Baza de Espadas

Ramón María del Valle-Inclán


Novela



Primera parte. Vísperas setembrinas

¿Qué pasa en Cádiz?

I

Fluctuación en los cambios. La Bolsa en baja. Valores en venta. El Marqués de Salamanca sonríe entre el humo del veguero. Un Agente de Cambio se pega un tiro:

—¿Qué pasa en Cádiz?

II

Asmodeo, el brillante cronista, también sufre los rigores del pánico bursátil: Doña Walda, la lotera, se ha negado a canjearle por cuños de plata los timbres del franqueo que, a cuenta de atrasos, pudo sacarle al Administrador de La Época. Asmodeo, tras de morderse las uñas, resolvió darle un sablazo al Marqués de Salamanca. El brillante cronista floreaba el junco por la acera, dispuesto, con filosófico cinismo, a soportar las burletas del opulento personaje, que solía acompañar sus esplendideces con zumbas de mala sangre.

III

El Marqués de Salamanca, obeso, enlevitado, rubicundo, ojeaba los periódicos entre nubes de tabaco, hundido en un sillón:

—Adelante, simpático Cojuelo.

—¡Querido Marqués!

—¿Viene usted a proponerme algún negocio?

Baló Asmodeo con risa adulona:

—¡No tiene usted capital para asociarse conmigo!

—Usted lo dice en chanza, y yo lo tomo en veras. Ser joven es ser dueño de la lámpara de Aladino.

—¡Usted es el eterno joven!

—Hágamelo usted bueno. ¿Qué malas intenciones le traen?

—Usted lo ha dicho: Proponerle un negocio.

—Será preciso aplazarlo. Ahora tengo una reunión política.

—Mi asunto se trata en dos palabras.

—Las palabras se enredan, como las cerezas.

—Querido Marqués, seré lacónico como un espartano.

—Usted será siempre un ateniense. ¿Qué se cuenta en el ágora de la Puerta del Sol?

—¡Parece que hay marejada!

IV

El prócer velábase en el humo del veguero, con un remolino de moscas en disputa sobre la luna de la calva. La pechera con pedrerías, la cadena y los dijes del reloj, el amplio bostezo, el resollar asmático, toda la vitola del banquero se resolvía en hipérboles de su caja de caudales: Humeó el tabaco con sorna maleante:

—¡Está farruco González Bravo!… Los Espadones de la Unión esta mañana habrán llegado a Cádiz.

—Todavía hay quien pone en duda su embarque para el destierro…

—¿Ha recogido usted ese rumor en el santuario de La Época?

—Allí se teme un acto de clemencia por parte de la Reina.

—Sería necesario un cambio político. El Ministerio San Luis-Cánovas que todos patrocinamos… ¡Se ha perdido ya mucho tiempo!…

—¿Y si se pronunciase la guarnición de Cádiz?

—No la creo suficientemente trabajada.

—¡Los rumores que corren son muy alarmantes!

—Globos que inflan los bajistas en Bolsa. Los Espadones saben que todavía no es su hora. De estar resueltos a una hombrada, habrían aceptado el ofrecimiento del General Makena. Me consta que, dando ejemplo de compañerismo y jugándoselo todo, estuvo dispuesto a sublevarse para sacarlos de San Francisco. No han aceptado, y es indicio de su poca confianza en una intentona revolucionaria.

—Cádiz puede ofrecerles mejor coyuntura.

—Los veremos embarcar como borregos. Conozco el estado de Cádiz: Allí los elementos de acción son republicanos.

—Los Duques de Montpensier cuentan con muchas simpatías.

—El Duque no afloja la mosca, y las revoluciones sólo se hacen con dinero.

—Con oro nada hay que falle.

Asmodeo torcía la cabeza con esguince de gallete petulante, subrayado por una sonrisa cargada de alusiones. El prócer, calándole los pensamientos, le miró burlón, gustando la regalía del veguero:

—¿Cree usted que todo se arregla con oro?

—Casi todo.

El Marqués, entornaba los párpados, acentuando la sonrisa de chanza:

—Yo he tenido alguna vez dinero, y sin embargo, nunca he podido escribir esas bellas crónicas que le han valido a usted gloria imperecedera.

—Marqués, no sea usted cruel. A mí la pluma no me sirve ni de taparrabos. He venido a verle con las peores intenciones. Prepárese usted para un sablazo.

El prócer cerró los ojos con gesto displicente:

—Eso no tiene importancia.

—¡Querido Marqués, cómo agradecerle…!

—Nada tiene usted que agradecerme. Pero déjese ver, no venda tan caras sus visitas.

Asmodeo celebró con risa servil aquel malévolo juego del vocablo.

V

El Marqués de Salamanca se alzó con pereza, empuñando un luciente llavero, y el brillante cronista comenzó a moverse con títere de monosabio:

—El periódico atraviesa una terrible crisis monetaria. Cobramos en sellos de franqueo, cuando cobramos… Doy este paso obligado por las circunstancias. El periódico debía haberme mandado a San Sebastián. La vida de sociedad está hoy en la Bella Easo.

El prócer, caído un párpado, apoplético, encendida la carota de luna, se volvió con lenta soflama:

—¿Qué cifra trae usted en el magín, Asmodeo?

—¡Oh!… Verdaderamente… Real y verdaderamente, me crea usted una situación difícil, querido Marqués. Limitando todo lo posible mis pretensiones, podría arreglármelas con dos mil reales.

El Marqués acentuó la torcedura del ojo, batiendo el párpado inflado.

—¡Bueno! Trae usted pensado sacarme cincuenta duros.

—¡Dos mil reales, querido Marqués!

—Hubiera usted pedido mil pesetas. Cincuenta duros. ¡Ni un chavo más! Aprenda a no ser tímido.

—¡Marqués de mi alma!

—¡No irá usted a ninguna parte!

El Marqués se caló los quevedos para leer la tarjeta que un lacayo le presentaba en enorme bandejón de plata:

—El Barón de Bonifaz.

Asmodeo puso los hombros en las orejas, batiendo la boca con risa de cabra:

—¡Ése me venga!

VI

El Barón de Bonifaz, la chistera y el junco sobre el pecho, el codo al aire, saludaba en la puerta con amanerado estilo de pollo gomoso. El Marqués de Salamanca lo acogió con amplio y suntuoso ademán de prócer millonario:

—¡Cuánto bueno! Le hacía a usted de jornada en San Sebastián.

—He llegado esta mañana por un asunto de familia.

Entrometióse Asmodeo, siempre a la husma de novelerías para los «Ecos del Gran Mundo».

—¿Se hace la boda de Feliche con Bradomín? Daré la noticia si usted me autoriza.

Vaciló Adolfito:

—Todavía no es un hecho.

—Puedo darla como rumor.

—Usted verá…

El Marqués de Salamanca sintióse malagueño castizo:

—Le alabo el gusto al vejestorio de Bradomín. ¡Vaya rosa de pitiminí que se lleva el tío!

El Barón de Bonifaz lo deploró con gesto de fatua condescendencia:

—No hubo sino ceder… La niña se ha encaprichado.

El Marqués de Salamanca se puso en el mismo aire de comedia:

—Un hermano no tiene la autoridad de un padre.

—Creo haber hecho cuanto estaba de mi parte.

El prócer apuraba la guasa con rubicunda sonrisa:

—Que se casen y que sean felices.

Se dolió Adolfito:

—No podrán serlo, Pepe; Bradomín le dobla la edad. ¡Es una boda absurda!

Asmodeo, abierto su carnet de notas, se ponía la punta de lápiz en la lengua:

—¿Cuándo se celebra la boda?

El Barón de Bonifaz se afirmó en el engaño:

—Este otoño, probablemente. Nada oficial… Feliche ha dejado de consultarme… Sobre esta divergencia familiar, naturalmente, ni la menor alusión.

—¡Por Dios Santo, querido! ¿Y si usted juzga prematuro?…

—No, no… La noticia puede usted darla. Tampoco quiero cortar su libertad de cronista.

Asmodeo saludó con gestos y títeres de monosabio:

—¡No he perdido completamente la mañana!

VII

El Marqués de Salamanca se hizo todo pompa y espuma cuando se vio a solas con el Gallo Real:

—¿Qué vientos le traen? Conozco sus disidencias con el Gran Camarillón Ecuménico. No se arredre: Usted puede ser el salvador del Trono. ¡Es preciso convencer a la Señora! ¡Se lo juega todo si persiste en sostener a González Bravo! El Gabinete San Luis-Cánovas que yo he propuesto, aún salvaría la situación. Los revolucionarios no logran entenderse, y una amnistía pudiera ser el golpe de gracia para acabar de desunirlos. Prim, llegado ese momento, no rehusaría volver a la legalidad, y habría cesado el retraimiento del partido progresista. ¡Un gran paso!

—Prim es poco de fiar.

—Se ha comprometido con la Reina Madre.

Adolfito sonreía nervioso, el sombrero y el junco sobre los holanes de la pechera:

—¡Me lo he jugado todo, y todo lo he perdido por servir a la Reina!

Se asombró con rubicunda soflama el Marqués de Salamanca:

—¿Es posible?

—Me ha despedido con una escena de lágrimas.

—Volverá usted a consolarla.

—Se propone vivir santamente.

—¡Qué candidez!

—No se puede luchar con Sor Patrocinio. ¡Me he sacrificado estúpidamente por servir los intereses de ustedes, los de la disidencia moderada!

—Hablemos sin romanticismos. ¿Hay sustituto?

—No lo creo…

—¿Lo habrá pronto?

—Usted conoce la magnanimidad de la Señora.

—¿Quién está en ciernes?

—Vaya usted a saber la terna que le presentará la Seráfica.

El Barón de Bonifaz sacó la petaca y encendió un cigarrillo. Disimulaba su despecho echando humo, los ojos duros y pérfidos, la boca con sesgo ruin. El Marqués de Salamanca puso el réquiem con un apotegma de repertorio en la disidencia moderada:

—Nuestra Augusta Señora cambia en una loseta.

El Barón de Bonifaz tiró el cigarrillo:

—En la nueva combinación de cargos palatinos se me pone en la calle. ¡Es el premio a mis servicios!

Aún insistió el prócer de las finanzas con pomposas espumas:

—¿Está firmada la combinación? Si no lo está, acudiremos a parar el golpe.

—Firmada y para salir en la Gaceta.

—¿Y atribuye usted su desgracia a la Monja?

—Todo lo gobierna.

—¿También las flaquezas de la Señora?

—¡Todo!

—¿No habrá cometido usted alguna ligereza? ¿Usted cumplía a toda satisfacción?

—¡Para ir a Panticosa!

—No sería usted el primero.

—¡Se me despide con menos miramiento que a Torre-Mellada!

—¿También a ése?

—A ése se lo doran haciéndolo Duque.

—¿Pero usted no ha sacado nada?

El prócer de las finanzas le miraba incrédulo. El Barón de Bonifaz encendió otro cigarrillo:

—Una credencial para Ultramar.

—¡No está mal! Puede usted hacer dinero.

Galleó Adolfito con cínica petulancia:

—¡Pepe, ante todo están mis escrúpulos!

Sorna y espumas financieras:

—Cuando se pasa el charco es otra la ética.

—No puedo tampoco aceptar ese destierro.

—Renunciar sería del género tonto.

—Naturalmente. He pensado hacer el traspaso de la credencial y quedarme en Madrid. Un traspaso donde vaya ganando algo. ¿Cómo se hace eso?

El Marqués jugaba con los dijes del reloj:

—Trate usted con algún cesante del ramo.

—Usted está siempre rodeado de pedigüeños. ¿No tiene usted algún candidato?

—¿De qué categoría es la credencial?

—Superintendente de Manila.

—¡Para hacerse millonario! Es una breva de ex ministro. Acepte usted y váyase.

—Madrid es mi centro. ¿Puede cotizarse la credencial? Una prima por delante y un giro al mes.

—Es la fórmula más frecuente de esa clase de convenios. Pero se hace preciso un personaje de campanillas… Ya pensaremos.

—¡Pepe, necesito su ayuda!

—Sabe usted que la tiene.

Otra vez el británico lacayo hacía su reverencia al filo del portier:

—El Señor Cánovas del Castillo. Lo he pasado a la biblioteca.

El Marqués de Salamanca tomó las manos de Adolfito:

—Seguiremos hablando. ¡Cánovas en la biblioteca es temible, y si me retardo no queda un libro!

VIII

El Señor Cánovas del Castillo repasaba las estanterías, asegurándose los quevedos, con nerviosa suficiencia, la expresión perruna y dogmática. Era de una fealdad menestral, con canas y patas de gallo. El Marqués de Salamanca le alargó las dos manos, opulento y rubicundo de frases cordiales:

—¡Mi docto amigo! Es usted el primero y me congratulo: Así cambiaremos impresiones y nos pondremos de acuerdo.

—O en abierta contradicción.

Gitaneó el prócer de las finanzas:

—Usted me convencerá con su elocuencia.

Y rectificó con pedante gramática el Señor Cánovas:

—Será, en todo supuesto, con mi dialéctica. La raíz del acto cognoscitivo está en la deducción lógica, y la elocuencia no mueve la razón, sino el sentimiento. ¡Con tantas máculas como dañan la política española, ninguna de tan funestos resultados como la ñoñez elocuente de nuestros gobernantes!

Bromeó el Marqués de Salamanca:

—Aquí la ñoñez siempre ha sido el patrimonio de los viejos progresistas. ¡Buenos zorros estaban O’Donnell y Narváez!

—Disentimos. Espartero, O’Donnell, Narváez, fueron en todo momento políticos de corazonadas. La intuición de los guerrilleros, única norma de los militares españoles, imprime carácter a su actuación de gobernantes. ¡Y era fatal que así sucediese! Si en el arte militar, que tanto tiene de ecuación algebraica, lo habían fiado todo al instinto, nada más lógico que actuasen en la gobernación con un igual desprecio por la ciencia política. Toda nuestra historia en lo que va de siglo es un albur de espadas. Un albur o un barato.

—Es usted corrosivo.

—No llevo una venda sobre los ojos. Jamás Sor Patrocinio obró los milagros de nuestros invictos generales. ¿Cuántas batallas no han ganado esos señores por obra y gracia del birlibirloque, que, en los fastos marciales, viene a ser algo como el Espíritu Santo?

—Probablemente, todas.

Cambió de terreno el Señor Cánovas:

—Todas es demasiado absoluto. Córdoba, el mayor, ha sido un militar estudioso. Ninguno tan bien dotado. Siempre he creído que su muerte prematura constituyó una desgracia para España.

—¿Usted no juzga superior a Zumalacárregui?

—Zumalacárregui está más en nuestra tradición. Un gran instintivo, pero con muchos menos estudios militares que Córdoba. Probablemente, en otro tablero militar hubiese fracasado… Conocía el terreno como los pastores y los contrabandistas, hacía la guerra allí donde había nacido. Es el caso de todos nuestros guerrilleros fracasados en las campañas de América. Martes analfabetos que no podían leer un plano, como le ocurre hoy al héroe de los Castillejos. Otro gran instintivo.

—Es lo que da la tierra. Usted, como es un pozo de ciencia, nos desprecia a todos los instintivos: me cuento en el número. ¿Qué hubiera sido de mí sin un poco de quinqué? Andar con las suelas rotas. Los sabios, para las cátedras, para las academias… En la guerra, en la política, en las finanzas, el golpe de vista… Los Napoleones no se hacen en las bibliotecas, querido Don Antonio.

Al Señor Cánovas se le cayeron los lentes. Los atrapó en el aire, y sacando una punta del pañuelo se puso a limpiarlos atufado y nervioso:

—Napoleón no era un ignorante… Es una especie totalmente equivocada… Había estudiado mucho en los libros antes de estudiar en los hombres.

—¡Napoleón hombre de biblioteca! Porque usted lo dice, lo creo.

—No he dicho, precisamente, hombre de biblioteca. Doy a mis expresiones un significado estricto.

El Marqués de Salamanca jugaba con los dijes del reloj:

—No se ofenda usted, querido Don Antonio. Vamos a otro tema: ¿Acepta usted formar Ministerio con San Luis?

—Ni con San Pedro.

El británico lacayo alzaba el portier. Sobre el umbral, dos pulcros vejestorios hacían una figura de lanceros cediéndose el paso. Y aún perduraban en la cortesana disputa, cuando sobre sus espaldas asomó las jaquetonas patillas Don Alejandro de Castro.

IX

Pasos, toses, rumores de nuevas visitas. La biblioteca se solemnizaba de calvas. Murmullos aprobatorios, cabeceos, asmas doctorales. El Señor Cánovas del Castillo peroraba con áspero ceceo y engalle de la jeta menestral. Tenía su discurso un encadenamiento lógico y una gramática sabihonda, de mucho embrollo sintáxico:

—No pertenezco, no he pertenecido jamás, al moderantismo histórico, y mi asistencia a esta reunión no supone, no puede suponer, mudanza en el ideario que durante toda mi actuación política he sustentado. Los grandes sucesos de la hora presente, la zozobra en que nos une a todos los hombres de orden la preocupación por los patrios destinos, que, a cuantos con nuestra actuación hemos contraído una responsabilidad histórica, no puede menos de inquietarnos, explica, razona y aun hacía inevitable que preopinantes de distintos credos nos juntásemos en evitación de males que hacen peligrar a las Instituciones. Más que los avances de la demagogia temo la provocación de la comunidad gobernante, temo el huracán de vesania que empuja a los elementos ultramoderados que tienen captada la Regia Prerrogativa. ¡Generales que han prestado relevantes servicios a la causa dinástica están camino del destierro! Una política que no vacilaré en calificar de desaforada e histérica, coadyuva a ponerlos en rebeldía, y tales procedimientos de gobierno, ahondando rencores, perpetúan la serie de los pronunciamientos militares, oprobio de la política española, por cuanto la indisciplina de los cuarteles solamente puede representar la subversión de todas las normas constitucionales que aseguran el turno pacífico de las diferentes comuniones políticas y la controversia doctrinal que presupone el Régimen Parlamentario. He dado mi leal consejo donde debía darlo, y al requerimiento para asumir en parte las responsabilidades de la gobernación, he opuesto un programa de rectificaciones inmediatas, he hablado con la franqueza a que me obligan de consuno mi lealtad y mi carácter. Su Majestad, otras veces tan propicia a la clemencia, ha creído prudente persistir en sus reales acuerdos y mantener el castigo impuesto a los Generales de la Unión Liberal. Os debía esta explicación, se la debía muy especialmente al Señor Conde de San Luis. ¡Los Generales hoy desterrados volverán un día, y ese día será un hecho la revolución española, y todos nosotros nos veremos envueltos en su giro y sujetos a su fatalidad! Pero las revoluciones siguen siempre un destino histórico, se contraen a cauces labrados por la tradición secular, como los ríos al desbordarse se contraen a las ondulaciones y declives geográficos, y la revolución española nunca podrá ser una utopía demagógica, porque la forma monárquica es consustancial con la Historia de España. Diré más: Con la Historia de Europa. Pero las espadas conjuradas pueden ser un peligro para la Reina. Yo he salvado mi responsabilidad allí donde debía hacerlo, y tranquila la conciencia, con el sentimiento honroso, pero triste, del deber cumplido, abandono la lucha política para consagrarme por entero a mis estudios de aficionado a las Letras.

Unánimes murmullos, amistosos favores, asmas y carraspeos sellaron el discurso del Señor Cánovas. El lacayo, que escuchaba tras la puerta, acudió a la cocina con la nueva:

—Dame un traguete, Jorge. Oyendo a ese tío se me ha secado la lengua. Ya puede servirse el almuerzo.

X

Comedor de caobas. Aparatosa magnificencia de cristales y argentería: Frutas antillanas y flores del Turia: Beatos silencios: Efusiones cordiales. Humo de regaladas brevas. El plafón de nubes mitológicas descendía a las copas del champaña con un vuelo de ninfas en el gusto del Segundo Imperio. Espuma de anécdotas. En los fastos isabelinos fueron famosas las comidas del Marqués de Salamanca: Ilustres por las sales del ingenio y los perifollos de la cocina francesa. El prócer de las finanzas, puesta la lumbre en el veguero y a punto de abandonar los manteles, hizo lectura de un telegrama expedido en Cádiz:

—Cargamento detenido. Levante fresco. Tiempo inseguro. Tormenta probable. Escuadra al pairo. El alma en un hilo con el cargamento en tierra. Notable aumento giros Londres. Telegrafiaré novedades.

Resplandecían atentas las sesudas calvas de la disidencia moderada. Patillas y paperas hacíanse más doctas entre los almidonados foques. El telegrama iba de mano en mano:

—¡Saldré profeta!

—¡No pasará nada!

—¿La firma del despacho?

—Un seudónimo.

—¿Puede saberse quién es tu corresponsal, Pepe?

—No puede saberse. A ti te lo diré en secreto.

—Verán ustedes cómo no embarcan los Espadones.

—Todo puede suceder.

—El Gobierno se ha liado la manta a la cabeza y supongo que se hallará prevenido.

—Si Cádiz se pronuncia…

—Levante fresco. Pepe, ese tu anónimo corresponsal es un maestro de la metáfora.

—Los bajistas se ponen las botas.

—¿Marqués, qué garantía tienen esas noticias?

—Absoluta.

—Me voy al Bolsín… Si logro cubrirme…

—El que pueda, debe hacerlo.

—La Escuadra al pairo. ¿Cómo lo interpreta usted?

—La Escuadra, sin decidirse.

—Cádiz no puede sublevarse sin contar con la Escuadra.

—Esperemos noticias.

—No pasará nada.

—¡Bajarán los fondos!

—El Gobierno es el único responsable.

—¡Saldré profeta!

XI

El Marqués de Salamanca, con muchas fiestas y el brazo por los hombros, apartóse al recato de un balcón en coloquio con el Capitán General Don José Gutiérrez de la Concha, Marqués de La Habana:

—Necesito tus consejos. Entre gajes y uñas largas, ¿a cuánto puede ascender la Superintendencia de Manila?

—¡Es muy elástico!

—Un terne de pocos escrúpulos.

Meditó el glorioso veterano:

—En Ultramar los sueldos son muy ilusorios… Para vivir, y gracias… ¡Un error suponer que allí se atan los perros con longaniza! La Superintendencia es, sin duda, para hacer dinero.

—¿Qué puede sacarse?

—¿Cómo voy a precisarte la cifra? El puesto es una bicoca.

—¿Para redondearse?

—Otros han hecho en él su pacotilla, y todos los conocemos. Eso va en la idiosincrasia del sujeto. ¿A quién le ofrecen esa ganga?

—Al favorito de la Reina.

—¿A Bonifaz?

El Marqués de Salamanca tuvo una sonrisa maleante:

—Ha sido relevado del servicio de alcoba, con esa credencial de consuelo.

—Te diré que no me sorprende.

—¡El triunfo de la camarilla!

—¡Absoluto!

—Bonifaz es una bala perdida, pero nos era de gran ayuda.

—¡Indudablemente!

—Llegó esta mañana, y su primer cuidado ha sido verme.

—Te compadezco.

—No ha pasado de una preparación de sable. Muchas fintas y ratimagos, presentándome el filo como un negocio. Escarceos, indicaciones. Proyecta el traspaso de la credencial. Una credencial con derecho a ser beneficiada, como decían nuestros abuelos de los títulos de nobleza.

—Falta saber si cuenta para ello con el beneplácito del Gobierno.

—Es lo probable. ¿Tú tienes algún candidato para ese puesto?

—Así de pronto…

—Tú estás siempre asediado de solicitantes.

—¡Pobres diablos! Para la Superintendencia hace falta un prójimo de campanillas, con alguna historia política, con algunos servicios.

—En el partido moderado sobran medias cucharas.

—Pensaré.

—Piénsalo. Negocíame la credencial, entiéndete con alguno que conozca aquello y que desee redondearse…

—Tampoco puede ser un arrancado sin garantías. Hace falta un hombre capaz de obligarse.

—El sueldo lo cobraría aquí nuestro amigo.

—A Ultramar nadie va por el sueldo.

—Bonifaz tampoco se conformará con el sueldo…

—En pasando la mar, los tratos de aquí suelen olvidarse. Yo podré indicarte algún nombre, pero estoy a prueba de desengaños, y de ninguna conducta respondo. El que más promete es en ocasiones quien peor cumple, y el más hombre de bien te da un marronazo.

El Marqués de La Habana, con el veguero de través y el ojo en guiño bajo la espiral del humo, tenía una rufa expresión de carabinero veterano, impuesto en todos los secretos de contrabandeo.

XII

Los sesudos carcamales de la disidencia moderada, con pausas y resoplos de ciencia política, opinaban repartidos en corros. Calvas y levitas, almidonadas pecheras y bigotes de moco de pavo, asmas y reúmas disidentes de moderantismo, en duelo y apuro por los patrios males, hacían oráculos fumándose los habanos del Marqués de Salamanca. Sus nombres, exornados con lujosos adjetivos, han quedado en una página de Asmodeo. El brillante cronista, entre un barato de flores retóricas, sacaba filos al sable, no menos metafórico que la matona de los Generales unionistas. El brillante cronista cobraba mal en La Época.

XIII

El zapatero remendón y el cajista petulante, el marchoso de la garlopa y el terne de las chapas, entre vaso y vaso de morapio, trascendían a timo chulesco la inquietante pregunta de los círculos bursáticos:

—¿Qué pasa en Cádiz?

La venta de los enanos

I

El Semáforo de Cádiz anunciaba temporal en el Estrecho. Los Generales unionistas y su séquito de ayudantes esperan una clara arrestados en el fuerte de Santa Catalina. El Vulcano mantiene las calderas encendidas para conducirlos al destierro de las Afortunadas. Los patriotas gaditanos alargan sus catalejos por azoteas y miradores: Crédulos y cándidos, juntan pronósticos revolucionarios al pronóstico del tiempo. La ciudad, blanca y colonial, asomada a la curva de la marina, sonora del rumor del oleaje, estremecida por el viento, que eleva espumas a sus verdes cristaleras, tenía un alocado batir de puertas y ventanas.

II

El General Don Domingo Dulce, enfermo crónico del hígado, tumbado en una silla de lona, tras la reja de gruesos barrotes esparcía los ojos por el horizonte marino: Era un viejo taciturno, flaco, amarillento, con murrias hepáticas. Le servía de celda una sala de amortiguadas luces, muros de cal y solado de baldosín con ruedos de pleita de reciente estreno. Un sorche —fusil y bayoneta calada— hacía la centinela ante el portón abierto sobre una galería abovedada, con la hornacina del banderín y fusiles en armario. El Comandante del Fuerte saludó cuadrado en el umbral:

—¿Da Vuecencia su permiso?

—Adelante.

El amurriado veterano se había vuelto, atusándose los bigotes. Bajo la manta escocesa alongábanse sus escuálidas zancas. El Comandante penetró algunos pasos en la celda:

—El Brigadier Topete desea presentar sus respetos a Vuecencia.

—Lo recibiré si no se opone la consigna.

—Trae un volante del Gobernador Militar.

—Puede usted introducirle.

—Con su permiso.

Se retiró sobre la puerta, y cuadrándose, hizo pasar al Brigadier Topete. El General Dulce salióse de la manta, incorporando el madejón de huesos, para abrazar al marino. Don Juan Bautista era un gigante curtido de soles y vendavales, con un karma de cielos estrellados y luces de San Telmo. Don Domingo y Don Juan Bautista conversaron en voz baja, y con unánime recelo ponían los ojos en la puerta donde paseaba el centinela. Advirtió el lobo de mar:

—He observado que ha sido reforzada la guardia con fuerzas de Cantabria.

Asintió el General Dulce:

—Ahí tenemos amigos. Buena parte de la oficialidad y todos los Sargentos están con nosotros.

Guardaron silencio. Pensativos, contemplaban el tumbo de las olas, que salpican espumas al baluarte, con centinelas y cañones. El Brigadier Topete sacó barruntos del tiempo:

—La cerrazón no puede durar, sube el barómetro y pronto tendremos cielo viejo.

Inquirió el General Dulce:

—¿Se ha visto con el Duque de la Torre?

—Conferenciaba con un enviado de San Telmo. Luego pasaré a saludarle… El Gobierno destierra a Sus Altezas.

El General Dulce avinagró la cara:

—Esos rigores equivalen a una declaración oficial de la inestabilidad del Trono.

—¡Pues así estamos!

—¿Qué tramitación ha tenido la orden de destierro?

—Por Capitanía. El General Quesada en persona se lo comunicó a Sus Altezas.

Nuevo silencio. El General Dulce abismaba los ojos en la contemplación del mar: Sobre su cara fúnebre la borleta del gorro de cuartel hacía cabriolas. En el horizonte, una fragata, arriadas las velas mayores, calados los masteleros, maniobraba de sotavento para ganar el abrigo de la caleta. Toques militares señalaban el relevo de la guardia. —Paso redoblado y desfile de escuadras. —El blanco revuelo de un papel traspone la reja, y, con amortiguado golpe del tejuelo que lo lastra, resbala por los pliegues de la manta a los pies del achacoso General. El Brigadier Topete acude a mirar por la reja. Sólo pudo descubrir al ras del muro la sombra fugitiva de un soldado en traje de faena. El General Dulce, distanciado el papel, con guiños de présbita, deletrea el escrito: Excelentísimo Señor Duque de la Torre.

—¡Han equivocado las rejas!

Recaído en su murria taciturna, metió el papel en el gorrete borlado de oro, y sacó los zancajos de la manta.

—¿Quiere usted que pasemos a vernos con el Duque?

El Duque de la Torre, ceñido el talle en la levita del uniforme, espejos las botas, perejiles los andares, paseábase en la galería con el pomposo Don Adelardo López de Ayala. —Los Generales unionistas tuvieron por prisión todo el recinto murado.

III

El papel venía del Coronel Merelo: Firmaba con su nombre el escrito. —Una imprudencia.— El Coronel Merelo hallábase condenado a muerte y todas las noches jugaba al escondite con los esbirros, por las buhardillas y sotabancos de Cádiz. Hecha lectura del papel, emitió su oráculo el General Serrano.

—Ese atolondrado puede comprometernos, y será conveniente meditar la respuesta, darle largas, ganar tiempo.

El General Dulce arrugaba el fúnebre entrecejo:

—Soy poco partidario de las dilaciones…

Camanduleó el Duque de la Torre:

—Tenemos una noche para meditar.

Advirtió el Brigadier Topete:

—Mi General, sube el barómetro, y pronto se verán ustedes a bordo del Vulcano.

Insinuó el señor López de Ayala:

—Cantabria podría iniciar el movimiento, si hubiese una seguridad de que fuese secundado por la Escuadra.

Encendióse apoplético de perplejidades el marino, y con alardes fuera de todo propósito, recordó su vida de lobo de mar, la ruda y leal franqueza de su carácter.

Tuvo un gesto desabrido el General Dulce:

—No desechemos, sin haberla estudiado, la proposición del Coronel Merelo.

El Duque de la Torre pasó el pliego a las solicitantes manos del Señor López de Ayala:

—Si no le sirve de molestia, lea en voz alta.

El Coronel Merelo, con caprichosa ortografía y mucho rasgueo, aseguraba el triunfo de los ideales revolucionarios. El pueblo, el noble pueblo gaditano, sólo esperaba una orden para oponerse al embarque de los ilustres veteranos presos en el castillo. El Coronel Merelo se ofrecía con heroicas gárgaras. El Duque de la Torre, atento a la lectura, denegaba moviendo la cabeza. Apuntó con aduladora metáfora el Señor López de Ayala:

—Los caballeros no pueden bajar a la taberna.

El Brigadier Topete mostróse de acuerdo:

—¡Elocuentísimo!

Premioso, cauteloso, embrollándose, resopló que el cuidado de los patrios destinos le correspondía exclusivamente a los Institutos Armados. El Coronel Merelo era un agente secreto de las logias masónicas y su mediación provocaría el apartamiento de las fuerzas de Mar. La Escuadra no podía comprometerse en la aventura de un motín demagógico, sin otra finalidad que ensangrentar las calles de Cádiz. El General Dulce, con gesto taciturno, sacó un papel en blanco y lo puso en manos del Señor López de Ayala:

—Tenga usted la lista de los oficiales y sargentos comprometidos en el Regimiento de Cantabria. Está con tinta simpática. La química se impuso.

El Duque de la Torre, simultáneamente, encendió una cerilla y quemó la carta del Coronel Merelo:

—Con esta gente, ni a la gloria. Pasaríamos a ser prisioneros de las masas. Si Cantabria no inicia el movimiento, quédense las cosas como están… Ya volveremos del destierro.

Acentuó su disconformidad el General Dulce:

—Se corre el riesgo de que otros se adelanten.

Le clavó los ojos el General Serrano:

—¿Alude usted al Conde de Reus?

—Prim puede, impensadamente, desembarcar en Cádiz. Haría la revolución sin nosotros.

Denegó el Duque con fatua convicción:

—No podría.

Insistió el General Dulce:

—Debiéramos ponernos al habla con el Coronel Merelo. Ciertamente, se ha descuidado trabajar la guarnición… Sin embargo, iniciado el movimiento por las dos Compañías de Cantabria… Aun no contando con las fuerzas de Artillería… Si secundaba la Escuadra…

El Brigadier Topete resopló que carecía de poderes para obligarse con una respuesta en nombre de sus compañeros de la Armada. Impacientóse el General Dulce:

—Mi Brigadier, usted comprenderá que esa situación no puede sostenerse. Es imprescindible que se definan los elementos que usted representa. Si nosotros no hacemos la revolución, la hará el Pueblo.

—¿Con el Conde de Reus?

—O sin el Conde de Reus.

El Brigadier Topete embarulló nuevas explicaciones: Callaba con taciturna mueca el General Dulce: Intervenía con gitano navajeo el Duque de la Torre: Buscaba un acuerdo con elegantes metáforas el Señor López de Ayala. Y reverdecidas las esperanzas en el pronunciamiento de las tropas, se le confirieron poderes para tratar con los conjurados al pomposo vate de la Unión.

IV

El Señor López de Ayala, aquella misma noche, recibió un misterioso mensaje para que acudiese a la tertulia de Doña Juanita Custodio. Doña Juanita era una jamona de abolengo liberal, y su tertulia, la clásica tertulia con lotería de cartones, noviazgos, juegos de prendas, rigodones y lanceros. El Capitán Ródenas, que cantaba acompañándose al piano, ganó allí sus mejores lauros: El Capitán tenía un repertorio romántico de danzones y playeras: Suspiraba en solfa por los encantos gachones de Doña Juanita. Los pollos de la tertulia, en rijoso cuchicheo, aseguraban que la viuda tenía los lunares de la copla. Era aquél un hablar de oídas, sin que ninguno aventurase vanaglorias de alcoba, y de tales propósitos libidinosos salía incólume el recato de Doña Juanita. Solamente las pulgas, a las cuales era muy propensa, como mujer lozana, pudieron haber divulgado el secreto de sus gracias, o acaso, en alguna trúpita, el difunto Don Pascualito Custodio. La viuda, toda mieles y lisonjas, hizo lugar en el estrado al Señor López de Ayala. El vate correspondió con un madrigal dechado de jardinería poética, ramillete de flores, mariposas, aromas y céfiros. La frufruante viuda, con el poeta a su vera en el sofá de góndola, se hacía un puro misterio, al resguardo del abanico, el lunar de la boca:

—¿Ha conferenciado usted con los desterrados? ¿Embarcarán?

—¡Dios sobre todo!

—¡Como yo llevase calzones, estaba armada la revolución en Cádiz!

—Ya llegará nuestro momento.

—Lo piensan ustedes demasiado. ¡Y para eso una servidora compromete su seriedad aceptando los galanteos de Panchito Ródenas! ¡Le tengo como una melcocha! ¡Que se decidan los Generales! Dígales que yo saco a la calle el Regimiento de Cantabria. ¡Yo, una mujer! ¿Quiere usted que disimuladamente llame a Panchito?

—Adorable Juanita, encárguese usted del mensaje.

—Palomita mensajera.

—¡Ave del Paraíso!

—Menos mal que no ha dicho usted serpiente.

—Porque usted no quiere ofrecerme la manzana.

—Le ofrezco a usted chocolate con bizcochos y cabello de ángel. Mis propios cabellos. Me adelanto a decirlo para evitarle a usted la molestia.

—Comprendo que haya usted trastornado al Don Panchito.

—Dispuesto lo tiene usted a recibir dos grados y mi blanca mano, si sale bien el pronunciamiento.

—Dígale usted que nos reuniremos de madrugada en la Capitanía del Puerto.

—¿Nada más?

—Nada más.

—¡Pues es bien poco!

—¿Qué desea usted saber?

—Sus esperanzas.

—Muy remotas.

—Así no se conspira.

La viuda, con garabateo de los ojos y juegos del abanico, engatusó, de lejos, al amelcochado capitán de la Segunda Compañía de Cantabria: Era un barrilete rizoso, pequeño, con tacones de bailarín; los ojos de claros azules, y la tez, en contraste, muy morena: Tenía los labios siempre húmedos, perezoso el contoneo, la parla blandengue de criollo puertorriqueño. A los mimos de la viuda correspondió poniendo los ojos en blanco, con mirar de cabeza degollada. Susurró la viuda al socaire del abanico:

—¡Un mártir! Ahí le tiene usted resignado a lucir estrellas de Comandante y cargar con mis pedazos. Voy a ponerle una vara de consuelo. ¡Me estoy comprometiendo, y ustedes maldito si lo agradecen!

El Capitán, al canto del velador, ojeaba el álbum donde las musas provincianas tejían madrigales a los encantos de la sin par Juanita. Décimas y romances brindábanle celoso tormento al corazón de Panchito Ródenas. La viuda le flechó los ojos y salió con garboso revuelo de faldas. La tertulia, sobresaltada por un campanillazo, quedó suspensa. El piano y la lotería de cartones naufragaban con desolado paréntesis en el parpadeo de ojos y luces. La sala tenía un silencio de intriga, cargado de frívolas interpretaciones. Reapareció la viuda, y en el sofá renovó los secretos susurros con el campanudo Don Adelardo:

—Dentro de un momento se despide usted. Ahora, no… Dentro de un momento. ¡Estoy volada! Tengo a Vallín en mi tocador.

—Es usted nuestra María Egipciaca.

La viuda escondió tras el abanico una risa de alegres rubores:

—¡Ay, no!… Prefiero quedarme sin subir a los altares.

—Es subir al Cielo.

—No me gusta la escala. ¿Qué me dice usted del destierro de Sus Altezas?

Apagados trémolos del vate unionista:

—¡Pasa por las alturas una ráfaga de vesania!

—¡En Sevilla ha caído la noticia como una bomba! Ya le contará Vallín. ¡Y los Espadones sin resolverse!

Comenzó a sonar el destartalado reloj de la consola, y espabilóse una vieja:

—¡Jesús mío!

Santiguándose, contó las horas, el tiempo que tiraba del ovillo de su calceta, rodado bajo el sofá. Reían a hurto unas niñas sin novio. La viuda, jugando los ojos, llamó al Capitán Ródenas:

—En el ros hallará usted un papelito con instrucciones.

El melcocho pretendiente tuvo un lánguido entorne de pestañas:

—¿Nada más?

—Y recuerdos para la familia.

Don Adelardo iniciaba las despedidas con pomposa rueda de gallo polainero. Tras el portier, una doncella en acecho le condujo de tapadillo al tocador donde esperaba Vallín. Algunas matronas ya doblaban sus labores, y las niñas, bajo la mirada jurisdiccional de las mamás, apresuraban el coloquio con los novios. Comenzaron los adioses con el besuqueo de las señoras en la antesala, y las últimas bromas prolongadas a lo largo de la escalera. Damas y galanes salieron a la noche de estrellas, con frívola algazara. Una ráfaga de viento marino estremecía los faroles, y las mamás alarmaron la noche con pudendos gritos advirtiendo a las niñas que pusieran atención a las faldas. Panchito Ródenas se retrajo para leer a la luz de un farol los divinos garabatos ocultos en la badana del ros. Con la diestra sobre el costado, mandó un suspiro al balcón de la sin par Juanita.

V

En la desierta sala de tertulia, con las luces medio apagadas, hacían calendarios políticos Vallín y López de Ayala. Solemnes extremos del vate unionista:

—¡Pasa por las alturas una ráfaga de vesania! ¿Cómo ha reaccionado la opinión en Sevilla?

—¡Los Duques son muy queridos! A la Infanta el golpe la afectó más dolorosamente, por cuanto pone de manifiesto el encono de su hermana. Ha sido un momento conmovedor la entrevista con el Capitán General. Sus Altezas se muestran reconocidísimos a Quesada: Me han referido que se le saltaban las lágrimas al comunicarles la orden de destierro.

—¿Es metáfora?

—Prosaica referencia. El Capitán General de Sevilla hoy está casi ganado para la causa de los Duques.

—Sospecho que va usted demasiado lejos. Quesada, en el fondo, es un gran reaccionario.

—En el fondo lo son todos los espadones… Quesada no es más reaccionario que Prim.

—Prim, más que reaccionario, es un pillastre. Y con el confinamiento de nuestros amigos, ahora refluye en manos de ese condotiero toda iniciativa revolucionaria. Cuando menos se piense desembarcará en una playa española y hará la revolución en provecho suyo, sin respeto a los pactos comprometidos con la Unión Liberal. Prim ha sido toda la vida un jugador de ventaja.

—¡Hay que dar el golpe! Traigo letras por valor de veinte mil libras sobre la Banca Harold-Seriketh, de Londres.

—¡Brava ayuda!

—¿Podremos negociarlas?

—Se intentará. Con ese aliado trabajaremos la guarnición. Hoy aseguraban contar con ella los amigos de Prim. Mañana creo que podremos contar nosotros. Mercurio gobierna el Carro de Marte.

—¿Y la Marina?

—Nuestra, siempre que se consiga salvar los escrúpulos del Brigadier Topete.

