Cuentos Populares en Chile

Recogidos de la tradición oral

Ramón Laval


Cuento



PRIMERA PARTE

Cuentos maravillosos, Cuentos de animales, Anécdotas.

1. EL SOLDADILLO

El Soldadillo se estaba aburriendo en su casa y se le puso en la cabeza salir a rodar tierras, por ser hombre y por saber.

Salió, pues, un día, llevando al hombro unas alforjas muy bien provistas y un buen cuchillo asegurado a la cintura.

Después de haber andado unas cuantas horas, en un camino apartado se encontró con un hermoso joven, elegantemente vestido. El Soldadillo, que era hombre bien hablado, se sacó su gorra y saludando con todo respeto, preguntó:

—¿A dónde va, mi señor? Si lo puedo servir en algo, estoy a sus órdenes.

El Príncipe, porque el joven era hijo de Rey, le contestó:

—Si quieres acompañarme, te daré buen sueldo; el sirviente que traía se me perdió en el camino, y necesito de una persona que me ayude; pero ésa ha de ser muy valiente, porque nos hemos de ver quizás en qué peligros.

—Su mercé, respondió el Soldadillo, tal vez haya oído hablar de su servidor, porque yo he peleado en todas las batallas que ha dado Su Sacarreal Majestad el Rey su padre, y siempre me porté con valor y nunca volví la espalda al enemigo. Juan me llamo, señor, y por sobrenombre me dicen el Sordaíllo.

—¡Con que tú eres, hombre, el mentado Soldadillo! No he podido encontrar mejor compañero; he andado con suerte; desde luego te tomo a mi servicio.

Siguieron andando los dos, más que como patrón y sirviente, conversando como amigos. El Príncipe le contó cómo se había enamorado, por un retrato que había visto, de la más linda princesa del mundo, a quien andaba buscando: estaba encantada y nadie sabía en donde se hallaba.

El Soldadillo le prometió ayudarlo en todo y no dejarlo mientras no dieran con la princesa, y hasta dejarse matar por él, aunque—le dijo—todavía no ha nacido quien se atreva a tocarme un pelo.

Siguieron andando y andando, y hacía ya muchos días que iban por el mismo camino, cuando encontraron a un hombre que se ejercitaba en dar saltos muy grandes. El Soldadillo le preguntó:

—¿Cómo te llamáis, ho?

—Yo me llamo—contestó el hombre—Saltín, Saltón, hijo del buen Saltaor.

—¿Y en qué te ocupáis, hó?

—En saltar, pus, ñor; y pueo dar saltos de más de dos cuairas, pus, ñor.

—Este hombre nos conviene—le dijo el Príncipe al Soldadillo;—pregúntale si quiere entrar a mi servicio.

Entonces el Soldadillo le dijo al hombre:

—¿Por qué no te venís con nosotros?

—Si me dan buena paga, me voy con ustedes.

Y Saltín, Saltón, hijo del buen Saltaor, se fué con ellos.

Siguieron andando y andando, y más adelante toparon con un hombre que se llevaba tranqueando de arriba para abajo, a grandes pasos, y que no descansaba ni un momento.

—¿Cómo te llamáis, ho?—le preguntó el Soldadillo; y el otro le contestó:

—Yo me llamo Andín, Andón, hijo del buen Andaor.

—¿Y en qué trabajáis, vos?

—En andar, pus, ñor; ese es mi oficio; porque yo soy lo mesmito que el Judío Errante, que me canso cuando me siento; y aemás soy muy forzúo, y me los pueo echar a toos ustees al hombro y llevarlos aonde ustees me igan; porque han de saber que soy nieto de Carguín, Cargón, hijo del buen Cargaor, y que hei sacao las juerzas de mi agüelo.

—Este hombre nos conviene—le dijo el Príncipe al Soldadillo;—contrátalo a ver si quiere servirme.

Entonces el Soldadillo le dijo al hombre:

—¿Por qué no te venís con nosotros? Te daremos buena paga.

—Métale, pus, ñor—contestó Andín, Andón, hijo del buen Andaor; y para probarles que era cierto lo que les había dicho acerca de las fuerzas que tenía, agarró a los tres compañeros en sus brazos y siguió cargado con ellos, como si tal cosa.

Bien les vino a los pobres, porque estaban muy cansados.

Así anduvieron por tres días, hasta que encontraron a un hombre sentado en la tierra, que con una mano rodeaba una de sus orejas, como para escuchar mejor. El Soldadillo le dijo:

—¿Qué hace ahí, mi amigo? ¿se puede saber?

—Como nó—le contestó el hombre:—estoy oyendo a una niña que está encerrada siete estados bajo tierra llorando sin consuelo y quejándose de que la tienen encantada. En este momento, dice: ¿Qué será del Rey, mi padre? ¡Cómo llorará mi madre! ¡Cuándo vendrá el príncipe que ha de libertarme!

El Príncipe no dudó que la princesa encerrada era la que él buscaba, e inmediatamente preguntó al hombre:

—¿Cómo te llamas tú?

—Yo me llamo, señor—le contestó—Oidín, Oidón, hijo del buen Oidor.

—Vente conmigo y te pagaré bien—le dijo el Príncipe.

—Eso quisiera yo—le dijo Oidín—porque estoy sin empleo.

Y Oidín, Oidón, hijo del buen Oidor, pasó a ocupar su lugar al apa de Andín, Andón, hijo del buen Andaor.

Siguiendo las indicaciones de Oidín, que a cada rato hacía que Andín se parara, para escuchar mejor, se metió Andín con su carga por un bosque muy tupido, llegando una noche, al cabo de siete días de marcha, frente a un castillo. Dieron seis vueltas alrededor de él, sin encontrar puerta alguna; sólo veían una fila de ventanas, todas alumbradas, pero muy altas y defendidas por gruesos barrotes de fierro. A la séptima vuelta vieron una puerta toda de fierro, hecha de una sola pieza y con un gran llamador. Golpearon y nadie contestó; golpearon dos veces más y tampoco nadie salió. Entonces el Soldadillo dijo:

—Que se queden todos aquí; a mí me agarra en peso Saltín, Saltón, hijo del buen Saltaor, y de un salto nos ponemos dentro del castillo.

Así lo hicieron; pero todavía no ponían un pie en tierra, cuando oyeron cerca de ellos una voz de trueno que decía:

—¡Carne humana huele aquí! Carne humana huele aquí!

Saltín, Saltón, hijo del buen Saltaor, todo asustado, de un brinco volvió afuera, dejando sólo a mi buen Soldadillo frente a frente de un gigante enorme.

—A peliar vengo con vos—le dijo el Soldadillo;—y no me grite tan fuerte, que no soy sordo y le pueo cortar la lengua con este cuchillito; ni me mire tan fiero, porque tamién le pueo sacar los ojos con estos cinco deos. Sepa el cara e capacho viejo, que está hablando con el Sordaíllo y quien se mete con él, sale fregao.

Esto que dice el Soldadillo y el gigante que se le va encima; pero el Soldadillo le saca el cuerpo con toda ligereza, y plantándose detrás, le da con su cuchillito un tajo tan bien refuerte, que me le corta al gigante los nervios de la corva de la pierna derecha, y de otro tajo me le rebana los nervios de la corva de la pierna izquierda, y mi buen gigante cae al suelo dando unos bramidos que hacían temblar toda la tierra.

Los de afuera oían los bramidos, todos asustados, y por más que el Príncipe le decía a Saltín, Saltón, hijo del buen Saltaor, que los transladara a todos adentro para ayudar al Soldadillo, Saltín no quiso obedecerle, porque, como el miedo es cosa viva, todavía le temblaban las carnes y no se animaba a ponerse cerca del gigante.

De repente se dejan de oir los bufidos y las puertas del castillo se abren de par en par. Mi buen Soldadillo, con el cuchillo en la mano, chorreando sangre, les dice que ha muerto al guardián del castillo y que ya pueden entrar sin cuidado. No sabía el pobre los peligros que todavía le esperaban.

Entraron, y al pasar por un gran comedor, todo lleno de manjares, Andín, Saltín y Oidín, quisieron sentarse a comer, pero el Príncipe y el Soldadillo dijeron que era preciso sacar primero a la Princesa; que después habría tiempo para comer y mucho más. Tuvieron que obedecer, porque donde manda capitán no manda marinero, y el que manda, manda, y mano a la cartuchera; y sirviéndoles de guía Oidín, Oidón, hijo del buen Oidor, llegaron hasta un pozo. El Soldadillo buscó una barra de fierro y la atravesó en la boca del pozo; buscó después unos cordeles y amarrando un extremo en la barra y el otro a su cintura, lo descolgaron.

Lo que sucedió después es digno de oirse.

Cuando llegó al primer estado bajo tierra, el Soldadillo que entra a una sala muy hermosa y que se le presenta un enorme culebrón con siete cabezas. El Soldadillo, que estaba curado de espantos, no se asustó, antes, echando pie atrás, alzó el cuchillo y de un fuerte golpe le cortó a la Culebra una de sus cabezas. El Culebrón dió un silbido que aturdió, y desapareció por un agujero; y el Soldadillo la siguió de atrás. Al llegar al segundo estado, nuevo combate; la Culebra quería enroscar con su cola al Soldadillo, pero éste, haciéndole un quite, logró ponérsele al frente y cortarle otra de las cabezas. El Culebrón arrancó como un condenado por un portillo y el Soldadillo se coló detrás de él por el mismo portillo. Llegaron al tercer estado, la Culebra con cinco cabezas no más, y el Soldadillo, firme como un peral y con su cuchillo en la mano. Tercer combate; el Culebrón quería enterrarle la lanceta de una de sus bocas, pero el Soldadillo en un dos por tres, ¡zás! le cortó otra cabeza. Ya no le quedaban al Culebrón mas que cuatro cabezas, las mismas cuatro que le cortó mi valiente Soldadillo, una en cada estado a que el Culebrón bajaba, hasta que llegaron al séptimo, en que le cortó la última y me lo dejó sin poder moverse más.

Ya tenemos al Soldadillo en el séptimo estado bajo tierra, libre del gigante y del Culebrón y oyendo los quejidos de la Princesa, que no sabía de qué parte salían.

Buscando y buscando, da con una puerta, que abre con mucho cuidado y se encuentra dentro de una pieza tan grande y tan linda como no había visto otra en su vida; estaba toda cubierta de oro y plata y alumbrada con muchos blandones, candelabros y arañas, y en medio, tendida en el suelo, desmayada, la más hermosa Princesa que hayan visto ojos humanos. La cargó en brazos y la llevó en ellos hasta que llegó al primer estado, y amarrándose allí nuevamente el cordel a la cintura, gritó que lo suspendieran. Cuando llegó arriba, todos se quedaron con la boca abierta de ver tan hermosa Princesa, y al Príncipe casi se le salía el corazón por la boca, tan fuertemente le saltaba.

Cuando la Princesa volvió en sí, contó que una vieja bruja la había hechizado y encerrado en ese castillo, del cual nadie tenía noticias, y que el encantamiento debía durar hasta que un príncipe viniera a librarla.

El Príncipe estaba muy feliz, porque había encontrado a su Princesa; y después de comer de los exquisitos manjares que habían encontrado preparados, el Príncipe, no queriendo demorar su casamiento, ordenó a Andín, Andón, hijo del buen Andaor, que cargara con todos y los llevara a la Corte del Rey, su padre.

¡Bueno en el hombre forzudo! A todos se los echó al hombro como si no pesaran más que una pluma, y en un par de días llegaron a la capital del reino, donde se celebró el matrimonio con grandes fiestas y banquetes, y vivieron muchos años muy felices y dichosos y rodeados de hermosos hijos que se parecían a ellos.

Después de la boda, el Soldadillo y sus demás compañeros pidieron licencia al Príncipe para retirarse, y entonces éste y la Princesa les dieron a cada uno un gran talego de plata y al Soldadillo dos; y a los cuatro, trajes muy ricos, pues estaban muy agradecidos de ellos; porque sin Andín, Andón, hijo del buen Andaor, no habrían podido llegar al castillo; sin Oidín, Oidón, hijo del buen Oidor, no habrían sabido dónde se encontraba la Princesa; sin Saltín, Saltón, hijo del buen Saltaor, no habrían podido entrar al castillo; y sin el Soldadillo, la Princesa habría seguido encantada hasta ahora. Bien dicen que Dios, sin ser vaquero, todo lo rodea.

Y aquí se acabó el cuento del Periquito Sarmiento, que estaba con la guatita al aire y el potito al viento; y pase por una mata de poroto para que Fulano me cuente otro.

2. EL PESCADITO ENCANTADO

(Referido en 1911 por Samuel Antonio Letelier, de 9 años, de Molina. Lo oyó contar en 1910 en Linares)


Este era un Rey que no se alimentaba sino de pescados, y para que lo abasteciera de esta carne tenía a su servicio a un viejecito que todos los días iba a pescar al mar. Le pagaba bien por su trabajo; pero lo tenía amenazado con que le haría cortar la cabeza el día que no le llevara provisión fresca de ellos.

Este viejecito vivía en una pequeña casa cerca de la costa, en compañía de su mujer, de dos hijas a quienes quería entrañablemente, sobre todo a la menor, que era muy buena y cariñosa con él; y de una perrita, que todas las tardes, cuando volvía con la pesca, salía a recibirlo.

Un día el viejecito no sacó nada en la red, a pesar de haberla arrojado muchas veces al agua; y lamentándose de su mala suerte, se sentó en un peñasco a llorar su desgracia, porque veía que su fin iba a llegar.

Llorando estaba cuando entre las olas asomó la cabeza un Pescadito colorado y le preguntó:—«¿Por qué llora el buen viejo?» El interpelado, entre sollozos, le contó lo que le pasaba; que por más que había echado las redes al mar, nada había sacado, y que si no le llevaba pescados al Rey, éste le haría cortar la cabeza.

El Pescadito le dijo entonces:—«Yo te daré todos los pescados que tú quieras, mientras vivas, con la condición de que me des a la que salga a recibirte cuando vuelvas a tu casa». El viejo le dijo que no tenía inconveniente en aceptar esta condición, porque el pobre se figuraba que, como de costumbre, saldría a recibirlo la perrita.

El Pescadito ordenó al anciano que echara la red; el viejo obedeció, y pocos momentos después la sacaba llena de congrios, corvinas, truchas y robalos, tan grandes, tan gordos y tan lindos como nunca los había visto.

Se fué muy contento a su casa, y cuando le faltaban unas dos cuadras para llegar a ella, salió a encontrarlo su hija menor. Ya había olvidado su promesa.

Estaba la familia del pescador sentada a la mesa tomando la sopa, cuando se oyó un fuerte silbido que venía del lado del mar; y sólo entonces se acordó el anciano que tenía que llevar a su hija menor para entregársela al Pescadito. Al punto se puso muy triste, lo cual todas notaron. Entonces le pidieron que les dijera por qué tan de repente se había puesto así, siendo que debía estar contento como nunca por haber traído tan buena pesca. Les contó él lo que le había pasado, y concluido su relato, la hija menor le dijo:—«Cumpla, padre, lo que ha prometido, porque si no, es seguro que mañana no pescará nada y el Rey le mandará cortar la cabeza».

Llorando se fueron los dos para el mar; y cuando llegaron, el Pescadito, que estaba esperándolos, mandó al pescador que se subiese a una roca y dejara a su hija en la arena, porque las aguas iban a subir y se iban a tragar a la niña.

Así sucedió. Subió el mar y la niña desapareció.

En cuanto descendieron las aguas, bajó el pobre viejo y se volvió a su casa triste y lloroso.

Cuando la niña desapareció debajo del agua, el Pescadito la llevó a un hermoso palacio que había en el fondo del mar y le dijo que cuanto veía todo era de ella; pero que si quería vivir feliz, no encendiera ni fósforo ni vela en la noche, porque en el momento que alumbrara su dormitorio, todo lo perdería.

El palacio era más grande y mejor que el del Rey a quien servía su padre, y de nada faltaba en él. En el día estaba muy bien alumbrado, pero en la noche, en el instante mismo en que la niña se acostaba, quedaba sumido entre tinieblas.

Estaba custodiado por un enorme perro que se llamaba Leofricome, al cual—dijo el Pescadito a la niña—debería pedir todo lo que necesitase, con la seguridad de que al punto se vería servida.

Todas las noches, en cuanto la niña se metía en la cama y el palacio se obscurecía, sentía que alguien se acostaba a su lado. Ardía ella en deseos de saber quién era la persona que dormía con ella.

Una tarde que la niña paseaba, acompañada de Leofricome, por el huerto que había en el fondo del palacio, vió que en una rama de un peral muy alto estaba una tenquita cantando que se volvía loca.

La niña preguntó a Leofricome:—«¿Qué hace aquella tenquita que está cantando allá arriba de aquel peral?» Leofricome le contestó que era su hermana, que al día siguiente se iba a casar y que venía a convidarla.

La niña le dijo:—«¿Podré conseguir permiso para ir al casamiento?» Leofricome le contestó que sí, que hablara en la noche con el Pescadito cuando se acostara con ella.

La niña se quedó pensativa, porque creía que era un hombre el que dormía a su lado. Sin embargo, en la noche, completamente a obscuras, habló con el sér que la acompañaba, y éste le dió el permiso que pedía para ir a casa de sus padres; pero hasta por dos días solamente y debiendo ir acompañada de Leofricome.

Cuando llegó a casa de sus padres, cargada de regalos para ellos y para su hermana, estaban en lo mejor de la fiesta.

Leofricome se quedó en la puerta cuidando que la niña no huyera, y ella se fué adentro con sus padres a contarles todo lo que le había pasado.

La madre le aconsejó que cuando se fuese llevara dos paquetes de velas y dos cajas de fósforos y que encendiese una vela cuando en la noche sintiera roncar al Pescadito o al hombre que se acostaba en su cama.

Pasaron los dos días que la niña tenía de permiso y volvió con Leofricome al fondo del mar; y en la misma noche, deseosa de conocer al que compartía el lecho con ella, en cuanto lo sintió roncar encendió una vela y vió que era un príncipe hermosísimo. Entusiasmada, para verlo mejor, inclinó la luz; pero, por su desgracia, cayó una gota de esperma sobre la mano derecha, que el Príncipe tenía fuera de la cama.

Con la impresión de calor que la esperma produjo en la piel de su mano, despertó el Príncipe, la reprendió muy airado, le dijo que ya no volvería a verlo más e inmediatamente se transformó en pescadito colorado y se fué.

Desde aquella noche se vió en el palacio la luz de la luna y de las estrellas, lo mismo que en la tierra.

Después de algún tiempo la niña tuvo un hijo que nació con un candadito de oro en el estómago.

Cuando ya se sintió bien, fué donde Leofricome y le dijo que quería volver a casa de sus padres. Leofricome le contestó que no podía salir del mar sin permiso del Pescadito, a no ser que quisiera ver muerto a su padre. Entonces ella le preguntó que a dónde podría irse, porque no quería vivir más en el palacio, que a cada paso le recordaba su desgracia.

Leofricome tomó un ovillo de hilo, y cogiendo la punta, lo lanzó con todas sus fuerzas; en seguida dijo a la niña que siguiese el camino que el hilo le indicaba y que sería bien recibida en la casa en que había ido a dar la otra punta.

Después de andar muchos días, porque el extremo del ovillo había caído muy lejos, llegó con su niño a unos corrales que pertenecían al palacio de los padres del Príncipe.

Cuando entraron, todos los animales se pusieron a bramar a la vez, y el Rey, al sentir tanto ruido, dijo a la Reina:—«Algo extraordinario debe de pasar en los corrales, cuando los animales forman tanta bulla».—Fué a los corrales, y encontró a la niña que estaba dándole de mamar a la guagua. Los recogió y los llevó al palacio.

Cuando el Rey y la Reina vieron que la guagua tenía en el estómago un candadito de oro, conocieron que era hijo del Pescadito, porque el Pescadito tenía la misma señal, y los recibieron como a hijos de ellos, a la madre y al niño, y todos comían en la misma mesa.

Pasado algún tiempo, volvió una noche el Pescadito a su palacio para ver si la niña continuaba siempre allí, porque seguía amándola con mucho cariño y no podía olvidarla. Cuando vió que no estaba, escribió una carta a sus padres en que les preguntaba si habían visto por casualidad a una niña de las señas que les daba; y la mandó con Leofricome.

Los padres le contestaron que la niña por la cual les preguntaba debía de ser una que hacía tiempo había llegado a su palacio con una criaturita que tenía un candadito de oro en el estómago, y que ellos tenían a su lado como a hijos.

Supo la niña que el Pescadito iba a ir a buscarla y temiendo que fuera con intenciones de matarlos a ella y a su hijo, huyó, sin decir nada, para unas montañas y se ocultó en un bosque.

Llegó el Pescadito y se encontró con que la madre y el niño habían desaparecido. Salió inmediatamente a buscarlos, y después de mucho tiempo y de grandes trabajos, los encontró en el bosque.

En este mismo instante se acabó el encanto, y el Pescadito, convertido en el hermoso Príncipe que la niña había visto a la luz de la vela, se arrodilló a sus plantas y le suplicó que lo perdonara; que lo hiciese por su hijo; que todo lo que había pasado había sido efecto del encanto que en ese momento se rompía.

La niña, feliz de volver a ver otra vez a su Príncipe, lo perdonó de muy buena gana, y vueltos al palacio de los Reyes, se casaron para siempre, vivieron muy dichosos y fueron reyes del mar; y Leofricome, transformado en un gallardo mozo, fué mayordomo del palacio.

3. DELGADINA Y EL CULEBRÓN

(Recitador: Pedro Danús, de 13 años, de Santiago. La oyó contar en la misma ciudad)


Para saber y contar y contar para saber: que est’era ño Antequera, de media caña y de caña entera; no le echaré los combates porque voy a tomar mate; ni los dejaré de echar porque su poquito ha de llevar: San Juan recibe lo que te dan; sea harina o sea pan, lo echaremos al costal con sus patas de animal, con sus picos de zorzal, que se enganchan, que se ensanchan por las narices de...

Este era un caballero muy rico casado con una señora muy hermosa. Ambos se amaban entrañablemente, y hacía más feliz esta unión una linda guagüita que Dios les había concedido y que era todo su encanto. La guagua se llamaba Delgadina. No había cumplido un año todavía, cuando murió la mamá. El caballero lloró su desgracia, y como era completamente solo, sin parientes, mandó criar afuera a su hijita.

El caballero se aburría en su soledad y no hallaba qué hacer. Para distraerse se entregó al juego y con tan mala suerte que perdió toda su fortuna, menos una cantidad que había apartado para atender a la crianza y educación de su hija.

Cuando entró Delgadina a los quince años, se la entregaron a su padre, grande, bonita e instruida en toda clase de conocimientos, porque había recibido una educación esmerada, pero al mismo tiempo era sumamente sencilla, inocente y sin malicia, porque había vivido encerrada y no conocía el mundo.

Ya se le había concluido al caballero la plata que había dejado de reserva, y ni siquiera tenía para hacer los gastos del día siguiente. Esto lo tenía muy afligido, pero tanto dió y cavó que al fin se acordó que en un rincón de la casa había un fusil viejo abandonado, y se decidió a salir a cazar para tener con que alimentar a su hija. Tan pobre estaba que tuvo que pedir a una comadre que vivía cerca de su casa un poco de plata prestada para comprar fulminantes, pólvora y balas, y aceite para limpiar el cañón, que estaba sumamente mohoso.

Salió muy de madrugada y cazó un buen número de pajaritos que entregó a su hija para que los guisara, porque no tenían sirvienta. Delgadina los peló, los destripó y fué a lavarlos a un estero que corría a poca distancia de la casa.

Cuando venía de vuelta, vió al lado de una piedra una Culebrita que estaba helada de frío. Delgadina tenía buen corazón y la tomó, y para calentarla se la echó al seno y se la llevó para la casa.

Todo el día anduvo con la Culebrita en el seno; en la noche la arregló en una canastilla entre algodones y lana, y todos los días le daba de la misma comida que comía ella.

Mientras su padre andaba cazando, Delgadina se entretenía en los quehaceres de la casa, porque era muy hacendosa; en seguida arreglaba la comida que había sobrado el día anterior y se la daba a otras personas más pobres que ellos, porque era muy compasiva y sufría con la desgracia de los otros; y una vez terminadas estas tareas, se ponía a jugar con la Culebrita a las escondidas, al pillarse y a otros juegos en que se entretienen los niños. Las dos eran muy buenas amigas y se querían como si fuesen hermanas.

Con el cuidado de Delgadina creció rápidamente la Culebrita, de tal modo que al poco tiempo no cabía en la canastilla. Hubo que ponerla en una gran canasta y poco después en una tina; tanto creció y engordó.

Ya la Culebrita se había convertido en un gran culebrón y fué preciso trasladarla a un tonel; pero el tonel también se hizo chico al fin, pues no tenía espacio para moverse ni podía salir de él.

Entonces el Culebrón le dijo a Delgadina que subiese sobre una silla y apoyase sus manos en el borde del tonel para lamérselas; que con esto cada vez que se las lavara y las sacudiera sin secárselas caerían onzas de oro de entre sus dedos.

Delgadina obedeció, y el Culebrón pasó repetidas veces su lengua por las manos de la niña. En seguida le dijo que se iba porque ya no cabía en donde estaba. Delgadina lloró mucho, porque desde que llegó a casa de su padre la Culebra había sido la única amiga que había tenido y estaba muy acostumbrada con su compañía.

El Culebrón la consoló y le dijo que no llorase, que él siempre la acompañaría; que estuviese tranquila, que velaría por ella y la libraría de los peligros en que pudiera verse envuelta.

Terminadas estas palabras, el tonel estalló y el Culebrón desapareció.

Delgadina se quedó muy triste con la ida de su compañera y esa noche apenas cerró los ojos. Al otro día se levantó muy de alba y fué al estero vecino a lavarse. Cuando concluyó de lavarse sacudió las manos y a cada movimiento que hacía caían de entre sus dedos multitud de onzas de oro. Ella no conocía el valor de estas monedas, ni siquiera se le ocurrió de que fuesen dinero; más bien pensó que eran botones.

En ese momento pasaba por ahí mismo un falte y le dijo a Delgadina que si le daba esos botones le traería zapatos, ropa blanca y vestidos muy elegantes. Delgadina le dió las onzas, que eran muchas, y al día siguiente, a la misma hora, el falte le trajo lo que le había prometido.

Delgadina se lavó y peinó con más cuidado que otras veces, se vistió la nueva ropa, con la cual se veía más hermosa aún, y se fué a su casa para que la viese su padre; pero éste ya había salido a cazar.

Mientras regresaba el padre, Delgadina fué a casa de su madrina, que era una vieja bruja mala y envidiosa, que tenía una hija muy fea y tan mala y envidiosa como ella. Ambas se quedaron asustadas de ver a Delgadina tan bonita y elegante y le aconsejaron que se volviese a su casa a esperar la vuelta de su padre para que le diera una sorpresa.

Así lo hizo Delgadina. Mientras tanto la vieja y la hija se quedaron acechando al cazador, y en cuanto lo divisaron salieron a su encuentro y lo convidaron a almorzar; le dijeron que tenían leche con arroz, postre que sabían le gustaba mucho.

Cuando el caballero estaba tomando el postre, la vieja, que hervía de envidia, le dijo que Delgadina tenía unos vestidos de mucho valor y que se los había regalado un hombre.

El caballero, inquieto, se levantó inmediatamente, cargó su fusil hasta la boca, y sin siquiera dar las gracias se fué precipidamente para su casa.

Delgadina, que estaba en la puerta esperándolo, no hizo mas que verlo y corrió hacia él con los brazos abiertos; pero él le apuntó con el fusil y disparó. El arma, desviada por una mano invisible, no dió en el blanco, y las balas se clavaron en la tierra.

Delgadina, asustada de la acción de su padre y maliciando cuál era la causa de su enojo, corrió al estero, se mojó las manos, y sacudiéndolas le decía al caballero, que la había seguido: «Estos botones me ha costado la ropa que tengo puesta»—y era de ver cómo caían las onzas, unas tras otras, brillantes como si acabasen de ser acuñadas.

Con esto el padre se tranquilizó, y muy contento se puso a recoger las monedas. Recogió una cantidad muy grande, porque Delgadina, cuando veía que sus manos se secaban, corría al estero a mojárselas de nuevo y sacudirlas; y esto lo repitió tantas veces que del cansancio no podía mover los brazos y tuvo que irse a acostar a la cama para descansar.

El padre de Delgadina pasó a ser uno de los hombres más ricos y poderosos de su país.

Sucedió que la fama de su riqueza y de cómo la había hecho corrió de boca en boca y llegó por fin a oídos del Rey, que mandó buscar al caballero para conocerlo.

Después de varios días de viaje por mar, porque la Corte estaba distante, llegó el caballero a presencia del Rey y le contó su historia. El Rey quiso conocer a Delgadina y ordenó al caballero que se la trajera, porque deseaba ver cómo caían las onzas de oro de sus manos. Le agregó que si no la traía, la cabeza le costaba.

Llegó el padre a su casa llorando inconsolablemente y no se atrevía a decirle a su hija lo que le había pasado. Pero, en vista de la insistencia y ruegos de Delgadina, se lo contó todo. Ella le dijo:—«Lléveme no más, padre, ¿qué puede pasarnos? nada tenemos que temer, pues nada malo hago».

La malvada vieja, madrina de Delgadina, que estaba presente, se ofreció para acompañarla:—«Compadre,—le dijo al caballero—usted no soportará su dolor si el Rey quiere dejarla; yo la llevaré».—El caballero accedió, porque verdaderamente ya sufría mucho.

Se embarcaron en un buque Delgadina, la vieja y la hija de ésta.

Cuando ya habían navegado tres días y el buque estaba muy distante de la costa, la vieja dijo a su hija:

—«Matemos a Delgadina y la echamos al mar, y yo haré que el Rey se case contigo».—«No la matemos,—le dijo la hija;—saquémosle los ojos no más y la echamos al agua».

Y así lo hicieron. Una noche esperaron que Delgadina estuviese bien dormida, le arrancaron los ojos y la arrojaron a las olas.

Pero aconteció que la niña, en vez de caer al agua cayó en el bote de un viejo pescador que en ese preciso momento pasaba al lado del buque, sin lo cual habría perecido seguramente.

Dejemos por un momento a Delgadina.

Llegó la vieja con su hija donde el Rey, y postrándose a sus plantas, habló de esta manera:—«Señor, mi esposo, a quien Vuestra Majestad ordenó trajera a su presencia a nuestra hija Delgadina, muy a su pesar no ha podido concurrir, pero me encargó a mí que yo la trajera, y hela aquí, pero debo advertir a Vuestra Majestad que con la navegación ha perdido la virtud que tenía de que al mojar sus manos y sacudirlas le brotaban de ellas onzas de oro, y que no la recuperará hasta que se case y tenga un hijo».

El Rey creyó lo que la vieja le dijo, y a pesar de que la muchacha le era muy antipática, se casó con ella.

Ahora volvamos a Delgadina.

El viejo pescador en cuya barca había caído Delgadina era muy pobre y con el producto de su trabajo ganaba apenas para sustentar a su mujer y a sus pequeños hijos; pero el hombre era bueno, tuvo lástima de la pobre ciega, y vistiéndola de hombre la llevó a su choza, donde fué recibida como miembro de la familia. Todos la querían por su buen carácter y procuraban con su cariño y atenciones hacerla olvidar su desgracia. En el pueblo no maliciaban que era mujer y la llamaban Delgadino.

Un día que estaban conversando sentados en la puerta del ranchito, pasó frente a ellos un leñador con su carreta cargada de leña.—«¿Qué lleva esa carreta, taitita?» preguntó Delgadino al viejo.—«Leña, hijito», le contestó él.—«Y por qué no la compra».—«Porque no tengo plata, pues, hijito».—«Taitita, lléveme para adentro», le dijo Delgadina.

La llevó para adentro el viejo y cuando estuvieron en la pieza Delgadina le pidió que le trajese una palangana con agua y que la dejase sola por un instante. Cuando el pescador se fué, Delgadina metió las manos en el agua y sacándolas las sacudió repetidas veces, y de cada sacudida caían a chorro de entre sus dedos las onzas de oro.

Delgadina llamó al viejo.—«Tome esas monedas, taitita, le dijo, y compre la leña y lo demás que necesite, porque toda esa plata es suya.»

El viejo pescador compró con las onzas una gran casa y allí se instaló la familia con toda clase de comodidades. Ya habían dejado de ser pobres, no necesitaban trabajar, de nada les faltaba, vivían felices.

Una mañana Delgadina fué sorprendida con el llanto y los gritos de angustia de su familia adoptiva. Quiso saber qué había ocurrido, y el viejo, entre sollozos le dijo:—«¡Ay, Delgadino! esta mañana mandé al mozo con mi hijito menor al campo y de repente salió de debajo de un gran peñasco que hay a la orilla del camino, un enorme Culebrón que se llevó a mi hijito. ¡Ya se lo habrá comido! Ay, ay, ay! pobre hijito mío! ya no te veremos más!»

Delgadina se entristeció mucho, porque el niño arrebatado por el Culebrón había sido siempre muy cariñoso con ella y era su regalón; pero pensaba entre sí que el Culebrón bien podía ser la culebrita que ella había criado, y le dijo al viejo que la llevara al lado del peñasco. El viejo no quería; sin embargo, después de mucho rogarlo Delgadina, consintió en ello y la condujo hasta el pie del peñasco.

Ellos que llegan y el Culebrón que aparece arrastrándose suavemente y llevando sobre sus espaldas al niño, que iba risueño, sano, sin el menor rasguño y cargado de regalos.

El Culebrón le dijo al viejo:—«Te entrego a tu hijo, vivo, pero con la condición de que le saques los ojos, y se los pongas a Delgadina, y si no lo haces yo lo mataré y yo mismo se los sacaré. Vestirás a Delgadina de mujer con los vestidos más ricos que encuentres; e irás a la ciudad gritando por las calles que el Culebrón va a salir y se va a comer a chicos y a grandes»; y desapareció inmediatamente sin dar lugar a que Delgadina le pidiera, como era su intención, que no dejaran ciego al niño, que ella se había acostumbrado ya a no ver la luz y que vivía contenta como estaba.

El viejo no tuvo más remedio que hacer lo que el Culebrón le había mandado. Era preferible tener a su hijo ciego que muerto, y por otra parte Delgadina había sido tan buena con ellos.

Al día siguiente muy temprano se trasladó el viejo a la ciudad y con su voz más fuerte se fué gritando por las calles:—«El Culebrón va a salir y se va a comer a chicos y a grandes».

El Rey oyó los gritos y preguntó qué bulla era ésa. Cuando le contaron de qué se trataba, ordenó que diesen al viejo cien azotes para que no anduviera atemorizando a la gente.

Ya le iban a dar al viejo los cien azotes cuando apareció Delgadina vestida con un traje riquísimo a interceder ante el Rey para que no lo castigaran. El Rey quedó deslumbrado de la hermosura de Delgadina, de la riqueza de su traje y del brillo de las joyas que cargaba; hizo suspender el castigo y convidó a su mesa al viejo y a Delgadina.

La vieja y la hija conocieron inmediatamente a Delgadina, pero se desentendieron de ello y la agasajaron mucho. Cuando estuvieron solas dijo la madre:—«No te decía yo que la matásemos!»—«Mamita, contestó la hija, aunque se parece mucho a Delgadina, no puede ser ella ¿no le arrancó usted misma los ojos? y ella los tenía negros y los de ésta son azules. Y fíjese que el viejo es el padre de ella y no se parece en nada a su compadre». Con esto se tranquilizaron.

Muchas veces más convidó el Rey a comer a Delgadina, y siempre tenía ella gran cuidado de no lavarse las manos en la mesa; pero en una ocasión que se las manchó con fruta hubo de lavárselas, y sucedió que sin querer las sacudió. Inmediatamente comenzaron a caer de entre sus dedos a puñados las onzas de oro, tan nuevecitas, tan amarillas como si estuvieran recién acuñadas. Todos se quedaron con la boca abierta y no podían salir de su asombro.

Entonces el Rey conoció que había sido engañado por la vieja y que la verdadera Delgadina era la que hasta entonces había pasado por hija del antiguo pescador. El Rey le pidió que le contase su historia y Delgadina accedió gustosa.

La vieja y su hija protestaron de que todo era mentira, y entonces el Rey hizo venir al viejo y a su familia, que corroboraron lo que a ellos les constaba, y como si esto no fuese bastante apareció de súbito el Culebrón, que refirió todo lo sucedido sin omitir detalles.

Cuando hubo concluido el Culebrón su relato, se convirtió en un hermoso niño, y volviéndose a Delgadina le dijo:—«Yo soy el Angel de tu guarda y he hecho esto contigo porque siempre fuiste buena hija y compasiva con los pobres; yo estaré continuamente a tu lado y velaré por ti».

Mientras hablaba el niño, vieron todos que le brotaban de sus espaldas dos brillantes alas, que desplegó suavemente cuando terminó, y emprendió el vuelo desapareciendo ante la vista atónita de los circunstantes.

El Rey hizo quemar a la vieja y a su hija, mandó buscar al padre de Delgadina y se casó con ella; y en el momento mismo en que le ponían la bendición, el hijo del viejo pescador recobró la vista.

Y así todos los buenos fueron felices y los malos castigados.

Y aquí se acabó el cuento y entró por la puerta del convento, nosotros nos quedamos afuera y los frailes se quedaron adentro.

4. LA TENQUITA

(Recitado en 1905 por Polonia Gonzalez, de 50 años, de la provincia de Colchagua)


Para saber y contar y contar para aprender.

Esta era una Tenquita que tenía unos tenquitos muy lindos, que acababan de salir del huevo.

Una mañanita salió a buscarles que comer, y como era invierno y había caído mucha nieve, a la Tenquita se le heló una patita.

Al verse coja la avecita se afligió mucho y llorando le dijo a la Nieve:

—Nieve, ¿por qué eres tan mala que me quemaste la patita a mí?

Y la Nieve le contestó:

—Más malo es el Sol que me derrite a mí.

Entonces la Tenquita se fué donde el Sol, y le dijo:

—Sol, ¿por qué eres tan malo que derrites a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?

Y el Sol le respondió:

—Más malo es el Nublado que me tapa a mí.

Se fué la Tenquita a ver al Nublado, y le dijo:

—Nublado, ¿por qué eres tan malo que tapas al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?

—Más malo es el Viento que me corre a mí.

Fué la Tenquita donde el Viento, y le dijo:

—Viento, ¿por qué eres tan malo que corres al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?

—Más mala es la Pared que me ataja a mí.

Fué la Tenquita a ver a la Pared, y le dijo:

—Pared, ¿por qué eres tan mala que atajas al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?

—Más malo es el Ratón que me agujerea a mí.

Fué la Tenquita donde el Ratón y le dijo:

—Ratón, ¿por qué eres tan malo que agujereas a la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?

—Más malo es el Gato que me come a mí.

Fué la Tenquita donde el Gato y le dijo:

—Gato, ¿por qué eres tan malo que te comes al Ratón, el Ratón agujerea a la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?

—Más malo es el Perro que me corre a mí.

Entonces la Tenquita fué donde el Perro y le dijo:

—Perro, ¿por qué eres tan malo que corres al Gato, el Gato come al Ratón, el Ratón agujerea a la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?

—Más malo es el Palo que me pega a mí.

Fué entonces la Tenquita donde el Palo, y le dijo:

—Palo, ¿por qué eres tan malo que pegas al Perro, el Perro corre al Gato, el Gato come al Ratón, el Ratón agujerea a la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?

—Más malo es el Fuego que me quema a mí.

Fué la Tenquita donde el Fuego y le dijo:

—Fuego, ¿por qué eres tan malo que quemas al Palo, el Palo pega al Perro, el Perro corre al Gato, el Gato corre al Ratón, el Ratón agujerea la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve, y la Nieve me quema la patita a mí?

—Más mala es el Agua que me apaga a mí.

Fué la Tenquita donde el Agua y le dijo:

—Agua, ¿por qué eres tan mala que apagas al fuego, el Fuego quema al Palo, el Palo pega al Perro, el Perro corre al Gato, el Gato come al Ratón, el Ratón agujerea a la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?

—Más malo es el Buey que me bebe a mí.

Fué la Tenquita donde el Buey y le dijo:

—Buey, ¿por qué eres tan malo que bebes el Agua, el Agua apaga al Fuego, el Fuego quema al Palo, el Palo pega al Perro, el Perro corre al Gato, el Gato come al Ratón, el Ratón agujerea a la Pared, la Pared ataja al Viento el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?

—Más malo es el Cuchillo que me mata a mí.

Fué la Tenquita donde el Cuchillo, y le dijo:

—Cuchillo, ¿por qué eres tan malo que matas al Buey, el Buey se bebe al Agua, el Agua apaga al Fuego, el Fuego quema al Palo, el Palo pega al Perro, el Perro corre al Gato, el Gato come al Ratón, el Ratón agujerea a la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?

—Más malo es el Hombre que me hace a mí.

Fué la Tenquita donde el Hombre, y le dijo:

—Hombre, ¿por qué eres tan malo que haces al Cuchillo, el Cuchillo mata al Buey, el Buey se bebe al Agua, el Agua apaga al Fuego, el Fuego quema al Palo, el Palo pega al Perro, el Perro corre al Gato, el Gato come al Ratón, el Ratón agujerea a la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?

—Pregúntaselo al Señor que me hizo a mí.

Fué entonces la Tenquita donde su Divina Majestad, y arrodillándose humildemente delante de ella inclinó la cabeza hasta besar el suelo, y le dijo:

—Señor, ¿por qué hiciste al Hombre, que es tan malo, el Hombre hace al Cuchillo, el Cuchillo mata al Buey, el Buey se bebe al Agua, el Agua apaga al Fuego, el Fuego quema al Palo, el Palo pega al Perro, el Perro corre al Gato, el Gato come al Ratón, el Ratón agujerea a la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?

Y la Tenquita se puso a llorar tan amargamente que daba lástima verla.

El Señor se compadeció de la desgracia de la pobre avecita y le dijo con mucha dulzura:

—Vete tranquila, Tenquita, a cuidar a tus tenquitos, que están tiritando de frío y muriéndose de hambre.

La Tenquita, como buena cristiana, obedeció al momento y cuando llegó a su nidito se encontró con que tenía buena y sana la patita quemada.

5. EL GALLITO (Cuento de pega)

(Dictado en 1911 por don Victoriano de Castro, español, de 55 años. Lo oyó contar en Belver de los Montes, provincia de Zaragoza, donde el cuento era muy popular, cuando él era niño)


En el cuento que sigue, español, pero que no he visto impreso, el desarrollo es casi el mismo que el de la Tenquita. Lo publico como nota comparativa.


Había una vez en una aldea un Gallo, que recibió una invitación de otro Gallo, primo suyo, para asistir a sus bodas. El Gallo se levantó muy temprano, se acicaló y vistió convenientemente y emprendió el viaje, olvidando tomar el desayuno.

En el camino encontró una boñiga de vaca, toda llena de granos de trigo sin digerir; y aquí vinieron los apuros de mi buen Gallo, que empezó a decir entre sí:

—¿Qué haré? picaré o no picaré? si pico, me mancho el pico, y si no, me muero de hambre.

Así estuvo meditando por algún rato y mirando los granos de trigo, hasta que cayó en la tentación y se dió un buen hartazgo.

Siguió su camino y a poco andar encontró una mata de Malva y le dijo:

—Malva, límpiame el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.

La Malva dijo:

—No quiero.

Más adelante encontró a una Oveja y le dijo:

—Oveja, come a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.

La Oveja dijo:

—No quiero.

Siguió andando y más adelante encontró a un Lobo y le dijo:

—Lobo, come a Oveja, que Oveja no quiso comer a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.

El Lobo dijo:

—No quiero.

Siguió el Gallo su camino y más adelante encontró a un Perro y le dijo:

—Perro, mata a Lobo, que Lobo no quiso comer a Oveja, que Oveja no quiso comer a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.

El Perro dijo:

—No quiero.

A poco andar encontró el Gallo a un Palo y le dijo:

—Palo, apalea a Perro, que Perro no quiso matar a Lobo, que Lobo no quiso comer a Oveja, que Oveja no quiso comer a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.

El Palo dijo:

—No quiero.

Anduvo el Gallo un rato más y se encontró con un Fuego y le dijo:

—Fuego, quema a Palo, que Palo no quiso pegar a Perro, que Perro no quiso matar a Lobo, que Lobo no quiso comer a Oveja, que Oveja no quiso comer a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.

El Fuego dijo:

—No quiero.

Más adelante encontró el Gallo al Agua y le dijo:

—Agua, apaga a Fuego, que Fuego no quiso quemar a Palo, que Palo no quiso pegar a Perro, que Perro no quiso matar a Lobo, que Lobo no quiso comer a Oveja, que Oveja no quiso comer a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.

El Agua dijo:

—No quiero.

Siguió andando el Gallo y más adelante encontró a un Burro, y le dijo:

—Burro, bébete a Agua, que Agua no quiso apagar a Fuego, que Fuego no quiso quemar a Palo, que Palo no quiso pegar a Perro, que Perro no quiso matar a Lobo, que Lobo no quiso comer a Oveja, que Oveja no quiso comer a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.

(Aquí se suspende el cuento y se habla de cualquiera otra cosa. De pronto se dice:—«¿Dónde llegaba? ¿al Palo? ¿al Fuego?»; y cuando contesta alguno:—«Al Burro», se le dice:—«Alzale la cola y bésale el c...»)

6. LA TORTILLA O EL CANARITO ENCANTADO

(Referido por don Osvaldo Martínez, Presbítero, de Santiago, en 1912)


Este era un Rey que tenía una hija única, de una hermosura extraordinaria, virtuosa, caritativa y hacendosa. El Rey la amaba entrañablemente y, como se dice, tenía puestos los ojos en ella.

La Princesa acostumbraba subir todos los días a la terraza del palacio y allí pasaba las horas cosiendo o bordando y recreándose con la vista de las plantas, árboles y flores que adornaban el parque real, que desde allí se dominaba.

Un día que estaba en su acostumbrado trabajo, un lindo Canarito se paró en la rama de un árbol que casi llegaba hasta donde ella estaba sentada, y entonó un canto tan melodioso que la princesa, a fin de oirle mejor, se levantó para acercarse a la avecita, pero apenas se movió de su asiento, el Canarito se fué.

La Princesa, pensando que el pajarito podía volver, hizo colocar una jaula con trampa en el mismo árbol, para cazarlo.

Efectivamente, el Canarito volvió al día siguiente, pero en vez de acercarse a la jaula, se posó en el bastidor de la Princesa y después de gorjear unos cuantos trinos, tomó con el pico una madeja de seda y emprendió el vuelo.

Al otro día estaba la Princesa, como siempre, ocupada en sus labores, cuando de repente llega el Canarito, se para en el bastidor, canta dulcemente un instante, y tomando con el pico el dedal de oro que la Princesa acababa de dejar en el costurero, y abriendo las alas desapareció en el espacio.

La repetición de la aventura preocupó bastante a la Princesa, que no pasó buena noche. Sin embargo, se levantó temprano y volvió a la terraza a continuar su bordado, pensando en el Canarito, de quien a toda costa quería apoderarse.

En esto estaba cuando llega la linda avecita, cantando aún mejor que en los días anteriores, y sin siquiera detenerse un momento, se apodera de las tijeras de oro de la Princesa, y elevándose por los aires, se pierde de vista.

La Princesa cayó gravemente enferma. Por llamado del Rey, vinieron los médicos más prestigiosos y los adivinos de más fama, tanto del país como del extranjero, y ninguno pudo conocer la enfermedad.

Mientras tanto, la Princesa languidecía, su mal se agravaba, y se iba consumiendo poco a poco. El Rey, desesperado, hizo publicar un bando en que ofrecía grandes riquezas al que lograra sanar a su hija.

Muchos lo tentaron, pero ninguno lo consiguió, y la Princesa seguía empeorando a ojos vistas.

* * *

En un pueblo algo alejado de la ciudad en que la Corte residía, vivía una viejecita que tenía un hijo vivo y despierto, llamado Juan.

Un día lo llamó y le dijo:

—Mira, Juanito, toma estas tres tortillas que acabo de hacer al rescoldo y se las llevas a la Princesa, que ellas le darán salud. Que no te vayas a comer ninguna, ni se te pierdan, porque las tres han de llegar a poder de la Princesa.

El muchacho tenía la costumbre de obedecer sin replicar. Subió en un burro; a un lado de las alforjas colocó las tortillas y al otro un pedazo de pan, harina y un poco de charqui y se puso en marcha.

La mitad del camino llevaría andado, cuando el burro se puso a corcovear y por más que Juanito le pegaba fuerte y feo con una varilla, el animal no avanzaba un paso.

Viendo la porfía de la bestia, Juanito sacó las tortillas de las alforjas y descendió del burro para seguir a pie; pero en cuanto bajó, se le cayó una de las tortillas y se le fué rodando por el camino.

Era de ver cómo Juanito corría detrás de la tortilla, que rodaba y rodaba, sin poderla alcanzar; y el pícaro burro, que antes no quería moverse, cómo seguía a Juanito, que casi le pisaba los talones.

Por fin la tortilla se metió adentro de una cueva y Juanito se coló detrás de ella.

Cuando Juanito estuvo adentro, se encontró, sin saber cómo, en un gran comedor regiamente amueblado. La mesa estaba cubierta de ricas viandas y manjares de toda especie que exhalaban un perfume delicioso, y como al muchacho, con la carrera, se le había abierto el apetito, tomó el cucharón para servirse un plato de cazuela y ya iba a meterlo en la sopera, cuando el cucharón se le enderezó en la mano y pegándole fuertemente en la cara le dijo:

—¿Cómo te atreves a comer antes que tus amos?

En esto se sintió un gran ruído, y entró rodando al comedor una gran bola de cobre. Juanito, lleno de miedo, apenas tuvo tiempo de esconderse detrás de la puerta, y desde allí pudo ver que la bola se abría en dos partes, como una concha, y de ella salía un lindo canario.

Con el mismo ruído y el mismo aparato entraron otras dos bolas más, una tras otra, y de cada una salió otro canario.

Las tres avecitas sacudieron sus plumas un momento, como si se desperezaran, y después, volando, se introdujeron a un elegante dormitorio situado al lado del comedor, en el que había tres lujosas camas.

Juanito continuaba observando desde su escondite, con la curiosidad que es de suponer, tan extraños acontecimientos. De pronto vió que tres negros atravesaban el patio y el comedor y entraban al dormitorio conduciendo sendos baños de plata, que colocaban al lado de las camas.

Inmediatamente los Canaritos se zambulleron en el agua y un rato después salían de los baños transformados en hermosos Príncipes. Los esclavos los perfumaron, los enjuagaron y ayudaron a vestirse, y en seguida se retiraron, dejándolos recostados en sus camas, contándose lo que les había pasado en los últimos quince días, tiempo que no se veían.

Dos de los Príncipes nada importante tuvieron que referir; pero, en cambio, el tercero contó que en una de sus excursiones había divisado a una Princesa tan hermosa como no había visto otra en su vida, que estaba perdidamente enamorado de ella y que, no hallando cómo llamar su atención, le había robado un día una madeja de seda con que bordaba, otro día su dedal y al siguiente unas tijeras de oro, objetos que tenía al lado en su velador. Y tomándolos, los besaba tiernamente, diciéndoles las palabras más dulces y cariñosas.

Después de escuchar esto, Juanito logró escabullirse sin ser notado, y como el hambre le apretaba, se metió en la cocina, en la cual no encontró a nadie. Con temor probó de uno de los guisos, y viendo que nada le pasaba, se creyó autorizado para hartar su estómago.

Después de satisfacer su apetito, salió, sin tropiezos, de aquel palacio encantado, y al lado afuera de la entrada de la cueva, tropezó con su burro, que lo esperaba. Montó en él, y a las pocas horas se encontró frente al palacio del Rey.

Pidió permiso al jefe de la guardia para pasar a ver a la Princesa y entregarle las tortillas, con las cuales—aseguraba él—sanaría la enferma. Al principio no querían dejarlo entrar, pero en vista de su insistencia, lo condujeron a presencia del Rey, y como la petición de Juanito estaba de acuerdo con el bando que el mismo Rey había mandado publicar, ordenó que se le llevase a las habitaciones de la Princesa.

La Princesa, cansada con las preguntas de tanto charlatán como había ido a visitarla, en cuanto entró Juanito se dió vuelta para la pared; pero éste, sin inmutarse, le habló en los siguientes términos, de un resuello:

—Manda a decir mi mamita que su mercé es su señorita, que tenga muy buenos días y que cómo está y que aquí le manda estas tres tortillas, pero no le traigo más que dos, porque la otra se me fué rodando cuando salí de mi tierra, y yo, por seguirla, llegué hasta un palacio encantado, en donde vi y oí cosas tan maravillosas como tal vez no habrá visto ni oído alma viviente en este mundo. Figúrese usted, señorita que, escondido detrás de la puerta del comedor del palacio, vi que llegaban tres grandes bolas de cobre, que al rodar metían mucho ruido y que se abrían por la mitad y que de cada una de ellas salía un canarito.

Al llegar a este punto, la Princesa se volvió para el lado de Juanito, e incorporándose en la cama, le preguntó con ansiedad:

—¿Y qué hicieron esos pajaritos?

—Sacudieron sus alitas y en seguida se fueron volando a un dormitorio situado al lado del comedor y en el cual había tres camas; y entonces llegaron tres negros, trayendo cada uno un baño que depositó al lado de las camas; en cada uno de ellos se metió un Canario y a los pocos instantes salieron convertidos en tres hermosos Príncipes, que se recostaron en sus camas y empezaron a contarse lo que les había ocurrido en los últimos días. Dos de ellos no tuvieron nada nuevo que contar, pero el otro, que era el más lindo de los tres, les dijo que un día que pasaba volando por el palacio de un Rey, divisó a la Princesa más hermosa que en su vida había visto, que se había enamorado perdidamente de ella y que, para llamar su atención, le había robado un día una madeja de seda, otra vez el dedal de oro y otro día sus tijeras. No oí más, porque ya no aguantaba el hambre y me fuí a la cocina a comer algo. Después que maté el hambre salí, y al lado afuera encontré a mi burro, monté en él y me vine a cumplir el encargo de mi mamita. Pero su mercé me perdonará que no le haya traído más que dos de las tres tortillas que mi mamita me entregó para su mercé, porque como habrá visto, no es mía la culpa de que se me haya perdido una.

La Princesa, que había escuchado anhelante a Juanito, contestó:

—Está muy bien, Juanito ¿y serías capaz de llevarme a la cueva en que está el palacio encantado?

—Como nó pues, señorita, si el camino es bien refácil; no está más que a la vueltecita de la esquina.

La Princesa hizo llamar al Rey.

—Padre, le dijo, todos los que hasta ahora han venido a verme no han sido sino unos charlatanes, con excepción de este niño, que es médico verdadero. El me ha traído la salud, pero aunque me siento bien, para restablecerme por completo necesito hacer un viaje de unos cuantos días, y espero que Vuestra Majestad no me negará el permiso. El solo me acompañará.

El Rey se quedó admirado de ver el cambio tan radical que en un momento se había operado en la salud de su hija, y como la amaba tanto y nada se atrevía a negarle, le concedió el permiso que solicitaba. Quiso que llevara dinero, mucho dinero, para los gastos que pudieran ofrecérsele; pero ella lo rehusó, lo mismo que el séquito que se le ofrecía, y salió sin más compañía que Juanito, montados ambos en el burro que había traído al niño a palacio.

El burro los condujo en pocas horas hasta la entrada de la cueva, en donde bajaron. La Princesa le dió a Juanito una carta para el Rey, en la que le decía que no pasase cuidados por ella, que estaba bien, que en pocos días más regresaría completamente restablecida, y que le entregara a Juanito el dinero que había ofrecido al que la sanase de su enfermedad.

Deshizo Juanito el camino y puso en manos del Rey la carta de la Princesa. El Rey ordenó que se le diese una gran suma de dinero y con ella regresó Juanito a casa de su madre, y ambos, desde entonces, llevan una vida tranquila y holgada.

* * *

Volvamos a la Princesa que, una vez que quedó sola, entró al interior de la cueva y se encontró de repente en medio de un gran comedor regiamente amueblado. No sabía qué hacerse, cuando entró el Canarito revoloteando y cantando alegremente y después de hacerle mil gracias a su adorada, se detuvo y le habló de esta suerte:

—Hermosa Princesa, ¿cómo te has atrevido a poner tus plantas en este sitio en que te esperan tantos peligros?

—Linda avecita, por verte y tenerte a mi lado encontraré livianos todos los trabajos que se me presenten; no aspiro sino a estar en tu compañía y oir tu hermoso canto.

—Princesa, esta cueva encantada está al cuidado de una vieja hechicera; búscala y la encontrarás en la última pieza del interior y dile que deseas ocuparte y vienes a ofrecerle tus servicios; ella los aceptará y te encargará trabajos que te parecerán imposibles de ejecutar, pero no tengas cuidado que yo velaré siempre por tí y te ayudaré.

La Princesa, después de recorrer muchos patios y galerías, llegó a una pieza a cuya puerta estaba sentada una vieja de aspecto repelente, con la cabellera desgreñada, el rostro sucio, las uñas larguísimas, los ojos encarnizados. En cuanto divisó a la Princesa, con voz áspera le preguntó:

—¿Qué buscas aquí, vil gusanillo de la tierra?

—Señora, le contestó, necesito emplearme y andaba buscando dónde servir, cuando llegué a esta casa y como encontré la puerta franca y nadie acudió a mi llamado, entré hasta este sitio sin encontrar en mi camino a ninguna persona; ¿no querría Ud. tomarme a su servicio?

—Está bien, dijo la vieja; retírate a aquella pieza y mañana, de alba, vienes a recibir mis órdenes.

La Princesa se retiró sumamente afligida; el rostro mal agestado de la Bruja y su voz dura y antipática la atemorizaron y pasó la noche sin dormir.

Apenas amaneció se fué a la pieza de la vieja, que ya estaba en pie y que la esperaba con un gran frasco de vidrio.

—Toma este frasco, le dijo, y antes de las doce del día me lo traerás lleno de lágrimas de picaflores; si no consigues llenarlo, te costará la vida.

La Princesa salió llorando sin saber a dónde dirigirse, pero a poco andar vió en un árbol al Canarito, que le dijo:

—Ve a aquel monte que se divisa allí cerca; antes de subir cortarás una varillita de la primera planta que encuentres a mano derecha del camino que conduce a la cima, subes y esperas arriba la salida del sol; colocas el frasco en el suelo e inmediatamente vendrá una multitud de picaflores y uno tras otro irá parándose en la boca del frasco.

Entonces tú les vas dando un golpecito en la cabeza con la varilla y derramará cada uno tres lágrimas dentro del frasco. Serán tantos y se turnarán tan rápidamente que en menos de una hora lo llenarán.

Siguió la princesa el camino que le indicó el Canario y al llegar al monte cortó una varilla del primer arbusto que halló a la derecha de la senda; en seguida continuó su marcha, y una vez que estuvo arriba, dejó el frasco en el suelo, se sentó sobre una piedra y se quedó meditando sobre su triste suerte y las raras aventuras de su corta vida, hasta que el sol se levantó brillante y majestuoso en el horizonte.

Inmediatamente acudió de todas partes una multitud de picaflores, cuyas plumas tornasoladas lanzaban vívidos reflejos al ser heridas por los rayos solares. Las lindas avecitas revoloteaban en torno de la Princesa, y saliendo del grupo, de a dos y de a tres se paraban en el borde de la boca del frasco y esperaban que la joven les diese un suave golpecito en la cabeza con la varilla, para retirarse y dejar el puesto a otras de sus compañeras. Esta escena se repitió con tal rapidez que, aunque sólo eran tres las lágrimas que cada picaflor depositaba en el frasco, en media hora éste se había llenado. Sin embargo de haber cumplido su tarea, la Princesa no se movió de aquel sitio: el solo recuerdo de la Bruja le imponía pavor y la hacía extremecerse, ¡y se sentía tan bien en medio de los árboles y de los pajaritos!

Cuando el sol llegó a lo más alto del cielo, la Princesa se despidió cariñosamente de los picaflores, agradeciéndoles con frases llenas de dulzura el servicio que le habían hecho; y rodeada de ellos, que no la dejaron sino cuando llegó al plano, descendió del cerro con el frasco en sus brazos.

Pocos momentos después llegaba a la cueva y se encontraba en presencia de la aborrecible vieja, y entregándole el frasco le decía:

—Señora, estáis servida.

—Está bien, refunfuñó la Bruja; mañana temprano vendrás a recibir una nueva orden.

Y arrojándole un mendrugo de pan, le indicó con el dedo que se retirara a su cuarto.

La Princesa pasó la noche sin dormir, así es que muy temprano, antes que amaneciese, ya estaba en presencia de la hechicera. La vieja, que la esperaba, le pasó un cofre de una hermosura imponderable, cubierto de incrustaciones de oro y de adornos de flores de diamantes, perlas y rubíes, y entregándole una llavecita, le ordenó que la llevase a casa de otra vieja, su amiga, porque era su cumpleaños. Esta amiga la abriría y sacaría su contenido y después debía regresar la Princesa con la caja y estar de vuelta antes del mediodía.

Salió la Princesa llorando y sin saber cómo, se halló de pronto al pie del monte en que había estado la mañana anterior. Allí encontró al Canarito, que le dijo:

—Enjuga tu llanto, hermosa Princesa, y quédate aquí hasta la hora conveniente. Lo que la vieja desea es que abras el cofre; pero no lo abrirás, ni tampoco lo llevarás a casa de la amiga de la Bruja, porque ella te lo haría abrir. Poco antes de las doce te irás a la cueva y entregarás el cofre a la vieja diciéndole que su amiga lo había abierto y habían salido de adentro unos guerreros que la habían muerto. Y el Canarito se fué.

Mientras llegaba la hora, la Princesa se entretuvo con los picaflores que revoloteaban a su alrededor de la manera más graciosa, haciendo mil figuras y evoluciones como si bailaran; pero cuando el sol iba a llegar al mediodía, bajó siempre rodeada de las avecitas, hasta que llegó a la cueva. La vieja la esperaba en el interior, en la puerta de su habitación, y le entregó el cofre diciéndole que apenas la amiga lo había abierto, habían salido de él una cantidad innumerable de guerreros armados que en un momento le dieron la muerte, desapareciendo en seguida.

—Pero ¿es cierto lo que me dices, muchacha? contestó la vieja, ¡si no puede ser!

—Pero así ha sido, señora.

—A ver, pásame la llave.

Y tomándola, abre el cofre y sale de él un verdadero ejército de jóvenes armados de espadas, lanzas y hachas con las cuales traspasan y destrozan a la infame vieja, que se revuelca en el suelo en medio de un mar de sangre. Los jóvenes guerreros desaparecen dejándola por muerta; pero la Bruja tenía la vida de los gatos, y, arrastrándose como pudo, se echó a la cama.

La Princesa quedó anonadada con esta escena, y se habría quedado quién sabe hasta cuándo como enclavada en el suelo, si la voz de la vieja no la hubiese sacado de su abstracción.

—Hijita, le dijo la vieja con un tono que trataba de aparecer cariñoso, vaya a la otra pieza, tome el primero de los frascos que hay en el armario y me lo trae; quiero tomar del licor que hay en él para morir y dejar de sufrir.

Pasó la Princesa a la pieza contigua, y ahí encontró al Canarito, que le dijo muy quedo al oído:

—No le lleves el primero sino el último de los frascos del armario, para que muera de veras: cualquier otro que le lleves le dará la vida y no terminarán nunca nuestros sufrimientos.

Obedeció la Princesa y le llevó el último frasco.

—¿Este es el primero, hijita?

—Sí, señora, éste es el primero.

—No vaya a haberse equivocado y haya tomado el segundo.

—No, señora, estoy completamente segura de que he traído el primero.

—Entonces deme una cucharada de él.

La Princesa le pasó una cucharada del líquido que el frasco contenía y la vieja se lo bebió con ansia; pero apenas lo tragó, comenzó la Bruja a torcerse, a despedazarse con las uñas, a morderse las manos y los brazos, dando unos gritos tan desaforados que parecía que el palacio se iba a venir al suelo.

Por suerte, todo esto duró poco, porque la vieja, en medio de los mayores dolores, entregó pronto su alma al diablo, a quien con tanto empeño había servido durante su larga vida.

En cuanto cesaron los alaridos de la Bruja, sucedió una cosa inesperada. La cueva y el palacio se convirtieron en un bello y extenso país; los Canarios, en tres hermosos príncipes; los negros que había visto Juanito, en grandes de la corte, y los picaflores, en los habitantes del reino, todos los cuales vinieron a rendir homenaje a la Princesa.

Acercóse a ella el más hermoso de los tres Príncipes e hincando una rodilla en tierra, habló a la Princesa de esta manera:

—Princesa, yo soy aquel Canario que os arrebató la madeja de seda, el dedal y las tijeras y que más tarde os aconsejó lo que debíais hacer para libraros y librarnos de la malvada hechicera que por satisfacer una ruin venganza mató a nuestros padres y nos tenía hechizados a mí, a mis hermanos y a nuestro pueblo. Bien sabéis que yo os amo y que no podré vivir sino en vuestra compañía. Sé que vos me amáis también, pues por amor a mí habéis arrastrando tantos peligros. ¿Queréis que vayamos ahora mismo donde vuestro padre, que es nuestro vecino, para pedir vuestra mano?

