Babel

Ramón María del Valle-Inclán


Cuento


Quien haga aplicaciones,
con su pan se las coma.


Yo le conozco; ustedes á buen seguro que no, es demasiado insignificante para ello; pero por si acaso alguno ha oído nombrarle, diré su nombre, se llama, ó mejor dicho le llaman sus amigos, Babel; el mote, aun cuando muy histórico y muy bíblico, no deja de parecer algo perruno, pero le cuadra á maravilla.

Y ahora —siquiera no sea más que de pasada— voy á enterar á ustedes del porqué así le designan.

Babel es el hombre de los fenómenos atávicos y de las trasmigraciones; dos señoras que le vieron nacer aseguran que en sus años tiernos parecía pertenecer al sexo fuerte —porque al feo pertenece todavía— pero por lo de hoy, no falta quien sostenga, con referencia á cartas, que ya no hay tal, sin que por otro lado sea esto afirmar, que se haya mudado en mujer. ¡¡Oh!!... ¡santo Marco santo benedetto!!! sería la deshonra de la especie, con sus barbujas incipentes y su figurilla amaricada; mi opinión y la de cuantos le conocen es que Babel


No es na
ni chicha ni limoná
.


Pero á todo esto, no he dicho aun la razón de su honroso sobrenombre —super nomine que el diría— el cual lleva con más dignidad, á ser posible, que un zapatero de viejo el de remendon y

que el de villeu un sereno.

No cabe duda ó al menos no lo duda nadie, que Babel por un misterioso fenómeno de atavismo asistió á la dispersión de su nombre, ocasionada por la diversidad de lenguas, y que más tarde estuvo encarnado, en uno de aquellos relamidos loritos de la fábula, que al decir de Iriarte


Del francés y el castellano,
hicieron tal pepitoria,
que al cabo ya no sabían
hablar ni una lengua ni otra.


De aquí, y de otras muchas cosas hasta ahora desconocidas para el vulgo, nació su pintoresca charleta, verdadero ponrpurri lingüístico, que le ha valido nuevo y segundo bautizo, tal como acontece á los caballos con el cambio de dueño.

Ayer, después de algunos días que dejara de verle, encontreme á Babel en una calle, y apenas me hubo divisado, vínose hacia mi con los brazos abiertos, como beata en víacrucis, y gesto tan jubiloso y risueño, que le daban en un todo, trazas de comediante de la lengua, cuando en las tablas se encuentra, con algún deudo ó amigo, que llega de lejanas tierras, al decir del papel.

Addio mio poverino caro! mio simpaticoná amici! —dijo con acento tan hueco, que dudé un momento si no salía del fondo de un tonel.

De todo cuanto Babel había dicho quedárame yo sin entender palabra, mas conjeturé que debía hablarme del tiempo por ser esta la insustancial y aún única conversación de las gentes de su calaña; así que me limité á responderle.

—Pienso que ya tenemos el nublado encima.

Volvió él á las nubes de pedantesco modo los ojos insignificantes y dijo con creciente énfasis.

Lacel esta ruen.

Menos todavía entendí esto que lo primero y abría ya la boca, para así manifestárselo cuando dándome cariñosos golpecitos en la espalda me atajó con estas palabras:

Qui dixit dominus?

Aquello al decir verdad me sonaba al ayudar á misa y tentado estuve á preguntarle, cuando y en donde había sido sacristán, pero tampoco esta vez me dejó tiempo para ello, pues cogiéndome del brazo me arrastró diciendo:

Si vosa meced aja contentamiento n'elo daremos unha volta pel-as ruas.

¡¡Santo Dios!! No me había equivocado al decir que el nublado estaba encima. La calle que seguíamos era estrecha y en extremo tortuosa; en una de las revueltas parose en firme Babel y extendiendo una mano mientras á mí me tenía asido la otra, murmuró con pavoroso acento.

Locus autus insidias.

Por primerá vez creí entender el significado de sus palabras; él era un loco insidioso; tal revelación me hizo estremecer; miré á uno y otro lado con desencajados ojos, y acrecentó mi espanto ver que mé hallaba solo con Babel que sería capaz de cometer una átrocidad y matarme; ¡á mi! que si todavía no era un padre de familia podría serlo á lo adelante si el maldito atavismo... Sentí entonces, un amor inmenso, loco por mi mujer y mis hijos posibles y bruscamente me desasí de Babel que rodó por tierra muerto de miedo exclamando con pavoroso acento

Mon Dieu pardou.

Esta última palabra todavía resuena en mi oido como resonara sin duda en el de los tertulios del valle de Josafat la trompeta del juicio final: ¡No! maldita palabra, que me persigue como un remordimiento sin dejarme nunca, de tal suerte que no puedo dejar de escribirla al terminar este artículo,

¡¡¡Perdon!!!


Publicado en "Café con gotas", el 11 de noviembre de 1888.


Publicado el 3 de enero de 2022 por Edu Robsy.
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