—Esta misión traigo de los Duques. La Infanta le escribe una carta muy cariñosa y muy apremiante. Al entregármela tuvo la deferencia de hacérmela leer. Los Duques esperan el consejo de sus leales amigos antes de abandonar San Telmo. Si Cádiz se pronunciase, no saldrían de España: El Duque hasta creo que haya pensado ponerse al frente de las fuerzas sublevados, pero ese puesto de honor sólo podría asumirlo mediante el compromiso de los contingentes de mar y tierra para imponer la candidatura de la Infanta. Proclamación y compromiso de Cortes Constituyentes.

—¿La consulta a la voluntad nacional después del hecho consumado? ¡Magnífico programa!

—El Duque me ha hecho indicaciones muy precisas en cuanto a la conveniencia de precipitar el movimiento y hacerlo sin el Conde de Reus. A su juicio, los fines dinásticos de la revolución deben definirse desde la primera hora, adelantándose a los extravíos de las Juntas Populares.

—No creo posible sustraer el movimiento a los amigos del General Prim. Están vigilantes y tienen mucha opinión en Cádiz.

—Siempre sería una ventaja poder actuar sin la intervención directa del Conde de Reus.

—El General Serrano no pone muy buena cara a los ofrecimientos del Coronel Merelo. Prefiere el cautiverio gubernativo —son sus palabras— al cautiverio en poder de los patriotas de la Caleta.

—Mucho ha cambiado el General Bonito.

—Los años le hacen prudente.

—Aquí nos hacía falta la Duquesa.

Bromeó Ayala:

—La llamaremos.

—¿Cuál es la actitud de Don Domingo?

—Dulce tiene más vista política y conoce a Prim. El menos resuelto es Topete.

—¿Topete personalmente, o las fuerzas de Mar?

—La Marina es por tradición inútil y reaccionaria. Sus gloriosas derrotadas le han dado un espíritu de casta sacrificada, y todos sus anhelos revolucionarios quedarían satisfechos con un cambio de persona en el Ministerio de Marina. El más rojo de los marinos se contenta hoy con la salida de Don Martín Belda. Están con nosotros porque están en contra del Ministro. ¡Nada más!

—No comparto su pesimismo.

—Conozco a nuestros heroicos lobos de mar.

—¿No cree usted que la carta de Su Alteza…?

—De creer en algo, creo en las letras sobre Londres. Anda muy arrancado Topete.

—¿Dónde podría yo verle esta noche?

—En el Casino jugándose las pestañas… Y en todo caso, de madrugada, en la Capitanía de Puerto.

La viuda frufruante y risueña penetró en la sala, medio apagada, de la tertulia.

—Van ustedes a tomar chocolate: y luego, como la casa tiene dos puertas, cada uno se irá por la suya.

VI

El Señor López de Ayala se detuvo en el portón, escudriñando la calle: —Calle de San Juan, aceras mojadas, faroles claudicantes; en una esquina, el sereno.— Dudoso en el rumbo, permaneció allí algunos instantes: Miraba al cielo encapotado, y decidiéndose, subió hasta la Plazuela de San Francisco. A poco le puso en cautela el rumor de unas pisadas, tan a compás de las suyas, que declaraban venirle en seguimiento. El Capitán Ródenas, señalándose con toses, pasó de largo. La tasca de un montañés entornaba media puerta, y la banda de luz que salía del interior cortaba la tiniebla nocturna. Un hombretón de zamarra y garrote, al frente de algunos ternes, se acercó al Señor López de Ayala:

—¡Feliz casualidad, Don Adelardo! Le he buscado toda la noche, y en la fonda le dejé una carta. ¡El tiempo apremia! Contamos con el pueblo y las tropas de Cantabria. Si ustedes logran decidir a los artilleros, el triunfo de la revolución será un hecho.

Murmuró evasivo Don Adelardo:

—¡Amigo Paúl, el porvenir está en las rodillas de los dioses!

—¡Gáneme usted a los pollos de Santa Bárbara!

—No son para olvidados sucesos como los de San Gil. La Oficialidad de Artillería es natural que rehuse toda inteligencia con los elementos afines al Conde de Reus.

Paúl y Angulo encaró al vate unionista con reto jaquetón:

—Ustedes, sin los artilleros y sin nosotros, son unos huéspedes de cumplido en Cádiz.

Hablaban resguardados en los Portales de San Francisco. El Café Suizo apagaba sus luces. Juntábanse en corro, bajo los porches, los compadres salidos de la tasca, capitaneados por el rumboso jerezano que noches atrás pagaba el gasto de los emigrados españoles en los bares y cervecerías de Londres. Un terne obeso, con sueste y traje de aguas, le abordó dando vahos de aguardiente:

—Don José, si usted no dispone otra cosa, un servidor se corre con la gente para sacar el santo. Hay que no dormirse y aprovechar esta noche de marea.

Le despidió Paúl:

—Luego hablaremos.

Misterio del terne:

—¿Es el sujeto?

—El mismo.

—¡También ha sido casualidad el encuentro!

Resonaban en el silencio de la noche los discursos de un borracho en disputa con su sombra. El Capitán Ródenas compraba tabaco de contrabando, y se divertía en disputar con el joroba que tenía el tabanque de periódicos, yesca, mixtos, gomas higiénicas y cuentos verdes, a la puerta del café. Los camareros levantaban las sillas sobre las mesas. En la rinconada del mostrador, una piña de trasnochadores azota el mármol con las fichas del dominó, y la doctrina del seis doble salía a la Plazuela. El Capitán Ródenas metióse al café.

VII

El Señor López de Ayala accionó para despedirse, deseoso por cortar el coloquio con Paúl y Angulo:

—Usted perdone, pero me urge hablar con el Capitán Ródenas.

Paúl tuvo una risa baladrona:

—¡Ese botarate no saca un soldado, Don Adelardo! La Oficialidad y Clases están comprometidas con los amigos del General Prim. Panchito Ródenas, como el portugués del cuento, irá adonde le lleven y ni siquiera tendrá gracia para acostarse con la viuda.

El Señor López de Ayala armonizó la noche con gallos calderonianos:

—¡No arrojemos lodo sobre el honor de una dama!

—Decir que ese punto no se acostará con ella, me parece que es honrarla. Vamos a entrar, y me las entenderé con una copa de amontillado mientras usted pierde el tiempo tratando la revolución con el Capitán Petenera.

—El Capitán Ródenas se compromete a sacar su Compañía.

—La Segunda Compañía está en manos de los Sargentos. Verá usted cómo en mi presencia no dice otra cosa ese silbante.

Paúl y Angulo, jugando al basto, firme y jaquetón; fue derecho a la mesa que había ocupado el Capitán Ródenas:

—Petenera, hablemos claramente: ¿Qué botaratada proyectas? ¿Te ha sorbido el seso Juanita Custodio?

El Capitán se puso rojo:

—Amigo Paúl, traes demasiado gas, y te conviene tomar el fresco.

Paúl golpeó la mesa:

—Responde por derecho. ¿Sacas tú a la Segunda Compañía? ¿Desde cuándo? ¡Quisiera saberlo!

—Amigo Paúl, no te remontes a la gavia. Naturalmente que no me traigo en el bolsillo la llave del cuartel. El General Prim tiene amigos en el Regimiento. ¿Dónde no los tiene ese valiente General? Pero ahora se trata de impedir el embarque de los gloriosos caudillos presos en el Fuerte de Santa Catalina.

Atajó el bronco jerezano:

—Falta saber si esos gloriosos caudillos están dispuestos a dar libertades al pueblo. ¿Cuáles son sus compromisos? ¿Has cuidado de enterarte? ¿Cuáles sus promesas? Los vicálvaros han sido siempre enemigos del pueblo, lo han fusilado en las calles después de haber subido al comedero encaramándose en sus hombros. Han hecho las revoluciones para traicionarlas al día siguiente. No podemos olvidar la Historia. Paúl y Angulo no la olvida, y puesto al frente de las masas, sostendrá los ideales revolucionarios, que hoy solamente encarnan en el héroe de los Castillejos.

Intervino con reposada censura el Señor López de Ayala:

—No puedo en modo alguno dejar sin respuesta tan injustas apreciaciones. Injustas y poco meditadas, pero sobre todo desconsoladoras, porque desunen voluntades y suscitan antagonismos entre las fuerzas liberales, aliadas hoy para devolver la dignidad a la Patria.

Paúl y Angulo pasóse del arranque temerón a una sorna con rejalgares:

—No pretendo que avale mis palabras el General Prim: Tengo en mi persona garantía suficiente. Por lo demás, las ofensas, si las hubo, retiradas, y me quedo con el acuse de verdades que constituyen la Historia contemporánea. Mis recelos a la hora presente están harto justificados, pues la libertad de los Espadones unionistas no puede ser obra exclusiva de sus afines. El Coronel Merelo ha escrito una carta ofreciéndose a realizar la hombrada de tomar el Castillo. ¡Esa carta todavía no ha merecido respuesta!

El Señor López de Ayala tuvo un cacareo de gallo petulante:

—Usted reconocerá el liviano fundamento de sus desconfianzas cuando le haya dicho que tengo la honrosa misión de conferenciar con el valiente Coronel Merelo.

El terne jerezano apuntó una sonrisa de acautelada sorna:

—¿Se acepta o se rechaza la oferta?

El vate unionista arqueó las cejas con un gesto inflado de circunloquios:

—En principio, aceptada. Aceptada, desde luego aceptada, siempre que colaboren las fuerzas de Mar y las de guarnición en la Plaza.

Estalló Paúl con risa de befas:

—Y el clero parroquial y las Hijas de María.

Atufóse el Señor López de Ayala:

—Los ilustres desterrados no quieren un día de luto y de sangre. Ante esa responsabilidad prefieren el confinamiento.

—Y volver por un acto de la veleta regia.

—Es usted agresivamente suspicaz, y por ese camino no puedo seguirle. Acabaríamos riñendo.

Regocijóse Paúl:

—¡Yo soy una malva!

El Señor López de Ayala denegó con una sonrisa de helada reserva:

—A ser posible, quisiera que hablásemos sin resquemores.

Declaró Paúl:

—Los demócratas gaditanos sólo pedimos lealtad en los tratos.

El vate unionista se llevó una mano al corazón con altisonante ronca:

—No podrá usted acusarme por falta de franqueza. Con toda claridad he puesto de manifiesto el sentir de los ilustres desterrados y mi propia opinión. ¿Qué garantías de éxito feliz nos ofrece la propuesta del Coronel Merelo?

—Merelo se juega la cabeza.

—En un hombre tan bravo y en una cabeza tan destornillada, la garantía no es grande. ¿Dónde podré entrevistarme con Merelo?

Apuntó Panchito Ródenas con oficioso obsequio:

—Usted sabe que anda a salto de mata.

—Por eso.

Y atajó Paúl:

—¿Quiere usted verle ahora?

—Siempre sería ganar tiempo.

—Pues armas al hombro.

—¿Hasta qué punto secundarían el movimiento las tropas?

El Capitán Panchito Ródenas, con la esquela de la viuda sobre el corazón, archivada en los aforros del levitín, sentía palpitaciones heroicas:

—Yo respondo de mis leones de Cantabria.

Risas baladronas de Paúl y Angulo:

—¡Eso tiene música de Dos de Mayo!

Amistosas reservas del Señor López de Ayala:

—Piénselo usted. Es posible que mañana la suerte le designe para montar la guardia en el castillo de Santa Catalina. Su compromiso, en ese supuesto, sería poner en libertad a los Generales. ¿Está usted resuelto a dar el golpe?

—¡Jamás he renegado de mis compromisos, y mucho menos cuando la palma y el laurel son los ojos y la sonrisa de una dama! Usted, Señor López de Ayala, es un gran poeta y comprenderá la exaltación de mis sentimientos.

Inflamábase con románticas llamas el melcocho criollo.

—Azúcar y ron con dos palos de canela. —Paúl le palmoteo el hombro:

—¡Hasta el Valle de Josafat, Petenera!

La Plazuela de San Francisco, mojada y desierta, parecía agrandarse bajo la luna con nubarrones. Paúl y Angulo escrutó el cielo:

—Amaina el temporal y urge decidirse.

El terne jerezano y el vate unionista, en silenciosa y apremurada pareja, se metieron por las angosturas de una calle que bajaba a otra también con soportales, abierta sobre un horizonte marino, sobresaltado de ráfagas salobres. Se detuvieron ante el portón de la Estrella Polar —Almacén de Cordelería y Efectos Náuticos.— Paúl llamó con tres golpes de misterio, y en el lóbrego zaguán surgió el bulto de un encamisado, al canto de la hoja entreabierta:

—¿Qué buscan?

Estalló un azote en el nalgatorio del atremulado portero:

—¡Espabila!

—¡No son bromas, Don José!

Paúl hizo entrar al Señor López de Ayala.

Alarmas del inspirado vate:

—¡Qué oscuridad!

—Dale la mano, Gatuta.

—Don José, saque usted un mixto para que podamos vernos las fisonomías.

El Señor López de Ayala, perdido en la tiniebla del zaguán, encontró la mano de Gatuta. Por el fondo lucía el estrellín de un pringoso farolete iluminando rollos de cordelería, anaqueles con botes de pintura, garrafas y bombonas. El vaivén de la luz desquiciaba la perspectiva de la nave con la báscula oscilante entre una doble hilera de barricas y el volatín del gato en fuga. Tras el farol advertíase el bulto de un hombre. Sacaba medio cuerpo por el escotillón de la cueva y con las manos en alto sostenía la tapa suspensa sobre su cabeza. Paúl y Angulo le ayudó a salir. Hablaron con misterio:

—Acaban de irse.

—¿Asistió Merelo?

—Tuvimos soplo y se ha puesto al pairo.

—Me urge verle.

—Esta noche ya no podrá ser.

—¿Por dónde se esconde?

—De cierto, no sé… Creo que a bordo del Buenaventura.

—Este que me acompaña es Ayala. Trae la respuesta de los vicálvaros.

—¿Qué dicen los ilustres vainas?

—Tienen el cariz del tiempo. Urge que nos avistemos con nuestro gallo.

—Hasta mañana no hay modo.

Paúl y Angulo se llegó al vate unionista:

—El Coronel Merelo no acudió a la junta. La Policía bebe los vientos para echarle el guante, y conviene andarse con ojo. El Capitán Llaugier, de la Marina Mercante, un bravo entre los bravos, apañará modo para que ustedes se avisten mañana.

Salieron a la noche, llena de rumor del mar, rasgada de viento y aguaceros. Un reloj de torre dejó caer tres campanas. Paúl y Angulo volvió a escrutar las nubes que enlutaban el cerco de la luna. Al extremo placero, entre dos enormes anclas negras, revolvía el encalado esquinazo La Estrella Polar —Cordelería y Efectos Náuticos.

VIII

El Señor López de Ayala se hospedaba en la Fonda de La Marina —Portales de San Francisco—. Alumbrándose con cerillas, por corredores de numeradas puertas, sonoros de ronquidos, llegó a una sala que tenía dos alcobas. Se orientó quemándose los dedos, y al encender la bujía para acostarse, le dio el alto un papel puesto bajo el candelero:

—Urge que hablemos. Duermo vecino. Despiérteme cualquiera que sea la hora, cuando regrese.

El Señor López de Ayala requirió el candelero y salió a los umbrales de la sala. Un verde galerín, con la jaula de la cotorra, recogía las luces llorosas del alba. El temblor de la vela rodó sobre la uniformidad provinciana de la sillería enfundada de blanco, la consola con un navío de juguete, los alfombrines con luchas de leopardos y panteras. La luz y el rumor de los pasos despertaron al viajero que se había echado vestido, con el revólver al tino de la mano:

—¿Quién va?

—Ayala.

El Marqués de Redín salió de la alcoba:

—¡Madruga usted para recogerse, querido! Ya no esperaba verle.

—¿Cuándo ha llegado usted?

—Esta tarde. Tenía gran interés en ponerle al corriente de ciertas promesas recibidas de Palacio. Se inicia un cambio, y parece que al fin la política se orienta en el sentido que hace tanto tiempo viene aconsejando la Reina Madre.

—¿Conoce usted la actitud de Cánovas? Cánovas ha impuesto ciertas condiciones, y entiendo que no fueron aceptadas en Palacio.

—Pero pueden serlo.

—Lo dudo.

—Pues no lo dude usted y dejemos que embarquen los Generales. Ya volverán. Hubiera sido conveniente que hablásemos esta tarde, pero se me fue el tiempo en conseguir una entrevista con el Duque de la Torre. Es preciso sustraerlo a la influencia de los demócratas gaditanos. Afortunadamente, los marinos juegan con dos barajas, y han puesto sobre aviso al Gobernador Militar.

El Señor López de Ayala atremoló la voz:

—¿Dónde están los caballeros?

—Yo creo que todos debemos felicitarnos. Los Generales volverán por un acto de la Corona. Verá usted cómo al fin se aceptan las condiciones impuestas por Cánovas.

Denegó el Señor López de Ayala: La Reina se halla en absoluto identificada con las lechuzas de la Camarilla.

—Olvida usted que la Monja y el Fraile ya una vez han salido desterrados.

—Para volver con mayor valimiento y cargados de indulgencias pontificias. El Ministerio Cánovas-San Luis fracasará en la lucha con las influencias ultramontanas, como han fracasado O’Donnell y Narváez. La revolución es inevitable, y nosotros, los hombres de orden, sólo podemos aspirar a conducirla por los cauces de una sana tradición liberal, procurando que no degenere en una demagogia. Por lo demás, usted conoce mis compromisos con el Duque de Montpensier.

—Los compromisos de usted, que son los del partido unionista, están supeditados a la eventualidad de un pronunciamiento, y no estallan todas las tormentas, querido amigo. El Ministerio Cánovas-San Luis, de constituirse, sería para procurar una inteligencia con los elementos que hoy conspiran contra el Régimen. Y tenga usted por seguro que al concederse una amplia amnistía, el núcleo más importante abandonará los caminos revolucionarios para volver a la legalidad. Prim está de acuerdo con la Reina Madre.

—¡Todo puede esperarse de ese condotiero!

—Vendría luego la convocatoria al cuerpo electoral, otorgándole un trato de favor al Conde de Reus. Cánovas quisiera que la importancia de esta minoría fuese tal que, de hecho, significase la jefatura del partido progresista en las Cámaras. En la primera crisis tendríamos un Ministerio Prim. Olózaga y Espartero son dos ruinas. Con sus funerales políticos —tampoco es para olvidarlo— se les proporcionaría una secreta satisfacción a las dos Reinas. Doña María Cristina guarda siempre un encono napolitano contra el tresillista de Logroño. No le ha perdonado ni el destierro, ni la humillante despedida en Valencia. A Doña Isabel tampoco dejará de serle grato el apartamiento de Olózaga.

—¡Es tan olvidadiza y tan inconsciente la Señora! Cierto que no puede pasarse una esponja sobre las acusaciones que ella misma pronunció contra su Primer Ministro. ¡Se reveló digna hija del Deseado! ¡Ira y vergüenza produce aquella torpe intriga ultramontana, donde actuó de Maese Pedro Don Pedro Pidal!

—Cánovas demuestra una gran sagacidad política al procurar que la jefatura del partido progresista recaiga en Prim. ¿No aceptaría usted una cartera, de constituirse el Ministerio Cánovas-San Luis?

—El solo hecho del ofrecimiento lo consideraría como una ofensa. La Reina se ha hecho incompatible con la dignidad nacional. El Ministerio Cánovas-San Luis no pasa de ser una de tantas fantasías financieras de Salamanca.

—Salamanca cree poder convencer a la Reina. Ha sido llamado telegráficamente a San Sebastián.

—Sin duda, ante el fracaso de la reunión política celebrada en su casa.

—Está usted mal informado. Lo que usted llama fracaso, fue una hábil maniobra de Cánovas. Una reiteración de las condiciones impuestas, y un pretexto para dirigirle algunas saludables advertencias a la Reina. Tendremos ministerio Cánovas-San Luis. No necesitaré decirle, querido amigo, que traigo la honrosa misión de vencer los escrúpulos de usted, para que acepte una cartera.

—¡Jamás!

—Cánovas no se mostraba menos reacio que usted y ha cedido.

—No tenía los compromisos que yo tengo.

—En ocasiones como la presente, el patriotismo impone esos dolorosos cambios de conducta. Quiero ser con usted leal: Topete no rechaza una cartera.

—¿Le habló usted?

—Le hablaron otros.

—No quiero juzgar la conducta del Señor Topete. Para mí la única fórmula honrosa, dados mis compromisos, es la abdicación de la Reina.

—¿Y la Regencia del Duque de Montpensier?

—La Regencia la votarían unas Cortes Constituyentes.

El Señor López de Ayala se interrumpe: Llamaban en la puerta con reiterado golpe de artejos.

—Faltan veinte minutos para la salida del tren.

El Marqués de Redín alzó la voz:

—Que suban por las maletas.

Asomó la jeta rubicunda y pitañosa de un galopín que se alzaba la gorra de visera:

—A la orden, caballeros.

El Marqués estrechó la mano del Señor López de Ayala:

—Acaso los acontecimientos le convenzan mejor que mis razones. Espero que nos veremos pronto, porque usted regresará a Sevilla.

—¿Y estará usted allí?

—Probablemente.

—Pues hasta Sevilla. Siento no acompañarle a la estación, pero no puedo faltar a la junta en Capitanía.

Cabrilleaban los llorosos vidrios del mirador con luces madrugueras, subían de la calle garganteados pregones, y sobre la consola, bajo la fúlgida bomba del fanal, entre madréporas y conchas perleras navegaba una fragata de juguete.

IX

Por la Plazuela de Capitanía, alegre de luces mañaneras, coincidieron los Señores López de Ayala y Fernández Vallín. Divisaron al Brigadier Topete tras los cristales de un mirador fulgente de sol, bajo los vuelos de la bandera. El glorioso lobo de mar, en mangas de camisa y gorra con recamo de oro, sorbía una jícara de café negro, divertido con cachaza burguesa ante el jaulote de la cotorra. Los farolones de la conjura orleanista le saludaron de lejos, desdoblada la atención entre el luminoso mirador y los charcos de la Plazuela. Don Juan Bautista, luego de corresponderles, se retiró subiéndose los tirantes, dando voces al asistente para que previniese la cafetera. Aun cuando la visita nublaba su optimismo matinal, puso a reventar las gomas de los tirantes, sacando el pecho de Neptuno.

—¿Aceptarán una taza de caracolillo? ¡Vaya, que no los hacía tan madrugadores!

Con repentino encogimiento, disculpándose, se metió por una mampara y salió por otra abrochándose la levita con doradas bocamangas. Volvía con rubicundo sofoco, como de una navegación por mares tropicales. Tartamudeando, premioso de alientos, repitió el agasajo.

—Aceptarán una taza de buen café. El señor Fernández Vallín nos dará su opinión como criollo. Yo también soy criollo. De San Juan de Tuxtlán, en el seno de Méjico.

Arañándose la patilla, estiraba el cuello, la oreja pronta para el susurro de la conjura. Fernández Vallín, decorando el ademán con ampuloso silencio, le ofreció el pliego de Su Alteza Serenísima la Señora Duquesa de Montpensier. El lobo marino se caló las gafas.

—Si ustedes me autorizan…

Y se traspuso al galerín, donde la cotorra peina el ala, para descifrar los augustos garabatos. Don Juan Bautista leyó con cautelosa parsimonia, alternando reflexivas miradas sobre la costa y cálculos de piloto. Volvió guardándose la carta.

—¡Nos viene escaso el tiempo!… La Marina es fiel a sus tradiciones… ¿Qué decirles a ustedes?… No es tampoco que yo pueda asumir la representación del Cuerpo…

Camanduleó el Señor López de Ayala:

—Los Duques, a lo que entiendo, confían el logro de sus esperanzas a la personal iniciativa del Brigadier Topete.

Don Juan Bautista se rascaba la patilla:

—¡Soy mal diplomático!… La Infanta, indudablemente, tiene muchos partidarios; pero tampoco le faltan simpatías a la Reina.

Fernández Vallín cambió una mirada con el pomposo Don Adelardo.

—Si Don Juan Bautista rehúsa, creo que debemos dar por terminada nuestra gestión en cuanto a impedir el embarque de los Generales.

Atajó Don Juan Bautista, sofocándose:

—¡No rehúso; pero esa gestión hemos de darla por fracasada! Comprueben ustedes mismos cómo sube el barómetro… Miren allá cómo maniobra el Vulcano… Me apuesto que están embarcando a los Generales.

El Brigadier Topete ofreció el catalejo a los embajadores de San Telmo.

X

Gaviotas. Filas de roses y bayonetas. Un oficial que saluda con el sable. Pañuelos. Un grupo de uniformes sobre la toldilla del Vulcano. Coros marinos de zarzuela. Cádiz saca sus catalejos por galerines, miradores y azoteas. Loros y cotorras, embadurnado el pico de chocolate, ordenan las maniobras, con voces de zafarrancho:

—¡A babor! ¡A estribor! ¡Fuego! ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

XI

Una clara de sol encendía las banderas del Vulcano. Las tabernas echaban roncas republicanas. Los pilotos de muralla, la mano en la visera, hacían pronósticos náuticos:

—¡Mucha la mar!

—¡Es barco marinero!

—¡La mar lo come!

No lo comió la mar; pero bailó la zarabanda entre promesas y novenas de los ilustres veteranos a la Virgen del Carmen.

XII

—¡A babor! ¡A estribor! ¡Fuego! ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

La fábula de luces tropicales anunciaba la revolución en los miradores de Cádiz.

Alta Mar

I

La Antorcha de Gades, logia del rito escocés, famosa en los anales setembrinos, acordó enviar parlamentarios al Desterrado de Londres. Los Hermanos Tiberio Graco y Claudio Nerón, una noche de aquellos idus julianos, salieron de escondite para embarcarse en Gibraltar. Esperando pasaje hicieron conocimiento con dos tenientes, capitanes graduados por la Campaña de África: Otro día se les juntó un clérigo sin licencias, que mediaba en los tratos para sublevar al Fijo de Ceuta: Reunidos en camarada, tomaron pasaje a bordo de un viejo vapor perteneciente a la casa armadora Lewinson y Calvo —el Omega, abanderado en Cádiz—. Embarcaron una tarde de bochorno, aburrida en la lectura de la Biblia. Tarde dominical, con la quietud y el cromatismo de una estampa litográfica —azoteas, mástiles y banderas, gorretes colorados, reductos y cañones, geometría castrense.

II

Asomaban por la borda jipis y gorras a cuadros, cofias y pañuelos: El pasaje de cámara balconeaba, contemplando los reductos y oyendo las cornetas militares: Se aburrían al filo de la obra muerta, rubicundas carátulas con salacot y monóculo, barbas judaicas, desgarbadas misses, cabezas morenas de levantinos, un mundo abigarrado de aventureros y turistas burgueses, embarcados en los puertos del Mediterráneo —Alejandría, Malta, Nápoles—. En el sollado el pasaje de tercera permanecía indiferente, acomodado al sol entre maletas, fardeles y canastos. Lloraba un crío en el regazo de la madre, algunos hombres jugaban a los naipes, una rubia se desenredaba la mata del pelo con un peine sin púas. A la sombra del foque, un gigante barbudo, imprecador, enorme la boca desdentada, los ojos azules arrebatados de alocada inocencia, reunía un grupo de franceses e italianos: Hablaba gesticulante, con grandes ademanes: Le oían, cambiando guiños burlones, dos prójimos que fumaban recostados en la amura de babor: Habían embarcado por la mañana, y se mantenían aislados del pasaje, con un secreto y agresivo resentimiento de españoles fuera de España. El capitán, con uniforme azul, paseaba en el puente. La marinería patuleaba descalza, subiendo y bajando las escaleras de lucientes bronces. En el corro de oyentes, a la sombra del foque sobre el azul luminoso de la tarde abría los brazos el barbudo gigante, y los dos compadres españoles, recostados en la amura tirando de la colilla, entornaban displicentes la pestaña.

III

La rubiales del peine sin púas, luego de hacerse el moño, sacó de la faltriquera un espejillo redondo, con marco de latón, limpió la luna frotándole en la falda y se miró ajustándose las horquillas: Era una mujer joven, pálida y marchita, los ojos verdes, la boca pintada: Quedó suspensa, fija en el gigante barbudo, que abría los brazos con patéticas voces de un significado oculto: Llenóse de dudas al advertir el gesto con que le oían los dos compadres recostados en la amura, y se juntó con ellos:

—¿Entendéis alguna cosa?

El más joven lanzó una salivilla al mar:

—¡Mochales perdido!

—¡Pues ésos bien atentos le oyen!

—Porque son unos papanatas.

—Pero ¿tú sacas alguna cosa de lo que hablan?

—Bastante.

La rubia le miró de reojo:

—¡Lo que menda!

El otro compadre, un vejete cargado de espaldas, gorra de seda, corbatín negro, y el aire ambiguo de falsedad y petulancia que suelen tener algunos sacristanes, enseñaba un diente verdinegro:

—La oratoria de ese punto no vale un pimiento.

La rubiales torció la boca con popular desgaire:

—¡También usted chamulla ese latín, Don Teo!

Don Teo jorobó los hombros, arqueó las cejas, ladeó el cuello, se frotó las palmas:

—¡Alguna cosa!

La rubiales engalló el moño:

—¡Miau!

El otro compadre, que asestaba salivillas al mar, se despegó de la amura con petulante parsimonia:

—¡A ver si te la ganas!

Era alto, flaco, verdino, rizoso, con zamarra de pana, pantalón abotonado y quepis. La prójima fulguró sobre el chulapón el veneno de sus ojos verdes:

—¡Me estoy cansando de ser tu esclava!

—Pues toma asiento, que va para rato.

—¡Habría que verlo!

El verdino la atenazó por el brazo:

—¡Repítelo!

—¡Escárbate la oreja!

Terció Don Teo:

—Sé más filósofo, Indalecio.

La prójima se desprendió con un remangue. Indalecio la traspasó con una larga mirada de reproches sentimentales: Tenía el romanticismo menestral de los chulos que viven a costa de las mujeres, las azotan, las aman y las celan:

—¡Sofi, no busques que te encienda el pelo!

Formuló la amenaza socarrando la voz, con los dientes apretados: El gigante barbudo había cruzado los brazos con teatral silencio: Sus ojos azules fulminaban un anatema sobre la desavenida pareja, y el círculo de oyentes, las cabezas vueltas, levantaba marea de airadas reconvenciones. El verdino los encaró con reto, pero el vejete le puso la mano en la boca hablándole a la oreja:

—Repara a quien tenemos aquí. ¡Prudencia!

IV

Agarrándose al pasamanos, con el credo en la boca, bajaba la pina escalera del sollado un pasajero de la primera cámara, señorón obeso, bamboleante, jipi y terno de piqué blanco, muchos dijes y cadenas. Los dos compadres se desviaron de la rubiales para acantonarse más lejos, recostadas las espaldas en la obra muerta. Sigiló Don Teo:

—Aquí no media conocimiento. Hay que esperar cómo opera el jefe.

El obeso pasajero traía el cigarro apagado, y se detuvo solicitando lumbre: Solapaban una ambigua advertencia sus ojos sin pestañas, saltones y redondos, que tenían el iris amarillento de las ranas. Don Teo, con falsa premura, acudió a cachearse los bolsillos del paletó: Arqueaba las cejas, y hacía grandes aspavientos, enseñando el diente limoso:

—¡Pues servidor poseía un yesquero!

Indalecio, a lo tunante, encendió una cerilla en la nalga. Don Teo le dio un codazo, y la mató de un soplo. Al fin el taimado vejete extrajo el yesquero, y comenzó a batir el eslabón: La piedra daba chispa, pero sus lumbres no prendían en la mecha. El orondo pasajero, con el cigarro apagado en la boca, observaba de reojo:

—Pudiera ser que la salitre del mar hubiese humedecido el artefacto.

Don Teo jorobó los hombros con servil asentimiento:

—Así será.

Se apresuró a liar el yesquero, guardándoselo en el paletó: Enseñaba el diente limoso, y ponía hocico de ratón. El abotijado pasajero silabeó capcioso:

—¿Habrá dónde comprar cerillas?…

Saltó Don Teo:

—En la cantina.

—¿Adónde cae?

—Un poco complicado… Servidor puede guiarle.

Indalecio se alzó picajoso:

—¡A menda se le da esquinazo!

El orondo pasajero echó sobre el tuno los ojos saltones:

—Yo hago lo que me sale de los redaños.

Aquel soplado del jipi, los dijes, las cadenas y el terno habanero, matón jubilado de los garitos madrileños, no era otro que el Pollo de los Brillantes, Don Joselito Cartagena.

V

La cantina, bajo el escotillón de proa, estaba penetrada de olor de tabaco: Las candilejas de petróleo apenas alumbraban en la niebla de humo. El cantinero era gaditano, fugado por un proceso a Gibraltar. Residía allí de muchos años, amancebado con una inglesa sargentona, que le ayudaba en los negocios de contrabando. Con el apaño de la cantina sacaba también muy buenos patacones: Vendía tabaco, naipes, velas, arenques, café y bebidas. Hallábase encorvado sobre el anafre, donde tenía una gran cafetera. El vapor llevaba anclas. En la niebla de humo, la candileja del mostrador tenía una luz triste y remota de faro en niebla de naufragio. Percibíase el retemblar de las cuadernas, y el ferroneo de las cadenas al ser arrolladas. La parroquia era escasa: Tres jugadores de cartera y un marinero silencioso, que esperaba al pie del mostrador: Como corría el tiempo y el cantinero no se daba prisa por servirle, repitió la demanda con reposada urbanidad:

—Un arenque.

El gaditano colgó el soplillo con que avivaba la lumbre del anafre, y se limpió las manos en la faldeta del mandil:

—¿Bebida?

—Agua clara.

Con desabrida chunga, el gaditano alcanzó un botijo y lo asentó de golpe en el mostrador:

—¡Toma, y jártate!

—Gracias.

—¡Pero qué vas a estropearte la salud, esgraciado! ¡Arenques con agua! ¿Estás en tus cabales?

El marinero, un mozo de barbujas rubias y ojos claros, tenía la expresión serenada de firmeza:

—El agua es mi bebida.

—¿Roña, o penitencia?

—Gusto.

El cantinero ceceó con desdeñosa sentencia:

—¡Pues has nacido para rana!

VI

El Pollo de los Brillantes y Don Teo ocuparon una mesilla de rinconada. El Pollo, con mucho guiño y soflama, lució una fosforera de oro y puso lumbre al cigarro: Luego, por hábil juego de manos, extrajo un papel hecho menudos dobleces:

—Son las señas: Están escritas con tinta química… Guárdeselas usted en la badana de la gorra, y hasta Londres… Hay que operar con mucho quinqué, y no es conveniente que volvamos a vernos.

Don Teo hacía frunces al hocico con husma arratada:

—Comencemos por justificar nuestra presencia en este santuario pidiendo unos chatos.

—Pídalos usted.

—¿De ginebra?

—De ginebra.

—Patrón, unos chatos de ginebra. ¡Este punto la tiene de buten!

El Pollo de los Brillantes encarnizó los ojos de rana sobre el hiperbólico vejete:

—Es usted un borrachín impenitente y sus exploraciones son peligrosas cuando media un negocio tan serio. Como llegue a sospechar que usted puede irse de la lengua, antes se queda sin ella.

Don Teodolindo Soto sacó el diente verdino, corcovó los hombros, ladeó el cuello, se acarició las manos:

—¡Ya lo sé! ¡Ya lo sé! No ignoro con quién trato… Conozco mis autores… Por eso, si este servidor alguna vez experimentase la tentación de berrearse, tocado en el corazón por lo que sea, no por intemperancia alcohólica, antes vería de darle a usted mulé. Este servidor también es un hombrecito.

—¡Todavía nadie me ha madrugado, Don Teo!

El vejete tenía una expresión de rata regocijada:

—Indudablemente. Pero mientras tomamos el sol en este valle, todos podemos argumentar lo mismo. ¿Cree usted que a mí me han madrugado, o al patrón, o al marinerito aquel que chupa la raspa? Por cierto que ése no es lo que aparenta… Repárele usted a las manos. ¡Son manos muy señoritas!

El Pollo, recalmado, paraba los ojos sobre el marinero: Hecha la comprobación, dio algunas chupadas al cigarro y lo tiro, apagándolo con el pie:

—¡Esta puta tagarnina no arde!

Apuntó metafórico Don Teo:

—El traidor no es menester siendo la traición pasada.

Con un docto entorne de párpados acentuaba la cita del clásico: Don Teodolindo Soto, entre sus varios oficios, había sido traspunte de comedia cuando el mecenazgo del Conde de San Luis.

VII

Asomó un mozalbete huraño, desmedrado, greñudo, los ojos suspicaces bajo el entrecejo de un rojo almagreño, la máscara de calmuco. Desde la puerta, con brusca obstinación, hizo señas al marinero apostado al pie del mostrador: Esperó a que pagase el gasto, y salieron juntos. El mozalbete inició la conversación en mal francés:

—¿Lo creerás, hermano? No resta ni un cópec del fondo recaudado en Cádiz. ¡Ni un cópec! El Maestro lo ha repartido entre los parias del pasaje… Tiene agujereadas las palmas.

El marinero alzó los ojos sin mostrar la menor extrañeza:

—Ha dado lo que era suyo.

—¿Y ahora? ¿Qué hacemos ahora? ¡Ni un cópec! ¡Nada! ¡Ni para fumar!

—¡Ejemplo admirable!

—Lo sería si luego no renegase como un energúmeno. Se ha echado en la litera, y ruge que esta noche abrirá un barreno al barco.

Al marinero le salían lumbres a la cara:

—¡Es el caso que yo tampoco tengo plata!

El mozalbete le clavó los ojos:

—¿No has reservado nada de la colecta hecha en Cádiz?

—¡Nada!

—Conociendo al Maestro, has debido hacerlo.

El marinero se detuvo, con la expresión encalmada del hombre prudente que domina su enojo:

—No lo hice, ni lo haré en ninguna ocasión.

El mozalbete torció la boca con una sonrisa de cínica superioridad:

—Acabo de convencerme de que eres un sentimental.

—Acaso.

—No debes enojarte conmigo, hermano.

La máscara calmuca del mozalbete tenía una expresión de astucia burlona que contrastaba con el tono de sus palabras. Al marinero no le pasó inadvertida esta duplicidad y permaneció silencioso, esforzándose por ocultar el sentimiento que experimentaba, la antipatía ahora casi dolorosa, pero adormecida y vergonzante en las oscuridades de su conciencia, desde el momento en que se habían encontrado sobre la cubierta del vapor.

VIII

La luz penetraba por el escotillón. Se habían detenido al pie de la escalera. El barco navegaba con grandes bandazos: Soplaba duro el viento de Levante. El marinero permanecía silencioso, cohibido por aquel sentimiento de repulsión que surgía en su alma y al cual se entregaba pasivamente, con un oscuro disgusto de sí mismo. No era hombre de rencores, y hubiera querido mostrarse amistoso; pero incapaz de simulaciones, sentía los ojos cobardes, irresolutos. Aquella máscara calmuca, aquellas greñas color de buey, aquellos ojos oblicuos, brillantes de astucia, se le hacían insoportables. Era suplicio la voz, que repetía obstinada:

—Ha sido un error lo que has hecho, y debes reconocerlo. ¡Un error, hermano! No has debido poner la suma íntegra en manos del Maestro. Te enojas, y no tienes razón, hermano. Lealmente te manifiesto mi opinión, y todas las opiniones tienen opción a ser oídas. ¿Cuáles son nuestras obligaciones respecto al Maestro? ¿Las obligaciones de los que seguimos la luz de su doctrina? Hermano, si te enojas, lo sentiré, pero no conseguirás que silencie mis reproches. El Maestro es un niño gigante, y cuantos le amamos hacemos poco ensangrentándonos las manos por apartarle las zarzas del camino. ¿Qué hubieras hecho con un niño? El Maestro es un niño y necesita tutores.

El marinero objetó con austera timidez:

—El Maestro, al repartir sus bienes entre unas pobres gentes necesitadas de amor, de pan y de justicia, nos da ejemplo… Y nosotros, sus discípulos, no podemos incurrir en la culpa de impedirlo solamente porque nos falta la virtud para imitarlo.

La máscara calmuca adquirió una expresión de dureza colérica, la boca se contraía con rictus sarcástico, las greñas color de buey le oscurecían la frente y se le metían por los ojos, que adquirían un ligero estrabismo. De pronto estalló en una risa insolente:

—El Maestro distribuye su dinero entre los menesterosos, pero a condición de que los amigos no le cierren la bolsa. Se adelanta a la hora del reparto social con una bella sonrisa para todos los Cresos. Ahora ruge en su litera porque no tiene un cópec. Vive en un mundo de fantasma, con una despreocupación de bohemio contrae deudas que no piensa en pagar, siempre rodeado de una corte de pícaros y de bufones que le comen los ojos. Esta inconsciencia en cuestiones de dinero, este epicureísmo odioso oscurece la claridad de su doctrina.

Hablaba con apasionamiento rencoroso y clarividente, era un cernícalo encarnizado sobre su presa. El marinero ahora le miraba con enérgica protesta, los ojos dolidos de reconvenciones:

—El Maestro tiene flaquezas como todos los hombres, pero bien compensadas están por sus virtudes.

El otro estranguló una carcajada rabiosa:

—¡Un santo con los pies en el lodo!

Arsenio Petrovich Gleboff, aquel mozalbete desmedrado, de ojos brillantes, de ademanes bruscos, tenía el alma envenenada y heroica. Maníaco de la destrucción universal, era de una singular rigidez de costumbres, cruel para sí mismo y para los demás: Intrigante por doctrina, díscolo por temperamento, capaz de soportar las mayores privaciones, de mantenerse con un mendrugo y de dormir sobre una piedra, de una sequedad calvinista, de un renunciamiento absoluto, amaba y odiaba al Maestro. Se apartó las greñas que se le metían por los ojos, hizo un gesto vago y comenzó a caminar de prisa por el mal alumbrado corredor que conducía al entrepuente donde se hacinaba el pasaje de tercera. Se volvió con una sonrisa capciosa:

—El Maestro desea hablarte.

