El árbol de la ciencia

Pío Baroja


Novela


PRIMERA PARTE   La vida de un estudiante en Madrid.
I  ANDRÉS HURTADO COMIENZA LA CARRERA
Serían las diez de la mañana de un día de octubre. En el patio de la Escuela de Arquitectura, grupos de estudiantes esperaban a que se abriera la clase.De la puerta de la calle de los Estudios que daba a este patio, iban entrando muchachos jóvenes que, al encontrarse reunidos, se saludaban,    reían y hablaban. Por una de estas anomalías clásicas de España, aquellos estudiantes que esperaban en el patio  de la Escuela de Arquitectura, no eran arquitectos del porvenir, sino futuros médicos y farmacéuticos. La clase de Química general del año preparatorio  de Medicina y Farmacia se daba en esta época en una antigua capilla del Instituto de San Isidro convertida en clase, y ésta tenía su entrada por la Escuela de Arquitectura. La cantidad de estudiantes y la impaciencia que demostraban por entrar en el aula se explicaba fácilmente por ser aquél, primer día de curso y del comienzo de la carrera.Ese paso del bachillerato al estudio de facultad  siempre da al estudiante ciertas ilusiones, le hace creerse más hombre, que su vida ha de cambiar.Andrés Hurtado, algo sorprendido de verse  entre tanto compañero, miraba atentamente arrimado a la pared la puerta de un ángulo del patio por donde tenían que pasar. Los chicos se agrupaban delante de aquella puerta como el público a la entrada de un teatro. Andrés seguía apoyado en la pared, cuando sintió que le agarraban del brazo y le decían: —¡Hola, chico!Hurtado se volvió y se encontró con su compañero    de Instituto Julio Aracil.Habían sido condiscípulos en San Isidro; pero  Andrés hacía tiempo que no veía a Julio. Éste había estudiado el último año del bachillerato, según dijo, en provincias. —¿Qué, tú también vienes aquí?—le preguntó    Aracil.—Ya ves.—¿Qué estudias?
—Medicina.—¡Hombre! Yo también. Estudiaremos juntos.Aracil se encontraba en compañía de un muchacho  de más edad que él, a juzgar por su aspecto, de barba rubia y ojos claros. Este muchacho y Aracil, los dos correctos, hablaban con desdén de los demás estudiantes, en su mayoría    palurdos provincianos, que manifestaban la alegría y la sorpresa de verse juntos con gritos y carcajadas. Abrieron la clase, y los estudiantes, apresurándose    y apretándose como si fueran a ver un espectáculo entretenido, comenzaron a pasar. —Habrá que ver cómo entran dentro de unos    días—dijo Aracil burlonamente.—Tendrán la misma prisa para salir que ahora tienen para entrar—repuso el otro. Aracil, su amigo y Hurtado se sentaron juntos. La clase era la antigua capilla del Instituto de San Isidro de cuando éste pertenecía a los jesuítas. Tenía el techo pintado con grandes figuras a estilo de Jordaens; en los ángulos de la escocia los cuatro evangelistas, y en el centro una  porción de figuras y escenas bíblicas. Desde el suelo hasta cerca del techo se levantaba una gradería de madera muy empinada con una escalera central, lo que daba a la clase el aspecto del gallinero  de un teatro. Los estudiantes llenaron los bancos casi hasta  arriba; no estaba aún el catedrático, y como había mucha gente alborotadora entre los alumnos, alguno comenzó a dar golpecitos en el suelo con el bastón; otros muchos le imitaron, y se produjo  una furiosa algarabía.De pronto se abrió una puertecilla del fondo  de la tribuna, y apareció un señor viejo, muy empaquetado, seguido de dos ayudantes jóvenes.Aquella aparición teatral del profesor y de los  ayudantes provocó grandes murmullos; alguno de los alumnos más atrevidos comenzó a aplaudir, y viendo que el viejo catedrático, no sólo no se incomodaba, sino que saludaba como reconocido,aplaudieron aún más. —Esto es una ridiculez—dijo Hurtado. —A él no le debe parecer eso—replicó Aracil riéndose—; pero si es tan majadero que le gusta que le aplaudan, le aplaudiremos.El profesor era un pobre hombre presuntuoso, ridículo. Había estudiado en París y adquirido los gestos y las posturas amaneradas de un francés petulante.El buen señor comenzó un discurso de salutación a sus alumnos, muy enfático y altisonante, con algunos toques sentimentales: les habló de su maestro Liebig, de su amigo Pasteur, de su camarada Berthelot, de la Ciencia, del microscopio... Su melena blanca, su bigote engomado, su  perilla puntiaguda, que le temblaba al hablar, su voz hueca y solemne le daban el aspecto de un padre severo de drama, y alguno de los estudiantes  que encontró este parecido, recitó en voz alta    y cavernosa los versos de Don Diego Tenorio,  cuando entra en la Hostería del Laurel en el drama  de Zorrilla:

Que un hombre de mi linajedescienda a tan ruin mansión.
Los que estaban al lado del recitador irrespetuoso    se echaron a reir, y los demás estudiantes miraron al grupo de los alborotadores.—¿Qué es eso? ¿Qué pasa?—dijo el profesor poniéndose los lentes y acercándose al barandado de la tribuna—. ¿Es que alguno ha perdido la herradura por ahí? Yo suplico a los que están al lado de ese asno, que rebuzna con tal perfección que se alejen de él, porque sus coces deben ser mortales de necesidad.Rieron los estudiantes con gran entusiasmo, el profesor dió por terminada la clase retirándose haciendo un saludo ceremonioso y los chicos aplaudieron a rabiar.Salió Andrés Hurtado con Aracil, y los dos, en compañía del joven de la barba rubia, que se llamaba Montaner, se encaminaron a la Universidad Central, en donde daban la clase de Zoología y la de Botánica. En esta última los estudiantes intentaron repetir el escándalo de la clase de Química; pero el  profesor, un viejecillo seco y malhumorado, les salió al encuentro, y les dijo que de él no se reía nadie, ni nadie le aplaudía como si fuera un histrión.De la Universidad, Montaner, Aracil y Hurtad marcharon hacia el centro. Andrés experimentaba por Julio Aracil bastante  antipatía, aunque en algunas cosas le reconocía cierta superioridad; pero sintió aún mayor aversión por Montaner. Las primeras palabras entre Montaner y Hurtado fueron poco amables. Montaner hablaba con una seguridad de todo algo ofensiva; se creía, sin duda, un hombre de mundo. Hurtado le replicó varias veces bruscamente.Los dos condiscípulos se encontraron en esta primera conversación completamente en desacuerdo. Hurtado era republicano, Montaner defensor de la familia real; Hurtado era enemigo de la burguesía, Montaner partidario de la clase rica y de la aristocracia.—Dejad esas cosas—dijo varias veces Julio Aracil—; tan estúpido es ser monárquico como  republicano; tan tonto defender a los pobres como a los ricos. La cuestión sería tener dinero, un cochecito como ése—y señalaba uno—y una mujer como aquélla.La hostilidad entre Hurtado y Montaner todavía  se manifestó delante del escaparate de una librería. Hurtado era partidario de los escritores naturalistas, que a Montaner no le gustaban;   Hurtado era entusiasta de Espronceda, Montaner de Zorrilla; no se entendían en nada. Llegaron a la Puerta del Sol y tomaron por la Carrera de San Jerónimo.—Bueno, yo me voy a casa—dijo Hurtado.—¿Dónde vives?—le preguntó Aracil. —En la calle de Atocha.—Pues los tres vivimos cerca.Fueron juntos a la plaza de Antón Martín y allí se separaron con muy poca afabilidad.
II    LOS ESTUDIANTES
En esta época era todavía Madrid una de  las pocas ciudades que conservaba espíritu romántico. Todos los pueblos tienen, sin duda, una serie de fórmulas prácticas para la vida, consecuencia de la raza, de la historia, del ambiente físico y moral. Tales fórmulas, tal especial manera de ver, constituye un pragmatismo útil, simplificador, sintetizador. El pragmatismo nacional cumple su misión mientras deja paso libre a la realidad; pero si se cierra este paso, entonces la normalidad de un pueblo se altera, la atmósfera se enrarece, las ideas y los hechos toman perspectivas falsas. En un ambiente de ficciones, residuo de un pragmatismo viejo y sin renovación vivía el Madrid de hace años. Otras ciudades españolas se habían dado alguna  cuenta de la necesidad de transformarse y de cambiar; Madrid seguía inmóvil, sin curiosidad, sin deseo de cambio.
El estudiante madrileño, sobre todo el venido de provincias, llegaba a la corte con un espíritu donjuanesco, con la idea de divertirse, jugar, perseguir    a las mujeres, pensando, como decía el profesor de Química con su solemnidad habitual, quemarse pronto en un ambiente demasiado oxigenado.Menos el sentido religioso, la mayoría no lo tenían, ni les preocupaba gran cosa la religión;  los estudiantes de las postrimerías del siglo XIX venían a la corte con el espíritu de un estudiante  del siglo XVII, con la ilusión de imitar, dentro de lo posible, a Don Juan Tenorio y de vivir llevando a sangre y a fuegoamores y desafíos.
El estudiante culto, aunque quisiera ver las cosas dentro de la realidad e intentara adquirir    una idea clara de su país y del papel que representaba    en el mundo, no podía. La acción de la cultura europea en España era realmente restringida, y localizada a cuestiones técnicas, los periódicos    daban una idea incompleta de todo; la tendencia general era hacer creer que lo grande de España podía ser pequeño fuera de ella y al contrario, por una especie de mala fe internacional. Si en Francia o en Alemania no hablaban de las cosas de España, o hablaban de ellas en broma, era porque nos odiaban; teníamos aquí grandes hombres que producían la envidia de otros países: Castelar, Cánovas, Echegaray... España entera, y Madrid sobre todo, vivía en un ambiente de optimismo absurdo. Todo lo español era lo mejor.Esa tendencia natural a la mentira, a la ilusión del país pobre que se aisla, contribuía al estancamiento, a la fosilificación de las ideas.Aquel ambiente de inmovilidad, de falsedad, se reflejaba en las cátedras. Andrés Hurtado pudo comprobarlo al comenzar a estudiar Medicina. Los profesores del año preparatorio eran viejísimos; había algunos que llevaban cerca de cincuenta años explicando.Sin duda no los jubilaban por sus influencias y por esa simpatía y respeto que ha habido siempre en España por lo inútil.Sobre todo, aquella clase de Química de la antigua capilla del Instituto de San Isidro era escandalosa. El viejo profesor recordaba las conferencias del Instituto de Francia, de célebres químicos,  y creía, sin duda, que explicando la obtención del nitrógeno y del cloro estaba haciendo    un descubrimiento, y le gustaba que le aplaudieran. Satisfacía su pueril vanidad dejando los experimentos aparatosos para la conclusión de la clase, con el fin de retirarse entre aplausos, como un prestidigitador. Los estudiantes le aplaudían, riendo a carcajadas. A veces, en medio de la clase, a alguno de los alumnos se le ocurría marcharse, se levantaba y se iba. Al bajar por la escalera de la gradería los pasos del fugitivo producían gran estrépito, y los demás muchachos sentados llevaban el compás golpeando con los pies y con los bastones. En la clase se hablaba, se fumaba, se leían novelas, nadie seguía la explicación; alguno llegó a presentarse con una corneta, y cuando el profesor se disponía a echar en un vaso de agua un trozo de potasio, dió dos toques de atención; otro metió un perro vagabundo, y fué un problema echarlo.Había estudiantes descarados que llegaban a las mayores insolencias; gritaban, rebuznaban, interrumpían al profesor. Una de las gracias de estos estudiantes era la de dar un nombre falso cuando se lo preguntaban.—Usted—decía el profesor señalándole con el dedo, mientras le temblaba la perilla por la cólera—, ¿cómo se llama usted?—¿Quién? ¿Yo?—Sí, señor ¡usted, usted! ¿Cómo se llama usted?—añadía el profesor, mirando la lista.—Salvador Sánchez.—Alias Frascuelo—decía alguno, entendido con él.—Me llamo Salvador Sánchez; no sé a quién le importará que me llame así, y si hay alguno que le importa, que lo diga—replicaba el estudiante,    mirando al sitio de donde había salido la voz y haciéndose el incomodado.
—¡Vaya usted a paseo!—replicaba el otro.—¡Eh! ¡Eh! ¡Fuera! ¡Al corral!—gritaban varias voces.—Bueno, bueno. Está bien. Váyase usted—decía el profesor, temiendo las consecuencias de estos altercados. El muchacho se marchaba, y a los pocos días volvía a repetir la gracia, dando como suyo el nombre de algún político célebre o de algún torero.Andrés Hurtado los primeros días de clase no salía de su asombro. Todo aquello era demasiado absurdo. Él hubiese querido encontrar una disciplina fuerte y al mismo tiempo afectuosa, y se encontraba con una clase grotesca en que los alumnos se burlaban del profesor. Su preparación  para la ciencia no podía ser más desdichada.
III ANDRÉS HURTADO Y SU FAMILIA
En casi todos los momentos de su vida Andrés experimentaba la sensación de sentirse solo  y abandonado.La muerte de su madre le había dejado un gran vacío en el alma y una inclinación por la    tristeza.La familia de Andrés, muy numerosa, se hallaba    formada por el padre y cinco hermanos. El    padre, don Pedro Hurtado, era un señor alto, flaco, elegante, hombre guapo y calavera en su juventud.De un egoísmo frenético, se considera el metacentro    del mundo. Tenía una desigualdad de carácter perturbadora, una mezcla de sentimientos aristocráticos y plebeyos insoportable. Su    manera de ser se revelaba de una manera insólita e inesperada. Dirigía la casa despóticamente, con una mezcla de chinchorrería y de abandono, de  despotismo y de arbitrariedad, que a Andrés le sacaba de quicio.Varias veces, al oir a don Pedro quejarse del cuidado que le proporcionaba el manejo de la casa, sus hijos le dijeron que lo dejara en manos de Margarita. Margarita contaba ya veinte años, y sabía atender a las necesidades familiares mejor que el padre; pero don Pedro no quería.A éste le gustaba disponer del dinero, tenía como norma gastar de cuando en cuando veinte  o treinta duros en caprichos suyos, aunque supiera que en su casa se necesitaran para algo imprescindible.Don Pedro ocupaba el cuarto mejor, usaba ropa interior fina, no podía utilizar pañuelos de algodón, como todos los demás de la familia, sino de hilo y de seda. Era socio de dos casinos, cultivaba amistades con gente de posición y con algunos aristócratas, y administraba la casa de la calle de Atocha, donde vivían. Su mujer, Fermina Iturrioz, fué una víctima; pasó la existencia creyendo que sufrir era el destino natural de la mujer. Después de muerta, don Pedro Hurtado hacía el honor a la difunta de reconocer sus grandes virtudes.—No os parecéis a vuestra madre—decía a sus hijos—; aquélla fué una santa.A Andrés le molestaba que don Pedro hablara tanto de su madre, y a veces le contestó violentamente, diciéndole que dejara en paz a los muertos. De los hijos, el mayor y el pequeño, Alejandro  y Luis, eran los favoritos del padre.
Alejandro era un retrato degradado de don Pedro. Más inútil y egoísta aún, nunca quiso hacer nada, ni estudiar ni trabajar, y le habían colocado en una oficina del Estado, adonde iba solamente a cobrar el sueldo. Alejandro daba espectáculos bochornosos en casa; volvía a las altas horas de las tabernas, se emborrachaba y vomitaba y molestaba a todo el mundo. Al comenzar la carrera Andrés, Margarita tenía unos veinte años. Era una muchacha decidida, un poco seca, dominadora y egoísta.Pedro venía tras ella en edad y representaba la indiferencia filosófica y la buena pasta. Estudiaba para abogado, y salía bien por recomendaciones; pero no se cuidaba de la carrera para nada. Iba al teatro, se vestía con elegancia, tenía   todos los meses una novia distinta. Dentro de sus medios gozaba de la vida alegremente. El hermano pequeño, Luisito, de cuatro o cinco años, tenía poca salud.La disposición espiritual de la familia era un tanto original. Don Pedro prefería a Alejandro y a Luis; consideraba a Margarita como si fuera una persona mayor; le era indiferente su hijo Pedro, y casi odiaba a Andrés, porque no se sometía a su voluntad. Hubiera habido que profundizar mucho para encontrar en él algún afecto paternal. Alejandro sentía dentro de la casa las mismas simpatías que el padre; Margarita quería más que a nadie a Pedro y a Luisito, estimaba a Andrés y respetaba a su padre. Pedro era un poco indiferente; experimentaba algún cariño por Margarita y por Luisito y una gran admiración por Andrés. Respecto a este último, quería apasionadamente al hermano pequeño, tenía afecto por Pedro y por Margarita, aunque con ésta reñía constantemente, despreciaba a Alejandro y casi odiaba a su padre; no le podía soportar, le encontraba petulante, egoísta, necio, pagado de sí mismo.Entre padre e hijo existía una incompatibilidad absoluta, completa, no podían estar conformes en nada. Bastaba que uno afirmara una cosa para que el otro tomara la posición contraria.
IV EN EL AISLAMIENTO
La madre de Andrés, navarra fanática, había llevado a los nueve o diez años a sus hijos a confesarse. Andrés, de chico, sintió mucho miedo, sólo    con la idea de acercarse al confesonario. Llevaba en la memoria el día de la primera confesión, como una cosa transcendental, la lista de todos sus pecados; pero aquel día, sin duda el cura tenía prisa y le despachó sin dar gran importancia a sus pequeñas transgresiones morales.Esta primera confesión fué para él un chorro de agua fría; su hermano Pedro le dijo que él se había confesado ya varias veces, pero que nunca se tomaba el trabajo de recordar sus pecados. A la segunda confesión, Andrés fué dispuesto a no decir al cura más que cuatro cosas para salir del paso. A la tercera o cuarta vez se comulgaba sin confesarse sin el menor escrúpulo. Después, cuando murió su madre, en algunas ocasiones su padre y su hermana le preguntaban si había cumplido con Pascua, a lo cual él contestaba que sí indiferentemente. Los dos hermanos mayores, Alejandro y Pedro, habían estudiado en un colegio mientras cursaban el bachillerato; pero al llegar el turno a Andrés, el padre dijo que era mucho gasto, y llevaron al chico al Instituto de San Isidro y allí estudió un tanto abandonado. Aquel abandono y  el andar con los chicos de la calle despabiló a    Andrés. Se sentía aislado de la familia, sin madre, muy solo, y la soledad le hizo reconcentrado y triste. No le gustaba ir a los paseos donde hubiera gente, como a su hermano Pedro; prefería meterse en su cuarto y leer novelas.Su imaginación galopaba, lo consumía todo de antemano. Haré esto y luego esto—pensaba—.  ¿Y después? Y resolvía este después y se le presentaba otro y otro.Cuando concluyó el bachillerato se decidió a    estudiar Medicina sin consultar a nadie. Su padre se lo había indicado muchas veces: Estudia lo que quieras; eso es cosa tuya.A pesar de decírselo y de recomendárselo el que su hijo siguiese sus inclinaciones sin consultárselo a nadie, interiormente le indignaba.Don Pedro estaba constantemente predispuesto  contra aquel hijo, que él consideraba díscolo y rebelde. Andrés no cedía en lo que estimaba derecho suyo, y se plantaba contra su padre y  su hermano mayor con una terquedad violenta y agresiva. Margarita tenía que intervenir en estas trifulcas, que casi siempre concluían marchándose Andrés a su cuarto o a la calle. Las discusiones comenzaban por la cosa más insignificante; el desacuerdo entre padre e hijo no necesitaba un motivo especial para manifestarse, era absoluto y completo; cualquier punto que se tocara bastaba para hacer brotar la hostilidad, no se cambiaba entre ellos una palabra amable.Generalmente el motivo de las discusiones era político; don Pedro se burlaba de los revolucionarios, a quien dirigía todos sus desprecios e invectivas, y Andrés contestaba insultando a la burguesía, a los curas y al ejército.Don Pedro aseguraba que una persona decente no podía ser más que conservador. En los partidos avanzados tenía que haber necesariamente gentuza, según él.Para don Pedro, el hombre rico era el hombre por excelencia; tendía a considerar la riqueza, no como una casualidad, sino como una virtud; además suponía que con el dinero se podía todo.  Andrés recordaba el caso frecuente de muchachos  imbéciles, hijos de familias ricas, y demostraba  que un hombre con un arca llena de oro y un par de millones del Banco de Inglaterra, en  una isla desierta, no podría hacer nada; pero su padre no se dignaba atender estos argumentos. Las discusiones de casa de Hurtado se reflejaban invertidas en el piso de arriba entre un señor catalán y su hijo. En casa del catalán, el padre era el liberal y el hijo el conservador; ahora que el padre era un liberal cándido y que hablaba  mal el castellano, y el hijo un conservador    muy burlón y mal intencionado. Muchas veces se oía llegar desde el patio una voz de trueno con acento catalán, que decía:—Si la Gloriosa no se hubiera quedado en su camino, ya se hubiera visto lo que era España.Y poco después la voz del hijo, que gritaba burlonamente:—¡La Gloriosa! ¡Valiente mamarrachada!—¡Qué estúpidas discusiones!—decía Margarita con un mohín de desprecio, dirigiéndose a  su hermano Andrés—. ¡Como si por lo que vosotros  habléis se fueran a resolver las cosas!A medida que Andrés se hacía hombre, la  hostilidad entre él y su padre aumentaba. El hijo  no le pedía nunca dinero; quería considerar a    don Pedro como a un extraño.
V EL RINCÓN DE ANDRÉS
La casa donde vivía la familia Hurtado era propiedad de un marqués, a quien don Pedro había conocido en el colegio. Don Pedro la administraba, cobraba los alquileres y hablaba mucho y con entusiasmo del marqués y de sus fincas, lo que a su hijo le parecía de una absoluta bajeza.La familia de Hurtado estaba bien relacionada; don Pedro, a pesar de sus arbitrariedades y de su despotismo casero, era amabilísimo con los de fuera y sabía sostener las amistades útiles. Hurtado conocía a toda la vecindad y era muy complaciente con ella. Guardaba a los vecinos muchas atenciones, menos a los de las guardillas, a quienes odiaba. En su teoría del dinero equivalente a mérito, llevada a la práctica, desheredado tenía que ser sinónimo de miserable. Don Pedro, sin pensarlo, era un hombre a la antigua; la sospecha de que un obrero pretendiese considerarse como una persona, o de que  una mujer quisiera ser independiente le ofendía como un insulto.Sólo perdonaba a la gente pobre su pobreza, si  unían a ésta la desvergüenza y la canallería. Para la gente baja, a quien se podía hablar de tú, chulos, mozas de partido, jugadores, guardaba don Pedro todas sus simpatías.En la casa, en uno de los cuartos del piso tercero, vivían dos ex bailarinas, protegidas por un viejo senador. La familia de Hurtado las conocía por las del Moñete. El origen del apodo provenía de la niña de la favorita del viejo senador. A la niña la peinaban con un moño recogido en medio de la cabeza muy pequeño. Luisito, al verla por primera vez, le llamó la Chica del Moñete, y luego el apodo del Moñete pasó por extensión a la madre y a la tía. Don Pedro hablaba con frecuencia de las dos ex bailarinas y las elogiaba mucho; su hijo Alejandro celebraba las frases de su padre como si fueran de un camarada suyo; Margarita se quedaba seria al oir las alusiones a la vida licenciosa de las bailarinas, y Andrés volvía la cabeza desdeñosamente, dando a entender que los alardes cínicos de su padre le parecían ridículos y fuera de lugar. Únicamente a las horas de comer Andrés se  reunía con su familia; en lo restante del tiempo  no se le veía.
Durante el bachillerato, Andrés había dormido en la misma habitación que su hermano Pedro; pero al comenzar la carrera pidió a Margarita le    trasladaran a un cuarto bajo de techo, utilizado para guardar trastos viejos.Margarita al principio se opuso; pero luego accedió, mandó quitar los armarios y baúles, y allí se instaló Andrés. La casa era grande, con esos pasillos y recovecos un poco misteriosos de las construcciones    antiguas.Para llegar al nuevo cuarto de Andrés había que subir unas escaleras, lo que le dejaba completamente independiente. El cuartucho tenía un aspecto de celda: Andrés pidió a Margarita le cediera un armario y lo llenó de libros y papeles, colgó en las paredes los huesos del esqueleto que le dió su tío el doctor Iturrioz, y dejó el cuarto con cierto aire de antro de mago o de nigromántico. Allá se encontraba a su gusto, solo; decía que    estudiaba mejor con aquel silencio; pero muchas veces se pasaba el tiempo leyendo novelas o mirando  sencillamente por la ventana.Esta ventana caía sobre la parte de atrás de varias casas de las calles de Santa Isabel y de la  Esperancilla, y sobre unos patios y tejavanas.Andrés había dado nombres novelescos a lo que se veía desde allí: la casa misteriosa, la casa de la escalera, la torre de la cruz, el puente del gato negro, el tejado del depósito de agua...Los gatos de casa de Andrés salían por la ventana y hacían largas excursiones por estas tejavanas y saledizos, robaban de las cocinas, y un día, uno de ellos se presentó con una perdiz en la boca.Luisito solía ir contentísimo al cuarto de su hermano, observaba las maniobras de los gatos, miraba la calavera con curiosidad; le producía todo un gran entusiasmo. Pedro, que siempre había tenido por su hermano cierta admiración, iba también a verle a su cubil y a admirarle como a un bicho raro. Al final del primer año de carrera, Andrés empezó a tener mucho miedo de salir mal en los exámenes. Las asignaturas eran para marear a cualquiera: los libros muy voluminosos; apenas había tiempo de enterarse bien; luego las clases, en distintos sitios, distantes los unos de los otros, hacían perder tiempo andando de aquí para allá, lo que constituía motivos de distracción. Además, y esto Andrés no podía achacárselo a nadie más que a sí mismo, muchas veces, con  Aracil y con Montaner, iba, dejando la clase, a la parada de Palacio o al Retiro, y después, por la noche, en vez de estudiar, se dedicaba a leer novelas. Llegó mayo y Andrés se puso a devorar los  libros a ver si podía resarcirse del tiempo perdido. Sentía un gran temor de salir mal, más que nada por la rechifla del padre, que podía decir:    Para eso creo que no necesitabas tanta soledad. Con gran asombro suyo aprobó cuatro asignaturas, y le suspendieron, sin ningún asombro    por su parte, en la última, en el examen de Química. No quiso confesar en casa el pequeño tropiezo e inventó que no se había presentado.—¡Valiente primo!—le dijo su hermano Alejandro. Andrés decidió estudiar con energía durante el verano. Allí, en su celda, se encontraría muy bien, muy tranquilo y a gusto. Pronto se olvidó de sus propósitos, y en vez de estudiar miraba por la ventana con un anteojo la gente que salía    en las casas de la vecindad.Por la mañana dos muchachitas aparecían en unos balcones lejanos. Cuando se levantaba Andrés ya estaban ellas en el balcón. Se peinaban y se ponían cintas en el pelo.No se les veía bien la cara, porque el anteojo, además de ser de poco alcance, no era acromático y daba una gran irisación a todos los objetos.Un chico que vivía enfrente de estas muchachas solía echarlas un rayo de sol con un espejito. Ellas le reñían y amenazaban, hasta que, cansadas, se sentaban a coser en el balcón.
En una guardilla próxima había una vecina que, al levantarse, se pintaba la cara. Sin duda no sospechaba que pudieran mirarle y realizaba su    operación de un modo concienzudo. Debía de hacer una verdadera obra de arte; parecía un ebanista barnizando un mueble.Andrés, a pesar de que leía y leía el libro, no se enteraba de nada. Al comenzar a repasar vió que, excepto las primeras lecciones de Química, de todo lo demás apenas podía contestar.Pensó en buscar alguna recomendación; no quería decirle nada a su padre, y fué a casa de su tío Iturrioz a explicarle lo que le pasaba. Iturrioz    le preguntó:—¿Sabes algo de Química?—Muy poco.—¿No has estudiado?—Sí; pero se me olvida todo en seguida.—Es que hay que saber estudiar. Salir bien en los exámenes es una cuestión mnemotécnica, que consiste en aprender y repetir el mínimum de datos hasta dominarlos...; pero, en fin, ya no es tiempo de eso, te recomendaré, vete con esta carta a casa del profesor.Andrés, fué a ver al catedrático, que le trató    como a un recluta.El examen que hizo días después le asombró por lo detestable; se levantó de la silla confuso, lleno de vergüenza. Esperó teniendo la seguridad    de que saldría mal; pero se encontró, con gran sorpresa, que le habían aprobado.
VI LA SALA DE DISECCIÓN
El curso siguiente, de menos asignaturas, era algo más fácil, no había tantas cosas que retener en la cabeza. A pesar de esto, sólo la Anatomía bastaba para poner a prueba la memoria mejor organizada.Unos meses después del principio de curso, en el tiempo frío, se comenzaba la clase de disección. Los cincuenta o sesenta alumnos se repartían en diez o doce mesas y se agrupaban de cinco en cinco en cada una. Se reunieron en la misma mesa, Montaner, Aracil y Hurtado, y otros dos a quien ellos consideraban como extraños a su pequeño  círculo. Sin saber por qué, Hurtado y Montaner, que en el curso anterior se sentían hostiles, se hicieron muy amigos en el siguiente.Andrés le pidió a su hermana Margarita que le    cosiera una blusa para la clase de disección; una blusa negra con mangas de hule y vivos amarillos.
Margarita se la hizo. Estas blusas no eran nada limpias, porque en las mangas, sobre todo, se pegaban piltrafas de carne, que se secaban y no se veían. La mayoría de los estudiantes ansiaban llegar a la sala de disección y hundir el escalpelo en los cadáveres, como si les quedara un fondo atávico de crueldad primitiva.En todos ellos se producía un alarde de indiferencia y de jovialidad al encontrarse frente a la muerte, como si fuera una cosa divertida y alegre destripar y cortar en pedazos los cuerpos de los infelices que llegaban allá.Dentro de la clase de disección, los estudiantes    gustaban de encontrar grotesca la muerte; a un cadáver le ponían un cucurucho en la boca o  un sombrero de papel.Se contaba de un estudiante de segundo año que había embromado a un amigo suyo, que sabía era un poco aprensivo, de este modo: cogió el brazo de un muerto, se embozó en la capa y se acercó a saludar a su amigo.—¿Hola, qué tal?—le dijo sacando por debajo de la capa la mano del cadáver—. Bien y tú, contestó    el otro. El amigo estrechó la mano, se estremeció al notar su frialdad y quedó horrorizado al ver que por debajo de la capa salía el brazo de un cadáver. De otro caso sucedido por entonces se habló mucho entre los alumnos. Uno de los médicos del hospital, especialista en enfermedades nerviosas, había dado orden de que a un enfermo suyo, muerto en su sala, se le hiciera la autopsia y se le extrajera el cerebro y se le llevara a su casa.El interno extrajo el cerebro y lo envió con un mozo al domicilio del médico. La criada de la casa, al ver el paquete, creyó que eran sesos de    vaca, y los llevó a la cocina y los preparó y los sirvió a la familia. Se contaban muchas historias como ésta, fueran verdad o no, con verdadera fruición. Existía entre los estudiantes de Medicina una tendencia al espíritu de clase, consistente en un común desdén por la muerte; en cierto entusiasmo por la brutalidad quirúrgica, y en un gran desprecio por la sensibilidad.Andrés Hurtado no manifestaba más sensibilidad que los otros; no le hacía tampoco ninguna mella ver abrir, cortar y descuartizar cadáveres.Lo que sí le molestaba, era el procedimiento de sacar los muertos del carro en donde los traían del depósito del hospital. Los mozos cogían estos cadáveres, uno por los brazos y otro por los pies, los aupaban y los echaban al suelo.Eran casi siempre cuerpos esqueléticos, amarillos, como momias. Al dar en la piedra, hacían un ruido desagradable, extraño, como de algo sin  elasticidad, que se derrama; luego, los mozos iban cogiendo los muertos, uno a uno, por los pies y arrastrándolos por el suelo; y al pasar unas escaleras que había para bajar a un patio donde estaba    el depósito de la sala, las cabezas iban dando lúgubremente en los escalones de piedra. La impresión era terrible; aquello parecía el final de una batalla prehistórica, o de un combate del circo romano, en que los vencedores fueran    arrastrando a los vencidos. Hurtado imitaba a los héroes de las novelas leídas por él, y reflexionaba acerca de la vida y de la muerte; pensaba que si las madres de aquellos desgraciados que iban al spoliarium, hubiesen vislumbrado el final miserable de sus hijos, hubieran deseado seguramente parirlos    muertos. Otra cosa desagradable para Andrés, era el ver después de hechas las disecciones, cómo metían todos los pedazos sobrantes en unas calderas cilíndricas pintadas de rojo, en donde aparecía  una mano entre un hígado, y un trozo de masa encefálica, y un ojo opaco y turbio en medio del tejido pulmonar.A pesar de la repugnancia que le inspiraban tales cosas, no le preocupaban; la anatomía y la disección le producían interés.Esta curiosidad por sorprender la vida; este instinto de inquisición tan humano, lo experimentaba él como casi todos los alumnos.Uno de los que lo sentían con más fuerza, era  un catalán amigo de Aracil, que aún estudiaba en el Instituto. Jaime Massó, así se llamaba, tenía la cabeza    pequeña, el pelo negro, muy fino, la tez de un color blanco amarillento, y la mandíbula prognata. Sin ser inteligente, sentía tal curiosidad por el funcionamiento de los órganos, que si podía se llevaba a casa la mano o el brazo de un muerto,  para disecarlos a su gusto. Con las piltrafas,    según decía, abonaba unos tiestos o los echaba al balcón de un aristócrata de la vecindad a quien odiaba.Massó, especial en todo, tenía los estigmas de un degenerado. Era muy supersticioso; andaba por    en medio de las calles y nunca por las aceras; decía, medio en broma, medio en serio, que al  pasar iba dejando como rastro, un hilo invisible que no debía romperse. Así, cuando iba a un café o al teatro salía por la misma puerta por donde había entrado para ir recogiendo el misterioso hilo.Otra cosa caracterizaba a Massó; su wagnerismentusiasta e intransigente que contrastaba  con la indiferencia musical de Aracil, de Hurtado y de los demás.Aracil había formado a su alrededor una camarilla  de amigos a quienes dominaba y mortificaba, y entre éstos se contaba Massó; le daba    grandes plantones, se burlaba de él, lo tenía como  a un payaso.
Aracil demostraba casi siempre una crueldad desdeñosa, sin brutalidad, de un carácter femenino. Aracil, Montaner y Hurtado, como muchachos    que vivían en Madrid, se reunían poco con los estudiantes provincianos; sentían por ellos un gran desprecio; todas esas historias del casino del pueblo, de la novia y de las calaveradas en el lugarón de la Mancha o de Extremadura, les parecían cosas plebeyas, buenas para gente de calidad inferior.Esta misma tendencia aristocrática, más grande sobre todo en Aracil y en Montaner que en Andrés, les hacía huir de lo estruendoso, de lo vulgar, de lo bajo; sentían repugnancia por aquellas chirlatas en donde los estudiantes de provincia perdían curso tras curso, estúpidamente    jugando al billar o al dominó. A pesar de la influencia de sus amigos, que le inducían a aceptar las ideas y la vida de un señorito madrileño de buena sociedad, Hurtado se resistía. Sujeto a la acción de la familia, de sus condiscípulos y de los libros, Andrés iba formando su espíritu con el aporte de conocimientos y datos un poco heterogéneos.Su biblioteca aumentaba con desechos; varios libros ya antiguos de Medicina y de Biología, le  dió su tío Iturrioz; otros, en su mayoría folletines  y novelas, los encontró en casa; algunos los fué comprando en las librerías de lance. Una señora vieja, amiga de la familia, le regaló unas ilustraciones y la historia de la Revolución francesa, de Thiers. Este libro, que comenzó treinta veces y treinta veces lo dejó aburrido, llegó a leerlo y a preocuparle. Después de la historia de Thiers, leyó los Girondinos, de Lamartine. Con la lógica un poco rectilínea del hombre joven, llegó a creer que el tipo más grande de la  Revolución, era Saint Just. En muchos libros, en las primeras páginas en blanco, escribió el nombre  de su héroe, y lo rodeó como a un sol de rayos.Este entusiasmo absurdo lo mantuvo secreto; no quiso comunicárselo a sus amigos. Sus cariños y sus odios revolucionarios, se los reservaba, no salían fuera de su cuarto. De esta manera, Andrés Hurtado se sentía distinto cuando hablaba con sus condiscípulos en los pasillos de San Carlos y cuando soñaba en la soledad de su cuartucho.Tenía Hurtado dos amigos a quienes veía de tarde en tarde. Con ellos debatía las mismas cuestiones que con Aracil y Montaner, y podía así apreciar y comparar sus puntos de vista.De estos amigos, compañeros de Instituto, el uno estudiaba para ingeniero, y se llamaba Rafael Sañudo; el otro era un chico enfermo, Fermín Ibarra.A Sañudo, Andrés le veía los sábados por la noche en un café de la calle Mayor, que se llamaba Café del Siglo. A medida que pasaba el tiempo, veía Hurtado cómo divergía en gustos y en ideas de su amigo Sañudo, con quien antes, de chico, se encontraba tan de acuerdo.Sañudo y sus condiscípulos no hablaban en el café más que de música; de las óperas del Real, y sobre todo, de Wagner. Para ellos, la    ciencia, la política, la revolución, España, nada tenía importancia al lado de la música de Wagner. Wagner era el Mesías, Beethoven y Mozart los precursores. Había algunos beethovenianos que no querían aceptar a Wagner, no ya como el Mesías, ni aun siquiera como un continuador digno de sus antecesores, y no hablaban más que de la quinta y de la novena, en éxtasis. A Hurtado, que no le preocupaba la música, estas conversaciones le impacientaban.Empezó a creer que esa idea general y vulgar de que el gusto por la música significa espiritualidad, era inexacta. Por lo menos en los casos que él veía, la espiritualidad no se confirmaba. Entre aquellos estudiantes amigos de Sañudo, muy filarmónicos, había muchos, casi todos, mezquinos, mal intencionados, envidiosos.Sin duda, pensó Hurtado, que le gustaba explicárselo todo, la vaguedad de la música hace que los envidiosos y los canallas, al oir las melodías    de Mozart, o las armonías de Wagner, descansen con delicia de la acritud interna que les produce    sus malos sentimientos, como un hiperclorhídrico al ingerir una substancia neutra.En aquel Café del Siglo, adonde iba Sañudo, el público, en su mayoría, era de estudiantes; había también algunos grupos de familia, de esos que se atornillan en una mesa, con gran desesperación del mozo, y unas cuantas muchachas de aire equívoco. Entre ellas llamaba la atención una rubia muy guapa, acompañada de su madre. La madre era una chatorrona gorda, con el colmillo retorcido, y la mirada de jabalí. Se conocía su historia; después de vivir con un sargento, el padre de la muchacha, se había casado con un relojero alemán, hasta que éste, harto de la golfería de su mujer, la había echado de su casa a puntapiés.Sañudo y sus amigos se pasaban la noche del sábado hablando mal de todo el mundo, y luego comentando con el pianista y el violinista del café, las bellezas de una sonata de Beethoven o de un minué de Mozart. Hurtado comprendió que aquel no era su centro y dejó de ir por allí. Varias noches, Andrés entraba en algún café cantante con su tablado para las cantadoras y bailadoras. El baile flamenco le gustaba y el canto también cuando era sencillo; pero aquellos especialistas de café, hombres gordos que se sentaban en una silla con un palito y comenzaban a dar jipíos y a poner la cara muy triste, le parecían repugnantes. La imaginación de Andrés le hacía ver peligros imaginarios que por un esfuerzo de voluntad intentaba desafiar y vencer. Había algunos cafés cantantes y casas de juego, muy cerrados, que a Hurtado se le antojaban peligrosos; uno de ellos era el café del Brillante, donde se formaban grupos de chulos, camareras y bailadoras; el otro un garito de la calle de la Magdalena, con las ventanas ocultas por cortinas verdes. Andrés se decía: Nada, hay que entrar aquí; y entraba temblando de miedo.Estos miedos variaban en él. Durante algún tiempo, tuvo como una mujer extraña, a una buscona de la calle del Candil, con unos ojos negros sombreados de obscuro, y una sonrisa que mostraba sus dientes blancos. Al verla, Andrés se estremecía y se echaba a  temblar. Un día la oyó hablar con acento gallego, y sin saber por qué, todo su terror desapareció.Muchos domingos por la tarde, Andrés iba a casa de su condiscípulo Fermín Ibarra. Fermín estaba enfermo con una artritis, y se pasaba la vida leyendo libros de ciencia recreativa. Su madre le tenía como a un niño y le compraba juguetes mecánicos que a él le divertían.Hurtado le contaba lo que hacía, le hablaba de la clase de disección, de los cafés cantantes, de  la vida de Madrid de noche.
Fermín, resignado, le oía con gran curiosidad. Cosa absurda; al salir de casa del pobre enfermo, Andrés tenía una idea agradable de su vida.¿Era un sentimiento malvado de contraste? ¿El sentirse sano y fuerte cerca del impedido y del débil? Fuera de aquellos momentos, en los demás, el  estudio, las discusiones, la casa, los amigos, sus correrías, todo esto, mezclado con sus pensamientos, le daba una impresión de dolor, de amargura en el espíritu. La vida en general, y sobre todo la suya, le parecía una cosa fea, turbia, dolorosa e indominable.
VII ARACIL Y MONTANER
Aracil, Montaner y Hurtado concluyeron felizmente su primer curso de Anatomía. Aracil se fué a Galicia, en donde se hallaba empleado su padre; Montaner a un pueblo de la Sierra y Andrés se quedó sin amigos.El verano le pareció largo y pesado; por las mañanas iba con Margarita y Luisito al Retiro, y allí corrían y jugaban los tres; luego la tarde y  la noche las pasaba en casa dedicado a leer novelas; una porción de folletines publicados en  los periódicos durante varios años. Dumas padre, Eugenio Sué, Montepín, Gaboriau, Miss Braddon sirvieron de pasto a su afán de leer. Tal dosis de literatura, de crímenes, de aventuras y de misterios acabó por aburrirle. Los primeros días del curso le sorprendieron  agradablemente. En estos días otoñales duraba todavía la feria de septiembre en el Prado, delante del Jardín Botánico, y al mismo tiempo que las barracas con juguetes, los tíos vivos, los tiros al blanco, y los montones de nueces, almendras y acerolas, había puestos de libros en donde se congregaban los bibliófilos, a revolver y a hojear los viejos volúmenes llenos de polvo. Hurtado solía pasar todo el tiempo que duraba la feria, registrando los libracos entre el señor grave, vestido de negro, con anteojos, de aspecto doctoral, y algún cura esquelético, de sotana raída.Tenía Andrés cierta ilusión por el nuevo curso,   iba estudiar Fisiología y creía que el estudio de las funciones de la vida le interesaría tanto o  más que una novela; pero se engañó, no fué así.    Primeramente el libro de texto era un libro estúpido, hecho con recortes de obras francesas y escrito sin claridad y sin entusiasmo; leyéndolo    no se podía formar una idea clara del mecanismo de la vida; el hombre aparecía, según el autor, como un armario con una serie de aparatos dentro,    completamente separados los unos de los otros, como los negociados de un ministerio. Luego el catedrático era hombre sin ninguna afición a lo que explicaba, un señor senador, de esos latosos, que se pasaba las tardes en el Senado discutiendo tonterías y provocando el sueño de los abuelos de la Patria. Era imposible que con aquel texto y aquel profesor llegara nadie a sentir el deseo de penetrar en la ciencia de la vida. La Fisiología, cursándola así, parecía una cosa estólida y deslavazada, sin problemas de interés ni ningún atractivo.
Hurtado tuvo una verdadera decepción. Era  indispensable tomar la Fisiología como todo lo demás, sin entusiasmo, como uno de los obstáculos    que salvar para concluir la carrera.Esta idea, de una serie de obstáculos, era la idea de Aracil. Él consideraba una locura el pensar que habían de encontrar un estudio agradable.Julio, en esto, y en casi todo, acertaba. Su gran sentido de la realidad le engañaba pocas veces.Aquel curso, Hurtado intimó bastante con Julio Aracil. Julio era un año o año y medio más viejo que Hurtado y parecía más hombre. Era moreno, de ojos brillantes y saltones, la cara de una expresión viva, la palabra fácil, la inteligencia rápida. Con estas condiciones cualquiera hubiese pensado que se hacía simpático; pero no, le pasaba todo lo contrario; la mayoría de los conocidos le profesaban poco afecto.Julio vivía con unas tías viejas; su padre, empleado en una capital de provincia, era de una posición bastante modesta. Julio se mostraba muy independiente, podía haber buscado la protección de su primo Enrique Aracil, que por entonces acababa de obtener una plaza de médico en el hospital, por oposición, y que podía ayudarle;  pero Julio no quería protección alguna; no iba ni a ver a su primo; pretendía debérselo todo a sí mismo. Dada su tendencia práctica, era un poco paradójica esta resistencia suya a ser protegido.Julio, muy hábil, no estudiaba casi nada, pero aprobaba siempre. Buscaba amigos menos inteligentes que él para explotarles; allí donde veía una superioridad cualquiera, fuese en el orden que fuese, se retiraba. Llegó a confesar a Hurtado,  que le molestaba pasear con gente de más estatura que él. Julio aprendía con gran facilidad todos los juegos. Sus padres, haciendo un sacrificio, podían pagarle los libros, las matrículas y la ropa. La tía de Julio solía darle para que fuera alguna vez al teatro un duro todos los meses, y Aracil se las arreglaba jugando a las cartas con sus amigos, de tal manera, que después de ir al café  y al teatro y comprar cigarrillos, al cabo del mes, no sólo le quedaba el duro de su tía, sino que tenía dos o tres más. Aracil era un poco petulante, se cuidaba el pelo, el bigote, las uñas y le gustaba echárselas de guapo. Su gran deseo en el fondo era dominar, pero no podía ejercer su dominación en una zona extensa, ni trazarse un plan, y toda su voluntad de poder y toda su habilidad se empleaba en cosas pequeñas. Hurtado le comparaba a esos insectos activos que van dando vueltas a un camino circular con una decisión inquebrantable e inútil.