—Príncipe, contestó la joven, mi anhelo es ser vuestra esposa; partamos cuanto antes.

El pueblo, entusiasmado, aclamó a la Princesa, llamándola su reina, su buena y querida reina, y jurando amarla y protegerla de todo peligro.

Grande fué el alborozo del Rey, padre de la Princesa, al verla llegar completamente sana de su enfermedad y en tan buena compañía. Las bodas se celebraron al día siguiente y hubo grandes fiestas y regocijos públicos en los dos reinos, cuyos pueblos confraternizaban como si fueran uno. Los novios fueron muy felices; gobernaron a su pueblo con bondad paternal y Dios los premió dándoles hijos bellos y virtuosos, que les hicieron agradable su peregrinación en esta vida.

7. EL REY TIENE CACHITO

(Contado por el Presbítero don Osvaldo Martínez, de Santiago, en 1912)


Este era un Rey que cayó enfermo de un fuerte dolor a la cabeza. Su dolencia lo obligó durante muchos días a guardar cama y durante ellos no pudo ocuparse de los asuntos de gobierno. Cuando se levantó, se encontró con que le había salido un cachito.

El Rey, por supuesto, quiso tener oculta de todos esta desgracia; pero no lo consiguió: el pelo le creció tanto que tuvo necesidad de hacer llamar a un peluquero, encargando que le trajeran el más discreto de la ciudad.

Sus Ministros pasaron revista a todos los fígaros de la capital y por fin creyeron encontrar al que su Majestad necesitaba: era éste un pobre hombre que, aunque manejaba magistralmente la tijera y la navaja, casi no tenía clientela porque era muy reservado y poco comunicativo; no hablaba sino cuando era de absoluta necesidad.

Con los informes de los Ministros, el Rey lo nombró su peluquero.

En la primera sesión, el Rey le dijo que a ninguna persona debía comunicarle su desgracia y le exigió bajo juramento que así lo hiciese. El Peluquero juró que a ninguna persona diría que el Rey tenía un cachito. Después de esto le cortó el pelo y se retiró para volver dentro de un mes.

No hizo mas que salir el Peluquero y sentir un desasosiego como nunca lo había tenido; y lo peor es que este malestar no lo dejaba y experimentaba como una necesidad de echar afuera aquel secreto que le hormigueaba por todo el cuerpo. Y aquí tenemos a nuestro hombre, que hasta entonces había vivido tranquilo, convertido en el ser más desgraciado de la tierra: no comía, no dormía, no trabajaba, no tenía ánimos para nada.

Y sin embargo de no comer, se iba hinchando, hinchando hasta ponerse redondo como una tinaja.

El pobre hombre se sentía desfallecer, no hallaba qué hacerse; estaba seguro de que se moriría en horas más si no contaba su secreto. Pero ¿y el juramento? El era buen cristiano y por nada de la vida perdería su alma.

Desesperado, salió al campo; y aquí le ocurrió una idea salvadora. Con una estaca que halló a mano abrió un hoyo y echándose de barriga en tierra se puso a decirle:—¡El Rey tiene cachito! el Rey tiene cachito!—repitiendo la frase no menos de cien veces; y a medida que la iba diciendo, la barriga se le iba deshinchando. En seguida tapó el hoyo con la misma tierra que de él había sacado.

¡Qué desahogado, qué aliviado y qué flaco se levantó el Barbero! ¡Qué feliz se sintió! Pocos momentos después llegó a su casa pidiendo desaforadamente que le dieran de comer; ¡qué apetito! todo lo que le servían se le hacía poco! La mujer estaba desesperada: ¿de dónde sacaría alimentos suficientes para llenar aquel tonel sin fondo? Se comió todo lo que pilló a mano, cuanta materia engullible había en la casa, y por fin, más cansado de hacer funcionar las mandíbulas que satisfecho, se acostó. ¡Era de ver la placidez con que dormía el santo varón! Durmió dos días con sus noches, y se levantó feliz, cantando y con grandes disposiciones para trabajar. Era otro hombre.

Pasaron los días uno tras otro hasta completar una semana, cuando ocurrió una cosa inesperada. Los niños de la escuela habían ido a hacer la chancha al campo vecino y encontraron una mata de capachitos, que había brotado precisamente en el lugar en que el Peluquero había hecho el hoyo; arrancaban las florecitas y tomándolas con el dedo pulgar, índice y cordial, las reventaban en sus frentes, como tienen costumbre de hacerlo; pero en esta vez la florecitas, al estallar, decían:

—¡El Rey tiene cachito!

Admirados los niños de este prodigio, llevaron a sus casas todos los capachitos que quedaban y repitieron la prueba y los capachitos siempre decían:—¡El Rey tiene cachito!

No se podía dudar de la noticia, y ella corrió como el aceite: en pocos instantes la conocía toda la ciudad. Y tanto y tanto cundió que llegó a oídos del Rey.

El Rey hizo llamar al Peluquero y después de apostrofarlo duramente le dijo que le haría pagar con la vida su indiscreción. El Peluquero respetuosamente repuso:—Señor, yo juré a Vuestra Majestad no decirle a ninguna persona su secreto y lo he cumplido, porque hasta ahora no se lo he dicho a alma nacida. ¿Qué culpa tengo yo si los capachitos lo andan proclamando a los cuatro vientos?

Por cierto que se cuidó de contarle lo que había hecho, y como de esto no había testigos, el Rey hubo de perdonarlo.

8. EL CUERPO SIN ALMA

(Referido en 1912 por Beatriz Montecinos, de 50 años, de Talca)


Para saber y contar y contar para saber.

Este era un caballero que tenía un fundo cerca de la ciudad, muy grande y muy hermoso, pero que tenía la maldición de que nadie podía vivir en él, porque, sin saber cómo ni por qué, al otro día amanecían muertos los que pretendían trabajarlo. El caballero estaba desesperado, y ofreció darlo a medias al que se atreviese a sembrarlo.

Había en la misma ciudad una viuda muy pobre, que tenía tres hijos, decididos y valientes, los cuales se pusieron de acuerdo para trasladarse al fundo. Partieron, llevando cada uno un pedazo de pan y otro de queso, que para más no les alcanzó el poco dinero que tenían.

Habían andado ya un buen trecho, cuando el menor se hizo a un lado de sus hermanos, que siguieron andando, porque se le ofreció una necesidad. Iba ya a reunirse con ellos, cuando se le presentó una pobre vieja pidiéndole una limosna. El, compadecido, le dió el pan y el queso que llevaba, y entonces la anciana le entregó una varillita, diciéndole que era de virtud y que le haría todo lo que le pidiese, y desapareció.

Llegaron los tres hermanos al fundo muy de madrugada y convinieron en que mientras iban a trabajar los dos menores, el mayor se quedaría haciendo la comida para los tres.

Fueron los menores al trabajo y cuando el mayor tenía hecha la comida y en punto para servirla, salió de un pozo que había cerca de la cocina un enorme Culebrón, y el joven, del susto, se fué de espaldas y casi se mató del golpe.

—La vida o la comida, le dijo el Culebrón.

—La comida, le contestó el pobre, más muerto que vivo.

El Culebrón devoró la comida y en seguida desapareció por el pozo.

Poco después llegaron los otros dos hermanos, quienes, de tanto que habían trabajado, venían que no podían más de hambre. Cuando supieron lo que había pasado, casi se murieron de rabia.

Al día siguiente se quedó el segundo haciendo la comida, partieron a trabajar los otros dos, y sucedió lo mismo que el día anterior: salió el Culebrón, se comió la comida, y dejó tocando tabletas a los tres hermanos.

El tercer día se quedó el menor, y en el momento en que éste retiraba la olla del fuego, salió el Culebrón y le dijo:

—La vida o la comida.

—Ni la vida ni la comida, le respondió el joven, y poniéndose en facha con su varillita en la mano, obligó al Culebrón a retirarse a su pozo bastante mal herido.

Llegaron los otros dos, y comieron todos con mucho apetito.

Después dijo el más joven:

—Para vernos libres en adelante de este estorbo, amárrenme con un cordel y descuélguenme en el pozo y yo mataré al Culebrón donde se encuentre. Cuando mueva la cuerda es para que la tiren y me suban.

Bajó el joven, y en el fondo del pozo se encontró con un hermosísimo palacio, que tenía todas las puertas y ventanas cerradas. Golpeó inútilmente, porque no le abrieron. Entonces, sacando su varillita, dijo:

—Dios y una hormiguita, e inmediatamente se convirtió en hormiga. Así pudo entrar por una rendija y llegó a una sala en donde había una niña más bella que el sol. Se le subió por un costado y de repente la picó.

—¿Quién me pica? dijo la niña.

—Yo, señorita, contestó el joven desencantándose.

Se pusieron a conversar. La niña le dijo que eran tres hermanas, hijas del Culebrón, el cual las tenía encerradas bajo siete llaves y no les permitía ver a nadie.

—Yo mataré al Culebrón y las libraré a ustedes.

—No podrás matarlo—le dijo la joven—porque mi padre es el Cuerpo sin Alma.

—Pero tú podrás averiguar en dónde tiene el alma y entonces yo daré buena cuenta de él.

Fué la niña al lugar en que estaba su padre, y con ella el joven, convertido en hormiga, pegado a su costado.

—Papá, ¿por qué lo llaman a usted el Cuerpo sin Alma?

—No te lo diré, porque las paredes tienen oídos y los matorrales ojos.

—Pero si aquí estamos solos, y encerradas como vivimos ¿a quién podría confiarle lo que usted me diga?

Entonces él repuso:

—Hija, has de saber que en el monte vecino hay una laguna; dentro de la laguna hay un toro; matando a ese toro, sale de su cuerpo un león; matando a ese león, sale una zorra muy corredora, que nadie la podrá alcanzar; adentro de la zorra hay una paloma; y adentro de la paloma, un huevo. Ese huevo es mi alma, y si llegan a quebrarlo, soy muerto.

Siguieron hablando un rato sobre otras cosas y poco después la niña se retiró a su pieza. Inmediatamente el joven se fué corriendo para la laguna, y apenas había llegado a la orilla, salió el toro bramando y escarbando la tierra que daba miedo.

—Dios y un toro de los más bravos—dijo el joven sacando la varillita y al punto se convirtió en toro y se puso a pelear con el que había salido de la laguna, hasta que lo mató. Por el hocico del toro muerto salió un león, que echaba el cielo abajo con sus rugidos.

—Dios y un león de los más bravos—dijo el joven a la varillita, y convirtiéndose en león, atacó rudamente a su contrario y lo mató. Entonces salió la zorra corredora del hocico del león muerto, y tanto y tan bien corría que no se le veían las patas.

—Dios y un perro zorrero, de los más corredores y más bravos, dijo el joven, y en el mismo instante se volvió perro, y tan ligero corría, que las patas no tocaban el suelo. En un momento alcanzó a la zorra y también la despachó.

Mientras tanto el Cuerpo sin Alma se sentía muy enfermo y daba unos quejidos terribles. La niña se acercó a preguntarle qué tenía.

—Retírate, traidora—le dijo el Culebrón—si no quieres que te mate.

Del cuerpo de la zorra salió una paloma, que se perdió en el espacio. El joven dijo:

—Dios y un halcón de los más voladores;—y convertido en halcón dió alcance a la paloma, la mató y le sacó del buche el huevo que tenía guardado y que era el alma del Culebrón.

Poco después se presentó en el palacio y mostrándole el huevo, dijo al Culebrón, que apenas respiraba ya, tan desfallecido estaba:

—¿Conoces esto?

—¿Cómo no lo he de conocer, si es mi alma?

—Te la entregaré si me das el manojo de llaves del palacio.

El Cuerpo sin Alma le entregó las llaves y el joven, disparándole el huevo, le dijo:

—Ahí la tienes.

Pero el huevo le dió en la frente al Culebrón y se reventó, y el Culebrón cayó muerto.

El joven se fué a librar a las tres niñas, pero la menor, que era la que él había visto, no quería que sacase a las otras, porque estaba enamorada de él y temía que sus hermanas, que también eran muy bellas, le robasen su amor. Pero él le dijo:

—Si nosotros también somos tres; mis hermanos se casarán con tus hermanas.

Las sacó a las otras dos de su encierro y amarrando primeramente a la menor, movió el cordel y los que estaban arriba la subieron. Los dos hermanos, cuando la vieron tan buena moza, se pusieron a pelear, para ver cuál se la llevaba; pero ella les dijo que eran tres y que luego subirían las otras dos.

Cuando hubieron subido las tres niñas, los hermanos mayores no volvieron a echar el cordel, y tomando cada uno a su compañera, dejaron abandonada a la menor, que esperó en vano que subiera el joven que había quedado en el pozo.

Un momento después conoció éste su desgracia, y, turbado con la pena que le causaba la traición de sus hermanos, por decirle a la varillita “siete estados para arriba”, le dijo “siete estados para abajo” y llegó a la tierra de los pigmeos, donde, del golpe tan violento que recibió, quedó sin sentidos. Cuando volvió en sí, los pigmeos le habían robado su varillita de virtud.

El pobre entró a sufrir mucho y llegó su miseria a tal estado que se vió obligado a ocuparse como cuidador de los rebaños del Rey de los pigmeos para ganarse la vida.

Un día que lloraba su desgracia, se le apareció una Aguilita y le preguntó:

—¿Por qué está tan triste y llorando?

—¿Cómo no he de llorar, distante de la que amo y viéndome en el estado en que me hallo y sin esperanzas de volver a la tierra?

—Yo lo sacaré de aquí si le parece; pero tiene que llevar mucha carne, porque el viaje es largo y hay que atravesar el mar.

—Está bien, llevaremos un cordero.

Y el joven mató un cordero y dividiéndolo en cuartos lo puso sobre el Aguila y él se montó en seguida encima.

Al poco rato el Aguilita pidió de comer y él le puso en el pico un cuarto de cordero. Volaron un rato, y el Aguilita pidió más, y él le entregó el segundo cuarto; después, el tercero; y por fin el único que quedaba.

Iban volando por sobre el mar cuando el Aguilita dijo:

—Compañero, ¿queda carnecita? mire que me faltan las fuerzas y nos caeremos al mar y nos ahogaremos si no como.

El joven se cortó una pierna y se la atravesó en el pico al Aguila. Esta escena se repitió dos veces más, y el joven tuvo que cortar su otra pierna y el brazo izquierdo, que el Aguila devoró en un instante. De pronto dijo el Aguila:

—Ya llegamos; bájese, compañerito, que en aquel palacio está su niña; y apúrese porque la van a casar con un príncipe y ella no quiere, porque lo está esperando a usted.

—¿Y cómo me bajo—respondió el joven—si no tengo piernas?

—Echese al suelo no más, y no se demore, que lo dejan sin novia.

Al dejarse caer, el joven se encontró con sus dos piernas y sus dos brazos, y si buen mozo había sido antes, quedó desde entonces mucho mejor. Llorando de alegría, le dió las gracias a la Aguilita, y ella, convirtiéndose en ángel, le dijo que era el de su guarda, que viéndolo tan triste, había venido a sacarlo de apuros.

Cuando llegó al palacio en que estaba su amada, la alegría de ésta fué grande, y en lugar de celebrarse el matrimonio con el príncipe con quien la obligaban a casarse, se casó con el joven que tanto había sufrido por ella y había sido su primer amor. La fiesta estuvo muy buena y hasta ahora estará que se arde; yo me encontré en ella y comí y tomé hasta que casi reventé. Y aquí se acabó el cuento y se lo llevó el viento para serranías de más adentro.

9. LA HUACHITA CORDERA

(Referido en Abril de 1914 por Mercedes Albornoz, de 14 años, Villa Alegre)


Este era un hombre que vivía en el campo y había quedado viudo con dos hijos pequeños: un niñito y una niñita. El hombre era pobre y para alimentar a sus hijos tenía que salir a trabajar todos los días antes que apareciera el sol, y como los niños no eran capaces de hacer nada, se los dejaba encomendados a una vecina que los trataba con mucho cariño, les lavaba su ropita y les daba muy bien de comer.

Mejoró un poco la situación del hombre y se casó con la vecina; pero ésta, apenas salía su marido de la casa, obligaba a los niños a hacer el fuego, a que le trajesen agua del río en baldes que eran muy pesados para ellos, a barrer y ejecutar otros trabajos superiores a sus escasas y débiles fuerzas; y si la leña no estaba bien encendida, o los baldes no llegaban completamente llenos, o quedaba un poco de basura en el suelo, les pegaba cruelmente con lo primero que hallaba a mano.

Una vez, el niño le dijo a la niña:—Vámonos de aquí, hermanita; ¿para qué estamos sufriendo tanto?,—y al otro día muy temprano dejaron su lecho, abandonaron la casa en que habían nacido y marcharon a la ventura, alimentándose de frutas y de yerbas y durmiendo en las cuevas de las montañas o en los ranchos abandonados que encontraban en su camino.

Después de muchos días de marcha, llegaron a una tierra desierta, sin casas ni árboles, en la que el calor del sol se hacía sentir con toda su fuerza. Los niños morían de sed y en ninguna parte hallaban agua para aplacarla. Por fin llegaron a la orilla de una laguna y cuando se disponían a beber, oyeron una voz que decía:

—El que de esta agua bebiere tiburón se ha de volver y devorará a su hermano.

—Hermanita, no tomemos de esta agua—dijo el niño—aguantemos la sed y vámonos, puede ser que más allá encontremos agua buena.

Muy tristes se apartaron de la laguna y a cada instante más sedientos; pero luego tropezaron con un pozo y el corazón se les alegró. Sirviéndose de una cuerda que estaba en el suelo al lado del brocal, echaron adentro un tiesto que cerca estaba, y cuando ya lo alzaban repleto de agua, salió del pozo una voz que decía:

—El que de esta agua bebiere, sierpe se ha de volver y devorará a su hermano.

—Hermanita, no tomemos de esta agua—dijo el niño—aguantemos la sed y vámonos, pueda ser que más allá encontremos otra mejor.

La niña no soportaba la sed, y si no hubiera sido por la amenaza de que si bebía de esa agua devoraría a su hermano, habría bebido hasta saciarse.

Continuaron su camino muy tristes, desfallecidos, casi sin fuerzas para andar, pero a los pocos pasos tropezaron con un arroyo de agua fresca y cristalina. Echáronse de bruces para beber y cuando sus secas fauces estaban a punto de humedecerse, oyeron estas palabras que salían de la corriente:

—El que de esta agua beba, corderito se ha de volver.

—Hermanita no tomemos...—alcanzó apenas a decir el niño, cuando vió a su hermana convertida en corderita. La pobrecilla, no oyendo la amenaza de que si bebía devoraría a su hermano, se apresuró a apagar su sed y alcanzó a tragar unos cuantos sorbos de aquella agua maldita.

Es fácil suponer en qué estado dejaría esta desgracia a los pobres hermanos, que ya no tuvieron otro consuelo que conversar y comunicarse sus penas, porque, por suerte para ellos, al experimentar la niña su transformación, no había perdido el uso de la palabra. Sin embargo, el niño lloraba mucho; no podía acostumbrarse a ver a su hermana convertida en animal.

Un día le salió al paso una viejecita.

—¿Por qué llora tanto, hijito?—le preguntó.

—¿Cómo no he de llorar, mamita, con la desgracia que nos ha sucedido? ¡Qué no daría yo por ver a mi hermana convertida en mujer otra vez!

—Hijito, eso no es posible por ahora; pero con esta varillita de virtud que voy a ocultar en las lanas de la Corderita, tendrá ella lo que quiera; podrá hasta volverse mujer por tres horas cada vez que lo desee, y para siempre cuando un príncipe quiera casarse con ella.

Y desapareció después de colocar una varita entre las lanas de la Cordera.

Desde ese momento la Corderita dejó de lamentarse y se la veía brincar y correr al rededor de su hermano y balar alegremente; porque ha de saberse que no hablaba con él sino cuando estaban solos.

Pasó algún tiempo, y el niño que ya se había convertido en hombre, entró a servir como pastor de los rebaños del Rey, el cual, como era muy bondadoso, le permitió conservar la Corderita a su lado.

Sucedió que en la noche del primer día en que el pastor había entrado en funciones, el hijo del Rey tuvo que pasar por el patio en que estaban las habitaciones de los sirvientes, y se extrañó de oir de la más alejada, que era la que ocupaba el pastor y la Corderita, una voz femenina. Se detuvo a escuchar para referirle a la Reina, su madre, lo que oyera, pues era prohibido que las sirvientas penetraran a las piezas de ese patio; pero no sintió sino murmullos y no alcanzó a entender ni una palabra. Al día siguiente, el Príncipe refirió a su madre lo sucedido, y en la tarde, cuando el pastor regresó, después de guardar el ganado, fué conducido a presencia de la Reina.

A la pregunta que le hizo la Reina de quién era la mujer que en la noche anterior había estado en su aposento, contestó:

—No estaba, señora, con ninguna mujer, sino con una huachita Cordera que el Rey mi Señor me ha permitido guardar a mi lado y a la que he conseguido enseñar varias palabras. (No se atrevió a contarle la verdad).

—¿Y qué palabras sabe? preguntó la Reina admirada.

—Dice ya, papá, mamá, hermano y otras.

—Tráeme la Corderita; quiero verla.

Fué el jóven a su pieza, contó a su hermana lo que había hablado con la Reina y le aconsejó que mientras tanto no dijese más palabras que las que él había dicho a la Reina que le había enseñado, y la condujo a la presencia de la soberana.

La Corderita se bañaba todos los días en el río, de modo que siempre estaba muy limpia. La Reina quedó encantada y le dijo al pastor que se la dejase, que ella la cuidaría muy bien.

La Reina le tomó mucho cariño y a todas partes iba con ella. La Corderita la llamaba mamá; al Rey le decía papá, y al Príncipe hermano.

La Reina se dijo un día:—Si un rústico pastor ha podido enseñar a este animalito a pronunciar unas cuantas palabras, ¿por qué no he de conseguir yo que aprenda a hablar como una persona?

Desde ese día comenzó a enseñarle a hablar, y la Huachita se hacía la que no sabía y que poco a poco iba aprendiendo.

Pasó así algún tiempo, hasta que para celebrar una victoria obtenida por el Rey, se organizaron grandes fiestas, entre ellas unas carreras de caballos a que debía concurrir toda la Corte.

Cuando llegó ese día, la Corderita, que hasta entonces no había hecho uso de la virtud que tenía, quiso ir a las carreras; y después que los Reyes, el Príncipe y demás potentados que vivían en palacio salieron, ella también salió sin que nadie la viera, y se fué al campo, y al lado de un espino que allí había, dijo:

—Varillita de virtud, por la virtud que Dios te ha dado, haz que me convierta en mujer, vestida con un traje de color de estrellas y que aparezca aquí para llevarme a las fiestas una carroza de plata arrastrada por dos parejas de caballos y servida por tres pajes negros. E inmediatamente se encontró convertida en una hermosísima joven, vestida como había pedido y con el coche con los tres negritos. La piel de cordero estaba a su lado, y antes de subir a la carroza la dejó colgada de una rama del espino, y partió.

Cuando llegó a la plaza, atrajo las miradas de todos por su hermosura y la riqueza y esplendor de su traje. Nadie la conocía y unos a otros se decían: «¿de dónde vendrá esta princesa?» El Príncipe, sobre todo, la atendió mucho y se enamoró perdidamente de ella. Cuando sonó la hora en que debía retirarse, el Príncipe le preguntó si volvería al día siguiente y ella le contestó que sí.

En la Corte no se habló en el resto del día de otra cosa que de la fiesta; pero la preocupación de todos era la bellísima joven desconocida.

Llegó el día siguiente y todo el mundo se trasladó a las carreras.

Una vez que la Corderita se encontró sola, volvió al campo, y al pie del espino pidió a la varillita que la transformara en mujer, vestida con traje de color de la luna y las estrellas y la condujese a la fiesta en una carroza de oro arrastrada por tres parejas de caballos y servida por seis pajes negros; y al punto todo se hizo como ella lo había pedido. Dejó la piel de oveja colgada de una rama del espino, subió al carruaje y se fué a las fiestas.

A su entrada, la atención de la multitud se concentró en ella, y si hermosa la habían encontrado el día anterior, más hermosa aun la encontraron en este día. El Príncipe, todavía más enamorado, fué a colocarse inmediatamente a su lado y allí estuvo conversando con ella hasta el momento que la joven se levantó para retirarse.

El otro día era el último de las carreras. La afluencia de gente fué mayor; puede decirse que toda la ciudad se había trasladado a presenciarlas.

A la misma hora que los días anteriores, llegó la joven en una carroza de diamantes arrastrada por cuatro parejas de caballos y servida por doce negros; su traje tenía los colores de la luna, de las estrellas y del sol naciente, y si linda la habían encontrado las otras dos veces, más linda la hallaron esta vez. Todos los ojos estaban clavados en ella y de los labios de la muchedumbre no salían sino alabanzas en su honor. Apenas la divisó el Príncipe fué a sentarse a su lado a cortejarla. Cuando estaba hablándola con más entusiasmo, llegó un paje con un recado de la Reina y el Príncipe tuvo que abandonar su asiento por un momento; a su regreso se encontró con que estaba vacío el lugar que ocupaba la niña.

Se acabaron las fiestas y nadie volvió a ver a la joven.

El Príncipe se puso muy triste y languidecía rápidamente. Los médicos nada pudieron para curar su mal y los Reyes lloraban la próxima muerte de su único hijo.

Un día, cuando ya se había perdido toda esperanza de salvación, dijo la Corderita a la Reina:

—Mamá, ¿quiere que vaya yo a cuidar al enfermo? Quién sabe si pueda sanarlo!

¡Qué se perdía con que fuese! La Reina consintió y ella misma condujo a la Corderita a las habitaciones del enfermo y la dejó allí.

Apenas se retiró la Reina, la Corderita pidió muy quedito a la varillita que la convirtiera en mujer, ataviada con el mismo traje con que se había presentado a las carreras, y una vez transformada, se acercó a la cama del enfermo y lo llamó dulcemente. El Príncipe abrió los ojos y a la vista de su amada sintió que le volvía la vida.

Tres horas conversaron alegremente y al terminar este tiempo la joven tornó a convertirse en la Huachita Cordera.

El Príncipe hizo llamar a los Reyes, y les dijo:

—Padres, la Corderita me ha sanado; me siento perfectamente bien y es preciso que me dejen casarme con ella.

Apenas el Príncipe dijo estas palabras, cumpliéndose el vaticinio de la viejecita que había dado a la Corderita la virtud, se transformó ésta para siempre en la bellísima niña que todos habían visto en las fiestas, y los Reyes, henchidos de contento, consintieron en el matrimonio de su hijo con la joven.

Los novios fueron muy felices y vivieron en una perpetua luna de miel y tuvieron muchos hijos.

El hermano de la joven, que hasta el día antes del matrimonio había continuado como pastor, fué ennoblecido y siguió viviendo en la Corte, desempeñando empleos muy principales.

Y aquí se acabó el cuento y se lo llevó el viento.

10. LAS SIETE CIEGAS

(Referido por el niño Luis Smith, de 12 años, en 1910)


Hubo en un país lejano un Rey muy malo que se complacía en el daño que causaba a sus súbditos.

Un día que salió a cazar, y se extravió en el bosque, vió en la puerta de una choza a una jovencita muy bella y agraciada, y llevándola a Palacio se casó con ella.

Un mes nada más duró la felicidad de la Reina. Transcurrido este corto tiempo, durante el cual el Rey fué tierno y cariñoso con ella, se reveló nuevamente en él el hombre perverso, de fieros instintos. Con pretextos y sin pretextos, todo lo encontraba malo, y como la Reina era la persona que tenía más cerca, la desgraciada pagaba el pato. Un día que amaneció de más mal humor que de ordinario, hizo sacar los ojos a la Reina y ordenó que la encerrasen en un calabozo húmedo y sin luz, que daba a uno de los patios interiores del palacio, y que la sometiesen a una alimentación escasa.

Poco tiempo después, el Rey se casó con otra joven, la cual también sólo un mes fué feliz, y pasó otro mes al lado de su esposo sufriendo toda clase de vejámenes; después, privada de la vista, fué a hacer compañía en el calabozo a su predecesora.

La misma suerte corrieron cinco niñas más, con las cuales el monarca contrajo matrimonio sucesivamente.

Las siete desgraciadas tuvieron un hijo cada una en su prisión, pero sólo la primera lo conservó; las otras, muertas de hambre, se comieron los suyos, y si no hubiera sido porque la primera mujer logró ocultar a su hijo y que éste, como si adivinara el destino que le estaba reservado si las compañeras de su madre lo descubrían, jamás lanzó el menor gemido ni se le oyó llorar.

La criatura era hermosa y fué creciendo. Su madre le enseñaba a hablar en las noches, cuando sus compañeras dormían, y paulatinamente fué comunicándole los pocos conocimientos que tenía, lo que el niño aprendía con suma facilidad, porque estaba dotado de gran inteligencia.

Una vez el niño encontró un clavo y, jugando, se puso a escarbar la pared al lado del sitio que ocupaba su madre. La muralla, con la humedad, estaba blanda, así es que en pocos momentos hizo un pequeño forado por el que penetró un poco de luz; le dieron deseos de salir para conocer el mundo, de que tanto había oído hablar a su madre, y para conseguirlo continuó trabajando hasta que el agujero fué suficientemente grande para dejarlo pasar. Le contó a su madre lo que había hecho y le pidió que mientras él andaba afuera cubriera ella el forado con su cuerpo para que el carcelero no lo viese.

Salió el chico y se encontró con un hermoso huerto. No se cansaba de admirar el cielo, tan azul y tan bello; mucho también le llamaron la atención los árboles, las flores y los frutos; tomó algunos de éstos, los probó y los encontró sabrosísimos. Cogió entonces todos los que pudo para llevárselos a su madre, la cual sólo entonces comunicó la existencia de su hijo a sus compañeras de desgracia e hizo que el niño les repartiera frutas.

Desde ese momento el niño fué la alegría de todas, que lo quisieron entrañablemente, y él les pagaba su cariño renovándoles cada día las provisiones que tomaba en el huerto.

Cada vez que el niño estaba fuera, la madre pasaba sobresaltada, temiendo que uno de los hortelanos lo encontrara y lo llevase a presencia del Rey. Por lo que pudiese suceder, le dijo un día:—Hijo, si te llegan a ver, te preguntarán de dónde vienes, cómo te llamas y quiénes son tus padres, y tú contestarás que vienes del mundo que tu nombre es el Viento y que eres hijo del Trueno y de la Lluvia.

Pasó algún tiempo, más de un año, sin que nada se descubriera, porque el chico practicaba sus excursiones muy de mañana y los hortelanos no eran madrugadores; pero una vez que uno de éstos se levantó más temprano que de costumbre, fué cogido y llevado a la presencia del Rey. Al Rey le cayó en gracia el chico y le preguntó:

—¿De dónde vienes?

—Del mundo.

—¿Quién es tu padre?

—El Trueno.

—¿Y tu madre?

—La Lluvia.

* * *

Poco después de haberle hecho sacar los ojos a su séptima mujer y haberla encerrado en el calabozo, el Rey se había casado por octava vez; pero en ésta le salió el futre, como vulgarmente se dice, porque la nueva esposa no era el manso cordero, ni la humilde paloma que las anteriores. Mujer de carácter fuerte, de corazón duro y envidiosa, dominó a su marido por completo. El Rey se fué acostumbrando poco a poco a obedecer, y como consecuencia, su carácter se debilitó y dulcificó.

Como dijimos, el chico le cayó en gracia al Rey, sólo de verlo, y mucho más cuando lo oyó responder con tanto despejo a sus preguntas; y ordenó que lo vistiesen bien y lo dejasen en completa libertad para andar por el palacio y sus dependencias.

El niño vivía con la servidumbre, que lo adoraba. Cuando concluía su comida, recogía todos los restos y se los llevaba a las ciegas, con las cuales conversaba un rato cada vez que entraba a la prisión, especialmente en la noche, antes de retirarse al cuarto que se le había destinado.

A medida que el niño crecía en altura, crecía también en inteligencia, de tal modo que su fama salió de los patios de la servidumbre y llegó a oídos de la Reina. Ella también quiso oírlo, y al escuchar sus contestaciones tan prontas y oportunas, se propuso perderlo. La Reina era envidiosa y no tenía hijos. Se fingió enferma, hizo llamar al Rey y le dijo que había soñado que no sanaría de su enfermedad sino tomando leche de leona traída por un león en odre de león, y que había de ser el niño quien la fuese a buscar.

El Rey, que no hacía sino la voluntad de su mujer, aunque a disgusto ordenó al niño que cumpliera los deseos de la Reina. El niño, muy afligido, fué a contarle a su madre lo que le pasaba, y ésta le dijo:

—La Reina quiere perderte, pero nada te sucederá si sigues mis consejos. Pide al cocinero, antes de partir, una cacerola, pan, leche y sal suficiente para sazonarla; te vas por tal y tal camino hasta que llegues a una llanura en que verás una gran peña a orillas de un riachuelo sombreado de árboles; haces una sopa de pan con leche y dejas la cacerola entre el arroyo y la peña y te ocultas detrás de un árbol. Poco después llegará un león, que después de olfatear la sopa la comerá; una vez que se la haya tomado toda, dirá él:—¡Qué buena está esta sopa! ¿Quién la habrá traído?—Entonces sales de tu escondite y le contestas:—«Yo, señor», y el león, agradecido te dará lo que le pidas.

Provisto de la cacerola y de las raciones de pan, leche y sal suficientes, se dirigió afuera de la ciudad y siguió por el camino que su madre le había indicado, hasta llegar a la peña. Allí se detuvo, hizo la sopa de pan con leche y depositó la cacerola entre el riachuelo y la peña y ocultándose detrás de un corpulento árbol, esperó. Pocos momentos después llegaron a sus oídos los espantosos rugidos de un león, y casi en seguida vió aparecer a la terrible fiera, que, rabiosa, rugía y escarbaba la tierra, y abriendo las narices aspiraba el aire en todas direcciones como si buscara con el olfato el lugar en que se encontraba un ser extraño; pero sucedió que lo primero que llegó a sus narices fué el olor suavísimo para él de la sopa de pan con leche, y dirigiéndose al sitio en que el niño la había dejado, se la tomó poco a poco, saboreándola con delicia.

Una vez que concluyó de comérsela, se lamió los bigotes y exclamó:

—¡Qué cosa más rica! ¡Quién la habrá dejado aquí? Y entonces el niño, saliendo de su escondite, exclamó:

—Yo la traje, señor León.

El León lo miró un poco sorprendido y después de un rato, le preguntó:

—¿Qué quieres que te dé en pago del placer que me has proporcionado?

—Señor León—le contestó el niño—lo que quiero es un poco de leche de leona en odre de león, y que sea llevada al palacio por un león, para que se mejore la Reina, que está enferma.

—Está bien—le dijo el León—tendrás lo que pides; pero, en cuanto llegues al palacio, le pegarás tres veces en la cabeza con esta varillita al leoncito que conduzca el odre y le dirás «ándate para tu casa».

Y mientras el León hablaba, apareció un leoncito con un odre sobre sus espaldas.

Púsose en marcha el niño, yendo adelante el leoncito con su carga. Cuando llegaron frente al palacio, estaba la Reina en uno de los balcones, y al divisar al niño y a su compañero, casi se murió de ira.

Frente a la puerta del palacio echó el niño sobre sus hombros el odre y, recordando las instrucciones del León, dió al leoncito tres golpes con la varilla, diciéndole al mismo tiempo: «ándate para tu casa». El leoncito desapareció.

El odio de la Reina para con el hijo de la ciega creció después de esta aventura y juró que lo haría morir. Hízose enferma nuevamente y le dijo al Rey que había soñado que no sanaría sino viendo las torres cantando y las almenas bailando, y que debía ser el niño quien se las había de traer. El Rey, temiendo la ira de la Reina, ordenó al niño, a pesar del cariño que le tenía, que fuese en busca de los objetos que aquélla decía necesitar.

El niño se fué llorando al calabozo y le contó a su madre lo que la Reina exigía de él.

—No tengas cuidado—le dijo la ciega—la Reina quiere que mueras; pero si sigues mis instrucciones, nada te sucederá. Pide al hortelano que te preste un burrito y a la mujer del jardinero su guitarra. Montado en el burro, tomas tal y tal camino; y después de andar siete horas, llegarás a una ciudad encantada, en la cual no verás más ser humano que una vieja bruja. Desde que divises la ciudad tocarás la guitarra sin cesar hasta que salgas, y, aunque la vieja te la pida, ni dejarás de tocar ni se la darás. Tú tienes bastante inteligencia para manejarte bien en lo demás que pueda sucederte.

Se abrigó el niño con un poncho, porque hacía mucho frío, y montado sobre el burro y con la guitarra colgada al cuello por medio de una correa, se dirigió a la ciudad. Cuando estuvo cerca, se puso a tocarla y le salió al encuentro una horrible vieja que le pidió se la vendiera; pero el niño, sin dejar de tañerla ni un momento, le contestó que no la vendía, pero que más allacito se la daría si le mostraba todo lo que había de interesante y curioso dentro de la ciudad.

Se pusieron en marcha, el niño toca que toca y la vieja chancleteando a su lado, hasta que llegaron a un chiquero muy elegante, en que había un chanchito muy bien cuidado.

—¿Y este chanchito, mamita?

—Este chanchito es la vida de la actual mujer de tu padre; ¡pero dame tu guitarra, niño!

—Más adelante se la daré, mamita.

Continuaron por la misma calle; el niño dale que dale a las cuerdas de la guitarra y la vieja sin perderle pisada. Llegaron a una plaza, en medio de la cual, entre flores de colores brillantísimos que despedían una fragancia exquisita, se elevaba una delgada columna de agua dorada.

—¿Qué es esto, mamita? preguntó el niño.

—Esta es el agua maravillosa que da vista a los ciegos; pero ¡dame tu guitarra, hijito!

—Más adelante se la daré, mamita.

Un poco más allá, siguiendo la misma calle, en medio de otra, entre jardines y sobre una mesa hecha de un solo diamante, vió el niño un castillo en miniatura, de marfil, del cual salían voces argentinas de una belleza inefable que lo dejaron extático por un momento; se habría dicho que dentro había un coro de ángeles. Al mismo tiempo, de las troneras del castillo salían como disparados unos pequeños proyectiles, que una vez en el aire, se movían graciosamente como si bailasen.

El niño preguntó:

—¿Y qué son estas cosas, mamita?

—Estas son las torres que cantan y las almenas que bailan; pero ¡dame tu guitarra, hijito!

—Dentro de poco se la daré, mamita; no tenga cuidado.

Por fin llegaron a un lugar en que había muchas velas encendidas, unas largas, casi enteras, otras medianas y otras menores.

—Y esto ¿qué es, mamita?

Estas velas son la vida de los habitantes del país.

—¿Y esta vela tan alta y tan gruesa, que está adelante de todas? ¿Tal vez es la vida del Rey mi padre?

—No, hijito; esa es mi vida, que, como ves, durará más, mucho más que las otras; pero dame tu...

No alcanzó a terminar la frase la bruja, porque el niño, sin dejar de tocar con la mano izquierda, con la derecha tomó un extremo del poncho y dando con él un fuerte golpe a la vela, la apagó, y la vieja cayó al mismo tiempo en el suelo muerta para siempre.

En seguida el niño llenó un frasco del agua maravillosa, guardó en las petacas que llevaba el burro las torres cantando y las almenas bailando, y ató el chancho con un lazo que aseguró a la enjalma, y se volvió muy alegre a la ciudad en que residía el Rey su padre.

Cuando llegó a la plaza del palacio, divisó a la Reina asomada al balcón, y cuando ésta vió al niño sano y salvo, de la rabia se arrancaba los cabellos.

El niño se desmontó de su cabalgadura y tomando entre sus manos al chanchito lo arrojó con fuerza al suelo matándolo inmediatamente; en el momento mismo la malvada Reina lanzó el último suspiro y entregó su alma al diablo.

Después de esto se fué a la prisión en que estaban las ciegas, y con el agua maravillosa volvió la vista a su madre y a sus seis compañeras de infortunio. Hecho lo cual se fué a ver al Rey y le contó todo lo sucedido. El Rey se sintió doblemente feliz y aliviado al oir la relación del niño, primeramente de verse libre de aquella mujer que le había hecho perder su personalidad; y segundo, de saber que aquel niño a quien tanto cariño había tomado, era su hijo.

Se casó nuevamente con la madre del niño y hubo grandes fiestas en palacio. El pueblo también se divirtió, porque el Rey quiso que todos se alegrasen. Lo pasado sirvió de lección al soberano, que en adelante fué bueno con su pueblo y gobernó justicieramente. Las seis compañeras de la nueva Reina se casaron cada una con un grande de la Corte y fueron muy felices.

Y aquí se acabó el cuento y se lo llevó el viento por la mar adentro.

11. EL MIÑIQUE

(Referido por el niño Mannel Oporto, de 14 años, de Temuco, que lo oyó contar en Santiago en 1911)


Para saber y contar y contar para aprender. Estos eran dos viejecitos muy pobres y muy desgraciados. El marido era aguador y la mujer lavandera; pero por más que trabajaban, el dinero que recibían apenas les alcanzaba para no morirse de hambre.

Una noche que hablaban de su pobreza y de su soledad, dijo la viejecita:

—Si siquiera hubiéramos tenido un hijo, aunque hubiera sido chiquitito, nos habría ayudado a pasar sin tantas escaceses y habríamos tenido con quien conversar en las noches y quien nos cuidara cuando hubiésemos caído enfermos.

—Así es, respondió el aguador; pero, ¿qué sacamos con hablar de estas cosas?

—Tendrán el hijo que desean—dijo una voz que venía del techo.

Los dos ancianos se miraron asustados; y como era tarde, se acostaron y se quedaron profundamente dormidos.

Al otro día se levantaron de madrugada, como de costumbre; el viejecito se fué a acarrear agua para sus parroquianos, y su mujer se puso a lavar ropa.

Apenas se había puesto la lavandera a su trabajo, sintió que por entre el brazo derecho y la manga de la camisa le andaba algo, y creyendo que podía ser una lagartija u otro bicho, se asustó y sacudió el brazo. Sintió caer algo en la artesa; pero aunque nada vió, oyó una vocesita atiplada, que decía:

—Mamita, sáqueme luego del agua, que me ahogo. Buscó la anciana y después de fijarse mucho descubrió una guagua tan pequeñita que apenas se veía y que movía pies y manos en el agua jabonada, como si nadara.

Los viejos lo criaron con todo cariño y cuidado y como era tan chiquitín, lo llamaron Miñique, nombre que le venía muy bien, porque, en verdad, el niño nunca fué más grande que el menor de los dedos de la mano.

En lo único que creció Miñique fué en fuerzas, que llegó a tenerlas prodigiosas; y en voz, que cuando gritaba, era más recia que la de cualquier hombre.

Los ancianos lograron ocultar la existencia del niño, que ni siquiera era sospechada de nadie. Era tan lindo, que temían se lo robaran, y el conversar y entretenerse con él era el único consuelo que tenían.

Pasaron siete años y los viejecitos se pusieron tan achacosos que no podían trabajar y el dinero se les concluía.

Treinta centavos no más les quedaban, cuando la antigua lavandera le dijo a Miñique:

—Hijito, tome este diez, y vaya a la carnicería y me lo compra de carne.

Fué el Miñique a la carnicería y golpeó en el mostrador. El carnicero miraba y como a nadie veía, dijo:

—¿Quién golpea?

—Yo, el Miñique—le contestó un vozarrón que llegó a asustarlo:—véndame un diez de carne.

Se asomó el carnicero por encima del mostrador y después de algún trabajo logró ver a un hombrecito que apenas se levantaba unos diez centímetros del suelo.

—¿Y de dónde vas a sacar fuerzas para llevarte diez centavos de carne? El trozo que te diera sería muy pesado para ti.

—Pero, señor, ¿que quiere reírse de mí? ¡Si un buey entero me da, soy capaz de llevarme el buey!

—Bueno, replicó el carnicero; dame el diez y te llevas ese buey que está colgado en la puerta.

Esto que oye el Miñique, se echa el buey al hombro y se lanza a correr con su carga. El carnicero se quedó con la boca abierta, alelado, sin acertar ni a moverse; y toda la gente que transitaba por la calle se hacía cruces, pues no se explicaba como podía correr un animal despostado y con las patas hacia arriba; porque al Miñique, como era muy chiquitito y estaba debajo del animal, nadie lo veía.

Los viejecitos se pusieron muy contentos con la adquisición del Miñique, y le dijeron que fuese a comprar cinco centavos de pan.

Se fué el Miñique corriendo a la panadería y se puso a golpear en el mostrador. El panadero sentía los golpes, pero no veía a nadie.

—¿Quién golpea?—preguntó.

—Yo, el Miñique—contestó el niño, con voz formidable.—Deme un cinco de pan.

El panadero se inclinó sobre el mostrador y, asustado de ver aquel pedacito de hombre, le dijo:

—¿Y cómo podrás llevar, siendo tan chico cinco centavos de pan?

—Las cosas de Ud.; ¿que cómo me los llevaré? Pues, lo mismo que se lo lleva toda la gente que viene a comprarle. Si me da lleno de pan aquel gran canasto que está sobre el mostrador, verá Ud. que me lo llevo muy bien.

—Dame los cinco centavos y llévate el canasto.

—Tome el cinco, y écheme el canasto al hombro.

Cogió el panadero la pequeña moneda, y, temiendo aplastar al Miñique con el peso del canasto, con mucho cuidado se lo colocó encima.

Apenas sintió el Miñique que tenía el canasto en sus hombros, echó a correr como si la carga que llevaba fuese una pluma; y aquí fué la admiración del panadero, y de todos los que pasaban por la calle, que veían como un canasto corría solo sin que nadie lo empujara o lo llevara tras de sí.

Llenos de alegría recibieron los viejos al Miñique; y muy pronto se sentaron a comer un buen asado. El viejecito dijo:

—Dejaremos carne para dos días, y la demás la haremos charqui mañana y así tendremos para comer mucho tiempo.

Siguieron conversando muy contentos. En la noche dijo la anciana:

—¡Quién pudiera tomar un matecito!

—Mamita, le dijo el niño, déme diez centavos y yo le traeré un cinco de azúcar y otro cinco de yerba.

—Aquí tiene, hijito.

Salió el Miñique y se dirigió al almacén de la esquina.

—¿Quién golpea?—preguntó el despachero.

—El Miñique,—contestó el niño.—Deme un cinco de azúcar y un cinco de yerba.

Se asomó el comerciante por encima del mostrador y cuando vió aquel pergenio, le dijo:

—Pero, niño, ¿y cómo vas a llevar el azúcar y la yerba? Es mucho para ti.

—No tenga cuidado por eso, señor, que si por un 5 me da un cajón de azúcar y por otro 5 un barril de yerba, yo me los llevaré solito, sin que nadie me ayude.

—Bueno, pásame los 10 centavos y llévate aquel cajón y aquel barril.

—Aquí tiene el 10; pero amarre el barril encima del cajón y después me los echa a la espalda y verá bueno. No sabe usted las fuerzas que tengo.

El despachero se reía de lo que le decía el Miñique, que creía eran puras bromas; sin embargo, hizo lo que el niño le pidió, y al cargar el enorme bulto sobre el pequeñuelo le dijo:

—¡Cuidado, niño, no te vaya a aplastar!

—No tema nada; échemelo no más.

Al sentir el Miñique que el bulto tocaba sus espaldas, se asió de la cuerda y echó a correr, dejando asombrado al almacenero.

Es de imaginarse el gusto de los padres del Miñique cuando lo vieron llegar con su preciosa carga. Ya no se morirían de hambre: tenían bastante carne, pan, azúcar y yerba. ¿Qué más querían? Se tomaron sus buenos mates y se acostaron; y al otro día el viejo charquió la carne del buey.

Cuando el charqui estuvo hecho dijo la viejecita:

—¡Quién tuviera algunas cebollitas para hacer un valdiviano!

—¿No le queda todavía un cinco, mamita? Démelo y yo le traeré cebollas.

Le entregó la anciana el cinco, y al salir el niño a la calle se encontró uno de esos cortaplumas pequeñitos que algunas personas suelen usar como dije. Lo tomó, se lo guardó en la faltriquera y siguió su camino.

A poco andar encontró a un cebollero, que llevaba su mercancía en dos grandes árgenas que pendían a uno y otro lado del caballo que montaba.

—Oiga, amigo—le gritó el Miñique—véndame un cinco de cebollas.

El cebollero miraba a todas partes, pero no veía al comprador, a quien ocultaba la yerba que brotaba a la orilla de la acera.

—¡Que me venda un cinco de cebollas, le digo!—repitió el Miñique.

Pero apenas concluyó de decir estas palabras, una vaca que venía por la misma calle comiendo la yerba que crecía en la orilla de la acera, junto con tragarse un puñado de ella, se tragó al Miñique. El Miñique siguió gritando desde adentro de la barriga del animal:

—¡Véndame luego el cinco de cebollas! ¡Mire que mi mamita me está esperando!

El cebollero, casi se volvía loco buscando al que le hablaba, sin poderlo encontrar. ¿Cómo iba a figurarse que la voz salía de adentro de la vaca?

Sólo al rato de haber sido tragado vino a darse cuenta el Miñique del lugar en que se encontraba; pero como era de ánimo esforzado, no se atemorizó, antes bien sacó su cortaplumas del bolsillo y poco a poco abrió un buen tajo en la guata del animal y salió por ahí, no muy limpio ni muy fragante, en verdad, pero sano y salvo. El animal cayó muerto a los pocos instantes, y el Miñique, cogiéndolo de la cola lo arrastró hasta su casa, en donde fué hecho charqui también.

Inmediatamente de dejar la vaca en poder de sus padres, que lo lavaron y le cambiaron ropa, volvió el Miñique tras el cebollero, y habiéndolo alcanzado, le gritó:

—¿Qué hubo, amigo? Me vende o no el cinco de cebollas?

—Pero niño—respondió el cebollero,—¿cómo podrás llevar media docena de cebollas grandes? Una sola sería demasiado peso para ti.

—¿Qué se ha imaginado usted, señor cebollero? Si me da por el cinco las dos árgenas, verá que me las llevo yo solito, sin necesidad de pedir ayuda a nadie.

—Ya está, te doy las dos árgenas con cebollas por el cinco—le dijo el cebollero, pensando que eran simples bravatas las del chiquitín:—dame el cinco y aquí tienes las dos árgenas—agregó, bajándolas.

Le entregó el Miñique la moneda y cogiendo las árgenas de la parte en que estaban unidas, apretó a correr, arrastrándolas tras de sí, con tanta ligereza, que en un momento se perdió de vista, dejando estupefacto al vendedor de cebollas.

Con estas aventuras, la fama del Miñique se extendió por todo el país y el Rey manifestó deseos de conocerlo.

Como la capital estaba lejos, el Miñique quiso ir a caballo y cogió una lauchita que domesticó fácilmente. De una horquilla de peinado hizo frenos y estribos; de un pedazo de cabritilla de guante viejo, la silla de montar; y de un cordón de zapatos las riendas y demás arreos; se colgó a la cintura, a manera de espada, el pequeño cortaplumas con la cuchillita abierta, y montando en su cabalgadura se dirigió a la capital del reino.

Cuando llegó a palacio, fué la admiración de todos: el Rey, la Reina, los Príncipes, las Princesas, los señores y damas de la Corte, lo acogieron con entusiasmo; no sabían qué admirar más en él, si su pequeña estatura o sus fuerzas prodigiosas, o si su belleza o su voz estentórea. Fué calificado como la primera maravilla del reino, y el Rey quiso mantenerlo a su lado. Pero cuando el monarca le comunicó su decisión, el Miñique observó respetuosamente que no podía abandonar a sus padres, ancianos, achacosos y miserables, cuyo único sostén era él; si él les faltaba, los pobres viejos se morirían.

Mucho le agradaron al Rey los buenos sentimientos del Miñique para con sus padres, a quienes hizo venir, les dió habitación en palacio y proveyó a todas sus necesidades.

El Miñique sirvió al Rey de modo extraordinario en una guerra a que fué provocado por sus enemigos; él solo bastó para mover toda la artillería, en ocasión de que los caballos se habían hecho muy escasos; y él también, con su voz potente, transmitió las órdenes del general en jefe. Por sus servicios fué condecorado y ascendido a capitán en el campo de batalla; y vivió el resto de sus días querido y agasajado de todos.

12. LOS TRES CONSEJOS

(Contado por la Señora Clorinda B. de Somerville, en 1915)


Han de saber que vivía en un pueblo un matrimonio muy bien avenido y que habría sido completamente feliz si la fortuna le hubiese prestado alguna ayuda; pero parece que se complacía en volverle las espaldas. Era inútil cuanto había hecho el marido, hombre bueno a carta cabal, para encontrar trabajo, porque nadie se lo proporcionaba. La mujer, que era una perla, cosía y bordaba a la perfección; pero, por desgracia, tampoco nadie la ayudaba. Tenían un hijo de unos doce años, bueno como ellos, estudioso e inteligente, que era su único consuelo; y sin embargo, su vista hacía sufrir al padre, porque pensaba en el triste porvenir que le aguardaba.

Un día, Juan—así se llamaba nuestro hombre—tomó una determinación desesperada.

—Rosa,—dijo a su mujer—esta situación no puede continuar; si aquí no encuentro en qué ganar la vida, iré a buscarla fuera del pueblo; y como necesito llevar algún dinero para mis primeros gastos, venderemos los muebles que no te sean indispensables, y del producto tomaré yo una parte y te quedarás tú con la otra para subvenir a tus necesidades y a la de nuestro hijo, mientras encuentras costuras y yo vuelvo. Dios ha de permitir que nada les falte en mi ausencia y que ésta sea corta.

La venta de los muebles produjo mil pesos. El tomó seiscientos, y con las lágrimas en los ojos se despidió de su mujer y su hijo.

Al pasar por la casa de un compadre, excelente persona, pero un poco alocado—se dijo:

—Voy a despedirme de mi compadre y a recomendarle que cuide de su ahijado mientras yo regreso,—y entró.

—A despedirme de Ud. vengo, compadrito.

—¿A dónde va, compadre?

—A donde Dios quiera, pues. Voy a tentar suerte, a ver si encuentro trabajo en otra parte, ya que aquí no se gana ni para cigarros.

—Yo lo acompaño, compadre. ¿Cuánto lleva Ud. para el camino?

—Trescientos pesos.

—¡Lo que son las casualidades! yo también tengo aquí otros trescientos; me los echo al bolsillo y vamos andando.

De mucho consuelo sirvió a Juan la compañía de su compadre, que era hombre alegre y decidor. Sus chistes le hacían reir y distraerse de la pena que le ocasionaba la separación de su familia, y conversando y conversando, marchaban sin sentir el camino.

Después de andar una semana, llegaron a la plaza de una ciudad, y en una de sus esquinas vieron una muchedumbre de gente reunida. La natural curiosidad hizo que se acercaran y vieron en medio del grupo a un anciano que pregonaba:

—Tres consejos, señores, por sólo trescientos pesos; tres consejos que procurarán la fortuna y la felicidad a quién los conozca! Tres consejos, a cien pesos cada uno! ¿Nadie se interesa por ellos?

Juan sintió como si una voz interior le ordenara comprarlos, y sin poder contenerse se acercó al anciano y le dijo:

—Yo los compro; aquí están los trescientos pesos.

El anciano recibió el dinero y acercando sus labios al oído de Juan, murmuró:

—Estos son los tres consejos, que te harán feliz si los sigues en todo momento: No dejes lo viejo por lo mozo; No preguntes lo que no te importe; y No te dejes llevar de la primera nueva.

Al apartarse Juan del anciano, todos lo miraban lastimosamente.

—Está loco,—decían.—¡Pobrecito!

Su compadre le preguntó:

—Pero, compadre, por Dios, ¿qué ha hecho? ¿Que ha perdido el juicio? ¿Que no ve que ese viejo es un miserable charlatán, que lo ha robado?

Juan callaba y se decía:—Bien puede que así sea, pero también puede ser que todos se equivoquen;—y se proponía seguir los consejos que había recibido, cada vez que se le presentara la ocasión.

Almorzaron y salieron de la ciudad, porque en ella había también escasez de trabajo; y poco después se encontraron con que el camino que seguían se dividía en dos, uno antiguo y otro recién construido. Preguntaron cuál de los dos era mejor y le contestaron que el viejo era muy largo e incómodo y por eso nadie transitaba por él, y que todo el mundo prefería el nuevo por ser nuevo, más cómodo y más corto.

Juan, que se acordó del primer consejo que le había vendido el anciano, dijo a su compañero:

—Vámonos por el camino antiguo; acuérdese, compadre, del refrán que dice: No dejes lo viejo por lo mozo ni lo cierto por lo dudoso.

—No, compadre, dijo el otro, mejor es que sigamos por el nuevo para llegar más pronto.

—Yo, compadre, me voy por el viejo.

—Y yo por el nuevo, y verá cuál de los dos entra primero a la ciudad. Lo esperaré en la plaza.

En verdad, el camino que tomó Juan, que había sido completamente abandonado hacía más de un año, era muy incómodo; estaba cubierto de matas de cardo y de toda clase de malezas, de charcos y de montones de piedras y de tierra, que dificultaban el paso; y sólo después de cuatro horas de penoso marchar logró salir de él y llegar a otra ciudad.

Cuando Juan entró a la plaza, se asombró grandemente de no encontrar a su compadre, el cual, según sus cálculos, debía haber llegado más de una hora antes que él. No sabiendo qué pensar ni qué hacer, se sentó en un escaño a esperar los acontecimientos. De pronto, el ruido que producían varias personas que se acercaban lo sacó de su meditación y, poniéndose de pie se dirigió al grupo. ¡Cuál no sería el asombro del pobre Juan al ver que traían muerto a su compadre, que había sido acribillado a puñaladas en el camino nuevo para robarle la cartera! Juan lloró sinceramente a su amigo y no se separó de su cadáver hasta dejarlo sepultado.

Juan se encontraba sin recursos, pero en fin estaba vivo; y del cementerio salió pensando que el primer consejo bien valía los cien pesos que le había costado; pero esto no lo salvaba de la triste situación en que se veía. Por suerte, al día siguiente, encontró ocupación, y aunque el trabajo era rudo y no muy bien remunerado, se propuso no salir de la ciudad. Como era económico y llevaba una vida tranquila y arreglada, logró reunir en los nueve años que vivió en ella algún dinero, y pensó entonces en volver a su pueblo a reunirse con su mujer y su hijo, de quienes en todo ese tiempo no había tenido noticias, a fin de establecerse y trabajar por su cuenta al lado de ellos.

Se despidió de su jefe y de sus compañeros de trabajo, que sintieron su ida muy de veras, pues todos lo apreciaban por sus buenas prendas, y partió contento y lleno de ilusiones en el porvenir. Pero tal vez el ensimismamiento en que iba lo hizo equivocar el camino y tomó otro diferente del que pensaba seguir y de repente se encontró en medio de un espeso bosque.

Era de noche y desesperaba ya de encontrar salida, cuando divisó una luz. Guiándose por ella, llegó a un gran palacio, y dirigiéndose a un hombre que estaba allí cerca, le preguntó quién era el dueño.—Nadie lo conoce; pero se sabe que el que entra a su casa nunca más sale de ella.

Juan dijo:—Yo entraré. Entre morir comido de las fieras si duermo a la intemperie y correr la aventura de salvar estando adentro, prefiero lo último—y llamó a la puerta.

Salió a abrir un criado muy bien vestido.

—¿Qué se le ofrece?—preguntó.

—Deseo que se me dé alojamiento por esta noche—respondió Juan.

—Aquí no se niega el alojamiento a nadie; pase a la sala mientras aviso al señor conde.

Poco después entró un caballero de aspecto simpático y le dió la bienvenida. Conversaron un rato y al cabo de un momento el dueño de casa lo invitó a cenar y pasaron al comedor, una hermosa sala, por cierto, regiamente amueblada, como todo el palacio. Pero, una cosa llamó particularmente la atención de Juan y fué que en un extremo de la bien presentada mesa había una calavera colocada entre dos velas encendidas. Cuando tal vió, un estremecimiento nervioso recorrió todo su cuerpo, porque se acordó de lo que le había dicho el hombre que estaba cerca del palacio:—«El que entra a esta casa nunca más sale de ella».—Pero también vino inmediatamente a su memoria el segundo consejo del anciano:—No preguntes lo que no te importe;—y continuó la conversación, fingiendo toda indiferencia.

Se sirvió la cena, y aunque la vista de la calavera le había quitado el apetito, no lo quiso manifestar, y comió con la mayor tranquilidad.

Al fin de la comida, dos sirvientes condujeron al medio del comedor a una hermosa dama cargada de cadenas, y a una seña del conde comenzaron a azotarla sin piedad, hasta que, una vez que le corrió la sangre por la espalda, dejaron de martirizarla y se la llevaron.

Juan miraba hacer y callaba.

El conde estaba sorprendido de ver que su huésped no le dirigiese ninguna pregunta sobre lo que veía, a pesar de que él se valía de todos los medios posibles para que se las hiciese; pero el recuerdo del segundo consejo sellaba los labios de Juan.

Terminada la cena, el conde invitó a Juan a visitar las demás habitaciones del palacio, y después de recorrerlas, nuestro hombre se limitó a alabar el buen gusto con que estaban adornadas y la riqueza de los muebles, por todo lo cual felicitó al propietario. Este le dijo:—No acepto sus felicitaciones hasta que concluyamos, y aún nos queda por ver lo mejor:—Y abriendo una puerta de bronce, se presentó a los ojos de Juan el espectáculo más horrible. No menos de cien esqueletos apoyados en las paredes rodeaban la enorme sala, y un sinnúmero de calaveras y de huesos sueltos cubrían todo el piso. Juan se extremeció por segunda vez, pero no habló ni media palabra.

—¿Qué le parece esto? le preguntó el conde.

—Que esta sala es posiblemente el cementerio de sus antepasados.

—No, señor mío. Todos los esqueletos y huesos que Ud. ve son de personas que fueron mis huéspedes, como Ud.; pero todas ellas me preguntaron qué significaba la calavera alumbrada por dos velas que tenía en la mesa del comedor; quién era la dama que azotaban mis criados y por qué la maltrataban; y yo, que había jurado matar a todo el que me dirigiera estas preguntas, en vez de contestárselas los hacía estrangular. La dama que mis sirvientes llevaron encadenada al comedor y azotaron tan cruelmente, es mi mujer, y recibe ese castigo por haber faltado a la fe que me debía; y la calavera que está en la mesa, es la de su cómplice, a quien maté con mis propias manos. Usted es un hombre extraordinario; es Ud. el único que, en diez años que pasaron estos acontecimientos, no me ha hecho ninguna pregunta; y como mi juramento agregaba que dejaría de heredero de todos mis bienes al primero que no me las hiciera, mañana entregaré a Ud. el testamento en que lo constituyo mi heredero universal.

Cuando Juan despertó al siguiente día, encontró el testamento ofrecido sobre el velador. Se levantó apresuradamente para agradecer al conde su generosa determinación, salió de su cuarto para preguntar si ya se había levantado y vió todo el palacio enlutado y a los criados vestidos de negro.

—¿Qué ocurre?—les preguntó.

—El señor ha amanecido muerto.

—Muy afligido puso a Juan esta noticia, y lloró de corazón la muerte de su benefactor.

Al otro día, después de sepultar los restos del fallecido, Juan convocó a la servidumbre y les leyó el testamento. Todos le reconocieron inmediatamente por su patrón.

Juan dijo al mayordomo:

—Yo voy a partir en busca de mi mujer y de mi hijo para establecernos aquí; pero mientras tanto querría que no se martirizara más a la esposa del antiguo amo de este palacio; creo que ha purgado bien su falta y que, si su marido no la perdonó, ya Dios la habrá perdonado. Atiéndasela en mi ausencia de modo que nada le falte y que descanse en sus últimos días.

—Señor, la señora condesa amaneció muerta esta mañana.

Dispuso Juan que se la sepultase dignamente, y montando en un hermoso caballo y con la cartera repleta de buenos billetes partió a buscar a su esposa y a su hijo.

A pesar de las tétricas aventuras que le habían pasado, iba contento por el camino, y pensaba:—¡Qué bien hice en comprarle los tres consejos al anciano! Bien vale el segundo los cien pesos que di por él!

Cuando llegó a su pueblo no le conocieron. Preguntó por su mujer y le dijeron que se había ido con un hijo que tenía, un año después de haber sido abandonada por su marido, pero no sabían a dónde. Entonces picó espuelas a su caballo y después de algunos días de marcha llegó a una gran ciudad, en la que, a fuerza de preguntar, le dieron noticias de ella. Le dijeron donde vivía y que, aunque a nadie molestaba, también nadie la visitaba, con excepción de un clérigo que todos los días iba a verla. Y esto se lo dijeron con cierto retintín nada tranquilizador.