IX

El vapor daba tumbos, y el respingo de las olas empaña de espumas el ojo de buey que clarea la luz del ocaso al extremo del corredor. Entre el marullo del oleaje desgranaba sus notas un acordeón de emigrante. Parpadeaban las candilejas: Abrían y cerraban desconcertados ángulos de sombra. Por un paso de tres escalones se bajaba al sollado: El ácido olor de las heces viciaba el aire: Las literas se repartían a babor y estribor. De raro en raro algún bulto doliente se incorporaba con las bascas del mareo: Las pálidas cabezas casi tocaban la viguería. Los más de los lechos estaban vacíos; otros, ocupados por maletines y atadijos de ropas. Indalecio, sentado en su litera, los pies colgando, cantaba con un acompañamiento de acordeón. Letra y música eran de un sentimentalismo menestral. La Sofi, con el moño deshecho y las horquillas sueltas, se quejaba en otra litera pareja:

—No me atormentes, Inda. Calla, por favor, que se me saltan las sienes.

El tuno remató un arpegio con muchas florituras, y alargando el zancajo, hizo rodar el balde que la desgreñada tenía a su cabecera.

—¡A ver, tú, si te enciendo el pelo para que dejes la monada!

—¡Y serás capaz, mala sangre!

El chulo volvió a teclear, con un postinero entorne de párpados:

—¡Parece que no me conoces!

La rubiales se incorporó, oprimiéndose las sienes, y salió del camastro, desatadas las faldas, un pecho fuera:

—¡Verdugo!

Arrimada a la tierra, se mecía los zapatos. Indalecio ponía en la coima un ojo atravesado:

—Cúbrete ese pecho, relajada.

—¡Vas a enseñarme tú decencia!

—¡Y tanto!

La prójima, sin cubrirse el pecho desnudo, se ataba las faldas:

—¡Pirante!

—¡Abotónate!

—¡Y que me quede con el fandango al aire!

—¡Abotónate, so pingo!

—Cuando me ataque las enaguas…

—¡Que vas a ganarte una solfa!

El chulo había soltado el acordeón y se rascaba tras de la oreja. La coima se descaró con un impulso de rabia:

—¡Luzco lo mío!

—¡Tirada!

Indalecio la tomó del moño, zarandeándola con requemada soflama:

—¡Lo tuyo!… Guárdate esa gaita… ¿Tienes tú algo, so pendón?… ¡Lo tuyo! ¡Esto es lo tuyo!

De un revés le llenó la cara de sangre.

X

—¡Salop!

La voz resonó en las profundidades del sollado: En un camastro vecino se erguía la barbuda cabeza del Maestro: Se arrancó de los labios la pipa apagada, levantándola como una maza. El chulo se volvió tanteándose la herramienta:

—¿Qué se ofrece?

El Maestro se incorporó: Su cabeza tocaba el techo: Siempre enarbolada la pipa, avanzó algunos pasos: Injuriaba al rufián con voces de sochantre: Repetía las mismas imprecaciones en ruso, en alemán, en italiano, en francés. Indalecio había sacado la herramienta y picaba una tagarnina con bravucona jactancia:

—Tío Papamoscas, hable usted en cristiano.

Echaban lumbre los azules ojos del gigante. Atropellado, se puso la pipa entre las mondas encías y se registró los bolsillos a la busca de una brizna de tabaco. La tagarnina que picaba el chulo le encendía el apetito de fumar. Tornó a retirar la pipa de la boca, y golpeando con ella en la palma, barboteó en francés:

—¡Oh! ¿Es que se puede así maltratar a una mujer? La pareja humana tiene los mismos derechos.

Indalecio presumió el sentido de aquellas palabras, y repuso contoneándose, arrastrando las palabras con dignidad marchosa:

—Míster, esta mujer se ha comportado como una mundana.

El Maestro insistía registrándose los bolsillos, la cachimba apretada entre los labios: Indalecio dobló la navaja y le brindó con el tabaco que tenía picado en la palma:

—Sírvase, míster.

Aquel gigante barbudo le contempló con sonrisa de ogro benévolo. Cargó la pipa, le puso lumbre y fue en busca de la coima, que se lavaba la sangre: Tomándola de la mano, la condujo a donde había quedado el chulo, ocupado en liar un cigarro, y amonestó en francés, con el barbolleo de un pope ruso:

—Yo os conjuro para que os deis un ósculo de perdón.

Los ojos de gigante tenían una claridad de azules infancias, una efusión toda echa de poder de olvido, de inconsciencia y de ilusiones. Como en aquel momento vio revolar las greñas color de buey, y más lejos aparecer una gorrilla de marinero, levantó los brazos con ademanes de triunfador, saludando con la pipa, dando al aire bocanadas de humo.

XI

El marinero de las manos pulidas se acercó con un gesto de reserva. El barbudo gigante le llevó aparte, hablándole en inglés.

—En Gibraltar han embarcado algunos revolucionarios españoles. ¿Los has visto?

—No, Maestro.

—Haz por verlos… Es probable que alguno sea tu amigo…

—¿Y han embarcado en Gibraltar?

—Ciertamente… El sobrecargo me ha confiado que son masones… Cuanto antes debes avistarte con esos hermanos…

—Veré de hacerlo.

El calmuco los observaba desde lejos, con expresión recelada y burlona. El Maestro parecía inquieto:

—Es cuestión de nosotros dos… El Boy debe permanecer ajeno… Procurará espiarte, sonsacarte… No te dejes aprisionar en sus redes. Engáñale sin escrúpulos… ¡Guárdate del Boy!

Con este nombre solía designar al calmuco cuando hablaba entre iniciados. El marinero asintió con serena sonrisa:

—Nunca seremos amigos.

El Maestro le estrechó la mano:

—Así evitarás que un día te traicione. Sin que lo advirtieses, procuraría apoderarse de toda tu persona. No es un canalla, pero cuando cree actuar en provecho de la causa, nada le detiene. Introducido en tu intimidad, te espiaría, te calumniaría, abriría todos tus cajones, leería toda tu correspondencia, y cuando una carta le pareciese interesante, es decir, comprometedora, no vacilaría en robártela. Si le presentases a un amigo, inmediatamente se propondría enemistaros. Su primer móvil es siempre sembrar el odio y la discordia. Si tienes una hija o una hermana, intentará seducirla, hacerle un chico para arrancarla a las leyes morales de la familia e inducirla a una protesta revolucionaria contra la sociedad. Su única excusa es su fanatismo: Ha identificado completamente su propia persona con la causa de la revolución. Es un gran ambicioso, pero no un egoísta atento al medro personal, porque lleva una vida de mártir, de privaciones, de trabajo. Cuando hay que servir a la causa, no vacila ni se detiene ante nada: Es un fanático abnegado, pero al mismo tiempo un fanático peligroso… Y ésta es, sin embargo, la cualidad que principalmente me atrajo y me ha hecho durante mucho tiempo buscar su alianza. Hoy nada me pesa tanto, pero estamos demasiado unidos, y ya no podemos romper. Mutuamente nos aborrecemos y nos queremos. Voy a llamarle; no es conveniente despertar sus recelos… Tú busca a esos revolucionarios españoles, entérate de quiénes son. Su ayuda en estos momentos nos sería muy provechosa… Si son hermanos, no podrían negarse… Acerquémonos al Boy. Luego ya te daré instrucciones… ¡He administrado deplorablemente el fondo colectado en Cádiz!… ¡Una vez más he sido la cigarra de la fábula!

Volvieron a juntarse con el Boy. El Maestro, bromeando, le tiró de las greñas: Aquel gigante de ojos azules ni siquiera se daba cuenta de la comedia que representaba: Incapaz de rencores, voltario y lleno de contradicciones, sentía una vaga aprensión por la dureza con que acababa de juzgar al discípulo: Después de haber desahogado toda la hiel de su resentimiento, se persuadía de volver a quererle. El Maestro mixtificaba sus escrúpulos tirándole de la greña.

XII

El marinero de las manos pulidas subió a cubierta: Le urgía averiguar quiénes fuesen aquellos revolucionarios españoles que habían embarcado en Gibraltar. Pensó salir de dudas entrevistándose con el sobrecargo del vapor: Sabía que era masón y recordaba haberle visto alguna vez en las logias de Cádiz. La suerte se le deparó a la boca del escotillón: Bajaba muy acalorado, en disputa con el contramaestre, la pluma tras la oreja y un cuaderno de anotaciones en la mano. El marinero pensó que no era ocasión de interrogarle, y puesto de refilón, saludó a soslayo, con mímica masónica. El sobrecargo, casi sin verle, todo encendido de sanguíneas lumbres, se metió por la bodega, precedido del contramaestre, un hombretón con sueste y ropa de aguas. El marinero fue a sentarse en un banco del entrepuente: Permaneció mucho tiempo absorto en sus vagos sueños de revolucionario, los ojos dormidos sobre la lontananza marina, el ánimo suspenso en la visión apostólica de unir a los hombres con nuevos lazos de amor, abolidas todas las diferencias de razas, de pueblos y de jerarquías: Anhelaba una vasta revolución justiciera, las furias encendidas de un terrorismo redentor. Sobre las hogueras humeantes se alzaría el templo de fe comunista —destruir para crear—. Intuía la visión apocalíptica del mundo purificado por un gran bautismo de fuego: El soplo sagrado de un Dies Irae que volviese a las almas la gracia perdida, el sentimiento de la fraternidad universal. Le distrajo de su sueño el llanto de una mujer acurrucada al extremo del banco: Lloraba monótonamente, la cabeza cubierta por un toquillón, el pañuelo enclavijado entre las manos dolorosas, bañadas de luna. El marino la contempló con tímida expresión: Hubiera querido dirigirle alguna palabra de consuelo, y permanecía mirándola indeciso, asaltado por el deseo de alejarse y retenido por el primer impulso de hablarla, de conocer el motivo de aquella pena. Esperaba que la llorosa mujer hiciese algún movimiento: Tal vez se enjugase los ojos, y si levantaba la cabeza, entonces sería ocasión de hablarle. Reparó que el pañolito bañado de luna entre las manos de la llorosa tenía salpicaduras de sangre: Se inclinó para cerciorarse: Compadecido, le retiró el pañuelo de las manos, murmurando una pregunta tímida y anovelada:

—¿Está usted enferma del pecho?

La mujer levantó la cabeza, sonriendo burlona a través de las lágrimas.

—¡Ojalá!

—¿Por qué dice usted eso?

—¡Porque acabaría pronto de penar! Mire usted cómo me ha puesto ese mal hombre.

Retirándose el toquillón que tenía caído sobre la frente, mostraba el rostro acardenalado. El marino la miraba con lástima:

—¿Y ha sido ese hombre que te acompaña?…

—¡Ese renegado!

—¿Por qué no le dejas?

—¿Y adónde voy? Ha jurado picarme el cuello. ¿Tú ves mi cara? Pues así está todo mi cuerpo.

—Debes dejarle.

—¿Y adónde voy? ¡Dejarle! Eso se dice pronto. ¿Dónde hallo otro que me acompañe los bailes? Ahora vamos los dos contratados a Londres. ¡Dejarle! ¿Creerás que no lo he pensado? Pero ¿adónde voy sola con mis bailes? No hacen número, necesito un guitarrista que me acompañe. Formamos pareja. No creas, es de los buenos tocadores: Por algo le dicen Manos de Plata. Él ha sido quien arregló este contrato de Londres. Parece ser que allí gustan ahora los bailes españoles. Si fuese verdad… Pero ya todo me da lo mismo. Un día le dejo. Y no sé qué te diga de este contrato… Por veces me parece mentira… Y malo es que a mí se me ponga una cosa en la frente… Temo que este viaje no es para cosa buena. Pero ¡ya todo me da lo mismo! ¡Quisiera morir! ¡Acabar de una vez! ¿No me crees?

—Sí, te creo.

—Tienes cara de infeliz. Lástima que tú no seas guitarrista. Nos contrataríamos juntos, y ganarías muy buenos cuartos.

Hablaba entre suspiros, voluble y alocada, riendo por veces y por veces llevándose el pañolito a los ojos. El marinero la contemplaba con una sonrisa de honesta reserva:

—Me das mucha pena.

—No me hagas caso. Oye: ¿Dónde podré tomar una taza de café? ¡Se me parten las sienes!

—¿No sabes la cantina?

—No conozco el barco. Hemos embarcado esta tarde… ¿Hacia dónde cae?

El marinero vaciló un momento:

—Si no temiera causarte un disgusto, te acompañaría.

—¿Un disgusto? Ya veo por dónde apuntas… Puedes acompañarme.

El marinero murmuró confuso, con una sonrisa ingenua:

—¿Y tu hombre?

—¿Temes que nos mate?

—Por mí no temo nada.

La miraba muy fijo, con una expresión de severa tristeza. Ella desgarraba el pañolito con los dientes entre risas y lágrimas. Pasó el contramaestre balanceando un farol de mar. Recostado en la amura de babor, tomaba la luna el sobrecargo. El marinero pensó que podría hablarle más tarde, y bajó a la cantina acompañando a la rubiales.

XIII

Antes de entrar en la cantina percibieron cálido tumulto de voces: Delante del mostrador, una rueda de amigotes en francachela chocaba los vasos: Menudeaban las rondas. Pagaba el gasto un relojero marsellés, pequeño, ventrudo, fachendoso, con maneras de charlatán: Cumplía cuarenta años, y no cesaba de repetir:

—La edad en que el hombre comienza a darse cuenta de los grandes problemas vitales.

Gesticulaba enrojecido por el reflejo de la pipa, con gesticulación desorbitada y verbosa que preludiaba la borrachera. Las candilejas, adormiladas en la niebla de humo, tenían una luz remota de faros marinos. Los brindis, las risotadas, las efusiones sentimentales y babosas, giraban en círculo mortecino de las luces con soporífera insistencia. La Sofi se detuvo:

—¿Darán aquí café?

El marinero hizo un gesto asegurándola. Fueron a ocupar una mesa apartada: No acababan de sentarse cuando vieron aparecer al Maestro: Le seguían Indalecio y Don Teo. La Sofi alzó los hombros, arrebujándose en el toquillón, con un gesto de provocativa indiferencia. El marinero salió al encuentro del Maestro. La Sofi le detuvo agarrándole por la manga:

—¡Empálmate! Si te dice la menos, asegúrale un golpe, que es muy traidor.

El marinero la miró reposado, con sonrisa indulgente. La prójima fijó un codo en la mesa, y agarrándose la frente, muy pálida, le siguió con los ojos. El Maestro abría los brazos sobre sus acompañantes y explicaba en inglés:

—Hemos hecho conocimiento por señas. Se han puesto en que los acompañe y sellemos nuestra amistad chocando los vasos. No he podido excusarme.

La risa jovial y estruendosa le corría por la barba. El marinero murmuró con tímida reserva:

—Maestro, ¿sabe usted de qué gente se acompaña?

El Maestro guiñó los azules ojos con ingenua malicia y bajó la voz, aun sabiendo que ninguno de los dos acólitos podía entenderle:

—Nuestro conocimiento es reciente y por señas… Pero no creo engañarme. Con toda certeza estos nuevos amigos son dos brigantes, y precisamente me interesan por eso… Si los ganásemos para la causa, los haríamos volver a España… Allí necesitamos agentes que nos pongan en relación con los brigantes de la Andalucía. Maduro un proyecto del cual habré de hablarte. La primera idea ha sido del Boy. ¡Qué diablos, las revoluciones no se hacen con obispos!

El marinero de las manos pulidas sonrió con disgusto: Luego se disculpó:

—Todavía no he podido entrevistarme con el sobrecargo.

El gigante descubrió las mondas encías, con su ancha sonrisa de ogro benévolo:

—Lo comprendo. ¿Acaso te lo ha impedido esa Bella Samaritana?

Al marinero se le puso la cara hecha una lumbre, e instintivamente se volvió con rápida ojeada sobre Indalecio. El tuno, con las dos manos en la faja, apurando una colilla, reparaba de través a la coima. El barbudo gigante le tocó en el hombro con la pipa, y luego, vaciándola en la palma, le pidió tabaco con un gesto expresivo. Indalecio le alargó el petacón, adornándose postinero. El gigante observaba de soslayo la honesta contrariedad del marinero, cargó la pipa recreándose: Le apuntaba en el fondo de los ojos una expresión regocijada y maligna. Volvióse buscando al guripa, y no hallándole a su vera, puso a recaudo el petacón en las profundidades de la hopalanda que traía por los hombros y casi le arrastraba. Indalecio se había llegado a la rubiales y le atenazaba el brazo, sofocando la voz:

—¿Qué haces aquí?

—¡Ya lo ves!

—¿Y ese que te acompaña?

—Un amigo.

—¿Desde cuándo?

—¿Cuentas me pides?

—Y tanto.

—¡Vamos, aparta! ¿Cuentas de qué?

El tuno se enderezó, escupiendo una salivilla por el canto de la boca:

—¡Ya lo pondremos en claro!

El marinero los avistaba con secreta zozobra. Don Teo requería por señas al gigante para que se acercase: Corcovando los hombros, frotándose las palmas, hizo el elogio de la ginebra que expendía el gaditano, y rogó al marinero que se lo tradujese al Maestro:

—¡Va usted a decirle que de picho canela!

De reojo observaba las manos pulidas del marinero. Se acomodaron en torno de la mesa. Don Teo persistía en el elogio de la ginebra. Delante del mostrador, el relojero marsellés lucía su voz de barítono: Contoneándose con la copa en la mano, sacaba el vientre rotundo y ponía los ojos en alto. La romanza del relojero, sentimental y empalagosa, irritó al barbudo gigante: De pronto, arrancándose la pipa de la boca, comenzó a cantar la Internacional. El relojero guiñó un ojo a los amigos y se acercó a la mesa con la copa en alto. Declamó fanfarrón:

—¡Viva la fraternidad universal! Cumplo cuarenta años, lo cual quiere decir que nací bajo el signo de la Revolución de junio. Mi primer vagido, señores, se mezcló con la fusilería de las barricadas. Marsella, mi patria, ha sido el último baluarte que en aquellas memorables jornadas arrió la bandera roja.

El Maestro le tendió la mano con un gesto teatral:

—El 23 de junio de 1848 señala una fecha sangrienta en las luchas del proletariado. ¡He sido testigo de los combates librados en las calles de París! Mi primer disparo partió del cuartel de los Montañeses: Yo estaba allí entre los Amigos del Pueblo. Las masas proletarias, después de una lucha heroica, cayeron vencidas por la dictadura militar que más tarde había de prostituirse bailando el cancán en las orgías del Segundo Imperio.

El relojero se enternecía:

—Simpatizamos en ideas. ¿Una copa la aceptarán ustedes? Hoy cumplo cuarenta años, la edad en que el hombre comienza a comprender los grandes problemas vitales. En absoluto no lo afirmo. Me limitaré a decir que es mi caso. Sin duda no somos todos iguales. Nunca me había preocupado la construcción de los cronómetros náuticos, y de pronto, una mañana, me embarco para estudiar los progresos de la relojería en Londres. El hombre es hijo de ventoleras. Hoy celebro mi fiesta onomástica entre el mar y el aire. Ustedes me dispensarán el honor de aceptar una copa. Se la ofrezco de todo corazón. Soy hijo de Marsella. Podía no serlo. Reconozco que podía no serlo. Vamos a chocar los vasos. Si ustedes lo autorizan, llamaré para fraternizar a los camaradas que me acompañan. Gentes del mejor trato. Nos hemos conocido a bordo y ya somos como hermanos… Es lo que tienen los viajes… ¡Oh mis buenos amigos, no permanezcáis alejados! Propongo un brindis en honor del bello sexo.

Arrastró una banqueta, acomodó el vientre rotundo delante de la mesa, puso los ojos tiernos a la rubiales y con grandes palmadas reclamó al cantinero.

XIV

Después de beber subió toda la trinca a refrescarse sobre cubierta. Una farola encendía su ojo escarlata en el palo de mesana. Fosforecían las olas. Cabeceaba el vapor en la noche de bruma y marejada. La arboladura mecía sus cruces en mundos de estrellas. La luna tenía un halo verde. Algunos pasajeros envueltos en mantas dormitaban en sillas, de lona. El piloto de guardia paseaba sobre la toldilla: Su sombra difusa marcaba los vaivenes del barco. Resplandecía de luces la cámara de primera, en una lejanía que la noche llenaba de prestigio, inaccesible para el pasaje del sollado. Cantaban las olas. La sombra encumbrada del piloto se vestía de luna. Lloraba a popa un acordeón de emigrante. El relojero se quitó la gorra, saludando al mar y al cielo:

—¡Vendaval duro! Me agrada este tiempo.

Murmuró una voz burlona:

—¡Valiente lobo marino!

—Hijo de Marsella. Lobo marino de toda la vida. Desde tiempo de los griegos.

—Pero ¿no cumples cuarenta?

—¡Y cuarenta mil! Vengan tempestades. ¡Volvemos en alas de la tormenta! ¡Avante! ¡Hurra!

El barbudo gigante, con los ojos arrebatados, cargaba su pipa: Había hecho suyo el petacón del chulapo, que le miraba socarrón y maligno:

—¡Buen petacón! Permite que lo vea.

Como alargaba el brazo, el gigante presumió el sentido de las palabras, y sin el menor embarazo le alargó el petacón: Se puso la pipa en la boca, y con un alzamiento de hombros bostezó en inglés:

—No recuerdo quién me lo ha prestado. Acaso…

Miró al chulapo y se echó a reír con su gran risa jovial, que le estremecía la barba. Indalecio, con guiño maleante, deslizó en la faja el casi vacío petacón:

—¡Vaya un tío frescales!

Al marinero de las manos pulidas se le enrojeció la cara. El Maestro, humeante la pipa, le llevó aparte:

—Sería ocasión de ver si tus amigos los revolucionarios españoles pueden abrirnos un crédito hasta llegar a Londres.

El marinero insinuó confuso, con una vacilación de tímida reserva:

—Todavía no sé sí son mis amigos.

—Son revolucionarios, sacerdotes de un mismo ideal… Los hermanos nos debemos protección… ¡Mi nombre les será conocido!

Se habían detenido al pie de la escalera que subía a los entrepuentes. El discípulo se mostraba indeciso:

—Los revolucionarios españoles no comparten nuestros ideales… En su mayoría son militares monárquicos: Generales desechados… Algunos, muy pocos, profesan ideas republicanas. Los demás…

El Maestro le interrumpió con un balbuceo apasionado:

—¡Te falta resolución, te falta audacia, te falta carácter! ¡Prefiero al Boy con su falta de escrúpulos! ¡Lo prefiero! No basta ser capaz de morir en una barricada. La lucha es de todos los días, de todas las horas. ¡No basta tener vocación de mártir! ¡No basta! ¡No basta! Admito tus excusas. Seré yo quien se aviste con esos hermanos. Admite tú mis referencias. ¡Son exactas! ¡He sido bien informado! ¡Seré yo quien afronte la situación!

Jadeando había subido al entrepuente, y su figura gigante parecía tocar las estrellas. Caminó algunos pasos seguido del discípulo, que se disculpaba con honesta entereza:

—No he formulado una negativa…

—Creí entenderlo.

—No la he formulado, aun reconociendo mi incapacidad para ciertas gestiones.

—Tus escrúpulos son orgullo de burgués.

—Dejé de serlo para servir a la causa.

—No basta. Es preciso saber triunfar de los prejuicios sociales. Todo es de todos.

—Me avistaré con esos supuestos hermanos.

—¡Nada de supuestos! Uno de ellos tiene órdenes sagradas.

—¿Sacerdote y masón?

—Aunque te asombre.

—Les hablaré. No respondo del resultado…

El Maestro, humeando la pipa, clavaba los ojos en la iluminada cámara de primera, donde un piano desafinado acompañaba el baile de algunas parejas: Rugió reconcentrado:

—Sobre la cubierta de un barco, la injusticia de las diferencias sociales se hace más cruel y depresiva para la dignidad humana. La reducción de espacio actúa como un alambique. ¡Con gusto arrojaría una bomba en medio de esa saturnal!

El marinero sonrió perplejo ante aquella inesperada violencia. La saturnal era el dulzarrón acompañamiento de danza que una miss puritana tecleaba al piano y el pausado girar de dos parejas cumplimenteras.

Rodearon la luminosa cámara, y por otra escalera se sumieron bajo el alcázar. El sobrecargo trabajaba en una cabina estrecha, inclinado sobre los libros de contabilidad: Al verlos, se alzó los anteojos a la frente. El Maestro se había detenido en la puerta y trazaba sobre el pecho un lento signo masónico. Respondió el sobrecargo con parecida mímica: Se estrecharon las manos, y el barbudo gigante presentó al discípulo, que saludó con iguales ceremonias. Luego explicó que deseaba ver las listas del pasaje y poner en claro quiénes eran aquellos hermanos embarcados en Gibraltar. El sobrecargo buscó entre los papeles de su mesa y le alargó una hoja. El Maestro se la pasó al discípulo, que a mitad de lectura levantó los ojos cegatones y con recatada sonrisa miró al Maestro:

—Hemos tenido suerte…

El barbudo gigante hizo un gesto fanfarrón:

—Lo esperaba.

—Amistad sólo tengo con uno…

—Es bastante. ¿Cuándo piensas verle? Creo que debe ser ahora mismo.

El discípulo vaciló:

—Ahora acaso sea tarde… Ya se habrá recogido.

—Se le despierta. Vas a escribirle dos letras.

El Maestro le puso en las manos una pluma, y el sobrecargo le alargó un pliego. Aseguró flemático:

—Hay partida de juego.

XV

Con el primer bandazo había surgido la partida de monte. Llevaba la banca el Pollo de los Brillantes: Eran puntos los hermanos del triángulo, los militares, el clérigo sin licencias y varios desconocidos del pasaje que hacían la oreja. El Hermano Claudio Nerón —Paúl y Angulo— sobresalía por sus puestas. Apuntaba contra los reyes y jugaba en las sotas: No cobraba ni perdía sin darse un latigazo del néctar jerezano. Estaba pendiente en el descarte de un entres, cuando el camarero le entregó un papel misterioso. En pie, dando lumbre a la tagarnina, cobró su puesta y salió a la noche multiplicada de estrellas en el salsero de las ondas. Caía la luna sobre la obra muerta y destacaba el bulto de un hombre recostado en la amura de babor. Paúl y Angulo se acercó con desconfianza cegatona:

—¿Eres Fermín?

—El mismo.

—¿Dónde embarcaste?

—En Málaga. Salí de Cádiz disfrazado de marinero, como me ves, y a bordo de un laúd contrabandista pude arribar a Gibralfaro.

—¿Vas a Londres?

—Voy a Londres.

—¿Sin dinero?

—Con muy poco. Pero va un amigo con menos dinero que yo, y para ése necesito que me haga un préstamo. En el sollado, pareja conmigo, duerme el gran revolucionario Miguel Bakunin. Digo, no duerme, que sus grandes pensamientos le tienen en vela. En Cádiz reunimos un socorro: ¡Poca cosa! La Logia de Málaga contribuyó también con algo. Allí, disimuladamente, pasamos a bordo tres compañeros: A mí me conmovió verle tan desvalido, y tomé de mi cuenta acompañarle. El apóstol del pueblo ni un jergón tenía, ni una almohada donde reclinar la cabeza. Así va ese justo al destierro de Londres.

—¡Me has conmovido, Fermín! El gran revolucionario tiene toda mi simpatía.

—¿Qué puedes hacer por él?

—Lo que tú harías.

—¿Tanto?

—Más.

—Yo le tomaría pasaje en la segunda cámara.

—Yo, en la primera.

—No vamos a pujas.

—No vamos. En este bolso hay trescientas esterlinas destinadas al Comité Revolucionario de Londres. Tómalas. La única revolución decente es la rusa. Cuando pierda la última peseta, me haré anarquista. Toma la bolsa, Fermín.

—Échame el aliento.

—¿Sospechas que estoy borracho?

—Borracho, no… Pero has bebido.

—Yo bebo siempre.

—¡Y siempre estás exaltado!

—¿Tú no bebes nunca?

—¡Jamás!

—¡Pues no sabes lo que es bueno! Sin vino, sin tabaco y sin fornique, el mundo sería como para pegarse un tiro.

—Sin esos tres anzuelos, la vida nos retiene.

—¡A los santos!

—Y a los revolucionarios.

—Toma la bolsa, Fermín.

—Retiraré el préstamo, y si durante el viaje piensas otra cosa, me lo dices y recobras la suma sin otra merma.

—¡Voy a tirarte por la borda!

—Te hablo en conciencia.

—Tú pasas a cámara con el apóstol.

—Los lujos acostumbran mal el cuerpo. El Maestro aceptará porque su salud no le consiente otra cosa.

—Voy a entenderme con el sobrecargo.

—No te precipites. Déjalo siquiera hasta mañana.

—Lo que puedo hacer hoy, nunca lo dejo para mañana.

Los dos revolucionarios se estrecharon las manos. El Compañero Salvochea pasó por el mundo austero y candoroso como los pescadores que escucharon la sagrada palabra, a la sombra roja de las velas, en el lago Tiberíades. Con la bolsa oculta en el pecho se alejó en busca del Maestro. Un bulto que salió de la sombra le siguió los pasos a recato. Se oía el tumulto de las jugadores que zurrados abandonaban la partida y en alborotada cuerda salían por el postigo del fumador. Lumbres de cigarros en fila lucieron sobre la amura, y las entreabiertas braguetas vertieron aguas en el mar de estrellas.

XVI

El Maestro iluminaba el nuevo alojamiento con su ancha sonrisa barbuda de apóstol eslavo. Los ojos claros, de una jovialidad campesina, no mostraban asombro, y su expresión podía ser de amorosa confianza en la caridad de los hombres. Ordenaba libros y papeles en el fondo de un maletín de cuero:

—En caso de naufragio, procuraré salvar mis manuscritos, como el poeta Camoens.

El Compañero Salvochea, con fantasía andaluza, en un rápido y emotivo lostregar, tuvo la imagen del apóstol saliendo con sus manuscritos a una costa de nieblas y faros ingleses:

—No ocurrirá esa desgracia.

El Maestro abrió el cajón de una mesilla y sacó dos velas de esperma.

—No falta detalle. La burguesía occidental vive con refinamientos desconocidos en Rusia.

La ancha y barbuda sonrisa, la frente calva, los claros ojos, inocentes como dos berzas, producían una emoción religiosa en el Compañero Salvochea.

—Maestro, usted está necesitado de descanso.

—Sin duda, esta noche no podré trabajar mucho tiempo.

—Vive usted sin dormir.

—Llamo al sueño, pero no acude.

—Esta noche no será lo mismo. La litera es más blanda que el sollado. ¡Maestro, hasta mañana!

—Compañero, escúchame. No quisiera disfrutar esta litera sin agradecérselo primero a tus amigos.

—Maestro, eso queda para otro momento.

—¡Una brava gente tus amigos! Siempre los españoles seréis nietos de Don Quijote.

—Amistad solamente tengo con uno, amistad fraternal, desde la escuela… A los otros cuatro no los conozco.

—Tu amigo, ¿es de los nuestros?

—Muy cercano.

—¿Cómo has dicho que se llama?

—Paúl y Angulo.

—¡Paúl y Angulo! ¡Buen nombre de revolucionario! Vamos a saludarle. ¡Paúl y Angulo! ¡Nombre de convencional!

El apóstol de la religión anarquista se alzó de la litera donde había permanecido sentado. Era, en aquel momento, un dulce gigante, con la sonrisa barbuda, campesina y jovial de los santos románticos. El Compañero Salvochea abrió la puerta del camarote: Al extremo del corredor resonaba la perenne, disputa de los cinco españoles:

—Prim no ha hecho declaraciones republicanas.

—Aún puede hacerlas.

—No las hará.

—Don Juan Prim es un patriota.

—Y un monárquico rabioso que está en tratos con la Reina Madre.

—¡Baba de envidiosos!

—Si busca una solución monárquica, es natural que se entienda con las Personas Reales.

Paúl y Angulo enronquecía asegurando el triunfo del ideal republicano en España y Portugal.

—Don Juan dará un manifiesto.

El Capitán Estévanez pone acotaciones al margen:

—¡El ideal republicano! ¿Qué ideal republicano? Son muchos y contrapuestos los ideales republicanos. ¿República unitaria? Pues este cura no está conforme.

Y sacando un juego de bufas concordancias, saludó con una genuflexión al clérigo sin licencias. Saltó el aludido:

—El cura está conforme. Quien no parece estarlo es el simpático hijo de Marte.

—Mis ideales no son, no pueden ser, una República unitaria.

Vociferaba Tiberio Graco:

—Usted es un pimargaliano.

—Creo que soy un socialista federal. No estoy muy seguro.

El clérigo, entornando la puerta del camarote, se colaba por el rendijón:

—Es usted un hombre sano de espíritu y de cuerno, y con ese simpático optimismo se pueden profesar todas las utopías libertarias, sin contaminarse. Caballeros, la conversación es muy agradable, pero aún tengo que rezar el breviario.

Se desgañitaba Claudio Nerón:

—Una vez por todas reniego y maldigo de la revolución hecha por espadas. Temen al pueblo y quieren tenerlo en la puerta de las tabernas jaleando el paso de los soldados. Un pronunciamiento más, para que dirija una proclama a los españoles el hijo de Luis Felipe. ¡Que no acabe con toda esa canalla un cólera morbo asiático! ¡Una viruela negra! ¡Un rayo del infierno!

A lo largo del corredor alumbraban nebulosas candilejas de petróleo. La llama tenía un aire miope en el abombamiento de los tubos, gruesos como vidrios de linterna. El gigante eslavo aún permanecía en la puerta de su camarote. La figura, enorme, tocaba con la cabeza el dintel. El Compañero Salvochea, en el corredor, bajaba los ojos sobre el paso de hule. Le cohibían las interjecciones y sacrilegios con que los cuatro españoles apostillaban propósitos y discursos revolucionarios. El apóstol eslavo, en la puerta del camarote, asombraba los ojos alucinantes, bajo el ceño del evangelista:

—Ese violento, sin duda es tu amigo Paúl y Angulo…

—El mismo, Maestro.

—Presentí que lo era. ¿De qué maldice?

—Es el estilo nacional. La revolución española significa la protesta de todo un pueblo que exige buenos ejemplos en las alturas.

—Una revolución no es una bullanga romántica, ni un cadalso. ¿Qué fruto promete al pueblo español el castigo de su Reina? ¿Le concede libertades? ¿Establece el reinado de la justicia social? Vuestra Capeta, ajusticiada, es un episodio para figura de cera. Carlos Estuardo, Luis Capeto, María Antonieta, una cabeza más, las cabezas de todos los tiranos, no son un concepto revolucionario ni una filosofía política. Las nuevas revoluciones no son contra los reyes, sino contra la burguesía. Una revolución es como el soplo del espíritu eterno, que no destruye y no suprime sino por ser fuente de toda vida. La pasión de la destrucción es una pasión creadora. Urge educar al pueblo, imbuirle el sentimiento de la dignidad humana.

Enrojeció Salvochea:

—¡Para que no grite vivan las cadenas!

Fermín Salvochea, encendido de probidad revolucionaria, asentía a las palabras del apóstol eslavo, y entre sí acendraba íntimos votos de llevar al pueblo la buena nueva y convertir al paria en ciudadano. El ingenuo gigante, sonrojándose a su vez, recordó ejemplos de Rusia:

—El mujik también ama el látigo de los Zares. Hace miles de años que lleva llagadas las espaldas. Compañero Salvochea, en nuestra peregrinación por el mundo, aún oiremos muchas veces el grito de ¡Vivan las cadenas!

Sentíase el barco alegre y marino, con el ruido del mar por el costado y el crujir de las cuadernas. El Maestro salió del umbral de la puerta y fue hacia los disputadores, seguido del Compañero Salvochea. Con honrada simplicidad expresó su reconocimiento a Paúl y Angulo. El marchoso andaluz, ganado por la barbuda sonrisa, mudó del improperio menestral a fórmulas corteses de andaluz señorío:

—Yo soy el deudor: La deuda yo la contraigo, Maestro soy un entusiasta de sus ideales, y con esa exigua suma se me admite a colaborar en los futuros destinos revolucionarios del mundo.

Los otros compañeros, con diversos estilos, también expresaron sus sentimientos cordiales al gran revolucionario. El Capitán Estévanez, emocionado y francote, finchándose, solicitó del Maestro autorización para abrazarle:

—Ya estoy compensado del viaje.

Luego, el gran revolucionario, abrazó a los otros, y finalmente todos se abrazaron, sellando obligaciones fraternales, con un entusiasmo candoroso por el ritual del Triangulo. El apóstol, con un giro oriental, indicó su deseo de retirarse:

—En el mar no cantan los gallos.

Acompañaron al Maestro hasta la puerta de su camarote, y ungidos por la apostólica y barbuda sonrisa, reanudaron en el extremo del corredor las letanías revolucionarias. Fermín Salvochea, muerto de sueño, después de escucharlos un momento, se fue a dormir al sollado.

XVII

El Compañero Salvochea, en el momento de tomar la escalera, se sintió detenido. La Sofi, en cabellos, toquillón y enaguas, crispaba los falsos anillos, tirándole de la blusa, llamándole a un lado: Lívida, con cara de susto, espantaba los ojos explorando las sombras del sollado:

—¡No pases! ¡La muerte te espera! ¡Por tu madre, no pases! Yo estoy aquí con la orden de camelarte y ponerte indefenso en sus manos. La intención es matarte y robarte la bolsa de oro que llevas sobre ti. No me desmientas, que acabo de palpártela.

El Compañero Salvochea, con risueño escrúpulo, advirtió los corales del descote, la mustia flor de trapo que llevaba en el pelo la prójima:

—¿Tu hombre quiere matarme y robarme?

—¡Así es!

—Pero ¿indefenso?…

—Indefenso en mis brazos…

—¿Sin esa condición?

—No te le enfrentes esta noche, que muy fácil acontece una desgracia. Déjale venir contra mí y que desahogue la rabia primero poniéndome negra.

—¿Te enamora su mal trato?

—Nada me enamora, que le aborrezco.

—¿Por qué le sigues?

—Será mi destino seguirle.

—¿Por qué esta noche le desobedeces?

—¡Antes que hacer contigo papeles de mujer mala, prefiero la muerte! Tú me has mirado tan compasivo, que con gusto te hubiera contado todas las amarguras de mi perra vida. ¡Tú eres muy otra cosa de lo que dice esa ropa de marinero! ¿A qué marinero le confían un capital como el que tú llevas contigo en la hora presente? Ya que la bolsa te suena, págate pasaje de cámara. ¡Por tu madre, no pases! ¡No más lo dudes! Antes de separarnos permitirás que te bese la mano.

El Compañero Salvochea la vio de rodillas, el toquillón de estambre cayéndole por las caderas, la garganta consartales, la flor de trapo en el pelo, triste lupanaria. Le abrazaba trabándole las piernas, lívida, dramática: Con un escorzo epiléptico volvía la cara y espantaba los ojos en las sombras del sollado. El bulto de un hombre salió de improviso: El enorme facón que levanta lucía suspendido bajo la luna. La mujer, atrevida, convulsa, cortándose las palmas, se lo arrebata, y con remangue del brazo lo envía a las lunas del mar:

—¡Sin herramienta!

El Compañero Salvochea sucumbía en la lucha ronca y brutal con aquel hombre que le agarrota, que le hunde las rodillas en el pecho. Las manos de la mujer, tibias de sangre, corrían ligeras registrándole bajo la blusa. Dueña del bolso, escapa hacia la borda:

—Al mar lo tiro como no sueltes a ese hombre. Al mar se va conmigo como sigas apretando.

Las voces estridentes de la lumia alarmaron al coime, que, vuelta la cabeza, seguía apretando con una mueca forzuda y patibularia. De repente intuyó que acababa su fuero sobre aquella mujer con las carnes llenas de golpes: Su instinto erótico aleteó asombrado en una sima de resplandores románticos:

—¡Mujer sin alma, husmas perderme!

La mujer se vencía tanto sobre la borda, que ya no tocaba la cubierta con los pies: Enseñaba las medias listadas y los broches de las ligas:

—¡Ladrón, asesino!

—¡No ladres, gran maula!

El Compañero Salvochea debatíase con las uñas clavadas en los pulsos del facineroso. Corría por la borda la luz de un farol, y la mujer, pugnando por tirarse al mar, en lucha con el sereno del barco, llenaba la noche de gritos. Enredado por los flecos flameaba el toquillón, y perseguido por los gritos de frenética, pegándose a la amura, escurríase el coime. El Compañero Salvochea, desconcertado, confuso, probó a incorporarse. Dolorido de la garganta, el pecho con angustias, la frente con fríos sudores, anublándosele los ojos, vio el mar en un plano oblicuo, y la obra muerta con la luna, y la blanca mujer en cabellos colgando por las enaguas. Se desmayó en un tumulto de luces y de voces. Recobró el sentido sobre una litera. La ancha sonrisa barbuda del gigante eslavo le acompañaba.

XVIII

El vigilante nocturno, con una mano sobre el cuello de la frenética y la otra levantada con el bolso de oro, testimoniaba ante el piloto de guardia:

—Pasaje de Gibraltar. Rol de tercera. Viaja en compañía de un amigo. Hubo disgusto y, desesperada, ha intentado tirarse por la borda.

El piloto cargó la pipa, se la puso en los labios, le dio fuego, tragó el humo dos veces y estiró las piernas:

—¿Y el amigo?

—Largó escota.

—Pues hay que buscarlo.

—A lo que parece, la desavenencia estuvo en esta bolsa.

El piloto recogió las piernas, al mismo tiempo que se retiraba la pipa de los labios para interrogar a la desesperada en un chapurreado de fantasía:

—¿Es tuya la dinera?

¡No! Se la robé, a un santo del cirio.