Una de las ideas gratas a Julio era pensar  que había muchos vicios y depravaciones en Madrid. La venalidad de los políticos, la fragilidad de las mujeres, todo lo que significara claudicación, le gustaba; que una cómica, por hacer un papel importante, se entendía con un empresario viejo y repulsivo; que una mujer, al parecer honrada, iba a una casa de citas, le encantaba. Esa omnipotencia del dinero, antipática para un hombre de sentimientos delicados, le parecía a Aracil algo sublime, admirable, un holocausto  natural a la fuerza del oro. Julio era un verdadero fenicio; procedía de Mallorca y probablemente había en él sangre semítica. Por lo menos si la sangre faltaba, las inclinaciones de la raza estaban íntegras. Soñaba    con viajar por el Oriente, y aseguraba siempre que, de tener dinero, los primeros países que visitaría serían Egipto y el Asia Menor. El doctor Iturrioz, tío carnal de Andrés Hurtado, solía afirmar probablemente de una manera arbitraria, que en España, desde un punto de vista moral, hay dos tipos: el tipo ibérico y el tipo semita. Al tipo ibérico asignaba el doctor las cualidades fuertes y guerreras de la raza; al tipo semita las tendencias rapaces, de intriga y de comercio. Aracil era un ejemplar acabado del tipo semita. Sus ascendientes debieron ser comerciantes  de esclavos en algún pueblo del Mediterráneo. A Julio le molestaba todo lo que fuera violento y exaltado: el patriotismo, la guerra, el entusiasmo político o social; le gustaba el fausto, la riqueza, las alhajas, y como no tenía dinero para comprarlas buenas, las llevaba falsas y casi le hacía más gracia lo mixtificado que lo bueno. Daba tanta importancia al dinero, sobre todo al dinero ganado, que el comprobar lo difícil de conseguirlo le agradaba. Como era su dios, su  ídolo, de darse demasiado fácilmente, le hubiese parecido mal. Un paraíso conseguido sin esfuerzo  no entusiasma al creyente; la mitad por lo menos del mérito de la gloria está en su dificultad, y para Julio la dificultad de conseguir el dinero constituía uno de sus mayores encantos.Otra de las condiciones de Aracil era acomodarse a las circunstancias, para él no había cosas desagradables; de considerarlo necesario, lo aceptaba todo.Con su sentido previsor de hormiga, calculaba la cantidad de placeres obtenibles por una cantidad de dinero. Esto constituía una de sus mayores preocupaciones. Miraba los bienes de la tierra con ojos de tasador judío. Si se convencía de que una cosa de treinta céntimos la había comprado por veinte, sentía un verdadero disgusto.Julio leía novelas francesas de escritores medio naturalistas, medio galantes; estas relaciones de la vida de lujo y de vicio de París le encantaban.De ser cierta la clasificación de Iturrioz, Montaner también tenía más del tipo semita que del ibérico. Era enemigo de lo violento y de lo exaltado, perezoso, tranquilo, comodón.Blando de carácter, daba al principio de tratarle cierta impresión de acritud y energía, que  no era más que el reflejo del ambiente de su familia, constituída por el padre y la madre y varias hermanas solteronas, de carácter duro y avinagrado.Cuando Andrés llegó a conocer a fondo a Montaner, se hizo amigo suyo.Concluyeron los tres compañeros el curso. Aracil se marchó, como solía hacerlo todos los veranos, al pueblo en donde estaba su familia, y Montaner y Hurtado se quedaron en Madrid. El verano fué sofocante; por las noches, Montaner, después de cenar, iba a casa de Hurtado, y los dos amigos paseaban por la Castellana y por el Prado, que por entonces tomaba el carácter de un paseo provinciano, aburrido, polvoriento y lánguido. Al final del verano un amigo le dió a Montaner una entrada para los Jardines del Buen Retiro. Fueron los dos todas las noches. Oían cantar óperas antiguas, interrumpidas por los gritos de la gente que pasaba dentro del vagón de una montaña rusa que cruzaba el jardín; seguían a las chicas, y a la salida se sentaban a tomar horchata o limón en algún puesto del Prado.Lo mismo Montaner que Andrés hablaban casi siempre mal de Julio; estaban de acuerdo en considerarle egoísta, mezquino, sórdido, incapaz    de hacer nada por nadie. Sin embargo, cuando    Aracil llegaba a Madrid, los dos se reunían siempre con él.
VIII UNA FÓRMULA DE LA VIDA
El año siguiente, el cuarto de carrera, había para los alumnos, y sobre todo para Andrés Hurtado, un motivo de curiosidad: la clase de  don José de Letamendi. Letamendi era de estos hombres universales que se tenían en la España de hace unos años; hombres universales a quienes no se les conocía ni de nombre pasados los Pirineos. Un desconocimiento tal en Europa de genios tan transcendentales, se explicaba por esa hipótesis absurda, que aunque no la defendía nadie claramente, era aceptada por todos, la hipótesis del odio y la mala fe internacionales que hacía que las cosas grandes de España fueran pequeñas en el extranjero y viceversa.Letamendi era un señor flaco, bajito, escuálido, con melenas grises y barba blanca. Tenía cierto tipo de aguilucho: la nariz corva, los ojos hundidos y brillantes. Se veía en él un hombre que se había hecho una cabeza, como dicen los franceses. Vestía siempre levita algo entallada, y llevaba un sombrero de copa de alas planas, de esos sombreros clásicos de los melenudos profesores de la Sorbona. En San Carlos corría como una verdad indiscutible que Letamendi era un genio; uno de esos hombres águilas que se adelantan a su tiempo; todo el mundo le encontraba abstruso porque hablaba y escribía con gran empaque un lenguaje medio filosófico, medio literario. Andrés Hurtado, que se hallaba ansioso de encontrar algo que llegase al fondo de los problemas de la vida, comenzó a leer el libro de Letamendi con entusiasmo. La aplicación de las Matemáticas a la Biología le pareció admirable. Andrés fué pronto un convencido.Como todo el que cree hallarse en posesión de una verdad tiene cierta tendencia de proselitismo, una noche Andrés fué al café donde se reunían Sañudo y sus amigos a hablar de las doctrinas de Letamendi, a explicarlas y a comentarlas.Estaba como siempre Sañudo con varios estudiantes de ingenieros. Hurtado se reunió con ellos y aprovechó la primera ocasión para llevar la conversación al terreno que deseaba, y expuso la fórmula de la vida de Letamendi e intentó explicar los corolarios que de ella deducía el autor. Al decir Andrés que la vida, según Letamendi, es una función indeterminada entre la energía individual y el cosmos, y que esta función no puede ser más que suma, resta, multiplicación  y división, y que no pudiendo ser suma, ni resta, ni división, tiene que ser multiplicación, uno de los amigos de Sañudo se echó a reir.—¿Por qué se ríe usted?—le preguntó Andrés,  sorprendido.—Porque en todo eso que dice usted hay una porción de sofismas y de falsedades. Primeramente hay muchas más funciones matemáticas que sumar, restar, multiplicar y dividir.—¿Cuáles?—Elevar a potencia, extraer raíces... Después, aunque no hubiera más que cuatro funciones matemáticas primitivas, es absurdo pensar que en el conflicto de estos dos elementos la energía de la vida y el cosmos, uno de ellos, por lo menos, heterogéneo y complicado, porque no haya suma, ni resta, ni división, ha de haber multiplicación. Además, sería necesario demostrar por qué no puede haber suma, por qué no puede haber resta y por qué no puede haber división. Después habría que demostrar por qué no puede haber dos o tres funciones simultáneas. No basta decirlo. —Pero eso lo da el razonamiento. —No, no; perdone usted—replicó el estudiante—.  Por ejemplo, entre esa mujer y yo puede haber varias funciones matemáticas: suma, si hacemos los dos una misma cosa ayudándonos; resta, si ella quiere una cosa y yo la contraria y vence uno de los dos contra el otro; multiplicación, si tenemos un hijo, y división si yo la corto en pedazos a ella o ella a mí.—Eso es una broma—dijo Andrés.—Claro que es una broma—replicó el estudiante—una broma por el estilo de las de su profesor, pero que tiende a una verdad, y es que entre la fuerza de la vida y el cosmos, hay un infinito    de funciones distintas; sumas, restas, multiplicaciones, de todo, y que además es muy posible que existan otras funciones que no tengan expresión matemática.Andrés Hurtado, que había ido al café creyendo que sus preposiciones convencerían a los alumnos de ingenieros, se quedó un poco perplejo y cariacontecido al comprobar su derrota. Leyó de nuevo el libro de Letamendi, siguió oyendo sus explicaciones y se convenció de que todo aquello de la fórmula de la vida y sus corolarios, que al principio le pareció serio y profundo, no eran más que juegos de prestidigitación, unas veces ingeniosos, otras veces vulgares, pero siempre sin realidad alguna, ni metafísica, ni empírica. Todas estas fórmulas matemáticas y su desarrollo no eran más que vulgaridades disfrazadas con un aparato científico, adornadas por conceptos retóricos que la papanatería de profesores y alumnos tomaba como visiones de profeta.
Por dentro, aquel buen señor de las melenas, con su mirada de águila y su diletantismo artístico, científico y literario; pintor en sus ratos de ocio, violinista y compositor y genio por los cuatro costados, era un mixtificador audaz con ese fondo aparatoso y botarate de los mediterráneos. Su único mérito real era tener condiciones de literato, de hombre de talento verbal.La palabrería de Letamendi produjo en Andrés un deseo de asomarse al mundo filosófico y con este objeto compró en unas ediciones económicas los libros de Kant, de Fichte y de Schopenhauer. Leyó primero La Ciencia del Conocimiento, de Fichte, y no pudo enterarse de nada. Sacó la impresión de que el mismo traductor no había comprendido lo que traducía; después comenzó  la lectura de Parerga y Paralipomena, y le pareció un libro casi ameno, en parte cándido, y le divirtió más de lo que suponía. Por último, intentó  descifrar La crítica de la razón pura. Veía que con un esfuerzo de atención podía seguir el razonamiento del autor como quien sigue el desarrollo de un teorema matemático; pero le pareció demasiado esfuerzo para su cerebro y dejó Kant para más adelante, y siguió leyendo a Schopenhauer, que tenía para él el atractivo de ser un consejero chusco y divertido. Algunos pedantes le decían que Schopenhauer había pasado de moda, como si la labor de uhombre de inteligencia extraordinaria fuera como la forma de un sombrero de copa. Los condiscípulos, a quien asombraban estos buceamientos de Andrés Hurtado, le decían:—¿Pero no te basta con la filosofía de Letamendi?—Si eso no es filosofía ni nada—replicaba Andrés—. Letamendi es un hombre sin una idea profunda; no tiene en la cabeza más que palabras y frases. Ahora, como vosotros no las comprendéis, os parecen extraordinarias. El verano, durante las vacaciones, Andrés leyó  en la Biblioteca Nacional algunos libros filosóficos nuevos de los profesores franceses e italianos y le sorprendieron. La mayoría de estos libros no tenían más que el título sugestivo; lo demás era una eterna divagación acerca de métodos y clasificaciones.A Hurtado no le importaba nada la cuestión de los métodos y de las clasificaciones, ni saber si la Sociología era una ciencia o un ciempiés inventado por los sabios; lo que quería encontrar era una orientación, una verdad espiritual y práctica al mismo tiempo.Los bazares de ciencia de los Lombroso y los Ferri, de los Fouillée y de los Janet, le produjeron una mala impresión. Este espíritu latino y su claridad tan celebrada le pareció una de las cosas más insulsas, más banales y anodinas. Debajo de los títulos pomposos no había más que vulgaridad a todo pasto. Aquello era, con relación a la filosofía, lo que son los específicos de la cuarta plana de los periódicos respecto a la medicina verdadera. En cada autor francés se le figuraba a Hurtado ver un señor cyranesco, tomando actitudes gallardas y hablando con voz nasal; en cambio todos los italianos le parecían barítonos de zarzuela.Viendo que no le gustaban los libros modernos volvió a emprender con la obra de Kant, y leyó entera con grandes trabajos la Crítica de la razón pura. Ya aprovechaba algo más lo que leía y le quedaban las líneas generales de los sistemas que iba desentrañando.
IX UN REZAGADO
Al principio de otoño y comienzo del curso siguiente, Luisito, el hermano menor, cayó enfermo con fiebres. Andrés sentía por Luisito un cariño exclusivo y huraño. El chico le preocupaba de una manera patológica, le parecía que los elementos todos se conjuraban contra él. Visitó al enfermito el doctor Aracil, el pariente de Julio, y a los pocos días indicó que se trataba de una fiebre tifoidea.Andrés pasó momentos angustiosos; leía con    desesperación en los libros de Patología la descripción y el tratamiento de la fiebre tifoidea y hablaba con el médico de los remedios que podrían emplearse.El doctor Aracil a todo decía que no.—Es una enfermedad que no tiene tratamiento específico—aseguraba—; bañarle, alimentarle y    esperar, nada más.Andrés era el encargado de preparar el baño y tomar la temperatura a Luis.
El enfermo tuvo días de fiebre muy alta. Por las mañanas, cuando bajaba la calentura, preguntaba a cada momento por Margarita y Andrés. Éste, en el curso de la enfermedad, quedó asombrado de la resistencia y de la energía de su hermana; pasaba las noches sin dormir cuidando del niño; no se le ocurría jamás, y si se le ocurría no le daba importancia, la idea de que pudiera contagiarse.Andrés desde entonces comenzó a sentir una gran estimación por Margarita; el cariño de Luisito los había unido. A los treinta o cuarenta días la fiebre desapareció, dejando al niño flaco, hecho un esqueleto. Andrés adquirió con este primer ensayo de médico un gran escepticismo. Empezó a pensar si la medicina no serviría para nada. Un buen    puntal para este escepticismo le proporcionaba las explicaciones del profesor de Terapéutica, que consideraba inútiles cuando no perjudiciales casi todos los preparados de la farmacopea. No era una manera de alentar los entusiasmos médicos de los alumnos, pero indudablemente el profesor lo creía así y hacía bien en decirlo. Después de las fiebres Luisito quedó débil y a cada paso daba a la familia una sorpresa desagradable; un día era un calenturón, al otro unas convulsiones. Andrés muchas noches tenía que ir a las dos o a las tres de la mañana en busca del médico y después salir a la botica.
En este curso, Andrés se hizo amigo de un estudiante rezagado, ya bastante viejo, a quien cada año de carrera costaba por lo menos dos o tres.Un día este estudiante le preguntó a Andrés qué le pasaba para estar sombrío y triste. Andrés le contó que tenía al hermano enfermo, y el otro intentó tranquilizarle y consolarle. Hurtado le agradeció la simpatía y se hizo amigo del viejo estudiante.Antonio Lamela, así se llamaba el rezagado, era gallego, un tipo flaco, nervioso, de cara escuálida, nariz afilada, una zalea de pelos negros en la barba ya con algunas canas, y la boca sin dientes, de hombre débil. A Hurtado le llamó la atención el aire de hombre misterioso de Lamela, y a éste le chocó sin duda el aspecto reconcentrado de Andrés. Los    dos tenían una vida interior distinta al resto de los estudiantes. El secreto de Lamela era que estaba enamorado, pero enamorado de verdad, de una mujer de la aristocracia, una mujer de título, que andaba en coche e iba a palco al Real. Lamela le tomó a Hurtado por confidente y le  contó sus amores con toda clase de detalles. Ella estaba enamoradísima de él, según aseguraba el estudiante; pero existían una porción de dificultades    y de obstáculos que impedían la aproximación del uno al otro.
A Andrés le gustaba encontrarse con un tipo distinto a la generalidad. En las novelas se daba  como anomalía un hombre joven sin un gran amor; en la vida lo anómalo era encontrar un hombre enamorado de verdad. El primero que conoció Andrés fué Lamela; por eso le interesaba.El viejo estudiante padecía un romanticismo  intenso, mitigado en algunas cosas por una tendencia beocia de hombre práctico: Lamela creía en el amor y en Dios; pero esto no le impedía emborracharse y andar de crápula con frecuencia. Según él, había que dar al cuerpo necesidades mezquinas y groseras y conservar el espíritu limpio.Esta filosofía la condensaba, diciendo: Hay que dar al cuerpo lo que es del cuerpo, y al alma lo que es del alma.—Si todo eso del alma, es una pamplina—le decía Andrés—. Son cosas inventadas por los curas para sacar dinero.—¡Cállate, hombre, cállate! No disparates.Lamela en el fondo era un rezagado en todo: en la carrera y en las ideas. Discurría como un hombre de a principio del siglo. La concepción mecánica actual del mundo económico y de la sociedad, para él no existía. Tampoco existía cuestión social. Toda la cuestión social se resolvía  con la caridad y con que hubiese gentes de  buen corazón.
—Eres un verdadero católico—le decía Andrés-; te has fabricado el más cómodo de los mundos.Cuando Lamela le mostró un día a su amada,    Andrés se quedó estupefacto. Era una solterona fea, negra, con una nariz de cacatúa y más años que un loro.Además de su aire antipático, ni siquiera hacía caso del estudiante gallego, a quien miraba con desprecio, con un gesto desagradable y avinagrado. Al espíritu fantaseador de Lamela no llegaba nunca la realidad.A pesar de su apariencia sonriente y humilde,  tenía un orgullo y una confianza en sí mismo extraordinaria; sentía la tranquilidad del que cree conocer el fondo de las cosas y de las acciones humanas.Delante de los demás compañeros Lamela no hablaba de sus amores: pero cuando le cogía a Hurtado por su cuenta, se desbordaba. Sus confidencias no tenían fin.A todo le quería dar una significación complicada y fuera de lo normal.—Chico—decía sonriendo y agarrando del brazo a Andrés—. Ayer la vi.—¡Hombre!—Sí—añadía con gran misterio—. Iba con la señora de compañía; fuí detrás de ella, entró en su casa y poco después salió un criado al balcón.  ¿Es raro, eh?—¿Raro? ¿Por qué?—preguntaba Andrés.—Es que luego el criado no cerró el balcón. Hurtado se le quedaba mirando preguntándose cómo funcionaría el cerebro de su amigo paraencontrar extrañas las cosas más naturales del mundo y para creer en la belleza de aquella dama.Algunas veces que iban por el Retiro charlando, Lamela se volvía y decía:—¡Mira, cállate!—Pues ¿qué pasa?—Que aquel que viene allá es de esos enemigos míos que le hablan a ella mal de mí. Viene espiándome.Andrés se quedaba asombrado. Cuando ya tenía más confianza con él le decía:—Mira, Lamela, yo como tú, me presentaría a la Sociedad de Psicología de París o de Londres.—¿A qué?—Y diría: Estúdienme ustedes, porque creo que soy el hombre más extraordinario del mundo.El gallego se reía con su risa bonachona.—Es que tú eres un niño—replicaba—; el día    que te enamores verás cómo me das la razón a mí. Lamela vivía en una casa de huéspedes de la plaza de Lavapiés; tenía un cuarto pequeño, desarreglado, y como estudiaba, cuando estudiaba, metido en la cama, solía descoser los libros y los guardaba desencuadernados en pliegos sueltos en el baúl o extendidos sobre la mesa. Alguna que otra vez fué Hurtado a verle a su casa. La decoración de su cuarto consistía en una serie de botellas vacías, colocadas por todas partes. Lamela compraba el vino para él y lo guardada en sitios inverosímiles, de miedo de que los demás huéspedes entrasen en el cuarto y se lo bebieran, lo que, por lo que contaba, era frecuente. Lamela tenía escondidas las botellas dentro de la chimenea, en el baúl, en la cómoda.De noche, según le dijo a Andrés, cuando se acostaba ponía una botella de vino debajo de la cama, y si se despertaba cogía la botella y se bebía la mitad de un trago. Estaba convencido de que no había hipnótico como el vino, y que a su lado el sulfonal y el cloral eran verdaderas filfas. Lamela nunca discutía las opiniones de los profesores, no le interesaban gran cosa; para él no podía aceptarse más clasificación entre ellos que la de los catedráticos de buena intención, amigos de aprobar y los de mala intención, que suspendían sólo por echárselas de sabios y darse tono.En la mayoría de los casos Lamela dividía a los hombres en dos grupos: los unos, gente franca, honrada, de buen fondo, de buen corazón; los otros, gente mezquina y vanidosa.Para Lamela, Aracil y Montaner eran de esta última clase, de los más mezquinos e insignificantes.Verdad es que ninguno de los dos le tomaba en serio a Lamela.Andrés contaba en su casa las extravagancias de su amigo. A Margarita le interesaban mucho estos amores. Luisito, que tenía la imaginación de un chico enfermizo, había inventado, escuchándole a su hermano, un cuento que se llamaba: «Los amores de un estudiante gallego con la reina de las cacatúas.»
X PASO POR SAN JUAN DE DIOS
Sin gran brillantez, pero también sin grandes fracasos, Andrés Hurtado iba avanzando en su carrera.Al comenzar el cuarto año se le ocurrió a Julio    Aracil asistir a unos cursos de enfermedades venéreas que daba un médico en el hospital de San Juan de Dios. Aracil invitó a Montaner y a  Hurtado a que le acompañaran; unos meses después iba a haber exámenes de alumnos internos para ingreso en el Hospital General; pensaban    presentarse los tres, y no estaba mal el ver enfermos con frecuencia.La visita en San Juan de Dios fué un nuevo motivo de depresión y melancolía para Hurtado. Pensaba que por una causa o por otra el mundo le iba presentando su cara más fea. A los pocos días de frecuentar el hospital, Andrés se inclinaba a creer que el pesimismo de Schopenhauer era una verdad casi matemática. El mundo le parecía una mezcla de manicomio y de hospital; ser inteligente constituía una desgracia, y sólo la felicidad podía venir de la inconsciencia y de la locura. Lamela, sin pensarlo, viviendo con sus ilusiones, tomaba las proporciones de un sabio.Aracil, Montaner y Hurtado visitaron una sala de mujeres de San Juan de Dios.Para un hombre excitado e inquieto como Andrés, el espectáculo tenía que ser deprimente. Las enfermas eran de lo más caído y miserable. Ver tanta desdichada sin hogar, abandonada, en una sala negra, en un estercolero humano; comprobar y evidenciar la podredumbre que envenena la vida sexual, le hizo a Andrés una angustiosa impresión. El hospital aquel, ya derruído por fortuna, era un edificio inmundo, sucio, mal oliente; las ventanas de las salas daban a la calle de Atocha y tenían, además de las rejas, unas alambreras para que las mujeres recluídas no se asomaran y escandalizaran. De este modo no entraba allí el sol ni el aire. El médico de la sala, amigo de Julio, era un vejete ridículo, con unas largas patillas blancas. El hombre, aunque no sabía gran cosa, quería darse aire de catedrático, lo cual a nadie podíaparecer un crimen; lo miserable, lo canallesco era que trataba con una crueldad inútil a aquellas desdichadas acogidas allí y las maltrataba de palabra y de obra. ¿Por qué? Era incomprensible. Aquel petulante idiota mandaba llevar castigadas a las enfermas a las guardillas y tenerlas uno o dos días encerradas por delitos imaginarios. El hablar de una cama a otra durante la visita, el quejarse en la cura, cualquier cosa, bastaba para estos severos castigos. Otras veces mandaba ponerlas a pan y agua. Era un macaco cruel este tipo, a quien habían dado una misión tan humana como la de cuidar de pobres enfermas.Hurtado no podía soportar la bestialidad de aquel idiota de las patillas blancas, Aracil se reía  de las indignaciones de su amigo.Una vez Hurtado decidió no volver más por allá. Había una mujer que guardaba constantemente en el regazo un gato blanco. Era una mujer que debió haber sido muy bella, con ojos negros, grandes, sombreados, la nariz algo corva y el tipo egipcio. El gato era, sin duda, lo único que le quedaba de un pasado mejor. Al entrar el médico, la enferma solía bajar disimuladamente al gato de la cama y dejarlo en el suelo; el animal se quedaba escondido, asustado, al ver entrar al médico con sus alumnos; pero uno de los días el médico le vió y comenzó a darle patadas.—Coged a ese gato y matadlo—dijo el idiota de las patillas blancas al practicante.El practicante y una enfermera comenzaron a perseguir al animal por toda la sala; la enferma    miraba angustiada esta persecución.
—Y a esta tía llevadla a la guardilla—añadió el médico.La enferma seguía la caza con la mirada, y  cuando vió que cogían a su gato, dos lágrimas    gruesas corrieron por sus mejillas pálidas.—¡Canalla! ¡Idiota!—exclamó Hurtado, acercándose al médico con el puño levantado.—No seas estúpido—dijo Aracil—. Si no quieres    venir aquí, márchate.—Sí, me voy, no tengas cuidado, por no patearle las tripas a ese idiota, miserable.Desde aquel día ya no quiso volver más a San Juan de Dios. La exaltación humanitaria de Andrés hubiera aumentado sin las influencias que obraban en su espíritu. Una de ellas era la de Julio, que se burlaba  de todas las ideas exageradas, como decía él; la otra, la de Lamela, con su idealismo práctico,  y, por último, la lectura de Parerga y Paralipomena de Schopenhauer, que le inducía a la no acción. A pesar de estas tendencias enfrenadoras, durante muchos días estuvo Andrés impresionado por lo que dijeron varios obreros en un mitin de anarquistas del Liceo Ríus. Uno de ellos, Ernesto    Álvarez, un hombre moreno, de ojos negros y barba entrecana, habló en aquel mitin de una manera elocuente y exaltada; habló de los niños    abandonados, de los mendigos, de las mujeres caídas...
Andrés sintió el atractivo de este sentimentalismo, quizá algo morboso. Cuando exponía sus ideas acerca de la injusticia social, Julio Aracil le salía al encuentro con su buen sentido:—Claro que hay cosas malas en la sociedad—decía  Aracil—. ¿Pero quién las va a arreglar?  ¿Esos vividores que hablan en los mítines? Además, hay desdichas que son comunes a todos; esos albañiles de los dramas populares que se nos vienen a quejar de que sufren el frío del invierno    y el calor del verano, no son los únicos;    lo mismo nos pasa a los demás.Las palabras de Aracil eran la gota de agua fría en las exaltaciones humanitarias de Andrés.—Si quieres dedicarte a esas cosas—le decía—, hazte político, aprende a hablar.—Pero si yo no me quiero dedicar a político—replicaba Andrés indignado.—Pues si no, no puedes hacer nada.Claro que toda reforma en un sentido humanitario tenía que ser colectiva y realizarse por un procedimiento político, y a Julio no le era muy difícil convencer a su amigo de lo turbio de la  política.Julio llevaba la duda a los romanticismos de Hurtado; no necesitaba insistir mucho para convencerle de que la política es un arte de granjería.Realmente, la política española nunca ha sido nada alto ni nada noble; no era muy difícil convencer a un madrileño de que no debía tener confianza en ella.La inacción, la sospecha de la inanidad y de la impureza de todo arrastraban a Hurtado cada vez más a sentirse pesimista.Se iba inclinando aun anarquismo espiritual, basado en la simpatía y en la piedad, sin solución práctica ninguna.La lógica justiciera y revolucionaria de los Saint-Just ya no le entusiasmaba, le parecía una cosa artificial y fuera de la naturaleza. Pensaba que en la vida ni había ni podía haber justicia. La vida era una corriente tumultuosa e inconsciente donde los actores representaban una tragedia que no comprendían, y los hombres, llegados a un estado de intelectualidad, contemplaban la  escena con una mirada compasiva y piadosa.Estos vaivenes en las ideas, esta falta de plan y de freno, le llevaban a Andrés al mayor desconcierto, a una sobrexcitación cerebral continua e inútil.



XI DE ALUMNO INTERNO
A mediados de curso se celebraron exámenes de alumnos internos para el hospital general.Aracil, Montaner y Hurtado decidieron presentarse.    El examen consistía en unas preguntas hechas al capricho por los profesores acerca de puntos de las asignaturas ya cursadas por los alumnos. Hurtado fué a ver a su tío Iturrioz para que le recomendara.—Bueno, te recomendaré—le dijo el tío—; ¿tienes    afición a la carrera?—Muy poca.—Y entonces, ¿para qué quieres entrar en el    hospital?—¡Ya, qué le voy a hacer! Veré si voy adquiriendo la afición. Además, cobraré unos cuartos,    que me convienen.—Muy bien—contestó Iturrioz—. Contigo se sabe a qué atenerse; eso me gusta.En el examen, Aracil y Hurtado salieron aprobados.Primero tenían que ser libretistas; su obligación consistía en ir por la mañana y apuntar las recetas que ordenaba el médico; por la tarde, recoger la botica, repartirla y hacer guardias. De libretistas, con seis duros al mes, pasaban a internos de clase superior, con nueve, y luego a    ayudantes, con doce duros, lo que representaba la cantidad respetable de dos pesetas al día.Andrés fué llamado por un médico amigo de su tío, que visitaba una de las salas altas del tercer piso del hospital. La sala era de Medicina.El médico, hombre estudioso, había llegado a dominar el diagnóstico como pocos. Fuera de su profesión no le interesaba nada: política, literatura, arte, filosofía o astronomía, todo lo que no fuera auscultar o percutir, analizar orinas o esputos,    era letra muerta para él. Consideraba, y quizá tenía razón, que la verdadera    moral del estudiante de Medicina estribaba en ocuparse únicamente de lo médico, y fuera de esto, divertirse. A Andrés le preocupaban más las ideas y los sentimientos de los enfermos que los síntomas de las enfermedades. Pronto pudo ver el médico de la sala la poca afición de Hurtado por la carrera.—Usted piensa en todo menos en lo que es Medicina—le dijo a Andrés con severidad. El médico de la sala estaba en lo cierto. El nuevo interno no llevaba el camino de ser un clínico; le interesaban los aspectos psicológicos de las cosas; quería investigar qué hacían las hermanas de la Caridad, si tenían o no vocación; sentía curiosidad por saber la organización del hospital y averiguar por dónde se filtraba el dinero consignado por la Diputación.La inmoralidad dominaba dentro del vetusto edificio. Desde los administradores de la Diputación provincial hasta una sociedad de internos que vendía la quinina del hospital en las boticas de la calle de Atocha, había seguramente todas las formas de la filtración. En las guardias, los internos y los señores capellanes se dedicaban a jugar al monte, y en el Arsenal funcionaba casi constantemente una timba en la que la postura menor era una perra gorda.Los médicos, entre los que había algunos muy chulos; los curas, que no lo eran menos, y los internos se pasaban la noche tirando de la oreja a Jorge.Los señores capellanes se jugaban las pestañas; uno de ellos era un hombrecito bajito, cínico y rubio, que había llegado a olvidar sus estudios de cura y adquirido afición por la Medicina. Como la carrera de médico era demasiado larga para él, se iba a examinar de ministrante, y si  podía, pensaba abandonar definitivamente los hábitos. El otro cura era un mozo bravío, alto, fuerte, de facciones enérgicas. Hablaba de una manera terminante y despótica; solía contar con gracejo historias verdes, que provocaban bárbaros comentarios. Si alguna persona devota le reprochaba la inconveniencia de sus palabras, el cura cambiaba de voz y de gesto, y con una marcada hipocresía, tomando un tonillo de falsa unción, que no cuadraba bien con su cara morena y con la expresión de sus ojos negros y atrevidos, afirmaba  que la religión nada tenía que ver con los vicios de sus indignos sacerdotes.Algunos internos que le conocían desde hacía algún tiempo y le hablaban de tú, le llamaban Lagartijo, porque se parecía algo a este célebre torero.—Oye, tú, Lagartijo—le decían.—Qué más quisiera yo—replicaba el cura—que cambiar la estola por una muleta, y en vez de ayudar a bien morir ponerme a matar toros.Como perdía en el juego con frecuencia, tenía muchos apuros.Una vez le decía a Andrés, entre juramentos pintorescos:—Yo no puedo vivir así. No voy a tener más  remedio que lanzarme a la calle a decir misa en todas partes y tragarme todos los días catorce hostias. A Hurtado estos rasgos de cinismo no le agradaban.Entre los practicantes había algunos curiosísimos, verdaderas ratas de hospital, que llevaban quince o veinte años allí, sin concluir la carrera, y que visitaban clandestinamente en los barrios bajos más que muchos médicos.Andrés se hizo amigo de las hermanas de la Caridad de su sala y de algunas otras.Le hubiera gustado creer, a pesar de no ser religioso, por romanticismo, que las hermanas de la Caridad eran angelicales; pero la verdad, en el hospital no se las veía más que cuidarse de cuestiones administrativas y de llamar al confesor cuando un enfermo se ponía grave. Además, no eran criaturas idealistas, místicas, que consideraran el mundo como un valle de lágrimas, sino muchachas sin recursos, algunas viudas, que tomaban el cargo como un oficio, para ir viviendo. Luego las buenas hermanas tenían lo mejor del hospital acotado para ellas... Una vez un enfermero le dió a Andrés un cuadernito encontrado entre papeles viejos que habían sacado del pabellón de las hijas de la Caridad. Era el diario de una monja, una serie de notas muy breves, muy lacónicas, con algunas impresiones acerca de la vida del hospital, que abarcaban cinco o seis meses. En la primera página tenía un nombre: sor María de la Cruz, y al lado una fecha. Andrés leyó el diario y quedó sorprendido. Había allí una narración tan sencilla, tan ingenua de la vida hospitalesca, contada con tanta gracia, que le dejó emocionado.Andrés quiso enterarse de quién era sor María, de si vivía en el hospital o dónde estaba. No tardó en averiguar que había muerto. Una monja, ya vieja, la había conocido. Le dijo a Andrés que al poco tiempo de llegar al hospital, la trasladaron a una sala de tíficos, y allí adquirió la enfermedad y murió.No se atrevió Andrés a preguntar cómo era, qué cara tenía, aunque hubiese dado cualquiecosa por saberlo.Andrés guardó el diario de la monja como una reliquia, y muchas veces pensó en cómo sería, y hasta llegó a sentir por ella una verdadera obsesión. Un tipo misterioso y extraño del hospital, que llamaba mucho la atención, y de quien se contaban varias historias, era el hermano Juan. Este hombre, que no se sabía de dónde había venido, andaba vestido con una blusa negra, alpargatas y un crucifijo colgado al cuello. El hermano Juan cuidaba por gusto de los enfermos contagiosos. Era, al parecer, un místico, un hombre que vivía  en su centro natural, en medio de la miseria y el dolor.El hermano Juan era un hombre bajito, tenía la barba negra, la mirada brillante, los ademanes suaves, la voz melíflua. Era un tipo semítico.
Vivía en un callejón que separaba San Carlos del Hospital General. Este callejón tenía dos puentes encristalados que lo cruzaban, y debajo de uno de ellos, del que estaba más cerca de la calle de Atocha, había establecido su cuchitril el hermano Juan. En este cuchitril se encerraba con un perrito  que le hacía compañía. A cualquier hora que fuesen a llamar al hermano, siempre había luz en su camaranchón y siempre se le encontraba despierto.Según algunos, se pasaba la vida leyendo libros verdes; según otros, rezaba; uno de los internos aseguraba haberle visto poniendo notas    en unos libros en francés y en inglés acerca de psicopatías sexuales.Una noche en que Andrés estaba de guardia uno de los internos dijo:—Vamos a ver al hermano Juan, y a pedirle algo de comer y de beber.Fueron todos al callejón en donde el hermano tenía su escondrijo. Había luz, miraron por si se veía algo, pero no se encontraba rendija por donde espiar lo que hacía en el interior el misterioso enfermero. Llamaron e inmediatamente    apareció el hermano con su blusa negra.—Estamos de guardia, hermano Juan—dijo uno de los internos—; venimos a ver si nos da usted algo para tomar un modesto piscolabis.—¡Pobrecitos! ¡Pobrecitos!—exclamó él—. Me  encuentran ustedes muy pobre. Pero ya veré, ya veré si tengo algo. Y el hombre desapareció tras de la puerta, la cerró con mucho cuidado, y se presentó al poco rato con un paquete de café, otro de azúcar y otro de galletas.Volvieron los estudiantes al cuarto de guardia, comieron las galletas, tomaron el café y discutieron el caso del hermano.No había unanimidad; unos creían que era un hombre distinguido; otros que era un antiguo criado; para algunos era un santo; para otros un invertido sexual o algo por el estilo.El hermano Juan era el tipo raro del hospital. Cuando recibía dinero, no se sabía de dónde, convidaba a comer a los convalecientes y regalaba    las cosas que necesitaban los enfermos. A pesar de su caridad y de sus buenas obras, este hermano Juan era para Andrés repulsivo; le producía una impresión desagradable, una impresión física, orgánica.Había en él algo anormal, indudablemente. ¡Es tan lógico, tan natural en el hombre huir del dolor, de la enfermedad, de la tristeza! Y, sin embargo, para él, el sufrimiento, la pena, la suciedad, debían de ser cosas atrayentes.Andrés comprendía el otro extremo, que el hombre huyese del dolor ajeno, como de una cosa horrible y repugnante, hasta llegar a la indignidad, a la inhumanidad; comprendía que se evitara hasta la idea de que hubiese sufrimiento alrededor de uno; pero ir a buscar lo sucio, lo triste, deliberadamente, para convivir con ello, le  parecía una monstruosidad.
Así que cuando veía al hermano Juan, sentía esa impresión repelente, de inhibición, que se  experimenta ante los monstruos.
SEGUNDA PARTE    Las Carnarias.
I LAS MINGLANILLAS
Julio Aracil había intimado con Andrés. La vida    en común de ambos en San Carlos y en el    hospital, iba unificando sus costumbres, aunque    no sus ideas ni sus afectos.Con su dura filosofía del éxito, Julio comenzaba a sentir más estimación por Hurtado que por    Montaner.Andrés había pasado a ser interno como él; Montaner, no sólo no pudo aprobar en estos exámenes,  sino que perdió el curso, y abandonándose    por completo, empezó a no ir a clase y a pasar el tiempo haciendo el amor a una muchacha    vecina suya.Julio Aracil comenzaba a experimentar por su    amigo un gran desprecio y a desearle que todo le  saliera mal.
Julio, con el pequeño sueldo del hospital, hacía cosas extraordinarias, maravillosas; llegó hasta  jugar a la Bolsa, a tener acciones de minas, a    comprar un título de la Deuda.Julio quería que Andrés siguiera sus pasos de hombre de mundo.—Te voy presentar en casa de las Minglanillas—le    dijo un día riendo.—¿Quiénes son las Minglanillas?—preguntó Hurtado.—Unas chicas amigas mías.—¿Se llaman así?—No; pero yo las llamo así; porque, sobre todo la madre, parece un personaje de Taboada.—¿Y qué son?—Son unas chicas hijas de una viuda pensionista. Niní y Lulú. Yo estoy arreglado con Niní, con la mayor; tú te puedes entender con la chiquita.—¿Pero arreglado hasta qué punto estás con ella?—Pues hasta todos los puntos. Solemos ir los dos a un rincón de la calle de Cervantes, que yo conozco, y que te lo recomendaré cuando lo necesites.—¿Te vas a casar con ella después?—¡Quita de ahí, hombre! No sería mal imbécil.—Pero has inutilizado a la muchacha.—¡Yo! ¡Qué estupidez!
—¿Pues no es tu querida?—¿Y quién lo sabe? Además, ¿a quién le importa?—Sin embargo...—¡Ca! Hay que dejarse de tonterías y aprovecharse.    Si tú puedes hacer lo mismo, serás un tonto si no lo haces.A Hurtado no le parecía bien este egoísmo; pero tenía curiosidad por conocer a la familia, y fué una tarde con Julio a verla.Vivía la viuda y las dos hijas en la calle del Fúcar, en una casa sórdida, de esas con patio de vecindad y galerías llenas de puertas.Había en casa de la viuda un ambiente de miseria bastante triste; la madre y las hijas llevaban trajes raídos y remendados; los muebles eran pobres, menos alguno que otro indicador de ciertos esplendores pasados; las sillas estaban destripadas y en los agujeros de la estera se metía el pie al pasar.La madre, doña Leonarda, era mujer poco simpática; tenía la cara amarillenta, de color de membrillo; la expresión dura, falsamente amable; la nariz corva; unos cuantos lunares en la barba, y la sonrisa forzada.La buena señora manifestaba unas ínfulas aristocráticas grotescas, y recordaba los tiempos en que su marido había sido subsecretario e iba la familia a veranear a San Juan de Luz. El que las chicas se llamaran Niní y Lulú procedía de la niñera que tuvieron por primera vez, una francesa. Estos recuerdos de la gloria pasada, que doña Leonarda evocaba accionando con el abanico cerrado como si fuera una batuta, le hacían poner los ojos en blanco y suspirar tristemente. Al llegar a la casa con Aracil, Julio se puso a charlar con Niní, y Andrés sostuvo la conversación con Lulú y con su madre. Lulú era una muchacha graciosa, pero no bonita; tenía los ojos verdes, obscuros, sombreados por ojeras negruzcas; unos ojos que a Andrés le parecieron muy humanos; la distancia de la nariz a la boca y de la boca a la barba era en ella demasiado grande, lo que le daba cierto aspecto simio: la frente pequeña, la boca, de labios finos, con una sonrisa entre irónica y amarga; los dientes blancos, puntiagudos; la nariz un poco respingona, y la cara pálida, de mal color. Lulú demostró a Hurtado que tenía gracia, picardía e ingenio de sobra; pero le faltaba el atractivo principal de una muchacha: la ingenuidad, la frescura, la candidez. Era un producto marchito  por el trabajo, por la miseria y por la inteligencia. Sus diez y ocho años no parecían juventud. Su hermana Niní, de facciones incorrectas, y sobre todo menos espirituales, era más mujer, tenía  deseo de agradar, hipocresía, disimulo. El esfuerzo constante hecho por Niní para presentarse  como ingenua y cándida, le daba un carácter más femenino, más corriente también y vulgar.Andrés quedó convencido de que la madre conocía las verdaderas relaciones de Julio y de su hija Niní. Sin duda ella misma había dejado que la chica se comprometiera, pensando que luego Aracil no la abandonaría. A Hurtado no le gustó la casa; aprovecharse, como Julio, de la miseria de la familia para hacer de Niní su querida, con la idea de abandonarla cuando le conviniera, le parecía una mala acción. Todavía si Andrés no hubiera estado en el secreto de las intenciones de Julio, hubiese ido a casa de doña Leonarda sin molestia; pero tener la seguridad de que un día los amores de su amigo acabarían con una pequeña tragedia de lloros y de lamentos, en que doña Leonarda chillaría y a Niní le darían soponcios, era una perspectiva que le disgustaba.
II    UNA CACHUPINADA
Antes de Carnaval, Julio Aracil le dijo a    Hurtado:—¿Sabes? Vamos a tener baile en casa de las Minglanillas.—¡Hombre! ¿Cuándo va a ser eso?—El domingo de Carnaval. El petróleo para la    luz y las pastas, el alquiler del piano y el pianista, se pagarán entre todos. De manera que si tú    quieres ser de la cuadrilla, ya estás apoquinando.—Bueno. No hay inconveniente. ¿Cuánto hay que pagar?—Ya te lo diré uno de estos días.—¿Quiénes van a ir?—Pues irán algunas muchachas de la vecindad, con sus novios; Casares, ese periodista amigo mío; un sainetero, y otros. Estará bien. Habrá chicas guapas.El domingo de Carnaval, después de salir de guardia del hospital, fué Hurtado al baile. Eran    ya las once de la noche. El sereno le abrió la puerta. La casa de doña Leonarda rebosaba gente; la había hasta en la escalera.
Al entrar Andrés se encontró a Julio en un grupo de jóvenes a quienes no conocía. Julio le presentó a un sainetero, un hombre estúpido y fúnebre, que a las primeras palabras, para demostrar  sin duda su profesión, dijo unos cuantos chistes, a cual más conocidos y vulgares. También le presentó a Antoñito Casares, empleado y periodista, hombre de gran partido entre las mujeres. Antoñito era un andaluz con una moral de chulo; se figuraba que dejar pasar a una mujer  sin sacarle algo era una gran torpeza. Para Casares  toda mujer le debía, sólo por el hecho de serlo, una contribución, una gabela.Antoñito clasificaba a las mujeres en dos clases: unas las pobres, para divertirse, y otra las ricas, para casarse con alguna de ellas por su dinero, a ser posible.Antoñito buscaba la mujer rica, con una constancia  de anglo-sajón. Como tenía buen aspecto y vestía bien, al principio las muchachas a quien se dirigía le acogían como a un pretendientaceptable. El audaz trataba de ganar terreno; hablaba a las criadas, mandaba cartas, paseaba la calle. A esto llamaba él trabajar a una mujer. La muchacha, mientras consideraba al galanteador como un buen partido, no le rechazaba; pero cuando se enteraba de que era un empleadillo humilde, un periodista, desconocido y gorrón, ya no le volvía a mirar a la cara.
Julio Aracil sentía un gran entusiasmo por Casares, a quien consideraba como un compadre digno de él. Los dos pensaban ayudarse mutuamente    para subir en la vida.Cuando comenzaron a tocar el piano todos los muchachos se lanzaron en busca de pareja.—¿Tú sabes bailar?—le preguntó Aracil a Hurtado.—Yo no.—Pues mira, vete al lado de Lulú, que tampoco    quiere bailar, y trátala con consideración.—¿Por qué me dices esto?—Porque hace un momento—añadió Julio con    ironía—doña Leonarda me ha dicho: A mis hijas    hay que tratarlas como si fueran vírgenes, Julito,    como si fueran vírgenes.Y Julio Aracil sonrió, remedando a la madre de Niní, con su sonrisa de hombre mal intencionado y canalla.Andrés fué abriéndose paso. Había varios    quinqués de petróleo iluminando la sala y el gabinete. En el comedorcito, la mesa ofrecía a los concurrentes bandejas con dulces y pastas y botellas de vino blanco. Entre las muchachas que más sensación producían en el baile había una rubia, muy guapa, muy vistosa. Esta rubia tenía su historia. Un señor rico que la rondaba se la llevó a un hotel de la Prosperidad, y días después    la rubia se escapó del hotel, huyendo del    raptor, que al parecer era un sátiro.
Toda la familia de la muchacha tenía cierto estigma de anormalidad. El padre, un venerable anciano por su aspecto, había tenido un proceso por violar a una niña, y un hermano de la rubia,  después de disparar dos tiros a su mujer, intentó suicidarse. A esta rubia guapa, que se llamaba Estrella, la distinguían casi todas las vecinas con un odio furioso.Al parecer, por lo que dijeron, exhibía en el balcón, para que rabiaran las muchachas de la    vecindad, medias negras caladas, camisas de seda llenas de lacitos y otra porción de prendas interiores lujosas y espléndidas que no podían proceder más que de un comercio poco honorable.Doña Leonarda no quería que sus hijas se trataran  con aquella muchacha; según decía, ella no podía sancionar amistades de cierto género.La hermana de la Estrella, Elvira, de doce o trece años, era muy bonita, muy descocada, y seguía, sin duda, las huellas de la mayor.—¡Esta peque de la vecindad es más sinvergüenza!—dijo una vieja detrás de Andrés, señalando a la Elvira.La Estrella bailaba como hubiese podido hacerlo la diosa Venus, y al moverse, sus caderas y su pecho abultado, se destacaban de una manera    un poco insultante.Casares, al verla pasar, la decía:
—¡Vaya usted con Dios, guerrera!Andrés avanzó en el cuarto hasta sentarse    cerca de Lulú.—Muy tarde ha venido usted—le dijo ella.—Sí, he estado de media guardia en el hospital.—¿Qué, no va usted a bailar?—Yo no sé.—¿No?—No. ¿Y usted?—Yo no tengo ganas. Me mareo.Casares se acercó a Lulú a invitarle a bailar.—Oiga usted, negra—la dijo.—¿Qué quiere usted, blanco?—le preguntó ella con descaro.—¿No quiere usted darse unas vueltecitas conmigo?—No, señor.—¿Y por qué?—Porque no me sale... de adentro—contestó ella de una manera achulada.—Tiene usted mala sangre, negra—le dijo Casares.—Sí, que usted la debe tener buena, blanco—replicó ella.—¿Por qué no ha querido usted bailar con    él?—le preguntó Andrés.—Porque es un boceras; un tío antipático, que    cree que todas las mujeres están enamoradas de    él. ¡Que se vaya a paseo!
