la ilusión de que éramos ricos y ahora sabéis ya que somos pobres? Pues nos resignamos a la pobreza. Nuestro cariño nos ayudará a conllevarla.

NUÑO:
No se trata sólo de la pobreza, Gonzalo; sino de la dignidad de nuestros nombres.

ELVIRA:
¡Padre!

NUÑO:
Eso es. (A Gonzalo.) Ni tú puedes ayudar a ella a llevar con decoro el suyo, ni ella puede auxiliarte a ti a que ostentes dignamente el que llevas.

GONZALO:
¿Y será más digno que ella y yo los vendamos a quien nos los pague…? Yo tengo una carrera, de ella viviré.

BERENGUELA:
¿Tú? ¿El Marqués del Valle de don Favila, mirando la lengua a cualquier plebeyo que quiera enseñártela?

GONZALO:
Dar bicarbonato a los enfermos, es más decoroso que dar sablazos a los amigos.

BERENGUELA:
¡Gonzalo!

LAÍN:
¡Basta!… Nosotros, Conde, retiramos nuestra palabra.

NUÑO:
Y nosotros la nuestra, Marqués.

GONZALO:
Pero Elvira y yo mantendremos la que nos hemos dado. La petición está hecha y hecha queda. No olvidéis que Elvira y yo somos mayores de edad.

NUÑO:
Bien, bien; no discutamos más.

BERENGUELA:
Dice bien el Conde; esta discusión resulta muy penosa y nosotros tenemos que marcharnos. ¿Verdad, Laín?

LAÍN:
Sí; la jornada es larga y… (Con gran entereza.) Vamos, Gonzalo.

ELVIRA:
¡Gonzalo!

GONZALO:
No temas, Elvira; triunfaremos.

MELITÓN: (A Laín.)
¿En qué tren se van ustedes?

LAÍN:
Hemos venido en automóvil.

MELITÓN:
¡Caramba! ¿Pero tenéis auto?

LAÍN:
Pareces tonto, Melitón; el tuyo.

MELITÓN:
¡Ah! Es verdad…

BERENGUELA: (A Urraca.)
Condesa, he tenido un gran honor…

URRACA:
No ha sido menor el mío, Marquesa.

LAÍN:
Conde… (Le alarga la mano.)

NUÑO:
No, no; les acompañaremos.

LAÍN:
Se van ustedes a molestar…

URRACA:
¡Por Dios!…

LAÍN:
(¡Mis cinco duros!)

NUÑO:
(Y le he perdonado la renta a esa chismosa…) (Se van por la derecha, haciéndose cumplidos, Urraca, Berenguela, Laín, Nuño y Gonzalo.)

MELITÓN: (Haciendo mutis con Miss Plain.)
He metido la pata, Miss Plain.

MISS PLAIN:
Las dos, señor Jiménez, las dos. (Se van. Entran en escena, Rafaela, Rafaelita, Rafaelón y Rafael. Cada uno trae una gran bandeja, y las pastas, etc.)

RAFAELA:
Oye, tú, no hay nadie.

RAFAELITA:
Habemos tardao tanto que s’habrán dío a dá un paseo.

RAFAEL:
¿Qué hasemos, padre?

RAFAELÓN:
Aguardá a que yo avise. (Coloca su bandeja sobre una mesa. Por la izquierda entran en escena Faelito y Faelillo. Vienen con sus trajes de camperos y con los guantes blancos puestos.)

FAELITO: (Tristemente.)
Guas tardes.

FAELILLO: (Ídem.)
Salú.

RAFAELÓN:
¿Qué, no salen los guantes?

FAELITO:
Ni pa Dios. ¡Qué se le va a jasé!

FAELILLO:
¡Pasensia!

RAFAEL:
Ya se cairán, hombre…

FAELITO:
Eso digo yo; se caen los dientes y están más agarraos. Salú.

FAELILLO:
Con Dió. (Se van por la derecha.)

RAFAEL:
Padre, avise usté, porque yo me canso.

RAFAELA:
Espera. (Se asoma a la puerta de la derecha y grita.) ¡Eh!… Vení… ¡Vení acá! (Hace señales con una servilleta.) Ya se han parao tós. ¡Vení!… ¡Sí!… Chavó y cómo corren. (Toma su bandeja.)

RAFAEL:
Hambre que tendrán.

RAFAELÓN:
Güeno, y ya sabéis ustedes lo que nos encargó la inglesa: se inclináis y desís mu serios: "er te está servío".

RAFAEL:
Sí, señó.

RAFAELITA:
¡Josú, cómo corren, madre!

RAFAELA:
Vienen con la lengua fuera.

GONZALO: (Dentro.)
¡A Elvira ha debido darle algo: sí, y tenemos todos la culpa!… (Entrando como una tromba.) ¡Elvira!… ¿Dónde está?… ¿Qué le pasa?…

NUÑO: (Jadeante.)
¿Qué ocurre?

MELITÓN: (Ídem.)
¿Qué ha sucedido?

URRACA: (Ídem.)
¡Mi hija! ¡Mi hija!

MISS PLAIN: (Ídem.)
¿Dónde está?

LAÍN: (Ídem.)
¿Qué pasa?

BERENGUELA: (Ídem.)
¿Eh?

NUÑO: (Con voz de trueno.)
¿Pero puede saberse qué sucede?

RAFAEL:
Que er te está servío. (Al decirlo se inclina con bandeja y todo, pero se inclina tanto que hace cisco el servicio.) (Telón)

Acto segundo

Salón en casa de Gonzalo. Dos puertas en cada lateral y dos balcones en el fondo. La primera puerta de la derecha conduce al recibimiento de la casa; la segunda al departamento que habitan los Marqueses. La primera puerta de la izquierda da acceso al gabinete de consultas de Gonzalo, y la segunda a las habitaciones de los Condes. Hay en escena, a la derecha, un sofá, dos butacas, una silla y una vitrina, todo ello de estilo Luis XV, y a la izquierda, otro sofá, dos sillones, una silla y un vargueño, del más puro estilo español. Ante cada uno de estos estrados, llamémosle así, hay un tapiz distinto. En la pared de la derecha hay un gran cuadro antiguo y en él un oso en pie ante un guerrero espada en mano. En la pared de la izquierda hay un gran cuadro de batalla con un Santiago que espada en mano baja de las nubes montado en un penco blanco. Cada uno de los balcones del foro tiene unos visillos distintos. El balcón de la derecha unos visillos con corona de marqués, y en el de la izquierda con corona de conde. Delante de cada estrado hay una mesa, y sobre cada una de ellas un reloj con la esfera al aire, es decir, sin cristal; dos relojes antiguos, empotrado cada uno de ellos en un grupo escultórico. En el centro de la escena hay una mesita y dos sillas, una de cada estrado.

Al levantarse el telón están en escena Elvira y Gonzalo.

ELVIRA:
Y este jarrón aquí, ¿qué te parece?

GONZALO:
Divinamente. Como todo lo que tú arreglas.

ELVIRA:
¿Sabes que está lindísima nuestra nueva casa?

GONZALO:
Los enfermos van a quedarse encantados.

ELVIRA:
Lo que precisa es que vengan muchos.

GONZALO:
Ya vino ayer uno y anteayer otro. Por algo se empieza. Además, que la martingala que se me ha ocurrido dará su resultado.

ELVIRA:
¿Cuál?

GONZALO:
Que cuando venga algún cliente nuevo se encuentre aquí con tus padres y con los míos y hasta con don Melitón y Miss Plain, si es posible, los seis muy sentados y muy serios y con la actitud aburrida de los que llevan un gran rato de espera. De ese modo creerán que siempre está llena mi consulta y aumentará mi fama día por día. (Ríe Elvira.) Tú te ríes, pero nuestros padres han tomado muy en serio su papel. Es en lo único en que están de acuerdo. Y no hablemos de Miss Plain y de don Melitón.

ELVIRA:
¡Qué buenos son los dos! Quién nos hubiera dicho que Miss Plain de ser mi institutriz iba a pasar a ser nuestra Providencia. Porque si no te regala el instrumental y esa magnífica instalación de rayos X…

GONZALO:
Figúrate. Yo creo que se va a gastar en favorecernos la herencia toda que tuvo en su país hace seis meses.

ELVIRA:
La pobre quiere rivalizar en generosidad con don Melitón.

GONZALO:
Ese sí que es un santo. Cedernos este piso, el mejor de la casa, e irse él a vivir al tercero.

ELVIRA:
Es un bendito de Dios. ¡Cuándo podremos pagar tanto a él como a Miss Plain!…

GONZALO:
En la medida de nuestras fuerzas, les pagamos, Elvira, puesto que estamos trabajando por la felicidad de los dos. Si no es por ti, ella no se hubiera atrevido nunca a escribirle el primer anónimo.

ELVIRA: (Riendo.)
Tiene gracia. Miss Plain enamorada de don Melitón.

GONZALO:
Y de qué manera, chica. Y él sin comprenderlo.

ELVIRA:
Mañana se aclarará todo. Le ha escrito en mi presencia un nuevo anónimo dándole una cita.

GONZALO:
¡Magnífico! Hay que casarlos. Hay que proporcionar a don Melitón el hogar con que sueña y… el heredero. Aunque ya esto no me parece tan fácil. Esa felicidad no es para todos; es únicamente para algunos matrimonios que yo sé… ¿He dicho algo?

ELVIRA: (Ruborosa.)
Vamos, vamos…

GONZALO:
¿Verdad que no puede haber una alegría más grande?

ELVIRA:
¿Quieres callar?

GONZALO:
Pero, mujer, ¿por qué te empeñas en que ocultemos a todos nuestra dicha? Creo que nuestros padres al menos debían saber…

ELVIRA:
Más adelante. Cuando sea seguro.

GONZALO:
Ya lo es; te lo afirmo yo.

ELVIRA:
¿Vas a dártela de doctor conmigo? Ese tono guárdalo para los clientes cuando los tengas.

GONZALO:
No tardarán en acudir como moscas. Por lo pronto ya tengo una gran casa, una magnífica sala de consultas, un criado de librea y un ayudante, detalle que viste muchísimo.

ELVIRA:
¿Un ayudante?

GONZALO:
Le estoy esperando de un momento a otro. Es un estudiante de quinto año. Un muchacho simpatiquísimo; algo nervioso, pero simpatiquísimo. (Voces dentro.) Espera, me parece que es él. (Escucha.) No; es don Melitón. (Hablando hacia el lateral.) Aquí estamos, don Melitón. (Trae un libro.)

MELITÓN:
¡Hola, niños!… (Examinando la habitación.) ¡Hombre! Esto está de primera. Parte del estrado de los Favila… Restos del estrado de los Clavijo… El cuadro de Santiago… El del oso… Muy bien. (Por las mesas.) Escucha, nenita, esto no es de buen gusto; un reloj en cada mesa.

ELVIRA:
Tiene usted razón, pero hay que dejarlos.

MELITÓN:
¿Y eso?…

ELVIRA:
Para mis padres no hay más hora exacta que la que marca ese reloj: el reloj de los Clavijos.

GONZALO:
Ni para los míos hay hora más verdadera que la que señala el reloj de los Favila.

MELITÓN:
¿Continúan como perros y gatos?

GONZALO:
Sí, señor; educadamente, correctamente, pero como perros y gatos.

MELITÓN:
Claro, se odian, tienen que convivir y cualquier cosa… ¡Ah! Le traigo a tu padre el Código civil que me encargó. (A Gonzalo.)

GONZALO:
¿Pero sigue con la manía de abrir bufete? ¡Por Dios! Si él hizo la carrera hace cuarenta años y no sabe una palabra de leyes.

MELITÓN:
Eso le decía yo anoche. Hombre, Laín, ¿cómo vas a meterte a defender pleitos si estás completamente pez? Vamos a ver, ¿tú sabes lo que es la patria potestad? Y va y me dice: “No me hables de regionalismos, Melitón; para mí no hay más que una patria: España”. Creyó que eso de la patria potestad era cosa de los catalanes.

GONZALO:
¡El pobre!…

ELVIRA:
Hay que disculparlo, porque en el fondo es un móvil bien digno de aplauso el que le guía. El mismo que lleva a mi padre a hacer gestiones para vender la famosa bandeja atribuida a Benvenuto. Uno y otro quieren contribuir a los gastos de la casa común. Les da vergüenza vivir… casi de limosna.

MELITÓN:
¡Bah! No es humillante para los padres, cuando son viejos y están pobres, vivir a expensas de los hijos.

GONZALO:
¿Y está usted seguro de que viven a nuestras expensas? Porque, vamos, yo creo que aquí vivimos todos a expensas de usted.

MELITÓN:
¿Qué más da? Yo no tengo familia, a vosotros os he mirado desde que nacisteis como a una especie de hijos, y puesto que ya no he de tener otros…

ELVIRA:
Quién sabe todavía, don Melitón.

