Vidas Paralelas

Plutarco


Historia, Tratado, Tratado político



VOLUMEN I

TESEO Y RÓMULO

I.— Acostumbran los historiadores ¡oh Sosio Seneción!, cuando en la descripción de los países hay puntos de que no tienen conocimiento, suprimir éstos en la carta, poniendo en los últimos extremos de ella esta advertencia: de aquí adelante no hay sino arenales faltos de agua y silvestres, o pantanos impenetrables, o hielos como los de la Escitia, o un mar cuajado. Pues a este modo, habiendo yo de escribir estas vidas comparadas, en las que se tocan tiempos a que la atinada crítica y la historia no alcanzan, acerca de ellos me estará muy bien prevenir igualmente: de aquí arriba no hay más que sucesos prodigiosos y trágicos, materia propia de poetas y mitólogos, en la que no se encuentra certeza ni seguridad. Y habiendo escrito del legislador Licurgo y del rey Numa, me parece que no será fuera de propósito subir hasta Rómulo, pues que tanto nos acercamos a su tiempo; pero examinando, para decirlo con Esquilo,

¿Quién tendrá compañía a esta lumbrera?
¿Con quién se le compara? ¿Quién le iguala?

he creído que el que ilustró a la brillante y celebrada Atenas podría muy bien compararse y correr parejas con el fundador de la invicta y esclarecida Roma. Haré por que, purificado en mi narración lo fabuloso, tome forma de historia; mas si hubiere alguna parte que obstinadamente se resistiese a la probabilidad y no se prestase a hacer unión con lo verosímil, necesitaremos en cuanto a ella de lectores benignos y que no desdeñen el estudio de las antigüedades.

II.— Paréceme, pues, que Teseo hace juego con Rómulo por muchas notas de semejanza: por ser uno y otro, de origen ilegítimo y oscuro, hubo fama de que eran hijos de dioses;

Invictos ambos: lo sabemos todos;

y que al valor reunían la prudencia. De las dos más celebradas ciudades, el uno fundó a Roma, y el otro dio gobierno a Atenas: concurre también en los dos el rapto de mujeres; y ni uno ni otro evitaron el infortunio y disgusto en las cosas domésticas, habiendo incurrido al fin, según se dice, en el odio de sus conciudadanos, si las relaciones que corren fuera de las tragedias pueden servir de algún apoyo a la verdad.

TESEO

III.— El linaje de Teseo por su padre sube a Erecteo y a los primeros autoctones, y por la madre era de los Pelópidas: porque Pélope no menos que por su gran riqueza fue por su larga descendencia señalado entre los reyes del Peloponeso, habiendo casado muchas hijas con los varones más principales y repartido muchos hijos para regir diversos pueblos. Fue Piteo uno de éstos, abuelo de Teseo, el cual, aunque le tocó una ciudad no muy populosa, como Trecene, tuvo, sin embargo, mayor nombre que todos de entendido y de muy sabio para su edad. Y a lo que se conjetura, la clase e importancia de su saber tenía analogía con el saber sentencioso que tanta opinión dio a Hesíodo en su poema Obras y días. Una de las sentencias de este poema se dice que es de Piteo, y es ésta:

Paga al amigo el precio conveniente;

lo que refiere también el filósofo Aristóteles; y Eurípides, llamando a Hipólito alumno del respetable Piteo, manifiesta bien claramente la opinión en que éste era tenido.

Hallábase, pues, Egeo sin hijos, y se dice que la Pitia le anunció aquel tan sabido oráculo, en que le prevenía no se ayuntase a mujer antes de hacer viaje a Atenas; aunque no parece lo expresó con mucha claridad: así, yendo de allí a Trecene, confirió con Piteo el anuncio del dios, que era en esta forma:

Del odre el pie que sale no desates
¡oh magno vencedor de las naciones!
sin que al pueblo de Atenas vayas antes.

Ignórase qué es lo que Piteo le aconsejó, o cómo le embaucó para que se ayuntase con Etra. Ayuntóse, y llegando a entender que era con la hija de Piteo con quien había tenido que ver, sospechoso de que podía estar encinta, le dejó un alfanje y unos coturnos, escondiéndolos debajo de una gran piedra, que tenía un hueco hecho a medida para que allí se custodiasen. Revelóselo, pues, a sola ella; prevínole que si diese a luz hijo varón, y creciendo en edad tuviese fuerza para remover la piedra y recoger las alhajas depositadas, se le enviase con ellas sin comunicarlo con nadie, y antes ocultándolo cuanto pudiese de todo el mundo; y es que tenía gran temor a los Palántidas que le armaban asechanzas y le despreciaban a causa de carecer de hijos, siendo cincuenta los que Palante había tenido: y hecho aquel encargo, se puso en camino.

IV.— Fue, pues, hijo el que Etra dio a luz, y algunos dicen que desde luego se le dio el nombre de Teseo, tomado de la postura de aquellos indicios, que en griego es Tesis; mas otros dicen que no le tuvo sino más adelante en Atenas por haber sido adoptado de Egeo. Educado al lado de Piteo, tuvo por ayo y maestro a Cónidas, al que hasta este nuestro tiempo ofrecen un carnero los Atenienses en uno de los días de las fiestas de Teseo, teniéndole en memoria y reverencia, con harta más razón que a Silanión y Parrasio, pintor y escultor de los retratos de Teseo.

V.— Era entonces costumbre que los que salían de la edad pueril fuesen a Delfos y consagrasen a Apolo en primicia su cabellera; pasó a Delfos, Teseo, y dicen que el lugar de la ceremonia de él se llama hasta el día de hoy Teseia. Afeitóse solamente la parte anterior de la cabeza como de los Abántidas lo refiere Homero, y este modo de afeitarse también por él se llamó Teseide. Fueron los Abantes los primeros que así se trasquilaron: no por haberlo aprendido de los Árabes, como creen algunos, ni por imitar a los de Misia, sino a causa de que eran guerreros amigos de combatir de cerca, e inclinados más que otros algunos a venir a las manos con los contrarios, según que en estos versos lo atestigua también Arquíloco:

No en el tender del arco,
o de las hondas en el crujir frecuente, se señalan;
sino en el campo, cuando el crudo Marte
para herir con el hierro más se ensaña:
que en esta lucha los gloriosos hijos de la Eubea
prez ilustre alcanzan.

trasquílanse, por tanto, para no dar a los enemigos el asidero de los cabellos. Y con esta misma idea se dice que Alejandro de Macedonia dio orden a sus generales para que hiciesen rasurar las barbas a los Macedonios, porque eran para los contrarios una presa que les estaba muy a la mano.

VI.— Etra tuvo siempre oculto el verdadero origen de Teseo, y Piteo había esparcido la voz de que Neptuno la había hecho madre: porque los Trecenios dan particular culto a Neptuno, siendo éste su dios tutelar, al que ofrecen las primicias de los frutos, y teniendo el tridente por la principal insignia de sus monedas. Como ya desde niño hubiese dado muestras de reunir con la fuerza y robustez del cuerpo el juicio y la prudencia, llevándole consigo Etra al sitio de la piedra y descubriéndole la verdad acerca de su nacimiento, le mandó recoger las alhajas paternas y encaminarse a Atenas. Levantó y abrió la piedra con gran facilidad; pero a que se embarcase para Atenas no pudo reducírsele, sin embargo de la seguridad de la ruta, y de que la madre y el abuelo se lo rogaron, a causa de que era expuesto hacer por tierra aquel viaje, no habiendo parte alguna del camino libre y sin peligro de ladrones y de facinerosos. Porque aquella época fue fecunda en hombres de aventajadas e infatigables fuerzas para los trabajos manuales, y de grandísima ligereza de pies; pero que en nada moderado o provechoso empleaban estas dotes, sino que se complacían en la violencia, abusaban con crueldad y aspereza de su poder, y si aspiraban a dominar, era para sujetar y destruir cuanto se les ponía por delante; pareciéndoles que la modestia, la justicia, la igualdad y la humanidad no estaban en ninguna manera bien a los que más podían, pues que si todos los otros hombres las alaban, es por falta de atrevimiento para injuriar y por miedo de ser injuriados. De éstos Heracles había deshecho y destruido a algunos en los lugares por donde pasaba; y otros, huyendo y escondiéndose mientras se hallaba presente, se habían salvado en la oscuridad; más después que Heracles cayó en la desgracia, y habiendo dado muerte a Ífito pasó a la Lidia, y allí por largo tiempo estuvo en la sujeción de Ónfala, pagando así la pena de aquel homicidio, en Lidia se disfrutó de mucha paz y quietud. Pero en la Grecia de nuevo brotaron y se extendieron las iniquidades, no habiendo ninguno que las cortase o contuviese: así que era arriesgado el viaje para los que por tierra caminaban a Atenas desde el Peloponeso; y Piteo, refiriendo quién era cada uno de aquellos ladrones y forajidos, y cuáles sus mañas para con los pasajeros, persuadía a Teseo que caminase por mar. Mas a éste ya de antiguo le abrasaba la fama de la virtud de Heracles; hablaba frecuentemente de él y oía con ansia a los que le pintaban sus hazañas, mayormente a los que le habían visto y habían estado presentes a sus discursos y sus hechos. Sucedióle entonces muy a las claras lo que largo tiempo adelante sucedió, y decía de sí Temístocles, que el trofeo de Milcíades no le dejaba dormir; pues de la propia manera, admirado éste de la virtud de Heracles, de noche soñaba en sus acciones, y de día le agitaba y electrizaba el anhelo, que siempre revolvía en su ánimo, de igualarle.

VII.— Concurría también por caso que participaban del mismo linaje, siendo hijos de primas: porque Etra era hija de Piteo, y Alcmena de Lusídica; y ésta y Piteo hermanos, como hijos de Pélope e Hipodamia: parecíale, por tanto, cosa repugnante e insufrible que aquel, discurriendo por todas partes, purgase la tierra y el mar, y que él esquivase las contiendas que ante los pies se le ofrecían, afrentando de este modo, con huir por mar, al que por voz y fama era su padre, y al que lo era en verdad, con llevarle, como indicios para ser reconocido, los coturnos y un alfanje no teñido en sangre, en vez de hacer patente con obras la excelencia de su legítimo nacimiento.

Con este espíritu y estas consideraciones se puso en camino, resuelto a no ofender por su parte a nadie; mas sí a castigar las violencias que se le presentasen.

VIII.— Y en primer lugar, en el Epidauro, a Perifetes, que usaba por arma de una maza, y por ésta era apellidado Corunetes, porque le fue a echar mano para estorbarle ir más adelante, le dio muerte; y alegre con la maza, la hizo también su arma, y siempre andaba con ella, al modo que Heracles con la piel de león: y así como en éste era aquel adorno una demostración de cuál era la fiera de que había triunfado, de la misma manera la maza significaba en Teseo que la había vencido, y que en su mano era invencible.

En el Istmo, a Sinis Pitnocampte le quitó la vida por el mismo término que él se había deshecho de muchos, sin embargo de que no lo había aprendido ni ejercitado, demostrando así que la virtud natural se aventaja a todo estudio y arte. Tenía Sinis una hija ya grande y hermosa llamada Periguna, en busca de la cual fue Teseo, porque había huido, sucedida la muerte del padre. Habíase ella retirado a un lugar poblado de mucho matorral de estebas y esparragueras; y allí, necia y puerilmente, como si estas cosas tuviesen sentido, les hacía voto con juramento de que nunca las rozaría ni quemaría si la salvaban y escondían; más habiéndola descubierto Teseo, y dándole palabra de que tendría cuidado de ella y en nada la ofendería, salió de allí, y ayuntada con Teseo, fue madre de Melanipo; pero después casó con Dioneo el de Eurito Ecaliense, por disposición del mismo Teseo. De Melanipo el de Teseo fue hijo Ioxo, el que con Órnito concurrió al establecimiento de la colonia que pasó a la Caria, de donde éstos se llamaron Ióxides, y han conservado la costumbre patria de no quemar las matas de esparraguera y de esteba, sino más bien tenerlas en honor y veneración.

IX.— Pues la cerda Cromionia, a la que llamaban la Faia, no era una fiera poco temible, sino furiosa y difícil de vencer, y con todo, saliendo del camino para que no pareciese que todo lo hacía por verse estrechado, la sobrecogió y dio muerte: porque además era de opinión que el varón virtuoso respecto de los hombres malos debía esperar a ser acometido, y entonces irse a ellos para vengarse; mas con las fieras los varones generosos conviene que se les anticipen y corran el riesgo de combatirlas de este modo. Con todo, otros dicen que la llamada Faia era mujer mala, ladrona y matadora, residente en Cromión, a la que se le daba la denominación de Cerda por sus costumbres y su vida, y que ésta fue la que murió a manos de Teseo.

X.— En los confines de Megara dio muerte, estrellándolo con las piedras, a Escirón, que según algunos robaba a los pasajeros; pero otros dicen que por malignidad y antojo presentaba a los forasteros los pies para que se los lavasen, y que dándoles en este acto de puntapiés los lanzaba al mar. Mas los escritores megarenses, luchando con el tiempo antiguo, según expresión de Simónides, se empeñan en contrarrestar esta mala fama y sostienen que Escirón, lejos de ser ladrón y malhechor, fue más bien azote de ladrones y amigo y allegado de los hombres justos y buenos. Porque Éaco es reputado por el más recto de los Griegos: a Cicreas el de Salamina se le tributan en Atenas honores divinos, y nadie hay que desconozca la virtud de Peleo y Telamón; pues Escirón fue yerno de Cicreas, suegro de Éaco y abuelo de Peleo y Telamón, nacidos de Endeida, hija de Escirón y Caricle; y no parece creíble que con hombre tan perverso habían de haber querido contraer deudo unos varones tan virtuosos, dando y recibiendo las prendas que más se quieren y estiman. Dicen, por tanto, que no fue en su primer viaje a Atenas, sino más adelante, cuando Teseo tomó a Eleusis, poseída por los de Mégara, sojuzgando a Diocles que la regía y dando muerte a Escirón: tal es la diversidad de opiniones que hay en este punto.

XI.— En Eleusis quitó la vida de Cerción luchando con él; y poco más adelante, en Hermíone, a Damasta o Procrustes, precisándole, como él lo ejecutaba con sus huéspedes, a quedar igual con su célebre lecho. Hacía todo esto en imitación de Heracles, porque también éste, defendiéndose por los mismos medios con que se le armaban asechanzas, sacrificó a Busiris, venció luchando a Anteo, dio fin en combate singular de Cicno y mató de una cabezada a Termero; de donde dicen viene el nombre de mal Termerio, porque tenía la maña de matar a los que encontraba chocando con la cabeza. A esta misma manera tomó por su cuenta Teseo castigar a los malvados, haciéndoles sufrir las mismas violencias que practicaban, y la justa pena de sus injusticias por los mismos medios de que se valían.

XII.— Siguiendo su camino, y llegado que hubo al Cefiso, le salieron al paso algunos del linaje de los Fitálidas y le saludaron los primeros; pidióles que le purificasen, y habiéndole expiado según sus ritos, y hecho a los Dioses propiciatorio sacrificio, le agasajaron en su casa, no habiendo sido antes recibido humanamente por ningún otro en todo el camino; y se dice que llegó a la ciudad el día octavo del mes Cronio, que ahora llaman Hecatombeón. Entrando en ella, halló las cosas públicas en confusión y desorden, y las particulares de Egeo y su casa también en mal estado porque Medea, refugiada allí de Corinto, había ofrecido a Egeo remediarle con hierbas en la falta de hijos, y se había ayuntado con él. Malicióse ella algo de Teseo, y a Egeo, que nada conoció, y que por ser muy anciano y por la sedición de todo se asustaba, le persuadió que, convidando a Teseo como huésped, con un veneno se deshiciesen de él. Fue Teseo al convite, y no le pareció oportuno decir desde luego quién era, sino dar ocasión a que aquel le reconociese; y como se hubiesen puesto carnes en la mesa, desenvainó el alfanje en acto de irlas a partir; y así fue como se manifestó. Advertido esto al punto por Egeo, arrojó al suelo la taza del veneno, y asegurado de que era su hijo, le saludó como tal, congregó a los ciudadanos, y se lo dio a reconocer, recibiéndole ellos de muy buena voluntad por su gran valor. Hay tradición de que, derribada la taza, el veneno cayó donde está ahora la verja en el Delfinio, porque la casa de Egeo venía a estar allí; y el Hermes que está al oriente del templo se dice el de las puertas de Egeo.

XIII.— Hasta entonces los Palántidas habían estado con la esperanza de alzarse con el reino, muriendo Egeo sin hijos; pero declarado ya Teseo por sucesor, llevando muy a mal que ya antes hubiese reinado Egeo, que fue adoptado por Pandión, y ningún parentesco tenía con los Erecteidas, y que en seguida reinase Teseo con ser forastero y advenedizo, les movieron guerra; y repartiéndose, los unos con el padre se encaminaron al descubierto desde Esfeta a la ciudad, mientras los otros, ocultándose en Gargueto, se ponían en celada para acometer por dos partes a los contrarios. Tenían cerca de sí un heraldo llamado Leos, que era de Agnusia, y éste dio parte a Teseo de lo que por los Palántidas se disponía; con lo que, cayendo súbitamente sobre los que estaban en celada, a todos los destrozó, y los que estaban con Palante, con esta noticia se dispersaron. Es fama que desde entonces no hay enlaces entre los del barrio de los Polenios y los Agnusios, ni entre ellos hacen sus proclamas los heraldos con la fórmula usual: oid, leoi, esto es, pueblos; porque aborrecen aquel nombre a causa de la traición del que le llevaba.

XIV.— Queriendo después Teseo estar ejercitado y juntamente hacerse popular, se fue en busca del toro Maratonio, que hacía grandes daños a los habitantes de Tetrápolis, y habiéndole echado mano, lo presentó vivo, llevándolo por la ciudad, y después lo sacrificó a Apolo Delfinio.

Por lo que hace a Hécala, y lo que de ella vulgarmente se refiere de su hospedaje y recibimiento, parece que no del todo carece de verdad; porque los pueblos del contorno reunidos ofrecían el sacrificio Hecalesio a Júpiter Hecalio, y veneraban a Hécala, llamándola cariñosamente Hecalita, en conmemoración de que ella misma, siendo todavía muy joven Teseo, le había hospedado, saludándole blandamente como lo hacen los ancianos, y regalándole con iguales caricias; y como al salir Teseo al combate hubiese hecho voto por él a Júpiter de hacerle sacrificio si salía salvo, y ella en tanto hubiese fallecido antes de su vuelta, recibió el retorno de su buen hospedaje por orden de Teseo, según lo refiere Filócoro.

XV.— Poco más adelante vinieron por la tercera vez de Creta los que cobraban el tributo. Sucedió que habiéndose formado idea de que Androgeo había sido muerto a traición en el Ática, Minos, por su parte, había hecho graves daños a los habitantes moviéndoles guerra; y además una fuerza superior había asolado aquella comarca, viniendo sobre ella esterilidad y peste, y hasta los ríos se retiraron. Ordenóles el oráculo que aplacasen a Minos y se reconciliasen con él, que con esto se apaciguaría la cólera divina y respirarían de sus males: enviáronle, pues, mensajeros, e hiciéronle ruegos, y pactaron, según que en ello convienen los más de los escritores, que por nueve años le enviarían en tributo siete mancebos y otras tantas doncellas. Llegados a Creta estos jóvenes, las fábulas trágicas nos dan a entender que eran en el Laberinto despedazados por el Minotauro, o que perdidos en sus rodeos, y no pudiendo acertar con la salida, allí perecían; y que el Minotauro era, como lo expresa Eurípides, Monstruosa prole de biforme aspecto; y que había nacido De toro y hombre con mezclados miembros.

XVI.— Mas Filócoro dice que los Cretenses no admiten esta narración, sino que dicen que el Laberinto era una fortaleza, sin tener otra cosa de malo que el no poder los presos huir de ella; y como Minos celebrase combates solemnes en memoria de Androgeo, a los vencedores les entregaba por premio aquellos jóvenes, custodiados hasta aquel punto en el Laberinto; y en los primeros combates quedó vencedor un cretense, que tenía el mayor valimiento con Minos y era su general, llamado Tauro, hombre nada suave y blando de carácter, que trataba con altanería y crueldad a los jóvenes Atenienses. El mismo Aristóteles, hablando del gobierno de los Boteos, manifiesta bien claramente no haber creído nunca que Minos hubiera dado muerte a aquellos jóvenes, sino que hasta la vejez quedaron en Creta como jornaleros. Ocurrió después que, cumpliendo los Cretenses un voto antiguo, enviaron a Delfos las primicias de los varones, y entonces pasaron allá también mezclados los descendientes de aquellos; mas como no les fuese posible ganar allí su vida, primero se trasladaron a Italia, y habitaron hacia Iapigia; pero luego se encaminaron a la Tracia, y tomaron el nombre de Boteos; de donde proviene que las doncellas boteas, celebrando cierto sacrificio, entonan este cantar: Vámonos a Atenas.

Y en verdad que debió tenerse por muy expuesto ponerse mal con una ciudad que tenía voz y letras; así es que Minos siempre ha sido desacreditado y maltratado en los teatros áticos, cuando no se detuvieron en llamarle, Hesíodo muy regio, y Homero familiar del mismo Júpiter; pero tomándole por su cuenta los compositores de tragedias, desde las tablas y la escena le cubrieron de ignominia como hombre fiero y violento, siendo así que, por otra parte, es comúnmente sabido que Minos fue rey y legislador, y Radamanto juez y celador de las rectas determinaciones de aquel.

XVII.— Llegado, pues, el tiempo del tercer tributo, habiendo de presentarse para la suerte los padres que tenían hijos mancebos, se suscitó contra Egeo gran rumor entre los ciudadanos, quejándose éstos y lamentándose de que, con ser la causa de todo, sólo él en nada participaba del castigo, y habiendo traído al mando a un joven bastardo y extranjero, ninguna cuenta hacía de que a ellos les quitaba sus hijos legítimos y los dejaba en orfandad. Incomodó esto a Teseo, y no queriendo desentenderse de lo que era justo para entrar a la parte con los ciudadanos en aquel infortunio, voluntariamente se presentó, sin ser sorteado. Maravillosa pareció esta resolución a todos, y mereció aplausos su popularidad; y Egeo, cuando vio que ni por ruegos ni por instancias pudo disuadirle o apartarle de aquel propósito, sorteó los demás mancebos.

Mas Helanico es de opinión que no eran sorteados los jóvenes y las jóvenes que la ciudad entregaba, sino que el mismo Minos pasaba allá y los elegía, y que el primero eligió a Teseo conforme al convenio; siendo lo convenido que los Atenienses darían la nave; que embarcándose los mancebos con Minos, no llevarían consigo ninguna arma de guerra, y que muerto el Minotauro, cesaría la pena.

En los principios, pues, ninguna esperanza de salud había; por tanto, como en una calamidad manifiesta, ponían en la nave vela negra; pero entonces, alentando Teseo a su padre, y gloriándose de que había de sujetar al Minotauro, dio el padre al comandante de la nave otra vela blanca, previniéndole que a la vuelta, si Teseo regresaba salvo, enarbolase la vela blanca, y si no, navegase con la negra, como indicio de su desgracia. Simónides dice que la vela entregada por Egeo no fue blanca, sino purpúrea, teñida con el jugo de una encina que estaba en su mayor lozanía, y que ésta fue la que dio por señal de volver con bien. Fue gobernador de la nave Amarsíada Fereclo, según Simónides; pero Filócoro dice que Teseo tomó por gobernador en Salamina por dirección de Esciro, a Nausítoo, y por comandante en la proa a Féaco, porque todavía los Atenienses no se habían dado a las cosas de mar, y acontecía ser uno de los mancebos un nieto de Esciro, llamado Menestes. Concuerda con esto haberse puesto por Teseo en el Falero, en el templo de Esciro, los monumentos de Nausítoo y Féaco; y dícese también que la fiesta llamada Gubernesia es a éstos a quienes se dedica.

XVIII.— Hecho el sorteo, tomando Teseo consigo en el Pritaneo a los sorteados, y pasando al Delfinio, hizo por ellos su ofrenda a Apolo; siendo ésta un ramo del olivo sagrado, coronado con una banderola de lana blanca; con lo que, hechas sus plegarias, bajó al mar el día seis del mes Munuquión, el mismo en que todavía van al Delfinio a hacer invocaciones las doncellas. Refiérese también que de Delfos se le ordenó por el dios que llamara a Venus a la parte en el mando, y a que le hiciese compañía en la navegación; y que haciéndole en el mar sacrificio de una res cabría, que era hembra, se le convirtió por sí en macho cabrío, y de aquí le viene a la diosa el apellidarse Epitragia.

XIX.— Arribado a Creta, según se escribe y canta por los más, recibiendo de Ariadna, que de él se enamoró, el hilo, e instruido de cómo se podía salir de los rodeos del Laberinto, dio muerte al Minotauro, y regresó trayendo consigo a Ariadna y a los mancebos. Ferecides añade que Teseo desfondó las naves cretenses para estorbar que le persiguiesen; y Demón refiere que fue muerto Tauro, el general de Minos, en el puerto, combatiendo por mar con Teseo a su llegada. Mas Filócoro nos dejó escrito que celebrando Minos combate solemne, miraba con envidia que se tuviese por cierto que Tauro había de vencerlos a todos; porque aun a éste era odioso su poder a causa de su carácter, y se le achacaba que: tenía amores con Pasifae, por lo que, deseando luchar Teseo, vino en ello Minos. Era costumbre en Creta que también las mujeres presenciasen los combates, y asistiendo a éste Ariadna, se enamoró a la vista de Teseo, y se maravilló al ver que los vencía a todos. Contento también Minos con que hubiese vencido y humillado a Tauro, entregó a Teseo los mancebos, y levantó a la ciudad el tributo.

Mas estas cosas las refiere de un modo particular y con mayor extensión Cleidemo; y tomando el origen de más arriba, dice que era estatuto común de los Griegos que ninguna nave se había de dar al mar por ningún caso con más de cinco hombres; y sólo Jasón, que mandaba la nave Argo, podía navegar fuera de esta regla para acabar con los piratas. Huyó Dédalo de Creta a Atenas en un barco; y yendo Minos en su seguimiento con buques mayores, en contravención de los estatutos, fue por una tempestad arrojado a Sicilia, y allí terminó su vida. Su hijo Deucalión, que no estaba bien con los Atenienses, envió a pedir que le entregasen a Dédalo, amenazando, si no, de dar muerte a los jóvenes que Minos había recibido en rehenes. Teseo le respondió blandamente, excusándose con que Dédalo era su primo y de su mismo linaje, por ser su madre Mérope la de Erecteo; pero trató de equipar armada, parte en el barrio de los Tumátidas, lejos del camino público, y parte en Trecene, por medio de Piteo, porque quería no se descubriese. Así, cuando estuvo pronto, dio la vela, llevando a Dédalo y los demás desterrados de Creta por caudillos, sin que nadie tuviese de ello noticia, y antes imaginando los Cretenses que eran naves amigas. Apoderóse del puerto, y pasó prontamente a la ciudad de Gnoso, donde, trabando pelea a las puertas del Laberinto, dio muerte a Deucalión y sus guardas. Encargóse con esto de los negocios Ariadna, con la cual hizo un tratado, por el que recibió los jóvenes y se entabló amistad entre los de Creta y Atenas, con juramento de no volver a la guerra.

XX.— Acerca de estos sucesos y de Ariadna corren otras relaciones, en las que nada hay de cierto ni averiguado: porque unos dicen que con un lazo se quitó la vida, viéndose abandonada de Teseo; y otros que, conducida a Naxos por los marineros, se ayuntó con Ónaro, sacerdote de Baco, después que Teseo la dejó por otro amor.

De Egle Panopeide
el amor insufrible le aquejaba.

Esto se decía en un verso de Hesíodo, el que Hereas Megarense afirma haber sido suprimido por Pisístrato; así como por el contrario añadido en el Nekia o epicedio de Homero otro en esta sentencia:

Teseo y Pirítoo, ínclitos hijos de los sacros Dioses;

lo uno y lo otro para lisonjear a los Atenienses. Otros quieren que de Teseo hubiese dado a luz Enopión y Estáfilo; y de este número es Ion de Quío, el cual dice de su patria:

Fundóla Enopión, el de Teseo.

Lo que en esta materia refieren como más corriente los mitólogos, anda, como suele decirse, en la boca de todos; pero Peón Amatusio hizo un tratado particular, en el que cuenta que Teseo fue arrojado por la tempestad a Chipre en ocasión que llevaba consigo a Ariadna, que estaba encinta, la cual llegó en muy mal estado por la navegación, y muy disgustada porque se la ponía en tierra sola (puesto que Teseo se hubo de hacer de nuevo a la mar en socorro del barco); que las mujeres del contorno se encargaron de ella y la asistieron, hallándola muy desalentada por verse sola, tanto, que fingieron cartas como que Teseo le escribía, tomaron parte en sus dolores, y le dieron todo auxilio; mas al fin murió y le dieron sepultura, sin que hubiese parido: que sobreviniendo después Teseo, tomó gran sentimiento, y entregando una suma a aquellos habitantes, les ordenó que sacrificasen en honor de Ariadna, e hizo labrar dos idolitos, uno de plata y otro de bronce; que en el sacrificio, que es en el día 2 del mes Gorpieo, uno de los mancebos acostado grita y remeda las mujeres que están con dolores de parto; y finalmente, que los Amatusios al lugar en que muestran su sepulcro le llaman la selva de Venus Ariadna. Algunos de Naxos hacen también su particular historia, y dicen que hubo dos Minos y dos Ariadnas, de las cuales una casó con Baco en Naxos, y de ella nació Estáfilo; y la otra, más moderna robada por Teseo, fue abandonada por él, y vino después a Naxos, y con ella su nutriz, llamada Corcina, cuyo sepulcro se muestra todavía; que también Ariadna murió allí, y se le tributan honores, aunque no como a la primera, porque a ésta se la festeja con alegría y con juegos, y los sacrificios que se hacen a la segunda van mezclados con llanto y con sollozos.

XXI.— Dando la vela de Creta, navegó a Delos; y haciendo sacrificio al dios, y colgando en su templo la señal amatoria que recibió de Ariadna, danzó con los otros mancebos un baile, el que se dice que todavía conservan los Delios, y es una representación de los rodeos y salidas del Laberinto, que se ejecuta a un cierto son con enlaces y desenlaces por aquella forma; y a este género de baile, según Dicearco, le llaman la Grulla. Danzóle Teseo alrededor del ara, dicha Queratona, por haberse formado de astas, todas del lado siniestro. Añaden que también celebró combates en Delos, y que por la primera vez se dieron entonces por él palmas a los vencedores.

XXII.— Llegados a la vista del Ática, olvidósele al mismo Teseo, y olvidóse también al comandante enarbolar la vela blanca, con que habían de anunciar a Egeo que tornaban salvos, por lo que, desesperanzado éste, se arrojo de un precipicio y acabó consigo. Entrado en el puerto Teseo, ofreció a los Dioses en Falero los sacrificios que les había votado al embarcarse, y envió a la ciudad un heraldo con la nueva de su feliz arribo. Encontró éste a muchos haciendo duelo por la muerte del rey; pero a los más, como era justo, muy alegres y dispuestos a regocijarse con ellos, y ofrecerles coronas por su vuelta. Recibiendo, pues, las coronas, adornó con ellas su caduceo, y volviendo al mar cuando todavía Teseo no había hecho las libaciones, se quedó a la parte de afuera, no queriendo impedir el sacrificio; mas acabado éste, dio la nueva de la muerte de Egeo, por lo que con llanto y aflicción se apresuraron a subir a la ciudad. De aquí trae origen el que en las fiestas oscoforias se adorna con corona, no el heraldo, sino el caduceo, y que los circunstantes exclaman ¡ea! ¡ea! ¡ay! ¡ay! durante las libaciones; de los cuales gritos en el uno suelen prorrumpir los que se apresuran o cantan victoria, y el otro es de pasmo y aflicción.

Habiendo dado sepultura al padre, cumplió Teseo su voto a Apolo el día 7 del mes Paunepsion, porque en éste subieron salvos del mar a la ciudad. La costumbre de cocer las legumbres en este día dicen que se hace porque, salvos, recogieron lo que del rancho había quedado, y lo cocieron en una misma olla, y lo comieron juntos; y se lleva también enhiesta a Eiresíone (esto es, el ramo de olivo adornado de vendas de lana), como se hizo con la ofrenda, colgando de él las primicias de diversos frutos, en señal de haber cesado en el Ática la esterilidad, cantando estos versos:

Llevas higos ¡oh ramo! y huecas tortas;
en escudilla miel, aceite rico;
y para que en beodez tu sueño duermas,
en honda taza rebosante vino.

Aunque algunos dicen que estas ceremonias se hacen así en memoria de los Heraclidas, que fueron de este modo mantenidos por los Atenienses; pero los más las explican como se deja dicho.

XXIII.— La nave de treinta remos en que con los mancebos navegó Teseo, y volvió salvo, la conservaron los Atenienses hasta la edad de Demetrio Falereo, quitando la madera gastada y poniendo y entretejiendo madera nueva; de manera que esto dio materia a los filósofos para el argumento que llaman aumentativo, y que sirve para los dos extremos, tomando por ejemplo esta nave, y probando unos que era la misma, y otros que no lo era. Celébranse las fiestas escoforias por institución de Teseo, con ocasión de que no llevó consigo todas las doncellas sorteadas, sino que, de entre los jóvenes sus amigos, a dos demasiado tiernos y de aspecto femenil, aunque por otra parte de ánimos valientes y arrojados, con baños calientes, con la vida casera, y con los adobos y afeites de que usan las mujeres en cuanto al cabello, la delgadez del cuerpo y el color, les hizo tomar otra forma; y enseñándoles también a tomar la voz, el aire y el andar de las mujeres, sin que nada contrario se descubriese, los agregó al número de las doncellas, no habiéndolo advertido nadie. A la vuelta anduvo en pompa por la ciudad, llevando consigo a los mancebos con el traje que ahora se visten los que llevan los ramos con frutas, y los llevan en veneración de Baco y Ariadna para seguir la fábula, o quizá más cierto, porque la vuelta fue entrado el otoño; y las dipnóforas, o sirvientas del banquete, se acercan y participan del sacrificio, en imitación de las madres de los sorteados, que iban y les llevaban pescados y otros manjares. Cuéntanse asimismo fábulas, porque se dice que éstas entretenían y alentaban con consejas a sus hijos: todo lo que refirió también Demón. Erigiósele además un templete, y determinó que, por las casas sujetas al tributo, se le pagasen para el sacrificio ciertos réditos, quedando encargado de éste los Fitálidas, en retorno de su buen hospedaje.

XXIV.— Después de la muerte de Egeo, concibió Teseo una empresa grande y admirable, que fue la de reunir en una sola ciudad a todos los que habitaban el Ática, haciéndoles aparecer un mismo pueblo, siendo así que antes andaban esparcidos, y daban muestras de no poder ser enlazados con el vínculo de la utilidad común. Pues con todo de que antes estaban tan discordes, y aun se hacían mutuamente la guerra, yendo de unos en otros, los persuadió por barriadas y por familias; y lo que es los particulares y los pobres cedieron fácilmente a sus exhortaciones; pero a los de más cuenta fue preciso proponerles un gobierno no monárquico, sino popular, en el que a él no le quedase más que el mando de la guerra y la custodia de las leyes, guardándose igualdad en todo lo demás; y unos entraron en ello por persuasión, y otros, temiendo su poder, que era grande, y su resolución, tuvieron por mejor partido ceder, como convencidos también, que ser obligados por la fuerza. Disolviendo, pues, las presidencias y senados particulares, e instituyendo una presidencia y un senado para todos, como ahora se practica, a la ciudad la llamó Atenas y estableció también el sacrificio común, llamado panatenea. Hizo asimismo el sacrificio de la reunión, llamado metecias, en el día diez y seis del mes Hecatombeón, que todavía se celebra. Renunciando, por tanto, la autoridad real, como a ello se había allanado, iba ordenando su gobierno, haciendo principio por los Dioses; porque le vino de Delfos, consultado el dios, este oráculo acerca de la ciudad:

¡Egeide Teseo, procreado
de la Piteide Etra! Mi alto padre
a tu ciudad la suerte ha vinculado
y la prosperidad de mil ciudades.
De ánimo en los trabajos no decaigas,
que, cual odre flotante,
entero y sano surcarás los mares.

Que viene a ser lo mismo que, según se dice, profetizó más adelante la Sibila a la ciudad, diciendo: De odre a la semejanza te mojarás; hundirte no es posible.

XXV.— Deseando amplificar más la ciudad, admitía a todos a la participación de los mismos derechos, y aquel pregón solemne: Venid acá todos, oh pueblo, se dice que es de Teseo, que se proponía establecer una junta general de todos. Sin embargo, no dejó de considerar que de la reunión y mezcla de la muchedumbre sin discernimiento resultaría una democracia desordenada; así, fue el primero que formó la distinción de patricios, labradores y artesanos, concediendo a los patricios conocer acerca de las cosas divinas, que de ellos se tomasen los Arcontes, y ser los maestros de las leyes y los intérpretes de las cosas santas y sagradas; en lo demás, le pareció que se guardaba la igualdad propuesta con que, si los patricios sobresalían en razón de la opinión, los labradores sobresalían en razón de la utilidad, y los artesanos, en el número. De que fue el primero que propendió a la muchedumbre, como se explica Aristóteles, y desistió de reinar, parece que también Homero nos da testimonio, no nombrando en el catálogo de las naves, por lo respectivo a Atenas, más que al pueblo.

Acuñó asimismo moneda, grabando en ella un buey, o por el toro Maratonio, o por el general de Minos, o por inclinar a los ciudadanos a la agricultura; y de aquí se dice que vinieron los dichos de: vale cien bueyes, vale diez bueyes. Habiendo agregado al Ática con toda seguridad el territorio de Mégara, levantó en el Istmo aquella celebrada columna, poniendo en dos trímetros las inscripciones que notaban la división de los términos, de las cuales la de la parte de oriente decía:

No es ya Poloponeso, sino Jonia;

y la de occidente:

Esto es Peloponeso, no ya Jonia.

Instituyó el primero combates solemnes, en emulación de Heracles; aspirando a la honra de que así como por aquel celebraban los griegos los juegos olímpicos en honor de Júpiter, celebrasen por él los ístmicos, en honor de Neptuno; pues la solemnidad establecida allí antes en honor de Melicerte se celebraba de noche, y así, más parecía iniciación que espectáculo o concurso general. Algunos dicen que los juegos ístmicos se establecieron en memoria de Escirón, viéndose Teseo precisado a purificarse de su muerte, a causa del parentesco, porque Escirón era hijo de Caneto y Heníoca la de Piteo: mas otros dicen que lo era Sinis, y no éste, y que por Sinis, y no por él, instituyó Teseo los juegos. Dispuso igualmente, y contrató con los de Corinto, que a los atenienses que concurriesen a los juegos se les habían de poner asientos de precedencia en tanto terreno como el que cubriese la vela de la nave de la Teoría, según que así lo refieren Helanico y Andrón de Halicarnaso.

XXVI.— Hizo viaje al Ponto Euxino, según Filócoro y algunos otros, militando con Heracles contra las Amazonas, y recibió a Antíope como premio de su valor; pero los más, y entre los Ferecides y Helanico, y Herodoro, dicen que fue más adelante cuando Teseo hizo esta navegación con tropas de su mando, y tomó como cautiva a Antíope, lo que es más verosímil, porque no se dice de ningún otro que llevase cautiva una Amazona. Bión aun añade que arteramente se apoderó de ésta, y luego se retiró, porque, siendo las Amazonas por índole no desafectas a los varones, no huyeron cuando Teseo se presentó en el país, sino que más bien le enviaron presentes; pero llamando éste, y atrayendo a la nave a la que los conduela, luego que la recibió a bordo se hizo a la vela.

Cierto Menecrates, que dio a luz una historia de la ciudad de Nicea en Bitinia, refiere que Teseo, teniendo ya en su poder a Antíope, se detuvo en aquella comarca; y como diese la casualidad de que sirviesen con él tres jóvenes de Atenas, hermanos, llamados Euneo, Toante y Soloonte, éste se enamoró de Antíope, lo que encubrió a los demás, y sólo lo reveló a uno de sus amigos; hizo conversación de ello con Antíope, la que desechó resueltamente semejante propuesta; pero la llevó con prudencia y sosiego, sin dar parte de ella a Teseo; mas Soloonte, cuando ya desesperó, se echó en un río, y pereció, con lo que Teseo vino en conocimiento de lo ocurrido con aquel joven y de la causa de ello, haciéndosele muy sensible. Pensando en este disgusto, trajo a la memoria cierto oráculo de la Pitia de Delfos, por el que se le ordenaba que cuando en cierta expedición estuviese demasiado triste y angustiado, fundase allí una ciudad, dejando en ella por prefectos a algunos de los que le acompañasen; de resultas de lo cual, a la ciudad que fundó le dio el nombre de Pitópolis, y al río próximo el de Soloonte, en honor de aquel mancebo; y a sus hermanos los dejó, como quien dice, por prefectos y legisladores, y con ellos también a Hermo, de la clase de los patricios en Atenas; del que cierto sitio es llamado casa de Hermes por los Pitopolitas, que malamente abrevian la segunda silaba, y trasladan al dios el honor hecho al héroe.

XXVII.— Y ésta fue la ocasión que tuvo la guerra de las Amazonas, la cual fue obra ardua y más que de mujeres, porque no hubieran tenido sus reales dentro de los muros, ni la batalla se habría dado tan sobre nosotros, entre el Pnix o Foro y el Museo, si para entrarse en la ciudad no hubieran antes sojuzgado el país. El que atravesando el Bósforo cimerio en el tiempo que estaba helado se hubiesen puesto de la parte acá, como lo escribió Helánico, es cosa que se resiste; pero que tuvieron sus reales en la ciudad se confirma con los nombres mismos de los sitios, y con las sepulturas de las que murieron. Por bastante tiempo hubo reparo y cuidado en venir a las manos; pero, finalmente, Teseo, habiendo ofrecido víctimas al Miedo, en cumplimiento de un oráculo, las acometió; y la batalla se dio en el mes Boedromión, en el que todavía los atenienses hacen los sacrificios llamados Boedromios; y Cleidemo, queriendo dar cuenta menuda de todo, refiere que la izquierda de las Amazonas se dirigió hacia el sitio que todavía se llama el Amazonio, y por la derecha, se encaminaron al Pnix, por la parte de Crisa; que los atenienses vinieron a combatirlas desde el Museo, habiendo sepulcros de las que murieron en las inmediaciones de la plaza, que más allá del monumento de Calcodonte da a las puertas llamadas ahora Piraicas; desde donde fueron éstos rechazados hasta las Euménides, cediendo el campo a las mujeres; pero que sobreviniendo después por el Paladio, el Ardeto y el Liceo, arrollaron la derecha hasta los reales, con muerte de muchas de ellas; y que al cuarto mes se hizo un tratado por mediación de Hipólita, porque Cleidemo llama Hipólita a aquella con quien había casado Teseo, y no Antíope. Otros dicen que esta Amazona había perecido peleando en compañía de Teseo, pasada por Molpadia con una saeta, y que la columna que hay junto al templo de la Tierra Olimpia puso en memoria de ésta: no siendo de extrañar que sobre cosas tan antiguas ande vacilante la historia, porque también se dice que las Amazonas heridas fueron enviadas ocultamente por Antíope a Calcis, donde hallaron auxilio, y que algunas fueron allí sepultadas en el sitio que aún hoy se llama el Amazonio. De que la guerra acabó con un tratado, dan testimonio la denominación de un sitio junto al Teseón, que por el juramento se llama Horcomosio, y el sacrificio que de antiguo antes de las fiestas de Teseo se hace a las Amazonas. Los de Mégara enseñan asimismo un sepulcro de Amazonas en su territorio, como se va de la plaza al sitio llamado Rous; es un edificio en forma de rombo. Dícese que en Queronea murieron otras y fueron sepultadas junto al arroyo, que antes, según parece, se llamaba Termodonte, y ahora Aimón; de lo que hemos tratado en la Vida de Demóstenes. Aun por la Tesalia se ve que no pasaron ociosas las Amazonas, pues que se muestran también sepulcros de algunas hacia Escotusia y las Cinocéfalas.

XXVIII.— Y acerca de las Amazonas esto es lo que hay digno de memoria, pues lo que escribió el poeta autor de la Teseida sobre la sublevación de las Amazonas, haciendo que Antíope se conmoviese contra Teseo porque se desposaba con Fedra, que las Amazonas la vengasen, y Heracles las venciese, manifiestamente tiene la traza de fábula y conseja. Muerta Antíope, casó con Fedra, teniendo, en hijo de Antíope a Hipólito, o, como dice Pindaro, a Demofoonte. Y por lo que hace a los infortunios que por ésta y el hijo le sobrevinieron, como la historia en nada contradice a las tragedias, hemos de suponer que pasaron como todos los poetas los refieren.

XXIX.— Corren todavía otras narraciones, que no han salido a la escena, acerca de otros casamientos de Teseo, que ni tuvieron justos principios ni felices fines: porque se cuenta que robó a una doncella llamada Anajo, de Trecene, y que habiendo dado muerte a Sinis y a Cerción, se ayuntó con las hijas de éstos; que se casó con Peribea, madre de Áyax, además con Ferebea, y con Iopa la de Íficles. Por otra parte, el haberse enamorado de Ege la de Panopeo es la causa que dan, como ya hemos dicho, para el abandono de Ariadna, tan feo y tan injusto; y, finalmente, se habla del rapto de Helena, que atrajo la guerra al Ática, y para el mismo Teseo terminó en destierro y perdición, sobre lo que hablaremos luego.

En la edad aquella a los varones alentados se les ofrecieron muchas ocasiones en que dar pruebas de su esfuerzo, y con todo es de opinión Herodoro de que en ninguna tomó parte Teseo, sino sólo con los Lapitas en la guerra contra los Centauros; pero para eso otros dicen que aun con Jasón pasó a Colcos, y con Meleagro intervino en la persecución del jabalí; y de aquí el proverbio: No sin Teseo; que éste, sin necesitar de nadie que le auxiliase, había acabado muchos y señalados combates, y la expresión otro Heracles se había hecho propia. Auxilió también a Adrasto a recobrar los cadáveres de los que habían muerto bajo el alcázar cadmeo, no como lo refiere Eurípides en su tragedia, venciendo en batalla a los Tebanos, sino por medio de la persuasión y de un tratado, porque así es como lo cuentan los más, diciendo Filócoro que éste fue el primer ejemplar de tratado hecho para recoger los cadáveres. Con todo, en la Vida de Heracles tenemos escrito haber sido éste el primero que entregó los muertos a sus enemigos. Muéstranse los sepulcros de los más en Eleuterias y de los jefes en Eleusina; haciendo en este Teseo un obsequio a Adrasto. Concuerda con la tragedia Las suplicantes, de Eurípides; la de los Eleusinios, de Esquilo, en la que se introduce a Teseo haciendo esta misma relación.

XXX.— En cuanto a su amistad con Pirítoo, dícese que se concilió de esta manera: tenía Teseo gran renombre de fuerza y de valor; queriendo, pues, Pirítoo tomar de ello conocimiento y probarle, se llevó de Maratón los bueyes que aquel allí tenía; y sabiendo que le perseguía armado, no huyó, sino que más bien retrocedió, y le salió al encuentro. Luego que estuvieron a la vista, cada uno admiró la belleza y resolución del otro; trabaron sí combate; pero Pirítoo, alargando el primero la mano, puso en la de Teseo que fuese juez de aquel robo, porque de buena voluntad se sujetaría a la pena que determinase. Teseo le remitió la pena, y le brindó con ser su amigo y aliado; por lo que hicieron entre sí amistad jurada.

Casóse de allí a poco Pirítoo con Deidamia, y convidó a Teseo a que asistiese, reconociera aquella comarca, y se uniera con los Lapitas. Sucedió que también fueron convidados al banquete los Centauros, los cuales insolentándose en demasía, como después ya acalorados con el vino se desmandasen con las mujeres, los Lapitas se movieron a tomar venganza, y a unos dieron muerte, y a otros, venciéndolos en batalla, al fin los arrojaron del país, auxiliándoles y venciendo con ellos Teseo. Herodoro dice que esto no pasó así, sino que encendida ya la guerra Teseo acudió a auxiliar a los Lapitas; y entonces por la primera vez conoció de vista a Heracles, habiendo puesto por obra el ir a encontrarse con él cerca de Traquina, cuando ya reposaba de sus peregrinaciones y trabajos, y habiéndose hecho el encuentro con mucho honor y aprecio, y con grandes alabanzas de una y otra parte. Mas, sin embargo, mayor asenso debe darse a los que refieren que se habían juntado otras muchas veces, y que la iniciación de Heracles se hizo a solicitud de Teseo, y también la purificación que la precedió, y se tuvo en aquel por necesaria, a causa de algunas acciones inconsideradas.

XXXI.— Siendo ya de cincuenta años, como dice Helánico, tuvo lugar el robo de Helena, todavía pequeña; por lo que algunos, para dar otro viso a ésta, que fue la más grave de cuantas cosas en él se reprenden, dicen no haber sido Teseo el que robó a Helena, sino que habiéndola robado Idas y Linceo, y entregándosela en depósito, la retuvo, y no quiso restituirla a los Dióscuros que la reclamaban; o de otro modo, que entregándosela Tíndaro, por temer a Enarsforo el de Hipocoonte, como por fuerza, se entregó de Helena todavía niña; pero lo más verosímil y confirmado con más testimonios es lo siguiente. Pasaron ambos a Esparta, y robando a esta doncella a tiempo que ejecutaba una danza en el templo de Ártemis Ortia, echaron a huir; y como los que fueron enviados en su seguimiento no hubiesen llegado sino poco más allá de Tegea, libres ya de miedo, y traspuestos del Peloponeso, hicieron pacto de que aquel a quien le tocase la suerte recibirla por mujer a Helena; pero éste había de ayudar al otro a proporcionarse otra boda. Echadas las suertes, conforme a este convenio, le tocó a Teseo, y entregándose de aquella doncellita, que todavía no estaba en sazón de casarse, la llevó a Afidnas, donde, poniéndola al lado a su madre Etra, la entregó a un Afidnense amigo suyo, encargándole la tuviese en seguridad y la guardase de todos los demás. Dando después su asistencia a Pirítoo, se dirigió con él al Epiro en busca de la hija de Aidíneo, rey de los Molosos, el cual dando a su mujer el nombre de Perséfone, a su hija el de Core, y el de Cerbero a un perro, había decretado que los pretendientes de su hija combatiesen con éste, y la alcanzara el que lo venciese; mas habiendo entendido que éstos no venían como pretendientes, sino como raptores, los prendió, y de Pirítoo al punto se deshizo, despedazándolo el perro; pero a Teseo lo mantuvo en prisiones.

XXXII.— A esta sazón Menesteo, hijo de Peteo, que lo fue de Orneo, y éste de Erecteo, siendo, según se cuenta, el primero que concibió el plan de hacerse enteramente popular y hablar según su gusto a la muchedumbre, sublevó e irritó a los principales, que ya de suyo no se acomodaban al mando de Teseo, estando en la opinión de que, con reunirlos a todos en una ciudad sola, había quitado a cada uno de los patricios su mando y autoridad propia, para sujetarlos y esclavizarlos a todos ellos: indispuso también y alborotó a los demás con decirles que se les había puesto ante los ojos como un sueño de libertad, y en el efecto se les había privado de sus patrias y templos, para que en lugar de muchos justos y legítimos reyes sólo acatasen por señor a un extranjero advenedizo. Mientras él traía entre manos estas cosas, dio gran fuerza a estas novedades la guerra con la venida de los Tindáridas; habiendo quien diga que vinieron precisamente a instigación de aquel. Y al principio ninguna hostilidad cometieron: solamente reclamaban a su hermana Helena; pero habiéndoseles respondido por los de la ciudad que ni la tenían ni sabían dónde paraba, trataron de recurrir a las armas; entonces Academo les reveló que estaba oculta en Afidnas, habiéndolo entendido no se sabe cómo: por lo cual en vida le tuvieron el honor los Tindáridas, y después en las muchas ocasiones que los Lacedemonios hicieron incursión en el Ática, y talaron todo el país, respetaron a la Academia por consideración a Academo; pero Dicearco refiere que de Arcadia vinieron en el ejército con los Tindáridas Equedemo y Marato, y que del primero tomó nombre la Academia, y el pueblo de Maratón del segundo, que voluntariamente se entregó a la muerte, adelantándose a las filas, conforme a cierto oráculo. Encaminándose, pues, a Afidnas, y tomándola por armas, la destruyeron. Dícese que allí pereció Álico, hijo de Escirón, que militaba con los Dióscuros; por el que en las tierras de Mégara se llamo Álico cierto sitio en el que se enterró su cadáver; pero Hereas refiere que Álico fue muerto en Afidnas por mano del mismo Teseo, dando por prueba aquellos versos, relativos al propio Álico,

Al que de Afidna en el tendido campo,
Teseo, a causa de la rubia Helena,
en reñido combate dio la muerte;

pero va fuera de razón el que, presente Teseo, se cautivase a su madre y se tomase a Afidnas.

XXXIII.— Tomada Afidnas, y hallándose recelosos los ciudadanos de Atenas, persuadió Menesteo al pueblo que admitiesen en la ciudad y obsequiasen a los Tindáridas, como que sólo venían a hacer la guerra a Teseo, autor de la violencia, y a ser bienhechores y redentores de los demás; con lo que conforma la conducta que tuvieron: porque siendo dueños de todo, ninguna otra cosa exigieron sino que se iniciasen, no teniendo menos deudo con la ciudad que Heracles, lo que les venía de que Afidno los había adoptado como a Heracles Pilio. Tributáronseles honores como a dioses, siendo saludados señores con la voz Ánaces, o por la moderación con que procedieron, o por su cuidado y esmero en que nadie tuviese que padecer con tener dentro de los muros tan grande ejército: porque ánaces se dice de los que cuidan y protegen a algunos, y quizá por esto se da a los reyes el nombre de Ánaces, aunque hay quien diga que se llaman Ánaces los Dióscuros por la aparición de su signo celeste, a causa de que los del Ática el adverbio arriba, que es anô, lo expresan por anekas, y por anekathen el adverbio «de arriba».

XXXIV.— Refieren que Etra, la madre de Teseo, hecha cautiva, fue llevada a Lacedemonia, y de allí a Troya con Helena; y que esto lo confirma Homero, diciendo que siguieron a Helena

La Piteide Etra, con Climene,
la de los bellos y rasgados ojos.

Mas otros desechan este verso y la fábula de Munico, al que dicen haber tenido Laódice escondidamente de Demofonte y haber sido criado por Etra en Troya. De otra parte, Istro, en el libro decimotercio de las Cosas áticas, hace una narración particular y bien diversa de ésta, como que afirmaban algunos que Alejandro, al que en Tesalia se da el nombre de Paris, había sido vencido por Aquiles y Patroclo junto al Esperquio, y que Héctor, habiendo tomado la ciudad de los Trecenios, la había destruido, y se había llevado consigo a Etra, que allí había sido cautivada; pero todo esto va muy fuera de camino.

XXXV.— Hospedando después el rey de los Molosos Aidoneo a Heracles, y haciendo casualmente conversación de lo ocurrido con Teseo y Pirítoo, así de lo que habían venido a ejecutar, como de lo que en castigo habían padecido, Heracles lo llevó muy mal, por haber el uno muerto ignominiosamente, y estar para suceder lo mismo al otro; y respecto de Pirítoo, no pudo hacer otra cosa que afeárselo; pero en cuanto a Teseo se le pidió, y le rogó que le hiciese esta gracia. Concedióselo Aidoneo, y suelto ya Teseo, volvió a Atenas, donde no habían sido del todo sojuzgados sus amigos; y cuantos templetes tenía, por haberlos levantado en su honor la ciudad, todos los consagró a Heracles, y los llamó Heracles en vez de Teseos, a excepción solamente de cuatro, según testimonio de Filócoro. Queriendo volver otra vez a mandar y ponerse al frente del gobierno, como antes, dio en grandes alborotos y revueltas; porque halló que los que de antemano le odiaban, ahora ya con el odio habían juntado el no temerle, y a la mayor parte del pueblo la encontró asimismo corrompida, y que quería que la adulasen en vez de ejecutar sumisamente lo que se le prescribía. Intentó, pues, usar de la fuerza; pero la muchedumbre se le opuso, y se le sublevó; finalmente, desesperado de salir adelante con su empresa, envió sus hijos a la Eubea, a poder de Elefenor el de Calcodonte, y él mismo, haciendo, solemnes imprecaciones desde el Gargueto contra los atenienses, en el lugar donde está ahora el Araterio que llaman, se encaminó a Esciro, donde creía tener amigos y ciertos terrenos de familia.

Reinaba entonces en Esciro Licomedes; dirigióse, pues, a él, y trató de recobrar sus terrenos, porque quería establecerse allí; aunque dicen que le rogó le diese ayuda contra los atenienses. Mas Licomedes, o temiendo la grande fama de tal varón, o queriendo complacer a Menesteo, tomándole consigo, le llevó a las mayores eminencias de aquella parte, como para mostrarle los terrenos, y acabó con él precipitándole de aquellos derrumbaderos. También hay quien dice que por sí mismo resbaló y cayó, paseándose después de comer, como lo tenía de costumbre. Y por lo pronto, nadie tuvo cuenta de él después de muerto, sino que quedó reinando en Atenas Menesteo; y sus hijos, criados como unos particulares, fueron con Elefenor a la expedición de Troya; pero habiendo fallecido allá Menesteo, cuando volvieron recobraron el reino. Más adelante, entre otras cosas que movieron a los atenienses a venerar a Teseo como un héroe, concurrió el que a muchos de los que en Maratón pelearon contra los Medos les pareció que veían la sombra de Teseo que, armada delante de ellos, perseguía a los bárbaros.

XXXVI.— Después de la Guerra Médica, siendo arconte Fedón, consultaron los Atenienses el oráculo, y respondió la Pitia que recogieran los huesos de Teseo y los tuviesen y guardasen con veneración. Había gran dificultad en recogerlos, y aun en descubrir su sepulcro, por la insociabilidad y aspereza de los Dólopes, habitantes de la isla; mas habiendo Cimón conquistado la isla, como se dice en su Vida, y teniendo grandes deseos de hacer este hallazgo, sucedió que un águila empezó a escarbar con el pico y revolver con las uñas en un terreno algo elevado; y pensando en ello, como por divino impulso, cavó en el mismo sitio. Encontróse en él el hueco de un cuerpo más grande de lo ordinario, y a su lado una lanza de bronce y una espada; y conducidas estas cosas por Cimón en su nave, alegres los Atenienses, los recibieron con gran pompa y sacrificios, como si el mismo Teseo entrase en la ciudad, en medio de la cual yace cerca del Gimnasio; y su sepulcro es asilo para los esclavos y para todos los miserables, que se acogen a él por temor de los poderosos, así como Teseo se constituyó en protector y amparador, y se prestó con humanidad a los ruegos de los menesterosos. Celébranle el gran sacrificio en el día 8 del mes Puanepsion que fue en el que volvió de Creta con los mancebos; y aun en los demás días 8 le dan culto, o porque de Trecene llegó la primera vez en el día 8 del mes Ecatombeón, según refiere Diódoro el Geógrafo, o juzgando que este número le conviene mejor que ningún otro al que era tenido por hijo de Neptuno, porque también veneran a éste en los días 8; y es que siendo este número el primer cubo desde el primer par, y el duplo del primer cuadrado, tiene en sí como propia la permanencia e inmovilidad de aquel dios, que tiene los nombres de Asfalio y Gayeoco.

RÓMULO

I.— Este nombre grande de Roma, que con tanta gloria ha corrido entre todos los hombres, no están de acuerdo los escritores sobre el origen y causa por donde le vino a la ciudad que con él se distingue. Algunos creen que los Pelasgos, que corrieron por diferentes partes de la tierra y sojuzgaron muchos pueblos, se establecieron allí, y de la fuerza de sus armas dieron este nombre a la ciudad, que eso quiere decir Roma. Otros refieren que tomada Troya, algunos de los que huían pudieron hacerse de naves, e impelidos del viento fueron a caer en el país Tirreno, y pararon en las inmediaciones del Tíber. Allí, estando ya las mujeres sin saber qué hacerse, y muy molestadas de la navegación, una de ellas, llamada Roma, que sobresalía en linaje y prudencia, les propuso dar fuego a las naves; hízose así, y al principio los hombres se incomodaron; pero cediendo luego a la necesidad, se establecieron en lo que se llamó Palacio; y como al cabo de poco viesen que les iba mejor de lo que habían esperado, por ser excelente el país y haber sido muy bien recibidos de los habitantes, dispensaron a Roma, entre otros honores, el que de ella, como de primera causa, tomase nombre su ciudad. De entonces dicen que viene lo que todavía se practica, que las mujeres saludan con ósculo a los deudos y a sus propios maridos, porque también aquellas saludaron así a los hombres después de la quema de las naves, por miedo y para templarlos en su enojo.

II.— Unos dicen que Roma, hija de Ítalo y de Leucaria, o, según otra tradición, de Télefo el de Heracles casada con Eneas, fue la que puso nombre a la ciudad; y otros, que no fue sino una hija de Ascanio el de Eneas. Según una sentencia, fue Romano, hijo de Ulises y de Circe, el que fundó a Roma; según otra, Remo el de Ematión, enviado por Diomedes desde Troya, y según otra, Romis, tirano de los Latinos, el que arrojó de allí a los Tirrenos, que de la Tesalia habían pasado a la Lidia, y de la Lidia a Italia. No sólo esto, sino que aun los que con más fundada razón designan a Rómulo como denominador de aquella ciudad, no convienen entre sí acerca de su origen; porque unos sostienen que fue hijo de Eneas y Doxitea la de Forbante, y que siendo niño, fue traído a la Italia con su hermano Remo, y habiéndose perdido en el río, que había salido de madre, los demás barcos, aquel en que navegaban los dos niños había arribado a una orilla muelle, y salvos, por tanto, inesperadamente, se puso al sitio el nombre de Roma; otros, que Roma, hija de aquella Troyana, la cual hija casó con Latino el de Telémaco, dio a luz a Rómulo; y otros, que fue Emilia la de Eneas y Lavinia, conocida por Marte. Finalmente, otros hacen en este punto relaciones del todo fabulosas: que Tarquecio rey de los Albanos, hombre sumamente injusto y cruel, tuvo dentro de su palacio una visión terrible: un falo que salió de entre el fuego, y estuvo permanente por muchos días. Había en el país Tirreno un oráculo de Tetis, del cual vino a Tarquecio la respuesta de que una virgen se ayuntase con la fantasma, porque nacería de ella un hijo muy esclarecido, excelente en virtud, en fortuna y en valor. Dio parte del oráculo Tarquecio a una de sus hijas, mandándole que se ayuntase a la fantasma; mas ésta lo miró con abominación, y envió a una de sus criadas. Cuando Tarquecio lo llegó a entender, lo llevó muy mal, e hizo prender a entrambas para darles muerte; pero habiéndosele aparecido Vesta entre sueños, y desaprobándole aquel rigor, les dio a tejer cierta tela, presas como estaban, tejida la cual habían de casarse: tejían ellas de día; pero de noche, por orden de Tarquecio, destejían otras lo tejido. Dio a luz la criada dos gemelos, y Tarquecio los entregó a Teracio con orden de que les diese muerte; pero éste los expuso a la orilla del río, donde una loba acudía a darles de mamar, y diversas aves, trayéndoles de su cebo, lo ponían en la boca a los niños, hasta que un vaquero que lo vio, y lo tuvo a maravilla, se atrevió a acercarse, y los llevó consigo; y habiéndose salvado por este medio, acometieron después a Tarquecio, y le vencieron. Así lo cuenta un historiador llamado Promatión, que dio a la luz una Historia de Italia.

III.— Mas la relación que pasa por más cierta, y tiene mayor número de testigos en su favor, la publicó el primero entre los griegos en sus más señaladas circunstancias, Diocles Perapetio, a quien en las más de las cosas sigue Fabio Píctor, y aunque todavía otras diversas sentencias acerca de estos mismos sucesos, la más recibida, para venir ya al caso, es en esta forma: la sucesión de los reyes de Alba, descendientes de Eneas, vino a recaer en dos hermanos, Numitor y Amulio; y habiendo Amulio hecho dos partes de todo, poniendo el reino de un lado, y en otro, en contraposición, las riquezas y todo el oro traído de Troya, Numitor hizo elección del reino. Mas sucedió que Amulio, dueño de los intereses, le usurpó también el reino con la mayor facilidad; y por temor de que su hija tuviese sucesión, la creó sacerdotisa de Vesta, para que permaneciese doncella y sin casarse por toda su vida; llamábase Ilia, según unos; Rea, según otros, y según otros, Silvia. Al cabo de poco fue denunciada de que, contra la ley prescrita a las vestales, estaba encinta; y hubiera sufrido su terrible pena, a no haber sido por Anto, la hija del Rey, que intercedió por ella con su padre; pero, sin embargo, fue puesta en prisión y separada de todo trato, para que no pudiese suceder su parto sin noticia de Amulio. Dio a luz dos niños de aventajada robustez y hermosura, con lo que, creciendo más el temor de Amulio, dio orden a uno de sus ministros para que se apoderase de ellos y los quitase del medio. Dicen algunos que este ministro se llamaba Fáustulo; pero otros piensan que éste era el nombre del que los recogió. Puso, pues, los niños en una cuna, y bajó al río para arrojarlos en él; pero hallándolo crecido y arrebatado, tuvo miedo de acercarse, y dejándolos junto a la orilla se dio por cumplido. Hacía el río remansos, con lo que la creciente llegó a la cuna, y levantándola blandamente, la fue llevando a un sitio sumamente muelle, al que ahora llaman Quermalo, y en lo antiguo Germano, porque a los hijos de unos mismos padres los Latinos los llaman germanos.

IV.— Había allí cerca un cabrahigo, al que llamaron Ruminal, o por Rómulo, como opinan los más, o por los ganados que al medio día sesteaban a su sombra, o más aún por la lactancia de los niños, porque los antiguos a la teta decían ruma, y a cierta Diosa que creen preside a la crianza de los niños le llaman Rumilia, y le hacen sacrificio abstemio, libándole con leche. Estando, pues, allí expuestos los niños, cuentan que una loba les daba de mamar, y que un quebrantahuesos los alimentaba también y defendía. Esta ave se tiene por consagrada a Marte, y los latinos la tienen en gran veneración y honor; por lo que la madre de los niños, que decía haberlos tenido de Marte, se concilió gran fe: bien que se dice haberle venido este error de que el mismo Amulio, en traje de guerrero, la violentó y desfloró. Otros sospechaban que el nombre de la nutriz, por su anfibología, fue el que dio ocasión y asidero a esta fábula, porque los latinos llamaban lobas, de esta especie de fieras, a las hembras, y de las mujeres a las que eran malas de sus cuerpos, y tal parece que era la mujer de Fáustulo, que crió a estos dos infantes, llamada Aca Larencia. Hácenle sacrificios los Romanos y libaciones en el mes de abril el sacerdote de Marte, dándose a la misma fiesta el nombre de Larencia.

V.— Todavía festejan a otra Larencia con esta ocasión, el custodio del templo de Heracles, estando un día ocioso, propuso al dios que jugasen a los dados, estipulando que, si él ganaba, había el dios de darle alguna cosa de valor, y ofreciéndole si perdía que tendría una mesa opípara y una buena moza con quien reposase. Tirando, pues, por Heracles, y luego por sí, se vio que había perdido; y queriendo llenar bien su promesa y estar, como era justo, a lo convenido, preparó a Heracles un banquete, y concertándose reservadamente con Larencia, que era muy bonita, la llamó al convite, y en el templo les aderezó un lecho, encerrándolos acabada la cena, como para que gozase de ella el dios. Cuéntase que éste se le apareció, y le mandó que fuese de madrugada a la plaza, y saludando al primero que encontrase lo hiciese su amigo. Encontróse con ella uno de los ciudadanos, hombre ya de bastante edad, a quien la suerte había favorecido con una buena hacienda, y al mismo tiempo sin hijos, pues nunca había tenido mujer: su nombre era Tarrucio. Unióse a ella, y la tuvo en aprecio, y a su muerte la dejó heredera de muchas y excelentes posesiones, la mayor parte de las cuales legó ella después al pueblo en su testamento. Cuéntase que siendo ya muy celebrada, y teniendo fama de ser favorecida del dios, se desapareció en el mismo sitio en que la otra Larencia fue sepultada, el cual se llama ahora Belauro, porque en las frecuentes crecidas que tiene el río van con barcos al Foro por aquel paraje, y a esta especie de navegación la llaman Belatura. Otros son de sentir que los que dan espectáculos defienden con lienzos la calle que va desde la plaza al Hipódromo, empezando por aquel sitio; y en latín estos lienzos se llaman velas; éste es el motivo por que la segunda Larencia es tenida en veneración entre los Romanos.

VI.— Recogió los niños Fáustulo, uno de los pastores del rey, sin que nadie lo entendiese, o, según el sentir de los que parece, se acercan más a lo cierto, sabiéndolo Numitor, y suministrando reservadamente auxilios a los que corrían con su crianza. Añádese que, llevándolos a Gabias, se les educó en letras y en todas las demás habilidades propias de gente bien nacida; y que, por habérseles visto mamar de la loba, de aquí vino ponérseles los nombres de Rómulo y Remo. Y la buena disposición de sus cuerpos, aun siendo niños, en la estatura y belleza de ellos dio bien claras muestras de su carácter. Ya más adultos se vio que ambos eran resueltos y esforzados, de ánimo intrépido para peligros, y de una osadía que con nada se arredraba; pero en Rómulo se descubría mayor disposición para manejarse con prudencia y cierto tino político: así, en los encuentros que con los vecinos se ofrecían en pastos y cacerías se echaba luego de ver que su genio era más de jefe que de súbdito. Por tanto, con sus iguales y con los infelices eran muy afables; pero con los sobrestantes y mayordomos del rey y con los mayorales del ganado, en quienes no reconocían ventaja de virtud, eran altivos, no dándoseles nada de sus amenazas ni de su enojo. Sus ejercicios y juegos eran de personas nobles; porque no hacían consistir la nobleza en el ocio y la holgazanería, sino en la lucha, en la caza, en las apuestas a correr, en sujetar a los forajidos, en limpiar la tierra de ladrones, y en proteger a los que eran atropellados, con lo que habían adquirido gran nombre.

VII.— Suscitóse rencilla entre los vaqueros de Amulio y Numitor, robando éstos algún ganado; y no pudiendo llevarlo en paciencia, vinieron con ellos a las manos, los hicieron retirarse y les arrebataron gran parte de la presa; y aunque Numitor se irritó por ello, no sólo tuvieron en poco su enojo, sino que congregaron y reunieron a muchos esclavos, dando aquí principio a sus conatos osados y sediciosos. Un día que Rómulo se había ausentado con motivo de un sacrificio, porque era religioso y dado a la ciencia augural, los vaqueros de Numitor trabaron contienda con Remo, a quien hallaron con poca gente, y habiendo habido de una y otra parte contusiones y heridas, vencieron al cabo los de Numitor y tomaron vivo a Remo. Presentado ante Numitor, no quiso castigarle, temiendo la áspera condición del hermano, sino que se dirigió a éste y le pidió le hiciese justicia, pues que con ser su hermano se veía ultrajado de sus sirvientes: con lo que, y tomando también parte por él los de Alba, que sentían no se le tratase según su dignidad, alcanzó de Amulio que le hiciese entrega de Remo, para que en cuanto a él procediera como le pareciese. Llamólo ante sí luego que regresó a su casa, y admirado de la gallardía de tal mancebo, porque en estatura y en fuerza se aventajaba a todos, leyéndole en el semblante la osadía y determinación del ánimo, porque su continente era noble e inalterable aun en aquella situación, y oyendo además que sus obras correspondían con lo que se veía, o lo más cierto, ordenándolo así algún dios, y echando el cimiento a grandes sucesos, empezó afortunadamente a entrar en sospecha de la verdad, y le preguntó quién era y cuál su origen, con tan blandas palabras y afable rostro, que no pudieron menos de infundirle esperanza. «Confiado, pues, nada te ocultaré —le respondió—, porque me pareces de ánimo más regio que no Amulio, pues tú oyes y preguntas antes de castigar, y aquel nos ha entregado sin que precediese juicio. Al principio nos tuvimos por hijos de Fáustulo y Larencia, sirvientes del rey, porque somos gemelos: puestos ya en juicio y calumniados ante ti, en este riesgo de la vida se nos han referido acerca de nosotros mismos cosas extraordinarias: si son o no ciertas, el éxito debe decirlo. Nuestro nacimiento se dice que es un arcano, y nuestra crianza de recién nacidos, muy maravillosa, habiendo sido sustentados por las mismas aves y fieras a las que nos habían arrojado, dándonos de mamar una loba, y cebo un quebrantahuesos, expuestos como nos hallábamos en una cuna a orillas del río grande. Todavía existe la cuna con arcos de bronce, en que hay grabados caracteres enigmáticos: indicios que quizá serán inútiles para nuestros padres muriendo nosotros». Numitor, con esta narración, y conjeturando además el tiempo por el aspecto, concibió una halagüeña esperanza, y pensó en el modo como podría secretamente hablar de estas cosas con su hija, que todavía estaba en estrecho encerramiento.

VIII.— Fáustulo, en tanto, oída la prisión de Remo y su consignación, pidió a Rómulo le diese ayuda, diciéndole ya entonces por lo claro cuál era su origen, pues antes sólo les había hecho alguna indicación, en cuanto convenía para que no pensasen bajamente, y además, tomando consigo la cuna, se encaminaba a verse con Numitor, lleno de la agitación y temor que el caso exigía. Mas habiendo dado que sospechar a los guardas que el rey tenía en las puertas, registrándole éstos y turbándose a sus preguntas, se descubrió que ocultaba la cuna debajo de la capa. Hallábase entre ellos casualmente uno de los que presenciaron el arrebato de los niños para su exposición, y sabía todo lo ocurrido acerca de ella: viendo, pues, éste la cuna, y reconociéndola por su adorno y por los caracteres, vino en conocimiento de todo, y no se descuidó, sino que se fue a dar cuenta al rey, dando motivo a que se le hiciese comparecer. Apretado Fáustulo en tanto estrecho, no se conservó enteramente tranquilo, pero tampoco del todo se aturdió; y confesó que sí, que los niños se habían salvado, pero que estaban de pastores lejos de Alba; y la cuna la llevaba a Ilia, porque muchas veces ésta había deseado verla y tocarla para más cierta esperanza de sus hijos. Sucedióle en esta ocasión a Amulio lo que comúnmente acontece a los que obran perturbados del temor o de la ira; porque echó mano de un hombre bueno, pero muy amigo de Numitor, para que inquiriese de éste qué noticias le habían llegado de los niños y de cómo se habían salvado. Constituido éste en casa de Numitor, observando que Remo casi gozaba de toda su confianza y su amor, les hizo concebir grande esperanza, y los exhortó a que se anticipasen cuanto más pudiesen, asistiéndolos él mismo y combatiendo a su lado. Ni el estado de las cosas les hubiera permitido detenerse aunque hubiesen querido, porque ya Rómulo estaba allí junto, y se le habían pasado muchos de los ciudadanos por odio y temor de Amulio. Traía también consigo mucha tropa, formada por centurias, mandada cada una por un caudillo, que ostentaba la lanza coronada con un manojo de hierbas y ramas: a estos manojos los Latinos les llaman manípulos, y de entonces viene el que aun hoy en los ejércitos a estos caudillos les dicen Manipularios. Concitando, pues, Remo a los de adentro, y sobreviniendo Rómulo por la parte de afuera, asustado Amulio, ni hizo nada, ni pensó en nada para su defensa, sino que se dejó prender, y pereció. Tal viene a ser la relación que Fabio y Diocles Peparetio, que parece fue el primero que escribió de la fundación de Roma, hacen acerca de estas cosas, sospechosa para muchos de fabulosa e inventada; mas no debe dejarse de creer, en vista de las grandes hazañas de que cada día es artífice la fortuna, y si se considera que la grandeza de Roma no habría llegado a tanta altura, a no haber tenido un principio en alguna manera divino, en el que nada parezca demasiado grande o extraordinario.

IX.— Muerto Amulio y restablecido el orden, Rómulo y Remo no tuvieron por conveniente permanecer en Alba, no teniendo el mando; ni tampoco tenerle, viviendo el abuelo materno: entregando, pues, a éste la autoridad, y poniendo a la madre en el honor que le correspondía, determinaron vivir sobre sí, fundando una ciudad en aquel territorio en que al principio recibieron el primer sustento, que es entre todos el motivo más plausible. Era quizá también preciso, habiéndoseles reunido tantos esclavos y hombres sediciosos, o quedarse sin fuerzas con la dispersión de esta gente, o formar un establecimiento aparte. La prueba de que los de Alba no querían comunicación con aquellos rebeldes, ni tenerlos por ciudadanos, se tuvo bien pronto en la resolución que éstos hubieron de tomar para tener mujeres, pues no nació de arrojo injurioso, sino de necesidad, por no poder obtener casamientos voluntarios, pues que trataron a las robadas con la mayor estimación. Echados los primeros cimientos de la ciudad, levantaron un templo de refugio para los que a él quisiesen acogerse, llamándole del dios Asilo; admitían en él a todos, no volviendo los esclavos a sus señores, ni el deudor a su acreedor ni el homicida a su gobierno, sino que aseguraban a todos la impunidad, como apoyada en cierto oráculo de la Pitia; con lo que prontamente la ciudad se hizo muy populosa, siendo así que los primeros fuegos se dice que no pasaban de mil; pero de esto hablaré más adelante. A los primeros intentos de la fundación hubo ya disensión entre los dos hermanos acerca del sitio: Rómulo quería hacer la ciudad de Roma cuadrada, como dicen, esto es, de cuatro ángulos, y establecerla donde está; y Remo prefería un paraje fuerte del Aventino, que se llamó Remonio, y ahora Rignario. Convinieron en que un agüero fausto terminase la disputa; y colocados para ello en distintos sitios, dicen que a Remo se le aparecieron seis buitres, y doce a Rómulo; pero hay quien dice que Remo los vio realmente, mas lo de Rómulo fue suposición, y que ya cuando Remo se retiraba, entonces fue cuando a Rómulo se le aparecieron los doce, y que por esta causa los Romanos aun ahora hacen gran uso del buitre en sus agüeros; y Herodoro Póntico refiere que Heracles tenía también por buena señal, al entrar en alguna empresa, la aparición de un buitre, porque de todos los animales es el menos dañino, no tocando a nada de lo que los hombres siembran, plantan o apacientan, y alimentándose sólo de cuerpos muertos, porque se dice que no mata ni aun ofende a nada que tiene aliento, y a las aves, por la conformidad, ni aun estando muertas se acerca; cuando las águilas, las lechuzas, y los gavilanes acometen y matan a las aves de su propia especie, a pesar de lo que dice Esquilo:

¿Cómo puede ser pura un ave
que de otra ave se alimenta?

Fuera de esto, las demás se revuelven continuamente a nuestra vista, por decirlo así, y se nos hacen sentir; pero el buitre es un espectáculo desusado, y muy raro será el que haya dado con los polluelos de un buitre, y aun ha habido a quien lo raro e insólito de su aparición le ha dado la extraña idea de que por mar vienen de tierras lejanas, como opinan los adivinos que ha de ser lo que no se aparece naturalmente y por sí, sino por disposición y operación divina.

X.— Llegó Remo a entender el engaño, y se incomodó; por lo que, estando ya Rómulo abriendo en derredor la zanja por donde había de levantarse el muro, comenzó a insultarle y a estorbar la obra; y habiéndose propasado últimamente a saltar por encima de ella, herido, según unos, por el mismo Rómulo, y según otros por Céler, uno de sus amigos, quedó muerto en el mismo sitio. Murieron también en la revuelta Fáustulo y Plistino, del cual, siendo hermano de Fáustulo, se dice que contribuyó asimismo a la crianza de Rómulo y su hermano. De resultas Céler se pasó al país Tirreno; y de él los Romanos a los prontos y ligeros los llaman céleres, y a Quinto Metelo, porque en la muerte de su padre en muy pocos días dio un combate de gladiadores, admirados de la prontitud con que lo dispuso, le dieron el sobrenombre de Céler o Ligero.

XI.— Dio Rómulo sepultura en el sitio llamado Remoria a Remo y a los que le habían dado la crianza; y atendió luego a la fundación de la ciudad, haciendo venir de la Etruria o Tirrenia ciertos varones, que con señalados ritos y ceremonias hacían y enseñaban a hacer cada cosa a manera de una iniciación. Porque en lo que ahora se llama Comicio se abrió un hoyo circular, y en él se pusieron primicias de todas las cosas que por ley nos sirven como provechosas, o de que por naturaleza usamos como necesarias; y de la tierra de donde vino cada uno cogió y trajo un puñado, que lo echó también allí, como mezclándolo. Dan a este hoyo el mismo nombre que al cielo, llamándole mundo. Después (que son los demás ritos) como un círculo describen desde su centro la ciudad; y el fundador, poniendo en el arado una reja de bronce, y unciendo dos reses vacunas, macho y hembra, por sí mismo los lleva, y abre por las líneas descritas un surco profundo, quedando al cuidado de los que le acompañan ir recogiendo hacia dentro los terrones que se levantan, sin dejar que ninguno salga para afuera. A la parte de allá de esta línea fabrican el muro, por lo que por síncope la llaman pomerio, como promerio o ante-muro. Donde intentan que se haga puerta, quitando la reja y levantando el arado, hacen una como pausa: así los romanos tienen por sagrado todo el muro, a excepción de las puertas: porque si éstas se reputasen sagradas, sería sacrilegio el introducir y sacar por ellas muchas cosas, o necesarias, o no limpias.

XII.— Tiénese por cierto que la primera fundación de Roma se verificó el día 11 antes de las calendas de mayo, el que solemnizan los Romanos como día natal de su patria; y se dice que en los primeros tiempos no se sacrificaba en él nada que fuese animado, sino que juzgaban que la fiesta consagrada al nacimiento de la patria debían conservarla pura e incruenta. Celebrábase ya antes de la fundación en el mismo día una fiesta pastoril, que llamaban Palilia. Es de notar que las neomenias o principios de los meses romanos no coinciden con los de los Griegos; pero este día en que Rómulo fundó su ciudad aseguran que fue día 30 del mes griego, y que en él sucedió una conjunción eclíptica de la luna con el sol, el cual eclipse fue observado por el poeta Antímaco de Teyo, y vino a suceder en el año tercero de la Olimpíada sexta. En el tiempo del filósofo Varrón, el hombre de más lectura entre los Romanos, vivía un Tarucio, amigo suyo, filósofo asimismo y matemático, y dado también, por el deseo de saber, a la astrología judiciaria, en la que era tenido por excelente. Propúsole, pues, Varrón el problema de que señalase el día y hora del nacimiento de Rómulo, haciendo el cómputo por las hazañas que de él se refieren, por el método con que se resuelven los problemas geométricos; pues que del mismo modo que pertenecía a su ciencia, dado el tiempo del nacimiento de un hombre, pronosticar su vida, le correspondía, dada la vida, averiguar el tiempo. Cumplió Tarucio con el encargo, y enterado de las acciones y sucesos de Rómulo, del tiempo que vivió, y del modo en que ocurrió su muerte, trayéndolo todo a cuenta, manifestó con la mayor confianza que su concepción se verificó en el año primero de la segunda Olimpíada, en el día 23 del mes Coyac de los Egipcios, en la hora tercera, hacia la cual el sol se eclipsó completamente, y su salida a la luz en el mes Thot y día 21 al salir el sol; y que la fundación de Roma hecha por él tuvo principio el día 9 del mes Farmuti entre las dos y las tres; pues que se empeñan en que la suerte de las ciudades ha de tener, como la de los hombres, su tiempo dominante, el que se ha de deducir por las conjunciones de los astros al punto de su nacimiento. Estas cosas y otras del mismo estilo es probable que por su novedad y curiosidad más bien sean gratas a los que las leyeren que desabridas y molestas por lo que tienen de fabulosas.

XIII.— Fundada la ciudad, lo primero que hizo fue distribuir la gente útil para las armas en cuerpos militares: cada cuerpo era de tres mil hombres de a pie y trescientos de a caballo, el cual se llamó legión, porque para él se elegían de entre todos los más belicosos. En general, a la decisión de los negocios concurría la muchedumbre, a la que dio el nombre de populus, pueblo; pero de entre todos, a ciento, los de mayor mérito, los acogió para consejeros, y a ellos les dio el nombre de patricios, y a la corporación que formaban el de Senado. Esta voz no tiene duda que significa ancianidad: pero acerca del nombre de patricios, dado a los consejeros, unos dicen que dimanó de que eran padres de hijos libres, otros que más bien de que ellos mismos eran hijos de padres conocidos, ventaja de que gozaban pocos de los que a la ciudad se habían recogido; y otros, finalmente, que del derecho de patronato, porque así se llamaba y se llama hoy todavía la protección que aquellos dispensan; creyéndose que de uno de los que vinieron con Evandro, llamado Patrón, de carácter benéfico, y auxiliador para con los miserables, se le originó a este acto aquella denominación. Con todo, me parece se aproximará más a lo cierto el que diga que Rómulo, queriendo por una parte excitar a los primeros y más poderosos a usar de una protección y celo paternal con los humildes, y por otra enseñar a éstos a no temer ni tener en odio la autoridad y honores de los principales, sino más bien mirarlos con benevolencia, teniéndolos por padres y saludándolos como tales, con esta mira les dio aquel nombre: así es que aun ahora a los que son del Senado los extranjeros les llaman próceres; pero los Romanos les dicen padres conscriptos, usando del nombre que entre todos tiene más dignidad y honor, sin ninguna odiosidad. Al principio, pues, sólo les decían padres; pero más adelante, habiéndose aumentado el número, les dijeron padres conscriptos. Este nombre fue el que les pareció más respetuoso para significar la diferencia entre el consejo y la plebe; pero aún distinguió de otro modo a los principales respecto de ésta, llamándolos patronos, esto es, protectores; y a los plebeyos, clientes, como dependientes o colonos, estableciendo al mismo tiempo entre unos y otros una admirable benevolencia, fecunda en recíprocos beneficios: porque aquellos se constituían abogados y protectores de éstos en sus pleitos, y consejeros y tutores en todos los negocios; y éstos los reverenciaban, no sólo tributándoles obsequio, sino dotando las hijas de los que venían a menos, y pagando sus deudas; y a atestiguar no se obligaba, ni por la ley ni por los magistrados, o al patrono contra el cliente, o al cliente contra el patrono. Ahora últimamente, con quedar las mismas las obligaciones de unos y otros, se ha considerado ignominioso y torpe el que los poderosos reciban retribución pecuniaria de los clientes. Mas basta de estas cosas por ahora.

XIV.— En el cuarto mes después de la fundación se verificó, como Fabio refiere, el arrojo del rapto de las mujeres. Dicen algunos que el mismo Rómulo, siendo belicoso por índole, y excitado además por ciertos rumores de que el hado destinaba a Roma para hacerse grande, criada y mantenida con la guerra, se propuso usar de violencia contra los Sabinos, como que no robaron más que solas treinta doncellas, lo que más era de quien buscaba guerra que casamientos; pero esto no parece acertado, sino que, viendo que la ciudad en brevísimo tiempo se había llenado de habitantes, pocos de los cuales eran casados, y que los más siendo advenedizos, gente pobre y oscura, de quienes no se hacía cuenta, no ofrecían seguridad de permanecer; y contando con que para con los mismos Sabinos este insulto se había de convenir en un principio de afinidad y reunión por medio de las mujeres, cuyos ánimos se ganarían, le puso por obra en este modo: hizo antes correr la voz de que había encontrado el ara de un dios que estaba escondida debajo de tierra: llamábanle al dios Conso, o por presidir al consejo, porque aún ahora al cuerpo de consejeros llaman Consilium, y Cónsules a los primeros magistrados, como previsores; o por ser congregación ecuestre a Neptuno, porque su ara en el Circo Máximo está siempre cubierta, y sólo se manifiesta en los juegos ecuestres; mas otros quieren que esto precisamente sea porque, siendo de suyo el consejo secreto e incomunicable, no sin justa razón se supuso ser de este dios un ara que estaba escondida debajo de tierra. Luego que la encontró dispuso con esta causa un solemne sacrificio, y combates, y espectáculos con general convocación: concurrió gran gentío; y Rómulo estaba sentado con los principales, adornado con el manto. Era la señal para el momento de la ejecución levantarse, abrir el manto y volver a cubrirse; y había muchos con armas que aguardaban la señal. Dada ésta, desnudaron las espadas, y, acometiendo con gritería, robaron las doncellas de los Sabinos; y como éstos huyesen, los dejaron ir sin perseguirlos. En cuanto al número de las robadas, unos dicen que no fueron más que treinta, de las que tomaron nombre las Curias; Valerio de Ancio, que setecientas veintisiete; pero Juba, que fueron seiscientas ochenta y tres doncellas. La mejor apología de Rómulo es que no fue robada ninguna casada, sino sola Hersilia por equivocación; probándose con esto que no por afrenta o injuria cometieron el rapto, sino con la mira de mezclar y confundir los pueblos, proveyendo así a la mayor de todas las faltas. De Hersilia dicen unos que casó con Hostilio, varón muy distinguido entre los Romanos; y otros que casó con el mismo Rómulo, a quien dio hijos: una sola hija llamada Prima por el orden del nacer, y un hijo solo, al que dio el nombre de Aolio, en alusión a los muchos ciudadanos que se habían congregado bajo su mando; pero después le llamaron Abilio. Es esta narración de Zenódoto de Trecene; pero hay muchos que la contradicen.

XV.— En el acto del robo cuentan haber sucedido que algunos de la plebe traían una doncella de extraordinaria hermosura y gentileza: encontráronse con otros de los patricios, que trataron de quitársela; pero ellos decían a gritos que la llevaban para Talasio, hombre muy joven a la verdad, pero muy bien visto y de excelente conducta; oído lo cual lo celebraron con aplauso, y aun algunos añaden que torcieron camino, y siguieron a los primeros con alegría y regocijo, pronunciando a voces el nombre de Talasio. Desde entonces en los casamientos, como los Griegos a Himeneo, apellidan los romanos a Talasio, porque aseguran además que Talasio fue muy feliz con aquella esposa. Sextio Sila el Cartaginés, a quien no faltan letras ni gracia, me ha dicho que Rómulo dio por seña del robo esta voz, por lo que todos clamaron «Talasio» al arrebatar las doncellas, y ha quedado en las bodas esta costumbre; pero los más, de cuyo número es Juba, son de opinión que no es más que exhortación y excitación a la vida laboriosa y manejo de la lana, no habiendo entonces todavía confusión entre los nombres griegos y latinos. Mas si esto no va infundado, y los Romanos usaban ya entonces como nosotros de la voz Talasia, podría conjeturarse otra causa más probable de aquel uso: porque después que los Sabinos, hecha la guerra, se reconciliaron con los Romanos, se hizo tratado acerca de las mujeres, para que no se las obligara a hacer en su casa otro trabajo que los relativos a la lana; y ha quedado también ahora en los casamientos que los interesados, los convidados, y en general cuantos se hallan presentes, exclamen «Talasio», como por juego, dando a entender que la mujer no se trae a casa para ningún otro obraje que el de la lana. Dura también hasta ahora el que la novia no pase por sí misma el umbral de la casa, sino que la introduzcan en volandas: porque entonces no entraron, sino que las llevaron por fuerza. Dicen también algunos que el desenredarse el cabello de la novia con la punta de una lanza es igualmente representación de que las primeras bodas se hicieron en guerra y hostilmente; pero de estas cosas hemos tratado largamente en las Cuestiones. Sucedió este arrojo del rapto en el día 18 del mes que entonces se llamaba Sextil, ahora agosto, el mismo día en que celebran las fiestas consuales.

XVI.— Eran los Sabinos en gran número y muy guerreros, y habitaban pueblos abiertos, siendo el ser grandemente alentados propio de unos hombres que eran colonia de los Lacedemonios; mas con todo, viendo que los Romanos se atrevían a grandes empresas, y temiendo por sus hijas, enviaron embajadores a Rómulo con proposiciones equitativas y moderadas: que volviéndoles las doncellas, y dando satisfacción por el acto de violencia, después pacíficamente y con justas condiciones entablarían para ambos pueblos amistad y comunicación. No viniendo Rómulo en entregar las doncellas, aunque también convidaba a la alianza a los Sabinos, todos los demás tomaban tiempo para deliberar y prepararse; pero Acrón, rey de los Ceninetes, hombre alentado y diestro en las cosas de guerra, concibió desde luego sospechas con los primeros arrojos de Rómulo, y juzgando después que el hecho del rapto de las mujeres, sobre dar que temer a todos no era para sufrido y dejarse sin castigo, declaró al punto la guerra, y con grandes fuerzas marchó contra Rómulo, y éste contra él. Luego que se alcanzaron a ver, se provocaron mutuamente a singular combate, permaneciendo tranquilos sobre las armas los ejércitos. Hizo voto Rómulo de que si vencía y derribaba a su contrario, llevaría en ofrenda a Júpiter sus armas: vencióle, en efecto, y derribóle, desbaratando después en batalla su ejército. Tomó también la ciudad; y ninguna otra condición dura impuso a los vencidos, sino que derribasen sus casas y le siguiesen a Roma, donde serían ciudadanos con entera igualdad de derechos. Nada hubo, pues, que más contribuyese al aumento de Roma, la cual siempre adoptó e incorporó en su seno a los pueblos sojuzgados. Rómulo, para hacer su voto más grato a Júpiter, y más majestuoso a los ojos de sus ciudadanos, tendió la vista por el sitio de los reales, y echó al suelo la encina más robusta: dióle la forma de trofeo, y fue poniendo pendientes de él con orden cada una de las armas de Acrón; ciñóse la púrpura, y coronóse de enhiesto, dando el tono de un epinicio triunfal al ejército que en orden le seguía; y en esta forma fue recibido de los ciudadanos con admiración y regocijo. Esta pompa fue el principio y tipo de los siguientes triunfos; y al trofeo se dio el nombre de voto a Júpiter Feretrio, porque los Romanos al lastimar a los contrarios le llaman ferire, y Rómulo había pedido a Júpiter que lastimase y derribase a su contrario; y opimos dice Varrón llamarse los despojos, porque también a la hacienda le dicen opem; pero mejor se derivaría en mi concepto de la acción, porque a lo que se hace con trabajo le llaman opus. Y fue prez de valor para el general que por su persona dio muerte al otro general la dedicación de los despojos; dicha que sólo cupo a tres generales romanos, siendo el primero Rómulo, que derribó muerto a Acrón Ceninete; el segundo, Cornelio Coso, que dio muerte a Tolumnio el Tirreno, y el último, Claudio Marcelo, que venció a Britomarto, rey de los Galos. De éstos, Coso y Marcelo hicieron ya su entrada con tiro de caballos, llevando ellos mismos sus trofeos; pero de Rómulo no tiene razón Dionisio en decir que usó de carroza; pues la opinión más recibida es que fue Tarquino, hijo de Demarato, el primero de los reyes que introdujo en los triunfos aquel aparato y pompa, aunque otros dicen que fue Publícola el primero que triunfó en carroza; mas en cuanto a Rómulo, todas las estatuas suyas que se ven en Roma en actitud de triunfo son pedestres.

XVII.— Después de la derrota de los Ceninetes, cuando todavía los demás Sabinos hacían preparativos, se declararon contra los Romanos los de Fidenas, de Crustumno y Antemna, y dada la batalla, siendo de la misma manera derrotados, hubieron de dejar que por los Romanos fuesen tomadas sus ciudades, talados sus campos, y ellos mismos trasladados a Roma. Rómulo entonces todo el restante terreno lo repartió a los ciudadanos; pero el que poseían los padres de las doncellas robadas lo dejó en su poder.

Llevándolo a mal los demás Sabinos, y nombrando por su general a Tacio, se vinieron sobre Roma. No era fácil aproximarse a ella, teniendo por antemural el que ahora es Capitolio, donde se había construido un fuerte, en el que mandaba Tarpeyo, y no la doncella Tarpeya, como pretenden algunos, dando una mala idea del talento de Rómulo. Era, sin embargo, Tarpeya hija del gobernador, la cual entregó, por traición, el fuerte a los Sabinos, deslumbrada con los brazaletes de oro de que los vio adornados; así, pidió por premio de su traición lo que llevasen todos en la mano izquierda; y otorgado así por Tacio, abriéndoles a la noche una puerta, dio entrada a los Sabinos. No fue, pues, Antígono según parece, el único que dijo que le gustaban los traidores mientras lo eran; pero después de serlo los aborrecía; o César, a quien se atribuye haber expresado, con ocasión del tracio Rumetacles, que le gustaba la traición, pero aborrecía al traidor; sino que ésta es una aversión general hacia los malos de todos los que tienen que valerse de ellos, como sucede cuando se necesita la ponzoña o la hiel de algunas fieras; porque gustando del beneficio cuando se recibe, se aborrece la maldad después de disfrutado. Esto mismo sucedió entonces a Tacio con Tarpeya, porque mandó a todos los Sabinos que tuviesen en memoria lo convenido con aquella, y ninguno la defraudase de lo que llevaran en la mano izquierda, y él fue el primero que al tiempo de quitarse el brazalete dejó también caer el escudo; y haciendo lo mismo todos, cargada de oro y abrumada de escudos, el peso y el amontonamiento la acabaron. También alcanzó la pena de la traición a Tarpeyo, que fue perseguido por Rómulo, diciendo Juba que así lo escribió Galba Sulpicio. Otras cosas se refieren de Tarpeya; pero los que no merecen crédito son los que cuentan, de cuyo número es Antígono, que era hija de Tacio, y siendo retenida violentamente por Rómulo, ejecutó en favor del padre y padeció por su disposición lo que se ha dicho. Mas el que enteramente delira es el poeta Símilo, pensando que fue a los Celtas, y no a los Sabinos, a quienes, enamorada de su Rey, entregó Tarpeya el Capitolio. Dice, pues, así:

Ocupaba Tarpeya el alto Alcázar
Capitolino en Roma mal segura;
y encendida del Celta en amor vano,
fue guarda infiel de los paternos lares;
y al cabo de poco, acerca de su muerte:
No los Boyos o mil otras naciones
de Celtas en el Po la sumergieron;
mas oprimida de marciales armas,
éstas fueron su digna sepultura.

XVIII.— Por Tarpeya, que allí quedó sepultada, el collado se llamó Tarpeyo hasta el tiempo del rey Tarquino, el cual, dedicando aquel lugar a Júpiter, mudó de allí los restos, y le quitó el nombre que tomó de Tarpeya; sólo ha quedado una roca, a la que aun ahora llaman Tarpeya, de la que son precipitados los malhechores.

Ocupado por los Sabinos el alcázar, Rómulo, por su parte, ardiendo en ira, los provocaba a la pelea, y Tacio se mostraba confiado, en vista de que aun cuando se le estrechase tenía una retirada segura. Estaba el sitio intermedio, donde se había de combatir, cercado de alturas, lo que para unos y otros hacía la pelea cruda y difícil; pero pronta la fuga y la persecución por su misma estrechez. Hizo la casualidad que pocos días antes había hecho inundación el río, dejando un lodo copioso y ciego en los lugares más bajos, hacia donde está ahora el Foro; así, no se advertía ni era fácil evitarle, siendo además tenaz por encima y blando por abajo. Dirigiéndose hacia él incautamente los Sabinos, les favoreció un acaso; porque a Curcio, hombre muy principal y de ánimo altivo, que era de los de a caballo y se había adelantado mucho a todos los demás, se le atascó el caballo en el lodazal, y por más que por algún tiempo con golpes y voces procuró sacarle, viendo, por fin, que no había forma, le hubo de dejar, y él se salvó; y el sitio todavía retiene por él el nombre de lago Curcio. Precaviéndose, pues, ya de aquel peligro, sostuvieron los Sabinos un recio combate, que permanecía indeciso con ser muchos los que morían, y entre ellos Hostilio, que se dice haber sido marido de Hersilia y abuelo de Hostilio el que reinó después de Numa.

Repetidos después, como era natural, diferentes combates en corto espacio, hacen memoria de uno, como el postrero de ellos, en el que, herido Rómulo con una piedra, en términos de haber estado en muy poco el que cayese, y no pudiendo resistir a los Sabinos, flaquearon los Romanos, y huyendo se retiraban hacia el Palatino, arrojados de lo entrellano. Entretanto, reparado ya Rómulo del golpe, poniéndose delante de los que huían, procuraba hacerles volver al combate, y a grandes voces los exhortaba a detenerse y pelear; pero creciendo, a pesar de eso, la fuga, y no habiendo ninguno que osase volver el rostro, levantando las manos al cielo, hizo plegaria a Júpiter para que contuviese su ejército, y no los abandonase, sino más bien volviera por el honor y gloria de Roma, que veía en tan mal estado. Concluida la plegaria, en muchos tuvo poder la vergüenza que el rey debía causarles, y sobrevino osadía a los que así huían. Detuviéronse primero donde ahora está edificado el templo de Júpiter Estátor, que no se interpretaría mal llamándole detenedor. Rehaciéndose, pues, de nuevo, hicieron retirar a los Sabinos hacia la que ahora se llama Regia y el templo de Vesta.

XIX.— Disponíanse como de refresco para volver a la contienda, cuando les contuvo un espectáculo muy tierno y un encuentro que no puede describirse con palabras. De repente, las hijas de los Sabinos que habían sido robadas se vieron sobrevenir unas por una parte y otras por otra con algazara y vocería por entre las armas y los muertos, como movidas de divino impulso, hacia sus maridos y sus padres, unas llevando en su regazo a sus hijos pequeñitos, otras esparciendo al viento su cabello desgreñado, y todas llamando con los nombres más tiernos, ora a los Sabinos, ora a los Romanos. Pasmáronse unos y otros, y dejándolas llegar a ponerse en medio del campo, por todas partes discurría el llanto, y todo era aflicción, ya por el espectáculo, y ya por las razones, que empezando por la reconvención, terminaron en súplicas y ruegos. Porque decían: «¿En qué os hemos ofendido o qué disgustos os hemos dado para los duros males que ya hemos padecido y nos resta que padecer? Fuimos robadas violenta e injustamente por los que nos tienen en su poder, y después de esta desgracia, ningún caso se hizo de nosotras por el tiempo que fue necesario, para que obligadas de la necesidad a las cosas más odiosas tengamos ahora que temer y que llorar por los mismos que nos robaron e injuriaron, si combaten o si mueren. Porque no venís por unas doncellas a tomar satisfacción de los que las ofendieron, sino que priváis a unas casadas de sus maridos y a unas madres de sus hijos, haciendo más cruel para nosotras, desdichadas, este auxilio, que lo fue vuestro abandono y alevosía. Estas prendas de amor nos han dado aquellos, y así os habéis compadecido de nosotras. Aun cuando peleaseis por cualquiera otra causa, deberíais por nosotras conteneros, hechos ya suegros, abuelos y parientes; mas si por nosotras es la guerra, llevadnos con vuestros yernos y nuestros nietos; restituidnos nuestros padres y parientes: no nos privéis, os pedimos, de nuestros hijos y maridos, para no vernos otra vez reducidas a la suerte de cautivas». Dicha por Hersilia estas y otras muchas razones, e interponiendo las demás sus ruegos, se hicieron treguas, y se juntaron a conferenciar los generales. Entre tanto, las mujeres presentaban, a sus padres, sus maridos y sus hijos; llevaban qué comer y qué beber a los que lo pedían; cuidaban de los heridos, llevándoselos a sus casas, y procuraban hacer ver que tenían el gobierno de ellas, y que eran de sus maridos atendidas y tratadas con la mayor estimación. Hízose un tratado, por el que las mujeres que quisiesen quedarían con los que las tenían consigo, no sujetas, como ya se ha dicho, a otro cuidado y ocupación que la del obraje de lana; que en unión habitarían la ciudad Romanos y Sabinos; que ésta de Rómulo se llamaría Roma; pero todos los Romanos se llamarían Quirites en memoria de la patria de Tacio, y que ambos reinarían también en unión y tendrían el mando de las tropas. El lugar donde se ajustó este tratado todavía se llama Comicion, porque los Romanos al juntarse le dicen comire.

XX.— Duplicada la ciudad, se eligieron otros cien patricios de los Sabinos, y las legiones constaron de seis mil hombres de a pie y seiscientos de a caballo. Haciendo también tres divisiones del pueblo, los de la una de Rómulo se llamaron Rammenses; los de la otra de Tacio, Tacienses, y los de la tercera Lucenses, por la selva a que se acogieron muchos para gozar de asilo y ser admitidos a los derechos de ciudadanos; porque a la selva la llaman lucus. Que eran tres estas divisiones lo declara su nombre, porque aún ahora las llaman tribus, y Tribunos a los presidentes de ellas. Cada tribu tuvo diez curias, las que algunos dicen haber tomado nombre de aquellas mujeres; pero esto parece falso porque muchas conocidamente han tomado la denominación de ciertos territorios. Con todo, otras muchas concesiones se hicieron en honor de las mujeres, entre ellas las siguientes: cederles la acera cuando van por la calle; no poder nadie proferir nada indecente en presencia de una mujer; no deber dejarse ver de ella desnudo; no ser obligadas a litigar ante los jueces de causas capitales; que sus hijos lleven el adorno que por su forma, que imita las burbujitas, se llama bula, y como un pañuelo de púrpura rodeado al cuello. Tenían los reyes su consejo, no en unión, sino primero cada uno de por sí con sus cien patricios, y después se congregaban todos juntos. Tacio habitaba donde está ahora el templo de Moneta, y Rómulo junto a las gradas llamadas de Rivahermosa, que están en la bajada desde el Palatino al Circo máximo. Allí mismo dicen que estuvo el Cornejo sagrado, del que cuentan esta fábula: ejercitándose Rómulo, arrojó desde el Aventino su lanza, que tenía de cornejo el asta: clavóse la punta profundamente, y no hubo nadie que la pudiese sacar, aunque se probaron muchos; y el asta, prendida en una tierra fecunda, echó ramos, y creció en un muy robusto tronco de cornejo. Después de Rómulo lo conservaron y tuvieron en veneración como cosa muy santa, y le hicieron un vallado. Cuando a alguno, al pasar por junto a él, le parecía que no estaba frondoso y de buena vista, sino que decaía y se marchitaba, al punto clamaba a gritos a los que se le presentaban, y éstos, como se da socorro en un incendio, pedían a voces agua, y de todas partes acudían corriendo, llevando al sitio cántaros llenos de ella. Mas reparando las gradas Gayo César, según dicen, y haciendo los operarios excavaciones allí cerca, destrozaron enteramente sin advertirlo las raíces, y el árbol se secó.

XXI.— Admitieron también los Sabinos los meses de los Romanos; acerca de lo cual decimos en la Vida de Numa lo que nos parece oportuno. Rómulo, a su vez, adoptó el escudo de los Sabinos, mudando de armadura él mismo y los Romanos, que antes usaban de las rodelas de los Argivos. De fiestas y sacrificios hicieron comunicación entre sí, no quitando los que trajo cada pueblo, y antes introduciendo otros nuevos, de cuyo número eran las Fiestas Matronales, concedidas a las mujeres en memoria de haber hecho cesar la guerra, y las Carmentales. Creen algunos que Carmenta es un hada que preside el nacimiento de los hombres, y por eso las madres la tienen en veneración; otros que es la mujer de Evandro el de Arcadia, profetisa y pitonisa, que daba sus oráculos en verso, y de aquí se llamó Carmenta, porque a los versos les dicen carmina, siendo Nicostrata su nombre propio; y esto es lo que está comúnmente admitido. Sin embargo, otros con más probabilidad dan a este nombre de Carmenta la interpretación de mujer fuera de juicio, por el enajenamiento en que las tales caen con la inspiración o entusiasmo, porque al estar privado le llaman carere y mentem a la razón.

De las fiestas Palilias hicimos mención arriba. Las Lupercales, por el tiempo en que caen, podrían reputarse purificatorias, porque se celebran en los días nefastos del mes de Febrero, que puede muy bien interpretarse purificativo; y aun al día mismo los antiguos le decían februato. El nombre de la fiesta para los Griegos alude a cosa de lobos, y podría parecer que era antigua de los Árcades que vinieron con Evandro; pero por el nombre puede ser de unos y otros, pudiendo éste haber dimanado de la loba: puesto que vemos que los Lupercos toman el principio de sus carreras desde el mismo sitio en que se dice que Rómulo fue expuesto. Las ceremonias son las que hacen muy difícil de adivinar el motivo de la institución. Empiézase por matar algunas cabras; después a dos jovencitos ingenuos, que se les ponen delante, unos les manchan la frente con el cuchillo ensangrentado, y otros los limpian al instante, para lo que llevan lana empapada en leche; y los jovencitos, luego que los limpian, deben echarse a reír. Hecho esto, cortan correas de las pieles de las cabras, y, ciñéndose con ellas, dan a correr desnudos, golpeando a cuantos encuentran; y las mujeres hechas no huyen de que las hieran, creyendo que esto conduce para que conciban y paran felizmente. Es también ceremonia singular de esta fiesta el que los Lupercos sacrifiquen un perro. El poeta Butas, que escribió en verso elegíaco fabulosos orígenes de las cosas romanas, dice que vencido Amulio por Rómulo y Remo, vinieron éstos corriendo con algazara al sitio donde siendo niños les dio de mamar la loba; que la fiesta es imitación de aquella carrera, y los nobles van por todas partes

Hiriendo a los que al paso se presentan,
como entonces corrieron desde Alba
Rómulo y Remo con espada en mano;

y que el llevar a la frente el acero ensangrentado es símbolo de la carnicería y peligro por que entonces se pasó; y el limpiar la mancha con leche, recuerdo de su crianza.

Pero Gayo Acilio refiere que antes de la fundación sucedió que los ganados de Rómulo y Remo se desaparecieron, y haciendo plegarias a Fauno, echaron a correr desnudos en busca de ellos para que el sudor no les sirviera de estorbo; y que por esto corren desnudos los Lupercos. En cuanto al sacrificio del perro, se podría decir, si éste es de purificación, que lo emplean como víctima expiatoria, porque también los griegos en las que llaman expiaciones ofrecen cachorrillos; y en muchas ocasiones emplean el rito que toma de éstos la denominación de perisculaquismo. Si por otra parte esto se hace en memoria de la loba y del triunfo y salvación de Rómulo, no erradamente se mata un perro, como enemigo que es de los lobos; a no ser que por caso sea castigo que se da a este animal por lo que suelen estorbar a los Lupercos en su carrera.

XXII.— Dícese asimismo haber sido Rómulo el que primero instituyó el fuego sagrado, creando en sacerdotisas a las vírgenes que se llamaron Vestales; pero esto otro lo atribuyen a Numa, sin que por eso deje de asegurarse que Rómulo fue muy religioso; y aun añaden que fue dado a la ciencia augural, y que para su ejercicio usaba del llamado lituo. Era éste una varita encorvada, con la que sentados describían los puntos cardinales para los agüeros: guardábase en el Palacio; pero en la invasión de los Galos, cuando la ciudad fue tomada, dícese que desapareció, y que arrojados después aquellos bárbaros, se halló entre los montones de ceniza ileso del fuego, cuando todo lo demás había sido consumido y deshecho.

Promulgó también algunas leyes, de las cuales muy dura es la que no permite a la mujer repudiar al marido, concediendo a éste despedir la mujer por envenenar los hijos, por falsear las llaves y por cometer adulterio; si por otra causa alguna la despedía, ordenábase que la mitad de su hacienda fuese para la mujer, y la otra mitad para el templo de Ceres; y que el que así la repudiase hubiera de aplacar a los Dioses infernales.

Fue, también cosa suya no haber señalado pena contra los parricidas, y haber llamado parricidio a todo homicidio, como que éste era factible, pero imposible aquel; y por muy largo tiempo pareció que con sobrada razón se tuvo por desconocida semejante maldad, porque nadie hubo en Roma que la cometiese en cerca de seiscientos años; siendo el primero de quien se cuenta haber sido parricida, ya después de la guerra de Aníbal, Lucio Hostio; mas baste de estas cosas.

XXIII.— En el año quinto del reinado de Tacio algunos familiares y parientes suyos, encontrándose con ciertos mensajeros que de Laurento venían a Roma, se propusieron despojarlos violentamente de sus bienes en el camino, y porque no lo toleraron, sino que se defendieron, les dieron muerte. Cometida tan abominable acción, Rómulo fue de opinión que al punto debían ser castigados sus autores; pero Tacio la dejaba correr y daba largas; siendo éste el único motivo conocido de disensión que entre ellos hubo, pues por lo demás se llevaron muy bien, y con mucha concordia trataron en común los negocios. Entre tanto, los deudos de los que habían sido asesinados, desahuciados de que se impusiera la pena legítima, a causa de Tacio, dando sobre él en Lavinio en el acto de entender en cierto sacrificio, le quitaron la vida; y a Rómulo le fueron acompañando, alabándole de hombre justo. Cuidó éste de que se trasladase el cadáver de Tacio, y se le diese sepultura, el cual yace junto al llamado Armilustrio en el Aventino; mas no pensó en tomar satisfacción por su muerte, y algunos historiadores refieren que la ciudad de los Laurentanos por temor entregó los agresores, pero que Rómulo les dio libertad, diciendo que muerte con muerte se compensaba; lo que dio motivo para pensar y sospechar que no le había sido desagradable el que le hubiesen dejado sin colega en el mando. No por esto en cuanto a los negocios hicieron novedad o se inquietaron los Sabinos, sino que unos por amor a Rómulo, otros por miedo de su poder, y otros mirándole como cosa divina, le conservaron todos admiración y benevolencia. Aun muchos de los extranjeros miraban con veneración a Rómulo; y los más antiguos habitantes del Lacio se adelantaron a solicitar su amistad y alianza.

Mas a Fidenas, ciudad circunvecina de Roma, la tomó por armas, según dicen algunos, mandando repentinamente caballería con orden de desquiciar las puertas; que de este modo se apareció allí cuando menos se esperaba; pero otros aseguran que los Fidenates fueron los primeros a hacer presas, y a talar la comarca y los arrabales de Roma, y que Rómulo, armándoles celadas, y haciéndoles perder mucha gente, tomó la ciudad. Con todo, no la incendió o devastó, sino que la hizo colonia de Romanos, haciendo pasar a ella dos mil y quinientos habitantes, en los idus de abril.

XXIV.— Sobrevino peste en aquel tiempo, tal que sin enfermedad causaba en muchos muerte repentina, agregándose a ella esterilidad en los frutos e infecundidad en los ganados; en la ciudad, además, cayó lluvia de sangre; y a estos males, que eran de necesidad, se allegó también una grandísima superstición. Sobre todo, cuando los habitantes de Laurento experimentaron lo mismo, ya enteramente pareció que era la ira divina la que afligía a ambas ciudades por el abandono de la justicia en la muerte de Tacio y en la de los embajadores. Entregados, recíprocamente y castigados los delincuentes, manifiestamente cesaron las plagas; y Rómulo reconcilió las dos ciudades con expiaciones, que se dice practicarse todavía junto a la Puerta Ferentina.

Antes de que cediese la peste insultaron los Camerios a los Romanos, y talaron sus tierras, como que no estaban en situación de defenderse por aquella calamidad; pero Rómulo marchó al punto en su busca, y venciólos en batalla, en la que murieron seis mil de ellos, y, tomando la ciudad, a la mitad de los que pelearon los trasladó a Roma, y de Roma mandó a Cameria doblados de la otra mitad en las Calendas Sextiles. ¡Tanto había crecido el número de los ciudadanos en diez y seis años escasos que habitaba en Roma! Entre los demás despojos, trajo de Cameria un carro con cuatro caballos de bronce: consagróle en el templo de Vulcano, poniendo en él su estatua, coronada por la Victoria.

XXV.— De este modo tomaba Roma consistencia, con lo que los vecinos débiles cedían, y con sólo no tener que temer, se daban por contentos: pero los de más fuerzas, parte por miedo y parte por envidia, creían que no debían estarse quietos, sino antes oponerse a tanto incremento y contener a Rómulo. Entre los Tirrenos fueron los Veyanos los primeros que, teniendo un extenso territorio, y habitando una ciudad populosa, tomaron por pretexto y principio de la guerra el reclamar a Fidenas, porque era pertenencia suya. Esto no sólo era injusto, sino aun ridículo, porque después de no haberla defendido en su riesgo y al tiempo de ser expugnada, dejando perecer a sus habitantes, venían ahora a reclamar las casas y el territorio cuando habían pasado a otro poder. Habiendo, pues, recibido de Rómulo desabrida respuesta, dividiéndose en dos cuerpos, opusieron el uno a las fuerzas que había en Fidenas, y con el otro se fueron en busca de Rómulo, y, vencedores sobre Fidenas, dieron cabo de dos mil Romanos; pero, vencidos por Rómulo, perdieron más de ocho mil hombres. Fuéronlo después de segunda sobre Fidenas; y es cosa en que todos convienen que Rómulo tuvo en esta acción la principal parte, reuniendo la osadía y prontitud con la pericia, y usando de un valor al parecer sobrehumano; pero es enteramente fabuloso, o, por mejor decir, de ningún modo creíble, lo que cuentan algunos de que habiendo sido los que perecieron catorce mil, más de la mitad fueron muertos por mano del mismo Rómulo; cuando aun parece que usan de exageración los Mesenios con su Aristómenes, diciendo que sacrificó trescientas víctimas por otros tantos Lacedemonios, a quienes dio muerte.

Yendo en retirada, Rómulo dejó correr a los que así huían, y se encaminó a la ciudad de Veyes, donde no pudiendo resistir a tanta calamidad y empleando el ruego, hicieron paz y amistad por cien años, cediendo a los romanos su territorio, llamado siete pagos, como si dijésemos siete suertes, desistiéndose de las fuentes saladas que poseían junto al río, y entregando en rehenes cincuenta de los principales. Triunfó Rómulo de éstos en los idus de octubre, conduciendo muchos cautivos, y entre ellos al general de los Veyanos, hombre anciano, que no se condujo en la acción con el tino e inteligencia correspondientes a aquella edad; por esta causa aún ahora, cuando se hacen sacrificios sobre victoria conseguida, se guarda el rito de llevar desde la plaza al Capitolio a un anciano, al que visten de púrpura, y le ponen al cuello la bula pueril, y grita el heraldo: «Sardianos de venta», porque los Tirrenos pasan por colonia de los Sardianos, y Veyes era ciudad del país Tirreno.