El vigilante nocturno, redujo el hecho a raíces prosaicas:

—Se la robaron a un español, ésta y su coime.

Saltó la rubiales, los ojos ardientes de luces adivinas:

—¡Yo sola se la robé, y no ha sido por menos que por salvarle la vida! El propio interesado no diría cosa diferente. Pregúntenle, si por suerte no la diñó a manos de ese satánico, que cuanto más goza es cuanto más negro tengo el cuerpo por su maltrato. Pregúntenle, si es vivo. ¡Que le pregunten de mi culpa! Sobre la borda, por la bajera, me salvó de la muerte este bárbaro. Pregúntenle por quién daba mi vida tan desesperada.

En la puerta del camarote apareció el médico de a bordo, tocándose la visera. Bajo el brazo sostenía un estuche con instrumental:

—¡No ha hecho falta nada! La cosa estuvo seria. Un intento de estrangulación.

El piloto volvió a ponerse la cachimba en la boca y a estirar las zancas. Sacó el revólver que tenía en el cajón de la mesa, sobre la caja de puros habanos, y lo descargó escrupulosamente. Con el mismo reparo y parsimonia, volvió a incrustarle los siete balines. Ordenó perentorio:

—Un cabo con dos hombres. ¿Quiere usted acompañarme, doctor? Voy a poner en la barra al amigo de madame.

La clamorosa cruzó sobre la cadera las puntas del toquillón y accionó con una mano:

—Señor míster, a una servidora usted le pone grilletes, la encuelga de un palo, pero la remite de ir a la barra en pareja con ese moreno. ¡Sorda me quiero antes que oír el relato de sus textos! ¡Ciega antes que verle! Usted, señor míster, me carea con el dueño de la bolsa, y que ese santo me acuse. Primero de todo, séame devuelta la bolsa para que a la presencia de todos ustedes una servidora se la entregue.

Cortó el piloto humorísticamente:

—Usted y la dinera quedan depósitos sobre la mesa, con un guardia de guipo, hasta el vuelto de mi. ¡Andando!

Del mamparo de la cámara despegaron dos bultos con carabinas, el farol del condestable y una bocamanga galoneada. Ritmo de marcha y vaivén de la bocamanga.

XIX

El tunante, agatado entre fardos en el oscuro de la bodega, atacaba la boca de un trabuco, el ojo atento a la escala del escotillón. Por allí llegarían a prenderle. En la oscuridad, dispersando a las ratas, alumbró una linterna. En el vértice del cono luminoso negreaba la minúscula figura de un vejete con paletó y gorra de músico:

—¡Indalecio, no te juegues la vida!

—¿Cómo usted aquí, Don Teo?

—Te sigo los pasos.

—¿Que usted ha entrado cegándome? A otro con ésa. Usted, Don Teodolindo, solfeaba algún negocio entre estos fardos.

—Mi solfa es darte un buen consejo. Estás, hijo, en una ratonera, y con la resistencia agravas un hecho que en sí no es nada. Dos hombres que riñen ciegos por una mujer. He procurado enterarme, y al interfecto, en el término de ocho días, no le quedan ni señales del daño. Te arrebataste cuando has visto que la mujer de tus delirios recibía el bolso de dinero. Ésa es tu defensa, Indalecio. Buena defensa, si no te dejas envolver. Todo lo más, un mes a la sombra, cultivando relaciones con la mejor sociedad de Inglaterra.

—Para ser así había usted de presentarme en un plato la lengua de la Sofía. ¡Don Teodolindo, esa viperina me delata!

—¿Porque te aborrece?

—Así es.

—¿Busca perderte?

—¡No es otro su deseo!

—¿Concertaba fugarse? ¡Abandonarte! ¡Hundirte un agudo puñal en el corazón de cal y canto! ¡Otra mujer de Putifar!

—Sí, señor, y tómelo usted a soflama.

—Indalecio, esa historia hace época en los Tribunales de Albión.

—Don Teodolindo, usted no cuenta con mi genio. Seré una mala cabeza, lo que usted quiera, pero me sobra dignidad para dejarme conducir a la barra como un manso cordero. Los primeros que asomen por esa escala, palman.

—Y de una culpa honrosa, según habíamos convenido, te haces reo de muerte. Indalecio, olvida, las matonadas y sé hombre de provecho. Considera que estás llamado a un cambio de fortuna. Mira que nos regeneramos si sale el negocio de Londres. ¡Y tal como está planeado, no falla!

—¡Yo voy a ciegas!

—Según lo entiendas.

—¿Qué se me ha dicho? Que al desembarque recibiré el diario de una esterlina, y que usted me dará la consigna.

—Pues ya sabes bastante. Una libra esterlina para darte postín, y pagados los gastos de hospedaje tuyos y de la Sofi.

—¿Y por cuánto tiempo ese bizcocho? ¿Se me ha dicho? ¡No se me ha dicho nada! Las esperanzas de usted no son las mías. Usted conoce a fondo el cúrelo, y un servidor va a ciegas.

—¡Indalecio, no te hagas el guaja! ¡Tú sabes demasiado!…

—Lo que usted y el otro socio han querido decirme. Que se va sobre un negocio de contrabando.

—¿Eso le han dicho?

—¡Eso!

—Recuerda algo más.

—Usted me preguntó si había cosa que se me pusiese por delante.

—¿Y has respondido?

—¡Que no la hay! ¡Porque no la hay! ¡Usted pronto va a verlo!

—¡Aquí no! En Londres, Indalecio… Ese trabuco lo descargarás en Londres…

—¿Contra quién?

—Lo sabrás a su tiempo.

—¡Contra Prim! El día que embarcamos tuvo un sueño la Sofi.

—Indalecio, no delires con grandezas ni te guíes sobre los infundios de la Sofi. No son para nosotros esos honores. Un crimen político, para las mismas familias no era una deshonra, tendríamos defensores en la Prensa. En caso, el golpe había de estudiarse despacio, con planos del terreno. ¡Tú no sabes cómo se trabaja en Londres! En el día, uno de los más finos planistas de aquella plaza es un español por todos reconocido como la primera cabeza. Esa visita tenemos que hacerla. Entrégame el trabuco, lo esconderé entre estos fardos. Ahora salimos, vas a la barra, y fumando un cigarro y cantando playeras aguardas a que te cumplimente el piloto de guardia.

—¡Tampoco estaría mal el golpe!

—Dame el trabuco. Lo descargarás en Londres. Ten presente que eres un amante celoso, un tipo de novela. Eso da categoría.

—Asegure usted la lengua de la Sofi.

—Le hablaré al alma.

—Que esa tía mundana declare cómo el gilí, para camelarla, le hizo tomar la bolsa al peso, y mi pena no es ninguna.

—Me alegro que lo entiendas.

—Vamos.

—No es prudente que me vean contigo. Echa tú por delante.

—Se pierde usted de oír un buen tenor en la barra.

Fue a tientas hacia el reflejo de luna en el escotillón, y gateó por la escalera. Se le oyó cantar con estilo de trémolos menestrales.

A tus plantas rendido vivía,
con tu imagen en el corazón.
¡Y tu pecho de nieve escondía
para mí la más negra traición!

XX

El melodramático chulapo cantó toda la noche en la barra. El piloto, que en el camarote de cubierta escribía las diligencias, se quedaba escuchándole con la pluma suspensa. El doctor, sentado en el diván de gutapercha, cabeceaba espabilándose por momentos súbitos, entre dos compases. La Sofi, con aire lánguido de tísica ardiente, se recogía el toquillón sobre los hombros, se alisaba las ondas, escupía en la punta del moquero:

—Ya puedes dar el do.

Interrogó el piloto:

—¿Ser cante jondo?

—No, míster.

—¿Andaluz?

—Por todas partes se canta.

—¿Gitano?

—Habanero.

—¿De los negros?

—Y de los blancos.

El doctor, a una guiñada del barco, se despertó batiendo con la cabeza en los tableros. El piloto empezó a descargar la pipa golpeando la mesa:

—¿Doctor, usted se duerme?

—¡No me deja ese canario romántico!

—¿Tiene usted redactado el parte?

—Lo redactaré mañana.

—Haremos la indagatoria entre los españoles amigos de la víctima. A ser posible, las diligencias deben pasar ultimadas al compañero que entre de guardia.

La Sofi oía con los ojos. Instintivamente se puso en pie al borde de la banqueta de hule, el cuello lívido brillante de sartas, mal prendida en las ondas del pelo la flor de trapo.

—¿Van a carearme con ese santo del cielo? Míster, que usted se vea recompensado.

El sereno tomó su farol y salió alumbrando, la mano libre sobre el cuello de la prójima. La disputa de los españoles resonaba a babor, en el pasillo de primera. Habían sacado banquetas a la puerta de los camarotes y fumaban en camisa y calzoncillos para estar frescos. Una voz tronaba contra el nombre de Prim. La histérica mujer se santiguó, brizada por las imágenes de aquel mal sueño que había tenido, frente a las luces de Gibraltar. Un sueño dramático, salpicado de sangre como estampa de novela por entregas. El trabuco del amante, que ella había pasado bajo las faldas, comparecía en una rueda de puñales, puesta de medio la gorra del moreno. El trabuco sacaba un baile. ¡Vueltas, vueltas, vueltas! La gorra, puesta de medio lado sobre la boca del cañón, salía disparada. Se despertó, y al removerse —lo recordaba—, le saltó de encima una rata. Juntaba los enigmas del sueño al enigma de aquel pasajero vestido de blanco, con cadena luciente en el chaleco. Reclinada en la borda, con un clavo de dolor en las sienes, le había visto hablar secretamente con Don Teo. Por alguna palabra indujo que el negocio que tramitaban era de compromiso, y no menos que la muerte de un hombre. La Sofi, en el primer momento, no experimentó ningún sobresalto, triste, desidiosa, razonable. Después, aquel pasajero vestido de blanco daba cuerda al reloj de oro, que cantaba haciendo la rana. Luego, Don Teodolindo le pagaba unas copas a Indalecio. Como aún le duraba la ceguera, entonces fue el sobresaltarse. ¡Y tan mareada! ¡Y tan mareada! ¡Con el dolor fijo en las sienes! ¡Todo a dar vueltas!

—¡Ay mi madre!

El sereno no pudo sostenerla. La Sofi, golpeándose, rechinando los dientes, cayó convulsionada. Entre el desgarre de las ropas palpitaba la carne desnuda y lívida, con un furor de mal sagrado. Frenética, torcía la boca con un alarido espumante. La sujetaron brazos forzudos. El doctor, gesticulando, pedía a todos una cuchara para ponérsela entre los dientes y prevenir que se tronzase la lengua. El pasaje asomaba en las puertas. Una señora con papillotes y peinador de lazos ofrecía su frasco de sales. La Sofi, pasados los primeros furores, estrangulaba risas incoherentes. Exánime, la pusieron en una litera. Movía la cabeza sobre la almohada con acelero obsesionante. La señora de los papillotes le aflojó las enaguas, mientras advertía a los hombres que no mirasen. La Sofi, desmelenada, lívida, muy azules los ramos de las venas, trascendía un encanto melodramático de figura de cera. El doctor se puso intratable y la dejaron sola. La de los papillotes, que removía la poción antiespasmódica, pasó el vaso y la cucharilla a una enfermera y se retiró majestuosa:

—Me alegraré que se mejore. ¡Buenas noches!

La Sofi, desvelada, sentía el balance y el rodar de las olas por el costado. Era un saltar alegre, con rumores como palabras. Muchas veces hablaban en las olas muchas almas: Almas de mujeres afligidas, negras por los golpes de sus enamorados: Mujeres como ella, fatigadas de llorar penas en el mundo. Un dolor de pensar, incoherente y difuso, le taladraba las sienes. ¡Todo tiene un fin! ¡Todo para en la muerte! Todo se acaba. El amor más a prueba se acaba. En el fondo del mar, los más grandes infortunios tienen remedio. Se develaba. La puerta y el ojo de buey estaban abiertos para que se renovase el aire del camarote. La enfermera roncaba con ceremoniosos saludos. Dos alegres pasajeros cruzaban el pasillo:

—¡Tenemos un tenor en la barra!

XXI

Eran ley para mí tus antojos.
Yo vivía rendido a tus pies.
¡Me miraba en la luz de tus ojos,
esos ojos que son dos quinqués!

El Capitán Estévanez parodiaba con gracejo el alarde del valentón que no dejaba de cantar y tenía en vela al pasaje de tercera:

—¡Más éxito que Tamberlick en Puritanos!

Sentenció Paúl y Angulo:

—¡Que le pongan una mordaza!

—Tendríamos una revolución a bordo. Se ha hecho el amo del sollado.

Maduraba el Capitán Meana:

—Y es el caso que yo conozco a ese punto.

Comentó Estévanez:

—Parece un chulapo romántico, que son los peores. ¡Vaya repertorio de polcas y habaneras, sembrado de besos ardientes, corazones, puñales y celos!

Paúl y Angulo se limpiaba los ojos, ligeramente enrojecidos, y volvía a ponerse las gafas azules.

—Un Espronceda de Ceuta.

Estalló el Capitán Meana:

—De Ceuta le conozco. Sirvió en el Fijo. Estuvo en la banda.

—¿Estás seguro?

—Segurísimo. Estos tiempos navegaba por los cafés de Madrid. Tú también le conoces, Nicolás. El guitarrista del Minerva.

—¡El melenudo!

—¡El melenudo!

—¡Pues mucho ha cambiado!

—Le he tenido en filas sin adornos capilares y no se me despinta. Ya entonces se pasaba los arrestos cantando ese repertorio.

—Hubiera estado bien darte a conocer. Seguramente le hubiera parado un poco. ¿Fermín de qué le conoce?

—No le conoce.

—La cosa iba de veras.

—¡Y tanto!

—¿Cuál ha sido la declaración?

—Un infundio para salvar a esa pareja de pícaros.

—¡Qué absurdo!

Sentenció Paúl:

—Muy de Fermín.

—Pero ¿qué ha declarado?

—Que la prójima recogió la bolsa con el santo propósito de entregársela.

—Se le había caído.

—Se supone. Al tomarla recibió un golpe, cayó y no sabe más.

El apóstol de la revolución universal se llevaba un dedo a los labios:

—¡Un poco más bajo! De todo se entera. Comparto su escrúpulo de no meter en la cárcel a esos desgraciados: En la cárcel no se harían mejores.

Paúl y Angulo esforzó la voz con jocoso imperio:

—Fermín, procura dormirte y no seas pelmazo.

Se oyó la voz mustia del Compañero Salvochea:

—¿Y vosotros qué hacéis toda la noche sin acostaros?

—La noche ya se fue.

—¿Amanece?

—Amaneció.

La Sofi asomaba sigilosa y descalza:

—Permitirán ustedes que me explique con ese santo.

Sorpresa, dudas, recelos. Todos miraban a la prójima que, descalza, mal ceñidas las enaguas, envuelta en el toquillón, apoya el hombro en el tabique del pasillo y se lleva una mano a la frente. Paúl y Angulo murmuró en sordina con guasa chispona:

—¡Una artista! ¡Ésta canta La Traviata!

La mujer se despegó del tabique:

—Para ustedes soy una grandísima ladra… En sus caras lo leo. Ladra, otras veces lo habré sido, y una esclava de ese mala sangre para todo lo peor.

El Compañero Salvochea salió de su camarote, en mangas de camisa, abrochándose los tirantes. Un vendaje blanco en torno del cuello le sujetaba las compresas de árnica:

—Dice verdad. La vida me ha salvado.

Se animó la prójima con una vibración popular y dramática:

—Y si no acude el vigilante, con los peces está la Sofi.

Paúl y Angulo, en lucha con las tiernas efusiones del mosto jerezano, se mostró cruel:

—¡Una Ristori!

La Sofi le miró con indiferencia:

—¡Una desgraciada! Caballeros, ustedes me dispensen que les haya molestado.

Recogido el toquillón bajo el codo y apuntando con dos dedos, dio a todos la mano, despidiéndose en rueda. Tenía una gracia marchita de costurera provinciana que lee novelas y anda de bailes. Al Compañero Salvochea, último en el turno de la despedida, le sofocaba el sobresalto de que la prójima intentase besarle la mano. Se la representaba sobre cubierta, tísica, ardiente, rodeándole las rodillas con los brazos desnudos, el pelo suelto y la flor de trapo en el pelo, como una Dama de las Camelias. La recordaba bajo el cielo de marinos luceros, y la penosa incertidumbre, la sensación de que había procurado trabarle las piernas de acuerdo con el amante, volvía de lo inconsciente, avergonzándole. La lívida mujer solamente le alargaba dos dedos entre los flecos del toquillón:

—¡Santo del cielo, usted sabrá mucho, pero usted no sabe de la misa la media, y ha declarado muy malísimamente queriendo redimir de la cárcel a un negro de la Guinea! Al alma que tiene, a una servidora le pica la nuez. Diga usted que tanto se me da de la vida como de la muerte. Y en el fondo del mar no hay penas.

Balbuceó el Compañero Salvochea:

—¿Qué teme usted? ¿Que la asesine?

—Naturalmente. Una servidora, al esquiciarse con el bolso para librarle de cometer una muerte, de más sabía lo que se buscaba. No se hable más. ¡Con Dios todos!

Paúl y Angulo levantó una mano sobre la cabeza de la Sofi:

—Quédese usted aquí.

La lívida mujer le clavó los ojos:

—¿Para qué?

—Para estar defendida.

—¡Si no me mata a borde, me mata en el muelle!

—Creo que no le sacarán de la barra, pese a la favorable declaración del amigo Salvochea.

—¡Veremos la chiripa que me cae!

Se alejó desgonzada por los balances, tocando con los hombros las paredes del pasillo. Salvochea, atemorizado por aquellos agüeros, corrió a detenerla, alcanzándola al pie de la escala. Balbuceó, ruborizándose:

—Quédese usted.

La Sofi cayó de rodillas:

—¡Aquí no permanezco!

—¿Por qué?

—¡Tu vista me mata!

Fermín Salvochea volvió a sentir los brazos desnudos apretándole las rodillas con un afán amoroso. Le reprendió:

—¿Quieres hacerme caer?

—Por segunda vez. ¡Dilo! ¡Acaba! Me estás mirando todo fijo y no sabes leerme. Es verdad, como estoy a tus plantas, que cuando vi el puñal levantado pensé que tu sangre me cubriese. Fue un querer y no querer. Entrar y salir del deseo. ¡Un rayo por una ventana, aquel pensamiento! Y solamente me quedó la firme voluntad de salvarte. Ya lo sabes todo. Ahora dame con el pie como a mi perro.

El Compañero Salvochea tenía una expresión agitada y confusa. La lívida mujer le miraba, y sentíase sobrecogido ante el enigma de aquellos ojos, asombrado de responsabilidades puritanas, rígido y dogmático. La llama de lujuria que ardía en los ojos verdinos de la desafortunada mujer le daba miedo. Experimentaba un sentimiento confuso de antipatía, de terror y de lástima. Alargaba el tiempo sus momentos. No supo cómo, le dio la mano para levantarla. Pero al verla resistir, sollozando humildemente, comprendió que estaba en la obligación de ser humano, y al reconocerse culpable experimentó un gran consuelo. En el otro extremo del corredor tronaba irónico Paúl y Angulo:

—El demagogo de Judea no rechazó a la gachí de Magdala.

El Compañero Salvochea se ruborizó sonriente:

—Imitemos al Maestro.

La señora de los papillotes bajaba envuelta en un abrigo de pieles. Venía de cubierta. Con apresurado taconeo penetró en su camarote, y un momento después reapareció batiendo las palmas:

—Garçon! Garçon!

Era una morena ajamonada y muy flamenca. El Pollo de los Brillantes asomó en la puerta vecina:

—¡Mucho ha madrugado usted, Doña Baldomera!

—¿Es que ha podido dormir alguien esta noche?

—Un servidor no lo ha hecho mal.

—¿Que usted ha dormido?…

—Como un patriarca. ¿Acaso había alguna razón para permanecer en vela?

—¡Menuda!

—¿Qué ha sido ello?

Doña Baldomera se puso la mano en la boca, apagando un cuchicheo:

—No hable usted alto.

El Pollo se asomó con soflama marchosa:

—Diga usted.

—No es momento.

—Está usted misteriosa.

—Hay moros en la costa. ¡Un broncazo que a poco se matan dos pasajeros!

—¿Y eso le quita a usted el sueño?…

Doña Baldomera jugó los ojos con garabato:

—No hable usted alto. Todo ha venido por esa rubia…

—Son el diablo ustedes, las mujeres.

—No generalice, Don Pepe.

El Pollo disimulaba su alarma liando un cigarrillo, con los ojos de rana sobre la Sofi.

Apuntó despectivo:

—Conozco a esa rubiales.

—¡Menudo punto está usted!

—La conozco como aficionado al género andaluz.

—¿Es bailarina?

—Y no está mal. Es una estrella del Café Minerva.

—Tiene un chulo.

—El chulo es carta forzada.

—Pues el chulo es el de la bronca. Ha querido matar a un pasajero.

—Sin duda se la pegaba la niña.

—No está claro.

—Esas cosas nunca están muy diáfanas.

Doña Baldomera gachoneó los ojos:

—¡Mire usted qué cuadro!

La Sofi se despedía. El compañero Salvochea, confuso y avergonzado, le rehuía las manos a la despenada estrella del género andaluz, que con el toquillón resbalándole por los hombros, intentaba besárselas.

XXII

Indalecio enronquecía cantando en la barra, y el pasaje de tercera anovelaba comentarios del mejor estilo popular y folletinesco: Indalecio aparecía con un prestigio de jaque enamorado. Aquellas polcas y playeras, de un romanticismo menestral, encendían candilejas de melodrama. La Sofi, recogida al extremo de un banco, arrebujada en el toquillón, pálida, con un clavo en las sienes, cerraba los ojos sumida en irritado silencio. Don Teo, corcovándose con arrumacos de gato viejo, vino a sentarse en el banco. Se ladeó la gorra de músico, arrugando una sonrisa capciosa:

—Ese mala cabeza…

La Sofi se incorporó con adusto remangue y fue a reclinarse en la borda. El vejete la siguió garatusero. Se le encaró la prójima con un gesto trastornado:

—¿Va usted a dejarme?

—¡Pero niña!

—¡Que tome usted soleta!

—Recapacita, Sofi.

—He recapacitado.

—¡Muy bien! Eso quiere decir que has reflexionado. ¡Muy bien! Has reflexionado. Te haces cargo de que estamos en país extranjero, sometidos a las leyes de Albión. ¡De Albión, niña, que no son las leyes españolas!… Que se te quite eso del moño. Sofi, nos conviene a todos un rato de miramiento.

La Sofi se despegó de la borda, recogiéndose el toquillón:

—¡Eso, antes!

—No te falta razón. Yo soy un juez imparcial.

—Tengo el cuerpo negro de golpes.

Don Teo bajó la voz:

—Y sin embargo, ciega por ti ese trueno.

—¿Que ciega por mí?

—Y tú por él.

—Yo le aborrezco…

—Porque no has reflexionado bastante. ¿Puedes olvidar cómo alguna vez se ha comprometido para sacarte de la ratonera?

La prójima se cruzó el toquillón con la cara hecha una lumbre:

—¿Y quién me había metido en ella? ¿Quién me procuró la llave falsa? ¿Quién me había sacado el molde? Ese malvado se aprovechó de mi ceguera.

—Otro te hubiera dejado en las astas del toro. Inda, no puedes olvidarlo, se ha portado como un caballero.

—¿Qué hizo?

—Cegar a la poli. La ingratitud no está bien en ningún momento.

La coima se arrebató:

—¡Cegar a la poli! ¡Sinvergüenza! Hacer el cabestro para que me acostase con el Comisario. ¡Y luego, llamarme pingo y ponerme negra!

Don Teo abrió los brazos:

—¿Y en esa conducta no se manifiesta un volcán de amor? ¡Mentira parece que así te obceques! Ahora hay que no irse de la lengua y proceder con decencia: La bolsa estaba en tus manos porque te la había dado ese otro punto para camelarte.

La prójima tenía los labios blancos y apretaba los dientes:

—No diré ninguna cosa que no sea cierta.

Don Teo se arrugó, enseñando el diente limoso:

—¡Pero si es la chachipé!

—¡So sinvergüenza!

—¡Niña!

—¡Quiero redimirme!

—¡Pero, hija de mi alma, ésas son novelas!

—¡Querer salirse del mal camino no es novela!

—¡Pura novela!

—¡Cambiar de conducta!…

—¡Purita novela!

—¡La Sofi que usted ha conocido se ha muerto!

—No seas histérica.

—¡Usted lo verá!

—¡Reflexiona! ¡Ten miramiento! Sobre esta cubierta nos hallamos en país extranjero, sometido a las leyes de Albión. Ciertos pleitos no deben ventilarse fuera de la patria. ¡Todo el pasaje se pronuncia por Indalecio!

—¡Nada se me da!

—Una palabra tuya puede salvarle.

—¡Pues no la diré!

Don Teo le clavó los ojos, atenazándola por un brazo:

—¿Sabes lo que te juegas?

La Sofi se desprendió con huraño remangue:

—¿Acaso la vida?

Don Teo sesgó una sonrisa de burla insolente:

—La vida es una cosa muy seria. No voy tan lejos. Con todo, no sería extraño que viendo a ese trueno entre rejas entrase contigo un remordimiento que te secase.

—¡Tío marrajo!

El vejete se arrugó con melindre puritano:

—Hablas de volver al camino recto. ¿Pero cuál es el camino recto? ¿Lo sabes acaso? ¿Puede ser el camino recto meter en la cárcel a ese chalado que canta en la barra? Óyele cómo matiza. Para ti son todos esos trémolos. ¿Es posible que no te conmueva? ¡El camino recto! Para una mujer sensible, el camino recto sería salvarle de la condena que tiene sobre su cabeza.

La Sofi tenía los labios convulsos y una expresión de agotamiento dolorosa y apasionada. Pegó el rostro a la borda, reprimiendo un sollozo:

—¡Tendrían que arrancarme la lengua!

Don Teo sonrió con sarcasmo:

—El llanto te hará bien. ¡Ni tú ni nadie sabe cuál es el camino recto!

XXIII

—Garçon! Garçon!

Doña Baldomera apareció sobre cubierta: Corría tras un camarero, le llamaba sofocada: Pudo alcanzarle y le apremió a recibir el lío de una manta que traía en correas. Hablando a gritos, le ordenó que inmediatamente la llevase al desgraciado que iba a morir entumecido en el cepo. El camarero, con flemática impertinencia, puso el lío en un banco, y oponiendo el pretexto de otras obligaciones, trepó a la toldilla. Doña Baldomera se desbocó con despechada y pomposa perorata, condenando la grosería de los camareros ingleses. Algunos pasajeros mostraban su asentimiento. La jamona, interrumpiéndose, corrió al procuro de la manta, que rodaba sobre cubierta. Se le adelantó con apremio galante el relojero marsellés. Doña Baldomera le sonrió jugando los ojos:

—Oh, merci!

—Parlez-vous français, madame?

—Mais oui. Je le parle bien.

Doña Baldomera, voluble y verbosa, contó que su padre, un grande hombre, uno de los más famosos escritores españoles, la había hecho educar en las Ursulinas de Montparnasse. Conocía la vida francesa: Sus mejores recuerdos, sus mejores amigos, los tenía en Francia. Francia era para su corazón como una segunda patria. ¡Oh, qué gran pueblo!

El marsellés sonreía con fatua complacencia. A su lado revolaban las greñas del calmuco, que reía muecas de agresivo desdén:

—Se pavonea usted de un modo absurdo, como si llevase en el vientre todas las victorias napoleónicas.

El relojero volvió la cabeza con lentitud farolona:

—Amo a mi patria. Usted acaso no puede comprender ese sentimiento.

Al calmuco se le aguzaron los ojos aviesos y burlones:

—Lo comprendo, pero no lo comparto. A mí sólo me interesa la causa de la Humanidad. Lo que usted llama amor patrio es para mí un sentimiento burgués y criminal causa de todas las guerras entre naciones.

Se llenó de suficiencia el hijo de Marsella:

—El amor patrio es como el amor a la madre. ¡No se discute!

—Todo eso es mala retórica.

Aspaventóse Doña Baldomera:

—¿Pero usted no ama a su patria?

—Mi patria es toda la tierra.

—¿No es usted ruso?

—He nacido en ese país de esclavos, pero he renunciado al honor de ser súbdito del Zar.

Se infló el relojero:

—¡Si usted hubiese nacido francés, no renegaría de serio!

El calmuco le miró fríamente:

—¿Cree usted que su Emperador vale más que el Zar?

Coqueteó Doña Baldomera:

—Comprendo que no quisiera usted ser inglés. Yo tampoco. Inglaterra es un país antipático. ¡Qué hipocresía en las costumbres! En Londres los hombres se mueren de hambre y de frío en las calles, pero, en cambio, no faltan sociedades protectoras de animales.

El calmuco reía atiplado y sarcástico:

—En Inglaterra todo el mundo tiene un poco alma de solterona.

—¡Es verdad! ¡Usted los conoce! Sólo se enternecen leyendo novelas. ¡Todavía no he conseguido un poco de café caliente para ese infeliz que va en la barra!

El marsellés inquirió, acariciándose la barba, anublado por una sombra de celos:

—¿Se interesa usted mucho por su compatriota?

Doña Baldomera le flechó:

—¡Oh, sí!… ¡No puedo ver una lástima! ¿Quiere usted acompañarme? Los golpes de mar le han calado hasta los huesos, y le prometí con qué abrigarse.

Doña Baldomera no dejaba el juego de ojos. El marsellés tomó el rulo de la manta por el asa de cuero, y, dándole gran aire, se infló con generosa suficiencia:

—¡Su compatriota no tiene mala escuela de canto!

XXIV

Indalecio, lívido con la fatiga de la noche en vela, la ropa pegada a los huesos, chorreando agua, parecía un cuervo mojado. Adoctrinábale Don Teo con patético sermón que el chulo contradecía exasperado y afónico:

—¡A esa maula le pico la nuez!

—¡Estás ciego! El hombre que no sabe capear la vida es un primavera, y tú, con esas melopeas, te declaras juguete de las pasiones, pipi de Real Orden. Ni una mujer, ni cien mujeres, ni todo el ramo femenino reúnen méritos para que un hombre hipoteque su cabeza.

—¡A mí esa tía no me hace de menos!

—¡Si fuese tu legítima consorte, aún!… ¡Pero tratándose de un apaño!

—¡Una hora libre para beberle la sangre!

—¡Es un por demás!

—¡Que pueda agarrarla por los pelos y darle lo suyo!…

Don Teo se arrugaba con una mueca sarcástica:

—¡La Sofi a la tumba fría y tú a la horca! ¡Vaya tragedia!

—Si usted no lo comprende, será porque haya nacido para cabrón.

—Inda, te vas de la lengua, y no sabes agradecer un consejo. La Sofi, estaré yo ciego, no me parece que reúna encantos como para justificar esa obcecación criminal.

—¡La Sofi es una diosa!

—Y tú un artistazo. La has idealizado y no eres capaz de la fría reflexión.

—¡Beberé su sangre! ¡Así, bebería, y después me quitaré la vida!

Don Teo se ladeó la gorra de músico, y se rascó la sien con un gesto cínico, madurado de filosofía estoica:

—No lo hagas sin dormir con ella una noche. Puede ser que se te vuele ese acaloro criminal.

Indalecio le miró con los ojos desorbitados:

—También lo he pensado. ¿Imagina usted que no lo he pensado? Pero la mataré primero.

Saltó, inmutado, el vejete:

—¡Eso, no! La camelas. Y si después de la dormida te queda algún resquemor, le das a la diosa para el pelo. ¡Lo justo, nada más que lo justo!

El chulapón rechinaba los dientes:

—¡Usted me aconseja como si menda fuese un cabra!

Don Teo alzó los hombros, dándose un castañetazo en la visera de la gorra:

—Te aconsejo para que no seas un delincuente. Camelas a la diosa, la conduces al catre, y después del himeneo, la dejas con un corte de mangas. ¡Ésa sería una faena de órdago!

Indalecio agachó la cabeza:

—Esa faena tampoco estaría mal… Pero la otra… La otra… Lo he pensado, y ya no tiene remedio.

Se atufó el vejete:

—¿Cómo que no? Primero la tanteas llevándola al catre.

—Primero la mato… ¡Y aluego me la masco a besos!

—¡Vaya programa!

El chulapo estalló en un sollozo:

—Esa arrastrada será mi perdición. No crea usted que me pesa morir por ella. Es un final de mi cuerda.

—¡Vamos, que te has propuesto ser un héroe de novela!

Indalecio se bebía una lágrima:

—¡Le pico la nuez! ¡Me mato! El corte de mangas que usted me ha propuesto se lo hago a esta perra vida.

El vejete enseñaba el diente verdino, con una risa solapada:

—¡No te comprendo! Tienes a la diosa negra de golpes, parecía que no te importase, y ahora esos calderones. Te creía más filósofo, y más veterano en el conocimiento del bello sexo. ¡Me admira tu virginal inocencia!

Bramó el chulapón:

—Hable usted por derecho y sin derrotes.

El vejete se arrató con un guiño de compadreo:

—¿De veras te sorprende la conducta de la diosa? ¿Pero es que te sorprende?

El chulapo espumajaba de rabia:

—¡Usted tiene conocimiento de alguna zorrería de la Sofi!

Don Teo le guipaba con un párpado alicaído:

—¡Inda, deja esos papeles!

—Y usted el veneno.

Don Teo se arrancó ladeándose el quepis:

—La Sofi te ha ganado más de un duro haciendo señores.

—¡Falso!

—Ella propia me lo ha contado.

—Pues ella miente.

—¿No se la has propuesto al Comisario de la Latina?

—Y aunque así fuese. Pudo venir esa carta forzada. Pudo salirme de los redaños, y hasta pudo suceder que la obligase con dos patadas. No es el caso presente: Entonces no hacía su gusto, sino el mío.

—¿Y ésos no son cuernos?

—No lo son, porque no media engaño, y la mujer no se divierte, ni hace al hombre de menos. Si usted no lo comprende es porque nunca ha pasado de ser un mandria, un sufrido sin mano para gobernar a las mujeres.

Don Teo saludó con reverencia burlona, sacándose un botellín del paletó:

—Inda, ofendes mi dignidad, pero soy magnánimo, y te convido a un trago.

Destapó el botellín, y puso el gollete en la boca de Indalecio. Al retirarlo, el chulapo le miró colérico.

—¡Ni me ha mojado la garganta!

—¡No seas ansioso! Ahora le toca a un servidor.

Bebió con los ojos entornados: Al acabar se tumbó con el botellín sobre el corazón, sonriendo soflamero, bajo el chaparrón de invectivas que le lanzaba Indalecio.

Se incorporó, le dio otro tiento al botellín, y vuelta a tumbarse. Lentamente se le fue mudando la sonrisa en una pena lela y lacrimosa:

—¡Inda, te amo como un padre!

XXV

Se oyeron los gorjeos de Doña Baldomera: Pechona y rozagante, apoyada en el brazo del relojero, tenía un mecimiento de oca. El marsellés, suspendida la manta por el asa de cuero, sacaba el vientre como una proa triunfante. Detrás asomaban algunos pasajeros de tercera. Caras curiosas: Expresiones de burlas y lástimas. Se oía el avispero de sus voces: Hablaban y reían al mismo tiempo. A la cabeza, dando humo de la pipa, la hopalanda flotante, la melena al viento, venía el apóstol de la revolución universal: Los ojos azules del gigante traslucían una expresión piadosa y exaltada: A su lado el escuerzo calmuco arrugaba las cejas, y ponía los atisbos sobre Indalecio: El Boy permanecía en solapado silencio, las cejas obstinadas sobre las pupilas en acecho, la boca contraída por un gesto de recelo, todo huido y como disimulado en el desmedro de su figura. Indalecio torcía los ojos sobre Doña Baldomera: El chulapón, lacio y desmayado, chorreaba agua salobre, y la jamona animábale con verboso desgarro, al mismo tiempo que le tendía la manta por los hombros:

—¿Ya no cantamos? ¡Ay amigo, qué pronto se le han caído los palos del sombrajo! ¡Eso no está bien! ¡A mal tiempo, buena cara! ¡Hay que sacar ánimos! Creo que usted también es madrileño: Somos paisanos. ¡Vaya que se está mejor en la Puerta del Sol! Allí no hay balances, ni remojetes, ni capitanes de barco. Los guindas madrileños son más humanos. Tomará usted un café bien caliente, con una copa de ron. Eso le dará ánimos.

Don Teo se arrugaba frotándose las manos con meloso descaro:

—Me permito recomendarle la ginebra: Es más estomacal.

Indalecio le miró con despectivo soslayo, lanzando una escupitina:

—A usted nadie le pide vela.

—¡Inda, eres ingrato! Sabes que te amo como un padre.

Indalecio apretó los dientes:

—¡Payaso!

—¿Y por quién hago mis payasadas? ¡Por ti! ¡En obsequio tuyo! ¡Por divertirte la murria, por espantarte las malas ideas! Soy un esclavo de la amistad. ¡Un esclavo! ¿Puedes dudarlo? Di que lo dudas. Me complacería que lo dijeses. Yo te probaría lo contrario. Voy a probártelo. Ten el botellín. Ginebra de primera, de la que apimpla el Príncipe de Gales. Atízate un trago. No dejes una gota. Emborráchate, Inda: ¡Emborráchate! Te quiero como a un hijo. Te aconsejo como un padre. Doña Baldomerita, usted que es una barbiana, y una madre para el amigo, aconséjele usted que se apimple. Es lo más recomendado en la desgracia. ¡Ah Doña Baldomerita! ¡Lo había olvidado! Nombre histórico. Nombre símbolo. Un servidor ha sido miliciano. Este humildísimo solfista se ha batido como un león en las barricadas.

Le zahirió Indalecio:

—¡Ha cambiado usted veinte veces la casaca!

—Hijo, la necesidad, la vida paupérrima de los artistas. Me ha tentado la gloria de Apolo. ¡Ah, si me hubiera tentado la gloria de Marte!… He sido soldado, donde ponía el ojo ponía la bala. Eso se sabe en Madrid. Lo sabe quien debe saberlo. Pude ser un héroe de los Castillejos. Pude serlo… Estuve en esa batalla, que no ha sido tanto como dicen. ¡Se infla mucho el perro!

Doña Baldomera, volviéndose a derecha e izquierda, preguntaba con un borbotón de risa:

—¿Quién es este prójimo?

—Un amigo, un amigo de todos ustedes, un artista, un hombre serio. Inda me conoce. Inda dirá quién es Teolindo Soto. Teolindo Soto, profesor de guitarra por cifra. ¡Un artistazo! Si ustedes tienen gusto en ello, esta noche les daré un concierto.

Se quitó el quepis saludando, y se lo encasquetó con aire bravucón, repentinamente ensombrecido. Sentíase observado por la mirada de unos ojos de rana, amenazadores y hostiles. El Pollo de los Brillantes estaba allí, confundido con el pasaje del sollado: La blancura de su flux habanero brillaba al sol de la mañana, entre el humo de la pipa que fumaba el barbudo gigante. El humo de aquella cachimba extendíase sobre el mar como una bruma, se enredaba en las jarcias. Y el gigante, sin haber entendido una palabra, reía con su ancha risa jovial que le estremecía la barba. Lo más absurdo era que encendiese la cachimba, cuando el humo apenas si permitía verle la cara. Aquella niebla tenía gorjeos de sol: Todas las cosas se desvanecían en la musicalidad difusa de una luz acuaria. El Omega se desdoblaba en un miraje, y otro vapor de fantasía navegaba por sotavento.

XXVI

Don Teo hundió las manos en los bolsillos del paletó, y alzando los hombros con desvergonzada indiferencia, comenzó a pasearse en tres palmos de cubierta: De pronto se detuvo, guiñó un ojo, abrió la boca, y se rió descaradamente, enfrentándose con el Pollo de los Brillantes. El antiguo matón palideció de rabia. Don Teo enseñaba el diente limoso, apuntando una mueca de imperioso cinismo. El Pollo, recalmado, se puso los pulgares en las sisas del chaleco, y de soslayo, por encima del hombro, miró a otro lado, silbando despectivamente. El pasaje se agolpaba sobre la amura de sotavento admirando el fenómeno de espejismo y parecía olvidado de Indalecio. El tuno, con la manta resbalándole por los hombros, y el pelo pegado a las sienes con luces mojadas, tenía un bramido melodramático:

—¡Así se trata a un hombre honrado! ¡Toda la puñetera noche en este cepo como un animal montes! ¿Y cuál es mi culpa? Venga a mi presencia ese miserable capitán, y, de hombre a hombre, le diré que es un tío vaina. ¡Declárese qué ley autoriza este mal trato! ¿De dónde un cochino capitán inglés tiene fuero sobre los naturales de España? ¿Cuál es mi culpa? ¡Volver por mi honra, no avenirme a ser un cabra!… ¡Indalecio Meruéndano los tiene como la copa de un pino, que se entere ese capitán con más pitones que un toro de lidia! España no es la Inglaterra… Ese hijo de la gran cabrona de los mares, todavía no sabe quién es Indalecio Meruéndano. Indalecio Meruéndano da la cara aquí y en todas partes. A Indalecio Meruéndano no hay nacido que le ponga mancha en su honra. ¡Ni hombre, ni mujer! ¡Y adonde lo haya lavará su honor con sangre!

El Pollo se le acercó con gesto de disimulada advertencia:

—Me interesa usted por ser español…

Indalecio le miró con zaino desabrimiento:

—¡Pues haga usted algo por sacarme de este cepo!

—Empiece usted por no agravar su situación. Esas voces y esos insultos no conducen a nada.

—¿Quiere usted que me achante?

—Me limito a darle un consejo.

—¡Vamos, que sea un manso!

Don Joselito bajó la voz:

—Que sea prudente.