Siguió el baile con animación creciente y Andrés permaneció sin hablar al lado de Lulú.—Me hace usted mucha gracia—dijo ella de    pronto, riéndose, con una risa que le daba la expresión de una alimaña.—¿Por qué?—preguntó Andrés, enrojeciendo súbitamente.—¿No le ha dicho a usted Julio que se entienda conmigo? ¿Sí, verdad?—No, no me ha dicho nada.—Sí, diga usted que sí. Ahora, que usted es demasiado delicado para confesarlo. A él le parece eso muy natural. Se tiene una novia pobre, una señorita cursi como nosotras para entretenerse, y después se busca una mujer que tenga algún dinero para casarse.—No creo que esa sea su intención.—¿Que no? ¡Ya lo creo! ¿Usted se figura que no va a abandonar a Niní? En seguida que acabe la carrera. Yo le conozco mucho a Julio. Es un egoísta y un canallita. Está engañando a mi madre y a mi hermana... y total, ¿para qué?—No sé lo que hará Julio... yo sé que no lo haría.—Usted no, porque usted es de otra manera...   Además, en usted no hay caso, porque no se va a enamorar usted de mí, ni aun para divertirse. —¿Por qué no?—Porque no.Ella comprendía que no gustara a los hombres.
A ella misma le gustaban más las chicas, y no es que tuviera instintos viciosos; pero la verdad era  que no le hacían impresión los hombres.Sin duda, el velo que la naturaleza y el pudor han puesto sobre todos los motivos de la vida sexual, se había desgarrado demasiado pronto para ella; sin duda supo lo que eran la mujer y el hombre en una época en que su instinto nada le decía, y esto le había producido una mezcla de indiferencia y de repulsión por todas las cosas del amor.Andrés pensó que esta repulsión provenía más que nada de la miseria orgánica, de la falta de alimentación y de aire. Lulú le confesó que estaba deseando morirse, de verdad, sin romanticismo alguno; creía que nunca llegaría a vivir bien. La conversación les hizo muy amigos a Andrés y a Lulú.A las doce y media hubo que terminar el baile. Era condición indispensable, fijada por doña Leonarda; las muchachas tenían que trabajar al día siguiente, y por más que todo el mundo pidió que se continuara, doña Leonarda fué inflexible, y para la una estaba ya despejada la casa.

III LAS MOSCAS

Andrés salió a la calle con un grupo de hombres.Hacía un frío intenso.—¿Adónde iríamos?—preguntó Julio.—Vamos a casa de doña Virginia—propuso    Casares—. ¿Ustedes la conocerán?—Yo sí la conozco—contestó Aracil.Se acercaron a una casa próxima, de la misma    calle, que hacía esquina a la de la Verónica. En    un balcón del piso principal se leía este letrero a    la luz de un farol:
    VIRGINIA GARCÍA
Comadrona con título del colegiode san carlos
    (Sage femme.)
—No se ha debido acostar, porque hay luz—dijo Casares.Julio llamó al sereno, que les abrió la puerta, y subieron todos al piso principal. Salió a recibirles una criada vieja que les pasó a un comedor en donde estaba la comadrona sentada a una mesa con dos hombres. Tenían delante una botella de vino y tres vasos.Doña Virginia era una mujer alta, rubia, gorda, con una cara de angelito de Rubens que llevara cuarenta y cinco años revoloteando por el mundo. Tenía la tez iluminada y rojiza, como la piel de un cochinillo asado y unos lunares en el mentón que le hacían parecer una mujer barbuda.Andrés la conocía de vista por haberla encontrado en San Carlos en la clínica de partos, ataviada con unos trajes claros y unos sombreros de    niña bastante ridículos.De los dos hombres, uno era el amante de la comadrona. Doña Virginia le presentó como un italiano profesor de idiomas de un colegio. Este señor, por lo que habló, daba la impresión de esos personajes que han viajado por el extranjero viviendo en hoteles de dos francos y que luego ya no se pueden acostumbrar a la falta de confort de España.El otro, un tipo de aire siniestro, barba negra y anteojos, era nada menos que el director de la revista El Masón Ilustrado. Doña Virginia dijo a sus visitantes que aquel día estaba de guardia, cuidando a una parturiente. La comadrona tenía una casa bastante grande con unos gabinetes misteriosos que daban a la calle de la Verónica; allí instalaba a las muchachas, hijas de familia, a las cuales, un mal paso dejaba en situación comprometida.Doña Virginia pretendía demostrar que era de una exquisita sensibilidad.—¡Pobrecitas!—decía de sus huéspedas—.   ¡Qué malos son ustedes los hombres!A Andrés esta mujer le pareció repulsiva. En vista de que no podían quedarse allí, salió todo el grupo de hombres a la calle. A los pocos pasos se encontraron con un muchacho, sobrino de un prestamista de la calle de Atocha, acompañando a una chulapa con la que pensaba ir al    baile de la Zarzuela.—¡Hola, Victorio!—le saludó Aracil.—¡Hola, Julio!—contestó el otro—. ¿Qué tal?   ¿De dónde salen ustedes?—De aquí; de casa de doña Virginia.—¡Valiente tía! Es una explotadora de esas    pobres muchachas que lleva a su casa engañadas.¡Un prestamista llamando explotadora a una comadrona! Indudablemente, el caso no era del todo vulgar.El director de El Masón Ilustrado, que se reunió con Andrés, le dijo con aire grave que doña Virginia era una mujer de cuidado; había echado al otro mundo dos maridos, con dos jicarazos; no le asustaba nada. Hacía abortar, suprimía chicos, secuestraba muchachas y las vendía. Acostumbrada a hacer gimnasia, y a dar masaje, tenía más fuerzas que un hombre, y para ella no era nada sujetar a una mujer como si fuera un niño. En estos negocios de abortos y de tercerías manifestaba una audacia enorme. Como esas moscas sarcófagas que van a los animales despedazadosy las carnes muertas, así aparecía doña Virginia con sus palabras amables, allí donde olfateaba la familia arruinada a quien arrastraban al spoliarium.El italiano, aseguró el director de El Masón Ilustrado, no era profesor de idiomas ni mucho  menos, sino un cómplice en los negocios nefandos de doña Virginia, y si sabía francés e inglés, era porque había andado durante mucho tiempo de carterista, desvalijando a la gente en los hoteles. Fueron todos con Victorio hasta la Carrera de San Jerónimo; allí, el sobrino del prestamista, les invitó a acompañarle al baile de la Zarzuela; pero Aracil y Casares supusieron que Victorio no les querría pagar la entrada, y dijeron que no.—Vamos a hacer una cosa—propuso el sainetero amigo de Casares.—¿Qué?—preguntó Julio.—Vamos a casa de Villasús. Pura habrá salido del teatro ahora.Villasús, según le dijeron a Andrés, era un autor    dramático que tenía dos hijas coristas. Este Villasús vivía en la Cuesta de Santo Domingo.
Se dirigieron a la Puerta del Sol; compraron pasteles en la calle del Carmen esquina a la del Olivo; fueron después a la Cuesta de Santo Domingo,    y se detuvieron delante de una casa grande.—Aquí no alborotemos—advirtió el sainetero, porque el sereno no nos abriría.Abrió el sereno, entraron en un espacioso portal, y Casares y su amigo, Julio, Andrés y el director de El Masón Ilustrado, comenzaron a subir una ancha escalera hasta llegar a las guardillas, alumbrándose con fósforos.Llamaron en una puerta, apareció una muchacha que les hizo pasar a un estudio de pintor y poco después se presentó un señor de barba y pelo entrecano, envuelto en un gabán.Este señor Rafael Villasús era un pobre diablo autor de comedias y de dramas detestables en verso.El poeta, como se llamaba él, vivía su vida en    artista, en bohemio; era en el fondo un completo majadero, que había echado a perder a sus hijas por un estúpido romanticismo.Pura y Ernestina llevaban un camino desastroso; ninguna de las dos tenía condición para la escena; pero el padre no creía más que en el arte, y las había llevado al Conservatorio, luego metido en un teatro de partiquinas y relacionado con periodistas y cómicos.Pura, la mayor, tenía un hijo con un sainetero amigo de Casares, y Ernestina estaba enredada con un revendedor. El amante de Pura, además de un acreditado imbécil, fabricante de chistes estúpidos, como la mayoría de los del gremio, era un granuja, dispuesto a llevarse todo lo que veía. Aquella noche estaba allí. Era un hombre alto, flaco, moreno, con el labio inferior colgante.Los dos saineteros hicieron gala de su ingenio, sacando a relucir una colección de chistes viejos y manidos. Ellos dos y los otros, Casares, Aracil y el director de El Masón Ilustrado, tomaron la casa de Villasús como terreno conquistado e hicieron una porción de horrores con una mala intención canallesca.Se reían de la chifladura del padre, que creía que todo aquello era la vida artística. El pobre imbécil no notaba la mala voluntad que ponían todos en sus bromas.Las hijas, dos mujeres estúpidas y feas, comieron con avidez los pasteles que habían llevado los visitantes, sin hacer caso de nada. Uno de los saineteros hizo el león, tirándose por el suelo y rugiendo, y el padre leyó unas quintillas que se aplaudieron a rabiar.Hurtado, cansado del ruido y de las gracias de los saineteros, fué a la cocina a beber un vaso de agua y se encontró con Casares y el director de El Masón Ilustrado. Este estaba empeñado en ensuciarse en uno de los pucheros de la cocina y echarlo luego en la tinaja del agua. Le parecía la suya una ocurrencia graciosísima.—Pero usted es un imbécil—le dijo Andrés bruscamente.—¿Cómo?—Que es usted un imbécil, una mala bestia.—¡Usted no me dice a mí eso!—gritó el masón.—¿No está usted oyendo que se lo digo?—En la calle no me repite usted eso.—En la calle y en todas partes.Casares tuvo que intervenir, y como sin duda quería marcharse, aprovechó la ocasión de acompañar a Hurtado diciendo que iba para evitar cualquier conflicto. Pura bajó a abrirles la puerta, y el periodista y Andrés fueron juntos hasta la Puerta del Sol. Casares le brindó su protección a Andrés; sin duda, prometía protección y ayuda a todo el mundo.Hurtado se marchó a casa mal impresionado. Doña Virginia, explotando y vendiendo mujeres; aquellos jóvenes, escarneciendo a una pobre gente desdichada. La piedad no aparecía por el mundo.
IV    LULÚ
La conversación que tuvo en el baile con Lulú, dió a Hurtado el deseo de intimar algo más  con la muchacha.Realmente la chica era simpática y graciosa. Tenía los ojos desnivelados, uno más alto que otro, y al reir los entornaba hasta convertirlos en    dos rayitas, lo que le daba una gran expresión de malicia; su sonrisa levantaba las comisuras de los labios para arriba, y su cara tomaba un aire    satírico y agudo.No se mordía la lengua para hablar. Decía    habitualmente horrores. No había en ella dique    para su desenfreno espiritual, y cuando llegaba    a lo más escabroso, una expresión de cinismo brillaba en sus ojos.El primer día que fué Andrés a ver a Lulú    después del baile, contó su visita a casa de doña    Virginia.—¿Estuvieron ustedes a ver a la comadrona?—preguntó    Lulú.—Sí
—Valiente tía cerda.—Niña—exclamó doña Leonarda-, ¿qué expresiones son esas?—¿Pues qué es, sino una alcahueta o algo peor?—¡Jesús! ¡Qué palabras!—A mí me vino un día—siguió diciendo Lulú—preguntándome si quería ir con ella a casa de un viejo. ¡Qué tía guarra!A Hurtado le asombraba la mordacidad de Lulú. No tenía ese repertorio vulgar de chistes oídos en el teatro; en ella todo era callejero, popular.Andrés comenzó a ir con frecuencia a la casa, sólo para oir a Lulú. Era, sin duda, una mujer inteligente, cerebral, como la mayoría de las muchachas que viven trabajando en las grandes ciudades, con una aspiración mayor por ver, por enterarse, por distinguirse, que por sentir placeres sensuales.A Hurtado le sorprendía; pero no le producía la más ligera idea de hacerle el amor. Hubiera sido imposible para él pensar que pudiera llegar a tener con Lulú más que una cordial amistad.Lulú bordaba para un taller de la calle de Segovia, y solía ganar hasta tres pesetas al día. Con esto, unido a la pequeña pensión de doña Leonarda, vivía la familia; Niní ganaba poco, porque, aunque trabajaba, era torpe.Cuando Andrés iba por las tardes, se encontraba a Lulú con el bastidor en las rodillas, unas veces cantando a voz en grito, otras muy silenciosa.Lulú cogía rápidamente las canciones de la calle y las cantaba con una picardía admirable. Sobre todo, esas tonadillas encanalladas, de letra grotesca, eran las que más le gustaban. El tango aquel que empieza diciendo:

Un cocinero de Cádiz, muy afamado,a las mujeres las compara con el guisado y esos otros en que las mujeres entran en quinta, o tienen que ser marineras, el de la ¿Niña qué?, o el de las mujeres que montan en bicicleta, en el que hay esa preocupación graciosa, expresada así:

Por eso hay ahora mil discusiones, por si han de llevar faldaso pantalones.
Todas estas canciones populares las cantaba con muchísima gracia.A veces le faltaba el humor y tenía esos silencios llenos de pensamientos de las chicas inquietas y neuróticas. En aquellos instantes sus ideas  parecían converger hacia adentro, y la fuerza de la ideación le impulsaba a callar. Si la llamaban    de pronto, mientras estaba ensimismada, se ruborizaba y se confundía.—No sé lo que anda maquinando cuando está así—decía su madre—; pero no debe ser nada  bueno.
Lulú le contó a Andrés que de chica había pasado una larga temporada sin querer hablar. En aquella época el hablar le producía una gran    tristeza, y desde entonces le quedaban estos arrechuchos.Muchas veces Lulú dejaba el bastidor y se largaba a la calle a comprar algo en la mercería    próxima, y contestaba a las frases de los horteras de la manera más procaz y descarada.Este poco apego a defender los intereses de la clase les parecía a doña Leonarda y a Niní una verdadera vergüenza.—Ten en cuenta que tu padre fué un personaje—decía doña Leonarda con énfasis.—Y nosotras nos morimos de hambre—replicaba Lulú. Cuando obscurecía y las tres mujeres dejaban la labor, Lulú se metía en algún rincón, apoyándose en varios sitios al mismo tiempo. Así como encajonada, en un espacio estrecho, formado por dos sillas y la mesa o por las sillas y el armario del comedor, se ponía a hablar con su habitual cinismo, escandalizando a su madre y a su hermana. Todo lo que fuera deforme en un sentido humano la regocijaba. Estaba acostumbrada a no guardar respeto a nada ni a nadie. No podía tener amigas de su edad, porque le gustaba espantar a las mojigatas con barbaridades; en cambio,  era buena para los viejos y para los enfermos, comprendía sus manías, sus egoísmos, y se reía de ellos. Era también servicial; no le molestaba andar con un chico sucio en brazos o cuidar de una vieja enferma de la guardilla. A veces, Andrés la encontraba más deprimida que de ordinario; entre aquellos parapetos de sillas viejas solía estar con la cabeza apoyada en la mano, riéndose de la miseria del cuarto, mirando fijamente el techo o alguno de los agujeros de la estera.Otras veces se ponía a cantar la misma canción sin parar.—Pero, muchacha, ¡cállate!—decía su madre—.  Me tienes loca con ese estribillo.Y Lulú callaba; pero al poco tiempo volvía con la canción. A veces iba por la casa un amigo del marido de doña Leonarda, don Prudencio González.Don Prudencio era un chulo grueso, de abdomen abultado. Gastaba levita negra, chaleco blanco, del que colgaba la cadena del reloj llena de dijes. Tenía los ojos desdeñosos, pequeños, el bigote corto y pintado y la cara roja. Hablaba con acento andaluz y tomaba posturas académicas en la conversación.El día que iba don Prudencio, doña Leonarda se multiplicaba.—Usted, que ha conocido a mi marido—decía con voz lacrimosa—. Usted, que nos ha visto en otra posición.Y doña Leonarda hablaba con lágrimas en los ojos de los esplendores pasados.
V    MÁS DE LULÚ
Algunos días de fiesta, por la tarde, Andrés    acompañó a Lulú y a su madre a dar un paseo por el Retiro o por el Jardín Botánico.El Botánico le gustaba más a Lulú por ser más popular y estar cerca de su casa, y por aquel    olor acre que daban los viejos mirtos de las avenidas.—Porque es usted, le dejo que acompañe a Lulú—decía doña Leonarda, con cierto retintín.—Bueno, bueno, mamá—replicaba Lulú—.    Todo eso está de más.En el Botánico se sentaban en algún banco, y charlaban. Lulú contaba su vida y sus impresiones,    sobre todo de la niñez. Los recuerdos de la    infancia estaban muy grabados en su imaginación.—¡Me da una pena pensar en cuando era chica!—decía.—¿Por qué? ¿Vivía usted bien?—le preguntaba    Hurtado.—No, no; pero me da mucha pena.
Contaba Lulú que de niña la pegaban para que    no comiera el yeso de las paredes y los periódicos.    En aquella época había tenido jaquecas, ataques de nervios; pero ya hacía mucho tiempo que  no padecía ningún trastorno. Eso sí, era un poco desigual; tan pronto se sentía capaz de estar derecha una barbaridad de tiempo, como se encontraba  tan cansada, que el menor esfuerzo la    rendía.Esta desigualdad orgánica se reflejaba en su    manera de ser espiritual y material. Lulú era muy arbitraria; ponía sus antipatías y sus simpatías sin razón alguna.No le gustaba comer con orden, ni quería alimentos    calientes; sólo le apetecían cosas frías, picantes, con vinagre, escabeche, naranjas...—¡Ah!, si yo fuera de su familia, eso no se lo    consentiría a usted—le decía Andrés.—¿No?—No.—Pues diga usted que es mi primo.—Usted ríase—contestaba Andrés—; pero yo    la metería en cintura.—¡Ay, ay, ay, que me estoy mareando!—contestaba    ella, cantando descaradamente.Andrés Hurtado trataba a pocas mujeres; si    hubiese conocido más y podido comparar, hubiera llegado a sentir estimación por Lulú.En el fondo de su falta de ilusión y de moral, al menos de moral corriente, tenía esta muchacha  una idea muy humana y muy noble de las cosas. A ella no le parecían mal el adulterio, ni los vicios, ni las mayores enormidades; lo que le molestaba era la doblez, la hipocresía, la mala fe. Sentía un gran deseo de lealtad. Decía que si un hombre la pretendía, y ella viera que la quería de verdad, se iría con él, fuera rico o pobre, soltero o casado.Tal afirmación parecía una monstruosidad, una indecencia a Niní y a doña Leonarda. Lulú no aceptaba derechos ni prácticas sociales.—Cada cual debe hacer lo que quiera—decía.El desenfado inicial de su vida le daba un valor para opinar muy grande.—¿De veras se iría usted con un hombre?—le preguntaba Andrés.—Si me quería de verdad, ¡ya lo creo! Aunque me pegara después.—¿Sin casarse?—Sin casarme, ¿por qué no? Si vivía dos o tres años con ilusión y con entusiasmo, pues eso no me lo quitaba nadie.—¿Y luego?...—Luego seguiría trabajando como ahora, o me envenenaría.Esta tendencia al final trágico era muy frecuente en Lulú; sin duda le atraía la idea de acabar,    y de acabar de una manera melodramática.  Decía que no le gustaría llegar a vieja.
En su franqueza extraordinaria, hablaba con cinismo. Un día le dijo a Andrés:—Ya ve usted: hace unos años estuve a punto de perder la honra, como decimos las mujeres.—¿Por qué?—preguntó Andrés, asombrado, al oir esta revelación.—Porque un bestia de la vecindad quiso forzarme. Yo tenía doce años. Y gracias que llevaba pantalones y empecé a chillar; si no... estaría deshonrada—añadió con voz campanuda.—Parece que la idea no le espanta a usted mucho.—Para una mujer que no es guapa, como yo, y que tiene que estar siempre trabajando, como yo, la cosa no tiene gran importancia.¿Qué había de verdad en esta manía de sinceridad y de análisis de Lulú?—se preguntaba Andrés—. ¿Era espontánea, era sentida, o había algo de ostentación para parecer original? Difícil era averiguarlo.Algunos sábados por la noche, Julio y Andrés    convidaban a Lulú, a Niní y a su madre a ir a algún teatro, y después entraban en un café.
VI    MANOLO EL CHAFANDÍN
Una amiga, con la cual solía prestarse mutuos servicios Lulú, era una vieja, planchadora de la vecindad, que se llamaba Venancia. La señora Venancia tendría unos sesenta años, y trabajaba constantemente; invierno y verano estaba en su cuartucho, sin cesar de planchar un momento. La señora Venancia vivía con su hija y su yerno, un chulapo a quien llamaban Manolo el Chafandín.El tal Manolo, hombre de muchos oficios y de    ninguno, no trabajaba más que rara vez, y vivía a costa de la suegra.Manolo tenía tres o cuatro hijos, y el último era una niña de pecho que solía estar con frecuencia    metida en un cesto en el cuarto de la señora Venancia, y a quien Lulú solía pasear en brazos por la galería.—¿Qué va a ser esta niña?—preguntaban algunos. Y Lulú contestaba:—Golfa, golfa—u otra palabra más dura, y añadía: Así la llevarán en coche, como a la Estrella.La hija de la señora Venancia era una vaca sin cencerro, holgazana, borracha, que se pasaba la vida disputando con las comadres de la vecindad.  Como a Manolo, su hombre, no le gustaba trabajar, toda la familia vivía a costa de la señora  Venancia, y el dinero del taller de planchado no bastaba, naturalmente, para subvenir a las necesidades de la casa.Cuando la Venancia y el yerno disputaban, la mujer de Manolo siempre salía a la defensa del    marido, como si este holgazán tuviera derecho a    vivir del trabajo de los demás.Lulú, que era justiciera, un día, al ver que la hija atropellaba a la madre, salió en defensa de la Venancia, y se insultó con la mujer de Manolo; la llamó tía zorra, borracha, perro y añadió que su marido era un cabronazo; la otra le dijo que ella y toda su familia eran unas cursis muertas de hambre, y gracias a que se interpusieron    otras vecinas, no se tiraron de los pelos.Aquellas palabras ocasionaron un conflicto, porque Manolo el Chafandín, que era un chulo aburrido, de estos cobardes, decidió pedir explicaciones a Lulú de sus palabras.Doña Leonarda y Niní, al saber lo ocurrido, se escandalizaron. Doña Leonarda echó una chillería a Lulú por mezclarse con aquella gente.Doña Leonarda no tenía sensibilidad más que para las cosas que se referían a su respetabilidad    social.—Estás empeñada en ultrajarnos—dijo a Lulú medio llorando—. ¿Qué vamos a hacer, Dios mío, cuando venga ese hombre?—Que venga—replicó Lulú—; yo le diré que es un gandul y que más le valía trabajar y no vivir de su suegra.—¿Pero a ti qué te importa lo que hacen los demás? ¿Por qué te mezclas con esa gente?Llegaron por la tarde Julio Aracil y Andrés y doña Leonarda les puso al corriente de lo ocurrido.—Qué demonio; no les pasará a ustedes nada—dijo    Andrés—; aquí estaremos nosotros. Aracil, al saber lo que sucedía y la visita anunciada del Chafandín, se hubiera marchado con gusto, porque no era amigo de trifulcas; pero por    no pasar por un cobarde, se quedó.A media tarde llamaron a la puerta, y se oyó decir:—¿Se puede?—Adelante—dijo Andrés.Se presentó Manolo el Chafandín, vestido de día de fiesta, muy elegante, muy empaquetado,    con un sombrero ancho torero y una gran cadena de reloj de plata. En su mejilla, un lunar negro y rizado trazaba tantas vueltas como el muelle de un reloj de bolsillo. Doña Leonarda y Niní temblaron al ver a Manolo. Andrés y Julio le invitaron a explicarse. El Chafandín puso su garrota en el antebrazo izquierdo, y comenzó una retahila larga de reflexiones y consideraciones acerca de la honra y de las palabras que se dicen imprudentemente.Se veía que estaba sondeando a ver si se podía atrever a echárselas de valiente, porque aquellos señoritos lo mismo podían ser dos panolis    que dos puntos bragados que le hartasen de mojicones.Lulú escuchaba nerviosa, moviendo los brazos  y las piernas, dispuesta a saltar.El Chafandín comenzó a envalentonarse al ver que no le contestaban, y subió el tono de la  voz.—Porque aquí (y señaló a Lulú con el garrote)    le ha llamado a mi señora zorra, y mi señora  no es una zorra; habrá otras más zorras que ella,  y aquí (y volvió a señalar a Lulú) ha dicho que yo soy un cabronazo, y ¡maldita sea la!... que yo le como los hígados al que diga eso.Al terminar su frase, el Chafandín dió un golpe con el garrote en el suelo.Viendo que el Chafandín se desmandaba, Andrés, un poco pálido, se levantó y le dijo:—Bueno; siéntese usted.—Estoy bien así—dijo el chulo.—No, hombre. Siéntese usted. Está usted hablando  desde hace mucho tiempo, de pie, y se va usted a cansar.Manolo el Chafandín se sentó, algo escamado.—Ahora, diga usted—siguió diciendo Andrés—qué    es lo que usted quiere, en resumen.—¿En resumen?—Sí.—Pues yo quiero una explicación.—Una explicación, ¿de qué?—De las palabras que ha dicho aquí (y volvió a señalar a Lulú) contra mi señora y contra este servidor.—Vamos, hombre, no sea usted imbécil.—Yo no soy imbécil.—¿Qué quiere usted que diga esta señorita? ¿Que su mujer no es una zorra, ni una borracha, ni un perro, y que usted no es un cabronazo? Bueno; Lulú, diga usted eso para que este buen hombre se vaya tranquilo.—A mí ningún pollo neque me toma el pelo—dijo el Chafandín, levantándose.—Yo lo que voy a hacer—dijo Andrés irritado—es darle un silletazo en la cabeza y echarle a    puntapiés por las escaleras.—¿Usted?—Sí; yo. Y Andrés se acercó al chulo con la silla en el aire. Doña Leonarda y sus hijas empezaron a gritar; el Chafandín se acercó rápidamente a la puerta y la abrió. Andrés se fué a él; pero el  Chafandín cerró la puerta y se escapó por la galería, soltando bravatas e insultos. Andrés quería salir a calentarle las costillas para enseñarle a tratar a las personas; pero entre las mujeres y Julio le convencieron de que se quedara.Durante toda la riña Lulú estaba vibrando, dispuesta a intervenir. Cuando Andrés se despidió, le estrechó la mano entre las suyas con más fuerza que de ordinario.
VII    HISTORIA DE LA VENANCIA
La escena bufa con Manolo el Chafandín hizo que en la casa de doña Leonarda se le considerara a Andrés como a un héroe. Lulú le llevó un día al taller de la Venancia. La Venancia era una de estas viejas secas, limpias, trabajadoras; se pasaba el día sin descansar un momento.Tenía una vida curiosa. De joven había estado de doncella en varias casas, hasta que murió su última señora y dejó de servir. La idea del mundo de la Venancia era un poco caprichosa. Para ella el rico, sobre todo el aristócrata, pertenecía a una clase superior a la humana.Un aristócrata tenía derecho a todo, al vicio, a la inmoralidad, al egoísmo; estaba como por encima de la moral corriente. Una pobre como ella, voluble, egoísta o adúltera le parecía una    cosa monstruosa; pero esto mismo en una señorona lo encontraba disculpable. A Andrés le asombraba una filosofía tan extraña,  por la cual el que posee salud, fuerza, belleza y privilegios tiene más derecho a otras ventajas que el que no conoce más que la enfermedad, la debilidad, lo feo y lo sucio. Aunque no se sabe la garantía científica que tenga, hay en el cielo católico, según la gente, un santo, San Pascual Bailón, que baila delante    del Altísimo, y que dice siempre: Más, más, más. Si uno tiene suerte, le da más, más, más; si tiene desgracias le da también más, más, más. Esta    filosofía bailonesca era la de la señora Venancia. La señora Venancia, mientras planchaba, contaba historias de sus amos. Andrés fué a oirla con gusto.La primera ama donde sirvió la Venancia era una mujer caprichosa y loca, de un humor endiablado; pegaba a los hijos, al marido, a los    criados y le gustaba enemistar a sus amigos. Una de las maniobras que empleaba era hacer que uno se escondiera detrás de una cortina al llegar otra persona, y a ésta le incitaba para que hablase mal del que estaba escondido y le oyese. La dama obligaba a su hija mayor a vestirse de una manera pobre y ridícula, con el objeto de que nadie se fijara en ella. Llegó en su maldad hasta esconder unos cubiertos en el jardín y acusar a un criado de ladrón y hacer que lo    llevaran a la cárcel. Una vez en esta casa, la Venancia velaba a uno de los hijos de la señora que se encontraba    muy grave. El niño estaba en la agonía, y a eso    de las diez de la noche murió. La Venancia fué    llorando a avisar a su señora lo que ocurría, y se    la encontró vestida para un baile. Le dió la triste    noticia, y ella le dijo: Bueno, no digas nada ahora. La señora se fué al baile, y cuando volvió    comenzó a llorar, haciéndose la desesperada.—¡Qué loba!—dijo Lulú al oir la narración. De esta casa la señora Venancia había pasado a otra de una duquesa muy guapa, muy generosa, pero de un desenfreno terrible. Aquella tenía los amantes a pares—dijo la Venancia—.   Muchas veces iba a la iglesia de Jesús con un hábito de estameña parda, y pasaba allí horas y horas rezando, y a la salida la esperaba su amante en coche y se iba con él.—Un día—contó la planchadora—estaba la duquesa con su querido en la alcoba; yo dormía en un cuarto próximo que tenía una puerta de comunicación. De pronto oigo un estrépito de campanillazos y de golpes. Aquí está el marido—pensé. Salté de la cama y entré por la puerta excusada en la habitación de mi señora. El duque, a quien había abierto algún criado, golpeaba furioso la puerta de la alcoba; la puerta no tenía más que un pestillo ligero, que hubiera cedido a la menor fuerza; yo la atranqué con el palo de una cortina. El amante, azorado, no sabía qué hacer; estaba en una facha muy ridícula. Yo le  llevé por la puerta excusada, le dí las ropas de mi marido y le eché a la escalera. Después me vestí de prisa y fuí a ver al duque, que bramaba furioso, con una pistola en la mano, dando golpes en la puerta de la alcoba. La señora, al oir mi voz, comprendió que la situación estaba salvada y abrió la puerta. El duque miró por todos los rincones, mientras ella le contemplaba tan tranquila. Al día siguiente, la señora me abrazó y me besó, y me dijo que se arrepentía de todo corazón, que en adelante iba a hacer una vida recatada; pero a los quince días ya tenía otro amante. La Venancia conocía toda la vida íntima del mundo aristocrático de su época; los sarpullidos de los brazos y el furor erótico de Isabel II; la  impotencia de su marido; los vicios, las enfermedades, las costumbres de los aristócratas las sabía por detalles vistos por sus ojos.A Lulú le interesaban estas historias.Andrés afirmaba que toda aquella gente era una sucia morralla, indigna de simpatía y de piedad; pero la señora Venancia, con su extraña filosofía, no aceptaba esta opinión; por el contrario, decía que todos eran muy buenos, muy caritativos, que hacían grandes limosnas y remediaban muchas miserias.Algunas veces Andrés trató de convencer a la planchadora de que el dinero de la gente rica procedía del trabajo y del sudor de pobres miserables  que labraban el campo, en las dehesas y en los cortijos. Andrés afirmaba que tal estado de injusticia podía cambiar; pero esto para la señora Venancia era una fantasía.—Así hemos encontrado el mundo y así lo dejaremos—decía la vieja, convencida de que su argumento no tenía réplica.
VIII    OTROS TIPOS DE LA CASA
Una de las cosas características de Lulú era que tenía reconcentrada su atención en la vecindad y en el barrio de tal modo, que lo ocurrido en otros puntos de Madrid para ella no ofrecía el menor interés. Mientras trabajaba en su bastidor llevaba el alza y la baja de lo que pasaba entre los vecinos. La casa donde vivían, aunque a primera vista no parecía muy grande, tenía mucho fondo y habitaban en ella gran número de familias. Sobre    todo, la población de las guardillas era numerosa    y pintoresca.Pasaban por ella una porción de tipos extraños del hampa y la pobretería madrileña. Una    inquilina de las guardillas, que daba siempre que hacer, era la tía Negra, una verdulera ya vieja.    La pobre mujer se emborrachaba y padecía    un delirio alcohólico político, que consistía en    vitorear a la República y en insultar a las autoridades,    a los ministros y a los ricos.Los agentes de seguridad la tenían por blasfema,        y la llevaban de cuando a la sombra a pasar    una quincena; pero al salir volvía a las andadas.La tía Negra, cuando estaba cuerda y sin alcohol,    quería que la dijeran la señora Nieves,    pues así se llamaba.Otra vieja rara de la vecindad era la señora    Benjamina, a quien daban el mote de Doña Pitusa.    Doña Pitusa era una viejezuela pequeña,    de nariz corva, ojos muy vivos y boca de sumidero.Solía ir a pedir limosna a la iglesia de Jesús y    a la de Montserrat; decía a todas horas que había    tenido muchas desgracias de familia y pérdidas    de fortuna; quizá pensaba que esto justificaba    su afición al aguardiente.La señora Benjamina recorría medio Madrid    pidiendo con distintos pretextos, enviando cartas    lacrimosas. Muchas veces, al anochecer, se    ponía en una bocacalle con el velo negro echado    sobre la cara, y sorprendía al transeunte con    una narración trágica, expresada en tonos teatrales;    decía que era viuda de un general; que    acababa de morírsele un hijo de veinte años, el    único sostén de su vida; que no tenía para    amortajarle ni encender un cirio con que alumbrar    su cadáver.El transeunte a veces se estremecía, a veces    replicaba que debía tener muchos hijos de veinte        años, cuanto con tanta frecuencia se le moría    uno.El hijo verdadero de la Benjamina tenía más    de veinte años; se llamaba el Chuleta, y estaba    empleado en una funeraria. Era chato, muy delgado,    algo giboso, de aspecto enfermizo, con    unos pelos azafranados en la barba y ojos de    besugo. Decían en la vecindad que él inspiraba    las historias melodramáticas de su madre. El    Chuleta era un tipo fúnebre; debía ser verdaderamente    desagradable verle en la tienda en medio    de sus ataúdes.El Chuleta era muy vengativo y rencoroso, no    se olvidaba de nada; a Manolo el Chafandín le    guardaba un odio insaciable.El Chuleta tenía muchos hijos, todos con el    mismo aspecto de abatimiento y de estupidez    trágica del padre y todos tan mal intencionados    y tan rencorosos como él.Había también en las guardillas una casa de    huéspedes de una gallega bizca, tan ancha de    arriba como de abajo. Esta gallega, la Paca, tenía    de pupilos, entre otros, un mozo de la clase de    disección de San Carlos, tuerto, a quien conocían    Aracil y Hurtado; un enfermero del Hospital General    y un cesante, a quien llamaban don Cleto.Don Cleto Meana era el filósofo de la casa,    era un hombre bien educado y culto, que había    caído en la miseria. Vivía de algunas caridades    que le hacían los amigos. Era un viejecito bajito        y flaco, muy limpio, muy arreglado, de barba    gris recortada; llevaba el traje raído, pero sin    manchas, y el cuello de la camisa impecable. Él    mismo se cortaba el pelo, se lavaba la ropa, se    pintaba las botas con tinta cuando tenían alguna    hendidura blanca, y se cortaba los flecos de los    pantalones. La Venancia solía plancharle los cuellos    de balde. Don Cleto era un estoico.—Yo, con un panecillo al día y unos cuantos    cigarros vivo bien como un príncipe—decía el    pobre.Don Cleto paseaba por el Retiro y Recoletos;    se sentaba en los bancos, entablaba conversación    con la gente; si no le veía nadie, cogía algunas    colillas y las guardaba, porque, como era un caballero,    no le gustaba que le sorprendieran en    ciertos trabajos menesteres.Don Cleto disfrutaba de los espectáculos de la    calle; la llegada de un príncipe extranjero, el entierro    de un político constituían para él grandes    acontecimientos.Lulú, cuando le encontraba en la escalera, le    decía:—¿Ya se va usted, don Cleto?—Sí; voy a dar una vueltecita.—De pira ¿eh? Es usted un pirantón, don    Cleto.—Ja, ja, ja—reía él—. ¡Qué chicas éstas! ¡Qué    cosas dicen!Otro tipo de la casa muy conocido era el        Maestrín, un manchego muy pedante y sabihondo,    droguero, curandero y sanguijuelero. El    Maestrín tenía un tenducho en la calle del Fúcar,    y allí solía estar con frecuencia con la Silveria, su hija, una buena moza, muy guapa, a quien Victorio, el sobrino del prestamista, iba poniendo    los puntos. El Maestrín, muy celoso en cuestiones de honor, estaba dispuesto, al menos así lo decía él, a pegarle una puñalada al que intentara    deshonrarle. Toda esta gente de la casa pagaba su contribución en dinero o en especie al tío de Victorio, el prestamista de la calle de Atocha, llamado don Martín, y a quien por mal nombre se le conocía por el tío Miserias. El tío Miserias, el personaje más importante del barrio, vivía en una casa suya de la calle de la Verónica, una casa pequeña, de un piso solo, como de pueblo, con dos balcones llenos de tiestos y una reja en el piso bajo. El tío Miserias era un viejo encorvado, afeitado y ceñudo. Llevaba un trapo cuadrado, negro, en un ojo, lo que hacía su cara más sombría. Vestía siempre de luto; en invierno usaba zapatillas de orillo y una capa larga, que le colgaba de los hombros como de un perchero.Don Martín, el humano, como le llamaba Andrés, salía muy temprano de su casa y estaba en la trastienda de su establecimiento, siempre de vigilancia. En los días fríos se pasaba la vida  delante de un brasero, respirando continuamente un aire cargado de óxido de carbono. Al anochecer se retiraba a su casa, echaba una mirada a sus tiestos y cerraba los balcones. Don Martín tenía, además de la tienda de la calle de Atocha, otra de menos categoría en la del Tribulete. En esta última su negocio principal era tomar en empeño sábanas y colchones a la gente pobre. Don Martín no quería ver a nadie. Consideraba que la sociedad le debía atenciones que le negaba. Un dependiente, un buen muchacho al parecer, en quien tenía colocada su confianza, le jugó una mala pasada. Un día el dependiente cogió un hacha que tenían en la casa de préstamos para hacer astillas con que encender el brasero, y abalanzándose sobre don Martín, empezó a golpes con él, y por poco no le abre la cabeza. Después el muchacho, dando por muerto a don Martín, cogió los cuartos del mostrador y se fué a una casa de trato de la calle de San José, y allí le prendieron.Don Martín quedó indignado cuando vió que el Tribunal, aceptando una serie de circunstancias atenuantes, no condenó al muchacho más que a unos meses de cárcel.—Es un escándalo—decía el usurero pensativo—. Aquí no se protege a las personas honradas. No hay benevolencia más que para los criminales.
Don Martín era tremendo; no perdonaba a nadie; a un burrero de la vecindad, porque no le pagaba unos réditos, le embargó las burras de leche, y por más que el burrero decía que si no le dejaba las burras sería más difícil que le pagara, don Martín no accedió. Hubiera sido capaz de comerse las burras por aprovecharlas.Victorio, el sobrino del prestamista, prometía ser un gerifalte como el tío, aunque de otra escuela. El tal Victorio era un Don Juan de casa de préstamos. Muy elegante, muy chulo, con los bigotes retorcidos, los dedos llenos de alhajas y la sonrisa de hombre satisfecho, hacía estragos en los corazones femeninos. Este joven explotaba al prestamista. El dinero que el tío Miserias había arrancado a los desdichados vecinos pasaba a Victorio, que se lo gastaba con rumbo. A pesar de esto, no se perdía, al revés, llevaba camino de enriquecerse y de acrecentar su fortuna. Victorio era dueño de una chirlata de la calle del Olivar, donde se jugaba a juegos prohibidos, y de una taberna de la calle del León. La taberna le daba a Victorio grandes ganancias, porque tenía una tertulia muy productiva. Varios puntos entendidos con la casa iniciaban una partida de juego, y cuando había dinero en la mesa, alguno gritaba:—¡Señores, la Policía!Y unas cuantas manos solícitas cogían las monedas, mientras que los agentes de Policía conchabados entraban en el cuarto. A pesar de su condición de explotador y de conquistador de muchachas, la gente del barrio no le odiaba a Victorio. A todos les parecía muy natural y lógico lo que hacía.

IX   LA CRUELDAD UNIVERSAL
Tenía Andrés un gran deseo de comentar filosóficamente las vidas de los vecinos de la casa de Lulú. A sus amigos no le interesaban estos comentarios y filosofías, y decidió, una mañana de un día de fiesta, ir a ver a su tío Iturrioz. Al principio de conocerle, Andrés no le trató a su tío hasta los catorce o quince años. Iturrioz  le pareció un hombre seco y egoísta, que lo tomaba todo con indiferencia; luego, sin saber a    punto fijo hasta dónde llegaba su egoísmo y su sequedad, encontró que era una de las pocas personas con quien se podía conversar acerca de puntos transcendentales.Iturrioz vivía en un quinto piso del barrio de    Argüelles, en una casa con una hermosa azotea.Le asistía un criado, antiguo soldado de la    época en que Iturrioz fué médico militar.Entre amo y criado habían arreglado la azotea, pintado las tejas con alquitrán, sin duda para hacerlas impermeables y puesto unas graderías donde estaban escalonados las cajas de madera y los cubos llenos de tierra donde tenían sus plantas.Aquella mañana en que se presentó Andrés en casa de Iturrioz, su tío se estaba bañando y el criado le llevó a la azotea. Se veía desde allí el Guadarrama entre dos casas altas; hacia el Oeste, el tejado del cuartel de la Montaña ocultaba los cerros de la Casa de Campo, y a un lado del cuartel se destacaba la torre de Móstoles y la carretera de Extremadura,    con unos molinos de viento en sus inmediaciones. Más al Sur brillaban, al sol de una mañana de abril, las manchas verdes de los cementerios de San Isidro y San Justo, las dos torres de Getafe y la ermita del Cerrillo de los Ángeles.Poco después salía Iturrioz a la azotea.—¿Qué, te pasa algo?—le dijo a su sobrino al    verle.—Nada; venía a charlar un rato con usted.—Muy bien, siéntate; yo voy a regar mis    tiestos.Iturrioz abrió la fuente que tenía en un ángulo de la terraza, llenó una cuba y comenzó con    un cacharro a echar agua en las plantas.Andrés habló de la gente de la vecindad de    Lulú, de las escenas del hospital, como casos    extraños, dignos de un comentario; de Manolo el Chafandín, del tío Miserias, de don Cleto, de    doña Virginia...
—¿Qué consecuencias puede sacarse de todas    estas vidas?—preguntó Andrés al final.—Para mí la consecuencia es fácil—contestó    Iturrioz con el bote de agua en la mano—. Que    la vida es una lucha constante, una cacería cruel en que nos vamos devorando los unos a los    otros. Plantas, microbios, animales.—Si yo también he pensado en eso—repuso Andrés—; pero voy abandonando la idea. Primeramente el concepto de la lucha por la vida llevada así a los animales, a las plantas y hasta los minerales, como se hace muchas veces, no es más que un concepto antropomórfico, después,    ¿qué lucha por la vida es la de ese hombre don Cleto, que se abstiene de combatir, o la de ese hermano Juan, que da su dinero a los enfermos?—Te contestaré por partes—repuso Iturrioz dejando el bote para regar, porque estas discusiones le apasionaban—. Tú me dices, este concepto de lucha es un concepto antropomórfico. Claro, llamamos a todos los conflictos lucha, porque es la idea humana que más se aproxima a esa relación que para nosotros produce un vencedor y un vencido. Si no tuviéramos este concepto en el fondo, no hablaríamos de lucha.    La hiena que monda los huesos de un cadáver, la araña que sorbe una mosca, no hace más ni    menos que el árbol bondadoso llevándose de la    tierra el agua y las sales necesarias para su vida. El espectador indiferente, como yo, ve a la hiena, a la araña y al árbol, y se los explica. El hombre justiciero le pega un tiro a la hiena, aplasta con la bota a la araña y se sienta a la sombra del árbol, y cree que hace bien.—Entonces ¿para usted no hay lucha, ni hay    justicia?—En un sentido absoluto, no; en un sentido relativo, sí. Todo lo que vive tiene un proceso    para apoderarse primero del espacio, ocupar un    lugar, luego para crecer y multiplicarse; este proceso de la energía de un vivo contra los obstáculos del medio, es lo que llamamos lucha. Respecto    de la justicia, yo creo que lo justo en el fondo es lo que nos conviene. Supón, en el ejemplo de antes, que la hiena, en vez de ser muerta por el hombre, mata al hombre, que el árbol cae sobre él y le aplasta, que la araña le hace una picadura venenosa; pues nada de eso nos parece justo,    porque no nos conviene. A pesar de que en el    fondo no haya más que esto, un interés utilitario    ¿quién duda que la idea de justicia y de equidad    es una tendencia que existe en nosotros? ¿Pero    cómo la vamos a realizar?—Eso es lo que yo me pregunto ¿cómo realizarla?—¿Hay que indignarse porque una araña mate a una mosca?—siguió diciendo Iturrioz—. Bueno. Indignémonos. ¿Qué vamos a hacer? ¿Matarla?    Matémosla. Eso no impedirá que sigan las arañas comiéndose a las moscas. ¿Vamos a quitarle al  hombre esos instintos fieros que te repugnan?    ¿Vamos a borrar esa sentencia del poeta latino:    Homo hominis lupus, el hombre es un lobo para el hombre? Está bien. En cuatro o cinco mil años    lo podremos conseguir. El hombre ha hecho de    un carnívoro como el chacal, un omnívoro como    el perro; pero se necesitan muchos siglos para    eso. No sé si habrás leído que Spallanzani había    acostumbrado a una paloma a comer carne y a    un águila a comer y digerir el pan. Ahí tienes el    caso de esos grandes apóstoles religiosos y laicos;    son águilas que se alimentan de pan en vez de    alimentarse de carnes palpitantes, son lobos vegetarianos.    Ahí tienes el caso del hermano Juan...—Ese no creo que sea un águila, ni un lobo.—Será un mochuelo o una garduña; pero de    instintos perturbados.—Sí, es muy posible—repuso Andrés—; pero creo que nos hemos desviado de la cuestión; no veo la consecuencia.—La consecuencia, a la que yo iba era ésta, que ante la vida no hay más que dos soluciones prácticas para el hombre sereno, o la abstención    y la contemplación indiferente de todo, o la acción    limitándose a un círculo pequeño. Es decir, que se puede tener el quijotismo contra una anomalía;    pero tenerlo contra una regla general, es absurdo.—De manera que, según usted, el que quiera  hacer algo tiene que restringir su acción justiciera    a un medio pequeño.—Claro, a un medio pequeño; tú puedes abarcar en tu contemplación la casa, el pueblo, el país, la sociedad, el mundo, todo lo vivo y todo lo muerto; pero si intentas realizar una acción, y una acción justiciera, tendrás que restringirte hasta el punto de que todo te vendrá ancho, quizá hasta la misma conciencia.—Es lo que tiene de bueno la filosofía—dijo    Andrés con amargura; le convence a uno de que lo mejor es no hacer nada.Iturrioz dió unas cuantas vueltas por la azotea y luego dijo:—Es la única objeción que me puedes hacer;    pero no es mía la culpa.—Ya lo sé.—Ir a un sentido de justicia universal—prosiguió Iturrioz—es perderse; adaptando el principio de Fritz Müller de que la embriología de un animal reproduce su genealogía, o como dice Haeckel, que la ontogenia es una recapitulación de la filogenia, se puede decir que la psicología humana no es más que una síntesis de la psicología animal. Así se encuentran en el hombre todas las formas de la explotación y de la lucha:    la del microbio, la del insecto, la de la fiera...    Ese usurero que tú me has descrito, el tío Miserias,    ¡qué de avatares no tiene en la zoología!    Ahí están los acinétidos chupadores que absorbenla substancia protoplasmática de otros infusorios; ahí están todas las especies de aspergilos que viven sobre las substancias en descomposición.  Estas antipatías de gente maleante ¿no están admirablemente representadas en ese antagonismo irreductible del bacilo de pus azul con la bacteridia carbuncosa?—Sí es posible—murmuró Andrés.—Y entre los insectos ¡qué de tíos Miserias!,    ¡qué de Victorios!, ¡qué de Manolos los Chafandines,    no hay! Ahí tienes el ichneumon, que mete sus huevos en una lombriz y la inyecta una substancia que obra como el cloroformo; el sphex, que coge las arañas pequeñas, las agarrota, las    sujeta y envuelve en la tela y las echa vivas en    las celdas de sus larvas para que las vayan devorando;    ahí están las avispas, que hacen lo mismo, arrojando al  spoliarium que sirve de despensa para sus crías, los pequeños insectos, paralizados por un lancetazo que les dan con el aguijón en los anglios motores; ahí está el estafilino que se lanza a traición sobre otro individuo de su especie, le sujeta, le hiere y le absorbe los jugos; ahí está el meloe, que penetra subrepticiamente    en los panales de las abejas, se introduce en el alvéolo en donde la reina pone su larva, se atraca de miel y luego se come a la larva;    ahí está...—Sí, sí, no siga usted más; la vida es una cacería    horrible.
