La Noche Triste

Rafael Delgado


Cuento



(1819)

Al Sr. Lic. D. Victoriano Salado Alvarez

I

Era el Sr. don Francisco de Hevia, Coronel del Regimiento de Castilla, un militar por extremo pundonoroso, valiente y ameritado, tan quisquilloso en las cosas del servicio, que pasaba por uno de los jefes más exigentes y terribles de cuantos sostenían en Nueva España los derechos de la corona de Carlos V.

Nunca risa placentera alegró aquel su rostro moreno, donde parecían unidos en simpático maridaje el ardor impetuoso del morisco y la férrea energía del castellano.

Distinguíale, por desgracia, altivo y colérico carácter, del cual se contaban horrores tamaños, y tales que a ellos atribuían muchos el que no hubiera alcanzado grados mayores en los Reales Ejércitos. Ni en formación ceñía espada —según fama—, por expresa prohibición de S. M. a causa de haber matado a un recluta, cierto día de parada en un arrebato de ira.

Era tan aseado que, al decir de sus asistentes, tenía tantas mudas de ropa blanca como días el año, y jamás, ni aun estando en guerra, se le vió en los vestidos la más leve mancha.

Cristiano viejo y rancio —como buen castellano— aunque un si es no es maleado por aquel liberalismo regalista, declamador y ardiente de la Junta de Aranjuez, que por boca de Quintana, y en proclamas escritas, a juicio de Capmany, en «estilo anfibio con vocabulario francés», desahogó sus opiniones histórico-políticas, nuestro Coronel, andaba muy extraviado en lo que loca a fueros eclesiásticos, no embargante lo cual cumplía casi de diario con sus deberes religiosos, como si le hubiesen estado prescriptos y ampliamente precisados en la Ordenanza.

No gustaba de compañeros ni de fiestas ni de holganzas, huía de galantes aventuras, aunque no era insensible a los encantos de recatadas femeniles bellezas, y tenía por fruto vedado las ruidosas alegrías de la trashumante vida militar. Galante y cortés con las damas cuyo trato no buscaba, pero que nunca veía con desdén, mostrábase cariñoso con los niños y leal y franco con sus amigos, que eran pocos, y entre los cuales se contaba uno muy virtuoso y sabio, el Sr. Dr. don Miguel Valentín y Tamayo, honor y gloria del púlpito mejicano, y otro muy probo y benéfico, el acaudalado peninsular don Juan Antonio Gómez, de grata memoria, introductor de los mangos de Manila y del café en la comarca cordobesa.

Placíale el juego, pero de modo singular: todos los días pasaba largas horas en su casa o en la fonda, jugando al solitario, entretenimiento infantil que le ponía a salvo de incidentes y lances asaz peligrosos para hombre como él de ímpetus tan fieros.

Bastaba el nombre de Hevia para alejar las guerrillas insurgentes algunas leguas en contorno, y a jefe tan activo, perito y afamado, debió muchos triunfos el poder virreinal, así como la pacificación de las Villas de Orizaba y Córdoba, allá por el año de 1820.

II

Corría tranquilo el de 19, y los habitantes de la Muy Leal Villa de Orizaba, pacíficos y laboriosos por atavismo, gozaban de los beneficios de la paz sin temor de que americanos o realistas entraran a saco su próspera ciudad.

El comercio y la agricultura iban recobrando, poco a poco, su perdida actividad; la arrierada del Interior bajaba hacia la Costa para buscar fletes en la Veracruz o traer de Alvarado camarones y pescado secos; y el vecindario comenzaba a reponerse de perjuicios y daños causados por la guerra. Mas otras calamidades le tenían conturbado y en aflicción: un terremoto había echado a tierra el tercer cuerpo de la torre de la Concordia, hermoso templo de los padres oratorienses; el sarampión arrebataba docenas y docenas de chiquillos, y horrorosa sequía malogró las siembras de tabaco, los «frijolares», como los llamaban rústicos y labriegos, en los cuales plantíos cifraban los orizabeños risueñas esperanzas de pingües necesitados medios.

Afligidos y apenados los piadosos habitantes de la pluviosa villa, hicieron, según la vieja usanza, novenario solemnísimo en honor y gloria de la milagrosa Imagen del Señor del Calvario —dón precioso del Ilmo. Sr. don Juan de Palafox y Mendoza, atrabiliario obispo de la Puebla de los Ángeles, más digno de memoria por su «Historia de China», que por sus ruidosas querellas contra los Hijos de San Ignacio de Loyola—, en demanda de misericordia y remedio de males.