MELITÓN:
No, Elvirita, no; ya he renunciado a esa dulce esperanza. Ha sido muy cruel el desengaño que me han dado recientemente las tres viudas: la de Perea, la de Gadea y la de Barea.

GONZALO:
En cambio, esa dama de los anónimos…

MELITÓN:
Chufla.

ELVIRA:
No soy de esa opinión.

MELITÓN:
Dejémonos de quimeras. Es una locura seguir prolongando mi ilusión de formar una familia. ¡Una cosa que consiguen todos los hombres!… Todos menos yo. En fin; cómo ha de ser… Me resigno. Aunque tarde, he abierto los ojos a la realidad. El recuerdo de mis últimos desengaños: el de las tres viudas, me acompaña a todas partes. Como el rey Baltasar vio escritas en el aire con letras de fuego las tres palabras fatídicas: “Manes, traces, fares", yo veo escritas también las no menos fatídicas de "Perea, Gadea, Barea…” (Ríen.)

DOMINGO: (Criado de librea, por la derecha.)
¿Señor?

GONZALO:
¿Qué?

DOMINGO: (Muy enfático.)
El señor don Jaime Gallego y Cenicero, suplica le sea concedido el oportuno y necesario permiso para penetrar en esta cámara. (Hace una marcada reverencia.)

MELITÓN: (Admirado.)
¡Caramba!

GONZALO: (Ídem.)
¡Hombre!

ELVIRA:
No está mal.

DOMINGO:
El señor se servirá decirme qué debo trasmitir al visitante,

GONZALO:
Bien, dígale que pase. (Nueva reverencia y medio mutis.)

MELITÓN:
Oiga.

DOMINGO:
¿Señor? (Nueva reverencia.)

MELITÓN:
Es hoy el primer día que sirve usted aquí, ¿no?

DOMINGO:
Exacto.

MELITÓN:
¿Y dónde ha servido usted antes? Porque yo tengo una idea…

DOMINGO:
El señor me ha dispensado el alto honor de verme en casa de los Barones de Orduño.

MELITÓN:
¡Ah!

DOMINGO:
He servido allá durante tres lustros y he salido de la casa por una nimia futesa, dicho sea en mi beneplácito. Yo tengo fama de expresarme castelarinamente y hasta de “ignovar” en el argot servil, y una noche, en la citada casa de los Barones, en vez de anunciar “la comida está servida”, se me ocurrió decir, para evitar la consonancia, “el yantar es cosa hecha”. No le gustó el anuncio al Barón, y evacué de la casa.

GONZALO:
Bien, pues evacue y diga al señor Gallego que pase.

DOMINGO:
El señor será servido. (Nueva reverencia y se va.)

MELITÓN:
¡Señores, qué tío!

ELVIRA:
Es gracioso.

MELITÓN:
Escucha, ¿quién te ha proporcionado ese académico?

GONZALO:
Mi padre; pero como “ignove” aquí también, va a durar muy poco.

JAIME: (Por la derecha.)
¿Se puede? (Es un tipo raro. Tiene unos treinta años y padece un movimiento nervioso consistente en estirar el labio hacia la izquierda, y luego, ondulando la cabeza, como si fuera a dar una cornada, se mira la clavícula izquierda.)

GONZALO:
¡Oh, amigo Gallego!

JAIME: (Dándole un nervioso apretón de manos.)
Mucho gusto en estrechar su mano. (Hace el gesto que le caracteriza.)

GONZALO: (Presentando.)
Mi esposa… El señor Jiménez…

JAIME: (Sin darles la mano, inclinándose y haciendo el visaje.)
Mucho gusto en estrechar sus manos.

MELITÓN:
(¡Caramba!)

JAIME:
Ustedes disimulen este “tic” nervioso; pero no puedo remediarlo.

MELITÓN:
¿Es a consecuencia de alguna enfermedad?

JAIME:
A consecuencia de un trancazo.

MELITÓN:
¡Qué cosa tan rara! No sabía yo que la gripe…

JAIME:
No; si digo trancazo en el sentido gramatical del garrote.

MELITÓN:
¡Ah, vamos!

JAIME:
Sí, señor. Fue hace unos meses, en el teatro del Retiro. Hacían “Las Estrellas”, yo tenía ganas de ver “Las Estrellas” aquella noche. Tomé mi localidad, me senté; unos señores que había a mi lado discutiendo sobre la paz, armaron una bronca de las de cataclismo, y yo, que no me había metido con nadie, recibí un estacazo en esta clavícula y otro en el antebrazo. Total, que no vi “Las Estrellas”.

MELITÓN:
Pues es raro.

JAIME:
¿Eh?

MELITÓN:
No; nada.

JAIME:
Desde entonces me quedó este… (Hace el gesto dos veces seguidas.) Pero ya estoy mejor.

ELVIRA:
Se nota.

MELITÓN:
Ya lo creo.

JAIME:
En lo que no he mejorado ha sido en lo del impresionismo. Porque en cuanto veo a dos personas peleándose me dan unos vértigos que… (Se estremece y mueve todos los músculos de su cuerpo.) Nada más que de pensarlo, miren ustedes cómo me pongo.

MELITÓN:
¡Caray!

GONZALO:
Ya veré el modo de curarle. Acaso unas corrientes eléctricas. (Sí: voy a ensayar con él la máquina grande.) Porque lesión no hay, ¿verdad?

MELITÓN:
¿Y es usted médico ya?

JAIME:
Me falta un año. Lo que sí soy es maestro de escuela.

ELVIRA:
¿Maestro?

JAIME:
Premio de honor de la Escuela Normal.

GONZALO: (Levantándole el brazo.)
Ignoraba yo ese detalle, amigo Gallego.

JAIME:
Pues sí, señor; maestro superior.

GONZALO:
Vamos a ver; decline usted el brazo muy despacito.

JAIME: (Con el brazo en alto y hablando pausadamente.)
Nominativo… el brazo. Genitivo… del brazo. Dativo… al o para el brazo. (Ríen todos.) ¿Eh?

GONZALO:
No es eso; digo que baje usted el brazo poco a poco para que vea yo cómo juega.

JAIME: (Azoradísimo y haciendo más visajes que nunca.)
¡Ah!… ¡Ya!… ¡Sí!… ¡Claro!… ¡Toma!… (Baja el brazo.) ¡Se han reído de mí!

GONZALO:
¿Le ha molestado?

JAIME:
No, señor; yo tengo mucha correa.

GONZALO:
Digo el brazo…

JAIME:
¡Ah! Un poco.

GONZALO:
Pues venga: voy a darle una corriente eléctrica, y de paso le enseñaré el gabinete de consultas adonde ambos hemos de trabajar.

JAIME:
Sí, señor.

MELITÓN:
¿Cómo, pero tienes ya hecha la instalación?

GONZALO:
Ya lo creo; venga usted. Va usted a maravillarse. Abriré los balcones. (Mutis por la izquierda, primera puerta.)

JAIME: (Haciendo mutis tras él.)
Me tiro cada plancha… (Vase.)

MELITÓN:
Escucha: a mí me parece que como tu marido le dé a ese muchacho una corriente eléctrica, vamos a tener que amarrarlo con alambres.

ELVIRA:
Mejor le sentaría una taza de tila; pero en fin, allá él. (Se van por la puerta indicada. Por la segunda puerta entran Nuño y Urraca discutiendo.)

NUÑO:
¡No! Estoy harto de pinchaduras y de badilazos. Todo cuanto oigas de labios de los Marqueses, tiene una doble y molesta significación. Son maestros de la ironía. Y como estoy harto, repito, y la gota de agua que faltaba para mi rebosamiento ha caído, deseo recobrar dentro de esta mi casa la independencia a que soy acreedor.

URRACA:
Escucha, y esa gota.

NUÑO:
Estoy bastante mejor.

URRACA:
Aludo a la gota que ha motivado la rebasadura.

NUÑO:
¡Ah! Pues nada; una galantería con doblez. Que al regresar yo esta mañana de casa de Padilla y penetrar en el ascensor, me encontré con que ya estaba en el ascensor el Marqués. Por educación no retrocedí. Le saludé como correspondía y le dije por pura fineza: “Me cabe la honra de subir con usted”. A lo que él repuso: “Conde: aquí el único honrado soy yo”. No me chocó al pronto la frase, pero luego he comprendido que me ha insultado gravemente, porque si hay dos personas en un local y una de ellas dice: “Aquí la única persona honrada soy yo…” Enjuicia, Urraca, enjuicia.

URRACA:
¡Quién lo duda! Y es que no pueden resistirnos, Nuño.

NUÑO:
Claro. Somos más nobles que ellos y no hemos llegado, afortunadamente, a la situación en que ellos se encuentran, pues gracias a la bandeja de Benvenuto, vamos a volver a ser ricos.

URRACA:
¿Tú crees?…

NUÑO:
Lo creo yo y lo cree Padilla. Mira el continental que acabo de recibir. (Lee.) “Querido Nuñete…” Este Padilla lo diminutivea todo… “He visto a mi amigo Antúnez, el académico, y aunque está en cama con un agudo ataque de hipercloridia, al saber que esa bandeja puede ser de Benvenuto, ha pegado un salto y me ha dicho que esta misma tarde irá a visitarte. Si la bandeja es de Benvenuto, vale una fortuna.” ¿Eh? ¿Qué te parece?

URRACA:
Calla. Son ellos. (Por la segunda puerta Berenguela y Laín.)

NUÑO:
(Besando la mano a Berenguela.) ¡Oh!… ¡Marquesa!

BERENGUELA:
Buenas tardes, Conde.

LAÍN:
Condesa… (Le besa la mano.)

URRACA:
Marqués… (Se saludan con una reverencia.)

LAÍN:
Siéntate "Verenguela".

NUÑO:
Imítala, Urraca. (Se sienta cada matrimonio en su estrado respectivo.) Querido Marqués, a pesar de la profunda estimación que unos y otros nos profesamos…

LAÍN:
Profundísima.

NUÑO:
Tenemos que reconocer que la vida en común ofrece serias dificultades para unos y para otros.

LAÍN:
Muy serias.

NUÑO:
Esta casa es espaciosa, y como nuestras habitaciones están separadas y en ellas comemos unos y otros, no puede haber ocasiones de rozamientos. Queda únicamente este salón que tenemos que utilizar todos.

LAÍN:
Esa es la dificultad.

NUÑO:
Dificultad que creo haber orillado de un modo ingenioso.

LAÍN:
Oigamos, Conde, oigamos.

NUÑO:
Figurémonos que este salón son tres habitaciones separadas por espesos muros. El espacio que ocupan nuestros muebles y nuestro tapiz es una de ellas. El ocupado por los de ustedes, otra; y la tercera, es ese trozo del centro, junto a esa mesa, sitio neutral que debemos considerar no perteneciente ni a la casa de usted ni a la nuestra. Si alguna vez necesitamos decirnos algo, nos citamos a este lugar…

LAÍN:
¡Oh! Admirablemente.

BERENGUELA:
Ha sido una ocurrencia genialísima.

NUÑO:
¿De manera que estamos de acuerdo en lo de los muros?

LAÍN:
Con un aditamento.

NUÑO:
Veamos.

LAÍN:
Que cuanto se diga en una casa o en otra no "deverá" ser oído en la inmediata, sea lo que sea.

NUÑO:
¿Quién oye a través de los muros, Marqués?

LAÍN:
¿De modo que conformes?…

NUÑO:
Conformes.

LAÍN:
Conde.

NUÑO:
Marqués. (Se saludan y se retiran a sus estrados respectivos.) Gracias a Dios que se ve uno libre de testigos engorrosos, Urraca.

URRACA:
Es verdad.

BERENGUELA:
Escucha, ¿no ha venido aún Melitón?

LAÍN:
Por lo visto, y me está haciendo un pie agua. Necesito un Código civil. Esta tarde va a venir a verme un recomendado de Miss Plain, que desea hacerme una consulta de bufete. (Nuño y Urraca se ríen a carcajadas.)

NUÑO: (Con pitorreo.)
¡Qué risa!

LAÍN: (Conteniéndose.)
Hay que "travajar", "Verenguelita", yo no sé vivir de gorra, como otros. (Nuño y Urraca se ponen muy serios.)

NUÑO: (Junto al balcón.)
Mira, Urraca, hay un oso bailando.

URRACA:
Es verdad, un oso en pie con un hombre delante… ¡Qué cosa tan ridícula!…

NUÑO:
Baila, Mariana, baila. ¿Dónde he visto yo un cuadro con algo de esto?…

URRACA:
En casa de algún cursi… ¿Eh? Parece que hay algún cliente en la consulta…

NUÑO:
¿Tú crees?… (Se asoma.) Sí; hay un joven. Siéntate. (Se sientan.)

LAÍN:
Sentémonos, "Verenguela". (Se sientan también.)