—La Naturaleza es lo que tiene; cuando trata de reventar a uno, lo revienta a conciencia. La justicia es una ilusión humana; en el fondo todo es    destruir, todo es crear. Cazar, guerrear, digerir,    respirar, son formas de creación y de destrucción    al mismo tiempo.—Y entonces, ¿qué hacer?—murmuró Andrés—.    ¿Ir a la inconsciencia? ¿Digerir, guerrear,    cazar, con la serenidad de un salvaje?—¿Crees tú en la serenidad del salvaje?—preguntó Iturrioz—. ¡Qué ilusión! Eso también es    una invención nuestra. El salvaje nunca ha ido    sereno.—¿Es que no habrá plan ninguno para vivir con cierto decoro?—preguntó Andrés.—El que lo tiene es porque ha inventado uno para su uso. Yo hoy creo que todo lo natural, que todo lo espontáneo es malo; que sólo lo artificial,  lo creado por el hombre, es bueno. Si pudiera viviría en un club de Londres, no iría nunca al campo, sino a un parque; bebería agua    filtrada y respiraría aire esterilizado... Andrés ya no quiso atender a Iturrioz, que comenzaba a fantasear por entretenimiento. Se levantó y se apoyó en el barandado de la azotea.Sobre los tejados de la vecindad revoloteaban unas palomas; en un canalón grande corrían y jugueteaban unos gatos. Separados por una tapia alta había enfrente  dos jardines: uno era de un colegio de niñas, el    otro de un convento de frailes.El jardín del convento se hallaba rodeado por árboles frondosos; el del colegio no tenía más que algunos macizos con hierbas y flores, y era una cosa extraña que daba cierta impresión de algo alegórico, ver al mismo tiempo jugar a las niñas corriendo y gritando, y a los frailes que pasaban silenciosos en filas de cinco o seis dando la vuelta al patio.—Vida es lo uno y vida es lo otro—dijo Iturrioz    filosóficamente comenzando a regar sus    plantas.Andrés se fué a la calle.—¿Qué hacer? ¿Qué dirección dar a la vida?—se preguntaba con angustia. Y, la gente, las cosas, el sol, le parecían sin realidad ante el problema planteado en su cerebro.
TERCERA PARTE    Tristezas y dolores.
I    DÍA DE NAVIDAD
Un día, ya en el último año de la carrera, antes    de las Navidades, al volver Andrés del    hospital, le dijo Margarita que Luisito escupía    sangre. Al oirlo Andrés quedó frío como muerto.    Fué a ver al niño, apenas tenía fiebre, no le dolía    el costado, respiraba con facilidad; sólo un ligero    tinte de rosa coloreaba una mejilla, mientras la otra estaba pálida.No se trataba de una enfermedad aguda. La    idea de que el niño estuviera tuberculoso le    hizo temblar a Andrés. Luisito, con la inconsciencia de la infancia, se dejaba reconocer y sonreía.Andrés recogió un pañuelo manchado con    sangre y lo llevó a que lo analizasen al laboratorio.    Pidió al médico de su sala que recomendara    el análisis.
Durante aquellos días vivió en una zozobra    constante; el dictamen del laboratorio fué tranquilizador:    no se había podido encontrar el bacilo    de Koch en la sangre del pañuelo; sin embargo,    esto no le dejó a Hurtado completamente    satisfecho.El médico de la sala, a instancias de Andrés,    fué a casa a reconocer al enfermito. Encontró a la percusión cierta opacidad en el vértice del    pulmón derecho. Aquello podía no ser nada;    pero unido a la ligera hemoptisis, indicaba con    muchas probabilidades una tuberculosis incipiente.El profesor y Andrés discutieron el tratamiento.    Como el niño era linfático, algo propenso a    catarros, consideraron conveniente llevarlo a un    país templado, a orillas del Mediterráneo a ser posible; allí le podrían someter a una alimentación intensa, darle baños de sol, hacerle vivir al aire libre y dentro de la casa en una atmósfera creosotada, rodearle de toda clase de condiciones para que pudiera fortificarse y salir de la infancia.La familia no comprendía la gravedad, y Andrés    tuvo que insistir para convencerles de que el estado del niño era peligroso.El padre, don Pedro, tenía unos primos en Valencia, y estos primos, solterones, poseían    varias casas en pueblos próximos a la capital.Se les escribió y contestaron rápidamente; todas las casas suyas estaban alquiladas menos    una de un pueblecito inmediato a Valencia.Andrés decidió ir a verla.Margarita le advirtió que no había dinero en casa; no se había cobrado aún la paga de Navidad.—Pediré dinero en el hospital e iré en tercera—dijo Andrés.—¡Con este frío! ¡Y el día de Nochebuena!—No importa.—Bueno, vete a casa de los tíos—le advirtió    Margarita.—No, ¿para qué?—contestó él—. Yo veo la    casa del pueblo, y, si me parece bien, os mando    un telegrama diciendo: Contestadles que sí.—Pero eso es una grosería. Si se enteran...—¡Qué se van a enterar! Además, yo no quiero andar con ceremonias y con tonterías; bajo en    Valencia, voy al pueblo, os mando el telegrama    y me vuelvo en seguida.No hubo manera de convencerle. Después de    cenar tomó un coche y se fué a la estación. Entró    en un vagón de tercera.La noche de diciembre estaba fría, cruel. El    vaho se congelaba en los cristales de las ventanillas y el viento helado se metía por entre las    rendijas de la portezuela.Andrés se embozó en la capa hasta los ojos, se    subió el cuello y se metió las manos en los bolsillos del pantalón. Aquella idea de la enfermedad    de Luisito le turbaba.La tuberculosis era una de esas enfermedades    que le producía un terror espantoso; constituía una obsesión para él. Meses antes se había dicho    que Roberto Koch había inventado un remedio    eficaz para la tuberculosis: la tuberculina.Un profesor de San Carlos fué a Alemania y    trajo la tuberculina.Se hizo el ensayo con dos enfermos a quienes    se les inyectó el nuevo remedio. La reacción febril    que les produjo hizo concebir al principio    algunas esperanzas; pero luego se vió que no    sólo no mejoraban, sino que su muerte se aceleraba.Si el chico estaba realmente tuberculoso, no    había salvación.Con aquellos pensamientos desagradables,    marchaba Andrés en el vagón de tercera, medio    adormecido.Al amanecer se despertó, con las manos y los    pies helados.El tren marchaba por la llanura castellana y el    alba apuntaba en el horizonte.En el vagón no iba más que un aldeano    fuerte, de aspecto enérgico y duro de manchego.Este aldeano le dijo:—Qué, ¿tiene usted frío, buen amigo?—Sí, un poco.
—Tome usted mi manta.—¿Y usted?—Yo no la necesito. Ustedes, los señoritos, son    muy delicados.A pesar de las palabras rudas, Andrés le agradeció    el obsequio en el fondo del corazón.Aclaraba el cielo, una franja roja bordeaba el    campo.Empezaba a cambiar el paísaje, y el suelo,    antes llano, mostraba colinas y árboles que iban    pasando por delante de la ventanilla del tren.Pasada la Mancha, fría y yerma, comenzó a    templar el aire. Cerca de Játiba salió el sol, un    sol amarillo, que se derramaba por el campo entibiando    el ambiente.La tierra presentaba ya un aspecto distinto.Apareció Alcira con los naranjos llenos de fruta,    con el río Júcar profundo, de lenta corriente.    El sol iba elevándose en el cielo; comenzaba a    hacer calor; al pasar de la meseta castellana a la    zona mediterránea la naturaleza y la gente eran    otras.En las estaciones los hombres y las mujeres,    vestidos con trajes claros, hablaban a gritos, gesticulaban,    corrían.—Eh, tú,    ché—se oía decir.
Ya se veían llanuras con arrozales y naranjos,    barracas blancas con el techado negro, alguna    palmera que pasaba en la rapidez de la marcha    como tocando el cielo. Se vió espejear la Albufera,    unas estaciones antes de llegar a Valencia, y    poco después Andrés apareció en el raso de la    plaza de San Francisco, delante de un solar    grande.Andrés se acercó a un tartanero, le preguntó    cuánto le cobraría por llevarle al pueblecito, y,    después de discusiones y de regateos, quedaron    de acuerdo en un duro por ir, esperar media    hora y volver a la estación.Subió Andrés y la tartana cruzó varias calles    de Valencia y tomó por una carretera.El carrito tenía por detrás una lona blanca y,    al agitarse ésta por el viento, se veía el camino    lleno de claridad y de polvo; la luz cegaba.En una media hora la tartana embocaba la primera    calle del pueblo, que aparecía con su torre    y su cúpula brillante. A Andrés le pareció la disposición    de la aldea buena para lo que él deseaba;    el campo de los alrededores, no era de huerta,    sino de tierras de secano medio montañosas.A la entrada del pueblo, a mano izquierda, se    veía un castillejo y varios grupos de enormes    girasoles.Tomó la tartana por la calle larga y ancha,    continuación de la carretera, hasta detenerse cerca    de una explanada levantada sobre el nivel de    la calle. El carrito se detuvo frente a una casa baja encalada, con su puerta azul muy grande y tres ventanas muy chicas. Bajó Andrés; un cartel pegado  en la puerta indicaba que la llave la tenían en la casa de al lado.Se asomó al portal próximo y una vieja, con la tez curtida y negra por el sol, le dió la llave, un pedazo de hierro que parecía un arma de combate prehistórica.Abrió Andrés el postigo, que chirrió agriamente sobre sus goznes, y entró en un espacioso vestíbulo con una puerta en arco que daba hacia el jardín. La casa apenas tenía fondo; por el arco del vestíbulo se salía a una galería ancha y hermosa con un emparrado y una verja de madera pintada de verde. De la galería, extendida paralelamente a la carretera, se bajaba por cuatro escalones al huerto, rodeado por un camino que bordeaba sus tapias.Este huerto, con varios árboles frutales desnudos de hojas, se hallaba cruzado por dos avenidas que formaban una plazoleta central y lo dividían en cuatro parcelas iguales. Los hierbajos    y jaramagos espesos cubrían la tierra y borraban los caminos.Enfrente del arco del vestíbulo había un cenador formado por palos, sobre el cual se    sostenían las ramas de un rosal silvestre, cuyo follaje, adornado por florecitas blancas, era tan tupido que no dejaba pasar la luz del sol. A la entrada de aquella pequeña glorieta, sobre pedestales de ladrillo, había dos estatuas de yeso, Flora y Pomona. Andrés penetró en el cenador. En la pared del fondo se veía un cuadro de azulejos blancos y azules con figuras que representaban a Santo Tomás de Villanueva vestido de obispo, con su báculo en la mano y un negro y una negra arrodillados junto a él. Luego Hurtado recorrió la casa; era lo que él deseaba; hizo un plano de las habitaciones y del jardín y estuvo un momento descansando, sentado en la escalera. Hacía tanto tiempo que no había visto árboles, vegetación, que aquel huertecito abandonado, lleno de hierbajos, le pareció un paraíso. Este día de Navidad tan espléndido, tan luminoso, le llenó de paz y de melancolía. Del pueblo, del campo, de la atmósfera transparente llegaba el silencio, sólo interrumpido por el cacareo lejano de los gallos; los moscones y las avispas brillaban al sol. ¡Con qué gusto se hubiera tendido en la tierra a mirar horas y horas aquel cielo tan azul, tan puro!Unos momentos después, una campana de son agudo comenzó a tocar. Andrés entregó la llave en la casa próxima, despertó al tartanero medio dormido en su tartana, y emprendió la vuelta.En la estación de Valencia mandó un telegrama a su familia, compró algo de comer y unas horas más tarde volvía para Madrid, embozado en su capa, rendido, en otro coche de tercera.
II    VIDA INFANTIL
Al llegar a Madrid, Andrés le dió a su hermana    Margarita instrucciones de cómo debían    instalarse en la casa. Unas semanas después    tomaron el tren, don Pedro, Margarita y Luisito.Andrés y sus otros dos hermanos se quedaron    en Madrid.Andrés tenía que repasar las asignaturas de la    licenciatura.Para librarse de la obsesión de la enfermedad    del niño, se puso a estudiar como nunca lo había    hecho.Algunas veces iba a visitar a Lulú y le comunicaba    sus temores.—Si ese chico se pusiera bien—murmuraba.—¿Le quiere usted mucho?—preguntaba Lulú.—Sí, como si fuera mi hijo. Era yo ya grande    cuando nació él, figúrese usted.Por Junio, Andrés se examinó del curso y de    la licenciatura y salió bien.—¿Qué va usted a hacer?—le dijo Lulú.
—No sé; por ahora veré si se pone bien esa    criatura; después ya pensaré.El viaje fué para Andrés distinto, y más agradable    que en diciembre; tenía dinero, y tomó un    billete de primera. En la estación de Valencia le    esperaba el padre.—¿Qué tal el chico?—le preguntó Andrés.—Está mejor.Dieron al mozo el talón del equipaje, y tomaron    una tartana, que les llevó rápidamente al    pueblo.Al ruido de la tartana salieron a la puerta    Margarita, Luisito y una criada vieja. El chico    estaba bien; alguna que otra vez tenía una ligera    fiebre, pero se veía que mejoraba. La que había    cambiado casi por completo era Margarita; el    aire y el sol le habían dado un aspecto de salud    que la embellecía.Andrés vió el huerto, los perales, los albaricoqueros    y los granados llenos de hojas y de    flores.La primera noche Andrés no pudo dormir    bien en la casa por el olor a raíz desprendido de    la tierra.Al día siguiente Andrés, ayudado por Luisito,    comenzó a arrancar y a quemar todos los hierbajos    del patio. Luego plantaron entre los dos melones,    calabazas, ajos, fuera o no fuera tiempo.    De todas sus plantaciones lo único que nació fueron    los ajos. Estos, unidos a los geranios y a los        dompedros, daban un poco de verdura; lo demás    moría por el calor del sol y la falta de agua.Andrés se pasaba horas y horas sacando cubos    del pozo. Era imposible tener un trozo de jardín    verde. En seguida de regar, la tierra se secaba, y    las plantas se doblaban tristemente sobre su tallo.En cambio todo lo que estaba plantado anteriormente,    las pasionarias, las hiedras y las enredaderas,    a pesar de la sequedad del suelo, se    extendían y daban hermosas flores; los racimos    de la parra se coloreaban, los granados se llenaban    de flor roja y las naranjas iban engordando    en el arbusto.Luisito llevaba una vida higiénica, dormía con    la ventana abierta, en un cuarto que Andrés, por    las noches, regaba con creosota. Por la mañana,    al levantarse de la cama, tomaba una ducha fría    en el cenador de Flora y Pomona.Al principio no le gustaba, pero luego se    acostumbró.Andrés había colgado del techo del cenador    una regadera enorme, y en el asa ató una cuerda    que pasaba por una polea y terminaba en una    piedra sostenida en un banco. Dejando caer la    piedra, la regadera se inclinaba y echaba una    lluvia de agua fría.Por la mañana, Andrés y Luis iban a un pinar    próximo al pueblo, y estaban allí muchas veces    hasta el mediodía; después del paseo comían y se    echaban a dormir.
Por la tarde tenían también sus entretenimientos:    perseguir a las lagartijas y salamandras, subir    al peral, regar las plantas. El tejado estaba    casi levantado por los panales de las avispas;    decidieron declarar la guerra a estos temibles    enemigos y quitarles los panales.Fué una serie de escaramuzas que emocionaron    a Luisito y le dieron motivo para muchas    charlas y comparaciones.Por la tarde, cuando ya se ponía el sol, Andrés    proseguía su lucha contra la sequedad, sacando    agua del pozo, que era muy profundo. En    medio de este calor sofocante, las abejas rezongaban,    las avispas iban a beber el agua del riego    y las mariposas revoloteaban de flor en flor.    A veces aparecían manchas de hormigas con    alas en la tierra o costras de pulgones en las    plantas.Luisito tenía más tendencia a leer y a hablar    que a jugar violentamente. Esta inteligencia precoz    le daba que pensar a Andrés. No le dejaba    que hojeara ningún libro, y le enviaba a que se    reuniera con los chicos de la calle.Andrés, mientras tanto, sentado en el umbral    de la puerta, con un libro en la mano, veía pasar    los carros por la calle cubierta de una espesa    capa de polvo. Los carreteros, tostados por el    sol, con las caras brillantes por el sudor, cantaban    tendidos sobre pellejos de aceite o de vino,    y las mulas marchaban en fila medio dormidas.
Al anochecer pasaban unas muchachas, que    trabajaban en una fábrica, y saludaban a Andrés    con un adiós un poco seco, sin mirarle a la    cara. Entre estas chicas había una que llamaban    la Clavariesa, muy guapa, muy perfilada; solía    ir con un pañuelo de seda en la mano agitándolo    en el aire, y vestía con colores un poco chillones,    pero que hacían muy bien en aquel ambiente    claro y luminoso.Luisito, negro por el sol, hablando ya con el    mismo acento valenciano que los demás chicos,    jugaba en la carretera.No se hacía completamente montaraz y salvaje    como hubiera deseado Andrés, pero estaba    sano y fuerte. Hablaba mucho. Siempre andaba    contando cuentos, que demostraban su imaginación    excitada.—¿De dónde saca este chico esas cosas que    cuenta?—preguntaba Andrés a Margarita.—No sé; las inventa él.Luisito tenía un gato viejo que le seguía, y    que decía que era un brujo.El chico caricaturizaba a la gente que iba a la    casa.Una vieja de Borbotó, un pueblo de al lado,    era de las que mejor imitaba. Esta vieja vendía    huevos y verduras, y decía: ¡Ous, figues! Otro    hombre reluciente y gordo, con un pañuelo en    la cabeza, que a cada momento decía: ¿Sap?, era    también de los modelos de Luisito.
Entre los chicos de la calle había algunos que    le preocupaban mucho. Uno de ellos era el Roch,    el hijo del saludador, que vivía en un barrio de    cuevas próximo.El Roch era un chiquillo audaz, pequeño, rubio,    desmedrado, sin dientes, con los ojos legañosos.    Contaba cómo su padre hacía sus misteriosas    curas, lo mismo en las personas que en    los caballos, y hablaba de cómo había averiguado    su poder curativo.El Roch sabía muchos procedimientos y brujerías    para curar las insolaciones y conjurar los    males de ojo que había oído en su casa.El Roch ayudaba a vivir a la familia, andaba    siempre correteando con una cesta al brazo.—Ves estos caracoles—le decía a Luisito—,    pues con estos caracoles y un poco de arroz comeremos    todos en casa.—¿Dónde los has cogido?—le preguntaba Luisito.—En un sitio que yo sé—contestaba el Roch,    que no quería comunicar sus secretos.También en las cuevas vivían otros dos merodeadores, de unos catorce a quince años, amigos    de Luisito: el Choriset y el Chitano.El Choriset era un troglodita, con el espíritu de un hombre primitivo. Su cabeza, su tipo, su expresión eran de un bereber.Andrés solía hacerle preguntas acerca de su    vida y de sus ideas.
—Yo, por un real, mataría a un hombre—solía decir el Choriset, mostrando sus dientes blancos y brillantes.—Pero te cogerían y te llevarían a presidio.—¡Ca! Me metería en una cueva que hay cerca de la mía, y me estaría allá.—¿Y comer? ¿Cómo ibas a comer?—Saldría de noche a comprar pan.—Pero con un real, no te bastaría para muchos días.—Mataría a otro hombre—replicaba el Choriset, riendo.El Chitano no tenía más tendencia que el robo; siempre andaba merodeando por ver si podía llevarse algo.Andrés, por más que no tenía interés en hacer allí amistades, iba conociendo a la gente.La vida del pueblo era en muchas cosas absurda;    las mujeres paseaban separadas de los hombres, y esta separación de sexos existía en casi todo.A Margarita le molestaba que su hermano estuviese constantemente en casa, y le incitaba a que saliera. Algunas tardes, Andrés solía ir al café de la plaza, se enteraba de los conflictos que había en el pueblo entre la música del Casino republicano y la del Casino carlista, y el Mercaer, un obrero republicano, le explicaba de una manera pintoresca lo que había sido la Revolución francesa y los tormentos de la Inquisición.
III    LA CASA ANTIGUA
Varias veces don Pedro fué y volvió de Madrid al pueblo. Luisito parecía que estaba bien,    no tenía tos ni fiebre; pero conservaba aquella    tendencia fantaseadora que le hacía divagar y    discurrir de una manera impropia de su edad.—Yo creo que no es cosa de que sigáis    aquí—dijo el padre.—¿Por qué no?—preguntó Andrés.—Margarita no puede vivir siempre metida en    un rincón. A ti no te importará; pero a ella sí.—Que se vaya a Madrid por una temporada.—¿Pero tú crees que Luis no está curado    todavía?—No sé; pero me parece mejor que siga aquí.—Bueno; veremos a ver qué se hace.Margarita explicó a su hermano que su padre    decía que no tenían medios para sostener así dos    casas.—No tiene medios para esto; pero sí para gastar    en el Casino—contestó Andrés.
—Eso a ti no te importa—contestó Margarita    enfadada.—Bueno; lo que voy a hacer yo es ver si me    dan una plaza de médico de pueblo y llevar al    chico. Lo tendré unos años en el campo, y luego    que haga lo que quiera.En esta incertidumbre, y sin saber si iban a    quedarse o marcharse, se presentó en la casa una    señora de Valencia, prima también de don Pedro.    Esta señora era una de esas mujeres decididas    y mandonas que les gusta disponerlo todo.    Doña Julia decidió que Margarita, Andrés y Luisito    fueran a pasar una temporada a casa de los    tíos. Ellos los recibirían muy a gusto. Don Pedro    encontró la solución muy práctica.—¿Qué os parece?—preguntó a Margarita y a    Andrés.—A mí, lo que decidáis—contestó Margarita.—A mí no me parece una buena solución—dijo    Andrés.—¿Por qué?—Porque el chico no estará bien.—Hombre, el clima es igual—repuso el padre.—Sí; pero no es lo mismo vivir en el interior    de una ciudad, entre calles estrechas, a estar en    el campo. Además, que esos señores parientes    nuestros, como solterones, tendrán una porción    de chinchorrerías y no les gustarán los chicos.—No; eso no. Es gente amable, y tienen una    casa bastante grande para que haya libertad.
—Bueno. Entonces probaremos.Un día fueron todos a ver a los parientes. A    Andrés, sólo tener que ponerse la camisa planchada,    le dejó de un humor endiablado.Los parientes vivían en un caserón viejo de la    parte antigua de la ciudad. Era una casa grande,    pintada de azul, con cuatro balcones, muy separados    unos de otros, y ventanas cuadradas encima.El portal era espacioso y comunicaba con un    patio enlosado como una plazoleta que tenía en    medio un farol.De este patio partía la escalera exterior, ancha,    de piedra blanca, que entraba en el edificio al    llegar al primer piso, pasando por un arco rebajado.Llamó don Pedro, y una criada vestida de    negro, les pasó a una sala grande, triste y obscura.Había en ella un reloj de pared alto, con la    caja llena de incrustaciones, muebles antiguos    de estilo Imperio, varias cornucopias y un plano    de Valencia de a principios del siglo XVIII.Poco después salió don Juan, el primo del padre    de Hurtado, un señor de cuarenta a cincuenta    años, que les saludó a todos muy amablemente    y les hizo pasar a otra sala, en donde un viejo,    reclinado en ancha butaca, leía un periódico.La familia la componían tres hermanos y una    hermana, los tres solteros. El mayor, don Vicente,        estaba enfermo de gota y no salía apenas; el    segundo, don Juan, era hombre que quería pasar    por joven, de aspecto muy elegante y pulcro; la    hermana, doña Isabel, tenía el color muy blanco,    el pelo muy negro y la voz lacrimosa.Los tres parecían conservados en una urna;    debían estar siempre a la sombra en aquellas    salas de aspecto conventual.Se trató del asunto de que Margarita y sus    hermanos pasaran allí una temporada, y los solterones    aceptaron la idea con placer.Don Juan, el menor, enseñó la casa a Andrés,    que era extensa. Alrededor del patio, una ancha    galería encristalada le daba vuelta. Los cuartos    estaban pavimentados con azulejos relucientes y    resbaladizos y tenían escalones para subir y bajar,    salvando las diferencias de nivel. Había un    sinnúmero de puertas de diferente tamaño. En    la parte de atrás de la casa, a la altura del primer    piso de la calle brotaba, en medio de un huertecillo    sombrío, un altísimo naranjo.Todas las habitaciones presentaban el mismo    aspecto silencioso, algo moruno, de luz velada.El cuarto destinado para Andrés y para Luisito    era muy grande y daba enfrente de los tejados    azules de la torrecilla de una iglesia.Unos días después de la visita, se instalaron    Margarita, Andrés y Luis en la casa.Andrés estaba dispuesto a ir a un partido.    Leía en El Siglo Médico las vacantes de médicos        rurales, se enteraba de qué clase de pueblos eran    y escribía a los secretarios de los Ayuntamientos    pidiendo informes.Margarita y Luisito se encontraban bien con    sus tíos; Andrés, no; no sentía ninguna simpatía    por estos solterones, defendidos por su dinero y    por su casa contra las inclemencias de la suerte;    les hubiera estropeado la vida con gusto. Era un    instinto un poco canalla, pero lo sentía así.Luisito, que se vió mimado por sus tíos, dejó    pronto de hacer la vida que recomendaba Andrés;    no quería ir a tomar el sol ni a jugar a la    calle; se iba poniendo más exigente y melindroso.La dictadura científica que Andrés pretendía    ejercer, no se reconocía en la casa.Muchas veces le dijo a la criada vieja que barría    el cuarto que dejara abiertas las ventanas    para que entrara el sol; pero la criada no le obedecía.—¿Por qué cierra usted el cuarto?—le preguntó    una vez.—Yo quiero que esté abierto. ¿Oye    usted?La criada apenas sabía castellano, y después    de una charla confusa, le contestó que cerraba    el cuarto para que no entrara el sol.—Si es que yo quiero precisamente eso—la    dijo Andrés—. ¿Usted ha oído hablar de los microbios?—Yo, no, señor.
—¿No ha oído usted decir que hay unos gérmenes...    una especie de cosas vivas que andan    por el aire y que producen las enfermedades?—¿Unas cosas vivas en el aire? Serán las    moscas.—Sí; son como las moscas, pero no son las moscas.—No; pues no las he visto.—No, si no se ven; pero existen. Esas cosas    vivas están en el aire, en el polvo, sobre los    muebles... y esas cosas vivas, que son malas,    mueren con la luz... ¿Ha comprendido usted?—Sí, sí, señor.—Por eso hay que dejar las ventanas abiertas...    para que entre el sol.Efectivamente; al día siguiente las ventanas estaban    cerradas, y la criada vieja contaba a las    otras que el señorito estaba loco, porque decía    que había unas moscas en el aire que no se    veían y que las mataba el sol.
IV    ABURRIMIENTO
Las gestiones para encontrar un pueblo adonde    ir no dieron resultado tan rápidamente como    Andrés deseaba, y en vista de esto, para matar    el tiempo, se decidió a estudiar las asignaturas    del doctorado. Después se marcharía a Madrid y    luego a cualquier parte.Luisito pasaba el invierno bien; al parecer estaba    curado.Andrés no quería salir a la calle; sentía una    insociabilidad intensa. Le parecía una fatiga tener    que conocer a nueva gente.—Pero, hombre, ¿no vas a salir?—le preguntaba    Margarita.—Yo no. ¿Para qué? No me interesa nada de    cuanto pasa fuera.Andar por las calles le fastidiaba, y el campo    de los alrededores de Valencia, a pesar de su    fertilidad, no le gustaba.Esta huerta, siempre verde, cortada por acequias    de agua turbia, con aquella vegetación    jugosa y obscura, no le daba ganas de recorrerla.
Prefería estar en casa. Allí estudiaba e iba    tomando datos acerca de un punto de psicofísica    que pensaba utilizar para la tesis del doctorado.Debajo de su cuarto había una terraza sombría,    musgosa, con algunos jarrones con chumberas    y piteras donde no daba nunca el sol. Allí    solía pasear Andrés en las horas de calor. Enfrente    había otra terraza donde andaba de un lado    a otro un cura viejo, de la iglesia próxima, rezando.    Andrés y el cura se saludaban al verse muy    amablemente.Al anochecer, de esta terraza Andrés iba a una    azotea pequeña, muy alta, construída sobre la    linterna de la escalera.Allá se sentaba hasta que se hacía de noche.    Luisito y Margarita iban a pasear en tartana con    sus tíos.Andrés contemplaba el pueblo, dormido bajo    la luz del sol y los crepúsculos esplendorosos.A lo lejos se veía el mar, una mancha alargada    de un verde pálido, separada en línea recta y    clara del cielo, de color algo lechoso en el horizonte.En aquel barrio antiguo las casas próximas    eran de gran tamaño; sus paredes se hallaban    desconchadas, los tejados cubiertos de musgos    verdes y rojos, con matas en los aleros, de jaramagos    amarillentos.Se veían casas blancas, azules, rosadas, con        sus terrados y azoteas; en las cercas de los terrados    se sostenían barreños con tierra, en donde    las chumberas y las pitas extendían sus rígidas y    anchas paletas; en alguna de aquellas azoteas se    veían montones de calabazas surcadas y ventrudas,    y de otras redondas y lisas.Los palomares se levantaban como grandes    jaulones ennegrecidos. En el terrado próximo de    una casa, sin duda, abandonada, se veían rollos    de esteras, montones de cuerdas de estropajo,    cacharros rotos esparcidos por el suelo; en otra    azotea aparecía un pavo real que andaba suelto    por el tejado, y daba unos gritos agudos y desagradables.Por encima de las terrazas y tejados aparecían    las torres del pueblo: el Miguelete, rechoncho y    fuerte; el cimborrio de la catedral, aéreo y delicado,    y luego aquí y allá una serie de torrecillas,    casi todas cubiertas con tejas azules y blancas    que brillaban con centelleantes reflejos.Andrés contemplaba aquel pueblo, casi para él    desconocido, y hacía mil cábalas caprichosas    acerca de la vida de sus habitantes. Veía abajo    esta calle, esta rendija sinuosa, estrecha, entre    dos filas de caserones. El sol, que al mediodía la    cortaba en una zona de sombra y otra de luz,    iba, a medida que avanzaba la tarde, escalando    las casas de una acera hasta brillar en los cristales    de las guardillas y en los luceros, y desaparecer.
En la primavera, las golondrinas y los vencejos    trazaban círculos caprichosos en el aire, lanzando    gritos agudos. Andrés las seguía con la    vista. Al anochecer se retiraban. Entonces pasaban    algunos mochuelos y gavilanes. Venus comenzaba    a brillar con más fuerza y aparecía Júpiter.    En la calle, un farol de gas parpadeaba    triste y soñoliento...Andrés bajaba a cenar, y muchas veces por la    noche volvía de nuevo a la azotea a contemplar    las estrellas.Esta contemplación nocturna le producía como    un flujo de pensamientos perturbadores. La imaginación    se lanzaba a la carrera a galopar por los    campos de fantasía. Muchas veces el pensar en    las fuerzas de la naturaleza, en todos los gérmenes    de la tierra, del aire y del agua, desarrollándose    en medio de la noche, le producía el vértigo.
V    DESDE LEJOS
Al acercarse mayo, Andrés le dijo a su hermana    que iba a Madrid a examinarse del    doctorado.—¿Vas a volver?—le preguntó Margarita.—No sé; creo que no.—Qué antipatía le has tomado a esta casa y al    pueblo. No me lo explico.—No me encuentro bien aquí.—Claro. ¡Haces lo posible por estar mal!Andrés no quiso discutir y se fué a Madrid; se    examinó de las asignaturas del doctorado, y leyó    la tesis que había escrito en Valencia.En Madrid se encontraba mal; su padre y él    seguían tan hostiles como antes. Alejandro se    había casado y llevaba a su mujer, una pobre infeliz,    a comer a su casa. Pedro hacía vida de    mundano.Andrés, si hubiese tenido dinero, se hubiera    marchado a viajar por el mundo; pero no tenía    un cuarto. Un día leyó en un periódico que el médico    de un pueblo de la provincia de Burgos necesitaba        un sustituto por dos meses. Escribió;    le aceptaron. Dijo en su casa que le había invitado    un compañero a pasar unas semanas en un    pueblo. Tomó un billete de ida y vuelta y se fué.    El médico, a quien tenía que sustituir, era un    hombre rico, viudo, dedicado a la numismática.    Sabía poco de Medicina, y no tenía afición más    que por la historia y las cuestiones de monedas.—Aquí no podrá usted lucirse con su ciencia    médica—le dijo a Andrés, burlonamente—. Aquí,    sobre todo en verano, no hay apenas enfermos,    algunos cólicos, algunas enteritis, algún caso,    poco frecuente, de fiebre tifoidea, nada.El médico pasó rápidamente de esta cuestión    profesional, que no le interesaba, a sus monedas,    y enseñó a Andrés la colección; la segunda de la    provincia. Al decir la segunda suspiraba, dando    a entender lo triste que era para él hacer esta declaración.Andrés y el médico se hicieron muy amigos.    El numismático le dijo que si quería vivir en su    casa se la ofrecía con mucho gusto, y Andrés se    quedó allí en compañía de una criada vieja.El verano fué para él delicioso; el día entero lo    tenía libre para pasear y para leer; había cerca    del pueblo un monte sin árboles, que llamaban    el Teso, formado por pedrizas, en cuyas junturas    nacían jaras, romeros y cantuesos. Al anochecer    era aquello una delicia de olor y de frescura.Andrés pudo comprobar que el pesimismo y        el optimismo son resultados orgánicos como las    buenas o las malas digestiones. En aquella aldea    se encontraba admirablemente, con una serenidad    y una alegría desconocidas para él; sentía    que el tiempo pasara demasiado pronto.Llevaba mes y medio en este oasis, cuando un    día el cartero le entregó un sobre manoseado,    con letra de su padre. Sin duda, había andado la    carta de pueblo en pueblo hasta llegar a aquél.    ¿Qué vendría allí dentro?Andrés abrió la carta, la leyó y quedó atónito.    Luisito acababa de morir en Valencia. Margarita    había escrito dos cartas a su hermano, diciéndole    que fuera, porque el niño preguntaba mucho    por él; pero como don Pedro no sabía el paradero    de Andrés, no pudo remitírselas.Andrés pensó en marcharse inmediatamente;    pero al leer de nuevo la carta, echó de ver que    hacía ya ocho días que el niño había muerto y    estaba enterrado.La noticia le produjo un gran estupor. El alejamiento,    el haber dejado a su marcha a Luisito    sano y fuerte, le impedía experimentar la pena    que hubiese sentido cerca del enfermo.Aquella indiferencia suya, aquella falta de dolor,    le parecía algo malo. El niño había muerto;    él no experimentaba ninguna desesperación.    ¿Para qué provocar en sí mismo un sufrimiento    inútil? Este punto le debatió largas horas en la    soledad.
Andrés escribió a su padre y a Margarita.    Cuando recibió la carta de su hermana, pudo seguir    la marcha de la enfermedad de Luisito. Había    tenido una meningitis tuberculosa, con dos o    tres días de un período prodrómico, y luego una    fiebre alta que hizo perder al niño el conocimiento;    así había estado una semana gritando,    delirando, hasta morir en un sueño.En la carta de Margarita se traslucía que estaba    destrozada por las emociones.Andrés recordaba haber visto en el hospital a    un niño, de seis a siete años, con meningitis; recordaba    que en unos días quedó tan delgado que    parecía translúcido, con la cabeza enorme, la    frente abultada, los lóbulos frontales como si la    fiebre los desuniera, un ojo bizco, los labios blancos,    las sienes hundidas y la sonrisa de alucinado.    Este chiquillo gritaba como un pájaro, y su    sudor tenía un olor especial, como a ratón, del    sudor del tuberculoso.A pesar de que Andrés pretendía representarse    el aspecto de Luisito enfermo, no se lo figuraba    nunca atacado con la terrible enfermedad,    sino alegre y sonriente como le había visto la    última vez el día de la marcha.

CUARTA PARTE    Inquisiciones.I    PLAN FILOSÓFICO
Al pasar sus dos meses de sustituto, Andrés    volvió a Madrid; tenía guardados sesenta    duros, y como no sabía qué hacer con ellos, se    los envió a su hermana Margarita.Andrés hacía gestiones para conseguir un empleo,    y mientras tanto iba a la Biblioteca Nacional.Estaba dispuesto a marcharse a cualquier pueblo    si no encontraba nada en Madrid.Un día se topó en la sala de lectura con Fermín    Ibarra, el condiscípulo enfermo, que ya estaba    bien, aunque andaba cojeando y apoyándose    en un grueso bastón.Fermín se acercó a saludar efusivamente a    Hurtado.Le dijo que estudiaba para ingeniero en Lieja,    y solía volver a Madrid en las vacaciones.
Andrés siempre había tenido a Ibarra como a    un chico. Fermín le llevó a su casa y le enseñó    sus inventos, porque era inventor; estaba haciendo    un tranvía eléctrico de juguete y otra porción    de artificios mecánicos.Fermín le explicó su funcionamiento y le dijo    que pensaba pedir patentes por unas cuantas cosas,    entre ellas una llanta con trozos de acero    para los neumáticos de los automóviles.A Andrés le pareció que su amigo desvariaba;    pero no quiso quitarles las ilusiones. Sin embargo,    tiempo después, al ver a los automóviles con    llantas de trozos de acero como las que había    ideado Fermín, pensó que éste debía tener verdadera    inteligencia de inventor.
Andrés, por las tardes, visitaba a su tío Iturrioz.    Se lo encontraba casi siempre en su azotea    leyendo o mirando las maniobras de una    abeja solitaria o de una araña.—Esta es la azotea de Epicuro—decía Andrés    riendo.Muchas veces tío y sobrino discutieron largamente.    Sobre todo, los planes ulteriores de Andrés    fueron los más debatidos.Un día la discusión fué más larga y más completa:—¿Qué piensas hacer?—le preguntó Iturrioz.—¡Yo! Probablemente tendré que ir a un pueblo    de médico.
—Veo que no te hace gracia la perspectiva.—No; la verdad. A mí hay cosas de la carrera    que me gustan; pero la práctica no. Si pudiese    entrar en un laboratorio de fisiología, creo que    trabajaría con entusiasmo.—¡En un laboratorio de fisiología! ¡Si los hubiera    en España!—Ah, claro, si los hubiera. Además no tengo    preparación científica. Se estudia de mala manera.—En mi tiempo pasaba lo mismo—dijo Iturrioz—.    Los profesores no sirven más que para el    embrutecimiento metódico de la juventud estudiosa.    Es natural. El español todavía no sabe enseñar;    es demasiado fanático, demasiado vago y    casi siempre demasiado farsante. Los profesores    no tienen más finalidad que cobrar su sueldo y    luego pescar pensiones para pasar el verano.—Además falta disciplina.—Y otras muchas cosas. Pero, bueno, tú ¿qué    vas a hacer? ¿No te entusiasma visitar?—No.—¿Y entonces qué plan tienes?—¿Plan personal? Ninguno—Demonio. ¿Tan pobre estás de proyectos?—Sí, tengo uno; vivir con el máximum de independencia.    En España, en general, no se paga    el trabajo, sino la sumisión. Yo quisiera vivir del    trabajo, no del favor.
—Es difícil. ¿Y como plan filosófico? ¿Sigues    en tus buceamientos?—Sí. Yo busco una filosofía que sea primeramente    una cosmogonía, una hipótesis racional    de la formación del mundo; después una explicación    biológica del origen de la vida y del hombre.—Dudo mucho que la encuentres. Tú quieres    una síntesis que complete la cosmología y la    biología; una explicación del Universo físico y    moral. ¿No es eso?—Sí.—¿Y en dónde has ido a buscar esa síntesis?—Pues en Kant, y en Schopenhauer sobre    todo.—Mal camino—repuso Iturrioz—; lee a los    ingleses; la ciencia en ellos va envuelta en sentido    práctico. No leas esos metafísicos alemanes;    su filosofía es como un alcohol que emborracha    y no alimenta. ¿Conoces el Leviatán de Hobbes?    Yo te lo prestaré si quieres.—No; ¿para qué? Después de leer a Kant y a    Schopenhauer, esos filósofos franceses e ingleses    dan la impresión de carros pesados que    marchan chirriando y levantando polvo.—Sí, quizás sean menos ágiles de pensamiento    que los alemanes; pero, en cambio, no te alejan    de la vida.—¿Y qué?—replicó Andrés—. Uno tiene la angustia,    la desesperación de no saber qué hacer        con la vida, de no tener un plan, de encontrarse    perdido, sin brújula, sin luz adonde dirigirse.    ¿Qué se hace con la vida? ¿Qué dirección se le da?    Si la vida fuera tan fuerte que le arrastrara a    uno, el pensar sería una maravilla, algo como    para el caminante detenerse y sentarse a la sombra    de un árbol, algo como penetrar en un oasis    de paz; pero la vida es estúpida, sin emociones,    sin accidentes, al menos aquí, y creo que en todas    partes y el pensamiento se llena de terrores    como compensación a la esterilidad emocional    de la existencia.—Estás perdido—murmuró Iturrioz—. Ese intelectualismo    no te puede llevar a nada bueno.—Me llevará a saber, a conocer. ¿Hay placer    más glande que éste? La antigua filosofía nos    daba la magnífica fachada de un palacio; detrás    de aquella magnificencia no había salas espléndidas,    ni lugares de delicias, sino mazmorras obscuras.    Ese es el mérito sobresaliente de Kant; él    vió que todas las maravillas descritas por los    filósofos eran fantasías, espejismos; vió que las    galerías magníficas no llevaban a ninguna parte.—¡Vaya un mérito!—murmuró Iturrioz.—Enorme. Kant prueba que son indemostrables    los dos postulados más transcendentales de    las religiones y de los sistemas filosóficos: Dios    y la libertad. Y lo terrible es que prueba que son    indemostrables a pesar suyo.—¿Y qué?
—¡Y qué! Las consecuencias son terribles; ya    el universo no tiene comienzo en el tiempo ni límite    en el espacio; todo está sometido al encadenamiento    de causas y efectos; ya no hay causa    primera; la idea de causa primera, como ha dicho    Schopenhauer, es la idea de un trozo de madera    hecho de hierro.—A mí esto no me asombra.—A mí sí. Me parece lo mismo que si viéramos    un gigante que marchara al parecer con un    fin y alguien descubriera que no tenía ojos. Después    de Kant, el mundo es ciego; ya no puede    haber ni libertad, ni justicia, sino fuerzas que    obran por un principio de causalidad en los dominios    del espacio y del tiempo. Y esto tan grave,    no es todo; hay además otra cosa que se desprende    por primera vez claramente de la filosofía    de Kant, y es que el mundo no tiene realidad; es    que ese espacio y ese tiempo y ese principio de    causalidad no existen fuera de nosotros tal como    nosotros los vemos, que pueden ser distintos,    que pueden no existir.—Bah. Eso es absurdo—murmuró Iturrioz—.    Ingenioso si se quiere, pero nada más.—No; no sólo es absurdo, sino que es práctico.    Antes para mí era una gran pena considerar    el infinito del espacio; creer el mundo inacabable    me producía una gran impresión; pensar que al    día siguiente de mi muerte el espacio y el tiempo    seguirían existiendo me entristecía, y eso que        consideraba que mi vida no es una cosa envidiable;    pero cuando llegué a comprender que la idea    del espacio y del tiempo son necesidades de    nuestro espíritu, pero que no tienen realidad;    cuando me convencí por Kant que el espacio y el    tiempo no significan nada; por lo menos que la    idea que tenemos de ellos puede no existir fuera    de nosotros, me tranquilicé. Para mí es un consuelo    pensar que así como nuestra retina produce    los colores, nuestro cerebro produce las ideas    de tiempo, de espacio y de causalidad. Acabado    nuestro cerebro, se acabó el mundo. Ya no sigue    el tiempo, ya no sigue el espacio, ya no hay encadenamiento    de causas. Se acabó la comedia,    pero definitivamente. Podemos suponer que un    tiempo y un espacio sigan para los demás. ¿Pero    eso qué importa si no es el nuestro que es el    único real?—Bah. ¡Fantasías! ¡Fantasías!—dijo Iturrioz.
II    REALIDAD DE LAS COSAS
No, no, realidades—replicó Andrés—. ¿Qué    duda cabe que el mundo que conocemos es    el resultado del reflejo de la parte de cosmos del    horizonte sensible en nuestro cerebro? Este reflejo    unido, contrastado, con las imágenes reflejadas    en los cerebros de los demás hombres que    han vivido y que viven, es nuestro conocimiento    del mundo, es nuestro mundo. ¿Es así, en realidad,    fuera de nosotros? No lo sabemos, no lo podemos    saber jamás.—No veo claro. Todo eso me parece poesía.—No; poesía no. Usted juzga por las sensaciones    que le dan los sentidos. ¿No es verdad?—Cierto.—Y esas sensaciones e imágenes las ha ido    usted valorizando desde niño con las sensaciones    e imágenes de los demás. Pero ¿tiene usted la    seguridad de que ese mundo exterior es tal como    usted lo ve? ¿Tiene usted la seguridad ni siquiera    de que existe?—Sí.