Llenábase de gente, mañana y tarde, la vetusta y humilde capilla del venerado Crucifijo, a las horas del devoto ejercicio, en el cual concurrían los fieles con sendas candelas de cera y sendas limosnas; se rezaba el «rosario» o la «vía-sacra»; se cantaba la «letanía de los santos», el «alabado» o el «Jesús amoroso», y «remataba todo» —como dicen los apuntes de un curioso— «con una fuerte disciplina o azotaina».

En aquellos tiempos de severa piedad y de heroico amor patrio, era costumbre en Orizaba, siempre que alguna calamidad afligía a los vecinos —y grandísima fué para éstos la pérdida de la cosecha de tabaco—, que el I. Cabildo dirigiera atento oficio al M. R. P. Guardián del Colegio Apostólico de San José de Gracia, pidiendo misión pública a la benemérita Comunidad. Los buenos frailes accedían gustosos, y a los pocos días se daba comienzo al cristiano ejercicio.

Pidió misión en esa vez el M. I. Ayuntamiento, a la sazón presidido por uno de los más conspicuos vecinos, y con asistencia del Concejo y en la primera quincena de octubre los franciscanos principiaron sus evangélicas y santas tareas, a tiempo que una compañía de volatines y faranduleros, capitaneada por un payaso de fama, llamado Félix Cancela, tendía maromas, alzaba tablados y sacudía sus arambeles en el corral de la Ronca Llamas, dueño de un palenque de gallos, sito a espaldas de la capilla donde se celebraban los expiatorios cultos.

Ya verás, lector amable, cómo la farándula provocó «casus belli», poniendo frente a frente la espada y la cogulla.

III

Viernes, 15 de octubre, día de Santa Teresa y tercero o cuarto de misión, a eso de las tres de la tarde, salieron los franciscanos del templo parroquial.

Tocaban rogativa las campanas, y los frailes asistidos de sus legos y crucifijo en mano, al frente de numerosos diversos grupos de gente, tomaron por distintos barrios de la Villa, cantando el himno de los «Corazones», llamando a penitencia y dirigiendo a los tibios, a los indiferentes y a los pecadores públicos con quienes se topaban al paso punzadoras saetillas. Así llamaban a ciertas coplas o versos sueltos de arte mínima con que daban descanso al rezar y oportuno alivio al fatigado predicador.

En la calle más amplia, en la más cómoda encrucijada se cumplían los actos principales del ejercicio. Allí cualesquiera vecinos proporcionaban una mesa monumental, labrada en cedro perdurable, de aquellas de pesado asiento y garras de león, la cual quedaba pronto convertida en púlpito, sustentador a las veces de muy elocuentes oradores en quienes rebosaban, justo es decirlo, conmovedora elocuencia y eficaz unción.

Terminado entre lágrimas el vehemente discurso él seguía adelante la procesión para detenerse en la plazuela próxima, donde otro orador, tan elocuente como el primero, subía a la improvisada cátedra, y así el numeroso concurso podía escuchar y escuchaba lloroso y hondamente conmovido tres o cuatro sermones que le movían a penitencia y a vivo dolor de sus pecados.

Al caer la tarde, cuando la noche bajaba a todo correr por las entonces boscosas faldas del Borrego, uno de los grupos —presidido por Fray Joaquín Ferrando—, y que venía del no distante monasterio del Carmen, acertó a detenerse, nadie ha sabido si casual o intencionalmente, frente al corral de la Llanos, donde volatines y faranduleros se daban a Satanás y lamentaban la falta de concurrentes que admiraran y aplaudieran los chistes y glosas de Cancela, el salto mortal del más hábil de los volteadores, y el donoso pasillo o el picaresco sainete con que se pondría término a la fiesta.

Predicaban frente al palenque los franciscanos, y (cosa rara en frailes españoles) tronaban contra el teatro con más ardor que Tertuliano y con más encono que el mismísimo Juan Jacobo Rousseau.

Exasperados los volatines y temerosos de un quebranto, que no consiguieron evitar, no sabían qué hacer, hasta que, al fin, Cancela, enharinado y pintarrajeado de mil colores, y vestido ya el traje sembrado de oropeles, se decidió a jugar el todo por el todo.

Algunas personas estaban de tertulia cerca del tablado; el Subdelegado don Pedro María Fernández; algunos oficiales del Batallón de Castilla; mi abuelo paterno, cuyo nombre llevo, y que había salido de Córdoba con la familia toda, huyendo del vómito, que ese año hacía de las suyas en la Villa de los Treinta Caballeros… y el mismísimo Hevia que, por caso raro, había dejado aquella tarde su partida de solitario, para concurrir en el corral con algunos amigos.