Pero Juan se acordó a tiempo del tercer consejo, y aquietado, fué a la casa y llamó. La sirvienta le dijo que la señora no recibía a nadie, pero él insistió en verla diciéndole que era muy amigo de su marido y que le traía muy buenas noticias de él. Con este recado, la señora lo recibió inmediatamente. El, sin darse a conocer, estuvo conversando con Rosa un buen rato y le inventó una historia cualquiera de su marido. Contándosela estaba, cuando entró un joven clérigo. Rosa se lo presentó diciéndole que era su hijo, a quien había logrado educar a costa de grandes sacrificios, que por suerte estaban plenamente compensados, pues el joven era muy bueno con ella y era su único sostén. Y mientras decía esto lo acariciaba cariñosamente.

Juan entonces se dió a conocer y es de imaginarse cuán grande sería la alegría de los tres.

Pasadas las primeras espanciones, Juan refirió su verdadera historia, y después de descansar tres días partieron los tres a intaslarse en el palacio que el conde había dejado a Juan.

Nuestro héroe pensaba por el camino:

—¡Qué bien hice en seguir el tercer consejo del anciano! Si no es que lo recuerdo a tiempo, mato a mi mujer, y yo y mi hijo habríamos sido desgraciados para siempre! ¡Feliz consejo! Qué bien dados fueron los cien pesos que pagué por ti!

Juan y Rosa y su hijo vivieron muchos años en el palacio, siendo bendecidos de todos, pues la enorme fortuna que poseían les permitía practicar grandes obras de caridad.

13. EL LORO ADIVINO

(Referido por José Luis Pino, de 20 años, de Rancagua, en 1912)


Para saber y contar, aprender y escuchar. Esta era una perrita muerta que me quería morder, y yo, como estaba vivo, me supe defender. Este era un hombre que tenía dos hijos, uno era más grande y el otro era más chico, uno se llamaba Pancho y el otro Francisco, uno comía pan y el otro ballico. Fin del principio y principio del fin.

Han de saber que en una ciudad, capital de un reino, vivía una viuda pobre, pero hacendosa, que tenía tres hijas muy bellas, que se llamaban Flor Rosa, Flor Hortensia y Flor María; las había criado muy bien, y eran honestas, modestas y trabajadoras. Los vecinos apreciaban mucho a esta familia y se deshacían en alabanzas cuando hablaban de ella; que es cuanto puede decirse en su favor.

Sucedió que una noche en que las tres niñas cosían empeñosamente, porque al otro día temprano tenían que entregar un traje de novia, conversaban haciéndose bromas para acortar las horas. Las alegres carcajadas que provocaban sus dichos atrajeron la atención del Rey, que casualmente pasaba en ese momento frente a la puerta de la casa de la viuda, y se detuvo a escuchar lo que decían. Hablaban de casamiento.

—A ver, Flor-Rosa,—decía una de ellas,—si pudieras escoger ¿con quién te casarías?

—¡Vaya una pregunta! pues con el pastelero del Rey, para comer todos los días sabrosos pasteles. ¿Y tú, Flor-Hortensia?

—¿Yo? Yo me contentaría con el cocinero del Rey, y entonces comería los mejores guisados que se hacen en el país. ¿Y tú, Flor-María?

—Si en mí estuviese, yo me casaría con el Rey y le daría dos hijos y una hija, que serían los más bellos de la tierra y tendrían el Sol, el Lucero y la Luna en la frente.

El Rey se retiró y al otro día se presentó en la casa de la viuda acompañado de sus Ministros, de su pastelero y de su cocinero.

—Vengo—dijo—a cumplir los deseos de vuestras hijas. ¿Cuál es Flor-Rosa?

Flor-Rosa se adelantó.

—Te casarás con mi pastelero y tendrás veinte mil pesos de dote. ¿Cuál de las dos que queda es Flor-Hortensia?

Flor-Hortensia se presentó ante el Rey.

—Te casarás con mi cocinero y también tendrás veinte mil pesos de dote. Y tú, Flor-María, te casarás conmigo; pero tendrás que darme dos hijos y una hija que tengan el Sol, el Lucero y la Luna en su frente, como lo has prometido.

Se celebraron las bodas, y todo en apariencia marchó bien durante los primeros meses; pero la envidia se había apoderado del corazón de las dos hermanas mayores, que a toda costa querían la pérdida de la Reina.

Poco antes de enterarse los nueve meses de matrimonio, un Rey vecino declaró la guerra al marido de Flor-María, que tuvo que salir apresuradamente con su ejército a defenderse del enemigo; pero antes de partir recomendó a sus cuñadas que cuidaran de su mujer.

Días después la Reina tuvo dos hijos y una hija: los tres, que eran hermosísimos lucían en su frente, un Sol el que primero había nacido; el segundo un Lucero, y la niña la Luna llena.

Flor-Rosa y Flor-Hortensia, que asistían a su hermana, encontraron que no podía ser más propicia esta ocasión para saciar su envidia; y cambiaron los niños que acababan de nacer por tres perrillos que en la mañana había tenido una perra de Flor-Rosa. Cuando Flor-María pidió sus hijos para verlos, le pasaron los tres animalitos.

Las hermanas de la Reina mandaron un propio al campamento a dar al Rey la triste nueva, que ambas envidiosas habían cuidado de hacer pública y que ya todos conocían en el país. El Rey mandó decir que emparedaran a la Reina y no dejaran sino un pequeño ventanillo en la muralla, del tamaño indispensable para poderle pasar todos los días un pan y un vaso de agua, único alimento que tendría hasta que Dios se sirviese llevarla.

Mientras tanto Flor-Rosa había colocado a las tres criaturas en una artesa que depositó en un arroyo que corría a los pies del palacio.

Un hortelano que vivía más abajo del palacio sacaba agua del arroyo justamente en el momento que la artesa pasaba por ahí y metiéndose en el agua, la sacó.

La mujer del hortelano, una robusta campesina que también había tenido una guagua en la noche anterior y se le había muerto recién nacida, en cuanto vió a los tres pequeñuelos que le presentaba su marido, tan bellos tan risueños, dijo que los criaría y cuidaría como si fueran sus propios hijos.

Los niños recibieron los nombres de los astros que cada uno llevaba en su frente; de modo que el que había nacido primero se llamó Sol; el segundo Lucero; y la niña, Luna.

Los tres crecieron creyendo que eran hijos del honrado hortelano y de su mujer y amándolos y respetándolos como si hubiesen sido sus padres verdaderos.

Trascurrieron algunos años y murió la excelente mujer que los había críado.

Los niños, a medida que crecían en edad, crecían en hermosura; pero desde pequeñitos los habían acostumbrado a llevar un pañuelo que les cubría la frente y la cabeza, así es que nadie sabía que cada uno de ellos tenía un astro en la frente.

A los doce años, el hortelano se enfermó gravemente; llamó a los niños y les contó su historia. Poco después murió y los dejó de herederos.

Terminado el luto que guardaron por él, dijo Sol a sus hermanos:

—Voy a salir a buscar a nuestros padres; y mientras tanto Uds. se sostendrán con el producto de la huerta.

Lucero y Luna no querían que se fuese, pero él les dijo que era necesario, y partió apercibido de dinero y provisiones para un mes.

Anduvo Sol varios días sin tropezar con nadie, hasta que, por fin, al terminar la semana, se encontró con una viejecita muy simpática, que le pidió una limosna. El niño le dió un pedacito de pan y otro de queso. La viejecita le dió las gracias y le preguntó:

—¿A dónde va, hijito?

—A buscar a mis padres, a quienes no conozco ni sé dónde se encuentran,—le contestó Sol—y le contó su historia.

La viejecita le dijo:

—Para encontrarlos, necesita apoderarte del Arbol que canta, del Agua de la vida y del Loro adivino; y yo lo ayudaré a dar con ellos.

Y entregándole tres gruesos ovillos de hilo, le agregó:

—Ande todo el largo del hilo que contienen estos ovillos y llegará al palacio de un Rey ciego; él le dirá lo que tiene que hacer para encontrar lo que busca.

Ató el niño la punta de la hebra de uno de los ovillos al tronco de un árbol, y despidiéndose de la viejecita se fué, desenrollando el ovillo; concluido éste, hizo lo mismo con el segundo, y después con el tercero, y por fin llegó donde el Rey ciego.

El Rey le preguntó:

—¿Qué desea, joven?

—Vengo de parte de una viejecita que me entregó tres ovillos de hilo y me dijo que su Sacra y Real Majestad me diría cómo debía hacer para apoderarme del Arbol que canta, del Agua de la vida y del Loro adivino, por medio de los cuales podría encontrar a mis padres.

—Para alcanzar todas estas cosas, monta en el caballo que luego van a traerte y lo dejas ir; él, por si solo, te llevará hasta el Arbol que canta, del cual tomarás nada más que el cogollo, que basta, pues, plantado, en tres días será tan corpulento como el Arbol mismo y cantará como él. El Arbol te dirá lo que debes hacer en seguida. Cuidado con incomodar al caballo en lo más mínimo, porque, en cuanto se sienta molestado se deshará de tí y no conseguirás nada.

Si logras salir bien en tu empresa, pasas a verme a la vuelta.

Sol prometió obedecer en todo, se despidió del Rey ciego y montó en el caballo que le acababan de traer, que, en cuanto sintió el peso de su jinete, partió a toda velocidad.

Después de siete días de marcha, llegaron caballo y caballero a una plazoleta cubierta de menudo césped y rodeada de hermosos árboles a cuya entrada había dos enormes montones de piedras. El caballo, que hasta entonces se había limitado a correr en línea recta, se puso a hacer cabriolas alrededor de la plazoleta; y Sol, entusiasmado de los movimientos elegantes del animal, le clavó las espuelas, en un momento en que se detuvo, para que continuara; pero el bruto, dando un salto, lo sacó de la silla y lo disparó lejos, convirtiéndose el niño en piedra al tocar el suelo.

Trascurrieron treinta días desde la partida de Sol, y Lucero y Luna perdieron la esperanza de que volviera. Entonces acordaron que Lucero saliese a buscarlo.

Tomó Lucero un poco de dinero y provisiones para un mes y con un abrazo se despidió de su hermana, prometiendo volver antes de los treinta días.

A los siete de marcha, le salió al encuentro la misma viejecita que había hablado con Sol.

—¡Una limosnita, mi caballerito!

Lucero le dió un pan y un buen pedazo de queso.

—¡Gracias, hijito! ¿Y se puede saber a dónde va?

—¡Cómo no! Voy en busca de mis padres, a quienes no conozco, ni sé siquiera dónde se encuentran, y de mi hermano mayor, que hace más de un mes salió de la casa, en la misma diligencia que yo y aún no ha vuelto.

Lucero contó su historia a la viejecita, que la escuchó atentamente como si no la conociera, y una vez que terminó, le dió las mismas instrucciones que a su hermano y le entregó los tres ovillos.

Llegó Lucero al palacio del Rey ciego, quien, con las correspondientes recomendaciones, le hizo entregar el caballo.

Cuando estuvieron en la plazoleta, el caballo se puso a bailar alrededor del árbol, pero Lucero permaneció tranquilo hasta que el bruto se detuvo. Se bajó entonces, y con algún trabajo pudo subir por el tronco hasta el cogollo, que cortó.

En cuanto Lucero estuvo en tierra, el Arbol comenzó a cantar melodiosamente, y cantando dijo al niño:

—Sigue el camino que está al frente de tí, y donde termina encontrarás un pozo; toma una jarro que hallarás a su lado, y sentándote en el brocal, espera que las aguas suban hasta llegar al borde; entonces solamente llenarás el jarro. En seguida viertes un poco del agua que saques sobre las piedras que encuentres alrededor del pozo y a la entrada de esta plazoleta, sin temor de que el agua se acabe, porque es inagotable, y verás que las piedras se convierten inmediatamente en hombres, pues lo son, y entre ellos está tu hermano, que se han convertido en guijarros por no seguir fielmente las instrucciones que recibieron del Rey ciego, ni las que yo les dí.

Llegó Lucero al pozo, tomó el jarro y se sentó en el brocal, esperando que las aguas, que subían con una lentitud desesperante, alcanzaran hasta arriba; pero transcurrían las horas, una tras otra, se acercaba la noche, y aún faltaba medio metro para que las aguas tocaran el borde del brocal. El niño era nervioso y no aguantó más; se inclinó hacia el interior, introdujo el jarro en el agua, pero apenas tocó el líquido, una fuerza violenta lo arrojó hacia atrás y al caer en el suelo quedó, como su hermano, convertido en piedra.

Luna esperó pacientemente la vuelta de Lucero; pero trascurrió el mes y no apareció. Tomó entonces dinero y provisiones para un largo viaje y se puso en marcha, dispuesta a no regresar sin sus hermanos.

A los siete días de camino se encontró con la viejecita.

—¡Una limosnita, mi señorita, para esta pobre vieja!

—¡Cómo no, mamita! ¡Con mucho gusto! Y dígame antes ¿vive usted sola?

—No, mi hijita, me acompañan siete nietecitos, que no tienen padre ni madre y cuyo único sostén es esta pobre vieja desvalida.

La niña, que era muy bondadosa y compasiva entregó a la anciana la mitad de las provisiones y del dinero que llevaba. La viejecita se deshizo en agradecimientos, y le preguntó:

—¿A dónde va, mi hijita?

—En busca de mis padres a quienes no conozco ni sé dónde se encuentran, y de dos hermanos que salieron con el mismo objeto y que no han vuelto, a pesar de haber transcurrido de más el plazo que fijaron para su regreso. Y le contó su historia.

—Yo, hijita, la ayudaré a encontrarlos, y créame que los encontrará. El bien que se hace, tiene que ser premiado. Tome estos tres ovillos de hilo y ande todo el largo de ellos; al concluirlos, llegará al palacio de un Rey ciego, quien le indicará lo que debe hacer en seguida.

Anduvo la hermosa niña hasta concluir los tres ovillos de hilo, en lo cual demoró siete días completos. Entró al palacio del Rey ciego, que la recibió afablemente y le dió las mismas instrucciones que a sus hermanos. Cuando le trajeron el caballo, lo acarició pasándole la mano por la cabeza y por el cuello, y le decía:

—¡Qué pelo tan suave! Si parece que fuera de seda. ¡Qué caballo tiene vuestra Majestad, señor Rey! Yo nunca he visto otro de tan buen porte y tan proporcionado como éste!

El caballo, como si comprendiera las alabanzas de la niña, relinchaba alegremente.

Montó Luna en él, y despidiéndose del Rey, partió a toda carrera.

Más o menos a medio día llegaron a un hermoso prado atravesado por un arroyuelo de limpidísimas aguas. La niña invitó al caballo a que se detuviera para bajarse, y el animal se paró. Descendió la niña, le quitó el freno y le dijo, acariciándolo:

—Come, caballito lindo, y bebe y descansa que bastante falta te hace, pues has corrido tanto y debes sentirte fatigado.

Después de solazarse el caballo un par de horas, él mismo se acercó a Luna, que volvió a montar y continuó su marcha.

Todos los días, hasta completar el séptimo, que llegaron a la plazoleta, Luna dió dos horas de descanso a su cabalgadura, escogiendo siempre los sitios mejor empastados y con buena agua, para que el noble bruto pudiera reponerse.

El caballo dejó su preciosa carga cerca del Arbol, el cual inmediatamente se puso a cantar las más armoniosas melodías, e inclinó su copa hacia la niña, como si la convidara a cortar el cogollo; lo cual, ejecutado por Luna, el Arbol la invitó a que fuera a traer el agua de la vida.

Cuando la niña llegó al pozo, el agua alcanzaba al borde del brocal, así es que inmediatamente llenó el jarro sin dificultad. En el mismo momento en que Luna introducía el jarro en el agua, un hermosísimo loro de brillantes y variadas plumas se posó en su hombro derecho y la saludó:

—Buenos días, bella Luna.

—Buenos los tengas tú, preciosa ave. ¿Eres tal vez el Loro adivino, que me ayudará a encontrar a mis padres?

—Sí, yo soy. Apresúrate a verter agua de la vida sobre las piedras para que volvamos pronto al palacio del Rey ciego e irnos, en seguida, a tu casa.

Comenzó la niña a echar agua sobre las piedras que rodeaban el brocal del pozo, y al mojar la primera se levantó Lucero, que abrazó cariñosamente a su hermano. Apenas el agua tocaba una piedra, se alzaba un hombre: un conde, un marqués, un príncipe. Continuó con las que estaban a la entrada de la plazoleta, y al caer el agua sobre la primera de éstas, apareció Sol. Los tres hermanos se estrecharon entre sus brazos, y Sol y Lucero agobiaban a Luna a preguntas, que ella contestaba risueña, sin dejar de echar agua sobre las piedras. Terminada esta tarea, montó a caballo y salió de la plazoleta seguida de una multitud de apuestos jóvenes, que lanzaban hurras y vivas a su libertadora: jamás rey ni reina llevó tan numeroso y escogido séquito ni fueron tan aclamados como lo fué Luna en esta ocasión.

A poca distancia de la plazoleta la avenida se dividía en tres caminos, y allí se despidieron todos de los tres hermanos, tomando cada cual el que le convenía. Sol, Lucero y Luna siguieron por el que conducía al palacio del Rey ciego, al que llegaron en breve tiempo, porque parece que las distancias se habían acortado.

Se desmontó la niña del caballo y el Loro le dijo al oído:

—Humedece con el agua de la vida los ojos del Rey y en seguida arroja un poco de la misma agua a la cabeza del caballo.

La niña obedeció, y el Rey recobró la vista y el caballo se convirtió instantáneamente en el más hermoso y gallardo príncipe que haya pisado la tierra. El Rey y el Príncipe se abrazaron tiernamente.

—¡Por fin han terminado nuestras penas—dijo el Rey—gracias a esta heroica niña!

Y refirió a los tres hermanos que hacía veintiún años que una bruja, su enemiga, lo había dejado ciego a él y había encantado a su hijo, situaciones que debían durar hasta que alguien se apoderara del Arbol que canta, del Agua de la vida y del Loro adivino.

El Príncipe, que se había enamorado de Luna, pidió a su padre que lo dejara casarse con ella, si ella lo aceptaba por esposo. Luna manifestó su alegría ante tal petición; pero el Rey les observó que, aun cuando él aceptaba plenamente esta unión, era menester esperar que los niños encontraran a sus padres para pedirla en matrimonio. Se convino en que se haría así, y al otro día partieron nuestros pequeños héroes.

Cuando nuestros viajantes llegaron a su casa, Luna plantó la rama del Arbol que canta en medio del jardín, y en tres días había crecido tanto y estaba tan corpulento como el árbol de que provenía. El Loro adivino vivía en sus ramas y solía acompañar en sus cantos al Arbol, que era la delicia de todo el vecindario.

La fama de este Arbol maravilloso se extendió por todo el país y bien pronto llegó a oídos del Rey, que quiso conocerlo; y al efecto, acompañado de la Corte, de sus cuñadas y de muchas damas, se trasladó a la casa de los niños.

Lo primero que llamó la atención de todos fué la hermosura incomparable de los tres hermanos y la simpatía que despertaban.

Parecía que el Arbol hubiese reservado sus mejores cantos para esta visita: las melodías que entonó eran tan dulces, tan suaves, tan armoniosas, que el Rey y su comitiva se quedaron extasiados escuchándolo y las horas pasaron sin sentirlas.

De pronto el Arbol calló y poco a poco el auditorio volvió en sí. El Rey fué el primero en hablar:

—¡Qué cosa tan extraordinaria—dijo—que un árbol cante!

El Loro habló entonces, con voz entera y clara, que todos oyeron perfectamente:

—Es verdad, su Majestad, que es muy extraordinario; pero no tanto como el que una mujer dé a luz tres perros, en vez de tres criaturas, cosa que tan fácilmente hicieron creer a vuestra Majestad sus cuñadas.

—¿Cómo? ¿Qué dice ese Loro?

—Yo contaré a vuestra Majestad cómo pasaron las cosas. Pero ante todo, haga vuestra Majestad que amarren bien a sus cuñadas a un árbol, porque al ver que se van a poner en descubierto sus picardías, tratarán de escabullirse y huir. Y ordene también que inmediatamente saquen a la Reina de su entierro, porque si no sale luego de ahí, morirá; y que la traigan aquí, pues su presencia es necesaria.

El Rey dispuso que, con fuertes correas, ataran a un árbol a las hermanas de su mujer, y que, sin demora, libraran a la Reina del emparedamiento en que estaba y la trajeran.

Momentos después llegó la Reina en silla de manos. Los doce años de encierro y la falta de alimentos la habían convertido en un esqueleto viviente; no podía andar, ni tenía fuerzas para hablar. Pero Luna, apenas la vió, como impulsada por un resorte, corrió a su habitación y volviendo con el jarro del agua de la vida le dió a beber un trago. Al punto la Reina se levantó de la silla en que estaba sin ánimos y como muerta, revestida de su antigua juventud, belleza y esplendor; y al verla, los personajes de la Corte, sin poder contenerse, prorrumpieron en gritos de júbilo, aclamando a su soberana.

El Loro pidió que le escucharan, y al instante se hizo el silencio mas profundo. Entonces refirió como las hermanas de la Reina corroídas por la envidia, aprovecharon la ausencia del Rey para substituir por tres perrillos despreciables los hermosos hijos que Flor-María había tenido y que, como lo había prometido, nacieron el uno con el Sol en la frente, el otro con el Lucero y la niña con la Luna llena; cómo Flor-Rosa los había echado al arroyo en una artesa y habían sido salvados por el hortelano; cómo se habían criado y crecido ignorando su origen; y por fin, cómo Luna había logrado conquistar al Arbol que canta, al Agua de la vida y al Loro adivino, que era él.

El Rey preguntó:

—¿Y cómo podré encontrar a mis hijos?

—Ahí están, al lado de la Reina; que les quiten las fajas que cubren su frente y vuestra Majestad los reconocerá.

La Reina se apresuró a descubrir la frente de sus hijos; y si bellos los había encontrado el Rey y los personajes de sus séquitos cuando entraron a la huerta, más hermosos aparecieron a su vista despojados del paño que les ocultaba la frente y la cabeza. La Reina no se cansaba de acariciarlos, y ellos le pagaban su cariño cubriéndola de besos y llamándola «mamacita querida».

El Rey pidió perdón a su esposa por los sufrimientos que tan injustamente le había infligido y la Reina se lo acordó cumplidamente.

Cuando se disponía a regresar a palacio, sintieron gran ruido, como si se acercara numerosa tropa de caballería, y luego se oyeron sones de trompetas y clarines.

Eran el Rey que había recuperado la vista gracias a Luna, y el Príncipe su hijo, que venían a pedir la mano de la princesa, y que, previo consentimiento de la interesada, que lo dió de muy buen grado, le fué concedida.

Las cuñadas del Rey, Flor-Rosa y Flor-Hortensia, fueron atadas de manos y pies a cuatro caballos, los que, partiendo cada uno en opuesta dirección, las descuartizaron.

El matrimonio del Príncipe con Luna se celebró siete días después. Las fiestas de palacio y las organizadas para solaz del pueblo fueron tan espléndidas que todavía se alude a ellas en el reino cuando se quiere ponderar la magnificencia de alguna solemnidad.

Los personajes de este cuento vivieron muchos años y todos fueron muy felices y venturosos.

Y con esto se acaba el cuento del Periquito Sarmiento, que estaba con la guatita al aire y el potito al viento.

14. EL MEDIO POLLO

(Contado en 1906 por Polonia González, de 50 años, más o menos, natural de la provincia de Colchagua)


Para saber y contar y contar para saber. Est’era y esterita para secar peritas; est’era y esterones para secar orejones.

Est’era una Gallineta muy buena ponedora y muy buena sacadora; y una vez que puso veinte huevos, se echó y sacó diez y nueve pollitos no más y se levantó muy atingida porque había perdido un huevito.

Bueno, pues. Principió la Gallinita a darle vueltas al huevito y conoció que estaba medio huero, y entonces pensó:

—Si me echo otra vez, saldrá cuando menos un medio pollito.—Y así fué que salió un medio pollito del cascaroncito.

Bueno, pues. La Gallinita era muy querendonaza con sus hijitos; pero quería más que a ninguno al Medio-pollito, porque le tenía un cariño con lástima, porque cada vez que lo veía le daba pena del verlo que no podía volar, porque no tenía mas que una alita pues, y andaba a saltitos porque no tenía mas que una patita.

Entonces el Medio-pollo fué creciendo y la Gallinita poniéndose viejancona, y no podía trabajar. Entonces el Medio-pollito le dijo a su mamita:

—Viejecita, écheme la bendición porque me voy a rodar tierras y no volveré hasta que tenga qué darle para que descanse.

Bueno, pues. Entonces la Gallinita le echó la bendición al Medio-pollo y se quedó llorando y el Medio-pollo salió a rodar tierras y se fué a saltitos, porque no tenía más que una patita sola no más.

Entonces el Medio-pollo anduvo muchos días sin encontrar trabajo; y un día que estaba escarbando con el pico en un montón de hojas, se encontró una naranjita de oro y casi se cagó del gusto y la escondió debajo de la alita y pensó:—Si se la llevo al Rey me dará gransitas para llevarle a mi mamita.

Bueno pues. Se fué donde el Rey y en el camino se encontró con un Arriero que traía una recua muy grande de mulas y que venía de vuelta.

Entonces el Medio-pollo le preguntó al Arriero:

—¿De dónde viene, mi Arrierito?

—Me he vuelto—es que le dijo el Arriero—porque el río trae mucha agua y no me animo a pasarlo porque se pueden ahogar las mulitas.

—Donde usted me ve—es que le dijo el Medio-pollo—yo lo voy a pasar no más, porque tengo que ir donde el Rey.

Entonces le dijo el Arriero:

—¿Por qué no me lleváis con mis mulitas, Medio-pollo?

Bueno—es que le dijo el Medio-pollo—


Métete en mi potito
y tráncate con un palito.


Y entonces se metieron en el buche del Medio-pollo el Arriero y todas sus mulitas.

Bueno. Entonces el Medio-pollo llegó al río, que venía muy anchazo de tanta agua que traía y se paró a la orilla y se puso a pensar:—Yo no puedo volar porque no tengo mas que una alita. ¿Qué hago yo? me voy a tomar toda la agüita para dejarlo seco y poder pasar.

Y entonces el Medio-pollo se tomó toda el agua del río y pasó para el otro lado, y siguió marchando un día entero hasta que topó con un Tigre que estaba descansando en una piedra. Entonces el Medio-pollo es que le dijo:

—¿Qué hace ahí, compadrito Tigre?

—Tengo que ir donde el Rey—es que le dijo el Tigre—y estoy muy cansado. ¿Por qué no me lleváis vos, Medio-pollito?

—Bueno—es que le dijo el Medio-pollo—


Métete en mi potito
y tráncate con un palito.


Y entonces es que el Tigre se metió en el buche del Medio-pollo.

Bueno, pues. Entonces el Medio-pollo la endilgó por el camino otro día más, hasta que se encontró con un León que estaba echado en un ladito. Entonces el Medio-pollo es que le dijo:

—¿Qué hace ahí, compadrito León?

—¡Qué he de hacer Medio-pollito!—es que le dijo el León.—Estoy medio despiado de tanto andar y tengo que ir a la casa del Rey y no puedo más. ¿Por qué no me lleváis vos, Medio-pollito?

—Bueno—es que le dijo el Medio-pollo—


Métete en mi potito
y tráncate con un palito.


Y al tirito se metió el León en el buche del Medio-pollo.

Todavía tuvo que andar un día más el Medio-pollo, hasta que tropezó con una Zorra que se estaba haciendo la dormida debajo de unos árboles. Entonces el Medio-pollo es que le dijo:

—¿Qué está haciendo ahí, mi comadrita Zorra?

Y es que la Zorra le dijo:

—Aquí estoy, compadrito, medio muerta de hambre. Hace una pila de días que no como ni un racimito de uvas siquiera.

Entonces es que le dijo el Medio-pollo:

—Yo la llevaré, comadrita, donde el Rey; pueda ser que le tenga lástima y le dé alguna cosita que comer.


Métase en mi potito
y tránquese con un palito.


Bueno, pues. Se metió la Zorra en el buche del Medio-pollo y siguió andando hasta que topó con el palacio del Rey. Y entonces el Medio-pollo, cuando lo llevaron donde el Rey, es que le dijo:

—Mi Rey, mi soberano, aquí he venido desde muy lejazo para traerle a su Sacarrial Majestad esta naranjita de oro, que es regalo que yo le traigo.

Bueno. Entonces el Rey agarró la naranjita y les dijo a sus pajes que llevaran al Medio-pollo al gallinero para que estuviera con todos sus compañeros, y les dijo que le echaran harta gransita, y harto triguito y maicito bastantazo, para que se llenara.

Y entonces cuando dejaron al Medio-pollo en el gallinero, todos los gallos, las gallinas y los pavos se le fueron encima a picotearlo y casi se lo comieron vivo. Y entonces el Medio-pollo, cuando se vió acorralado y que me lo querían avasallar, se fué a un rinconcito, pujó un poquichicho y entonces salió la Zorra y se comió todos los gallos y toditas las gallinas y toditos los pavos, y no dejó ni unito, y se arrancó para la Cordillera; y entonces es que el Medio-pollo se comió todas las gransitas.

Bueno, pues. Entonces al otro día fueron los pajes, con las claras, al gallinero para ver como había amanecido el Medio-pollo, y se quedaron todos patifríos cuando vieron que el Medio-pollo se había comido todas las aves, porque no sabían que se las había comido la Zorra; y entonces se fueron todos apurados donde el Rey y es que le dijeron:

—Señor, el Medio-pollo se ha comido todas las aves y no ha dejado una ni para un remedio.

Entonces es que dijo el Rey:

—Bueno. ¿Qué hacemos entonces con el Medio-pollo? Yo no lo puedo matar porque me ha traído este regalo.

Y es que un paje le dijo:

—Si a su Sacarrial Majestad le parece, lo echaremos al potrero donde están los caballos y los coches de su Majestad y pueda ser que los caballos lo maten a patadas.

—Bueno,—es que les dijo el Rey—; pero yo les prohibo que ustedes lo maten.

Y lo echaron al potrero.

Y entonces, cuando el pobrecito Medio-pollo se vió entre las patas de tantísima bestia, le dió miedo como un diablo, y arrimándose a un rinconcito, pujó un poquichicho y echó al León para afuera; y entonces el León se comió a todititos los caballos y no dejó ni unito ni para un remedio; y se arrancó para la Cordillera.

Bueno, pues. Al otro día bien de albita, fueron los pajes a ver si los caballos habían matado al Medio-pollo, y casi se fueron de espaldas cuando vieron al Medio-pollo arriba de un árbol cantando a todo lo que le daba el pico, como haciéndoles burla porque se había comido todos los caballos. Así lo creían ellos, porque ellos no sabían que se los había comido el León. Y entonces se fueron corriendo donde el Rey y se lo contaron todo.

Bueno. El Rey se quedó todo admirado y es que les dijo:

—Yo no puedo matar a ese Medio-pollo que me ha traído esta naranja de oro de regalo. Ustedes sabrán lo que con él hacen, pero les prohibo que lo maten.

Bueno. Entonces el paje principal es que le dijo:

—Si su Sacarrial Majestad quiere, lo echamos a este Medio-pollo al potrero donde están las vacas y ahí lo matan con seguridad.

El Rey no dijo nada; y entonces lo echaron al potrero de las vacas.

Bueno, pues. El pobre Medio-pollito se vió todo afligido entremedio de las patas de tantísima vaca, y no hallaba qué hacerse, porque con el susto se le había olvidado que todavía tenía adentro del buche al Tigre; y entonces de puro miedo se le escapó un pedito, y donde se le abrió el potito salió el Tigre hecho una fiera y se comió todititas las vacas; y arrancó después para la Cordillera.

Al otro día bien tempranito, con las diucas, se fueron los pajes para el potrero de las vacas, y cuando vieron que no quedaba ni una ni para un remedio, casi se cayeron muertos, y en nada estuvo que no se quedaron muertos de la rabia cuando vieron al Medio-pollo encaramado en una rama y que se reía de ellos y cantaba ¡cucurucú! ¡cucurucú!

Bueno, pues. Se fueron entonces todos furiosos donde el Rey, y es que le dijeron:

—Señor, hay que matar a este Medio-pollo, porque tiene al diablo metido adentro del cuerpo; se ha comido en la noche todas las vacas, y si lo dejamos con vida nos va a comer a todos nosotros.

Entonces el Rey es que les dijo:

—¿Cómo voy a matar a este Medio-pollo que me ha traído un regalo tan bueno? Ya he prohibido que lo maten.

—Bueno, pues, señor,—dijo el paje principal—no lo mataremos; pero si su Sacarrial Majestad no se enoja, lo echaremos al horno del pan para que se ase al rescoldo, porque, en la de no, nos va a comer a todos.

Entonces esos brutos echaron al Medio-pollito al horno, cuando estaba bien caldeado, y el pobrecito casi se cagó del susto. Se arrimó como pudo a la boca del horno y se puso a pensar:—¿Qué hago yo? Si me largo un pedito, con el vientecito que eche van a crecer las llamitas y me quemo más lueguito.

Ya se le estaban chamuscando las plumitas al pobrecito.

Bueno, pues. El Medio-pollito no se acordaba que tenía metido el Río en el buche; pero con el calor de las llamitas principiaron a alborotarse las aguas y a sonarle las tripitas, y entonces, medio muerto de gusto, se acordó del Río y pujó con todas sus fuerzas, y entonces es que salió toda el agua de un de repente y apagó el fuego. Y como era la hora en que venían los pajes, se ahogaron toditos y no quedó ni unito.

Entonces fué el Medio-pollo donde el Rey y es que le dijo:

—Ya están muertos todos esos condenados que me querían matar.

Entonces el Rey, muy contento de ver vivo al Medio-pollito, es que le dijo:

—Yo les había prohibido a mis pajes que te mataran. Y ¿qué vais a hacer ahora Medio-pollito?

—Si su Sacarrial Majestad me da permiso, yo me voy para mi tierra—es que le dijo el Medio-pollo—porque quiero ver a mi mamita, que estará con cuidado.

El Rey mandó entonces al mayordomo que le diera al Medio-pollo todo el trigo que había en la troje, que era una barbaridad; y entonces el Medio-pollo volvió a pujar y salió el Arriero con todas sus mulitas y cargaron todo el triguito.

Bueno. Entonces cuando llegaron a su tierra, el Arriero y el Medio-pollito se repartieron el trigo como hermanos, hicieron dos pilas igualitas y cada uno agarró la suya.

Entonces la Gallinita se puso muy contenta de volver a ver a su Medio-pollito, y ya nunquita más tuvo que trabajar.

Y aquí se acabó el cuento y se lo llevó el viento.

15. EL BARCO DE LOS TRES HACHAZOS

(Me lo refirió el Capitán D. Alberto Muñoz Figueroa, de Santiago, en 1922).


Para saber y contar etc.

Han de saber que un Rey tenía en medio del huerto de su palacio un árbol muy corpulento que nunca fué regado sino con aguas de su hija, y esta circunstancia, por disposición de una bruja que había criado a la Princesa, había comunicado al árbol la virtud de que no pudiera ser tocado por ninguna herramienta, so pena de morir el que la manejara, salvo que la operación se hiciera en día que no hubiera sido regado directamente por quien tenía la obligación de hacerlo.

Pues bien, el Rey, que conocía esta virtud, hizo publicar por todas partes que no daría la mano de su hija sino a quien fuese capaz de hacer un barco con solos tres hachazos que diera al tronco de aquel árbol.

Muchos pretendientes se presentaron a tentar la prueba, pero todos, al descargar el primer golpe, caían muertos como si hubieran sido heridos por un rayo.

Entre los súbditos del Rey había un joven pobre, excelente hijo, que un día amaneció con la idea de ir a conquistar la mano de la Princesa, y provisto de la bendición de su madre, de una hacha, de un hierro para marcar y de una tortilla que su madre le dió, emprendió el camino, sin darse cuenta de la dificultad de la empresa que iba a acometer.

A poco andar, le salió al paso un viejecito que con voz compungida le pidió una limosna. El joven, compadecido, le entregó la tortilla que llevaba, y el viejecito, en pago de su buena obra, le dió un pito diciéndole que podría servirle cada vez que se encontrara en apuros. Antes de retirarse, le aconsejó que tomara a su servicio a las cuatro primeras personas que encontrara en su camino; y despidiéndose de él, le indicó por donde debía seguir.

Nuevamente púsose en marcha el joven y después de tres días de camino se encontró con un hombre que estaba tendido de bruces en el suelo, bebiéndose el agua de un río.

—¿Qué estás haciendo?—preguntó Antonio, que así se llamaba el joven.

—¿Qué quiere que haga?—contestó el interpelado—tomándome el agua de este río, hasta dejarlo seco, porque hoy he amanecido con una sed muy grande.

—¿Y serás capaz de bebértela toda?

—¡Ya lo creo, pues; si para mí el agua que arrastra un río es como un vaso de agua para otros! Y si en vez de agua arrastrara vino, mejor que mejor; más luego lo secaría!

—¿Por qué no te vienes conmigo? Tú puedes servirme y cuando termine la empresa en que me he metido, te pagaré bien.

—Perfectamente, me voy con Ud., señor.

Y siguieron muy tranquilamente por el mismo camino.

No habían andado todavía media hora, cuando tropezaron con un cazador, que con un fusil de caza hacía la puntería a un objeto que ninguno de los dos alcanzaba a divisar.

—¿A quién le apuntas?—preguntó Antonio.

—A un mosco que veo volando como a una legua de altura—respondió el cazador.

—¿Y crees que podrás matarlo?

—¡Que si lo creo! estoy seguro de que lo mataré! y si no, esperen un momento.

Y dicho esto, disparó.

Un buen rato después cayó a los pies de ellos el mosco con el cuerpo atravesado de un balín. Antonio y su compañero quedaron admirados, tanto de la buena vista del Cazador como de su admirable puntería.

—¿Quieres venirte conmigo?—le dijo Antonio.—Posiblemente tenga que servirme de ti en una empresa en que me he metido, y una vez que le dé buen fin, me encontraré en situación de pagarte como sea debido.

—Pues, señor, me voy con usted.

Y los tres continuaron la interrumpida marcha; y después de haber andado una media hora, toparon con un hombre muy alto y muy flaco que estaba fuertemente abrazado al tronco de un grueso árbol.

—¡Qué hombre más raro!—dijo Antonio—,¿por qué estará abrazado al árbol?

—Señor,—le contestó el hombre—mi oficio es correr y más correr, y si no me ataran o me sujetara como ahora lo estoy, tendría que seguir corriendo.

—¿No sería bueno—dijo Antonio a sus compañeros—que llevásemos a este hombre con nosotros? quién sabe si necesitemos de la virtud que tiene!

—Bueno sería que viniese con nosotros—contestaron los interpelados.

—Me gustaría irme con ustedes—dijo el hombre corredor—pero sería necesario, para no seguir corriendo, que me llevasen amarrado.

Entonces uno de los acompañantes de Antonio se sacó de la cintura una fuerte correa y con ella ató las piernas del Corredor, que fué llevado en hombros de uno y otro alternativamente; así continuaron su camino hasta que encontraron a otro hombre que estaba tendido en tierra con una oreja pegada al suelo.

—¡Qué curioso lo que oigo,—decía el hombre—, qué curioso!

—¿Y qué es lo que oyes?—interrogó Antonio.

—Oigo que una señora aconseja a su hija que no deje de regar temprano con sus aguas cierto árbol, cada vez que se presente algún pretendiente de su mano para hacer un barco de tres hachazos, porque regado el árbol, nadie podrá hacer el barco en el mismo día.

—Pues es preciso que tú nos acompañes—dijo Antonio—y no tengas cuidado, que se te pagará bien.

—Bueno, pues, señor, me iré con usted.

Y los cinco siguieron camino hasta llegar al palacio del Rey, en el cual se les dió alojamiento, como se acostumbraba con todos los que pretendían hacer el barco.

Fijado el día de la prueba, Antonio se puso en acecho desde antes que amaneciera, y cuando el sol despuntaba sus rayos, como viera que la Princesa llegaba al pie del árbol y, encuclillándose, se preparaba para regarlo, sacó el pito que le había obsequiado el anciano y llevándoselo a los labios sopló, y se produjo ¡Dios mío! un sonido tan espantoso que la Princesa, toda asustada, huyó a refugiarse en su aposento, sin conseguir regar el árbol.

La prueba debía tener lugar a las 12, y desde mucho antes los corredores del patio en que estaba el árbol se hallaban repletos de nobles y grandes de la Corte que, presididos por los Reyes y la Princesa, querían presenciarla. Al dar el reloj el primer campanazo, salió Antonio con su hacha al hombro, y sonando el duodécimo, pegó, uno en pos de otro, ni uno más, ni uno menos, los tres golpes que tenía derecho a dar, y lo que hasta entonces ninguno de los numerosos candidatos que habían tentado la empresa había podido hacer, resultó ahora de la manera más sorprendente: como por encanto surgió del lugar que hasta un momento antes ocupaba el árbol, un buque maravilloso, con toda la armazón de oro y las velas de plata, que se movía majestuosamente en un hermoso estanque, entre cisnes y pececitos dorados. Un hurra estruendoso salió de la boca de todos y los mismos Reyes y la Princesa, muy a su pesar, no pudieron contener sus aplausos.

Los Reyes, no obstante el buen éxito de la prueba, no quisieron conceder a Antonio la mano de su hija, aunque ella, en vista del espléndido resultado obtenido por el joven y su gallarda figura, se inclinaba a aceptarlo por marido, y le impusieron, para conseguirla, la ejecución de nuevos trabajos, que Antonio aceptó de lleno, decidido como estaba a casarse con la Princesa, de quién se había enamorado profundamente, desde que la vió.

Aceptadas las nuevas exigencias de los padres de la Princesa, el Rey condujo a Antonio a una inmensa bodega toda llena de enormes toneles de vino y le dijo:

—Tienes que beberte todo este vino antes que den las 12 del día de mañana, so pena de la vida,—y le entregó las llaves y se fué.

Esperó Antonio que el Rey se alejase, y cuando calculó que ya estaría en palacio, fué en busca del Bebedor e introduciéndole en la bodega, le preguntó si se encontraba capaz de ingerir antes del mediodía todo el vino y licor que allí se guardaba. El Bebedor le contestó que tan capaz se sentía de bebérselo que no le pedía sino dos horas para dejar completamente secos los toneles. Y así fué, en efecto, porque dos horas más tarde volvió Antonio a la bodega y no halló ni rastros de líquido; sólo vió al Bebedor, que, sentado en un poyo, fumaba tranquilamente un cigarro.—«Aquí estamos, señor,—le dijo—descansando un poco, porque después de beber, mejor que andar, es sentarse un ratito y pitar un cigarro».

Al otro día el Rey pidió a Antonio las llaves de la bodega, y se quedó mudo de espanto al ver que aquella grandísima cantidad de toneles poco antes repletos de vino y licores, estaba completamente vacía. Atontado se fué a sus habitaciones, pero antes dijo a Antonio:

—En un momento más te llamaré.

El Rey tenía un hechicero a su servicio y a él le pidió consejo acerca de qué trabajo debería proponerle a Antonio que éste no fuera capaz de ejecutarlo.

El hechicero le dijo:

—Escriba V. M. dos cartas para el Rey su vecino, una me entrega a mí, que me transformaré en jote y la llevaré en un santiamén; la otra se la entrega al pretendiente de la Princesa para que él le dé curso, y veremos cuál de los dos trae primero la contestación.

—Me parece bien—murmuró el Rey, y ordenó a su secretario que inmediatamente escribiese las dos cartas y que estuvieran listas en un momento. Con esto, mandó el monarca que llamasen a Antonio, quien, de pie ante el trono, oyó respetuosamente la orden que se le daba, y que, como la anterior, se sancionaba con pena de la vida. Antonio prometió entregar al Rey la contestación antes que el jote, y salió.

Inmediatamente reunió a sus compañeros y les contó el apuro en que se encontraba.

—No tenga cuidado, señor,—dijo el Hombre Largo—yo me encargaré de llevar la carta y traer la contestación, y por muy ligero que vuele el jote yo correré más rápidamente que lo que él vuela.

—Y nosotros velaremos por lo que pueda suceder—agregó el Cazador.

Y al punto el Hombre Largo tomó la carta y zancajeando con velocidad pasmosa, se perdió de vista en un momento. Y tan lijero anduvo que cuando el jote iba aún con la carta, el Hombre Largo volvía ya con la respuesta. Se cruzaron en lo alto de un cerro, el corredor corriendo y el Jote volando, y cuando éste, que como se ha dicho, era el Hechicero, lo divisó, dejó caer desde lo alto un anillo. El Hombre Largo, a pesar de la rapidez de su carrera, vió brillar el anillo en el suelo y se detuvo a recogerlo; encontrolo hermoso y pareciéndole que no le quedaría mal, se lo puso; pero apenas introdujo el dedo en el anillo, cayó en tierra dominado de un violento sueño. Con su vista perspicaz el Cazador vió todo lo ocurrido desde el lugar en que se hallaba, y comprendiendo que era el anillo el que había dejado como muerto a su compañero, le hizo los puntos con su fusil y disparó con tanto acierto que la bala rompió el anillo y cayó destrozado al suelo. Roto el encanto, el Hombre Largo continuó su carrera y en un momento llegó donde Antonio y le entregó la respuesta, que Antonio llevó inmediatamente al Rey. El Jote se demoró más de un día aún en llegar con la contestación, y el Rey, despechado, lo hizo matar.

Al otro día, bien temprano, el Rey, aconsejado por la Reina, hizo entregar a Antonio veinte conejos que debía soltar en la montaña para que anduviesen libremente y traerlos todos en la tarde; si no los traía su cuello recibiría las caricias de la cuchilla del verdugo. Antonio ofreció volver con los veinte conejos; y preguntó si esa sería la última prueba a que se le sometía. El Rey le prometió que si salía bien en ésta, no le impondría sino otra más.

Partió Antonio llevando los conejos y acompañado del mayordomo de palacio, que iba para comprobar si Antonio soltaba los animalitos; y como viera que en cuanto llegaron a la montaña les daba completa libertad y que desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos, se volvió y contó a los Reyes cómo los conejos habían huído más que ligero y que sería muy difícil que Antonio pudiera cogerlos. El Rey, que recordaba cómo Antonio, había salido tan bien de las empresas anteriores, pidió a la Reina que se disfrazase y fuese a comprarle un par de conejos y le diese por ellos el dinero que le pidiese. Hízolo así la Reina; se vistió con los vestidos de su doncella, se peinó de distinta manera que como Antonio la había visto y, arreglada, en fin, de modo que no la conociese, partió para la montaña. Antonio la divisó desde lejos y la conoció perfectamente, y sacando el pito, lo hizo sonar. Como por encanto los conejos, saliendo de todas partes, se reunieron en un momento frente a Antonio, retozando graciosamente.

Poco después llegó la Reina, se sentó al lado de Antonio y entabló conversación con él. Primero le habló de otras cosas y después de los conejos.—Qué hermosos los conejitos—le dijo—,¿por qué no me vende un par para hacer cría?—Antonio le contestó que no podía, que tenía que entregar los veinte, completos, en la tarde, so pena de vida. Ella le ofrecía lo que quisiera, este mundo y el otro; pero inútilmente, porque Antonio no cedía ni aflojaba un pelo. Sin embargo, como la Reina continuara con sus exigencias, Antonio le dijo que sólo de una manera le entregaría el par de conejos, y hasta media docena si le parecía y era dejándose aplicar una marca en las posaderas. La Reina, que no quería que Antonio se casara con su hija, viendo que no había otro medio de concluir con él, aceptó la proposición, y Antonio, para no hacerla sufrir, ya que con su sufrimiento nada ganaba, en vez de calentar el hierro, lo impregnó de tinta indeleble y lo estampó en las partes convenidas; después de lo cual la falsa doncella recibió los dos conejos y envolviéndolos en el delantal, se fué contentísima a paso ligero. ¿Qué le importaba a ella la marca? Antonio, que no podía entregar sino 18 conejos, moriría a manos del verdugo y nadie sabría lo que a ella le había pasado. Pero la Reina no contaba con el pito de Antonio, quién una vez que calculó que la Reina estaba próxima a llegar a palacio, sacó el silbato y lo hizo sonar: un minuto después el par de conejos estaba con sus compañeros frente a Antonio. La Reina no se dió cuenta de la huida de los animalitos, así fué que casi se cayó muerta de rabia cuando al querer mostrarlos al Rey se encontró con que no traía ninguno. Contó al Rey lo que le había sucedido y sólo pudo consolarse con la esperanza de que los conejos no se hubieran ido a reunir con los otros que tenía Antonio, esperanza que le salió fallida, ya que poco después entró el joven y entregó al Rey los veinte conejos.

—Señor,—le dijo—me parece que he cumplido. Ojalá, para salir luego de cuidados, me diga cuál es el trabajo que me falta ejecutar.

—Es éste—le contestó el Rey:—toma ese saco; a las 12, me lo traes lleno de nada, nonada, tres ayes y una verdad; y ya sabes, si falta alguna de estas tres cosas ¡fuera cabeza!

—No tenga cuidado S. M., que será complacido.

Al día siguiente salió Antonio provisto de su saco, y después de echar en él, alternativamente, el hierro para marcar, un gran manojo de hortiga caballuna, una piedra y un trozo de madera, ató la boca del saco, se fué al palacio y colocándose al lado del estanque en que estaba el buque de los tres hachazos, esperó que bajaran el Rey, la Reina, la Princesa y los nobles, como en todas las pruebas anteriores. Poco antes de las 12 ya estaba reunida toda la concurrencia, y sonando la duodécima campanada del reloj, dijo el Rey:

—Supongo que habrás traído nada en el saco.

—Sí, Majestad, y aquí está—contestó Antonio—sacando el pedazo de madera, que arrojó al estanque;—ya ve V. M. que nada.

—Es verdad—dijo el Rey—¿y la nonada?

—Aquí la tiene V. M.—respondió el joven, mostrando la piedra que extrajo del saco,—pues si la arrojo al agua, no nada.

El Rey no tuvo más remedio que asentir, y con voz alterada por la cólera al verse vencido, preguntó:

—¿Y los tres ayes?

—Para eso será preciso que V. M. comisione a alguno de los suyos, para que no se crea que los falsifico.

Ordenó el Rey a la doncella de la Princesa que fuese a sacar los ayes, y al acercarse al joven para cumplir el mandato, éste le dijo:

—Es preciso meter al saco las dos manos y buscar con cuidado entre unas yerbas que hay en el fondo, para que no se escapen.

La niña creyó que si buscaba rápidamente los ayes podrían escaparse y el joven perder la partida, y para conseguirlo, metió las manos precipitadamente entre las ortigas, que juntaba y apartaba para facilitar la salida de los ayes, pero no duró sino un instante, porque las manos se le irritaron de tal manera y era tan grande el dolor que sentía que tuvo que sacarlas casi al momento, gritando «¡ay, ay, ay!» Antonio dijo entonces al Rey:

—Ahí tiene V. M. los tres ayes que me había exigido.

—Ahora veamos esa verdad, dijo el Rey con voz alterada.

Y sacando Antonio del saco el hierro de marcar, dijo:

—Ha de saber V. M. que ayer, mientras cuidaba los conejos en la montaña, vino la Reina, a quién conocí perfectamente, a pesar del disfraz, y me pidió que le vendiera dos de esos animalitos, y yo, después de discutir un poco, consentí en dárselos con la condición...

—De que se le diera la mano de nuestra hija—exclamó la Reina, dirigiéndose al Rey, pero de modo que todos oyeron lo que decía.

—Eso es,—confirmó Antonio—y espero que después de lo sucedido, V. M. no se negará a permitir mi matrimonio con su hija.

—Lo permito gustoso—contestó el monarca,—tanto más cuanto veo que eres una persona de tal mérito que no hay empresa que se te encomiende, por difícil que sea, que no la ejecutes de la manera más cumplida.

Y así fué como Antonio, mozo pobre, pero bueno, se casó con la hija del Rey y llegó más tarde a sentarse en el trono, siendo feliz hasta donde se puede serlo en esta tierra de desgracias, con su mujer y los numerosos hijos que tuvo.

16. HERMOSURA DEL MUNDO, O EL CASTILLO DE LOS TRES AZUELAZOS

(Contado por Tránsito González, maestro carpintero, de Choapa y 57 años de edad. Me lo refirió en Peñaflor, en 1922.)


Vivían en un pueblo dos viejitos casados desde hacía muchos años; pero Dios no los había favorecido dándoles un hijo siquiera. Tenían numeroso ganado y algún dinero, y temiendo morirse pronto y no sabiendo a quien dejarle sus bienes, adoptaron a un huerfanito que recién nacido había perdido a sus padres, y lo criaron con grande esmero y cariño. El chiquitín se llamaba Nicomedes, pero el nombre no le venía, porque era un comedor terrible: cuando era guagua, no le aguantó ninguna ama, porque, a las que le llevaban, les secaba los pechos de dos o tres chupetadas y tuvieron que criarlo con leche de vaca, y apenas le bastaba la de dos. Cuando le salieron dientes, comenzó por comerse un conejo y una gallina al día, después siguió con un cabrito, después con una oveja o un cordero, y cuando tenía doce años se comía un buey descansadamente. Por causa de su voraz apetito nadie lo llamaba por su nombre y todos le decían Comín, Comón, hijo del buen Comedor.

Llegó el caso de que de tanto comer el niño, el ganado se les iba concluyendo a los viejos, quienes, por otra parte, gozaban de muy buena salud y parecía que cada día estaban mejor y que nunca se iban a morir; temieron, entonces, quedar en la miseria, y para evitarlo le dijeron a Comín que saliera a buscar a donde ganarse la vida, que ya no podían tenerlo a su lado por más tiempo.

Se despidió Comín de sus padres adoptivos, y llegó a una hacienda cuyo dueño lo tomó a su servicio para que le cuidara un enorme ganado de ovejas que tenía, y como era muy friolento, para que en la noche le tuviera fuego encendido a la hora que se lo pidiera. El sueldo que pagaba era bueno; pero había una condición bastante dura, y era que si alguna vez no le tenía fuego encendido, o le faltaba alguna oveja, que las contaban una vez por semana, lo mandaba degollar. Comín aceptó el contrato, pero tenía la intención de comer a su gusto todas las ovejas que su hambre insaciable le pidiese, siquiera por siete días, y mandarse cambiar antes que contasen el ganado.

El hacendado le pedía fuego todas las noches a distintas horas y Comín siempre se lo proporcionaba, de modo que nunca lo pudo pillar, y como las ovejas las contaban sólo una vez por semana, tampoco pudieron notar que se comía cuatro o cinco cada día.

Seis hacía ya que estaba en la hacienda, cuando en la cocina, en la hora de la comida, oyó contar que el Rey de las Tres Puntas del Aromo ofrecía dar en matrimonio a su hija Hermosura del Mundo y un millón de pesos a aquel que frente a su castillo, de tres azuelazos, construyera en tres días otro castillo tan lindo o mejor que el del Rey y en el cual debían lucir el Sol y la Luna, y el que se presentara a hacerlo y no lo hiciera, tenía pena de la vida. Comín se dijo:—Yo voy a tentar la aventura: entre que mañana me degüellen cuando vean que faltan tantísimas ovejas y correr la suerte de poder levantar el castillo de tres azuelazos, lo haga o no, prefiero esto último. Y al otro día por la mañana, después de salir con el ganado y dejarlo abandonado en el campo, se mandó cambiar, no llevando por todo bastimento sino un pan que había guardado en el desayuno.

Unas cuantas horas había andado cuando le salió al encuentro un viejito y con voz temblorosa le pidió algo que comer, si llevaba.

—Sí, llevo un pan, buen anciano,—le dijo Comín—y tómelo todo para usted.

—Y tú ¿qué vas a comer, hijito?

—Lo que Dios quiera, taitita; lo que es con un pan no tengo ni para comenzar, y lo mismo me da comerlo que no comerlo.

—Está bien, hijito, ¿y a dónde vas?

—Voy a conquistar la mano de Hermosura del Mundo, hija del Rey de las Tres Puntas del Aromo y a ganar un millón de pesos.

—¿Y lo conseguirás?

—No lo sé, pero a eso voy. Me dicen que el Rey la dará en matrimonio al que de tres golpes de azuela le haga, en tres días, frente al suyo, un castillo tan lindo o mejor que el de él, en el que, además, se vean el Sol y la Luna; y el que se presente y no lo haga, tiene pena de la vida.

—¿Y con qué cuentas para hacerlo?

—Con la ayuda de Dios solamente, porque ni siquiera tengo la azuela.

—Quiero premiar tu buen corazón, Toma esta azuelita—le dijo el viejo pasándole una nuevecita que sacó de debajo del poncho;—con ella, en el primer día darás un solo golpe en el suelo en el lugar que te indiquen, e inmediatamente aparecerán los cimientos; en el segundo día darás también con la azuelita un golpe en los cimientos y aparecerán las murallas; en el tercer día darás otro golpe con la misma azuelita en las murallas, y entonces quedará completamente terminado el castillo, que será más hermoso y estará mejor amueblado que el del Rey. Toma, además, este pitito; haciéndolo sonar cuando te encuentres en apuros, te verás libre de todo mal.

Y despidiéndose de Comín, se fué el viejito por un lado y Comín por otro.

A poco andar Comín encontró a un hombre que estaba tendido en el suelo y con una oreja pegada a la tierra.

—¿Qué hace amigo?—preguntó Comín.

—Estoy oyendo a unos pimeos que discuten acaloradamente sobre una carrera, y estoy muy entretenido con la disputa que tienen acerca de si ganó este caballo o ganó el otro.

—¿Y cómo se llama usted?

—Escuchín, Escuchón, hijo del buen Escuchador.

—¿Quieres que vamos juntos a rodar tierras?

—No, señor, déjeme aquí, que estoy muy divertido con la carrera de los pimeos.

—Vamos mejor a las Tres Puntas del Aromo, donde hay un Rey que tiene una hija muy linda que se llama Hermosura del Mundo y la da para casarse al que levante en tres días, frente al suyo, de tres azuelazos, un castillo en que se vean el Sol y la Luna, y yo voy con la intención de levantar ese castillo y casarme con la Princesa. ¿Por qué no me acompaña usted y me ayuda? Habrá, además, un premio de un millón de pesos.

—Vaya, pues, lo acompañaré por tratarse de una aventura poco común y yo soy muy amigo de las aventuras.

Marcharon en compañía por un buen rato conversando alegremente, hasta que encontraron a un hombre que miraba con mucha atención hacia arriba.

—¿Qué hace, amigo?—preguntó Comín.

—Aquí estoy aguaitando a una aguilita que anda muy altazo por las regiones del cielo.—Y haciéndoles los puntos con una carabina que tenía al lado disparó. Nada divisaban ni Comín ni Escuchín, por más que miraban, pero como un cuarto de hora más tarde percibieron un puntito negro que poco a poco se fué agrandando, hasta que, por fin, media hora después del disparo, vieron caer a sus pies una águila.

—¿Y cómo se llama usted?

—Aguaitín, Aguaitón, hijo del buen Aguaitador.

—¿Por qué no vamos juntos a rodar tierras?

—No, señor, déjeme aquí, que lo paso muy entretenido cazando pajaritos.

—Vamos mejor a las Tres Puntas del Aromo, donde hay un Rey que tiene una hija muy linda que se llama Hermosura del Mundo y la da para casarse al que levante en tres días frente al suyo, de tres azuelazos, un castillo en que se vean el Sol y la Luna, y yo voy con la intención de levantar ese castillo y casarme con la Princesa. ¿Por qué no me acompaña usted y me ayuda? Habrá además un premio de un millón de pesos.

—Si es así, lo acompañaré, por tratarse de una aventura que no se ve todos los días, y yo me muero por las aventuras raras.

Siguieron andando los tres, departiendo amigablemente, hasta que llegaron a la orilla de un gran río, muy ancho y muy correntoso, y en la margen opuesta vieron a un hombre que con pies de cabra formaba una represa.

—¿Qué hace ahí, mi amigo?

—Juntando un poquito de agua, señor, para tomármela y apagar mi sed.

—¿Y cómo se llama usted?

—Tomín, Tomón, hijo del buen Tomador.

—¿Por qué no se viene con nosotros a rodar tierras?

—No señor, déjeme por aquí, que hay tantos ríos; mire que yo ando siempre sediento y me hace mucha falta el agua.

—Vamos mejor a las Tres Puntas del Aromo, donde hay un Rey que tiene una hija muy linda que se llama Hermosura del Mundo, y la da para casarse al que levante en tres días, frente al suyo, de tres azuelazos, un castillo en que se vean el Sol y la Luna, y yo voy con la intención de levantar ese castillo y casarme con la Princesa. ¿Por qué no me acompaña usted y me ayuda? Habrá además, un premio de un millón de pesos.

—Por tratarse de casamiento, en donde habrá harto que tomar, lo acompañaré, pues; pero si van a las Tres Puntas del Aromo tienen que pasar para este lado.

—Díganos si sabe, donde está el puente para atravesarlo.

—Qué puente ni qué niño muerto, señor; si para atravesarlo no hay más puente que mi estómago, como ustedes van a verlo;—y tendiéndose de guatita, dió dos o tres sorbidos, ¡qué sorbidos, Dios Santo! y dejó el río completamente seco y Comín y sus compañeros pudieron pasar a pie enjuto al otro lado, y acompañados de Tomín siguieron su camino.

Poco después llegaron a un llano y vieron a un hombre que corría con una rapidez extraordinaria.

—¿Qué hace, amigo?—le preguntó Comín.

—Aquí me tiene señor, apostando carreras con el Viento.

—¿Y cómo le va en las carreras?

—No muy mal, señor: cuando corremos cuesta arriba, salimos iguales, pero cuando corremos cuesta abajo, yo se la gano al Viento.

—¿Y cómo se llama usted?

—Corrín, Corrón hijo del buen Corredor.

—¿Por qué no se viene con nosotros? No le faltará trabajo: vamos a las Tres Puntas del Aromo, donde hay un Rey que tiene una hija muy linda, que se llama Hermosura del Mundo y la da para casarse al que de tres azuelazos levante frente al suyo, en tres días, un castillo en que se vean el Sol y la Luna, y yo voy con la intención de levantar ese castillo y casarme con la Princesa. ¿Por qué no me acompaña usted y me ayuda? Habrá, además, un premio de un millón de pesos.

—Vaya, pues, lo acompañaré, porque supongo que me pagará bien.

—Como no, pues, ho! una vez que me case con la princesa te daré harta plata. El millón de pesos que me entregue el Rey será para ustedes.

Y los cinco continuaron andando hasta que dieron con uno que estaba con los calzones abajo aspirando aire a dos carrillos.

—¿Qué está haciendo amigo?

—Preparándome para rosar esa montaña y esa risquería que ahí se divisan, porque pienso sembrar en ellas.

—¿Pero cuánto tiempo se va a demorar en rosarlas, cercarlas y sembrarlas?

—Un ratito no más, pues; va usted a ver con qué facilidad lo hago.

Los hizo retirarse a un lado, y después de aspirar más aire comenzó a lanzarlo por el trasero con tanto tino que los troncos de los árboles y los riscos, que volaban en todas direcciones, al caer iban formando una cerca perfectamente hecha y el terreno quedó completamente limpio, en punto de ararlo.

—¿Y cómo se llama usted?

—Peín, Peón, hijo del buen Peorrón.

—¿Por qué no se viene con nosotros? le pagaremos bien. Vamos a las Tres Puntas del Aromo, donde hay un Rey que tiene una hija muy linda que se llama Hermosura del Mundo y la da para casarse al que de tres azuelazos levante frente al suyo, en tres días, un castillo en que se vean el Sol y la Luna, y yo voy con la intención de levantar ese castillo y casarme con la Princesa. Habrá, además, un premio de un millón de pesos, que se repartirá entre ustedes.

—Si es así, dejaré este trabajo para otra vez y me iré con ustedes.

Y los seis siguieron la interrumpida marcha y por fin llegaron al castillo del Rey, que los recibió en presencia de la Reina, de la Princesa y de toda la Corte.

Se adelantó Comín, que hacía de jefe de los recién llegados, y respetuosamente habló así al Rey:

—Después de muchos días de penoso viaje llego a presencia de su Sacarrial Majestad a pretender la mano de vuestra hija Hermosura del Mundo, para lo cual me comprometo a hacer en tres días como su Sacarrial Majestad lo exige, un castillo tan lindo o mejor que el de su Sacarrial Majestad, de sólo tres azuelazos, y no espero para levantarlo sino saber si siempre su Sacarrial Majestad mantiene su promesa, y en caso de que sí, que se me indique el sitio en que debo construirlo.

La Princesa, que estaba sentada a la izquierda del Rey (la Reina estaba a la derecha), le pegó en el codo y le dijo al oido:

—Papá, no quiero casarme con él, aunque haga el castillo de tres azuelazos; es muy gordo y muy ordinario; impóngale otras obligaciones.

La verdad es que hasta entonces no se habían presentado otros pretendientes que reyes y príncipes, y que Comín, ante ellos, tenía que parecer a Hermosura del Mundo un ser despreciable; así es que el Rey encontró razón a su hija, y en consecuencia de lo que ella pedía, contestó a Comín:

—Encuentro que es corta mi exigencia de hacer solamente un castillo en cambio de la mano de mi hija, así es que últimamente he decidido que a esa prueba se agreguen otros seis trabajos más, de modo que por todos sean siete.