XXVI.— Ésta fue la última guerra en que Rómulo intervino. En adelante no estuvo ya libre de incurrir en lo que acontece a muchos, o por mejor decir, fuera de muy pocos, a todos los que con grande y extraordinaria prosperidad son ensalzados en poder y fausto; porque, engreído con los sucesos, con ánimo altanero cambió la popularidad en un modo de reinar molesto y enojoso hasta por el ornato con que se transformó, pues empezó a vestir una túnica sobresaliente, adornó con púrpura la toga, y despachaba los negocios públicos reclinado bajo dosel. Asistíanle de continuo ciertos jóvenes llamados céleres por su prontitud en servir, y le precedían otros que con varas apartaban a la muchedumbre, e iban ceñidos de correas para atar a los que les mandase; y al atar los Latinos antiguamente le decían ligare, y ahora alligare, y por esta causa los que iban con las varas se dijeron lictores, y aquellas báculos, porque usaban entonces de las varas. Pero acaso se dicen lictores, interpuesta la letra c, y antes litores a la griega como liturgos o ministros públicos; porque aun ahora los griegos al pueblo le llaman leitos, y laos a la plebe.

XXVII.— Cuando por muerte de su abuelo Numitor en Alba le correspondió a él el reino, comunicó con todos el mando, haciéndose popular, y cada año elegía un gobernador para los Albanos. Instruyó con esto a los principales entre los romanos para que procurasen establecer una autoridad distinta de la regia, y el gobierno propiamente de las leyes, mandando en parte y siendo mandados; pues que ni los llamados patricios tenían parte en la administración, y sólo gozaban de cierto aparato y nombre honorífico, juntándose en el Concilio o Senado más por formalidad que porque se desease su dictamen. Mandábaseles, y callando obedecían; no teniendo otra ventaja sobre los demás sino que, enterados primero que éstos de lo que se ejecutaba, aquí terminaban sus funciones. Y por todo lo demás pasaban; pero habiendo Rómulo repartido por sí solo a los soldados las tierras ganadas por las armas, y restituido a los Veyanos los rehenes, sin hablarles de ello y consultarlos, creyeron que aquello ya era burlarse enteramente del Senado; y de aquí nació contra éste la sospecha, habiendo Rómulo desaparecido imprevistamente de allí a poco tiempo. Fue, pues, su desaparecimiento en las Nonas Quintiles, como se decía entonces, o de Julio, como se dice ahora, sin que nada cierto y seguro haya quedado acerca de su muerte, sino, la época, como se deja expresado; porque todavía se ejecutan en aquel día muchos ritos y actos a imitación de lo que en él pasó. Y no hay que extrañar esta incertidumbre, cuando habiéndose encontrado muerto de sobrecena a Escipión Africano, nada hay acerca del modo de su muerte que merezca algún crédito o lleve camino; diciendo unos que, andando ya enfermizo, naturalmente falleció: otros que él mismo tomó hierbas para este efecto, y otros, que sus enemigos, echándose sobre él en aquella noche, le cortaron la respiración. Y al cabo Escipión estuvo de cuerpo presente para que todos le viesen, y su cadáver, registrado por todos, pudo dar alguna sospecha y conocimiento; pero Rómulo desapareció repentinamente, sin que se viese ni miembro de su cuerpo ni jirón de su vestido; habiendo conjeturado algunos que los Senadores cargaron sobre él en el templo de Vulcano, le despedazaron y repartieron entre sí el cuerpo, llevándose cada uno en el seno una partecita. Otros opinan que ni fue en el templo de Vulcano, ni se hallaban solos los Senadores cuando Rómulo fue quitado de en medio, sino que esto ocurrió fuera, junto al lago llamado de la Cabra o de la Cierva, donde aquel estaba celebrando una junta pública; y que en el aire sucedieron entonces de repente fenómenos maravillosos, superiores a cuanto puede ponderarse, y trastornos increíbles; que la luz del sol se eclipsó, y sobrevino una noche nada serena y tranquila, sino con terribles truenos y huracanes violentos, que de todas partes movían gran borrasca. En esto, lo que es la plebe se dispersó y dio a huir, y los principales se juntaron; cuando luego, desvanecida la tormenta y restituida la luz, volvió con esto a reunirse el pueblo, todos buscaban y deseaban ver al rey; pero los principales no se lo permitían, ni les daban lugar para hablar en ello, sino que los exhortaban a venerar a Rómulo, como arrebatado a la mansión de los Dioses, y convertido, de buen rey que había sido, en un dios benéfico para ellos. Creyólo la mayor parte, y se retiraron contentos, venerándolo con las más lisonjeras esperanzas; pero hubo algunos que reconvinieron agria y desabridamente a los patricios sobre este hecho, inquietándolos y acusándolos de que querían hacer creer al pueblo los mayores absurdos, después de haber ellos sido los matadores del rey.

XXVIII.— En este estado de turbación dicen que un ciudadano de la clase de los patricios, muy principal en linaje, de gran opinión en cuanto a su conducta, amigo además de la confianza de Rómulo, de los que vinieron de Alba, llamado Julio Proclo, se presentó en la plaza, y acercándose con juramento a las cosas más sagradas, refirió en público que yendo por la calle se le había aparecido de frente Rómulo, más bello en su presencia y más grande que lo había sido nunca, adornado de armas lustrosas y resplandecientes, a quien, pasmado con su vista, había dicho: «¿Qué te hemos hecho, oh rey, o qué te has propuesto para dejarnos a nosotros entre sospechas injustas y criminales. y a todo el pueblo en orfandad y general desconsuelo?». Y aquel le había respondido: «Los Dioses han dispuesto, oh Proclo, que sólo hayamos permanecido este tiempo entre los hombres, siendo de allá; y que habiendo fundado una ciudad grande en imperio y en gloria, volvamos a ser habitadores del cielo; regocíjate, pues, y di a los Romanos que si ejercitan la templanza y fortaleza, llegarán al colmo del humano poder; y yo, bajo el nombre de Quirino, seré siempre para vosotros un genio tutelar». Pareció esta relación a los Romanos digna de crédito por la opinión del que la hacía y por el juramento; y además parece que inspiró una cosa parecida al entusiasmo, porque nadie hizo la menor oposición, y apartándose todos de sus sospechas y persecuciones, hicieron plegarias a Quirino y lo invocaron por Dios.

Parécese esto a las fábulas que los Griegos nos cuentan sobre lo ocurrido con Aristeas Proconesio y Cleomedes Astupaleo; porque dicen que habiendo muerto Aristeas en un batán, al querer sus deudos recoger su cadáver se les marchó sin saber cómo, y luego dijeron unos que venían de viaje que se habían encontrado con Aristeas camino de Crotona. Cleomedes era un hombre de una corpulencia y una fuerza extraordinarias, pero como fanático y alocado: así hacía mil violencias, y últimamente en una escuela de niños, dando una puñada en la columna que sostenía la obra, la partió por medio, y echó abajo el tejado: perecieron, pues, los niños, y persiguiéndosele en juicio, dícese que se encerró en un arcón grande, llevándose tras sí la tapa, de la que tiraba por adentro, y aunque se juntaron muchos a hacer fuerza para abrirla, no les fue posible; y recurriendo al medio de hacer pedazos el arcón, no le hallaron ni vivo ni muerto; espantados de lo cual enviaron adivinos a Delfos, y la Pitia les dio por respuesta:

Sabed que de los héroes el postrero
es el Astupaleo Cleomedes.

También se cuenta que el cadáver de Alcmena, al llevarla en el féretro, se desapareció, y en su lugar se encontró en aquel una piedra; y a este tenor otras fábulas, queriendo deificar contra toda razón a unos seres por naturaleza mortales, igualándolos con los Dioses. Y como el desconocer la divinidad de la virtud es abominable y feo, así lo más irracional de todo es mezclar el cielo con la tierra. Dejémoslo, pues, ateniéndonos con Píndaro a lo cierto: que el cuerpo de todos está sujeto, a la caduca muerte; pero queda viva una imagen de la eternidad: porque ella sola es de los Dioses; de allá viene, y allá torna, no con el cuerpo, sino cuanto más se aparta y distingue de él, haciéndose del todo pura, incorpórea e inocente, porque el alma seca es la más excelente, según Heráclito, lanzándose fuera del cuerpo como el rayo de la nube. La que se humedece en el cuerpo, y como que se abraza con él, es, a modo de vapor pesado y nebuloso, mala de inflamar y elevarse. Por tanto, no es cosa de que enviemos también al cielo los cuerpos de los buenos, sino que creamos más bien que las virtudes y las almas, por una naturaleza y justicia divina, de los hombres se trasladan a los héroes, de los héroes a los genios, y de éstos, si como en una iniciación se purifican y santifican enteramente, echando de sí todo lo mortal y pasible, no por ley de la ciudad, sino por una razón prudente, se trasladan a los Dioses, habiendo conseguido el fin más glorioso y bienaventurado.

XXIX.— En cuanto a la denominación de Quirino dada a Rómulo, unos creen que equivale a Marcial; otros, que se le dio porque a los ciudadanos se les llamaba Quirites; otros, porque los antiguos a la punta o a la lanza le decían quiris, y había una estatua que se decía de Juno Quirítide, porque estaba sobre la punta de una lanza; y en la Regia o palacio, a la lanza allí puesta le llaman Marte; y con lanza se solía premiar en la guerra a los más esforzados: así que a Rómulo, como muy marcial o invicto, se le llamó Quirino; y hay un templo suyo en el monte que de su nombre se ha llamado Quirinal.

El día en que mudó de vida se denomina la huída del pueblo, o las Norias Capratinas, porque bajan a sacrificar junto al lago de las Cabras, y a ésta la dicen capra. Cuando bajan al sacrificio pronuncian a gritos muchos de los nombres usados en el país, como Marco, Lucio, Gayo, representando la dispersión de entonces, y el llamarse unos a otros entre el miedo y la turbación. Otros dicen que esta representación no es de huída, sino de priesa y agitación, refiriéndolo a la siguiente causa: cuando después de la ocupación de Roma por los Galos fueron éstos arrojados por Camilo, la ciudad tardó mucho en volver sobre sí de su decadencia, y entonces muchos de los Latinos movieron sus armas contra ella, llevando por caudillo a Libio Postumio. Puso éste sus reales no lejos de Roma, y envió un heraldo con el mensaje de que los Latinos deseaban volver a avivar el deudo y parentesco, que ya iba decayendo, con nuevos matrimonios que se hiciesen entre ambas naciones; por tanto, que mandándoles copia de doncellas y otras mujeres no casadas, les guardarían paz y amistad, como la tuvieron ellos al principio con los Sabinos por igual medio. Oído por los Romanos, de una parte temían la guerra, y de otra consideraban que la entrega de las mujeres en nada era más llevadera que la esclavitud. En este conflicto, una esclava llamada Filotis, o, como quieren otros, Tutola, les sugirió que no hiciesen uno ni otro, sino que con cierto engaño evitasen la guerra y aquella entrega. Consistía el engaño en que a la misma Filotis y a otras esclavas se las ataviase decentemente como si fuesen libres, y en este concepto se las mandase al ejército enemigo; que luego, a la noche, ella cuidaría de poner en alto una antorcha para que los Romanos acudiesen armados y sobrecogiesen dormidos a los enemigos. Hízose todo así, cayendo en el engaño los enemigos; y la antorcha la levantó en alto Filotis desde un cabrahigo, habiendo puesto a la espalda ropas y otros estorbos para que los enemigos no percibiesen la luz, y quedase manifiesta a los Romanos. Luego que la vieron, salieron precipitadamente, y en el apresurarse, muchas veces se llamaban unos a otros: cogieron desprevenidos a los enemigos; venciéronlos, y en conmemoración de aquella victoria celebran esta fiesta; y las nonas se dicen Capratinas por el cabrahigo, al que llaman los Romanos caprifico. Convidan en esta fiesta a comer a las mujeres a la sombra de ramos de higuera; y las esclavas se congregan también, y andan en torno jugueteando, y a lo último se golpean unas a otras, y se tiran chinas, como entonces corrieron hacia los Romanos y pelearon en su ayuda. Mas esto, pocos de los historiadores lo admiten: y en verdad que el usar en aquel día del rito de pronunciar a gritos los nombres, y el bajar para el sacrificio al lago de la Cabra, tiene más conformidad con la relación primera; a no ser que ambos sucesos hubiesen tenido lugar en un mismo día en sus diversos tiempos. Dícese, finalmente, que Rómulo desapareció de entre los hombres a los cincuenta y cuatro años de edad, y a los treinta y ocho de su reinado.

COMPARACIÓN DE TESEO Y RÓMULO

I.— Esto es cuanto digno de memoria hemos podido recoger acerca de Rómulo y Teseo. Parece, pues, en primer lugar, que éste por elección propia, sin ser precisada de nadie y pudiendo reinar quietamente en Trecene, donde heredaría una autoridad nada oscura, se consagró espontáneamente a grandes empresas; cuando aquel, colocado entre el temor de la esclavitud presente y el del castigo que le amenazaba, haciéndose valiente por miedo, según aquello de Platón, se vio precisado, por evitar el peligro extremo, a arrojarse a cosas grandes. En segundo lugar, la mayor hazaña de Rómulo es haber destruido a un solo tirano en Alba; y para Teseo no fueron más que cosas de paso Escirón, Sinis, Procrustes y Corunetes, con cuyo exterminio libertó a la Grecia de muy duros tiranos, antes que supiesen quién él era los que le debían su remedio. Érale además permitido hacer su viaje por mar sin meterse con nadie, pues que de aquellos malvados ninguna ofensa había recibido; pero a Rómulo no le era dado el no tener contiendas mientras Amulio viviese. Pero ésta es la mayor prueba: el uno, sin haber sido agraviado, en venganza ajena se arrojó contra los facinerosos, y los otros, mientras en nada fueron molestados por el tirano, le dejaron que oprimiese a los demás. Y si fueron gloriosas hazañas ser herido peleando con los Sabinos, dar muerte a Acrón y haber vencido en batalla a muchos enemigos, bien pueden entrar en paralelo con ellas la guerra con los Centauros y la de las Amazonas.

Pues para el arrojo de Teseo con ocasión del tributo de Creta, ofreciéndose él mismo, bien fuese para pasto de una fiera, bien para víctima sobre el sepulcro de Androgeo, o bien, que era lo más leve de cuanto se dice en la materia, para sufrir una servidumbre oscura e ignominiosa, bajo el poder de hombres injustos y crueles, haciendo voluntariamente aquella navegación con las doncellas y los jóvenes, no será fácil decir cuánto se necesitó, o de osadía y magnanimidad, o de justificación en las cosas públicas, o de deseo de gloria y de virtud. A mí, con ocasión de este suceso, me parece que no definen mal los filósofos al amor, teniéndole por empresa de Dioses para tutela y socorro de los hombres: porque el amor de Ariadna, más que otra cosa, parece haber sido obra y disposición de algún dios para salud de aquel joven. Y no hay motivo tampoco para culpar a la que de él se enamoró, sino más bien para admirar el que todos y todas no se sintiesen igualmente afectos; y si ella sola tuvo aquella pasión, yo por mí diría que fue también favor de algún dios, por ver que era amante de lo honesto, de lo bueno y de los varones aventajados.

II.— Tuvieron uno y otro por naturaleza dotes políticas; pero ninguno de los dos guardó la índole de la autoridad regia, sino que se salieron de ella e hicieron mudanza: el uno hacia la democracia, y el otro hacia la tiranía, pecando igualmente por caminos opuestos; porque el que tiene autoridad lo primero que debe guardar es la autoridad misma que se le dio; e igualmente contribuye para esto el no quedarse corto que el no exceder de la que conviene; y el que cede en ella o tira a extenderla, ya no permanece o rey o emperador, sino que, degenerando en demagogo o en déspota, engendra en los súbditos menosprecio u odio; bien que lo primero parece que es exceso de equidad y humanidad, y lo segundo de amor propio y aspereza.

III.— Por lo que hace a sus infortunios, no debiéndose achacar todo a los Genios, sino buscar también las diferencias que inducen las costumbres y los afectos, nadie absolverá de una cólera inconsiderada y de una precipitación que participa de la irreflexión de la ira, al uno por lo hecho con el hermano, y al otro por lo hecho con el hijo; pero el origen que movió la ira hace que se disculpe más al que fue de mayor causa, como de más insufrible golpe arrebatado. Pues respecto de Rómulo, porque deliberando sobre las cosas públicas se suscitase alguna diferencia, nadie tendría esto por suficiente motivo para tal acaloramiento; mas a Teseo le sacaron de tino contra el hijo cosas de que muy pocos se libran: el amor, los celos y las calumnias de su mujer; y lo que es más decisivo todavía, en Rómulo la cólera se propasó a obras, y a una acción que tuvo fin infausto; y la ira de Teseo llegó sí a expresiones, a blasfemias y a imprecaciones propias de un anciano; pero en lo demás parece que aquel joven sucumbió a su suerte; por tanto, cualquiera votaría a favor de Teseo.

IV.— Lo grande que en aquel resplandece ante todo es haber tenido principios muy pequeños para cosas tan grandes, porque unos hombres que se decían sirvientes e hijos de porquerizos, antes de tener ellos mismos libertad hicieron libres a casi todos los Latinos, y granjearon para sí, en momentos y de un solo golpe, los gloriosísimos nombres de destructores de los enemigos, salvadores de los propios, reyes de pueblos y fundadores de ciudades, no trasplantadores, que es lo que fue Teseo, juntando y formando de varias una población, y haciendo desaparecer muchas ciudades que llevaban los nombres de reyes y héroes de la antigüedad; aunque esto luego a lo último lo ejecutó también Rómulo, precisando a los enemigos a que perdiendo y borrando sus propios hogares se confundieran con los vencedores; pero al principio no con trasplantar o acrecentar lo que ya existía, sino fundando donde nada había, y adquiriendo para sí de una vez tierra, patria, reino, casamientos y deudos; a nadie perdió o destruyó, sino que hizo un gran beneficio a los que, no teniendo antes casa ni hogar, aspiraban a formar un pueblo y ser ciudadanos. No dio muerte a ladrones y forajidos; pero subyugó naciones con sus armas, allanó ciudades y llevó cautivos en triunfo reyes y generales.

V.— En lo sucedido con Remo hay mucha oscuridad sobre la mano cuya fue la ejecución; y los más lo atribuyeron a otros: en lo que no hay duda es en que salvó a su madre, crudamente perseguida, y a su abuelo, que yacía en oscura y vergonzosa servidumbre, lo colocó en el trono, haciéndole con ánimo deliberado el mayor servicio, y no causándole daño, ni aun contra su propósito, cuando el olvido y descuido de Teseo en el precepto de la vela ni con la más estudiada defensa se libraría del cargo de parricidio, aun por sentencia de jueces poco avisados. Así es que convencido un Ateniense de lo difícil que era en este punto la apología, por más que se desease, finge que Egeo a la voz de la vuelta de la nave subió apresuradamente al alcázar con el ansia de verla, y yéndosele los pies se precipitó; como si hubiese estado tan falto de sirvientes, o no le hubiesen podido seguir, cuando así se afanaba, en su ida hacia el mar.

VI.— Los yerros de los raptos de las mujeres en Teseo carecieron de todo decente pretexto: lo primero por muchos, porque robó a Ariadna, a Antíope, a Anaxo la de Trecene, y a la postre a Helena, en edad ya decadente, a una edad todavía no florida, sino niña tierna, cuando él estaba ya fuera de sazón aun para casamientos legítimos; y lo segundo por la causa, pues no se ha de pensar que las doncellas trecenias, lacedemonias o amazonas no desposadas habían de ser en Atenas mejores madres de familia que las erecteidas y cecrópidas; así, es de sospechar que en esto no hubo más que injuria y liviandad. Rómulo, en primer lugar, haciendo robar ochocientas o pocas menos, no las tomó todas para sí, sino solamente a Hersilia, según se dice, y las demás las distribuyó a los principales ciudadanos; además de esto, tratando después con estimación y amor e igualdad a las mujeres, hizo ver que aquella primera violencia e injuria se había convertido en una acción honesta y en un medio muy político de unión: ¡tan íntimamente enlazó y estrechó a las dos naciones entre sí, y tan bello origen dio de benevolencia y poder a la república!

Pues de la reverencia, amor y consistencia que imprimió a los matrimonios, el tiempo mismo es testigo; porque en cerca de doscientos treinta años no hubo hombre que se resolviese a apartarse de la compañía de su mujer, ni mujer de la de su marido; y así como los más eruditos de los Griegos llevan la cuenta de quién fue el primer parricida y el primer matricida, de la misma manera no hay Romano que no sepa que fue Carbilio Espurio el primero que repudió a su mujer por causa de esterilidad. Y con este largo tiempo concuerdan también las obras: porque los reyes mismos hicieron unión y comunidad de mando por aquellos primeros casamientos. Mas de las bodas de Teseo ninguna ventaja amistosa y social resultó a los Atenienses, sino enemistades, guerras y muertes de los ciudadanos; y últimamente haber perdido a Afidnas, y si no hubiese sido por compasión de los enemigos, a los que reverenciaron como Dioses dándoles este nombre, haber estado en muy poco el que hubiesen experimentado lo mismo que por Alejandro sucedió a Troya. La madre de Teseo, no sólo estuvo en riesgo de perder la vida, sino que pasó por el caso de Hécuba, abandonándola, y no haciendo cuenta de ella el hijo, a no ser que sea consejo cuanto se dice de su esclavitud: ¡ojalá que sea falso, y también muchas de las demás cosas! Finalmente, aun en las fábulas sobre la asistencia divina en uno y otro hay gran diferencia: porque el modo de salvarse Rómulo prueba gran benevolencia de parte de los Dioses; y el oráculo dado a Egeo de que no se allegase a mujer en tierra extraña parece que indica que no fue según la voluntad de los Dioses el nacimiento de Teseo.

LICURGO Y NUMA

LICURGO

I.— Nada absolutamente puede decirse que no esté sujeto a dudas acerca del legislador Licurgo, de cuyo linaje, peregrinación y muerte, y sobre todo de cuyas leyes y gobiernos, en cuanto a su establecimiento, se hacen relaciones muy diversas, siendo el tiempo en que vivió aquello en que menos se conviene. Algunos dicen que floreció contemporáneamente a Ífito, y que con él estableció la tregua olímpica, de cuyo número es el filósofo Aristóteles, que produce como testigo un disco que se guarda en Olimpia, en el que todavía se mantiene escrito el nombre de Licurgo. Los que han dado la cronología y sucesión de los reyes de Esparta, como Eratóstenes y Apolodoro, lo hacen no pocos años anterior a la primera Olimpíada. Timeo sospecha que hubo en Esparta en diversos tiempos dos Licurgos, y los sucesos de ambos por la excelencia se confundieron en uno, habiendo casi alcanzado el más antiguo los tiempos de Homero, y aun algunos dicen que llegó a ver a este poeta. También Jenofonte da a entender su antigüedad, diciendo que vivió cuando los Heraclidas; porque aunque en linaje fueron Heraclidas aún los últimos reyes de Esparta, en esto quiere significar que llama Heraclidas a los primeros de aquellos, inmediatos a Heracles. Mas en medio de esta confusión de la historia, para escribir la vida de este legislador, procuraremos seguir, entre las diferentes relaciones, las que envuelvan menos contradicción o estén apoyadas en la fe de más acreditados testigos. Aun el poeta Simónides no tiene por padre de Licurgo a Éunomo, sino a Prítanis; pero casi todos forman así la genealogía de Éunomo y Licurgo: que de Patrocles el de Aristodemo fue hijo Soo; de Soo, Euritión; de éste, Prítanis; de éste, Éunomo, y de Éunomo y su primera mujer, Polidectes, y después más joven Licurgo, de Dianasa, como lo escribió también Dieutíquidas, haciéndole sexto en orden desde Patrocles, y undécimo desde Heracles.

II.— Entre sus ascendientes se señaló mucho Soo, porque en su reinado hicieron los Espartanos sus esclavos a los Hilotas y adquirieron gran extensión de terreno, quitándoles a los Árcades. Cuéntase también de este Soo que, hallándose sitiado por los Clitorios en un paraje áspero y falto de agua, convino en que les dejaría el terreno que por armas les había tomado si bebían de una fuente cercana él y cuantos con él estaban. Acordado así, y sellado con el recíproco juramento, al encaminarse a la fuente con los suyos ofreció el reino al que no bebiese; pero nadie pudo contenerse, y bebieron todos; entonces, bajando él el último, no hizo más que rociarse con el agua a presencia de los enemigos, y se marchó, reteniendo el terreno, porque no habían bebido todos. Mas aunque por estos sucesos logró mucha estimación, no fue de él, sino de su hijo, de quien los reyes de su raza se llamaron Euritiónidas; porque parece haber sido Euritión el primero que reformó en la autoridad real lo que tenía de demasiado absoluta, comunicando el poder y congraciándose con la muchedumbre; y de esta reforma, insolentándose de una parte el pueblo, y de otra haciéndose los reyes odiosos si querían usar de la fuerza, o poco respetables si cedían por condescendencia y debilidad, sucedió que por mucho tiempo cayó Esparta en anarquía y desorden: y éste fue el que quitó la vida al padre de Licurgo que ya reinaba; porque metiendo paz en cierta riña, fue herido con un cuchillo ordinario, y murió, dejando el reino a su hijo mayor, Polidectes.

III.— Muerto éste de allí a muy breve tiempo, todos creían que le correspondía reinar a Licurgo, y entró a reinar hasta que se supo que la mujer del hermano estaba encinta. Cuando esto se divulgó, anunció que el reino pertenecía al niño, si fuese varón, y declaró que él reinaba como tutor. Llaman los Lacedemonios a los tutores de los reyes pródicos. Sucedió que la cuñada le envió ocultamente mensajes, e hizo proponerle que quería deshacerse del preñado, con tal que, casándose con él, reinasen en Esparta. Horrorizóse del intento, pero no lo contradijo; antes fingiendo que lo aprobaba y tenía a bien, le dijo que no era menester que ella se estropeara el cuerpo, o se pusiese en peligro apretándose o tomando hierbas, sino que a su cuenta quedaría deshacerse de él después de nacido. Entreteniéndola de este modo hasta el parto, cuando entendió que era llegada la hora de éste, envió personas que la observasen y estuviesen con cuidado en los dolores, con orden de que si lo que paría era hembra, se entregase al punto a las mujeres; pero si fuese varón, se lo llevaran, estuviera en la ocupación que estuviese. Estando, pues, él comiendo con los magistrados, dio aquella a luz un varón, y vinieron los ministros trayéndole el niño; tomóle en los brazos, y se cuenta que dijo a los circunstantes: «Os ha nacido un rey, oh Espartanos»; y que después le colocó en el trono real, dándole el nombre de Carilao, porque todos se mostraban muy alegres, ensalzando su prudencia y su justicia. Vino a reinar en todo unos ocho meses. Era, por otra parte, muy bien visto de los ciudadanos; y en mucho mayor número que los que le obedecían como a tutor del rey y depositario del mando, eran los que se le aficionaban por su virtud y se mostraban prontos a cuanto les mandase. Había, no obstante, quien le tenía envidia, y quien procuraba oponerse a sus aumentos viéndole todavía joven, principalmente los parientes y familiares de la madre del rey, la cual se miraba como agraviada; y el hermano de ésta, Leónidas, zahiriendo en una ocasión a Licurgo con demasiada osadía, se dejó decir que ya sabía que él había de reinar, haciendo nacer sospecha, y sembrando contra Licurgo la calumnia, si al rey le sucedía algo, de que había atentado contra él. Otras expresiones como ésta le llegaban también de la cuñada: por tanto, incomodado con ellas, y temeroso por lo que podía ocultársele, resolvió evitar con su ausencia toda sospecha, y andar peregrinando, hasta que el sobrino, hecho ya grande, hubiese dado sucesor al reino.

IV.— Embarcándose con esta determinación, se dirigió en primer lugar a Creta, donde se dio a examinar el gobierno que allí regía; y acercándose a los que tenían mayor concepto, admiró y tomó varias de sus leyes para trasladarlas y usar de ellas restituido a su casa; pero también hubo algunas que no le parecieron bien. Con amistad y agasajo inclinó a que pasase a Esparta a uno de los que gozaban mayor opinión de sabios y políticos, llamado Tales; en la apariencia, como poeta lírico, de que tenía fama, y para hacer ostentación de este dote; pero, en realidad, con el objeto de que hiciese lo que los grandes legisladores: porque sus canciones eran discursos que por medio de la armonía y el número movían a la docilidad y concordia, siendo de suyo graciosos y conciliadores. Así los que lo oían se dulcificaban sin sentir en sus costumbres, y por el deseo de lo honesto eran como atraídos a la unión, del encono que era entonces como endémico de unos contra otros; y parecía en cierta manera que aquel preparaba el camino a Licurgo para la educación. De Creta se trasladó Licurgo al Asia, queriendo, según se dice, comparar con el régimen cretense, que era moderado y austero, la profusión y delicias de los Jonios, como los médicos con los cuerpos sanos, los abotagados y enfermizos, para comprender mejor la diferencia de sus modos de vivir y de sus gobiernos. Descubriendo allí primero, según parece, los poemas de Homero guardados por los descendientes de Creofilo, y admirando en ellos entre los episodios que parece fomentan el deleite y la intemperancia, mezclada con gran artificio y cuidado mucha política y doctrina, los copió con ansia, y los recogió para traerlos consigo; pues aunque había entre los Griegos cierta fama oscura de estos poemas, eran pocos los que tenían de ellos algún trozo dislocado, como los había proporcionado el acaso; y Licurgo fue el primero que principalmente los dio a conocer. Los Egipcios creen que también los visitó Licurgo, y que admirado de la separación que ellos más que otros pueblos hacían de la clase de los guerreros, la trasladó a Esparta, y confinando a los artesanos y operarios, formó un pueblo verdaderamente urbano y brillante; y en esto aun hay algunos escritores griegos que convienen con los egipcios; pero que hubiese pasado también Licurgo a la Libia y a la Iberia, y que habiendo corrido la India hubiese tratado con los Gimnosofistas, fuera del Espartano Aristócrates el de Hiparco, no sabemos que lo haya dicho otro alguno.

V.— Los Lacedemonios echaban mucho de menos a Licurgo en su ausencia, y diferentes veces le enviaron a llamar; porque en los reyes no advertían que se diferenciasen en otra cosa del vulgo que en el nombre y los honores, y en aquel se descubría un ánimo superior, y cierto poder que atraía las voluntades. Aun a los reyes no era repugnante su vuelta, sino que más bien esperaban que, hallándose presente, la muchedumbre se contendría en su insolencia. Volviendo, pues, cuando los ánimos estaban así dispuestos, inmediatamente concibe el designio de causar un trastorno, y mudar el gobierno: como que de nada sirve ni a nada conduce una alteración parcial en las leyes, sino que es menester hacer lo que los médicos con los cuerpos enfermos y agobiados con diferentes males, que exprimiendo y evacuando los malos humores con purgas y otros medicamentos les hacen comenzar otro género de vida. Con estos pensamientos, lo primero que hizo fue dirigirse a Delfos; y habiendo consultado al dios y héchole sacrificio, volvió con aquel tan celebrado oráculo en el que la Pitia le llamó caro a los Dioses, y dios más bien que hombre, y le anunció que, consultado sobre buenas leyes, el dios le daba e inspiraba un gobierno que se había de aventajar a todos. Alentado con esto, reunió a los principales, y los exhortó a que con él tomasen parte en las novedades: bien que antes reservadamente había tratado con sus amigos, y después se había acercado también a la muchedumbre, inclinándolos a su plan. Cuando llegó el momento, encargó a treinta de los próceres que de madrugada se presentaran armados en la plaza, para consternar e intimidar a los que pudieran oponerse; y de éstos Hermipo enumeró hasta veinte, los más distinguidos; pero el que más parte tuvo y más ayudó a Licurgo en el establecimiento de sus leyes se llamaba Artmíadas. Como se hubiese movido algún alboroto, el rey Carilao tuvo miedo, porque decía que de todo se le haría autor, y se refugió al templo Calcieco; pero después, a fuerza de persuasiones y asegurado con juramentos, se alentó, y volvió a tomar parte en lo que se hacía; porque era de ánimo apocado, tanto, que se cuenta que Arquelao, que reinaba con él, a los que en cierta ocasión le celebraban, les dijo: «¿Cómo no ha de ser buen hombre Carilao, cuando ni siquiera para los malvados es áspero?».

Entre las muchas innovaciones hechas por Licurgo, la principal fue la creación del Senado, del que dice Platón que, unido a la autoridad real para templarla, e igualado con ella en las resoluciones, sirvió para los grandes negocios de salud y de freno; porque estando como en el aire el poder, e inclinándose, ora por parte de los reyes a la tiranía, y ora por parte de la muchedumbre a la democracia, equilibrado y contrapesado con la autoridad de los ancianos, que era a modo de un común presidio, tuvo ya más seguro orden y consistencia, adhiriéndose los veintiocho ancianos a los reyes, siempre que había que contrarrestar a la democracia, y dando vigor al pueblo para evitar la tiranía. Y dice Aristóteles que se establecieron en este número porque, siendo treinta los primeros que se asociaron a Licurgo, dos por miedo abandonaron el puesto; pero Esfeiro dice que desde el principio fueron en este número los elegidos para dar dictamen, acaso por la calidad del número siete multiplicado por cuatro, y porque, igual en sus partes, después del seis es perfecto; pero a mí me parece que la más cierta causa de haberse nombrado los ancianos en este número fue para que fuesen treinta entre todos, contándose con los veintiocho los dos reyes.

VI.— Tomó Licurgo con tanto cuidado este primer paso, que trajo de Delfos un vaticinio, a que se da el nombre de Retra y es de este tenor: «Edificando templo a Zeus Silanio y a Atenea Silania, conviene que tribuyendo tribus, fraternizando fratrias, y creando un Senado de treinta con los Arqueguetas, tengan éstos el derecho de congregar según los tiempos a los padres de familias entre Babica y Cnaquión, de tratar con ellos, y de disolver la junta». En este vaticinio tribuir tribus, y fraternizar fratrias, es dividir y repartir el pueblo en secciones, de las cuales a las unas se les llamó tribus, y a las otras fratrias. Arqueguetas se decían los reyes, y congregar era reunir en junta pública; porque quiso que se refiriese a Apolo el principio y la causa del gobierno. Babica y Cnaquión llaman ahora al río Enunte; aunque Aristóteles dice ser Cnaquión el río, y Babica el puente. En el espacio que mediaba, se tenían las juntas públicas, sin que hubiese pórticos ni otro ningún aparato; creyendo que nada contribuían, sino que más bien dañaban estas cosas para el acierto, porque excitan en los ánimos de los concurrentes ideas fútiles y vanas, cuando fijan la vista en las estatuas, en las pinturas, en los balcones teatrales, y en los techos muy artificiosamente labrados. Congregada la muchedumbre, a ninguno de ella se le permitía hablar de otros asuntos, y sólo era dueño el pueblo de decir sobre el dictamen propuesto por los ancianos y los reyes; pero fue más adelante cuando alterando los de la muchedumbre, y violentando las propuestas con añadir o quitar, los reyes Polidoro y Teopompo añadieron esto a la Retra: «Mas si el pueblo no fuese por lo recto, permítese a los provectos y a los Arqueguetas el no aprobarlo, sino separar y desunir al pueblo, como que trastornan y contrahacen la propuesta fuera de lo conveniente». Y éstos persuadieron también a la ciudad que el dios lo había ordenado; como de ello hace mención Tirteo en estos versos:

¡Oyeron con su oído, nos trajeron
este oráculo y versos infalibles,
que predijera por la Pitia Febo:
“Tengan el mando los sagrados Reyes,
que son tutores de la amable Esparta,
y los graves ancianos, luego el pueblo,
y se confirmarán las rectas leyes”.

VII.— Sin embargo de haber templado así Licurgo su gobierno, viendo todavía sus sucesores una oligarquía inmoderada y demasiado fuerte, o, según la expresión de Platón, hinchada y ambiciosa, la contuvieron como con un freno con la autoridad de los Éforos unos ciento y treinta años después de Licurgo, habiendo sido el primero que fue nombrado Éforo Élato, en tiempo del rey Teopompo; de quien se cuenta que, motejado por su mujer de que dejaba a sus hijos menor autoridad de la que había recibido le respondió: «Antes mayor cuanto más duradera»; porque, en realidad, con perder lo que en ella había de exceso, se libró de peligro; tanto, que no le sobrevinieron los males que los Mesenios y Argivos causaron a sus reyes, por no haber querido éstos ceder o relajar en favor del pueblo ni un punto de su autoridad: lo que hizo del todo patente la sabiduría y previsión de Licurgo a los que pusieron la vista, en las sediciones y desastrados gobiernos de los Mesenios y Argivos, pueblos vecinos suyos, y enlazados en parentesco, como lo eran sus reyes; pues habiendo sido al principio iguales, y aun, al parecer, mejor librados en el repartimiento, con todo les duró el bienestar muy poco tiempo, trastornada su constitución, de parte de los reyes por su altanería, y de parte de los pueblos por su inobediencia; manifestándose de este modo que fue una felicidad casi divina para Esparta haber tenido quien así concertase y templase su gobierno, pero esto fue más adelante.

VIII.— La segunda y más osada ordenación de Licurgo fue el repartimiento del terreno; porque siendo terrible la desigualdad y diferencia, por la cual muchos pobres necesitados sobrecargaban la ciudad, y la riqueza se acumulaba en muy pocos, se propuso desterrar la insolencia, la envidia, la corrupción, el regalo, y principalmente los dos mayores y más antiguos males que todos éstos: la riqueza y la pobreza; para lo que les persuadió que, presentando el país todo como vacío, se repartiese de nuevo, y todos viviesen entre sí uniformes e igualmente arraigados, dando el prez de preferencia a sola la virtud, como que de uno a otro no hay más diferencia o desigualdad que la que induce la justa reprensión de lo torpe y la alabanza de lo honesto; y diciendo y haciendo, distribuyó a los del campo el terreno de Laconia en treinta mil suertes, y el que caía hacia la ciudad de Esparta en nueve mil, porque éstas fueron las suertes de los Espartanos. Algunos dicen que Licurgo no hizo más que seis mil suertes, y que después Polidoro, rey, añadió otras tres mil; y otros, que éste hizo la mitad de las nueve mil, y la otra mitad las había hecho Licurgo. La suerte de cada uno era la que se juzgó podría producir una renta, que era por el hombre setenta fanegas de cebada, y doce por la mujer, y una cantidad de frutos líquidos proporcionada; porque creyeron que ésta era comida suficiente para que estuviesen sanos y fuertes, sin que ninguna otra cosa les hiciese falta. Refiérese que mucho más adelante, volviendo él mismo de un viaje al país, en tiempo que acababa de hacerse la siega, al ver las parvas emparejadas e iguales, sonriéndose, había dicho a los que allí se hallaban: «Toda la Laconia parece que es de unos hermanos que acaban de hacer sus particiones».

IX.— Intentaba repartir también los muebles para hacer desaparecer toda desigualdad y diversidad; pero cuando vio que así a las claras era mal recibida esta reforma, tomó otro camino y trajo a orden el lujo en estas cosas. Y en primer lugar, anulando toda la moneda antigua de oro y plata, ordenó que no se usase otra que de hierro, y a ésta en mucho peso y volumen le dio poco valor: de manera que para la suma de diez minas se necesitaba de un cofre grande en casa, y de una yunta para transportarla. Y con sola esta mudanza se libertó Lacedemonia de muchas especies de crímenes; porque ¿quién había de hurtar o dar en soborno, o trampear, o quitar de las manos una cosa que ni podía ocultarse, ni excitaba la codicia, ni había utilidad en deshacerla? Porque apagando, según se dice, en vinagre el hierro acerado hecho ascua, lo dejó endeble y de mal trabajar. Desterró además con esto las artes inútiles y de lujo, pues sin echarlas nadie de la ciudad, debieron decaer con la nueva moneda, no teniendo las obras despacho; por cuanto una moneda de hierro, que era objeto de burla, no tenía ningún atractivo para los demás griegos, ni estimación alguna; así, ni se podían comprar con ella efectos extranjeros de ningún precio, ni entraba en los puertos nave de comercio, ni se acercaba a la Laconia o sofista palabrero, o saludador y embelecador, u hombre de mal tráfico con mujeres, o artífice de oro y plata, no habiendo dinero: de esta manera, privado el lujo de su incentivo o pábulo, por sí mismo se desvaneció; y a los que tenían más que los otros de nada les servía, no habiendo camino por donde se mostrase su abundancia, que tenía que estar encerrada y ociosa. Pero para eso las cosas manuales y necesarias, como los lechos, las sillas, las mesas, se trabajaban entre ellos con primor; y el jarro laconio era el preferido por la tropa, según dice Critias: porque con su color cubría a la vista en el agua y demás cosas necesarias lo que podía hacerlas de mal beber; y pegándose y adhiriéndose a los bordes por dentro la tierra, si alguna tenía, quedaba con esto limpia la bebida. También esto debe atribuirse al legislador, porque, desterrados los artífices de cosas inútiles, en las necesarias mostraban su habilidad.

X.— Queriendo perseguir todavía más el lujo y extirpar el ansia por la riqueza, añadió otro tercer establecimiento, que fue el arreglo de los banquetes, haciendo que todos se reuniesen a comer juntos los manjares y guisos señalados, y nada comiesen en casa, ni tuviesen paños y mesas de gran precio, o pendiesen de cortantes y cocineros, engordando en tinieblas, como los animales insaciables, y echando a perder, con la costumbre, los cuerpos, incitados a inmoderados deseos y a la hartura, con necesidad de sueños largos, de baños calientes, de mucho reposo, y de estar como en continua enfermedad. Cosa era ésta admirada; pero más admirable todavía haber hecho indiferente y pobre la riqueza, como dice Teofrasto, con los banquetes comunes y con la sobriedad en la comida; porque ni tenía uso, ni empleo, ni vista u ostentación un magnífico menaje, concurriendo al mismo banquete el pobre que el rico; siendo ciertísimo aquel dicho vulgar, que de cuantas ciudades hay debajo del sol, sólo en Esparta se conserva Pluto ciego, y como una pintura se está quieto sin alma y sin movimiento. Ni comiendo en su casa les era dado ir después hartos a la mesa común, porque los demás observaban con cuidado al que no comía o bebía con ellos, y le tachaban de glotón y delicado, que desdeñaba el público banquete.

XI.— Por lo mismo, se dice haber sido ésta la institución que mayor oposición encontró en los ricos, los cuales, sublevados contra él, gritando, se reunieron en gran número, y, por fin, le acometieron a pedradas, hasta obligarle a retirarse de la plaza corriendo. Y de los demás pudo escaparse y refugiarse al templo; pero un joven, demasiado pronto e iracundo, aunque de buena índole en lo demás, llamado Alcandro, le acosaba y perseguía, y al volverse hacia él, éste le hirió con una vara que llevaba, y le sacó un ojo. No se alteró Licurgo con tanto daño como había recibido, sólo se paró de frente, y mostró a los ciudadanos el rostro bañado en sangre, y saltado el ojo; entonces fue suma la vergüenza y sentimiento que los ocupó a todos, tanto, que pusieron en su poder a Alcandro, y le fueron acompañando hasta su casa, dándole muestras de su disgusto. Licurgo a los demás los despidió, alabando su porte; y en cuanto a Alcandro, mandándole entrar en casa, no hizo ni dijo contra él cosa que le ofendiese; solamente, diciendo a sus comensales y criados que se retirasen, le mandó que le sirviese. Alcandro, que era de buena disposición, hacía callando lo que se le ordenaba; y permaneciendo al lado de Licurgo, siguiendo su método de vida, pudo hacerse cargo de la dulzura de su carácter, de los afectos de su ánimo, de su arreglado porte, y de su dureza para el trabajo; con lo que le miro ya como debía, y dijo a sus camaradas y amigos que Licurgo no sólo no era ni áspero ni orgulloso, sino que él sólo era suave y afable para todos. Éste fue el castigo y pena que recibió: de ser un joven inquieto y altanero, quedar hecho un hombre bien educado y prudente. Licurgo, como monumento de su herida, edificó el templo de Atenea, a la que apellidó Optiletis, porque en el dialecto dórico a los ojos se les llama óptilos. Algunos, y entre ellos Dioscórides, que escribió un tratado sobre el gobierno de Lacedemonia, dicen que Licurgo fue sí herido, pero no perdió el ojo, y que edificó el templo en reconocimiento de la curación. De resulta de aquel desgraciado suceso, dejaron los Lacedemonios el uso de ir con bastón a las juntas públicas.

XII.— Llamaban los Cretenses a los banquetes públicos andria, y los Lacedemonios, fidicia o porque eran oficinas de amistad y concordia, poniéndose la d en lugar de la l, o porque acostumbraban a la moderación y al ahorro. Tampoco hay inconveniente en que se hubiese arrimado por abuso la primera letra, como algunos quieren, habiéndose llamado edicia, de la comida.

Reúnense de quince en quince, y apenas más o menos: pone cada uno de los concurrentes al mes una fanega de harina, ocho coas de vino, cinco minas de queso, dos minas y media de higos, y además, para comprar carne, muy poca cosa en dinero. Fuera de esto, los que sacrificaban primicias, o habían estado de caza, enviaban al banquete alguna parte; porque el que sacrificaba o estaba de caza, si se le hacía tarde, podía quedarse a comer en casa; los demás debían concurrir, y así, se guardó escrupulosamente por mucho tiempo; pues cuando el rey Agis volvió del ejército, después de haber vencido a los atenienses, quiso comer con su mujer, y habiendo enviado a pedir sus raciones, no vinieron en mandárselas los polemarcos; y porque de enfado al día siguiente no hizo el sacrificio a que era obligado, le multaron. A estos banquetes asistían también los muchachos, llevados a ellos como a escuelas de templanza, donde oían conversaciones políticas, y bajo la enseñanza de preceptores libres, se acostumbraban a chancearse, a usar de burlas sin chocarrería, y a sufrirlas, si se chanceaban con ellos; porque se tiene por muy propio de Lacedemonios saber sufrir las chanzas, y el que no las llevaba tenía que declararse ofendido, cesando entonces el que se chanceaba. A cada uno le decía al entrar el más anciano, mostrándole las puertas: «Fuera de éstas no ha de salir palabra». Dicen que el recibimiento del que quería ser admitido a un banquete se hacía de este modo: tomaba en la mano cada uno de los de aquel banquete un trozo de masa, y al pasar el sirviente, que llevaba en la cabeza una vasija, lo echaba en ella como se echan los votos, el que admitía llanamente; pero el que repugnaba, apretándolo bien en la mano; haciendo aquí el mismo efecto el estar aplastado, que en los votos el estar agujereado; y con sólo encontrarse uno así, no lo admitían, porque querían que la reunión fuese con placer de todos. Al ser así desechado le decía ser cadizado, porque llaman kaddikhos a la vasija donde se recogen los trozos de masa. De todos sus guisos el más recomendado es el caldo negro, y los ancianos no echan menos la carne, sino que la dejan para los jóvenes, contentándose por toda comida con aquel caldo. Refiérese de uno de los reyes del Ponto, que precisamente por el tal caldo compró un cocinero de Lacedemonia; y que habiéndolo gustado, se indignó contra éste, el cual le dijo: «¡Oh, señor, para que guste este caldo es menester bañarse en el Eurotas!». Después de haber bebido moderadamente se retiran sin farol, porque ni del banquete ni de otra parte es permitido ir con luz, para que se acostumbren a andar de noche resueltamente sin miedo. Y éste es el orden de los banquetes públicos.

XIII.— No dio Licurgo leyes escritas, y artes era ésta una de las llamadas retras; porque creía que lo más esencial y poderoso para la felicidad de la ciudad y para la virtud estaba cimentado en las costumbres y aficiones de los ciudadanos, con lo que permanecía inmoble, teniendo un vínculo más fuerte todavía que el de la necesidad, en el propósito firme y seguro del ánimo y en la disposición que produce en los jóvenes para cada cosa la educación preparada por el legislador. Para los tratos de poca entidad y de intereses, que según los casos ocurren ya de un modo o ya de otro, creyó ser lo mejor no circunscribirlos con la necesidad que inducen la escritura y los usos invariables, sino dejarlos para que los así educados juzguen de ellos según las circunstancias, que añaden o quitan; porque todo el negocio de la legislación lo hizo consistir en la crianza o educación.

Era, pues, una de las retras, como se ha dicho, no usar de leyes escritas. Otra contra el lujo era la de que toda casa tuviera la armazón del tejado labrada de hacha, y las puertas de sola la sierra, sin otro instrumento; pues lo que después dijo Epaminondas de su mesa, «este convite no admite traición», esto mismo lo había pensado antes Licurgo: «esta casa no consiente profusión y lujo». Nadie a la verdad sería tan simple y menguado que en una casa pobre y popular fuese a poner o lechos con pies de plata, o alfombras brillantes, o vajilla de oro, u otra cosa de lujo consiguiente a éstas, sino que era preciso que a la casa correspondiese el lecho, a éste los paños, y a los paños todo el demás menaje y prevenciones. De este modo de vivir nació el que Leotíquidas el mayor, comiendo en Corinto, como viese que la armazón del techo de la casa era muy preciosa y artesonada, hubiera preguntado al huésped si entre ellos nacían escuadreados los maderos.

Otra tercera retra refiérese de Licurgo, que era la que prohibía hacer guerra a los mismos enemigos, para que no se hagan guerreros con la costumbre de defenderse muchas veces; y esto fue de lo que tiempo adelante acusaron principalmente al rey Agesilao, porque con sus repetidas y multiplicadas incursiones y guerras en la Beocia había hecho contrarios dignos de los Lacedemonios a los Tebanos; y por lo mismo, viéndole herido Antálcidas, le dijo: «Éste es el premio con que los Tebanos te pagan su aprendizaje, pues no sabiendo ni queriendo pelear, tú se lo has enseñado». A estos establecimientos les dio Licurgo el nombre de retras, como decretados por los Dioses y como sus oráculos.

XIV.— Como tenía por la mayor y más preciosa función del legislador el cuidado de la educación, tomándola de lejos, atendía como uno de los primeros objetos al matrimonio y a la procreación de los hijos; pues que no se dio luego por vencido en la empresa de hacer contenidas a las mujeres, como quiere Aristóteles, por no poder remediar la relajación e imperio de aquellas, a causa de que estando los hombres continuamente en el ejército tenían que dejarlas dueñas de todo, y que contemplarlas por lo mismo y llamarlas señoras; sino que también hizo en este punto lo que pudo. Ejercitó los cuerpos de las doncellas en correr, luchar, arrojar el disco y tirar con el arco, para que el arraigo de los hijos, tomando principio en unos cuerpos robustos, brotase con más fuerza; y llevando ellas los partos con vigor, estuviesen dispuestas para aguantar alegre y fácilmente los dolores. Removiendo, por otra parte, el regalo, el estarse a la sombra y toda delicadeza femenil, acostumbró a las doncellas a presentarse desnudas igualmente que los mancebos en sus reuniones, y a bailar así y cantar en ciertos sacrificios en presencia y a la vista de éstos. En ocasiones, usando ellas también de chanzas, los reprendían útilmente si en algo habían errado; y a las veces también, dirigiendo con cantares al efecto dispuestos alabanzas a los que las merecían, engendraban en los jóvenes una ambición y emulación laudables: porque el que había sido celebrado de valiente, viéndose señalado entre las doncellas, se engreía con los elogios; y las reprensiones, envueltas en el juego y la chanza, no eran de menos fuerza que los más estudiados documentos, mayormente porque a estos actos concurrían con los demás padres de familia los reyes y los ancianos. Y en esta desnudez de las doncellas nada había de deshonesto, porque la acompañaba el pudor y estaba lejos toda lascivia, y lo que producía era una costumbre sin inconveniente, y el deseo de tener buen cuerpo; tomando con lo femenil cierto gusto de un orgullo ingenuo, viendo que se las admitía a la parte en la virtud y en el deseo de gloria: así, a ellas era a quienes estaba bien el hablar y pensar como de Gorgo, mujer de Leónidas, se refiere, porque diciéndole, a lo que parece, una forastera: «¿Cómo vosotras solas las Espartanas domináis a los hombres?». «También nosotras solas —le respondió— parimos hombres».

XV.— Estas mismas cosas preparaban los casamientos: hablo de las reuniones de las doncellas, del presentarse desnudas y de sus combates en presencia de los jóvenes, que eran atraídos por una necesidad no geométrica, sino amorosa, como dice Platón. Tachó Licurgo además a los célibes con cierta infamia: porque eran desechados del espectáculo de las doncellas en sus pompas; y en el invierno les hacían los presidentes dar desnudos una vuelta por la plaza; y los que por allí pasaban les cantaban cierto cantar, en el que se decía que les estaba bien empleado por no obedecer a las leyes. Eran asimismo privados de los honores que los jóvenes tributaban a los ancianos: así, nadie reprendió lo que contra Dercílidas se dijo, sin embargo de ser un acreditado general; y fue que entrando él, uno de los jóvenes no le cedió el asiento, diciéndole: «Porque tú no dejas un hijo que me lo ceda a mí». El casamiento era un rapto, no de doncellitas tiernas e inmaduras, sino grandes ya y núbiles. La que había sido robada era puesta en poder de la madrina, que le cortaba el cabello a raíz, y vistiéndola con ropa y zapatos de hombre, la recostaba sobre un mullido de ramas, sola y sin luz; el novio entonces, no embriagado ni trastornado, sino sobrio, como que venía de comer en el banquete público, se le acercaba, le desataba el ceñidor y se ayuntaba a ella, poniéndola sobre el lecho. Deteniéndose allí por poco tiempo, se retiraba tranquilamente adonde antes acostumbraba a dormir con los demás jóvenes; y en adelante hacía lo mismo, pasando el día con sus iguales, reposando con ellos, y no yendo en busca de la novia sino con mucha precaución, de vergüenza y de miedo de que lo sintiese alguno de los de adentro, en lo que le auxiliaba la novia, disponiendo y proporcionando que se reuniesen en oportunidad y sin ser notados de nadie; y esto solían ejecutarlo no por poco tiempo, sino que algunos tenían ya hijos antes de haber visto a sus mujeres a la luz del día. Este modo de comunicación no sólo era un ejercicio de continencia y moderación, sino que aun en los cuerpos los hacía de más poder, y en el amor como nuevos y recientes, no retirándose fastidiados o indiferentes como de un trato indecente, sino quedando siempre en uno y otro reliquias de deseo y de complacencia. Y sin embargo de haber conciliado a los casamientos tanto pudor y decencia, no por eso dejó de desterrar los celos necios y mujeriles; porque lo que hizo fue remover del matrimonio la afrenta y todo desorden, dejando en comunión de los hijos y su procreación a todos los que lo merecían, y mirando con desdén a los que trataban de hacer estas cosas exclusivas e incomunicables a costa de muertes y de guerras; porque el marido anciano de una mujer moza, si había algún joven gracioso y bueno a quien tratara y de quien se agradase, podía introducirlo con su mujer, y, mejorando de casta, hacer propio lo que así se procrease. También a la inversa era permitido a un hombre excelente, que admiraba a una mujer bella y madre de hijos hermosos, casada con otro, persuadir al marido a que le consintiese gozar para tener en ella, como en un terreno recomendable por sus bellos frutos, hijos generosos, que fuesen semejantes y parientes de otros como ellos. Porque en primer lugar no miraba Licurgo a los hijos como propiedad de los padres, sino que los tenía por comunes de la ciudad: por lo que no quería que los ciudadanos fueran hijos indiferentemente de cualesquiera, sino de los más virtuosos; y por otra parte notaba de necias y orgullosas las disposiciones en este punto de otros legisladores, los cuales para las castas de los perros y de los caballos, por precio o por favor, buscan para padres los mejores que pueden hallarse, y en cuanto a las mujeres, cerrándolas como en una fortaleza, no permiten que procreen sino de sus maridos, aunque sean o necios, o caducos, o enfermizos; como si los malos hijos no lo fueran, antes que en daño de los demás, en daño de los que tienen en sus casas y los crían, y por el contrario los buenos, si tienen la suerte de ser bien nacidos. Con ser tales entonces estos establecimientos en lo físico y en lo político, se estuvo tan lejos de la liviandad de que más adelante fueron tachadas las mujeres, que se hacía increíble en Esparta la maldad del adulterio: así se conserva en memoria el dicho de Geradas, uno de los antiguos Espartanos, el cual, preguntado por un forastero qué pena se daba en Esparta a los adúlteros, le respondió: «Entre nosotros, oh huésped, no los hay». Y replicándole: «¿Y en el caso que los hubiese?». «Pagan —dijo Geradas— un toro tan grande, que por encima del Taigeto beba del Eurotas». Como el forastero se admirase y repusiese: «¿Cómo puede haber buey tan grande?», sonriéndose Geradas volvió a decirle: «¿Y cómo puede haber un adúltero en Esparta?». Y esto es lo que se refiere acerca de sus casamientos.

XVI.— Nacido un hijo, no era dueño el padre de criarle, sino que tomándole en los brazos, le llevaba a un sitio llamado Lesca, donde sentados los más ancianos de la tribu, reconocían el niño, y si era bien formado y robusto, disponían que se le criase repartiéndole una de las nueve mil suertes; mas si le hallaban degenerado y monstruoso, mandaban llevarle las que se llamaban apotetas o expositorios, lugar profundo junto al Taigeto; como que a un parto no dispuesto desde luego para tener un cuerpo bien formado y sano, por sí y por la ciudad le valía más esto que el vivir. Por tanto, las mujeres no lavaban con agua a los niños, sino con vino, haciendo como experiencia de su complexión, porque se tiene por cierto que los cuerpos epilépticos y enfermizos no prevalecen contra el vino, que los amortigua, y que los sanos se comprimen con él, y fortalecen sus miembros. Había también en las nodrizas su cuidado y arte particular; de manera que criaban a los niños sin fajas, procurando hacerlos liberales en sus miembros y su figura; fáciles y no melindrosos para ser alimentados; imperturbables en las tinieblas; sin miedo en la soledad, y no incómodos y fastidiosos con sus lloros. Por esto mismo muchos de otras partes compraban para sus hijos amas lacedemonias; y de Amicla, la que crió al ateniense Alcibíades, se dice que lo era; y a este mismo, según dice Platón, le puso Pericles por ayo a Zópiro, esclavo, que en nada se aventajaba a cualquiera otro esclavo. Mas a los jóvenes Espartanos no los entregó Licurgo a la enseñanza de ayos comprados o mercenarios, ni aun era permitido a cada uno criar y educar a sus hijos como gustase; sino que él mismo, entregándose de todos a la edad de siete años, los repartió en clases, y haciéndolos compañeros y camaradas, los acostumbró a entretenerse y holgarse juntos. En cada clase puso por cabo de ella al que manifestaba más juicio y era más alentado y corajudo en sus luchas, al cual los otros le tenían respeto, y le obedecían y sufrían sus castigos, siendo aquella una escuela de obediencia. Los más ancianos los veían jugar, y de intento movían entre ellos disputas y riñas, notando así de paso la índole y naturaleza de cada uno en cuanto al valor y perseverar en las luchas. De letras no aprendían más que lo preciso; y toda la educación se dirigía a que fuesen bien mandados, sufridores del trabajo y vencedores en la guerra; por eso, según crecían en edad, crecían también las pruebas, rapándolos hasta la piel, haciéndoles andar descalzos y jugar por lo común desnudos. Cuando ya tenían doce años no gastaban túnica, ni se les daba más que una ropilla para todo el año; así, macilentos y delgados en sus cuerpos, no usaban ni de baños ni de aceites, y sólo algunos días se les permitía disfrutar de este regalo. Dormían juntos en fila y por clases sobre mullido de ramas que ellos mismos traían, rompiendo con la mano sin hierro alguno las puntas de las cañas que se crían a la orilla del Eurotas; y en el invierno echaban también de los que se llaman matalobos, y los mezclaban con las cañas, porque se creía que eran de naturaleza cálida.

XVII.— Cuando ya habían venido a este estado, se manifestaban los apasionados y amadores de los jóvenes que más se señalaban, y también los ancianos concurrían más a menudo a sus gimnasios, hallándose en sus luchas y sus chanzas, no de paso, sino en términos de parecer que todos eran padres, ayos y superiores también de todos; de manera que no había momento vacío, ni lugar libre de amonestador y castigador del que en algo errase.

Nombrábase además un director de los jóvenes de entre los varones de más autoridad; y éste por clases elegía como por cabo al más prudente y belicoso de los Eirenes. Dan este nombre a los que están en el segundo año de haber salido de la puericia, y el de Meleirenes, a los de más edad de los jóvenes. El Eirén, pues, que tenía veinte años, mandaba a los que le estaban sujetos en las peleas, y de los mismos se valía como de sirvientes en los banquetes públicos. A los más crecidos les mandaba traer leña, y verduras a los más pequeños, y para traerlo lo hurtaban, unos yendo a los huertos y otros introduciéndose en los banquetes de los hombres con la mayor astucia y sigilo; y el que se dejaba coger, llevaba muchos azotes con el látigo, haciéndosele cargo de desidioso y torpe en el robar. Robaban también lo que podían de las cosas de comer, estando en acecho de los que dormían o se descuidaban en su custodia, siendo la pena del que era cogido azotes y no comer; y, en general, su comida era escasa, para que por sí mismos remediaran esta penuria y se vieran precisados a ser resueltos y mañosos. Y éste era el objeto de la comida tan tasada: pero dicen que además servía para que los cuerpos creciesen: porque se tiene por cierto que el espíritu se difunde a lo largo cuando no tiene que detenerse y ocuparse mucho en lo ancho y profundo, comprimido del excesivo alimento, sino que va arriba por la misma ligereza, estando ágil el cuerpo, y prestándose con facilidad. Créese que conduce también para la belleza, porque las constituciones delgadas y esbeltas son más propias para que los cuerpos sean derechos, y las gruesas y bien mantenidas se oponen a esto por la pesadez; así como de las mujeres encinta se dice que, purgando, los hijos salen sí delgados, pero bellos y graciosos, por la ligereza de la materia, que es más dócil a la formación. Pero quede para mejor examen la causa de este suceso.

XVIII.— Con tal diligencia hacían los muchachos estos hurtos, que se cuenta de uno que hurtó un zorrillo y lo ocultó debajo de la ropa, y despedazándole este el vientre con las uñas y con los dientes, aguantó y se dejó morir por no ser descubierto; lo que no se hace increíble aun respecto de los jóvenes de ahora, a muchos de los cuales hemos visto desfallecer aguantando los azotes sobre el ara de Ártemis Ortia. En los banquetes sentado el Eirén, a uno le mandaba cantar y a otro le dirigía alguna pregunta que pidiese una meditada respuesta, como por ejemplo: cuál de los hombres es el mejor, o qué le parecía tal acción de alguno. De este modo se acostumbraban desde luego a juzgar de lo bueno y honesto, y a poner cuidado en discernir las acciones de los ciudadanos, porque si preguntado alguno quién era buen ciudadano, o quién no tenía buen concepto, se hallaba dudoso en responder, teníanlo por señal de un espíritu tardo y poco inflamado en el amor de la virtud. La respuesta debía contener la causa, y una demostración encerrada en breve y cortada sentencia; y el castigo del que respondía sin reflexión era ser mordido por el Eirén en el pulgar. Muchas veces el Eirén, imponiendo estas penas a los muchachos a presencia de los ancianos y de los magistrados, daba las pruebas de que los castigaba con razón y como era debido; y mientras daba el castigo nada se le decía; pero, retirados los muchachos, se le hacía cargo si había sido en la reprensión más áspero de lo justo, o al revés, si había andado indulgente y blando. Los amadores tomaban parte en el concepto de los jóvenes en bien y en mal: así se dice que, habiendo un joven prorrumpido en la lucha con un grito impropio, fue multado su amador por los magistrados. Con todo de ser entre ellos tan recibido esto de tener amadores, que aun las mujeres de mayor opinión de bondad tenían doncellas a quienes amaban, no había celos ni envidias, sino que solía ser esto mismo principio de amistad entre sí en los que amaban a uno mismo, y de común acuerdo trabajaban en hacer a su amado el más excelente de todos.

XIX.— Era también una de las lecciones de los jóvenes enseñarlos a usar un lenguaje que tuviera cierta acrimonia mezclada con gracia, y que se hiciera muy notable por su concisión: porque con la moneda de hierro hizo Licurgo que en mucho peso tuviera poco valor, como hemos dicho; pero en cuanto a la moneda del lenguaje, por el contrario, quiso que en una dicción concisa y breve se encerrase mucho sentido; formando con el mismo silencio a los jóvenes sentenciosos y muy diestros en dar respuestas; porque así como en los dados a los placeres el exceso hace que por lo común queden débiles y enervados para la procreación, de la misma manera el inmoderado hablar hace la dicción necia y vacía de sentido. Dícese, pues, del rey Agis que burlándose un Ateniense de las espadas de los Lacedemonios por ser cortas, y diciendo que los jugadores de manos se las beberían con gran facilidad en sus tablados; «pues nosotros: —le respondió— alcanzamos muy bien con ellas a los enemigos», a este mismo modo hallo yo que el lenguaje lacónico, que parece demasiado conciso, abraza bien los asuntos, y se clava en la mente de los oyentes: porque el mismo Licurgo parece que era también hombre de pocas palabras y muy sentencioso, si hemos de juzgar por las memorias que nos quedan: como, por ejemplo, en cuanto a gobierno, cuando a uno que deseaba se estableciese la democracia le respondió: «Establece tú primero democracia en tu casa». Y en cuanto a sacrificios, que respondió al que le preguntaba por qué los había ordenado tan ligeros y de poco precio, «para que no nos quedemos algún día sin poder ser piadosos»; y en cuanto a los combates, que dijo no había prohibido a sus ciudadanos otras contiendas que aquellas en que no se extiende la mano. Corren también respuestas suyas de esta especie por cartas, como a los ciudadanos: —¿de qué manera nos libraremos de incursiones de los enemigos?— «si sois pobres y no podéis más uno que otro»; y acerca de las murallas, que «no está sin muros la ciudad que se ve coronada de hombres, y no de ladrillos». Mas en cuanto a la autenticidad de estas cartas, tan difícil es dar como negar el asenso.

XX.— De lo mal que estaban con los largos razonamientos pueden servir de muestra estos apotegmas: el rey Leónidas, a uno que intempestivamente razonó bien sobre negocios importantes: «Huésped —le dijo—, hablas de lo que no conviene como conviene». Carilao, el sobrino de Licurgo, preguntado acerca de lo pocas que eran las leyes de éste, respondió que «los que gastan pocas palabras no han menester muchas leyes». Arquidámidas, como algunos censurasen al sofista Hecateo, porque, convidado al banquete, nada había hablado en él: «El que sabe hablar —les dijo— sabe también el cuándo».

Sus dichos acres, que indiqué tenían también algún chiste, son por este término: Demarato, como un hombre notado por su conducta usase de chanzas con él, haciéndole impertinentes preguntas, y entre ellas le repitiese ésta muchas veces: «¿Quién es el mejor de los Espartanos?». «El que menos se parezca a ti» —le respondió— Agis, oyendo a algunos alabar a los de la Élide, porque fallaban con justicia en las fiestas olímpicas, «¿Qué mucho hacen los Eleenses —dijo— en usar de justicia al cabo de cinco años en un solo día?». Teopompo a un forastero que se mostraba afecto, y decía que sus conciudadanos le llamaban el amigo de los Espartanos: «Mejor te estaría, huésped, le respondió, que te llamasen el amigo de sus ciudadanos». Plistónax, el de Pausanias, a un orador Ateniense, que llamó ignorantes a los Lacedemonios: «Muy bien dices —le repuso—, porque de los Griegos nosotros solos no hemos aprendido nada malo de vosotros». Arquidámidas, a uno que preguntó cuántos eran los Espartanos: «Los bastantes —le dijo—, oh huésped, para acabar con los malos». Aun en lo que decían como por juego se descubría el hábito que tenían formado; y es que se acostumbraban a no usar del habla sin objeto, y a no proferir voz ninguna que no encerrase un sentido digno de atención: así, el que fue convidado para oír a uno que imitaba muy bien al ruiseñor: «Yo —dijo— he oído al mismo ruiseñor muchas veces». Otro, habiendo leído esta inscripción:

Por querer apagar la tiranía
fueron despojo del sangriento Marte,
muertos de Selinunte ante las puertas.

«Muy bien empleado —dijo— que muriesen, pues que no la dejaron que se abrasase toda». Un joven, prometiéndole otro que le daría unos gallos que morían en la pelea: «Esos no —le dijo—; dame gallos que maten en la pelea». Otro, viendo a algunos hombres que en un viaje eran llevados en sillas de manos: «No me dé Dios —dijo— que yo me siente donde no me ha de ser dado ceder el asiento a un anciano». Era tal el carácter de sus apotegmas, que no sin causa dijeron algunos que más de espartano era el filosofar que el gustar de los ejercicios gimnásticos.

XXI.— No era menos atendida la educación que se les daba acerca del esmero y pureza en el lenguaje; y sus versos tenían cierto aguijón que elevaba el ánimo y promovía los intentos alentados y activos. La dicción era sencilla y sin ornato sobre asuntos graves y morales, siendo por lo común o elogios de los que habían muerto por Esparta, en los que se ponderaba su dichosa suerte, o reprensiones de los medrosos, haciendo ver la miserable y desgraciada vida que vivían, u ostentación también y jactancia de su virtud, que no desdecía de las respectivas edades: de los cuales poemas no será fuera de propósito presentar uno para muestra; porque formándose tres coros en las fiestas, según las edades, empezando el de los ancianos, cantaba:

Fuimos nosotros fuertes y animosos
cuando gozamos de la edad lozana.

Respondiendo el de los hombres de florida edad, decía:

Nosotros hoy lo somos: quien lo dude,
venga, y la prueba le estará bien cara.

El tercero de los mocitos:

Nosotros lo seremos algún día,
y a todos os haremos gran ventaja.

Finalmente, si alguno pusiese la atención en los poemas lacónicos, que todavía nos quedan algunos, y examinase sus ritmos marciales, los que cantaban a la flauta al tiempo de embestir a los enemigos, juzgaría que no sin razón unieron Terpandro y Píndaro la fortaleza con la música; porque el primero cantó de los Lacedemonios:

Florece allí de juventud el brío,
la dulce musa y la justicia franca.

Y Píndaro dice:

Allí de los ancianos el consejo,
la intrepidez de juventud brillante, los coros,
y las musas, y el contento;

porque a un tiempo los representan muy músicos y muy guerreros,

Que andar suelen al lado uno de otro,
usar bien del acero y de la lira,

como dice el poeta espartano. Porque antes de la batalla el rey sacrificaba a las Musas, como en memoria de su educación, y de que se estaba en momentos críticos, para que aquellas los asistiesen en los peligros y diesen a los que combatían hacer cosas dignas de que se hablase de ellos.

XXII.— A veces, alzando la mano en la aspereza de la educación, no impedían a los jóvenes que tuvieran algún cuidado del cabello y de su adorno en armas y vestidos, mirándolos con la complacencia con que se mira a los caballos, orgullosos y engreídos al dirigirse al combate. Por tanto, criando cabello luego que salían de la edad pueril, ponían en él particular esmero entre los peligros de la guerra, para que apareciese limpio y bien peinado, teniendo presente cierta sentencia de Licurgo a este propósito, porque decía que el cabello a los bien parecidos los hacía más hermosos, y a los feos mucho más espantosos. Aun en los ejercicios usaban de más blandura cuando estaban en el ejército, y todo el método de vida no lo llevaban allí para con los jóvenes tan riguroso y tan tirante: de manera que sólo para ellos, entre todos los hombres, venía a ser la guerra un descanso de los ejercicios marciales. Formada la falange, y estando ya a la vista los enemigos, el rey hacía el sacrificio de una cabra, y al mismo tiempo daba la orden a todos de que se coronasen, y a los flautistas la de que tañesen el aire de Cástor, y también daba el tono para el himno de embestir; de manera que todo esto, hacía grave y terrible la vista de unos hombres que marchaban al numeroso sonido de las flautas, sin claros en la falange, sin turbación alguna en sus espíritus, y que más bien con semblante dulce y alegre eran por la música como atraídos al peligro; pues no era de creer que cayese o excesivo miedo o excesiva cólera en hombres así dispuestos, sino una gran calma de espíritu con esperanza y osadía, como si un dios se les apareciese. Marchaba contra los enemigos el rey, teniendo consigo a uno que llevase corona obtenida en los juegos solemnes: refiérese, por tanto, que uno a quien en Olimpia se le daban grandes sumas por no luchar, y no quiso recibirlas, sino que con la mayor fatiga luchó y venció a su contrario, diciéndosele después: «¿Qué es lo que has adelantado, oh Espartano, con la victoria?», respondió sonriéndose: «Pelearé con los enemigos formado delante del rey». Vencidos y puestos en retirada los enemigos, los perseguían sólo hasta dejar con su fuga bien asegurada la victoria; y después retirábanse ellos también, no reputando por acción generosa o digna de los Griegos el deshacer y aniquilar a los que cedían y dejaban el campo; lo que no sólo era honesto y laudable, sino útil también: porque sabiendo los que tenían guerra con ellos que acababan con los que eran obstinados, pero perdonaban a los que se rendían, tenían por más provechoso el retirarse que el hacerles frente.

XXIII.— Del mismo Licurgo dice Hipias el sofista que era muy belicoso y experimentado en muchas expediciones, y Filostéfano le atribuye la distribución de la caballería en escuadrones, diciendo que el escuadrón, según aquel lo ordenó, era en número de cincuenta caballos, dispuestos en una formación que hacía cuadro; pero Demetrio Falereo es de sentir que de ningún modo se ocupó por sí en cosas de guerra, y que su gobierno fue pacifico. El haber dado su atención a la tregua de Olimpia inclina al mismo concepto de que era amante de la paz. Algunos refieren, según advierte Hermino, que Licurgo al principio no hizo caso ni tomó parte en las disposiciones de Ífito, y sólo yendo de viaje casualmente se halló de espectador a los juegos; pero que allí oyó a su espalda una voz como de hombre que le reprendía, y se maravillaba de que no inclinase a sus ciudadanos a tener parte en aquella solemne junta; y como volviéndose a ver quién era, de ningún modo viese presente al que le habló, reputándolo por cosa divina, se dirigió a Ífito, y contribuyó a hacer la fiesta más magnífica y más estable.

XXIV.— La educación duraba aún en la edad adulta; porque a nadie se le dejaba que viviese según su gusto, sino que la ciudad era como un campo donde todos guardaban el orden de vida prescrito, ocupándose en las cosas públicas, por estar en la inteligencia de que no eran suyos, sino de la patria: por tanto, mientras otra cosa no se les ordenaba, se ocupaban en ver lo que hacían los jóvenes; en enseñarles alguna cosa provechosa, o en aprenderla de los más ancianos. Porque de las cosas buenas y envidiables que Licurgo preparó a sus ciudadanos fue una la sobra de tiempo, no permitiéndoles que se dedicasen en ninguna manera a las artes mecánicas, y no teniendo por qué afanarse en allegar caudal, cosa que cuesta mucho cuidado y trabajo, por haber hecho la riqueza inútil y aún despreciable. La tierra se la cultivaban los Hilotas, los cuales les pagaban el canon establecido. Hallándose un viajero espartano en Atenas a tiempo que estaban reunidos los tribunales, y sabiendo que uno a quien se había impuesto la pena de los holgazanes se retiraba apesadumbrado, acompañándole sus amigos, que también lo sentían, pidió a los que se hallaban presentes que le mostraran un hombre acusado por una causa tan liberal: ¡por tan propio de esclavos tenían el afán en las obras mecánicas y la codicia! De pleitos fue consiguiente que se acabasen con el dinero, no pudiendo haber entre ellos ni avaricia ni miseria; gozando todos de abundancia en la igualdad, y manteniéndose con poco por su parsimonia. Las danzas, los regocijos, los convites y los pasatiempos de la caza, el gimnasio y las tertulias ocupaban toda su vida, cuando no militaban.

XXV.— Los que no tenían treinta años no bajaban nunca a la plaza, sino que, por medio de sus parientes y amadores, hacían los acopios que habían menester. En los ancianos era también mal visto detenerse mucho tiempo en estas ocupaciones, y no gastar lo más del día en los gimnasios y en las tertulias, que hemos dicho las llamaban lescas; porque reunidos en éstas se entretenían honestamente unos con otros, sin acordarse de nada que condujese aumento de caudal o ganancia mercantil, sino que su principal ocupación consistía o en alabar una acción honesta, o en vituperar una cosa torpe, por juego, y con una risa que era maravillosamente útil para el aviso y la corrección; pues aun el mismo Licurgo no fue un hombre nimiamente severo; antes refiere Sosibio que introdujo la estatua de la risa, oportunamente, como un lenitivo del trabajo y de su género de vida, en los convites y en aquellos pasatiempos. En general, acostumbró a los ciudadanos a no querer ni aun saber vivir solos, sino a andar como las abejas, que siempre están en comunidad, siempre juntos alrededor de su caudillo, casi fuera de sí por el entusiasmo y ambición de parecer consagrados del todo a la patria; pudiendo verse esta idea aún en algunas de sus expresiones. Porque Pedareto, no habiendo sido elegido entre los trescientos, iba muy ufano, como regocijándose de que la ciudad tuviese trescientos que le aventajasen. Pisistrátidas, habiendo sido enviado de embajador con otros a los generales del rey de Persia, como éstos preguntasen si venían como particulares, o si eran enviados: «Si negociamos bien —respondió—, somos embajadores públicos; si no, venimos por nosotros mismos». Argileonis, madre de Brásidas, viendo entrar en su casa a unos ciudadanos de Anfípolis que habían hecho viaje a Lacedemonia, les preguntó si Brásidas había muerto con honor y de un modo digno de Esparta; y celebrándole éstos a su hijo, y diciendo que otro igual no le tenía Esparta: «No digáis eso, huéspedes —les repuso—: Brásidas era bueno y honrado; pero Lacedemonia tiene otros muchos varones más excelentes que él».

XXVI.— Al principio nombró el mismo Licurgo a los senadores, como hemos dicho, de entre los que le habían aconsejado y sostenido; pero luego, en lugar del que moría, estableció que se eligiese el que fuese reputado por más virtuoso entre los que pasaban de sesenta años. Contienda era ésta, sin duda, la más grande y más digna de disputarse de cuantas pueden ocurrir entre los hombres; porque no se trataba de elegir entre los ágiles el más ágil, entre los fuertes el más fuerte, sino de que el que fuese reputado por más virtuoso y prudente entre los prudentes y virtuosos tuviese para toda la vida por premio de la virtud un gran poder en la república, siendo dueño de la muerte, de la infamia, y en general de las cosas de más entidad. Hacíase la elección de esta manera: reunido el pueblo, elegía ciertos hombres de probidad, los que eran encerrados en una estancia próxima, donde, no pudiendo ni ver ni ser vistos, oían, sin embargo, la gritería de los congregados; porque era el clamor público el que decidía de la elección entre los candidatos, los cuales, no todos de una vez, sino de uno en uno por suerte, daban en silencio un paseo ante la junta. Los encerrados tenían unas listas, y en ellas señalaban el punto a que respecto de cada uno subía la gritería, no sabiendo de quién se trataba, sino sólo que fue el primero, el segundo, el tercero, u otro, según el número de los que habían ido pasando; y aquel por quien había sido de mayor número y más sostenida, era el que quedaba nombrado. Coronábase éste y visitaba los templos, llevando en su seguimiento a muchos jóvenes que lo ensalzaban y proclamaban, y también muchas mujeres, que con cánticos le elogiaban y le daban el parabién. Cada uno de sus apasionados le obsequiaba con un convite, diciéndole: «Con esta mesa te honra la patria». Pasaba de allí al banquete público, donde todo se hacía según costumbre, excepto que al presentarle la segunda porción la tomaba y la guardaba; y después del banquete, a la puerta misma del edificio, concurriendo allí las mujeres de su parentela, llamaba a la que tenía en más aprecio, y, dándole la porción, le decía: «Que habiéndola recibido como premio, se la regalaba»; con lo que las demás, elogiándola también, la acompañaban a su casa.

XXVII.— Arregló asimismo Licurgo perfectamente lo relativo a los entierros; porque trató en primer lugar de desterrar toda superstición, y, por lo tanto, no prohibió que se sepultasen los muertos dentro de la ciudad y que se pusiesen sus monumentos cerca de los templos; criando y familiarizando a los jóvenes con estos espectáculos, para que no se turbasen ni horrorizasen con la muerte, ni se tuviesen por contaminados con sólo tocar un cadáver o pasar por delante de una sepultura. Después mandó que nada se enterrase con el muerto, y sólo se envolviese en un paño encarnado con hojas de olivo. No era tampoco permitido inscribir otro nombre que el de quien moría en la guerra o el de las sacerdotisas. Señaló un tiempo muy limitado para el duelo, nada más que once días: al duodécimo se hacía un sacrificio a Deméter, y con esto debía cesar el duelo: porque no quiso ni ocio ni inacción; y en todo había mezclado, con lo que con templó preciso, o una excitación a la virtud o una invectiva contra el vicio. Cuidó también de que por todas partes hubiese en la ciudad muchedumbre de ejemplos, con los que criados y como impelidos los ciudadanos, era preciso que se excitasen y formasen a lo bueno y honesto. No le agradó, por tanto, que cualquiera saliese de viaje o anduviese por otras tierras, para que no trajeran costumbres extranjeras, usos de gente indisciplinada y diferencia de ideas sobre gobierno; y aun dispuso que se mandara salir a los extranjeros que sin objeto útil se fuesen introduciendo en la ciudad; no, como cree Tucídides, por miedo de que se hiciesen imitadores de su gobierno, y de que aprendiesen algo conducente a la virtud, sino antes para que no fuesen maestros de algún vicio. Porque con los cuerpos forasteros precisamente se han de introducir voces extranjeras; las voces nuevas llevan consigo nuevos pensamientos, de los que es preciso se originen muchos afectos y deseos discordes, que no guarden consonancia, como si fuese una armonía, con el gobierno establecido: por lo mismo, creía que más debía guardarse la ciudad de que tuviesen entrada las malas costumbres que de que se introdujesen cuerpos contagiados.

XXVIII.— En todo lo dicho, ningún vestigio hay de injusticia o de codicia que es lo que algunos achacan a las leyes de Licurgo, las cuales, dicen, así como proveen completamente a la fortaleza, son defectuosas en cuanto a la justicia. Si la llamada Criptia hubiese sido una de las instituciones de Licurgo, como dice Aristóteles, ésta habría sido la que a Platón le hubiera hecho formar el mal concepto que formó de aquel gobierno y del que lo estableció. Era de esta forma: los magistrados a cierto tiempo enviaban por diversas partes a los jóvenes que les parecía tenían más juicio, los cuales llevaban sólo su espada, el alimento absolutamente preciso, y nada más. Éstos, esparcidos de día por lugares escondidos, se recataban y guardaban reposo; pero a la noche salían a los caminos, y a los que cogían de los Hilotas les daban muerte; y muchas veces, yéndose por los campos, acababan con los más robustos y poderosos de ellos. Refiere Tucídides en su Historia de la guerra del Peloponeso que, habiendo sido coronados como libres aquellos Hilotas que primero los Espartanos habían señalado como sobresalientes en valor, recorrieron así los templos de los Dioses, y de allí a poco, desaparecieron de repente, siendo más de dos mil en número, sin que ni entonces ni después haya podido nadie dar razón de cómo se les dio muerte. Aristóteles es también quien principalmente escribe que los Éforos lo primero que hacían al entrar en su cargo era denunciar la guerra a los Hilotas, para que no fuera cosa abominable el matarlos. Por otras cosas odiosas y duras se dice que se les hacía pasar, tanto, que obligándolos a beber inmoderadamente los llevaban por los banquetes públicos para que vieran los jóvenes lo que es la embriaguez, y los obligaban a entonar canciones y bailar danzas indecentes y ridículas, no permitiéndoles las que eran de hombres libres: por esto dicen que más adelante, mandándoseles a los Hilotas que fueron hechos cautivos por el ejército levantado en Tebas contra Esparta, que cantasen los poemas de Terpandro, de Alcmán y Espendente el Lacedemonio, se excusaron diciendo que no querían sus amos. Parece, por tanto, que los que dijeron que en Esparta los libres eran completamente libres, y los esclavos, esclavos hasta lo sumo, comprendieron muy bien lo que en este punto iba de Esparta a otros pueblos. Pienso, pues, que esta dureza se introdujo en Esparta más adelante, especialmente después del gran terremoto de resulta del cual se dice que los Hilotas, incorporándose con los Mesenios, causaron graves daños en toda la región, y pusieron a la ciudad en gran peligro: porque no atribuiría yo a Licurgo una institución tan atroz como la Criptia, infiriendo su carácter de la humanidad y justicia que en los demás de su vida resplandece, confirmado con el testimonio de Apolo.

XXIX.— Identificados ya con la costumbre sus principales establecimientos, y fortalecido suficientemente el gobierno para poder marchar por sí, y salvarse también por sí mismo, como con respecto al mundo dice Platón que Dios se complació al verle formado, y que se movía con el movimiento primero que le había impreso; de la misma manera regocijado y contento con la belleza y excelencia de su legislación puesta en obra, y que seguía su camino, meditó cómo, en cuanto es dado a la humana prudencia, la haría inmortal e inalterable para lo futuro. Congregándolos, pues, en junta a todos, les hizo presente que en general estaba todo bastante bien ordenado en la ciudad para hacerla feliz y virtuosa; pero lo más esencial y de mayor fuerza no lo introduciría sin haber antes acudido al oráculo de Apolo; por tanto, que deberían atenerse a las leyes establecidas y no alterar o innovar nada en ellas hasta que él volviese de Delfos; porque entonces haría lo que el dios prescribiese. Convinieron todos en ello, y le exhortaron al viaje; y con esto, tomando juramento primero a los reyes y senadores, y después a todos los ciudadanos, de que se mantendrían y vivirían en el gobierno constituido hasta que él volviese, partió Licurgo a Delfos. Presentado ante el oráculo, y haciendo sacrificio al dios, le preguntó si sus leyes eran propias y suficientes para que su ciudad fuese feliz y virtuosa, a lo que, como le respondiese el dios que las leyes estaban perfectamente establecidas, y que la ciudad sería muy ilustre y celebrada si se mantuviese en el gobierno de Licurgo, escribiendo este oráculo, lo envió a Esparta; mas él, haciendo otro sacrificio al dios, y saludando a sus amigos y a su hijo, resolvió no dejar libres a sus ciudadanos del juramento, sino más bien salir espontáneamente de la vida, hallándose ya en una edad en la que se está en sazón o de vivir todavía, o de hacer punto si se quiere, cuando todo parece que ha llegado al colmo de la felicidad. Quitóse, pues, la vida con no comer, creyendo que en los hombres públicos conviene que aun la muerte no deje de ser pública, ni sin fruto el término de su vida, sino que éste participe de su virtud y de su actividad: y que para el que había ejecutado cosas tan grandes, el fallecimiento debía ser verdaderamente el remate de su felicidad, y su muerte, como la guarda de los bienes y dichas que durante su vida había preparado a sus ciudadanos, pues que le estaban ligados con el juramento de que se mantendrían en aquel gobierno hasta que volviese. Y no se engañó en su juicio, porque Esparta sobresalió en la Grecia en gobierno y en gloria por los quinientos años que observó las leyes de Licurgo; esto es, mientras que no hizo novedad en ellas ninguno de los catorce reyes que hubo desde él hasta Agis el de Arquidamo; puesto que la creación de los Éforos no fue mudanza, sino adición hecha al gobierno, e introducida al parecer en favor del pueblo, más bien sirvió para corroborar la aristocracia.

XXX.— Reinando, pues, Agis, se entrometió el dinero en Esparta, y con el dinero la invadió también la codicia y el ansia de la riqueza por medio de Lisandro, que, con ser inaccesible al dinero, llenó, sin embargo, a su patria de amor a la riqueza y de lujo, introduciendo en ella el oro y la plata y trastornando las leyes de Licurgo; reinando las cuales hasta allí no parecía que Esparta era un pueblo regido con un gobierno, sino una persona que hacía vida ejercitada y filosófica; o, por mejor decir, así como los poetas fingen que Heracles, no teniendo más consigo que una piel y un palo, recorría la tierra castigando a los tiranos injustos y crueles, de la misma manera esta ciudad, con sola una escítala y una mala ropilla, dominando a la Grecia muy según su grado y voluntad, deshizo autoridades injustas y tiránicas que se habían introducido en los gobiernos, decidió sobre guerras y sosegó tumultos, muchas veces sin ni siquiera mover un escudo, sino con sólo enviar un mensajero, al que todos acudían para hacer lo que se les mandaba y ordenaba, como las abejas cuando la reina se presenta: ¡tanto era lo que prevalecía en buenas leyes y en justicia! Así, yo no puedo menos de maravillarme de los que dicen que los Lacedemonios sabían ser mandados, pero ignoraban el mandar, y de los que celebran aquel apotegma del rey Teopompo, el cual, diciéndole uno que Esparta se había salvado por sus reyes, que sabían mandar: «Mejor por sus ciudadanos —le respondió—, que saben obedecer». Porque no sufren el obedecer al que no es capaz de imperar, y la obediencia es instrucción que viene del que gobierna; porque el mandar bien es lo que produce el bien ejecutar; y a la manera que la perfección del arte de la equitación consiste en hacer al caballo manso y dócil, así es propio de la ciencia de reinar el formar súbditos obedientes. Los Lacedemonios, pues, inspiraban a los demás, no docilidad, sino deseo de ser mandados y de obedecerles: así es que no iban a pedirles o naves, o dinero, o soldados, sino un general espartano: y en alcanzándole, le empleaban con honor y respeto, como a Gilipo los Sicilianos, los de Calcis a Brásidas, y a Lisandro, Calicrátidas y Agesilao todos los habitantes del Asia: teniendo a estos grandes varones por moderadores y reguladores de cada pueblo y de quien le gobernaba, y mirando a la misma ciudad de Esparta como aya y maestra de una vida arreglada y de un gobierno bien ordenado; según lo cual, parece satirizó Estratonico a los pueblos; prescribiendo y mandando como por burla a los Atenienses ordenar procesiones; a los de Élide arreglar combates, como que en esto sobresalían, y a los Lacedemonios azotarlos cuando no lo hiciesen bien; lo que sólo se inventó para hacer reír; pero Antístenes el Socrático, viendo a los Tebanos muy orgullosos después de la batalla de Leuctras, dijo que en nada se diferenciaban de unos muchachuelos que se vanagloriaban de haber dado una zurra a su ayo.

XXXI.— Mas no entró en las miras de Licurgo dejar una ciudad que imperase a otras muchas, sino que, creído de que como en la vida de los hombres, así también en la de las ciudades, la felicidad no podía provenir sino de la virtud y de la concordia entre sí, con relación a esto la ordenó y conformó para que sus ciudadanos por muy largo tiempo se conservasen libres, independientes y moderados. Y este mismo tipo de gobierno se propusieron Platón, Diógenes y Zenón, y todos cuantos son alabados por haber querido hablar de estas cosas, con no habernos dejado más que letras y palabras. Licurgo, pues, que sacó a luz, no letras y palabras, sino un gobierno inimitable, y que a los que tenían por quimera la que llamaban disposición o idea de un sabio, les puso ante los ojos a toda una ciudad filosofando, justamente excedió en gloria a todos cuantos han puesto mano en estas cosas entre los griegos. Por esto dijo Aristóteles que gozaba en Lacedemonia unos honores muy inferiores a los que le eran debidos, no obstante ser grandes los que se le hacen, porque le está consagrado un templo, y, como a dios, se le hacen cada año sacrificios; dícese también que traídos a la patria sus despojos, cayó un rayo en el sepulcro; lo que no ha sucedido a ninguno otro de los personajes distinguidos, sino después a Eurípides, que murió y fue sepultado en Macedonia junto a Aretusa; de manera que fue para los apasionados de Eurípides una grande excelencia y un testimonio muy favorable el que le hubiese sucedido lo mismo que al hombre más amado de los Dioses y más santo le había sucedido antes. Algunos dicen que Licurgo murió en Cirra; y Apolótemis, que caminando a Élide; Timeo y Aristóxeno, que viviendo en Creta: y éste añade que los cretenses de Pergamina muestran su sepulcro junto a la carretera. Dícese que no dejó otro hijo que Antioro, muerto el cual sin hijos, se extinguió su línea; pero sus amigos y parientes suscitaron una fiesta que duró por largo tiempo; y a los días en que tocaba los llamaban licúrgicos. Aristócrates el de Hiparco dice que los huéspedes de Licurgo, habiendo éste muerto en Creta, a su ruego quemaron su cuerpo, y arrojaron las cenizas al mar, para precaver el que, llevados sus despojos en algún tiempo a Lacedemonia, mudaran el gobierno, como que había vuelto y se había desatado el juramento, que es lo que hay que decir de Licurgo.

NUMA

I.— Hay también sobre Numa una fuerte disputa en cuanto al tiempo en que vivió; sin embargo de que parece que con exactitud se hizo subir hasta él a ciertas genealogías. Mas Clodio en El elenco de los tiempos, porque así se halla intitulado este libro, se esfuerza a probar que los registros antiguos perecieron en las ruinas que con la invasión de los Galos experimentó la ciudad, y que los que ahora corren fueron contra la verdad supuestos por hombres que quisieron adular a los que de no correspondientes principios quisieron por fuerza ingerirse en las primeras familias y en las casas más ilustres. Hase dicho que Numa fue amigo y familiar de Pitágoras; y en este punto unos no quieren que Numa hubiese participado en manera alguna de la ilustración griega, como si por naturaleza hubiera sido poderoso y capaz de formarse por sí sólo a la virtud, o como si debiera atribuirse la educación de este monarca a algún bárbaro de más mérito que Pitágoras; y otros sostienen que Pitágoras vivió más adelante, y fue cinco generaciones posterior a la edad de Numa, y que Pitágoras el Espartano, que en Olimpia venció en la carrera por la Olimpíada decimosexta, en cuyo año tercero fue Numa creado rey, discurriendo por la Italia se avistó con Numa y le ayudó a coordinar su reino; de donde había provenido que al carácter romano, por la enseñanza de este Pitágoras, se le hubiese pegado mucho del de los Lacedemonios. Por otra parte, Numa, de origen, era Sabino; y los Sabinos tienen la pretensión de ser colonia de Esparta. El computar, pues, las épocas es muy dificultoso, mayormente si se quiere coincidir con las de los Juegos Olímpicos; cuya relación se dice haber dado más tarde Hinias Eleo sin apoyo alguno para que se le deba creer. Referiremos, por tanto, lo que acerca de Numa nos parece digno de saberse, empezando por el exordio conveniente.

II.— Hallábase Roma en el año treinta y siete del reinado de Rómulo, y siendo el siete del quinto mes, día que hoy se llama las Nonas Capratinas, celebraba Rómulo fuera de la ciudad cierto sacrificio público junto al lago llamado de la Cabra, con asistencia del Senado y de la mayor parte del pueblo, cuando de repente se notó en el aire una grandísima alteración, que arrojó lluvia sobre la tierra con viento y tempestad; y sucedió que, sobrecogida la muchedumbre, huyó y se dispersó, y el rey desapareció, sin que se le hubiese podido encontrar, ni su cadáver tampoco, si había muerto; de lo que se originó una terrible sospecha contra los patricios, y corrió la voz en el pueblo de que incomodados ya de antemano con ser súbditos, y queriendo apoderarse de la autoridad, habían muerto al rey; porque parecía también que últimamente los había tratado con demasiada aspereza y despotismo. Lograron, con todo, curarse de esta sospecha, confiriendo a Rómulo honores divinos, como que no había muerto, sino que le había cabido mejor suerte, y jurando Proclo, uno de los más ilustres, haber visto a Rómulo que con armas era elevado al cielo, y haber oído una voz que le mandaba se le diese el nombre de Quirino. Mas otra nueva turbación y alboroto agitó luego a la ciudad con motivo de la elección del futuro rey; no hallándose todavía bien incorporados los forasteros con los primeros ciudadanos, estando inquieto el pueblo en sí mismo, y recelándose los patricios unos de otros por diferencias que también había entre ellos. Convenían todos en que se eligiese un rey; pero altercaban y estaban divididos, no sólo en cuanto a la persona, sino también en cuanto al pueblo de donde se tomaría este caudillo; porque a los primeros que con Rómulo fundaron la ciudad no se les hacía tolerable que, habiendo admitido a los Sabinos a participación de la ciudad y del territorio, se les precisase a ser dominados de los que habían recibido estos beneficios; y en favor de los Sabinos militaba la razón sumamente equitativa de que, muerto Tacio su rey, no se habían conmovido contra Rómulo, sino que le habían dejado reinar solo; y así, parecía que les tocaba otra vez el que se tomase el caudillo de entre ellos, puesto que no habían sido un pueblo subyugado que se hubiese unido a otro más poderoso, y que con su unión había crecido tanto en población la ciudad y se había aumentado tanto su grandeza. Con este motivo, pues, andaban alterados; mas, para que el alboroto no parase por la anarquía en disolución, permaneciendo suspenso el gobierno, dispusieron los patricios que, siendo ellos ciento y cincuenta, tomando cada uno separadamente las insignias reales haría a los Dioses los sacrificios establecidos, y despacharía seis horas de la noche por Tacio y seis del día por Quirino; pareciendo que esta distribución así hecha con respecto a uno y otro tenía una completa igualdad para los que mandaban, y que la mudanza de la autoridad quitaba al pueblo todo motivo de envidia, al ver que una misma persona en el mismo día y en la misma noche pasaba de rey a ser particular; y a este modo de gobernarse le llaman los romanos interregno.

III.— No porque pareciese que así habían establecido un gobierno civil y benigno dejaron de caer en sospechas y nuevos disturbios, atribuyéndoseles que inclinaban la república a la oligarquía, y que, reteniendo entre sí como jugueteando la autoridad, no querían rey que les mandase. Transigieron, pues, entre sí los dos partidos que el uno eligiese rey del otro; porque éste sería el mejor modo de apaciguar la contienda, siendo preciso que el elegido los tratase con igualdad a ambos, agradecido con los unos porque le habían elegido y benévolo con los otros por el deudo y el origen. Permitieron los Sabinos a los Romanos que fuesen los primeros a elegir, y tuvieron éstos por mejor que reinase un Sabino elegido por ellos, que el que se les nombrara un Romano que aquellos designasen. Conferenciando, pues, entre sí, eligen de los Sabinos a Numa Pompilio, que aunque no había sido de los que se trasladaron a Roma, era tan notoria a todos su virtud, que apenas se oyó su nombre, con más gusto le recibieron los Sabinos que los mismos que le habían elegido. Anuncióse al pueblo todo lo resuelto, y de los más principales de unos y otros se enviaron mensajeros al elegido de común acuerdo, rogándole que viniese y se encargase del reino. Era Numa de la ciudad de Cures, insigne entre los Sabinos, de la que los Romanos, a una con los Sabinos que se les incorporaron, se dieron a sí mismos la denominación de Quirites; hijo de Pomponio, varón muy acreditado, y el más joven de cuatro hermanos. Había nacido por prodigiosa casualidad el mismo día en que Rómulo fundó a Roma, que fue el undécimo antes de las calendas de Mayo. Con ser por índole inclinado en sus costumbres a toda virtud, todavía rectificó su ánimo con la doctrina, la paciencia y la filosofía, librándolo no sólo de las pasiones que lo degradan, sino aun de la violencia y ansia, que suelen ser muy de la aprobación de los bárbaros; teniendo por cierto que la verdadera fortaleza consiste en limpiarse, por medio de la razón, de toda codicia. Por tanto, desterrando de su casa todo lujo v superfluidad, manifestándose juez y consejero irreprensible al propio y al extraño, y empleando en cuanto a sí mismo el tiempo que le quedaba libre, no en placeres o comodidades, sino en el culto de los Dioses, y en el conocimiento de su naturaleza y de su poder, en cuanto la razón lo alcanza, adquirió tal nombre y tanta gloria, que Tacio, el colega de Rómulo en el reino, teniendo una hija llamada Tacia, lo hizo su yerno. Mas no se engrió con este casamiento para irse al palacio del suegro, sino que permaneció entre los Sabinos para cuidar de su propio padre, ya anciano, prefiriendo también su mujer Tacia el sosiego al lado de su marido, que no era más que un particular, al honor y gloria de que gozaría en Roma por su padre. Y de ésta se dice que murió a los trece años de casada.

IV.— Numa, en tanto, retirándose de la ciudad y sus pasatiempos, hallaba placer en gozar del campo, y andando ordinariamente solo por los bosques de los Dioses y por los prados sagrados, en lugares solitarios hacía su residencia. De aquí tomaría principalmente fundamento la voz acerca de la Ninfa, y de que Numa no dejó la comunicación de los hombres por displicencia de carácter o por inclinación a la vida errante, sino porque habiendo tomado el gusto a un trato de más importancia, y sido elevado a un casamiento divino, unido con la Ninfa Egeria, que le amaba, y viviendo a su lado, vino a ser un hombre sumamente venturoso e instruido en las cosas de los Dioses. No tiene duda que esto es muy parecido a otras muchas fábulas antiguas, como las que los Frigios se complacieron en divulgar de Atis, los Bitinios de Heródoto, de Endimión los Árcades, y a este tenor otros de muchos hombres, que parece fueron bienhadados y amados de los Dioses. Y no va fuera de razón que si Dios es amante del hombre, y no de los caballos o de las aves, se complazca en distinguir con su trato a los hombres que sobresalgan en bondad, y que no desdeñe ni crea le esta mal la comunicación con un hombre de una virtud y talento divinos. Ahora, que haya también comunicación y amor de un dios con un cuerpo y una belleza humanos, esto es obra mayor el persuadirlo. Los Egipcios distinguen con algún viso de verosimilitud, diciendo que en cuanto a las mujeres no debe tenerse por imposible que se les llegue el espíritu de un dios y les infunda el principio de una concepción; mas que en cuanto al hombre no hay cómo un dios se le llegue y comunique con su cuerpo; pero no tienen presente que en lo mezclado hay recíprocamente comunicación igual de una cosa con otra. Por lo que hace a aquella amistad de los Dioses con los hombres que suele llamarse amor, y se mira como un celo y cuidado de sus costumbres y de su virtud, estaría muy bien que la hubiese, y nada dicen fuera de lo conveniente los que cuentan que Forbante, Jacinto y Admeto, fueron amados de Apolo, como también Hipólito el de Sicione, de quien se dice cuantas veces navegaba de Sicione a Cirra se regocijaba la Pitia, como que el dios lo percibía y se holgaba también, pronunciando en verso heroico:

Hipólito otra vez; el bien amado.
Hipólito otra vez por el mar torna.

Corre asimismo la fábula de que Pan se enamoró de los versos de Píndaro, y de que cierta divinidad dio honor después de muertos a Arquíloco y a Hesíodo por sus poemas. Es fama igualmente que Sófocles en vida disfrutó el favor de hospedar a Esculapio, de lo que todavía quedan algunas pruebas, y que a su muerte otro dios cuidó de que no careciese de sepultura. ¿Y será justo, dando por ciertos estos hechos, resistirse a creer que Zaleuco, Minos, Zoroastres, Numa y Licurgo, que debían gobernar reinos y establecer gobiernos, tuviesen para esto mismo la asistencia de un dios? ¿No será más puesto en razón que los Dioses se acercasen con esmero a hombres como éstos para doctrinarlos y exhortarlos en cosas tan grandes, y que de los poetas y los líricos, si tal ha sido, se valiesen sólo como por juego en sus cantilenas? Si otros entienden otra cosa, ancho es, como dice Baquílides, el camino: pues no debe mirarse como desacertada la otra opinión que corre acerca de Licurgo, Numa y otros, según la cual, teniendo estos varones insignes que manejar pueblos indóciles y que hacer grandes novedades en el gobierno, les pusieron por delante la opinión y nombre de un dios para bien de aquellos mismos con quienes usaban de esta apariencia.

V.— Hallábase Numa en el cuadragésimo año de su edad cuando llegaron los mensajeros de Roma brindándole con el reino. Llevaron la palabra Proclo y Veleso, de los cuales era casi indudable que el uno o el otro habría sido elegido rey por el pueblo; teniendo Proclo de su parte a las gentes que podían llamarse de Rómulo, y Veleso a las de Tacio. Fueron breves sus discursos, creyendo que habría bastante con anunciar a Numa su buena dicha, pero era obra, según se vio, de muchas más palabras y ruegos el persuadirle, y el inclinar a un hombre acostumbrado a vivir en paz y sosiego a que aceptase el mando de una ciudad que se podía decir había nacido acrecentándose con la guerra. Respondió, pues, presente su padre y Marcio, uno de sus parientes, de este modo: «Toda mudanza en el método de vida es peligrosa, y a quien nada le falta de lo que ha menester, ni nada de lo presente le da disgusto, sólo la ignorancia puede moverle y apartarle de aquellas cosas a que está hecho; las que cuando nada más tengan para ser preferidas, en la seguridad a lo menos se aventajan mucho, a las que están por ver: si es que esto puede decirse con respecto al reino, en vista de lo que con Rómulo ha sucedido: habiendo caído sobre él la mala sospecha de que armó asechanzas a su colega Tacio; y sobre vuestros iguales la de que a él mismo le han quitado la vida. Y a Rómulo se le celebra con encomios como hijo de Dioses, y se habla de su prodigiosa crianza, y de la manera increíble como se salvó siendo niño; pero yo procedo de mortales; mi crianza y educación la han hecho hombres que no os son desconocidos, y cuadra mal con el haber de reinar lo que se elogia en mi conducta, que es mucha tranquilidad, dar mi atención a discursos de pura teoría, y además, como consiguiente, este inoportuno amor de la paz, de todas las artes no guerreras, y de los hombres que sólo se juntan con objeto de dar culto a los Dioses y de formarse a la virtud, y en lo demás cada uno de por sí o labran o apacientan. A vosotros, oh Romanos, os ha dejado Rómulo muchas guerras, quizá involuntarias, para cuyo buen éxito se necesita de un rey fogoso y de florida edad; y en el pueblo, por la buena suerte que le ha seguido, se ha engendrado hábito y deseo de la guerra, sin que a nadie se le oculte su tendencia a dominar a los demás: reiríase, por tanto, del que sólo reverenciase a los Dioses, y enseñase a honrar la justicia, y detestar la guerra en una ciudad que más que rey ha menester un general experto».

VI.— Con estas razones se excusó Numa de admitir el reino; pero los Romanos ponían el mayor empeño en convencerle, rogándole además no diese lugar a que cayesen en nuevas disensiones y en la guerra civil, pues que no había otro ninguno en quien conviniesen los dos partidos; y retirados éstos, también su padre y Marcio, instando por su parte, le persuadían a que aceptase un don tan grande y que podía reputarse por divino. «Si tú —decían— no has menester riqueza por tu moderación, ni apeteces la gloria del mando y el poder, porque hallas mayor gloria en la virtud, piensa que el reinar es un servicio y obsequio a Dios, que despierta y no deja permanecer ociosa en ti tanta justicia: no rehúses, pues, ni deseches una autoridad que puede ser para ti un campo de grandes y brillantes acciones, proporcionando para los Dioses un culto magnífico y la mejora de costumbres para los hombres, que muy fácil y prontamente son conducidos y reformados por el que los manda. Estos mismos respetaron a Tacio, con ser un jefe advenedizo, y divinizan la memoria de Rómulo tributándole culto; ¿y quién sabe si también el pueblo vencedor mirará ya con hastío la guerra, y llenos de triunfos y de despojos, desearán por amor de la paz y de las buenas leyes un jefe sosegado y amigo de la justicia? ¿Y si del todo están enloquecidos con la guerra, no será mejor dirigir a otra parte sus ímpetus, pues que has de tener las riendas en la mano, y ser en beneficio de su patria y de todo el pueblo sabino un vínculo de benevolencia y concordia para con una ciudad floreciente, y que ha adquirido gran poder?». Uníanse también con estas cosas, según se cuenta, señales faustas, y gran celo y empeño de parte de sus conciudadanos que, luego que se divulgó la noticia del mensaje, acudieron a rogarle que fuese y se encargase del reino, para más segura unión e incorporación de los dos pueblos.

VII.— Luego que se dejó vencer, haciendo sacrificio a los Dioses, se puso en camino para Roma. Saliéronle a recibir el Senado y el pueblo por el desmedido amor que le tenían; las matronas le dirigían gloriosos encomios; en los templos se hacían por él sacrificios, y en todos resplandecía el júbilo como si cada uno recibiera, no al rey, sino al reino. Luego que llegaron a la plaza, el que en aquel momento era por turno interrey, Espurio Vecio, dio a los ciudadanos los cálculos para votar, y todos le votaron: trajéronle entonces las insignias reales, pero mandó que se detuviesen, porque no se daba por satisfecho hasta recibir el reino también de manos de los Dioses. Congregando, pues, a los augures y a los sacerdotes, subió al Capitolio, al que entonces los romanos le llamaban collado Tarpeyo. Allí el presidente de los augures, volviéndole encubierto hacia el mediodía, y puesto en pie a su espalda, tocándole con la mano la cabeza, hacía plegarias; y dirigiendo la vista a todas partes, examinaba qué era lo que pronunciaban los Dioses por medio de los agüeros o los prodigios. Apoderóse entonces de toda la plaza y su inmenso gentío un increíble silencio, estando todos en grande expectación, y como pendientes de lo que iba a suceder, hasta que las aves dieron faustos agüeros y volaron derechas. Vistiéndose de este modo Numa la real púrpura, bajó de aquella eminencia a donde se hallaba el pueblo, siendo muchas las aclamaciones, y dándose todos las manos porque les había cabido el más amado de los Dioses.

Apenas se encargó del mando, lo primero que hizo fue disolver el cuerpo de los trescientos lanceros que Rómulo había tenido siempre cerca de su persona, y a los que llamó céleres que quiere decir prontos; porque ni quería desconfiar de los que confiaban, ni reinar sobre desconfiados. En segundo lugar, a los sacerdotes de Júpiter y de Marte añadió otro tercero de Rómulo, al que llamó Flamen Quirinal. Aun a los dos más antiguos se les dio este nombre de Flámines, por el gorro, según se dice, que les circundaba la cabeza, como si dijéramos en griego pilámines, porque era más frecuente que ahora mezclar voces griegas con las latinas; así, de las sobrevestes que llevaban los reyes, y se llamaban lenas, dice Juba que eran Khlainas, y que el niño pátrimo y mátrimo que sirve de ministro al sacerdote de Júpiter se llamaba Camilo, al modo que algunos griegos han dado a Hermes el epíteto de Cadmilo por causa de su ministerio.

VIII.— Dispuestas así estas cosas por Numa en gracia y obsequio del pueblo, inmediatamente toma por su cuenta, manejando la ciudad a la manera que el hierro, volverla de dura y guerrera más suave y más justa; porque ésta era verdaderamente la ciudad que Platón llama inflamada habiendo concurrido a ella en el principio de todas partes, por una osadía y un arrojo excesivo, los hombres más resueltos y belicosos; y habiendo servido como de pábulo para el aumento de su poder, los muchos ejércitos y las guerras no interrumpidas; de manera que como las estacas se afirman con los golpes, así ella se fortaleció con los peligros. Juzgando, pues, que no era cosa ligera y de poco trabajo conducir y poner en orden de paz a un pueblo tan exaltado y alborotado, invocó el auxilio de los Dioses, halagando y ablandando en él lo orgulloso y lo guerrero por lo más con sacrificios, con procesiones y con danzas que él mismo celebró e instituyó, y que reunían con la majestad y aparato un atractivo gracioso y cierto placer que inspiraba humanidad. En ocasiones denunciaba terrores de parte de los Dioses, y fantasmas monstruosas de Genios, y voces infaustas, cautivando y anonadando sus ánimos por medio de la superstición; de donde principalmente se originó la opinión de haber sido instruido y educado por Pitágoras, que le fue contemporáneo; porque fue gran refugio para ambos, para el uno en la filosofía y para el otro en la política, su inmediación y trato con los Dioses; y aun se dice que aquel fasto y pompa exterior se tomó también de la misma conducta de Pitágoras. Porque parece asimismo que éste domesticó un águila, a la que paraba con ciertas palabras y la hacía venir volando sobre su cabeza; y en Olimpia mostró un muslo de oro, en ocasión de concurrir a aquellos juegos, con otros muchos artificios y acciones prodigiosas que de él se refieren, y con motivo de las cuales Timon el fliasio dijo:

De entre los hombres
quita a ese ambicioso de Pitágoras,
diestro en embelecos,
y en palabras profuso altisonantes.

El artificio de Numa era el amor hacia él de una Diosa o Ninfa de los montes, y el trato arcano que con él tenía, como ya se ha dicho, y su continuo comercio con las Musas, porque la mayor parte de sus vaticinios los refirió a las Musas, y enseñó a los Romanos a venerar más especial y magníficamente a una Musa, a la que llamó Tácita, como silenciosa o muda; lo que parece que es de quien recuerda y tiene en estima la taciturnidad pitagórea. También sus establecimientos acerca de los simulacros parecen hermanos de los dogmas de Pitágoras; porque fue opinión de éste que lo primero, o principio, no era sensible o pasible, sino invisible, incorruptible, inteligible; y del mismo modo Numa prohibió a los Romanos que imaginasen en Dios figura de hombre o de animal: así, al principio, no se vio entre ellos, ni en pintura ni en estatua la imagen de dios, sino que en los primeros ciento y setenta años tuvieron sí templos, y levantaron santuarios, mas no hicieron estatua o simulacro alguno: no dieron, pues, semejanza a lo santo, a lo excelente de lo inferior, ni a Dios se le pudo comprender por otro medio que con el entendimiento. Lo relativo a los sacrificios participó asimismo de los ritos de Pitágoras, porque aquellos eran incruentos, haciéndose por lo común con farro, con libaciones y cosas que estaban muy a la mano. Fuera de esto, de otros argumentos exteriores se han valido los que han hecho cotejo de uno con otro. Uno de estos argumentos es que los Romanos adoptaron por ciudadano a Pitágoras, según que en un discurso dedicado a Antenor lo dejó escrito Epicarmo el Cómico, hombre antiguo y que participó de la enseñanza de Pitágoras. Otros traen también a cuenta el que habiendo tenido Numa cuatro hijos, a uno le dio el nombre del hijo de Pitágoras, llamándole Mamerco. De éste desciende la familia de los Emilios, incorporada con las patricias, y ese nombre viene de querer el rey adular a Pitágoras, con representar así la festividad y gracia de su lenguaje. Yo mismo en Roma he oído referir a muchos que habiéndoseles dado en tiempos pasados el oráculo de que tuvieran consigo al más juicioso y al más valiente de los griegos, pusieron en la plaza dos estatuas de bronce, la una de Alcibíades y la otra de Pitágoras. Mas querer, o impugnar, o persuadir estas cosas, que envuelven mil opiniones diversas, sería gastar el tiempo en disputas pueriles.

IX.— Atribúyese también a Numa el arreglo y creación de los sacerdotes, a los que llaman pontífices, y aun dicen que fue Pontífice máximo. Este nombre de pontífices unos lo deducen del ministerio que prestan a los Dioses poderosos y dueños de todo; porque el poderoso en lengua romana es potens. Otros dicen que llevan en sí la excepción de lo que no se puede, como si el legislador mandase a los sacerdotes hacer cuanto les fuese posible en los sacrificios, sin hacerles cargo si algún impedimento mayor se les oponía. La mayor parte, sin embargo, aprueba una etimología ridícula de este nombre, como si no significara otra cosa que hacedores de puentes, tomados de los sacrosantos y antiguos sacrificios que se hacían en el puente, al que los latinos le llaman pontem; y que el cuidado y reparo de los puentes, al modo de los demás ritos patrios, era del cargo e inspección de los sacerdotes; teniendo los Romanos, no sólo por no permitido, sino por abominable el que llegase a romperse el puente de madera. Dícese que éste absolutamente estaba enlazado y trabado, conforme a cierto oráculo, con sólo maderos, sin hierro alguno, y el de piedra se hizo mucho tiempo después, siendo cuestor Emilio. Aun del mismo de madera se dice que es posterior al tiempo de Numa, habiéndole concluido su nieto Marcio durante su reinado. El Pontífice Máximo venía a tener cargo de intérprete y de profeta, o más bien de hierofante, cuidando, no solamente de los sacrificios públicos, sino velando también sobre los que cada particular hacía, e impidiendo que se faltase a nada de lo prescrito, y enseñando además qué culto y qué expiación correspondía a cada uno de los Dioses. Era también superintendente de las vírgenes sagradas que se llaman Vestales; atribuyéndose a Numa la institución de estas vírgenes vestales, y en general todo lo relativo al cuidado y veneración del fuego inmortal de que son guardas; o porque se llevase la idea de confiar la esencia pura e incorruptible del fuego a unos cuerpos limpios e incontaminados, o porque se quisiese poner al lado de la virginidad un ser infructífero e improductivo; pues en la Grecia, donde hay fuego inextinguible, como en Delfos y en Atenas, no son vírgenes, sino mujeres que ya están fuera del estado del matrimonio, las que tienen este cuidado. Si por alguna casualidad llega a faltar, como en Atenas se dice haberse apagado la lámpara sagrada bajo la tiranía de Aristión, y en Delfos incendiado el templo por los Medos, y en los tiempos de la guerra de Mitrídates y de la guerra civil haber desaparecido el fuego juntamente con el ara; si falta, pues, dicen que no debe encenderse de otro fuego, sino hacerse fuego nuevo o reciente, encendiendo al sol una llama pura y no contaminada. Enciéndenlo principalmente con unos vasos hechos con lados iguales y excavados, digámoslo así, en forma de triángulo isósceles, viniendo de la circunferencia a unirse en un centro. Cada uno de estos vasos se pone vuelto al sol, de manera que los rayos que se recogen por todas partes se reúnan y acumulen en el centro, divide el aire, enrareciéndolo, y prontamente por medio de la reflexión enciende las materias ligeras y secas que se le aplican, tomando los rayos en esta disposición un cuerpo inflamado. Algunos creen que las vestales ningún otro destino tienen que el de guardar este fuego; pero otros dicen que hay allí otros misterios encerrados, de los que en la Vida de Camilo decimos hasta dónde es lícito, o preguntar, o hacer conversación.