—La seguridad práctica, claro; pero nada más.—Esa basta.—No, no basta. Basta para un hombre sin deseo    de saber; si no ¿para qué se inventarían teorías    acerca del calor o acerca de la luz? Se diría:    hay objetos calientes y fríos, hay color verde o    azul; no necesitamos saber lo que son.—No estaría mal que procediéramos así. Si no,    la duda lo arrasa, lo destruye todo.—Claro que lo destruye todo.—Las matemáticas mismas quedan sin base.—Claro. Las proposiciones matemáticas y lógicas    son únicamente las leyes de la inteligencia    humana; pueden ser también las leyes de la    Naturaleza exterior a nosotros, pero no lo podemos    afirmar. La inteligencia lleva como necesidades    inherentes a ella, las nociones de causa,    de espacio y de tiempo, como un cuerpo lleva tres dimensiones. Estas nociones de causa, de    espacio y de tiempo son inseparables de la inteligencia,    y cuando ésta afirma sus verdades y    sus axiomas  a priori, no hace más que señalar    su propio mecanismo.—¿De manera que no hay verdad?—Sí; el acuerdo de todas las inteligencias en    una misma cosa, es lo que llamamos verdad.    Fuera de los axiomas lógicos y matemáticos, en    los cuales no se puede suponer que no haya    unanimidad, en lo demás todas las verdades tienen    como condición el ser unánimes.
—¿Entonces son verdades porque son unánimes?—preguntó    Iturrioz.—No, son unánimes, porque son verdades.—Me es igual.—No, no. Si usted me dice: la gravedad es    verdad porque es una idea unánime, yo le diré    no; la gravedad es unánime porque es verdad.    Hay alguna diferencia. Para mí, dentro de lo relativo    de todo, la gravedad es una verdad absoluta.—Para mí no; puede ser una verdad relativa.—No estoy conforme—dijo Andrés—. Sabemos que nuestro conocimiento es una relación    imperfecta entre las cosas exteriores y nuestro    yo; pero como esa relación es constante, en su tanto de imperfección, no le quita ningún valor a la relación entre una cosa y otra. Por ejemplo, respecto al termómetro centígrado: usted me podrádecir que dividir en cien grados la diferencia    de temperatura que hay entre el agua helada y el agua en ebullición es una arbitrariedad,    cierto; pero si en esta azotea hay veinte grados    y en la cueva quince, esa relación es una cosa    exacta.—Bueno. Está bien. Quiere decir que tú aceptas    la posibilidad de la mentira inicial. Déjame suponer la mentira en toda la escala de conocimientos.    Quiero suponer que la gravedad es una    costumbre, que mañana un hecho cualquiera la    desmentirá. ¿Quién me lo va impedir?
—Nadie; pero usted, de buena fe, no puede    aceptar esa posibilidad. El encadenamiento de    causas y efectos es la ciencia. Si ese encadenamiento    no existiera, ya no habría asidero ninguno;    todo podría ser verdad.—Entonces vuestra ciencia se basa en la utilidad.—No; se basa en la razón y en la experiencia.—No, porque no podéis llevar la razón hasta    las últimas consecuencias.—Ya se sabe que no, que hay claros. La ciencia    nos da la descripción de una falange de este    mamuth, que se llama universo; la filosofía nos    quiere dar la hipótesis racional de cómo puede    ser este mamuth. ¿Que ni los datos empíricos, ni    los datos racionales son todos absolutos? ¡Quién    lo duda! La ciencia valora los datos de la observación;    relaciona las diversas ciencias particulares,    que son como islas exploradas en el océano    de lo desconocido, levanta puentes de paso entre    unas y otras, de manera que en su conjunto    tengan cierta unidad. Claro que estos puentes    no pueden ser más que hipótesis, teorías, aproximaciones    a la verdad.—Los puentes son hipótesis y las islas lo son    también.—No, no estoy conforme. La ciencia es la única    construcción fuerte de la Humanidad. Contra    ese bloque científico del determinismo, afirmado    ya por los griegos, ¿cuántas olas no han roto?        Religiones, morales, utopías; hoy todas esas pequeñas    supercherías del pragmatismo y de las    ideas-fuerzas..., y, sin embargo, el bloque continúa    inconmovible, y la ciencia, no sólo arrolla    estos obstáculos, sino que los aprovecha para    perfeccionarse.—Sí—contestó Iturrioz—; la ciencia arrolla    esos obstáculos y arrolla también al hombre.—Eso, en parte, es verdad—murmuró Andrés    paseando por la azotea.
III    EL ÁRBOL DE LA CIENCIA Y EL ÁRBOL DE LA VIDA
Ya la ciencia para vosotros—dijo Iturrioz—no    es una institución con un fin humano, ya    es algo más; la habéis convertido en ídolo.—Hay la esperanza de que la verdad, aun la    que hoy es inútil, pueda ser útil mañana—replicó    Andrés.—¡Bah! ¡Utopía! ¿Tú crees que vamos a aprovechar    las verdades astronómicas alguna vez?—¿Alguna vez? Las hemos aprovechado ya.—¿En qué?—En el concepto del mundo.—Está bien; pero yo hablaba de un aprovechamiento    práctico, inmediato. Yo, en el fondo,    estoy convencido de que, la verdad en bloque,    es mala para la vida. Esa anomalía de la naturaleza    que se llama la vida necesita estar basada    en el capricho, quizá en la mentira.—En eso estoy conforme—dijo Andrés—. La    voluntad, el deseo de vivir es tan fuerte en el    animal como en el hombre. En el hombre es mayor    la comprensión. A más comprender, corresponde        menos desear. Esto es lógico, y además    se comprueba en la realidad. La apetencia por    conocer se despierta en los individuos que aparecen    al final de una evolución, cuando el instinto    de vivir languidece. El hombre, cuya necesidad    es conocer, es como la mariposa que rompe    la crisálida para morir. El individuo sano, vivo,    fuerte, no ve las cosas como son; porque no le    conviene. Está dentro de una alucinación. Don    Quijote, a quien Cervantes quiso dar un sentido    negativo, es un símbolo de la afirmación de la    vida. Don Quijote vive más que todas las personas    cuerdas que le rodean, vive más y con más    intensidad que los otros. El individuo o el pueblo    que quiere vivir se envuelve en nubes como    los antiguos dioses cuando se aparecían a los    mortales. El instinto vital necesita de la ficción    para afirmarse. La ciencia entonces, el instinto    de crítica, el instinto de averiguación, debe encontrar    una verdad: la cantidad de mentira que    es necesaria para la vida. ¿Se ríe usted?—Sí, me río, porque eso que tú expones con    palabras del día, está dicho nada menos que en    la Biblia.—¡Bah!—Sí, en el Génesis. Tú habrás leído que en el    centro del paraíso había dos árboles, el árbol de    la vida y el árbol de la ciencia del bien y del    mal. El árbol de la vida era inmenso, frondoso,    y, según algunos santos padres, daba la inmortalidad.        El árbol de la ciencia no se dice cómo    era; probablemente sería mezquino y triste. ¿Y    tú sabes lo que le dijo Dios a Adán?—No recuerdo; la verdad.—Pues al tenerle a Adán delante, le dijo: Puedes    comer todos los frutos del jardín; pero cuidado    con el fruto del árbol de la ciencia del bien    y del mal, porque el día que tú comas su fruto    morirás de muerte. Y Dios, seguramente, añadió:    Comed del árbol de la vida, sed bestias, sed cerdos,    sed egoístas, revolcaos por el suelo alegremente;    pero no comáis del árbol de la ciencia,    porque ese fruto agrio os dará una tendencia a    mejorar que os destruirá. ¿No es un consejo admirable?—Sí, es un consejo digno de un accionista del    Banco—repuso Andrés.—¡Cómo se ve el sentido práctico de esa granujería    semítica!—dijo Iturrioz—. ¡Cómo olfatearon    esos buenos judíos, con sus narices corvas,    que el estado de conciencia podía comprometer    la vida!—¡Claro, eran optimistas; griegos y semitas    tenían el instinto fuerte de vivir, inventaban dioses    para ellos, un paraíso exclusivamente suyo.    Yo creo que en el fondo no comprendían nada    de la naturaleza.—No les convenía.—Seguramente no les convenía. En cambio,        los turanios y los arios del Norte, intentaron ver    la naturaleza tal como es.—Y, ¿a pesar de eso, nadie les hizo caso y se    dejaron domesticar por los semitas del Sur?—¡Ah, claro! El semitismo, con sus tres impostores,    ha dominado al mundo, ha tenido la    oportunidad y la fuerza; en una época de guerras    dió a los hombres un dios de las batallas, a    las mujeres y a los débiles un motivo de lamentos,    de quejas y de sensiblería. Hoy, después    de siglos de dominación semítica, el mundo    vuelve a la cordura, y la verdad aparece como    una aurora pálida tras de los terrores de la    noche.—Yo no creo en esa cordura—dijo Iturrioz—ni    creo en la ruina del semitismo. El semitismo    judío, cristiano o musulmán, seguirá siendo el    amo del mundo, tomará avatares extraordinarios.    ¿Hay nada más interesante que la Inquisición,    de índole tan semítica, dedicada a limpiar    de judíos y moros al mundo? ¿Hay caso    más curioso que el de Torquemada, de origen    judío?—Sí, eso define el carácter semítico, la confianza,    el optimismo, el oportunismo... Todo eso    tiene que desaparecer. La mentalidad científica    de los hombres del Norte de Europa lo barrerá.—Pero, ¿dónde están esos hombres? ¿Dónde    están esos precursores?—En la ciencia, en la filosofía, en Kant sobre        todo. Kant ha sido el gran destructor de la mentira    greco-semítica. El se encontró con esos dos    árboles bíblicos de que usted hablaba antes y fué    apartando las ramas del árbol de la vida que    ahogaban al árbol de la ciencia. Tras él no queda,    en el mundo de las ideas, más que un camino    estrecho y penoso: la ciencia. Detrás de él,    sin tener quizá su fuerza y su grandeza, viene    otro destructor, otro oso del Norte, Schopenhauer,    que no quiso dejar en pie los subterfugios que    el maestro sostuvo amorosamente por falta de    valor. Kant pide por misericordia que esa gruesa    rama del árbol de la vida, que se llama libertad,    responsabilidad, derecho, descanse junto a las    ramas del árbol de la ciencia para dar perspectivas    a la mirada del hombre. Schopenhauer, más    austero, más probo en su pensamiento, aparta    esa rama, y la vida aparece como una cosa obscura    y ciega, potente y jugosa sin justicia, sin    bondad, sin fin; una corriente llevada por una    fuerza X, que él llama voluntad y que, de cuando    en cuando, en medio de la materia organizada,    produce un fenómeno secundario, una fosforescencia    cerebral, un reflejo, que es la inteligencia.    Ya se ve claro en estos dos principios: vida y    verdad, voluntad e inteligencia.—Ya debe haber filósofos y biófilos—dijo    Iturrioz.—¿Por qué no? Filósofos y biófilos. En estas    circunstancias el instinto vital, todo actividad y        confianza, se siente herido y tiene que reaccionar    y reacciona. Los unos, la mayoría literatos, ponen    su optimismo en la vida, en la brutalidad de los    instintos y cantan la vida cruel, canalla, infame,    la vida sin finalidad, sin objeto, sin principios y    sin moral, como una pantera en medio de una    selva. Los otros ponen el optimismo en la misma    ciencia. Contra la tendencia agnóstica de un Du    Boie-Reymond que afirmó que jamás el entendimiento    del hombre llegaría a conocer la mecánica    del universo, están las tendencias de Berthelot,    de Metchnikoff, de Ramón y Cajal en España,    que supone que se puede llegar a averiguar el fin    del hombre en la Tierra. Hay, por último, los que    quieren volver a las ideas viejas y a los viejos    mitos, porque son útiles para la vida. Estos son    profesores de retórica, de esos que tienen la sublime    misión de contarnos cómo se estornudaba    en el siglo XVIII después de tomar rapé, los que    nos dicen que la ciencia fracasa, y que el materialismo,    el determinismo, el encadenamiento de    causa a efecto es una cosa grosera, y que el espiritualismo    es algo sublime y refinado. ¡Qué    risa! ¡Qué admirable lugar común para que los    obispos y los generales cobren su sueldo y los    comerciantes puedan vender impunemente bacalao    podrido! ¡Creer en el ídolo o en el fetiche    es símbolo de superioridad; creer en los átomos    como Demócrito o Epicuro, señal de estupidez!    Un aissaua de Marruecos que se rompe la cabeza        con un hacha y traga cristales en honor de la    divinidad, o un buen mandingo con su taparabos,    son seres refinados y cultos; en cambio el    hombre de ciencia que estudia la naturaleza es    un ser vulgar y grosero. ¡Qué admirable paradoja    para vestirse de galas retóricas y de sonidos    nasales en la boca de un académico francés! Hay    que reirse cuando dicen que la ciencia fracasa.    Tontería: lo que fracasa es la mentira; la ciencia    marcha adelante, arrollándolo todo.—Sí, estamos conformes, lo hemos dicho antes    arrollándolo todo. Desde un punto de vista    puramente científico, yo no puedo aceptar esa    teoría de la duplicidad de la función vital: inteligencia    a un lado, voluntad a otro, no.—Yo no digo inteligencia a un lado y voluntad    a otro—replicó Andrés—, sino predominio    de la inteligencia o predominio de la voluntad.    Una lombriz tiene voluntad e inteligencia, voluntad    de vivir tanta como el hombre, resiste a la    muerte como puede; el hombre tiene también    voluntad e inteligencia, pero en otras proporciones.—Lo que quiero decir es que no creo que la    voluntad sea sólo una máquina de desear y la    inteligencia una máquina de reflejar.—Lo que sea en sí, no lo sé; pero a nosotros    nos parece esto racionalmente. Si todo reflejo tuviera    para nosotros un fin, podríamos sospechar    que la inteligencia no es sólo un aparato reflector,        una luna indiferente para cuanto se coloca    en su horizonte sensible; pero la conciencia refleja    lo que puede aprehender sin interés, automáticamente    y produce imágenes. Estas imágenes, desprovistas    de lo contingente, dejan un símbolo,    un esquema, que debe ser la idea.—No creo en esa indiferencia automática que    tú atribuyes a la inteligencia. No somos un intelecto    puro, ni una máquina de desear, somos    hombres que al mismo tiempo piensan, trabajan,    desean, ejecutan... Yo creo que hay ideas que    son fuerzas.—Yo, no. La fuerza está en otra cosa. La misma    idea que impulsa a un anarquista romántico    a escribir unos versos ridículos y humanitarios,    es la que hace a un dinamitero poner una bomba.    La misma ilusión imperialista tiene Bonaparte,    que Lebaudy, el emperador del Sahara. Lo    que les diferencia es algo orgánico.—¡Qué confusión! En qué laberinto nos vamos    metiendo—murmuró Iturrioz.—Sintetice usted nuestra discusión y nuestros    distintos puntos de vista.—En parte, estamos conformes. Tú quieres,    partiendo de la relatividad de todo, darle un valor    absoluto a las relaciones entre las cosas.—Claro, lo que decía antes; el metro en sí,    medida arbitraria; los 360 grados de un círculo,    medida también arbitraria; las relaciones obtenidas    con el metro o con el arco, exactas.
—No, ¡si estamos conformes! Sería imposible    que no lo estuviéramos en todo lo que se refiere    a la matemática y a la lógica; pero cuando nos    vamos alejando de estos conocimientos simples    y entramos en el dominio de la vida, nos encontramos    dentro de un laberinto, en medio de la    mayor confusión y desorden. En este baile de    máscaras, en donde bailan millones de figuras    abigarradas, tú me dices: Acerquémonos a la    verdad. ¿Dónde está la verdad? ¿Quién es ese enmascarado    que pasa por delante de nosotros?    ¿Qué esconde debajo de su capa gris? ¿Es un rey    o un mendigo? ¿Es un joven admirablemente formado    o un viejo enclenque y lleno de úlceras?    La verdad es una brújula loca que no funciona    en este caos de cosas desconocidas.—Cierto, fuera de la verdad matemática y de    la verdad empírica que se va adquiriendo lentamente,    la ciencia no dice mucho. Hay que tener    la probidad de reconocerlo..., y esperar.—¿Y, mientras tanto, abstenerse de vivir, de    afirmar? Mientras tanto no vamos a saber si la    República es mejor que la Monarquía, si el Protestantismo    es mejor o peor que el Catolicismo,    si la propiedad individual es buena o mala; mientras    la Ciencia no llegue hasta ahí, silencio.—¿Y qué remedio queda para el hombre inteligente?—Hombre, sí. Tú reconoces que fuera del dominio    de las matemáticas y de las ciencias empíricas        existe, hoy por hoy, un campo enorme    adonde todavía no llegan las indicaciones de la    ciencia. ¿No es eso?—Sí.—¿Y por qué en ese campo no tomar como    norma la utilidad?—Lo encuentro peligroso—dijo Andrés—.    Esta idea de la utilidad, que al principio parece    sencilla, inofensiva, puede llegar a legitimar las    mayores enormidades, a entronizar todos los prejuicios.—Cierto, también, tomando como norma la    verdad, se puede ir al fanatismo más bárbaro.    La verdad puede ser un arma de combate.—Sí, falseándola, haciendo que no lo sea. No    hay fanatismo en matemáticas, ni en ciencias    naturales. ¿Quién puede vanagloriarse de defender    la verdad en política o en moral? El que así    se vanagloria, es tan fanático como el que defiende    cualquier otro sistema político o religioso.    La ciencia no tiene nada que ver con eso; ni es    cristiana, ni es atea, ni revolucionaria, ni reaccionaria.—Pero ese agnosticismo, para todas las cosas    que no se conocen científicamente, es absurdo    porque es antibiológico. Hay que vivir. Tú sabes    que los fisiólogos han demostrado que, en el uso    de nuestros sentidos, tendemos a percibir, no de    la manera más exacta, sino de la manera más    económica, más ventajosa, más útil. ¿Qué mejor        norma de la vida que su utilidad, su engrandecimiento?—No, no; eso llevaría a los mayores absurdos    en la teoría y en la práctica. Tendríamos que ir    aceptando ficciones lógicas: el libre albedrío, la    responsabilidad, el mérito; acabaríamos aceptándolo    todo, las mayores extravagancias de las religiones.—No, no aceptaríamos más que lo útil.—Pero para lo útil no hay comprobación como    para lo verdadero—replicó Andrés—. La fe religiosa    para un católico, además de ser verdad,    es útil; para un irreligioso puede ser falsa y    útil, y para otro irreligioso puede ser falsa e    inútil.—Bien, pero habrá un punto en que estemos    todos de acuerdo, por ejemplo, en la utilidad de    la fe para una acción dada. La fe, dentro de lo    natural, es indudable que tiene una gran fuerza.    Si yo me creo capaz de dar un salto de un metro,    lo daré; si me creo capaz de dar un salto de    dos o tres metros, quizá lo dé también.—Pero si se cree usted capaz de dar un salto    de cincuenta metros, no lo dará usted por mucha    fe que tenga.—Claro que no; pero eso no importa para que la fe sirva en el radio de acción de lo posible.    Luego la fe es útil, biológica; luego hay que conservarla.—No, no. Eso que usted llama fe no es más  que la conciencia de nuestra fuerza. Esa existe siempre, se quiera o no se quiera. La otra fe conviene    destruirla, dejarla es un peligro; tras de    esa puerta que abre hacia lo arbitrario una filosofía basada en la utilidad, en la comodidad o en la eficacia, entran todas las locuras humanas.—En cambio, cerrando esa puerta y no dejando más norma que la verdad, la vida languidece,    se hace pálida, anémica, triste. Yo no sé quién decía la legalidad nos mata; como él podemos decir: La razón y la ciencia nos apabullan. La sabiduría del judío se comprende cada vez más que se insiste en este punto: a un lado el árbol de la ciencia, al otro el árbol de la vida.—Habrá que creer que el árbol de la ciencia es como el clásico manzanillo, que mata a quien    se acoge a su sombra—dijo Andrés burlonamente.—Sí, ríete.—No, no me río.
IV    DISOCIACIÓN
No sé, no sé—murmuró Iturrioz—. Creo que    vuestro intelectualismo no os llevará a    nada. ¿Comprender? ¿Explicarse las cosas? ¿Para    qué? Se puede ser un gran artista; un gran poeta, se puede ser hasta un matemático y un científico y no comprender en el fondo nada. El intelectualismo    es estéril. La misma Alemania,    que ha tenido el cetro del intelectualismo, hoy    parece que lo repudia. En la Alemania actual    casi no hay filósofos, todo el mundo está ávido    de vida práctica. El intelectualismo, el criticismo, el anarquismo, van en baja.—¿Y qué? ¡Tantas veces han ido de baja y han    vuelto a renacer!—contestó Andrés.—¿Pero se puede esperar algo de esa destrucción sistemática y vengativa?—No es sistemática ni vengativa. Es destruir    lo que no se afirme de por sí; es llevar el análisis a todo; es ir disociando las ideas tradicionales para ver qué nuevos aspectos toman; qué componentes tienen. Por la desintegración electrolítica  de los átomos van apareciendo estos iones    y electrones mal conocidos. Usted sabe también    que algunos histólogos han creído encontrar en el protoplasma de las células, granos que consideran como unidades orgánicas elementales,    y que han llamado bioblastos. ¿Por qué lo    que están haciendo en física en este momento    los Roentgen y los Becquerel, y en biología los    Haeckel y los Hertwig, no se ha de hacer en filosofía    y en moral? Claro que en las afirmaciones    de la química y de la histología no está basada    una política, ni una moral, y si mañana se encontrara    el medio de descomponer y de transmutar los cuerpos simples, no habría ningún    papa de la ciencia clásica que excomulgara a los    investigadores.—Contra tu disociación en el terreno moral,    no sería un papa el que protestara, sería el instinto    conservador de la sociedad.—Ese instinto ha protestado siempre contra    todo lo nuevo y seguirá protestando; ¿eso qué    importa? La disociación analítica será una obra    de saneamiento, una desinfección de la vida.—Una desinfección que puede matar al enfermo.—No, no hay cuidado. El instinto de conservación    del cuerpo social es bastante fuerte para rechazar    todo lo que no puede digerir. Por muchos    gérmenes que se siembren, la descomposición de    la sociedad será biológica.
—¿Y para qué descomponer la sociedad? ¿Es    que se va a construir un mundo nuevo mejor    que el actual?—Sí, yo creo que sí.—Yo lo dudo. Lo que hace a la sociedad malvada    es el egoísmo del hombre, y el egoísmo es    un hecho natural, es una necesidad de la vida.    ¿Es que supones que el hombre de hoy es menos    egoísta y cruel que el de ayer? Pues te engañas.    ¡Si nos dejaran!; el cazador que persigue zorras    y conejos cazaría hombres si pudiera. Así como    se sujeta a los patos y se les alimenta para que    se les hipertrofie el hígado, tendríamos a las mujeres    en adobo para que estuvieran más suaves.    Nosotros civilizados hacemos jockeys como los    antiguos monstruos, y si fuera posible les quitaríamos    el cerebro a los cargadores para que tuvieran    más fuerza, como antes la Santa Madre    Iglesia quitaba los testículos a los cantores de la    Capilla Sixtina para que cantasen mejor. ¿Es que    tú crees que el egoísmo va a desaparecer? Desaparecería    la Humanidad. ¿Es que supones, como    algunos sociólogos ingleses y los anarquistas,    que se identificará el amor de uno mismo con el    amor de los demás?—No; yo supongo que hay formas de agrupación    social unas mejores que otras, y que se deben    ir dejando las malas y tomando las buenas.—Esto me parece muy vago. A una colectividad    no se le moverá jamás diciéndole: Puede        haber una forma social mejor. Es como si a una    mujer se le dijera: Si nos unimos, quizás vivamos    de una manera soportable. No, a la mujer y    a la colectividad hay que prometerles el paraíso;    esto demuestra la ineficacia de tu idea analítica    y disociadora. Los semitas inventaron un paraíso    materialista (en el mal sentido) en el principio    del hombre; el cristianismo, otra forma de semitismo,    colocó el paraíso al final y fuera de la vida    del hombre y los anarquistas, que no son más    que unos neo-cristianos, es decir, neo-semitas,    ponen su paraíso en la vida y en la tierra. En    todas partes y en todas épocas los conductores    de hombres son prometedores de paraísos.—Sí, quizá; pero alguna vez tenemos que dejar    de ser niños, alguna vez tenemos que mirar    a nuestro alrededor con serenidad. ¡Cuántos terrores    no nos han quitado de encima el análisis!    Ya no hay monstruos en el seno de la noche, ya    nadie nos acecha. Con nuestras fuerzas vamos    siendo dueños del mundo.
V    LA COMPAÑÍA DEL HOMBRE
Sí, nos ha quitado terrores—exclamó Iturrioz—;    pero nos ha quitado también vida. ¡Sí, es la    claridad la que hace la vida actual completamente    vulgar! Suprimir los problemas es muy cómodo;    pero luego no queda nada. Hoy, un chico    lee una novela del año 30, y las desesperaciones    de Larra y de Espronceda y se ríe; tiene la evidencia    de que no hay misterios. La vida se ha    hecho clara; el valor del dinero aumenta; el burguesismo    crece con la democracia. Ya es imposible    encontrar rincones poéticos al final de un    pasadizo tortuoso; ya no hay sorpresas.—Usted es un romántico.—Y tú también. Pero yo soy un romántico    práctico. Yo creo que hay que afirmar el conjunto    de mentiras y verdades que son de uno hasta    convertirlo en una cosa viva. Creo que hay que    vivir con las locuras que uno tenga, cuidándolas    y hasta aprovechándose de ellas.—Eso me parece lo mismo que si un diabético    aprovechara el azúcar de su cuerpo para endulzar    su taza de café.
—Caricaturizas mi idea, pero no importa.—El otro día leí en un libro—añadió Andrés    burlonamente—que un viajero cuenta que en un    remoto país los naturales le aseguraron que ellos    no eran hombres, sino loros de cola roja. ¿Usted    cree que hay que afirmar las ideas hasta que uno    se vea las plumas y la cola?—Sí; creyendo en algo más útil y grande que    ser un loro, creo que hay que afirmar con fuerza.    Para llegar a dar a los hombres una regla común,    una disciplina, una organización, se necesita una    fe, una ilusión, algo que aunque sea una mentira    salida de nosotros mismos parezca una verdad    llegada de fuera. Si yo me sintiera con energía,    ¿sabes lo que haría?—¿Qué?—Una milicia como la que inventó Loyola,    con un carácter puramente humano. La Compañía    del Hombre.—Aparece el vasco en usted.—Quizá.—¿Y con qué fin iba usted a fundar esa compañía?—Esta compañía tendría la misión de enseñar    el valor, la serenidad, el reposo; de arrancar toda    tendencia a la humildad, a la renunciación a la    tristeza, al engaño, a la rapacidad, al sentimentalismo...—La escuela de los hidalgos.—Eso es, la escuela de los hidalgos.
—De los hidalgos ibéricos, naturalmente. Nada    de semitismo.—Nada; un hidalgo limpio de semitismo; es    decir, de espíritu cristiano, me parecería un tipo    completo.—Cuando funde usted esa compañía, acuérdese    usted de mí. Escríbame usted al pueblo.—¿Pero de veras te piensas marchar?—Sí; si no encuentro nada aquí, me voy a    marchar.—¿Pronto?—Sí, muy pronto.—Ya me tendrás al corriente de tu experiencia.    Te encuentro mal armado para esa prueba.—Usted no ha fundado todavía su compañía...—Ah, sería utilísima. Ya lo creo.Cansados de hablar, se callaron. Comenzaba a    hacerse de noche.Las golondrinas trazaban círculos en el aire,    chillando. Venus había salido en el Poniente, de    color anaranjado, y poco después brillaba Júpiter    con su luz azulada. En las casas comenzaban a    iluminarse las ventanas. Filas de faroles iban    encendiéndose, formando dos líneas paralelas en    la carretera de Extremadura. De las plantas de la    azotea, de los tiestos de sándalo y de menta llegaban    ráfagas perfumadas...
QUINTA PARTE    La experiencia en el pueblo.I    DE VIAJE
Unos días después nombraban a Hurtado médico    titular de Alcolea del Campo.Era éste un pueblo del centro de España, colocado    en esa zona intermedia donde acaba Castilla    y comienza Andalucía. Era villa de importancia,    de ocho a diez mil habitantes; para llegar    a ella había que tomar la línea de Córdoba, detenerse    en una estación de la Mancha y seguir a    Alcolea en coche.En seguida de recibir el nombramiento, Andrés    hizo su equipaje y se dirigió a la estación del    Mediodía. La tarde era de verano, pesada, sofocante,    de aire seco y lleno de polvo.A pesar de que el viaje lo hacía de noche,    Andrés supuso que seria demasiado molesto ir    en tercera, y tomó un billete de primera clase.
Entró en el andén, se acercó a los vagones, y    en uno que tenía el cartel de no fumadores, se    dispuso a subir.Un hombrecito vestido de negro, afeitado,    con anteojos, le dijo con voz melosa y acento    americano:—Oiga, señor; este vagón es para los no fumadores.Andrés no hizo el menor caso de la advertencia,    y se acomodó en un rincón.Al poco rato se presentó otro viajero, un joven    alto, rubio, membrudo, con las guías de los bigotes    levantadas hasta los ojos.El hombre bajito, vestido de negro, le hizo la    misma advertencia de que allí no se fumaba.—Lo veo aquí—contestó el viajero algo molesto,    y subió al vagón.—Quedaron los tres en el interior del coche    sin hablarse; Andrés, mirando vagamente por la    ventanilla, y pensando en las sorpresas que le    reservaría el pueblo.El tren echó a andar.El hombrecito negro sacó una especie de túnica    amarillenta, se envolvió en ella, se puso un    pañuelo en la cabeza y se tendió a dormir. El    monótono golpeteo del tren acompañaba el soliloquio    interior de Andrés; se vieron a lo lejos varias    veces las luces de Madrid en medio del campo,    pasaron tres o cuatro estaciones desiertas, y    entró el revisor. Andrés sacó su billete, el joven        alto hizo lo mismo, y el hombrecito, después de    quitarse su balandrán, se registró los bolsillos y    mostró un billete y un papel.El revisor advirtió al viajero que llevaba un billete    de segunda.El hombrecito de negro, sin más ni más, se    encolerizó, y dijo que aquello era una grosería;    había avisado en la estación su deseo de cambiar    de clase; él era un extranjero, una persona acomodada,    con mucha plata, sí, señor, que había    viajado por toda Europa, y toda América, y sólo    en España, en un país sin civilización, sin cultura,    en donde no se tenía la menor atención al extranjero,    podían suceder cosas semejantes.El hombrecito insistió y acabó insultando a los    españoles. Ya estaba deseando dejar este país,    miserable y atrasado; afortunadamente, al día siguiente    estaría en Gibraltar, camino de América.El revisor no contestaba. Andrés miraba al    hombrecito que gritaba descompuesto, con aquel    acento meloso y repulsivo, cuando el joven rubio,    irguiéndose, le dijo con voz violenta:—No le permito hablar así de España. Si usted    es extranjero y no quiere vivir aquí, váyase usted    a su país pronto, y sin hablar, porque si no,    se expone usted a que le echen por la ventanilla,    y voy a ser yo; ahora mismo.—¡Pero, señor!—exclamó el extranjero—. Es    que quieren atropellarme...
—No es verdad. El que atropella es usted. Para    viajar se necesita educación, y viajando con españoles    no se habla mal de España.—Si yo amo a España y el carácter español—exclamó    el hombrecito—. Mi familia es toda española.    ¿Para qué he venido a España sino para    conocer a la madre patria?—No quiero explicaciones—. No necesito oirlas—contestó    el otro con voz seca, y se tendió en    el diván como para manifestar el poco aprecio    que sentía por su compañero de viaje.Andrés quedó asombrado; realmente aquel joven    había estado bien.El, con su intelectualismo, pensó qué clase de    tipo sería el hombre bajito, vestido de negro; el    otro había hecho una afirmación rotunda de    su país y de su raza. El hombrecito comenzó a    explicarse, hablando solo. Hurtado se hizo el dormido.Un poco después de media noche llegaron a    una estación plagada de gente; una compañía    de cómicos transbordaba, dejando la línea de    Valencia, de donde venían, para tomar la de Andalucía.    Las actrices, con un guardapolvo gris;    los actores, con sombreros de paja y gorritas, se    acercaban todos como gente que no se apresura,    que sabe viajar, que consideran el mundo como    suyo. Se acomodaron los cómicos en el tren y se    oyó gritar de vagón a vagón:—Eh, Fernández, ¿dónde está la botella?—¡Molina,        que la característica te llama!—¡A ver    ese traspunte que se ha perdido!Se tranquilizaron los cómicos, y el tren siguió    su marcha.Ya al amanecer, a la pálida claridad de la mañana,    se iban viendo tierras de viña y olivos en    hilera.Estaba cerca la estación donde tenía que bajar    Andrés. Se preparó, y al detenerse el tren    saltó al andén, desierto. Avanzó hacia la salida y    dió la vuelta a la estación. En frente, hacia el    pueblo, se veía una calle ancha, con unas casas    grandes, blancas y dos filas de luces eléctricas    mortecinas. La luna, en menguante, iluminaba el    cielo. Se sentía en el aire un olor como dulce a    paja seca.A un hombre que pasó hacia la estación le    dijo:—¿A qué hora sale el coche para Alcolea?—A las cinco. Del extremo de esta misma calle    suele salir.Andrés avanzó por la calle, pasó por delante    de la garita de consumos, iluminada, dejó la maleta    en el suelo y se sentó encima a esperar.
II    LLEGADA AL PUEBLO
Ya era entrada la mañana cuando la diligencia    partió para Alcolea. El día se preparaba    a ser ardoroso. El cielo estaba azul, sin una    nube; el sol brillante; la carretera marchaba recta,    cortando entre viñedos y alguno que otro olivar,    de olivos viejos y encorvados. El paso de la    diligencia levantaba nubes de polvo.En el coche no iba más que una vieja vestida    de negro, con un cesto al brazo.Andrés intentó conversar con ella, pero la vieja    era de pocas palabras o no tenía ganas de hablar    en aquel momento.En todo el camino el paísaje no variaba; la carretera    subía y bajaba por suaves lomas entre    idénticos viñedos. A las tres horas de marcha    apareció el pueblo en una hondonada. A Hurtado    le pareció grandísimo.El coche tomó por una calle ancha de casas    bajas, luego cruzó varias encrucijadas y se detuvo    en una plaza delante de un caserón blanco,    en uno de cuyos balcones se leía: Fonda de la    Palma.
—¿Usted parará aquí?—le preguntó el mozo.—Sí, aquí.Andrés bajó y entró en el portal. Por la cancela    se veía un patio, a estilo andaluz, con arcos    y columnas de piedra. Se abrió la reja y el dueño    salió a recibir al viajero. Andrés le dijo que probablemente    estaría bastante tiempo, y que le diera    un cuarto espacioso.—Aquí abajo le pondremos a usted—y le llevó    a una habitación bastante grande, con una    ventana a la calle.Andrés se lavó y salió de nuevo al patio. A la    una se comía. Se sentó en una de las mecedoras.    Un canario en su jaula, colgada del techo,    comenzó a gorjear de una manera estrepitosa.La soledad, la frescura, el canto del canario    hicieron a Andrés cerrar los ojos y dormir un    rato.Le despertó la voz del criado, que decía:—Puede usted pasar a almorzar.Entró en el comedor. Había en la mesa tres    viajantes de comercio. Uno de ellos era un catalán    que representaba fábricas de Sabadell; el    otro, un riojano que vendía tartratos para los vinos,    y el último, un andaluz que vivía en Madrid    y corría aparatos eléctricos.El catalán no era tan petulante como la generalidad    de sus paísanos del mismo oficio; el riojano    no se las echaba de franco ni de bruto, y el    andaluz no pretendía ser gracioso.
Estos tres mirlos blancos del comisionismo    eran muy anticlericales.La comida le sorprendió a Andrés, porque no    había más que caza y carne. Esto, unido al vino    muy alcohólico, tenía que producir una verdadera    incandescencia interior.Después de comer, Andrés y los tres viajantes    fueron a tomar café al casino. Hacía en la calle    un calor espantoso: el aire venía en ráfagas secas,    como salidas de un horno. No se podía    mirar a derecha y a izquierda; las casas, blancas    como la nieve, rebozadas de cal, reverberaban    esta luz vívida y cruel hasta dejarle a uno    ciego.Entraron en el casino. Los viajantes pidieron    café y jugaron al dominó. Un enjambre de moscas    revoloteaba en el aire. Terminada la partida    volvieron a la fonda a dormir la siesta.Al salir a la calle, la misma bofetada de calor    le sorprendió a Andrés; en la fonda los viajantes    se fueron a sus cuartos. Andrés hizo lo propio,    y se tendió en la cama aletargado. Por el resquicio    de las maderas entraba una claridad brillante    como una lámina de oro; de las vigas negras, con    los espacios entre una y otra pintados de azul,    colgaban telas de araña plateadas. En el patio    seguía cantando el canario con su gorjeo chillón,    y a cada paso se oían campanadas lentas y tristes...El mozo de la fonda le había advertido a Hurtado,        que si tenía que hablar con alguno del pueblo    no podrá verlo, por lo menos, hasta las seis.    Al dar esta hora, Andrés salió de casa y se fué a    visitar al secretario del Ayuntamiento y al otro    médico.El secretario era un tipo un poco petulante,    con el pelo negro rizado y los ojos vivos. Se    creía un hombre superior, colocado en un medio    bajo.El secretario brindó en seguida su protección    a Andrés.—Si quiere usted—le dijo—iremos ahora mismo    a ver a su compañero, el doctor Sánchez.—Muy bien, vamos.El doctor Sánchez vivía cerca, en una casa de    aspecto pobre. Era un hombre grueso, rubio, de    ojos azules, inexpresivos, con una cara de carnero,    de aire poco inteligente.El doctor Sánchez llevó la conversación a la    cuestión de la ganancia, y le dijo a Andrés que    no creyera que allí, en Alcolea, se sacaba mucho.Don Tomás, el médico aristócrata del pueblo,    se llevaba toda la clientela rica. Don Tomás Solana    era de allí; tenía una casa hermosa, aparatos    modernos, relaciones...—Aquí el titular no puede más que mal vivir—dijo    Sánchez.—¡Qué le vamos a hacer!—murmuró Andrés.    Probaremos.
El secretario, el médico y Andrés salieron de    la casa para dar una vuelta.Seguía aquel calor exasperante, aquel aire inflamado    y seco. Pasaron por la plaza, con su iglesia    llena de añadidos y composturas, y sus puestos    de cosas de hierro y esparto. Siguieron por    una calle ancha, de caserones blancos, con su    balcón central lleno de geranios, y su reja afiligranada,    con una cruz de Calatrava en lo alto.De los portales se veía el zaguán con un zócalo    azul y el suelo empedrado de piedrecitas, formando    dibujos. Algunas calles extraviadas, con    grandes paredones de color de tierra, puertas    enormes y ventanas pequeñas, parecían de un    pueblo moro. En uno de aquellos patios vió Andrés    muchos hombres y mujeres, de luto, rezando.—¿Qué es esto?—preguntó.—Aquí le llaman un rezo—dijo el secretario;    y explicó que era una costumbre que se tenía de    ir a las casas donde había muerto alguno a rezar    el rosario.Salieron del pueblo por una carretera llena de    polvo; las galeras de cuatro ruedas volvían del    campo cargadas con montones de gavillas.—Me gustaría ver el pueblo entero; no me formo    idea de su tamaño—dijo Andrés.—Pues subiremos aquí, a este cerrillo—indicó    el secretario.
—Yo les dejo a ustedes, porque tengo que hacer    una visita—dijo el médico.Se despidieron de él, y el secretario y Andrés    comenzaron a subir un cerro rojo, que tenía en    la cumbre una torre antigua, medio derruída.Hacía un calor horrible; todo el campo parecía    quemado, calcinado; el cielo plomizo, con reflejos    de cobre, iluminaba los polvorientos viñedos,    y el sol se ponía tras de un velo espeso de calina,    a través del cual quedaba convertido en un    disco blanquecino y sin brillo.Desde lo alto del cerro se veía la llanura cerrada    por lomas grises, tostada por el sol; en el    fondo, el pueblo inmenso se extendía con sus    paredes blancas, sus tejados de color de ceniza,    y su torre dorada en medio. Ni un boscaje, ni un    árbol, sólo viñedos y viñedos se divisaban en    toda la extensión abarcada por la vista; únicamente    dentro de las tapias de algunos corrales    una higuera extendía sus anchas y obscuras    hojas.Con aquella luz del anochecer, el pueblo parecía    no tener realidad; se hubiera creído que un    soplo de viento lo iba a arrastrar y a deshacer    como nube de polvo sobre la tierra enardecida    y seca.En el aire había un olor empireumático, dulce,    agradable.—Están quemando orujo en alguna alquitara—dijo    el secretario.
Bajaron el secretario y Andrés del cerrillo. El    viento levantaba ráfagas de polvo en la carretera;    las campanas comenzaban a tocar de nuevo.Andrés entró en la fonda a cenar, y salió por    la noche. Había refrescado; aquella impresión de    irrealidad del pueblo se acentuaba. A un lado y    a otro de las calles, languidecían las cansadas    lámparas de luz eléctrica.Salió la luna; la enorme ciudad, con sus fachadas    blancas, dormía en el silencio; en los balcones    centrales encima del portón, pintado de    azul, brillaban los geranios; las rejas, con sus    cruces, daban una impresión de romanticismo y    de misterio, de tapadas y escapatorias de convento;    por encima de alguna tapia, brillante de    blancura como un témpano de nieve, caía una    guirnalda de hiedra negra, y todo este pueblo,    grande, desierto, silencioso, bañado por la suave    claridad de la luna, parecía un inmenso sepulcro.
III    PRIMERAS DIFICULTADES
Andrés Hurtado habló largamente con el doctor    Sánchez, de las obligaciones del cargo.    Quedaron de acuerdo en dividir Alcolea en dos    secciones, separadas por la calle Ancha.Un mes, Hurtado visitaría la parte derecha, y    al siguiente la izquierda. Así conseguirían no tener    que recorrer los dos todo el pueblo.El doctor Sánchez recabó como condición indispensable,    el que si alguna familia de la sección    visitada por Andrés quería que la visitara él    o al contrario, se haría según los deseos del enfermo.Hurtado aceptó; ya sabía que no había de tener    nadie predilección por llamarle a él: pero no    le importaba.Comenzó a hacer la visita. Generalmente el    número de enfermos que le correspondían no    pasaba de seis o siete.Andrés hacía las visitas por la mañana; después,    en general, por la tarde no tenía necesidad    de salir de casa.
El primer verano lo pasó en la fonda; llevaba    una vida soñolienta; oía a los viajantes de comercio    que en la mesa discurseaban y alguna que    otra vez iba al teatro, una barraca construída en    un patio.La visita, por lo general, le daba pocos quebraderos    de cabeza; sin saber por qué, había supuesto    los primeros días que tendría continuos disgustos;    creía que aquella gente manchega sería    agresiva, violenta, orgullosa; pero no, la mayoría    eran sencillos, afables, sin petulancia.En la fonda, al principio se encontraba bien;    pero se cansó pronto de estar allí. Las conversaciones    de los viajantes le iban fastidiando; la comida,    siempre de carne y sazonada con especias    picantes, le producía digestiones pesadas.—¿Pero no hay legumbres aquí?—le preguntó    al mozo un día.—Sí.—Pues yo quisiera comer legumbres: judías,    lentejas.El mozo se quedó estupefacto, y a los pocos    días le dijo que no podía ser; había que hacer    una comida especial; los demás huéspedes no    querían comer legumbres; el amo de la fonda    suponía que era una verdadera deshonra para su    establecimiento poner un plato de habichuelas o    de lentejas.El pescado no se podía llevar en el rigor del    verano, porque no venía en buenas condiciones.        El único pescado fresco eran las ranas, cosa un    poco cómica como alimento.Otra de las dificultades era bañarse: no había    modo. El agua en Alcolea era un lujo y un lujo    caro. La traían en carros desde una distancia de    cuatro leguas, y cada cántaro valía diez céntimos.    Los pozos estaban muy profundos; sacar el    agua suficiente de ellos para tomar un baño,    constituía un gran trabajo; se necesitaba emplear    una hora lo menos. Con aquel régimen de carne    y con el calor, Andrés estaba constantemente    excitado.Por las noches iba a pasear solo por las calles    desiertas. A primera hora, en las puertas de las    casas, algunos grupos de mujeres y chicos salían    a respirar. Muchas veces, Andrés se sentaba en    la calle Ancha en el escalón de una puerta y miraba    las dos filas de luces eléctricas que brillaban    en la atmósfera turbia. ¡Qué tristeza! ¡Qué    malestar físico le producía aquel ambiente!A principios de septiembre, Andrés decidió    dejar la fonda. Sánchez le buscó una casa. A    Sánchez no le convenía que el médico rival suyo    se hospedara en la mejor fonda del pueblo; allí    estaba en relación con los viajeros, en sitio muy    céntrico; podía quitarle visitas. Sánchez le llevó    a Andrés a una casa de las afueras, a un barrio    que llamaban del Marrubial.Era una casa de labor, grande, antigua, blanca,        con el frontón pintado de azul y una galería    tapiada en el primer piso.Tenía sobre el portal un ancho balcón y una    reja labrada a una callejuela.El amo de la casa era del mismo pueblo que    Sánchez, y se llamaba José; pero le decían en    burla en todo el pueblo, Pepinito. Fueron Andrés    y Sánchez a ver la casa, y el ama les enseñó un    cuarto pequeño, estrecho, muy adornado, con    una alcoba en el fondo oculta por una cortina    roja.—Yo quisiera—dijo Andrés—un cuarto en el    piso bajo y a poder ser, grande.—En el piso bajo no tengo—dijo ella—más    que un cuarto grande, pero sin arreglar.—Si pudiera usted enseñarlo.—Bueno.La mujer abrió una sala antigua y sin muebles    con una reja afiligranada a la callejuela que se    llamaba de los Carretones.—¿Y este cuarto está libre?—Sí.—Ah, pues aquí me quedo—dijo Andrés.—Bueno, como usted quiera; se blanqueará,    se barrerá y se traerá la cama.Sánchez se fué y Andrés habló con su nueva    patrona.—¿Usted no tendrá una tinaja inservible?—le    preguntó.—¿Para qué?