—¿Y se podría saber de antemano cuáles son esos seis trabajos?

—Los iré diciendo uno a uno a medida que se ejecuten los anteriores.

—Está bien, señor, me someto a todas las exigencias de su Sacarrial Majestad.

—Piénsalo bien, antes, mira que cualquiera de las pruebas que no lleves a buen fin les costará la vida a ti y a tus compañeros, porque supongo que cuentas con la ayuda de ellos para ejecutarlas.

—Así es, efectivamente, señor.

—Pero cada prueba no puede ser llevada a cabo sino por uno solo y todos seis sois solidarios del desempeño de cada uno.

—Como he dicho me someto respetuosamente a todas las condiciones de su Sacarrial Majestad.

—Si es así, puedes comenzar; el castillo debe levantarse en esa plaza que está frente a mi palacio: tienes tres días de plazo para hacerlo y en cada día no puedes dar más de un azuelazo.

Comín se dirigió al sitio que se le indicaba y levantando la azuelita que le había dado el viejito, dió el primer azuelazo; y los Reyes, Hermosura del Mundo y la Corte vieron asombrados lo que hasta entonces no habían conseguido ver: la azuela que toca la tierra y los cimientos que quedan hechos instantáneamente.

—Papá, este roto va a salir con la suya; yo no me caso con él.

—No tenga cuidado, hijita, que si logra hacer el castillo, todavía tendrá que hacer otros seis trabajos, a cual más difícil, para lo cual nos aconsejaremos de su madrina, a quien, como bruja que es, se le ocurrirán cosas que será imposible hacer.

—Ojalá sea así, papá, porque yo no me caso con este guatón indecente.

Trascurrieron una tras otra las 24 horas que tiene el día, el sol salió por donde siempre sale y llegó el momento en que Comín debía dar el segundo azuelazo, y lo dió ante la familia real y la Corte con el mismo éxito que el primero, pues tocar la tierra con la azuela y alzarse las murallas del castillo fueron cosas simultáneas.

Todos se quedaron con la boca abierta.

Cuando volvieron en sí, Hermosura del Mundo dijo al Rey:

—Papá, ya le he dicho, por nada del mundo me caso con ese hombre.

—Si ya lo sé, hijita; no tenga cuidado, confíe en su padre.

Pero al otro día crecieron los temores de la Princesa: tercer azuelazo dado por Comín y el castillo que queda terminado. Pero ¡qué castillo, señores! Había que verlo! Ante él el del Rey parecía un mamarracho. Amigos, todos, todos sin excepción, al ver aquella maravilla, se cayeron de espaldas.

Cuando volvieron de su estupor, dijo Comín:

—¿Por qué no pasamos a visitarlo?

Y se dirigieron al castillo presididos por el Rey.

¡Qué les diré de la admiración que produjeron los decorados, los tapices, y los muebles! No salían sino voces de alabanza de todos los labios y el Rey, enamorado del hermoso alcázar, resolvió quedarse viviendo ahí y dejar el otro palacio para la servidumbre. Pero a pesar de todo, la Princesa no se resolvía a dar su mano al gordo Comín.

—Señor,—dijo éste, una vez que el Rey y acompañantes recorrieron el palacio—¿cuál será la prueba a que vuestra Majestad me va a someter mañana?

—Esta tarde te la daré a conocer—contestó el monarca. (El Rey quería darse tiempo para consultar a su comadre bruja, y fué lo que hizo cuando Comín y sus compañeros se retiraron.)

—Comadre, ¿qué hacemos para que el castillo nos salga de balde y Comín no se case con Hermosura del Mundo?

—Pídale que en tres días le haga otro castillo igual o mejor en el aire.

—De veras, comadre, que esto no lo podrá hacer.

Mientras tanto Escuchín oía lo que el Rey y la Bruja conversaban y dijo a Comín y compañeros:

—En la mala estamos, amigos. Por consejo de la Bruja, el Rey va a mandar hacer a Comín un castillo en el aire igual o mejor que el de los tres azuelazos. Pero se me ocurre una idea que puede salvarnos: Comín ofrece hacer el castillo diciéndole al Rey que nosotros pondremos los maestros, pero que él proporcione los trabajadores y los materiales; los maestros serán tres loros que oigo hablar a siete leguas de aquí, como si fueran cristianos. Hay que irlos a buscar, enseñarles lo que deben decir y los ponemos en el aire, muy alto para que no los vean y desde ahí pidan los materiales.

—Pero ¿quién los va a buscar?

—Corrín puede ir por ellos.

Fué Corrín y en un cuarto de hora estaba de vuelta con los tres loros.

Les enseñaron a las avecitas lo que tenían que hacer, y como eran muy inteligentes, en poco rato aprendieron la lección.

Al otro día muy temprano estaban los loros en el aire, colocados a cierta distancia uno de otro; y la cosa resultó a maravilla, porque el día amaneció con una neblina tan espesa que ni con anteojos de larga vista los habrían divisado.

Llegó la hora de la prueba y estaba todo preparado: los canteros con la piedra labrada para los cimientos y para las murallas; los albañiles, con la mezcla en punto; los carpinteros, con las puertas y ventanas; y así los demás.

Cuando ya estaban todos reunidos, se oye la voz de los maestros que desde el aire piden los materiales:

—¡Ya están hechos los heridos! suban luego las piedras para los cimientos! ¿Qué hacen que no suben la mezcla? ¡Pronto, porque no es cosa para demorarse!

Y gritaban de todos lados que se apuraran, que estaban perdiendo tiempo. Pero los trabajadores no hacían más que mirar para arriba y no hallaban por donde subir; hasta que una comisión de ellos se presentó al Rey y le dijo que no sabían como pasar los materiales que desde tan alto les pedían los maestros; que aunque hubiera escaleras que alcanzaran a llegar hasta ellos nadie se atrevería a subir tan arriba, pues todos temerían caer con el peso de los materiales, o que les diera un vahido y se les fuera la cabeza. El Rey les encontró razón sobrada, y dispuso que no se siguiera el trabajo, y a Comín le dijo que en la tarde le diría cuál sería el que tendría que ejecutar al día siguiente.

Cuando quedaron solos, el Rey preguntó a la Bruja:

—Comadre, ¿qué trabajo daremos mañana a Comín?

—Haga que le pongan cuarenta fondos de comida, de los más grandes que se encuentren, y ordénele que él, o uno de sus compañeros, se lo coma en un solo día, y si no se lo come, los manda fusilar y el castillo le sale de balde y la Princesa no se casa con el guatón.

Escuchín que todo lo oía dijo a sus compañeros:

—Perdidos somos, amigos; la maldita bruja aconseja al Rey que mañana haga poner cuarenta fondos de comida para que uno solo de nosotros se lo coma en un día, y si no, nos manda fusilar a todos.

Y entonces dijo Comín, cuya gracia no conocían sus amigos:

—Compañeros, ¿para qué estoy yo aquí? hace un montón de días que no como casi nada, así es que los cuarenta fondos puedo despacharlos en un suspiro; tengo apetito como un diacho.

Desde antes que aclarara, los cocineros del Rey se pusieron a preparar los cuarenta fondos de comida. ¡Puchas que echaban carne! Veinte terneros y veinte corderos tuvieron que descuerar y destripar. ¡Y papas! y porotos! y choclos! y cebollas! un saco de cada cosa vaciaron en cada fondo, fuera del arroz, del cilantro, yerbabuena y comino! Y como si todo eso fuera poco, al lado de cada fondo vaciaron una gran canastada de pan. Había para dar de comer a un ejército entero!

Comín, que veía los preparativos, se refregaba las manos de gusto. ¡Hacía tiempo que no comía hasta quedar satisfecho!

Dando las 12 el reloj del castillo, anunció el Cocinero Mayor que la comida estaba en punto y pidió que se adelantara el que debía comérsela. Comín se presentó y preguntó si ya podía comenzar.

—A la hora que quiera—contestó el Cocinero Mayor—pero no tiene de plazo sino hasta las 5 de la tarde para comérselo todo.

—¿Hasta las 5?—dijo Comín—va a ver que antes de las 2 van a quedar los fondos pelados.

Y así fué, en efecto; porque aquel hombre no puede decirse que comía, ni que tragaba, ni que engullía, sino que devoraba todo lo que estaba a su alcance y las enormes presas de carne y las cucharonadas de papas, porotos, y cebollas y los panes desaparecían como por encanto al llegar a su boca, y llegaban incesantemente.

A las 2 de la tarde no quedaban ni rastros de aquel inmenso guisado, y el Maestro de Cocina y sus ayudantes vieron con asombro que no había necesidad de limpiar los fondos, porque tan limpios los dejó Comín que brillaban como patenas.

Comín dijo al Cocinero Mayor:

—Señor Cocinero Mayor, ¿no prepararon un fondito de dulce de alcayota o de manjar blanco? mire que estoy acostumbrado a tomar desengraso. Y también me hace falta un barril de café, bien cargadito, para asentar el estómago.

El Cocinero Mayor se fué con Comín a donde el Rey.

—Señor,—dijo el Cocinero—ya se comió este bárbaro los cuarenta fondos de comida, y todavía pide un fondo de postre y un barril de café.

El Rey, admirado, preguntó a Comín:

—¿Y cómo pudiste pasar tanta comida?

—A fuerza de pan, pues, señor,—contestó Comín.

—¿Y todavía persistes en tomar postre y café?

—Si su Sacarrial Majestad se digna ordenar que me lo den, me lo tomaré, señor.

El Rey ordenó que complacieran a Comín, y a éste le dijo que al otro día temprano le daría un nuevo trabajo.

El Rey mandó llamar a la Bruja.

—Comadre, ¿qué trabajo les damos mañana a estos bárbaros, que no lo puedan hacer para que el castillo me salga de balde y Hermosura del Mundo no se case con Comín?

—Disponga Su Majestad que uno de ellos se tome en un solo día cuarenta toneles de aguardiente y de vino, veinte de cada cosa, y si no lo hace, que no lo hará, los manda fusilar a todos y así le sale de balde el castillo y la Princesa seguirá soltera.

—Me parece bien el consejo, comadre.

Escuchín, que todo lo oía, dijo a sus amigos:

—Perdidos somos, compañeros; la maldita bruja aconseja al Rey que mañana haga tomar a uno de nosotros 40 toneles de aguardiente y de vino, veinte de cada cosa, en un solo día, y si no se lo toma, nos hace fusilar a todos.

—¿Y para qué he venido yo?—dijo Tomín.

—Pero, compañero, se le van a quemar las tripas con tanto aguardiente.

—No se apure por eso, amigo, que mis tripas están blindadas.

Al día siguiente dijo el Rey a Comín.

—Voy a encerrar a uno de ustedes en la bodega y antes de las 5 de la tarde debe beberse los veinticinco toneles de aguardiente y los veinticinco de vino que hay en ella, y si no, ya saben lo que les pasa. (El Rey agregó diez toneles más, por lo que pudiera suceder).

Se adelantó Tomín:

—A mí me toca, Sacarrial Majestad, desempeñar esa prueba. Puede su Sacarrial Majestad encerrarme en la bodega a la hora que quiera, con la seguridad de que sus deseos serán cumplidos.

Y efectivamente, cuando el Rey abrió la bodega, a las 5, vió con asombro que los toneles estaban completamente secos.

—Pero, hombre, por Dios ¿cómo has podido beber tanto?

—Señor, es que yo no tomo sino en dos ocasiones: cuando tengo sed y cuando no la tengo.

—Se comprende, entonces; aunque no lo encuentro muy claro.

—Comadre, le dijo a la Bruja una vez que quedaron solos,—voy saliendo mal con sus consejos; si siguen así las cosas, tengo que largar el millón de pesos y dejar que Comín se case con Hermosura del Mundo; es preciso que se le ocurra algo más difícil, algo que ninguno de estos bárbaros pueda hacer.

—Mire, compadre, esta vez si que la sacamos bien con seguridad: dígale que uno de ellos tiene que apostar conmigo a cuál llega primero a Roma con una carta que su Majestad, nos entregará y si yo llego primero con la contestación, ellos perderán, vuestra Majestad los manda fusilar y el Castillo le sale gratis y Hermosura del Mundo no se casa con Comín.

—Compañeros,—dijo Escuchín a sus amigos—perdidos somos; el Rey, por consejo de la maldita Bruja, va a hacer que uno de nosotros apueste con la Bruja a cual vuelve primero con la contestación de una carta que han de llevar a Roma, y si gana la Bruja nos fusilan a todos.

—¿Y para qué estoy yo aquí—dijo Corrín—sino para correr con quien quiera?

Tempranito, al otro día, hizo llamar el Rey a Comín y a sus compañeros.

—Uno de ustedes y mi comadre van a llevarme cada uno una carta a Roma y si mi comadre vuelve primero con la contesta, los seis serán fusilados sin remisión. ¿Cuál es el que va a ir?

—Yo, señor,—dijo Corrín.

Y el Rey entregándoles una carta a Corrín y otra a la Bruja, los hizo colocarse uno al lado del otro, como cuando se colocan los caballos para correr, y diciéndoles “una, dos, tres”, salieron disparados como flechas, pero todavía no salían de la ciudad y ya Corrín se les perdió de vista y no había ni luces de él. Cuando Comín venía de vuelta con la contesta, la Bruja no llevaba andado ni la mitad del camino de ida; la Bruja lo divisó desde lejos y viéndose perdida, se transformó en una linda jovencita y lo esperó sentada en una piedra, a la sombra de un árbol.

—¿A dónde va tan ligero, señor, con tanto calor como hace? Siéntese un ratito a descansar y sírvase estos membrillitos para que se refresque;—y le mostraba dos hermosos membrillos, que llegaban a estar fragantes.

Corrín no resistió la tentación y se sentó al lado de la joven. Conversaron un rato y después dijo él:

—Voy a dormir una siestecita, tengo tiempo de más para cumplir mi encargo;—y se recostó en la falda de la Bruja, la cual, en cuanto Corrín se quedó dormido, le puso adormideras en la cabeza para que no despertara tan luego, le sacó del bolsillo la carta que traía de Roma y partió con ella de regreso, dejando a Corrín con la cabeza apoyada en la piedra en que acababa de estar sentada.

Pero todo lo que hablaron Corrín y la Bruja transformada en niña lo oyó Escuchín y les dijo a sus compañeros:

—Perdidos somos, amigos; la Bruja ha hecho tal y cual cosa, le ha robado la contesta a Corrín, a quien ha puesto adormideras en la cabeza, y lo ha dejado durmiendo y la maldita vieja estará de vuelta, con la carta, en un par de horas.

—No hay cuidado dijo Aguaitín; desde aquí veo durmiendo a Corrín y lo voy a despertar, y al mismo tiempo castigaré a la Bruja.

Y haciendo la puntería con su carabina primero a la Bruja, le quebró una pata y la dejó coja que no podía ni mover el pie; y de otro disparo atravesó una oreja a Corrín que despertó y salió corriendo a todo escape, hasta que encontró a la vieja y quitándole la carta, en dos zancajos llegó al palacio y se la entregó al Rey.

Comín preguntó al Rey cuál sería la otra prueba; y el Rey, esperando que llegara la Bruja, le contestó que les daba una semana de descanso.

Transcurridos siete días, llegó la Bruja cojeando, y como estaba picada con Comín y sus compañeros, para embromarlos de una vez a todos, le aconsejó al Rey que mandara a los seis amigos solos a pelear contra el numeroso ejército de los moros que le había declarado la guerra, y siendo ellos tan pocos contra tantos, con seguridad los matarían, o cuando menos los tomarían prisioneros, y entonces el Rey se quedaría de balde con el castillo y la Princesa seguiría tan soltera como hasta entonces. Al Rey le pareció que este consejo era el mejor que había recibido de la Bruja y ya le parecía verse libre de Comín y de sus compañeros; pero Escuchín, que no se descuidaba, lo oyó todo y se lo comunicó a sus amigos:

—Perdidos somos—les dijo;—la Bruja aconseja al Rey que nos mande a nosotros solos a combatir con el numeroso ejército moro que le ha declarado la guerra; ¿qué va a ser de nosotros?

—En la buena estamos, compañeros—dijo Comín.—Cuando nos coloquen frente a los moros y cuando estén todavía lejos, Aguaitín les disparará con su carabina, y cuando el ejército enemigo esté más cerca, Peín les disparará con su transpontín y con ésto quedamos vencedores.

Así quedó convenido y el plan se ejecutó al día siguiente en todas sus partes tal como se había establecido. Primeramente Aguaitín dió buena cuenta de gran número de moros, pero ésto se hacía sólo con el objeto de dar tiempo a Peín para prepararse, y tan bien se preparó, tanto aire aspiró que cuando los moros habían avanzado hasta llegar a una legua de distancia, bajándose los calzones volvió el trasero hacia ellos y lanzando una terrible andanada de ventosidades, los elevó a todos a grande altura, yendo a caer muertos a enorme distancia. Esta fué la primera batalla en que se usaron los gases asfixiantes.

A pesar del beneficio que para el reino significaba tan espléndida victoria, Hermosura del Mundo no cedía, y pidió al Rey que le exigiera el trabajo que faltaba para completar los siete. Y he aquí cual fué el séptimo trabajo, siempre aconsejado por la Bruja:

Tenía el Rey una hermosa conejera poblada de cincuenta lindísimos conejos de raza fina. Díjole la Bruja:

—Entregue a Comín los cincuenta conejos y le ordena que los lleve a la montaña durante tres días y los suelte en ella, y que en la tarde los traiga arriándolos como si fuesen un rebaño de corderos, y si no vuelve con los cincuenta, sin que le falte ninguno, los hace fusilar a todos.

Y así se hizo.

Llevó Comín los conejos en dos sacos y los soltó en la montaña, y los animalitos, apenas se vieron libres, huyeron en todas direcciones. Comín pensaba:

—Ahora sí que es cierto que el Rey nos hace sacar el orujo a mí y a mis compañeros, porque ¿cómo voy a juntar estos conejos de miéchica cuando llegue la hora de volverme con ellos, sueltos, como si fuesen un rebaño de corderos? Seguramente llegaré sin ninguno.

Comín se quedó triste y pensativo por un momento y se recostó en el musgo, sobre el costado izquierdo; después de un rato, sintiéndose cansado, se dió vuelta al otro lado y sintió que algo duro le molestaba; creyó que sería una piedra y se incorporó para quitarla, pero no halló nada en el suelo; entonces se registró para ver qué podía ser lo que le incomodaba y encontró en un bolsillo de sus pantalones el pito que le había dado el viejito, y se dijo, acordándose de un verso que había oído cantar antes de salir de su tierra:


—Quién canta su mal espanta,
quién llora, su mal aumenta;


no estoy yo para dejarme morir; pasemos este mal rato tocando el pito y esto algo disipará mis penas;—y se llevó el pito a la boca y no hizo mas que hacerlo sonar y principian a llegar de carrerita todos los conejos, unos de un lado, otros de otro y se pusieron a bailar delante de él al compás de lo que tocaba. Imagínense cuánto sería el gusto del atribulado Comín, porque, por más que él tratara de engañarse, el susto se lo comía vivo; tanta fué la alegría de que se vió inundado todo su ser que no pudo contenerse y se puso a bailar con los conejos, hasta que se sintió fatigado. Díjoles entonces a los conejitos:

—Váyanse a corretear y a comer no más, mientras yo duermo una siestecita, que cuando sea tiempo los llamaré.

Y con esto los animalitos se fueron y perdieron de vista en un abrir y cerrar de ojos.

Mientras Comín dormía, el Rey le dijo a la Bruja:

—Comadre, no sé por qué me tinca que este diablo de Comín va a volver con los cincuenta conejos, ¿por qué no va a ver si los ha soltado y le compra uno, aunque le pida lo que le pida?

—Voy, compadre, y haré lo posible por quitarle uno siquiera.

Y se fué la vieja para donde estaba Comín, pero en la mitad del camino se transformó en la misma hermosa niña que robó la carta a Corrín. Pero, Comín que la había divisado desde lejos, antes que se transformara, se preparó para el ataque y poco antes que la Bruja llegase tocó el pito, y los conejos, apareciendo por todos lados, se formaron en círculo delante de Comín, como esperando sus órdenes. Llegó la Bruja transformada en niña y en verdad que venía hecha una tentación, pero Comín, que no olvidaba lo que le había pasado a su compañero pocos días antes, cuando volvía con la contestación de la carta que había llevado a Roma, apenas la falsa joven se le sentó al lado y con palabras halagüeñas le pidió que le vendiera un par de esos lindos conejitos, que los quería para cría, y que estaba dispuesta a darle lo que por ellos pidiera, fuese lo que fuese, Comín le dijo:

—Señorita, aquí está muy fresco, así es que no se imagine que tengo calor y no me venga a ofrecer membrillos para refrescarme, por que no seré tan leso como lo fué Corrín en días pasados, que se dejó embaucar tan fácilmente por usted. A otro perro con ese hueso.

—¿De qué cosas me habla usted, que no le entiendo? ¿Quién es ese Corrín y qué membrillos son esos?

—Mira, bruja de moledera, no te hagáis la lesa! más bien ándate donde tu compadre el Rey para que vea que no sacáis nada conmigo, y ándate luego, porque si no, la sacáis chueca.

—Este hombre debe estar loco—dijo la Bruja—mejor será que me vaya.

Y se fué donde el Rey.

—Señor—le dijo—este pícaro de Comín tiene a los conejos mansitos, como si los hubiera criado guachitos. Y lo peor es que me conoció y no pude sacarle ninguno.

—¿Y qué hacemos, comadre? Fíjese que su ahijada no quiere casarse con él y va a salir triunfante de todas las pruebas.

—Compadre, haga que mañana vaya mi comadre la Reina, pueda ser que ella consiga comprarle un conejito siquiera.

—Eso haremos, comadre; ella es muy habilosa y pueda ser que con su talento lo consiga; aunque lo dudo.

Cuando el Sol se puso, llegó Comín con los cincuenta conejos que le habían entregado, ni uno más ni uno menos; y al día siguiente volvió a salir con ellos y los dejó que se fueran a retozar con toda tranquilidad. Poco después llegó la Reina disfrazada, muy empolvada y con mucho colorete, pero a pesar de todo Comín la conoció, tocó el pito y los animalitos llegaron corriendo y se congregaron a su rededor.

—¡Qué lindos los conejitos! ¿son para venderlos?

—No se venden, señorita; son del Rey y tengo que entregar en la tarde los cincuenta que son, porque si falta alguno nos fusilan a mí y a mis compañeros; con que usted verá si puedo vender uno solo que sea.

—Pero uno siquiera.

—¿Pero que no ha entendido lo que acabo de decirle? Si falta uno solo de los cincuenta conejos que me han entregado, nos despachan a mí y a mis cinco compañeros para el otro mundo.

—¿Y si le diera 5.000 pesos por uno?

—Ni aunque me dé 10.000.

—¿Ni por 20.000 pesos?

—Ni por 50.000; valen más mi vida y la de mis cinco amigos.

—Mire, le daré 100.000 pesos.

—Sea por 100.000 pesos, y además un abrazo y un beso y un mordisco en el pescuezo.

—Todo lo que me pide, menos el mordisco.

—Sin mordisco, no hay venta.

—Si es así, venga también el mordisco, pero que no sea muy fuerte.

Entregó la Reina los 100.000 pesos, se dejó besar y abrazar y tuvo que aguantar un mordisco formidable de aquel gran comedor, que le arrancó medio cogote con sus dientes; pero la Reina, a pesar del intenso dolor que le produjo la herida, que casi se desmayó, se dió por feliz y satisfecha cuando Comín le entregó un conejo, que se llevó muy bien envuelto en la falda de su rico vestido. Comín se quedó aguaitándola, y cuando vió que iba a llegar al palacio, tocó el pito y al oirlo el conejo abrió un agujero en la tela en que iba envuelto y partió a todo escape a reunirse con sus compañeros, que lo esperaban delante de Comín. La Reina no se dió cuenta de la huída del animalito y sólo cuando extendió su vestido ante su marido para mostrárselo, vino a conocer su desgracia. Por cierto que al Rey sólo le contó lo de los 100.000, y por lo que hacía a la herida del cuello, que no podía moverlo, lo atribuyó a que se le había producido al pasar por debajo de una rama quebrada.

Al otro día, también por consejo de la Bruja, fué Hermosura del Mundo, muy bien disfrazada, a comprar un conejo y Comín que la conoció muy bien, se lo vendió por otros 100.000, un beso, un abrazo y qué sé yo qué otros cariños más, porque la Princesa a todo estaba dispuesta, menos a casarse con Comín. Pero la Hermosura del Mundo le pasó lo que a su madre, que, a pesar de haber envuelto el conejito con toda prolijidad, asegurándolo con alfileres de gancho, el animalito, obedeciendo al llamado del pito, logró desprenderse de su encierro sin que Hermosura del Mundo lo notara, y llegó muy sí señor a reunirse con los otros conejos.

Comín dijo al Rey:

—Supongo que su Sacarrial Majestad no nos va a tener toda la vida a mí y a mis compañeros exigiéndonos pruebas casi imposibles de ejecutar y que algún día esto ha de tener fin. Creo haber ganado sobradamente la mano de vuestra hija llevando a cabo los siete trabajos que se nos han impuesto, y espero que vuestra Majestad me la concederá hoy mismo:

Pero el Rey, que ya había sido aconsejado por la Bruja, le contestó:

—Es cierto Comín que tú y tus compañeros habéis ejecutado las siete pruebas que os he exigido, aunque una no se terminó, pero todavía voy a imponeros una más, y será la última: ésto y mucho más vale Hermosura del Mundo.

—¿Y cuál será esa última prueba, señor?

—Coge ese saco y llénamelo de verdades.

—Perfectamente, señor, y si quiere le lleno dos. ¿Puedo comenzar luego?

—Puedes comenzar.

La Corte estaba reunida, el Rey sentado en su trono; la Reina, con su cogote entrapajado, a la derecha del Rey; Hermosura del Mundo, a la izquierda; la Bruja, al lado de la Princesa; y a uno y otro lado de la gran sala, los grandes de la Corte y principales dignatarios y funcionarios. Se adelantó Comín, tomó el saco que se le había indicado y principió:

—¿Es verdad, señor, que para conceder la mano de Hermosura del Mundo vuestra Majestad antes no pedía sino que se le construyera en tres días y de tres azuelazos un castillo igual o mejor que el de su Sacarrial Majestad y en el cual se vieran el Sol y la Luna?, y que en esta vez, a exigencias de vuestra hija la Princesa Hermosura del Mundo, que me encuentra muy guatón y ordinario, me ha obligado vuestra Majestad a ejecutar muchos otros trabajos, a cual de ellos más difícil?

—Sí, es verdad.

—Y muy grande. Entra, verdad, al saco.—Y haciéndose como que echaba algo al saco, continuó:

—¿Es verdad, señor, que ejecutados todos los trabajos a entera satisfacción de su Majestad, vuestra Majestad, por consejos de esa Bruja infernal dispuso se me entregaran cincuenta conejos que debía soltar en la montaña y traerlos en la tarde, durante tres días, sin que faltara uno solo, so pena de la vida de seis personas, y que la misma Bruja, transformada en una hermosa niña, trató de quitarme uno de los conejos para que vuestra Majestad nos mandara fusilar a mí y a mis cinco compañeros; pero yo la conocí y no bastaron ni sus ofertas, ni sus tentaciones y demás argucias de que se valió para que yo le entregara uno?

—También es verdad.

—Otra verdad al saco, y van dos. Las que voy a decir en seguida son tan gordas que cada una es bastante para llenar un saco.

Y dirigiéndose a la Reina preguntó:

—No es verdad señora, que vuestra Majestad, disfrazada de dama de la Corte, fué el segundo día a comprarme un conejo con el mismo fin que su comadre la maldita Bruja, y que después de muchas ofertas consentí en entregarle uno en cambio de 100.000 pesos, un beso...

—Mira, hijo, le dijo la Reina al Rey, estamos tonteando; es mejor que se casen luego; ¿no ves que es inútil batallar con él y que siempre saldremos perdiendo?

Todavía hablaba la Reina cuando apareció al lado de Comín, sin que nadie supiera de donde salía, el mismo anciano que le había dado el pito, y dirigiéndose a la Princesa le dijo:

—Hermosura del Mundo, cásate con él y serás feliz.

Y tocando a Comín con el palo que le servía de bastón, quedó Comín transformado en un gallardo joven y cambió no sólo de figura sino que hasta del modo de hablar.

Se casaron, y Comín dejó de ser el gran comedor de antes; pero sus compañeros, que siguieron a su servicio, conservaron las virtudes de que gozaban y fueron poderosos defensores del reino. Hermosura del Mundo fué, como se lo pronosticó el viejito, muy feliz con su marido y jamás se acordó de que hubiera sido guatón y de modales ordinarios. Tuvieron un semillero de niños, todos buenos e inteligentes, y fueron para ellos una verdadera corona, más valiosa que la que ciñeron en su frente a la muerte del Rey.

Y aquí se acabó el cuento y se lo llevó el viento y pase por un zapatito roto para que alguno de los que me oyen cuente otro.

17. EL ARBOL DE LAS TRES MANZANAS DE ORO

(Referido en 1912 por Juan Ignacio Montecinos, de 32 años, de San Felipe, quien lo oyó contar en Santiago, siendo niño.)


Este era un viejo Rey, muy rico y poderoso, que gobernaba un extenso país, lleno de recursos y muy poblado.

Este Rey tenía tres hijos, hermosos, fuertes y valientes, queridos de todo el pueblo, y mucho más de sus padres, a quienes respetaban y amaban con idolatría.

El Rey y su familia moraban en un suntuoso palacio, a cuyos pies se extendía un huerto plantado de toda clase de árboles frutales de las especies más escogidas y variadas; pero su principal ornamento era un enorme y bellísimo manzano, cuya copa descollaba sobre todos y se divisaba desde muy lejos. Su tronco de plata y sus hojas de bronce eran la admiración de cuantos lo veían.

Una antigua leyenda ligaba su existencia a la suerte del reino.

Este árbol prodigioso daba todos los años tres manzanas de oro, que maduraban sucesivamente en las tres primeras noches del mes de Enero; pero desde hacía tres años, alguien se introducía en el huerto y se las robaba en el momento preciso en que entraban en sazón sin que hubiese sido posible atrapar, y ni siquiera ver, al miserable que las substraía, a pesar de las infinitas precauciones que se tomaban para impedir su entrada, y de que una numerosa guardia, armada hasta los dientes, se establecía aquellas tres noches alrededor del árbol. Poco antes de las doce un sueño irresistible se apoderaba de todos, y no despertaban hasta el día siguiente, cuando ya la fruta había desaparecido.

El Rey se sentía sumamente afligido con esta desgracia, que lo era, y muy grande, pues, como se ha dicho, la suerte del reino dependía del manzano maravilloso.

Una vez, en el último día del año, que el Rey se hallaba rodeado de sus hijos y de todos los grandes de la Corte, dijo:

—Mañana a media noche madurará la primera manzana de oro, y por cuarta vez vendrá el misterioso ladrón y se la robará. ¿No hay entre todos ustedes un valiente que estorbe su entrada?

Se acercó al trono el hijo mayor del Rey e hincando una rodilla ante su anciano padre, habló de esta manera:

—Mi señor y padre, yo me propongo esperar a nuestro enemigo y no dejarme dominar por el sueño, y por fuerte que sea, vencerlo y arrastrarlo encadenado a vuestras plantas.

—Anda, hijo, contestó el Rey, y quiera Dios que te vaya bien en la empresa.

Se retiró el príncipe a sus habitaciones, y aunque no eran más de las 2 de la tarde, se echó a dormir, a fin de no tener sueño en la noche, Como a las 11 despertó, y armándose de poderosas armas, se dirigió al huerto y se sentó al pie del manzano a esperar la llegada del ladrón.

Al dar la campana del reloj del palacio el primer golpe de las 12, se iluminó el huerto con una luz tan viva que el Príncipe, como herido por un rayo, perdió la vista y cayó desvanecido en tierra.

Al día siguiente lo encontraron tendido, como muerto, y en el árbol sólo vieron dos manzanas de oro: una había sido robada.

En el consejo que se celebró ese día, se comentó el hecho en medio de gritos de venganza; pero nadie, sino el segundo de los hijos del Rey, se ofreció para velar esa noche y hacer un escarmiento en el desconocido personaje que se había propuesto acabar con la tranquilidad del reino.

Pero el hombre propone y Dios dispone, y las cosas no resultaron según los deseos del Príncipe. Los hechos se repitieron en igual forma que en la noche anterior, y en la mañana siguiente encontraron al Príncipe tendido en el suelo, sin conocimiento y sin vista. En el árbol no quedaba sino una manzana.

La consternación más profunda se pintaba en todos los rostros. En el consejo nadie se atrevía a hablar; parecía que todos habían perdido el uso de la palabra.

Pero he aquí que el tercero de los príncipes, jovencito imberbe de unos 18 años, se adelantó hasta el trono, y prosternándose ante su padre, se expresó del siguiente modo:

—Señor y padre amado, me aflige veros triste y contemplar a mis hermanos en el miserable estado en que han quedado; me aflige ver al pueblo sobrecogido de espanto y a todos sin ánimo ni valor para nada. Yo deseo acabar con este estado de cosas: quiero que la paz vuelva a todos, y espero que Dios dará fuerzas suficientes a mi brazo para vencer al enemigo común y volver a todos la tranquilidad. Dadme vuestra bendición, bendecid también mis armas, y que Dios me ayude.

Con los ojos inundados de lágrimas, bendijo el Rey al Príncipe y bendijo asimismo las armas que éste depositó a sus pies. En seguida, el Príncipe, pidiendo permiso al Rey para retirarse, salió de la sala con paso tranquilo, se dirigió a sus habitaciones, en donde estuvo orando hasta cerca de las 12, hora en que, armado nada más que de su arco y de una flecha (las armas que su padre había bendecido), se dirigió al huerto con la confianza de que había de vencer.

Poco después sintió un ruido, como el de una gran ave que volara a corta distancia, y al dar el reloj la primera campanada de las 12, el huerto se iluminó con una luz vivísima. Pero el Príncipe en vez de mirar inmediatamente hacia el árbol de las manzanas de oro, como lo habían hecho sus hermanos, se prosternó humildemente y sólo después de invocar el nombre de Dios y pedirle su ayuda, tomó el arco y colocó la flecha en la cuerda. Al resplandor de la luz, que se había dulcificado notablemente, pudo ver el Príncipe una Aguila enorme, con las plumas de oro, que tenía sobre sus hombros a una hermosísima Princesa sujeta de la cintura con una cadena de oro, cuyo extremo apretaba el águila fuertemente con una de sus patas, mientras con la otra trataba de agarrar la única manzana que quedaba. En el preciso momento que el ave la cogía, el Príncipe lanzó la flecha e hirió la pata con que el ave acababa de tomar la manzana. El Aguila lanzó un grito de dolor, soltó la manzana, que el Príncipe se apresuró a levantar, y huyó. Pero antes la Princesa arrancó al ave una pluma de oro y lanzándosela al joven, le gritó:

—Guárdala, que ella te servirá para encontrarme.

Cuando el Príncipe volvió al palacio con sus trofeos, fué recibido con los mayores transportes de alegría. El Rey no cabía en sí de gozo, pues como todos los demás, temía que al Príncipe le hubiese sucedido la misma desgracia que tan cruelmente había herido a sus hermanos.

Una vez que el joven terminó de referir la aventura, manifestó a sus padres que tenía deseos de ir a la conquista de la hermosa Princesa, y de matar al Aguila para librar al reino de las desgracias que este monstruo pudiera causarle.

El Rey le dió permiso para tentar esta nueva empresa; y el joven, que tenía prisa de partir, pues el recuerdo de la Princesa le había medio trastornado, arregló en un momento sus prevenciones de viaje, y sin acompañarse de nadie, se lanzó por el primer camino que halló a su paso.

Así marchó al azar días y días, preguntando en todas partes si sabían en donde se encontraría el Aguila de las plumas de oro; pero nadie le daba noticias.

Un día que iba muy triste y pensativo porque el tiempo pasaba y pasaba sin adelantar en sus diligencias, fué de pronto sacado de su meditación por la algazara que formaban unos cuantos niños dentro de una zanja abierta a orillas del camino. Se acercó a ver qué motivaba la bulla y vió que los chicos ortigaban a una gran rana que tenían en el suelo tendida de espaldas. El Príncipe les increpó su crueldad, los castigó suavemente y los obligó a retirarse. En seguida tomó la rana y la ocultó a alguna distancia entre la yerba a fin de que, si los niños volvían, no la encontraran.

Anduvo todavía varios días, siguiendo caminos y cruzando bosques en que no encontraba a nadie, hasta que por fin llegó a una choza que se levantaba a orillas de un arroyo. En la puerta estaba sentada una viejecita de aspecto agradable, que tomaba tranquilamente su mate, que ella misma se cebaba. El Príncipe la saludó afablemente y le preguntó si podría decirle en dónde encontraría al Aguila de las plumas de oro y a la Princesa que tenía prisionera. La viejecita le contestó que seguramente podría darle algunas noticias que le interesarían, pero que era bueno que bajase del caballo para que se sirviera un matecito y descansara. El Príncipe accedió a los deseos de la anciana, quien le cebó su buen mate con hojas de cedrón y cáscaras de naranjas, y después lo condujo a una pieza en que había una excelente cama, que el Príncipe, que no había reposado en lecho desde que había salido de palacio, encontró más blanda y agradable que la que tenía en sus habitaciones.

Durmió el Príncipe como un ángel de Dios, y al día siguiente se levantó reconfortado y alegre y con mayores deseos de continuar la aventura. Agradeció a la viejecita sus servicios, la obsequió con algunas de las provisiones que llevaba y le rogó que le diese las noticias que le había ofrecido. La anciana le dijo:

—Joven Príncipe, tú has sido bueno conmigo, tienes un corazón bondadoso, pues te apiadas de la desgracia ajena, y yo quiero pagar la deuda que contigo tengo contraída, en cuanto mi poder alcance, y premiar tu virtud.

El Príncipe no comprendió lo que la buena mujer le decía, y pensando que tal vez se referiría a las provisiones que le había obsequiado, le dijo:

—¡Señora! si el alojamiento que usted me ha ofrecido y la buena noche que he pasado en su casa valen cien veces más que los pobres víveres que le he dejado; de manera que yo soy siempre su deudor!

—No es esa mi deuda, ¿Te acuerdas, Príncipe, de aquella rana que ortigaban unos niños dentro de una zanja y a quien tú salvaste? Pues, aquella rana soy yo, que a estas horas habría perecido a manos de aquellos malvados muchachos si tú no me quitas de su poder. Yo soy agradecida, y pagaré mi deuda de la mejor manera posible.

»En un palacio muy distante de aquí vive un gigante hechicero, muy malvado, y mi enemigo. El es quien tiene prisionera a la Princesa que buscas y él también el que, convertido en águila con las plumas de oro, va todos los años a robar al huerto de tu padre las manzanas del árbol maravilloso. Esas manzanas son las que mantienen su poder, y como en su última correría sólo alcanzó a robar dos, su poder no durará sino los ocho primeros meses de este año; además, la pluma que le arrancó la Princesa ha disminuido su fuerza, que también se ha aminorado un poco con la herida que tú le causaste en una pata, y que lo ha dejado cojo. Si tú quieres esperar que se cumplan los ocho meses, no te costará más trabajo conquistar a la Princesa que vencer al Gigante en lucha ordinaria, de hombre a hombre, con la seguridad de que, con los medios que yo te proporcione, saldrás vencedor; pero, si desde luego quieres rescatar a la prisionera y matar al enemigo de tu patria, tendrás que correr muchos y grandes peligros, a pesar de las fuerzas que ha perdido el Gigante, pues su poder siempre es mucho y está rodeado de feroces auxiliares.

—Prefiero correr los peligros, dijo el Príncipe, y dar fin de una vez a esta empresa, aunque perezca en la contienda.

—No perecerás, pero tendrás que pasar grandes fatigas. Sigue el camino que principia aquí al frente de mi choza, y después de tres días de marcha llegarás a casa de una bruja tuerta, más mala que la hiel y comadre muy querida del Gigante: ésta es la primera avanzada que tienes que vencer. Cuando llegues, la encontrarás sentada a la puerta, con la espalda vuelta al camino; te acercarás a ella, procurando que no te sienta y cuando llegues a donde está, trata de meterle en el ojo derecho la pluma de oro que te lanzó la Princesa, y quedará ciega: entonces te apoderas de un hacha que guarda detrás de la puerta y que te servirá para vencer a las fieras que custodian el palacio del Gigante, para pelear con este mismo y derrotarlo y para cortar las cadenas con que está aprisionada la Princesa. Tomarás también una redoma que la Bruja tiene en una mesa de arrimo que hay en la primera pieza de la derecha; el agua que contiene es de virtud, y para aprovecharla introducirás en ella la pluma de oro y te lavarás las quemaduras y heridas que te produzcan los monstruos guardianes del palacio. De la misma manera curarás, cuando vuelvas a palacio, la ceguera de tus hermanos. Si alguna desgracia imprevista te sucede, acuérdate de mí, y correré en tu auxilio. Ahora anda, y que Dios te ayude.

Partió el Príncipe todo alborozado, y a los tres días de casi un continuo andar, el caballo se detuvo a corta distancia de la puerta de una modesta casa, en la cual había una mujer sentada en un piso, con la espalda vuelta al camino. Se bajó el Príncipe de su caballo y andando muy quedito, en la punta de los pies, se acercó a la mujer y le metió la pluma de oro en uno de sus ojos; pero por desgracia se equivocó, pues en vez de introducirla en el derecho, que era el sano, se la metió en el izquierdo, que era el tuerto. La mujer, al sentirse herida, entró a la casa y volvió rápidamente trayendo un poco de agua de la redoma, con la que roció al Príncipe, diciendo al mismo tiempo: “Vuélvete quiltro”. Y el Príncipe se convirtió al punto en un perrillo sucio y despreciable. La mujer tomó incontinenti un garrote y le propinó una de las palizas más famosas de que haya memoria.

El Príncipe huyó al interior de la casa con la cola entre las piernas, aullando lastimosamente.

¡Cómo se lamentaba el pobre de su error! Ya todo estaba perdido! Adiós, Princesa, y padres y hermanos!

Pero de repente se acordó de la última recomendación de la viejecita y se puso a decir muy bajito, para que no lo oyeran: «¡Ranita, Ranita, acuérdate de este pobre príncipe!» Y casi al mismo instante que terminaba estas palabras, vió a su lado a la Rana.

Dió la Rana un salto y díjole al oído: «No tengas cuidado, esperemos que la Bruja duerma y entonces pagará las hechas y por hacer».

Pasadas unas dos o tres horas, se acercaron a la puerta de la pieza en que la Bruja dormía y sintieron que roncaba ruidosamente. Entonces la Rana se convirtió en la Viejecita que había conocido el Príncipe tres días antes y diciendo unas palabras ininteligibles, el Príncipe dejó de ser perro y tomó su forma natural. La pluma de oro sirvió para abrir la puerta del dormitorio de la Bruja, sin que hiciera ruido: y entonces tomando el Príncipe el hacha que estaba tras de la puerta, asestó a la Bruja tal golpe en el cuello que le separó la cabeza de los hombros.

La Viejecita tomó la redoma y le dijo al Príncipe que ella lo acompañaría para que no le sucediera otra nueva desgracia. Abandonaron la casa, y a la luz de la Luna vió el Príncipe dos caballos, el de él, en que montó, y otro más, en que subió la Viejecita.

Emprendieron la marcha, y cuando ya era de día, divisó el Príncipe, muy lejos, muy lejos, en la cumbre de una alta montaña, una especie de castillo. La Viejecita le dijo: «Este es el palacio del Gigante, a quien venceremos con la ayuda de Dios.»

Siguieron avanzando, y cuando ya estaban como a una legua de distancia del palacio, llegó hasta ellos un ruido ensordecedor de maullidos, ladridos y rugidos espantosos, como si miles de fieras lanzaran a un tiempo sus gritos amenazadores. Cualquiera habría retrocedido lleno de pavor, pero nuestros viajeros siguieron impertérritos su camino.

Media legua más habrían andado los caballos cuando un impedimento bastante serio los detuvo por un instante: las fieras no se contentaban ya con sus gritos sino que al mismo tiempo lanzaban por hocico y narices gruesos chorros de fuego líquido que llegaban hasta nuestros caminantes y casi los abrasaban. Pero la pluma de oro empapada en el agua de la redoma se portó a las mil maravillas, pues no sólo les curó como por ensalmo las llagas que el fuego les había producido, sino que además los inmunizó para recibir nuevas quemaduras.

Entonces pudieron avanzar sin cuidado; pero antes de llegar hasta la puerta del palacio tenían que atravesar una larga extensión de terreno ocupada por una multitud de leones, tigres, serpientes, demonios y otras fieras y monstruos servidores del Gigante, que estaban dispuestos a despedazar a los dos intrusos o dejarse destrozar por ellos antes que permitir llegaran hasta su amo.

Pero el Príncipe, armado del hacha encontrada en la pieza de la Bruja, y la Viejecita blandiendo la pluma de oro impregnada con agua de la redoma, pudieron derrotar, aunque con algún trabajo y sacando algunas heridas, a sus poderosos enemigos, que quedaron tendidos en el campo, sin vida.

Hélos ahora en presencia del Gigante, el cual, al verlos acercarse, levantó su pesada muleta de hierro, capaz, no de matar a un solo cristiano, sino de concluir con un numeroso ejército.

El Príncipe se adelantaba hacia él sin temor, y una vez que el Gigante lo tuvo a su alcance, dejó caer la muleta con tal fuerza que más de la mitad de ella penetró en la tierra. El Príncipe, en cuanto notó el movimiento del Gigante, esquivó el cuerpo, y alzando su hacha, la descargó sobre la pierna sana de su enemigo, que cortó como si fuera de queso. El monstruo, no pudiendo mantenerse en pie, cayó cuan largo era, y el Príncipe, corriendo apresuradamente, de un hachazo le cortó la cabeza a cercén.

La liberación de la Princesa fué cosa de un momento; con un suave golpe del hacha se cortó la cadena de oro que la aprisionaba, y pudo arrojarse en los brazos de su libertador.

En carros y caballos que había en el mismo palacio, cargó el Príncipe todas las riquezas que encontró, e inmediatamente se pusieron todos en camino para el reino de su padre. Por medio del arte de la Viejecita, que tan buenos servicios le había prestado, en pocas horas llegaron a la entrada de la capital. Allí la Viejecita se despidió del Príncipe y de la Princesa y después de aconsejarles que fueran siempre buenos y virtuosos, único modo de obtener la felicidad, desapareció de su vista. La Viejecita era la Virgen.

El Príncipe fué acogido por todos en medio de la mayor alegría y proclamado salvador de la patria. Sus hermanos recobraron la vista sirviéndose de la pluma de oro y del agua de la redoma.

El matrimonio del joven Príncipe y de la Princesa fué uno de los acontecimientos más celebrados. Se hicieron grandes fiestas para el pueblo, que se divirtió alegremente, y yo me encontré en ellas y bebí mucho y comí más que un sabañón.

18. LOS HIJOS DEL PESCADOR, O EL CASTILLO DE LA TORDERÁS, IRÁS Y NO VOLVERÁS

(Narrador: José Pino, de veinte años, de Rancagua.)

Para saber y contar, escuchar y aprender. Esteras y esteritas, para sacar peritas; esteras y esterones, para sacar orejones. No le eche tantas chacharachas, por que la vieja es muy lacha, ni se las deje de echar, porque de todo ha de llevar: pan y pan para las monjas de San Juan; pan y harina para las monjas Capuchinas; pan y queso, para los tontos lesos. Fin del principio y principio del fin. ¡Atención!

Han de saber que hace muchos años vivían en un pueblecito de la costa dos pobres viejos, marido y mujer, muy apreciados de los vecinos por su bondad y por lo serviciales que eran con todo el mundo.

El marido era pescador y la mujer se ocupaba de los quehaceres de la casa, que, aunque no eran muchos, no dejaban de ser bastantes para sus años. Sus bienes se reducían a la choza que habitaban, a la red, una yegua, una perra y unos cuantos pesos, muy pocos, por cierto, que habían logrado reunir a fuerza de privaciones y que guardaban cuidadosamente para atender a las enfermedades que pudieran sobrevenirles o a cualesquiera otras necesidades imprevistas.

Sucedió una vez que durante varios días le fué muy mal al viejito en la pesca. Echaba la red y no sacaba nada; sin embargo, los otros pescadores retiraban sus redes llenas.

«¿Qué diantres habré hecho yo para que el cielo me castigue así?»—decía desesperado el anciano; y volvía a echar la red, y nada, siempre vacía.

En las tardes se iba triste a su casa, y a pesar de que su mujer trataba de consolarlo y le contaba chascarros para hacerlo reir, no lo conseguía.

Se comieron las pocas economías que tenían, y cuando no les quedaba ya ni un chico, el pobre viejo, llorando, se fué a la playa, montado en su yegua como acostumbraba hacerlo, y tirando la red al mar, dijo:—«En nombre sea de Dios y que se haga su voluntad»; y después de un rato, al retirarla, la encontró tan pesada, que para sacarla tuvo que amarrarla a la cincha de la yegua.

Mientras la yegua tiraba la red, el viejo se refregaba las manos de gusto, y riéndose decía:—«En fin la suerte cambia; tendremos para comer algunos días y aún podremos vender algo.» ¡Pero cuál no sería su asombro cuando al examinar la red encontró que lo único que había pescado era un pecesillo que no medía más de una cuarta!

Y ese ser tan pequeño, ¿cómo pesaba tánto, que él, que era tan forzudo, no había podido arrastrar la red y había tenido que auxiliarse de la yegua para sacarla? Tomó su cuchillo e iba a abrir el pescadito para ver lo que lo hacía tan pesado, y cuando estaba a punto de hacer esta operación, oyó que el pez le decía:—«No me mates aquí. Llévame para tu casa y allá me partes en cinco trozos: la cabeza, que te comerás tú; la cola, que se comerá tu mujer; los dos costados, que darás uno a la yegua y el otro a la perra; y por último, el lomo, que plantarás en el jardín. Si haces lo que te digo, no tendrás de qué quejarte, y además, en adelante, siempre cogerás pesca en abundancia».

Se fué el pescador a su choza e hizo lo que le había ordenado el pececito; y ¡oh maravilla! al otro día tuvo la viejecita dos niños muy hermosos y tan parecidos el uno al otro, que era de confundirlos; asimismo, la yegua tuvo dos potrillos del mismo pelo y del mismo tamaño; la perra dos perritos casi iguales, y en el jardín nacieron dos naranjos.

Desde ese mismo día el viejecito pescó como ningún otro; de manera que tuvo alimento suficiente para toda la familia y pescado para vender en la ciudad vecina. La fortuna le sonreía de todas maneras, pues los niños crecían sanos y robustos y eran excelentes personas.

Pasaron los años unos tras otros y los niños transformados ya en hombres, cumplieron los veinte. Entonces el mayor, que se llamaba Francisco, quiso salir a rodar tierras, para probar fortuna, y le pidió la bendición a sus padres. Inmediatamente después de abrazarlos, armose de una espada, montó en su caballo y seguido de su perro, partió al galope.

Después de algunos días de marcha, llegó a una ciudad y notó que la poca gente que andaba por las calles parecía consternada por una gran desgracia. Al mismo tiempo se oían lamentos, llantos y alaridos por todas partes.

Detuvo Francisco a una viejecita que iba toda llorosa y le preguntó por qué los habitantes de la ciudad andaban tan tristes.

—¡Cómo no hemos de estar afligidos, patroncito, cuando hoy debe comerse el culebrón a la única hija de nuestro rey, la princesa más bella y más bondadosa que se conoce, tan querida de los pobres, pues a todos nos auxilia y nos consuela! Ah! esta es la peor desgracia que podía sucedernos!

Y la anciana lloraba sin consuelo.

—Pero, cuénteme que es eso del culebrón y por qué se va a comer a la Princesa.

—Ha de saber, señor, que en la montaña vecina se ha establecido desde hace años, un culebrón enorme, que tiene siete cabezas y al cual nadie ha podido matar, por valiente que haya sido, pues en cuanto le cortan una, al momento renace, y para concluir con él habría que cortarle las siete de una vez; pero hasta ahora, señor, ninguno lo ha conseguido, a pesar de que el Rey ha ofrecido como premio la mano de su hija, y lo único que se ha sacado es que hayamos tenido que lamentar el desaparecimiento de los más nobles caballeros, de los mejores soldados del ejército que tentaron la aventura. Pero esto, mi caballerito, nada sería; lo peor es que la fiera, para no envenenar el agua, lo cual acabaría con la población del reino, exige que cada año se le entregue una princesa de sangre real; ya se le han entregado las primas y sobrinas del rey y no queda sino la única hija que nuestro monarca tiene, a quien tanto quiere que se mira en ella, y lo mismo el pueblo entero, que la adora; y hoy a las 12 del día, se vence el plazo, en que el culebrón vendrá a buscarla. La princesa se dirigió temprano a la montaña, para que la fiera dé hoy también cuenta de ella.

—Pues, por esta vez, buena anciana, el culebrón no saldrá con la suya, que para algo Dios ha dado fuerza a mi brazo y ha infundido valor en mi espíritu.

Pidió el hijo del pescador las señas del lugar en que estaba la princesa y, dadas por la viejecita clavó espuelas al caballo y partió a toda carrera.

Halló Francisco a la princesa sentada en una piedra, llorando amargamente y enjugándose las lágrimas con su larga y brillante cabellera rubia, cuyas crenchas, sueltas, pendían a uno y otro lado del cuello. El joven trató de consolarla y le prometió que mataría al monstruo antes que tocara uno solo de sus cabellos; y con tanta seguridad hablaba, que logró infundir confianza en la princesa. Conversaron un rato, hasta que Francisco, que se sentía fatigado, quiso descansar mientras llegaba la hora del combate, y tendiéndose en tierra y apoyando la cabeza en las faldas de la princesa, se quedó dormido. Momentos antes, mientras hablaban, la Princesa había dado al joven un pañuelo, con su cifra, y un valioso anillo, diciéndole que tal vez podría servirle de algo más tarde.

Junto con sentirse la primera campanada de las 12 en los relojes de la ciudad, se oyó un rugido formidable que conmovió toda la montaña y, naturalmente, despertó al joven.

Monta éste apresuradamente en su caballo y empuñando la espada, llama a su perro y se apercibe para la pelea. Fué ésta un espectáculo digno de verse. El Culebrón adelantaba las siete cabezas hacia su enemigo y trataba ya de morderlo con sus afilados colmillos, ya de estrecharlo entre sus cuellos; pero, por un lado el caballo, que esquivaba los ataques con toda rapidez, y el perro, por otro, que acosaba a la fiera con sus dentelladas, le impedían dañar al hijo del pescador.

De vez en cuando nuestro combatiente lograba asestar con su espada un terrible golpe en alguno de los cuellos de la bestia y una de las cabezas rodaba por el suelo; pero era inútil, porque en el mismo instante de ser cortada aparecía otra nueva.

Largas horas habían transcurrido desde el comienzo del combate y ninguno de los dos enemigos había conseguido ventaja sensible sobre el otro; pero sucedió que el Culebrón, por defenderse del perro que acababa de abrirle ancha herida cerca de la cola y de la cual manaba sangre en abundancia, dirigió las siete cabezas hacia atrás, y entonces el hijo del pescador, aprovechando de la circunstancia de que el monstruo no podía atacarlo, levantó la espada con las dos manos y, con robusta fuerza, la dejó caer un poco más abajo de donde el cuello se dividía en siete. El rugido que lanzó el animal al sentirse mortalmente herido, fué tremendo, y se oyó a muchas leguas de distancia; pero, inmediatamente se produjo el silencio más completo. El Culebrón no volvería ya a molestar a nadie y el reino se vería libre, en adelante, de tan cruel enemigo.

Francisco bajó de su caballo y, cortando una por una las siete lenguas de la bestia, las envolvió en el pañuelo de la Princesa y las guardó en su pecho.

Mientras tanto la Princesa, que había presenciado el terrible combate y que a cada momento le parecía ver a su defensor triturado en las fauces del fiero monstruo, presa del mayor terror, enmudeció—y cuando el joven, ya vencedor, corrió hacia ella para subirla a su caballo y conducirla a la ciudad, no pudo articular ni una palabra y hubo de limitarse a manifestarle su gratitud por medio de señas.

El joven dejó a la princesa en las puertas de la capital y, prometiéndole que volvería en tiempo oportuno, se despidió y fué a alojarse en una choza abandonada que se levantaba no muy lejos y cerca de la cual había agua y pasto en abundancia para su caballo y pesca y caza para él y su perro.

En el mismo día en que se efectuó el combate, un negro, que el cocinero del rey ocupaba en acarrear leña de la montaña, tropezó con el Culebrón, que yacía en tierra todavía caliente, pues no hacía mucho que había sido matado. El enorme peso del animal impidió al negro cargarlo, a pesar de sus fuerzas, y entonces, a hachazos, lo cortó en varios trozos, que arrojó en el carro de que se servía para conducir la leña, y llevándolo a palacio se presentó al Rey, diciéndole que acababa de matarlo y exigiéndole el cumplimiento de la promesa de que casaría a su hija con el vencedor del monstruo. La princesa había llegado pocos momentos antes; pero como había quedado muda y estaba como atontada de miedo, no se hallaba en situación de desmentir al miserable negro.

Como parecía evidente que el negro había sido el matador del Culebrón, y palabra de Rey no puede faltar, concedió el Rey al negro la mano de la Princesa y se convino en que, en unos quince días más, cuando la Princesa hubiera salido del estado de inconsciencia en que se encontraba, se celebraría la boda.

Pasaron los días y aunque la Princesa no recobró la palabra, se prepararon los festejos para la celebración del matrimonio. Las fiestas debían comenzar con una gran comida, a que asistiría toda la corte. La Princesa estaba desesperada, pero como no podía hablar, a pesar de los esfuerzos que hacía para explicar por medio de gestos la impostura del negro, no pudo darse a entender.

Llegó el día del banquete, y el hijo del pescador, que estaba en autos de todo por lo que se decía en la ciudad, cuando fué la hora de la comida, ordenó a su perro que, sin que nadie lo viera, arrebatara al negro su plato. El perro ejecutó la orden por dos veces seguidas, sin ser visto; el negro, creyendo que algunos de los servidores adrede le sacaba los platos ante de tocarlos, formó grande alharaca y se armó el alboroto consiguiente. La tercera vez, Francisco mandó al perro que se dejara ver; y al ser sorprendido en el acto de robar el plato al negro, el Rey ordenó a sus guardias que lo siguieran y trajeran a su presencia al amo del perro.

Cuando llegaron a la choza en que el joven se hospedaba, el capitán de la guardia le intimó orden de seguirlo, pero Francisco dijo que sólo iría si lo iban a buscar en coche, porque él era quien debía estar en la mesa sentado al lado de la Princesa en lugar del horrible negro, que no pasaba de ser un impostor; que se le llevara ante el Rey no en calidad de preso, sino en la forma que indicaba y probaría palmariamente lo que acababa de decir.

Volvió el capitán con el mensaje ante el monarca y a pesar de las protestas del negro, con gran contento de la Princesa y de las damas y señoras de la corte dispuso el Rey que trajeran al joven en coche, como él lo pedía, para oir sus alegaciones.

Al entrar Francisco en la sala del convite, llamó la atención de los circunstantes, por su varonil hermosura y por su cortesanía. Pidió permiso al Rey para hablar y, concedido que le fué, preguntó al negro si las cabezas del Culebrón (que aún se conservaban como recuerdo y permanecían expuestas a la admiración del público), estaban completas cuando las había traído a la ciudad. El negro contestó que estaban completas; pues él nada les había sacado ni notó que nada les faltara; que después de terminado el combate que había sostenido con la fiera, se había limitado a cortar con su hacha el cuello principal del animal. Francisco pidió entonces al Rey y a todos los presentes que tomaran nota de lo que acababan de oir, y tornó a preguntar al negro:

—¿Estás seguro de que nada les faltaba? ¿Todas tenían sus dos ojos, sus dos orejas, su lengua?

—Supongo que todas las tendrían, porque, como he dicho, yo nada les saqué.

—De manera, repuso el joven, dirigiéndose al Rey, que si yo tuviera en mi poder o los ojos, o las orejas, o las lenguas del Culebrón, ¿sería yo el matador del monstruo? Ya que después que le trajeron a palacio yo no habría podido sacárselos, pues si lo hubiese tentado, me lo habrían impedido los guardias que, según he oído, lo han custodiado día y noche.

—Así es—contestó el Rey.

—Así es—murmuraron los que estaban en la mesa.

—Pues bien, aquí están las siete lenguas del monstruo, que yo corté después de matarlo, y envolví en este pañuelo con la cifra de la Princesa, que ella misma me entregó antes del combate. Con esto queda comprobado que el negro es un miserable embustero que no hizo otra cosa que dividir el cadáver del monstruo que yo había dejado abandonado mientras conducía a la princesa a la ciudad; y a mayor abundamiento, he aquí un anillo que también ella me obsequió y que si su Majestad me permite colocaré en la mano de su antigua dueña.

A una señal de asentimiento que el Rey hizo, Francisco se acercó a la Princesa, y en cuanto el joven colocó el anillo en su mano, la gentil niña recobró el habla y exclamó:

—¡Padre, este es mi salvador; él es el verdadero matador del culebrón!

El Rey ordenó a la guardia que en el acto sacaran al negro de la sala y lo despeñaran desde la cumbre de un cerro muy alto, que servía para ajusticiar a los criminales; y a Francisco que se sentara al lado de la Princesa, que desde ese momento pasaba a ser su prometida.

La fiesta, que había comenzado en medio de la mayor tristeza, pues la vista del negro los tenía a todos desazonados, se tornó en francamente alegre y terminó con la celebración del matrimonio del hijo del pescador con la princesa.

Cuando los novios estuvieron en sus habitaciones, el joven se asomó casualmente a una ventana y vió que a la distancia se elevaba una gruesa columna de humo rojizo.

—Parece que hay un incendio—dijo Francisco a la Princesa.

—No es un incendio—le contestó ella;—es el humo de la fogata que todas las noches encienden en el castillo de la «Torderás, irás y no volverás».

—¡Qué nombre más raro tiene ese castillo!

—Se llama así porque el que a él va, no vuelve.

—Pues no le valdrá a ese castillo el nombre de la «Torderás, irás y no volverás», porque yo iré y volveré.

La princesa rogó con insistencia a su marido que no fuese, que no se expusiera al peligro, pero Francisco le contestó:

—Si triunfé del Culebrón que tanto daño causaba al reino, ¿por qué no venceré los peligros que en el castillo puedan presentárseme?

Y saliendo de las habitaciones, se fué a la caballeriza y sin más compañía que su fiel perro partió a la luz de la Luna.

Aquel humo rojizo que aparentaba estar no muy distante del palacio, parecía alejarse a medida que el joven avanzaba hacia él; y sólo en la mañana, después de una marcha continua de la noche entera, logró él acercarse al castillo. Pero ojalá nunca hubiera llegado hasta ahí, porque no bien se encontró en ese sitio, comenzó a salir, como si del suelo brotara, una muchedumbre de viejas horribles, que lo rodearon y que dándose fuertes tirones de la cabellera, se arrancaban pelos que arrojaban al intruso que iba a turbarlas en su reposo. Al principio nada ocurrió, pero en el mismo instante que uno de los muchos pelos de las viejas, que flotaban en el aire, tocó a Francisco, tanto éste como su caballo y su perro se convirtieron en piedras.

Volvamos ahora a casa del pescador, que ya es tiempo.

Desde que Francisco salió de casa de sus padres, ni éstos ni el hermano que quedó con ellos habían tenido noticias suyas. Se consolaban de la ausencia del deudo querido visitando diariamente el naranjo que había nacido al mismo tiempo que él, de uno de los costados del pescado, y que a él le había correspondido. Viéndolo y cuidándolo, les parecía estar con Francisco.

Un día el árbol que hasta entonces había crecido esbelto y lozano, amaneció mustio, con las hojas amarillas, como si estuviera a punto de secarse. Al verlo en este estado, Domingo, gemelo de Francisco, dijo a sus padres:

—A Francisco debe haberle ocurrido alguna desgracia, porque su naranjo ha amanecido enfermo. Si me dan permiso, salgo inmediatamente en su socorro.

Bendijéronle sus padres; y ciñéndose la espada, montó en su caballo y partió a la carrera, acompañado de su perro, hasta llegar a la misma ciudad a que había arribado su hermano.

La primera persona a quien encontró fué aquella viejecita que contó a Francisco la historia del Culebrón. Domingo la saludó cariñosamente y le preguntó por las últimas noticias que circulaban en la ciudad. La viejecita le refirió cómo un joven muy parecido a él, casi igual, que había llegado días antes había librado a la Princesa y al reino del Culebrón; el matrimonio del joven con la Princesa y la desaparición del novio; todo sin omitir detalle ni circunstancia de interés.

Por los datos de la anciana, no dudó Domingo que el desaparecido era su hermano, y para averiguar mejor las cosas, se dirigió al palacio. Los guardias creyeron que era el esposo de la Princesa y lo dejaron pasar. La Princesa también creyó que era su marido y lo recibió con mucha alegría.