X.— Dicen que primero fueron consagradas por Numa las vestales Gegania y Berenia, y después Canuleya y Tarpeya, y que últimamente por Servio se añadieron otras dos; y este es el número que se ha conservado hasta estos tiempos. El término prefijado por el rey a la continencia de estas sagradas vírgenes es el de treinta años: de él, en la primera década aprenden lo que tienen que hacer; en la segunda ejecutan lo que aprendieron, y en la tercera enseñan ellas a otras. Después de pasado este tiempo, a la que quiere se le permite casarse y abrazar otro género de vida, retirándose del sacerdocio; aunque se dice que no han sido muchas las que se han valido de esta concesión, y que a las que se han valido de ella no les han sucedido las cosas prósperamente, sino que entregadas al arrepentimiento y al disgusto por el resto de sus días, ha sido causa de superstición para las demás, tanto que hasta la vejez y la muerte han aguantado permaneciendo vírgenes. Concédenseles grandes prerrogativas, entre ellas la de testar viviendo todavía el padre, y hacer sin necesidad de tutores sus negocios, como las que son madres de tres hijos: llevan lictores cuando salen a la calle; y si por caso se encuentra con ellas uno que es llevado al suplicio, no se le quita la vida; pero es necesario que jure la virgen que el encuentro ha sido involuntario y fortuito, no preparado de intento; el que pasa por debajo de la litera cuando van en ella paga con la vida. Castígaselas también, y la pena suele ser golpes dados por Pontífice Máximo, para lo que algunas veces desnudan a la culpada en un lugar oscuro, corriendo una cortina. La que ha violado la virginidad es enterrada viva junto a la puerta llamada Colina, donde a la parte de adentro de la ciudad hay una eminencia que se extiende bastante, llamada en latín el montón. Hácese allí una casita subterránea muy reducida, con una bajada desde lo alto; tiénese dispuesta en ella una cama con su ropa, una lámpara encendida, y muy ligero acopio de las cosas más necesarias para la vida, como pan, agua, leche en una jarra, aceite, como si tuvieran por abominable destruir por el hambre un cuerpo consagrado a grandes misterios. Ponen a la que va a ser castigada en una litera, y asegurándola por afuera, y comprimiéndola con cordeles para que no pueda formar voz que se oiga, la llevan así por la plaza. Quedan todos pasmados y en silencio, y la acompañan sin proferir una palabra, con indecible tristeza: de manera que no hay espectáculo más terrible, ni la ciudad tiene día más lamentable que aquel. Cuando la litera ha llegado al sitio, desátanle los ministros los cordeles, y el Pontífice Máximo, pronunciando ciertas preces arcanas y tendiendo las manos a los Dioses por aquel paso, la conduce encubierta, y la pone sobre la escalera que va hacia abajo a la casita; vuélvese desde allí con los demás sacerdotes, y luego que la infeliz baja, se quita la escalera, y se cubre la casita, echándole encima mucha tierra desde arriba, hasta que el sitio queda igual con todo aquel terreno; y ésta es la pena que se impone a las que abandonan la virginidad que habían consagrado.

XI.— Numa edificó también, según es fama, el templo redondo de Vesta, para que en él se guardase el fuego sagrado, tratando de imitar, no la forma de la tierra como si fuese Vesta, sino la del universo mundo, cuyo medio, según los Pitagóricos, lo forma el fuego, y a éste es al que llaman Vesta y Mónade; y de la tierra opinan que ni es inmóvil, ni está en medio, sino puesta en equilibrio alrededor del fuego, sin ser de las primeras y más importantes partes del mundo. Éste dicen que fue también el modo de pensar de Platón, siendo ya anciano, acerca de la tierra; a saber, que está en región ajena, cuyo medio ocupa otro cuerpo más excelente.

XII.— Explican asimismo los Pontífices a los que los consultan lo que toca a los entierros, habiendo sido una de las instrucciones de Numa, que nada en esta parte debe reputarse mancha, sino que con estas legales ceremonias se da culto a los Dioses de allá, que son los que reciben la mejor parte de nuestro ser, y más particularmente a la llamada Libitina, Diosa inspectora de lo que es santo en orden a los muertos, ya sea Proserpina, o ya más bien Venus, como opinan los Romanos más instruidos, refiriendo no mal al poder de una misma diosa lo que pertenece al nacimiento y a la muerte. Él mismo arregló los duelos por edades y tiempos, como por un niño menor de tres años, que no se haga duelo; por uno de más tiempo el duelo no ha de ser de más meses que años vivió, hasta diez, sin pasar de allí por edad ninguna, sino que el más largo tiempo de duelo había de ser de diez meses, el mismo por que las mujeres debían permanecer viudas: la que se casaba antes, sacrificaba una vaca preñada, por ley de Numa.

Habiendo creado Numa otros sacerdocios, haremos todavía mención de dos de ellos, del de los Salios y el de los Feciales, por ser los que más prueban su piedad. Porque los Feciales venían a ser unos conservadores de la paz, a lo que yo entiendo, tomando el nombre del mismo ministerio; pues con sus palabras disipaban las contiendas, no permitiendo que se recurriera a las armas hasta que se hubiese perdido toda esperanza de obtener justicia; porque los griegos explican también con el nombre de la paz el desatar sus disputas sin el uso de la fuerza, empleando solamente de unos a otros la persuasión. Los Feciales de los Romanos muchas veces se dirigían a los que cometían alguna violencia, exhortándolos a la reparación: si se negaban, tomando por testigos a los Dioses, y haciendo terribles imprecaciones contra sí mismos y contra su patria, si no habían hablado en justicia, así les denunciaban la guerra. Oponiéndose ellos, o no conviniendo, ni al soldado ni al rey era lícito tomar las armas; sino que tomando por aquí el principio de la guerra para ser justa, después era cuando debía el jefe tratar de lo que convenía para hacerla; y pasa por cierto que aquella calamidad de la invasión de los Galos le vino a la ciudad por haberse traspasado estos ritos. Sucedió, pues, que los bárbaros cercaban a Clusio, y fue enviado de mensajero al ejército Fabio Ambusto, con el objeto de tratar por los sitiados, y como se le respondiese ásperamente, creyó que su misión estaba fenecida, y tomando las armas por los Clusinos con ardor juvenil, provocó a combate al más alentado de los bárbaros. Y lo que es el combate le sucedió felizmente, habiendo vencido y despojado a su contrario; pero sabedores los Galos, enviaron mensajero por su parte a Roma, acusando a Fabio de que contra los tratados y contra la fe les había hecho una guerra no denunciada. Entonces, los Feciales bien persuadieron al Senado que Fabio fuese entregado a los Galos; pero él, acogiéndose a la muchedumbre, y valiéndose del favor del pueblo que le amparó, evitó la pena; mas de allí a poco sobreviniendo los Galos asolaron a Roma, a excepción solamente del Capitolio. Trátase de estas cosas con más extensión en la Vida de Camilo.

XIII.— Los sacerdotes salios dícese que se crearon con este motivo: en el año octavo del reinado de Numa una enfermedad pestilente que corrió la Italia, afligió también a Roma. Estando ya todos desalentados, cuéntase que una rodela de bronce arrojada del cielo vino a caer en las manos de Numa; acerca de la cual refirió éste una maravillosa declaración, que había recibido de Egeria y de las Musas: que aquella arma venía en salvación de la ciudad, y debía tenerse en gran custodia, haciéndose otras once en la figura, en la magnitud y en la forma del todo parecidas a ella, de manera que un ladrón no tuviera medio, a causa de la semejanza, de acertar con la venida del cielo; y que además aquel terreno debía consagrarse a las Musas con los prados inmediatos, adonde por lo común concurrían a conferenciar con él: y la fuente que regaba el mismo terreno había de designarse como agua sagrada para las vírgenes vestales, a fin de que yendo a tomarla todos los días, con ella lavaran y asearan el templo; de todo lo que dicen da testimonio el haber cesado al punto la peste. Presentó, pues, la rodela, y dando orden de que trabajaran los artistas en las que habían de hacerse semejantes, todos los demás desistieron; sólo Veturio Mamurio, que era operario sobresaliente, se acercó tanto a la semejanza, y las sacó todas tan parecidas, que ni el mismo Numa sabía distinguirlas. Pues para su custodia y cuidado creó a los sacerdotes salios. Tomaron este nombre de Salios, no como han inventado algunos, de un hombre de Samotracia o Mantinea llamado Salio, que enseñó la danza armada, sino más bien de esta misma danza, que es saltante, y la ejecutan corriendo la ciudad, cuando en el mes de marzo toman las rodelas sagradas, vestidos con túnicas de púrpura, ceñidos con tahalís bronceados, llevando morriones también de bronce, y golpeando las armas con dagas cortas. Lo demás de esta danza, ya es obra de los pies, porque se mueven graciosamente haciendo giros y mudanzas con un compás vivo y frecuente, que hace muestren vigor y ligereza. Las rodelas se llaman anciles, o por la forma, porque no son un círculo ni hacen circunferencia, sino que tienen el corte de una línea torcida, cuyos extremos hacen dobleces, e inclinándose los unos hacia los otros dan una forma curva; o por el codo, que es donde se llevan. Todo esto es de Juba, que se empeñó en hacer griego este nombre. Podría también haberse tomado la denominación de su venida de arriba o de la curación de los enfermos, o del término de la sequía, o también de la cesación de la epidemia; según lo cual a los Dióscuros los Atenienses les dijeron ánaces, ya que hayamos de referir este nombre precisamente a la lengua griega. Mamurio dicen que fue premiado de su habilidad con la memoria que los Salios hacían de él en una oda que cantaban durante aquella su danza pírrica: otros dicen que era a Veturio Mamurio a quien se celebraba, y otros que la tradición antigua: ueterem memoriam.

XIV.— Luego que hubo arreglado los sacerdocios, edificó junto al templo de Vesta la que se llamó Regia, esto es, Casa o Palacio Real, y allí pasaba la mayor parte del tiempo ocupado en las cosas sagradas o instruyendo a los sacerdotes, o entreteniéndose con ellos en la investigación de las cosas tocantes a la divinidad. Tenía otra casa el collado Quirinal, cuyo sitio se muestra todavía. En las grandes fiestas, y generalmente en todas las procesiones sacerdotales, iban ciertos ministros por la ciudad previniendo el reposo, y que se cesase en todo trabajo: porque así como se dice de los Pitagóricos que no consentían se adorase u orase a los Dioses de paso, sino yendo de casa preparados y dispuestos, de la misma manera creía Numa que los ciudadanos no debían oír ni ver de paso y sin propósito nada de lo perteneciente a la religión, sino estando desembarazados de todo otro cuidado, y aplicando sus sentidos, como a la obra más grande, a la que tenía por objeto a la piedad; para lo que se preparaba que las calles estuviesen libres de los ruidos, alborotos y voces que suelen acompañar a los trabajos indispensables y manuales. Consérvase aún hoy cierto vestigio, cuando al tiempo que el cónsul se ocupa en atender a las aves, o en sacrificar, gritan los ministros: hoc age; expresión que significa haz lo que haces, y con ella se excita a la atención y a la compostura a los que se hallan presentes. En todas las demás exhortaciones o sentencias suyas se notaba gran semejanza con las de los Pitagóricos; porque así como éstos prevenían: «no te sientes sobre el celemín; no revuelvas el fuego con la espada; cuando vas peregrinando no mires atrás; a los Dioses celestiales se ha de sacrificar en número impar, y en número par a los infernales», cuyo sentido de todas ellas lo reservaban a la muchedumbre, de la propia manera algunas disposiciones de Numa tienen un sentido oscuro, como éstas: «no se ha de hacer libación a los Dioses con vino de viña no podada; ni se les ha de sacrificar sin harina; se ha de hacer adoración volviéndose, y los que han adorado deben sentarse». Las primeras parece que enseñan el cultivo de la tierra, haciéndolo parte de la religión; el volverse para adorar se dice que es una imitación del movimiento circular del mundo; a no ser que parezca mejor, que mirando los templos al oriente, con volverse de aquella región a la opuesta el que adora, y luego convertirse otra vez hacia el dios, haciendo un círculo, consuma de una y otra parte sus preces: o lo que quizá es más cierto, esta mudanza de postura nos muestra y enseña una cosa muy parecida a las ruedas egipcias, a saber: que nada hay estable en las cosas humanas, y, por tanto, conviene que como a Dios le parezca hacer y deshacer en nuestra vida, estemos nosotros contentos, y así lo recibimos de su mano. El sentarse después de haber adorado dicen que es agüero con el que se confirman nuestras preces y se da permanencia a nuestro bien. Dicen también que el sentarse produce división de actos, y que, poniendo término a la primera acción, se sientan en presencia de los Dioses para comenzar otra bajo sus auspicios. Puede también guardar esto conformidad con lo que ya se dijo, acostumbrándonos el legislador a no acercarnos a las cosas divinas de paso cuando entendemos en otros negocios y como de prisa, sino cuando tenemos tiempo y estamos desocupados.

XV.— Con estas disposiciones religiosas quedó la ciudad tan manejable y tan embobaba con el poder de Numa, que les hacía dar asenso a las cosas más absurdas y que tenían visiblemente el aire de fábulas, no pensando que pudiera haber nada de increíble en lo que proponía. Cuéntase, pues, que convidando una vez a su mesa a muchos ciudadanos, les puso un ajuar pobre y una comida vulgar y de poco valor, y que apenas empezaron a comer les anunció que la Diosa venía a visitarle, y repentinamente apareció la casa llena de los vasos más preciosos, y las mesas cargadas de toda especie de manjares y de la vajilla más delicada.

Pero lo más necio y absurdo de todo es lo que se refiere de su coloquio con Júpiter; porque se cuenta que al monte Aventino, que no era entonces todavía parte de la ciudad, ni estaba habitado, sino que tenía fuentes graciosas y bosques sombríos, concurrían dos Genios o Semidioses, Pico y Fauno. Éstos en las demás cosas parecía que eran de la raza de los Sátiros y Panes; pero en la virtud de los remedios, y en prestigios de que usaban en cuanto a las cosas divinas, se les compararía mejor a los que entre los Griegos se llaman Dáctilos Ideos. Embajadores, pues, como ellos, andaban corriendo la Italia. Dícese que Numa los sujetó echando vino y miel en una fuente donde solían beber; que después de sujetos mudaron diversas formas, deponiendo la de su naturaleza y tomando extrañas apariencias, espantosas a quien las veía; y que cuando se convencieron de que estaban cautivos con prisión fuerte e inevitable, predijeron otras muchas cosas futuras, y enseñaron el modo de expiación para los rayos, el mismo que hasta hoy se practica, por medio de las cebollas, los cabellos y las menas. Otros dicen que no fueron aquellos semidioses los que introdujeron esta expiación, sino que por medio de la magia hicieron que se apareciese el mismo Júpiter; que este dios, irritado con Numa, le ordenó que la expiación había de hacerse con cabezas, y replicando Numa: «¿de cebollas?», dijo «de hombres»; que a esto volvió a replicar Numa, repeliendo lo terrible del mandato, «¿con cabellos?»; y respondiendo el dios: «con vivientes», añadió Numa, «¿menas?»; lo que había ejecutado instruido por Egeria; y que el dios se había retirado aplacado ya; y al lugar se le había dado de aquí el nombre de Ilicio: y la expiación se hacía de aquella manera. Estas relaciones tan fabulosas, y aun puede decirse tan ridículas, manifiestan la disposición en el punto de religión de aquellos hombres, producida en ellos por el hábito. Del mismo Numa se refiere haberse engreído tanto con su esperanza en estas cosas divinas, que, avisándole en cierta ocasión que cargaban los enemigos, se echó a reír y dijo: «pues yo sacrifico».

XVI.— Fue, según dicen, el primero que edificó un templo de la Fe y del Término, enseñando a los Romanos a tener el de la Fe por el mayor de todos los juramentos, lo que hasta hoy observan. El Término venía a ser un linde o mojón, y le hacen sacrificios pública y privadamente en los mismos linderos de los campos, ahora de víctimas animadas; pero en lo antiguo era incruento este sacrificio, discurriendo Numa que el dios Término, que es el conservador de la paz y el testigo de la justicia, debe conservarse puro de toda muerte. Parece haber sido este mismo Rey el que hizo el apeo de todo el territorio, no habiendo querido Rómulo confesar con la medida de lo propio la ocupación de lo ajeno, diciendo que el término, cuando se guarda, es el vínculo del poder; pero argumento de injusticia cuando se traspasa. Y en verdad que no era extenso el territorio de la ciudad desde el principio, sino que la mayor parte la había adquirido Rómulo con las armas; repartióla, pues, toda Numa a los ciudadanos más necesitados, removiendo la pobreza como preciso origen de injusticia, e inclinando hacia la agricultura al pueblo, cultivado a una con el suelo, porque entre las profesiones de los hombres ninguna engendra tan poderoso y pronto amor a la paz como la vida del campo, en la que queda aquella parte del valor guerrero que inclina a pelear por su propiedad y se corta la parte que excita a la violencia y a la codicia. Por esta razón, Numa inspiró a sus ciudadanos la agricultura como filtro de paz; y mirando este arte como productor más bien de costumbres que de riqueza, dividió el terreno en partes o términos, que llamó pagos, y sobre cada uno puso inspectores y celadores. En ocasiones también, infiriendo y conjeturando por las obras la conducta de los ciudadanos, a unos los elevó a los honores y a los cargos, y reprendiendo y reconviniendo a otros los hizo mejores.

XVII.— Entre los demás establecimientos suyos, es muy celebrada la distribución de la plebe por oficios; porque compuesta en la apariencia la ciudad de dos diversas gentes o pueblos, pero en realidad dividida en ellos, no había forma de que quisiera ser una sola, ni de hacer cesar la diversidad y diferencia, de la que se originaban altercaciones interminables, fomentadas por el espíritu de partido; reflexionando, pues, que para mezclar los cuerpos más mal avenidos y más duros se viene al cabo de ello deshaciéndolos y partiéndolos, determinó hacer de la plebe diferentes secciones, con lo que introduciéndose muchas diferencias se borraría aquella grande fundida en tantas pequeñas. Hízose esta distribución por oficios, de los flautistas, los orfebres, los maestros de obras, los tintoreros, los zapateros, los curtidores, los latoneros y los alfareros, y así las demás artes, haciendo luego de cada una un solo cuerpo; y atribuyendo o concediendo a cada clase formar comunidad y tener sus juntas y su modo particular de dar culto a los Dioses, entonces por la primera vez se quitó de la ciudad el decirse y reputarse Sabinos o Romanos, unos ciudadanos de Tacio, y otros de Rómulo; de manera que la nueva división vino a ser armonía y unión de todos para con todos.

Elógiase también, entre sus disposiciones políticas, la corrección que hizo de la ley que concede a los padres el derecho de vender los hijos, exceptuando a los casados, si el matrimonio se había hecho con aprobación o mandato del padre: porque le pareció cosa muy dura que cohabitara con un esclavo la mujer que se había casado con un hombre libre, en el concepto de serlo.

XVIII.— Puso asimismo mano en el arreglo del calendario, si no con gran inteligencia, tampoco con una absoluta ignorancia; porque en el reinado de Rómulo contaban los meses desordenadamente y sin regla alguna, no dando a unos ni veinte días y dando a otros treinta y cinco, y aun muchos más, porque no teniendo conocimiento de la discrepancia que hay entre el sol y la luna, solamente atendían a que el año fuese de trescientos y sesenta días. Computando, pues, Numa que el resto de aquella discrepancia era de once días, por tener el año lunar trescientos cincuenta y cuatro, y el solar trescientos sesenta y cinco, doblando aquellos once días, aplicó un año sí y otro no al mes de Febrero este embolismo, que era de veintidós días, y los Romanos le llamaban «mercedino»: remedio de la tal discrepancia, que necesitó después de mayores medicinas. Mudó también el orden de los meses, porque a Marzo, que antes era primero, lo hizo tercero, y primero a Enero, que era undécimo bajo Rómulo, y duodécimo y último Febrero, que ahora tienen por segundo. Muchos son de opinión que estos meses de Enero y Febrero fueron añadidos por Numa, no habiendo dado al principio al año más que diez meses, como algunos bárbaros tres meses, y entre los Griegos los Árcades cuatro, y los de Acarnania seis. Para los Egipcios el año era de sólo un mes, y luego de cuatro, según dicen; y por esta causa, habitando un país nuevo, pasan por muy antiguos, y suben con sus genealogías a un número increíble de años, poniendo los meses por años en sus cómputos.

XIX.— Puede ser una prueba de que los Romanos sólo hacían el año de diez meses y no de doce, el nombre mismo del mes último; porque aun hoy le llaman Diciembre. El orden mismo convence que Marzo era el primero, porque al que era quinto desde él le decían Quintil, al sexto Sextil, y así en adelante cada uno de los demás: luego, cuando añadieron Enero y Febrero, les sucedió con el mencionado mes, que en el nombre era quinto o quintil, y en la cuenta séptimo. Hubo su razón para que el mes primero, consagrado por Rómulo a Marte, se llamase Marzo, y el segundo Abril, denominándose así de Afrodita, que es Venus, porque en él se hacen sacrificios a esta Diosa, y en el día primero se bañan las matronas coronadas de mirto. Algunos opinan que no se llama Abril de Afrodita, sino que, como tiene letra simple, se denomina Abril este mes de que, estando en él en su fuerza la primavera, abre y descubre los pimpollos de las plantas, porque esto es lo que la lengua indica. Al que se sigue por orden, de Maya le dicen Mayo, porque está consagrado a Mercurio; y a Junio denominan así de la diosa Juno. Mas hay algunos que sostienen tomar éstos su denominación de la edad más anciana y más joven; porque entre ellos los más ancianos se dicen maiores, y iuniores los más mozos. De los demás meses, a cada uno lo denominan del lugar que tiene, como si contaran: Quintil, Sextil, Septiembre, Octubre, Noviembre y Diciembre; aunque después el quinto, de César, el que venció a Pompeyo, se llamó Julio; y el sexto se llamó Agosto del segundo Emperador, que tuvo el sobrenombre de Augusto. A los dos siguientes les dio sus nombres Domiciano; pero por muy poco tiempo, pues luego que le quitaron la vida, volvieron a tomar los nombres primeros, llamándose Septiembre y Octubre; sólo los dos últimos conservaron siempre la denominación ordinal que tuvieron desde el principio. De los que añadió o mudó de lugar Numa, Febrero viene a ser como expiatorio, porque la voz casi lo indica, y entonces hacen libaciones por los muertos, y celebran la fiesta de los Lupercales, que en las más de sus cosas se asemeja a una expiación o purificación. El primero, Januario, de Jano, y a mí me parece que a Marzo, denominado de Marte, lo quitó Numa del lugar preeminente, con la mira de dar siempre más estima a la parte administrativa o civil que a la militar; porque de Jano en lo antiguo, ora fuese genio, ora fuese rey, se dice haber sido político y popular, y que indujo mudanza en el modo de vivir fiero y silvestre: y por esta razón lo pintan con dos caras, como que pasó la vida de los hombres de una forma y disposición a otra.

XX.— Tiene en Roma un templo, también con dos puertas, a las que llaman puertas de la guerra, porque es de ley que estén abiertas cuando hay guerra, y que se cierren hecha la paz: cosa difícil y pocas veces vista, habiendo tenido siempre el gobierno que atender a alguna guerra para contener a las naciones bárbaras que de todas partes le rodeaban. Sólo se cerró bajo el imperio de César Augusto, después de la derrota de Antonio; y antes en el Consulado de Marco Atilio y Tito Manlio por poco tiempo, porque al punto sobrevino la guerra, y fue preciso abrirle. Mas bajo el reinado de Numa ni un día siquiera se vio abierto, sino que por cuarenta y tres años continuamente se mantuvo cerrado: ¡tan cumplidamente y de raíz arrancó las ocasiones de la guerra! Y no solamente el pueblo romano se suavizó y domeñó con la justificación y mansedumbre de su rey, sino que también las ciudades circunvecinas, como si de allá inspirara en ellas un aura suave y un soplo saludable sintieron un principio de mudanza; y deseosas de benevolencia y de paz, a nada más aspiraron que a cultivar la tierra, criar sus hijos en reposo y venerar a los Dioses. Las fiestas, las danzas, los hospedajes y los agasajos de unos a otros, que sin miedo se reunían, fueron la suerte de toda la Italia, como si de la fuente de la sabiduría de Numa corriese hacia todos lo honesto y lo justo, y como si su serenidad se extendiese a todas partes; de manera que aun no alcanzaron a pintar aquel estado las hipérboles poéticas de los que dicen:

Su tela hace la araña en los paveses,
y se cubren de orín lanzas y espadas:
no se oye el son de la guerrera trompa,
ni de los ojos huye el blando sueño;

pues no se cuenta que hubiese habido ni guerra ni inquietud alguna sobre mudanza de gobierno en el reinado de Numa, ni tampoco enemistad alguna contra él, ni envidia ni asechanzas, ni sedición por codicia de reinar; de manera que, bien fuese miedo de un hombre sobre el que parece velaban los Dioses, o respeto a la virtud o fortuna particular, gobernada por algún genio que conservaba su vida libre y pura de todo mal, vino a ser ejemplo y argumento de aquella sentencia que mucho tiempo después se atrevió a pronunciar Platón acerca del gobierno: que no hay descanso para los hombres, ni cesación de sus males, si no sucede por una feliz casualidad que la autoridad regia se junte con una razón cultivada por la filosofía, para que haga que la virtud triunfe del vicio. Dichoso, pues, el hombre verdaderamente prudente, y dichosos los que obedecen los sabios preceptos que salen de unos prudentes labios; porque será muy raro que aquel necesite usar de fuerza ni de amenazas, y más bien éstos, viendo la virtud misma en el ejemplar manifiesto y en la ilustre vida del que manda, voluntariamente se harán moderados, y se ajustarán a una vida irreprensible y dichosa por el amor y benevolencia hacia ellos, acompañados de justicia y modestia, que es el término más glorioso del mando; y entre todos el ánimo más propiamente regio es el que pueda producir esta conducta y esta disposición en los súbditos: a lo que parece haber atendido Numa más que otro alguno.

XXI.— Acerca de sus hijos y de sus matrimonios hay diversidad de opiniones entre los historiadores; porque algunos dicen que ni estuvo casado con otra que con Tracia, ni fue padre sino de una sola hija llamada Pompilia; pero otros además de ésta le dan cuatro hijos, a saber: Pompón, Pino, Calpo y Mamerco, de los cuales dejó cada uno la sucesión de una casa y de una gente distinguida: porque de Pompón descienden los Pomponios; de Pino, los Pinarios; de Calpo, los Calpurnios, y de Mamerco, los Mamercos; a todos los cuales por esto les quedó el sobrenombre de Reges, que viene a ser Reyes. Mas hay otra tercera sentencia de los que acusan a aquellos historiadores de haber querido congraciarse con estas gentes, formando árboles falsos de la descendencia de Numa, y dicen que Pompilia no fue hija de Tacia, sino de otra segunda mujer con quien casó siendo ya rey, llamada Lucrecia. En lo que convienen todos es en que Pompilia casó con Marcio, el cual era hijo de aquel Marcio que exhortó a Numa a que admitiese el reino; porque se trasladó a Roma con él, donde fue elevado a la dignidad de senador; y como compitiendo con Hostilio, por la muerte del mismo Numa en la contienda sobre el reino fuese vencido de aquel, se quitó a sí mismo la vida; pero su hijo Marcio, casado con otra Pompilia, permaneció en Roma y tuvo en hijo a Anco Marcio, que reinó después de Tulio Hostilio. Dejó a este Numa de cinco años al tiempo de su muerte, la que no fue repentina ni pronta, sino que poco a poco, como escribió Pisón, le fueron consumiendo la vejez y una lenta enfermedad, habiendo muerto en la edad de poco más de ochenta años.

XXII.— Hicieron también ilustre su vida con las mismas exequias los pueblos aliados y amigos, concurriendo a ellas con públicas ofrendas y coronas; llevaban el féretro los patricios, y le acompañaban y seguían los sacerdotes de los Dioses; y luego después venía una inmensa muchedumbre, mezclados mujeres y niños, y no como en el entierro de un rey anciano, sino que, como si cada uno hubiese perdido la persona más cara en la flor de la edad, así era el llanto y el clamor de todos. No pusieron el cadáver en hoguera por haberlo prohibido él mismo, según se dice, sino que se hicieron dos cajas de piedra, que se colocaron en el Janículo, de las cuales la una contenía el cuerpo, y la otra los libros sagrados que él mismo había escrito, al modo que los legisladores griegos sus tablas, enseñando en vida a los sacerdotes lo que contenían, e inspirándoles el hábito y la sentencia de todo; pero a su muerte mandó que se sepultasen con su cuerpo, porque no estaba bien que a unas letras muertas se confiaran tales misterios. Conducidos de este mismo raciocinio los Pitagóricos, no ponían por escrito su doctrina, sino que sin escritura pasaban su memoria y enseñanza a los que contemplaban dignos; y como su tratado sobre los métodos que llaman en geometría oscuros e inexplicables se hubiese comunicado a uno que no era de aquellos, dijeron haber manifestado el genio que con un castigo grande y general vengaría aquella transgresión e irreverencia. Así, merecen indulgencia los que con tales caracteres de semejanza se empeñan en hacer coincidir en un mismo tiempo a Numa y a Pitágoras. Ancias dice que de los libros puestos en la caja, doce fueron hierofánticos, y otros doce de filosofía griega. Pasados unos cuatrocientos años, siendo cónsules Publio Cornelio y Marco Bebio, sobrevinieron grandes lluvias, y, abriéndose una sima, la corriente levantó las cajas; y quitadas las losas que las cubrían, la una se halló enteramente vacía, sin que tuviese parte ni resto alguno del cuerpo; pero, habiéndose hallado escritos en la otra, se dice que los leyó Petilio, entonces pretor, y que habiendo hecho entender al Senado con juramento que sería ilícito y sacrílego el que lo escrito se divulgase, se llevaron los libros al Comicio, y allí se quemaron.

Comúnmente sucede a todos los hombres justos y virtuosos que gozan de mayor alabanza a la postre después de su muerte, porque la envidia no sobrevive mucho tiempo, y aun a veces se extingue durante su vida; pero la gloria de Numa aun tuvo otra cosa que la hizo más brillante, y fue la suerte que cupo a los reyes sus sucesores; porque de cinco que fueron los que hubo después de él, el último, arrojado del imperio, acabó sus días en un destierro; de los otros tres, ninguno murió de muerte natural, sino que todos tres acabaron muertos a traición; y Tulo Hostilio, que reinó inmediatamente después de Numa, habiendo escarnecido y desacreditado sus más loables instituciones, y más especialmente las relativas a la piedad, como propias de holgazanes y de mujeres, inclinó a sus ciudadanos a la guerra; y con todo no pudo perseverar en esta su osadía, sino que, habiéndosele trastornado el juicio de resulta de una grave y complicada enfermedad, se entregó a una superstición muy poco conforme con la religión de Numa; contagio que en mayor grado todavía hizo contraer a los demás, con haber muerto, según se dice, abrasado de un rayo.

COMPARACIÓN DE LICURGO Y NUMA

I.— Pues que dejamos expuesta la vida de Licurgo y la de Numa, teniéndolos a ambos a la vista, aunque la empresa es difícil, no hemos de rehusar el confrontar las diferencias de uno a otro, porque los rasgos de semejanza, en las mismas obras resplandecen: a saber, su prudencia, su piedad, su ciencia política, su cuidado de la educación y el tomar uno y otro de los Dioses únicamente el principio de su legislación. De lo bueno que particularmente brilló en cada uno, lo primero en Numa es el modo de adquirir el reino, y en Licurgo el modo de restituirlo; porque aquel lo obtuvo sin apetecerlo, y éste, teniéndolo, lo devolvió. A aquel los extraños, de particular y forastero que era, lo erigieron en su señor, y éste, de rey, a sí mismo se convirtió en particular. Es, pues, muy glorioso adquirir el reino precisamente por ser justo; pero es más glorioso todavía mostrar que en más que el reinar se tiene la justicia: porque al uno la virtud lo distinguió hasta el punto de que se le tuviera por digno de reinar; y al otro lo hizo grande hasta el extremo de saber despreciar un reino. Es lo segundo que templaron ambos sus liras en opuestos tonos, como que el uno atirantó las cuerdas en Esparta, que estaba viciada y dada al regalo; y el otro aflojó lo que había en Roma de sobrado y de excesivamente enérgico; en lo que se ve que la mayor dificultad de la obra estuvo contra Licurgo, porque no propuso a sus ciudadanos que se dejasen de cotas y espadas, sino que se despojasen del oro y de la plata, y arrojasen lejos de sí los paños ricos y las mesas; ni que dando de mano a la guerra anduvieran en fiestas y sacrificios, sino, por el contrario, que dejando las cenas y banquetes, trabajaran y se afanasen en el manejo de las armas y en los ejercicios de la palestra. Así, el uno vino al cabo de todo con sola la persuasión, siendo muy amado y respetado; cuando el otro apenas, corriendo riesgos, y siendo maltratado, pudo salir con su intento. Fue, sí, muy dulce y humana la musa de Numa, que de costumbres indómitas y fogosas transformó y redujo a cultura a sus ciudadanos; por tanto, si se nos precisase a tener por institución de Licurgo lo que se hacía con los Hilotas, cosa cruelísima y la más injusta, habríamos de decir que Numa había sido un legislador mucho más benigno, el cual aun a los reconocidos por esclavos les hizo gustar los honores de la libertad, acostumbrándolos a comer confundidos con sus amos en los Saturnales; porque se dice haber sido también ésta una de las leyes patrias de Numa, que quiso llamar una vez en el año a la participación de los frutos a los que eran colaboradores en el cultivo; aunque otros, siguiendo las fábulas, dicen haber sido éste un recuerdo que se salvó de aquella igualdad de la edad de Saturno, cuando nadie era esclavo ni señor, sino que todos se miraban como parientes e iguales entre sí.

II.— De ambos se diría que se propusieron atraer a la muchedumbre a la moderación y templanza; pero en cuanto a las demás virtudes, que la fortaleza fue más del gusto de Licurgo, la justicia del de Numa; a no ser que se diga mejor que según la naturaleza y costumbres de cada gobierno, que no eran semejantes, necesitaron valerse de distintos medios; porque ni Numa reprimió lo belicoso para hacerlos tímidos, sino para que no fuesen violentos e injustos, ni Licurgo los hizo guerreros para que ofendiesen a nadie, sino para que no se dejasen ofender. Proponiéndose, pues, ambos quitar lo que había de excesivo, y cumplir lo que se notaba falto en sus ciudadanos, tuvieron que introducir grandes mudanzas; y de esta regulación y supresión fue sobradamente popular y condescendiente con la muchedumbre la de Numa, que vino a formar un pueblo entremezclado y vario, digámoslo así, de orfebres, flautistas y zapateros; severa y aristocrática la de Licurgo, que trasladó las artes mecánicas a las manos de los esclavos y de los ascripticios, y a los ciudadanos los consagró al escudo y la lanza, haciéndolos artífices de la guerra y adoradores de Ares, sin que entendiesen ni pensasen en otra cosa que en obedecer a sus jefes y vencer a sus enemigos; ni estaba bien a hombres libres, para ser libres del todo, afanarse por ganar y ser ricos; sino que este cuidado de enriquecer se dejó a los esclavos e Hilotas, lo mismo que el servicio de los banquetes y de la cocina. Numa no entró en ninguna de estas distinciones: solamente atendió a cortar el ansia de la guerra, dejando libre curso a toda otra codicia, ni disipó la desigualdad que de aquí procede; antes en el enriquecer permitió ir hasta lo último, y no tuvo cuenta con la miseria que había de refluir y había de inundar la ciudad; siendo así que desde luego en el principio, cuando todavía era muy leve la desigualdad en las fortunas, y todos venían a estar iguales y uniformes, debió hacer frente a la avaricia, como Licurgo, y precaver sus perjuicios, que no fueron leves, sino que antes dieron la semilla y origen para los más y mayores males de cuantos después sobrevinieron. En cuanto al repartimiento del terreno, ni Licurgo es reprensible por haberlo hecho, ni Numa porque no lo hizo; porque a aquel esta igualdad le sirvió de base y cimiento para su gobierno; y respecto de éste, sorteado el terreno poco antes, nada había que le precisase a hacer nuevo repartimiento ni a alterar el que existía, que según parece se conservaba sin mudanza.

III.— Uno y otro, respecto de la comunicación de las mujeres y de la procreación, recta y políticamente habían precavido el inconveniente de los celos; pero no habían convenido en el modo; un Romano que se creía con bastantes hijos, persuadido por otro que los deseaba, era dueño de cederle en casamiento la mujer, y de volverla a recibir; pero un Lacedemonio, reteniendo su mujer en su casa, y constando el legítimo matrimonio, la cedía al que lo solicitaba para tener de ella hijos: y muchos, como dijimos, con ruegos y exhortaciones trajeron a su casa aquellas de quienes les parecía que habían de tener hijos de buena figura e índole. ¿Y qué juicio haremos de estas costumbres? La una inducía una gran indiferencia en los casados, respecto de aquellas cosas que turban con pesares y celos la vida de los más de los hombres; y la otra venía a ser una modestia vergonzosa que tomaba por velo los desposorios, y reconocía por tanto lo insufrible de la comunicación y compañía. En cuanto a la custodia de las mujeres, la de Numa las redujo más a lo que piden el sexo y la decencia; la de Licurgo, enteramente suelta y al grado de ellas mismas, sirvió de materia a los poetas; porque unos las llamaron destapapiernas, como Íbico; otros les daban el apodo de andrómanas, como Eurípides, que dice de ellas:

Sálense de sus casas con los jóvenes,
la ropa suelta, con la pierna al aire.

Porque en realidad, las faldas de la túnica de las doncellas no estaban sujetas por abajo, sino que al andar descubrían y dejaban desnuda la pierna. Díjolo todavía con mayor expresión Sófocles en estos versos:

A la joven Hermíona la envuelve
que el ebúrneo muslo deja fuera,
túnica sin estola, desceñida,

Dícese, por tanto, que en primer lugar eran desenvueltas y varoniles, aun con los mismos hombres, y en casa mandaban con todo imperio; y que además en los negocios públicos daban dictamen con desembarazo, aun en los de mayor importancia. Mas Numa, aunque a las casadas les guardó todo el decoro y honor que obsequiadas con motivo del robo tuvieron en el reinado de Rómulo, les impuso, sin embargo, mucho pudor; les quitó el ser bulliciosas, las enseñó a ser sobrias y las acostumbró al silencio; así es que absolutamente no probaban el vino, y no estando presentes sus maridos, no hablaban más que lo muy preciso. Refiérese que habiendo una mujer defendido en el foro una causa propia, envió el Senado a consultar el oráculo sobre el mal que aquel suceso anunciaba a la ciudad. La mejor prueba de su obediencia y docilidad es la memoria que ha quedado de las que se hicieron reprensibles; pues así como entre nosotros los historiadores refieren quiénes fueron los primeros que hicieron una muerte en su familia, o se pelearon con sus hermanos, o pusieron manos en su padre o madre, de la misma manera hacen memoria los Romanos de que fue Espurio Carbilio el primero que repudió a su mujer, a los doscientos y treinta años de la fundación de la ciudad, no habiéndolo ejecutado antes ningún otro: y una llamada Talea, mujer de Pinario, fue la primera que riñó con su suegra Gegania, reinando Tarquino el Soberbio; ¡con tanta honestidad y decencia había sido arreglado este punto de los matrimonios por el legislador!

IV.— Con aquella condescendencia de Licurgo para con las doncellas guardaba conformidad lo relativo a los esponsales, casándolas ya crecidas y robustas, para que de una parte la unión hecha, cuando ya la naturaleza la echaba menos, fuese principio de cariño y amor, y no de odio y de miedo que contra la naturaleza las violentase; y de otra los cuerpos tuviesen bastante vigor para llevar el preñado y los dolores; como que el matrimonio no tenía otro objeto que la procreación de los hijos; mas los Romanos casábanlas de doce años, y aun más jóvenes, porque así el cuerpo y las costumbres iban más sin vicio y sin siniestro alguno al poder del marido. Déjase conocer, que lo primero miraba más a lo físico por la procreación de los hijos, y lo segundo a las costumbres por haber de vivir juntos. En el punto de la educación de los hijos, de sus reuniones, juntas y compañías para los banquetes, los ejercicios, y los juegos de sus aficiones y de sus hábitos, el mismo Licurgo convence a Numa de que no se mostró legislador aventajado en haber dejado al arbitrio o conveniencia de los padres el destino de los hijos, ya quisiese uno hacer a su hijo labrador, o constructor de barcos, o ya lo dedicase a latonero y a flautista, como si no les hubieran de hacer útiles para un fin mismo, dirigiendo a él sus costumbres, sino que, a la manera de los pasajeros de una nave, cada uno hubiera de tener su objeto y su designio propio, sin poner en común otra cosa que su particular miedo en los peligros, no mirando en lo demás cada uno sino a sí mismo. Y a otros legisladores no sería cosa de culparlos de haberse quedado cortos, o por ignorancia, o por irresolución; pero un hombre sabio, que fue llamado al trono de un pueblo recién constituido, y que nunca se le opuso a nada, ¿en qué otra cosa debió pensar antes que en la educación de los niños y en los ejercicios de los jóvenes, a fin de que no fuesen diversos o chocantes en sus costumbres, sino que antes formados y como amoldados desde el principio por una misma norma de virtud común a todos, en esto sólo contendiesen unos con otros?; que fue lo que principalmente tuvo Licurgo de su parte para la permanencia de sus leyes. Porque era muy débil el temor del juramento, si por medio de la educación y la enseñanza no hubiera como regado las leyes con las costumbres de los jóvenes, y les hubieran hecho tomar con el primer alimento el amor del gobierno; de manera que por el tiempo de más de quinientos años se mantuvo en observancia lo principal de su legislación, como un tinte sin mezcla que hubiera penetrado fuertemente. Por el contrario, a Numa se le desvanecía al instante el fin de su gobierno, que era conservar a Roma en paz y amistad; y después de su muerte, el templo de dos puertas que él tuvo siempre cerrado, como si realmente sujetara la guerra allí encadenada, se dieron prisa a abrirlo con entrambas manos, llenando la Italia de sangre y de cadáveres; y ni por breve tiempo pudo permanecer una constitución tan arreglada y justa, no más de porque no tenía la atadura de la educación. «¡Cómo! —dirá alguno— ¿Pues no llegó Roma por su política a la mayor prosperidad?». Pregunta es ésta que pediría una respuesta muy difusa para satisfacer a los que colocan la prosperidad en la riqueza, en el regalo y en el mando, y no en la estabilidad, en la moderación y en el no sacar nada fuera de sí mismos, contentándose con ser justos. Aun esto favorece a la gloria de Licurgo, que los Romanos hubieran adelantado tanto sus intereses con mudar la constitución de Numa; puesto que los Lacedemonios, en el mismo momento que abandonaron las instituciones de Licurgo, de poderosos que eran, pasaron a ser débiles, y perdiendo la superioridad que tenían en la Grecia, estuvieron a punto de aniquilarse. Lo que hubo en Numa verdaderamente grande y prodigioso fue que siendo un forastero llamado a reinar, con sola la persuasión hubiese podido hacer tales mudanzas, y tener sujeta a una ciudad mal avenida entre sí, sin serle preciso emplear, como a Licurgo, que tuvo que valerse de los principales, ni las armas ni la fuerza, uniéndolos a todos y como fundiéndolos en uno por medio de la sabiduría y la justicia.

VOLUMEN II

SOLÓN Y PUBLÍCOLA

SOLÓN

I.— Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.

II.— Solón, habiendo menoscabado su padre la hacienda en obras de beneficencia y caridad, como dice Hermipo, aunque no faltaba quien quisiera socorrerle, tuvo, sin embargo, vergüenza de que hubiese de vivir a expensas de otros quien descendía de una casa acostumbrada a socorrer y dar auxilios; y, por tanto, siendo todavía joven, se aplicó al comercio; con todo, algunos sostienen que el objeto de Solón en viajar fue más la instrucción y el conocimiento de la historia que el lucro o granjería; y sin duda era amante de la sabiduría el que siendo ya anciano decía que envejecía aprendiendo cada día muchas cosas. La riqueza no la tenía en mucho; antes decía que eran igualmente ricos

El que posee gran copia de oro y plata,
campos extensos de abundantes mieses,
y mulas y caballos, y el que sólo
tiene un pasar honesto
que le baste a comer y vestir cómodamente;
y si en mujer e hijos a esto acreces belleza y juventud,
la dicha es llena.

Mas en otra parte dice:

Yo bien deseo en bienes ser muy rico;
mas no los quiero por injustos medios,
que viene al fin la inevitable pena.

Y no deja de caer bien en el hombre recto y entregado a los negocios públicos, como el no afanarse por tener de sobra, el no descuidarse tampoco en adquirir lo preciso y suficiente para la vida. En aquellos tiempos, justamente ninguna ocupación, según la sentencia de Hesíodo, era abatida, ni las profesiones o ejercicios inducían diferencia; y aun el comercio tenía la gloria de que por medio de él se hacían tratables los países incultos; de que ganaba el hospedaje y amistad de algunos reyes, y de que daba a los hombres conocimiento y experiencia de muchos negocios; y algunos fundaron con ocasión de él grandes ciudades, como a Marsella Proto, que fue muy bien recibido de los Celtas del Ródano. Dícese también de Tales que ejerció el comercio, de Hipócrates y el matemático, y que a Platón le sirvió de viático en sus viajes una porción de aceite que despachó en Egipto.

III.— El haber sido Solón franco en el gastar y de vida muelle y delicada, y el explicarse en sus poemas con respecto a los placeres más jovialmente de lo que a un filósofo convenía, se atribuye al comercio; pues por lo mismo que en él se corren frecuentes y grandes peligros, pide también el desquite de gozar y regalarse. Ahora, que él más bien se colocaba a sí mismo en la clase de los pobres que en la de los ricos, se ve claramente en estos versos:

Muchos malvados en riqueza abundan,
y muchos buenos gimen en pobreza;
mas mi virtud no cambio con sus bienes,
que ésta siempre es de un modo, y la riqueza
va caprichosa de uno en otro hombre.

Al principio parece que no cultivó la poesía con alguna mira de ser útil, sino por pura diversión y pasatiempo; pero después extendió en verso muchas sentencias filosóficas, y recogió varios hechos políticos, no como historiador o para memoria, sino ya en apología de sus disposiciones, y ya exhortando, o amonestando, o reprendiendo a los Atenienses. Algunos dicen que intentó extender en verso sus leyes, y hacen mención del exordio, que era en esta forma:

En el principio a Zeus, hijo de Cronos,
pedimos que, a estas leyes favorable, fausta fortuna
y gloria darles quiera.

En la filosofía, aun más que a la parte moral, se dio a la política, como los más de los sabios de aquel tiempo; pero en la parte física es sumamente sencillo y a la antigua, como lo manifiestan estos versos:

De nieve y de granizo inmensa copia
se exprime de la nube, y nace el trueno
del rayo esplendoroso; con los vientos
turbulento y furioso el mar se torna;
pero si ajena fuerza no le mueve,
nada hay en la natura más tranquilo.

Solamente la filosofía de Tales es la que parece que con sus investigaciones fue un poco más adelante de las necesidades vulgares; a los demás, la virtud política sola fue la que les concilió el nombre de sabios.

IV.— Dícese que esos siete sabios se reunieron todos en Delfos, y segunda vez en Corinto, preparándoles Periandro una conferencia y un convite. Pero lo que les ganó más respeto y fama fue el rodeo del trípode; esto es, aquella vuelta que dio por todos, como por una especie de disputa muy honrosa: porque unos de la isla de Cos, según se dice, al sacar del mar la red, vendieron a unos forasteros de Mileto aquel lance, que todavía era incierto, y en él sacaron un trípode de oro, que era fama haber arrojado allí Helena cuando volvió de Troya, trayendo a la memoria cierto oráculo. Al principio, los forasteros y los pescadores vinieron a las manos disputándose el trípode; pero después las mismas ciudades hicieron suya la contienda, que paró en una guerra. Cortóla la Pitia, respondiendo a unos y otros que se diese el trípode al más sabio. Fue enviado en primer lugar a Tales de Mileto, regalando los de Cos muy de su grado a un Milesio con aquello mismo por lo que poco antes con todos los Milesios juntos habían peleado; pero Tales tuvo por más sabio a Bías, y el trípode pasó a él; de éste pasó a otro más sabio, y de este modo, haciendo un círculo, volvió a parar en Tales, hasta que por fin, remitido de Mileto a Tebas, fue consagrado a Apolo Ismenio. Teofrasto refiere que fue a Priene adonde primero se envió el trípode a Bías; después a Mileto, remitiéndoselo Bías a Tales, y después, pasando por todos, había vuelto a Bías, y últimamente se había llevado a Delfos. Así corre esta relación entre los más, con sola la diferencia de que en lugar del trípode unos dicen que el presente era una copa remitida por Creso, y otros que era un vaso que con este objeto había dejado Baticles.

V.— Particularmente entre Anacarsis y Solón, y también entre Tales y éste, se refieren los encuentros y coloquios siguientes. Cuéntase, pues, que Anacarsis, habiendo ido a Atenas, se dirigió a casa de Solón, y llamando a la puerta, dijo que había venido allí para contraer amistad y hospedaje con él; y respondiéndole Solón que en su casa es donde es mejor contraer amistades, le había replicado Anacarsis: «¿Pues por qué tú que estás en tu casa no harás amistad y hospedaje conmigo?», con lo que, admirando Solón el ingenio de aquel extranjero, le había recibido con gran agasajo y le había tenido algún tiempo en su casa, cuando ya él entendía en los negocios públicos y estaba ordenando sus leyes. Supo esto Anacarsis, y se rió del cuidado de Solón y de que pudiera pensar que contendría las injusticias y codicias de los ciudadanos con los vínculos de las leyes, que decía no se diferenciaban de las telas de araña, sino que, como éstas, enredaban y detenían a los débiles y flacos que con ellas chocaban, pero eran despedazadas por los poderosos y los ricos. A esto se dice haber contestado Solón que los hombres guardan los contratos cuando no tiene interés en quebrantarlos ninguna de las partes, y él había de tal modo unido las leyes con los intereses de los ciudadanos, que todos conocían estarles mucho mejor que quebrantarlas el obrar con justicia; pero el éxito fue más conforme con la conjetura de Anacarsis que con las esperanzas de Solón. Dícese también que Anacarsis, habiéndose encontrado en una junta pública, se había maravillado de que entre los Griegos el hablar es la parte de los sabios y el juzgar la de los necios.

VI.— Habiendo pasado Solón a Mileto a conferenciar con Tales, dicen que se admiró de que éste de ningún modo hubiera pensado en casarse y tener hijos; y que Tales por entonces calló, y dejando pasar unos días, dispuso que un forastero se presentase diciendo que acababa de llegar en diez días de Atenas. Preguntado por Solón qué había de nuevo en Atenas, instruido de lo que había de decir, respondió no haber ninguna novedad, como no fuese la de un mocito que llevaban a enterrar, acompañándole todo el pueblo; porque, según decían, era hijo de uno de los ciudadanos más ilustres y principales, el cual no se hallaba allí, sino que andaba viajando hacía tiempo; a lo que contestó Solón: «¡Ay, desdichado! ¿Y cómo se llamaba?». «Oí el nombre —repuso el otro—; pero no me acuerdo de otra cosa sino de que se hablaba mucho de su sabiduría y su justicia». Aumentando así el miedo en Solón a cada respuesta, y turbado ya éste, preguntó directamente el nombre al forastero, diciendo: «¿Sería el muerto hijo de Solón?». Y contestándoselo, empezó a darse golpes en la cabeza y a hacer y decir lo que es común en estos tristes casos. Entonces cuentan que Tales le detuvo y le dijo riendo: «Ve ahí, oh Solón, lo que me ha retraído de casarme y tener hijos: esto mismo que tanto te conmueve a ti con ser tan sufrido; pero por lo demás sal de cuidado, porque esto no es cierto». Dice Hermipo que esta relación es de Patalco, quien se jactaba de que tenía el alma de Esopo.

VII.— Mas es necedad, y pusilanimidad juntamente, privarse de la posesión de las cosas laudables o provechosas por el miedo de perderlas: porque de este modo no querría recibir el hombre la riqueza, o la gloria, o la sabiduría que se le presentara, temiendo ser privado de ellas; pues vemos que aun la virtud, con la que nada es comparable en placer y belleza, ha sido tal vez obliterada por enfermedades o con hierbas; ni Tales, en cuanto a este miedo, adelantaba nada con no casarse, a no ser que evitara también la posesión de los amigos, los deudos y la patria; y aun se dice haber tenido un hijo adoptivo, que le prohijó de una hermana, llamado Cibisto; y es que nuestra alma tiene en sí misma un principio de amor; y siéndole ingénito, así como el sentir, el discurrir y el acordarse, de la misma manera el amar, se entregan por tanto a un objeto que nada les toca aquellos a quienes les faltan los propios: así sucede que los extraños o no legítimos, cuando se entran en el cariño de un hombre afectuoso, como en una casa y posesión que carece de herederos propios, se apoderan de su ánimo, y juntamente con hacerse amar le infunden el desvelarse y temer por ellos. Vemos también hombres que hablan, acerca de casarse y tener hijos, cosas más duras de lo que la naturaleza lleva; y que estos mismos, por el hijo de un esclavo o el ahijado de una de sus mancebas que enfermó o se murió, manifiestan extraordinario dolor y prorrumpen en voces muy impropias; y aun algunos, por la muerte de un perro o de un caballo, han hecho vergonzosos extremos, y casi se han puesto a morir de sentimiento. Otros, por el contrario, en la muerte de hijos muy dignos no se han afligido inmoderadamente, ni han hecho nada indecoroso, y han continuado disfrutando con juicio de la vida: porque es la debilidad y no el amor lo que causa esos extremados pesares y temores en hombres que no están preparados por la razón contra la fortuna, los cuales no gozan de lo presente que desearon porque los agita lo futuro con pesares, con recelos y con sustos, por si serán privados de ello. Conviene, por tanto, no quedarse bien hallado en la pobreza por el recelo de verse privado de la hacienda, ni en la falta de amigos por la pérdida de ellos, ni en la vida célibe por la muerte de los hijos, sino haberse con juicio en todo; pero quizá esto es ya más que sobrado para este lugar.

VIII.— Fatigados los habitantes de la ciudad de la larga y molesta guerra que por Salamina habían sostenido con los de Mégara, habían establecido por ley que nadie hiciese propuesta escrita o hablada de que se recobrara Salamina, pena de muerte al que contraviniese. Llevaba mal Solón esta ignominia; y viendo que muchos de los jóvenes no deseaban más sino que se buscase cómo comenzar la guerra, no atreviéndose a tomar la iniciativa por causa de la ley, fingió estar fuera de juicio, e hizo que de su casa se esparciera esta misma voz de que estaba perturbado. Trabajó en tanto, sin darlo a entender, un poema elegíaco, que aprendió hasta tomarlo de memoria; y hecho esto, repentinamente se dirigió a la plaza con un gorro en la cabeza. Concurrió gran gentío, y entonces, poniéndose sobre la piedra destinada al pregonero, recitó cantando su elegía, que empezaba así:

De Salamina vengo, la envidiable,
y este lugar en vuestra junta ocupo
para cantaros deleitables versos.

Intitúlase este poema Salamina, y es de cien versos, trabajado con mucha gracia; lo cantó, pues, y aplaudiendo sus amigos, y sobre todo exhortando y conmoviendo Pisístrato a los ciudadanos para que diesen asenso a lo que habían oído, abolieron la ley, y otra vez clamaron por la guerra, poniendo a Solón al frente de ella.

La opinión popular acerca de esto es que encaminándose a Colfada con Pisístrato y encontrando allí a todas las mujeres ocupadas en hacer a Deméter el solemne y público sacrificio, envió a Salamina un hombre de su confianza, el cual había de fingir que se pasaba voluntariamente, y había de incitar a los Megarenses a que sin dilación navegasen a Colíada, si querían hacerse dueños de las mujeres más principales de los Atenienses. Dándole los Megarenses crédito, enviaron gente en una nave; y luego que Solón la vio zarpar de la isla, mandó a las mujeres que se retirasen, y adornando al punto con los vestidos, las cintas y los calzados de éstas a aquellos jóvenes más tiernos, a quienes todavía no apuntaba la barba, y armándolos asimismo de puñales ocultos, les dio la orden de que jugueteasen e hiciesen danzas en la orilla del mar, hasta que arribasen los enemigos y la nave se les pusiese a tiro. Hecho todo como se había dispuesto, los Megarenses se engañaron con el aspecto; acercáronse, y echaron pie a tierra, como que iban a trabar de unas mujeres; y así no escapó ninguno, sino que todos perecieron, y los Atenienses, haciéndose al mar, recobraron al punto la isla.

IX.— Otros dicen que no fue así como se hizo la reconquista, sino que primero se tuvo del dios del Delfos este oráculo:

Aplaca con ofrendas de esta tierra
a los héroes ilustres
que el Asopo envuelve entre sus tornos sinuosos,
y que yacen mirando al sol poniente;

que Solón, navegando de noche a la isla, ofreció víctimas a Perifemo y Cicreas, que eran los héroes; que después tomó consigo a quinientos voluntarios de los Atenienses, con el convenio de que si recobraban la isla serían árbitros de su gobierno; que haciéndose a la vela con muchas barcas, y además con una galera de treinta remos, se dirigió a Salamina por la parte de un promontorio que mira a la Eubea; que los Megarenses de Salamina, con cierta voz que nada tenía de seguro, se armaron apresuradamente, y enviaron una nave a inquirir qué había de los enemigos, la cual, cuando estuvo cerca de ellos, cayó en manos de Solón, quien aprisionó a los Megarenses; que en ella se embarcaron los más esforzados de los Atenienses, encargándoles Solón que navegaran hacia la ciudad, procurando ocultarse para que fuesen admitidos en ella; y finalmente, que yendo por tierra el mismo Solón con los demás Atenienses contra los de Mégara, mientras estaban combatiendo, se adelantaron los de la nave y tomaron la ciudad. Parece que viene en apoyo de esta narración lo que se ejecutaba en Atenas; porque una nave ateniense arribaba a Salamina primero en gran silencio; después, los habitantes de la isla, con estrépito y algazara, acudían hacia la nave, y un hombre armado, saliendo de ella con gritería, daba a correr hacia el promontorio Esquiradio, al encuentro de los que venían de la parte de tierra. Cerca de allí está el templo de Ares, edificado por Solón en memoria de haber vencido a los Megarenses, de los cuales a cuantos quedaron con vida dejó libres bajo las condiciones que quiso.

X.— Los demás Megarenses, recibiendo y causando alternativamente muchos males con la continuación de la guerra, buscaron por mediadores y árbitros a los Lacedemonios, y son muchos los que dicen que Solón tuvo en su ayuda la fama y autoridad de Homero, y que intercalando un verso en el catálogo de las naves, leyó así en la misma contienda:

De Salamina Áyax conducía
galeras doce, y dio con ellas fondo
donde estaban de Atenas las falanges

Pero los mismos Atenienses tienen esto por simpleza, y dicen que Solón hizo ver a los árbitros que Fileo y Eurísaces, hijos de Áyax, por gozar del derecho de ciudadanos de Atenas, les habían cedido la isla, y se habían pasado a establecer el uno en Braurón y el otro en Mélita del Ática; y que ésta tenía una población denominada de Fileo, que era la de los Filedos, de la cual era Pisístrato: y aun para corroborar más su derecho contra los de Mégara se había valido del argumento de los cadáveres, que no estaban sepultados al uso de éstos, sino al de aquellos; porque los de Mégara vuelven los muertos hacia el levante, y los Atenienses hacia el poniente; lo que contradice Hereas Megarense, afirmando que en Mégara se ponen también hacia poniente los cuerpos de los muertos; y lo que es más, que los Atenienses no ponen más que uno en cada nicho, y de los Megarenses hay hasta tres y cuatro en uno mismo. En favor de Solón dicen que hubo también algunos oráculos de la Pitia, en los que llamó Jonia a Salamina. Decidieron este altercado estos cinco ciudadanos de Esparta: Critolaidas, Amonfareto, Hipsécidas, Anáxilas y Cleómenes.

XI.— Era ya Solón ilustre y grande por estas cosas; pero adquirió todavía mayor nombre y celebridad entre los Griegos por haber sido de opinión, acerca del templo de Delfos, de que era razón dar auxilio a los habitantes de esta ciudad y no dejar impunes a los de Cirra, que se habían desacatado contra el oráculo, sino más bien tomar satisfacción de ellos en nombre del dios. A su persuasión, pues, se movieron a hacer la guerra los Anfictíones, como lo atestiguan otros, y también Aristóteles, en su tratado de los vencedores en los Juegos Píticos, atribuyendo a Solón este dictamen. Mas no fue nombrado general para esta expedición, como refiere Hermipo haberlo dicho Evantes de Samos, pues que Esquines, el orador, no menciona tal cosa, y en los registros de Delfos es Alcmeón el que está escrito por general de los Atenienses, y no Solón.

XII.— Hacía ya entonces tiempo que traía inquieta la ciudad el atentado ciloneo, desde que el arconte Megacles había persuadido que compareciesen, para ser juzgados, a los partícipes en la conjuración de Cilón, que se habían acogido al templo de la Diosa; y como habiendo tomado a este fin en sus manos un hilo de estambre atado a la estatua de la Diosa, éste se hubiese roto por sí cuando bajaban por el templo de las Euménides, Megacles y sus colegas trataron de echarles mano, como que la Diosa desechaba sus ruegos; y a los que estaban a la parte de afuera los apedrearon; los que se refugiaron a las aras fueron muertos; y sólo quedaron con vida los que imploraron la compasión de las mujeres de los arcontes; desde entonces venía el que, siendo éstos mirados como abominables o sacrílegos, se les tuviese odio. Sucedió que los que quedaron de la facción cilónea se hicieron otra vez poderosos, y estaban en continuos choques con los descendientes de Megacles; y en aquella época estaba la disensión en su mayor fuerza, y el pueblo enteramente dividido. Solón, pues, que gozaba ya de gran crédito, se puso de por medio con los principales de los Atenienses, y ora con ruegos, ora con persuasiones, recabó de los llamados sacrílegos que fuese en juicio como se defendiesen, y que se sujetasen a una sentencia, siendo trescientos los jueces, tomados de lo más escogido. Fue acusador Mirón de Flía; y vencidos aquellos en la causa, cuantos de la facción vivían salieron desterrados; y los restos de los muertos fueron exhumados y arrojados fuera de los términos.

Sobrevinieron los de Mégara en medio de aquellas turbaciones; perdieron los Atenienses a Nisea, y otra vez fueron despojados de Salamina. La superstición también con sus terrores y fantasmas se apoderó de la ciudad; y los agoreros dieron parte de que las víctimas les anunciaban abominaciones y profanaciones, que era preciso expiar. Vino, por tanto, de Creta a su llamamiento Epiménides Festio, al que cuentan por séptimo entre los sabios algunos que no ponen en este número a Periandro. Es fama que era amado de los Dioses, inteligente en las cosas divinas, y poseedor de la sabiduría profética y misteriosa; por lo que los de su edad le llamaban hijo de la ninfa Balte y nuevo Cureta. Luego que estuvo en Atenas, trabó gran amistad con Solón, a quien preparó y como abrió el camino para su legislación, porque con los ritos sagrados hizo más económicos a los Atenienses, y más moderados en sus duelos, intercalando con las obsequias ciertos sacrificios, y quitando lo agreste y bárbaro a que en estas ocasiones estaban acostumbradas muchas mujeres. Lo de más importancia fue que con ciertas propiciaciones, purificaciones y ritos inició y purificó la ciudad, y por este medio la hizo más obediente a lo justo, y más dispuesta a la concordia. Dícese que fijando la vista y la consideración por largo rato sobre Muniquia, exclamó: «¡Qué ciego es el hombre para lo futuro! Con los dientes desharían los Atenienses este rincón, si previeran cuántas pesadumbres les ha de costar». Otra cosa como ésta se cuenta que conjeturó Tales: porque dispuso que después de su fallecimiento se le enterrase en un sitio oscuro y despreciable del territorio milesio, pronosticando que vendría día en que aquel terreno sería la plaza de los Milesios. Admirado, pues, Epiménides de todos, y brindado de los Atenienses con muchos presentes, se fu, sin haber querido recibir otra cosa que un ramo del olivo sagrado.

XIII.— Libre Atenas de la inquietud de los Cilonenses con el destierro de los excomulgados, como se ha dicho, volvió a sus sediciones antiguas sobre gobierno, dividida el Ática en tantas facciones cuantas eran las diferencias del territorio: porque la gente de las montañas era inclinada a la democracia: la de la campiña propendía más a la oligarquía, y los litorales, que formaban una tercera división, estando por un gobierno mixto y medio entre ambos, eran un estorbo para que venciesen los unos a los otros. Entonces fue también cuando la disensión entre los pobres y los ricos llegó a lo sumo, poniendo a la ciudad en una situación sumamente delicada; tanto, que parecía que sólo podía volver de la turbación a la tranquilidad y al sosiego por medio de la dominación de uno solo, porque el pueblo todo era deudor esclavizado a los ricos, pues o cultivaban para éstos, pagándoles el sexto, por lo que les llamaban partisextos y jornaleros, o tomando prestado sobre las personas quedaban sujetos a los logreros, unos sirviéndolos, y otros siendo vendidos en tierra forastera. Muchos había que se veían precisados vender sus hijos, pues no había ley que lo prohibiera, a abandonar la patria por la dureza de los acreedores. La mayor parte, y los más robustos, se reunían, y se exhortaban unos a otros a no mirar con indiferencia semejantes vejaciones, sino más bien elegir un caudillo de su confianza, sacar de angustia a los que estaban ya citados por sus deudas, obligar a que se hiciera nuevo repartimiento de tierras, y mudar enteramente el gobierno.

XIV.— En tal estado, viendo los más prudentes de los Atenienses que Solón únicamente estaba fuera de aquellos extremos, pues ni tenía parte en los atropellos de los ricos, ni estaba sujeto a las angustias de los pobres, le rogaban que se pusiese al frente de los negocios públicos y calmara aquellos disturbios. Fanias de Lesbos escribe que Solón, con la mira de salvar la patria, usó de artificio con unos y otros, prometiendo a los pobres el repartimiento y a los ricos la estabilidad de sus créditos; pero el mismo Solón dice que al principio puso con repugnancia mano en el gobierno, por temer la avaricia de los unos y la insolencia de los otros. Fue, pues, elegido Arconte, después de Filómbroto, y juntamente medianero y legislador: a satisfacción de los ricos, por ser hombre acomodado, y de los pobres, por la opinión de su probidad. Háblase también de esta sentencia suya, esparcida con anterioridad: que la igualdad no engendra discordia, y acomoda a ricos y pobres, esperando los unos una igualdad que consista en dignidad y virtud, y los otros, una igualdad de número y medida. Concebidas por todos grandes esperanzas, los principales se ponían al lado de Solón, brindándole con la tiranía, y alentándole a que confiadamente entrase al manejo de la ciudad, en la que tal superioridad había alcanzado. Muchos también de los de mediana condición, considerando que la mudanza, sí había de hacerse conforme a la ley y razón, era obra difícil y arriesgada, no rehusaban que uno solo, tenido por el más justo y más prudente, se encargara del mando. Algunos añaden que la Pitia le dirigió este oráculo:

En medio de la nave el timón toma,
y endereza su curso: que en tu auxilio tendrás
a muchos de la ilustre Atenas.

Vituperábanle principalmente sus allegados el que por el mal sonido del nombre rehuyese la monarquía, como si no se convirtiera fácilmente en reino justo por la virtud del que la ejercía, según se había verificado antes con los Eubeos, que habían elegido en tirano a Tinondas y los Mitileneos, que asimismo habían elegido a Pítaco. Nada sirvió todo esto para mover a Solón de su propósito, antes respondió a sus amigos, según se dice: «Sí, muy buena posesión es la tiranía; pero no tiene salida»; y en sus poesías, hablando con Foco, dice:

Salvé sin tiranía el patrio suelo,
y sin usar de inexorable fuerza,
que mi brillante honor manchado habría:
alzo, por tanto, sin rubor mi frente,
y a todos los demás en gloria venzo.

De donde es claro que ya gozaba de gran nombre antes de la publicación de sus leyes. Algunos se burlaron de él porque no admitió la tiranía; y el refiere esas burlas en estos versos, hechos a ese propósito:

No fue Solón aquel que se creía
por su saber y juicio celebrado,
pues brindándole Dios con grandes bienes
los desdeñó. Llamado a un lance rico,
de la mar no sacó la red hermosa;
de aliento a un tiempo y de prudencia falto.
¡Cuánto fuera mejor llegar riquezas
y en Atenas mandar siquiera un día;
aunque luego como odre le curtieran
y con él acabara su linaje!

XV.— Así dice que hablaban de él los bajos y despreciables; mas no porque repudió la tiranía se condujo blanda y débilmente en los negocios, sometiéndose a los poderosos: ni hizo sus leyes a gusto de los que le eligieron. No extendió, es cierto, la medicina o la novedad a lo que de lo antiguo podía pasar: no fuese que, conmoviendo y turbando en todas sus partes la república, no se hallara después con bastantes fuerzas para restablecerla y conducirla a un estado absolutamente perfecto; pero todo lo que pudo lisonjearse de obtenerlo por medio de la persuasión, o que creyó se sufriría, por obligar a ello la necesidad, todo lo hizo, empleando a un tiempo, como él mismo decía, la coacción y la justicia; por lo cual, preguntado después si había dado a los Atenienses las mejores leyes, respondió: «De las que podían recibir, las mejores». Lo que los modernos han dicho de los Atenienses, que lo que había en las cosas de desagradable lo encubrían con nombres lisonjeros y humanos, halagándolo urbanamente, llamando amigas a las mancebas; a los tributos, tasas; custodias, a las fortalezas de las ciudades, y edificio, a la cárcel, fue primeramente maña de Solón, que llamó alivio de carga, a la extinción de los créditos; porque fue este su primer acto de gobierno, disponiendo que los créditos existentes se anulaban, y que en adelante nadie pudiese prestar sobre las personas. Con todo, algunos, y entre ellos Androción, han escrito que no fue la extinción de los créditos el alivio con que se recrearon los pobres, sino sólo la moderación de las usuras, y que a este acto de humanidad, juntamente con el aumento de las medidas y del valor de la moneda que también se hizo, se le dio aquel nombre de seisacteia, o alivio de carga; porque hizo de cien dracmas la mina que antes era de setenta y tres, con lo que dando lo mismo en número, aunque menos en valor, quedaban muy aliviados los que pagaban, y no sentían detrimento los que recibían; pero los más afirman que la seisacteia fue abolición de todos los créditos, con lo que guardan consonancia los poemas. Gloríase en ellos Solón de que levantó de la tierra hipotecada los mojones fijados por todas partes; de que antes era sierva, y ahora era libre; de que de los ciudadanos obligados por el dinero, a unos los había restituido de país extraño, no sabiendo ya la lengua ática por el tiempo que habían andado errantes, y a otros que acá sufrían la indignidad de la esclavitud los había hecho libres. Dícese que con motivo de esta primera disposición le sobrevino un gravísimo disgusto, porque cuando trataba de abolir los créditos, y andaba examinando qué palabras serían las más acomodadas, y cuál el principio más conveniente, comunicó el pensamiento, de los amigos que tenía de más confianza e intimidad, a Conón, Clinias e Hipónico, diciéndoles que en cuanto al terreno no iba a hacer novedad; pero que tenía resuelto hacer abolición de los créditos. Estos, valiéndose de la noticia, y adelantándose, tomaron gruesas cantidades de los ricos, y compraron grandes posesiones: publicóse después la ley, y como de una parte disfrutasen las tierras, y de otra no pagasen a los acreedores, hicieron nacer contra Solón gran sospecha y calumnia de que no era del número de los perjudicados, sino de los que perjudicaban; pero muy luego se vio libre de esta acusación con la pérdida que se halló tenía que sufrir de cinco talentos, que fue la suma que tenía dada a préstamo, siendo el primero que la dio por extinguida conforme a la ley; algunos dicen que fueron quince, y entre ellos Policelo de Rodas. A aquellos sus amigos siempre los llamaron en adelante bancarroteros.

XVI.— No acertó a dar gusto ni a unos ni a otros, sino que desazonó a los ricos, aboliendo sus créditos, y más todavía a los pobres, porque no hizo el repartimiento de tierras que esperaban, ni los igualó ni uniformó, como había hecho Licurgo, en los medios de vivir. Mas Licurgo, con ser undécimo en grado desde Heracles, y haber reinado muchos arios en Esparta, teniendo en su auxilio, para cuanto intentase, una gran dignidad, amigos y poder, hubo de valerse más bien de la fuerza que de la persuasión, hasta perder un ojo en la revuelta, para poder poner por obra lo más propio para la salud y concordia de la república, que fue el que entre sus ciudadanos no hubiera ni ricos ni pobres. Solón no llegó tan adelante en su gobierno, siendo más del pueblo y clase media; pero, con todo, no se quedó corto respecto de su poder, aspirando a que todo se hiciese con la voluntad y consentimiento de los ciudadanos. Que no agradó a los más de ellos, lisonjeados con otras esperanzas, lo dijo él mismo, cuando prorrumpió en estas quejas:

Halagáronlos vanas quejas;
ahora, irritados, con torcidos ojos
me miran cual si fuera un enemigo.

Dice también que si otro hubiera tenido la misma autoridad,

No se habría del mando desasido,
ni en paz dejado y en reposo al pueblo
hasta exprimirle sustanciosa sangre.

Con todo, luego comprendieron la utilidad; y desistiendo de sus insultos, sacrificaron en común, dando al sacrificio el nombre de seisacteia, y nombraron a Solón reformador del gobierno y legislador, poniendo en su arbitrio, no unas cosas sí y otras no, sino todas absolutamente, magistraturas, juntas, tribunales, consejos, para que en todo cuanto había o se crease determinara el censo, número y tiempo de cada cosa, destruyera o conservara, según le pareciese.

XVII.— Lo primero que hizo fue abolir las leyes de Dracón, a excepción solamente de la de los homicidios, todas por la dureza y excesivo rigor de las penas, porque para casi todos los delitos no impuso más que sola una pena: la muerte; de manera que los convencidos de holgazanería debían morir, y los que hurtasen hortalizas o frutas debían sufrir el mismo castigo que los sacrílegos o los homicidas. Por esto se celebró después el dicho de Démades, de que Dracón había escrito sus leyes con sangre, no con tinta; y el mismo Dracón preguntado, según se dice, por qué había impuesto a casi todas las faltas la pena de muerte, había respondido: que las pequeñas las había creído dignas de este castigo, y ya no había encontrado otro mayor para las más graves.

XVIII.— En segundo lugar, deseando Solón dejar todas las magistraturas en manos de los hombres acomodados, como entonces lo estaban, y mezclar en lo demás el gobierno, del que en nada participaba el pueblo, se valió del medio del censo de los ciudadanos, y formó la primera clase de los que en áridos y líquidos cogiesen quinientas medidas, y de esta calidad les dio el nombre de quinientarios; la segunda, de los que podían mantener caballo, o cogían trescientas medidas, y a estos los llamó ecuestres, y dio la denominación de yunteros a los de la tercera clase, que eran los que en áridos y líquidos cogían doscientas medidas; todos los demás llamábanse proletarios o jornaleros, los cuales no eran admitidos a ninguna magistratura, y sólo en concurrir a las juntas y ser tomados para jueces participaban del gobierno. Esto, al principio, no era nada; pero luego vino a ser de gran consecuencia, porque las más de las controversias iban a parar a los jueces; por cuanto aun en aquellas cosas cuya determinación se había atribuido a los magistrados concedió apelación a los que quisiesen para ante los tribunales. Dícese además que no habiendo escrito las leyes con bastante precisión, y teniendo éstas diferentes sentidos, con esto se acrecentó el poder de los tribunales, porque, no pudiendo dirimirse las diferencias por las leyes, sucedía que era necesario el ministerio de los jueces, y había que acudir a ellos en todas las dudas, con lo que en algún modo tenían las leyes bajo su potestad. Dase razón a sí mismo de esta igualación en este modo:

Al pueblo di el poder que bien le estaba,
sin que en honor ganara ni perdiera;
los que excedían en influjo y bienes,
ser injustos por eso no podían:
a todos los armé de fuerte escudo;
mas de vencer en injusticia
a nadie se dispensó la autoridad violenta.

Advirtiendo que todavía convenía dar más auxilio a la flaqueza de la plebe, concedió indistintamente a todos el poder presentar querella en nombre del que hubiese sido agraviado: porque, herido que fuese cualquiera, o perjudicado, o ultrajado, tenía derecho el que podía o quería de citar o perseguir en juicio al ofensor; acostumbrando así el legislador a los ciudadanos a sentirse y dolerse unos por otros como miembros de un mismo cuerpo; y se cita también una sentencia suya que consuena con la ley; porque preguntado, a lo que parece: «¿Cuál es la ciudad mejor regida? Aquella, —respondió—, en que persiguen a los insolentes, no menos que los ofendidos, los que no han recibido ofensa».

XIX.— Estableció el Consejo del Areópago de los que habían sido arcontes cada año, en el que por haberlo sido también tuvo asiento; pero viendo al pueblo todavía alterado e insolente con la remisión de las deudas, nombró otro segundo Consejo, eligiendo de cada tribu, que eran cuatro, cien varones, los que dispuso diesen dictámenes con anterioridad al pueblo; de manera que ningún negocio se llevase a la junta pública si antes no había sido tratado en el Consejo. Al otro Consejo de arriba lo constituyó superintendente de todo, y conservador como en dos áncoras, estaría la república menos vacilante, y quedaría el pueblo más sosegado. Los más son de opinión de que, como dejamos dicho, fue Solón el que estableció el Consejo del Areópago; y parece que está en su favor el no haber hablado ni hecho mención alguna Dracón de los Areopagitas, dirigiendo siempre las palabras a los Efetas en lo que dispuso acerca de los homicidios. Pero la ley octava de la tabla decimotercia de Solón, palabra por palabra es en esta forma: De los infames, todos los que eran infames antes de mandar Solón, que sean honrados; fuera de los que por sentencia del Areópago o de los Efetas o del Pritaneo hubiesen sido condenados por los reyes sobre muerte, robo o tiranía y hubiesen ido a destierro cuando se publicó esta ley. Esto indica que el Consejo del Areópago existía antes, del mando y la legislación de Solón: si no ¿quiénes eran los condenados antes de Solón en el Areópago, si Solón fue el primero que dio a este Consejo la facultad de juzgar? a no ser que hubiese mala escritura, o se hubiese cometido elipsis, queriendo significarse que los vencidos o condenados por las causas de que conocen los Areopagitas, los Efetas y los Pritanes, cuando se publica esta ley, queden infames, siendo los demás rehabilitados: considérelo cada uno por sí.

XX.— De las demás leyes de Solón es, sobre todo, singular y extraña la que disponía que fuese notado de infamia el que en una sedición no hubiera sido de ninguno de los dos partidos. Era su objeto, según parece, que ninguno fuese indiferente o insensible en las cosas públicas poniendo en seguridad las suyas propias y lisonjeándose de no padecer y sufrir con la patria, sino que desde luego se agregara a los que sentían mejor y con más justificación, y les diera auxilio, corriendo riesgo a su lado, en lugar de esperar tranquilamente a ver quién vencía. La que parece absurda y ridícula es la que da facultad a la huérfana que heredaba, si el que era ya su dueño y su marido según la ley había antes caído en impotencia, de ayuntarse con los parientes de éste. Hay quien diga que es justa la disposición contra los que, no estando para casarse, se unen sin embargo en matrimonio con estas huérfanas, llevados del deseo de enriquecer, excusándose con la ley para hacer violencia a la naturaleza; porque viendo que a la huérfana le era permitido ayuntarse con quien quisiera, o se desistirían de aquel matrimonio, o con vergüenza vivirían en él, pagando la pena de su codicia y liviandad: siendo asimismo muy bien dispuesto que no con cualquiera sino con un pariente se ayuntase la huérfana, para que los hijos fuesen de la misma casa y linaje. Hace al mismo propósito el que la novia hubiera de estar encerrada con el novio, y comerse juntos un membrillo, y el haber de reunirse el que casaba tres veces cada mes con la huérfana; pues aun cuando no tuviesen hijos, el honor y cariño con que era tratada una mujer de conducta eran muy propios para disipar disgustos de una y otra parte, y para no dar lugar a que con las riñas se enajenaran del todo los ánimos. En los demás matrimonios quitó los dotes, mandando que la que casaba llevase tres vestidos y algunas alhajas de poco valor, y nada más, porque no quería que el matrimonio fuese lucrativo o venal, sino que esta sociedad del hombre y la mujer se fundase precisamente en el deseo de la procreación, en el cariño y en la benevolencia. Por eso Dionisio, pidiéndole su madre que la diera en matrimonio a uno de los ciudadanos, le respondió que, siendo tirano, estaba en su poder violentar las leyes de la ciudad, pero no las de la naturaleza, concertando matrimonios fuera de la edad. Y en las ciudades no se ha de tolerar semejante desorden, ni se han de ver con indiferencia tales reuniones desiguales y desamoradas, en que nada hay del objeto y fin del matrimonio; antes al anciano que quiera enlazarse con una mocita, le aplicará muy bien cualquiera magistrado o legislador celoso lo que se dijo contra Filoctetes:

¡Bueno estás, desgraciado, para bodas!

y hallando en la casa de una vieja rica a un joven engordado como perdiz en jaula, lo llevará de allí a la casa de una mocita casadera. Mas baste lo dicho en este punto.

XXI.— Es celebrada asimismo aquella ley de Solón que prohibía tachar la fama de los muertos, porque es muy debido reputar por sagrados a los difuntos; justo no insultar a los que ya no existen, y conveniente que las enemistades no se hagan eternas. Respecto de los vivos prohibió las injurias de palabra en los sacrificios, en los juicios, en las juntas, y mientras se asistía a los espectáculos; ordenando que al particular se le pagasen de multa tres dracmas, y dos al erario público; porque el no reprimir en ninguna ocasión la ira es de hombre sin educación e incorregible: el reprimirla siempre muy dificultoso, y para algunos imposible, y las leyes deben hacerse sobre lo posible, si se quiere castigar a pocos con fruto, y no a muchos inútilmente.

También ha merecido elogios la ley sobre los testamentos, porque antes no era permitido testar, sino que los bienes y la casa del que moría debían quedar en la familia; mas permitiendo Solón al que no tenía hijos dar su hacienda a quien quisiese, tuvo en más la amistad que el parentesco, y el cariño que la precisión, e hizo que la hacienda fuese verdadera propiedad del que la tenía. No fue, con todo, libre y sencilla enteramente esta facultad, sino con la excepción de que el testador no hubiese sido impulsado de enfermedad, de maleficios, de prisiones o de violencia, o seducido por la mujer: juzgando con mucha razón y justicia que el ser arrastrado con persuasiones fuera de lo recto en nada se diferencia del ser violentado, y poniendo en el mismo punto con la precisión el engaño, y con el dolor los halagos, como igualmente capaces de sacar al hombre de juicio.

Hizo, además, sobre el salir las mujeres de casa, sobre los duelos y las fiestas, ley que reprimía lo que era desordenado y excesivo, mandando que aquellas no viajasen con más de tres vestidos; que en comida y bebida no llevasen sobre el valor de un óbolo, ni canastillo que fuese mayor de un codo, que de noche no saliesen sino en coche y precedidas de un hacha. Vedó el lastimarse las mujeres en los duelos, los poemas lúgubres, y el llorar en los entierros de los extraños; ni permitió llevar de ofrenda un buey, ni enterrar con el muerto sino lo que equivaliese a tres vestidos, ni tampoco ir a los sepulcros ajenos, como no fuese al tiempo de las exequias. Las más de estas cosas han sido admitidas en nuestras leyes, las cuales añaden que los que en ellas contravengan sean multados por los celadores de las casas mujeriles, como hombres que se dejan llevar en los duelos de pasiones y errores débiles y afeminados.

XXII.— Como viese que la ciudad se iba llenando cada día de hombres atraídos de todas partes al Ática por la seguridad; que la mayor parte del terreno era ingrato y estéril, y que la gente de mar nada solía introducir para los que nada tenían que darles en retorno, inclinó a los ciudadanos al ejercicio de las artes, e hizo ley sobre que el hijo a quien no se hubiese enseñado oficio no estuviese obligado a alimentar a su padre. Porque a Licurgo, que habitaba una ciudad limpia de toda canalla forastera, con un territorio suficiente para muchos, más de doble para cuantos eran, según expresión de Eurípides, y con la muchedumbre de Hilotas difundida por toda la Lacedemonia, a la que era conveniente abatir, quebrantándola con el trabajo, en lugar de dejarle tiempo para el recreo, le estuvo muy bien, apartando a sus ciudadanos de las ocupaciones trabajosas y mecánicas, tenerlos sobre las armas, aprendiendo y ejercitando esta sola arte. Mas Solón, acomodando antes las leyes a las cosas que éstas a las leyes, como observase que el territorio, por su calidad, apenas bastaba para proveer de lo necesario a sus cultivadores, lejos de que pudiese mantener a una muchedumbre ociosa y desocupada, concilió estimación a las artes y encargó al Areópago que velase sobre el modo con que cada uno ganaba su vida y castigase a los holgazanes.

Era todavía más fuerte el que no impuso tampoco la obligación de alimentar a sus padres a los hijos tenidos en manceba, como refiere Heraclides Póntico, porque el que en el matrimonio desatiende lo honesto, está claro que más toma mujer para deleite que para la procreación, así él mismo se priva del premio y no le queda arbitrio para quejarse de unos hijos para quienes su mismo nacimiento es una afrenta.

XXIII.— Las leyes de Solón que se hacen más de extrañar son las relativas a las mujeres, porque dio al que sorprendiese al adúltero la facultad de matarle; y si alguno robase mujer libre, y la forzase, le impuso la multa de cien dracmas; y si la sedujese, de veinte dracmas, no siendo de aquellas que abiertamente se prostituyen, esto es, las rameras, que a las claras frecuentan las casas de los que les pagan. No dio facultad de vender, de las hijas o las hermanas, sino a la que fuese sorprendida yaciendo con varón. Pues en un mismo negocio castigar una veces dura e inexorablemente, y otras con benignidad y como por juego, imponiendo por multa lo primero que se ofrece, parece despropósito: a no ser que, escaseando entonces el dinero en la ciudad, hiciese crecidas las multas la dificultad de aprontarlas. Porque en los aprecios de los sacrificios computa una oveja y una dracma por una fanega de trigo; al que vencía en los juegos ístmicos mandó se le diesen cien dracmas, y quinientas al que venciese en los olímpicos. Al que presentase un lobo le dio cinco dracmas, y una al que presentase un lobezno; que dice Demetrio Falereo eran el valor, aquellas, de un buey, y ésta, de una oveja, porque los precios que en la tabla decimasexta dio a las víctimas más señaladas era muy puesto en razón que fuesen más altos; con todo, comparados con los de ahora eran muy cómodos. Venía muy de antiguo el que los Atenienses tuviesen guerra declarada a los lobos, habitando un país que era mucho más propio para la pastura que para el cultivo. Hay quien opina que las tribus no tomaron al principio su denominación de los hijos de Ion, sino de los diferentes géneros de vida; llamándose de hoplitas, la de la gente de guerra; de ergastas, la de los que ejercían oficios, y de las otras dos, de labradores, la de contribuyentes, y de egícoras, la de los que estaban dados a la pastoría y ganadería.

Por cuanto el país, careciendo de ríos perennes, de algunos lagos y de fuentes abundantes, es escaso de agua, y por lo mismo hay que usar de pozos artificiales, hizo ley para que, habiendo pozo común dentro de un hípico, usasen de él: el hípico era el espacio de cuatro estadios; mas si se estuviese a mayor distancia, pudiese cada uno buscar agua para sí, y si cavando en terreno propio, hasta día una vasija de seis congios, o diez y media azumbres la profundidad de diez brazas no la encontrase, entonces pudiera tomarla de la del vecino, llenando dos veces cada día una vasija de seis congios, o diez y media azumbres; porque creyó que era más razón auxiliar a la indigencia que favorecer la desidia. Señaló también con mucho conocimiento medidas para las plantaciones, mandando que los que pusiesen en su campo cualesquiera otras plantas las retirasen del campo del vecino cinco pies; pero nueve los que plantasen higueras u olivos, por cuanto se extienden más lejos con sus raíces, y no se aproximan sin daño a otras plantas, sino que les roban el alimento y despiden efluvios perjudiciales. Al que quisiese hacer zanja o fosa, le mandó lo hiciese a tanta distancia del vecino cuanta fuese su profundidad; y que el que formase colmenar se apartara de los anteriormente hechos trescientos pies.

XXIV.— De las producciones solamente concedió la exportación a país extranjero del aceite, prohibiendo la salida de todas las demás, y mandando que el arconte hiciera públicas imprecaciones contra los extractores, o en su defecto pagara cien dracmas al erario. Es la primera tabla la que contiene esta ley. Pueden muy bien no ir errados, dirá cualquiera, los que afirman que en lo antiguo era también prohibida la exportación de los hijos, y que parece haberse dado el nombre de sicofanta al que denunciaba a los exportadores.

Dio igualmente ley sobre el daño que causan los cuadrúpedos, en la cual mandaba que el perro mordedor fuese entregado con una rastra de cuatro codos, en lo que parece haber consultado a la seguridad.

Da también que pensar su ley acerca de los que habían de ganar el derecho de ciudadanos, porque no lo concedió sino a los que salían de su patria a destierro perpetuo y a los que se trasladaban con toda su casa para ejercer alguna arte. Dícese que lo dispuso así, no tanto por repeler a los demás, como por atraer a Atenas a los que daba seguridad de disfrutar aquel derecho; y esta confianza la ofrecían, los unos, habiendo perdido su patria por necesidad, y los otros, habiéndola dejado por una meditada resolución.

Fue asimismo establecimiento propio de Solón la ley sobre comer en la casa del común, a lo que llamó asistir por veces al banquete, porque no quiso que uno mismo concurriese a él frecuentemente; y al que cuando le tocaba no quería asistir, le puso pena; teniendo lo primero por avaricia, y esto segundo por desdén y desprecio de las cosas públicas.

XXV.— Dio valor a sus leyes para cien años, y las hizo escribir en maderos cuadrados, colocados en nichos de madera que pudiesen girar, de los cuales todavía quedan algunos restos en el Pritaneo, dándoseles el nombre de tablas, como dice Aristóteles; y Cratino el Cómico dice:

¡Por Solón y Dracón!, con cuyas tablas
los Atenienses tuestan hoy el farro.

Algunos son de la opinión de que se llamaban tablas, curbeis, aquellas en que se trataba de sacerdocios y sacrificios; cilindros con eje, axones, las demás. El Consejo, prestó en cuerpo el juramento de hacer estables las leyes de Solón, y luego en individuo le prestó cada uno de los Tesmotetas en la plaza sobre la piedra del foro, prometiendo bajo él que si quebrantaba sus disposiciones ofrecería en Delfos una estatua de oro a su propia medida.

Conociendo la irregularidad del mes y el movimiento de la luna, que no coincide ni con el sol poniente ni con el levante, sino que en un mismo día se adelanta y se junta con el sol, determinó que este mismo día se llamara primero y nuevo, juzgando que la parte de él que precedía a la conjunción correspondía al mes saliente, y la otra parte al que empezaba; siendo al parecer el primero que entendió a Homero cuando dice:

Parte del mes que sale y del que empieza.

Al día siguiente le llamó Neomenia; luego no añadía a los precedentes el que seguía al veinte, sino que quitando y detrayendo contaba hasta el de treinta, según aparecían las fases de la luna.

Promulgadas las leyes, cada día había gentes que buscaban a Solón, ora alabándolas, ora reprendiéndolas y ora aconsejando que en las escritas añadiese o quitase lo primero que les ocurría. Muchos le hacían preguntas, criticaban, y le rogaban les explicase y declarase en cada cosa cuál era su sentido. Viendo, pues, que el no hacerlo era extraño, y que el condescender era desagradable y molesto, quiso sustraerse a tales dudas y a las incomodidades y disputas de los ciudadanos; porque, como dijo él mismo, en las cosas grandes es muy difícil agradar a todos: por tanto, tomando por pretexto el tráfico de mar para sus viajes, se hizo a la vela, habiendo pedido a los Atenienses se le permitiera ausentarse por diez años, con la esperanza de que en este tiempo ya se les habrían hecho familiares sus leyes.

XXVI.— Dirigióse primero a Egipto, y allí se detuvo, como lo dijo él mismo,

Del Nilo en la anchurosa embocadura,
y junto a la ribera de Canopo.

Allí gastó cierto tiempo en filosofar con Psenofis de Heliópolis, y con Sonquis de Sais, los más sabios e instruidos de aquellos sacerdotes; y habiendo oído en las conferencias que con ellos tuvo la relación de la Atlántida, se propuso, como dice Platón, exponerla a los Griegos en un poema. Navegando de allí a Chipre, fue muy estimado de Filocipro, uno de los reyes de la isla, el cual habitaba una ciudad pequeña, fundada por Demofoonte el de Teseo en la ribera del río Clario, en un sitio, fuerte sí, pero áspero y estéril. Persuadióle, pues, Solón que trasladando la ciudad a la llanura inmediata la hiciese más extensa y agradable, y presenciándolo, tomó a su cuidado la fábrica y el adornarla lo posible para la conveniencia y para la seguridad, por lo cual eran muchos los habitantes que acudían a Filocipro, con envidia de los otros reyes. Agradecido éste por tanto, hizo a Solón la honra de que, llamándose antes la ciudad Epia, de su nombre se llamase Solos. Hace mención él mismo de esta fundación, porque saludando en sus elegías a Filocipro, le dice:

Tú ahora en Solos reines largos años,
y en pos de ti la habite tu linaje.
A mi Cipris, de violas coronada,
de esta isla bella en la ligera nave
ileso y sin peligro me conduzca;
y de la fundación en grato premio
me dé que vuelva a ver la dulce patria.

XXVII.— Su viaje a la corte de Creso hay algunos que lo miran como invento y ficción anacrónica; mas yo una narración tan pregonada por la fama, contestada por tantos testigos, y lo que es más, tan conforme con las costumbres de Solón, y tan digna de su prudencia y sabiduría, no me parece que debo desecharla en obsequio de ciertas reglas cronológicas que millares de escritores andan rectificando hasta hoy, sin que les sirvan para venir a un sentir común entre tantas opiniones contradictorias. Dícese, pues, que llegado Solón a Sardis a ruegos de Creso, le sucedió lo mismo que a los que de las tierras interiores se encaminan al mar por la primera vez; y es que creen ser el mar cada uno de los ríos que van encontrando: así Solón, discurriendo por el palacio, y viendo a muchos de los palaciegos costosamente vestidos, y afectando gravedad entre una turba de ministros y guardias, cada uno creía que era Creso, hasta que llegó éste, que se hallaba recostado, teniendo de adorno todo cuanto en pedrería, en los colores del vestido y en alhajas de oro podía verse de más preciado y apetecido para que fuese un espectáculo sumamente vario y majestuoso. Cuando Solón llegó a ponérsele enfrente, nada se advirtió en él, ni nada dijo a tal novedad de lo que Creso había imaginado; antes cualquiera hombre sagaz comprendiera con facilidad que miraba con desprecio toda aquella insolente y necia ostentación; por lo cual mandó el rey que los tesoros de todas sus riquezas, y cuanto quedaba en su guardajoyas y guardarropa, se mostrara y pusiera a la vista de quien no necesitaba ni mirarlos, teniendo lo bastante en él mismo para juzgar de sus costumbres y carácter. Cuando volvió de haberlo registrado todo, le preguntó Creso si conocía entre los hombres quien fuese más feliz que él; respondióle Solón que había conocido a un su ciudadano llamado Tello; y habiéndole explicado que este Tello, hombre bueno, habiendo dejado unos hijos muy recomendables, y habiendo vivido sin verse en escasez de nada de lo que se contempla necesario, había tenido una muerte gloriosa, declarado benemérito de la patria, túvole desde luego Creso por extravagante e inurbano, pues que no ponía en el oro y la plata la medida de la felicidad, sino que tenía en más la vida y muerte de un hombre particular y plebeyo que toda aquella majestad y poderío. Con todo, volvióle a preguntar si además de Tello había conocido alguno otro más feliz: volviendo Solón a responder que conoció a Cleobis y Bitón, hermanos, muy amantes entre sí y muy amantes de su madre, los cuales, como los bueyes se tardasen, poniendo sus cuellos bajo el yugo de la carroza, habían llevado a su madre al templo de Hera entre las bendiciones de todos los ciudadanos y con el mayor contento suyo, y ellos después, habiendo hecho sacrificios y libaciones, ya no volvieron a levantarse más, sino que se conoció claramente que habían tenido una muerte libre de todo dolor e incomodidad, en medio de tanta gloria y aplausos. Enfadado ya entonces, le dijo Creso: «¿Conque a mí no me das lugar ninguno en el número de los felices?». Solón a esto, no queriendo adularle, ni tampoco irritarle más, «A los Griegos, oh rey de Lidia —le contestó—, nos ha concedido Dios una medianía en muchas cosas, y nos ha hecho participantes de cierta sabiduría tranquila y confiada, según parece, la cual es toda popular, no regia y brillante, como nacida de aquella misma medianía; ésta, pues, viendo sujeta la vida a tan diversas fortunas, no nos deja engreírnos con los bienes presentes, ni admirar en el hombre una felicidad que puede tener mudanza con el tiempo; porque cada uno tiene sobre sí un porvenir muy vario, por lo mismo que es incierto; y aquel tenemos por feliz a quien su buen hado le ha proporcionado ser dichoso hasta el fin. Mas la felicidad del que todavía está vivo y sujeto a riesgos es insegura y falible, como el parabién y la corona del que todavía está peleando». Dicho esto, se retiró Solón, dejando disgustado a Creso, pero no corregido.

XXVIII.— Hallábase en Sardis el fabulista Esopo, llamado por Creso; y siendo tratado con distinción, estaba mal con Solón, porque no era capaz de ninguna condescendencia; así, en aire de amonestación, le dijo: «¡Oh, Solón! con los reyes o se ha de conversar poco o a su gusto», y Solón a esto: «O muy poco o para su bien».

Pero ello es que por entonces Creso hizo poca cuenta de él. Cuando más adelante, peleando con Ciro, fue vencido en la batalla, perdió su ciudad, y, quedando prisionero, iba a ser quemado vivo; dispuesta ya la hoguera, al ir a ser arrojado en ella sujeto con prisiones, a presencia de muchos Persas y del mismo Ciro, levantando la voz cuanto alcanzó y pudo, gritó hasta tres veces: «¡Oh Solón!». Maravillóse Ciro, y envió a que le preguntaran qué hombre o qué dios era aquel Solón a quien en tan grande infortunio evocaba. Creso, sin omitir nada, respondió: «Este era un hombre sabio entre los Griegos, al que yo envié a llamar, no porque quisiere oír o aprender nada de lo que me convenía, sino para que viese y fuera testigo de aquella dicha que es mayor mal haberla perdido que fue bien el poseerla, porque era fábula y opinión de bien mientras fue presente, pero su mudanza remata en males gravísimos e insufribles tormentos; y aquel varón, conjeturando de lo de entonces lo que ahora sucede, me excitaba a que atendiera al término de la vida, y no me perjudicara a mí mismo, seducido con opiniones instables». Luego que hizo esta relación, siendo Ciro más avisado que Creso, y viendo confirmado el dicho Solón con aquel ejemplar, no sólo dejó libre a Creso, sino que le tuvo consideración mientras vivió, y tuvo Solón respecto de estos dos reyes la gloria de haber con una palabra sola salvado al uno e instruido al otro.

XXIX.— Suscitáronse en la ausencia de Solón nuevos alborotos, estando al frente de los de la tierra llana Licurgo; de los litorales, Megacles de Alcmeón, y Pisístrato, de los de las montañas, en cuya facción se comprendía la turba jornalera, que era la más desafecta a los ricos: de manera que todavía regían en la ciudad las mismas leyes; pero se esperaban novedades en los negocios y se deseaba por todos nuevo trastorno, aguardando, no ya una igualdad, sino salir cada uno mejor librado en la mudanza, y dominar a los de los otros partidos. Vuelto Solón a Atenas cuando las cosas se hallaban en este estado, de todos recibió las mismas muestras de respeto y honor; mas para tratar y manejar los negocios públicos no se hallaba con el mismo poder y ardor a causa de su vejez, por lo que privadamente se dirigió a los jefes de los partidos con intento de deshacer éstos y de reconciliarlos, pareciéndole que, más que de los otros, sería escuchado de Pisístrato. Porque tenía gracia y afabilidad para el trato, era benéfico con los pobres y en las enemistades era suave y moderado. Aun aquellas dotes de que por naturaleza carecía, las imitaba de manera que parecían ser más suyas que las que realmente le asistían: así pasaba por hombre prudente y modesto, por amante de la igualdad y por opuesto a los que pudieran pensar en alterar el estado presente y promover novedades, de forma que engañó a muchos. Mas Solón luego conoció su índole, y fue el primero en prever sus ideas insidiosas; sin embargo, no se indispuso con él, sino que procuró ablandarle y corregirle, diciéndole a él mismo y a otros que si su alma se purgara del amor a la preferencia, y se curara del deseo de reinar, no habría ninguno ni más bien dispuesto para la virtud, ni mejor ciudadano.

Comenzaba entonces Tespis a alterar la tragedia, de cuya novedad eran muchos atraídos, aunque todavía no había llegado a ser materia de contiendas y certámenes, y Solón, que por carácter era amigo de oír y aprender, y que en la vejez se había dado más todavía a la quietud, al estudio, a la música, y aun a los banquetes, asistió a un drama en que, como entre los antiguos era costumbre, representó el mismo Tespis. Acabado el espectáculo, saludó a éste y le preguntó cómo no se avergonzaba de haber acumulado tanta mentira; y como le respondiese éste que nada había de malo en que aquellas cosas se dijesen por entretenimiento, dando Solón un fuerte bastonazo en el suelo: «Pronto —repuso—, aplaudiendo y dando aprecio a este entretenimiento, nos hallaremos con él en nuestros negocios y contratos».

XXX.— Después que Pisistrato, lastimándose con sus propias manos, se hizo llevar en carroza a la plaza, e irritó al pueblo con hacerle creer que sus enemigos, por causa de la república, le habían ultrajado, siendo muchos los que con grande gritería se mostraban indignados del caso, corrió Solón hacia él, y parándose a su lado: «Muy poco a propósito remedas, oh hijo de Hipócrates —le dijo—, al Ulises de Homero, porque para dominar a tus ciudadanos haces aquello propio con que Ulises engañó a sus enemigos, lastimándose a sí mismo». De estas resultas, la muchedumbre se mostraba dispuesta a defender a Pisístrato; juntáse el pueblo, y haciendo Aristón proposición por escrito de que para custodia de su persona se dieran a Pisístrato cincuenta maceros, levantándose Solón lo contradijo, e hizo presentes al pueblo muchas cosas por el término de éstas que escribió en sus poemas:

Os pagáis de la lengua y las palabras
de un hombre enlabiador y artificioso;
mas no miráis, atentos, su conducta.
Una astuta vulpeja cada uno,
sois todos juntos un tropel de bobos.

Mas viendo que los pobres, decididos a servir a Pisístrato, movían alborotos, y que los ricos se retiraban sobrecogidos de miedo, se retiró también, diciendo que era más avisado que los unos y más alentado que los otros: más avisado que los que no comprendían qué era lo que en realidad había habido, y más alentado que los que comprendiéndolo, temían contrarrestar a la tiranía. Sancionó el pueblo el decreto, y no anduvo en cortapisas con Pisístrato sobre el número de los maceros, sino que le dejó mantener y llevar consigo cuantos quiso, hasta que se apoderó de la ciudadela.

Verificado esto, como la ciudad se conmoviese ya contra él, Megacles y los demás Alemenoides huyeron; Solón era ya entonces demasiado anciano, y no tuvo quien le auxiliase; mas, sin embargo, se presentó en la plaza y arengó a los ciudadanos, vituperando por una parte su inconsideración y afeminamiento, y exhortándolos e incitándolos por otra a no hacer el abandono de su libertad. Entonces les dijo aquella memorable sentencia: que antes les habría sido más hacedero impedir que naciese la tiranía; pero entonces les sería más laudable y glorioso el arrancarla y desarraigarla, cuando ya estaba prendida y consistente; y como por el miedo nadie se pusiese a su lado, se fue a su casa, y tomando sus armas, las puso fuera de la puerta, y dijo: «Por mi parte, he servido cuanto he podido a la patria y a las leyes». Y de allí en adelante hubo de estarse quieto. Instábanle los amigos para que huyese; pero no les dio oídos, y componiendo unos versos, reconvenía así a los Atenienses:

Si tenéis que sufrir, vuestra es la culpa;
no de los Dioses lo llaméis castigo.
Dando vosotros alas a estas gentes,
los habéis ensalzado,
y ahora el premio es una torpe y mala servidumbre.

XXXI.— En tanto, eran muchos los que le advertían que iba a ser víctima del tirano; y como le preguntasen qué era en lo que tan imprudentemente confiaba, «En la vejez», les respondió. Mas con todo Pisístrato, apoderado ya de toda la autoridad, tuvo tanto miramiento con Solón, honrándole, contemplándole y enviándole a llamar, que fue éste su consultor, y aun celebró algunas de las cosas que hacía; porque aquel conservó la mayor parte de las leyes de Solón, guardándolas primero él mismo, y precisando a ello a sus amigos; y llamado a juicio sobre un homicidio al Areópago cuando ya dominaba, compareció con gran modestia para defenderse, sino que el acusador se desistió. Publicó además por si otras leyes, de las cuales es una la que disponía que los imposibilitados en la guerra fuesen mantenidos del erario público; lo que dice Heraclides, imitó Pisístraío de Solón, que decretó se hiciese así con Tersipo, que había quedado estropeado; y según testimonio de Teofrasto, no fue Solón el que hizo la ley contra la ociosidad, sino Pisístrato, que con ella hizo todo el país más activo y alivió de ciertas gentes a la ciudad.

Solón, habiendo entonces emprendido la relación o fábula de la Atlántida, de que se instruyó en los coloquios que tuvo en Sais, por creer que convenía a los Atenienses, hubo de abandonar aquel trabajo, no por sus ocupaciones, como dice Platón, sino por la vejez, acobardado con lo grande de la empresa; porque la sobra que tenía de ocio la indica aquella expresión:

Me hago anciano, aprendiendo cada día.

Y estas otras:

Son las obras en que ahora me complazco
las de Afrodita y Baco y de las Musas,
que forman de los hombres las delicias.

XXXII.— Como solar vacante en país delicioso, a que tenía derecho por el parentesco, tomó Platón por su cuenta para edificar en él y exornarlo, el argumento de la Atlántida, y al exordio le puso tan magníficas portadas, y tales muros y patios, cuales no los tuvo nunca ninguna relación, o fábula, o poema; mas lo emprendió tarde, y antes que con la obra acabó con la vida, dejándonos tanto más deseosos e incomodados por lo que falta, cuanto más divierte y recrea lo que alcanzó a escribir; porque así como la ciudad de Atenas, entre sus grandes obras, sólo dejó imperfecto el templo de Zeus Olímpico, de la misma manera la sabiduría de Platón sólo dejó sin acabar la obra de la Atlántida.

Sobrevivió Solón a la tiranía de Pisístrato, según el testimonio de Heraclides Póntico, largo tiempo; mas según el de Fanias de Éreso, menos de dos años; porque Pisístrato se apoderó de la autoridad bajo el arconte Comias, y según Fanias, murió Solón bajo el arconte Hegestrato, que sucedió a Comias. El haber sido después de quemado su cuerpo aventada la ceniza por la isla de Salamina, debe tenerse, a causa del ningún motivo que para ello hubo, por enteramente increíble y fabuloso, sin embargo de haberlo escrito muchos autores fidedignos, y entre ellos el filósofo Aristóteles.

PUBLÍCOLA

I.— Habiendo sido Solón un varón tan aventajado, pongamos en paralelo con él a Publícola, para quien el pueblo romano inventó después este nombre, llamándose antes Publio Valerio. Parece que era descendiente de aquel Valerio antiguo, que fue principalmente causa de que los Romanos y Sabinos, de enemigos que eran, no hiciesen en adelante más que un solo pueblo; porque él fue quien más se esforzó en persuadir y reconciliar a los dos reyes. Teniendo, pues, Valerio deudo de parentesco con éste, como decimos, era además, dominando todavía los reyes, hombre distinguido por su palabra y por su riqueza; y como de aquella hubiese hecho siempre un recto y decidido uso en apoyo de lo justo, y ésta la hubiese empleado liberal y caritativamente en socorro de los menesterosos, no podía dudarse que si llegaba a establecerse democracia figuraría entre los primeros.

El pueblo aborrecía ya y sufría con repugnancia a Tarquino el Soberbio, que ni entró a reinar con derecho, sino ilegítima e infaustamente, ni se portaba conforme a su dignidad, sino con injusticia y tiranía, y para desobedecerle tomó ocasión del suceso de Lucrecia, que habiendo sido violentada se quitó la vida. Entonces, siendo Lucio Bruto el que principalmente dirigió esta mudanza de gobierno, el primero a quien acudió fue Valerio; y habiéndole hallado muy pronto a auxiliarle, expelieron a los reyes. Y mientras se estuvo en la opinión de que el pueblo nombraría en lugar del rey un solo caudillo, permaneció Valerio en tranquilidad, considerando que la autoridad era razón recayese en Bruto, que había sido el establecedor de la libertad. Llevándose luego mal el nombre de rey, y formándose el concepto de que el pueblo sufriría con menos disgusto una autoridad dividida, como éste se inclinase a que los jefes fuesen dos, y así lo expresase, concibió esperanza de que sería elegido y llamado juntamente con Bruto. Mas se llevó chasco, porque, contra la voluntad de Bruto, fue elegido Tarquino Colatino, marido de Lucrecia, que en virtud no hacía ventaja a Valerio, sino que los de mayor influjo, temiendo a los reyes, que afuera no cesaban de maquinar, y en la ciudad tentaban los medios de corromperla, pensaron en poner por caudillo al más decidido de sus enemigos, como que de ningún modo cedería.

II.— Irritado Valerio de que no se le creyese capaz de exponerse a todo en bien de la patria, porque en particular ningún mal había recibido de los tiranos, se retiró del Senado, abandonó los pleitos y absolutamente se retrajo de los negocios públicos; tanto, que dio ocasión a muchos de que hablasen y entrasen en cuidado, no fuera que, llevado de su enojo, se hiciera del partido de los reyes y trastornara el estado de la República, y la República misma, todavía mal segura. Mas como de allí a poco, teniendo Bruto recelo de otros, ordenase que el Senado hiciera juramento con ofrecimiento de víctimas, señalado día para él, bajó Valerio a la plaza sobremanera alegre, y habiendo sido el primero a jurar que en nada cedería o condescendería con Tarquino, sino que pelearía contra él con todo su poder en defensa de la libertad, dio con esto mucho placer al Senado y grande ánimo a los magistrados. Confirmó muy luego este juramento con las obras; porque habiendo venido mensajeros de parte de Tarquino, trayendo cartas halagüeñas para el pueblo, y proposiciones moderadas, con las que intentaban seducir a muchos, diciendo en nombre del rey que ya pensaba de otro modo, y no quería sino lo que era muy puesto en razón, los cónsules eran de parecer de que éstos fuesen presentados al pueblo; pero Valerio no lo consintió, antes se opuso e impidió que con su presencia y palabras se diese ocasión y pretexto para mudanzas a la gente pobre, a quien más sensible se hace la guerra que la tiranía.

III.— Vinieron, después de éstos, otros mensajeros, diciendo que Tarquino se desistía del reino y se apartaba de hacerles guerra, pidiendo únicamente sus bienes y haciendas, y las de sus amigos y domésticos, para que tuvieran con qué vivir en su destierro. Inclinándose muchos a ello, y sosteniéndolo Colatino, Bruto, hombre intrépido y pronto a la ira, corrió a la plaza, tratando a su colega de traidor que quería proporcionar medios de guerra y tiranía a aquellos a quienes aun sería reprensible conceder algún viático para que se retirasen. Reunidos los ciudadanos, el primero Cayo Minucio, hombre entonces particular, habló al pueblo, y animando a Bruto y exhortando a los Romanos, que miraran les dijo ser más conveniente que aquellos bienes hicieran la guerra a los tiranos, que no que a éstos les sirviesen contra ellos mismos. Con todo, pareció a los Romanos que conseguida la libertad, que era por lo que peleaban, no debían desechar la paz por los dineros, sino más bien arrojar éstos de la ciudad juntamente con los tiranos. Mas Tarquino de lo que menos trataba era de los bienes; su demanda tenía más bien el objeto de tantear al pueblo y solicitar a la traición, lo que ejecutaban muy bien los mensajeros, deteniéndose bajo el pretexto mismo de los bienes, con decir que unos los volvían, con otros se quedaban, renunciaban a otros, hasta tanto que corrompieron dos de las casas de los llamados prohombres, la de los Aquilios, que tenía tres senadores, y la de los Vitelios, que tenía dos. Todos éstos por la madre eran sobrinos del cónsul Colatino; y los Vitelios tenían otro particular parentesco con Bruto, porque éste estaba casado con una hermana de los Vitelios, de la que tenía muchos hijos. A dos de éstos, los más adelantados en edad, con quienes además del parentesco tenían también amistad, los sedujeron los Vitelios y los movieron a tomar parte en la traición y a que se enlazaran con el linaje ilustre de los Tarquinos, y se elevaran a regias esperanzas, separándose de la locura y dureza de su padre: llamando dureza a su inflexibilidad para con los malvados, y apellidándole de loco, porque largo tiempo, a lo que parece, se había valido de aquella ficción para su seguridad con los tiranos, y hasta no tenían aprensión del sobrenombre que por ello llevaba.

IV.— Luego que hubieron ganado a estos jóvenes y que hablaron sobre ello con los Aquilios, resolvieron hacer un abominable juramento, que fue matando un hombre libar con su sangre y poner la mano sobre sus entrañas. Dirigiéronse después a la casa de los mismos Aquilios, la cual, como entonces lo habían menester para lo que meditaban ejecutar, estaba en paraje solitario y reservado. No echaron de ver a un esclavo llamado Vindicio, que se escondió dentro de ella, no con designio de observarlos o porque hubiese rastreado algo de lo que se tramaba, sino que hizo la casualidad que se hallase allí, y advirtiendo que iban con apresuración, temeroso de que le viesen, se echó en el suelo, poniendo delante de sí un cajón que allí estaba; de manera que pudo ver todo lo que se hacía y oír lo que se trató. Determinaron, pues, dar muerte a los cónsules, y escribiendo una carta para Tarquino, en que se lo participaban, la entregaron a los mensajeros, los cuales habitaban allí mismo, siendo huéspedes de los Aquilios, y se habían hallado presentes al acto de la conjuración. Luego que hecho esto se retiraron, saliendo Vindicio, no creyó que debía contentarse con saber él sólo lo que ocurría; pero estaba en gran perplejidad, pareciéndole muy duro, como lo era, acusar a unos hijos ante su padre Bruto, o a unos sobrinos ante su tío Colatino; y de particulares no tenía ninguno por seguro para tan grandes arcanos. Mas pudiendo antes avenirse a todo que a callar, estimulado de la conciencia de tal atentado, resolvió dirigirse a Valerio, incitándole a ello principalmente la popularidad y humanidad de éste, por ser un hombre siempre afable con cuantos a él acudían, que para todos tenía abierta su casa, y nunca negó a los desvalidos o el habla o sus beneficios.

V.— Luego que subió a verse con Valerio y le enteró de todo, hallándose allí presentes sólo su hermano Marco y su mujer, asombrado y temeroso Valerio, lo que hizo fue no dejar salir a Vindicio, sino que le encerró en una habitación, poniendo por guarda en la puerta a su mujer; y mandando a su hermano Marco que ocupase el palacio real, aprehendiese, si le era posible, las cartas, y tuviese en custodia la domesticidad, él mismo con muchos de sus clientes que allí se hallaban, y gran número de esclavos, se encaminó a casa de los Aquilios, que no estaban en ella. Por lo mismo, no hallándose nadie prevenido, atropelló por las puertas, y dio con las cartas, que se habían quedado donde los mensajeros las recibieron y envolvieron. Mientras estaba en esto, venían los Aquilios corriendo, y trabándose pelea en las mismas puertas, procuraban recobrar las cartas; mas los otros se defendían, y echándose la ropa al cuello, a fuerza y con dificultad dando y recibiendo empujones, por callejuelas fueron a salir a la plaza. Otro tanto sucedía en el palacio real, habiendo aprehendido también Marco otras cartas que estaban dispuestas para mandarse, y arrastrando hacia la plaza a cuantos le era posible de los domésticos del rey.

VI.— Luego que los cónsules apaciguaron el tumulto, y que Valerio dio orden de que se trajese a Vindicio de su casa, entablada la acusación, se leyeron las cartas, sin que los acusados se atreviesen a replicar ni una sola palabra. En todos fue muy grande la consternación y el silencio: algunos, en obsequio de Bruto, propusieron el destierro, y concurrieron a dar alguna esperanza, Colatino, con no poder contener las lágrimas, y Valerio, con callar; pero Bruto, llamando por sus nombres a sus hijos: «Ea, Tito —dijo—, y tú Tiberio, ¿por qué no os defendéis de la acusación?». Como nada respondiesen, preguntados tres veces, entonces, vuelto a los lictores: «Aquí nadie tiene ya qué hacer —les dijo— sino vosotros». Echando, pues, mano a los jóvenes, rasgáronles las ropas, atáronles las manos a la espalda, y con varas hirieron sus cuerpos, no pudiendo los demás ver semejante espectáculo, ni teniendo corazón para ello; mas de Bruto es fama que no volvió sus ojos a otra parte, ni por compasión hubo mudanza en la iracundia y severidad de su semblante, sino que se mantuvo mirando con fiereza hacia los hijos mientras se les castigaba, hasta que los lictores los derribaron en el suelo, y con la segur les cortaron la cabeza. A los demás los puso bajo la potestad de su colega, con lo que se levantó, y se fue: habiendo ejecutado un hecho que ni se niega a ser alabado extraordinariamente si se quiere ni tampoco a ser reprendido; porque o lo sublime de su virtud elevó el alma hasta hacerla impasible, o la vehemencia del enojo la condujo a una completa insensibilidad: uno y otro es grande y fuera de lo humano, lo primero como cosa divina, y lo segundo de fieras; pero más justo es inclinarnos en nuestro juicio a la obra de tan gran varón, que no rebajar de mérito tanta virtud con nuestra pequeñez, pues los Romanos mismos opinan que no hizo tanto Rómulo en fundar la ciudad como Bruto en establecer y consolidar tal gobierno.