JAIME: (Haciendo más guiños que nunca.)
¡Caray con la corriente! Me ha puesto que… salto. (Saluda.) ¡Anda! Cuatro señores; avisaré al doctor. (Hace mutis.)

NUÑO:
Baila, Mariana, baila.

GONZALO: (Con Jaime por la izquierda.)
Pero… No, hombre, no. Estos cuatro señores son mis padres.

JAIME:
¿Los cuatro?

GONZALO:
Los cuatro.

MELITÓN: (Con Elvira.)
¡Ilustres matrimonios!… ¿Qué tal?…

LAÍN:
¡Oh! Melitón…

NUÑO:
¡Querido Melitón!

MELITÓN:
A sus pies. Marquesa… Condesa… (Saluda a todos.)

GONZALO: (A Laín y Nuño.)
Presentaré a ustedes a mi ayudante.

MELITÓN: (Aparte a Gonzalo.)
Diles que pertenece a una ilustre familia para que les caiga bien.

GONZALO:
El señor don Jaime Gallego, de ilustre familia. (Todos se inclinan.)

JAIME: (Sin darle la mano a nadie.)
Mucho gusto en estrecharles las manos.

NUÑO:
¿Se apellida usted Gallego?

JAIME:
Gallego y Cenicero, para servirle.

NUÑO:
¿De los Gallegos Aurioles de Navarra o de los Gallegos de Alicante?

JAIME:
No, señor; de los Gallegos de Talavera, mi pueblo natal.

NUÑO:
Ignoraba que en Talavera hubiese Gallegos. Sabía que había Ceniceros, pero Gallegos, no.

JAIME:
Pues ya usted ve. hay Gallegos.

DOMINGO: (Por la derecha.)
¿Señor?…

MELITÓN: (Por Domingo.)
(Caray, pico de oro. A ver qué dice.)

DOMINGO:
¿Los señores me otorgan su venia?

GONZALO:
Diga.

DOMINGO:
Una señora de edad indefinida, pero asaz elegante, ha preguntado por el señor Doctor y yace en el recibimiento.

GONZALO:
Una clienta, sin duda. Bien; pues que pase. ¿Vamos, señor Gallego?

JAIME:
Vamos. (Se van Gonzalo y Jaime por la izquierda.)

NUÑO: (A Domingo.)
¿Y qué aguarda el criado?

DOMINGO: (Inclinándose.)
La venia del señor Jiménez para entregarle en propia mano esta misiva lacrada que acaba de darme a tal respecto su octogenario ayuda de cámara.

MELITÓN:
¡Oh! Muy bien. Traiga, traiga. Y puede decir a ese esperante que penetre. ¿Hame entendido?

DOMINGO:
Hele, señor. (Se inclina y se va.)

MELITÓN:
Caballeros, qué hombre. Bien, sentémonos. (Se sientan. Examinando el sobre de la carta.) (¡Otro anónimo! Porque esta letra…)

BERENGUELA:
Ya está aquí.

DOMINGO: (Entrando.)
Pasad, señora

MISS PLAIN: (Entrando tras Domingo.)
Cómo, ¿pero también a mí vais a hacerme la consabida comedia?… (Todos se echan a reír y se ponen de pie.)

MELITÓN:
¡Pero si es Miss Plain! (Le saluda.)

NUÑO:
Y van dos planchas.

BERENGUELA:
¡Como el criado es nuevo!…

NUÑO: (Desde la puerta.)
Elvirita, ven: es Miss Plain.

MELITÓN: (Desde la puerta primera de la izquierda.)
Tú, quítate la blusa aséptica y no te compongas, porque no hay de qué. Es Miss Plain.

MISS PLAIN: (Por don Melitón.)
(¡Dios mío!… ¡Tiene mi anónimo en la mano!)

ELVIRA: (Por la izquierda.)
¡Oh, Mary! (Se besan.)

MISS PLAIN: (Aparte a Elvira.)
Vea usted: está leyendo mi último anónimo…

ELVIRA: (Ídem.)
Tengo muy buenas impresiones.

GONZALO: (Por la izquierda.)
Querida Mary…

MISS PLAIN:
¡Oh! Doctor… (Se dan la mano.)

GONZALO:
Un millón de gracias. Vino ayer su recomendado y se marchó, al parecer, muy satisfecho.

MISS PLAIN: (Acercándose a Laín.)
¡Ah, Marqués! ¿Le ha visitado ese cliente?…

LAÍN:
Aún no, y le aguardo con verdadera impaciencia. Por cierto que… Melitón… Escucha, Melitón… ¿Eh? ¿Qué te sucede, Melitón?

MELITÓN:
Lo más extraordinario que darse puede. Ustedes saben que yo he recibido varios anónimos de una mujer que dice que me adora.

ELVIRA:
En efecto.

MELITÓN:
Ustedes saben también que yo no he parado mientes en ellos, y que he hecho maldito caso de esa misteriosa enamorada. Pues bien, la dama anónima, para convencerme de que existe, me cita para mañana a las tres de la tarde en el Retiro.

GONZALO:
¿En el Retiro?

MELITÓN:
Al pie de la estatua de don Fruela.

ELVIRA:
¿Está usted viendo, amigo mío? Acaso empiece mañana para usted una nueva era de felicidad.

MISS PLAIN:
(¡Me siento morir de rubor!)

MELITÓN:
No; después de tantos desengaños, me cuesta trabajo el creer que haya podido inspirar una pasión semejante.

NUÑO:
Hombre, nunca falta un roto para un descosido.

MISS PLAIN:
(¡Qué grosería!)

ELVIRA:
¡Papá!

MELITÓN: (Quemado.)
El refrán, querido Nuño, será adecuado, no te lo niego; pero convendrás conmigo en que resulta algo cáustico.

NUÑO:
Pues hay otro muchísimo peor.

MELITÓN:
Pues ese se lo vas a decir a tu abuela… o a tu tío Santiago Apóstol.

LAÍN:
¡Es de una ordinariez! Escucha, Melitón, ¿me compraste el Código que te encargué?

MELITÓN:
Sí. Distraídamente lo he dejado en el gabinete de consulta…

GONZALO:
Vamos por él, y de paso verá usted la nueva instalación de los aparatos.

ELVIRA:
Verdad; que aún no la han visto. Vengan, vengan todos.

MISS PLAIN:
Sí, vamos.

MELITÓN:
Una palabra, Miss Plain. (A los demás.) Somos con ustedes en seguida.

MISS PLAIN:
Tiemblo como la hoja en el árbol.

NUÑO:
Baila, Mariana, baila.

LAÍN: (Con Berenguela.)
¡Baila, Mariana! Pues como yo le invente una copla le va a escocer. (Hacen mutis detrás de Elvira y Gonzalo.)

NUÑO: (Haciendo también mutis del brazo de Urraca.)
Chica, lo de Mariana ha sido un hallazgo; le sabe a demonio.

MISS PLAIN:
Bien; pues usted me dirá, señor Jiménez.

MELITÓN:
Querida Mary: usted ha sido hasta ahora mi confidente. Cuantas veces he consultado con usted, usted, con una frialdad desgarradora (Miss Plain ahoga un suspiro.), me ha replicado siempre: —“No, Melitón, no; esa mujer le engaña”, y siempre ha acertado usted, desgraciadamente. Por eso, ahora, temeroso de un nuevo desengaño, sin fuerzas ya para resistirlo, deseo que me diga usted francamente, fríamente, si debo abrigar nuevas esperanzas. Si esta carta la ha dictado un cerebro que se burla o un corazón que siente… Lea usted.

MISS PLAIN: (Temblorosa.)
(¡Dios mío!)

MELITÓN:
Lea usted, Mary. (Pausa.)

MISS PLAIN: (Después de pasar la vista por la carta.)
Esta mujer existe, Melitón. Existe y le adora; sí, le adora.

MELITÓN:
¡¡Miss Plain!!

MISS PLAIN:
¡Se lo juro!

MELITÓN:
¡Oh! ¡Qué feliz me hace usted! (Le coge el anónimo y la mano.)

MISS PLAIN: (Estremeciéndose.)
¡Melitón!…

MELITÓN:
No sé lo que daría por caer ahora mismo a las plantas de esa mujer.

MISS PLAIN: (Haciendo un grandísimo esfuerzo.)
Mañana, Melitón, mañana.

MELITÓN:
De esa mujer… Acaso de esa niña, porque el corazón me dice que es joven, muy joven.

MISS PLAIN:
¡¡Oh!!

MELITÓN:
Y muy hermosa. (Miss Plain tuerce el gesto.) ¡Dios santo! ¿Habré tenido la fortuna de inspirar amor a un ángel de diez y ocho abriles?…

MISS PLAIN: (Contrariada.)
No tan pocos…

MELITÓN:
Bueno, veinte o veintiuno…

MISS PLAIN:
¿Qué más están los años, Melitón? It is the heart which always is young. Es en el corazón donde está la verdadera juventud, y el de ella… ¡ah!, el de ella…

MELITÓN:
¡Qué!…

MISS PLAIN: (Conteniéndose.)
Ahí lo dice; no ha querido a nadie más que a usted… Se trata, por lo visto, de un alma tierna, sólo comparable a la de usted, Melitón.

MELITÓN:
Un alma tierna en un cuerpo perfecto.

MISS PLAIN:
¡Oh!

MELITÓN:
Sí, Mary, perfecto, o al menos a mi gusto.

MISS PLAIN:
Eso ya está otra cosa.

MELITÓN:
La veo…

MISS PLAIN:
¡Por Dios! (Se levanta.)

MELITÓN:
La adivino; podría dibujarla.

MISS PLAIN:
No fantasee, señor Jiménez.

MELITÓN:
Es morena, sí, morena. A mí me gustan las morenas, y, a ser posible, metiditas en carnes. (Miss Plain le mira asombrada.) Las gorditas me enloquecen, Miss Plain. Especialmente cuando son jóvenes. Porque eso es lo esencial: juventud, frescura, perfume de flor.

MISS PLAIN:
(¡Oh!)

MELITÓN:
Es madrileña. ¡Madrileña! La española por excelencia… Yo no me casaría más que con una española. Las extranjeras no… Vamos, no… Esto se lo puedo decir a usted, porque usted no es para mí ni española ni extranjera, ni… vaya, es usted para mí como yo mismo. Usted no puede molestarse; pero quiero decir, que las extranjeras suelen ser delgadas, angulosas, y a mí que no me hablen de mujeres angulosas. (Miss Plain, abatida, se deja caer en una silla.) Esas señoritas que dan puñaladas con los codos y con las rótulas, y que pueden transportar objetos en los huesos del escote… A mí no me han inspirado nunca nada.

MISS PLAIN:
(¡Dios mío!)

MELITÓN:
Mi tipo es el que tendrá seguramente esa virgen que me ama: menuda, pelinegra, gordinfloncilla…

MISS PLAIN:
(¡No me descubriré nunca!… ¡¡Nunca!!)

MELITÓN:
Yo no quiero amores de Ofelias; las Ofelias son tristes; acaban suicidándose.

MISS PLAIN: (Trágica.)
¡No, Melitón, no!

MELITÓN: (Saltando en seco.)
¿Eh?

MISS PLAIN:
¡No me recuerde usted ahora el suicidio!

MELITÓN: (Asustado.)
Pero…

MISS PLAIN: (Reponiéndose.)
Nada, perdóneme… No sé lo que me digo. Escuchándole evoqué una triste recuerda. Fue una ráfaga… Nada… Nervios… Perdón… Adiós.

MELITÓN:
¿Se marcha usted?

MISS PLAIN:
Sí… volveré… Tengo que… (Casi sin poder hablar.) Hasta luego.

MELITÓN:
Me deja usted loco de alegría, Mary. Gracias… ¡¡Gracias!!

MISS PLAIN:
Melitón… adiós. (Haciendo mutis por la primera puerta de la derecha, secándose una lágrima.) (¡¡Por qué no habré nacido espaniola y morena!!) (Vase.)

MELITÓN: (Muy contento.)
Mañana será don Fruela mudo testigo de mi felicidad. Caramba, la emoción me ha resecado la glotis. Voy a beber un vaso de agua y a leer nuevamente el anónimo. ¡Dios mío! Yo casado y con una chiquilla morena, gordinfloncilla, caderosa y mimosa… Sobre todo mimosa. (Hace mutis segunda derecho, cantando:) “Mimosa… mimosa…”

BERENGUELA: (Muy descompuesta.)
¡No, Elvira, no!

ELVIRA:
¡Pero por Dios, señora!…

BERENGUELA:
Son ya muchos picotazos, y mi epidermis es extremadamente sutil.

URRACA: (Entrando.)
No tiene usted motivos para ponerse así, señora.

ELVIRA:
¡Pero qué ha sucedido, Dios mío!