—Pues saque usted la cara por mí: Vea usted al capitán. Pero usted no quiere comprometerse por un pelanas. ¡Toda la noche a la intemperie, sin un mal chaquetón de aguas! La sola persona con sentimientos humanos ha sido la Doña Baldomerita.

Don Teo, que alargaba la oreja, se arrugó compungido, golpeándose el pecho.

—¡Inda, eres ingrato! ¿Cuál ha sido mi proceder? Buscarte en la bodega, pasarte la mano por el lomo, aconsejarte, confortarte con un trago de néctar holandés. ¿Que no he podido proporcionarte un chaquetón de aguas? ¿Y cómo, mi noble amigo? Tampoco he podido calmar las olas agitadas. ¡Rectifica, cuerpo gitano! ¡Rectifica! ¿Cuándo me has visto escurrir el bulto? Eso se queda para los potentados.

Indalecio escupió rencoroso. Luego, con una sonrisa zaina y humillada, se volvió al Pollo:

—¡La Sofi!… Avístese usted con la Sofi. Esa tía malaleche abriga la más negra traición. Como ella pueda, me manda al palo, y sin dársele cosa se va de dormida con el gilí que la camela. Ese punto tampoco es lo que aparenta. ¿Le ha mirado usted las manos? Muy pulidas. Ésas son manos de monedero falso.

El Pollo de los Brillantes denegó con un gesto pomposo de señorón improvisado. Don Teo, buscando congraciarse, le hizo el acompañamiento con feble risa de badulaque. La niebla se adensaba sobre la cubierta borrando los contornos de las cosas: Las figuras, al moverse, parecían adquirir una naturaleza gaseosa e ingrávida. Desvanecido el fenómeno óptico, el pasaje hacía rueda en torno del cepo, donde el chulapo, con vanidad de primer actor ganoso de aplausos, declamaba su monólogo de melodrama.

XXVII

El apóstol de la revolución social, con empaque de rancio gentilhombre, que contrastaba con su indumentaria de arista bohemio, se dirigió a Doña Baldomera:

—Señora, permítame usted que me presente: Miguel Bakunin, ciudadano del mundo.

La jamona se animó con una sonrisa de burgueses arreboles:

—¡No es usted el ogro que cuentan! Su nombre me es muy conocido, y sus ideas…

Bakunin rió con su ancha risa de santo románico, que conservaba un encanto de remota infancia:

—Es usted muy amable, señora. Su opinión no puede menos de halagarme porque coincide con la mía. Efectivamente, no creo ser el monstruo que propalan mis enemigos.

A Doña Baldomera no se le iban los azorados arreboles, fluctuaba indecisa y deseosa de iniciar un coqueteo. El apóstol abría sobre ella las flores azules de sus pupilas, y la jamona se inquietaba, deseosa de producir en el grande hombre una impresión inolvidable. Doña Baldomera escogía las frases, alambicaba su pronunciación francesa:

—Caballero, me he educado en un medio intelectual; mi padre ha sido uno de los más grandes escritores españoles; le perdí muy niña, pero he conservado siempre, como una tradición familiar, el respeto a la inteligencia.

Bakunin no le apartaba los ojos, de un azul exaltado, donde alternaban luces de malicia y candor:

—Señora, es usted tan amable, tan sin prejuicios burgueses, que no dudo ha de ser bien acogida mi demanda. Quería rogarle a usted que admitiese un pequeño socorro mío para aliviar el suplicio de ese hombre castigado en el cepo. No le juzgo, acaso sea un criminal, pero es un semejante mío, y el cepo es un suplicio infamante.

Había tomado entre las suyas la mano de la jamona, y oprimiéndola con efusión cordial, deslizaba en ella algunas monedas: A Doña Baldomera le brillaron los ojos agarenos, descaradamente pintados:

—¡Oh, qué gran corazón! Crea usted que no ignoro los lazos de amistad que le unen con el rival de ese desgraciado.

Bakunin hizo un gran aspaviento de extrañeza, y miró al calmuco, que escuchaba con taciturno sarcasmo:

—¡El Compañero Salvochea, rival de ese brigante! ¿Qué suerte de rivalidad?

Doña Baldomera inició un lance de ojos:

—Rivalidad amorosa. ¿No han reparado ustedes en una mujer rubia?

El gigante levantaba los brazos con las barbas estremecidas:

—Pero ¿quién ha forjado esa novela?

La jamona se dirigió al calmuco fluctuando zalamerías:

—¿Para usted también es una novela?

El calmuco sacudió las greñas con movimiento despectivo:

—¡Absolutamente!

Doña Baldomera parecía un poco cortada:

—Dos hombres que luchan a muerte… ¡Es inexplicable si no existe alguna rivalidad!

Abría los ojos atónitos: Sentíase defraudada ante la sospecha de que no fuese un héroe de folletín aquel jacarandoso condenado a la barra. El gigante velaba de ironía las flores azules de sus ojos:

—Mi querida señora, no hay novela. Ese desgraciado ha cedido a la tentación de matar y robar. El Compañero Salvochea, que es un santo, le ha perdonado, y las monedas que yo acabo de poner en manos de usted son suyas.

El calmuco escuchaba silencioso, con un gesto solapado. Doña Baldomera aún parecía perpleja:

—¿No habrán sido los celos el móvil de todo? ¡Una tempestad de celos! Ese hombre es un violento, ¡hay tal pasión en sus palabras! ¡Si ustedes pudiesen entenderlas, acaso no le juzgasen tan criminal!

Indalecio, en la rueda de pasajeros, romanceaba su desventurado ejemplo, y ponía por disculpa las traiciones de una mala mujer. El calmuco formuló con sagaz intuición:

—Es probable que prepare su defensa declamando el papel de Otelo.

XXVIII

Venían moviendo bulla los conspiradores españoles. Arrastraban una añeja disputa apostillada de retos y votos, augurios y jactancias. Doña Baldomera los acogió haciendo bucheos de paloma:

—¡Ni llovidos del cielo! Para ustedes, ese desgraciado de la barra ¿puede ser un malhechor?

Ceceó Paúl y Angulo con bronca guasa:

—Un amigo de lo ajeno.

—Pero ¿usted ha oído sus protestas?

—¡Un punto de cuidado!

—¿Ustedes también le condenan?

El Capitán Estévanez se puso la mano en el pecho con solemnidad socarrona:

—Yo respeto todas las morales, Doña Baldomera. Ese pinta puede ser un proudhoniano y considerar que la propiedad es un robo. El Señor Bakunin seguramente le absuelve.

Encendióse la jamona:

—¡No! ¡También le condena!

—Pues no es lógico ni consecuente con su apostolado.

Coqueteó Doña Baldomera fraseando en la lengua de Molière:

—¡Oh Señor Bakunin, que usted no es lógico, que debe usted sacar la espada por ese paria! ¡Oh, sin duda se burlan un poco de mí, Señor Bakunin! Me han tomado por una romántica. Es probable que lo sea. Una mujer sensible, toda la vida. Los hombres están siempre sobre la vuelta, las mujeres somos más crédulas.

Alternaron sus chanzas, con babélico chapurreo, los hermanos del triángulo, los milites desertores y hasta el clérigo sin licencias. El gigante eslavo sonreía entre sus barbas:

—Mi querida señora, sus compatriotas son gente de buen humor y no debe usted apurarse. Crea usted, señora, que si ese cantante de la barra fuese un enemigo doctrinal de la propiedad privada, no hubiera intentado hacer suya la bolsa que guardaba el Compañero Salvochea. Es un brigante doblado de asesino, por eso yo le condeno.

El Boy soslayó una mirada rencorosa sobre el Maestro:

—El injusto reparto de las riquezas, puede, en cierto modo, justificar a ese hombre. Para mí lo justifica plenamente. La desigualdad social es tan irritante, que los atentados contra la propiedad, cualquiera que sea su forma, son avances en el camino de la revolución comunista. Nuestro deber es defenderlo, ampararlos y provocarlos. No hacerlo es una traición a la causa.

Hablaba sin gestos, con una pasión fría y dogmática: Sus ojos, encendidos de rencores, acabaron levantándose audaces sobre el Maestro. El Capitán Meana, que todo el tiempo había asentido con un movimiento de las cejas, le alargó la mano:

—Cuanto usted ha dicho es el evangelio de la revolución social.

El calmuco adormeció los ojos en un ensueño taciturno:

—¡Sellaremos con sangre nuestro evangelio!

El Capitán Meana, que, como antiguo garibaldino, era un afiliado de la secta carbonaria, se proclamaba ateo y anarquista por principios:

—Es siempre oportuno despertar los malos instintos y aniquilar cualquier asomo de moral individualista para construir una moral social.

Bakunin sonreía entre las barbas, porque eran aquéllas sus propias expresiones en la Guía Secreta. El antiguo garibaldino, al repetirlas, había puesto en ellas una intencionada alusión: Su boca de labios sutiles, grande y sinuosa, se plegaba enigmática, en tanto que los ojos, socavados bajo las cejas, no se apartaban del Maestro. Corría por la cubierta un apurado repique, aviso del almuerzo, y entraba la dispersión en los corrillos del pasaje: Bakunin posó una mano en el hombro del antiguo garibaldino, y murmuró en voz baja:

—Ya tendremos ocasión de explicarnos…

XXIX

El gigante eslavo penetró en el comedor rodeado de los conspiradores españoles, que, con verbosas instancias, le obligaron a ocupar la cabecera de una mesa, bajo la luz marina del ojo de buey. El comedor de caobas oscuras, tapizado de reps verde, era triste y opaco, con la expresión embalsamada de una moda en fuga. El techo, muy bajo y de vigas simétricas, tenía esa leve comba que se origina de la arquitectura naval. A cada balance el horizonte de olas y espumas mudaba la perspectiva en el campo óptico del ojo de buey. Las mesas tenían puestas los violines, y por los rincones oscuros alumbraban algunos mecheros de petróleo. Bakunin, con sus barbas fluviales, sus melenas de bohemio, sus gestos de inspirado, sus ademanes proféticos, atraía las miradas: Sentado a la cabecera, en la mesa de los revolucionarios españoles, hablaba con abundante verba, enredado en una de esas místicas y pueriles divagaciones tan gratas a los eslavos:

—La vida, al modo de los sueños, tiene una cuarta dimensión que apenas podemos intuir. La vida no es el cómputo de las vidas: Es algo ajeno a ellas, como el mar es ajeno a los peces, y el aire a los pájaros, y el espacio a los astros. La vida no es alegre ni triste, ni buena ni mala: ésos son sentimientos humanos, y la vida es superhumana. Indiferente ser santo o asesino, marchar hacia la derecha o hacia la izquierda. Cualquiera que sea el rumbo de nuestros pasos, la vida los sitúa fuera de toda previsión lógica, con la antigeometría inflexible de su cuarta dimensión. Todo extravaga, todo está en fuga hacia un fin remoto, acaso todavía no previsto, y cualesquiera que sean nuestras acciones, siempre son una y la misma. No mudan en su íntima raíz, como el dedo que hago rodar en torno del círculo permanece en el mismo lugar con referencia al centro, sin que el movimiento engendre mudanza. Esa cuarta dimensión que sitúa la vida fuera de los sentidos es por naturaleza inaccesible para nosotros. Sólo en los sueños podemos intuirla. Pero todo intento de interpretar la vida dentro de fines morales es absurdo. El bien y el mal desaparecen en la última intuición que todo lo reduce a unidad. En el seno difuso de la vida las acciones humanas se trasmudan fuera de nuestra voluntad y de nuestra inteligencia. Todos los cálculos, todos los intentos por dar un sentido moral y trascendente a la existencia son vanos ante ese último extravagar que trastorna esta pequeña e inestable vida que nosotros concebimos, y ordena esa otra vida que proyecta su sombra en la caverna de los sueños…

Apuró la copa que tenía delante, miró el plato colmado y se puso a comer vorazmente. Comentó irónico el clérigo revolucionario:

—¡Confesemos que, a pesar de nuestra ignorancia respecto al principio vitalista, está apetitoso este guisado de carnero!

El apóstol levantó la cabeza, le miró y después miró al Capitán Meana:

—Usted me ha supuesto en contradicción con mis doctrinas, de las cuales en ningún momento reniego. Es preciso desencadenar todas las malas pasiones, pero no con un fin particular, sino universal. No contra el individuo, sino contra el Estado. El Estado es la negación más odiosa del concepto de Humanidad: Su ley suprema es el aumento de poderío, con el fracaso de todos los derechos innatos que dignifican al hombre. La vida nunca podrá ser una cristalización jurídica, y la única manera de salvar su íntima esencia es destruir cuanto tienda a concretarla en una moral arbitraria. Contra el orden impuesto por los intereses de una minoría burguesa, el proletariado debe imponer un excelente y bienhechor desorden. La rebeldía es un estado de gracia. Marx considera el proletariado como clase social, y es el error de ese judío intrigante. Yo amo decir las masas, porque tal palabra define mejor ese océano de lavas ardientes que un día habrá de inundar el universo. La acción de las masas jamás podrá concretarse en un sistema de cristalizaciones.

El clérigo sin licencias entornaba los ojos piadoso y benévolo, dispuesto a confundir las heréticas utopías de aquel grande hombre. ¡Qué absurdos filosóficos, qué ignorancia de las Sagradas Escrituras! El Señor Alcalá Zamora tomó la servilleta, y, muy pulcramente, se la pasó por los labios: Juntó los pulgares y asoñarró los ojos con doctrinal suficiencia:

—¿Me permite usted algunas objeciones? Santo Tomás nos habla de una armonía inmanente preestablecida por los inescrutables designios del Supremo Hacedor.

El barbudo gigante rebañaba el plato:

—Usted me permitirá que recuse ese testimonio.

—¡El testimonio del Doctor Angélico!

—Santos Doctores, Santos Padres y Santos Patriarcas no me hacen fe. Exponga usted sus razones, las suyas, y es probable que me convenza.

El clérigo dobló la sien, con mónita de seminario:

—Yo me considero tan poca cosa, que necesariamente busco fortalecer mis argumentos con las autoridades de la Iglesia.

—En tal caso no espere usted convencerme.

Intervino el Capitán Estévanez:

—La armonía sideral no es un dogma católico que requiera el testimonio del Doctor Angélico: Basta apelar al testimonio de los propios sentidos. ¿Puede negarse la coordinación de las esferas, el orden que rige los mundos?…

El gigante eslavo acautelaba una mueca irónica:

—El espacio es anterior a los astros, y de la fatalidad del espacio, no de la voluntad de los astros, proviene ese orden. Paralelamente, de igual manera que el espacio es anterior a las formas, el principio vital es anterior a las vidas, y les señala un ritmo al cual hacen violencia todos los prejuicios de la moral burguesa.

El clérigo conspirador se abeataba juntando los pulgares:

—¿Y por qué, admitiendo que de la fatalidad del espacio proviene el orden de las esferas, no admitir igualmente que de la fatalidad de nuestra humana naturaleza proviene el orden social?

Saltó el Capitán Meana:

—Lo que usted llama orden social es la desigualdad entre los hombres, el crimen del Estado. Entre todos los seres, sólo los hombres tienen Códigos.

—Porque su razón es superior al instinto de los animales.

A Bakunin le temblaron las barbas:

—¡Siempre el mito de la razón! ¡La razón por encima del instinto de las especies! ¡La razón por encima del impulso que mueve los astros! ¡La razón por encima del Universo!

El Capitán Meana ponía sus ojos ardientes en el Señor Alcalá Zamora:

—Es el dogma de un ridículo satanismo burgués.

—La razón es un reflejo de la Divinidad.

—¿De la Divinidad, o del infierno?

Le aconsejó el Maestro:

—No se pierda usted en disquisiciones teológicas.

Ceceó Paúl y Angulo:

—Es el reclamo para la caza de codornices incautas.

Tomaban el café, y el rumboso jerezano pagaba los vegueros y el coñac. Con la proyección de los balances, el comedor columpiaba la quimera de haberse trasmudado la vida al fondo oblicuo de un espejo. Todo subía y bajaba con el ritmo del horizonte marino en el ojo de buey.

XXX

El Pollo de los Brillantes dobló pausadamente la servilleta, encendió un habano y se dirigió a la puerta del comedor: Al paso se detuvo saludando a los conspiradores españoles, como asaltado de una súbita idea, aun cuando no era otra su intención: Al acercarse, condenó el lamentable espectáculo de aquel silbante que escandalizaba en la barra: Deslizó entre bocanadas de humo:

—Creo que la víctima tiene amistad con alguno de ustedes… Doña Baldomera me ha impuesto de que es persona educada y de posibles.

Abrevió Paúl y Angulo, despectivo y lacónico:

—Uno de los pocos hombres capaces de salvar a España.

Concluyó el Pollo:

—Pues ésos son los que hacen falta. Ya es cosa fuera de lo corriente el rasgo de dormir en el sollado y comer el rancho habiendo pasta. La Doña Baldomera es algo fantástica, pero me ha contado que el amigo de ustedes es todo un santo laico. Pues ya tiene toda mi simpatía. Para un servidor, ésos son los mejores. ¡Los santos que canoniza el pueblo soberano! ¡La opinión pública! Si ustedes me lo permiten, me sentaré un rato de charla. Creo que el señor es un famoso personaje europeo.

Se había sentado, y con un guiño de sus ojos de rana designaba a Bakunin.

Aclaró el tonsurado con un dejo de ironía:

—¡El señor es nada menos que el apóstol de la revolución universal!

—La Doña Baldomera es un tanto fantástica, y uno no sabe nunca si mete el corvejón.

El Pollo hablaba con buena sombra, y aquel juicio sobre la jamona promovió risas y comentarios. Inquirió Paúl y Angulo:

—¿Conoce usted mucho a, esa señora?

—¡Quién no la conoce en Madrid!

Declaró el Capitán Estévanez:

—Yo sospecho que es hija de Fígaro.

—¡Hombre, el apellido suyo es Larra!

—¡Justamente!

—¿Un escritor que se ha saltado los sesos allá por los tiempos de Mendizábal?

—¡Para mí, la primera figura entre los románticos!

—Pues si el autor de sus días era alguien escribiendo, la hija tiene un talento financiero que no le cabe en la cabeza. ¡Un Salamanca con faldas!

Paúl y Angulo arrecelaba los ojos miopes y pitaños:

—¿En política no torea?

—Torea en todas las plazas, en todos los terrenos, y sin volver la cara a ningún morlaco. No hay cosa en que no tercie, desde correr alhajas hasta negociar credenciales, grandes cruces y títulos del Reino.

Encomió con sorna el Capitán Meana:

—Pues ¡es una potencia la Doña Baldomera!

Aseguró el Pollo:

—¡Sí, señor, una potencia! Y lo ha sido más, pero se ha significado con algunos viajes a San Telmo…

Paúl y Angulo apuntó una mueca burlona:

—¿Es partidaria del Naranjero?

—Es partidaria de la Infanta. Eso dice…

—¡Mala carta juega!

—¡Eso ya se verá!

—El General Prim tiene pocas simpatías por el franchute.

—El franchute, señores, tiene mucho parné, y si suelta la mosca…

Paúl y Angulo se atizó un latigazo de coñac:

—Si suelta la mosca, se queda sin ella.

—Hay mucha hambre en el ramo de sargentos y generales.

—La revolución la hará el pueblo soberano.

—¿Me autoriza usted para dudarlo? La harán los espadones, como todas hasta la fecha.

—¿Usted no cree en la revolución?

—Yo creo que caerán unos y vendrán otros, para seguir como antes. La revolución todos la temen.

—El pueblo no la teme.

—El pueblo está dormido.

—Hoy el pueblo tiene noción de sus derechos.

—No quiero contradecirle, pero si usted me lo autoriza, le diré que un servidor no cree en los milagros: Ni en los del pueblo ni en los de Sor Patrocinio. Vendrá Don Juan Prim, y gobernará como otro Narváez.

—Vendrá la República, que es el gobierno de las democracias.

—Más segura creo la baza de San Telmo.

Bromeó el Capitán Estévanez:

—Me parece que a usted le ha camelado Doña Baldomera.

Tosió el Pollo, haciendo jugar los dijes del reloj sobre la panza:

—Yo las necesito más tiernas… Y no le niego la sandunga a Doña Baldomera. Soy el primero en reconocer sus encantos físicos y morales. Sobre todo tiene un corazonazo que no puede ver una lástima. Ahora se le ha puesto en el moño solicitar el indulto del punto filipino que va en la barra. ¿No ha hecho con ustedes ningún avance?

El Pollo humeaba el veguero con apompado deleite, disimulando el secreto propósito que le había guiado a la mesa de los conspiradores. Apuntaron alternas voces con despectiva indiferencia:

—¿Un avance?

—¡Que se las componga sola!

—¡La clueca sentimental!

¿A cuenta de qué un avance?…

Camanduleó el Pollo:

—¡Señores, qué ojazos me ha puesto para que la acompañe a presencia del Capitán! Está muy volada con todos ustedes. Se duele de que la hayan tomado por una romántica. Con todo, me extraña que no haya intentado…

Interrumpió Paúl y Angulo con chunga marraja:

—Usted, amigo, lleva plomo en el ala.

Fluctuó el Pollo:

—Hombre, a mí, como patriota, me repudre que un español, así sea el más criminal, sufra el despotismo de un Capitán inglés. ¡Para qué negarlo! Y a usted y a todos ustedes les ocurre lo mismo.

La trinca revolucionaria tomó a chacota tales alardes:

—¡Se impone una reclamación diplomática!

—¡Que lo cuelguen de una antena!

—¡Le declararemos la guerra a la pérfida Albión!

Atajó el Pollo:

—Señores, me la envaino.

El Pollo de los Brillantes representaba la farsa del filisteo patriota, atento solamente al logro de un callado propósito: Barruntaba el despecho del chulapón si no acudía a remediarle; le sobresaltaba que pudiese cantar sus secretas connivencias, y encendía aquellas bengalas patrióticas al soslayo de sacarle de la barra. Con el jolgorio que movió la trinca conspiradora, despertóse el apóstol de la revolución universal. —Había dado cuenta de la botella de coñac y echaba la siesta de bruces sobre la mesa—. Sus ojos azules tenían una niebla de vagas e indolentes interrogaciones. Impensadamente aparecióse Doña Baldomera: Llegaba abanicándose, corretona, todo un temblor de pechos y nalgas:

—¡Con ustedes no quiero nada! ¿Qué es de su amigo? ¡Vaya duende! He revuelto todo el vapor… La declaración que ha prestado es un rasgo… Vengo de avistarme con el Capitán: Muy bien dispuesto para aminorar los rigores del castigo… Pero el héroe, el protagonista del drama, ¿dónde se esconde? Es necesario que se ratifique en su declaración.

La jamona retaleaba con simpático garbo, jugando del abanico y de los ojos. La trinca revolucionaria, dando humo de los habanos, con motas de ceniza por barbas y chalecos, encendidos los ojos, acalorada la verba, salió a cubierta escoltándola. El sol se hundía en el mar. Lloraba en la proa un acordeón de emigrante. Las olas se teñían de violeta, y un sendero de oro rielaba por la banda del Poniente.

XXXI

Fermín Salvochea, con silenciosa obstinación, esquivo a todo regalo corporal, se había vuelto al refugio penitente del sollado: Leía a la luz de un cabo de vela. La Sofi, sentada en las tablas del suelo, la sien reclinada en un baulete, contemplaba aquella luz con ojos tristes:

—¡Muy sabio debes de ser leyendo tanto!

Fermín levantó los ojos y la observó un momento con vergonzante sonrisa:

—¿Qué haces ahí?

—Mirarte.

Fermín no contestó: Confuso y sin saber qué decir, volvió los ojos al libro, pero le turbaba saber que no dejaban de mirarle los ojos de la Sofi: Al mismo tiempo le acudía un recelo compasivo, una alarmada timidez de mostrarse duro con aquella desvalida criatura. Lentamente dobló el libro sobre el pecho:

—Se me cansa la vista.

La Sofi le reconvino con la voz temerosa y cálida:

—¿Por qué lees siempre? ¡Podías hablarme!…

Fermín miró el cabo de vela, como si buscase su respuesta en el temblor de la luz:

—¿Eres muy desgraciada, Sofi?

—¡Más no cabe!

Quedó callada, con las manos en cruz y los ojos bajos. Fermín perdió su timidez, asistido de una efusiva compasión:

—Cuéntame tu vida.

—Para qué te voy a contar… Una vida arrastrada.

Aseguró Fermín:

—No es curiosidad, no creas…

La Sofi se mordía los labios:

—Será por haberte dicho que me hablases.

—No, tampoco es eso… ¿Cómo has podido pensarlo?

La Sofi le miró con los ojos brillantes:

—Ya sé que no es eso…

—Creo que después de contarme tus penas habías de quedar más consolada…

—Y tú, cuando supieses toda mi perdición, ¿dejarías de mirarme?

Estalló en sollozos, escondida la cabeza entre las manos. Fermín esperó un momento, y luego aseguró con esquiva cortedad:

—Yo nunca sería tu juez…

La Sofi le miró entre lágrimas:

—¡Te contaré mi vida! ¡Te la contaré toda!…

A Fermín le entró de súbito una fría y recelosa sequedad, una desgana egoísta de oír el relato de la Sofi. Ella le miraba indecisa, los labios trémulos de mudas palabras. Fermín salió de aquella aridez espiritual con un atribulado sonrojo:

—Sofi, acaso no merezco tu confianza.

La Sofi se tapó la cara:

—¡Me avergüenza que me veas!

—¿Por qué?

—¿No se te alcanza? Apaga la luz.

Fermín apagó la luz. La Sofi se arrastró sigilosa a besarle las manos:

—¿Qué haces, Sofi?

—Déjame estar cerca de ti. Como no sea con la voz más baja, no podré hablarte.

Le sobrevino una congoja. Fermín, dulcemente, la sacó fuera del sollado para que recibiese la brisa del mar. Lucían las primeras estrellas, cantaban su nocturno las olas. Fueron a sentarse en uno de los bancos del entrepuente. En silencio, un poco separados, con la luna en las caras, no se atrevían a mirarse. La música del acordeón pasaba en el viento. —Taconeo. Rumor de enaguas almidonadas. Una sombra pompona. Doña Baldomera:

—¡Si estorbo, me retiro!

Fermín se puso en pie con un gesto confuso:

—¿Qué desea?

Doña Baldomera le llevó aparte. La Sofi, mustia y taciturna, quedó distanciada, recogida en la punta del banco. Fermín esperaba con una sonrisa irresoluta. Doña Baldomera garbeó los ojos, cruzó el chal de cachemira sobre el vasto pecho:

—Usted perdone: Olvidé su gracia…

—Fermín Salvochea.

—Es verdad. ¡Qué cabeza la mía! Ya usted tendrá ocasión de conocerme: Soy una mujer toda corazón, y como usted ha declarado tan noblemente… Sin esa circunstancia no me decidiría a dar este paso.

Y Fermín se defendió con un gesto huraño:

—No merezco elogios. Usted me dirá qué desea.

La jamona le caló los ojos:

—Repito que sin el rasgo de usted, porque es un rasgo de lo más hermoso… Pero no quiero herir su modestia. Se trata de hacer menos duro el castigo del delincuente. El capitán parece bien dispuesto… Se han recogido firmas entre el pasaje, y si usted quisiera encabezarlas.

Fermín asintió, sin recatar un gesto de extrañeza:

—No puedo negar mi firma a esa petición, sin embargo de creerla inútil. Dice usted que ha visto al Capitán. Yo también le he visto.

Doña Baldomera se retocó el moño: Parecía un poco confusa:

—¿Que usted le ha visto?

—Sí, señora, y con la misma solicitud. No me ha parecido tan bien dispuesto como usted dice.

La jamona hizo grandes aspavientos:

—¿Es posible? ¡No me explico! Acaso mi buen deseo me ha llevado a interpretar como una promesa las ambigüedades del Capitán. De todas suertes, si usted quisiese formar parte de la comisión que debe entregarle la solicitud… Yo creo que sería de un gran efecto.

Fermín iba a prometerlo, cuando sintió sobre el brazo una mano crispada:

—¡No se comprometa, Don Fermín!

El respeto del tratamiento le produjo una sensación de honesta y confiada gratitud. La Sofi tenía un fulgor de estrellas en los falsos collares. Fermín la miró con reservada expresión de reconocimiento. Sin embargo, al responderle lo hizo tuteándola, dando a sus palabras un acento de suave reflexión, como sólo se habla a los niños:

—Sofi, hay cosas que tú no alcanzas.

—¡No tenga compasión de esa alma negra!

Los ojos verdes de la apenada mujer suplicaban atemorizados. Fermín hizo un gesto de perpleja impaciencia:

—Sofi, procura serenarte.

Ella le miraba sombríamente:

—Sepa que me matará.

Fermín se estremeció:

—¡Estás loca!

—No temo que me mate… Temo que aún pueda cometer una acción más negra.

Hablaba presa de atribulado sobresalto: Le lucían los verdes ojos, áridos y febriles. Fermín adivinó y le impuso silencio con lacónica entereza:

—He formado mi propósito.

Clamó la Sofi:

—Libre de la barra, nunca mucho tarda en afilar el cuchillo. ¡Y si solamente fuese mi verdugo!

Intervino Doña Baldomera:

—¡Hija mía, está usted delirando!

La Sofi cayó de rodillas, juntando las manos:

—¡No temo por mi vida! ¡Es por la suya! ¡Ay, qué ruin estrella!

El viento trajo rodando una gorra de músico. Bajo la luna, al arrimo de unos fardos, corría a gatas la sombra de Don Teo. Doña Baldomera detuvo la gorra con el pie y la empujó al mar. El fantoche salió corriendo de su escondite: Batía los brazos bajo la luna:

—¡La gran siete! ¡Vaya una producción! ¡Y se llama usted señora!

Se descaró Doña Baldomera:

—Así se guardará usted de espiar lo que no le importa.

Se columpió Don Teo:

—¡Que un servidor espiaba! Es usted algo improcedente al afirmarlo. Un servidor echaba un sueñecito. El derecho al sueño está universalmente reconocido. ¡Podría decir que se me ha despertado! ¡Podría achacarlo a los trinos de esa rubiales! No lo hago… Soy ecuánime y progresivo… Reconozco que la palabra no delinque…

Don Teo se columpiaba dando vahos de ginebra. Doña Baldomera le lanzó una mirada despectiva:

—Está usted sobrando.

—¡Es una opinión! Una opinión muy respetable, pero poco justificada. Digo poco justificada porque a un servidor le gusta ser galante con el bello sexo. Piso esta cubierta en uso de un perfecto derecho. ¿Quiere usted que baje al fondo del mar en busca de mi gorra? ¿Desea usted que me haga buzo?

Don Teo se dejó caer en el banco: Babeaba una risa felona: Fermín, perdida la paciencia, con la súbita cólera de los tímidos le sacudió, por los hombros.

—Si usted sigue molestando, sale por la borda.

El vejete le clavó una mirada insolente, mientras a recato, con farfullos de lengua torpe, hundía una mano en el bolsillo del paletó:

—¡La gran siete!

Se puso por medio la Sofi:

—¡Déjele, don Fermín! Haga cuenta que habla la bebida.

Don Teo se tumbó en el banco y cruzó las manos bajo la cabeza:

—¡Muy bien, niña! ¡Muy bien! ¿Y eres tú quien me lanza esas palabras imprudentes? ¡La bebida! ¡Una copa de ginebra! ¡La bebida! ¡La bebida! ¡No miras que puedo ser tu padre! Oye, niña, la luna se ha bajado al mar. Y ese pipi, que me ha tomado por un quepis viejo. ¿A qué te has metido por medio? ¡Le hubiera abierto un ojal! ¡Sofi, francamente, eres un solemnísimo pendón! Doña Baldomerita, usted es una persona decente. Un servidor quiere desengañarla: Inda no merece que usted se apasione. ¿Quién es Inda? Un sinvergüenza. Ese pipi se la ha ganado. Y a ti, niña, te corta la cara. ¡La gran siete! ¡La luna arriba! ¡La luna abajo! ¡Esto es un baile!

Cayó con balidos de risa felona: Dio una vuelta y rodó del banco. Se incorporó restregándose los ojos. Estaba solo sobre cubierta. La farola de mesana tenía un envase de niebla. A proa, el acordeón acompañaba el nocturno de las olas.

XXXII

—¡Qué hora negra!

La Sofi, vencida, resignada, con un clavo en las sienes, había vuelto a las lobregueces del sollado. Sentada sobre las tablas del suelo, con la cabeza descansando en el borde del baulete, rememoraba las palabras de aquel santo sin hieles: Las inflexiones de la voz, el silabeo apagado y prudente, del que trascendía una austera resolución. Ecos de palabras, nieblas de imágenes, volvían en confuso y acalorado devaneo. Con las inflexiones de la voz recordaba la boca, grave de reservas, y los ojos que la habían mirado todo el tiempo con una tristeza reflexiva. Se obstinaba en la evocación de aquella mirada, al mismo tiempo que se repetía las palabras conminatorias. En medio de su abatimiento la encendían súbitos rencores contra Doña Baldomera. Temía como algo aciago e inexorable la venganza de Indalecio. Sobre el supuesto de que las instancias del pasaje le alcanzasen el indulto, se prometía salirle al encuentro para que satisficiese en ella el fuero de su mala sangre. Ni un momento dudaba de aquellas traidoras intenciones: Obsesa de presentimientos, tenía como una conciencia irreal de hallarse cubierta de sangre. Asoporada, con la cabeza sobre el borde del baulete, su angustia adquiría la amargura macerada de un dolor pretérito: Dolor de lágrimas secas y un clavo en las sienes. Se adormecía en los negros círculos de aquel afligido y monótono pensar: Sentía cada vez más fuerte el taladro de las sienes, y pasaba del sopor a la vigilia con repentino sobresalto. Puesta de rodillas, atropellando palabras confusas, levantó la tapa del baúl. Sus manos veloces registraron entre las ropas, y sacó un cuchillo: Llevándolo oculto, huyó del sollado: Alada y furtiva atravesó la cubierta, con el fulgor de las estrellas en los vidrios del collar: El corazón le golpeaba contra la hoja del cuchillo, que oprimía bajo el toquillón: Se detuvo sacándolo a hurto, reluciente en su mano de luna: Era un cuchillo grande, con el cabo negro: Lo contempló adementada, sañuda, y volvió a esconderlo: Corría en el impulso de una ráfaga, con la greña suelta, apretado el toquillón sobre el pecho. Un golpe de mar la arrastró sobre la borda, y cayó de cara, lastimándose, abrazada con el cuchillo. El toquillón se le fue en el viento. Avanzó de rodillas, con la boca dando sangre, los ojos en acecho sombrío. La luna que iluminaba la cubierta, caía con trémulos brillos sobre la espalda de Indalecio. La Sofi reconcentraba todo al fulgor da sus ojos sobre la nuca de aquel verdugo. Quedó sobrecogida oyendo sus renegados textos, y el cuchillo se le escurrió de la mano. Enfrente, sobre el fondo de mar y luceros, sentado en un rollo de cables, estaba el santo sin hieles. Entre las luces del mar y del cielo, en la clara soledad de la noche, resonaba, negra de rencores, la voz de Indalecio:

—¡Falso! ¡Más que falso! ¡No creo una sola de tus fulleras palabras! ¡Eres un blanco y quieres ganarme! ¡Por la leche que me han dado, tú no eres más que un blanco!

Fermín le oía con serena expresión, sentado en el rollo de cables:

—No es cuestión de mi valentía… Pero tampoco me asustan tus baladronadas. Si he solicitado del Capitán que te indulte de la barra, ha sido por una obligación de conciencia.

—No pido a nadie compasión.

—No es necesario que la pidas. El Capitán ya te hubiera rebajado la pena.

Bramó Indalecio:

—¿Por qué no lo hace ese tío vaina?

—Por tus baladronadas.

—¡Todavía se pretende que me achante como un mandria!

—Que te muestres arrepentido.

—¡Mal rayo me parta! ¿De qué? ¿De no haberte mascado la nuez?

Fermín le clavó los ojos severos y acusadores:

—Has intentado robarme y matarme.

—Volvía por mi honra.

Fermín, sin mudar la expresión de los ojos, tuvo una sonrisa de lástima:

—Si lo estimas provechoso para tu defensa, puedes calumniarme.

Indalecio escupió colérico:

—¡Eres más blanco que la cochina saliva!

—Es posible.

—Pónteme lejos. ¡Un rayo me parta, ya nos veremos las caras! ¡Ningún nacido hace cabrón a Indalecio Meruéndano!

Fermín le amonestó con sosegada resolución, ocupado en liar un cigarrillo:

—No creo que me busques… Si tuvieses esa mala ocurrencia, darías con tus huesos en la cárcel.

—¡Después de comerte los hígados!

Sonrió Fermín:

—Probablemente en ayunas.

Jactóse el chulapo:

—No temo la cárcel: Eso se queda para ti, gran falsario. ¿De dónde tú marinero? ¿De dónde? Tú no eres lo que aparentas, tú eres un fugado de presidio.

Fermín se encendió con una sonrisa de ingenuo asombro:

—¿Eso sospechas? ¿Y cómo no me delatas?

El terne le observó capcioso, con la mosca de haberse equivocado:

—¡Tienes muy pulidos los dátiles! ¡Son propiamente de monedero falso!

—Es posible. No tengo estudios sobre las manos de los monederos falsos.

Fermín se miraba las suyas, con apuro zumbón. Atropelló el bergante:

—Quien puede dar la cara, no lo excusa, y tu ropa de marinero es un engaño. ¡Esos dátiles tan pulidos no son de lo que aparentas!

Fermín se consternó con un gesto de piadosa ironía:

—Sin embargo, tampoco son de falsificador de moneda… Te lo aseguro.

Apremió Indalecio:

—¿Por qué te disfrazas?

—Cosas de la vida.

—¡Rejo de Dios! ¡Aún vas a dártelas de revolucionario!

—¿Crees que no pueda serlo?

—¡Me haces demasiado panoli! También ese papón de las barbas, que no tiene ni tabaco, saca la pantalla de arreglador de mundos. ¿Tú serás de su cuerda?

—No te has equivocado.

—¿Para fumar de gorra?

—Para hacer la revolución social.

—¿Sois amigos de Prim?

—Somos amigos del pueblo.

Indalecio retrucó cínicamente:

—¡Amigos de sacarle los cuartos!

A Fermín le dardeó el enojo en las pupilas, al mismo tiempo que apagaba la voz con fervores demagógicos:

—Si llegase el reparto social, yo sería más pobre.

Soflameó Indalecio:

—¿Tiene usted posibles?

En la duda, instintivamente, dejaba de tutearle: Cedía al servilismo de todos los pícaros por el dinero, y un rictus de rencorosa envidia le atembloraba la boca. Fermín se ruborizó:

—Puedo vivir sin trabajar.

—¡Vaya un cuidado! ¡Y parece que se avergonzase!

Indalecio escupió de soslayo, con mueca de sarcasmo. Fermín volvió a ruborizarse:

—Me avergüenzo porque no siempre he comprendido mi deber, y viví mucho tiempo como un vago.

Indalecio le clavaba los ojos con expresión obtusa y maligna:

—Si tiraba usted de lo suyo…

—¡Lo mío! Pero ¿puede ser mío lo que otros han ganado? ¡El trabajo ajeno!

Abrevió Indalecio:

—¡Leche!

La maleante suspicacia del chulapo, llenó de sorpresa y confusión a Fermín:

—¡Haces mal no creyéndome!

Rajó Indalecio:

—¡Si no son papeles, es usted un primavera!

Protestó Fermín con azorado resentimiento:

—¡Así es como hablan los burgueses!

Indalecio asomaba una mueca zaina de dudas y menosprecio:

—Nada me va de quien usted sea. Solamente le advierto que conozco sus entrevistas con la Sofi.

Maduró Fermín con desabrida austeridad:

—La Sofi te aborrece, y ningún derecho tienes sobre ella.

La voz del terne se veló de cólera:

—¿Negará usted que esa gran maula le ha pedido consejo?

—No lo niego. Me ha pedido consejo, y se lo he dado.

—¡Metiendo cisma!

—En estricta conciencia.

Recalcó Indalecio:

—Y acaso buscándose un compromiso.

—No lo temo.

—¿Sacaría usted la cara por esa perra?

Fermín le miró con lástima:

—Nuestras vidas siguen rumbos muy diferentes. Desembarcaremos, y no espero volver a tropezarme ni contigo ni con ella.

—Usted tiene los sesos aguados, y aún puede camelarle.

—No lo temas.

Borróse de pronto la sonrisa de ingenua y puritana rigidez que asomaba en la boca de Fermín. El chulapo le vio demudarse y alzarse del rollo de cables con inesperado sobresalto. Un grito de mujer se retorcía por el claro de luna: Trasmudaba el estremecimiento convulso y sagrado de una boca epiléptica: La Sofi, dramática, con el cuchillo sobre el pecho, ponía los ojos adoloridos en Fermín:

—¡La vida me pesa!

Se desplomaba gimiente. Fermín corrió a sostenerla, y el chulapo, cautivo en el cepo, se volvía, enrevesado el torso como un pabilo negro: Alzaba sus voces blasfemas bajo el cielo de luceros:

—¡Ah gran zorra, estabas a la escucha!

XXXIII

La Sofi sólo tenía un rasguño en el pecho. Fermín se inclinaba sobre la desfallecida mujer, y al advertir lo leve del daño, inquieto para acallar el suceso, la instó a que viese de incorporarse: Con timorata zozobra la condujo al camastro del sollado. La Sofi rechinaba los dientes, la boca blanca, los ojos adustos, la expresión enloquecida y frenética: La greña, sudorosa y enredada, le oscurecía la frente. El médico de a bordo, luego de atender a restañarle la sangre, había dispuesto un antiespasmódico. La Sofi, incorporada en el camastro, con los dientes apretados, obstinábase en rechazar la pócima: Entre la maraña del pelo, el rostro tenía un lívido claror transparente y lunático. Fermín le sostenía la cabeza acercándole el vaso a los labios. La Sofi, acongojada, caída en un estado de dócil abatimiento, acabó por ceder: Entrechocaba los dientes sobre el borde del vidrio, presa de histéricos temblores, levantados los ojos, vueltos a Fermín: Apartando el vaso, que salpicó el último resto de la pócima, le besó las manos con apasionada demencia. Fermín las esquivó reconviniéndola.