VII.— Retirado de la plaza Bruto, por largo rato ocupó los ánimos la sorpresa, el pasmo y el silencio, con motivo de lo que acababan de presenciar; y, en tanto, los Aquilios, que empezaban a fundar esperanzas en la blandura y duda de Colatino, pedían se les diera tiempo para defenderse, y que les fuera entregado Vindicio, que era su esclavo, y no correspondía estuviese en manos de otros. Iba ya a concederlo y a disolver con esto la junta; pero Valerio ni se prestó a que se entregara Vindicio, que estaba bien guardado por toda su gente, ni permitió que el pueblo se retirase abandonando los traidores; antes les echó mano, y empezó a llamar a Bruto, y a decir a gritos que Colatino obraba con la mayor injusticia, pues que habiendo puesto a su colega en la precisión de dar muerte a sus propios hijos, creía serle lícito agradar a unas mujeres con los traidores y enemigos de la patria. Enfadado con esto el cónsul, y mandando que le presentaran a Vindicio, los lictores, atravesando por la muchedumbre, llegaron a echarle mano, y empezaron a herir a los que intentaban quitársele; pero los amigos de Valerio corrieron a defenderlos, y el pueblo clamaba pidiendo que se presentase Bruto. Retrocedió, pues, y volvió a la plaza, y habiendo impuesto silencio, dijo que para sus hijos no se había necesitado de más juez que él mismo; pero que en cuanto a los otros dieran su voto los ciudadanos libres, y que el que quisiese hablase y persuadiese al pueblo. No hubo necesidad de tales persuasiones, pues que, hecha la votación, fueron condenados por todos los sufragios, y se les cortó la cabeza. Colatino, además de tener contra sí, según se echaba de ver, alguna sospecha por su parentesco con los reyes, incomodaba con el segundo de sus nombres, siendo mirado con abominación el de Tarquino; así, en vista de estos sucesos, teniendo por enteramente decaída su opinión, voluntariamente hizo dimisión del mando, y salió de la ciudad. Tuviéronse en seguida los comicios, y Valerio fue elegido Cónsul con grande aplauso, recibiendo un premio digno de su ardiente patriotismo. Creyó justo que de él alcanzase a Vindicio alguna parte, e hizo decretar que él fuese el primer liberto que gozase los derechos de ciudadano romano, votando en la curia que quisiese elegir. A los demás de esta condición, tarde y después de mucho tiempo, les concedió este derecho de votar Apio, que tiraba a ganarse la muchedumbre; y la manumisión o libertad completa aun hoy se llama Vindicta, según dicen, de este Vindicio.

VIII.— En consecuencia de esto se dio permiso a los Romanos para que se apoderaran de los bienes de todos los de la familia real, y el palacio y accesorias fueron echados por tierra. Poseía Tarquino la parte más preciosa del Campo de Marte, y ésta la consagraron al dios. Hacía la casualidad que acababa entonces mismo de segarse, y estando todavía sin levantar los haces, no creyeron que era cosa de trillarlos o de hacer uso alguno de aquella mies por estar consagrada; por tanto, sin más detención, fueron y la echaron en el río. Cortaron también los árboles, e hicieron otro tanto, ofreciendo al dios un campo enteramente vacío e infructífero. Amontonadas y enredadas tantas cosas unas con otras, no pudo la corriente llevarlas lejos, sino que quedaron donde las primeras fueron acumulándose y cayendo sobre firme. No teniendo luego salida las demás cosas que arrastraba el río, sino deteniéndose y enredándose de la misma manera, tomó cuerpo aquel conjunto y echó raíces, aumentado con la misma corriente; porque ésta acarreaba mucho barro, el cual, estancado allí, le daba alimento y enlace a un mismo tiempo; y los golpes no lo desunían, antes con herir blandamente iban recogiéndolo todo y amontonándolo en un punto. Así la magnitud de lo reunido en el primer movimiento atrajo otra multitud, y con los acarreos del río llegó a formarse un campo. Todo esto es ahora una isla sagrada al frente de la ciudad, la que contiene templos de los Dioses y calles para pasear, llamándose en lengua latina la isla de entre los dos puentes. Algunos refieren que esto sucedió, no cuando se consagró el campo de Tarquino, sino mucho tiempo después, cuando Tarquinia consagró otro campo confinante con aquel. Era Tarquinia una virgen sagrada del número de las Vestales. Tuvo grandes honores, de los cuales fue uno el que sola ella entre todas las mujeres fuese admitida a ser testigo; y habiéndosele, decretado el que pudiera abrazar el estado del matrimonio, no lo aceptó; así dicen que pasó esta fábula.

IX.— Desesperanzado Tarquino de recobrar por traición la autoridad, acudió a los Tirrenos, que tomaron su causa con ardor, y le restituían con grandes fuerzas. Conducían contra ellos los cónsules a los Romanos, y los formaron en dos lugares sagrados, de los cuales el uno, se llamaba la selva Arsia, y el otro el prado Esuvio. Cuando estaban para venir a las manos, Arrón, hijo de Tarquino, y el cónsul romano Bruto, viniéndose el uno para el otro, no por acaso, sino movidos de la enemistad y la ira, el uno como contra un tirano y enemigo de la patria, y el otro para vengarse del destierro, dieron rienda a los caballos, y chocándose con más ira que juicio, no atendieron a cuidar de sus personas, y recíprocamente se mataron. Empezada con tan malos auspicios la pelea, no fue su fin más dichoso, sino que causando y recibiendo iguales daños ambos ejércitos, los separó una tormenta. Estaba Valerio en gran conflicto, no sabiendo cuál era el término de la batalla; porque veía a los soldados muy desalentados por los muertos que habían tenido, y engreídos al mismo tiempo por los muchos que también había tenido el enemigo; ¡tan dudosa e igual venía a ser la mortandad en cuanto al número!, sino que a cada uno le confirmaban más en la idea de la derrota los muertos propios que veía, que no en la de la victoria los enemigos que sólo conjeturaba. Venida la noche, cual correspondía que fuese para los que tales habían quedado de la batalla, cuando ya los reales estaban en reposo, se dice que se conmovió la selva, y que de ella salió una voz grande, que dijo haber muerto uno más de los Tirrenos que de los Romanos. Debía de haber algo de divino en aquella voz, porque al momento de oída clamaron éstos, alentados y fortalecidos; mas los Tirrenos, poseídos del miedo y turbación, salieron huyendo de sus reales, y se dispersaron los más; y a los que quedaron, que vendrían a ser unos cinco mil, cayendo sobre ellos los Romanos, los pasaron a cuchillo, y saquearon cuanto había. Contados los muertos, se halló ser los de los enemigos once mil y trescientos, y otros tantos los de los Romanos, menos uno. Refiérese que se dio esta batalla un día antes de las calendas de Marzo, y por ella triunfó Valerio, primero entre los cónsules, en carroza de cuatro caballos, pompa que ofreció una vista majestuosa y magnífica, más bien que fastuosa, y desagradable a los que la presenciaron, como lo han pretendido algunos; porque no hubiera sido tan envidiada ni habría excitado su fama una ambición tan duradera. Fue aplaudido también por los honores que tributó al colega en el acompañamiento funeral, y en la sepultura; y pronunció asimismo su elogio fúnebre, el cual fue tan gustoso y grato a los Romanos, que de allí quedó el uso de que en los funerales de los varones señalados e ilustres pronunciasen su elogio los que gozaban de más opinión. Dícese haber sido este elogio fúnebre más antiguo todavía que los de los Griegos, a no haber sido una de las instituciones de Solón, como pretende el orador Anaxímenes.

X.— Por lo que principalmente estaban incomodados y malcontentos con Valerio era porque Bruto, con ser así que el pueblo le apellidaba padre de la libertad, nunca permitió mandar solo, sino que tomó colega por dos veces; mas éste (decían), amontonándolo todo en sí, no es heredero del consulado de Bruto, al que en nada se parece, sino de la tiranía de Tarquino; porque ¿de qué sirve con las palabras celebrar a Bruto, e imitar a Tarquino en las obras, saliendo en público solo con las fasces y las segures de una casa de tanta magnitud, cual no fue nunca la del rey, que echaron por el suelo? Y en realidad Valerio habitaba con sobrada magnificencia en la llamada Velia una casa que dominaba la plaza, y desde cuya altura se veía todo, siendo por otra parte de difícil y agria subida; de manera que al verle bajar se hacía notar mucho aquel aire y aquel aparato de una pompa regia. Mas él hizo ver en sí cuán apreciable es tener en el mando y en los grandes negocios unos oídos que reciban mejor la franqueza y verdad, que no la lisonja y adulación; porque habiendo oído que era generalmente motejado, advirtiéndoselo así sus amigos, no lo llevó a mal o se enfadó por ello, sino que al punto, llamando muchos operarios, en una sola noche derribó su casa, y la echó enteramente a tierra; de modo que a la mañana los Romanos, parándose a aquel espectáculo, celebraban y admiraban por una parte la magnanimidad de tan esclarecido varón, y por otra se dolían de ver echada al suelo por envidia tan hermosa casa, que parecía muerte de hombre injustamente condenado; y que el cónsul estaba reducido, por no tener hogar, a habitar de prestado. Porque los amigos hospedaron a Valerio hasta que el pueblo le dio solar, en el que edificó una casa más reducida que la otra, donde existe ahora el templo que se llama de Vica pota. Queriendo, además, no sólo hacerse a sí mismo en vez de temible afable y bien quisto, sino también a la autoridad que ejercía, quitó de las fasces las segures, y al presentarse en los comicios rendía e inclinaba las fasces al pueblo, haciendo este reconocimiento de la autoridad democrática; lo que hasta el día de hoy observan los cónsules. Equivocábanse los más creyendo que con esto desautorizaba su persona, siendo así que con esta moderación destruía y apartaba de sí la envidia; y lejos de perder, ganaba en autoridad, sujetándosele el pueblo con gusto y obedeciéndole de buena voluntad; así es que le dieron el nombre de Publícola, que significa respetador del pueblo, nombre que prevaleció sobre los que antes tenía, y del que ya usaremos en lo que resta por escribir de esta Vida.

XI.— Consintió que del consulado participaran y se presentaran a pedirlo cuantos quisieran; pero antes de la elección de un colega, no sabiendo lo que sucedería, y temiendo que se le opusiese o por envidia o por ignorancia, quiso proceder sólo al establecimiento de sus mejores y más saludables leyes. En primer lugar, completó el Senado, que estaba muy falto, porque unos habían muerto bajo el poder de Tarquino y otros después en la guerra, diciéndose que los que nombró fueron ciento sesenta y cuatro. Publicó luego las leyes, de las cuales las que más poder dieron a la muchedumbre fueron: la primera, la que permitió al reo apelar de la sentencia de los cónsules al pueblo; segunda, la que mandó que el que recibiese autoridad que no le hubiese conferido el pueblo, muriera por ella; y tercera, después de éstas, con la que vino en auxilio de los pobres, la que libró de tributo a los ciudadanos, haciendo que todos se aplicaran a los oficios con mayor anhelo. La que se estableció contra los desobedientes a los cónsules no pareció menos popular ni menos hecha en beneficio de la muchedumbre contra los poderosos: imponía, pues, por pena de la desobediencia la multa del valor de cinco bueyes y de dos ovejas. Era el valor de una oveja diez óbolos, y ciento el de un buey, corriendo poco entonces el dinero entre los Romanos, siendo las ovejas y demás ganado su principal riqueza; por esta causa aun ahora a la hacienda, del nombre de las reses, la llaman peculio, y en las monedas grababan en lo antiguo un buey, o una oveja, o un cerdo. Ponían también a los hijos nombres de Suilio, Bubulco, Caprario y Porcio; porque a las cabras las llaman capras y porcos a los cerdos.

XII.— Habiendo sido acerca de las cosas dichas tan popular y moderado legislador, no guardó medida acerca de las penas, porque hizo ley para que sin necesidad de causar juicio se pudiera quitar la vida al que intentara usurpar la autoridad suprema, declarando libre y puro al matador con dar las pruebas o indicios de aquel atentado, pues así como no es posible que el que tales intentos trae entre manos engañe a todos, no es imposible que, sin engañar u ocultarse, se anticipe a la justicia, viéndose superior en medios; y por tanto, en odio de semejante maldad, concedió a quien se hallara en disposición el prevenir con la muerte un juicio a que el otro no daba lugar.

Fue asimismo celebrado por su ley acerca de la cuestión; pues siendo indispensable que de sus bienes contribuyesen los ciudadanos para la guerra, y no queriendo tocar él mismo los caudales, o que los tocasen sus amigos, ni tampoco que entrasen en poder de ningún particular, señaló por erario o tesorería el templo de Saturno, el cual destino conserva todavía, y concedió al pueblo que nombrara dos tesoreros o cuestores de entre los jóvenes; habiendo sido los primeros nombrados Publio Veturio y Minucio Marco, y mucho el caudal que se recogió; porque fueron hasta ciento y treinta mil los alistados en el censo, sin los huérfanos y viudas, a quienes se perdonó la contribución.

Hechos estos establecimientos, él mismo designó para su colega a Lucrecio, el padre de Lucrecia, a quien, correspondiéndole por más anciano el lugar más preferente, le dio las que se llaman fasces; y hasta nosotros se ha conservado a los más ancianos esta preeminencia de la vejez. Como al cabo de pocos días hubiese muerto Lucrecio, se tuvieron otra vez comicios, y fue elegido Marco Horacio, el que gobernó con Publícola lo que faltaba de aquel año.

XIII.— Movía por entonces segunda vez Tarquino la guerra en la Etruria a los Romanos, y se dice que sucedió un extraordinario portento. Reinando todavía Tarquino, tenía ya casi concluido el templo de Júpiter Capitolino, y bien fuese por vaticinio que se le hizo, o por movimiento y dictamen propio, encargó a unos artistas tirrenos de la ciudad de Veyos una carroza de barro, que había resuelto poner en el remate; y al cabo de poco perdió el reino. Pusieron los Tirrenos la carroza de cuatro caballos ya formada a cocer en el horno, y no sucedió lo que era natural sucediese con el barro, que era entrarse y contraerse, disipada la humedad, sino que se dilató y ahuecó, tomando tanto bulto y tanta consistencia, que aun quitada la cubierta del horno, y derribadas las paredes, hubo dificultad para sacarla. Juzgaron los adivinos que en aquello se encerraba un gran prodigio, y que anunciaba dicha y autoridad a aquellos en cuyo poder estuviese la carroza; por lo cual determinaron los Veyanos no entregarla a los Romanos que la reclamaban, y respondieron que pertenecía a Tarquino, y no a los que le habían desterrado. Pocos días después tenían los Veyanos carreras de caballos, y por lo demás todo pasó en ellas como es de costumbre en tales espectáculos; pero con el carro vencedor sucedió que apenas el carretero salió coronado del circo, cuando espantados los caballos, sin ninguna causa conocida, sino por algún impulso superior, o por buena suerte, dieron a correr a escape hacia Roma, llevándose al carretero. De nada le sirvió a éste tirarles de las riendas y darles voces, porque le arrebataron, teniendo que ceder y sujetarse al ímpetu, hasta que llegados al Capitolio, lo echaron allí a tierra junto a la puerta que ahora llaman Ratumena. Maravillados y temerosos los Veyanos con este acontecimiento, permitieron que la carroza se devolviese a los artistas.

XIV.— Este templo de Júpiter Capitolino fue voto de Tarquino el de Demarato, que ofreció edificarle estando en guerra con los Sabinos; pero le construyó Tarquino el Soberbio, hijo o nieto del que le votó. No llegó a dedicarle, sino que faltaba muy poco para concluirse cuando Tarquino fue desposeído. Luego que estuvo acabado y que se le adornó completamente, se encendió en Publícola el deseo de hacer su dedicación. Mirábanle con envidia muchos de los principales; y los demás honores que había alcanzado y parecían corresponderle como legislador y como general, no los miraban con tanto encono; pero éste teníanle por ajeno de él, y exhortaban e instaban a Horacio para que le moviese disputa sobre la dedicación. Habiendo, pues, tenido que salir Publícola a una expedición militar indispensable, decretando que fuese Horacio el dedicante, le subieron al Capitolio, como desconfiando de salir con su intento si aquel sobrevenía. Algunos dicen que, echadas suertes, a Publícola le cupo, muy contra su voluntad, la de ir al ejército, y al colega la dedicación; mas puede conjeturarse lo cierto por lo mismo que pasó en el acto de ésta. En los idus, pues, de Septiembre, que vienen a coincidir con el plenilunio del mes Metagitnión, congregados todos en el Capitolio, Horacio, después de imponer silencio y practicar las demás ceremonias, llegándose a las puertas, como es costumbre, pronunció las palabras establecidas para la dedicación; mas el hermano de Publícola, Marco, que hacía rato estaba también a la puerta esperando el momento oportuno: «Cónsul, gritó, tu hijo ha muerto de enfermedad en el ejército». Causó esto pesadumbre a todos los circunstantes; pero Horacio, sin alterarse lo más mínimo, y no diciendo otra cosa sino, «echad el muerto donde quisiereis, pues yo no me abandono al llanto» llevó al cabo lo que de la dedicación le restaba. No era cierta la noticia, sino que Marco la había fingido para distraer a Horacio: con todo, es muy digna de elogio la serenidad del cónsul, bien se hubiese impuesto con rapidez del engaño, o bien se hubiese mantenido inalterable a tal nueva, dándole crédito.

XV.— Parece que en cuanto a la dedicación tuvo el segundo templo la misma suerte: pues el primero que, como hemos dicho, habiéndolo construido Tarquino lo dedicó Horacio, fue en las guerras civiles pasto de las llamas; entonces levantó Sila el segundo, y en la inscripción de la dedicación se puso el nombre de Catulo, por haber Sila muerto antes. Destruido igualmente éste en los alborotos del tiempo de Vitelio, edificó el tercero Vespasiano, habiéndole seguido en esto la buena suerte que en todas sus cosas; porque habiéndole llevado desde el cimiento hasta su última perfección, logró verle concluido; pero habiendo perecido de allí a poco, no llegó a verle arruinado: en lo que fue tanto más feliz que Sila, que éste murió antes de la dedicación, y él antes de la ruina; porque al mismo tiempo de morir Vespasiano sucedió el incendio del Capitolio. Luego este cuarto de hoy fue construido y consagrado por Domiciano. Dícese que Tarquino gastó en los cimientos cuarenta mil libras de plata: de este que ahora vemos no habría particular ninguno que tuviese bastante hacienda para pagar solamente el dorado, que se dice haber costado más de doce mil talentos. Las columnas fueron cortadas en las canteras del monte Pentélico, siendo muy hermosas por la proporción de su grueso con la longitud, pues las vi en Atenas. Labradas y pulimentadas de nuevo en Roma, no ganaron tanto en lustre como perdieron en simetría, habiendo quedado más gastadas y delgadas de lo que convenía. Mas aquel que se maraville de la riqueza del Capitolio, que vea en el palacio de Domiciano un solo pórtico, o basílica, o baño, o habitación de las mancebas, y a manera de lo que Epicarmo escribió contra un hombre pródigo:

No eres un bienhechor, sino un enfermo;
gozas dando el dinero a manos llenas.

podría aplicar una expresión semejante a Domiciano: no eres religioso mi magnánimo: estás enfermo, complaciéndote en hacer suntuosos edificios, y queriendo, como el otro Midas, que todas las cosas te se conviertan en oro y mármoles. Mas baste por ahora lo dicho sobre este punto.

XVI.— Tarquino, después de aquella gran batalla en que perdió el hijo que cuerpo a cuerpo peleó con Bruto, retirándose a Clusio, pidió socorro a Larte Porsena, hombre que entre los régulos de la Italia era el que tenía mayor poder, y que gozaba, además, la opinión de recto y amigo de gloria. Prometióle su auxilio, y lo primero que hizo fue requerir a los Romanos sobre que Tarquino fuese restituido; mas como éstos no le diesen oídos, denunciándoles la guerra, y tiempo y lugar para el combate, se encaminó a éste con poderoso ejército. Fue Publícola elegido segunda vez cónsul en ocasión de estar ausente, y con él Tito Lucrecio: regresando, pues, a Roma, y queriendo dar a entender que en ánimo se aventajaba a Porsena, fundó la ciudad de Sigluria, hallándose ya éste a poca distancia; y cercándola con murallas a grandes expensas, envió allá setecientos colonos, mostrando que no le daba gran cuidado la guerra. Invadidos repentinamente los muros de Roma, y acosados los centinelas por Porsena, dando éstos a huir, estuvo en muy poco que no introdujesen consigo en la ciudad a los enemigos. Acudió luego a las puertas Publícola en su socorro; y trabando batalla junto al río, contuvo a los enemigos, que con bastante tropa trataban de violentarlas, hasta que, herido gravemente, fue preciso que en brazos ajenos lo retirasen de la acción. Como después hubiese sucedido lo mismo a su colega Lucrecio, cayó en los Romanos el desaliento, y sólo por la fuga hacia Roma se salvaron. Persiguiéronlos los enemigos por el puente, y corrió el peligro Roma de ser tomada por armas. El primero Horacio Cocles, y luego con él otros dos de los más distinguidos, Herminio y Larcio, se pararon e hicieron cara en el puente. Dióse a Horacio la denominación de Cocles, porque perdió uno de los ojos en la guerra; aunque otros dicen que fue a causa de ser muy romo, y tener la nariz tan aplastada, que casi no había nada interpuesto entre ambos ojos, y las cejas estaban unidas, por lo que muchos dieron en llamarle Cíclope, y después, deslizándose la lengua, prevaleció entre la muchedumbre el llamarle Cocles. Éste, pues, parándose delante del puente, acuchilló a los enemigos, hasta que por la otra cabeza rompieron el puente los dos que con él se habían detenido. Entonces, arrojándose en el río armado como estaba, le pasó a nado hasta arribar a la otra orilla, aunque herido en una pierna con una lanza etrusca. Admirado Publícola de su valor, mandó por lo pronto a todos los Romanos que cada uno le contribuyese con la comida que consumía en un día, trayéndosela al punto; y después le distribuyó tanto campo cuanto en un día pudiese rodear con el arado. Además de esto, pusieron su estatua de bronce en el templo de Vulcano, consolándole con este honor la cojera que la herida le produjo.

XVII.— Estando Porsena sobre Roma, fue además afligida la ciudad con hambre, y otro ejército de Tirrenos salió por sí mismo a talar el país. Publícola elegido cónsul por tercera vez, aunque juzgó que no debía oponerse de otro modo a Porsena que estándose dentro del recinto y defendiéndole, salió contra los otros Tirrenos, y viniendo a las manos los derrotó, matando unos cinco mil de ellos. Lo sucedido con Mucio es referido por muchos y de muchas maneras: habré, sin embargo, de decir acerca de ello lo que pasa por cierto entre los más, y lo que yo mismo creo. Era hombre tenido por bueno en toda virtud, y en las artes de la guerra muy aventajado: puesto, pues, en celada con determinación de dar muerte a Porsena, se introdujo en su campo, vestido a la etrusca, y usando el mismo lenguaje. Internóse hasta el tribunal donde el rey estaba sentado; mas no conociéndole bien, y temiendo descubrirse si hacía alguna pregunta, desenvainó la espada y atravesó al primero que le pareció ser el rey entre todos los que con él estaban. Prendiéronle al punto por el hecho, e iban a castigarle; y habiendo allí un braserillo con fuego, el que habían traído para cierto sacrificio que había de hacer el rey, puso en el la diestra, y tostándose la carne, se estuvo mirando al rey de hito en hito con semblante firme e inalterable, hasta que asombrado éste lo dejó libre, y lo despidió del tribunal, volviéndole su espada, la que él tomó alargando para ello la mano izquierda; y de aquí dicen que se le originó la denominación de Escévola, que quiere decir zurdo. Dijo entonces que él había podido hacerse superior al miedo que Porsena quería infundirle; pero se veía vencido de su virtud: así que, movido de agradecimiento, indicaría lo que no se le habría arrancado por la fuerza: «Que trescientos Romanos —continuó—, con la misma determinación que yo tenía, discurren por tu campo, espiando la oportunidad; a mí la suerte me destinó a ser quien empezase, y no maldigo mi fortuna por haber errado respecto de un hombre virtuoso, y más digno de ser romano que no nuestro enemigo». Al oír esto Porsena le dio crédito y quedó más dispuesto para tratar de paz; no tanto en mi entender por el miedo de los trescientos como prendado y maravillado del ánimo y virtud de los Romanos. A este joven le llaman todos Mucio Escévola, con los dos nombres juntos; pero Atenodoro el de Sandón, en su libro a Octavia, la hermana de César, dice que también se llamaba Opsígono.

XVIII.— Publícola, a quien no era tan incómodo tener por enemigo a Porsena como le fuera grato tenerle por amigo y aliado, no rehusó someterse a su juicio en las cosas de Tarquino, antes con gran confianza acudió a él repetidas veces en acusación del más perverso de los hombres, que con la mayor justicia había sido arrojado del trono. Como Tarquino hubiese respondido con gran desenfado que nadie debía hacerse juez en tal negocio, y mucho menos Porsena, si siendo aliado mudaba de propósito, enfadado éste y abandonándole, a lo que se agregaron también los ruegos y oficios de su hijo Arronte en favor de los Romanos, se apartó de la guerra, bajo condición de que se desposeyesen del terreno que habían ocupado en la Etruria, de que dejasen en libertad a los prisioneros, a cambio de los tránsfugas. Dieron sobre esto en rehenes a diez mancebos y otras tantas doncellas de familias patricias, siendo una de éstas la hija de Publícola, Valeria.

XIX.— Hecho esto, cesó ya Porsena en todos los preparativos y aparato de guerra, fiado en los tratados: así, las doncellas bajaban a bañarse. Formaba en aquel lugar la orilla una ensenada que abarcaba el río, y hacía a la vista su curso sumamente sosegado y tranquilo. Mas como no viesen por allí ningún guarda, ni otra persona alguna que pasase o navegase, les vino el pensamiento de marcharse a nado por una corriente caudalosa y profundos remolinos. Refieren algunos que una de ellas, llamada Clelia, hizo la travesía a caballo, y que ésta fue la que movió y alentó a las otras jovencitas. Cuando puestas en salvamento comparecieron ante Publícola, no mostró maravillarse, y mucho menos alegrarse; antes lo llevó a mal, porque Porsena culparía su falta de fe; y lo que había sido yerro de las doncellas, lo atribuiría a maldad de los Romanos; por tanto, reuniendo otra vez las doncellas, las volvió a mandar a Porsena. Habíanlo entendido todo Tarquino y los suyos; así, poniéndose en celada contra los que acompañaban a las doncellas, los aguardaban al paso en no pequeño número. Defendiéronse éstos, y en tanto la hija de Publícola, Valeria, penetrando por entre los que combatían, pudo huir, y tres de sus criados huidos con ella la pusieron en salvo. En socorro de las demás, que no sin peligro quedaron entre los de la pelea, sobrevino prontamente Arronte, el hijo de Porsena, con noticia que de ello tuvo; y ahuyentados los enemigos, sacó de riesgo a los Romanos. Luego que restituidas las doncellas las tuvo Porsena en su presencia, inquiría cuál era la inventora y promovedora de aquel hecho, y al oír el nombre de Clelia, se la quedó mirando con semblante placentero y alegre, y mandando que trajesen uno de sus caballos ricamente enjaezado, se lo regaló; y de aquí toman argumento en su favor los que sostienen que sola Clelia pasó el río a caballo; diciendo otros que no fue así, sino que el rey tirreno hizo aquella honra singular a su espíritu varonil. Encuéntrase, como se va por la vía sacra al Palatino, una estatua suya ecuestre; la que, con todo, dicen algunos no ser de Clelia, sino de Valeria.

Reconciliado Porsena con los Romanos, dio pruebas de benevolencia a la ciudad en otras muchas cosas; pero señaladamente en que, dando orden a los Tirrenos para que tomasen las armas solamente y nada más, dejando los reales como estaban llenos de víveres y de otros muchos efectos, hizo de todo presente a los Romanos; por lo cual todavía entre nosotros los que venden en almoneda bienes públicos pregonan primero los efectos de Porsena, guardando a este rey un monumento eterno de gratitud en este recuerdo. Existe también una estatua suya en bronce junto al Senado, y muy sencilla y antigua en su trabajo.

XX.— Después de estos sucesos invadieron el país los Sabinos, y fueron elegidos cónsules Marco Valerio, el hermano de Publícola y Postumio Tuberto. Hubo hechos grandes y memorables, debidos al juicio y presencia de Publícola, y en su virtud salió Valerio vencedor en dos grandes batallas, de las cuales en la segunda, sin haber perdido ni un solo hombre los Romanos, murieron trece mil de los enemigos. Concediósele en premio, además de los triunfos, el que a expensas públicas se le edificase una casa en el Palatino. Abríanse entonces todas las puertas de las casas hacia adentro, y en esta sola se dispuso que sus puertas principales se abriesen hacia afuera, para que siempre apareciera algo de popular en ella, conforme al honor que a su dueño se había dispensado. Dícese que en Grecia estaban así dispuestas todas las casas, deduciéndolo de las comedias, porque en sus dramas los que van a salir dan golpes y hacen ruido por adentro en sus propias puertas, para que los que pasan o están parados junto a ellas lo sientan y no sean ofendidos al abrirlas hacia la calle.

XXI.— Al año siguiente fue elegido cónsul por cuarta vez Publícola, temiéndose nueva guerra, que de parte de los Sabinos y Latinos amenazaba. Conmovió a la ciudad al mismo tiempo cierta superstición, porque todas las mujeres que estaban encinta daban a luz partos a los que faltaba algún miembro, y ninguno salía perfecto y a su tiempo. Publícola, pues, conforme a los libros de las Sibilas, hizo sacrificio propiciatorio a los Dioses infernales, y restableció combates instituidos por la Pitia, con lo que puso a la ciudad más confiada en la asistencia divina; y luego volvió su atención al miedo más cierto, que venía de los hombres, porque eran grandes los preparativos y movimientos de los enemigos. Había entre los Sabinos un Apio Clauso, varón poderoso por su riqueza, muy señalado también por sus grandes fuerzas, y que tenía además, por la opinión de su virtud y su afluencia en el decir, un lugar muy preferente; mas con todo, no se libertaba de lo que acontece a todos los hombres grandes, que es tener envidiosos, y a los que de él lo eran les dio ocasión de que publicasen que con impedir la guerra hacía que las cosas romanas tomasen incremento para la tiranía y esclavitud de la patria. Enterado de estas voces, que eran oídas con gusto de la muchedumbre, y considerándose expuesto con los inclinados a la guerra, y con los que la profesaban, temía ser puesto en juicio; por otra parte, tenía entre sus amigos y parientes muchas manos que le defendiesen; rebelóse, pues, y esto era lo que causaba la detención y cuidado de los Sabinos en cuanto a la guerra. No solamente tomó Publícola por su cuenta enterarse del estado de estas cosas, sino el excitar también y promover la sublevación; y valiéndose de partidarios que allí tenía de su confianza, hizo que en su nombre tuviesen a Clauso este lenguaje: «Publícola te tiene en tal opinión de virtuoso y justo, que no cree hayas de querer causar el menor daño a tus ciudadanos, aunque ofendido y agraviado de ellos; mas si, deseando ponerte en salvo, quisieres pasarte y huir de los que te aborrecen en público y en particular, serás recibido de un modo digno de tu virtud y de la magnificencia de Roma». Reflexionando muchas veces Clauso sobre esta propuesta, túvola por preferible al apuro en que se veía; y conferenciando sobre ella con los amigos, que atrajeron también a otros al mismo parecer, sublevó hasta unas cinco mil casas, con las mujeres e hijos, y trajo a Roma cuanto había más tranquilo y de más suave y reposadas costumbres entre los Sabinos, sabiéndolo antes Publícola, y recibiéndolos benigna y amistosamente cuanto fue posible. Porque a todas las familias les concedió los derechos de ciudad, y a cada uno le repartió dos yugadas en un campo junto al río Anio. A Clauso dióle veinticinco yugadas de tierra, y escribióle entre los senadores, siendo esta su primera autoridad, de la cual usó con prudencia, y llegó después a la mayor dignidad y poder, dejando en Roma la familia y linaje de los Claudios, que a ningún otro cede en esplendor.

XXII.— Traídas a este punto, con deserción de tantas familias, las cosas de los Sabinos, no por eso dejaron los demagogos de conmover y alborotar, vociferando no faltar más, sino que Clauso, lo que presente no había podido conseguir, que era el que no se vengasen de las ofensas recibidas de los Romanos, lo alcanzase entonces después de ser un tránsfuga y enemigo. Movieron, pues, con grande ejército, y acampándose junto a Fidenas, colocaron una partida, unos dos mil soldados de los pesadamente armados en sitios resguardados y barrancosos, con designios de que saliesen a la mañana temprano a merodear abiertamente algunos de a caballo. Habían encargado a éstos que luego que diesen vista a la ciudad se retirasen poco a poco, hasta atraer a los enemigos a la celada. Noticioso Publícola al punto de estas disposiciones por algunos tránsfugas, sin dilación acudió a todo, y distribuyó convenientemente sus fuerzas; porque su yerno Postumio Balbo salió ya la tarde anterior con tres mil infantes a ocupar y guardar las eminencias, bajo las cuales estaban emboscados los Sabinos; su colega Lucrecio, con las tropas más ligeras y más prontas que tenía la ciudad, se puso en paraje en que pudiera contrarrestar a los caballos destinados a hacer presas; y él mismo, llevando consigo las restantes tropas, se fue a cercar a los enemigos; y como por fortuna hubiese sobrevenido al mismo amanecer una espesa niebla, a un tiempo Postumio comenzó a dar voces, y se dirigió desde las alturas contra los emboscados; Lucrecio hizo que los suyos cargasen a la caballería avanzada, y Publícola cayó sobre los reales de los enemigos; así por todas partes los Sabinos llevaron lo peor, y fueron desbaratados. A los últimos, por de contado, como no se defendiesen, sino que echasen a huir, luego los pasaron a cuchillo los Romanos, habiendo contribuido a su ruina su misma esperanza, porque pensando los de cada parte que los otros se habían salvado, no curaban de defenderse ni de permanecer en sus puestos, sino que los de los reales corrían hacia los de la celada, y éstos hacia el campamento; así huyendo, daban de frente con aquellos mismos hacia quienes huían, y que necesitaban de ser socorridos en lugar de poder prestar el socorro que los otros esperaban. Y si no perecieron todos los Sabinos, sino que se salvaron algunos, se debió precisamente a la ciudad de Fidenas, que estaba inmediata, a la que al hacerlos prisioneros se acogían, especialmente del campamento. Cuantos no pudieron entrar en Fidenas, o perecieron, o fueron presentados vivos por los que los cautivaron.

XXIII.— Este feliz suceso, por más que los Romanos estaban en la costumbre de hacer intervenir a la divinidad en las cosas de alguna importancia, creyeron que enteramente fue obra del general, y entre los mismos que se hallaron en la batalla se dijo desde luego que los enemigos habían llegado cojos y ciegos, y punto menos que muertos por Publícola al filo de sus espadas. Adelantó también mucho en riqueza la ciudad en esta ocasión con el botín y con los cautivos. Publícola, habiendo triunfado y entregado el mando a los cónsules que para sucederle se eligieron, al cabo de muy poco falleció, después de una vida colmada, hasta donde es dado aspirar, de todos los que se juzgan bienes y prosperidades. El pueblo, como si nada hubiera hecho por él durante su vida, sino que todavía le estuviese muy alcanzado en gratitud, decretó que a expensas públicas se diese sepultura a su cuerpo, llevando cada uno en su honor un cuartillo; y las matronas por sí mismas trajeron un año entero por tan esclarecido varón un luto tan honroso como envidiable. Sepultósele, por resolución de los ciudadanos, dentro del recinto de la población, hacia la llamada Velia, concediendo participar de la misma sepultura a su descendencia. Ahora no se entierra nadie en ella, y lo que hacen es llevar el cadáver a aquel punto, y depositándole en él, se le arrima un hacha encendida, retirándola luego, con lo que se da a entender que se tiene el derecho, pero se renuncia a aquel honor, y con esto luego se llevan el cadáver.

COMPARACIÓN DE SOLÓN Y PUBLÍCOLA

I.— Una cosa particular ocurre en esta comparación que no se ha ofrecido en ninguna otra de las que hemos escrito, y es que entre los comparados uno haya sido imitador del otro, y éste venga de aquel a ser testigo; porque cualquiera en la descripción que Solón trazó a Creso de la felicidad verá fácilmente que cuadra más a Publícola que a Tello; por cuanto Tello, de quien pronunció que había sido muy feliz por su honrosa muerte, por su virtud y por sus hijos, ni por sí mismo mereció lugar en los poemas de Solón como hombre de singular bondad, ni por sus hijos o magistraturas que hubiese obtenido alcanzó nombre y gloria; cuando Publícola en vida sobresalió en poder y gloria por su virtud entre los Romanos, y después de muerto, todavía en nuestro tiempo, al cabo de más de seiscientos años, los linajes y familias más ilustres, los Publícolas, los Mesalas y los demás Valerios refieren a él mismo la gloria de su origen. Tello es verdad que falleció como bueno a manos de los enemigos, manteniéndose en su puesto y peleando; pero Publícola, dando muerte a los enemigos, lo que a lo menos anuncia mejor suerte, y haciendo por su dirección y mando vencedora a la ciudad, triunfante, y colmado en honores, tuvo también aquel fin que era envidiado por el mismo Solón y preconizado como el más dichoso. Mas aquella exclamación que él mismo hizo contradiciendo a Mimnermo, sobre la duración de la vida,

No deje yo al morir de ser llorado;
antes, al expirar, de mis amigos
muestras reciba de dolor y llanto,

prueba también la dicha singular de Publícola, pues que al morir, no a sus amigos y familiares solamente, sino a la ciudad toda, a muchos millares dio ocasión de sentimiento, de lágrimas y de desconsuelo; porque las Romanas todas le lloraron, como si en él hubieran perdido cada una un hijo, un hermano o un padre. Dijo también Solón:

Yo bien deseo poseer riquezas,
mas no las quiero por injustos medios.

Y es que, efectivamente, la pena llega un día. Y Publícola no sólo tuvo la felicidad de enriquecer sin reprensión, sino también la de gastar con esplendor, haciendo bien a los menesterosos. De manera que si a Solón le cupo ser el más sabio de todos, Publícola fue, sin duda, el más bienhadado, pues que las cosas que aquel deseó mayores y más apreciables, Publícola las poseyó, y hasta morir continuó disfrutándolas.

II.— Sirvió ciertamente mucho Solón para el lustre de Publícola; pero también éste, a su vez, contribuyó para el de aquel, pues tomándole por el mejor modelo para cimentar bien una democracia, con quitar de la autoridad el fasto y la fiereza, la hizo amable y sin fastidio para todos; y adoptó además muchas de sus leyes, porque confió al arbitrio de la muchedumbre la elección de los magistrados, y al reo le dio facultad de apelar al pueblo, como la dio Solón de apelar a los jueces tomados de todo el pueblo. No creó, como éste, otro Senado nuevo; pero amplió el que existía, doblando casi el número. También fue tomada de allá la creación de los Cuestores, para que al supremo magistrado, ni si era bueno le faltara tiempo para las cosas importantes, ni si era malo le sobrasen los medios de abusar, siendo dueño del mando y de los caudales. El odio a la tiranía era más extremado en Publícola, porque si alguno intentaba apoderarse de la autoridad, Solón imponía pena al que fuese vencido en juicio, pero éste dio facultad de matarle sin necesidad de causa. Es justa y rectamente celebrado Solón porque, poniendo en su mano el estado de las cosas el que pudiese arrogarse todo el mando, y estando los ciudadanos dispuestos a llevarlo bien, él lo rehusó; pero no es menos de aplaudir en Publícola el que, habiéndosele conferido una autoridad despótica, la hubiese hecho más popular, y ni siquiera hubiese usado de ella en lo que legítimamente podía. Aunque parece haber sido Solón el primero en observar que el pueblo

Obedece gustoso a los que mandan,
si ni le aflojan ni le hostigan mucho.

III.— Fue cosa particular de Solón la abolición de los créditos, con la que consolidó poderosamente la libertad de los ciudadanos; porque de nada sirve que las leyes establezcan la igualdad si los créditos privan de ella a los pobres, pues cuando parece que usan más de la libertad, entonces es cuando están más esclavizados a los ricos, a quienes tienen que obedecer y estar sujetos en los actos de juzgar, de resolver y de hablar al público. Aun es más admirable que todo esto el que acostumbrando a traer consigo sediciones toda obligación de créditos, con haber usado de ella sola como de un remedio peligroso, pero fuerte, hubiera esto sido con tanta oportunidad, que hubiese cortado la sedición ya existente, sobreponiéndose con su virtud y la opinión que de él se tenía a lo que había en aquella operación de improbable y de odioso.

Considerado el gobierno de ambos, en Solón fue más brillante el principio, porque él fue seguido, y no siguió a nadie, y por sí mismo, sin compañía ni auxilio, dispuso y ejecutó las mayores cosas en la república; mas el fin fue en el otro más feliz y apetecible, porque su obra, en el gobierno, el mismo Solón, antes de morir, la vio disuelta; mas la de Publícola, hasta las guerras civiles, mantuvo en orden la ciudad; y es que aquel, en el momento de dar sus leyes, dejándolas en las tablas, sin más auxilio ni apoyo que la escritura, se marchó de Atenas; y éste, permaneciendo siempre y teniendo parte en el mando y el gobierno, fortaleció y puso en seguridad sus establecimientos. Además de esto, sobre aquel, que nada habría podido remediar aunque lo hubiera previsto, prevaleció Pisístrato; de manera que él quedó arrinconado, y la tiranía encumbrada; y éste, por el contrario, logró desechar y disolver una autoridad fuerte y dominante con el mucho tiempo que había durado, oponiendo quizá una virtud igual y una decisión semejante, pero teniendo mejor suerte y habiendo sido más eficaces sus esfuerzos.

IV.— En la parte militar, Daímaco de Platea ni siquiera conviene en que Solón hubiese intervenido en los encuentros con los de Mégara, en la forma que lo expresamos; cuando de Publícola no puede dudarse que, peleando y mandando él mismo, salió victorioso en grandes combates. Aun en los negocios públicos, el uno parece que tomó parte como por juego y fingiéndose loco; pero el otro, arrojándose de su voluntad a todo, hizo frente a Tarquino, y descubrió la traición que estaba tramada; y habiendo sido el principal autor para que los perversos fuesen castigados y no huyesen, no sólo lanzó de la ciudad las personas de los tiranos, sino que les cortó toda esperanza. Y con haber manejado con tanta osadía y vigor los negocios que llevaban consigo contienda, encono y oposición, aun se condujo mejor en los que requerían un trato pacífico y persuasión sumisa, habiendo conseguido ganar con maña a un varón tan belicoso y temible como Porsena, y convertirle en su amigo. Mas dirá aquí alguno que Solón les recobró a los Atenienses a Salamina, que ya la dejaban por perdida, y Publícola se apoderó de un terreno de que estaban en posesión los Romanos; pero es menester para examinar los sucesos referirlos a sus tiempos y circunstancias; porque el hombre político ha de ser tornátil, y cada cosa la ha de tomar por donde presente mejor asidero; y muchas veces con la pérdida de una parte salvó el todo, y con desprenderse de lo poco tuvo suerte en lo mucho. Así también aquel insigne varón, desposeyéndose de un territorio ajeno, puso en mayor seguridad todo el territorio propio; y para los que se daban por muy contentos con guardar y defender su ciudad adquirió el campamento de los que los tenían sitiados; pues poniendo en manos del enemigo el que fuese juez, vencedor en el pleito, aun salió ganando otro tanto como habrían dado de buena gana por vencer en la batalla: porque aquel se apartó de la guerra, y les dejó todos los acopios de ella, por la opinión de virtud y probidad que sobre todos supo el cónsul inspirarle.

TEMÍSTOCLES Y CAMILO

TEMÍSTOCLES

I.— A la gloria de Temístocles no pudo contribuir su oscuro origen; porque su padre, Neocles, no era de los distinguidos en Atenas, siendo de Fréar, uno de aquellos pueblos de la tribu Leóntide: y por la madre era espurio, según aquellos versos:

Soy Abrótono, Tracia en el linaje;
pero a los griegos con orgullo digo
que del grande Temístocles soy madre

Con todo, Fanias dice que la madre de Temístocles no fue de Tracia, sino de Caria, ni se llamó Abrótono, sino Euterpe; y Neantes le asigna por patria la ciudad de Halicarnaso, en Caria. Como los espurios, pues, se reuniesen en el Cinosarges, esto es, en un gimnasio que estaba fuera de las Puertas, consagrado a Heracles, en alusión a que éste tampoco era reputado por bien nacido entre los Dioses, sino que llevaba la nota de espurio por su madre, que era mortal, atrajo Temístocles a algunos jovencitos del mejor linaje a que, bajando al Cinosarges, se ungiesen allí con él; y con esto parece que destruyó aquella separación de los espurios y los legítimos. Es cierto, sin embargo de lo dicho, que era del linaje de los Licomedes, porque habiendo sido incendiado por los bárbaros en Flía el templete purificatorio que era común a los Licomedes, lo reparó Temístocles y adornó con pinturas, según refiere Simónides.

II.— Siendo todavía niño, es común opinión que se notaba en él una actividad extraordinaria; pues siendo por índole reflexivo, ya la inclinación le llevaba a las cosas grandes y a los negocios políticos; así, en las horas de recreo y vagar, después de las lecciones, no jugaba o se entretenía como los demás de su edad, sino que formaba ciertos discursos, meditando y reflexionando entre sí; y solían ser estos discursos acusaciones o defensas de los otros niños; solía, por tanto, decir su maestro: «¡Ay, niño, tú no has de ser nada pequeño, sino o muy gran bien, o muy grande mal!». Por la misma causa, entre los ejercicios y disciplinas aprendía con tedio y sin aplicación las que se miran como de crianza y son de cierta recreación y gracia entre gente fina; pero en las que se dirigían a formar el juicio y a saber manejar los negocios, se advertía bien que adelantaba sobre su edad, siguiendo en ello su índole.

Sucedió, por tanto, más adelante que en las concurrencias y reuniones urbanas, pareciéndole que se le criticaba sobre su crianza, se vio en la precisión de vindicarse con desenfado, diciendo: «Yo no sabré templar una lira o tañer un salterio; pero sí, tomando por mi cuenta una ciudad pequeña y oscura, hacerla ilustre y grande». Dice, sin embargo, Estesímbroto que Temístocles fue discípulo de Anaxágoras, y que también frecuentó a Meliso el Físico; pero en esto no se ajusta a la razón de los tiempos, porque con ser Pericles mucho más moderno que Temístocles, Meliso peleó contra aquel cuando sitió a Samos, y Anaxágoras vivía en la intimidad de Pericles.

Más crédito debe darse a los que escriben que Temístocles fue discípulo de Mnesífilo de Fréar, el cual no era de profesión retor, ni de los que tenían el nombre de filósofos físicos, sino que había tomado por ocupación la que se llamaba entonces sabiduría, y era, en realidad, una habilidad y sagacidad política, y una prudencia práctica y activa que se trasmitía en sistema desde Solón; con esa sabiduría mezclaron después algunos las artes forenses, y trasladaron su ejercicio de las obras a las palabras, y a éstos se les dio el nombre de Sofistas. Con éste, pues, fue con quien tuvo comunicación cuando ya trataba los negocios públicos.

En los primeros conatos de su juventud fue, por tanto, incierto y sin conductor fijo, dirigiéndose por solo su talento, que, falto de regla racional y del freno de la educación, le hacía pasar de unos extremos a otros, y caer a veces en lo menos conveniente, como luego lo reconoció él mismo, diciendo que de los potros más inquietos se hacen los mejores caballos cuando se acierta a darles la enseñanza y manejo que les son acomodados. Todas las demás relaciones que sobre esto algunos han inventado, como el haber sido desheredado por su padre, y el haberse dado su madre muerte voluntaria de pena de la deshonra de su hijo, deben tenerse por falsas; antes hay quien, por el contrario, dice que, queriendo el padre apartarle de mezclarse en los negocios públicos, le mostró en la orilla del mar las galeras viejas maltratadas y abandonadas, para darle a entender que del mismo modo se porta la muchedumbre con los hombres públicos cuando ve que ya no son de provecho.

III.— Muy pronto y con mucho ardor pareció haberse aplicado Temístocles a los negocios públicos, y muy vehemente se mostró también su anhelo por la gloria; por la cual, aspirando desde luego a ser el primero, se atrajo con intrepidez los odios de los poderosos, que ocupaban el primer lugar en la ciudad, y más especialmente luchó con Arístides el de Lisímaco, que en todo le hacía siempre oposición; sin embargo, la enemistad con éste tuvo, al parecer, un motivo y origen del todo pueril, porque ambos habían estado enamorados del hermoso Estesileo, natural de Teos, según la relación de Aristón el Filósofo, y desde entonces siempre estuvieron también encontrados en las cosas públicas. Contribuía además para hacer mayor esta oposición la desemejanza en la vida y en los caracteres; porque siendo Arístides dulce y bondadoso por carácter, y gobernando no con la mira de congraciarse ni con la de adquirir gloria, sino con el deseo de lo mejor, atendiendo únicamente a la seguridad y a la justicia, se veía precisado a contradecir a cada paso a Temístocles, que en muchas cosas conmovía la muchedumbre y la arrastraba a grandes novedades, y a detenerle con esto en sus progresos; pues se dice que era Temístocles tan sediento de gloria y tan amante de las cosas grandes, precisamente por ambición, que, verificada, siendo todavía joven, la batalla de Maratón contra los bárbaros, y celebrándose el mando de Milcíades, se le veía andar por lo común muy pensativo allá entre sí, pasar las noches sin hacer sueño, rehusar los acostumbrados convites y decir a los que admiraban esta mudanza, y le hacían sobre ella preguntas, que no le dejaba dormir el trofeo de Milcíades. Porque cuando los demás miraban como fin de aquella guerra la derrota de los bárbaros en Maratón, a los ojos de Temístocles no era sino principio de mayores combates, para los que él ya se ungía de antemano en defensa de toda la Grecia, y ejercitaba a los Atenienses, esperando muy de lejos lo que iba a suceder.

IV.— Para esto, en primer lugar, teniendo los Atenienses la costumbre de repartirse el producto de las minas de plata del monte Laurio, se atrevió él sólo a proponer, perorando al pueblo, que convenía dejarse de aquel repartimiento, y con aquellos fondos hacer galeras para la guerra contra los Eginetas. Era ésta entonces la guerra de más entidad en la Grecia, y los Eginetas eran, por el gran número de sus naves, los dueños del mar; así fácilmente, vino al cabo de ello Temístocles, no nombrando a los Atenienses a Darío o los Persas, porque éstos estaban lejos y no podía infundirles un miedo bastante poderoso su venida, sino valiéndose con arte y oportunidad del encono y enemiga que había con los Eginetas para aquellos preparativos. Construyéronse, pues, con aquel dinero cien galeras, que sirvieron después en el combate contra Jerjes.

De allí a poco, atrayendo y como impeliendo la ciudad hacia el mar, con manifestarles que las tropas de tierra ni aun eran sufícientes para hacer frente a los vecinos, cuando sobresaliendo en las fuerzas de mar, se defenderían de los bárbaros y podrían dominar la Grecia, consiguió hacerlos, según la expresión de Platón, de hoplitas inmobles, navegantes y marinos; y aun con esto dio margen al dicho injurioso que se divulgó contra él, de que habiendo quitado de la mano a los ciudadanos de Atenas la lanza y el escudo, los había atado al banco y al remo. Salió con estas cosas, no obstante que tuvo por contradictor a Milcíades, según refiere Estesímbroto. Si con ellas perjudicó o no al orden y buen sistema de gobierno, ésta es investigación de más alta filosofía; pero que la salud le vino a la Grecia del mar, y que aquellas galeras volvieron a levantar a la ciudad de Atenas de sus ruinas, además de otros argumentos, lo reconoció el mismo Jerjes: pues con tener intactas todas las tropas de tierra, huyó al punto después de la derrota de sus naves, como que no había quedado en estado de pelear, y si dejó a Mardonio, más fue, en mi concepto, para impedir a los Griegos su persecución, que no para que los sujetase.

V.— Dicen algunos que sentía grande afán por el dinero para poder subvenir a sus prodigalidades, porque siendo ostentoso en hacer sacrificios, y esplendoroso en agasajar sus huéspedes, para esto necesitaba tener abundantemente qué gastar; otros, por el contrario, le acusan de escaso y mezquino, diciendo que vendía las cosas de comer que le regalaban. Sucedió con Fílides, criador de caballos, que Temístocles le pidió un potro, y como aquel no se lo diese, le amenazó que en breve había de volver a su casa en caballo de madera, dándole a entender que le suscitaría acusaciones y pleitos entre los de su familia.

En la ambición y deseo de gloria excedió a todos, tanto que, siendo todavía joven, a Epicles el de Hermíone, citarista muy obsequiado de los Atenienses, le pidió muy encarecidamente que tañese en su casa, ambicionando que allí concurriesen muchos en su busca. Habiéndose presentado en Olimpia, quiso competir con Cimón en banquetes, en tiendas y en todo lo que era brillantez y aparato; mas los Griegos no se lo llevaron a bien, porque a éste, todavía jovencito y de una casa distinguida, creían que aquello podía tolerársele; mas a aquel, que no era conocido por su linaje, y que les parecía se iba elevando más de lo que a su mérito y facultades correspondía, teníanselo a vanagloria. Fue declarado vencedor, puesto al frente de un coro de trágicos, contienda en que ya entonces se ponía gran diligencia y esmero, y por esta victoria puso una lápida con esta inscripción: «Temístocles Freario presidía el coro; Frínico los instruyó; era arconte Adimanto».

Llegó, sin embargo, a poner de su parte a la muchedumbre, ya hablando a cada uno de los ciudadanos por su nombre, teniéndolos de memoria, y ya mostrándose juez inflexible en los negocios de los particulares; así, a Simónides de Ceos, que, siendo él estratega, le pidió una vez una cosa fuera de lo justo, le respondió: «Ni tú serías buen poeta si cantaras fuera de tono, ni yo un magistrado cual conviene si hiciera gracias contrarias a la ley». Otra vez, chanceándose con el mismo Simónides, le dijo que en dos cosas obraba sin juicio: en zaherir a los de Corinto, que habitaban una gran población, y en hacerse retratar, teniendo una cara tan fea. Al fin, elevado ya, y congraciado con la muchedumbre, hizo que prevaleciese su facción, y que por el ostracismo saliese Arístides desterrado.

VI.— Cuando ya el Medo venía sobre la Grecia, y los Atenienses deliberaban acerca del general que habían de elegir, dícese que, desistiendo todos los demás de buena gana del generalato, asustados del peligro sólo Epicides el de Eufémidos, que era un demagogo hábil en el decir, pero de espíritu tímido, y que se dejaba vencer por los intereses, se atrevió a aspirar al mando, viéndose desde luego que había de tener mucho partido en la elección, y que entonces Temístocles, temiendo que todo se arruinase si el mando recaía en tales manos, compró la ambición de Epicides a fuerza de dinero. También es celebrado lo que ejecutó con el intérprete que trajeron los legados del rey para pedir la tierra y el agua, y fue que, echándole mano, en virtud de decreto de la república, le quitó la vida, porque se había atrevido a emplear la lengua griega para órdenes de los bárbaros. Igualmente lo decretado contra Artmio el Zeleita; porque, a propuesta de Temístocles, se le declaró infame a él, a sus hijos y toda su descendencia, porque había traído a Grecia el oro de los Persas. Mas lo mayor de todo fue haber disipado todas las guerras de los Griegos, y haber reconciliado a todas las ciudades entre sí, persuadiéndoles que por la guerra inminente debían renunciar a sus enemistades; en, lo que se dice haber cooperado con él en gran manera Quileos el de Arcadia.

VII.— Apenas se encargó del mando, dio calor al pensamiento de trasladar los ciudadanos a las naves, persuadiéndoles que abandonando la ciudad saliesen al encuentro al bárbaro por mar lo más lejos de la Grecia que se pudiese. Opusiéronsele muchos, y entonces condujo gran ejército, en unión con los Lacedemonios, a Tempe, para defender allí la Tesalia, que todavía no se creía adicta a los Medos. Pero luego que de allí volvieron sin haber hecho nada, y que unidos los Tesalianos al rey, todo fue de su partido hasta la Beocia, pusieron todavía mucho más los ojos los Atenienses en Temístocles para la guerra marítima, y lo enviaron con las naves a Artemisio, a guardar los estrechos.

Disponiendo entonces los Griegos que Euribíades y los Lacedemonios tuviesen el mando, y llevando muy a mal los Atenienses, los cuales en el número de naves excedían a todos los demás juntos, el ir a las órdenes de nadie, Temístocles, que conoció el peligro, cedió él mismo por sí el mando a Euribíades y sosegó a los Atenienses, ofreciéndoles que si se portaban como hombres de valor en la guerra, él haría que en adelante los Griegos les obedeciesen de su grado. Por esto es por lo que fue mirado como el principal autor de la salud de la Grecia, y de la señalada gloria a que subieron los Atenienses, venciendo con la fortaleza a los enemigos, y con el juicio y la prudencia a los aliados.

Como, llegado que hubo a Afetas la armada de los bárbaros, se hubiese asombrado Euribíades de tanto número de naves como tenía al frente, y sabiendo además que otras doscientas iban a tomar la vuelta de Esciato, fuese de dictamen de salir cuanto antes para la Grecia y marchar al Peloponeso, poniendo junto a las naves el ejército de tierra, por contemplar invencibles las fuerzas de mar que el rey traía, los de la Eubea, temerosos de que los Griegos iban a desampararlos, hablaron de secreto con Temístocles, enviando para ello a Pelagón con una gran suma de dinero, y si bien la recibió aquel, fue, como dice Herodoto, para ponerla en manos de Euribíades. El que más se le oponía de sus ciudadanos era uno llamado Arquíteles. capitán de la nave sagrada, el cual, no teniendo con qué mantener su gente, instaba por que se retirasen; por lo mismo, Temístocles contra él principalmente irritó a los Atenienses, que llegaron hasta arrebatarle la comida que tenía dispuesta. Desalentado Arquíteles con esto, y llevándolo a mal, le envió Temístocles, en una cesta, la comida, reducida a pan y carne, y debajo le puso en dinero un talento, con orden de que comiese él entonces, y al otro día cuidase de la tripulación, pues de lo contrario publicaría a gritos, entre los ciudadanos, que el dinero le había venido de los enemigos, y esta particularidad la refirió Fanias el de Lesbos.

VIII.— Los encuentros que en aquellas gargantas se tuvieron con las naves de los bárbaros, nada tuvieron de decisivos respecto del todo de la contienda; pero sirvieron muchísimo a los Griegos para ver por las obras que en los peligros ni el número de las naves, ni el adorno y brillantez sobresaliente, ni los gritos provocativos, ni los cantares insultantes de los bárbaros tienen nada imponente para los hombres que saben venir a las manos y que combaten con denuedo, sino que, despreciando todo esto, lo que hay que hacer es arrojarse sobre los enemigos y luchar con ellos a brazo partido. Así parece que lo conocía Píndaro, cuando sobre este mismo combate de Artemisio dijo:

A la libertad, firme y claro asiento
dieron los hijos de la ilustre Atenas;

porque, en verdad, el confiar es el principio del vencimiento.

Es Artemisio una costa de la Eubea sobre Estiea, abierta por la parte del Norte, y por la parte a ella opuesta se extiende Olizón, que pertenece al país dominado antaño por Filoctetes; tiene un templo, no grande, de Ártemis llamada Oriental; prodúcense por allí alrededor árboles, y se encuentran unas columnas labradas de mármol blanco, el cual es de calidad que frotado con la mano da color y olor de azafrán. En una de estas columnas estaban grabados estos versos elegíacos:

De las regiones de Asia a inmensas gentes
en este mar del Ática los hijos
domar lograron en naval combate;
y de los Medos el poder deshecho,
para Ártemis la casta esta memoria
de gratitud en prenda dedicaron.

Muestran un lugar en aquella costa que en un montón de arena bastante extenso da, hasta gran profundidad, un polvo cenizoso y negro, como de cosa quemada, donde se presume haberse quemado las naves y los cadáveres.

IX.— Venidas a Artemisio las nuevas de lo ocurrido en Termópilas, sabedores de que Leónidas había muerto, y de que Jerjes tenía tomadas todas las avenidas por tierra, tiraron a entrar en la Grecia, tomando la retaguardia los Atenienses, y manteniéndose con ánimo elevado por los sucesos que hasta allí les había proporcionado su virtud. Bogó Temístocles por la costa, y en todos los parajes adonde vio que por necesidad habían de aportar o acogerse los enemigos, grabó letras bien claras en pilares que por acaso encontró, o que levantó él mismo en los apostaderos y abrevaderos, avisando por medio de ellas a los Jonios que si les era posible se pasasen a su bando, considerando que eran sus padres, que peleaban por su libertad de ellos; y cuando no, que en los combates hiciesen el daño posible a los bárbaros, tirando a desordenarlos. Esperaba con esto o atraerlos efectivamente, o causar un desorden, haciéndolos sospechosos a los bárbaros.

Habiendo Jerjes invadido por la parte superior de la Dórida las tierras de los Focenses e incendiado sus ciudades, no se movían los Griegos a socorrerlos, por más que los Atenienses les rogaban que saliesen al encuentro de los bárbaros hacia la Beocia por delante del Ática, como ellos habían dado auxilio, adelantándose hasta Artemisio. Nadie se movió a darles oídos, y como sólo tuviesen la atención en el Peloponeso, pensando en llevar todas las fuerzas al otro lado del Itsmo, y en correr un muro por éste de mar a mar, se irritaron los Atenienses con la idea de semejante traición, y al mismo tiempo se desalentaron y cayeron de ánimo, al ver que los dejaban solos; pues no pensaban en pelear con un ejército de tantos millares de hombres. El único recurso que al presente les quedaba, que era, abandonando la ciudad, atenerse a sus naves, los más lo oían con desagrado, como que de nada les servía la victoria, ni veían modo de salvamento, teniendo que desamparar los templos de sus Dioses y los sepulcros de sus padres.

X.— En esta situación, desconfiando Temístocles de convencer a fuerza de humanas razones a la muchedumbre, recurrió, como en las tragedias, a usar de artificio, empleando los prodigios y los oráculos. En cuanto a prodigios, acudió al del dragón, que en aquellos días se había desaparecido del templo, y habiendo encontrado los sacerdotes intactas las primicias que cada día le ponían, anunciaron al pueblo, habiéndoselo así dictado Temístocles, que la Diosa había desamparado la ciudad, precediéndolos en su retirada al mar. También por medio del oráculo alucinó a la muchedumbre, diciendo que por los muros de madera ninguna otra cosa se les significaba sino las naves, y que por lo mismo el dios había llamado divina a Salamina, no infeliz o miserable, para dar a entender que de la gran ventura de los Griegos había de tomar nombre en adelante. Habiendo salido con su propósito, escribió este decreto: que la ciudad quedaba bajo la protección de Atenea, quien tendría cuidado de ella; que todos los de edad proporcionada se trasladarían a las galeras, y que cada cual salvase del modo que le fuese posible sus niños, sus mujeres y sus esclavos. Confirmado el decreto, los más de los Atenienses pasaron a sus padre y sus mujeres a Trecene, donde de los Trecenios fueron honrosamente recibidos; porque decretaron que se les mantendría a expensas públicas, dándoles a cada uno dos óbolos, que los niños podrán tomar fruta donde les placiese, y además a los maestros se les pagaría por ellos el honorario, habiendo sido Nicágoras el que propuso este decreto.

Faltábanles fondos públicos a los Atenienses, y dice Aristóteles que, habiendo el Senado del Areópago proporcionado ocho dracmas a cada uno de los que militaban, fue por este medio la principal causa de que se tripularan cumplidamente las galeras; pero Clidemos lo atribuye también a estratagema de Temístocles, porque cuando ya los Atenienses bajaban al Pireo, dicen que se echó menos la Gorgona de la estatua de la Diosa, y que aparentando Temístocles que la andaba buscando, escudriñándolo todo por todas partes, había encontrado una gran suma de dinero que estaba escondida en el guardajoyas, la cual se puso de manifiesto, y hubo con ella para viático de los que se embarcaban. Hecha a la vela la ciudad, unos se dolían de aquel espectáculo, y otros admiraban la resolución de unos hombres que habían enviado a sus padres por otro lado, y ellos se mantenían inflexibles a las exclamaciones, lágrimas y abrazos de los suyos, y pasaban a la isla de Salamina; con todo, algunos ciudadanos, que por su decrepitud fue preciso dejarlos, movieron a compasión. De parte también de los animales domésticos, que son nuestros comensales había un ansia lisonjera, manifestando con aullidos y ademanes su deseo de seguir a los que los mantenían. Entre éstos se cuenta que el perro de Jantipo, padre de Pericles, no pudiendo sufrir el que lo dejase, se arrojó al mar, y, arrimándose a la galera, llegó hasta Salamina, donde, desfallecido ya, al punto se cayó muerto; y el monumento que todavía muestran, y al que llaman monumento del perro, dicen haber sido su sepulcro.

XI.— ¡Grandes son, por cierto, estos hechos de Temístocles! Pues como comprendiese que los ciudadanos sentían la falta de Arístides, y temían no fuera que de enfado se pasara a los bárbaros y acabara de poner en mal estado las cosas de la Grecia, porque estaba en destierro desde antes de la guerra, vencido por la facción de Temístocles, escribió un decreto, por el que se permitía a los desterrados por tiempo la vuelta, y hacer y decir lo que juzgasen conveniente con los demás ciudadanos.

Tenía el mando por superioridad de Esparta, Euribíades, el cual, no siendo de los más resueltos para el peligro, y queriendo por lo mismo dar la vela y navegar al Istmo, donde ya las fuerzas de tierra se habían reunido, Temístocles se le opuso; y con esta ocasión dicen que prorrumpió en aquellas expresiones que tanto se celebran; porque diciéndole Euribíades: «¡Oh Temístocles, en los juegos, a los que se adelantan les dan de bofetadas!». «Sí, le repuso Temístocles; pero no coronan a los que se atrasan». Y como aquel alzase el bastón como para pegarle, Temístocles le dijo: «Bien, tú pega; pero escucha». Admirado Euribíades de tanta moderación, y mandando que dijese, Temístocles lo redujo a su propósito. Reconveníale otro de que no era razón que un hombre sin ciudad tomase el empeño de persuadir a los que la tenían a que desamparasen y abandonasen su patria; y volviendo Temístocles contra él sus propias palabras: «Infeliz —le dijo— nosotros hemos abandonado nuestras casas y nuestras murallas, porque no hemos creído que por unas cosas sin sentido debíamos sujetarnos a la servidumbre; pero aun así poseemos la ciudad más poderosa de la Grecia, que son esas doscientas galeras, las cuales están a vuestra disposición y en vuestro auxilio, si pensáis en salvaros; pero si segunda vez os retiráis traidoramente, bien pronto sabrán los Griegos que los Atenienses son dueños de una ciudad libre y de un país en nada inferior al que han dejado». Luego que Temístocles se explicó de esta manera, reflexionó Euribíades, y entró en recelo de que los Atenienses los abandonaran y se marchasen. Iba a hablar también contra él uno de Eretria, y le dijo: «¡Cómo! ¿También queréis tratar de la guerra vosotros, que sois como los calamares, que tenéis espada, pero os falta el corazón?».

XII.— Refieren algunos que Temístocles trató estas cosas arriba sobre la cubierta de la nave, y que entretanto se dejó ver una lechuza, la que voló a la derecha de las naves, y se paró en lo alto de los mástiles; con lo que se afirmaron más en su dictamen, y se prepararon al combate naval. Mas a poco sucedió que la armada de los enemigos, recorriendo el Ática hasta el puerto de Falero, cubrió toda aquella costa y que el rey mismo, bajando también al mar con las tropas de tierra, se dejó ver con grandísimo aparato, reunidas unas y otras fuerzas; con lo que a los Griegos se les borraron los discursos de Temístocles, y los del Peloponeso volvieron poner sus miras en el Istmo, indisponiéndose con el que lo contradecía. Determinóse partir aquella noche, y así se dio la orden a los gobernalles. Entonces Temístocles, sintiendo en su corazón el que los Griegos, malogrando la ventaja del lugar y de aquellas estrecheces, se esparciesen por sus respectivas ciudades, concibió aquel estratagema que puso en obra por medio de Sicino.

Era este Sicino un esclavo, persa de origen, pero muy afecto a Temístocles, y ayo de sus hijos. Enviólo, pues, al Persa con gran recato, con orden de que le dijese que Temístocles, el general de los Atenienses, abrazando su partido, le anunciaba antes que otro alguno que los Griegos iban a retirarse precipitadamente; por lo tanto, que dispusiera cómo no huyesen, sino que mientras estaban así turbados con la ausencia del ejército de tierra, acometiese y destruyese sus fuerzas navales. Tomando Jerjes este aviso como nacido de inclinación, tuvo en ello placer, y dio al punto orden a los capitanes de las naves para que las demás las preparasen con reposo, pero con doscientas marchasen a tomar en torno las salidas, y a rodear las islas, para que no escapase ninguno de los enemigos.

Ejecutado así, el primero que lo rastreó fue Arístides, hijo de Lisímaco, el cual se dirige a la cámara de Temístocles, sin embargo de que no estaba bien con él, y antes por su causa se hallaba desterrado, como se deja dicho, y al salir Temístocles a recibirle le participa como estaban cercados. Éste, que conocía bien la probidad de Arístides, contento además con el paso que acababa de dar, le descubre lo practicado por Sicino, y le exhorta a que visite a los Griegos, que tanta confianza tienen en él, y los aliente, para que en aquellas angosturas se dé el combate. Alabando Arístides las disposiciones de Temístocles, fue recorriendo los demás caudillos y capitanes, incitándolos a la batalla. Todavía estaban desconfiados, cuando se presentó una nave tenedia que se había pasado, y cuyo capitán era Panecio, trayendo también la misma nueva de estar cercados, con lo que la necesidad dio ya estímulos a los Griegos para arrostrar el peligro.

XIII.— Jerjes al mismo rayar del día se puso a contemplar la armada y su formación, según Fanodemo, desde encima del templo de Heracles, que es por donde la isla de Salamina dista del Ática corto trecho; pero, según Aquestodoro, desde los lindes de Mégara sobre los llamados Cornijales, habiendo hecho allí traer un sitial de oro, y teniendo junto a si muchos amanuenses, cuyo destino era ir anotando lo que fuese ocurriendo en la batalla.

Hallándose en tanto Temístocles haciendo un sacrificio en la galera capitana, le presentaron tres cautivos de bellísima presencia, y vestidos con ropas vistosamente guarnecidas de oro: decíase que eran hijos de Sandauce, hermana del rey, y de Artaícto. Viólos el agorero Eufrántides, y como al mismo tiempo el fuego del sacrificio hubiese resplandecido con gran brillo, y el estornudo hubiese dado señal derecha, tomando a Temístocles por la diestra, le prescribió echase mano como primicias de aquellos jóvenes, y que los consagrase todos tres a Baco Omesta, haciéndole plegarias, con lo que los Griegos conseguirían la salud y la victoria a un tiempo. Sorprendióse Temístocles de vaticinio tan grande y tan terrible; pero la muchedumbre, como sucede en las grandes luchas, casos y asuntos difíciles, que más bien espera su salud de cosas disparatadas y fuera de razón que no de las que van según ella, empezó a implorar a una voz al dios, y conduciendo los jóvenes al ara, exigió por fuerza que se les sacrificara conforme a la orden del agorero. Así lo escribió Fanias el de Lesbos, varón sabio y no desprovisto de conocimientos históricos.

XIV.— En cuanto al número de las naves de los bárbaros, el poeta Esquilo, como testigo de vista y que podía asegurarlo, dice en la tragedia los Persas lo siguiente:

De naves tuvo Jerjes, lo sé cierto,
un millar, y, además,
buques ligeros sobre doscientos siete:
ésta es la cuenta.

De Atenas eran las naves ciento ochenta, y cada una tenía sobre la cubierta diez y ocho hombres de armas, cuatro de ellos eran flecheros, y los demás infantes bien armados.

Parece que Temístocles no menos supo conocer y observar el tiempo oportuno, que el lugar para el combate, no oponiendo las proas de las galeras a las de los bárbaros antes de que llegase la hora en que acostumbraba a moverse un viento fuerte de mar, que impelía las olas de la parte de los golfos; el cual en nada incomodaba a las naves griegas, que eran más bajas y de menos balumbo; pero a las de los bárbaros, que eran muy levantadas de popa y tenían también elevada y alta la cubierta, no las dejaba parar, hiriendo en ellas, con lo que quedaban más expuestas a los encuentros de las griegas, que con ligereza y seguridad se movían según las órdenes de Temístocles, a quien atendían principalmente, como que era quien mejor sabía lo que debía hacerse. Asestábale flechas y dardos Ariámenes, almirante de la armada de Jerjes, hombre de valor, y entre los hermanos del rey el más recto y justo, el cual mandaba una nave de gran porte, y tiraba desde ella como desde un muro: a éste, pues, Aminias Deceleo y Socles Pedieo, que navegaban juntos, al encontrarse y chocarse con las proas bronceadas, cuando iba a arrojarse en la galera de ellos, le recibieron e hirieron con lanzas y le precipitaron al mar, y su cuerpo, que, con los de otros marineros, era arrastrado de la corriente, le reconoció Artemisia, y se lo llevó a Jerjes.

XV.— Cuando estaba el combate en este punto, dicen que de la parte de Eleusis resplandeció una gran llama, y que un eco y una voz se escuchó por todo el territorio de Triasia hasta el mar, como de muchos hombres que de consuno clamasen el místico Iaco, y a causa de la muchedumbre que gritaba, pareció que poco a poco se levantaba de la tierra una nube que bajaba luego y caía sobre las galeras. A otros les pareció que veían fantasmas e imágenes de hombres armados, que de la parte de Egina levantaban las manos hacia las galeras de los Griegos, y de esto quisieron conjeturar que eran los Eácidas, cuyo auxilio habían implorado antes del encuentro.

El primero que apresó una nave fue Licomedes, ciudadano de Atenas, capitán de galera, el cual, tomando la insignia, la consagró a Apolo laureado. Los demás, igualando en el número a los bárbaros, como que en la angostura no podían presentarse sino en fila, y esto, chocando unos con otros, los batieron y obligaron a retirarse, habiendo sostenido el combate hasta el anochecer, y alcanzaron aquella tan gloriosa y celebrada victoria, la más ilustre y brillante acción de mar, que, según expresión de Simónides, se obró nunca ni por los Griegos ni por los bárbaros, debida al valor y pronta voluntad de todos los combatientes y al talento y sagacidad de Temístocles.

XVI.— Después de la batalla, Jerjes, queriendo combatir, a pesar de la derrota, meditaba pasar a Salamina sus tropas de tierra a fuerza de estacadas, dejando cerrado en medio el paso a los Griegos. Temístocles, con el objeto de explorar a Arístides, le propuso el pensamiento de cortar el puente de barcas, navegando para ello al Helesponto, «para que así tomemos —le dijo— al Asia en Europa». Desaprobólo Arístides diciéndole: «Ahora hemos triunfado del bárbaro mientras rebosaba en delicias; pero si encerramos dentro de la Grecia, y por temor a combatir, a un hombre que dispone de tan desmesuradas fuerzas, no se sentará ya bajo el dosel dorado a mirar la pelea con reposo, sino que arrestándose a todo y recorriéndolo todo, estrechado del peligro, enderezará sus negocios, ahora mal parados, y deliberará mejor sobre todo. Por tanto, no debemos ¡oh Temístocles! cortar el puente que está echado, sino echar otro si es posible fuera y arrojar al bárbaro cuanto antes de la Europa». «Pues bien —replicó Temístocles—, si parece que esto es lo que conviene, ahora es el momento de ver cómo le haremos que deje prontamente libre la Grecia».

Convenidos en esto, envía un eunuco del rey que se halló entre los cautivos, llamado Arnaces, con orden de que le diga que los Griegos, dueños ya del mar, tenían determinado navegar al Helesponto, donde está el paso, y cortar el puente, y que Temístocles, que se interesa por el rey, le exhorta a que se apresure él mismo hacia sus mares, y haga la travesía, mientras que él busca medios de embarazar a los aliados y dilatar el que se le persiga. Llenóse de temor el bárbaro con esta nueva, y aceleró cuanto pudo su partida. La prueba del acierto de Temístocles y Arístides se tuvo en Mardonio, pues con no haber peleado en Platea sino con una pequeña parte de las fuerzas de Jerjes, corrieron gran riesgo de su entera destrucción.

XVII.— De las ciudades, dice Herodoto que se adjudicó el prez a la de Egina; y a Temístocles, aunque de mala gana por la envidia, se lo concedieron todos; pues sucedió que retirados al Istmo, yendo a dar su voto los generales desde el ara, cada uno se dio a sí mismo el primer lugar en cuanto a valor, y el segundo a Temístocles. Pero los Lacedemonios se lo llevaron a Esparta, y dieron a Euribíades el prez de valor; y a aquel el de sabiduría, que fue una corona de olivo; regaláronle además, de los carros de la ciudad, el mejor, y enviaron trescientos jóvenes que le acompañasen hasta la frontera. Dícese que en las primeras fiestas olímpicas que vinieron, habiéndose presentado Temístocles delante del circo, olvidados todos los espectadores de los contendientes, todo el día lo estuvieron mirando, y mostrándolo a los extranjeros con grande admiración y aplausos, de manera que con el regocijo confesó a sus amigos que ya había cogido el fruto de cuanto por la Grecia había trabajado.

XVIII.— Era, efectivamente, por naturaleza ambicioso de gloria, si hemos de sacar inducciones de los hechos que han quedado en memoria. Elegido por la ciudad general de la armada, no quiso despachar de por sí ningún negocio ni privado ni público de los que fueron ocurriendo, sino que los dejó todos para el día en que había de darse a la vela, para que dando expedición de una vez a tantos asuntos, y teniendo que tratar con tantos, formaran idea de que era un grande hombre y de mucha autoridad.

Examinando a orillas del mar los muertos que en ella yacían, cuando vio tantos brazaletes y collares de oro como por allí había, nada tomó, pero dijo al que le acompañaba: «Toma tú para ti, porque tú no eres Temístocles».

A un joven de los lindos, llamado Antífates, que antes le había tratado con demasiada altanería, y después le hacía desmedidos obsequios, viéndole tan ensalzado: «Jove —le dijo—, aunque tarde, al fin ambos hemos venido a ser cuerdos».

Decía que los Atenienses no le apreciaban ni admiraban, sino que era como el plátano, que en una tormenta, y mientras dura el peligro, se acogen a él; pero venida luego la serenidad, le sacuden y despojan.

Diciéndole uno de Serifo, que no por sí, sino por ser de la ciudad que era, había adquirido tanta gloria. «Tienes razón —le respondió—; pero ni yo siendo Serifo me hubiera hecho ilustre, ni tú aunque fueras Ateniense».

Uno de los generales, habiendo hecho una acción que le pareció de importancia para la ciudad, se jactaba de ella ante Temístocles, y como se propasase hasta comparar sus hechos con los de éste: «Con el día festivo —le replicó— entró en disputa el siguiente, diciéndole que él era día lleno de quehaceres y activo, cuando en aquel todos gozaban de lo que antes habían adquirido, estándose ociosos; a lo que contestó el día de fiesta: dices bien; pero si yo no hubiera existido, no existirías tú ahora; pues de la misma manera, dijo, no habiendo yo existido en aquel tiempo, ¿dónde estaríais ahora vosotros?».

Tenía un hijo muy consentido de su madre, y ésta lo era de él mismo; así dijo por chanza que aquel era el de más poder entre los Griegos, porque los Atenienses dominaban a los demás Griegos; a los Atenienses, el mismo Temístocles; a él, su mujer, y a ésta, el hijo.

Queriendo ser singular en todo, al vender un campo, mandó que pregonasen que tenía buen vecino. Teniendo su hija varios pretendientes, prefiriendo el hombre de bien al rico, decía que más quería hombre necesitado de dineros, que dineros necesitados de un hombre. En estos dichos sentenciosos se ve cuál era su carácter.

XIX.— Luego que estuvo de vuelta, hechas las referidas hazañas, se dedicó al punto a restablecer y murar la ciudad, ganando con dinero a los Éforos, para que no se opusiesen, según dice Teopompo; pero, según otros, usando de artificio. En efecto: pasó a Esparta, titulándose embajador, y reconviniéndole los Esparciatas de que amurallaban la ciudad, de lo que también le acusaba Poliarco, enviado ex profeso de Egina, lo negó, y dijo que enviaran a Atenas personas que lo viesen; dando largas con esto para que se adelantase la obra, y juntamente con la mira de que en su lugar tuviesen los Atenienses en su poder aquellos enviados. Consiguió lo que se proponía, porque con haberse enterado los Lacedemonios de la verdad, en nada le ofendieron, sino que le dejaron ir incomodados ocultamente con él.

Entonces fortificó el Pireo, habiendo observado que era el más cómodo de los puertos, volviendo la ciudad toda hacia el mar, y siguiendo en cierta manera una política contraria a la de los antiguos reyes de los Atenienses. Porque éstos, según se dice, con la intención de apartar del mar a los ciudadanos y acostumbrarlos a vivir sin embarcarse, plantando y cultivando el terreno, refirieron la fábula de Atenea, que, como contendiese con ella Posidón sobre el país, salió vencedora con haber mostrado a los jueces el olivo. Temístocles, pues, no juntó el Pireo con la ciudad, que es la expresión del cómico Aristófanes, sino que arrimó la ciudad al Pireo, y la tierra a la mar, con lo que el pueblo se hizo más poderoso contra los principales, y tomó orgullo, pasando la autoridad a los marineros, a los remeros y a los pilotos. Por esto, la tribuna que se puso en el Pnix estaba mirando al mar; pero luego los Treinta la volvieron hacia el continente, teniendo por cierto que el mando y superioridad en el mar era origen de democracia, y que los labradores eran menos difíciles con la oligarquía.

XX.— Todavía tenía Temístocles meditada otra cosa más grande para acrecentar el poder marítimo; porque habiéndose retirado la armada de los Griegos a invernar a Págasas después de la huída de Jerjes, hablando en junta a los Atenienses, les dijo que le había ocurrido un proyecto sumamente útil y saludable para la ciudad; pero incomunicable a la muchedumbre. Decretaron los Atenienses que lo revelase a sólo Arístides, y si éste lo aprobaba, lo llevara a efecto. Manifestó, pues, a Arístides que su pensamiento era pegar fuego a la armada de los Griegos; y éste, presentándose al pueblo, le anunció que no podía haber proyecto más útil que el que tenía meditado Temístocles, ni tampoco más injusto; por lo que los Atenienses mandaron a Temístocles que desistiese de él.

Propusieron en la junta de los Anfictíones los Lacedemonios que se privara del derecho de intervenir en ella a las ciudades que no habían cooperado a la guerra contra el Medo, y temiendo Temístocles que si los Tesalios, los Argivos y aun los Tebanos eran desechados de la junta, absolutamente se apoderarían aquellos de los votos, y no se haría más de lo que quisiesen, defendió las ciudades, y logró que fueran de contraria opinión los congregantes, haciendo ver que solas treinta y una ciudades, y de éstas la mayor parte muy pequeñas, habían tenido parte en la guerra; por tanto, sería muy duro que, excluída de la reunión toda la Grecia, viniera la junta a no componerse más que de dos o tres ciudades importantes. Con esto se indispuso fuertemente con los Lacedemonios, los cuales procuraron cómo Cimón adelantara en los cargos y honores, para que fuera en el gobierno el antagonista de Temístocles.

XXI.— Era, además, odioso a los aliados, porque, dirigiéndose a las islas, les exigía las contribuciones. Así decía y oía lo que Herodoto refiere de los Andros, a quienes dijo que se presentaba allí trayéndoles dos dioses: la persuasión y la fuerza; y ellos le respondieron que tenían consigo otros dos grandes dioses: la pobreza y la miseria, que les prohibían le diesen dinero.

Timocreón el de Rodas, poeta lírico, en sus canciones trata muy mal a Temístocles, porque a otros desterrados, por dinero, les proporcionó ser restituidos, y a él, por dinero también, lo abandonó, con ser su huésped y su amigo. Dice así:

Si tú a Pausanias, si tú a Jantipo
y a Leutíquidas das tus alabanzas,
yo a Arístides las doy, el mejor hombre
que produjo jamás la sacra Atenas:
porque odia a Temístocles Latona
por embustero, injusto y alevoso,
que ganando con sórdido dinero
a Iáliso a su patria no redujo
con ser su huésped; y por tres talentos,
corrió a su perdición, volviendo a unos
con injusticia, persiguiendo a otros,
y a otros dando muerte por codicia.
Ahora en el Istmo, hecho mesonero,
fiambre vende, y los que prueban de ella
hacen plegarias por que el fin del año
el avaro Temístocles no vea.

Pero todavía usó Timocreón de más amarga e insolente maledicencia contra Temístocles, después de su destierro y condenación, componiendo un poema que empezaba de este modo:

Musa, honor de estos versos, di a los Griegos,
como a justicia y a razón conviene…

Dícese que Timocreón fue desterrado por medismo, esto es, por ser partidario de los Medos, habiendo dado también Temístocles su voto contra él; por tanto, cuándo luego a éste se le siguió la misma causa de medismo, cantó contra él:

No Timocreón sólo tiene trato con los Medos;
aun hay otros perversos;
no soy yo sólo a quien el pie falsea;
parece que hay también otras raposas.

XXII.— Escuchaban con gusto los ciudadanos estas calumnias por la envidia que le tenían, y esto le obligaba a disgustarles todavía más, haciendo muchas veces en las juntas públicas mención de sus hazañas; y a los que mostraban displicencia: «¿Por qué os cansáis —les dijo— de que uno mismo os haga frecuentes beneficios?». También irritó a la muchedumbre con edificar el templo de Ártemis, a la que dio el nombre de buena consejera, como que había tomado las más provechosas determinaciones para la ciudad y para los Griegos. Este templo lo construyó en Mélita, junto a su casa, donde ahora los ejecutores públicos arrojan los cadáveres de los condenados y los vestidos y cordeles de los sofocados o de otro modo muertos por justicia. Existía todavía en nuestros días el retrato de Temístocles en el templo de Ártemis del buen consejo, y se descubre que no sólo en su espíritu sino también en su presencia era un personaje heroico.

Usaron, pues, del ostracismo contra él, despojándole de sus honores y de su superioridad, como solían hacerlo contra todos los que se les hacían insoportables por su poder o que creían no guardaban la igualdad democrática. No era el ostracismo una pena, sino como un desquite y alivio de la envidia, que se complacía en ver rebajados a los que se elevaban y desahogaba su incomodidad con causar este deshonor.

XXIII.— Precisado a salir de la ciudad, y deteniéndose en Argos, ocurrieron las cosas de Pausanias, que tanto asidero dieron contra él a sus enemigos. El que le suscitó la causa de traición fue Leobotes, hijo de Alcmeón Agraulense, corroborándola juntamente con él los Esparcíatas, Pausanias, pues, trayendo entre manos sus tramas de traición, al principio se guardó de Temístocles, no obstante que era su amigo; mas cuando supo que había sido desposeído del gobierno, y que lo llevaba mal, se resolvió a atraerle a la participación de sus designios, enseñándole las cartas del Rey e irritándole contra los Griegos por ser injustos e ingratos. Mostróse inaccesible a las solicitaciones de Pausanias y abominó de semejante participación; pero a nadie refirió aquellas conversaciones, ni denunció el intento, esperando quizá que Pausanias desistiría de él, o que otros lo denunciarían, habiéndose metido sin reflexión ninguna en una empresa disparatada y temeraria.

Fue en esto condenado a muerte Pausanias, y habiéndosele encontrado algunas cartas y otros papeles relativos a este asunto, dieron lugar a sospechas contra Temístocles, con las que los Lacedemonios levantaron el grito, y los ciudadanos envidiosos le acusaron cuando se hallaba ausente y por escrito se estaba defendiendo de las primeras acusaciones. Porque viéndose calumniado por sus enemigos, escribió a sus ciudadanos, diciéndoles que siempre había aspirado a mandar, y que no habiendo nacido con disposición ni voluntad de ser mandado, nunca haría entrega a los bárbaros sus enemigos de sí mismo y de la Grecia. Con todo, persuadido el pueblo por sus acusadores, dispuso enviar quien le echase mano y lo trajese a ser juzgado ante los Griegos.

XXIV.— Llegó a entenderlo, y se acogió a Corfú, por tener obligada a aquella ciudad con beneficios; pues como tuviesen disputa con los de Corinto, constituido juez entre ellos, los puso en amistad, determinando que los de Corinto pagasen veinte talentos y que poseyesen a Léucade, como colonia común de unos y otros. De allí huyó al Epiro, y, perseguido de los Atenienses y Lacedemonios, casi desesperado y sin saber qué hacerse, se acogió a Admeto, que era rey de los Molosos, sin embargo de que habiendo tenido una pretensión con los Atenienses, como hubiese sido desairado por Temístocles cuando florecía en poder, le miró siempre con odio, y se tenía por cierto que se vengaría si le tuviese a mano. En aquel apuro, pues, temiendo más la envidia familiar y reciente que no la antigua y de un rey, se puso a sí mismo a discreción de ésta, tomando para con el Rey un extraño e inusitado modo de ruego, porque cogiendo en brazos al hijo de éste, todavía niño, se postró ante el hogar, teniendo los Molosos esta especie de ruego por la más poderosa y casi irresistible. Dicen algunos que Ftía, mujer de Admeto, fue la que sugirió a Temístocles esta clase de súplica, sentando al niño a su lado junto al fuego; pero otros, que fue el mismo Admeto quien, para excusarse con los perseguidores de Temístocles con esta precisión, inventó y propuso esta farsa para no entregarlo.

Allá Epícrates de Acarnas le envió su mujer e hijos, habiendo podido sacarlos furtivamente de Atenas, por lo que después Cimón le hizo condenar a muerte, según escribe Estesímbroto. Después olvidado, no sé cómo, de esto, o suponiendo olvidado al mismo Temístocles, dice que hizo viaje a Sicilia, y pidió a Hierón su hija en matrimonio, ofreciéndole que pondría a los Griegos bajo su mando, y que, no viniendo Hierón en ello, se dirigió por tanto al Asia.

XXV.— Mas no puede ser que esto pasase así, porque Teofrasto, en su Tratado del reino, refiere que habiendo enviado Hierón a Olimpia caballos para los juegos, y habiendo armado una tienda ricamente bordada, habló Temístocles a los Griegos, proponiéndoles que hiciesen pedazos la tienda de un tirano, y no permitiesen que sus caballos entrasen en el combate. Tucídides escribe que, pasándose al otro mar, dio la vela desde Pidna, sin que ninguno de los navegantes supiese quién era, hasta que, arrojada por el viento la embarcación a Naxo, sitiada entonces por los Atenienses, el peligro le obligó a descubrirse al capitán y al piloto, a los que, ora con ruegos, ora con amenazas, diciéndoles que los acusaría a los Atenienses y les levantaría que no con ignorancia, sino corrompidos con dinero, le habían tomado a bordo, puso en la precisión de hacerse de nuevo al mar y aportar al Asia. De su caudal llevó entonces mucho consigo, habiendo podido sustraerlo algunos de sus amigos; pero otra gran parte que llegó a descubrirse fue llevada al tesoro público, diciendo Teopompo que montó a cien talentos, y Teofrasto, que a ochenta, siendo así que apenas valdría tres talentos todo cuanto tenía cuando empezó a tomar parte en los negocios públicos.

XXVI.— Llegado que hubo a Cima, como entendiese que entre las gentes de mar muchos le andaban espiando para echarle mano, y más especialmente Ergóteles y Pitodoro, porque la caza era lucrativa para los que en todo no buscan más que la ganancia, habiendo hecho publicar el rey que daría doscientos talentos, huyó de allí a Egas, pueblezuelo eólico, donde sólo era conocido de su huésped Nicógenes, hombre entre los Eólicos muy rico, y que tenía influjo con los que arriba gozaban de autoridad. En casa de éste se mantuvo oculto algunos días; mas al cabo de ellos, de sobremesa, en un festín tenido con motivo de cierto sacrificio, Olbio, ayo de los hijos de Nicógenes, saliendo fuera de sí, como inspirado, cantó en verso de este modo:

Da a la noche la voz, y da el consejo;
y a la noche también da la victoria.

Yéndose después de esto a recoger Temístocles, le pareció ver en sueños un dragón que de la tierra le subió al vientre, y se le rodeó al cuello, y luego, apenas tocó en el rostro, se convirtió en águila, la cual, cubriéndole con las alas, lo levantó y llevó consigo largo espacio, y, últimamente, presentándole un caduceo de oro, sobre éste le colocó con toda seguridad, dejándole libre de grandísimo miedo y turbación. Despachóle, pues, Nicógenes, valiéndose de este artificio; los bárbaros, generalmente, son todos, y en especial los Persas, muy salvajes y rigurosos por naturaleza en el punto de celar a las mujeres; así, no solamente a las casadas, sino aun a las mujeres que compran y a las comblezas, las guardan con gran diligencia, sin que ninguno de los de afuera pueda verlas; por tanto, en casa están siempre encerradas, y cuando van de viaje, llevadas en carros completamente cubiertos es como caminan. Dispuesto, pues, de este mismo modo un carruaje para Temístocles, hacía oculto su viaje, diciendo los que iban con él a los caminantes y a los que preguntaban que conducían de la Jonia una mocita griega para uno de los que servían a las puertas del rey.

XXVII.— Tucídides y Carón de Lámpsaco escriben que, muerto ya Jerjes, fue al hijo a quien Temístocles se presentó: pero Éforo, Dinón, Clitarco, Heraclides y otros muchos sostienen que se presentó al mismo Jerjes. Parece que Tucídides va más acorde con la cronología, aunque tampoco ésta sea de una gran exactitud. Llegado Temístocles al punto peligroso, primero se dirigió a Artabano, capitán de mil hombres, y diciéndole que era realmente un griego; pero que tenía que hablar al rey sobre negocios muy graves que sabía le traían cuidadoso: «¡Oh huésped —le respondió aquel—: las leyes de los hombres son diferentes unas de otras, y a unos agradan unas cosas, y a otros, otras; pero a todos agrada el acatar y sostener las propias. El que vosotros sobre todo admiréis la libertad y la igualdad es puesto en razón; mas entre nosotros, con ser muchas y muy loables las leyes que tenemos, la más loable es la de honrar al rey, y adorar en él la imagen de Dios, que todo lo conserva. Por tanto, si adorares, aplaudiendo nuestros usos, te será concedido ver y hablar al rey; pero si piensas de otro modo, usa de otros mensajeros para este ministerio, porque es costumbre nuestra que el rey no ha de escuchar a quien no le adore». Temístocles, cuando esto oyó, le dijo: «Mi venida ¡oh Artabano! es a acrecentar el nombre y el poder del rey; así, yo mismo obedeceré a vuestras leyes: pues que Dios, que magnifica a los Persas, así lo dispone; y por mí serán en mayor número los que adoren al rey; por tanto, no sirva esto de impedimento para las razones que me propongo decirle». «¿Pues quién de los Griegos —replicó Artabano— le diremos que ha llegado? Porque en tu explicación no pareces un hombre vulgar». «Esto —repuso entonces Temístocles— no es razón que lo sepa nadie antes que el mismo rey».

Así lo refiere Fanias; pero Eratóstenes, en su Tratado de la riqueza, añade que esta visita y coloquio le fueron proporcionados a Temístocles por medio de una mujer de Eretria, que vivía con este caudillo.

XXVIII.— Introducido a la presencia del rey, le adoró y quedó en silencio; entonces mandó el rey al intérprete que le preguntase quién era, y preguntándoselo éste, dijo: «Te presento ¡oh rey! en mí a Temístocles Ateniense, un desterrado a quien los Griegos persiguen, y que, si a los Persas causó muchos males, todavía les dispensó mayores bienes con impedir la persecución, cuando, puesta en seguridad la Grecia, pudo salvar sus cosas propias, y haceros al mismo tiempo algún servicio. Por mí estoy aparejado a todo lo que mis actuales desgracias pueden exigir, viniendo preparado a recibir tus favores, si ya me miras benignamente, o a pedirte que temples tu ira, si todavía te conservas enojado. Mas tú, valiéndote del testimonio de mis enemigos sobre los beneficios que a los Persas he hecho, aprovecha más bien mis infortunios para dar muestras de tu virtud, que para satisfacer tu enojo; porque en mí salvas a un rogador tuyo, y pierdes a un enemigo que ya soy de los Griegos». De aquí pasó después Temístocles con el discurso a la relación de su ensueño en casa de Nicógenes y al vaticinio de Zeus Dodoneo, como que enviado del dios al que llevaba igual nombre, desde luego se había propuesto venir ante él, porque ambos eran grandes y se llamaban reyes.

Oyólo el Persa, y por entonces nada le respondió, pasmado de su resolución y su osadía; pero con sus amigos se daba el parabién, como en la mayor prosperidad, haciendo plegarias a Arimanes para que inspirara siempre iguales pensamientos a sus enemigos, de ir así desechando los hombres de más provecho entre ellos, y se dice que hizo sacrificio a los Dioses, e inmediatamente tuvo banquete, y en aquella noche se le oyó gritar por tres veces, entre sueños: «Tengo en mi poder a Temístocles Ateniense».

XXIX.— Apenas amaneció, llamando a sus amigos, le hizo comparecer cuando nada favorable esperaba, porque desde luego observó que los palaciegos, al saber quién era, torcieron el gesto, y le injuriaron, y aun Rojanes, capitán de mil hombres, cuando Temístocles iba a pasar por junto a él, estando el rey ya en su asiento y todos callando, oyó que dio un suspiro, y dijo en voz baja: «¡Oh serpiente griega, hombre mudable, el buen genio del rey te ha traído aquí!». Mas, sin embargo, luego que se presentó y repitió la adoración, saludándole el rey y hablándole con gran afabilidad, le dijo lo primero cómo le era deudor de doscientos talentos, por cuanto, habiéndose venido por sí a presentar, le tocaba de justicia lo que se había ofrecido al que lo trajese; prometióle, además, muchos mayores dones, y le alentó diciéndole que sobre las cosas de los Griegos le manifestase cuanto quisiera con franqueza.

«El habla del hombre —respondió Temístocles— es como los tapices pintados, porque, como éstos, desarrollada manifiesta bien las imágenes, pero recogida las encubre y echa a perder: así que necesitaba algún tiempo». Agradado el rey de la comparación, le mandó que lo señalase; pidió un año, y cuando hubo aprendido bastante bien la lengua persa, entraba a hablar al rey directamente por sí mismo. Creían los de la parte de afuera que trataban de las cosas de la Grecia; pero como en aquella sazón se hiciesen varias mudanzas, así en las cosas de palacio como en las de los amigos del rey, se concilió la envidia de los próceres, al considerar que también acerca de ellos se habría atrevido a hablar con libertad, porque eran nada comparadas con las suyas las honras que a los demás extranjeros habían solido hacerse; así es que asistía a las cacerías del rey, y en el palacio a sus recreaciones, llegando hasta haber sido presentado a la madre del rey y entrado en su confianza, y aun hasta oír la doctrina de los magos por orden del rey. Cuando Demarato el Esparcíata, habiéndosele dicho que pidiese una gracia, pidió la diadema como los reyes, y que se le permitiese cabalgar con ella por Sardis, Mitropaustes, sobrino del rey, tomándole la mano: «La diadema ésta —le dijo— no tendría cerebro que cubrir, y aun cuando tomases en la mano el rayo, no por eso serías Zeus». Ello es que el rey estaba enojado con Demarato por semejante petición, y cuando se creía que no sería posible apaciguarlo, Temístocles, a quien se puso por intercesor, consiguió dejarle desimpresionado y amigo.

Dícese que más adelante los reyes sucesores, bajo los cuales hubo mayor enlace entre las cosas de los Griegos y los Persas, cuando llamaban cerca de sí a algún Griego le anunciaban y escribían cada uno que tendría con él más lugar que Temístocles. Del mismo Temístocles se refiere que, cuando ya se miraba engrandecido y obsequiado de muchos, teniendo un día un gran festín, habló así a sus hijos: «Estábamos perdidos, hijos míos, si no hubiésemos estado perdidos». Dicen que para pan, vino y demás condimentos se le asignaron tres ciudades: Magnesia, Lámpsaco y Miunte; y Neantes de Cízico y Fanias añaden otras dos: Percote y Palascepsis, para tapicería y vestidos.

XXX.— En ocasión en que bajaba hacia el mar con motivo de las cosas de los Griegos, le armó asechanzas un Persa llamado Epixies, Sátrapa de la Frigia superior, teniendo de antemano prevenidos unos asesinos de Pisidia para que la quitasen la vida cuando, llegado a la ciudad de Leontocéfala, hiciese noche en ella. Mas cuando él dormía la siesta se dice que se le apareció entre sueños la madre de los Dioses, y le dijo: «¡Oh, Temístocles!: evita la cabeza de los leones, para que no caigas en poder del león; yo por esto te pido por sirviente a Mnesiptólema». Puesto en cuidado con este ensueño, hizo plegarias a la Diosa, y, dejando el camino real, dirigiéndose por otro, para no tocar en aquel lugar, le cogió la noche y se quedó allí a pasarla. Uno de los carros que conducían su equipaje se cayó al río, y los sirvientes de Temístocles se pusieron a enjugar las cortinas que se habían mojado: en esto, los de Pisidia, sacando las espadas, llegaron a aquel punto, y no distinguiendo bien a la luz de la luna las ropas puestas a secar, creyeron que eran la tienda de Temístocles, y que éste se hallaba dentro descansando. Llegados cerca, cuando fueron a levantar la cortina, se arrojaron sobre ellos los que estaban en custodia, y les echaron mano. Habiendo evitado así el peligro, admirado de la aparición de la Diosa, le edificó un templo en Magnesia, y creó sacerdotisa de Dindimene a su hija Mnesiptólema.

XXXI.— Habiendo hecho viaje a Sardis, y hallándose sin quehaceres, anduvo viendo los ornamentos de los templos y el gran número de votos, y en el templo de la Gran Madre vio la doncella de bronce llamada Hidrófora, del grandor de dos codos, que él mismo hizo siendo prefecto de aguas, con las multas que impuso a los que encontró sustrayéndolas y descaminándolas. Trató, pues, bien fuera porque tuviese algún sentimiento de la cautividad de aquella ofrenda, o bien porque quisiese dar una muestra a los Atenienses de su autoridad y poder cerca del rey, trató con el Sátrapa de Lidia, y le hizo súplica de que aquella doncella se remitiese a Atenas; mas como el bárbaro se incomodase, y aun se dejase decir que iba a escribir al rey una carta, temeroso Temístocles, acudió al retraimiento de las mujeres, y regalando dinero a las concubinas, pudo aplacarle en su enojo, y él mismo en adelante se manejó con más cautela, receloso ya de la envidia de los bárbaros. Porque no anduvo discurriendo de un pueblo a otro, como quiere Teopompo, sino que habitó y permaneció tranquilo en Magnesia por largo tiempo, agasajado con grandes dones y honrado como los principales de los Persas, ya que el rey no consagraba por entonces mucha atención a las cosas de los Griegos, por darle bastante que hacer los negocios del Asia.

Mas después, cuando el Egipto se rebeló con ayuda de los Atenienses, cuando las naves griegas llegaron hasta Chipre y la Cilicia, y Cimón, dominando en el mar, le obligo a pensar en hacer oposición a los Griegos y reprimir el demasiado poder que contra él iban tomando, para lo que se pusieron tropas en movimiento y se enviaron generales, entonces se despacharon también avisos a Temístocles con órdenes del rey, mandándole que atendiera a las cosas de la Grecia, e hiciera ciertas sus promesas. Él no pudo recabar de su ánimo que concibiese enojo contra sus ciudadanos, ni le movió tampoco el grande honor y autoridad que se le confería para la guerra; quizá también no le pareció la obra muy factible, teniendo entonces la Grecia insignes caudillos, y siendo suma la felicidad de Cimón en todas sus empresas, o, lo que es más cierto, la causó rubor la gloria de sus propias hazañas y de sus antiguos trofeos. Determinando, por tanto, con admirable resolución coronar su vida con una muerte que a ella correspondiese, hecho sacrificio a los Dioses, y congregados y saludados los amigos, bebiendo, según la más común opinión, sangre de toro, o un veneno muy activo, según otros, acabó sus días en Magnesia, habiendo vivido sesenta y cinco años, la mayor parte de ellos en magistraturas y mandos. Cuando el rey supo la causa y manera de su muerte, dicen que todavía se prendó más de tan excelente varón, y siguió siempre tratando con grande humanidad a sus amigos y domésticos.

XXXII.— Dejó Temístocles de Arquipa, hija de Lisandro, natural de Alópece, estos hijos: Arquéptolis, Polieucto y Cleofanto, del que Platón el Filósofo hace mención como de un buen jinete, sin que valiese para ninguna otra cosa. De otros que tuvo antes, Neocles, siendo todavía niño, murió mordido de un caballo, y a Diocles lo adoptó su abuelo Lisandro. Hijas tuvo muchas, de las cuales, con Mnesiptólema, que era de otro segundo matrimonio, se casó su hermano Arquéptolis, por no ser hermanos de madre; Italia se casó con Pantides de Quío; Síbaris, con Nicomedes Ateniense; con Nicómaca se casó Frasicles, primo de Temístocles, después de la muerte de éste, otorgándosela los hermanos en un viaje que hizo a Magnesia, y él mismo se encargó de la manutención de Asia, que era la más joven de todos los hijos.

En Magnesia tienen un sepulcro magnífico de Temístocles; pero no debe darse asenso a lo que Andócides dijo en su libro A los amigos: que los Atenienses habían exhumado sus despojos y los habían arrojado, pues mintió; porque lo inventó para irritar contra el pueblo a los del partido de la oligarquía. También conocerá cualquiera que es una ficción lo que hace Filarco, valiéndose casi de máquinas en la historia como en la tragedia, de hacer comparecer a un Neocles y a un Demópolis, hijos de Temístocles, queriendo con esto excitar pasiones y mover los ánimos. Diodoro el descriptor dijo en el Libro de los monumentos, más bien discurriéndolo él así que porque supiese lo cierto, que en el puerto de Pireo, por la parte del promontorio de Álcimo, se forma como un recodo, y por dentro, en el doblez, donde está el mar más sosegado, se descubre una base bastante elevada, y lo que en ella tiene forma de ara es el sepulcro de Temístocles. Con esto parece que conforma Platón el Cómico, diciendo:

En lugar conveniente tu sepulcro
será de buen agüero al comerciante:
verás desde él a los que salgan y entren,
y verás el concurso de las naves.

A los del linaje de Temístocles hasta nuestros días se les han guardado ciertos honores en Magnesia, de los que disfrutó Temístocles Ateniense, con quien yo trabé trato y amistad en casa de Amonio el Filósofo.

CAMILO

I.— Entre las muchas y grandes cosas que de Furio Camilo se refieren, hay una muy particular y extraña, y es que, con haber conseguido yendo de general muchas y muy señaladas victorias, con haber sido cinco veces dictador, haber tenido cuatro triunfos y haber sido llamado segundo fundador de Roma, ni una vez siquiera hubiese sido cónsul. Consistió esto en el estado en que se hallaba entonces el gobierno por los altercados de la plebe con el Senado; por cuanto, oponiéndose aquella a que se nombrasen cónsules, se elegían tribunos militares para el mando, y aunque éstos lo ejecutaban todo con poder y autoridad consular, su mando era menos odioso por su mayor número, siendo de algún consuelo el que seis, y no dos solos, se pusiesen al frente de los negocios para los que estaban mal hallados con la oligarquía. Floreciendo, pues, Camilo en aquella sazón en gloria y en hazañas, no tuvo por conveniente ser cónsul, con repugnancia del pueblo, aunque en el intermedio convocó el gobierno muchas veces comicios consulares; en cuanto a los otros mandos que tuvo, que fueron muchos y muy varios, se condujo de manera que la autoridad era común, aun cuando mandaba solo, y la gloria era particularmente suya, aun cuando tuviese colegas en la autoridad; consistiendo, de estas dos cosas, la primera en su moderación, por la que mandaba de un modo que no le conciliaba envidia, y la segunda, en su prudencia, que a juicio de todos le daba el primer lugar.

II.— No era todavía grande entonces el lustre de la casa de los Furios; debióse, por tanto, él a sí mismo lo que adelantó en gloria en la gran batalla contra los Ecuos y Volscos, militando bajo el dictador Postumio Tuberto; pues yendo delante de la caballería, y siendo herido en un muslo, no se contuvo, sino que sacándose el dardo que había quedado clavado en la herida, peleando con los más adelantados de los enemigos, los obligó a retirarse. Mereció por esta hazaña, además de otros premios, el que se le nombrase censor, cargo que en aquellos tiempos era de grandísima dignidad. Ha quedado memoria de un hecho loable suyo siendo censor, que fue excitar con palabras, y amenazar con penas, a los célibes, para que se casasen con las viudas, que por las guerras eran en gran número. Fue preciso también entonces sujetar a la contribución a los huérfanos, que antes eran horros, siendo la causa de esto los ejércitos que continuamente había que tener en pie y que obligaban a grandes gastos; precisando asimismo en gran manera a ellos el sitio de Veyos, a cuyos habitantes llaman algunos Veyentanos.

Era esta ciudad la principal de la Etruria, en número de armas y en muchedumbre de gente de guerra poco inferior a Roma, y que, envanecida con su riqueza, con su abundancia de víveres, con su lujo y su regalo, entró repetidas veces en competencia, y por la gloria y el poder contendió con los Romanos. Mas en aquella sazón había desistido de estas pretensiones, quebrantada con grandes derrotas; habían si levantado altas y fuertes murallas, y, habiendo pertrechado bien la ciudad de armas, de dardos, de víveres y de todo género de preparativos, sufrían sin temor el cerco, que también para los sitiadores era trabajoso y difícil. Porque estando acostumbrados a no militar fuera, pasado el verano, sino recogerse a invernar en casa, entonces por la primera vez los habían obligado los caudillos a levantar trincheras, a fijar los reales en territorio enemigo y a juntar el invierno con el verano, estando entonces al fin del séptimo año de guerra; tanto, que por parecer que los generales hacían flojamente el sitio, se les revocó el mando. y se eligieron otros para la guerra, siendo uno de éstos Camilo, que era ya tribuno por segunda vez. Con todo, nada hizo por entonces en cuanto al sitio, porque le cupo en suerte hacer la guerra a los Falerios y Capenates, que por ver ocupados a los Romanos, les talaban el territorio y les servían de estorbo para la guerra de Etruria; mas Camilo los desbarató, causándoles gran pérdida, y los obligó a recogerse dentro de sus murallas.

III.— Con esta época, cuando la guerra estaba en su mayor fuerza, coincidió el suceso del Lago Albano, prodigio no menos digno de saberse que cualquiera otro de los increíbles como él, y que causó gran terror por falta de una causa general, y de poder el discurso asignarle un origen físico. Era la entrada del otoño, y el verano que concluía no había sido de aguas ni, que se supiese, habían reinado en él vientos húmedos que le hicieran tempestuoso; por lo tanto, teniendo la Italia muchos lagos, ríos y arroyos, éstos habían faltado enteramente, aquellos apenas y con gran dificultad se sostenían, y todos los ríos, como sucede siempre en el verano, corrían escasos y apocados. Pues el Lago Albano, que en sí mismo tiene su principio y su fin, circundado de montañas fértiles, sin causa alguna, como no fuese divina, se veía manifiestamente que había crecido, e iba hinchándose, superando las faldas de los montes, y llegando a igualar los collados que tenía alrededor, con mansedumbre y sin ser agitado con olas. Al principio sólo fue prodigio para pastores y vaqueros; pero cuando luego, alzada la corriente, como si rompiese un istmo, llegó a romper, por su cantidad y por su peso, los estorbos que contenían el agua, y descendió en grandes raudales por los campos y las arboledas hasta el mar, entonces no solamente dejó asombrados a los Romanos, sino que hizo entender a todos los que habitaban la Italia que no podía ser cosa pequeña la que anunciaba. Hablábase asimismo mucho de este accidente en el ejército que sitiaba a Veyos, de modo que aun entre los sitiados se tuvo de él noticia.

IV.— Como es común en todo sitio que se prolonga demasiado, que hay trato y comunicación frecuente entre los enemigos, sucedió también en éste. Un romano trabó conversación y amistad con un enemigo, hombre versado en el lenguaje antiguo, y que se creía que tenía un particular conocimiento de la adivinación. Como viese, pues, a éste, luego que le refirió la inundación del lago, mostrarse muy contento, y reírse del sitio: «Pues no es esto sólo —le dijo—, sino que este tiempo trae otros prodigios y otras señales más extrañas para los Romanos, sobre las cuales quería consultarle, por si en aquella común aflicción podía haber algún medio de proteger su seguridad personal». Oíalo el Veyente con atención, y se prestaba gustoso a la consulta, como que iban a descubrirse algunos arcanos, y a poco de estar en este coloquio, atrayéndole cautelosamente, luego que estuvieron a bastante distancia de las puertas, le cogió en volandas, porque era de mayores fuerzas, y concurriendo en su auxilio algunos del campamento, se apoderó completamente de él, y le presentó a los generales. Cuando se vio en aquella situación, convencido de que no es dado al hombre evitar su hado, reveló los arcanos relativos a su patria, la cual no podía ser tomada mientras al Lago Albano, que se había derramado y difundido por otros caminos, no le hiciesen retroceder los enemigos y le impidiesen mezclarse con el mar. Oído esto por el Senado, y dudando qué haría, le pareció lo mejor enviar mensajeros a Delfos que consultasen al dios; y lo fueron Coso Licinio, Valerio Potito y Fabio Ambusto, varones muy ilustres y principales, los cuales, hecha su navegación y consultado el dios, trajeron también vaticinio sobre cierta omisión en los ritos de las ferias llamadas latinas, el cual prevenía que en cuanto fuese posible hiciesen volver hacia arriba el agua del Lago Albano a su receptáculo antiguo, y si esto no pudiera ser, con zanjas y con excavaciones la derramaran y perdieran por todo el país. Notificado este mensaje, los sacerdotes se dedicaron a los sacrificios, y el pueblo, a ejecutar las obras, con que dio a las aguas otro curso.

V.— El Senado, para el año décimo de esta guerra, abrogó todas las demás magistraturas, y nombró dictador a Camilo, quien eligió para maestro de la caballería a Cornelio Escipión. Empezó por hacer estas plegarias y votos a los Dioses, que si tenía glorioso fin la guerra daría grandes juegos y consagraría un templo a la Diosa, a quien llaman madre Matuta los Romanos. Puede pensarse que ésta es la misma que Leucotoe, por la especie de ritos que en su culto se practican; porque introduciendo una esclava a su santuario, le dan de bofetadas, y después la lanzan fuera; a los hijos de los hermanos los ponen en el regazo en vez de los propios, y ejecutan cosas muy parecidas a las de las nodrizas de Baco, y a los errores y trabajos que a causa de la combleza sufrió Ino.

Hechas las plegarias, invadió Camilo el país de los Faliscos, y a éstos, y a los Capenates, que vinieron en su auxilio, los derrotó en una gran batalla. Volvió luego la atención al sitio de Veyos, y considerando que el asaltar los muros era obra larga y difícil, practicó minas, cediendo el terreno de las inmediaciones de la ciudad a la azada, y permitiendo llevar profundo el trabajo, sin que pudiesen sentirlo los enemigos. Alentada con esto la esperanza, comenzó él mismo a dar el asalto por la parte de afuera para atraer los ciudadanos a la muralla, y otros, caminando ocultamente por las minas, llegaron, sin ser percibidos, hasta estar dentro del alcázar, junto al templo de Juno, que era el más grande y de mayor veneración en la ciudad. Dícese que a esta sazón se hallaba allí el caudillo de los Tirrenos, celebrando cierto sacrificio, y que el agorero, al registrar las entrañas, dio una gran voz, diciendo: «Dios da la victoria al que termine este sacrificio»; lo cual, oído por los Romanos desde las minas, rompiendo al punto el pavimento, y echando mano a las armas con estrépito y gritería, asombrados los enemigos, dieron a huir, y ellos entonces, apoderándose de las entrañas, corrieron con ellas a Camilo; pero esto parecerá quizá que tiene el aire de fábula.

Tomada la ciudad a viva fuerza, y encontrando y recogiendo en ella los Romanos una inmensa riqueza, al ver Camilo desde el alcázar lo que pasaba, al principio se quedó suspenso, y se le cayeron las lágrimas; después, como le felicitasen todos por el suceso, levantando las manos a los Dioses, y haciéndoles plegarias: «Jove Máximo —dijo— y vosotros Dioses, que sois testigos de las buenas y de las malas obras, bien sabéis que no contra justicia, sino en debida defensa, nos hemos apoderado de la ciudad, de unos hombres protervos e inicuos; mas si acaso, en cambio de este tan feliz suceso, somos deudores de alguna pena, os pido que por la ciudad y ejército de los Romanos venga ésta a parar sobre mí con el menor daño posible». En esto, volviéndose sobre la derecha, como es costumbre de los Romanos en sus plegarias, tropezó en el mismo acto, y como se sobresaltasen los circunstantes, rehaciéndose prontamente de la caída: «Según mi súplica —dijo— me ha sobrevenido una caída ligera por una felicidad tan extraordinaria».

VI.— Saqueada que fue la ciudad, determinó trasladar a Roma la imagen de Juno, conforme al voto que de ello hizo; y reuniéndose para ello muchos operarios, entretanto él hacía un sacrificio y pedía a la Diosa que se prestase a sus deseos y se hiciese benigna compañera de los Dioses que su buena suerte había dado a Roma, dicen que habló la estatua, y dijo que era muy de su voluntad y de su aprobación. Livio, sin embargo, refiere que bien fue cierto que Camilo, llegándose a la Diosa, le hizo aquella súplica y exhortación, pero que fueron algunos de los circunstantes los que respondieron que quería, venía en ello y seguía su voluntad. A los que sostienen y patrocinan aquel prodigio les sirve de gran defensa la incomparable dicha de Roma, que no se concibe cómo de tan pequeños y humildes principios había de haber llegado a tanta gloria y poder sin el amparo continuo y la frecuente aparición de Dios. También hacen al mismo propósito muchas cosas que se cuentan por el propio tenor, como haber sudado muchas veces algunas estatuas; que se les ha oído respirar, que han repugnado unas cosas o consentido otras, de lo que muchos de los antiguos nos han dejado diferentes testimonios; y en nuestro tiempo hemos oído también otros muchos sucesos admirables, que no fácilmente pueden mirarse con desdén. Pero tanto en el dar demasiado crédito a estas cosas, como en el negárselo del todo, puede haber peligro, por la humana flaqueza, que no se sabe hasta dónde llega, ni puede dominarse a sí misma, sino que o cae en la superstición y vana confianza, o da en el absoluto olvido y menosprecio de los Dioses; así, lo mejor es siempre irse con tiento y guardarse de los extremos.