URRACA:
Nada. Que nos estaba Gonzalo enseñando unas ampollas para inyecciones antidiftéricas, y al decirnos que eran de suero de caballo, pregunté yo, inocentemente, ¿las hay de oso? No creo que esta interrogante envuelva ninguna injuria.

BERENGUELA:
Envuelve una mordacidad, señora, porque usted y su esposo de usted la han tomado con nuestro oso heráldico.

URRACA:
¡Por Dios!

BERENGUELA:
¿Hablo yo jamás del caballo de Santiago? Y eso que la famosa leyenda del estribo es para congestionar de risa.

URRACA:
¡Marquesa!

BERENGUELA:
No me negará usted que eso de “San-ti-hago-Conde”, más que la raíz de un árbol genealógico es un retruécano.

URRACA: (Nerviosísima.)
¿Un retruécano?… (Llamando.) ¡Nuño!

ELVIRA:
¡Dios mío! ¡Y así siempre!… (Entran Laín y Nuño.)

LAÍN:
“¡Vah!” “¡Vah!”… Yo no necesito de “vandejas” de “Venvenuto” para levantar mi casa. Con mi cerebro y este código “savré” rehacer mi fortuna.

URRACA:
Escucha, Nuño…

NUÑO:
Déjame ahora.

LAÍN: (Súbitamente.)
El “trabajo” es la redención.

NUÑO:
Un plebeyo debe pensar así, pero un Pola de Clavijo que puede transportar sus pergaminos en carros y no en una maleta de piel de Mariana…

LAÍN:
¡¡Don Nuño!!

DOMINGO: (Por la derecha.)
¿Señor?… (Entregando una tarjeta a Nuño.) Este caballero, no mal portado, ansía penetrar.

NUÑO:
Será Antúnez, el académico, que viene a apreciar nuestra bandeja, (Leyendo la tarjeta.) En efecto. ¡Hipólito Antúnez!… Que pase.

MELITÓN: (Que sale en este momento, segunda derecha.)
¿Quién es, tú?

NUÑO:
Antúnez, el académico; esa gran autoridad arqueológica que viene a apreciar la bandeja de los medallones. Chico, creo que la bandeja vale una fortuna y aspiro a venderla.

LAÍN:
Como la “vandeja” sea de “Venvenuto”, me pego un tiro.

ANTÚNEZ: (Por la derecha, primera puerta.)
Muy buenas tardes. (Es un viejo enteco, seco, mal encarado, áspero, una especie de puercoespín con levita.)

NUÑO:
¡Oh! Señor Antúnez… Sea bien venido… Aquí tienen ustedes al señor Antúnez, al sabio maestro, que a pesar de hallarse enfermo no ha vacilado en venir a esta casa para hacerme el más señalado de los favores. Siéntese.

ANTÚNEZ:
Ciertamente que mi edad es avanzada y mi salud precaria, pero aunque hubiese sabido que me esperaba aquí la muerte, no hubiera dejado de venir.

ELVIRA:
¡Oh, qué atento!

URRACA:
¡Qué amabilidad!

NUÑO:
No sé cómo agradecerle…

ANTÚNEZ:
Buena estupidez sería que me lo agradecieran. No lo hago por ustedes.

MELITÓN:
(Aprieta.)

ANTÚNEZ:
Cuando digo que hubiera venido aun con riesgo de mi vida, deben comprender que no será por ver a unas personas que no conozco y que me traen sin cuidado.

MELITÓN:
(Educadísimo.)

ANTÚNEZ: (Más dulcemente.)
Perdónenme. Yo soy un poco brusco tal vez… Acháquenlo a mi enfermedad.

NUÑO:
¿Padece usted de algo?

ANTÚNEZ:
Llevo más de cincuenta años con una dispepsia horrible, que me agria un poco el humor.

MELITÓN:
Claro, la vida sedentaria, el estudio constante, las continuas investigaciones… Debe ser una tarea ingrata y penosa la de interrogar al pasado, la de reconstituir lo que fue, la de preguntar a cada piedra qué mano la dio vida, qué genio la animó.

ANTÚNEZ:
Sí, pero eso en España se estima en poco. (Se aprieta el estómago.)

NUÑO:
Sin embargo, a usted se le considera y se le respeta…

ANTÚNEZ:
No diga usted majaderías, caballero… ¿Qué sabe usted de eso?

LAÍN:
Claro…

ANTÚNEZ:
¡Cuidado que es osadía querer discutir conmigo! No hay nada más audaz que la ignorancia…

LAÍN:
Tiene razón.

NUÑO:
Caballero, perdóneme usted…

ANTÚNEZ:
No; usted a mí… Es la dispepsia. Hoy estoy fatal. Como he tenido que levantarme de la cama para venir…

MELITÓN:
Hubiera podido esperar a otro día…

ANTÚNEZ:
¡Esperar!… ¡Esperar!… (Apretándose el estómago.) En esta casa nadie sabe lo que se pesca.

MELITÓN:
(Yo a este tío le opero de una patada.)

ANTÚNEZ:
Si ustedes leyeran, sabrían que yo he escrito una obra en once tomos, a la que han seguido nueve folletos complementarios, sobre cierta joya artística del renacimiento perdida por desgracia para la humanidad; la que el gran Benvenuto Cellini llama en su carta a Catalina de Médicis, su obra maestra, “Capolaboro”, y que no ha podido averiguarse cuál era; unos creen que el Perseo, otros que el Mercurio, otros que los Candelabros de la Cartuja de Pavía, pero en realidad nadie ha sabido, hasta que yo lo he descubierto, que la obra maestra de Benvenuto fue una bandeja de plata repujada ofrecida por él al Emperador Carlos quinto.

NUÑO:
¿Una bandeja? (Expectación general.)

ANTÚNEZ:
Sí, señores, una bandeja; y estoy seguro de que ese tesoro se encuentra en España. ¿Dónde? Sabe Dios. Todas mis investigaciones han sido inútiles hasta ahora. Por eso cuando mi amigo Padilla me dijo hace un rato que cierta familia poseía una bandeja atribuida a Cellini, me arrojé del lecho y aquí estoy. Venga, venga en seguida esa bandeja. Ardo ya en deseos…

NUÑO:
Habrá que esperar un instante, porque está en el despacho de mi yerno y no sé si ahora…

URRACA:
Como estamos en arreglo de casa nueva, la pusimos allí para las tarjetas de los clientes…

ANTÚNEZ:
¡Qué atrocidad! ¡Qué profanación! La bandeja de Benvenuto…

URRACA:
Como ignorábamos…

ANTÚNEZ:
Están ustedes locos. ¿Ustedes saben lo que tienen, si esa bandeja es lo que sospechamos? Pues poseen ustedes una de las obras de arte más importantes del mundo. Una joya que no tiene precio, porque por esa bandeja, una vez demostrada su autenticidad, se pueden pedir tres o cuatro millones de pesetas.

NUÑO:
¡Urraca!… ¡Urraca!…

ANTÚNEZ:
Querrá usté decir eureka.

NUÑO:
No, señor, Urraca, que es el nombre de mi esposa. ¡Tres o cuatro millones!

URRACA:
¡Dios mío!… ¿Será la de Benvenuto?

ELVIRA:
No es posible. Sería demasiado.

ANTÚNEZ:
Dígame usted, esa bandeja estará formada así, como por pequeños medallones, ¿no?

NUÑO:
Por pequeños medallones.

ANTÚNEZ:
Que representarán batallas…

NUÑO:
¡Justo! Batallas, sí, señor, batallas.

ANTÚNEZ:
Entonces…

NUÑO: (Radiante.)
Nada, señor: la de Benvenuto… Carlos quinto la regalaría a cualquiera de mis ascendientes…

ANTÚNEZ:
Ustedes son nobles, ¿no?

NUÑO:
Por los cinco costados.

ANTÚNEZ:
De antiguo abolengo, ¿no?

NUÑO:
El más antiguo que se conoce, caballero. “Después de Dios padre y de Dios hijo, la casa de los Pola de Clavijo.”

LAÍN:
Y entretanto que se fastidie el Espíritu Santo.

NUÑO: (A Laín.)
Diga, diga lo que guste. Ya no me importa.

ANTÚNEZ:
Entonces, sí; es lícito suponer que algún rey obsequiara a cualquiera de sus ascendientes de usted…

NUÑO:
Mis ascendientes han tenido por amigos a más que reyes: a santos.

MELITÓN:
(Ya salieron los pergaminos.)

ANTÚNEZ:
¿A santos?

NUÑO:
A santos, sí, señor; a santos.

ANTÚNEZ:
Pero, ¿a santos de qué?…

NUÑO:
Sepa usted que uno de mis antepasados ayudó al Apóstol Santiago a montar en su caballo blanco al lanzarse sobre la morisma.

ANTÚNEZ: (Apretándose el estómago.)
Eso es una patraña ridícula, caballero. Ya está demostrado que todo eso de Santiago y de Clavijo no es más que una leyenda.

MELITÓN:
(¡Sopla!)

LAÍN: (Por Antúnez.)
¡Lo dice un sabio!

NUÑO:
¿Patraña mi blasón?…

MELITÓN: (Mediando.)
Vamos, vamos, señores… Señor Antúnez, comprima usted un poco esa dispepsia… Y tú, querido Nuño…

ANTÚNEZ:
Perdónenme otra vez. Es que estoy molestísimo. Yo he venido a ver la bandeja, y como no veo la bandeja y en cambio estoy oyendo una sarta de tonterías…

MELITÓN:
Tiene usted razón; voy por la bandeja.

ELVIRA:
Por Dios, Melitón; ¿le molestará a Gonzalo?

MELITÓN:
Mira, aunque le moleste. El saber si son ustedes o no inmensamente ricos bien vale la pena de un regaño. (Se va por la primera puerta de la izquierda.)

URRACA:
¡Cuatro millones de pesetas!…

ANTÚNEZ:
Eso si no es para el museo Británico o para el de Nueva York, donde darían más.

URRACA:
¡Nuño!

NUÑO:
¡Dios no olvida a sus predilectos! ¡Esto es un milagro del Santo familiar!…

MELITÓN: (Entrando con la bandeja.)
Aquí está. (Expectación.)

ANTÚNEZ:
¡Ven a mis manos, reliquia santa! (Toma la bandeja, la contempla con asombro y con ira y se aprieta el estómago.)

LAÍN:
¡Me lo pego, “Verenguela”, me lo pego!

ANTÚNEZ:
¿Pero esto qué es, señores? Porque yo, aunque viejo, no me dejo sobar la barbilla…

MELITÓN:
¡Cómo! ¿No es la de Benvenuto?…

ANTÚNEZ: (Furioso.)
Esto es una imitación ridícula que no tiene ni siquiera el mérito de las buenas imitaciones.

NUÑO:
¿No es auténtica?

ANTÚNEZ:
¿Auténtica esta birria? (Tirándola.) Si le dan a usted por ella cuarenta duros, véndala en seguida. (Laín y Berenguela sofocan la risa.)

NUÑO: (Quemadísimo.)
Señor mío, esas no son formas… Además, debe usted estar en un error. Esa bandeja viene de uno de mis antepasados.

ANTÚNEZ:
¿Del que ayudó a montar a caballo al Apóstol?

LAÍN:
Muy ocurrente, muy ocurrente…

NUÑO:
¡Señor Antúnez!

ANTÚNEZ:
Tan verdad es lo de Clavijo como lo de Benvenuto. No hay derecho a falsificar de ese modo la historia ni la orfebrería… (Nuevas risas.)

NUÑO:
¡¡Caballero!!…

ANTÚNEZ: (Disponiéndose a hacer mutis.)
¿Y para esto me he levantado yo de la cama?… ¿Para ver una pandereta?… (Airadísimo.) Beso a usted la mano… (¡Idiotas!… ¡Imbéciles!… ¡Qué Clavijo ni qué Ca…mueso!) (Vase refunfuñando.)

NUÑO: (Por Laín.)
Pero, ¿qué es esto?

MISS PLAIN: (Por la derecha.)
¡Qué atrocidad! ¿Quién está ese caballero que va diciendo esas palabrotas? (Nuevas risas.) ¡Qué soez! ¿Eh? ¿Qué pasa que están ustedes tan contentos?

LAÍN:
Que Santiago ha hecho un milagro. (Ríe.)

NUÑO: (Lívido.)
Caballero, no tengo guante ni tarjeta, pero le arrojo al rostro lo que tengo a mano. (Coge un número de "La Acción" y se lo tira.)

ELVIRA:
¡¡Papá!!

BERENGUELA:
¡¡Laín!!

LAÍN:
¡Caballero!… ¡Esta acción!…

NUÑO:
Es usted un mentecato.

MELITÓN:
¡Nuño!

LAÍN: (Amenazador.)
¡Esa palabra!…

BERENGUELA: (Sujetándole.)
¡Por Dios!

