A Medianoche

Ramón María del Valle-Inclán


Cuento


Corren jinete y espolique entre una nube de polvo. En la lejanía son apenas dos bultos que se destacan por oscuro sobre el fondo sangriento del ocaso. La hora, el sitio y lo solitario del camino, ayudan al misterio de aquellas sombras fugitivas. En una encrucijada el jinete tiró de las riendas al caballo y lo paró, dudando entre tomar el camino de ruedas o el de herradura. El espolique, que corría delante, parándose a su vez y mirando alternativamente a una y otra senda, interrogó:

—¿Por dónde echamos, mi amo?

El jinete dudó un instante antes de decidirse, y después contestó:

—Por donde sea más corto.

—Como más corto es por el monte. Pero por el camino real se evita pasar de noche la robleda del molino… ¡Tiene una fama!…

Volvió a sus dudas el de a caballo, y tras un momento de silencio a preguntar:

—¿Qué distancia hay por el monte?

—Habrá como cosa de unas tres leguas.

—¿Y por el camino real?

—Pues habrá como cosa de cinco.

El jinete dejó de refrenar el caballo:

—¡Por el monte!

Y sin detenerse echó por el viejo camino que serpentea a través del descampado donde apenas crece una yerba desmedrada y amarillenta. A lo lejos, confusas bandadas de vencejos revoloteaban sobre la laguna pantanosa. El mozo, que se había quedado un tanto atrás observando el aspecto del cielo y el dilatado horizonte donde aparecían ya muy desvaídos los arreboles del ocaso, corrió a emparejarse con el jinete:

—¡Pique bien, mi amo! Si pica puede ser que aún tengamos luna para pasar la robleda.

Pronto se perdieron en una revuelta, entre los álamos que marcan la línea irregular del río. Cerró la noche y comenzó a ventar en ráfagas que pasaban veloces y roncas, inclinando los árboles sobre el cateto, con un largo murmullo de todas sus hojas. Jinete y espolique corrieron mucho tiempo en la oscuridad profunda de una noche sin estrellas. Ya se percibía el rumor de la corriente que alimenta el molino y la masa oscura del robledal, cuando el mozo advirtió en voz baja:

—Mi amo, vaya prevenido por lo que pueda saltar.

—No hay cuidado.

—Y bien que le hay. Una vez, era uno así de la mayor conformidad, porque tampoco tenía temor, y misma puente le salieron dos hombres y robáronle, y no lo mataron por milagro divino.

—Esos son cuentos.

—¡Tan cierto como que todos nos hemos de morir! El jinete guardó silencio. Percibíase más cerca el rumor de la corriente aprisionada en los viejos dornajos del molino; era un rumor lleno de vaguedad de misterio que tan pronto fingía alarido de can que ventea la muerte como un gemido de hombre a quien quitan la vida. El espolique corría al flanco del caballo. Allá en la hondonada recortaba su oscura silueta una iglesia cuyas campanas sonaban lentamente con el toque del nublado. El jinete murmuró:

—Ya estamos cerca de la rectoral.

Y respondió el espolique:

—Engaña mucho la luna, mi amo.

De pronto moviéronse las zarzas de un seto separadas con fuerza, y una sombra saltó en mitad del camino.

—¡Alto! La bolsa o la vida.

Encabritóse el caballo, y el resplandor de un fogonazo iluminó con azulada vislumbre el rostro zaino y barbinegro de un hombre que tenía asidas las riendas y que se tambaleó y cayó pesadamente. El espolique inclinóse a mirarle, y creyó reconocerle.

—Mi amo, paréceme el Chipén.

—¿Quién dices?

—El hijo del molinero.

—¡Dios le haya perdonado!

—¡Amén!

—¿Tú le conocías?

—¡Era mismamente un Satanás!

Estaba tendido en medio del camino. Tenía una hoz asida con la diestra, descalzos los pies que parecían de cera, la boca llena de tierra y chamuscada la barba. Un hilo de sangre le corría de la frente. El jinete, afirmándose en la silla, le hincó las espuelas al caballo, que temblaba, y le hizo saltar por encima. El espolique le siguió. Chispearon bajo los cascos las piedras del camino, y amo y criado se perdieron en la oscuridad. Pronto descubrieron el molino en un claro del ramaje que iluminaba la luna. Era de aspecto sospechoso y estaba situado en una revuelta. Sentada en el umbral dormitaba una vieja tocada con el mantelo. Parecía hallarse en espera. El espolique la interrogó azorado:

—¿Lleva agua la presa?

La vieja se incorporó sobresaltada:

—Agua no falta, hijo.

—¿A quién aguarda?

—A nadie… Salíme un momento hace, por tomar la luna. Tengo molienda para toda la noche y hay que velar.

—¿No está el pariente?

—No está. Fuese a la villa para cumplir con la señora, mi ama, a quien pagamos un foro de doce ferrados de trigo y doce de centeno.

—¿Y el rapaz?

—Marchóse anochecido. ¡Cosas de rapaces! Pidióle relación a una moza de la aldea y tiene con ella parrafeo todas las noches.

—Bien dice. ¡Cosas de rapaces!

—Aquí estoy esperándole.

—Espérele muy dichosa.

Y el espolique se alejó corriendo para dar alcance al jinete. Emparejóse y siguió jadeante al flanco del caballo:

—¡No me andaba engañado, mi amo!

—Parece que no.

—¡Era aquél que dije!…

¡Y la madre esperándole!… Callaron con las almas sobresaltadas y cubiertas de misterio. Habían dejado el camino de herradura por otro de ruedas cuando se cruzaron con un arriero que iba medio dormido sobre su mula, arrebujado una manta. Apartados sobre la orilla del camino secretearon amo y criado:

—Madruga la gente de la feria…

—Nos exponemos a un mal encuentro.

—Eso pensaba, mi amo.

—Tú, ahora te vuelves con el caballo. Yo tomo la barca.

—¿Y si no se atopan allí los mozos de la partida?

—Estará, cuando menos, don Ramón María. ¿No te ha dicho que me esperaba?

—Eso díjome, sí, señor.

—¿Qué hora será?

—Cuando cruzamos la aldea ya cantaban los gallos.

—Aún hay tres horas de noche.

—Eso habrá. ¿Conoce el camino?

—Creo que sí.

—Más mejor, salvo su parecer, sería que llegásemos a la puente, y luego yo volveríame por la vereda, que es camino más seguro.

—No repliques, rapaz.

—¡Dame pavor el muerto!

—Aún alcanzas compañía.

Y señalaba al arriero que subía el camino lleno de charcos, donde se reflejaba la luna.

—¡Puede recelarse!

—Disimulas. Monta si quieres…

Obedeció el espolique, y una vez sobre la silla se inclinó para escuchar al caballero, que le intimó en voz baja:

—¡Te va la vida en callar!

Y con esto arrendóse el encubierto, para dejarles paso, un dedo puesto sobre los labios. Al verse solo, se santiguó devotamente. ¿Adónde iba? ¿Quién era? Tal vez fuese un emigrado. Tal vez un cabecilla que volvía de Portugal. Pero de las viejas historias, de los viejos caminos, nunca se sabe el fin.


Publicado el 4 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.
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