VII.— Camilo, entonces, bien fuese por lo grande del hecho de haber tomado al año décimo del sitio una ciudad rival de la misma Roma, o bien porque se lo hubiesen inspirado los que le aplaudían y celebraban, manifestó un orgullo demasiado incómodo para lo que era aquel género de gobierno, porque el triunfo fue muy ostentoso, y lo hizo con cuatro caballos blancos, entrando así por Roma; cosa jamás vista en otro caudillo ni antes ni después; porque esta especie de tiro lo tienen por sagrado, únicamente atribuido al rey y padre de los Dioses. Desde entonces era difamado entre los ciudadanos, no acostumbrados a sufrir altanerías, y concurrió también para ello otra causa, que fue haberse opuesto a la ley sobre división de los ciudadanos; porque los tribunos habían propuesto que el pueblo y el Senado se dividieran en dos partes, quedándose allí los unos, y pasando los otros, a quienes tocara la suerte, a la ciudad cautiva; con lo que vivirían más cómodamente, conservando a dos hermosas y grandes ciudades su territorio y su bienestar. La plebe, que era numerosa y pobre, la admitía y rodeaba con tumulto la tribuna, pidiendo que se votase; pero el Senado y los principales entre los otros ciudadanos, creídos de que los tribunos más bien proponían la destrucción que la distribución de Roma, e incomodados con esta idea, se acogieron a Camilo. No se atrevió éste a hacer frente a semejante disputa, y lo que hizo fue buscar pretextos y dilaciones, con las que se eludió siempre aquella ley; y con este proceder se había hecho odioso. Mas la principal y más conocida causa de su indisposición con la muchedumbre fue la décima de los despojos, de la cual tomaron para aquella los más una ocasión, si no del todo justa, tampoco enteramente fuera de razón; porque cuando se dirigía a Veyos ofreció consagrar a Apolo la décima si tomaba la ciudad; pero tomada ésta, y hecho el saqueo, o por temor de chocar con los ciudadanos, o porque entre los muchos negocios se le hubiese olvidado, ello es que los dejó en la deuda de aquel voto. Después, cuando ya había salido del mando, dio cuenta de él en el Senado, y los augures habían manifestado que las víctimas denunciaban una ira de los Dioses, que pedía expiaciones y propiciaciones.

VIII.— Decretó el Senado el cumplimiento; mas no pudiendo deshacerse la distribución, se tomó el partido de que se obligara cada uno con juramento a volver la décima de lo que le había tocado; con lo que hubo grande y violenta incomodidad entre los soldados, gente pobre, y que sufría mucho en tener que volver tanta parte de lo que ya tenía tomado y acaso consumido. Turbado Camilo con este incidente, a falta de mejor excusa, recurrió a la más increíble, que fue la de confesar que se le había olvidado el voto: así aquellos se exasperaban más, diciendo que habiendo ofrecido entonces diezmar lo que era de los enemigos, ahora gravaba con este diezmo a los ciudadanos. Con todo, fue volviendo cada uno la parte que le correspondía, y se tuvo por conveniente hacer de todo una gran taza de oro y enviarla a Delfos. Escaseaba entonces el oro en Roma, y estando en apuro los magistrados para ver de dónde podrían recogerle, las matronas, de propio movimiento, consultando entre sí, presentaron para la ofrenda cuanto oro tenía cada una para su adorno; habiéndose allegado por este medio hasta el peso de ocho talentos. El Senado, deseando dispensarles el honor correspondiente, decretó que después de su muerte se hiciese elogio fúnebre a las matronas como a los hombres; porque antes no había costumbre de que a las mujeres a su muerte se las elogiase en público. Nombraron para este mensaje o teoría a tres varones de los más principales, y armando una gran nave, tripulada y provista convenientemente, los mandaron en ella. Aunque era invierno, había seguridad; y con todo les sucedió que estuvieron muy a pique de perecer, y por un modo muy inesperado se salvaron del peligro, porque fueron navegando en persecución de ellos por las Islas Eólides unas galeras liparenses, en ocasión de faltarles el viento, reputándolos corsarios. Ellos les rogaban y alargaban las manos, con lo que evitaron el abordaje; pero con todo, aquellos se apoderaron de la nave, y conduciéndola al puerto, publicaron los efectos y las personas, como si fueran realmente de piratas, y apenas desistieron a la sola persuasión de Timasiteo, su jefe, varón señalado en virtud y en poder; el cual puso también en el mar naves propias para acompañarlos, y concurrió así a la dedicación de la ofrenda; por lo que en Roma se le tributaron los honores que era debido.

IX.— Volvieron los tribunos de la plebe a suscitar la ley de la repoblación; pero sobrevino a tiempo la guerra contra los Faliscos, y dio comodidad a los patricios para celebrar los comicios a medida de su deseo. Designaron, pues, a Camilo para tribuno militar con otros cinco, por creer que los negocios pedían un general que a la dignidad y la gloria reuniese la experiencia. Sancionado así por el pueblo, y encargado Camilo del mando, se dirigió al país de los Faliscos, y puso sitio a Falerios, ciudad fortificada y bien pertrechada de todo lo necesario para la guerra, no porque la empresa de tomarla le pareciese fácil y de poco tiempo, sino con la mira de quebrantar y tener distraídos a los ciudadanos, para que no les quedara vagar, detenidos en casa, de revolver y alborotar; remedio de que siempre solían usar con fruto, echando fuera, como los médicos, los humores perturbadores del gobierno.

X.— Tan en poco tenían los Falerios el sitio, creyéndose defendidos por todas partes, que fuera de los que hacían guardia en la muralla, todos los demás discurrían adornados por la ciudad, y los niños, yendo a la escuela, salían con el maestro hacia la muralla a pasear y ejercitarse: porque, al modo de los Griegos, mantenían también los Falerios un maestro público, queriendo que los niños desde luego se acostumbraran a criarse y acompañarse unos con otros. Pues este maestro se propuso hacer traición a los Falerios por medio de sus hijos; para lo cual los sacaba cada día al abrigo de la muralla, al principio muy cerca, y luego, después de haberse ejercitado, se volvían a entrar. Adelantando desde entonces poco a poco, los acostumbró a estar confiados, como que no había motivo de recelo, hasta que, por fin, en una ocasión en que estaban todos reunidos, los llevó hasta las avanzadas de los Romanos, y se los entregó, previniendo que le condujesen a presencia de Camilo. Conducido y puesto ante él, le dijo que era maestro y preceptor, pero que prefiriendo el deseo de hacerle obsequio a las obligaciones de justicia en que estaba, venía a entregarle la ciudad en aquellos niños. Hecho atroz le pareció éste a Camilo, y vuelto a los circunstantes: «¡Qué cosa tan terrible la guerra! —les dijo—: pues es forzoso hacerla por medio de muchas injusticias y violencias; pero, con todo, para los varones rectos tiene también sus leyes la guerra, y no se ha de tener en tanto la victoria que debe buscarse por medio de acciones perversas e impías; pues el gran general más ha de mandar fiado en la virtud propia que en la maldad ajena». Y entonces mandó a los lictores que despojasen al maestro de sus vestidos y le atasen las manos atrás, y que a los niños les diesen varas y látigos, para que, hiriéndole y lastimándole, lo llevasen así a la ciudad. Acababan los de Falerios de tener conocimiento de la traición del maestro, y cuando la ciudad estaba entregada a la aflicción, que era indispensable en semejante calamidad, corriendo aun los hombres más señalados y las mujeres a las murallas y a las puertas sin ninguna reflexión, llegaron los niños castigando al maestro, desnudo y atado como estaba, y proclamando a Camilo por su salvador, su dios y su padre; espectáculo que no sólo en los padres de los niños, sino en todos los demás ciudadanos, engendró grande admiración y deseo de la justicia de Camilo. Corriendo, pues, a celebrar junta, le enviaron embajadores, entregándolo todo a su disposición; y él los despachó a Roma. Presentados al Senado, dijeron que los Romanos, con anteponer la justicia a la victoria les habían enseñado a tener en más tal vencimiento que la libertad, pues reconocían que no tanto les eran inferiores en poder como en virtud. Como el Senado volviese a poner en manos de Camilo la determinación y arreglo de aquel asunto, con recibir alguna suma de los Falerios, y hacer paz y amistad con todos los Faliscos, retiró el ejército.

XI.— Los soldados, que habían esperado saquear a Falerios, cuando regresaron a casa con las manos vacías, acusaban a Camilo de desafecto al pueblo, y nada inclinado a favorecer a los pobres. Otra vez repitieron los tribunos de la plebe la ley de la repoblación; y pidiendo que el pueblo pasara a votar, Camilo no se detuvo en enemistades, ni usó de disimulos, sino que a las claras contuvo a la muchedumbre y logró sí que voluntariamente diera su voto contra la ley, pero no por eso dejó de atraerse su enojo; tanto que, ocurriéndole motivos domésticos de pesadumbre, por haber perdido de enfermedad al uno de sus hijos, nada se disminuyó el encono por la compasión, a pesar de que, por ser de condición dulce y bondadosa, llevó con mucho dolor esta pérdida, y de que, hallándose citado por esta causa, se quedó en casa por el duelo, encerrado con las mujeres.

XII.— Era su acusador Lucio Apuleyo, y el delito, haberse apropiado los despojos etruscos, diciéndose que se veían en su casa ciertas puertas de bronce. El pueblo estaba muy irritado, y era indudable que bajo cualquier pretexto iba a dar sentencia contra él. Congregando, pues, a sus amigos, sus compañeros de armas y sus colegas de mando, que eran en gran número, les hizo la súplica de que no le abandonasen viéndole molestado con injustas acusaciones y hecho el juguete de sus enemigos. Cuando vio que los amigos, habido consejo y deliberación entre sí, le dieron por respuesta que en su causa ningún auxilio podían prestarle, y, sólo si se le impusiese alguna multa la pagarían, no pudiendo aguantar más, determinó, en aquel acaloramiento de la ira, retirarse y huir de la ciudad. Saludando, pues, a su mujer y a su hijo, se dirigió por la ciudad con gran silencio a la puerta; allí se paró, y vuelto hacia aquella, levantando las manos al Capitolio, hizo a los Dioses la plegaria de que si no era justa su difamación y su ruina, sino efecto solamente del encono y de la envidia, tuvieran que arrepentirse pronto de ella los Romanos, y viera todo el mundo que echaban menos y sentían la ausencia de Camilo.

XIII.— Al modo, pues, de Aquiles, haciendo imprecaciones contra sus ciudadanos y desterrándose, dejó desierta su causa, estimada en quince mil ases, en los que fue condenado, que traído el cómputo a plata, venían a ser mil y quinientas dracmas, porque el as era de plata, y el décuplo en cobre se llamaba denario. Entre los Romanos no hay nadie que no esté en la inteligencia de que a aquella plegaria de Camilo se siguió al instante la pena, y que luego recibió, en cambio de la injusticia que se le hizo, una satisfacción, no dulce ciertamente, sino tan dura como famosa y celebrada. ¡Tal castigo vino sobre Roma, y tal ocasión se presentó para ella de peligro y de vergüenza, bien lo hiciese así la suerte, o bien sea que hay algún dios que no consiente que los hombres sean ingratos contra la virtud!

XIV.— La primera señal que hubo de que amenazaba algún gran mal fue la muerte del censor Julio, porque los Romanos respetan mucho esta autoridad, y la miran como sagrada. Fue la segunda, que antes del destierro de Camilo un hombre, no de los ilustres ni de los senadores, pero sí tenido por de probidad y rectitud, llamado Marco Cedicio, dio cuenta a los magistrados de una cosa muy digna de atención. Dijo que en la noche precedente iba por la calle que decían Nueva, y sintiendo que le llamaban con una gran voz, se volvió a ver lo que era, y aunque no vio a nadie, oyó una voz más que humana, que le dijo: «Oye, Marco Cedicio, ve de mañana y anuncia a los magistrados que se dispongan a recibir dentro de poco a los Galos». Los tribunos militares, al oírlo hicieron burla y juego de ello; poco después ocurrió el voluntario destierro de Camilo.

XV.— Eran los Galos de origen céltico, y se dice que dejando por su gran número el país patrio, porque no bastaba a alimentarlos a todos, se habían encaminado en busca de otro; que eran ya muchos los millares de los jóvenes y hombres de guerra, y llevaban mucho mayor número todavía de niños y mujeres; que de ellos unos se dirigieron hacia el Océano Boreal, más allá de los Montes Rifeos, poseyendo los últimos términos de Europa, y otros hicieron su asiento entre los Montes Pirineos y los Alpes, habitando por largo tiempo cerca de los Senones y Celtorios, y que habiendo llegado, aunque tarde, a probar el vino, traído entonces por la primera vez de Italia, de tal manera se maravillaron de aquella bebida, y hasta tal punto los sacó a todos de juicio su dulzura, que, tomando las armas, y llevando consigo a sus padres, corrieron arrebatadamente a los Alpes, en busca de la tierra que tal fruto producía, teniendo todos los demás países por estériles y silvestres.

El que introdujo el vino entre ellos, y fue quien primero los impelió hacia la Italia, es fama haber sido el tirreno Arrón, hombre distinguido, y no de mala índole, a quien sucedió la desgracia que voy a referir. Era tutor de un mocito huérfano, de los primeros en el país por su riqueza, y muy celebrado por su hermosura, llamado Lucumón, el cual desde niño había habitado con aquel, y ya más crecido no había dejado la casa, antes daba a entender que gustoso permanecía al lado del tutor. Estuvo, por tanto, largo tiempo oculto que se había prendado de su mujer, y ésta de él, pero encendida ya demasiado la pasión en uno y otro, de modo que ni podían contenerse en sus apetitos, ni éstos estar ocultos por más tiempo, el joven intentó apoderarse abiertamente de aquella mujer, llevándosela robada. El marido sobre esto le movió causa; pero como fuese vencido de Lucumón por sus muchos amigos, su gran riqueza y lo mucho que expendió, abandonó su país, y noticioso de lo que era la nación de los Galos, se pasó a ellos, y fue su caudillo en esta expedición de Italia.

XVI.— Invadiéndola, pues, prontamente se apoderaron de todo el país, que se extiende a entrambos mares, y en lo antiguo lo poseyeron los Tirrenos, como los nombres mismos nos lo testifican; porque al mar del norte lo llaman Adriático, de la ciudad tirrena del propio nombre, y al que se inclina al austro, Mar Tirreno. Toda ella es la región poblada de árboles, abundante en pastos para el ganado, y regada de ríos: contenía entonces diez y ocho ciudades grandes y hermosas, muy bien dispuestas para la granjería y para las comodidades de la vida. Los Galos se apoderaron de ellas, arrojando a los Tirrenos; pero todo esto había sucedido mucho tiempo antes.

XVII.— A la sazón, acampados los Galos delante de la ciudad tirrena Clusio, le tenían puesto sitio, y los Clusinos, acogiéndose a los Romanos, les pidieron que por su gobierno se enviaran embajadores y cartas a los bárbaros. Enviáronse tres de la familia de los Fabios, varones muy recomendables y que servían los principales cargos en la ciudad. Recibiéronlos los Galos con mucha humanidad por la nombradía de Roma, y suspendiendo el batir los muros, les dieron audiencia. Preguntándoles, pues, los embajadores qué mal les habían hecho los Clusinos para venir así contra ellos, echándose a reír el rey, que se llamaba Breno: «Nos injurian —dijo— los Clusinos, cuando es muy poco el terreno que pueden cultivar, con desear poseerlo en gran extensión, y no cedérnoslo a nosotros, que somos forasteros, muchos en número, y lo habemos menester. De este mismo modo ¡oh Romanos! os injuriaron a vosotros en tiempos pasados los Albanos, Fidenates, Ardeates y, ahora últimamente, los Veyentes y Capenates, y muchos de los Faliscos y los Volscos; contra los que movéis vuestras armas, y si no os ceden parte de sus bienes, los esclavizáis, los saqueáis y derribáis sus ciudades; en lo que no hacéis nada que sea reprobable o injusto, sino que seguís en ello la más antigua de las leyes, que da a los más poderosos los bienes de los más débiles, empezando por el mismo Dios y finalizando en las fieras, pues aun entre éstas es impulso de la naturaleza que las de más fuerza hagan ceder a las más débiles. Dejaos, pues, de compadecer en su cerco a los Clusinos, no enseñéis a los Galos a hacerse humanos y compasivos en favor de aquellos a quienes injurian los Romanos».

Conocieron por este razonamiento los Romanos que Breno no era hombre a quien pudiera reducirse, e introduciéndose en Clusio, animaron e incitaron a aquellos ciudadanos a que saliesen con ellos contra los bárbaros, bien quisiesen enterarse del valor y pujanza de estos o bien hacer muestra de la suya. Verificada la salida de los Clusinos y trabada batalla al pie de los muros, uno de los Fabios, Quinto Ambusto, que tenía caballo, salió al encuentro de un galo robusto y arrogante que se había adelantado mucho a los demás; sin ser aquel conocido al principio porque la audiencia había sido breve, y las armas muy brillantes que llevaba no dejaban que se le viese el rostro. Mas después que quedó vencedor, al ir a despojar al Galo, reconociéndole Breno, puso por testigos a los Dioses de que, contra lo que es reconocido por santo y justo entre todos los hombres, había venido de embajador y tomaba parte en la guerra; por tanto, haciendo cesar al punto el combate, no hizo ya cuenta de los Clusinos, y movió el ejército contra Roma. Mas con todo, no queriendo que se hiciese juicio de que se holgaban con aquella injusticia, y que no deseaban más que un pretexto, envió a pedir que se le entregara aquel Romano, para tomar en él satisfacción, y entretanto marchaba lentamente.

XVIII.— En Roma, congregado que fue el Senado, se levantaron varios otros acusadores contra Fabio, y principalmente entre los Sacerdotes los Feciales alzaban el grito, y pedían que el Senado hiciese recaer la abominación de lo que se había hecho sobre el único que había sido causa de ello, para que así quedasen libres los demás. Estos Feciales los estableció Numa, el más dulce y justo de todos los reyes, para que fuesen árbitros y moderadores acerca de las causas por las que puede hacerse la guerra sin temor de injusticia. El Senado se descartó del asunto, dando cuenta al pueblo, y aunque los Feciales repitieron sus acusaciones, hasta tal punto la muchedumbre se rió y burló de los derechos religiosos, que nombró tribuno militar al mismo Fabio, juntamente con sus hermanos. Los Celtas, que lo llegaron a entender, se incomodaron mucho, y ya no pusieron retardo a su diligencia, sino que marcharon aceleradamente; y a los pueblos que estaban al paso, y que, asombrados de su número, de lo brillante de sus preparativos, de su violencia y de su furia, daban por perdido todo su país y temían la destrucción de sus ciudades, en nada los ofendieron, contra lo que esperaban, ni les tomaron lo más mínimo de sus campos, sino que, pasando junto a sus ciudades, proclamaban que sólo marchaban contra Roma, y a solos los Romanos hacían la guerra, teniendo por amigos a todos los demás.

Viendo esta precipitación de los bárbaros, sacaron los tribunos al combate las huestes romanas, las cuales no eran en el número muy inferiores, componiéndose por lo menos de cuarenta mil infantes; pero la más era gente bisoña, y que entonces por la primera vez tomaba las armas. Miraron también entonces con desdén los ritos de la religión, no habiendo hecho los acostumbrados sacrificios, ni habiendo consultado a los agoreros antes de entrar en el peligro y en la pelea. No fue de menos inconveniente para lo que sucedió la muchedumbre de caudillos; pues antes para menores casos muchas veces habían dado la autoridad a uno solo, al que llaman dictador, no ignorando cuánto conduce para el orden en momentos de gran riesgo que no haya más que una voluntad, a la que todos obedezcan, y en cuya mano resida el poder de castigar. Fue asimismo de gran daño para los negocios el mal tratamiento que experimentó Camilo, por cuanto hizo temible el mandar sin contemplación ni adulaciones. Habiendo, pues, hecho marcha de unos noventa estadios, se acamparon junto al río Alias, que no lejos de los reales desagua en el Tíber. Cargando allí sobre ellos de improviso los bárbaros, pelearon flojamente por su falta de orden, y dieron a huir; y lo que es el ala izquierda enteramente la destrozaron los bárbaros, impeliéndola hacia el río; el ala derecha, evitando el ímpetu que sufría en el llano, con retirarse a las alturas, no fue tan mal tratada, y la mayor parte huyeron a la ciudad. De los demás, los que por haberse cansado de matar los bárbaros se salvaron tuvieron por la noche su refugio en Veyos, como si ya Roma hubiese perecido o todos los ciudadanos hubiesen muerto.

XIX.— Dióse esta batalla a la entrada del estío, en el plenilunio, en el mismo día en que antes había acontecido el lastimoso suceso de los Fabios; porque trescientos de esta familia fueron muertos por los Tirrenos. Después de esta segunda derrota, aquel día se ha quedado con el nombre de la Aliada, a causa del río. Acerca de los días aciagos, si se han de tener en algunos por tales o no, y si Heráclito reprende con razón a Hesíodo por haber llamado a unos buenos y a otros malos, no haciéndose cargo de que la naturaleza de todos los días es una misma, tratamos más oportunamente en otro lugar. Con todo, quizá no cuadrará mal con lo que dejamos escrito el que hagamos aquí mención de algunos ejemplos. Los Beocios, en primer lugar, en el mes Hipodromio, que los Atenienses llaman Hecatombeón, en el día 5, tuvieron la suerte de conseguir dos señaladas victorias, que dieron la libertad a los Griegos: una, la de Leuctras, y otra, la de Quereso, más de doscientos años antes, en que vencieron a Latamia y a los Tesalios. Los Persas, en el mes de Boedromión, el día 6, fueron vencidos por los Griegos en Maratón; el día 3, en Platea y en Mícale, a un mismo tiempo, y el día 26, en Arbelas. Los Atenienses ganaron la batalla naval de Naxo, en que estuvo de general Cabrias, en el plenilunio del mes Boedromión, y hacia el 20, la de Salamina, como lo hemos demostrado en el Tratado de los días. Puede también tenerse por conocidamente desgraciado para los bárbaros el mes Targelión; porque en Targelión venció Alejandro en el Gránico a los generales del rey; el 24 de Targelión fueron los Cartagineses derrotados por Timoleón, y hacia el mismo día parece que fue tomada Troya, según relación de Éforo, de Calístenes, de Damastes y de Filarco. A la inversa, el mes Metagitnión, que los Beocios llaman Panemo, no ha sido muy favorable a los Griegos, porque el 7 de este mes, vencidos en Cranón por Antípatro, fueron deshechos del todo, antes habían tenido también mala suerte peleando en Queronea con Filipo, y en el mismo día de Metagitnión, del propio año, el ejército de Arquídamo, habiendo pasado a Italia, fue allí desbaratado por los bárbaros. Los Cartagineses, el día 22 del mismo mes le miran siempre como el que les ha traído sus más frecuentes y mayores desgracias. No ignoro que en el día de los misterios fue Tebas asolada por Alejandro, y que los Atenienses recibieron guarnición de los Macedonios el día 20 de Boedromión, el mismo en que celebran la gran fiesta de Baco. Del mismo modo, los Romanos, en un mismo día, primero perdieron su campamento en la guerra con los Cimbros, bajo el mando de Cepión, y después, mandando Luculo, vencieron a los Armenios y a Tigranes. El rey Átalo y Pompeyo Magno murieron en su mismo día natal, y, en general, pueden darse pruebas de que unos mismos sujetos han experimentado de todo en los mismos períodos. Mas para los Romanos este sólo es día nefasto y aciago, y por él otros dos en cada mes, adelantando siempre con los sucesos el recelo y la superstición, como es costumbre; pero de estas cosas tratamos con más diligencia en nuestra Memoria sobre las causas de las cosas romanas.

XX.— Después de aquella batalla, si los Galos hubieran seguido inmediatamente el alcance a los que huían, Roma hubiera sido destruida totalmente sin estorbo, y todos cuantos en ella se encontraban hubieran sin disputa perecido: ¡tanto era el terror que los fugitivos habían inspirado a los que quedaron, y de tal modo todos se habían llenado de consternación y aturdimiento! Mas entonces los bárbaros, no acabando de creer lo grande de su victoria, y embargados con el gozo y con el repartimiento de la gran presa que habían encontrado en los reales, dieron facilidad para la fuga a la muchedumbre que abandonaba la ciudad, y a los que se quedaban, para concebir esperanzas y apercibirse. Dando, pues, por perdido lo demás de la ciudad, fortificaron el Capitolio con armas arrojadizas y un vallado. Lo primero fue trasladar algunas cosas sagradas al Capitolio; pero el fuego de Vesta, con otras cosas también sagradas, lo arrebataron las vírgenes, y huyeron; aunque algunos son de sentir que, fuera del fuego inextinguible, ninguna otra cosa estaba al cuidado de estas vírgenes, establecidas por Numa para que aquel fuera venerado como el principio de todas las cosas, porque es lo más movible de cuanto la naturaleza encierra, y la generación de todo o es movimiento o al movimiento se debe, y las demás partes de la materia, faltándoles el calor, ociosas y como muertas, desean como alma la virtud del fuego, y apenas la reciben, se ponen en disposición de hacer o padecer. Por esto Numa, hombre hábil y de quien por su sabiduría corría voz de que conversaba con las Musas, ordenó que se le tuviera por sagrado, y se conservara puro como la imagen del poder eterno que todo lo gobierna. Otros dicen que, como entre los Griegos, el fuego sirve de purificación antes de los sacrificios, y que todas las demás cosas que se guardan dentro son invisibles para todos los demás, fuera de estas vírgenes que se llaman Vestales. Tuvo también mucho valimiento la opinión de que se guardaba allí aquel Paladión troyano, traído por Eneas a Italia. Algunos dicen que son los dioses de Samotracia, y refieren que Dárdano, llevándolos a Troya, los consagró y dedicó al fundar la ciudad, y que Eneas, reservándole al tiempo de la toma de ésta, los salvó hasta su establecimiento en Italia. Otros, aparentando saber algo más acerca de estas cosas, dicen que hay allí dos grandes tinajas, la una destapada y vacía, y la otra llena y sellada, y que ambas sólo son visibles a estas sagradas vírgenes. Todavía hay otros que opinan andar aquellos errados, y que su equivocación nace de que las vírgenes pusieron entonces en dos tinajas la mayor parte de las cosas sagradas, y las escondieron debajo de tierra junto al templo de Quirino, y que aquel sitio aún conserva el nombre que tomó de las tinajas.

XXI.— Cargando, pues, aquellas con las más principales y preciosas de las cosas sagradas, huyeron, retirándose al otro lado del río. Por allí también, entre los que huían, iba Lucio Albino, uno de la plebe, llevando en un carro sus hijos, todavía niños, su mujer y las cosas más precisas, y cuando vio a las vírgenes que llevaban en el seno las cosas sagradas, yendo a pie, y sin nadie que las sirviese, inmediatamente bajó del carro a su mujer, los hijos y los muebles, y lo entregó a aquellas para que se subiesen en él y se retiraran a alguna de las ciudades de la Grecia. Habiendo, pues, dado Albino tal prueba de su religión y piedad hacia los Dioses en momentos de tanto riesgo, no sería razón que le pasáramos en silencio. Los sacerdotes de los demás Dioses, y los hombres ancianos señalados por sus consulados y sus triunfos, no teniendo corazón para dejar la ciudad, se vistieron las ropas sagradas y de ceremonia, y precedidos del Pontífice Máximo, Fabio, hicieron plegarias a los Dioses, consagrándose en víctimas de expiación por la patria; y así adornados se sentaron en medio de la plaza, en sus sillas de marfil, aguardando la suerte que les amenazaba.

XXII.— Al tercer día después de la batalla se presentó Breno con todo su ejército delante de la ciudad, y encontrando abiertas las puertas, y las murallas sin guardia ninguna, al principio receló no fuese alguna celada o añagaza, no pudiendo creer que enteramente hubiesen desmayado así los Romanos; pero después que se informó de lo que había en realidad, entrando por la Puerta Colina, tomó la ciudad, a los trescientos y sesenta años y poco mas después de su fundación, si hemos de creer que pudo salvarse la exactitud en la razón de los tiempos, en la cual aun para sucesos más modernos indujo confusión aquel trastorno. De este infortunio y de esta pérdida parece que se difundió al punto un rumor oscuro por toda la Grecia, pues Heraclides Póntico, que poco más o menos vivió por aquella edad, en su libro Del alma dice que desde occidente vino la noticia de que un ejército de los Hiperbóreos, que vino de la parte de afuera, se apoderaba de la ciudad griega-romana, fundada allí sobre el Gran Mar. Yo no extrañaría que un hombre aficionado a fábulas e invenciones como Heraclides, a la relación verdadera de la toma de la ciudad hubiera añadido de suyo lo de los Hiperbóreos y lo del Gran Mar. El filósofo Aristóteles no tiene duda que oyó con exactitud lo de la ocupación de la ciudad por los Celtas; pero dice que el que la salvó fue Lucio, y Camilo no se llamaba Lucio, sino Marco; mas para aquello no me fundo sino en conjeturas. Apoderado Breno de Roma, dejó guardia ante el Capitolio, y bajando él a la plaza, se quedó asombrado de ver aquellos hombres sentados con aquel adorno y tan silenciosos, y, sobre todo, de que marchando hacia ellos los enemigos, no se levantaron ni mudaron semblante de color, sino que se estuvieron quedos reclinados sobre los escipiones o báculos que llevaban, mirándose unos a otros tranquilamente. Era, pues, éste para los Galos un espectáculo extraño; así largo rato estuvieron dudosos sin osar acercarse, ni pasar adelante, teniéndolos por hombres de otra especie superior; pero después que uno de ellos, más resuelto, se atrevió a acercarse a Manio Papirio, y alargando la mano le cogió y mesó la barba, que la tenía muy larga, y Papirio, con el báculo, le sacudió e hirió en la cabeza, sacando el bárbaro su espada, lo dejó allí muerto. En seguida, cargando sobre todos los demás, les dieron muerte, ejecutando lo mismo con todos cuantos iban encontrando, y saquearon las casas, gastando muchos días en recoger y llevar los despojos; luego, las incendiaron y asolaron, irritados con los que defendían el Capitolio, porque habiéndoles hablado no se dieron por entendidos, y a los que se habían acercado los habían herido defendiéndose desde el vallado; por esta causa arruinaron la ciudad, y dieron muerte a cuantos cayeron en sus manos, así mujeres como hombres, y niños como ancianos.

XXIII.— El sitio se fue prolongando, y la falta de víveres apremiaba a los Galos; por tanto, haciendo divisiones, unos se quedaron con el rey manteniendo el cerco del Capitolio, y otros andaban merodeando por toda la comarca, no juntos tampoco, sino en partidas por diferentes parajes, no reparando en andar esparcidos, porque sus victorias los traían engreídos sin haber nada que temiesen. La división mayor y más ordenada discurría por las cercanías de la ciudad de Ardea, donde residía Camilo, desocupado de todo negocio después de su destierro, llevando la vida de un particular; con todo, no gustándole el estar escondido y el huir de los enemigos, tomaba lenguas y esperanzas, por si podía presentársele ocasión de escarmentarlos. Por tanto, viendo que los Ardeates en número eran bastantes, y sólo les faltaba la resolución por no estar ejercitados y por la impericia y flojedad de sus caudillos, empezó por hacer conversación con los jóvenes sobre que la desgracia de los Romanos no debía llamarse fortaleza de los Galos, ni el mal que por su falta de prudencia les había sobrevenido a aquellos debía reputarse obra de los que nada habían puesto para vencer, sino demostración de su buena suerte; así que sería loable rechazar aquella guerra bárbara y extranjera, cuyo fin, en venciendo, a la manera del fuego, era destruir lo que invadía, aun cuando para ello fuera necesario pasar por grandes peligros; cuanto más que, mientras los enemigos andaban tan seguros y confiados, él los pondría en ocasión de alcanzar de ellos una victoria exenta de todo riesgo. Viendo que estos discursos prendían en los jóvenes, se dirigió ya Camilo a los magistrados y prohombres de los Ardeates, y cuando logró convencer también a éstos, armó a todos los que estaban en edad proporcionada, y los contuvo dentro de las murallas, procurando no lo entendieran los enemigos, que andaban cerca. Ellos, en tanto, habiendo recorrido con su caballería todo el país, haciéndose insufribles por las muchas presas de toda especie que habían tomado, establecieron en aquella inmediación sus reales con el mayor descuido y menosprecio; y la noche los cogía cargados de vino, siendo grande el silencio que reinaba en su campo. Enterado de todo Camilo por sus espías, sacó de la ciudad sus Ardeates, y andando en las mayores tinieblas de la noche el camino que mediaba, llegado a los reales hizo mover grande gritería, con la que y las trompetas indujo gran turbación en unos hombres embriagados, que con dificultad volvían del sueño, aun en medio de tanto alboroto; así fueron muy pocos los que, pudiendo despertarse y prevenirse para hacer frente a los de Camilo, murieron defendiéndose; a todos los demás los cogieron oprimidos del sueño y del vino, y sin que tomasen las armas les dieron muerte. A los que aquella noche, que no eran muchos, se habían escapado del campamento, persiguiéndolos al día siguiente, esparcidos como estaban por todo el país, los exterminó la caballería.

XXIV.— La fama difundió luego este suceso por las demás ciudades, y excitó a muchos de los que estaban en edad de llevar armas, y, sobre todo, a los muchos Romanos que, habiendo huido de la batalla del Alias, se hallaban en Veyos, y que se lamentaban entre sí de que el mal Genio de Roma, privándola de semejante caudillo, hubiese ido a ilustrar con los triunfos de Camilo a la ciudad de Ardea, mientras que la que le había dado el ser y lo había criado estaba destruida y aniquilada. «Nosotros —decían—, por falta de caudillo, acogidos a unos muros ajenos, nos estamos aquí sentados mirando la ruina de la Italia; ¡ea, pues, enviemos quien les pida a los Ardeates su general, o tomando las armas dirijámonos a él mismo, pues que ni él es desterrado ni nosotros ciudadanos, no existiendo para nosotros la patria mientras esté dominada de los enemigos!». Habida esta deliberación, hicieron mensaje a Camilo, pidiéndole que tomase el mando; mas él respondió que no lo haría sin que los ciudadanos refugiados al Capitolio lo decretasen, según ley, porque en ello debía entenderse que se había salvado la patria; por tanto, que si lo mandaban, obedecería con gusto; pero contra su voluntad en nada se entrometería; no pudieron, pues, menos de admirar la prudencia y rectitud de Camilo. Mas faltaba el medio de que esto llegase a los del Capitolio, y, sobre todo, parecía imposible que pudiera llegar hasta la ciudadela un mensajero, estando apoderados de la ciudad los enemigos.

XXV.— Había entre los jóvenes un Poncio Cominio, de los medianos en linaje, pero codicioso de honra y de gloria; éste se ofreció voluntario para la empresa, pero no quiso llevar cartas para los del Capitolio no fuese que, cayendo él en manos de los enemigos, se informaran por ellas de los intentos de Camilo. Llevando, pues, un vestido pobre, y bajo él unos corchos, la primera parte del camino la anduvo por el día sin recelo; pero llegado cerca de la ciudad a la hora en que ya había oscurecido, viendo que no había cómo pasar el puente, porque lo guardaban los bárbaros, echándose a la cabeza la ropa, que no era mucha ni pesada, y apoyando el cuerpo en los corchos, con lo que le aligeró para hacer la travesía, aportó así a la ciudad. Luego, evitando los cuerpos de guardia, cuyos puestos conjeturaba por la conversación y por el ruido, se encaminó a la Puerta Carmental, donde había más quietud; y donde junto a ella la altura del Capitolio es más pendiente, y hay una roca escarpada que le rodea, por allí subió oculto, y llegó hasta donde estaban los que guardaban el vallado, no sin gran dificultad, y por la parte más abrupta. Saludándolos, pues, y diciéndoles su nombre, le recibieron y le condujeron ante los magistrados romanos. Congregóse al punto el Senado, y, presentándose en él, refirió la victoria de Camilo, de que antes no tenían noticia, y expuso lo que los soldados tenían tratado, exhortándolos a que confirmasen el mando a Camilo, como que a él sólo obedecerían los ciudadanos que se hallaban fuera. Oyéronle, y puestos a deliberar, nombraron dictador a Camilo, y despacharon a Poncio, que, con la misma buena suerte, se volvió por el propio camino, porque no fue percibido de los enemigos, y dio cuenta a los ciudadanos de afuera de lo resuelto por el Senado.

XXVI.— Recibiéronle aquellos con sumo placer, y pasando allá Camilo, reunió ya unos veinte mil hombres de tropas, y muchos más de los aliados, con los que se disponía a dar combate. De este modo fue nombrado dictador Camilo la segunda vez. En Roma, algunos de los bárbaros, pasando casualmente por aquella parte, por donde Poncio subió por la noche al Capitolio, y advirtiendo en muchos puntos vestigios de los pies y de las manos, según que se asía y tenía que tomar vueltas, y por muchos puntos también arrancadas las matas que nacen en los derrumbaderos y hundido el terreno, dieron de ello parte al rey. Yendo éste a verlo, calló por entonces, pero a la tarde, juntando a los más ágiles de cuerpo entre los Celtas, y más hechos a trepar por los montes: «Los enemigos —les dijo— nos han enseñado que el camino por donde a ellos se sube, y que nosotros no sabíamos, no es ni invencible ni inaccesible a los hombres. Vergüenza sería que teniendo tanto adelantado, al fin lo echáramos a perder, y abandonáramos como inconquistable un lugar que los mismos enemigos nos han enseñado por dónde ha de tomarse; porque por donde a uno le es fácil ir, no ha de ser difícil a muchos uno a uno, y aun tienen la ventaja de que pueden entre si darse fuerza y ayudarse; y a cada uno se le darán los premios y honores correspondientes».

XXVII.— Dicho esto por el rey, se ofrecieron los Galos con ánimo pronto; y subiendo muchos juntos a la media noche, treparon por la piedra con mucho silencio, colgados por aquellos sitios tajados y escabrosos, que se les hacían más accesibles y practicables de lo que habían esperado; tanto, que los primeros ya tocaban la cumbre, y se iban preparando, porque casi nada les faltaba, para acometer a las guardias que se habían dormido, pues no habían sido sentidos ni de hombre ni de perro alguno. Mas había unos ánsares sagrados en el templo de Juno, alimentados largamente en otro tiempo, pero tratados entonces con descuido y escasez, por la falta de víveres que los sitiados mismos padecían. Son estos animales, por su naturaleza, de oído agudo y muy prontos a cualquier ruido, pero entonces aquellos, hechos todavía más vigilantes e inquietos con el hambre, sintieron muy pronto la subida de los Galos, y corriendo con gran estrépito se fueron para los Romanos, y los despertaron a todos, a tiempo que ya los Galos movían grande alboroto, y se apresuraban más, viéndose descubiertos. Tomó, pues, cada uno de aquellos el arma que más a mano encontró, y como el tiempo lo pedía, corrieron a defenderse. El primero Manlio, varón consular, de cuerpo robusto y conocido por el valor de su espíritu, oponiéndose a un tiempo a dos enemigos, el uno adelantándose con su espada a la segur que traía alzada, le cortó la diestra, y al otro, dándole en la cara con el escudo, le arrojó de espaldas la roca abajo, y puesto prontamente en el muro con los demás que acudieron y se le pusieron al lado, rechazaron a todos los enemigos, que ni eran muchos ni hicieron cosa memorable. Libres de esta manera de aquel peligro, luego que vino el día, al jefe de la guardia le precipitaron de la roca hacia los enemigos, y a Manlio le decretaron un premio de valor, más apreciable que útil, dándole cada uno cuanto había tomado para su manutención en aquel día, que era la media libra de harina acostumbrada, porque así la llaman, y de vino la cuarta parte de la cotila griega.

XXVIII.— Con esto las cosas de los Celtas comenzaron a ir en decadencia, porque les faltaban las subsistencias, impedidos de merodear por miedo de Camilo, y además les había acometido una epidemia, por causa de los muchos muertos esparcidos por todas partes, estando precisados a tener las tiendas sobre escombros; y el gran montón de cenizas alteraba el aire con su sequedad y aspereza, y le hacía malsano por medio de los vientos y las quemas, y dañoso a los cuerpos por la difícil respiración; pero lo que principalmente los incomodaba era la mudanza de habitación y método de vida, habiendo sido arrojados, de un país sombrío y que tenía grandes defensas contra el calor, a un terreno ahogado y mal dispuesto para pasar la entrada del otoño; a lo que se agregaban la detención y ocio ante el Capitolio, que iban muy largos, pues ya era aquel el séptimo mes que llevaban de sitio; de manera que había gran mortandad en el campamento, y ya por los muchos que eran, ni siquiera daban sepultura a los cadáveres. Mas no por esto era mejor la situación de los que sufrían el cerco, porque también se les hacía sentir el hambre, y el no tener noticias de Camilo los tenía desmayados, no pudiendo pasar nadie hasta ellos, a causa de la estrecha custodia en que tenían la ciudad los bárbaros; por lo cual, hallándose así unos y otros, se llegaron a mover conversaciones de paz, primero por medio de las avanzadas, cuando se juntaban, y después, habiendo deliberado entre sí los principales, tratando con Breno Sulpicio, que era tribuno militar, ajustaron el convenio de que los Romanos les pagarían mil libras de oro, y en recibiéndolas al punto se retirarían de la ciudad y de todo el país. Confirmado este tratado con los recíprocos juramentos, y traído el oro, los Celtas comenzaron a engañar con ocasión del peso: primero, con algún disimulo; pero, después, ya abiertamente tirando e inclinando las balanzas, por lo que los Romanos se desazonaban con ellos; y el mismo Breno en aire de insulto y de burla, quitándose la espada y el cinturón, los puso también en la balanza. Preguntóle Sulpicio qué era aquello, y la respuesta fue: «¿Qué otra cosa ha de ser sino ¡ay de los vencidos!?»; expresión que quedó después en proverbio. Entonces los Romanos la sintieron vivamente, y algunos opinaban que debía recogerse el oro y retirarse y volver a sufrir el sitio, pero otros proponían que se cediera a aquella llevadera injusticia, y no se atribuyera en la imaginación mayor valor a aquel agravio, cuando el mismo dar el oro lo sufrían, a causa de las circunstancias, no por gusto, sino por necesidad.

XXIX.— Mientras de parte de unos y otros se altercaba de este modo, Camilo con su ejército estaba ante las puertas, y sabedor de lo ocurrido, mandando a los demás que le siguiesen formados y lentamente, penetró con los principales dentro de la ciudad y se dirigió donde estaban los Romanos. Levantáronse todos, y le recibieron como a emperador, con respeto y silencio, y él, quitando el oro de la balanza, y entregándolo a los lictores, dio orden a los Celtas de que, tomando las balanzas y pesas se retirasen, diciendo que los Romanos no acostumbraban a salvar la patria con oro, sino con acero. Incomodado Breno, y diciendo que era una injusticia faltar al convenio, le repuso éste que no había sido legítimo ni válido el tratado, porque, hallándose ya nombrado dictador, y no habiendo ninguno otro con legítimo mando, se había hecho con quien no tenía ninguna autoridad; por tanto, que entonces era el tiempo de decir lo que querían, porque como dueño de ello venía a usar de benignidad con los que le rogasen, o a tomar venganza, si no mudaban de propósito, con los que hubiesen dado motivo. Alborotóse Breno a estas razones, y movió rencilla, llegando hasta meter mano de una y otra parte a las espadas y trabar pelea, mezclándose unos con otros, como era preciso entre las casas, en callejuelas estrechas y en sitios que no admitían formación ninguna; pero reflexionando luego Breno, recogió los Celtas al campamento, sin haber perdido muchos, y levantándolo en aquella misma noche, los sacó a todos de la ciudad, y caminando sesenta estadios, puso sus reales en la vía Gabinia; pero al amanecer vino Camilo contra él, armado ricamente, y trayendo muy adelantados a los Romanos. Trabóse una recia batalla, que fue obstinada, en la que los rechazó, con gran matanza, y les tomó el campamento. De los que huyeron, unos murieron al punto a manos de los que les seguían el alcance, y a los otros, que se habían dispersado, y fueron en mayor número, corriendo contra ellos de los pueblos y ciudades de la comarca les dieron también muerte.

XXX.— Así fue tomada Roma de un modo extraño, y de un modo más extraño todavía recuperada, habiendo estado siete meses cumplidos en poder de los bárbaros, porque habiendo entrado pocos días después de los idus de Julio, fueron expelidos hacia los idus de Febrero. Camilo obtuvo el triunfo, como era muy debido, habiendo sido el salvador de una patria que ya habían perdido, y el que restituyó Roma a Roma misma, pues los que estaban fuera acudieron y se presentaron con sus mujeres y sus hijos, y los sitiados en el Capitolio, a quienes faltó muy poco para perecer de hambre, les salían al encuentro llorando de gozo, sin acabar de creer lo que les pasaba. Los sacerdotes y custodios de los templos de los Dioses, trayendo salvas las cosas sagradas que habían escondido al huir, o llevado consigo, las ponían de manifiesto a los ciudadanos, que ansiaban verlas y las recibían gozosos, como si fuesen los Dioses mismos los que otra vez tornaban a Roma. Sacrificó luego a los Dioses, y purificando la ciudad, hechos los ritos por aquellos a quienes correspondía, restableció los templos que había y edificó de nuevo el de la Fama y buen agüero, eligiendo aquel lugar en que por la noche anunció a Cedicio Marco una voz prodigiosa la irrupción de los bárbaros.

XXXI.— Mas no sin gran dificultad y trabajo se pudieron descubrir los sitios de los templos, por el empeño y esmero de Camilo y las fatigas de los hierofantes o pontífices. Era preciso reedificar la ciudad del todo destruida, y al ponerlo por obra se apoderó de los más un sumo desaliento, dándoles fatiga ver que carecían de todo, y que más estaban que se les dejara descansar y reposar de los males pasados, que no para trabajar y atormentarse, gastados como se hallaban en los cuerpos y en los intereses. Luego, con el descanso, volvieron a lo de Veyos, ciudad que se mantenía entera y bien conservada en todo, dando ocasión, a los que no hablan sino con la mira de congraciarse con la muchedumbre, para discursos populares y sediciosos contra Camilo, como que por ambición y por su propia gloria los privaba de una ciudad habitable, y los precisaba a poblar ruinas, y a volver a poner en pie aquellos escombros abrasados, para que se le diera el nombre no sólo de general y caudillo, sino también de fundador de Roma, poniéndose a la par de Rómulo. Temió el Senado que esto parara en tumulto, y no permitió a Camilo que, como quería, se desistiese por aquel año de la autoridad, no obstante que ningún otro dictador hasta entonces había excedido de los seis meses; y por si se aplicó a contentar y aplacar al pueblo con la persuasión y la afabilidad, mostrándoles los monumentos de sus héroes y los sepulcros de sus padres, y trayéndoles a la memoria los sitios sagrados y los lugares santos que Rómulo o Numa, o algún otro de los reyes, por inspiración superior, les dedicaron. Entre las cosas religiosas, poníanles a la vista muy especialmente la cabeza humana fresca que se encontró en los cimientos del Capitolio, y que parecía anunciar que el hado de aquel lugar era ser cabeza de la Italia, y el fuego de Vesta, que encendido por las vírgenes, después de la guerra, sería preciso que volviera a desaparecer, y que lo apagaran con vergüenza suya los que abandonaran la ciudad, dejándola, o para que la habitaran advenedizos y forasteros, o para que fuera un desierto en que se apacentaran los ganados. Pero por más que en público y privadamente se les inculcaban estas querellas, los más volvían a los lamentos de su absoluta imposibilidad, y a los ruegos de que habiendo regresado como de un naufragio desnudos y miserables, no se les obligara a juntar las reliquias de una ciudad destruida, teniendo otra en que nada faltaba.

XXXII.— Parecióle a Camilo lo mejor que el Senado diera su dictamen, y él mismo habló primero largamente, exhortándolos a no abandonar la patria, y lo mismo ejecutaron los demás que quisieron; por fin, levantándose, ordenó que Lucio Lucrecio, que solía ser quien votaba primero, manifestase su opinión, y luego los demás por su orden. Impúsose silencio, y cuando Lucrecio iba a dar principio, casualmente pasaba de otra parte el centurión que mandaba la partida de la guardia de día, y llamando en voz alta al primero que llevaba la insignia, le mandó detenerse allí y fijar la insignia, porque aquel era excelente sitio para permanecer y hacer en él asiento. Dada tan oportunamente aquella voz, cuando se meditaba y se estaba en la incertidumbre de lo que había de hacerse, Lucrecio, haciendo reverencia al dios, manifestó conforme a ella su dictamen, y a él le siguieron luego los demás. Admirable fue la mudanza de propósito que se notó asimismo en la muchedumbre, exhortándose y excitándose a la obra unos a otros, no por repartimiento o por orden, sino tomando cada uno sitio, según sus preparativos o su voluntad; así codiciosa y precipitadamente levantaron la ciudad, revuelta con callejones, y apiñada en las casas, pues se dice que dentro del año estuvo de nuevo en pie, así en murallas como en casas de los particulares. Los encargados por Camilo de restablecer y determinar los lugares sagrados, que todos estaban confundidos, cuando rodeando el palacio llegaron al santuario de Marte, lo encontraron destruido y abrasado por los bárbaros, como todos los demás; pero limpiando y desembarazando el terreno, tropezaron con el báculo augural de Rómulo, sepultado bajo montones de ceniza. Es corvo por uno de los extremos, y se llama lituo: úsase de él para las descripciones de los puntos cardinales cuando se sientan a adivinar por las aves, y el mismo uso hacía Rómulo, que era dado a los agüeros; luego que se desapareció de entre los hombres, tomando los sacerdotes este báculo, lo conservaron intacto como cosa sagrada. Encontrándole entonces, cuando todas las demás cosas habían perecido, preservado del incendio, concibieron esperanzas muy lisonjeras respecto de Roma, como que aquella señal le anunciaba una eterna permanencia.

XXXIII.— Cuando todavía no habían reposado de estos cuidados, les sobrevino nueva guerra, habiendo invadido juntos su territorio los Ecuos, los Volscos y Latinos, y puesto los Tirrenos cerco a Sutrio, ciudad aliada de los Romanos. Como los tribunos que tenían el mando, habiéndose acampado junto al monte Marcio, hubiesen sido cercados por los Latinos, y considerándose en riesgo de perder el campamento, hubiesen dado aviso a Roma, fue tercera vez Camilo nombrado dictador. Acerca de esta guerra corren dos tradiciones diversas: referiré primero la fabulosa. Dícese que los Latinos, bien fuese apariencia, o bien que en realidad quisieran que se mezclasen de nuevo los pueblos, enviaron a pedir a los Romanos vírgenes de condición libre. Dudando éstos qué harían, porque temían de una parte la guerra, no habiéndose recuperado ni vuelto todavía en sí, y de otra, en la petición de las mujeres sospechaban que se envolvía el querer tomarles rehenes, y que para darle un aire más decente se pretextaban los casamientos, una esclava llamada Tutola, o, según quieren otros, Filotis, se fue a los magistrados y les propuso que enviasen con ellas otras esclavas, aquellas que en la edad y en el semblante semejasen más a las libres, vistiéndolas como novias de gente principal; y que lo demás lo dejasen a su cuidado. Prestáronse los magistrados a su propuesta, y escogiendo aquellas esclavas que ella juzgó más propias para el caso, y adornándolas con ropas preciosas y oro, las entregaron a los Latinos, que estaban acampados no lejos de la ciudad. A la noche, las demás quitaron las espadas a los enemigos, y Tutola, o sea Filotis, subiéndose a un cabrahigo, y extendiendo por la espalda la ropa, levantó un hachón hacia Roma, como lo había dejado convenido con los magistrados, sin que lo supiese ningún otro de los ciudadanos. Por esta causa, a la salida de las tropas hubo grande alboroto, llamándose unos a otros en medio de la priesa que les daban los magistrados, y apenas haciendo formación. Llegaron al vallado cuando menos lo esperaban los enemigos, que estaban entregados al sueño, tomaron el campamento, y dieron muerte a la mayor parte. Dícese que sucedió esto en las nonas de Julio, como ahora se llama, o de Quintilis, al uso de entonces, y que la fiesta que se celebra es un recuerdo de aquel hecho; porque lo primero saliendo en tropel de la ciudad pronuncian en voz alta muchos de los nombres usuales y comunes en el país, Gayo, Marco, Lucio y otros semejantes, imitando el modo con que entonces se llamaron en aquel apresuramiento. Después las esclavas, adornadas brillantemente, se chancean con los que encuentran, diciéndoles denuestos. Trábase asimismo entre ellas una especie de pelea, como que también entonces tomaron parte en el combate contra los Latinos. Siéntanse para comer, haciéndoles sombra con ramos de higuera, y a aquel día le llaman las Nonas Capratinas, según creen por el cabrahigo, desde el que la esclava levantó el hachón, porque el cabrahigo le dicen caprificon. Mas otros son de sentir que todo esto se ejecuta en memoria de lo sucedido con Rómulo, porque en el mismo día fue su desaparecimiento fuera de la puerta, habiendo sobrevenido repentinamente oscuridad y tormenta, o habiendo habido, como algunos piensan, un eclipse de sol; y que desde entonces el día se llama las Nonas Capratinas, porque a la cabra le dicen Capram, y Rómulo se desapareció junto al lago llamado de la Cabra, como al escribir su vida lo dijimos.

XXXIV.— La mayor parte de los escritores, teniendo por más cierta la otra tradición, la refieren de este modo: nombrado Camilo dictador por tercera vez, sabiendo que el ejército y los tribunos estaban sitiados por los Latinos y los Volscos, precisó a los que ya no estaban en la edad propia, sino que habían pasado de ella, a tomar las armas, y dando un gran rodeo por el monte Marcio, sin ser sentido de los enemigos, fue a colocar su ejército a la espalda de éstos, y encendiendo muchas hogueras, les hizo conocer a aquellos su llegada. Cobraron con esto ánimo, y determinaron salir al campo y trabar batalla, mas los Latinos y Volscos, conteniéndose dentro del vallado, con muchos y gruesos maderos fortalecieron por todas parte el campamento, estando dudosos en cuanto a los enemigos, y teniendo resuelto esperar otro refuerzo de tropas propias, además de contar también con el auxilio de los Tirrenos. Entendiólo Camilo, y temiendo no le sucediese lo mismo que hacía experimentar a los contrarios, teniéndolos cercados, se apresuró a aprovechar la ocasión. Como la defensa del vallado fuese de madera, y el viento a la primera luz soliese soplar con violencia de los montes, hizo que muchos se previnieran con fuego, y moviendo al alba con su ejército, ordenó a los unos que usasen de los dardos, y de la parte opuesta alzasen gritería, y llevó consigo a los que habían de pegar fuego por la parte por donde el viento acostumbraba a soplar sobre el vallado, donde esperaba el momento. Cuando al trabarse la batalla empezó a salir el sol, y se arreció el viento, dando la señal del ataque, rodeó el vallado con los prendedores del fuego. Prontamente se levantó llama donde tanta materia había, y en los maderos de la fortificación, y extendiéndose alrededor, no teniendo los Latinos remedio ni prevención alguna con que apagarlo, cuando ya todo el campamento estuvo ocupado del fuego, reducidos a un punto muy estrecho, tuvieron por precisión que arrojarse sobre los enemigos armados y formados delante del vallado; así fueron muy pocos los que huyeron; y el fuego consumió a todos cuantos quedaron en el campamento, hasta que, apagándolo los Romanos, hicieron presa de los efectos.

XXXV.— Hecho esto, dejó a su hijo Lucio en custodia de los cautivos y del botín, y marchó en busca de los enemigos. Tomó la ciudad de los Ecuos, y trayendo a sí a los Volscos, al punto dirigió el ejército la vuelta de Sutrio, ignorante de lo que había sucedido, y apresurándose todavía a darles auxilio, creyéndolos en peligro y sitiados por los Tirrenos. Mas aquellos habían sufrido ya su desgracia rindiéndose a los enemigos, y ellos mismos, en la mayor miseria, con sólo lo que tenían puesto, se presentaron a Camilo en medio de la marcha, con sus mujeres y sus hijos, lamentando su desdicha. Camilo, conmovido con aquel espectáculo, y viendo a los Romanos llorar e indignarse por lo sucedido, al arrojarse en sus brazos los Sutrinos, resolvió no dejar aquel hecho sin venganza, sino marchar a Sutrio en el mismo día, discurriendo que a unos hombres que acaban de tomar una ciudad opulenta y rica, sin que quedase en ella enemigo alguno, ni se esperase de afuera, no podría menos de encontrarlos desordenados y sin guardias. Salió como lo había pensado, porque no solamente hizo su marcha sin ser sentido, sino que así llegó hasta las puertas, y se apoderó de las murallas, pues no había ningún centinela, sino que todos estaban entregados al vino y los banquetes, esparcidos por las casas. Cuando llegaron a entender que eran dueños de la ciudad los enemigos, estaban ya tan mal parados con la hartura y la embriaguez, que muchos ni siquiera pudieron intentar la fuga, y del modo más vergonzoso fueron muertos sin bullirse, o se pusieron ellos mismos en manos de los enemigos. Por este término sucedió que una misma ciudad fue tomada dos veces en un día, perdiéndola los que la tenían, y volviendo a perderla los que la habían tomado, por disposición de Camilo.

XXXVI.— El triunfo que por estos sucesos se le decretó le concilió mayor gracia y esplendor que los dos precedentes; porque aun aquellos ciudadanos que le miraban mal y se empeñaban en atribuir sus victorias más bien a su fortuna que a su virtud se vieron entonces precisados a reconocer que en la gloria de aquellas hazañas habían tenido mucha parte la actividad y pericia de tal general. El más distinguido entre los que le hacían tiro y le miraban con envidia era aquel Marco Manlio, que fue el primero a arrojar de la eminencia a los Celtas, cuando de noche intentaron asaltar el Capitolio, y que por esto tuvo el sobrenombre de Capitolino; porque aspirando a ser el primero entre los ciudadanos, y no pudiendo adelantarse en gloria a Camilo por medios honestos, recurrió, para abrirse camino, a la tiranía, al medio común y usado de ganarse la muchedumbre, y especialmente los oprimidos con deudas, auxiliando y defendiendo a unos contra los prestamistas, y haciendo libres a otros a fuerza abierta, hasta estorbar que se les reconviniese según derecho; de tal manera, que en breve tiempo tuvo a su disposición un gran número de la gente perdida, que llegó a inspirar miedo a los buenos ciudadanos con su osadía y con sus alborotos y tropelías en las juntas públicas. Creóse dictador con motivo de estas revueltas a Quinto Capitolino, y como, habiendo puesto en prisión a Manlio, la plebe hubiese mudado de vestiduras, demostración de que se usaba en las grandes calamidades públicas, el Senado se intimidó, y mandó que se pusiera a Manlio en libertad. Mas no por eso hizo luego mejor uso de su libertad, sino que con más descaro adulaba a la muchedumbre y la movía a sedición. Eligen en tal estado otra vez tribuno militar a Camilo, y al ventilarse las causas formadas a Manlio, una cierta vista fue de mucho perjuicio a sus acusadores, porque el lugar aquel del Capitolio de donde Manlio arrojó en el nocturno combate a los Celtas se descubría desde la plaza, y excitó en todos los circunstantes gran lástima, tendiendo hacia él las manos, y recordando con lágrimas aquella pelea; de manera que puso en indecisión a los jueces, y repetidas veces fueron dando largas a la causa, no atreviéndose a darle por quito, por la notoriedad de su crimen, y no pudiendo usar del rigor de la ley, por tener ante los ojos su hazaña con la vista del sitio. Meditando sobre ello Camilo, trasladó el tribunal fuera de la puerta, junto al bosque Petelino, desde donde no podía descubrirse el Capitolio; con lo que el acusador pudo seguir la causa, y a los jueces no les impidió la memoria de aquellos hechos el concebir la debida ira contra sus violencias. Condenáronle, pues, y, llevado al Capitolio, fue precipitado de la roca, siendo el mismo lugar monumento de sus gloriosas hazañas y de su desgraciado fin. Los Romanos, asolando después su casa, edificaron allí el templo de la diosa que llaman Moneda, y decretaron que en adelante ninguno de los patricios tuviese casa en el alcázar.

XXXVII.— Llamado por la sexta vez Camilo al tribunado, quiso excusarse, por hallarse ya bastante adelantado en edad, y también por temer la envidia y algún revés después de tanta gloria y tan repetidas victorias. La causa más manifiesta era la indisposición del cuerpo, porque realmente se hallaba enfermo aquellos días; pero el pueblo no le relevó del mando, sino que gritó que no era menester que en los combates se pusiese al frente de la caballería o de la infantería, bastando sólo que emplease su consejo y su disposición, con lo que le obligó a admitir la comandancia, y a guiar al punto el ejército con Lucio Furio, uno de sus colegas, contra los enemigos. Eran éstos los Prenestinos y Volscos, que talaban un país aliado de los Romanos. Marchando, pues, y acampándose inmediato a los enemigos, su intención era quebrantar la guerra a fuerza de tiempo, y, si fuere necesario dar batalla, pelear estando más restablecido. Mas como no pudiese su colega Lucio Furio reprimir el ardor que por deseo de gloria le arrebataba al combate, y estimulase por tanto a los tribunos y centuriones, temiendo Camilo no pareciese que por envidia privaba de la victoria y de los honores consiguientes a los que eran jóvenes, condescendió con aquel, aunque de mala gana, en que formase las tropas, y él, a causa de su indisposición, se quedó con alguna gente en el campamento. Condújose temerariamente Lucio en la batalla, y fue batido, y como Camilo llegase a entender que los Romanos venían huyendo, no pudo contenerse, sino que, saltando del lecho, corrió con los que estaban en su guardia a las puertas de los reales, arrojándose por entre los fugitivos a los que los perseguían, con lo que los unos volvieron al punto al combate y le seguían, y los otros salieron también corriendo a ponerse delante de él y defenderle, yendo a porfía en no abandonar a su general, y de este modo hizo por entonces que se contuviesen en su persecución los enemigos. Al día siguiente, conduciendo el mismo Camilo el ejército, y trabando batalla, los venció completamente, y les tomó el campamento, introduciéndose con los fugitivos y dando muerte a los más de ellos. Sabiendo después que la ciudad de Satria había sido tomada por los Etruscos, y pasados a cuchillo sus habitantes, que todos eran Romanos, envió a Roma la mayor y menos manejable parte de las tropas, y tomando consigo lo más florido y más decidido de ellas, cayó sobre los Etruscos, que estaban apoderados de la ciudad, y a unos los arrojó de ella, y a otros les dio muerte.

XXXVIII.— Tornando a Roma con cuantiosos despojos, hizo ver que excedieron en prudencia los que no temieron la flaqueza y vejez de un general experto y resuelto, sino que le eligieron contra su voluntad y enfermo, con prelación a otros jóvenes que deseaban y solicitaban mandar. Por lo mismo, habiendo llegado la nueva de que se habían rebelado los Tusculanos, decretaron que marchara contra ellos Camilo, designando él mismo al que le pareciese de los cinco colegas, y aunque los cinco lo deseaban y pretendían, contra la esperanza de todos, designó a Lucio Furio, el mismo que, contra el parecer de Camilo, no pudo contener su ardor de dar batalla, y fue vencido sino que queriendo, a lo que parece, disimular aquella fatalidad y reparar aquella afrenta, por eso le prefirió a los demás. Mas los Tusculanos enmendaron aquel yerro con gran habilidad, cubriendo el campo, cuando ya Camilo estaba en camino contra ellos, de cultivadores, como en medio de la paz, teniendo las puertas abiertas, y manteniéndose los niños aprendiendo en las escuelas, y de la gente del pueblo, los artesanos se veían en sus talleres, los otros ciudadanos frecuentaban la plaza vestidos como de costumbre, y los magistrados preparaban con toda diligencia hospedaje a los Romanos, como si nada malo temiesen ni tuvieran por qué temer. No por eso esto Camilo dejó de creer que se habían rebelado; pero compadecido con verlos arrepentidos de su falta, les dio orden de que se presentaran a aplacar la ira del Senado, y habiéndolo hecho así, les proporcionó que se les diera por enteramente libres, y se les admitiera a participar de los mismos derechos. Éstos fueron los hechos más ilustres de su sexto tribunado.

XXXIX.— Después de estos sucesos movió contra el Senado una grande sedición en la ciudad Licinio Estolón, queriendo sacar por fuerza que nombrándose dos cónsules, el uno se eligiese de los plebeyos, y no ambos de los patricios; mas se eligieron los tribunos de la plebe, y la muchedumbre impidió que se celebrasen los Comicios consulares. Recelándose mayores turbaciones en la república con la anarquía, el Senado nombró dictador por la cuarta vez a Camilo, contra la voluntad de la plebe, y aun contra la suya propia, porque no quería luchar con hombres que tenían con él mismo muchos motivos de confianza, de resulta de tantos y tan señalados combates; como que más cosas había ejecutado con ellos en el campo que con los patricios en el gobierno; y ahora éstos le habían elegido por envidia, con la idea de que o desbaratase los proyectos de la plebe domeñándola, o quedase él mismo en la demanda si no la sujetaba. Tirando, sin embargo, a remediar el mal presente, sabedor del día en que los tribunos tenían resuelto proponer la ley, se anticipó a publicar la lista de los soldados, y convocó a la plebe, en vez de la plaza, al Campo de Marte, amenazando con graves penas a los que no obedeciesen. Mas haciendo los tribunos desde allá contratarresto a sus amenazas, e intimándole que le exigirían la multa de cincuenta mil sueldos si no desistía de impedir a la plebe el concurrir a establecer la ley y dar su voto, bien fuese por temor de otro destierro y otra condenación, que en sus años, y después de tantas proezas, le serían menos llevaderos, o bien porque conociese que el empeño de la plebe era del todo decidido e invencible, por entonces se retiró a su casa, y algunos días después, aparentando estar enfermo, renunció el mando. El Senado creó otro nuevo dictador, pero como éste hubiese nombrado por su maestre de la caballería al mismo Estolón, principal autor del tumulto, se les dio con esto oportunidad de sancionar la ley que hería más en lo vivo a los patricios. Prohibióse por ella que ninguno pudiese poseer más de quinientas yugadas de tierra. Así entonces brillaba Estolón, saliendo con su intento, pero de allí a breve tiempo fue condenado por poseer en tierras lo que había impedido poseer a los demás, y sufrió la pena establecida por su propia ley.

XL.— Quedaba la contienda sobre los comicios consulares, que era lo más empeñado de la sedición, el origen de ésta y lo que más había indispuesto a los patricios con la plebe; pero en medio de ella llegaron nuevas ciertas de que los Celtas, moviendo desde el Adriático, venían otra vez con muchos miles de hombres sobre Roma. Con la noticia se vieron ya los efectos de la guerra, porque el país era talado, y los habitantes que no habían podido refugiarse a Roma se habían esparcido por los montes. Este miedo calmó la sedición, y viniendo a una misma sentencia los principales con la muchedumbre, y la plebe con el Senado, eligieron todos de común consentimiento por dictador la quinta vez a Camilo. Era éste ya entonces sumamente anciano, faltándole muy poco para los ochenta años, mas con todo, haciéndose cargo de la premura y del peligro, no buscó pretexto, como antes, ni alegó excusas, sino que, presentándose por sí mismo a encargarse del mando, hizo la convocación del ejército, y sabiendo que la principal fuerza de los bárbaros consistía en las espadas, las que manejaban bárbaramente y sin ningún arte, dirigiendo principalmente los golpes a los hombros y a la cabeza, hizo para los más cascos de hierro pulidos por de fuera, para que las espadas resbalasen o se rompiesen; a los escudos les puso por todo alrededor una plancha de bronce, no bastando la madera por sí sola para proteger contra los golpes, y a los soldados les enseñó a manejar bien picas largas, y a deslizarlas bajo las espadas de los enemigos, parando con ellas sus ataques.

XLI.— Cuando ya los Celtas se hallaban próximos en las inmediaciones del río Aniene, trayendo un bagaje muy pesado y abastecido con las presas, salió con su ejército, y le fue a acampar en un sitio sombrío que formaba muchas sinuosidades, de manera que la mayor parte de él estaba oculto, y lo que se veía parecía que de miedo se había ido a encerrar en lugares agrios. Queriendo Camilo fomentar todavía más esta idea en los contrarios, ni siquiera hizo oposición a los que junto a él talaban el campo, sino que fortificando el vallado se mantenía quieto en él, hasta que vio que los que quedaban en el campamento pasaban el día sin recelo, comiendo y bebiendo. Entonces, en medio de la noche, mandó primero las tropas ligeras para que estorbaran a los enemigos el hacer formación, y los inquietaran en el acto de salir, y al amanecer sacó la infantería, y la formó en el llano, en gran número y muy denodada, y no, como esperaban los bárbaros, escasa y sin aliento. Esto fue lo primero que hizo ya mudar de opinión a los Celtas, que esperaban no tener contrarresto en la batalla. Después, acometiéndoles las tropas ligeras, y no dejándoles reposo para tomar el orden acostumbrado y formarse por compañías, los precisaron a tener que pelear donde casualmente se halló cada uno. A la postre, moviendo Camilo con su infantería, ellos tendiendo las espadas se esforzaban a herir; pero los Romanos ocurrían con las picas, y parando los golpes con las defensas herradas, repelían el hierro de los contrarios, que era blando y de bajo temple, de manera que las espadas se mellaban y se doblaban, y los escudos se abrían, y después no podían sostenerse al retirar de las picas. Por esto, arrojando sus propias armas, procuraban ganar las de los contrarios, y apoderarse de las picas, cogiéndolas con las manos. Los Romanos entonces, viéndolos desarmados, usaron ya de sus sables, y hubo gran mortandad de los que estaban en primera línea, huyendo los demás por aquellos campos, porque Camilo había hecho tomar los collados y todas las alturas, y en cuanto al campamento, no teniéndole fortificado por la nimia confianza, se sabía que sería tomado fácilmente. Esta batalla se dice haberse dado veintitrés años después de la pérdida de Roma, y que de vuelta de ella tomaron mucho ánimo contra los Celtas los Romanos, que hasta entonces habían tenido gran miedo a los bárbaros, como que la primera vez más los habían vencido por las enfermedades v por casualidades extrañas que no por sus propias fuerzas. Era tan vehemente aquel miedo, que establecieron por ley que los sacerdotes estuviesen exentos de la milicia, a no sobrevenir guerra con los Galos.

XLII.— Éste fue, de los combates militares, el último que libró Camilo, pues la mitad de Veletri la tomó al paso, habiéndosele entregado sin resistencia; mas de los políticos le restaba el mayor y más difícil contra la plebe, envalentonada con la victoria, y que a fuerza quería hacer que uno de los cónsules se nombrara de los plebeyos, contra la ley hasta entonces observada, oponiéndose a ello el Senado, y no consintiendo que Camilo dejase el mando, para con la grande y poderosa autoridad de éste lidiar mejor en defensa de la aristocracia. Mas como sucediese que sentado y despachando Camilo en la plaza llegase un lictor de parte de los tribunos de la plebe con orden de que le siguiera, y aun alargase hacia él la mano como para llevarle, suscitóse una gritería y alboroto, cual nunca se había visto en la plaza, echando del tribunal a empellones al lictor los que estaban con Camilo, y mandando a aquel muchos desde abajo que le llevase. Perplejo él entonces, no dejó en tal conflicto desdorar su autoridad, sino que, tomando consigo a los senadores, marchó a celebrar Senado, y antes de entrar, vuelto al Capitolio, pidió a los Dioses que enderezasen aquella contienda al mejor término, ofreciendo edificar un templo a la Concordia si aquella turbación se serenaba.

En el Senado fue grande el disturbio por la diversidad de pareceres; mas prevaleció con todo el más moderado y más condescendiente con la plebe, por el que se venía en que el uno de los cónsules se eligiese de los plebeyos. Dando parte el dictador al pueblo de esta resolución del Senado, repentinamente, como era natural, se reconciliaron muy regocijados con el Senado, y acompañaron a Camilo a su casa con grande gritería y algazara. Congregáronse al día siguiente, y decretaron que el templo de la Concordia que Camilo había ofrecido en memoria de lo ocurrido se hiciese mirando a la junta pública y a la plaza. Añadieron además un día a las ferias llamadas Latinas, y que fuesen cuatro los que se celebrasen, y que entonces mismo hiciesen sacrificio y tomasen coronas los Romanos. Celebró Camilo los comicios consulares, y fueron creados cónsules Marco Emilio, de los patricios, y el primero de los plebeyos, Lucio Sextio. Y éste fue el término de los hechos de Camilo.

XLIII.— Al año siguiente afligió a Roma una enfermedad epidémica, en la que de la muchedumbre perecieron gentes sin número, y la mayor parte de los magistrados. Murió también Camilo, si se atiende a su edad y a lo bien que llenó sus ideas, tan en sazón como el que más; pero, sin embargo, su muerte fue más sensible a los Romanos que las de todos cuantos fallecieron en aquel contagio.

PERICLES Y FABIO MÁXIMO

I.— Viendo César en Roma ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece, si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias. Puesto que nuestra alma es por naturaleza curiosa y ávida de espectáculos, ¿no es razonable censurar a los que abusan de este instinto, consagrándolo a lecciones y espectáculos indignos de atención y despreocupándose, por otra parte, de las cosas bellas y útiles? Porque a los sentidos, como obran pasivamente, al recibir la impresión de cualquiera objeto puede serles preciso reparar en lo que los hiere, bien sea provechoso, o bien inútil; mas de la razón a cada uno le es dado usar como quiere, y dirigirla fácilmente al objeto que le parece o apartarla de él. Conviene, por tanto, volverla a lo mejor, no para examinarlo sólo, sino para alimentarse y recrearse con su contemplación. Porque así como al ojo aquel color le es conveniente que con su vivacidad y blandura excita y recrea la vista, así también conviene emplear la inteligencia en objetos que con recreo la inclinen hacia el bien que le es natural y propio. Tales son las obras y acciones virtuosas que con sólo que se refieran engendran cierto deseo y prontitud capaces de conducir a su imitación; pues en las demás, al admirar sus frutos o productos no suele seguirse el conato de ejecutarlas, antes por el contrario, muchas veces, causándonos placer la obra, miramos mal al artífice, como sucede con los ungüentos y la púrpura; estas cosas nos gustan, pero a los tintoreros y aparejadores de afeites los tenemos por mecánicos y serviles. Por esto Antístenes, habiendo oído de Ismenias que era buen flautista, repuso, con razón: «Pero hombre baladí, pues a no serlo, no sería tan diestro flautista»; y Filipo, a su hijo, que en un festín había cantado con gracia y habilidad: «¿No te avergüenzas —le dijo— de cantar tan diestramente? Porque a un rey le basta, cuando tenga vagar, oír a los que cantan, y da bastante a las Musas con presenciar los certámenes de los que en ellas sobresalen».

II.— La ocupación, pues, en las cosas serviles halla contra sí misma confirmación que la convenza de desidia hacia la virtud en el trabajo que se emplea en los negocios fútiles; pues ningún joven de generosa índole, o por haber visto en Pisa la estatua de Zeus ha deseado ser un Fidias, o un Policleto por haber visto en Argos la de Hera; ni un Anacreonte, un Filemón, o un Arquíloco, por haber oído los versos de estos poetas, pues no es preciso que, porque la obra deleite como agradable, sea digno de estimación el artífice. Por tanto, es visto que no son de provecho para los espectadores aquellas cosas que no engendran celo de imitación, ni tienen por retribución el incitar al deseo y conato de aspirar a la semejanza; mas la virtud es tal en sus obras, que con el admirarlas va unido al punto el deseo de imitar a los que las ejecutan; porque en las cosas de la fortuna lo que nos complace es la posesión y el disfrute; pero en las de la virtud, la ejecución; y aquellas queremos más que nos vengan de los otros, y éstas, por el contrario, que las reciban los otros de nuestras manos; y es que lo honesto mueve prácticamente y produce al punto un conato práctico y moral, infundiendo un propósito saludable en el espectador, no precisamente por la imitación, sino por sola la relación de los hechos. De aquí nació en mí el propósito de proseguir este género de escritura relativo a las Vidas, y éste es el décimo libro que componemos, que contiene las de Pericles y de Fabio Máximo, el que combatió con Aníbal, varones parecidos entre sí en otras virtudes, pero muy especialmente en la mansedumbre y la justicia, y en haber sido ambos muy útiles a sus patrias con saber llevar las injusticias de los pueblos y de sus colegas; si acertamos o no en nuestro juicio, podrá verse lo que escribimos.

PERICLES

III.— Era Pericles, por la tribu, Acamántida, y por su demo, Colargeo, y de los primeros por su casa y linaje, así por parte de padre como de madre. En efecto: Jantipo, el que venció en Mícala a los generales del rey, se casó con Agarista, descendiente de Clístenes, el que arrojó a los Pisistrátidas, y destruyó valerosamente la tiranía, publicando leyes y estableciendo un gobierno el más acomodado para la concordia y el bienestar. Parecióle a aquella entre sueños que paría un león, y de allí a breves días dio a luz a Pericles, que en toda la demás conformación de su cuerpo no tenía defecto, y solamente la cabeza era muy prolongada y desmedida. Por esto en casi todas sus estatuas se le retrata con yelmo, no queriendo, según parece, mortificarle los artistas; y los poetas áticos le llamaban esquinocéfalo, cabeza de albarrana, porque a esta especie de cebolla llamada escila algunos le decían esquino. De los poetas cómicos, Cratino en Los Quirones dice:

La sedición y el ya canoso tiempo
en unión monstruosa se ayuntaron;
y un tirano nació, que de los Dioses
fue congrega-cabezas saludado.

Y también en la Némesis:

¡Ven ¡oh Zeus hospedero y bienhadado!

Teleclides, en un lugar, dice que, dudoso con los negocios, se sentaba en la ciudad muy cargado de cabeza, y en otro lugar, que él solo, con su cabeza descomunal, movía grande alboroto. Y Éupolis, en su comedia Los populares, preguntado sobre cada uno de los demagogos que iban volviendo del infierno, cuando en último lugar se nombró a Pericles:

¿A qué ahora trajiste de allá bajo a ése que de todos es cabeza?

IV.— Muchos escriben que fue Damón su maestro en la música, diciendo que la primera sílaba de este nombre debe pronunciarse breve; pero Aristóteles es de opinión que se dedicó a la música bajo la enseñanza de Pitoclides. Lo que se infiere es que Damón, que era consumado sofista, quiso tomar por pretexto el nombre de la música, disfrazando así para con la muchedumbre su principal habilidad; pues estaba al lado de Pericles como de un atleta, sirviéndole de ungüentario y maestro en las cosas públicas. Ni se dejó de echar de ver que Damón tomaba la lira por pretexto y disimulo; antes luego que, como hombre de peligrosos intentos y favorecedor de la tiranía, fue condenado al ostracismo, dio por aquella causa materia a los poetas cómicos; de los cuales, Platón hace que uno le pregunte, en cabeza de aquel, de esta manera:

A esto ante todas cosas da respuesta.
¡Es común opinión que tú, oh perverso,
fuiste quien a Pericles educaste!

Oyó también Pericles a Zenón Eleata, que trató de las cosas naturales al modo de Parménides, y practicó por vez primera un método dialéctico tan sutil y lleno de argucias, que desconcertaba al adversario, según que Timón Fliasio lo indicó en estos versos:

Era grande el poder, mas no engañoso,
de Zenón doble-lengua;
que de todos, como abeja, solícita escogía.

Mas quien siempre asistió al lado de Pericles, quien le infundió principalmente aquella altivez y aquel espíritu domeñador de la muchedumbre, y quien dio majestad y elevación a sus costumbres, fue Anaxágoras de Clazómenas, al cual los de su edad le apellidaban Inteligencia, o admirando su grande prudencia y sus singulares y adelantados conocimientos en las cosas físicas, o porque fue el primero que estableció por principio ordenador de todos los seres, no el acaso o la necesidad, sino una razón pura e ilibada, difundida en todas las cosas, que puso diferencias entre las que eran semejantes y estaban mezcladas.

V.— Gustaba extrañamente Pericles de este filósofo, y, penetrado de su doctrina sobre los fenómenos celestes y de su metafísica sublime, no solamente adquirió, como era natural, un ánimo elevado y un modo de decir sublime, puro de toda chocarrería y vulgaridad, sino que con su continente inaccesible a la risa, con su modo grave de andar, con toda la disposición de su persona, imperturbable en el decir, sucediera lo que sucediese, con el tono inalterable de su voz, con todas estas cosas sorprendía maravillosamente a todos. Estuvo en una ocasión un hombre infame y disoluto insultándolo todo el día, y lo aguantó, aun en la plaza, mientras tuvo que despachar los negocios que ocurrieron: a la tarde se retiraba tranquilo a casa, y aquel hombre se puso a seguirle, vomitando contra él toda suerte de dicterios: llegó a casa cuando ya había oscurecido, y mandó a un criado que tomase un hacha y fuese acompañando a aquel hombre hasta su posada. El poeta Ion dice que el trato de Pericles era arrogante y soberbio, y que a lo jactancioso se reunía en él cierta altivez y desprecio de los demás; y celebra a Cimón de atento, de afable y de festivo en las concurrencias. Pero sin hacer caso de Ion, que, al modo que en la representación trágica, quiere que también en la virtud haya un poquito de sátira, a los que a la gravedad de Pericles le daban el nombre de arrogancia y soberbia los exhortaba Zenón a que ellos también se mostraran orgullosos de modo semejante, para que la ficción de lo bueno engendrara en sus ánimos, sin que lo echasen de ver, recta imitación y costumbre.

VI.— Ni sólo este fruto sacó Pericles de su comunicación con Anaxágoras, sino que parece haberse hecho con ella superior a la superstición, que infunde terror en los efectos meteóricos y naturales a los que ignoran sus causas, y en las cosas divinas, a los que con ellas deliran, y se asustan por falta de experiencia; pues la ciencia física la disipa inspirando, en lugar de una superstición tímida y vana, una piedad sólida, acompañada de las mejores esperanzas. Cuéntase que trajeron una vez a Pericles la cabeza de un carnero que no tenía más de un solo cuerno, y que Lampón el adivino, luego que vio el cuerno fuerte y firme que salía de la mitad de la frente, pronunció que, siendo dos los bandos que dominaban en la ciudad, el de Tucídides y el de Pericles, sería de aquel el mando y superioridad en el que se verificase aquel prodigio; pero Anaxágoras, abriendo la cabeza, hizo ver que el cerebro no llenaba toda la cavidad, sino, que formaba punta como huevo, yendo en disminución por toda aquella hasta el punto en que la raíz del cuerno tomaba principio. Por lo pronto, Anaxágoras fue muy admirado de los que se hallaron presentes; pero de allí a poco lo fue también Lampón, cuando, desvanecido el poder de Tucídides, recayó en Pericles todo el manejo de los negocios públicos. Mas a lo que entiendo, ninguna oposición o inconveniente hay en que acertasen el físico y el adivino, y que atinase aquel con la causa, y éste con el fin; siendo de la incumbencia del uno el examinar de dónde y cómo provenía, y del otro, pronosticar a qué se dirigía y qué significaba. Los que son de opinión de que el hallazgo de la causa es destrucción de la señal no reparan en que juntamente con las señales de las cosas divinas quitan las de las artificiales y humanas: el ruido de los discos, la luz de los faros, la sombra del puntero de los relojes de sol, cada una de las cuales cosas por artificio y disposición humana es signo de otra. Mas esto quizás es más bien asunto de otro tratado que del presente.

VII.— Pericles ya desde joven se iba con mucho tiento con el pueblo, porque en la conformación del rostro era muy parecido a Pisístrato el tirano, y los más ancianos admiraban en él, cuando le oían hablar, lo dulce de la voz y la volubilidad y prontitud de la lengua por la misma semejanza. Siendo además expectable por su riqueza y su linaje, y teniendo amigos de mucho poder, de miedo del ostracismo ninguna parte tomaba en las cosas de gobierno; pero en las expediciones militares se acreditaba de valeroso y arriscado. Cuando ya murió Arístides, Temístocles fue condenado, y Cimón estaba constantemente con la escuadra fuera de la Grecia, se fue Pericles aproximando al pueblo, con tal arte que tomó la causa de la muchedumbre y de los pobres, en vez de la de los pocos y los ricos, no obstante que su carácter nada tenía de popular, sino que temeroso, a lo que parece, de caer en sospecha de tiranía, y observando que Cimón era aristocrático y muy preciado de lo mejor de la ciudad, se puso del lado de los muchos, tanto para labrarse su seguridad propia, como para formar contra éste un partido poderoso. Aun en lo relativo al método de vida tomó desde entonces otro sistema; porque parece que para él no había en la ciudad otro camino que el de la plaza pública y el consejo: ¡de tal modo dio de mano a los convites para festines y a toda clase de reunión y concurrencia! Así, en todo el tiempo que mandó, que fue muy largo, no se le vio concurrir a convite alguno en casa de ningún ciudadano, sino únicamente en la boda de su primo Euriptólemo, en la que estuvo hasta las libaciones, y luego se levantó. Porque las concurrencias llevan mal todo lo que es altivez, y es muy difícil en la familiaridad conservar aquella gravedad que da opinión. Mas en la verdadera virtud, lo más loable es lo que más se manifiesta al público, y en los hombres buenos nada hay tan admirable para los de afuera como lo es su vida cotidiana para los de su casa; pero éste, huyendo respecto del pueblo la relación continua y el fastidio, no se le presentaba sino como escatimándose, ni hablaba en todo negocio, ni siempre se mostraba al público, sino que, reservándose para los casos de importancia, como de la nave de Salamina, dice Critolao, las demás cosas las ejecutaba por medio de sus amigos o de oradores de su partido; de los cuales se dice que era uno Efialtes, que fue el que debilitó la autoridad del Areópago, escanciando a los ciudadanos, según expresión de Platón, una grande e inmoderada libertad, con la que el pueblo, como caballo sin freno, según que se lo echan en cara los poetas cómicos:

No tuvo a bien mostrarse ya sumiso,
sino morder osado a la Eubea,
y hacer insultos a las otras islas.

VIII.— A este orden de vida y a la elevación de su ánimo procuraba acomodar, como órgano conveniente, su lenguaje, para lo que consultaba frecuentemente a Anaxágoras, coloreando con la ciencia física, como con un tinte retórico, la dicción. Porque reuniendo aquel, por sus conocimientos en la física, la razón sublime obradora de todo, como dice el divino Platón, a su excelente natural, y juntando siempre lo conducente con el artificio en el decir, se aventajó mucho a todos los demás; y de aquí dicen que tuvo el sobrenombre; aunque hay quien diga que de los primores con que adornó la ciudad, y otros que de su autoridad en el gobierno y en los ejércitos, le vino el que le llamasen Olimpio: bien que nada de extraño habría en que todas estas cosas hubiesen contribuido en aquel hombre insigne para esta gloriosa denominación. Mas las comedias de sus contemporáneos lanzaron por entonces muchas voces serias o ridículas contra él; de su modo de decir muestran habérsele originado principalmente el tal sobrenombre porque decían de él que tronaba, que lanzaba centellas, y que llevaba en la lengua un tremendo rayo, cuando hablaba en público. Hácese también mención en este punto de un dicho de Tucídides, hijo de Melesio, que expresa con gracia la destreza de Pericles. Era Tucídides hombre recto y bueno, y en el gobierno había estado largo tiempo en contradicción con Pericles. Preguntándole, pues, Arquidamo, rey de los Lacedemonios, cuál de los dos, Pericles o él, era mejor combatiente, «cuando le he derribado —dijo—, luchando con él, luego replica que no ha caído, que vence, y se los persuade a los que se hallan presentes». El mismo Pericles era tímido y circunspecto en el decir; y así, al subir a la tribuna, pedía siempre a los Dioses que no se le escapase, sin advertirlo, ni una sola palabra que no fuese acomodada a su intento y a lo que éste pedía. Y lo que es escrito no dejó nada, a excepción de los decretos; pero se conservan en la memoria unos cuantos dichos suyos notables, muy pocos; cual es haber dispuesto que como una legaña se separase a Egina del Pireo, y aquello de decir: «Me parece que veo ya la guerra venir del Peloponeso». Y en una ocasión en que Sófocles, su colega en el mando, hizo con él un viaje de mar, celebrando éste de lindo a un mocito: «Un general —le dijo— no sólo ha de tener puras las manos, sino también los ojos». Y Estesímbroto refiere que, elogiando en la tribuna a los que había muerto en Samo, dijo que «se habían hecho inmortales, como los Dioses, porque tampoco a éstos los vemos, sino que de los honores que se les tributan y de los bienes que nos dispensan conjeturamos que son inmortales, y esto mismo cuadra a los que mueren por la patria».

IX.— Tucídides nota de aristocrático el gobierno de Pericles, diciendo que, aunque en las palabras era democrático, en la realidad era mando de uno solo; y otros muchos han escrito que bajo él fue por la primera vez seducida la plebe con repartimientos y con pagarle los espectáculos y darle jornal; con las cuales disposiciones se la acostumbró mal, y se hizo pródiga e indócil, de templada y laboriosa que antes era: veamos, pues, por los hechos mismos, cuál fue la causa de esta mudanza. Contrarrestando Pericles en el principio, como hemos dicho, a la gloria de Cimón, se adhirió a la muchedumbre; mas siendo inferior en riqueza e intereses, con los que éste ganaba a los pobres, dando cotidianamente de comer a los Atenienses necesitados, vistiendo a los ancianos y echando al suelo las cercas de sus posesiones para que tomaran de los frutos los que quisiesen, frustrado Pericles con estas cosas, recurrió al repartimiento de los caudales públicos aconsejándoselo así Damónides de Ea, según testimonio de Aristóteles. Con las dádivas, pues, para los teatros y para los juicios, y con otros premios y diversiones, corrompió a la muchedumbre, y se valió de su poder contra el consejo del Areópago, en el que no tenía parte, por no haberle cabido en suerte ser o Arconte, o Tesmoteta, o Rey, o Polemarco; porque estos empleos eran sorteables de antiguo, y de ellos los ciudadanos más aprobados pasaban al Areópago; por esta causa, cuando Pericles tuvo gran influjo en el pueblo, le convirtió contra este consejo, consiguiendo quitarle el conocimiento de muchos negocios por medio de Efialtes, y hacer salir desterrado a Cimón, como apasionado de los Lacedemonios y desafecto a la muchedumbre: varón que a nadie cedía en hacienda y linaje, que en muchos combates había alcanzado brillantes victorias de los bárbaros, y que con grandes sumas y cuantiosos despojos había enriquecido la ciudad, como lo escribimos en su vida: ¡tal era el poder de Pericles en el pueblo!

X.— No se acababa por la ley el ostracismo, para los que sufrían, esta especie de destierro, hasta los diez años; pero en este medio tiempo los Lacedemonios invadieron el territorio de Tanagra, y marchando al punto los Atenienses contra ellos, Cimón, volviendo de su destierro, tomó las armas, y formó con los de su tribu, queriendo purgar con obras la sospecha de laconismo peleando al lado de sus conciudadanos; pero los amigos de Pericles se agruparon, y lo hicieron desechar como desterrado. Por esto mismo pareció que Pericles peleó en aquella ocasión con mayor denuedo, y se distinguió sobre todos, poniendo a todo riesgo su persona. Perecieron allí los amigos de Cimón, todos a una, a los que Pericles había acusado también de laconismo; y los Atenienses llegaron ya a arrepentirse y echar menos a Cimón, viéndose vencidos en las mismas fronteras del Ática, y esperando más violenta guerra todavía para el verano. Echólo de ver Pericles, y no sólo no tuvo dificultad en dar gusto a la muchedumbre, sino que él mismo escribió el decreto por el que Cimón había de ser restituido; el cual, luego que volvió, hizo la paz entre ambas ciudades, porque los Lacedemonios le miraban con inclinación, así como estaban mal con Pericles y con los demás demagogos. Algunos son de sentir que no se decretó por Pericles la restitución de Cimón, sin que antes se hiciera entre ambos, por medio de Elpinice, hermana de éste, un tratado secreto: de modo que Cimón daría al punto la vela con doscientas galeras para mandar fuera las tropas, y a Pericles le correspondería quedar con el mando en la ciudad. Parece que ya antes la misma Elpinice había suavizado para con Cimón el ánimo de Pericles cuando aquel tuvo que defenderse en la causa capital. Era Pericles uno de los acusadores, elegido por el pueblo, y habiéndosele presentado Elpinice en clase de suplicante, sonriéndose le respondió: «Vieja estás, Elpinice, vieja estás para salir adelante con tales asuntos»; mas con todo, sola una vez se levantó a hablar, no más que por cumplir con su nombramiento; y luego se retiró, habiendo sido de los acusadores el que menos incomodó a Cimón. ¿Pues quién con esto podrá dar crédito a Idomeneo, que acusa a Pericles de que habiéndose hecho amigo del orador Efialtes, y sido ambos de un mismo modo de pensar en las cosas de gobierno, por celos y por envidias dolosamente lo hizo asesinar? Yo no sé de dónde pudo recoger estos rumores para achacarlos como hiel a un hombre que, si no fue del todo irreprensible, tuvo un espíritu generoso y un alma apasionada por la gloria, con los que no es compatible una pasión tan cruel y feroz, y respecto de Efialtes, lo que hubo fue que, habiéndose hecho temer de los oligarquistas, y siendo inexorable para tomar venganza y perseguir a los que molestaban al pueblo, sus enemigos le armaron asechanzas, y ocultamente le quitaron de en medio por mano de Aristódico de Tanagra, como lo refiere Aristóteles. Cimón, en tanto, mandando la escuadra, murió en Chipre.

XI.— Los aristócratas, viendo ya a Pericles engrandecido y tan preferido a los demás ciudadanos, quisieron contraponerle alguno de su partido en la ciudad, y debilitar su poder para que no fuese absolutamente, de un monarca; y con la mira de que le resistiese, echaron mano de Tucídides, de la tribu Alopecia, hombre prudente y cuñado de Cimón. Era, sí, menos guerrero que éste; pero le aventajaba en el decir y en el manejo de los negocios; así contendía en la tribuna con Pericles, y bien pronto produjo una división en el gobierno. En efecto: estorbó que los ciudadanos que se decían principales se allegaran y confundieran como antes con la plebe, mancillando su dignidad, y más bien manifestándolos separados, y reuniendo como en un punto el poder de todos ellos, le hizo de más resistencia, y que viniera a ser como un contrapeso en la balanza; porque desde el principio hubo como una separación oscura, que, a la manera de las pegaduras del hierro, era indicio de dos partidos: el popular y el aristocrático; y ahora aquella unión y concordia de los principales dio más peso a esta división de la ciudad, e hizo que el un partido se llamara plebe, y el otro, oligarquía o de los pocos. Por esto mismo, soltando más entonces Pericles las riendas a la plebe, gobernaba a gusto de ésta, disponiendo que continuamente hubiese en la ciudad, o un espectáculo público, o un banquete solemne, o una ceremonia aparatosa, entreteniendo al pueblo con diversiones del mejor gusto. Hacía, además, salir cada año sesenta galeras, en las que navegaban muchos ciudadanos, asalariados por espacio de ocho meses, y al mismo tiempo se ejercitaban y aprendían la ciencia náutica. Enviaba asimismo mil sorteados al Quersoneso; a Naxo, quinientos; a Andro, la mitad de éstos; otros mil a la Tracia, para habitar en unión con los Bisaltas, y otros, a Italia, restablecida Síbaris, a la que llamaron Turios. Todo esto lo hacía para aliviar a la ciudad de una muchedumbre holgazana e inquieta con el mismo ocio; para remediar a la miseria del pueblo, y también para que impusieran miedo y sirvieran de guardia a los aliados, habitando entre ellos, para que no intentaran novedades.

XII.— Lo que mayor placer y ornato produjo a Atenas, y más dio que admirar a todos los demás hombres, fue el aparato de las obras públicas, siendo éste sólo el que aún atestigua que la Grecia no usurpó la fama de su poder y opulencia antigua. Y, no obstante, esta disposición era, entre las de Pericles, la de que más murmuraban sus enemigos, y la que más calumniaban en las juntas públicas, gritando que el pueblo perdía su crédito y era difamado, porque se traía de Delos a Atenas los caudales públicos de los Griegos, y aun la excusa más decente que para esto podía oponerse a los que le reprenden, a saber: que, por miedo de los bárbaros, trasladaban de allí aquellos fondos para tenerlos en más segura custodia, aun ésta se la quitaba Pericles; y así parece, decían, que a la Grecia se hace un terrible agravio, y que se la esclaviza muy a las claras, cuando ve que con lo que se la obliga a contribuir para la guerra doramos y engalanamos nosotros nuestra ciudad con estatuas y templos costosos, como una mujer vana que se carga de piedras preciosas. Mas Pericles persuadía al pueblo que de aquellos caudales ninguna cuenta tenían que dar a los aliados, pues los Atenienses combatían en su favor y rechazaban a los bárbaros, sin que aquellos pusiesen ni un caballo, ni una nave, ni un soldado, sino solamente aquel dinero, que ya no era de los que lo daban, sino de los que lo recibían, una vez que cumplían con aquello por que se les entregaba; y puesto que la ciudad proveía abundantemente de lo necesario para la guerra, era muy justo que su opulencia se emplease en tales obras, que, después de hechas, le adquirieran una gloria eterna, y que dieran de comer a todos mientras se hacían, proporcionando toda especie de trabajo y una infinidad de ocupaciones, las cuales, despertando todas las artes, y poniendo en movimiento todas las manos, asalariaran, digámoslo así, toda la ciudad, que a un mismo tiempo se embellecería y se mantendría a sí misma, Porque los de buena edad y robustos tomaban en los ejércitos del público erario lo que para pasarlo bien habían menester, y, respecto de la demás muchedumbre ruda y jornalera, no queriendo que dejase de participar de aquellos fondos, ni que los percibiese descansada y ociosa, introdujo con ardor en el pueblo gran diferencia de trabajos y obras, que hubiesen de emplear muchas artes y consumir mucho tiempo, para que no menos que los que navegaban, o militaban, o estaban en guarnición, tuvieran motivo los que quedaban en casa de participar y recibir auxilio de los caudales públicos. Porque siendo la materia prima piedra, bronce, marfil, oro, ébano, ciprés, trabajaban en ella y le daban forma los arquitectos, vaciadores, latoneros, canteros, tintoreros, orfebres, pulimentadores de marfil, pintores, bordadores y torneros; además, en proveer de estas cosas y portearlas entendían los comerciantes y marineros en el mar, y en tierra, los carreteros, alquiladores, arrieros, cordeleros, lineros, tejedores, constructores de caminos y mineros; y como cada arte, a la manera que cada general su ejército, tenía de la plebe su propia muchedumbre subordinada, viniendo a ser como el instrumento y cuerpo de su peculiar ministerio, a toda edad y naturaleza, para decirlo así, repartían y distribuían las ocupaciones, el bienestar y la abundancia.

XIII.— Adelantábanse, pues, unas obras insignes en grandeza, e inimitables en su belleza y elegancia, contendiendo los artífices por excederse y aventajarse en el primor y maestría; y con todo, lo mas admirable en ellas era la prontitud; porque cuando de cada una. pensaban que apenas bastarían algunas edades y generaciones para que difícilmente se viese acabada, todas alcanzaron en el vigor de un solo gobierno su fin y perfección. Justamente se dice de aquel mismo tiempo que, jactándose el pintor Agatarco de que con la mayor prontitud acababa sus cuadros, y habiéndolo oído Zeuxis, le replicó: «Pues yo en mucho tiempo»; porque realmente la agilidad y prontitud en las obras no les da ni solidez duradera, ni perfecta belleza, y, por el contrario, el tiempo y trabajo que se gastan en la ejecución se recompensan con la firmeza y permanencia. Por lo mismo, era mayor la admiración de que, siendo las obras de Pericles de durar largo tiempo, en tan breve se hubiesen concluido; porque cada una de ellas en la belleza al punto fue como antigua, y en la solidez, todavía es reciente y nueva: ¡tanto brilla en ellas un cierto lustre que conserva su aspecto intacto por el tiempo, como si las tales obras tuviesen un aliento siempre floreciente y un espíritu exento de vejez! Todas las dirigía y de todas con Pericles era superintendente Fidias, sin embargo de que las ejecutaban los mejores arquitectos y artistas; porque el Partenón, que era de cien pies, lo edificaron Calícrates e Ictino; el purificatorio de Eleusis empezó a construirlo Corebo, y él fue quien puso las columnas sobre el pavimento y las enlazó con el chapitel; por su muerte, Metágenes Xipecio hizo la cornisa y puso las columnas altas; mas la linterna sobre el santuario la cerró Xenocles Colargeo. El muro prolongado, cuya idea dice Sócrates había oído explicar al mismo Pericles, fue obra de Calícrates. Satirízala Cratino en sus comedias, como que iba con mucha pesadez:

Hace ya largo tiempo que Pericles
la está con sus palabras promoviendo;
mas en la realidad nada adelanta.

El Odeón, que en su disposición interior tiene muchos asientos y muchas columnas, y cuyo techo es redondeado y pendiente y termina en punta, dicen que se hizo a semejanza del pabellón del rey de Persia, disponiéndolo también Pericles; por lo que el mismo Cratino, en su comedia Las tracias, se burla de él en esta manera:

El Zeus esquinocéfalo, Pericles,
aquí viene trayendo en el cerebro
el Odeón, alegre y orgulloso,
porque del ostracismo se ha librado.

Efectivamente: engreído Pericles, entonces por la primera vez decretó que en las Fiestas Panateneas hubiese certamen de música, y elegido por director del certamen, él mismo señaló qué era lo que los contendientes habían de tañer con la flauta, lo que habían de cantar o tocar en la cítara; porque en el Odeón se dieron entonces y después los certámenes y espectáculos de música.

Los soportales del alcázar o ciudadela se hicieron en cinco años, siendo el arquitecto Mnesicles. Un caso maravilloso ocurrido mientras se construían dio indicio de que la Diosa, lejos de repugnar la obra, tomaba parte en ella y concurría a su perfección. El más laborioso y activo de los artistas tropezó y cayó de lo alto, quedando tan maltratado que le desahuciaron los médicos. Apesadumbróse Pericles, y la Diosa, apareciéndosele entre sueños, le indicó una medicina con la cual muy pronta y fácilmente le puso bueno. Por este suceso colocó en la ciudadela la estatua de bronce de Atenea saludable junto al ara, que se dice estaba allí antes.

Fidias hizo además la estatua de oro de la diosa, y en la base se lee la inscripción que le designa autor de ella. Tenía sobre sí puede decirse que el cuidado de todo, y como hemos dicho, era el superintendente de todos los demás artistas por la amistad de Pericles, lo cual le atrajo envidia, y también la calumnia de que presentaba por mal término a éste las mujeres libres que concurrían a ver las obras. Tomaron por su cuenta este rumor los autores de comedias, y difamaron a Pericles de incontinencia y disoluto, extendiendo sus calumnias hasta la mujer de Menipo, su amigo y subalterno en la milicia, y hasta la granjería de Pirilampo, otro de sus amigos; criaba éste aves, y le achacaban que regalaba pavones a aquellas con quienes Pericles se divertía. ¿Mas quién se maravillará de que hombres satíricos de profesión sacrifiquen, con las calumnias de los hombres más aventajados, a la envidia como a un genio maléfico, cuando el mismo Estesímbroto Tasio se atrevió a proferir una horrible y mentirosa blasfemia contra la mujer del mismo hijo de Pericles? ¡Tan grande es el trabajo que le cuesta a la historia descubrir la verdad! Pues para los que vienen más tarde, el tiempo pasado se interpone, y roba el conocimiento de los hechos; y las relaciones contemporáneas de las vidas y acciones, o bien por envidia, o bien por lisonja y adulación, corrompen y desfiguran la verdad.

XIV.— Clamaban contra Pericles los oradores del partido de Tucídides, diciendo que dilapidaba el tesoro y disipaba las rentas; y él preguntó en junta al pueblo si le parecía que gastaba mucho. Respondiéronle que muchísimo; y entonces: «Pues no se gaste —dijo— de vuestra cuenta, sino de la mía; pero las obras han de llevar sólo mi nombre». Al decir esto Pericles, ora fuese por que se maravillaran de su magnanimidad, ora por que ambicionaran la gloria de tales obras, gritaron a porfía, ordenándole que gastase y expendiese sin excusar nada. Finalmente, traído a contienda con Tucídides sobre el ostracismo, y puesto en riesgo, consiguió desterrar a éste, y disipar la facción que le era opuesta.

XV.— Cuando, desvanecida enteramente esta diferencia, la ciudad vino a ser toda como de un temple y una sola, puso completamente bajo su disposición a Atenas y cuanto de los Atenienses dependía, los tributos, los ejércitos, las naves, las islas y el mar, y un poder de gran fuerza, no sólo por los Griegos, sino también por los bárbaros, a causa de que se consideraba fortalecido con pueblos que les estaban sujetos, y con la amistad y alianza de reyes poderosos; y entonces ya no fue el mismo, ni del mismo modo manejable por el pueblo, dejándose llevar como el viento de los deseos de la muchedumbre, sino que en vez de aquella demagogia que tenía flojas e inseguras las riendas, como en vez de una música muelle y blanda, planteó un gobierno aristocrático, y, en cierta manera, regio; y empleándole siempre con rectitud e integridad para lo mejor, unas veces con la persuasión y con instruir al pueblo y otras con la firmeza y la violencia si le hallaba renitente, puso mano en todo lo que le parecía útil; imitando en esto al médico que en la curación de una enfermedad complicada y habitual, ora se vale de lo dulce y agradable, y ora de remedios desabridos, conducentes a la salud. Porque no pudiendo menos de haberse engendrado toda suerte de pasiones en un pueblo que tenía tan grande autoridad, él sólo era propio para tratar del modo conveniente cada una; y valiéndose de la esperanza y del miedo, como de unos timones, moderó lo que había de altivo, y alentó y confortó lo desmayado: demostrando así que la oratoria tiene el poder, según expresión de Platón, de cautivar las almas, y que su obra principal es el arte de dirigir las costumbres y las pasiones, como unos sonidos o cuerdas del alma, que necesitan una mano hábil que las pulse. Aunque la causa no fue precisamente el poder de su palabra, sino, como dice Tucídides, la opinión y confianza en la conducta de aquel hombre admirable, que claramente se veía ser incorruptible y muy superior a los atractivos del oro, el cual, con haber hecho a la ciudad de grande más grande todavía y más rica, y con haber tenido un poder que excedía al de muchos reyes y tiranos, aun de aquellos que legaron el poder a sus hijos, no aumentó ni en un maravedí la hacienda que le dejó su padre.

XVI.— Da de su poder Tucídides la más cierta y cabal idea; pero los cómicos lo desfiguran malignamente, llamando nuevos Pisistrátidas a los amigos que Pericles tenía cerca de sí, y exigiendo de él que jurara no hacerse tirano, como que su superioridad y excelencia se hacía incómoda y no cabía dentro de la democracia, y Teleclides dice que los Atenienses pusieron en su mano

De las ciudades todas los tributos,
y las ciudades mismas, a su antojo
dejando el libertarlas u oprimirlas;
alzar de piedra o derribar sus muros;
los tratados, la fuerza, el poderío,
y la paz, la riqueza y la ventura.

Y esto no fue cosa de una favorable ocasión, o gracia y felicidad de un gobierno que floreció por horas, sino que por cuarenta años estuvo dominado entre los Efialtes, los Leócrates, los Mirónidas, los Cimones, los Tólmides y los Tucídides; y después de haber triunfado de Tucídides, y héchole desterrar, no se hizo menos admirable en los siguientes quince años; y con tener él sólo el poder sobre los ejércitos en cada un año, no se conservó menos incorruptible por el dinero. Y no porque fuese del todo desperdiciado en cuanto a los bienes; antes, para no abandonar la hacienda paterna tan justamente poseída, ni ocuparse tampoco demasiadamente en ella cuando tantos otros negocios le cercaban, estableció la administración que le pareció más fácil y más exacta. Vendía cada año por junto los frutos de su cosecha, y después se surtía de la plaza a la menuda de las cosas necesarias para la casa y para el sustento: no dejaba por tanto, lugar a que se regalasen sus hijos ya crecidos: ni era dispensador profuso con las mujeres de la familia; antes le censuraban este método de la compra diaria, reducido rigurosamente a no gastar más que lo preciso, sin que en una casa tan grande y de tanto tráfago se desperdiciara nada; llevándose, así lo relativo al gasto como a la renta, con mucha cuenta y medida. El que tenía a su cargo toda esta exactitud era uno de sus esclavos llamado Evángelo, de la más excelente índole por sí, o formado por Pericles para este manejo. En verdad que no conformaba todo esto con la filosofía de Anaxágoras, que por entusiasmo y magnanimidad abandonó su casa, y dejó sus campos yermos y eriales. Mas yo pienso que no debe ser uno mismo el tenor de vida del filósofo especulativo y el del político, sino que aquel vuelve su inteligencia, desprendida y nada necesitada, de esta materia exterior a lo que es honesto y bueno, y a éste, a quien le es preciso aplicar a la virtud las ocupaciones humanas, la hacienda puede servirle no sólo para las cosas absolutamente necesarias, sino para la virtud misma, como en el propio Pericles puede verse, que socorría a los indigentes. Aun respecto del mismo Anaxágoras se cuenta que, viéndose olvidado de Pericles, a causa de los muchos negocios de éste, y siendo ya viejo, envuelto en su capa, se echó a morir desalentado: que llegando Pericles a entenderlo, corrió al punto allá con el mayor sobresalto, y le hizo los más eficaces ruegos, diciendo que más que de Anaxágoras sería suyo aquel infortunio, si perdía al que tanto le ayudaba con su consejo en el gobierno; y que éste, descubriéndose finalmente, le replicó: «Oh, Pericles, los que han menester una lámpara le echan aceite».

XVII.— Empezaban ya los Lacedemonios a mirar mal el incremento de los Atenienses; y Pericles, queriendo inspirar al pueblo grandes pensamientos y ponerle al nivel de grandes cosas, escribió un decreto, por el que a todos los Griegos que habitaban en Europa y Asia, así a las ciudades pequeñas como a las grandes, se les exhortase a enviar a Atenas a un Congreso diputados que deliberasen sobre los templos griegos que habían incendiado los bárbaros, sobre los sacrificios y votos hechos por la salud de la Grecia de que estaban en deuda con los Dioses, y sobre que todos pudieran navegar sin recelo y vivir en paz. Enviáronse con este objeto veinte ciudadanos mayores de cincuenta años, de los cuales cinco habían de convocar a los Jonios y Dóricos del Asia, y a los isleños hasta Lesbos y Rodas; cinco recorrieron los pueblos del Helesponto y la Tracia, hasta Bizancio; y cinco, desde el punto en que concluían éstos, a la Beocia, la Fócide y el Peloponeso; y además se extendía su misión por los Locrios y todo el continente inmediato hasta la Acarnania Y la Ambracia; y los restantes se encaminaron por la Eubea a los Eteos, al golfo de Malea, los Ftiotas, los Aqueos y los Tésalos, persuadiendo a todos que concurrieran y tomaran parte en unas deliberaciones que tenían por objeto la paz y la común felicidad de la Grecia. Mas nada se hizo, ni las ciudades concurrieron, por oponerse a ello, según es fama, los Lacedemonios, y por haber sido desde luego mal recibida la tentativa en el Peloponeso. Lo hemos referido, sin embargo, para que se vea el juicio y grandeza de pensamiento de Pericles.

XVIII.— En la parte militar gozaba de gran concepto, principalmente por la seguridad de las empresas; no entrando voluntariamente en combate dudoso y de peligro, ni siguiendo las huellas y ejemplos de aquellos caudillos a quienes de su arrojo temerario les había resultado una brillante fortuna y el ser admirados como grandes capitanes; antes, continuamente estaba diciendo a sus ciudadanos que en cuanto de él dependiese serían siempre inmortales. Viendo que Tólmides, hijo de Tolmeo, por la buena suerte que antes había tenido, por la fama que gozaba de excelente militar, se preparaba muy fuera de toda oportunidad a invadir la Beocia, habiendo acalorado a los más alentados y belicosos de los jóvenes a que militasen a sus órdenes, que en todos serían unos mil sin las demás fuerzas, procuró contenerle y disuadirlo en la junta pública, pronunciando aquel memorable dicho: «Si no crees a Pericles, el modo de que no yerres es que esperes al consejero más sabio, que es el tiempo». Entonces esta sentencia no hizo más que una ligera impresión; pero cuando al cabo de pocos días llegó la noticia de que el mismo Tólmides había muerto, vencido en batalla junto a Coronea, y que habían muerto también muchos de aquella excelente juventud, concilió este suceso mucha gloria y benevolencia a Pericles, como a hombre prudente y amante de sus conciudadanos.

XIX.— De sus expediciones principalmente fue aplaudida la del Quersoneso, que puso en seguridad a los Griegos establecidos en aquellas regiones: pues no sólo dio aliento y valor a las ciudades llevando consigo una colonia de mil Atenienses, sino que cercando, digámoslo así, el estrecho con muros y fortificaciones a las orillas de uno y otro mar, refrenó las correrías de los Tracios, que circundaban el Quersoneso, e impidió la continua y dura guerra a que aquel país estaba siempre expuesto por la vecindad de todas partes con los bárbaros, y por las piraterías de los comarcanos y de los propios. Hízose también admirar y celebrar de los extraños cuando recorrió el Peloponeso, dando la vela de Pegas, puerto de Mégara, con cien galeras; porque no sólo taló las ciudades marítimas, como antes Tólmides, sino que, entrando a bastante distancia del mar, con la tripulación de los buques a unos los encerró dentro de los muros, temerosos de su ataque; y en Nemeo a los de Sicione, que se emboscaron y trabaron batalla, los derrotó completamente, levantando por ello un trofeo. En la Acaya, que era aliada, tomó soldados para las galeras, y, pasando con la escuadra más allá del Aqueloo al continente que está de la otra parte, recorrió la Acarnania, encerró a los Eníadas dentro de sus murallas, y después de talado y saqueado el país dio la vuelta a casa: habiéndose acreditado de temible para con los enemigos, y de tan feliz como activo para con los ciudadanos; pues ni aun de aquellos tropiezos que penden de la fortuna incomodó ninguno a los que con él militaron.

XX.— Navegando al Ponto con una armada considerable y perfectamente equipada, hizo en favor de las ciudades griegas cuanto acertaron a desear, tratándolas con humanidad; a las naciones bárbaras de los alrededores, a sus reyes y a sus príncipes les puso a la vista lo grande de su poder, su osadía y la confianza con que los Atenienses navegaban por donde les placía, teniendo bajo su dominio todo el mar. A los Sinopeses les dejó trece naves mandadas por Lámaco y tropas contra el tirano Timesileón; y luego que hubieron derribado a éste y a sus partidarios, decretó que de los Atenienses pasaran a Sinope seiscientos voluntarios, y habitaran con los Sinopeses, repartiéndose las casas y el terreno que fueron antes de los tiranos. En lo demás no condescendía ni convenía con los conatos que se mostraban los ciudadanos, engreídos desmedidamente con tanto poder y tanta fortuna de apoderarse otra vez del Egipto y conmover el poder del Rey por la parte del mar. A muchos los traía ya entonces alborotados aquella ardiente y malhadada codicia de la Sicilia, que inflamaron más adelante los oradores partidarios de Alcibíades; y aun había quien soñaba con la Etruria y Cartago, no sin esperanza, por la extensión de su presente hegemonía y la prosperidad de los sucesos.

XXI.— Mas Pericles contenía esta inquietud y reprimía su ambición, volviendo principalmente aquellos grandes medios a la conservación y seguridad de lo que ya dominaban, reputando por gran hazaña el tener a raya a los Lacedemonios, y manifestándoseles en todo opuesto, de lo que dio pruebas en muchas otras cosas; pero más señaladamente en la conducta que observó en los sucesos de la guerra sagrada. Porque después que los Lacedemonios pasaron con ejército a Delfos, y teniendo antes los Focenses el templo, lo entregaron a los de esa ciudad; retirados aquellos, al punto se dirigió allá Pericles, también con tropas, y restituyó a los Focenses. Los Lacedemonios habían obtenido con esta ocasión de los de Delfos precedencia en las consultas del oráculo, y la habían esculpido en la frente del lobo de bronce: obtúvola, pues, entonces para los Atenienses, y la hizo grabar también sobre el lobo en el lado derecho.

XXII.— Los hechos mismos le demostraron con cuánta razón retenía en la Grecia las fuerzas de los Atenienses, porque primero se rebelaron los Eubeos, contra quienes marchó con tropas, y muy luego hubo noticia de que los Megarenses también se les habían indispuesto, y que un ejército de enemigos estaba en las fronteras del Ática, mandado por Plistonacte, rey de los Lacedemonios. Volvióse, pues, Pericles prontamente de la Eubea, adonde la guerra del Ática le llamaba; pero no se determinó a venir a las manos con muchos y excelentes soldados que los provocaban, sino que, viendo que Plistonacte, que todavía era muy joven, entre todos sus consejeros del que más se valía era de Cleándrides, que los Éforos le habían dado por celador y asesor en consideración de su corta edad, trató secretamente de sobornarle, y habiéndole ganado bien pronto con dinero, recabó éste con sus persuasiones que los del Peloponeso se retiraran del Ática. Luego que esto se verificó, y que se disolvió el ejército, marchando las tropas a sus ciudades, indignados los Lacedemonios, penaron al rey con una multa, y como por su magnitud no hubiese tenido con qué pagarla, se vio en la precisión de salir de Lacedemonia, y a Cleándrides, que huyó, le condenaron a muerte. Era éste padre de Gilipo, el que en Sicilia venció a los Atenienses. Parece que la naturaleza había hecho enfermedad ingénita en él la del apego al dinero, porque, descubierto en vergonzosas negociaciones, fue arrojado de Esparta. Mas estas cosas las declaramos con mayor extensión en la vida de Lisandro.

XXIII.— Puso Pericles en la cuenta del ejército una partida de diez talentos, gastados, decía, en lo que se tuvo por conveniente, y el pueblo la admitió sin andar en preguntas ni quejarse del modo misterioso de expresarla. Algunos han escrito, y el filósofo Teofrasto entre ellos, que todos los años se enviaban por Pericles diez talentos a Esparta, con los que regalaba a todos los que tenían mando, y evitaba la guerra, no comprando de este modo la paz, sino el tiempo que necesitaba para disponerse reposadamente a hacer la guerra con ventaja.

Marchó otra vez rápidamente contra los rebeldes, y, pasando a la Eubea con cincuenta galeras y cinco mil hombres, domó las ciudades; arrojó de Calcis a los llamados Hipóbotas, que eran los más ricos y distinguidos de ella, y a los de Estica a todos les hizo salir del país, poblándola de solos Atenienses, siendo tan inexorable con ellos, porque habiendo apresado una nave ateniense, habían dado muerte a cuantos encontraron en ella.