Dirigióse Cancela al Coronel —acaso porque de sus pocas pulgas y de su enérgico carácter esperaba eficaz remedio—, y quejóse del mal éxito del espectáculo anunciado por culpa de los padres que a las puertas del corral echaban contra la profana diversión, y con perjuicio de la Compañía, rayos y centellas.

Oyóle paciente el irascible Coronel, quien cambió, en voz baja, breves y terminantes palabras con el subdelegado, ordenándole que prestara atención a los quejosos. Salió al punto don Pedro María y suplicó a los misioneros que fuesen a continuar su sermón a sitio más apropiado y distante, y obedientes los frailes siguieron calle arriba hasta la plaza del Cura, y cerca de don José Bermúdez, hoy esquina de la Calle 4.ª del Calvario y 3.ª de San Rafael.

Pero ni por esas venía la gente al espectáculo, y Hevia, que tal vez deseaba dar esparcimiento a su ánimo, comenzó a impacientarse. Habló con uno de los volatines, quien le dijo que los franciscanos seguían predicando no lejos del improvisado coliseo. Montó en ira al oírle, y haciendo a los presentes imperioso ademán para que le siguieran, salió camino del lugar indicado.

A poco andar se encontró con la multitud que de rodillas escuchaba el sermón, y pasando entre ella con no poca dificultad, que su violencia de ánimo hacía mayor, emprendió acercarse al orador. Mas no había llegado hasta él, cuando blandiendo el bastón, principió a gritar en tono de cólera mal reprimida:

—¡Padre! ¡Ya le mandé decir que fuese a predicar a su convento!

El misionero seguía su discurso, sin darse cuenta de lo que pasaba, cuando el pueblo piadoso que había comprendido ya la actitud Amenazante de Hevia prorrumpió en gritos tremendos de «¡Viva Jesús!» «¡Muera el demonio!» que por tal tuvieron las mujeres, y muchos hombres, al impío que tenía trazas de arremeter contra quien predicaba el Evangelio.

Cierto mozo llamado Angulo, lechuguino de baja clase e hijo de una viuda que, al decir de los maldicientes de antaño, no era de malos bigotes ni de muy santa vida, arrebató a Hevia el bastoncillo. En unos cuantos segundos llegó la valiosa caña a manos del orador.

Esto fué para la multitud como señal de ataque. Todas las mujeres se precipitaron contra el irritado Coronel, y dieron sobre él a golpes y pellizcos.

A duras penas consiguió Hevia salir del paso; retrocedió, y tomó por las calles de San Miguel, de la Bóveda y de la Factoría hasta las casas del Marqués de la Colina, frente a la Plaza del Mercado, donde estaba el cuartel. Entró echando espuma —como acostumbramos a decir de quien está montado en cólera—, y desde la puerta del cuarto de banderas gritó con voz tonante:

—¡Granaderos! ¡Arriba! ¡Carguen!

Y salió a poco a la cabeza de los granaderos, que iban al mando inmediato del Capitán Pasaron.

Protegidos por la obscuridad formaron silenciosamente los soldados al costado de la Parroquia, cuyo cementerio estaba rodeado entonces por una barda con arcos invertidos como los que ahora pueden verse en la iglesia del Carmen.

Las mujeres saboreaban su triunfo. El sermón había terminado, y frailes y devotos cantaban el «Alabado», cuando una voz terrorífica los hizo callar.

—¡Apunten! ¡Fuego!

Y sonó una descarga. Por fortuna Pasaron, en voz baja, había ordenado a la tropa que disparase al aire.

Hevia mandó cargar de nuevo; pero no había sobre quién tirar. La multitud se había dispersado, buscando refugio en las casas vecinas y por las calles próximas.

El belicoso jefe refrenó sus iras y dispuso que los granaderos volvieran al Cuartel.

Esto se conoce en las tradiciones de Pluviosilla con el nombre de «noche triste de Orizaba y derrota de Hevia por las viejas».

Noche triste fué aquella para todos; noche de zozobras y de susto. Contábase que al día siguiente la Plaza del Cura, hoy Parque Castillo, estaba cubierta de sombreros, rebozos, chanclas y sarapes, que sus dueños no se habían atrevido a recoger.

El 16, antes de medio día, la M. R. Comunidad del Colegio Apostólico de San José de Gracia, presidida por su Guardián, un santo varón, trasunto de los Gante, los Motolinia y los Serra, Fray Lorenzo Socies, con diligencia cristiana y seráfica humildad, dieron a Hevia, en su alojamiento completa satisfacción por los sucesos de la víspera, y le pidieron «por Jesucristo Crucificado» que viera con ojos de piedad a los devotos y pacíficos habitantes de la «Muy Leal Villa de Orizaba».

A 4 de septiembre de 1889.


Publicado el 1 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.
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