—¡Qué haces! Son extremos que me desagradan.

Permaneció un momento indeciso al pie del camastro, sobrecogido de incertidumbres y suspicacias puritanas. La Sofi gemía con la frente oculta en las almohadas, y unas compadecidas mujeres que habían asistido a la cura, alternaban sus viajes consolándola. Fermín se apartó sigiloso, llevándose un dedo a los labios: Se alejaba con el propósito de salir a cubierta, y sumirse en sus pensamientos: Temía los impulsos sentimentales de aquella infortunada, y al mismo tiempo reconocíase inclinado a no desampararla. —Un escrúpulo triste, desabrido, incierto, le ensombrecía el ánimo—. Cuando asomaba por el escotillón para salir a cubierta, avizoró al calmuco en secreto coloquio con un hombre alto, vuelto de espalda. Por la sombra que se alargaba y movía, sacó la sospecha de que fuese el Capitán Meana: Huidizo, tornó a sepultarse en el sollado: Daba por fallido el propósito de hallarse a solas, si salía a cubierta, y se recogió a su petate, cruzando con pisadas furtivas ante el camastro de la Sofi. Se acostó vestido, sin levantar las cobijas. La luz remota de un farol le caía sobre los ojos, y se los cubrió con la mano: Permaneció así mucho tiempo, con caótica pesadumbre, difusa, sin imágenes, sin recuerdos, sin incidencias ni mudanzas del pensamiento, toda una, monótona, invariable. Lentamente la tribulación de su ánimo se abolía en una angustia sensorial de peso sobre el corazón. Apartó la mano que le sofocaba los párpados, y con el reflejo de la luz en los ojos creyó entrever el bulto de la Sofi. Era una imagen confusa y doliente, que volvía como las imágenes de los sueños. La Sofi le miraba como ya le había mirado otras veces, recogida sobre el apoyo del baúl, sentada en la sucia humedad del suelo. Fermín no tuvo el más leve signo de sorpresa ante aquella reversión del tiempo que concitaba sus fantasmas en los mismos lugares:

—Sofi, ¿por qué he de verte siempre ahí?

Suspiró la sombra huraña, recogida al pie del baúl:

—Cierra los ojos si no quieres verme. De antes los tenías cerrados.

—No te sentí llegar.

—He venido descalza.

—Acaso dormía…

—Tú sabrás si dormías o cavilabas.

Fermín volvió a ponerse la mano sobre los ojos, con un gesto de apática contrariedad:

—¿Sofi, por qué no te recoges?

—¿Más recogida me quieres?

Insistió Fermín con repentina impaciencia:

—Es absurdo que permanezcas en ese rincón.

Suplico la sombra, obstinada:

—No me miras… Te duermes sin hacer caso de mí… Figúrate que soy un perro…

Fermín, que se había salido del camastro, la requirió de un brazo:

—¡Es intolerable lo que haces!

La sombra se incorporó sobre las rodillas, con agoniada protesta:

—¡Maltrátame, santo del cielo! Me resisto a obedecerte, arrástrame de los pelos.

Siempre de rodillas, le besaba las manos, mojándoselas de lágrimas. Fermín no intentó retirarlas, esperaba que consintiéndole aquellos extremos, habría de mostrarse más razonable. En los camastros vecinos se erguían algunas cabezas, con asoñarrada protesta, y volvió a requerirla por el brazo:

—¡Me pones en evidencia!

—¿Por qué no me dejas aquí?

—Obedece.

—Pues llévame a cubierta.

—¡Al infierno!

La Sofi le siguió sumisa, secándose los ojos:

—Tengo un clavo en las sienes, y el aire me refrescará la cabeza.

Salieron a la noche de estrellas. Fosforecían las olas, cantaba el viento. El Capitán Meana y el calmuco conversaban reclinados en la borda. Fermín se desvió tirando de la Sofi. En la banda contraria se les ofrecía un banco todo metido en luna: Era el mismo donde habían estado anteriormente. Fermín experimentaba un alarmado despecho ante el infortunio de la Sofi. Árido de casuismos puritanos, sentía enfriársele el corazón con repulsa y desgana del piadoso sentimiento que, fuera de sus propósitos, le movía a remediar el desamparo de aquella mujer, carne de prostíbulo. Anduvieron entre balances. Con la cara vuelta a las estrellas, dormía la mona Don Teo. La Sofi, enjugándose los ojos, se recogió al extremo del banco: Con afligido miramiento procuraba apartarse de Fermín:

—Estoy sabedora… Tú no eres lo que representas… Por las palabras que has tenido con ese negro mala sangre, estoy sabedora… ¡Ni siquiera comprendo cómo tan ciega para no ver que eres sujeto de principios! Después de todo, como si fueses el más último de los hombres. Para mí, la misma cosa… Que algún día me visites en la cárcel, si te da esa ventolera. Esta noche te has interpuesto, todo lo trastornó hallarte en conversación con ese verdugo. ¡Tan dispuesta que iba a clavarle el cuchillo!

Fermín le ahondó los ojos:

—¿Y luego a matarte?

La Sofi se abismó en un gesto incoherente, con la boca trémula y perpleja:

—Ese impulso me vino después… Creo que me vino después… Casi no me recuerdo… Yo iba a por él. Le hubiera enfriado. ¡De una vez para siempre me quitaba el recelo de sus malas intenciones! ¡No llevaba otro acuerdo! La idea de volver el cuchillo contra mí, me vino después… A lo primero, no… A lo primero me conformaba con ir a la galera… Si acaso, que tú me visitases alguna vez…

Fermín movía la cabeza:

—Es preciso que rechaces tales absurdos.

—¡Son luces!

—Son insensateces. Debes pensar en rehacer tu vida.

—Mi vida no va a ser más cautiva en la galera. ¡Son luces! Consiénteme que mire por ti, santo sin hieles. Ese Caín se recome de malas ideas. ¡Es un malvado muy traidor! De haber podido enfriarle, ¡qué sosiego para mi alma!

Fermín se levantó, amonestándola con alarmada severidad:

—Sofi, te prohíbo…

Ella le miró adementada por ofrecérsele con las manos llenas de sangre como conjuros de amorosa expiación:

—¡No me mires tan fiero! ¡No me prohíbas cosa ninguna! ¡He de matarle para que no te mate! ¡Si resguardo tu vida, ya habré hecho alguna cosa buena en el mundo!

Los ojos tenía cerrados, la boca entreabierta por temblor epiléptico. Fermín le impuso una mano en la frente:

—Sofi, procura serenarte. Tú realizarás en el mundo otras buenas obras. Ésa no lo sería. Por lo demás, estate segura de que mi persona no corre ningún riesgo. Las baladronadas no son sentencias de muerte.

—Es un malvado muy traidor.

—Déjalo de mi cuenta.

—¿Y si te mata?

—Me entierran. Tú sólo debes pensar en rehacer tu vida honestamente.

—¿Para qué? A ti de mi vida se te da bien poco. Llegando a Londres, me tiras al agua con una piedra al cuello.

—¡Sofi, no desatines!

—¿Por un casual has venido a significar cosa diferente en lo que hablaste con ese veneno?

—¿Cómo puedes atribuirme palabras que jamás han salido de mis labios?

—No son tus palabras, son tus pensamientos… Tú has mentado solamente el diferente rumbo de nuestros caminos. Fue entonces, al oírte, cuando reviré el cuchillo contra mí.

El viento le arrebataba la madeja del pelo, descubriéndole la frente blanca y lunática. Fermín la miraba con piadosa resolución, le acudía del fondo de la conciencia una lástima generosa y redentora, sentía como un precepto religioso la obligación de remediar el oprobio de aquella vida de prostíbulo. Tomó una mano de la Sofi:

—¡El rumbo de nuestros caminos nadie lo sabe!

XXXIV

Don Teo se incorporaba bostezando: El maligno vejete guiñaba el ojo:

—Aquí sobra uno. ¡Buenas noches!

Don Teo se alejó refitolero, sesgada la boca por una mueca cínica: Con pérfido regocijo daba por seguro los cuernos de Indalecio. Le acudió un estornudo, y friolero, frotándose las palmas, se encaminó a la cantina: Aún se tambaleaba, y sus pensamientos en fuga hacían revoloteos entre el naufragio del quepis y Doña Baldomera: Instintivamente miró al mar: El guedejón que le valía para disimular la calva, le flameaba sobre una oreja. Desde la puerta de la cantina, con atisbo de raposo, alargó la pestaña, sospechando que había de encontrarse con el Pollo de los Brillantes. Le descubrió entre la niebla de humo, aislado y pensativo ante una copa intacta, con el veguero atravesado en la boca: Se allegó corcovándose, fruncida la husma:

—¡Nos atrae un poderoso imán!

Reía con gallos santurrones, apuntando el diente verdino. El Pollo le miró recalmado:

—¿Ha dormido usted la mona?

Don Teo bajó los párpados y alzó los hombros con taimado aspaviento:

—No discutamos bagatelas. Usted lo resuelve como le haga más el gusto.

El Pollo tascaba el veguero:

—La conducta de usted es incalificable. Se conduce usted como un novatón; olvida usted que toda prudencia es poca. El Indalecio es un irresponsable, usted no, usted sabe la enorme responsabilidad que pesa sobre nuestras cabezas.

El vejete arrugaba una mueca felona:

—No creo que haya motivo para esos ditirambos.

Sofocó la voz el Pollo:

—Se nos ha designado para ejecutores de una sentencia que baja de muy alto, de muy alto, Don Teo.

—Me está usted hablando como si me hubiese rajado. Una copa de más, francamente, no justifica que usted olvide mi modesta historia. En cuantas ocasiones se me ha propuesto, jamás me rajé, y me he visto en casos muy apurados, casos de jugarse la pelleja, y el busilis en el alero. ¿Puede estimarse como suficiente recompensa a mis servicios una plaza de segundo organista en el oratorio del Olivar? Pregúntese al Señor Conde de Cheste, y él dirá si es hombre de ideales Teolindo Soto.

El Pollo tiraba del habano, atentos los ojos al ingrávido volar de una mosca en torno de la copa que permanecía intacta: Murmuró en una nube de humo:

—Me tiene usted disgustado, profundamente disgustado.

Se atufó el vejete con gallos santurrones:

—El hombre es frágil… La humanidad es frágil… Verdades eternas y patentadas.

—A usted una copa de más se le antoja un catafalco.

Interrumpió el Pollo:

—En estas circunstancias.

—Yo con una copa soy un astrónomo. Una copa para mí es un telescopio. Una luz que ilumina el caos. ¿Sabe usted que son perfectamente auténticos los pitones del amigo Inda? ¡Perfectamente auténticos! ¡Y eso supone una complicación de muchos bemoles! ¡El trío de baile y guitarras era una pantalla de primera!

El Pollo se solemnizó, con apesadumbrada jactancia:

—¡Era algo bien planeado!

Aclaró Don Teo:

—La rubiales le ha puesto los ojos al propietario de la bolsa. Y ese punto no es lo que aparenta.

—Como que es un demagogo de los más rabiosos.

—Me lo había guipado.

Remató el Pollo:

—Hay que dar el golpe pronto y sobre seguro, para salvar a España. Usted va a dejar ese feo vicio…

—No se hable más.

—Estamos investidos de una misión sagrada. La hidra demagógica amenaza como nunca los cimientos de la sociedad española.

Apuntaba Don Teo una sonrisa aduladora:

—Que la musa le inspire a usted, y adelante. El Inda y la rubiales, tal como han rodado las bolas, representan un estorbo.

El Pollo adormecía los ojos de rana: Maduraban sus pensamientos, como frutos de cuelga, en las arrugas del entrecejo:

—Al Inda habrá que sellarle la boca.

Batió un párpado el vejete:

—Usted dirá el sello.

El Pollo se frotaba el pulgar y el índice:

—Convendrá tramitarlo a bordo.

Asesoró Don Teo con mónita santurrona:

—Hay que darle boleta para los patrios lares.

El Pollo anubarraba el gesto:

—¡Me temo la mala leche de ese pinta!

Sigiló Don Teo:

—Se le expide pasaporte para un viaje de placer.

El Pollo acompasó con la mano:

—¡Prudencia!

—Usted cuenta para todo con la devoción de este acólito.

La mano redonda y pecosa, enjoyada de gruesos anillos, reiteró sus compases:

—¡Prudencia! ¡Prudencia!

—Sabe usted que la rubiales es una Ristori. ¡Milagrosamente no lloramos la defunción de Indalecio!

—¡Lástima que no haya rematado la faena!

—Aún puede…

—No estaría mal.

—Cuestión de cultivarla.

—Pues a ello.

El Pollo de los brillantes humeaba el veguero con flemática indiferencia, como si en cada bocanada quisiese disipar un incierto compromiso que podía trascender de sus palabras: Inducido por aquella camándula, se puso en pie finalizando el coloquio. Descendía el vapor con largo balance, y hubo de apoyarse en la mesa. Entrando la noche, había saltado el viento y arreciaba un temporal de mar duro con chaparrones y rachas del Sudeste. El Omega, alternativamente, remontábase en la cresta de las olas y se abismaba como si le faltase el mar bajo la quilla.

XXXV

Don Joselito Cartagena se alejó con medrosos compases, abiertos en balancín los brazos de rana: Iba en busca de la partida de monte, sobre el atisbo de pujar la banca, y alzarse con el dinero de los puntos por las flores del salto, el pego y el amarre: Cuando penetró en el comedor vacaba el naipe, y los revolucionarios españoles escuchaban al apóstol de la revolución universal. Las luminarias de un ponche alteraban los rostros con fugaces reflejos, y la boca sin dientes del barbudo gigante, adoctrinaba:

—Los suecos emplean aguardiente de cerezas, que aquí hemos sustituido por ron de Jamaica. En vez de ron pudimos haber puesto aguardiente de orujo, es más parecido al kirsch. De toda suertes, espero que resulte una bebida agradable.

Extinguidas las luminarias, el barbudo gigante colmó las copas, y los cofrades celebraron las excelencias del ponche sueco, con el ritual masónico de simbólicas salvas. Desentonó Paúl y Angulo:

—¡Es el bálsamo de Fierabrás!

Entrometióse el Pollo de los Brillantes:

—Don Pepe, nosotros por lo castizo. ¿Le parece a usted que apuremos unos chatos de Macharnudo? Y ustedes todos, caballeros.

Tronó Paúl y Angulo:

—Venga ese contraveneno.

El Capitán Meana, en la puerta del comedor, secreteaba con el calmuco:

—Entre usted. Iniciaremos la batalla.

—Batalla perdida. Son unos burgueses.

—No aventure usted juicios.

El calmuco echa los ojos sobre la cofradía revolucionaria:

—En todo caso, ha de iniciarse la captación uno a uno. Conviene la táctica jesuítica.

—La captación, sin duda… Ahora se lanza la idea.

—Son unos burgueses.

—Salvochea no es un burgués.

El calmuco sesgaba la boca con una mueca desdeñosa:

—Es algo peor, es un puritano.

—Estévanez no es un burgués.

—Tiene todos los prejuicios de la moral rutinaria.

—Paúl tampoco es un burgués.

—Como a tantos revolucionarios españoles, le incapacita para una acción a fondo la ceguera por vuestro Prim.

El antiguo garibaldino amontonó el ceño:

—Le creía a usted con más fe en la realización de su idea, y si al proponérmela hubiera usted manifestado esas dudas…

—¿Qué hubiera hecho usted?

El calmuco le clavaba los ojos oblicuos con una sonrisa artera, que irritó al Capitán Meana:

—¿Qué hubiera hecho? Pues no perder el tiempo.

—¿Cree usted haberlo perdido?

—Indudablemente.

—¿Por qué, si estamos de acuerdo?

—Solos nada podemos.

—A los otros debemos ganarlos cautelosamente… Primero para la teoría, y luego para la acción. Usted inicia los primeros aproches sin insistir demasiado.

Cortó con adusta impaciencia el Capitán Meana:

—¿Entra usted?

—No es conveniente.

El calmuco le tendió la mano, sesgada la boca por una sonrisa de astuta complicidad, y traspuso la puerta: Desapareció sumido en el declive de un balance, estremecidas las greñas color de buey, bajo el guiño de todas las luces. El Capitán Meana llegó a la mesa de los brindis, y campanudo reclamó una crátera para hacer salva: El Pollo de los Brillantes le alargó un chato. Tintineaba el cristal de las copas en los violines, oblicuaba la mesa su plano, desquiciábase en torno el círculo del triángulo, y, florecido de una sonrisa efímera, ascendía en el múltiple guiño de las luces el busto barbado del apóstol.

XXXVI

El temporal de aguas y viento se mantuvo toda la noche. Bakunin, verboso y noctámbulo, prolongaba la tertulia con interminables y paradojales discusiones, convirtiendo en cenáculo de café el comedor del Omega. Envuelto en el humo de la pipa, ante la mesa llena de copas, sentíase inspirado:

—¿Queréis la revolución en España? ¿Por qué la queréis? ¿Qué ideario pretendéis implantar en sustitución del régimen existente? ¿Acaso imagináis servir una causa revolucionaria con esas interminables discusiones sobre los candidatos a la corona de España? ¡Es insensato hacer una revolución para buscar un tirano! ¡Las masas no pueden seguiros! Devolved al pueblo sus sagrados derechos, infundidle el sentimiento de dignidad que nunca podrá darle una Monarquía. Haced la revolución, pero encendidos los corazones con la esperanza de ver derrumbarse todas las viejas dinastías europeas para ceder el puesto a las masas triunfantes. El sentido militarista de vuestra revolución no puede interesarnos; es más: lo execramos. Vuestra revolución carece de hondura en los propósitos, es un fuego fatuo desprendido de los grandes cadáveres revolucionarios que aún prestigian la historia política de Inglaterra y Francia.

El Señor Alcalá Zamora sonreía con eclesiástica suficiencia:

—El buen sentido del pueblo español rechazará siempre el veneno de esos brillantes sofismas.

Saltó Paúl y Angulo:

—El socialismo no es un sofisma.

—Si no es un sofisma, es una utopía.

—Las utopías de hoy son las realidades de mañana.

—El español es profundamente individualista.

El Capitán Estévanez apuntó una sonrisa de chanzas:

—Es insolidario, pero no creo que sea individualista.

—El adoquinado de una calle no es individualista. ¡Todos los adoquines iguales e insolidarios!

Amonestó el clérigo con doctoral silabeo:

—¡Sea usted más patriota!

—Yo soy uno de tantos adoquines, perfectamente insolidario.

Intervino el Capitán Meana:

—Estoy de acuerdo con que el español no sentirá nunca el dogmatismo marxista.

El apóstol de la revolución universal asintió con un gran gesto velado en el humo de su pipa:

—La Asociación Internacional de Trabajadores es la aparición de una nueva tiranía que amenaza a todos los pueblos: La Humanidad, en sus múltiples fases, esclavizada por los rencores del proletariado.

Estévanez le miró reflexivo:

—No llego a ver claro en el fondo de esa doctrina…

—Ateísmo y antiestatismo. Hoy hemos de destruir el régimen político existente en todos los pueblos europeos, pero mañana nuestro destino será combatir el régimen comunista tal como lo concibe la Internacional: ¡La dictadura del proletariado!

—¿Cuál es, entonces, la revolución mundial a que usted aspira, si no es la dictadura del Estado comunista?

—El excelente y bienhechor desorden, parteado por una explosión de las masas. El socialismo del Estado, conforme a la doctrina marxista, sólo puede alzarse sobre los escombros de las viejas sociedades, por una nueva esclavitud de las masas reducidas, en fuerza de decretos, a la obediencia, a la inmovilidad y a la muerte: La Europa Occidental, senil, corrompida, escéptica, necesita una transfusión de sangre bárbara que la saque de su cretinismo democrático. No puede haber revolución sin anarquismo: La revolución sólo existe donde se abre un horizonte anárquico, y si no se lleva en su seno el rayo destructor de todos los prejuicios sociales, será una apostasía. El régimen parlamentario, piedra angular en las democracias occidentales, es una de las más hipócritas ficciones del sentido burgués. Yo comienzo por execrar cualquier revolución que no sea para destruir todas las Instituciones del Estado. No hay verdadera libertad, ni respeto al individuo, sin anarquía. El cimiento de la dignidad humana se llama anarquía, y una revolución debe ser, en todos los casos, una máquina infernal.

Bakunin descargó la pipa golpeándola contra el borde de la mesa: Sonreía como si esperase la refutación de sus palabras. Insinuó el Capitán Estévanez:

—Comprendo el anarquismo como medio, pero no como fin.

El apóstol cargaba su pipa:

—Todos los fines son ajenos a la voluntad de los hombres.

—Es un fatalismo que no comparto.

—¿Negará usted el fatalismo cósmico del cual somos esclavos? Y en cuanto al distingo entre la anarquía como medio y la anarquía como fin, no puede admitirse. Es frecuente identificar la anarquía con el terrorismo, y me parece que usted incurre en ese sofisma de la reacción burguesa. La furia destructora no es la última razón del credo anarquista. El terrorismo sólo significa un accidente en la lucha revolucionaria, pero no una norma, signada con el sentido de lo absoluto como la Idea Anarquía.

Los conspiradores españoles apenas mostraban un leve desacuerdo con las utopías revolucionarias del apóstol.

XXXVII

¡Fondo!

Silbatadas y escapes de vapor. Caen las anclas con desgrane de cadenas, abriendo círculos de espuma. El pasaje invade la cubierta, transportando maletas, sombrereras, líos de mantas. Era general el sentimiento ahorrativo de esquivar propinas. Rostros que aún conservan la palidez del mareo, contemplan casi incrédulos la estabilidad de los muelles, prolongándose en un balance de toldillas y masteleros. Sacan su trompa entre la niebla imponentes grúas. Bocoyes, fardos, jaulas, cajas de maquinaria ruedan entre grises patuleas, en un tráfago de vagonetas, cables, palancas, poleas, flexores, volantes. Con la sanidad pasó a bordo la policía. Un comisario, dos agentes y cuatro gatos de la secreta. La Sofi se ocultaba en el grupo de los revolucionarios españoles. Anovelóse el pasaje. Corrieron fabulosas invenciones:

—Un complot de carbonarios para volar la Catedral de Londres.

—Si a usted le parece bien, para volar el Parlamento.

—De cierto, nada.

—Londres no puede continuar siendo el asilo de todos los anarquistas del mundo.

—¿Bombas Orsini?

—Eso he oído.

—¡Bombas Orsini!

—En una maleta abandonada en la primera cámara.

—De cierto, nada.

—Que la policía está registrando el barco.

—¡Y que ha sido descubierta una máquina infernal!

—El carbonarismo italiano…

—Los detenidos son contrabandistas de Gibraltar. Un alijo de tabaco…

—Usted nos chafa el folletín.

—Algo más. Asesinos pagados para matar a un general carlista.

La Sofi se apretujaba el toquillón por la cabeza. Quisiera tener alas. Escapar, volando sobre las blancas toldillas y las negras barcazas de hulla, perderse en la niebla de los tejados, en el humo de tantas chimeneas, aduendarse por aquellos castillos de luces y ventanas suspensas por dos riberas. Se santiguó:

—¡Madre del cielo!

Comentarios de Tiberio Graco:

—¿Un general carlista? ¿Cabrera? ¿Y si no fuese un general carlista?

Asentimiento de Claudio Nerón:

—He pensado lo mismo.

Don Luis Alcalá Zamora plegaba los labios con eclesiástica reserva:

—No sería la primera vez que se atentase contra la preciada vida de Don Juan.

Condenaba el Capitán Estévanez:

—¡Un Gobierno que apela a tan repugnantes medios es la deshonra de un pueblo!

Claudio Nerón soslayaba al clérigo sin licencias:

—Don Luis, ¿cree usted que el golpe venga de González Bravo o de Mastai Ferrati?

—Creo, sencillamente, que el golpe, de venir, viene de los enemigos de Don Juan.

—Habla usted como los oráculos.

—No tengo datos precisos para concretar una acusación.

Saltó Paúl y Angulo:

—¡Yo sí!

—¡Yo no!

—¿Quiénes son los más acérrimos enemigos del General Prim?

—¡Los neos!

—No.

—¿Los moderados históricos?

—Los partidarios del Duque de Montpensier.

Atenuadas sonrisas, leves dudas.

—¿Más que los isabelinos puros?

—Más. Y más que el naciente alfonsismo. El General, que no ha hecho declaraciones republicanas, que ni siquiera las ha hecho antidinásticas, ha rehusado todo compromiso con Antón Perulero. ¿Qué dice el páter?

—Me asombro, y cavilo que sin pruebas muy evidentes no lanzaría usted esas acusaciones.

—Estoy harto de oír respiran los partidarios del Naranjero. El Pillete, el Patulero, el Pringado, son sus mejores alusiones al Conde de Reus. Todo esto debe saberlo el interesado, es preciso que lo sepa, encenderle la cara.

Sonrió cautamente el clérigo sin licencias:

—Y arrancarle declaraciones republicanas… Dudo que ustedes lo consigan.

—No queremos declaraciones, queremos una leal colaboración, el compromiso solemne de que será respetada la voluntad nacional.

El clérigo se ungió de liberales promesas:

—Puedo asegurarles que no hallarán la menor dificultad en su empresa. El General ha procurado siempre una inteligencia con las democracias españolas… Pero ustedes también tienen sus santones, y no es siempre fácil entenderse con soñadores.

XXXVIII

El Comisario de Policía examinaba las hojas de embarque en el camarote del Capitán. Pedía aclaraciones. Releía notas de una cartera:

—Una mujer y tres hombres embarcados en Gibraltar. Sofía Aranguren, Indalecio Meruéndano, Teodolindo Soto. Los dos, profesores de guitarra española. Pasaje de tercera.

El Capitán explicó con flema británica:

—Míster Meruéndano viaja en la barra.

El Comisario repasó una hoja cubierta de anotaciones:

—Míster José Cartagena. Trabaja el comercio de naranjas. Pasaje de primera. Los cuatro, embarcados en Gibraltar. El cable recibido, al interesar su captura, alude a un complot político urdido en aquella plaza.

La pareja de agentes apareció trayendo en medio al hombre gordo, vestido de blanco. Le encaró el Comisario.

—¿Es usted míster Cartagena?

—Si usted no manda otra cosa…

—¿Embarcado en Gibraltar?

—El mismo.

—Usted tendrá la bondad de acompañarnos.

—¿Se me permite bajar al camarote para cerrar las maletas y cambiar de ropa?

El Comisario, antes de responder, miró a los agentes:

—El camarote de usted ha sido sellado.

Se inclinó el hombre gordo:

—Me será permitida la más enérgica protesta. ¿De qué se me acusa?

El Comisario puso una sonrisa benevolente sin conocer las causas.

—¡En todo esto hay una equivocación!

—Cumplimos órdenes.

—¡Soy una persona honorable!

—La policía no juzga, obedece.

—Protestaré ante mi Embajada.

El Comisario se levantó sonriente:

—Entretanto, va usted a consentirme que le ponga las esposas.

El Pollo de los Brillantes le presentó las manos con cínica entereza:

—Repetiré con Garibaldi: Obedezco.

El Comisario le clavó los ojos sagaces con atención jovial:

—Soy también un admirador del gran italiano.

Le puso las esposas con irreprochable destreza. El Pollo de los Brillantes se había vuelto de cera:

—Se me trata como a un malhechor.

El Comisario denegó con gesto placentero:

—Estas formalidades no prejuzgan la condición del preso. Usted, por ahora, queda aquí incomunicado. Vuelvo.

Se inclinó el hombre gordo.

Abatido sobre la banqueta de hule, con un guardia de vista, el hombre gordo comenzó a preparar su defensa.

XXXIX

El pasaje se corría sobre la borda de estribor, por donde embarcaba la policía con los tres hombres esposados y la desesperada, que grita y saca las uñas entre la pareja de agentes. Protestaban románticos, desde el botalón, los revolucionarios españoles, en grupo de girondinos. Las viejas litografías han perpetuado estos gestos. El Compañero Salvochea permanecía en la escala, la cabeza desnuda, los rizos en vuelo. La Sofi le alargaba los brazos, y el treno girondino mudóse en zumba y jonjana:

—¿Será Fermín un Don Juan?

—Un Don Juan en estado de inocencia.

—Don Juan sin saberlo.

—¿Sin saberlo quién? ¿Fermín, o nosotros?

El clérigo sin licencias, reservado y cismático, abrió un círculo de irónicas ambigüedades:

—¿Y si les dijese a ustedes que esa mujer es el diablo?

—¡Todas las mujeres!

Tratos púnicos

I

Sobre ruedas, en un ómnibus cargado de valijas, mundos, sombrereras y maletines, trompicaba la jacobina comunión de revolucionarios españoles por las calles de Londres. Jovial y fraterna, y a la mira de vivir por poco coste, fue unánime el acuerdo de hospedarse en el último piso del Harcourt-Hôtel. —Largos pasillos con mecheros de gas: Olores de cocina y hulla quemándose: Panorama de chimeneas: Escenas de gatos.— Los revolucionarios españoles, tomada posesión del alojamiento, estudiaron sobre un plano la red de tranvías. Acalorada disputa:

—Tranvía de Trafalgar-Square.

—Mejor el ómnibus.

—¿Vive muy lejos?

—¡En la Venta de Algete!

El Hotel Harcourt era una jaula de siete pisos. Escaleras y corredores de numeradas puertas, pasos perdidos, batir de colchones, rodar de camas: Un zapato, un cepillo, un hombre que canta bajo una lucerna.

II

El General Prim, aquellos últimos días del destierro, habitaba una villa en Paddington. La casa entre enredaderas, alegre de verdes persianas, tenía un cercado de rosales que podaba en mangas de camisa —ajeno a recuerdos clásicos— el Soldado de África. El despacho, grande, cuadrado, con armas, pinturas y mesas de juego, no tenía libros. Don Juan, después de los saludos y presentaciones, había clavado los ojos en el Capitán Estévanez:

—¿De dónde nos conocemos?

—De la Campaña de África, mi General.

—¿Usted ha servido en el Regimiento de Zamora?

—Teniente de la Cuarta Compañía del Segundo Batallón. ¡Asombroso que usted me recuerde, mi General!

El General sacó el pecho con animosa arrogancia:

—Yo también he servido en el denodado Regimiento de Zamora. Zamora era entonces el terror de los carlistas, como más tarde lo fue del moro en la Campaña de África. Le recuerdo a usted en la acción del 17 de diciembre. Tengo muy presente la conducta de usted en la retirada, mandando alinearse y numerarse bajo el fuego enemigo para contar las bajas.

El Capitán Estévanez enrojeció:

—Me preocupaba la idea de que algún hombre se me quedase herido entre aquellos jarales… Impulso sentimental más que alarde bélico… Mi alma, como mi vitola, es la de Sancho Panza.

—¿Qué empleo tiene usted en la actualidad?

—Continúo de Teniente, con el grado de Capitán.

—¡No ha sido mucho el adelanto! Amigo mío, esperemos mejores tiempos, esperemos el triunfo de nuestros ideales, que será el de la justicia.

El Capitán Estévanez, tan colorado y orondo, tuvo un gesto de Diógenes:

—Antes que concederme a mí la efectividad en el grado, hay muchas cosas que arreglar en España.

El Conde de Reus frunció las cejas ante aquella risueña indiferencia:

—Todos nuestros amigos de la milicia, en el día del triunfo, recibirán dos empleos. A los que hoy sufren persecuciones y cárceles, a los que mañana harán resplandecer el sol de la libertad, a costa de su sangre, ¿qué menos puede ofrecerles la Patria? Pero es indispensable la unión de la gran familia liberal bajo la bandera de unas Cortes Constituyentes. Creo que usted lo reconoce así, al honrar esta casa y al estrechar mi mano de soldado.

—¡Así es, mi General!

El Conde de Reus le abrazó, siempre con exceso de comediante en tablas. Luego, brusco y cordial, encaró al Capitán Meana:

—¿Usted también militar?

—Sí, mi General.

—¿Y con los mismos adelantamientos?

—Sí, mi General.

—¿Y con las mismas campañas?

—Sí, mi General.

—¿Y sin ambiciones?

—Una sola, mi General: Que usted monte a caballo y sea un hecho la libertad de España.

—¿Cree usted que yo puedo hacerlo?

—Usted puede ser el caudillo de las democracias españolas.

El General sonreía con diplomática sorna:

—Las masas son, por naturaleza, anárquicas. Me temo mucho que nuestro amado pueblo desconozca el justo medio y lo pierda todo. A rastras, o por las nubes: esclavitud, o anarquía.

Ruiz Zorrilla, burócrata y prosaico, aparecióse con cartas y otros papeles para la firma del General. Detrás, Sagasta, manos en los bolsillos, tupé de farandul napolitano: Le faltaban la mona sobre el sombrero y el perro sabio con el platillo para recoger los cobres. Abrazos, dobles apretones de manos, preguntas de unos y de otros, ajos y admiraciones. El General alzó un sobre con muchos lacres de la bandeja que le presentaba el viejo asistente, ahora vestido con pomposa librea de pasadores y cordonerías:

—No es de estafeta este pliego.

—Lo ha recibido el italiano.

—Don Ruiz, ¿quiere usted enterarse?

Ruiz Zorrilla tomó el pliego y se apartó para leerlo. El Soldado de África interrogó a Sagasta:

—¡Amigo Práxedes!, ¿y esa visita?

—Judía y contra…

Sonrió Don Juan, acariciándose la barba negra y cosmética:

—¿Ésas son sus impresiones?

—Tanto como ésas…

—¿Ha sido larga la conferencia?

—Próximamente una hora.

—Luego me dirá usted…

Volvió Don Ruiz y sopló en la oreja del General:

—El Jefe Superior de Policía pide hora.

—¿El Jefe Superior de Policía? ¿No le hace a usted raro?

—Un poco.

—Don Ruiz, a ver si tenemos que salir tocando el organillo.

Gran frase de Don Ruiz:

—¡Lo sentiría por Inglaterra!

El Conde de Reus se dirigió al apartado grupo de sus amigos:

—Señores, una noticia que puede, si no malograr, producir un retardo en nuestros proyectos. El Jefe de Policía me visitará esta noche. Don Ruiz, cítele usted para las diez, y ofrézcale una taza de té con la Condesa. Esa visita no me da buen agüero.

El Amigo Práxedes rasgaba la boca morena sobre dos orejas, ajudiado el azabache de los ojos, el tupé en llamarada sobre el entrecejo:

—¿Teme usted una indicación para salir de Londres?

Ruiz Zorrilla acentuaba con prosodia integral, de castellano burgalés:

—¡Lo sentiré por Inglaterra!

El Amigo Práxedes recogió la frase como una de aquellas pelotas que, haciendo novillos, jugaba en las murallas de Zamora:

—Inglaterra dejaría de ser la nación hospitalaria que todos admiramos.

Don Juan se puso la mano en las solapas del chaleco:

—Les pediríamos auxilio a los hermanos del Piamonte.

Saltó Paúl y Angulo:

—¡No habrá caso, mi General! Probablemente, la Policía inglesa está sobre los rastros de un complot tramado para sacarle a usted de en medio. ¡Así las gastan algunos compadres! Esta mañana hemos tenido a bordo la visita de la Policía. ¡Con esposas se llevó a tres puntos que habían tomado pasaje en el Peñón!

Don Juan permaneció en su actitud. Sólo un leve movimiento de los labios:

—¿Españoles?

—Españoles.

—¿Y usted sospecha…?

—Todos sospechamos. En el Peñón, la Policía ha descubierto el complot y lo puso en conocimiento de la Jefatura de Londres.

El Soldado de África respiró el aura de sus grandes horas. Arranque teatral, gesto fogoso de farsa mediterránea:

—¡Mi vida, señores, la respetan las balas! Soy providencialista, y creo que la respetan para abrir una nueva senda en los destinos de España. En Castillejos, el plomo que rasgaba la gloriosa enseña, que hería a mi caballo, que mataba a mis ayudantes, a mí me respetaba, como ha dicho el simpático Pedro Antonio.

Una ráfaga de entusiasmo despeinó en todas las cabezas el tupé sagastino: Todas tuvieron en aquella hora un rizo en el aire, y las bocas una sonrisa cordial, y los ojos una lágrima de novela chabacana. La Condesa de Reus, en la florida penumbra del jardín, tras la puerta de cristales, llamaba con el abanico:

—Juan, un momento. ¡No se te ocurra invitarlos! Sonrió el General:

—Ya he visto que son demasiados. Los invitaré de dos en dos. Hoy cuenta con Paúl y La Rosa. Me conviene ganarlos inmediatamente, porque se traen la representación de la Junta Republicana de Cádiz. Muéstrate amable y muy demagógica.

La Condesa de Reus, vestida de encajes negros y fulares malva, acendrada de soles criollos, honesto el escote y la garganta con guardapelo de enamorada, abría la pompa del miriñaque, jugaba el abanico y la sonrisa en la puerta de cristales, saludando al capítulo revolucionario.

III

De sobremesa, servido el café, puesta lumbre a los vegueros, el gran revolucionario mandó cerrar las puertas y, paseándose, abrió el pecho a los Hermanos Claudio Nerón y Tiberio Graco. Don Juan Prim, verdoso, cosméticas la barba y la guedeja, levita de fuelles y botas de charol con falsos tacones, que le aumentaban la estatura, sacaba el tórax. Pisando fuerte y abriendo vocales catalanas, hacía temblar el Trono de Isabel II. Decoraba sus jaquetones propósitos con la retórica progresista que resplandece en los himnos nacionales. Si juraba, era por su espada; si prometía, era por la gloria de sus laureles. —César, en las tragedias de los corrales, no declama con más pompa endecasílaba sus hechos de Farsalia.— Don Juan, enarcando el pecho, lucía los dijes del reloj, la botonadura de diamantes, el chaleco de seda. En su alma de falacias y ambiciones púnicas encendía gallos matachines la jota del Ebro:

—¡Abajo todo lo existente! Hoy, señores, el lema de mi espada, siempre al servicio de los ideales democráticos, no puede ser otro. ¡Abajo todo lo existente! Monárquicos y republicanos podemos conducir nuestros comunes anhelos por ese cauce, y así me lo hace esperar la noble conducta de ustedes en el último fracaso de Cádiz. Mi corazón de soldado les guarda por ello el más profundo reconocimiento. Cartas de los amigos me han hecho conocer la actitud de ustedes, tan leal a los pactos con el partido progresista, tan deferente para mi persona.

Paúl y Angulo, ante aquellas memorias, fiscalizó con gesto severo de jaque dogmático:

—Este último fracaso se lo debemos al egoísta exclusivismo de los vicálvaros. Su mala fe ha sido patente. No querían ni la colaboración de usted ni la del pueblo.

Recapacitó Don Juan:

—Es una lección que tendré presente.

Explicó Tiberio Graco:

—Hubieran proclamado a Montpensier.

—¿Por qué no lo han hecho?

—A última hora les falló Topete.

—¿Contaron en algún momento con Cantabria?

—En ninguno.

—¿Ni con los artilleros?

—Ni con los artilleros, ni con el Fijo de Ceuta.

—Eso ha detenido al Brigadier Topete. No olvidaré la enseñanza.

Paúl y Angulo ceceaba, demagógico:

—Mi General, la caída de todo lo existente es la sola condición que pone la Junta Democrática de Cádiz.

Saludo masónico de Don Juan:

—Aceptado. La revolución, una vez triunfante, convocará Cortes Constituyentes. No encubro mis sentimientos monárquicos, pero si el voto nacional fuese republicano, yo pondría mi espada al servicio de las nuevas Instituciones. Y como verdaderos demócratas y como hombres de honor, no dudo que ustedes aceptarán igualmente el fallo de las Cámaras.

Los hermanos de triángulo se mostraron conformes. Grandes gestos y grandes frases. Don Juan, para sellar el pacto, colmaba las copas. Paúl y Angulo declamó con ceñuda arrogancia:

—Mi General, la revolución, para ser un hecho, sólo espera la presencia de usted en las aguas de Cádiz.

Sonrió el General:

—Todavía no ha llegado el momento.

—¡Los vicálvaros pueden intentar otra jugarreta!

—No los temo. Amigo Paúl, al primer aviso, jugándomelo todo, desembarcaré en España. Para poder realizarlo tengo, desde hace meses, un vapor fletado en Weymouth. Amigo Paúl, usted es el hombre que mejor podría representarme en Cádiz.

—¿Con mi significación republicana?

—Precisamente.

—Don Juan, usted me manda.

Abrevió Don Juan:

—¿Traen ustedes algún otro negocio?

—Ninguno.

—En ese caso, deben regresar inmediatamente a España. Esta noche seguiremos hablando.

Pasaron al salón, donde, en un círculo de emigrados, hacía los honores la Condesa de Reus. Aquel mundo de emigrados españoles, todavía con una evocación de las modas románticas en barbas y melenas, en el talle de las levitas y en las corbatas, tenía una gesticulación apasionada y morena, un fulgor de ojos negros que en las nieblas londinenses recordaba el disputar de las sinagogas.

IV

El General apartóse sobre el hueco de una ventana conversando con el Amigo Práxedes.

—Dígame usted sus impresiones.

—Otro aplazamiento. El General Cabrera ha telegrafiado que su médico no le permite venir a Londres.

—¿No será un pretexto? Es hombre lleno de esquinas… Adelante…

—Hemos resuelto celebrar la conferencia en la casa de campo del Conde de Morella. Se había dicho primero que mañana a las diez. Pero he protestado, y será esta misma tarde. Las madrugadas, siempre que sea posible, deben evitarse. Don Carlos ha eludido comprometer palabra alguna, sin hallarse presente el Gato de Tortosa. ¡El más ilustre guerrero de la causa carlista!