XXIV.— Pactóse después de esto tregua por treinta años entre los Atenienses y Lacedemonios, y con esto hizo se decretara la expedición naval de Samo, dando por causa contra aquellos habitantes que, habiéndoseles intimado cesar en la guerra con los de Mileto, no habían obedecido. Mas por cuanto se da por cierto que lo hecho contra los de Samo fue por complacer a Aspasia, será oportuno investigar aquí quién fue esta mujer, que tanto arte y poder tuvo para tener bajo su mando a los hombres de más autoridad en el gobierno, y para haber logrado que los filósofos hayan hecho de ella no una ligera o despreciable mención. Que fue de Mileto e hija de Axíoco es cosa en que todos convienen. Dícese que en procurar dominar a los hombres de poder siguió el ejemplo de Targelia, de los antiguos Jonios; porque también Targelia, siendo de buen parecer, y reuniendo la gracia con la sagacidad, se puso al lado de hombres muy principales entre los Griegos, y a todos los que la obsequiaron los atrajo al partido del rey, y por medio de ellos, como eran poderosos y de autoridad, sembró las primeras semillas de medismo en las ciudades. Algunos son de opinión que Pericles se inclinó a Aspasia por ser mujer sabia y de gran disposición para el gobierno, pues el mismo Sócrates, con sujetos bien conocidos, frecuentó su casa, y varios de los que la trataron llevaban sus mujeres a que la oyesen, sin embargo de que su modo de ganar la vida no era brillante ni decente, porque vivía de mantener esclavas para mal tráfico. Esquines dice que Lisicles el vendedor de carneros, de hombre bajo y ruin por naturaleza, se hizo el primero de los Atenienses con haberse unido a Aspasia después de la muerte de Pericles. En el Menéxeno, de Platón, aunque cuanto se dice al principio es jocoso, hay esta parte de historia, que esta mujer tenía opinión de que para la oratoria era buscada de muchos Atenienses. Con todo, es lo más probable que la afición de Pericles a Aspasia fue una pasión amorosa. Tenía una mujer correspondiente a él en linaje, la cual antes había estado casada con Hiponico, y de éste había tenido en hijo a Calias, conocido por el rico, y del mismo Pericles tuvo a Jantipo y a Páralo. Más tarde, no haciendo entre sí buena vida, la entregó a otro con consentimiento de ella misma; y él, casándose con Aspasia, la trató con grande aprecio; pues, según dicen, todos los días la saludaba con ósculo de ida y vuelta a la plaza pública; pero en las comedias ya la llaman la nueva Ónfale, ya Deyanira, y ya también otra Hera. Cratino expresamente la llama combleza por estas palabras:

Da a luz a Hera Aspasia,
concubina la más liviana
y sin pudor alguno.

Y dan a entender que tuvo de ella un hijo espurio, porque Éupolis, en su comedia Los populares, le introduce, haciendo esta pregunta:

¿Y mi bastardo, vive todavía?

A lo que Pirónides responde:

Y cierto que hace tiempo sería hombre,
si el mal de la ramera no temiese.

Llegó Aspasia a ser tan nombrada y tan célebre, según cuentan, que Ciro, el que disputó con el rey el imperio de los Persas, a la más querida de sus concubinas le dio el nombre de Aspasia, llamándose antes Milto. Era ésta natural de la Fócide, hija de Hermotimo, y presentada al rey después que Ciro murió en la batalla, tuvo con él el mayor poder. Desechar o pasar en silencio estas cosas que al escribir se han ofrecido a la memoria, parecería quizá poco conforme a la naturaleza humana.

XXV.— Achácase, pues, a Pericles que esta guerra contra los de Samo la hizo decretar en favor de los Milesios, a ruegos de Aspasia. Estaban en guerra estas ciudades por Priena, y vencedores los Samios, intimándoles los Atenienses que se apartaran de la guerra y unos y otros se sometieran a su decisión, no quisieron obedecer. Por tanto, marchando allá Pericles, deshizo la oligarquía que tenía el mando en Samo, y tomando cincuenta de los principales en rehenes, y otros tantos jóvenes, los remitió a Lemno. Dícese que cada uno de los rehenes le dio de por sí un talento, y otros muchos todos los que no querían que en la ciudad se estableciese la democracia. También el persa Pisutnes, que estaba en buena amistad con los Samios, le envió diez mil áureos, intercediendo por la ciudad; pero Pericles nada quiso recibir, sino que trató a los Samios como lo tenía resuelto, y estableciendo la democracia, dio la vuelta a Atenas. Rebeláronse los Samios inmediatamente; Pisutnes robó los rehenes, y empezaron a hacer disposiciones para la guerra. Tuvo otra vez Pericles que dirigirse contra ellos, que no estaban ociosos ni abatidos, sino muy alentados y resueltos a disputarle el mar. Trabóse un terrible combate sobre una isla llamada Tragia, y Pericles alcanzó de ellos una ilustre victoria con cuarenta y cuatro naves, destrozando setenta de los enemigos, veinte de las cuales tenían tropas a bordo.

XXVI.— Apoderándose del puerto inmediatamente después de la victoria y de haberlos perseguido, les puso sitio, y ellos en el modo que podían todavía tenían aliento para hacer salidas y pelear al pie de las murallas; mas sobreviniendo luego nuevas tropas de Atenas, quedaron completamente bloqueados, y Pericles, tomando setenta galeras, salió con ellas al mar exterior; según los más, porque venían naves fenicias en socorro de los Samios, y quería salirles al encuentro y combatirlas lo más lejos que pudiera; pero Estesímbroto dice que se encaminaba contra Chipre, lo que no es verosímil. Fuese cualquiera de estas dos su intención, pareció que no había andado cuerdo, porque mientras él seguía su viaje, Meliso el de Itágenes, varón dado a la filosofía, y que era entonces el general de Samo, despreciando el reducido número de las naves, o la inexperiencia de los jefes, persuadió a los Samios que dieran sobre los Atenienses. Trabado combate, salieron vencedores los Samios, haciendo prisioneros a muchos de aquellos, y echando a pique muchas de sus naves, con lo que quedaron dueños del mar y se proveyeron de diferentes cosas precisas para la guerra, de que antes carecían, y Aristóteles dice que el mismo Pericles había sido vencido por Meliso anteriormente en otro combate naval. Los Samios, afrentando por represalias a los Atenienses cautivos, les imprimieron lechuzas sobre la frente, porque a ellos los Atenienses les habían impreso una samena. Es la samena una nave cuya proa tiene la forma de un hocico de cerdo, ancha y como de gran vientre, buena para sostenerse en el mar y muy ligera, y tomó este nombre porque fue en Samo donde se vio primero, construida así por el tirano Polícrates. A las señales de estos yerros dicen que hace alusión aquello de Aristófanes:

Es la gente de Samo muy letrada.

XXVII.— Noticioso Pericles de la derrota del ejército, se apresuró en su auxilio, y habiendo vencido a Meliso, que le hizo frente, y sojuzgado a los enemigos, al punto estrechó el sitio, con ánimo de combatir y tomar la ciudad, más bien a fuerza de gastar y de tiempo, que no con la sangre y los peligros de sus conciudadanos. Mas como viese que los Atenienses llevaban mal la dilación, y hallase dificultad en contener su ardor por los combates, dividió el ejército en ocho partes, y lo sorteó, y a los que les cabía el sacar haba blanca los dejaba que estuviesen en vacación y descanso, y los demás peleaban. De aquí dicen que vino el que los que se ven en regocijos, al día en que esto les acontece le llamen blanco, tomando de esta haba blanca la denominación. Éforo dice que Pericles usó de máquinas, admirando él mismo esta novedad, y que se halló en este sitio Artemón el maquinista, al cual, porque siendo cojo se hacía llevar en litera adonde se disponían las obras, se le dio el sobrenombre de Periforeto. Mas Heraclides Póntico le refuta con las poesías de Anacreonte, en las que ya Artemón es llamado Periforeto largo tiempo antes de esta guerra de Samo y de todos estos acontecimientos. Dícese de este Artemón que, siendo de vida muy regalona y muy muelle, y asustadizo para todo lo que infunde miedo, por lo común se estaba quieto en casa, haciendo que dos esclavos tuvieran siempre un escudo de bronce sobre su cabeza, no fuese que cayera algo de arriba, y que cuando se veía precisado a salir, se hacía llevar en una camilla colgada, que casi tocaba la tierra, y que por esto fue apellidado Periforeto.

XXVIII.— Rindiéndose los Samios al noveno mes, Pericles arrasó las murallas, les tomó las naves y les impuso grandes contribuciones, de las cuales parte pagaron inmediatamente, y por el resto, habiéndoseles fijado plazo, entregaron rehenes. Duris de Samo habla de estos sucesos en sus tragedias, acusando de gran crueldad a los Atenienses y a Pericles, cuando nada han dicho de tal crueldad ni Tucídides, ni Éforo, ni Aristóteles, y aun parece que no se ajusta a la verdad cuando dice que a los comandantes y marineros de los Samios los condujo a la plaza pública de Mileto, y los tuvo atados a unos maderos por diez días, y al cabo de ellos, hallándoles ya en malísimo estado, los hizo matar, rompiéndoles a palos la cabeza y sus cadáveres los arrojó insepultos. Duris, pues, que aun cuando no media ofensa suya particular suele exagerar siempre sobre la verdad, aquí parece que quiso agravar mucho los males de su patria con calumnia de los Atenienses. Pericles, vuelto a Atenas después de domada Samo, hizo muy solemnes exequias a los que habían muerto en aquella guerra, y pronunciando su elegía, como es costumbre, a la vista de los sepulcros, mereció grande aplauso. Cuando bajó de la tribuna las demás mujeres le tomaban la mano, y le ponían coronas y cintas como a los atletas vencedores; pero Elpinice, poniéndosele al lado: «Maravillosos son —le dijo— ¡oh Pericles! y dignos de coronas estos sucesos, pues nos has perdido a muchos y excelentes ciudadanos, no una guerra contra Fenicios o los Medos, como mi hermano Cimón, sino asolando una ciudad aliada y de nuestro origen». Dicho esto por Elpinice, se cuenta que Pericles, sonriéndose, le respondió tranquilamente con este verso de Arquíloco:

Estás ya vieja para usar ungüentos.

Después de esta victoria sobre los Samios, dice Ion que estaba lleno de orgullo, porque Agamenón había necesitado diez años para tomar una ciudad bárbara, y él en nueve meses había reducido a los primeros y más poderosos de los Jonios; y en verdad que no era injusto este engreimiento, porque esta guerra fue de gran incertidumbre y muy peligrosa, si, como dice Tucídides, estuvo en poco el que la ciudad de Samo despojara del imperio del mar a los Atenienses.

XXIX.— Después de esto, como estuviese ya fermentándose la guerra del Peloponeso, persuadió al pueblo que enviaran auxilio a los de Corcira, molestados con guerra por los de Corinto, y que se anticiparan a tomar una isla poderosa en fuerzas marítimas, mientras todavía los del Peloponeso no se les acababan de declarar enemigos. Decretado por el pueblo aquel auxilio, dio el mando a Lacedemonio, hijo de Cimón, con solas diez naves, como para desacreditarle, porque había sido siempre la casa de Cimón afecta a los Lacedemonios; por tanto, para que si Lacedemonio durante su mando no hacía nada notable y digno, incurriera todavía más en la sospecha de laconismo, le dio tan pocas naves y le hizo marchar mal de su agrado. Estaba además repugnando siempre a los hijos de Cimón, como que aun en los nombres no eran legítimos Atenienses, sino extranjeros y huéspedes, llamándose uno Lacedemonio, otro Tésalo y otro Eleo, y todos ellos parece que fueron tenidos en una mujer árcade. Hablábase mal contra Pericles a causa de estas diez galeras, porque siendo pequeño socorro para los que le pedían daba grande pretexto de queja a los contrarios; envió, por tanto, a Corcira más naves, las cuales llegaron después del combate. A los Corintios, indispuestos ya por estas causas con los Atenienses, y que los estaban acusando en Lacedemonia, se agregaron los de Mégara, dando la queja de que eran excluidos de todo mercado y de todos los puertos donde dominaban los Atenienses, contra el derecho de gentes y lo convenido por juramento entre los Griegos. También los Eginetas, que se creían agraviados y ofendidos, se lamentaban al oído ante los Lacedemonios, no atreviéndose a acusar abiertamente a los Atenienses. Al mismo tiempo, Potidea, ciudad sujeta a los Atenienses, aunque colonia de los Corintios, habiéndose rebelado, y hallándose sitiada fue otra causa que precipitó la guerra. Con todo, se enviaron embajadores a Atenas y el rey de los Lacedemonios, Arquidamo, procuraba traer a concierto los capítulos de acusación, templando también a los aliados, y por los demás motivos no se hubiera roto la guerra con los Atenienses, si se les hubiera podido persuadir que abrogasen el decreto contra los de Mégara y se reconciliasen con ellos; y como Pericles, obstinado en su oposición a los Megarenses, hubiese sido el que más resistencia hizo y el que más acaloró al pueblo, de aquí es que a él sólo se le hizo causa de esta guerra.

XXX.— Dícese que habiendo venido a Atenas en esta ocasión embajadores de Lacedemonia, y alegando Pericles una ley que prohibía quitar la tabla donde el decreto se hallaba escrito, había replicado Polialces, uno de los embajadores: «Pues bien: no quites la tabla, vuélvela sólo hacia dentro, porque esto no hay ley que lo prohíba». Pareció graciosa la respuesta, mas no por eso Pericles cedió un punto. A lo que parece, tenía alguna particular enemistad con los de Mégara; mas dando como causa pública contra ellos el que habían talado una parte de la selva sagrada, escribió un decreto, por el que se envió un heraldo a los de Mégara y a los Lacedemonios para acusar a aquellos, y parece que este decreto de Pericles estaba concebido en términos muy equitativos y humanos. Pero habiéndose formado idea de allí a poco de que el heraldo comisionado Antemócrito, había perecido por maldad de los Megarenses, escribió contra ellos Carino un decreto, por el que se prevenía que la enemistad fuera irreconciliable, sin poderse siquiera tratar de ella, y al Megarense que subiera al Ática se le diera muerte; que los generales, al prestar juramento patrio, juraran además que dos veces cada año talarían el territorio de Mégara, y que a Antemócrito se le diese sepultura junto a las puertas Tracias, que ahora se llaman el Dípilo. Los Megarenses negaban la muerte de Antemócrito, y echaban toda la culpa a Aspasia y a Pericles, valiéndose de aquellos famosos y sabios versos de la comedia Los acarnienses:

A Mégara beodos unos mozos van,
y a Simeta roban, vil ramera:
los de Mégara, en cólera encendidos.
De represalias a su vez usando,
Aspasia quitan otras dos rameras.

XXXI.— Cuál, pues, hubiera sido el origen de la guerra, es difícil de averiguar; pero de que no se hubiese revocado el decreto, todos hacen autor a Pericles, sino que unos dicen que nació en él de grandeza de ánimo, resuelto siempre a lo mejor, aquella resistencia, estando persuadido de que en lo que se demandábase quería probar si cedería, y de que el otorgamiento se tendría por confesión de debilidad; y otros quieren más que esto hubiese sido por espíritu de arrogancia y contradicción para que resaltase más su gran poder, viendo que tenía en poco a los Lacedemonios.

Mas la causa que le hace menos favor entre todas, y que tiene más testigos que la comprueban, es de este modo. El escultor Fidias fue el ejecutor de la estatua, como tenemos dicho; siendo, pues, amigo de Pericles, y teniendo con él gran influjo, se atrajo por esto la envidia, y tuvo ya a unos por enemigos, y otros, queriendo en él hacer experiencia de cómo el pueblo se habría en juzgar a Pericles, sobornaron a uno de sus oficiales, llamado Menón, y le hicieron presentarse en la plaza en calidad de suplicante, pidiendo protección para denunciar y acusar a Fidias. Recibióle bien el pueblo, y habiéndosele seguido a éste causa en la junta pública, nada resultó de robo, porque el oro lo colocó desde el principio en la estatua por consejo de Pericles, con tal arte, que cuando quisieran separarlo pudiera comprobarse el peso; que fue lo que entonces ordenó Pericles ejecutasen los acusadores: así sola la gloria y fama de sus obras dio asidero a la envidia contra Fidias, principalmente porque, representando en el escudo la guerra de las Amazonas, había esculpido su retrato en la persona de un anciano calvo, que tenía cogida una gran piedra con ambas manos, y también había puesto un hermoso retrato de Pericles en actitud de combatir con una Amazona. Estaba ésta colocada con tal artificio, que la mano que tendía la lanza venía a caer ante el rostro de Pericles, como para ocultar la semejanza, que estaba bien visible por uno y otro lado. Conducido, por tanto, Fidias a la cárcel, murió en ella de enfermedad, o, como dicen algunos, con veneno, que para mover sospechas contra Pericles le dieron sus enemigos, y al denunciador Menón, a propuesta de Glicón, le concedió el pueblo inmunidad, encargando a los generales que celaran no se le hiciese agravio.

XXXII.— Por aquel mismo tiempo, Aspasia fue acusada del crimen de irreligión, siendo el poeta cómico Hermipo quien la perseguía; y la acusaba, además, de que daba puerta a mujeres libres, que por mal fin buscaban a Pericles. Diopites hizo también decreto para que denunciase a los que no creían en las cosas divinas, o hablaban en su enseñanza de los fenómenos celestes; en lo que, a causa de Anaxágoras, se procuraba sembrar sospechas contra Pericles. Habiendo el pueblo admitido y dado curso a las calumnias, a propuesta de Dracóntides se sancionó decreto para que Pericles rindiese las cuentas de caudales ante los Pritanes, y los jueces dando su voto desde el tribunal, pronunciasen su sentencia en público. Agnón hizo suprimir esta parte en el decreto, sustituyendo que la causa fuese ventilada por mil y quinientos jueces, bien quisieran titularla de robo o soborno, o bien de daño al Estado.

Por Aspasia intercedió, y en el juicio, como dice Esquines, vertió por ella muchas lágrimas, haciendo súplicas a los jueces; pero temiendo por Anaxágoras, con tiempo le hizo salir y alejarse de la ciudad. Mas viendo que en la causa de Fidias había decaído del favor del pueblo, acaloró la guerra inminente y que estaba para estallar, con esperanza de disipar las acusaciones y minorar la envidia, estando en posesión de que en los negocios y peligros graves la ciudad por su dignidad y poder se pusiese a sí misma en sus manos. Éstas son las causas por las que se dice no permitió que el pueblo condescendiera con los Lacedemonios; mas cuál sea la cierta es bien oscuro.

XXXIII.— Convencidos los Lacedemonios de que, si lograban derribarle, para todo encontrarían más dóciles a los Atenienses, requerían a éstos sobre que echaran de la ciudad la abominación, a que por la madre estaba sujeto el linaje de Pericles, según refiere Tucídides; pero la tentativa les salió muy al contrario a los enviados; porque Pericles, en vez de la sospecha y de la difamación, ganó todavía mayor crédito y estima con sus ciudadanos, viendo que tanto le aborrecían y temían los enemigos. Advertido él también de esto, antes que Arquidamo que mandaba las tropas de los pueblos del Peloponeso, invadiera el Ática, previno a los Atenienses, por si talando Arquidamo los demás terrenos dejaba libres los suyos, bien fuese por los lazos de hospitalidad que había entre ellos, o bien por dar motivos de calumnia a sus contrarios, que él cedía a la ciudad sus tierras y sus casas de campo. Entran, pues, en el Ática los Lacedemonios con los aliados y un gran ejército, bajo el mando del rey Arquidamo, y talando el país, llegan hasta Acarnas, y se acampan allí, pensando en que los Atenienses no lo sufrirían, sino que, movidos de ira y ardimiento, les librarían batalla. Mas a Pericles le pareció muy arriesgado venir a las manos ante la misma ciudad con sesenta mil infantes; pues tantos eran los Peloponenses y Beocios que al principio hicieron la invasión; y a los que ansiaban por pelear, y llevaban mal lo que pasaba, los sosegó, diciéndoles que los árboles, si se podan o se cortan, se reproducen pronto; pero si los hombres perecen, no es fácil hacerse otra vez con ellos. Con todo, no reunió el pueblo en junta, temeroso de que se le hiciera tomar otra determinación contra su dictamen, sino que así como un buen capitán de navío, cuando el viento le combate en alta mar, después que todo lo dispone a su satisfacción y apareja las armas, usa de su pericia, no haciendo luego cuenta de las lágrimas y los ruegos de los marineros y los pasajeros asustados: de la misma manera él, habiendo cercado bien la ciudad, y puesto guardias en todos los puntos para estar seguros, hacía uso de su propio discurso, teniendo en poco a los que gritaban y manifestaban inquietud; y eso que muchos de sus amigos le venían con ruegos, sus contrarios le amenazaban y acusaban, y los coros —de las comedias— cantaban tonadas y jácaras punzantes en afrenta suya, escarneciendo su mando como cobarde, y que todo lo abandonaba a los enemigos. Ingeríase ya entonces Cleón, fomentando por el encono de los ciudadanos contra aquel, para aspirar a la demagogia; tanto, que Hermipo se atrevió a publicar estos anapestos:

¿Por qué, oh rey de los Sátiros,
no quieres embrazar lanza,
y tienes por bastante echar baladronadas de la guerra,
y el ánimo apropiarte de Telete?
Mas antes, si se afila de la espada la aguda punta,
de pavor te llenas,
aunque Cleón no cesa de morderte.

XXXIV.— Con todo, a Pericles nada de esto le hizo fuerza, sino que, sufriendo resignadamente y en silencio los baldones y el odio, y enviando al Peloponeso una armada de cien naves, él no se embarcó; y antes prefirió quedarse en casa, teniendo siempre pendiente la ciudad de su mano hasta que los Peloponenses se retiraran. Para halagar a la muchedumbre, mortificada generalmente con aquella guerra, le distribuyó dineros, y decretó un sorteo de tierras; porque arrojando a todos los Eginetas, repartió la isla entre los Atenienses a quienes cupo la suerte. Érales asimismo de consuelo lo que a su vez padecían los enemigos; porque los que con sus naves costeaban el Peloponeso habían talado, gran parte del país y las aldeas y ciudades pequeñas, y por tierra, invadiendo él mismo el territorio de Mégara, lo arrasó enteramente. Así, aunque los enemigos habían causado gran daño a los Atenienses, como ellos no le hubiesen recibido menor de éstos por la parte del mar, era bien claro que no habrían prolongado tanto la guerra, y antes habrían tenido que ceder, como desde el principio lo había predicho Pericles, si algún mal Genio no se hubiera declarado contra los cálculos humanos. Ahora, por primera vez, sobrevino la calamidad de la peste, y se ensañó en la edad florida y pujante. Afligidos por ella en el cuerpo y en el espíritu, se irritaron contra Pericles, y enfurecidos contra él con la enfermedad como contra el médico o el padre, intentaron ofenderle a persuasión de sus contrarios, que decían haber producido aquel contagio la introducción en la ciudad de tanta gente del campo, a la que había precisado en medio del verano a apiñarse en casas estrechas y en tiendas ahogadas, teniendo que hacer una vida casera y ociosa, en vez de la libre y ventilada que llevaban antes; de lo cual era causa quien recogiendo dentro de los muros durante la guerra toda la muchedumbre que ocupaba la región, y no empleando en nada aquellos hombres, los tenía encerrados como reses, dando lugar a que se inficionaran unos a otros, sin proporcionarles respiración o alivio alguno.

XXXV.— Queriendo poner remedio a estas quejas, y causar algún daño a los enemigos, armó ciento cincuenta naves, y poniendo e ellas muchas y buenas tropas de infantería y caballería, estaba para hacerse a la vela, infundiendo grande esperanza a sus ciudadanos, y no menor miedo a los enemigos con tan respetable fuerza. Cuando ya todo estaba a punto, y el mismo Pericles a bordo en su galera, ocurrió el accidente de eclipsarse el sol y sobrevenir tinieblas, con lo que se asustaron todos, teniéndolo a muy funesto presagio. Viendo, pues, Pericles al piloto muy sobresaltado y perplejo, le echó su capa ante los ojos, y tapándoselos con ella, le preguntó si tenía aquello por terrible o por presagio de algún acontecimiento adverso.

Habiendo respondido que no, «¿Pues en qué se diferencia —le dijo— esto de aquello sino en que es mayor que la capa lo que ha causado aquella oscuridad? Estas cosas se enseñan en las escuelas de los filósofos». Habiendo, pues, Pericles salido al mar, no se halla que hubiese ejecutado otra cosa digna de aquel aparato que haber puesto sitio a la sagrada Epidauro, que daba ya esperanzas de que iba a tomarse; pero por la peste se malograron, porque habiéndose manifestado en la escuadra, no sólo los afligió a ellos, sino a cuantos con aquella comunicaron. Como de estas resultas estuviesen mal con él, procuraba consolarlos e infundirles aliento, mas no logró templarlos o aplacar su ira sin que primero la desahogasen yendo a votar contra él en la junta pública, en la que prevalecieron, y, además de despojarle del mando, le impusieron una multa. Ascendió ésta, según los que dicen menos, a quince talentos, y según los que más, a cincuenta. Suscribióse por acusador en la causa, en sentir de Idomeneo, Cleón, y en sentir de Teofrasto, Simias; pero Heraclides Pontico dice que lo fue Lacrátides.

XXXVI.— Mas su disfavor en las cosas públicas iba a durar breve tiempo, habiendo la muchedumbre depuesto con aquella demostración el encono, como si dijésemos el aguijón; en las domésticas es en las que tuvo más que padecer, ya a causa de la peste, por la que perdió a muchos de sus familiares, y ya a causa de la indisposición y discordia de los propios, que venía de más lejos. Porque el mayor de sus hijos legítimos, Jantipo, que por índole era gastador, y se había casado con una mujer joven y amante del lujo, hija de Isandro, hijo de Epílico, llevaba a mal el arreglo del padre, que no le daba sino cortas asistencias y por plazos. Dirigiéndose, por tanto, a uno de sus amigos, tomó de él dinero como de orden de Pericles; mas éste, cuando aquel lo reclamó después, hasta le movió pleito; y Jantipo, indignado todavía más con este suceso, desacreditaba a su padre, primero, divulgando con irrisión sus ocupaciones domésticas y las conversaciones que tenía con los sofistas, y que con ocasión de que uno de los combatientes en los juegos había herido y muerto involuntariamente con un dardo un caballo de Epitimo de Farsalia, había malgastado todo un día con Protágoras en examinar si sería el dardo, el que le tiró, o los jueces del combate, a quien conforme a recta razón se diese la culpa de aquel accidente. Además de esto, dice Estesímbroto que fue el mismo Jantipo quien esparció entre muchos la calumnia acerca de su propia mujer, y que hasta la muerte le duró a este mozo la disensión irreconciliable con su padre, porque murió Jantipo habiendo enfermado de la epidemia. Perdió también entonces Pericles a su hermana, y a los más de los parientes y amigos que le eran de gran auxilio para el gobierno. Con todo, no desmayó, ni decayó de ánimo con estas desgracias, ni se le vio lamentarse, ocuparse en las exequias o asistir al entierro de alguno de sus deudos antes de la pérdida de su otro hijo legítimo, Páralo. Consternado con tal golpe, procuró, sin embargo, sufrirlo como de costumbre y conservar su grandeza de ánimo: pero al ir a poner al muerto una corona, a su vista se dejó vencer del dolor hasta hacer exclamaciones y derramar copia de lágrimas, no habiendo hecho cosa semejante en toda su vida.

XXXVII.— La ciudad puesta la atención en la guerra, había tanteado a los demás generales y oradores, y como en ninguno hallase ni la autoridad ni la dignidad correspondiente a lo arduo del mando, deseosa ya de Pericles, le llamó para la tribuna y para el mando de las tropas; mas hallábase desalentado y encerrado en su casa por el duelo, y fue preciso que Alcibíades y otros amigos le convencieran para que se presentase. Dio excusas el pueblo de su ingratitud y olvido, y él volvió a encargarse de los negocios; nombrósele general, e hizo proposición para que se abrogase la ley sobre los bastardos, que él mismo había introducido antes, para que por falta de sucesión no se acabase su casa y se extinguiera su nombre y su linaje. Lo que hubo acerca de esta ley fue lo siguiente: floreció por largo tiempo antes Pericles en el mando, y teniendo hijos legítimos, como se ha visto, propuso una ley para que sólo se tuviera por Atenienses a aquellos, que fuesen hijos de padre y madre ateniense. Como luego el rey de Egipto hubiese enviado de regalo para el pueblo cuarenta mil fanegas de trigo, habiéndose de repartir a los ciudadanos, por esta ley se movieron a los espurios muchos pleitos, que hasta allí habían estado olvidados y en descuido, y aun muchos fueron calumniosamente acusados, de manera que llegaron hasta muy cerca de cinco mil los que, resultando no tener la calidad, fueron vendidos, y los que permanecieron con los derechos de ciudadanos por haber sido declarados Atenienses subieron a catorce mil y cuarenta. Sin embargo, pues, de que era muy duro que una ley de tan gran poder contra tal muchedumbre fuese abrogada por el mismo que antes la había propuesto, el infortunio presente, venido sobre la casa de Pericles como castigo de aquel orgullo y vanagloria, quebrantó los ánimos de los Atenienses, los cuales, conceptuando que contra aquel se había declarado la ira de los dioses, y la humanidad pedía se le diese consuelo, vinieron en que su hijo bastardo fuese escrito en su propia curia y tomase su nombre. A éste, más adelante, habiendo vencido a los Peloponesos en la batalla de Arginusas, el pueblo le hizo dar muerte, juntamente con los otros sus colegas de mando.

XXXVIII.— A este tiempo la peste acometió a Pericles, no con gran rigor y violencia como a los demás, sino produciendo una enfermedad lenta, que con varias alternativas, poco a poco, consumía su cuerpo y debilitaba la entereza de su espíritu. Así es que Teofrasto, moviendo en su tratado de Ética la duda de si nuestros caracteres siguen en sus vicisitudes a la fortuna, y si conmovidos con las enfermedades del cuerpo decaen de la virtud, refiere que Pericles, estando ya malo, a un amigo que fue a visitarle le mostró un amuleto que las mujeres le habían puesto al cuello, para hacer ver lo malo que estaba cuando se prestaba a aquellas necedades. Estando ya para morir, le hacían compañía los primeros entre los ciudadanos y los amigos que le quedaban, y todos hablaban de su virtud y de su poder, diciendo cuán grande había sido; medían sus acciones, y contaban sus muchos trofeos, porque eran hasta nueve los que mandando y venciendo había erigido en honor de la ciudad. Decíanselo esto unos a otros en el concepto de que no lo percibía y de que ya había perdido enteramente el conocimiento; mas él lo había escuchado todo con atención, y, esforzándose a hablar, les dijo que se maravillaba de que hubiesen mencionado y alabado entre sus cosas aquellas en que tiene parte la fortuna, y que han sucedido a otros generales, y ninguno hablase de la mayor y más excelente, que es, dijo, el que por mi causa ningún Ateniense ha tenido que ponerse vestido negro.

XXXIX.— ¡Admirable hombre, en verdad! No sólo por la blandura y suavidad que guardó en tanto cúmulo de negocios y en medio de tales enemistades, sino por su gran prudencia, pues que entre sus buenas acciones reputó por la mejor el no haber dado nada en tanto poder ni a la envidia ni a la ira, ni haber mirado a ninguno de sus enemigos como irreconciliable; y yo entiendo que sólo su conducta bondadosa y su vida pura y sin mancha, en medio de tan grande autoridad, pudo hacer exenta de envidia y apropiada rigurosamente a él la denominación, al parecer pueril y chocante, que se le dio llamándole Olimpio si tenemos por digno de la naturaleza de los dioses que, siendo autores de todos los bienes y no causando nunca ningún mal, por este admirable orden gobiernen y rijan todo lo criado: no como los poetas, que nos inculcan opiniones absurdas, de que sus mismos poemas los convencen, llamando al lugar en que se dice habitan los dioses una residencia estable y segura, adonde no alcanzan los vientos ni las nubes, sino que siempre y por todo tiempo resplandece invariable con una serenidad suave y una lumbre pura, como corresponde a la mansión de lo bienaventurado e inmortal; cuando a los dioses mismos nos los representan llenos de rencillas, de discordia, de ira y de otras pasiones, que aun en hombres de razón estarían muy mal. Mas esto sería quizá más propio de otro tratado. Por lo que hace a Pericles, los sucesos mismos hicieron muy luego conocer a los Atenienses su falta y echarle menos, pues aun con los que mientras vivía llevaban mal su poder por parecerles que los oscurecía, luego que faltó y experimentaron a otros oradores y demagogos, confesaban a una que ni en el fasto podía darse genio mas dulce, ni en la afabilidad más majestuoso; y se echó de ver que aquella autoridad, un poco incómoda, a la que antes daban los nombres de monarquía y tiranía, había venido a ser la salvaguardia del gobierno: tanta fue la corrupción y perversidad que se advirtió después en los negocios, la cual él había debilitado y apocado, no dejándola comparecer, y menos que se hiciera insufrible por su insolencia.

FABIO MÁXIMO

I.— Habiendo sido Pericles en sus hechos, dignos de memoria, tan admirable como queda dicho, convirtamos ahora a Fabio Máximo la narración.

Algunos dicen que de una Ninfa, y otros que de una mujer del país ayuntada con Hércules en la orilla del río Tíber, nació el varón de quien desciende el linaje magno e ilustre de los Fabios, de los cuales los primeros, según quieren algunos, por el género de caza con hoyos a que fueron dados, se llamaron Fodios en un principio; con el tiempo mudadas dos letras, se dijeron Fabios. Fue fecunda esta casa en muchos y esclarecidos varones, y desde Rulo, el más insigne de ellos, que, por tanto, fue denominado Máximo por los Romanos, era cuarto este Fabio Máximo de quien vamos a hablar. Éste, de un defecto corporal, tuvo además el sobrenombre de Verrucoso, porque encima del labio le había salido una verruga; también el de Ovícula, que significa oveja, el cual se le impuso por su mansedumbre y sosería cuando era muchacho, porque su sosiego y silencio con mucha timidez cuando tomaba parte en las diversiones pueriles, su tardanza en aprender las letras y su apacibilidad y condescendencia con sus iguales pasaban plaza de bobería para los extraños, siendo muy pocos los que bajo aquel sosiego descubrían su natural firmeza y magnanimidad. Bien pronto después, cuando con el tiempo le excitaron los negocios, hizo ver a todos que era imperturbabilidad la que parecía ineptitud: prudencia, la apacibilidad y seguridad y entereza, la dificultad y tardanza en determinarse, poniendo la vista en la extensión de la república y las continuadas guerras, ejercitaba su cuerpo para los combates como arma natural y cultivaba la elocuencia para la persuasión al pueblo de la manera que más conformaba con su carácter. Porque su dicción no tenía la brillantez ni la gracia popular, sino una forma propia sentenciosa, llena de cordura y profundidad, muy parecida, dicen, a la frase de Tucídides. Todavía nos queda una oración suya al pueblo, que es el elogio fúnebre de su hijo, que murió después de haber ya sido cónsul.

II.— De los cinco consulados para que fue nombrado, en el primero triunfó de los Ligures, los cuales, derrotados por él con gran pérdida, se retiraron a los Alpes y dejaron con esto de saquear y molestar la parte de Italia que con ellos confina.

Después ocurrió que Aníbal invadió la Italia, y habiendo conseguido una victoria junto al río Trebia, se encaminó a la Etruria, y talando el país, difundió el asombro, el terror y la consternación hasta Roma. Al mismo tiempo sobrevinieron prodigios, parte familiares a los Romanos, como los de los rayos, y parte enteramente nuevos y desconocidos. Porque se dijo que los escudos por sí mismos se habían mojado en sangre, que cerca de Ancio se había segado mies con las espigas ensangrentadas, que por el aire discurrían piedras encendidas e inflamadas, y que, pareciendo que se había rasgado el cielo por la parte de Falerios, habían caído y, esparcídose muchas tabletas, y en una de ellas aparecía escrito al pie de la letra: «Marte sacude sus propias armas». Nada de esto intimidó al cónsul Flaminio, que, sobre ser por naturaleza alentado y ambicioso, estaba engreído con sucesos muy afortunados que antes, contra toda probabilidad, había tenido; pues que, a pesar del dictamen del Senado y de la resistencia de su colega, dio batalla a los Galos y los venció. A Fabio tampoco le conmovieron los prodigios, porque ninguna razón veía para ello, sin embargo de que a muchos les pusieron miedo; pero informado del corto número de los enemigos y de su falta de medios, exhortaba a los Romanos a que aguantasen y no entraran en contienda con un hombre que mandaba unas tropas ejercitadas para esto mismo en muchos combates, sino que, enviando socorros a los aliados y fortificando las ciudades, dejaran que por sí mismas se deshicieran las fuerzas de Aníbal, como una llama levantada de pequeño principio.

III.— No logró, sin embargo, persuadir a Flaminio, el cual, diciendo no sufriría que la guerra se acercase a Roma, ni como el antiguo Camilo pelearía en la ciudad por su defensa, dio orden a los tribunos para que saliesen con el ejército, y marchando él a caballo, como éste sin causa ninguna conocida se hubiese asombrado y espantado de un modo extraño se venció y cayó de cabeza; mas no por esto mudó de propósito, sino que llevando adelante el de ir en busca de Aníbal, dispuso su ejército junto al lago de la Etruria llamado Trasímeno. Viniendo los soldados a las manos, al propio tiempo de darse la batalla hubo un terremoto, con el que algunas ciudades se arruinaron, las aguas de los ríos mudaron su curso, y las rocas se desgajaron desde sus fundamentos, y sin embargo de ser tan violenta esta convulsión, absolutamente no la percibió ninguno de los combatientes. El mismo Flaminio, después de haber hecho los mayores esfuerzos de osadía y de valor, pereció en la batalla, y a su lado lo más elegido; de los demás que volvieron la espalda, fue grandísima la mortandad; los que perecieron fueron quince mil, y los cautivos, otros tantos. El cuerpo de Flaminio, a quien por su valor ansiaba dar sepultura y todo honor Aníbal, no se pudo encontrar entre los muertos, sin que se hubiese podido saber cómo desapareció. La pérdida de la batalla del Trebia ni en su aviso la escribió el general, ni la dijo el mensajero enviado a la ligera, sino que se fingió que la victoria había sido incierta y dudosa. Mas en cuanto a ésta, apenas llegó de ella la noticia al pretor Pomponio, cuando, reuniendo en junta al pueblo, sin usar de rodeos ni de engaños, salió en medio de ellos, y «Hemos sido vencidos ¡oh Romanos! —les dijo— en una gran batalla: el ejército ha sido deshecho y el cónsul Flaminio ha perecido; consultad, por tanto, sobre vuestra salud y seguridad». Arrojando, pues, este discurso como un huracán en el mar de tan numeroso pueblo, causó gran turbación en la ciudad, y los ánimos no quedaron en su asiento, ni podían volver en sí de tanto asombro. Convinieron, sin embargo, todos en este pensamiento: que el estado de las cosas exigía de necesidad el mando libre de uno solo, al que llaman dictadura, y un hombre que lo ejerciera imperturbable y confiadamente, y que éste no podía ser otro que Fabio Máximo, el cual reunía una prudencia y una opinión de conducta correspondientes a la grandeza del encargo, y era además de una edad en la que el cuerpo está en robustez para poner por obra las resoluciones del ánimo, y al mismo tiempo la osadía está ya subordinada a la discreción.

IV.— Tomada esta determinación, fue Fabio Máximo nombrado dictador, y habiendo él mismo nombrado maestre de la caballería a Lucio Minucio, lo primero que pidió al Senado fue que se le permitiera usar de caballo en el ejército; porque no se podía, antes estaba expresamente prohibido por una ley antigua, bien fuese porque consistiendo su principal fuerza en la infantería les pareciese que el general debía permanecer con ella y no separarse, o bien porque siendo en todo lo demás regia y desmedida esta autoridad, quisieran que el dictador quedase en esto pendiente del pueblo. Además, queriendo desde luego Fabio mostrar lo grande y esplendoroso de aquella dignidad para tener más sumisos y obedientes a los ciudadanos, salió en público, llevando ante sí veinticuatro fasces, y como viniese hacia él el otro de los cónsules, le envió un lictor con la orden de que despidiese las fasces, y deponiendo todas las insignias del mando, viniera como un particular adonde estaba, En seguida, tomando de los dioses el mejor principio, y dando a entender al pueblo que el general, por olvido y desprecio de las cosas divinas y no por falta de sus soldados, había incurrido en aquella ruina, le exhortó a que no temiese a los enemigos con aplacar y venerar a los dioses; no porque pensase en fomentar la superstición, sino con la mira de alentar con la piedad el valor, y de quitar y templar, con la esperanza puesta en los dioses, el miedo de los enemigos. Registráronse en aquella ocasión muchos de los libros proféticos arcanos, a que daban grande importancia, llamados sibilinos, y se dice que varios de los vaticinios en ellos contenidos venían muy acomodados a las desgracias y sucesos entonces presentes, bien que su contenido con ninguno otro podía comunicarse. Presentándose, pues, el Dictador ante la muchedumbre, hizo voto a los dioses de toda la cría que hasta la primavera de aquel año tuviesen las cabras, las cerdas, las ovejas y las vacas en todos los montes, campiñas, ríos, y lagos de la Italia, y ofrecérselo todo en sacrificios: ofreció además espectáculos de música y escénicos, en que se gastasen trescientos treinta y tres sestercios, y trescientos treinta y tres denarios, y un tercio más; que en una suma hacen ochenta y tres mil quinientos ochenta y tres dracmas y dos óbolos. Es difícil dar la razón del cuidadoso modo de numerar aquella cantidad; a no ser que crea alguno haber sido recomendación de la virtud del número tres, porque por su naturaleza es perfecto, el primero de los impares, principio en si del plural, y abraza las primeras diferencias y los elementos de todo número, mezclándolos y como juntándolos en uno.

V.— Convirtiendo así Fabio la atención de la muchedumbre hacia la religión, la hizo concebir mejores esperanzas, y poniendo él en sí mismo toda la confianza de la victoria, bien cierto de que Dios da la dicha a los hombres por medio de la virtud y la Prudencia, partió en busca de Aníbal no para dar batalla, sino con la determinación de quebrantar y aniquilar en éste, con el tiempo, la pujanza; con la sobra de los Romanos, su escasez de medios, y con la población de Roma, su corto número. Así siempre se le veía por alto a causa de la caballería enemiga, poniendo sus reales en lugares montañosos; en reposo, si Aníbal se estaba quieto, y si éste se movía siguiéndole alrededor de las eminencias, y apareciéndose siempre en disposición de que no se le pudiera obligar a pelear sí no quería; pero infundiendo al mismo tiempo miedo a los enemigos con aquel cuidado, como si les fuese a presentar batalla. Dando de esta manera tiempo al tiempo, todos le tenían en poco, hablándose mal de él aun en su mismo ejército, y lo que es a los enemigos todos, excepto a Aníbal, les parecía sumamente irresoluto, y que no era para nada. Él sólo penetró su sagacidad y el género de guerra que se había propuesto hacerle, y reflexionando que era preciso por todos medios de maña y de fuerza mover a aquel hombre, sin lo cual eran perdidas las cosas de los Cartagineses, no pudiéndose hacer uso de aquellas armas en que eran superiores, y apocándoseles y gastándoseles cada día en balde aquellas de que ya escaseaban, que era la gente y los caudales, echando mano de todo género de artificios y escaramuzas militares y buscando, a manera de buen atleta, algún asidero, hacía tentativas, ya acercándosele, ya causando alarmas, y ya llamándole por diferentes partes, todo con el objeto de sacarle de sus propósitos de seguridad. Mas en él su juicio, que estaba siempre aferrado a sólo lo que convenía, se mantenía constantemente firme e invariable. Incomodábale también el maestre de la caballería, Minucio, ansioso intempestivamente de pelear, sumamente arrojado y que en este sentido arengaba al ejército, al que él mismo había llenado de un ímpetu temerario y de vana confianza; así los soldados se burlaban de Fabio llamándole el pedagogo de Aníbal, y a Minucio le tenían por varón excelente y por general digno de Roma. Concibiendo con esto más animo y temeridad, decía, en aire de burla, que aquellos campamentos por las alturas eran teatros que el dictador les proporcionaba para que pudieran ver las devastaciones e incendios de la Italia, Preguntaba también a los amigos de Fabio si pensaba subir el ejército al cielo desconfiado ya de la tierra, o esconderse entre las nubes y las nieblas para escapar de los enemigos. Referían los amigos a Fabio estos insultos, y como le excitasen a que con pelear borrara esta afrenta: «Entonces sería yo más tímido que ahora —les dijo— si por miedo de los dicterios y de ser escarnecido me apartara de mis determinaciones. El miedo por la patria no es vergonzoso, mientras que el salir de sí por las opiniones de los hombres, por sus calumnias y sus reprensiones no es digno de un varón de tanta autoridad, sino del que se esclaviza a aquellos a quien debe mandar, y aun dominar, cuando piensan desacertadamente».

VI.— En este estado cae Aníbal en un yerro; porque queriendo llevar su ejército más lejos del de Fabio, y establecerse en terreno que abundase más en pasto, dio orden a los guías de que inmediatamente después de la cena le condujeran al campo Casinate. No habiendo éstos, a causa de la pronunciación extranjera, entendido bien lo que se les decía, conducen todas las tropas al extremo de la Campania, a la ciudad de Casilino, por medio de la cual corre el río Lótrono, llamado de los Romanos Vulturno. Está aquella región coronada por lo más de montañas; pero hacia el mar se extiende un valle, donde ensanchándose el río forma lagunas, y además hay en él grandes montones de arena, viniendo a terminar en una playa muy inquieta e inaccesible. Encerrado allí Aníbal, Fabio, que tenía conocimiento de los caminos, le tomó los pasos, y para cortarle la salida apostó cuatro mil infantes, y colocando en buena posición sobre las alturas el resto de sus tropas, con los más ligeros y más denodados dio alcance a la retaguardia de los enemigos, y desordenó todo su ejército, matándoles unos ochocientos hombres. Aníbal entonces, queriendo sacarle de allí, echó de ver el yerro que se había padecido, y el peligro; y lo primero que hizo fue poner en un palo a los guías; mas desconfió de apartar y vencer a los enemigos, que se hallaban apoderados de los lugares ventajosos. Estaban todos desalentados y acobardados, considerándose cercados por todas partes y sin tener salida alguna, cuando a Aníbal le ocurrió una astucia con que engañar a los enemigos, que fue de este modo: Mandó que tomando como dos mil vacas de las del botín se les atasen sendos hachones en los cuernos, o haces de ramajes o sarmientos secos, y que a la noche, pegando a éstos fuego a la señal que se diese, se las encaminara hacia las eminencias por los puntos estrechos donde tenían sus centinelas los enemigos. Mientras atendían a esto aquellos a quienes lo encargó, poniendo él en movimiento el grueso del ejército cuando ya había anochecido, marchaba con sosiego. Las vacas, mientras el fuego no tomó cuerpo, y sólo se quemaba la leña, andaban reposadamente conducidas por la falda del monte, de manera que pasmados los pastores y vaqueros situados en las alturas de aquellas luces que ardían en lo alto de los cuernos, les parecía ser de un ejército que marchaba con multitud de hachas en el mejor orden. Mas después que encendido el cuerno hasta la raíz se hizo sentir el fuego en la carne, y que moviendo y sacudiendo con el dolor las cabezas se llenaron unas a otras de mucha llama, ya no guardaron orden en su dirección, sino que, espantadas e irritadas, dieron a correr a lo alto de los montes, llevando encendido el testuz y la cola, y encendiendo también muchos de los matorrales por donde huían: espectáculo muy espantoso para los Romanos, puestos de guardia en aquellos oteros. Porque parecía que las luces eran llevadas por hombres que iban corriendo; entróles por tanto, mucha turbación y miedo, imaginándose que de diversas partes venían enemigos sobre ellos, y que por todas estaban cercados. No teniendo, pues, valor para mantenerse en sus puestos, se retiraron al centro del campamento, abandonando las gargantas. Con esta oportunidad inmediatamente las tropas ligeras de Aníbal ocuparon las alturas, y ya toda la demás fuerza había marchado sin ser inquietada, llevándose una abundante y rica presa.

VII.— Fabio bien se percibió del engaño en la misma noche, porque algunas de las vacas que huyeron espantadas habían venido a dar en su poder; temiendo, sin embargo, alguna celada preparada a favor de las tinieblas, tuvo inmóvil el ejército sobre las armas. Luego que amaneció se puso en persecución de los enemigos y alcanzando la retaguardia, se trabó combate en terreno quebrado, por lo que en éstos era grande la confusión, hasta que Aníbal, haciendo salir de aquellas gargantas a los Españoles, más ejercitados en trepar por los montes, gente muy lista y de gran ligereza, los envió contra la infantería pesada de los Romanos, en la que hicieron bastante mortandad, y obligaron a Fabio a retirarse. Con esto crecieron las habladurías y el menosprecio contra él; porque no poniendo en las armas su confianza, sino aspirando a triunfar de Aníbal con la sagacidad y previsión, aparecía vencido y burlado con estos mismos medios, y queriendo Aníbal encender todavía más el encono de los Romanos contra Fabio, llegado que hubo adonde estaban sus posesiones, mandó que se talara e incendiara todo lo demás, y sólo a aquellas se perdonara, dejando una guardia que no permitiera destruir o tomar nada de lo que allí había. Todo esto fue anunciado en Roma, dándosele gran valor, levantando mucho el grito los tribunos de la plebe, a instigación principalmente de Metilio, que atizaba aquel fuego, no tanto por enemistad a Fabio, como porque teniendo deudo con Minucio, el maestre de la caballería, juzgaba que cedían en honor y aprecio de éste aquellos rumores. Había además caído en la indignación del Senado, por llevar éste a mal el tratado que acerca de los cautivos había hecho con Aníbal; porque le había otorgado que se canjearía hombre por hombre, y que si de la una de las partes era mayor el número, por cada uno de los que se entregasen se darían doscientas y cincuenta dracmas. Por tanto, cuando hecho el canje se halló que todavía le quedaban a Aníbal doscientos y cuarenta, el Senado resolvió no enviar su rescate, y se culpó a Fabio de que, contra toda razón y conveniencia, tratara de volver a Roma a unos hombres que por cobardía habían sido presa de los enemigos. Enterado de esta resolución Fabio, sufrió muy resignadamente el encono de los ciudadanos; mas no teniendo caudal propio, y no queriendo faltar a lo tratado, ni dejar abandonados a aquellos infelices, envió a Roma a su hijo con orden de que vendiera sus tierras y le llevara al punto el importe al ejército. Vendiólas éste, efectivamente, y vuelto allá con suma presteza, envió Fabio el rescate a Aníbal, y recobró los cautivos. Muchos de éstos quisieron remitírselo después, pero no quiso recibirlo de nadie, sino que lo perdonó a todos.

VIII.— Llamaron a Fabio a Roma después de estos sucesos los sacerdotes para ciertos sacrificios, y entregó el mando a Minucio, no sólo con precepto que como emperador le imponía de no entrar en batalla ni tener reencuentros con los enemigos, sino haciéndole sobre ello encarecidas instancias, de las que él hizo tan poca cuenta, que al punto se puso a provocarlos; y habiendo observado en una ocasión que Aníbal había destacado la mayor parte del ejército a acopiar víveres, atacó a los que habían quedado, los encerró dentro del vallado, con pérdida de no pocos, y aun a todos les hizo concebir temores de que los tenía sitiados. Recogió después Aníbal todas sus fuerzas a los reales, y él se retiró con la mayor seguridad, muy ufano por su parte con lo hecho, y habiendo inspirado al ejército un desmedido arrojo. Muy pronto llegó a Roma la noticia, exagerada mucho más allá de lo cierto; y cuando la oyó Fabio: «Lo que más temo —dijo— es esta buena suerte de Minucio». Mas el pueblo se ensoberbeció; y habiendo corrido a la plaza con grande regocijo, entonces el tribuno Metilio, subiendo a la tribuna, empezó a arengarle, celebrando mucho a Minucio, acusando a Fabio no ya de flojedad y cobardía, sino de traición, y culpando juntamente a muchos de los más poderosos y principales de que desde el principio, con la mira de humillar a la plebe, quisieron atraer la guerra y arrojar la ciudad en una monarquía ilimitada, la que dando largas a los negocios, facilitara a Aníbal traer de nuevo otro ejército del África, como dueño ya de la Italia.

IX.— No se cuidó Fabio de defenderse en la junta pública de las acusaciones del tribuno, y sólo dijo que iba a despachar prontamente los sacrificios y ceremonias para volver al ejército e imponer el debido castigo a Minucio, porque, contra su prohibición, había combatido con los enemigos. Movióse con esto gran alboroto en la plebe, viendo que corría mucho peligro Minucio, porque el dictador tiene facultad para prender y castigar sin formación de causa, y notando que la ira había sacado a Fabio de su gran mansedumbre, graduábala de terrible e implacable. Por esto mismo los demás se contuvieron; pero Metilio, alentado con la inmunidad del tribunado —porque elegido dictador, este solo cargo no se disuelve, sino que permanece, anulados todos los demás—, no cesaba de arengar al pueblo, pidiendo que no desamparara a Minucio ni consintiera le sucediese lo que Manlio Torcuato ejecutó con su hijo, haciéndole cortar con la segur la cabeza, triunfante y coronado como estaba, sino que despojase a Fabio de la tiranía y pusiera la república en manos que pudieran y quisieran salvarla. Hicieron grande impresión en los ánimos estas razones; más no se atrevieron, sin embargo de haber humillado a Fabio, a imponerle la precisión de abdicar la dictadura, contentándose con decretar que Minucio, igualado en el mando de las tropas con el dictador, partiera con él la guerra, usando de la misma autoridad, cosa nunca vista antes en Roma, pero repetida poco después de resulta de la derrota de Canas, porque también era entonces dictador en los ejércitos Marco Junio, y viéndose en la ciudad precisados a completar el Senado, habiendo muerto muchos senadores en la batalla, eligieron en segundo dictador a Fabio Buteón. Mas éste, luego que en uso de su autoridad eligió los que le faltaban y completó el Senado, deponiendo en el mismo día las fasces y sustrayéndose a los que le acompañaban, se metió y confundió con la muchedumbre, y para tratar y arreglar un negocio propio suyo volvió a la plaza como un particular.

X.— Asociando con el dictador para tan importantes negocios a Minucio, pensaron abatir y humillar a aquel, en lo que dieron muestras de conocer muy poco su carácter, porque no miraba como desgracia suya aquella ceguedad, sino que, al modo que Diógenes el sabio, diciéndole uno: «Éstos te escarnecen», respondió: «Pues yo no soy escarnecido», teniendo por dignos solamente de burla a los que se acobardan y turban con tales cosas, así también Fabio no se dio por sentido ni se incomodó por sí con aquella determinación, contribuyendo a demostrar lo que opinan algunos filósofos: que el varón recto y bueno no puede ser afrentado ni deshonrado. Lo que sí le afligía era el desacierto de la muchedumbre en lo tocante al bien público, dando facilidad para hacer la guerra a un hombre que adolecía de desmedida ambición. Temiendo, por tanto, no fuera que éste, enloquecido del todo con la vanagloria y el orgullo, se apresurara a hacer algún disparate, salió de Roma sin noticia de nadie, y, llegado al ejército, encontró a Minucio no moderado y tranquilo, sino displicente e hinchado, ansioso por mandar alternativamente cosa en que Fabio no quiso condescender; y lo que hizo fue partir las tropas con él, teniendo por mejor mandar sólo una parte que mandar el todo de aquella manera. Tomó, pues, para sí las legiones primera y cuarta, y dio a Minucio la segunda y tercera, y por el mismo término se repartieron las fuerzas auxiliares. Quedó Minucio muy orgulloso y contento con que la dignidad del mando más elevado y supremo hubiese sufrido aquella disminución y despedazamiento por consideración a él; pero Fabio le hizo la advertencia de que considerara que no era con él con quien había de contender, sino con Aníbal; mas que, con todo, si aun quería altercar con su colega, debía poner la atención en que no pareciese que el que había vencido con los ciudadanos y había sido de ellos honrado, cuidaba menos de su salud y seguridad que el humillado y ofendido.

XI.— Minucio miró esta amonestación como jactancia de un viejo, y haciéndose cargo de las fuerzas que le habían cabido en suerte, se fue a acampar solo y aparte; teniendo Aníbal noticia de cuanto pasaba, y estando en acecho de cualquier ocasión. Había en medio un collado, no difícil de tomar, y tomado, muy seguro para un campamento, con bastante extensión para todo. El terreno de alrededor, visto de lejos, parecía igual y llano, porque estaba despejado: pero tenía algunas acequias y, además, algunas cuevas. Podía muy bien Aníbal tomar, sin hacerse sentir, este collado; mas no quiso, sino que lo dejó para ocasión o motivo de venir a las manos. Luego que vio a Minucio separado de Fabio, escondió de noche en las acequias y en las cuevas a algunos de sus soldados, y al rayar el día, abiertamente envió otros en corto número a ocupar el collado, para llamar y hacer caer hacia aquel paraje a Minucio, y así cabalmente sucedió. Primero envió éste las tropas ligeras; después, la caballería, y a la postre, viendo que Aníbal enviaba socorro a los del collado, bajó con todas sus fuerzas en orden de combatir, y habiendo trabado una recia batalla, atropellaba a los que sostenían aquella altura, envuelto con ellos en una lucha muy igual; hasta que, observándole Aníbal completamente engañado y que dejaba la espalda enteramente descubierta a los de la celada, dio a éstos la señal; salieron entonces por diversas partes a un tiempo; y los acometieron con gritería, y, destrozando la retaguardia, es inexplicable la turbación y abatimiento que cayo sobre los Romanos. Quebrantóse también la arrogancia del mismo Minucio, que dirigía sus miradas ya a este, ya al otro caudillo, no osando ninguno mantenerse en su puesto, sino entregándose todos a la fuga, que no les fue de provecho, porque los Númidas, que eran ya dueños del terreno, acabaron con los dispersos.

XII.— ¡En tan mala situación se hallaban los Romanos! Pero Fabio no ignoraba su conflicto; antes, habiendo previsto, según parece, lo que iba a suceder, tenía todas las tropas prontas sobre las armas, y para saber lo que pasaba no se valió de espías, sino que él mismo se puso de atalaya delante del campamento. Luego que vio cortado y desordenado el ejército, y llegó a sus oídos la gritería de los que no guardaban formación, sino que huían espantados, dándose una gran palmada en el muslo y sollozando profundamente: «¡Por Hércules —exclamó—, cómo Minucio se ha perdido más presto de lo que yo esperaba, aunque quizá más tarde de lo que él hubiera deseado!». Y dando orden de sacar sin dilación las banderas, y de que le siguiese el ejército: «¡Éste, oh soldados —gritó—, éste es el momento de que se apresure el que conserve en su memoria a Marco Minucio, porque es un varón excelente y amante de su patria, y si en algo ha errado, con el deseo de arrojar cuanto antes a los enemigos, después le daremos las quejas!». Corre, pues, el primero, dispersa a los Númidas que discurrían por el llano, y en seguida se dirige contra los que combatían por retaguardia a los Romanos, matando a los que encuentra, con lo que los demás ceden y toman la fuga para no ser alcanzados y que no les suceda verse en el mismo caso en que ellos habían puesto a los Romanos. Aníbal, al ver aquella mudanza, y que Fabio, con más ardor del que a su edad correspondía, trepaba hacia el collado a unirse con Minucio, haciendo con la trompeta señal de retirada, volvió su ejército a los reales, y también los Romanos se retiraron contentos. Cuéntase que Aníbal, en esta retirada, hablando de Fabio, dijo con chiste a sus amigos una especie como ésta: «¿No os predije yo muchas veces que aquella nube, agarrada siempre a los montes, algún día arrojaría agua con huracán y con tormenta?».

XIII.— Retiróse Fabio después de la acción sin hacer otra cosa que despojar a los enemigos que habían muerto, no profiriendo expresión ninguna de arrogancia o de ofensa acerca de su colega Minucio; pero éste, juntando sus tropas: «Camaradas —les dijo—, no cometer yerros en los grandes negocios es cosa muy superior a las humanas fuerzas; pero que el que erró aproveche la lección de sus escarmientos para lo sucesivo, es de hombre recto y que escucha la razón. Yo, si tengo que culpar en algo a la fortuna, mucho más es lo que tengo que agradecerle, porque lo que hasta ahora no había comprendido en tanto tiempo acabo de aprenderlo en una mínima parte de un día, quedando convencido de que no soy para mandar a otros, sino que necesito de un jefe, y no ponerme a querer vencer a aquellos de quienes me está mejor ser vencido. En las demás cosas será ya el dictador quien os mande; pero en la gratitud hacia él, yo he de ser todavía vuestro general, poniéndome en su presencia obediente y dispuesto a hacer cuanto me mandare». Dicho esto, mandando tomar las águilas y que todos le siguiesen, guió al campamento de Fabio, y ya dentro de él se encaminó a la tienda del general con admiración y sorpresa de todos. Saliéndole Fabio al encuentro, depuso aquel al punto las insignias, llamándole padre en alta voz, y en la misma llamaban sus soldados patronos a los de Fabio, que es la exclamación en que prorrumpen los que reciben la libertad con aquellos que se la dan. Cuando ya hubo silencio, dijo Minucio: «Dos victorias ¡oh dictador! has alcanzado en el día de hoy, venciendo con el valor a Aníbal y con la prudencia y la generosidad a tu colega: con aquella nos has salvado y con ésta has dado una admirable lección a los que, si de parte de los enemigos sufrieron una vergonzosa derrota, de la que tú les has causado se glorían, porque han hallado en ella su salud. Te llamo padre, porque no encuentro nombre más honroso que darte, debiéndote mayor agradecimiento que al que me dio el ser, porque aquel me engendró a mí sólo y tú me has salvado con todos éstos». Acabado este discurso, abrazó y saludó con un ósculo a Fabio, siendo cosa de ver que otro tanto ejecutaban sus soldados, porque se enlazaban y besaban unos a otros, inundando el campamento de alegría y de dulces lágrimas.

XIV.— Depuso Fabio después de estos sucesos la dictadura, y volvieron a nombrarse otra vez cónsules, de éstos, los primeros adoptaron el sistema de guerra que aquel había establecido, huyendo el pelear de poder a poder con Aníbal y contentándose con socorrer a los aliados e impedir la deserción. Eligióse después para el consulado a Terencio Varrón, hombre de linaje oscuro, pero que se había hecho lugar con adular a la plebe y con su carácter insolente; así, desde luego se echó de ver que con su inexperiencia y su temeridad iba a aventurarlo todo, porque se le oía vociferar en las juntas que la guerra duraría mientras la ciudad confiara el mando a los Fabios, pero que, para él, presentarse y vencer a los enemigos todo sería uno. Con esto, al punto recogió y levantó tantas fuerzas cuantas para ninguna otra guerra habían empleado los Romanos, porque se reunieron para la batalla hasta ochenta y ocho mil hombres, motivo de gran temor para Fabio y para todos los hombres de juicio, porque no esperaban que pudiera recobrarse la ciudad si se desgraciaba aquella brillante juventud. Por esta razón se dirigió al colega de Terencio, Paulo Emilio —que era buen militar, mas no grato al pueblo, y estaba escamado de la muchedumbre por una multa que se le había impuesto para el erario—, con propósito de darle ánimo y exhortarle a hacer oposición a la locura de aquel, manifestándole que su contienda en beneficio de la patria, más que con Aníbal había de ser con Terencio, porque se apresurarían a la batalla, éste, no conociendo en qué consistían sus fuerzas, y aquel, —estando bien convencido de su flaqueza—. «Mas yo ¡oh Paulo! —dijo con más justicia deberé ser de ti creído que no Terencio si te aseguro acerca del estado de las cosas de Aníbal que éste, no peleando nadie con él en todo este año, o infaliblemente caerá, si se obstina en mantenerse aquí, o tendrá precisamente que marchar; pues con parecer que ahora vence y está pujante, ninguno de sus contrarios se le ha pasado, ni tiene la tercera parte de las fuerzas con que vino». A esto se dice que Paulo contestó en estos términos: «Por mí ¡oh Fabio!, cuando considero mi situación, tengo por mejor caer oprimido de las lanzas de los enemigos que de los votos de los ciudadanos; mas si nuestras cosas públicas están en el estado que dices, más me esforzaré por acreditarme contigo de buen capitán, que no con todos los demás que quieran obligarme a seguir un dictamen contrario al tuyo». Con esta resolución partió Paulo para la guerra.

XV.— Terencio hizo empeño en que alternaran por días en el mando, y estando acampados a la vista de Aníbal, junto al Áufido y las que se llamaban Canas, al mismo amanecer puso la señal de batalla, que era un paño de púrpura tendido encima de la tienda del general. Sorprendiéronse al principio los Cartagineses viendo aquel arrojo del cónsul y la muchedumbre de los enemigos, cuando ellos no eran ni siquiera la mitad. Aníbal mandó a las tropas tomar las armas, y, montando a caballo, se puso con unos cuantos sobre una ligera eminencia a hacerse cargo de los enemigos, que ya estaban formados. Díjole entonces uno de los que con él estaban, hombre de igual autoridad con él, llamado Giscón: «¡Qué maravillosa es esta multitud de enemigos!». Y Aníbal, arrugando la frente: «Pues otra cosa más maravillosa se te ha pasado», le contestó. Preguntóle Giscón cuál era, y él respondió que, con ser tantos, ninguno de ellos se llamaba Giscón. Dicho así este chiste, cuando menos podía esperarse, les causó a todos mucha risa; y como bajando del otero lo fuesen refiriendo a los que encontraban al paso, les hacía a todos reír de tan buena gana, que nunca podían contenerse los que estaban al lado de Aníbal. A los Cartagineses, que lo veían, les inspiraba esto gran confianza, considerando que tanta risa, y estar tan de chanza el general en aquellos momentos, no podría nacer sino de mucha seguridad y menosprecio del peligro.

XVI.— En la batalla usó de dos estratagemas: la primera fue procurar tener el viento por la espalda; era a la sazón parecido a un torbellino de fuego, y levantando de aquellas llanuras, bastante polvorientas y descubiertas, gran cantidad de arena, pasándola por encima de los Cartagineses, la impelía hacia los Romanos, y se la arrojaba en la cara, haciéndoles volverla y perder el orden. El segundo consistió en la formación, porque lo más fuerte y aguerrido de sus tropas lo colocó de uno y otro lado del centro, y éste lo llenó de lo más endeble, haciendo que esta especie de cuña saliese bastante adelante respecto del cuerpo de la falange. Encargó a los más esforzados que cuando los Romanos acometiesen a éstos, y llevándoselos por delante, el centro quedase abierto, y formando seno recibiera a aquellos dentro de la falange, haciendo ellos una conversión por uno y otro lado, los cargasen oblicuamente y los envolviesen, cogiéndolos por la espalda, que fue, a lo que parece, lo que causó tan gran mortandad; pues luego que cediendo el centro se llevó tras sí en su persecución a los Romanos, y que la falange de Aníbal, mudando de posición, formó como media luna, y doblando repentinamente las tropas elegidas, a la voz de sus jefes, unos a la izquierda y otros a la derecha, cubrieron los claros, entonces, todos los que no previnieron el ser cercados se encontraron como presos y perecieron. Dícese que también a la caballería romana le ocurrió un accidente extraño, porque herido, a lo que se cree, el caballo de Paulo, lo derribó, y de los que estaban a su lado se fueron apeando uno, y otro, y otro, y a pie se le pusieron delante para protegerle. Los de a caballo, al verlos, pensaron que aquello dimanaba de una orden general, y echando todos pie a tierra, así se arrojaron sobre los enemigos, lo que, observado por Aníbal, «¡Más quiero esto —exclamó— que el que me los hubieran dado atados!». Pero estos incidentes son para los que escriben la historia con toda extensión. De los cónsules, Varrón, con unos pocos, se retiró a la ciudad de Venusia; pero Paulo, en el desorden y confusión de aquella fuga, plagado su cuerpo de los dardos clavados en las heridas y oprimida su alma con tal desgracia, se había sentado en una piedra esperando un enemigo que le diera la muerte. Estaba, por la mucha sangre que le inundaba la cabeza y el rostro, enteramente desfigurado, de modo que sus amigos y sus mismos sirvientes, por no conocerle, pasaron de largo. Sólo Cornelio Léntulo, joven de familia patricia, le vio y reconoció, y, apeándose de su caballo, le acarició y rogó que subiese en aquel y se salvara, para bien de los conciudadanos, que entonces más que nunca necesitaban de un buen general. Paulo se negó a sus ruegos, y obligó con lágrimas a aquel joven a que otra vez montase; y entonces. tomándole la diestra y dando un profundo suspiro: «Anuncia ¡oh Léntulo! —le dijo— a Fabio Máximo, y sé testigo para con él que Paulo Emilio siguió su dictamen hasta la muerte, y en nada faltó a lo que él había concertado, sino que fue vencido, primero por Varrón y después por Aníbal». Dado este encargo, despidiéndose de Léntulo, se mezcló entre los que estaban bajo el hierro de los enemigos, y murió con ellos. Dícese que murieron en la misma acción cincuenta mil Romanos, y cuatro mil fueron tomados vivos, y que después de la batalla fueron cautivados, cuando menos, otros diez mil en ambos campamentos.

XVII.— Después de tan señalada victoria incitaban a Aníbal sus amigos para que no desperdiciara su fortuna, y tras los enemigos, en el mismo punto de su fuga, cayera sobre Roma, pues al quinto día de la victoria cenaría en el Capitolio; pero no es fácil explicar qué consideración pudo contenerlo; más bien diremos que fue obra de algún genio o algún dios que quiso estorbárselo, que no demasiado recelo o temor suyo; así se cuenta que el cartaginés Barca le dijo con enfado: «Tú, Aníbal, sabes vencer; pero no sabes aprovecharte de la victoria». Con todo, hizo esta victoria tal mudanza en sus cosas, que no teniendo antes de la batalla ni una ciudad, ni un mercado, ni un puerto en Italia, por lo que con gran trabajo y dificultad recogía los precisos víveres para el ejército, y se había arrojado a la guerra sin poder contar con nada, pareciendo su ejército a una cuadrilla de bandoleros que anda errante de una parte a otra, entonces casi toda la Italia se puso en su poder. Porque la mayor y más poderosa parte de los pueblos voluntariamente se pasaron a su partido, y a Capua, que después de Roma es la más insigne de sus ciudades, también la atrajo a él. Ésta fue una ocasión en que se vio que una gran calamidad no sólo sirve para hacer prueba de los amigos, que es la expresión de Eurípides, sino que también de los grandes generales, pues lo que antes de aquella batalla se graduaba en Fabio de cobardía e insensibilidad, después de ella pareció al punto, no ya una prudencia humana, sino un oráculo y providencia divina y milagrosa, que prevé con anticipación aquellos sucesos que aun a los que los palpan se les hacen increíbles. Por tanto, al momento puso en él Roma la esperanza que le quedaba, y como a un templo o ara se acogió a su juicio, habiendo sido su cordura la primera y más poderosa causa para que estuviesen quedos y no se desbandasen como en la irrupción de los Galos. Porque aquel mismo, que se mostraba precavido y desconfiado en los momentos en que nada había de siniestro, ahora, cuando todos se abandonaban a una aflicción excesiva y a un dolor que no los dejaba para nada, él sólo discurría por la ciudad con paso sosegado, con semblante sereno y con afables palabras, haciendo desechar los lloros mujeriles y disipando los corrillos de los que se congregan en los parajes públicos para lamentar tales calamidades. Hizo también que se juntase el Senado, y alentó a los magistrados, siendo el vigor y poder de toda autoridad, que sólo en él ponía los ojos.

XVIII.— Puso guardas en las puertas para que estorbasen el paso a la muchedumbre que trataba de huir y abandonar la ciudad. Señaló lugar y término al luto, mandando que sólo se hiciese dentro de casa y por treinta días, pasados los cuales cesase todo duelo y no quedasen en la ciudad vestigios de él. Vino a caer en aquellos días la fiesta solemne de Ceres, y pareció más conveniente omitir los sacrificios y toda la demás pompa de ella, que hacer patente con el corto número y el abatimiento de los concurrentes la grandeza de aquella desventura; cuanto más, que hasta la Divinidad parece que se regocija con adoradores que estén contentos. Para aplacar a los dioses y apartar lo infausto de los prodigios, hízose lo que los augures prescribieron, porque fue enviado a Delfos, a consultar al dios, Píctor, pariente de Fabio; y como se hubiese echado de ver que habían sido seducidas dos de las vírgenes vestales, la una fue enterrada viva, como es costumbre, y la otra se dio la muerte. Lo que hubo más de admirar en la prudencia y mansedumbre de la ciudad fue que, viniendo de aquella fuga el cónsul Varrón tan humillado y abatido como debía venir quien de tanta afrenta e infortunio había sido causa, le salieron a recibir hasta la puerta el Senado y el pueblo, haciéndole la salutación acostumbrada, y los magistrados y los principales senadores, de cuyo número era Fabio, cuando hubo silencio, le elogiaron de que no había desesperado de la república después de tamaña desgracia, sino que se presentaba para ponerse al frente de los negocios, obrar según las leyes y valerse de los ciudadanos, como que todavía tenían remedio.

XIX.— Luego que supieron que Aníbal, después de la batalla, se retiró a otra parte de la Italia, empezaron a tomar aliento y enviaron contra él generales y ejércitos. Eran entre aquellos los más señalados Fabio Máximo y Claudio Marcelo, dignos acaso de igual admiración por sus caracteres, enteramente opuestos, porque éste, como lo decimos en el libro de su Vida, siendo de una actividad brillante y osada, y al mismo tiempo acuchillador, y tal por su índole como aquellos a quienes Homero llama pendencieros y arrogantes, y en el modo de hacer la guerra arrojado e impetuoso, propio para contrarrestar la osadía de Aníbal, fue el primero a mover peleas y encuentros; mas Fabio, atenido siempre a sus primeras ideas, tenía esperanza de que, no entrando nadie en combate con Aníbal, él mismo se había de consumir por sí, y con la guerra se había de quebrantar, perdiendo prontamente su robustez, como el cuerpo de un atleta cuando su fuerza es excesiva y se la ha cansado sin miramiento. Por esta razón dice Posidonio que a éste se le dio por los Romanos el nombre de escudo, y a Marcelo el de espada, y que unida la seguridad y circunspección de Fabio con el carácter de Marcelo fueron la salvación de Roma. Porque Aníbal, con tener que salir al encuentro frecuentemente a éste, como a un río que sale de madre, tenía en continua agitación y destruidas sus fuerzas: y con el otro, que parecía tener una corriente mansa y que no se le acercaba sino con gran tiento, las gastaba también y destruía de un modo insensible; y al fin vino a verse tan apurado, que Marcelo le fatigaba peleando, y a Fabio le temía porque huía de pelear, pudiendo decirse que por todo el tiempo tuvo que contender con estos dos, como pretores, como procónsules o como cónsules, porque cada cual de ellos fue cónsul cinco veces. Mas a Marcelo, cuando servía el quinto consulado, logró armarle una celada, y en ella le quitó la vida; con Fabio, aunque en muchas ocasiones usó de toda suerte de engaños y astucias, nada adelantó; sólo una vez llegó como a enredarle un poco y hacerle tropezar. Fingió y remitió cartas a Fabio de los más autorizados y poderosos de Metaponto, en el sentido de que la ciudad se le entregaría si a ella acudiese, y que los que a esto se decidían no aguardaban sino que llegara y se presentara en las inmediaciones. Fue seducido Fabio con estas cartas, y tomando parte del ejército, pensaba encaminarse allá en aquella noche; mas habiéndole sido infaustos los agüeros de las aves, se contuvo, y al cabo de poco descubrió que las cartas habían sido fraguadas por Aníbal, y que éste estaba en emboscada junto a los muros de la ciudad, suceso que algunos atribuían a especial favor de los dioses.

XX.— En cuanto a las defecciones de las ciudades y la deserción de los aliados, era Fabio de opinión que debían contenerse y excitarse en éstos el pudor, hablándoles suave y mansamente, sin descubrirles todo lo que se sabe y sin manifestarse del todo incomodado con los que se hacen sospechosos. Así se dice que habiendo entendido que un Marso, buen militar, y en linaje y valor muy principal entre los aliados, había movido con algunos pláticas de defección, no se irritó con él, sino que, reconociendo que injustamente había sido olvidado: «Ahora —le dijo—, la culpa ha sido de los jefes que distribuye en los premios por favor más que por consideración al mérito; pero, en adelante, cúlpate a ti mismo si no vinieses a mí y me dijeses lo que echas menos»; y, dicho esto, le regaló un caballo hecho a la guerra y le remuneró con otros premios, con lo que desde entonces lo tuvo muy adicto y muy apasionado. Porque le parecía cosa terrible que los aficionados a caballos y perros borren lo que hay de áspero e indócil en estos animales, más bien con el cuidado, la suavidad y el alimento, que no con latigazos y ataduras; y que el hombre que tiene mando no ponga lo principal de su esmero en la afabilidad y la mansedumbre, portándose todavía con más dureza y violencia que los labradores, los cuales, a los cabrahigos, los peruétanos y los acebuches, los ablandan y suavizan injertándolos en olivos, en perales y en higueras. Refiriéronle asimismo los Centuriones que un Luqués se marchaba del campamento y abandonaba a menudo su puesto; preguntóles qué era lo que en lo demás sabían de su porte, y como todos a una le asegurasen que con dificultad se encontraría otro tan buen soldado como él, y al mismo tiempo le indicasen aquellas proezas y hazañas suyas más señaladas, se puso a inquirir la causa de aquella falta. Informósele que, enredado aquel soldado en el amor de una mozuela, con gran peligro y haciendo largos viajes se iba cada día a verla desde el campo. Envió, pues, a uno sin noticia del soldado para que trajese aquella mujer, la que ocultó en su tienda, y haciendo venir sólo al Luqués: «No creas —le dijo— se me oculta que, contra los usos y leyes de la disciplina romana, has pernoctado muchas veces fuera del campamento; pero tampoco se me oculta que antes habías sido excelente soldado, que lo mal hecho hasta aquí quede compensado con tus valerosas hazañas; mas para en adelante ya tengo yo a quien encomendar tu guarda». Maravillóse a esto el soldado, y haciendo salir entonces a la mujer: «Ésta —le dijo— me es fiadora de que ahora te estarás quieto en el ejército con nosotros, y tú con tus obras me harás ver si faltabas por algún otro mal motivo, y que el amor y ésta no eran más que un pretexto aparente». Así se cuentan estos sucesos.

XXI.— La ciudad de los Tarentinos, que por traición había sido tomada, vino a su poder en esta forma: militaba bajo sus órdenes un joven Tarentino que en el mismo Tarento tenía una hermana muy fina siempre y muy amante de él. Estaba enamorado de ésta un Breciano, oficial de las tropas que Aníbal había puesto de guarnición en la ciudad, y de aquí le nació al Tarentino la esperanza de salir con su idea; para lo que, con noticia de Fabio, se encaminó a casa de la hermana, diciendo a ésta que se había fugado. En los primeros días el Breciano se estaba en su casa, por pensar la hermana que aquel ignoraba sus amores; pero muy luego le dijo a ésta el joven que allá le habían llegado las nuevas de que tenía amistad con un hombre ilustre y de poder; por tanto, que quién era éste; porque si era distinguido, como se decía, y de una conocida virtud, la guerra, que todo lo confunde, hace poca cuenta del origen, y que nada hay que deshonre cuando media la necesidad; antes, en tiempos en que la justicia anda decaída, es una fortuna tener de su parte al que dirige la fuerza. Con esto la hermana hizo llamar al Breciano y se le dio a conocer. Bien pronto el hermano se puso de parte de éste en sus amores, y aparentando que trabajaba por hacerle más benigna y condescendiente a la hermana, se ganó su confianza; de manera que le costó poco hacer mudar de partido a un hombre enamorado y que estaba a soldada, con la esperanza de grandes dones que le prometió recibiría de Fabio. Así refieren este hecho los más de los escritores; pero algunos dicen que la mujer que ganó al Breciano no fue Tarentina, sino Breciana, también de origen, y concubina de Fabio, la cual, habiendo entendido que era su compatriota, y conocido suyo el que entonces mandaba los Brecianos, se lo propuso a Fabio, y yendo a conversar con él al pie de los muros, logró atraerlo y seducirlo.

XXII.— Mientras se trataban estas cosas, maquinando Fabio llamar a otra parte la atención de Aníbal, envió orden a los soldados que estaban en Regio para que hiciesen correrías en el campo breciano, y, poniendo sitio a Caulonia, la tomasen por asalto. Eran éstos unos ocho mil hombres, desertores los más, gente de poco provecho, de los que de Sicilia habían sido deportados y notados de infamia por Marcelo, y de cuya pérdida poco sentimiento y daño había de resultar a la ciudad; esperó, pues, que poniendo a éstos ante Aníbal como un cebo, así lo echaría lejos de Tarento, lo que justamente sucedió, porque en su persecución corrió allá Aníbal con bastantes fuerzas. Al sexto día de sitiar Fabio a los Tarentinos, vino a él por la noche el joven que, ayudado de la hermana, tenía con el Breciano concertada la entrega, trayendo sabido y registrado el lugar donde el Breciano tendría el mando, y, cediendo, lo entregaría a los invasores. No dejó, sin embargo, que todo fuese obra de la traición, sino que, pasando él mismo al punto designado, esperó allí en sosiego, y, en tanto, el resto del ejército acometió a los muros por tierra y por mar, moviendo al mismo tiempo mucho ruido y estruendo, hasta que, acudiendo los más de los Tarentinos por aquel lado a auxiliar y socorrer a los que defendían las murallas, el Breciano hizo a Fabio señas de ser aquel el momento oportuno, y, subiendo con escalas, se apoderó de la ciudad. En esta ocasión parece que se dejó vencer del orgullo, porque mandó dar muerte a los principales de entre los Brecianos, para que no se viera tan a las claras que el tomar la ciudad no se había debido sino a la traición, con lo que no consiguió esta gloria e incurrió en la nota de perfidia y de crueldad. Murieron también muchos Tarentinos, y los que se vendieron fueron hasta treinta mil; la ciudad fue saqueada por el ejército, y en el erario entraron tres mil talentos. Recogíanse y llevábanse asimismo todas las demás cosas de precio, y preguntando a Fabio el amanuense qué mandaba acerca de los Dioses, diciéndolo por las pinturas y las estatuas, «Dejemos —le respondió— a los Tarentinos sus dioses, con ellos irritados». Con todo, llevando de Tarento la estatua colosal de Hércules, la colocó en el Capitolio, y al lado puso una estatua suya ecuestre en bronce, mostrándose en esto menos avisado que Marcelo, y antes dando motivo a que se hiciesen más admirables la humanidad y dulzura de éste, según que en su Vida lo dejamos escrito.

XXIII.— Aníbal, yendo en su persecución, no estaba ya más que a cuarenta estadios, y se dice que en público prorrumpió en esta expresión: «¡Hola! También los Romanos tienen otro Aníbal, pues hemos perdido a Tarento como lo habíamos tomado», y que en particular se vio entonces por primera vez en la precisión de manifestar a sus amigos que antes había visto como muy difícil, mas entonces como imposible, sujetar la Italia con los medios que les quedaban. Triunfó por estos sucesos segunda vez Fabio, siendo este triunfo más brillante que el primero, como de fuerte atleta que ya medía sus fuerzas con Aníbal y en breve iba a deshacer el prestigio de sus hazañas, como nudos o vínculos que ya no tenían la misma fuerza, pues ésta por una parte se enervaba con el regalo y la riqueza y por otra parte se debilitaba y quebrantaba con inútiles combates. Era Marco Livio el que defendía a Tarento cuando se entregó a Aníbal; con todo, conservando la ciudadela, no fue arrojado de ella, y la mantuvo hasta que volvieron los Tarentinos a la dominación de los Romanos. Irritóse aquel con los honores tributados a Fabio, e inflamado un día, en el Senado, de envidia y de ambición, dijo que no era a Fabio, sino a él, a quien se debía la toma de Tarento; y Fabio, sonriéndose: «Es cierto —le contestó— porque si tú no la hubieras perdido, no hubiese yo tenido que recobrarla».

XXIV.— Además de que en todo procuraban honrar a Fabio los romanos, nombraron cónsul a su hijo Fabio, y encargado éste del mando en ocasión en que estaba dando ciertas disposiciones para la guerra, el padre, o por vejez y enfermedad, o para probar a su hijo, montó a caballo y fue a pasar por entre los que allí concurrían y los que a aquel acompañaban. Viole el joven de lejos, y no se lo permitió, sino que envió un lictor con la orden de mandar al padre que se apease y fuera donde él estaba si tenía algo que solicitar del cónsul. Ofendió esta orden a los circunstantes, que volvieron en silencio los ojos hacia Fabio, por parecerles que no se le trataba como merecía; mas él, apeándose al punto y encaminándose a pasos acelerados hacia el hijo, le abrazó y saludó, diciéndole: «Muy bien pensado y muy bien hecho, hijo mío: esto es conocer a quienes mandas, y cuán grande es la dignidad de que estás adornado. De esta misma manera, nosotros y nuestros ascendientes hemos contribuido a la grandeza romana, poniendo siempre a los padres y a los hijos en segundo lugar después del bien de la patria». Consérvase todavía en memoria que el bisabuelo de Fabio, que ciertamente llegó entre los Romanos a la mayor gloria y al mayor poder, habiendo sido cónsul cinco veces y conseguido triunfos muy brillantes de poderosos enemigos, fue acompañando, siendo ya anciano, a su hijo cónsul a la guerra, que en el triunfo éste fue conducido con tiro de caballos, y el padre le siguió a caballo entre los demás muy regocijado de que, con imperar él a su hijo y ser el mayor entre sus ciudadanos, que así lo reconocían, tomaba, sin embargo, lugar después de las leyes y del que mandaba por ellas, aunque no le venía de esto sólo el ser un hombre extraordinario. Tuvo Fabio el pesar de que el hijo se le muriese, y sufrió su pérdida resignadamente, como hombre sabio y como buen padre, y el elogio que uno de los deudos dice en las exequias de los hombres ilustres lo pronunció él mismo presentándose en la plaza, y poniendo por escrito este discurso, lo dio al público.

XXV.— Enviado por este tiempo a España Cornelio Escipión, había arrojado de ella a los Cartagineses, venciéndolos en diferentes batallas, y habiendo sujetado muchas provincias y grandes ciudades y hecho brillantes hazañas, había adquirido entre los Romanos un amor y una gloria cual nunca otro alguno. Eligiósele cónsul, y notando que el pueblo exigía y esperaba de él hechos muy gloriosos, el combatir allí con Aníbal lo tenía como por anticuado y por cosa de viejos, y, en vez de esto, meditaba talar a la misma Cartago y al África; llenándolas súbitamente de armas y de tropas, y trasladar allá la guerra desde la Italia, procurando con todo empeño hacer adoptar al pueblo este pensamiento. Mas Fabio trataba de inspirar a la ciudad el mayor miedo, haciéndole entender que por un joven de poca experiencia eran impelidos al extremo y mayor peligro, no omitiendo, para apartar de esta idea a los ciudadanos, medio alguno, o de palabra o de obra, y lo que es al Senado logró persuadírselo; pero el pueblo sospechó que miraba con envidia la prosperidad de Escipión, y que recelaba no fuera que ejecutando éste algún hecho grande y memorable, con el que, sea que acabara del todo la guerra o la sacara de la Italia, pareciese que él mismo en tanto tiempo había peleado decidiosa y flojamente. Es de creer que al principio no se movió Fabio a contradecir con otro espíritu que el de su seguridad y previsión, temeroso del peligro, y que después llevó más adelante la oposición por amor propio y por terquedad, impidiendo los adelantamientos de Escipión; así es que al colega de Escipión, Craso, lo persuadió a que no cediese a aquel el mando, ni fuese condescendiente, y que si por fin se decretase lo propuesto, navegara él mismo contra los Cartagineses; y de ningún modo permitió que se dieran fondos para la guerra. Obligando, por tanto, a Escipión a ponerlos por su cuenta, los tomó de las ciudades de la Etruria, que particularmente le miraban con inclinación y deseaban servirle. A Craso le retuvieron en casa, de una parte, su propia índole, que no era pendenciera, sino benigna, y de otra, la ley, porque era a la sazón Pontífice máximo.

XXVI.— Tomó entonces Fabio otro camino para estorbar la empresa de Escipión, que fue el de oponerse a que llevase consigo los jóvenes que se proponían seguirle, gritando en el Senado y en las juntas públicas que no era sólo Escipión el que huía de Aníbal, sino que se daba a la vela sacando de la Italia todas las fuerzas que le quedaban, lisonjeando con esperanzas a la juventud y persuadiéndola a dejar padres, mujeres y patria, cuando estaba a las puertas un enemigo vencedor y nunca vencido. Y al cabo logró con estos discursos intimidar a los Romanos, por lo que decretaron que sólo pudiera emplear las tropas de Sicilia, y de la España no pudiera tomar más que trescientos hombres, aquellos que fueran más de su confianza; disposiciones que eran, sin duda, de Fabio, y muy conformes a su carácter. Mas después que, trasladado Escipión al África, vinieron prontamente a Roma nuevas de sus maravillosas proezas y de sus hechos extraordinarios, confirmadas con el testimonio de los ricos despojos, con la cautividad de un rey de los Númidas y el incendio y destrucción de dos campamentos a un tiempo, en los que fueron muchos los hombres, caballos y armas que se abrasaron, y después que a Aníbal le fueron enviados correos de parte de los Cartagineses llamándole y rogándole que, abandonando aquellas nunca cumplidas esperanzas, corriese allá a darles auxilio; cuando en Roma todos tenían a Escipión en los labios, celebrando sus victorias, Fabio era de la opinión que se le enviase sucesor, no dando ningún otro motivo que aquel dicho tan conocido: «Que no deben fiarse negocios de tanta importancia a la fortuna de un hombre solo, porque es muy difícil que uno mismo sea constantemente feliz». Con esto perdió con muchos el concepto, pareciéndoles descontentadizo y caprichudo, o que con la vejez se había hecho enteramente cobarde y desconfiado, llevando al último extremo el miedo de Aníbal, pues ni aun después de haber partido éste de Italia con todas sus tropas dejaba que el gozo de los ciudadanos fuese puro y sin zozobra, sino que decía que entonces era cuando contemplaba en mayor riesgo a la república, que corría al último peligro, por cuanto Aníbal en el África sería ante Cartago enemigo más terrible, oponiendo a Escipión un ejército caliente todavía con la sangre de muchos generales, dictadores y cónsules, de tal manera, que con tales ponderaciones de nuevo se contristaba la ciudad, y con estar ya la guerra en el África, el miedo les parecía que estaba más cerca de Roma todavía que antes.

XXVII.— Mas Escipión, habiendo vencido, al cabo de poco tiempo, a Aníbal en batalla campal, y destruido y hollado su arrogancia con la ruina de la misma Cartago dio a sus ciudadanos un gozo mayor que el que podía esperar y sentó sobre bases fijas su mando, que en verdad había sido de poderosas olas agitado. Pero no le alcanzó a Fabio Máximo la vida hasta ver el término de aquella guerra; así, no oyó la derrota de Aníbal, ni llegó a entender que la prosperidad de la patria era tan grande como segura, sino que, por el mismo tiempo en que Aníbal tuvo que salir de Italia, cayó enfermo y murió. Los Tebanos hicieron a costa del erario el entierro de Epaminondas, a causa de la pobreza en que murió, porque a su fallecimiento se dice no haberse encontrado en su casa otra cosa que una tarja de hierro. Los Romanos no costearon del erario las exequias de Fabio; pero, en particular, cada uno le contribuyó con la menor de las monedas, no como para ocurrir a su estrechez, sino para sepultarle como padre, en lo que recibió el honor y gloria que a tal vida correspondía.

COMPARACIÓN DE PERICLES Y FABIO MÁXIMO

I.— Ésta es la historia de la vida de estos dos grandes hombres; mas puesto que uno y otro han dejado señalados ejemplos de virtud en la parte militar y en la política, vaya, tomemos por principio en la parte militar el que a Pericles, habiendo tenido mando en un pueblo que iba prósperamente, y que siendo en sí grande florecía sumamente en poder, parece que la común buena suerte de que gozaba la república le daba seguridad y firmeza, mientras que las hazañas de Fabio, que en tiempos trabajosos e infelices se encargó de la ciudad, no se hubieron de limitar a mantenerla segura en la dichosa suerte, sino que tuvieron que mudar en bueno su mal estado. A Pericles, los afortunados sucesos de Cimón, los trofeos de Mirónides y Leócrates y las muchas grandes victorias de Tólmides más parece que le llamaban, cuando se puso al frente de la ciudad, a entretener a ésta con fiestas y regocijos públicos, que a vencer y tener que conservarla por medio de la guerra; pero Fabio, cuando no tenía a la vista sino muchas retiradas y derrotas, muchas muertes y ruinas de generales y capitanes, los lagos, los campos y los bosques llenos de ejércitos destrozados, y los ríos teñidos hasta el mar de mortandad y sangre, apoyando y sosteniendo en sola su constancia y firmeza la ciudad, impidió que, trastornada con el sacudimiento de tantos errores ajenos, del todo se asolase. Y aunque acaso se tendrá por menos difícil tener a raya una ciudad humillada y hacerla obedecer por necesidad al que sobresale en prudencia que poner freno a la insolencia y temeridad de un pueblo engreído e hinchado con su prosperidad, que es como Pericles principalmente dominó a los Atenienses, con todo, el tamaño y muchedumbre de las desgracias que entonces acontecieron a los Romanos hicieron ver que era hombre del más firme juicio y de la mayor constancia el que no vaciló ni se apartó un punto de su propósito.

II.— A la toma de Samo, conquistada por Pericles, podemos muy bien oponer la recuperación de Tarento, y a la Eubea, las ciudades de la Campania, pues que a Capua la restauraron los cónsules Furio y Apio. Fabio no parece que venció nunca en batalla campal, sino sólo cuando consiguió el primer triunfo; Pericles, por el contrario, erigió por tierra y por mar nueve trofeos, triunfando de los enemigos. Con todo, no se cuenta de Pericles una acción semejante a la que ejecutó Fabio sacando a Minucio de las manos de Aníbal y salvando íntegro el ejército de los Romanos, hazaña gloriosa, en que a un tiempo tuvieron parte el valor, la prudencia y la honradez. Mas tampoco se dice, por el contrario, de Pericles un desacierto como el que cometió Fabio burlado por Aníbal con el engaño de las vacas, pues teniendo entre manos a un enemigo que por sí mismo se había ido a encerrar en desfiladeros, le dejó escabullirse, por la noche ayudado de la oscuridad, por el día sostenido de la fuerza, madrugando más que el que estaba en acecho y venciendo al que le tenía preso. Y si es propio de buen general no limitar sus miras a lo presente, sino conjeturar con acierto sobre lo futuro, la guerra para los Atenienses tuvo el fin que Pericles había previsto y pronosticado, pues que por abarcar mucho perdieron su poder, y los Romanos, por haber enviado a Escipión contra los Cartagineses, a pesar de la oposición de Fabio, de todo se hicieron dueños, no por un capricho de la fortuna, sino por el valor de su general, que triunfó de los enemigos; de manera que, en cuanto a aquel, los mismos males de la patria dan testimonio de que había pensado con discreción, y a éste las mismas victorias le convencen de que anduvo errado; y en un general, igual falta es caer en un daño que no esperaba, que perder por desconfianza la ocasión de una victoria, pues, a lo que parece, la ignorancia es la que ora da y ora quita la resolución. Esto es lo que hay que observar en la parte militar.

III.— En el orden público, para Pericles es un gran cargo la guerra, pues se dice que se arrojó con ímpetu a ella, no permitiendo, por su indisposición con los Lacedemonios, que se cediese; mas juzgo que tampoco Fabio habría cedido en nada a los Cartagineses, sino que generosamente habría sostenido la contienda sobre el imperio. La bondad y mansedumbre de Fabio para con Minucio es una reprensión del encono de Pericles contra Cimón y Tucídides, hombres de probidad y muy principales, enviados por su causa a destierro por medio del ostracismo. En Pericles eran mayores el poder y el influjo; por esto no consintió que ningún otro general arrojase con sus malos consejos a la ciudad en el infortunio, y sólo Tólmides, guardándose de él, y aun descartándole a la fuerza, fue desgraciado con los Beocios; todos los demás se acomodaban a su modo de pensar por la grandeza de su poder. Mas a Fabio, siendo por sí firme e incontrastable, parece que le faltó influjo para reprimir a los otros, pues no se habrían visto los Romanos en tan grandes aflicciones si sobre ellos hubiera tenido Fabio tanto ascendiente como Pericles sobre los Atenienses.

En cuanto al desprendimiento de las riquezas, Pericles lo acreditó con no recibir nada de los que le hacían dones, y Fabio, con alargar la mano a los necesitados, rescatando los cautivos con su propio caudal. Aunque respecto de éste la suma no fue crecida, sino como seis talentos, y respecto de Pericles, no computaría nadie fácilmente con cuánto habría sido regalado y obsequiado de los aliados y de los reyes, pues que nadie se lo estorbaba, a no haber querido mantener su integridad y pureza.

En lo que hace a la grandeza de los edificios y de los templos, y al grande aparato de obras de las artes con que Pericles hermoseó a Atenas, no puede entrar con ellos en comparación todo cuanto en esta línea hicieron de grande los Romanos antes de los Césares, sino que en ella la grandeza y elegancia de tales obras tuvo una primacía excelente e indisputable.

VOLUMEN III

ALCIBÍADES Y CORIOLANO

ALCIBÍADES

I.— El linaje de Alcibíades sube hasta Eurísaces, hijo de Ayante, que parece contarse como su primer abuelo. Por parte de madre era Alcmeónida, hijo de Dinómaca la de Megacles. Su padre Clinias peleó gloriosamente en el combate de Artemisio, en nave armada a sus expensas, y murió después en el combate contra los Beocios, junto a Coronea. Fueron tutores de Alcibíades Pericles y Arifrón hijos de Jantipo, que tenían con él deudo de parentesco. Dícese, no sin fundamento, que la inclinación y amistad que le profesó Sócrates contribuyó mucho para su gloria, puesto que de Nicias, Demóstenes, Lámaco, Formión, y aun de Trasibulo y Terámenes, ni siquiera se sabe cómo se llamaron sus madres, mientras que de Alcibíades sabemos quién fue su ama de leche, que lo fue una Lacedemonia llamada Amicla, y que fue su ayo Zópiro, dándonos de lo uno razón Antístenes y de lo otro Platón. Acerca de la belleza de Alcibíades no hay más que decir sino que, floreciendo la de su semblante en toda edad y tiempo, de niño, de jovencito y de varón, le hizo siempre amable y gracioso; pues lo que dijo Eurípides, que en todos los que son hermosos es también hermoso el otoño, no es así, y sólo en Alcibíades y otros pocos se verificó por la finura y buena conformación de su rostro. A su voz dicen que le dio atractivo la rareza de su pronunciación, y que a su habla esta misma rareza la hacía muy graciosa. Hace mención Aristófanes de su rareza en aquellos versos en que zahiere a Teoro: Con murmurante acento Alcibíades me dijo luego: «¿Vistes a Teolo? Yo cabeza de cuelvo le apellido». Murmuró así Alcibíades bellamente. Y Arquipo, haciendo también escarnio del hijo de Alcibíades, “tiene —dice— el andar de hombre afeminado, con la ropa arrastrando, y para que se le tenga por más parecido al padre,

El cuello tuerce, y habla ceceoso”.

II.— Sus costumbres, con el tiempo, como no podía menos de ser en tan extraordinarios acontecimientos y en tantas vicisitudes de la fortuna, tuvieron grandes contrariedades y mudanzas; mas estando por su índole sujeto a muchas y grandes pasiones, las que más sobresalían eran la soberbia y la ambición de ser siempre el primero, como lo convencen sus hechos pueriles de que hay memoria. Luchaba en una ocasión, y viéndose muy estrechado por el contrario, al tiempo que hacía esfuerzos para no caer, levantó los brazos de éste, que le oprimían, y parecía que iba a comérsele las manos. Soltó entonces el contrario, y diciéndole: «Muerdes ¡oh Alcibíades! como las mujeres». «No, a fe mía —le replicó—, sino como los leones». Siendo todavía pequeño jugaba a los dados en un sitio estrecho, y cuando le tocó tirar venía por allí un carro cargado; gritó al instante al carretero que detuviera el ganado, porque iban a caer los dados en el paso del carro; y como por rusticidad no hiciese caso y fuese adelante, los demás muchachos se apartaron: pero Alcibíades, arrojándose boca abajo delante del ganado y tendiéndose a la larga, le gritaba que pasase entonces si quería; de modo que el carretero, temeroso, hubo de hacer cejar, y los que presentes se hallaban, espantados, prorrumpieron en gritos y corrieron hacia él. Cuando ya se dedicó a las honestas disciplinas, oía con placer a todos los demás maestros; pero a tocar la flauta se resistía, diciendo que era ejercicio despreciable e impropio de hombres libres, y que el uso del plectro y de la lira en nada alteraba la figura y semblante que anuncian un hombre ingenuo, mientras que la cara de un hombre que hinche con su boca las flautas, apenas pueden reconocerla sus mayores amigos; y, además, que la lira resuena y acompaña en el canto al que la tañe; mas la flauta cierra la boca, y obstruye la voz y el habla del que la usa. «Tañan, pues, la flauta —decía— los hijos de los Tebanos, pues que no saben conversar; mas nosotros los Atenienses, como dicen nuestros padres, miramos a Atenea como nuestra soberana y a Apolo como nuestro compatriota, y es bien sabido que aquella tiró la flauta y que éste hizo desollar al que la tocaba». Con tales burlas y tales veras se apartó Alcibíades a sí mismo y apartó a los otros de aquel estudio, porque luego corrió la voz entre los jóvenes de que hacía muy bien Alcibíades en desacreditar aquella habilidad y en burlarse de los que la aprendían; así enteramente fue ridiculizada la flauta y desterrada del número de las ocupaciones ingenuas.

III.— En el libro de invectivas de Anfitón se refiere que, siendo muchacho, abandonó su casa y se fue a la de Demócrates, uno de sus amantes. Quería Arifrón hacerle pregonar; pero Pericles no se lo permitió, porque si había muerto, sólo se ganaría con el pregón que se descubriese un día antes, y si estaba salvo, era preciso tenerle por perdido para toda la vida. Dícese allí, además, que en la palestra de Sibirtio mató a uno de sus criados, sacudiéndole con un palo. Mas no es cosa de dar crédito a tales especies, que el mismo que por zaherir usa de ellas, reconoce ser movido a divulgarlas por enemistad.

IV.— Desde luego se dedicaron muchos de los principales a seguirle y obsequiarle; pero era bien claro que la mayor parte de ellos no admiraban ni halagaban otra cosa que lo bello de su figura: sólo el amor de Sócrates nos da un indudable testimonio de su virtud y de su índole generosa. Advertía que ésta se manifestaba y resplandecía en su semblante; y temiendo a su riqueza, al esplendor de su origen y a la muchedumbre de ciudadanos, de forasteros y de aliados que trataban de apoderarse de él con sus lisonjas y sus obsequios, se propuso defenderlo y no desampararlo, como una planta que en flor iba a perder y viciar su nativo fruto. Porque en nada la fortuna le fue tan favorable, ni le pertrechó tanto exteriormente con los que llamamos bienes, como con haberle hecho por medio de la filosofía invulnerable e impasible a los dichos mordaces y cáusticamente libres de tantos como desde el principio se propusieron corromperle y retraerle de oír a su amonestador y maestro; y así es que, a pesar de todo, por la bondad de su índole hizo conocimiento con Sócrates, y se estrechó con él, apartando de sí a los ricos y distinguidos amadores. Entró, pues, muy luego en su confianza, y oyendo la voz de un amador que no andaba a caza de placeres indignos, ni solicitaba indecentes caricias, sino que le echaba en cara los vicios de su alma y reprimía su vano y necio orgullo,

Como gallo vencido en la pelea,
dejó caer acobardado el ala.

Veía en esto la obra de Sócrates; pero en la realidad la reputaba ministerio de los Dioses en beneficio y salvación de los jóvenes. Desconfiándose, pues, de sí mismo, mirando a aquel con admiración, apreciando su benevolencia y acatando su virtud, insensiblemente abrazó el ídolo del amor, o, según la expresión de Platón, el contramor o amor correspondido. Maravillábanse todos, por tanto, de verle cenar con Sócrates y ejercitarse y habitar con él, mientras que se mostraba con los demás amadores áspero y desabrido; y aun a algunos los trataba con altanería, como a Ánito el de Antemión. Amaba éste a Alcibíades, y teniendo a cenar a unos huéspedes, le convidó al banquete: rehusó él el convite; pero habiendo encasa bebido largamente con otros amigos, fuese a casa de Ánito para darle un chasco: púsose a la puerta del comedor, y viendo las mesas llenas de fuentes de plata y oro, dio orden a los criados de que tomaran la mitad de todo aquello y se lo llevaran a casa; esto sin pasar de allí, y antes se retiró con los criados. Prorrumpieron los huéspedes en quejas, diciendo que Alcibíades se había portado injuriosa e indecorosamente con Ánito; más éste respondió: «No, sino con mucha equidad y moderación, pues que habiendo sido dueño de llevárselo todo, aún nos ha dejado parte».

V.— Así trataba a los demás amadores: solamente a uno de la campiña, hombre, según dicen, de pocos haberes, y que todos los iba enajenando, como lo que le quedaba, que montaría a cien estáteres, lo presentara a Alcibíades y le rogara que lo recibiese, echándose a reír, y celebrando el caso, lo convidó a cenar. En el banquete, mostrándosele benigno le volvió su dinero y le mandó que al día siguiente excediera en la postura a los arrendadores de los tributos públicos, pujándoles las que hiciesen: resistíase el aldeano, porque el arriendo, decía, era de muchos talentos, más le amenazó que le haría dar una paliza si así no lo ejecutaba; y es que entonces tenía pleito con los asentistas en reclamación de algunos intereses propios. Fuese el aldeano de madrugada a la plaza, y añadió a la postura un talento. Los asentistas, indignados, se alían contra él y le mandan que presente fiador, dando por supuesto que no le encontraría; y efectivamente, él se quedó cortado, e iba a retirarse, cuando Alcibíades, que se hallaba a alguna distancia, gritó a las magistrados: «Escríbase mi nombre, porque es mi amigo y yo le fío». Al oír esto los asentistas no sabían qué partido tomar, estando acostumbrados a pagar los primeros asientos con los productos de los segundos: así ninguna salida le veían a aquel negocio. Trataron, pues, con el aldeano de que se apartara, ofreciéndole dinero, mas Alcibíades no le dejó que se contentara con menos de un talento. Diéronselo aquellos, y él le mandó que lo tomara y se volviera a su casa: dejándole socorrido por este medio.

VI.— Este amor de Sócrates tenía muchos que le hicieran oposición, mas lograba, sin embargo, dominar el buen natural de Alcibíades, fijándose en su ánimo los discursos de aquel, convirtiendo su corazón y arrancándole lágrimas. Había ocasiones, no obstante, en que, cediendo a los aduladores que le lisonjeaban con placeres, se le deslizaba a Sócrates, y como fugitivo tenía que cazarle; pues sólo respecto de él se avergonzaba, y a él sólo le tenía algún temor, no dándosele nada de los demás. Decía, pues, Cleantes, que este tal amado era por los oídos por donde de Sócrates había de ser cogido; cuando a los otros amadores les presentaba muchos asideros a que aquel no podía echar mano: queriendo indicar el vientre, la lascivia y la gula, porque realmente Alcibíades era muy inclinado a los deleites, dando de esto bastante indicio el que Tucídides llama desconcierto suyo en el régimen ordinario de la vida. Mas los que trataban de pervertirle, de lo que principalmente se valieron fue de su ambición y de su orgullo, para hacerle antes de tiempo tomar parte en los negocios públicos, persuadiéndole que lo mismo sería entrar en ellos, no solamente eclipsaría a los demás generales y oradores, sino que al mismo Pericles se aventajaría en gloria y poder entre los Griegos. Como el hierro, pues, ablandado por el fuego, después con el frío vuelve a comprimirse y sus partes se aprietan entre sí, de la misma manera cuantas veces Alcibíades, disipado por el lujo y la vanidad, volvía a las manos de Sócrates, conteniéndole éste y refrenándole con sus razones, le hacía sumiso y moderado, reconociendo que estaba todavía muy falto y atrasado para la virtud.

VII.— Salido ya de la edad pueril, fue a la escuela de un maestro de primeras letras y le pidió algún libro de Homero; mas como respondiese que nada de Homero tenía, le dio una puñada, y se marchó. Otro maestro le dijo que tenía un Homero enmendado por él; y entonces le repuso: «¿Cómo enseñas las primeras letras? Siendo capaz de enmendar a Homero, ¿por qué no educas a los jóvenes?». Quiso en una ocasión visitar a Pericles y llamó a su puerta; mas se le informó que no se hallaba desocupado, sino que estaba viendo cómo dar cuentas a los Atenienses, y entonces se retiró diciendo: «¿Pues no sería mejor ocuparse en ver cómo no darlas?».

Siendo todavía muy jovencito, militó en el ejército enviado contra Potidea, en el cual tuvo a Sócrates por compañero de tienda, y en los combates peleó a su lado. Hubo una fuerte batalla, en la que los dos sobresalieron en valor; y como Alcibíades hubiese caído de una herida, Sócrates se puso por delante y le defendió; haciéndose visible con esto que le sacó salvo y con sus armas, y que por toda razón debía el premio del valor ser de Sócrates. Con todo, cuando se advirtió que los generales, movidos del esplendor de Alcibíades, estaban empeñados en atribuirle aquella gloria, Sócrates, para encender más en él el deseo de sobresalir en acciones ilustres, fue el primero en atestiguar y promover que se diesen a aquel la corona y la armadura. Para eso en la batalla de Delio, cuando los Atenienses volvieron la espalda, como Alcibíades tuviese caballo y Sócrates con muy pocos se retirase a pie, no le desamparó aquel luego que le vio, sino que le acompañó y defendió, cargándoles los enemigos y haciéndoles mucho daño; pero esto fue algún tiempo después.

VIII.— A Hiponico, padre de Calias, varón de suma dignidad y gran poder por su riqueza y linaje, le dio una bofetada, no movido de enfado o de alguna disputa, sino por juego, a causa de una apuesta que había hecho con sus amigos. Hízose muy pública en toda la ciudad esta afrenta; y como todos hubiesen mirado el hecho con la indignación que era justo, a la mañana siguiente muy temprano se fue Alcibíades a casa de Hiponico, llamó a la puerta, entró a su habitación, y quitándose la ropa le presentó su cuerpo, pidiendo que le azotase y tomara satisfacción; mas él le perdonó y depuso el enojo, y aun más adelante le hizo esposo de su hija Hipáreta. Otros son de sentir que no fue el mismo Hiponico, sino Calias, su hijo, quien casó a Hipáreta con Alcibíades, dándole diez talentos; y que luego cuando parió ésta, le arrancó Alcibíades otros diez talentos, alegando que así se había pactado si daba a luz varones. Temeroso Calias de que le armase algún enredo, se presentó ante el pueblo, cediéndole su hacienda y su casa, si llegase a morir sin descendencia: e Hipáreta, sin embargo de que era mujer prudente y de condición apacible, incomodada con él porque sin consideración al matrimonio frecuentaba otras mujeres forasteras y ciudadanas, abandonó su casa y se fue a la del hermano. Mirólo Alcibíades con indiferencia, y aun parecía hacer gala, por lo cual aquella se vio en la precisión de poner en poder del Arconte la petición de divorcio, no por medio de procurador, sino presentándose ella misma. Luego que compareció personalmente conforme a la ley, acudió Alcibíades, y tomándola del brazo, marchó a casa desde el foro, llevándosela consigo, sin que nadie se le opusiese o pensase en quitársela; y permaneció en su compañía hasta que falleció, que fue no mucho tiempo después, en ocasión de navegar Alcibíades para Éfeso; así no pareció que aquella violencia de habérsela llevado hubiese sido muy injuriosa e inhumana; además de que si la ley exigía que la que se divorciaba se presentara en el foro personalmente, es de creer que en ello había la mira de proporcionar al marido el concurrir también y retenerla.

IX.— Tenía un perro celebrado de grande y hermoso, el que había comprado en setenta minas, y fue y le cortó la cola, que era bellísima. Reprendiéronselo sus amigos, diciéndole que todos le roían y vituperaban por lo hecho con el perro: y él, riéndose, «eso es —les respondió— lo que yo quiero; porque quiero que los Atenienses hablen de esto, para que no digan de mí cosas peores».

X.— Su primera entrada al favor popular dícese haber sido un donativo de dinero, no preparado de antemano, sino nacido de casualidad, porque yendo por la calle, en ocasión de estar alborotados los Atenienses, preguntó la causa, e informado de que era por una distribución de dinero, se acercó y les dio también. Comenzó el pueblo a gritar y aclamarle, y olvidado con este placer de una codorniz que llevaba debajo de la capa, dio ésta a volar y se le huyó; con lo que creció más la aclamación de los Atenienses, y muchos corrieron a ayudarle a cobrarla, habiendo sido Antíoco el piloto quien la cogió y se la volvió, por lo cual le tuvo de allí en adelante en mucha estimación.

Su linaje, su riqueza y su valor en los combates le abrían ancha puerta para introducirse en el gobierno, mayormente teniendo muchos amigos; pero, con todo, su mayor deseo era ganar el ascendiente sobre la muchedumbre con la gracia en el decir; y de que sobresalía en esta dote nos dan testimonio los poetas cómicos y también el más vehemente de los oradores, diciendo en su oración contra Midias que Alcibíades, entre otras muchas dotes, tenía la de la elocuencia. Y si hemos de dar crédito a Teofrasto, el hombre más investigador y de más noticias entre los filósofos, Alcibíades sobresalía mucho en la invención y en el conocimiento de lo que en cada asunto convenía: mas como no sólo examinase qué era lo más oportuno, sino también de qué manera se diría con las voces y las frases más adecuadas, carecía de facilidad, y así tropezaba a menudo, y en medio del período callaba y se detenía, para ver cómo había de continuar.

XI.— Hízose muy célebre por los caballos que mantenía y por el número de sus carros; porque en los Juegos Olímpicos ni particular ni rey alguno presentó jamás siete, sino él sólo; y el haber sido a un tiempo vencedor en primero, segundo y cuarto lugar, según Tucídides, y aun en tercero, según Eurípides, excede en brillantez y en gloria a cuanto puede conseguirse en este género de ambición. Eurípides en su canto dice así: A ti te cantaré, oh hijo de Clinias; bellísima cosa es la victoria; pero más bello lo que ninguno de los Griegos alcanzó jamás: ganar con carroza el primero, segundo y tercer premio y marchar coronado de oliva dos veces sin trabajo alguno, pregonado vencedor por el heraldo.

XII.— A este brillante vencimiento lo hizo todavía más glorioso el empeño de los contendores en honrarle, porque los de Éfeso le armaron una tienda guarnecida riquísimamente, la capital de Quío dio la provisión para los caballos y gran número de víctimas, y los de Lesbo el vino y demás prevenciones para un suntuoso banquete de muchos convidados. También una calumnia o perversidad, divulgada sobre esta misma magnificencia, dio mucho que hablar por entonces: cuéntase que hallándose en Atenas un tal Diomedes, hombre de bien y amigo de Alcibíades, y deseando alcanzar la victoria en los juegos olímpicos, noticioso de que en Argos había un excelente carro perteneciente al público y de que Alcibíades gozaba en Argos de gran poder y tenía muchos amigos, le rogó se lo comprase; pero que habiéndolo comprado, lo hizo pasar por suyo, y dejó a un lado a Diomedes, que lo sintió en gran manera, y se quejó del hecho a los Dioses y a los hombres. Parece que sobre él se movió pleito; y hay una oración de Isócrates Del par de caballos, escrita a nombre del hijo de Alcibíades, en la que es Tisias, y no Diomedes, el demandante.

XIII.— Era aún muy joven cuando se dio a los negocios de gobierno, y aunque al punto oscureció a todos los demás concurrentes, tuvo que contender con Féax, hijo de Erasístrato, y con Nicias, hijo de Nicerato, de los cuales éste le precedía en edad y tenía opinión de buen general; y Féax, que procedía de padres ilustres, y como él empezaba a tener adelantamientos, le era inferior entre otras calidades en la de la elocuencia: parecía más propio para conciliar y persuadir en el trato privado, que para sostener los debates en las juntas: siendo, como dice Éupolis,

Diestro en parlar; mas en decir muy torpe.

Corre asimismo una oración de Féax escrita contra Alcibíades, en la que se dice, entre otras cosas, que, teniendo la ciudad muchas tazas de oro y plata destinadas a las ceremonias, Alcibíades usaba de todas ellas como propias en su mesa diaria.

Vivía entonces también un tal Hipérbolo de Peritidas, el cual, además de que Tucídides hace mención de él como de un hombre malo, dio materia a todos los poetas cómicos para zaherirle en escena; pero él era inmoble e inalterable a los dicterios y a las sátiras, por un abandono de su opinión, que, siendo en realidad desvergüenza y tontería, algunos le graduaban de intrepidez y fortaleza; y éste era de quien se valía el pueblo cuando quería desacreditar y calumniar a los que estaban en altura. Movido, pues, entonces por éste mismo iba a usar del ostracismo, que es el medio que emplean siempre para enviar a destierro al ciudadano que se adelanta en gloria y en poder, desahogando así su envidia, más bien que su temor. Era claro que las conchas caerían sobre uno de los tres, y, por tanto, Alcibíades, reuniendo los partidos para este objeto, habló a Nicias, e hizo que el ostracismo se convirtiera contra Hipérbolo.

Otros dicen que no fue con Nicias, sino con Féax, con quien Alcibíades se confabuló, y que por medio de la facción de éste consiguió desterrar a Hipérbolo, que estaba de ello bien ajeno, porque ningún hombre ruin y oscuro había hasta entonces incurrido en este género de pena, como, haciendo mención del mismo Hipérbolo, lo dijo así Platón el cómico:

Fue a sus costumbres merecida pena;
mas por su calidad de ella era indigno,
porque no se inventó seguramente
contra tan vil canalla el ostracismo.

Pero en este punto hemos dicho en otra parte cuanto es digno de saberse.