—¿Qué te habías hecho en estos tres días?—le dijo—Creía que te había acaecido alguna desgracia: que el caballo te hubiera arrojado, que te hubieran asesinado...

—Por suerte, hija, no me ha pasado nada serio; me extravié y me costó mucho dar con el camino; pero, dime: ¿qué es ese humo rojizo que se divisa a lo lejos?

—Pero, hijo, ¿qué se te ha hecho la memoria? ¿No te acuerdas que te dije la otra vez, en la noche de nuestro casamiento, que ese humo salía de la «Torderás, irás y no volverás»? ¿Y que, efectivamente, el que iba a él iba pero no volvía, y que, a pesar de mis súplicas, montaste en tu caballo y te fuiste?

—Ciertamente, ahora me acuerdo; pero, como acabo de decirte, me extravié. Sin embargo, iré de nuevo y volveré.

Domingo comprendió, por la conversación anterior, que a su hermano le había sucedido algo grave en su expedición al castillo, y se propuso salvarlo. Se despidió de la princesa con un «hasta luego» y, montando en su caballo, partió en dirección al castillo, seguido de su perro.

Al amanecer llegó a inmediaciones del castillo, y vió como salían las horribles viejas a estorbarle el paso, y como le tiraban los cabellos que se arrancaban de la cabeza; y adivinando con qué fin lo hacían, desenvainó la espada, clavó espuelas al caballo y arremetió contra las brujas. Tanto menudeó los golpes y con tanto acierto, que en pocos minutos no quedó en pie sino una de las arpías.

Iba Domingo a matarla, pero ella se arrodilló suplicante, y le dijo:

—¡Perdóname la vida, señor, y te devolveré a tu hermano, que está encantado!

—Está bien—le dijo Domingo—no te mataré, pero desencantarás no sólo a mi hermano, sino a todos los demás que estén encantados en este castillo maldito y en sus dependencias; e inmediatamente después saldrás de este país para no volver más a él, so pena de la vida.

La vieja cortó una varita de un árbol que estaba allí cerca y con ella fué tocando una por una las piedras diseminadas en el suelo y, a medida que las tocaba, se convertían en gallardos mancebos, montados en briosos caballos. Una vez que no quedaron piedras, la vieja hechicera, seguida siempre de Domingo, armado de su espada, penetró en el castillo, desde cuya puerta se divisaban interminables galerías de estatuas de mármol que representaban bellísimas niñas: unas de pie, otras sentadas, otras de rodillas, etc. También las fué tocando la vieja con la varita, y en cuanto sentían su contacto, se animaban y descendían de sus pedestales. Eran las numerosas jóvenes que el Culebrón, en vez de devorarlas, como todos lo creían, llevaba al castillo, en donde eran transformadas en estatuas por las hechiceras.

Francisco y Domingo se abrazaron cariñosamente, y sin pérdida de tiempo emprendieron marcha a la ciudad, seguidos de los innumerables jóvenes de uno y otro sexo recientemente desencantados, que entonaban loores a su libertador.

Llegaron a palacio y Francisco contó al Rey y a la Princesa las peregrinas aventuras que les habían acaecido.

Al día siguiente se celebró el fausto acontecimiento con un gran banquete, al que concurrió toda la familia real y los jóvenes salvados por Domingo. El fué, naturalmente, el héroe de la fiesta, y a cada momento se le aclamaba.

Invitado por el Rey a que escogiera la que más le agradara para esposa, entre las jóvenes salvadas por él mismo, todas las cuales eran de sangre real, fijó su atención en una que descollaba entre todas por su aspecto dulce y modesto. Era prima de la princesa, mujer de su hermano, y muy querida del Rey y de ella.

Con ella se casó y fijaron su residencia en el antiguo castillo de la «Torderás, irás y no volverás», el que, libre de la maléfica influencia del Culebrón y de sus servidoras, se había transformado en una espléndida mansión. Domingo le cambió el fatídico nombre con que era conocido, por el de «Castillo de la Torderás, si a él vas, contento volverás»; y en efecto, quien lo visitaba salía plenamente satisfecho de la magnificencia con que era atendido por sus dueños.

Francisco y Domingo no olvidaron a sus padres en la prosperidad: los llevaron a su lado y los honraron como buenos hijos. Dios los premió, haciéndolos felices hasta el fin de su vida, que fué larga y se deslizó dulcemente, sin penalidades ni contratiempos.

Y aquí se acabó el cuento, y se lo llevó el viento, y se entró por la puerta de un convento; los frailes, que lo oyeron, quedaron muy alegres; los mochos y sirvientes se cayeron de contentos.

19. EL COMPADRITO LEÓN, POTITO QUEMADO

(Contado por Beatriz Montecinos, de Talca, de 50 años, en 1911).


Este era un Rey muy rico, que tenía un Monito muy ladrón, y el monito iba todas las noches a robarle charqui para comérselo con sus amigos.

Un día fué el Rey a la bodega para ver cuanto charqui le quedaba porque lo iba a vender al día siguiente. El Rey, al entrar a la bodega, se cayó de espaldas del susto que le dió porque encontró tan poquito charqui. Llamó entonces al Mayordomo y le dijo:—¿Tú has vendido charqui? El Mayordomo le contestó:—Yo no, su mercé; yo para nada he entrado a la bodega y ni siquiera he visto el charqui.

El Rey se puso a contar el charqui para ver si en la noche se lo iban a robar; una vez que contó los líos, llamó a sus mozos y les mandó que toda la noche hicieran ronda por la orilla de la bodega y pudieran pillar al ladrón, advirtiéndoles que a la mañana siguiente vendría a saber lo que había pasado.

Los pobres mozos casi se murieron de frío en la noche, y no vieron a nadie.

Al otro día tempranito fué el Rey a preguntar si habían visto al ladrón. Los mozos le contestaron que no habían visto a nadie. Entonces llamó al Mayordomo, entró con él a la bodega, contó de nuevo el charqui y vió que le faltaban muchos líos.

Enojado como un diablo, porque creía que el Mayordomo era el ladrón y se estaba haciendo el leso, le dijo:—Te doy de plazo dos días para que pilles al ladrón, y si en los dos días no lo has pillado, con tu cabeza pagarás el charqui que se ha perdido. Y se fué dejando todo afligido al pobre Mayordomo.

Cuando el Mayordomo se quedó solo, se puso a decir:—¡Buena cosa, que mi amito sea tan injusto conmigo, cuando yo ni malicio quien pueda ser el ladrón!

Cansado de tanto pensar el pobre hombre, se le ocurrió ir donde una vieja bruja que tenía pacto con el diablo, para pedirle consejo.

Se fué donde la vieja y le contó todo lo que le había pasado y lo que el Rey le había dicho. La vieja le dijo que no fuera miedoso porque nada le pasaría.—“Váyase a la casa—le dijo—recoja hartas chamisas y haga una fogata bien grande adentro de la bodega y se fija bien por donde sale el humo y viene a avisármelo”.

El Mayordomo se fué contento porque ya el Rey no mandaría cortarle la cabeza. Agarró las chamisas y les atracó fuego. Ligerito vió el humito que salía por un portillito que había en un rincón. Al tirito se fué donde la vieja y le dijo que el humo salía por un portillito que había en un rincón. Entonces la vieja le dijo que hiciera un mono de liga y le pusiera en las manos una baraja y pusiera una mesa con harta plata en un lado y una vela encendida en el otro, y que todo lo arreglara muy bien y lo pusiera frente al portillo y volviera al otro día.

El Mayordomo se fué e hizo todo lo que la vieja le había encargado.

Después que dejó todo arreglado, se fué dejando bien cerrada la bodega.

En la noche llegó mi buen Monito, que se entraba por el portillito, y vió al compañero con la baraja en la mano y con tantísima plata en la mesa que llegó a saltar de gusto, porque decía:—«Esta noche le gano toda la plata y me voy a remoler donde mis chiquillas con plata y con harto charqui».

Entró como de costumbre, y le dijo al otro mono:

—Ya estoy aquí, compañerito de mi alma; vamos a rifar quien talla.

Y agarró una chaucha y la tiró para arriba diciendo:

—¿Cara o sello? Sello! te tocó a ti; ya está; principia.

Y como el mono de liga estaba quieto, el Monito le dijo:

—Contra na estáis enojado, porque si no me jugáis, te quito la plata y te pego.

El Monito viendo, que la hora se pasaba y el otro no jugaba, le quitó la baraja y se puso a tallar él. Luego tiró dos cartas y le preguntó:

—¿A cuál vay vos?; y el otro mono callado.

Le dijo entonces:

—Bueno, ya que no querís escoger, escogeré yo; te apuesto cien pesos a la sota de oro; y el otro mono, callado.

El Monito tiró y ganó, y siguió jugando hasta que le ganó todita la plata al otro. Después dijo:

—Me teníay que dar más plata, todavía, porque me habís quedado debiendo; y el otro mono callado.

Y le ha dado tanta rabia al Monito porque el otro no le contestaba ni le hacía caso, que le dijo:

—Ya que vos no me pagáis, yo te pagaré; y le endilgó un puñete tan fuertazo que lo botó de la silla.

Quedó el Monito pegado de la mano derecha. Entonces le dijo al mono de liga:

—Si no me soltáis, te mando otro puñete, cosa que te haga escupir tachuelas. Y el mono callado.

Le mandó entonces otro puñete, y se quedó pegado de la mano izquierda. Después le dijo:

—Si no me soltáis, te mando una patá que te hago estornudar pejerreyes.

También le mandó la patada y también quedó pegado de la pata derecha.

Después le largó una patada con la pata izquierda, y se quedó pegado de esta pata.

Después le lanzó un colazo, y quedó pegado de la cola.

Después le mandó un guatazo, y se quedó pegado de la guata.

Ya no le quedaba libre más que la cabeza.

Entonces le dijo:

—Suéltame, monito lindo, te doy toda la plata que te he ganado, toda la que yo traía, y toda la que tú queray. Y el otro mono callado.

Entonces vió que era lesera rogarlo, y le mandó un cabezazo a matarlo: y también quedó pegado de la cabeza.

A todo esto venían ya las claras del día y el Monito estaba frito. Llorando estaba el Monito su desgracia y lamentándose de su suerte, cuando llegó el Mayordomo y lo vió. Entonces casi se volvió loco de gusto el Mayordomo, porque había pillado al ladrón. Más que ligerito se fué donde el Rey para avisarle que el ladrón había caído en la trampa. El Rey fué corriendo a ver quien era el ladrón, y cuando entró en la bodega se quedó abismado de ver a su Monito preso; y le ha dado toitita la rabia, que mandó que lo sacaran y lo amarraran a los castaños para que le echaran dos fondos de agua hirviendo y le metieran por el poto un barra de fierro que estuviera bien caldeada.

Sacaron los mozos al Monito y lo amarraron a los castaños y se fueron a calentar el fierro y el agua.

Cuando estaba solo el Monito, acierta a pasar por ahí su compadre León, que le preguntó:

—Qué está haciendo ahí, compadrito? Apuesto que me lo han pillado robando castañas.

Entonces el Monito le contestó:

—¡Ay compadrito, si Ud. supiera lo que me pasa, estoy seguro que no se reiría de mí sino que me salvaría!

El compadre León al oirlo hablar con tanta pena, le preguntó:

—¿Qué le pasa, compadrito?

Y el Monito le contestó:

—¡Qué malos son conmigo, compadrito! ¿a quién se le ocurre que un Monito tan chico como yo se va a comer una ternera tamañaza, y más no teniendo ni una pisquita de ganas de comer? ¿por qué, compadrito, usted que es tan bueno y es bien grande no se come la ternera y me salva a mí?

El compadre León llevaba harta hambre, porque hacía hartazos días que no probaba ni agua, así es que le dijo al Monito:

—Bueno, pero ¿qué hay que hacer?

Entonces el Monito le contestó:

—Primero me tiene que cortar las amarras, quedando usted en mi lugar. Después vendrán dos hombres a preguntarle si se come la ternera, y usted les dirá que sí, que se la come toitita. Entonces le entregarán la ternera y lo dejarán en paz con su pancita bien llena.

—Muy bien le dijo el compadre León, manos a la obra; y ligerito desató al Monito, y se puso él en su lugar para que lo amarrara.

El Monito lo amarró bien amarrado para que no se fuera, y cuando acabó de amarrarlo, le dijo:

—Adiós, compadrito León, que goce mucho con la ternera y que no se vaya a empachar.

Y se fué, dejando al compadre León bien amarrado y con la boca que se le hacía agua.

El compadre León llegaba a menear la cola de contento y no hallaba las horas que le trajeran la ternera.

Por fin llegaron los hombres con los fondos de agua hirviendo y la barra de fierro, que llegaba a venir coloradita de lo caldeada que estaba. El León creyó que la barra era el asador que había servido para asar la ternera y que a la ternera la traían en los fondos.

En cuanto llegaron los hombres le dijeron:

—¡Ah! endenantes erais Monito y ahora te volvisteis leoncito; pero esto no te servirá de nada.

El compadre León, creyendo que le preguntaban si se comía la ternera, contestó:

—¡Sí me la como! ¡Sí me la como!

—Si ya te la vais a comer, Monito diablo, le dijeron; y diciendo y haciendo, le han echado encima los dos fondos de agua hirviendo y me lo han dejado lo mismo que pollo en punto de echarlo a la cazuela; y más que ligerito y antes que el compadre León se repusiera, le han metido la barra caldeadita por el poto, y se lo dejaron lo mismito que luche.

El compadrito León, del dolor que le dió, cortó las amarras y se arrancó antes que le hicieran otra cosa peor. Se fué bramando lo mismito que un buey cuando lo marcan.

Cuando iba corriendo, le salió al camino su compadre Monito y desde lejitos le dijo:

—¿Qué hubo, compadrito León, potito quemado? ¿se comió la ternera? ¿Bueno que estaría bien rica, no?

El compadrito León potito quemado casi no podía hablar del dolor; pero se paró un ratito y le contestó:

Ya me las pagarís bien, Monito picarón.

Una vez que se mejoró el compadrito León potito quemado, se fué donde una comadre Zorra que tenía, que era el mismo diablo y veía debajo del agua, a preguntarle como haría para pillar al Monito. La comadre Zorra cuando vió a su compadre León con el poto quemado, casi se murió de la risa que le dió y le hizo muchísima burla. Después que se cansó de reir, le aconsejó al compadre León que se fuera a la orilla del río y se escondiera bien detrás de una piedra, sin hablar ni una sola palabra, porque todos los días iba el Monito a tomar agua ahí.

El compadre Leoncito potito quemado le dió las gracias, y se fué a donde la Zorra le había dicho y se escondió y esperó que llegara el Monito.

En esto estaba cuando llegó el Monito y le mereció ver la punta de la cola al compadrito León. Entonces el Monito se puso todo malicioso y antes de tomar agua comenzó a decir:

—Agüita ¿te tomaré?... Agüita ¿te tomaré?... Agüita ¿te tomaré?...

Y así siguió hasta que el compadre León se aburrió y le dijo:

—Tómame no más, Monito.

Entonces el Monito dijo:

—Yo no tomo agua que habla, porque ahí está mi compadre Leoncito potito quemado: y se arrancó antes que el compadre León lo pillara.

El compadre León salió de su escondite rabiando porque no había pillado al Monito y se fué a donde la comadre Zorra a contarle lo que le había pasado. La comadre Zorra casi le pegó al verlo tan tonto, y después que lo retó bien le dijo:

—Vaya otra vez a ponerse detrás de la misma piedra y no le diga ni una palabra, aunque esté todo un día esperando.

El compadre León prometió quedarse callado y se fué ligerito a esconderse antes que llegara el Monito y lo pillara.

Después de mucho rato llegó el Monito con un palito en la mano y se puso a decir lo mismo que la primera vez:

Agüita ¿te tomaré?... Agüita ¿te tomaré?... Agüita ¿te tomaré?... hasta que se cansó, y como nadie le contestara, se puso a tomar agua.

En esto estaba cuando el compadre Leoncito potito quemado pegó un salto y me lo pescó al Monito de una mano. El Monito, todo afligido, le dijo:

Mire, compadrito, perdóneme por esta vez,—y el de León no le hacía caso.

—Bueno, compadrito, ya que no me perdona, no me agarre de esa manito porque la tengo enferma; agárreme esta otra.

El compadre fué a agarrarle la otra mano; pero en vez de la mano le agarró el palito que le alargó el Monito. Donde el Monito, en cuanto se vió libre, se arrancó gritando:

—¡Buena cosa, mi compadre Leoncito potito quemado! por agarrarme la manito me agarró el palito.

El compadre León agarró el palito y lo hizo pedacitos, jurando y perjurando porque el Monito había vuelto a hacerlo leso.

Otra vez se fué donde la comadre Zorra.

La comadre, al saber lo que había pasado, agarró una varilla y le sobó el lomo al compadrito León para que se le quitara lo pavo. Después que le dió unos cuantos varillazos, le dijo:

—Váyase a la mata de palma donde el Monito va a almorzar, por detrás de los sauces para que así no lo vea, y no le haga caso de nada, y lleve un buen cordel para que lo traiga amarrado.

El compadre León le dió las gracias a su comadre Zorra y le prometió seguir su consejo al pie de la letra.

Desde arriba de la palma divisó el Monito al compadre León, que venía haciéndose el lesito, y se puso a gritarle:

—Compadrito León potito quemado, ¿por qué no se sube a la palma a comer coquitos conmigo? ¡mire que están muy ricos! Al León se le hacía agua el hocico y ya le parecía que estaba comiendo coquitos; pero se acordó del encargo de su comadre Zorra y de los varillazos que le había dado, y le contestó al Monito:

—No quiero cocos, a comerte vengo.

Pero el Monito le dijo:

—Suba no más, compadrito, después que comamos coquitos me come a mí. Tíreme una punta del cordel y usted se amarra de la otra a la cintura y yo lo subo.

Ya se estaba haciendo tarde, así es que el compadre León, de puro aburrido que estaba, hizo lo que el Monito le indicaba: le tiró el cordel y él se amarró bien a la cintura. El Monito le decía:

—¡Ay compadrito! ¡cuántos coquitos se va a comer, y después me comerá a mí!

Mientras el León iba subiendo, el Monito se iba bajando. Cuando el compadre León iba a llegar arriba, vió que el Monito estaba abajo. Lleno de rabia le dijo:

—¡Ah, pícaro! me habís engañado! pero me las tenís que pagar no más!;—y ya se iba a bajar, cuando le dice el Monito:

—Ya está frito mi compadrito León potito quemado; y lo amarró bien firme a la palma, dejando al pobre Leoncito colgado.

El Monito principió a hacerlo rabiar, diciéndole que era un tonto, que ya lo había hecho leso tres veces y todavía no escarmentaba y que para celebrar la diablura que había hecho se iba a robar más charqui.

El compadre León ya estaba desesperado porque nadie lo sacaba, sino que, al contrario, pasaban y le hacían burla como un diablo.

En esto pasó su comadre Zorra y lo vió y en vez de apurarse en sacarlo, lo principió a retar. El compadre León le pedía perdón diciéndole que ya no iba a ser más tonto. Entonces la comadre Zorra lo perdonó, y por librarlo más luego, cortó el cordel; donde el pobre León, hijito de mi alma, casi se mató del costalazo que se dió.

La comadre Zorra, después que lo retó otra vez bien retado, le dijo:

—Mire, compadre, fíjese bien en lo que le voy a decir, porque si no hace lo que yo le digo, yo misma le doy la contra. Váyase a la cueva de la bruja que está detrás del cerro del Palomo, y ahí me pilla al Monito con toda seguridad, porque ahí va todos los días a machacar el charqui. Y adiós, compadre, no se le olvide lo que le digo, y no vaya a ser cosa de que vuelva a meter la pata otra vez.

El compadre León potito quemado se fué a donde la Zorra le había dicho. Cuando llegó a la cueva, pilló adentro a mi buen Monito, machacando charqui. El compadre Leoncito se paró en la puerta y le dijo:

—¡Ah Monito pícaro, al fin te voy a matar, después de tanto tiempo que te has reído de mí!

El Monito, sin afligirse ni apurarse, le dijo:

—¡Buena cosa, compadre, que usted se moleste tanto por mí, cuando yo estaba pensando ir ahora mismito a verlo para pedirle perdón!

—Pícaro, le dijo el León ¿todavía no estáy contento con lo que te hay reído de mí? pero ya no te reirís más, porque tu fin ha llegado. Reza el acto de contrición.

Entonces el Monito le dijo:

—Bueno; ya que viene tan guapo, sírvase un pedacito de charqui, que está muy rico.

—No quiero—le contestó el León;—el único charqui que voy a comer eres tú; así es que prepárate.

—Bueno—le dijo el Monito;—pero como todos los reos que están en capilla tienen derecho de pedir y que se le conceda una gracia, yo pido que para que mi compadre León me coma mejor, me deje acabar este charqui, y después, para que yo no sufra tanto, usted abre la boca y cierra los ojos, y yo me tiro de cabeza dentro de su hocico. Pero, mi compadrito Leoncito ¿por qué no me perdona mejor? si todo lo que le hey hecho ha sido pura broma, por juar no más, y para ver qué cara ponía!

Aburrido ya el León de tanta lata y pensando que se le podía escapar, le dijo:

—Ya te has comido todo el charqui y te he concedido todo lo que tú querías, así es que te espero.

El compadre León se sentó en la puerta, y el Monito le dijo:

—¡Ya voy!

Entonces el compadre León abrió la boca y cerró los ojos; pero el pobre León no contaba con lo que le iba a pasar: el Monito tomó la piedra en que estaba machacando el charqui y se la zumbó en toita la cabeza, haciéndosela pedacitos.

El Monito, contento de su obra, se puso a bailar de gusto, y quiso conservar un recuerdo de su compadrito León, que tanto y con tan poca suerte lo había perseguido. Agarró un cuchillo y se puso a descuerarlo. Cuando ya acabó de sacarle el cuero, lo puso al sol para que se secara. Al otro día volvió y como lo encontró seco, se puso a hacer un lazo con el cuero del pobre Leoncito. Cuando acabó de hacerlo, se puso en la puerta a bornearlo para ver cómo le había quedado. En esto estaba, cuando pasó la Zorra y le dijo:

—Qué bonito tu lacito, Monito; ¿querís que lo probemos?

—Métele—le dijo el Monito.

Después de pensar como lo habían de probar, el Monito le dijo:

—Nos tiramos el lazo una vez cada uno, y el que caiga primero tiene que servir de caballo al otro.

—Pero yo lo tiro primero, por ser más grande que tú, le dijo la Zorra.

—Bueno—contestó el Monito—pero desgraciada de ti si no me lo apuntas.

La Zorra agarró el lazo y se puso a bornearlo mientras el Monito se preparaba para pasar:

—Ya está—le dijo la Zorra;—y el Monito pasó como un diablo sin que la Zorra lo pillara.

—¡Estay frita, Zorrita; tú en mis lazos caerís y mi yegüecita serís!

Cuando ha pasado la Zorra y el buen Monito le ha echado el lazo medio a medio de la guata; el Monito le dijo:

—¡No te lo decía yo! Ahora te voy a ensillar y por los potreros saldremos a andar.

Se arregló una monturita con los pedazos de cuero que le habían sobrado y las echó el buen Monito a caballito en la Zorra.

La Zorra iba toda rabiosa porque la habían cazado; pero dijo:

—¡Ya me las pagará el Monito de miéchica!—y lo llevó por unos potreros donde había muchos campesinos.

El Monito como iba diciéndole:—Puchas que me ha salido rica la potranquita,—no se fijó por donde lo llevaba.

Cuando los campesinos vieron a la Zorra, creyeron que se iba a comer las gallinas y le echaron los perros. La Zorra se arrinconó a la orilla de la zarzamora; pero como vió que no estaba segura porque los perros ya se la comían, miró para un lado y otro a ver si había por donde arrancar; y ha merecido ver un portillito, hijito de mi alma, pues, y las ha envelado como un diablo dejando al pobre Monito encajado en la zarzamora, donde lo pillaron los perros y se lo comieron sin dejar ni tampoco un huesito ni para un remedio.

La comadre Zorra, del susto que lleva, está corriendo todavía; y colorín colorado, el cuento está acabado, y pase por un zapatito roto para que usted me cuente otro.

20. EL MIÑACO

(Beatriz Montecinos)


El cuento que sigue, contado por la misma Beatriz Montecinos, es una variante de la parte final del que acaba de leerse.


Esta era una viejita que tenía un hijo, muy chiquito, pero muy habilosazo y se llamaba Miñaco. Un día le dijo a la madre que iba a buscar empleo y se fué adonde un León que tenía barra para poner a los presos, y entonces estaba la Leona cuidándolos, y se fué a hacer el trato adonde don Leonardo, que era el León, y le dijo que lo tomaba para irle a dejar el almuerzo y la comida a la Leona. De tanto viaje, ya se aburrió y dijo que iba entonces a matar a la Leona, para no ir más.

Como dos días se estuvo previniendo, machacando ají, pimienta y sal y de otras cosas fuertes para matar a la Leona.

Entonces, un día, cuando ya no había ningún preso, preguntó que para qué era esa barra; le contestó la Leona que para poner a los hombres malos que hacían robos, muertes o salteos. La Leona le dijo que pusiera el pie y entonces le dijo el Miñaco que ella lo pusiera primero para aprender como ponían a los presos, y la Leona le puso el pie.

Una vez puesto el pie la Leona, el Miñaco le puso llave a la barra y le dijo que hiciera empeño a salirse. Hizo empeño la Leona a salirse. Entonces el Miñaco le dijo:

—¡Ay por Dios, pues!, esto ya no lo voy a hacer nunca; pero lo que tengo pensado de hacer no dejo de hacerlo; y mete las manos a los bolsillos y le planta el ají en los ojos, en la boca y en el poto, y se fué. La Leona, de tanto costalearse, y presa, se murió.

Y viendo que el Miñaco no volvía, el León se puso en acuerdo por qué no llegaba, y salió a buscarlo y no lo encontró por ninguna parte, hasta que llegó allá donde estaba la Leona y la encontró muerta. Entonces no hizo empeño a sacar la Leona sino a buscar al Miñaco para agarrarlo y matarlo luego. Entonces ya cuando lo alcanzó, dijo el Miñaco:—«¿A dónde me meto?» No tuvo más tiempo que para arrancar y meterse en una cueva de hormigas ¡Miren Uds. dónde se metió!, así por que el León no hallaba a quien dejar cuidándolo, y andaba por casualidad un Jote amigo y lo llamó el León y le dijo:

—Mire, amigo, venga, cuídeme aquí—le dijo—mientras voy a la casa a buscar una barreta.

Mientras que el León fué, el Jote no sabía a quien tenía dentro. Empezó a mirar el Jote para adentro a ver quien era y el Miñaco vino entonces y agarró un puñado de tierra, se la tiró a los ojos al Jote y arrancó. Cuando llegó el León, halló al Jote ciego y le dijo que se fuera y siguió al Miñaco.

A mucho que había andado, lo volvió a alcanzar. Entonces el Miñaco corrió a unos álamos que habían muy lejos y muy altos para subirse arriba y que el León no lo alcanzara, y decía:

—Si el tío Leoncito me alcanza, me come no más, por la maldá que le hey hecho, que no ha sio chica.

Cuando ya llegó el León, subió para arriba también a ver si lo podía alcanzar y caía para abajo.

Entonces dijo el Miñaco: «Esto está malo; el tío Leoncito me alcanza y me come,»—y quebró un gancho del mismo álamo, y como era habiloso, el León que iba a estirar la mano para pescarlo, y el Miñaco le pegó un palo en la mano con que estaba pescado y cayó el León, y quedó solo la bolsa.

Entonces dijo el Miñaco «Ahora sí que estoy bien puesto,» y se bajó y del cuero del León muerto hizo montura y riendas y salió con ellos al hombro.

En una de éstas iba atravesando una Zorra por el camino y le dijo la Zorra:

—¿Para dónde vas, Miñaco, con esa montura al hombro?

Le dijo que la ensillara a ella; y entonces le dijo el Miñaco que no la ensillaba porque lo volteaba. Hasta el último ya la ensilló, y salió a caballo en ella, pero le salió un poco brincadora.

Entonces la Zorra le dijo:

—Mira, Miñaco, ¿por dónde nos vamos? por el camino pueden venir algunos y nos corren; vámoslos por adentro de este potrero. Y tocó la desgracia que venían tres cazadores con tres galgos y uno de ellos vió al Miñaco que iba a caballo de una Zorra; entonces dijeron que les iban a animar los galgos pa divertirse con el Miñaco un poco; y los animaron. La Zorra le dijo entonces:

—¡Miñaco, por Dios! ¿qué vamos a hacer? ahora tenimos que arrancar firme; agárrate bien Miñaco, déjate caer para mi cogote y agárrate bien, que yo voy a correr a todo escape;—y empezó a correr orillando la cerca, hasta que hallaron un agujero por donde salirse. Entonces ella pasó, y el Miñaco quedó abierto de piernas en el portillo y pasaron por entremedio de él los galgos; y viendo que ya habían pasado y sintiendo perder su montura le gritó a la Zorra:

—Señora, los estribos no más le encargo.

Entonces los galgos, cuando oyeron esto, volvieron para atrás y se lo comieron. Y la Zorra se libró y se llevó la montura; y se acabó el cuento y se lo llevó el viento y pasó por una mata de porotos para que Ud. cuente otro.

21. CHILINDRIN Y CHILINDRON

(Referido en 1917, por Anastasio Puga, de 92 años, natural de Guacarhue.)


Han de saber que había una vez en el Norte un ladrón famoso, tan ladino y sutil para hacer sus robos, que nunca pudo probársele ninguno, no obstante que, en muchos casos, faltó poco para pillarlo con las manos en la masa, como se dice. Su nombre era Chilindrín.

La fama de este ladrón corrió por todo el país y llegó a noticias de Chilindrón, otro ladrón, también de fama, que había sentado sus reales en tierras del Sur. Y como tanto se hablara de sus hazañas y con tan vivos colores las pintaran, Chilindrón deseó vivamente conocerlo, cultivar su amistad y pedirle lo nombrara su segundo, si resultaba cierto lo que de él se decía, que lo superaba y le daba ciento y una en el difícil y arriesgado arte que ambos ejercitaban. Y se puso en camino para ofrecerle sus servicios.

Pero, por el mismo tiempo, la fama de Chilindrón, desbordando del campo de sus fechorías, atravesó el centro del país y llegó al Norte; y sus aventuras, revestidas del ropaje de lo maravilloso, infundieron en Chilindrín el deseo vehemente de conocer a Chilindrón y ponerse a sus órdenes, si no mentían los que relataban sus fechorías. Y montando en su caballo, partió para el Sur. En ese tiempo no había trenes en el país, ni los caminos eran buenos, así es que uno y otro demoraron largo tiempo para arribar a las cercanías de la capital. Pero al fin de muchas peripecias y fatigas y de largos días de marcha, llegó Chilindrín a un tupido bosque que crecía en una llanura no distante de la ciudad, y desmontándose del caballo, se sentó en el suelo a descansar, apoyada la espalda en un frondoso roble.

Poco después llegó Chilindrín al mismo sitio, y sin bajarse del caballo, saludó al que descansaba:

—Buenos días, mi amigo, ¿durmiendo la siesta?

—No, amigo; espero solamente que pase el calor para continuar viaje al Sur.

—Pues yo voy al Norte, y si a usted no le parece mal, bajaré de mi caballo, y mientras llega la tarde, pitaremos un cigarro y echaremos un párrafo para acortar el tiempo.

Y descendiendo de su cabalgadura, se sentó al lado del otro, y dijo:

—¿Querrá creer, compañero, que hace ya veinte días que marcho sin descansar? Y quizás cuánto me falte todavía para dar con el que busco!

—¿Y se puede saber tras de quién anda? si no es indiscreta la pregunta.

—Indiscreta no, pero usted sabe que las paredes tienen oídos y los matorrales ojos; mas, como usted me inspira confianza, le diré al oído que a quien busco es al famoso ladrón Chilindrín, que me dicen es el número uno para robar.

Y todo esto se lo dijo muy quedo, muy quedito, casi pegada la boca a la oreja de su interlocutor.

—Pero, amigo, si soy yo Chilindrín, que he dejado mis canchas para conocer a Chilindrón, de quien cuentan maravillas y no acaban.

—Y yo soy Chilindrón, amigo de mi alma.

Y ambos ladrones se abrazaron efusivamente.

Conversaron un buen rato, hasta alentar la confianza; y después de reposar un momento, entablaron este diálogo, comenzando Chilindrón:

—Compañero, no se imagina usted qué gustazo tendría yo si lo viera ejecutar una de sus hazañas.

—Y yo diera lo que no tengo por verlo hacer a usted una de las que tanto renombre le han dado.

—Comience usted, hermanito, que viene del Norte.

—Aunque esta no es una razón para que yo comience, empezaré yo. ¿Ve ese nido de águila que está en la copa de este mismo roble? El águila está echada en él y yo le voy a robar los huevos sin que me sienta.

Y escupiéndose las manos Chilindrín, con la suavidad y el tiento de un gato subió por el tronco, y tan bién lo hizo, que no se sintió ni el menor ruido.

Chilindrón esperó que Chilindrín fuera por la mitad del tronco, y entonces, imitando a su flamante amigo, se escupió también las manos, y subió tras él, sin ser sentido.

Cuando Chilindrín llegó a lo más alto del árbol, con mucho tino metió la mano en el nido, y sin que el águila se diera cuenta de lo que pasaba, retiró un huevo y se lo metió en el bolsillo. Pero Chilindrón, que ya había llegado hasta donde estaba Chilindrín, con el mismo tino y suavidad que éste, metió la mano en el bolsillo de su amigo, y sacándole el huevo recién robado, lo guardó en su propio bolsillo.

Y esta operación se repitió por cuatro veces, pasando los huevos del nido al bolsillo de Chilindrín y del bolsillo de Chilindrín al de Chilindrón, sin que el águila ni Chilindrín advirtiesen las jugadas que se les hacían.

E inmediatamente de guardarse el cuarto huevo, Chilindrón se deslizó por el tronco y con aire de afectada curiosidad se puso a mirar como bajaba el famoso ladrón nortino, a quien, en cuanto puso pie en tierra, preguntó:

—¿Y cómo le fué, compañerito? ¿Lo sintió el águila?

—Ni siquiera se meneó, compañero. Aquí traigo los huevos.

Y Chilindrín metía las manos en sus bolsillos, las pasaba de uno a otro, se palpaba todo el cuerpo, y, no encontrando nada, exclamó:

—¡Caramba! ¿dónde los he metido? ¿qué se han hecho?

—No busque más, compañero,—le dijo Chilindrón,—aquí están los huevos que usted le robó al águila y que yo se los iba robando a usted a medida que usted los guardaba en sus bolsillos. Donde hay uno hay otro, y nunca falta un roto para un descosido, y para un Chilindrín aquí tiene usted un Chilindrón.

—¡Vengan esos cinco jazmines, compañero! Usted es más diablo de lo que yo me imaginaba, y con usted me ha salido el futre. Juremos ser hermanos en adelante y vivir y trabajar juntos, y entonces ¿quién podrá nada contra nosotros?

Y con un apretón de manos sellaron el pacto de vivir unidos y marchar siempre de acuerdo.

Nuestros dos ladrones se establecieron en las afueras de la capital; y como necesitaban de una persona que los cuidara en caso de enfermedad y atendiera a los menesteres de la casa, acordaron que Chilindrín se casaría con una hermana joven y bien parecida que Chilindrón tenía en el Sur y que hicieron venir.

Se casó, pues, Chilindrín, y todo marchaba a maravilla, pues los dos amigos, con sus robos, se daban toda clase de comodidades.

* * *

Gobernaba en ese entonces el país un Rey muy rico, que había recibido de sus antepasados una enorme fortuna, que él, por su parte, había acrecentado prodigiosamente. Las joyas, alhajas y monedas de oro que componían esta fortuna, formaban grandes montones que se guardaban en una elevadísima torre construida especialmente para este objeto, a los pies del palacio, y la cual visitaba el Rey el día primero de cada mes.

Nuestros ladrones, que oyeron hablar de estas riquezas, se propusieron robarlas, y para el efecto, una noche, pasando por los techos de unas casas a otras, llegaron hasta la torre, y como si fueran lagartijas, se pegaron a la muralla y subieron hasta lo más alto, donde encontraron una especie de ventana, o más bien tronera, que tenía atravesado un grueso barrote de hierro. A éste, después de quebrar un vidrio, ataron una soga que llevaban consigo, y se deslizaron por ella, primeramente Chilindrín y en seguida Chilindrón.

Los ojos de los ladrones no se saciaban mirando tantas riquezas, a la luz de un farol, de que también iban provistos; pero era preciso salir antes que llegara el día; así fué que llenaron precipitadamente sus bolsillos de lo que les pareció de más valor, y subiendo por el cordel, que retiraron, se fueron a su casa, bastante satisfechos del resultado obtenido. La visita se repitió varias noches consecutivas, con mejor éxito aun, pues llevaron unos saquetes para el acarreo de lo que robaran.

Pero como los días corren unos tras otros sin que nadie pueda atajarlos por bien que maneje el lazo, llegó el fin del mes, y al día siguiente el Rey, acompañado de sus ministros y consejeros, se trasladó a la torre para depositar el dinero recaudado en los treinta días anteriores y contemplar sus riquezas.

Pónganse ustedes en lugar del Rey y se darán cuenta de cómo se quedaría aquel monarca avaro, que tenía su alma puesta en su tesoro, al ver el enorme hueco dejado por los ladrones en el principal montón, en el que estaban las alhajas más preciadas. Su ira no tuvo límites; desenvainando el sable, arremetió contra sus ministros y consejeros, como si ellos fueran los autores del robo. No es decible cuánto costó apaciguarlo.

Una vez vuelto a la calma, se dedicaron todos a ver por dónde penetraba el ladrón—ellos suponían que era uno solamente—empresa conceptuada poco menos que imposible, ya que la torre no tenía otra entrada que la puerta, y ésta, que era de hierro, tenía muchas cerraduras secretas, sólo conocidas del Rey. Pero no descubrieron el menor rastro.

Cien conjeturas se formaron a este respecto, a cual más descabellada, hasta que un ciego, antiguo ladrón y actual consejero del Rey, que formaba entre los del séquito dijo:

—Que traigan ramas de árboles que estén bien secas y préndaseles fuego aquí adentro, y los que tengan ojos vean desde afuera por dónde sale humo; por ahí seguramente se introdujo el autor del robo.

Y efectivamente, así se descubrió la tronera que servía de entrada a Chilindrín y a Chilindrón.

El ciego aconsejó que se guardara completo silencio acerca de lo sucedido y que en el sitio preciso en que debía posar los pies el que bajara desde la tronera, se colocara una gran tina de alquitrán suficientemente espeso para que no pudiera salir el que penetrara en él, y se esperara hasta el día siguiente. Se encontró bueno el consejo y se siguió en todas sus partes.

Ya entrada la noche, a la hora que tenían costumbre, nuestros protagonistas subieron hasta la tronera de la torre y por la cuerda bajó primero Chilindrín; y cuando, soltándola, se dejó caer al suelo, sintió que se hundía hasta el pecho en una sustancia pegajosa, a la cual se adhirió de tal suerte que no podía moverse. Inmediatamente gritó a su compañero que bajaba detrás de él:

—No te sueltes, porque te quedarás pegado, como yo, en esta tina de alquitrán. Balancéate de modo que el cordel contigo tome vuelo, y cuando te hayas desviado bastante del centro, déjate caer y me cortas la cabeza, te la llevas y la entierras donde nadie te vea; así no sabrán quién soy, y tú no te comprometerás.

Con gran dolor de su alma, y sólo después de porfiarle mucho Chilindrín exigiéndole que hiciera lo que le decía, Chilindrón le cortó la cabeza a su cuñado y la dejó desangrar completamente dentro de la misma tina en que quedaba el cuerpo; en seguida la envolvió bien en un gran pañuelo y la guardó dentro del saquete que había llevado; y como en éste quedara espacio todavía, escogió las más hermosas alhajas del gran montón y con ellas lo llenó, y asegurándoselo bien al hombro, subió por el cordel, que dejó colgando del barrote.

El Rey, por su parte, pasó en vela toda la noche, contando las horas que faltaban para coger al ladrón, y anticipadamente gozaba pensando en los tormentos que le haría sufrir en público, para escarmiento de los que pudieran tentarse de repetir la aventura.

Y como nadie es capaz de atajar las horas, aunque muchos lo quisieran, fueron sucediéndose una en seguida de otra hasta que llegó el día y el momento en que el Rey y su séquito debían trasladarse a la torre del tesoro.

No es para descrita la cara que pusieron el Rey y sus acompañantes al encontrarse con un cuerpo sin cabeza dentro de la tina. Nuevas iras del monarca y nuevo trabajo de sus acompañantes para apaciguarlo. Quien en definitiva consiguió reducirlo fué el ciego, asegurándole por todos los santos del cielo que todo se descubriría.

Una vez que se restableció la calma, habló nuevamente el ciego:

—Lo que ustedes están viendo demuestra que los ladrones son dos, y no uno solo, como habíamos creído. Para descubrir al segundo, propongo que en un serón de cuero se arrastre por todas las calles de la ciudad el cuerpo aquí presente; adelante irá un pregonero gritando: «Esta es la justicia que hace el Rey nuestro señor, con los que pretenden robarle su tesoro»,—y atrás, mezclados entre los curiosos, irán unos cuantos individuos de la policía, disfrazados de paisanos; y cuando éstos oigan que en alguna casa lloran o se lamentan, pondrán una señal en la puerta de la calle. Después será fácil averiguar en cuál de las casas marcadas vive la familia del ladrón degollado, y como por la hebra se saca el ovillo, teniendo este dato, sin gran trabajo se dará con el ladrón que falta.

Todos encontraron excelente el consejo del ciego, y en la tarde del siguiente día se ejecutaron sus instrucciones al pie de la letra.

Cuando se inició el paseo del cuerpo, Chilindrón andaba en la calle, y como no tenía un pelo de leso, sospechó al punto lo que se pretendía, y más se aseguró en su creencia al distinguir entre la muchedumbre que seguía al cadáver a varios miembros de la policía, disfrazados. Apresuradamente se dirigió a su casa y comunicó a su hermana, la mujer de Chilindrín, las sospechas que tenía, convertidas casi en certidumbre, y le aconsejó que cuando pasaran el cuerpo de su marido por frente de la casa, no hiciera la menor manifestación de dolor: y para mayor seguridad, la encerró en una pieza interior. Pero cuando la mujer oyó la voz del pregonero y los gritos de la multitud, no pudo contenerse y se lanzó a llorar a toda boca, de tal manera que, a pesar de las precauciones tomadas por Chilindrón, las lamentaciones de la viuda se oían perfectamente en la calle. Entonces Chilindrón se fué a la cocina y cogiendo una hachuela se puso a partir leña y adrede se cortó el dedo chico de la mano izquierda, y sacando a la viuda de donde estaba encerrada, le mostró la mano chorreando sangre y le encargó que en sus quejas se refiriera a este hecho. Y en efecto, cuando momentos después el muerto y su séquito pasaban por la casa y uno de los soldados de la policía disfrazados entró a averiguar de qué provenían las lamentaciones, oyó que la mujer le decía:—«¡Te has cortado la mano! ¿qué va a ser de nosotros? Ya no podrás trabajar y nos moriremos de hambre», y el herido contestaba:—«Si no es nada mujer, si apenas me he cortado un dedo, que, en buena cuenta, no me hará ninguna falta». El soldado, que vió lo que pasaba y oyó lo que ambos decían, creyó que era cierta la causa del llanto de la mujer y se retiró sin hablar palabra. Pero un segundo soldado, que al mismo tiempo que el otro había salido de la multitud, había hecho, mientras tanto, una cruz con alquitrán líquido en la puerta de la calle.

La casa de Chilindrón fué la única en que se oyeron llantos en ese día. En razón de lo cual el ciego aconsejó que prendieran al hombre del dedo cortado y a la mujer llorona, porque uno y otro debían de ser parientes del degollado. Pero cuando los de la policía llegaron a la calle en que los presuntos reos vivían, no pudieron dar con la casa, porque todas las del barrio, que eran exactamente iguales, tenían en su puerta la misma cruz que el soldado había puesto por señal. ¿Qué había sucedido? Que poco después de pasar el cortejo por su casa, Chilindrón había salido a la calle a asomarse, y al entrar vió la cruz en la puerta, y, siempre sospechoso, por lo que pudiera suceder, hizo en la noche otra igual en todas las puertas del barrio.

La pesquisa no dió, pues, el resultado que se esperaba, y la ira del Rey subió de punto, pero de nuevo el ciego lo calmó.

Dijo el ciego:

—Soy de opinión que se deje el cadáver en el cerro que hay en el oriente de la ciudad y se publique por pregón que se le abandona para que sea pasto de los buitres y los jotes; pero mientras tanto, algunos soldados estarán en acecho ocultos entre los espinos del cerro, y en cuanto vean que alguien se acerca para llevárselo, se apoderarán de él. Como por el cerro no transita nadie, es claro que cualquiera que atraviese por ahí, es porque trata de llevarse el cadáver.

El consejo fué encontrado muy bueno, y el Rey ordenó ponerlo en práctica.

Pero Chilindrón, que era más diablo que el ciego, al oir el pregón adivinó lo que se pretendía, y así que llegó la noche, vistió un hábito franciscano, se encasquetó la capucha y armado de unas muy buenas tijeras montó en una mula, en cuyas ancas aseguró un cuero de rico vino añejo recargado con zumo de amapolas, y muchos hábitos de religioso de la misma orden, y las echó para el cerro. A pesar de ser la noche muy oscura, los soldados distinguieron perfectamente un bulto que llegaba al lado del cadáver, al parecer un hombre que bajaba de un caballo, y al punto corrieron hacia él para prenderlo; pero cuando llegaron se dieron cuenta de que el que iban a tomar era un pobre fraile que devotamente rezaba el rosario y que los invitó a hacerle coro. Los soldados no aceptaron la invitación y más bien por fórmula que por otra cosa, le preguntaron a dónde iba y por qué había elegido un camino que nadie frecuentaba. El fraile contestó que en el convento se había concluído por completo e! vino para la misa y había ido a la ciudad a comprar del mejor y ahí lo llevaba en un cuero a la grupa de su cabalgadura; que aprovechando el viaje había pasado a comprar veinte hábitos, que también le habían encargado, y que si había escogido el camino que pasaba por el cerro era porque, yendo por él, se libraba de dar una gran rodeo por la falda, y llegaría al convento antes de amanecer. Los soldados comprobaron que verdaderamente la mula cargaba el cuero de vino y los hábitos que decía el padre y al pedirle excusas por el susto que le habían hecho pasar, le rogaron les convidase con un vasito de vino para pasar el frío. Chilindrón les dijo que con mucho gusto y que no sólo un vasito les daría, sino dos a cada uno; y sacando de la manga un vaso de cuerno de tamaño más que mediano, fué llenándolo y pasándolo sucesivamente a todos los soldados, y mientras escanciaba les decía:—«Después que queden satisfechos me dejarán terminar tranquilamente mi rosarito, pues tengo la santa devoción de rezar uno completo, de quince casas, siempre que en mi camino tropiezo con algún difunto».

Terminada la primera rueda, comenzó a servirles de nuevo, pero la fuerza del vino, y más que la del vino, la del narcótico, adormeció a los soldados, que poco a poco fueron cayendo y quedaron tendidos en el suelo como pollos muertos.

Chilindrón esperó un rato, y después de comprobar que no los despertaría ni una carreta que pasara por sobre ellos, sacó sus tijeras y con la maestría de un peluquero de convento, les hizo corona y cerquillo; después los desnudó de sus ropas y los vistió con los hábitos que había llevado; y en seguida hizo un montón de uniformes y les prendió fuego, tiró al suelo el odre y en su lugar colocó el cadáver de su amigo y cuñado, montó en la mula y clavándole las espuelas, emprendió marcha a su casa.

Cuando los vapores del vino y los efectos del narcótico hubieron cesado, los soldados abrieron los ojos y se miraron espantados; creyeron que estaban soñando, pero al fin volvieron a la realidad y comprendieron la sangrienta burla de que habían sido juguete. Después de deliberar un rato, vieron que no tenían más remedio que presentarse al Rey como estaban, para darle cuenta de la aventura que les había sucedido y que había dado al traste con la comisión que se les encomendara.

El Rey escuchó la relación sin inmutarse y comprendió que se las había con un enemigo con quien no podía luchar, pero, como había que castigar a alguien, ordenó que a cada uno de los soldados le dieran cien azotes, para que otra vez no se dejaran meter el dedo en la boca, y que al ciego lo quemaran, para no recibir de él consejos que, aunque sabios al parecer, habían resultado desastrosos.

Chilindrón siguió robando muy tranquilo algún tiempo más, sin que nadie lo molestara, hasta que, cansado de la vida de ladrón, se fué con su hermana a otro reino muy distante, en donde nadie los conocía, y pasaron ahí la gran vida.

22. JUAN VALIENTE, EL DE LA VAQUILLA

(Referido por el niño Samuel Antonio Letelier, de Molina, de 9 años. Lo oyó contar en Linares.)


Estos eran un Rey y una Reina que tenían muchos potreros llenos de animales, y los cuidaba un hombre muy honrado, que no sabía lo que era miedo, y famoso campañista, el cual se llamaba Juan.

Un día los reyes le mandaron a Juan que trajera todas las vacas, que eran muchas, para ordeñarlas, y Juan las trajo y los reyes se recreaban viendo tanta vaca gorda y cómo las lechaban.

Entre las vacas había una vaquilla flacuchenta y chiquitita. El Rey le dijo a la Reina:

—Démosela a Juan para él; este hombre se ha portado muy bien con nosotros y ha hecho crecer y le ha dado valor a nuestra hacienda.

—Bueno—dijo la Reina—démosela—y se la dieron.

Juan cuidó mucho su vaquilla y en poquito tiempo creció y engordó y se puso más gorda que las vacas del Rey.

Un día la vió la Reina y le dijo a Juan:

—Mata esa vaquilla que está tan gorda, y la hacemos charqui.

Juan le dijo:

—Esa vaquilla es mía y no la mato sino cuando yo quiera.

La Reina insistió en que la matara, pero Juan se fué donde el Rey a poner reclamo.

El Rey le dijo:—«Vete mejor con tu vaquilla a otra parte, porque la Reina está muy enojada contigo y quiere que la maten».

Se fué Juan con su vaquilla, y apenas se había alejado un poco de la ciudad, unos bandidos salieron de una casa que había a la entrada de un bosque y se la quitaron.

En la noche Juan se escondió en el pajar de la casa de los bandidos para ver si podía rescatar su vaquilla; pero desde su escondite vió cómo la mataban y después se la comían asada.

Juan tuvo mucha pena y llorando decía:—«Me la han de pagar estos badulaques».

Mientras comían y bebían, los bandidos formaban una gran zalagarda. El capitán los hizo callar y les dijo:—«Vámonos a dormir y mañana subimos al mirador a ver si pasa alguna niña para divertirnos con ella».

Esto que oye Juan, sale calladito y se va a casa de una comadre a pedirle ropa de mujer, se vistió con ella, se puso colorete, se empolvó y debajo de las polleras escondió un sable bien afilado.

Ya entrada la mañana, salió y pasó por frente a la casa de los bandidos, imitando el modo de andar de las mujeres.

Los bandidos estaban en el mirador, y en cuanto la vieron, bajaron a invitarla a tomar un refresco, porque hacía mucho calor. Ella aceptó y le sirvieron licor y le pasaron la guitarra para que los divirtiera tocando y cantando.

En la tarde, el capitán echó a los bandidos que se fuesen a la montaña, diciéndoles:—«Yo me quedaré aquí con esta prenda».

Se fueron los bandidos; y mientras el capitán, vuelto de espaldas, sacaba vino de un barril, Juan se arremangó las polleras, sacó el sable y dió al jefe de los ladrones dos o tres feroces cuchilladas y arrancó a esconderse en el mismo pajar.

El capitán, que había quedado herido solamente, gritaba como un condenado, tanto y tan fuerte que los bandidos que estaban en la montaña oyeron los gritos y creyeron que el capitán habría matado a la niña, y fueron corriendo a ver lo que había sucedido.

Cuando entraron, hallaron el cuerpo del capitán en el suelo, muy mal herido; lo tomaron, lo pusieron en la cama y uno dijo:—«Mañana temprano salimos a buscar a alguna vieja médica yerbatera para que cure al capitán».

Juan, que oyó esto, se fué inmediatamente a casa de su comadre, y ahí, con untos y pomadas, se pintó arrugas en la cara, tan bien que parecía una verdadera vieja, y vistiéndose con muy pobres vestidos y llevando escondido el mismo sable, se fué de madrugada a dar vueltas por frente a la casa de los bandidos, haciéndose la que buscaba yerbas.

Los bandidos, que estaban en el mirador, la vieron, y bajó uno a preguntarle si conocía a alguna médica que supiera curar heridas.

—Yo soy médica—le contestó Juan—y no hay quién me gane a curar heridas.

Entonces la llevó a presencia del capitán, y tras ellos siguieron los demás bandidos.

Examinó Juan las heridas con mucho cuidado y en seguida mandó a los bandidos a la ciudad que fuesen a buscar una pomada que era muy escasa, y que cada uno pasase a una botica diferente, por si los otros no la encontraban.

Salieron los bandidos, unos por un lado, otros por otro, y Juan subió al mirador a aguaitarlos, y una vez que se aseguró de que iban lejos, sacó el sable y acabó con la vida del capitán.

Después de lo cual, se llenó los bolsillos de plata, anillos y prendedores de oro, que encontró en gran cantidad en la pieza del capitán, y se fué a casa de su comadre, en donde se lavó bien y se vistió de hombre.

Cuando volvieron los bandidos, se encontraron con su capitán muerto y se dijeron:—«Pillados somos, vámonos de aquí»—y se fueron para Chillán.

Juan, que los había seguido, cateándolos, en cuanto vió que no volvían, se fué con sus padres y unas carretas a la casa de los bandidos y a hachazos echaron las puertas abajo y se llevaron todo cuanto encontraron, dejando la casa totalmente desnuda y quedando ellos muy ricos.

Poco tiempo después volvieron los bandidos y no hallaron sino las murallas peladas. Entonces comenzaron a averiguar quién en la ciudad se había hecho rico de repente en los últimos días, y supieron que Juan Valiente, el de la vaquilla, se encontraba en este caso.

Se propusieron entonces saltearlo y matarlo, porque no dudaron que él era el que había matado a su capitán y robado todos sus bienes; pero Juan, que no se descuidaba, sabía que los bandidos habían vuelto y que habían de atacarlo de un momento a otro.

Así fué que cuando los bandidos vinieron a saltearlo, lo encontraron en la puerta armado de su sable; y como Juan los había visto desde lejos, tuvo tiempo de mandar a su padre a avisar a la policía.

Comenzando a pelear estaba Juan con los bandidos y ya había matado a uno y a otro lo había dejado mal herido, cuando llegó la policía y tomó presos a todos los salteadores, que después de juzgárseles, fueron ahorcados, con lo cual Juan y sus padres vivieron tranquilos, gozando de las riquezas que Juan había quitado a los ladrones.

Y con esto se acabó el cuento del Periquito Sarmiento, que estaba con la guatita al aire y el potito al viento.

23. LA SAPITA ENCANTADA

(Referido por Beatriz Montecinos.)


Estos eran un Rey y una Reina que tenían tres hijos, que se llamaban Pedro, José y Juan; y era costumbre en el reino que el Rey dejara su corona a aquel de sus hijos que mejor le pareciere, sin tomar para nada en cuenta la edad; y así podía sucederle cualquiera de ellos, aunque fuese el menor.

¿Cuál de los tres heredaría el trono? Cuestión era ésta que preocupaba grandemente al anciano Rey, que no se decidía por ninguno, porque por los tres sentía igual cariño; ni podía partir el reino para dar a cada uno su parte, porque de la división resultarían tres pequeños estados, expuestos en todo momento a ser absorbidos por los reinos vecinos, que eran tan fuertes y poderosos como el país en cuestión.

La Reina le aconsejó que para salir de cuidado pusiera sus hijos a prueba enviándolos fuera del reino, con la condición de que regresaran casados, en un año, y con dos regalos para los reyes, y aquel cuya esposa fuera la más bella y cuyos regalos fueran más hermosos y de más valor, sería el heredero del trono.

El Rey se dijo: El consejo de la mujer es poco, pero quien no lo sigue es un loco, y decidiéndose por el que acababa de darle la Reina, que le pareció bueno, llamó a sus hijos, les hizo ver el apuro en que se encontraba y les propuso que salieran, se casaran y al año justo tornaran a palacio, y que la corona le correspondería al que volviera con la esposa más bella y trajera a los reyes dos obsequios que fueran reputados superiores al de los otros dos.

Los príncipes aceptaron sin vacilar y sólo pidieron que antes de partir se les indicara en qué debían consistir los regalos. Después de corta deliberación, los Reyes acordaron que el premio se adjudicaría al que presentara, además de la esposa más linda, la pieza de tela más fina y el perro más hermoso y más pequeño.

Los príncipes se despidieron cariñosamente de sus padres y partieron siguiendo el mismo camino, hasta llegar a un punto en que éste se dividía en tres. Aquí se abrazaron, y prometiendo reunirse en el mismo sitio al cumplirse el plazo acordado, cada cual tomó su camino.

Pedro, que era el mayor, tomó el de la derecha, y pasados unos cuantos días llegó a una casita que se levantaba a orillas de una laguna y en cuya puerta estaba una señora de edad. En el interior cantaba una niña con voz maravillosa, y Pedro, pensando que tan linda voz no podía provenir sino de una persona también muy linda, se propuso conocerla y pidió permiso a la señora para entrar; pero ella le contestó que lo dejaría atravesar los umbrales sólo en caso de que prometiese casarse con la que cantaba. Prometiólo el joven, y entró al salón de la casa, pero por más que escudriñaba por todas partes, no descubría a persona alguna, hasta que, en un rincón vió a una Sapita que saltaba.

—¿Es ésta la que canta?—preguntó Pedro.

—Sí, ella es—contestó la señora.

—¿Quién se va a casar con esta sapa asquerosa?—repuso el príncipe, y lanzándole un escupo, se mandó cambiar.

Momentos después, José, el segundo de los hijos del Rey, llegó al mismo sitio, porque a él concurrían los tres caminos; y para abreviar diremos que le pasó lo mismo que a su hermano Pedro, sólo que, en vez de escupir a la Sapita, le dió un feroz puntapié y la disparó lejos.

No haría una hora que había salido José, cuando Juan, el tercero de los hermanos, llegó a la casita, y oyendo aquella voz tan dulce y melodiosa, se quedó alelado. Cuando calló la que cantaba, Juan rogó a la señora que le presentara a la hermosa artista, pues no dudaba que debía de ser hermosa quien tan linda voz tenía. La señora consintió, pero, como en los dos casos anteriores, hizo antes prometer a Juan que se casaría con la que cantaba. Juan se lo juró, y entonces ella le mostró a la Sapita, que en ese momento andaba a saltitos en su rincón. El Príncipe, aunque sintió un movimiento de repugnancia, dijo:

—Palabra de Juan no puede faltar: estoy dispuesto a casarme.

—Y no te pesará—exclamó la Sapita.

Y el casamiento se celebró inmediatamente.

Juan a veces se ponía triste y se sentía desgraciado; pero la voz encantadora de la Sapita, que parecía adivinar sus penas, y sus palabras tiernas y cariñosas lo consolaban y le hacían olvidar la fealdad de la que era su mujer.

Los otros dos hermanos también se habían casado, pero sus mujeres eran hermosas y ricas.

Cuando ya se aproximaba el término del año, Pedro y José pensaron en volver a palacio, y ocupando lujosos carruajes, partieron con sus esposas, que iban elegantemente ataviadas.

Al pasar por la casita de la laguna, vieron a Juan en la puerta, lo saludaron sin bajarse de sus coches y le pidieron les presentase a su mujer. Antes que Juan contestara, saltó la Sapita y les dijo:

—Yo soy la mujer de Juan, y dentro de poco nos juntaremos con ustedes en el lugar convenido.

Los dos príncipes y sus mujeres, al ver tan singular esposa, soltaron una carcajada y dijeron a Juan:

—¿Cómo te atreverás a presentarte ante nuestros padres acompañado de esa horrible sapa casposa?

—Esta ha sido mi suerte—respondió Juan—y estoy contento con ella; esta horrible sapa, como ustedes la llaman, es mi mujer, me ha hecho feliz y con ella iré a postrarme ante mis padres.

Los dos príncipes partieron y convinieron en seguir a palacio sin esperar a Juan en la encrucijada. Creían que el premio se disputaría entre los dos solamente, pues no les pasaba por la imaginación que se asignara al marido de una sapa. ¿Y los regalos que Juan debía presentar? ¿De dónde habría sacado dinero para comprarlos? La casita en que vivía, modesta por demás, demostraba, a las claras, su probreza. Pero, como dice el refrán, el hombre prepara y Dios dispara, y a esos malos hermanos les salió el tiro por la culata.

Transcurrida una hora, la Sapita dijo a Juan:

—Ya es tiempo de que nos vamos. Ve al huerto y encontrarás dos burritos: amárralos al viejo carretón que está detrás de la casa y subamos a él en compañía de la señora que tanto y tan bien nos ha cuidado. Los burros conocen el camino que han de seguir y saben lo que han de hacer. En esta cajita hay dos nueces; cuando llegue el momento de entregar los regalos que debes presentar a tus padres, a cada uno le pasarás una nuez y les rogarás que las abran. Y vámonos.

Los burros emprendieron un trotecito muy cundidor y el carretón, que parecía que de un momento a otro se iba a desarmar, de puro viejo, crujía como un diablo, pero nada malo le pasaba. Después de algunas horas de marcha, encontraron en el camino a Pedro, cuyo lujoso coche se había volcado y hecho pedazos, maltratando a su mujer y dejándola tuerta para toda su vida, pues una astilla desprendida del carruaje le arrancó un ojo. Con estos contratiempos, Pedro estaba con un genio de mil demonios; así es que cuando la Sapita les ofreció a él y a su mujer un sitio en el carretón, en vez de agradecérselo, la echó a buena parte.

Una nube de tristeza cubrió el rostro de Juan, que no pudo oir sin profundo dolor las palabras poco amables de su hermano; pero la Sapita, que parecía leer en el pensamiento de su marido, le dijo al punto:

—Desecha tus penas, hijo; no le hagas juicio a tu hermano; pronto terminarán nuestros pesares y seremos completamente felices.

Y los burros emprendieron de nuevo su marcha, y no se detuvieron sino un poco más adelante, en que encontraron a José, a quien se le habían encabritado los caballos, despedazándole el coche a patadas, una de las cuales aplastó la hermosa nariz de su mujer y la dejó completamente ñata para todos los días de su vida. José estaba que no cabía en sí de rabia, así es que cuando Juan se ofreció para ayudarlo, o si mejor le parecía, para llevarlos a él y a su esposa en el carretón, se desató en insultos contra él y la Sapita, a quien llamó asquerosa.

Juan no dijo nada, pero el dolor lo consumía. La Sapita le dijo:—“¿Por qué está triste? No haga juicio de los denuestos de su hermano; ¿no ve que son hijos de la desgracia que ha sufrido? Alégrese, que ya falta poco para que terminen nuestras penas”.—Y para consolarlo le cantó una de las más bellas canciones que sabía, la que más le gustaba a Juan.

Mientras tanto los burritos seguían su menudo trote y no tardaron en llegar a orillas de un arroyo que pasaba muy cerca de la ciudad en que residían los reyes. La Sapita dió un salto y se metió en el agua y en el mismo instante se convirtió en la más hermosa princesa que jamás vieron ojos humanos. El Príncipe se arrodilló a sus pies y extasiado le besaba las manos. La Princesa le dijo:—Príncipe, es preciso que lleguemos hoy a palacio; vuestros hermanos han comprado nuevos coches y se acercan a mata caballos. Subamos al nuestro, que por muy despacio que nos lleve, siempre llegaremos antes que ellos.

Sólo entonces el Príncipe se dió cuenta de nuevos cambios maravillosos: su traje, completamente nuevo, era de un valor extraordinario; la anciana señora que les había servido de ama de llaves, era una hermosa dama elegantemente vestida; los burritos se habían transformado en dos preciosos caballos ricamente enjaezados; y el carretón se había convertido en una carroza tan linda que seguramente no se encontraría otra igual en cocheras reales.

Llegaron a palacio, y los reyes experimentaron la mayor alegría al volver a ver a su hijo menor y se sintieron deslumbrados ante la hermosura y elegancia de su nuera y la majestad de la señora que la acompañaba.

Después de besar y abrazar cariñosamente a Juan y a su esposa, les pidieron que les contaran sus aventuras.

Refirió el Príncipe cuanto le había pasado desde su salida; y la dama, cómo una bruja, por odio al Rey su esposo, que quiso arrojarla de sus estados, con sus malas artes mató al Rey y convirtió a la Princesa en una sapita, dejándole sólo su hermosa voz y condenándola a vivir en esa condición hasta un año después que un príncipe consintiera en casarse con ella; y como hoy se cumplió el año en que el príncipe Juan contrajo matrimonio con mi hija, la veis transformada en lo que era cuando la bruja se ensañó contra nosotros.