El Amigo Práxedes, con maleante gracejo, remedaba el hablar extranjerizo, las ges y erres gordas del Pretendiente. Don Juan sonreía con los ojos cerrados, agudo de suspicacias y recelos, sumido en cábalas:

—El Conde de Morella no juega limpio. Vaya usted con esa prevención.

—El Príncipe, si se le juzga por la alzada, es un magnífico ejemplar. Habla poco y con reservas. Los dos edecanes, dos calabazas.

Sesgó Don Juan la cara amarilla:

—Si Su Alteza es tan decorativo, ya tenemos algo.

—¡Un Rey para el bello sexo!

—Sí… Un Rey a caballo… España, como todos los pueblos latinos, adora las imágenes… Un Rey a caballo, que luzca en paradas y procesiones, será siempre popular en España.

—Con un programa democrático, mi General.

—Amigo Práxedes, esos señores no deben tener programa. El ejemplo lo hallamos en Inglaterra. ¿Cuál es el programa de la Reina Victoria? Acatar fielmente la voluntad del pueblo.

—La voluntad del pueblo es la negación del derecho divino.

—No faltarán teólogos que lo arreglarán convenientemente.

—¡Es muy cerril la gente nea!

—Hoy tiene el escarmiento de la guerra civil. Don Carlos nos resolvería la cuestión monárquica con sólo atender los consejos del Conde de Morella.

—Y divorciándose de las honradas masas, como el autor de sus días.

—¡Si es ambicioso!

—Me ha parecido un fanático.

—¡Madrid bien vale una misa! Amigo Práxedes, ¿dónde está su conocimiento de los hombres? Los príncipes también son mortales. Amigo Práxedes, la tentación es muy grande. ¡Una corona! ¡La corona de sus mayores! ¡Continuar la historia de España! ¡La historia del mundo…! ¿Se lo ha insinuado usted?

—Se lo he servido con música y bandera en un desfile de gran parada. El Duque de Madrid, evidentemente, se juzga llamado para realizar una misión histórica, y en sus menores palabras descubre un providencialismo fanático y ultramontano. ¡Corazón de Jesús y detente bala! Usted, sin embargo, debe verle. Acaso yo me halle influido por resabios de antiguo miliciano. Siempre me será más simpática la candidatura del Duque de Aosta. El Príncipe Jerónimo Napoleón está llamado al Trono de Francia, dada la endeble naturaleza del Príncipe Imperial, y todos los Estados Latinos quedarían entonces bajo la hegemonía de la Casa de Saboya.

—Amigo Práxedes, debemos tener en cuenta el horror legendario que tiene el español al dominio extranjero.

—Eso es lo legendario. Lo evidente es que lleva cuatro siglos soportando dinastías extranjeras.

—Con sangre castellana y aragonesa.

—Hoy las sangres reales están todas mezcladas.

—El General del Siglo no pudo dar un Rey a España.

—El General Prim puede dárselo.

El Conde de Reus anubló la frente:

—No sé si puedo.

Poco a poco la expresión preocupada se mudó en una mueca de lástima oyendo los gritos y mirando los gestos del Brigadier Miláns del Bosch: Saludaba a lo payaso en medio del salón, vestido con elegancia de viejo estrafalario: Era muy pino y muy delgado: Las cejas blancas y las pupilas extremadamente negras, las piernas de alambre y el pisar sobre huevos, que imponen los ojos de gallo:

—¡Señores! ¡Bomba! Está en Londres el llamado Carlos VII.

De las cuatro mesas de tresillo le impusieron silencio. El alegre estafermo se disculpó haciendo una pirueta. El Amigo Práxedes miró el reloj:

—A las siete debo estar en Wentworth.

—Tiene usted un tren dentro de media hora.

V

Wentworth —húmedas praderas, nebulosos boscajes, sones de esquilas, verdes reumáticos, rubias claras de sol, ñoñez inglesa de cromo y de novela—. El humo de las locomotoras mancha el paisaje con regularidad cronométrica registrada en la Guía Oficial de Ferrocarriles. Invariablemente, a las mismas horas, cruzan a lo lejos los trenes, raudos y silbando. El Pretendiente y sus edecanes habían llegado en el expreso de las cinco, olvidándose de prevenir al Conde de Morella. Pensaban encontrarle achacoso, al pie de la chimenea, sorbiendo tisanas, y le vieron aparecerse por las lindes del parque, vestido de cazador, con escopeta y perros. El Conde de Morella, agudos ojos de gato, la boca falsa y rasgada, saludó desde lejos, disculpándose:

—Con la vejez se me recrudecen las inveteradas dolencias que contraje en los campos de batalla, peleando por los derechos de vuestro ilustre abuelo… Me hubiera costado reñir con el doctor, un déspota que se ha propuesto alargarme los años y me tiene privado del tabaco, del café, de la conversación… Señor, un suplicio que la vida no lo vale.

El Pretendiente se adelantó, estrechando con efusión de mozo la mano del caudillo:

—¡Me había asustado! He creído que pudiera ser algo más grave que la tiranía del médico y tus aprensiones. Está bien que te cuides, por ti y por la Causa.

—La Causa tendrá siempre mejores defensores que este viejo valetudinario. Para todo ser que nace hay un ángel, como dice San Agustín.

Los edecanes se miraban con discreta suspicacia. El General Cabrera los saludó fríamente, marcando distancias. Penetraron en un salón con piano de cola y estores de encaje, donde ardía una chimenea de coque. Los muros tenían un papel de suaves verdes, que representaba una partida de caza: Ciervos, jaurías, amazonas, jinetes con rojas casacas, monteros que soplan retorcidas trompas, el viejo leñador que señala el horizonte y muestra el camino a un cazador extraviado, la merienda bajo los árboles. Don Carlos tomó asiento en un sillón cerca de la chimenea, frente a la ventana abierta sobre los tilos del jardín, entre verdes cortinones:

—Querido Cabrera, me permití la libertad de darle cita en tu casa al Señor Sagasta. Llegará dentro de un momento.

—Señor, de mi persona y de esta casa disponéis siempre como dueño.

—¡Gracias! ¡Gracias!… Conozco tu lealtad y necesito tus consejos. Eres la voz más autorizada en la gran familia carlista, y abrigo la esperanza de que serás para mí lo que fuiste para mi abuelo y para mi tío Montemolín.

—Señor, los tiempos nuevos piden hombres nuevos.

—Hombres leales y experimentados. Hombres como tú, cuya historia es la página más gloriosa del carlismo.

—Señor, me honran en extremo vuestras generosas expresiones, y, animado por ellas, he de hablaros con toda lealtad, como hice siempre con vuestro augusto abuelo.

—No deseo otra cosa que oír tus consejos y seguirlos…

El Pretendiente le tendía la mano con esa afable condescendencia que los ayos palaciegos inculcan en los príncipes reales. Se incorporó mirando al jardín. El Señor Sagasta, muy tronado de pergeño, airoso, con la chistera de medio lado, subía por la avenida de los tilos, conversando con el jardinero. El Conde de Morella salió a recibirle.

—Éste es un gitano, será bien que yo le hable primero…

VI

El General Cabrera —ojos de gato, cautela de zorro, falacias de seminarista, ruines propósitos de valenciano— acogió con lisonjas al Señor de Mateo. Restablecía, con exactitud de notario eclesiástico, la partida bautismal del Amigo Práxedes: Atesonado, silabeaba con hipócrita deferencia el judaico patronímico:

—Señor de Mateo, a no hallarme recluido por prescripción facultativa, jamás hubiera dado lugar a que usted se molestase.

El Amigo Práxedes, que siempre inauguraba la feria de engaños con simpáticas zalemas, ahora sentíase coartado, invadido por una frialdad espiritual que abolía sus premeditadas efusiones y todas sus artes paparucheras de gran farandul. Parecía que mudase de sustancia psíquica al oírse llamar con tan exacta y meticulosa impertinencia Señor de Mateo. El Conde de Morella, capcioso y silogístico, recordaba sus tiempos de seminarista:

—Si, como se ha divulgado, existe un pacto entre el radicalismo revolucionario y los amigos del Señor Duque de Montpensier… Supuesto el hecho… Usted parece confirmarlo con su silencio. Si existe un compromiso con los partidarios de esa candidatura regia, el partido carlista no puede seguir oyendo cantos de sirena.

El Amigo Práxedes cubrió el corazón con su mano fina y morena de charlatán cubiletero:

—El Duque de Montpensier puede ser el candidato de sus amigos, pero ningún compromiso liga al General Prim…

—¡Seguramente! El General Prim es un patriota y un caballero. Hemos hablado en diversas ocasiones, y en todas he visto sus generosos propósitos de laborar por la felicidad de España. Su patriotismo le impedirá siempre colocar a un extranjero en el Trono de San Fernando. El General Prim me ha expuesto su pensamiento de hacer la revolución y reunir Cortes Constituyentes. Unas Cámaras de convicciones liberales, pero que, orientadas en sentido histórico, pudiesen acordar sus votos al nieto de Carlos V. Ese feliz resultado no se lograría sin la abjuración de los dogmas fundamentales del credo legitimista, y veríamos renovarse el pleito del partido, todavía no ultimado con Don Juan. Por mi parte, no desconozco que todas las comuniones políticas deben marchar con el siglo, y, aleccionado por la experiencia, soy afecto a las formas constitucionales. Desgraciadamente, mis convicciones no son las del partido, y he fracasado ya una vez aconsejando las manifestaciones de liberalismo, que usted habrá leído en el manifiesto de Don Juan. El Príncipe, si no representase la integridad del credo legitimista, sólo sería un hijo felón, rebelde contra su padre, y no cabe tal proceder en el generoso corazón de Don Carlos. Acaso me expreso con ruda franqueza de soldado, pero usted sabrá perdonármelo, Señor de Mateo. Don Carlos, al recoger la herencia paterna y proclamar sus derechos, está imposibilitado moralmente para dar un manifiesto liberal al pueblo español. Yo, aun creyendo ese camino el mejor, tampoco puedo aconsejárselo. Me contradigo; pero me satisface que haga en esta ocasión el Don Quijote. Señor de Mateo, usted me manda. Dos veces he visto asomar a mi mujer. Me tienen prohibida la charla. A pesar de todo lo dicho, estudiaré las últimas proposiciones del Conde de Reus. ¿Las trae usted escritas?

El Amigo Práxedes se llevó las manos a la cabeza:

—¡Las he olvidado!

El General Cabrera, liado el cuello en una bufanda, y la más vieja de las boinas por la coronilla, le acompañó hasta la verja del parque. Con afectada pureza de canónigo magistral, silabeaba el judaico Mateo.

VII

Don Carlos disimulaba su impaciencia conversando de perros y de caballos con sus dos edecanes. Londres se le aparecía como una gran ciudad de nieblas y chimeneas, rodeada de verdes céspedes, con partidas de caza a caballo:

—¡Las mejores cuadras y las mejores jaurías!

Don Miguel Marichalar, gentilhombre de linaje navarro, gran cantador de jotas y zorcicos, se apenó cómicamente:

—Como músicos, son unos perros.

Concedió con burlona sonrisa el Pretendiente:

—Los teatros son mejores en Viena.

Intervino el General Algarra:

—El Circo de Invierno este año ha sido magnífico.

Don Miguel Marichalar casi hacía pucheros:

—¡Qué cantantes!

Tomaba la ofensiva el General Algarra:

—¡Los mejores del mundo!

—Pues aquí se acatarran.

—No es la temporada de Londres.

El Pretendiente metía paces:

—La Exposición canina ha sido para mí una sorpresa. Y las carreras. ¡Qué caballos y qué jinetes…!

Don Miguel Marichalar encendíase en lumbres patrióticas:

—Prefiero nuestros caballos andaluces, Torre-Mellada tiene ejemplares en Los Carvajales. ¿Tú los conoces, Algarra?

—Para lucir en paradas y procesiones. Caballos que no corren.

El General Cabrera entró doliéndose de sus cicatrices, alegrados los ojos de gato:

—¡Ya voló! Aún quedan judíos en España…

Insinuó Don Carlos:

—¿Os habéis entendido?

—El General Prim le brinda al partido carlista unas Cortes Constituyentes. Mediante una farsa electoral y la consiguiente apostasía por vuestra parte, os ofrece la Corona de España. Ese cirineo os la traía en la faldeta de levitín. Se ha vuelto con ella.

—¿Rotas definitivamente las negociaciones?…

—A vos queda decidirlo.

Repuso Don Carlos, sin encubrir su contrariedad:

—Eres la voz más autorizada del partido, soy muy joven, y debo hacer lo que tú me aconsejes.

El viejo lagarto de seminario se transfiguró en sulfurino dragón:

—Si no representáis la integridad del credo carlista, si reconocéis ciertos postulados políticos, apareceréis a mis ojos como un usurpador rebelde contra su padre.

El Pretendiente le miró, aserenados los ojos en una sonrisa de respeto y enojos:

—Cabrera, sé a lo que estoy obligado. Me presentarás a tu mujer. No quiero irme sin saludarla.

—Señor, la Condesa esperaba vuestra venia para presentaros sus respetos.

Saludando a lo dómine, fue hacia la puerta y entró por la mano a Lady Cabrera. Era la madama seca, rubia y cuáquera: Moño de batería, pañoleta de encaje, escurrida espetera, el aire pulcro de vieja protestante: Una conciencia puritana que olía a jabón y fricciones higiénicas. Don Carlos, saludándola en inglés, le besó la mano. Lady Cabrera chapurreó encarecidas protestas en español de cotorra:

—¡Sir, me honráis más que merezco! ¡Cómo honráis nuestra pobre casa! ¡Nos honráis, Sir!… El General Cabrera quería haberos visitado en Londres. Se lo ha prohibido el doctor. Con los años se le recrudecen las dolencias contraídas en sus campañas. Pero se pondrá otra vez fuerte para defender vuestros derechos.

Lady Cabrera, muy sabihonda, recitaba de corrida la lección del seminarista valenciano. Don Carlos la escuchaba complaciente y le respondía en inglés, excusando el tuteo con que favorecía a sus parciales del Continente. Pero, al despedirse, volviendo a besarle la mano, rehúsa y modesta, pronunció en su castellano de erres gordas:

—¡No ignoro que tienes corazón de española!

VIII

Corría el tren con dirección a Londres. Don Carlos, taciturno, con digna reserva y afable sonrisa, escuchaba la fútil conversación de sus edecanes. El Pretendiente disimulaba recelos y despechos jugando la alta comedia de los regios estrados. Pasó muchas horas recluido en sus habitaciones de Charing Cross. Cerca de medianoche llamó a sus edecanes:

—¿Qué os parece irnos a cenar a Los Tiroleses? Antes quiero haceros conocer el borrador de una carta que dirijo al Conde de Morella. El héroe del Maestrazgo es, sin disputa, la gran figura del partido, pero no es el partido. La causa legítima tiene otros hombres que merecen ser consultados, si bien ninguno atesore los prestigios del General Cabrera. Marichalar, ¿quieres tomarte la molestia de acercar la luz? Vamos con la carta: «Londres, 23 de junio de 1868. —Mi querido Cabrera: Es indudable que la opinión española juzga inminente la caída del Trono. Tal eventualidad echaría sobre mis débiles hombros el deber sagrado de salvar a España. Consciente de mis futuras responsabilidades, y para prevenir funestas disidencias, creo indispensable la reunión de un Consejo Real. Así procedieron siempre, en los grandes momentos históricos, mis antepasados. A mi ver, urge convocar representantes del clero, de la nobleza, del ejército y del estado llano. Teniendo en cuenta tus dolencias, la reunión podría celebrarse en Londres, del 20 al 30 de agosto. — Son adjuntas: 1.ª La lista de algunos consejeros, para que tú la modifiques y completes. 2.ª Una minuta de las cuestiones más apremiantes. Recurro, como siempre, a tu noble patriotismo, para que en este primer paso político de mi vida me aconsejes. —Te abraza, Carlos.»

El Pretendiente arrojó el papel sobre la mesa:

—Os autorizo para que, sin ambages, me digáis vuestro parecer. Gracias, Marichalar: Eres un magnífico candelero. Habla tú, Algarra.

—Señor, con lo que proponéis en vuestra carta, recibiría un golpe la influencia omnímoda del General Cabrera.

Sonrió el Pretendiente:

—¡Si yo me someto, no será mucho que haga lo mismo el Conde de Morella!

—Le conozco, y acabaría por enemistarse con todo el Consejo Real.

El Pretendiente dignificóse con un gesto de galán que ensaya grandes papeles: Como ante un espejo, proyectaba la bella figura ante la Historia:

—¡Sentiría un desacuerdo con Cabrera! Aun con su voto en contra, juzgo imprescindible la convocatoria de un Consejo Real. Voy a leeros la lista. Sin duda faltan nombres, y vosotros me los iréis apuntando. Marichalar, ¿quieres sentarte a la mesa y tomar nota? Padre Luis Maldonado, Padre Torrecilla, Duque de Pastrana, Marqués de Cáceres, Marqués de la Granja, Marqués de la Romana, Marqués de Serdañola, Marqués de Tamarit, Conde de Fuentes, Conde de Morella, Conde de Orgaz, Conde de Robles, Conde de Samitier, Barón de Hervés, General Arévalo, General Arjona, Ceballos, Marichalar, López Caracuel, Marco, Moneo, Autrán, Comín, Dameto, La Hoz, Vildósola. Vosotros me diréis quiénes, a vuestro juicio, faltan y quiénes sobran.

Levantó la pluma Don Miguel Marichalar:

—Yo creo que falta el General Elío.

Asintió el Pretendiente:

—No debía haberlo olvidado… Ni a su pariente Hormazas… Apúntalos, Marichalar.

Soslayó el General Algarra:

—Acaso el Marqués de Bradomín…

Frunció el ceño Don Carlos:

—Tuve escrito su nombre, y acaso no hice bien borrándole. Olvidemos que ha sido el mayor intrigante para que mi padre no abdicase.

Don Miguel Marichalar tuvo un apuro de beato:

—¡Intrigante y volteriano!

Animóse Don Carlos:

—Pero muy decorativo. Hay que incluirlo. ¿Recordáis algún otro?

Enumeró el General Algarra:

—El Marqués de Fontanar, Gómez Ochoa, Erolés, Carlos Calderón…

A su vez proponía Don Miguel Marichalar:

—El Prior de Roncesvalles, el Deán de Tudela, el General Varela-Luyando…

Resolvió Don Carlos:

—Luego haremos un expurgo en la lista. Anótalos a todos… Vamos a Los Tiroleses. Marichalar, esta noche dejas tu rosario para hacer la bomba.

Don Carlos llamó a su ayuda de cámara:

—Franz, voy a salir.

El viejo servidor, grave y patilludo como un almirante, le puso sobre los hombros un abrigo de mangas bobas, última creación del célebre sastre Gool. Luego le presentó un sombrero de seda, los guantes crema y el junco con puño de oro, puesto en moda por el Príncipe de Gales.

IX

La Rotonda de Los Tiroleses no era el círculo de dorados escándalos que suponían, haciéndose cruces los emigrados liberales, estoicos de buhardilla, que luego sacaron unas ramplonas aleluyas contra el Pretendiente. La Rotonda de Los Tiroleses era una sala de cancán y cenas elegantes, sin los malos ejemplos de París. Pero la musa satírica de los emigrados españoles no perdía ocasión para ponerse en jarras y lucir con ingeniosas sales. Alguno aseguró que en aquella befa de consonantes, todos los versos faltos de medida, eran opimos frutos del Amigo Práxedes:

En Los Tiroleses cena
Y se le alegra la vena.

Marichalar sirve el tinto
Al nieto de Carlos Quinto.

El Terso y sus edecanes
Mojan el pan en la salsa de faisanes.

Y soñando con la Corona
El Pretendiente pesca una mona.

A una rubia le hace cocos,
Y se gana un soplamocos.

Se rasca como un lacayo
El descendiente de Don Pelayo.

Se envilece en los placeres
En las cenas con mujeres.

De la orgía babilónica
Sale con la voz afónica.

Y se despierta por las mañanas
Entre abrazos de cortesanas.

¡Y no se contenta con una!
¡Puesto a pedir, pide la Luna!

No se contenta con una sola,
Como hace la honrada gente española.

La puritana Albión
Se escandaliza con el Borbón.

Noble España, tenlo presente
Y no corones al Pretendiente.

Que dilapida el oro a raudales
En desenfrenadas bacanales.

Mientras tu proletariado
Tiene el pan en el tejado.

No lo olvides, pueblo español,
Que rascas el hambre al sol.

Español que vives a oscuras,
Haz una hoguera para los curas.

Un hoyo grande para el carlismo
Y úngete de liberalismo.

Las espadas revolucionarias
Redimirán a las masas gregarias.

Español, abre la Historia
Y escribe una página de gloria.

Con tales juegos del ingenio consolaban sus pálidas cuaresmas los revolucionarios españoles, estoicos de sotabanco. La Rotonda de Los Tiroleses, como un círculo infernal, abría su fábula de dorados escándalos en aquellos caletres demagógicos, encendidos de monsergas puritanas. El caviar, las trufas, los vinos espumosos, las piruetas del cancán, y el soñado perfume de las enaguas, aparecían a sus espantadas conciencias de sacristanes heterodoxos como ejemplos satánicos. Si no encendieron hogueras en cerillas inquisitoriales, debióse a su gracia de progresistas y profesos de las logias: Juvenales y Voltaires se acogieron a las musas, en pliegos de barba y rasgos de Iturzaeta:

En Los Tiroleses cena
Y se le alegra la vena.

X

El General Prim disimulaba su enojo por aquellas paparruchas y, de secreto, persistía en los propósitos de una alianza con el Pretendiente. Autoritario, imbuido del fuero marcial, poco afecto a las utopías democráticas, cautelaba que la revolución española fuese monárquica, y como presumía el desafecto nacional por las candidaturas extranjeras, ocultas voces de su instinto le aconsejaban pactar con la causa de Don Carlos. Paralelamente, ilustrando falacias púnicas, mentía promesas a las ilusionadas democracias y al moderantismo palaciego, que iniciaba una conjura favorable al Príncipe Alfonso. —La Reina Madre, con sus dedos de hada antigua, tejía los hilos de aquel enredo. —El Conde de Reus, sigilosamente, adoptando misterios de aventura galante, había recibido cartas y un retrato de la Augusta Señora. —Plata las ondas del peinado, la frente anciana nostálgica de la real diadema, perenne la bella sonrisa italiana, insinuante de ciencia diplomática y coqueta. —El General Prim, en otro tiempo, alboreando sus ambiciones de conspirador, había sentido el encanto de aquella sonrisa. El glorioso hijo de Reus se emocionaba con romanticismo de tenor menestral que canta solos en el orfeón de su pueblo: Pero la falsía de sus tratos perduraba sobre aquellos sentimientos. Solicitado por la conjura alfonsina, fluctuaba en medias palabras, encapotado con la suspicacia de verse pospuesto si la minoría del Príncipe de Asturias aparejada la política personal de un regente. ¿Acaso el naranjero de San Telmo? Acaso, por segunda vez, el tresillista de Logroño. España no escarmentaba. El Emigrado de Londres, oportunista y capcioso, sin doctrina y sin credo, cabildeaba, con segundas miras, el abrazo de todas las fracciones revolucionarias, bajo el señuelo rojo y gualda de la voluntad nacional. Hedía la revolución, que sería un alegre juego de pólvora, juzgaba inmediata la desavenencia de los bandos extremos. Comprometiendo pactos con las sesudas calvas moderantistas y las desmelenadas democracias, buscaba centrarse en un justo medio, que presentía propicio al logro de sus grandes ambiciones. Soldado de aventura, con una fe mesiánica en su estrella, no dejaba de mirarse sobre un bélico corcel de tiovivo, bordando los campos hispánicos, como otro patrón Matamoros. Con albures de cuartel y arrogancias de matante, presumía que, puesto el ros sobre una ceja, tosiendo fuerte y echando roncas, podía ser el salvador de España.

XI

El General Prim, con bravatas cuarteleras y grandes gestos de teatro levantino, ilusionaba en su tertulia a los ilusos emigrados, acólitos y diáconos de la voluntad nacional. Temerón y con reservas mentales, entre humorismos biliosos, declaraba que las revoluciones no se hacen con santos ni con santones. El Amigo Práxedes rasgaba la boca, con el rizo del tupé erecto sobre las cejas:

—Mi General, los santos en los altares, y abstenidos de operar milagros. Anónimos, con telarañas y sin un maldito sacristán que les pase la escoba por la cara: Santos sin cohetes.

—Pide usted demasiado. Las milicias eclesiásticas, por el momento, son las únicas que arden pólvoras en España.

Ceceó sañudo Paúl y Angulo:

—¡Así salen de cerriles las cochinas sotanas nacionales!

Recalcó el Conde de Reus:

—Más que a los santos con novena y fiesta, temo a los santones de la democracia. Esos apóstoles de todas las disidencias son intratables. He desistido de poder avenirlos.

Intervino con franca decisión el Capitán Estévanez:

—Don Francisco Pi y Margall nunca podrá estar de acuerdo con el ruiseñor de Cádiz. Don Francisco es la pura abstracción, casi una fórmula matemática, y el otro es un magnífico poeta.

El General se ponía la mano en las solapas, con autoritaria suficiencia de soldado ignorante:

—¡La política es instinto!… Ni tesis filosófica, ni fórmula matemática, ni tropo retórico: Instinto y acción. ¡Atributos viriles! ¡Pelotas!

El viejo asistente, decorado con pasamanerías de lacayo, anunció a míster Hutinton, Jefe de Policía:

—Espera en el despacho del Señor Conde.

Se despidió el General:

—Hasta luego, señores. Vamos u descorrer el velo de la diosa, que diría Don Salustiano. A propósito, ¿cuál es el nombre de esa señora? ¿Lo sabe usted, querido Práxedes?

—¡Como no sea la Cibeles!

—¡Que está usted tan ayuno como yo!

—Declaro modestamente que no soy una enciclopedia, mi General. Ese cante me suena, lo he oído repetidas veces, yo mismo me habré lucido con él… Y nunca supe la gracia de la susodicha, y si la supe no me acuerdo.

—Lo mismo da. Vamos a descorrer el velo de la Diosa Equis.

El Amigo Práxedes, haciendo misterios, interrogó a Paúl y Angulo:

—¿Persiste usted en que se trata de un complot urdido contra la vida del General?

—No soy el único en sospecharlo. La Policía ha hecho detenciones a bordo… Aquí tenemos uno que, sin duda, estará más enterado.

El Compañero Salvochea, vestido pulcramente de baratillo, asomaba saludando con apagado comedimiento:

—Temo ser inoportuno.

Le llamó Paúl:

—Ven acá, Fermín. ¿Qué hay de la Ristori?

—No aparece complicada.

—¿Y los otros tunantes?

—Aún no he podido visitarlos.

—¡Y serías capaz de hacerlo!

—¡Son unos desgraciados!

—Y unos asesinos.

—¡Quién sabe!

—Tú guardas testimonios.

—No aseguraría que aquel hombre quisiera matarme.

—Hacerte una caricia.

—Atemorizarme.

—¿Y has declarado así?

—No he declarado.

—¿Y qué sabes del complot contra la vida de Don Juan?

—Ni una palabra.

El Amigo Práxedes insinuó sus dudas con simpáticas burlas:

—¿Pero existe ese complot, o son delirios de la mente loca?

Le copió el tono el Hermano Claudio Nerón:

—¡A que voy a resultar otro Fernández y González! En fin, pronto saldremos de dudas.

La tertulia, dispersa en corrillos, susurros de intriga, con repentinas tormentas de truenos y relámpagos, esperaba la vuelta del General. Era aquella noche muy lucido el ramo de Marte: Mariscal Contreras, Brigadier Miláns del Bosch, Coronel Gamíndez, Tenientes Coroneles Campos y Ponce, Comandante Lagunero, Comandante Capitán Hidalgo, Capitán Lafuente, Capitanes Tenientes Pons y Estévanez, Teniente Barbáchano, Sargento Primero Isidro Pascual. Una floresta de bélicos lauros para condimentar por siglos y siglos los guisotes nacionales. Apareció Don Juan con serena pausa, taciturno y benevolente. Rodeado de sus acólitos, se detuvo para encender el veguero. Ninguno osaba interrogarle. Esperaban todos la palabra del gran revolucionario: Sacó el pecho con énfasis melodramático, de falsificación catalana:

—¡Parece que estorbo, señores!

Coro de voces a toda orquesta:

—¡Y tanto!

—¡Que sale la mía!

—¡Esperemos!

—¡Oigamos primero!

—¡Duguesclin!

—¡Felones!

—¡Oigamos!

El Soldado de África dio una chupada al veguero:

—El complot ha sido fraguado en Gibraltar.

—¿Por quién?

—No se sabe.

—¿Ni se sospecha?

—La sospecha es libre, amigo Don Ruiz.

—¿Pero hubo complot?

—¿Ni se sospecha?

—La sospecha es libre, amigo Don Ruiz.

—¿Pero hubo complot?

—Una buena voluntad para sacarme de en medio.

—¡Miserables!

La Condesa de Reus, agitado el moño, las manos crispadas y un clavillo en el pecho, entró arrastrando la cola como una médium de tablas. Se abrazó al esposo con asustada telepatía:

—¡Han querido matarte!

XII

La recamarera yucateca, con sonrisa esclava melosa de soles yucatecos bajo los perifollos de camarista protestante, apareció enfriando una taza de salvia, remedio al sobresalto de Niña Condesa:

—¡No hay mejorito para serenarse! Al poqui-poqui se va tomando… Nada de apresures… Al poqui-poqui.

La Condesa movía los labios, rezándole a la Milagrosa Virgen de Guadalupe, Patrona de México.

La recamarera, puesta de rodillas, le presentaba el tacillo de salvia. Niña Condesa se lo llevó a la boca ante la rueda generosa y conmovida de los emigrados. Retuvo la mano al marido, hablándole en secreto:

—¿Qué ha sido, Juan?

—Una broma de mal género. Tranquilízate. ¡Nada!

—¿Asesinos pagados?

—¡Eso parece!

—¡Cuánta infamia!

—¡Desbaratado el golpe, no vale recordarle!

—¿Qué hilos tiene la Policía?

—Cuatro hambrientos embarcados en Gibraltar. Paúl te dará referencias. Ha hecho el viaje con ese ganado.

—¿Se sabrá quién inspira ese crimen?

—No se sabe nada, ni parece fácil averiguarlo.

—¡Eso se verá, Juan!

—El complot tiene sus ramificaciones en Madrid.

—¡Teniendo ese hilo!…

—La Policía española no es la inglesa, y aun cuando lo fuese, no convendría ponerlo en claro.

—¿Los presos harán revelaciones?

—Míster Hutinton me mandará un apuntamiento de la causa. No te preocupes. La última baza será la mía y haré rodar el Trono de España.

—¡Pobre Reina!

—¡Se ha hecho imposible con la honra de España!

—¡Si Dios aún quisiese iluminarla!

—¡Ya es tarde!

—¿Y un milagro?

—Pasó el tiempo de los milagros.

—Me asusta que seas tú quien destrona a la Reina.

—¡Yo también lo deploro! No olvido que mi estrella de soldado ha lucido sirviéndola, y que por sus derechos he vertido mi sangre. El pago, la emigración en tierra extranjera y una sentencia de muerte sobre mi cabeza. Allá no pudo cumplirse, y tampoco en Londres.

—¡A Nuestra Señora de Guadalupe se lo debes!

—¡Seguramente! A Nuestra Señora de Guadalupe y a la Policía de Londres.

—¡Esto no es vida, Juan!

—Me debo a la Patria.

—¡Tu vida es mía y de tus hijos!

—¡No eres razonable!

—¡Sería absurdo que lo fuese!

El Conde de Reus se hizo cargo con una sonrisa deferente y cortés, de marido que se divierte por las afueras:

—Mi destino no puede ser morir asesinado en una calle de Londres.

—¡Juan, me ciegas!

—¡Debes acostarte!

La Condesa de Reus, suspirando, puso el tacillo en las manos pueriles de la melosa yucateca:

—¡Gracias, Solita!

—¡Verá qué buen provechito le hace!

Don Juan, metido en la rueda de sus acólitos, caracoleando un hipotético corcel, arengaba que la revolución sería un alegre fuego de pólvora. Simpáticos parabienes del Amigo Práxedes:

—¡Alguna vez hemos de ser nosotros y no las sotanas!

El Amigo Práxedes se despedía. Con taima francesa y tapabocas, la chistera sobre una cadera y el saludo masónico, despertaba el recuerdo de las litografías que ilustran las novelas de Eugenio Sue. Parecía caracterizado para jugar la intriga de un romántico melodrama revolucionario. Los Hermanos Tiberio Graco y Claudio Nerón, en un aparte, concertaban quedarse los últimos para conferenciar con el gran revolucionario. A solas los tres, y cerradas las puertas, habló Don Juan:

—¡Me hacen ustedes mucha falta en Cádiz! Si no hay vapor, queda el viaje por Francia. Es más caro, pero ustedes son gente de dinero. Aquí, en cambio, andamos a la quinta pregunta, y en estos momentos no sabemos de dónde sacar un cuarto. Domingo Dulce me ha hecho repetidas ofertas, pero resistiré hasta verme con la soga al cuello. Había concertado el flete de un vapor que en cualquier momento pudiese llevarme a una playa española… Difícilmente pagaremos el plazo, que cumple mañana… Y habrá que dejarlo y romper el compromiso… ¡Una molienda! ¡Menos mal si no tuviese enfrente las talegas de Montpensier!

Asesoró Paúl y Angulo:

—Un agente montpensierista ha negociado veinte mil libras en la plaza de Cádiz.

—Ésas son mis noticias.

—Veinte mil libras a cargo de Court y Compañía, banqueros reconocidos de los Orleáns, en Londres.

—¡Exactísimo! ¡Con ese nuevo gigante luchamos! ¡Veinte mil libras! Yo estaré a su hora sobre una playa española, aunque para ello necesite un caballo con alas.

Se animaron con cálido entusiasmo los Hermanos:

—¡Magnífico!

—¡Soberbio!

—¡Le necesitamos en España!

—¡En la hora precisa estaré allí, créanlo ustedes!

—Mi General, hay que contar a todo evento con flete para España.

—¡Una ruina!

—Para usted solo.

—Y solo estoy.

Se arrancó Paúl y Angulo:

—Mi general, permítame que con la franqueza propia de mi carácter le pregunte a cuánto asciende el compromiso que tiene usted encima.

Se excusó el gran revolucionario:

—Don Ruiz lleva esas cuentas.

—¿Quiere usted que mañana nos avistemos para zanjar ese inconveniente?

Un abrazo fue la respuesta de Don Juan.

—¡Es usted un patriota!

—Soy un amigo.

—¡De los pocos, Paúl!

—Don Juan, para todo, y no digo más.

—¿Quiere usted representarme en Cádiz?

—¿Sin abjurar de mi fe republicana?

—Se permiten los sueños.

El Conde de Reus esbozaba una sonrisa de amistosa condescendencia: Atenciones de tahúr seguro de la ganancia por artes del pego, del amarre y del salto. Se despidieron con abrazos de rito masónico:

—¡Patriotas, hasta mañana!

XIII

Tiberio Graco y Claudio Nerón, de par y en silencio, caminaban por la acera. La sutil neblina nocturna estopaba con agigantado desdibujo el contorno de los Hermanos. Caía la luna sobre el filo de la acera, y los dos la iban cortando. Paúl y Angulo, de pronto, estalló en una traca de truenos:

—¡Don Juan está condenado a muerte por esos hijos de mala madre!

—¿No será una plancha de la Policía?

—¡Eso sólo pasa en España!

—¡No seas pájaro de mal agüero!

—¡Don Juan no verá la revolución!

—¡Porque no querrá hacerla! Algunas veces me parece que está representando una farsa. ¡Que hubo negociaciones con los carlistas es notorio, y todavía no sé si están rotas! ¡Juega con muchas cartas! Probablemente tampoco serán cuento los compromisos que le cuelgan con la Reina Madre.

Protestó Paúl y Angulo:

—Infundios de los vicálvaros. En España el hombre del destino es Don Juan Prim…

—¡Acaso!

—¿Lo dudas?

—¡Lo lamento!

—¿Por qué?

—¡Será un apóstata!

—Caería sobre su cabeza la sentencia de los Hermanos.

—Esas sentencias ya no se cumplen. ¿Se ha cumplido la de Pío IX? ¡El General Prim traicionará la revolución!

—¡Y le costará la vida!

—Otra sentencia de muerte, y son dos. Falta una tercera, y también te digo que de ese número cabalístico no escapa.

Paúl y Angulo levantó los brazos, negro y blasfemo, jurando con estilo de Fernández y González:

—¡Rayo de Dios! Parecemos gitanos… ¡La tercera ya la tiene encima, que se la impuso un Consejo de Guerra!…

Era tan justo el parecido cañí, que le ladró un perro.

Albures gaditanos

I

El día 9 de agosto de 1868 estuvo señalado en los almanaques revolucionarios como el día fausto para que rompiese sus cadenas el invicto León Hispánico.

II

Por toda la redondez del Ruedo Nacional circulaban los papeles escritos con tinta simpática, que son el obligado acompañamiento de todas las jácaras revolucionarias. Corrióse la consigna a los militares comprometidos, para que se pusiesen bajo las órdenes del Brigadier Topete: Se despacharon agentes con avisos a todos los Comités revolucionarios de Málaga, Granada, Córdoba y Sevilla: Salieron dobles emisarios para Londres —Alcalá Zamora, de Cádiz, y Pérez de la Riva, de Lisboa—. Comunicáronse órdenes a las tropas comprometidas en Ceuta, San Fernando y Campo de Gibraltar: Renováronse las ofertas a sargentos y generales: Procuróse asegurar al indeciso Segundo Cabo de Sevilla, Mariscal de Campo Don Rafael Izquierdo. Los Brigadieres Peralta y Laserna fueron requeridos para ponerse al frente de los juramentados batallones de Cantabria. Patriotas de pelo en pecho, contrabandistas y ternes de almadraba, matantes de burdel y de colmado, jaques de playa y cumplidos de la trena, tomaban sobre su conciencia mantener el orden dando mulé a las señoras autoridades. Apóstoles de la España con Honra, encarecían el vino en las tabernas, jurando amenazas al Trono de la Isabelona.

III

La conjura orleanista ya no excusaba los pactos con la roja democracia. Mudaba el rumbo de las sesudas veletas unionistas al soplo elocuente del Señor López de Ayala.

—No es una inconsecuencia política el pacto que ahora propugno con los elementos democráticos, no es una veleidad engendrada por la impaciencia, sino madura reflexión y depurado juicio de los actuales advenimientos y de las fuerzas que con nosotros simpatizan, en el primordial deber de dignificar a la Patria. El Duque de Montpensier es el primero en condenar los extremos demagógicos y temer su contagio, pero a la par reconoce la nobleza de los impulsos populares, el brío generoso de sus entusiasmos. Yo quiero desechar el temor de que en ningún momento podamos ser prisioneros de las turbas. Cualquier desmán del populacho sería fácilmente reprimido si contamos con los cuarteles, y si el movimiento lo secunda la Escuadra. Los momentos son únicos, decisivos, apremiantes: Urge dar cima a nuestros ideales. Cádiz, la cuna de las patrias libertades, se manifestaría unánime en pro de nuestro generoso intento. Mayor recelo que la demagogia gaditana, mayores dudas y suspicacias, me inspira el soldado de fortuna, el condotiero ambicioso de lucros y mandos, el eterno conspirador hoy acogido a las playas inglesas. ¿Habéis pensado si no es un azar venturoso su destierro? Francamente, señores, y dicho en el seno de la amistad, hagamos la revolución sin ese hombre funesto, aun cuando para el logro de nuestros propósitos, y en la necesidad de buscar alianzas, sea preciso pactar con las democracias republicanas.

A media voz puso su comentario socarrón un carcamal renegado cacique del moderantismo:

—A ésas, si desentonan, podemos fusilarlas.

El Brigadier Topete, asesorado por el círculo de sesudas veletas, comprometía medias palabras, para una inteligencia entre las fuerzas de Mar y Tierra. Miraba el barómetro, y salía a observar el celaje al verde mirador de la Capitanía del Puerto.

El Mariscal de Campo Don Rafael Izquierdo, Segundo Cabo de la Capitanía General de Sevilla, rencoroso, según se dijo, por augustos desdenes, también cabildeaba con los cortesanos de San Telmo. Memorable fue su respuesta a un mensajero del Serenísimo Infante:

—¡Ni quito ni pongo Rey!… Pero mi espada servirá siempre a la Patria.

IV

El Mariscal de Campo Don Rafael Izquierdo era un cuarentón teñido y arrogante: Magnífica calva, bigotes y perillonas de química buhonera. Instó el mensajero de San Telmo:

—¿Puede contarse con la guarnición de Sevilla?

El Segundo Cabo galleó un capote de sargento torero:

—Juzgo indispensable la presencia de los generales Duque de la Torre y Marqués de Castell-Florit. Si esos invictos patriotas montan a caballo, a caballo y en el puesto de más peligro me encontrarán con el acero desnudo… Pero para el significado de la revolución, es antes indispensable haberlos traído a la plaza de Cádiz. El pronunciamiento sin ellos será otro fracaso.

Encareció el mensajero:

—Los ilustres desterrados vendrían inmediatamente.

Fruncimiento de cejas y amistoso dictamen del Segundo Cabo:

—Aplacen ustedes el pronunciamiento hasta tener a la vista el vapor que los traiga.

—Sublevada la Escuadra, iría por ellos un buque de guerra.

—Les ganaría la vez el General Prim. Aseguren ustedes que nuestros amigos sean los primeros. Por mi parte, mantengo el compromiso que contraje con los ilustres desterrados de Tenerife. La revolución, en tanto sintetice un movimiento nacional, contará siempre con mi espada. En esa misma actitud he considerado siempre al Brigadier Topete. ¡No sospechaba tal cambio de sentimientos en la Marina!… Y hasta no verlo confirmado… Los revolucionarios son ustedes grandes soñadores. ¿Está terminantemente decidido el pronunciamiento de la Escuadra?