XIV.— Mas no por esto dejó Nicias de ser un objeto de mortificación para Alcibíades, que le veía admirado de los enemigos y honrado de los ciudadanos, porque aunque Alcibíades era público hospedador de los Lacedemonios y había obsequiado de ellos a los que habían sido cautivados en el encuentro de Pilo, con todo, porque principalmente habían conseguido, por medio de Nicias, que se hiciese la paz y se les restituyesen los cautivos, tenían a éste en mayor estimación, y entre los Griegos corría la voz de que si Pericles los había hostilizado, Nicias había desvanecido la guerra, y los más a esta paz la llamaban Nicea; por tanto, enfadado Alcibíades sobre manera y agitado de envidia, formó la resolución de romper el tratado. Y en primer lugar, noticioso de que los Argivos, por odio y miedo de los Esparcíatas, buscaban cómo separarse de ellos, les dio reservadamente esperanza de que los Atenienses les ayudarían, y los alentó, enviando a decir a los principales del pueblo que no temiesen ni cedieran a los Lacedemonios, sino que se pasaran a los Atenienses y aguardaran lo poco que faltaba para que éstos mudaran de propósito y rompieran la paz. Como en este tiempo los Lacedemonios hubiesen hecho alianza con los Beocios y restituido a los Atenienses la ciudad de Panacto, no en pie, como debían, sino habiéndola antes derruido, hallando con este motivo indignados a los Atenienses, los irritó todavía más. Molestaba, por otra parte, a Nicias, y le calumniaba y acusaba, no sin fundamento, de que, estando con mando, no quiso cautivar por sí mismo a aquellos de los enemigos que habían quedado en Esfacteria, y habiendo sido cautivados por otros, los había dejado ir y entregándolos, haciendo este obsequio a los Lacedemonios; y también de que siendo tan amigo no recabó de éstos que no se ligasen con los Beocios y Corintios, y que no estorbaran que de los pueblos griegos se aliase e hiciese amistad con los Atenienses el que quisiese, si a los Lacedemonios nos les estaba a cuenta. Cuando así traía a mal traer a Nicias, dispuso la suerte que viniesen embajadores de Lacedemonia, haciendo por sí proposiciones equitativas, y diciendo que traían plenos poderes para todo lo que fuera de una justa conciliación. Habíalos oído el Consejo y al día siguiente se había de congregar el pueblo: entonces, temeroso Alcibíades, manejó que los embajadores hablasen con él, y luego que se avistaron, «¿qué habéis hecho, les dijo, oh Esparcíatas? ¿Podéis ignorar que el Consejo trata siempre con moderación y humanidad a los que se les presentan, pero que el pueblo es altanero y tiene desmedidas pretensiones? Si decís que venís autorizados para todo exigirá v querrá obligaros a lo que no sea de razón; vaya, pues, deponed esa nimia bondad, y si queréis encontrar en los Atenienses moderación y no ser precisados a lo que no es de vuestro dictamen, proponed lo que os parezca justo, sin que entiendan que venís con plenos poderes: con lo que nos tendréis de vuestra parte por hacer obsequio a los Lacedemonios».

Dicho esto se les obligó, con juramento, y enteramente los apartó de Nicias, poniendo en él su confianza y admirando su penetración y juicio, que no era, decían, de un hombre vulgar. Congregado al día siguiente el pueblo, se presentaron los embajadores, y preguntados por Alcibíades con la mayor afabilidad con qué facultades venían, respondieron que no venían con plenos poderes; y al punto se volvió contra ellos con gran vehemencia el mismo Alcibíades, como si fuese el burlado y no quien burlaba, tratándolos de falsos y enredadores, que no podían haber venido a hacer ni decir cosa buena. Irritóse también contra ellos el Senado, el pueblo se mostró igualmente ofendido, y Nicias quedó admirado y confundido con la mudanza que vio en los embajadores, por ignorar el engaño y dolo en que se les había hecho caer.

XV.— Después de desconcertados así los Lacedemonios, nombrado Alcibíades general, inmediatamente hizo a los de Argos, de Mantinea y de Elea aliados de los Atenienses; y aunque nadie alababa el modo, se celebraba lo más maravilloso de su hazaña; siendo muy grande la de haber separado y conmovido casi puede decirse a todo el Peloponeso y opuesto en un día junto a Mantinea tantas tropas a los Lacedemonios y haberles ido a llevar el combate y el riesgo a tan grande distancia de Atenas, que con la victoria nada ganaron, y si hubiesen sido vencidos, era difícil que Lacedemonia hubiera vuelto en sí. Después de esta batalla intentaron los Quiliarcos de Argos disolver la democracia y sojuzgar la ciudad; y aun los Lacedemonios que acudieron contribuyeron a la ejecución de aquel designio; pero tomando las armas la muchedumbre, recobró la superioridad, y sobreviniendo Alcibíades, además de hacer más segura la victoria del pueblo, persuadió a éste que dilatara la gran muralla, y que poniéndose en contacto con el mar acercara enteramente su ciudad al poder de los Atenienses. Trajo asimismo de Atenas arquitectos y canteros, y se les mostró del todo interesado por ellos, ganando de este modo favor y poder, no menos para sí mismo que para su patria. Persuadió de la propia manera a los de Patras que con murallas prolongadas arrimaran su ciudad a la mar, y como alguno dijese a los Patrenses: «Los Atenienses se os tragarán», «Puede ser, repuso Alcibíades; mas será poco a poco y por los pies; mientras que los Lacedemonios lo harían por la cabeza y de una vez». Aconsejaba al propio tiempo a los Atenienses que ellos se pegaran más a la tierra, exhortándolos a confirmar con obras el juramento que en Agraulo prestan los jóvenes; y lo que juran es que la frontera del Ática será para ellos el trigo, la cebada, las viñas y los olivos, dando a entender que tendrán por propia principalmente la tierra cultivada y fructífera.

XVI.— Pues con estos cuidados y estos discursos, con esta prudencia y esta habilidad en manejar los negocios, reunía un desarreglado lujo en su método de vida, en el beber y en desordenados amores; grande disolución y mucha afeminación en trajes de diversos colores, que afectadamente arrastraba por la plaza; una opulencia insultante en todo: lechos muelles en las galeras para dormir más regaladamente, no puestos sobre las tablas, sino colgados de fajas; y un escudo que se hizo de oro, en el que no puso ninguna de las insignias usadas por los Atenienses, sino un Eros armado del rayo. Al ver estas cosas, los ciudadanos más distinguidos, además de abominarlas y llevarlas mal, temían su osadía y su ningún miramiento como tiránicos y disparatados; pero con el pueblo sucedía lo que Aristófanes expresó bellamente en estos términos:

A un tiempo le desea y le aborrece;
mas, con todo, en tenerle se complace.

Y más bellamente todavía en esta alusión a él:

No criar el león lo mejor fuera;
mas aquel que en criarle tiene gusto,
fuerza es que a sus costumbres se acomode.

Porque sus donativos y sus gastos en los coros; sus obsequios a la ciudad, superiores a toda ponderación; el esplendor de su linaje, el poder de su elocuencia, la belleza de su persona, y sus fuerzas corporales, juntas con su experiencia en las cosas de la guerra, y su decidido valor, hacían que los Atenienses fueran indulgentes con él en todo lo demás y se lo llevaran en paciencia, dando siempre a sus extravíos los nombres benignísimos de juegos y muchachadas. Fue uno de ellos haber puesto preso al pintor Agatarco y remunerarlo con dones después que le pintó la casa: otro, dar de bofetadas a Taureas, su contendor en un coro, porque le disputó la victoria; y otro, asimismo, haberse tomado de entre los cautivos a una mujer de Milo, y ayuntándose a ella, criar un niño tenido en la misma; porque también esto lo calificaban de bondad; y todo, menos el que tuvo gran parte de culpa en que se diese indistintamente muerte a todos los Melios, defendiendo el decreto. Cuando Aristofonte pintó a Nemea teniendo a Alcibíades sentado en sus brazos, lo miraban y salían muy gustosos los Atenienses, pero los ancianos también esto lo veían con malos ojos, como tiránico y violento. Parecía, por tanto, que no había andado errado Arquéstrato en decir que la Grecia no podría soportar dos Alcibíades. Y cuando Timón el Misántropo, encontrándose con Alcibíades a tiempo que se retiraba de la junta pública muy aplaudido y con un brillante acompañamiento, no pasó de largo, ni se retiró, como solía hacerlo con todos los demás, sino que acercándose y tomándole la mano: Bravo, muy bien haces —le dijo— ¡oh joven! en irte acreditando, porque acrecientas un gran mal para todos éstos, unos se echaron a reír, otros lo miraron como una blasfemia, y en algunos produjo aquel dicho una completa aversión: ¡tan difícil era formar opinión de semejante hombre por las contrariedades de su carácter!

XVII.— Tentaba ya la Sicilia, aun en vida de Pericles, la codicia de los Atenienses, que después de su muerte habían dado algunos pasos hacia ella, y con enviar por todas partes lo que llamaban socorros y auxilios a los agraviados por los Siracusanos, iban poniendo escalones para una grande expedición. Mas el que inflamaba hasta el último punto este deseo y les persuadía a que no por partes y poco a poco, sino con poderosas fuerzas acometieran a la isla, era Alcibíades, dando al pueblo grandes esperanzas y formando él mismo mayores designios: pues veía en la Sicilia el principio y no el término, como los demás, de las operaciones militares que en su ánimo meditaba. Con todo, Nicias, reputando difícil empresa la de tomar a Siracusa, retraía con sus persuasiones al pueblo: pero Alcibíades, que lo entretenía con los sueños de Cartago y del África, y que en consecuencia de esto tenía ya como en la mano la Italia y el Peloponeso, faltaba poco para que viese en la Sicilia un viático para aquella guerra. Y lo que es los jóvenes espontáneamente se le unieron, acalorados con tan lisonjeras esperanzas; pues además oían a los ancianos deducir maravillosas consecuencias de aquella exposición; tanto, que muchos se ponían en las palestras y en los corrillos a dibujar la figura de la isla y la situación del África y de Cartago. Mas dícese del filósofo Sócrates y del astrólogo Metón que ni uno ni otro esperaron nunca nada provechoso a la ciudad de semejante proyecto: aquel, por aparecérsele, como es de creer, su genio familiar y predecírselo, y Metón, porque receló por su propio discurso lo que iba a suceder, o porque usó para ello de alguna adivinación: de forma que fingió haberse vuelto loco, y tomando un tizón encendido iba a pegar fuego a su propia casa; aunque algunos dicen que no hubo de parte de Metón tal ficción de locura, sino que dio efectivamente fuego a su casa por la noche, y a la mañana se presentó a pedir y suplicar que por aquella desgracia le dejaran al hijo libre por entonces de la milicia: y habiendo engañado así a los ciudadanos, consiguió lo que quería.

XVIII.— Fue, sin embargo, nombrado general Nicias contra su voluntad, repugnando no menos el mando que el colega que se le daba: porque juzgaron los Atenienses que se conduciría mejor aquella guerra no dejando el mando absoluto a Alcibíades, sino mezclando con su osadía la circunspección de Nicias: porque el tercer general, Lámaco, aunque hombre de más edad, se había visto en algunos combates que no cedía a Alcibíades en ardor y en arrojo a los peligros. Cuando deliberaban sobre la cantidad y modo de los preparativos, volvió a intentar Nicias el oponerse y paralizar la guerra; mas contradíjole Alcibíades y salió con su intento, escribiendo el orador Demostrato, y persuadiendo, que convenía hacer a los generales árbitros de los preparativos y de la suma de la guerra; lo que así fue decretado por el pueblo. Estando ya todo dispuesto para dar la vela, no se presentaron favorables ni aun los auspicios de las festividades; porque cayeron en aquellos días las de Adonis, en las cuales las mujeres ponían en muchos parajes imágenes semejantes a los muertos que se llevan a enterrar, y representaban exequias, lastimándose y entonando lamentaciones. Además, la mutilación hecha en una sola noche de todos los Hermes, que amanecieron con todas las partes prominentes del rostro cortadas, causó gran turbación aun a muchos de los que no hacen alto en tales cosas. Díjose que los de Corinto, por amor de los Siracusanos, que era una colonia suya, con la esperanza de que aquel prodigio había de contener a los Atenienses y hacerles desistir de la guerra, fueron los autores del atentado. Mas con todo, a una gran parte no les hicieron fuerza ni esta voz ni las razones de los que decían que nada siniestro había en aquellos portentos, y que no eran más que una de aquellas travesuras que suele llevar consigo la insolencia de la gente joven, propensa después de un banquete a tales desórdenes; porque a un tiempo se irritaron y se llenaron de terror con lo sucedido, atribuyéndolo a alguna conjuración fraguada con grandes miras. Hacíanse, por tanto, pesquisas rigurosas sobre cualquier sospecha por el Senado en repetidas juntas, y por el pueblo, reuniéndose también en pocos días muchas veces.

XIX.— En esto presentó Androcles, uno de los demagogos, algunos esclavos y colonos que acusaban a Alcibíades y a sus amigos de otras mutilaciones de estatuas y de haber en la embriaguez remedado los misterios, diciendo que un tal Teodoro había hecho funciones de proclamador; Polición, las de porta-antorcha; el mismo Alcibíades, las de hierofantes; y que los demás amigos habían sido los concurrentes y participado de los misterios, llamándose «mistas» o iniciados; así estaba escrito en la delación, siendo Tésalo, hijo de Cimón, quien delataba a Alcibíades de que era impío contra las Diosas. Irritándose con esto el pueblo, y estando muy indispuesto con Alcibíades, todavía le exasperaba más Androcles, que era uno de sus mayores enemigos, por lo que al principio Alcibíades no pudo menos de abatirse; mas advirtiendo luego que todos los marineros que habían de ir a Sicilia le eran muy aficionados, y lo mismo la tropa, que los de Argos y Mantinea, en número de mil, decían abiertamente que sólo por Alcibíades se ofrecían a aquella marítima y lejana expedición, y que si alguno le agraviaba desertarían, entonces cobró ánimo y se aprovechó de aquella oportunidad para defenderse; de manera que por la inversa sus enemigos desmayaron y empezaron a temer no fuera que el pueblo se mostrara blando con él en el juicio, por la consideración de haberlo menester. Maquinaron, por tanto, que de los oradores, los que no eran conocidamente enemigos de Alcibíades, aunque en su corazón no le aborrecieran menos que sus contrarios declarados, se levantaran en la junta y dijeran que era muy fuera de razón, a un general nombrado con plenos poderes para mandar tantas fuerzas, en el momento de tener reunido el ejército y los auxiliares, causarle detención con el sorteo de jueces y medida del agua, haciéndole perder la oportunidad de obrar; navegue, pues, con favorables auspicios y comparezca concluida la guerra a defenderse conforme a las mismas leyes. No dejo Alcibíades de percibir la malignidad que encerraba esta dilación; así replicó, tomando la palabra, que era cosa terrible, pendientes tal causa y tales calumnias, partir adornado de tan brillante autoridad, y que lo justo era, o morir si no disipaba la acusación, o, en caso de desvanecerla, marchar contra los enemigos sin miedo de calumniadores.

XX.— Mas no habiendo logrado convencerlos, e intimándosele que partiese, dio la vela con sus colegas, llevando muy pocas menos de ciento y cuarenta galeras, cinco mil y cien infantes; entre tiradores de arco, honderos y demás tropa ligera, unos mil y trescientos, y todas las prevenciones correspondientes. Navegando la vuelta de Italia tomaron a Regio, y allí puso a deliberación el modo que había de tenerse en hacer la guerra. Opúsose Nicias a su dictamen; pero habiéndolo aprobado Lámaco, se dirigió a la Sicilia y atrajo a Catana a su partido, sin que hubiese ya podido hacer otra cosa, porque al punto fue llamado para el juicio por los Atenienses. Porque al principio, como dejamos dicho, sólo se propusieron contra Alcibíades algunas frías sospechas y calumnias por esclavos y por colonos; pero sus enemigos, luego que le vieron ausente, tomaron fuerzas contra él y reunieron con el insulto hecho a los Hermes el remedo de los misterios, insinuando que todo era efecto de una misma conjuración para causar un trastorno; y a todos cuantos denunciados pudieron haber a las manos, sin oírlos los encerraron en la cárcel, sintiendo no haber cogido antes a Alcibíades bajo sus votos y sentenciándole por tan graves crímenes; mas la ira que contra él tenían la mostraron ásperamente en cualquiera deudo, amigo o familiar suyo que por desgracia aprehendieron. Tucídides no hizo mención de los denunciadores, pero otros escritores nombran a Dioclides y a Teucro, citados también en estos versos de Frínico el cómico:

—Amado Hermes, cuida no te caigas,
y a ti mismo te lisies, dando margen
a que otro Dioclides que ya tenga mala intención
levante otra calumnia.
—Tendré cuidado, pues en modo alguno
al execrable advenedizo Teucro
quiero se dé de la denuncia el premio.

Y no porque los tales denunciadores hubiesen dado pruebas ciertas y seguras; antes, preguntado uno de ellos como había conocido a los mutiladores de los Hermes, respondió que a la claridad de la luna, con la más manifiesta falsedad, porque el hecho había sido el día primero o de la nueva luna. Esto a las gentes de razón las dejó aturdidas, pero nada influyó para ablandar el ánimo de la plebe, que continuó con el mismo acaloramiento que al principio, conduciendo y encerrando en la cárcel a cualquiera que era denunciado.

XXI.— Uno de los presos y encarcelados por aquella causa fue el orador Andócides, a quien Helanico, escritor contemporáneo, hace entroncar con los descendientes de Ulises. Era reputado Andócides por desafecto al pueblo y apasionado de la oligarquía, y, sobre todo, en el crimen de la mutilación le había hecho sospechoso el grande Hermes, ofrenda que la tribu Egeide había consagrado junto a su casa; porque de los pocos que había sobresalientes entre los demás, éste solo había quedado sano; así, aun ahora se denomina de Andócides, y así lo llaman todos, no obstante que la inscripción lo repugna. Ocurrió asimismo que entre los muchos que por aquel delito se hallaban en la cárcel, trabó Andócides amistad e intimidad con otro preso llamado Timeo, que si no le igualaba en la fama y opinión le aventajaba en penetración y osadía. Persuadió éste a Andócides que se delatase a sí mismo y a algunos otros en corto número; porque al que confesase se había ofrecido la impunidad, y si para todos era incierto el éxito del juicio, para los que tenían opinión de poder era muy temible; por tanto, que era mejor mentir para salvarse que morir con infamia por el mismo delito; y aun atendiendo al bien común, valía más con perder a unos pocos de dudosa conducta, salvar al mayor número y a los hombres de bien de la ira del pueblo. Con estos consejos y exhortaciones convenció Timeo por fin a Andócides, y haciéndose denunciador de sí mismo y de otros, consiguió para sí la inmunidad conforme al decreto; pero los que por él fueron denunciados, a excepción de los que pudieron huir, todos murieron. Para ganarse más crédito, comprendió Andócides en la delación a sus propios esclavos, mas no con esto desfogó el pueblo toda su rabia; por el contrario, libre ya de los mutiladores de Hermes, como con una ira que había quedado ociosa, se convirtió todo contra Alcibíades. Últimamente envió en su busca la nave de Salamina, bien que encargando, no sin gran cautela, que no se le hiciese violencia ni se tocase a su persona, sino que se le hablara blandamente, dándole orden de ir a Atenas para ser juzgado y satisfacer al pueblo, porque temían un tumulto y una sedición del ejército en tierra extraña, cosa que a Alcibíades, a haber querido, le hubiera sido muy fácil de ejecutar, pues con su ausencia desmayó mucho aquel, temiendo que en las manos de Nicias iría larga la guerra y experimentaría dilaciones fastidiosas faltando el aguijón que todo lo movía, por cuanto, aunque Lámaco era belicoso y valiente, carecía de dignidad y respeto, por su pobreza.

XXII.— Embarcándose, pues, inmediatamente Alcibíades, les quitó a los Atenienses a Mesana de entre las manos, porque, estando prontos los que habían de entregar la ciudad, él, que estaba bien enterado de todo, lo reveló a los amigos de los Siracusanos y deshizo la negociación. Llegado a Turios, bajó de la galera, y ocultándose pudo frustrar la diligencia de los que le buscaban. Hubo alguno que le conoció y le dijo: «¿No te fías, oh Alcibíades, en la patria?»; y él le respondió: «En todo lo demás, sí; pero cuando se trata de mi vida, ni en mi madre, no fuera que por equivocación echase el cálculo negro en lugar de blanco». Oyendo después que la ciudad le había condenado a muerte, «pues yo —repuso— les haré ver que vivo». Consérvase memoria de que la delación estaba concebida en estos términos: «Tésalo, hijo de Cimón Lacíade, denuncia a Alcibíades, hijo de Clinias Escambónide, de haber ofendido a las Diosas Deméter y su hija, remedando los misterios y divulgándolos a sus amigos en su casa, habiéndose puesto el ornamento que lleva el hierofantes cuando celebra los misterios, tomando él mismo el nombre de hierofantes, dando a Lolición el de porta-antorcha y a Teodoro Fegeo el de proclamador, y llamando a sus amigos iniciados y adeptos, contra lo justo y lo establecido por los Eumólpidas, los proclamadores y los sacerdotes de Eleusis». Condenáronle en rebeldía y confiscaron sus bienes, y mandaron además que todos los sacerdotes le maldijesen, a la cual resolución solamente se opuso, según es fama, Teano, hija de Menón de Agraulo, diciendo que era sacerdotisa para bendecir, no para maldecir a nadie.

XXIII.— Cuando estos decretos y estas condenaciones se pronunciaron estaba detenido en Argos, porque al fugarse de Turios lo primero que hizo fue irse al Peloponeso; pero temiendo a sus enemigos y renunciando del todo a su patria, escribió a Esparta pidiendo que se le ofreciese la impunidad, y dando palabra de que les haría favores y servicios que excedieran con mucho a los daños que antes les había causado. Concediéronselo los Esparcíatas, y recibido benignamente de ellos, luego que pasó allá, el primer servicio que al punto les hizo fue que, andando en consultas y dilaciones sobre dar auxilio a los Siracusanos, los movió y acaloró a que enviasen por general a Gilipo y quebrantasen las fuerzas que allí tenían los Atenienses; fue el segundo hacer que ellos mismos por sí moviesen a éstos guerra, y el tercero y más granado hacerles murar a Decelea, que fue lo que más perjudicó y contribuyó a la ruina de Atenas. Estimado, pues, por sus hechos públicos, y no menos admirado por su conducta privada, atraía y adulaba a la muchedumbre con vivir enteramente a la espartana; pues viéndole con el cabello cortado a raíz, bañarse en agua fría, comer puches y gustar del caldo negro, como que no creían, y antes dudaban fuertemente de que hubiese tenido nunca cocinero, ni hubiese usado de ungüentos, ni hubiese tocado su cuerpo la ropa delicada de Mileto. Porque entre las muchas habilidades que tenía, era como única y como un artificio para cazar los ánimos la de asemejarse e identificarse en sus afectos con toda especie de instituciones y costumbres, siendo en mudar formas más pronto que el camaleón; y con la diferencia de que éste, según se dice, hay un color, que es el blanco, al que no puede conformarse, pero para Alcibíades ni en bien ni en mal nada había que igualmente no copiase e imitase: así, en Esparta era dado a los ejercicios del gimnasio, sobrio y severo; en la Jonia, voluptuoso, jovial y sosegado; en la Tracia, bebedor y buen jinete; y al lado del sátrapa Tisafernes excedía su lujo y opulencia a la pompa persiana, no porque le fuera tan fácil como parece pasar de un método de vida a otro y admitir toda suerte de mudanza, sino porque conociendo que si usaba de su inclinación natural desagradaría a aquellos con quienes tenía que vivir, continuamente se acomodaba y amoldaba a la forma y manera que éstos preferían. En Lacedemonia, pues, en cuanto a su porte exterior, podía muy bien decirse: «No es éste el hijo de Aquiles, sino el mismo que pudiera haber formado Licurgo»; mas en la realidad cualquiera, según sus afectos y sus obras, hubiera podido gritarle: «Ésa es siempre la mujer de antaño». Porque a Timea, mujer de Agis, mientras éste estaba ausente en el ejército, de tal manera la sacó de juicio, que de su trato se hizo embarazada, sin negarlo; y como hubiese sido varón el que dio a luz, para los de afuera se llamaba Leotíquidas: pero el nombre que al oído se le daba en casa por la madre entre las amigas y las confidentes era el de Alcibíades: ¡tan ciega de amor estaba la tal mujer!; y él, con desvergüenza, solía decir que no la había seducido por hacer agravio ni tampoco halagado del deleite, sino para que descendientes suyos reinasen sobre los Lacedemonios. Hubo muchos que denunciaron a Agis estos hechos; pero él principalmente se atuvo al tiempo; porque habiendo habido un terremoto, él, de miedo, saltó del lecho y del lado de su mujer, y después en diez meses no se ayuntó a ella; y como después de este tiempo hubiese nacido Leotíquidas, no le reconoció por hijo suyo; y por esta causa fue después Leotíquidas privado de suceder en el reino.

XXIV.— Después de los desgraciados sucesos de los Atenienses en Sicilia, enviaron a un tiempo embajadores a Esparta los de Quío y Lesbo, y también los de Cícico, para tratar de su defección. Los Beocios hablaban por los de Lesbo, y Farnabazo por los de Cícico; pero a persuasión de Alcibíades prefirieron auxiliar a los de Quío antes de todo; y yendo él mismo en aquel viaje, hizo que se separase de los Atenienses casi puede decirse toda la Jonia, y con estar al lado de los generales Lacedemonios fue muy grande el daño que les causó. Con todo, Agis era siempre su enemigo, a causa de la mujer, por la afrenta recibida, y además le incomodaba también su gloria: porque se había difundido la voz de que todo se hacía por Alcibíades, y a él era a quien se tenía consideración. Sufríanle asimismo de mala gana los de más poder y dignidad entre los Esparcíatas, por la envidia que les causaba. Tuvieron, pues, mano y negociaron con los que en casa quedaron con mando que enviasen a Jonia quien le diese muerte. Llegó a entenderlo reservadamente y vivía con recelo; por lo que en todos los negocios públicos promovió los intereses de los Lacedemonios, pero huyó de caer en sus manos; y habiéndose entregado por su seguridad a Tisafernes, sátrapa del rey, al punto fue para con él la persona primera y de mayor poder; porque aquella suma destreza suya en plegarse y acomodarse aun al bárbaro, que no era hombre sencillo sino perverso y de malísima inclinación, le causó gran maravilla; y a sus gracias en los entretenimientos cotidianos y en el trato familiar no había costumbres que resistiesen ni genio que no se dejase conquistar; tanto, que aun los que le temían o tenían envidia en tratarle y conversar con él experimentaban placer. Por tanto, con ser Tisafernes entre los Persas uno de los enemigos más declarados de los Griegos, de tal modo se rindió a los halagos de Alcibíades, que llegó a excederle en sus recíprocas adulaciones: así, de los paraísos o jardines que tenía, el más delicioso a causa de sus aguas y praderías saludables, y en el que había además mansiones y retraimientos dispuestos regia y ostentosamente, ordenó que se llamase Alcibíades; y éste fue el nombre y apelación con que en adelante le llamaron todos.

XXV.— Abandonando, pues, Alcibíades el partido de los Lacedemonios por su infidelidad, y teniéndoles ya miedo, comenzó a desacreditar y poner en mal a Agis con Tisafernes, no consintiendo ni que los auxiliase decididamente ni que rompiese del todo con los Atenienses, sino que, prestándose penosamente a sus demandas, los fuese quebrantando y aniquilando con lentitud y por este medio pusiese a ambos pueblos bajo el poder del rey, debilitados los unos por los otros. Dejóse éste persuadir fácilmente, viéndose bien a las claras que le amaba y tenía en mucho: de modo que de una y otra parte tenían los Griegos puestos los ojos en Alcibíades, arrepentidos ya los Atenienses con sus malos sucesos de la determinación tomada contra él; y él mismo estaba incomodado por lo hecho, y temía no fuera que, destruida del todo la ciudad, viniera a caer en las manos de los Lacedemonios, de quienes era aborrecido.

En Samo venía a estar entonces la suma de los intereses de los Atenienses; y partiendo desde allí con sus fuerzas navales, recobraban a unos aliados y conservaban a otros, por ser en el mar superiores a sus enemigos; pero temían a Tisafernes y sus galeras fenicias, que se decía no estar lejos, y eran en número de ciento cincuenta, porque si acertaban a llegar, no le quedaba esperanza alguna de salud a la ciudad. Bien convencido de esto Alcibíades, envió reservadamente a los principales de los Atenienses quien les diese confianza de que les volvería amigo a Tisafernes, no por complacer a la muchedumbre, ni esperando nada de ella, sino en obsequio de los principales ciudadanos, si determinándose a ser hombres esforzados y a contener la insolencia de la plebe tomaban por su cuenta ellos mismos salvar la república y sus intereses. Todos los demás apoyaron con empeño la proposición de Alcibíades; pero uno de los generales, Frínico Diraliota, sospechando lo que era, a saber: que a Alcibíades lo mismo le importaba la democracia que la oligarquía, y que procurando ser rehabilitado de la calumnia que le hizo contraria la muchedumbre, con esta mira lisonjeaba y halagaba a los principales, le hizo contradicción. Quedó vencido por los demás votos, y hecho ya enemigo descubierto de Alcibíades, lo denunció secretamente a Antíoco, almirante de los enemigos, previniéndole que se guardara y precaviera de Alcibíades como de hombre que quería estar con unos y con otros; mas no sabía que el asunto iba de traidor a traidor: porque haciendo Antíoco la corte a Tisafernes, y viendo que para con él era el todo Alcibíades, manifestó a éste lo que Frínico le había comunicado. Alcibíades mandó al punto a Samo acusadores contra Frínico, dando motivo a que todos se indignaran y sublevaran contra él; y como para ocurrir a aquel peligro no se le ofreciese a éste otro medio, intentó curar un mal con otro mal mayor: porque envió otra vez quien se quejase con Antíoco de haberle descubierto y le avisase de que tenía resuelto hacerle entrega de las naves y del ejército de los Atenienses. Con todo, no trajo daño a éstos la traición de Frínico, por otra traición de Antíoco, que también anunció a Alcibíades esta nueva propuesta de Frínico. Volvió éste en sí, y temiendo segunda acusación de Alcibíades, se anticipó a prevenir a los Atenienses que los enemigos iban a sorprenderlos, exhortándolos a estarse quietos en las naves y atrincherar el ejército. Cuando ya esto se había puesto en ejecución, aunque vinieron otra vez cartas de Alcibíades advirtiéndoles que se guardaran de Frínico, que iba a entregar a los enemigos la armada, no les dieron crédito, imaginándose que Alcibíades, que estaba bien informado de los preparativos e intentos de los enemigos, abusaba de esta noticia para calumniar a Frínico falsamente. Pero más adelante, habiendo uno de los de la guardia de Hermón dado de puñaladas a Frínico en la plaza y quitándole la vida, formada causa, condenaron los Atenienses a Frínico por traidor después de muerto, y decretaron coronar a Hermón y los de su guardia.

XXVI.— Dominando entonces en Samo los amigos de Alcibíades, enviaron a Pisandro a la ciudad para mudar el gobierno y alentar a los principales a ponerse al frente de los negocios y disolver la democracia, pues con estas condiciones les ganaría Alcibíades a Tisafernes por amigo y aliado: a lo menos éste fue el pretexto y la apariencia de los que establecían la oligarquía. Mas después que tomaron consistencia y se apoderaron del mando los llamados cinco mil, aunque no eran más de cuatrocientos, ya no se curaban gran cosa de Alcibíades, y hacían muy remisamente la guerra; parte por desconfianza que tenían de que aguantaran los ciudadanos aquellas novedades, y parte porque imaginaban que cederían los Lacedemonios, inclinados siempre y afectos a la oligarquía; y la plebe en la ciudad se estuvo, aunque de mala gana, sosegada por entonces, porque habían perecido no pocos de los que se opusieron a los cuatrocientos. Los de Samo cuando lo entendieron, irritados de aquel proceder, pensaron en dar al punto la vela con dirección al Pireo, y llamando a Alcibíades, a quien también nombraron general, le ordenaron que los condujese y acabase con los tiranos; mas éste no se manejó o condescendió como cualquiera otro que repentinamente se hubiera visto en tanta autoridad por el favor de algunos de sus ciudadanos, creyendo que debía complacer en todo y no rehusar nada a los que de fugitivo y desterrado lo habían hecho presidente y general de tantas naves y de tamañas fuerzas, sino que, como correspondía a un gran caudillo, hizo frente a los que sólo se gobernaban por la ira y los contuvo para no cometer un desacierto; con lo que indudablemente salvó entonces la república. Porque si, haciéndose al mar, se hubiesen restituido a casa, infaliblemente los enemigos habrían quedado dueños sin fatiga de toda la Jonia, del Helesponto y de las Islas; y Atenienses habrían tenido que venir a las manos con Atenienses, trayendo la guerra a su ciudad; lo que Alcibíades sólo impidió sucediese, no precisamente persuadiendo e instruyendo a la muchedumbre, sino yendo en particular a unos con ruegos y a otros con violencia. Sirvióle en esta ocasión Trasíbulo de Estiria con su presencia y sus gritos, pues, según se dice, era el que tenía la voz más fuerte entre todos los Atenienses. Otra segunda acción brillante hubo también entonces de Alcibíades, y fue que, habiendo ofrecido que las naves fenicias que estaban los Lacedemonios esperando, teniéndoselas prometidas el rey, o las atraería en su favor, o a lo menos negociaría que no se uniesen con aquellos, sin dilación navegó con este objeto; y se verificó que Tisafernes, aunque se apareció con las naves hacia Aspendo, no las unió, sino que engañó a los Lacedemonios: habiendo sido Alcibíades la causa de que no estuviese ni con unos ni con otros, y sobre todo de que no estuviese con los Lacedemonios, por haber enseñado al bárbaro que se desentendiera y dejara que los Griegos se destruyeran unos a otros: pues no podía haber duda en que unidas tan poderosas fuerzas a uno de los dos pueblos, éste quitaría enteramente al otro el dominio del mar.

XXVII.— Fue disuelto a poco el gobierno de los cuatrocientos, por haberse agregado con ardor los amigos de Alcibíades a los que estaban por la democracia. Querían los de la ciudad, y habían dado orden para que Alcibíades volviese, mas él creyó que no debía hacerlo con las manos vacías y desocupadas, sino glorioso con alguna ilustre hazaña. Con este objeto navegó al principio por el mar de Cnido y Cos; mas habiendo llegado allí a su noticia que el Esparcíata Míndaro subía al Helesponto con toda su armada, en persecución de los Atenienses, se apresuró a dar auxilio a sus generales; y quiso la fortuna que llegase con sus diez y ocho galeras precisamente en el oportuno momento en que, habiendo caído unos y otros con todas sus naves cerca de Abido, y librándose combate, vencidos en parte y en parte vencedores, permanecieron en la lid cerca del anochecer. Con su aparecimiento en esta sazón hizo a ambos partidos equivocarse, inspirando confianza a los enemigos y miedo a los Atenienses; pero levantando luego insignia amiga en la capitana, cargó repentinamente a los Peloponenses vencedores, que seguían el alcance. Hízolos volver, e impeliéndolos a tierra, destrozó sus naves, hiriendo a muchos que escapaban a nado, sin embargo de que Farnabazo los protegía con infantería, y peleaba por salvarles las naves; finalmente, apresando treinta de los enemigos y conservando las propias, erigieron un trofeo.

Con tan brillante y próspero suceso ardía por hacer de él ostentación con Tisafernes, para lo cual, haciendo prevención de presentes y regalos, y llevando el acompañamiento propio de un general, se encaminó allá. Mas no le salió como esperaba, porque difamado ya de antemano Tisafernes por los Lacedemonios, y temeroso de que por el rey se le hiciera cargo, juzgó que Alcibíades se le presentaba en la mejor coyuntura, y echándole mano, lo puso preso en Sardis, para desvanecer con esta maldad aquella acusación.

XXVIII.— Al cabo de treinta días, habiendo podido Alcibíades proporcionarse un caballo, escapó de la vigilancia de los guardas y huyó a Clazómenas, haciendo correr contra Tisafernes la voz de que él mismo le había puesto en salvo. Navegó de allí al ejército de los Atenienses, y llegando a entender que Míndaro y Farnabazo se hallaban juntos en Cícico, incitó a los soldados y les hizo entender ser preciso que por mar y por tierra, y aun combatiendo muros, peleasen contra los enemigos, pues no podrían procurarse los recursos necesarios, si por todos estos modos no vencían. Armó, pues, las naves, y dando la vela hacia Proconeso, dio orden de que se encerraran y detuvieran dentro de la armada los buques ligeros, para que por ningún medio pudieran presumir los enemigos su marcha. Hizo la casualidad que de repente llovió mucho con truenos, y que vino también en su favor tal oscuridad, que encubrió todo aquel aparato; de manera que no sólo se ocultó a los enemigos, sino a los mismos Atenienses; porque cuando estaban ya desconfiados, dio la orden y partieron, De allí a poco, la oscuridad se disipó, y se divisaron las naves de los Peloponenses, que estaban ancladas delante del puerto de Cícico. Temeroso, pues, Alcibíades, de que viendo antes de tiempo lo grande de sus fuerzas se retiraran a tierra, dio orden a los otros generales de que navegaran lentamente y se fueran atrasando, y él se presentó, no teniendo consigo más de cuarenta naves, y provocó a los enemigos. Cayeron éstos en el lazo, y mirando con desprecio el que viniesen contra tantas, al punto se fueron para los contrarios y trabaron combate, pero cuando sobrevinieron las demás naves, empezada ya la acción dieron a huir aterrados. Alcibíades entonces, con veinte de las mejores galeras, se metió por medio y encaminó a tierra: y saltando a ella, acometió a los que se retiraban de las naves, dando muerte a muchos. Venció a Míndaro y Farnabazo, que se adelantaron en defensa de éstos, dando muerte a Míndaro, que peleó valerosamente; mas Farnabazo logró fugarse. Fue grande el número de muertos y el de las armas de que se apoderaron; tomaron todas las naves; se hicieron asimismo dueños de Cícico; y huido Farnabazo y destrozados los Peloponenses, no solamente quedaron en segura posesión del Helesponto, sino que alejaron a viva fuerza de aquellos mares a los Lacedemonios. Cogiéronse hasta las cartas en que lacónicamente participaban a los Éforos aquella derrota: «Nuestras cosas están perdidas. Míndaro, muerto. La gente, hambrienta. No sabemos qué hacer».

XXIX.— Fue tan grande con esto el engreimiento de los soldados de Alcibíades, y salieron tanto de sí, que tenían a menos el reunirse con los demás soldados: ¡con los que muchas veces han sido vencido —decían— los que son invictos todavía! Porque no mucho antes había sucedido que derrotado Trasilo en las inmediaciones de Éfeso, se había erigido por los Efesios un trofeo de bronce en oprobio de los Atenienses. Con estas cosas daban en cara los de Alcibíades a los de Trasilo, ensalzándose a sí mismos y a su general, y no queriendo alternar con los otros ni en gimnasios ni en campamentos. Mas cuando Farnabazo vino luego sobre éstos a tiempo que hacían incursión en las tierras de Abido, trayendo mucha caballería e infantería, Alcibíades, corriendo prontamente en su auxilio, puso en fuga a Farnabazo y le siguió al alcance juntamente con Trasilo hasta entrada la noche. Uniéronse ya entonces, y gloriosos y alegres tornaron al campamento, y levantando al día siguiente un trofeo, talaron la región de Farnabazo, sin que nadie se atreviera a resistirlos. Cautivó en aquella acción algunos sacerdotes y sacerdotisas; pero los dejó ir libres sin rescate.

Disponíase a sujetar por armas a los de Calcedonia, que se habían rebelado y habían recibido guarnición y comandante de mano de los Lacedemonios: pero al saber que habían recogido cuanto podía ser objeto de botín, y lo habían llevarlo en depósito a los Bitinios, sus amigos, pasó a los términos de éstos con su ejército y les mandó un heraldo con esta queja; mas ellos concibieron miedo, y además de entregarle el botín le pactaron amistad.

XXX.— Barreada Calcedonia de mar a mar, vino Farnabazo para hacer levantar el cerco, e Hipócrates, el gobernador, sacando también de la ciudad sus fuerzas, acometió a los Atenienses: mas Alcibíades, formando contra ambos su ejército, obligó a Farnabazo a huir cobardemente, y a Hipócrates y a muchos de los suyos los destrozó enteramente, alcanzando de ellos una señalada victoria. Navegó en seguida al Helesponto, donde anduvo recogiendo contribuciones, y tornó a Selibria, aventurando su persona sin consideración: porque los que habían de entregarle esta ciudad habían convenido en que levantarían una tea a la media noche: pero se vieron precisados a mostrarla antes de hora por temor de uno de los conjurados, que de repente se les había vuelto. Levantada, pues, la tea cuando la tropa no estaba todavía a punto, tomando consigo como unos treinta, marchó corriendo a la muralla, dejando orden de que los demás le siguiesen prontamente. Abriéronle la puerta cuando a los treinta se habían reunido veinte peltastas, o armados de rodela, y, entrando sin detención, percibió que los Selibrios venían de frente hacia él armados. De estarse quieto conoció que no había para él recurso; y el huir, habiendo sido invicto siempre hasta aquel día, no lo tuvo por de su carácter; hizo, pues, seña al trompeta de que impusiera silencio, y a uno de los que con él se hallaban le ordenó que gritase: «Atenienses, no hagáis armas contra los Selibrios». Esta intimación hizo en unos el efecto de ser más remisos en el pelear, pareciéndoles que estaban dentro todos los enemigos, y en otros el de formar más lisonjeras esperanzas de favorable concierto. Mientras que entre sí conferenciaban sobre lo hacedero, le llegaron a Alcibíades todas las tropas, y conjeturando que las intenciones de los Selibrios eran pacíficas, temió que habían de saquear la ciudad los Tracios, los cuales eran en gran número, y por inclinación y amor a Alcibíades habían tomado las armas con la más pronta voluntad. Hízoles, pues, a todos salir de la población, y en nada ofendió a los Selibrios, que estaban recelosos, sino que, con haber recogido un impuesto y haber dejado guarnición se retiró.

XXXI.— Los generales que mandaban el sitio de Calcedonia convinieron con Farnabazo, por un tratado, en, que recogerían una contribución, los Calcedonios volverían a la obediencia de los Atenienses y éstos no harían ningún daño en la satrapía de Farnabazo, obligándoles éste a dar a los embajadores de los Atenienses escolta con toda seguridad. Como a la vuelta de Alcibíades desease Farnabazo que él también jurara el tratado, respondió que no lo ejecutaría antes de haber jurado ellos. Prestados que fueron los juramentos, marchó contra los Bizantinos, que se habían rebelado, y circunvaló la ciudad. Ofreciéndole, bajo la condición de salvarla. Anaxilao, Licurgo y algunos otros, que la entregarían, hizo correr la voz de que le llamaban fuera de allí novedades ocurridas en la Jonia, y por el día salió con toda su escuadra; pero, volviendo a la noche, saltó en tierra con la infantería, y resguardándose con las murallas se estuvo allí quedo; pero las naves vinieron sobre el puerto, y acometiendo impetuosamente con grande gritería, alboroto y estruendo, asombraron a los demás Bizantinos por lo inesperado del caso y dieron ocasión a los partidarios de los Atenienses para entregar la ciudad a Alcibíades impunemente, pues todos los habitantes habían corrido hacia el puerto para resistir el ataque de las naves. Mas con todo no fue esta jornada exenta de riesgo, porque los Peloponenses, Beocios y Megarenses que allí se hallaban, a los que descendieron de las naves los rechazaron y obligaron a reembarcar; y llegando a entender que había Atenienses dentro, formándose en batalla, marcharon juntos contra ellos. Trabado un reñido combate, los venció Alcibíades, mandando él el ala derecha y Teramenes la izquierda: y de los enemigos que les vinieron a las manos tomaron vivos unos trescientos. De los de Bizancio, después del combate, ni se dio muerte ni se desterró a ninguno, porque con esta condición se entregó la ciudad y también con la de que a nada que fuese de ellos se había de tocar. Por esta razón, defendiéndose Anaxilao de la causa sobre traición que se le movió en Lacedemonia, hizo ver en su discurso que no tenía por qué avergonzarse de lo hecho: porque dijo que no siendo Lacedemonio, sino Bizantino, viendo en peligro, no a Esparta, sino a Bizancio, hallándose su ciudad cercada de manera que nadie podía entrar, y consumiendo los Peloponenses y Beocios todos los víveres que había en la ciudad, mientras que los Bizantinos fallecían de hambre con sus mujeres y sus hijos, no le pareció que cometía traición con la entrega, sino que redimía a su ciudad de la guerra y de los males que padecía, imitando en esto a los más ilustres de la Lacedemonia, para quienes sólo es honesto y justo lo que es en provecho de la patria. Los Lacedemonios, a este razonamiento, cedieron con respeto y absolvieron a los acusados.

XXXII.— Alcibíades, teniendo ya deseo de volver a ver a Atenas, y más todavía de ser visto de los ciudadanos, después de haber vencido tantas veces a los enemigos, dio la vela con esta dirección, yendo las galeras áticas adornadas en derredor con muchos escudos y despojos, llevando a remolque muchas naves tomadas y ostentando en mayor número todavía las banderas de las que habían sido vencidas y echadas a pique, que entre unas y otras no bajaban de doscientas. Mas lo que añade a esto Duris de Samo, que se da por descendiente de Alcibíades, diciendo que Crisógono, coronado en los juegos píticos, les llevaba la cadencia a los remeros con la flauta; que daba las órdenes Calípides, actor de tragedias, adornado de un rico vestido, con el manto real y todo el demás aparato de teatro, y que la capitana entró en el puerto con una vela de púrpura, como si viniera de un convite bacanal, no lo refiere ni Teopompo, ni Éforo, ni Jenofonte; además de que no es de creer que se presentara a los Atenienses con tan insolente lujo, volviendo del destierro, y después de haber pasado tantos trabajos. Antes, entró temeroso, y estando ya en el puerto, no saltó en tierra hasta que, hallándose sobre cubierta, vio que iba a presentársele su primo Euriptólemo y muchos de sus amigos y deudos, que, yendo a recibirle, le estaban llamando. Luego que estuvo en tierra, cuantos iban al encuentro ni siquiera parece que veían a los otros generales, sino que, puesta la vista en él, le aclamaban, le saludaban, le acompañaban, y acercándosele le ponían coronas; los que no podían llegarse a él le miraban de lejos, y los ancianos se lo mostraban a los jóvenes. Con aquel gozo de la ciudad se mezclaron también muchas lágrimas, y la memoria, en tanta prosperidad, de las pasadas desgracias, haciendo cuenta de que ni habrían dejado de tomar la Sicilia, ni les habría salido mal nada de lo que se prometían si hubieran dejado a Alcibíades el mando en aquellas empresas y sobre aquellas fuerzas; pues que aun ahora, tomando a su cargo la ciudad desposeída casi del todo del mar y dueña en la tierra apenas de sus arrabales, dividida además y sublevada contra sí misma, levantándola en tan débiles y apocadas ruinas no solamente le había restituido el imperio del mar, sino que hacía ver que también por tierra doquiera había vencido a sus enemigos.

XXXIII.— Sancionóse primeramente el decreto de su vuelta a propuesta de Cricias hijo de Calescro, como él mismo lo escribió en sus elegías, recordando así a Alcibíades este favor:

Yo el decreto escribí para tu vuelta,
y en junta le propuse: obra fue mía.
Mi lengua fuera quien le impuso el sello.

Reuniéndose entonces el pueblo en junta, se presentó Alcibíades; quejóse y lamentóse de sus desgracias, sin hacer más que culpar ligera y blandamente al pueblo, atribuyéndolo todo a su mala suerte y a algún genio envidioso, y concluyendo con darles grandes esperanzas contra los enemigos e inspirarles aliento y confianzas; lo coronaron con coronas de oro y le nombraron generalísimo sin restricción, juntamente de tierra y de mar. Decretóse asimismo que se le restituyesen sus bienes y que los Eumólpidas y heraldos levantasen las imprecaciones que habían pronunciado de orden del pueblo. Levantáronlas los demás; pero el hierofantes Teodoro respondió: «Yo ninguna imprecación hice contra él, si en nada ha ofendido a la ciudad».

XXXIV.— Aunque procedían con tan brillante prosperidad las cosas de Alcibíades, a algunos les causó inquietud el momento de la vuelta, porque en el día de su arribo se hacían las purificaciones o lavatorios en honor de la Diosa. Celebran las sacrificantes estas orgías arcanas en el día 25 del mes Targelión, quitando todo el ornato y cubriendo la imagen, por lo que los Atenienses cuentan este día de cesación de todo trabajo entre los más aciagos. Parecía, pues, que la Diosa no recibía con amor y benignidad a Alcibíades, sino que se le encubría y lo apartaba de sí.

Sin embargo, habiéndole sucedido todo según su deseo, y hecho equipar cien galeras, que iban a salir otra vez al mar, le asaltó en esto una cierta ambición generosa y le detuvo hasta el tiempo de los misterios, por cuanto desde que se muró a Decelea y los enemigos se apoderaron de los caminos de Eleusis, ningún aparato había tenido la iniciación, siendo preciso ir por mar, y así los sacrificios, los coros y muchas de las ceremonias propias de camino cuando se invoca a Iaco se habían omitido por necesidad. Parecióle, por tanto, a Alcibíades que ganarían en piedad respecto de la Diosa y en gloria respecto de los hombres, dando a la solemnidad la forma antigua, acompañando por tierra la pompa de la iniciación y pasando las ofrendas por entre los enemigos, porque, o haría estarse enteramente quieto a Agis, pasando por esta humillación, o pelearían una guerra sagrada y agradable a los Dioses por las cosas más santas y más grandes a la vista de la patria, teniendo a todos los ciudadanos por testigos de su valor. Luego que se decidió por esta idea y dio parte de ella a los Eumólpidas y a los heraldos, puso centinelas en las alturas, y desde el amanecer envió algunos correos. Tomando después consigo a los sacerdotes, a los iniciados y a los iniciadores, y ocultándolos con las armas, los condujo con aparato y sin ruido: dando en esta especie de expedición un espectáculo augusto y religioso, al que daban los nombres de procesión sagrada, propia de los santos misterios, los que estaban exentos de envidia. Ninguno de los enemigos osó oponerse; y habiendo hecho la vuelta con igual seguridad, él mismo se engrió en su ánimo, y llenó de tanto orgullo al ejército, que se miraba como incontrastable e invencible bajo tal caudillo. A los jornaleros y a los pobres se los atrajo de manera que concibieron un violento deseo de que dominara solo, diciéndoselo así algunos y acercándose a él para exhortarle a que, despreciando la envidia, se sobrepusiera a los decretos, a las leyes y a los embelecadores que perdían la ciudad, para poder obrar y manejar los negocios como le pareciese, sin temor de calumniadores.

XXXV.— Cuál hubiese sido su modo de pensar acerca de esta propuesta de tiranía, no puede saberse; pero habiendo los principales ciudadanos concebido miedo, dieron calor a que se embarcara cuanto antes, concediéndole todo lo demás y los colegas que quiso.

Partiendo, pues, con las cien galeras, y tocando en Andro, venció, sí, en batalla a los habitantes y a cuantos Lacedemonios allí había, pero no tomó la ciudad; y éste fue el primero de los cargos de que se valieron contra él sus enemigos. Y en verdad que parece haber sido Alcibíades más que otro alguno víctima de su propia gloria y reputación; porque siendo muy grande y muy acreditado de valor y prudencia por tantos prósperos sucesos, lo que no conseguía lo hacía sospechoso de que no ponía eficacia, no queriendo creer que era no haber podido; pues que con la diligencia nada había de desgraciársele; por tanto, esperaba la noticia de que había sujetado a los de Quío y toda la Jonia, y se indignaban de que no se les diese todo concluido con la presteza y celeridad que apetecían, no parándose a considerar su falta de fondos, a causa de la cual, habiendo de hacer la guerra a hombres que tenían al rey por su mayordomo, se veía muchas veces precisado a navegar y abandonar el ejército para asistirle con las pagas y los víveres, porque el último cargo dimanó de la siguiente causa. Enviado Lisandro por los Lacedemonios con el mando de la armada, y dando de paga a los marineros cuatro óbolos en lugar de tres del dinero que tomó de Ciro, Alcibíades, que ya penosamente les acudía con los tres óbolos, tuvo que marchar a Caria a recoger alguna suma. Antíoco, que fue el que quedó con el mando de las naves, era buen marino, pero necio por lo demás y de ningún provecho; y aunque Alcibíades le dejó prevenido que de ningún modo combatiese, aun cuando le buscasen los enemigos, de tal modo se insolentó y tuvo en poco aquella orden, que equipando su galera y una de otro de capitán, se fue la vuelta de Éfeso, y haciendo y diciendo mil sandeces e insultos, se metió por entre las proas de las naves enemigas. Al principio Lisandro, yéndose a él, se puso a perseguirle con pocas naves; pero cuando vinieron en auxilio de aquel los Atenienses con todas las suyas, pasando adelante, deshizo al mismo Antíoco, le tomó muchas naves y gente y levantó un trofeo. Luego que Alcibíades oyó lo sucedido, volviendo a Samo, marchó con todas sus fuerzas y provocó a Lisandro; pero éste, contento con su victoria, no quiso hacerle frente.

XXXVI.— Siendo entre los que en el ejército miraban mal a Alcibíades el mayor enemigo suyo Trasíbulo, hijo de Trasón, marchó a Atenas para acusarle; y acalorando a los que allí tenía, hizo entender al pueblo que Alcibíades había desgraciado los negocios de la república y perdido las naves por abusar de la autoridad, dando el mando a hombres que con francachelas y con las fanfarronadas propias de los marinos granjeaban todo su favor, para que él, andando de una parte a otra, pudiera enriquecerse y entregarse a sus desórdenes en el beber y liviandades con sus amigas abidenas y jonias, sin embargo de navegar bien cerca los enemigos. Culpábanle asimismo de la prevención de la muralla que habían hecho construir en Tracia a la parte de Bisanta, para refugio suyo, por no poder o no querer vivir en la patria. Arrastrados de estas inculpaciones los Atenienses, eligieron otros generales, poniendo de manifiesto su encono y malignas ideas contra Alcibíades; el cual, luego que lo entendió, por temor se retiró en un todo del ejército, y haciendo recluta de extranjeros, se dedicó a hacer la guerra por su cuenta a los Tracios, que no reconocían rey, y allegó mucho caudal de los que sojuzgó, poniendo al mismo tiempo a los Griegos establecidos por aquellos contornos en plena seguridad de parte de los bárbaros.

Con todo, más adelante, cuando los generales Tideo, Menandro y Adimanto, que con todas las naves que les habían quedado a los Atenienses estaban en el puerto de Egos Pótamos, solían ir todas las mañanas muy temprano en busca de Lisandro, surto con las naves de los Lacedemonios en Lámpsaco para provocarle, y volviéndose después al mismo puesto, pasaban el día desordenada y descuidadamente como despreciando a éstos, Alcibíades, que se hallaba cerca, no lo miró con indiferencia y abandono, sino que, montando a caballo, advirtió a los generales que estaban mal apostados en un país que carecía de puertos y de ciudades, forzados a hacer provisiones en Sesto, que les caía muy lejos, y teniendo en tanto abandonada la tripulación en tierra, yéndose cada uno y esparciéndose por donde le daba la gana, cuando tenían al frente la escuadra enemiga, acostumbrada a ejecutar sin rebullirse cuanto manda un hombre solo.

XXXVII.— Hízoselo así presente Alcibíades, y les persuadió que trasladaran sus fuerzas a Sesto; pero los generales no le dieron oídos, y aun Tideo le ordenó con expresiones injuriosas que se retirase, porque no era él, sino ellos mismos, quienes tenían el mando; con lo que se retiró Alcibíades, no sin formar de ellos alguna sospecha de traición, y diciendo a los que le acompañaban desde el campamento, por ser sus conocidos, que, a no haber sido tan ignominiosamente despedido por los generales, en breves días hubiera puesto a los Lacedemonios en la precisión de combatir contra su voluntad o de abandonar las naves. Algunos lo graduaron de jactancia, mas a otros les pareció que iba muy fundado, si su ánimo era llevar por tierra muchos de los soldados tracios, tiradores y de a caballo, y acometer y poner con ellos en desorden el campo enemigo. Por de contado que adivinó y predijo acertadamente los errores de los Atenienses; bien pronto lo acreditó el suceso: porque viniendo sobre ellos repentina e inesperadamente Lisandro, sólo ocho naves se salvaron con Conón; todas las demás, que eran muy cerca de doscientas, cayeron en poder de los enemigos; y de las tropas, a unos tres mil hombres que Lisandro tomó vivos, a todos los pasó al filo de la espada. Tomó también a Atenas de allí a poco, incendió sus naves y destruyó la llamada larga muralla.

En vista de esto, temiendo Alcibíades a los Lacedemonios, que dominaban por tierra y por mar, se trasladó a Bitinia, haciendo conducir y llevando consigo inmensa riqueza y dejando todavía mucha más en la ciudad de su residencia. Perdió también después en Bitinia gran parte de sus bienes, robado de los Tracios de aquella parte, por lo que determinó ir a ponerse en manos de Artajerjes, pensando que, si llegaba el caso, haría al rey servicios no inferiores en sí a los de Temístocles y más recomendables en su objeto, porque no se emplearía, como aquel, contra sus ciudadanos, sino que en favor de la patria y contra sus enemigos trabajaría e imploraría el poder del rey. Juzgando, empero, que por medio de Farnabazo sería más seguro su viaje, se encaminó hacia él a la Frigia, donde en su compañía se detuvo, obsequiándole y siendo de él honrado.

XXXVIII.— Era muy sensible a los Atenienses verse despojados del imperio y superioridad; pero después que Lisandro los privó además de la libertad, poniendo la ciudad en manos de los Treinta Tiranos, aquellas reflexiones que no les ocurrieron cuando les habrían servido para su salud las hicieron entonces, cuando todo estaba perdido, con lamentaciones y quejas, trayendo a la memoria sus errores y desaciertos y teniendo por el mayor este segundo encono que habían concebido contra Alcibíades, porque fue depuesto del mando cuando él mismo en nada había faltado y sólo porque se habían incomodado con un subalterno que ignominiosamente había perdido unas cuantas naves, con mayor ignominia habían privado a la ciudad del más esforzado y experimentado de sus generales. Con todo, aun en medio de las calamidades que los rodeaban, entreveían una sombra de esperanza de que del todo no caería la república mientras Alcibíades existiese; porque si antes, cuando fue desterrado, no pudo sufrir el vivir en el ocio y en el reposo, tampoco ahora, a no estar del todo imposibilitado, llevaría con paciencia que los Lacedemonios les hicieran agravios y que los treinta los trataran con vilipendio. Ni era extraño que a estos sueños se entregaran los demás, cuando los mismos treinta no se aquietaban sin pensar e inquirir sobre él y sin mover frecuente conversación de lo que hacía y de lo que pensaba. Últimamente, Cricias hizo entender a Lisandro que, no viviendo en democracia los Atenienses, podía tenerse por seguro el imperio de los Lacedemonios sobre la Grecia, pero que por más sumisos y obedientes que se mostrasen a la oligarquía, mientras Alcibíades viviese no los dejaría permanecer quietos en el orden establecido. Sin embargo, para que Lisandro accediese a estas sugestiones, fue al fin preciso que viniera de Esparta una orden por la que se le mandaba que se quitara a Alcibíades del medio, bien fuera porque temiesen su actividad y grandeza de alma, o bien porque quisieran complacer a Agis.

XXXIX.— Cuando Lisandro envió a Farnabazo la orden para la ejecución, y éste la cometió a su hermano Mageo y a su tío Susamitres, hizo la casualidad que Alcibíades se hallaba en cierta aldea de Frigia, teniendo en su compañía a Timandra, que era una de sus amigas. Había tenido entre sueños esta, visión: parecíale que se había adornado con los vestidos de su amiga, y que ésta, reclinando él la cabeza en sus brazos, le adornaba el rostro como el de una mujer, pintándolo y alcoholándolo. Otros dicen que vio en sueños a Mageo y los de su facción que le cortaban la cabeza y quemaban su cuerpo; mas todos convienen en que tuvo la una o la otra visión poco antes de su muerte. Los que fueron enviados contra él no se atrevieron a entrar en la casa, y lo que hicieron fue, apostándose alrededor de ella, pegarle fuego. Sintiólo Alcibíades, y recogiendo muchos vestidos y otras ropas los echó en el fuego, y rodeándose a la mano izquierda su manto, con la diestra desenvainó la espada, y pasando con la mayor intrepidez por encima del fuego antes que se hubiesen encendido las ropas, con sólo presentarse dispersó a los bárbaros, porque ninguno de ellos tuvo valor para aguardarle ni lidiar con él, sino que desde lejos le lanzaban saetas y dardos. Traspasado de ellos cayó finalmente muerto. Después que los bárbaros se marcharon, Timandra recogió el cadáver, y envolviéndole en las ropas de ella, le hizo el funeral y honrosas exequias que las circunstancias permitían. Dícese que fue hija de ésta la célebre Lais, llamada Corintia, tomada cautiva en Hícaros, aldea de la Sicilia.

Otros escritores hay que refieren de diferente modo el acontecimiento de la muerte de Alcibíades, diciendo que no tuvieron la culpa de ella ni Farnabazo, ni Lisandro, ni los Lacedemonios, sino que habiendo el mismo Alcibíades seducido una mozuela de una familia conocida suya y reteniéndola consigo, los hermanos, que sentían vivamente esta afrenta, dieron por la noche fuego a la casa en que vivía Alcibíades y le asaetearon, como se ha dicho, cuando salía por medio de las llamas.

GAYO MARCIO CORIOLANO

I.— Muchos varones ilustres dio a Roma la familia patricia de los Marcios, de cuyo número fue Gayo Marcio, nieto de Numa por su madre, y elegido rey después de Tulo Hostilio. Eran asimismo Marcios Publio y Quinto, que trajeron a Roma el agua mejor y más copiosa, y Censorino, a quien dos veces nombró censor el pueblo y a cuya persuasión después propuso y estableció ley para que a ninguno le fuera permitido obtener dos veces esta magistratura. El Gayo Marcio de quien vamos a escribir, educado por la madre a causa de haber quedado huérfano de padre, hizo ver que, si bien la orfandad trae otros males, no estorba empero que pueda alguno hacerse hombre virtuoso y aventajado a los demás, aunque por otra parte dé motivo de queja y reprensión contra ella a los viciosos, como que es quien por el descuido los echa a perder. Acreditó también este Marcio que aun en aquellos de un natural excelente, por más generoso y bien inclinado que éste sea, si le falta la instrucción, al lado de las buenas cualidades produce otras malas, como en la agricultura un fértil terreno que se deja sin cultivo. Porque aquella resolución y entereza de ánimo para todo produjo grandes y muy activos conatos; pero el ser, por otra parte, vehemente e irreductible en la ira, le hizo desabrido y poco asequible al trato con los demás hombres; por tanto, al mismo tiempo que admiraban en él su impasibilidad respecto de los placeres, de los trabajos y del atractivo de las riquezas, a la cual le daban los nombres de templanza, justicia y fortaleza, teníanle para las conferencias políticas por altanero, molesto y mal sufrido; porque el mejor fruto que los hombres sacan del trato con las musas es que por medio de la elocuencia y la doctrina se suaviza la natural índole, reduciéndola en todo a la justa medianía y desarraigando lo superfluo. En Roma, en aquella época principalmente, era ensalzada la virtud que sobresale en los hechos de armas y de la milicia, y prueba de ello es que a toda virtud no le dieron sino sola la denominación de la fortaleza, haciendo nombre común del género el que a la fortaleza le era propia y peculiar.

II.— Dominaba entre las demás pasiones de Marcio la de la guerra, y así desde niño empezó a manejar las armas; y, juzgando que de nada les sirven las armas de afuera a los que no tienen bien adiestrada y dispuesta el arma innata e ingénita, que es el cuerpo, de mal modo ejercitó el suyo para toda especie de lid, que en el correr era sumamente ligero, y para tenerse firme en la lucha y en los combates casi invencible; por tanto, los que contendían con él en fortaleza y virtud, siéndole en ellas inferiores, echaban la culpa a la robustez de su cuerpo, que era invencible e incapaz de doblarse con trabajo alguno.

III.— Militó por la primera vez siendo todavía jovencito, cuando Tarquino, el rey de Roma, desposeído ya del trono, después de muchas batallas y derrotas echó, se puede decir, el resto, y vinieron en su auxilio, haciendo causa común contra Roma los más de los Latinos y muchos de los pueblos de Italia, no menos en obsequio de aquel, que por envidia y deseo de contener los progresos de la grandeza romana. En aquella batalla, que por una y otra parte estuvo muy varia e incierta, peleaba Marcio con gran denuedo a la vista del Dictador, y viendo caer a su lado a un romano, no le abandonó, sino que se puso delante de él, y acometiendo al enemigo que lo acosaba, le dio muerte. Después de la victoria, fue uno de los primeros a quienes el general ornó con una corona de encina, porque ésta fue la corona que señaló la ley al que salvaba un ciudadano: bien fuera porque tuviesen en veneración la encina a causa de los Árcades, denominados comedores de bellotas por un oráculo del dios, bien porque siempre y en todas partes tienen los que militan copia de encinas, o bien porque siendo de encina la corona de Júpiter social creyesen que ésta era la que más propiamente debía darse por la salvación de un ciudadano. Es además la encina el árbol de más copioso fruto entre los silvestres y el de madera más sólida entre los cultivados. Era también alimento la bellota que de ella proviene, y bebida el melicio; y daba además carne de fieras y de aves, proveyendo de un instrumento para la caza, que es la liga. Dícese que en esta batalla se aparecieron los Dioscuros, y que después de ella se les vio, con los caballos goteando de sudor, dar la noticia en la plaza, en el sitio junto a la fuente donde está edificado su templo: de donde proviene que en el mes de julio el día de los idus, que es fiesta triunfal, está consagrado a los Dioscuros.

IV.— La nombradía y los honores dispensados a los jóvenes, en los que son de índole ligeramente ambiciosa, vienen a ser, a lo que parece, una cosa temprana que apaga su espíritu y llena pronto su sed, dejándola fácilmente satisfecha; pero a los de ánimo altivo y resuelto los honores los elevan y encienden, impeliéndolos, a manera del viento, a lo que les parece honesto: porque no los reciben como salario, sino que más bien son una nueva prenda que dan de que se avergonzarán de frustrar la esperanza que de ellos se tiene y de no hacerla correr con iguales hechos a los anteriores. Siendo de este carácter Marcio, sólo trataba de emularse a sí mismo en el valor, aspirando a mostrarse cada día nuevo en sus proezas, a merecer premios sobre premios y ganar despojos sobre despojos: yendo a competencia en cuanto a honrarle los últimos generales con los primeros y queriendo excederlos en sus demostraciones, así es que de tantas guerras y lides como las que entonces tuvieron que sostener los Romanos, de ninguna volvió sin corona y sin premio. Para los demás era la gloria el fin de su virtud; Marcio, en cambio, aspiraba a ella para que su madre tuviera de qué regocijarse: por cuanto el que ésta oyese sus alabanzas, el que le viera volver coronado y el abrazarla cuando vertía lágrimas de gozo, le parecía que acrecentaba sus honores y su felicidad. Estos mismos sentimientos se dice por su confesión propia haber sido los de Epaminondas, que tuvo por la mayor de sus satisfacciones el que su padre y su madre hubiesen visto en vida su generalato y su victoria en la jornada de Leuctras; sino que éste disfrutó el placer de ver a padre y madre alegrarse y congratularse juntos: pero Marcio, creyendo que debía a Volumnia una gratitud doblada, no se aquietó con regocijarla y honrarla, sino que tomó mujer enteramente a su gusto y habitó siempre, aun teniendo ya hijos, en la misma casa con la madre.

V.— Era ya grande por su virtud la fama y el poder de Marcio cuando ocurrió que el Senado, favoreciendo a los ricos, puso en estado de sedición a la plebe, que se quejaba de los muchos e insufribles agravios que los logreros le irrogaban, pues a los medianamente acomodados los despojaban de cuanto tenían, tomándoles prendas y vendiéndolas, y respecto de los enteramente pobres, se apoderaban de las personas, aprehendiendo sus cuerpos cubiertos de cicatrices de las heridas y golpes recibidos en los encuentros y batallas sostenidos por la patria. La última de éstas había sido con los Sabinos, para la cual los ricos habían ofrecido ser en adelante más moderados, y el Senado había designado al cónsul Marcio Valerio por fiador de esta promesa. Mas como después de haber peleado denodadamente en esta batalla y haber vencido a los enemigos, en nada hallasen más equitativos a los logreros, ni el Senado diera muestras de acordarse de lo que estaba convenido, sino que antes viese con indiferencia que los atropellaban y encadenaban, suscitáronse en la ciudad grandes y temibles alborotos. Venida a noticia de los enemigos esta inquietud de la plebe, no se descuidaron en invadir a hierro y fuego la comarca; y aunque los cónsules dieron la orden de tomar las armas a todos los que se hallaban en edad designada, nadie la obedeció. Dividiéronse con esto otra vez los pareceres de los que servían las magistraturas, siendo unos de dictamen de que se condescendiera con los pobres y se relajara el excesivo rigor de las leyes, y opinando otros muy al contrario, de cuyo número era Marcio, el cual no daba por cierto gran valor a los intereses, pero clamaba por que se contuviera y apagara aquel principio y tentativa de insulto y osadía de una muchedumbre insubordinada a las leyes.

VI.— Celebráronse sobre esto frecuentes senados, y como en ellos nada se concluyese, sublevándose de repente los pobres y excitándose unos a otros, abandonaron la ciudad y se retiraron al monte que ahora se llama Sacro, fijándose junto al río Anio, sin cometer acto alguno de violencia o sedición, y gritando solamente ser antiguo en los ricos el estarlos arrojando de la ciudad, y que el aire, el agua y algunos pies de tierra en que sepultarse, que era lo único que disfrutaban con habitar en Roma, fuera del recibir heridas y la muerte peleando a favor de los ricos, lo hallarían fácilmente en cualquier parte. Llenó esta ocurrencia de recelo al Senado, que por tanto les mandó en embajada a los más moderados y populares entre los Senadores. Llevaba la voz Menenio Agripa, que a un mismo tiempo usó de ruegos con la plebe y habló francamente sobre la conducta del Senado, viniendo a concluir con una especie de fábula su exhortación v amonestamiento. Porque les refirió que en cierta ocasión los miembros todos del cuerpo humano se rebelaron contra el vientre, y le acusaron de que, estándose él solo ocioso y sin contribuir en nada con los demás, todos trabajaban y desempeñaban sus respectivos ministerios, precisamente por contenerle y satisfacer sus apetitos; y que el vientre se había reído de su simpleza, porque no echaban de ver que si tomaba para sí todo el alimento, era para distribuirlo después y dar nutrición a los demás. «Pues de esta misma manera, continuó, se conduce con vosotros, oh ciudadanos, el Senado: porque a vosotros refiere cuantos consejos y negocios se ofrecen y con vosotros reparte cuanto hay de útil y provechoso».

VII.— Reconciliáronse con esto, pidiendo al Senado y concediéndoseles que se eligiesen cinco ciudadanos en defensores suyos, que son los que ahora se llaman tribunos de la plebe. Fueron nombrados los primeros los que los habían acaudillado en el levantamiento, Junio Bruto y Sicinio Beluto. Luego que la ciudad volvió a no ser más que un cuerpo, al punto acudió a las armas la muchedumbre y se presentó a los jefes muy presta y decidida a marchar a la guerra. No estaba contento Marcio con el ventajoso partido que había sacado la plebe, habiendo tenido que ceder la aristocracia, y observaba que como él sentían muchos de los patricios: excitábalos, por lo tanto, a no quedar inferiores a los plebeyos en las lides que peleaban por la patria, sino hacer ver que en la virtud, más bien que en el poder, les hacían ventaja.

VIII.— En la nación de los Volscos, que era contra la que tenían la guerra, la ciudad de Coriolos gozaba de la mayor nombradía; dirigiéndose, pues, contra ella el cónsul Cominio, se alarmaron los demás Volscos y corrieron de todos lados en su auxilio, con la mira de pelear en defensa de la ciudad y de atacar por dos partes a los enemigos. Tuvo Cominio que dividir sus fuerzas, y como marchase en persona contra los Volscos que le cargaban en campo abierto, dejando para mantener el cerco a Tito Larcio, varón muy principal entre los Romanos, tuvieron los Coriolanos en poco las fuerzas que quedaban; por lo que, haciendo una salida y trabando combate, al principio lograron ventajas y persiguieron a los Romanos hasta su campamento. Desde él acudió Marcio con bien poca gente, y arrollando a los que más se le oponían, y haciendo contenerse a los que venían en pos de ellos, llamó a grandes voces a los Romanos: porque era un soldado tal cual lo deseaba Catón, no sólo por la mano y por el golpe, sino también por el tono de la voz y la fiereza del rostro, temible en el encuentro y aterrador del enemigo. Reuniéronsele ya muchos y pusiéronse a su lado, con lo que, acobardados los enemigos, volvieron la espalda; pero él, no dándose por contento, los persiguió y atropelló, llevándolos en desorden hasta las puertas. Puesto ya allí, aunque vio a muchos de los suyos cesar en la persecución por la copia de dardos que lanzaban de las murallas, no cabiéndole a nadie en la imaginación el pensamiento de meterse envueltos con los enemigos en una ciudad llena de hombres aguerridos y que estaban sobre las armas, esto no obstante, él insistía y los alentaba, gritando que la fortuna más bien había abierto la entrada de la ciudad a los perseguidores que a los perseguidos. Siguiéronle muy pocos, con los que se arrojó a las puertas y se metió por entre los enemigos, no habiendo por lo pronto quien osase resistirle ni sostener su ímpetu. Cuando luego echó, dentro, de ver cuán en corto número eran los que habían de auxiliarle y combatir a su lado, y mezclados confusamente amigos y enemigos, dícese que sostuvo, de acuchillar y herir, de acudir prestamente a todas partes y de mostrar el ánimo más arrojado, una increíble pelea en la ciudad, y que venciendo a cuantos acometía, ahuyentando a unos a los últimos extremos, y obligando a otros a arrojar lar armas, dio oportunidad a Larcio para venir con los Romanos que habían quedado a la parte de afuera.

IX.— Tomada de esta manera la ciudad, los más se entregaron a la rapiña y al saqueo de las casas: indignóse Marcio y los reprendía, pareciéndole cosa intolerable que mientras el cónsul y los ciudadanos que con él se hallaban, quizá venían a las manos y combatían con los enemigos. ellos por codicia los abandonasen, o bajo la especie de enriquecerse se sustrajesen al peligro. Fueron en corto número los que le dieron oídos, y él, tomando consigo a los que quisieron seguirle, marchó por el camino que entendió había llevado el ejército, inflamando unas veces a sus soldados y exhortándolos a no abatirse, y haciendo otras veces plegarias a los Dioses para que no le privasen de la gloria de hallarse en la batalla, y antes le concediesen llegar en la oportunidad de, combatir y partir los riesgos con sus conciudadanos. Tenían entonces la costumbre los Romanos, al formarse para entrar en acción, de embrazar los escudos, ceñirse la toga y hacer testamentos no escritos, nombrando ante tres o cuatro camaradas su heredero. Cuando en esta disposición se hallaban los soldados, teniendo ya a la vista los enemigos. sobrevino Marcio. Y lo que es al principio dio que temer a algunos, presentándose con unos pocos cubiertos de sangre y de sudor; pero después que prestamente y con semblante alegre se fue hacia el cónsul alargándole la diestra y le dio cuenta de cómo había tomado la ciudad, Cominio le echó los brazos y le saludó con ósculo; y de los demás, a los que se enteraron del suceso les inspiró confianza, y aliento a los que sólo lo conjeturaron; por lo que gritaron todos que se les llevara a los enemigos y se trabara batalla. Preguntó entonces Marcio a Cominio con qué orden estaban dispuestas las diferentes armas de los enemigos y dónde habían colocado las tropas escogidas. Díjole éste que en su entender ocupaban el centro los tercios de los de Ancio, gente muy aguerrida y que a nadie cedía en valor. «Ruégote, pues, le contesto Marcio, y encarecidamente te suplico, que nos coloques frente a ellos»; y el cónsul se lo concedió, admirado de semejante decisión. Apenas comenzaron a herirse con las lanzas, se adelantó contra los enemigos Marcio, y los Volscos que estaban a su frente no pudieron resistirle, sino que la falange, por la parte por donde él acometió, fue al punto rota. Mas como entonces los de uno y otro costado hiciesen una conversión y dejasen a Marcio cerrado entre sus armas, lleno de cuidado el cónsul mandó a los más esforzados en su auxilio, y trabada en rededor de Marcio una recia pelea, en la que en breve fueron muchos los muertos, cargando aquellos con ímpetu y fuerza rechazaron a los enemigos, en cuya persecución se pusieron luego, rodeando a Marcio, al que veían rendido de cansancio y de heridas, que se retirase al campamento; pero respondiéndoles que nunca se cansa el que vence, cargó también sobre los fugitivos. Todo lo restante del ejército fue igualmente deshecho, siendo grande así el número de muertos como el de prisioneros.

X.— Al día siguiente, habiéndose presentado Marcio y concurrido gran muchedumbre ante el cónsul, subió éste a la tribuna, y hecha de los Dioses la debida conmemoración por tamañas prosperidades, volvió ya a Marcio su discurso. Hizo de él en primer lugar un magnífico elogio, habiendo sido espectador de muchas de sus acciones en la batalla, y habiéndole informado Marcio de las demás; y luego, habiendo sido muy grande la presa en riquezas, en caballos y en hombres, le dio orden de que tomase de cada especie de cosas diez. antes de hacerse la distribución a los demás, y separadamente por prez del valor le regaló un caballo enjaezado. Aprobáronlo los Romanos; pero Marcio, adelantándose, respondió que el caballo lo recibía, y le eran muy gratos los elogios del general: pero en cuanto a las demás cosas, mirándolas más bien como salario que corno honor, las renunciaba, contento con entrar como uno de tantos al reparto: con todo, que una sola gracia especial pedía y les rogaba se la otorgasen. «Tenía, dijo, entre los Volscos un huésped y amigo, hombre de probidad y moderación: éste ha sido ahora hecho prisionero, y de rico y feliz que antes era, ha venido a ser esclavo; mas entre tantos males como le agobian, de uno sólo es menester aliviarle, que es de ser vendido en la almoneda». Al oír tal propuesta todavía fue mayor la gritería de todos en loor de Marcio, y muchos los que admiraron más su desprendimiento en punto a intereses, que su ardimiento en los combates: de manera que aun a aquellos en quienes había algo de emulación y envidia por los distinguidos honores que se le tributaban les pareció digno de los mayores premios, por el mismo hecho de rehusarlos; y en más tenían la virtud con que los despreciaba, que no aquella con que los había ganado; porque es más laudable saber usar bien de las riquezas que de las armas, y más glorioso que el usar bien de aquellas el no desearlas ni haberlas menester.

XI.— Luego que entró la muchedumbre cesó el alboroto y la gritería, volvió a tomar la palabra Cominio, y dijo: «En cuanto a esos otros dones, oh camaradas, no hay como precisar a Marcio, si no los admite o rehusa recibirlos: obsequiémosle, pues, con aquel que concedido no pueda desecharle, y resolvamos que tome el nombre de Coriolano, si es que ya su misma hazaña no se le dio». Y desde entonces tuvo el de Coriolano por el tercero de sus nombres: con lo que se pone más de manifiesto que entre éstos Gayo era el nombre propio, y que el segundo era el de la casa y familia, esto es, el de Marcio. El que usó ya en adelante fue el tercero, que se añadía por una acción, por un acaso, por la figura, o por alguna virtud, al modo que los Griegos por una hazaña imponían el sobrenombre de Sóter y de Calinico; por la figura el de Fiscón y Gripo; por la virtud el de Evérgetes y Filladelfo, y por la dicha el de Eudemón al segundo de los Batos. En algunos de los reyes los motes mismos pasaron a ser nombres, por los que fuesen conocidos, como en Antígono el de Dosón, y en Tolomeo el de Látiro. Todavía fue más común a los Romanos usar de este género de sobrenombres, llamando Diademado a uno de los Metelos, porque, habiendo tenido por largo tiempo una llaga, salía a la calle con una venda en la frente; y a otro Céler o Pronto, porque dispuso en muy pocos días el dar solemnes juegos en el funeral de su difunto padre, manifestando así la admiración que les causó la prontitud y ligereza de aquellos preparativos. A algunos, por el caso ocurrido en su nacimiento, los llaman aun hoy Próculo al que nace estando su padre ausente; Póstumo cuando el padre ha muerto; y al que habiendo nacido mellizo se le muere el hermano, Vopisco. Por los motes y apodos no sólo dan los sobrenombres de Silas, Nigros, Rufos, sino también los de Cecos y Claudios: acostumbrando muy juiciosamente a no tener por tacha o afrenta la ceguera o alguna otra desgracia y falta corporal, sino a ponerlas por nombre propio del que las sufre. Mas esto pertenece a tratado diferente.

XII.— Terminada la guerra, volvieron los tribunos a suscitar otra vez la sedición, no porque tuviesen nueva causa o motivo justo de queja, sino haciendo que les sirvieran de pretexto contra los patricios los males que necesariamente debieron seguirse a sus primeras inquietudes y disensiones. La mayor parte del terreno se quedó, en efecto, por sembrar e inculto, y no hubo oportunidad con motivo de la guerra para hacer prevención de trigo forastero. Sobrevino, por tanto, una suma carestía, y viendo los tribunos que la plebe estaba absolutamente falta de abastos, y que aun cuando los hubiese de venta no tenían con qué comprarlos, echaron la calumniosa voz contra los ricos de que por pura malignidad les habían atraído aquella hambre. Entre tanto, vino embajada de los de Veletri, ofreciendo entregar la ciudad y pidiendo se enviasen allá colonos, porque una enfermedad pestilente que los había afligido había hecho tal ruina y destrozo de hombres, que apenas le habría quedado la décima parte de su población. Parecióles a los hombres de juicio que había venido muy oportuna y sazonadamente esta demanda de los Velitranos en ocasión en que, necesitando de algún alivio a causa de la escasez, concebían la esperanza de calmar la sedición con limpiar la ciudad de lo más revuelto y más acalorado de los tribunos, como de una superfluidad nociva e incómoda. Escogiendo, pues, a éstos los cónsules, formaron con ellos la colonia y la enviaron, y a los demás les intimaron la necesidad de militar contra los Volscos; preparando así una distracción de las turbaciones civiles, y pensando que, reunidos con las armas en el campamento y en los comunes combates, los ricos, juntamente con los pobres, y los plebeyos con los patricios, se mirarían recíprocamente entre sí con mayor mansedumbre y dulzura.

XIII.— Oponíanse principalmente los tribunos Sicinio y Bruto, diciendo a gritos que se quería disfrazar la cosa más inhumana con uno de los nombres más benignos, pues era como echar al Tártaro a los pobres, hacerles marchar a una ciudad llena de un aire enfermizo y de cadáveres insepultos y enviarlos a la mansión de un Genio extranjero y maléfico, y como si esto no fuera bastante, que a unos ciudadanos querían los acabase el hambre, a otros los abandonaban a la peste, y además les suscitaban una guerra del todo voluntaria para que no hubiera calamidad que a la ciudad no alcanzase, porque no se prestaba a vivir en la esclavitud de los ricos. No circulando. pues, entre la plebe otros discursos que éstos, no se presentaba a la revista de los cónsules, y desacreditaba la resolución de enviar la colonia. Veíase en perplejidad el Senado; pero Marcio, que ya estaba lleno de orgullo y tenía la reputación de altivo, haciéndose admirar por esta cualidad, era entre los poderosos el que más abiertamente hacía frente a los tribunos. Enviaron, pues, la colonia, precisando a salir con graves penas a los sorteados, y por lo que hace a la milicia, como enteramente se negasen a ella, Marcio juntó sus clientes y otros a quienes pudo persuadir, recorrió todo el país de los de Ancio, y habiendo encontrado mucho grano, y hecho gran botín de ganados y esclavos, nada tomó para sí, y volvió a Roma con sus soldados, que traían y conducían mucha hacienda: de manera que los demás, pesarosos ya y envidiosos de los que se habían enriquecido, se irritaban con Marcio y miraban con malos ojos su gloria y su poder, como que crecían en daño de la plebe.

XIV.— Presentóse de allí a poco tiempo Marcio pidiendo el consulado, y la mayor parte condescendía, ocupando a la plebe cierta vergüenza para no desairar ni repeler a un varón que, sobresaliendo a todo en linaje y en valor, había alcanzado tantos y tan señalados triunfos; porque era costumbre que los que pedían el consulado hablaran y alanzaran la diestra a los ciudadanos, presentádose con sola la toga y sin túnica en la plaza, bien fuera para mostrar mayor sumisión en sus ruegos, o bien para poner de manifiesto los que tenían cicatrices aquellos honrosos testimonios de su valor y fortaleza, pues no era por sospecha de distribución de dinero o de presentes el obligar a que el peticionario se presentara a sus conciudadanos desceñido y sin túnica, porque tarde y muy largo tiempo después fue cuando se introdujo la corrupción y la venta, y cuando el dinero se mezcló en las votaciones de los comicios; y ya desde entonces el soborno, habiendo contaminado los tribunales y los ejércitos, impelió la ciudad hacia el despotismo, cautivando las armas al dinero, pudiéndose asegurar que tuvo mucha razón el que dijo que el primero que disolvió la república fue el que dio banquetes e hizo distribución de dinero al pueblo. Mas este daño parece que se fue deslizando a escondidas y poco a poco, y que no se manifestó de pronto en Roma, puesto que no sabemos quién fue el que primero hizo en aquella ciudad donativos a los tribunales o al pueblo; cuando en Atenas se dice haber sido el primero que dio dinero a los jueces Ánito, el hijo de Antemión, acusado de traición acerca de Pilo, ya hacia el fin de la guerra del Peloponeso, tiempo en que todavía en Roma dominaba en la plaza pública un linaje verdaderamente áureo e incorrupto.

XV.— Mostraba Marcio muchas cicatrices de gran número de combates en que había sido herido en los diez y siete años seguidos que había militado, lo que hacía mirar con respeto su valor, y unos a otros se habían dado palabra de designarle. Mas venido el día en que había de hacerse la votación, como Marcio se hubiese presentado en la plaza pública acompañándole pomposamente el Senado y pugnando todos los patricios por ponérsele alrededor, demostración que jamás habían hecho con nadie, al punto la muchedumbre depuso la inclinación que le tenía, pasando a mirarle con encono y ojeriza, a los cuales afectos se juntaba, además, el temor de que un hombre tan aristocrático, hecho dueño del mando y teniendo tanto ascendiente con los patricios, pudiera privar enteramente al pueblo de su libertad. Con estas ideas desairaron en la votación a Marcio. Luego que se vio ser otros los cónsules que se publicaron, el Senado lo sintió profundamente, creyendo que el insulto, más que contra Marcio, era contra él mismo; pero aquel no llevó con moderación ni con sosiego lo sucedido, estando por lo común acostumbrado a usar de aquella parte de su carácter que era iracunda y rencillosa, sin que lo dócil y suave que principalmente debe sobresalir en las virtudes políticas se le hubiese en ningún modo inspirado por el discurso y la educación. y sin que supiese que, como dice Platón, al que ha de tomar parte en los negocios públicos y conversar sobre ellos con otros hombres, le conviene ante todo huir la arrogancia, compañera inseparable del aislamiento, y abrazar la paciencia, que suele de algunos ser escarnecida. Así es que, siendo hombre sencillo e inflexible, creído de que el vencer y salirse con todo era obrar con fortaleza, mas no de que el entregarse a la cólera proviene de debilidad y flaqueza, por lo que sufre y padece el espíritu, del que viene a ser como un tumor la ira, se retiró de la plaza lleno de incomodidad y despecho contra el pueblo. Los jóvenes patricios, que eran en la ciudad, por lo distinguido de su origen, lo más ufano y floreciente, siempre se le habían mostrado sumamente afectos. En esta ocasión, se pusieron de su parte decididamente, e irritados y dolidos como él, exasperaron todavía más su cólera e indignación, porque era, cuando estaban de facción, su guía y su maestro en las cosas de la guerra, y en el hacer que los que se gloriaban de hazañas ilustres excitaran en los demás, no envidia, sino una honrosa emulación.

XVI.— Vino en esta sazón trigo a Roma, en gran parte comprado en Italia y en no pequeña regalado por los Siracusanos, enviándolo al tirano Gelón, con el que muchísimos concibieron lisonjeras esperanzas de que a un mismo tiempo iba la ciudad a verse libre de escasez y de disensiones. Reunido, pues, el Senado, se derramó incontinente por las inmediaciones el pueblo, cercando por la parte de afuera la Curia, en la esperanza de que tendría grano en mucha conveniencia, y que lo regalado se distribuiría de balde; y aun adentro había quien a esto mismo excitase al Senado. Mas levantóse en este punto Marcio y contradijo acaloradamente a los que pensaban en haberse benignamente con la muchedumbre, tratándolos de populares y de traidores de la nobleza, que fomentaban contra sí mismos las semillas, ya prendidas, de osadía e insolencia, que hubiera sido bueno no haber despreciado cuando se esparcían al principio, y no haber dejado a la plebe hacerse poderosa con tan excesiva potestad: que ya hasta temible se les hacía con querer que en todo se cediera a su voluntad y a nada pudiera precisárseles contra ella, no guardando obediencia a los cónsules, y viviendo en anarquía con tener por caudillos a los que se denominaban magistrados suyos: que con el presente y distribución del grano, que al modo de los Griegos de mejor ordenadas repúblicas decretaban algunos, no se haría otra cosa que dar aire a su desobediencia en ruina del Estado; «pues no pueden reconocer que sea una recompensa por la milicia, de que desertaron, por las escisiones con que abandonaron la patria, o por las calumnias que abrigan contra el Senado, sino que en la inteligencia de que cediendo y lisonjeándolos de miedo les hacemos semejante distribución, y, con la esperanza de salirse con todo, no pondrán a su desobediencia término alguno, ni habrá cómo contenerlos de que armen disensiones y alborotos: así que esto —decía— me parece una locura. Por tanto, si hemos de obrar con prudencia, arranquémosles el tribunado, que es un jirón de la autoridad consular y un rasgón de la república, no una ya como antes, sino de tal manera partida en trozos, que ya no ha de poder en adelante unirse, ni tener concordia, ni dejar nosotros de estar agitados y en continuos alborotos unos con otros».

XVII.— Diciendo Marcio muchas cosas por este término, entusiasmó extraordinariamente a todos los jóvenes y puso de su parte a casi todos los ricos, que decían a gritos no tenía la ciudad otro hombre invencible e incapaz de condescendencias, sino a él sólo. Hacíanles, con todo, oposición algunos de los ancianos, previendo lo que iba a suceder; pero nada de provecho adelantaron, pues los tribunos que se hallaban presentes, luego que vieron que prevalecía el dictamen de Marcio, corrieron con gritería hacia la muchedumbre, exhortándola a que se les uniese y les diese auxilio. Reunido tumultuariamente el pueblo en junta, y referidas las expresiones en que había prorrumpido Marcio, estuvo muy poco en que, llevada la plebe de la ira, no se arrojase sobre el Senado; pero los tribunos, atribuyéndolo todo a Marcio, lo enviaron a llamar para que se defendiese. Mas como con desprecio hubiese desechado a los lictores que se le enviaron, los mismos tribunos se presentaron trayendo con los prefectos a Marcio por fuerza, habiéndole echado mano, Concurrieron entonces los patricios, e hicieron retirar a los tribunos, y a los prefectos aun les dieron algunos golpes; pero sobrevino la tarde y disolvió aquel alboroto. A la mañana temprano, viendo los cónsules al pueblo sumamente inquieto, que por todas partes corría hacia la plaza pública, temieron por la ciudad, y congregando el Senado exhortaban a que mirase cómo con palabras suaves y con proposiciones ventajosas se podría apaciguar y sosegar a la muchedumbre, pues no eran momentos aquellos de pretensiones ni de contender por la autoridad, si tenían algo de juicio, sino más bien tiempo delicado y de urgencia que exigía un manejo de mucha mansedumbre y mucha humanidad. Convinieron los más, y dirigiéndose los cónsules a la muchedumbre, le hablaron con mucha blandura y procuraron templarla, disipando con agrado las calumnias y absteniéndose lo posible de quejas y reconvenciones, y en cuanto al precio del grano comprado, dijeron que fácilmente se entenderían entre sí.

XVIII.— Cuando la mayor parte de la plebe se hubo calmado, y se echó de ver en el escuchar con orden y sosiego que se había dejado convencer y ablandar, tomando la palabra los tribunos, ofrecieron que la plebe competiría en moderación y prudencia con el Senado mientras así se la tratase; mas al mismo tiempo ordenaron que Marcio se justificase de haber tratado de inflamar al Senado para trastornar el gobierno y disolver la república, de haber sido rebelde a la citación de ellos mismos y, finalmente, de haber dado golpes e insultado en la plaza pública a los prefectos, promoviendo en cuanto estuvo de su parte la guerra civil y armando a los ciudadanos unos contra otros. Hacían esta propuesta con la intención, o de humillar a Marcio si contra su carácter deponía la altivez, o de encender más la ira contra él si usaba de su genio, que era lo que más esperaban y en lo que ciertamente no se engañaron: porque se presentó como para defenderse, y la plebe le prestó una reposaba atención; mas luego que ante unos hombres que aguardaban un lenguaje sumiso empezó, no sólo a usar de un desenfado chocante y de una acusación más chocante todavía que el desenfado, sino que aun en el tono de voz y en todo su continente dio muestras de un desahogo que no distaba mucho del desdén y del desprecio, la plebe se incomodó y se le veía que le era muy molesto aquel discurso; y de los tribunos, Sicinio, que era el más pronto y arrebatado, habiendo conferenciado brevemente con sus colegas y publicando que Marcio era condenado a muerte por los tribunos, ordenó a los prefectos que, llevándole a la roca Tarpeya, le arrojasen inmediatamente al barranco que está al pie de ella. Al ir los prefectos a echarle mano, aun a los más de los plebeyos les pareció aquello sumamente duro y mal meditado; y los patricios, levantándose y acudiendo de todas partes, pugnaban con gritería por darle socorro, y unos apartaban a empellones a los que le asían, cogiendo a Marcio en medio de ellos, y otros, levantando las manos, hacían plegarias a la muchedumbre. De nada servían los discursos ni las voces en semejante tumulto y confusión; conferenciando, por tanto, entre sí los amigos y familiares de los tribunos sobre que sería imposible, sin gran mortandad de los patricios, sacar de allí y castigar a Marcio, lograron persuadir a aquellos que desistieran de lo extraño y repugnante de aquel modo de castigo, quitándole la vida por violencia, sin ser juzgado, y antes permitieran al pueblo dar su voto. De sus resultas preguntó Sicinio a los patricios qué era lo que intentaban con sustraer a Marcio de manos de la plebe que quería castigarle. Y como aquellos le preguntasen a su vez: «¿Y qué resolución y presunción es la vuestra de conducir así a uno de los primeros ciudadanos Romanos a un castigo tan feroz e ilegal?», «No hagáis, pues, contestó Sicinio, que esto sirva de pretexto para una disensión y sublevación contra la plebe, ya que se os concede lo que apetecéis, que es que sea juzgado: y a ti, oh Marcio, continuó, te asignamos el plazo de tres ferias para que comparezcas, y si es que no has delinquido, lo hagas manifiesto a sus conciudadanos, que con sus votos han de juzgarte».

XIX.— Por entonces contentó mucho a los patricios este desenlace, y se retiraron con Marcio sumamente gozosos. En el plazo de las tres ferias, porque hacen los Romanos sus ferias de nueve en nueve días, dándoles el nombre de núndinas, les dio esperanza de buen éxito el tener que levantar ejército contra los de Ancio, pensando que iría largo y ocuparía tiempo, con el que la plebe se haría más dócil, debilitándose el enojo concebido o borrándose del todo con la vuelta, eran frecuentes las juntas de los patricios, temerosos y solícitos por no abandonar a Marcio, ni dar otra vez a los tribunos motivo para conmover la plebe. Tenía opinión Apio Claudio de ser uno de los más opuestos a ésta, y no la desmintió en esta ocasión, diciendo que el Senado sería quien acabase con los patricios y quien disolviese la república, si daba lugar a que la plebe tuviera voto contra los patricios; pero, por el contrario, los más ancianos y más populares eran de dictamen de que la misma autoridad, en vez de más áspera y más insolente, haría a la plebe más dulce y más humana; porque para aquella, que más bien que despreciar al Senado estaba en inteligencia de ser de él tenida en poco, sería de gran honor y consuelo esta facultad de juzgar; de manera que en el acto mismo de tomar las tablas ya habrían depuesto la ira.

XX.— Echando de ver Marcio que el Senado, por amor a él y por miedo a la plebe, estaba en la mayor duda y perplejidad, preguntó a los tribunos qué era de lo que le acusaban y sobre qué crimen le llevaban a ser juzgado por el pueblo. Respondiéndole éstos que la acusación era de tiranía y le probarían que tiranizar había sido su intento, se levantó prontamente, y de ese modo dijo: «Ahora mismo voy ante el pueblo a defenderme, y no rehúso ningún modo de juicio, ni, si soy vencido, ningún género de pena, con tal que sobre esto sólo sea mi acusación y no engañéis al Senado». Y convenidos en ello, según lo tratado, se entabló el juicio. Congregado el pueblo, ya desde luego hubo la novedad de que se obtuvo a la fuerza por los tribunos que la votación se hiciese, no por curias, sino por tribus, consiguiendo con esto que sobre los hombres acomodados, conocidos y compañeros de Marcio en el ejército, prevaleciera en sufragios una muchedumbre pobre, jornalera y poco cuidadosa del decoro. Después de esto, abandonando el juicio de tiranía, para el que no tenían pruebas, trajeron a discusión el discurso de Marcio en el Senado, cuando se opuso a la disminución del precio del trigo y se empeñó en que se quitara a la plebe el tribunado. Acusáronle también de otro nuevo crimen, que fue la distribución del botín que hizo en la comarca de Ancio, no habiéndolo aportado al erario público, sino repartido a los que militaron con él; que se dice haber producido en Marcio grande trastorno, porque de ningún modo lo esperaba; así cogido de repente, no le ocurrieron razones bastante persuasivas para hablar a la muchedumbre, y antes con hacer el elogio de los que fueron de la expedición indispuso contra sí a los que no se hallaron en ella, que eran en mucho mayor número. Finalmente, dadas las tablas a las tribus, excedieron de tres las que le condenaban, siendo la pena destierro perpetuo. Luego que esto se anunció al pueblo, salió de la plaza con un gozo y una satisfacción cual no había manifestado nunca después de haber vencido a sus enemigos. Por el contrario, del Senado se apoderó una gran pesadumbre y abatimiento, arrepintiéndose y llevando muy a mal el no haberse expuesto a todo antes que consentir que la plebe los maltratase, autorizada con tan exorbitante facultad: de manera que para distinguirlos no había entonces necesidad de atender al vestido u otras insignias, sino que al instante se echaba de ver que el que estaba contento era plebeyo, y patricio el que se mostraba incomodado.

XXI.— Sólo el mismo Marcio se mostraba sereno e imperturbable en su continente, en sus pasos y en su semblante; y mientras los demás sufrían, él sólo se ostentaba impasible; no por reflexión o apacibilidad, ni porque estuviese resignado a lo que le sucedía, sino más bien agitado de ira y de impaciencia, lo cual engaña a muchos que no comprenden que aquello es otra forma de pesar. Porque cuando éste se convierte en saña, como si diera calentura, entonces se pierde el abatimiento y la inmovilidad, y el iracundo aparece esforzado, al modo que fogoso el calenturiento, como si el alma estuviese alterada, tirante y conmovida.

Así es que muy luego dio muestras Marcio de esta disposición; porque entrando en su casa se despidió de su madre y su mujer, a las que encontré muy afligidas y llorosas; y exhortándolas a llevar con valor aquel trabajo, marchó sin detenerse, y se encaminó a las puertas de la ciudad. De allí, adonde le habían acompañado todos los patricios, sin tomar nada ni hacer algún encargo, se puso en camino, no llevando consigo sino tres o, cuatro de sus clientes. Por unos cuantos días estuvo en una de sus posesiones, revolviendo en su ánimo diferentes ideas, cuales el enojo se las sugería, y no pensando nunca cosa buena o conveniente, sino cómo haría a los Romanos arrepentirse, resolvió, por fin, ver el modo de suscitarles una guerra peligrosa y cercana. Encaminóse, pues, antes que a otra parte a tentar a los Volscos, sabedor de que estaban florecientes en gente y en dinero, y teniendo por cierto que con las derrotas poco antes sufridas no se había disminuido tanto su poder, como se habían aumentado su emulación y su encono.

XXII.— Había en Ancio un ciudadano que, por su riqueza, por su valor y por lo ilustre de su linaje, tenía una especie de autoridad regia entre todos los Volscos, y era su nombre Tulo Aufidio. Sabía Marcio que éste le aborrecía más que a ninguno otro de los Romanos, porque muchas veces en los combates se habían hecho amenazas y provocaciones, usando de jactancias en los encuentros, como es propio de la vanagloria y la emulación entre enemigos jóvenes; y así, a la enemistad común habían añadido el odio particular del uno al otro. Mas con todo, conociendo también en Tulo cierta grandeza de ánimo, y que más que ninguno entre los Volscos deseaba hacer daño por su parte a los Romanos si daban ocasión a ello, confirmó la sentencia del que dijo: Repugnar a la ira es arduo empeño: cómprase con la vida lo que anhela. Y así, tomando un vestido y traje en el que, aunque lo vieran, no pudiera ser conocido, a la manera de Odiseo,

En la ciudad se entró de hombres contrarios.

XXIII.— Era la hora de anochecer, y aunque tropezó con muchos, no fue conocido de nadie. Dirigióse, pues, a la casa de Tulo, y entrándose repentinamente al hogar, se sentó sin hablar palabra, y cubriéndose la cabeza, se estuvo quedo. Admiráronse los que allí se hallaban; pero ninguno se atrevió a oponérsele, porque había cierta dignidad en su continente y en su silencio; lo que sí hicieron fue referir a Tulo, que estaba cenando, lo extraordinario de aquel paso; y éste, levantándose de la mesa, se vino para él y le preguntó quién era, y cuál el objeto de su venida. Entonces Marcio, descubriéndose y parándose un poco, «si aún no me conoces, oh Tulo —dijo—, sino que con estar viéndome todavía dudas, será preciso que yo me haga acusador de mí mismo. Soy Gayo Marcio, que he causado a los Volscos muchos daños, y llevo un nombre que no me permitiría negarlo, llamándome Coriolano, pues de todos mis trabajos y peligros no poseo otro premio que este ilustre nombre, distintivo de mi enemistad contra vosotros; esto es lo único que no se me ha quitado: de todos los demás bienes, por envidia e insolencia de la plebe, y por flojedad y abandono de los que están en los altos puestos, que son mis iguales, de una vez me he visto despojado. Me han echado a un destierro, y me he acogido a tu hogar como suplicante, no de mi inmunidad y seguridad, porque a qué había de venir aquí si temiera morir, sino en solicitud de tomar venganza, la que ya tomo en alguna manera de los que me han desechado, haciéndote dueño de mí. Por tanto, si anhelas dominar a tus enemigos, aprovéchate, oh hombre generoso, y saca partido de mis desgracias, haciendo que se convierta en dicha vuestra el infortunio de un hombre que tanto mejor peleará en vuestra defensa que contra vosotros, cuanto hacen mejor la guerra los que conocen las cosas de los enemigos que los que las ignoran. Mas si has desistido de aquel intento, ni yo quiero vivir, ni a ti te estaría bien el salvar a un hombre que te es de antiguo contrario y enemigo, y ahora inútil y de ningún provecho». Al oír esto Tulo recibió grandísimo contento, y alargando la diestra, «levántate —le dijo—, oh Marcio, y confía: porque nos traes un gran bien entregándote a ti mismo; y espera todavía mayores cosas de los Volscos». Dio entonces un banquete a Marcio con gran regocijo, y en los días siguientes estuvieron confiriendo juntos entre sí sobre la guerra.

XXIV.— En Roma la ojeriza de los patricios contra la plebe, acrecentada con la condenación de Marcio, causó grande alteración; además, los agoreros, los sacerdotes y los particulares referían muchos prodigios que debían inspirar cuidado. Cuéntase uno de ellos en esta forma: había un Tito Latino, hombre poco conocido, no de la clase jornalera, sino medianamente acomodado, libre de toda superstición y más todavía de ostentación y jactancia. Éste, pues, tuvo un sueño, en el que se le apareció Júpiter y le mandó dijese al Senado que había sido danzante poco diestro y poco agradable el que había prevenido para que fuese delante de su procesión. Cuando tuvo este ensueño, dijo que a la primera vez no hizo caso, y que cuando segunda y tercera lo despreció también, le vino la nueva de la muerte de un hijo muy apreciable, y de repente se le baldó el cuerpo sin poderse valer de él: de todo lo que, habiéndose hecho llevar en hombros, dio cuenta al Senado; y según dicen, no bien lo hubo ejecutado, cuando sintió fortalecido su cuerpo y se retiró andando por su pie. Quedáronse los senadores atónitos e hicieron grandes pesquisas sobre este suceso, que resultó haber pasado así: un amo entregó en manos de los otros a uno de sus esclavos con orden de que lo llevaran por la plaza dándole azotes y después le quitaran la vida. En pos de ellos, cuando así lo cumplían y hostigaban al esclavo, que con el dolor daba mil vueltas y hacía muchos movimientos y contorsiones poco graciosas, acertó por casualidad a ir la rogativa de Júpiter, a cuya vista muchos de los que allí se hallaron sintieron incomodidad, viendo un espectáculo tan triste y aquellas odiosas contorsiones; mas ninguno se interpuso, y sólo se contentaron con decir denuestos e imprecaciones contra el que tan ásperamente castigaba. Trataban entonces a los esclavos con mucha equidad, por trabajar a su lado, y porque viviendo juntos usaban con ellos de gran dulzura y familiaridad: así el mayor castigo de un esclavo descuidado era hacerle que, tomando el palo del carro en que se sostiene el timón, saliese así por la vecindad; porque el que sufría, y era visto de los conocidos y vecinos, quedaba para siempre desacreditado; y a este tal le decían por apodo Furcifer, porque llamaban horquilla los Romanos a lo que los Griegos apoyo o sostén.

XXV.— Luego que Latino les refirió esa visión, dudando quién podría ser el poco diestro y poco grato danzante que había precedido a la rogativa de Júpiter, hicieron algunos memoria, por la extrañeza del castigo, de aquel esclavo que azotado había sido conducido por la plaza y después se le había dado muerte. En consecuencia, por dictamen uniforme de los sacerdotes, el señor del esclavo fue castigado, y de nuevo se hicieron en honor del dios la rogativa y los ruegos. En otras muchas cosas se echa de ver que Numa fue un excelente ordenador de las cosas sagradas; pero sobresale principalmente lo que estableció para hacer religiosos a los Romanos; en efecto, cuando los magistrados y sacerdotes se ocupan en las cosas divinas, precede un heraldo, que exclama en alta voz: hoc age, expresión que significa «haz esto», prescribiendo a los sacerdotes que presten atención y no interpongan ninguna otra obra o especie de ocupación, como dando a entender que las más de las cosas humanas se hacen por una cierta necesidad, sin intención del que las hace. Por lo que toca a los sacrificios, las procesiones y los espectáculos, suelen los Romanos repetirlos, no sólo por una causa tamaña, sino por otras más pequeñas; pues con que flaquease uno de los caballos que arrastraban las llamadas tensas, o con que un auriga tomase las riendas con la mano izquierda, decretaban que de nuevo se hiciese la rogativa, y aun en tiempos posteriores se hizo hasta treinta veces el mismo sacrificio, porque siempre pareció que había habido alguna falta o se había atravesado algún estorbo; ¡tal era en estas cosas divinas la piedad de los Romanos!

XXVI.— Marcio y Tulo, entre tanto, trataban en Ancio reservadamente con los de mayor poder, y los exhortaban a promover la guerra, mientras los Romanos estaban en disensiones unos con otros; y cuando trabajaban en persuadirlos, porque les oponían la tregua y armisticio de dos años convenido entre los dos pueblos, los Romanos mismos le dieron ocasión y pretexto con haber hecho publicar por pregón, a causa de cierta sospecha, o más bien calumnia, que los Volscos que asistiesen a los espectáculos y juegos debieran salir de la ciudad antes de ponerse el sol. Hay quien diga que esto se hizo por amaño y dolo de Marcio, que envió a Roma quien falsamente acusase a los Volscos de tener meditado sorprender a los Romanos en sus espectáculos e incendiar la ciudad; ello es que aquel pregón a todos los enemistó más y más con los Romanos. Acalorábalos además Tulo, e instigábalos de continuo, hasta que logró persuadirles que enviasen a Roma a intimar la restitución de las tierras y las ciudades que en la guerra se habían tomado a los Volscos. Mas los Romanos, oída la embajada, se llenaron de indignación y dieron por respuesta que los Volscos serían los primeros a tomar las armas, pero los Romanos serían los últimos en deponerlas. Con esto, congregando Tulo al pueblo en junta general, luego que hubieron decretado la guerra, les aconsejó que se llamase a Marcio, no conservando memoria alguna de los males antiguos, sino teniendo por cierto que de auxiliarles haría más bien que mal les había hecho siendo enemigo.

XXVII.— Presentóse al llamamiento Marcio, y habiendo hablado a la muchedumbre, como no menos que por las armas se hubiese mostrado por su elocuencia hombre denodado y guerrero, y aun extraordinario en sus pensamientos y su osadía, se le confirió juntamente con Tulo el absoluto mando para aquella guerra. Mas temeroso de que el tiempo que los Volscos habían de gastar en sus preparativos, que podía ser largo, le arrebatase la oportunidad de obrar, encargó a los principales ciudadanos y a los magistrados que activasen y pusiesen en orden todas las cosas, y él persuadiendo a los más decididos a que voluntariamente les siguiesen sin alistamiento, invadió repentinamente el país de los Romanos, cuando menos lo esperaban. Así es que recogió tan inmenso botín, que los Volscos tuvieron para retener, para llevar y para consumir en el ejército, hasta cansarse. Era con todo la menor mira de aquella expedición el procurarse provisiones y el talar y devastar la comarca; el objeto principal era acrecentar la discordia entre los patricios y la plebe, para lo que, arrasando y destruyendo todo lo demás, en los campos de los patricios no permitió que se hiciera el más leve daño, ni que nadie tomara de ellos cosa alguna. Con efecto, por esta causa fue mayor la disensión y contienda entre ellos, acusando a la plebe los patricios de haber desterrado injustamente a un varón de tan grande importancia y culpando a éstos la plebe de haber llamado por encono a Marcio; a lo que añadía que después le dejarían a ella la guerra, quedándose tranquilos espectadores, por cuanto tenían a la parte de afuera por guarda de su hacienda y de sus bienes a la misma guerra. Hecho esto, con lo que Marcio inspiró a los Volscos mucho aliento y confianza, se retiró con la mayor seguridad.

XXVIII.— Cuando estuvieron ya reunidas todas las fuerzas de los Volscos, como se hallase ser muchas, determinaron dejar una parte en las ciudades para su guarnición y con la otra marchar contra los Romanos; y en esta ocasión Marcio dio a escoger a Tulo entre los dos mandos. Pero Tulo contestó que conocía bien que Marcio no le cedía en valor, y que en fortuna le había visto ser muy favorecido en todos los hechos de armas; así, que tuviera el mando de las que habían de salir a campaña, quedándose él mismo a defender las ciudades y a facilitar a los del ejército cuanto fuera menester. Cobrando con esto Marcio nuevo ánimo, volvió en primer lugar contra la ciudad de Circeyos, colonia que era de los Romanos; mas como ésta se le entregase espontáneamente, ningún daño le hizo. Desde ella pasó a talar el país de los Latinos, esperando con esto que los Romanos vendrían a empeñar acción en defensa de los Latinos, por ser sus aliados, y porque muchas veces los habían llamado. Mas la muchedumbre había decaído de ánimo, y quedándoles a los cónsules muy poco tiempo de mando, en el que no querían exponerse, por estas causas desatendieron a los Latinos; entonces Marcio marchó contra las ciudades mismas, y sojuzgando por la fuerza a los Tolerinos, Lavicos y Pedanos, y aun a los Bolanos, que le hicieron resistencia, se apoderó, al recoger la presa, de sus personas, y distribuyó sus bienes. A los que voluntariamente se le entregaron, los protegió con esmero para que, sin quererlo él, no recibiesen daño alguno, aunque estuviera lejos con el ejército y distante del país.

XXIX.— En seguida, tomando por asalto a Bolas, ciudad que no distaba de Roma más de cien estadios, se hizo dueño de gran riqueza y pasó a cuchillo casi a todos cuantos podían por la edad llevar armas. De los Volscos, aun aquellos a quienes no había tocado quedarse en las ciudades no tenían paciencia, sino que se pasaban con sus armas a Marcio, diciendo que a él sólo le reconocían por general y por caudillo. Era por toda la Italia muy sonado su nombre y grande la opinión de su valor, pues que con la mudanza de una sola persona tan extraordinario cambio se había hecho en todos los negocios.

En los de los Romanos, ningún concierto había, desalentados como estaban para salir a campaña y no ocupándose diariamente más que en sus altercados y en expresiones de discordia de unos a otros, hasta que les llegó la nueva de estar sitiada por los enemigos la ciudad de Lavinio, donde los Romanos tenían los templos de los Dioses patrios y que era la cuna y principio de su linaje, por haber sido la primera de que Eneas había tomado posesión. Entonces, ya una admirable y común mudanza de modo de pensar se apoderó de la plebe, y otra extraña también enteramente y fuera de razón trastornó a los patricios. Porque la plebe se decidió a abolir la condena de Marcio, y a restituirle a la ciudad, y el Senado, reunido a deliberar sobre aquella determinación, recedió de ella y la contradijo, o porque en todo se hubiese propuesto repugnar a los deseos de la plebe, o porque no quisiese que. Marcio debiera el favor de ésta su restitución, o porque ya se hubiese irritado con éste porque a todos hacía daño sin haber sido de todos ofendido, habiéndose declarado enemigo de la patria, en la que la parte principal y de más poder sabía que había tenido que padecer y había sido agraviada juntamente con él. Participada esta resolución a la muchedumbre, la plebe no tenía arbitrio para decretar alguna cosa con sus sufragios y establecerla como ley sin que precediera la autoridad del Senado.

XXX.— Llegó a entenderlo Marcio, e irritado de nuevo levantó el sitio y lleno de enojo marchó contra la ciudad, poniendo sus reales en el sitio llamado las Fosas Clelias, distante de aquellos solamente cuarenta estadios. Viéronle; hízoseles temible, y causando en todos gran turbación calmó por entonces las disensiones, pues nadie, ni magistrados ni Senado, se atrevió ya a contradecir a la muchedumbre acerca de restituir a Marcio, sino que viendo correr por la ciudad a las mujeres, en los templos las plegarias y el llanto y los ruegos de los ancianos, y en todos la falta de osadía y de consejos saludables, convinieron en que la plebe había pensado sabiamente acerca de que se reconciliaran con Marcio, y el Senado había cometido grande error empezando a manifestar enojo y enemiga cuando convenía poner fin a estas pasiones. Determinaron, pues, de común acuerdo enviar a Marcio mensajeros que le ofrecieran la vuelta a la patria y le pidieran pusiese término a la guerra. Los que envió el Senado eran de los amigos de Marcio, y esperaban encontrar a su llegada la más benigna acogida en un amigo y compañero suyo; mas nada de esto hubo, sino que, llevados por medio del campamento de los enemigos, le hallaron sentado entre una gran comitiva con intolerable severidad. Teniendo, pues, a su lado a los principales de los Volscos, les dio orden de que dijesen qué era lo que tenían que pedir. Hablaron palabras moderadas y humanas, convenientes a su presente situación, y concluido que hubieron, les respondió ásperamente y con enfado por lo tocante a sí y a lo que se le había hecho sufrir; y después, como general, por lo tocante a los Volscos, les puso por condición la restitución de las ciudades y de todo el territorio que habían ocupado por la guerra y que habían de declarar a los Volscos una igualdad absoluta de derechos, como la disfrutaban los Latinos: pues no podía haber otra reconciliación segura que la que se fundase en igualdad y justicia; concedióles para deliberar un plazo de treinta días, con lo que, despedidos los embajadores, al punto se retiró de aquella comarca.

XXXI.— Éste fue el primer motivo de queja que hicieron valer contra él aquellos de entre los Volscos que ya antes miraban mal y con envidia su grande autoridad, de cuyo número era Tulo, no porque en su persona hubiese sido en ninguna manera ofendido, sino por lo que es la miseria de nuestra condición; Tulo no podía sufrir ver del todo oscurecida su gloria y que ningún caso hacían ya de él los Volscos, en cuya opinión sólo Marcio lo era todo, debiendo contentarse los demás con la parte de poder y mando de que éste quisiera hacerlos participantes. De aquí tomaron origen los primeros cargos que sordamente circulaban, e incomodados murmuraban entre sí, dando a aquella retirada el nombre de traición; porque si no lo era de muros o de armas, lo era, sin embargo, de la ocasión y oportunidad, con la que estas cosas suelen o ganarse o perderse, concediendo un plazo de treinta días, más que sobrado para que pudieran sobrevenir las mayores mudanzas. Y no porque Marcio pasase ocioso ese tiempo; por el contrario, durante él hizo marchas con que desbarató y disipó a los aliados de los enemigos y les tomó siete ciudades grandes y populosas. Mas los Romanos no se atrevieron a auxiliarlos; sino que sus ánimos estaban poseídos del desaliento, y en cuanto a los peligros de la guerra se parecían a los cuerpos soñolientos y paralizados. Pasado que fue el plazo, como se presentase otra vez Marcio con todas sus fuerzas, enviáronle segunda legación, rogándole que depusiese el enojo, y, retirando a los Volscos del territorio romano, hiciera y propusiera lo que juzgase convendría más a ambos pueblos: en el concepto de que por miedo nada cederían los Romanos: mas si entendía que en alguna cosa pudiera tenerse condescendencia con los Volscos, todo se les otorgaría, deponiendo las armas. A esto contestó Marcio que nada les respondía corno general de los Volscos, pero como ciudadano que todavía era de Roma les aconsejaba y exhortaba que, moderando aquellos orgullosos pensamientos, volviesen de allí a tres días, trayendo decretado lo que se les había propuesto, pues si fuese otra la respuesta no tenían que contar con la inviolabilidad para tornar con palabras vanas a su campo.