NUÑO:
La repito. ¡¡Mentecato!!…

MISS PLAIN:
¡Jesús! (Ayuda a Berenguela a sujetar a Laín. Entre Urraca y Melitón sujetan a Nuño.)

ELVIRA:
¡Ay, Dios mío!…

LAÍN: (Forcejeando.)
¡Soltadme! Quiero vindicar la ofensa.

NUÑO:
¡Soltadme a mí también!

JAIME: (Que ha salido un momento antes, haciendo visajes, pegando saltos y nerviosísimo.)
¡Bronca!… ¡Ya!… ¡Ay!… ¡Don Gonzalo! ¡Ya! ¡Bronca!…

GONZALO: (Precipitadamente, por la izquierda.)
¿Qué sucede?

LAÍN:
¡Nos veremos, Conde!

NUÑO:
¡Nos veremos, Marqués!

ELVIRA: (Dejándose caer sin fuerzas en una silla.)
¡Ay!… ¡Ay!… (Se desmaya.)

GONZALO:
¡Elvira!… ¡Elvira!… ¿Están ustedes viendo? ¡Elvira!…

ELVIRA: (Volviendo a la vida.)
Nada, no es nada…

GONZALO: (A los demás.)
Esto no puede continuar así, señores. Lo digo por primera y última vez. Van ustedes a matar a Elvira. Piensen en su estado…

URRACA:
¿En su estado?… (Emoción general.)

BERENGUELA:
¿Pero está?…

GONZALO:
Sí; está… ¡está!… Si no quieren tener compasión de su hija, ténganla al menos de su nieto.

NUÑO:
¿Pero es posible?… ¡Si me cuesta trabajo creerlo!…

MELITÓN:
Hombre, que estás ofendiendo a Gonzalo.

NUÑO:
¡Vamos a ser abuelos, Urraca!…

LAÍN:
¡Vas a tener un nieto, “Verenguela”!…

LAÍN:
¡Gracias, señor!… La estirpe del vengador de “don Favila” retoña nuevamente.

NUÑO:
¡Gracias, glorioso apóstol!… El linaje que tú ennobleciste se perpetuará en la historia.

GONZALO:
Puesto que todos celebramos por igual la ventura que Dios va a enviarnos, acaben aquí para siempre las rencillas.

URRACA:
Sí: acaben para siempre… ¡Berenguela!…

BERENGUELA:
¡Urraca!… (Se abrazan.)

NUÑO: (Solemne.)
Dices bien. Puesto que ya se han juntado nuestras sangres, júntense también nuestros brazos… ¡Laín!…

LAÍN:
¡Nuño amigo!… (Se abrazan fríamente.)

MELITÓN: (A Miss Plain.)
Todos están contentos, Mary, pero yo más que ninguno. También a mí me aguarda la felicidad. Mañana la estatua de don Fruela será testigo de mi dicha.

MISS PLAIN:
¿Y si no acudiese nadie a la cita, Melitón? ¿Y si se tratase de una burla?…

MELITÓN: (Súbitamente.)
Allí mismo me levantaría la tapa de los sesos. (Miss Plain pega un grito y cae desmayada. Todos acuden a ella.) (Telón.)

Acto tercero

La misma decoración del acto anterior. Es de día.

Al levantarse el telón están en escena Bernarda y Pepito. Bernarda es una joven como de treinta años, muy alta, muy delgada, muy elegante, muy aguileña y muy engafada. Parece inglesa, pero no lo es. Pepito, su hermano, es un chico de quince años, pero de una estatura descomunal, inaudita. Es un alabardero con calzón corto, cuello de marinero y chalina.

BERNARDA:
Pepito, siéntate, que llevas mucho tiempo de pie. ¡Por Dios, no vayas a crecer más! (Pepito no se mueve.)

DOMINGO: (Por la derecha.)
Pasad. (Entran en escena Cosme y Emilita. Cosme es un señor como de cincuenta años.) El señor tendrá que aguardar “a forciori”.

COSME:
¿A quién dice usted?

DOMINGO:
Quiero decir, y perdone el señor el vocablo latino, que el señor tendrá que esperar, aunque por fortuna para el señor, no será larga la espera.

COSME:
Bien; está bien. (Domingo saluda y se va.)

EMILITA:
Papá, mira quién está ahí: la señorita de Peris y su hermano.

COSME:
¿Eh? (Dirigiéndose a Bernarda.) ¡Oh! Bernardita, ¿qué tal, amiga mía?

BERNARDA:
Muy bien. ¿Y usted, Tres-Ríos?

COSME:
Perfectísimamente.

BERNARDA:
¿Esta es la pollita?…

COSME:
Esta, sí, señora.

BERNARDA:
Muy mona. ¿Qué tal, mujer?… (La besa.) ¡Pepito!

COSME:
¡Caramba! ¿Pero éste es aquel Pepito? ¡Cómo ha crecido!… ¿Qué tal, hombre?

PEPITO: (Con dos arrobas de gibia.)
Ya usté lo ve.

BERNARDA:
Anda, siéntate allí con Emilita. (Pepito y Emilita se sientan.)

COSME:
¡Qué atrocidad! ¿Pero qué estirón ha pegado este chico?

BERNARDA:
Demasiado. Y ya ve usted, aun no ha cumplido los diez y seis años.

COSME:
Qué, ¿sigue en su idea de ser sacerdote?

BERNARDA:
No; esa idea se le va borrando. Yo no hago más que decirle que con esa estatura no iba a poder cantar misa, porque las casullas iban a parecer en él unos baberos, y eso le está desimpresionando. Ahora dice que quiere ser de telégrafos.

COSME:
Sí, para el telégrafo tiene condiciones; incluso para el de sin hilos, que hace falta…

BERNARDA:
Pepito, encoge esas piernas. (Pepito obedece.)

COSME:
¿Llevan ustedes mucho tiempo de espera?

BERNARDA:
Mucho. Cuando vinimos había aquí más de veinte personas. Este doctor Bernáldez sube como la espuma.

COSME:
Tiene mucho talento, y sobre todo, acierta. A mí me ha curado radicalmente. Yo padecía desde hace diez años unos dolores reumáticos en todo el cuerpo que estaba baldado, y nada, vea usted, me ha curado.

BERNARDA:
¡Qué suerte!

COSME:
Y ya ve usted; sin medicinas, que es lo más notable. Con baños de sol.

BERNARDA:
Eso se lleva ahora mucho.

COSME:
Durante un mes he estado tomándolos. Me desnudaba completamente, me ponía en el mirador de mi casa y de primera.

BERNARDA:
Sin embargo, me ha parecido verle cojear un poco…

COSME:
Sí, pero esto es de otra cosa. Nada, a uno de los vecinos de enfrente que le molestaba el que yo me pusiera en el mirador de mi casa de aquella manera. Aunque yo en punto a belleza soy un coco, él creyó que yo me exhibía por todo lo contrario. Por descoco. Me buscó, tuvimos unas palabras, y me dio una coz en este fémur que por poco me lo esquirla. Ahora vengo aquí a que le hagan una radiografía a la niña.

BERNARDA:
¿Pues qué tiene?

COSME:
Que la muy pava, no sé cómo, se ha tragado una hebilla.

BERNARDA:
¡Jesús!

COSME:
No es lo primero que se traga; porque ya una vez se tragó un dije, que era un librito de oro, y tuvo el libro en el apéndice tres o cuatro años. Ahora, que esto de la hebilla me preocupa, porque como tiene esas púas…

BERNARDA:
¡Qué apuro, Dios mío! ¿Y le duele?

COSME:
Muy poco, pero como se trata de una hebilla, temo que le apriete…

BERNARDA:
Pues yo vengo por Pepito.

COSME:
¿Qué le ocurre?

BERNARDA:
Que nos parece que tiene algo de sonambulismo.

COSME:
¡Caramba!

BERNARDA:
Sí, señor. Le hemos sorprendido ya dos madrugadas, una en el pasillo de la cocina y otra en la propia cocina.

MELITÓN: (Precipitadamente por la izquierda, segunda puerta.)
¿Eh? ¿Cómo? ¿Aun están ustedes aquí?

PEPITO: (Más despatarrado que nunca.)
Ya usté lo ve.

MELITÓN:
Creí que había terminado ya la consulta… (Dudando.) Entonces… No… Sí… (Llama a la primera puerta de la izquierda.) ¡Jaime!… ¡Jaime!…

JAIME: (Asomándose.)
¿Quién? ¡Ah!

MELITÓN:
Oiga, dígale a Gonzalo que la niña ha tomado hace un cuarto de hora el lacteol, pero que llora muchísimo.

JAIME:
¿Y qué?

MELITÓN:
Que si la pueden dar ya el pecho o hay que aguardar forzosamente a que pase la media hora.

JAIME:
Está muy bien.

MELITÓN:
¡Ah! Dígale que es un llanto desgarrador, que parte el alma; y que no es más que hambre, porque la hemos desnudado y no tiene nada que le apriete, ni la fajita ni el pañalito…

JAIME:
Aguarde usted. (Desaparece.)

COSME: (A Bernarda.)
¿Quién es?

BERNARDA:
Don Melitón Jiménez.

COSME:
¡Ah! Ese tan rico…

MISS PLAIN: (Por la izquierda, segunda puerta. Ha cambiado mucho. Tiene la tez algo cobriza y el cabello, no rubio pálido como antes, sino de un rojo fuego, que da miedo.)
¿Qué dice Gonzalo, señor Jiménez?

MELITÓN:
Espere usted: ha ido Gallego a preguntarle. Qué, ¿sigue llorando?

MISS PLAIN:
¡Oh! ¡Y de qué modo! Se pone moradita.

MELITÓN:
¡Ángel mío!

MISS PLAIN:
Y se chupa las manos…

MELITÓN:
Hambre, nada más que hambre.

JAIME: (Asomándose de nuevo.)
Que ya pueden darle.

MISS PLAIN:
¡Oh! Vamos.

MELITÓN:
¡Corra usted! ¡Pobrecita mía!… (Se van.)

BERNARDA:
Están locos con la niña. Es ya la tercera vez que vienen con recaditos.

COSME:
¿Qué niña es esa?

BERNARDA:
La hija del Doctor. Nació hace muy cerca de dos meses, y está originando una de disgustos en la familia…

COSME:
¿Eh? ¿Por qué?

BERNARDA:
Porque los padres y los suegros del Doctor, han hecho cuestión de gabinete lo relativo al nombre que han de poner a la criatura, y como aun no se han puesto de acuerdo, todavía está la niña sin bautizar.

COSME:
¡Pues sí que es una situación!…

BERNARDA:
Por Dios, Pepito, no bosteces más y encoge esas piernas. No sé lo que va a decir Emilita de ti.

PEPITO: (Amenazador.)
¿De mí? Que diga algo y ya verá…

BERNARDA:
¡Hombre, por Dios!… Anda, haz versos. ¿Has traído lápiz?

PEPITO:
Lápiz, sí, pero no tengo papel.

BERNARDA:
Ahí, en cualquier parte, hombre. (A Cosme.) Si viera usted que coplas tan bonitas saca. ¡Tiene un oído!…

COSME:
¡Caramba, pues a ver si resulta un poeta de altura! (Pepito saca un lápiz perezosamente, y muy despatarrado se deja caer sobre la mesa y escribe en las páginas de un libro muy lujoso que hay sobre la mesita. Para que Emilita no vea lo que escribe, pone la mano izquierda a guisa de pantalla. Por la segunda puerta de la izquierda entra en escena don Melitón. Trae algo envuelto.)

BERNARDA:
Otra vez.

MELITÓN: (Llamando en la primera puerta de la izquierda. Como antes.)
¡Jaime!… ¡Jaime!…

JAIME: (Asomándose.)
¿Qué?

MELITÓN:
Dígale a Gonzalo que vea esto.

JAIME:
Sí, señor. (Toma el envoltorio con sumo cuidado y desaparece.)

BERNARDA: (A Melitón.)
Noto que esa niña le tiene entusiasmado, don Melitón.

MELITÓN:
No lo sabe usted bien, Bernardita. Bueno, y es para entusiasmarse, porque si usted la viera… ¡Es de una ricura!… Yo hacía más de cuarenta años que no había visto de cerca un niño chico. Pensaba en ellos, me gustaban, pero, vamos, no los había visto de cerca. Y esta… bueno, esta es una monería; sus ojitos… su boquita… su cuerpecito… ¡unas manitas!… Y luego es que conmigo se desvive. Nada, que me conoce y que me quiere… Porque es listísima, lo que se dice listísima. Mire usted, la tiene el ama, y venga llorar; la coge su madre, y llora que te llora; la coge su padre, y arma un escándalo: bueno, es que su padre no se da maña ninguna; no tiene costumbre… Y la cojo yo, y se calla y se ríe; porque es que se ríe. Cierra los ojitos y hace así… (Pone una feísima cara de risa.) Nada, que se ríe. ¡Riquísima!