—¡Terminantemente!

—¿La Marina simpatizaba con los Duques?

—¡Y simpatiza!

—Pues no entiendo la actitud de Topete. Pretende batir el chinchín de los barcos para que haga un paseo a caballo el Conde de Reus: El mayor enemigo de la candidatura de Montpensier: ¡Topete se ha vuelto loco y con él todos ustedes! Los Generales unionistas deben venir inmediatamente a España.

—Habla usted a un convencido.

—Pues ¡a traerlos!… Y a esperar que lleguen… Que vuelva de su acuerdo el Brigadier Topete.

—¡Está muy comprometido!

—No importa.

—Temo que sea tarde.

—No lo tema usted.

—¿Quién mandaría las fuerzas de guarnición?

—Primo de Rivera.

—Yo convenceré a Primo. ¿Está en Jerez?

—En Puerto Real.

—Le llamaré para ponernos de acuerdo. Convenza usted al Brigadier Topete. ¿Quiere usted una breva?

Encendieron habanos y se los fumaron, entre calendarios políticos, ahumando el retrato de la Augusta Soberana. Ante aquellas suculentas mantecas, el cuento del rijoso despecho tomaba pábulo: Con una absurda evidencia, se comprendía la amorosa pasión del Segundo Cabo de Sevilla. La de los Tristes Destinos fue por muchos años Ninfa de los Cuarteles.

V

El Coronel Fajarnés era otro de los militares comprometidos: Estaba de cuartel en Córdoba, recién llegado de la Jauja Filipina. Al apremio de los revoltosos gaditanos mostraba sus remos de milite glorioso, con unturas para el reúma. El Gran Pompeyo, mensajero de los revolucionarios gaditanos, le halló inválido en una mecedora filipina, soportando los insultos de la cotorra, aburrido de mirar a la calle por la reja. Con barba de seis días, pantalones de uniforme desechados para el uso casero y un jaique a listas por los hombros, mataba las horas haciendo pitillos en maquinilla, compitiéndole a la Gloriosa Paca de Triana. Se ladeaba el gorro:

—¡Y que eso me coja baldado!

Táctico ilustre, situó la frase, apoyándola por ambos flancos, con guerrillas de puños y ajos. Recién daba de polvos, salió la Coronela:

—¡Pompeyo! Pero ¿usted aún existe? ¿De dónde sale usted, tarambana?

—De Cádiz.

—¿Qué se trae usted con mi maridito? ¡No me lo soliviante! ¡Me parecía que ya nunca más iba a tenerle conmigo! Nos vamos a los baños de Fuente Mayor.

El reumático milite la miró con humorismo de Juan Lanas:

—Pero ¿quién me los ha recetado?

—¡Yo! Has venido de este viaje muy pocho.

—¿Tú qué sabes?

—¡Pues lo sabrá la mujer del vecino! ¡Qué ilusiones! ¡Tú no haces revolución por ahora!

—¡Desgraciadamente!

—No te aflijas, que has de tener tiempo para echar fuera el reumatismo de este año y del que viene. ¿Qué se traen ustedes, Pompeyo? Ya sabe usted que sé guardar un secreto… A Paco se lo he contado. ¿Qué ha sido de Vallín?

—En Sevilla lo tiene usted conspirando.

—¡Ése acaba mal!

—Ya se lo ha dicho otra gitana.

—¿Otra?

—Con menos gracia.

—Una servidora no es cañí, Pompeyo. Fajarnés fue a buscarme a los cafetales de Matanzas.

—Y se trajo toda la gracia cubana.

—¡Paco, tienes la palabra!

Leopoldina, dándose vaivén en la mecedora, cruzaba las piernas con sandunga de Coronela. El milite reumático, entre broma y quejumbre, arrugaba la cara:

—¡Me traje dos cotorras!

Saltó ocurrente la media naranja:

—Dos cotorras para un papagayo.

El Coronel Fajarnés, rióse con amorosa condescendencia.

—¡No se puede con las mujeres!

—¡Don Paco, no todos los hombres tienen su suerte!

—Pues no lo agradece, Pompeyo. Pero usted, ¿qué lío gordo se trae?

—¡Salvar a España!

—¡Sueñan ustedes los patriotas!

—De los sueños salen todas las cosas grandes.

—¡Si no logran ustedes ponerse de acuerdo!…

El Coronel respondió a la Coronela:

—Leopoldina, ésas son tus opiniones.

—¡Porque estoy muy bien enterada!

—¡No lo estás! El acuerdo existe. Pompeyo me lo ha transmitido.

—Pero ¿va de veras, Pompeyo?

—¡Y tanto!

—¡Paco, tú no te muevas!

—¡Desgraciadamente, no puedo!

—¿Qué te va a ti en eso?

—Servir a la patria.

Leopoldina se mordió los labios, mirando las muletas, en un súbito pensar que sin aquel achaque del marido podía verse Generala: La revolución prometía dos grados:

—Pompeyo, ¿para cuándo?

—Muy pronto.

—Paco tomaría nueve baños.

El Coronel renovó el aguasonado berrinche:

—Pero ¿quién me los receta?

—Con nueve tienes bastante. Fuente Mayor hace milagros.

Esclareció Pompeyo:

—Maravillosas curas terapéuticas.

—Te pones bueno, y como no te importan mis disgustos, haces un disparate.

Pompeyo le alargó la mano:

—¡Coronel, a ponerse bueno!

Cantaban las niñas en el sotabanco:

Boga, boga,
batelera,
que me altera
tu manera
de remar.

VI

También al Brigadier Las Heras llegó el apremio de la Junta Revolucionaria de Cádiz. El glorioso milite, aun cuando gozaba de buena salud, tenía sobre el corazón la enfermedad de un pariente sacramentado en Dos Hermanas: Sus lazos de sangre no eran muy estrechos, pero compañeros desde la escuela, jamás se perdonaría no despedirle en la hora de vámonos: Sánchez Mira, Capitán retirado, llevó a las playas gaditanas el alegato del compungido Marte: La Estrella, preclara logia masónica, toda se hizo cruces:

—Pero ¿esa disculpa ha dado?

—¡Qué amante de la familia!

—¡Será que herede!

—¡Y ésos son los patriotas!

—¡Por verle hacer la mueca a un pariente lejano, nos pinta a la pared!

—¡Habrá que no olvidarlo!

—Lo comprendería si se tratase de su madre.

—¡La Patria siempre es primero!

—¡También es madre!

—¡Ya sólo falta que a última hora se le arruguen al General Primo de Rivera!

—Pues me lo estoy temiendo. Estos revolucionarios de la víspera son poco de fiar.

—¿Qué noticias de Londres?

—Don Juan toma las aguas de Vichy. Alcalá Zamora ha telegrafiado que sale para Francia… Mañana probablemente se verá con el General en Vichy.

—¿Decidirá pasar la frontera?

—¡Es hombre para eso y para mucho más!

—De hacer una hombrada, entraría por el Pirineo. La revolución cuenta con las guarniciones de La Seo, Zaragoza y Barbastro.

—Barcelona y Madrid secundarían el movimiento.

—El General Prim nos dará otro desengaño. Tengo muy presentes las acusaciones de García Ruiz.

—¡Un amargado!

—La revolución española sólo puede ser republicana, y en ese sentido debemos orientar a los patriotas de Cádiz. La ocasión es nuestra si sabemos aprovechar la ausencia de los espadones. Izquierdo, Peralta, La Serna nos dan el triunfo quedándose en casa.

—Nos lo disputará la Escuadra.

—Ni aun admitiendo que bombardease la plaza. España entera secundará el grito de Cádiz.

—A Madrid no llegan los tiros de la fragata Zaragoza.

—La defección de los militares comprometidos favorece nuestros planes. ¿Hablará usted en nuestra tenida?

—Hablaré si es necesario.

Repicaba la campanilla del Hermano Epaminondas, Gran Oriente de la Estrella de Gades: Decorado con faja, placa y mandil, aparecía tras de la mesa, puesta sobre un cadalso de tres escalones, y vestida de rojos andularios con los símbolos de la escuadra y el compás.

VII

El General Prim, que no juzgaba tan vecino el pronunciamiento, atendía su achaque hepático en las aguas de Vichy. Mal avenidos y en perenne disputa, se le presentaron una mañana el Gran Pompeyo y Alcalá Zamora —llegaban mohínos y chasqueados de Londres—. A Don Juan se le nubló la cara, oyendo las nuevas que traían de Cádiz: Tuvo una ráfaga de alarmado recelo:

—¿Han sido advertidos los desterrados de Canarias?

Susurró malicioso el clérigo sin licencias:

—No hubo tiempo…

Saltó el Gran Pompeyo:

—Los patriotas preferíamos que fuese usted el primero…

Confirmó Alcalá Zamora, díscolo y contradictorio:

—Lo hubiera sido de hallarse en Londres.

Llega el Capitán Hidalgo, condenado a muerte por pasadas trifulcas, y ofrece un telegrama a Don Juan:

—Pleito para sentencia. Es la clave convenida con Paúl.

El General permaneció encapotado:

—¡No me es posible volar a Cádiz!

Aventuró con fogosa injerencia el Gran Pompeyo:

—¡Mi General, si usted monta a caballo, y da el grito en la frontera, se levanta toda España!

El Conde de Reus le amonestó con desdeñosa autoridad:

—Jamás arriesgaré el triunfo de nuestros ideales en una aventura romántica. No puedo exponerme a ser fusilado en la frontera. Regreso a Londres hoy mismo, y allí embarcaré si se sostiene la plaza de Cádiz. Mis amigos comprenderán que es un descabello intentar el paso de la frontera. No me preocupa el riesgo de morir fusilado, sino deberle la vida a un rasgo de la Reina. Por mi prestigio y la grandeza de nuestros ideales, no puedo echarme al monte con cuatro gatos, exponiéndome a ser deshecho por la primera partida que me salga al camino. A nuestros correligionarios es preciso hacerles comprender que no me abandona el valor que he desplegado en toda mi vida militar, ni la fe en nuestros ideales de que tantas muestras he dado en mi larga carrera política, ni el arrojo revolucionario que tuve en Valencia y Pamplona, en Aranjuez y Villarejo. Háganselo ustedes comprender a los amigos, y asegúrenles que, llegado el momento, no vacilaré en hacer por la libertad lo que hice por la Patria en Castillejos.

El General y Ruiz Zorrilla —Don Ruiz—, que lo acompañaba en la cura de aguas, salieron aquella misma noche para Londres. En Calais les amaneció el sol del 9 de agosto.

VIII

Domingo 9 de agosto de 1868. Los Anales taurinos, de Castro y Montoya, consagran un recuerdo a la gran corrida de Cádiz. Seis de Torre-Mellada, lidiados por las cuadrillas de Antonio Carmona y Salvador Sánchez —El Gordito y Frascuelo—. Paúl y Angulo en la barrera, mordiendo bocas y sorbiendo chatos, capitaneaba una cuadrilla de ternes reclutada en Jerez. El Brigadier Topete, vestido de gran uniforme, le observaba con inquieto reojo desde el palco de autoridades. Citó a banderillas El Gordito: Se levantó en un asombro la plaza: El diestro iba a quebrar en el cuadro de un pañuelo extendido en la arena. Prendió un par pinturero, y saludó al tendido. Paúl le brindó con la bota al espada:

—¡Antonio, echa un trago! ¡Has estado de lo bueno!

—Son muy leales estos bichos de Torre-Mellada.

—Pues no salen a su dueño.

De arriba, con un bastón, le tocaron en el hombro:

—¡El Marqués de Torre-Mellada es mi padre!

—¿Está usted seguro?

Bronca. Garrotes enarbolados. Don Segis y Fernández Vallín sujetan a Gonzalón Torre-Mellada. El Pollo forcejea ahogándose:

—¡A ése le arranco yo la lengua!

Paúl y Angulo, con valentona jactancia, se recuesta en la barrera encendiendo un cigarro:

—No me mate usted de risa sin haber visto doblar este toro.

Vallín y Don Segis remontaron el tendido llevándose a Gonzalón: Iba muy pálido, apretando sobre la boca un pañuelo tendido de sangre. Dobló el sexto. Paúl y Angulo salió de la plaza acosado por la tunería que pregonaba en la puerta silbatos, abanicos, limonada y naranjas:

—¡Don José!

—¡Don Joselito!

—¡Patrón!

—¡Marqués resalao!

—¡No seas roña!

—¿Te la digo?

—¡Déjanos algo!

—¡A la orden, patrón!

—¡De agua! ¡De agua!

IX

Con el disimulo de la afición taurómaca se apañaron por tascas y figones las abullangadas rondas de ternes patriotas venidos de los Puertos, de San Fernando y de Jerez. Paúl y Angulo, Cala, La Rosa, Guillen, Salvochea repartían armas sigilando advertencias. Volaban susurros de órdenes secretas para entrar un contrabando de fusiles que esperaba en la playa de Puntales. Se concertaban los últimos avisos y contraseñas para entenderse en el Cuartel de Cantabria. Guillen y Salvochea recibieron la consigna de salir disfrazados para sublevarse con las fuerzas del Campo de Gibraltar. El Capitán Llaugier, marino mercante, aparejaba su barco al intento de transportar la guarnición de Ceuta. Paúl y Angulo se apalabraba con los contrabandistas de Puntales: Antes de medianoche quería tener doscientos hombres bien equipados:

—¡Doscientos barbianes para darle un susto al Gobierno!

Hacer un alijo de rifles ingleses y armar al pueblo soberano era el acuerdo de la Estrella de Gades. Paúl y Angulo mediaba con el Emperador de Puntales. Una caña, una breva y un apretón de los dátiles fueron sellos en aquel compromiso de Cádiz:

—¡A ello, Don Pepe, y no se hable más! Su merced me manda. ¡También a un servidor le puede el vilipendio de la España! Vamos, Don Pepe, a la faena. ¿Echamos por derecho, fajándonos a tiro limpio, o le damos un untazo a los carabineros?

—¿Tú qué opinas?

—El unte ha ganado más batallas que el propio Prim. Eso lo saben todos los buenos Generales. ¿Hay pasta, Don Pepe?

—Hay pasta.

—Y si no hay pasta, hay crédito. Don Pepe, teniendo su garantía, saco yo mi cara en todas partes.

—¡Gracias, Emperador!

—Don Pepe, convido a la última y salgo de naja.

El patriota contrabandista apiponado, con patillas de jacha, con aretes en las orejas, con el costurón de un chirlo, tenía las mejores hechuras para Emperador del Ibérico Ruedo.

X

El Brigadier Topete, Capitán del Puerto, salía al verde mirador de su despacho y estudiaba el horizonte. Premeditaba excusarse del pacto con las alborotadas demagogias, y contraía sus esperanzas a la Rosa de los Vientos. La Escuadra, surta en bahía, alarmaba sus escrúpulos:

—¡Cuatro bandazos de Levante, un pretexto para ponerse a la capa y a salvo el honor de la Marina! ¡Mi responsabilidad es enorme!

López de Ayala, Vallín, Sánchez de Castro y Primo de Rivera cabildeaban entre las bengalas de un ponche:

—La farándula democrática se ha puesto de acuerdo con Prim.

—¡Vaya unos caballeros!

—Esperan la llegada de ese tunante.

—Son también mis noticias.

Manipulaba el café un asistente, negro antillano, y en la amortiguada claridad de la tarde lucía con blancos almidones su traje de marinero. Los aromas del caracolillo, las flámulas del ron quemado y el humo de las brevas dilataban memorias de tropicales ultramares en la Capitanía del Puerto.

—¡Mi responsabilidad es enorme!

El Brigadier Topete, echando los ojos al barómetro, se paseaba en corto, con estilo de viejo lobo de mar, cada vez más pesaroso del compromiso con las Juntas Populares. Se le acercó con majo ceceo el General Primo de Rivera:

—Mi Brigadier, ¿le pesa a usted la palabra?

—¡Como una losa!

—Tan bravo en la mar y se ajoga usted en un charco. Déjelo usted de mi cuenta.

—Mi General, usted puede echarme un cabo. Dudaba proponérselo…

—Pues a mí se me gana con la franqueza.

—¿Se entenderá usted con los impacientes de Cantabria?

—Naturalmente.

—Muy de tener en cuenta los consejos del Segundo Cabo de Sevilla.

—¡Mucho!

—Traigamos a los desterrados de Canarias. Aplacemos hasta entonces el pronunciamiento de las fuerzas de Mar y Tierra.

—¡De acuerdo!

—¡Secreto de los dos!

—¡Absolutamente!

Las vidrieras del mirador metían la tarde en el despacho. Sus luces encendían la esfera del barómetro, los dorados cilindros del catalejo, los métricos círculos del astrolabio y del sextante. En la penumbra de los muros acentuaban leves destellos las vistas litográficas de Cádiz, de Liverpool, del Golfo de Nápoles. En rizadas tintas azules, dando humo por las tres chimeneas, navegaba la fragata Numancia. Sobre la mesa, irisados ojos de cristal aprisionaban el oficinesco papelorio.

XI

Paúl y Angulo esperaba impaciente: Fuma y bebe en el reservado de cortinillas verdes. Entran y salen emisarios. Paúl y Angulo dicta órdenes, paga rondas, regala tagarninas:

—¡A cumplir!

—¡Venga jaleo, Don José!

—Tú, con los que tienes en lista, por San Juan de Dios.

—¡Al avío!

Colábase a gatas un chaval colillero:

—Que dónde se arman, pregunta el sastre Lechuga.

—Que se pase a recibir órdenes.

Aparecióse luego una vieja muy pulcra, de ramito en el moño:

—¿Es usted Don Pablo?

—Seguramente.

—Cerraré la puerta. Soy la esposa del Sargento Pernales. El Frasquito Dueñas se aprontó con mi esposo. ¿Usted está enterado de alguna cosa? Mi esposo tiene la mejor voluntad, y si puede hacer un servicio, no deja que otro lo haga. No se avista con usted, por cuanto nunca es bastante la reserva. El Emperador las ensarta de a puño, y mi esposo ha pensado que una servidora anduviese los pasos para tener cercioro. Usted resolverá, señor Don Pablo. El Emperador me ha dado esta carta. Todo viene puesto.

Paúl leyó la carta:

—Estas proposiciones son un robo.

—No le ponga nombre tan feo.

—Tu esposo se aprovecha como un Capitán General.

—¡Es mucho lo que se juega!

—¿Cuándo quiere tocar la guita?

—Me pone usted el conforme en un papel de su mano, y al disimulo de que oscurezca se pasa usted por la atalaya de Punta Mora. No se le interesa ninguna señal, afloja usted mosquíbilis una vez rematada la faena. Para mirado, no lo hay otro como mi esposo en todo el Cuerpo.

Paúl y Angulo despidió a la vieja del ramito, pagó con una pelucona, y salió a recorrer Cádiz. Por la curva y nocturna marina, donde lostregaban los focos de intermitentes farolas, bajó a un ribazo de Puntales. La garita de Carabineros, con el ventanillo acusado en luminosa cuadrícula, presagiaba matutes y tiroteos en la playa, alertas, cohechos y centinelas. Paúl y Angulo recibía esta sensación como algo inmediato, colmado de evidencia. Cortaba camino, rostro a la garita esquinada en el playazo. Sobre la puerta hacía centinela un carabinero de fusil y manta. Se destacó con ladridos un perrete lamido, rapado a la moda de los leones nacionales:

—¡Guau! ¡Guau!

—¿Quién vive?

—Gente de paz.

—¡Guau! ¡Guau!

—Calla, Pachín.

—Con ese reclamo se puede roncar en las guardias.

Abrióse el postigo de la garita y tras el reflejo de una linterna asomó el Sargento:

—Pase usted, caballero. Ya no le esperábamos.

—¿Se ha hecho la faena?

—La palabra es palabra. Vamos dentro.

La apestosa candileja de petróleo, trémula entre guiños del viento, apenas esclarecía el interior de tablas calafateadas. A los extremos de una banqueta de hule se inmovilizaban en el saludo militar dos carabineros sin galones. El Emperador de Puntales, puesto entre el uno y el otro, picaba tabaco con una navaja de a tercia:

—¡Ya estamos los cabales!

—¿Cómo ha salido el trabajo?

—A pedir de boca.

—¿Y tus furrieles?

—Cantando glorias por alguna tasca. El santo lo hemos traspuesto al Ventorrillo de Mairena.

El Emperador dobló la navaja, se puso una hojilla de papel en el belfo y comenzó a moler tabaco entre las palmas:

—¿Le lío un pito, Don José?

—Venga.

El Sargento había descolgado un caneco gibraltarino y colmaba un vasete:

—¡Caballero, para echar fuera el relente, que es muy reumático!

El Emperador guiñaba el ojo:

—¿Trae su merced el Santolio?

Paúl y Angulo, con marchoso empaque, echó cinco peluconas sobre la mesilla de vasos y naipes puesta en el círculo luminoso del candilejo:

—Lo convenido, que es una mala puñalada, y una onza de plus.

Triple saludo marcial. El Emperador apuntaba una sonrisa de chungones rejalgares:

—Nostramo ha querido contar con vosotros. A no mediar ese miramiento, menda para el alijo, y os hace un corte de mangas.

Le amonestó el Sargento:

—¡Emperador, no metas la extremidad! Y tocante a pestaña, di que no se quiere…

—¡Dormido me apuesto a dárosla!

Se atufaba el Sargento:

—¡Ándate con ojo! ¡No eches tanta planta, que el hijo de mi madre te arma la ratonera!…

—Un servidor vive retirado de esos contubernios.

Bulla y soflamas:

—¡Nos conocemos!

—¡Y tanto, pollo!

El Sargento Pernales, con un guiño de conchaba a los subalternos, arañó sobre la mesilla de naipes y copas los treinta dineros de la España con Honra. Una ráfaga abrió de golpe la puerta y apareció la noche desmelenada de estrellas sobre el mar con espumas y rizos del viento. Paúl y Angulo salió de la garita acompañado del terne Emperador de Puntales:

—¿Mudará el tiempo?

—No hace semblante.

Iban entre ráfagas y espumas, costeando el arenal. El Ventorrillo de Mairena atalayaba garitero en la punta del playazo, con redes en colgarines ante la puerta. Un casco de calafate dormía de costado sobre la ribera, y viejos anclotes afloraban a medio enterrar, abandonados por la playa.

XII

El Emperador de Puntales, con una recluta de ternes, había traspuesto el alijo al Ventorrillo de Mairena:

—Barricas con fusiles, diecinueve. Cajas de pistolas y municiones, cuarenta. Diecinueve barricas, cuarenta cajas.

Reverdecía el cuento de la buena pipa, y empinaba el vaso con un ceremonioso ringorrango. Paúl y Angulo, en el reservado de cortinillas, al entrevero de cañas y tapas, arreglaba cuentas con el Emperador:

—¿Tú me ayudarás a repartir el armamento?

—¡A todo, mi jefe! El patrón dispone la maniobra, pues a obedecer… Que si es un falucho, que si es una nave capitana… ¡Una onza! ¡Como mil! No media interés. Eso se queda para la fuerza armada. ¡Vaya tiburones! ¡Más me pesa haber condescendido con esa ralea! Se les suben los humos, y puestos a pedir, no les basta el oro y el moro… ¡El apuro del tiempo, que de no! Se tiene con esos cabritos una deferencia, y no saben agradecerla. Hemos desembarcado las armas en barricas de cal, que se la daban al más vivo. Diecinueve barricas y cuarenta cajas de pistolas y municiones. Aquí se mira a quedar a satisfacción del partido republicano. Eso se mira. ¿Se ha quedado bien?

—¡De órdago!

Abrióse de improviso la puerta y apareció el ciudadano La Rosa. Rubio, buen mozo, con la gabina de medio lado, y un garrote de nudos, entró echando lumbres:

—¡Barrunto que nos traiciona el palo de espadas! ¡No hay más que pueblo, pueblo!

El Emperador de Puntales alzó el vasete con ceremonioso ringorrango:

—¡Don Rafael, por usted y por el pueblo soberano!

Paúl y Angulo asestó un puñetazo en la mesa:

—¿Se arrepucha Cantabria?

—Media el oro de San Telmo. La Marina, si se subleva, proclama al Naranjero.

—¿Y Primo de Rivera?

—A eso vamos. Primo de Rivera cambió de escondite sin avisarnos media palabra. Probablemente, se oculta en casa de tu prima la viuda de Céspedes… Allí lo niegan, pero van y vienen emisarios al Cuartel de Cantabria.

—Yo registro la casa de mi prima y saco de la querencia al rajado Marte. ¡Si está dentro, ya evitará la escandalera!

—¡Que nos la juega ese chafarote!

—No lo creo. A las doce se reúne la Junta Revolucionaria, y espero que acuda…

—Tú no faltes. ¡Esos caballeros son capaces de adelantar los relojes!

—¿Qué dice Topete?

—Permanece a bordo de la Zaragoza.

—¿Tampoco se ha puesto al habla?

—¡Tampoco!

—Haremos la revolución con el pueblo.

—Siempre lo he predicado.

—Emperador, nos hace falta gente cruda, que sepa echarse un fusil a la cara.

—Cuente su merced con doscientos patriotas de primera.

—Los armas y te pones a las órdenes de Don Rafael. Yo me voy a la Junta de Notables. ¡Salud y República!

Brindis, efusiones y loores. La última caña.

XIII

¡Asómate a la ventana,
hermosa flor de Cupido!…

Recorrían las calles con guitarras y bandurrias los ternes patriotas venidos de Jerez, de San Fernando, de los Puertos. La conjura popular se disimulaba cantando serenatas. No quedó rubia ni morena sin copla en aquella noche gaditana prendida de luceros, fragante de nardos, romántica de músicas, de canciones y de sueños revolucionarios como la hubiera amado Lord Byron. Paúl y Angulo recorrió algunas tascas, asegurando voluntades con rondas de aguardiente. Paquito Puñales, Juan el Verde, Tomé Centeno, Curro Mairena, cabecillas de la plebe, recibieron las últimas órdenes:

—¿Hay coraje?

—No falta, Don Pepe.

—Un cigarro.

—Si usted me autoriza, me lo guardaré como recuerdo.

—¡A cumplir, chavales!

Por la plaza de San Juan de Dios bajó a la caleta. El reloj municipal daba las doce.

XIV

La Junta Revolucionaria, con pálido y nervioso sobresalto, deliberaba en un sótano, almacén de mercadería náutica: Las Derrotas de Colón, frente al Muelle Viejo. Alumbraba en la sigilosa tienda una lámpara de faldetas verdes, pitoña del copiador y la partida doble. La Junta estaba en cisma con la ausencia del General Primo de Rivera. El Brigadier Topete, taciturno y reservón, soslayaba el compromiso de la Escuadra. Don Joaquín Pastor, amigo y oráculo, le ponía en la oreja un soplo furtivo. Paúl y Angulo llegó cantando la solfa romántica de las herejías democráticas. López de Ayala y Fernández Vallín significaban la sensatez burguesa y las traiciones políticas de la Unión Liberal. Acallóse la disputa de los conjurados, bajo el foco de una linterna que lució en la escalerilla del sótano:

—¡Caballeros, buenas noches!

El Capitán Sánchez Mira llegaba con nuevas del invisible hijo de Marte. El General Primo de Rivera y las tropas juramentadas mantenían unánimes el compromiso de sublevarse cantando el himno de Patria y Libertad. En cuanto a ser los primeros en aquellas gárgaras, lo escuchaban por atrevido y expuesto al fracaso. Dentro del cuartel no era unánime el acuerdo de jefes y sargentos. En las calles era un albur perdido batirse con la Artillería de Plaza. El General Primo de Rivera proponía que ocupasen los muelles fuerzas de la Escuadra. Los conjurados permanecían en silencio esperando la respuesta del Brigadier Topete. Don Juan Bautista, secretamente, rebosaba amistosos sentimientos por el General Primo de Rivera. Arrugó las cejas con simulado pique:

—Necesitaría consultar con mis compañeros… La hora avanzada en que se propone el desembarque de fuerzas y no estar previamente convenida tal maniobra, hace imposible su ejecución hasta la madrugada. Se pierde la noche.

Paúl y Angulo se sulfuró con protestantes gallos:

—Haremos la revolución con las fuerzas ciudadanas.

El Brigadier Topete, premioso y temeroso, disputaba que el primer grito debía partir de los cuarteles. Don Abelardo López de Ayala, pomposo y retórico, jugando la comedia, acriminaba al valiente soldado que hacía el duende por los desvanes de Cádiz. Fernández Vallín, con su verba criolla, repetía los consejos del General Izquierdo. El tumulto asordado de las voces en disputa resonaba en la bóveda del sótano:

—¡Traigamos a los desterrados de Canarias!

—¡Y al General Prim!

—¡A todos!

—¡La Marina mantiene sus compromisos!

—¡Y Cantabria!

—¡Faltan entorchados!

—¡Faltan bragas!

—¡Pongámonos de acuerdo!

—¡Una fuga vergonzosa!

—A estas horas, solicitar un desembarque de fuerzas es irse por los calzones.

—Urge llevar una respuesta a los comprometidos de Cantabria.

—¡Al paisanaje, que lo parta un rayo!

—El barco hace agua, ¡pues a buscar calafates!

—¡Traigamos a los Generales!

—¡Otro aplazamiento!

—¡Otro fracaso!

—¡Por un tío mandria!

El quinqué de las faldetas verdes, aburrido de la disputa, daba las boqueadas. Los conjurados salieron en fila india, repelando el rabo de la contienda. Con medidos y prudentes espacios pasaban a la noche marina de faros y constelaciones frente al Muelle Viejo. Las Derrotas de Colón abrían y cerraban media puerta untada de aceite. Paúl y Angulo acudió perentorio a los soportales, donde se había citado con el ciudadano La Rosa. El reloj municipal daba dos campanadas. Rondas de iluminados patriotas pernoctaban por la plaza de San Juan de Dios y calle Nueva. El Emperador Puntales, apostado en una esquina, señalóse con jaque garganteo. Paúl le llamó:

—¡A escurrir el bulto!

—¿Se aplaza la faena?

—¡Por ahora!

—¡Con lo bien dispuesta que estaba la gente!

—Dale una ronda a cuenta de los fondos de la revolución, y cada mochuelo a su olivo. El trago ayuda a conservar la moral, y todo hace falta.

Paúl, La Rosa, Cala, Carrasco, Guillen, Salvochea, deliberaron hasta la mañana en el reservado de cortinillas verdes. Milagro fue que saliesen a salvo de aquella intentona los ilusos patriotas gaditanos. Las bandurrias y guitarras duraron toda la noche. Dormían las autoridades:

—¡A tu puerta hemos llegado
cuatrocientos en cuadrilla;
si quieres que te cantemos,
baja cuatrocientas sillas!

XV

Hotel de Francia. —Plazuela de San Francisco. —Júbilo de luces matinales. Pregones. Campaneo de misas tempranas. Paúl y Angulo renegaba entre dormido y despierto. —La cotorra, los zorros de una maritornes, el arrastre de un baúl, una raya de sol, los mosquitos. —Se cubrió la cabeza con el doblez de la sábana. Insistentes y discretos golpes en la puerta de su alcoba le despertaron ya muy entrado el día.

—¡Adelante!

Se abrió la puerta, y destacóse la cristobalona estampa de Fernández Vallín:

—¡Tiene usted un sueño de ángel!

—¡La tranquilidad de conciencia, mi noble amigo! ¿Qué le trae? ¿Vuelven de su acuerdo los hijos de Marte?

Fernández Vallín excusó el tema con una sonrisa de insinuadas reservas:

—Gonzalón Torre-Mellada me ha pedido que le represente… Doy este paso con la esperanza de evitar un duelo absurdo.

—¿Quién es el otro padrino?

—El Barón de Bonifaz.

—¡A ése quisiera yo meterle una bala!

—¿Sabe usted que ha caído de la Gracia Real?

—¡Me alegro!

—Ofrece unas cartas.

—¡Al Duque con ellas! ¡Se arruina si las compra todas! Van a salir más cartas que muelas de Santa Polonia. ¿Qué hace el Barón de Bonifaz en Cádiz?

—Se va con un momio a las Filipinas.

—¿A robar?

—A lo que salte.

—¡Para eso tiene España Ultramares! Amigo Vallín, ¿quiere usted pasar al gabinete en tanto me visto?

—Son dos palabras, y sigue usted durmiendo. ¿Tiene usted algún interés en batirse con Gonzalón Torre-Mellada?

—¡Ninguno!

—¿Y en rehusarle una explicación?

—No había pensado en dársela…

—Creo que no debe usted obcecarse.

—Si no me obceco… Es que no tengo ningún interés en dar satisfacciones a ese pollo. ¿De qué se duele? De una pregunta que todavía no me ha contestado.

—¡Ha sido usted cruel!

—¡Pues ya no tiene remedio!

—Usted no puede batirse con un hombre en las últimas.

—Los moribundos no van a los toros, se están en la cama.

—Gonzalón Torre-Mellada ha tenido un vómito de sangre.

—¡En su primera juventud!

—Al salir de la plaza.

—¿Y desea una satisfacción in artículis mortis?

—Gonzalón desea batirse.

—¿Y usted media para evitarlo?

—¡Usted haría lo mismo!

—Seguramente. ¡Reconozco que un tísico desahuciado no debe pretender llevarme al terreno!

—Usted, como más fuerte, es el obligado a mostrarse generoso. ¿Quiere usted autorizarme para que yo explique la frase?

—Jamás me retracto de lo que digo.

—Gonzalón, para usted, era un bromista que se daba por hijo de Torre-Mellada.

—¿Para qué enredarlo? Dígale usted que lo siento mucho y que no me busque camorra hasta que vuelva curado de Panticosa. Que no admito padrinos sin certificado del médico.

—¿Usted me autoriza para arreglarlo?

—¡Autorizado!

—¡Gracias, Paúl!

—De nada, amigo.

Paúl sacó un cuaderno oculto entre los colchones y se puso a repasarlo: Antonio Soto, Londres; Simón Larrocha, París; Leónidas Duran, Vichy. Era la clave telegráfica para entenderse con el gran revolucionario. Redactó un despacho, hizo tres copias y firmó Pablo.

XVI

—«Aplazado el embarque.»

El General Prim recibió el despacho en Calais. Venía reexpedido por Simón Larrocha. —Salvador Damato—. Lo leyó entre los apuros de la partida para Londres. Don Ruiz, en el buró, recogía los pasajes. Un mozo cargaba las maletas en el ómnibus, a la puerta del hotel. El General, con el abrigo al brazo, gorra inglesa de viaje, falsos tacones y una lujosa cartera en banda, paseábase bajo la marquesina de cristales.

Regresó Don Ruiz, y Don Juan le alargó el telegrama.

El secretario se puso los lentes, con gesto burgués y concienzudo, de honrado fiel de fechos castellanos:

—¡No me sorprende!

—¡Es mucha la fantasía de los gaditanos!

—¡Siempre me ha parecido una locura!… El pronunciamiento sin usted tenía que ser un fracaso.

—Que fracasen solos es muy conveniente.

—Sin duda contaban que usted pudiese embarcar en Londres.

—Por suerte que ya conozco a esos Capitanes Araña. Ninguno quiere hacer punta, y juzgan indispensable que yo, en todo momento, me juegue estúpidamente la cabeza. Don Salustiano no dejará de lanzarme alguna flecha envenenada. Me acusarán de irresoluto y de cobarde. ¡A mí, que cien veces me jugué la vida en los campos de batalla! ¡A mí, que por la libertad estoy siempre pronto para repetir la hombrada de los Castillejos! ¡Hay para aburrirse y mandarlo todo al infierno! ¡Ahora, con que me cuelguen el fracaso de Cádiz!… ¡Y de esos marrajos todo hay que temérselo!… ¿Qué habrá pasado en Cádiz?

—¡Un aplazamiento! El telegrama no tiene otra interpretación. Esperemos. ¡Quién sabe! Un aplazamiento no es un fracaso.

—Usted jamás pierde la esperanza, Don Ruiz.

—¡Jamás!

—Bajaremos al muelle dando un paseo. Me joroba haber interrumpido la cura de mi achaque por ese fandango de Cádiz. ¿Qué cuenta hace usted del tiempo, Don Ruiz?

Don Ruiz miró al cielo, un jirón azul entre tejados:

—¡Soy poco marino!

—¿Bailaremos?

—La orilla, como dicen los labradores de mi tierra, no parece mala.

Persistió en la suya el gran revolucionario:

—¡Otra vez a marearse!

—Usted, Don Juan, se marea de imaginación. ¡Vamos a tener un viaje de damas!

—No me vendría mal devolver la bilis… ¡Vichy me hubiera puesto nuevo!

El muelle, movido de mástiles y banderas, gentil de luces, salobre, vocinglero, victorioso de olas y vientos, tenía una emoción comercial de audacias y riesgos alegres. El General Prim rememoró la vista de Cádiz: La curva marina de azoteas y miradores, el cielo azul con el humo de románticos pronunciamientos:

—¡Exceso de fantasía, Don Ruiz!

—¡Probablemente!

XVII

—¡Un aplazamiento no es un fracaso!

Los patriotas gaditanos no desmayaban: Su fantasía era más fuerte que todos los desengaños.

—¡A otra!

—¡La mecha está en el polvorín!

—¡El triunfo será nuestro!

—¡A otra!

Unionistas y demócratas se picoteaban las crestas:

—¡Señor Paúl!

—¡Señor López de Ayala!

—¡Lealtad en los tratos!

—¡No deseo otra cosa!

—¿Quieren ustedes que vengan los Espadones de Tenerife? Pues a ello. Nosotros llamaremos al General Prim. El tiempo apremia, y urge decidirse, Señor López de Ayala.

—Si llegásemos a un acuerdo, crea usted que yo sería el primero en advertir al caudillo progresista. Seguro, claro está, de que el personaje no haría otro, tanto con nosotros, porque ha sido siempre un madrugador con pocos escrúpulos.

—Unos madrugan y otros no se acuestan. El tiempo apremia y urge decidirse. Nosotros contamos con el pueblo.

—El pueblo es una fuerza ciega, y los hombres de orden no podemos constituirnos en prisioneros de las turbas.

—El pueblo, hoy, tiene plena conciencia de sus deberes.

—Darle armas es aventura muy peligrosa.

Entre unionistas y demócratas, a todo momento, recriminaciones y polémicas. Con mutuas reservas mentales firmaron el compromiso de Gades. Un folio de gramática procesal, donde constaba el acuerdo de hacer el juego con todo el palo de espadas. Hubo brindis, abrazos y vegueros.

—¡Se impone el patriotismo!

—¡Bebamos por el feliz arribo de los ilustres veteranos!

—¡Sin exclusiones!

—¡Compromiso solemne!

—¡Juramentados!

—¡Juramentados!

—¡Urge prevenir a los Generales!

—El Conde de Reus dispone de un vapor en Londres. Puede zarpar en cualquier momento para recoger a los desterrados en Tenerife.

—¿Es un vapor inglés?

—Un vapor griego. Con todos a bordo, hará rumbo a Cádiz.

—¡A ponerse de acuerdo con Prim!

—¡Que haga suyo el compromiso!

—¡Lo hará!

—¡Nosotros!…

—¡Prim!…

—¡Serrano!…

Paúl y Angulo, Cala, La Rosa, Sánchez Mira, López de Ayala, Vallín, una vez de acuerdo, aseguraron con áureas promesas el ánimo indeciso de las fuerzas de Mar y Tierra.

Soplaban los muertos rescoldos avivando esperanzas. Salieron nuevos emisarios para entenderse con las Juntas Revolucionarias de Sevilla, Córdoba y Granada. Todos llevaban la misma copla en el pico:

—¡Un aplazamiento no es un fracaso!

XVIII

El Capitán Sánchez Mira, aquel jaquetón patilludo y calvo, con persianas de flamenco, que había solicitado el retiro para conspirar a su talante, llevó los nuevos acuerdos al Segundo Cabo de Sevilla. El General le acogió con alarmados vinagres:

—Pudo usted advertirme, y nos hubiéramos visto sin dar un cuarto al pregonero. Ustedes me buscan un compromiso. El Capitán General ayer mismo me ha llamado para comunicarme que por confidencias reservadas y papeles anónimos se le prevenía contra algunos jefes de la guarnición. Usando de muchas salvedades, vino a decirme que de aquellas precauciones no escapaba mi nombre. Protesté destemplándome, y como es un blanco, me aseguró que no daba crédito alguno a tales testimonios: Hoy he recibido un papelucho anónimo que sin duda viene de Capitanía. Yo no me creo aquí muy seguro… El día menos pensado me mandan a las Chimbambas… A Vallín le expuse con toda franqueza mi compromiso con el General Dulce. Traigan ustedes inmediatamente a los ilustres desterrados. Mucha cautela y no dormirse. ¿Usted cuándo regresa a Cádiz?

—Probablemente mañana.

—Si hemos de volver a vernos, no debe ser aquí. No me busquen ustedes un compromiso. El Capitán General tiene la mosca en la oreja. Es incondicional del Gobierno. La revolución no puede darle más de lo que tiene.

—Puede conservárselo.

—La revolución ha de verse y desearse para contentar a todas sus espadas. A Vasallo, si ha de armarse la gorda, no le temo, porque siempre ha sido un blanco.

—¿Con qué fuerzas se podría contar en Sevilla?

—Los Cuarteles de Caballería.

—¿Se pondría usted al frente, mi General?

—Nada deseo tanto como arrojar la careta. No soy hombre para disfraces y disimulos.

Don Luís Alcalá Zamora, el clérigo sin licencias, tomó sobre sí comunicar aquellos acuerdos a los clubs revolucionarios de toda la Andalucía Baja. Disimulado con atavíos cortijeros, manta y retaco, aprovistadas alforjas y pellejuela de mosto, una mañana de calores, llegó a Córdoba.


Publicado el 1 de mayo de 2017 por Edu Robsy.
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