XXXII.— Vueltos los embajadores, y oído por el Senado lo que traían, como en una grande tormenta y borrasca de la república, echó éste por fin el áncora sagrada; ordenó a cuantos sacerdotes había de los Dioses, o ministros y custodios de los misterios, o que poseían de tiempo antiguo la adivinación patria de los sueños, que se encaminasen a Marcio, cada uno con los ornamentos de que por ley debía usar en sus ceremonias y que le hablasen y que exhortasen a que, dando de mano a la guerra, bajo esta condición tratara después de los Volscos con sus conciudadanos. Recibiólos, sí, en el campamento, pero en nada condescendió y nada hizo o dijo en que mostrase mayor dulzura, sino que insistió en que con las condiciones propuestas admitiesen la paz o se decidieran a la guerra. Con este regreso de los sacerdotes resolvieron, por lo pronto, defender con gran fuerza los muros de la ciudad y lanzarse del mismo modo sobre los enemigos, poniendo principalmente su esperanza en el tiempo y en los caprichos de la fortuna; mas desengañáronse luego de que ningún salvamento les quedaba, por más que hiciesen; la turbación, el desaliento y las ideas más desconsoladas se apoderaron ya de la ciudad, hasta que tuvo lugar un suceso muy parecido a aquellos de que frecuentemente habla Homero, aunque no satisfaga a la mayor parte: porque diciéndose éste y exclamando en las grandes y extraordinarias ocasiones

La garza Palas púsole en las mientes

y también:

Cambióle un inmortal el pensamiento;
el que en un solo acalorado pecho del pueblo
puso la gloriosa suerte;

y en otra parte:

O por sí lo pensó, o es que algún numen
le sugirió la provechosa idea;

le vituperan como que con cosas imposibles y con increíbles patrañas trata de quitar al juicio de cada uno el mérito de la determinación propia; cuando Homero no hace semejante cosa, sino que los sucesos ordinarios y comunes que se gobiernan con razón los pone a cuenta de lo que está en nuestro poder; así que dice muchas veces:

Yo lo determiné con grande aliento;

y asimismo:

Apenas dijo, congojóse Aquiles
y revolvió tan inquietante pena
una vez y otra en su alentado pecho

y en otra parte:

Mas mover no logró a Belerefonte,
guerrero cauto que con grande acierto
los más prudentes medios discurría;

y en las ocasiones imprevistas y arriesgadas que piden cierto ímpetu y entusiasmo no pinta al numen como que nos arrebata, sino como que mueve y dirige nuestra determinación; ni como que produce por sí los conatos y esfuerzos sino ciertas apariencias ocasionales de ellos; con las cuales no hace la acción involuntaria, sino que da un principio a lo voluntario con infundir aliento y esperanza; pues tina de dos: o hemos de desechar enteramente el auxilio divino de todas las acciones que llamamos y son nuestras, o si no ¿de qué otro modo auxiliarán los dioses a los hombres y cooperarán con ellos? No ciertamente amoldando nuestro cuerpo, ni aplicando ellos mismos nuestras manos y nuestros pies, sino despertando con ciertos principios, con ciertas apariencias e inspiraciones la parte activa y electiva de nuestra alma, o, al contrario, desviándola o conteniéndola.

XXXIII.— En Roma, a la sazón, las mujeres hacían sus plegarias, unas en unos templos, y otras en otros; pero las más y las de mayor lustre ante el ara de Júpiter Capitolino. Entre éstas había una hermana del gran Poblícola, que tan señalados servicios hizo a Roma en guerra y en paz, llamada Valeria. Poblícola había muerto antes, como lo referimos al escribir sus hechos, y Valeria tuvo en la ciudad grande honra y reputación, porque en su conducta no desdecía de su linaje. Sintiendo, pues, repentinamente un afecto de los que he dicho, acertando no sin inspiración divina en lo que era conveniente, levantóse de pronto, y haciendo levantar a todas las demás, se encaminó a casa de Volumnia, madre de Marcio. Entra, hállala sentada con la nuera y teniendo a los hijos de Marcio en su regazo: hácese cercar de las demás matronas y «nosotras —dice— ¡oh Volumnia!, y tú ¡oh Vergilia!, venimos unas mujeres en busca de otras mujeres, no por decreto del Senado ni por mandamiento del cónsul, sino que habiendo Júpiter, a lo que parece, oído compasivo nuestros ruegos, nos infundió este impulso de venir acá en vuestra busca a proponeros para nosotras y para los demás ciudadanos el remedio y la salud, y para vosotras, si os dejáis mover, una gloria más brillante todavía que la que alcanzaron las hijas de los Sabinos con haber traído de la guerra a la amistad y la paz a sus padres y a sus esposos. Ea, venid con nosotras donde está Marcio; emplead vuestros ruegos y dad a la patria el verdadero y justo testimonio de que, con haber sido tan maltratada, ningún daño os ha hecho, ni ninguna determinación ha tomado contra vosotras en su enojo, sino que os entrega en sus manos, aun cuando no haya de recabar ninguna condición equitativa». Dicho esto por Valeria, aplaudieron las demás matronas, y contestó Volumnia: «En los comunes males ¡oh matronas! nos toca a nosotras la parte que a todos, y en particular tenemos la desgracia de haber perdido la gloria y la virtud de Marcio, considerando su persona defendida bajo las armas de los enemigos, pero no salva. Mas con todo, nuestro mayor desconsuelo es que las cosas de la patria hayan venido a tan triste estado que haya tenido que poner en nosotras su esperanza; pues no sé si mi hijo hará algún caso de nosotras, o si no lo hará tampoco de la patria, que él anteponía a la madre, a la mujer y a los hijos. Con todo, valeos de nosotras y conducidnos a su presencia, a lo menos, cuando no sea otra cosa, para poder morir intercediendo por la patria».

XXXIV.— Dicho esto, haciendo levantarse a Vergilia con los hijos y las damas matronas, se encamina hacia el campamento de los Volscos, siendo aquel un lastimoso espectáculo, que a los mismos enemigos les causó confusión e impuso silencio. Hallábase casualmente Marcio sentado en el tribunal, con los demás caudillos, y luego que vio venir a aquellas mujeres se quedó suspenso; mas habiendo conocido a su esposa, que venía la primera, determinó en su ánimo mantenerse obstinado e inexorable en su anterior propósito; pero vencido al fin de sus afectos y trastornado con semejante vista, no pudo aguantar que le cogieran sentado, sino que bajando más que de paso, y saliendo a recibirlas, primero y por largo tiempo saludó a la madre y después a la mujer y a los hijos, no conteniéndose en el llanto ni en las caricias, sino más bien dejándose como de un torrente arrastrar de sus afectos.

XXXV.— Cuando ya se hubo desahogado cumplidamente, como advirtiese que su madre iba a dirigirle la palabra, llamando la atención de los Volscos más principales, prestó oídos a Volumnia, que habló de esta manera: «Puedes echar de ver ¡oh hijo!, aun cuando nosotras no lo digamos, coligiéndolo del vestido y de los semblantes, a qué punto de retiro y soledad nos ha traído tu destierro; reflexiona después cómo somos entre todas las mujeres las más desventuradas, puesto que nuestra mala suerte ha hecho que el encuentro, para otras más delicioso, sea para nosotras el más terrible; para mí viendo a un hijo, y para ésta viendo a un marido que amenaza con destrucción a los muros de la patria; y que lo que es para los demás un consuelo en todos sus infortunios y desgracias, que es el orar a los Dioses, sea para nosotras objeto de mucha duda; porque no nos es posible pedir a un mismo tiempo que la patria venza y que tú quedes salvo, sino que nuestros votos se han de parecer a lo que por maldición pudiera desearnos nuestro mayor enemigo; forzoso es que o de la patria o de ti vengan a quedar privados tu mujer y tus hijos. Por lo que a mí toca, la desventura que haya de traer esta guerra no me cogerá viva; pues si no pudiere persuadirte a que, restableciendo la amistad y la concordia, seas antes el bienhechor de ambos pueblos que la ruina de uno de ellos, ten entendido y está preparado a que no podrás acercarte a combatir la patria sin que primero pases por encima del cadáver de la que te dio el ser; puesto que no debo aguardar aquel día en el que vea que, o triunfan de mi hijo los ciudadanos, o él triunfa de la patria. Y si yo te propusiera que salvaras a ésta con ruina de los Volscos, la prueba sería para ti, oh hijo mío, ardua y difícil, porque el destruir a tus conciudadanos no es honroso, y el, hacer traición a los que de ti se han confiado es injusticia; más ahora la paz que te pedimos es saludable a todos, y más honesta y gloriosa todavía para los Volscos, pues apareciendo superiores, se entenderá que son los que conceden tan grandes bienes, no entrando ellos menos por eso a participar de la paz y de la amistad, de las cuales serás tú el principal autor si se consiguen; y si no se consiguieron, a ti solo te echarán la culpa unos y otros. Y, en fin, siendo la guerra incierta, esto hay de cierto desde luego: que si vences, te está preparado el ser la abominación de tu patria, y si eres vencido, has de tener la opinión de que por sus resentimientos has hecho venir sobre tus amigos y bienhechores las mayores calamidades».

XXXVI.— Escuchó Marcio este razonamiento de Volumnia sin responder cosa alguna; y como aun después de haber concluido se mantuviese en silencio por bastante rato: «¿Por qué callas, hijo? —continuó diciendo— ¿Será cosa honesta concederlo todo al enojo y a la venganza y no lo será hacer merced a una madre que tan racionalmente pide? ¿O le está bien al hombre grande conservar la memoria de los malos que ha sufrido, y el honrar y reverenciar los beneficios que los hijos reciben de las madres no será propio de un hombre grande y esforzado? Y en verdad que el mostrar reconocimiento, a nadie le estaría mejor que a ti, que tan ásperamente te declaras contra la ingratitud, pues de la patria bien costosa satisfacción tienes tomada: mas a tu madre no hay cosa en que la hayas atendido, cuando nada debía ser tan sagrado como el que yo alcanzara de ti sin premio las cosas tan honestas y justas que te pido; mas, pues que no acierto a moverte, ¿por qué no acudo a la última esperanza?». Y diciendo estas palabras se arroja a sus pies, juntamente con la mujer y los hijos. Entonces Marcio exclama: «¡En qué punto me habéis contenido, oh madre!». Y alzándola del suelo y apretándole fuertemente la mano: «Venciste —le dice—, alcanzando una victoria tan feliz para la patria como desventajosa para mí, que me retiro vencido de ti sola». Dicho esto, habló aparte por breve tiempo con la madre y la mujer, y a su ruego las volvió a mandar a Roma. Pasada la noche, se retiró con los Volscos, que no todos pensaban de él o le miraban de una misma manera; pues unos estaban mal con él mismo y con esta acción, y otros ni con lo uno ni con lo otro, teniendo más dispuesto su ánimo a la concordia y a la paz. Algunos había que, a pesar de estar disgustados con lo ocurrido, no culpaban con todo a Marcio, sino que le creían excusable, por cuanto había sido combatido de afectos tan poderosos. Mas nadie le contradijo, sino que todos le siguieron, más arrastrados de su virtud que de su autoridad.

XXXVII.— El pueblo romano, cuanto fue el miedo y el peligro mientras le amenazó la guerra, otro tanto sintió de regocijo cuando la vio disipada. Apenas los que estaban en la muralla vieron retirarse a los Volscos, abrieron todos los templos, llevando coronas como en una victoria, y disponiendo sacrificios. Señalábase principalmente la alegría de la ciudad en los honores y obsequios de las mujeres, del Senado y de la muchedumbre, que reconocían y profesaban haber sido éstas la causa cierta de su salud. Decretó, pues, el Senado que lo que en ellas mismas propusieran en reconocimiento y gloria suya, aquello ejecutaran las autoridades: mas ninguna otra cosa pidieron, sino que se construyera un templo a la Fortuna Femenil, haciendo ellas el gasto, y no poniendo la ciudad más que lo relativo a las víctimas y culto que convinieran a los Dioses. El Senado, aunque aplaudió su celo, labró el templo y la efigie a expensas del público; pero no por eso dejaron aquellas de recoger dinero, e hicieron otra segunda estatua, de la que refieren los Romanos que, colocada en el templo, articuló éstas o semejantes palabras: «Con piadosa determinación me dedicasteis vosotras las mujeres».

XXXVIII.— Corre la fábula de que por dos veces se oyó esta voz, queriéndonos hacer creer cosas tan monstruosas y difíciles; pues aunque no es imposible parezca a la vista que las estatuas sudan y derraman lágrimas, supuesto que las maderas y las piedras a veces contraen cierta suciedad que despide humor, y además descubren colores y reciben tinturas del mismo ambiente, con las que puede muy bien indicársenos algún prodigio, y aunque es también posible que las estatuas hagan cierto ruido semejante al rechinamiento o al suspiro, proviniendo aquel de una fuerte rotura o despegamiento interior de las partes; con todo, es enteramente incomprensible que en una cosa sin vida se forme voz articulada y una habla tan cierta, tan determinada y tan distinta: cuando ni al alma ni al mismo Dios es dado articular y hablar sin un cuerpo orgánico y dotado de las partes apropiadas al efecto. Así, cuando la historia nos estrecha con muchos y fidedignos testigos, es que se ha ejecutado en la parte imaginativa del alma una cosa semejante a la sensación, y que se tiene por tal, al modo que en el sueño nos parece oír lo que no oímos y ver lo que no vemos; sino que a los supersticiosamente piadosos y religiosos para con los dioses, y que no se atreven a desechar o repugnar nada de tales historias, lo maravilloso mismo les es de gran peso para creer, y la idea que tienen del poder divino, muy superior al nuestro. Porque en nada se mide con la condición humana ni en la naturaleza, ni en la inteligencia, ni en la fuerza, ni debe tenerse por extraño que haga lo que a nosotros nos es negado hacer, o que dé cima a empresas que nosotros no podemos realizar; sino que aventajándonos en todo, en las obras es en lo que menos se nos ha de semejar y en lo que menos hemos de poder serle comparados. Mas, como decía Heráclito, en las cosas divinas la desconfianza es la que más nos estorba el conocerlas.

XXXIX.— En cuanto a Marcio, no bien hubo dado a Ancio la vuelta, cuando Tulo, que por miedo le aborrecía y no le podía sufrir, se propuso quitarle prontamente del medio, porque si ahora escapaba, no volvería otra vez a dar asidero. Concitó y sublevó contra él a otros muchos y le intimó que diera cuentas a los Volscos, deponiendo el mando. Mas aquel, temiendo quedarse de particular bajo la autoridad de Tulo, que siempre conservaba gran poder entre sus conciudadanos, respondió que entregaría el mando a los Volscos si se lo ordenasen, y las cuentas las presentaría a cuantos de éstos quisieran pedirlas. Congregóse, pues, el pueblo, y los agitadores, que se tenían prevenidos, andaban acalorando a la muchedumbre; mas como luego que Marcio se puso en pie hubiesen por respeto cedido los alborotadores, dándole lugar para hablar con tranquilidad, y se viese bien a las claras que los principales entre los Anciates, contentos con la paz, iban a oírle con benignidad y a juzgarle en justicia, Tulo comprendió que iba a ser vencido si aquel se defendía. Porque era hombre que sobresalía en el don de la palabra, y sus anteriores servicios pesaban más que la querella presente, siendo esta misma la mayor prueba de cuánto era lo que se le debía; porque no hubiera llegado el caso de tenerse por agraviados en que no hubiese tomado a Roma teniéndola en la mano, si no se debiera al mismo Marcio el haber estado tan cerca de tomarla. No juzgaron, por tanto, conveniente el detenerse y contar con la muchedumbre, sino que, alzando gritería los más determinados de los conspiradores, diciendo que no había para que escuchar o atender a un traidor que los tiranizaba y que se obstinaba en no dejar el mando, se arrojaron en gran número sobre él y le acabaron, sin que ninguno de los presentes le socorriese. Mas que esto se ejecutó contra el voto de la mayor parte, lo manifestaron bien pronto, concurriendo de las ciudades a recoger el cuerpo y darle sepultura, adornando con armas y despojos su sepulcro por prez de su valor y de la dignidad de general. Sabida por los Romanos su muerte, ninguna demostración hicieron ni de honor ni de enojo con él; solamente a petición de las matronas les concedieron que le hicieran duelo por diez meses, como era costumbre hiciese duelo cada uno en la muerte del padre, del hijo o del hermano: éste era el término del luto más largo, señalado y prescrito por Numa Pompilio, como en la relación de su vida lo manifestamos. Entre los Volscos muy luego el estado de sus cosas hizo ver la falta que Marcio les hacía: porque primero indisponiéndose por el mando con los Ecuos, sus aliados y amigos, llegó a haber entre ellos heridas y muertes; vencidos después en batalla por los Romanos, en la que murió Tulo, y perdieron lo más florido de sus tropas, tuvieron que someterse con condiciones vergonzosas, prestándose a hacer lo que se les ordenase.

COMPARACIÓN DE ALCIBÍADES Y CORIOLANO

I.— Referidos de estos dos varones aquellos hechos que nos han parecido dignos de expresarse y recordarse, en los militares nada se descubre que pueda inclinar la balanza ni a uno ni a otro lado, porque ambos en esta parte dieron con mucha igualdad en sus mandos repetidas pruebas de valor y denuedo, de industria e inteligencia en las artes de la guerra; a no ser que alguno quiera, a causa de que Alcibíades, en tierra y en mar, salió vencedor y triunfante en muchas batallas, declararle por más consumado capitán. Por lo demás, el haber manifiestamente mejorado las cosas domésticas mientras estuvieron presentes y mandaron, y el haber éstas decaído, más conocidamente todavía, cuando se pasaron a otra parte, fue cosa que se verificó en entrambos. En cuanto a gobierno, en el de Alcibíades los hombres de juicio reprendían la poca formalidad y no estar exento de adulación y bajeza en sus obsequios a la muchedumbre; y el de Marcio, enteramente desabrido, orgulloso y exclusivo, incurrió en el odio del pueblo romano. Así, ni uno ni otro manejo es para ser alabado; pero el de quien se abate a adular al pueblo es menos vituperable que el de aquellos que, por no parecer demagogos, insultan a la muchedumbre; porque el lisonjear a la plebe por mandar es cosa indecente; pero el dominar haciéndose temible, vejando y oprimiendo, sobre indecente es además injusto.

II.— Pues que Marcio era sencillo y franco en su conducta, y Alcibíades solapado y falso en tratar los negocios públicos, nadie hay que lo ignore; pero en éste lo que sobre todo se acusa es la malignidad y dolo con que engañó, como Tucídides refiere, a los embajadores de Esparta y desvaneció la paz; mas aunque este paso precipitó otra vez en la guerra a la ciudad, hízola más poderosa y más temible con la alianza de los de Mantinea y los de Argos, que el mismo Alcibíades negoció. Y que también Marcio suscitó con dolo la guerra entre los Romanos y Volscos, calumniando a los que concurrían a los espectáculos, nos lo dejó escrito Dionisio, y por la causa vino a ser su acción más censurable, pues no por emulación y por contienda y disputa de mando, como aquel, sino por sólo ceder a la ira, con la que, según sentencia de Dión, nadie se hizo jamás amable, alborotó mucha parte de la Italia, y por sólo el encono contra su patria arruinó muchas ciudades, contra las que no podía haber queja alguna. También Alcibíades fue, por puro encono, causa de muchos males a sus conciudadanos, pero en el momento que los vio arrepentidos, ya los perdonó: y arrojado por segunda vez de la patria, no cedió a los generales que tomaban una errada determinación, ni se mostró indolente al ver su mal acuerdo y su peligro, sino que, así como Arístides es celebrado por lo que hizo con Temístocles, esto mismo fue lo que ejecutó, avistándose con los que entonces tenían el mando, sin embargo de que no eran sus amigos, e informándolos e instruyéndolos de lo que convenía: mientras que Marcio hacía daño, en primer lugar, a la ciudad toda, no habiendo sido agraviado de toda ella, sino antes habiendo sido injuriada y ofendida con él la parte más principal y poderosa, y además de esto, con no haberse ablandado y cedido a repetidas embajadas que conjuraban su ira y su enfurecimiento, manifestó bien a las claras que no era su ánimo recobrar la patria y procurar su vuelta, sino que para destruirla y arrasarla le movió una guerra cruel o irreconciliable. Cualquiera dirá haberse diferenciado en que Alcibíades, perseguido y acechado por los Esparcíatas, de miedo y odio se pasó a los Atenienses; y en Marcio no estuvo bien el dejar a los Volscos que en todo le tuvieron consideración porque le nombraron su general, y gozó entre ellos de gran confianza y gran poder, no como el primero, que, abusando más bien que usando de él los Lacedemonios. entretenido en la ciudad, y maltratado de nuevo en el ejército, por último tuvo que arrojarse en manos de Tisafernes; a no ser que se diga que andaba contemplando a Atenas para que no fuese del todo destruida, por el deseo que siempre le quedaba de volver.

III.— En cuanto al dinero, de Alcibíades se cuenta haberle tomado muchas veces de los que querían regalarle y haberlo malgastado en lujo y en disoluciones; cuando dándoselo a Marcio con honor los generales, no pudieron convencerle, y por esto mismo se hizo más odioso a la muchedumbre en los altercados que sobre las usuras ocurrieron con la plebe, como que no por utilidad propia, sino por enemiga y desprecio, era contrario a los pobres. Antípatro, en una carta que escribió sobre la muerte del filósofo Aristóteles, dice, entre otras cosas: «Tuvo este varón hasta el don de llevarse tras sí las gentes»; y en Marcio el faltarle esta gracia hizo sus acciones y sus virtudes poco aceptas a los mismos que eran de él beneficiados, no pudiendo aguantar su altanería y aquel amor propio que, en sentir de Platón, es inseparable del aislamiento. Mas, por el contrario, en Alcibíades, que sabía sacar partido de cuantos se le acercaban, nada extraño era que sus felices hechos alcanzasen una brillante gloria acompañada de benevolencia y honor, cuando no pocas veces algunos de sus yerros encontraron gracia y aplauso. De aquí es que éste, con haber causado no pocos daños ni en ligeras cosas a la ciudad, sin embargo muchas veces fue nombrado caudillo y general, y aquel, con pedir una magistratura muy correspondiente a sus sobresalientes hechos y virtudes, se vio desairado; así, al uno, ni aun cuando recibían daño podían aborrecerle sus conciudadanos; y al otro, aun cuando le admiraban, no podían amarle.

IV.— Marcio, pues, en nada fue útil a su ciudad revestido de mando, sino más bien a los enemigos contra su propia patria, mientras que Alcibíades, ya yendo al mando de otros, ya mandando él, prestó grandes servicios a los Atenienses, y lo que es hallándose presente, dominó como quiso a sus enemigos, no prevaleciendo las calumnias sino en su ausencia. Pero Marcio presente fue condenado por los Romanos, y presente le acabaron los Volscos: verdad es que fue injusta y abominablemente; mas él mismo les dio armas con que defenderse, por cuanto no habiendo admitido la paz propuesta públicamente, cedió a particulares ruegos de unas mujeres, no deponiendo la enemistad, sino malogrando y destruyendo la sazón oportuna de la guerra que quedó pendiente, pues hubiera sido razón que se hubiese puesto de acuerdo con los que de él se fiaron, si de la justicia que les era debida hubiese hecho alguna cuenta. Mas si en la suya no entraron para nada los Volscos, y sólo con el deseo de saciar su cólera acaloró primero la guerra y después la entibió, no estuvo bien que por la madre perdonase a la patria, sino con ésta también a la madre, puesto que ésta y la esposa eran una parte de la ciudad que sitiaba. Rechazar inhumanamente los ruegos y súplicas de los embajadores y las preces de los sacerdotes, y luego conceder a la madre la retirada, no fue honrar a su madre, sino afrentar a la patria, rescatada por el duelo y el ademán de una sola mujer, como si no fuera por sí misma digna de que se le salvase: gracia que, debió ser mal vista, y que fue en verdad cruel y sin agradecimiento, no habiéndose hecho recomendable ni a los unos ni a los otros, pues que se retiró sin tener condescendencia con los combatidos y sin la aprobación, de los que con él combatían; de todo lo cual fue causa lo intratable y demasiado arrogante y soberbio de su condición; pues siendo ya esto por sí mismo muy incómodo a la muchedumbre, si se junta con la ambición, se hace enteramente desabrido e intolerable; porque los tales no tiran a congraciarse con la muchedumbre, haciendo que no aspiran a los honores, y después se ponen desesperados cuando no los alcanzan. También tuvieron esta partida de no ser obsequiosos y amigos de adular a la muchedumbre Metelo, Arístides y Epaminondas; pero porque de veras no se les daba nada de aquellas cosas que la plebe es árbitra de darlas o de quitarlas, desterrados muchas veces, desatendidos y condenados, no se enojaron con sus conciudadanos poco reconocidos, y después, cuando los vieron mudados, se mostraron contentos y se reconciliaron con los que los fueron a buscar; porque el que menos tiene de condescendiente con la muchedumbre menos demostrarse ofendido de ella, que el incomodarse, a más de no alcanzar los honores, nace precisamente de haberlos apetecido con más ansia.

V.— Alcibíades, pues, no negaba que le era muy satisfactorio verse honrado y que sentía ser desatendido; procuraba, por tanto, ser afable y halagüeño con cuantos se le presentaban; en cambio, a Marcio no le permitió su orgullo hacer obsequios a los que podían honrarle y adelantarle, y al mismo tiempo la ambición le hizo irritarse y enfadarse cuando le desatendieron. Y esto es lo único que puede mirarse como culpable en tan esclarecido varón, habiendo sido todos los demás hechos suyos sumamente brillantes: y en cuanto a la templanza y desprendimiento del dinero, era digno de que se le comparara con los más excelentes y más íntegros de los Griegos, y no con Alcibíades, sumamente osado en estos puntos, y que hacía muy poca cuenta de la virtud.

TIMOLEÓN Y PAULO EMILIO

Cuando me dediqué en un principio a escribir por este método las vidas, tuve en consideración a otros; pero en la prosecución y continuación he mirado también a mí mismo, procurando con la Historia, como con un espejo, adornar y asemejar mi vida a las virtudes de aquellos varones: pues lo pasado se parece más que a ninguna otra cosa a la coexistencia en un tiempo y en un lugar; cuando recibiendo y tomando de la historia de cada uno de ellos separadamente, como si vinieran de una peregrinación, vamos considerando «cuáles y cuán grandes eran»; haciendo examen para nuestro provecho de las más principales y señaladas de sus acciones. «Y a fe mía, ¿dónde encontrar motivo de mis dulces alegrías?». ¿Qué medio más poderoso que éste podemos elegir para la reforma de las costumbres? Porque con sentar Demócrito que lo que debíamos desear era que la suerte nos proporcionara imágenes bellas, y que más bien nos vinieran de lo que nos rodea las convenientes y provechosas, que no las malas y siniestras, introdujo en la filosofía un axioma falso, capaz de conducir a interminables supersticiones: cuando nosotros, con ocuparnos en la Historia y acostumbrarnos a esta clase de escritura, teniendo siempre presentes en nuestros ánimos los monumentos que nos dejaron los varones más virtuosos y aprobados, nos proveemos de medios con que deshacer y borrar lo malo y vicioso que de la necesaria comunicación de los hombres puede pegársenos, convirtiendo nuestra mente tranquila y sosegada a los ejemplos más virtuosos. Continuando, pues, en este propósito, te ponemos ahora en la mano la vida de Timoleón de Corinto y de Emilio Paulo, varones que no sólo se parecieron en sus inclinaciones, sino también en haberles sido próspera la Fortuna, dando motivo a que se dude si tuvo más parte en sus triunfos la buena suerte que la prudencia.

TIMOLEÓN

I.— La situación de los Siracusanos antes de que Timoleón fuese enviado a Sicilia era ésta: Dión había conseguido arrojar de Sicilia a Dionisio el Tirano, pero, muerto él mismo con una alevosía, entró la división entre los que con Dión habían libertado a los Siracusanos; y la ciudad, pasando sin intermisión del dominio de uno al de otro tirano, estuvo en muy poco que no se despoblase. En lo restante de la Sicilia, una parte había mudado de forma y quedado sin pueblos a causa de las guerras, y el mayor número de las ciudades estaban en poder de soldados mercenarios y aventureros, abandonándolas fácilmente los que en ellas mandaban. Al año décimo, reuniendo Dionisio algunos extranjeros y lanzando al tirano Niseo, que estaba entonces apoderado de Siracusa, volvió a ponerse al frente de los negocios, y si extraño había sido que con muy pocas fuerzas se le hubiese hecho perder la mayor de las dominaciones que entonces existían, más extraño fue todavía que de desterrado y abatido hubiese vuelto a hacerse dueño de los que le desecharon. De los Siracusanos, pues, los que se mantuvieron en la ciudad quedaron esclavizados a un tirano que, no siendo de suyo nada benigno, tenía además exulcerado entonces su ánimo con las desgracias; y los principales y más distinguidos, acogiéndose a Hícetes, sobresaliente en autoridad entre los Leontinos, se pusieron enteramente en sus manos y le eligieron caudillo para la guerra, no porque fuese mejor que los que abiertamente se decían tiranos, sino que no tenían otro recurso, y prefirieron dar su confianza a un siracusano de origen, que reunía una fuerza proporcionada contra el tirano.

II.— Como en aquella misma sazón viniesen contra Sicilia con una fuerte armada los Cartagineses, ensoberbecidos con su buena suerte, temerosos los Sicilianos resolvieron enviar embajadores a la Grecia e implorar el auxilio de los de Corinto, no solamente por el deudo de un mismo origen y porque muchas veces habían sido ellos favorecidos en iguales casos, sino por saber que, generalmente, aquella ciudad había sido siempre tan amiga de la libertad como enemiga de los tiranos, y que la mayor parte de sus peligrosas guerras las había sostenido, no por deseo y ambición de mando, sino por la libertad de los Griegos. Hícetes cuya mirada en el mando era la tiranía y no la libertad de los Siracusanos, ya entonces tenía relaciones secretas con los Cartagineses, aunque en público hablaba en favor de los Siracusanos, y había enviado también embajadores al Peloponeso, no porque quisiera que viniese auxilio de aquella parte, sino con la esperanza de que si los de Corinto no se movían a dar este socorro, como era natural, por las disensiones y contiendas de los Griegos, podría más fácilmente hacer dueños de los negocios a los Cartagineses y tenerlos por aliados y auxiliares contra los Siracusanos o contra el tirano, aunque estas cosas se descubrieron un poco más adelante.

III.— Al arribo de los embajadores, los Corintios, acostumbrados siempre a ser rogados de sus colonias, y especialmente de la de los Siracusanos, como afortunadamente no hubiese entonces entre los Griegos nadie que los incomodase, hallándose en plena paz y sosiego, decretaron socorrerlos con todo empeño. Meditaban sobre el general que enviarían, y escribiendo y proponiendo los magistrados a aquellos que más se esforzaban por sobresalir en la ciudad, levantóse uno entre ellos e indicó a Timoleón, hijo de Timodemo, no porque todavía manejase los negocios públicos o pudiera concebirse en él tal esperanza y tal deseo, sino que fue una casual ocurrencia inspirada quizá por algún dios; ¡tal fue la buena suerte que para la elección siguió al punto a esta propuesta, y tanta la gracia que brilló después en sus acciones, dando grande realce a su virtud!

Él era ilustre en la ciudad por sus padres Timodemo y Demaxista; amante de la patria y muy dulce de condición; solamente enemigo irreconciliable de los tiranos y de los malos. Para las cosas de la guerra, recibió de la naturaleza una tan bien templada disposición, que, siendo joven, manifestó mucho juicio, y declinando ya la edad no fue menor su valor en las ocasiones. Tuvo un hermano mayor llamado Timófanes, que en vez de serle parecido era temerario y se había dejado alucinar del deseo de la tiranía por malos amigos y por soldados extranjeros, que tenía siempre consigo, siendo, por otra parte, según parecía, intrépido y despreciador de los peligros en la milicia, que era por lo que habiendo ganado entre los ciudadanos fama de hombre activo y buen militar, se había hecho nombrar para el mando. Aun en esto le servía de mucho Timoleón, ocultando siempre sus yerros o haciéndolos parecer menores, y dando brillantez e incremento a las buenas calidades que recibió de la naturaleza.

IV.— En la batalla que los Corintios tuvieron con los Argivos y Cleoneos, a Timoleón le cupo pelear con la infantería, y a su hermano, que mandaba la caballería, le sobrevino un repentino peligro: derribóle el caballo, cayendo herido a la parte de los enemigos; de sus camaradas, unos se dispersaron al punto sobrecogidos de miedo, y otros, aunque no abandonaron el puesto, peleando pocos contra muchos, con dificultad se defendían. Timoleón, pues, luego que entendió lo sucedido, corrió en su auxilio, y oponiendo el escudo del rendido Timófanes, acosado con los dardos y con los golpes que de cerca se dirigían contra su cuerpo y contra las armas, ahuyentó, no sin gran trabajo, a los enemigos y salvó al hermano. A poco, los de Corinto, temerosos no les sucediese lo que antes de parte de sus aliados, que fue perder la ciudad, decretaron mantener cuatrocientos extranjeros, y nombraron caudillo de ellos a Timófanes; mas éste, olvidado de toda honestidad y justicia, inmediatamente empezó a trabajar por reducir la ciudad a su dominación, y quitando del medio sin forma ninguna de juicio a muchos de los ciudadanos más principales, se erigió abiertamente en tirano. Sentíalo extraordinariamente Timoleón, y mirando como su mayor desgracia la perversidad del hermano, procuró hablarle y exhortarle a que, desistiendo de la locura e infelicidad de semejante proyecto, viera el modo de enmendar el yerro cometido contra sus conciudadanos. Oyóle aquel con indignación y desprecio, y él, entonces, tomando consigo de los de la familia a Esquilo, que era hermano de la mujer de Timófanes, y de los amigos a un agorero, llamado Sátiro, según Teopompo, y Ortágoras, según Éforo y Timeo, después de haber pasado algunos días, subió de nuevo a ver al hermano, y rodeándole los tres, le rogaban, y con razones le persuadían, a que se arrepintiera de su propósito; mas como Timófanes al principio les respondiese con mofa, y después se irritase y enfadase con ellos, Timoleón se retiró a un lado, y cubriéndose con su ropa, lloraba su desgracia; pero los otros, desenvainando las espadas, dieron muy pronto cuenta de él.

V.— Divulgóse el hecho, y los Corintios de más juicio celebraban en Timoleón su aversión a lo malo y su grandeza de alma, por cuanto, siendo hombre bueno y recto, antepuso la patria a su casa, y lo honesto y lo justo a lo útil, salvando al hermano mientras se distinguió en defensa de la patria, y concurriendo a su muerte cuando trató de oprimirla y esclavizarla; pero los que no pueden vivir en la democracia, acostumbrados a estar pendientes del semblante de los poderosos, al paso que fingían haberse alegrado con la muerte del tirano, desacreditaban a Timoleón como autor de un hecho impío y atroz, con lo que le hicieron caer en desaliento. Supo luego que la madre también se había indignado y había prorrumpido contra él en execraciones terribles y espantosas, y como yendo a aplacarla no hubiese aquella consentido ni siquiera verle, y antes hubiese mandado cerrarle la puerta, contristado entonces hasta lo sumo, y saliendo de juicio, resolvió quitarse la vida con rehusar tomar alimento; pero no perdiéndole de vista los amigos y agotando con él todo ruego y todo medio de contenerle, determinó vivir retirado huyendo del bullicio, y enteramente se apartó del gobierno, tanto, que en los primeros tiempos ni siquiera venía a la ciudad, sino que pasaba una vida infeliz e inquieta en las más desiertas soledades.

VI.— De esta manera los juicios, si no dominan a las acciones, tomando seguridad y fuerza de la razón y de la filosofía, fluctúan y son fácilmente trastornados por cualesquiera alabanzas o reprensiones, destituidos del fundamento del discurso propio; no basta en verdad que la acción sea honesta y justa, sino que es menester que el dictamen según el cual se emprende sea firme e incontrastable, para que obremos con meditada resolución; y no suceda que, así como los glotones se abalanzan con repentino apetito a los manjares que tienen a la vista, fastidiándolos luego que se han hartado, de la misma manera nosotros, ejecutadas las acciones, nos desalentamos por debilidad, marchitada ya entonces la opinión y apariencia de la virtud. Porque el arrepentimiento hace indecoroso lo más honestamente ejecutado, mientras que la determinación apoyada en la ciencia y el raciocinio nunca se muda, aunque los efectos no correspondan. Por eso Foción el Ateniense, que se había opuesto a los proyectos de Leóstenes, cuando apareció que éste había salido con ellos y vio a los Atenienses que hacían sacrificios y estaban muy hinchados con la victoria, dijo que bien quisiera que por él se hicieran aquellas demostraciones, pero que no mudaba de consejo: siendo aún más decisivo lo ocurrido con Arístides Locrio, uno de los amigos de Platón, el cual, habiéndole pedido Dionisio el mayor a una de sus hijas por mujer, respondió: «Más quisiera ver muerta a mi hija que casada con un tirano»; y después, habiendo hecho Dionisio al cabo de poco tiempo dar muerte a sus hijos, y preguntándole por insulto si estaba todavía en el mismo propósito en cuanto a la concesión de la hija, le contestó que, aunque sentía mucho lo sucedido, no se arrepentía de su anterior respuesta: mas estos rasgos quizás son de una virtud más elevada y más perfecta.

VII.— Timoleón, de resultas de lo sucedido con el hermano, bien fuese de pesar por su muerte, o bien de rubor a causa de la madre, quedó tan quebrantado y decaído de ánimo, que en unos veinte años no tomó parte en negocio ninguno público o de alguna consecuencia; mas llegado el caso de ser propuesto y de recibirlo bien el pueblo e interponer su autoridad, Teleclides, que entonces sobresalía en la ciudad, en poder y nombradía, se levantó en la junta y exhortó a Timoleón a mostrarse varón recto y generoso en sus acciones; «porque si te conduces bien —dijo—, juzgaremos que fue a un tirano a quien concurriste a dar la muerte; pero si te conduces mal, a tu hermano». Ocupábase Timoleón en disponer el embarque y reunir tropas, cuando llegaron a los Corintios cartas de Hícetes que daban indicios de su mudanza y su traición; pues apenas envió los embajadores, trató abiertamente con los Cartagineses, conviniendo con ellos en que arrojaran a Dionisio de Siracusa y él quedara de tirano; y temiendo no fuera que si llegasen antes las tropas y el general de Corinto descompusieran sus planes, dirigió a los de Corinto una carta, en que les decía no haber necesidad de que se incomodaran e hicieran gastos navegando a Sicilia y corrieran peligros, puesto que los Cartagineses se oponían y harían resistencia a sus fuerzas con gran número de naves, y él, por su tardanza, se había visto en la precisión de hacer con aquellos alianza contra el tirano. Leída esta carta, si antes había habido entre los Corintios algunos que mirasen con frialdad la expedición, entonces el enojo contra Hícetes los acaloró a todos, de manera que con el mayor empeño habilitaron a Timoleón y le ayudaron, con todo lo necesario, a realizar el embarque.

VIII.— Prontas ya las naves, y provistos los soldados de cuanto necesitaban, parecíales a las sacerdotisas de Proserpina haber visto entre sueños que las Diosas se disponían para una romería, y haberles oído decir que se proponían acompañar a Timoleón a Sicilia, por lo cual, aparejando los Corintios una nave sagrada, la llamaron la de las dos Diosas. Timoleón pasó a Delfos, donde hizo sacrificio al dios, y cuando bajaba al lugar de los oráculos ocurrió un prodigio: porque, desprendiéndose y volándose de entre las ofrendas que allí estaban suspendidas una venda, en que había bordadas coronas y victorias, vino a caer sobre la cabeza de Timoleón, como dando a entender que era enviado a la expedición coronado por la mano del dios. Teniendo, pues, siete naves corintias, dos de Corcira, y dando los Leucadios la décima nave, hízose con ellas a la vela; y hallándose a la noche en alta mar llevado de favorable viento, pareció que de repente se rasgó el cielo, enviando sobre la nave una gran columna de fuego resplandeciente, y que alzada en alto una antorcha semejante a las de los misterios, y siguiendo el mismo curso, vino a fijarse en el punto de Italia hacia el que dirigían el rumbo los timoneros. Los adivinos declararon que aquella visión concordaba con los sueños de las sacerdotisas, y que el fuego del cielo significaba que las Diosas protegían la expedición, por cuanto la Sicilia estaba consagrada a Proserpina, teniéndose por cierto que allí se había ejecutado el rapto y que aquella isla se le había dado en dote al tiempo de sus bodas.

IX.— Lo que es de parte de los Dioses inspiraron estas cosas grande confianza a la expedición; por lo que, navegando presurosamente, aportaron a Italia: mas las noticias que vinieron de Sicilia pusieron a Timoleón en graves dudas y causaron desaliento en los soldados. Hícetes, habiendo vencido en batalla a Dionisio y tomando la mayor parte de los puestos de los Siracusanos, tenía sitiado y circunvalado a aquel, habiéndole obligado a refugiarse en el alcázar y en lo que llamaban la Isla, y había ordenado a los Cartagineses que estuvieran a la mira de que Timoleón no aportara a Sicilia, puesto que, retirados éstos, podrían con sumo reposo repartirse entre sí la Isla. Los Cartagineses, pues, enviaron a Regio veinte galeras, en las que iban embajadores de Hícetes a Timoleón con propuestas acomodadas a lo sucedido: pues que venían a ser arterías y apariencias muy bien disimuladas con dañados intentos, prestándose a admitir al mismo Timoleón, si quería pasar cerca de Hícetes, y tener parte con él en todos los consejos y en todos los negocios; mas con la condición de que las naves y los soldados los había de despachar a Corinto, como que de una parte faltaba muy poco para que la guerra estuviese acabada, y de la otra se hallaban los Cartagineses en ánimo de impedir el desembarco y pelear contra los que hiciesen resistencia. Los Corintios, pues, cuando llegados a Regio se hallaron con semejante embajada, y vieron que los Fenicios estaban surtos por aquellas inmediaciones, se indignaron de ser escarnecidos, y en todos se suscitó enojo contra Hícetes y miedo que los infelices Siracusanos, conociendo bien que se los reducía a ser galardón y premio, para Hícetes, de su traición, y para los Cartagineses, de su tiranía.

Parecióles, sin embargo, no ser factible vencer a las naves de los bárbaros ancladas allí cerca, que eran en doble número y a las tropas de Hícetes, con las que contaban haber hecho en unión la guerra.

X.— No obstante todo esto, presentándose Timoleón a los embajadores y a los caudillos de los Cartagineses, les contestó sosegadamente que se prestaría a lo que tenían acordado —¿ni que hubiera adelantado con oponerse?—; pero que quería que se trataran estas cosas por demandas y respuestas, ante una ciudad griega amiga de unos y otros, como era Regio, y después se retiraría, lo cual le convenía a él mucho para su seguridad, y a ellos les daría mayor firmeza en lo que proponían acerca de los Siracusanos, teniendo a todo un pueblo por testigo del convenio. Ésta fue una añagaza que les preparó para el desembarco, y en ella le auxiliaban todos los generales de los Reginos, quienes temían que los Corintios dominaran en la Sicilia y tener por vecinos a los bárbaros. Congregáronse, por tanto, en junta pública, y cerraron las puertas, como para impedir que los ciudadanos se distrajesen a otros negocios; y como para ganar a la muchedumbre emplearon discursos muy largos, tratando uno después de otro el mismo asunto, no con más objeto que el de dar tiempo a que anclasen las naves de los Corintios, y detener en la junta, sin causarles sospechas, a los Cartagineses; y más, que hallándose presente Timoleón les dio idea de que se levantaría y hablaría en ella. Mas como en esto llegase uno que le anunció estar ya ancladas todas las demás galeras, y que sola la suya quedaba esperándole, penetrando por entre la muchedumbre, y haciéndole espaldas los Reginos que estaban cerca de la tribuna, se encaminó al mar, y desembarcando con gran presteza, tomaron la vía de Tauromenio de Sicilia, recibiéndolos, y aun teniéndolos llamados de antemano con la mejor voluntad, Andrómaco, a quien estaba encomendada la ciudad, y que tenía en ella el mayor poder. Era éste padre de Timeo el Historiador; y con haber alcanzado en aquella sazón mayor autoridad que cuantos dominaban en la Sicilia, a sus ciudadanos los gobernaba en ley y justicia, y a los tiranos era notorio que los miraba con aversión y desagrado; así es que entonces ofreció su ciudad como refugio a Timoleón, y a sus ciudadanos los persuadió a que hicieran causa común con los de Corinto y juntos dieran la libertad a la Sicilia.

XI.— Los Cartagineses que quedaron en Regio, visto que se había retirado Timoleón y disuelto la junta, estaban muy sentidos de que con otra estratagema se hubiesen burlado las suyas; con lo que dieron ocasión a que los Reginos los insultaran un poco, diciéndoles: «¿Cómo siendo Fenicios os incomodáis de lo que se hace con engaño?». Enviaron, pues, a Tauromenio un embajador en una de sus galeras, el cual, habiendo hablado largamente con Andrómaco, extendiéndose acalorada y groseramente sobre que era preciso despidiese sin la menor detención a los Corintios, por último, mostrándole la mano primero por la palma, y después por el otro lado, le amenazó que siendo su ciudad de esta manera la volvería de la otra. Andrómaco, echándose a reír, nada absolutamente le respondió, sino que, extendiendo como él la mano, primero por la palma y luego por la otra parte, le intimó que se fuera cuanto antes, si no quería que siendo su nave de esta manera la pusiese de la otra. Mas Hícetes, luego que supo el desembarco de Timoleón, cobró miedo y llamó cerca de sí muchas de las galeras de los Cartagineses, con lo que sucedió que los Siracusanos desconfiaron completamente de su salvación, viendo a los Cartagineses apoderados del puerto, a Hícetes dueño de la ciudad, a Dionisio defendido en el alcázar, y que Timoleón apenas tocaba a la Sicilia por medio de un hilo delgado, que era el pueblezuelo de los Tauromenios, con muy débil esperanza y muy escasas fuerzas, pues fuera de mil soldados y los víveres precisos para ellos, nada más tenía. Ni las ciudades se confiaban tampoco, estando agobiadas de males, e irritadas contra todos los generales de ejército, principalmente por la infidelidad de Calipo y Fárax, de los cuales el uno era Ateniense, y el otro, Lacedemonio; y diciendo ambos que venían a trabajar en su libertad y a destruir a los monarcas, hicieron ver a la Sicilia que eran oro los trabajos que habían padecido en la tiranía, y que debían ser tenidos por más dichosos los que habían muerto en la esclavitud que los que alcanzaron la independencia.

XII.— Desconfiando, pues, de que el Corintio fuese mejor que ellos, sino que les vendría también con los mismos sofismas y los mismos atractivos, lisonjeándolos con buenas esperanzas y con proposiciones llenas de humanidad, para inclinarlos a la mudanza de nuevo dueño, empezaron a sospechar y a estorbar el fruto de las exhortaciones de los Corintios; a excepción únicamente de los Adranitas que, habitando una ciudad, aunque pequeña, consagrada a Adrano, cierto dios muy venerado en toda la Sicilia, discordaron entre sí, implorando unos a Hícetes y los Cartagineses, y llamando otros a Timoleón. Sucedió, pues, por pura casualidad, que, acelerándose éste y aquellos, en un mismo punto de tiempo concurrieron al llamamiento unos y otros, trayendo Hícetes cinco mil hombres y no teniendo Timoleón entre todos más que unos mil y doscientos, con los cuales salió de Tauromenio para Adrano, que distaba unos trescientos y cuarenta estadios. Y en el primer día, habiendo andado poca parte del camino, hizo alto; mas al siguiente, marchando sin reposo y venciendo pasos escabrosos y difíciles, cuando comenzaba a declinar el día, oyó que Hícetes acababa de llegar a la ciudad y se había acampado en las inmediaciones. Los jefes y capitanes de los Cuerpos empezaban a acampar también a los que llegaron primero, pareciéndoles que pelearían con más ardor después de haber tomado alimento y haber descansado; mas sobreviniendo Timoleón, les hizo presente no ejecutasen semejante cosa, sino que marcharan prontamente y cayeran sobre los enemigos, que andarían desordenados, como era regular sucediese, estando descansando de una marcha y descuidados en las tiendas y en los ranchos; dicho esto, embrazó el escudo y guió el primero como a una victoria cierta. Siguiéronle denodadamente los demás, hallándose de los enemigos a menos de treinta estadios, los que anduvieron muy luego, y dieron sobre éstos, que se desordenaron y huyeron a la primera noticia que tuvieron de su venida; así es que sólo mataron unos trescientos, y fueron más que doblados los que cautivaron, tomándoles también el campamento. Los Adranitas, abriendo las puertas de la ciudad, se unieron con Timoleón, refiriéndole con asombro y susto que, no bien se había empezado el combate, cuando por sí mismas se habían abierto las puertas sagradas del templo, y habían advertido que la lanza del dios se blandió por la punta y su semblante estaba bañado de copioso sudor.

XIII.— Tales prodigios, a lo que parece, no significaron solamente esta victoria, sino también los posteriores sucesos de que aquel combate fue un feliz preludio. Porque las ciudades, enviando embajadores, inmediatamente se unieron a Timoleón, y Mamerco, tirano de Catana, hombre guerrero y sobrado de medios, le ofreció su alianza. Mas lo mayor de todo fue que el mismo Dionisio, perdida ya toda esperanza, y estando a punto de tener que rendirse, mirando con desprecio a Hícetes, que se había dejado vencer cobardemente, y admirando a Timoleón, envió a tratar con éste y con los Corintios, poniéndose en sus manos y entregándoles el alcázar. No despreciando Timoleón tan inesperada dicha, mandó inmediatamente al alcázar a los ciudadanos corintios Euclides y Telémaco, y además trescientos soldados, no todos juntos ni de modo que se conociera, cosa imposible por estar el puerto en poder de los enemigos, sino disimuladamente divididos en paquetes. Tomaron, pues, los soldados el alcázar y los palacios, con todas las provisiones y efectos de guerra, porque había no pocos caballos, toda especie de máquinas y gran copia de dardos; de armas había unas setenta mil depositadas de largo tiempo, y tenía consigo Dionisio unos dos mil soldados, que puso con todo lo demás a disposición de Timoleón. El mismo Dionisio, tomando su caudal y no muchos de sus amigos, hizo la travesía sin ser notado de Hícetes, y llevado al campamento de Timoleón, entonces por primera vez se le vio reducido y humillado a la condición de particular; y se dispuso fuese llevado a Corinto en una sola nave con poca parte de su hacienda; habiendo sido nacido y criado en la tiranía más afamada y poderosa de todas, la que conservó diez años, habiendo pasado los doce restantes, después de la expedición de Dión, en continuas guerras y combates; pero a lo que hizo en la tiranía excedió en mucho lo que padeció arrojado de ella; porque vio las muertes de sus hijos ya crecidos y los estupros de sus hijas doncellas; y a la que era su hermana y mujer a un tiempo sufrir todavía viva en su cuerpo los más torpes insultos de sus enemigos, y que después le dieron violentamente muerte juntamente con sus hijos y la arrojaron al mar. Mas de estas cosas hemos dado razón más circunstanciada en la vida de Dión.

XIV.— Llegado Dionisio a Corinto, no había Griego ninguno que no deseara verle y hablarle, con la diferencia de que unos, alegrándose de sus desgracias, por odio se llegaban a él contentos, como para conculcar al que había derribado la fortuna, y otros, aplacados ya con la mudanza y compadeciéndole en la fragilidad manifiesta de las cosas humanas, veían el gran poder de otras causas ocultas y divinas, pues aquella edad no ostentó prodigio ninguno de la naturaleza o del arte igual a aquella obra de sola la fortuna que mostraba al que poco antes era tirano de la Sicilia, reducido a habitar en Corinto en casa de una bodegonera, o sentado en el mostrador de un perfumador bebiendo la zupia de los taberneros, o alternando con mujerzuelas que hacían tráfico de su belleza, o enseñando a las cantoras sus cantinelas, moviendo con ellas disputas sobre la armonía del canto. Unos creían que Dionisio tenía esta conducta porque, además de ser de aquellos que fácilmente se exaltan, era por naturaleza muelle y disoluto; mas otros juzgaban que para que no se hiciera atención en él y no inspirar miedo a los Corintios ni dar sospechas de que llevaba mal la mudanza de vida y el no tener parte en los negocios, de intento se esforzaba a mostrarse fuera de su naturaleza extravagante y medio simple en el modo de consumir su ocio.

XV.— Refiérese también de él algunos dichos de los que se puede inferir que no dejaba de acomodarse con dignidad a las cosas presentes. Como, por ejemplo: habiendo pasado a Léucade, ciudad fundada por los Corintios, igualmente que la de Siracusa, dijo le sucedía lo mismo que a aquellos jóvenes que han caído en faltas; porque al modo que éstos se acogen gustosos a los hermanos y de vergüenza huyen de casa de los padres, de la misma manera, avergonzándose él de residir en la metrópoli, habitaba allí contento con los Leucadios. Otro ejemplo: reconviniéndole en Corinto un forastero con groserías sobre sus conferencias con los filósofos en las que parecía complacerse cuando reinaba, y preguntándole últimamente de qué le había servido la sabiduría de Platón: «¿Te parece, le dijo, que no nos sirvió Platón de nada cuando ves cómo llevamos esta mudanza de fortuna?». Al músico Aristóxeno y algunos otros que le preguntaron cuál era y de dónde provenía la querella que había tenido con Platón, les respondió que, estando la tiranía rodeada siempre de grandísimos males ninguno era comparable con el de no atreverse a hablarle claro los que se venden por amigos, y que éstos eran los que le habían privado del aprecio de Platón. Queriendo dárselas uno de gracioso y zaherir a Dionisio, sacudió la capa al tiempo de entrar a verle, como para notarle de tirano; y él, volviéndole la burla, le dijo sería mejor lo hiciese al tiempo de salir de su casa, para no llevarse nada de lo que había en ella. Dejándose caer Filipo el de Macedonia en un convite ciertas expresiones irónicas acerca de las poesías y tragedias que Dionisio el mayor dejó escritas, haciendo como que dudaba en qué tiempo pudo tener vagar para estas tareas, le salió oportunamente al encuentro Dionisio, diciéndole: «En aquel que tu, yo y los demás que pasamos por felices gastamos en francachelas». Platón no alcanzo a ver a Dionisio en Corinto, porque ya había muerto, pero Diógenes de Sinope, la primera vez que se acercó a él: «Indignamente vives, le dijo, oh Dionisio»; y respondióle éste: «Te agradezco, oh Diógenes, que te compadezcas de mi infortunio»; «¿Cómo, replicó Diógenes, piensas que me compadezco, cuando más bien me irrito de que siendo un tan vil esclavo, digno de morir de viejo, como tu padre, en la tiranía, veo que estás aquí divirtiéndote y solazándote con nosotros?». De manera que cuando comparo con estas respuestas las exclamaciones que Filisto emplea compadeciendo a las hijas de es por haber descendido de los grandes bienes de la tiranía a un pasar estrecho y miserable, gradúo a éstas por lamentaciones de una mujerzuela que echara menos los alabastros, la púrpura y el oro. Creernos que estas cosas no entran mal en esta clase de escritos y que no son inútiles para lectores que no estén de prisa ni escasos de tiempo.

XVI.— Pues si la desdicha de Dionisio debió parecer extraña, no fue menos de admirar la dicha de Timoleón, porque a los cincuenta días de haber desembarcado en Sicilia tomó el alcázar de los Siracusanos y despachó a Dionisio al Peloponeso. Alentados con estos sucesos los Corintios, envíanle dos mil infantes y doscientos caballos, los cuales, llegados a Turios, considerando arriesgada aquella travesía, por tener los Cartagineses obstruido el mar con muchas naves, precisados a detenerse allí esperando oportunidad, sacaron al fin partido de aquel ocio para una acción provechosa. Porque de los Turios, los que habían peleado contra los Brecianos, tomando esta ciudad y teniéndola como patria, la guardaron con leal y fiel custodia.

Hícetes, que, como se ha visto, tenía sitiado el alcázar de Siracusa, impedía que a los Corintios les llegasen los víveres por mar; y respecto de Timoleón, habiendo sobornado a dos extranjeros para que a traición le diesen muerte, los envió a Adrano, donde, además de que aquel no solía usar guardia alguna para su persona, confiado en el dios, se entretenía todavía con menos cuidado y recelo en medio de los Adranitas. Supieron por casualidad los sobornados que iba a hacer un sacrificio, y dirigiéndose al templo con puñales encubiertos debajo de la ropa se metieron entre los que estaban junto al ara, y poco a poco se le fueron acercando más. No faltaba ya otra cosa sino que se diera la voz para la acometida, cuando uno de los circunstantes hiere con el puñal en la cabeza a uno de los dos, que cayó muerto; y entonces, ni se detuvo el que dio el golpe ni el que había ido con el herido, sino que aquel, de la misma manera como estaba con el puñal en la mano, dio a huir y se subió a una piedra muy alta; y este otro, asiéndose al ara, pedía a Timoleón que le indultase bajo la condición de descubrirlo todo. Concediósele, y reveló contra sí y contra el muerto que habían sido enviados para asesinarle. En esto, ya otros traían al de la piedra, que venía gritando no haber cometido delito alguno, sino que con justicia había dado muerte a aquel hombre para vengar la de su padre, a quien antes la había dado aquel en Leoncio. Hubo entre los presentes algunos que lo atestiguaron, maravillándose al mismo tiempo de la destreza con que la Fortuna mueve unas cosas por medio de otras, y reuniéndolas y combinándolas todas, desde lejos se sirve de las que parece estar más distantes y no tener nada de común entre sí, haciendo que el fin de las unas sea el principio de las otras. Los Corintios premiaron a este hombre con diez minas, porque parece prestó una indignación justa al Genio que velaba sobre Timoleón; y aquella ira que tanto tiempo hacía abrigaba en su pecho no la gastó antes, sino que con el motivo de su particular encono la reservó íntegra para salud de aquel por disposición de la fortuna. Sirvióles este favor presente de la suerte para formar esperanzas sobre lo futuro, viendo que debían respetar y conservar a Timoleón como a un hombre sagrado, venido para ser por voluntad de los Dioses el vengador de la Sicilia.

XVII.— Hícetes, cuando vio que había errado el golpe, y que eran muchos los que se pasaban a Timoleón, se reprendió a sí mismo de que, siendo tantas las fuerzas de los Cartagineses, parecía que se había avergonzado de usar de ellas, y sólo como a escondidas y a hurtadillas se había valido de su auxilio. Envió, pues, a llamar a Magón su general, con todo el cuerpo de sus tropas, el cual, por lo pronto, impuso miedo presentándose y tomando el puerto con ciento cincuenta naves, y conduciendo sesenta mil infantes que hizo acampar dentro de la ciudad de Siracusa: de manera que todos creían ser ya venida sobre la Sicilia aquella barbarie tan decantada y esperada de antemano, por cuanto nunca antes habían logrado los Cartagineses, a pesar de haber peleado mil veces en Sicilia, tomar a Siracusa, mientras entonces, admitiéndolos Hícetes, y entregándosela, había venido aquella ciudad a ser un campamento de los bárbaros. En tanto, los Corintios que ocupaban el alcázar no se sostenían sino con gran dificultad y trabajo, no recibiendo todavía víveres suficientes, antes escaseándoles por estar bien guardados los puertos, y teniendo que estar en continuos combates y peleas, ya defendiendo las murallas y ya teniendo repartida su atención en las máquinas y en todos los medios e instrumentos de un sitio.

XVIII.— Con todo, Timoleón no se olvidaba de socorrerlos, enviándoles de Catana víveres en barquillos de pescadores y en pequeños transportes, que principalmente en los momentos de tormenta se escabullían entre las galeras de los bárbaros, mientras a éstas las tenían separadas el oleaje y la borrasca. Echándolo de ver Magón e Hícetes, determinaron tomar a Catana, de donde los sitiados se surtían de lo necesario, y reuniendo la parte más aguerrida de sus fuerzas, dieron la vela desde Siracusa. Mas el corintio Neón, que éste era el nombre del que mandaba a los sitiados, observando desde el alcázar que los que habían quedado de los enemigos estaban con poca vigilancia y cuidado, cargó de improviso sobre ellos en ocasión de hallarse desunidos, y dando muerte a unos, y obligando a otros a retirarse, tomó y ocupó el punto llamado Acradina, parte la más fuerte de la ciudad de Siracusa, la cual parece en alguna manera compuesta y formada de muchas poblaciones. Provisto, pues, de víveres y de dinero, no abandonó aquel sitio ni se acogió de nuevo al alcázar, sino que, fortificando la circunferencia de la Acradina, y juntándola por medio de obras avanzadas con aquella ciudadela, la tuvo en custodia. Alcanzó en esto un soldado de a caballo de los de Siracusa a Magón e Hícetes, que ya estaban cerca de Catana, y les refirió la pérdida de la Acradina. Aturdiéronse con semejantes nuevas y se retiraron precipitadamente, sin tomar la ciudad a que se encaminaban, y sin conservar la que poseían.

XIX.— Todavía estos sucesos dan a la prudencia y a la virtud algún asidero para contender con la fortuna; mas los que después sobrevinieron parece que enteramente fueron obra de la buena dicha. Los soldados corintios detenidos en Turios, temiendo por una parte a las galeras de los Cartagineses que les estaban en acecho bajo el mando de Anón, y viendo por otra que el mar estaba agitado del viento hacía muchos días, tomaron la determinación de hacer a pie su marcha por el país de los Brecianos; y ora usando de persuasión y ora de fuerza con aquellos bárbaros, arribaron a Regio, cuando todavía el mar permanecía alborotado. En tanto, al jefe de la escuadra cartaginesa, que no aguardaba a los Corintios, creyéndolos en la inacción, le vino la ocurrencia de que era preciso que discurriese algún engaño a la manera de los generales sabios y astutos: mandó, pues, con esta idea a sus marineros ponerse coronas; y adornando las galeras con escudos griegos y fenicios, marcha la vuelta de Siracusa; y moviendo grande alboroto, pasa con algazara y risa por delante de la ciudadela, gritando que venía de haber vencido y cautivado a los Corintios, a los que había sorprendido en el mar, a fin de infundir con esto desaliento a los sitiados. Mas cuando él usaba de estas imposturas y embelecos, los Corintios, que por los Brecianos habían bajado hasta Regio, como no los observase nadie, y el viento calmado contra toda esperanza les proporcionase una travesía tranquila y apacible, embarcándose sin detención en los transportes y barcas de pesca que tuvieron a mano bogaron y se dirigieron a la Sicilia, tan seguramente y con tal serenidad, que llevaban los caballos del diestro nadando junto a las embarcaciones.

XX.— Hecha la travesía, y reunidos con Timoleón, tomó éste inmediatamente a Mesina; y ordenado su ejército partió para Siracusa, más confiado en su buena suerte y favorables sucesos que en sus fuerzas: porque las que tenía consigo no pasaban de cuatro mil hombres. Noticiado a Magón su arribo, no dejó de concebir inquietud y temor, y además entró en sospechas con el motivo siguiente. En las charcas inmediatas a la ciudad, donde se recoge mucha agua potable de fuentes y mucha también de los lagos y ríos que corren al mar, se cría abundancia de anguilas, y los que lo intenten pueden siempre hacer copiosa pesca; así, los asalariados de uno y otro ejército, estando en ocio y tregua, se dedicaban a este ejercicio. Eran todos Griegos, y no teniendo entre sí motivo particular de enemiga, aunque en los combates peleaban denodadamente, en el tiempo de tregua se reunían v conferenciaban unos con otros; y entonces, entreteniéndose en la común ocupación de la pesca, trababan conversación, ponderando la apacibilidad del mar y la belleza de aquellos contornos. En una de estas ocasiones dijo uno de los que militaban con los Corintios: «¿Es posible que una ciudad como ésta, tan grande y tan abastada de bienes, habéis de querer barbarizarla vosotros siendo Griegos y establecer cerca de nosotros a esos malvados e inhumanos Cartagineses, respecto de los cuales habíamos de desear que mediaran muchas Sicilias entre ellos y la Grecia? ¿O acaso imagináis que habiendo movido su ejército desde las columnas de Heracles y el mar Atlántico, no han de haber venido aquí sino a exponerse para el establecimiento de Hícetes? El cual, si pensara como buen general, no desecharía a los de su metrópoli, ni atraería sobre la patria a los que no pueden menos de ser sus enemigos; sino que alcanzaría cuanto honor y poder le estuviese bien, haciéndose recomendable a los Corintios y a Timoleón». Difundieron los soldados estas especies en el campamento, y con ellas hicieron concebir sospechas a Magón de que se trataba de venderle, cabalmente cuando hacía tiempo que buscaba pretextos para retirarse; así fue que por más que Hícetes le rogó se detuviese, y le hizo ver cuán superiores eran a los enemigos, reputando allá dentro de sí que era más lo que en virtud y fortuna le aventajaba Timoleón, que lo que él le excedía en fuerzas, levó repentinamente anclas y navegó al África, dejando que se le fuese de entre las manos la Sicilia de un modo vergonzoso y contrario a toda humana prudencia.

XXI.— Presentóse al día siguiente Timoleón en orden de batalla, y habiendo los Siracusanos entendido la fuga, al ver el puerto desamparado, les causó risa la cobardía de Magón, y discurriendo por la ciudad hacían pregonar premios para el que dijese dónde se les había ido la escuadra cartaginesa.

Con todo, Hícetes todavía se obstinaba en pelear, y no abandonaba la presa de la ciudad, sino que se rehacía en los puntos que conservaba, que eran fuertes y difíciles de tomar; entonces, Timoleón dividió sus fuerzas y acometió en persona por donde corre el Anapo, que era la parte de mayor resistencia; a otros, a quienes mandaba Isias de Corinto, les ordenó hiciesen una salida de la Acradina, y a la tercera división la dirigieron contra el punto llamado Epípolas Dinarco y Demáreto, que habían venido con los últimos socorros de Corinto. Hecha, pues, esta acometida a un tiempo por todas partes, y volviendo la espalda en precipitada fuga las tropas de Hícetes, el que se tomara la ciudad con el alcázar, quedando todo prontamente sujeto con la fuga de los enemigos, justo es que se atribuya al valor de los combatientes y a la pericia del general: pero el que no muriera, ni aun siquiera fuese herido, ninguno de los Corintios, obra fue precisamente de la fortuna de Timoleón, como si ésta contendiera con su virtud, para que los que lo entendiesen admiraran más su dicha que sus loables prendas; pues la fama no solamente corrió al punto por toda la Sicilia y por toda la Italia, sino que en breves días se difundió el eco de este admirable triunfo por la Grecia; de manera que cuando en Corinto se dudaba si la armada había aportado, a un tiempo recibieron la noticia del arribo y de la victoria; ¡tan prósperamente corrieron los sucesos y tanto se complació la Fortuna en añadirla presteza a la brillantez de aquellas hazañas!

XXII.— Apoderado de la ciudadela, no le sucedió lo que a Dion, ni guardó respeto a aquel sitio por su belleza y por lo costoso de sus edificios, sino que, evitando la sospecha con que primero se calumnió a aquel, y después se le perdió, hizo echar pregón de que aquel de los Siracusanos que quisiera se presentara con su piqueta y tomara parte en la destrucción de aquellos baluartes de la tiranía. Como todos hubiesen concurrido, tomando como principio seguro de la libertad el pregón aquel y aquel día, no sólo destruyeron y derribaron el alcázar, sino también las casas y monumentos de los tiranos. En seguida hizo limpiar e igualar el suelo, y edificó allí los tribunales, congraciándose así más con los ciudadanos, y sobreponiendo la democracia el despotismo.

Advirtió, luego de tomada la ciudad, que carecía de ciudadanos, habiendo perecido unos en las guerras y tumultos, y habiendo huido otros de las sucesivas tiranías; así la plaza pública de Siracusa había criado, por la falta de concurrencia, tanta y tan espesa maleza, que se apacentaban en ella los caballos, teniendo la hierba por cama los palafreneros. Las demás ciudades, a excepción de muy pocas, se habían hecho refugio de ciervos y jabalíes, y en las inmediaciones, al piemismo de las murallas, cazaban muchas veces los aficionados a este ejercicio; y los que habitaban en los fuertes y presidios ninguno acudía a los llamamientos ni bajaba a la ciudad, sino que todos miraban con horror y odio la plaza, el gobierno y tribuna, de donde les habían brotado los más de los tiranos. Determinaron, pues, Timoleón y los de Siracusa escribir a los Corintios para que de la Grecia enviaran habitantes a aquella ciudad, puesto que su país no temía ser perturbado, y a ellos, de parte del África, les amenazaba una cruda guerra, habiendo entendido que los Cartagineses habían puesto en una cruz el cadáver de Magón, que se había dado muerte a sí mismo, en odio de su mal gobierno, y que venían con grandes fuerzas para pasar a Sicilia en aquel verano.

XXIII.— Llevadas estas cartas de parte de Timoleón, y llegando también embajadores de los Siracusanos, que les rogaban atendieran a aquella colonia y se hicieran por segunda vez sus fundadores, no se valieron los Corintios de esta ocasión para saciar su codicia, ni se apropiaron aquella ciudad, sino que. en primer lugar, se dirigieron a los juegos sagrados de la Grecia y a las grandes concurrencias, anunciando por pregón que los Corintios, que en Siracusa habían destruido la tiranía y habían lanzado de allí al tirano, llamaron a los Siracusanos y a los demás de Sicilia que quisieran habitar en aquella ciudad, para que, como libres e independientes, se repartieran por suertes el país con igualdad y con justicia; enviaron después mensajeros al Asia y las islas donde sabían haberse establecido muchos de los desterrados, invitándolos a todos a pasar a Corinto, donde tomarían a su cargo enviarlos con escolta, con buques y generales a sus propias expensas a Siracusa. Con semejantes pregones se ganó Corinto la más justa y apreciable alabanza y la envidia de otros pueblos por haber libertado de tiranos, haber salvado de los bárbaros y haber entregado a sus propios ciudadanos aquella región. No considerándose en bastante número los que concurrieron a Corinto, hicieron diligencias para que se les agregaran más colonos del mismo Corinto y del resto de la Grecia, y cuando hubo como unos diez mil, se embarcaron para Siracusa. También de la Italia y de Sicilia se habían reunido ya muchos a Timoleón, llegando, según refiere Atanis, a sesenta mil, a los cuales les repartió el terreno y les vendió las casas en mil talentos, haciendo a los antiguos Siracusanos la gracia de que pudieran comprar las suyas y, proporcionando al mismo tiempo abundancia de fondos al pueblo, tan gastado con los demás males y con la guerra, que fue preciso vender las estatuas, votándose sobre cada una y entablándose un juicio, como cuando a los empleados se les piden cuentas; en tales términos, que se refiere haber conservado los Siracusanos, cuando daban sentencia contra las otras estatuas, la del tirano Gelón el mayor, guardándole este honor y respeto por la victoria que en Hímera ganó a los Cartagineses.

XXIV.— Enriquecida y repoblada la ciudad de esta manera por acudir a ella ciudadanos de todas partes, quiso Timoleón poner en libertad a las demás ciudades y acabar enteramente con las tiranías de la Sicilia; marchando, pues, con las tropas a sus capitales, redujo a Hícetes a la necesidad de separarse de los Cartagineses y de convenir por un tratado en destruir las ciudades y vivir como particular en Leoncio: a Léptines, que tenía tiranizada a Apolonia y otros muchos pueblos, y que cuando se vio en peligro de ser hecho prisionero si entraba en lid, se le rindió a discreción, lo trató con indulgencia y lo hizo conducir a Corinto, teniendo por cosa gloriosa para la metrópoli el que los Griegos vieran a los tiranos de la Sicilia vivir en el destierro y la humillación. Queriendo, por otra porte, que los estipendiarios vivieran de la milicia y no estuvieran ociosos, aunque él se restituyó a Siracusa para atender al establecimiento del gobierno, ayudándose para lo más principal y delicado de estas tareas de Céfalo y Dionisio, legisladores que habían venido de Corinto, envió contra las posesiones de los Cartagineses a Dinarco y Demáreto; los cuales, sacando muchas ciudades del poder de los bárbaros, no sólo consiguieron vivir en la abundancia, sino que con el botín recogieron fondos para la guerra.

XXV.— Dirígese en tanto la armada de los Cartagineses al Lilibeo, conduciendo sesenta mil hombres de tropa, doscientas galeras y mil barcos, que traían a bordo máquinas y carros con víveres abundantes y todas las demás provisiones, no ya para hacer parcialmente la guerra, sino para arrojar a los Griegos de toda la Sicilia, siendo aquella fuerza suficiente para sojuzgar a los Sicilianos, aun cuando no estuvieran debilitados y gastados con sus mutuas contiendas; y cuando entendieron que su territorio había sido devastado, encendiéronse en ira contra los Corintios, siendo sus caudillos Asdrúbal y Amílcar. Llegada esta nueva velozmente a Siracusa, de tal manera se acobardaron los Siracusanos a la vista de tan desmedidas fuerzas, que de tan grande número de ciudadanos apenas tres mil tuvieron ánimo para tomar las armas y juntarse con Timoleón. Los estipendiarios eran cuatro mil, y aun de éstos unos mil desertaron de miedo en la marcha, dándose a entender que Timoleón no estaba en su acuerdo, sino que deliraba por la edad, yendo con cinco mil infantes y mil caballos contra setenta mil enemigos y desviando sus fuerzas de Siracusa el camino de ocho días, con lo que ni los que huyesen tendrían salvamento ni los que muriesen sepulcro. Mas Timoleón reputó a ganancia el que éstos hubiesen manifestado su cobardía antes de la ocasión, y alentando a los otros los condujo a marchas forzadas al río Crimeso, adonde oyó haberse dirigido también los Cartagineses.

XXVI.— Iba subiendo a un collado, vencido el cual habían de descubrirse el ejército y todas las fuerzas de los enemigos, cuando llegaron a ellos unas acémilas cargadas de apios; a los soldados les ocurrió que era mala señal, porque tenemos la costumbre de coronar por piedad con apio los monumentos de los muertos, y de aquí nació el proverbio que dice, respecto del que se halla peligrosamente enfermo, que aquel está ya pidiendo apio. Queriendo, pues, apartarlos de semejante superstición y disipar su desconfianza, parando la marcha, les habló Timoleón en los términos que el caso pedía, y les dijo: «Que antes de la victoria la corona por sí misma se les venía a la mano, porque los Corintios coronan con apio a los que vencen en los Juegos Ístmicos, teniendo a esta planta por una insignia sagrada y propia de su país». Pues ya entonces era de apio la corona de los Juegos ístmicos, como lo es ahora de los Nemeos, y no mucho antes había sido de pino. Hablando, pues, Timoleón a los soldados en la forma que hemos dicho, y tomando unas hojas de apio, se coronó el primero: después de él lo hicieron los jefes, y luego la tropa. Divisaron entonces los adivinos dos águilas que por allí pasaban, de las cuales la una llevaba un dragón despedazado entre las garras, y la otra en su vuelo daba grandes y descompasados chillidos; mostráronlas, pues, a los soldados, y todos se movieron a hacer votos y plegarias a los Dioses.

XXVII.— Era entonces la estación del verano, a fines del mes Targelión, cuando ya el tiempo tocaba en el solsticio; y formando el río una densa niebla, al principio cubría con su oscuridad la ribera y nada podía verse enemigos; solamente llegaba al collado un eco indeterminado y confuso, causado a lo lejos por un ejército tan numeroso. Mas luego que los Corintios acabaron de allanar el collado, y que dejando los escudos empezaron a tomar aliento, levantándose ya el Sol y alzando del suelo los vapores, espesado y condensado el aire en la parte superior, cubrió las alturas, quedando libres los terrenos bajos; descubrióse entonces el Crimeso, y se vio que le estaban pasando los enemigos, primero con los carros ordenados en batalla de un modo terrible, y en pos de ellos con diez mil infantes cuyos escudos eran blancos. Conjeturóse que éstos eran Cartagineses por la brillantez de sus arreos y por el apiñamiento y orden de su marcha. Agolpábanse luego todas las demás naciones y emprendían el paso en desorden y confusión; lo que advertido por Timoleón conoció al punto que el río le proporcionaba tomar de la muchedumbre de los enemigos aquellos con quienes quisiera pelear. Ordenó, pues, que sus soldados que miraran la falange de los enemigos dividida por la corriente, habiendo pasado unos y estando otros por pasar, y mandó a Demáreto que con la caballería acometiese a los Cartagineses y desordenara su formación antes de verificarse. Bajó entonces al llano y encomendó a otros Sicilianos el mando de las dos alas, poniendo en cada una de ellas unos cuantos extranjeros; en el centro, tomando él mismo a los Siracusanos y lo más escogido de los estipendiarios, se paró por un breve instante para notar las operaciones de la caballería; mas viendo que los carros que discurrían delante de las filas no la dejaban venir a las manos con los Cartagineses, sino que muchas veces para no desordenarse la precisaban a hacer rodeos y dar en esta forma frecuentes acometidas, embrazando el escudo y gritando a los infantes que le siguiesen con denuedo, pareció que su voz fue mucho más fuerte y penetrante que de ordinario, bien fuese porque en aquel conflicto y con aquel calor se acrecentase efectivamente la voz, o porque algún Genio, según entonces lo creyeron muchos, le ayudase a gritar y gritase con él. Contestando aquellos inmediatamente al grito, y pidiéndole que los guiase y no se detuviese, hizo señal a la caballería para que acometiese por fuera de la línea de los carros y cargara por el ala a los enemigos; y él, cerrando la vanguardia, que se cubrió con los escudos, y dando orden de tocar a los trompetas, marchó para los Cartagineses.

XXVIII.— Sostuvieron éstos con valor el primer encuentro, y con tener defendido el cuerpo con corazas de hierro y morriones de bronce, y oponer unos anchos escudos pudieron esquivar los golpes de lanza. Mas cuando la pelea vino a las espadas, obra ya no menos de la destreza que la pujanza, repentinamente empezaron a desprenderse de los montes terribles truenos y encendidos relámpagos, y descendiendo al lugar de la contienda la nube desde los collados y alturas, trayendo consigo lluvia, viento y granizo, a los Griegos les daba por la espalda, mas a los bárbaros heríalos en la cara y deslumbrábales la vista, siendo continua la lluvia borrascosa y las llamaradas que partían de las nubes; cosas que de mil maneras afligían, especialmente a los bisoños. Incomodaba también no menos que los truenos el ruido de las armas, heridas de la espesa lluvia y los granizos, por cuanto impedía que se oyesen las órdenes de los caudillos. Además, yendo los Cartagineses nada ligeros en cuanto al armamento, sino de sobra defendidos, como hemos dicho, estorbábales el barro, y los senos de las túnicas llenos de agua les impedían manejarse con presteza en el combate, cuando los Griegos estaban muy listos para ofenderlos; y si caían, les era absolutamente imposible levantarse del lodo, a causa de las armas. El Crimeso también, desbordado ya con los que pasaban, se había aumentado con las lluvias; y la llanura inmediata, teniendo muchas desigualdades y hoyos, estaba llena de arroyuelos que corrían fuera de cauce, con los que, detenidos los Cartagineses, con dificultad podían salvarse. Por último, continuando la tormenta, y habiendo los Griegos deshecho la primera línea, que era de unos cuatrocientos hombres, todo el ejército se entregó a la huída. Muchos, alcanzados todavía en la llanura, allí perecieron; a otra gran parte, tropezando con los que todavía se hallaban pasando el río, los arrebató y destruyó su corriente; y a los más, que se encaminaban a las alturas los persiguieron y deshicieron las tropas ligeras. Dícese que de diez mil muertos, tres mil eran Cartagineses: grande luto para aquella ciudad, porque ningunos otros les hacían ventaja, ni en origen, ni en riquezas, ni en reputación y no había memoria de que en una sola acción hubieran muerto jamás tantos Cartagineses, pues que echando comúnmente mano de Africanos, de Españoles y Númidas, la pérdida en sus derrotas era siempre ajena.

XXIX.— Advirtieron también los Griegos en los despojos la distinción de los vencidos, deteniéndose poco los que los despojaban en el bronce y el hierro: ¡tan abundante andaba la plata, y en tanta copia era el oro! Pues pasando el río cogieron el campamento con todas las brigadas. Muchos de los cautivos fueron ocultados por los soldados; pero aun presentaron en total hasta cinco mil, y también se cogieron doscientos carros. Mas lo que hacía una hermosa y magnífica vista era la tienda de Timoleón, alrededor de la cual estaban amontonados despojos de toda especie, entre ellos mil corazas primorosas por la materia y por la obra, y diez mil escudos. Siendo pocos para despojar a muchos, y hallándose con ricas presas, apenas al tercero día después de la batalla pudo erigirse el trofeo. Con la noticia de la victoria envió Timoleón a Corinto las más hermosas armaduras de las del botín, queriendo que su patria excitase en todos los hombres una gloriosa emulación al ver en sola aquella ciudad de la Grecia los más magníficos templos, no adornados con despojos griegos, ni enriquecidos con indecorosos monumentos de ofrendas que hubieran sido fruto de la muerte de los de un mismo origen y una misma familia, sino con presas hechas a los bárbaros, cuyas inscripciones acreditaban a un tiempo el valor y la justicia de los vencedores, diciendo que los Corintios y Timoleón, su general, haciendo libres de los Cartagineses a los Griegos que habitaban en la Sicilia, habían hecho a los Dioses aquella ofrenda.

XXX.— Dejando en seguida en el ejército a los estipendiarios para correr y molestar la provincia de los Cartagineses, se encamino a Siracusa, y a aquellos mil estipendiarios que le abandonaron antes de la batalla les mandó por pregón salir de Sicilia, obligándolos a estar fuera de Siracusa antes de ponerse el sol. Navegaron, pues, a Italia, donde perecieron a mano de los Brecianos contra la fe de los tratados, imponiéndoles así algún Genio la justa pena de su traición. Mamerco, tirano de Catana, e Hícetes, fuese por envidia de las victorias de Timoleón, o por temerle como hombre de quien nada debían esperar, y que ningún trato quería tener con los tiranos, hicieron alianza con los Cartagineses y les enviaron a decir mandaran fuerzas y un general, si no querían ser absolutamente arrojados de la Sicilia. Vino, pues, Giscón trayendo sesenta galeras y soldados Griegos estipendiarios, siendo así que nunca antes los Cartagineses habían echado mano de los Griegos; mas entonces tenían de ellos la más alta opinión, juzgándolos por los más invencibles y valientes de todos los hombres. Reunidos de común acuerdo en la Mesenia, dieron muerte a cuatrocientos de los estipendiarios de Timoleón que habían sido enviados en su auxilio; y en la provincia de los Cartagineses, habiéndose armado asechanzas cerca del pueblo llamado Ietas a los estipendiarios mandados por Éutimo Leucadio, todos perecieron: con lo que la dicha de Timoleón adquirió aún mayor nombradía: porque habían sido de los que con Filomelo de Focea y con Onomarco habían tomado a Delfos, haciéndose participantes de su sacrilegio. Aborrecidos, por tanto, y abominados de todos, andando errantes por el Peloponeso, fueron acogidos por Timoleón a falta de otros soldados; venidos con él a Sicilia, en todas las batallas en que a su lado se hallaron, hubieron la victoria; mas luego que tuvieron fin aquellos grandes y reñidos combates, enviados a dar auxilio a diferentes puntos, murieron o cayeron en cautiverio, no todos a la vez, sino por partes: atestiguando este modo de su castigo que en él intervenía la buena suerte de Timoleón, para que del castigo de los malos ningún daño resultase a los buenos. De esta manera vino a suceder que no menos resplandeció la benevolencia de los Dioses para con Timoleón en las cosas que pareció serle adversas, que en aquellas en que salió triunfante.

XXXI.— Los más de los Siracusanos estaban incomodadísimos de verse a cada momento denostados por los tiranos. Especialmente Mamerco, muy ufano con que componía poemas y tragedias, y engreído con haber vencido a los estipendiarios, al hacer a los Dioses la consagración de los escudos, había puesto por inscripción un dístico elegíaco muy afrentoso, de este tenor:

Estas rodelas que relumbran tanto
con púrpura, marfil, electro y oro,
con escudos de a palmo las tomamos.

Después de estos sucesos, habiendo Timoleón pasado con sus fuerzas a la Calabria, invadió Hícetes a Siracusa, donde tomó un rico botín, haciendo grandes daños y ofensas, y en seguida se encaminó también a la Calabria, no haciendo cuenta de Timoleón, que tenía poca gente. Dejóle éste adelantarse, y luego se puso en su persecución con la caballería y las tropas ligeras. Entendiólo Hícetes, y habiendo pasado el río Damiria, se paró al otro lado en actitud de defenderse, contribuyendo a darle osadía la dificultad del paso y lo escarpado del terreno por la una y otra orilla. Detuvo la batalla una disputa y contienda extraña entre los capitanes de Timoleón, porque ninguno quería ser el último en acometer a los enemigos, sino que cada uno aspiraba a ser el primero; así el paso se hizo en desorden, empujándose y atropellándose unos a otros. Quiso Timoleón que echaran suertes, para lo que tomó un anillo de cada uno, echólos todos en una punta de su manto, y habiéndolos revuelto, se halló que el primero tenía grabado por sello un trofeo, y luego que los jóvenes lo observaron, alzando con aquel gozo grande gritería, ya no esperaron otra suerte, sino que pasando precipitadamente el río por el orden en que estaban cayeron con ímpetu sobre los enemigos, los cuales no sostuvieron el choque, sino que dieron a huir, abandonando todos las armas, y en el alcance murieron como unos mil de ellos.

XXXII.— Marchando de allí a poco con su ejército Timoleón al territorio de los Leontinos, tomó vivo a Hícetes, a su hijo Eupólemo y al general de la caballería, Éutimo, que fueron aprehendidos por sus propios soldados y conducidos a su presencia; Hícetes y su hijo sufrieron la muerte, que tenían merecida, como tiranos y traidores. Éutimo, sin embargo de ser hombre de valor para los combates y distinguido por su arrojo, no alcanzó compasión, por una expresión injuriosa contra los Corintios, de la que era acusado; porque se refería que cuando los Corintios movieron contra ellos, arengando a los Leontinos, les había dicho que nada había que debiera causar miedo o espanto en que:

Hubieran las mujeres de Corinto salido o no salido de sus casas.

Así es que los más sufrimos peor las malas palabras que las malas obras, porque es más difícil de llevar el desprecio que la pérdida; y el vengarse con obras se permite como necesario a los enemigos; pero los dichos injuriosos parece que nacen de sobrado rencor y sobrada malicia.

XXXIII.— Vuelto Timoleón, los Siracusanos, formados en junta pública para este juicio, condenaron a muerte a la mujer e hijas de Hícetes; de todos los hechos de Timoleón es éste el que menos favor le hace; pues parece que si lo hubiese querido impedir, no se habría impuesto tal pena a aquellas mujeres. Mas se cree que no se mezcló en ello, abandonándolas al encono de los ciudadanos, que tomaban en ellas venganza por Dión, el que expulsó a Dionisio; fue, en efecto, Hícetes el que arrojó vivos al mar a la mujer de Dión, Áreta; a su hermana, Aristómaca, y a su hijo, todavía pequeño; de lo que hemos hablado en la vida de Dión.

XXXIV.— Marchando después de esto con su ejército a Catana contra Mamerco, que le aguardó en orden de batalla junto al arroyo Ábolo, le venció y derrotó con muerte de unos dos mil, de los cuales eran no pequeña parte los Fenicios, enviados como auxilio por Giscón. De resulta de esto, le pidieron los Cartagineses la paz, y se vino en ella con las condiciones de quedar a Siracusa todo el terreno dentro del río Lico; que serían libres, todos los que quisiesen, de ir a establecerse a Siracusa, entregándoseles sus bienes y familias, y que se apartarían de la alianza con los tiranos. Mamerco, desalentado ya en sus esperanzas, navegaba a Italia para concitar a los de Luca contra Timoleón y los Siracusanos. Mas habiendo cambiado de rumbo con sus naves los que iban con él, y dirigídose a Sicilia, donde hicieron a Timoleón entrega de Catana, se vió en la precisión de acogerse a Mesana, buscando el amparo de Hipón, tirano de aquella ciudad. Vino contra ellos Timoleón y les puso sitio por tierra y por mar, e Hipón, al querer huir en un buque, fue apresado y puesto en manos de los Mesenios, los cuales convocaron a los muchachos de las escuelas para que vieran como el más agradable espectáculo el castigo de un tirano; le condujeron al teatro, y allí le azotaron hasta quitarle la vida. Mamerco se entregó a Timoleón para ser juzgado por los Siracusanos, bajo la condición de que Timoleón no le acusase. Conducido a Siracusa, se presento al pueblo, e intentó pronunciar un discurso que tenía compuesto de antemano; pero siendo interrumpido y observando que de la junta no podía esperar nada favorable, arrojando la capa en medio del teatro, dio a correr, y con aquel ímpetu fue a estrellarse de cabeza en uno de los asientos para quitarse la vida; mas no consiguió que fuese aquella su muerte, sino que se le alcanzó todavía con vida y se le hizo sufrir la pena de los salteadores.

XXXV.— Desarraigó, pues, Timoleón las tiranías y dio fin a las guerras del modo que se ha referido. En cuanto a la isla toda, que la encontró irritada con sus males y mirada con tedio de sus habitantes, de tal manera la aplacó e hizo apetecible, que vinieron otros habitantes a un punto del que antes se habían retirado sus propios ciudadanos; porque entonces se repoblaron Agrigento y Gela, ciudades grandes que hicieron los Cartagineses abandonar con motivo de la guerra ática; viniendo a habitar la una Megelo y Feristo desde Elea, y la otra Gorgo, desde Ceo, trayendo consigo a los antiguos ciudadanos. Así, procurando no solamente seguridad y reposo después de tales agitaciones a los que en ellas se establecían, sino proporcionándoles todavía otras muchas cosas, y dándoles aliento, fue de sus ciudadanos mirado y venerado como fundador. Los mismos eran los sentimientos de todos los demás hacia él, y ni en la terminación de una guerra, ni en la formación de una ley, ni en el establecimiento de una colonia, ni en el arreglo de un gobierno, parecía haberse acertado si él no intervenía, y si como perfeccionador de la obra no contribuía a exornarla, añadiéndole cierta gracia sobresaliente y como divina.

XXXVI.— Muchos Griegos había habido antes de él que se habían hecho ilustres y que habían ejecutado grandes cosas, de cuyo número son Timoteo, Agesilao, Pelópidas y aquel a quien más se propuso imitar Timoleón, Epaminondas; mas las hazañas de éstos presentan lo brillante confundido con cierta violencia y esfuerzo, tanto, que en algunas tuvo lugar la reprensión y el arrepentimiento, mientras que cuando en todos los hechos de Timoleón, si ponemos fuera de cuenta el estrecho en que se vio respecto del hermano, ninguno hay al que no le convenga, como dice Timeo, aquella exclamación de Sófocles:

¿Qué Afrodita o Amores, sacros Dioses,
han puesto aquí su poderosa mano?

Porque así como la poesía de Antímaco y los cuadros de Dionisio, ambos Colofonios, en que hay fuerza y valentía, tienen el aire de cosas hechas con esfuerzo, y muy trabajadas, y en las pinturas de Nicómaco y en los versos de Homero al vigor y gracia se agrega el parecer que están hechos con gran soltura y facilidad, de la misma manera, comparados los generalatos de Epaminondas y Agesilao, servidos con dificultad y grande esfuerzo con el generalato de Timoleón, en el que hubo tanta facilidad como esplendor, no le parecerá éste, al que bien le advierta, obra de la Fortuna, sino de una virtud afortunada. Con todo, él atribuyó siempre a la Fortuna sus buenos sucesos, y tanto escribiendo a sus amigos de Corinto como arengando a los Siracusanos dijo muchas veces daba gracias a Dios porque, teniendo determinado salvara la Sicilia, había sobrepuesto su nombre de él en este decreto. Edificó asimismo al lado de su casa un templo al Acaso, en que hizo sacrificio, y la casa misma la consagró al sagrado Genio. Era ésta la que los Siracusanos le habían regalado por premio de su acertado mando, juntamente con un terreno de lo más agradable y delicioso, en el que se recreaba la mayor parte del tiempo, habiendo hecho venir de Corinto a su mujer y sus hijos; pues ya no volvió allá, ni se mezcló en las turbaciones de la Grecia, ni tampoco quiso incurrir en la envidia por gobernar, en que suelen estrellarse los más de los generales por la insaciable ansia de honores y mando, sino que pasó allí su vida, gozando de los bienes que él mismo había proporcionado, de los cuales era el mayor ver tantas ciudades y tantos millares de hombres que por él eran dichosos.

XXXVII.— Mas como a la cogujada no puede faltarle moño, según Simónides, ni tampoco al gobierno popular calumniador, tomaron por su cuenta a Timoleón estos dos alborotadores Lafistio y Deméneto. Pedía Lafistio que diese fianzas en cierta causa, y él no permitió a los ciudadanos que se alborotaran y se lo impidieran, diciendo que había llevado con gusto tantos trabajos y peligros para poner a los Siracusanos en estado de que el que quisiera pudiera usar de las leyes. Deméneto le acusaba en la junta pública de muchos capítulos por cosas de su mando; mas nada le contestó, y solamente dijo que estaba muy reconocido a los Dioses por ver a los Siracusanos en posesión de la libertad que tanto les había deseado.

Obró, pues, sin contradicción más grandes e ilustres hazañas que ninguno de los Griegos antes de él; no hubo quien le aventajase en aquellas acciones a cuya práctica suelen los sofistas excitar en sus panegíricos a los Griegos: de los males que en lo antiguo afligieron a la Grecia, debió a su fortuna el que le hubiese sacado puro y sin mancha: a los bárbaros y a los tiranos les hizo experimentar su valor y su pericia, como a los Griegos, y a todos sus amigos su justicia y su mansedumbre: erigió a sus ciudadanos muchos trofeos de otros tantos combates, que no les costaron lágrimas ni lloros; y en ocho años aún no cabales entregó la Sicilia a sus habitantes, libre de sus envejecidos y como nativos males. Entonces, ya siendo anciano, empezó a decaer de la vista, que del todo perdió de allí a poco, no porque hubiese dado causa a ello embriagado con su fortuna, sino, a lo que parece, por una enfermedad de familia que con la edad concurrió a este accidente; pues se dice que no pocos de los que eran sus deudos por linaje perdieron del mismo modo la vista, acortándoseles por la vejez. Atanis refiere que fue en el campamento, durante la guerra contra Hipón y Mamerco en Milas, donde empezó a acortársele la vista, no dudándose ya de que iba a perderla: mas que con todo no por eso alzó el sitio, sino que continuó la guerra hasta apoderarse de los tiranos; y que luego que volvió a Siracusa, depuso inmediatamente el mando, pidiendo la relevación a los ciudadanos, en vista de que ya los negocios habían sido llevados al más feliz término.

XXXVIII.— El que hubiese llevado sin pesadumbre este infortunio no será quizá de grande admiración; mas lo que sí debe causarla es el honor y veneración que estando ya ciego le manifestaron los Siracusanos, haciéndole frecuentes visitas y llevando a su casa y a su propiedad a los viajantes forasteros para que viesen a su bienhechor, contándoles con reconocimiento el que hubiese preferido quedarse con ellos a pasar sus días sin hacer caso de la gloriosa vuelta a la Grecia, que sus admirables sucesos le habían preparado. Hicieron y determinaron en su honor muchas y muy señaladas demostraciones, entre las que no cede a ninguna la de haber decretado que el pueblo siracusano, siempre que se le ofreciere guerra contra extranjeros, hubiera de valerse de general corintio. También era cosa digna de verse lo que, cuando concurría a las juntas públicas, se hacía en su honor: porque las cosas pequeñas las determinaban por sí: mas para los negocios de importancia le llamaban: venía, pues, en carroza, y por la plaza se dirigía al teatro, e introducido su carruaje, en el que iba sentado, el pueblo le saludaba, nombrándole todos a una voz. Correspondíalos, y dando algún tiempo a los obsequios y a las alabanzas, inquiría luego qué era de lo que se trataba, y manifestaba su dictamen. Sancionado que era, sus ministros sacaban otra vez la carroza del teatro, y los ciudadanos, despidiéndole con voces de júbilo y alegría, despachaban después por sí lo que restaba de los negocios públicos.

XXXIX.— Envejeciendo, pues, en medio de tanto honor y benevolencia como padre común de todos, con muy pequeña ocasión, que agravó su edad, vino por fin a fallecer. Diéronse algunos días a los Siracusanos para disponer su entierro y a los circunvecinos y forasteros para concurrir a él. Dispusiéronse coros brillantes, y jóvenes señalados de antemano por un decreto llevaron el féretro, ricamente adornado, pasándolo por los alcázares tiránicos de los Dionisios, entonces asolados. Acompañáronle millares de millares de hombres y mujeres, que hacían una perspectiva muy decorosa, como en una solemnidad, llevando todos coronas y vestidos de fiesta; mas los gritos y lágrimas, mezclados con los elogios del muerto, lo que demostraban era, no un oficio de honor ni unas exequias ordenadas de antemano, sino un dolor justo y el reconocimiento que inspira un amor verdadero. últimamente, puesto el féretro en la pira, Demetrio, que era de los heraldos el que tenía más voz, publicó este pregón que llevaba escrito: «El pueblo de los Siracusanos ofrece doscientas minas para el entierro de Timoleón, hijo de Timodemo, natural de Corinto, y decreta honrarle perpetuamente con combates músicos, ecuestres y gimnásticos, porque, habiendo deshecho a los tiranos, vencido a los bárbaros y repoblado muchas ciudades desiertas, dio leyes a los Sicilianos». Púsose su monumento en la plaza, y cercándole más adelante con pórticos y edificando palestras, formaron para los jóvenes un gimnasio, que llamaron Timoleoncio: y ellos, disfrutando del gobierno y leyes que les estableció, por largo tiempo vivieron prósperos y felices.

PAULO EMILIO

I.— Convienen los más de los historiadores en que en Roma la casa de los Emilios era de las patricias y de las más antiguas; pero en cuanto a que el primero de ellos, que dejó a la familia este apellido, hubiese sido Mamerco, hijo del sabio Pitágoras, dándosele el nombre de Emilio por su elegancia y gracia en el decir, esto sólo lo refieren algunos de los que atribuyen a Pitágoras la educación del rey Numa. Los individuos de esta casa que alcanzaron gran renombre, y fueron muchos, debieron su gloria y prosperidad a la virtud, por la que siempre trabajaron; y aun la desventura de Lucio Paulo en la jornada de Canas acreditó su prudencia y su valor, pues cuando vio que no podía reducir a su colega a que no diese la batalla, aunque contra su voluntad, entró a participar con él del combate: mas no participó de la fuga, sino que, abandonado el peligro aquel que le provocó, él, firme y peleando con los enemigos, acabó su vida.

La hija de éste, Emilia, casó con Escipión el mayor, y su hijo Paulo Emilio, cuya vida escribimos, habiendo nacido en un época brillante por la gloria y la virtud de los hombres más ilustres y excelentes, sobresalió, sin embargo, con todo de no emular los ejercicios de los jóvenes entonces más acreditados, ni seguir desde el principio la misma senda: porque no ejercitó la elocuencia en las causas, y se dejó enteramente de las salutaciones, de los halagos y de los cumplimientos a que se dedicaban los más distinguidos de ellos para ganar popularidad, haciéndose serviciales y obsequiosos, no obstante que no le faltaba para todo esto habilidad, sino que prefirió como más apreciable la gloria que acompaña al valor, a la justicia y a la lealtad, virtudes en que muy pronto se aventajó a todos los de su tiempo.

II.— El cargo primero que pidió, de los más distinguidos en la república, fue el de edil, para el que fue preferido a doce concurrentes, que todos se dice haber sido después cónsules. Criado para el sacerdocio de los llamados Augures, a los cuales tienen los Romanos por inspectores y celadores de la adivinación por las aves y los prodigios, de tal modo observó las costumbres patrias y emuló la piedad de los antiguos en las cosas de la religión, que este sacerdocio, que hasta entonces no había parecido más que un honor, apetecido precisamente por cierta gloria y opinión, compareció entonces como una de las artes más perfectas, viniendo a coincidir con el sentir de aquellos filósofos que habían definido la piedad ciencia del culto de los Dioses; porque todo lo hizo con ensayo y con esmero, no ocupándose en otra cosa cuando de éstas se trataba, ni omitiendo o innovando nada, sino conferenciando siempre e instruyendo a sus colegas hasta en las cosas más pequeñas, de manera que si alguno podía tener por leve y muy disculpable el faltar en estos objetos religiosos, él hacía ver que era peligrosa para la ciudad la remisión y negligencia en ellos. Porque ninguno empieza de pronto a trastornar el gobierno con un gran crimen, sino que abren camino para destruir la guarda de las cosas mayores los que descuidan del celo y esmero en las pequeñas. Por el mismo término se ostentó maestro y celador de las costumbres militares, no con hacerse popular en el mando, ni aspirando, como muchos entonces, a los segundos grados con hacerse obsequioso y blando a los súbditos, sino con observar las costumbres de la milicia como un sacerdote las ceremonias más tremendas, y haciéndose temible a los desobedientes y transgresores: así es como hizo prosperar a la patria, teniendo casi por secundario el vencer a los enemigos respecto del instruir a sus ciudadanos.

III.— Tenían que sostener entonces los Romanos la guerra suscitada con Antíoco el Grande, y mientras marchaban contra él los generales más acreditados, se movió otra nueva guerra en el Occidente por los grandes alborotos ocurridos en España. Envióse a ella a Emilio, con el cargo de pretor, el cual no se mostró con solas seis fasces, que era el número concedido a los pretores, sino que tomó otras tantas; de manera que su mando en la dignidad se hizo consular. Venció, pues, dos veces en batalla campal a los bárbaros, exterminando hasta treinta mil; esta victoria parece que fue puramente obra del general, por haber sabido elegir los puestos y haberla hecho fácil a los soldados con el paso de cierto río. Tomó en consecuencia posesión de doscientas cincuenta ciudades que voluntariamente le abrieron las puertas, y, dejando en paz y concordia la provincia, se restituyó a Roma; no habiéndose hecho más rico con este mando ni en un maravedí. Porque, generalmente, era poco cuidadoso de su hacienda y nada escaso en el gasto con proporción a lo que tenía, que no era mucho, pues debiéndose pagar después de su muerte la dote de su mujer, apenas hubo lo preciso.

IV.— Casóse con Papiria, hija de Masón, varón consular, y después de haber vivido en su compañía largo tiempo, disolvió aquel matrimonio, no obstante haber tenido de ella una ilustre sucesión, pues que dio a luz al célebre Escipión y a Fabio Máximo. Causa escrita de este repudio no ha llegado a nuestra edad, pero quizá fue uno de aquellos que hicieron cierta una especie que corre acerca del divorcio. Había un Romano repudiado a su mujer, y le hacían cargo sus amigos, preguntándole: «¿No es honesta? ¿No es hermosa? ¿No es fecunda?». Y él, mostrando el zapato, al que los Romanos llaman calceo, les dijo: «¿No me viene bien? ¿No está nuevo? Pues no habría entre vosotros ninguno que acertase en qué parte del pie me aprieta». Y en verdad que por grandes y conocidos yerros se separaron algunos de sus mujeres; pero los tropiezos, aunque pequeños, continuos, de genio y diferencia de costumbres, éstos se ocultan a los de afuera, y engendran, sin embargo, con el tiempo, en los que viven juntos, desazones insufribles. Separado por este término Emilio de Papiria, casáse con otra, y habiendo tenido en ella dos hijos varones, a éstos los mantuvo a su lado, y a los otros los introdujo en las primeras casas y en los linajes más ilustres; al mayor, en la de Fabio Máximo, que fue cinco veces cónsul, y al menor le adoptó el hijo de Escipión Africano, de quien era primo, prestándole su nombre de Escipión. De las hijas de Emilio, con la una casó el hijo de Catón, y con la otra Elio Tuberón, varón de singular probidad, que de todos los Romanos fue el que manifestó mayor decoro en la pobreza. Porque eran diez y seis de un origen, Elios todos; y entre tantos no tenían sino una casita sumamente pequeña y un campo que proveía a todos, no manteniendo más que un solo hogar, con muchos hijos y muchas mujeres. Entre éstas se contaba la hija de Emilio, que fue dos veces cónsul, y triunfó otras dos, sin que se avergonzase de la pobreza de su marido, sino que más bien veneraba su virtud, por la que era pobre. Ahora los hermanos y demás de un origen, si al repartir lo que era común no lo separan con regiones enteras, con ríos y con elevadas cercas, y si no ponen en medio entre unos y otros un dilatado terreno, no cesan de altercar. Estas cosas las conserva la Historia para que los que quieran sacar provecho las consideren y examinen.

V.— Emilio, designado cónsul, marchó con ejército contra los Ligures del pie de los Alpes, a los algunos llaman Ligustinos, gente belicosa y soberbia, que con el ejercicio habían aprendido de los Romanos a hacer la guerra a causa de la vecindad, porque ocupan la última extremidad de la Italia enlazada con los Alpes, y aun aquella parte de estos montes que baña el Mar Tirreno y está opuesta al África, mezclados con los Galos y con los Españoles de las costas. Habíanse dado también entonces al mar con barcos de piratas, con los que estorbaban y despojaban al comercio, extendiendo su navegación hasta las columnas de Hércules. Cuando se dirigió contra ellos Emilio reuniéronse hasta cuarenta mil en número para hacerle frente. No tenía éste más que ocho mil, y con ser ellos cinco veces doblados, trabó combate. Desbaratólos, y cerrándolos dentro de los muros les hizo proposiciones humanas y admisibles, por cuanto no entraba en las miras de los Romanos acabar con la gente de los Ligures, que era como un vallado y antemural puesto para contener los movimientos de los Galos, que amenazaban siempre caer sobre la Italia. Fiándose, pues, de Emilio, pusieron a su disposición las naves y las ciudades; y él, no ofendiendo en nada a éstas, se las volvió con sólo arruinar las murallas; mas por lo que hace a las naves, se apoderó de todas y no les dejó ni aun una lancha que fuera de más de tres remos. Los cautivos, aprisionados por tierra y por mar, los restituyó salvos, habiendo hallado entre ellos muchos forasteros y romanos. Y éstos son los hechos señalados que tuvo este consulado.

Después se presentó muchas veces queriendo volver a ser elegido, y aun se mostró candidato; pero viéndose desairado y desatendido, se mantuvo en el retiro, ocupado solamente en lo relativo a su sacerdocio y atendiendo a la educación de sus hijos, dándoles la del país, que podía mirarse como patria, del modo que él la había recibido; pero poniendo más empeño en la educación griega: porque no solamente puso, al lado de aquellos jóvenes, gramáticos, sofistas y oradores, sino también escultores, pintores, adiestradores de caballos y de perros y maestros de cazar; y el padre, si no había cosa pública que se lo impidiese, presenciaba siempre sus estudios y sus ejercicios, mostrándose entre los Romanos el más amante de sus hijos.

VI.— Era aquella, en punto a los negocios públicos, la época en que, haciendo la guerra a Perseo, rey de los Macedonios, habían sido acusados los generales de que, por impericia y cobardía, se habían conducido mal y vergonzosamente, siendo más que el daño hecho a los enemigos el que ellos habían recibido. Y es que habiendo poco antes echado más allá del Tauro a Antígono llamado el Grande, haciéndole abandonar todo lo demás del Asia, y encerrándole en la Siria, de manera que se dio por muy contento con obtener la paz a costa de quince mil talentos; y habiendo de allí a poco deshecho a Filipo, libertado a los Griegos del poder de los Macedonios, y vencido a Aníbal, con el que ningún rey era comparable en arrojo ni en poder, no podían llevar en paciencia el combatir sin sacar ventajas, como con un rival de Roma, con Perseo, que hacía ya mucho tiempo que les hacía la guerra con las reliquias de las derrotas de su padre. Olvidábanse para esto de que, habiendo visto Filipo mucho más quebrantado el poder de los Macedonios, lo había hecho más fuerte y belicoso; de lo cual habré de dar razón brevemente, tomando la narración de más arriba.

VII.— Antígono, que entre todos los sucesores y generales de Alejandro fue el que alcanzó mayor poder, adquirió para sí y para su familia el título de rey, y tuvo por hijo a Demetrio, de quien lo fue Antígono, por sobrenombre Gonatas, y de éste otro Demetrio, que habiendo reinado no largo tiempo, falleció, dejando un hijo, todavía niño, llamado Filipo. Temerosos de la anarquía, los próceres macedonios dieron la autoridad a Antígono, primo del difunto, y uniendo con él en matrimonio a la madre de Filipo, primero le llamaron tutor y general, y después, habiéndole hallado benigno y celoso del bien común, le dieron el título de rey, apellidándole por sobrenombre Dosón, como muy prometedor y poco cumplidor de sus promesas. Reinó después de éste Filipo, recomendándose como el que más de los reyes, a pesar de ser todavía mancebo; y ya se le atribuía la gloria de que restableciera a la Macedonia en su antigua dignidad, y que sería él sólo quien contuviese el poder romano que amenazaba a todos; mas, vencido en un gran batalla cerca de Escotusa por Tito Flaminino, entonces bajó la cabeza e hizo entrega de todo cuanto tenía a los Romanos, dándose por muy contento con que no se le exigiera más. Hallóse luego mal con este estado, y creyendo que el reinar por merced de los Romanos más era propio de un esclavo atento sólo al vientre, que no de un hombre adornado de prudencia y de pundonor, volvió su consideración a la guerra, y empezó a disponerla encubiertamente y con gran destreza. Porque desatendiendo y dejando debilitarse y yermarse las ciudades de carretera, y las inmediatas al mar, como si las tuviese en poco precio, fue congregando muchas fuerzas; y llenando las aldeas, las fortalezas y las ciudades mediterráneas de armas, de provisiones y de hombres robustos, preparaba así la guerra y la tenía como encerrada y encubierta: de armas en buen estado había treinta mil; de trigo entrojado en casa, ochocientas mil fanegas, y un acopio de provisiones bastante a mantener diez mil estipendiarios por diez años para defender el país. Mas no llegó el caso de que éste promoviera y adelantara la guerra, por haberse dejado morir de pesar y abatimiento, a causa de que descubrió que había hecho morir injustamente a su otro hijo Demetrio, por una calumnia del que valía menos.

El que le sobrevivió, llamado Perseo, heredó con el reino el odio a los Romanos, aunque no era capaz de hacerles frente por su bajeza de alma y la perversidad de sus costumbres; en las que, no obstante que entraban diferentes pasiones y malos afectos, dominaba, sin embargo, la avaricia, y aun se decía que ni siquiera era legítimo, sino que la mujer de Filipo lo recogió recién nacido, habiéndolo dado a luz una costurera de Argos, llamada Gnatenia, y ocultamente se lo dio a aquel por hijo. Y ésta se cree haber sido la principal causa por la que de miedo hizo dar muerte a Demetrio, no fuese que, teniendo la casa heredero legítimo, viniese al cabo a descubrirse su bastardía.

VIII.— Mas con todo de ser desidioso y de bajo espíritu, arrastrado del ímpetu de los mismos negocios, se decidió a la guerra, y contendió largo tiempo, habiendo derrotado a generales de los Romanos que habían sido cónsules, y grandes y poderosos ejércitos, y aun de algunos alcanzó victoria. Porque a Publio Licinio, cuando iba a invadir la Macedonia, lo rechazó con su caballería, con muerte de dos mil y quinientos hombres escogidos, haciendo a otros tantos prisioneros, y hallándose la escuadra romana anclada cerca de Oreo, marchó inesperadamente contra ella y tomó veinte galeras con sus cargamentos, echando a pique las demás, que contenían provisiones. Apoderóse también de cuatro naves de cinco órdenes de remos, y ganó segunda batalla, en que humilló a Hostilio, también consular, obligándole a retirarse por Elimia; provocándole a batalla cuando marchaba sin querer ser sentido por la Tesalia, logró ahuyentarle. Miró después como una distracción de la guerra el marchar contra los Dárdanos, haciendo que desdeñaba a los Romanos y los dejaba descansar, y destrozó a diez mil de aquellos bárbaros, tomando grandes despojos. Acometió también a los Galos establecidos cerca del Istro, conocidos con el nombre de Bastarnas, nación poderosa en caballería y ejercitada en la guerra. Excitó asimismo a los Ilirios, por medio de su rey Gentio, a que le auxiliaran en la guerra, y hay fama de que, ganados por él estos bárbaros con la soldada, cayeron sobre la Italia por la parte del Adriático.

IX.— Sabidos estos sucesos de los Romanos, parecióles sería bueno dejarse en la designación de generales del favor y la condescendencia, y llamar al mando a un hombre de juicio que supiera conducirse en los negocios arduos. Éste era Paulo Emilio, adelantado sí en edad, pues tenía unos sesenta años, pero fuerte todavía y robusto, y de gran influjo por sus clientes, sus hijos jóvenes y el gran número de amigos y parientes poderosos en la república, los cuales todos le inclinaban a que se prestase a los votos del pueblo que le llamaba al consulado. Al principio recibió mal a la muchedumbre, y desdeñó su celo y su ansia de honrarle, como quien no necesitaba de tal mando; mas, presentándosele todos los días a sus puertas rogándole que concurriese a la plaza y aclamándole, se dejó por fin convencer; y mostrándose entre los que pedían el consulado, pareció no que iba a recibir el mando, sino que llevaba ya la victoria y el triunfo de la guerra, y que daba facultad a los ciudadanos para celebrar los comicios: ¡tanta fue la esperanza y seguridad que inspiró a todos! Nombráronle, pues, segunda vez cónsul, no dejando que se echaran suertes sobre el mando de las provincias, como era de costumbre, sino decretándole desde luego el mando de la guerra macedónica. Cuéntase que retirándose a su casa con brillante acompañamiento, luego que fue proclamado cónsul por todo el pueblo, encontró muy llorosa a su hija Tercia, todavía muy pequeña, y que saludándola le preguntó qué era lo que le afligía; y ella, llorando y echándosele al cuello, le respondió: «¿Pues no sabes, padre, que se me ha muerto Perseo?» diciéndolo por un perrillo que había criado y tenía este nombre, y que el padre le dijo: «En buen hora, hija, y admito el agüero». Refiere este suceso Cicerón el orador en sus libros De la Adivinación.

X.— Era costumbre que los elegidos cónsules, para mostrar su agradecimiento, saludaran al pueblo con semblante risueño desde la tribuna; mas Emilio, congregando en junta a los ciudadanos, les dijo que él había pedido el primer consulado apeteciendo el mando, y el segundo porque ellos buscaban un general; por tanto, que ninguna gratitud les debía, y que si pensaban que otro conduciría mejor las cosas de la guerra, se desistía del mando; mas si confiaban en él, que en nada se mezclaran ni anduvieran alborotando, sino que con silencio se ayudaran a preparar lo necesario para la expedición, pues si querían mandar al que los mandaba, se harían más ridículos de lo que eran en las cosas de la guerra. Con este discurso causó gran vergüenza a los ciudadanos, inspirándoles al mismo tiempo gran confianza en el éxito; estando todos muy contentos con no haber hecho caso de los aduladores y haber elegido un general de tanta franqueza y prudencia. ¡Hasta este punto se sacrificaba el pueblo romano por la virtud y la honestidad cuando se trataba de dominar y ser el primero de todos!

XI.— El que Emilio Paulo, marchando a aquella campaña, hubiera llegado al ejército con mucha prontitud y seguridad, haciendo su navegación felizmente y sin tropiezo, téngolo desde luego por cosa prodigiosa, y por lo que hace a la guerra misma y los sucesos de ella, parte atribuyo a lo pronto de su decisión, parte a su buen consejo, y parte también a la diligencia de sus amigos; mas al ver que todo se hizo en virtud de intrepidez en los peligros y de gran firmeza en las determinaciones, obra tan señalada y gloriosa como ésta no considero que deba atribuirse, como respecto de otros generales, a la buena, dicha de este insigne varón; a no ser que se quiera llamar buena dicha de Emilio la avaricia de Perseo, la cual, temiendo por el dinero, echó por tierra y aniquiló las grandes y brillantes esperanzas que en aquella guerra tenían fundadas los Macedonios. Porque a su ruego acudieron a él los Bastarnas, diez mil de a caballo y diez mil de relevo, todos a sueldo, hombres que no entendían de labrar la tierra, ni de navegar, ni de vivir pastoreando ganado, sino que estaban dados a una sola obra y a un solo arte, que era el de hacer siempre la guerra y vencer a sus contendores. Luego, pues, que llegaron a acamparse cerca de Médica, mezclados con los soldados del rey aquellos hombres altos en su estatura, ágiles en los ejercicios del cuerpo, altivos y vanagloriosos en sus amenazas contra los enemigos, infundieron a los Macedonios la opinión y confianza de que los Romanos no los aguardarían, sino que se asustarían al ver sus semblantes y movimientos extraños y espantosos. Después que Perseo había dispuesto así los ánimos, y llenándolos de tamañas esperanzas, cuando le pidieron mil áureos por cada uno de los capitanes, irresoluto y fuera de tino con la demanda de tanto dinero, por codicia desechó y abandonó el socorro que se le ofrecía, como si fuera mayordomo y no enemigo de los Romanos, y como si hubiera de dar una cuenta exacta de los gastos de la guerra a aquellos con quienes combatía, cuando éstos le mostraban lo que había de hacer, con tener, como tenían, sobre todo el demás repuesto, cien mil hombres reunidos y prontos para lo que fuera menester; mas él, teniendo que contrarrestar tales fuerzas y tal guerra, en la que era inmenso lo que había de expenderse, andaba midiendo y escaseando el dinero, temiendo tocarlo como si fuese ajeno; y esto lo hacía, no uno que venía de los Lidios o de los Fenicios, sino uno que remedaba por el linaje la virtud de Alejandro y de Filipo, los cuales, con pensar que los sucesos se habían de comprar con el dinero, y no el dinero con los sucesos, alcanzaron cuanto se propusieron; pues se decía que no era Filipo quien tomaba las ciudades de los Griegos, sino el oro de Filipo; y Alejandro, al emprender la expedición de la India, viendo que los Macedonios arrastraban con trabajo el gran botín que tomaron a los Persas, lo primero que hizo fue poner fuego a sus carros, y después persuadió a los demás que hicieran otro tanto, para marchar ágiles a la guerra, como desembarazados de un estorbo. Mas Perseo, anteponiendo el oro a sí mismo, a sus hijos y al reino, no quiso salvarse a costa de un poco de dinero, sino ir cautivo al igual que otros muchos, como un rico esclavo, a hacer ver a los Romanos cuánta era la riqueza que avaro y escaso les había reservado.

XII.—<