JAIME: (Con el envoltorio en la mano.)
Don Melitón.

MELITÓN: (Acudiendo precipitadamente.)
¿Eh? ¿Qué? ¿Qué dice?

JAIME: (Dándole el lío.)
Dice que está bien: que es completamente normal.

MELITÓN:
Más vale así. Muchas gracias. (Desaparece Jaime.)

MISS PLAIN: (Por la izquierda segunda puerta.)
¡Qué! ¿La ha visto?

MELITÓN:
Normalísima; lo que yo opinaba, señor.

MISS PLAIN:
Y decían Elvira y el ama…

MELITÓN:
¡Qué saben ellas! Para estas cosas de los chicos hay que tener práctica. Tome usted. (Le da el envoltorio.) ¿Le han hervido el aro y el chupete?

MISS PLAIN:
Creo que no.

MELITÓN:
Pues corra usted: que antes se han caído al suelo, no se los vayan a meter en la boca sin hervirlos previamente.

MISS PLAIN:
¡Por Dios!

MELITÓN:
Hay que estar en todo. (Se van precipitadamente por donde antes. Salen de la consulta Jaime y Revenga, un señor bien portado.)

BERNARDA: (Levantándose.)
Gracias a Dios.

REVENGA:
Bien, hasta el lunes; muchas gracias.

JAIME:
Adiós, señor Revenga, hasta el lunes.

REVENGA:
¡Ah! Esos papelillos son para tomarlos uno por la mañana y otro por la noche, ¿no?

JAIME:
Sí, señor.

REVENGA:
Bien, muchas gracias, hasta el lunes.

JAIME:
Hasta el lunes, señor Revenga.

REVENGA:
¿Y qué me dijo de alimentación?

JAIME:
Pues le dijo que nada de carne, ni de huevos, ni de verduras. Pescado y nada más que pescado.

REVENGA:
Perfectamente. Adiós, hasta el lunes.

JAIME:
Adiós, señor Revenga. Hasta el lunes.

REVENGA: (Ya en la puerta, volviéndose.)
Por supuesto, que de vinos…

JAIME:
Nada. Agua y nada más que agua. Es lo que le va mejor al pescado.

REVENGA:
Sí, claro, pero… en fin, adiós. Hasta el lunes. (Vase.)

JAIME:
Adiós, hasta el lunes, señor Revenga.

BERNARDA:
¡Qué pesadez de hombre!

JAIME: (A Bernarda.)
Cuando ustedes gusten.

BERNARDA:
Vamos, Pepito. (Pepito se levanta cachazuda y perezosamente.) Anda. (A Cosme.) Le prometo tardar muy poco.

COSME:
Muchas gracias. (Se van por la izquierda Bernarda y Pepito.)

JAIME: (Haciendo mutis tras ellos.)
(Angelito. El día que tenga que comprarse un gabán de pieles, se arruina.) (Vase.)

EMILITA:
¡Ay, papá, qué niño, qué niño y qué niño! ¡Jesús qué pata!

COSME:
¿Has visto? Pues su padre tenía todavía más estatura. No podía ir a los toros ni al teatro, porque se sentaba y hasta se encogía, y empezaban a decir los de detrás “A ver, que se siente ese caballero”. Cuando iba por la calle, parecía que lo llevaban en hombros.

EMILITA:
¡Qué desgracia!

COSME:
A ver los versos que ha escrito. (Se acerca a la mesa y ojea el libro.) ¡Qué bruto! ¿Pues no se ha puesto a escribir en la Divina Comedia? (Leyendo.)
Plato quisiera yo ser
para estar en la cocina,
y ver a la cocinera
que es una criatura divina.

EMILITA:
¡Jesús, qué mamarracho!

COSME: (Leyendo.)
Sale el sol por el Oriente
donde está la aurora divina,
y yo digo que en mi casa
sale el sol en la cocina.

EMILITA:
Caramba, no sale de la cocina.

COSME:
Y lo peor es que no sale ni de noche.

EMILITA:
¿Eh?

COSME:
Nada, nada. (Salen de la consulta Bernarda, Pepito, Jaime y Gonzalo.)

GONZALO:
¡Bah! No tiene importancia ninguna. Que tome tres sellos de esos durante el día y por la noche enciérrelo usted en su habitación. (Al ver a Cosme.) ¡Oh! Amigo Tres-Ríos. (Le da la mano.)

BERNARDA:
Y los sellos le harán efecto en seguida, ¿no?

GONZALO:
En cuanto le lleguen al estómago.

BERNARDA:
Entonces…

GONZALO:
Sí: tardarán un rato…

JAIME:
(¡Como no les saque un kilométrico!…)

BERNARDA:
Pues hasta la vista, doctor. Muy buenas tardes.

GONZALO:
Adiós, señorita.

COSME:
Adiós.

BERNARDA:
Vamos, Pepito.

PEPITO:
Espera. (Arranca del libro la hoja que contiene sus dos coplas.)

GONZALO:
(¿Qué hace?)

JAIME:
(¡Qué bruto!)

COSME:
(¡Qué bárbaro!)

EMILITA:
(¡Qué animal!)

PEPITO:
Nada: que he escrito dos décimas y me las llevo.

BERNARDA:
¡Es angelical! (Vase por la derecha.)

PEPITO:
Con Dios. (Vase tras Bernarda.)

GONZALO: (Resignado.)
Bueno está. (A Cosme.) ¿Y qué es eso, que le trae por aquí?

COSME:
Lo que le indiqué en mi carta.

GONZALO:
¡Ah! La radiografía… ¿Ha sentido alguna molestia?

COSME:
No; pero temo…

GONZALO:
Pues vengan ustedes mañana temprano, porque en este momento no tengo ninguna placa disponible. Andamos escasos de material con esto de la guerra.

COSME:
Ya lo oyes, Emilita.

EMILITA:
Bueno.

GONZALO:
¿Usted sigue fuerte?

COSME:
De primera.

GONZALO:
Pues siga con los baños.

COSME:
Ahora como está el tiempo inseguro… Ayer me desnudé lo menos veinte veces, pero apenas me ponía en el mirador, se nublaba. Los vecinos tenían la gran diversión.

GONZALO:
Bien, pues hasta mañana.

COSME:
Hasta mañana. Buenas tardes.

JAIME:
Adiós, señor. (Se van por la derecha Cosme y Emilita.)

GONZALO: (Sentándose, cansado.)
¡Uf! Qué tarde. Estoy cansado, verdaderamente cansado. Haga usted el favor de tocar el timbre, Gallego.

JAIME:
Sí, señor. (Lo hace.)

GONZALO:
Haga el favor también de desinfectar todo el instrumental que hemos usado y ver qué le ocurre a la máquina pequeña.

JAIME:
Que como ayer no vine no cargué las pilas.

GONZALO:
Es verdad; ¿qué le ocurrió ayer tarde?

JAIME:
Que estuve de bautizo, apadrinando a un sobrinillo. Pensé venir, pero luego…

GONZALO:
Claro, la fiestecita…

JAIME:
Quiá, no, señor; la madrina. La madrina que era una morucha, don Gonzalo, que… ya le contaré.

DOMINGO: (Por la derecha.)
¡Señor!

GONZALO:
Acabo de salir de casa, ¿estamos? He salido, ¿comprende usted?

DOMINGO:
¿Cómo no? El señor ha llegado al recibimiento, ha tomado su flamante hongo, yo me he servido abrirle la puerta y el señor me ha dicho: “Hasta el retorno”.

GONZALO:
Yo no soy capaz de decir esa cursilería en toda mi vida.

DOMINGO:
Pues es una despedida muy literaria.

GONZALO:
Ande, ande, diga a la señorita que he terminado la consulta.

DOMINGO:
Sí, señor.

GONZALO:
Dígaselo a ella sola.

DOMINGO:
Perfectísimamente. (Saluda y se va por la izquierda.)

JAIME: (Por Domingo.)
No lo puedo remediar; lo veo y me pongo nervioso. Es de un redichismo que me descompone. Y el mejor día le pego.

GONZALO:
¡Caramba!

JAIME:
Sí, señor; porque eso de que me llame, en lugar de ayudante, “Doctor embrionario”, no se lo tolero yo ni a él ni al presidente de la Academia. (Gonzalo ríe.) En fin, voy a mi obligación. (Mutis por la izquierda primer término.)

DOMINGO: (Por donde se fue.)
La señora ha sido notificada. ¿Anhela el señor algo más?

GONZALO:
No anhelo nada. (Domingo se inclina y se va por la derecha.)

ELVIRA: (Por la izquierda, segunda puerta.)
¡Gracias a Dios!

GONZALO:
Ven aquí.

ELVIRA:
¿Sabes que voy a comenzar a renegar de tu fama? Porque si esto continúa así, no sé a qué horas vamos a vernos. ¿Te has cansado mucho?

GONZALO:
¡Por Dios! ¡Qué han de cansarme un par de horas de tarea! Dime, ¿y la niña?

ELVIRA:
Con los abuelos.

GONZALO: (Sorprendido.)
¡Cómo! ¿Por fin se han dignado ir a festejarla?

ELVIRA:
No; al decir los abuelos, aludo a don Melitón y miss Plain, que son los que verdaderamente lo parecen. ¡Los otros!… ¿Has visto qué insensatez?

GONZALO:
Precisamente te he llamado porque quería que hablásemos de ese asunto. De hoy no pasa. Hoy se bautiza la niña. ¿Con qué nombre, con qué padrinos? No sé, pero hoy se bautiza. Precisa que salgamos de esta situación molesta y angustiosa y que encierra para nosotros una grave responsabilidad.

ELVIRA:
Todo lo espero de don Melitón. Él dice que tiene ya arreglado ese asunto, y como adora a nuestra hija…

GONZALO:
Calla, que ahí vienen. (Don Melitón, Miss Plain, ama Concha y la niña.)

MELITÓN:
Sí, está aquí el doctor. Venga usted, ama Concha.

ELVIRA:
¿Eh? ¿Qué pasa?

MELITÓN:
Nada; que quiero yo que Gonzalo vea al ama; dice que está algo indispuesta y, vamos, no hay que jugar con las cosas de comer.

CONCHA:
Pero, zeñorito; Josú, lo que yo ziento.

MELITÓN:
Nada nada; usted no es usted; usted es la Elipa y yo en esta casa soy el comisario de subsistencias, y no quiero que la niña por un descuido del inspector de higiene…

GONZALO:
Pero, ¿qué es lo que tiene el ama?

MISS PLAIN:
Está algo enferma del estómago.

ELVIRA:
Que se pasan ustedes el día atracándola de cosas; y bueno es que se nutra, pero no que reviente.

GONZALO:
Bueno, vamos a ver, ¿qué es lo que siente usted?

CONCHA:
Pos lo que yo ziento es que ze vayan ustedes a creé que yo tengo na.

GONZALO:
Le pregunto qué molestia siente.

CONCHA:
Pos una cosa mu rara aquí en el vacido. (Por el estómago.) Ante de come ziento azí como un amago de doló, y aluego de comé, como un ardo mu grande.

GONZALO: (Dándole un golpecito en el hombro.)
Dispepsia.

CONCHA:
No hay de qué.

GONZALO:
Digo, que eso es dispepsia; un poco de bicarbonato y arreglado. ¿Siente ardor ahora?

CONCHA:
Zí, zeñó.

GONZALO:
Pues, ande, tome bicarbonato.

CONCHA:
Zí, zeñó.

ELVIRA:
Déme la niña.

MISS PLAIN:
No, traiga.

MELITÓN:
A mí, que hace mucho tiempo que no la cojo.

CONCHA:
Tomusté; está acabaíta de mudá.

MELITÓN:
Aunque no lo estuviera, ama. A mí eso no me importa. (Cogiendo la niña.) Ven acá tú, ricura, chipitina… ¡Ya! ¿Están ustedes viendo?

CONCHA:
En cuanti la coge er zeñorito don Melitón, ze prinzipia a reí. Y es que está ella mu cómoda. Como er zeñorito tiene otra jechura que una y es mu lizo de pecho, pos se acopla la criatura mu bien. Y lo mesmo le paza aquí con la ingleza, que también es mu liza.

ELVIRA:
Bien, bien; que le den a usted el bicarbonato. Ya sabe usted cómo se toma.

CONCHA:
Zí, zeñorita, una cucharaíta adentro de un merengue. Es dezí, así lo mandaba tomá er médico de Armodóva, er casao con la hija der confitero.

GONZALO:
Bueno, sí, tómelo como tenga costumbre.

CONCHA:
Zí, zeñó. En cuanto lo toma una…

ELVIRA:
Sí, sí. Vaya, vaya… (Se va por la izquierda. Don Melitón se ha sentado en una silla, con la niña en los brazos, y Miss Plain arrodillada en el suelo, a su lado, contempla a la niña.)