Terminaba la dama su relato cuando entraron Pedro y José con sus respectivas consortes, tuerta la del primero, y con la nariz quebrada la del segundo, y ambas con sus trajes sucios y despedazados, pues no habían tenido tiempo de comprar otros nuevos, por temor de llegar atrasados.

Grande fué también el gusto que manifestaron los reyes con la llegada de sus dos hijos mayores, pero el alma se les fué a los pies al ver la facha de sus mujeres: ¡la una tuerta y con la mitad del rostro hinchado, y la otra con la nariz desparramada por toda la cara! ¡El contraste era grande entre ellas y la mujer de Juan! No había duda: el premio le correspondía a éste. Pero ¿y si los obsequios que debía traer Juan eran inferiores a los de Pedro y José? Era necesario verlos para resolver.

Convocaron a los grandes de su Corte para que sirvieran de árbitros, y ante ellos fueron presentando sus regalos los tres príncipes. Pedro, como mayor, se acercó el primero y entregó un valioso cofre de cedro como de media vara, y abierto, sacaron una pieza de tela de seda que mediría unas veinte varas, muy hermosa, muy fina, con bordados preciosísimos; de otra caja sacaron un lindo perrito, de una cuarta de alto, más o menos. Una y otra cosa merecieron ruidosos aplausos, y en verdad que los merecían.

Siguió José, que abriendo un cofre de plata de las mismas dimensiones que el entregado por Pedro, sacó otras veinte varas de tela, también de seda, pero más fina, más rica y más hermosa que la de su hermano. El perrito era también más lindo, y más chiquitín que el de Pedro. Estos obsequios valieron a José una salva de aplausos más larga y bulliciosa que la anterior.

Por último, acercóse Juan, que respetuosamente entregó al Rey una de las nueces que le había dado la Sapita, y la otra a la Reina, y les rogó las abrieran. Hiciéronlo sin esfuerzo, pues casi se abrieron por sí solas, y la Reina sacó de la suya una tela primorosamente tejida, de finísimo hilo de oro y que medía mil varas de largo, ¡cómo sería de fina que toda cabía en la cáscara de una nuez! De la que abrió el Rey saltó a la mesa que estaba frente a los monarcas un perrito tan diminuto, tan bellamente lindo que causó la admiración de todos los presentes. El perrito se puso a bailar y en cada vuelta que daba lanzaba perlas y diamantes y toda clase de piedras preciosas. No son para contar los aplausos con que fueron recibidos ambos objetos y las aclamaciones y vítores que obtuvo la declaración del Rey de que Juan, el menor de sus hijos, sería el heredero del trono.

Y se acabó el cuento y se lo llevó el viento.

24. GALLARIN Y EL GIGANTE

(Contado en Febrero de 1923 por el maestro carpintero Tránsito González, de 57 años, residente en Peñaflor.)


Vivían en un pueblo tres hermanos. Los dos mayores, Juan y Pedro, eran grandes envidiosos; en cambio, Gallarín, el menor, gozaba de la simpatía de todo el mundo por su bella presencia y sus buenos sentimientos.

Un día se les antojó a los dos primeros salir a rodar tierras y no querían que el menor los acompañara; pero a fuerza de súplicas consiguió que lo llevaran.

Anduvieron todo un día, y en la noche llegaron a un castillo en que les dieron alojamiento.

Este castillo era de un gigante que tenía tres hijas, y como no había en él sino una cama para cada una de las personas de la casa, acostaron a cada hermano con una de las hijas del Gigante.

Gallarín se fijó que las niñas dormían tocadas con sendos gorros y como era muy habiloso y algo malicioso, cuando todos dormían se levantó de puntillas, les sacó los gorros a las niñas, se puso uno él y los otros dos a sus hermanos, y apagó la luz.

Gallarín, que temía les hicieran una mala jugada, no dormía, así es que pudo oir que el Gigante decía a su mujer:

—Ya será hora de matarlos para hacer una buena cazuela con ellos y comerlos mañana. Están bien gorditos y la carne es tierna; ¡tendremos excelente comida para todo el día!

Y entrando al dormitorio, se acercó a las camas, y cabeza que encontraba sin gorro ¡zas! caía al suelo cortada por el machete del Gigante, un machete enorme y muy afilado.

Concluída esta tarea, el Gigante se retiró a dormir a su pieza, y cuando Gallarín lo sintió roncar—roncaba tan fuerte que parecía salían truenos de su boca—les sacó los gorros a sus hermanos, los despertó y les dijo:

—Hermanitos, es necesario huir inmediatamente, porque si el Gigante nos pilla cuando se levante, nos mata y nos come hechos cazuela.

Estaba aclarando, de modo que Juan y Pedro pudieron ver degolladas a las tres hijas del Gigante, y de la impresión que recibieron, apenas podían andar, porque las piernas les temblaban; pero Gallarín les infundió ánimo y les hizo ver lo que se les esperaba si no huían pronto. Salieron siguiendo a Gallarín, y apenas habían atravesado un gran círculo de plantas de maravillas que rodeaba el castillo y que era hasta donde alcanzaba el poder del Gigante, éste los vió desde una ventana.


—¡Ah, pícaro Gallarín—le gritó—
¡Asesinaste a mis hijas,
me robaste mis tres gorros!
¡Ah, pícaro malnacido!
si te pillo te devoro!


El Gigante sentía la muerte de sus hijas casi tanto como el robo de los tres gorros; éstos eran de virtud: el que se los ponía al revés obtenía todo lo que deseaba.

Se fueron los tres hermanos y después de unas cuantas horas de marcha llegaron a la capital del reino. Los tres hermanos consiguieron ocuparse en el palacio del Rey: los dos mayores como trabajadores al día y Gallarín como cuidador de pavos.

La hija del Rey, que era muy linda, se prendó de Gallarín, y esto les causó una profunda envidia a Juan y a Pedro. Para perder a su hermano, fueron donde el Rey y le dijeron:

—Señor, su pavero Gallarín se ha dejado decir que así como mató a las hijas del Gigante y le robó los tres gorros, es capaz de robar el Loro adivino que tiene el mismo Gigante en su castillo.

—¿Eso ha dicho Gallarín?

—Sí, Señor; eso ha dicho.

Hizo llamar el Rey a Gallarín, y le dijo:

—Gallarín, tú te has dejado decir que así como mataste a las tres hijas del Gigante y te trajiste los tres gorros eras capaz de traerte el Loro adivino que hace tiempo me robó el Gigante...

—No, mi Rey, yo no he dicho tal cosa.

—Sí lo has dicho; y si no me lo traes, la cabeza te corto.

Se retiró Gallarín a lo último del huerto y se sentó a llorar en un tronco que ahí había. En ese momento pasó la Princesa y le preguntó por qué estaba tan afligido.

—¿Cómo no lo he de estar, mi Princesa—le contestó Gallarín—siendo que el Rey me ha dicho que así como maté a las tres hijas del Gigante y me traje los tres gorros, tenía que traerle el Loro adivino?

—No se te dé nada—le dijo la Princesa;—lleva este pan y este frasco de vino y le dices al Loro:—«Mira, Lorito, este es del pan que comías y del vino que tomabas antes en el reinato de tu antiguo dueño».—«¿Dame?», te dirá él.—«No te doy», le contestarás tú.—«¡Dame un poquito, aunque más no sea!» te replicará.—Y entonces tú le darás pan sopeado en vino, y cuando ya esté curado, lo agarras; y no tengas cuidado, suceda lo que suceda. Te advierto que el Gigante, cuando está con los ojos abiertos, está durmiento, y si tiene los ojos cerrados, está despierto.

Partió Gallarín para el castillo y encontró al Gigante con los ojos abiertos; pasó de puntillas por delante de él para no despertarlo, y llegando hasta donde estaba el Loro, le mostró el pan y el vino que llevaba.

—Mira, Lorito, este vino es del que tomabas y este pan del que comías antes, en el reinato de tu antiguo dueño.

—¡Ay! qué ricos eran! ¿dame?

—No te doy.

—Dame un poquito, aunque más no sea, para probarlos.

Entonces Gallarín mojó un pedazo de pan en el vino, que era muy añejo, y se lo dió al Loro, que lo comió con ansias; y le dió más y más hasta que el pan y el vino se acabaron y el Loro quedó completamente borracho. Entonces Gallarín lo agarró para huir con él; pero apenas el Loro se vió cogido, comenzó a gritar desaforadamente:

—¡Amito! amito! que me llevan!

A los gritos despertó el Gigante, asió a Gallarín y lo amarró de pies y manos a un poste, en el último patio del castillo, para comérselo después.

El Gigante estaba que no cabía en sí de gusto por haber aprisionado a Gallarín, así es que salió a convidar otro gigante, su compadre, «para comerse un cordero tiernecito»—así le dijo.

Mientras el Gigante andaba afuera, su mujer preparaba el fondo en que iban a cocer al pobre Gallarín, y con un hacha se puso a partir leña para encender el fuego. Gallarín, nada tranquilo, miraba cómo trabajaba la mujer por cortar un grueso tronco demasiado duro, y de pronto se le ocurrió una idea y le dijo:

—¡Me da no sé qué, señora, verla trabajar tanto! Si me soltara las manos siquiera, yo le ayudaría a partir la leña.

La mujer del Gigante le creyó, le soltó las manos y le entregó el hacha.

—Acérqueme el tronco, porque así como estoy, amarrado de los pies, no alcanzo hasta él.

La mujer le acercó el tronco.

—Ahora sujétemelo bien para que no se mueva.

Y en cuanto la mujer se agachó para sujetar el tronco, mi buen Gallarín le asesta tan feroz hachazo en el cogote que me la deja tendida, muerta. Con la misma hacha cortó la cuerda con que tenía atados los pies, en seguida desnudó a la mujer, la despresó y la echó al fondo, que estaba hirviendo con las papas, choclos, porotos, zapallo, ajos y cebollas correspondientes; después tomó la cabeza y la arregló en la cama en que ella dormía, dejándole los chapes colgando, y en lugar del cuerpo colocó una almohada debajo de las cobijas, cogió al Loro y disparó a toda carrera.

Cuando llegaron los dos gigantes, se fueron al último patio.

—¡Qué rica debe de estar la cazuela, compadre! ¿No siente el olorcito que sale del fondo?

—¡Cómo no, pues, compadre! debe de estar de chuparse los bigotes!

—Y la Micaela, ¿dónde estará?

Se fué a buscarla y vió que estaba en la cama.

—¡Pobre Micaela! Cómo habrá trabajado, compadre, que de puro cansada se acostó; durmiendo está en su cama. Comeremos nosotros y le guardaremos su parte; dejémosla que descanse.—Y se pusieron a comer.

—¡Caráfita que está rica la cazuelita! si el corderito era tan bien retierno, cómo no había de salir buena!

Y el Gigante mete el cucharón al fondo por quinta vez y se sirve él una presa y le pasa otra a su compadre. Este observa la presa que acaban de servirle y todo asustado, exclama...

—¡Compadre! usted me convidó a comer un corderito y resulta que lo que estamos comiendo es una oveja! ¡mire la marca!—y le mostraba la presa que tenía en la mano.

—¿Qué es esto?...—grita el Gigante—y dispara corriendo como un condenado, a ver a su mujer, porque una sospecha terrible pasó por su imaginación.

Llega a la cama de su mujer, tira las cobijas al suelo y no ve sino la cabeza de Micaela y una almohada. El Gigante, que quería entrañablemente a su mujer, se puso a lanzar grandes alaridos y a gritar:


—¡Ah, pícaro Gallarín!
¡Asesinaste a mis hijas,
te llevaste mis tres gorros,
me mataste a mi mujer
y me robaste mi Loro!
¡Ah, pícaro malnacido!
si te pillo, te devoro!


Llegó Gallarín al palacio y entregó el Loro al Rey, quien dió muestras de la mayor alegría al contemplar en su poder esta ave maravillosa, que antes había sido suya y le había sido arrebatada por el Gigante.

Pasó algún tiempo, y Juan y Pedro, que hervían de envidia al ver la predilección que la Princesa demostraba por Gallarín, volvieron donde el Rey y le dijeron:

—Sepa su Sacarrial Majestad que su pavero Gallarín se ha dejado decir que así como mató a las tres hijas del Gigante, se trajo los tres gorros, le mató a la mujer y le robó el Loro adivino, es capaz de quitarle el Caballo de las campanillas de oro, que está encerrado bajo siete llaves.

—¿Eso ha dicho Gallarín?

—Sí, Señor, eso ha dicho.

El Rey hizo llamar a Gallarín.

—Gallarín, tú te has dejado decir que así como mataste a las tres hijas del Gigante, te trajiste los tres gorros, le mataste a la mujer y le robaste el Loro adivino, eras capaz de quitarle el Caballo de las campanillas de oro, que tiene encerrado bajo siete llaves.

—No, Señor; yo no he dicho tal cosa.

—Sí lo has dicho; y si no me lo traes, la cabeza te corto.

Salió Gallarín triste y cabizbajo y se sentó a llorar amargamente en una piedra que había a lo último del jardín. En ese momento pasaba la Princesa por ahí mismo.

—¿Por qué lloras, Gallarín?

—¿Cómo no he de llorar, mi Princesa, cuando mis hermanos, que desean mi muerte, han ido donde el Rey con el chisme de que yo había dicho que así como maté a las tres hijas del Gigante, me traje los tres gorros, le maté a su mujer y le robé el Loro adivino, era capaz de quitarle el Caballo de las campanillas de oro, que tiene encerrado bajo siete llaves?

—No se te dé nada, Gallarín; anda no más, que te irá tan bien como en las veces anteriores. Toma este poco de algodón y esta espadita de virtud; aplicas la punta de la espada a la chapa de cada puerta y las siete se abrirán en cuanto las toques. Después te acercas al caballo, rellenas bien de algodón las siete campanillas de oro para que no suenen y aseguras el algodón con cáñamo, para que no se desprenda; te pones las espuelas que hallarás colgadas detrás de la séptima puerta; en seguida, le sacas al caballo la silla, lo montas en pelo, le clavas las espuelas a toda fuerza y el caballo saldrá del castillo a todo correr. Pero no se te olvide mirar antes si el Gigante está durmiendo, que ya sabes que duerme cuando tiene los ojos abiertos y está despierto cuando los tiene cerrados.

Llegó Gallarín al castillo mientras el Gigante dormía, de modo que pudo hacer sin inconveniente cuanto la Princesa le había ordenado, aunque sintió deseos locos de venirse con la silla, que era muy rica: pero, por suerte para él, la dejó y montó en pelo.

El Gigante vino a darse cuenta del robo cuando ya Gallarín había salido del círculo de maravillas, y no pudiendo hacer otra cosa, se puso a gritar desaforadamente:


—¡Ah, pícaro Gallarín!
¡Asesinaste a mis hijas,
te llevaste mis tres gorros,
me mataste a mi mujer
y me robaste mi Loro,
y hoy me has robado el Caballo
de las campanillas de oro!
¡Ah, pícaro malnacido!
si te pillo, te devoro!


El Caballo salió a todo escape y no paró hasta llegar con su jinete a las mismas gradas del trono.

Grande fué la alegría del Rey al ver al Caballo de las campanillas de oro y quiso premiar a Gallarín, pero éste le dijo que mientras tanto se contentaba con ser el cuidador de sus pavos, que a su tiempo le pediría el galardón que creyera le correspondía.

Siguió pasando el tiempo, que no se detiene en su marcha, y aún no se había cumplido un mes cuando Juan y Pedro, cuya envidia crecía con los triunfos de Gallarín, fraguaron otra mentira contra el hermano que los había librado de la muerte, que así paga el Diablo a quien bien le sirve; y se presentaron al Rey.

—Señor—le dijeron—ha de saber Su Sacarrial Majestad que su pavero Gallarín se ha dejado decir que así como mató a las tres hijas del Gigante, se trajo los tres gorros, le mató a la mujer y le robó el Loro adivino y el Caballo de las campanillas de oro, es capaz de traer prisionero al Gigante mismo.

—¿Eso ha dicho Gallarín?

—Sí, Señor; eso ha dicho.

—¡Ah! y qué bueno fuera que me lo trajese prisionero, por que el Gigante es el único enemigo que tengo, y libre de él, reinaría tranquilo! Díganle a Gallarín que venga.

Vino el pobre Gallarín.

—¿Con que te has dejado decir que así como mataste a las tres hijas del Gigante, te trajiste los tres gorros, le mataste a su mujer y le robaste el Loro adivino y el Caballo de las campanillas de oro, te encuentras capaz de traerme prisionero al Gigante mismo?

—No, Señor; yo no he dicho tal cosa.

—Sí lo has dicho; y si no me lo traes, la cabeza te corto.

Salió Gallarín sumamente afligido por la exigencia del Rey, y fué a sentarse a lo último del jardín, a tiempo que la Princesa pasaba por ahí.

—¿Por qué lloras, Gallarín?

—¿Cómo no he de llorar, mi Princesa, cuando el Rey, instigado por mis hermanos, que desean mi muerte, me ha dicho que así como maté a las tres hijas del Gigante, me traje los tres gorros, le maté a su mujer y le robé el Loro adivino y el Caballo de las campanillas de oro, era capaz de traerle prisionero al Gigante mismo?

—No se te dé nada, Gallarín, que en esta empresa te irá tan bien como en las anteriores. Pídele al Rey mi padre que te mande hacer una gran jaula de fierro, de gruesos barrotes, con ruedas y con dos compartimentos: uno desde el que irás tú gobernando el carro, y otro que será completamente independiente, con puerta que la puedas cerrar tú por medio de un resorte y en el cual llevarás toda clase de mercaderías. Te disfrazarás de comerciante francés y pasarás frente al castillo ofreciendo tus mercaderías. Saldrá el Gigante, querrá comprar algo de lo que llevas, lo harás entrar para que escoja, y en cuanto esté adentro, sirviéndote del resorte cerrarás la puerta y te lo traes sin cuidarte de sus gritos y maldiciones.

Tal como se lo aconsejó la Princesa así lo hizo Gallarín. El Rey le mandó fabricar la jaula, y una vez entregada, arregló en el compartimento que debía ocupar el Gigante un buen número de valiosas telas y curiosísimos objetos de adorno, y tirado el carro por diez yuntas de bueyes que Gallarín dirigía desde el departamento que le correspondía, se dirigió al castillo del Gigante, adornado el rostro de largos bigotes y una hermosa pera postiza, pregonando con fingido acento francés:—«Quelq chos de tiend! necesit quelq chos de tiend!» El Gigante, que estaba en la ventana, lo hizo detenerse y bajó a comprar algunas cosas. Gallarín lo invitó a entrar para que escogiese más a gusto, y el Gigante, sin sospechar nada, accedió, y Gallarín, en cuanto lo vió adentro, tocó el resorte y la puerta se cerró a machote. El Gigante, al verse preso, bramaba como un toro herido y con sus manazas tomaba los barrotes y los estremecía tratando de quebrarlos, pero inútilmente.

Horas después, Gallarín entraba triunfante a la ciudad, con el Gigante enjaulado, y era de ver cómo la gente se agolpaba en las calles aplaudiendo al héroe, que con la prisión del Gigante libraba al reino de su más terrible enemigo.

Gallarín, antes de llegar a palacio, se puso uno de los gorros de las hijas del Gigante con la parte de adelante hacia atrás, e inmediatamente quedó convertido en un elegante joven, pero conservando siempre sus hermosas y simpáticas facciones.

El Rey y la Princesa, que lo esperaban, se levantaron de sus asientos para recibirlo.

—Creo, Gallarín—dijo el Monarca—que ha llegado el momento de que pidas el premio de tus hazañas:


Mataste a las hijas del Gigante,
le trajiste sus tres gorros,
le mataste a su mujer
y le robastes el Loro,
después trajiste el Caballo
de las campanillas de oro,


y por último, para coronar tu obra, hoy me has traído prisionero al Gigante mismo. Pídeme lo que quieras, que si está en mis manos, te será concedido.

—Señor—contestó Gallarín—es grande mi osadía al manifestar a Su Sacarrial Majestad mis pretensiones, pero si me atrevo a formularlas es porque me veo alentado por una persona que es muy querida de Vuestra Majestad;—y miraba a la Princesa que le hacía señas para que desechara todo temor y hablara luego y claramente.

—¿Y qué es lo que pretendes, Gallarín? Si grandes son tus pretensiones, grandes son también las empresas que has acometido; vaya lo uno por lo otro; habla sin cuidado.

—Majestad, lo que yo pretendo es lo que más amáis: solicito la mano de vuestra hija.

El Rey, que se imaginaba que Gallarín le pediría riquezas y honores, tal vez un título de grande del reino, al oir su petición, dió un salto y casi se cayó del trono.

—Pero ¿cómo te atreves a mirar tan alto? medita un poco en quién eres tú y en quién es mi hija, mide la distancia que hay entre ambos y ve si es posible tal unión.

—Es cierto, Su Sacarrial Majestad, que una princesa no debe casarse sino con un príncipe por lo menos; pero en manos de Su Sacarrial Majestad está el hacerme príncipe a mí, y entonces ni ella se rebajará ni yo me enalteceré al casarnos, pues seremos iguales.

La Princesa no pudo contenerse y aplaudió a dos manos exclamando:

—¡Bien, Gallarín, muy bien!—Con lo cual, impensadamente dió a conocer sus sentimientos hacia su pretendiente, así es que el Rey no tuvo más remedio que acceder a los deseos de los dos jóvenes.

Gallarín fué hecho príncipe y se casó con la Princesa en medio del entusiasmo de todo el pueblo, que los amaba y respetaba. Y fueron felices durante su larga vida, como lo merecían por sus virtudes.

25. SALIR CON SU DOMINGO SIETE

Había una vez un jorobado, buena persona, que llevaba su desgracia con paciencia, y no era envidioso ni amigo de burlarse del prójimo, como son casi todos los que tienen el espinazo quebrado; y este buen hombre salió un día a hacer una diligencia a un pueblo inmediato al suyo y no pudo regresar hasta la noche. Al pasar por un sitio extraviado, vió, desde un matorral, un corro de brujas, las cuales, tomadas de las manos, daban vuelta bailando y cantando:


Lunes y Martes, Miércoles tres,


sin cambiar este estribillo. El jorobadito, que era nervioso y vivo de imaginación, viendo que las brujas no salían de la cantinela


Lunes y Martes, Miércoles tres,


no pudo contenerse y desde su escondite gritó:


Jueves y Viernes, Sábado seis.


Las danzantes no cupieron en sí de gozo al ver tan lindamente completado su canto, y, agradecidas, resolvieron premiar a la persona que había tenido tan feliz inspiración. Llevado el joven al medio del corro, una propuso darle un palacio; otra, todo el oro que deseara; la de más allá, hacerlo rey; pero el jorobadito, que oía la discusión muy complacido, les dijo:—«Yo me contentaría y me daría por muy feliz con que hicierais desaparecer mi joroba y me asegurarais lo suficiente para tener un buen pasar»,—gracias, ambas, que inmediatamente le fueron acordadas.

Al día siguiente nuestro ex-jorobado tropezó en la calle con un amigo que sufría del mismo mal de que él tan felizmente había sido curado por las brujas. El amigo se extrañó de verlo tan cambiado y casi no lo conoció, pues la ausencia de la joroba había convertido al antiguo corcovado en un real mozo. A la pregunta que le hizo el amigo, a quien la envidia roía las entrañas, de cómo había ocurrido tal metamorfosis, el interrogado le refirió la aventura, y el giboso se prometió ir esa misma noche al sitio en que las brujas se reunían; y así lo hizo, ocultándose en el mismo matorral desde donde su amigo había presenciado el baile. Momentos después llegaron las brujas y comenzaron la danza, cantando:


Lunes y Martes, Miércoles tres,
Jueves y Viernes, Sábado seis.


El segundo jorobado, que también deseaba ver desaparecer su corcova, imitando lo que su amigo había hecho, quiso agregar algo a los versos que cantaban las brujas, y cuando por cuarta o quinta vez repetían


Lunes y Martes, Miércoles tres,
Jueves y Viernes, Sábado seis,


muy ufano exclamó:


Domingo siete.


Las brujas detuvieron inmediatamente la danza y unas a otras se miraron contrariadas.

—¿Quién es el estúpido que ha venido a perturbar nuestro hermoso canto?—dijo una.

—Busquémoslo—contestó otra.

Y sin gran trabajo encontraron al pobre jorobado, que temblaba de miedo ante la ira de aquellas mujeres, y lo arrastraron al medio del corro.

—¿Qué castigo daremos a este miserable?—preguntó la que hacía de jefe.

—Que le salgan cuernos y rabo—dijo una.

—Que cuando hable eche sapos y culebras por la boca—repuso otra.

—No—exclamó una tercera,—por su impertinencia merece que le obsequiemos con una segunda joroba.

—¡Eso es! Eso es!—gritaron todas.

Y a empellones y puntapiés despidieron al giboso, que volvió al pueblo llevando sobre sí dos hermosas corcovas: una sobre el pecho y otra sobre la espalda.

26. LA LORITA ENCANTADA

(Se lo contó, en 1909, Petronila Riquelme, de 56 años, natural de Chimbarongo, a don Luis Thayer Ojeda, quien tuvo la bondad de obsequiarme la transcripción, hecha por él, en Octubre de 1915.)


Para saber y contar y contar para saber. Esta era una vieja muy pobre que había criado a un Huacho que se llamaba Manuel, y a quien ocupaba en cuidar chanchos en el monte.

Un día el Huacho le dijo a la vieja:

—He oído decir que hay un Rey que paga un almud de plata por un año de trabajo, y yo, mamita, me voy para allá a mejorar suerte.

Salió Manuel y llegó a donde estaba el Rey, que era el castillo de Flordelís, y estuvo trabajando con toda la peonada durante un año, y a todos les fueron pagando un almud de plata; pero cuando estaban haciendo el pago, una Lora que tenía el Rey hablaba tanto, metiéndose en las cuentas, que el Rey, aburrido, es que dijo:

—El que quiera llevarse esta Lora en lugar del almud de plata, que se la lleve no más, que soy gustoso.

Y ninguno de los que le oyó quiso llevársela, y entonces Manuel, viendo que era tan linda, dijo:

—Yo me la llevaré, Su Majestad, por el almud de plata.

Y se volvió el Huacho para su tierra, y en el camino cuidaba mucho a la Lorita y le daba de comer la mitad de lo que conseguía; pero cuando llegó a su casa, la vieja es que estuvo muy enojada porque quería plata y no pájaros y le dió a Manuel una buena paliza y lo mandó al monte a cuidar los chanchos, y después le pegó a la Lora, que casi la mató.

Entonces la Lora es que dijo:—“Me voy para Flordelís”—y se voló.

Cuando en la tarde volvió el Huacho y supo que la Lorita se había volado, se apenó tanto que esa misma noche, al amanecer, se fué de la casa.

Anduvo todo el día sin tomar alimento ni descansar, así es que el hambre se lo comía y no podía más de cansado.

Se sentó debajo de unos árboles y se quedó dormido.

Al día siguiente lo despertó una gran bulla que formaban tres lindas niñas, disputando cuál era la mejor. Entonces él se acercó a las niñas y les preguntó por qué discutían tan acaloradamente; y una vez que le explicaron el motivo, les dijo:

—Su merced, que es la mayor, es el sol, y en el día ¿qué cosa hay más bonita que el sol?—Su merced, que es la del medio, es la luna, y en la noche ¿qué cosa hay más bonita que la luna?—Su merced, que es la menor, es la guía de la mañana, y al amanecer ¿qué cosa hay más bonita que la guía de la mañana?—Y se fué.

Con estas cosas que les dijo el Huacho, se quedaron las niñas muy contentas, y dijeron:

—¿Y con qué le pagamos a este joven que nos puso en concierto y nos dejó contentas a las tres?

Entonces lo llamaron, y la mayor le dió un anillo que daba todo lo que se le pedía; la del medio le dió una pluma, que no había más que ponérsela en el zapato para volar más ligero que el viento; y la menor le dió un gorro, que bastaba ponérselo para hacerse invisible.

El Huacho les agradeció los regalos y partió nuevamente; y había andado ya algunas leguas cuando le vino como un desmayo, de lo que no había comido nada desde la noche antes.

Entonces le dijo al anillo:

—Anillito, dame una mesa bien puesta de un todo, con los manjares más ricos que haya.

Y entonces se le apareció una mesa llena de los mejores platos y más ricos vinos, y después que se llenó, se puso a dormir la siesta. A la tardecita despertó y siguió su camino, hasta que no pudo seguir andando porque tenía los pies hinchados de tanto que había caminado, y se sentó a descansar. Y en esto estaba cuando se acordó de repente de su aventura con las tres niñas y de los regalos que le habían hecho, y dijo:

—Buen dar con lo tonto que soy, pudiendo volar más ligero que el viento;—y sacó la pluma y se la puso en el zapato.

Había volado una porción y ya comenzaba la noche, cuando se le apareció un águila inmensa de grande, que le dijo:

—¿Cómo te atreves a volar en mis dominios, vil gusanillo de la tierra?

Entonces el Huacho le contó toda su historia, y una vez que la oyó el Aguila, que no era otra persona que el mismo Rey de los Pájaros, le dijo:

La Lorita que andas buscando está en el castillo Flordelís, y apúrate, porque si no llegas esta misma noche, ya será tarde, por lo que allí va a pasar.

Se fué el Huacho por el aire, más ligero que el viento, y llegó al castillo de Flordelís cuando ya todita la gente y hasta el mismo Rey se habían acostado, y sólo estaba despierto el soldado que estaba de guardia en la puerta del castillo.

Entonces el Huacho es que le preguntó:

—¿Qué nuevas hay por aquí, señor guardia?

—¿Qué nuevas han de haber? Que mañana se casa la Princesa, que estaba encantada, y que no era otra que la Lorita que te llevaste en cambio del almud de plata.

Cuando esto oyó, le entró al Huacho una gran pensión; pero, acordándose de su gorra, se la puso, y por el aire se entró al cuarto de la Princesa, que estaba custodiado por siete soldados moros.

Y entonces el Huacho, que no se había sacado la gorra, le dijo a la Princesa:

—Si eres tú la Lorita que yo me llevé por un almud de plata ¿por qué me has dejado solo?

Y la Princesa se asustó tanto que se puso a gritar, y vinieron los siete soldados moros, y el Rey y la Reina a ver lo que pasaba.

El Huacho, como estaba invisible, para que no tropezaran con él se acurrucó en un rincón, y como los que entraron a la pieza nada vieron ni a nadie encontraron, se volvieron, el Rey y la Reina a sus cuartos y los soldados moros a su puesto.

Al rato que todos se fueron, volvió el Huacho a hablar y otra vez la Princesa gritó que había gente en su pieza, y entraron de nuevo el Rey y la Reina y los soldados, y como tampoco encontraron a nadie, se enojaron mucho y se fueron, diciéndole a la Princesa que no fuera a gritar otra vez, porque no le harían caso a sus gritos. Y salieron.

Esperó el Huacho un momento, y acercándose a la Princesa le dijo que no tuviera miedo, que él había hecho un viaje tan largazo por el amor tan grande que le tenía y que de ninguna manera permitiría que fuera a casarse con un hombre que no la quería como él; y se quitó el gorro.

Entonces la Princesa conoció al Huacho y se tranquilizó, y le contó todo lo que había pasado y que ella se casaba contra su voluntad y que a nadie quería sino a él, que había despreciado la plata por ella, y la había cuidado tanto y hasta había tenido que aguantar los malos tratos de su madre.

Después de mucho pensar en lo que harían, convinieron que en la comida, antes del casamiento, la Princesa pidiera la gracia de que cada uno dijera un discurso y que él vería cómo ella salía bien del paso.

A la mañana siguiente dijo el Huacho al anillo:

—Anillito, dame un traje completo, todo bordado de oro y piedras preciosas, y yo que me ponga bien buenmozo.

Y así que acabó de hablar, quedó el Huacho hecho un príncipe de bonito y elegante y la Princesa muy contenta de verlo tan bien plantado. Y poniéndose el Huacho la pluma en el zapato y el gorro en la cabeza, se despidió de la Princesa hasta el otro día.

Al día siguiente, el Huacho, bien de mañana, le dijo al anillo:

—Anillito, haz que se me presente aquí un caballo de lo mejor y más lindo, bien aperado y con los aperos enchapados de oro y plata.

Y en el mismo momento se le puso un lindo caballo blanco por delante y montado en él dió un paseo por toda la ciudad, y todo el mundo se quedaba mirándolo con la boca abierta, porque nunca habían visto un príncipe tan bonito y elegante. Y al acercarse la hora del banquete, se fué al castillo y cuando el Rey lo vió decía:—“¿qué príncipe tan rico será éste?” Y él le dijo al Rey que era príncipe que dominaba en el aire.

Al comenzar el banquete, la Princesa pidió al Rey la gracia de que todos dijeran un discurso, y concedida que le fué, dijo la Princesa:

—Sacarrial Majestad, ¿qué será de más valor, una corona de oro o una corona de plata?

El Rey contestó:

—Una corona de oro.

—Yo tenía—dijo la Princesa—dos coronas, una de oro y una de plata. La de oro se me había perdido y he tenido la suerte de encontrarla; y como no debo conservar sino una, yo pregunto ¿cuál de las dos debo guardar?

Todos contestaron:

—La de oro, la de oro; no tiene vuelta.

Entonces la Princesa, tomando a Manuel de la mano lo hizo pararse y dijo:

—Esta es la corona de oro que yo había perdido y que acabo de encontrar, y como con ella debo quedarme, con este príncipe me casaré y él no mas será mi marido.

Todos aplaudieron lo dicho por la Princesa, menos el novio que iba a casarse con ella y que tuvo que salir todo acholado.

Y así fué que Manuel se casó con la Princesa y fueron muy felices, y todavía lo serán, si es que están vivos.

Y se acabó el cuento, y se lo llevó el viento y se coló por la puerta de un convento y los padres que lo oyeron, se quedaron muy contentos.

27. EL DIABLO Y EL CAMPESINO

El Diablo le propuso a un Campesino trabajar a medias, durante tres años. El Diablo pondría el terreno y el Campesino la semilla. Terminado el plazo del contrato, el campesino quedaría dueño del suelo.

Preguntó el hombre:—¿Y cómo haremos la partición?

El Diablo contestó:

—Yo tomaré lo que den las plantas arriba y tú tomarás lo que quede debajo de la tierra.—Y se fué.

Entonces el Campesino sembró papas, y cuando llegó el tiempo de partirse la cosecha, el Diablo tuvo que llevarse las matas y dejar las papas al hombre.

El Diablo se repelaba, y pensó: esta otra vez no me harás leso; y dijo al hombre:—Este año yo tomaré lo que quede debajo de la tierra y tú serás dueño de lo que quede encima.

Se fué el Demonio y el Campesino sembró sandías y melones, y cuando el Diablo vino por la parte que le correspondía y vió que le tocaban puras raíces, y a su socio lindísimos melones y sandías, se puso a rabiar como un condenado (sic) y se arrancaba las mechas de ira.

El Diablo no se dió por vencido, y después de meditar un rato, dijo al hombre:—En el próximo año será para mí lo que produzcan las plantas en la parte de arriba y debajo de la tierra; lo que den en el medio será para ti.—Y se fué pensando con esto vencer al Campesino.

Pero el hombre, sembró maíz; y cuando el Diablo vino a reclamar su porción, los choclos correspondieron al Campesino y el Diablo quedó nuevamente burlado.

—Me la ganaste, rugió el Demonio, tuyo es el campo; pero después nos veremos la cara.

Mas el hombre se deja vencer del Diablo sólo cuando quiere, porque tiene inteligencia de sobra para reirse del enemigo malo, como lo demuestra este cuento.

28. EL LIÓN Y EL HOMBRE{*}

(Narrado en 1888 por el carrilano albañil Pedro Antonio Liberona, natural de Nancagua, de 55 años de edad, y escrito, según sus recuerdo). por don Roberto Regifo, en Diciembre de 1921.


Taba el Lión viejo en su cueva, entre los riscos más encumbraos di una montaña. El Lión hijo, al velo tan respetoso, le icía:

—¿Habrá, paire, en to el mundo uno más guapo que su mercé? (Así trataban antes los hijos a los paires).

—Sí, hijo,—le contestó el veterano.

—¿Cómo ha e ser eso, paire, cuando yo, que soy su hijo, no le tengo mieo a naiden ni más respeto que a su mercé?

—No t’engañís, hijo, hay en el mundo un animal muy brao que se la gana a toos; si nu es por bien, por mal si han de dar; por eso es que yo, qu’era el rey del mundo, m’hey tenío qu’enriscar entr’estos cerros, por no dame.

—Con su permiso, paire, écheme la bendición y yu iré a peliar con ese animal pa quitale el mundo, ¡qué tanto será lo guapo! Empués e su mercé, ¿qui animal será tan grande que yo no me li alime?

—Nu es tan grande, hijo; pero es más ardiloso que toos, y se llama l’Hombre. Yo no ti aré nunca permiso, mientras viva, pa que vais a peliar con él.

Quiso que no quiso el Lión joven tuvo que quiase refunfuñando y afilándose las uñas.

El Lión viejo ’staba enfermo y a poco murió.

Empués de lloralo el Lión joven y dejalo tapao con ramas que salió a cortar, pensó:—Agora sí que no me queo sin peliar con el Hombre; y salió cordillera aajo a uscalo.

{*} Esta transcripción, aunque no completamente fonética, se aproxima al modo de hablar popular lo suficiente para darse cuenta de él. Sin embargo, debe advertirse que no siempre se han suprimido las eses y zetas, que en numerosos casos no se pronuncian, o suenan como aspiraciones muy tenues, por carecer la imprenta de los signos convenientes y no dificultar más la lectura. Lo mismo puede decirse de la b y de la v, que hay casos en que suenan, pero no con la fuerza que en el lenguaje que usa en Chile la gente educada.

28. EL LEÓN Y EL HOMBRE

Lo primero qu’encontró en una d’esas vegas que se jorman aentro e los cajones e la cordillera jué un Caallo flaco.

—¡Bah!—ijo—ese no mi aguanta na. ¿Vos sos el Hombre?—le gritó.

—Yo no soy el Hombre, iñor.

—¿Quién es el Hombre, entonce?

—El Hombre, iñor, tá más p’aajo y es un animal muy malo y muy guapo; a mí me tiene bien dao, y porque no me le quería ar, me metió unos fierros en la oca, mi amarró con unos corriones, y con otros fierros clavaores que se puso en los talones, se me subió encima y mi agarró a pencazos y puyazos por las costillas, hasta que tuve qui hacer su oluntá y llevalo p’onde se li antojaba, y dey me largó p’estos rincones, onde casi me muero di hambre.

—¿Pa qué sos leso? Yo voy a uscar al Hombre a ver si es capaz de ponese conmigo.

Más abajo, onde ya comienzan los potreros de serranía, vió etrás di una mangu’e pirca el lomo di un güey, con sus cachos.—Es’es el Hombre—pensó,—y que bien regrandazas son las uñas que tiene, pero en la caeza, mientras que yo las tengo en las manos. A ver si es el Hombre.—Y di un salto apareció encim’e la pirca.—¿Vos sos el Hombre?—le gritó.

El Güey se puso a tiritar espantao, y sacando la voz como puo, le contestó:

—Yo no soy el Hombre, iñorcito. El Hombre vive más p’aajo.

—Me querís engañar que no sos vos, porqu’ estay tiritando e cobardía. ¿Y te alimas a peliar conmigo? ¿Pa qué’s ese cuerpo tan regrande y esos armamentos que tenís en la caeza si no pa ganásela a los que no son guapos como yo? ¡Pónele al tiro, si querís!

—¡No, iñorcito, por Dios!, si yo no soy peliaor ni guapo; ya ve qu’el Hombre me tiene bien amansao y que cuando yo’staba más toruno y me le quise sulevar, m’echó unos lazos, me tiró al suelo y me marcó el pellejo con un fierro caliente, qu’entuavía m’escuece; ¿no ve, su señoría, aquí, en las ancas?... y m’hizo otras cosas más, bien repiores, que me dan vergüenza... Después me puso yugo y m’hizo tirar la carreta a picanazos; y aquí’stoy, iñor, paeciendo hasta qui al Hombre se li ocurra matame pa comeme.

—¡Tan regrande y tan... vilote! No servís pa na. Me voy.—Y cortó cerro aajo en busqu’el Hombre.

Ya iba diisando los planes regaos y al acao di una quebrá vió un humito y empués el rancho di una posisión d’inquilino, y se jué acercando espacito a los cercos.

El Perro del inquilino l’olfatió y salió a lairale. El Lión se sentó a esperalo y pensó:—Este si qui ha e ser el Hombre; bien mi habían dicho que nu era tan grande; ¡a mí no me la gana este chicoco!; pero es pura alharaca lo que trae y no se viene al cuerpo.

El Perro le lairaba retiraíto.

—¡A ver, Hombre! callate un poco. ¿Vos sos el Hombre?

—Yo no soy el Hombre; pero mi amo es el Hombre.

—Así m’estaa pareciendo, porque lo que sos vos, no mi aguantay ni la primera trenzá. And’icile a tu amo que vengo a desafialo, a ver si es cierto qu’es el más guapo el mundo comu icen.

Cortó el Perro pa la posisión y lueguito vinu el Hombre con una escopeta cargá.

—¡Bah!—ijo el Lión—qué raro es el Hombre, nu anda con la caeza agachá como toos nosotros. ¿Cómo comerá? anda echao p’atrás! Bah! yo tamién me siento en las patas pa peliar con las manos libres ¿qué gran ventaja mi ha e llevar?... ¿Vos sos el Hombre?—le preuntó cuando lo vió cerca.

—Yo soy el Hombre—le contestó el labrador.

—A peliar contigo vengo pa saer cuál es el más guapo e los dos en el mundo.

—Güeno—le ijo el Hombre—; pero pa que yo pelee tenís que sacame rabia; retame primero y empués te contesto yo.

Prencipió el Lión a insultalo de bandío, saltiaor, coarde, lairón, ausaor, hasta que se cansó e retalo.

—Agora me toca a mí,—ijo el Hombre.—Allá va una mala palaura;—y le largó un escopetazo y le quiebró una pata.

—¡Ay, ay, aicito!—gritó el Lión;—iñorcito Hombre, no peleo más con usté,—y arrancó a lo que poía cordillera aentro, a enriscase en las cumbres, pensando:—Bien icía mi finao taita que no juera a peliar con el Hombre; si con una mala palaura no más me quiebró una pata ¿qui habría sío si se me le viene al cuerpo?

Y no bajó nunca más e las montañas, sino a escondías.

Estaba el viejo León en su cueva, situada entre lo riscos más encumbrados de una montaña. El León hijo, al contemplarlo tan respetable, le dijo:

—¿Habrá, padre, en todo el mundo un ser más valiente que su merced? (Así trataban antes los hijos a los padres).

—Sí, hijo—le contestó el anciano.

—¿Cómo ha de ser eso, padre, cuando yo, que soy su hijo, no le tengo miedo a nadie ni respeto mas que a su merced?

—No te engañes, hijo, hay en el mundo un animal muy bravo que vence a todos; si no es por bien, por mal se han de entregar; por eso yo, que era el rey del mundo, para no verme vencido, he tenido que esconderme entre los riscos de estos cerros.

—Echeme la bendición, padre, y con su permiso iré a pelear con ese animal y lo despojaré del dominio del mundo. ¡No será tan valiente! Fuera de su merced ¿qué animal habrá tan grande a quien yo no me atreva a atacar?

—No es tan grande, hijo; pero es más astuto que todos y se llama el Hombre. Mientras yo viva, jamás te daré permiso para que vayas a pelear con él.

Quiso que no quiso, el León joven tuvo que quedarse, refunfuñando y afilándose las uñas.

El León viejo estaba enfermo y poco después murió.

Después de llorarlo el León joven y de dejarlo cubierto con unas ramas que salió a buscar, pensó:—Ahora sí que no me quedo sin pelear con el Hombre; y bajó de la cordillera al valle para buscarlo.

Lo que primeramente encontró en una de las vegas que se forman en las quebradas de la cordillera, fué a un Caballo flaco.

—¡Bah!—dijo—ese no se atreverá conmigo. ¿Eres tú el Hombre?—le gritó.

—No soy el Hombre, señor.

—¿Quién es el Hombre, entonces?

—El Hombre, señor, vive más abajo, y es un animal muy malo y muy valiente; a mí me tiene completamente subyugado, y porque no quería entregármele, me metió unos hierros en la boca, me ató con correones, y con unas espuelas muy clavadoras que se colocó en los talones, se subió encima de mí y comenzó a darme pencazos y a clavarme las espuelas por los ijares, hasta que tuve que hacer su voluntad y llevarlo a donde se le antojaba, y en seguida me largó para estos rincones, en donde casi me muero de hambre.

—Eso te sucede por tonto. Yo voy a buscar al Hombre porque deseo ver si se encuentra capaz de pelear conmigo.

Más abajo, donde ya comienzan los potreros de serranía, vió detrás de una cerca de pirca, el lomo de un buey, con sus cuernos.—Este es el Hombre—pensó,—y qué enormes son las uñas que tiene, pero en la cabeza, mientras tanto yo tengo las mías en las manos. Veamos si es el Hombre.—Y de un salto se puso encima de la pirca.—¿Eres tú el Hombre?—le gritó.

El Buey se puso a temblar, espantado, y sacando la voz como pudo, le contestó:

—Yo no soy el Hombre, señorcito. El Hombre vive más abajo todavía.

—Quieres hacerme creer que no eres tú y estás temblando de miedo. Y dime ¿te atreves a combatir conmigo? ¿De qué te sirve ese cuerpo tan enorme y esas defensas que tienes en la cabeza sino para triunfar de los que no son valientes como yo? ¡Peleemos inmediatamente, si te atreves!

—¡No, señorcito, por Dios! Si yo no soy peleador ni valiente! ya ve que el Hombre me tiene completamente manso, y una vez, cuando yo era más joven y quise sublevarme, me ató con unos lazos, me echó al suelo y me marcó la piel con un hierro candente, que todavía me escuece; ¿no ve, su señoría, la marca, aquí, en las ancas?... y aun me hizo otras cosas peores, que me avergüenza... Después me enyugó y me hizo tirar del carro a golpes de picana; y aquí me tiene, señor, padeciendo, hasta que al Hombre se le ocurra matarme para comerme.

—¡Tan grande y tan... vil! No sirves para nada. Me voy.—Y siguió bajando el cerro en busca del Hombre.

Ya divisaba los llanos regados, y al término de una quebrada vió un humo y después el rancho de una posesión de inquilino, y se acercó sin hacer ruido a los cercos.

El Perro del inquilino lo olfateó y salió a ladrarle. El León se sentó a esperarlo y pensó:—Este sí que ha de ser el Hombre; bien me habían dicho que no era muy grande; ¡a mí no me vence este enano!; pero todo no es más que bulla y no se atreve a atacarme.

El Perro le ladraba desde lejos.

—¡A ver, Hombre! cállate un poco. ¿Eres tú el Hombre?

—No soy el Hombre; pero mi amo es el Hombre.

—Así me parecía, porque, lo que eres tú, no aguantas ni el primer ataque. Ve y dile a tu amo que vengo a desafiarlo; deseo ver si es efectivo lo que dicen, que es el ser más valiente del mundo.

Fué el Perro para la posesión y volvió luego con el Hombre, que traía una escopeta cargada.

—¡Bah!—dijo el León—qué raro es el Hombre, no lleva la cabeza baja como nosotros. ¿De qué manera comerá? anda derecho! Bah! yo también me siento en las patas traseras para pelear con las manos libres ¿en qué me aventajará?... ¿Eres tú el Hombre?—le preguntó cuando lo vió cerca.

—Yo soy el Hombre—le contestó el labrador.

—Vengo a pelear contigo para saber cuál de los dos es el más valiente.

—Bueno, le dijo el Hombre;—pero para que yo pelee tienes que irritarme; insúltame tú primeramente y después te contesto yo.

Púsose el León a tratarlo de bandido, salteador, cobarde, ladrón, abusador, hasta que se cansó de insultarlo.

—Ahora me toca a mí—dijo el Hombre.—Allá va una mala palabra; y disparándole un escopetazo, le quebró una pata.

—¡Ay, ay, aicito!—gritó el León;—señorcito Hombre, no peleo más con usted,—y huyó como alma que lleva el diablo para el interior de la cordillera, a ocultarse entre los riscos de la cumbre, pensando:—Bien decía mi finado padre que no fuera a pelear con el Hombre; si con una sola mala palabra me quebró una pata, qué habría sido de mí si se me viene al cuerpo?

Y nunca más bajó de las montañas, sino ocultándose.

29. LOS TRES HERMANOS QUE SALIERON A APRENDER A HABLAR

(Referido por el niño M. I. Oportot, de 12 años, en 1912.)


Este era un huaso rico que tenía tres hijos de muy escasa inteligencia, y el padre quería que aprendieran a hablar como la gente educada. Dióles dinero y les ordenó que salieran a conocer mundo, se fijaran cómo hablaban las personas decentes y no volvieran hasta que no se encontraran capaces de conversar como los caballeros.

Salieron los tres hermanos y en un restaurant en que entraron a comer se sentaron cerca de una mesa en que había unos señores que jugaban al dominó.

Al mayor de los tontos le gustó mucho la frase Nosotros hemos sido, que dijo uno de los jugadores contestando a un curioso que preguntaba quiénes habían ganado la partida; y se llevó repitiéndola hasta que se le quedó impresa en la memoria. Al segundo le llamó la atención lo que dijo otro de los jugadores a quien uno de los mirones interrogó por qué jugaba, y respondió Por ganar dinero, y se estuvo dale que dale con la frasecita, hasta que le pareció que no se le olvidaría. Y al tercero, lo que más le gustó fué la expresión Por muy justa causa, que lanzó otro de los circunstantes, y que la dijo no menos de cien veces en su interior, hasta que se le quedó perfectamente grabada.

Y sucedió que cuando se volvían a su casa, muy contentos de las hermosas palabras que habían aprendido, al atravesar un campo por donde tenían que pasar, tropezaron con el cadáver de un hombre que acababa de ser asesinado y de cuyas heridas manaba sangre en abundancia.

Se quedaron los tres hermanos asustados, con la boca abierta, contemplando al muerto, y así estaban cuando llega un guardián de a caballo y les pregunta:

—¿Quién ha asesinado a este hombre?

—Nosotros hemos sido—contesta el mayor.

—¿Y por qué le dieron muerte?

—Por ganar dinero—responde el segundo.

—Entonces van presos los tres—dice el guardián.

—Por muy justa causa—contesta el tonto menor.

Y fueron conducidos a la presencia del juez, quien, por suerte para ellos, les conocía y sabía que eran tontos de nacimiento, que si no, los manda fusilar.

30. LAS TRES GANGOSAS

(Contado por el niño Alfonso González, natural de Santiago, de 12 años, en 1912.)


Para saber y contar hay que escuchar y aprender. Esta era una señora que tenía tres hijas buenasmozonas, pero gangosas, que habían logrado hacerse querer de tres jóvenes, con los cuales se entendían por medio de señas y de cartas, porque la madre les había prohibido que hablaran con ellos, para que no les conocieran el defecto que tenían.

Un día tuvo que salir la señora y les ordenó a las niñas que por nada de este mundo hablaran con sus pretendientes; y encargó a la mayor el cuidado de las ollas que quedaban al fuego, que no se subieran.

Los jóvenes, que vieron salir a la señora, deseosos de conversar con las niñas, en cuanto se perdió de vista se colaron a la casa, y las niñas no tuvieron más remedio que salir al salón a atenderlos; pero ninguna hablaba, por más que los jóvenes les hacían mil preguntas.

De pronto se oyó un ruido como si un líquido se derramara en el fuego; y entonces la segunda, hablando más por las narices que por la boca, dijo a la mayor:

—Hegmana, vaya a veg las ollas que paguese que se han subido.

Y la interpelada contestó:

—De vegas, hegmanita, se me había ogvidado el encago de la mamá.

Y pregunta la segunda:

—¿No digo la mamá que no hablágamos?

—¡De vegas! qué memoguia la mía Pog Dios! y tú también hablaste!

—Pego yo no he dicho nada—dijo la menor;—con ustedes se va a enogag la mamá y les va a pegag.

Al oir gangosear a sus prendas, los visitantes tomaron su sombrero y sin despedirse siquiera, salieron presurosos de la casa.

Poco después volvió la madre, y al imponerse de lo que había sucedido, les aplicó a las tres una buena felpa, y mientras les pegaba, les decía:

—¡Tomen, tontas gangosas! tomen Cuando ya me iba a deshacer de ustedes, todo lo echaron a perder.

31. EL CAPON ASADO

(Me lo refirió el joven D. A. Freire, de Santiago, en 1911.)


Un caballero salió a dar un paseo a caballo por las afueras de la ciudad y le encargó a la cocinera que a su regreso le tuviera un capón asado. Chepa (Josefa se llamaba la sirvienta) bajó al corral y cogió el más gordo de los capones que en él se criaban, y se puso a asarlo. El apetitoso olor que despedía el ave puesta al fuego tentó a la Pepa, que, no pudiendo resistir sus deseos, se comió un tuto. Cuando, en la tarde llegó el caballero, la Pepa le sirvió el capón en un azafate, adornado con ramas de apio, perejil y otras verduras, que ocultaban lindamente la falta de la presa que la cocinera se había manducado; y el patrón comenzó inmediatamente a hacer funcionar las mandíbulas, empezando por la pechuga; sólo al fin vino a darse cuenta de que al ave le faltaba una pata.

—¿Que es esto, Chepa?—preguntó a su servidora;—¿desde cuándo los capones tienen una pata solamente?

—Desde que existen, pues, señor; siempre no han tenido más que una.

—¿Cómo es eso? Yo creía que tenían dos, como todas las aves.

—Vamos al gallinero, patrón, y se convencerá de que los gallos, capones o no, y las gallinas no tienen sino una pata.

—Vamos a ver esa maravilla.

Fueron al gallinero, y como ya se había puesto el sol y las gallinas dormían, vieron que todas descansaban en una sola pata, como acostumbran cuando duermen, manteniendo la otra encogida y oculta entre las plumas.

—¿No ve, patrón, como no tienen más que una pata?

—Eso lo vamos a ver—contestó el caballero, espantando las aves, que bajaron de sus dormideros y echaron a correr despavoridas.—¿Ves como tienen dos patas?

—¡Qué gracia!—contestó la Chepa—¿y por qué no espantó también al capón antes de comérselo?

El caballero no pudo menos que reírse a carcajadas y declararse vencido.

32. EL VENDEDOR DE COQUITOS

Un vendedor de coquitos tenía la costumbre, en vez de pregonar su mercadería, de hacerla sonar moviendo repetidas veces, de arriba abajo, el canasto que la contenía.

Se le acerca un gabacho que no habla castellano ni conoce los coquitos, y pregunta:

—Comment s’apelle—ça?

—Si no se pelan, ñor, se parten.

—Comment?

—¡Con la mano! No, iñor, con pieira.

—Je ne comprend pas.

—Y si no habís de comprar ¿pa qué preguntay, gringo tal por cual?

33. EL VENDEDOR DE PEQUENES

(Variante del anterior).


Un francés recién llegado a Santiago, que no habla español, se acerca a un pequenero y le pregunta, mostrándole los pequenes:

—Ces sont des gateaux?

—¡De gato! De purita carne de cordero, iñor! ¿qué si ha figurao usté?

—Qu’est ce que ce que ça?

—¿Asáas? Clarito, pus, ñor, y recién sacaítas del horno qui están!

—Je ne comprend pas.

—No comprís, pus, gringo leso; pa lo que se me da; ¡cuando la gente se las pelotea y en un dos por tres se las acaba!

34. EL CUENTO DE LOS TRES DIFUNTOS

Encontraron una vez a tres hombres asesinados, que parecían extranjeros. Para identificar sus personas, no encontraron sobre ellos señal alguna; pero al hacerles la autopsia, descubrieron en los intestinos de uno un tallarín, de lo cual dedujeron que era italiano; en los del otro descubrieron un poroto, y se tuvo por signo evidente de que era chileno; en los del tercero no encontraron nada, pero por el habla vinieron a comprender que era alemán.

35. EL SACRISTAN QUE HABLA A LOS FIELES

(Contado por la Srta. Elisa Echeverría L., de Santiago, en 1914).


Un día Domingo amaneció mal de salud el Cura de una parroquia de campo, y encargó al Sacristán que a la hora conveniente dijera al pueblo que el señor Cura no podía decir misa por estar enfermo, pero que era bueno que rezaran el rosario; que el Jueves era vigilia porque el Viernes era San Simón y San Judas; y que Pedro Martínez y María Jiménez iban a contraer matrimonio y que si había algún impedimento, pasaran a avisárselo.

Llegada la hora de la misa, el Sacristán se presentó en el presbiterio y volviéndose al público dijo:

“El señor Cura está enfermo, pero con la Rosario se pone bueno; el Jueves es Viernes, vigilia de Pedro Martínez y María Jiménez; San Simón y San Judas van a contraer matrimonio, si hay algún impedimento, que se presenten a avisarlo”.

Con la falta de costumbre de hablar en presencia de tanta gente, al pobre Sacristán se le trastrocaron las ideas.

36. POR QUE EL JOTE TIENE LA CABEZA Y EL COGOTE SIN PLUMAS

(Este cuentecillo y los que siguen, hasta el Núm. 40, me fueron contados en Peñaflor, en 1922, por el maestro carpintero Tránsito González).


Unos arrieros llevaban unas cargas de trigo para un pueblo y donde alojaron les sacaron las cargas y los aparejos a las mulas.

Cuando al otro día se levantaron y fueron a aparejar las bestias, se encontraron con que los lacillos, las sobrecargas y las amarras habían desaparecido.

—¿Quién se habrá robado los aperos?—dijo el Capataz.—Sería capaz de darle un costal de trigo a quien me lo dijera.

Entonces un Burro que estaba pastando por ahí cerca y que había visto en la noche a una Zorra y a sus Zorritos que se llevaban los lacillos, las sobrecargas y las amarras, le dijo:

—Un almud de trigo que me pagaran y que me lo dejaran en ese peladerito, yo les traía los aperos y los ladrones.

Hicieron el trato, y entonces el Burro se fué a la madriguera de la Zorra y se tendió cerca de la entrada.

Un zorrito salió y al ver al Burro exclamó:

—¡Ay mamita! Dios ha venido a vernos! mire qué causeíto nos ha dejado aquí!

Salió la Zorra y gritó a los zorritos:

—¡Vengan, niños!, traigan los lacillos, las sobrecargas y las amarras para amarrar a este Burro y arrastrarlo para adentro. Vamos a tener comida para una semana por lo menos.

Amarraron al Burro de todas partes y se pusieron a hacer fuerzas para arrastrarlo, pero los lazos se les resbalaban de las manos. Entonces dijo la Zorra:

—Amarrémonos todos nosotros de los lacillos, de las sobrecargas y de las amarras y lo arrastraremos mejor.

Así lo hicieron, y el Burro, al verlos amarrados, se levantó y arrastró con todos ellos y se los llevó a los arrieros.

Le dejaron el almud de trigo convenido, en el peladerito que el Burro había dicho, pero como tenía mucho polvillo, se le ocurrió al Burro lo siguiente para limpiarlo. Se tendió en el suelo con el trasero vuelto a donde estaba el trigo, y otra vez se hizo el muerto. Un Jote que andaba revoloteando por ahí, bajó, y como lo primero que hacen estos pájaros es comerse la tripa gorda, el Burro, que lo sabía, pujó con todas sus fuerzas y sacó parte del estantino, y entonces el Jote le dió un picotazo en esa parte e inmediatamente el Burro frunció el orificio y junto con el estantino entraron la cabeza y el cogote del Jote. El Jote, por zafarse, movía las alas como un diablo y con el viento que echaba lanzó lejos todo el polvillo y dejó el trigo completamente limpio. Entonces soltó al Jote, que al salir se encontró con la cabeza y el cogote pelados. Con el calor que los burros tienen adentro se le desprendieron las plumas, y desde entonces los jotes tienen la cabeza y el cogote pelados.

37. LAS TRES MENTIRAS

Un campesino, al morir, dejó por toda herencia a los tres hijos que tenía la cantidad de trescientos pesos. Los dos mayores, que eran muy ambiciosos, querían adueñarse de toda la cantidad; y a fin de que uno solo se quedara con ella, propusieron al menor dejar enterrada la plata y salir a rodar tierras por un año, y entregarla al que, al volver, contara la mentira más grande. Aceptó la proposición el menor, y salieron. Al año justo se juntaron los tres en el mismo punto en que se habían apartado, que era donde habían enterrado el dinero, y después de abrazarse, comenzó el mayor:

—Yo, hermanitos, he trabajado durante todo el año de chacarero, y una vez planté una mata de garbanzos que creció tanto, tanto, que llegó hasta el cielo.

—¡Grandaza está la mentira!—dijeron los otros dos.

—Ahora diga la suya, hermano—dijo el mayor al segundo.

—Yo—dijo éste—estuve trabajando en una hilandería, y torcí en una ocasión un hilo tan largo, tan largo, que mientras yo lo tenía de una punta la otra llegaba al cielo.

—Bien regrande la mentira—dijeron los otros dos.—A usted, hermanito, le toca decir la suya.

—Yo—dijo el menor—no trabajé en nada fijo, sino en lo que me tocaba; yo a todo le hacía. Una noche que venía por un camino muy solo, me puse a torcer un cigarrito, y cuando lo fuí a encender, me encontré con que no tenía fósforos, y mientras tanto, ya me moría de ganas de fumar. ¿Qué hice entonces? Divisé una luz en la Luna y subí hasta ella a encender mi cigarro.

—¿Y por dónde subiste?

—Por el hilo que tú torciste.

—¿Y por donde bajaste?

—Por el garbanzo que tú plantaste.

Los trescientos pesos le correspondieron al menor, que era el menos ambicioso y que ni siquiera se había preocupado en todo el año de urdir su mentira.

38. EL PEQUEN Y EL SAPO

Estaba un Sapito arriero tomando el sol, cuando un Pequén, que lo divisó desde lo alto, bajó y se le puso al lado, sin darle tiempo para saltar al agua.

Los sapos, como los burros, tienen fama de ser torpes, pero es un error, porque son habilosazos y tienen muy buenas ocurrencias.

Vean, si no, lo que se le ocurrió al Sapo.

Al ver el peligro en que se hallaba, no se cortó; al contrario, saludó muy políticamente al Pequén y le dijo:

—Buenos días, señor Pequén, ¿cómo está su salud y la de sus oficiales y soldados? porque, seguramente, usted por lo menos es general. Yo tengo muy buen ojo y estoy cierto de no equivocarme al decirle que debe ser general,... si acaso no es el Presidente.

El Pequén dijo para sí:

—¡Qué sapito tan dije y tan bien educado!—y en voz alta:—Estamos todos bien, sapito lindo. ¿Y qué se te ofrece a ti?

—Nada más que no me coma, señor General; siendo usted una persona tan digna, espero que no tratará de comerse a este pobre Sapo, contimás que hay aquí tantísimos ratones a su disposición y su carne es tan ricaza.

—¡Qué sapito tan bien hablado!—pensaba el Pequén para sus adentros, ¿me lo comeré o no me lo comeré? tengo tantísima hambre.—Y hablando fuerte, le dijo: Veremos, sapito, si te como o no te como.

Y en esto el Pequén bostezó y cerró los ojos, y el Sapo que no despegaba los suyos de los de su enemigo, en cuanto lo vió pestañear se echó al agua y le gritó al Pequén:


—¡Ah, pájaro indino,
saltiaor de caminos,
que andáis, como garrotero,
saltiando a los pasajeros!


Y el Pequén dijo:


—¡En qué hora estaría
que no me comí a esta porquería!

39. EL GUAIRAO Y EL SAPITO

Pasó volando un Guairao por encima de un estero, y al ver a un Sapito, bajó para comérselo; pero el Sapito, que lo vió a tiempo, de un salto se metió al agua. El Guairao, que es medio filósofo, dijo:

—¡Miren lo que son estos lesos!


permiten ahogarse en el estero,
por no pasar por mi guargüero.

40. LOS GUAIRAOS Y EL SAPO

Iban volando dos Guairaos y divisan a un Sapo que estaba de espaldas con la guata al sol, tan blanquita, que le brillaba. Dice un Guairao al otro:

—Hermanito, el que está ahí ¿no es un Sapo?

Y el Sapo, que los oye, le contesta:


—No soy un Sapo;
¿que no vis que soy un trapo?


Entonces el Guairao dijo:


—A trapo que habla,
mi guargüero se lo traga.


Y se lo comió.

SEGUNDA PARTE

MITOS, TRADICIONES, CASOS.


Narraciones supersticiosas.


Benditas sean las tradiciones, tanto más respetables cuanto más pueriles... Ellas nos conservan lo pintoresco, la noción sentimental de la vida. En el monótono ir y venir de la péndola, en el caer de las hojas del calendario, en la vulgaridad de los hechos, esas tradiciones colocan una flor de poesía. De esta suerte, y mediante ellas, el itinerario es menos aburrido.—(J. Ortega Munilla).—Tenorios, castañas y buñuelos. (Diario Hisp. Americano, N.º 394, de 24 de Enero de 1918).