—Para bañarme.—En el corralillo hay una.—Vamos a verla.La casa tenía en la parte de atrás una tapia de    adobes cubierta con bardales de ramas que limitaba    varios patios y corrales además del establo,    la tejavana para el carro, la sarmentera, el lagar,    la bodega y la almazara.En un cuartucho que había servido de tahona    y que daba a un corralillo, había una tinaja    grande cortada por la mitad y hundida en el    suelo.—¿Esta tinaja me la podrá usted ceder a mí?—preguntó    Andrés.—Sí, señor; ¿por qué no?—Ahora quisiera que me indicara usted algún    mozo que se encargara de llenar todos los días la    tinaja; yo le pagaré lo que me diga.—Bueno. El mozo de casa lo hará. ¿Y de comer?    ¿Qué quiere usted de comer? ¿Lo que comemos    en casa?—Sí, lo mismo.—¿No quiere usted alguna cosa más? ¿Aves?    ¿Fiambres?—No, no. En tal caso, si a usted no le molesta,    quisiera que en las dos comidas pusiera un    plato de legumbres.Con estas advertencias, la nueva patrona creyó    que su huésped, si no estaba loco, no le faltaba    mucho.
La vida en la casa le pareció a Andrés más    simpática que en la fonda.Por las tardes, después de las horas de bochorno,    se sentaba en el patio a hablar con la    gente de casa. La patrona era una mujer morena,    de tez blanca, de cara casi perfecta; tenía un    tipo de Dolorosa; ojos negrísimos y pelo brillante    como el azabache.El marido, Pepinito, era un hombre estúpido,    con facha de degenerado, cara juanetuda, las    orejas muy separadas de la cabeza y el labio    colgante. Consuelo, la hija de doce o trece años,    no era tan desagradable como su padre ni tan    bonita como su madre.Con un primer detalle adjudicó Andrés sus    simpatías y antipatías en la casa.Una tarde de domingo, la criada cogió una    cría de gorrión en el tejado y la bajó al patio.—Mira, llévalo al pobrecito al corral—dijo el    ama—, que se vaya.—No puede volar—contestó la criada, y lo    dejó en el suelo.En esto entró Pepinito, y al ver al gorrión se    acercó a una puerta y llamó al gato. El gato, un    gato negro con los ojos dorados, se asomó al    patio. Pepinito entonces, asustó al pájaro con el    pie, y al verlo revolotear, el gato se abalanzó    sobre él y le hizo arrancar un quejido. Luego se    escapó con los ojos brillantes y el gorrión en la    boca.
—No me gusta ver esto—dijo el ama.Pepinito, el patrón, se echó a reir con un gesto    de pedantería y de superioridad del hombre    que se encuentra por encima de todo sentimentalismo.
IV    LA HOSTILIDAD MÉDICA
Don Juan Sánchez había llegado a Alcolea    hacía más de treinta años de maestro cirujano;    después, pasando unos exámenes, se llegó    a licenciar. Durante bastantes años estuvo, con    relación al médico antiguo, en una situación de    inferioridad, y cuando el otro murió, el hombre    comenzó a crecerse y a pensar que ya que él    tuvo que sufrir las chinchorrerías del médico    anterior, era lógico que el que viniera sufriera las    suyas.Don Juan era un manchego apático y triste,    muy serio, muy grave, muy aficionado a los toros.    No perdía ninguna de las corridas importantes    de la provincia, y llegaba a ir hasta las    fiestas de los pueblos de la Mancha baja y de    Andalucía.Esta afición bastó a Andrés para considerarle    como un bruto.El primer rozamiento que tuvieron Hurtado y    él fué por haber ido Sánchez a una corrida de    Baeza.
Una noche llamaron a Andrés del molino de    la Estrella, un molino de harina que se hallaba    a un cuarto de hora del pueblo. Fueron a buscarle    en un cochecito. La hija del molinero estaba    enferma; tenía el vientre hinchado, y esta hinchazón    del vientre se había complicado con una    retención de orina.A la enferma la visitaba Sánchez; pero aquel    día, al llamarle por la mañana temprano, dijeron    en casa del médico que no estaba; se había ido    a los toros de Baeza. Don Tomás tampoco se encontraba    en el pueblo.El cochero fué explicando a Andrés lo ocurrido,    mientras animaba al caballo con la fusta.    Hacía una noche admirable; miles de estrellas    resplandecían soberbias, y de cuando en cuando    pasaba algún meteoro por el cielo. En pocos momentos,    y dando algunos barquinazos en los    hoyos de la carretera, llegaron al molino.Al detenerse el coche, el molinero se asomó a    ver quién venia, y exclamó:—¿Cómo? ¿No estaba don Tomás?—No.—¿Y a quién traes aquí?—Al médico nuevo.El molinero, iracundo, comenzó a insultar a    los médicos. Era hombre rico y orgulloso, que    se creía digno de todo.—Me han llamado aquí para ver a una enferma—dijo        Andrés fríamente—. ¿Tengo que verla    o no? Porque si no, me vuelvo.—Ya, ¡qué se va a hacer! Suba usted.Andrés subió una escalera hasta el piso principal,    y entró detrás del molinero en un cuarto    en donde estaba una muchacha en la cama y su    madre cuidándola.Andrés se acercó a la cama. El molinero siguió    renegando.—Bueno. Cállese usted—le dijo Andrés—, si    quiere usted que reconozca a la enferma.El hombre se calló. La muchacha era hidrópica,    tenía vómitos, disnea y ligeras convulsiones.    Andrés examinó a la enferma; su vientre hinchado    parecía el de una rana; a la palpación se notaba    claramente la fluctuación del líquido que llenaba    el peritoneo.—¿Qué? ¿Qué tiene?—preguntó la madre.—Esto es una enfermedad del hígado, crónica,    grave—contestó Andrés, retirándose de la    cama para que la muchacha no le oyera—; ahora    la hidropesía se ha complicado con la retención    de orina.—¿Y qué hay que hacer, Dios mío? ¿O no tiene    cura?—Si se pudiera esperar, sería mejor que viniera    Sánchez. Él debe conocer la marcha de la enfermedad.—¿Pero se puede esperar?—preguntó el padre    con voz colérica.
Andrés volvió a reconocer a la enferma; el    pulso estaba muy débil; la insuficiencia respiratoria,    probablemente resultado de la absorción de    la urea en la sangre, iba aumentando; las convulsiones    se sucedían con más fuerza. Andrés tomó    la temperatura. No llegaba a la normal.—No se puede esperar—dijo Hurtado dirigiéndose    a la madre.—¿Qué hay que hacer?—exclamó el molinero—.    Obre usted...—Habría que hacer la punción abdominal—repuso    Andrés, siempre hablando a la madre—.    Si no quieren ustedes que la haga yo...—Sí, sí, usted.—Bueno; entonces iré a casa, cogeré mi estuche,    y volveré.El mismo molinero se puso al pescante del coche.    Se veía que la frialdad desdeñosa de Andrés    le irritaba. Fueron los dos durante el camino sin    hablarse. Al llegar a su casa, Andrés bajó, cogió    su estuche, un poco de algodón y una pastilla de    sublimado. Volvieron al molino.Andrés animó un poco a la enferma, jabonó    y friccionó la piel en el sitio de elección, y hundió    el trócar en el vientre abultado de la muchacha.    Al retirar el trócar y dejar la cánula, manaba    el agua, verdosa, llena de serosidades, como    de una fuente a un barreño.Después de vaciarse el líquido, Andrés pudo    sondar la vejiga, y la enferma comenzó a respirar        fácilmente. La temperatura subió en seguida    por encima de la normal. Los síntomas de    la uremia iban desapareciendo. Andrés hizo    que le dieran leche a la muchacha, que quedó    tranquila.En la casa había un gran regocijo.—No creo que esto haya acabado—dijo Andrés    a la madre—; se reproducirá, probablemente.—¿Qué cree usted que debíamos hacer?—preguntó    ella humildemente.—Yo, como ustedes, iría a Madrid a consultar    con un especialista.Hurtado se despidió de la madre y de la hija.    El molinero montó en el pescante del coche    para llevar a Andrés a Alcolea. La mañana comenzaba    a sonreir en el cielo; el sol brillaba en    los viñedos y en los olivares; las parejas de mulas    iban a la labranza, y los campesinos, de negro,    montados en las ancas de los borricos, les    seguían. Grandes bandadas de cuervos pasaban    por el aire.El molinero fué sin hablar en todo el camino;    en su alma luchaban el orgullo y el agradecimiento;    quizá esperaba que Andrés le dirigiera    la palabra; pero éste no despegó los labios. Al    llegar a casa bajó del coche, y murmuró:—Buenos días.—¡Adiós!
Y los dos hombres se despidieron como dos    enemigos.Al día siguiente, Sánchez se le acercó a Andrés,    más apático y más triste que nunca.—Usted quiere perjudicarme—le dijo.—Sé por qué dice usted eso—le contestó Andrés—;    pero yo no tengo la culpa. He visitado a    esa muchacha, porque vinieron a buscarme, y la    operé, porque no había más remedio, porque se    estaba muriendo.—Sí; pero también le dijo usted a la madre    que fuera a ver a un especialista de Madrid, y    eso no va en benefició de usted ni en beneficio    mío.Sánchez no comprendía que este consejo lo    hubiera dado Andrés por probidad, y suponía    que era por perjudicarle a él. También creía que    por su cargo tenía un derecho a cobrar una especie    de contribución por todas las enfermedades    de Alcolea. Que el tío Fulano cogía un catarro    fuerte, pues eran seis visitas para él; que padecía    un reumatismo, pues podían ser hasta    veinte visitas.El caso de la chica del molinero se comentó    mucho en todas partes e hizo suponer que Andrés    era un médico conocedor de procedimientos    modernos.Sánchez, al ver que la gente se inclinaba a    creer en la ciencia del nuevo médico, emprendió    una campaña contra él. Dijo que era hombre de        libros, pero sin práctica alguna, y que, además,    era un tipo misterioso, del cual no se podía    uno fiar.Al ver que Sánchez le declaraba la guerra francamente,    Andrés se puso en guardia. Era demasiado    escéptico en cuestiones de medicina para    hacer imprudencias. Cuando había que intervenir    en casos quirúrgicos, enviaba al enfermo a    Sánchez que, como hombre de conciencia bastante    elástica, no se alarmaba por dejarle a cualquiera    ciego o manco.Andrés casi siempre empleaba los medicamentos    a pequeñas dosis; muchas veces no producían    efecto; pero al menos no corría el peligro    de una torpeza. No dejaba de tener éxitos; pero    él se confesaba ingenuamente a sí mismo, que,    a pesar de sus éxitos, no hacía casi nunca un    diagnóstico bien.Claro que por prudencia no aseguraba los primeros    días nada; pero casi siempre las enfermedades    le daban sorpresas; una supuesta pleuresía,    aparecía como una lesión hepática; una tifoidea,    se le transformaba en una gripe real.Cuando la enfermedad era clara, una viruela o    una pulmonía, entonces la conocía él y la conocían    las comadres de la vecindad, y cualquiera.El no decía que los éxitos se debían a la casualidad;    hubiera sido absurdo; pero tampoco los    lucía como resultado de su ciencia. Había cosas    grotescas en la práctica diaria; un enfermo que        tomaba un poco de jarabe simple, y se encontraba    curado de una enfermedad crónica del estómago;    otro, que con el mismo jarabe decía que    se ponía a la muerte.Andrés estaba convencido de que en la mayoría    de los casos una terapéutica muy activa no    podía ser beneficiosa más que en manos de un    buen clínico, y para ser un buen clínico era indispensable,    además de facultades especiales, una    gran práctica. Convencido de esto, se dedicaba    al método expectante. Daba mucha agua con jarabe.    Ya le había dicho confidencialmente al boticario:—Usted cobre como si fuera quinina.Este escepticismo en sus conocimientos y en    su profesión le daba prestigio.A ciertos enfermos les recomendaba los preceptos    higiénicos, pero nadie le hacía caso.Tenía un cliente, dueño de unas bodegas, un    viejo artrítico, que se pasaba la vida leyendo folletines.    Andrés le aconsejaba que no comiera    carne y que anduviera.—Pero si me muero de debilidad, doctor—decía    él—. No como más que un pedacito de carne,    una copa de Jerez y una taza de café.—Todo eso es malísimo—decía Andrés.Este demagogo, que negaba la utilidad de comer    carne, indignaba a la gente acomodada... y    a los carniceros.Hay una frase de un escritor francés que quiere        ser trágica y es enormemente cómica. Es así:    Desde hace treinta años no se siente placer en    ser francés. El vinatero artrítico debía decir: Desde    que ha venido este médico, no se siente placer    en ser rico.La mujer del secretario del Ayuntamiento, una    mujer muy remilgada y redicha, quería convencer    a Hurtado de que debía casarse y quedarse    definitivamente en Alcolea.—Ya veremos—contestaba Andrés.
V    ALCOLEA DEL CAMPO
Las costumbres de Alcolea eran españolas puras,    es decir, de un absurdo completo.El pueblo no tenía el menor sentido social; las    familias se metían en sus casas, como los trogloditas    en su cueva. No había solidaridad; nadie    sabía ni podía utilizar la fuerza de la asociación.    Los hombres iban al trabajo y a veces al    casino. Las mujeres no salían más que los domingos    a misa.Por falta de instinto colectivo el pueblo se había    arruinado.En la época del tratado de los vinos con Francia,    todo el mundo, sin consultarse los unos a los    otros, comenzó a cambiar el cultivo de sus campos,    dejando el trigo y los cereales, y poniendo    viñedos; pronto el río de vino de Alcolea se convirtió    en río de oro. En este momento de prosperidad,    el pueblo se agrandó, se limpiaron las    calles, se pusieron aceras, se instaló la luz eléctrica...;    luego vino la terminación del tratado, y    como nadie sentía la responsabilidad de representar        el pueblo, a nadie se le ocurrió decir:    Cambiemos el cultivo; volvamos a nuestra vida    antigua; empleemos la riqueza producida por el    vino en transformar la tierra para las necesidades    de hoy. Nada.El pueblo aceptó la ruina con resignación.—Antes éramos ricos—se dijo cada alcoleano—.    Ahora seremos pobres. Es igual; viviremos    peor; suprimiremos nuestras necesidades.Aquel estoicismo acabó de hundir al pueblo.Era natural que así fuese; cada ciudadano de    Alcolea se sentía tan separado del vecino como    de un extranjero. No tenían una cultura común    (no la tenían de ninguna clase); no participaban    de admiraciones comunes: sólo el hábito, la rutina    les unía; en el fondo, todos eran extraños a    todos.Muchas veces a Hurtado le parecía Alcolea    una ciudad en estado de sitio. El sitiador era la    moral, la moral católica. Allí no había nada que    no estuviera almacenado y recogido: las mujeres    en sus casas, el dinero en las carpetas, el vino    en las tinajas.Andrés se preguntaba: ¿Qué hacen estas mujeres?    ¿En qué piensan? ¿Cómo pasan las horas    de sus días? Difícil era averiguarlo.Con aquel régimen de guardarlo todo, Alcolea    gozaba de un orden admirable; sólo un cementerio    bien cuidado podía sobrepasar tal perfección.
Esta perfección se conseguía haciendo que el    más inepto fuera el que gobernara. La ley de selección    en pueblos como aquél se cumplía al revés.    El cedazo iba separando el grano de la paja,    luego se recogía la paja y se desperdiciaba el    grano.Algún burlón hubiera dicho que este aprovechamiento    de la paja entre españoles no era raro.    Por aquella selección a la inversa, resultaba que    los más aptos allí eran precisamente los más    ineptos.En Alcolea había pocos robos y delitos de    sangre: en cierta época los había habido entre    jugadores y matones; la gente pobre no se movía,    vivía en una pasividad lánguida; en cambio    los ricos se agitaban, y la usura iba sorbiendo    toda la vida de la ciudad.El labrador, de humilde pasar, que durante    mucho tiempo tenía una casa con cuatro o cinco    parejas de mulas, de pronto aparecía con diez,    luego con veinte; sus tierras se extendían cada    vez más, y él se colocaba entre los ricos.La política de Alcolea respondía perfectamente    al estado de inercia y de desconfianza del pueblo.    Era una política de caciquismo, una lucha    entre dos bandos contrarios, que se llamaban el    de los Ratones y el de los Mochuelos; los Ratones eran liberales, y los Mochuelos conservadores.En aquel momento dominaban los Mochuelos.        El Mochuelo principal era el alcalde, un    hombre delgado, vestido de negro, muy clerical, cacique de formas suaves, que suavemente iba    llevándose todo lo que podía del Municipio.El cacique liberal del partido de los Ratones  era don Juan, un tipo bárbaro y despótico, corpulento    y forzudo, con unas manos de gigante, hombre, que cuando entraba a mandar, trataba al pueblo en conquistador. Este gran Ratón no disimulaba como el Mochuelo; se quedaba con    todo lo que podía, sin tomarse el trabajo de ocultar decorosamente sus robos.Alcolea se había acostumbrado a los Mochuelos    y a los Ratones, y los consideraba necesarios.  Aquellos bandidos eran los sostenes de la    sociedad; se repartían el botín; tenían unos para otros un tabú especial, como el de los polinesios.Andrés podía estudiar en Alcolea todas aquellas    manifestaciones del árbol de la vida, y de la vida áspera manchega: la expansión del egoísmo; de la envidia, de la crueldad, del orgullo. A veces pensaba que todo esto era necesario;    pensaba también que se podía llegar, en la indiferencia intelectualista, hasta disfrutar contemplando estas expansiones, formas violentas de la vida.¿Por qué incomodarse, si todo está determinado,    si es fatal, si no puede ser de otra manera?, se preguntaba. ¿No era científicamente un poco    absurdo el furor que le entraba muchas veces al  ver las injusticias del pueblo? Por otro lado: ¿no    estaba también determinado, no era fatal el que  su cerebro tuviera una irritación que le hiciera protestar contra aquel estado de cosas violentamente?Andrés discutía muchas veces con su patrona. Ella no podía comprender que Hurtado afirmase que era mayor delito robar a la comunidad, al Ayuntamiento, al Estado, que robar a un particular. Ella decía que no; que defraudar a la comunidad,    no podía ser tanto como robar a una  persona. En Alcolea casi todos los ricos defraudaban a la Hacienda, y no se les tenía por ladrones.Andrés trataba de convencerla, de que el daño  hecho con el robo a la comunidad, era más    grande que el producido contra el bolsillo de un    particular; pero la Dorotea no se convencía.—¡Qué hermosa sería una revolución—decía    Andrés a su patrona—, no una revolución de    oradores y de miserables charlatanes, sino una revolución de verdad! Mochuelos y Ratones, colgados de los faroles, ya que aquí no hay    árboles; y luego lo almacenado por la moral católica,    sacarlo de sus rincones y echarlo a la calle: los hombres, las mujeres, el dinero, el    vino; todo a la calle.Dorotea se reía de estas ideas de su huésped,    que le parecían absurdas.
Como buen epicúreo, Andrés no tenía tendencia    alguna por el apostolado.Los del Centro republicano le habían dicho    que diera conferencias acerca de higiene; pero    él estaba convencido de que todo aquello era    inútil, completamente estéril.¿Para qué? Sabía que ninguna de estas cosas    había de tener eficacia, y prefería no ocuparse    de ellas.Cuando le hablaban de política, Andrés decía    a los jóvenes republicanos:—No hagan ustedes un partido de protesta.    ¿Para qué? Lo menos malo que puede ser es una    colección de retóricos y de charlatanes; lo más    malo es que sea otra banda de Mochuelos o de    Ratones.—¡Pero, don Andrés! Algo hay que hacer.—¡Qué van ustedes a hacer! ¡Es imposible! Lo    único que pueden ustedes hacer es marcharse    de aquí.El tiempo en Alcolea le resultaba a Andrés    muy largo.Por la mañana hacía su visita; después volvía a    casa y tomaba el baño.Al atravesar el corralillo se encontraba con la    patrona, que dirigía alguna labor de la casa; la    criada solía estar lavando la ropa en una media    tinaja, cortada en sentido longitudinal, que parecía    una canoa, y la niña correteaba de un lado a    otro.
En este corralillo tenían una sarmentera, donde    se secaban las gavillas de sarmientos, y montones    de leña de cepas viejas.Andrés abría la antigua tahona y se bañaba.    Después iba a comer.El otoño todavía parecía verano; era costumbre    dormir la siesta. Estas horas de siesta se le    hacían a Hurtado pesadas, horribles.En su cuarto echaba una estera en el suelo y    se tendía sobre ella, a obscuras. Por la rendija de    las ventanas entraba una lámina de luz; en el    pueblo dominaba el más completo silencio; todo    estaba aletargado bajo el calor del sol; algunos    moscones rezongaban en los cristales; la tarde    bochornosa, era interminable.Cuando pasaba la fuerza del día, Andrés salía    al patio y se sentaba a la sombra del emparrado    a leer.El ama, su madre y la criada cosían cerca del    pozo; la niña hacía encaje de bolillos con hilos y    unos alfileres clavados sobre una almohada; al    anochecer regaban los tiestos de claveles, de geranios    y de albahacas.Muchas veces venían vendedores y vendedoras    ambulantes a ofrecer frutas, hortalizas o    caza.—¡Ave María Purísima!—decían al entrar—.    Dorotea veía lo que traían.—¿Le gusta a usted esto, don Andrés?—le    preguntaba Dorotea a Hurtado.
—Sí, pero por mí no se preocupe usted—contestaba    él.Al anochecer volvía el patrón. Estaba empleado    en unas bodegas, y concluía a aquella hora el    trabajo. Pepinito era un hombre petulante; sin    saber nada, tenía la pedantería de un catedrático.    Cuando explicaba algo bajaba los párpados,    con un aire de suficiencia tal, que a Andrés le    daban ganas de estrangularle.Pepinito trataba muy mal a su mujer y a su    hija; constantemente las llamaba estúpidas, borricas,    torpes; tenía el convencimiento de que él    era el único que hacía bien las cosas.—¡Que este bestia tenga una mujer tan guapa    y tan simpática, es verdaderamente desagradable!—pensaba    Andrés.Entre las manías de Pepinito estaba la de pasar    por tremendo. Le gustaba contar historias de    riñas y de muertes. Cualquiera, al oirle, hubiese    creído que se estaban matando continuamente    en Alcolea; contaba un crimen ocurrido hacía    cinco años en el pueblo, y le daba tales variaciones    y lo explicaba de tan distintas maneras,    que el crimen se desdoblaba y se multiplicaba.Pepinito era del Tomelloso, y todo lo refería a    su pueblo. El Tomelloso, según él, era la antítesis    de Alcolea; Alcolea era lo vulgar, el Tomelloso    lo extraordinario; que se hablase de lo que    se hablase, Pepinito le decía a Andrés:
—Debía usted ir al Tomelloso. Allí no hay ni    un árbol.—Ni aquí tampoco—le contestaba Andrés,    riendo.—Sí. Aquí algunos—replicaba Pepinito—. Allí    todo el pueblo está agujereado por las cuevas    para el vino, y no crea usted que son modernas,    no, sino antiguas. Allí ve usted tinajones grandes    metidos en el suelo. Allí todo el vino que se    hace es natural; malo muchas veces, porque no    saben prepararlo, pero natural.—¿Y aquí?—Aquí ya emplean la química—decía Pepinito,    para quien Alcolea era un pueblo degenerado    por la civilización—: tartratos, campeche, fuchsina,    demonios le echan éstos al vino.Al final de septiembre, unos días antes de la    vendimia, la patrona le dijo a Andrés:—¿Usted no ha visto nuestra bodega?—No.—Pues vamos ahora a arreglarla.El mozo y la criada estaban sacando leña y    sarmientos, metidos durante todo el invierno en    el lagar; y dos albañiles iban picando las paredes.    Dorotea y su hija le enseñaron a Hurtado el    lagar a la antigua, con su viga para prensar, las    chanclas de madera y de esparto que se ponen    los pisadores en los pies y los vendos para sujetárselas.Le mostraron las piletas donde va cayendo el        mosto y lo recogen en cubos, y la moderna bodega    capaz para dos cosechas con barricas y conos    de madera.—Ahora, si no tiene usted miedo, bajaremos a    la cueva antigua—dijo Dorotea.—Miedo, ¿de qué?—¡Ah! Es una cueva donde hay duendes, según    dicen.—Entonces hay que ir a saludarlos.El mozo encendió un candil y abrió una puerta    que daba al corral. Dorotea, la niña y Andrés    le siguieron. Bajaron a la cueva por una escalera    desmoronada. El techo rezumaba humedad. Al    final de la escalera se abría una bóveda que daba    paso a una verdadera catacumba, húmeda, fría,    larguísima, tortuosa.En el primer trozo de esta cueva había una serie    de tinajones empotrados a medias en la pared;    en el segundo, de techo más bajo, se veían las    tinajas de Colmenar, altas, enormes, en fila, y a    su lado las hechas en el Toboso, pequeñas, llenas    de mugre, que parecían viejas gordas y grotescas.La luz del candil, al iluminar aquel antro, parecía    agrandar y achicar alternativamente el    vientre abultado de las vasijas.Se explicaba que la fantasía de la gente hubiese transformado en duendes aquellas ánforas vinarias, de las cuales, las ventrudas y abultadas tinajas toboseñas, parecían enanos; y las altas y airosas fabricadas en Colmenar tenían aire de gigantes. Todavía en el fondo se abría un anchurón con doce grandes tinajones. Este hueco se llamaba la Sala de los Apóstoles.El mozo aseguró que en aquella cueva se habían encontrado huesos humanos, y mostró en la pared la huella de una mano que él suponía era de sangre. —Si a don Andrés le gustara el vino—dijo    Dorotea—, le daríamos un vaso de este añejo que tenemos en la solera.—No, no; guárdelo usted para las grandes    fiestas.Días después comenzó la vendimia. Andrés    se acercó al lagar, y el ver aquellos hombres sudando y agitándose en el rincón bajo de techo, le produjo una impresión desagradable. No creía    que esta labor fuera tan penosa.Andrés recordó a Iturrioz, cuando decía que    sólo lo artificial es bueno, y pensó que tenía razón. Las decantadas labores rurales, motivo de inspiración para los poetas, le parecían estúpidas y bestiales. ¡Cuánto más hermosa, aunque estuviera fuera de toda idea de belleza tradicional, la función de un motor eléctrico, que no este trabajo muscular, rudo, bárbaro y mal aprovechado!
VI    TIPOS DE CASINO
Al llegar el invierno, las noches largas y frías    hicieron a Hurtado buscar un refugio fuera    de casa, donde distraerse y pasar el tiempo. Comenzó    a ir al casino de Alcolea.Este casino, «La Fraternidad», era un vestigio    del antiguo esplendor del pueblo; tenía salones    inmensos, mal decorados, espejos de cuerpo entero,    varias mesas de billar y una pequeña biblioteca    con algunos libros.Entre la generalidad de los tipos vulgares, obscuros,    borrosos, que iban al casino a leer los periódicos    y hablar de política, había dos personajes    verdaderamente pintorescos.Uno de ellos era el pianista; el otro, un tal don    Blas Carreño, hidalgo acomodado de Alcolea.Andrés llegó a intimar bastante con los dos.El pianista era un viejo flaco, afeitado, de cara    estrecha, larga, y anteojos de gruesos lentes. Vestía    de negro y accionaba al hablar de una manera    un tanto afeminada. Era al mismo tiempo organista    de la iglesia, lo que le daba cierto aspecto    eclesiástico.
El otro señor, don Blas Carreño, también era    flaco; pero más alto, de nariz aguileña, pelo entrecano, tez cetrina y aspecto marcial.Este buen hidalgo había llegado a identificarse    con la vida antigua y a convencerse de que la    gente discurría y obraba como los tipos de las    obras españolas clásicas, de tal manera, que había    ido poco a poco arcaizando su lenguaje, y    entre burlas y veras hablaba con el alambicamiento    de los personajes de Feliciano de Silva,    que tanto encantaba a Don Quijote.El pianista imitaba a Carreño y le tenía como modelo. Al saludar a Andrés, le dijo:—Este mi señor don Blas, querido y agareno amigo, ha tenido la dignación de presentarme a su merced como un hijo predilecto de Euterpe;    pero no soy, aunque me pesa, y su merced lo    habrá podido comprobar con el arrayán de su buen juicio, más que un pobre, cuanto humilde    aficionado al trato de las Musas, que labora con    estas sus torpes manos en amenizar las veladas    de los socios, en las frigidísimas noches del helado    invierno.Don Blas escuchaba a su discípulo sonriendo.    Andrés, al oir a aquel señor expresarse    así, creyó que se trataba de un loco; pero    luego vió que no, que el pianista era una persona  de buen sentido. Únicamente ocurría, que    tanto don Blas como él, habían tomado la costumbre    de hablar de esta manera enfática y altisonante hasta familiarizarse con ella. Tenían frases    hechas, que las empleaban a cada paso: el    ascua de la inteligencia, la flecha de la sabiduría, el collar de perlas de las observaciones juiciosas,    el jardín del buen decir...Don Blas le invitó a Hurtado a ir a su casa y    le mostró su biblioteca con varios armarios llenos    de libros españoles y latinos. Don Blas la puso    a disposición del nuevo médico.—Si alguno de estos libros le interesa a usted,    puede usted llevárselo—le dijo Carreño.—Ya aprovecharé su ofrecimiento.Don Blas era para Andrés un caso digno de    estudio. A pesar de su inteligencia no notaba lo    que pasaba a su alrededor; la crueldad de la vida    en Alcolea, la explotación inicua de los miserables    por los ricos, la falta de instinto social, nada    de esto para él existía, y si existía tenía un carácter    de cosa libresca, servía para decir:—Dice Scaligero... o: Afirma Huarte en su    Examen de ingenios...Don Blas era un hombre extraordinario, sin    nervios; para él no había calor, ni frío, placer, ni    dolor. Una vez, dos socios del casino le gastaron    una broma transcendental: le llevaron a cenar    a una venta y le dieron a propósito unas    migas detestables, que parecían de arena, diciéndole    que eran las verdaderas migas del país, y    don Blas las encontró tan excelentes y las elogió    de tal modo y con tales hipérboles, que llegó a        convencer a sus amigos de su bondad. El manjar    más insulso, si se lo daban diciendo que estaba    hecho con una receta antigua y que figuraba    en La Lozana Andaluza, le parecía maravilloso.En su casa gozaba ofreciendo a sus amigos    sus golosinas.—Tome usted esos melindres, que me han    traído expresamente de Yepes...; esta agua no la    beberá usted en todas partes, es de la fuente del    Maillo.Don Blas vivía en plena arbitrariedad; para él    había gente que no tenía derecho a nada; en    cambio, otros lo merecían todo. ¿Por qué? Probablemente    porque sí.Decía don Blas que odiaban a las mujeres, que    le habían engañado siempre; pero no era verdad;    en el fondo, esta actitud suya servía para citar    trozos de Marcial, de Juvenal, de Quevedo...A sus criados y labriegos, don Blas les llamaba    galopines, bellacos, follones, casi siempre sin    motivo, sólo por el gusto de emplear estas palabras    quijotescas.Otra cosa que le encantaba a don Blas era    citar los pueblos con sus nombres antiguos:    Estábamos una vez en Alcázar de San Juan, la    antigua Alce... En Baeza, la Biatra de Ptolomeo,    nos encontramos un día...Andrés y don Blas se asombraban mutuamente.    Andrés se decía:
—¡Pensar que este hombre y otros muchos    como él viven en esta mentira, envenenados    con los restos de una literatura, y de una palabrería    amanerada es verdaderamente extraordinario!En cambio, don Blas miraba a Andrés sonriendo,    y pensaba: ¡Qué hombre más raro!Varias veces discutieron acerca de religión, de    política, de la doctrina evolucionista. Estas cosas    del darwinisno, como decía él, le parecían a don    Blas cosas inventadas para divertirse. Para él los    datos comprobados no significaban nada. Creía    en el fondo que se escribía para demostrar ingenio,    no para exponer ideas con claridad, y que    la investigación de un sabio se echaba abajo con    una frase graciosa.A pesar de su divergencia, don Blas no le era    antipático a Hurtado.El que sí le era antipático e insoportable era    un jovencito, hijo de un usurero, que en Alcolea    pasaba por un prodigio, y que iba con frecuencia    al casino. Este joven, abogado, había leído    algunas revistas francesas reaccionarias, y se    creía en el centro del mundo.Decía que él contemplaba todo con una sonrisa    irónica y piadosa. Creía también que se podía    hablar de filosofía empleando los lugares    comunes del casticismo español, y que Balmes    era un gran filósofo.Varias veces el joven, que contemplaba todo        con una sonrisa irónica y piadosa, invitó a Hurtado    a discutir; pero Andrés rehuyó la discusión    con aquel hombre que, a pesar de su barniz    de cultura, le parecía de una imbecilidad fundamental.Esta sentencia de Demócrito, que había leído    en la Historia del Materialismo de Lange, le parecía    a Andrés muy exacta: El que ama la contradicción    y la verbosidad, es incapaz de aprender    nada que sea serio.
VII    SEXUALIDAD Y PORNOGRAFÍA
En el pueblo, la tienda de objetos de escritorio    era al mismo tiempo librería y centro de suscripciones.    Andrés iba a ella a comprar papel y    algunos periódicos. Un día le chocó ver que el    librero tenía quince o veinte tomos con una cubierta    en donde aparecía una mujer desnuda.    Eran de estas novelas a estilo francés; novelas    pornográficas, torpes, con cierto barniz psicológico    hechas para uso de militares, estudiantes y    gente de poca mentalidad.—¿Es que eso se vende?—le preguntó Andrés    al librero.—Sí; es lo único que se vende.El fenómeno parecía paradójico y, sin embargo,    era natural. Andrés había oído a su tío Iturrioz    que en Inglaterra, en donde las costumbres eran    interiormente de una libertad extraordinaria, libros,    aun los menos sospechosos de libertinaje,    estaban prohibidos, y las novelas que las señoritas    francesas o españolas leían delante de sus    madres, allí se consideraban nefandas.
En Alcolea sucedía lo contrario; la vida era de    una moralidad terrible; llevarse a una mujer sin    casarse con ella, era más difícil que raptar a la    Giralda de Sevilla a las doce del día; pero, en    cambio, se leían libros pornográficos de una pornografía    grotesca por lo transcendental.Todo esto era lógico. En Londres, al agrandarse    la vida sexual por la libertad de costumbres,    se achicaba la pornografía; en Alcolea, al achicarse    la vida sexual, se agrandaba la pornografía.—Qué paradoja esta de la sexualidad—pensaba    Andrés al ir a su casa—. En los países donde    la vida es intensamente sexual no existen motivos    de lubricidad; en cambio en aquellos pueblos    como Alcolea, en donde la vida sexual era tan    mezquina y tan pobre, las alusiones eróticas a la    vida del sexo estaban en todo.Y era natural, era en el fondo un fenómeno de    compensación.
VIII    EL DILEMA
Poco a poco, y sin saber cómo, se formó alrededor    de Andrés una mala reputación; se le    consideraba hombre violento, orgulloso, mal intencionado,    que se atraía la antipatía de todos.Era un demagogo, malo, dañino, que odiaba    a los ricos y no quería a los pobres.Andrés fué notando la hostilidad de la gente    del casino y dejó de frecuentarlo.Al principio se aburría.Los días iban sucediéndose a los días y cada    uno traía la misma desesperanza, la seguridad    de no saber qué hacer, la seguridad de sentir y    de inspirar antipatía, en el fondo sin motivo, por    una mala inteligencia.Se había decidido a cumplir sus deberes de    médico al pie de la letra.Llegar a la abstención pura, completa, en la    pequeña vida social de Alcolea, le parecía la    perfección.Andrés no era de estos hombres que consideran    el leer como un sucedáneo de vivir;    él leía porque no podía vivir. Para alternar        con esta gente del casino, estúpida y mal intencionada,    prefería pasar el tiempo en su cuarto,    en aquel mausoleo blanqueado y silencioso.¡Pero que con qué gusto hubiera cerrado los    libros si hubiera habido algo importante que    hacer; algo como pegarle fuego al pueblo o reconstruirlo!La inacción le irritaba.De haber caza mayor, le hubiera gustado marcharse    al campo; pero para matar conejos, prefería    quedarse en casa.Sin saber qué hacer, paseaba como un lobo    por aquel cuarto. Muchas veces intentó dejar de    leer estos libros de filosofía. Pensó que quizá le    irritaban. Quiso cambiar de lecturas. Don Blas le    prestó una porción de libros de historia. Andrés    se convenció de que la historia es una cosa vacía.    Creyó, como Schopenhauer, que el que lea    con atención Los Nueve Libros de Herodoto, tiene    todas las combinaciones posibles de crímenes,    destronamientos, heroísmos e injusticias,    bondades y maldades que puede suministrar la    historia.Intentó también un estudio poco humano y    trajo de Madrid y comenzó a leer un libro de astronomía,    la Guía del Cielo, de Klein, pero le faltaba    la base de las matemáticas y pensó que no    tenía fuerza en el cerebro para dominar esto. Lo    único que aprendió fué el plano estelar. Orientarse    en ese infinito de puntos luminosos, en        donde brillan como dioses Arturus y Vega, Altair y    Aldebarán era para él una voluptuosidad algo    triste; recorrer con el pensamiento esos cráteres    de la Luna y el mar de la Serenidad; leer esas    hipótesis acerca de la Vía Láctea y de su movimiento    alrededor de ese supuesto sol central que    se llama Alción y que está en el grupo de las    Pléyades, le daba el vértigo.Se le ocurrió también escribir; pero no sabía    por dónde empezar, ni manejaba suficientemente    el mecanismo del lenguaje para expresarse con    claridad.Todos los sistemas que discurría para encauzar    su vida dejaban precipitados insolubles, que    demostraban el error inicial de sus sistemas.Comenzaba a sentir una irritación profunda    contra todo.A los ocho o nueve meses de vivir así excitado    y aplanado al mismo tiempo, empezó a padecer    dolores articulares; además el pelo se le caía    muy abundantemente.—Es la castidad—se dijo.Era lógico; era un neuro-artrítico. De chico, su    artritismo se había manifestado por jaquecas y    por tendencia hipocondríaca. Su estado artrítico    se exarcerbaba. Se iban acumulando en el organismo    las substancias de desecho y esto tenía    que engendrar productos de oxidación incompleta,    el ácido úrico sobre todo.
El diagnóstico lo consideró como exacto; el    tratamiento era lo difícil.Este dilema se presentaba ante él. Si quería    vivir con una mujer tenía que casarse, someterse.    Es decir, dar por una cosa de la vida toda su    independencia espiritual, resignarse a cumplir    obligaciones y deberes sociales, a guardar consideraciones    a un suegro, a una suegra, a un cuñado;    cosa que le horrorizaba.Seguramente entre aquellas muchachas de Alcolea,    que no salían más que los domingos a la    iglesia, vestidas como papagayos, con un mal    gusto exorbitante, había algunas, quizá muchas,    agradables, simpáticas. ¿Pero quién las conocía?    Era casi imposible hablar con ellas. Solamente    el marido podría llegar a saber su manera de ser    y de sentir.Andrés se hubiera casado con cualquiera, con    una muchacha sencilla; pero no sabía dónde encontrarla.    Las dos señoritas que trataba un poco    eran la hija del médico Sánchez y la del secretario.La hija de Sánchez quería ir monja; la del secretario    era de una cursilería verdaderamente    venenosa; tocaba el piano muy mal, calcaba las    laminitas del Blanco y Negro y luego las iluminaba,    y tenía unas ideas ridículas y falsas de    todo.De no casarse, Andrés podía transigir e ir con    los perdidos del pueblo a casa de la Fulana o de        la Zutana, a estas dos calles en donde las mujeres    de vida airada vivían como en los antiguos    burdeles medioevales; pero esta promiscuidad    era ofensiva para su orgullo. ¿Qué más triunfo    para la burguesía local y más derrota para su    personalidad si se hubiesen contado sus devaneos?    No; prefería estar enfermo.Andrés decidió limitar la alimentación, tomar    sólo vegetales y no probar la carne, ni el vino, ni    el café. Varias horas después de comer y de cenar    bebía grandes cantidades de agua. El odio    contra el espíritu del pueblo le sostenía en su    lucha secreta; era uno de esos odios profundos,    que llegan a dar serenidad al que lo siente, un    desprecio épico y altivo. Para él no había burlas,    todas resbalaban por su coraza de impasibilidad.Algunas veces pensaba que esta actitud no era    lógica. ¡Un hombre que quería ser de ciencia y    se incomodaba porque las cosas no eran como    él hubiese deseado! Era absurdo. La tierra allí    era seca; no había árboles, el clima era duro, la    gente tenía que ser dura también.La mujer del secretario del Ayuntamiento y    presidenta de la Sociedad del Perpetuo Socorro,    le dijo un día:—Usted, Hurtado, quiere demostrar que se    puede no tener religión y ser más bueno que los    religiosos.
—¿Más bueno, señora?—replicó Andrés—.    Realmente, eso no es difícil.Al cabo de un mes de nuevo régimen, Hurtado    estaba mejor; la comida escasa y sólo vegetal,    el baño, el ejercicio al aire libre le iban haciendo    un hombre sin nervios. Ahora se sentía    como divinizado por su ascetismo, libre; comenzaba    a vislumbrar ese estado de ataraxia, cantado    por los epicúreos y los pirronianos.Ya no experimentaba cólera por las cosas ni    por las personas.Le hubiera gustado comunicar a alguien sus    impresiones y pensó en escribir a Iturrioz; pero    luego creyó que su situación espiritual era    más fuerte siendo él solo el único testigo de su    victoria.Ya comenzaba a no tener espíritu agresivo. Se    levantaba muy temprano, con la aurora, y paseaba    por aquellos campos llanos, por los viñedos,    hasta un olivar que él llamaba el trágico    por su aspecto. Aquellos olivos viejos, centenarios,    retorcidos, parecían enfermos atacados por    el tétanos; entre ellos se levantaba una casa    aislada y baja con bardales de cambroneras, y en    el vértice de la colina había un molino de viento    tan extraordinario, tan absurdo, con su cuerpo    rechoncho y sus brazos chirriantes, que a Andrés    le dejaba siempre sobrecogido.Muchas veces salía de casa cuando aún era de    noche y veía la estrella del crepúsculo palpitar y        disolverse como una perla en el horno de la aurora    llena de resplandores.Por las noches, Andrés se refugiaba en la cocina,    cerca del fogón bajo. Dorotea, la vieja y la    niña hacían sus labores al amor de la lumbre y    Hurtado charlaba o miraba arder los sarmientos.
IX    LA MUJER DEL TÍO GARROTA
Una noche de invierno, un chico fué a llamar    a Andrés; una mujer había caído a la calle    y estaba muriéndose.Hurtado se embozó en la capa, y de prisa,    acompañado del chico, llegó a una calle extraviada,    cerca de una posada de arrieros que se    llamaba el Parador de la Cruz. Se encontró con    una mujer privada de sentido, y asistida por    unos cuantos vecinos que formaban un grupo    alrededor de ella.Era la mujer de un prendero llamado el tío    Garrota; tenía la cabeza bañada en sangre y había    perdido el conocimiento.Andrés hizo que llevaran a la mujer a la tienda    y que trajeran una luz; tenía la vieja una conmoción    cerebral.Hurtado le hizo una sangría en el brazo. Al    principio la sangre negra, coagulada, no salía de    la vena abierta; luego comenzó a brotar despacio;    después más regularmente, y la mujer respiró    con relativa facilidad.
En este momento llegó el juez con el actuario    y dos guardias, y fué interrogando, primero a los    vecinos y después a Hurtado.—¿Cómo se encuentra esta mujer?—le dijo.—Muy mal.—¿Se podrá interrogarla?—Por ahora, no; veremos si recobra el conocimiento.—Si lo recobra avíseme usted en seguida. Voy    a ver el sitio por donde se ha tirado y a interrogar    al marido.La tienda era una prendería repleta de trastos    viejos que había por todos los rincones y colgaban    del techo; las paredes estaban atestadas de    fusiles y escopetas antiguas, sables y machetes.Andrés estuvo atendiendo a la mujer hasta que    ésta abrió los ojos y pareció darse cuenta de lo    que le pasaba.—Llamadle al juez—dijo Andrés a los vecinos.El juez vino en seguida.—Esto se complica—murmuró—; luego preguntó    a Andrés. ¿Qué? ¿Entiende algo?—Sí, parece que sí.Efectivamente, la expresión de la mujer era de    inteligencia.—¿Se ha tirado usted, o la han tirado a usted    desde la ventana?—preguntó el juez.—¡Eh!—dijo ella.—¿Quién la ha tirado?
—¡Eh!—¿Quién la ha tirado?—Garro... Garro...—murmuró la vieja haciendo    un esfuerzo.El juez y el actuario y los guardias quedaron    sorprendidos.—Quiere decir Garrota—dijo uno.—Sí, es una acusación contra él—dijo el    juez—. ¿No le parece a usted, doctor?—Parece que sí.—¿Por qué la ha tirado a usted?—Garro... Garro...—volvió a decir la vieja.—No quiere decir más sino que es su marido—afirmó    un guardia.—No, no es eso—repuso Andrés—. La lesión    la tiene en el lado izquierdo.—¿Y eso qué importa?—preguntó el guardia.—Cállese usted—dijo el juez—. ¿Qué supone    usted, doctor?—Supongo que esta mujer se encuentra en un    estado de afasia. La lesión la tiene en el lado izquierdo    del cerebro; probablemente la tercera circunvolución    frontal, que se considera como centro    del lenguaje, estará lesionada. Esta mujer parece    que entiende, pero no puede articular más    que esa palabra. A ver, pregúntele usted otra    cosa.—¿Está usted mejor?—dijo el juez.—¡Eh!—¿Si está usted ya mejor?
—Garro... Garro...—contestó ella.—Sí; dice a todo lo mismo—afirmó el juez.—Es un caso de afasia o de sordera verbal—añadió    Andrés.—Sin embargo..., hay muchas sospechas contra    el marido—replicó el actuario.Habían llamado al cura para sacramentar a la    moribunda.Le dejaron solo y Andrés subió con el juez.    La prendería del tío Garrota tenía una escalera    de caracol para el primer piso.Este constaba de un vestíbulo, la cocina, dos    alcobas y el cuarto desde donde se había tirado    la vieja. En medio de este cuarto había un brasero,    una badila sucia y una serie de manchas de    sangre que seguían hasta la ventana.—La cosa tiene el aspecto de un crimen—dijo    el juez.—¿Cree usted?—preguntó Andrés.—No, no creo nada; hay que confesar que los    indicios se presentan como en una novela policíaca    para despistar a la opinión. Esta mujer    que se le pregunta quién la ha tirado, y dice el    nombre de su marido; esta badila llena de sangre;    las manchas que llegan hasta la ventana,    todo hace sospechar lo que ya han comenzado a    decir los vecinos.—¿Qué dicen?—Le acusan al tío Garrota, al marido de esta    mujer. Suponen que el tío Garrota y su mujer        riñeron; que él le dió con la badila en la cabeza;    que ella huyó a la ventana a pedir socorro, y que    entonces él, agarrándola de la cintura, la arrojó    a la calle.—Puede ser.—Y puede no ser.Abonaba esta versión la mala fama del tío    Garrota y su complicidad manifiesta en las    muertes de dos jugadores, el Cañamero y el    Pollo, ocurridas hacía unos diez años cerca de    Daimiel.—Voy a guardar esta badila—dijo el juez.—Por si acaso no debían tocarla—repuso    Andrés—; las huellas pueden servirnos de    mucho.El juez metió la badila en un armario, lo cerró    y llamó al actuario para que lo lacrase. Se cerró    también el cuarto y se guardó la llave.Al bajar a la prendería Hurtado y el juez, la    mujer del tío Garrota había muerto.El juez mandó que trajeran a su presencia al    marido. Los guardias le habían atado las manos.El tío Garrota era un hombre ya viejo, corpulento,    de mal aspecto, tuerto, de cara torva,    llena de manchas negras, producidas por una    perdigonada que le habían soltado hacía años en    la cara.En el interrogatorio se puso en claro que el tío    Garrota era borracho, y hablaba de matar a uno    o de matar a otro con frecuencia.