MELITÓN:
¡Es una carita!… ¡Y un hoyito cuando se ríe! Ya verá usted. (Le hace fiestas.)

MISS PLAIN:
¡Ahora!… (Ríen los dos.)

ELVIRA: (Aparte a Gonzalo.)
Míralos: así se pasan el día.

MELITÓN:
Qué ganas tengo de que hable y de que ande, para llevarla todas las tardes al Retiro… (Tristemente.) Así no iré solo como ahora. (Miss Plain se levanta.) Don Fruela se va a sorprender al verme con ella. (Torciendo el gesto.) ¡Atiza!… Señorita, que hay gente delante… Comprímase usted.

ELVIRA:
Traiga usted, hombre, traiga usted.

MELITÓN:
No, que contigo llora. Se la daré a Miss Plain, por aquello de la lisura. (Le da la niña a Miss Plain. Entran Urraca y Nuño.)

URRACA:
¡Ah! Que están ustedes aquí.

ELVIRA:
Sí, pero sabemos a lo que vienen ustedes y les dejamos el campo libre.

NUÑO: (A Gonzalo.)
He citado aquí a tus padres para ponernos de acuerdo de una vez, con respecto al nombre y al apadrinamiento de la neófita.

GONZALO:
Perfectamente; desearé que lleguen a una solución, pero no olviden que esta tarde, se pongan ustedes de acuerdo, o no, será bautizada la niña.

MELITÓN:
Acerca de ese punto, tengo yo también que hablar muy seriamente con ustedes.

GONZALO:
Pues vamos a mi despacho, don Melitón.

MELITÓN:
Vamos.

MISS PLAIN:
Llevaré a la ninia con el ama, porque no está en condiciones de asistir al reunión.

ELVIRA:
Aquí la aguardamos. (A sus padres.) Hasta ahora.

URRACA:
Hasta luego. (Se van Miss Plain por la izquierda segunda puerta, y Elvira, Melitón y Gonzalo por la primera.) ¿Qué habrá decidido Melitón, Nuño?

NUÑO:
No sé. (Se acercan a las mesas donde están los relojes.) ¡Ya! ¿Estás viendo? Son las cuatro y mira: en nuestro reloj las nueve y cuarenta y cinco. Ya el Marqués lo ha adelantado más de cinco horas.

URRACA:
Como tú le atrasaste esta mañana el suyo…

NUÑO:
Pues vas a ver. (Comienza a dar vueltas al minutero del reloj de la derecha.)

URRACA:
Cuidado. (Nuño suspende la operación.)

MISS PLAIN: (Por la izquierda segunda puerta.)
(Ya están con los relojes, como siempre.) (Se va por la primera puerta de la izquierda.)

NUÑO: (Enredándose de nuevo con el reloj.)
¡Así! Lo he atrasado doce horas justas.

URRACA:
Pero hombre, si está otra vez en las cuatro.

NUÑO:
Sí, pero como lo he atrasado doce horas, esas cuatro son las cuatro de la madrugada.

URRACA:
Pues como él se dé cuenta… ¡Ellos!… (Por la segunda puerta de la derecha entran en escena Berenguela y Laín.)

LAÍN: (A Berenguela.)
Como haya andado en el reloj, va a oírme. (Los dos miran el reloj.)

BERENGUELA:
No.

LAÍN:
Menos mal. ¿Señores?… (Todos se saludan.)

NUÑO: (Indicando el centro de la escena.)
Les invito a tomar asiento.

BERENGUELA:
Mil gracias… (Se sientan los cuatro en el centro de la escena.)

NUÑO:
Señor Marqués, me he permitido provocar esta entrevista en terreno neutral, porque entiendo que es ya indispensable que medie una explicación entre nosotros.

LAÍN:
Indispensable de todo punto, señor Conde.

NUÑO:
Me figuro que reconocerán ustedes que la situación en que estamos no puede prolongarse indefinidamente.

LAÍN:
“Sine die”, que decimos los juristas.

NUÑO:
Por fas o por nefas, el hecho es que nuestra nieta cumple hoy los dos meses y aún no ha tomado las aguas del Jordán.

LAÍN:
Recibido, señor Conde: que el Jordán no es ningún balneario.

NUÑO:
Perfectamente; recibido; acepto la enmienda; no ha recibido las aguas del Jordán, y como esto no puede continuar así, precisa que siquiera por esta vez nos mostremos los cuatro transigentes y conciliadores. ¿No opinan ustedes que es nuestro deber?

LAÍN:
Conforme.

NUÑO:
Bien, pues ya que los cuatro estamos decididos a transigir en todo, queda convenido que la niña se llamará Urraca.

LAÍN:
No, Conde, no. Queda convenido que se llamará “Verenguela”.

NUÑO:
Qué empeño en poner a una criatura un nombre que parece de hortaliza. ¡Berenguela!

BERENGUELA: (Levantándose.)
Peor es llamarse un ave de rapiña. ¡Urraca!

URRACA: (Ídem.)
¡Señora! Pues bien, ha de llamarse Urraca o no hay Jordán.

BERENGUELA:
Y entretanto, si nuestra nieta del alma se muriera, se moriría sin ser cristiana.

LAÍN:
¡Y a usted solamente le pediría cuenta de su desgracia!

NUÑO:
Si estar en el limbo es una desgracia, no conozco a nadie tan desgraciado como usted.

LAÍN:
¡Caballero! ¡Ese insulto!…

NUÑO:
¡Lo he dicho de corazón!

MELITÓN: (Entrando en escena por la izquierda.)
Milagro hubiera sido que no estuviesen regañando, pero oídlo bien: en esta casa se han terminado los regaños. (Hablando hacia el lateral.) Entrad, entrad todos: aun están vivos. (Entran en escena Elvira, Miss Plain, Gonzalo y Jaime.)

NUÑO:
¿Qué significa esto?

GONZALO:
Que nuestra hija va a ser bautizada hoy mismo con el esplendor que corresponde a la más rica de las herederas. ¿Sabéis lo que contiene ese papel? (Por uno que tiene en la mano don Melitón.) La felicidad de nuestra hija y la de todos.

LAÍN:
No comprendo…

MELITÓN:
Yo os lo diré. Esto es mi testamento: en él dejo toda mi fortuna a vuestra nieta.

BERENGUELA:
¿De veras?

URRACA:
¿Es posible?

NUÑO:
¡A nuestra nieta!…

MELITÓN:
Sí.

NUÑO: (Abrazándole.)
¡Melitón!…

LAÍN: (Ídem.)
¡Emporio, espejo, y perla de los amigos!…

MELITÓN:
Nada de arrumacos. Vengo a que hablemos formalmente. Vamos a celebrar un verdadero consejo de familia. Sentaos. (Se sientan casi todos.) Ya comprenderéis que lo hecho por mí encierra alguna condición.

NUÑO:
Pon cuantas quieras.

LAÍN:
Yo las acepto todas.

BERENGUELA:
¿Cómo no?

MELITÓN:
No pongo más que una; que en este momento han de terminar para siempre vuestras rencillas; que desde ahora el glorioso Apóstol de los Clavijo, ha de cabalgar sobre el ilustre oso de los Favilas, y perdóneme el Santo la molestia que pueda causarle. En esta casa ha de reinar desde hoy una paz octaviana.

NUÑO:
Pero si yo no deseo otra cosa.

LAÍN:
Ni yo. ¿Quieres que nos abracemos?

MELITÓN:
No tengo fe en vuestros abrazos.

LAÍN:
¡Melitón!

MELITÓN:
La tengo en vuestras promesas y sobre todo en mi resolución, porque estoy decidido a romper el testamento el día que la paz que exijo sea alterada.

NUÑO:
¡Hombre, cómo puedes pensar!…

MELITÓN:
Vosotros sois los que tenéis que pensarlo. Vuestras locuras y vuestras vanidades os arruinaron. Esa niña debió ser rica y es pobre y desdichada, puesto que ha nacido en una casa que es un infierno; en una casa donde no se ponen de acuerdo ni aun para llevarla a cristianar. Todo eso desaparece en este instante. Esa criatura recobra lo perdido, las propiedades de sus abuelos, la riqueza dilapidada, la tranquilidad, puesto que en el fondo, el malestar que sentís no es más que la obra de la pobreza, a la que no estáis acostumbrados.

NUÑO: (A Laín.)
Eso es hablar, no lo que hace usted, señor picapleitos.

LAÍN:
¡¡Conde, Nuño!!…

ELVIRA:
¡Pero papá!

MELITÓN:
¿Eh?

NUÑO: (Cayendo de su burro.)
Señores, perdonadme todos. Distraídamente… (Acercándose a Laín.) Le doy todo género de explicaciones, queridísimo Marqués.

LAÍN:
Y yo las acepto reconocido, queridísimo Conde…

MELITÓN:
Así me gusta.

NUÑO:
Pero hombre, si el Marqués y yo, después de todo… somos dos entrañables, sólo que algunas veces le cae a uno mal el desayuno…

LAÍN:
Claro: y no hablemos de nuestras esposas que siempre se han mirado bien.

MELITÓN:
Vosotros tened en cuenta, que si seguís como perros y gatos condenáis a vuestra nieta a perderlo todo nuevamente.

NUÑO:
Yo te juro, que mientras tú vivas…

MELITÓN:
¿Cómo es eso de que mientras yo viva? ¿Creéis que mi muerte os revelaría del compromiso? ¡Estáis frescos! He tomado garantías. En el testamento nombro a Miss Plain albacea.

MISS PLAIN:
¿A mí?

MELITÓN:
Sí; a usted que es la única persona en quien tengo confianza.

MISS PLAIN: (Conmovida.)
¡Melitón!… Esa prueba de afección…

MELITÓN:
Vuestra nieta disfrutará, en plena posesión, de todos mis bienes mientras en esta casa se viva en paz absoluta; pero el día en que Miss Plain observe entre vosotros el menor signo de discordia, mi fortuna pasará íntegra a ella.

MISS PLAIN:
¿A mí?…

MELITÓN:
A usted, que podrá hacer de ese dinero lo que se le antoje. Así consta en el testamento.

MISS PLAIN:
El encargo está inútil, Melitón; inútil, porque cuando usted muera… yo no le sobreviviré; pero si usted muriese y yo perdurase y viese alterada la paz de esta casa, juro que recogeré su patrimonio para darle el único empleo digno de él.

MELITÓN:
¿Cuál?

MISS PLAIN:
Which always Leeps yom sus morg.

JAIME:
Un cinematógrafo.

MISS PLAIN:
Un mausoleo, Melitón; un mausoleo que perpetúe la memoria de usted; con un hermoso cruz ariba, un busto de usted en el centro y una inscripción al lado que dijera: "Fue un violeta…"

MELITÓN:
¡¡Mary!!… ¡¡Gracias!!…

MISS PLAIN:
Sí; un violeta; y abajo en el pedestal, un mar de lágrimas, y una mujer que oculto el rostro, nada y naufraga asida a un corazón.

MELITÓN:
No comprendo…

MISS PLAIN:
(Me parece que he ido demasiado lejos…)

GONZALO:
¿Pero a quién se le ocurre pensar ahora en mausoleos? Pensemos en vivir y en ser dichosos.

ELVIRA:
Claro, y empecemos por bautizar a la niña al momento.

MELITÓN:
Eso: mi auto está a la puerta: vamos a la Iglesia ahora mismo.

JAIME:
¡Duro! Eso es: jarana, jarana. ¿Quién va a ser por fin el padrino?

MELITÓN:
El padrino soy yo.

URRACA:
¿Y la madrina?…

MELITÓN:
No hay madrina. De ese modo se evitan los rozamientos y los disgustos. (Gran alegría en todos.)

BERENGUELA:
¡Muy bien!

URRACA:
¡Perfectamente!

ELVIRA:
¡Así!

NUÑO:
Tienes un gran talento.

LAÍN:
Es una gran solución.

MELITÓN:
Ea: pues a vestirse todos y que arreglen también a la niña.

ELVIRA:
Sí, vamos. (Inician todos el mutis.)

MELITÓN:
¡Ah! (Todos se detienen.) Claro está que siendo yo el padrino, y para evitar también rozamientos, la niña se llamará Melitona. ¡Ea! A vestirse. No hay que perder un minuto. (Lo de Melitona cae a todos como un rayo.)

ELVIRA: (Haciendo mutis con Gonzalo
(¡Gonzalo de mi alma! ¡Melitona!…)

GONZALO:
(¡Nos ha matado!…) (Se van.)

BERENGUELA: (Haciendo mutis con Laín.)
(¡Melitona una Finojosa!)

LAÍN:
(¡Una Favila!) (Vanse.)

URRACA: (Haciendo mutis por la izquierda segunda puerta, con su marido.)
(¡Nuño!… ¡Qué horror!… ¿Qué dirá el Apóstol?…)

NUÑO:
(Temo que se apee.) (Vanse.)