MITOS

1. EL CHANCHILLO

(Referido por D. H. Iribarren Charlín, de 17 años. 8 de Julio de 1911.)


El Chanchillo es un pescado de las playas de Coquimbo, de metro y medio de largo por 0.70 de diámetro en su parte más gruesa.

Es tradicional en la costa de la provincia de Coquimbo la buena amistad que existe entre el Chanchillo y el hombre. Cuando un pescador ha caído al agua, porque la tempestad haya hecho zozobrar la barca, o por cualquier otro motivo, si hay cerca un Chanchillo, toma al hombre sobre su lomo y lo va a dejar a la playa, en un lugar en que esté libre de todo peligro. De aquí proviene el cariño que el pescador siente por el Chanchillo, y por lo cual, siempre que lo divisa, lo saluda con los nombres más dulces. Es común oir contar a los pescadores que un Chanchillo libró de la muerte a sus padres o abuelos.

Si un Chanchillo es cogido en las redes y muere antes de que el pescador pueda librarlo, el hecho produce verdadera consternación en la población pescadora, que, presa de un miedo supersticioso, pasa dos o tres días sumida en la tristeza.

2. EL CHUMACO

(Información que en 1921 me suministró el cirujano dentista D. Roberto Sundt, natural de la provincia de Coquimbo.)


Personaje legendario con quien se atemoriza a las mujeres en los campos y pueblos situados a ambas márgenes del Choapa, cerca de su desembocadura, advirtiéndoles que se cuiden de él, que no las vaya a destripar.

Posiblemente El Chumaco fué el sobrenombre de un bandido sátiro que a principios del siglo pasado estableciera en aquellos parajes el campo de sus fechorías.

3. LA CALCHONA

(Contado por el niño D. Ramón Fernández G., estudiante, de 14 años. Santiago, 1911.)


Un hombre, ignorando la condición de su novia, se casó con una bruja. Por ciertos hechos que ocurrieron más tarde, entró en malicia, y desde entonces la acechaba, sin que ella lo notara; hasta que una vez, en la noche, la vió desnudarse; sacarse los ojos, que dejaba en un plato con agua; untarse el cuerpo con un ungüento negro; envolverse en un cuero de oveja, y salir al campo, donde se unió a muchas otras ovejas: y en cuanto se juntó con ellas, vió que todas emprendían desenfrenada carrera, y las perdió de vista en un instante.

El marido tornó inmediatamente a su casa y tomando los ojos que su mujer había dejado en el plato, y el ungüento, los arrojó a una acequia muy correntosa.

Cuando la mujer volvió, no pudiendo encontrar ni los ojos ni el ungüento, siguió convertida en oveja, y desde entonces se la ve correr por la orilla del río y de los tajamares. Los muchachos le han puesto el nombre de Calchona, por tener grandes mechones de lana en las extremidades de sus patas.

4. OTRA VERSION

(Del joven estudiante D. Francisco Vásquez, de 15 años, de Santiago.)


En la Chimba de Santiago vivía, hace mucho tiempo, una bruja casada con un zapatero, al cual le daba todas las noches un licor para hacerlo dormir. En cuanto el zapatero comenzaba a roncar, la bruja le echaba unto a sus niñitos, que se convertían en zorros, y en seguida se untaba ella, y transformada en cabra, salía a merodear.

Un día tuvo que ausentarse el zapatero y no volvió sino ya muy entrada la noche. Se quedó todo sorprendido de no encontrar a su mujer ni a sus niños; pero en un rincón vió cinco zorritos.—¿Qué es esto? dijo el zapatero. Y uno de los zorritos contestó.—Mi mamita salió, pero antes nos echó de los untos que hay en esas cajas y nos volvió zorros y después se echó ella de los mismos untos y se volvió cabra, y salió.

Tomó el zapatero del unto y les echó a los zorritos, que se volvieron niños otra vez, sacó el unto de las cajas y lo arrojó a la acequia, que llevaba mucha agua, y tiró a la calle las cajas con el poco unto que iba pegado a ellas.

Al amanecer llegó la cabra y sólo halló las cajas vacías, con un poco de unto pegado; lo sacó y se lo echó en la cara, y no le alcanzó para más. Por eso anda todavía de noche, en figura de cabra con cara y manos de gente.

5. OTRA VERSION

En una casa de campo vivía un matrimonio joven, con dos hijos pequeños. La mujer era bruja y los jueves en la noche, mientras su marido dormía profundamente, gracias a un narcótico que le suministraba con el vino, en la comida, se trasladaba al aquelarre transformada en oveja. El marido, sospechoso de que algo pasaba, esperó una vez que su mujer se levantara de la mesa para traer un guiso de la cocina, y arrojó al patio el vino con el narcótico. Cuando la mujer volvió, fingió que acababa de bebérselo. Fueron a acostarse, pero el marido, en lugar de dormir, atisbaba cuidadosamente a su mujer. Pero antes de media noche se levantó ella, y el marido la vió desnudarse por completo, untarse el cuerpo con un ungüento que extraía de un pequeño pote de loza y a la media noche salir de la casa convertida en oveja. El hombre esperó un rato, se levantó, ensilló su caballo, guardó en sus bolsillos cuanto dinero encontró, y tomando a los niños, montó en su cabalgadura y partió a la carrera, pero no sin incendiar antes la casa, que el fuego consumió en pocos momentos con todo lo que contenía, incluso el pote de unto. Cuando la oveja volvió, no halló sino un montón de ruinas, y como había desaparecido el unto, no pudo tornar a su forma primitiva y tuvo que seguir viviendo transformada en oveja. Esta es la Calchona, que en todas partes se introduce, balando tristemente, en busca de sus hijos.

Los campesinos, que saben que es una mujer que purga sus pecados, la dejan transitar libremente y le dan leche y las sobras de sus comidas.

6. LA VIUDA

(Me lo contó el joven estudiante D. Carlos Puccio, de Molina y 17 años de edad, en 1911.)


Cuando construían el hospital de Molina, a los que pasaban cerca de él a las 12 de la noche, les salía una mujer vestida de negro (a los que iban a caballo se les montaba al anca), y del susto, perdían el conocimiento. Entonces la mujer les robaba todo lo que llevaban.

7. LA MUJER LARGA

Del Cementerio de Paredones (provincia de Curicó, departamento de Vichuquén), sale a las 12 de la noche una mujer muy larga. Cuando alguien se le acerca, se achica y le crujen las enaguas. Al primer canto del gallo, vuelve a su sepultura.

8. EL PIGUCHEN

(D. Francisco 2.º Vásquez, 1911.)


El Piguchén es un culebrón muy viejo, más o menos de medio metro de largo, cubierto de cerdas; es de color negro y tiene alas. Vive en la cordillera, pero, volando, llega de noche hasta San Bernardo y Santiago y le chupa la sangre al ganado. Se esconde en el día, en el hueco de los árboles viejos y se conoce su presencia porque los troncos están chorreados de la sangre que vomita. No se le puede coger porque es muy venenoso, tanto que basta que sus cerdas toquen la piel de un hombre, para que éste caiga muerto. Para matarlo, cubren el árbol en que está escondido con una tela fuerte, para que no pueda huir, y en seguida le prenden fuego al árbol.

Para ahuyentarlo e impedir que haga daño al ganado, basta hacer sonar un cuerno de buey; el sonido ronco que produce este instrumento le causa pavor y se va a otra parte.

No embiste contra el hombre sino en caso de verse atacado por él.

9. LA CUCA

(D. Francisco 2.º Vásquez, 1911.)


Una señora anciana que vivía en la Cordillera, contó a la abuelita del niño Vásquez, que me hizo ésta y muchas otras relaciones, que aparecía en la Cordillera un monstruo, mitad mujer, mitad vaca, que andaba siempre con la cabeza tapada, de manera que no se le veía el rostro. La llamaban La Cuca. Penetraba a las casas, sacaba de sus camas a las personas que dormían y las dejaba en otro sitio distante, sin causarles ningún daño.

10. EL CABRO VIEJO

(D. Francisco 2.º Vásquez, 1911.)


En la Cordillera vive un ser mitad hombre (un viejo barbudo) y mitad cabro. Sale por las noches solamente, y si alguna persona pasa cerca de donde él está, la llama por su nombre; si le contestan, desaparece inmediatamente y lo encuentran muy lejos, en la misma Cordillera, sin cabeza y con el cuerpo destrozado; o va a parar a los Pirineos (sic). Muchos trabajadores del ferrocarril transandino son testigos de lo primero.

11. EL HOMBRE TIGRE

(D. Francisco 2.º Vásquez, 1911.)


En el camino de los Callejones (en la misma Cordillera, pero no sabe mi informante en qué provincia), salía un tigre a atacar a los viajeros y les robaba, los llevaba a la cueva en que vivía y los mataba.

Una vez iba por ese camino un sacerdote acompañado de su mozo, y les salió el tigre.

El sacerdote se asustó mucho, y al verlo que temblaba de pavor, el mozo le dijo:—“No se le dé nada, señor”;—y sacándole la montura al caballo, se revolcó en ella, se volvió tigre y se puso a pelear con el que les había salido al camino, y lo venció, dejándolo bastante maltratado. El vencido dijo:—“No me mates, que soy hombre como tú y soy tu amigo”.—El mozo del cura lo perdonó, y ambos, refregándose en la montura, se convirtieron en hombres. Entonces el que había salido a atacarlos llevó al cura y al mozo a la cueva en que vivía y les dió de todo lo que tenía guardado en ella: espuelas de plata, ropa, sillas de montar, alhajas, etc. Después de lo cual se despidieron y el cura con su mozo continuó su camino.

12. EL PERAL ENCANTADO

En Paredones, provincia de Curicó, hay un peral que se incendia a media noche. Nadie puede pasar cerca de él, a caballo, porque el caballo se espanta y arroja al jinete y lo mata.

LAGUNAS.—NIÑAS QUE SE PEINAN CON UN PEINE DE ORO.

13. LA SIRENA DEL RIO CATO

(D. Augusto Escárate, de 12 años; ha vivido en Chillán.)


Cerca del río Cato, provincia de Ñuble, en una parte alejada del camino, sale en las tardes de los jueves una niña muy hermosa que tiene los cabellos de oro y canta con muy linda voz. Algunas personas, atraídas por el canto, se internan en la montaña en donde está la Sirena (la conocen con este nombre) y no vuelven más. No se sabe lo que les suceda.

14. LA SIRENA DE ACULEO

En la laguna de Aculeo sale todas las noches a las 12 a peinarse una niña, con un peine de oro. Los que pasan cerca y tratan de ir a donde está la niña, se caen en la laguna y se ahogan irremisiblemente. Se dice que toca en un arpa de oro y que cuando deja de tocar, salen siete potros que corren sobre el agua, y siete jinetes que los persiguen tirándoles el lazo, sin conseguir enlazarlos.

15. LA LAGUNA DE TAGUATAGUA

(Referido por D. Luis Barahona Novoa, dentista, en 1910.)


Cuando don Javier Errázuriz hacía secar la laguna de Taguatagua (hace 60 años, más o menos), decían los pobladores de la hacienda que a la hora de la siesta salía el Diablo en figura de un toro con las astas de oro. El mayordomo del fundo lo enlazó un día y el toro cortó el lazo. Mandó hacer entonces otro más fuerte, de cuero de novillo, que el toro no pudo cortar, pero arrastró al mayordomo, sin embargo de que montaba un caballo muy bueno. Cuando el mayordomo iba cerca de la laguna, que aun no estaba bien seca, sacó su corvo y cortó el lazo, para no morir ahogado.

El toro cuidaba de una niña que todas las tardes, después de ponerse el sol, salía a la orilla de la misma laguna y se sentaba en una piedra a peinar sus rubios cabellos con un peine de oro. La gente la oía cantar desde lejos, con voz melodiosa, acompañándose con los sones de un arpa que tocaba maravillosamente. Si alguien se acercaba, huía precipitadamente y se zambullía en el agua, para no salir hasta la tarde siguiente.

16. LA CUEVA DE LA NIÑA

En la playa de Bucalemu hay, en un cerro, una caverna que llaman la Cueva de la Niña, en la cual vive una jovencita encantada, que en la noche sale a peinarse a la playa con un peine de oro, que relumbra a la luz de la luna. Se sienta en una roca, y si alguno, atraído por su hermosura, se le acerca, el mar comienza a subir, hasta ahogar al curioso. Si en el día entran con luz a la cueva, se la apagan de un soplido, que no se sabe de dónde sale.

17. LA LAGUNA DE PUDAHUEL

(Referido en 1911 por el joven estudiante D. Ramón Fernández, de 15 años, de Santiago.)


Hace muchos años, cuando aun no se había tendido la línea del ferrocarril que une a Santiago con Valparaíso, seis carreteros que con sus correspondientes carretas cargadas venían del puerto a la capital, llegaron a la laguna de Pudahuel, un Viernes Santo. Cinco carreteros no quisieron seguir adelante, en consideración a lo sagrado del día; pero el sexto dijo que no le importaba que fuese Viernes Santo y que él no estaba para perder el tiempo. Y dándole con la picana a los bueyes, se metió, con la carreta, en el agua, por la parte más baja de la laguna. En el momento en que iban más o menos por el medio, un Cuero que había en el fondo asió bueyes y carretas y los atrajo hacia sí. El carretero, viendo que los bueyes se hundían, los picaneaba y les gritaba para que salieran afuera; pero inútilmente, porque el Cuero no los soltó; por el contrario, una vez que aseguró sus presas en lo más hondo de la laguna, cogió también al carretero, a quien sus compañeros vieron desaparecer instantes después.

Desde entonces, todos los Viernes Santos se oyen las voces del carretero, que llama a sus bueyes.

18. LA LAGUNA DE LAS TRES PASCUALAS

(Contado por D. Francisco 2.º Vásquez.)


Allá en los tiempos en que los españoles dominaban en Chile, vivía cerca de Concepción, en un hermoso palacio rodeado de huertos y jardines, una bella dama, madre de tres lindísimas hijas que respondían a los nombres de Sol, Esperanza y Alegría, pero entre la gente del pueblo, a causa del nombre de la madre, se las llamaba las tres Pascualas. Murió la madre, y las niñas se entregaron a una vida disipada, viviendo en continua fiesta con los jóvenes de Concepción y otras ciudades, que iban a divertirse al palacio que habitaban. Muchos caballeros se perdieron por culpa de estas niñas. Las faltas que se cometían en aquel palacio fueron tan numerosas y tan grandes, que Dios, cansado de tanto pecado, hizo que un día de gran fiesta, se hundiera el palacio con las tres niñas y todos sus acompañantes, que serían más de cincuenta personas, llenándose de agua el espacio que antes ocupaba aquel lugar de disipación y sus dependencias. Y la extensión de agua que se formó por esta causa, y que todavía existe, es la que se conoce con el nombre de “Laguna de las tres Pascualas”.

Una vez un joven se quedó dormido sobre una gran piedra que hay a la orilla de esta laguna, y cuando despertó vió que tres hermosas niñas ponían una mesita delante de él y le sirvieron toda clase de manjares y vinos exquisitos. Estuvo con ellas el resto del día y toda la noche divirtiéndose alegremente. Al día siguiente, despertó como a las 12 y se encontró desnudo sobre un banco de arena del Bío-Bío.

Siempre que el agua de la laguna baja, se ve una enorme roca que tiene la forma de una iglesia. Las pocas personas que han conseguido entrar y salir vivas, dicen que adentro hay un altar maravillosamente lindo, delante del cual brillan más de cien mil luces.

HISTORIAS DE BRUJOS

19. LA CUEVA DE LA MULA

En un cerro que se levanta al lado sur del Tinguiririca, en el departamento de San Fernando, por cuya falda pasa el camino del Calabozo, hay una cueva de Salamanca que tiene a la entrada una gran piedra en que se ve estampada una pata de mula. Para entrar a esta cueva deben hacerlo varias personas en compañía, las cuales pueden tomar para sí lo que quieran de un gran tesoro que hay en el medio de ella; pero, para salir, tienen que dejar encerrado a uno de los que entraron.

20. LA RANA CASTIGADA

(Me lo refirió el estudiante D. Antonio Morales, de 16 años, en Santiago, en 1909.)


En una casa vivían tres hermanas.

Un día se propusieron visitar a unas amigas, pero una de ellas, pretextando hallarse indispuesta, no acompañó a las otras dos.

Cuando estaban de visita, vieron entrar a la sala una enorme rana, que a todas causó gran susto.

Las hermanas, que maliciaban que la que se había quedado sin acompañarlas era bruja, se imaginaron que podía ser ella, que venía a molestar a sus amigas, a quienes odiaba; y aunque hicieron lo posible por que las dueñas de casa no le causaran daño, fué cruelmente maltratada, dándosele de palos con el mango de un plumero.

Al llegar las dos niñas a su casa, encontraron a su hermana en cama, cubierta de contusiones y heridas, que ella explicó diciendo que se había resbalado y que la caída se las había producido.

La explicación no era aceptable, y de ello dedujeron las hermanas que era cierto lo que pensaban. Y lo era, en efecto.

21. LA RANA VENGATIVA

(Contado por el mismo joven Morales, en 1909.)


Una muchacha del pueblo encuentra en su camino una rana y tomando unas ortigas le pega fuertemente con ellas en el vientre. La rana quedó sin movimiento, patas arriba y muy hinchada.

En la noche, al abrir la muchacha la cama para acostarse, una enorme rana sale de debajo de la almohada y sentándose en las patas traseras se queda mirando a la muchacha con una mirada tan fija y tan fuerte que le heló la sangre y cayó muerta.

La rana era una bruja.

22. LA CUEVA DE LAS CARDILLAS

(Me lo refirió el niño D. Oscar Salinas, de 12 años, en 1912. Lo oyó contar en Melipilla.)


En un cerro situado cerca de las Cardillas, en el departamento de Melipilla, hay una cueva que, según dicen, está habitada por brujas.

Una vez un joven se propuso visitar la cueva, y en efecto, fué a ella y entró alumbrándose con una linterna. Al poco rato de andar, se encontró con una sala muy hermosa, lujosamente amueblada, y sentadas en riquísimas sillas, unas cinco niñas de 18 a 20 años, muy bonitas y ataviadas de costosos trajes y valiosísimas alhajas. Lo invitaron a comer y él aceptó. Los servicios eran de plata y los cubiertos de oro, y los manjares tan sabrosos que él, mozo rico y muy aficionado a la buena mesa, jamás los había comido tan exquisitos. En un descuido de las jóvenes, se echó al bolsillo un cubierto completo y una tortita de dulce. Cuando terminó la comida, le exigieron que se quedara a dormir y él, que se había enamorado de una de las niñas, no se hizo de rogar y se quedó con ella. Al otro día, cuando despertó, se encontró abrazado a un esqueleto, y en los bolsillos, en lugar del cubierto, con tres huesos: en vez de la torta, halló una bosta de buey. La linterna había desaparecido y le costó mucho trabajo y más de una hora para salir.

23. EL HOMBRE QUE QUISO VOLAR

(Referido en 1911, por D. Francisco 2.º Vásquez, que lo oyó contar en Santiago.)


Vivía en el campo una señora con sus dos hijas, y una vez llegó un hombre que trabajaba en una chacra vecina a pedir alojamiento y se lo dieron.

Serían como las 12 de la noche cuando el hombre despertó, y sintiendo ruido en la pieza vecina, se levantó descalzo y en paños menores, como estaba, y se puso a aguaitar por la cerradura de la puerta que comunicaba su pieza con la de la dueña de casa, y vió a la señora y a una de sus hijas que, enteramente desnudas, se echaban por todo el cuerpo un betún negro, y cuando estuvieron completamente embadurnadas, oyó que decían: “De villa en villa, de lugar en lugar”, y vió que salían volando por una ventana que estaba abierta y daba al patio. Después de un buen rato, se metió a la pieza de la señora por la ventana, se desnudó y se untó todo el cuerpo con el betún negro; después dijo: “De vida en vida, de lugar en lugar” e inmediatamente voló hasta llegar al techo y cayó desde esa altura, dándose tan feroz golpe que quedó aturdido. (No pudo volar bien porque equivocó la fórmula, pues dijo “de vida en vida, de lugar en lugar”, en vez de decir “de villa en villa, de lugar en lugar”, que fué como dijeron la señora y su hija).

Cuando madre e hija llegaron a su pieza, al amanecer, se encontraron con el cuerpo inanimado del chacarero, y, para castigarlo, la señora lo convirtió en burro, y lo ocuparon desde entonces para traerlo cargado de leña que iban a buscar a un cerro cercano. Pasó así mucho tiempo, hasta que una noche, la hija menor (no la que había volado) le dijo al burro:—“Te voy a volver hombre, pero con la condición de que te vayas lejos de aquí y no vuelvas más”. Y lo llevó a un sitio en que la señora tenía una plantación de repollos, y tomando uno muy chiquito, se lo dió a comer. En cuanto el burro devoró el repollito, se convirtió en hombre, y dando las gracias a su bienhechora, se fué. Al llegar el día, se encontró en un bosque muy oscuro, y unos leñadores que andaban por ahí, viéndolo desnudo, le fueron a buscar ropa. El hombre se quedó trabajando con ellos y les contó lo que le había sucedido.

24. EL FALTE BRUJO

(Me lo contó, en 1911, el joven D. Carlos Puccio, de 17 años, de Molina.)


Hay en Molina un falte que se llama Miguel Molina y es brujo y poeta.

Cuentan de él que una vez, en la Cordillera, se subió en pelo en un caballo blanco muy lindo que pacía en un potrero y vieron que de repente desapareció con la cabalgadura. Dicen que llegó hasta la Argentina, pues ese mismo día lo vieron allá conversando con un amigo suyo.

Otra vez, que andaba vendiendo su mercadería por unos caminos, un hombre que conducía una carreta le sacó de la caja un pañuelo; él se hizo el que nada había visto y lo dejó irse; pero una vez que el hombre se hubo adelantado como tres cuadras, la carreta comenzó a retroceder hasta que llegó cerca del falte y el carretero tuvo que devolverle el pañuelo robado.

25. LOS BRUJOS DE PEUMO

(Procede de D. Roberto Rengifo, quien me entregó escrita esta relación en 1921.)


Cerca del pueblo de Peumo, capital del departamento de Cachapoal, hay unos cerros aislados cuyas cumbres tienen la forma de bonetes cónicos de punta alta redondeada, y a ellos acostumbra ir la gente de los alrededores a holgarse y divertirse los días domingos, llevando causeos y licores. El más grande de estos cerros se llama Gurutrén o Gulutrén.

Vivían en ese punto, no hace aún muchos años, algunos pobres descendientes de los aborígenes, que pasaban por brujos entre los pobladores modernos, atribuyéndoles que, como en la cumbre del Gulutrén bailaba el Diablo, subían ellos los sábados a hacer licanes o untos para echarse en el cuerpo y salir volando como los chonchones.

Cuentan que el carpintero de la hacienda de Codao, que era la más grande y próxima de aquellos contornos, se perdía los sábados, de Peumo, y las malas lenguas lo atribuían a que tenía tratos con los brujos. Y en prueba de ello referían que algún tiempo después, queriendo volar él también, subió con los otros brujos al Gulutrén, se echó los untos y diciendo “Sin Dios ni Santa María”, se tiró desde la cumbre y de repente se encontró en el aire volando entre una bandada de chonchones; pero, al pasar por sobre las casas del fundo y divisarlas tan abajo, asustado exclamó: “¡Ave María, que vamos bien alto!”, y en el acto se cayó y se mató. El domingo por la mañana lo encontraron reventado, en medio del camino, frente a las casas.

26. LA APARICION DE LA CULEBRA

(Me lo contó en 1911 el niño D. Juan Pereira, de 16 años, de Cauquenes.)


Un caballero invitó a almorzar a una comadre que pasaba por bruja, y en medio del almuerzo le preguntó si era cierto lo que de ella se decía, y le pidió que si lo era efectivamente, hiciese que le apareciera a él una culebra enroscada en el brazo derecho. La comadre se quedó callada; pero al poco rato el caballero sintió como que se le adormecía el brazo, y poco a poco fué apareciendo una culebra, que momento a momento le estrechaba más el brazo. Entonces el caballero le pidió que la hiciera desaparecer, pero la comadre le dijo que ella misma no podía hacerlo; que tenía que ir a casa de otra bruja, que le indicó; y que llevara de unas yerbas de que le entregó un buen manojo. Fué allá, y la otra bruja le sobó el brazo con el zumo de las yerbas y la culebra fué desapareciendo poco a poco.

27. EL COMERCIANTE CONVERTIDO EN BURRO

Nicolás Fuenzalida, de 70 años, guardián de la Biblioteca Nacional, me contó, en 1920, en presencia de varios empleados de la misma Biblioteca, que siendo joven de unos veinte años, había sido mozo de un rico comerciante que recorría todo el Sur con una recua de mulas cargadas de mercaderías, y él era uno de los diez o más hombres que lo acompañaban para el servicio y resguardarlo de los bandidos que en aquel tiempo infestaban los caminos; y que una vez que iban de viaje, se alojaron en casa de un campesino acomodado que tenía varias hijas muy hermosas. Comieron bien y se fueron a dormir, el patrón solo, en una pieza cómoda y bien amueblada, y ellos, en el pajar, cuidando de las bestias. Debían continuar el viaje al día siguiente, pero el comerciante no apareció, sin embargo de que nadie lo había visto salir. Esperaron tres días y como el comerciante no pareciera, dieron aviso al Subdelegado, que, mientras tanto, se hizo cargo de las mulas y de las cargas.

Fuenzalida y los demás mozos se fueron cada uno por su lado.

Pasados algunos años, Fuenzalida se encontró en Santiago con su antiguo patrón y le preguntó qué le había sucedido en aquella ocasión. El comerciante le contó que el campesino dueño de la casa en que alojaron, lo había sorprendido a media noche con la menor de las niñas y, en venganza, lo había convertido en burro, porque era brujo; que lo había tenido así seis meses haciéndolo trabajar hasta dejarlo rendido, y todas las noches, antes de irse a acostar, le propinaba una paliza que lo dejaba todo derrengado; que pasados los seis meses, le había dicho:—“Creo que ya estás bien castigado de la falta de lealtad con que pagaste la hospitalidad que te di; pero si quieres volver a ser hombre, tendrás que firmarme una escritura por la que conste que te he comprado y pagado las mulas y mercaderías que todavía están en poder del Subdelegado, y entregues 10,000 pesos a mi hija, como dote; si no, seguirás siendo burro toda tu vida”. No tuve más remedio que aceptar, pues, de haberme negado, todavía sería burro y estaría viviendo a razón de hambre y yéndome a dormir previa una formidable paliza cada noche.

28. EL CABALLERO QUE QUISO APRENDER A BRUJO

(Referido por D. Francisco 2.º Vásquez.)


Un caballero fue a visitar a un amigo y se quedó a tomar once. Servido el té, el amigo tomó una bandeja, se fué al rincón de la sala y se puso a decir:—“¡Vengan galletas! ¡vengan tostadas!” y aunque repitió estas frases varias veces, la bandeja continuaba vacía. Entonces salió al patio, y el caballero, desde donde estaba sentado, lo veía mover los labios como si murmurase unas palabras. Después de lo cual entró y se dirigió nuevamente al rincón con la bandeja y comenzó a repetir las mismas frases:—“¡Vengan galletas! ¡vengan tostadas!”, y la bandeja, en un instante se cubrió de galletas y tostadas riquísimas; pero muchas de las visitas que había en la casa no quisieron ni siquiera probarlas, por temor de que les ocurriera alguna desgracia.

Cuando se retiraron las visitas, el caballero le dijo a su amigo:—“Quisiera que me enseñaras la manera de conseguir los alimentos que pida”.—“No sólo los alimentos—contestó el amigo—sino todo lo que uno desee. Ven mañana, en la noche, y te enseñaré”. Volvió el caballero al otro día, ya oscuro, y el amigo lo llevó a una pieza apartada de la casa y ahí los dos se desnudaron completamente. El caballero tenía colgado al cuello un detente; el amigo le ordenó que se lo sacara y lo tirara afuera por una ventana, lo que hizo el otro. Esperaron las 12 de la noche y se fueron a un cerro cercano y cuando estuvieron arriba, el amigo balbuceó unas palabras que el caballero no entendió e inmediatamente se vieron rodeados de multitud de animales feroces y alimañas horribles. El amigo se puso a acariciar a un culebrón, que se le enrolló en el cuello, y le dijo al caballero:—“Toma tú el animal que más te guste”. El caballero tiritaba de miedo y dijo a su amigo que mejor no le enseñara el arte de ser brujo porque jamás se atrevería a ejercitarlo. Entonces el amigo murmuró unas cuantas palabras y el caballero se encontró vestido en la puerta de su casa.

29. EL ZAPATERO QUE SE VOLVIA GALLO

Siendo yo empleado de la Administración principal de Correos de Santiago (1888), desempeñaba el puesto de Oficial 2.º de la misma Administración don Francisco Muñoz Donoso, hermano del canónigo y famoso orador sagrado don Esteban Muñoz Donoso, en cuya compañía, y en la de toda su familia, vivía en la calle de Santa Rosa.

Un día que varios empleados de la oficina hablábamos de los tipos raros de Santiago, Muñoz Donoso nos refirió la curiosa historia de un zapatero que contaba haberse vuelto gallo, y habiendo yo manifestado deseos de oir de boca del mismo zapatero protagonista tan peregrina relación, me llevó a casa del zapatero, que también vivía en la calle de Santa Rosa.

El zapatero era un hombre entrado en años, de gesto alegre y de rostro simpático, a pesar de faltarle un ojo, cuyos párpados se hundían dentro de la cuenca.

Sabedor del objeto de mi visita y a la vista de dos chauchas que deposité sobre su mesa de trabajo, desató la sinhueso, y se lanzó a contarme aquella historia:

“Vivía en esta misma calle, cerca de mi casa, señor, un caballero rico que había perdido su fortuna en las peleas de gallo, a que era extremadamente aficionado. Un día que este caballero me trajo unos zapatos para que se los remendara, se puso a departir conmigo y a quejarse de su mala suerte: ya no le quedaban más de 200 pesos de los muchos miles que había tenido y pensaba jugarlos el domingo próximo apostando a un famoso gallo inglés que debían llevar ese día a la cancha. Yo le dije:—Antes de ir a la cancha, pase, señor, por mi cuarto, yo dejaré la puerta junta para que entre, y en mi mesita de trabajo encontrará una jaula con un buen gallo de pelea; llévelo y apueste cuanto pueda a ese gallo y esté seguro de que ganará. A la vuelta pasa a dejar la jaula donde la encontró, y, al lado, cinco pesos por cada apuesta que gane.

“Llegó el domingo, y yo, señor, que entonces practicaba el arte, me volví gallo y me metí adentro de la jaula. Pasó el caballero, me llevó a la cancha, y despaché con toda facilidad cuatro o cinco gallos, incluso el famoso gallo inglés.

“En cuanto, de vuelta, me dejó en la mesa y se fué el caballero, salí de la jaula y me volví hombre y encontré en el sitio convenido más de cien pesos.

“Al otro día me dijo el patrón que había ganado como 5,000 pesos y quedamos en que el domingo volvería a buscar el gallo. Me volvió a llevar, y como en la vez anterior, maté todos los gallos que me pusieron al frente, y así siguió sucediendo por más de un mes, el caballero llenándose de plata y yo ganando cada domingo entre ciento y ciento cincuenta pesos, de suerte que, como estaba en la pura boya, ya ni siquiera trabajaba. Señor, todo el mundo me agarró miedo y ya no querían apostar en mi contra, porque todos se estaban arruinando. Pero sucedió que una vez, al dar fin a la pelea, un hombre flaco y muy feo, que por primera vez se le veía en la cancha, desafió a mi patrón para el domingo siguiente, diciéndole que él llevaría un gallo que valía más que el de mi patrón y que desde luego le apostaba 20,000 pesos.—“Convenido, le dijo mi patrón”, y tomando la jaula, la dejó en mi pieza con la parte de ganancia que me correspondía. Yo, señor, si le he de decir verdad, cuando oí el desafío de aquel hombre tan feazo, me dió un poquito de susto, pero, cuando llegó el domingo, para criar valor, porque el susto me duraba, tomé un buen trago de aguardiente, me volví gallo y me metí en la jaula. Cuando llegamos a la cancha, ya estaba ahí el hombre flaco, con un gallo macizo, señor, un gallo que era gigante entre los gallos, y renovó su apuesta. Fueron a los 20,000 pesos y nos pusieron a mí y a mi contrario frente a frente.

“Señor, la pelea fué tremenda. Al ver a aquel gallazo tan grande se me picó el amor propio y me hirvió la sangre.—“¡Clo, clo, clo!—dijo mi enemigo después de un buen rato de pelea en que no habíamos hecho más que arrancarnos las plumas, y me lanza tan feroz estacazo en el ojo derecho que me lo vació por completo y casi perdí el conocimiento; pero me sostuvo la rabia y el aguardiente que había tomado, y me le fuí a la carga con todo denuedo; él se defendía también valerosamente, y el espectáculo presentaba tantos atractivos que los jugadores curiosos ni respiraban siquiera. Yo estaba, señor, ciego de la rabia de haber quedado tuerto, y criaba más valor al oir que todos apostaban contra mí.—“Van 20,000 pesos más”, gritaba el hombre flaco.—“Van 20,000 más”, contestaba mi patrón. Creo que entre todos los jugadores apostarían más de 100,000 pesos a favor del otro gallo. El caso es que de tanto pelear estábamos los dos contendientes bien cansados, pero yo veía que el otro estaba más gastado que yo; y picotazo va y picotazo viene, y un espolonazo chingado y otro que se perdía en el aire, pillé a mi enemigo en un descuido y... ¡Clo, clo, clo, clo!... con todas las fuerzas que me quedaban, le atravesé con la espuela la cabeza y lo dejé tendido, muerto. Señor, no se oían mas que las maldiciones de los perdidos, que eran casi todos los que ahí estaban, y la voz del patrón que contaba la plata que recibía y se embolsicaba muy placentero.

“El patrón me dejó al lado de la jaula $5,000, y al otro día, al verme tuerto, me preguntó qué me había pasado. Sólo entonces le conté que era yo el que peleaba convertido en gallo, y le dije que ya no pensaba volverme gallo nunca más. Creo, señor, le agregué, que el gallo que maté era un hombre como yo, y quién sabe si era el Diablo el que lo llevaba.

“El caballero me dijo que como ya había rehecho su fortuna, pensaba no jugar más y así lo hizo. Pero yo, señor, que era joven, que no olvidaba que tantas veces había sido gallo y que me gustaba divertirme, remolí toda la plata, y cuando me quedé sin cobre volví a trabajar en mi antiguo oficio de zapatero.

“Señor, la plata que ganan los brujos no aprovecha, se vuelve sal y agua”.

30. LA ROSA DE LAS MONJAS CLARAS

En unas misiones que se daban en el Sur de Chile, después de terminadas las distribuciones piadosas, un hombre se acercó a confesarse con uno de los misioneros, y, entre otros pecados, se confesó de que practicaba la magia negra. El sacerdote le dijo que un hombre inteligente no debía creer en tales cosas, que las prácticas de magia eran simples ilusiones diabólicas y que nunca producían nada positivo. El penitente le contestó que no era así y que, si quería comprobarlo, lo pusiera a prueba. El sacerdote aceptó, y le dijo que le hiciera venir una rosa del rosal tal y cual que estaba en tal parte del jardín de las monjas clarisas de Santiago, único de su clase que había en todo el país. El hombre le dijo que estaba bien, que se la traería en una hora y que, para proceder, lo encerrara en una pieza oscura y que guardara la llave. Así se hizo, y el sacerdote, después de cerrar la puerta de la pieza, se guardó la llave. Como tres cuartos de hora después el sacerdote entró a la pieza, y cuál no sería su espanto al ver tendido en el suelo un cuerpo sin cabeza. Repuesto un poco del susto, se propuso hacer una prueba en el cuerpo que estaba en tierra sin movimiento y le enterró en el talón del pie izquierdo un alfiler, pero el cuerpo estaba completamente insensible. Salió, y no volvió a entrar sino una vez cumplida la hora, y si antes fué grande su espanto al encontrarse con un cadáver, cuánto mayor no sería al verse frente a frente del hombre, que, de pie, le ofrecía una rosa, fresca y fragante, y le preguntaba si era de las mismas que le había pedido. El sacerdote, que estaba sumamente admirado, no contestó nada, sino que lo invitó a salir del cuarto. Cuando el hombre se puso a andar, cojeaba y se quejaba. El sacerdote le preguntó qué tenía, y él le respondió que al dejarse caer desde lo alto de la muralla al jardín de las monjas, se había clavado una espina del rosal en el talón y le dolía mucho.—“¿No ves como todo es pura ilusión?—le dijo el padre. No hay tal espina, ni tal muralla, ni nada; el dolor que sientes proviene de un alfiler que yo mismo te clavé en el talón”;—y para demostrárselo, le retiró el alfiler.—“Lo de la espina puede que sea ilusión, repuso el hombre; pero ¿y la rosa? es o no es de las del jardín de las monjas claras? Señor, yo no quiero volver a practicar la magia, y deseo seguir confesándome”. Y terminó su confesión, manifestándose muy arrepentido de sus pecados.

Esta historia se la contó a Francisco 2.º Vásquez su abuelita, quien la oyó de boca del sacerdote que confesó al brujo.

31. EL CABALLERO QUE FUE TRANSFORMADO EN CABALLO Y DESPUES EN PAVO

(Contado en Peñaflor, en 1922, por el maestro carpintero Tránsito González, natural de Choapa, de 57 años de edad.)


Un empleado de la administración de la hacienda de Panquehue refirió en 1910 a un grupo de trabajadores, entre los cuales se encontraba el maestro Tránsito, que, en una ocasión que fué a Talagante, unos amigos lo convidaron a remoler en casa de unas niñas buenasmozas. El se atracó a una haciéndosele el enamorado, y como no consiguiera la primera noche lo que pretendía, se quedó en la casa unos cuantos días, hasta que salió con la suya, pero engañando a la niña con palabra de casamiento.

“Cuando me volvía—contaba—muy satisfecho de mi hazaña, al atravesar un bosquecito me encontré de repente convertido en caballo”. ¡Caramba!, dije para mí, ¿qué voy a hacer ahora? No es mala la suerte que se me espera si sigo siendo caballo!” Y me metí en el bosquecito, en donde pasé el resto del día y toda la noche.

“Al otro día temprano, unos trabajadores que estaban trillando con yeguas en un campo cercano, tropezaron conmigo, y uno dijo:—“¡Caracho con el caballo lindo! ¿Llevémoslo pa l’era?—Ya ’stá, llevémoslo”. Y lo llevaron.

“Trabajé muy bien, amigos, para que no me azotaran ni me clavaran las espuelas, y todos me miraban con la boca abierta de ver tan bien que lo hacía. En esto llega el capataz de la trilla y pregunta:—“¿De quién es ese caballo?—Lo encontramos en medio de la mancha de boldos que ’stá pu allá arriba, contestó uno.—Suéltenlo, dijo el capataz, no vaya a venir su dueño y nos haga cargos por estar trabajando con caballo ajeno.—Pero si no tiene marca, señor.—No importa; suéltenlo”. Y con gran contento de mi parte me soltaron y me volví para la manchita de boldos, como decían los peones por el bosquecito, no muy ligero, porque, como no estaba acostumbrado al trabajo que me habían obligado a hacer, me sentía muy fatigado.

“Apenas entré al bosque, se me puso por delante la muchacha con que había estado remoliendo, y tirándome un atado de pasto me dijo:—“Toma, pa qui aprendáy a burlarte de las mujeres; yo te volví caballo; cómete ese pasto y mandate a cambiar”.

“Me comí el pasto y en cuanto tragué la última mascada, me volví hombre otra vez.

“Ya era de noche y apreté a correr para el pueblo y en el primer rancho que vi con luz golpeé y salió a abrir la puerta una mujer como de unos veinticinco años, nada mal parecida.

—“Señora, le dije, deme alojamiento por esta noche, porque no sé a dónde dirigirme, y me siento muy cansado; he perdido mi caballo y ni siquiera sé en qué parte me encuentro.

—“Está a la entrada de Talagante, señor, y por lo que hace a alojamiento, no hay en el rancho mas que esta pieza y no tengo otra cama que la que usted ve”—y me mostraba una pallasa tirada sobre un catre; además, mi marido no está en la casa, pues salió a hacer unas diligencias y no volverá hasta mañana.

—“Señora, permítame que me ponga en un rincón cualquiera; si lo único que deseo es estar bajo techo, y no se moleste por mí.

—“Si no es tan delicado como yo creía, entre, pues, señor.

“La mujer se desnudó y acostó, y en seguida me dijo:

—“Ya sabe usted que no hay más que esta cama, si quiere, venga a acostarse a mi lado.

—“Pero, señora, si aquí estoy bien y no quiero molestarla, si me basta con no dormir al sereno.

—“Venga a acostarse le dicen, y no sea leso.

—“¿Y si llega su marido de repente y me pilla?

—“No sea leso, le digo; mi marido está en Malloco y no llegará hasta mañana con el sol alto.

“¡Qué diablos! la mujer no era fea, y mejor es dormir aunque sea en una pallasa que acurrucado en un rincón. Me desnudé y acosté al lado de la mujer.

“Al otro día, muy temprano, antes que saliera el sol, sentimos que alguien se acercaba cantando al rancho.

—“Es mi marido,—dijo la mujer—¿cómo se habrá venido tan pronto?; pero no importa, vístase ligerito y se mete debajo del catre.

“Apenas me había escondido en el lugar que me dijo la mujer, entra el marido y la mujer le dice:

“—Anda a buscarme leña, Manuel, para hacer lueguito una cazuela, porque he amanecido con antojo.

“Y mientras Manuel iba por leña al sitio, la mujer dijo unas cuantas palabras que no entendí y me volví pavo, y me echó para el corral, donde había muchos otros todavía en su dormidero. Me subí como pude y me metí entre las demás aves, cuando oigo a Manuel que pregunta a su mujer:

—“¿Y ese pavo tan grandazo y tan gordo?

—“Es de la vecina y debe haberse pasado ayer en la tarde.

—“Matémoslo pa que no sea intruso y comimos cazuela ’e pavo con chichoca, ¿qué te parece, Juana?

—“Ya ’sta—contestó la mujer y tomando un palo le asestó un feroz garrotazo al pavo que estaba a mi lado, que cayó redondito al suelo.

“Para qué les cuento mejor el susto padre que pasé, porque, la verdad, creí que la Juana me iba a dar el garrotazo a mí.

“Poco después dijo la mujer a Manuel:

—“Anda a pedirle a mi comadre Mercedes que me dé un poco de chichoca, porque se ha acabado la que teníamos.

“Salió Manuel y la Juana aprovechó el momento de ausencia de su marido para volverme hombre, y me dijo:

—“Váyase ligerito por este camino, y que le vaya bien.

“Y aquí me tienen ustedes que por cierto nunca se habrían figurado que yo he sido caballo y pavo.

—De lo último tuavía le quean rastros, dijo un trabajador por debajujo.

—Y de lo primero también, dijo despacito otro trabajador, porque no hace mucho tiempo me dió a mí una media patá que me dolió tanto como si el patrón tuviera herraúras tuavía; y too porque le contesté.

ILUSIONES

32. EL CABRO DE LA CALLE DE BUERAS

(Relatado en 1912 por el niño D. Enrique Alfaro, de 17 años, de Santiago.)


En la calle de Bueras, de Santiago, había, hace años, una higuera, y de entre sus raíces salía todas las noches un cabro que se paseaba de un extremo a otro de la calle. Un carnicero, que se llamaba Alejo y vivía en una casa situada cerca de la higuera, siguió una noche al cabro y lo alcanzó; pero, aunque le dió muchas cuchilladas, no le hizo daño, porque era pura ilusión.

33. LA NIÑA DE LOS GRANDES OJOS

(D. Francisco 2.º Vásquez, 1911.)


Una noche iban dos jóvenes un poco chispos por la calle del Galán de la Burra (actual calle de Erasmo Escala, de Santiago) y divisaron, como a media cuadra, a una niña muy hermosa, con unos ojos que brillaban como luces, y a medida que se acercaban a ella, le veían los ojos más grandes; y tanto le fueron creciendo, que al llegar no vieron ni cara ni cuerpo, sino dos enormes ojos que los miraban fijamente. Los jóvenes, huyeron despavoridos, rezando en voz alta.

Se cree que todo fué simple alucinación, producida por la embriaguez.

34. LAS SOMBRAS

(D. Francisco 2.º Vásquez, 1911.)


Una noche de luna, un caballero tuvo que emprender un viaje de Talca a Pelqui, y para llegar a su destino debía atravesar una montaña a caballo. Al penetrar en ella, el caballo se detuvo espantado, porque debió ver, como vió el jinete, un cadáver tendido en el suelo, no muy lejos, con los brazos abiertos. El caballero también se asustó y para vencer el miedo clavó las espuelas al caballo y lo dirigió derecho hacia el cadáver. Al llegar cerca de él, pudo darse cuenta de que lo que había tomado por un muerto era el tronco de un árbol que el tiempo había derribado; con lo que desapareció todo temor y siguió tranquilo su camino.

A poco andar, ve pasar algo extraño por entre los árboles, y el caballo vuelve a detenerse: era un león. Prepara el viajero un trabuco que llevaba consigo, que era el arma que se usaba en aquellos tiempos, y después de disparar, ve que lo que le había parecido un león era la sombra que proyectaba la cumbre de un cerro vecino.

Cuando concluyó de pasar la montaña y entró al valle, le sale al encuentro una viuda, a caballo, que sigue el camino a la par de él. El caballero le dirige la palabra, pero ella no le contesta. Después de avanzar largo trecho, en silencio, uno al lado del otro, la viuda deja su caballo y de un salto se sienta al anca de la cabalgadura de su compañero, que intenta tomarla, pero no encuentra a nadie.

Adelanta el caballero en su camino, y a poco andar ve que se eleva de la tierra algo como una nube; fija su atención y ve que es un fantasma. Temeroso del peligro que pudiera acarrearle tal encuentro, huye a toda rienda, y el fantasma detrás. Por suerte, en su carrera desenfrenada, tropieza con una choza, en la que se mete con caballo y todo.

En ese momento empieza a amanecer y con la claridad del día se desvanece todo temor; pero la impresión de lo que le había sucedido le duró mucho tiempo al caballero.

MALDICION

35. EL RISCO DEL ARRIERO

(1910).


En el cerro de las Petacas, departamento de Colchagua, hay un risco muy grande que tiene una mancha amarillenta que representa a un arriero que tiene una mula a su lado. Dicen que en tiempos antiguos, un fraile salió, en ese sitio, a pedir limosna a un arriero que conducía una mula con una carga de plata, y no sólo no le dio nada, sino que lo injurió. El sacerdote lo maldijo, y tanto el arriero como la mula quedaron incrustados en la piedra.

En otro risco que está cerca, se ve otra mancha amarillenta, que semeja la figura de un fraile.

TESOROS

Informaciones:

I.—Los entierros están siempre en pailas de cobre y a los pies de un boldo o de una patagua. En la noche, entre 7 y 8, salen candelillas del punto en que está oculto el tesoro.

II.—Cuando se encuentra un entierro, se toma de él nada más que una moneda, que se guarda sin gastarla, durante un año. Transcurrido el año se puede sacar lo demás. Al hallar el entierro, se deben mandar decir cinco misas por el alma del que fué dueño del tesoro.

36. EL ENTIERRO DEL NARANJO

(Referido en 1911, por D. J. Andrés González, de 55 años, de Santiago.)


En 1890, más o menos, en una casa situada en la calle de la Recoleta, de Santiago, frente a la iglesia de este nombre, en la cual vivió y murió un clérigo, habitaba un hombre que se llamaba Pedro (el informante no se acuerda del apellido), que tenía una tienda en la misma casa, y a su servicio un muchachito como de 12 años. Una mañana encontró el dicho Pedro al muchachito tendido en el patio, sin conocimiento; después de hacerle algunos remedios, volvió en sí, pero muy asustado. El patrón le preguntó qué le había pasado, y aunque haciéndose mucho de rogar, contó al fin que en la noche salió a hacer una necesidad y cuando volvía vió en el patio, debajo de un naranjo, a un clérigo que le dijo que ahí mismo había dejado una gran cantidad de plata enterrada. Pedro dijo al muchacho que habría soñado y que no hiciera juicio de leseras. Al día siguiente le pagó el sueldo de un mes, le ordenó que se fuese a medicinar a su casa y que no volviera hasta que estuviere bien bueno.

En la misma noche el hombre se puso a cavar, y efectivamente encontró un entierro. Realizó su negocio y se fué para el campo a trabajar en tienda y despacho.

De la plata que encontró debajo del naranjo, nada gastó hasta pasado un año, pues, de otro modo, la habría perdido toda.

Fué muy rico, pero se botó a tunante y no pasó de una modesta medianía.

37. LOS DOS VIAJEROS

(Contado por D. Francisco 2.º Vásquez, en 1911.)


Dos hombres habían salido a hacer una excursión a pie, y después de mucho andar se extraviaron y rendidos de fatiga se recostaron en la tierra, a la sombra de unos árboles. Uno de los excursionistas se quedó dormido casi inmediatamente, pero el otro no pudo cerrar los ojos y se sentó a fumar un cigarrillo. Mientras fumaba, miró a su compañero, que seguía durmiendo como un ángel de Dios, y se extrañó sobremanera de ver que de su boca salían unos como globitos de colores que se desvanecían en el aire, pero de repente salió uno mucho más grande que los otros que se elevó un poco y después siguió en dirección hacia el oriente, rodeado de unos cuantos jotes que lo acompañaban dando manifestaciones de alegría. Esto le llamó mucho la atención y, levantándose, siguió al globo y a sus acompañantes, los cuales no se detuvieron sino al llegar al pie de un peñasco situado en la falda de un cerro cercano, debajo del cual se introdujo el globo. El hombre dejó una señal y volvió a reunirse con su compañero, que todavía dormía. Para despertarlo, lo remeció fuertemente; pero fué menester repetir tres veces la operación para que produjera resultado. El dormilón, al despertar, dijo a su amigo:—“Soñaba un sueño muy lindo: que iba por un camino y me encontraba con unos amigos que me recibieron muy alegremente y me dijeron que me iban a regalar un tesoro; cuando tú me despertaste, me llevaban a mostrármelo”.

El amigo escuchó la relación, y en seguida condujo a su compañero al pie del peñasco y sin contarle lo que había visto, lo invitó a que lo acompañara a cavar en el lugar en que había visto desaparecer el globo de color, y, como lo esperaba, a las pocas azadonadas, tropezaron con una gran paila llena de onzas de oro.

Sólo después de repartirse el tesoro entre los dos, contó el que había estado en vela a su amigo dormilón todo lo que había visto.

38. EL CLERIGO

(Contado por D. Francisco 2.º Vásquez, en 1911.)


Hace tiempo, nadie se atrevía a pasar por unos callejones que hay cerca del río Putagán, porque de improviso, sin que supieran de dónde salía, se presentaba a los transeúntes un sacerdote y, aunque nada les hacía, se apoderaba el miedo de ellos y volvían pie atrás, huyendo despavoridos.

Una vez un hombre que tenía que ir a dejar unas cargas de trigo a un lugar vecino a donde se podía llegar por esos callejones o por otro camino, dijo que iría por los callejones y que se reía del sacerdote que contaban se aparecía y que no le importaba nada aunque le salieran todos los curas y frailes de la tierra, que para defenderse de ellos le bastaba un cuchillo que llevaba, de una media vara de largo; y aunque su mujer y sus amigos le rogaron que no hiciera tal, él partió para los callejones.

Pocas cuadras había andado por ellos, cuando se le aparece el sacerdote y se le pone por delante; pero nuestro hombre saca su cuchillo y la emprende contra la aparición. El cura vuelve cara y toma la fuyenda y el hombre le sigue de atrás blandiendo su arma, aunque sin lograr alcanzarlo. Improvisamente el clérigo desapareció por entre unos matorrales, sin dejar huella alguna; pero como el hombre vió el lugar por donde el sacerdote se hizo humo, se puso a cavar la tierra con el cuchillo, que de pronto tropezó con un cuerpo duro, hasta que dejó descubierta una gran tinaja que destapó y vió que estaba llena de monedas de oro y plata. Entonces fué a buscar las cargas de trigo y, vaciándolas, llenó los sacos de monedas y se volvió a su casa.

Cuando llegó era ya de noche y le dijo a su mujer que encendiera luz.

—No hay mas que un cabito de vela—le dijo ella.

—Enciéndolo—le contestó el marido.

Lo encendió ella, y él entró los sacos y los vació en medio de la pieza. La mujer, cuando vió tanta riqueza, casi se desmayó, y dijo al marido toda asustada y llorando:

—¿Qué has hecho, desgraciado? ¿Dónde has robado toda esa plata?

El marido la tranquilizó contándole cuanto le había sucedido.

Hizo aún dos viajes más y llegó a ser el hombre más rico de su tierra. Vive todavía en Chillán.

EL DIABLO

39. EL NIÑO DENTUDO

(1910.)


Yendo un inquilino tranquilamente por la orilla de una cerca, sintió unos vagidos que salían de un matorral; se acercó a él y entre las malezas vió a un hermoso niño, al parecer de pocos meses, al que tomó en sus brazos y acarició; sonrióse la criatura, y como al sonreirse entreabriera la boca, alcanzó el campesino a divisar en las encías unas cosas blancas como dientes. Admirado, le dijo:—“¡Conque tiene dientes, m’hijito!”—“¡Y grandazos!”, le contestó el pequeñuelo. Y efectivamente, vió el hombre que de la boca del niño salían unos dientes descomunales. En esto conoció que lo que él había tomado por una guagua era el Diablo en persona, y asustado, lo disparó lejos, exclamando “¡Ave María Purísima!”, y el Diablo, en el mismo instante reventó, dejando en su lugar, como es de cajón, un humo denso con fuerte olor a azufre.

40. EL DIABLO BAILARIN

(1910.)


Es fama que en el siglo XVIII el Diablo era grande amigo de los mineros de Petorca, donde había sentado sus reales. En los días de pago, bajaba con ellos al pueblo, o a los lugares inmediatos, a remoler y a bailar cueca en la plazuela del Diablo, situada casi donde termina la calle de Silva, o en el cerro de la Plaza y en el del Piojo.

Una vez que bailaba en este último, lo hacía tan bien que un minero no pudo menos de exclamar:—“¡Virgen Santísima, y qué bien baila este roto!”; y el Diablo, al oir la invocación a la Virgen, reventó, dejando el lugar pasado a azufre quemado.

41. EL HIJO DEL DIABLO

No hace aún muchos años vivía en Petorca un anciano pequeñito y rechoncho, de unos setenta años de edad, conocido con el nombre de ño Vicentito Cuchucho, cuyos primeros pasos en el mundo aparecen revestidos por la imaginación popular de influencias fantásticas y misteriosas.

Se cuenta que estando la madre de este hombrecito esperando de un momento a otro la llegada de una guagua, pidió a su marido que le diese dinero para comprarle ropas. El marido, que era un viejo de más de sesenta años y que miraba con desconfianza el embarazo de su mujer, le contestó que no le daría ni un centavo, porque la criatura que iba a dar a luz no era de él. La mujer, indignada, al oir esta respuesta, lloró y preguntó al esposo:

—Entonces ¿de quién es?

—Eso lo sabrás tú mejor que yo, replicó el marido; pero no es mío.

A lo cual repuso la mujer:

—Entonces será del Diablo, y él me dará lo que necesito.—Y nunca más volvió a pedir dinero a su marido.

Cuando llegó el momento del parto, apareció de repente en la pieza de la enferma un gran canasto completamente lleno de ropas para niño recién nacido, entre las que se veían desde el ombliguero de tela de hilo hasta las mantillas de la más suave y sedosa bayeta, sin que faltaran las gorritas de punto ni las mediecitas tejidas de lana.

¿Quién había traído ese canasto? ¿Por dónde y cuándo lo habían entrado? Nadie pudo dar razón.

Desde los primeros días del nacimiento del niño pudo comprobarse el interés que por él y la madre tomaba el Diablo, que no era otro quien había llevado la ropita. Siempre encontraba la madre cerca de ella la riquísima cazuela de ave, el excelente ulpo de harina tostada y la sabrosa mazamorra, los mejores remedios, los dos últimos, para que las que crían tengan leche buena y abundante. Al chico le hacía cariño a su modo: a veces lo encontraban encima de las vigas de la casa, otras en un sobrado, y una vez lo hallaron jugando con un muñeco, entre las ramas de un álamo.

Por supuesto que nadie veía al Diablo, pero todos le echaban a él la culpa de lo que ocurría; y la madre, justamente alarmada, hizo bautizar al niño con toda prontitud, creyendo que con hacerlo cristiano cesarían las atenciones y cuidados de Satanás. Pero fué inútil, porque el Diablo siguió en las mismas.

Entonces recurrió la madre a un santo cura de apellido Toledo, que tenía fama de ser el mejor exorcista del país, para que ahuyentara al demonio, lo que al fin logró, no sin haber experimentado grandes trabajos y tenido que sufrir pesadas bromas del enemigo malo.

El cura Toledo, para llegar a la casa amagada por el Diablo, tenía que atravesar una estrecha puente formada de una sola tabla, que cruzaba un cequión. Pues bien, cuando el santo varón iba por la mitad de la puente, el Diablo la volcaba y el cura caía al agua, hazaña que celebraba el Diablo con grandes carcajadas, diciendo: “¡Ya eché al agua al pato jergón!”.

Nada dice la leyenda qué fué del padre de ño Vicentito Cuchucho, y de éste sólo se sabe que vivió siempre de su trabajo, cultivando una pequeña heredad que le pertenecía, y que, hasta que murió, se le conoció con el apodo de Hijo del Diablo.

PACTOS CON EL DIABLO

42. EL DIABLO GENEROSO


Un caballero tenía una gran hacienda que carecía de riego, por lo cual no le dejaba sino pérdidas en los años secos.

En el fundo vecino vivía otro hacendado que estaba perdidamente enamorado de la señora del primero, a la cual cortejaba a escondidas del marido y de continuo le decía que se fuera con él. Ella le contestaba que nunca abandonaría a su esposo, porque ella era cristiana y jamás faltaría a sus deberes, y además su marido era una persona excelente y muy bondadoso con ella.

Pero el caballero la persiguió mucho tiempo, y la señora, para librarse de él, le prometió que si le daba agua abundante al fundo de su esposo y lo dotaba de molinos, en una noche, haría lo que deseaba. Entonces el caballero llamó al Diablo y le dijo que si en la noche cumplía con la condición que la señora de su vecino le había impuesto, le entregaría su alma en el plazo de un año. El Diablo le prometió que lo haría así, y picándole una vena le sacó sangre y le hizo firmar una cédula para sellar el pacto.

A media noche se sintió un ruido muy grande en la hacienda del marido, quien despertó a su mujer y le preguntó:—“¿Sientes ese ruido? ¿Qué será?”—y ella le contestó:—“No sé, ni se me ocurre qué pueda ser”—Levantóse el marido a ver cuál era la causa de ese ruído, y se encontró con que en su fundo había una instalación completa de molinos en movimiento, y con que abundante agua corría por numerosas acequias que antes no existían. Volvió al dormitorio y preguntó nuevamente a su esposa qué significaba eso, y tanto insistió en sus preguntas que al fin le sacó la verdad. Entonces la mandó que se fuera a casa del pretendiente para que el Diablo se lo llevara con razón.

La mujer llegó llorando a casa del otro y le refirió cómo su marido la mandaba a cumplir lo prometido. El caballero le contestó:

—“¿Tan honrado es tu marido? No seré yo menos que él; te respeto; vete”.

En ese momento llegó el Diablo y preguntó al hacendado si estaba contento, y éste le dijo que siendo el marido de la niña tan honrado que no había permitido que su esposa faltase a su palabra, él no se había atrevido ni a tocarla y le había ordenado que se fuera para su casa.

El Diablo dijo entonces:—“¿Con que así son las cosas? A caballero no me la ganará ninguno de los dos. Toma tu cédula”. Y desapareció.

Todos quedaron contentos: el caballero enamorado, libre de su amor criminal; el marido, con su mujer; y la hacienda, con buen riego y con molinos.

43. LAS DOCE PALABRAS REDOBLADAS

(Contado por la Sta. Zoila Guerrero Gutiérrez, Prado de Peñaflor. Febrero de 1923.)


Una señora viuda tenía una hija muy hermosa, y se servían para los menesteres de la casa de un negro esclavo que se llamaba Pancho, hombre trabajador y buen cristiano.

La niña fué creciendo en edad y en hermosura y el cariño que el negro tenía a su amita se fué convirtiendo en amor, pero en un amor tan grande que Pancho no comía, ni dormía, ni tenía valor para trabajar.

El pobre negro rezaba, se encomendaba a Dios y a todos sus santos para que lo libraran de aquella pasión que no lo dejaba vivir; pero el cielo se había puesto sordo y no oía sus oraciones.

Desesperado y no hallando qué hacerse, salió una noche de la casa y se fué al cerro a llamar al Diablo para que lo ayudara. Acudió el Diablo al llamado, y a las súplicas del negro contestó:

—Si quieres, haré que Rosita—así se llamaba la niña—se enamore de ti y se case contigo, pero dentro de veinte años vendré a buscarte, y si no sabes contestarme las doce palabras redobladas, tu alma me pertenecerá.

—Está bien, contestó Pancho, radiante de alegría, convengo en ello.—Y con sangre que extrajo de sus venas, firmó la cédula del pacto que acababa de aceptar y que el Diablo le pasaba.

Al otro día temprano se dirigió el negro a casa de sus amos. La señora y la niña estaban en el balcón. La niña, al verlo, dijo a la mamá:—Mire, mamá, ahí viene Panchito.—¿Qué es eso de Panchito?—preguntó extrañada la madre, porque la joven siempre había llamado al negro con el nombre de Facico y tratádolo con cierto desprecio. Pero Rosita no contestó nada. Y el caso es que desde entonces Rosita se llevaba con Panchito para arriba, Panchito para abajo, Panchito por aquí, Panchito por acá, en fin, que todo era Panchito.

Hubo que dejarla casarse con él, porque la cosa no tenía remedio, pero tuvo que salir de la casa con su negro, no llevando consigo sino una imagen de San Pedro, de quien era muy devota, y que fué lo único que la dejaron sacar.

Rosita vivió muy feliz y muy enamorada de su Pancho, que hacía cuanto estaba de su parte para hacerle liviana la vida, trabajando como un negro, verdaderamente, y cuidando de que nada les faltara a su mujer y a los cuatro hijos que habían tenido, cuatro lindos mulatitos, que eran el encanto y la alegría del matrimonio.

Pero, como muy bien dice la copla,


Todo gusto es momentáneo;


sobre todo si hay un contrato de por medio. El plazo en que terminaba el pacto se aproximaba rápidamente, y el Diablo tenía buen cuidado de presentarse de vez en cuando a Pancho a recordárselo:

—Pancho, que dentro de un mes te paso a buscar...—Pancho, que ya no te quedan sino quince días para que te vengas conmigo...—Pancho, que sólo falta una semana... etc.

Y al pobre Pancho se lo comía la tristeza; y por más que averiguaba entre sus relaciones, nadie conocía las doce palabras redobladas, que habían de librarlo de las garras del Demonio.

Rosita, que notó cómo sufría su marido, le pedía y rogaba por lo que más amaba, le dijera el motivo de sus penas, y sólo después de reiterarle repetidamente sus ruegos, le confesó cuanto le había sucedido y que ya no faltaban sino dos días para que el Diablo viniera a llevárselo.

Rosita, que, como se ha dicho, era tan devota de San Pedro, dijo a su marido:

—Encomendémonos al Santo y pongámonos en sus manos; estoy segura de que él nos librará del Malo, porque siempre me ha tenido lástima y me ha sacado con bien de todos los peligros en que me he encontrado. Y ambos se arrodillaron ante la imagen del Príncipe de los Apóstoles y rezaron con todo fervor.

Era la última noche que, según el pacto celebrado con el Diablo, quedaba de vida a Pancho. En la cara del pobre negro y en la de su mujer, surcadas de lágrimas, se marcaba el intenso dolor que los consumía. El silencio era profundo. De pronto se oyeron tres golpes en la puerta. Salió Pancho. El que llamaba era un pobre hombre que con voz lastimera pedía alojamiento por esa noche. Se había extraviado—dijo—y no sabía dónde dormir. Rosita, que oía lo que hablaban, desde su asiento invitó al hombre a que entrara y le alargó una silla. Era un anciano, calvo, de rostro venerable y simpático adornado de poblada y canosa barba.

Embelezados con la conversación del anciano, habían olvidado su desgracia y el peligro inminente que les amenazaba y oyéndole, pasaron insensiblemente las horas. Cuando el reloj comenzó a dar las 12, se oyó un fuerte golpe en la puerta y una voz seca y chillona que preguntaba:

—Amigo, ¿sabe las doce palabras redobladas?

—Sí las sé—contestó el viejecito poniéndose de pie e imitando la voz de Pancho, antes de que éste respondiera,—empieza a preguntar, que yo te iré contestando.

—Está bien, dijeron desde afuera. Amigo, dígame la una.