El tío Garrota no negó que daba malos tratos    a su mujer; pero sí que la hubiese matado. Siempre    concluía diciendo:—Señor juez, yo no he matado a mi mujer.    He dicho, es verdad, muchas veces que la iba a    matar; pero no la he matado.El juez, después del interrogatorio, envió al tío    Garrota incomunicado a la cárcel.—¿Qué le parece a usted?—le preguntó el juez    a Hurtado.—Para mí es una cosa clara; este hombre es    inocente.El juez, por la tarde, fué a ver al tío Garrota a    la cárcel, y dijo que empezaba a creer que el    prendero no había matado a su mujer. La opinión    popular quería suponer que Garrota era un    criminal. Por la noche el doctor Sánchez aseguró    en el casino que era indudable que el tío Garrota    había tirado por la ventana a su mujer, y    que el juez y Hurtado tendían a salvarle, Dios    sabe por qué; pero que en la autopsia aparecería    la verdad.Al saberlo Andrés fué a ver al juez y le pidió    nombrara a don Tomás Solana, el otro médico,    como árbitro para presenciar la autopsia, por si    acaso había divergencia entre el dictamen de    Sánchez y el suyo.La autopsia se verificó al día siguiente por la    tarde; se hizo una fotografía de las heridas de la    cabeza producidas por la badila y se señalaron        unos cardenales que tenía la mujer en el cuello.Luego se procedió a abrir las tres cavidades    y se encontró la fractura craneana, que cogía    parte del frontal y del parietal y que había ocasionado    la muerte. En los pulmones y en el cerebro    aparecieron manchas de sangre, pequeñas y    redondas.En la exposición de los datos de la autopsia    estaban conformes los tres médicos; en su opinión,    acerca de las causas de la muerte, divergían.Sánchez daba la versión popular. Según él, la    interfecta, al sentirse herida en la cabeza por los    golpes de la badila, corrió a la ventana a pedir    socorro; allí una mano poderosa la sujetó por el    cuello, produciéndole una contusión y un principio    de asfixia que se evidenciaba en las manchas    petequiales de los pulmones y del cerebro, y    después, lanzada a la calle, había sufrido la conmoción    cerebral y la fractura del cráneo, que le    produjo la muerte. La misma mujer, en la agonía,    había repetido el nombre del marido indicando    quién era su matador.Hurtado decía primeramente que las heridas    de la cabeza eran tan superficiales que no estaban    hechas por un brazo fuerte, sino por una    mano débil y convulsa; que los cardenales del    cuello procedían de contusiones anteriores al día    de la muerte, y que, respecto a las manchas de    sangre en los pulmones y en el cerebro, no eran        producidas por un principio de asfixia, sino    el alcoholismo inveterado de la interfecta. Con    estos datos, Hurtado aseguraba que la mujer, en    un estado alcohólico, evidenciado por el aguardiente    encontrado en su estómago, y presa de    manía suicida, había comenzado a herirse ella    misma con la badila en la cabeza, lo que explicaba    la superficialidad de las heridas, que apenas interesaban    el cuero cabelludo, y después, en vista    del resultado negativo para producirse la muerte,    había abierto la ventana y se había tirado de cabeza    a la calle. Respecto a las palabras pronunciadas    por ella, estaba claramente demostrado    que al decirlas se encontraba en un estado afásico.Don Tomás, el médico aristócrata, en su informe    hacía equilibrios, y en conjunto no decía    nada.Sánchez estaba en la actitud popular; todo el    mundo creía culpable al tío Garrota, y algunos    llegaban a decir que, aunque no lo fuera, había    que castigarlo, porque era un desalmado capaz    de cualquier fechoría.El asunto apasionó al pueblo; se hicieron una    porción de pruebas; se estudiaron las huellas    frescas de sangre de la badila, y se vió no coincidían    con los dedos del prendero; se hizo que    un empleado de la cárcel, amigo suyo, le emborrachara    y le sonsacara. El tío Garrota confesó    su participación en las muertes del Pollo y del        Cañamero; pero afirmó repetidas veces, entre furiosos    juramentos, que no y que no. No tenía    nada que ver en la muerte de su mujer, y aunque    le condenaran por decir que no y le salvaran por    decir que sí, diría que no, porque esa era la    verdad.El juez, después de repetidos interrogatorios,    comprendió la inocencia del prendero y lo dejó    en libertad.El pueblo se consideró defraudado. Por indicios,    por instinto, la gente adquirió la convicción    de que el tío Garrota, aunque capaz de matar a    su mujer, no la había matado; pero no quiso reconocer    la probidad de Andrés y del juez. El periódico    de la capital que defendía a los Mochuelos,    escribió un artículo con el título «¿Crimen o    suicidio?», en el que suponía que la mujer del tío    Garrota se había suicidado; en cambio, otro periódico    de la capital, defensor de los Ratones, aseguró    que se trataba de un crimen y que las influencias    políticas habían salvado al prendero.—Habrá que ver lo que habrán cobrado el    médico y el juez—decía la gente.A Sánchez, en cambio, le elogiaban todos.—Ese hombre iba con lealtad.—Pero no era cierto lo que decía—replicaba    alguno.—Sí; pero él iba con honradez.Y no había manera de convencer a la mayoría    de otra cosa.
X    DESPEDIDA
Andrés, que hasta entonces había tenido simpatía    entre la gente pobre, vió que la simpatía    se trocaba en hostilidad. En la primavera    decidió marcharse y presentar la dimisión de su    cargo.Un día de mayo fué el fijado para la marcha;    se despidió de don Blas Carreño y del juez y tuvo    un violento altercado con Sánchez, quien, a pesar    de ver que el enemigo se le iba, fué bastante    torpe para recriminarle con acritud. Andrés le    contestó rudamente y dijo a su compañero unas    cuantas verdades un poco explosivas.Por la tarde, Andrés preparó su equipaje y    luego salió a pasear. Hacía un día tempestuoso    con vagos relámpagos, que brillaban entre dos    nubes. Al anochecer comenzó a llover y Andrés    volvió a su casa.Aquella tarde, Pepinito, su hija y la abuela,    habían ido al Maillo, un pequeño balneario    próximo a Alcolea.Andrés acabó de preparar su equipaje. A la        hora de cenar entró la patrona en su cuarto.—¿Se va usted de verdad mañana, don Andrés?—Sí.—Estamos solos; cuando usted quiera cenaremos.—Voy a terminar en un momento.—Me da pena verle a usted marchar. Ya le teníamos    a usted como de la familia.—¡Qué se le va a hacer! Ya no me quieren en    el pueblo.—No lo dirá usted por nosotros.—No, no lo digo por ustedes. Es decir, no lo    digo por usted. Si siento dejar el pueblo es, más    que nada, por usted.—¡Bah! Don Andrés.—Créalo usted o no lo crea, tengo una gran    opinión de usted. Me parece usted una mujer    muy buena, muy inteligente...—¡Por Dios, don Andrés, que me va usted a    confundir!—dijo ella riendo.—Confúndase usted todo lo que quiera, Dorotea.    Eso no quita para que sea verdad. Lo malo    que tiene usted...—Vamos a ver lo malo...—replicó ella con seriedad    fingida.—Lo malo que tiene usted—siguió diciendo    Andrés—es que está usted casada con un hombre    que es un idiota, un imbécil petulante, que        le hace sufrir a usted, y a quien yo como usted    le engañaría con cualquiera.—¡Jesús! ¡Dios mío! ¡Qué cosas me está usted    diciendo!—Son las verdades de la despedida... Realmente    yo he sido un imbécil en no haberle hecho    a usted el amor.—¿Ahora se acuerda usted de eso, don Andrés?—Sí, ahora me acuerdo. No crea usted que    no lo he pensado otras veces; pero me ha faltado    decisión. Hoy estamos solos en toda la    casa. ¿No?—Sí, estamos solos. Adiós, don Andrés; me    voy.—No se vaya usted, tengo que hablarle.Dorotea, sorprendida del tono de mando de    Andrés, se quedó.—¿Qué me quiere usted?—dijo.—Quédese usted aquí conmigo.—Pero yo soy una mujer honrada, don Andrés—replicó    Dorotea con voz ahogada.—Ya lo sé, una mujer honrada y buena, casada    con un idiota. Estamos solos, nadie habría de    saber que usted había sido mía. Esta noche para    usted y para mí sería una noche excepcional,    extraña...—Sí ¿y el remordimiento?—¿Remordimiento?
Andrés, con lucidez, comprendió que no debía    discutir este punto.—Hace un momento no creía que le iba a    usted a decir esto. ¿Por qué se lo digo? No sé.    Mi corazón palpita ahora como un martillo de    fragua.Andrés se tuvo que apoyar en el hierro de la    cama, pálido y tembloroso.—¿Se pone usted malo?—murmuró Dorotea    con voz ronca.—No; no es nada.Ella estaba también turbada, palpitante. Andrés    apagó la luz y se acercó a ella.Dorotea no resistió. Andrés estaba en aquel    momento en plena inconsciencia...Al amanecer comenzó a brillar la luz del día    por entre las rendijas de las maderas. Dorotea    se incorporó. Andrés quiso retenerla entre sus    brazos.—No, no—murmuró ella con espanto, y, levantándose    rápidamente, huyó del cuarto.Andrés se sentó en la cama atónito, asombrado    de sí mismo.Se encontraba en un estado de irresolución    completa; sentía en la espalda como si tuviera    una plancha que le sujetara los nervios y tenía    temor de tocar con los pies el suelo.Sentado, abatido, estuvo con la frente apoyada    en las manos, hasta que oyó el ruido del coche    que venía a buscarle. Se levantó, se vistió y abrió        la puerta antes que llamaran por miedo al pensar    en el ruido de la aldaba; un mozo entró en el    cuarto y cargó con el baúl y la maleta y los llevó    al coche. Andrés se puso el gabán y subió a la    diligencia, que comenzó a marchar por la carretera    polvorienta.—¡Qué absurdo! ¡Qué absurdo es todo esto!—exclamó    luego—. Y se refería a su vida y    a esta última noche tan inesperada, tan aniquiladora.En el tren su estado nervioso empeoró. Se    sentía desfallecido, mareado. Al llegar a Aranjuez    se decidió a bajar del tren. Los tres días que    pasó aquí tranquilizaron y calmaron sus nervios.
SEXTA PARTE    La experiencia en MadridI    COMENTARIO A LO PASADO
A los pocos días de llegar a Madrid, Andrés    se encontró con la sorpresa desagradable    de que se iba a declarar la guerra a los Estados    Unidos. Había alborotos, manifestaciones en las    calles, música patriótica a todo pasto.Andrés no había seguido en los periódicos    aquella cuestión de las guerras coloniales; no sabía    a punto fijo de qué se trataba. Su único criterio    era el de la criada vieja de la Dorotea que    solía cantar a voz en grito mientras lavaba, esta    canción:

Parece mentira que por unos mulatosestemos pasando tan malitos ratos;a Cuba se llevan la flor de la Españay aquí no se queda más que la morralla.
Todas las opiniones de Andrés acerca de la        guerra estaban condensadas en este cantar de la    vieja criada.Al ver el cariz que tomaba el asunto y la intervención    de los Estados Unidos, Andrés quedó    asombrado.En todas partes no se hablaba más que de la    posibilidad del éxito o del fracaso. El padre de    Hurtado creía en la victoria española; pero en    una victoria sin esfuerzo; los yanquis, que eran    todos vendedores de tocino, al ver a los primeros    soldados españoles, dejarían las armas y    echarían a correr. El hermano de Andrés, Pedro,    hacía vida de  sportman y no le preocupaba la    guerra; a Alejandro le pasaba lo mismo; Margarita    seguía en Valencia.Andrés encontró un empleo en una consulta    de enfermedades del estómago, sustituyendo a    un médico que había ido al extranjero por tres    meses.Por la tarde Andrés iba a la consulta, estaba    allí hasta el anochecer, luego marchaba a cenar    a casa y por la noche salía en busca de noticias.Los periódicos no decían más que necedades    y bravuconadas; los yanquis no estaban preparados    para la guerra; no tenían ni uniformes para    sus soldados. En el país de las máquinas de coser    el hacer unos cuantos uniformes era un conflicto    enorme, según se decía en Madrid.Para colmo de ridiculez, hubo un mensaje de        Castelar a los yanquis. Cierto que no tenía las    proporciones bufo-grandilocuentes del manifiesto    de Víctor Hugo a los alemanes para que respetaran    París; pero era bastante para que los    españoles de buen sentido pudieran sentir toda    la vacuidad de sus grandes hombres.Andrés siguió los preparativos de la guerra    con una emoción intensa.Los periódicos traían cálculos completamente    falsos. Andrés llegó a creer que había alguna    razón para los optimismos.Días antes de la derrota encontró a Iturrioz en    la calle.—¿Qué le parece a usted esto?—le preguntó.—Estamos perdidos.—¿Pero si dicen que estamos preparados?—Sí, preparados para la derrota. Sólo a ese    chino, que los españoles consideramos como el    colmo de la candidez, se le pueden decir las cosas    que nos están diciendo los periódicos.—Hombre, yo no veo eso.—Pues no hay más que tener ojos en la cara y    comparar la fuerza de las escuadras. Tú, fíjate;    nosotros tenemos en Santiago de Cuba seis barcos    viejos, malos y de poca velocidad; ellos tienen    veintiuno, casi todos nuevos, bien acorazados    y de mayor velocidad. Los seis nuestros en    conjunto desplazan aproximadamente veintiocho    mil toneladas; los seis primeros suyos sesenta    mil. Con dos de sus barcos pueden echar a pique        toda nuestra escuadra; con veintiuno no van a    tener sitio dónde apuntar.—¿De manera, que usted cree que vamos a la    derrota?—No a la derrota, a una cacería. Si alguno    de nuestros barcos puede salvarse, será una    gran cosa.Andrés pensó que Iturrioz podía engañarse,    pero pronto los acontecimientos le dieron la razón.    El desastre había sido como decía él: una    cacería, una cosa ridícula.A Andrés le indignó la indiferencia de la gente    al saber la noticia. Al menos él había creído que    el español, inepto para la ciencia y para la civilización,    era un patriota exaltado y se encontraba    que no; después del desastre de las dos pequeñas    escuadras españolas en Cuba y en Filipinas,    todo el mundo iba al teatro y a los toros tan    tranquilo; aquellas manifestaciones y gritos habían    sido espuma, humo de paja, nada.Cuando la impresión del desastre se le pasó,    Andrés fué a casa de Iturrioz; hubo discusión    entre ellos.—Dejemos todo eso, ya que afortunadamente    hemos perdido las colonias—dijo su tío—y    hablemos de otra cosa. ¿Qué tal te ha ido en el    pueblo?—Bastante mal.—¿Qué te pasó? ¿Hiciste alguna barbaridad?—No; tuve suerte. Como médico he quedado        bien. Ahora, personalmente, he tenido poco    éxito.—Cuenta, veamos tu odisea en esa tierra de    Don Quijote.Andrés contó sus impresiones en Alcolea; Iturrioz    le escuchó atentamente.—¿De manera que allí no has perdido tu virulencia    ni te has asimilado el medio?—Ninguna de las dos cosas. Yo era allí una    bacteridia colocada en un caldo saturado de ácido    fénico.—Y esos manchegos ¿son buena gente?—Sí, muy buena gente; pero con una moral    imposible.—Pero esa moral ¿no será la defensa de la    raza que vive en una tierra pobre y de pocos recursos?—Es muy posible; pero si es así, ellos no se    dan cuenta de este motivo.—¡Ah, claro! ¿En dónde un pueblo del campo    será un conjunto de gente con conciencia? ¿En    Inglaterra, en Francia, en Alemania? En todas    partes, el hombre, en su estado natural, es un canalla,    idiota y egoísta. Si ahí en Alcolea es una    buena persona, hay que decir que los alcoleanos    son gente superior.—No digo que no. Los pueblos como Alcolea    están perdidos, porque el egoísmo y el dinero no    está repartido equitativamente; no lo tienen más    que unos cuantos ricos; en cambio, entre los pobres        no hay sentido individual. El día que cada    alcoleano se sienta a sí mismo y diga: no transijo,    ese día el pueblo marchará hacia adelante.—Claro; pero para ser egoísta hay que saber;    para protestar hay que discurrir. Yo creo que la    civilización le debe más al egoísmo que a todas    las religiones y utopías filantrópicas. El egoísmo    ha hecho el sendero, el camino, la calle, el ferrocarril,    el barco, todo.—Estamos conformes. Por eso indigna ver a    esa gente, que no tiene nada que ganar con la    maquinaria social que, a cambio de cogerle al    hijo y llevarlo a la guerra, no les da más que miseria    y hambre para la vejez, y que aún así la    defienden.—Eso tiene una gran importancia individual,    pero no social. Todavía no ha habido una sociedad    que haya intentado un sistema de justicia    distributiva, y, a pesar de eso, el mundo, no digamos    que marcha, pero al menos se arrastra y    las mujeres siguen dispuestas a tener hijos.—Es imbécil.—Amigo, es que la naturaleza es muy sabia.    No se contenta sólo con dividir a los hombres en    felices y en desdichados, en ricos y pobres, sino    que da al rico el espíritu de la riqueza, y al pobre    el espíritu de la miseria. Tú sabes cómo se hacen    las abejas obreras; se encierra a la larva en un    alvéolo pequeño y se le da una alimentación deficiente.    La larva ésta se desarrolla de una manera        incompleta; es una obrera, una proletaria,    que tiene el espíritu del trabajo y de la sumisión.    Así sucede entre los hombres, entre el obrero y    el militar, entre el rico y el pobre.—Me indigna todo esto—exclamó Andrés.—Hace unos años—siguió diciendo Iturrioz—me    encontraba yo en la isla de Cuba en un ingenio    donde estaban haciendo la zafra. Varios    chinos y negros llevaban la caña en manojos a    una máquina con grandes cilindros que la trituraba.    Contemplábamos el funcionamiento del    aparato, cuando de pronto vemos a uno de los    chinos que lucha arrastrado. El capataz blanco    grita que paren la máquina. El maquinista no    atiende a la orden y el chino desaparece e inmediatamente    sale convertido en una sábana de    sangre y de huesos machacados. Los blancos    que presenciábamos la escena nos quedamos    consternados; en cambio los chinos y los negros    se reían. Tenían espíritu de esclavos.—Es desagradable.—Sí, como quieras; pero son los hechos y hay    que aceptarlos y acomodarse a ellos. Otra cosa    es una simpleza. Intentar andar entre los hombres,    en ser superior, como tú has querido hacer    en Alcolea, es absurdo.—Yo no he intentado presentarme como ser    superior—replicó Andrés con viveza—. Yo he    ido en hombre independiente. A tanto trabajo,        tanto sueldo. Hago lo que me encargan, me pagan,    y ya está.—Eso no es posible; cada hombre no es una    estrella con su órbita independiente.—Yo creo que el que quiere serlo lo es.—Tendrá que sufrir las consecuencias.—¡Ah, claro! Yo estoy dispuesto a sufrirlas. El    que no tiene dinero paga su libertad con su    cuerpo; es una onza de carne que hay que dar,    que lo mismo le pueden sacar a uno del brazo    que del corazón. El hombre de verdad busca antes    que nada su independencia; se necesita ser    un pobre diablo o tener alma de perro para encontrar    mala la libertad. ¿Que no es posible?    ¿Que el hombre no puede ser independiente    como una estrella de otra? A esto no se puede    decir más sino que es verdad, desgraciadamente.—Veo que vienes lírico del pueblo.—Será la influencia de las migas.—O del vino manchego.—No; no lo he probado.—¿Y querías que tuvieran simpatía por ti y    despreciabas el producto mejor del pueblo? Bueno,    ¿qué piensas hacer?—Ver si encuentro algún sitio donde trabajar.—¿En Madrid?—Sí, en Madrid.—¿Otra experiencia?—Eso es, otra experiencia.—Bueno, vamos ahora a la azotea.
II    LOS AMIGOS
A principio de otoño, Andrés quedó sin nada    que hacer. Don Pedro se había encargado    de hablar a sus amigos influyentes, a ver si encontraba    algún destino para su hijo.Hurtado pasaba las mañanas en la Biblioteca    Nacional, y por las tardes y noches paseaba. Una    noche, al cruzar por delante del teatro de Apolo,    se encontró con Montaner.—Chico, ¡cuánto tiempo!—exclamó el antiguo    condiscípulo, acercándosele.—Sí, ya hace algunos años que no nos hemos    visto.Subieron juntos la cuesta de la calle de Alcalá,    y al llegar a la esquina de la de Peligros,    Montaner insistió para que entraran en el café de    Fornos.—Bueno, vamos—dijo Andrés.Era sábado y había gran entrada; las mesas    estaban llenas; los trasnochadores, de vuelta de    los teatros, se preparaban a cenar, y algunas        busconas paseaban la mirada de sus ojos pintados    por todo el ámbito de la sala.Montaner tomó ávidamente el chocolate que le    trajeron, y después le preguntó a Andrés:—¿Y tú, qué haces?—Ahora nada. He estado en un pueblo. ¿Y tú?    ¿Concluíste la carrera?—Sí, hace un año. No podía acabarla por aquella    chica que era mi novia. Me pasaba el día entero    hablando con ella; pero los padres de la chica    se la llevaron a Santander y la casaron allí.    Yo entonces fuí a Salamanca, y he estado hasta    concluir la carrera.—¿De manera que te ha convenido que casaran    a la novia?—En parte, sí. ¡Aunque para lo que me sirve    el ser médico!.—¿No encuentras trabajo?—Nada. He estado con Julio Aracil.—¿Con Julio?—Sí.—¿De qué?—De ayudante.—¿Ya necesita ayudantes Julio?—Sí; ahora ha puesto una clínica. El año pasado    me prometió protegerme. Tenía una plaza    en el ferrocarril, y me dijo que cuando no la necesitara    me la cedería a mí.—¿Y no te la ha cedido?
—No; la verdad es que todo es poco para sostener    su casa.—¿Pues qué hace? ¿Gasta mucho?—Sí.—Antes era muy roñoso.—Y sigue siéndolo.—¿No avanza?—Como médico poco, pero tiene recursos: el    ferrocarril, unos conventos que visita; es también    accionista de «La Esperanza», una sociedad    de esas de médico, botica y entierro, y tiene participación    en una funeraria.—¿De manera que se dedica a la explotación    de la caridad?—Sí; ahora, además, como te decía, tiene una    clínica que ha puesto con dinero del suegro.    Yo he estado ayudándole; la verdad es que me    ha cogido de primo; durante más de un mes he    hecho de albañil, de carpintero, de mozo de    cuerda y hasta de niñera; luego me he pasado en    la consulta asistiendo a pobres, y ahora que la    cosa empieza a marchar, me dice Julio que tiene    que asociarse con un muchacho valenciano que    se llama Nebot, que le ha ofrecido dinero, y que    cuando me necesite me llamará.—En resumen, que te ha echado.—Lo que tú dices.—¿Y qué vas a hacer?—Voy a buscar un empleo cualquiera.
—¿De médico?—De médico o de no médico. Me es igual.—¿No quieres ir a un pueblo?—No, no; eso nunca. Yo no salgo de Madrid.—Y los demás, ¿qué han hecho?—preguntó    Andrés—. ¿Dónde está aquel Lamela?—En Galicia. Creo que no ejerce, pero vive    bien. De Cañizo no sé si te acordarás...—No.—Uno que perdió curso en Anatomía.—No, no me acuerdo.—Si lo vieras, te acordarías en seguida—repuso    Montaner—. Pues este Cañizo es un hombre    feliz; tiene un periódico de carnicería. Creo    que es muy glotón, y el otro día me decía:    Chico, estoy muy contento; los carniceros me    regalan lomo, me regalan filetes... Mi mujer    me trata bien; me da langosta algunos domingos.—¡Que animal!—De Ortega si te acordarás.—¿Uno bajito, rubio?—Sí.—Me acuerdo.—Ese estuvo de médico militar en Cuba, y    se acostumbró a beber de una manera terrible.    Alguna vez le he visto y me ha dicho: Mi    ideal es llegar a la cirrosis alcohólica y al generalato.
—De manera que nadie ha marchado bien de    nuestros condiscípulos.—Nadie o casi nadie, quitando a Cañizo con    su periódico de carnicería y con su mujer que los    domingos le da langosta.—Es triste todo eso. Siempre en este Madrid    la misma interinidad, la misma angustia    hecha crónica, la misma vida sin vida, todo    igual.—Sí; esto es un pantano—murmuró Montaner.—Más que un pantano es un campo de ceniza.    Y Julio Aracil, ¿vive bien?—Hombre, según lo que se entienda por vivir    bien.—Su mujer, ¿cómo es?—Es una muchacha vistosa, pero él la está    prostituyendo.—¿Por qué?—Porque la va dando un aire de cocotte. El    hace que se ponga trajes exagerados, la lleva a    todas partes; yo creo que él mismo la ha aconsejado    que se pinte. Y ahora prepara el golpe final.    Va a llevar a ese Nebot, que es un muchacho    rico, a vivir a su casa y va a ampliar la clínica.    Yo creo que lo que anda buscando es que Nebot    se entienda con su mujer.—¿De veras?—Sí. Ha mandado poner el cuarto de Nebot        en el mejor sitio de la casa, cerca de la alcoba    de su mujer.—Demonio. ¿Es que no la quiere?—Julio no quiere a nadie; se casó con ella por    su dinero. El tiene una querida que es una señora    rica, ya vieja.—¿De manera que en el fondo, marcha?—¡Qué sé yo! Lo mismo puede hundirse que    hacerse rico.Era ya muy tarde y Montaner y Andrés salieron    del café y cada cual se fué a su casa.A los pocos días Andrés encontró a Julio    Aracil que entraba en un coche.—¿Quieres dar una vuelta conmigo?—le dijo    Julio—. Voy al final del barrio de Salamanca, a    hacer una visita.—Bueno.Entraron los dos en el coche.—El otro día vi a Montaner—le dijo Andrés.—¿Te hablaría mal de mí? Claro. Entre amigos    es indispensable.—Sí; parece que no está muy contento de ti.—No me choca. La gente tiene una idea estúpida    de las cosas—dijo Aracil con voz colérica—.    No quisiera más que tratar con egoístas absolutos,    completos, no con gente sentimental que le    dice a uno con las lágrimas en los ojos: Toma    este pedazo de pan duro, al que no le puedo    hincar el diente, y a cambio convídame a cenar    todos los días en el mejor hotel.
Andrés se echó a reir.—La familia de mi mujer es también de las    que tienen una idea imbécil de la vida—siguió    diciendo Aracil—. Constantemente me están poniendo    obstáculos.—¿Por qué?—Nada. Ahora se les ocurre decir que el socio    que tengo en la clínica, le hace el amor a mi    mujer y que no le debo tener en casa. Es ridículo.    ¿Es que voy a ser un Otelo? No; yo le    dejo en libertad a mi mujer. Concha no me ha    de engañar. Yo tengo confianza en ella.—Haces bien.—No sé qué idea tiene de las cosas—siguió    diciendo Julio—estas gentes chapadas a la antigua,    como dicen ellos. Porque yo comprendo un    hombre como tú que es un puritano. ¡Pero ellos!    Que me presentara yo mañana y dijera: Estas    visitas, que he hecho a Don Fulano o a Doña    Zutana, no las he querido cobrar porque, la verdad,    no he estado acertado... ¡toda la familia me    pondría de imbécil hasta las narices!—¡Ah! No tiene duda.—Y si es así, ¿a qué se vienen con esas moralidades    ridículas?—¿Y qué te pasa para necesitar socio? ¿Gastas    mucho?—Mucho; pero todo el gasto que llevo es indispensable.    Es la vida de hoy que lo exige. La    mujer tiene que estar bien, ir a la moda, tener        trajes, joyas... Se necesita dinero, mucho dinero    para la casa, para la comida, para la modista,    para el sastre, para el teatro, para el coche; yo    busco como puedo ese dinero.—¿Y no te convendría limitarte un poco?—le    preguntó Andrés.—¿Para qué? ¿Para vivir cuando sea viejo? No,    no; ahora mejor que nunca. Ahora que es uno    joven.—Es una filosofía; no me parece mal, pero vas    a inmoralizar tu casa.—A mí la moralidad no me preocupa—replicó    Julio—. Aquí, en confianza, te diré que una mujer    honrada me parece uno de los productos más    estúpidos y más amargos de la vida.—Tiene gracia.—Sí, una mujer que no sea algo coqueta no    me gusta. Me parece bien que gaste, que se adorne,    que se luzca. Un marqués, cliente mío, suele    decir: Una mujer elegante debía tener más de un    marido. Al oirle todo el mundo se ríe.—¿Y por qué?—Porque su mujer, como marido no tiene    más que uno; pero, en cambio, amantes tiene    tres.—¿A la vez?—Sí, a la vez; es una señora muy liberal.—Muy liberal y muy conservadora, si los    amantes le ayudan a vivir.
—Tienes razón, se le puede llamar liberal-conservadora.Llegaron a la casa del cliente.—¿Adónde quieres ir tú?—le preguntó Julio.—A cualquier lado. No tengo nada que    hacer.—¿Quieres que te dejen en la Cibeles?—Bueno.—Vaya usted a la Cibeles y vuelva—le dijo    Julio al cochero.Se despidieron los dos antiguos condiscípulos    y Andrés pensó que por mucho que subiera su    compañero no era cosa de envidiarle.
IIIFERMÍN IBARRA
Unos días después, Hurtado se encontró en    la calle con Fermín Ibarra. Fermín estaba    desconocido; alto, fuerte, ya no necesitaba bastón    para andar.—Un día de estos me voy—le dijo Fermín.—¿Adónde?—Por ahora, a Bélgica; luego, ya veré. No    pienso estar aquí; probablemente no volveré.—¿No?—No. Aquí no se puede hacer nada; tengo    dos o tres patentes de cosas pensadas por mi,    que creo que están bien; en Bélgica me las iban    a comprar; pero yo he querido hacer primero    una prueba en España, y me voy desalentado,    descorazonado; aquí no se puede hacer nada.—Eso no me choca—dijo Andrés—; aquí no    hay ambiente para lo que tú haces.—¡Ah, claro!—repuso Ibarra—. Una invención    supone la recapitulación, la síntesis de las fases    de un descubrimiento; una invención, es muchas    veces una consecuencia tan fácil de los hechos        anteriores, que casi se puede decir que se desprende    ella sola sin esfuerzo. ¿Dónde se va a estudiar    en España el proceso evolutivo de un    descubrimiento? ¿Con qué medios? ¿En qué talleres?    ¿En qué laboratorios?—En ninguna parte.—Pero, en fin, a mí esto no me indigna—añadió    Fermín—, lo que me indigna es la suspicacia,    la mala intención, la petulancia de esta    gente... Aquí no hay más que chulos y señoritos    juerguistas. El chulo domina desde los Pirineos    hasta Cádiz...; políticos, militares, profesores,    curas, todos son chulos con un yo hipertrofiado.—Sí, es verdad.—Cuando estoy fuera de España—siguió diciendo    Ibarra—quiero convencerme de que    nuestro país no está muerto para la civilización;    que aquí se discurre y se piensa, pero cojo    un periódico español y me da asco; no habla    más que de políticos y de toreros. Es una vergüenza.Fermín Ibarra contó sus gestiones en Madrid,    en Barcelona, en Bilbao. Había millonario que le    había dicho que él no podía exponer dinero sin    base, que después de hechas las pruebas con    éxito, no tendría inconveniente en dar dinero al    cincuenta por ciento.
—El capital español está en manos de la canalla    más abyecta—concluyó diciendo Fermín.Unos meses después, Ibarra le escribía desde    Bélgica, diciendo que le habían hecho jefe de un    taller y que sus empresas iban adelante.
IVENCUENTRO CON LULÚ
Un amigo del padre de Hurtado, alto empleado    en Gobernación, había prometido encontrar    un destino para Andrés. Este señor vivía    en la calle de San Bernardo. Varias veces estuvo    Andrés en su casa, y siempre le decía que no    había nada; un día le dijo:—Lo único que podemos darle a usted, es una    plaza de médico de higiene que va a haber vacante.    Diga usted si le conviene, y, si le conviene,    le tendremos en cuenta.—Me conviene.—Pues ya le avisaré a tiempo.Este día, al salir de casa del empleado, en la    calle Ancha, esquina a la del Pez, Andrés Hurtado    se encontró a Lulú. Estaba igual que antes;    no había variado nada.Lulú se turbó un poco al ver a Hurtado, cosa    rara en ella. Andrés la contempló con gusto. Estaba    con su mantillita, tan fina, tan esbelta, tan    graciosa. Ella le miraba, sonriendo un poco ruborizada.
—Tenemos mucho que hablar—le dijo Lulú—;    yo me estaría charlando con gusto con usted,    pero tengo que entregar un encargo. Mi madre    y yo, solemos ir los sábados al café de la Luna.    ¿Quiere usted ir por allá?—Sí, iré.—Vaya usted mañana, que es sábado. De nueve    y media a diez. No falte usted, ¿eh?—No, no faltaré.Se despidieron, y Andrés, al día siguiente por    la noche, se presentó en el café de la Luna. Estaban    doña Leonarda y Lulú en compañía de un    señor de anteojos, joven. Andrés saludó a la madre,    que le recibió secamente, y se sentó en una    silla lejos de Lulú.—Siéntese usted aquí—dijo ella, haciéndole    sitio en el diván.Se sentó Andrés cerca de la muchacha.—Me alegro mucho que haya usted venido—dijo    Lulú—; tenía miedo de que no quisiera    usted venir.—¿Por qué no había de venir?—¡Como es usted tan así!—Lo que no comprendo es por qué han elegido    ustedes este café. ¿O es que ya no viven    allí en la calle del Fúcar?—¡Ca, hombre! Ahora vivimos aquí en la calle    del Pez. ¿Sabe usted quién nos resolvió la    vida de plano?—¿Quién?
—Julio.—¿De veras?—Sí.—Ya ve usted, cómo no es tan mala persona, como usted decía.—Oh, igual; lo mismo que yo creía o peor. Ya    se lo contaré a usted. Y usted ¿qué ha hecho?   ¿Cómo ha vivido?Andrés contó rápidamente su vida y sus luchas    en Alcolea.—¡Oh! ¡Qué hombre más imposible es usted!—exclamó Lulú—. ¡Qué lobo!El señor de los anteojos, que estaba de conversación con doña Leonarda, al ver que Lulú no dejaba un momento de hablar con Andrés se    levantó y se fué.—Lo que es si a usted le importa algo por Lulú, puede usted estar satisfecho —dijo doña    Leonarda con tono desdeñoso y agrio.—¿Por qué lo dice usted?—preguntó Andrés.—Porque ésta le tiene a usted un cariño verdaderamente    raro. Y la verdad, no sé por qué.—Yo tampoco sé que a las personas se les    tenga cariño por algo—replicó Lulú vivamente—;    se las quiere o no se las quiere; nada más.Doña Leonarda, con un mohín despectivo, cogió    el periódico de la noche y se puso a leerlo. Lulú siguió hablando con Andrés.—Pues verá usted cómo nos resolvió la vida Julio—dijo ella en voz baja—. Yo ya le decía a  usted que era un canalla que no se casaría con Niní. Efectivamente; cuando concluyó la carrera comenzó a huir el bulto y a no aparecer por casa. Yo me enteré, y supe que estaba haciendo    el amor a una señorita de buena posición. Llamé a Julio y hablamos; me dijo claramente que no  pensaba casarse con Niní.—¿Así, sin ambages?—Sí; que no le convenía; que sería para él un engorro casarse con una mujer pobre. Yo me quedé tranquila y le dije: Mira, yo quisiera que    tú mismo fueras a ver a don Prudencio y le advirtieras eso. ¿Qué quieres que le advierta?—me preguntó él—. Pues nada; que no te casas con    Niní porque no tienes medios; en fin, por las razones que me has dado.—Se quedaría atónito—exclamó Andrés—,  porque él pensaba que el día que lo dijera iba a haber un cataclismo en la familia.—Se quedó helado, en el mayor asombro—.  Bueno, bueno—dijo—, iré a verle y se lo diré.    Yo le comuniqué la noticia a mi madre, que pensó hacer algunas tonterías, pero que no las hizo; luego se lo dije a Niní, que lloró y quiso tomar venganza. Cuando se tranquilizaron las dos, le dije a Niní que vendría don Prudencio y que yo sabía que a don Prudencio le gustaba ella y que la salvación estaba en don Prudencio. Efectivamente; unos días después vino don Prudencio en actitud diplomática; habló de que si Julio no encontraba destino, de que si no le convenía ir a un pueblo... Niní estuvo admirable. Desde entonces, yo ya no creo en las mujeres.—Esa declaración tiene gracia —dijo Andrés. —Es verdad—replicó Lulú—, porque mire usted que los hombres son mentirosos, pues las mujeres todavía son más. A los pocos días, don Prudencio se presenta en casa; habla a Niní y a mamá, y boda. Y allí le hubiera usted visto a Julio unos días después en casa, que fué a devolver las cartas a Niní, con la risa del conejo, cuando mamá le decía con la boca llena que don Prudencio tenía tantos miles de duros y una finca aquí y otra allí...—Le estoy viendo a Julio con esa tristeza que le da pensar que los demás tienen dinero.—Sí, estaba frenético. Después del viaje de boda, don Prudencio me preguntó—: Tú ¿qué  quieres? ¿Vivir con tu hermana y conmigo o con tu madre? Yo le dije: Casarme no me he de casar; estar sin trabajar tampoco me gusta; lo que preferiría es tener una tiendecita de confecciones de ropa blanca y seguir trabajando—. Pues nada, lo que necesites dímelo. Y puse la tienda.—¿Y la tiene usted?—Sí; aquí en la calle del Pez. Al principio mi madre se opuso, por esas tonterías de que si mi    padre había sido esto o lo otro. Cada uno vive    como puede. ¿No es verdad?
—Claro. ¡Qué cosa más digna que vivir del trabajo!Siguieron hablando Andrés y Lulú largo rato.    Ella había localizado su vida en la casa de la    calle del Fúcar, de tal manera, que sólo lo que se relacionaba con aquel ambiente le interesaba.    Pasaron revista a todos los vecinos y vecinas de    la casa.—¿Se acuerda usted de aquel don Cleto, el    viejecito?—le preguntó Lulú.—Sí; ¿qué hizo?—Murió el pobre...; me dió una pena.—¿Y de qué murió?—De hambre. Una noche entramos la Venancia    y yo en su cuarto, y estaba acabando, y él    decía con aquella vocecita que tenía:—No, si no    tengo nada; no se molesten ustedes; un poco de    debilidad nada más—, y se estaba muriendo.A la una y media de la noche, doña Leonarda    y Lulú se levantaron, y Andrés las acompañó    hasta la calle del Pez.—¿Vendrá usted por aquí?—le dijo Lulú.—Sí; ¡ya lo creo!—Algunas veces suele venir Julio también.—¿No le tiene usted odio?—¿Odio? Más que odio siento por él desprecio,    pero me divierte, me parece entretenido,    como si viera un bicho malo metido debajo de    una copa de cristal.
V    MÉDICO DE HIGIENE
A los pocos días de recibir el nombramiento de médico de higiene y de comenzar a desempeñar el cargo, Andrés comprendió que no era para él. Su instinto antisocial se iba aumentando, se iba convirtiendo en odio contra el rico, sin tener simpatía por el pobre.—¡Yo que siento este desprecio por la sociedad—se    decía a sí mismo—, teniendo que reconocer    y dar patentes a las prostitutas! ¡Yo que    me alegraría que cada una de ellas llevara una toxina que envenenara a doscientos hijos de familia!Andrés se quedó en el destino, en parte por curiosidad, en parte también para que el que se    lo había dado no le considerara como un fatuo.El tener que vivir en este ambiente le hacía  daño. Ya no había en su vida nada sonriente, nada    amable; se encontraba como un hombre desnudo que tuviera que andar atravesando zarzas. Los   dos polos de su alma eran un estado de amargura,    de sequedad, de acritud, y un sentimiento  de depresión y de tristeza.La irritación le hacía ser en sus palabras violento y brutal.Muchas veces a alguna mujer que iba al Registro la decía:—¿Estás enferma?—Sí.—Tú qué quieres, ¿ir al hospital o quedarte libre?—Yo prefiero quedarme libre.—Bueno. Haz lo que quieras; por mí puedes    envenenar medio mundo; me tiene sin cuidado.En ocasiones, al ver estas busconas que venían    escoltadas por algún guardia, riendo, las    increpaba.—No tenéis odio siquiera. Tened odio; al menos    viviréis más tranquilas.Las mujeres le miraban con asombro. Odio,    ¿por qué?, se preguntaría alguna de ellas. Como    decía Iturrioz: la naturaleza era muy sabia; hacía    el esclavo, y le daba el espíritu de la esclavitud;    hacía la prostituta, y le daba el espíritu de la    prostitución.Este triste proletariado de la vida sexual tenía    su honor de cuerpo. Quizá lo tienen también en    la obscuridad de lo inconsciente las abejas obreras    y los pulgones, que sirven de vacas a las    hormigas.
De la conversación con aquellas mujeres sacaba    Andrés cosas extrañas.Entre los dueños de las casas de lenocinio había    personas decentes: un cura tenía dos y    las explotaba con una ciencia evangélica completa.    ¡Qué labor más católica, más conservadora    podía haber, que dirigir una casa de prostitución!Solamente teniendo al mismo tiempo una plaza    de toros y una casa de préstamos podía concebirse    algo más perfecto.De aquellas mujeres, las libres iban al Registro,    otras se sometían al reconocimiento en sus    casas.Andrés tuvo que ir varias veces a hacer estas    visitas domiciliarias.En alguna de aquellas casas de prostitución    distinguidas encontraba señoritos de la alta sociedad, y era un contraste interesante ver estas    mujeres de cara cansada, llena de polvos de arroz,    pintadas, dando muestras de una alegría ficticia, al lado de gomosos fuertes, de vida higiénica, rojos,    membrudos por el  sport.Espectador de la iniquidad social, Andrés reflexionaba    acerca de los mecanismos que van    produciendo esas lacras: el presidio, la miseria,    la prostitución.—La verdad es que si el pueblo lo comprendiese—pensaba    Hurtado—, se mataría por intentar   una revolución social, aunque ésta no sea    más que una utopía, un sueño.Andrés creía ver en Madrid la evolución progresiva    de la gente rica que iba hermoseándose,    fortificándose, convirtiéndose en casta; mientras    el pueblo evolucionaba a la inversa, debilitándose,    degenerando cada vez más.Estas dos evoluciones paralelas eran sin duda    biológicas: el pueblo no llevaba camino de cortar los jarretes de la burguesía, e incapaz de luchar,    iba cayendo en el surco.Los síntomas de la derrota se revelaban en    todo. En Madrid, la talla de los jóvenes pobres    y mal alimentados que vivían en tabucos, era ostensiblemente    más pequeña que la de los muchachos    ricos, de familias acomodadas que habitaban    en pisos exteriores.La inteligencia, la fuerza física, eran también menores entre la gente del pueblo que en la clase    adinerada. La casta burguesa se iba preparando    para someter a la casta pobre y hacerla su esclava.
VI    LA TIENDA DE CONFECCIONES
Cerca de un mes tardó Hurtado en ir a ver a    Lulú, y cuando fué se encontró un poco    sorprendido al entrar en la tienda. Era una tienda    bastante grande, con el escaparate ancho y    adornado con ropas de niño, gorritos rizados y    camisas llenas de lazos.—Al fin ha venido usted—le dijo Lulú.—No he podido venir antes. Pero ¿toda esta    tienda es de usted?—preguntó Andrés.—Sí.—Entonces es usted capitalista; es usted una    burguesa infame.Lulú se rió satisfecha; luego enseñó a Andrés    la tienda, la trastienda y la casa. Estaba todo    muy bien arreglado y en orden. Lulú tenía una    muchacha que despachaba y un chico para los    recados. Andrés estuvo sentado un momento.    Entraba bastante gente en la tienda.—El otro día vino Julio—dijo Lulú—y hablamos    mal de usted.—¿De veras?
—Sí; y me dijo una cosa, que usted había dicho de mí, que me incomodó.—¿Qué le dijo a usted?—Me dijo que usted había dicho una vez,    cuando era estudiante, que casarse conmigo era    lo mismo que casarse con un orangután. ¿Es    verdad que ha dicho usted de mí eso? ¿Conteste    usted?—No lo recuerdo; pero es muy posible.—¿Que lo haya dicho usted?—Sí.—¿Y qué debía hacer yo con un hombre que    paga así la estimación que yo le tengo?—No sé.—¡Si al menos, en vez de orangután, me hubiera usted llamado mona!—Otra vez será. No tenga usted cuidado.Dos días después, Hurtado volvió a la tienda, y los sábados se reunía con Lulú y su madre en el café de la Luna. Pronto pudo comprobar que el señor de los anteojos pretendía a Lulú. Era aquel señor un farmacéutico que tenía la botica en la calle del Pez, hombre muy simpático e instruído. Andrés y él hablaron de Lulú.—¿Qué le parece a usted esta muchacha?—le    preguntó el farmacéutico.—¿Quién? ¿Lulú?—Sí.—Pues es una muchacha por la que yo tengo    una gran estimación—dijo Andrés.
—Yo también.—Ahora, que me parece que no es una mujer para casarse con ella.—¿Por qué?—Es mi opinión; a mí me parece una mujer    cerebral, sin fuerza orgánica y sin sensualidad, para quien todas las impresiones son puramente intelectuales.—¡Qué sé yo! No estoy conforme.Aquella misma noche Andrés pudo ver que Lulú trataba demasiado desdeñosamente al farmacéutico.Cuando se quedaron solos, Andrés le dijo a  Lulú:—Trata usted muy mal al farmacéutico. Eso no me parece digno de una mujer como usted, que tiene un fondo de justicia.—¿Por qué?—Porque no. Porque un hombre se enamore de usted, ¿hay motivo para que usted le desprecie?  Eso es una bestialidad.—Me da la gana de hacer bestialidades.—Habría que desear que a usted le pasara lo mismo, para que supiera lo que es estar desdeñada sin motivo.—¿Y usted sabe si a mí me pasa lo mismo?—No; pero me figuro que no. Tengo demasiada  mala idea de las mujeres para creerlo.—¿De las mujeres en general y de mí en particular?—De todas.
—¡Qué mal humor se le va poniendo a usted, don Andrés! Cuando sea usted viejo no va a haber quien le aguante.—Ya soy viejo. Es que me indignan esas necedades de las mujeres. ¿Qué le encuentra usted  a ese hombre para desdeñarle así? Es un hombre culto, amable, simpático, gana para vivir...—Bueno, bueno; pero a mí me fastidia. Basta    ya de esa canción.