JAIME:
(No les ha hecho gracia lo de Melitona. En fin, estoy saliendo a bautizo diario; pero hoy no hay madrina, y en cambio ayer…) (Se va por la izquierda.)

MELITÓN: (A Miss Plain.)
¿Y usted no va también a arreglarse?…

MISS PLAIN:
No. Necesito antes hablar con usted a solas. Se ha desposeída usted de su fortuna y ya es hora de que hable con usted a solas.

MELITÓN:
¿Para qué?…

MISS PLAIN:
Para… para darle las gracias: para decirle: “¡Melitón!… ¿Por qué no habré yo nacido morena y seviliana?”

MELITÓN:
¿Qué quiere usted decir?

MISS PLAIN:
Lo que nunca hubiera tenido valor para confesarle si lo que acaba usted de hacer no me hubiera llegado al fondo del alma. Pero ese rasgo me ha infundido la decisión que me faltaba. ¡Sí! Me siento resuelta; casi impúdica…

MELITÓN: (Asustado.)
(¡Caray!) ¡Mary!…

MISS PLAIN:
Sí, Melitón: no ha nacido otro hombre como usted para hacer dichosa a la más exigenta de las mujeres.

MELITÓN:
Pues ya ve usted, nadie me ha querido.

MISS PLAIN:
¡The fals!… ¡Esto está falso!…

MELITÓN:
(¡Caramba!)

MISS PLAIN:
¡Eso no está cierto!… Alguien le ha amado y le ama ciegamente; vehementísimamente.

MELITÓN:
¿Eh?

MISS PLAIN:
Y usted ha leído cien veces las cartas escritas por su mano, por una mano que temblaba al escribirlas…

MELITÓN:
Pero…

MISS PLAIN:
¡Melitón!… ¡Esta dama de los anónimos, esta mártir!…, ¡sí, mártir… existe!…

MELITÓN:
¡¡No!!

MISS PLAIN:
Sí: existe… ¡Estoy yo!

MELITÓN:
¡¡¡Usted!!!…

MISS PLAIN: (Avergonzada.)
¡¡Oh!!

MELITÓN: (Desalentado.)
¡Usted!

MISS PLAIN:
Yo que amo a usted en secreto hace muchos años; yo que me hubiera descubierto a usted al pie de la estatua de don Fruela, pero, ¡ay!… Usted me describió de tal modo este tipo de mujer que constituía su sueño, que comprendí que nunca tendría la ventura de agradarle y huí de usted y huí de don Fruela.

MELITÓN:
¡Pobre Mary!

MISS PLAIN:
He puesto los medios para acercarme al tipo que a usted le seduce, pero todo inútil. He pretendido oscurecer mis pelos, y vea usted: el rubio de mis cabelios es rebelde como este rojo de su nariz. En algo habíamos de parecernos.

MELITÓN: (Conmovido.)
¡Mary! ¡Mary!

MISS PLAIN: (Horrorizada.)
¡Pero qué dirá usted de estas confidencias!… Pensará que soy una mujer very frezy y descocada… ¡Schocking!… ¡Schocking!…

MELITÓN: (Afectadísimo.)
Crea usted, Mary, que esa declaración me ha conmovido hasta lo más profundo del alma. Yo quisiera encontrar palabras con que explicarle lo que siento en este instante… Porque es que siento…

MISS PLAIN: (Anhelante.)
¿Qué, Melitón, qué?…

MELITÓN:
No sé… Sorpresa, placer… pero, sobre todo, una emoción muy grande, una emoción dulcísima…

MISS PLAIN:
¡Ah! Sí… Está usted llorando…

MELITÓN:
No; llorando precisamente, no.

MISS PLAIN:
Sí; son lágrimas… ¡Como las mías!

MELITÓN:
Pues bien, sí, no lo niego. La sacudida ha sido demasiado violenta. Yo la consideraba a usted como a un amigo, como a un camarada y de pronto resulta…

MISS PLAIN:
Resulta que tenía usted a su lado, sin saberlo, el más puro de los amores: el que usted deseaba para ser feliz con el hijo que Dios puede enviarle…

MELITÓN:
¿Usted cree?…

MISS PLAIN:
Todo es posible. (Horrorizada.) Pero ¿qué estoy diciendo? ¡Yo he perdido el juicio, Dios mío! ¡Schocking!

MELITÓN:
Oiga usted, que…

MISS PLAIN:
No, no. Voy a ponerme el sombrero. Quiero asistir al bautizo de esa niña que es, después de usted, lo que más quiero en el mundo. Vuelvo en seguida. (Haciendo mutis por la izquierda segunda puerta.) He llegado a la impudicia. He deshonrado a Inglaterra. ¡Schocking! (Vase.)

MELITÓN: (Perplejo.)
Bueno, ha llegado la hora del suicidio; porque yo no tengo corazón para darle a esta mujer calabazas; pero, antes que casarme con ella, me destapo el cráneo. ¡Cómo voy a casarme con un amigo! Y que no, no puede ser; no tiene para mí… ¿Qué haré, Dios mío?

JAIME: (Por la izquierda con su abrigo y poniéndose los guantes.)
¿Todavía estamos así? Pues sí que tardan esas señoras en componerse.

MELITÓN: (Preocupadísimo.)
Sí…

JAIME:
¡Caramba! Parece que está usted preocupado…

MELITÓN: (Como antes.)
Sí…

JAIME:
La emoción de apadrinar a esa niña a la que quiere tanto, ¿no?

MELITÓN: (Ídem.)
Tal vez…

JAIME:
Ayer actué yo de padrino de un sobrinillo, y pasé un rato…

MELITÓN:
Sí ¿eh?

JAIME:
¡Qué madrina! Yo no he visto una mujer más hermosa en mi vida. Y es soltera.

MELITÓN:
Pues, entonces…

JAIME:
Sí; me estuvieron dando bromas con ella toda la tarde, porque, como yo no supe disimular el buen efecto que me causó, pues no hacían más que decirme: “anda, fastídiate, que tú eres el único que no puedes casarte con ella…”

MELITÓN:
¿Eh?

JAIME:
Sí; los que son padrinos de un mismo chico contraen parentesco espiritual y no pueden casarse.

MELITÓN: (Cogiéndole violentamente por las solapas.)
¿Qué está usted diciendo? ¿Es verdad eso?

JAIME: (Asustado.)
Sí, señor; pero no se apure usted, puede pedirse a Roma la dispensa.

MELITÓN:
No diga usted tonterías, hombre. (Lo suelta.)

JAIME:
Pero…

MELITÓN:
¡Querido Jaime! Acaba usted de salvarme la vida.

JAIME:
¿Yo?

MELITÓN:
Sí, señor, usted. Le estoy agradecidísimo. Cuando tenga usted que sacar el título de licenciado, venga a buscarme. Ese título corre de mi cuenta.

JAIME:
¡Señor Jiménez!

MELITÓN: (Paseando contentísimo.)
¡Bien!… ¡Muy bien!… ¡Hecho!… ¡Usted! ¿Yo? Sí… ¡Oh! Y luego… ¡¡Paf!!

JAIME:
(Caramba, este hombre se ha vuelto loco.) (Entran en escena por la segunda Elvira, Gonzalo y el ama con la niña. El ama viene llorando.)

ELVIRA:
Vamos, ama, no llore usted más.

CONCHA:
Zí, zeñorita; déjeme usté. Yo no pueo conzentir que esta niña que está comiendo de mi sangre se llame Melitona.

GONZALO:
Cállese usted.

LAÍN: (Con Berenguela por la derecha.)
Ea, vamos al Jordán.

MISS PLAIN: (Por la izquierda.)
¿Estamos ya todos?

ELVIRA: (Llamando.)
¡Mamá!

NUÑO: (Entrando.)
Ya viene, ya viene, se está depilando un poco la barbilla. Tengo que ir sin guantes. No sé dónde están. Esta Urraca me lo esconde todo…

URRACA: (Por la izquierda.)
¿Me aguardaban a mí?

MELITÓN:
Un momento, señores. El programa del bautizo acaba de sufrir una gran alteración.

TODOS:
¿Eh?

ELVIRA:
¿Otro aplazamiento?

MELITÓN:
No; la niña será bautizada antes de media hora. La alteración consiste en que ha de tener madrina también.

BERENGUELA: (Adelantándose.)
Acaso…

URRACA: (Ídem.)
Sin duda…

MELITÓN: (Por Miss Plain.)
He aquí la madrina. (Sorpresa en todos.)

MISS PLAIN:
¿Yo?… ¡Melitón!… ¿Esto más?…

MELITÓN:
Y para que su ahijada tenga siempre ese favor que agradecerle, no se llamará Melitona, sino María.

CONCHA:
¡Ezo! ¡Olé!

TODOS:
Muy bien. ¡María!

MISS PLAIN: (Aparte a Melitón.)
No sé cómo expresarle mi gratitud. El corazón quiere escapárseme del pecho…

MELITÓN:
Comprímase, por Dios…

GONZALO:
Voy a ver si está el auto. (Se va por la derecha.)

JAIME: (A Miss Plain.)
Estará usted contenta, ¿eh?

MISS PLAIN:
Loca, señor Gallego.

JAIME:
Claro, a ustedes no les importa lo del parentesco espiritual.

MISS PLAIN:
¿Cómo?

JAIME:
Ya sabe usted que los que son padrinos juntos no pueden casarse.

MISS PLAIN: (Lívida.)
¿Eh? ¿Que no pueden? Y eso… ¿Lo sabe Melitón?

JAIME:
Se lo acabo yo de decir.

MISS PLAIN:
¿Eh?

JAIME:
Por cierto que me parece a mí que no está muy bien del caletre, porque me ha dicho que soy su salvador y que me va a costear el título de licenciado…

MISS PLAIN: (Sujetándose en una silla para no caerse.)
¡Basta! ¡Melitón, Melitón! ¿Por qué no ha sido usted franco conmigo? Ya sé lo que significa el madrinazgo.

MELITÓN: (Sin saber qué decir.)
¡Mary!…

MISS PLAIN:
Cuando salgamos de la iglesia huiré de usted y de España.

MELITÓN:
No, Mary, no… Como hemos vivido hasta ahora, seguiremos viviendo. Esa niña, a la que los dos queremos tanto, nos va a unir con ese parentesco espiritual que no debemos romper nunca. Seremos sus abuelos… Los verdaderos abuelos… ¿Está usted conforme?

MISS PLAIN:
¿Qué remedio me queda, Melitón? ¡Sea!

MELITÓN:
¡Gracias, Mary, gracias!

GONZALO: (Por la derecha.)
Todo está listo. ¿Vamos?

MELITÓN:
Sí.

ELVIRA:
Ande, ama.

MELITÓN:
Primeramente iremos los padres y los padrinos y en seguida les enviaremos a ustedes el coche.

GONZALO:
Jaime y yo nos vamos andando. ¡Está tan cerca!…

JAIME:
Vamos. (Hacen mutis Gonzalo y Jaime y luego el ama con la niña.)

ELVIRA:
No es frecuente que la madre de la catecúmena asista al bautizo.

MELITÓN:
Es verdad. ¿Vamos, Mary? (Le ofrece el brazo.)

MISS PLAIN:
Vamos. (Se van Elvira, Melitón y Miss Plain.)

LAÍN: (Indignado.)
¡No hay derecho, “Verenguela”…! Porque lo correcto hubiera sido llevarnos ahora a nosotros con Elvira y el ama. Para algo somos nosotros los padres del padre.

BERENGUELA:
Tienes razón.

NUÑO:
No sé por qué habían ustedes de ser los preferidos, queridísimo Marqués. Si ustedes son los padres del padre, nosotros somos los padres de la madre, que creo es algo más, toda vez que en esto de la maternidad la madre lo es todo. Además, habiendo señoras delante, por educación hay que conceder a las madres el primer lugar.

LAÍN:
En punto a educación no consiento que ni usted ni nadie me dé lecciones, queridísimo Conde.

NUÑO:
Pues yo puedo dárselas a usted y al oso. ¡Imbécil!

LAÍN:
¿Eh?

BERENGUELA:
¡Laín!

URRACA:
¡Nuño!

NUÑO:
Tengo hambre de cruzarle el rostro y voy a cruzárselo ahora mismo.

LAÍN:
No ha nacido quien tal haga. (Se agarran.)

URRACA:
¡Dios mío!…

BERENGUELA:
¡Jesús! ¡Don Melitón!…

MELITÓN: (En la puerta de la derecha.)
¿Eh? ¿Qué es esto?

NUÑO: (Abrazando a Laín.)
¡Y sea este abrazo efusivo y cordial el que selle para siempre nuestra amistad de hermanos!

LAÍN:
Sí, Conde amigo.

MELITÓN:
¡Eso! Así me gusta. Así me gusta. (Telón.)


Publicado el 22 de marzo de 2018 por Edu Robsy.
Leído 29 veces.