—Aunque no soy tu amigo, sino tu enemigo, la una te diré: Una ¿qué es una? la Virgen que nació en Belén y siempre vivió pura.

—Está bien: ahora, amigo, dígame las dos.

—Aunque no soy tu amigo, sino tu enemigo, las dos te diré: Dos ¿qué son dos? las dos tablas de la ley que Dios entregó a Moisés en el monte Sinaí. Una ¿qué es una? la Virgen que nació en Belén y siempre vivió pura.

—Bien: ahora, amigo, dígame las tres.

—Aunque no soy tu amigo, sino tu enemigo, las tres te diré: Tres ¿qué son tres? las tres Marías, que brillan en el cielo para nuestro contento y alegría. Dos ¿qué son dos? las dos tablas de la ley que Dios entregó a Moisés en el monte Sinaí. Una ¿qué es una? la Virgen que nació en Belén y siempre vivió pura.

—Bien: ahora, amigo, dígame las cuatro.

—Aunque no soy tu amigo, sino tu enemigo, las cuatro te diré: Cuatro ¿qué son cuatro? los cuatro Evangelistas: San Marcos, San Lucas, San Mateo y San Juan. Tres ¿qué son tres? las tres Marías, que brillan en el cielo para nuestro contento y alegría. Dos ¿qué son dos? las dos tablas de la ley que Dios entregó a Moisés en el monte Sinaí; Una ¿qué es una? la Virgen que nació en Belén y siempre vivió pura.

—Bien: ahora, amigo, dígame las cinco.

—Aunque no soy tu amigo, sino tu enemigo, las cinco te diré: Cinco ¿qué son cinco? Las cinco llagas principales que hirieron a Jesús crucificado. Cuatro ¿qué son cuatro? los cuatro Evangelistas: San Marcos, San Lucas, San Mateo, y San Juan. Tres ¿qué son tres? las tres Marías, que brillan en el cielo para nuestro contento y alegría. Dos ¿qué son dos? las dos tablas de la ley que Dios entregó a Moisés en el monte Sinaí. Una ¿qué es una? la Virgen que nació en Belén y siempre vivió pura.

—Bien: ahora, amigo, dígame las seis.

—Aunque no soy tu amigo, sino tu enemigo, las seis te diré: Seis ¿qué son seis? las seis candilejas que ardían en el templo de Jerusalén. Cinco ¿qué son cinco? las cinco llagas principales que hirieron a Jesús crucificado. Cuatro ¿qué son cuatro? los cuatro Evangelistas: San Marcos, San Lucas, San Mateo y San Juan. Tres ¿qué son tres? las tres Marías, que brillan en el cielo para nuestro contento y alegría. Dos ¿qué son dos? las dos tablas de la ley que Dios entregó a Moisés en el monte Sinaí. Una ¿qué es una? la Virgen que nació en Belén y siempre vivió pura.

—Bien: ahora, amigo, dígame las siete.

—Aunque no soy tu amigo, sino tu enemigo, las siete te diré: Siete ¿qué son siete? son los siete cielos. Seis ¿qué son seis? las seis candilejas que ardían en el templo de Jerusalén. Cinco ¿qué son cinco? las cinco llagas principales que hirieron a Jesús crucificado. Cuatro ¿qué son cuatro? los cuatro Evangelistas: San Marcos, San Lucas, San Mateo y San Juan. Tres ¿qué son tres? las tres Marías, que brillan en el cielo para nuestro contento y alegría. Dos ¿qué son dos? las dos tablas de la ley que Dios entregó a Moisés en el monte Sinaí. Una ¿qué es una? la Virgen que nació en Belén y siempre vivió pura.

—Bien: ahora, amigo, dígame las ocho.

—Aunque no soy tu amigo, sino tu enemigo, las ocho te diré: Ocho ¿qué son ocho? son las bienaventuranzas que predicó Jesús en la montaña. Siete ¿qué son siete? son los siete cielos. Seis ¿qué son seis? las seis candilejas que ardían en el templo de Jerusalén. Cinco ¿qué son cinco? las cinco llagas principales que hirieron a Jesús crucificado. Cuatro ¿qué son cuatro? los cuatro Evangelistas: San Marcos, San Lucas, San Mateo y San Juan. Tres ¿qué son tres? las tres Marías, que brillan en el cielo para nuestro contento y alegría. Dos ¿qué son dos? las dos tablas de la ley que Dios entregó a Moisés en el monte Sinaí. Una ¿qué es una? la Virgen que nació en Belén y siempre vivió pura.

—Bien: ahora, amigo, dígame las nueve.

—Aunque no soy tu amigo, sino tu enemigo, las nueve te diré. Nueve ¿qué son nueve? los nueve meses que estuvo el Verbo humanado en las purísimas entrañas de su santísima Madre. Ocho ¿qué son ocho? las bienaventuranzas que predicó Jesús en la montaña. Siete ¿qué son siete? son los siete cielos. Seis ¿qué son seis? las seis candilejas que ardían en el templo de Jerusalén. Cinco ¿qué son cinco? las cinco llagas principales que hirieron a Jesús crucificado. Cuatro ¿qué son cuatro? los cuatro Evangelistas: San Marcos, San Lucas, San Mateo y San Juan. Tres ¿qué son tres? las tres Marías, que brillan en el cielo para nuestro contento y alegría. Dos ¿qué son dos? las dos tablas de la ley que Dios entregó a Moisés en el monte Sinaí. Una ¿qué es una? la Virgen que nació en Belén y siempre vivió pura.

—Bien, amigo, ahora dígame las diez.

—Aunque no soy tu amigo, sino tu enemigo, las diez te diré: Diez ¿qué son diez? los diez mandamientos. Nueve ¿qué son nueve? los nueve meses que estuvo el Verbo humanado en las purísimas entrañas de su santísima Madre. Ocho ¿qué son ocho? las bienaventuranzas que predicó Jesús en la montaña. Siete ¿qué son siete? son los siete cielos. Seis ¿qué son seis? las seis candilejas que ardían en el templo de Jerusalén. Cinco ¿qué son cinco? las cinco llagas principales que hirieron a Jesús crucificado. Cuatro ¿qué son cuatro? los cuatro Evangelistas: San Marcos, San Lucas, San Mateo y San Juan. Tres ¿qué son tres? las tres Marías, que brillan en el cielo para nuestro contento y alegría. Dos ¿qué son dos? las dos tablas que Dios entregó a Moisés en el monte Sinaí. Una ¿qué es una? la Virgen que nació en Belén y siempre vivió pura.

—Bien: ahora, amigo, dígame las once.

—Aunque no soy tu amigo, sino tu enemigo, las once te diré: Once ¿qué son once? las once mil vírgenes. Diez ¿qué son diez? los diez mandamientos. Nueve ¿qué son nueve? los nueve meses que estuvo el Verbo humanado en las purísimas entrañas de su santísima Madre. Ocho ¿qué son ocho? las ocho bienaventuranzas que predicó Jesús en la montaña. Siete ¿qué son siete? son los siete cielos. Seis ¿qué son seis? las seis candilejas que ardían en el templo de Jerusalén. Cinco ¿qué son cinco? las cinco llagas principales que hirieron a Jesús crucificado. Cuatro, ¿qué son cuatro? los cuatro Evangelistas: San Marcos, San Lucas, San Mateo y San Juan. Tres ¿qué son tres? las tres Marías que brillan en el cielo para nuestro contento y alegría. Dos ¿qué son dos? las dos tablas que Dios entregó a Moisés en el monte Sinaí. Una ¿qué es una? la Virgen que nació en Belén y vivió siempre pura.

—Bien, amigo; ahora dígame las doce.

—Aunque no soy tu amigo, sino tu enemigo, las doce te diré: Doce ¿qué son doce? los doce apóstoles. Once ¿qué son once? las once mil vírgenes. Diez ¿qué son diez? los diez mandamientos. Nueve ¿qué son nueve? los nueve meses que estuvo el Verbo humanado en las purísimas entrañas de su santísima Madre. Ocho ¿qué son ocho? las ocho bienaventuranzas que predicó Jesús en la montaña. Siete ¿qué son siete? son los siete cielos. Cinco ¿qué son cinco? las cinco llagas principales que hirieron a Jesús crucificado. Cuatro ¿qué son cuatro? los cuatro Evangelistas: San Marcos, San Lucas, San Mateo y San Juan. Tres ¿qué son tres? las tres Marías, que brillan en el cielo para nuestro contento y alegría. Dos ¿qué son dos? las dos tablas que Dios entregó a Moisés en el monte Sinaí. Una ¿qué es una? La Virgen que nació en Belén y siempre vivió pura.

Quien dijo doce no pase a trece hasta que reviente ése, que por sus malos hechos bien lo merece.


Terminando de decir estas palabras el anciano, se sintió un fuerte ruído, como si hubiera estallado un barril de pólvora, la pieza se llenó de humo y un fuerte olor a azufre hacía estornudar violentamente a los tres que se hallaban en ella.

Cuando el humo se disipó, vieron delante de sí al viejecito vestido de una larga túnica, con dos grandes llaves en la mano derecha y rodeada la cabeza de una aureola de luz. Era el mismo que representaba la imagen que adornaba la cabecera de la cama de Rosita.

Pancho y Rosita, poseídos de un santo temor, se arrodillaron ante el anciano, y cuando un momento después alzaron la cabeza, había desaparecido.

Este es el origen de las doce palabras redobladas, que el pueblo, sin razón, suele llamar Oración de San Cipriano, y a la cual atribuye virtudes portentosas contra el Diablo, los brujos y toda clase de peligros.

APÉNDICES

BIBLIOGRAFÍA DE LAS OBRAS QUE SE CITAN EN ESTE VOLUMEN

A la publicada en los Cuentos populares en Carahue, págs. 259-262, agréguense los siguientes obras, que no se mencionan en aquella.

Cavada, Francisco J.—Chiloé y los Chilotes. Estudios de folklore y lingüística de la provincia de Chiloé (Chile). Santiago, Impr. Universitaria, 1914.


Espinosa, Aurelio.—Cuentos populares españoles, recogidos de la tradición oral de España, con una introducción y notas comparativas. Stanford University, California. Published by the University, 1923-1924.

—— New Mexican Spanish Folk-Lore. VIII, Short Folk-tales and Anecdotes. Págs. 142-147 de The Journal of American Folk-Lore, Vol. XXVII, N.º CIV, April-June, 1914.


Grimm.—Cuentos escogidos de los Hermanos..., traducidos por José Muñoz Escámez. Edición ilustrada. Madrid, Saturnino Calleja, s. d.


La antigua versión castellana del Calila y Dimna. Ed. de la Real Academia Española, Madrid, Suc. de Hernando, s. d.


La Población del Valle de Teotihuacán. El medio en que se ha desarrollado su evolución étnica y social. Iniciativas para procurar su mejoramiento. Por la Dirección de Antropología, siendo Director de investigaciones Manuel Gamio. La población contemporánea. Dirección de Talleres Gráficos dependiente de la Secretaría de Educación Pública. México, MCMXXII.


Laval, Ramón A.—Oraciones, ensalmos y conjuros del pueblo chileno, comparados con los que se dicen en España, Santiago, Impr. Cervantes, 1910.


Contribución al Folklore de Carahue (Chile). Primera parte. Madrid, 1916.


Lehmann-Nitsche, Roberto.—Europäische Märchen unter den Argentinischen Araukanern. La Plata, s. d.


Montiel, C.—Contes soudanais. Paris, Leroux, 1905.


Palma, Ricardo.—Tradiciones Peruanas. (Ropa vieja). Tomo IV. Barcelona, Montaner y Simón, 1896.


Paris, Gaston.—Le conte du Trésor du Roi Rhampsinite. Paris, Leroux, 1907.


Poblete, Egidio. (Ronquillo).—Cuentos del Domingo. Serie IV. Valparaíso, Talleres Tipográficos de La Unión, 1916.


Rodríguez Marín, Francisco.—El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra. Edición crítica, anotada por... Tomo V. Madrid, Impr. de la “Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos”. MCMXVI.


Tchéraz, Minas.—L’Orient inédit. Légendes et traditions armeniennes, grecques et turques. Paris, Leroux, 1912.


Vicuña Cifuentes, Julio.—Mitos y Supersticiones recogidos de la tradición oral chilena, con notas comparativas a los de otros países latinos. Santiago, Impr. Universitaria, 1915.

NOTAS COMPARATIVAS

I parte.—Cuentos maravillosos, cuentos de animales, anécdotas.

1. El Soldadillo

Cfr.: Cosquin. —Jean de l’Ours, Cont. pop. de Lorraine, t. I, p. 1 y notas p. 6 a 27.

Bladé.—Etienne l’habile. Cont. pop. de la Gascogne, t. II, p. 36.

Espinosa.—Juan del Oso, en las págs. 440 y 441 de New-Mexican Spanish Folk-Lore, III, Folk-Tales.

Legers.—Long, Large et Clairvoyant, Recueil de Cont. pop. slaves, págs. 241-258.

Lenz.—El Hijo del Oso, Est. Araucanos, p. 261 y 350.

Sébillot.—Jean de l’Ours. Litt. or. de la Haute-Bret., p. 81 y notas, p. 85.

2. El Pescadito Encantado

Alvarez de Machado.—La Sirena (sólo el principio). Bibl. Trad. pop. esp., t. I, p. 183.

Bladé.—Le Roi des Corbeaux, Cont. pop. de la Gascogne, t. I, p. 14.

Braga.—O Velho Querecas, Cont. trad. do povo port., p. 4.

Desparmet.—Aïcha, la fille du bûcheron (hay un servidor negro). Rev. Trad. pop., t. XXVIII, p. 505.

Figueiredo Pimentel.—A vida do Gigante (sólo el principio). Cont. da Carochinha, p. 385.

—— O Peixe encantado, Hist. da Avósinha, p. 138.

Hernández de Soto.—La Lavandera (varios episodios), Bibl. Trad. pop. esp., t. X, p. 217.

Hernández de Soto.—El Castillo de las puertas calás, Ib., p. 242.

Legrand.—Le Seigneur du monde souterrain, Rec. de cont. pop. grecs, p. 1.

Monnier.—Le roi Cristal, Cont. pop. en Italie, p. 44.

3. Delgadina y el Culebrón

Bladé.—En Le Drac, Cont. pop. de Gascogne, t. I., p. 227, se lee: “La Belle Jeanneton marchait sur ses quinze ans. Elle était cent fois plus belle que le jour. Quand elle se peignait, le blé tombait de ses cheveux, par boisseaux. Quand elle se lavait les mains, les doubles louis d’or et les quadruples d’Espagne tombaient de ses doigts par douzaines”.

Carnoy et Nicolaides.—La fille du roi et le garçon de bains, Trad. pop. de l’Asie Mineure, p. 107.

Figueiredo Pimentel.—A Moça encontrada no mar, Hist. da Avósinha, p. 223.

van Gennep.—Leyenda de Manú, en que figura un pececillo que fué creciendo gradualmente hasta que apenas cabía en el mar y salvó a Manú del Diluvio.—Religions, Mœurs et Légendes, t. I, p. 93.

Klimo.—La Belle Hélène, Cont. et Légendes de Hongrie, p. 178.

Moore, Th.—El Culebroncito, Bibl. Trad. pop. esp., t. I, p. 137.

Pitrè.—Li dui Soru, Fiabe, Nov. e Racc. pop. siciliani, t. II, p. 85.

Sébillot.—La Sirène, Cont. des Marins, p. 197.

4. La Tenquita

Basset.—La Vieille et la Mouche, Cont. berbères, p. 95.

Baissac.—Hist. de Petit-Jean Queue-de-Bœuf, Le Folk-lore de l’Ile-Maurice, p. 34.

Bladé.—Le Père et la Fille, Cont. pop. de la Gascogne, t. III, p. 243.

—— Le Père, la Mère et la Fille, Ib., p. 246.

—— Brisquet, Ib., p. 249.

Calila y Dimna, ed. de la R. Ac. Esp., págs. 289-291.

Camps y Mercadel.—Folk-Lore Menorquín, en t. I, p. 243, se lee: “El gat caça la rata,-rata furada tapia,-tapia atura vent,-vent fa corre’s núvul,-es núvul tapa sol,-sol fon gel,-gel talla cameta.

Carnoy.—Kiou-Cou et Kiou-Coclet, Littorale de la Picardie, p. 217.

Coelho.—A formiga e a neve, Cont. pop. portuguezes, p. 5.

—— A romanzeira do macaco, Ib., p. 9.

Espinosa.—La Hormiguita, More Folk-Tales, p. 138.

Figueiredo Pimentel.—A Formiguinha, Cont. da Carochinha, p. 393.

La Gallinita y el Pollito. Bibl. ilustrada Calleja-IX.

La población del Valle de Teotihuacán.—Cuando la rana quiere gozar..., p. 396.

Lehmann-Nitsche.—El Perro y el Ratón, cuento IV de “Europäische Märchen unter den argentinischen Araukanern”.

Lenz.—Cuento de un pajarito llamado Caminante, Est. Araucanos, p. 200 y nota, p. 320.

Mason.—El Aguila, Folk-Tales of the Tepecanos, p. 175.

Monnier.—Micco y Légende de Tennioje, Cont. pop. en Italie, págs. 89 y 91.

Ortoli.—Pedilestu et Mustacina, Cont. pop. de l’île de Corse, p. 237.

Pineau.—Biquette, Cont. pop. du Poitou, p. 291.

—— Le Conte du petit rat, Ib. p. 299.

Pitrè.—Pitidda, Fiabe, Nov. et Racc. pop. siciliani, t. III, p. 85.

Romero.—A formiga e a neve, Cont. pop. do Brasil, p. 208.

5. El Gallito

Bladé.—Les Deniers, (La pega final). Cont. pop. de la Gascogne, t. III, p. 260.

6. La Tortilla o el Canarito Encantado

Cosquin.—V. notas del cuento Le Leoup blanc., t. II, págs. 225-227 y notas de Firosette, desde p. 242 del mismo tomo.

Artin Pacha.—Les quarente boucs et le bouc chevauchant sur le bouc, Cont. pop. de la Vallé du Nil, p. 87.

Braga.—O Coelho branco, Cont. trad. do povo port., p. 78.

C. A. D.—Una Rueda de Conejos, El Folklore Andaluz, p. 355.

Historia del Macho Cabrío y la Hija del Rey, Las mil noches y una noche, trad. de Blasco Ibáñez, t. XX, p. 24.

Les Oiseaux blancs, Rev. Trad. pop., t. XXIX, p. 124.

Pitrè.—Marvizia, t. I, p. 149.

El cuento de la “Tortilla o el Canarito Encantado” es una de las muchas variantes derivadas de la fábula de Apuleyo “Cupido y Psiquis”, y aunque en él se ha perdido la prohibición de ver, dos de los trabajos que Venus impone a Psiquis están representados por los que la vieja hechicera manda ejecutar a la princesa, y que son casi los mismos: el 1.º, de llenar un frasco con lágrimas de picaflores, no es otro que el 2.º de la fábula latina: llenar una botella con agua de la fuente que alimenta la laguna Estigia: el 2.º, de llevar la caja encantada que debía producir la muerte a la princesa, corresponde al 3.º del cuento de Apuleyo: llevar a los infiernos una caja a Proserpina pidiéndole un poco de su belleza, caja que, devuelta por Proserpina a Psiquis, sólo contiene un vapor letárgico, que, sin la intervención de Cupido, habría dejado sin vida a Psiquis.

7. El Rey tiene cachito

Coelho.—O Principe con oreilhas de burro, Cont. pop. port., p. 117, y Cont. nac. p. creancas, p. 33.

Tchéraz, Minas.—L’Orient inédit. Lég. et trad. armeniennes, grecques et turques, p. 211.

Este cuento difiere apenas de la fábula de Midas, rey de Frigia. En la lucha que el sátiro Marsias sostuvo con Apolo en un concurso musical, las Musas se decidieron por Apolo, que tocaba la cítara, y sólo Midas estuvo de parte de Marsias, que tocaba la flauta. Ofendido Apolo, castigó a Midas, transformando sus orejas en orejas de burro. Midas, avergonzado, las ocultaba bajo un gorro frigio, pero, por más cuidado que puso, un esclavo se las vió. Midas le exigió silencio, mas este hombre, no pudiendo soportar el secreto, abrió un hoyo en la tierra y en él gritó: “El rey Midas tiene orejas de pollino”, y en seguida lo llenó con la tierra que había sacado. Poco después crecieron en el mismo sitio unas matas de caña, las que, cada vez que el viento las movía, murmuraban: “El rey Midas tiene orejas de pollino”.

8. El Cuerpo sin alma

Cosquin.—Les dons des trois animaux, t. I, p. 166, y notas, págs. 170 y siguientes.

Andrews.—Corps sans âme, Contes ligures, p. 213.

Apell.—Joâo Cachorro e o camponês branco, Cont. pop. Russos, p. 275.

Baissac.—Hist. de Corps-sans-âme et de Colle-des-Coeurs, Folkl. de l’Ile-Maurice, p. 358.

Braga.—Cravo, Rosa e Jasmin, Cont. trad. do pov. port., p. 20.

Brueyre.—Le jeune Roi Easaidh Ruadh, Cont. pop. de la Gr. Bretagne, p. 71 y notas, págs. 80-83.

—— La Fille de la Mer, p. 84, y II versión, p. 95.

Carnoy.—Le Corps sans âme, ou le Lion, la Pie et la Fourmi, Lit. orale de la Picardie, p. 275.

Coelho.—A Torre de Babylonia, Cont. pop. port., p. 34.

Desparmet.—Hammed, le fils de la veuve, Rev. Trad. pop., t. XXVII, p. 241.

—— Cent-et-un-beautés, Ib., p. 193.

Dozon.—Les trois frères et les trois sœurs, Cont. albanais, p. 131.

Espinosa.—El Cabayeru e la Pluma, N. Mex. Esp. Folk-Tales, p. 398.

—— La Princesa encantada, Ctos. pop. españoles, págs. 295 y 297.

Figueiredo Pimentel.—A Vida do Gigante (la parte final solamente). Cont. da Carochinha, p. 385.

Klimo.—L’Arbre merveilleux, Cont. et Lég. de Hongrie, p. 131.

—— Le Prince Ambroise, Ib. p. 239.

Luzel.—Le Corps-sans-âme, Cont. pop. de la B.-Bretagne, t. I, p. 427.

Macler.—Badikan et Khan Boghou, Cont. armeniens, p. 11.

Monnier.—Viola (el fin sólamente), Cont. pop. en Italie, p. 117.

Pitrè.—Lu malacunnutta, II, p. 224.

Rivière.—Moh’Amed ben Soltan, Rec. de Cont. de la Kabylie, p. 187. (En la p. 191, muerte del Cuerpo sin alma, que en este cuento es un Ogro; muy desfigurado).

Sébillot.—El Capitán Pedro, Ctos. Bretones, p. 130.

—— El Gigante de las siete mujeres, Ib., p. 176.

Vinson.—Malbrouc, Folkl. du Pays Basque, p. 80.

9. La Huachita Cordera

Bladé.—La Gardeuse de dindons, Cont. pop. de la Gascogne, t. I, p. 251. (Sólo la 2.ª parte).

Pineau.—L’Agneaulet, Cont. pop. du Poitou, p. 123.

La Lapine, Rev. Trad. pop., 1913, p. 207. (Ver también la nota).

10. Las siete Ciegas

Cosquin, t. I, en la Introducción, p. XXX, extracta un cuento parecido al de Las siete Ciegas.

Guichot y Sierra.—La Reina Rosa o Tomasito, Bibl. de las Trad. pop. esp., t. I, p. 172.

Desparmet, en el cuento La Princesse Hautaine IV de los Contes maures, recueillis à Blida, p. 292, se lee:—“Si este hermoso príncipe quiere llevarme, es preciso que me traiga aquí, en persona, leche de camella en un odre hecho de piel de leona”. En el cuento V, “La Tortue”, p. 303, un Rey que quiere hacer morir a su hijo menor, para apoderarse de su mujer, de quien se ha enamorado, le dice a su Consejero:—“Tu astucia no ha servido de nada; busca otra”.—“Pues bien, le dice el Consejero, pide al Príncipe que traiga la manzana que embalsama el aire y el agua que restituye el alma al hombre. Deberá tomarlas en el jardín de Preciosa...”. Y como el Príncipe consiguiera llevarle la manzana y el agua pedidas, pide el Rey nuevo consejo a su Consejero, y éste le dice:—“Haz venir a tu hijo y ordénale que traiga leche de leona en odre de piel de leoncito”. Y en el cuento VI, “Le roi Bûcheron”, p. 437: “Una vez el Sultán tuvo deseos de beber la leche de leona en odre de piel de leoncito”.—(Rev. de Trad. pop., t. XXVII.)

Donzon, en “La Loubie et la Belle de la terre”, Cont. albanais, p. 87: “Comió (la Lubia) la mitad de lo que el joven había llevado, después de lo cual salió y dijo: “Que se muestre aquel a quien debo este beneficio,—y el joven, presentándose, contestó: Heme aquí”.—En seguida, todo sucedió como el viejo lo había anunciado”.

En el vol. XXII, p. 137 de las Mil noches y una noche, “Historia contada por el 11.º Capitán de policía, al Sultán Baibars, se lee: “Y se congregaron los médicos y le recetaron, como régimen y remedio, que bebiera leche de osa contenida en un odre de piel de osa virgen”.

11. El Miñique

Cosquin.—Le Petit Poucet, t. II, p. 147, y nota de la p. 150.

Andrews.—Pequeletou, Cont. ligures, p. 132.

—— Peteoumeletou, Ib., p. 161.

Bladé.—Grain-de-Millet, Cont. de la Gascogne, t. III, p. 78.

Braga.—Manoel Feijâo, Cont. trad. do povo port., p. 191.

Carnoy.—Pouçot Litt. orale de la Picardie, p. 167.

—— Jean l’Espiègle, Ib., p. 329.

Coelho.—Hist. do Grâo de Milho, Cont. pop. portuguezes, p. 80.

Figueiredo Pimentel, O Pequenno Pollegar, Cont. da Carochinha, p. 113.

Legers.—Le Petit Poucet russe, Rec. Cont. pop. slaves, p. 29.

Vinson.—Petit Poucet y Mundu-milla-pes, Folkl. du pays Basque, págs. 110 y 111.

12. Los tres Consejos

Braga.—Os tres Conselhos, Cont. trad. do povo portuguez, p. 199.

Espinosa.—Los tres Consejos, New Mex. Sp. Folk-Tales, p. 408.

Folklore Andaluz, Nota 8 de la p. 80.

Macler.—Le Fils de la Vieille, Cont. Armeniens, p. 139.

Ortoli.—L’Ustaria di i figli di u Diauli, Cont. pop. de l’île de Corse, p. 118.

Pitrè.—Li tri Rigordi, III, p. 391 y varianti e riscontri, pág. 393.

Romero.—Os tres Conselhos, Cont. pop. do Brasil, p. 251.

13. El Loro Adivino

Cosquin.—L’Oiseau de verité, t. I, p. 186.

Andrews.—L’Oiseau qui parle, Cont. ligures, p. 193.

Apell.—A Arbore que canta e a Ave que fala. Cont. pop. russos, p. 101.

—— As tres Irmâs, Ib., p. 109 y crítica, p. 115.

Artin Pacha.—El Schater Mouhammed, Cont. pop. de la Valle du Nil, p. 265.

Bladé.—La mer qui chante, la pomme qui danse et l’oisillon qui dit tout, Cont. pop. de la Gascogne, t. I. p. 67.

Braga.—O Rei-Escuta, Cont. trad. do povo portuguez, t. I, p. 85, y notas, t. II, p. 192.

—— As Cunhadas do Rei, Ib., p. 86.

Figueiredo Pimentel.—As tres Maravilhas, Cont. da Carochinha, p. 369.

—— Os tres principes com estrellas de ouro na testa, Ib. p. 405. (Sólo el principio).

Hernández de Soto.—El Papagayo Blanco, Bibl. Trad. pop. esp., t. X, p. 175.

Legrand.—Tzitzinœna, Rec. de Cont. pop. grecs, p. 77.

Luzel.—Les deux frères et la sœur, Lég. chre. de la Basse-Bretagne, t. II, p. 274.

—— Les trois filles du Boulanger, ou l’Eau qui danse, la Pomme qui chante et l’Oiseau de Vérité, Cont. pop. de B.-Bretagne, t. III, p. 277.

Macler.—Cheveux d’argent et Boucles d’or, Cont. armeniens, p. 71.

Mason.—Los Niños Coronados. Folk-Tales of the Tepecanos, p. 200.

Pitrè.—Li figghi di lu cavuliciddaru, t. I, p. 316 y var. y riscontri, p. 328-335.

Ramírez, José Luis.—El Agua Amarilla, El Folkl. Andaluz, p. 305.

14. El Medio-Pollo

Basset.—Moitié de Coq, Cont. pop. berbères, p. 83 y notas, p. 187.

Beauvais, Armand.—Moité de Có, Rev. de Trad. pop., t. XXXI, p. 44.—Otro, Ib., t. XXX, p. 44.

Bladé.—Le Voyage du Coq, Cont. pop. de la Gascogne, t. III, p. 221.

—— Le Coq et ses amis, Ib., p. 225.

Carnoy.—Coquelet en voyage, Litt. orale de la Picardie, p. 211.

Coelho.—O Pinto borrachudo, Cont. pop. portuguezes, p. 20.

Figueiredo Pimentel.—Historia de un pintinho. Historias da Avósinha, p. 90.

Lehmann-Nitsche.—¿Quiere que le cuente el cuento del Gallo Pelado?, en Rev. de Derecho, Historia y Letras, Buenos Aires.

Orain.—La Boursée d’or, Cont. de l’Ille-et-Vilaine, p. 59.

Pinau.—Le conte de la petite moitié de geau (coq), Les Cont. pop. du Poitou, p. 169.

Pitrè.—Lu menzu-gadduzzu, t. III, p. 77.

Romero.—O. Pinto pellado, Cont. pop. do Brasil, p. 53.

Sébillot.—La Moueté de Quene (La Moitié de Cane), Cont. de provinces de France, p. 281.

—— Moitié de Coq. Les Joyeuses Hist. de Bretagne, p. 205.

The Heath Readers. Second Reader. D. C. Heath, and Company. Boston, New York-Chicago, s. d.—The Half-Chick, p. 128.

15. El Barco de los tres hachazos

16. Hermosura del Mundo, o el Castillo de los tres azuelazos

Apell.—O Navio voador, Cont. pop. russos, p. 201 y crítica, p. 210.

Bladé.—Le Navire marchand sur terre, t. III, p. 12.

—— Etienne l’habile, Ib. p. 36.

Figueiredo Pimentel.—Os seis companheiros, Contos da Carochinha. p. 183. (Sólo las hazañas de Comín y de sus compañeros.)

Grimm.—El Pájaro Grifo, Cuentos escogidos, p. 30.

Luzel.—Le prix des belles pommes, Cont. pop. de Basse-Bretagne, t. II, p. 146.

—— Les trois fils de la veuve, Ib. II, p. 161.

—— Les compagnons qui viennent a bout de tout, Id. III, p. 296.

—— Petit-Jean et la Princesse Devineresse, Id. III, p. 326 (últ.º episodio, desde la pág. 246.)

Mason.—Los animales ayudan a Juan, Porto-Rican Folk-Lore, Folk-Tales, part. I, p. 17.

—— El traje de piel de piojo (versión a.), Ib. p. 20. (Muy desfigurado.)

Pinau.—Le conte du petit Vacher, Cont. pop. du Poitou, p. 35.

En este cuento y en muchos otros figuran el episodio de los conejos que se entregan al héroe para que los lleve en la mañana fuera de palacio, los deje en libertad y regrese con todos ellos en la tarde; y el de llenar un saco de verdades.

Sébillot.—El barco que anda por mar y por tierra, Cuentos bretones, p. 233.

17. El Arbol de las tres Manzanas de Oro

Apell.—O bicho Norka, Cont. pop. russos, p. 291. (Sólo los primeros episodios.)

Carnoy.—Les trois fils du roi, Litt. orale de la Picardie, p. 89. (Sólo la primera parte).

Desparmet.—Le Ghoul du Puits, Cont. pop. sur les Ogres, t. 1, p. 397.

—— Le Ghoul bessé en maraude, Ib. p. 406. (En los dos cuentos, sólo la primera parte.)

Dozon.—La Belle de la Terre, Cont. albanais, p. 35.

Klimo.—L’Oiseau de feu, Cont. et Légendes de Hongrie, p. 265.

Pinau, Les pommes d’or, Cont. pop. du Poitou, p. 1.

Rivière.—Les trois frères. Rec. de Cont. pop. de la Kabyle, p. 234. (Sólo el principio.)

18. Los Hijos del Pescador, o el Castillo de la Torderás

Cosquin.—Les fils du Pêcheur, t. I., p. 60.

—— La Bête a sept têtes, Ib., p. 64 y notas págs. 66-81.

—— La Reine des Poissons, t. II, p. 56.

Andrews.—Les fils du Pêcheur (2 versiones), Cont. ligures, págs. 173 y 253.

Basset.—L’Ogresse et les deux frères, Nouveaux Contes berbères, p. 103 y notas, págs. 304-326.

Bladé.—Les deux Jumeaux, t. I, p. 277.

Braga.—A. Torre de Babylonia, Cont. trad. do pov. port., p. 117.

Brueyre.—La Fille de la Mer, Cont. pop. de la Gr. Bretagne, p. 84 y II versión, p. 95.

Coelho.—S. Jorje, Cont. pop. portuguezes, p. 120.

Espinosa.—El Castillo de Irás y no Volverás, Ctos. pop. españoles, p. 289.

Figueiredo Pimentel.—A Velha Feiticeira, Hist. da Avósinha, p. 314 (parecido remoto).

Legrand.—Le petit rouget sorcier, Rec. de Cont. pop. grecs, p. 161.

Monnier.—Le Magicien a sept têtes, Cont. pop. en Italie, p. 287.

Pinaud.—Le Pêcheur, Cont. pop. du Poitou, p. 27.

Rivière.—Les deux frères, Rec. de Cont. pop. de la Kabylie, p. 193.

19. El Compadrito León, potito quemado

Baissac.—Le Lièvre et la Tortue au bord du bassin du roi, Le Folkl, de l’Ile-Maurice, p. 2. (Episodio del mono que juega al naipe con el mono de greda y que después, cuando lo golpea, se va pegando sucesivamente de las manos, de los pies y de la cabeza.)

Espinosa.—El Conejo y el Coyote, New Mexican Spanish Folk-Tales, págs. 419.

Figueiredo Pimentel.—O Macaco e o Moleque (La escena del mono de greda), Hist. de Avósinha, p. 217.

—— A Onça e a Raposa (Escena en que el Mono pregunta: “Agüita ¿te beberé?), Hist. da Avósinha, p. 324.

Lenz.—Cuento de un Zorro y un Tigre, Est. Araucanos, p. 189 y notas p. 315.

Lira, Carmen.—Tío Conejo y tío Coyote, Los Ctos, de mi tía Panchita, p. 152.

Mason.—El Muñeco de brea, Porto-Rican Folk-Lore. Folk-Tales, p. 164.

Romero.—O Macaco e o Moleque de cera, Cont. pop. do Brasil, p. 317.

21. Chilindrín y Chilindrón

Basset.—L’adroit voleur, Nouveaux Cont. berbères, p. 149 y notas, p. 351.

Espinosa.—Pedro di Urdemales, V, More Folk-Tales, p. 132.

—— Los dos Ladrones, New Mexican Sp. Folk-Tales, p. 423. (Primer episodio.)

Huet.—Le conte du trésor pillé. (Le “Trésor du roi Rhampsinite”) dans le Roman de Berinus. Rev. de Trad. pop., t. XXXI, p. 208.

Legrand.—Voleurs, par nature, Rec. Cont. pop. grecs, p. 205. Les deux voleurs, Rev. de Trad. pop. t. XXVII, p. 323.

Luzel.—Le Voleur avisé, Cont. pop. de Bass.-Bretagne, t. III, p. 351.—Variante, p. 367.

Padilha.—Vicente o ladrão, Hist. do Arco da Velha, p. 393.

Paris.—Le conte du Trésor du Roi Rhampsinite.

Pitrè.—Lu latru di Sicilia e lu latru di Napuli, t. III, p. 157. (Sólo el episodio con que comienza el cuento chileno.)

—— Mbroglia e Sbroglia, III, p. 205.

—— Lu Muratori e sò figghin, III, p. 210.

Rivière.—Les deux frères, Rec. de Cont. de la Kabylie, p. 13.

Sébillot.—El Rata de París y el de Madrid, Ctos. Bretones, p. 222.

22. Juan Valiente, el de la Vaquilla

Artin Pacha.—Souheim-el-Leyl, Cont. pop. de la Vallée du Nil, p. 201.

Gulchot y Sierra.—Mariquilla la Ministra, en Bibl. de las Trad. pop. esp., t. I, p. 149 (Algunos episodios solamente.)

Mason.—Juan y los bandidos, Porto-Rican Folk-Lore, Folk-Tales, p. 201.

Pinau.—Louis Bernard, Les Cont. pop. du Poitou, p. 49.

23. La Sapita Encantada

Artin Pacha.—Les trois fils du Sultan, Cont. pop. de la Vallée du Nil, p. 103.

Carnoy.—Les trois chars, Contes français, p. 83.

—— L’Aiguille, le Chien et la Princesse, Ib., p. 101.

El Ranchero y sus tres hijos, Poblac. del Valle de Teotihuacán, p. 309.

Espinosa.—La Princesa mona, Ctos pop. esp., p. 306.

Figueiredo Pimentel.—A Gatinha branca, Hist. da Avósinha, p. 247.

—— A Sapa casada, Ib. p. 320.

Lira, Carmen.—La Mica, Los Ctos. de mi tía Panchita, p. 46.

Luzel.—Le Bossu et ses deux frères, t. II, p. 123.

—— La Princesse métamorphosée en souris, Ib., p. 134.

Pinau.—La Chatte blanche, Les Cont. pop. du Poiton, p. 111.

Pitrè.—La Jimmuruta, t. I, p. 396 y Variante e riscontri, p. 399.

Mason.—Pedro y San Pablo, Folk-Tales of the Tepecanos, p. 166.

24. Gallarín y el Gigante

Cosquin.—Le roi d’Angleterre et son filleul, t. I, p. 32 y notas, particularmente págs. 46 a 48.

—— La Belle aux cheveux d’or, t. II, p. 290.

Carnoy.—Les trois frères et le Géant, Litt, or. de la Picardie, p. 241.

Luzel.—La Princesse de Tronkolaine, t. I, p. 66.

—— Le Perroquet Sorcier, t. II, p. 231.

—— Le Capitaine Lixur ou le Satyre, t. II, p. 314.

Montiel.—Marandénboné. Cont. soudanais, p. 115.

Pitre.—Tridicini, t. I, p. 290 y Varianti e riscontri, págs. 295-297.

—— Lu cuntu di na Riggina, t. I, p. 395.

Rivière.—Amor Enneíç, Rec. de Cont. pop. de la Kabyle, p. 225.

Vinson.—Malbrouc, Le Folkl. du Pays Basque, p. 80. (Parte de este cuento corresponde al cuento chileno “El Cuerpo sin alma” y parte a “Gallarrín”.)

25. Salir con su Domingo siete

Una versión de este cuento se publicó en Santiago en 1880 u 81, en las columnas de El Nuevo Ferrocarril por el conocido escritor Pedro A. Pérez, que suscribía sus trabajos con el seudónimo de Kefas; otra, en la Lira Chilena, año II, Núm. 26, de 25 de Junio de 1899, con el título de Yuzfen y Mulet, o la Leyenda del Domingo Siete, por el escritor ecuatoriano Arias Sánchez; otra, en 1891, en el diario La Nación, si mal no recuerdo, por Justo Abel Rosales; una cuarta, el 2 de Noviembre de 1892, en El Colono de Angol, por Clemente Barahona Vega; una quinta, por el mismo Barahona Vega, en el Sur de Concepción, Núm. de 7 de Julio de 1895; y por fin, una sexta, recogida en Provenza por la señora Sperata Revillo de Saunière, en el Núm. 310, de 26 de Octubre de 1914, de El Peneca, de Santiago.—Cfr. además:

Brueyre.—Légende de Knockgrafton, Cont. pop. de la Gr.-Bretagne, p. 206.

Carnoy.—Les Lutins et les deux Bossus, Litt. or. de la Picardie, p. 18 y notas p. 37.

Frison.—Le Bossu et les Korrigans, Cont. et Lég. du Morbihan, Rev. des Trad. pop., t. XVII, p. 343.

Les Djinns et les deux Bossus, Ib. p. 610.

Harou.—Les Bossus et les Nains (conte du Luxenbourg belge), Rev. des Trad. pop., t. IX, p. 285.

—— Les deux Bossus (conte du Grand Duché de Luxenbourg), Rev. des Trad. pop., t. XXXI, p. 128.

Luzel.—Les deux Bossus et les Nains, Cont. pop. de la B.-Bretagne, t. II, p. 251.

—— Les Danseurs de nuit (dos versiones), Ib., t. III, págs. 103 y 115.

Palma.—Salir con un Domingo siete, Trad. peruanas, t. IV, p. 34.

Pitrè.—Lu Scarparu e lu Diavuli, t. II, p. 94.

Rodríguez Marín.—Nota 21, p. 318 del t. V del Quijote (ed. de 1916).

Sébillot.—Les Sorciers de Kuéa, Cont. des paysans et des pêcheurs, p. 305.

—— Les Chats sorciers, Ib. p. 311.

—— Los dos Gibosos, Ctos. Bretones, p. 252.

Seré.—Les deux Bossus et l’Enchanteurese de Bourret, Rev. de Trad. pop., t. VIII, p. 549.

Vinson.—Les deux Bossus, Le Folkl. du pays Basque, p. 14.

26. La Lorita encantada

Esta conseja tiene estrecha relación con los numerosos cuentos, comunes a todas las literaturas populares, en que figuran tres animales agradecidos, generalmente un león, una hormiga y un ave, que se disputan una presa, casi siempre un animal muerto, y que dan al que los pone de acuerdo, un pelo o una uña, una pata y una pluma respectivamente, que le permiten hacerse invisible, volar y desempeñar otras empresas maravillosas, o tres hombres poseedores de talismanes que tienen el mismo poder, de los cuales, por engaño, logra el héroe apoderarse. No recuerdo haber encontrado en mis lecturas un cuento en que figuren tres niñas en lugar de los tres animales o de los tres hombres; pero, en cambio, son numerosísimos aquellos que terminan con el tema en que el héroe o la heroína refieren que tenían un cofre cuya llave de oro se les ha perdido y mandaron hacer una de plata, y no tan preciosa como la otra, y que después han encontrado la primera, y preguntan cuál de las dos deben preferir, etc. A los cuentos tan conocidos y numerosos en que se encuentra este episodio, agregaré solamente los que siguen, publicados en la interesante colección intitulada “Cuentos populares españoles recogidos de la tradición oral en España... por Aurelio M. Espinosa:

Núm. 127, Cabeza de burro, p. 258; Núm. 128, El Castillo de Oropé, p. 260; y Núm. 130, El Lagarto de las siete camisas, p. 267.

Y además:

Cosquin.—Les dons des trois animaux, t. I, p. 166.

——Fortuné, t. II, p. 128.

Luzel.—L’Hiver et le Rotelet, Cont. pop. de B.-Bretagne, t. III, en las págs. 245-246.

27. El Diablo y el Campesino

Bladè.—La Chèvre et le Loup, t. III, p. 159.

Braga.—O Compadre diabo, Cont. pop. do povo portuguez, p. 75.

Carnoy.—Saint Crépin et le Diable, Litt. orale de la Picardie, p. 62.

28. El León y el Hombre

Bladè.—Le Lion et Notre-Seigneur, Cont. pop. de la Gascogne, t. II, p. 163.

Poblete, (Ronquillo).—La Palabra del Hombre, Cuentos del Domingo, IV serie, p. 163.

29. Los tres hermanos que salieron a aprender a hablar

Carnoy.—Les trois hommes à la barbe rousse, Litt. orale de la Picardie, p. 264.

Klimo.—Le Diable et les trois garçons slaves, Cont. et Lég. de Hongrie, p. 277.

Sébillot.—C’est nous autres, Messieurs, Litt. orale de la H.-Bretagne, p. 110.

—— Le sot seigneur et ses fils sots, Les joyeuses hist. de Bretagne, p. 165.

30. Las tres Gangosas

Braga.—As irmâs gagas, Cont. trad. do povo portuguez, t. I, p. 179.

Espinosa.—Short Folk-Tales and Anecdotes, N.º 34, p. 144.

31. El Capón asado

Espinosa.—Juan sin miedo, New Mexican Folk-Lore, III, Folk-Tales, p. 429.

32. El Vendedor de coquitos, y 33. El Vendedor de pequenes.

Espinosa.—Short Folk-Tales and Anecdotes, N.º 36, p. 144.

II parte.—Mitos, Tradiciones, Casos

3. La Calchona

Vicuña Cifuentes.—La Calchona, Mitos y Superst., págs. 21 y 334.

6. La Viuda

Cavada.—La Viuda, Chiloé y los Chilotes, p. 100.

Vicuña Cifuentes.—La Viuda, Mitos y Superst., p. 92.

7. La Mujer larga

Cavada.—La Viuda, Chiloé y los Chilotes, p. 100.

8. El Piguchén

Cavada.—El Piuchén o Piguchén, Chiloé y los Chilotes, p. 102.

Vicuña Cifuentes.—El Piguchén, Mitos y Superst., págs. 80 y 339.

13, 14, 15. Las Sirenas

Cavada.—La Pincoya, Chiloé y los Chilotes, p. 102.

Vicuña Cifuentes.—Las Sirenas, Mitos y Superst., p. 85.

17. La Laguna de Pudahuel (Nota sobre el Cuero, p. 239.)

Cavada.—La Manta, Chiloé y los Chilotes, p. 104.

Vicuña Cifuentes.—El Cuero, Mitos y Superst. págs. 38 y 335.

19 A 31. Historias de brujos

Vicuña Cifuentes.—Los brujos. Mitos y Superst., págs. 5 a 20.

23. El Hombre que quiso volar

Espinosa.—La bruja de Granada, Ctos. pop. españoles, p. 345.

—— La bruja de Córdoba, Ib., p. 346.

36. Tesoros

Vicuña Cifuentes.—Para descubrir y sacar los tesoros, Mitos y Superst., p. 206.

39 A 43. El Diablo. Pactos con el Diablo

Vicuña Cifuentes.—El Diablo, Mitos y Superst., págs. 47 a 52 y 196.

43. Las doce palabras redobladas

Laval.—Las doce palabras redobladas, Orac., ens. y conj., p. 98.

—— Contr. al Folk. de Carahue, 1.ª parte, p. 31.

Vicuña Cifuentes.—Mitos y Superst., págs. 133 a 156, Núm. 36.

Vinson.—Les douze Mistères, Le Folkl. du Pays Basque, p. 11.

De las obras extranjeras en que se trata de las doce palabras redobladas, sólo mencionaré la de Vinson, porque el cuento vasco, en el fondo, es el mismo chileno que me refirieron en Peñaflor. Las demás están citadas en las notas comparativas que figuran en los libros citados de Vicuña Cifuentes y Laval.

VOCABULARIO

Vocabulario de las palabras y frases que figuran en este libro con acepción distinta de las que trae el Diccionario académico, o que no se encuentran en él.

Acuerdo.—Ponerse en acuerdo. Vulg. Pensar.

Acholado.—Corrido, avergonzado.

Agarrar.—Tomar, asir, coger, aunque sea suavemente.

Agua.—Ver uno debajo del agua. Ser muy astuto, habilidoso.

Alcayota.—Cidra cayote.

Alelado.—Asustado, admirado, embobado, extasiado.

Alfiler.—Alfiler de gancho. Imperdible.

Altazo.—aum., vulg. de alto. Muy alto.

Amarra.—Lazo corto, de cuero.

Animar.—Azuzar.

Aperos.—Aparejo, 2.ª acep.

Apretar a correr.—Echar a correr.

Atingido.—Afligido.

Atracar.—Vulg. Arrimar, allegar, encender, prender.

Aújero.—Vulg. Agujero.

Azuelazo.—Golpe dado con la azuela.

Barra.—Cepo, 3.ª acepc.

Barrote.—Barra de hierro, aunque no sea gruesa.

Bastante.—Mucho.

Botar.—Tirar, arrojar, tumbar.

Boya.—Estar en la pura boya. Estar de buena suerte; irle bien en todo.

Buen dar.—Buen dar con lo tonto que soy. ¡Vaya que soy tonto!

¡Bueno en!... Qué!... ¡Bueno en el hombre forzudo! ¡Qué hombre tan forzudo!

Cacho.—Asta, cuerno.

Calzones.—Vulg. Pantalones.

Campañista.—El que cuida de los animales vacunos y caballares en los fundos grandes que tienen campaña.

Cáñamo.—Bramante, guita.

Capachito.—Planta muy común, del género Calceolárea, que crece a orillas de los arroyos.

Capitán.—Donde manda capitán no manda marinero. Refr. que aconseja respeto, obediencia y sumisión a los superiores.

Cara.—Cara o sello. Cara o cruz.

Caráfita.—Interj. Cáspita. (De cáspita, caráspita).

Carretón.—Carro grande que sirve para el transporte de materiales.

Casas.—Dieces. (Del rosario.)

Causeo.—Comida ligera compuesta generalmente de carnes fiambres, emparedados, vino, etc.

Cazuela.—Guiso nacional muy estimado. La receta para hacerla se encuentra en cualquiera de las numerosas ediciones de libros de cocina impresos en el país.

Cebar (el mate).—Prepararlo, poniendo en la vasija en que se toma, la yerba y el azúcar necesarios y demás ingredientes que suelen echársele, como hojas de cedrón, cáscaras de limón o de naranja, etc. En Chile el mate se toma con azúcar.

Cequión.—Aum. de cequia=acequia. Acequia ancha que arrastra gran caudal.

Cierto.—Alguno.

Cigarro.—Cigarrillo.

Cinco.—Moneda de plata (últimamente las hacen de níquel), que vale cinco centavos de peso. El peso tiene cien centavos.

Clara.—Claras del día. La hora de amanecer. Con las claras. Al amanecer.

Cobija.—Vulg. Frazada, manta de la cama.

Cogollo.—La copa de los árboles.

Cola.—Ir, salir, arrancar con la cola entre las piernas. Es la fr. española Ir, salir, rabo entre piernas.

Condenado.—Malvado. Como un condenado. Mucho, en abundancia.

Contesta.—Vulg. Contestación.

Contimás.—Vulg. Cuantimás; tanto más cuanto.

Contra.—Dar la contra. Contradecir, molestar, llevar la contraria.

Cordillera.—La Cordillera es, por antonomasia, la de los Andes.

Correntoso.—Dícese del río o acequia que tiene mucha corriente.

Corretear.—Vulg. Correr.

Cosa.—Las cosas de usted. Qué cosas tiene usted. ¡Buena cosa! Exclamación con que se expresa admiración, sentimiento o desagrado.

Costalearse.—Golpearse, cayéndose al suelo.

Cristo.—Sin cristo. Sin dinero; sin un centavo.

Cuaira.—Vulg. Cuadra.

Cueca.—Zamacueca, baile popular chileno, pero no el que describe el Diccionario de la Academia, pues no tiene nada de ridículo, ni lo bailan los indios, ni los zambos, ni los chuchumecos.

Cuerpo.—Sacar el cuerpo. Desviarlo.

Cundidor.—Ligero, rápido.

Curado.—Ebrio, embriagado.

Chamiza.—Chamarasca, támaras.

Chancha.—Hacer la chancha. Hacer novillos.

Chapa.—Cerradura.

Chape.—Vulg. Trenza.

Charqui.—Tasajo; carne cortada en grandes trozos delgados, salada y secada al sol.

Charquiar.—Cortar la carne en grandes trozos muy delgados para secarla al sol y hacer charqui.

Chaucha.—Voz con que vulgarmente se nombra a la moneda de veinte centavos de peso.

Chepa.—Josefa, Josefina.

Chiquitito.—Dim. de chiquito.

Choclo.—La mazorca del maíz.

Chichoca.—Vulg. Chuchoca. Maíz cocido y después secado al sol. En la cazuela se pone molida.

Chueca.—Sacarla chueca. Irle mal a uno en cualquier asunto.

Chupetada.—Vulg. Chupada.

D. En el lenguaje vulgar no se pronuncia sino raramente al principio de palabra (icir = decir). No suena en las terminaciones ado, ada, edo, eda, ido, ida, odo, oda, udo, uda (pescao, ca o caa, mieo, alamea, perdío, salía, to o too, moa, embúo, pelúa); en medio de dicción, entre dos vocales (aonde = aonde); ni al fin de palabra (majestá, mercé). Se pronuncia antes de diptongo y después de la concurrencia de dos vocales de las cuales la segunda es débil (Dios, deuda, Aída, Adelaida = Aelaida, cadáuno = cada uno). Hay algunas excepciones.

Debajujo.—Por debajujo. En voz baja.

Dedo.—Dejarse uno meter el dedo en la boca. Hacer disparates, tonterías; dejarse engañar.

Dejar.—Te has dejado decir. Te has atrevido a decir.

De lo que.—Vulg. Porque. De lo que no había comido. Porque no había comido.

Desengraso.—Vulg. Postre.

Despacito.—Dim. de despacio. En voz baja.

Despachero.—Dueño o administrador de un despacho, o sea tienda de comestibles.

Diablo.—Así paga el diablo a quien bien le sirve. Fr. muy usada que se emplea para quejarse de los ingratos.

Diantre.—Como un diantre. Como un diablo.

Diez.—Moneda de plata que vale diez centavos de peso.

Diminutivos.—En Chile se abusa de los diminutivos. Una señora que se llama Mercedes es Merceditas, aunque tenga 60 años o más. Un niño chico es chico, chiquito, chiquitito, chiquitín, chiquirritín, chiquirritito, chicoco, chicoquito, rechico, requetechico, etc. Un mendigo pide de limosna un cinquito, un diececito, una chauchita, que, diminutivos o no diminutivos, siempre son cinco centavos, diez centavos, veinte centavos.

Dios.—Dios, sin ser vaquero, todo lo rodea. Enseña que Dios dispone las cosas de modo que resulten bien.

Donde.—A casa de... En casa de... Con lo que...

Echarlas.—Partir, salir.

Empastado.—Que tiene pasto.

Endenantes, DENANTES y ENENANTES.—Antes, hace poco.

Endilgar.—Vulg. Dar, dirigir, ir, andar.

Ensimismamiento.—Abstracción.

En una de éstas.—En esto.

Envelarlas.—Huir, correr.

Escondidas (A las).—Al escondite, juego de muchachos.

Espanto.—Estar uno curado de espantos. No asustarse ni de nadie ni de nada.

Esperma.—Estearina.—Vela de esperma. Vela de estearina.

Es que.—Muletilla que puede suprimirse sin menoscabar el sentido de la frase en que se encuentra. Es que le dijo = le dijo.

Estantino.—Vulg. Intestino.

Facha.—Ponerse en facha. Prepararse para hacer una cosa.

Falte.—Buhonero.

Fierro.—Hierro. En Chile sólo se usa la voz hierro cuando se habla de productos químicos o farmacéuticos: Carbonato de hierro, sesquibromuro de hierro, jarabe de hierro y quinina, hierro yodatánico; sin que falten personas que en estos casos también digan fierro.

Fiesta.—Estar la fiesta que se arde. Estar muy buena, haber en ella mucha alegría, y comida y bebida en abundancia.

Flacuchento.—dim. desp. de flacucho.

Fondo.—Caldera grande.

Fregar.—Molestar.

Frito.—Jorobado, molido, desazonado, arruinado, perdido.

Fuego.—Hacer el fuego. Encender carbón o leña.

Fuerte.—Fuerte y feo. Mucho y con fuerza.

Futre.—Salirle el futre a uno. Dar con la horma de su zapato.

Ganársela a uno.—Vencerlo.

Garrotero.—El que ataca a otro a garrotazos.

Guachito.—V. Huachito.

Guacho.—V. Huacho.

Guairao.—Ave nocturna de la familia de las zancudas. Ardea naevia.

Guargüero.—Garguero.

Guata.—Estómago, barriga.

Guía.—Guía de la mañana. El lucero del alba.

Habiloso.—Habilidoso.

Hablar.—Ser bien hablado. Ser atento, bien educado; hablar correctamente.

Hartazo.—Aum. de harto. Mucho.

Hebra.—Por la hebra se saca el ovillo. Es el refr. español Por el hilo se saca el ovillo.

Ho.—Vocativo vulgar de hombre.

Hombre.—El hombre prepara y Dios dispara se dice por donaire en vez de El hombre propone y Dios dispone.

Huachito.—Dim. de huacho. Mansito.

Huacho.—Hijo ilegítimo; hijo que ha perdido a sus padres; animal que se aquerencia en una casa y anda libremente por toda ella.

Huerta.—Huerto.

Indino.—Vulg. Indigno.

Inquilino.—Trabajador que vive en un fundo rústico, en que se le da habitación y un pedazo de terreno, en pago de lo cual se le exige trabajo en beneficio del patrón.

Jazmín.—Vengan esos cinco jazmines. Fr. fam. con que se solicita la mano de una persona para saludarla o felicitarla.

Jote.—Especie de buitre, que se alimenta de animales muertos. Cathartes aura, vultur aura.

Juar.—Vulg. Jugar.—Por juar. En broma.

Junta (puerta junta).—Entornada.

Lacillo.—Lazo de cuero con que se asegura la carga a los animales.

Lechar.—Ordeñar.

Lesera.—Tontería, inocentada.

Loro, RA.—Vulg. Lora. Ave muy común, de plumaje verde que repite fácilmente las palabras o frases que se le enseñan. Psittacus cyanolysos.

Luche.—Alga marina comestible.—Ulva luche.

Luz.—No haber luces de una cosa. No verse, no distinguirse.

Machote.—A machote. Muy bien cerrado.

Majestad.—Su Sacarrial Majestad. Su Sacra y Real Majestad.

Mamita.—Vulg. Madre; abuela. También se da este tratamiento, por cariño, a cualquiera anciana.

Mandar.—Dar.

Manito.—Dim. de mano. Manita, manecita.

Manjar blanco.—Dulce que se hace con leche, azúcar y vainilla o alguna otra especia.

Mano.—El que manda manda y mano a la cartuchera. Refr. que aconseja obediencia al superior.

Maravilla.—Planta compuesta, de las Cinanterías. Heliantus annus.

Mas.—Otro, en frases como ésta: No tuvo mas remedio que...

Medio.—Grande.

Mejor.—Ser el mejor. Ser el más hermoso, el más bueno, entre varios.

Miéchica.—Vulg. Mierda.

Miñique.—Meñique.

Métale.—Expr. vulg. que se emplea para asentir: bien, está bien.

Meterse.—Mezclarse.

Moledera.—Vulg. Porquería, mierda.

Montón.—Mucho.

Na.—Nada.

No.—En la de no. Sino, si no, de lo contrario.

No más.—Locución que puede suprimirse generalmente sin que la frase en que se encuentra pierda su sentido, aunque a veces se emplea para dar más fuerza a una afirmación.

Nunquitita.—Dim. de nunquita, que a su vez lo es de nunca.

Ñato.—Chato.

Ño, Ñor.—Vulg. Señor.

Orejón.—Rebanada de membrillo secada al sol.

Ortiga caballuna.—Ortiga común en el país, cuyos pelos urticarios son largos y muy punzadores. Urtica magellanica.

Ortiga cuyana.—Ortiga caballuna.

Orujo.—Sacarle el orujo a uno. Molestarlo, castigarlo, maltratarlo a golpes.

Pararse.—Levantarse uno de su asiento; ponerse en pie.

Pared.—Las paredes tienen oídos y los matorrales ojos. Encarece el cuidado que debe tenerse al hablar o al ejecutar cualquiera acción, pues suele suceder que haya testigos, sin que uno se dé cuenta. La Academia trae las expresiones: Las paredes oyen, Las paredes tienen ojos.

Parte.—Echar a uno a buena parte. Eufemismo, por decirle que se vaya a la m...

Pata.—Vulg. Pierna, pie.

Patifrío.—Sorprendido, admirado, asustado.

Pavo.—Tonto.

Peíto.—Dim. de peo, nombre que en Chile se da vulg. al pedo.

Peladero.—Sitio llano, sin vegetación.

Pelado.—Sin nada.

Pelotearse una cosa.—Vulg. Peleársela, arrebatársela de las manos.

Pensión.—Tristeza, pena.

Pepa.—Josefa, Josefina.

Pequén.—Ave carnívora, Strix cunicularia.—Especie de empanada, con un poco de cebolla, grasa y ají, en el interior.

Pequenero.—Vendedor de pequenes.

Pescado.—Sólo por excepción se emplea en Chile la voz pez, que jamás usa el vulgo.

Picana.—Aguijada.

Picanear.—Aguijonear.

Pie.—Echar pie atrás.—Afirmarse, prepararse para pelear.

Pie de cabra.—Artificio compuesto de tres palos fuertemente atados en la parte superior y que descansan en el suelo formando trípode; el espacio entre los tres palos se llena de grandes piedras o de sacos de arena. Varios de estos aparatos colocados uno al lado de otro, forman una especie de tajamar que se emplea para desviar la corriente de los riachuelos, arroyos, cequiones (acequia ancha que arrastra gran caudal).

Pieira.—Vulg. Piedra, guijarro.

Pillarse (Al).—Juego en que un muchacho persigue a otros que huyen de él, hasta que logra coger a uno.

Pimeo.—Vulg. Pigmeo.

Pisada.—Sin perder pisada. Seguirle los pasos a uno.

Plantado.—Bien plantado. Elegante.

Pollera.—Saya, falda.

Poto.—Trasero, culo.

Prendedor.—Alfiler de corbata.

Pus.—Vulg. Pues.

Quiltro.—Perrillo ordinario, gozquejo.

Quite.—Hacer un quite. Desviar el cuerpo.

Quizás.—Conforme con su etimología, es como si se dijera Quién sabe.

Ratón.—Rata.

Re.—(Refuerte etc.). La partícula re antepuesta a un adjetivo y acompañada de bien, tan, tan bien, muy, sirve al vulgo para expresar el grado superlativo.

Reinato.—Vulg. Reino.

Remoler.—Jaranear. Divertirse bebiendo con exceso y bailando cueca al son de arpa y guitarra.

Repelarse.—Sentir pesar, con rabia.

Repente.—De un de repente. Vulg. De repente.

Requete.—Desempeña el mismo oficio que la partícula re. V. Re.

Resuello.—De un resuello. De una vez, sin descansar, sin hacer ninguna pausa.

Roto.—Nunca falta un roto para un descosido. Que fácilmente encuentra uno su pareja.

Saltiaor.—Vulg. Salteador.

Sapo arriero.—(No he encontrado quien me explique qué clase de sapo es éste).

Sazonar.—Poner a los guisos la sal necesaria para que queden con buen sabor.

Semillero.—Gran cantidad, multitud.

Señor.—Muy sí, señor. Muy campante.

Serón de cuero.—Ant. Mitad del cuero desecado de un animal vacuno, que conserva su forma convexa.

Suma.—Cantidad.

Suspiro.—En un suspiro. En un momento, en breve tiempo.

Susto padre.—Susto muy grande.

Taita.—Vulg. Padre. También se da este tratamiento, por cariño, a cualquier anciano.

Tamañazo.—Aum. de tamaño. Tan grande.

Tamién.—Vulg. También.

Tenca.—Avecita cantora muy común. Mimus thenca.

Tierra.—Rodar tierras. Viajar, salir a buscar aventuras.

Tincar.—Presentir.

Tiro.—Al tiro; al tirito. Al punto, inmediatamente.

Toíto; TOITITO.—Todito, dim. de todo.

Tomar.—Beber vino u otro licor alcohólico.

Tortilla.—Pan sin levadura cocido al rescoldo.

Tranquear.—Vulg. Andar de prisa y a pasos largos.

Tuto.—Vulg. Pierna de ave.

Ulpo.—Bebida hecha con harina de trigo tostado, agua fresca y azúcar.

Ultimo.—Hasta el último. Por fin.

Uno.—Donde hay uno hay otro. Expr. fam. con que se denota que fácilmente se encuentra una persona con las mismas cualidades de saber, valor etc., que otra.

Vámolos.—Vulg. Vámonos.

Varilla, VARILLITA.—Dim. de vara, voz esta última que no se usa sino cuando se trata de la medida de longitud que tiene m. 0.836.

Verbos en EAR. El vulgo cambia esta terminación en IAR: apiarse, me apié, apiémonos.

Verso.—Vulg. Estrofa.

Vida.—Pasar la gran vida. Vivir rodeado de toda clase de comodidades.—Tener uno la vida de los gatos. Es el refr. español Tener siete vidas como los gatos.

Viejancón.—Vulg. Vejancón.

Vos.—Vulg. Tú.

Vuelta.—A la vuelta de la esquina, vulg. Muy cerca.

Yerba, YERBAMATE.—Mate.

Zarzamora.—Es la zarza española. Al fruto le llamamos mora.

Zumbarle a uno una cosa.—Vulg. Disparársela.


Publicado el 16 de octubre de 2020 por Edu Robsy.
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