¿A Dónde Vas?

Rafael Delgado


Cuento


Declina el sol, y al hundirse detrás de la vasta cordillera, baña en oro las cumbres del Citlaltépetl y arrastra en llanuras y dehesas su manto de púrpura.

Fatigados y lentos vuelven los toros del abrevadero, y el zagal, recogida la honda, sigue de lo lejos a las reses.

Humea la choza, humea, y hermosa columna de humo azuloso y fragante, sube y se difunde en el espacio por sobre los ramajes enflorecidos.

¡Espléndida tarde! La última de mayo. ¡Espléndido crepúsculo! ¡Cuán alegre la música del pueblo alado! ¡Qué grato el aroma de las flores campesinas! Abren las maravillas sus corolas de raso al soplo del viento vespertino, y resuena en el barranco la voz tremenda de Albano.

Allá —en el fondo del valle —Pluviosilla— la túrrida Pluviosilla—, parece arder incendiada por los últimos fuegos del sol, y nube de grana y oro, con reflejos de gigantesca hornaza, anuncia ardiente día y viento abrasador.

En las regiones de Oriente, en piélagos de ópalo, vagan esquifes de plata con velas rosadas y cordajes de color de lila.

Paso a paso, en una yegua retinta, avanza por la vereda el buen Andrés. El mozo garrido piensa en las lluvias que aún no vienen; en el cafetal agostado y marchito por los calores de mayo; en la nívea floración, que, a las primeras aguas, será como níveo plumaje entre las frondas de los cafetos, cuando el izote, erguido como un cocotero, dé a los vientos, entre las recias púas, su ramillete de alabastro. Piensa en el fruto rojo, en la cosecha pingüe, en la venta oportuna y al contado, en los días alegres de diciembre y enero, en la fiesta nupcial, en la boda ruidosa, y en su amada, soberbia campesina de ojos negros, en cuyas pupilas centellean todas las estrellas del cielo.

Y dice para sí:

—Otro año, y el rancho será mío! ¡Otro año, y ese prado y esa ladera darán pastos a mis reses, y seré el más rico de la comarca y el más feliz de todos. Carmen es buena… ¡No hay otra como ella! ¡No la hay! Para ella ni fiestas ni bailes. ¡Su casita y nada más que su casita! Ya no piensa en Pablo. ¡Qué ha de pensar en ese haragán! ¡Todo eso pasó, pasó para no volver!

Y recuerda con rabia aquella noche en que vió a su amada acompañada de su rival. Él con el sarape al hombro, luciendo el airoso sombrero bordado, haciendo alarde de su dinero y de su felicidad. Ella, ¡qué hermosa! Y se dijo:

—¿Sí? Pues yo le venceré. Y se dió al trabajo, a la diaria y penosa labor rústica, trabajando de sol a sol, sin tregua ni descanso.

El éxito ha coronado sus afanes. Han pasado seis años y es rico. No como sus vecinos los arrendatarios de Mata-Virgen; pero tiene dinero. Los cafetales producen mucho, y todo saldrá —tiene que salir— a las mil maravillas. Avanza el caballero a la vera del cafetal, dichoso y feliz. Carmen no le espera. Le cree muy lejos, en Tierra Caliente, allá en las llanuras del Santuario. Le lleva unos cocos, y un pañuelo de seda que parece un montón de hierbas cubierto de flores. Ya está cerca, ya va a llegar… Dejará la yegua en el potrero y llegará a la casa sin que nadie lo sienta. ¡Vale que los perros le conocen y no saldrán a recibirle!…

—¡Pie a tierra! —se dijo. Y bajóse y persogó la bestia de un huizache.

Sacó un bulto de las árganas, y paso a paso, casi de puntillas, para que no sonaran las espuelas, se deslizó a lo largo del vallado. Humeaba la choza, y oíase en ella el palmear de la tortillera. Sin duda que a esa hora todos andarían en el campo, y Carmen, muy tranquila, sentada en el portalón, estaría cosiendo, mientras el loro, en su jaula, no se cansaría de gritar:

«¿Eres casado? ¡Ja… jajá!… ¡Qué regalo!»

Piaban los polluelos en torno de la casa. El gallo se pavoneaba entre sus odaliscas, y las cluecas perezosas encaminaban su nidada hacia el corral abierto.

Relinchó un caballo en el corral; contestó la yegua en el potrero, y el sultancillo del gallinero cantó alegremente. Detúvose el mancebo, y detúvose alarmado y receloso.

—¿De quién es ese caballo? —exclamó— ¡es el de Pablo! —se dijo palpitante.

Y se acercó a la casa. Carmen reía… Reía el afortunado mancebo.

Rugió la hiena de los celos en el corazón de Andrés, rugió terrible, y el pobre muchacho, trémulo, fuera de sí, buscó su pistola, la preparó, y al adelantarse resuelto, colérico, se detuvo…

Una imagen venerable había cruzado por su mente: el rostro de una anciana buena y cariñosa, que triste y apenada decía:

—¿Adónde vas?

Y Andrés retrocedió, y despacio, como había venido, regresó al potrero, montó en su yegua y se alejó del rancho.

El sol se había puesto, dejando en los espacios una leve claridad rosada.

Las campanas de Pluviosilla, con toque solemne y pausado, entonaban el Ángelus.


Publicado el 1 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.
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