VII    DE LOS FOCOS DE LA PESTE
Andrés solía sentarse cerca del mostrador. Lulú le veía sombrío y meditabundo.—Vamos, hombre, ¿qué le pasa a usted?—le  dijo Lulú un día que le vió más hosco que de ordinario.—Verdaderamente—murmuró Andrés—el mundo es una cosa divertida: hospitales, salas de operaciones, cárceles, casas de prostitución; todo lo peligroso tiene su antídoto; al lado del amor la casa de prostitución; al lado de la libertad la cárcel. Cada instinto subversivo, y lo natural es siempre subversivo, lleva al lado su gendarme. No hay fuente limpia sin que los hombres metan allí las patas y la ensucien. Está en su naturaleza.—¿Qué quiere usted decir con eso? ¿Qué le    ha pasado a usted?—preguntó Lulú.—Nada; este empleo sucio que me han dado, me perturba. Hoy me han escrito una carta las pupilas de una casa de la calle de la Paz, que me preocupa. Firman Unas desgraciadas.
—¿Qué dicen?—Nada; que en esos burdeles hacen bestialidades.  Estas desgraciadas que me envían la carta me dicen horrores. La casa donde viven se comunica con otra. Cuando hay una visita del médico o de la autoridad, a todas las mujeres no matriculadas las esconden en el piso tercero de la otra casa.—¿Para qué?—Para evitar que las reconozcan, para tenerlas fuera del alcance de la autoridad que, aunque injusta y arbitraria, puede dar un disgusto a las    amas.—¿Y esas mujeres vivirán mal?—Muy mal; duermen en cualquier rincón amontonadas, no comen apenas; les dan unas  palizas brutales; y cuando envejecen y ven que ya no tienen éxito, las cogen y las llevan a otro pueblo sigilosamente.—¡Qué vida! ¡Qué horror!—murmuró Lulú.—Luego todas estas amas de prostíbulo—siguió diciendo Andrés—, tienen la tendencia de martirizar a las pupilas. Hay algunas que llevan  un vergajo, como un cabo de vara, para imponer el orden. Hoy he visitado una casa de la calle de Barcelona, en donde el matón es un hombre afeminado a quien llaman el Cotorrita, que ayuda  a la celestina al secuestro de las mujeres. Este invertido se viste de mujer, se pone pendientes, porque tiene agujeros en las orejas, y va a la caza de muchachas.—Qué tipo.—Es una especie de halcón. Este eunuco, por lo que me han contado las mujeres de la casa, es de una crueldad terrible con ellas, y las tiene aterrorizadas—. Aquí, me ha dicho el Cotorrita, no se da de baja a ninguna mujer.—¿Por qué?—le    he preguntado yo.—Porque no—; y me ha enseñado un billete de cinco duros. Yo he seguido interrogando a las pupilas y he mandado al hospital a cuatro. Las cuatro estaban enfermas.—¿Pero esas mujeres no tienen alguna defensa?—Ninguna; ni nombre, ni estado civil, ni nada. Las llaman como quieren; todas responden a nombres falsos; Blanca, Marina, Estrella, África... En cambio, las celestinas y los matones están protegidos por la policía, formada por chulos y por criados de políticos.—¿Vivirán poco todas ellas?—dijo Lulú.—Muy poco. Todas estas mujeres tienen una mortalidad terrible; cada ama de esas casas de prostitución ha visto sucederse y sucederse generaciones de mujeres; las enfermedades, la cárcel, el hospital, el alcohol, va mermando esos ejércitos. Mientras la celestina se conserva agarrada a la vida, todas esas carnes blancas, todos esos cerebros débiles y sin tensión van cayendo al pudridero.—¿Y cómo no se escapan al menos?—Porque están cogidas por las deudas. El burdel es un pulpo que sujeta con sus tentáculos a estas mujeres bestias y desdichadas. Si se escapan    las denuncian como ladronas, y toda la canalla de curiales las condena. Luego estas celestinas  tienen recursos. Según me han dicho en esa casa de la calle de Barcelona, había hace días una muchacha reclamada por sus padres desde Sevilla en el Juzgado, y mandaron a otra, algo parecida físicamente a ella, que dijo al juez que ella vivía con un hombre muy bien, y que no quería volver a su casa.—¡Qué gente!—Todo eso es lo que queda de moro y de judío en el español; el considerar a la mujer como una presa, la tendencia al engaño, a la mentira... Es la consecuencia de la impostura semítica;  tenemos la religión semítica, tenemos sangre semita. De ese fermento malsano, complicado con nuestra pobreza, nuestra ignorancia y nuestra vanidad, vienen todos los males.—¿Y esas mujeres son engañadas de verdad    por sus novios?—preguntó Lulú, a quien preocupaba más el aspecto individual que el social.—No; en general no. Son mujeres que no quieren trabajar; mejor dicho, que no pueden trabajar. Todo se desarrolla en una perfecta inconsciencia. Claro que nada de esto tiene el aire sentimental y trágico que se le supone. Es una cosa brutal, imbécil, puramente económica, sin ningún aspecto novelesco. Lo único grande, fuerte, terrible, es que a todas estas mujeres les queda una idea de la honra como algo formidable suspendido sobre sus cabezas. Una mujer ligera de otro país, al pensar en su juventud seguramente, dirá: Entonces yo era joven, bonita,  sana. Aquí dicen: Entonces no estaba deshonrada. Somos una raza de fanáticos, y el fanatismo de la honra es de los más fuertes. Hemos fabricado ídolos que ahora nos mortifican.—¿Y eso no se podía suprimir?—dijo Lulú.—¿El qué?—El que haya esas casas.—¡Cómo se va a impedir! Pregúntele usted al señor obispo de Trebisonda o al director de la  Academia de Ciencias Morales y Políticas, o a la presidenta de la trata de blancas, y le dirán: Ah, es un mal necesario. Hija mía, hay que tener humildad. No debemos tener el orgullo de creer que sabemos más que los antiguos... Mi tío Iturrioz, en el fondo, está en lo cierto cuando dice riendo que el que las arañas se coman a las moscas no indica más que la perfección de la naturaleza.
Lulú miraba con pena a Andrés cuando hablaba con tanta amargura.—Debía usted dejar ese destino—le decía.—Sí; al fin lo tendré que dejar.
VIII    LA MUERTE DE VILLASÚS
Con pretexto de estar enfermo, Andrés abandonó    el empleo, y por influencia de Julio    Aracil le hicieron médico de La Esperanza, Sociedad    para la asistencia facultativa de gente    pobre.No tenía en este nuevo cargo tantos motivos    para sus indignaciones éticas, pero, en cambio,    la fatiga era terrible; había que hacer treinta y    cuarenta visitas al día en los barrios más lejanos;    subir escaleras y escaleras, entrar en tugurios    infames...En verano sobre todo, Andrés quedaba reventado.    Aquella gente de las casas de vecindad,    miserable, sucia, exasperada por el calor, se hallaba siempre dispuesta a la cólera. El padre o la madre que veía que el niño se le moría, necesitaba descargar en alguien su dolor, y lo descargaba en el médico. Andrés algunas veces oía con calma las reconvenciones, pero otras veces se encolerizaba y les decía la verdad: que eran unos miserables y unos cerdos; que no se levantarían nunca de su postración por su incuria y su abandono.Iturrioz tenía razón: la naturaleza, no sólo hacía el esclavo, sino que le daba el espíritu de    la esclavitud.Andrés había podido comprobar en Alcolea como en Madrid que, a medida que el individuo sube, los medios que tiene de burlar las leyes comunes se hacen mayores. Andrés pudo evidenciar que la fuerza de la ley disminuye proporcionalmente al aumento de medios del triunfador. La ley es siempre más dura con el débil. Automáticamente pesa sobre el miserable. Es lógico que el miserable por instinto odie la ley.Aquellos desdichados no comprendían todavía que la solidaridad del pobre podía acabar con el rico, y no sabían más que lamentarse estérilmente de su estado.La cólera y la irritación se habían hecho crónicas en Andrés; el calor, el andar al sol le producían una sed constante que le obligaba a beber cerveza y cosas frías que le estragaban el estómago.Ideas absurdas de destrucción le pasaban por la cabeza. Los domingos, sobre todo cuando cruzaba entre la gente a la vuelta de los toros, pensaba en el placer que sería para él poner en cada bocacalle una media docena de ametralladoras,    y no dejar uno de los que volvían de la    estúpida y sangrienta fiesta.
Toda aquella sucia morralla de chulos eran los    que vociferaban en los cafés antes de la guerra,    los que soltaron baladronadas y bravatas para    luego quedarse en sus casas tan tranquilos. La    moral del espectador de corrida de toros se había    revelado en ellos; la moral del cobarde que exige    valor en otro, en el soldado en el campo de batalla,    en el histrión, o en el torero en el circo. A    aquella turba de bestias crueles y sanguinarias,    estúpidas y petulantes, le hubiera impuesto Hurtado    el respeto al dolor ajeno por la fuerza.El oasis de Andrés era la tienda de Lulú. Allí,    en la obscuridad y a la fresca, se sentaba y hablaba.Lulú mientras tanto, cosía, y, si llegaba alguna    compradora, despachaba.Algunas noches Andrés acompañó a Lulú y a    su madre al paseo de Rosales. Lulú y Andrés se    sentaban juntos, y hablaban contemplando la    hondonada negra que se extendía ante ellos.Lulú miraba aquella líneas de luces interrumpidas    de las carreteras y de los arrabales, y fantaseaba    suponiendo que había un mar con sus    islas, y que se podía andar en lancha por encima    de estas sombras confusas.Después de charlar largo rato volvían en el tranvía,    y en la glorieta de San Bernardo se despedían    estrechándose la mano.Quitando estas horas de paz y de tranquilidad,        todas las demás eran para Andrés de disgusto y    de molestia...Un día, al visitar una guardilla de barrios bajos,    al pasar por el corredor de una casa de vecindad,    una mujer vieja, con un niño en brazos,    se le acercó y le dijo si quería pasar a ver un    enfermo.Andrés no se negaba nunca a esto, y entró en    el otro tabuco. Un hombre demacrado, famélico,    sentado en un camastro, cantaba y recitaba versos.    De cuando en cuando se levantaba en camisa,    e iba de un lado a otro tropezando con dos o    tres cajones que había en el suelo.—¿Qué tiene este hombre?—preguntó Andrés    a la mujer.—Está ciego y ahora parece que se ha vuelto    loco.—¿No tiene familia?—Una hermana mía y yo; somos hijas suyas.—Pues por este hombre no se puede hacer    nada—dijo Andrés—. Lo único sería llevarlo al    hospital o a un manicomio. Ya mandaré una    nota al director del hospital. ¿Cómo se llama el    enfermo?—Villasús, Rafael Villasús.—¿Este es un señor que hacía dramas?—Sí.Andrés lo recordó en aquel momento. Había    envejecido en diez o doce años de una manera    asombrosa; pero aún la hija había envejecido        más. Tenía un aire de insensibilidad y de estupor,    que sólo un aluvión de miserias puede dar    a una criatura humana.Andrés se fué de la casa pensativo.—¡Pobre, hombre!—se dijo—. ¡Qué desdichado!    ¡Este pobre diablo, empeñado en desafiar a la    riqueza, es extraordinario! ¡Qué caso de heroísmo    más cómico! Y quizá si pudiera discurrir    pensaría que ha hecho bien; que la situación lamentable    en que se encuentra es un timbre de    gloria de su bohemia. ¡Pobre imbécil!Siete u ocho días después, al volver a visitar    al niño enfermo, que había recaído, le dijeron    que el vecino de la guardilla, Villasús, había    muerto.Los inquilinos de los cuartuchos le contaron    que el poeta loco, como le llamaban en la casa,    había pasado tres días con tres noches vociferando,    desafiando a sus enemigos literarios,    riendo a carcajadas.Andrés entró a ver al muerto. Estaba tendido    en el suelo, envuelto en una sábana. La hija, indiferente,    se mantenía acurrucada en un rincón.Unos cuantos desharrapados, entre ellos uno    melenudo, rodeaban el cadáver.—¿Es usted el médico?—le preguntó uno de    ellos a Andrés, con impertinencia.—Sí; soy médico.—Pues reconozca usted el cuerpo, porque    
    creemos que Villasús no está muerto. Esto es un    caso de catalepsia.—No digan ustedes necedades—dijo Andrés.Todos aquellos desharrapados que debían ser    bohemios, amigos de Villasús, habían hecho horrores    con el cadáver: le habían quemado los    dedos con fósforos para ver si tenía sensibilidad.    Ni aun después de muerto, al pobre diablo lo dejaban    en paz.Andrés, a pesar de que tenía el convencimiento    de que no había tal catalepsia, sacó el estetoscopio    y auscultó al cadáver en la zona del corazón.—Está muerto—dijo.En esto entró un viejo de melena blanca y    barba también blanca, cojeando, apoyado en un    bastón. Venía borracho completamente. Se acercó    al cadáver de Villasús, y con una voz melodramática    gritó:—¡Adiós, Rafael! ¡Tú eras un poeta! ¡Tú eras    un genio! ¡Así moriré yo también! ¡En la miseria!,    porque soy un bohemio y no venderé nunca mi    conciencia. No.Los desharrapados se miraban unos a otros    como satisfechos del giro que tomaba la escena.Seguía desvariando el viejo de las melenas,    cuando se presentó el mozo del coche fúnebre,    con el sombrero de copa echado a un lado, el    látigo en la mano derecha y la colilla en los    labios.
—Bueno—dijo hablando en chulo, enseñando    los dientes negros—. ¿Se va a bajar el cadáver    o no? Porque yo no puedo esperar aquí; que hay    que llevar otros muertos al Este.Uno de los desharrapados, que tenía un cuello    postizo, bastante sucio, que le salía de la chaqueta,    y unos lentes, acercándose a Hurtado le    dijo con una afectación ridícula:—Viendo estas cosas, dan ganas de ponerse    una bomba de dinamita en el velo del paladar.La desesperación de este bohemio le pareció    a Hurtado demasiado alambicada para ser sincera,    y dejando a toda esta turba de desharrapados    en la guardilla, salió de la casa.
IX    AMOR, TEORÍA Y PRÁCTICA
Andrés divagaba, lo que era su gran placer,    en la tienda de Lulú. Ella le oía sonriente,    haciendo de cuando en cuando alguna objeción.    Le llamaba siempre en burla don Andrés.—Tengo una pequeña teoría acerca del amor—le    dijo un día él.—Acerca del amor debía usted tener una teoría    grande—repuso burlonamente Lulú.—Pues no la tengo. He encontrado que en el    amor, como en la medicina de hace ochenta    años, hay dos procedimientos: la alopatía y la    homeopatía.—Explíquese usted claro, don Andrés—replicó    ella con severidad.—Me explicaré. La alopatía amorosa está basada    en la neutralización. Los contrarios se curan    con los contrarios. Por este principio, el    hombre pequeño busca mujer grande, el rubio,    mujer morena, y el moreno, rubia. Este procedimiento    es el procedimiento de los tímidos, que    desconfían de sí mismos... El otro procedimiento...
—Vamos a ver el otro procedimiento.—El otro procedimiento es el homeopático.    Los semejantes se curan con los semejantes. Este    es el sistema de los satisfechos de su físico. El    moreno con la morena, el rubio con la rubia. De    manera que, si mi teoría es cierta, servirá para    conocer a la gente.—¿Sí?—Sí; se ve un hombre gordo, moreno y chato,    al lado de una mujer gorda, morena y chata,    pues es un hombre petulante y seguro de sí    mismo; pero el hombre gordo, moreno y chato    tiene una mujer flaca, rubia y nariguda, es que    no tiene confianza en su tipo ni en la forma de    su nariz.—De manera que yo, que soy morena y algo    chata...—No; usted no es chata.—¿Algo tampoco?—No.—Muchas gracias, don Andrés. Pues bien; yo    que soy morena, y creo que algo chata, aunque    usted diga que no, si fuera petulante, me gustaría    ese mozo de la peluquería de la esquina, y si    fuera completamente humilde, me gustaría el    farmacéutico, que tiene unas buenas napias.—Usted no es un caso normal.—¿No?—No.—¿Pues qué soy?
—Un caso de estudio.—Yo seré un caso de estudio; pero nadie me    quiere estudiar.—¿Quiere usted que la estudie yo, Lulú?Ella contempló durante un momento a Andrés,    con una mirada enigmática, y luego se    echó a reir.—Y usted, don Andrés, que es un sabio, que    ha encontrado esas teorías sobre el amor, ¿qué    es eso del amor?—¿El amor?—Sí.—Pues el amor, y le voy a parecer a usted un    pedante, es la confluencia del instinto fetichista    y del instinto sexual.—No comprendo.—Ahora viene la explicación. El instinto sexual    empuja el hombre a la mujer y la mujer al    hombre, indistintamente; pero el hombre que    tiene un poder de fantasear, dice: esa mujer, y la    mujer dice: ese hombre. Aquí empieza el instinto    fetichista; sobre el cuerpo de la persona elegida    porque sí, se forja otro más hermoso y se le    adorna y se le embellece, y se convence uno de    que el ídolo forjado por la imaginación es la misma verdad. Un hombre que ama a una mujer    la ve en su interior deformada, y la mujer que    quiere al hombre le pasa lo mismo, lo deforma.    A través de una nube brillante y falsa, se ven    los amantes el uno al otro, y en la obscuridad        ríe el antiguo diablo, que no es más que la  especie.—¡La especie! ¿Y qué tiene que ver ahí la especie?—El instinto de la especie es la voluntad de    tener hijos, de tener descendencia. La principal    idea de la mujer es el hijo. La mujer instintivamente    quiere primero el hijo; pero la naturaleza    necesita vestir este deseo con otra forma más    poética, más sugestiva, y crea esas mentiras, esos velos que constituyen el amor.—¿De manera que el amor en el fondo es un    engaño?—Sí; es un engaño como la misma vida; por eso alguno ha dicho, con razón: una mujer es tan buena como otra y a veces más; lo mismo se    puede decir del hombre: un hombre es tan bueno    como otro y a veces más.—Eso será para la persona que no quiere.—Claro, para el que no está ilusionado, engañado...    Por eso sucede que los matrimonios de amor producen más dolores y desilusiones que    los de conveniencia.—¿De verdad cree usted eso?—Sí.—¿Y a usted qué le parece que vale más, engañarse y sufrir o no engañarse nunca?—No sé. Es difícil saberlo. Creo que no puede    haber una regla general.Estas conversaciones les entretenían.
Una mañana, Andrés se encontró en la tienda    con un militar joven hablando con Lulú. Durante varios días lo siguió viendo. No quiso preguntar    quién era, y sólo cuando lo dejó de ver se    enteró de que era primo de Lulú.En este tiempo Andrés empezó a creer que    Lulú estaba displicente con él. Quizá pensaba en    el militar.Andrés quiso perder la costumbre de ir a la    tienda de confecciones, pero no pudo. Era el único sitio agradable donde se encontraba bien...Un día de otoño, por la mañana, fué a pasear por la Moncloa. Sentía esa melancolía, un poco ridícula, del solterón. Un vago sentimentalismo    anegaba su espíritu al contemplar el campo, el cielo puro y sin nubes, el Guadarrama azul como    una turquesa.Pensó en Lulú, y decidió ir a verla. Era su única    amiga. Volvió hacia Madrid, hasta la calle del    Pez, y entró en la tiendecita.Estaba Lulú sola, limpiando con el plumero    los armarios. Andrés se sentó en su sitio.—Está usted muy bien hoy, muy guapa—dijo    de pronto Andrés.—¿Qué hierba ha pisado usted, don Andrés,    para estar tan amable?—Verdad. Está usted muy bien. Desde que está usted aquí se va usted humanizando. Antes    tenía usted una expresión muy satírica, muy burlona,    pero ahora no; se le va poniendo a usted  una cara más dulce. Yo creo que de tratar así    con las madres que vienen a comprar gorritos para sus hijos se le va poniendo a usted una cara    maternal.—Y, ya ve usted, es triste hacer siempre gorritos  para los hijos de los demás.—Qué ¿querría usted más que fueran para sus hijos?—Si pudiera ser, ¿por qué no? Pero yo no tendré    hijos nunca. ¿Quién me va a querer a mí?—El farmacéutico del café, el teniente... puede    usted echárselas de modesta, y anda usted    haciendo conquistas...—¿Yo?—Usted, sí.Lulú siguió limpiando los estantes con el plumero.—¿Me tiene usted odio, Lulú?—dijo Hurtado.—Sí; porque me dice tonterías.—Deme usted la mano.—¿La mano?—Sí.—Ahora siéntese usted a mi lado.—¿A su lado de usted?—Sí.—Ahora míreme usted a los ojos. Lealmente.—Ya le miro a los ojos. ¿Hay más que hacer?—¿Usted cree que no la quiero a usted, Lulú?—Sí..., un poco..., ve usted que no soy una    mala muchacha..., pero nada más.
—¿Y si hubiera algo más? Si yo la quisiera a    usted con cariño, con amor, ¿qué me contestaría    usted?—No; no es verdad. Usted no me quiere. No    me diga usted eso.—Sí, sí; es verdad—y acercando la cabeza de    Lulú a él, la besó en la boca.Lulú enrojeció violentamente, luego palideció    y se tapó la cara con las manos.—Lulú, Lulú—dijo Andrés—. ¿Es que la he    ofendido a usted?Lulú se levantó y paseó un momento por la    tienda, sonriendo.—Ve usted, Andrés; esa locura, ese engaño    que dice usted que es el amor, lo he sentido yo    por usted desde que le vi.—¿De verdad?—Sí, de verdad.—¿Y yo ciego?—Sí; ciego, completamente ciego.Andrés tomó la mano de Lulú entre las suyas    y las llevó a sus labios. Hablaron los dos largo    rato, hasta que se oyó la voz de doña Leonarda.—Me voy—dijo Andrés, levantándose.—Adiós—exclamó ella, estrechándose contra    él—. Y ya no me dejes más, Andrés. Donde tú    vayas, llévame.

SÉPTIMA PARTE    La experiencia del hijo.
I    EL DERECHO A LA PROLE
Unos días más tarde Andrés se presentaba en    casa de su tío. Gradualmente llevó la conversación    a tratar de cuestiones matrimoniales, y    después dijo:—Tengo un caso de conciencia.—¡Hombre!—Sí. Figúrese usted que un señor a quien visito,    todavía joven, pero hombre artrítico, nervioso,    tiene una novia, antigua amiga suya, débil    y algo histérica. Y este señor me pregunta:    ¿Usted cree que me puedo casar? Y yo no sé qué    contestarle.—Yo le diría que no—contestó Iturrioz—.    Ahora, que él hiciera después lo que quisiera.—Pero hay que darle una razón.—¡Qué más razón! Él es casi un enfermo, ella    también, él vacila... basta; que no se case.
—No, eso no basta.—Para mí sí; yo pienso en el hijo; yo no creo,    como Calderón, que el delito mayor del hombre    sea el haber nacido. Esto me parece una tontería    poética. El delito mayor del hombre es hacer nacer.—¿Siempre? ¿Sin excepción?—No. Para mí el criterio es éste: Se tienen hijos    sanos a quienes se les da un hogar, protección,    educación, cuidados... podemos otorgar la    absolución a los padres; se tienen hijos enfermos,    tuberculosos, sifilíticos, neurasténicos, consideremos    criminales a los padres.—¿Pero eso se puede saber con anterioridad?—Sí, yo creo que sí.—No lo veo tan fácil.—Fácil no es; pero sólo el peligro, sólo la posibilidad    de engendrar una prole enfermiza, debía    bastar al hombre para no tenerla. El perpetuar    el dolor en el mundo me parece un crimen.—¿Pero puede saber nadie cómo será su descendencia?    Ahí tengo yo un amigo enfermo, estropeado,    que ha tenido hace poco una niña    sana, fortísima.—Eso es muy posible. Es frecuente que un    hombre robusto tenga hijos raquíticos, y al contrario;    pero no importa. La única garantía de la    prole es la robustez de los padres.—Me choca en un anti-intelectualista como    usted esa actitud tan de intelectual—dijo Andrés.
—A mí también me choca en un intelectual    como tú esa actitud de hombre de mundo. Yo te    confieso, para mí nada tan repugnante como esa    bestia prolífica, que entre vapores de alcohol va    engendrando hijos que hay que llevar al cementerio    o que si no, van a engrosar los ejércitos del    presidio y de la prostitución. Yo tengo verdadero    odio a esa gente sin conciencia, que llena de carne    enferma y podrida la tierra. Recuerdo una    criada de mi casa; se casó con un idiota borracho,    que no podía sostenerse a sí mismo porque no    sabía trabajar. Ella y él eran cómplices de chiquillos    enfermizos y tristes, que vivían entre harapos,    y aquel idiota venía a pedirme dinero creyendo    que era un mérito ser padre de su abundante    y repulsiva prole. La mujer, sin dientes,    con el vientre constantemente abultado, tenía    una indiferencia de animal para los embarazos,    los partos y las muertes de los niños. ¿Se ha    muerto uno? Pues se hace otro—decía cínicamente.    No, no debe ser lícito engendrar seres    que vivan en el dolor.—Yo creo lo mismo.—La fecundidad no puede ser un ideal social.    No se necesita cantidad sino calidad. Que los    patriotas y los revolucionarios canten al bruto    prolífico, para mí siempre será un animal odioso.—Todo eso está bien—murmuró Andrés—;    pero no resuelve mi problema. ¿Qué le digo yo a    ese hombre?
—Yo le diría: Cásese usted si quiere; pero no tenga usted hijos. Esterilice usted su matrimonio.—Es decir, que nuestra moral acaba por ser inmoral. Si Tolstoi le oyera, le diría: Es usted un canalla de la facultad.—¡Bah! Tolstoi es un apóstol y los apóstoles dicen las verdades suyas, que, generalmente, son tonterías para los demás. Yo a ese amigo tuyo le hablaría claramente; le diría: ¿Es usted un hombre egoísta, un poco cruel, fuerte, sano, resistente para el dolor propio e incomprensivo para los padecimientos ajenos? ¿Sí? Pues cásese usted, tenga usted hijos: será usted un buen padre de familia... Pero si es usted un hombre impresionable, nervioso, que siente demasiado el dolor, entonces no se case usted, y, si se casa, no tenga hijos.Andrés salió de la azotea aturdido. Por la tarde escribió a Iturrioz una carta diciéndole que el artrítico que se casaba era él.
II    LA VIDA NUEVA
A Hurtado no le preocupaban gran cosa las cuestiones de forma, y no tuvo ningún inconveniente en casarse en la iglesia, como quería doña Leonarda. Antes de casarse llevó a Lulú a ver a su tío Iturrioz y simpatizaron.Ella le dijo a Iturrioz:—A ver si encuentra usted para Andrés algún    trabajo en que tenga que salir poco de casa, porque haciendo visitas está siempre de un humor malísimo.Iturrioz encontró el trabajo, que consistía en    traducir artículos y libros para una revista médica que publicaba al mismo tiempo obras nuevas de especialidades.—Ahora te darán dos o tres libros en francés para traducir—le dijo Iturrioz—; pero vete aprendiendo el inglés, porque dentro de unos    meses te encargarán alguna traducción en este idioma y entonces, si necesitas, te ayudaré yo.—Muy bien. Se lo agradezco a usted mucho.Andrés dejó su cargo en la Sociedad La Esperanza.   Estaba deseándolo; tomó una casa en el barrio de Pozas, no muy lejos de la tienda de    Lulú.Andrés pidió al casero que de los tres cuartos    que daban a la calle le hiciera uno, y que    no le empapelara el local que quedase después, sino que lo pintara de un color cualquiera.Este cuarto sería la alcoba, el despacho, el comedor    para el matrimonio. La vida en común la    harían constantemente allí.—La gente hubiera puesto aquí la sala y el    gabinete y después se hubieran ido a dormir al    sitio peor de la casa—decía Andrés.Lulú miraba estas disposiciones higiénicas    como fantasías, chifladuras; tenía una palabra    especial para designar las extravagancias de su    marido.—¡Qué hombre más ideático!—decía.Andrés pidió prestado a Iturrioz algún dinero    para comprar muebles.—¿Cuánto necesitas?—le dijo el tío.—Poco; quiero muebles que indiquen pobreza;    no pienso recibir a nadie.Al principio doña Leonarda quiso ir a vivir    con Lulú y con Andrés; pero éste se opuso.—No, no—dijo Andrés—; que vaya con tu    hermana y con don Prudencio. Estará mejor.—¡Qué hipócrita! Lo que sucede es que no la    quieres a mamá.—Ah, claro. Nuestra casa ha de tener una        temperatura distinta a la de la calle. La suegra    sería una corriente de aire frío. Que no entre    nadie, ni de tu familia ni de la mía.—¡Pobre mamá! ¡Qué idea tienes de ella!—decía    riendo Lulú.—No; es que no tenemos el mismo concepto    de las cosas; ella cree que se debe vivir para    fuera y yo no.Lulú, después de vacilar un poco, se entendió    con su antigua amiga y vecina la Venancia y la    llevó a su casa. Era una vieja muy fiel, que tenía    cariño a Andrés y a Lulú.—Si le preguntan por mí—le decía Andrés—diga    usted siempre que no estoy.—Bueno, señorito.Andrés estaba dispuesto a cumplir bien en su    nueva ocupación de traductor.Aquel cuarto aireado, claro, donde entraba el    sol, en donde tenía sus libros, sus papeles, le    daba ganas de trabajar.Ya no sentía la impresión de animal acosado,    que había sido en él habitual. Por la mañana    tomaba un baño y luego se ponía a traducir.Lulú volvía de la tienda y la Venancia les    servía la comida.—Coma usted con nosotros—le decía Andrés.—No, no.Hubiera sido imposible convencer a la vieja de    que se podía sentar a la mesa con sus amos.Después de comer, Andrés acompañaba a        Lulú a la tienda y luego volvía a trabajar en su    cuarto.Varias veces le dijo a Lulú que ya tenían bastante    para vivir con lo que ganaba él, que podían    dejar la tienda; pero ella no quería.—¿Quién sabe lo que puede ocurrir?—decía    Lulú—; hay que ahorrar, hay que estar prevenidos    por si acaso.De noche aún quería Lulú trabajar algo en la    máquina; pero Andrés no se lo permitía.Andrés estaba cada vez más encantado de su    mujer, de su vida y de su casa. Ahora le asombraba    cómo no había notado antes aquellas    condiciones de arreglo, de orden y de economía    de Lulú.Cada vez trabajaba con más gusto. Aquel    cuarto grande le daba la impresión de no estar en    una casa con vecinos y gente fastidiosa, sino en    el campo, en algún sitio lejano.Andrés hacía sus trabajos con gran cuidado    y calma. En la redacción de la revista le habían    prestado varios diccionarios científicos modernos    e Iturrioz le dejó dos o tres de idiomas, que le    servían mucho.Al cabo de algún tiempo, no sólo tenía que    hacer traducciones, sino estudios originales, casi    siempre sobre datos y experiencias obtenidos    por investigadores extranjeros.Muchas veces se acordaba de lo que decía    Fermín Ibarra; de los descubrimientos fáciles        que se desprenden de los hechos anteriores sin    esfuerzo. ¿Por qué no había experimentadores en    España, cuando la experimentación para dar fruto    no exigía más que dedicarse a ella?Sin duda faltaban laboratorios, talleres para    seguir el proceso evolutivo de una rama de la    ciencia; sobraba también un poco de sol, un poco    de ignorancia y bastante de la protección del    Santo Padre que, generalmente, es muy útil para    el alma, pero muy perjudicial para la ciencia y    para la industria.Estas ideas, que hacía tiempo le hubieran    producido indignación y cólera, ya no le exasperaban.Andrés se encontraba tan bien, que sentía temores.    ¿Podía durar esta vida tranquila? ¿Habría    llegado a fuerza de ensayos a una existencia, no    sólo soportable, sino agradable y sensata?Su pesimismo le hacía pensar que la calma no    iba a ser duradera.—Algo va a venir el mejor día—pensaba—que    va a descomponer este bello equilibrio.Muchas veces se le figuraba que en su vida    había una ventana abierta a un abismo. Asomándose    a ella, el vértigo y el horror se apoderaban    de su alma.Por cualquier cosa, con cualquier motivo, temía    que este abismo se abriera de nuevo a sus    pies.Para Andrés todos los allegados eran enemigos;        realmente la suegra, Niní, su marido, los    vecinos, la portera, miraban el estado feliz del    matrimonio, como algo ofensivo para ellos.—No hagas caso de lo que te digan—recomendaba    Andrés a su mujer—. Un estado de    tranquilidad como el nuestro es una injuria    para toda esa gente que vive en una perpetua    tragedia de celos, de envidias, de tonterías. Ten    en cuenta que han de querer envenenarnos.—Lo tendré en cuenta—replicaba Lulú, que    se burlaba de la grave recomendación de su marido.Niní, algunos domingos, por la tarde, invitaba    a su hermana a ir al teatro.—¿Andrés, no quiere venir?—preguntaba    Niní.—No. Está trabajando.—Tu marido es un erizo.—Bueno; dejadle.Al volver Lulú por la noche contaba a su marido lo que había visto. Andrés hacía alguna reflexión filosófica que a Lulú le parecía muy cómica, cenaban y después de cenar paseaban los dos un momento.El verano, salían casi todos los días al anochecer. Al concluir su trabajo, Andrés iba a buscar a Lulú a la tienda, dejaban en el mostrador a la muchacha y se marchaban a corretear por el Canalillo o la Dehesa de Amaniel.Otras noches entraban en los cinematógrafos de Chamberí, y Andrés oía entretenido los comentarios de Lulú, que tenían esa gracia madrileña ingenua y despierta que no se parece en nada a las groserías estúpidas y amaneradas de los especialistas en madrileñismo.Lulú le producía a Andrés grandes sorpresas; jamás hubiera supuesto que aquella muchacha, tan atrevida al parecer, fuera íntimamente de una    timidez tan completa.Lulú tenía una idea absurda de su marido, lo consideraba como un portento.Una noche que se les hizo tarde, al volver del Canalillo, se encontraron en un callejón sombrío, que hay cerca del abandonado cementerio de la Patriarcal, con dos hombres de mal aspecto.  Estaba ya obscuro; un farol medio caído, sujeto en la tapia del camposanto, iluminaba el camino, negro por el polvo del carbón y abierto entre dos tapias. Uno de los hombres se les acercó  a pedirles limosna de una manera un tanto sospechosa. Andrés contestó que no tenía un cuarto y sacó la llave de casa del bolsillo, que brilló como si fuera el cañón de un revólver.Los dos hombres no se atrevieron a atacarles, y Lulú y Andrés pudieron llegar a la calle de San Bernardo sin el menor tropiezo.—¿Has tenido miedo, Lulú?—le preguntó Andrés.—Sí; pero no mucho. Como iba contigo...
—Qué espejismo—pensó él—, mi mujer cree que soy un Hércules.Todos los conocidos de Lulú y de Andrés se    maravillaban de la armonía del matrimonio.—Hemos llegado a querernos de verdad—decía    Andrés—, porque no teníamos interés en    mentir.
III    EN PAZ
Pasaron muchos meses y la paz del matrimonio    no se turbó.Andrés estaba desconocido. El método de vida,    el no tener que sufrir el sol, ni subir escaleras,    ni ver miserias, le daba una impresión de tranquilidad,    de paz.Explicándose como un filósofo, hubiera dicho    que la sensación de conjunto de su cuerpo, la    cenesthesia era en aquel momento pasiva, tranquila,    dulce. Su bienestar físico le preparaba para    ese estado de perfección y de equilibrio intelectual, que los epicúreos y los estoicos griegos llamaron ataraxia, el paraíso del que no cree.Aquel estado de serenidad le daba una gran    lucidez y mucho método en sus trabajos. Los estudios de síntesis que hizo para la revista médica    tuvieron gran éxito. El director le alentó para    que siguiera por aquel camino. No quería ya que tradujera, sino que hiciera trabajos originales para todos los números.Andrés y Lulú no tenían nunca la menor  riña; se entendían muy bien. Sólo en cuestiones    de higiene y alimentación, ella no le hacía mucho    caso a su marido.—Mira, no comas tanta ensalada—le decía él.—¿Por qué? Si me gusta.—Sí; pero no te conviene ese ácido. Eres artrítica    como yo.—¡Ah, tonterías!—No son tonterías.Andrés daba todo el dinero que ganaba a su    mujer.—A mí no me compres nada—le decía.—Pero necesitas...—Yo no. Si quieres comprar, compra algo    para la casa o para ti.Lulú seguía con la tiendecita; iba y venía del    obrador a su casa, unas veces de mantilla, otras    con un sombrero pequeño.Desde que se había casado estaba de mejor aspecto; como andaba más al aire libre tenía un    color sano. Además, su aire satírico se había suavizado,    y su expresión era más dulce.Varias veces desde el balcón vió Hurtado que    algún pollo o algún viejo habían venido hasta    casa, siguiendo a su mujer.—Mira, Lulú le decía—, ten cuidado; te siguen.—¿Sí?—Sí; la verdad es que te estás poniendo muy    guapa. Vas a hacerme celoso.
—Sí, mucho. Tú ya sabes demasiado cómo yo te quiero—replicaba ella—. Cuando estoy en la tienda, siempre estoy pensando: ¿Qué hará aquél?—Deja la tienda.—No, no. ¿Y si tuviéramos un hijo? Hay que ahorrar.¡El hijo! Andrés no quería hablar, ni hacer la    menor alusión a este punto verdaderamente delicado; le producía una gran inquietud.La religión y la moral vieja gravitan todavía    sobre uno—se decía—; no puede uno echar fuera    completamente el hombre supersticioso que    lleva en la sangre la idea del pecado.Muchas veces, al pensar en el porvenir, le entraba    un gran terror; sentía que aquella ventana    sobre el abismo podía entreabrirse.Con frecuencia, marido y mujer iban a visitar    a Iturrioz, y éste también a menudo pasaba un    rato en el despacho de Andrés.Un año, próximamente, después de casados, Lulú se puso algo enferma; estaba distraída, melancólica,    preocupada.—¿Qué le pasa? ¿Qué tiene?—se preguntaba    Andrés con inquietud.Pasó aquella racha de tristeza, pero al poco    tiempo volvió de nuevo con más fuerza; los ojos    de Lulú estaban velados, en su rostro se notaban    señales de haber llorado.Andrés, preocupado, hacía esfuerzos para parecer    distraído; pero llegó un momento en que        le fué imposible fingir que no se daba cuenta    del estado de su mujer.Una noche le preguntó lo que le ocurría, y    ella, abrazándose a su cuello, le hizo tímidamente    la confesión de lo que le pasaba.Era lo que temía Andrés. La tristeza de no tener    el hijo, la sospecha de que su marido no    quería tenerlo, hacía llorar a Lulú a lágrima viva,    con el corazón hinchado por la pena.¿Qué actitud tomar ante un dolor semejante?    ¿Cómo decir a aquella mujer, que él se consideraba    como un producto envenenado y podrido,    que no debía tener descendencia?Andrés intentó consolarla, explicarse... Era    imposible. Lulú lloraba, le abrazaba, le besaba    con la cara llena de lágrimas.—¡Sea lo que sea!—murmuró Andrés.Al levantarse Andrés al día siguiente, ya no    tenía la serenidad de costumbre.Dos meses más tarde, Lulú, con la mirada brillante,    le confesó a Andrés que debía estar embarazada.El hecho no tenía duda. Ya Andrés vivía en    una angustia continua. La ventana que en su    vida se abría a aquel abismo que le producía el    vértigo, estaba de nuevo de par en par.El embarazo produjo en Lulú un cambio completo;    de burlona y alegre, la hizo triste y sentimental.Andrés notaba que ya le quería de otra manera;        tenía por él un cariño celoso e irritado; ya no    era aquella simpatía afectuosa y burlona tan    dulce; ahora era un amor animal. La naturaleza    recobraba sus derechos. Andrés, de ser un hombre    lleno de talento y un poco ideático, había pasado    a ser su hombre. Ya en esto, Andrés veía    el principio de la tragedia. Ella quería que le    acompañara, le diera el brazo, se sentía celosa,    suponía que miraba a las demás mujeres.Cuando adelantó el embarazo, Andrés comprobó que el histerismo de su mujer se acentuaba.Ella sabía que estos desórdenes nerviosos tenían    las mujeres embarazadas, y no les daba importancia; pero él temblaba.La madre de Lulú comenzó a frecuentar la    casa, y como tenía mala voluntad para Andrés,    envenenaba todas las cuestiones.Uno de los médicos que colaboraba en la revista, un hombre joven, fué varias veces a ver a    Lulú.Según decía, se encontraba bien; sus manifestaciones histéricas no tenían importancia, eran frecuentes en las embarazadas. El que se encontraba    cada vez peor era Andrés.Su cerebro estaba en una tensión demasiado grande, y las emociones que cualquiera podía    sentir en la vida normal, a él le desequilibraban.—Ande usted, salga usted—le decía el médico.
Pero fuera de casa ya no sabía qué hacer.No podía dormir, y después de ensayar varios hipnóticos, se decidió a tomar morfina. La angustia    le mataba.Los únicos momentos agradables de su vida    eran cuando se ponía a trabajar. Estaba haciendo    un estudio sintético de las aminas, y trabajaba    con toda su fuerza para olvidarse de    sus preocupaciones y llegar a dar claridad a sus    ideas.
IV    TENÍA ALGO DE PRECURSOR
Cuando llegó el embarazo a su término, Lulú    quedó con el vientre excesivamente aumentado.—A ver si tengo dos—decía ella riendo.—No digas esas cosas—murmuraba Andrés exasperado y entristecido.Cuando Lulú creyó que el momento se acercaba,    Hurtado fué a llamar a un médico joven,    amigo suyo y de Iturrioz, que se dedicaba a    partos.Lulú estaba muy animada y muy valiente. El médico le había aconsejado que anduviese, y a pesar de que los dolores le hacían encogerse y    apoyarse en los muebles, no cesaba de andar por    la habitación.Todo el día lo pasó así. El médico dijo que los    primeros partos eran siempre difíciles; pero Andrés comenzaba a sospechar que aquello no tenía    el aspecto de un parto normal.Por la noche, las fuerzas de Lulú comenzaron    a ceder. Andrés la contemplaba con lágrimas en    los ojos.
—Mi pobre Lulú, lo que estás sufriendo—la    decía.—No me importa el dolor—contestaba ella. ¡Si    el niño viviera!—Ya vivirá, ¡no tenga usted cuidado!—decía    el médico.—No, no; me da el corazón que no.La noche fué terrible. Lulú estaba extenuada. Andrés, sentado en una silla, la contemplaba estúpidamente.    Ella, a veces, se acercaba a él.—Tú también estás sufriendo. ¡Pobre!—Y le    acariciaba la frente y le pasaba la mano por la    cara.Andrés, presa de una impaciencia mortal, consultaba al médico a cada momento; no podía ser aquello un parto normal; debía de existir alguna    dificultad; la estrechez de la pelvis, algo.—Si para la madrugada esto no marcha—dijo    el médico—veremos qué se hace.De pronto, el médico llamó a Hurtado.—¿Qué pasa?—preguntó éste.—Prepare usted los fórceps inmediatamente:—¿Qué ha ocurrido?—La procidencia del cordón umbilical. El cordón    está comprimido.Por muy rápidamente que el médico introdujo    las dos láminas del fórceps e hizo la extracción,    el niño salió muerto.Acababa de morir en aquel instante.—¿Vive?—preguntó Lulú con ansiedad.
Al ver que no le respondían, comprendió que    estaba muerto, y cayó desmayada. Recobró pronto    el sentido. No se había verificado aún el    alumbramiento. La situación de Lulú era grave;    la matriz había quedado sin tonicidad y no arrojaba    la placenta.El médico dejó a Lulú que descansara. La    madre quiso ver el niño muerto. Andrés, al    tomar el cuerpecito sobre una sábana doblada,    sintió una impresión de dolor agudísimo, y se    le llenaron los ojos de lágrimas.Lulú comenzó a llorar amargamente.—Bueno, bueno—dijo el médico—, basta;    ahora hay que tener energía.Intentó provocar la expulsión de la placenta,    por la comprensión, pero no lo pudo conseguir.    Sin duda estaba adherida. Tuvo que extraerla    con la mano. Inmediatamente después, dió a la    parturiente una inyección de ergotina, pero no    pudo evitar que Lulú tuviera una hemorragia    abundante.Lulú quedó en un estado de debilidad grande;    su organismo no reaccionaba con la necesaria    fuerza.Durante dos días estuvo en este estado de    depresión. Tenía la seguridad de que se iba a    morir.—Si siento morirme—le decía a Andrés—es    por ti. ¿Qué vas a hacer tú, pobrecito, sin mí?—y    le acariciaba la cara.
Otras veces era el niño lo que la preocupaba    y decía:—Mi pobre hijo. Tan fuerte como era. ¿Por    qué se habrá muerto, Dios mío?Andrés la miraba con los ojos secos.En la mañana del tercer día, Lulú murió. Andrés salió de la alcoba extenuado. Estaban en la casa doña Leonarda y Niní con su marido. Ella parecía ya una jamona; él un chulo viejo lleno de alhajas. Andrés entró en el cuartucho donde dormía, se puso una inyección de morfina, y quedó sumido en un sueño profundo.Se despertó a media noche y saltó de la cama. Se acercó al cadáver de Lulú, estuvo contemplando    a la muerta largo rato y la besó en la    frente varias veces.Había quedado blanca, como si fuera de mármol, con un aspecto de serenidad y de indiferencia,    que a Andrés le sorprendió.Estaba absorto en su contemplación cuando    oyó que en el gabinete hablaban. Reconoció la    voz de Iturrioz, y la del médico; había otra voz,    pero para él era desconocida.Hablaban los tres confidencialmente.—Para mí—decía la voz desconocida—esos    reconocimientos continuos que se hacen en los    partos, son perjudiciales. Yo no conozco este caso, pero ¿quién sabe? quizá esta mujer, en el    campo, sin asistencia ninguna, se hubiera salvado.        La naturaleza tiene recursos que nosotros no    conocemos.—Yo no digo que no—contestó el médico que    había asistido a Lulú—; es muy posible.—¡Es lástima!—exclamó Iturrioz—¡Este muchacho    ahora, marchaba tan bien!Andrés, al oir lo que decían, sintió que se le    traspasaba el alma. Rápidamente, volvió a su cuarto y se encerró en él.
Por la mañana, a la hora del entierro, los que    estaban en la casa, comenzaron a preguntarse qué hacía Andrés.—No me choca nada que no se levante—dijo    el médico—porque toma morfina.—¿De veras?—preguntó Iturrioz.—Sí.—Vamos a despertarle entonces—dijo Iturrioz.Entraron en el cuarto. Tendido en la cama, muy pálido, con los labios blancos, estaba Andrés.—¡Está muerto!—exclamó Iturrioz.Sobre la mesilla de noche se veía una copa y un frasco de aconitina cristalizada de Duquesnel.Andrés se había envenenado. Sin duda, la rapidez de la intoxicación no le produjo convulsiones    ni vómitos.La muerte había sobrevenido por parálisis inmediata    del corazón.
—¡Ha muerto sin dolor—murmuró Iturrioz—.    Este muchacho no tenía fuerza para vivir. Era un epicúreo, un aristócrata, aunque él no lo creía.—Pero había en él algo de precursor—murmuró el otro médico.
FIN

Publicado el 21 de enero de 2026 por Fernando Guzmán.
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